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Norma Matteucci

Estrategias para comprender y producir ensayos

Análisis y escritura de un género discursivo


Matteucci, Norma

Estrategias para comprender y producir ensayos / Norma Matteucci. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.

(Universidad)

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-538-689-1

1. Formación Docente. 2. Lectura Comprensiva. I. Título

CDD 371.1

Colección Universidad

Coordinación editorial: Ada Kopitowski

Corrección de estilo: Susana Pardo

Diseño de cubierta: Andrea Melle

Diseño y diagramación: Andrea Melle

En el capítulo II se reproduce el ensayo “Nostalgias del país perdido”, de Silvia Bleichmar, con la correspondiente autorización de la editorial Aguilar, Altea, Alfaguara, SA de Ediciones, a quien agradecemos su gentileza.

El texto reproducido forma parte de la obra: No me hubiera gustado morir en los 90.

© Aguilar, Altea, Alfaguara, SA de Ediciones, 2006.

1˚ edición, marzo de 2013

Edición en formato digital: octubre de 2020

Noveduc libros

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Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina

Tel.: (54 11) 5278-2200

E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com

ISBN 978-987-538-689-1

Conversión a formato digital: Libresque

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A mi familia, mis amigas, mis exalumnos…

Por su compañía en el camino de la vida

NORMA MATTEUCCI es Magíster en Lingüística aplicada a la Enseñanza de la Lengua materna o extranjera (Universidad Nacional de Córdoba). Licenciada y profesora en Ciencias de la Educación (Universidad Nacional de Rosario). Profesora en Letras (ISFD “Mariano Moreno”, Bell Ville). Autora de: Para argumentar mejor: Lectura comprensiva y producción escrita (2008, Ediciones Novedades Educativas) y La comprensión de Textos argumentativos escritos en la Educación superior (2011, EAE). Ha publicado artículos en revistas especializadas y en libros en colaboración. Se desempeña como capacitadora y coordinadora de talleres.

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Dedicatoria

  Sobre la autora

  Prefacio

  Capítulo 1. El ensayo como género discursivo Los géneros discursivos Ensayo y ensayista Aportes conceptuales de distintos autores

  Capítulo 2. Lectura crítica de ensayos El ensayo como género escrito Un primer abordaje del ensayo El análisis crítico de ensayos Perspectiva contextual y sociocultural Perspectiva estructural Perspectiva semántica Perspectiva crítica Referentes teóricos para el análisis de ensayos Anexo I. Nostalgias del país perdido Anexo II. El peso del mito

  Capítulo 3. El ensayo literario: de una lectura no concluyente a múltiples lecturas El ensayo literario y el lector-ensayista De la teoría al análisis Dos modos de abrir camino a una lectura Apertura a nuevas lecturas

  Capítulo 4. Ensayo e identidad nacional Ensayo e identidad Lecturas e interpretaciones Civilización y barbarie Indianismo y exotismo Argentina visible e invisible El desarraigo como mal argentino Argentinos sin alma La identidad argentina en el nuevo siglo La identidad como construcción

  Capítulo 5. Ensayos: para escribirlos mejor Una práctica socio-cultural El tema La estructura La enunciación Entre la exposición y la argumentación Estrategias generales para la escritura de un ensayo

  Capítulo 6. El ensayo pedagógico: una lectura

  Bibliografía

Prefacio

“Ensayar es, pues, empeñarse en liberar el alma.” Santiago Kovadloff

En el ámbito cultural en general, la publicación de ensayos de diversos temas es cada día más significativa, por lo que, consecuentemente, la necesidad de leerlos y comprenderlos es una exigencia social imperativa si se pretende interpretar el mundo en que vivimos, a través de producciones escritas en cualquier soporte.

Asimismo, la comprensión y producción de ensayos es una práctica académica cada vez más exigida, tanto a alumnos de los últimos cursos del nivel secundario, como a cursantes de carreras terciarias y universitarias.

Sin embargo, no siempre se cuenta con los conocimientos –ni siquiera básicos– necesarios para leer comprensivamente un ensayo de actualidad. Menos aún, se poseen las estrategias indispensables para la producción de ensayos, lo que implica “saber decir por escrito aquello que se debe o se quiere decir; aprender a organizar las ideas con rigor, y expresarlas con estilo” (Kohan, 1996, 201).

Por ello, este libro intenta aproximaciones al ensayo en general con el fin de desentrañar las especificidades de este género textual, que fuera llamado por Alfonso Reyes “centauro de los géneros” y por José Miguel Oviedo “género camaleónico”, lo que estaría manifestando las dificultades para limitarlo o circunscribirlo a determinadas formas establecidas.

Podría decirse que cada ensayo tiene –por naturaleza del género– sus propios procedimientos textuales, pero, además, en él –como en cualquier otro tipo textual– sólo pueden identificarse “algunas tendencias dominantes”, pero nunca “una categorización estricta para cada ejemplo concebible” (Beaugrande y Dressler, 1997, 251).

Y son esas tendencias dominantes las que nos permitirán aproximarnos a la lectura comprensiva de diversos ensayos y, a partir de ella –en esa relación constante entre proceso de comprensión y proceso de producción textual– establecer un plan general de escritura que posibilite la elaboración de ensayos.

Así, esta obra se propone:

 determinar ciertas peculiaridades dominantes en el género ensayístico;

 proporcionar diversas estrategias que orienten la comprensión de ensayos reales, de circulación social y

 proponer parámetros heurísticos que guíen su producción.

Cuando hablamos de heurísticos, nos referimos a procedimientos o estrategias más o menos variables, cuya aplicación “no garantiza la consecución de un resultado óptimo” (Monereo, 1999, 20).

Es decir, tratamos de “ensayar” maneras de abordar el ensayo tanto desde la lectura comprensiva como de su producción, pero sin pretender prefijar tareas que indefectiblemente conduzcan a la solución del problema de comprensión y/o producción de este género discursivo.

Esta obra está pensada como un apoyo para estudiantes, docentes y lectores y productores en general que necesiten comprender y escribir ensayos de temas diversos. Sin embargo, no se trata del enunciado de reglas fijas, sino de aproximaciones posibles, las que, unidas a los propios procesos socio-cognitivos de lectura y escritura de los usuarios, posibilitarán la comprensión y producción de ensayos ajustados a objetivos y destinatarios variados.

CAPÍTULO 1

El ensayo como género discursivo

LOS GÉNEROS DISCURSIVOS

En los inicios del siglo XXI, lejos de haberse perdido la relevancia de la lectura, ésta se ha intensificado, ya que se han ampliado las prácticas sociales que la contienen, debido a la necesidad de leer no sólo lo escrito en papel, sino también en las pantallas de múltiples dispositivos electrónicos.

Internet (páginas Web, correo electrónico, blogs, foros, chats, etcétera) exige lectores cada día más competentes para comprender estas nuevas formas de escritura.

La escritura, además, ya no es considerada sólo un proceso lingüístico, sino un proceso psicolingüístico y sociocultural. Leer comprensivamente implica enunciar hipótesis, realizar inferencias desde los conocimientos de mundo que posee el lector, verificar dichas hipótesis y construir el significado del texto, el que será diferente para cada lector. Pero, también, la lectura comprensiva implica la interacción con una comunidad discursiva determinada y con la visión del mundo que ella sostiene. Así, la lectura es una práctica social en la que se entraman el autor, el discurso y el lector.

Más allá de los soportes diversos –electrónicos o no–, el autor y el lector interactúan a través de géneros discursivos heterogéneos (orales y escritos), los que comprenden desde una conversación a una noticia, desde una carta hasta un informe científico, como también los géneros literarios tradicionales (Bajtín, 1998).

Bajtín, al definir los géneros discursivos, sostiene que los participantes de la “praxis humana” hacen “uso de la lengua” mediante textos –a los que él llama “enunciados”– “concretos y singulares” y que, si bien esos textos son individuales, pertenecen a esferas diferentes que elaboran “sus tipos relativamente estables” de textos, los que se denominan “géneros discursivos”. Asimismo, destaca tres aspectos que se relacionan con la especificidad de una esfera comunicativa: “el contenido temático”, “el estilo verbal”, es decir, “la selección de los recursos léxicos, fraseológicos y gramaticales de la lengua” y, sobre todo, la “composición o estructuración” (Bajtín, 1998, 248).

Ahora bien, para leer esos diferentes géneros discursivos de manera crítica, son necesarias aproximaciones heterogéneas de lectura comprensiva, ya que en cada uno de ellos se buscan –y se encuentran– significados diversos. No se efectúan hipótesis ni inferencias semejantes en la lectura de un estudio científico que en la de una noticia, por ejemplo, aunque el tema sea el mismo.

¿A qué nos referimos cuando decimos leer de manera crítica? Esto supone ir más allá de la comprensión literal e inferencial para cuestionar o problematizar lo que se lee, responsabilizándose el lector de sus propias ideas, contrastándolas con las que aporta el texto, desentrañando las ideas encubiertas de éste, su supuesta neutralidad o ausencia de ideología.

Es que la escritura y la lectura son construcciones sociales y el discurso refleja una concepción de mundo y cumple una función social, mientras el autor y el lector tienen también “propósitos sociales concretos” y sus roles varían según el género discursivo que se escriba o lea (Cassany, 2006 a, 34).

Asimismo, cada género discursivo tiene un propósito, presenta una estructura y un estilo, selecciona ciertas expresiones, usa diversos recursos gramaticales y léxicos y hasta elige tipografías y soportes diferentes (Cassany, 2006 b).

Por todo lo expuesto, comprender críticamente supone recorridos diferentes para los distintos géneros discursivos. Así, sería casi imposible tratar la comprensión lectora inferencial y crítica sin seleccionar un género preciso.

Consecuentemente, la educación debería determinar qué géneros son relevantes en la comunidad discursiva de su contexto, para así direccionar la enseñanza y el aprendizaje de aquellos que priorice por su importancia como práctica social. Dice Cassany que “el interés por estudiar cada género está en que, al conocer cómo es y cómo funciona, podemos mejorar su enseñanza y aprendizaje: aprender a utilizar un género es aprender a desarrollar las prácticas profesionales que se desarrollan con él ” (2006 b, 23).

ENSAYO Y ENSAYISTA

El ensayo es un género que ha sido definido desde múltiples enfoques, más o menos complejos, aunque no siempre coincidentes. (Al respecto, remitimos al final de este capítulo, donde se ofrecen algunas conceptualizaciones de destacados estudiosos que lo caracterizan.)

Este género está escrito en prosa, mediante la combinación de exposición y argumentación y manifiesta una gran libertad en la interpretación de un tema o asunto, sin exigir un fundamento teórico o erudito que la respalde.

El posicionamiento de quien lo escribe es siempre subjetivo, desde un yo-aquí-ahora del ensayista, que se arriesga al sostener una posición crítica –de adhesión o rechazo– ante la problemática de la realidad que lo convoca.

El ensayo implica siempre un diálogo entre una subjetividad, que se enuncia, divaga y se arriesga, con otro sujeto, el potencial lector, a quien intenta persuadir o convencer respecto de un posicionamiento frente al mundo, o bien a quien apela para compartir una interpretación personal acerca de un recorte de la realidad que presenta.

Es por ello que en el ensayo sobresale la intención comunicativa y dialogante del ensayista, un escritor no dogmático, que posee interrogantes y dudas acerca del saber y que, por ende, cuestiona, intenta llenar los huecos del conocimiento, tantea desde sus márgenes, atentando contra certezas y saberes cerrados, ensayando respuestas propias (Albajari, 1999).

El ensayista no es un exégeta o un analista, sólo intenta compartir ciertas ideas, creencias o posicionamientos, mediante una actitud heurística que lo conduce, muchas veces, a encontrar nuevas ideas, rompiendo con lo tradicional.

Ensayo y ensayista exigen un lector inconformista, capaz de inferir y relacionar lo que lee con otros textos, para enriquecerlo y enriquecerse, es decir, un lector activo, que pueda establecer inferencias entre diversas lecturas.

Así, el ensayo es un género escrito subjetivo, dialógico, conjetural y heurístico, en el que se “ensayan” respuestas a la cuestión planteada.

Como carece de certezas, el ensayista busca, indaga, polemiza, no sólo con escritos anteriores, sino, también, consigo mismo. Y en ese camino de “ensayos”, de avances y retrocesos, requiere la compañía del lector, con quien dialoga y con quien comparte la senda interpretativa, para que éste complete la interpretación del mundo que ofrece.

El ensayo esboza, conjetura, transgrede, explora, interroga, denuncia, disiente, interpreta libremente, pero nunca transmite saberes u ofrece certezas.

Aunque es casi imposible definir el ensayo –precisamente por su característica de hibridez ya señalada–, nos aventuramos a “ensayar” una caracterización, sosteniendo que:

 es un género literario abierto y heterogéneo,

 que combina la exposición y la argumentación sin comprobación,

 que postula una intención comunicativa y dialogante,

 desde una posición subjetiva, interpretativa y heurística del ensayista,

 que ofrece –e intenta compartir– una mirada sobre el mundo (Matteucci, 2008).

APORTES CONCEPTUALES DE DISTINTOS AUTORES

Para Adorno, “el ensayo tiene que estructurarse como si pudiera suspenderse en cualquier momento” ya que “piensa discontinuamente, como la realidad es discontinua, y encuentra su unidad a través de las rupturas”. Para este autor, el ensayo es “la forma crítica” por excelencia, “no obedece a la regla del juego de la ciencia y de la teoría” y “no apunta a una construcción cerrada, deductiva o inductiva”. Además, “sus interpretaciones no están filológicamente fundadas y medidas, sino que son por principio hiperinterpretaciones” (1962, 12-30).

Ortega y Gasset sostiene que “el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita”. Al ensayista, dice, “le es lícito borrar de su obra toda apariencia apodíctica, dejando las comprobaciones meramente indicadas, en elipse, de modo que quien las necesite pueda encontrarlas y no estorben, por otra parte, la expansión del íntimo calor con que los pensamientos fueron pensados” (1976, 23).

Jaime Rest afirma que el “ensayo es una composición expositiva, preferentemente en prosa, que suele proporcionar información, interpretación o explicación acerca de un asunto o tópico, sin incluir procedimientos novelescos o dramáticos” (1991, 55).

Liliana Weinberg –desde una mirada puesta en el auto– caracteriza al ensayo como “una interpretación del mundo ofrecida desde la propia situación y acto interpretativo permanentemente desencadenado por un hacedor y transmisor de sentido” (2001, 18).

Miriam Álvarez sostiene que el ensayo “es uno de los cauces más habituales a través del que se manifiestan en la actualidad la exposición y la argumentación”, y que “es un género ligado a la reflexión libre”, mediante el cual “el autor se dirige a un amplio sector del público para exponer y enjuiciar una cuestión determinada” (1999, 40-41).

Oviedo afirma que “dos de las notas propias del ensayo son el sesgo interpretativo y el carácter prospectivo de sus hallazgos”, ya que si el académico se ciñe estrictamente al tema, “el ensayista se lanza, como un acróbata, al vacío, arriesga y se adelanta por terrenos no del todo explorados y a veces fuera del campo de su experiencia” (1991, 14).

Asimismo, Oviedo sostiene: “el ensayo es una forma dialogante, un pensamiento que quiere ser comunicación abierta (…). Supone una operación intelectual de trascendencia para el desarrollo del conocimiento humano: el de sintetizarlo y actualizarlo en un momento determinado de su evolución, ligándolo al pasado y proyectándolo al futuro” (Ibíd., 16).

Sardi D’Arielli sostiene que “el ensayo es una clase de texto argumentativo donde un escritor presenta su mirada acerca de un comportamiento, un objeto, una costumbre o un lugar” (2001, 55) y, en la medida en que presenta las ideas del autor, se caracteriza por las “marcas de subjetividad: valoraciones positivas y negativas, así como juicios de adhesión o de rechazo” (Ibíd., 54).

Según Bravo y Adúriz, una de las características del ensayo es la persuasión, la que “proviene más de los recursos estilísticos del escritor que de la veracidad o coherencia de sus afirmaciones”. Destacan, asimismo, “la permanente apelación al interlocutor”, como así también “su oculta intención didáctica, que se evidencia en un fuerte deseo de compartir un punto de vista sobre el mundo” (2000, 7).

En el Taller de Escritura de Salvat leemos que “…ensayo es una totalidad estética en la que convergen el autor, la materia y el lector”, y que todas las “ideas pueden pasar por él ”, ya que “convoca un diálogo creador” debido a “la libertad que otorga el ensayo en quien escribe, desde el punto de vista temático” (Kohan, 1996, 217).

Jorge B. Rivera sostiene “que la forma ensayo recorta un campo ciertamente generoso y no pocas veces ambiguo (e inclusive errático)”, que aparece “marcado, en cierta medida, por signos esencialmente expositivos, informativos e interpretativos” (1980, I).

Sebreli, por su parte, señala que el ensayo es un género “problemático” y“que, a diferencia de los estudios académicos, de los tratados científicos que presentan el problema de una manera abstracta, el ensayista habla siempre a propósito de una realidad concreta que le preocupa en lo inmediato” y que “esta fluctuación permanente entre lo concreto y lo abstracto (…) constituye la especificidad del ensayo” (1986, 11).

Según Ricardo Rezzónico, “uno de los rasgos principales del ensayo es presentarse como aproximaciones, esbozos iniciales y reflexiones conceptuales dispuestas al debate y a la crítica, en el marco de algunos recursos expresivos de tipo persuasivo y cierta preocupación estética” (2003, 145).

Una de las caracterizaciones que –a nuestro juicio– mejor sintetiza qué es el ensayo, es un breve capítulo escrito por Augusto Albajari (1999), quien sigue en muchas de sus apreciaciones a Adorno. Albajari sostiene acerca del ensayo:

 “el tema puede ser tan lábil como particular ”;

 “prima la exposición e interrelación de ideas antes que la imaginación”;

 la exposición de ideas no se articula “con la minuciosa comprobación y verificación”;

 “es una prueba, antes que algo definitivo”;

 “al liberarse de la idea tradicional de verdad, el ensayo se acerca a la literatura”;

 “es un género abierto a la divagación y la crítica” (1999, 206). (La diagramación es nuestra.)

Según Giordano, del “ensayo se han señalado siempre la heterogeneidad de sus materiales y de sus procedimientos, la dificultad para clasificarlo o definirlo” (2005, 225).

Asimismo, y en comparación con la crítica académica, Giordano sostiene que “el ensayo se presenta como un campo de resistencia a la homogeneización y el disciplinamiento” (Ibid, 255).

Para Carina Rattero, el ensayo manifiesta “disposición a recibir aquello que se presenta fuera de los cánones instituidos”, en una “búsqueda de lo nuevo y controvertido”. También –sostiene– “siempre provisorio, el ensayo como la escritura, es enunciación permanente sin enunciado acabado” (2006, 58).

Nicolás Rosa sostiene que el “ensayo, precisamente por su carácter ensayístico, no aporta pruebas sino conjeturas; no convence con razones sino con sutilezas retóricas (…) no produce convicciones sino dudas” (2003, 15). Y más adelante agrega: “La resistencia del ensayo a la categorización genérica es tal vez su rasgo fundamental; esto nos obliga a separarnos de las clasificaciones y pensar los elementos diferenciales a partir de la caracterización subjetiva del ensayo” (Ibid, 56).

Para Rosa, el ensayo “toma un objeto (mundo, tiempo, circunstancia, instrumento o negociación) y lo inscribe en el campo dominante pero impreciso de la subjetividad ” (Ibid, 62).

Albajari se refiere al escritor de ensayos de esta manera: “El dogmático no ensaya. El que merodea el saber, el marginal, duda, no sabe todo, no está seguro, cuestiona. El ensayista recorre los baldíos del conocimiento y, desde el margen, apedrea el edificio de la Ciencia: intenta, atenta, tantea ” (1999, 206).

Sostiene Kovadloff: “Soy, he sido siempre y sólo quisiera seguir siendo un ensayista (…). Un ensayista, es decir, un escritor que se arriesga y se logra (o se malogra) en el trato con las ideas” (1998, 12).

En Ensayos de intimidad, presenta al ensayista alejado de la tesis y de una férrea doctrina, como alguien que “tan sólo quiere transmitir sus impresiones que son antes las de un hombre que las de un experto o un especialista”, es decir, un escritor que compone “literatura” (2002, 21).

Marcos Victoria, por su parte, intenta acercarse “al multiforme, invasor ensayo” ocupándose “de quien escribe el ensayo: el ensayista”. Y lo hace caracterizándolo como “un escritor indisciplinado”, un “maniático de la libertad ” o como un “perpetuo improvisador” ajeno a la disciplina o “a las normas académicas”. Asimismo, resalta de estos “entusiastas improvisadores”, “la capacidad de enseñar al lector a no conformarse con el mero texto escrito; a obligarlo a buscar en sí mismo nuevas inferencias, escondidas relaciones con otros textos…” (1975, 9-12).

Por último, Victoria se acerca al escritor de ensayos sosteniendo: “no es ensayista aquel incapaz de deslastrarse, de cortar amarras, de liberar al alienado que llevamos dentro, y de abrir los brazos para recibir lo nuevo, lo inaudito, la paradoja y el absurdo” (Ibid, 13).

Para Giordano, el ensayista “se sitúa en un lugar polémico respecto de la tradición, y la incomodidad de su vínculo con ella favorece la emergencia de lo nuevo” (2005, 230). Además –sostiene–, “el ensayista se encuentra siempre, para decirlo de algún modo, dispuesto a los juegos del azar, y en su búsqueda suele encontrar algo que no buscaba o, lo que es lo mismo, algo que buscaba (que se buscaba) sin saber” (Ibid, 232). “Lector impertinente” llama Giordano al ensayista (Ibid, 233), al que considera un buscador errático.

Para Rattero, el ensayista “escribe su modo de percibir, de leer la vida cuando algo lo conmueve. Polemiza, para dar batalla cuando una idea lo provoca” (2006, 58). Parte de “la experiencia de quien carece de certeza definitiva, de un yo que se busca para constituirse a sí mismo y que sólo puede hacerlo en el juego de un constante desprendimiento de sí ”, adoptando “una actitud experimental y heurística incesante”, experimentando “un modo singular de vinculación con la verdad y con el poder” (Ibid, 61).

CAPÍTULO 2

Lectura crítica de ensayos

EL ENSAYO COMO GÉNERO ESCRITO

La evolución de la sociedad y de la cultura marca cambios en los significados que las comunidades discursivas otorgan a las palabras y a los textos, los que se cargan de ideología con el fin de persuadir o manipular. Así, la vida –y especialmente la vida en democracia– obliga a saber desentrañar críticamente lo que cada texto opaca en mayor o menor medida.

La noción de género discursivo –como ya se dijo– permite sistematizar las diferentes formas sociales de utilizar el lenguaje y de reconocer propósitos, estructura, contenido, audiencia, etc., de cada uno de dichos géneros.

Como sostiene Cassany, “el género es visto como una forma de comunicación particular, generada en un contexto social, histórico y espacio-temporal concretos”. Y el ensayo es uno de esos géneros escritos que tiene sus propios parámetros, los que trataremos de determinar siguiendo las sugerencias de Cassany. Este autor considera, para el análisis de cualquier género discursivo, los siguientes aspectos: denominación, historia, ámbito, autoría, función, audiencia, contenido, estructura y estilo, citas y polifonía, aunque no en este orden.

En cuanto a la denominación, el nombre de ensayo proviene etimológicamente del latín exagium (del griego exagion) que significa “peso”, aunque el uso en español es traducción del francés essais, usado por Montaigne por primera vez para titular su compendio de escritos sobre política, historia, filosofía y otros distintos temas. En el diccionario de la Real Academia Española, el ensayo se define como “escrito en el cual un autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito”.

Respecto de la historia del ensayo, inicialmente es usado por Juan de Montaigne (1533-1592) –como ya se dijo– en dos libros publicados en 1580. Posteriormente, Francis Bacon (1561-1626) comienza a publicar sus ensayos en 1597. Así, Montaigne y Bacon son considerados los creadores del ensayo moderno, si bien antes del siglo XVI otros autores producen escritos que –sin ser llamados ensayos– participan de algunas características que permitirían clasificarlos como tales.

El ensayo se usa en cualquier ámbito del saber para exponer temas diversos, ya sean históricos, filosóficos, económicos, políticos, literarios o sociológicos.


Clasificaciónsegún ámbitodel saberEjemplos
Históricos“El final del gobierno peronista ocurrió en 1955. La fractura en el frente interno del peronismo se profundizó cuando Perón cambió la posición del gobierno frente al capital extranjero. En los primeros meses de ese año firmó un precontrato con la Standard Oil de California para la explotación del petróleo que levantó una oleada de críticas de quienes sostenían que el convenio era lesivo para la soberanía nacional. (…) Arturo Frondizi, un enconado crítico del acuerdo entre Perón y la Standard Oil y que sería presidente de la Argentina años más tarde, manifestó que el radicalismo había cometido un error al rechazar el contrato con la petrolera norteamericana y que en esa actitud había incidido la influencia británica, preocupada por el avance estadounidense en el sector. Lo cierto es que la necesidad de Perón de atraer, por la crisis, las inversiones extranjeras sirvió como eje alrededor del cual se agruparon los sectores políticos opositores y sectores nacionalistas que hasta entonces lo habían apoyado” (Seoane, 2004, 82-83).
Filosóficos“El hombre, Jano bifronte, mira al pasado con una de sus caras, trabaja en reproducir todo pasado en su presente, en introducirlo en él, reviviéndolo. Y al mismo tiempo vuelve su otra cara hacia el porvenir. No posee una tercera cara, no tiene órgano para el presente mismo. Su presente es funcional, es aquello mediante lo cual y desde donde conoce el pasado y emprende la colonización del porvenir. Sin duda vive su presente, y no vive sino su presente, pero ninguno de los contenidos de su presente, en cuanto intencionales, en cuanto algo más que puros estados ciegos, anida efectivamente en lo presente: son más bien los fantasmas de un presente ido o por venir. Cuando sueña, pone su ensueño en una pasada Edad de Oro, o en un futuro paraíso terrestre; cuando vela, no trata sino con ausencias” (Romero, 1974, 121-122).
Económicos“El neoliberalismo es la etapa superior del liberalismo. La etapa en que los monopolios y los oligopolios traban la libertad de mercado, arrojan de él a los pequeños competidores e imponen sus reglas en todos los órdenes: el económico, el cultural, el político y –muy especialmente– el comunicacional, el arma predilecta del capitalismo oligopólico durante los días que corren. El nuevo Sujeto Absoluto” (Feinmann, 2009, 160).
Políticos“Pero lo que tal vez no estaba claro es que, siendo un régimen en general una forma de gobierno, Berlusconi estaba instaurando día a día una forma de gobierno basada en la identificación del partido, del país y del Estado con una serie de intereses empresariales. Y lo ha hecho sin necesidad de hacer intervenir a la policía ni de arrestar diputados, sino mediante una ocupación gradual de los medios de comunicación más importantes (o intentando meter mano –con redes financieras u otras operaciones, afortunadamente no siempre coronadas por el éxito– en la prensa todavía independiente), y creando con medios adecuados formas de consenso basadas en el populismo” (Eco, 2007, 150).
Literarios“La reivindicación de Martín Fierro en la década del Centenario fue un gesto de la oligarquía terrateniente argentina representada por intelectuales como Lugones, Gálvez o Rojas, frente al aluvión de inmigrantes, la mayoría italianos y polacos, que invadían por ese entonces el país. Martín Fierro fue erigido como síntesis entre lo autóctono y el conquistador español, de quien esa clase de ricos estancieros se enorgullecía de descender (…).Para mí Martín Fierro es una novela, una gran novela argentina –aunque esté escrita en forma de largo poema–, y como tal me sirve en mi investigación como un valioso documento donde rastrear las metáforas del fracaso argentino desde la conquista hasta nuestros días” (Scheines, 1993, 160).
Sociológicos“Debemos, pues, concluir que lo económico, como cualquier otro elemento de orden sociológico, no basta para explicar el estado espiritual de América.Porque el predominio de lo económico no es una causa de la situación pecaminosa, sino un atributo de ésta: la frustración de lo espiritual por lo económico –como por muchos otros factores– es uno de los rasgos a través de los cuales la situación pecaminosa se hace patente.(…) Que se entienda: el hecho capital ha sido la expulsión desde una tierra espiritualizada a otra sin espíritu; de él dimanan todos los males, consistentes en que, ante el ámbito ajeno y hostil, las formas más altas, más delicadas, de ese espíritu con el que nos habíamos erguido sucumbieron, y quedaron sólo las elementales, las inferiores, las vinculadas con los crasos instintos de conservación” (Murena, 1965, 158-159).

Esta variedad le otorga al ensayo como género una gran amplitud en cuanto al ámbito en el que puede ser utilizado. Asimismo, puede difundirse en soportes variados: diarios, revistas, libros, sitios Web, blogs, etcétera.

En lo que respecta a la autoría, el ensayista se apoya en su punto de vista para exponer sus propias ideas y opiniones, las que no necesariamente deben estar fundamentadas. El autor de este género discursivo, generalmente, domina el tema acerca del cual escribe y manifiesta su competencia comprometiéndose subjetivamente con lo que sostiene. No le interesa agotar dicho tema, sino, más bien, exponer y reflexionar sobre él. Escribe siempre de manera personal, a favor o en contra de algo o de alguien, dando muestras de la autenticidad de su pensamiento.

“Permítaseme ser aún más clara. No pongo en duda que hay un enemigo despiadado, abominable, que se opone a casi todo lo que valoro, como la democracia, el pluralismo, el secularismo, la igualdad absoluta de los sexos, los hombres imberbes, el baile (de cualquier tipo), la ropa escasa y, bueno, la diversión. Ni por un instante pongo en duda la obligación del gobierno estadounidense, como todo gobierno, de proteger la vida de sus ciudadanos. Lo que sí pongo en duda es la seudodeclaración de una seudoguerra. Estas necesarias acciones no deberían denominarse ‘guerra’. No hay guerras interminables. Pero hay declaraciones de extensión del poder de un Estado que cree que no se le puede desafiar” (Sontag, 2007, 133).

En cuanto a la función del ensayo, ésta es informativa y directiva –mediante la exposición y la argumentación–, ya que se intenta no sólo informar, sino también persuadir al lector para que reflexione, a favor o en contra del tema tratado.

“La belleza puede ilustrar un ideal, una perfección. O puede provocar, por su identificación con las mujeres (o más precisamente, con la Mujer), la ambivalencia consabida que proviene de la añeja denigración de lo femenino. Mucho descrédito de la belleza necesita ser entendido como resultado de la inflexión del género. La misoginia, asimismo, puede subyacer al impulso de metaforizar la belleza, promoviéndola así fuera del ámbito ‘meramente’ femenino, de lo poco serio, de lo especioso. Pues si las mujeres son veneradas por ser bellas, se las menosprecia porque se preocupan de estar o mantenerse bellas. La belleza es teatral, está para ser contemplada y admirada; y la palabra puede aludir tanto a la industria (revistas de belleza, salones de belleza, productos de belleza) –el teatro de la frivolidad femenina–, como a las bellezas del arte y la naturaleza. ¿Cómo explicar de otro modo la asociación de la belleza –es decir, las mujeres– con la tontería? Estar preocupado por la belleza propia es exponerse a la acusación de narcisismo y frivolidad” (Ibíd., 27-28).

Respecto de la audiencia del ensayo, puede decirse que su destinatario es, en general, cualquier lector interesado en el tema que se trate, pero capaz de desentrañar de manera inferencial y crítica las ideas más opacadas o veladas que lo sustentan. A veces, el destinatario está explícito en el ensayo o, en el afán del ensayista por el diálogo, está marcado con deícticos.

“En el enamoramiento y en el amor se manifiesta una buena porción de estupidez. A este respecto, recomiendo leer las cartas de amor de uno mismo, con un alejamiento en el tiempo de unos veinte o treinta años. Se le subirán los colores ante ese documentado desierto de necedad, soberbia, prepotencia y ceguedad: un contenido trivial, un estilo penoso. A uno le parece casi incomprensible que un ser humano, aunque solo sea medianamente inteligente, haya podido estar nunca en condiciones de sentir, pensar y escribir semejantes tonterías” (Süskind, 2006, 26).

Como ya se dijo, autor-lector se relacionan a través del discurso, y es el primero el que determina el contenido del ensayo, ya que no hay normas fijas que precisan cómo debe ser dicho contenido. Es el autor el que estipula los datos relevantes y los detalles; el que presupone qué sabe o no el potencial lector; el que carga con ironía o disfraza ideas; el que decide qué decir abiertamente y cuánto opacar.

Es por ello que este género discursivo requiere un lector capaz de acercarse a él mediante un pensamiento crítico, que le posibilite determinar sus “acuerdos y desacuerdos” con lo leído, ya que “leer críticamente es también reaccionar ante los discursos de los otros” (Cassany, 2006 a, 136-137).

El ensayo no posee una estructura prefijada, sino, más bien, abierta, con una extensión variable, aunque no demasiado larga. En el caso de que todo un libro sea un ensayo, se divide en capítulos que presentan los subtemas del tema general. Está escrito en prosa y la temática es variada. La forma libre del ensayo se opone a cualquier regla y en él pueden aparecer anécdotas, hechos, divagaciones, reflexiones, críticas, sentimientos, etc., sin un orden sistemático de presentación. No obstante, el estilo es cuidado y riguroso, y clara pero profunda la expresión.


FormasEjemplos
Anécdotas“La noticia me recordó de inmediato un episodio familiar. Cuando mi hija Julia tenía tres años, la vi ensayar un día varios trazos sucesivos con un marcador de color verde. Sin ningún resultado, lo hacía ir y venir sobre el papel: la tinta no fluía. Desencantada, me lo extendió diciéndome: ‘Tomá, papi. Esta lapicera no sabe dibujar’” (Kovadloff, 2002, 49).
Hechos“En el verano de 1950, un hombre de setenta y cinco años, acompañado de su mujer y de su hija mayor, pasa tres semanas en el Grand Hotel Dolder de Zurich. Está casado desde hace cuarenta y cinco años, es padre de seis hijos y un escritor mundialmente conocido. Unos días antes se ha celebrado su cumpleaños con gran pompa y participación pública; tiene que pronunciar discursos, escribir artículos, hacer frente a una enorme correspondencia, terminar una novela, recibir invitados, dar entrevistas” (Süskind, 2006, 18).
Divagaciones“Lo que la doxa tenía de repudiable para la filosofía, lo tuvo desde siempre la condición femenina para los enemigos de la democracia. Es que, con el advenimiento de la democracia, se le brindó al individuo, fuente productora de la doxa, un lugar del que hasta entonces careció en la vida pública. A raíz de ello, creció el temor a sus excesos. Los riesgos cívicos acarreados por una subjetividad que abandonaba su reclusión en la privacidad y ganaba la calle buscando incidir en los destinos de la polis, fueron denunciados, entre otros, por el Sócrates platónico. Lo emocional y lo temperamental, adueñándose del discurso, feminizándolo en suma, comprometían el equilibrio del Estado. (…) La política, sentenció Platón, se feminizaba con la democracia. (…) Era preciso, creía Platón, expurgar de feminidad al Estado para sanear la política” (Kovadloff, 2008, 195-196).
Reflexiones“¿Qué queremos decir, por ejemplo, con la palabra ‘paz’? ¿Queremos decir ausencia de conflicto? ¿Queremos decir un olvido? ¿Queremos decir perdón? ¿O queremos decir un profundo hastío, un agotamiento, un vaciamiento del rencor? Me parece que la mayoría de las personas quieren decir ‘victoria’ con paz. La victoria de su bando. Eso es lo que significa ‘paz’ para ellas, mientras que para los otros significa derrota” (Sontag, 2007, 155).
Críticas“El capitalismo crea exclusión y no puede sino crearla. Si no la creara no sería el capitalismo de mercado. El mundo de las corporaciones es de las corporaciones. Y las corporaciones se devoran todo. Devastan la tierra y abandonan a los hombres al hambre y la exclusión. Europa no puede asimilar porque el capitalismo nuevo milenio impide toda asimilación. Saquea la periferia. ¿Qué hace la periferia, qué hacen sus sobrevivientes? Emigran al Centro para sobrevivir. Aceptan cualquier cosa. La humillación. El racismo. Sólo se trata de subsistir” (Feinmann, 2009, 141).
Sentimientos“(…) muchos críticos han señalado que los suplicios de la guerra –a causa de la televisión– han pasado a ser una futilidad nocturna. Saturados de imágenes de una especie que antaño solía impresionar y concitar la indignación, estamos perdiendo nuestra capacidad reactiva. La compasión, extendida hasta sus límites, se está adormeciendo” (Sontag, 2003, 125).

A pesar de lo dicho precedentemente, el ensayo se estructura “a partir de la exposición y la argumentación” (Kohan et al, 1996, 201) y, si bien “los modelos estructurales son tantos como los autores propongan”, se presentan cinco estructuras de las más frecuentes:

1 “Estructura analizante”. Parte de una aseveración que es desarrollada por varias ideas.

2 “Estructura sintetizante”. Varias ideas conducen a “una idea conclusiva final ”.

3 “Estructura interrogación-respuestas”. Parte de un interrogante que da lugar a respuestas diversas.

4 “Estructura interrogaciones-respuesta”. Varios interrogantes iniciales tienen una respuesta común.

5 “Estructura de ideas o núcleos independientes”. Diversas ideas independientes entre sí “no desembocan en una idea central, aunque todas tienen algún punto de contacto” con ella (Kohan et al, 1996, 211-212).

Si bien el ensayo no necesita comprobación ni fundamentación ya que muestra un pensamiento subjetivo y original, muchos ensayistas hacen uso de la polifonía. Pueden aparecer en este género discursivo citas de autoridad, literales o parafraseadas, para respaldar o enriquecer lo dicho.

“El amor, inextinguible afán de aproximación entre quienes están juntos, es, por eso, sufrimiento. Simone Weil lo ha dicho a su modo: ‘Amar puramente es acatar la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo que uno ama’” (Kovadloff, 2008, 19).

“La verdad no se insinúa sino en el sufrimiento. Ella es la cumbre, inalcanzable pero discernible, del encuentro más íntimo. Semejante intimidad, sin embargo, no la alcanzan más que los contrarios que, tal como Anaximandro enseña, sin desmayo se impugnan y se buscan, se hermanan y se rechazan” (Ibíd., 23).

También pueden usarse otras voces con objetivos tales como la ironía o el humor.

“Parecía que la guerra no empezaba porque ya había terminado. Habían liquidado a Saddam con el primer misil basándose en un implacable informe de inteligencia. Pero no. Y entonces cae toda la metralla del cielo. Y hay cámaras en Bagdad. Y aparecen los generales norteamericanos y hablan y cuentan y explican. Y las lucecitas siguen por todas partes. Y esos títulos pequeños al pie del televisor: ‘Más países se suman a la coalición de Bush’; ‘Aún no se sabe dónde está Saddam’; ‘Soldados iraquíes han quemado pozos de petróleo’; ‘Se prepara la ayuda humanitaria’. Porque el plan es así: primero los amasijan; después, a los que zafaron, los curan” (Feinmann, 2009, 55).

El autor puede estar de acuerdo o en desacuerdo con las voces que presenta y hacer explícita su posición al respecto.

“No hay que dejar de señalar el poder que tiene meramente ‘el soplo de la actividad’ europea. Este ‘soplo’ habría exterminado a siete millones de habitantes del nuevo continente. ‘Han sido (escribe, en efecto, Hegel) exterminados unos siete millones de hombres’ (Ibíd., p. 171). De donde es posible deducir que pocas cosas han sido más mortales para los territorios de la periferia del centro del mundo que recibir el espíritu y su soplo. La cifra de siete millones que da Hegel revela su desconocimiento y, acaso, su mala fe. El genocidio americano (que ha tenido poca o mala prensa) llevó sus cifras a cuarenta millones o más o menos; en la incertidumbre de las cifras reside el rostro más atroz del genocidio” (Ibíd., 111).

Este análisis realizado para el género ensayo en general puede aplicarse también a ensayos concretos, pero no debe considerarse como “un esquema reduccionista”, sino como una “herramienta versátil y adaptable” a cada ensayo a analizar. Si “el lector interpretara que para comprender un texto” se debe seguir una guía en el orden prefijado, esto llevaría a una simplificación que no conduciría a desarrollar la lectura crítica que se pretende lograr (Cassany, 2006 a, 84). Y lo dicho vale para cualquier guía de análisis que se ponga en práctica.

UN PRIMER ABORDAJE DEL ENSAYO

En este punto partimos de la consideración del ensayo como una escritura “desde los márgenes”, alejada de las certezas o, más precisamente, desde las certezas del yo ensayístico, que apuesta y se arriesga a insinuar o sugerir, a través de “palabras que se despliegan argumentativamente para hacer posible una explicación del mundo” (Forster, 1991, 94).

Al referirse a Benjamin como ensayista, Forster lo caracteriza con las siguientes expresiones: “…espacios abiertos, incertidumbres, experimentaciones, riesgo de un pensamiento sin andadores. La escritura como una aventura peligrosa y nunca como la patentización de certezas absolutas” (Ibíd., 51), lo que bien podría aplicarse al ensayo en general.

Posicionándonos en esta mirada, es posible desarrollar un primer abordaje de la lectura de ensayos a partir de la literalidad de las palabras que lo conforman, pasando luego a la interpretación de algunas ideas apenas sugeridas –y a las relaciones que como lectores podemos establecer entre ellas y nuestros conocimientos de mundo, del tema, etc.– para alcanzar luego una lectura crítica que haga posible la comprensión profunda de lo leído.

Cassany (2006) –desde un enfoque semejante– considera tres planos de lectura para los diversos textos –que aquí aplicamos al ensayo– y especifica qué aspectos de la comprensión implica cada uno.

1 Lectura de “las líneas”, comprende el “significado literal ”.

2 Lectura “entre líneas”, abarca todo lo no dicho de manera explícita: inferencias, presuposiciones, ironía, dobles sentidos, entre otros.

3 Lectura “detrás de las líneas”, implica la comprensión de la ideología, la intención, el punto de vista, la argumentación, sostenidos por el autor del ensayo, en nuestro caso, como de cualquier otro texto (Cassany, 2006a, 52).

¿Para qué es relevante esta lectura comprensiva en distintos planos? No como un fin en sí mismo, para distinguir dichos planos en un análisis. La finalidad es comprender que todo discurso está contextualizado espacial y temporalmente y se escribe desde un punto de vista, el del autor al que pertenece.

Dice Cassany: “Es ingenuo creer que la lengua refleja la realidad (…) la lengua no existe. Se trata de una abstracción. (…) Lo único que existe realmente es el discurso. (…) Y todos estos discursos están situados. (…) Los discursos neutros, objetivos o desinteresados no existen” (Ibíd., 54-55).

Es fácil inferir que los planos más relevantes son el segundo y el tercero, los que se implican mutuamente, ya que si en la lectura no se recuperan los implícitos (plano inferencial) es imposible leer tras las líneas (plano crítico).

Aquí es preciso aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de lectura crítica. Se trata de una comprensión que problematiza lo expresado en el texto leído y que –si bien parte de la individualidad del lector y requiere de él ciertos conocimientos acerca de lo dicho o sugerido– intenta contrastar socialmente las interpretaciones con otros, ya que la escritura es un producto social y, por tanto, tiene significaciones múltiples según los diferentes lectores (Cassany, 2006a).

En general, se trata de leer las connotaciones, es decir, las informaciones que van más allá del referente, más allá de los contenidos denotativos (Kerbrat-Orecchioni, 1983).

“A nosotros los escritores nos inquietan las palabras. Las palabras significan. Las palabras apuntan. Son flechas. Flechas clavadas en la piel áspera de la realidad. Y cuanto más solemnes, más generales son las palabras, más se parecen a salones o a túneles. Pueden ampliarse, o hundirse. Pueden llegar a saturarse de mal olor. A menudo nos recordarán otros salones, donde nos gustaría morar o donde creemos ya estar viviendo. Acaso hayamos perdido el arte o la sabiduría de cómo habitar esos espacios. Y a la postre esos espacios de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, tapiados, clausurados” (Sontag, 2007, 155).

Trataremos ahora de explicitar algunos de los referentes conceptuales mencionados, para fundamentar esta lectura que presupone superar lo literal o denotativo.

Si bien las inferencias han sido definidas y caracterizadas de distintos modos, puede considerarse como tales –en sentido amplio– cualquier información que se extrae de un texto que no aparezca de manera explícita, o sea, cualquier información implícita. Y es el lector quien debe recuperar dicha información, en relación con sus conocimientos previos.

“Los países de América Latina han vivido sin dejar de sentir jamás la mirada del Otro, del más fuerte y hasta a veces, sin más, del Amo, en cualquiera de las formas que este poder –el que constituye a un país en dominador de otro– se exprese. Hoy, y pareciera que con tanta o más fuerza que nunca, los republicanos y civilizados del continente se preocupan al ver que varios países no hacen las cosas como deben ser hechas” (Feinmann, 2009, 107).

En lo que respecta a la presuposición, es ésta un implícito semántico (del material lingüístico de un texto) o un implícito pragmático (en relación con el contexto) (Maingueneau, 1999). Si se dice:

 El hombre vive ahora en el campo y no podrá venir si llueve. se pueden extraer implícitos semánticos como:

 El hombre antes no vivía en el campo.

 El hombre antes vivía en el pueblo o la ciudad.y también implícitos pragmáticos como:

 Los caminos para llegar son de tierra.

 Los caminos de tierra se anegan con la lluvia.

Las inferencias, al igual que las presuposiciones, ponen de manifiesto que la comprensión del discurso atañe tanto a lo dicho como a lo no dicho, es decir a lo implícito o presupuesto, y que el lector es quien debe concretarlas o realizarlas para la elaboración del significado textual y el logro de una comprensión plena (Lozano et al., 1997).

“Las fotografías de las crueldades e injusticias terribles que afligen a la mayoría de las personas en el mundo parecen decirnos –a nosotros, que somos privilegiados y estamos más o menos a salvo– que deberíamos sublevarnos, que deberíamos desear que algo se hiciera para evitar esos horrores” (Sontag, 2007, 137).

En cuanto a la ironía, puede considerársela una falta de sinceridad que tiene como fin expresar una burla, dándole a una palabra un sentido literal y otro asociado, expresando “lo contrario de lo que se quiere hacer entender” (Kerbrat-Orecchioni, 1983, 146).

La ironía –sostiene esta autora– presupone “dos niveles semánticos superpuestos, ninguno de los cuales debe ocultar al otro” (Ibíd., 151).

“Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas. Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de la sala de estar. La información de lo que está sucediendo en otra parte, llamada ‘noticias’, destaca los conflictos y la violencia –‘si hay sangre, va en cabeza’, reza la vetusta directriz de la prensa sensacionalista y de los programas de noticias que emiten titulares las veinticuatro horas– a los que se responde con indignación, compasión, excitación o aprobación, mientras cada miseria se exhibe ante la vista” (Sontag, 2003, 27).

Respecto de los dobles sentidos, éstos presentan un sentido literal y otro intencional, el cual hay que comprender “para captar el verdadero sentido” (Kerbrat-Orecchioni, 1983, 151).

“Dejemos a un lado el reguero de sangre que renuevan sin cesar los cien fundamentalismos; esos que maquillados de ciencia, fe religiosa o ideología nacionalista, torturan, queman y matan en nombre de sacrosantas mayúsculas: Dios, la Patria y la Verdad. Pasemos, por un momento, del ancho y patético escenario del planeta a la minucia cotidiana. El desprecio por la diferencia y la intolerancia a la diversidad puede verse sin esfuerzos desplegado a dos cuadras de casa, para no decir en nuestro mismísimo piso o en el espejo que nos aguarda cada mañana” (Kovadloff, 2002, 51).

Para la concreción de una lectura crítica –entendida con el sentido ya explicitado– hemos nombrado en primer lugar la comprensión de la ideología, presente en todo discurso, ya que “cierta manera de utilizar el lenguaje se identifica con cierta manera de pensar la sociedad” (Kerbrat-Orecchioni, 1983, 235).

Como sostiene Cassany, la ideología se refiere a todo y no sólo a la política. “Es la mirada completa de cada uno sobre la realidad, su conceptualización mental y las actitudes y los valores que se desprenden de ella” (2006a, 93).

“Ese campesino atravesando la inquietante soledad del paisaje del altiplano, o esa otra mujer aimará defendiendo su derecho ancestral, son imágenes que regresan, hoy, cuando por esos sortilegios inquietantes de la historia, capaz siempre de sorprendernos, la figura de Evo Morales emerge de ese mismo fondo de siglos de humillación y espera, siendo portadora de los sonidos del viento y de los colores de los cerros, de ese paisaje habitado desde siempre por esos indómitos hombres y mujeres que han sabido, más allá de toda resignación, esperar su hora, esa hora en la que uno de los suyos, al menos, les muestre que no todo está perdido” (Forster, 2008, 191).

Si –como se dijo– la intención de un ensayo es comunicativa y dialogante, ya que el ensayista intenta compartir con el lector su mirada sobre la realidad, también es cierto que las argumentaciones que lo conforman intentan convencer y/o persuadir al lector para que adhiera a esa mirada.

“De uno u otro modo, aquella campesina aimará, quedándose en su lugar y desconociendo las exigencias de las autoridades, se había unido, con ese simple gesto, a los mil eslabones de una cadena invisible que desde el fondo de la conquista seguía uniendo ese mundo tan desconocido y ejemplar. ¡Qué equivocados estamos al identificar esas actitudes con resignación o mera tozudez sin sentido! Muchas veces los relatos de la historia olvidan dar cuenta de esos pequeños gestos que tanto nos están diciendo…” (Ibíd., 190).

En cuanto al punto de vista, puede afirmarse –desde la caracterización del ensayo ya expuesta– que éste es siempre particular, subjetivo, situado y, por ende, relativo.

“Arraigado en un hondo trastorno corporal o provocado por un intenso desequilibrio psíquico, alentado por un amor perdido o una muerte inesperada, el dolor connota siempre lo mismo. Su intensidad denuncia en nosotros la presencia de algo extraño. Vulnera el trato familiar que hasta allí cada cual se dispensaba.

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12 декабря 2024
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121 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9789875386891
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