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PENA DE MUERTE
Osvaldo Reyes
Pena de muerte Osvaldo Reyes
Segunda edición
ISBN: 978-84-122401-8-4
ISBN digital: 978-84-122401-9-1
© Osvaldo Reyes, 2020
Edición de textos: Francisco Moreno Mejía
Diseño de portada: Osvaldo Reyes
Diagramación: Osvaldo Reyes
Para contactar al autor:
Sitio web: osvaldoreyest.com
Instagram: osvaldoreyest
Twitter: @maquiaveloreyes
Facebook: osvaldoreyesnoir
Todos los Derechos Reservados de esta edición. Prohibida la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin el previo consentimiento y expresa autorización por escrito del autor.
Esta es una obra de ficción. Cualquier similitud con personajes reales (vivos, muertos, en criopreservación o reanimados con cualquier tipo de magia o tecnología futurista) es pura coincidencia.
PRIMERA PARTE
LA PROMESA DE UN ASESINO
Una sociedad recibe los criminales que se merece.
Val McDermid (Asesino de Sombras).
El mundo entero se aparta cuando ve pasar
a un hombre que sabe adónde va.
Antoine de Saint-Exupéry.
CAPÍTULO 1
Cuando el diputado Marcos Conte se enteró de que iba a morir, lo tomó con un estoicismo que hubiera llenado de orgullo a su padre.
El aviso de la muerte llegó de la forma más curiosa. En una pequeña hoja de papel, de esas que se arrancan de una libreta no más grande que la palma de la mano, de color celeste y con el dibujo de un pequeño gato en la parte inferior. No era un experto en el tema, ya que no tenía hijos, pero estaba seguro de que se llamaba Hello Kitty.
La encontró pegada al vidrio frontal de su auto cuando regresó de su caminata matutina por el Parque Omar. Muchas personas hacían ejercicio a esa hora. Cualquiera de ellos pudo acercarse al auto y colocar esa nota.
La leyó una vez más. Tenía que ser una broma. Una de muy mal gusto.
En letras de molde, dibujados con una pluma de punta fina y en tinta de gel negra, el mensaje decía:
REGRESA LOS DOS MILLONES QUE ROBASTE.
TIENES 72 HORAS A PARTIR DE ESTE MOMENTO.
SI NO LO HACES MORIRÁS.
Claro, ya estaba en el banco sacando la plata.
Abrió la puerta del lado del pasajero y dejó entrar a su fiel pug color crema. El perrito se acurrucó en el piso detrás de su asiento y se puso a dormir casi en el acto.
⎯Ya no estás para estos menesteres, Midas ⎯dijo rascando su cabeza con afecto. El pobre llevaba con él casi toda su vida. Debía tener como 60 años en equivalente humano, pero eso no le impedía querer acompañarlo todas las mañanas. Conte sabía que no le quedaba mucho tiempo a su amigo de cuatro patas, así que siempre lo sacaba.
¿Quién era él para impedir los deseos del viejo can?
Se sentó en su asiento y arrancó el motor. El aire acondicionado golpeó su rostro y sintió el sudor secarse sobre su piel. Echó el asiento un poco para atrás y abrió el periódico que tenía colocado a su lado.
La primera plana lo molestó más de lo que se esperaba.
DIPUTADO ENVUELTO EN ESCÁNDALO. ¿CUÁNTOS MILLONES POR LA CONCESIÓN DE LA NUEVA AUTOPISTA?
Leyó la noticia con avidez para luego tirar el periódico al piso del auto.
O los periodistas tenían forma de enterarse de todo o simplemente había personas que no sabían cómo mantener la boca cerrada.
Fue un simple negocio como cientos de otros que había conducido en su vida. El que fuera con fondos públicos no lo hacía más o menos ilegal.
Además, eran unos míseros dos millones de dólares. Lo hizo más por la persona que le pedía el favor. Su padrino siempre decía que un favor valía más que todas las almas en el purgatorio. ¡Demonios, era lo que él se gastaba en mujeres, yates y propiedades en un año! ¿Por qué ahora era tan malo?
La respuesta era obvia: Porque lo que le hacía daño a él beneficiaba a sus contrincantes.
Puso el cambio en reversa y salió de los estacionamientos. Tenía que llegar a casa a bañarse y desayunar. Luego, directo al trabajo. Primera orden del día: averiguar quién le había hecho eso para poder planear una venganza apropiada.
La nota con el mensaje tirado a un lado del auto, entre el polvo y la grava.
Cuando el auto aceleró y se perdió por las calles aledañas al parque, un hombre se acercó a donde había estado el auto del diputado. Se agachó y recogió el papel color celeste. Hizo una bolita y dio unos pasos para depositarlo en un tanque de basura.
Ensuciando su ciudad. Solo por eso debería olvidarse de todo y hacerse cargo de él de una buena vez. Sin embargo, no lo haría. Quería ver cómo pensaba salirse de ese problema.
¿Con la verdad o mintiendo? No importaba. Con cualquiera de las dos ganaba.
Presionó un botón en su reloj y el cronómetro comenzó a correr.
CAPÍTULO 2
El segundo aviso llegó en la forma de una llamada.
El insistente repicar del teléfono lo despertó. Entreabrió los ojos y tomó su celular de un manotazo. En números de color celeste pudo leer la hora.
2:34 am.
⎯¿Quién demonios? ⎯protestó, restregándose los ojos con fuerza, tratando de quitarse el peso del sueño que traía encima. En ese momento se percató que no lo llamaban al celular. Su teléfono privado seguía sonando sobre la mesa a un lado de la cama. Pocas personas tenían ese número y, considerando la hora, debía ser algo importante. Se estiró y trató de levantarlo, pero lo golpeó y cayó al piso.
Lanzó un grito de frustración, seguido de una retahíla de palabras ininteligibles. Se acercó al borde de la cama y tanteó en la oscuridad hasta sentir el estilizado contorno del aparato. Al voltearlo pudo ver la pantalla que en letras negras contra un fondo amarillo reportaba un número que no conocía.
⎯Hable ⎯dijo acercándose el teléfono al oído.
Silencio absoluto del otro lado de la línea.
⎯¡Hable! ⎯exclamó con más fuerza⎯. Más vale que esto no sea una broma.
Le pareció escuchar algo. Una leve respiración y unas palabras casi susurradas. Se pegó aún más el auricular.
⎯Hable más fuerte. No le escucho.
En ese momento un agudo grito, como el proveniente de un alma en pena en pleno sufrimiento, golpeó su oído. Conte lanzó el teléfono de vuelta al piso, alejándose de la onda de dolor y empujándose contra el respaldar de la cama. El aparato rebotó y quedó justo al lado de un cómodo sofá, con el auricular mirando al techo.
El grito de una mujer siguió sonando, tal vez hasta con más fuerza que antes.
Conte sintió su piel contraerse. Se quitó la sábana de encima y se bajó de la cama. El frío de la habitación lo envolvió como un manto, pero no se percató de la temperatura. Su corazón latía a toda velocidad, brindándole un calor que no quería.
El alarido no se detuvo. Era un llanto de dolor constante, plañidero. Casi podía sentir las lágrimas deslizarse por las mejillas de la mujer que no cesaba de gritar.
En tres pasos se acercó lo suficiente como para tomarlo y con un solo movimiento lo apagó, succionando el grito y dejando la habitación sumida en un profundo silencio.
Tanteó en la oscuridad hasta que encontró el botón de encendido de su lámpara de noche, bañando la habitación con una suave luz blanca. Puso el teléfono en su lugar sin pestañear, casi como si temiera que volviera a sonar mientras lo sostenía en la mano.
Se dejó caer en el sofá y cerró los ojos un segundo, pero la oscuridad solo hizo conjurar el sonido, que resonó en las profundidades de su mente con renovada energía. Conte sacudió la cabeza, tratando de espantar el grito que se había alojado en mitad de su cerebro.
Colocó los dedos sobre su muñeca, palpando su pulso. Su corazón latía muy por encima del rango de los 120 latidos por minuto, nivel que su cardiólogo le había recomendado no sobrepasar al hacer ejercicio. Se obligó a inhalar y exhalar con calma. Poco a poco sintió como su corazón regresaba a límites aceptables.
El teléfono volvió a sonar en ese momento. Por dos segundos pensó que tendría una arritmia mortal y sintió como si un bloque de hielo le estuviera presionando el pecho.
Conte estiró la mano, pero titubeó, sus dedos apenas rozando el plástico de color negro. Percibía las vibraciones como un leve cosquilleo en la piel. De buena gana lo volvería a apagar, pero en su línea de trabajo no contestar una llamada podía costarle mucho dinero.
La pantalla reportaba un número diferente al anterior.
Presionó el botón de contestar y se llevó el auricular al oído. La mano tensa, preparándose casi de forma inconsciente para un nuevo grito.
Una voz robótica, fría y carente de toda humanidad, dijo:⎯Diputado Conte.
⎯¿Quién habla? ⎯su voz se quebró a pesar de intentar controlarla
⎯Han pasado 20 horas desde que recibió el primer aviso. Aún no regresa el dinero.
⎯¿Qué?
⎯No se me haga el tonto, diputado. Le di 72 horas y ha gastado 20. No debería probar su suerte conmigo.
⎯¿Qué se supone que es esto? ¿Algún tipo de broma? No pretendo…
⎯¡Usted se calla y me escucha! ⎯gritó la voz robótica. Sus tonos graves hicieron vibrar el auricular y lo obligaron a apretar los dientes⎯. A mí no me interesan sus excusas. Yo dicté sentencia. Usted sabe lo que tiene que hacer. Le quedan 52 horas. Le recomiendo que las aproveche. Recibirá un último aviso antes de vencido el plazo.
⎯No quiero saber más de usted.
⎯Piense en mí ⎯dijo la voz ignorando la petición⎯como en los Fantasmas de las Navidades. Pasado, presente y futuro. Ya recibió la visita de dos. Le queda uno. Después, la vida como la conoce terminará de una forma súbita y violenta.
El silencio se apoderó del aparato. Conte pensó que la llamada había terminado hasta que escuchó la voz una última vez.
⎯No me obligue a cumplir mi promesa.
Un chasquido estático y la llamada terminó.
Conte colocó el teléfono en su lugar. Podría recibir otra llamada, pero lo dudaba. El tono del mensaje no daba lugar a interpretaciones.
Caminó un par de pasos a su izquierda y en una esquina encontró lo que buscaba. Una pequeña nevera de color negro brillante. La abrió y sacó del interior un vaso y echó en su interior cuatro cubos de hielo.
Mientras la puerta se cerraba, el diputado estiró la mano. Tomó una de las botellas que decoraban un estilizado adorno en plateado al lado de la nevera y le dio vuelta a la tapa. Vació el contenido hasta cubrir los cubos de hielo y regresó la botella de Chivas Regal 25 años a su lugar.
El líquido bajó por su garganta quemando todas las sensaciones. Su corazón empezó a calmarse y su cerebro a trabajar como era debido, procesando toda la información.
Lo que pensó era una simple broma había traspasado el límite de la malsana diversión para caer en la dimensión de las amenazas de muerte. Alguien pretendía que pagara dos millones de dólares si quería tener el placer de poder tomarse el resto del Chivas Regal el fin de semana próximo.
Inaudito.
Revisó en su cabeza las palabras que salieron de sus labios. Ninguna lo incriminaba y jamás aceptó, ni de soslayo, que fuera culpable de nada.
⎯Bien ⎯pensó, bajándose las últimas gotas de whiskey del vaso⎯. Seguimos de pie.
Se dio la vuelta y un pequeño objeto le saltó encima.
Al diputado Conte, tal vez por primera vez en muchos años, se le escapó un grito de absoluto terror al sentir el suave golpe en sus piernas. Literalmente sintió su corazón detenerse por un instante.
Midas, en el piso, lo miraba con curiosidad.
⎯Perro del demonio ⎯exhaló con desesperación y alivio al mismo tiempo⎯. Un día de estos me vas a matar y ¿quién te va a alimentar entonces?
Se agachó para rascarle la cabeza. Midas se acostó sobre su costado y dejó que su amo lo sobara, el grito y la voz robótica de segundos antes olvidados por el momento.
CAPÍTULO 3
El hombre sentado en la mesa se metió un pedazo de filete a la boca y masticó con verdadero placer. Era carne de buena calidad, cocinada al punto. Una delicada salsa de chimichurri encima le daba ese toque extra que le encantaba. Cerró los ojos ante el deleite culinario que degustaba su paladar y masticó varias veces antes de tragar.
Tomó un sorbo de soda por el carrizo y miró su reloj.
Eran las siete de la noche. Faltaban 12 horas para que se venciera el plazo y el diputado no daba señales de querer pagar. Nunca pensó que lo fuera a hacer, así que la realidad no lo tomaba por sorpresa.
⎯Hora de enviar el tercer aviso ⎯pensó mirando su reloj. Sacó un celular de su bolsillo y presionando botones buscó la función de mensaje. Escribió un pequeño texto y lo leyó con calma.
“Considere este mensaje su última advertencia”.
Presionó un par de botones más y envió el mensaje al celular del diputado Conte.
⎯Mensaje enviado ⎯ respondió la pantalla del teléfono que sostenía en la mano. Lo apagó y le quitó la tapa, removiendo la batería, la unidad de memoria y el chip. Abrió el cartucho de papel donde estaba depositando todos los pedazos de cartón y servilletas de la cena y mientras masticaba con lentitud fue echando en su interior cada uno de los objetos.
Terminó su soda y en el interior del vaso puso el teléfono y la tapa.
Todo fue a terminar al fondo del cartucho. Un callejón sin salida con el que tendría que toparse el desafortunado detective al que asignaran el caso del diputado Conte después del amanecer.
Se levantó de la mesa y abrió un maletín que tenía puesto a un lado. Del interior sacó un paquete de toallitas húmedas y limpió la superficie de la mesa. Cuando estuvo seguro de no dejar ningún pedazo de comida echó la toallita en el interior del cartucho y lo cerró.
En una mesa cercana un joven de unos quince años se levantó casi al mismo tiempo. Dejó la mesa hecha un desastre, con tiras de papas fritas embarradas de salsa de tomate encima de pedazos de servilleta o inclusive sobre la misma mesa, haciéndoles compañía a trozos de cebolla y salsa de origen aún por determinar.
Una ola de asco lo golpeó casi con fuerza física. Su cerebro reaccionó antes que su buen sentido lo hiciera recapacitar.
⎯Muchacho ⎯dijo con calma. Su tono de voz apenas era audible, pero el joven lo debió escuchar. Al darse la vuelta se topó con una figura imponente. Vestía un saco negro. Camisa y pantalón del mismo color. La única señal de distinción, una corbata en gris oscuro que atravesaba la mitad de su pecho como una profunda grieta.
⎯¿Esa es tu mesa?
El joven miró por encima de su hombro en la dirección señalada y asintió.
⎯¿No piensas que deberías recoger todo ese reguero?
La expresión de incertidumbre de un segundo antes fue reemplazada por una de hastío y desprecio. Una que había visto muchas veces surgir detrás de los ojos del diputado Conte.
⎯Hay personas a las que se les paga por limpiar esas mesas.
⎯Sí, pero no por eso se lo tienes que hacer más difícil.
El joven volvió a mirar la mesa, como si no pudiera creer que alguien lo estuviera interrogando en medio de un centro comercial. Las personas sentadas en una mesa cercana los miraban con curiosidad.
⎯Hay otras mesas igual de sucias ⎯decidió decir el joven en su defensa. El hombre arrugó la frente y sus ojos tomaron un brillo maligno.
⎯Pienso que esas personas son tan puercas como tú.
El joven abrió los ojos de la pura sorpresa. Se desviaron hacia la mesa donde una pareja solo un par de años mayor seguía estudiando el intercambio. Su piel tomó un tono rojizo, pero sus labios se curvaron en una expresión de burla.
⎯Viejo loco ⎯resopló con sorna y sin otra palabra se alejó de la mesa.
Ese chiquillo se merecía una paliza por irrespetuoso, pero no podía tocarlo y, lo que era peor, no era su culpa ser así. Estaba creciendo en un ambiente donde romper la norma era lo esperado. La juventud había perdido su identidad y nadie hacia algo por remediarlo.
⎯ No más⎯ pensó el hombre⎯. Es hora de cambiar el status quo.
Sacudió la cabeza y empezó a recoger la basura que el muchacho había dejado. La tiró en un basurero cercano, junto con el cartucho que traía en la mano. Mientras pasaba la toalla húmeda sobre la lustrosa superficie de metal pudo ver con satisfacción como la pareja se levantaba y llevaban sus bandejas con restos de comida al mismo lugar.
El ejemplo era tan buen recurso como cualquiera para que las personas obedecieran las normas. La mayoría de las veces requerían un estímulo mucho más poderoso.
Miedo.
CAPÍTULO 4
El pick-up, un modelo recién salido de la fábrica, de color blanco, venía cargado de todo tipo de vituallas. Arroz, frijoles, maíz, frutas y verduras, envueltos en lindos paquetes de plástico transparente. En todo el centro, en letras de color azul oscuro, se podía leer “Cortesía del Honorable Diputado Marcos Conte”.
⎯Uno de los trucos más antiguos para ganarse el voto del pueblo ⎯escuchó en su cabeza la voz de su padrino⎯. Panem et circenses. Pan y espectáculos de circo.
El pan era fácil. El problema era que alguien quería convertirlo en carne para los leones.
Su padrino era una fuente inagotable de lecciones de toda índole. Lástima que no tuviera consejos para cuando un loco te amenaza de muerte. Aún podía recordar el grito de las dos de la mañana y el mensaje de texto de la noche anterior. Sin darse cuenta giró la muñeca para ver la pantalla de su Rolex.
6:40 am.
El pick-up ya estaba llegando al sitio, un pequeño local que habilitaron con una tolda verde. En grandes letras, similares a las de las bolsas de verduras, se podía leer a quién darle las gracias.
Aun cuando todo estaba programado para comenzar a las siete, ya a esa hora se podía ver un buen número de personas en el lugar esperando para ser los primeros en aprovecharse de la oferta. En los tiempos modernos, donde comer se estaba convirtiendo en un lujo, alimentos gratis era una oportunidad que no se podía pasar por alto.
Comida a cambio de votos. No podía anunciarlo de esa forma, pero era lo que buscaba.
Una pequeña chispa de lástima intentó nacer en su corazón al pensar en todas esas pobres personas que tenían que levantarse a tempranas horas, algunas caminando por varios kilómetros, para llegar a tiempo de poder llevarse una bolsa con comida. Una bolsa que solo resolvería sus problemas por un par de días, una semana a lo sumo si eran cuidadosos.
Respiró hondo y la chispa se esfumó con rapidez. La voz de su padrino resonó en su memoria.
⎯La pobreza no es culpa tuya. Si Dios quisiera que no hubiera pobres, cagaríamos dólares.
En su peculiar forma de expresarse, su padrino le recordaba que no podía resolver los problemas del mundo, aunque estuviera en un puesto público. Lo más que podía hacer era pensar en sí mismo, pues nadie más lo haría de estar en su posición.
Con el tiempo se había vuelto un experto.
6:59 am.
El pick-up lo sacó de su contemplación del movimiento de las manecillas del reloj. Se estacionó debajo de un pequeño toldo que había sido preparado con ese fin. El guardia de seguridad, al ver llegar el auto, soltó la cadena que bloqueaba la entrada y le permitió el paso.
La gente esperaba paciente detrás de un segundo perímetro que rodeaba el lugar. Había señoras jubiladas, amas de casa y dos o tres individuos que, estaba seguro, trabajaban en alguna abarrotería cercana. Para horas de la tarde varios de sus paquetes habrían cambiado de bolsas y estarían a la venta. Le molestaba que se aprovecharan de sus ideas, pero era consciente de que todo era parte del ciclo de comercio.
⎯No importa ⎯pensó⎯. Al final lo que importa son los votos. Dónde termina la comida no es tu problema.
Respiró varias veces para calmarse. Un suave aire marino rozó su piel.
⎯Hola, diputado ⎯dijo su ayudante. Su rostro inexpresivo exploraba cada centímetro de la cerca y de los visitantes a través de sus lentes oscuros
⎯Hola Carlos ⎯respondió⎯. ¿Todo bien?
⎯Perfecto, diputado. ¿Está listo para comenzar?
⎯¿Dónde está la prensa? ⎯preguntó bajando la voz.
⎯Ya vienen en camino. Estarán por aquí cuando ya esté repartiendo la comida y la fila esté un poco más larga.
⎯Perfecto.
Si todo salía bien la maniobra valdría cada centavo. Los reporteros irían a filmar otro suceso en el área y regresando a su trabajo se encontrarían al diputado Conte repartiendo comida. Un acto altruista sin el más mínimo interés político. Sin prensa filmando el evento.
⎯¿Cómo lo conseguiste? ⎯preguntó el diputado aún en voz baja. No dejaba de sorprenderse con la capacidad de manipulación de su jefe de seguridad. De tener dinero y algo más de educación sería un adversario temible.
⎯Sencillo ⎯miró su reloj y sonrió⎯. Un amigo mío se acaba de estrellar contra un poste cerca de aquí. Salió del auto y empezó a tener visiones del fin del mundo.
⎯¿En serio?
⎯Aunque no lo crea. Alguien hizo una llamada anónima a la policía y a uno de los reporteros. Deben venir ahora mismo a tomar fotos del accidente. El titular venderá muchos números.
⎯¿Debemos hacer algo por esta persona? ⎯preguntó Conte. Su reloj marcaba las 7:02 am. Era casi la hora exacta en que encontró el mensaje en el vidrio del auto tres días antes.
⎯La policía se lo va a llevar al hospital y lo mantendrán en observación por un tiempo. Tendrá que pagar una multa y el carro hay que repararlo. Diría que es adecuado reponer sus inconvenientes.
⎯Estoy de acuerdo. ¿Ya sabes de dónde sacar el dinero?
Carlos asintió y levantó la mirada. El número de personas se había triplicado en los últimos quince minutos.
⎯¿Seguro que no quieres entrar en la política? ⎯preguntó Conte. Carlos resopló como respuesta.
⎯No, jefe. Tan solo no se olvide de mí cuando sea presidente.
El diputado Conte sonrió. Empezó a girar la muñeca para ver la hora, pero se detuvo a tiempo. No pensaba obsesionarse.
⎯Creo que debemos iniciar antes que los nativos se inquieten ⎯dijo Conte⎯, ¿de acuerdo?
Carlos no respondió, pero su cuerpo se puso en movimiento. Caminó hacia la entrada y empezó a dar indicaciones. Las personas empezaron a formar una fila zigzagueante para ingresar en los predios del local.
Conte cerró los ojos para evitar que el sueño que Carlos le acababa de recordar tomara raíces. No estaba lejos de sus probabilidades, pero aún no era el momento. Le faltaban todavía varios años durante los cuales debía evitar meterse en problemas y no aparecer ligado a un escándalo como el de la autopista.
Gracias a su padrino y todas sus influencias la noticia había empezado a retroceder de las primeras planas a las hojas internas más oscuras de los periódicos locales. En una semana todo el alboroto del escándalo no sería más que un recuerdo y en un mes sería una leyenda urbana.
⎯La corta memoria del electorado es una constante ⎯decía su padrino⎯como la gravedad o el valor de pi. No todos conocen su valor, pero siempre está presente y nunca cambia.
Miró a su alrededor. El local era un espacio abierto y muchas personas lo iban llenando. Conte se podía imaginar lo bien que saldría en las fotos. A lo lejos, edificios de diverso tamaño se enmarcaban en el horizonte.
⎯Bueno ⎯pensó sonriendo⎯. Hora de poner buena cara, estrechar manos sudorosas que quien sabía dónde habían estado y besar bebés llenos de quien sabe cuántos virus. Y todavía hay gente que piensa que los políticos no tienen que trabajar duro.
Miró su reloj una última vez. El peligro que se cernía sobre su cabeza lo había relegado a un segundo plano.
7:05 am.
***
La señora Eulogia esperaba que el hombre de los lentes oscuros quitara la cadena. Le dolían las rodillas. Sus piernas, llenas de cordones azulados que se extendían desde los tobillos hasta la mitad del muslo, le pesaban más que nunca.
Su cabello blanco, recogido en dos trenzas, le llegaba casi a la cintura y el traje largo que llevaba ocultaba casi todo, excepto sus pies. La piel estaba cuarteada tanto como las chancletas que llevaba puestas y sus arrugas tenían arrugas. Era una mujer sencilla, acostumbrada al trabajo duro y a evitar los cambios a toda costa.
Después de criar a siete hijos y asegurarse de que todos terminaran sus estudios pensó que por fin podría descansar y conocer al Creador sentada en la mecedora que tenía colocada en su viejo portal, pero los caminos del Señor eran misteriosos. Uno de sus hijos estaba enfermo y sin trabajo. Alguien debía cuidar a sus dos nietos mientras él se recuperaba. ¿Para qué estaban las madres?
El joven de los lentes oscuros se acercó al poste y movió la cadena que cerraba la entrada. La señora Eulogia suspiró con fuerza y dio unos pasos en esa dirección. Ella solo quería buscar su bolsa de alimentos e irse a casa a hacerle el desayuno a su hijo y a los niños. Llevaba esperando casi dos horas y los pies la estaban matando.
A lo lejos pudo ver al joven diputado que organizó todo. Lo vio levantar la cabeza, respirando el fresco aire matutino. Sus labios se curvaron en una suave sonrisa, movimiento que acompañó algún pensamiento profundo e idealista.
Le caía bien el joven. Sabía que era un niño rico, pero era uno interesado en ayudar a su comunidad. No era la primera vez que traía comida y esas bolsas de alimento le resolvían por un par de semanas. A su edad no planeaba mucho por adelantado. Además, no había un solo camión de noticias o alguien tomando fotos del evento.
⎯Ya lo decía yo ⎯pensó la señora Eulogia⎯. Es un buen hombre. Interesado en ayudar.
Si Dios le daba vida para llegar a las próximas elecciones su voto sería para el diputado Conte.
Lo vio remangarse las mangas de la camisa y sentarse detrás de una mesa sobre la que dos empleados colocaban las bolsas de comida. El asistente de los lentes oscuros los fue ordenando en una fila y empezó a dejarlos pasar en dirección a la mesa.
⎯La bolsa es más grande que la última vez ⎯pensó Eulogia⎯. Si la manejo bien puedo sacarle casi las tres semanas.
Las personas se detenían a cruzar unas palabras con él antes de retirarse con los víveres. Ella no pensaba hacerle perder tiempo. Le daría las gracias y le prometería su voto. Luego, directo a casa.
El diputado miró su reloj y una profunda grieta se marcó en la piel de su frente. El gesto de preocupación duró hasta que la atrapó observándolo. Como si fuera por arte de magia, todas las arrugas de preocupación desaparecieron y en su reemplazo apareció una franca sonrisa.
⎯Tiene bonitos ojos ⎯pensó Eulogia, quien no pudo evitar regresar el gesto⎯y una mirada franca. Llena de vida.
En ese momento el mundo se detuvo y toda la energía vital del diputado pareció estallar. La señora Eulogia no se percató de sonido alguno, pero vio con claridad a solo un metro de distancia cómo la cabeza del joven Conte se abría cual fruto maduro en una nube de sangre y huesos.
La señora Eulogia se quedó petrificada en su sitio. El cuerpo, aún con la mueca congelada que permanecía intacta en la mitad del rostro, se desplomó y desapareció detrás de la mesa. Ella levantó la mano al sentir unas gotas de humedad en el rostro. Movió los ojos hacia la punta de sus dedos y los vio manchados de una sustancia roja y viscosa. Después de siete partos en el campo, con la ayuda de su madre o una partera como única asistente, no tuvo problemas en reconocer qué era ese líquido y empezó a gritar.
CAPÍTULO 5
La detective Graco sintió la llamada como un pequeño temblor a nivel de la cintura. Con los oídos sellados al mundo exterior, flotando en el vacío conjurado por el ejercicio, tener su celular en modo de vibración era la única forma de que la localizaran a esa hora de la mañana.
Aminoró el paso y sacó su celular. Era un mensaje de texto de Anderson pidiéndole que le regresara la llamada. Urgente.
Graco sacudió la cabeza y sonrió con resignación. Para su compañero todos los casos eran urgentes. Si no bajaba las revoluciones iba a terminar teniendo un infarto antes de los 40 años.
Siguió caminando a paso suave. El fresco aire del mar llenó sus pulmones, revitalizando sus cansados músculos. El sol se asomaba como un disco rojo brillante por encima del horizonte. Unas pocas nubes, tiras en azul oscuro sobre el cielo, parecían trazos hechos con un pincel grueso sin planeación ni propósito.
Se sentó en una de las bancas a orillas del mar y estiró sus piernas. Si de ella dependiera se quedaría allí, en ese punto congelado en el tiempo. En paz, su cuerpo en armonía y la naturaleza despertando. Lejos de las llamadas urgentes de su compañero.
Suspiró con fuerza, consciente de que no podía postergar lo inevitable mucho tiempo. Tomó el celular y presionó el número tres. El hecho de que su compañero ocupara el tercer lugar en la lista de personas a quien podría querer llamar en algún momento la deprimía, aunque no tanto como el hecho de que él era el último en la lista.
⎯Necesitas una vida ⎯pensó cerrando los ojos. El sudor se deslizaba por su frente y un frígido río sobre su piel al contacto con el viento que soplaba desde las lejanías del Océano Pacífico.
⎯Marialexis ⎯escuchó a su compañero decir apenas un segundo después del primer repicar⎯. ¿Sabes cuánto tiempo llevo tratando de localizarte?
⎯No en realidad. ¿Qué es tan urgente que no pueda esperar?
Anderson empezó a explicar. Sintió como la paz de momentos antes se evaporaba con la misma velocidad que las gotas de sudor. Fue reemplazada por una sensación de presión sobre la parte baja de su cuello y su corazón empezó a latir más rápido. Para cuando Anderson terminó de relatar los pormenores, ya ella se dirigía de vuelta al auto.
⎯Llego en media hora ⎯mintió. Aún tenía que ir a su casa a bañarse.
⎯O sea que nos vemos como en hora y media ⎯respondió su compañero, quien ya la conocía lo suficiente como para saber dónde estaba en ese momento⎯. ¿Quieres café?
⎯Por supuesto. No te pongas creativo y ve al mismo lugar de siempre. El último café parecía consomé de cafeína. Ni me hizo cosquillas.
⎯Solo pensaba en tu salud. Tanto café…
⎯Rogelio ⎯le advirtió sacando las llaves del auto y quitando el seguro con la presión de un botón⎯. Si te preocupa tanto mi salud me harás el favor de buscarme mi café. Llevo más tiempo que tú viviendo con mi cuerpo. Confía en mí.
Antes de que pudiera protestar o hacer algún comentario adicional, cerró el teléfono. Anderson era un fanático de la vida saludable, rayando en la obsesión. Si lo dejaba dirigir su vida, terminaría comiendo vegetales y agua. Eso y decenas de vitaminas.
⎯Ni loca ⎯pensó entrando en el auto y cerrando la puerta⎯. Café, alcohol, carne roja y helado. Esa es la vida.
Miró la ropa que traía encima y vio su rostro reflejado en el espejo retrovisor.
⎯Para las consecuencias se inventó el ejercicio ⎯dijo en voz alta. Aceleró y salió del estacionamiento. A lo lejos podía ver la plácida superficie del océano que era su acompañante todas las mañanas.
Tendría que compensar los metros perdidos al día siguiente. Por primera vez en su vida, Anderson tuvo la razón al establecer las prioridades de una llamada.
Esta vez sí era urgente.
***
Setenta minutos después la detective Graco pasó por debajo de la cinta amarilla que acordonaba la escena. Dos toldas, dos mesas y un pick-up de color blanco perfilaban el contorno del interior. Varias bolsas de plástico transparente cubrían las mesas y el piso, tiradas como los bloques de juego de un niño desordenado.
⎯Buen tiempo ⎯dijo Anderson acercándose por su izquierda. Le extendió la mano. En ella una taza de café lanzaba sus vapores humeantes al aire. El logo tenía la forma de un sol asomado sobre una playa, en azul y amarillo.
⎯Ese es mi muchacho ⎯dijo Graco sonriendo. El primer sorbo golpeó su sistema como una descarga eléctrica y tras quemar su garganta suspiró con fuerza⎯. Perfecto. Puro café.
⎯Cada centímetro cúbico igual de dañino ⎯comentó Anderson sin mirarla a los ojos. En su mano tenía una botella de una bebida de aloe vera. Sabor original, sin aditivos.
⎯Hoy no ⎯le advirtió levantando el dedo⎯. Cualquier otro día menos hoy.
Anderson alzó los hombros y tomó un sorbo de su bebida.
⎯Tú mandas. Vamos, es por allá.
Un equipo de investigadores tomaba muestras de la zona alrededor de una de las mesas. Una lona de color blanco cubría un objeto tirado en el piso, detrás de unos paquetes.
⎯No un objeto ⎯pensó Graco⎯. Conte.
Un destello luminoso la hizo desviar la mirada hacia la derecha. Detrás de la frontera establecida por la cinta amarilla, un reportero accionaba su cámara una vez más, congelando en decenas de fotogramas la muerte de un ser humano.
⎯¿Cómo se enteraron tan rápido? ⎯preguntó.
⎯Llegaron primero que nosotros ⎯ dijo Anderson cerca de su oído⎯. Me temo que las fotos van a ser en extremo gráficas.
⎯Lo que nos hacía falta ⎯ exclamó agachándose al lado del cuerpo. Levantó la lona con cuidado de mantener el rostro del diputado lejos de la línea de visión de las cámaras.
Conte no era un artista de cine, pero tampoco era un adefesio. Tenía una sonrisa agradable y la labia necesaria para la línea de trabajo que había seleccionado. Facciones finas, bien perfiladas.
La figura bajo la lona ya no tenía ninguna de las tres.
Volvió a cubrir el rostro. El daño era considerable, pero casi seguro el grado de destrucción en la parte de atrás del cráneo era mayor. Eso sugería un proyectil de alta velocidad.
⎯Un francotirador ⎯pensó girando la cabeza.
A unos metros de la cinta amarilla estaba la calle y detrás se erguían varios edificios. Muchos de ellos con una visión casi perfecta del área y de la mesa donde estuvo sentado el diputado Conte.
⎯¿Algún testigo?
⎯La señora Eulogia Acevedo ⎯señaló Anderson una ambulancia a un lado del pick-up blanco. Dos paramédicos atendían a una señora mayor acostada en una camilla en el interior del vehículo⎯. Estaba a solo unos metros cuando la bala hizo impacto.
⎯No debió ser un espectáculo agradable⎯comentó Graco levantándose.
Anderson prefirió no comentar, pero era obvio que compartía su opinión. En su lugar apuntó hacia un oficial de mediano tamaño que hablaba con un joven vestido con una guayabera blanca. En el regazo cargaba unos lentes oscuros.
⎯Ese es Carlos Estrada ⎯dijo en voz baja⎯. Era el encargado de la seguridad del diputado.
⎯No puedo decir que se lo vaya a recomendar a mis amistades.
⎯Tal vez, pero sí tenía una pieza de información muy curiosa. Según nos informó, Conte recibió una amenaza de muerte hace poco.
Graco crujió los nudillos de ambas manos con un sonoro chasquido. Anderson arrugó los ojos. Ella sabía cuánto lo irritaba el sonido, pero hacía mucho tiempo que había dejado de preocuparse por los sentimientos de los demás, quitando un par de excepciones. Su compañero aún no se ganaba ese derecho.
⎯¿Podrías…? ⎯empezó Anderson. Graco respondió⎯ No. ¿Una amenaza de muerte? ¿En serio?
⎯Sí. Según el señor Estrada el diputado le comentó de una nota que se encontró pegada en la ventana de su auto el día martes temprano en la mañana.
⎯Sería mucho pedir que la guardara, ¿verdad?
⎯Sí. La botó en el acto.
Graco removió una hebra de cabello que el viento tiró sobre sus ojos.
⎯Por una vez… No importa. ¿Conte le dijo qué decía la nota?
⎯Algo sobre un dinero que había robado y que tenía 72 horas para regresarlo.
Graco clavó sus ojos en los de su compañero.
⎯Esos son tres días. Si la nota la recibió el martes…
⎯Exacto. Hoy es viernes. Tres días.
⎯Rayos ⎯resopló mirando al cuerpo bajo la lona⎯. Un asesino puntual y responsable. Asumiendo, por supuesto, que estén relacionados.
Anderson tomó un sorbo de su bebida antes de comentar:⎯Creo que sí. Hay más.
⎯¿Más? ⎯su cabeza casi giró sobre la columna al escuchar estas palabras.
⎯Sí. Según el señor Estrada el diputado recibió dos avisos posteriores a la nota. Una llamada de teléfono y un mensaje de texto⎯. Alzó la mano para detener el torrente de preguntas que salían de sus labios y dijo:
⎯ Ya tengo a alguien buscando el registro de las llamadas recibidas en casa de Conte. El celular del diputado está en una bolsa de evidencias camino a la estación y el señor Estrada tiene un cuarto reservado para un interrogatorio intenso apenas lleguemos.
Graco asintió. Sus ojos se deslizaron por encima de la mesa, los paquetes y, de vuelta, el difunto.
⎯Un asesino puntual, responsable y persistente ⎯pensó⎯. Justo lo que nos hacía falta.
CAPÍTULO 6
Graco estudió a Estrada a través del vidrio. A pesar de que parecía estar tranquilo no tuvo problemas en identificar ciertos gestos que sugerían todo lo contrario.
Salió de su puesto de observación y se dirigió al cuarto donde el candidato a ser desempleado encargado de seguridad del diputado Conte esperaba ser interrogado. Abrió la puerta con calma y entró en una habitación de cuatro por cuatro metros. Estrada, con los codos apoyados en la superficie de la mesa, levantó la mirada al escuchar la llegada de alguien.
Graco se sentó en una silla, dejó caer un cartapacio amarillo lleno de papeles a un lado y se puso a verificar el estado de la grabadora que guardaría registro digital de todo lo que se dijera. En su visión periférica pudo ver los ojos de Estrada mirando con curiosidad la carpeta, preguntándose qué habría en su interior.
Solo después de decir en voz alta la fecha, la hora y la identidad de las únicas dos personas entre esas cuatro paredes, Graco se permitió estudiar el rostro que esperaba expectante en frente suyo.
Llevaba sus ensortijados cabellos en un corte estilo militar, casi pegado al cráneo. Sus ojos eran de un color oscuro, pero a esa distancia no lograba distinguir cuál. Una pequeña cicatriz surcaba su ceja derecha, partiéndola justo en el medio. Dos campos de negra grama surcados por un perlado camino de piel.
⎯Dígame, señor Estrada ⎯pidió Graco mientras abría con toda calma el fólder amarillo⎯. ¿El diputado Conte recibía muchas amenazas de muerte?
⎯No sé ⎯respondió Carlos demasiado rápido para su gusto. Ella lo miró con expresión inocente.
⎯Pensé que usted era el encargado de su seguridad y, siendo así, esperaba que supiera la respuesta para una pregunta tan sencilla.
⎯Lo soy ⎯dijo molesto. Se acomodó en la silla y cambió la frase⎯. Bueno, lo era. Eso no quiere decir que el diputado me contara todo lo que le ocurría. Yo siempre trataba de explicarle lo importante que era saber dónde estaba o qué hacía en todo momento, pero era un hombre silencioso y no le gustaba depender de nadie.
⎯Vamos ⎯dijo Graco pasando la página⎯. Puede hacerlo mejor que eso. Centremos nuestra atención en los últimos tres meses. ¿Alguna amenaza?
Estrada entrecerró los ojos, como si estuviera haciendo un esfuerzo mayúsculo en concentrarse antes de responder:⎯Varias.
⎯¿Cuántas son varias?
⎯Unas diez, más o menos.
Graco silbó.
⎯Esas son muchas amenazas. Pensé que el diputado era una persona popular.
⎯Lo era ⎯dijo Estrada y su voz sonó defensiva⎯. La gente en el barrio lo apreciaba mucho. Siempre sacaba tiempo de una muy apretada agenda para ir a llevarles comida o escuchar sus problemas.
⎯¿Qué tan frecuentes eran estos eventos?
⎯No lo sé con certeza. Diría que cada dos meses.
⎯¿Y lo anunciaban?
⎯Al diputado no le interesaba…
⎯Si no lo anunciaban, ¿cómo llegaba la gente?
⎯Bueno… Sí, es cierto. Se avisaba, pero jamás se armaba un espectáculo del mismo. Él iba por las personas. Para ayudar.
Graco regresó su atención a los papeles para ocultar la expresión que amenazaba con reflejarse en su rostro. No le interesaba la política, pero estaba segura de haber visto la cara de Conte más de una vez en las pantallas de televisión. Siempre de pura casualidad. Siempre haciendo algo bueno.
⎯Por eso llegó la prensa tan rápido ⎯pensó, recordando a los fotógrafos detrás de la cinta amarilla⎯. Ya estaban o venían en camino al lugar, a encontrarse “de casualidad” con el altruismo del diputado Conte.
Toda una fábrica de mentiras y aún después de muerto sus allegados trataban de mantener la ilusión de bondad. Se preguntó si Estrada se hacía el ignorante o de verdad creía toda la basura que Conte le alimentaba con su glaseado de filantropía.
⎯No te dejes cegar⎯ escuchó una voz en lo más profundo de su cabeza acotar con calma⎯. Es un caso más. Nada que ver con Francisco.
Otra voz más profunda y gutural, casi un gruñido arrastrándose por encima de sus recuerdos, rasgando con afiladas uñas y dejando sus marcas como quebradas líneas de irregular contorno, dijo: Todos son iguales. Me remito a las evidencias.
⎯¿Cuántas amenazas recibió en la última semana? ⎯le preguntó a Estrada. Su ceja doble se movió apenas, tomado fuera de guardia. Sus ojos la estudiaban con curiosidad. Debió perderse en sus pensamientos más tiempo del necesario.
⎯Solo una.
⎯¿Una? Pensé que habían sido tres.
⎯No. Fue la misma amenaza, anunciada de tres formas distintas.
⎯Ya veo ⎯dijo apoyando la palma de una mano contra la otra, como si estuviera rezando⎯. ¿Le importaría ser un poco más explícito?
Estrada resopló con fuerza.
⎯El martes el diputado se encontró una hoja de papel pegado al limpiaparabrisas de su auto. Lo acusaba de haber robado dos millones de dólares y le ordenaba regresar el dinero en 72 horas. Si no lo hacía, moriría.
⎯¿La nota lo amenazaba de esa forma? ¿De muerte?
⎯Sí. El diputado fue muy explícito en ese punto. No pensaba que fuera importante, considerando el tipo de papel usado, pero prefería ser precavido. Me pidió estar alerta.
⎯No le sirvió de mucho, ¿verdad? ⎯pensó, pero no lo dijo en voz alta. A pesar de todo tenía que ser justa y un francotirador no era fácil de identificar. Por lo menos no sin saber a qué te enfrentabas. En su lugar dijo:⎯No comprendí algo. ¿Mencionó algo del tipo de papel?
⎯Sí. La nota estaba escrita a mano en la hoja de una libreta de bolsillo. Según el diputado en una esquina había un dibujo de Hello Kitty.
⎯¿Hello Kitty? ¿La gata? ¿Con el lacito en la cabeza?
⎯¿Conoce otra?
Graco no esperaba eso. No le extrañó que el diputado no le diera mucha importancia a la amenaza. Hello Kitty no estaba en la lista de los más buscados de la policía. Casi parecía una broma. De repente esa era la idea. O significa algo para el asesino, pero ¿qué?
Crujió los nudillos, pero a diferencia de Anderson, Estrada no pareció siquiera darse cuenta. Graco continuó:
⎯Esa fue la primera amenaza. ¿Cuándo se enteró de la segunda?
⎯La mañana del miércoles. El diputado se veía cansado y le pregunté qué le pasaba. Allí fue que me contó de la nota en el auto y de la llamada que le hicieron en la madrugada.
⎯¿Le dio más detalles?
⎯A las dos de la mañana su teléfono sonó y cuando lo contestó escuchó una respiración y luego un grito.
⎯¿Un grito? ⎯exclamó arrugando la frente. Sintió un leve cosquilleo en las plantas de los pies. Un aviso somático de la innegable realidad de que su curiosidad estaba siendo estimulada. Después de ese detalle no podría apartarse del caso ni aunque quisiera.
⎯Sí. Un grito de mujer. Duró como un minuto hasta que logró cerrar el teléfono.
⎯No entiendo. ¿Por qué asumió que eso era una amenaza?
⎯El responsable llamó una segunda vez. Por lo que entendí desde un número diferente y con un modificador de voz. Un robot le recordó que perdía tiempo y que debía regresar el dinero… o algo así.
⎯¿Un robot?
⎯Así fue como el diputado me describió la voz.
⎯¿Y la tercera?
⎯Un mensaje de texto a su celular. También lo borró, pero no antes de que pudiera leerlo.
⎯¿Qué decía? ⎯preguntó Graco acomodándose en su silla, atenta a la respuesta.
⎯Tienes menos de 24 horas de vida. ¿Dónde está el dinero?”
⎯¿Reconoció el número?
⎯No y ese es un callejón sin salida. Me imagino que lo averiguará pronto. Me puse en contacto con un amigo en la compañía telefónica. Me confirmó que ese número es de un teléfono prepagado. Estaba y permanece apagado.
⎯¿Y el otro?
Graco no tuvo que ser más específica. Estrada entendió en el acto a cuál se refería.
⎯También hice una revisión completa de todas las llamadas entrantes al teléfono privado del diputado. Recibió dos llamadas. Una a las 2:05 am. y la otra, diez minutos después.
⎯¿Del mismo número?
⎯No, todos diferentes. Todos de teléfonos prepagados.
⎯Déjeme adivinar. Ninguno responde.
Estrada asintió y bajó la mirada a la mesa. Sus ojos se enfocaron en una pequeña mancha de café que parecía dibujar una flor sobre la pulida superficie de metal.
⎯Sáqueme de una duda ⎯dijo Graco cerrando la carpeta y empujándola hacia un lado de la mesa, sacándola de su línea directa de visión⎯. Asumo que los teléfonos del diputado no son de dominio público.
Estrada gruñó como si la idea le pareciera irrisoria.
⎯No tiene idea del número de personas que trataban de aprovecharse de él. Le pedían dinero para reparaciones, construcciones o alimentos. Uno, inclusive, se le acercó una vez para pedirle ayuda para ir a visitar a su madre.
⎯No lo veo tan descabellado ⎯comentó Graco.
⎯Según su historia, la madre huía de unos pandilleros y se fue a refugiar a las islas Fiyi.
⎯¿Las islas Fiyi? ¿En serio?
⎯Esa era su historia. Por supuesto, me tomó menos de treinta minutos descubrir que su mamá vivía en un pueblito del interior, en una casa de quincha. El desgraciado del hijo no solo no ayudaba, sino que tenía planeado dejarla sola para irse a vivir la vida loca.
⎯¿Presentaron la denuncia?
⎯No es un crimen pedir dinero. Tampoco mentir si a eso vamos.
⎯Ya veo. ¿Y los números de teléfono?
⎯Todos privados. El de la casa y su celular más que ninguno. Solo unas pocas personas los tenían.
⎯¿Usted los tenía?
Estrada arrugó los ojos. Las palabras escaparon de sus labios como si tuvieran miedo de salir.
⎯Era el encargado de seguridad. Por supuesto que los tenía.
⎯Pero no era imposible obtenerlos.
⎯No, no lo era.
Un bosquejo comenzaba a tomar forma. Un atisbo en blanco y negro de la pintura final. Una obra que gritaba orden y pulcritud. Planeación al mínimo detalle.
Personal.
⎯¿Qué sabe de los dos millones que le pedían devolver? ⎯ preguntó Graco. Estrada no titubeó.
⎯Nada.
⎯Usted perteneció a su círculo cercano.
⎯Sí, pero no de esa forma. Mire⎯ extendió las manos sobre la mesa, apoyando las palmas encima⎯. Yo me aseguraba de que ningún loco se le acercara y lo ayudaba de vez en cuando con alguna tarea especial. Nada ilegal. ⎯Aclaró al ver la ceja de Graco levantarse ante la elección de palabras⎯. Sin embargo, jamás fui testigo de reuniones clandestinas. Nunca vi el paso de maletines llenos de dinero bajo la mesa y no tengo conocimiento alguno de los dos millones mencionados en los mensajes.
⎯Curioso que eligiera esos ejemplos ⎯pensó, pero prefirió guardar silencio. No veía a Estrada como artífice de este grado de organización. Era un empleado útil y un esbirro de Conte en sus negocios. Ese podía ser el límite de su participación.
El asesino era otra cosa. Alguien capaz de obtener información privada o confidencial. Metódico y paciente.
⎯¿Por qué le da la oportunidad de regresar el dinero? ⎯pensó⎯. ¿Qué gana con eso?
***
El hombre que vio los últimos segundos de vida de Marcos Conte a través del cristal de una mira telescópica esperó con paciencia a que terminara la propaganda. La señora ama de casa, con la bolsa de detergente en una mano y una fila de ropa tan blanca que solo se ve así recién salida del paquete, fue reemplazada una financiera que prometía resolver todos tus problemas.
El hombre sonrió ante la ironía y se metió una cucharada de arroz en la boca sin quitar la vista del televisor.
La imagen dejaba mucho que desear si se comparaba con las de los modelos más recientes. La pantalla no era grande ni plana. La parte electrónica ocupaba varios centímetros detrás del vidrio y su peso combinado lo hacía útil como equipo de fisicoculturismo. No usaba control remoto y para cambiar de programa tenía que girar un disco con diez números, la limitante de canales que podía recibir.
El televisor reposaba sobre una mesa de madera cubierta con un mantel de vinilo en cuadros de colores, los bordes resquebrajados por el tiempo. Un pequeño florero de cerámica ocupaba la diestra del televisor. Dos flores de plástico de color blanco en su interior hacían contraste con la gris pared de cemento.
Encima del televisor destacaba una caja de vidrio, con uniones en madera clara. En su interior un único objeto. Un viejo rifle.
Su instrumento para hacer justicia. La mano del miedo.
La financiera desapareció para ser suplantada por el logo del canal y luego por el estudio donde filmaban las noticias de la noche. El reportero, vestido de saco oscuro y camisa celeste, empezó con la novedad del momento.
⎯El asesinato del diputado Marcos Conte ⎯dijo con una imagen del difunto de fondo⎯tiene consternada a toda la población. Las personas en su circuito lo recuerdan con cariño, como alguien que siempre estuvo allí para ayudarlos. El hecho de que muriera haciendo esa labor no es más que un testimonio del tipo de hombre que era. A continuación, un pequeño resumen de la vida de…
El hombre estiró la mano y bajó el volumen. Esa parte no le interesaba. Conocía todos los detalles de su vida que importaban y ninguno era de dominio público.
Conte era una plaga. Un insecto localizado en algún lugar entre la garrapata y el chinche de cama. Un chupasangre que se aprovechó de sus influencias y educación para hacer dinero a expensas de personas que no podían pensar en la comida de mañana pues no habían resuelto la del día de hoy. Solo había una forma de lidiar con ese tipo de personas.
Si todo iba acorde con el plan, el paquete debía estar llegando a las manos indicadas en horas de la mañana. Luego de eso sería cuestión de tiempo.
Empezarían a comprenderlo.
La imagen en el televisor cambió. Ahora, una reportera de cabellos oscuros y un traje sobrio de color azul claro. En el fondo una imagen que hizo que volviera a subir el volumen.
⎯En otras noticias ⎯dijo la joven en un sensual tono grave. En el fondo la imagen de una silla con un pequeño casco pegado a la parte superior⎯el día de hoy fue presentado en la Asamblea el anteproyecto de ley 660 que, de aprobarse, permitiría la aplicación de la pena de muerte en Panamá. Algunos sectores llaman a la propuesta una afrenta a la Constitución. Estamos seguros de que esta polémica ley dará numerosas razones de qué hablar en las próximas semanas. Parece una ironía del destino que el propulsor de la ley fuera el difunto diputado Marcos Conte, quien falleció el día de hoy.
⎯Ironía ⎯murmuró el hombre recogiendo los platos de la mesa⎯. Es una forma de decirlo.
Su risa resonó por toda la habitación.
***
La detective Graco cambió de canal. Tenía las piernas estiradas sobre la mullida superficie del sofá y la cabeza apoyada sobre el respaldar. Una copa de vino en la mano izquierda y un plato con queso y aceitunas colocado en una pequeña mesa a unos pasos.
En el silencio que llenaba la habitación entre la desaparición de un canal y la aparición del siguiente, Marialexis prestaba atención. Esperaba escuchar en la infinitesimal paz auditiva el sonido de una voz. Un quejido. Un grito.
Cualquier cosa.
Como siempre, el silencio se impuso.
La voz de una reportera de cabellos rojizos rompió el embrujo y anunció los preparativos que se seguían para el sepelio de Marcos Conte. Era una noticia mucho menos interesante y, en comparación con las relacionadas con el diputado, mucho menos violenta. La sangre vertida a lo largo del día por los noticieros era suficiente para alimentar a una colonia de vampiros.
Como sospechó su compañero, las fotos y videos fueron gráficos en extremo. Los noticieros se protegían con advertencias sugerentes sobre el contenido.
⎯Las siguientes imágenes pueden herir algunas susceptibilidades. El siguiente video no es apto para niños sin la supervisión de un adulto.
⎯¿En qué momento ⎯pensó Marialexis con sorna, olfateando la superficie del rosado líquido en la copa antes de deslizarlo por el interior de su boca⎯la visión de una cabeza que estalló por el efecto de una bala es apta para un niño, supervisado o no? Y lo que era peor: ¿qué adulto en su sano juicio le enseñaría algo así a un hijo?
La respuesta era más desalentadora que la pregunta y prefirió ignorar la voz que, en lo profundo de su mente, trataba de responder como si fuera el primer día de clase.
Lo único bueno después del festival de terror repetido una y otra vez en varios canales, con diferentes grados de resolución, fue que en ningún momento mencionaron las advertencias del asesino. Habían logrado mantener ese detalle fuera de los medios y la única persona capaz de traicionarlos y de darle la primicia a la prensa, prefería mantenerse en el anonimato. Estrada no solo había fallado en proteger a su empleador teniéndolo a no más de cinco metros de distancia, sino que el asesinato se dio a pesar de tres avisos previos.
Como lo viera, no era una buena referencia laboral.
Presionó un botón en su control remoto y la imagen de una reportera de negros cabellos hizo su aparición.
⎯El día de hoy fue presentado en la Asamblea el anteproyecto de ley 660 que, de aprobarse, permitiría la aplicación de la pena de muerte en Panamá.
Un ruido a su izquierda la hizo perder el hilo del resto de la noticia. A solo unos pasos, parado en la entrada de la sala de estar, un niño de ocho años la miraba con ojos cansados.
⎯¿Te despertaste? ⎯dijo sentándose en el acto y extendiendo el brazo en su dirección. El niño, que llevaba un pijama de dinosaurios e iba descalzo, caminó hacia el sofá y se dejó caer a su lado. Se acomodó, levantando las piernas y apoyando la cabeza sobre su regazo. Marialexis se estiró sin moverlo para poder colocar la copa en el piso.
El estudio de grabación de las noticias fue suplantado por una propaganda sobre una nueva novela. La imagen de una joven con atributos anatómicos que no pudieron venir con el paquete original apoyada contra un señor mayor de blancos cabellos. Un nombre ridículo y cursi en letras negras.
Apagó el televisor y dejó caer el control en el sofá, a los pies del niño.
⎯¿Te fue bien hoy? ¿Jugaste mucho?
El niño apenas asintió, el movimiento percibido como un temblor sobre la piel de sus piernas. Marialexis se dobló y plantó un beso sobre su mejilla.
El niño sonrió con los ojos cerrados.
Tenía mucho trabajo que hacer al día siguiente. No solo adentrarse en la vida de un político a través de lo que estaba seguro serían aguas muy turbias, sino interrogar a todos sus allegados o personas con algún deseo de venganza. Por lo poco que había averiguado, la lista tenía el tamaño del directorio telefónico.
Deslizó sus dedos por encima de los cabellos del niño y clavó sus ojos en el vacío. Se podía dar el lujo de olvidar por un momento al diputado Conte. Tenía todo el día siguiente para desgranar verdades y sacar a la luz cada secreto de su vida. No dejaría piedra sin levantar.
Cuando se hacen negocios con la muerte hasta la más pequeña gota de sangre tiene valor.
***
Javier Prado encendió la luz con un rápido movimiento de la mano, la puerta aun girando sobre sus bisagras tras el suave empujón para abrirla. El lugar fue conquistado por la luz fluorescente que descendió del techo y la imagen delante de sus ojos no hizo más que arrancar un suspiro de desesperanza de sus labios. Si el caos fuera un ente viviente, su oficina sería su reino.
¿Eso en qué lo convertía? ¿Príncipe del colapso? ¿Duque del desorden?
⎯Con mi suerte ⎯pensó dando el primer paso en lo que parecían las ruinas de un apartamento después de un apocalipsis nuclear⎯si acaso bufón.
Tiró las llaves que traía en las manos en una mesa cercana. Se paró en medio de la oficina y con las manos en la cintura dio la vuelta estudiando el lugar, casi como un general planeando una avanzada de conquista.
⎯Mariscal de la desconstrucción ⎯murmuró⎯. Eso suena mejor.
Después de llegar al grado 359 de su giro dejó caer las manos. No era algo que sesenta minutos de arduo trabajo no pudiera resolver, pero después de quince días de vacaciones en Jamaica la palabra “trabajo” no era la primera en su lista.
La única razón por la que había decidido sacrificar su última noche de vacaciones en lugar de dejarlo todo para el día siguiente fue porque se imaginaba el estado de su oficina. Si no resolvía ese desastre antes del amanecer, las noticias del día lo tendrían atrapado desde temprano. Los paquetes, cartas y documentos seguirían llegando y para cuando intentara poner algo de orden ya sería demasiado tarde, dejándole como única solución un lanzallamas y un extintor para limitar la extensión del incendio.
⎯Señor de las flamas ⎯ pensó ⎯. Me gusta. Debo mandar a hacer una placa con el título.
Se tiró en la silla detrás de su escritorio, al cual llegó atravesando montañas de papeles y ríos de informes. Encendió la computadora dejando correr todos los programas necesarios para que pudiera comenzar a usarla. Mientras el ronroneo digital acompañaba la danza de luces verdes parpadeantes, Javier empujó la silla hacia la derecha para ponerse enfrente del teléfono. Como se lo esperaba, en una pequeña pantalla oscura aparecía el número de mensajes que había acumulado. Llevaba dos semanas sin tocar el celular, con muy raras excepciones, así que, si alguien quería localizarlo, esa era la única forma de conseguirlo.
Quince mensajes.
⎯Como si no tuviera suficiente trabajo ⎯dijo sacudiendo la cabeza. Miró de vuelta a la computadora. En el fondo de pantalla una foto de la nebulosa de Andrómeda se materializó en sus tonos oscuros, rojizos y blancos. Los íconos aún permanecían invisibles.
Tenía que pedirle a su jefa una computadora más rápida y ya podía escuchar la respuesta en su cabeza: “Dame una buena historia. No cualquier cosa; algo trascendental. Luego hablamos de eso”.
Siempre era así con ella. Javier era uno de los reporteros más prolíficos de la unidad de periodismo investigativo. Su último reporte sobre el diputado Marcos Conte y la concesión que le hizo a un aliado político para la construcción de una autopista la escribió estando de vacaciones. Después de mandarla, le recordó a su jefa que necesitaban una nueva cafetera. Tendría que ir a revisar, pero estaba seguro de que al entrar en la cocina de la oficina encontraría una reluciente y moderna cafetera.
Las historias eran la moneda de intercambio en el periódico:
⎯ Jefa, necesito una silla nueva. La vieja se rompió.
⎯Tráeme una historia. Luego hablamos.
⎯Jefa, necesito un permiso para cuidar a mis abuelos que están enfermos.
⎯Tráeme algo bueno, una noticia interesante. Luego hablamos.
⎯Jefa, me estoy muriendo y necesito un nuevo hígado.
⎯Dame una buena historia y después te regalo el mío.
Javier regresó su atención a la lista de mensajes. Presionó un botón en el aparato para escuchar el primero y se puso a recoger los papeles desperdigados sobre la superficie del escritorio.
Una voz femenina digital empezó a reproducirse.
⎯Tiene 15 mensajes nuevos. Primer mensaje nuevo: Domingo 14 de octubre, 7:00 pm.
La voz de su madre hizo aparición.
⎯¡Hola Javier! Sé que te vas de vacaciones, pero ¿crees que antes de irte podrías pasar a visitar a tu vieja y solitaria…
Javier borró el mensaje y pasó al siguiente. Debió llegarle poco después de salir de la oficina. Fue a verla antes de irse, así que terminar de escuchar era innecesario.
Los mensajes siguieron uno detrás del otro. La voz de su jefa pidiéndole una información, olvidando que estaba de vacaciones; otros colegas pidiendo la confirmación de ciertos datos; una joven solicitando que le regresara la llamada ya que se había ganado un fin de semana en Orlando, solo tenía que ir a una reunión para escuchar unos planes…
Borró el mensaje. Ninguno era urgente hasta ese momento. Todos podían esperar hasta las primeras horas de la mañana.
Dos mensajes pendientes.
⎯Jueves 26 de octubre. 9:00 pm. ⎯dijo la voz digital. Luego una que le sacó una sonrisa al escucharla:
⎯Hola, hermanito. Solo para informarte que ya llegamos. Te llamé al celular y lo tienes apagado. Tienes que botar esa basura y modernizarte. En fin, nos fue de maravilla y Sofía te trajo un regalito. Me llamas. Ciao.
Su hermanita. Dos años menor que él y a pesar de sus treinta años y dos hijos siempre sería su hermanita. Estuvo a punto de llamarla antes de ir a la oficina, pero asumió que el vuelo llegaría más tarde. Ella y su familia habían tomado vacaciones casi al mismo tiempo que él, solo que su destino había sido Disney.
Se preguntó qué le pudo haber traído de regalo su bella sobrina de solo seis años. Fuera lo que fuera estaba seguro que sería algo inútil, cursi, comprado a un valor diez veces mayor de lo habitual y que lo atesoraría como si fuera el diamante más raro del mundo.
Sacó su celular del bolsillo y lo revisó. La batería se había vuelto a soltar y la pantalla estaba oscura. Le quitó la tapa y la acomodó, con lo que una suave luz blanca y una clásica música anunciaban que su celular regresaba a la vida.
⎯Tal vez tiene razón ⎯pensó colocando el celular encima del escritorio⎯. Tal vez es hora de cambiarlo por un modelo nuevo.
⎯Viernes 27 de octubre. 6:30 am. ⎯dijo la voz digital reproduciendo el último mensaje, mientras Javier reconocía para sí una realidad ineludible. Cambiaría de teléfono cuando el que tenía se le disolviera en la mano. No antes.
En ese momento una alarma en su cabeza le hizo dejar los papeles que tenía en la mano y regresar su mirada a la máquina de mensajes.
¿6:30 am? ¿Quién me llamaría un viernes a las 6:30 de la mañana?
Para su sorpresa la voz siguió siendo digital, pero ahora con un tono masculino, robótico.
⎯Señor Prado. Usted no me conoce y por razones que se harán obvias prefiero mantener mi identidad en secreto. Le sugiero que preste mucha atención a lo que voy a decir. Dejo este mensaje en su contestador porque sé que no lo escuchará hasta el lunes cuando regrese a trabajar. Para entonces podrá confirmar que no estoy loco. En exactamente treinta minutos pienso asesinar al diputado Marcos Conte.
A Javier se le escapó un pedazo de papel de la mano. Giró la silla con lentitud, quedando de frente al equipo que reproducía la fría voz robótica. Se enteró de la noticia el día que llegó de vuelta de vacaciones y era imposible no hacerlo. No se hablaba de nada más en toda la ciudad.
Exprimió sus neuronas tratando de recordar los detalles iniciales. El diputado Conte murió después de las siete de la mañana del día viernes. Eso significaba que el mensaje había entrado al menos media hora antes del hecho.
⎯En este momento ⎯siguió diciendo la voz⎯puedo ver el lugar que visitará Conte en unos minutos. Tengo una visión perfecta del lugar y el clima es óptimo. No tendré ningún problema en poner una bala en su cabeza.
La voz guardó silencio. Pensó que el mensaje se había cortado y se acercó a la pantalla. Las palabras lo tomaron casi por sorpresa.
⎯Escuchará en los próximos días a muchas personas hablando bellezas del diputado. Si fuera por ellos, en unos años tendríamos al beato Marcos. Todos fueron engañados. En algún lugar de su oficina debe haber un paquete que le llegó el día sábado. Revíselo con calma. Después de leer todo lo que hay adentro conocerá el verdadero tipo de persona que era Marcos Conte. Confío en que hará lo correcto.
La voz desapareció con un chasquido electrónico rodeado de estática. Javier se quedó mirando el equipo como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
⎯Me llamó el asesino ⎯dijo en voz alta para él mismo⎯. El asesino del diputado Conte me llamó y me envió…
Saltó de la silla y empezó a recorrer la oficina, tirando papeles y revisando cada sobre y paquete. En su quinto intento lo encontró. Una caja de mediano tamaño sin remitente. La abrió con mano trémula y sacó de su interior una carta en papel blanco escrita a máquina y varios cartapacios de color rojo y azul. Dentro de ellos papeles llenos de cifras.
Deslizó la vista por encima de los números y los títulos asociados. Después de pasar la tercera página se le escapó un pequeño silbido. Si lo que allí salía reflejado era cierto, estaba a punto de destruir la reputación de un muerto. Una ola de remordimiento lo invadió, pero no más de un segundo. Al final, justificó sus actos como siempre lo hacía.
⎯Tú no eres el culpable ⎯se dijo⎯. Tú solo reportas lo que alguien más hizo. El criminal es él.
Leyó la carta y con cada palabra pudo sentir su pulso acelerarse. Esta historia se estaba convirtiendo en una bomba. Podría pedir la computadora que quisiera, pensó mientras procesaba los posibles títulos para los artículos que empezaría a escribir en el acto:
“Corrupción a la carta”.
“La verdadera vida de Marcos Conte”.
“La promesa de un asesino”.
La intención de limpiar la oficina fue relegada a un segundo plano.
En lo que a él se refería, si la oficina cobraba vida y se lo tragaba entero lo tenía sin cuidado, con tal de que antes de escupir sus huesos le dejara escribir la historia que sostenía entre las manos.
CAPÍTULO 7
Marialexis marcó el paso al ritmo de la música electrónica. Sus pies pisaron el pavimento al compás de las notas y trató de mantener su respiración constante, a pesar del esfuerzo.
El cielo era de un penetrante color rojizo, con unas cuantas nubes azules rayando la inmaculada uniformidad. El sol naciente surgía como una bola de luz convirtiendo los tonos fríos en sangre y fuego.
Levantó la mano para poder ver su reloj. Llevaba un buen ritmo y acababa de pasar la marca de los tres kilómetros. Sentía que aún tenía suficiente energía para unos cuantos cientos de metros más, pero era consciente de que no debía abusar. Además, tenía mucho trabajo en la oficina y lo último que necesitaba era llegar tarde.
Aminoró el paso y apagó la música. Se quitó los audífonos, con lo que el ruido del mar y las olas golpeando las rocas la rodearon como un manto. No se detuvo, para mantener la circulación y los músculos en movimiento.
Cerca de donde tenía estacionado el auto, un hombre de cuarenta años y una joven de veinte regentaban un pequeño local. El olor a café recién hecho era evidente a pesar de la distancia y el viento proveniente del mar. Ya lo había probado antes. Era un café con personalidad. Fuerte y sin rasgos amargos.
Justo lo que necesitaba antes de llegar a la oficina.
⎯¡Paola! ⎯exclamó extendiendo los brazos como si pudiera abrazarla a distancia⎯. Puntual como un reloj suizo. Quiero un café.
⎯Hola, Marialexis ⎯dijo ella y casi al unísono, su padre⎯. Aquí lo tienes. Te lo serví apenas te vi acercarte.
⎯Eres un amor ⎯exclamó con alegría, tomando la taza de sus manos. El calor se extendió por su piel como un delicado guante.
⎯¿Algo más?
⎯No. Bueno, sí: El periódico. ¿Tienes alguno?
⎯Seguro ⎯anunció Paola. Extendió la mano y sacó uno de los ejemplares que tenía oculto debajo del mostrador. Marialexis lo tomó con la mano libre, la taza de café balanceándose de forma experta en la otra.
Se sentó en una silla de metal. Estiró el periódico sobre la superficie de una mesa circular del mismo material y se llevó la taza de café a los labios.
El primer sorbo salió despedido de sus labios en la forma de cientos de pequeñas gotas expulsadas a toda velocidad. La página quedó llena de diminutas manchas en colores chocolate y negro.
⎯¿Qué demonios? ⎯masculló ella acomodándose en la silla. Empezó a leer:
LA PROMESA DE UN ASESINO
Declaraciones inéditas de la persona que se responsabiliza del asesinato del diputado Marcos Conte.
Javier A. Prado
javierprado@laesclusa.com
Después de sopesar las ventajas y desventajas, la redacción del periódico La Esclusa decidió publicar en su forma inédita un documento que llegó a nuestras oficinas este fin de semana. El responsable nos brindó pruebas contundentes que lo ligan de forma directa con el asesinato el día viernes 27 de octubre del diputado Marcos Conte, que ocurrió durante la preparación de una feria popular para los miembros de su circuito.
A pesar de que la publicación de este documento podría ser visto como una irresponsabilidad periodística, consideramos que es nuestro compromiso hacerle llegar estas palabras a toda la ciudadanía. El potencial de violencia que se podría desatar de no cumplir con la petición hecha por un asesino confeso nos obliga a actuar y esperamos que nuestras acciones ayuden en la pronta aprehensión del responsable.
A continuación, el documento recibido en nuestras oficinas tal y como fue redactado por el autor.
Para: Todos los habitantes del país más hermoso del mundo.
De: Un servidor.
Mi nombre no importa. La misión que emprendo, sí.
Estoy convencido de que todos ustedes, al igual que yo, estamos hartos de las mentiras, de las promesas inconclusas hechas al grito de arengas políticas, de las esperanzas destruidas por empresarios corruptos, a quienes más le interesa el dinero que el bienestar de sus empleados, de los sueños aniquilados más allá de toda esperanza de recuperación por personas con poder que solo piensan en ellos mismos y no en el pobre a quien aplastan con sus decisiones o actos.
Estoy agotado y furioso. Por primera vez en mi vida decidí que ya es suficiente.
No pretendo que todos compartan mi forma de ver el mundo o lo que, en mi corazón, sé que tengo que hacer. Solo espero que con estas palabras entiendan el motivo.
En estos momentos se discute en la Asamblea la aplicación de la pena de muerte. En voz alta muchos están en contra, pero en la soledad de sus pensamientos opinan muy distinto. ¿Cuántos no han escuchado de un crimen violento o atroz y han pensado: “Ojalá le hicieran lo mismo”? Esa forma de violencia es innata en todos nosotros. Es el instinto de sobrevivencia gritándonos en el oído. Recordándole a nuestro consciente lo que puede pasar.
Si usted ve una cucaracha subirse a la mesa, usted no le pregunta si se limpió las patas. Usted sabe que es un agente transmisor de enfermedades y la posibilidad es más que suficiente. La ve, piensa en su familia y la aplasta.
Yo hago lo mismo. Eso no me hace ser una mala persona, ¿no creen?
Estoy de acuerdo con la pena de muerte, pero no me limitaría a su aplicación como está sustentada en el actual proyecto de ley. La extendería a otros crímenes y el primero en mi lista sería el peor de todos: La corrupción.
El corrupto no afecta a una persona. Lesiona a muchas. Según el acto puede destruir el futuro de toda una empresa, los ahorros de toda una vida de duro trabajo de un pobre campesino o el argumento moral con el cual tratamos de advertir a nuestros hijos del bien y del mal. Después de todo, si robar queda impune y el responsable se hace millonario ¿cómo refutar la lógica de que esa es la forma correcta de ganarse la vida?
Para eso estoy aquí. Esa es mi misión. Cambiar la forma de ver el mundo de nuestros jóvenes y volverles a inyectar sentido común por medio del ejemplo más poderoso de todos. El que a sangre entra.
A partir de este momento lanzo una advertencia a todos los responsables de manejar fondos públicos o que no le pertenecen. Estoy vigilando. No se pueden esconder de mí, igual que no podrán evitar el juicio divino al morir. No quiero esperar tanto. Debemos hacer justicia ahora.
El diputado Marcos Conte era una basura de ser humano. Espero que el periódico publique las pruebas que le mandé con este documento. La única forma de detener a ese tipo de personas es con una bala en la cabeza. No hay otra.
Pena de muerte. Sencillo y efectivo.
***
Quiero hacerles una promesa a todos ⎯leyó en voz alta Marialexis⎯. No bajaré la guardia, estaré vigilante de toda acusación de actos de corrupción o desfalco, investigaré cada uno con la severidad que amerita el caso y de comprobar el acto tomaré acciones. Mi justicia será expedita y definitiva. En esta misión soy la Trinidad de la Justicia. Soy juez, soy jurado, soy verdugo.
Dejó caer el periódico sobre el escritorio de madera oscura, con fuerza. El golpe hizo temblar los objetos en su superficie, pero no hizo siquiera parpadear a la mujer que la estudiaba desde el otro lado de la mesa.
En un sofá de igual color un hombre revisaba un viejo celular. Vestía de saco y pantalón gris y su pose era de total tranquilidad, como si todo ese asunto no tuviera nada que ver con él.
⎯¿Piensan que fue buena idea publicar las palabras de un asesino? ⎯preguntó la detective Graco en un tono que no ocultaba en lo más mínimo su ira. Al ver la falta de respuesta de la mujer enfocó su atención en el hombre del saco gris⎯. Asumiendo que sea verdad ¿no pensó que podía ser un impostor? ¿Tiene idea del daño que eso podría causar a nuestra investigación?
⎯No es un impostor ⎯respondió Javier levantando la mirada para responder la pregunta⎯. Estoy seguro.
⎯¿Cómo? ⎯preguntó Anderson con una libreta en mano. Se veía más calmado, pero sus labios parecían una línea trazada en su rostro.
Javier miró hacia el escritorio. La mujer asintió.
⎯El asesino dejó un mensaje en mi teléfono. Lo hizo media hora antes del asesinato del diputado Conte.
Graco lo miró con intensidad. Su cabeza giró hacia la mujer, hacia Anderson y de vuelta a Javier.
⎯¿Cómo? ¿Sabían del asesinato y no dijeron nada?
⎯Jamás dijimos eso ⎯dijo la mujer levantando los dedos de la mano, la muñeca aun apoyada sobre el escritorio⎯. El mensaje entró en el teléfono de Javier el viernes a las 6:30 de la mañana. Él estuvo de vacaciones. Ayer en la tarde fue que escuchó el mensaje y descubrimos el paquete al cual se refiere en la nota.
⎯¿Y no se les ocurrió ⎯exclamó Graco con un toque de frustración mezclado en las palabras⎯darnos la carta y el mensaje antes de publicarlo?
La mujer tamborileó con los dedos por unos segundos antes de empujar su silla y levantarse. Hasta ese momento le pudieron hablar mirando hacia abajo, pero el escenario cambió en el momento en que se irguió.
Podía medir el metro ochenta y por algún motivo dudaba que trajera zapatos de tacón. Les dio la espalda y se paró frente a una imagen en blanco y negro que ocupaba gran parte de la pared. Un barco atravesaba unas compuertas de inmenso tamaño. El agua, en escala de grises, remolineaba con el movimiento de la estructura. Aunque la foto era antigua, no tuvo problemas en reconocer el lugar: Las esclusas de Miraflores. Todos los barcos que querían atravesar el Canal de Panamá tenían que pasar por ella.
Marialexis no pudo evitar pensar que, parada en ese lugar, su cabeza quedaba al nivel de la proa del barco. Cuando se dio la vuelta, le recordó a un drakar, un barco vikingo con la efigie de un dragón o una serpiente marina en el mismo lugar. Si la información que le dieron sobre ella era cierta, el símil era casi perfecto.
⎯El Unabomber ⎯fue todo lo que dijo Regina Ferrer, directora del periódico La Esclusa y conocida, siempre lejos de su rango auditivo, como la Mujer Dragón.
⎯¿Disculpe? ¿El Unabomber?
⎯Sí. Ted Kaczynski. Fue un famoso…
⎯Recuerdo quien era el Unabomber ⎯interrumpió Graco molesta⎯. Lo que no comprendo es qué tiene que ver con mi pregunta.
⎯Sencillo ⎯dijo Regina con una casi imperceptible sonrisa⎯. El 19 de septiembre de 1995 los editores del New York Times y del Washington Post decidieron publicar de forma íntegra las palabras de uno de los más conocidos terroristas domésticos del siglo XX. Esta acción permitió al hermano del Unabomber identificarlo y gracias a esa publicación, Kaczynski está tras las rejas, mientras tenemos esta conversación.
⎯Hay ciertos problemas con su lógica ⎯dijo Anderson. Graco y Ferrer se voltearon a mirarlo, en ambos rostros la misma expresión de incertidumbre, pero él no pareció notarlo. Se echó para atrás en su asiento y prosiguió:⎯Primero, ambos periódicos tuvieron en su poder el documento por casi tres meses y luego de discutir la seguridad de publicarlo con las autoridades encargadas del caso fue que se atrevieron a hacerlo.
Prado separó la mirada del celular, que cobró vida con un suave tono musical y concentró su atención en Anderson. Entrecerró los ojos, como si quisiera enfocarlo mejor.
⎯Segundo ⎯continuó diciendo. El silencio en la oficina era absoluto⎯. El Unabomber prometía detener sus crímenes si publicaban el documento. Hablamos de un asesino en serie que enviaba bombas caseras en el correo. Tres muertos y algo así como veinte heridos en su haber. Envía una carta y promete desistir si publican sus ideas. Nuestro amigo, en cambio, no era conocido y no prometió nada. Diferente escenario.
⎯Veintitrés ⎯dijo Prado colocando el celular en su bolsillo.
⎯¿Cómo? ⎯preguntó Graco.
⎯Veintitrés es el número correcto de heridos que dejó el Unabomber.
Anderson asintió, aceptando la corrección. Graco resopló con fuerza antes de exclamar:
⎯Bien. Todos hicieron su tarea. Se merecen una estrellita dorada en la frente. Eso no los excusa de lo que hicieron. Si ese desgraciado escapa por culpa de ustedes los voy a perseguir con todo el poder que me permita la ley.
⎯Recibimos un documento y lo publicamos. Es nuestra potestad y dudo bastante de que tenga alguna repercusión en sus investigaciones ⎯dijo Ferrer aun de pie. En un tono más bajo, pero audible agregó:⎯Si hacen bien su trabajo.
Graco pudo sentir los músculos de su espalda tensarse con el comentario y algo debió cambiar en su pose o apariencia, pues Anderson reaccionó con ella y, para su sorpresa, Ferrer hizo un minúsculo movimiento de retirada con la parte superior del cuerpo.
⎯Siempre hacemos bien nuestro trabajo. Mencionaron un mensaje en un teléfono. ¿Dónde está la grabación? De paso, ¿dónde están los documentos que les enviaron? Los originales, me refiero.
Ferrer no respondió y Graco empezó a temer que tendría que involucrar al Departamento Legal. Diez segundos después miró a Prado y con un gesto de la cabeza pareció dar una señal preestablecida. El reportero se levantó del sofá y se dirigió hacia un archivador que ocupaba una esquina de la oficina. Abrió el segundo cajón y del interior sacó dos pequeños paquetes del tamaño de una hoja de papel y uno más pequeño, casi del tamaño de su mano.
Graco tomó los paquetes y los colocó sobre el escritorio para examinarlos. El pequeño contenía una tarjeta de memoria digital de color azul oscuro, con 4GB escrito en letras amarillas.
⎯Del contestador de llamadas ⎯aclaró Prado.
⎯¿Lo modificó de alguna forma? ¿Sacó una copia?
⎯Borré los mensajes que me dejaron otras personas esa quincena. La unidad solo contiene la llamada del Verdugo.
Graco sintió los ojos girar en sus órbitas. La publicación de la carta era solo el primer problema. El autor del artículo, quien la observaba con cara de absoluta inocencia, se refirió al asesino varias veces a lo largo del texto con un simple apodo. Considerando sus acciones y el haber declarado estar a favor de la pena de muerte, le venía como anillo al dedo.
“El Verdugo”. El público aceptó el nombre sin pensarlo dos veces y los otros medios se sumaron al movimiento. Para el final del día todos harían referencia al asesino del diputado Conte con el apodo creado por Prado. Lo malo era que eso le daba poder. Lo hacía importante, único. Para todos los encargados de la investigación en el Departamento de Homicidios sería nombrado usando un simple acrónimo: SUNI (Sujeto no identificado).
Jamilen, una psicóloga con la que había entablado amistad en un caso previo, solía decir que el nombre sonaba muy dulce para el tipo de personas a las cuales se aplicaba. No podía negar que tenía toda la razón, pero no era su culpa.
⎯No me respondió ⎯señaló en un tono neutro⎯. ¿Le sacó alguna copia al archivo?
⎯¿Le creería si le dijera que no? ⎯preguntó Ferrer. Graco arrugó la cara como si estuviera ofendida, pero tampoco le dio respuesta a la pregunta.
Colocó la tarjeta dentro de una pequeña bolsa de evidencia que Anderson le pasó. El segundo paquete era más delgado y contenía un típico cartapacio de color crema con dos hojas de papel escritas a máquina. Esperaba una carta impresa a computadora, pero ésta era diferente. Las letras estaban marcadas con fuerza sobre el papel y la “r” tenía un pequeño espacio en blanco en la base. El defecto se repetía en todas las palabras con esa consonante.
Era un descubrimiento inesperado. No recordaba haber visto una máquina de escribir en años. Se preguntaba si siquiera las hacían todavía.
Leyó con calma y no sintió que la publicación en el periódico omitiera una sola vocal. Por supuesto tendría que verificarlo, pero estaba casi segura. La carta se había publicado íntegra, salida de la tinta de una vieja máquina de escribir y directo desde los dedos de un asesino.
Sin firma. Solo se refería a sí mismo al inicio de la misiva como “Un servidor”.
Definitivamente tenía menos impacto mediático que el apodo seleccionado por Prado.
El tercer paquete tenía varios cartapacios en colores rojo y azul. En su interior, decenas de hojas organizadas de una forma clara.
Reportes, documentos privados, cartas, correos electrónicos. Había tenido la oportunidad de leerlos en la edición matutina de La Esclusa. Los ojeó y no encontró ni un solo documento que hubieran omitido. Todos estaban allí, cada uno más dañino que el anterior.
Al final del bloque encontró el e-mail más controversial. El tema del día en las redes sociales. Un documento fechado a principios del mes, enviado por un consorcio privado, le solicitaba su intercesión para facilitar la construcción de un centro comercial en su circuito. El problema radicaba en que el proyecto incluía un terreno ocupado en ese momento por un cementerio.
En una serie de correos electrónicos Conte coordinó todo lo necesario para iniciar la construcción del centro comercial a más tardar en enero, trasladando el campo santo a otro terreno que pasaba cerca de un río. Uno que tenía la molesta tendencia de inundarse cada vez que llovía. Cuando uno de los arquitectos municipales le informó el problema que eso podía representar, sobre todo si en una de las crecidas del río empezaban a salir flotando los féretros rumbo al mar, el diputado Conte escribió:
Los salarios gubernamentales son para los que resuelven problemas. La solución es fácil. Trasladen el cementerio. Dejen los huesos en su lugar y trabajen de noche.
Graco sintió la misma ola de ira que cuando leyó la noticia por primera vez. Ese nivel de indolencia era casi imposible de imaginar en un ser humano, pero el diputado Conte pertenecía a una especie diferente.
⎯¿Te extraña? ⎯dijo la voz de Francisco en su cabeza.
⎯¿No se quedaron con algo? ⎯preguntó Graco pasándole los documentos a su compañero⎯. ¿Alguna carta que hará su aparición en la edición de mañana o pasado?
Un rápido brillo de furia revoloteó en los ojos de Ferrer, pero la expresión fría y calculadora que moldeaba su rostro como una máscara tomó control en cuestión de segundos. En un tono menos cordial replicó:
⎯Eso es todo… por el momento.
Graco arqueó la ceja y Anderson, que guardaba el último paquete en su correspondiente bolsa, detuvo sus movimientos para desviar la mirada hacia la mujer.
⎯¿Disculpe?
⎯Creo que es obvio ⎯dijo con una sonrisa⎯. Si el Verdugo nos escribió antes de asesinar al señor Conte, lo volverá a hacer cuando elija a su siguiente víctima.
⎯¿Quién dijo que habrá una siguiente víctima?
Ferrer no se dignó a responder. Todos en la oficina sabían que las amenazas vertidas en la carta del asesino sugerían más violencia. Más de su forma de justicia.
⎯Asumo que la próxima vez nos informarán en el acto. Antes de publicar la noticia ¿verdad?
Ferrer no vaciló al decir:⎯Eso depende del trato al cual podamos llegar el día de hoy.
⎯¿Trato? ⎯exclamó Anderson con cautela⎯. Espero que no hable en serio.
La sonrisa de Ferrer no vaciló un ápice.
CAPÍTULO 8
⎯¿Hiciste un trato con Regina Ferrer? ¿Con la maldita Mujer Dragón? ¿Estás demente o son los efectos de la cosa esa que llaman la perimenopausia?
Graco respiró con lentitud, tratando de absorber del aire las dosis extras de paciencia que iba a necesitar para soportar la reunión con su jefe. Andrés Casanova era nuevo en el puesto por un favor político más que por méritos para la posición. En tres días cumpliría los cuatro meses como encargado del Departamento de Homicidios y la opinión general de todo el personal bajo su cargo y de aquellos que tenían la dudosa fortuna de conocerlo se podía resumir en una palabra: Patán, con p de patético.
Su cara era redonda como un disco de queso, incluyendo un preocupante tono amarillento que sugería algún problema hepático o una excesiva ingesta de vegetales de dicho color. Considerando que parecía el gemelo obeso de Bibendum, el muñeco de llantas de la Michellin, dudaba que la segunda fuera una opción realista. Sudaba como si toda su piel fuera una esponja, a pesar de tener el aire acondicionado puesto al máximo, y empezaba a percibir el poderoso aroma que emanaba de su figura en horas de la tarde. Una mezcla de fluidos corporales, mal carácter y la confirmación de que jamás haría justicia al personaje en el cual se basaba su apellido.
⎯El asesino los usó para que publicaran su carta. Los eligió para enviar los documentos del diputado Conte. Cuando decida atacar de nuevo, es muy probable que ellos sean los primeros en saberlo.
⎯¿Cuándo ataque de nuevo? Espero que se reserve sus opiniones para usted y el club de té, porque lo último que necesita esta ciudad es una crisis de pánico.
⎯¿Club de té? ⎯pensó Marialexis inexpresiva⎯. ¿Parezco del tipo que asiste a tardes de té? Una reunión en un bar con dos buenas cervezas y un filete tamaño familiar, esa es otra historia.
⎯¿Me escuchó, detective Graco? ⎯insistió el jefe. Ella asintió, pero no pensaba rendirse. Hablar con Casanova era parte estrategia, parte diplomacia y parte paciencia.
Mucha, mucha paciencia. Suficiente para poner verde de envidia a un monje tibetano.
⎯Mis opiniones no llegarán jamás al periódico ⎯dijo ella con calma⎯. Sin embargo, debemos considerar la posibilidad de que el asesino ataque de nuevo. En su carta la amenaza está implícita.
⎯¡Bah!⎯exclamó con un gesto de fastidio⎯. Las palabras de un payaso no deben guiar una investigación policial seria. Debemos enfocarnos en los hechos. ¡Hechos! ¿Me entiende, detective?
⎯La señora Ferrer nos aclaró que si recibían algo del SUNI nos informaría en el acto.
⎯¿El SUNI? ⎯preguntó Casanova arrugando la frente. Las arrugas desaparecieron al comprender⎯. Se refiere al Verdugo ¿cierto?
Graco cerró los ojos. Casi podía sentir la paciencia abandonar su cuerpo como una neblina ante el embate de una fuerte ventisca. Era suficiente tener que lidiar con los periodistas, pero si el jefe usaba ese nombre en alguna conferencia sería una catástrofe.
⎯Preferimos referirnos a él como SUNI, sujeto no identificado.
⎯Sé lo que el acrónimo significa, detective Graco. No me gradué ayer ¿sabe? Yo era detective cuando usted soñaba con ídolos pop y en cómo se vería en su traje de novia.
⎯Para su información ⎯dijo Graco, incapaz de detener las palabras que salían de su boca⎯jamás me gustó la música pop y mi traje de novia lo escogí una semana antes de la boda.
Casanova entornó los ojos, recordándole un toro que se preparaba para embestir a un contrincante molesto, para luego desviarse a su mano izquierda. En el cuarto dedo no portaba anillo alguno, pero una delgada franja blanca marcaba el lugar que uno había ocupado.
Pudo ver la mutación delante de sus ojos al procesar la información en algún centro primitivo del cerebro. Su rostro se suavizó y su voz perdió el matiz furioso de minutos antes.
⎯No te molestes ⎯casi ronroneó. Graco sintió como si su alma acabara de morder un limón. Lo que el jefe no aportaba al apellido en aspecto lo hacía en intenciones y el simple reconocimiento del anillo ausente, de alguna forma, la puso en la lista de potenciales conquistas de Casanova.
⎯Justo lo que necesitaba ⎯pensó con resignación. No lo iba a hacer cambiar de opinión o propósito, pero podía aprovechar la oportunidad que se le presentaba.
⎯No estoy molesta ⎯aclaró como si el comentario hubiera sido inocente⎯. Es solo que pienso… No, estoy segura de que no es la última vez que vamos a escuchar del SUNI. Si decide atacar y envía alguna carta, pensé que sería buena idea tenerlos a ellos de nuestro lado.
⎯Además ⎯terció Anderson, a quien su instinto de preservación le había sugerido mantenerse en silencio hasta ese momento⎯. Ferrer nos recordó que el edificio de La Esclusa, con sus tres pisos y cientos de oficinas, es un lugar donde los paquetes se pueden perder con facilidad.
La cara de Casanova regresó a su modo de furia.
⎯¿Me está diciendo, detective Anderson, qué se dejaron amenazar de una pinche periodista?
Graco debía recordar darle un buen sopapo en la cabeza a su compañero por inoportuno. Lo tenía comiendo de la palma y ahora regresaban al primer cuadro. Además, si Ferrer se enteraba de que el jefe se había referido a ella como una “pinche periodista” el próximo paquete del SUNI lo verían después de aparecer en la primera plana de La Esclusa.
⎯Jamás dejaríamos que nos amenazara un medio de prensa ⎯advirtió Graco, lanzándole una mirada de advertencia a Anderson, quien comprendió en el acto y cerró la boca⎯, pero es obvio que tenerlos de aliados es una forma segura de que no se hagan los ignorantes.
Casanova la estudió por un instante antes de sacudir la cabeza. En sus labios una sonrisa que, se imaginó Graco, trataba de ser seductora y lo que hizo fue hacerlo parecer que llevaba dos días constipado.
⎯Entiendo, Marialexis. ¿Qué le prometió Ferrer?
⎯Que, si recibía algún paquete del SUNI, así fuera una simple hoja de papel, no lo tocaría. Llamaría al detective Anderson o a mí y luego de tener la posibilidad de analizarla y asegurarnos de que no perjudicaba la investigación, se las regresaríamos para su publicación exclusiva.
Pudo ver que no le gustaba la idea de hacer un trato con la Mujer Dragón, pero era demasiado tarde para retroceder. Además, sus dos cabezas estaban en conflicto y en ese tipo de pelea era casi seguro pronosticar el desenlace final.
⎯Muy bien ⎯dijo sonriendo⎯. Confiaré en su buen juicio en este punto. ¿Qué más tenemos para trabajar?
⎯Esta es la transcripción de la grabación dejada en el contestador de llamadas del reportero de La Esclusa ⎯dijo Anderson abriendo un cartapacio que tenía sobre el regazo y pasando una hoja de papel al jefe. Tuvo que estirarse para dárselo en la mano, pues la circunferencia abdominal de Casanova le permitía una gran cantidad de movimientos siempre que no involucraran más de dos centímetros de desplazamiento en cualquier dirección.
⎯Revisamos el texto con lo que publicaron ⎯dijo Graco⎯. Es idéntico palabra por palabra.
⎯¿El rastro de papel? ⎯preguntó Casanova dejando caer la hoja sobre el escritorio.
⎯Frío por el momento ⎯respondió Graco⎯. Parte de los documentos que el asesino consiguió provenían de la computadora personal de Conte. Los otros, de su oficina.
⎯Entonces no tratamos con un simple hacker. Hablamos de alguien con contacto directo con el diputado. Alguien de su círculo cercano, inclusive.
Graco asintió. El jefe le guiñó un ojo antes de agregar: ⎯Perfecto. Ya sabemos que línea presionar más. Me imagino que están estudiando a todos los que trabajaban para Conte. ¿Cierto?
Anderson fue el que asintió en esta ocasión. El jefe apenas lo determinó antes de agregar: ⎯Espero un reporte completo. ¿La autopsia?
⎯¿Por qué no le guiñaste el ojo a Anderson? ⎯pensó antes de anunciar⎯. Tenemos una reunión con el doctor Tovar en quince minutos.
Casanova giró su muñeca. Un reloj de metal oscuro resaltaba sobre su piel macilenta llena de pecas.
⎯Una lástima, pero siendo así no los detengo más ⎯dijo levantándose. Anderson hizo lo mismo, recogiendo la transcripción de la llamada en el proceso. Casanova estiró la mano en dirección de Graco, quien no tuvo más remedio que tomarla. Húmeda y fría. Tuvo que reprimir el impulso de secarla con su ropa al momento de separar el contacto.
⎯Espero una pronta resolución de todo este asunto ⎯agregó de forma casual. Sin embargo, no se le escapó la advertencia oculta en esas palabras⎯. Cuando tengas algo más que informar no dudes en pasar a mi oficina. Siempre estaré disponible para lo que necesites.
Se quedó parado detrás de su escritorio mientras ellos se retiraban. Graco casi pudo sentir como la mirada del jefe se deslizaba desde la base de su cuello hasta los tobillos.
No solo tenía que lavarse las manos. Tenía la urgente necesidad de darse un baño con lejía.
⎯No sabía que tuviéramos una reunión con el doctor Tovar ⎯dijo Anderson una vez estuvieron fuera de la oficina de Casanova. Graco se pasó la mano por la tela del pantalón antes de contestar.
⎯Claro que la tenemos, pero Tovar no lo sabe.
***
El hombre que los medios bautizaron El Verdugo escuchaba un programa de radio mientras leía el periódico. Hasta ese momento, todo lo que se había mencionado sobre la muerte del diputado Conte era de su conocimiento y el ritmo de la noticia se aceleraba con cada día que pasaba.
El que salía mejor librado de todo este barullo era el reportero. Gracias a su esfuerzo, Prado era una persona muy famosa, pero no le interesaba cobrar el favor. Su único interés era ver que se hiciera justicia. Sus ojos se desviaron de forma involuntaria hacia la vitrina y al rifle en su interior.
Tenía que reconocer que eliminar a Conte le había traído un regalo inesperado. Esperaba ver toda una gama de sobrenombres en relación a su persona. Nadie conocía su nombre, pero esperaba escuchar apodos asociados a su persona. Asesino, criminal, bárbaro… solo para mencionar algunos. Sin embargo, por cuestiones del destino o una muy buena planificación por parte de La Esclusa, el nombre que estaba prevaleciendo era perfecto.
El Verdugo, el encargado de dispensar justicia.
Una palabra liberada al aire por el programa de radio captó su atención. Colocó el periódico sobre la mesa y lo alisó con la mano antes de subir el volumen.
⎯Está al aire en su programa Preguntas y Respuestas, el programa de opinión más popular de la radio panameña. Debido al sepelio el día de mañana del diputado Marcos Conte y los eventos relacionados que han salido a la luz pública, la discusión del proyecto de Ley 660 fue diferido para la semana próxima. Para aquellos de ustedes que acaban de salir de debajo de alguna roca, es la ley para aprobar la pena de muerte. ¿Están de acuerdo con el principio de ojo por ojo? ¿Estamos siquiera listos para la pena de muerte? ¿Qué opinan? Llamen y digan lo que piensan. Excelente, ya tenemos la primera llamada. Buenos días, está al aire en Preguntas y Respuestas.
Un sonido agudo resonó por toda la habitación y el Verdugo tuvo que bajar el volumen. Algunas personas olvidaban bajar sus propias radios cuando llamaban a una emisora. Por fortuna, el responsable de la llamada se dio cuenta y el silbido desapareció en menos de dos segundos, para ser reemplazado por una voz que parecía estar gritando en el teléfono.
⎯Buenas ⎯dijo la voz. El Verdugo no tuvo problemas en imaginar una señora mayor, de blancos cabellos y gruesos anteojos sobre los ojos.
⎯Buenos días. Está al aire. Pena de muerte. ¿Qué piensa? Hable.
⎯Buenos días, sí. Llamaba para decir que pienso que es una muy mala idea. Los hombres no tienen derecho a decidir sobre la vida de otras personas. Solo Dios puede hacerlo. Los diputados deberían engavetar ese proyecto y empezar a prestar atención a las cosas importantes, como la salud y la moral del pueblo. Gracias.
⎯Ya oyeron a la oyente. No está de acuerdo con la pena de muerte y bueno, es una opinión válida. Teniendo tantas necesidades que resolver, parece ilógico gastar tiempo y recursos en una medida impopular. ¿Qué opinan ustedes? Según nuestros abogados, Panamá erradicó la pena capital de nuestra legislación desde 1918. ¿Deberíamos volver atrás el tiempo? Tenemos otra llamada.
En esta ocasión una voz masculina. Su tono era grave, casi un retumbo.
⎯Yo opino que no es tan mala idea. Algunas personas no tienen remedio. ¿Me van a decir que una persona que viola a un niño de cuatro o cinco años debería tener la oportunidad de salir libre?
⎯¿Y cárcel de por vida? ⎯interrumpió el presentador⎯. Es una solución igual de definitiva.
⎯No, no lo es ⎯dijo la voz enfática. Al Verdugo le estaba empezando a caer bien esta persona⎯. Cárcel involucra la posibilidad, aunque remota, de salir. ¿A cuántos no han liberado con la excusa de que las prisiones están sobrepobladas? Todo lo que necesitan es un buen abogado, un juez corrupto y dinero. No, yo digo que los frían a todos y de paso les claven una estaca en el corazón. Para no darles la oportunidad de regresar del más allá.
⎯Entonces ⎯dijo una voz femenina. Se imaginó que era la compañera del otro presentador en el programa⎯. ¿No cree en la rehabilitación? Para eso se supone que es la cárcel.
⎯La rehabilitación es válida para algunas cosas, pero no para todas. Los reto a que pongan al cuidado de sus hijos a un violador de menores justo después de salir de la cárcel. ¿Lo harían? ¡Claro que no! En mi opinión, si no se puede rehabilitar, no merece la pena mantenerlo con vida. Saludos.
⎯Ya lo oyeron. El otro extremo de la polémica ⎯dijo la comentarista. Su tono era casi neutral, pero estaba seguro de escuchar en su voz una sutil aprobación. El Verdugo sonrió.
⎯Un grano más ⎯pensó satisfecho⎯. Poco a poco.
⎯Es cierto lo que comenta el oyente anterior ⎯dijo el hombre⎯. Sin embargo, creo que la mayoría de los criminales pueden ser rehabilitados. Ser útiles para la sociedad de la cual una vez fueron parásitos. Los muy peligrosos, cárcel de por vida. Asesinarlos no estoy seguro de que sea una opción válida.
⎯¿Asesinarlos? ⎯pensó el Verdugo⎯. Este payaso está en contra. No dijo matarlos. Lo considera asesinato.
No todos iban a estar de acuerdo. Era imposible conseguir un 100% de aprobación. Tenía que recordar eso.
Una voz aguda lo hizo regresar su atención al programa.
⎯Ese es el punto ⎯dijo un oyente casi gritando. Por un momento se imaginó que traía ropa interior tan apretada que le comprimía los testículos⎯. No quieren hablar del tema, ya que lo consideran un gasto innecesario, pero quieren gastar mis impuestos en mantener bien alimentados a personas que no dudarían en meterme un cuchillo entre las costillas con tal de llevarse los dos dólares que cargo en la cartera. Si quieren ahorrar, la solución es obvia. Es más, deben televisar las ejecuciones. Cadena nacional. Eso sí, al estilo del viejo oeste. Una horca al amanecer.
⎯Eso fue… colorido ⎯dijo la mujer y casi podía escuchar la alegría en su voz⎯y en cierta forma toca un punto que estábamos dejando por fuera. A ver, que llamen los que están de acuerdo. ¿Cuál sería la mejor forma de pena capital en nuestro país? ¿La horca, como quería el oyente anterior? ¿Gas? ¿La guillotina? ¿Escuchar las sesiones de la Asamblea?
Al hombre se le escapó una risa con el comentario. El Verdugo no sonrió. Lo último que quería era que tomaran el asunto a broma. Extendió la mano y tomó la taza de café que tenía sobre un plato a su derecha. A un lado, queso blanco y patacones. Un desayuno que le recordaba los días de su infancia. Momentos felices cuando aún tenía familia.
Lo compró en una fonda popular, por poco menos de dos dólares. El mismo plato en un restaurante costaría arriba de los diez. Era increíble como subía el precio por tener el privilegio de comer sobre un mantel de tela en lugar de uno de plástico.
⎯Escuche, mijito ⎯dijo la voz de un señor mayor. Hacía tiempo que no escuchaba la expresión mi hijito en una sola palabra⎯. Estoy de acuerdo con la primera persona que llamó. La gente comete errores y no es justo que paguen con su vida. Matar es malo, pero lo es tanto para el criminal como para los gobiernos, aun cuando lo hagan en nombre de la justicia. Claro está⎯y la voz tomó un tono acusatorio⎯asumiendo que la persona sea culpable. ¿Y si se equivocan y meten en la cárcel a un inocente? ¡No solo lo privarán de su libertad, sino que tomarán su vida! Piénsenlo por un segundo y verán que no solo es poco cristiano. Es peligroso.
⎯Quería decir algo ⎯dijo la voz del comentarista⎯, pero no voy a tener la oportunidad. Entró otra llamada.
La siguiente voz que salió de su radio lo tomó por sorpresa. Era musical y con todo el ritmo de una adolescente o por lo menos de alguien joven. Bajó la taza de sus labios y se acercó al equipo para escuchar mejor.
⎯Lamento decirle al señor que acaba de llamar que está equivocado. ¿Por qué en algunos países la gente piensa dos o tres veces antes de robar? Porque si te atrapan, te cortan la mano. Si aquí hicieran eso, habría más de cuatro mancos y no todos de clase humilde. Miren lo que publicó La Esclusa del diputado Conte. Yo vivo en su circuito. Pensaba votar por él en las próximas elecciones. Mi primer voto. ¿Saben qué pasó? Que terminó siendo un ladrón de marca mayor. Le interesaba más el dinero que las personas que lo pusieron en su puesto. Mi abuela está enterrada en el cementerio que pensaba trasladar. No puedo evitar pensar que, de no haber muerto, el otro año estaría visitando una lápida vacía y los huesos de mi querida abuelita debajo del estacionamiento de un centro comercial. En lo que a mí se refiere, que el Verdugo siga haciendo su trabajo. Es justo lo que esos ladrones necesitan. Una lección de que la muerte no puede ser sobornada. Tal vez eso por fin consiga lo que los votos no han logrado. Gracias.
Cuando se escuchó la voz de la comentarista, ya no sonaba igual de segura. Carraspeó una vez antes de informar que tenían que cumplir con sus patrocinadores y el jingle del programa llenó la habitación. El Verdugo bajó el volumen y volvió a tomar la taza de café.
Su plan estaba en camino.
***
⎯¿Ven estos puntos y zonas blancas? ⎯preguntó el doctor Tovar señalando una radiografía. El aparato sobre el cual la había colocado despedía una fuerte luz que destacaba en el rango de grises el cráneo del difunto diputado Marcos Conte.
Anderson asintió. Graco sabía qué eran los puntos blancos, pero no pensaba quitarle las ganas de dar docencia al patólogo.
⎯Cada uno es un pedazo de la bala ⎯dijo señalando el trayecto que las formas parecían seguir a lo largo del cráneo⎯. La fragmentación se dio al momento del impacto. Se conoce como tormenta de plomo.
⎯¿Eso nos da alguna idea del tipo de bala usada? ⎯preguntó Anderson.
⎯Nos sugiere algunas cosas ⎯respondió Tovar apagando la luz. Se calzó un par de guantes y se alejó de la pared, Anderson y Graco unos pasos detrás⎯. Sabemos que el tiro fue hecho a distancia. De adelante hacia atrás, de derecha a izquierda y en un ángulo descendente.
Una plancha de metal ocupaba el centro del anfiteatro. En su superficie, tapado con una sábana del color de las vestimentas del doctor, reposaba el cadáver de Conte. La bóveda del cráneo ya había sido cortada y el cerebro, extraído para análisis.
⎯La bala entró por este punto ⎯Tovar señaló una pequeña herida encima del ojo derecho⎯y salió por debajo de la protuberancia occipital externa.
Graco se agachó y pudo ver el agujero de salida a la izquierda de la base del cráneo.
⎯¿Pudieron determinar el lugar de dónde vino el disparo? ⎯preguntó Tovar dejando caer la cabeza con suavidad.
⎯Se necesitan dos puntos de referencia para eso ⎯comentó Anderson⎯. Pudimos hacer una aproximación usando la altura de Conte y el punto donde lo que quedaba del núcleo de la bala golpeó el piso, pero diría que es algo inexacto.
⎯Lo más probable ⎯agregó Graco acercándose a la mesa donde Tovar colocó los fragmentos de bala⎯es que el disparo se hizo desde un edificio de apartamentos del otro lado de la calle. Tiene unos cinco pisos y encontramos huellas en la azotea que sugieren que un bípode se apoyó en el borde.
⎯¿Mencionó algo del tipo de bala? ⎯insistió Anderson, parándose al lado de Graco.
Sobre la mesa de metal alguien colocó un pedazo de tela verde claro. En su superficie varios fragmentos de metal estaban ordenados en tres filas, de mayor a menor tamaño.
⎯Considerando que se fragmentó en gran parte al impacto, mi primera opción sería una bala semi blindada.
⎯¿Punta suave o hueca? ⎯preguntó Graco.
⎯Difícil decir. Es solo mi opinión, pero creo que de punta suave.
Anderson movió la cabeza de uno a otro, tratando de seguir el hilo de la conversación sin mucho éxito. A veces Graco se olvidaba que tan nuevo era su compañero en el negocio.
⎯Las balas blindadas ⎯dijo casi en un susurro, mientras Tovar tomaba algunas fotografías de los pedazos⎯tienen una cubierta de latón que las cubre y por ende tienden a no fragmentarse. Las semi blindadas pueden dejar una porción del plomo de la punta al momento del impacto. En base a si esta punta es plana o con un pequeño hueco se dividen en…
⎯Punta suave o hueca ⎯terminó Anderson.
Graco asintió.
⎯¿Nos ayuda en algo?
⎯Bueno, si atrapamos al culpable alguna vez, quizá.
Tovar, que cargaba la cámara en el cuello mientras le daba una vuelta a la mesa dijo:⎯Además, la mayoría de los fragmentos son del blindaje de la bala y eso es importante, desde un punto de vista forense.
Se disponía a preguntar el motivo, pero una mirada de Graco lo detuvo.
⎯Piensa ⎯le dijo moviendo los labios, sin emitir sonido. Luego agregó en voz alta: ⎯¿Algo más?
⎯Su asesino ⎯dijo Tovar tomándole una foto a uno de los fragmentos⎯hizo bien su trabajo. No entraré en detalles, pero casi todo el hemisferio cerebral derecho desapareció con la cavitación que hizo la onda expansiva de la bala al atravesar el cráneo. Ahora, sé que muchos políticos solo necesitan la mitad del cerebro para trabajar, pero creo que su amigo exageró un poco.
Graco sacudió la cabeza sin comentar. Conte podía no caerle bien por muchas cosas, pero era una víctima de asesinato. Según su amiga Jamilen, los médicos lidiaban con la muerte de muchas formas. El humor negro parecía ser una de las menos nocivas, pero eso no era suficiente razón para ella. Le parecía una falta de respeto.
Tovar, ignorante de su opinión, siguió tomando fotos.
⎯¿Alguna idea del tipo de arma? ⎯quiso saber Anderson. Sus ojos clavados en el espacio que ocupó el cerebro del diputado Conte.
⎯Lamento decir que no. Hay muchos tipos de rifles que usan balas semi blindadas. Enviaré los fragmentos a balística, para ver si ellos pueden dar luces adicionales en el asunto, pero por el momento es todo lo que tengo. Lo siento.
Lanzando una última mirada al cadáver, Graco se despidió del patólogo y se dirigió a la salida. Anderson a su lado parecía pensativo.
⎯¿Te pasa algo? ⎯le preguntó Graco.
⎯Es que…
Chasqueó los dedos con fuerza y el sonido en la soledad de la morgue sonó como un disparo.
⎯Lo tengo ⎯dijo sonriendo⎯. El blindaje tendría las marcas que el cañón del rifle dejaría al ir saliendo la bala. El núcleo de plomo de la bala no importa, pero el blindaje o sus fragmentos, en nuestro caso, permitirían confirmar la identidad del arma usada.
Graco asintió. Le había costado encontrar la respuesta, pero nunca dudó que lo haría. Sin detener el paso agregó:
⎯Para que sea útil necesitamos un sospechoso y un arma. A no ser que por un milagro una ancianita recuerde haber visto cerca del lugar a un hombre cargando un rifle mientras se babeaba sobre una foto del diputado Conte, solo nos queda una cosa por hacer.
⎯¿Qué?
⎯Buscar un café. Tú puedes tomarte una de esas bebidas saludables que te gustan. Yo necesito pensar.
CAPÍTULO 9
⎯Marcos era mi ahijado y un buen hombre ⎯dijo el anciano, vestido de saco negro y camisa gris, con una voz grave desde el podio de la iglesia. En el centro del pasillo, un ataúd de madera oscura parecía brillar con luz propia.
Los asientos estaban llenos a su máxima capacidad y las puertas no se podían ver del mar de personas que ocupaban las entradas. En los pasillos laterales, cámaras de video filmaban todo lo que ocurría en la solemne ceremonia.
La misa ya había terminado. Una fila de personas esperaba su turno para hablar de la persona que yacía dentro del féretro. Aun cuando era costumbre dejar una pequeña ventana abierta en la tapa para que los deudos y amigos pudieran decir adiós de forma apropiada, en esta ocasión permanecía cerrada. Nadie exigió que la levantaran o se preguntó el motivo.
Pocos querían ver el efecto que podía tener una bala en el cráneo humano.
⎯Escucharán muchas cosas de Marcos ⎯continuó diciendo⎯. Algunas ya salieron publicadas en los periódicos. Yo les recuerdo quién era él. No es la persona que periodistas mal intencionados les quieren vender. Era un joven idealista, preocupado por su gente. Un político que prometía hacer la diferencia. Alguien que solo puede ser descrito con una palabra: Justo.
El hombre suspiró con fuerza antes de continuar:⎯Este no es el momento de defenderlo. Marcos no necesita ser defendido, de la misma forma que la verdad no requiere confirmación. El tiempo se encargará de develar cada mentira. Nosotros, los aquí reunidos, no necesitamos esperar a que eso ocurra. Ya los sabemos. Aquí ⎯dijo poniendo la mano derecha sobre el corazón.
Llantos y aplausos acompañaron estas palabras, pero no con la fuerza esperada para la cantidad de personas que abarrotaban la iglesia. Sus ojos recorrieron los pasillos y asientos, deteniéndose de forma muy sutil en cada cámara que se encontraba allí.
⎯Marcos nunca se casó ni tuvo familia, ⎯siguió diciendo⎯pues para él ustedes eran más importantes que su satisfacción personal. El cobarde que nos lo arrebató, un maldito que se escondió en las sombras por no tener los argumentos para hacerle frente a sus ideas, caerá. Es una promesa. Solo espero que sea después de aprobada la pena de muerte. Entonces ese cobarde se convertirá en el primer ejemplo de lo que les espera a todos aquellos que piensan estar por encima de la ley.
Una nueva ola de aplausos, esta vez con un poco más de fuerza.
⎯Marcos era un buen hombre. Recuérdenlo de esa forma. Siempre.
Sin otra palabra se alejó del podio. Destellos de cámaras aparecieron en todos los rincones de la iglesia, pero el hombre los ignoró.
Graco, sentada en la tercera fila, hubiera sentido ganas de aplaudir si no fuera porque no se tragaba ni una sola letra de la sarta de basura que Edison Trujillo les trató de vender a precio de oro precolombino. El viejo político y banquero era carismático, eso no lo podía negar, pero Graco estaba curtida más allá de toda posibilidad de influencia.
⎯La culpa la tiene Francisco ⎯pensó. Sintió una lágrima acumularse en la comisura del párpado, la cual se quitó con un simple movimiento de la mano. Una señora, a dos pasos, la miró y le sonrió con simpatía.
⎯Todo lo que me faltaba ⎯ponderó regresando el gesto, pues no era su culpa ⎯. Que piensen que me importa.
Eso era lo más preocupante. Su necesidad de resolver cualquier asesinato, de hablar por las víctimas, era tan fuerte que rayaba en la obsesión. Era una energía vital que la alimentaba e impulsaba a dar lo mejor de sí.
Sin embargo, con Conte, no lo sentía. Le daba igual si atrapaban al SUNI.
⎯Se acerca la Navidad ⎯pensó clavando sus ojos en el viejo. Sintió la temperatura de su piel elevarse. Un súbito dolor de oído la hizo darse cuenta que apretaba los dientes con fuerza⎯. Tal vez Santa consiga que el SUNI se fije en Trujillo. Eso me haría muy feliz.
Por un instante sintió una pizca de culpa, pero su corazón la aplastó con determinación. Había actos que no podían ser perdonados. Acciones que exigían un pago. Consecuencias. Justicia.
Sin que ella se diera cuenta, una figura sentada cuatro filas atrás estudiaba a Trujillo con detenimiento. Lo vio bajar del podio con lentitud y regresar a su asiento en la primera fila. Un hombre delgado vestido de gris oscuro se movió para darle espacio e inclinó la cabeza para cruzar unas palabras con él. La conversación parecía ser casual, pero el Verdugo no se dejó engañar. Era hora de ir a cazar.
***
EXTRACTO DE LAS MEMORIAS DE…
Páginas 6 a 8
El recuerdo más temprano que tengo de mi infancia son las caricias de las olas del mar mojando mis pies.
Eran tiempos más sencillos. Más felices. Mucho antes de que los monstruos fijaran su atención en mi familia. Mucho antes de la Gran Explosión.
Me estoy adelantando a los hechos y eso no es justo con usted. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Las olas en mis pies.
Era un mar verde oscuro. No fue hasta mucho después que descubrí que el color variaba según el océano y la playa que visitaba. Para mí, en esa época, el mar tenía el mismo color en todo el mundo. El cielo siempre era azul y las nubes parecían copos de algodón.
Ya se lo dije. Eran tiempos más sencillos. Mi padre usaba un sombrero pintado todos los días y mi madre cantaba una suave canción cada amanecer. A mi hermano lo recuerdo con el delgado esbozo de bigote que parecía pintar sus labios sin crecer o desaparecer del todo jamás.
Éramos obedientes y hacíamos sin protestar todo lo que nos ordenaban nuestros padres. No había internet, ni correos electrónicos, ni cuartos de chateo y el tiempo libre lo pasábamos en la playa, que estaba a solo unos metros pasada la suave colina que demarcaba el final del terreno donde teníamos nuestra casa. Unas cuantas malezas con sus largas hojas de color chocolate claro tapizaban el borde como una red, las cuales descendían en una empinada pendiente hasta tocar la arena. Parado sobre ellas tenía a mi alcance un hermoso paisaje que a la fecha es el más hermoso que han visto mis ojos.
Mi padre construyó una escalera por seguridad, poco después de comprar ese terreno, pero mi hermano y yo nunca la usamos. Era nuestro ritual. Corríamos hacia ese borde y brincábamos por encima la maleza, para luego deslizarnos empujados por la fuerza de gravedad. La suave tierra acompañaba nuestro descenso hasta golpear la arena.
Recuerdo un día en particular. Yo tendría unos quince años. Mi hermano era dos años mayor que yo y aún bajábamos esa pendiente como si ambos tuviéramos diez. Miré por encima del hombro y vi a mis padres parados en la cima de la colina. Mi padre tenía un brazo sobre la espalda de mi madre, quien a su vez lo tenía tomado de la cintura. A la distancia no podía distinguir bien sus rostros, pero estaba seguro que reían. Levanté la mano en señal de saludo y mi madre regresó el gesto. Luego, ambos se dieron la vuelta y regresaron a casa.
Quisiera pensar que recuerdo ese día en particular por lo intenso del azul del cielo que cubría nuestras cabezas o por lo brillante del verde mar. Quisiera pensar que fue mi hermano, con algún peculiar comentario, el que me hizo recordar. Quisiera pensar muchas otras cosas, pero sé que solo me estaría engañando. La única razón por la que ese día quedó en mi memoria fue que, cuando regresamos de jugar, vi algo que no me esperaba.
Un auto estacionado bajo el árbol de almendras que daba sombra a la entrada de la casa. Apoyado contra el mismo un joven como de la edad de mi hermano, el pie puesto sobre el caucho del neumático. La edad era lo único que tenían en común, pues el joven parecía ser mucho más alto y robusto. Una verdadera mata de negros cabellos cubría su cabeza. La tela de la camisa que traía puesta estaba estirada al límite y en una mano tenía un cigarrillo. Cada vez que se lo llevaba a la boca, volutas de humo lo envolvían como un conjuro.
A pocos metros, un señor vestido de negro hablaba con mi padre. Mamá, en la entrada de la casa, no decía nada. Sus manos se retorcían sin cesar sobre el trapo de cocina que tenía entre ellas.
Mi padre, quien era una persona afable, parecía a punto del colapso nervioso. Podía escuchar su voz parado donde estaba y la distancia entre la casa y la colina era considerable.
Cuando pusimos el pie en el portal, el hombre se preparaba para irse. Tenía un pañuelo en la mano, con el cual se secó la frente antes de despedirse con un saludo al estilo militar. El movimiento pareció activar algún botón en el muchacho, pues volvió a cobrar vida. Tiró el cigarrillo al piso y lo aplastó con la punta de su bota. Luego abrió la puerta de su lado para colocarse detrás del timón.
⎯Hola papá ⎯recuerdo haber dicho ⎯. ¿Quiénes son ellos?
Mi padre siempre te miraba a los ojos cuando te hablaba. Ese día no lo hizo.
⎯Nadie importante ⎯fue su única respuesta. Se dio la vuelta y se dirigió hacia mi madre, tomó su mano y la acompañó de vuelta al interior de la casa.
Años después caería en cuenta de lo irónico de la frase usada por mi padre.
Sin saberlo, conocí por primera vez a dos de las personas que más influencia tendrían en mi vida, de forma que ni ellos mismos se podrían haber imaginado cuando ese día fueron a buscar a mi padre con la simple intención de hacerle una propuesta de negocios.
Ese día conocí por primera vez a dos de mis pesadillas personales: Drácula y Pie Grande.
Dos de los cinco monstruos que tratarían en algún momento de destruirme.
CAPÍTULO 10
Javier abrió la puerta con el hombro. En la mano llevaba un paquete.
Su jefa arqueó la ceja. No era habitual que alguien se atreviera a irrumpir en su
oficina sin anunciarse y menos sin tocar la puerta.
El reloj de pared a un lado del cuadro de la esclusa se movió una raya más. Faltaban por lo menos unos cuarenta minutos antes de que llegara la primera secretaria y ya ambos estaban en sus puestos organizándose para iniciar el día.
⎯Eso dice mucho de nosotros ⎯pensó antes de exclamar sin aliento:⎯Tenemos un problema… o un regalo de los dioses del periodismo.
Su jefa apoyó la espalda en el asiento y colocó las manos sobre el escritorio sin preguntar a qué se refería. Tenía la paciencia de un maestro jedi y sabía que, fuera cual fuera la razón, el paquete en sus manos era la causa. Sus ojos siguieron su avance hasta que Javier lo depositó a dos centímetros de las puntas de sus dedos.
⎯¿Recuerda a nuestro amigo El Verdugo?
Regina se enderezó en el asiento como si una descarga eléctrica le hubiera tocado el talón. Sus manos salieron volando hacia el paquete y lo abrió con rapidez. En el interior, un juego de dos cartapacios. Colores rojo y azul.
El azul contenía una lista con números y fechas. El rojo, varios documentos con el logo de la Autoridad de Asuntos Agropecuarios, una entidad de reciente creación diseñada para darle respuesta a los campesinos y ganaderos de todo el país. La opinión popular apoyó la idea, hasta que salió el nombre del encargado de la unidad. Las personas designadas por un favor político tenían la obligación de responder a intereses que pocas veces concordaban con los del pueblo.
⎯El doctor Escalona ha sido un niño muy malo ⎯murmuró Regina con una sonrisa. Una hilera de blancos dientes asomaba por debajo de sus labios pintados en un rojo brillante. En momentos como ese Javier se olvidaba de con quien lidiaba. Su jefa era una mujer hermosa.
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