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NICK HARKAWAY

El mundo que

vimos desaparecer

The Gone-Away World

Traducción de Carmen Fortes e Iris César

www.armaeniaeditorial.com

Título original: The Gone-Away World

Edición original: Windmill, London, 2008

1.ª edición: Febrero, 2017

1ª edición ebook: agosto 2021

Ilustración de solapa: © Chris Close, 2016

Copyright © Nick Harkaway, 2008

Copyright de la traducción © Carmen Fortes e Iris César, 2016

Copyright de la corrección: @ Armaenia Editorial, S.L. 2017

Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L. 2017, 2021

Armaenia Editorial, S.L. ha tratado de ponerse en contacto con los propietarios del © de la ilustración de cubierta, sin éxito. Quedamos a su disposición.

Armaenia Editorial, S.L.

www.armaeniaeditorial.com

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas por las leyes,

la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

ISBN: 978-84-18994-03-6


A mis padres.

Vosotros sabéis quienes sois

Los que sueñan despiertos son peligrosos, ya que ejecutan sus sueños con los ojos abiertos para hacerlos posibles. Eso fue lo que hice.

T. E. Lawrence

Capítulo 1

Cuando todo comenzó;

cerdos y crisis;

encuentros cercanos con la administración.

La luz se fue en el Sin Nombre poco después de las nueve. Yo estaba inclinado sobre la mesa de billar, con una mano en la calva que se había formado detrás de la D por la cerveza, según Flynn el Tabernero, pero que era del mismo tamaño y forma que el culo de la señora de Flynn el Tabernero: casi un metro de diámetro y con la forma de una manzana Royal cortada por la mitad. El fluorescente que había sobre la mesa se apagó, al instante volvió, y el frigorífico con puerta de cristal comenzó a emitir un zumbido grave y torpe. La instalación eléctrica también zumbó y se hizo la oscuridad. Un leve destellos de estática bailaba por la repisa del televisor, mientras la lámpara verde de SALIDA chisporroteaba junto a la puerta.

De todas formas, me apoyé sobre la marca del culo de la señora de Flynn el Tabernero y lancé el golpe. La bola blanca produjo un murmullo al cruzar el fieltro, a continuación dio contra dos bandas y terminó por golpear limpiamente la bola 8 hacia una de las troneras. Ton, ton, tooc… gloong. Un golpe perfecto. Iba a por la 6, por cierto. Le había regalado la victoria a Jim Hepsobah. En cuanto volviera la luz y todo volviera a la normalidad en el Sin Nombre, daría paso a mi colega héroe Gonzo y Jim se lo cargaría también.

En cualquier momento.

Solo que las luces seguían apagadas y el destello tenue del televisor se había desvanecido. Hubo un instante, muy breve, de silencio; un instante en los que solo sientes el tiempo, de los que te entristecen sin ninguna razón aparente. Fue entonces cuando Flynn regresó, soltando tacos como un energúmeno (y si el macho-alfa de los energúmenos se enfrentara alguna vez con él en un duelo al sol de a ver quién suelta más obscenidades, sé por quién apostaría).

Flynn conectó el generador, que, gracias a Dios, funcionaba con cerdos. Podía oírse el ruido de cuatro cerdos, grandes y malolientes, enyugados al cabrestante; un sonido bastante parecido al de una pequeña carga de caballería. Flynn le soltó alguna de sus despreciables blasfemias al puerco que pilló más a mano. El animal parecía constreñido y con ganas de vomitar. El resto le siguió a la fuerza en una procesión lenta pero segura alrededor del cabrestante. El cerdo número uno se dio la vuelta, vio a Flynn preparado con otra dosis y trató de detenerse. Atado al travesaño y a sus tres compañeros, se dio cuenta de que le era imposible, así que hizo acopio de todas sus lorzas y cargó contra él a la máxima velocidad porcina, lo que aceleró todo el ciclo hasta que, con un crujido y entre hedores y gruñidos, el generador volvió a funcionar y la televisión se iluminó con malas noticias.

Aunque no llegó a iluminarse del todo. La imagen era tan tenue que parecía que el televisor se había roto. Luego, se oyeron fuegos artificiales y gritos de alarma y de miedo, bastante discretos al principio pero que se hacían más y más fuertes: era Sally Culpepper, que estaba subiendo el volumen. La imagen se movía y temblaba mientras algunas personas aparecían en la pantalla gritando: ¡atrás!, ¡apartaos! y mierdamierdamiradesojodeeer, palabras que no se molestaban en censurar. A media distancia se veía una figura revolcándose por el suelo. Algo había ido horriblemente mal en el mundo y, naturalmente, algún gilipollas estaba ahí con su cámara, ganándose diez mil a la hora como plus de peligrosidad cuando podría haberse puesto las pilas de gilipollas y salvado una vida o dos.

Conocí a un chaval en la Guerra de Desaparición que hizo justamente eso: arrojó la valiosa Digi VII de la cadena a una letrina y sacó a seis civiles y un sargento de un camión médico en llamas. De vuelta a casa consiguió la condecoración de la Reina y el finiquito de su jefe. Ahora está en una residencia, se llama Micah Monroe y todos los días se pasan dos tipos del Hospital de Veteranos para llevarlo a dar una vuelta y asegurarse de que la medalla junto a la cama sigue reluciente. Dos simpáticos vejetes, Harry y Hoyle, que también consiguieron medallas pero que creen que es lo menos que pueden hacer por un hombre que perdió la cabeza para olvidar toda esa mierda. El hijo de Harry iba en el camión médico, ya ves. Uno de los que Micah no pudo salvar.

Nos quedamos mirando la pantalla, tratando de entender qué estaba pasando. Parecía por un momento que el Tubo de Jorgmund estaba en llamas, pero eso era como afirmar que el cielo se estaba cayendo a trozos. El Tubo era un objeto único, el más sólido —de redundancia triple, la seguridad es lo primero—; el más necesario del mundo. Lo construimos deprisa y corriendo, pues no había otra forma de hacerlo, y posteriormente lo convertimos en un sistema indestructible. Los planos fueron diseñados por los mejores y revisados y re-revisados por los mejores de los mejores. Estos revisores fueron más tarde analizados e investigados por si presentaban algún signo de quintacolumnismo o de tendencias suicidas, o incluso de un serio y hasta ahora inadvertido caso de total y absoluto imbecilismo. Así las cosas, los contratistas comenzaron a trabajar con arreglo a un régimen que hacía hincapié en el rigor y en el seguimiento de las especificaciones más que en la rápida finalización, un régimen que sancionaba tan gravemente a especuladores y comisionistas que a éstos les sería muchísimo más seguro tirarse desde algún lugar bien alto. Finalmente, unos aparejadores y expertos en catástrofes le dieron caña con martillos y sierras, generadores de descargas y máquinas de torsión, y lo declararon seguro. Todos los que se encontraban en la Zona Habitable estaban unidos por el deseo de mantenerlo y protegerlo. Era absolutamente imposible imaginar, concebir o creer en la posibilidad de que estuviese ardiendo.

Estaba ardiendo a lo grande. El Tubo se consumía en un doloroso blanco de magnesio, como el vientre de un cadáver, repugnantemente blanco y, junto a él, ardían edificios y vallas, lo que significaba que no se trataba solo del Tubo, sino algo aún más importante: una estación de bombeo o una refinería. Un humo caliente, resplandeciente, envolvía toda la zona y, en lo más profundo del corazón de aquel horno, estaban ocurriendo cosas que el ojo humano no sabía cómo tratar; malas noticias, escalofriantes, que venían acompañadas por una banda sonora que no presagiaba nada bueno. En la pantalla, algo muy importante se desmoronó rodeado de luz y ruido.

—Miiiiieeeeeerda —dijo Gonzo William Lubitsch, hablando por todos.

Era una sensación extraña: estábamos viendo el fin del mundo —de nuevo— y era horrible, una cosa que ojalá no estuviésemos viendo. Pero, al mismo tiempo, ahí estaban la fama, la fortuna y todo aquello que podríamos llegar a pedirle a una población agradecida. Contemplábamos nuestra razón de ser. Porque aquello en la pantalla era un incendio, además de un accidente químico-tóxico de la peor clase, y nosotros, señoras y señores —un aplauso, por favor—, éramos la Compañía Civil Libre de Transporte de Emergencia de Material Peligroso de la región de Exmoor (sede central, el Sin Nombre; directora general, Sally J. Culpepper, presidiendo) y justo eso era lo que hacíamos mejor que nadie en toda la Zona Habitable, es decir, en todo el mundo. Sally se puso enseguida a discutirlo con Jim Hepsobah, y luego con Gonzo, haciendo listas y dando órdenes. A Flynn el Tabernero lo puso a preparar su café expreso capaz de atravesar el acero, y hasta la señora de Flynn se levantó con sus airbags incorporados y se puso a velocidad de crucero a preparar provisiones, hacer cuentas y tomar nota de cartas a los seres queridos y/o desaparecidos, a gente entrevista y admirada entre el polvo del Sin Nombre. Corríamos de un lado a otro chocándonos y soltando improperios, básicamente porque no teníamos nada importante que hacer aún; todo era barullo y revuelo hasta que Sally se subió a la mesa de billar y nos dijo que nos callásemos y formáramos un grupo. Luego alzó el teléfono sobre nosotros como si se tratase del fémur de un santo.

Sally Culpepper medía un metro ochenta y era casi todo pierna. Sobre el omoplato derecho tenía una orquídea tatuada por un chico al que poco le faltaba para ser Miguel Ángel. Sally tenía labios de fresa, una piel sedosa y pecas en la nariz, que se había reconstruido después de una pelea de bar en Lisboa. Gonzo afirmaba haberse acostado con ella, haber tenido aquellas piernas alrededor de sus caderas como boas constrictoras de cuero italiano. Nos contaba que lo dejó medio muerto y sonriendo como una luna en cuarto creciente. Según él, ocurrió una noche después de un trabajo de los gordos, cuando todo el mundo estaba hasta arriba de cerveza y resplandeciente como una yema de huevo, la piel brillante de éxito y jabón. Nos contaba que fue en la época en que Jim y Sally trataban de no ser nada, antes de rendirse ante lo inevitable e irse a vivir juntos. Siempre que quedábamos, Gonzo y yo, Sally y Jim Hepsobah y los demás, Gonzo le sonreía con maldad y le preguntaba qué tal iba su otro tatuaje, a lo que Sally Culpepper contestaba con una sonrisa secreta que expresaba lo que no estaba contando. Quizá Gonzo sabía cómo era aquel otro tatuaje, o quizá no. Jim Hepsobah fingía no oírlo, porque Jim quería a Gonzo como a un hermano, con la clase de cariño que entiende que tu colega es un capullo y no te importa. Todos queríamos a Sally Culpepper y ella se dedicaba a dirigirnos con sus transparentes pestañas, su rostro de lechera y unos esbeltos brazos que podían pegarte un puñetazo como si de un martillo pilón se tratara. Así que ahí estaba ella, de pie, y se produjo una especie de atenta calma porque sabíamos que, de recibir la llamada, llegaría a través de ese teléfono. Tenía cinco rayas de cinco de cobertura: esa era una de las razones por las que el Sin Nombre era nuestra sede de trabajo.

Decidimos dejar de cazar calcetines perdidos y hacer equipajes y de preocuparnos porque nos hubiésemos perdido el pistoletazo de salida, y nos sentamos a comer el pieno de la señora de Flynn. Tras un rato, empezamos a charlotear en voz baja y hablamos sobre quehaceres domésticos, como limpiar los canalones o echar murciélagos del desván. Cuando el teléfono sonase (de un momento a otro), podríamos ir a ser héroes y salvar el mundo, que era el pasatiempo favorito de Gonzo y, por fuerza, algo que yo también hacía de cuando en cuando. Hasta que eso ocurriera, no debíamos preocuparnos. Entonces se hizo de nuevo la calma en el Sin Nombre; en pequeños grupos, y uno por uno, nos quedamos en silencio previendo un destino terrible.

La visión tomó la forma de un niño lleno de mocos secos que tiraba de un viejo oso de peluche. Entró serio y decidido en la habitación, nos escudriñó a todos con una mirada severa y luego se giró inquisitivo hacia la señora de Flynn el Tabernero para recopilar datos.

—¿Por qué está todo oscuro? —Exigió saber.

—Se ha ido la luz —dijo alegremente la señora de Flynn el Tabernero—. Hay un incendio.

El niño nos miró a todos con el ceño fruncido.

—Los hombres hacen mucho ruido —dijo, aún irritado —, y éste está sucio.

Señaló a Gonzo, que se estremeció. Luego a Sally Culpepper.

—Esta mujer tiene una flor en la espalda —añadió, como prueba concluyente de lo inapropiados que éramos; después se sentó en mitad del suelo y se sirvió un rollo de queso y beicon. Lo miramos y nos frotamos los ojos para ver si se iba.

—Lo siento —dijo la señora Flynn dirigiéndose a todos—, no solemos dejarlo entrar, pero es una emergencia.

Observó al niño con desaprobación.

—Cariño, no puedes comerte eso. Ha estado en el suelo junto al hombre sucio.

Gonzo probablemente habría hecho alguna objeción, pero no parecía oírla; seguía mirando fijamente con mudo espanto al niño que tenía frente a él, al igual que yo, al igual que el resto. Tendría uno o dos años y, por el contexto, podían sacarse ciertas conclusiones incómodas e incluso terribles. El niño, envuelto en una toalla de baño y en este momento tratando de meterse un panecillo de diez centímetros por la oreja, era el Engendro de Flynn.

El incendio del Tubo de Jorgmund era profundamente inquietante. Representaba un peligro y una oportunidad y casi con total seguridad engaño, fines ocultos y todas esas historias. Pero eso era nuestra especialidad. Las cosas se quemaban, explotaban y solo entonces aparecíamos nosotros para detenerlas. Una población en aumento de Flynns era otra cosa distinta. Consideramos a Flynn como nuestro monstruo personal, un ogro prudente y perturbador de una obscenidad corrosiva y cristalería siniestra. Era nuestro, era poderoso, nos vino muy bien asociarnos con él y una prueba de su peligrosa supervirilidad podía hallarse en sus intrépidos encuentros sexuales con la voluminosa señora de Flynn; pero realmente no deseábamos vivir en un mundo compuesto en su totalidad por seres como Flynn; prietas las filas, criticones, gruñones y reticentes a aceptar un pagaré. Sería un nuevo orden que hasta el más valiente de nosotros encontraría totalmente inhóspito, y el atisbo de ello, el Engendro de Flynn, estaba tirando nuevamente trozos de queso aplastado a la bota de Gonzo. La señora de Flynn el Tabernero, ajena a todo esto, terminó cualquiera que fuese la tarea doméstica que la ocupaba entre un aluvión de ropa y trapos de limpieza, y apareció de nuevo. El Engendro de Flynn pasó alegremente de su madre y le pegó un mordisco a uno de los extremos del rollo sucio.

—Crujiente —dijo el Engendro de Flynn.

El teléfono de Sally Culpepper emitió un ligero riiirrp y nadie lo miró directamente.

—Culpepper —murmuró Sally y, un instante después, cerró el móvil de golpe—. Se han equivocado.

Todos pusimos cara de «nos da igual».

Durante un rato en el Sin Nombre solo se oyó el ruido de un niño comiendo y el de un montón de mujeres y hombres rudos y groseros pensando con preocupación en el tiempo, la mortalidad y la familia, ideas con las no estaban familiarizados. Luego se rompió el silencio, no por una llamada telefónica, sino por un sonido tan profundo que casi no lo era.

En un primer momento se oyó como una especie de calma agresiva. El silbido y el rugido del viento del desierto a nuestro alrededor continuaban aunque, de alguna forma, se subsumía en este profundo y grave silencio. Podías sentirlo como el frío en las rodillas y tobillos, una vacilante e infartante sensación de debilidad y vibración. Algo después se pudo oír un repiqueteo, una especie de gnognognogg que resonaba en los pulmones y que te hacía saber que hoy eras la presa y no el cazador. Y si alguna vez lo habías oído, sabías lo que era, y todos lo sabíamos, porque la primera vez que lo oimos lo producíamos nosotros: era el sonido de soldados. Alguien estaba desplegando una fuerza militar de tamaño considerable alrededor del Sin Nombre, lo que quería decir que no se tomaban a coña la seguridad. Teniendo en cuenta lo poco probable que parecía un despliegue así para arrestarnos y que, en cualquier caso, si esa era la razón de que estuviesen ahí, no podíamos hacer absolutamente nada, atravesamos la gran puerta de madera de pino del Sin Nombre para verlos llegar.

Fuera hacía un tiempo frío y seco. Había caído la noche, la oscuridad de la hora de las brujas, y la arena había perdido su calor. Soplaba un viento fresco entre los tejados de madera del bar y de los edificios circundantes, así como entre las sombrías chozas y casas de listones que constituían la ciudad sin esperanza de Exmoor, pob. 1 309. Frente a la cumbre de la Colina de Millgram se encontraba nuestra parte del Tubo de Jorgmund, una única línea gris oscuro iluminada por la ventana de la habitación de Flynn y por el foco de luz en el potrero y, cada tanto, por el brillo de otra casita solitaria del camino. Se extendía en ambas direcciones a través de la oscuridad y, en algún punto del otro lado del globo, aquellas dos líneas se encontraban y se unían, seguramente en un lugar con una vitalidad y una energía que no tenía Exmoor. En lo alto del Tubo, cada pocos metros, había una pequeña boquilla que rociaba por el cielo un FOX bueno y limpio; FOX, la poción mágica que mantenía día tras día el mundo que aún conservamos más o menos con la misma forma. Nadie sabía muy bien de dónde venía o cómo se fabricaba; la mayoría imaginaba algún tipo de máquina gigantesca con forma de huevo y toda clase de cables y luces que lo condensaban a partir del aire y de la luz de la luna y que lo hacían got-got-gotear en enormes tanques. Había miles de estas máquinas en alguna parte, vulnerables e indispensables, y nunca las apagaban. En una ocasión había conseguido ver parte de la maquinaria involucrada: rombos negros y alargados de caras curvas, todo cañerías y mangueras; bastante inquietante. No era tanto un huevo como una cápsula espacial o un batiscafo, solo que esta vez era al contrario; no se trataba de un instrumento para viajar a través de lugares hostiles, sino de uno para hacer del exterior un lugar lo menos hostil posible.

La mayoría de la gente buscaba formas de ignorar el Tubo. Contaban con un repertorio de eufemismos para referirse a él, como si se tratase del cáncer, de la impotencia o del Demonio, que lo era. En algunos sitios lo pintaban con colores llamativos haciéndolo pasar por un proyecto artístico, o construían delante de él, o incluso plantaban flores alrededor. Solo en pueblos tan cochambrosos como el nuestro podías ver la cosa en todo su esplendor. La columna vertebral de quienes éramos, despreciada y llena de óxido, transportando fuerza vital y seguridad, así como la ilusión de continuidad hasta al último rincón de la Zona Habitable.

A decir verdad, no era un bucle para nada, sino una extraña maraña a modo de nido de pájaro. Había curvas cerradas y tirabuzones y lugares donde las tuberías secundarias sobresalían de la principal para alcanzar pequeños pueblos en los bordes, además de lugares donde la Zona Habitable se ceñía al Tubo como una matriarca que se levanta las faldas para cruzar un río, otros donde el clima y la orografía del terreno hacían del exterior algo peligrosamente cercano pero que en conjunto conformaban una suerte de círculo agreste que rodeaba la tierra. Un lugar donde tener un hogar. Aléjate más de treinta kilómetros del Tubo (el viejo TJ, como lo llamaban en Haviland, donde la Compañía de Jorgmund tenía su sede, o a veces la Gran Serpiente o la Plateada) y estarás en la funesta tierra de nadie entre la Zona Habitable y la puta pesadilla que es el mundo irreal. A veces era segura, pero otras no. La llamábamos la Frontera y solo la atravesábamos cuando no teníamos otra opción, cuando solo había un camino para llegar a algún sitio en un tiempo razonable, cuando la alternativa era un largo viaje por los tres lados de un cuadrado y la emergencia no podía esperar. A pesar de todo, íbamos en bloque y con rapidez, sin perder de vista el clima. Si el viento cambiaba, o la presión bajaba; si veíamos nubes en el horizonte que no nos gustaban, o tipos raros o animales que no tenían buena pinta, dábamos media vuelta y corríamos hacia el Tubo. Las personas que vivían en la Frontera no siempre seguían siendo personas. Llevábamos FOX en botes y esperábamos que fuese suficiente.

Se rumoreaba que algunas de las ciudades periféricas habían sido saqueadas hacía poco, destrozadas y quemadas hasta los cimientos por personas —o casi personas— de más allá de la Frontera, provenientes de lugares cambiantes donde ocurrían cosas horribles. Así que los esbirros de la Compañía empezaron a patrullar durante más tiempo y haciendo más preguntas, y la gente se mantenía más cerca del Tubo, un sitio seguro. Sal del camino y quizá vuelvas, o quizá no, pero ya no serás el mismo. Suena raro y espantoso hasta que te das cuenta de que en realidad es lo que más o menos siempre ha ocurrido. Si no me crees, es porque jamás has abandonado tu pequeña zona de confort para dirigirte a algún lugar donde todo cuanto sabes no sirve para nada.

El rugido del convoy sonaba ahora más cercano y los grandes faros del vehículo que iba en cabeza avanzaban y retrocedían, a veces iluminándonos, a veces mostrándonos la arena y la gravilla que había alrededor. Los desiertos de los documentales de naturaleza salvaje son espectaculares, lugares nobles de una majestuosidad primitiva: hormigas fotogénicas y arañas impresionantes, todo inmaculado y genuino porque con ese zoom hasta la suciedad parece rocas y peñascos. Nuestro desierto era más bien una especie de vertedero. Cuando el viento soplaba del oeste, traía con él el olor del metal caliente, del diésel y de los hombres listos para el combate. Cuando soplaba del este, traía el característico sabor de los cerdos que acaban de hacer ejercicio. Tampoco era el tipo de aroma que alguien metería en una botella con una flor estampada y pondría a la venta anunciada por una supermodelo cara y no del todo desnuda. Eran olores reales, vivos, repugnantes y peculiares que reconfortaban en una noche en la que el mundo estaba en llamas. Así que allí estábamos, en la oscuridad, lejos del televisor, del Engendro de Flynn y de la mesa de billar, y todos respiramos profundamente y nos sonreímos los unos a los otros y fuimos nosotros, muy nosotros. Jim Hepsobah tomó la mano de Sally Culpepper y fingimos que no los veíamos. Annie el Buey le susurró algo a Egon Schlender; Samuel P. masculló algunos tacos; Tobemory Trent no hizo absolutamente nada, permaneció inmóvil y en silencio como un sepulturero. Yo pensaba en mi versión del cielo, pequeño y tranquilo y donde actúa un solo ángel, que además no sabe cantar.

Cerrad los ojos e imaginad una casa en la ladera de una montaña, hecha de madera y piedra. El aire es nítido, frío y con sabor a nieve, y los sonidos que oís son los de gente real trabajando duro en cosas que pueden coger, comer y usar. Hay humo de leña, y ese humo trae el aroma de la cena de hoy y de una botella de vino del bueno. La mujer que hay junto a la entrada lleva unos vaqueros azules, una camisa blanca y un par de botas de cowboy. Sus ojos son del color de las aguas de un lago. Es mi mujer y, sí, es tan hermosa como todo cuanto la rodea. Este es mi corazón, lo único que tengo de lo que Gonzo Lubitsch carece.

El convoy llegó rugiendo —grande, ruidoso y adolescente— y todo el mundo trataba por todos los medios de no reírse pues incluso en la mejor de las circunstancias nadie quiere reírse de una unidad acorazada completa, esto era una emergencia y además había unos cuantos chicos y chicas nerviosos armados con fusiles. Así que los miramos muy serios y respetuosos, como si estuviéramos en la iglesia, y nos preguntamos qué estaba pasando. Entonces, cuando el primer carro de combate se detuvo en la plaza de aparcamiento «reservada», la escotilla se abrió y, en vez de unos cabrones canosos de mueca reglamentaria, apareció un chupatintas, un hijoputa flaquito y repeinado. Su colonia «Ven a follarme» y la cartera de cuero artesanal que llevaba se podían oler a kilómetros.

—Hola —dijo el chupatintas.

Y como no era suficiente con que fuera un tipo de la administración, sino que encima tenía que ser un inútil, añadió:

—¿Alguien podría echarme una mano? Me he quedado atascado en la compuerta —. Se echó a reír.

Cuando te envían una escolta significa que tienes que llegar rápidamente a algún sitio, lo que no está nada mal. Cuando te envían a tu propio chupatintas personal significa problemas, tejemanejes, gilipolleces contractuales y la seguridad de que todo con lo que deberías poder contar se irá a la mierda. Significa que tienen la intención de engañarte y que quieren a uno de los suyos cerca para recalcar lo abiertos y honestos que son. Sally Culpepper pasó a alerta roja y Jim Hepsobah apartó la mano para que pudiera volver a ser la directora general, una negociadora y no una chica de pueblo que espera con sorprendente paciencia a que el pedazo de idiota que tiene por novio la pida en matrimonio.

Daba la sensación de elevarse lentamente en la noche con algún tipo de ascensor personal, como un villano de una vieja peli de espías, solo que cuando tenía las espinillas más o menos al nivel del borde de la escotilla —que no compuerta— pudimos ver un par de manos agarrándolo y unos antebrazos casi tan grandes como los de Jim, seguidos de la fea cara de Bone Briskett; así que resulta que en el pack también venía un cabrón canoso. Dejó al chupatintas frente al carro de combate, sin decir nada, de un modo que daba a entender que él, Bone, pensaba al igual que nosotros que el chupatintas era un auténtico inútil y que alegremente lo arrollaría si dábamos la señal. Todos fingiríamos que había sido un accidente y existiría una capa de burocracia menos entre nosotros y lo que fuera que necesitásemos para hacer el trabajo.

La Compañía de Jorgmund se extendía por el mundo y era vieja, sabia y cautelosa, surgida a partir de otras empresas que existían de antes de la Guerra de Desaparición, así que cuidaba de sí misma y se protegía a sí misma, lo que resultaba irritante pero probablemente necesario. Había municipios, ciudades-Estado y cosas por el estilo que conformaban un mosaico de poder al que llamábamos Sistema; supuestamente ellos eran los que defendían la ley y mantenían el ejército —la gente como Bone, que patrullaba los límites de la Zona Habitable y perseguía a los bandidos, y a cosas peores que los bandidos—. Aunque realmente era Jorgmund quien manejaba el cotarro, pues Jorgmund tenía —era— el Tubo, aquello de lo que no podíamos prescindir. El logo de la espiral de serpiente de Jorgmund estaba por todas partes, o al menos en todas las que importaban. Así que allí estábamos, y allí estaba ese tipo, el chupatintas; y tenía jefe, estoy seguro, porque los hombres sin jefes no vienen a Exmoor, ni aunque el cielo se esté cayendo. En interés de su jefe, y de su ascenso, y de todas las cosas buenas, había venido hasta aquí para tangarnos.

El chupatintas aterrizó sobre la arena como esperando a que se lo tragara. Al caminar iba volcándola sobre sus zapatos Brogues, se le metía dentro y le llenaba de polvo los calcetines de seda. Para cuando llegó hasta nosotros y miró a Jim Hepsobah y le ofreció su mano, Jim con los brazos cruzados y Sally estrechándole la mano al chupatintas como diciendo «¡Strike uno!», parecía que al hombre de Haviland lo habían encalado o metido en lejía hasta la rodilla.

—Dick Washburn —dijo el chupatintas.

Todos tratamos inmediatamente de contener la risa. Lavacipotes. Samuel P. se adelantó, inclinó la barriga y sacó la mano para decirle:

—¿Dickwash? ¿Lava qué…? —lo que no afectó en absoluto al Lavacipotes. Richard Washburn, Sr. V.P. responsable de loqueseaitis, dio su nombre una segunda vez, claro y nítido, y le clavó una mirada a Samuel P. que decía que podía encajar una broma tan bien como cualquiera, pero que no pensara que iba a reírle esa broma, así que todos mejoramos ligeramente la opinión que teníamos de él. Era un chupatintas, sí, pero no un cobarde. Si Dick Washburn podía mostrarse firme aquí y ahora, en la Compañía estaría cerca de convertirse en el macho alfa, en uno de esos a los que los jefazos no quitaban el ojo de encima por si lo pillaban tomando medidas de sus oficinas o admirando las vistas con aprobación. De hecho, era probable que ya lo hubiesen pillado con las manos en la masa y que por eso estuviese aquí; la cara visible y portavoz de cualquier litigio en el asunto entre la Población y la Compañía de Jorgmund. A un príncipe que adquiere demasiada popularidad lo mejor es destruirlo con oportunidades imposibles.

Todos nos fuimos dentro mientras los soldados de caballería se encargaban del engorroso tema de asegurar el perímetro, y se encargaron muy bien, aunque parecían confundidos e insatisfechos por tomar posiciones defensivas alrededor de un edificio que parecía estar hecho de mocos y cartón, clavado en el confín del mundo civilizado y poblado por gente como nosotros, edificio que probablemente se redujera a recortes de periódico con el retroceso de uno de los fusiles montados en los transportes blindados de personal. Hubo un momento complicado cuando cuatro sombras alargadas aparecieron en el infrarrojo; se movían trazando un rápido arco hacia la parte trasera del Sin Nombre, y dos armas pesadas entraron en juego y los localizaron: fiiiiuuuPAMzaaaam y «¡Señor, contacto, señor!», seguido de «Soldado, como dispare el arma se la voy a meter por» y gabuuumm según se movían las torretas, un ángulo de tiro probable que atravesaba el salón y la taberna de Flynn. Por supuesto, el enemigo era el generador con cerdos del desierto, trabajando en ese momento con el fin de producir suficiente electricidad para que la cocina y el televisor funcionaran a la vez. Así que los cerdos estuvieron por unos segundos al borde de una espectacular aniquilación y luego fueron clasificados como «no amenaza»; los fusiles hicieron un ruido como zaaagag-esleeermm y volvieron a sus posiciones iniciales. Bone Briskett (el coronel Briskett) cedió el mando a su segundo, un tipo flacucho probablemente tan peligroso como todos los demás juntos; luego nos siguieron dentro y cerraron la puerta.

Dick Washburn se quedó parado en mitad de la sala y todos le miramos. Trató de devolver la mirada a todo el mundo a la vez, pero se acobardó. Estaba rodeado. Miró a Bone Briskett, aunque Bone estaba contemplando la horrible realidad del Engendro de Flynn y teniendo algún tipo de Dios sabe qué epifanía sobre sí mismo. Luego le echó una mirada a Sally, pero ésta le estaba devolviendo lo del apretón de manos de antes y se limitó a esperar como todos los demás. Estaba allí parado, con sus zapatos «hipoteca tu casa» echados a perder y su masculino aftershave, tan delicado como lascivo, en una habitación aromatizada con cerveza rancia y con la fragancia de camioneros, rollos de queso y electricidad alimentada por cerdos. Trató por todos los medios de no parecer fuera de lugar.

Examinemos a este hombre, el hijo más prescindible de Jorgmund. Viste su segundo mejor traje (o el tercero, o el décimo, quién sabe, pero seguro que no está arriesgando su Royce Allen diseñado a medida en un tanque, no por un ascenso) y su cutis está suave gracias al bótox y a la loción de afeitado. Sin ingeniería genética, sin intervención o desembolso, la Compañía de Jorgmund lo ha rehecho y acuartelado en alguna ciudad dormitorio a medio construir, lo ha despojado de su conexión con el mundo a través de un curso intensivo de escuelas de negocios y tarjetas de fidelización, rodeándolo de pseudoespacios, parques y cascadas artificiales, así que ahora es alérgico al polen y a la contaminación, a la arena, al pelo de animal y a la sal, al gluten, a las picaduras de abeja, al vino tinto, al lubricante espermicida, a los cacahuetes, a la luz solar, al agua no purificada y al chocolate, y a todo lo que no sea ese medio climatizado y envasado al vacío en el que transcurre su vida. Dick Washburn, conocido de ahora en adelante y para siempre como Lavacipotes, es un chupatintas tipo D: un insolente aspirantillo a tesorero con humanidad vestigial, lo que lo hace infinitamente menos malvado que un chupatintas tipo B (máquinas burocráticas sin corazón; tenis clase profesional) y algo menos malvado que un chupatintas tipo C (lacayo del sistema deshumanizante con afición a regodearse; golf ambiental), pero indiscutiblemente más malvado que un chupatintas tipo M a E (un humano real que grita por escapar de un personaje devorador de almas profesional, disponible en varios grados de desesperación). Nadie que conozca se ha encontrado nunca a un chupatintas tipo A, como nadie relata nunca su propio accidente mortal; un chupatintas tipo A sería una persona tan absolutamente consumida por el mecanismo en el que está empleada que habría dejado de existir como una entidad independiente. No tendrían olor, ni cara, ni rastro; carecerían de ambición o restricciones y tomarían decisiones completamente ajenas a las preocupaciones humanas; adoptarían soluciones por la compañía y para la compañía. Un chupatintas tipo A sería el tipo de persona que firma una tortura y presiona el botón nuclear sin ningún motivo más apremiante que cumplir con su trabajo y porque parecía el siguiente paso lógico.

Lavacipotes se aclaró la garganta y reveló la Misión como si hubiera hecho antes este tipo de cosas, escupiendo groserías de oficial porque, supongo, pensaba que eso era lo que hacían los Hombres de Verdad.

—Supongo que todos ustedes sabrán que hay un incendio en el Tubo de Jorgmund —nos dijo, con el ceño fruncido—. Bueno, pues es peor que eso Se trata de una estación de bombeo. Hay miles de barriles de FOX y se están incendiando como el queroseno, lo que está formando un agujero en el puto mundo.

Bajó la cabeza con remordimiento. Creo que trataba de hacerse el serio, pero solo parecía como si hubiera derramado un montón de vino tinto sobre la alfombra: Dios, Vivian, ¿qué puedo decir? Es todo culpa mía. ¡No! ¡Nada de sal! Si las dejas, pueden quitar la mancha; me refiero a estas cosas químicas ALUCINANTES: fulminan cualquier tipo de vino. Es el gas quitamanchas VX. Ya, ya lo sé, yo también lo pensé. ¡Pero hoooola, marinero! ¡Desde esta posición es el mejor vestidito subido de tono que jamás haya existido! No encontró eco en ninguno de los presentes, de manera que lo intentó de nuevo, esta vez con clichés tajantes.

—Tenemos que meternos ahí y apagar ese fuego cabrón, extinguirlo, sí, como una puta vela de mierda, si no… —momento en el que fue apagando su voz y dejando que la respiración saliera de él; una pausa para dejarnos construir nuestra propia metáfora de la catástrofe. Y justamente eso es a lo que se le llama una elipsis retórica, el mecanismo de oratoria más barato y el más difícil de llevar a cabo correctamente. Una elipsis es como un puñetazo directo; las únicas trampas retóricas más baratas son reírte de la novia fea de tu oponente o mencionar algo diciendo que no hablarás sobre ello. Todos nos quedamos mirándolo durante un minuto, hasta que se puso ligeramente rojo y cerró la boca.

—Explosivos —dijo Gonzo; Jim Hepsobah asintió.

—Sip —dijo Jim.

—¿Crear un vacío?

—Sip.

—¿Y va a funcionar con FOX?

—Debería.

—Necesitamos una buena explosión —apuntó Annie el Buey.

—Y tanto —dijo Gonzo.

—No podemos permitir que se vuelva a incendiar después… —Annie continuó— Una bien gorda. ¿Tenemos capacidad para generar una así de grande?

Annie el Buey era una mujer de uñas recortadas y grandes mejillas que sabía de explosivos. Tenía hombros estrechos y firmes, muslos y antebrazos gruesos. También coleccionaba cabezas de muñecos. Era imposible saber si Annie coleccionaba estas cosas porque le gustaba disponer de amigos suaves y afelpados con los que hablar o si eran los rostros de las personas de su vida que Desaparecieron. Nunca se lo llegué a preguntar; hay ciertos temas que son privados y Annie no era el tipo de persona que responde preguntas sobre temas privados.

Annie miró a Jim y Gonzo. Luego los tres a Sally. Sally miro a Dickwash.

—Sí —dijo Dickwash, con una certeza absoluta—. Puedo arreglarlo.

Los chupatintas siempre me han dado mucho yuyu. Si hablas con cualquiera por encima de un tipo E tendrás la sensación de que el ser con el que estás hablando no es totalmente humano, y no andarás muy desencaminado. Un chico llamado Sebastian me lo explicó así una vez:

Imagínate que eres Alfred Montrose Fingermuffin, un empresario. Eres dueño de una fábrica y tu fábrica utiliza imprentas gigantes de metal industrial para construir chismes Fingermuffin. Un sistema hidráulico impulsa enormes hojas que aplastan una cinta de metal —como la de un rollo de cinta, completamente de metal— y recortan chismes con forma de hombres de jengibre. Si consigues que la máquina vaya a cien chismes por minuto, seis segundos por cada diez chismes (porque la máquina imprime sobre la cinta de diez en diez), entonces vas bien. El problema aparece cuando ves que puedes conseguirlo en teoría, pero que en la realidad tienes que parar la máquina cada cierto tiempo para los controles de seguridad y los cambios de turno. Cada vez que lo haces, el tiempo muerto supone un coste para ti, pues tienes la máquina encendida y el personal sigue allí (el personal de ambos equipos a salario completo). De manera que quieres hacerlo el mínimo de veces al día. La única forma que tienes de saber cuándo estás en el mínimo absoluto es cuando comienzan los accidentes. Y, por supuesto, siempre habrá accidentes; los seres humanos tienen la costumbre de cagarla de vez en cuando. Se ponen cachondos y empiezan a pensar en sus amantes, se apoyan en el Gran Botón Rojo y alguien pierde un dedo. Así que reduces el número de cambios de cinco a cuatro, el número de controles de cinco a cuatro, y súbitamente estarás mucho más cerca de hacer a Fingermuffin el líder del mercado. A la señora Fingermuffin le encanta que la hayan invitado a hablar en la WI, y los pequeños Fingermuffin están muy contentos porque su padre les lleva juguetes nuevos, más brillantes, más resplandecientes. El inconveniente es que tus trabajadores trabajan más duro y necesitan una mayor concentración; los accidentes que tienen son algo peores, se dan con mayor frecuencia. Pero ya no puedes volver atrás porque tus competidores han hecho lo mismo y el mercado de los chismes se ha vuelto más agresivo, de manera que el tema se reduce a lo siguiente: ¿cuánto más puedes exprimir el margen sin convertir tu fábrica en un lugar donde nadie pueda trabajar? Es un ambiente arduo para trabajadores inexpertos y la cosa puede ponerse bastante fea. De repente, el bondadoso Alf Fingermuffin está dirigiendo la fábrica más terrorífica y peligrosa de la ciudad, porque esta empresa no puede sobrevivir de otra manera. Eso o la quiebra, y entonces Gerry Q. Hinderhaft toma el mando, y todo el mundo sabe lo mucho que presiona Gerry Q. a sus chicos.

Para mantener viva la empresa, salvaguardar la felicidad familiar y los trabajos de sus empleados, Alf Montrose Fingermuffin (ese eres tú) se ha convertido en un monstruo. La única forma que tiene de afrontarlo es dividirse a sí mismo en dos personas: el Amable y Viejo Alf, un hombre normal, y el Severo Señor Fingermuffin, el jefe de la fábrica. Sus gerentes hacen lo mismo. Así que, cuando hablas con uno de los gerentes de Alf Fingermuffin, no estás hablando en absoluto con una persona. Estás hablando con una parte de la máquina que es Fingermuffin S. L. y —al igual que los trabajadores de la propia fábrica— los mejores en funcionar como esa parte son los mismos que actúan menos como una persona y más como una máquina. En la fábrica, eso significa hacerlo todo dentro de un tempo perfecto, siempre de la misma forma, una y otra vez. En gestión y dirección de empresas, eso implica vivir por y para las ganancias, la cuota de mercado y las gráficas. Los gerentes abandonan la parte de sí mismos que piensa y sus cabezas solo se encargan de seguir ejecutando el programa.

Así que no esto iba a ser, casi seguro, una tarea fácil. Pero, a menos que hubiese un terremoto u otra guerra, Gonzo se apuntaba, lo que significaba que yo también, y si nosotros nos apuntábamos era posible que el resto del personal viniera con nosotros para asegurarse de que estábamos bien y, de paso, de que no hacemos nada increíblemente chulo con lo que luego pudiéramos tomarles el pelo y, en definitiva, asegurarse de que no volviéramos hipermegamillonarios y se lo restregásemos por la cara antes de dejarles la vida resuelta. Gonzo Lubitsch es adicto al protagonismo. Yo solo trabajo para ganarme la vida, me llevo el sueldo a casa con mi mujer y nos emborrachamos, nos desnudamos y comportamos como adolescentes, alimentándonos con pizza el uno al otro.

De vuelta al bar: Sally había encerrado a Dick Washburn en una granja con todo el ejército mexicano cayéndole encima. El había pensado que nos daría caña, que embaucaría a los estúpidos camioneros para las cinco y que tendría su culo atlético de vuelta en la ciudad para abandonarse a unos cuantos martinis y Dios mío, Vivian, aquello era un infierno. Sin embargo, Sally tenía un kung-fu negociador de primera clase. En el reducido mundo de las compañías civiles, ella es la persona de confianza, la líder, la abeja reina y la waka sensei. Sus ojos desnudan la letra pequeña y sus dedos recorren su contorno; la conoce y es suya, deja que se ponga cómoda y espera a que suplique sus caricias como una boba feliz. El chupatintas veía como su extra de Navidad se encogía como una trufa blanca en enero mientras desaparecía la sensación de temeraria testosterona con la que había llegado. El cuerpo de Vivian, enfundado en ropa deportiva de licra, se desvanecía e iba siendo reemplazado por la posibilidad de que Sally le cortase la cabeza. Así que Dick Washburn escarbó en las oscuras profundidades del kit de magia de escuela de negocios e intentó poner en marcha una maniobra tramposa, una retorcida pastilla «curalotodo», lo que quizás estuvo intentando todo este tiempo: aislar a Sally y conseguir que hiciéramos un trato con él. Un chupatintas tipo D tenía vestigios de humanidad, de la clase que puedes llevar en tu pitillera y ofrecérsela a otra gente en alguna fiesta.

—Los camiones —dijo Dick Washburn.

—¿Qué pasa con los camiones? —preguntó Sally.

—Cuando terminemos —dijo el chupatintas— pueden quedarse con ellos. Son unos camiones increíbles.

Golpeaba la palabra camión con algo más de fuerza en cada ocasión y, tras pronunciarla por tercera vez, todo el mundo en la habitación la oyó por encima del bullicio. Jim levantó la vista y Sally le devolvió la mirada como si supiera que algo estaba pasando, pero no sabía cómo detenerlos.

—Realmente increíbles —repitió el chupatintas.

Sally señaló que ya teníamos camiones, que la posesión de vehículos y la destreza de su manejo resultaba central para nuestra identidad profesa como camioneros; por otra parte, aquella era la razón de que el chupatintas hubiese recurrido a nosotros, el deseo de poner ese talento al servicio de la población y de la empresa de la que era representante, embajador plenipotenciario y hombre sobre el terreno, y para cuyos intereses a corto plazo buscaba estafarnos, engañarnos, timarnos y embaucarnos más allá de los deberes de protección legal y contractual propias del sector y de un sólido sentido común, pero cuyos accionistas, al igual que lo haría la mayor parte de la población anteriormente mencionada, indudablemente mirarían con desaprobación y consiguiente litigiosidad, por los desacuerdos y disputas imposibles de evitar que resultan de dichos timos, engaños, estafas y charlatanerías que algo malo suceda en el legítimo ejercicio de nuestra discreción y criterio durante el transcurso de cualquier aventura descabellada que la parte contratante —el chupatintas— decidiera asestar sobre la suave piel y el encanto juvenil de la parte contratada —los inocentes y generosos conductores de la más dura y competente compañía civil libre del mundo—.

—Todo eso se puede solucionar —dijo el chupatintas—. Solo tienen que venir —sonrió maliciosamente — y echar un vistazo a los camiones. —Y esta vez sonó como el primer orgasmo, o tal vez como el último.

Total, que eso hicimos. Sally a regañadientes, Jim con calma, Gonzo entusiasmado y Tobemory Trent de reojo, y los demás, acordes con nuestro sentido común, salimos del Sin Nombre y nos metimos en el aparcamiento del local. El chupatintas agitó el brazo y el grupo avanzó entre quejas y traqueteos; una gran luz blanca y el olor a goma fresca, a vinilo, a motor, y ¡voilá!: Ahí estaban los camiones.

Pero no eran como los que conocíamos. Aquellos eran camiones de leyenda, los camiones que cualquier vehículo con más de seis ruedas sueña con ser. De cromado negro y apestando a gasolina obscena y a potencia vibrante. Si hubiesen podido cantar, su música habría sido la grave, profunda, lenta y empapada del blues del Delta. Tenían asientos de cuero, sistemas de posicionamiento y cristal blindado. Estaban como nuevos y ya tenían nuestros números de placa. Había una muñeca hawaiana en el salpicadero del camión de Baptiste Vasille y un montón de fotografías pornográficas en el de Samuel P; el camión de Gonzo tenía llamas en uno de los lados y el de Sally Culpepper un toque de ante rojo. Alguien allá fuera nos entendía, entendía nuestras necesidades, nuestras pequeñas y locas manías, las cosas sin las que no podíamos ser la Compañía Civil Libre de Emergencia y Transporte de Material Peligroso de la región de Exmoor (con la directora general Sally J. Culpepper al mando), sin las que tan solo éramos chicos y chicas con ropa del todo a cien.

En pocas palabras, un delicioso cebo. Si das a gente como nosotros un equipo como este para hacer un trabajo como ese, es porque o 1) vais a ganar un montón de dinero o 2) no creéis que tengamos ni la más mínima posibilidad de volver vivos. Lo más probable: que ambas opciones sean correctas.

Lo de siempre. Si hubieran podido hacerlo ellos mismos —si no hubiesen estado tan acojonados para hacer de lo que había que hacer, por miedo a la supervivencia de sus calcetines de seda—, nunca hubiesen acudido a nosotros. La Compañía Civil Libre trabajaba por horas y solo tenía tres mandamientos: cuida a tus amigos, haz el trabajo, gana mucho dinero. A estos, el chupatintas estaba añadiendo un libro apócrifo de sanciones por daños graves y derroche de materiales que teníamos la firme intención de ignorar, pues él era la herramienta de una pandilla de acojonados legales a los que no solo les daba miedo la muerte sino también los abogados caníbales, las demandas colectivas, los inversores cabreados, la comisión antimonopolio, todo aquello, y el primer y segundo mandamiento prohibían escatimar recursos durante un trabajo. Observamos sus numerosas cláusulas y anexos y dijimos «Bah».

Plan básico:

1. Ir al lugar A (almacén) y recoger el objeto X (caja grande que hace bumbum).

2. Llevarlo al lugar B (estación de bombeo), que sufre un estado Q (en llamas, v.g. malo).

3. Situar objeto X en lugar B (caja grande que hace bumbum, te presento a estación de bombeo en llamas; estación de bombeo en llamas, caja grande que hace bumbum. Estrechar la mano. ¿No nos vimos una vez en lo de van Kottler? Vaya, ¡creo que sí!) y provocar reacción P (bumbum, pum, pum-ni-pum, BUUUM) y ahí estado R (privación de oxígeno, pseudovacío, ¡eshlarrrp!) y así extinguir B (~Q, ~R, lo siento mucho, viejo amigo, tengo que irme, los niños tienen colegio mañana, chao-chao, mua-mua), y como resultado de ello

4. Ganar suficiente dinero para comprar un pequeño Estado-nación y una granja de watawabas y comer mango todo el día (vamooos, cantemos aleluya, no hemos muerto).

La pregunta que debería haber estado haciéndome todo este tiempo —aquello que todos deberíamos haber querido saber, urgente e intensamente— es la siguiente: ¿cómo narices pudo una parte del Tubo, el objeto más seguro y duradero jamás fabricado por manos humanas y por ingeniería humana, el producto de redundancia triple más segurístico fruto de la más profundamente dedicada colaboración de la historia… cómo pudo este objeto indestructible llegar siquiera a incendiarse? Cuando te lo planteas así, la respuesta es obvia:

Alguien lo hizo.

Pero, eh, que nosotros no somos esa clase de gente. Más bien somos de los de «podemos hacerlo», no de los de «pero qué pasa con», exceptuándome a mí, quizá. El chupatintas sonrió a Sally Culpepper, aunque su sonrisa triunfante se aflojó un poco en cuanto se dio cuenta de que nunca habíamos tenido la intención de decir que no; sabíamos que él sabía que perder a algunas personas era parte del plan. Por un instante creí que podría sentirse avergonzado. Luego bajó la mirada hasta sus pies, vió el destrozo de unos zapatos que valían un año de su sueldo y aborreció este lugar tan estúpido, tan feo, pero, sobre todo, tan barato. Su chupatintería retrocedió un poco al descubrir aquella parte de sí mismo que se mantenía indiferente. Suavemente se fue deslizando en las cálidas aguas del «todo importa una mierda».

Obsérvalo de nuevo: no es Dick Washburn el que estás viendo, no exactamente. Dick ha abandonado su cuerpo durante esta charla. El que está ahí parado no es Richard Godspeed Washburn, el mismo que sufrió un golpe que le provocó una grave conmoción cerebral el día de su decimoquinto cumpleaños, la misma víspera de la Guerra de Desaparición, y que pasó las siguientes semanas entre la oscuridad y la luz de las velas en el hospital al que le habían llevado para que se fuera apagando, agotando, hasta finalmente morir. Pero no lo hizo, y más tarde se hizo un hombre en un nuevo mundo despedazado. Este no es el rápido Dick de los niños de la calle Harley, el mismo que —antes de que los buscahuérfanos llegaran y lo metiesen en un orfanato y las cosas volvieran otra vez a alguna especie de normalidad— podía abrir la puerta trasera de un camión del ejército y mangar medio kilo de chocolate antes de que los soldados ni siquiera se diesen cuenta. Era la propia Jorgmund, que observaba a través de los ojos de Dick y medía su entorno como si se tratase de números y márgenes de beneficio. Por supuesto, Jorgmund no era más que una alucinación colectiva, una serie de reglas que componían el trabajo de Richard Washburn, y cada vez que hacía eso —escabullirse de una situación humana y dejar que el patrón utilizara su mente y su boca porque prefería no tomar la decisión él mismo— estaba un poco más cerca de convertirse en un chupatintas tipo C. Perdía un trocito de su alma. Había un destello de dolor e indignación en él cuando, como el animal que era, sentía que la máquina estaba a punto de morder otra vez, y rugía desde su jaula, en lo más profundo de su pecho musculoso y depilado y de su segundo —o noveno— mejor traje. No obstante, era un animal muy, muy pequeño y no de los más feroces.

Todo había acabado. Trato hecho. Hora de trabajar. Avancé furtivamente hasta Sally y le susurré al oído:

—Así que, antes de que apareciera Dickwash…

—Ajá.

—Llamaron.

—Sí.

—¿Se equivocaron?

Sally movió la cabeza.

—Mentí —murmuró, igual de sigilosa—. Era una mujer. No la conocía.

—¿Qué te dijo?

—Me dijo que no aceptáramos el trabajo.

—Genial.

—Sip.

—¿Algo más?

—Sí —contestó Sally—. Preguntó por ti, en particular.

Sally no me dijo que mantuviera los ojos bien abiertos, porque me conocía y no hacía falta. Asintió —una vez— y cogió las llaves de su nuevo camión, que descansaban en los sumisos dedos del chupatintas.

Sally y Jim en el primer vehículo, Gonzo y yo en el segundo, Tommy Lapland y Roy Roam en el tercero y, los demás, al final de la cola. Los veinte que éramos, dos por cabina, diez camiones broncos, vaqueros y espuelas, y Tobemory Trent en la retaguardia con su parche para las ocasiones especiales. Trent era de Preston, nacido y criado en la región del pastel de carne y con polvo de carbón en la sangre. Perdió el ojo en la Guerra de Desaparición; se lo sacaron rápidamente para que no muriera o algo peor. Trent escupió a la carretera y rugió; el maldito Capitán Ahab de las nuevas carreteras, con el portaarpones sobre el asiento del conductor por si la cosa se ponía fea. Saltó hacia el enorme asiento y dio un portazo lo suficientemente fuerte como para sacudir todo el vehículo. Solo quedaba algo realmente importante por hacer. Sally y el chupatintas se dieron la mano, Sally se volvió para mirarnos desde el estribo de su camión y allí estábamos nosotros, orgullosos, nerviosos y mudos por aquella delicia de dieciocho ruedas. Gonzo William Lubitsch, de Valle Cricklewood, metro ochenta y robusto como los Alpes suizos, se bajó los pantalones y se meó en nuestra rueda delantera derecha para darnos suerte. Annie el Buey y Egon Schlender le gritaban y azuzaban desde el número ocho, así que se bajó también los calzoncillos y mostró su musculoso culo en su dirección; luego saltó al camión y lo arrancó. Con los pies en el salpicadero, yo me centraba en enviar una pequeñísima oración al Dios que gobernaba mi cielo personal.

Señor, quiero volver a casa.

La mayor parte de las veces que nos alejábamos del Sin Nombre era rumbo al oeste, a lo largo del Tubo. Exmoor estaba como a kilómetro y medio al sur de la carretera principal y de las montañas nos llegaba un clima particular. A 130 o 140 kilómetros en dirección contraria se encontraba uno de los puntos de fricción de la Zona donde tenías que estar atento a la gente que veías por si no eran personas en realidad. Cada tanto, los comerciantes venían a la ciudad. Había una casa de huéspedes especial en la parte trasera del Sin Nombre donde Flynn alojaba a aquellos de los que no estaba muy seguro. Era cómodo y seguro, pero estaba lejos de su familia. Flynn es un hombre decente, pero cauto.

Esta vez fuimos al este, muy rápido. El carro de combate de Bone Briskett era del tipo con ruedas que puede ir a buena velocidad y estaba exprimiéndole todo lo que podía y pidiendo más. Condujimos a lo largo de la noche y o habían despejado la carretera o nadie venía por el otro sentido. Nos precipitamos a través de una ladera empinada y a lo largo de una especie de corredor. El viento soplaba a nuestro favor, lejos, desde las montañas. Incluso así podías ver una amplia cortina de bruma al sur, quizá a ocho kilómetros de distancia con extrañas sombras retorciéndose. En unos pocos kilómetros podríamos girar a la izquierda bajo el Tubo, donde había una curva que nos llevaría rápido hacia el noreste. Esperé. No la tomamos.

En su lugar seguimos adelante y adelante y adelante, sin parar. El atardecer comenzó a formarse en el cielo y empecé a tener esa sensación que te dice «prepárate», pues solo había una ruta por aquí que pudiese llevarnos a Haviland y a una gruesa sección del Tubo principal. Era una carretera vieja y nos llevaría allí de un tirón, pero nunca antes la habíamos tomado porque pasaba por Drowned Cross. Le pegué un codazo a Gonzo, giró la cabeza hacia mí y se encogió de hombros. Drowned Cross era una mala zona, en el límite justo con la Frontera. Esa era la razón de que se encontrase vacía y muerta.

Nos lanzamos hacia una planicie; no había más desierto. Una llanura amplia y verde se extendía frente a nosotros, cortada por una línea gris, como la ceja de una viuda, que partía del camión principal y se dirigía hacia el sur. El carro de combate de Bone Briskett tomó la curva sin aminorar el ritmo y Gonzo chasqueó la lengua —no sé si por la prisa o por nuestro destino, pero estaba prestando más atención: estaba mirando los escondrijos de la carretera y calibrándolos, comprobando la escolta y preguntándose si eran lo suficientemente buenos—.

Justo después de la Reificación y de la Guerra de Desaparición hubo un periodo de lo que podría llamarse excesivo optimismo. Construyeron una ciudad en particular como si fuera un corte de mangas al pasado más reciente, la primera de una raza de lugares luminosos y seguros donde todos podíamos continuar con nuestra vida real, pagar impuestos y preocuparnos por las entradas o por los michelines de la mediana edad y, ¿ese chico de la casa de al lado se está saltando la prohibición de regar en verano? Lo llamaron Heyerdahl y lo vendieron como una aventura en la frontera neosuburbana. Vivieron allí alrededor de 5 000 personas. Tenía su propio y pequeño capilar del Tubo de Jorgmund que lo hacía seguro y lo habían montado sobre una cumbre, de manera que la gente pudiese mirar valle abajo hacia la peligrosa niebla de lo irreal y saber que estaban haciendo retroceder el límite solo por estar ahí.

—Algún día —podrían haberse dicho los unos a los otros con un descafeinado en la mano— todo esto serán campos de cultivo.

Aquella zona se llamaba ahora Drowned Cross.

Doblamos una curva y allí estaba, arropada por una pequeña colina y oscura y vacía como la caseta de tu perro después de llevarlo al veterinario y haberle dicho adiós. La carretera se dirigía directa hacia ella, al igual que Bone Briskett, así que le seguimos. Drowned Cross había aumentado en tamaño pero no en luminosidad; escarpada, se extendía por el cielo. Los grandes dientes rotos que dominaban el lugar eran los restos del chapitel de la iglesia y aquello de bordes ásperos era el reloj del pueblo, que se había parado para siempre en las cinco y cuarto. Las casas eran blanquecinas y tenues, con tejados de terracota. Las ventanas estaban intactas. Un par de coches permanecían cuidadosamente aparcados en la plaza principal. Los pájaros volaban sobre el techo solar mientras pasábamos, palomas grises y negras con ojos de paloma histérica. Una de ellas era demasiado estúpida para esquivarnos en la dirección correcta y rebotó contra el cristal. O quizá fueron las demás las que la empujaron: el asesinato entre palomas no es algo precisamente inverosímil. Gonzo soltó un taco. El aturdido pájaro se tambaleó y cayó sobre la carretera. Si todavía hubiese estado cuando Samuel P. circuló por allí, le habría pasado directamente por encima.

Nadie sabe qué ocurrió realmente en Drowned Cross. No quedaron supervivientes. Nadie apareció, confundido y desesperado, en el siguiente pueblo del camino. Ningún pastor solitario lo vio todo desde una colina adyacente. Fuera lo que fuese, no produjo ningún ruido, no que sepamos, ni tampoco dejó imagen de sí mismo. Algo vino desde lo Irreal y se tragó el lugar. Quizá la colina junto a Drowned Cross se trague pueblos. Escuché una historia una vez, en la radio, sobre un grupo de marineros a la deriva que finalmente llegaron a una isla donde atracaron por la noche. No esperaban encontrar tierra, tan lejos como estaban de su ruta y desconcertados por estrellas desconocidas; habían previsto sed y locura. Lloraron, besaron el suelo, encendieron un fuego para cocinar la cena y finalmente cayeron en un sueño ligero. En mitad de la noche, por supuesto, se despertaron por un terrible aullido y la isla en la que se encontraban empezó a temblar. Unos brazos sin hueso de descomunal tamaño salieron del agua para atraparlos y solo entonces se percataron de que habían buscado refugio en la espalda de algún terrorífico monstruo de las profundidades.

Me encantaban los cuentos con moraleja como éste en mi niñez, pero sentado junto a Gonzo y mirando hacia abajo, a las casas impolutas y desiertas de Drowned Cross, no dejaba de pensar en almejas con salsa de ajo que eran sorbidas y cuyas conchas se lanzaban de nuevo al cuenco. Lo que allí había pasado era repugnante, así de simple, y había habido otros casos desde entonces. En las tranquilas horas de la noche, la gente de las casas circundantes al Tubo se despertaba y escuchaba, asustada por las cosas de más allá de la Frontera. Alguien ahí fuera comía ciudades, hasta la última gota, y seguía su camino. La gente decía que eran los Mil Encontrados. Esperaba que no fuese cierto.

El Cruce en sí —nuestra carretera y la otra, la del este-oeste que cruzaba la ciudad y se dirigía hacia lo que todos imaginábamos que sería la siguiente porción de tierra recuperada— estaba al otro lado de la plaza. Fuimos despacio, porque los adoquines resbalaban por el rocío y porque no se rechinan los neumáticos en un cementerio, no importa cuántas ganas tengas de irte. Algo brillaba en el polvo donde las carreteras se encontraban: un trozo plateado de metal grabado con lo que podría ser una nueva luna o un tazón de sopa con una cuchara dentro. Parecía caro y me pregunté cuánto tiempo llevaría ahí. Desde el día en el que Drowned Cross tomó su nombre, lo más probable. Pudo haber sido un gemelo o un brazalete. Parecía triste que a alguien le faltara —quizás era uno de un par y la persona tendría todavía el otro—, pero luego me sentí culpable y grosero, pues no cabía duda de que su dueño estaba muerto, y la correa suelta no iba a molestarlo nunca más.

Y tan pronto como apareció, se fue. Era un lugar pequeño, después de todo. Gonzo giró el volante, lo que condujo al camión a un amplia y poderosa vuelta, y la última casita vacía se esfumó detrás de nosotros. El carro de combate de Bone Briskett rugió hacia adelante y Gonzo golpeó el volante con los nudillos: ¡papapapahhhh!

—¡Camino libre! —chillé por la radio.

—¡Ahh, genial! —gritaron Jim Hepsobah y Sally Culpepper.

—¡Viento en popa! —gritó Gonzo Lubitsch.

Bone Briskett no dijo nada, pero era evidente que pensaba que estábamos locos.

Por favor, Dios mío.

Quiero volver a casa.

Capítulo 2

En casa del pequeño Gonzo;

burros, chicas y gente nueva.

—A comer —dice Mamá Lubitsch, un gran delantal coronado por una cabellera grasienta de color cacahuete. El viejo señor Lubitsch no la oye con el zumbido de las colmenas, o puede que no quiera oírla, porque su figura blancuzca y flácida permanece en el patio trotando de un abejero a otro con una lata de humo espeso. Oigo respirar a Mamá Lubitsch, que parece imitar a una ballena expulsando agua por el espiráculo mientras pone cuchillos y tenedores con la barriga rozando el filo de la mesa, que tiene la capa protectora despegada. La madre de Gonzo está tan gorda que ocupa dos asientos en la iglesia y una vez casi mata a un ladrón de un revistazo. Gonzo, que aún puede decir su edad solo con los dedos de una mano, tiene la constitución más frugal de su padre.

Uno de mis primeros recuerdos es ver a Gonzo mirándome, solo unos meses antes, con aspecto preocupado. Está jugando él solo en un rincón del parque a un juego de una complejidad indescifrable. Anda de un lado para otro del arenero alisándolo en una zona en particular, marcando fronteras, puentes, áreas de dispersión y líneas de demarcación, pero necesita a otro jugador y no lo encuentra. Entonces empieza a buscar a su alrededor y ve a un niño menudo y perdido, también solo, en un momento de inconmensurable dolor. Con mucha entereza, llama la atención de su madre hacia el objeto del problema y ella se acerca rápidamente, aunque con dificultad, y me pregunta qué me pasa, si me he hecho daño, dónde están mis padres, dónde vivo. No sé responder a ninguna de esas preguntas. Lo único que sé es que estoy llorando.

Como respuesta ante el desastre, Gonzo se acerca al camión blanco de helados que está en la puerta más alejada del parque, compra un polo rojo en forma de cohete con algo pegajoso en el centro y me lo entrega con gran solemnidad. Diez minutos después, gracias a la magia del azúcar, al sabor artificial y a la seguridad que estos representan, mis lágrimas ya se han secado y endurecido en el blusón y yo me he unido al incomprensible juego de Gonzo, que voy ganando —aunque puede que me esté dejando ganar. Durante un momentáneo cese de las hostilidades, Gonzo me informa de que esa tarde puedo ir a su casa a conocer a su padre, que es más sabio que nadie, y probar la comida de su madre, que no tiene parangón en el mundo de los mortales. Incluso puedo darle alguna galleta a los burros Lubitsch, que tienen el pelaje más brillante y los ojos más centelleantes de todos los burros del mundo mundial. Mamá Lubitsch, que nos observa desde cierta distancia, se percata de que su familia tiene un nuevo miembro, gracias a su instinto natural de madre polaca expatriada, pero no le importa lo más mínimo.

Mamá Lubitsch sigue mirando por la cristalera con los guantes del horno y el delantal que la envuelve, pero el padre de Gonzo está persiguiendo por la colmena con una pistola de humo a una abeja descarriada. Las discrepancias políticas no están permitidas en el colmenar. Mamá Lubitsch se balancea hacia adelante y hacia atrás y cambia el peso de los pies una, dos y tres veces hasta que vuelve a la mesa para fregar los platos mientras refunfuña en polaco. El pequeño Gonzo se siente fuerte por la afrenta filial, así que va a regañar a su padre y a hacer que entre en casa. Yo tan solo tengo cinco años y lo sigo con precaución debido a mi poca experiencia. Las apariencias engañan. Los rostros amables mienten y los barcos grandes se hunden allí donde los pequeños capean el temporal. Pero no me preguntéis cómo lo sé porque no sabría qué decir.

—Mamá dice que ya está la comida —anuncia con firmeza el pequeño Gonzo. El viejo Lubitsch levanta una mano enguantada pidiendo indulgencia, un pecador en el camino de la perdición por la apicultura. La abeja está en una losa frente a él, tosiendo quizás. Por un momento parece que Gonzo fuera a pisarla para acabar con ese obstáculo que se está entrometiendo en la paz familiar, pero su padre se mueve rápidamente y se le queda la cara como una lana descolorida. A lo mejor es que sabe de la importancia de colocarse estratégicamente. Se mueve precipitadamente para bloquear la línea de ataque de Gonzo y cuidadosamente coge la abeja con los dedos y la coloca en la colmena número tres.

—A comer —responde el viejo Lubitsch y, por un momento, creo que me sonríe.

Volvemos a la casa, pero la madre de Gonzo no se ha calmado. Las cosas están tensas. Llevan tensas desde antes de que yo llegara, desde que el hermano mayor de Gonzo se hiciera soldado y olvidara ponerse a cubierto en un rincón olvidado de un campo extranjero que será por siempre Valle Cricklewood. Para Mamá Lubitsch, la comida es un pequeño hechizo de magia blanca, su dogma de fe: si puede proporcionarle a Gonzo una alimentación copiosa y una casa sólida y segura, estará preparado para el mundo. Conquistará, sobrevivirá, no tendrá la necesidad de ir en busca de aventuras. No la abandonará. Para Mamá Lubitsch, la comida desafía a la muerte. Sin embargo, el viejo Lubitsch sabe que, a veces, por razones que son desconocidas incluso para las abejas, la colmena tiene que desprenderse de sus hijos y verlos lanzarse al viento. Por eso, se prepara para el momento en que su hijo encuentre a una reina con la que comenzar una familia o vuele sin parar hasta que ya no pueda más y caiga en la tierra para volver a formar parte del prado musgoso que nos rodea.

Mamá Lubitsch no le dirige la palabra a su marido durante la comida. No habla desde la primera patata al último trozo de cobertura de chocolate, no habla durante el café ni cuando Gonzo se va al arroyo a pescar. Es como si nunca más fuera a hablarle, pero cuando vuelvo a recoger los aparejos que se nos han olvidado, la veo en los brazos de su minúsculo marido con el cuerpo arqueado por los sollozos. El viejo Lubitsch le canta en el idioma de su antiguo país mientras sus ojos ensombrecidos e inteligentes, oscuros y profundos, se clavan en los míos pidiéndoles omertà: estos son secretos de los hombres, hijo, de los hombres de corazón verdadero. Lo sé. Lo entiendo.

Cada vez que Gonzo se embarca en un acto de heroísmo precipitado, se me viene a la mente la imagen de un hombre-pájaro con un mono protector blanco que le presta ayuda a una montaña hecha añicos.

Gonzo se pone a pescar. Atrapa dos pececillos de especie desconocida y los devuelve al agua cuando parecen estar incómodos. No le digo lo que acabo de ver y, cuando me doy cuenta, han pasado cinco años.

Con diez años, Gonzo Lubitsch es el centro del cotarro, un temerario, un cabra loca, siempre se mete en líos, odia las reglas y todas las niñas están loquitas por él. Lydia Copsen le da la mano en público, por lo que Gonzo es objeto de las envidias de toda la región, aunque nadie sabe identificar la fuente de nuestra resentida desilusión y lo achacamos a que la madre de Lydia es un poco ligera de cascos. Lydia es una niña menuda y arrogante, que posee con orgullo una colección de vestidos con motivos frutales. Desde la distancia, veo claramente que también es hija de Satán y esposa de Bath. Si en un momento es altiva, al otro es adorable, al mismo tiempo que reparte besos suaves con una perspicacia política instintiva y administra un acceso fácil a chucherías para crear una fuerte y leal hermandad entre las niñas, que entregan sus secretos y reverencias a la diosa del vestido de sandía. A los nueve años, Lydia Copsen es una mezcla entre una editora de prensa amarilla y una señora de Beverly Hills. Su admiración por Gonzo es tan grande como su desprecio hacia mí, pero él es un amigo fiel y no me deja de lado, así que hago de carabina en sus paseos diarios por el patio del recreo y los escolto cuando la acompaña a casa. Camino detrás de ellos, a diez pasos de distancia por insistencia de Lydia, pero no hace más que marcarse un gol en propia puerta porque lo único que quiero es estar tan lejos como sea posible de la encantadora pareja.

Es por esta época cuando pierdo totalmente la fe en una deidad compasiva gracias a la directora del colegio. Su nombre «real» era La Predicadora y así la conocían Dios y sus ángeles, Yahvé y sus ángeles, Alá y sus ángeles y todos los dioses del mundo y sus ángeles, demonios, avatares, secuaces, esbirros y personas que no se posicionan políticamente, y así está inscrita en las cientos de listas de los vivos y los muertos que llevan los contables celestiales. Sin embargo, se hace pasar por la señora Assumption Soames, de la familia Warren de Valle Cricklewood, donde es directora del colegio epónimo Soames para Niños de Vecinos. Es bajita y delgada para su edad y, aunque esta nunca ha sido divulgada, cualquier niño que tenga acceso a la Biblia (y todos los niños del colegio Soames tienen un fácil, quizá exageradamente fácil, acceso a la Biblia) la dataría sin ninguna duda en el décimo capítulo del Libro del Génesis entre Aram y Lud. Se rumorea entre los estúpidos valientes que especulan sobre este tema que podría llegar a los cincuenta. El señor Soames, cuyo bisabuelo fue el fundador del colegio, murió hace tiempo de malaria y el consenso generalizado entre los padres es que aceptó la muerte con bastante alivio. El señor Brabasen incluso sugirió la posibilidad de que el único propósito del señor Soames al ir tan frecuentemente de pesca y durante varios días a la zona más oscura e infecta de las Tierras Bajas de Cricklewood era contagiarse de dicha enfermedad, un agresivo virus que en el ochenta por ciento de los casos se llevaba por delante el oído o la vida de la víctima. Ninguna de las dos opciones era un resultado muy alegre, pero, según el señor Brabasen, cualquiera de ellas le merecía la pena al señor Soames.

El apodo de Assumption Soames suena un poco sofisticado para nuestro ingenio infantil porque, en realidad, se originó entre los profesores, un surtido decrépito de mentes brillantes y laicas que fueron seleccionadas de instituciones demasiado remilgadas como para tolerar sus rarezas. Para La Predicadora, esas debilidades son una carga que otorga la Providencia junto con los dones para demostrar su entereza. De acuerdo con la inconmensurable sabiduría del plan divino, el fracaso en estas pruebas solo sirve para reconducirles hasta sus brazos, críticos y consoladores, y que puedan enseñar a sus pupilos el valor del arrepentimiento y la templanza.

Varios de ellos sufren de crisis nerviosas durante mi estancia en el colegio y al menos uno tiene que tomar medicamentos muy potentes como resultado del creativo despliegue de Gonzo con una bobina de hilo de pescar de nueve metros, una calavera de plástico y una manta para caballos. A pesar de todo, son un buen grupo y, pese a La Predicadora, llevan al sistema educativo más allá de lo que lo harían en una situación normal. El señor Clisp, el de las apuestas, no solo nos enseña matemáticas, sino también ética materialista. Nos pone puzzles de lógica en la pizarra que parecen neutrales en términos de valores, pero que, tras resolverlos, condenan de forma estridente a la vieja arpía. También nos explica las bases del póquer y el oficio de hacer libros. La señora Poynter (cuyo pecado en concreto se cuchichea que está relacionado con ciertos servicios negociados de naturaleza física) incluye en sus clases de biología conocimientos rudimentarios de primeros auxilios y de historia natural, además de una educación sexual cada vez más sofisticada según pasan los años. A los diez años, podemos recitar una lista de zonas erógenas y diferenciar entre las características sexuales primarias y secundarias de los seres humanos. Cuando comienza la pubertad, a nadie le dan miedo los abultamientos y las secreciones. Más tarde, La Predicadora destituye temporalmente a la señora Poynter antes de que el Consejo escolar pueda oponerse a su decisión de dar una clase sobre técnicas sexuales a las niñas y sobre buenas costumbres y autocontrol a los niños (sazonado con una corta pero memorable digresión sobre la teoría y práctica del cunnilingus). Mary Jane Poynter pasa dos semanas de vacaciones en Hawái con Addison McTiegh, la profesora de Educación Física, y las dos vuelven más tranquilas. Cuando llegan las notas de los exámenes, hay una tasa de aprobados casi perfecta, por lo que La Predicadora decide no despedirla con la condición de que no se queje ningún padre. A la mayor parte del Consejo le gustaría ver arder a la señora Poynter en algún tipo de madero vertical, pero está demasiado ocupado luchando con la implacable resolución de La Predicadora de prohibir por motivos religiosos varios de los textos que los alumnos tienen que estudiar ese año. Los viajes de Gulliver se salva de la tijera, al igual que Cuento de Navidad, pero Relatos cortos actuales en lengua inglesa queda relegado a la zona prohibida para toda la eternidad. Por desgracia, es tan aburrido que ni siquiera esta recomendación podrá hacer que lo leamos más de una vez.

Mi pérdida de fe es repentina y no es tanto una conversión como una reevaluación. Los niños aún están modelando el mundo y comprendiendo cómo funciona, sus convicciones son maleables igual que sus huesos; por eso, cuando se arrancan mis creencias de raíz, no me sobreviene una angustia horrible sino la sensación de que me he puesto las gafas adecuadas después de mucho tiempo llevando las de otra persona. La Predicadora me llama a su despacho para regañarme por una de las atrocidades de Gonzo y yo me quedo allí sentado, esperando a que intervenga un poder divino y le digo a la Predicadora que no ha sido mi culpa. Miro de forma natural hacia arriba, hacia el lugar por encima de mi pelo donde están los adultos, donde, en términos generales, se encuentran las cabezas y las autoridades ejecutan su poder en nombre de la justicia. Pero no encuentro a nadie. No tengo claro si estoy buscando a Dios o a una figura paterna más terrenal que actúe como su instrumento. No aparece nadie. La Predicadora añade el delito de «poner los ojos en blanco» a la lista y paso una semana castigado después de clase. Misteriosamente, Gonzo parece indispuesto durante ese tiempo con un fuerte dolor de garganta que seguramente es contagioso y que Lydia parecer haber desarrollado también, pero que no afecta a su habilidad para holgazanear. Se recuperan de la enfermedad juntos, tocándose con los pies bajo la manta y sentados uno frente al otro en ambos extremos del sofá mientras tosen de una forma horrorosa.

La primavera pasa a ser verano y el verano, otoño, y Gonzo y su amada se separan, dada la incapacidad de ella de comprender la trascendencia de los paseos embarrados y las peleas de hojas. Ella aprovecha la oportunidad para informarle de que solo estaba saliendo con él para estar cerca de los burros de sus padres, a lo que Gonzo responde que los burros la odian, a ella, a su estúpido pelo y a su nariz respingona. Los burros le han pedido por lengua de signos que le transmita su más profundo e inalterable desprecio hacia su opinión sobre todos los temas importantes. Tras vengarse de la mezquina niña, que se va hecha una furia, Gonzo se retira a la orilla del río y pescamos en silencio. Esta vez, Gonzo atrapa una trucha de un tamaño decente con su caña nueva, pero yo soy el encargado de matarla y de llevársela a Mamá Lubitsch, que la destripa obedientemente y la hace para la cena. Menos mal que se sirve con un plato más apetecible, un pastel de carne.

Gonzo no es el único con problemas del corazón. Una triste noche de octubre nos sentamos, por insistencia del viejo Lubitsch, en la salita de Mamá Lubitsch a ver al mundo sufrir de nerviosismo. El televisor de Mamá Lubitsch es muy singular: es un cacharro con paneles de madera y recios botones que gimotea y parpadea de forma alarmante y a veces se sobrecalienta y tenemos que apagarlo. De todas formas, en la pantalla hay más gente junta de la que he visto nunca, la mitad parecen muy contentos y la otra mitad parecen enfadados. Ni un lado ni el otro tienen mucha paciencia. El señor Lubitsch nos explica que eso es normal en lo que normalmente llamamos «política», que básicamente consiste en el intento de países y grandes grupos de personas de convencer a la gente de que vea las cosas desde su punto de vista. Sin embargo, como nunca lo consiguen, no se avanza mucho, y los políticos van y vienen, así que el gobierno (así nos lo explica el señor Lubitsch) no es tanto un viaje como una serie de paradas de emergencia y de discusiones sobre como sostener el mapa.

Lo que ha pasado hoy ha sido todo un shock. Han tomado una decisión de verdad, contra todo pronóstico, una decisión que nadie veía venir. Esta decisión es también, por usar un término técnico acuñado por un analista muy simpático, la bomba. La isla de Cuba, que está muy lejos, ha echado a sus dirigentes comunistas (que en realidad no eran comunistas, sino totalitarios, y en ese momento parece que el señor Lubitsch fuera a escupir, pero Mamá Lubitsch le dedica su propia mirada totalitaria y se tranquiliza) y ha tomado el improbable camino de introducirse en el mundo moderno. El pueblo cubano ha pedido la admisión al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (que en realidad tampoco es un reino, ya que sería otra forma de totalitarismo) y ha sido aceptado. La entidad resultante son los Reinos de Islas Unidas de Gran Bretaña, Irlanda del Norte y Cuba Libre. Los listillos de turno ya la llaman Cubritaña.

Como introducción a la «política» entiendo que esto ya son aguas profundas, pero el señor Lubitsch está bien informado y es paciente por lo que, al final de la noche, comprendo que he presenciado un momento histórico y que el pueblo cubano ha elegido adherirse a una nación de tenderos porque quieren infraestructuras (carreteras y alcantarillado), libertad (no ser apaleados por hacer muecas a los políticos) y una buena inyección de efectivo y comida basura (lo que se le llama calidad de vida). El pueblo británico los ha aceptado porque les entusiasma la idea de una afluencia de gente culta y preparada, con una apariencia física agradable y con ritmo. Además, la psique nacional necesita encontrar un lugar que reemplace a una isla llamada Hong Kong que perdieron a saber cómo ya que, por lo visto, todavía siguen enfurruñados con el tema. Pero, sobre todo, parece que han aceptado el acuerdo porque ha fastidiado al resto del planeta y eso los hace sentirse muy bien. Los más molestos forman parte del sector empresarial internacional con base en Johannesburgo, Nueva York, Toronto y París, que básicamente habían asumido que Cuba era de su propiedad y que solo se la habían alquilado a los comunistas totalitarios.

Toda esta información no me importa mucho, pero el señor Lubitsch insiste en que llegará el día en que me alegre de haberlo visto y me enorgullezca de recordarlo. Gonzo lo encuentra poco probable y ve en los ojos de su madre una paciencia infinita ante las tonterías de su marido, pero yo me lo creo. El padre de Gonzo está henchido de una convicción silenciosa y acaba pasándome a mí una pequeña parte. Guardo a Cubritaña en un rincón de la mente con cuidado y la cubro con una manta para asegurarme de que está bien calentita. Al día siguiente es miércoles, la primera clase que tenemos es Historia. La Predicadora asoma la cabeza por la puerta para decirle específicamente al señor Cremmel que no comente el tema y se sienta con nosotros para asegurarse. En su lugar, el señor Cremmel nos habla, sumiso, de la Revolución Industrial, pero comete un error inocente al decirnos la página de los deberes y nos manda al capítulo que habla de Cuba.

La nieve llega ese invierno a Valle Cricklewood. Estamos a principios de diciembre y la temperatura se mueve entre los grados negativos y los confortables uno o dos grados. Hay un extraño y fresco olor a pino, a madera quemada y a algo claro y diferente. Una nube baja y grande se instala sobre la ciudad, sobre la casa de los Lubitsch y (gracias a Dios, en el que ya no creo) sobre el colegio. La nube no se cierne, ni amenaza. Es más cálida y profunda que una nube de lluvia y da cierta sensación de benevolencia. Cuando por fin aligera su carga, arroja una gran cantidad de copos blancos que caen directamente. No son los copos gruesos y húmedos de la primavera, que parecen perdidos, como gansos confusos, sino que caen en un flujo ininterrumpido, pequeños y secos, y quedan flotando uniformemente cubriéndolo todo. Te resbalan por la parte de atrás del cuello, te refrescan la columna y llegan sólidos aún a la gomilla de los pantalones. Esto sí que es nieve auténtica y de verdad, que baja de las altas montañas, estabula a las ovejas, se pasa por las tabernas y causa un revuelo con una niña por unos pantaloncitos de volantes (las ventiscas me encierran dentro de casa y allí descubro el wéstern y John Wayne se convierte para siempre en mi héroe, aunque lo admiro más que lo imito porque al final siempre acaba muerto. Gonzo se tumba dramáticamente en imitación al Duque, abierto de piernas de una forma probablemente autoerótica, en la alfombra de la entrada, exhalando su último aliento).

Se despejan las nubes, pero no sube la temperatura. Hace mucho más frío, tanto frío como para causar una glaciación, matar a varios mamuts y provocar la migración de los hombres neandertales, cuya existencia niega La Predicadora y que inspira una breve pero frenética expedición a la biblioteca en busca de Biblias sacrílegas mal impresas y un violento debate sobre el origen de Esaú. Cuando los niños testarudos se aburren, son unos eruditos de una calaña muy dogmática.

Cuando aparece una grieta en el termómetro de alcohol del jardín de Gonzo, el señor Lubitsch decide desarrollar un curioso sistema de calefacción externa para conservar las abejas y apila montones de abono sujetos a una reacción exotérmica (aunque el padre de Gonzo lo llama «reación sotérmica») que significa que el proceso de descomposición genera calor. El señor Lubitsch coloca las pilas del mejunje caliente y putrefacto alrededor de la colmena generando un olor que curiosamente es agradable y yerboso más que infecto y decadente, pero Mamá Lubitsch no está de acuerdo y murmulla amenazadoramente sobre los malditos bichos: «Tenemos más miel de la que podríamos comernos en toda una vida». Pero el señor Lubitsch se lo toma bien y la abraza —en realidad la coge en brazos y la levanta del suelo— ella le da un golpecito y le exige que la baje inmediatamente antes de que se haga daño. La casa de la familia Lubitsch conserva su método poco ortodoxo de calefacción externa (aunque Mamá Lubitsch nos jura que la quitará en cuanto llegue la primavera para evitar explosiones). El domingo siguiente, el lago Megg se congela por primera vez.

El lago Megg es un meandro abandonado, una bolsa de agua en forma de aro al que llamaron así por la letra griega Ω, una de las pocas letras griegas que se gana la aprobación de La Predicadora, ya que las otras son por alguna misteriosa razón «la puerta a la promiscuidad». El agua se renueva constantemente gracias a un río subterráneo que baja de las Colinas Mendicantes y, cuando llueve con mucha fuerza, hace que el lago burbujee por encima de las rocas en el extremo oeste y encuentre su camino hacia el mar. En cualquier momento, el lago Megg se convierte en un organismo agitado y turbulento con corrientes que fluyen desde el centro, donde está hirviendo el agua, y llegan a la abrupta orilla, lo que da lugar (según nuestros libros de texto de Geografía) a un patrón de «interferencia constructiva», donde rompen las olas, y de «interferencia destructiva», donde esas interacciones resultan en remansos. Sin embargo, ahora está congelado y crea un hielo curvo en forma de media luna de color azul grisáceo, grueso y gutural.

Mamá Lubitsch aparca el coche. Es un 4x4 que el señor Lubitsch tiene totalmente prohibido coger porque (en las ocasiones en las que las exigencias de la vida lo ha puesto al volante en contra del criterio de su mujer) lo ha conducido como si fuera un coche de carreras con unas indecentes gafas de sol puestas, lo que provoca que mujeres mucho más jóvenes que él le lancen miradas de admiración. Mamá Lubitsch aparca la bestia junto al lago y Gonzo salta en desbandada por encima de mí, y seguramente también a través de mí por las prisas, y luego todos salimos a descargar las cosas. Aparejo, listo. Esterillas, listas. Encendedor para barbacoa, listo. Sierra para el hielo, lista. La familia —y los parientes lejanos— van a pescar en el hielo. El señor Lubitsch y Mamá Lubitsch ya salían de pesca cuando ella era una sílfide sin caderas y él como un toro, pequeño y fuerte como una tormenta tropical. Dios, cómo lo adoraba Mamá Lubitsch. Y, por el brillo de sus ojos, al menos lo que me dejan ver las capas de pelo del abrigo de lana y su ligero estrabismo, todavía lo adora y lo hará siempre. Entre ellos solo está la sombra de un soldado, ni siquiera eso es una separación, sino un puente triste y extraño y una comprensión mutua sin igual. Marcus Maximus Lubitsch, jugador de tenis y buen cocinero, ahora descansa en paz y recibe visitas esporádicas en su cuidado rincón del cementerio a las afueras de la ciudad. En este momento, Marcus está presente. Incluso Gonzo, que jugueteaba con la nieve alegremente y se hundía hasta los muslos, se queda en silencio y comparte con sus padres una sonrisa solemne.

Mamá Lubitsch prende el encendedor, pero utiliza demasiado líquido y provoca tal erupción que hasta se chamusca la bufanda. Grita alguna obscenidad en polaco y luego dirige una mirada culpable a su alrededor, no hay ningún lingüista en cincuenta kilómetros, por lo que ríe juguetonamente (seguro que con interferencias constructivas y destructivas en el patrón de su grasa oscilante, pero eso no podemos verlo) mientras el señor Lubitsch va a por la sierra para el hielo.

El hielo no se corta fácilmente. Es extrañamente claro y duro, más como el hielo glacial (que se ha presurizado y apretado tras miles de años) que como hielo de lago (que está lleno de rajas y riachuelos). El padre de Gonzo embiste el hielo con la sierra —al principio cerca de la orilla, pero luego se va alejando cuando ve que no hay peligro de que se rompa— aunque sin mucho resultado. El viejo Lubitsch le da con la sierra, pero está muy congelado; es un hielo como del Ártico, con muy malos modales y cabezota. En realidad se parece mucho al viejo Lubitsch, al que expulsaron los comunistas de su ciudad por ser un insolente y al que luego le negaron la entrada los nuevos gobernantes por la misma razón. El padre de Gonzo, exiliado perpetuo, escritor de cartas descontento, «furioso y decepcionado con Valle Cricklewood», nunca cederá. Vencerá al hielo aunque tenga que mantener una contienda eterna con él. Por ello, Gonzo se acerca a él con un plan.

Por regla general, yo soy el confidente de los planes de Gonzo. A mí me cuenta sus peores ideas y yo soy el encargado de destruirlas y de proponer como alternativa a conectar una linterna eléctrica directamente a la red para hacer una espada láser alguna otra actividad menos cercana a la muerte. Hoy, sin embargo, el plan de Gonzo tiene un público más receptivo y, quizá, menos sensato. Los padres chochean. En concreto, los padres consienten a sus hijos tareas de comportamiento varonil que normalmente están relacionadas con las funciones sagradas del heteropatriarcado, como disparar a los enemigos, explotar cosas y arrastrar un montón de animales muertos por el páramo blanco para alimentar a su tribu. Esta situación —la posible derrota de los cazadores del clan por una capa inanimada de hielo— entra de lleno en esta categoría, por lo que, cuando Gonzo propone una sencilla solución, rápida e infalible, se le enciende la mirada al viejo Lubitsch. Una mirada que dice que, cuando tenía su edad, a él también se le ocurrían ideas de magnificencia similar, pero que fueron aplastadas bajo el oneroso peso de la vida adulta. Sin embargo, el padre de Gonzo tiene la libertad para llevar a cabo esa hazaña y toma la decisión para vengarse a sí mismo y demostrar una comprensión más tolerante ante el ingenio desenfrenado de su hijo de la que le mostraron a él. El señor Lubitsch, de pelo cano y constitución robusta, con una camisa de franela roja y un ridículo sombrero de pieles, mira a su hijo con benevolencia.

—¡Dilo otra vez! —dice el padre de Gonzo con orgullo.

—Podríamos usar el líquido inflamable —dice el pequeño anarquista— ¡y quemar un agujero en el hielo!

Mamá Lubitsch suspira débilmente aunque bajo su fachada de madre de familia aún hay una grupi que se queda sin aliento al ver los ojos salvajes de su marido y su cabello al viento (o lo que queda de él), porque hay algo en ella que grita que no lo aprueba, que no cree que sea muy inteligente y que no será responsable del resultado pero que está deseando ver qué va a pasar y que recompensará en gran medida al príncipe que pueda llevar a cabo esa magnífica fantochada.

Tras establecerse esa complicidad tácita, mi vaga preocupación queda a un lado y se redacta el siguiente programa:

1 Se designará un lugar a unos treinta metros como mínimo donde pueda realizarse la conflagración de forma segura y donde luego pueda efectuarse la práctica de la pesca,

2 el señor Lubitsch y solo él se acercará al lugar designado y desplegará el material en abundante cantidad. Hará lo siguiente:vaciará un cuenco pequeñoverterá bastante cantidad del líquido inflamable potenciado con maderas de los alrededores y algo que lo avive que haya en el cochehará un detonador con más cosas de estas o un reguero que llegue a la orilla del lago, donde

3 lo esperaremos y, cuando esté a salvo,

4 prenderemos juntos el fuego.

Seguimos punto por punto el programa y ocurre una cosa extraña y preciosa, que no es para nada lo que teníamos en mente.

Todo empieza según lo previsto, con una brillante llama que corre con elegancia hasta el tesoro del señor Lubitsch. El tesoro, líquido inflamable con una mezcla de madera seca y carbón vegetal, y unos paños del maletero del 4x4, prende bastante bien y crea una columna de metro y medio que parte del hielo. Provoca bastante cantidad de humo, aunque también puede ser vapor. Parece que no está derritiendo mucho el hielo, pero a lo mejor es todavía pronto. Y, de hecho, es demasiado pronto. El siguiente hecho es más dramático de lo que habíamos concebido. Produce un ruido como de morteros cercanos, de accidente de tren o de la torre de la iglesia cayéndose encima de la sacristía. Es un ruido vasto, tectónico y desgarrador que parece surgir de todas partes. En realidad, seguro que no era para tanto pero es un ruido muy fuerte y yo soy un niño pequeño.

El hielo se rompe igual que cuando metes un hielo en un vaso un día de calor. La fisura es pequeña, pero se agranda a gran velocidad y aparecen otras grietas. Algo muy grande está ocurriendo más allá de la superficie. Mamá Lubitsch percibe lo que va a ocurrir gracias a su sentido maternal del peligro. Como si estuviera teniendo lugar una lucha de dinosaurios bajo la superficie del hielo, Mamá Lubitsch mete a su querida y estúpida familia en el coche y arranca a toda prisa, lo que sorprende bastante al señor Lubitsch. Gonzo y yo miramos fascinados al lago Megg por el parabrisas trasero. Somos los únicos en el mundo que pueden ver lo que pasa cuando los torrentes de un montón de colinas alrededor que llevaban confinados varios días bajo un tapón de hielo y aire son liberados por un sexagenario rebelde con ganas de revivir con su familia sus días de gloria.

La capa de hielo se retuerce finalmente, hace fiuuuUUUC y provoca una erupción de espuma. La columna de agua se alza más alta que los árboles de la rivera del lago y caen trozos de hielo en la carretera de delante de nosotros como si fueran cachos de carne. Por fin se libera todo el peso del agua de las Colinas Mendicantes, coartadas tantos días en su camino al mar y encerradas bajo tierra en una columna a presión a sesenta metros de profundidad.

Un pato, al que ha dejado inconsciente un poco de furiosa aguanieve, cae al suelo en un prado a nuestra derecha. Luego empieza a llover en una zona muy delimitada. Cae aguanieve, nieve, hielo y unas cuantas ranas malhumoradas.

El señor Lubitsch vuelve la cabeza hacia la devastación y estalla en una risotada. No es una risa histérica, sino una carcajada sincera y satisfecha ante el panorama, la locura, la belleza del desastre. Mamá Lubitsch le dice de todo, pero está roja y también se ríe. Si Gonzo fuera a tener un hermano pequeño, lo engendrarían esta noche.

La ola de frío de Valle Cricklewood termina unos días después, como si hubiéramos roto el yugo del invierno con una magia compasiva. La nieve se derrite de un día para otro y pronto empiezan a aparecer cositas verdes que gritan en busca de atención. Los burros de los Lubitsch, que son la causa de una gran y ya olvidada agitación, dejan a regañadientes sus alojamientos invernales y se les apremia para que empiecen a pensar en sí mismos como bestias de exterior. Sus tristes rebuznos de desolación, completamente falsos, son los responsables de algunas noches en vela en la casa, pero Mamá Lubitsch se mantiene inquebrantable y al final los burros lo pillan y se conforman.

Hasta aquí Gonzo, pirómano y líder. ¿Y qué pasa con su parásito ineludible, el niño en el que nadie se fija? Él también crece. Ni siquiera lo eligen el último para los partidos de fútbol y para las pruebas de atletismo, sino que se sienta en el banquillo de forma perpetua. Es la sombra de Gonzo y a veces su conciencia cuando el Plan —ya sea saquear la cocina en busca de comida o escaparse de este reformatorio para irse a vivir con unos gitanos de Mongolia (que, según La Predicadora, son «un festival de pecado y rendición», aunque no sé en qué pruebas se basa)— requiere más excesos de los que las autoridades pueden tolerar como cosas de niños. Burlar al bibliotecario y robar libros prohibidos casi va implícito; el ingenio que requiere liberar a las presidiarias de la granja de hormigas con ayuda de un camino de azúcar en dirección a las duchas de los empleados se gana el aplauso irónico del profesor de ciencias, además de una buena dosis de castigos; hacer y probar explosivos domésticos es algo que veto, no porque me disgustara la grandeza de ese concepto, sino porque soy consciente de que hay ciertos límites y mandar a cien metros de alto el pabellón de fútbol con nitroglicerina casera —aunque estuviera vacío— se aleja mucho de lo que nos tolerarían y de nuestras capacidades alquímicas. Yo recordaba, aunque Gonzo no, aquella película sobre seguridad doméstica que trataba de unas víctimas llenas de cicatrices que se arrepentían de su propio orgullo y que nos disuadían de tales aventuras. Nos decidimos entonces por un brebaje que se supone inducía una combustión interna percusiva en el sistema digestivo de las vacas, pero no parecía que los sujetos de prueba se vieran afectados, excepto por un pequeño aumento de sus consternados mugidos.

A los catorce años, Gonzo descubre las películas de artes marciales: las obras completas de B. Lee y J. Chan, además de otros tantos con más o menos talento. Las películas de artes marciales son curiosamente sentimentales, cargadas de grandes promesas y melodrama. Las de Hong Kong tienen normalmente juegos de palabras intraducibles en chino que presentan en chanzas cantadas. Los argumentos son moralistas, shakesperianos y tienen la costumbre de desviarse de forma inesperada durante veinte minutos y luego volver a la trama principal como si nada hubiese pasado.

Gonzo empieza a aprender kárate inspirado por estas películas. Es el candidato perfecto: intrépido, atlético y encantado con los cambios que las múltiples flexiones han introducido en su cuerpo. Su única desventaja es que empieza un poco tarde. Si hubiera empezado a entrenar antes habría podido convertirse en un maestro, pero él se contenta con ser solamente un estudiante de categoría. Para su debilucho compinche (su patada yoko geri kekomi es la más débil de toda la zona geográfica que alcanza el colegio), el kárate es otro ámbito donde recibir los golpes de la vida, esta vez con razón, pero él continúa intentándolo. A pesar de que hace tiempo que ha interiorizado que no puede igualar a su amigo en sus hazañas, él —es decir, yo— no sabe renunciar a las cosas y eso es una virtud que le resulta totalmente extraña a Gonzo, pues nunca se ha visto obligado a preguntárselo dado su despreocupado paso por la vida.

Un día, el universo decide que ya estoy preparado y me exige mi primer vuelo en solitario. La sensei Mary me lleva fuera del tatami para examinarme la nariz ensangrentada, cosa ya familiar. Nunca ha llegado a romperse, pero —al contrario que las manos, que siguen siendo frágiles a pesar de horas de entrenamiento con el saco— parece haber desarrollado una dura capa de calcio. ¿Podría romper tablas de madera con la nariz? La sensei Mary responde que eso no es muy probable y que prefiere que posponga el experimento de forma indefinida. La sensei Mary, que mide un metro sesenta y pesa cincuenta y cuatro kilos, me dice que el kárate no es lo mío, pero que mi dedicación la ha impresionado lo suficiente como para sugerirme una alternativa, otra academia.

Yo protesto con el argumento de que Gonzo no va a querer cambiarse de academia.

—No —dice la sensei Mary—.Gonzo no. Él está bien aquí. Solo tú, sin Gonzo.

Para mí, esta idea es nueva, pero —extrañamente— no me desagrada.

—¿Otra academia de kárate?

—No. Otro estilo. A lo mejor uno más suave.

—¿Qué significa suave?

Me lo dice.

La conversación resulta en una gira por las academias locales de pugilismo suave. Lo primero que veo es que el término «suave» es engañoso porque es relativo. Relativo en comparación con hombres y mujeres que buscan a la desesperada convertirse en máquinas de demolición sin armas, que se pasan horas, días y meses dándole golpes a tablas de madera y a muñecos de papel de lija para trabajarse los puños y que piensan que han malgastado una hora si no le han metido una patada a un montón de ladrillos. No se trata de si es un deporte violento, sino de si esa violencia es directa y contundente o sutil y enrevesada. A los ojos de un novato, las variantes suaves parecen delicadas, pomposas y artísticas mientras que las variantes más duras son toscas y crueles. Lo cierto es que las variantes suaves son más consideradas con el dolor y el daño que aplican al cuerpo. Queda como incógnita cuál de las dos variantes es más desagradable para el objeto de su atención y cuál atrae a más lunáticos peligrosos del entorno suburbano. Rechazo con rapidez al aikidoka, pétreo y sonriente. Su inexpresiva perfección le comunica a su oponente que el hecho de que viva o muera es irrelevante y sus movimientos incluyen un giro final con corte de espada que da el golpe de gracia. Tampoco me convencen las otras ramas modernas de lucha callejera: el jiu-jitsu europeo y brasileño. La primera está compuesta por unos machos alegres que suelen medir menos de uno setenta y que tienen más o menos la misma anchura de hombros. El segundo, por unos lunáticos de risa tonta aficionados a las técnicas de control y a mujeres con bañadores poco prácticos. Al ser tan puritano y soberbio, me voy ofendido de la clase sin mirar atrás, pero sigo teniendo un problema. El yudo consiste básicamente en la defensa personal. El taichí es fluido y elegante, pero se necesita toda una vida para que pueda aplicarse al combate. La esgrima y el silat son más esotéricos— y, la verdad, no son más suaves que el kárate— pero solo los imparten en academias a una hora de Valle Cricklewood. Miro con desesperación a la sensei Mary y, quizá, en esta ocasión mi necesidad es suficiente.

—Sí —dice la sensei Mary—. Hay otra cosa que podemos probar.

Y así es como estoy, por primera vez sin Gonzo Lubitsch, en la puerta de Wu Shenyang pidiendo que me admitan en la Casa del Dragón sin Voz.

—Wu se pronuncia «wuuu» —dijo hace dos minutos la sensei, extrañamente sin aliento, cuando estábamos esperando a la hora prevista en su Volkswagen Golf—, y luego Shen y Yang como si fueran dos personas diferentes, pero no lo son. Y no le llames Wu Shenyang, llámale señor Wu o maestro Wu o...

Pero no se le ocurre ninguna otra forma con la que pudiera llamarlo. De todas formas, ya es la hora. La puerta se abre. Una voz entusiasmada dice: «¡Venid, venid!» y miro cómo mis pies me llevan hasta el umbral.

El señor (maestro) Wu es el primer profesor que me invita a su casa y es el primer profesor de artes marciales que quiere conocerme fuera del tatami antes de ver qué tal me desenvuelvo en él. Según la sensei Mary, si no ve lo que quiere en mi corazón, no tiene sentido que ponga a prueba el resto de mi cuerpo. Me examino el corazón y me parece un órgano muy empobrecido para hacerle tal pregunta. Es del tamaño adecuado y está situado casi en el centro del pecho, un poco más abajo, y no en el lado izquierdo (en realidad eso es el pulmón), como creen los aficionados al cine. Late alrededor de setenta veces por minuto y bombea correctamente nutrientes fundamentales y oxígeno a todo el cuerpo gracias a la hemoglobina pero, que yo sepa, no guarda ningún misterio y está libre de un pasado secreto o de habilidades sobrenaturales. Determino, tras una introspección, que no tengo lo que este señor está buscando, así que me siento libre de observar el salón, que ya de por sí es increíble. Además de ser un sitio donde sentarse, leer y comer tarta, es un tesoro de rarezas y curiosidades. En una esquina hay una estatua dorada de un cerdo beligerante, dos leones de Fu sobre un manto, lámparas de pie de diferentes diseños, armas y unos patos de porcelana en la pared. Wu Shenyang todavía me está evaluando —siento la presión de su mirada— así que empiezo a catalogar el contenido de la habitación con los ojos de un posible futuro limpiador o de su recadero para todo.

Artículo: dos sillones en dos lugares distintos y de considerable antigüedad, pero también, según parece, enormemente cómodos. Caben perfectamente cada uno a un lado de una chimenea en un extremo de la habitación junto a una mesa de café cuya inteligente construcción permite amontonar libros debajo del tablero.

Artículo: de espaldas a nosotros hay un sofá de piel de similar antigüedad que muestra signos (vamos, una almohada y una manta) de haber sido utilizado recientemente como cama. Parece que aún hay una persona que lo utiliza como catre, ya que unos pies con calcetines blancos sobresalen del extremo oeste. Son esbeltos y casi con toda seguridad (por el dibujo del tejido) son femeninos, quizá de mi edad o un poco más joven.

Artículo: un reloj de pie, que funciona bien aunque va un poco atrasado, de madera oscura con una lámina dorada con un buen acabado. La puertecita está abierta y puede verse cómo el péndulo hace su largo recorrido de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, produciendo ese característico sonido de tac tic que desafía a la costumbre. Ese tac tic también me confirma que la persona del sofá está viva, ya que el pie que está más al norte sigue de vez en cuando el tac tic y luego vuelve a su estado de reposo.

Artículo: un escritorio y una silla, ambos cubiertos literalmente de miguitas de tarta y de papeles. El escritorio es más funcional que vistoso y por encima de los montones y pilas de cartas y de dibujos se asoma una sola hoja en blanco y un lápiz. El señor (maestro) Wu no utiliza el bolígrafo normalmente para escribir porque en su lugar de origen —o quizá en su época de origen— la tinta es cara. Y de ahí que sean líneas finas y suaves, porque escribe en chino.

Artículo: un gramófono viejo. Ni un estéreo ni un tocadiscos, tampoco un reproductor de CD, sino una estructura arañada y silbante con un brazo cromado, un cuerno gigante en forma de flor y una aguja gruesa y sin punta que reproduce música a partir de unos frágiles discos negros que giran a 78 revoluciones por minuto. Ese milagro se consigue de forma mecánica, sin electricidad, transistores ni silicona.

Para mí, un niño de la era digital, es como magia blanca. Es tan impresionante que, por un momento, me olvido de estar nervioso ante Wu Shenyang. Resulta difícil recordar que se trata de un persona de temida solemnidad y elegancia porque parece que todo se lo toma como un juego. Se acerca al gramófono para exhibirlo en toda su gloria. Le da cuerda, escoge un disco de Fisk University Jubilee Singers y sonríe ampliamente mientras espera mi reacción ante un truco tan fantástico. Yo estoy demasiado absorto en esa perfección crepitante como para sonreír hasta que termina el disco y levanta la aguja con sus hábiles dedos. De debajo de la máquina saca una bolsa con discos aún más increíbles y la empuja hacia mí. Los ojeo con la dolorosa preocupación de romper alguno y al final reproduzco el adagio de Mozart para clarinete en La mayor y lo escucho hasta el final. La mirada del señor (maestro) Wu se enciende cuando me ve levantar la aguja igual que él porque el gramófono es perfecto, está demasiado bien conservado y hecho con demasiado cariño como para dejar que lo estropee un descuido. Por fin, miro al hombre que está ante mí.

Wu Shenyang es alto y delgado. No se parece a Buda, sino más bien a una escalera de mano con una bata puesta. El tiempo lo ha pulido, desgastado y corroído hasta dejarlo con casi ochenta años y más fuerte que dos deportistas universitarios, aunque algo cojo de la pierna derecha. Su rostro ancho y de color pardo no es imperturbable, como el de sensei Takagi, que una vez visitó el dojo de Mary y resoplaba significativamente mientras yo lanzaba unos ataques débiles y previsibles a una niña de Hosely. A pesar de las cejas plateadas que se erizan por encima de sus ojos, no tiene un rostro severo. Wu Shenyang suelta una carcajada —de forma inquietante— en el momento más inoportuno. Parece que disfruta de las cosas sin importancia, como el color de la masilla de la vidriera y lo resbaladiza que es la alfombra de enfrente del escritorio. Eso último me lo demuestra al situarse con firmeza en la zona deslizante y de repente girar y retorcer bruscamente todo el cuerpo, deslizando las zapatillas; luego cambia el peso de una a otra y rota las caderas. Cuando termina, lo único que puedo hacer es imitarlo. Me preocupa que piense que me estoy burlando de su juego de pies, pero imito su método paso por paso y él da su aprobación con una risa al grito de «¡Elvis Presley! ¡Graceland!». A pesar de los años que lleva hablando inglés, aún se enreda cuando intenta decir cosas como «¡Rock and roll!» debido al ligero acento que conserva de su lengua materna, aunque no es algo que le preocupe lo más mínimo, así que a mí tampoco. Pasamos a cosas más importantes. Le gustan mis pantalones, pero dice que mi reloj es demasiado infantil para mí porque tiene un gato sonriente que marca la hora con los bigotes. También dice que me vendría bien un peluquero nuevo, pero la lealtad me lleva a defender el cuchillo de cocina de Mamá Lubitsch, así que la defiendo a sabiendas de que tiene razón. Wu Shenyang me pide disculpas— a mí y a Mamá Lubitsch. Se oye un ronquido desde detrás del sofá, pero yo no me dejo alterar. Un hombre mayor y desconocido me trata como a un igual, sin ninguna ironía—, aunque tenga menos experiencia y discernimiento en cuestión de relojes. En el transcurso de nuestra discusión sobre estos objetos, comparamos antebrazos y queda claro que el mío es igual de fino que el suyo y resulta que le gusta exageradamente por alguna razón. Solo recupera la compostura cuando le explico por qué estoy allí, aunque seguro que ya lo sabía. Me mira detenidamente y se queda pensando. Mientras, yo me preparo para lo inevitable: el examen insuperable y el triste rechazo. Se vuelve hacia la pared y coge de entre los patos una espada corta y gruesa de punta afilada. La sujeta con cuidado con una mano, la desenvaina y me mira.

—Arma de guerra. Mucho respeto. Trabajo de hombres. —Hace una mueca—. ¡O podría decirse que es un cuchillo de carnicero! Está muy afilado —dice Wu Shenyang— y es muy viejo. Cógelo y dime lo que se siente.

Avanza hacia mí y me extiende la empuñadura. No sé cómo, su pierna mala resbala al moverse sobre la parte resbaladiza de la alfombra. El Arma de guerra sale volando y gira lentamente sobre el punto donde se le escapó de la mano hasta que el filo deja de apuntarme (detalle que noto con alivio, aunque aún no he tenido tiempo para moverme). El cuerpo de Wu Shenyang se precipita hacia delante, casi como una zambullida, y me doy cuenta de que la empuñadura, al chocar contra mi pecho, impulsará la hoja contra él. Por lo cual, es imperativo que me mueva y eso es lo que hago. La parte superior de la espada no está afilada, así que le doy un golpe con la palma de la mano y la alejo de nosotros, doy unos pasos al frente y doblo las dos rodillas, con la espalda recta, para sostener al viejo.

El viejo no cae al suelo. Estira la pierna mala, que aguanta fácilmente su peso, y atrapa sin problemas la espada, que emite un zumbido y vuelve a su vaina. No llego a tener que sostenerlo con los brazos y que mis piernas tengan que absorber un poco de su peso; un ligero contacto me indica que ya se ha ido y tras un giro resurge al lado de la puerta. Miro hacia abajo. Tengo los pies dispuestos en lo que se llama la posición para montar a caballo y los brazos están extendidos con las palmas hacia arriba doblados por el codo.

—Se llama Abraza al Tigre, Vuelve a la Montaña —dice el maestro Wu tras un momento—. Práctica—. En el momento en que la chica surge de detrás del sofá y me da la mano con gran solemnidad es cuando me doy cuenta de que me ha aceptado como alumno y de que, de alguna forma, todo ha salido como debía.

—Elisabeth es mi secretaria —dice el maestro Wu sin ningún rastro de risa—. Es bastante severa, pero os llevaréis bien, siempre y cuando te comportes correctamente.

Y así es. Elisabeth es rubia y pequeña y no habla mucho, pero lleva la Casa del Dragón Sin Voz con la seguridad que le es propia a las señoritas de su edad. Estudia con los otros alumnos y vive en el sofá porque su madre no tiene tiempo de ocuparse de ella. El maestro Wu obedece totalmente a su tiranía y ella, a cambio, ejerce su poder con gran sutileza, discreción e —incluso— piedad. A veces, cuando el maestro Wu se siente solo, tiene nostalgia o está aburrido, le hace una tarta de manzana o unos bollitos de cerdo asado Char Siu Bao y nos lo comemos juntos. Eso ayuda. Nos lo comemos juntos porque, de un modo u otro, me han vuelto a adoptar y ahora tengo que repartir mi tiempo entre Gonzo y el maestro Wu.

El Dragón Sin Voz se enseña mañanas y tardes a las siete y durante todo el día los fines de semana. Los estudiantes van cuando pueden y se quedan al menos una hora. Durante la semana, el maestro Wu practica la caligrafía y lee muchos libros para saber un montón de cosas sueltas sobre muchos temas. Algunas son útiles, otras no, pero siempre consigue colarlas en las clases. Así, además del Paso de Elvis, tenemos la Zancada Palaciega de Lorenz (kung-fu matemático), el Puño de Vitruvio (kung-fu a lo Da Vinci) y —hasta que interviene Elisabeth— el Brazo de la Trompa de Falopio (sacó el nombre de un diagrama de mi libro de biología y lo llamó así por la forma que adopta el codo en su inquietante postura final). Estudio siempre que puedo y aunque pierda el tiempo cuando debería estar haciendo los deberes, no sé por qué, saco mejores notas gracias a mi relación con el maestro Wu. Al principio me preocupa que a Gonzo le moleste mi ausencia, pero está ocupado con otros asuntos que requieren su espacio personal.

En marzo, el maestro Wu recibe una visita inoportuna, un hombre llamado Lasserly que viene desde Newport. Lasserly es una persona enérgica con la cabeza grande y rubicunda. Tiene los brazos muy gordos y huele a lienzo viejo. Quiere aprender los Secretos. Todos los alumnos de todas las artes marciales saben de la existencia de los Secretos. Se oyen rumores y comentarios desdeñosos por todo el mundo. Algunos profesores animan a sus alumnos a creer que al conocer el Secreto vencerán a la edad y a la muerte, podrán aguantar la respiración durante horas y proyectarán su espíritu fuera del cuerpo para aniquilar a sus rivales como una pistola de rayos a lo Flash Gordon. Otros maestros, más centrados o más sinceros, afirman que los Secretos son simbólicos y que representan estaciones de paso en el viaje del yo, o que son elementos estilísticos muy importantes para los estudiantes más avanzados. El maestro Wu le dice a Lasserly que no existe ningún Secreto.

—Venga ya —dice Lasserly—. Claro que existen.

—No —dice amablemente el maestro Wu—, no existe ningún Secreto.

—Usted sabe cosas —dice Lasserly.

De eso no hay duda. Casi con total seguridad sabe cosas —incluso cosas sobre kung-fu— que Lasserly no sabe —le concede el maestro Wu— pero no le apetece hablarle de ellas porque es un poco desagradable e incluso grosero y el maestro Wu conoce a gente más simpática con la que charlar.

—Bueno, vale. Entonces vamos a pelear.

Lo que, a primera vista, es un disparate. Lasserly pesa cuarenta y cinco kilos más que el maestro Wu y tiene las manos llenas de callos por las horas de práctica.

—No —dice el maestro Wu después de un minuto de silencio—. No tiene sentido.

Lasserly se va y, de camino, me pone un dedo inmenso en el pecho. Siento su firmeza, todo su cuerpo preparado detrás de ese dedo. Seguro que puede canalizar todo su peso en ese dedo y clavármelo en las entrañas. No debería haberle dejado acercarse tanto.

—Estás perdiendo el tiempo —gruñe Lasserly—. Este tío no sabe ningún Secreto—. Y sale dando un portazo, por lo que los patos de porcelana se tambalean contra el yeso.

Entrenamos en silencio. El maestro Wu parece muy triste.

Por la noche de ese oscuro día, cuando el maestro Wu ha terminado su tercer trozo de tarta de manzana y está valorando si sería conveniente o no zamparse el cuarto, Elisabeth se decide a preguntarle por Lasserly. La pregunta comienza como una simple curiosidad, pero, según la va formulando, levanta progresivamente la voz al no poder aguantar más la furia o la vergüenza.

—¿Por qué no ha peleado con él? —Pero se siente abochornada al escuchar su propia pregunta.

El maestro Wu se encoge de hombros.

—El señor Lasserly quería saber si yo sé Secretos —dice—. Quería luchar conmigo para averiguarlos, pero ahora cree que sabe la respuesta. Cree que estoy tan seguro de saber quién ganaría que no quería pelear con él.

—¡Pero si él piensa que habría ganado! —Y esa, al fin y al cabo, es la cuestión, porque con la certeza de Lasserly se erosionaba la nuestra.

—Madre mía —dice el maestro Wu con gran sinceridad—. ¡No quería darle esa impresión! —Abre mucho los ojos como si se acabara de dar cuenta de la impresión que había causado—. ¡Ay, no! ¡Qué torpe soy! ¿Creéis que debería llamarlo para decirle que le habría vencido porque tiene las piernas rígidas, se mueve como una vaca y tensa los hombros? Bueno —dice el maestro Wu muy contento—, no ha dejado su número de teléfono. Pues entonces da igual. —Y se ríe—. No hay ningún Secreto —dice—, pero hay muchas cosas que no me apetece contarle a una persona como Lasserly. Así no es como se guardan los Secretos, aunque no haya ninguno —dice el maestro Wu con profundo deleite.

—Pero ¿hay algún Secreto?

—¿Secretos? —dice el maestro Wu como si nunca lo hubiera oído. Elisabeth lo mira con expresión seria.

—Sí, las enseñanzas de puertas para adentro, las internas.

—Ah, esos Secretos —dice el maestro Wu y sonríe.

—Esos Secretos —repite Elisabeth después de un momento cuando ve que los ojos de Wu Shenyang vagan de nuevo en dirección a la tarta de manzana y se da cuenta de que esa expresión de profunda reflexión tiene que ver con la tarta y no con los secretos arcanos del chi.

—¿Te refieres a las Alquimias Internas? ¿La Meditación de Piel de Hierro y el Golpe de Palma de Fantasma?

La Piel de Hierro proporciona inmunidad ante armas físicas, la Palma de Fantasma atraviesa la materia sólida, no puede evitarse ni bloquearse. Los he visto en las películas. No sabía que las chicas veían esas películas.

—Sí —dice Elisabeth.

—Pues no —responde el maestro Wu—, no existe nada de eso.

Eso es lo que le dice a todo el que pregunta y, tarde o temprano, al final todo el mundo acaba preguntándole. El maestro Wu tiene pocos estudiantes, pero algunos tienen estudiantes propios y, a su vez, un par de esos tienen los suyos. Todos extendidos por el mundo y formando un gran árbol de instrucción, descubrimiento, experimentación y adiestramiento, pero las raíces están en Valle Cricklewood y aquí es donde vienen los alumnos de todos los niveles a conocer al maestro Wu. Se supone que todas las generaciones de estudiantes tienen que mantener una especie de relación familiar con las demás. Tenemos tíos del Dragón Sin Voz de Eastbourne a Westhaven, y un montón de hermanos y sobrinos. Algunos son descarados, otros respetuosos, pero casi todos esperan encontrarse con un santo, un guerrero o un semidiós envuelto en misterios y el maestro Wu se encarga de liberarlos de esa ilusión de la forma más dolorosa posible.

—¡No hay magia! —les dice categóricamente—. ¡Ni Secretos! Nada «interno». La verdad no está oculta. Es muy sencilla. Sólo es difícil, ¡pero yo soy cabezota! —Se carcajea con una risa que le viene demasiado grande y luego te sonríe solo a ti—. Y yo tengo suerte. Empecé muy pronto. —Se refiere a que su padre le susurraba las canciones de adiestramiento mientras estaba en la cuna en Yenan.

—No —dice el maestro Wu—. No hay Secretos. Ni uno. ¿Queréis que os cuente uno?

—¿Un qué?

—Un Secreto.

—Has dicho que no había Secretos.

—Puedo inventarme uno. La próxima vez que alguien pregunte, le diremos que sí sabemos Secretos, aunque si el señor Lasserly se entera, se va a enfadar. —Ese terrible inconveniente no le preocupa lo más mínimo y reflexiona—. Vale —dice tras una pausa—, una historia y un Secreto. ¿Listos?

Asentimos.

—Érase una vez —dice el maestro Wu—, cuando las madres de vuestras madres aún eran jóvenes y guapas, antes de que la conexión inalámbrica llevara la voz de Inglaterra a todos los rincones del mundo, había un niño que podía escuchar el mar a un kilómetro y medio de distancia. Mientras estaba en las montañas resecas, escuchaba el romper de las olas. Se sentaba en la montaña con los ojos cerrados y escuchaba cómo el temporal se estrellaba contra altos acantilados que nunca había visto. Llevaba el agua salada en las venas y en el corazón.

Eso hacía que se le dieran mal muchas cosas. No era ni buen agricultor, ni buen cazador ni buen zapatero. Era un músico muy malo porque el ruido lo distraía y tocaba a un tempo que no era y, lo que era peor, cuando se equivocaba, contagiaba a todo el mundo la cadencia y la corriente del mar y hasta la música más alegre se ralentizaba y sonaba como una canción fúnebre. Se volvía profunda, como largos suspiros que se iban apagando hasta no quedar nada y luego volvían en forma de lágrima.

A lo mejor pensáis que lo marginaban, pero él era buena persona y la gente que lo rodeaba también. No tenían nada contra él mientras trabajara duro y no rompiera cosas con demasiada frecuencia. Tenía una forma de moverse elegante y líquida, pasaba de un pie a otro, de dentro afuera, de atrás adelante, pero no todas las formas del mundo se dejan manejar bien por alguien que anda como un caballito balancín; así pues, aunque su toque era liviano y agarraba con fuerza, rompía cosas o empujaba de vez en cuando a la gente. Supongo que lo compensaba. Por las mañanas trabajaba con su padre haciendo cosas de cuero —su padre le había reservado un sitio en el taller para que pudiera balancearse sin que tirara nada— y por las tardes trabajaba con su tío haciendo pan, pues no importa si lo enrollas y lo retuerces como si fueran algas de la playa. Al atardecer, se sentaba y cerraba los ojos hasta que sentía que la espuma lo salpicaba y respiraba al mismo tempo de las olas que rompían en unos acantilados rocosos que nunca había visto. Y siempre, siempre al amanecer, su padre, su tío y toda su familia —incluso las mujeres, lo que era muy raro— practicaban juntos kung-fu porque sabían que un día, por algún motivo, tendrían que luchar. Él era el que entrenaba más y el que estudiaba con más ahínco porque era paciente como el mar que le susurraba al oído.

Un día, llegó al pueblo un gran maestro de kung-fu. Era un mercenario muy gordo. Un soldado sin trabajo ni patrón, lo que era muy peligroso. En esa época había muchos grandes maestros: algunos eran muy poderosos, otros eran un poco poderosos y a otros se les consideraba poderosos por mera cortesía. Este era del grupo del medio: rápido como un gato, pero no como el rayo; fuerte como un buey, pero no como un oso ni como un gigante; inteligente, pero no sabio; además, disfrutaba al utilizar su fuerza, rapidez y poder en los demás. Entonces, este gran maestro, que no era muy buena persona, se emborrachó en la taberna del pueblo y empezó a repartir golpes con un larguero de madera roto, de tal forma que le dio al dueño de la taberna entre los ojos, le rompió el cráneo y lo mató. Luego atacó a los clientes y a la familia del dueño.

El curtidor y su hermano —el padre y el tío de nuestro protagonista, ¿os acordáis?— entraron a decirle que se comportara como un maestro y no como un criminal. Él bajó la mirada y se mostró muy arrepentido, pero luego, cuando bajaron la guardia, los mandó rodando por la puerta con el larguero de madera. El padre de nuestro joven amigo acabó un cardenal en la cabeza y el tío bizqueaba y le sangraba un oído. Entonces, el chaval, que nunca había estado en una pelea, entró en la taberna y le dijo al viejo y acomplejado maestro de kung-fu que era un hombre sin importancia, un miserable, un debilucho, un zoquete y un borracho sin conversación ni posibilidad con ninguna mujer a la que no hubiera pagado previamente. El maestro le miraba y él seguía diciéndole cosas mucho menos educadas y quizá un poco injustas, pero que resultaban muy efectivas para atraer su atención. Así que lucharon.

El maestro Wu sonríe y estira sus hombros estrechos, que crujen. Le brillan los ojos mientras el recuerdo le quita años.

—Fue una pelea increíble. Muchos golpes. Puede que cien. Brincaron y se golpearon; el joven rompió el larguero de madera con el pie y el gran maestro lo lanzó hacia atrás. Él rodó por el suelo y volvió al ataque y así una y otra vez hasta que todo el mobiliario de la taberna quedó hecho trizas y los dos se quedaron temblando y llenos de cardenales. Pero el gran maestro aún se mantenía de pie y su rival no podía imponerse. El joven estaba lleno de cortes y cardenales y tenía la boca hinchada. Entonces el gran maestro dijo:

—Lo has hecho muy bien, pequeño, pero veo que estás cansado y yo soy más mayor y más fuerte que tú. Ríndete y no te haré más daño, pero, si te quedas, te romperé igual que tú me has roto el larguero. Tu madre llorará por los años que ha perdido—. No obstante, el joven no respondió. Sonreía como si acabara de darse cuenta de una cosa. Cerró los ojos y escuchó el sonido de las olas. Entonces empezó a moverse. Se movía en consonancia con el ritmo lento e ineludible que resonaba en su cabeza; el mar le daba fuerza a sus músculos cansados y la corriente y su cadencia le hacían olvidar las heridas y las dudas. En un momento, la fuerza de la marea había llenado toda la habitación. El gran maestro cayó en la misma cadencia y sus pasos parecían uno solo hasta que el joven escuchó bramar una ola a sus espaldas y se la echó encima al gran maestro con la fuerza que rompe las rocas. El gran maestro lanzó un grito y cayó de rodillas. La batalla había terminado. El maestro resollaba en el suelo de la taberna y se pasó muchas semanas en cama recuperándose de sus heridas. Tras pagar por los desperfectos, se fue humildemente. Se dice que, a partir de ese momento, empezó a trabajar como panadero, se casó y tuvo muchos hijos. Fue mejor persona.

Al joven le pusieron el apodo de Océano. Aún se le daba mal la agricultura y seguía bailando fatal, pero su padre, su tío, su madre y toda la familia estaban muy orgullosos de él y era feliz. El Secreto es que…

El maestro Wu encoge un ojo y abre mucho el otro. Se retuerce las manos y se traba. Por lo visto, esa es la cara que hay que poner para contar Secretos.

—«Al unir tu chi con el de tu rival, al alinear el aliento de tu vida con el suyo, asaltarás la mayor fortaleza». ¡Ahí lo tenéis! ¿Es un buen Secreto?

No tengo ni idea. Suena como si pudiera ser muy profundo, pero también suena a camelo. Por tanto, memeces orientales, bazofia marcial de primera calidad. No sé si confiarlo a mi memoria y estudiarlo o considerarlo un caso práctico de cómo falsear los antiguos proverbios. El viejo Lubitsch trabajó una vez en una casa de subastas en la lejana Nueva York. Le encanta contar que una vez, cuando estuvo allí, oyó, en mitad de una conversación sobre el origen de iconografía religiosa en Europa del Este: «Del siglo xvii, pero el artista aún sigue vivo».

—¿Qué significa eso? —dice Elisabeth.

—Ni idea. Es un Secreto. Puede significar lo que tú quieras, pero ahora que lo sabemos, ¡podemos ocultárselo a todo el mundo! —Ríe. Wu Shenyang del Dragón Sin Voz se inventaba historias como si fuera Lydia Copsen.

Entonces pone otro disco en el gramófono (de Ella Fitzgerald, que —según el maestro Wu— sabía mucho sobre el chi). Elisabeth y yo somos los primeros alumnos que conocen la Enseñanza Interior de la Escuela del Dragón Sin Voz.

El verano de ese año es especialmente caluroso y seco. El jardín de Mamá Lubitsch se convierte en polvo grado a grado y el césped se cuartea y desaparece. No importa cuánta agua le eche, la tierra está tan sedienta que ya no puede absorber más humedad y el sol la evapora antes de que las plantas puedan beber de ella. Al final, decide regarlo todo por la noche y el viejo Lubitsch hace una tienda de campaña enorme con sábanas sobrantes para darle sombra al jardín durante el día. Gonzo, exceptuando algún viaje ocasional a casa de Angela Gosby para bañarse en la piscina (y caer en una lujuria desenfrenada junto a su joven anfitriona), permanece a la sombra y se declara incapaz de moverse. Cuando la temperatura aumenta un grado más, solo están contentas las abejas e incluso ellas tienen un límite. El panal central de la colmena no debe estar a más de treinta y seis grados. Un sendero de zumbidos va de la casa de los Lubitsch a Arroyo Cricklewood, un tráfico entrante de gotas de agua en las patas meticulosas de las abejas. Aire acondicionado gracias a la mano de obra esclava si se considera que la colmena está dirigida por un déspota, aunque el viejo Lubitsch nos explicó hace tiempo que la reina es un activo, querida y alimentada, pero a la que no se obedece. La colmena es como una máquina biológica. No sabe muy bien si representa una armonía social un tanto inquietante o una desalentadora pesadilla de supervivencia mecánica con un patrón repetitivo, interminable y sin propósito. Con este calor y en voz alta, medita sobre esta cuestión imponderable hasta que Mamá Lubitsch la declara una conversación inapropiada para acompañar la limonada y su marido deja, agradecido, la filosofía política en favor del descanso cítrico.

En septiembre llegan las lluvias torrenciales. También hay días soleados, e incluso días de barbacoa, pero el tórrido verano ya se ha marchado. Volvemos al colegio y me encuentro con un nuevo torturador entre los reclusos que llegan para recibir la curiosa sabiduría de La Predicadora.

Donnie Finch es un Gran Niño Malo. Es decir, es fuerte, se le dan bien los deportes, es un delincuente (a pequeña escala) y es hostil hacia cualquiera que preste más atención en clase que él. Desde el primer momento, le cae bien a todo el mundo y, desde el primer momento, es odioso y muy consciente de la inferioridad social a su alrededor. Me arrincona contra la pared entre francés y biología y me dice que a partir de ahora tengo que llamarle «señor».

Eso es lo que más odio en el mundo. Donnie Finch no me conoce. No tiene ninguna razón para ser hostil. Simplemente cree que es lo normal. Él es Donnie Finch y yo no. Juega genial al fútbol, fuma, es gracioso; yo no. Por lo tanto, los únicos cálculos que le interesan son los que hace para humillarme y meterse conmigo. Me golpea en el pecho con una mano enorme y sudada y se burla de mí (Yo pienso en el señor Lasserly). Es la costumbre. Es inconsciente, literalmente: la terrible y determinista sociedad abejera del viejo Lubitsch a gran escala y con dedos pegajosos. No hay sitio para el debate o para otra opinión porque cualquiera de estas cosas reivindica un mundo que la idea de vida que tiene Donnie Finch niega. Él las rechaza y opta por una alternativa más directa.

Calculo mentalmente las ventajas y desventajas. No estoy totalmente indefenso. Podría matar a Donnie Finch. Ahora mismo, me encantaría matarlo. Su cuerpo es frágil. Tengo cuatro blancos al alcance de la mano que acabarían totalmente con la discusión, aunque tres (la sien, la laringe y el hueso de la nariz) requieren más fuerza de la que puedo reunir para asestar un golpe mortal, así que solo conseguiría incapacitarlo y asustarlo. El blanco que me queda (la arteria carótida) es una lotería. El golpe preciso lo dejaría KO, pero podría desplazar un coágulo o una bola de colesterol y provocarle una embolia en el cerebro. No quiero matarlo por casualidad.

No es la solución, por muy satisfactorios que me resultaran el caos y el (corto) combate. Solo son las reacciones que experimento, tan tontas como Donnie. Así que sigo paralizado y frustrado. Quiero desatar mi furia, pero creo que no debería. Es horrible que la conciencia te ponga trabas a los dieciséis. Observo el rostro rosado de Donnie y su asquerosa boca llena de pecas, pienso qué debería hacer y cómo será Donnie cuando crezca. A lo mejor es un matón para siempre. Me empuja contra la pared y yo exhalo aire mientras me preparo para poner a prueba mis destrezas menos letales. Por definición, ahuyentar a tu enemigo es más difícil si no quieres hacerle daño de verdad, pues requiere mucha más habilidad de la que él tiene. Afortunadamente, en ese momento Donnie Finch es eclipsado. La órbita del planeta Gonzo lo ha llevado hasta el pasillo en el que estoy y la gravedad de la situación lo empuja hacia mí. No dice nada. Solo se interpone entre nosotros y le aprieta la mano a Donnie Finch. Donnie Finch me suelta y yo no sé si sentir alivio o no.

La Navidad llega con lazos, pinos y la famosa tarta de Mamá Lubitsch. La Predicadora, llevada por un miedo mezquino a los actos inmorales que podrían darse por las hormonas en la época del nacimiento del Señor, anuncia que las escrituras prohíben tener novio o novia. Es un hecho tan increíble que hacemos cola en la biblioteca para leer la Biblia por si nos hemos saltado algo. Se abre un debate teológico que dura hasta pasado febrero.

La hija del maestro Wu se muda a Lindery, que está en la costa. Tiene la edad de Mamá Lubitsch, pero parece ser de la mía y es pequeña y muy guapa. Se llama Yumei y su hija de dos años, Ophelia. Ophelia me mira ofendida mientras practico el Tigre que Abraza y me golpea una y otra vez en la cadera. Dice que sobresale demasiado. Lo intento de nuevo. Ophelia consulta el cambio con el maestro Wu y lo aprueba. Él sonríe ampliamente y su asistente se gira hacia el siguiente alumno.

Un burro padece un caso de halitosis incluso peor de lo que resulta tolerable en un burro. Los otros lo ignoran, lo que genera un aumento de desgraciados rebuznos de soledad y de traición hasta que llega el veterinario y realiza una especie de milagro relacionado con un absceso y todo vuelve a la normalidad.

En abril, camino por Arroyo Cricklewood con Penny Greene, que está en geografía con Gonzo y lleva una mariposa de plástico en el pelo. Hace frío y todo está muy bonito. Miramos el agua y hablamos de patos y ella se tira hacia delante. Por un momento, me parece que se ha caído, pero me abraza con sus brazos delgados y fuertes, se apoya suavemente sobre mi pecho y me planta un beso en la boca. En algunas zonas es muy blanda y en otras muy huesuda. La diferencia entre su cuerpo y el mío es como un interruptor que se enciende en mi cabeza. Nos besamos durante mucho tiempo. Está contenta. Se va a casa. Yo espero que esto lleve a una cita oficial, pero no. Seguimos siendo amigos y me doy cuenta de que no me importa. Penny Greene se enamora de un niño que se llama Castor y —desde fuera al menos— no parece que el asunto vaya a ningún sitio. Yo salgo con Alexandra Frink, pero es muy aburrida, o a lo mejor el aburrido soy yo, y nos despedimos castamente y con cierto alivio.

Un día, cuando el maestro Wu y yo estamos sumidos en una maraña de extremidades, acciones y reacciones (¡Newton! ¡Un kung-fu muy bueno!), veo un hueco y asesto un golpe preciso. En cuanto lo hago, me doy cuenta de que he cometido un error y pienso en el gramófono y en mi horror al pensar en la posibilidad de romperlo, en lo espantoso e imposible que sería si golpeara a mi profesor y le hiciera daño, incluso si llego a dejarle un cardenal o, Dios no lo quiera, le rasgara la piel. En ese momento, su mano izquierda me agarra el puño con tanta delicadeza como firmeza y su mano derecha me impulsa en el aire con el mismo movimiento, cambia el punto de apoyo a la base de la columna vertebral, gracias a que utiliza mi fuerza, y caigo en un estanque decorativo de peces. Esto hace que el maestro Wu y media docena de estudiantes mayores se partían de risa y yo me siento tan contento y aliviado con la pericia de ese viejo cabrón sinvergüenza que me tienen que ayudar a salir antes de que me ahogue. El maestro Wu está aún más contento que yo porque también está orgulloso.

—¡Excelente! ¡Has ganado!

—¡Pero si me he caído en el estanque! —le contradigo y él niega con la cabeza.

—¡Me has hecho calcular mal! ¡Has sido rápido! ¡Me has obligado a hacer una cosa que no quería hacer! —Sonríe—. ¿Ya sabes cuál es el Secreto? ¡A lo mejor has estado muy cerca de unir tu chi con el mío! ¡Vas a tener que enseñarme! —Se ríe.

Está radiante y yo también. Elisabeth nos mira desde la terraza con un rostro completamente inmutable y me acerca una toalla. Sé que es todo un honor.

—¿Alguien le gana realmente alguna vez? ¿Se acercan siquiera? —le pregunto al maestro Wu esa tarde mientras balancea las piernas que le cuelgan del pequeño puente que hay al final de su jardín y se refresca los pies en el agua.

—Se acercan muchas veces —dice—, pero nunca saben que están a punto de ganar y yo nunca se lo digo.

—¡A mí me lo ha dicho!

—¡Una vez! Ni una más. Ahora tendrás que averiguarlo tú solo igual que los demás. ¿Vale? ¡Sí! Para cada uno la enseñanza que necesita y nada más. —Sonríe—. Hay un estudiante que podría vencerme, pero no lo hace.

—¿Por qué no?

—A lo mejor piensa que es lo que yo necesito o lo que necesitan los otros alumnos, que pueda irme a la tumba como el profesor a quien nadie venció. —Muestra una gran sonrisa—. Pero lo más seguro es que le dé miedo intentarlo por si falla—. Se ríe con fuerza y me salpica con el pie.

Una semana después, el profesor de Alan Lasserly llama con mucha educación a la puerta del Dragón Sin Voz y observa durante media hora al maestro Wu dándole una clase a Ophelia. Observa los pies y las manos del maestro Wu y cómo se mueve, observa cómo el dedo índice del maestro Wu le da a Ophelia en la parte de atrás de la rodilla y se derrumba. Parece una pequeña guerrera más que una niña haciendo como que sabe kung-fu. Cuando Yumei llama a su hija para darle un vaso de leche, el señor Hampton se inclina profundamente ante el maestro Wu y le da las gracias por la clase. El maestro Wu le dice que no hay de qué y el otro le responde que le gustaría haber conocido al maestro Wu con la edad de Ophelia y el maestro Wu le contesta que, cuando el señor Hampton tenía la edad de Ophelia, era un joven salvaje dado a los excesos y a la bebida que tenía la costumbre de bajarse los pantalones en lugares públicos. El señor Hampton sonríe y dice que supone que es posible, a lo que le maestro Wu responde que le puede asegurar que hay fotos que lo demuestran, aunque nadie las verá jamás. El señor Hampton dice que seguramente sea lo mejor. Beben té. Después de interesarse por la salud de la familia y los amigos del señor Hampton, el maestro Wu pregunta por el señor Lasserly. El señor Hampton dice que, por desgracia, el señor Lasserly sigue siendo imbécil y ambos coinciden en que es lamentable y muy divertido.

Me fijo por primera vez en las campanas tras la visita esa tarde del señor Hampton. Al verlas, me doy cuenta de que han estado allí todo ese tiempo, que son tan parte de la habitación como los patos de porcelana, pero que se diferencian de ellos porque están allí deliberadamente. Las campanas resaltan entre el desorden de vida del maestro Wu porque tienen una estructura.

Elisabeth, el maestro Wu y yo holgazaneamos. Hemos comido un poco de todo. Tarta, queso, fruta y unas lonchas de salami. Elisabeth y el maestro Wu están hablando del programa espacial chino. La conversación es bastante animada. Se han apropiado del plato de mantequilla (la Luna), del plato de tarta (la Tierra) y de un mango (el Sol, claramente a una distancia mucho mayor y a otra escala, pero es un componente necesario para reproducir este planetario) y el maestro Wu hace girar una cuchara que simboliza los cohetes Apolo. El quid de la discusión es que la Luna está en el cielo y Estados Unidos (como muestran los mapas europeos y americanos) está en la parte de arriba del mundo. Por lo tanto, el viaje desde Estados Unidos a la Luna es un poco más corto que desde China, que está (según los mapas europeos y americanos) en la parte de abajo del mundo. Por eso, es totalmente lógico según su opinión que los Estados Unidos lleguen antes a la Luna que China, país que, a pesar de sus defectos, es el más avanzado del planeta. Es solo que no han tenido que esforzarse tanto.

Elisabeth se queda sin respuesta ante su argumento por dos razones. En primer lugar, es una tontería tan grande que sería difícil rebatirla. En segundo lugar, no puede evitar sospechar que su venerado profesor sabe perfectamente el nivel de imprecisión de lo que acaba de decir y está quedándose con ella para suavizar sus prejuicios culturales. En realidad, se está cachondeando de Elisabeth, que balbucea un momento.

Al principio era un gran pasatiempo. Les escuché hablar un rato e incluso sugerí que los cohetes americanos estaban en desventaja porque la Tierra estaba girando y tenían que construir un barco que navegara muy rápido para alcanzar la Luna antes de que les pasara por encima, mientras que los cohetes chinos tenían más tiempo para corregir el rumbo, ya que estaban a una mayor distancia. El maestro Wu lo descartó por ser algo secundario y Elisabeth lo vio como una traición y así siguieron discutiendo, el maestro Wu exultante e irritante y Elisabeth en un momento de duda. Es divertido ver esos momentos porque no son muy frecuentes. La característica principal de Elisabeth es la seguridad. Sin embargo, después del debate sobre la posición del mango, sobre si esta debería afectar al plato de tarta y sobre si el mango debería sustituirse por un objeto a varios kilómetros de distancia del tamaño de una casa, yo vuelvo a desengancharme de la conversación y observo la habitación con ojos nuevos o, al menos, con ojos que ahora prestan atención a los detalles.

Lógicamente, todo me resulta familiar. Me he sentado allí cientos de veces desde que vi por primera vez los muebles atestados y las armas en la pared y me enamoré del gramófono. Ahora me fijo en los marcos de las ventanas. Hasta ahora, no me había dedicado a hacerlo, pero un largo día de mucho kung-fu seguido de tarta (el planeta Tierra) y de té (que es un error experimental no muy pertinente o un evento cosmológico aterrador que amenaza con perjudicar el balance gravitacional del sistema solar) me ha inducido un estado de calma contemplativa y atenta. He estudiado la boca del maestro Wu y mi conclusión es que el tic que a veces tiene en el labio superior es una excentricidad y apoya la teoría de que nos está tomando el pelo. He estudiado el labio superior de Elisabeth y concluyo que es un ejemplar muy bonito, fino, rosa pálido y cubierto ligeramente por un poco de azúcar glasé. Y ahora desvío mi atención hacia el techo y la parte exterior.

Los marcos de las ventanas están hechos de madera oscura cubierta de una fina capa de barniz y con los bordes de una costra amarilla parecida a la resina. Seguramente será lo que ha sudado la madera tratada a lo largo de los años. Si lo tocara, sería suave, brillante y un poco flexible, pero se rompería como el azúcar cristalizado. El cristal es antiguo y está un poco deformado. El cristal es un misterio. Una vez escuché al señor Carmigan, el profesor de Química, hablando con la señora Folderoi, la profesora de arte. El señor Carmigan estaba diciendo que el cristal técnicamente es un líquido y que lenta pero inevitablemente obedece a la gravedad con el paso de los años, mientras que la señora Folderoi decía que no es un líquido y que no obedece a la gravedad. El señor Carmigan le respondió que ninguno de los dos viviría para hacer una observación empírica y la señora Folderoi le pegó con el borrador. La discusión era algo irascible, pero amigable —igual que la que se desarrolla ante mí ahora— e, igual que entonces, muestro poco interés por ella. Vuelvo a reflexionar sobre la ventana.

El maestro Wu tiene un gusto ecléctico en cortinas. La ventana que hay detrás de la cabeza rubia de Elisabeth está cubierta de algodón blanco con cerezas. Las cortinas no están echadas, así que puede verse la Luna en el cielo (la de verdad, no el plato de mantequilla). La ventana de detrás del maestro Wu tiene un grueso velvetón verde, invernal y cálido, con un dibujo de monedas de oro. Giro la cabeza. La ventana que está sobre el escritorio tiene cortinas marrones. Son de una seda tosca y, aunque seguramente fueron bastante caras en su día, resultan irremediablemente aburridas.

No obstante, hay otra cosa que me llama la atención. En cada ventana hay un caminito de campanitas. Son pequeñas, pero no tanto como para producir solo un suave tintineo. Estas campanas producirían un sonido agudo y estridente. Cada campana está sujeta por una cuerda y cada cuerda está atada en la otra punta a otra cuerda más gruesa que cae de una fina estantería clavada al marco. Si le doy a una campana, sonará, pero a lo mejor no les molesta. En cambio, si quito una de las campanas, seguro que todas suenan. Si abro la ventana, aunque solo sea un poco, sería como la fiesta de después del espectáculo del conjunto de percusión. Me giro y miro la puerta. Allí las campanas están dispuestas de forma diferente. También hay como un juego de gomas sobre la pantalla de la chimenea. De hecho, cuando el maestro Wu se acueste y ponga la pantalla frente a la leña, estará rodeado por una rudimentaria alarma anti-ladrones. Me doy cuenta de que he visto las campanas y las ventanas muchas veces sin mirarlas de verdad. Qué raro.

El maestro Wu y Elisabeth siguen con su discusión planetaria, pero al menos él ha perdido interés o, mejor dicho, ha encontrado una cosa más interesante. Mi descubrimiento me ha despertado. Estaba en modo vaca, tranquilo y haciendo la digestión (la verdad es que rumiando). Al examinar las campanas, parece que he pasado a estar más concentrado y activo y ha cambiado mi presencia en la habitación. El maestro Wu lo advierte rápidamente y me mira mientras explica que «aunque la Luna estuviera más baja, aun así China tendría que subir mientras que Estados Unidos solo tendría que dar un pequeño salto». Elisabeth también se ha dado cuenta de que la atención de su profesor está dividida y la sigue hasta mí. Dejan la cosmología en un segundo plano y el maestro Wu me pregunta si me pasa algo.

—No, no pasa nada. Me acabo de fijar en las campanas de las ventanas.

—¡Ah, sí! —asiente—. Muy importante. Soy el maestro del Dragón Sin Voz. Muchos enemigos.

—¿Enemigos?

—Sí. —Sonríe afablemente—. Claro.

—¿De qué tipo?

—Bueno —dice el maestro Wu con naturalidad—, ya sabes, ninjas.

Y se encoge de hombros. Coge un bocado de la tarta y espera a que uno de nosotros diga «pero». Sabe que, tarde o temprano, lo diremos. Elisabeth y yo también lo sabemos. Que el maestro Wu diga «ninjas» es como un violonchelista tocando «Mamma Mia» con un ukelele. Los ninjas son una tontería. Son como las hadas del kung-fu y el kárate. Pueden dar saltos tan grandes como casas y moverse bajo tierra. Pueden hacerse invisibles, dominan las imprecisas Enseñanzas Secretas (como la que sabemos ahora y nadie más sabe) y pueden hacer cosas que parecen magia. A eso se refiere el maestro Wu. Se está haciendo el gracioso.

Antes de que pueda sentir la vergüenza que me sube por la espalda, Elisabeth dice «pero». La amaré por siempre.

—Pero…

—¿Los ninjas son una tontería? —pregunta el maestro Wu.

Asentimos.

—Sí —dice—. Son una tontería. Llevan pijamas negros y esquivan las balas. Ya lo sé, pero la palabra no es lo importante. Y, en cualquier caso, la palabra está mal. —Para y se reclina hacia atrás. La voz se le hace más profunda y pierde su crujido alegre y su aspereza. Parece más débil y mucho más viejo.

—La noche que nací, mi madre se escondió en un pozo bajo la cubierta de piedra. Yo nací a la luz del candil. Lo primero que olí fue barro, hollín y sangre. Mi padre y un ganadero asistieron a mi madre en el parto porque no teníamos médico. Mis tíos golpearon hasta la muerte a un cerdo en la zona del pueblo en la que estábamos descansando e hicieron que gritara durante siete horas, hasta que llegó la mañana, para que nadie supiera que una mujer estaba dando a luz y mi madre no tuviera que reprimir los gritos. Mis tíos la llevaron cuatro días en una camilla y le dijeron a todo el mundo que su amigo Feihong estaba enfermo. Llevaban fingiendo tres meses que era un hombre muy gordo. Mi madre llevaba una bolsa de piedras en la barriga y las iba tirando una por una según iba creciendo yo para que la gente solo viera al gordo Feihong con sus brazos extraños, sus piernas arqueadas y sus pies pequeños. Los pies de mi madre no seguían la moda porque eran muy grandes para una mujer, pero muy pequeños para un hombre. Sin embargo, tras cuatro días, ya no podían llevarla o la gente se daría cuenta y diría que a lo mejor Feihong tenía algo serio y que mejor sería dejarlo atrás. Entonces, mi madre se levantó de la camilla y empezó a andar. Me llevaba colgando en una tela como antes llevaba las piedras. Aprendí a ser un bebé callado. Casi nunca lloraba y, cuando lo hacía, ella se ponía a cantar con voz muy alta y chillona, como un hombre que intenta cantar como una mujer. Lo llamaban Feihong el Chillón y mis tíos y mi padre cantaban también con ella. Chillido de Gato Wu, Mono Wu y Balido de Cabra Wu. Se los oía a kilómetros y los granjeros decían que agriaban la leche. Siempre nos estábamos escondiendo. Los últimos del Dragón Sin Voz siempre huíamos y nos escondíamos siendo lo más escandalosos posible.

¿Por qué? Por los ninjas. No los ninjas de las películas. No podían volar ni, por supuesto, esquivar las balas, pero… sí atacar en la sombra. Matar en la oscuridad. Esas cosas las hacían muy bien. Y un día, hace mucho tiempo, alguien les pagó para que mataran a todos los miembros de mi familia y para que el kung-fu del padre del padre de mi padre dejara de existir. Nunca se rinden. Siempre siguen intentándolo. Ellos son así. La guerra es para siempre. El hermano mayor de mi padre, sus hijos, su madre. Todos murieron antes de que yo naciera.

El maestro Wu suspira.

—En esa época, en China había mucha gente en guerra. Chiang Kai-shek perseguía a Mao por todo el país. Nos escondimos con la gente de Mao en la Larga Marcha. Cientos de kilómetros, montañas y lagos. Nuestra guerra se confundió con la de ellos y cuando ellos murieron (a lo mejor los ninjas los mataron en lugar de a nosotros), entonces nuestra guerra también desapareció. En esa época, la gente se moría continuamente. —Se encoge de hombros mirando a la pared, donde están las armas en las repisas. Yo creía que estaba orgulloso de ellas, pero supongo que están ahí para no olvidar. Ahora pienso que está más orgulloso de esos patos horrendos.

—Su guerra —continúa el maestro Wu— era para saber quién estaba al mando; la nuestra era por sobrevivir, claro, pero también era por elección. Es más o menos lo mismo. Enseñamos kung-fu para tener elección, en caso contrario… el hombre que está al mando tiene todo el poder, ¿no? ¿Y si no es un hombre? Un centenar de personas inclinándose ante un niño que hace lo que le da la gana. Sin ninguna responsabilidad, solo poder. Sin sabiduría, solo sabe de acciones. Como si el trono estuviera vacío. China ya ha tenido demasiados niños emperadores.

El que pagó a los ninjas cree que no tenemos razón, que el poder debería estar en un solo sitio y que nada debería perturbar el funcionamiento de las cosas. No hay alternativa. O quizá fueran ellos, la Sociedad de la Mano Mecánica, ninjas, llámalos como quieras; y nosotros, el Dragón Sin Voz. Ellos y nosotros, para siempre. Así que mi madre me llevó a Yenan en una cama de piedras. Mi padre me enseñó kung-fu cuando tenía tres años. Aprendí en Yenan, que es un lugar duro, pero ya había aprendido el silencio antes. Mis primeros profesores eran ninjas.

Si el maestro Wu fuera un camionero viejo y canoso o un veterano de guerras más conocidas, encendería un cigarrillo o nos cogería de las manos y nos diría que teníamos mucha suerte. Pero no lo hace. Solo suspira y el remordimiento que desprende es algo físico. He escuchado hablar de gente que lucha con ira, que convierte la rabia en fuerza física, pero nunca he escuchado que alguien lo haya hecho con la tristeza.

Miro a mi alrededor. Ha caído la noche mientras hablaba. La ventana que da al porche está abierta y escucho unos pasos sigilosos sobre las tablas de fuera. Hay algo husmeando en los arbustos del final del jardín del maestro Wu. No sé si los ninjas husmean. Creo que un ninja muy sutil podría husmear para que pensaras que es un perro del vecindario o para que te dieras cuenta de que estaba ahí y te quedaras con la duda. Por otra parte, puede que un ninja lo considerara un truco amateur.

Intento relajar los hombros para que el ataque que se acerca no me pille en tensión. Es bastante difícil en un sillón cómodo y me siento imbécil por elegir la tumbona. Elisabeth está sentada en una posición más derecha con cojines duros, por lo que solo tiene que rodar hacia delante y levantarse de un brinco para prepararse. El maestro Wu está sentado en una mecedora, pero para el balanceo con el bastón. La mecedora permite muchas oportunidades para un despliegue más rápido. Yo soy el único al que sorprenderá con un peso doble (impasible entre un pie y otro y, por lo tanto, inmóvil) o, peor, con el culo gordo pegado al sillón. No me he dado cuenta. Por otra parte, si soy sincero, los dos mejores guerreros de la habitación están bien situados a elección mía. A lo mejor soy un estratega nato inconscientemente.

—Cuando tenía cinco años —continúa el maestro Wu—, construí una trampa para ninjas. —La tristeza se desvanece y lo embarga algo cálido, un orgullo curtido por los años.

—Había estado en el bosque en busca de las presas que las trampas habían cogido. Conejos. Había huellas en el barro. Los ninjas salían del bosque y nos miraban durante la noche. Querían que supiéramos que nos estaban observando, todo el tiempo, para que nos diera miedo hacer cualquier cosa por la noche, pero en ese momento era de día. Pensé que si hacía una trampa muy grande y fuerte, podía ponerla en el sendero y atrapar un ninja, así mi madre no tendría tanto miedo. Puede que viera la aprobación en los ojos de mi padre, como cuando lo hacía bien en la curtiduría o cuando practicaba los ejercicios una vez más después de que me dijera que podía parar. Puede que soltara un gruñido. Mi padre reía cuando algo le hacía gracia o sonreía cuando estaba contento, pero solo gruñía cuando algo le había impresionado. Yo le hacía gruñir muy pocas veces. Así, cogí algunas herramientas prestadas e hice una gran trampa muy ancha con cuero mojado, la cubrí con hojas llenas de barro y la até a un tronco viejo. Cuando el ninja tocara la trampa, lo dejaría colgando en el aire.

Se encoge de hombros.

—Era una trampa para ninjas muy mala. Seguramente un ninja muy gordo y tonto se hubiera reído tanto que habría tropezado y se habría caído en la trampa de boca. Se habría hecho daño. Si cayera en la dirección correcta, podría poner un pie en la trampa y habría caído en ella. Pero cuando al final hubiera dejado de reírse, cortaría la cuerda y se iría él solo. Los ninjas no son como los conejos.

Una noche me desperté y había un ninja en mi habitación. Me estaba mirando y me dijo:

—Me llamo Hong. Tú puedes llamarme maestro Hong. ¿Cómo te llamas?

Se lo dije y él respondió:

—¿Sabes quién soy?

Le dije que era xiong shou, un asesino, porque entonces no sabía nada de los ninjas. Se rió.

—Soy Shifu Hong de la Sociedad de la Mano Mecánica. Somos los hijos del tigre. Somos la esperanza de China, del mundo. Somos el orden. Y tú, tú eres el niño que nos deja trampas.

No dije nada porque tenía miedo. Dijo:

—Los niños no cazan tigres. Los tigres cazan niños. —En realidad, eso no es justo para los tigres. Solo los ninjas cazan niños. No dije nada. Tenía demasiado miedo como para moverme, llorar o incluso para hacerme pipí, aunque tenía muchas ganas. Dijo:

—Así que hemos venido a por ti, por tu orgullo; porque siempre venimos, al final. Tienes suerte. No te hemos hecho esperar. Porque siempre venimos, al final.

Sacó un cuchillo, perfecto para tenerlo escondido bajo la ropa en banquetes caros o para cortarles las venas a los niños pequeños. Me preparé para sentir la hoja del cuchillo rechinar contra los huesos, para que el calor escapara rápidamente de mi cuerpo y al fin saber cuál es el destino que les espera a los niños en el otro mundo. Y entonces —como comprenderéis, me llevé un susto y pensé que eso formaba parte de los preparativos para matarme— su pie izquierdo salió despedido por los aires y el ninja aterrizó en el pasillo. El cuchillo cayó al suelo de mi habitación. Se oyó un grito horrible y luego el silencio. Mi padre entró en la habitación y me llevó al pasillo, donde estaba el ninja colgando de un pie, con punzón para trabajar el cuero clavado en el pecho. Colgaba de un cordel igual que el de mi trampa. Mi padre me sostuvo por los hombros y me obligó a mirar. Me dijo:

—¿Qué has hecho mal?

Medité un momento y pensé en decir que había sido muy tonto al meterme en cosas de mayores, que debería haberle preguntado antes de intentar cazar un ninja o que debería haber pensado en la naturaleza de mi presa y así haber hecho una trampa para matar y no para atrapar. O quizá debería haber llorado sin más por el alivio que sentía. Mi padre me volvió a preguntar y yo al final respondí que había hecho una trampa útil, pero que la había puesto en el lugar equivocado. Mi padre valoró mi respuesta, lo estuvo pensando mucho, y durante mucho tiempo, porque no dijo nada mientras bajaba al ninja y lo llevaba a la plaza principal. Cuando volvimos a casa, giró la vista hacia la plaza y me miró. Soltó un gruñido.

El maestro Wu sonríe, levanta las manos como Bruce Lee y dice «¡Jiáaaaaaaa!» y le tira la servilleta a Elisabeth. Ella la desvía con la palma de la mano y dice «pffff», que es el sonido que hacen las manos, mortales como armas, en las películas. Rueda por el sillón y me tira un cojín. Dejo que me dé y estiro los brazos en cruz para fingir mi muerte. El maestro Wu sonríe.

—¡Está fingiendo! ¡Su habilidad de kung-fu para hacerse el muerto es bastante floja!

Después de eso, pasamos una tarde muy alegre y divertida hasta que llega la hora de lavar la tetera y volver a casa. Para entonces ya nos hemos convencido de que, igual que el sol de mango y los esfuerzos espaciales chinos, los ninjas del maestro Wu son también una de sus bromas.

Estoy tan absorto en mi pequeño mundo que descuido por completo el mundo real. Como consecuencia, cuando llega el momento de buscar trabajo u otro sitio en el que seguir estudiando no estoy nada preparado. Todo el mundo piensa en la graduación y en la universidad mientras que yo soy, otra vez, Charlie el último de la fila. No sé lo que hay que hacer y parece que se me han pasado las fechas, por lo que no hay sitio para mí. Elisabeth va a un sitio del interior que se llama Alembic, pues lo había ido arreglando todo con total naturalidad el año pasado, y ella es la que me incita, me presiona y me pisa hasta que le presto atención.

—¡No! —dice.

—Iré…

—¡Que no!

—Pero…

—…¡No!

Me mira fijamente. A los dieciocho años no es que sea pálida o albina o extremadamente rubia al estilo raro de los escandinavos, sino que es como traslúcida, como los peces que viven en la oscuridad del mar. Parece como dibujada en blanco y negro y esa coloración es tan extraña que te distrae de su cara, que no tiene la simetría perfecta de la «belleza» ni la mediocridad de lo «bonito», sino que es «llamativa», incluso «atractiva», pero desde luego «única». Hasta ahora nunca habíamos hablado de ningún tema que no tratara de la vida en el Dragón Sin Voz y a los dos nos confunde y nos inquieta este repentino cambio. Frunce el ceño.

—Bueno, ve a hablar con mi madre.

—Es que…

Levanta un dedo como si fuera un puñal.

—¡No me obligues a patearte!

En ese momento tengo que confesarle que no tengo ni idea de quién es su madre. Elisabeth me mira como si tuviera una cabeza de más.

—Soy Elisabeth Soames. La hija de Assumption Soames.

Ya sé a quién se parece, pero es muy raro porque Elisabeth tiene mi edad y no es una chalada. Su madre es la directora, La Predicadora. Hago un sonido como de gárgaras.

Me mira con fiereza hasta que accedo y le digo que les pediré consejo a los padres de Gonzo y, si eso no funciona, iré a hablar con «Assumption». Entonces, me da un beso en la mejilla derecha y se va a decirle au revoir al maestro Wu. Siento una extraña sacudida cuando cierra la puerta y me dirijo con paso firme a la residencia de los Lubitsch para hablar sobre mi Embarque.

Los alumnos de la Escuela Soames no solo se gradúan. Los fundadores eran seglares de inclinaciones racionalistas y pensaban que los jóvenes que les habían confiado para su preparación no solo entraban en una nueva órbita de la vida adulta, o no solo terminaban sus estudios, sino que cambiaban de localización en su búsqueda de la verdad. Por eso, se dice que los que abandonan el colegio están Embarcando y se les llama, no los Embarcados, que tiene un cierto tinte de tercera clase, sino Embarcantes, que se ajusta a la norma académica y es indescriptiblemente superior, ya que también La Predicadora considera todo lo viejo como un bien natural, como si la práctica proporcionara la santidad a causa de la repetición (en cuyo caso, ciertos pecados que ha prohibido de forma tan estridente podrían ser redimidos y hasta redentores).

No me siento como un Embarcante. Más bien me siento como un náufrago. A mi alrededor hay hombres y mujeres que se preparan para entrar en universidades glorificadas y trabajan a media jornada o friegan platos para pagárselas. Se compran ropa nueva, hacen las maletas y hablan en un código extraño sobre literas y comedores, novatos, kitchenettes, guías estudiantiles y fraternidades, la semana de bienvenida o los convenios de prácticas. Cuando les preguntas, se quedan callados y abochornados, lo que yo interpreto como que, si no lo sabes ya, no hay esperanza de que vayas a ir a la universidad. Es como un banquete a medianoche al que solo está invitada la élite que lleva la tarta y yo no tengo tarta ni moldes ni libro de recetas. Y aunque tuviera, no tengo medios para comprar la harina. Gonzo, por supuesto, se ha asegurado una beca para estudiar Gestión del Territorio y Economía Agrícola (GTEA) en una universidad que se llama Jarndice. Digo «por supuesto» porque, aunque está prohibido ofertar becas basándose únicamente en las destrezas deportivas, parece que, por casualidad, los estudiantes de GTEA requieren una mentalidad cuyas habilidades académicas no están sujetas al examen convencional, sino que, extraña y casualmente, está en consonancia con los requisitos para entender la táctica y estrategia de varias empresas competitivas. Por desgracia, algunos estudiantes de GTEA se sumergen tanto en esta alternativa a sus talentos que en realidad nunca se sacan la carrera y, en su lugar, deciden entrar en el mundo del deporte profesional. El horror de la Universidad Jarndice ante ese despilfarro de mentes jóvenes se ve compensado por el hecho de que esos mismos fracasos a veces se convierten en los mejores capitanes y estrellas de la universidad y honran a su querida escuela con pequeños regalos de agradecimiento como bibliotecas, pabellones y (hasta en una ocasión) un cuadro de Van Gogh. Gonzo hizo una entrevista en la oficina de admisiones de GTEA, justo al lado del campo de rugby. Después de hablar de vacas (Gonzo demostró un amplio conocimiento del proceso digestivo bovino y expresó su deseo de descubrir una cura, junto con una guapa estudiante de la Facultad de Veterinaria, para la plaga de flatulencias y eructos que sufría la vacada de la universidad desde su llegada el jueves), de abonos (aseguró que ya había abonado todas sus deudas) y de rotación de cultivos («Mi madre siempre me ha dicho que no se juega con la comida», momento en el que el profesor Dollan casi se tragó el capuchón del bolígrafo y tuvieron que llevárselo), a los aspirantes se les invitaba a unirse al campo en el decimoquinto partido de entrevistados contra estudiantes de primero de forma amistosa, informal y totalmente opcional. Le dieron una paliza de 73 a 14 al equipo de los entrevistados, pero todos los puntos del equipo visitante los marcó únicamente G. William Lubitsch. Un cálculo de incidentes y accidentes después del partido reveló que Gonzo había dejado incapacitados de forma legal, pero salvaje, a dos miembros del equipo local y que se había hecho daño sin una disminución evidente de su capacidad. En concreto, tenía una conmoción cerebral menor, un hombro ligeramente dislocado, tres puntos sobre el ojo izquierdo, dos costillas rotas y un surtido de cardenales y marcas, y el quitarle la camiseta fue el desencadenante para que la fisioterapeuta insistiera en que fuera con ella inmediatamente a su despacho para curarle las heridas a fondo.

No es que Gonzo no pudiera elegir universidad por su inteligencia. Es más que capaz, solo que eso conllevaría un esfuerzo mucho mayor del que necesita o está dispuesto a hacer. El deporte le resulta menos difícil que la Química o la Geografía —dos asignaturas que le gustan y que se le dan bien cuando hace un esfuerzo— así que eligió el deporte. Yo no sé qué preguntas tengo que hacer, así que me sorprendo a mí mismo haciendo una visita a la directora Soames a su despacho.

Me sorprende lo pequeña que es la habitación y lo pequeña que es en realidad la propia Predicadora. Miro sus posesiones, tan pulcras, perfectamente archivadas, señaladas, etiquetadas y clasificadas. Miro los bolígrafos ordenados por colores, el pequeño rollo de estrellas de papel para los trabajos buenos y las pegatinas en las que pone «TÓXICO» en letras negras sobre fondo amarillo para los trabajos malos; miro a la devota enemiga de la evolución que dirige el colegio. Se me pasa por la cabeza que parece un macaco, pero ese tipo de pensamientos es tan perjudicial —a tantos niveles— que lo detengo rápidamente. Le digo buenos días y ella sonríe débilmente.

—Quiero ir a la universidad —le suelto porque he descubierto que con La Predicadora es mejor decir la verdad lo más rápido posible y no darle tiempo a utilizar su ingenio mordaz—. Elisabeth me dijo que debería venir a hablar con usted. En casa del maestro Wu.

No quiero que piense, ahora menos que nunca, que he tratado mal a su querida (y desatendida) hija, que la he tratado mal de forma física, más allá de lo estrictamente necesario para que me tire al suelo y me inmovilice con una llave de rodilla y, teniendo en cuenta la intimidad física que requiere esa posición, que de repente toma un tono exageradamente sexual, me sorprende que haya sobrevivido a ese pensamiento sin ponerme rojo o sin ninguna otra respuesta física autónoma mucho menos ambigua. Aparto de mi mente esas ideas para evitar decirlas en voz alta.

La Predicadora no me responde de inmediato. Se reclina en la silla y junta las manos. Frunce los labios, se toca las finas líneas de su contorno con la punta de los dedos índice y cierra los ojos. Inhala profundamente y suspira, seguro que dirigiendo una oración a su deidad vengativa, arbitraria, prohibitiva y sin sentido del humor. Me mira frunciendo el ceño bajo unos párpados caídos, saca de su escritorio un paquete de tabaco («canceroso, blasfemo, impregnado de sangre de esclavos y atrapado en la cultura del pecado y la sensualidad que imbuye el mundo moderno») y enciende con una mano un robusto mechero Zippo. Mueve el cigarrillo a un extremo de la boca en un ángulo desenvuelto y le da una calada.

—Bueeeeno —dice por fin Assumption Soames—. Eso se puede arreglar. —Vuelve a chupar del pecado cancerígeno y lo expulsa por la nariz al estilo dragón—. Cierra la boca, hombre, pareces un buzón.

A lo mejor es verdad. Hasta ese momento, había asumido que Assumption Soames reservaba un sitio en la mesa para Dios todas las noches, que cantaba cánticos en la ducha (se duchaba con ropa para evitar las lujurias eróticas ajenas, por inviable que parezca en un primer momento), y que solo comía gravilla y avena para evitar enardecer los sentidos. Más recientemente, al saber que su hija es la niña/mujer delgada y elegante con la que practico rigurosas formas letales de pugilismo y que parece no tener casa, me había imaginado una morada silenciosa y como de cripta, de piedra gris y arpillera. Las comidas, según mi idea de los Warren, se anuncirían con el tañido de grandes campanas y los suelos serían de pino, por lo que Elisabeth tendría que lijarlos todas las mañanas para que no adquiriesen el brillo voluptuoso de la madera que ha sido pisada. Me había tragado la imagen pública de Assumption Soames y, por lo visto, había sido muy inocente.

Cierro la boca, pero no sé cómo tomarme esta importante discrepancia. Pienso que, a lo mejor, es un retorcido examen Predicador para determinar si merezco la ayuda y el auxilio de su Iglesia en mi difícil momento educativo. La Predicadora que conozco es de una franqueza absolutamente ladina, un golpe sutil como esos ordenadores que juegan al ajedrez repasando todos los movimientos posibles que pueden hacerse. Cuando La Predicadora manipula, juega en un campo amplio, saca ventaja de cada contratiempo y resurge victoriosa de lo pequeño al perseguir el cuadro completo a cada instante. No me atrevo a confiar en este nuevo rostro. Assumption Soames me fulmina con la mirada, suspira súbitamente y tira la ceniza en un cenicero con forma de angelito. Se remueve en la silla como si estuviera impaciente.

—¿Te cuento una historia?

Asiento con cautela. Estaba sentado en la misma silla cuando perdí la fe en Dios. Apesta a comprensión solitaria. Parece que he encontrado una cara amiga donde menos me lo esperaba. La silla y yo estamos reevaluando nuestra relación. Eso es más seguro que reevaluar mi relación con La Predicadora, que claramente ha perdido un tornillo y en cualquier momento se pondrá a echar espuma por la boca o a cantar cancioncillas obscenas de la tele. Se remueve otra vez sobre lo que parece ser un cojín (parece un cojín lujoso más que uno lleno de piedras o de cuchillas como me esperaba). Satisfecha con la posición de su trasero, Assumption Soames comienza. Cuenta la historia como una parábola.

—Una noche, un viajero se pasa su desvío en el camino y se pierde en el bosque. Tiene un perro, pero hace lo que hacen todos los perros y no sabe muy bien cuál es el camino a casa. A lo mejor está en el coche y el perro no lo sabe. En fin, está total e irremediablemente perdido entre los árboles y llega a una bifurcación en el camino. Su fiel sabueso va con él, así que no tiene miedo, pero quiere llegar a casa. —Hace girar el cigarrillo en un pequeño círculo—. Se alegra al ver que en la bifurcación hay una taberna donde podrá preguntar el camino. A lo mejor es un hotel con un bar. Ya no hay tabernas, ¿no? Así que llega a un hotel. El típico sitio asqueroso con serrín por el suelo. El típico sitio en el que no deberías entrar, ¿vale?

Asiento.

—Sentadas en el bar hay tres siniestras arpías, tan viejas que no se les ven los ojos de lo arrugadas que están, ¿vale?

Asiento de nuevo. Es la primera vez que hablo con La Predicadora y tengo la sensación de que mi consentimiento y participación es una parte necesaria de su plan de acción y la novedad me hace estar tenso. Sin embargo, Assumption Soames se desprende de la tensión que tenía en los músculos como si la hubieran desenchufado de la corriente eléctrica. Mueve los brazos, da golpecitos con los pies y zarandea el cigarrillo por el aire solo para hacer puntos y apartes luminosos cuando llega a los momentos importantes.

—Así que el viajero se acerca a las señoras y les pregunta muy educadamente cómo puede llegar a casa. La más vieja, que está en el medio, se lleva las manos a la frente, aparta la cortina de pelo y lo fulmina con la mirada: ¡Yo no contesto a preguntas! —Assumption Soames da un golpe en la mesa con la mano y de repente habla con una voz áspera, rural e inquietante—. Señala a cada una de sus hermanas a los lados y dice: ¡Una de ellas siempre dice la verdad y la otra siempre miente y solo puedes hacerles una pregunta!

Tiene que hacer una pregunta muy sofisticada si quiere sacarles a las señoras el camino a casa. Por suerte, el viajero, que es Evander John Soames de Cricklewood Cove, es profesor. Sabe qué pregunta debe hacer. Vale, dice el señor Soames mirando a la arpía más cercana a la ginebra, entonces mi pregunta es: ¿cuál de los dos senderos me diría la otra que es el que lleva a casa?. El señor Soames entiende la técnica de la Lógica y sabe que, si está hablando con la hermana que dice la verdad, esta le dirá el sendero que no es porque es el que diría la otra hermana y, si está hablando con la hermana que miente, esta le dirá que el sendero correcto (el que le diría la otra hermana) es el otro, así que le digan lo que le digan, sabe que tiene que ir por el sendero contrario. La arpía le dice que vaya por el sendero del sur, así que él va al norte.

Assumption Soames le da otra calada al cigarro y frunce el ceño al otro lado del escritorio. No sería un final muy satisfactorio para la historia, pero parece que la pausa está esperando la participación del público. La miro y pregunto:

—¿Llega a casa?

—No.

—¿Qué?

—No. No vuelve a casa con su mujer y su bebé. Ni con su perro. El señor Soames coge el sendero norte donde lo abordan los muchos hijos e hijas de las tres arpías, que son antropófagos.

—Ah.

—Caníbales. Y perros que comen hombres y, lamentablemente, también otros perros. —Se inclina hacia delante—. Hacen un pastel de Soames y todos viven felices para siempre hasta que son exterminados por un brote de kuru o tal vez por el ejército. ¿Y cuál es la moraleja de esta historia?

—No pierdas el camino.

—No. La moraleja de la historia, si es que tiene una, es que los caníbales también saben de lógica y que, si vas a dejar el camino, mejor que tengas luces y no te fíes de la primera vieja siniestra que te hable en un lugar público. «¡Una de mis hermanas miente y la otra dice la verdad!». Qué gilipollez. ¿Por qué no le pregunta al camarero? ¿Por qué no vuelve por donde ha venido? Ese hombre era imbécil.

Suspira. Vuelvo a reajustar el ángulo de mi mandíbula y junto los labios lo necesario para no parecer un cajón abierto. Supongo que para La Predicadora es moderadamente obvio que no tengo ni idea de por qué me está contando esto o qué está pasando ahora mismo si no se da el caso de que estoy totalmente zumbado, o de que lo está ella, o que quizás el demonio se ha llevado su alma y la ha sustituido por una madame de un burdel de Nueva Orleans. Hace un gesto circular con las manos, una sugerente sacudida que reconozco por las intervenciones ocasionales en mi época educativa como «Piensa, hijo, el Señor te ha dado materia gris entre las orejas para algo más que hacer de contrapeso». Respondo, como siempre, con una especie de hipo. Hay una pausa de resignación.

—Tu amigo Gonzo —dice Assumption Soames— nunca se sale del sendero. Nunca. Todo lo hace desde la protección del sendero y el sendero le lleva adonde él quiere porque es guapo. Tú estás aquí sentado, en mi despacho, y no entiendes cómo no has visto antes que yo no era una loca religiosa o por qué he sido tan cruel contigo estos catorce años. Es porque miento muy bien y esa es la única forma en que me dejen enseñaros las cosas que tenéis que saber. La gente no quiere que sus hijos sepan lo que tienen que saber, quieren que sepan lo que se supone que tienen que saber. Si eres profesor, luchas constantemente con adultos un poco crédulos que creen que el mundo puede ser mejor si te lo imaginas mejor. ¿Quieres darles clases sobre sexo? Vale, pero solo cuando sean mayores. ¿Quieres hablar de política? Sí, pero nada moderno. ¿Religión? Siempre que no la cuestiones. Si no, una multitud furiosa irá a buscarte a casa y te quemarán por bruja. Pues una mierda. En este pueblo, la vieja perversa que le dice a todo el mundo lo que no puede leer por no ser decente soy yo, así que yo contrato a quien me da la gana para que sabotee mi vara de hierro y para que enseñen evolución, libertad de expresión, la parcialidad cultural de la historia y todo eso. Lo hago por vosotros, porque os vais a salir del camino, por mucho que queráis permanecer dentro. Y si os vais a salir, ¡será mejor que estéis preparados! —Se desploma—. La gente es imbécil. —Farfulla—. Yo me ocupo de tu plaza en Jarndice. Supongo que quieres ir allí.

Así es. Lo apunta y nos quedamos sentados, exhaustos. Ella se pregunta si me ha abierto los ojos y yo me pregunto si puedo confiar en ella. Ambos nos preguntamos de una extraña y tímida forma si hoy hemos hecho un amigo o si, al ofrecer la mano, el otro nos devolverá una carcajada y nos sentiremos dolidos antes de que podamos volver a cerrar la puerta. Luego (pues nunca he aprendido a renunciar a las cosas, sobre todo cuando me anticipo) le pregunto si la historia era verdad. Assumption Soames no responde inmediatamente. Junta de nuevo las manos en su posición erguida de iglesia, inhala una bocanada de aire fresco y piensa. Apaga el cigarrillo con demasiada firmeza y se endereza bruscamente como si se preparara para saltar de un trampolín.

—No —dice Assumption Soames—. La historia real es que el profesor Soames convenció a los caníbales para que lo dejaran libre con algunas condiciones. Luego llamó por teléfono a un montón de servicios de asistencia y empresas de taxis que mandaron a un montón de conductores al pueblo de los caníbales, donde los mataron, los condimentaron y los sirvieron con manzanas. Así, los caníbales y el señor Soames disfrutaron de una comilona juntos y el señor Soames les dio de comer unos trocitos de técnicos de telefonía por debajo de la mesa a los malvados perros caníbales y también a su propio perro, y luego el estúpido hijo de puta volvió y se murió de kuru en mi casa. Se murió hasta el perro porque a uno de los malvados canes se le antojó también un postre. —Se encoge de hombros—. Venga, vete ya, tengo que hablar por teléfono. Y cuida a mi hija. —Yo la cuidaría, pero ella no lo necesita. Assumption Soames me echa con un gesto de la mano.

Voy a darle a Gonzo la noticia y él responde lanzando un rugido al cielo como un gran simio y se golpea el pecho de placer porque están poniendo Tarzán en el cine al aire libre y Belinda Appleby ha desarrollado un deseo ferviente por Johnny Weissmuller. Gonzo quiere convertirse en la aproximación más cercana disponible para cuando se la encuentre esta tarde en el Crichton’s Arms.

—Pero —dice Gonzo con el dedo índice apoyado ligeramente sobre los labios. Ya conozco ese «pero». Es el «pero» preliminar, el «pero» de planes horribles y golpes de Estado geniales. El «pero» del reto chico contra chico y del dúo cómico de termina la frase. Así es nuestra amistad—. Pero —dice Gonzo— definitivamente tenemos que ir allí a ver.

Y sé lo que quiere decir sin preguntarle. Quiere decir que tenemos que meternos —y seguramente Belinda Appleby y una de sus delgadas, escotadas, femeninas y ágiles amigas que se encuentre por allí cuando digamos esta brillante idea en voz alta— en algún tipo de coche o camioneta, lo más seguro en el malhumorado 4x4 de Mamá Lubitsch, con sus antiguos flancos metálicos y verdes, su parrilla delantera abollada y su forma de caballo de tiro en forma de caja, e ir a la taberna para ver si de verdad hay caníbales en el cruce del Pantano Cricklewood. Y cuando no los veamos, pero sí hayamos asustado a algunos tecolotes, hayamos visto un tejón y las chicas se hayan imbuido de todo el miedo prudente que puedan, entonces procederemos de forma ordenada a dirigirnos a nuestro lugar compartido para recostarnos y participar en placeres privados de lujuria y en una celebración física seria con uno de esos magníficos ejemplares de mujeres tempranas y entusiastas.

De este modo, me encuentro en el asiento de copiloto con Gonzo Lubitsch, con la cara de Theresa Hollow al lado de mi oreja mientras me araña el cuello con las uñas cada vez que salta el todoterreno, casi por accidente, excepto porque cada vez que me muevo para apuntar la enorme linterna a una sombra sospechosa, Gonzo grita, las chicas tiemblan, se ríen y le pegan y la mano de Theresa vuelve a posarse en el mismo sitio y hace que se me levanten todos los pelos del cuerpo con una onda que se extiende uniforme desde ese punto de contacto y se acumula en un lugar caliente entre las rodillas y el corazón con un nudo agradable y retorcido.

En realidad, la noche no da mucho miedo. Es verano y no hay niebla. Hay animales gruñendo y gorgojeando y, a lo lejos, al sur, hay luces y se oye el murmullo del tráfico. En algún punto del mar hay un transatlántico donde seguro que están jugando al tejo; un montón de filas de ancianos que participan en orgías y que lanzan las llaves del camarote al sombrero con la ilusión de pasar una noche de amor con tacataca con el ganador de esa partida (no les decepcionarán porque doy fe de que las compañías de crucero siempre hacen que la sexualidad de todos concuerde discretamente. Me pasé un mes evaluando los formularios de una y fue muy difícil debido a los mareos en alta mar, a las cancelaciones y a la catalepsia, pero tenían un buen método y al final lo conseguimos). Lamentablemente, no hay nada de niebla ni, desgraciadamente, tampoco búhos, aunque hay un perro en una de las granjas del otro lado del delta que le está ladrando a algo y está a punto de reventar. Gonzo tiene las ventanas abiertas para que entre un poco de aire fresco en la parte de atrás del todoterreno e inducir a las señoritas a un poco de contacto íntimo con los radiadores varoniles de los asientos delanteros, a lo que no se muestran nada reacias.

Las uñas de Theresa acaban de resbalarse por debajo del cuello de punto doble de mi camiseta cuando doblamos la esquina y aparece una taberna, quemada, casi en escombros y cubierta de vides. No está marcada en el mapa ni tiene ningún cartel. Si no la estuvieras buscando solo verías árboles y unas tablas, pero como sí estamos buscándola la linterna identifica una puerta que aún se mantiene de pie junto a dos o tres tramos de escalones. Belinda Appleby, que se pudra en el infierno, murmura:

—No podemos entrar. —Y los dedos de Theresa se me clavan en la carne y toma aire. Todos sabemos que solo hay una respuesta.

—Claro que sí —, digo porque Gonzo ya está parando el todoterreno. Theresa exhala suavemente, no sabría decir si con admiración o con miedo.

No debería darte miedo el silencio. Se puede escuchar hasta el más mínimo ruido si todo está en silencio. El latido de tu corazón o el sonido de tu respiración se vuelven audibles porque te esfuerzas por escuchar lo que no está ahí. Cuando Gonzo para el coche no es silencio lo que cubre la intersección, sino un zumbido de presencias. Hay un montón de cosas que están tranquilamente a nuestro alrededor: roedores pequeñísimos, las batientes alas de los pájaros nocturnos que los cazan, arbustos que susurran y crujen cuando el viento los mueve, jabalíes que hacen rechinar sus colmillos contra los árboles y sacuden la fruta, que cae al suelo como pasos sigilosos. En alguna parte, un mamífero grande ha cazado a uno más pequeño y se lo ha comido. El perro del otro lado del delta sigue ladrando y el sonido de los jubilados poniéndose cariñosos se filtra a través de la arena y del bosque y rebota por todos lados, así que se escuchan voces que llaman calladamente, palabras que se escuchan solo vagamente. En la oscuridad, hay cosas que crujen y hacen tccccht. Los tacones de Theresa se hunden en la hierba. Belinda se inclina sobre Gonzo. Yo apunto la linterna haciendo un círculo a nuestro alrededor para escudriñar cada metro de oscuridad en busca de ojos que nos observen y sonrisas de depredadores. Es imposible que aquí haya caníbales. Nunca ha habido, y si los hubo, ya han muerto. Incluso han muerto sus mascotas. No tengo ninguna duda. Ninguna. Para nada.

Gonzo nos guía y entramos.

Polvo y suciedad, andrajos y espejos rotos, botellas rotas y otras llenas de un alcohol que no tiene muy buena pinta. Una habitación pequeña, a lo mejor un cuartito del bar o una cantina, paredes desnudas llenas de rajas y de sombras. Un olor acre y almizcleño de animales. Han hecho un fuego en medio de la habitación, han fumado y se han emborrachado, pero no con lo que había detrás de la caja. Trajeron ellos el alcohol: alguna expedición anterior que ya se había ido. A lo mejor Marcus estuvo aquí antes de irse a la guerra.

Echamos un vistazo. Madera. Linóleo. Sillas baratas. Gonzo escribe sus iniciales en el polvo de la barra, sonríe a lo veni vidi vici y se gira, pero se queda quieto al escuchar un profundo gruñido que hace vibrar la noche. No es un sonido humano. Es el sonido de un depredador de otra especie, un retumbar salvaje, desafiante y amenazador que va directamente a tu bulbo raquídeo y te dice «lucha o huye». Todos nos giramos hacia el ruido.

Hay un monstruo en la puerta: un perro grande, gordo y feo con la cabeza del tamaño de una pelota de baloncesto y demasiados dientes. No tiene sentido pensar que es un perro caníbal o incluso un descendiente de los perros caníbales. Claramente, es un perro de lucha, un pastor ruso Ovcharka o el típico perro que los idiotas piensan que está muy guay tener hasta que les arranca la mano, se la come y se va a vivir al bosque o a cazar caballos en los páramos. El típico perro que es muy territorial y que vive en un bar abandonado. Empujo a Theresa detrás de mí y el perro gira su enorme cabeza en mi dirección atraído por el movimiento. Tengo el tiempo de pensar «Mierda» y luego salta hacia delante.

Sé algo sobre cómo esquivar, pero no puedo con Theresa detrás de mí y esa cosa avanza como un torpedo negro gigante. De todas formas, levanto la mano derecha con la palma hacia delante y rezo para que eso sea algo que el maestro Wu me ha enseñado para entrar en acción y no un reflejo malísimo que diga «arráncame la cabeza, soy una presa». De repente veo la amplia espalda de Gonzo, que tiene una pierna fija al suelo, y atrapa al perro cuando salta sobre mí. Le araña el pecho con las patas traseras e intenta morderlo, pero Gonzo lo agarra de las patas delanteras y se las separa. Veo cómo su músculo trapecio se contrae y se estira y escucho el crujido de las costillas del perro. Lanza un aullido y cae al suelo destrozado.

Cuando se vuelve, la cara de Gonzo desprende asco, cosa que solo yo veo, y luego sonríe levemente como si hiciera esto todos los días. Puede resultar cruel excepto porque, si hubiera hecho otra cosa, Belinda seguramente se habría desmayado de miedo.

—Es hora de irse, ¿no? —dice. Sale lentamente. Belinda lo sigue, igual que Theresa. Yo miro al monstruo y pienso si la mano que había levantado era para quitármelo de encima o si me iba a destrozar igualmente. Entonces me doy cuenta de que no está muerto. No puede moverse, no va a alzarse y embestirme. Morirá pronto. Solo que todavía no. La técnica de destrucción perruna de Gonzo, sacada de manuales de supervivencia y de habladurías de ladrones, es imperfecta y no ha sido practicada. Abrir las patas delanteras debería reventarle el corazón al animal, pero no es así en este caso. El trabajo no está completo.

Unos ojos negros y acusadores me miran mientras camino hacia la puerta. Y luego gimotea. Es un sonido leve y desesperado, como si proviniera de un perro con el que dejarías a tus hijos, que te trajera las zapatillas y que paseara a gatos en la boca sin tan siquiera pensar en tomarse un aperitivo felino. Ese sonido no es el de esta cosa, que hace un momento ha intentado abrirme un agujero en el pecho. Gonzo me ha salvado. Me vuelvo y miro al perro de nuevo. En esa postura, puede verse claramente el dolor y la impotencia. Se sacude, resopla y se da la vuelta para poner al descubierto una mancha de pelo blanco en el cuello. Si hay un lenguaje que compartan los mamíferos, es el lenguaje del dolor. Está claro quién tiene el control, pero se abre el debate del alivio del dolor. Me pide que termine lo que Gonzo ha empezado.

Me acerco casi esperando que intente morderme a modo de venganza. Pero no es así. El perro solo espera. Hago lo único que puedo hacer para ayudarlo. No tardo mucho. Y luego salgo de la oscuridad e intento sonreír y fingir alivio.

En realidad, Gonzo no se acuesta con Belinda Appleby. Ella está consternada y él tiene tantos cortes que la cosa excede lo viril y pasa a ser directamente desagradable. Ella le cura las heridas, pero insiste en una suspensión de las confianzas. Yo me llevo a Theresa a mi habitación y me preparo una cama para mí en el suelo con cojines mientras ella está en el baño. Sale y yo ocupo su lugar. Me lavo más tiempo del que es estrictamente necesario porque no puedo dejar de oler ese tufo a perro muerto. Cuando vuelvo, ha quitado y recogido mi improvisada cama y la única sábana que la cubre no es capaz de ocultar que está desnuda. Ponemos en práctica las clases de la señora Poynter a conciencia. Técnicamente, no es la primera vez para ninguno, pero sí es la primera vez que los resultados son de un disfrute completo, desesperado y como para arquear la espalda. Puede que fueran el miedo y el peligro, pero también una cierta afinidad; yo soy la sombra de Gonzo y ella la de Belinda. Nuestro encuentro no tiene mayor consecuencia y cada uno sigue su camino por la mañana.

Gonzo me recoge a la mañana siguiente y no hablamos de perros caníbales hasta que se termina el desayuno, cuando exteriorizo todo mi nerviosismo y le confieso que no tengo ni idea de lo que habría hecho si él no hubiera estado allí. Gonzo se encoge de hombros.

—Sin ti —dice— yo nunca habría entrado. —Le miro fijamente.

—Estabas parando —señalo.

—Estaba dando la vuelta —responde y me devuelve la mirada—. Ni de coña —empieza, pero yo ya estoy tronchado de risa porque ninguno quería entrar en ese sitio asqueroso y los dos fuimos porque el otro lo había decidido. El estertor del monstruo huye de mi memoria. Le digo a Gonzo que me ha salvado la vida y él sonríe y dice que puede que sí, puede que no. Y así dejamos pasar el tiempo mientras volvemos a casa.

Después de comer, me llama por teléfono —el kung-fu de La Predicadora es poderoso— el Profesor Fortismeer de la Universidad de Jarndice, que está encantado de informarme (por su voz parece que está contento de verdad y, no puedo evitarlo, ya tengo la teoría de que él y La Predicadora son amantes y que mi admisión se ha comprado con la promesa de incalculables placeres físicos, una perspectiva que me horroriza porque supone una breve visión, reprimida rápidamente, de la copulación entre ellos) que he sido seleccionado para un programa nuevo llamado Beca Cuadrilla, que pretende mejorar la relación entre el arte y la ciencia creando una carrera en Estudios Generalistas. El profesor Fortismeer parece una de esas personas campechanas y turbulentamente gordas que creen que las cualidades de la hombría se hallan en la caza, la pesca y en una lista de actividades que se categorizan como «parranda» e interrumpe la explicación del programa con risotadas y resoplidos para indicar que él también fue joven un día y que su corazón y otras partes de su cuerpo aún lo son. La Cuadrilla contiene cuatro partes (de ahí el nombre), que son: I. Arte y Literatura; II. Historia, Antropología e Historia de la Ciencia; III. Matemáticas y Física; y IV. Química, Medicina Básica y Biología; todo al estilo del autodidacta renacentista, excepto porque no habrá nada de «auto». Se supone que tendré que ir durante cuatro años de mi vida y que será mejor que evite ir (bufido- resoplido) a muchas fiestas, el entretenimiento y, sobre todo (je, je, bueno, ya sabemos el caso que me harás en esto), las distracciones femeninas, que por lo visto son (funestas para la mente, exquisitas para los sentidos) causa frecuente de notas bajas y de sufrimiento personal. El profesor Fortismeer se para en este punto y parece que quiere que diga algo, así que le doy las gracias y se ríe tan fuerte que el teléfono no puede transmitir la señal y provoca interferencias, luego me dice que no me olvide de llevar ropa para el frío porque en Jarndice puede haber temperaturas muy bajas por la noche si no tienes compañía (bufido bufido resoplido). Le digo que eso haré, y queda de manifiesto que paso de las manos de un personaje extravagante a otro y que eso no debería ser ninguna sorpresa.

Me voy a la universidad, ja.

Capítulo 3

Una educación universitaria;

sexo, política y sus respectivas consecuencias.

La cabeza que acaparaba mi atención era la de Phillip Idlewild, aunque me lo han presentado (hará una hora) como Rector Idlewild, doctor y catedrático de griego y mandamás nominal de la Universidad de Jarndice. Estamos en octubre y el viento sopla con fuerza; el cielo es de un azul grisáceo oscuro que se hizo famoso gracias a un tal Payne. Por aquí solemos tener días así y hoy no es más que otro de ellos, pero casi toda la zona donde crecí —delimitada por las Tierras Bajas de Cricklewood por un lado y Jarndice por el otro— disfruta de un suave clima que favorece el crecimiento de flores delicadas y la felicidad de perritos de pelo corto. Esta noche, sin embargo, el viento azota desde el océano y trae un aroma a sal, a espuma y a alquitrán, en el que hay una fuerte nota de putrefacción: una gigantesca criatura marina flota muerta en el oleaje de doce metros, despedazada por las gaviotas. Es la noche perfecta para ser joven: una noche para arrancarse la camisa y aullar al cielo y correr, sentir la humedad sobre la piel y no preocuparse por el frío. Hace una noche para que el vino y el whisky fluyan y un fuego crepitante y una danza salvaje te encuentren en los brazos de esa chica o de aquella o haciendo amistades que durarán para siempre.

Por desgracia, estoy metido en una ceremonia de Jarndice. Llegué a mi estudio —nada de residencia, ni de habitaciones, ni siquiera de alojamiento—, abrí la maleta e instalé mi música, que es prácticamente todo lo que necesito desempacar, y fui directo desde allí a la cena de bienvenida, la primera en una casi inagotable lista de eventos tradicionales en Jarndice que es mejor ignorar con discreción. Casi nadie dispone de esa información, así que, al igual que yo, todos terminan mirando fijamente la calva formada en la parte superior de la cabeza de Phillip Idlewild y pensando si el material blancuzco y áspero que revolotea sobre ella cuando se toca los dos o tres pelos que aún aguantan es el producto de alguna enfermedad contagiosa o si es una inofensiva consecuencia de su avanzada edad o si son los residuos de la salsa con la que se manchó accidentalmente durante la comida.

El profesor Idlewild no sabe hablar a menos que esté en posición horizontal, o que su cabeza esté en posición horizontal. Cuando quiere enfatizar algún punto de su discurso, dobla la cabeza y te mira como un apasionado búho moteado y asiente, momento en el que los tendones del cuello sobresalen por encima de las arrugas, aunque suele dirigir su elocuencia a la pátina de la mesa del comedor. Una sección transversal vertical del Rector Idlewild, si se toma el plano desde la línea de simetría bilateral entre los ojos de una figura humana normativa, probablemente revelaría un conjunto deformado de órganos internos y huesos en forma de signo de interrogación, misteriosamente inapropiado para un hombre cuyo armamento conversacional se compone de exclamaciones en su totalidad. Cuando el mayordomo (un estudiante de posgrado en Teoría de la Resolución del Conflicto Industrial) trae el plato de pescado, Idlewild suelta otra descarga de dermis o de esporas fúngicas con necrosis sobre el plato de la mantequilla, y al realizar una serie de espasmos como de marioneta, se gira hacia mí.

—¡Señor Lubitsch! Bienvenido a Jarndice. He oído que podemos esperar grandes cosas de usted —sonríe—. Le ruego que haga un gesto en dirección a los de GTEA, por favor, ¡les gustará mucho! —Debo avisarlo de que no soy Gonzo. Lo hago. Para mi sorpresa, dirige una sonrisa horizontal en mi dirección.

—Mi querido amigo —dice—, cuánto lo lamento —y se queda pensando—. ¡Ah, claro, usted es el otro!

Así es: soy el otro. De todos los estudiantes que hay aquí, yo solo soy el otro. Idlewild sonríe y se da la vuelta hacia su anterior interlocutor. Busco a Gonzo a fin de odiarlo intensamente y lo veo callado y afligido, dos sillas más allá al otro lado de la mesa. A su derecha se sienta una chica preciosa, aunque verdaderamente interesada en la conversación sobre estructuras cristalinas que mantiene con su vecino del lado opuesto y su compañero. A su izquierda está una señora de mirada severa del tipo de la Predicadora que, cuando fueron a sentarse, audiblemente se presentó como «Soy la doctora Isabel Lamb y odio a los jóvenes atractivos». Fuera o no verdad (sospecho que no y que Gonzo debía tomárselo como un reto), aquello fue empezar con muy mal pie, así que él la excluyó rápidamente de su mundo. La Dra. Lamb ahora está exponiéndole una disertación al hombre que hay a su lado sobre el caso del error catastrófico de los puentes colgantes y Gonzo casi se ha desconectado. Sin un público que verifique su magnificencia, Gonzo tiene que mirarse muy adentro para encontrarse a sí mismo. Ahora mismo está en ello, pero en medio del barullo y del buen rollo de todo el mundo a su alrededor, lo está pasando bastante mal. Desde aquí no puedo hacer nada por él, no directamente, aunque si llego a encontrar el mejor momento para entrometerme en la conversación de mi izquierda y conducirla hacia campos más prometedores, Gonzo será capaz de dar rienda suelta a su encanto y dejar de parecer tan vacío e inepto. Cuando abandonamos Valle Cricklewood, Mamá Lubitsch no me pidió que cuidase de Gonzo. Tampoco el viejo Lubitsch, cuando nos dejó en la estación de tren; no cargó sobre mis hombros el cuidado y el apoyo fraternal. No lo hicieron porque no era necesario. Entiendo mis obligaciones. Al cabo de unos minutos, le pido la sal a mi vecino y, al pasármela, le pregunto por qué la sal triturada es tan diferente a la sal cristalizada y por qué nadie cocina con ella, momento en el que la conversación se va rápidamente por la tangente, así que el profesor Idlewild busca mi atención de nuevo y Gonzo discute sobre especias con la chica numinosa. Mientras la conversación de Idlewild va convirtiéndose en una conferencia, yo voy sopesando este nuevo mundo con cuidado de no comerme alguno de los pequeños trocitos que llegan desde su boca hasta mi plato.

La Universidad de Jarndice no es ni grande ni nueva. Su nombre oficial es Jarndice-Hoffman Metanational Wissenschaft-Kulturschule, de lo que se deduce que, aunque el señor Jarndice fue lo que en aras de la brevedad se conoce como inglés (a saber: poseedor de una herencia genética que incluye el ADN de los guerreros anglos, normandos, sajones, jutos, pictos, celtas, así como de los gaélicos kerns; de España, los católicos naufragados, los sefardíes y los extraños moriscos que escaparon después, como también los burgundios mercantilistas, los escandiruegos vikingos, los góticos desmadrados, los taciturnos flamencos y algún que otro magiar desorientado), su colega racionalista y educador era en realidad un alemán de pura cepa (concretamente, un teutón-tártaro-turco-ruso-asquenazí-franco-prusiano). Estos dos señores determinaron, no solo fundar una institución de estudios superiores con un debate universitario libre de disputas académicas, sino que además tuviese el fin de constituir un lugar ajeno a las riñas caprichosas de las instituciones a nivel nacional. Por eso, en las Ordinanses of ye Univarsitie (ordenanzas que también decretaban que todos los estudiantes vivirían en el radio de un myle de la Biblioteca de Jarndice, una regulación que se tornó inaplicable en 1972 cuando las facultades, los campos deportivos y las aulas magnas llegaron a ocupar la mayor parte de ese espacio y como no se podía derogar fue reinterpretada como una legua, que corresponde a tres millas náuticas inglesas, es decir 5,55954 kilómetros y no 5,556 kilómetros, que serían tres millas náuticas internacionales, un matiz introducido para honrar a Palgrave Jarndice y su nacionalidad pese a la animadversión de éste por toda forma de patriotismo y que también tiene el provechoso propósito de emborronar la línea concreta del gran círculo y permitir a todo el mundo vivir donde le dé la gana), se exigió que todo aquel que viniese a Jarndice con cualquier talento hiciera el juramento de que contemplare el mundo con el ojo del buen administrador y mantuviere una conducta respetable en la empresa de la vida que salvaguardara la paz para con los semejantes, y todos los maeses y doctores prestaren de tal forma atención a los pensamientos del otro y no se desbordaren en un orgullo excesivo. En consecuencia, la Universidad de Jarndice se ha convertido en un caldo de cultivo de cordial odio académico, de vituperios interdepartamentales y de un eufórico extremismo político. Tan infame como la «U of Ye», en referencia al documento epónimo, y pronunciado por sus detractores y Matriculantes —estudiantes de primer año— como /yii/ cuando la letra y en este contexto es, de hecho, el símbolo anglosajón para el sonido /z/, un asunto que el Rector no se cansó de explicar pormenorizadamente a todo el que se sentase a su izquierda en la cena de bienvenida.

Y aquí estoy yo, con ganas de pasármelo bien y emborracharme hasta arder de la emoción, y no de estar ataviado con un traje de terciopelo azul y acabado plateado que alquilé el otro día y que pica en la nuca y huele muy fuerte a gato viejo. Vestido así como un Polonio de mercadillo pero con los modales que había aprendido en la mesa de Mamá Lubitsch, lo suficientemente enraizados para no hacer algo tan burdo como interrumpir el flujo de crónicas en relación al Gran Cambio Vocálico y el rechazo a la enseñanza clásica desde Adriano, no me queda otra que soportar el guiso de ternera, sonreír a la mujer de hermosos rasgos que hay frente a mí y esperar a que el profesor Idlewild se quede sin oxígeno. Y eso es lo que ocurre cuando llega el postre, aunque no de forma progresiva, sino de golpe. Interrumpe su discurso y empieza a tiritar. Se aprieta contra la mesa como si estuviese buscando un trozo en particular de su cabeza que necesitará después. Su nariz roza el barniz y dos conos de vaho irregulares aparecen debajo de él, desiguales porque su cabeza está un poco girada hacia mí. Se agarra a los bordes de la mesa. Miro al otro lado, a la mujer de finos rasgos, pero su suave rostro solo muestra perplejidad y los signos de la misma preocupación que debían estar reflejándose en mi cara. Parece totalmente verosímil que el profesor Idlewild esté sufriendo un infarto o que esté a punto de tener uno. Es entonces cuando me doy cuenta de que no sabría qué hacer si es ese el caso, ni siquiera sé cómo determinar si realmente es un infarto. Tampoco me hace mucha ilusión la idea de que haya elegido justo este lugar frente a mí, delante de todo el mundo, en este momento, para expirar, lo que indefectiblemente me dejará una cicatriz que ni siquiera puedo llegar a imaginar.

El profesor Idlewild se precipita de nuevo hacia atrás y se yergue completamente, todo entre una nube de caspa, con la mirada fija y el pelo revuelto. Balbucea un poco, luego se acurruca en su pecho, contorsionando brazos y manos, y se desahoga con una especie de ladrido o alarido. Una de dos: o se está muriendo o está siendo poseído por un ánima divina; la primera opción sería trágica aunque, francamente, un poco rara; la segunda, sin embargo, permite la contemplación de una deidad que puede haber elegido como mensajero, incluso como vehículo en el mundo, a un académico pelma con aliento fúngico y una afección cutánea leve pero repugnante. Algo frenético, echo un vistazo a mi alrededor, buscando a alguien que me dé una clave sobre cuál ha de ser mi siguiente paso, pero nadie está prestando atención. Y la absoluta ausencia de alguien que preste atención (nadie de Jarndice, claro, porque los recién llegados están ocupados pasando un mal rato con cierta incomodidad por encima y por debajo de la mesa) es una pista significativa. A mi espalda está el mayordomo con una cara de total hastío. Probablemente sea porque está viendo a su maestro tocarse ambas orejas y tirando fuerte de ellas, como para producir un efecto parecido al de las alas de un murciélago que se entretiene con una luz brillante y, ya que este hecho no parece desconcertarlo en lo más mínimo, deduzco que el señor Rector Idlewild de Jarndice padece algún tipo de trastorno compulsivo y lo educado es ignorar este hecho. A decir verdad, hasta tal punto es lo educado que nadie jamás considera mencionarlo más adelante, ni siquiera comentárselo a alguien que pueda dar un brinco y hacer algo al respecto. Me siento profundamente agradecido de que el que esté aquí sentado sea yo y no Gonzo, que, al darse cuenta de la situación, está preparando una embestida salvaje para realizar una traqueotomía bajo la mesa. Menos mal que tiene la inteligencia para darse cuenta que yo, que soy el más cercano a la emergencia, he tomado la grave decisión de no hacer absolutamente nada y que debe existir una razón para ello. Evito así el espectáculo que montaría mi mejor amigo pegándose un sprint a tontas y a locas a través de la mesa de roble mientras lanza por los aires la vajilla de porcelana del siglo xix para luego coger un embudo para decantar de estilo Arts & Crafts (probablemente de finales de siglo, fina elaboración, aunque un ejemplar no muy hermoso debido a unos cuantos golpes y abolladuras derivados del poco cuidado en su uso) y clavarlo en la garganta del profesor Idlewild con el fin de facilitar un acceso continuado al oxígeno. Y la verdad es que, con todo este ajetreo —como diría Harry «el sucio» Callahan—, me olvido lo suficiente de mí mismo como para empezar a charlar en la mesa y hacerme amigo de casualidad de la mujer de los rasgos finos que hay frente a mí. Resulta que se llama Beth, que es de Herringbone y que acaba de dejar a su novio porque se estaba viendo a escondidas con una bailarina llamada Boots. Para cuando el profesor Idlewild se recupera y puede interrumpir la conversación, yo ya he logrado realizar algunas incursiones en el espinoso tema de sobre qué vamos a hablar en unos días cuando quedemos para tomar algo. La respuesta es, cómo no, política.

La política está muy de moda en Jarndice pues, a pesar de tratarse de un tema especialmente mal visto en las Ye Ordinanses, es también el que provoca debates intensos en mayor número, peleas apasionadas a gritos y posturas salvajemente inconsistentes y, precisamente por eso, es ideal para la pose del estudiante y para disponer así de cierta superioridad social. El tema candente del día es el problema de Addeh Katir.

Addeh Katir es una pequeña nación que está muy pegadita a unos cuantos países grandes. Es templada y tropical, de un rico colorido, exuberante y espléndida. Una gran cadena de lagos recorre su espina dorsal (el más grande es el lago Addeh, discretamente famoso porque sus aguas fueron consideradas durante muchos años el último grito para la elaboración del té) y su interior, fértil, está rodeado de cumbres que lo protegen, los epónimos Katiris, que nacen del Himalaya hacia el este y que han abrazado al lago Addeh y a sus pequeños acompañantes como si hubieran decidido protegerlos.

Políticamente, la mejor descripción de Addeh Katir es que se trata de un país roto. Se dan muchos casos de Estados fallidos pero este, en realidad, está destrozado. Y lo cierto es que no alberga tensiones étnicas intrínsecas gracias a las circunstancias, algo singulares, de su creación: la generación actual de Addeh Katir desciende de un grupo de almas amables que se aburrieron del eterno péndulo de masacres y pactos con el que crecieron en sus propios países, y eso sin contar con la curiosa prohibición de bebidas fermentadas que impusieron por entonces los aguafiestas del Budismo, el Islam, el Cristianismo y el Hinduismo y otras sectas y cultos con un enfoque yotambiénquiero con respecto a las prohibiciones religiosas. De manera que aquellas gentes fueron a pata desde lo que hoy es China, el Tíbet, Pakistán y la India, y se dirigieron a las montañas Katir para esconderse y, honestamente, para emborracharse. Al llegar a la orilla del lago Addeh, se encontraron con que toda la población indígena había sido aniquilada por una variación de la rubeola a la que ellos eran mayormente inmunes.

De tal modo que, con una nación ya a medio hornear, procedieron a la división de la alargada parcela de tierra tan equitativamente como supieron y se dedicaron a vivir de la forma más tranquila que pudieron. Eligieron como líder a un miembro de la baja nobleza que había sido expulsado de su hogar por pecados clandestinos aunque menores. Lo que el pueblo le pidió fue, básicamente, que no los molestara demasiado, y no lo hizo, como tampoco su hijo, ni el hijo de su hijo, ni los que llegaron después, conformando una tradición de benigna indiferencia que ha aguantado en pie hasta el día de hoy. Sus lenguas se entremezclaron, al igual que sus genes y, tras unas pocas generaciones, olvidaron haber sido de cualquier otro lugar. Los británicos conquistaron Addeh Katir como un asunto rutinario, vieron el montaje que tenían y determinaron que los katiris no les importaría ondear cualquier estúpida bandera con tal de que les permitieran seguir con él. Señoras aburridas y hastiados caballeros del Raj pasaron gran parte de su tiempo persiguiendo a los atractivos Katiris arriba y abajo de las escaleras de madera y de los refinados balcones y aquello —junto con la adopción del inglés como la segunda lengua de Addeh Katir— fue, en términos generales, el verdadero alcance del Yugo Imperialista. El proyecto colonialista es bastante menos divertido cuando no se te ocurre ninguna mejora posible y el sitio funciona tan bien por sí mismo que parece una grosería proponer cualquier sugerencia. Cuando los británicos abandonaron el subcontinente en 1947 hubo un breve periodo de agitación provocado por un cártel de comerciantes de opio que trataban de llevar su producto a lo largo de los canales fluviales de Addeh Katir. La reacción de los habitantes de los lagos tuvo la contundencia necesaria para que abandonaran el proyecto.

En 1966, sin embargo, el Grupo Panasiático de Bancos de Inversión —con el auspicio de la gran Iniciativa para el Desarrollo que se puso en marcha aquel año con la perspectiva de sacar al mundo de la pobreza a través de un capitalismo triunfal a gran escala— concedió un préstamo a Addeh Katir. Era un préstamo muy curioso, pues nunca fue solicitado ni aprovechado por la nación. Se quedó en una cuenta y acumuló cierta suma de intereses. De alguna extraña manera, la deuda contraída fue acumulando intereses con mayor celeridad aún. Así, en 1986, cuando el préstamo debía devolverse, el país debía varias decenas de millones de dólares añadidas al enorme importe original. Y empezaron a pedir cuentas. El maharajá señaló que él no había pedido ningún préstamo, que no lo necesitaba, que no había suscrito un contrato con nadie y que jamás se había beneficiado de ese dinero. El Grupo Panasiático de Bancos de Inversión respondió que, si bien ese argumento no carecía de atractivo intuitivo, la situación era, de hecho, contraintuitiva, en tanto abordaba complejidades propias del sistema económico que con frecuencia desafían al sentido común; y la nación de Addeh Katir se había beneficiado según la percepción de los inversores pues, para ellos, el país podía hacer uso del préstamo en caso de necesidad. El maharajá respondió que ninguna empresa había invertido en Addeh Katir. Ninguna empresa, de hecho, había sido invitada a hacerlo. Addeh Katir iba bien, gracias. Así que el Grupo Panasiático de Bancos de Inversión se puso picajoso y le dijo al maharajá que pagase. El maharajá, muy amablemente, le pidió al Grupo Panasiático de Bancos de Inversión que se metieran esa sugerencia por el culo. El Grupo Panasiático de Bancos de Inversión alertó a los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte de lo que ya era una verdad evidente: el maharajá era un criptocomunista.

El maharajá fue derrocado durante un levantamiento extremadamente costoso y bien organizado de una representatividad un tanto cuestionable, después del cual fue reemplazado por un tal Erwin Mohander Kumar, un inmigrante angloindio, antes dedicado al contrabando de drogas y célebre sifilítico que, bajo el estandarte de la autoridad provisional katiri, fue designado para meter a Addeh Katir en el redil de la economía global. Inmediatamente, firmó un documento en el que comprometía a la nación a pagar la deuda, seguido del compromiso de ciertos privilegios señoriales con respecto a las mujeres locales. Addeh Katir se sumió en una guerra civil. Bueno, por lo menos, la población no estaba en peligro de caer en manos de los comunistas.

El problema de Addeh Katir que tratamos en el nuevo semestre es una de las consecuencias de este triste episodio. Los estragos causados por Erwin han provocado la creación de un movimiento de resistencia. Los lagos de Addeh son ahora el hogar de una especie de corsario llamado Zaher Bey, supuestamente un dios guerrero, un Gandhi militarizado al que han proclamado soberano de las islas y de la nación de los piratas revolucionarios. Este Coloso, que viste únicamente los tradicionales pantalones de marinero y blande con sus enormes manos un gran alfanje, se opone rotundamente a la deuda katiri y ha inspirado en las mujeres de Addeh Katir y de las naciones circundantes una enorme agitación cargada de fascinación sexual. Ha salido una película de Bollywood protagonizada por una chica casadera que cae en las terribles garras de Bey y, gracias a números de baile, alegres canciones de amor y miradas recatadas, logra domarlo y convierte al monstruo en un marido ideal. Una extraña combinación entre La bella y la bestia y My Fair Lady. El trasfondo picante es que ese Bey es una especie de hombre salvaje en la cama. De hecho, uno de sus números fue declarado demasiado lascivo para el mercado doméstico, lo que aseguró una distribución instantánea en formato electrónico samizdat a través de la ramificación de internet y de sneakernet en el sur de Asia. El Zaher Bey de esta enérgica pieza de propaganda política no menciona las elecciones o la posibilidad de un gobierno democrático, pero al menos no es un maníaco enfermo fetichista de pies (como sí resulta ser Erwin Kumar). El objeto de debate que se plantea en los pasillos de Jarndice —donde resulta evidente la existencia de encuestadores escondidos en cada rincón que animan a los estudiantes más convincentes a entrar en la alta política internacional— es si el misterioso Zaher Bey debería ser tratado y apoyado como a un amigo de toda la humanidad o si, en cambio, debería ser denigrado como un terrorista.

Por desgracia, resulta que Beth opina lo segundo, mientras que yo soy más de lo primero. Nuestra cita es un fiasco y me deja plantado en la mesa para irse a hablar con un chaval bastante fuerte de tercero, un tal Dhugal, con «h».

Furioso, velludo, con botas baratas de vaquero y una camisa de cuadros rojinegra, soy el perfecto ejemplo del descontento de la juventud actual. Si conformase una gama de desafección, tardaría menos de un semestre en pasar por cada color del espectro. Mi gorra de béisbol y los pantalones caídos insultan a la alta sociedad. Llevo PVC negro ceñidísimo y maquillaje blanco y una mirada que echa chispas y lloro la muerte de Byron al fondo del bar. Desde allí descubro el punk y me rapo al cero, pero no me dura mucho porque un grupo de empresarios me confunde con un fascista, celebran mi valentía y beben a mi salud. Horrorizado por este episodio, lo dejo crecer de nuevo. Me hago yuppie, también por poco tiempo, cuando me enfado tanto con el mundo en general que rechazo a mi propia generación y a su lastimoso cuidado de este vil planeta. Luego redescubro el radicalismo por contagio sexual. Mi correvolucionaria se llama Aline.

Aline, la del pelo oscuro y enredado y los labios insólitos; Aline, la de la nariz romana y los dedos de chef italiano; Aline, la de los orgasmos extraordinariamente ruidosos. Me arrincona una tarde, después de la reunión de un grupo de estudio y me exige explicaciones por mis opiniones irreflexivas y chapadas a la antigua. Me clava contra la pared y su brazo impide que pueda escaparme. Luego me arremete con contraargumentos de citas y pies de página y cuando farfullo la afrenta más masculina que se me ocurre se inclina hacia mí aún más y separa lentamente sus labios para silenciarme con un beso profundo y sensual. Su boca sabe a café y a cigarros y a chicle y se ve que ha reflexionado sobre esto —la política y el beso— bastante más que yo. De todas formas, soy lo suficientemente inteligente como para responder envolviéndola con mis brazos y así hacerme con la autoría de la decisión, tanto como aún sea posible, una ilusión que ella me deja conservar. Cuando paramos para respirar ya es hora de cenar y Aline conoce el sitio ideal: un insólito club escondido entre un banco y una oficina de correos, un estrecho pasillo de mesas que dan a una estancia llena de humo al fondo del local. Se llama Comité (los artículos determinados e indeterminados denotan una necesidad burguesa de distinguir un local privilegiado frente a otro que es accesible al lumpenproletariado, de ahí que Comité —Cork para los amigos— rompa con ello y, de hecho, el uso involuntario de artículos, aunque sea ocasional, puede ser motivo de sanción o de la total expulsión) y es un viejo y respetado bastión de opiniones radicales. Almuerzo en Cork durante meses y Aline me alimenta con éxtasis sexual y agonía política. Me convierto, si bien en un hombre todavía no, sí en un facsímil convincente, y camino con decisión, incluso con fanfarronería, y me voy familiarizando con las caras de mi entorno y gradualmente empiezo a comprender algo de lo que están hablando.

Los moradores de Cork tienen nombres como Iggy, Quippe y Brahae —más por elección que porque sus madres le pusieran esos nombres— y se inclinan mucho por los vaqueros negros y las chupas de cuero. Discuten sobre casi todo, en cualquier momento, pero más que nada sobre el Acuerdo del Mercado Económico Global (AMEG) —un tema nada estimulante— o sobre la Asociación Económica Euroasiática —aún menos—, ya que estos temas, en principio tan soporíferos, determinan quién es rico y quién es pobre, quién muere de hambre y quién sobrevive, lo que sí resulta más interesante.

—El AMEG caerá —asevera Aline una tarde—. Depende constantemente de las rectificaciones del gobierno. No es una mano invisible, es un puño de cristal y tarde o temprano se hará añicos y toda esa ilusión se vendrá… —Y seguro que pretendía decir «abajo», pero no lo consigue porque Quippe, un regordete que hace trampas a las cartas, levanta las manos y le grita que está loca, que el AMEG está perfectamente equilibrado con el palo moralista que lleva clavado en el culo y que solo una cirugía revolucionaria podría sacárselo.

—Tonterías —dice Sebastian.

Se hace el silencio. Sebastian no dice tonterías. Como Aline, tiene algo de italiano y, como ella, había participado en la brigada estudiantil. La policía opresora le ha golpeado en innumerables ocasiones. Incluso encendió una barricada en Ámsterdam. Sebastian sabe citar una ristra de revolucionarios, desde Sócrates a Lenin o Michael Moore y se sabe las cifras de cualquier tema que quieras sacar. Sabe cuánto ha subido el nivel del mar y qué naciones están en situación de riesgo. Conoce las proyecciones del CO2 atmosférico para dentro de diez años, de veinte, hasta final de siglo. Sabe cuál es el PIB de Uganda y el porcentaje de economía global que mueven las drogas y la prostitución. Sabe todo esto, o se lo inventa de una forma tan suave, elocuente y difícil de comprobar que apenas si hay diferencia.

—Revolución —dice Sebastian, como si todos debiéramos saberlo ya— es reacción. Es el órgano político en mitad de un espasmo. ¿Cuándo fue la última vez que visteis a alguien en la agonía de un ataque epiléptico?

Nadie menciona al Rector Idlewild, pero su cabeza casposa cuelga como una alucinación colectiva frente a nosotros.

—Así pues, ¿elegiríais ese momento para hablarle al paciente sobre impuestos? ¿Dejaríais que sujetara a vuestro hijo recién nacido? ¿No? ¿Entonces por qué narices imagináis que una revolución sería el mejor momento para proponer una mejor forma de vida? —Pone los ojos en blanco, lo que casualmente conduce a todo el mundo a fijarse en la estrecha y fascinante cicatriz que marca su ceja casi perfecta (cortesía de un policía antidisturbios holandés que más tarde se hizo amigo de Sebastian).

—El problema no es quién está al mando, sino qué está al mando. El problema es que se anima a la gente a que funcionen como máquinas. O, mejor dicho, como mecanismos. La emoción humana y la empatía se consideran actitudes poco profesionales. Son inapropiadas para el ejercicio de la razón. Todo lo que hace buenas a las personas (lo que las hace humanas) se descarta. El sistema no se preocupa por la gente, pero lo tratamos como si fuera uno de nosotros, como si fuera la suma de nuestros bienes y no el producto de nuestros compromisos menos admirables. La única revolución que importa es aquella en la que nos ponemos en pie y lo hacemos por nosotros mismos.

Cuando se da cuenta de que no va obtener muchas contrarréplicas, se encoge de hombros y vuelve a su revista y a su vodka con tónica. Aline recoge la pelota conversacional y corre hacia zona de anotación. Quippe y los otros todavía tontean con la idea de que la revolución podría ser algo negativo y Aline hace un touchdown:

—...y por eso los medios de producción [abre cita, cierra cita] están teleológicamente orientados hacia modalidades penetrantes [abre cita, cierra cita, estadísticas], ¡lo que lleva a una injusticia inherente y ambiental de dimensiones monstruosas!

Y todo el mundo asiente. Aline me mira y se relame, pues la discusión política para ella solo conduce en una dirección y salimos hacia mi apartamento. La sociedad puede o no estar teleológicamente orientada hacia modalidades penetrantes, pero en el caso de Aline no hay lugar a dudas.

El sexo, la política y un pasaporte para desconectar gratis es todo lo que podría desear un chaval que está creciendo, combinación que se ve exacerbada cuando nos manifestamos y gritamos y huimos de los esbirros de la ley y robamos el escudo de un policía y cabalgamos sobre él en la barra del Cork. Cuando la línea de la conga borracha de la victoria llega a su fin y la llevamos al piso de Aline, todo parece indicar que el escudo no es lo único que ha robado. Salgo de la ducha y la veo desnuda, sin nada más que un par de esposas reglamentarias y arrodillada, jadeante, sobre su cama. Por suerte, también ha robado la llave.

La llamada telefónica llega al día siguiente. Es Elisabeth Soames y está llorando y hablando en una lengua que desconozco. Trato de calmarla. Le pido, muy amablemente, con palabras sencillas, que se relaje un poco y que hable en mi idioma, o al menos es lo que intento, pero ha tenido lugar algún tipo de transferencia y yo tampoco soy capaz de decir nada, pues mi garganta se ha cerrado y mi boca está llena de sal y agua. Cuando lo supero, mi nariz se pone en marcha y me doy cuenta de que tengo la cara llena de lágrimas. Elisabeth empieza a echarme la bronca o, bueno, a chillar en general; yo solo parezco ser la persona que lo presencia. Sigue con su lengua alien durante toda la conversación: sílabas raras, duras, que no encuentran lugar en mi mente, que no tienen sentido. No puedo parar de llorar y me pica la garganta, quizás por verla tan descompuesta. En algún momento, me giro para buscar a Aline, pero se ha ido a alguna conferencia. No sé si es una deserción o tan solo clemencia. Ni siquiera tengo claro si estaba aquí cuando sonó el teléfono.

Elisabeth se queda un momento en silencio, o sin hablar, por lo menos. Carraspea y, al oírla, me percato de mi propia respiración, flemática e irregular. Nos pasamos así más de una hora. Finalmente, consigo oír lo que ha estado diciendo. Recuerdo la conversación, el círculo espantoso e infinito que hemos trazado durante los últimos sesenta minutos, y me doy cuenta de que no ha estado hablando en ningún idioma extraño. El problema no son las palabras, sino lo que ellas traen. Me ha dicho que Wu Shenyang ha muerto. La comprensión de lo sucedido me hace perder la noción del tiempo hasta que estoy frente a la casa de Wu y me la encuentro sentada en la acera, sola, con los pies sobre la cuneta. Y así paso el día.

Mamá Lubitsch me enseñó que solo hay una verdad. Esa era la forma de acceder a ella: saber que era única. No hay diferentes versiones de los hechos, ni un «desde cierto punto de vista». Mamá Lubitsch era, ante todo, una madre, y la maternidad no es un estado binario. Pero aquí, frente a los trozos carbonizados y humeantes que una vez fueron la Casa del Dragón sin Voz, existen dos verdades. Ambas admiten ciertos hechos.

Esta casa se encuentra en el número cinco de la calle. Estaba habitada por un anciano de origen chino y albergaba una colección de armas antiguas, un montón de mobiliario antediluviano y un gramófono clásico. En algún momento entre las seis de la tarde y la medianoche, cuando regresaron a la vivienda, se inició un incendio en el jardín de la casa que rápidamente consumió el lugar.

Y ahí estaba, como si tal cosa, su esqueleto. El fuego había consumido la carne y la calavera de la verdad tiene dos caras. La primera es sencilla y cómoda, por sombrío que parezca. Yumei y Ophelia estaban viviendo con el maestro Wu mientras redecoraban su casa, aunque aquella noche asistieron a un espectáculo de marionetas. Quizá al sentirse algo solo, Wu Shenyang se fue tarde a la cama, después consumir cierta cantidad de brandy. Se olvidó de colocar el protector frente al fuego y una chispa se perdió de entre los troncos crepitantes y cruzó toda la habitación hasta llegar a las cortinas desconjuntadas. La casa estaba llena de papel y madera, así que el fuego ardió con rapidez debido a las altas temperaturas. Sería una verdad dolorosa. Pero un tipo de dolor común que es asequible de soportar.

La segunda cara es rocambolesca. No hay pruebas de ella. Es una muerte de héroe y dice así:

El gran reloj hace toc tic y el fuego está bajo. El maestro Wu se está comiendo un pastel de manzana con especias, pastel que le envió Elisabeth en un táper. La gran variedad de este plástico reutilizable y hermético, así como su enorme utilidad, son cosas que le fascinan. El de Elisabeth es un modelo nuevo con pequeñas pestañas a los lados que lo hacen totalmente hermético. Con una mano desganada sujeta la caja, con la otra sube la pestaña, clac, y la baja de nuevo, clic. Se abren como uno solo pero tienes que cerrarlos individualmente. Clac… plic plac. El plástico es duro pero también moldeable o flexible (esta parte de mi mente no tiene acceso completo a mi formación académica, así que no sabe cuál es la palabra apropiada). Bueno, es lo suficientemente dúctil para que unos dedos viejos puedan abrirlo sin pillarse las uñas o hacerse rasguños en la piel. Clac… plic plac. El pastel de manzana está riquísimo. Está fresquito, es dulce, con trocitos húmedos de manzana y la pringue de manzana perfecta que aparece cuando un pastel sale tan bien como este. No hay ninguno de esos trozos de corazón provoca-arcadas que algunos cocineros defienden como parte esencial de la manzana, probablemente por un falso sentido de la mezquindad, porque esos trocitos arruinan bocados excelentes y se cargan los poquitos recursos con los que cuenta el pastel de manzana. Y Elisabeth es una perfeccionista del pastel de manzana. Clac… plic plac. Los dedos del maestro Wu acarician la suave curva del táper. Es el más grande de todos. Sabe que este modelo en particular viene con dos compartimentos separados, de manera que puedas guardar dos alimentos diferentes pero relacionados. Puedes almacenar, por ejemplo, dos raciones de pollo, dos de arroz y dos de verduras con salsa de ostras. Aunque lo cierto es que no le gusta la salsa de ostras. Solo sabe a ostras. Clac… plic plac. La tapa del táper es un cuadrilátero de tacto agradable con pestañitas regordetas. Está reforzado en la zona superior por medio de bridas o de puntales, moldeados por inyección como parte de la tapa. No es pesado, pero sí robusto. La base es más flexible, tal vez para poder recibir golpecitos y choques sin mucho problema, o, quizá, para que la comida y los líquidos puedan variar su volumen en función de la temperatura. También es un plástico duro que difícilmente se daña: casi parece absorber los pequeños arañazos y hendiduras de allí donde alguien ha cortado un trozo de tarta, dentro del táper, algo que el maestro Wu no haría jamás. Clac… plic plac… tinc.

El maestro Wu no se mueve. No se tensa. Se encuentra exactamente en el mismo punto en el que estaba hace un momento. Pero todo ha cambiado. El sonido tinc es algo muy específico. Tiene implicaciones y subniveles de significado, como una especie de dominó para locos repartido por varios pisos de una mansión. Es el sonido que produce la campana más a la izquierda de la fila central. Significa que se ha aplicado una pequeña cantidad de presión en la ventana central. El hecho de que solo suene una campana significa que ha sido una presión muy, muy leve y que acaba de retirarse. Como si una mariposa, que estaba posada sobre la ventana, se hubiera marchado. Por supuesto, en aquel momento de la noche habría sido una polilla. Clac… plic plac. Bueno. La polilla ya se ha ido. Pero… tinc. Era algún amigo de mayor tamaño, quizá un niño-polilla persiguiendo a una niña-polilla. De ser así, lo estaba haciendo en la ventana de la derecha. Y… tinctinc… la niña-polilla juega muy bien y ha conseguido que no la pille en todo el camino alrededor de las casas hasta llegar a… tinc… la ventana de la izquierda.

El maestro Wu está sentado en la mecedora. Es un hombre viejo. Se ha comido un montón de pastel y ha tomado algo de té, después de lo cual ha estado jugando con el táper durante media hora. Si la causa de que la campana estuviese sonando no fuesen un par de lujuriosas polillas —si, por ejemplo, estuviesen pensando entrar en la casa con intención de asesinarlo—, tendrían que haber visto sí o sí que el maestro Wu es un carcamal. Un vejete inofensivo ahora adormilado, arrullado por el ritmo de su propia inquietud y el suave movimiento de la mecedora. Quizá ha elegido este momento tan tenso para entrar en una segunda infancia. Sus párpados se caen, sin llegar a cerrarse. Es tan viejo que resulta difícil percatarse de la diferencia.

El hombre que entra por la ventana de la izquierda es grande, lo que hace su sigilo aún más aterrador. Está muy, muy en forma; con el fin de atravesar la ventana tan rápida y silenciosamente, tiene que abrirse de piernas mientras se apoya en una de ellas, mantenerla firme, introducirse en la habitación y no perder, en ningún momento, el equilibrio o el control cuando pasa a la otra pierna. Todo lo hace en una fracción de pestañeo. Las campanas de la ventana hacen otro tinc antes de que él pueda silenciarlas.

El maestro Wu no abre los ojos. Murmura algo, agarra su táper. El intruso se congela. Dos hombres más entran en la habitación a través de la misma ventana. Otros más esperan en el jardín. Hay un ejército ahí afuera. Los ninjas —los soldados rasos de la Sociedad de la Mano Mecánica— habían venido finalmente a por Wu Shenyang. Cuando miran a ese vejestorio, adormecido en su mecedora, y se dan cuenta de que han hecho todo este camino con tantos efectivos y tanta precaución para enfrentarse a un octogenario más que acabado, se oye de la boca del líder una risa suave y repugnante.

La tapa del táper lo golpea de lleno en el ojo. No es un corte grave, pero hace que le sangre la frente y ahora no puede ver con claridad. Pierde la percepción de profundidad casi inmediatamente, de manera que no puede defenderse cuando la mecedora lanza al maestro Wu sobre él, prácticamente en sus brazos. Emprende embestidas con su largo cuchillo, lo retuerce en el aire, y encuentra un objetivo, pero resulta ser la base del táper. El maestro Wu lo tuerce bruscamente. El plástico se abraza a la hoja del cuchillo y el otro hombre no puede sacarlo ni agarrarlo con facilidad, por lo que corre el peligro de quedarse indefenso. La decisión de aferrarse al arma es instintiva, dado que ya ha sido parcialmente cegado y no está al tanto de los acontecimientos según se van desarrollando. El maestro Wu no trata de quitarle el cuchillo. Acepta la dirección que su enemigo ha tomado y fluye con ella, la continúa, y súbitamente, la posee. El otro hombre nota las caderas descompasadas con respecto a los pies, las manos están demasiado lejos del eje central de su cuerpo como para recibir la fuerza de los brazos. El ciclo termina con el cuchillo en manos del maestro Wu y con el gran hombre de puntillas, con el filo de la hoja bajo su barbilla. Es lo que se merece por ignorar la belleza del táper.

El maestro Wu decide no matarlo en ese momento. Lo que, en cierto sentido, podría ser la definición de una buena persona. Lo deja inconsciente y anhela, aunque por poco tiempo, que su enemigo reconsidere el camino que su vida ha tomado. Con fluidez, da unos pasos hacia dos adversarios más y redirige sus ataques del uno al otro. Por desgracia, se están esforzando mucho en matarlo y uno de ellos recibe una herida muy fea en el pecho, lo que distrae a su compañero. El maestro Wu se aprovecha de la situación y lo impulsa hacia dos de sus amigos, que se aproximaban por detrás para atacar por su cuenta.

La escena de la pelea continúa y es fluida, magnífica, pero el maestro Wu se da cuenta de algo. Él se está cansando, pero ellos no. Está ileso, pero no pueden herirlo o perderá. Tiene que mantenerse perfecto; ellos solo tienen que ser persistentes. Se da cuenta de que, aunque pudiera vencer a todos esos hombres —incluso matándolos, uno por uno—, vendrían más, en un momento y un espacio que él no determinaría. Si alarga mucho la batalla, lo más probable es que Yumei y Ophelia vuelvan a casa, y aunque no las matasen, estarían en peligro. Para ellos, el maestro Wu bien podría ser un solterón solitario. Los ninjas no tienen conocimiento alguno sobre sus asuntos familiares, pues no han tenido la oportunidad de echar un vistazo al interior de la casa, donde están todas las fotos. Solo habían visto esta habitación y bastante ocupados estaban ya. Del mismo modo, tampoco tenían idea de quiénes eran sus estudiantes. Toda esa información está en el escritorio. Por consiguiente, él es el eslabón débil de la cadena de sus enemigos. Sin él, no podrían encontrar el Dragón Sin Voz. No sólo se mantendría en silencio, sino también sería invisible. Sería como uno de esos momentos en los que te pica terriblemente entre un omóplato y otro. Qué interesante sería verlos probar de su propia medicina. Es entonces cuando toma una decisión.

Tres hombres vienen a por él. Se acercan ligeramente desacompasados entre ellos, lo que hace vencerlos una tarea exponencialmente más complicada, además de ser un signo de lo buenos que son. Es difícil evitar contagiarse del ritmo de aquellos que te rodean. El maestro Wu da algunos pasos hacia uno de sus atacantes, luego se desliza hacia el lugar que otro iba a ocupar y estrella al segundo con el primero. Ambos se caen en el fuego de la chimenea y comienzan a arder. El tercero duda en un primer momento, pero luego corre a sacarlos de allí. El maestro Wu aprovecha de nuevo la oportunidad para abrir el mueble bar y sacar dos botellas. Se las rompe en la cabeza, lo que los convierte en dos armas extremadamente desagradables y lo empapa también a él de alcohol. Da un paso a un lado y deja que su nuevo enemigo destruya el mueble bar y rompa más botellas y que luego se mueva por la habitación, dejando el rastro. Se agacha, salta, se desliza y lo marca todo; su brazos giran y se retuercen alrededor del cuerpo. Al pasar junto a la chimenea, arrastra los pies y salpica alcohol a las llamas. Un instante después, el fuego lame sus pies y lo sigue según continúa andando por la habitación. Las cortinas lo atrapan y las paredes pintadas empiezan a humear. Los ninjas lo persiguen, las hojas de los cuchillos recortan el contorno de su espalda y de su cabeza, manos pesadas lo intentan agarrar y unos pies golpean el suelo donde él ya no está. No pueden tocarlo. Wu Shenyang está hecho de agua.

Es entonces cuando, en medio del caos, hay un momento de perfecta quietud y todas las acciones y reacciones responden a un equilibrio. El maestro Wu sonríe, estira los brazos hacia las llamas y se prende fuego. Todavía está sonriendo cuando se vuelve hacia los ninjas restantes, con una cuchilla de cristal en cada mano mientras se quema, con los brazos totalmente abiertos. Cada uno de ellos recordará aquella sensación durante el resto de sus vidas, en los momentos de tranquilidad y en las más frías y honestas horas de la noche y cada vez que vean un táper, claro. Recordarán a aquel anciano terrible de ojos apacibles que se deslizaba entre ellos con tanta destreza, todo mientras su piel se llenaba de ampollas y crepitaba. Aquel que avanzó cuando ellos emprendieron la huida. Recordarán que los obligó a salir de su casa en mitad de la noche y que los siguió, manteniéndolos a raya hasta que la casa y todo su contenido ya no tenían salvación posible, y solo entonces se arrodilló cuidadosamente para expirar, en paz, mientras ellos se encogían asustados en la oscuridad. Recordarán aquello como el momento en el que descubrieron el miedo.

El funeral del maestro Wu es increíblemente multitudinario. Parece que conocía a casi todo el mundo de Valle Cricklewood. Cada comerciante, familia, profesor del colegio Soames, cada uno de los residentes de cada una de las casas de la playa; todos ellos vinieron a despedirlo. La gente trae pasteles y té y todos nos levantamos para saludarlos. No tenía ni idea de que conocía a tanta gente. Se lo comento a Elisabeth.

—Les pedí que vinieran —me dice—. Lo tradicional es tener a muchísimos invitados. Y no he podido… —Aprieta los labios y las manos dentro de los bolsillos. Soy consciente de lo que ella no es capaz de decir. También yo me siento muy decepcionado. La gente que no hemos podido encontrar —a pesar de enormes esfuerzos— son los alumnos del maestro Wu. En cada ciudad, en cada continente, el Dragón Sin Voz se ha esfumado, se ha evaporado como el agua en ebullición. O, quizás, avergonzados por haberlo dejado solo, simplemente están evitando nuestras llamadas.

En medio de la multitud Yumei y Ophelia son casi invisibles, dos invitadas más en medio de un gran y desconcertante espectáculo funerario para un anciano. La urna es pequeñísima, así que no está claro quién la lleva mientras caminamos solemnemente hacia las afueras de la ciudad, donde se encuentra el mar. Desde un lugar alto, esparcimos al maestro Wu por el viento. Va a la deriva como una nube, hasta que la brisa lo agita y lo manda lejos, en busca de nuevas aventuras. Elisabeth me abraza; luego se gira y lloramos por separado.

Gonzo y Aline, siempre incómodos en presencia del otro, se turnan conmigo cuando vuelvo a Jarndice. Me emborrachan y me hacen olvidar, o al menos me ayudan a vivir con ello. Dos semanas más tarde, me despierto y descubro que, aunque el cielo es gris y el mundo muy oscuro, es una oscuridad que estimula mi corazón más que someterlo. Está atardeciendo y no me siento resacoso. Soy capaz de vivir de nuevo y de hecho me siento lleno de energía. La presencia de la muerte me ha despertado de una manera profunda y comienzo a pegarle grandes bocados a la vida. Aline y yo follamos como conejos y salto de la cama como si dormir fuese para otra gente y devoro libros y conciertos y copas y grandes cantidades de comida. Gano unos kilos. Me pongo camisas con medio pecho al descubierto, sin ironía, sin motivos para que nadie se burle. Soy Tarzán, soy John Silver el Largo y tantos más. ¡Miradme! Gonzo me encuentra inquietante.

Engancho las clases con Cork, con las fiestas, con las manifestaciones y las caras van difuminándose hasta que la policía me resulta más familiar que los manifestantes porque, aunque nuestros camaradas provienen del mismo sitio que nosotros, estamos siempre en primera línea, así que pasamos más tiempo mirando a través de escudos de antidisturbios que a nuestros compañeros de detrás. Durante un mitin, me tiran una piedra a la cabeza y me hacen un tajo. La habían lanzado probablemente desde atrás, pero soy aclamado como un héroe y me sacan en la portada de los periódicos locales. Me llega incluso una cordial carta del superintendente de la policía en la que dice esperar que no haya sufrido ninguna lesión permanente. Para disgusto momentáneo de Aline le contesto con alegría que me encuentro bien y que espero que él también lo esté. Solo me perdona cuando señalo que él ha admitido la tácita responsabilidad de algo que es casi seguro que no hizo y que, cuando se sumen los puntos esto irá en su contra. Hago algunas llamadas telefónicas a Suecia y les pido que envíen un conferenciante a Cork, y después de que acepten (un bajito soporífero viene de la embajada y nos habla de los derechos mineros del Mar del Norte hasta que lo emborrachamos y lo enviamos a casa con una pluma de avestruz en la parte de atrás de los pantalones), llamo a Moscú, Sidney, Roma (y al Vaticano), Polonia e incluso a Addeh Katir, con la esperanza de dar nuevamente la campanada.

Llamar a Addeh Katir es emocionante y difícil porque el prefijo telefónico no está listado, así que recurro al portero de Cork, que una vez tuvo una cita con una mujer de la Cruz Roja que conoce a un chico en las Naciones Unidas que tiene el número de una oficina de la autoridad provisional katiri en Nueva York. Cuando llamo a la recepcionista, me comunica que no le han pagado desde noviembre, así que pasa de recoger el recado. Le digo que está haciendo una gran labor por las relaciones internacionales pero ya me ha colgado. Suelto el teléfono y pruebo algo más arriesgado.

Llamo a un tipo que conoce a un tipo que un día salió con una chica cuya agenda hace referencia a una persona (género desconocido) que parece tener contacto con no sé qué experto. Este experto es del círculo íntimo del gran Coloso, el destructor de políticas económicas sensatas y enterrador de obligaciones contractuales; el profanador de tímidas doncellas (y matronas); el maestro espadachín, la hercúlea, intrépida, indestructible fuerza de la naturaleza, el titánico guerrero Fred Astaire de Addeh Katir en carne y hueso, el mismo Zaher Bey.

Esta cadena tan floja de contactos genera un número de teléfono con prefijo suizo, al que atiende un individuo de voz chillona y sexo indeterminado.

—Konditorei Lauener, ¿dígame?

—¿Hola? Busco a Zaher Bey.

—No nos queda. Ahora el hotel es el único que tiene autorización para hacerla.

Esta respuesta me confunde. No estaba preparado para un intercambio de signos y contrasignos. Me devano los sesos buscando alguna respuesta espionajística adecuada, pero la otra persona me interrumpe antes de que pueda montar las piezas necesarias.

—Abrieron una causa al respecto, ya sabe. La gente del hotel necesitó una sentencia. Es su marca, ya sabe. Cualquiera puede hacer una tarta de chocolate al estilo Sacher, ¿verdad? Pero solo ellos pueden hacer una Sachertorte. Es la ley. Bueno, en cualquier caso —añade el personaje, con cierta satisfacción—, no nos queda.

Parece que mi interlocutor ha interpretado «Zaher» como «Sacher». Le explico que, en realidad, estoy buscando al líder del movimiento político que surgió en respuesta al imperialismo de economía exterior y al régimen títere dependiente de la lujuria de Erwin Kumar. Hay algo así como una pausa.

—¿Sabe usted que esto es una pastelería? —pregunta finalmente el personaje, dudando sobre si continuar la conversación.

—Este es el número que me dieron —le explico. Mi voz ha pasado del tono profesional e imponente al de disculpa.

—¡Pues debería devolverlo! —ya con cierto sarcasmo—. El número que tiene es incorrecto. Este número… es de una pastelería. En Basilea, lo que queda bastante al norte, ¿eh? Tenemos cientos de tartas, pero ningún revolucionario. La revolución, eso de gritar y romper cosas, es muy poco suizo.

Una vez entregada la información, el personaje cuelga amablemente y yo me siento junto al teléfono pensando a ver qué hago ahora.

Dos días más tarde, un apuesto caballero de unos cuarenta y tantos se sienta en mi mesa, en Cork. Ni idea de cómo ha podido entrar, pero se trae un vaso de whisky puro de malta del bar y demuestra sentirse completamente cómodo con el entorno. El señor ibn Solomon —es el nombre con el que se presenta— tiene una barriga casi imperceptible y un elegante traje azul. Posee una piel muy bonita, bastante oscura. Se parece a la imagen que seguramente tengas en la cabeza de un mercader fenicio o de un comerciante moro. Está bien afeitado, se ve resplandeciente y tiene unas manos muy cuidadas. Su voz es aterciopelada y nos sorprende con la revelación de su título completo, Freeman ibn Solomon, embajador plenipotenciario de las fuerzas de Bey en la Addeh Katir Libre. ¿Pero hablará con los pensadores y bebedores asamblearios del club? ¡Ya lo creo! Para él, es un placer; su vocación. Pero Freeman ibn Salomon es un estricto seguidor de la negociación y la discusión al mismo nivel. Sin tarimas ni atriles. Se sentará en este elegante salón y formará parte de nuestra conversación. Y para demostrar su profunda voluntad de ser como nosotros, se pimpla su vaso de Bruichladdich y amablemente va a por otros más.

—Disponemos de una montaña de armamento —nos cuenta Freeman ibn Solomon—. A vosotros, en cambio, os condenan con lagos de leche y llanuras de cereales y todo eso, pero nosotros tenemos una montaña de armamento. No es que nos importe quedarnos con vuestras armas de sobra —añade—; solo nos gustaría que las colocaseis bien sobre el resto de la pila. Entran en nuestro país con cuentagotas. Le llegan a Erwin Kumar, que las pierde o las vende, y luego aparecen por todas partes. La semana pasada encontré una caja entera en mi cocina, debajo del brócoli. Por supuesto —añade, sin rastro de enfado ni de ironía—, muy de vez en cuando alguien recibe una bala, lo que es terrible.

Iggy aparece en defensa del sistema internacional. Es muy extraño. La mayor parte de las veces, Iggy y los demás se lamentan por la iniquidad de la hegemonía capitalista (de todo lo que existe en este mundo, en realidad). Y aquí tenemos a Freeman Ibn Solomon, diciendo las cosas que ellos suelen decir, pero ahora están tratando de persuadirlo de que todo eso no es tan malo, en realidad. Lo que probablemente esté motivado porque cuando Freeman ibn Solomon lo cuenta y lo pone en contexto no puedes evitar sentir que también es tu culpa.

—Aunque no sois exactamente representativos, ¿no?

—Dios, no. No representamos a todo el mundo.

Iggy se inclina hacia atrás, satisfecho de haber atrapado a la mosca en un ungüento perfecto.

—No, no —continúa Freeman ibn Solomon—. Somos una democracia participativa. Todo el mundo toma parte en cada decisión, si hay tiempo. Si no lo hay, el Bey tiene el poder ejecutivo, claro, para que no nos pillen durmiéndonos en los laureles. Pero no tenemos leyes.

Iggy se queda mirándolo. Sebastian, detrás de su vodka tónica, abre mucho los ojos y lo mira con interés. Aline balbucea.

—¿No tenéis leyes? —le pregunta con severidad.

—No —contesta Freeman ibn Solomon—. La ley es un error, como verás. Es un intento de dejar por escrito un montón de cosas que la gente debería saber de todas formas. Evitamos tener nada de eso. Se espera que cada uno de nosotros actúe dentro de los límites del pensamiento correcto y que esté preparado para soportar las consecuencias de sus acciones. No es una posición tan cómoda como puedas pensar —Y toma otro sorbo de whisky.

—¿Y eso no lleva a la corrupción? —exige saber Aline.

—Por supuesto. Quiero decir, en cierto sentido es difícil de saber. Somos un país pirata, tenemos una administración menos estructurada. Todo el mundo se lleva la harina a su costal. Por otro lado, piensa que puedes exigirle explicaciones a cualquier persona. Siempre hay alguien con quien discutir —Y se encoge de hombros—. Cada uno elige con qué veneno morir cuando elige a qué gobierno votar. Bueno, pues este es el nuestro.

Se lo ve tan abatido que la conversación toma otros derroteros. Entonces Quippe se sienta al piano y, privilegiados de nosotros, vemos al Embajador Plenipotenciario bailar el cancán con Aline y con otra chica llamada Yolande que tiene rapada la mitad de la cabeza.

Cuando se sabe que tuvimos a un hombre de Addeh Katir en el campus, toda voz disidente y causa minoritaria del amplio espectro reconoce nuestra seriedad y nuestra importancia como Zona de Libre Pensamiento. Traigo nuevas causas a Cork y nuevos oradores y algunos son simpáticos y otros no tanto, pero yo soy el Hombre y con cada orador, Aline parece ponerse más y más cachonda. Aunque a todos se nos están desgastando las esposas opresivas del Estado y estamos llegando a un punto en que necesitamos unas nuevas. Addeh Katir desaparece del escrutinio público porque las negociaciones parecen haberse estancado. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas deniega la petición de Zaher Bey de una fuerza de mantenimiento de la paz. Prácticamente hay un cisma en Cork sobre si este es un paso en la dirección correcta (lejos de la hegemonización cultural cuasitotalitaria) o en la equivocada (hacia un imperio de economía aislacionista), pero el conflicto finalmente se disuelve en una fiesta de la espuma. La vida sigue.

En Erwinlandia, el gran presidente continúa sus treinta años de estragos por el Kama Sutra.

En torno a la facción de Zaher Bey del Lago Addeh se mantiene una apariencia de orden e infraestructura a través de un mercado negro más eficiente y humano que la economía legal.

Aline se depila el pubis en protesta por el comercio de pieles. A pesar de esta distracción, me consigo organizar para los exámenes.

Gonzo recibe un paquete de Mamá Lubitsch que contiene tantísima comida tan increíblemente deliciosa que casi no puede almacenarla en su habitación. Me vuelve particularmente loco el merengue de avena con frambuesas.

El paraíso dura hasta que una mañana cuando, sentado junto a la mesita del café con mi trabajo de biología y sin prestar mucha atención a Sebastian, que le dice a Quippe que «la libertad del movimiento y la velocidad de la comunicación intrínseca al Tardomoderno entraña, que no legitima, el fin de la Era de la Presencia», unos tíos con pasamontañas explotan —literalmente, explotan, porque su llegada está precedida por una ráfaga de luz y sonido que hace que me escueza la nariz y me sangren los oídos— a través del almacén y la barra, nos lanzan violentamente contra el suelo y nos machacan la cara contra la alfombra raída, de forma que inhalo una cantidad ingente de ácaros y hasta el más tenue olor de los debates carnales. Resulta algo redundante que uno de los chicos en pasamontañas grite que se trata de una redada.

Levanto la cabeza. Aline está justo frente de mí, con el pelo oscuro y desordenado de una forma muy sexy y el rostro aterrado, paralizado. Aquello me asusta porque ella ha estado metida en más revoluciones que yo y jamás me ha hablado de algo parecido. Grito su nombre pero no me mira. Uno de ellos viene hacia mí y me chilla a la cara y me levanta para llevarme a algún sitio aislado, porque soy claramente más subversivo que los demás, o quizás –y eso ya es una muy buena razón para hacerme sufrir– porque me he estado beneficiando a la revolucionaria mona de vaqueros ceñidísimos.

El interior de un camión de servicios de seguridad es un muy mal lugar. Huele a miedo y a tíos que no se han pegado una ducha —o echado poquito de desodorante— en bastante tiempo. Tampoco hay cojines. Las esposas están sujetas a una gran argolla en el suelo y me imagino una especie de mecanismo de candado integrado y empiezo a pensar qué pasaría si el camión cayera en uno de tantos ríos de los alrededores de Jarndice. Llego a la conclusión de que debe de haber algún tipo de apertura automática, aunque luego determino que no, que no lo hay. Pongo toda mi confianza, todas mis esperanzas, en la cabeza rapada que veo a través de las rejas y me esfuerzo mucho para ser un buen convicto y no un peligro para la sociedad, también para no potar, porque encontrarte en la parte trasera de un camión sin ventanas, con la cabeza entre las rodillas y el horrible calor de Jarndice, suele producir náuseas.

Por la charla de la radio y el intercambio de monosílabos entre el conductor y sus compañeros, deduzco que los chavales con pasamontañas no son técnicamente soldados. Son nominalmente un grupo de acción no militar para la defensa civil y la lucha contra el terrorismo. De hecho, son una subcontratación interna. Las fuerzas armadas se los han prestado a las fuerzas de seguridad del gobierno, por lo que, mientras dure su empleo actual, funcionan como civiles. Lo que significa que han sido entrenados como soldados, equipados como soldados, que pueden luchar y, si lo necesitan, matar como soldados, pero que pueden desplegarse por la nación y por el extranjero libres de los molestos estatutos como la ley Posse Comitatus o la Carta de Derechos de los Reinos Insulares Unidos. Curiosamente, no ser soldados los libera para ser más antipáticos con los que tampoco lo son.

De acá para allá, hacen desfilar a filas de alicaídos detenidos y gritan que somos unos colaboracionistas, lo que suena como una cosa arcana por la que hay que enfadarse. Una y otra vez le pegan una buena colleja a algún detenido que, sin pensar, se enfrenta a ellos. Rápidamente es silenciado con una patada o con un puño cerrado. Luego nos gritan más cosas. También somos «traidores», «desleales», «colaboradores», «quintacolumnistas», «chaqueteros» y «conspiradores». Después de haber sido procesados —lo que, básicamente, consiste en tomar nuestros nombres, direcciones y alguna identificación oficial, además de requisarnos cinturones y cordones de zapatos—, un oficial subalterno viene a nuestras celdas para decirnos que éramos unos «Arnolds» y unos «Haw-Haw» (arquetipos de traidores). Pienso en si llevarán encima un diccionario de sinónimos.

Las celdas de detención no son de alta tecnología. Por alguna razón, me esperaba pasillos relucientes, biomonitores y polígrafos, no centros de detención ad hoc hechos con mallas de alambre en mitad de un almacén; no una mera bombilla como iluminación y cubos de metal para mear. No siento estar en mi país. Más bien, parece que estoy en uno de esos países sobre los que he leído y donde las cosas están muy mal. Parece exactamente el tipo de sitio por el que protestamos, pero que pensábamos que estaba en cualquier otra parte. No era nada alentador contemplarlo ante nosotros.

Comparto mi celda con Iggy y Sebastian y con dos o tres personas que no conozco y que es evidente que no son estudiantes. Son mayores, se los ve más curtidos; está claro que ya no estudian, sino que trabajan. Son unionistas, en el sentido real de la palabra: hombres que se organizan con sus compañeros de trabajo para protestar juntos y demandar una mejor —que no excesiva— remuneración y normas de seguridad más adecuadas. Y están asustados, lo que da bastante miedo, porque ellos saben más de este tipo de cosas que nosotros.

—Putos nazis —dice Sebastian.

Aunque Iggy no está tan seguro de que se trate de eso. La frecuente invocación del imaginario colectivo del Holocausto es contraproducente, porque…

—Si te mete en un gallinero —continúa Sebastian con firmeza—, te trata como un subhumano, viste un uniforme sexy y asegura que todo esto lo hace por un bien mayor, es que es nazi.

Inmediatamente, irrumpen en la celda, lo sacan y lo encapuchan. Sebastian parece mantenerse firme hasta que lo oímos llorar nada más cruzar la puerta. Probablemente no es un caso de «irrupción», o no del todo. Podemos verlos llegar. Caminan con resolución y hay unos cuantos que parecen estar bastante fuertes bajo esos elegantes uniformes. Pero esto no es nada comparado con la anterior aparición en Cork. Ellos no gritan. No hay granadas aturdidoras, ni entradas violentas, ni empujones. A pesar de eso, todo lo hacen con la facilidad que da la experiencia y la potencia de una energía cinética importante. Un aroma a poder que nos arrebata a Sebastian y que les permite alzarlo en brazos como si no pesara nada y llevárselo sin más. No lo traen de vuelta. Es lo que esperamos que hagan, pero no sucede. No traen de vuelta a nadie y, poco a poco, nuestro almacén va volviéndose más silencioso, más desierto y más aterrador.

Me descubro a mí mismo hablando. Casi todo el mundo está en silencio, la mayoría está sentado o apoyado en algún sitio, pero yo no puedo parar de caminar de un lado a otro y mi boca parece tener vida propia. Quiero saber si esta historia puede ser legal y, en caso de no ser así, si es mejor o peor para nosotros. Pregunto si alguien tiene experiencia en ser arrestado y Barry (el segundo unionista) señala que es poco probable que alguien que lo haya estado desee comentarlo en una zona de detención en la que bien podrían estar vigilándolos. Aquello hace que deje de hacerme preguntas durante un rato pero me insta a ir buscando dispositivos de escucha, aunque Iggy remarca que no deben ser visibles. Aun así, sigo buscando, en caso de que estén ahí y se espere que yo sea capaz de encontrarlos. Cuando vuelven los hombres, Iggy me dice que me calle y que me siente de una puta vez. Barry camina hacia ellos, enseñando las manos, pero se apartan de él y de mí y sacan con firmeza a Iggy y lo cubren. Se tropieza, pero lo arrastran hasta que logra volver a poner los pies en su posición.

—Nada bueno —dice Barry.

—¿Por qué?

—Bueno, si nos sacan en orden es porque saben quiénes somos, ¿no?

Y si saben quiénes somos, o creen que lo saben, entonces esto ya sí que no se trata de un error. Creen que tienen algo. Barry se encoge de hombros y se sienta. Está claro —dice— que solo los están metiendo en una zona de confinamiento separada, así que no podrán prepararnos para lo que está por venir. Irá bien. Puede que la cosa tarde un poco más en aclararse, pero todo saldrá bien.

Prefería a Barry cuando no estaba lo suficientemente preocupado como para intentar tranquilizarme y desearía que no temblase tanto. Empiezo a temer que vaya a morir aquí, a desaparecer para siempre. Me digo que eso es una parte del interrogatorio. Pero no ayuda.

Los hombres regresan y las botas del oficial dejan pequeñas marcas de rojo oscuro en el suelo. Dios quiera que haya pisado una señal de tráfico recién pintada, pero sé que no. Se llevan a Barry y él me hace un gesto y me dice «Aguanta», lo que parece molestarles, así que lo amordazan antes de encapucharlo. Veinte eternos minutos después, una lona con un olor muy fuerte a la colonia barata de alguien se cierne bruscamente sobre mi cabeza.

Es curioso caminar encapuchado. No puedo ver, no puedo oír bien. Los no-soldados tienen que agarrarme los brazos para guiarme. Soy dependiente de ellos, pero ellos, en cambio, tienen que cuidar de mí al menos en este momento. Aplican el in loco parentis y yo estoy bajo su custodia durante el viaje desde donde estaba hasta donde he de llegar. El de mi izquierda se acerca a mí. Un par de pasos, uno, dos, bien, stop… buen chico. Parece muy satisfecho. Date la vuelta… ahora. Siéntate. Vamos allá…

Me ponen en una silla. Es incómoda y está húmeda. Alguien ha sudado muchísimo allí. Quizá sea algo más: percibo un persistente olor a lejía. Me dejan puesta la capucha. El tipo de la izquierda —en realidad se ha movido, pero tiene la misma voz— murmura de nuevo: Bien, bien, te portarás bien, ¿verdad? Te irá mejor así. Más allá alguien se ríe de él y lo llama Sr. Simpático. Sí, dice él, claro que lo soy, joder. De lo que deduzco que también hay un Sr. Antipático. El Sr. Simpático se aleja de mi hombro. El aire es un poco más frío sin él. Espero a ver qué pasa.

Entonces oigo un ruido de algo rascando contra el suelo, que parece del hormigón propio de un almacén estándar, áspero y poroso, y me doy cuenta de que alguien ha puesto una silla frente a la mía. Es una silla más o menos pesada, una silla de oficina sin ruedas más que una de esas de plástico desechables que ponen en los palacios de congresos. Me quitan la capucha con una desconsideración importante hacia mi nariz y mi barbilla, que sufren algunos roces, y me quedo cara a cara con un viejo relajado y bucólico. Lleva una chaqueta de general mugrienta y parece estar al mando de todo.

Su cara no me causa sorpresa, en el sentido de que es grande y roja y lleva una barba canosa de varios días. Tiene los ojos rasgados y parecen pequeños porque se doblan hacia abajo en las esquinas exteriores, como si alguien le hubiese cosido la ceja a la mejilla. Una parte de mi cerebro reconoce este rasgo como pliegue epicántico y me informa de que es común en personas descendientes de asiáticos, pero algo raro en europeos (lo que la mayoría de norteamericanos llama caucásicos a pesar de que las gentes de las montañas del Cáucaso pertenecen a varias etnias y no a la anglosajona, precisamente) y algunas veces asociado al Síndrome de Down. Puesto que el hombre que hay frente a mí es clara e inevitablemente no asiático, y puesto que resulta profundamente improbable que una persona con Síndrome de Down pueda alcanzar este rango en el Ejército, parece que el general es lo que se llama una pequeña curiosidad biológica, aunque tampoco es eso lo que me provoca el shock que siento al verlo. Estoy sorprendido, incluso aturdido, por la visión de este individuo porque su nombre es George Lourdes Copsen y es el padre de la princesa prometida de Gonzo amante de los burros llamada Lydia, y lo conozco y sé que él me conoce a mí. La última vez que lo vi fue al otro lado de la mesa del stand de «adivina cuántos caramelos hay» en una fiesta del colegio Soames. George Copsen no acertó. Ni siquiera lo intento. Usó una calculadora de bolsillo para cotejar las respuestas de los más o menos trescientos participantes y produjo una respuesta que era precisa dentro del margen de error (ya que, cuando fuimos a contarlos, no pudimos evitar que uno de los de primero se comiera entre uno y diez caramelos). Me mira con el aire de un hombre que ya ha sido informado, que ha visto el dossier, que se conoce el percal y que, sin estar atado a un almohadón empapado, dispone de un pequeño control remoto con un gran botón rojo. Y así es.

—¿Cómo andas? —me pregunta George Copsen en tono familiar y yo trato de hacer un gesto despreocupado que demuestre lo mucho que controlo la situación, a pesar de que acabo de ser secuestrado en un bar, de que ha sido por una fuerza paramilitar y de que ahora estoy amarrado a una silla. Desafortunadamente, han asegurado mi cabeza de alguna manera y parezco un idiota estirando los músculos del cuello. George Copsen sonríe amablemente y sugiere que use la voz para contestar, así que le digo que estoy bien. Bueno, un poco nervioso, en realidad. George Copsen dice que probablemente debería estarlo, pero que se va a encargar de solucionarlo todo.

—Lo único que tienes que hacer —me dice George Copsen— es contarnos quién te reclutó, de qué se hablaba en la célula, en qué acciones estabais involucrados y quiénes son los demás —. Y sonríe de nuevo.

Lo que supone un problema para mí porque nunca fui verdaderamente reclutado. Me apunté casi a ciegas y empecé a ser follado por una salvaje activista italiana, de la que me enamoré por razones que ahora percibo mucho menos intelectuales que antes, pero lo que está claro es que nunca fui miembro de nada más radical que una fraternidad de borrachos incansables y de un club bastante grande de jóvenes que sostienen opiniones radicales para poder echar un polvo. George Copsen retira una carpeta desde algún lugar fuera de mi campo de visión y se acerca a mí. Abre el archivo como una Biblia familiar y procede. Su voz está llena de reproche, como si yo fuera un perrito nuevo que se ha hecho pipí en la alfombra.

—Parece que muchos chavales y chavalas de buena familia habéis estado expuestos a la influencia de un personaje particular. Llamemos a esa persona el Sr. A, ¿te parece? Un hombre extraordinario.

Sebastian. Dios. Estás bien jodido. Y quieren que yo añada más mierda al montón. ¿Qué es lo que haría Gonzo? Gonzo nunca llegaría a un lugar como este. Gonzo es una estrella del atletismo, un futbolista de éxito, un héroe para las masas y un amante para universitarias profundamente convencionales. Gonzo es un buen partido dentro del mercado libre, un producto empresarial con marca registrada. Pero Gonzo nunca traicionaría a un amigo. Ni ahora, ni nunca, a ningún precio, ni siquiera con una pistola apuntándole a la cabeza.

—«El Sr. A era fundamental en todas las acciones llevadas a cabo por el cuadro de Cork». ¿Desde cuándo teníamos un cuadro? Ni siquiera tengo muy claro qué es. —«Para nosotros fue un líder y un confesor cuando flaqueábamos. Sin el Sr. A, nada hubiera sido posible». Ese es Iggy, ¿cuál es su nombre real?

Se trataba de una pregunta inofensiva. La ropa de Iggy todavía tiene etiquetas con su nombre de cuando estaba en el colegio. —Andrew —le digo a George Copsen.

—Y aquí Quippe: «A. nos enseñó varias técnicas de subversión que iban desde el soborno o la extorsión al proxenetismo y las demoliciones».

A Quippe la fantasía se le ha ido totalmente de las manos. O igual había sido animado.

—Ahora viene una señorita: «Fui reclutada por uno de mis compañeros de la universidad. No exagero sobre su poder de convicción o sobre su resolución. En mi caso, la vía de acceso fue sexual. Me sedujo y me hizo adicta a su presencia física. Fue cambiando poco a poco mis principios y me introdujo en el club conocido como Comité, que, como ya he declarado anteriormente, es una tapadera para el adoctrinamiento y entrenamiento terrorista. Ahora me doy cuenta de que en todo momento vivía entre la obsesión sexual que sentía por ese hombre y el miedo físico que me inspiraba. Gracias por… —y aquí la voz de George Copsen está impregnada de una emoción que creo identificar como lástima, pero que en otro contexto bien podría ser de hilaridad— …por rescatarme». Suena bien.

Aline, creo, ha olvidado mencionarme que una vez fuera amante de Sebastian y que éste ejerciera un terror tan fuerte y constante sobre ella, pero empiezo a percatarme de que George Copsen no está hablando de Sebastian, lo que se confirma con la concisa declaración de Sebastian, en la que también culpa al Sr. A. de todos los males del mundo. Resulta evidente que George Copsen no me quiere para que confirme esta historia, para que añada más leña a la hoguera en la que ya se encuentra al Sr. A. Aline y Quippy e Iggy están describiendo a alguien que no conozco, alguien del que jamás he tenido noción hasta esta curiosa presentación delegada. Me temo muchísimo que me han colocado el abrigo de este tipo y que me han soltado en mitad de la carretera. George Copsen me enseña la firma de Aline, fluida y elegante y todavía con aquellas esposas en la cama. Asiente con la cabeza y me dice que sí, que todos han declarado que yo soy el Sr. A.

Incluso ahora, Gonzo no los traicionaría. No detallaría sus delitos, el tiempo y lugar en los que los cometieron; no los acusaría como venganza. Gonzo se mantendría firme y exigiría un abogado y el respeto a sus derechos y lo haría a pesar de estar frente al careto de George Copsen. Lo hago lo mejor que puedo, que resulta penoso, y le digo que no sé por qué habría de decir algo así, aunque sangro por dentro y apenas puedo contener las lágrimas.

Ante esto, la cara del general adquiere gravedad y sugiere que reconsidere mi posición, así que le cuento toda la historia de principio a final, que él escucha con atención y, tras la cual, me explica que no hablaba figuradamente. Que me lo tome como una instrucción literal. Se saca una cajita de maquillaje para señoras de su bolsillo de machote y despliega el espejo para mostrarme, entre las motitas de polvos caros, la profundidad de la mierda en la que estoy metido hasta el cuello.

El sentido del olfato está profundamente asociado a la memoria. Viejos ciegos y seniles, desde sus tumbonas en el césped de Happy Acres, recuerdan con lucidez cosas que les han pasado alrededor de la hierba recién cortada y en los parterres de flores de juventud. Este momento imprime en mí el sentido contrario, por así decirlo: desde ese instante revelador en aquella pequeña sala de Jarndice hasta el día de hoy no puedo inhalar ese particular olor a maquillaje sin empezar a asfixiarme por el miedo. Es el que llevan las viudas de modales rígidos y personalidades fuertes, lo que probablemente no ayuda, pero tampoco suelo encontrármelas. En cambio, recuerdo el lento proceso de componer una imagen con los siete centímetros de espejo que sujetaba la mano de Copsen. Las manos de George Copsen no tiemblan demasiado, pero tampoco es una estatua, así que el espejo se tambalea un tanto. Lo que, de hecho, no es un problema sino una ventaja. El espejo resulta demasiado pequeño para mostrarme de un vistazo la naturaleza de esta sala. Mi naciente horror recae en un fenómeno llamado retención de imagen, que además es la base del cine: el aparato visual humano guarda las imágenes un instante después de haberse ido. De esa forma puede ensamblarse una representación completa a partir de elementos dispares. Una secuencia de veinticuatro fotogramas ligeramente diferentes se convierte en una imagen en movimiento. Así, también construyo la escena del aprieto en el que me encuentro a partir de una dispersa serie de reflejos circulares, para lo que tengo que concentrarme. George Copsen quizás lo sabe e intenta centrar mi atención en lo que él quiere.

La razón de que esta habitación huela a lejía; la razón de que el asiento esté húmedo y algo resbaladizo; la razón de que mi cabeza esté sujeta y no pueda mover las manos… es que me encuentro en una sala de ejecuciones. Estoy sentado sobre una silla eléctrica. Un grueso cable troncal sale de la pared como una cola de rata y se conecta a la base que tengo cerca de los pies. De ser necesario, por ahí podría correr la suficiente electricidad para chamuscarme la cabeza.

El padre de Lydia está considerando si ejecutarme en el acto o no. Tiene el dedo sobre el botón, botón que podría pulsar por accidente si yo le diera razones para apretar los puños o incluso si llegase a estornudar. Todo esto es completamente ilegal y no hay duda de que si alguien llegase a descubrirlo, el general estaría en un buen lío, pero esto (y es obvio que George Copsen domina cada argumento y contraargumento en este debate) importará muy poco cuando solo queden los humeantes restos de cerdo cocido del universitario acusado injustamente, aquel chaval sin capacidad para saber cuándo estaba con el agua al cuello y cuándo era momento para dejarse de ceremonias constitucionales.

Gonzo le seguiría el juego. Bueno, Gonzo estaría completamente seguro de que solo era un farol. Pero mi instinto me dice que le explique la cuestión del Sr. A en los términos que he estudiado recientemente. Que le hable al general Copsen sobre las ideas de Frege sobre la relación sentido y referencia que, en esencia, hablan de que el lenguaje y la realidad no siempre coinciden y que se pueden usar palabras —como unicornio— para denotar un objeto que no tiene necesariamente que poseer los atributos inherentes a esa descripción. La palabra unicornio, por ejemplo, sugiere una bestia mágica con un largo cuerno que le brota de la frente y que tiene cierta afición por las mujeres virginales. Este es el sentido. El sentido no tiene por qué ser una descripción precisa de lo que realmente hay ahí. Esa cosa —la referencia— puede ser algo bastante diferente, digamos, un caballo mugriento parado delante de la valla de un jardín.

Bestias mitológicas aparte, el tema importante, el que aquí resulta relevante, es que el sentido y la referencia pueden ser independientes el uno del otro, incluso contradecirse violentamente, con el resultado de que aquellas cosas que creías conocer de arriba abajo, de pies a cabeza, resultan ser diferentes de cómo las entendías. En algún momento, por ejemplo, alguien se despierta, mira al lucero del alba, piensa en el lucero de la tarde, observa el cielo a través de su telescopio y se percata de que tanto Héspero como Fósforo son, en realidad, el planeta Venus. ¡Dos sentidos incorrectos para la misma referencia real! ¡Menudo día tuvo que ser! Una verdadera revelación, sí, seguro. Cómo tuvieron que reírse… ¡Ajá! Ja… ja, ja, ja, ja. Algo sobre lo que todo el mundo habría aseverado bajo juramento, que habrían firmado y resulta ser totalmente falso. Tanto ocurre con el mito del Sr. A, que no existe, que es un sentido puro, una alucinación compartida por el Gobierno, por el general George y recientemente por Aline, Iggy y Quippe y todos los demás, pero cuya referencia, por absurdo que parezca, resulto ser yo. Todos nos reiremos recordando esto. ¡Ja… ja, ja, ja, ja! ¡Menuda historia!

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9788418994036
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