Читать книгу: «Hijo `e Tigre»
Primera edición: febrero de 2022
© Copyright de la obra: Omar Lares
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-124916-1-6
Código ISBN digital: 978-84-124916-2-3
Depósito legal: B 20770-2021
Corrección: Juan Carlos Martín
Diseño y maquetación: Cristina Lamata
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
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A mi padre.
Para mis hijas Milena y Sofía,
mis hijos Juan Ignacio, Valentín y Octavio
Dedicación especial a vos... Andre
«Uno siempre espera convertirse en alguien
solo para acabar descubriendo que uno es varios».
Raymond Devos (1922 – 2006).
«Al decir Shakespeare «El mundo entero es un escenario» y todos los hombres y mujeres que lo pueblan son «meros actores» expresaba su profundo convencimiento de que no nos escapamos fácilmente de los papeles que son esencialmente nuestros. Todos nos vemos envueltos en un drama que va desarrollándose a lo largo de nuestra vida y en el cual la trama se muestra siniestramente repetitiva».
Joyce McDougal, teatros de la mente,
ilusión y verdad en el escenario psicoanalítico.
I. El canillita, un vendedor de diarios especial
Barrio de Lanús, Buenos Aires, Argentina. Invierno del año 1974.
«El miedo es la principal fuente de superstición, y una de las principales fuentes de la crueldad. Vencer el miedo es el principio de la sabiduría».
Bertrand Russell.
El cielo estaba gris, plomizo, no llovía, pero amenazaba. Yo estaba ante la escalera, en la entrada del taller de arte donde, desde hacía un par de años, tomaba lecciones de dibujo y pintura. Me gustaba mucho, a esa corta edad atesoraba un par de cuadros pintados. Mi maestra de quinto grado, la señorita Graciana, estaba a punto de casarse. Le regalé mi último paisaje. Esas clases empezaban a las dos de la tarde. Por lo general, me acompañaba Tito, mi viejo, después de almorzar. Ese lunes llegamos un rato antes. Papá tocó el timbre para averiguar si me recibían más temprano. Así él podría dormir la siesta. Después de comer, le gustaba tirarse un rato en la cama antes de irse a trabajar. Él recibía los diarios a las cinco y media de la tarde, en la misma puerta del paredón de los talleres ferroviarios de la localidad de Remedios de Escalada, ciudad de Lanús, por donde Tito salía de su trabajo diurno. Debía llegar temprano, antes del horario, porque pasaba el camión y los repartidores, desde la caja tiraban los periódicos y las revistas. Los diarios se entregaban de lunes a viernes por la tarde, y los fines de semana, de noche. Había dos ediciones: la quinta y la sexta. Las editoriales publicaban las noticias que habían ocurrido entre la mañana y parte de la tarde. Los sorteos de loterías y el fútbol también aparecían los fines de semana. Papá hacía su reparto diario a domicilio; daba el periódico y las revistas en mano o los tiraba desde la vereda. Era muy divertido verlo revolear esos rollos de papel; atravesaban cada puerta de entrada al jardín o caían en algún balcón. Mi preferido era el de la casa color gris, con tejas coloniales rojo mate.
Papá a veces me llevaba en el canasto de la bicicleta. Me divertía mucho acompañarlo, me sentía feliz de la vida. Deseaba que los clientes no se encontraran en sus hogares, me encantaba observarlo tirar los diarios o las revistas, mientras yo hacía sonar la corneta de la bici para avisar la llegada del diariero.
Los ejemplares que sobraban se devolvían. Papá, antes de regresar el sobrante, dejaba algún periódico, cómics, historietas o alguna publicación deportiva para la familia. Así creció mi interés por la lectura; los únicos que aprovechábamos esa oportunidad éramos mi viejo y yo. Cuando en las siestas yo no miraba la televisión, leía alguna historieta: «Doctor Mortis y Vampirella» eran de terror; me gustaban los superhéroes: «Batman», «Superman» y «Spiderman». «Periquita» o «Pequeña Lulú», me las devoraba, igual que «Patoruzú», «Patoruzito», «Isidoro Cañones», y la entrañable «Mafalda». También, cada tanto, cuando sobraba me gustaba leer algún ejemplar de «Selecciones del Readers Digest», las deportivas «El Gráfico» o «La Goles». Mi amigo Alberto, que hoy vive en la provincia de Jujuy, me acompañaba en esas tardes de aventuras literarias. Si no había nada nuevo para leer, ojeábamos las noticias o nos entreteníamos buscando las diferencias en el «Juego de los Siete Errores», que lo publicaba el diario «La Razón».
Matilde, la hija mayor de mi profesor, abrió la pesada puerta de hierro de estilo francés del Taller de Arte. Ella acomodaba para que todo estuviese listo:
—¡Hola Oscar! ¿Cómo estás? —preguntó Matilde—. Señor, ¿usted qué tal? —le dijo a papá.
—Muy bien señorita —respondió Tito—. Perdón por llamar antes.
—No hay problema señor, si hay alguien no cuesta nada abrir.
—¡Muchas gracias! A Oscarcito lo viene a buscar mi esposa o el abuelo; ¿a qué hora?
—A las cuatro señor.
Yo los miraba con mis útiles en la mano; traté de entrar rápido, necesitaba el baño pronto.
—Muy bien señorita, ¡muchas gracias!
—De nada, buenas tardes.
Yo quería entrar.
—¡Chau hijo! ¡Pórtate bien! Buenas tardes —saludó papá al fin.
—Tu papá estaba apurado —dijo Matilde, mientras subía tranquila.
Yo iba un escalón más arriba para apurarla. Empecé a sentir el perfume de los óleos. En los rincones, entre algunos escalones y la pared, había tarritos con agua para suavizar los aromas del ambiente.
Sobre el último escalón pregunté:
—¿Puedo ir al baño?
—Sí Oscar; sabes dónde queda. Mientras, yo termino de acomodar. Luego, ocupa tu lugar.
Respiré. Los pantalones estaban secos. Esas últimas palabras yo las escuché al abrir la puerta del baño.
La galería cubierta era muy amplia, tenía ventanales antiguos con vidrios de colores, daban al patio y a un corredor que conducía a la casa. El aula principal estaba al frente. Ese día me acomodé en el lugar de siempre, entre la pared y una de las dos puertas antiguas, altas, con vista a un balcón. Desde ahí yo miraba las vidrieras de los comercios de enfrente, el desfile de gente que entraba y salía; y organizaba mis pinceles. Me detuve a mirar, con mucha atención, las figuras blancas, de yeso, parecían emperadores romanos o personajes de época; se encontraban sobre diferentes estantes, frente a los pupitres, disponibles para dibujarlas. Tuve ganas de empezar con ese tipo de técnica, trazos suaves, a lápiz negro, y sombreado hecho con los dedos.
Una de esas figuras me despertó curiosidad: parecía distinta, tenía algo particular, me recordaba a alguien. Era la cara de un hombre, con leve sonrisa, fresca, frente ancha; en el nacimiento del cabello mostraba entradas simétricas. Los ojos grandes, la nariz elegante, hermosos labios y bigote fino. Yo miraba esa escultura, me hacía recordar a alguien, no podía darme cuenta de a quién, cuando de repente entró Antonio, el profesor. Alto, erguido, la espalda prominente, debía haber practicado algún deporte, tal vez natación. Su cabello era blanco, con vetas de rubio gastado, se peinaba para atrás, se percibía una leve calvicie. Imponía respeto. Entró a la clase unos minutos antes del horario habitual. Saludó y recorrió la sala para ver nuestros trabajos. Cada uno retomaba lo que había dejado la clase anterior. Yo estaba bastante distraído. Quería dibujar alguna de esas figuras de yeso, me sentía capacitado para hacerlo, pero ese día no podía concentrarme. Intenté trazar algunas rayas, líneas. Borraba seguido. Fijé la vista en el busto que elegí al azar. Cada tanto volvía a la figura que me recordaba a alguien y no conseguía reconocer.
Me decidí a empezar: «Que salga lo que tenga que salir», pensé, «de última, si no me gusta cómo queda, lo rompo».
Entró Matilde y fue directa al encuentro de su padre. Le susurró algo en el oído; él se sorprendió. Nos miró a todos y dijo:
—Chicos, pasó algo importante. Voy a corroborar la noticia y vengo enseguida. Sigan trabajando.
Desde la calle llegaban ruidos y murmullos desacostumbrados para esa hora de la tarde. Miré por la ventana y no logré distinguir nada especial.
Nos mirábamos entre nosotros. Algunos hicieron chistes; volaron algunos lápices y bollos de papel.
Mi rostro no dejaba de mirarme.
Antonio se demoró en volver, entonces nos dio la noticia:
—Murió Perón. Es el presidente del país. Suspendemos las clases. Recién con Matilde, avisamos para que los vengan a retirar. Llamamos a sus casas o al vecino en algunos casos.
No todos teníamos teléfono. Yo tampoco. Mis padres daban el número de doña Emilia, vecina lindera, por alguna urgencia. Me angustié. No sabía si Mamá le había dado a Antonio el número de doña Emilia. No me atreví a preguntar.
Media hora después, mi abuelo Salvador vino a buscarme. Fuimos directos a casa, en el primer colectivo o autobús que pasó. Cuando llegamos, la familia estaba muy conmocionada. Los televisores, a todo volumen, informaban en cualquier rincón de la casa. Todos estaban pendientes. Mamá y la abuela se habían instalado frente al aparato, en el cuarto de los abuelos. El abuelo entró y fue con ellas. Mi hermano, tirado en el piso de madera pinotea, miraba sin saber qué sucedía. Además, la radio encendida era un fondo difuso. Saludé con un beso, como siempre entre nosotros. Era costumbre de familia que cuando uno entraba, o salía, nos saludábamos de esa forma.
Papá iba y venía de un lado a otro. Se preparaba para ir a trabajar, mientras prestaba atención a las noticias. Cuando entró, él me observó, se detuvo, se inclinó para darme un beso y me dijo:
—Hijo… ¡Hoy me acompañás!
—¡Sí! —exclamé, y me lo quedé mirando. Él me revolvió el cabello medio rubión y me sonrió. Me pareció notar cierta tristeza en su mirada.
Al rato, cerca de las tres y media de la tarde, papá, el abuelo Salvador y yo nos fuimos a esperar los diarios. Ese día llegaban una hora antes.
Seguía muy nublado, amenazaba lluvia fuerte. Caminamos a paso lento esas ocho cuadras, hasta toparnos con la puerta del ferrocarril, sobre el paredón de Escalada. Yo los escuchaba a ellos referirse a lo sucedido. Papá llevaba su bicicleta con las dos manos, para acompañar los pasos del abuelo.
Aún faltaba una cuadra, vimos a los canillitas, que repartían diarios por zonas diferentes a la de papá; esperaban que llegara el camión. Todos suponían que las distribuidoras enviarían más del doble de periódicos que un lunes en circunstancias normales. Era a viva voz que el tiraje de ese día había sido muy superior.
Había empezado a caer una garúa suave, paró enseguida. Pero fue suficiente para humedecer la acera. Hacía frío, eran más de las cuatro y media de la tarde. El camión no había llegado. Yo era el único niño que acompañaba a su padre. Los presentes ahí, a la espera, comentaban que era normal. Ángel, el diariero más vivaz, no paraba de hablar. Yo lo conocía y él dijo:
—Tito, la noticia se dio por televisión entre las dos y las dos y cuarto, por eso la demora.
—Sí —contestó papá—, pero seguro que las editoriales lo sabían desde antes.
—Dicen que habría muerto alrededor de una hora antes del anuncio —agregó Angelito.
—¡Por eso te digo! —insistió papá—. La noticia ya la tendrían, pero es verdad, hasta que imprimen todo, demora.
No hizo más que decir eso, cuando en la curva vimos doblar al camión, con su leyenda «Diarios». Angelito dijo:
—Muchachos, ¡a prepararse! Estos hijos de puta nos van a revolear los diarios por la cabeza.
—¡Va a ser así! ¡No te quepan dudas! —aseguró papá y agregó—. Estos tipos van a estar apuradísimos.
Los canillitas murmuraban y se movían de un lado a otro. Todos querían encontrar el mejor lugar para atajar sus paquetes.
—Encima, con la llovizna el piso está muy mojado —dijo Angelito.
—Angelito, me parece que estás exagerando un poco, che, ¡cayeron tres gotas!, el suelo apenas está húmedo —afirmó papá.
—Bueno, supongamos —Angelito quiso tener la última palabra.
Los diarieros se echaron a reír. Fiel a su estilo, Ángel continuó:
—Nene, ¡te quiero ver! —me miró con sonrisa sarcástica al buen estilo Patán.
Al principio, él me había caído bien, creí que era divertido. A esa altura de la tarde, había dejado de parecerme simpático.
Varios diarieros, a viva voz, le dijeron en diferentes tonos que no me asustara. Papá y el abuelo me sonrieron; ese gesto me tranquilizó. Yo estaba nervioso: era mi primera gran experiencia como un verdadero vendedor de diarios. Muchas veces había acompañado a mi padre a hacer el reparto dentro del canasto de la bicicleta. Yo no sabía, de manera real, con qué me iba a encontrar. Mi padre sabía moverse en ese ambiente. Yo lo imitaba lo mejor posible. Eso me daba cierta seguridad.
Papá puso diarios y revistas en el canasto; los demás en el portaequipaje de la bicicleta, eran muchos.
El abuelo, papá y yo caminamos junto al paredón del ferrocarril otras ocho cuadras, sin cruzar ninguna calle hasta la parada.
Sobre el final del paredón, en el lado sur, donde exactamente empieza la ciudad de Banfield, estaba el kiosco de diarios. No era de papá. El dueño, un hombre bajo, calvo, de cara redonda, colorada, mayor que papá, le prestaba un espacio en el escaparate. Tito acomodaba los periódicos; separaba los que ya tenía asignados para sus clientes fijos, a domicilios, y otros venían a buscarlos personalmente. Ese día, más de uno intentó darnos conversación. Papá, con mucho respeto, les explicaba que teníamos mucho por hacer, porque el camión había llegado tarde.
Una vez que estuvo todo listo para empezar a vender y a entregar, papá me tomó de un hombro y nos alejamos unos pasos del puesto. Yo llevaba las manos en los bolsillos de un pantalón de gabardina marrón con pitucones de cuerina oscuros, que hacían juego con los del pulóver puesto sobre una camisa floreada. Mamá había insistido en ponerme por encima una campera de cierre, con la excusa del frío y la lluvia. El calzado: zapatillas «Flecha». Me miró y dijo:
—¿Ves este lugar? —señaló la parada de colectivo.
—Sí —asentí con la cabeza, sin emitir palabra.
—Aquí paran dos líneas de colectivo: la 160, que es roja y blanca, y la 79, que es celeste y amarilla.
Yo presté mucha atención. Tenía once años y medio, ya había viajado en colectivo. Conocía las líneas que pasaban cerca de casa. Esas no.
Papá propuso:
—Ahora caminemos hasta la esquina y te explico.
Volví a asentir en silencio, estaba ansioso, contento y emocionado por la aventura.
Apenas llegamos, él dijo:
—El primer colectivo que pase, lo tomás; los dos hacen el mismo recorrido. A las seis cuadras, te bajas. ¿Ves dónde está ese semáforo? —señaló con el índice izquierdo. La otra mano seguía en mi hombro.
—Sí —dije con claridad.
—Bueno. Ahí cruzás cuando la señal te lo permita. Esta avenida se llama Alsina. De nuevo tomás el primer colectivo que llegue, el 160 o el 79. Vas a volver a pasar por este lugar donde estamos ahora. Seguís seis cuadras para aquel lado —señaló— y bajás. Hijo, repetís lo mismo. Cuando cruces el bulevar, tené mucho cuidado; mirá bien a ambos lados, ahí no hay semáforo. ¿Entendiste Oscar?
Papá me llamó por mi nombre: era un asunto importante.
—¡Sí! —dije en voz alta y asentí con la cabeza al mismo tiempo.
Papá me miró y dijo esas cuatro palabras que me encantaban:
—¡Sos un buen chico!
De regreso en la parada, papá sacó un delantal de cuerina con tres bolsillos. Uno grande; abajo, dos más pequeños, separados por una costura en el medio. Lo desplegó y me dijo:
—Te tengo que poner esto para que lleves los diarios; acércate.
Me incliné para que él pasase la tira del delantal y me lo ajustara por detrás. Me explicó:
—En los bolsillos chicos ponés la plata, en uno las monedas; en el otro los billetes. En el grande van los diarios. Yo te voy poniendo varios; vos decime si te pesan, ¿entendido?
—¡Sí! —respondí fuerte.
Tito acomodaba los periódicos en el bolsillo grande. Yo contemplaba, entusiasmadísimo. Él me preguntó:
—¿Está bien el peso, hijo?
—Unos más podés poner, papi.
—Hijo `e tigre —alardeó con alegría.
Respondí con una sonrisa tímida.
Tito me repetía esa muletilla cuando le agradaba algo de mí, incluso en mi adultez me alentaba a ir por más.
—Bueno, bueno —acotó Salvador—, este niño quiere mostrar su fuerza.
Miré a mi abuelo y levanté los hombros; no dije nada, en mis ojos se veía la felicidad.
—Así está bien —dijo papá—. Cualquier cosa, venís a buscar más. Hijo, ¿alguna duda?
—No papá.
—Bueno, si estás listo podés irte, subís al bondi —a papá le gustaba usar algunos términos lunfardos—. Tranquilo, no te cobran boleto —me aclaró.
—¡Bien! —grité.
—¡Cuídate mucho!
Me alejé unos pasos y volví:
—Papá, ¿tengo que gritar «Diario»?
Tito y Salvador rieron con ganas:
—¡No hijo! Hoy no vas a necesitar eso.
Llegó el 160, no tuve que pararlo, porque se bajaron varias personas. Después subí. El colectivero hizo un arranque brusco; me tambaleé y me sostuve fuerte de un pasamanos para no caerme. Entonces me vi frente a toda esa gente, mirándome, esperaban que yo avanzara. Papá tuvo razón: no necesité decir nada, me sacaban los diarios de la mano, no me alcanzaban las dos para entregar y cobrar a la vez. Di dos vueltas, entre idas y venidas. Con tanta emoción, no me percaté de que me quedaban pocos diarios. Cuando me di cuenta, pensé: «En la próxima vuelta me bajo; llevo más y sigo vendiendo». Era mi primera experiencia real de trabajo. De paso, ayudaba a Papá. Me quedaba el último periódico. Subí al colectivo hacia el kiosco de diarios y me llamó un señor sentado en la hilera final. Me costó llegar hasta él por los movimientos del viaje y por la cantidad de gente. Ese hombre compró el último ejemplar. En toda esa tarde, recién en ese momento me vi las manos; estaban negras por la tinta de los periódicos. Me quedé extrañado, nunca las había visto tan mugrientas. Al darle el diario a ese hombre, vi en la tapa la cara del muerto y pensé en el busto que había visto en el taller de pintura. Supe a quién me recordaba. Eso creía. Sentí frío; estaba a punto de tiritar, yo no largaba el diario; el señor tironeaba, hasta que reaccioné y lo solté. Me preguntó:
—Nene, ¿estás bien?
Asentí con la cabeza y comencé a retirarme, cuando escuché:
—Nene, tomá.
Volví. Me dio la plata y agregó:
—Está bien, quédate con el vuelto.
Le agradecí. Por la ventanilla vi que estaba pasando por la parada de diarios. Papá, sonriente, levantó una mano y me saludó. Comprendí que había estado pendiente de mí.
Pegué la vuelta. Caía la tarde, el clima no ayudaba. Apenas bajé, papá vino a mi encuentro. Corrí y lo abracé, me quedé así un rato largo. Esa tarde gris, fría, empezaba a convertirse en una noche lluviosa. Había empezado la oscura noche de ese lunes 1 de julio de 1974.
II. Baile de Carnaval
Un verano de 1958 concluyó en un final feliz, primaveral, de 1961.
«Llámalo clan, llámalo grupo, llámalo tribu, llámalo familia.
Llames como lo llames, seas quien seas, necesitas una».
Elisabeth Jane Howard.
Isabel y Tito se conocían desde muy chicos, del barrio, de vista o por entrecruzar miradas. Mamá vivía donde nació, en Lanús, en una casa que había sido comprada con la fortuna de un gordo de Navidad, en la calle Pergamino, hoy Quarracino, en honor al médico de cabecera de la zona. Y de mi familia. Mamá compartía su hogar con sus padres y su hermano mayor, Gaspar.
Papá vivió con sus hermanas menores, Noelia y Dolores, y su medio hermano, mayor que él, tío Negro. Era el hijo mayor de mi abuela, de una relación anterior. Con quién, siempre fue un misterio del que nadie hablaba. Y con mis abuelos paternos, Magdalena y Juan Pablo, en Escalada, también partido de Lanús, cerca de las vías del tren, a una cuadra del paredón, en un lugar que se llamaba La Cueva, típico inquilinato. En esa época, papá no se podía dar el gusto de no trabajar, a pesar de su corta edad. Además, él durante su infancia, y en la adolescencia, tuvo amigos en ese conventillo de la calle Aguilar, entre Juan B. Justo y Fray Mamerto Esquiú, vecinos.
Fue en los carnavales de 1958, un sábado. Tito tenía veinte años. Uno de sus mejores amigos, el cabezón Barrientos, habitante de La Cueva y compañero desde la escuela primaria, le insistió para ir al baile:
—Tito, ¿vamos a la Sociedad?
—¡Cabezón, no me hinches! Estoy cansado, hoy hicimos de todo, me siento como en los días que plantábamos árboles alrededor de las canchas del club —dijo sentado en el piso. Con la espalda apoyada contra la pared en la ochava, jugaba con una ramita del naranjero.
—Bueno, igual podemos ir. ¿Quién te dice? Capaz… ¡Hoy tenemos suerte!
—¡Ja! ¡Ja! ¡No me hagas reír, cabezón! ¡Siempre van las mismas!
—Hoy puede ser diferente; escuché que va a tocar una orquesta –recalcó Barrientos.
—¿Qué banda musical puede tocar en la Sociedad de Fomento Villa Talleres?
—Ah, no sé, vayamos a preguntarle a don Atilio.
Atilio era el bufetero. Y bailarín. Con otros tangueros organizaban milongas. Los vecinos iban a pasar el rato. Pero los carnavales eran los carnavales.
Las sociedades de fomentos y los clubes de barrio organizaban bailes memorables. Iban familias enteras para disfrutar el colorido y las comparsas. Se quedaban hasta largas horas de la madrugada.
Según Barrientos, Atilio debía saber qué banda iría esa noche.
—¡No! ¡Qué puede saber ese, dejá! —insistió Tito sin soltar la ramita.
—Si no sabe él, ¿quién? ¡Vamos!
—Me convenciste —Tito estiró las manos para que su amigo lo ayudara a levantarse.
—¡Qué difícil sos! —acotó el cabezón.
Tito lo miró, lo tomó de un hombro y con una sonrisa de punta a punta exclamó:
—¿Quién te dice cabezón? Capaz…
—¿Vamos a las ocho?
—¡No! ¿Para qué? ¡Vayamos más tarde! Hay que llegar cuando están todas juntas.
Las carcajadas nacieron entre ambos. Se perdieron en el camino. La noche los esperaba.
Mis padres terminaron encontrándose en ese baile de carnaval, encuentro muy popular por entonces. Después de cuatro años, con un noviazgo que podría llamarse normal, un 14 de diciembre de1961 se casaron Isabel y Tito.
Antes de ir a ocupar la habitación que habían preparado para el flamante matrimonio los suegros de Tito, mis padres tuvieron su luna de miel en un hotel del gremio, en la ciudad de Carlos Paz, provincia de Córdoba. Por ser un ferrocarrilero más, papá consiguió, a muy bajo costo, su estadía mielera con los pasajes gratis. Fue el primer viaje en tren que tuvieron, y ellos se entregaron a esa aventura irrepetible. Con los años, decían que les hubiese gustado ir en automóvil, para disfrutar más los paisajes. En esos tiempos, para unos laburantes como mi viejo y mi mamá, era muy descabellado pensar en eso, resultaba muy difícil acceder a un auto. Cuando mi madre empezó a trabajar, fueron juntando peso tras peso. Mi hermano y yo nos quedábamos con los abuelos. Mis padres, con mucho sacrificio, lograron ahorrar para comprarse una Estanciera IKA, Industrias Kaiser Argentina, roja, con la raya blanca transversal. Era la versión rural, con asiento trasero; íbamos los seis muy cómodos.
Recuerdo a papá, muy feliz, traernos de los bailes de carnaval: la familia completa, más amigos y algunos vecinos. Mi hermano y yo disfrazados del Zorro o Batman y Robin, o de payasos. Mamá hacía los trajes, con la ayuda de la abuela Rosa. Me gustaba mi epipo de combate. Así nombraba yo, ante las risas adultas, al disfraz de combate de guerra. Después de ver la serie Combate, para esas fechas festivas con más frecuencia solía jugar a ser soldado.
En esos regresos en la estanciera, papá encendía la radio en su frecuencia favorita y nos decía: «Escuchen».
Quedábamos atónitos con la música que salía por esos parlantes.
Muchas veces, cuando hablo con mi amigo Ramón, médico, radicado en Alicante, España, aquel chico que esperaba a su tío Pipo, y muy parecido a él: alto, pelo algo crespo, nariz bulbosa característica de familia, y un gran pisador de pelota de fútbol, y recordamos esos momentos con mucha alegría y euforia, se ríe entusiasmado y cuenta las vueltas en aquel vehículo evolucionado del Jeep de guerra, donde pasamos noches de jolgorio escuchando tangos: el preferido de Tito: Pasional, cantado por Alberto Morán, con orquesta de Osvaldo Pugliese.
III. La casa de la calle Pergamino
1962. Nacían los Fab Four y alguien más.
«Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre».
Autor anónimo.1
A principios del verano de 1962, un diciembre caluroso para nosotros, pero en el hemisferio norte uno de los inviernos más brutales de la historia, The Beatles acababa de grabar «Please Please Me», una canción que cambiaría el mundo para siempre.
Entre las fiestas navideñas y las de fin de año, frente al puerto de Buenos Aires, barrio de Retiro, en el antiguo Policlínico Ferroviario Central, hoy cerrado, en estado de abandono y con un posible proyecto inmobiliario para ese terreno, asomé a este mundo.
No es casualidad haber nacido ahí, en pleno centro porteño. Mi familia, como tantas otras establecidas en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, era ferroviaria, expresión acostumbrada a decir en esa época, cuando uno o más integrantes que vivían bajo el mismo techo, cumplían tareas en el ferrocarril o los talleres de las vías férreas del Roca, localidad de Remedios de Escalada. Había más de siete mil personas en esos talleres gigantescos, que hace tiempo ya no existen. En aquel tiempo, cada mediodía tocaba la sirena, puntual, a las doce. La gran multitud iniciaba el regreso a sus hogares, en tren, colectivo o bicicletas. Quienes vivían cerca caminaban, como Tito, mi querido viejo. Era tal el despliegue y la rapidez para desplazarse que, vistos desde arriba, hacían recordar a Marabunta, la película protagonizada por Charlton Heston. Solían pasarla en Sábados de Súper Acción, o en Hollywood en Castellano, programas televisivos de mi infancia. En ese film una enorme colonia de hormigas arrasaba a su paso con una plantación de cacao, en América del Sur.
En los famosos talleres de Escalada, refugio de miles de trabajadores y obreros, sus fantasmas pululan, vagan por ahí, aunque hoy están casi vacíos, rodeados de aceite y trenes abandonados. Al norte estaba el viejo puente de hierro, sostenido por bulones, que parecían saltar en cualquier momento como botones de camisa ajustada; al sur, la calle Malabia; al oeste, las vías del Ferrocarril Roca, y la avenida Pavón separaba la parte este. Al final de esta enorme masa de tierra, justo por la calle 29 de septiembre, el largo paredón, más de un kilómetro y medio, a simple vista recuerda a la tapa del disco «The Wall», de Pink Floyd; o al Muro de Berlín. Esa gran masa de ladrillos, hoy llena de humedad, pinturas y publicidades políticas, fue testigo de infinidad de historias. Alguna vez, esos obradores fueron una colmena rebosante de vida y obra. Miles de ferrocarrileros y otros tantos acentos: porteños, provincianos, europeos. A principios del siglo XX hubo una gran corriente inglesa. Los ferrocarriles estaban en manos de dueños que habitaban el Imperio británico. Dejaron huellas bien marcadas en el barrio vecino, suburbio frente al ala sur del paredón. Allí las casas habían sido construidas para esos empleados, jefes, auxiliares, encargados, inspectores, personal de locomotoras, operarios, maquinistas. Típicas viviendas inglesas de la época. Albergaron conciudadanos y también escoceses, irlandeses y galeses, que venían a trabajar al otro lado del mundo; y a locales, gente que, desde la Capital Federal, cruzaba el Riachuelo. Desatada la Segunda Guerra Mundial, los británicos regresaron a defender su patria. Al principio se alquilaban. Luego fueron vendidas. Después de que aquellos trabajadores extranjeros volvieron a su país, las casas fueron puestas a la venta para otros ferroviarios. Mis padres quisieron conseguir una casa en las colonias ferroviarias, eran muy requeridas y se anotaron en todos los lugares posibles. Nunca lograron su objetivo. A través de los años, esas casas cambiaron de dueños y mantuvieron su impronta. Hoy marcan un paisaje cultural; muestran su identidad única y peculiar. Reflejan la vida de muchos obreros y todo el personal en los talleres del ferrocarril del sur, como se lo denominaba durante la primera década de 1900, previa a la nacionalización de los trenes, efectuada en la primera presidencia del General Perón. Del paredón aún se puede disfrutar del arte urbano, simples dibujos, murales y grafitis, diferentes expresiones artísticas llenas de ideales, ilusiones y frustraciones.
De pequeño, al regreso de la escuela, me recostaba debajo del árbol en la vereda de casa; era una alegría indescriptible estar echado. Yo esperaba allí a mi padre, a que regresara de su labor diaria. Apenas reconocía su figura, a la distancia, yo salía corriendo a avisarle a Rosa, mi abuela, de que papá ya venía. Ella preparaba la mesa y almorzábamos todos juntos, menos mamá, que a veces trabajaba y llegaba más tarde. Mientras, yo corría otra vez al árbol, a recibir el beso y el abrazo de papá. No me movía hasta que él llegaba. Yo esperaba el ritual, con esa mirada tierna, sonriente:
—¡Hola hijo! ¿Cómo estás? ¿A qué ya le avisaste a tu abuela?
Yo no emitía palabra, simplemente me limitaba a asentir con la cabeza.
Tito solía llegar con un amigo, Pipo, quien vivía a la vuelta y solían jugar juntos al fútbol. Era el tío de mi mejor compinche, Ramón, yo también lo esperaba. Pipo, casi siempre me preguntaba lo mismo:
—¿Qué hacés Oscarcito?
Yo respondía con gesto similar al anterior. Pipo se sonreía y partía para su casa.
Pero ese día noté algo diferente; el beso de papá fue distinto; el abrazo, más intenso. Cierta misteriosa electricidad me atravesó el cuerpo. Una sombra inexplicable se apoderó de mí. No sentí miedo. Tampoco entendí qué pasaba. Papá se dio cuenta y me preguntó:
—Hijo, ¿estás bien?
Me quedé mirándolo, hasta que con suave voz infantil de niño respondí:
—Sí papá, ¿y vos?
Me miró, no dijo nada. Me tomó del hombro y esbozó:
—Entremos, ya debe estar lista la comida.
Mi abuelo Salvador, jubilado del ferrocarril, con sus compañeros de trabajo se había ganado la grande; de otro modo, esa propiedad de la calle Pergamino, en Lanús, entre Álzaga y Alvear, jamás habría sido de la familia. Fue mi primer hogar. Allí, luego que mis padres escuchaban las sirenas de los barcos anclados en el puerto de Buenos Aires, anunciando la llegada del Año Nuevo, me iba a vivir de recién nacido.
Era costumbre que un matrimonio flamante fuese a vivir a la casa de los padres, de algunos de ellos. María Isabel, mamá, y Osvaldo Oscar, Tito, tuvieron su cuarto en la casa de Rosa y Salvador, mis abuelos maternos.
Mi tío Gaspar, recién casado con mi tía Telma, también se habían ido a vivir ahí. Pusieron una prefabricada en el fondo. Al poco tiempo la desarmaron. Se fueron para otra zona. No muy lejos. Poco después de su marcha, cuando contaba con la edad de cinco años, jugando me caí y me corté detrás del brazo derecho, con una botella rota que quedó entre la tierra y los escombros removidos. La piel me quedó colgando. Mi madre, ante la desesperación, la cortó, creyó que eso ayudaría. Cuando llegamos al hospital le preguntaron por la herida. Ella dijo: «Corté el pedacito que colgaba». En todas las etapas de mi crecimiento, hasta la adultez, cuando mi madre veía la cicatriz no podía creer lo que había hecho.
Mis tíos se casaron antes que mis padres. Ellos, junto a sus hijos, mi prima Daniela y mi primo Rubén, se mudaron a otro barrio, a unas diez cuadras de casa. Gaspar también trabajó en los talleres del ferrocarril Roca. Fue despedido por un inconveniente serio, según rumores familiares. Deambuló por diferentes sitios, hizo changas, pero nunca consiguió otro trabajo estable. Más de una vez acompañé a mi abuela Rosa a llevar bolsas trenzadas, hechas a mano por ella, con sachets de leche, que estaban de moda en esos años. Iban llenas de alimentos para esos nietos y mis tíos. Esa costumbre duró años, a pesar de los pocos pesos que podían separar de la jubilación de Salvador y el escaso aporte de mis padres cuando podían. No siempre.
Éramos cinco. Veintidós meses después nació mi hermano, Juan Pablo, Pablito. Típica familia de barrio, trabajadora, con costumbres y cultura de trabajo y vida cotidiana; y el pasado impregnado en las entrañas. También aquella sombra siniestra, velo de la trama familiar, nos cubría con ese manto doloroso que habitaba entre nosotros. En algún momento decidimos arrojarlo al olvido. Pero siguió allí, siempre latente, en la transmisión, en la incertidumbre. Al callar creció. Y se entrañaba cada vez con más fuerza. Allí existía, fantasmal. A veces asomaba desenmascarado. Esa contradicción nos desconcertaba y nos convocaba a un desenlace. El destino se repetía, aunque nos creíamos libres de él.
IV. El abrazo
En la sesión con el licenciado Daniel. Martes 14 de julio de 2015.
«La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás,
pero ha de ser vivida mirando hacia adelante».
Sören Kierkegaard.
Miraba el techo; a veces las paredes o la puerta de cedro, antigua, con dos hojas, vitró repartido y banderola, y pensaba. Tenía las manos entrecruzadas sobre el abdomen, las piernas estiradas, estaba relajado. Se escuchaban, apenas, los autos en la calle. A veces había más ruido, por las cercanías a una avenida del barrio de Almagro, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Detrás, Daniel esperaba para interpretarme y hacerme pensar.
Las veces que había concurrido a terapia, le conté muchas cosas de mi vida: matrimonios, hijos, trabajo, deporte. En especial hablé de Tito. Conté por qué un día de diciembre de 2013 decidí empezar a visitarlo. No hablé del acontecimiento perturbador en mi infancia, ese que me angustió aquel mediodía, cuando esperaba a mi padre. Lo tenía guardado. Aún.
—¿Cómo estás Oscar? —preguntó Daniel.
Reflexioné. Esos segundos de silencio me parecieron una eternidad. Esperé. No dije «bien», como acostumbraba. Después dije:
—Daniel, ¿creés en las maldiciones?
Él no respondió. Continué:
—No sé por qué te pregunto esto… Pero hay hechos en mi historia que tienen algo de maldito. A veces, a varias personas de una misma familia les pasa lo mismo.
—¿Sí? ¿Por qué creés?
–No sé. Por ejemplo: Abraham Lincoln y John Fitzgerald Kennedy. Fueron electos con cien años de diferencia. Y sucedidos por hombres del sur, ambos con el apellido Johnson. Y nacieron con cien años de diferencia. Los hombres que los asesinaron también habían nacido con cien años de diferencia. Y murieron antes de llegar a juicio. Al Presidente Lincoln lo mataron en un teatro. Atraparon a su asesino en una tienda. A Kennedy lo asesinaron desde una tienda. El asesino fue descubierto en un teatro. El apellido de la secretaria de Lincoln era Kennedy. Y el de la secretaria de Kennedy, Lincoln. ¡Decime que eso no tiene algo de maldito! ¿Qué te parece? ¡Tiene que haber algo! No puede ser pura casualidad, ¿no te parece?
Dudé un instante, no quise quedar en ridículo, al final me decidí:
—¿Conocés la historia de Bruce Lee? Él muere a causa de una hemorragia cerebral, en plena filmación. El personaje que interpretaba moría de un disparo hecho con un revólver que, se suponía, no estaba cargado. El hijo de Bruce Lee, también actor, veinte años después muere en medio de una filmación, porque alguien olvidó una bala en un revólver que debía estar descargado. ¿Casualidad?
Respiré profundo, luego sentí un escalofrío extraño, desagradable. Creí haber experimentado esa sensación antes. Algo pareció moverse ante mis ojos, rápido. «Me habrá parecido», pensé, «¿una alucinación?».
No hablé más.
Al rato, Daniel me dijo:
—Oscar, ¿estás bien?
—Sí.
—Bueno, dejemos por hoy.
—Sí… Dejemos.
Me levanté, lo miré y le hice la misma pregunta de siempre:
—¿Cuánto te debo?
—Lo mismo —respondió.
Le pagué, esperé a que me abriese la puerta y salimos juntos al hall. Bajamos las escaleras desde el primer piso, en silencio hasta la entrada. Me despedí con un apretón de manos:
—Daniel, hasta el martes, ¡buena semana!
—Igualmente Oscar.
Los dos sostuvimos la mirada.
V. Deber, orgullo y frustración.
Localidad de Escalada, ciudad de Lanús. Principios del año 1962.
«Dichoso es aquel que tiene una profesión que coincide con su afición».
George Bernard Shaw.
Mis padres dormían en un cuarto que daba al jardín. La ventana, decorada con vitró de época, ofrecía ese mundo de plantas, que adornaban la entrada con diferentes aromas: jazmines, rosas, malvones rojos, y muchas otras, todas cuidadas por mi abuela. Era una típica casa chorizo, con los dormitorios en hilera, los techos altos, de chapa, puertas en madera y vidrio, con banderola, protegidas con postigos. El patio, previo, la galería cubierta amparaba las alcobas. Mi hermano y nuestros amigos jugábamos allí, también al fútbol. Ellos eran Ramón, Alberto, que a los catorce años se fueron a vivir a la provincia de Jujuy, y los hijos del mimbrero de enfrente. La parra de uva chinche rodeaba al pretendido comedor. Cuando las uvas chinches caían, cualquiera sin intención las pisaba. Los mosaicos se teñían de ese color borravino. Esa parriza hacía de toldo y arrojaba sombra. Los mayores se sentaban a tomar el fresco; almorzaban o cenaban allí durante los veranos muy calurosos. Detrás, en el enorme terreno, había limoneros, árboles de granada y de mandarinas. Los tomates que brotaban llenos de color, esperaban convertirse en ensalada, mermelada o delicioso tuco de domingo. El sugerente y fascinante olor que transmitía la albahaca hacía pensar en un exquisito pesto, que abrazaba el ambiente con su fragancia. La higuera, al final del lote, cubría las plantaciones de zapallos, que se topaban con el gallinero. La abuela Rosa entraba y elegía la gallina, protagonista de un delicioso puchero.
A continuación de los dormitorios, estaba el baño, conectado al cuarto de mis abuelos. Mis padres, para ir al baño, tenían que pasar por la alcoba de ellos. Supongo que esa gran incomodidad era uno de los motivos que estimulaba el deseo de papá de mudarse. De grande, yo comprendí por qué en mi hogar y, seguro que en muchos otros, existían ciertos elementos en la habitación donde mis padres dormían, descansaban y se amaban.
Entre el comedor y la cocina, estaba el cuarto que compartíamos con mi hermano, la puerta daba al comedor. Y la ventilación, única, a la cocina. En la adolescencia, y después, bastaba con el olor a comida para que un domingo, luego de trasnochar, me despertara para almorzar en familia.
Tito, obsesionado por tener su casa propia, nunca aflojó. Siempre trabajó a destajo. Su jornada laboral permanente, fija, terminaba a las doce del mediodía. Tenía tiempo. Llegó a tener hasta tres trabajos diarios. Fue un canillita más del barrio, término utilizado por primera vez en el año 1902, para la obra que lleva el mismo nombre, refiriéndose a un niño joven que trabajaba vendiendo periódicos y revistas en la calle, para mantener a su familia humilde. Este particular nombre, canillita, hacía mención a las piernas delgadas que los pantalones cortos del joven vendedor dejaban ver, denominadas canillas. Papá pintó casas; fue mozo de salón y de una pizzería, o agarraba cualquier otro trabajo que le ofrecieran. Su simpatía le permitía ganar buenas propinas. También lavó, por un período corto, autos en una estación de servicios.
Mi padre tenía alta estima. Y esperanza. Quería lograr su objetivo: ahorrar para hacer la gran compra de su vida. Y disfrutarla junto a su esposa y sus hijos.
Papá hacía de todo, menos tareas de su casa. Mamá siempre protestaba por eso. Era bastante lógico que él no se entusiasmara con esas cuestiones. Él vivía ahí. Sin embargo, no era su hogar. Para colmo, cuando a él se le ocurría hacer algo, aparecía el abuelo Salvador para opinar. Él tenía una calidez inmejorable, era muy buena persona, pero no se podían tocar sus cosas. Ni decirle nada. Salvador se había jubilado a los cincuenta años. Para entretenerse, hizo en una de las esquinas del fondo un gran galpón. Guardaba infinidad de herramientas, tornillos, maderas y cualquier objeto extraño que se le ocurriese. Solo el abuelo sabía dónde encontrar lo que guardaba en ese espacio repleto y cómo usar cualquier artefacto reposado ahí.
Tito estaba cansado de eso.
Papá trabajaba en la fundición de los ferrocarriles Roca. Cada tanto se moldeaba alguna imagen de bronce o de cobre: siluetas, ceniceros con forma de tortuga, caras de animales, Cristos en diferentes posiciones, no sé cuántas más.
Un día, caluroso, mediaba la primavera del año 1973, papá, al regreso de su trabajo, llegó con la figura de una cara de caballo, con su brida perfectamente delimitada. Tito quiso ponerle un fondo en madera, trabajarlo o mandárselo a un carpintero. Él se animaba a medir, cortar y cepillar, pasar el formón, el guillame, la escofina, las limas, y darle un barniz. Después del almuerzo, durante una breve sobremesa, Tito dijo:
—Don Salvador…
—Sí Tito, ¿qué necesitás? —se adelantó el abuelo.
—¿Cómo sabe que necesito algo?
—Supongo. Por lo general estás callado durante la comida. Rosa y yo somos los más habladores. Y la rubia —le gustaba llamar a su hija, rubia, y a su esposa, negra.
Papá, a pesar de los años que habían pasado, siempre a su suegro lo trató de usted.
Tito sabía quedarse en silencio, también en las reuniones familiares. Parecía tildado, como si pensara quién sabe qué. En varias oportunidades, observé esa expresión de mi padre, miraba un punto fijo. Siempre me llamó la atención, parecía estar en otro espacio. Me daba cierto placer mirar a mi padre. A la vez, yo tenía otros sentimientos contradictorios. ¿Era angustia? Me cuestionaba acerca de los motivos de tanto silencio. Él, ¿en qué estaría pensando? ¿Estaría poseído? ¿Por un fantasma? ¿Qué mal lo aquejaba? ¿Podría averiguarlo? ¿Cómo? ¿Cuántos años me tomaría descubrir ese enigma? ¿Aquejaba solo a Tito?
—¡En serio! ¿Qué necesitás Tito? —insistió Salvador.
—¿Vio la figura del caballo que traje? La hice en el taller.
—No. No la vi, ¿me la mostrás?
—Sí, cómo no.
Acostumbrábamos a dejar las cosas sobre el aparador y me resultó raro que el abuelo no hubiera visto esa figura. Papá pidió permiso para levantarse de la mesa y fue a buscarla. Volvió enseguida:
—Aquí tiene don Salvador.
—¡Tito! ¡Qué bonita! ¿Qué querés hacer?
—Quiero ponerle una madera lustrada, con forma tipo escudo; algunas molduritas de terminación y atornillar la figura desde atrás, ¿se entiende?
—¡Sí Tito! Pero, ¿cómo vas a modular las curvas en la madera?
—Yo no hablé de curvas.
—Pero si querés hacer un escudo…
—Puede ser en líneas rectas.
—No te va a quedar igual —aseguró el abuelo.
Tito se molestó. Salvador empezaba con sus «peros». Papá sabía que su suegro quería hacer ese trabajo. Todos conocíamos al abuelo: no le gustaba que nadie tocara sus herramientas. Cuando se trataba de carpintería, él buscaba cualquier excusa para cansar al otro y hacer por sí mismo la tarea. Nos generaba cierta ternura ver al abuelo, un jubilado joven, rebuscándose para estar ocupado y sacar de escena a los demás.
—Entonces, don Salvador, ¿cómo lo haría usted? ¿Cómo quedaría mejor? —preguntó.
—Yo arrancaría por elegir la madera, cortarla prolija…
—Don Salvador, ¿quiere hacerlo usted?
—¿Te parece Tito? ¿No querés hacerlo vos?
—¡No! No hay problema. Para mí es lo mismo, no pretendía cargarlo a usted con esto —remarcó Tito, enfático.
—¡Hijo! ¡No hay problema! ¡A mí me gusta!
—Ya sé, ya sé —repitió Tito, que se alejó con una sonrisa, mientras encendió un cigarrillo y fue a sentarse bajo la parra, a fumar el primer cigarro después del almuerzo y antes de la siesta.
—¡Vas a ver que va a quedar muy bueno! —aseguró Salvador, cuando Tito se iba.
—¡No tengo duda! Como los kartings —acotó Tito a la distancia, después de una pitada.
Poco tiempo antes, papá había pretendido construir dos kartings con rulemanes; uno para mi hermano y el otro para mí. Le gustaba dibujar, tenía cierta facilidad. Recuerdo algunas carátulas hechas por él, cuando yo iba a la escuela primaria. Con paciencia y tiempo, él había hecho los planos, contemplaba el largo de los ejes donde se ajustaba el bulón delantero con la doble tuerca, para que el karting pudiera girar. El diseño permitía obtener espacio para poner los pies antes de la barra delantera, y elegir la dirección a desplazarse, con ayuda de una correa prendida a cada extremo. El freno estaba a la altura del asiento, apenas desplazado hacia adelante. Los rulemanes se clavaban en unos listones afinados, redondeados, aguantando bien el peso del conductor.
Tito le mostró el proyecto a Salvador. Papá necesitaba usar un espacio del galpón. Al abuelo le encantó la idea. Se entusiasmó tanto que, poco a poco, fue desplazando a papá. Salvador disponía de más tiempo. Terminó por dar el final de la obra. Tito no intervino. Después, por si fuese poco, el abuelo Salvador se jactaba de los juguetes que había construido para sus nietos. Mi hermano y yo, felices de la vida, anduvimos derrapando por las calles del barrio en esos kartings, como nenes con chiche nuevo.
Papá trabajó desde muy chico. Fue ayudante de lechero: repartía a domicilio, junto al dueño de la vaca, con un carro arrastrado por caballos. En esa época era común escuchar los anuncios a gritos. Pasaban vendiendo sus productos, el pescador, el huevero, el aceitero, el heladero y otros tantos. Cacho, apodo del lechero, bajaba a entregar los pedidos; por respeto a los clientes dejaba su cigarrillo apoyado sobre uno de los portezuelos laterales del carruaje. Tito se aseguraba de que nadie lo viese; le daba una pitada al cigarro y lo dejaba en su lugar. Tenía nueve años.
Por las tardes, papá concurría a un bar, estaba en la esquina de Albarracín y Juan B. Justo, también en Escalada, hoy con sus cortinas antiguas, de chapa galvanizadas, bajas, caídas, fruncidas al toparse con la vereda, y techo cayéndose a pedazos. En los buenos tiempos, caída la tarde, los vecinos iban a ese bar a despuntar el vicio. Algunos jugaban al tute cabrero; otros preferían el mus, el truco o cualquier juego de la baraja. Había quienes hacían algún deporte de taco, por lo general billar francés. Tito les servía aperitivos famosos o copas con alguna bebida fuerte para ganarse la propina. Los parroquianos que se quedaban jugando, bien entrada la madrugada, más de una vez vieron a Tito doblegado por el cansancio, dormido sobre la mesa de billar. También mi abuelo, Salvador. Aún no imaginaba que años después se convertiría en el suegro de Tito. Salvador era el mayor de cuatro hermanos: Abel, Manuel y Juan, el menor.
Mi abuela Magdalena no le daba mucha trascendencia al hecho de que su hijo se ausentase del hogar algunas noches. En cambio, mi abuelo Juan Pablo protestaba cuando, después de trabajar muchas horas al día, llegaba a su casa y Tito no estaba, como correspondía a un niño de corta edad. Tito se identificaba con su padre en asuntos cotidianos; en la actitud hacia el trabajo y en el sentido de humanidad. Mamá siempre dijo que mi abuelo Juan, su suegro, era muy noble, bueno y generoso, igual que Tito.
De chico también trabajó en un almacén, muy grande y de renombre, ubicado en la esquina de Aguilar y Juan B. Justo. Hoy quedan vestigios, que exponen el antiguo esplendor de ese saliente elegante, copia de algún edificio francés.
Papá, desde muy niño, necesitaba ganarse el mango. En un radio de tres a cuatro cuadras, intentaba conseguir las changas para ayudar en su casa. En aquellas idas y venidas, es posible que él se hubiera cruzado con Isabel, también niña. Tito caminando por su barrio. Ella iba a visitar a sus abuelos paternos, Gaspar y Carola. Vivían en la calle Juan B. Justo al 2900, a escasos metros del bar. Tito nunca descuidó la escuela primaria, a pesar de haber entrado tres años después de lo debido, a los nueve. Fue su único nivel educativo. Le bastó para tener una hermosa caligrafía, sin faltas ortográficas. Le hubiera gustado seguir estudiando; ser profesional. La realidad era muy diferente a sus inquietudes. Él, desde muy chico, necesitó trabajar. Eso lo marcó a fuego para siempre.
En los ratos libres, Tito nunca dejó de ser un niño: disfrutaba jugando con sus amigos. Lo que más le gustaba era el fútbol, la pelota, expresión que se usaba de chico. Pasión que llegamos a compartir, como también el amor por la misma camiseta, transmitido de generación en generación. Mis hijos hoy sienten la misma adoración futbolera por el club del cual somos hinchas. Era tanto el frenesí, que él se imaginaba jugando junto a sus amigos en una cancha. Yo lo vi jugar, de grande, era central, tenía clase, defensor elegante; acariciaba la pelota, decidía, marcaba la jugada y el balón llegaba al destino final, exacto.
De esa imaginación surgió la posibilidad de tener un club propio. Papá tenía dieciséis años. Con su banda de potrero futbolero, fundaron en la localidad de Remedios de Escalada el Club Atlético 1° de Mayo. Lo hicieron sobre terrenos que habían pertenecido a los ferrocarriles y frente a una cuadra de casas de las colonias ferroviarias. Era 1953. Los muchachos empezaron a delinear su primera cancha de once. Plantaron eucaliptos alrededor del terreno, para separar las calles de tierra de lo que pretendía ser la cancha. Esos árboles formaron un gran semicírculo, media manzana quedó entre las calles Madariaga, Albarracín, Allende y los fondos de las casas que daban a Fray Mamerto Esquiú. Hoy son troncos inmensos; cubren los costados de la cancha, que aún se disfruta sábados y domingos. Ese potrero, con aroma a eucaliptos, formó parte de la vida de Tito. Y de mi infancia. Con el paso del tiempo, yo les mostré a mis hijos esos eucaliptos que había plantado su abuelo. Hoy, esos árboles brotaron, la vida transcurrió, mi infancia pasó; bajo su sombra, algún vecino de esas casas coloniales disfruta de ese contorno y el recuerdo de que alguien los plantó. En ese club, él dejó su impronta, marca que sostengo: participo, me entrego con pasión al club de mis amores. Mi padre me hizo hincha, de chico. Hoy, con mis tres hijos varones, disfrutamos de las alegrías y tristezas que nos depara el fanatismo por el Granate, único, color de esa camiseta. Sí, me enamoré del Club Atlético Lanús, ahora el club de barrio más grande del mundo. El club de toda una ciudad, ubicado a media hora en auto del centro de Buenos Aires. Al principio, papá me mostraba otros equipos, clubes más importantes de la Argentina. Según él, yo sufriría mucho por ser hincha de un club chico. Tuve que insistir mucho para que me llevase a un partido de fútbol. La primera vez que fui con él a una cancha, optó por un partido en el estadio de Lanús, el Granate contra Rosario Central. Yo tenía seis años.
Recuerdo ese día con mucha alegría. Yo regresaba de la escuela, estaba a tres cuadras de casa, en la esquina de Bernal y Luján. Era un viernes soleado, fresco, sin una nube en ese otoño de 1969. Por lo general, mi abuela Rosa iba a buscarme al colegio. Caminamos una cuadra con grandes amigos, el cabezón Horacio y Ramón. Nos despedíamos de él en la esquina. Era un día de feria. Rosa aprovechó para hacer unos mandados. Ella, cuando podía, me llevaba. Me encantaba acompañarla. La abuela, de premio, me compraba una empanada frita. Esa costumbre se repitió varias veces en la adolescencia con los mismos amigos; íbamos a ese antiguo carrito ambulante. Lo que había sido un premio se transformó en un vicio. Esas frituras eran un manjar. Hoy forman parte de los olores de mi infancia y cuando paso por algún puesto similar, me dan ganas de parar a comprar empanadas fritas, de carne.
Yo tenía una relación muy especial con mi padre, éramos compinches, teníamos los mismos gustos: el fútbol, leer; me encantaba acompañarlo, sobre todo los domingos por la mañana, cuando iba a jugar al fútbol, al club fundado por él. No podía mentirle, tampoco decirle qué me asustaba. Yo no hablaba de los fantasmas que me acorralaban, ni de maldiciones que pensaba y menos de los malditos miedos que me perseguían. No me animaba a decirle a él que no fumara. No me gustaba verlo con un cigarrillo en la boca, era molesto, molestaba. Me angustiaba mucho. Yo estaba convencido de que existía algo más. De noche, a veces, me despertaban crujidos, venían del techo de mi cuarto, también llantos; no sabía que eran gatos maullando, caminaban por los techos haciéndolos crepitar. Yo solo me despertaba. Mi hermano Juan Pablo seguía durmiendo. A esa hora no se me cruzaba la idea de levantarme; trataba de pensar en otra cosa, convencerme a mí mismo, por eso me repetía: «No pasa nada; es mi imaginación». Hasta que me quedaba dormido. Eso no fue obstáculo para que yo fuera un niño más. Tenía amigos, jugaba en la calle a la pelota, a las escondidas, a cachurra monta la burra, al hoyo pelota con la Pulpito, de goma roja, a rayas blancas amarillentas, a la bolita, andaba en bicicleta. Era feliz.
Mi abuela y yo llegamos a casa después de pasar por la feria. Yo dejé el guardapolvo en el lugar de siempre, para no darle a mamá motivo de queja. Antes revisé que no se hubiese chorreado y manchado de gotas de aceite al morder la empanada. Me apuré para salir a la puerta a esperar a Tito.
Lo vi venir, como siempre, con compañeros. Los distinguí a una cuadra y media. El viejo Cordera dobló hacia la izquierda, vivía a la vuelta, estaba a un paso de jubilarse. Tito y Pipo se acercaban, inseparables, a esa hora del mediodía.
Papá, luego del ritual saludo, me dijo:
—Hijo, ¡adiviná! Tengo una sorpresa para vos…
—¿Sí? ¿Cuál papi?
—Vas a tener que esperar un rato para que te la cuente.
—¡Ufa papi! ¡Por favor! ¡Hoy me porté bien!
—Ya sé hijo, ¡vos siempre te portás bien! Bueno, en general.
—¡Decime cuál es la sorpresa! ¡Por favor!
—Momento. Cada cosa a su tiempo. ¡No se te puede decir nada! Enseguida querés saber de qué se trata… ¿Cómo te fue en el colegio?
—¡Bien! Bueno ya está, contame.
—Mamá me dijo que hoy tenías prueba de matemáticas, ¿te sirvió ir a clases particulares? Ella te notaba muy distraído, ¿es verdad?
—Un poco papi —lo miré, cómplice—. Mamá es exagerada, pero en la prueba me fue bien. Creo.
—¿Te fue bien? ¿O más o menos?
—¡Pa! ¡Me fue bien! Ahora dame la sorpresa.
Atravesábamos el jardín rumbo al patio. Él dijo:
—El domingo vamos a la cancha. Te llevo a ver a Lanús.
—¡Sí! —grité, di un salto de alegría y me colgué de su cuello.
La abuela Rosa me escuchó; preguntó si me pasaba algo. Tito hizo equilibrio para sostenerme y que los dos no nos cayéramos al piso. Con mi reacción, yo también lo tomé de sorpresa.
Entré corriendo a contar el acontecimiento. No dejé de vociferar: lo anuncié a vecinos y amigos del barrio. A la noche no me podía dormir; pensaba en el domingo por la tarde, cuando por primera vez, de la mano de mi padre, entraría a un estadio de fútbol, a ver un partido oficial de Primera División. Quería ver a la gente con gorros, banderas, vinchas y las camisetas identificatorias de cada equipo. Quería que papá me comprase un cucurucho, hecho en papel de diario, lleno de maní con cáscara; saboreaba de antemano el olor humeante del carro vendedor. Me veía después del partido caminando junto a papá, guiados por el aroma, en busca del puesto en la bicicleta de tres ruedas, donde vendían las pizzas de cancha. Elegiríamos la mejor, para ir comiéndola en el camino, de vuelta a casa.
Papá supo que, a partir de ese momento, yo podría ver a cualquier otro equipo, incluso simpatizar por alguno grande de los que él mencionaba. También sabía que mi corazón habría quedado marcado a fuego para toda la vida, con los colores que había admirado ese día.
En esa asociación participé, durante varios años, en comisiones y subcomisiones. Ahí conocí a mi esposa, Ana, pero esa es otra historia que contaré más adelante. No solo heredé; repetí la pasión de mi padre por ese club. Hice allí mi historia, como él hizo la suya durante años en su querido Club Atlético 1° de Mayo. El antiguo carné librito, de cuerina, recalca que no es válido, sino lleva adherido el recibo correspondiente, y lo muestra a él como Socio Fundador Nro. 11. El comprobante de cuota social al día, guardada con cuidado dentro de la ventanita transparente, expresa el paso de un ciclo. El tiempo borra infinidad de situaciones. La realidad, a veces, se nota en las pequeñas cosas, como expresa ese pequeño documento vivo.
Papá tenía su cancha propia; había construido un vestuario y el pequeño bar. La barra de amigos consiguió otra manzana, también había pertenecido a la misma compañía ferroviaria. Era más grande. Ellos lograron armarla igual. A diferencia de la otra, esta era un verdadero rectángulo; estaba enfrentada de frente, en cada lado, a las típicas casas de estilo inglés, ubicadas en la llamada colonia ferroviaria. Era la manzana formada por las calles Albarracín, Madariaga, Albariños y General Acha, hoy Héctor Guidi, en honor a ese excepcional jugador del equipo granate, apodado Los Globetrotters. Fue subcampeón del fútbol argentino en 1956, detrás del Club Atlético River Plate. Ese campeonato se escapó por muy poco. Esa tarde, papá vivió una de sus primeras grandes desilusiones. La tristeza le duró mucho tiempo.
Ese nuevo escenario futbolero, también rodeado de eucaliptos, fue el mismo bálsamo que el primero. Tito era feliz ahí.
La noche que inauguraron las luces para jugar partidos nocturnos, fue muy fría, se podía hacer humo con la boca. Y competir por quién hacía los mejores círculos.
Los socios fundadores la llamaban La Grande. O la Número Uno. En la inauguración, Tito cortó la cinta, previo al partido nocturno. Jugó como capitán de su equipo. Hoy, al cerrar los ojos, veo, recuerdo los sobrenombres y distingo a los once jugadores desparramados en el campo de juego: La Tonta, Tito y Cucho. Bambino, La Mole y Corral. El Curro, El mellizo Bardeli; El potro Torres, Coco Bloise y Madorrán. Director técnico: Cañita. Papá empezó a deslumbrarme y a enorgullecerme como padre. ¡Era el capitán del equipo! Yo lo miraba embobado, con admiración. Tito transmitía gran felicidad. Su sonrisa resplandeciente —los dientes bien blancos, asomando esas paletas frontales—, mostraba sinceridad y amor por aquello que hacía y lograba. Podría haber obtenido unos cuantos logros más, si se lo hubiese propuesto. Él se sentía pleno, útil. Con eso le bastaba.
Esa noche de inauguración, una vez terminado el partido —lo vi todo—, me senté, muy transpirado, a observar qué hacían esos hombres en el bar. Me encantaba: ellos, que hacía un rato habían sido jugadores de fútbol, unidos por una misma causa, el triunfo sobre su rival, ahora se divertían; reían y a veces gritaban. Se enojaban jugando al tute cabrero, juego que aprendí de chico. Yo miraba y competía con mi padre. Él me enseñó a jugar bien. Ahora despunto el vicio, cuando puedo, con un grupo de amigos de mi querido Club Lanús.
Aquella noche observaba ese cabrío entre compinches. No me percaté de la correntada de aire helado. Pocos días después tuve neumonía. Grave. La inauguración con luces en la cancha grande del Club Atlético 1° de Mayo, mi familia no la olvidó nunca por lo mal que estuve después.
Papá estaba muy preocupado, se sentía culpable, creía no haberme cuidado bien.
Para mí había sido la mejor noche de mi vida.
Antes de ser jugador amateur, Tito tuvo su gran oportunidad. Apenas terminado un partido, en el antiguo potrero, ya Club Atlético 1° de Mayo, un dirigente que vivía en Lanús, cercano a un club vecino, se le acercó a papá. Luego de elogiarlo, lo invitó a jugar para un equipo integrante de las grandes ligas; pertenecía a la Asociación de Fútbol Argentina. Más antagónico. Rival directo. De un día para el otro, papá pasó a formar parte de los planteles juveniles en el Club Atlético Banfield.
Para esos años, la pica era con el Club Talleres de Remedios de Escalada, hoy el clásico es Lanús-Banfield. Cuando suceden esos encuentros, las ciudades se paralizan. Los hinchas no duermen; se comen las uñas de puro nervios. La semana previa, ese partido es tema de mesa, sobremesa, café, bar, esquina. Y club. Acapara todo.
Cuando le hicieron esa propuesta a papá, era impensado para un simpatizante que un jugador aceptara semejante traición. El deseo de Tito era ser jugador profesional y llegar a Primera. Él estaba orgulloso de poder hacerlo, aunque su equipo fuese rival del cual él era hincha y sin importar que oscilase entre la división A y la B. Papá era hincha del Club Atlético Lanús. Aceptó. Como jugador llegó a ser parte del plantel, Tercera División. Su carné de jugador así lo acredita. Aún hoy.
Papá siempre cumplía con sus responsabilidades. Él esperaba debutar en Primera División y alternaba sus semanas de trabajo con el entrenamiento. Sabía que en cualquier momento debería cumplir con el servicio militar. Obligatorio.
Era 1957. Tito tenía veinte años. Una tarde, mientras dormía la siesta, llegó la notificación. Sería colimba, término lunfardo que une las primeras sílabas de las palabras: correr, limpia y barre, actividades que se delegan a quienes hacían la conscripción.
A partir de 1970 la edad obligatoria bajó a dieciocho años. Y siguió vigente el sorteo, que decidía si el deber patriótico se cumplía en el ejército, la marina o la aeronáutica. En la Argentina, el servicio militar fue abolido en 1994, luego de la desaparición y muerte del soldado conscripto Omar Carrasco.
Papá entró al Regimiento del Ejército en La Tablada, provincia de Buenos Aires.
A través de las épocas, la expresión del vínculo entre padres e hijos se fue modificando.
Tal vez, el abuelo Juan Pablo no orientó a papá en su asunto. Quizá ni siquiera se le ocurrió. Lo cierto es que, durante el lapso que duró el servicio militar, Tito nunca fue al Club Atlético Banfield, ni se comunicó con la gente de esa institución.
Sin embargo, cuando obtuvo la baja casi a los veintidós años, el club, por sus condiciones futbolísticas, volvió a darle otra oportunidad. Papá no había entrenado durante el año y medio de servicio militar, solo jugaba al fútbol para el equipo del teniente. Muchos años después, ese hombre me ayudó, cuando me tocó a mí hacer la colimba.
Tito volvió al Club Banfield. Al poco tiempo, una lesión inguinal le produjo un desgarro, selló su destino y terminó quedando libre.
Luego, Tito fue a otro club del ascenso, el Atlético Temperley, pero por diferentes cuestiones tampoco tuvo éxito. Gracias a su buen juego, luego de esa decepción, él llegó a un campeonato de la Liga del interior de la provincia de Buenos Aires, en Carlos Casares, a trescientos doce kilómetros de su casa. Le pagaban por partido. Por domingo ganaba lo mismo que en quince días de trabajo en el ferrocarril.
Después de dos años, cansado de viajar al interior, muy próximo a cumplir veinticinco años y con la fecha cercana de mi nacimiento, Tito renunció a la siguiente temporada que incluía los torneos chacareros. Él había tomado su decisión: sería amateur en el Club Atlético 1° de Mayo, su primer amor. En todos los equipos en los que Tito había jugado, obtuvo algún premio. Campeonatos, subcampeonatos y caballerosidad deportiva. Se llenó de medallas y trofeos. Aún están en la misma caja azul, gastada por el tiempo, junto con la medalla más grande. Se la dieron en 1978, al cumplir veinticinco años como socio fundador del club.
Justo en el año posterior a mi nacimiento, 1963, Tito y sus amigos empezaron a jugar los sábados por la tarde. Años después, más grandes, ellos cambiaron por los domingos por la mañana. Yo lo acompañaba. Era normal, en la década de 1970, verme instalado en un lateral de la cancha; me veía gran parte del partido. Yo tenía muchos amigos en ese club, algunos los mantengo. En especial Diego; lo conocimos a través de compinche como Tato, con quien, años más adelante, comprábamos empanadas fritas, junto a Horacio y Ramón, en la feria. Su padre, Adolfo, también formó parte del grupo fundacional, junto con Roberto, el padre de Alicia, mi única amiga mujer, desde el jardín de infantes. Con Tato y otros amigos abandonábamos el partido de nuestros padres para ir a jugar el nuestro. ¿Metáfora de la vida?
Después de la ducha en los vestuarios, papá y su grupo entraban al bar, a tomar el famoso vermú de los domingos. Los hijos también picábamos pedacitos de queso y salame. Entonces, entre los adultos surgían las cargadas: «Che, Tito, ¡cómo morfa tu pibe!». Unos a otros se decían frases similares.
Casi medio siglo después, en algún asado con mis compañeros, o cuando jugamos con mis amigos al tute cabrero, esas mismas palabras se refieren a alguno de mis hijos, en idéntica situación.
Tito siguió jugando hasta ser veterano. Llegamos a disfrutar juntos algunos partidos amistosos. En uno, en mayo de 1987, él se cortó el tendón de Aquiles. Era un jueves, había entrenamiento en la cancha grande del Club Atlético 1° de Mayo. Ahí se mezclaban jóvenes y veteranos, algunos con trayectoria por haber estado en Primera División, incluso en otros países. Recuerdo de dos que participaron en el plantel mundial de 1966, en Inglaterra; en especial, un central que llegó a ser suplente de mi padre, en la reserva del Club Atlético Banfield.
Tito tenía cincuenta años. Se operó. Tuvo una relativa, buena recuperación.
No volvió a pisar un césped de juego. Fue su retiro definitivo de los campos de fútbol.
VI. El abuelo Juan Pablo
Cuatro meses entre noviembre de 1963 y febrero de 1964.
«Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma».
Julio Cortázar.
Tito nació el 13 de julio de 1937 en San Antonio de Areco, localidad campestre a orillas del río Areco, por su cultura gauchesca: Capital Nacional de la Tradición. Ese pueblo de la región pampeana está a ciento trece kilómetros de la ciudad de Buenos Aires.
En aquellos tiempos, era habitual que los trámites se demorasen. A papá lo anotaron en el Registro Civil tres días después.
Años más tarde nacieron sus hermanas.
Ricardo Güiraldes, destacado autor argentino, en su novela «Don Segundo Sombra», nombra a nuestra familia con los dos apellidos originales.
Papá contó que ese escritor tuvo una relación estrecha con sus antepasados. Él nos dijo que nuestros mayores tenían doble apellido; en broma, Tito aseguraba que el segundo se había perdido en alguna anotación. Nuestros predecesores, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos…, a finales del siglo XIX y principios del XX, viajaban a Europa y la fortuna que poseían en campos y otros bienes siguió el mismo camino que el segundo apellido: se perdió.
El abuelo no encontraba tarea digna que lo hiciera sentir útil. La abuela cocinaba en escuelas. Cuando no pudieron pagar el alquiler de la casa, la familia se alojó en un colegio. Entonces, al poco tiempo, mis abuelos decidieron instalarse en Buenos Aires.
El abuelo Juan Pablo encontró trabajo en una fábrica de jabones, en el partido de Avellaneda. Los galpones asomaban por arriba de las medianeras de las calles José María Freire y Rivadavia. No quedan vestigios o huellas de esa industria.
La abuela Magdalena logró incorporarse como portera en una escuela, en Remedios de Escalada, Lanús. Papá cursó allí su primaria.
Al principio caminaba las seis cuadras que separaban La Cueva, donde él vivía, hasta el colegio. Cuando la vivienda de la portería de la escuela estuvo en condiciones, la familia dejó el conventillo de la calle Aguilar al 2200 y se mudó a esa casa.
Tito fue un muchacho de barrio; amaba, reía, sufría, se divertía entre clubes y centros de fomento de Lanús, Remedios de Escalada y Banfield. Allí conoció frustraciones, alegrías, entusiasmos. Allí se enamoró, trabajó. Allí formó un hogar.
Tito se dedicó al trabajo y a su familia. Y al fútbol, amateur, abandonó su ilusión de ser jugador profesional.
Con los ingresos, y el dinero ahorrado por jugar en los campeonatos chacareros, él compró un reparto de diarios. Ese trabajo, por la tarde noche, duró alrededor de catorce años. Yo cursaba el segundo año del secundario, perito mercantil. Era el año 1977 cuando papá decidió vender el reparto. Había logrado tener cierta estabilidad económica. Y emocional. A pesar de su pena por no haber podido jugar al fútbol profesionalmente.
Mi abuela Magdalena generaba los problemas.
Decían que nunca le demostró cariño a él, cosa contraria con el resto de sus dos hijas mujeres y su otro hijo varón. Además, la abuela no estaba convencida del matrimonio de Tito con Isabel. En cambio, mi abuelo Juan Pablo siempre demostró un amor muy particular hacia su hijo mayor, desde chico. El abuelo comprendía mucho la situación, no le sorprendía. Conocía a su esposa por su maltrato. La abuela Magdalena no escatimaba al mostrar su mal carácter. Mamá, la abuela Rosa, buenas supersticiosas, cuando se enteraban de que la abuela Magdalena vendría a visitarnos, sin que papá se diera cuenta ponían un cuerno y una ristra de ajo detrás de la puerta del comedor. Decían que cuando ella se iba, siempre alguien del grupo familiar se enfermaba.
Yo estaba por cumplir un año. Mamá deseaba otro embarazo, era un proyecto en común con mi padre, para que yo tuviera un hermano y criarnos juntos. Esas ilusiones eran motivo suficiente para esperar las fiestas con mucha alegría y recibir el nuevo año que estaba cerca. La felicidad de Tito lograba que caminase más esbelto y elegante.
Hasta que recibió la peor noticia.
—¿Quién es Osvaldo? —preguntó el médico en la sala de espera del hospital Evita de Lanús.
Mis padres esperaban sentados en una banqueta cerca del consultorio.
—Yo, doctor —respondió Tito preocupado. El profesional había demorado mucho en salir de la consulta.
—Buenas tardes, soy el Doctor Espósito —se presentó.
Tito respondió y luego dijo:
—¿Cómo está mi padre?
—Tranquilo. Ahora va a venir el Doctor Quarracino, tengo entendido que es amigo y médico de la familia.
—Sí —confirmó mamá.
—Vuelvan a sentarse y esperen ahí —señaló la banqueta—. Él enseguida estará con ustedes —se retiró por un pasillo, hasta perderse entre la gente.
Isabel y Tito le siguieron con la mirada y volvieron a sentarse muy preocupados:
—¿Qué tendrá? —preguntó Tito.
—Seguro que no es nada amor —trató de tranquilizarlo Isabel.
—Tenés razón. Capaz es una pavada y con un tratamiento se soluciona. Esperemos —agregó convincente.
—Sí. Estemos tranquilos, como dijo el médico —insistió Isabel.
—Si fuese algo pasajero, ese doctor, ¿cómo se llamaba?
—¡Ay! No sé. Se presentó, pero con los nervios no registré el nombre.
—Yo tampoco. Bueno, él nos hubiese dicho que no era nada.
Mamá lo tomó de la mano; lo miró y suave, tierna, le dijo:
—Tito, esperemos, por favor, ya veremos qué dice Pancho.
Pancho, Doctor Quarracino, era amigo de la infancia del abuelo Salvador, se criaron juntos. Este médico conocía a mis padres desde siempre. Cuando Tito trabajaba en el bar, le sirvió más de una copa.
—Sí mi amor, esperemos —asintió papá.
En ese momento alguien abrió la puerta del consultorio. De a uno, los profesionales salieron al pasillo. Pancho no aparecía. La puerta quedó entreabierta. Al rato se asomó el Doctor Quarracino. Isabel y Tito se levantaron de inmediato por respeto. Y por desesperación.
«Tranquilos», dijo con un gesto sin palabras y se sentó al lado de papá. El médico miró el suelo, apoyó la mano derecha sobre el muslo izquierdo de Tito, levantó la cabeza y lo miró a los ojos:
—¡Ay, Tito querido!
A papá un escalofrío le zigzagueó el cuerpo:
—No está bien, ¿no? —afirmó y a la vez preguntó.
El Doctor Quarracino, por arriba del hombro de papá, miró a Isabel y afirmó las palabras de Tito. Después dijo:
—Ahora está mejor, mi ayudante lo tiene entretenido. No puedo andarles con vueltas. La verdad es que no está nada bien.
Tito, resignado, miró a su amor. Ella, con los ojos humedecidos, le apretaba con ambas manos la de papá. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Tito le preguntó a Pancho:
—¿Es grave?
El Doctor Quarracino bajó la cabeza; hubo un silencio largo, hasta que dijo:
—Sí. Tu papá tiene cáncer. Está complicado. Es grave. Me hubiese gustado, de corazón, darte otra noticia.
—¿Es grave? —repitió Tito perplejo.
—Sí, muy grave. Es cáncer de pulmón —agregó el médico.
Tito alzó las manos hasta la cabeza y bajó el torso, hasta chocar con los muslos. Isabel trataba de consolarlo. Le pasaba una mano sobre el hombro; le acariciaba la espalda y el pelo. Pancho observaba, en silencio, no había mucho por hacer. Ni por decir.
El abuelo Juan Pablo murió a finales de enero de 1964, a los cincuenta y dos años, semanas después de mi primer cumpleaños. El abuelo Juan soportó dolores que ni la morfina llegaba a calmar. El cáncer de pulmón lo consumió en dos meses. Papá, en ese tiempo, iba a ver a su padre todos los días en bicicleta. El abuelo estaba irreconocible.
Fue velado en su barrio. Los restos descansan en el cementerio de San Antonio de Areco, su ciudad natal.
El día que mi padre me llevó por primera vez al cementerio, en la lápida blanca de mármol leí:
«Aquí descansan los restos de Juan Pablo Loci».
… Saying it’s true, it’s not what it seems
Leave your broken windows open.
And then the light just streams.
And you get a head, a head full of dreams.
You can see the change you wanted.
Be what you want to be.
And you get a head, a head full of dreams.
Into life I’ve just been spoken.
With a head full, a head full of dreams…
… Diciendo que es cierto no es lo que parece
Deja abiertas tus ventanas rotas.
Y entonces la luz simplemente entrará.
Y tienes una cabeza, una cabeza llena de sueños.
Puedes ver el camino que querías.
Ser lo que quieres ser.
Y tienes una cabeza, una cabeza llena de sueños.
Hablándome, me han devuelto a la vida.
Con una cabeza, una cabeza llena de sueños…
« A head full of dreams».
«Una cabeza llena de sueños».
Chris Martin-Guy Berryman-Jonny Buckland.
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