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LA ENTREPLANTA



Título original: The Mezzanine

Primera edición: noviembre, 2018

© del texto: Nicholson Baker, 1986, 1988

© de la traducción: Ce Santiago, 2018

© de la presente edición: Editorial Humbert Humbert, S.L., 2018

Diseño de cubierta: Duró Studio

Ilustración de interiores: Laura Moreno

Publicado por La Navaja Suiza Editores

Producción del ePub: booqlab

Editorial Humbert Humbert, S.L.

Camino viejo del cura 144, 1.º B, 28055 – MADRID

http://www.lanavajasuizaeditores.com

ISBN: 978-84-123059-7-5

IBIC: FA

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de la obra.

ÍNDICE

And yes I said yes I will Yes. Siete notas sobre La entreplanta, por Patricio Pron

LA ENTREPLANTA

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Capítulo Quince

EPÍLOGO, por Ce Santiago

AND YES I SAID YES I WILL YES. SIETE NOTAS SOBRE LA ENTREPLANTA

Patricio Pron

1

«¿Quieres que te cuente todas las cositas que se me pasan por la cabeza, sin dejarme ninguna?», pregunta la mujer al otro lado de la línea en Vox (1992), el episodio de sexo telefónico que conforma la tercera novela de Nicholson Baker (Nueva York, 1957). La respuesta de su interlocutor es, por supuesto, que sí; y, aunque en Vox da pie a la fantasía de una orgía en un circo y a una escena de seducción en la que desempeña un papel eminente el aceite de oliva y la limpieza de cañerías, la pregunta y su respuesta pueden ser vistas también como el punto de partida de toda la literatura del autor, comenzando por La entreplanta (1988), su debut literario. Más que ningún otro escritor de su generación, Baker exige de su lector un rotundo «sí» por respuesta para que su obra funcione, una entrega total y absoluta como la de Molly Bloom al final de Ulises de James Joyce –posiblemente el libro que funda la genealogía de los escritores más radicales del siglo XX a la que Baker pertenece por derecho propio– porque, cuando pregunta a su lector si este quiere que le cuente «todas las cositas» que se le pasan por la cabeza, el autor de La entreplanta no está bromeando: va a contarle absolutamente todas ellas, y son muchas.

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Paul Valéry repudió la novela con el argumento de que esta debía forzosamente incluir frases como «la marquesa salió a las cinco», que le parecía una trivialidad; Antón Chejov, por su parte, exigía que, si en el primer acto de una obra teatral se hacía mención de un rifle, en el siguiente el rifle fuera disparado. No existen los hechos insignificantes en literatura; y la novela del siglo XX –que, en ese sentido, es profundamente chejoviana– lo demuestra, también La entreplanta. ¿Qué narra la novela de Baker? Un joven empleado de oficinas llamado Howie aprovecha la pausa del almuerzo para comprar un par de cordones para los zapatos, come unas palomitas de maíz, un perrito caliente y una galleta, bebe un poco de leche, hojea una edición de bolsillo de las Meditaciones de Marco Aurelio, regresa a la oficina: eso es –trágica, hilarantemente– todo.

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Y sin embargo es más que suficiente; de hecho, a Baker le alcanza –y le sobra– para poner de manifiesto muchos de sus talentos, como una percepción extraordinariamente aguzada de los detalles, un sentido notable del ritmo de la frase y de las posibilidades cómicas de la historia y una capacidad excepcional para convertir el flujo de conciencia del obsesivo, hiperracional Howie en algo que resulta próximo al lector, algo que abandona el ámbito privado –el interior del interior de la mente del personaje– para convertirse en un cierto tipo de experiencia extrema pero común con la que el lector puede identificarse, como su imagen en un espejo.

4

Nicholson Baker es considerado habitualmente un miniaturista: por una parte, sus novelas están repletas de pequeños detalles muy bien observados, como el de que las pajitas de plástico tienden a flotar sobre la bebida, el de la conveniencia de que la apertura de los cartones de leche conforme un pico que facilita el derramado o el de que la basura se acumula siempre en la parte superior de las escaleras mecánicas, y no en otro sitio. (Todos los ejemplos provienen de La entreplanta). Por otra parte, sus obras suelen «desarrollarse» –no es completamente correcto que las novelas de Baker se «desarrollen» en ningún sentido– en un espacio de tiempo reducido: una hora en La entreplanta, unos pocos minutos en los que el narrador sostiene en brazos a su hija en Temperatura ambiente (1990), algunos instantes en Una caja de cerillas (2003), unas horas en Vox. Sam Anderson observó, en la entrevista que le realizó para The Paris Review en 2011, que «lo que oculta el tono jovial de Baker es la convicción defendida apasionadamente de que deberíamos honrar los detalles de nuestras vidas más que ser arrastrados por extrapolaciones y abstracciones»; pero el hecho es que, aunque esto es parcialmente cierto, la literatura del estadounidense posee un alcance mayor del que correspondería a la de un miniaturista: al escribir acerca del tránsito del envasado de la leche en botellas a su venta en cartón, sobre la conversión de los lugares de trabajo en espacios revestidos de moqueta por defecto o el surgimiento del sexo telefónico, Baker apunta a la conformación de una antropología urbana y muy personal cuyo mensaje es que, por insignificantes que parezcan a simple vista, todas estas pequeñas novedades suponen cambios significativos en nuestra percepción y en la relación que establecemos con los objetos y, de forma más amplia, con el mundo. Uno de los méritos más notorios y desconcertantes de La entreplanta es que en ella se fundan simultáneamente dos regímenes de distinto orden, el de un puñado de experiencias que no vuelven a ser las mismas después haber sido descriptas hasta su (aparente) extenuación –es improbable que el lector vuelva a atarse los zapatos o se enfrente a unas escaleras mecánicas del mismo modo en que lo hacía antes de haber leído esta novela– y el del sujeto que las evoca, en este caso el melancólico, obsesivo, Howie del que al final del libro no sabemos paradójicamente nada aunque nos lo ha contado todo.

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A pesar de la aparente trivialidad de los pensamientos con los que personajes como Howie se entretienen en sus libros, la literatura de Baker se hace una pregunta muy poco trivial, la de cómo comprender cuál es el sentido de ciertas experiencias sin recurrir a generalizaciones. Jorge Luis Borges se negó a escribir alguna vez una novela afirmando que «una obra de trescientas páginas no puede prescindir de ripios, de páginas que sean meros nexos entre una parte y otra». Baker, en cambio, parece interesarse únicamente por esos nexos, los «ratos muertos» entre hechos «trascendentes» –y deliberadamente omitidos– que constituyen el contenido casi excluyente de sus libros y su muy particular aproximación al problema del conocimiento, que para el autor no está escindido del «poder alimenticio» de las percepciones más insignificantes cuando estas son vistas «al microscopio» y de la desestabilización producida por la emergencia de la vulgaridad como tema primordial del entretenimiento y la comunicación contemporáneos. Como afirma Ross Chambers en relación con La entreplanta, «la trivialidad de la narrativa de Baker sugiere […] una hipótesis que tiene más que ver con cuestiones filosóficas que con la narrativa como tal. ¿Qué tipo de texto trata lo trivial como significativo? ¿Cómo se establece la importancia de lo (supuestamente) trivial? ¿Qué cambios supone esto en las formas en que concebimos el conocimiento y en los modos de comprobación en los que se basa nuestra manera de identificar el conocimiento? ¿Hay algo parecido a un “tiempo muerto” epistemológico que pueda tener un interés filosófico, educativo o crítico?».

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La entreplanta es y no es una respuesta a estas preguntas: al igual que En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y de los libros de Georges Perec –con quien Baker comparte también la preferencia por una contrainte o restricción que limite y a la vez multiplique las posibilidades de una situación narrativa–, La entreplanta es digresiva, proteica, multiforme. (Y aparentemente descriptiva, excepto por el hecho de que, como en Proust y en Perec, aquí no se describe en un sentido estricto, sino que se presenta la conciencia que lleva a cabo el acto perceptivo del que se deriva la descripción). Baker pasa de los surcos que los patinadores dejan en el hielo a las líneas de puntos en los formularios, a continuación habla de los troquelados, después deriva en los surcos de los discos y en las exigencias de su cuidado y al final piensa en las estrías que una embarcación deja en las aguas de una laguna: las diferencias de materiales, lo disímil de las condiciones de posibilidad de todos estos objetos y situaciones son suprimidos por el flujo de una conciencia que no los asimila pero tampoco los presenta contiguamente, que se contradice de a ratos a sí misma –una de las funciones más destacadas de las muchas y muy notables notas a pie de página del libro–, que no puede dejar de pensar en aquello en lo que supuestamente no se piensa nunca porque es banal, trivial, fatuo: que pretende agotar lo que narra pero no lo agota, lo funda para la novela y para su lector.

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Vox fue descrita por la crítica como una novela «tediosa», La fermata (1994) fue considerada «repulsiva», Checkpoint (2004), «escoria», Humo humano (2008), «infantil»: el desencuentro entre Nicholson Baker y la crítica literaria se remonta a su primera novela, de la que el crítico del New York Times Robert Plunket dijo que no tenía «ni historia, ni argumento, ni conflicto». (A pesar de lo cual, la crítica era positiva). La entreplanta sí los tiene, sin embargo, aunque estos no salten y hagan morisquetas frente al lector como desearía el crítico distraído: en algún sentido, su argumento es el de la fundación de una sensibilidad y la experiencia de asistir a ella. Se trata de una experiencia tan cautivante como la que, como admitió Baker en la entrevista de The Paris Review, tuvo lugar durante su escritura: «Fue totalmente absorbente, la sensación de estar hundido en medio de un estanque grande, tibio, casi inmanejable. Podía percibir cómo todas esas notas que tenía, todas esas observaciones que había guardado para usar alguna vez, se acomodaban finalmente relacionándose unas con otras. En algún lugar del capítulo tres, pensé, “Dios mío, ¡es un verdadero capítulo!”. Y más tarde llegué al capítulo ocho y algunas cosas habían sucedido: no había ocurrido mucho, pero algo había ocurrido». Qué le pasó a Baker en ese punto, y qué le pasará con él a quien lea este libro, puede y tal vez deba ser omitido aquí para dar paso al ejercicio de entrega absoluta por parte del lector que la narrativa del escritor estadounidense compensa ejemplarmente, al «and yes I said yes I will Yes» de Molly Bloom sin el cual, en cierto sentido, no hay literatura posible; pero la conclusión del ejercicio sí merece ser mencionada, y se encuentra en El antólogo (2009), otra de las novelas del autor de La entreplanta: «Uno necesita el arte para amar la vida».

LA ENTREPLANTA

Capítulo Uno

A la una casi en punto entré al vestíbulo del edificio en el que trabajaba y giré hacia las escaleras mecánicas, llevaba en una mano un libro de bolsillo de Penguin y una bolsita blanca de una droguería de la cadena CVS con la factura grapada en la parte superior. Las escaleras ascendían hacia la entreplanta, donde se encontraba mi oficina. Eran de esas de estructura flotante: un par de signos de integral que se elevaban precipitadamente entre los dos pisos a los que daban servicio sin puntales ni pilares con los que soportar ninguna carga intermedia. En los días soleados como este, una escalera provisional más pronunciada de luz diurna, creada por las intersecciones de las formidables cantidades de mármol y cristal del vestíbulo, confluía con las verdaderas escaleras justo por encima del ecuador de estas, expandiéndose en forma de resplandor acicular, y añadiendo prolongados y refulgentes realces a cada uno de los pasamanos de goma negra que oscilaban ligeramente a la vez que dichos pasamanos se deslizaban en sus rieles, como los radianes de lustre negro que surcan el ondulante borde externo de un LP1.

Al aproximarme a las escaleras de subida, transferí involuntariamente mi libro de bolsillo y la bolsa de CVS a la mano izquierda, para poder asirme al pasamanos con la derecha, con arreglo a la costumbre. La bolsa hizo un ruidito de papel que crepita, y al mirarla descubrí que por un segundo fui incapaz de recordar lo que había dentro, se me enganchó el recuerdo a la factura grapada. Pero por supuesto, pensé, aquel era uno de los principales motivos por los cuales las bolsitas eran necesarias: mantenían la privacidad de tus compras, a la vez que daban al mundo muestras de que uno llevaba una vida ajetreada, rica, repleta de recados apremiantes. Previamente durante aquella hora del almuerzo, me había pasado por un Papa Gino’s, una cadena en la que rara vez comía, para comprar un cartón pequeño de leche con el que acompañar una galleta que inopinadamente me había comprado en una franquicia en quiebra, atraído por la idea de pasar unos minutos en la plaza frente a mi edificio comiéndome un postre ya impropio de mi edad y leyendo mi libro de bolsillo. Pagué por el cartón de leche y entonces la chica (en la identificación con su nombre ponía «Donna») vaciló, percatándose de que en la transacción faltaba un componente.

–¿Quiere una pajita? –dijo.

Vacilé a mi vez, ¿la quería? Mi interés por las pajitas para beber cualquier cosa aparte de batidos había decaído varios años atrás, alcanzando probablemente su máximo el año en que el mayor proveedor de pajitas cambió las de papel por las pajitas de plástico, y nos adentramos en la engorrosa era de la pajita flotante2; aunque aún me gustaban las pajitas de plástico acodadas, cuyos cuellos plisados se resistían a doblarse de un modo muy similar al ligerísimo agarrotamiento que padecen las articulaciones de los dedos cuando uno los mantiene durante un ratito en la misma posición3.

Así que cuando Donna me preguntó si con mi cartón pequeño de leche quería una pajita, le sonreí y dije, «No, gracias. Pero igual una bolsita sí que querría». Ella dijo, «Oh, disculpe», y se apresuró a echar mano de una bajo el mostrador, conmovedoramente aturdida, pensando que ya había metido la pata. Era bastante nueva; se notaba por el modo en que abrió la bolsa: tres prolongaciones de una anémona como dedos en el interior, de la manera más lenta. Le di las gracias y me fui, y luego empecé a plantearme: ¿por qué había pedido una bolsa para meter tan solo un cartón pequeño de leche? No se debió únicamente a una necesidad abstracta de posesión, a un deseo de proteger de las miradas ajenas la naturaleza de mi compra –aunque este sea a menudo un poderoso motivo que no ha de ridiculizarse–. Los tenderos de los pequeños colmados familiares, que entendían de estas cosas, te metían de forma instintiva cualquier producto que compraras –un paquete de conchas de pasta, un cartón de leche, palomitas Jiffy Pop para hacer a la sartén, una barra de pan– en una bolsa: los alimentos destinados a ser consumidos en casa, consideraban, no han de ser vistos más que dentro de ella. Pero incluso después de marcar en la caja productos como cigarrillos o un bombón helado, destinados obviamente al consumo ambulante, a menudo te incitaban, «¿Bolsita?». «¿Una bolsa?». «¿Le pongo bolsa?». El embolsado servía evidentemente para señalar el momento exacto en el cual la titularidad del bombón helado pasaba al comprador. Cuando iba al instituto solía incomodar a los dueños de dichos colmados, conforme echaban mecánicamente mano de una bolsa para mi cartón de leche, levantando una palma y diciendo con oficiosidad, «No me hace falta bolsa, gracias». Me marchaba llevando serenamente el cartón en una mano, como si se tratara de un gran libro de consulta al que tenía que recurrir con tanta frecuencia que me hastiaba.

¿Por qué había desairado yo de manera intencionada aquella convención suya, si desde muy pequeño me encantaban las bolsas y había aprendido a volver a doblar las bolsas grandes y gruesas del súper tensando bien los pliegues y dando después toquecitos por todo el centro de la doblez de cada lateral hasta que la bolsa comenzaba a encorvarse, como si estuviese herida, hasta que volvía a aplanarse? En aquel momento podría haber defendido quizás mi desaire aduciendo algo sobre desperdicios innecesarios, vertederos, etc. Pero el auténtico motivo era que por entonces me había convertido en un consumidor regular de revistas que mostraban fotos a color de mujeres en cueros, que en su mayor parte compraba no en los pequeños colmados familiares sino en los más recientes y más anónimos supermercados de barrio, repartiendo mis compras entre los distintos de la zona. En dichas tiendas, a veces el tipo de la caja retorcía con crueldad y fingida inocencia la convención del «¿Bolsita?», preguntando «¿Necesita bolsa?» –forzándome o bien a reconocer dicha necesidad con un gesto de la cabeza, o bien a hacerme el duro y a decir que no y a enrollar la revista de desnudos sin embolsar y a sujetarla al trasportín de mi bicicleta de tal manera que se viera solamente el anuncio de cigarrillos de regalo de la contraportada: «Carlton, el más bajo en alquitrán»4.

Por lo tanto, el hecho de que durante aquel periodo a menudo dijera que no a una bolsa para un cartón de leche en los pequeños colmados familiares era un modo de demostrarle a cualquiera que pudiese haber estado siguiendo mis movimientos que al menos en aquel instante, al salir de la tienda, no tenía nada que ocultar; que de vez en cuando hacía las típicas compras domésticas libres de vicios. Y ahora le estaba pidiendo a Donna una bolsita para mi cartón pequeño de leche con la intención de, al fin, aclarar el desconcierto que hubiese causado en dichos colmados familiares, de entregarme alegremente a la convención, de legársela incluso a alguien que en el Papa Gino’s aún no la hubiese aprendido del todo.

Pero existía un motivo más simple, menos antropológico por el cual le había pedido específicamente una bolsa a Donna, un motivo que, en aquel primer momento de análisis posterior en la acera, no había aislado del todo, pero que ahora, de camino a las escaleras mecánicas hacia la entreplanta y mirando la bolsa de CVS que acababa de pasarme de una mano a la otra, sí que percibía. Por lo visto siempre me gustaba tener una mano libre cuando caminaba, incluso si tenía que cargar con varias cosas: me gustaba poder darle una afectuosa palmada a la parte superior de un buzón verde para uso exclusivo del cartero, o hacer rebotar ligeramente mi puño contra la peana de acero de los semáforos, en ambos casos porque el placer de tocar aquellas superficies frías y polvorientas con el elástico músculo del lateral de la palma de mi mano resultaba intrínsecamente agradable, y porque me gustaba que otras personas me vieran como a un tipo con corbata si bien lo bastante desenfadado e informal como para andar haciendo eso que hacen los niños cuando arrastran un palo contra los barrotes negros de una verja de hierro fundido. En especial, me gustaba hacer una cosa: me gustaba pasar caminando tan pegado a un parquímetro que pareciera que iba a estampar la mano contra él, y en el último momento levantar el brazo lo justo para que me pasara por debajo de la axila. Todas aquellas acciones dependían de tener una mano libre; y en Papa Gino’s ya estaba sujetando el libro de bolsillo de Penguin, la bolsa de CVS y la bolsa con la galleta. Una posibilidad podría haber sido sujetar la forma de bloque del cartón pequeño de leche contra el libro de bolsillo, y los extremos superiores de la fina bolsa de la galleta y de la bolsa de CVS contra un lado del libro de bolsillo con el fin de dejar una mano libre, pero mis dedos tendrían que haber mantenido durante varias manzanas aquel incómodo agarre, entregados a levantar muros celulares, hasta que llegara a mi edificio. Una bolsa para la leche permitía una solución más grácil: podía hacer un rollo con los extremos superiores de la bolsa de la galleta, de la bolsa de CVS y de la bolsa de la leche como si fuesen una única bolsa y sujetarlas con mis acaracolados dedos, igual que si estuviese sacando a un niño de paseo. (Una pajita que sobresaliera de la bolsa con la leche habría obstaculizado dicho rollo, ¡menos mal que la había rechazado!). Luego podía introducir el libro de bolsillo en el espacio entre el rollo de la bolsa de papel y la palma de mi mano. Y esto es lo que había hecho, en efecto. Al principio la bolsa del Papa Gino’s estaba rígida, pero enseguida mis pasos suavizaron un tanto el papel, aunque nunca la llevo hasta ese estado de absoluto silencio y afranelada suavidad que alcanza una bolsa cuando cargas con ella todo el día, con su manejable rulo tan finamente arrugado y adaptado a tus dedos que al llegar a casa incluso dudas si desenrollarlo.

No fue sino entonces, cerca de la base de las escaleras, mientras me fijaba en cómo mi mano izquierda se hacía tanto con el libro de bolsillo como con la bolsa de CVS, cuando consolidé la minúscula comprensión que casi había tenido quince minutos antes. Entonces no había sido etiquetada como conocimiento a retener para una posterior recuperación, y me habría olvidado completamente de ello de no haber sido por la visión de la bolsa de CVS, lo suficientemente similar a la bolsa del cartón de leche como para desencadenar leves vibraciones de comparación. Bajo el microscopio, incluso observaciones insignificantes como esta terminan casi siempre por revelarse como más incrementales de lo que más tarde uno se ve tentado a presentarlas. Habría resultado menos aparatoso, para el relato que estoy haciendo aquí de una hora del almuerzo específica de hace varios años, haber fingido que el pensamiento de la bolsa se me había ocurrido por completo y «de un tirón» al pie de las escaleras mecánicas de subida, pero lo cierto era que no se trataba sino de la última de una secuencia muy larga de experiencias parcialmente olvidadas, inarticulables, que alcanzaba finalmente un punto al que por vez primera le prestaba atención.

En la bolsa de CVS había un par de cordones nuevos.

1 Me encanta la constancia del resplandor en los bordes de los objetos en movimiento. Incluso las hélices o los ventiladores de mesa centellearán ininterrumpidamente en determinados lugares en la grisura de su rotación; la curva de cada aspa recoge por un instante la luz en su circuito y la transfiere luego a sus sucesoras.

2 Me quedé mirando con incredulidad la primera vez que una pajita emergió de mi lata de refresco y se quedó flotando por encima de la mesa, detenida apenas por las rebabas del lado interno del abridor metálico. Tenía en una mano una porción de pizza, plegada y sujeta con tres dedos para que no se venciera y que la grasa del queso se derramara en el plato de papel, y en la otra mano un libro de bolsillo sujeto de manera similar –¿qué se suponía que tenía que hacer?–. La gracia de las pajitas, había pensado, estaba en que no tenías que soltar la porción de pizza para sorber una dosis de Coca-Cola mientras leías un libro. Enseguida descubrí, como quizás otros muchos, que existía un modo de beber sin manos con aquellas nuevas pajitas flotantes: tenías que encorvarte hacia la mesa y agarrar con los labios la pajita casi horizontal, y reconducirla al interior de la lata todas y cada una de las veces que querías un sorbo, a la vez que forzabas la vista para que siguiera enfocando a la frase de la página que estuvieses leyendo. ¿Cómo habían podido cometer los ingenieros de pajitas un error tan elemental, diseñando una pajita que pesaba menos que el agua azucarada en la cual se pretendía que se sostuviera? ¡De locos! Pero más tarde, cuando reflexioné algo más sobre el asunto, decidí que, pese a que los ingenieros de pajitas merecían probablemente que se los culpara por no haber previsto la flotabilidad de la pajita, el problema era más complejo de lo que al principio había imaginado. Ya puestos a reconstruir aquel momento de la historia, circa 1970 o así, lo que sucedía era que la densidad del material empleado en lugar del papel era en efecto mayor que la de la Coca-Cola –sus ecuaciones eran absolutamente correctas–, las primeras series de fabricación tenían buena pinta, y si bien la ratio del peso agua/plástico estaba un tanto ajustada, siguieron adelante. Lo que habían olvidado tener en cuenta, tal vez, fue que las burbujas del carbonatado se adhieren a asperezas invisibles de la superficie de la pajita, y hasta es probable que sean generadas por turbulencias en la punta de la pajita conforme la sumerges en la bebida; revestida pues de burbujas, la pajita, que en su día era solo marginalmente más pesada, reasciende hasta que el área de su superficie que permanece sumergida no dispone de burbujas para seguir elevándola. Pese a que la anterior pajita de papel, con su veta en espiral, fuese mucho más rugosa que el plástico, y más susceptible de atraer las burbujas, era porosa: se empapaba con un poco de Coca-Cola a modo de contrapeso y se quedaba quieta. Vale –un descuido–; ¿por qué no se corrigió? ¿Una receta diferente para el plástico, una pajita más gruesa? Sin lugar a dudas, los grandes clientes, las empresas de comida rápida, no habrían tolerado pajitas varadas en sus restaurantes más que seis meses a lo sumo. Tendrían que haber dedicado departamentos enteros a arrancarle concesiones a Sweetheart y a Marcal. Pero casi al mismo tiempo los locales de comida rápida estaban adaptándose a su propia novedad: en todos los refrescos que servían, para llevar o para tomar en el local, estaban colocando tapas antisalpicaduras, las cuales reducían los vertidos, y las tapas antisalpicaduras traían en el centro una crucecita que en la era de las pajitas de papel había sido fuente de cierta infelicidad, porque la cruz estaba a menudo tan prieta que la pajita de papel se chafaba cuando intentabas introducirla por ella. Los hombres de las pajitas en las empresas de comida rápida tuvieron que escoger: o bien a) hacemos las ranuras de las cruces más fáciles de perforar para que las pajitas de papel no se chafen, o bien b) abandonamos por completo el papel y hacemos las ranuras todavía más prietas, para que 1) cualquier tendencia a flotar resulte del todo anulada, y 2) la juntura entre la pajita y las ranuras en cruz quede tan prieta que casi nada del refresco se salga y manche las tapicerías de los coches y la ropa, y genere frustración. Y b) fue para ellos la solución ideal, dejando de lado el atractivo precio que les estaban ofreciendo los fabricantes de pajitas mientras en sus plantas sustituían los aparatos para papel espiralado por máquinas de extrusión de alta velocidad –así que la adoptaron, sin pensar que su decisión tuviera importantes consecuencias para todos los restaurantes y (en especial) los locales de pizzas que servían latas de refrescos–. De buenas a primeras el distribuidor de artículos de papel les estaba ofreciendo a los pequeños restaurantes pajitas flotantes de plástico y solamente pajitas flotantes de plástico, y diciéndoles que era así como estaban funcionando todas las grandes cadenas; y las pequeñas bocaterías no realizaron exámenes independientes usando latas de refresco en lugar de vasos con tapas antisalpicaduras con ranuras en cruz. De este modo, la calidad de vida, sin ser culpa de nadie, disminuyó como un octavo, justo hasta el pasado año, creo, cuando cierto día me di cuenta de que una pajita de plástico, fabricada con algún polímero más sutil, a rayas de un solo color, ¡se mantenía anclada al fondo de mi lata!

3 Cuando era pequeño dediqué una buena cantidad de tiempo a pensar en el efecto articulación-dedo; daba por hecho que cuando hacías crujir con suavidad aquellas barreras transitorias estabas allanando «muros celulares» auténticos que la articulación había construido para delimitar la que, dada tu inmovilidad, creía que iba a ser la geografía definitiva e invariable de aquella región microscópica.

4 Durante varios años resultó inconcebible comprar una de aquellas publicaciones cuando había una chica tras el mostrador; pero cierta vez, intrépidamente, lo intenté –la miré directamente al rímel y le pedí una Penthouse aunque prefería Oui o Club, menos pretenciosas, diciéndolo no obstante tan bajito que ella oía «Powerhouse» y señalaba alegremente la chocolatina, hasta que le repetí el nombre–. Rompiendo todo contacto visual, colocó el documento en el mostrador que nos separaba –era allá cuando aún aparecían pezones en las portadas– y la marcó en la caja junto con el pequeño envase de Woolite que iba a comprar para distraer la atención: estaba ruborizada y agitada y quizás ligeramente excitada, y deslizó la revista al interior de una bolsa sin preguntarme si la «necesitaba» o no. Aquella tarde extendí aquel breve bochorno suyo en forma de útil escena en la cual yo me convertía en un cliente habitual que una vez a la semana le compraba una revista para hombres, siempre la mañana de los martes, hasta que el propio campanillazo de mi entrada al 7-Eleven estuvo cargado para ambos de una temblorosa turbación y cuando llegaba a casa empezaba a hallar notitas escritas a mano colocadas en las páginas más desplegables de la revista que decían, «¡Hola! –la Cajera–», y «Anoche posé más o menos así delante del espejo de mi habitación –la Cajera–», y «A veces miro estas fotos y pienso en ti mirándolas –la Cajera–». Las rotaciones son siempre un problema en esas tiendas, y la siguiente vez que entré ella lo había dejado.

Capítulo Dos

Mi cordón izquierdo se había roto justo antes del almuerzo. En cierto momento de la mañana se me había desatado el zapato izquierdo, y según me había sentado a mi escritorio a trabajar en un memorando mi pie había presentido su libertad potencial y se había zafado de aquella sauna de cordobán negro para aliviarse con movimientos rítmicos bajo mi escritorio sobre una zona del enmoquetado de pared a pared y el cual, al contrario que en las apisonadas zonas comunes, aún seguía tan mullido y fibroso como lo estuvo el día que lo instalaron. Únicamente bajo los escritorios y en las salas de conferencias apenas usadas seguía la hebra lo bastante afelpada como para conservar las hermosas emes y uves que el personal de noche dejaba a medida que con las pasadas de sus varitas aspiradoras hacían que franjas de penachos limpios de polvo se orientaran en direcciones que absorbían y reflejaban la luz a intervalos. El prácticamente universal enmoquetado de las oficinas debió de acontecer en el transcurso de mi vida, a juzgar por las películas en blanco y negro y los cuadros de Hopper: desde la expansión del enmoquetado, lo único que se oye cuando las personas pasan son sus propios ruidos –el frufrú de sus impermeables, el tintineo de la calderilla, el crujido de sus zapatos, los eficaces resoplidillos que hacen para indicar, a nosotros y a ellos mismos, que están ocupados y que tienen un buen motivo para dirigirse adonde sea, además de la ráfaga cuasisónica de las abrumadoras y fallidas fragancias de las recepcionistas y los ahogos disimulados y las lenguas sacadas y las manos con pulseras llevadas al gaznate que las secretarias perfumadas con mejor gusto intercambian en su estela–. En cada oficina uno o dos individuos (Dave en la mía), que poseen estilos especiales de caminar a zapatazos, puede que aún se las apañen para que sus pisadas se oigan; pero, en general, ahora en el trabajo todos volamos al ras: una mejora enorme, como sabe cualquiera que haya visitado esas zonas de las oficinas que por diversos motivos todavía presentan baldosines de linóleo –cafeterías, salas para el correo, cuartos de ordenadores–. El linóleo resultaba soportable allá cuando la luz incandescente estaba ahí para contrarrestarlo con un brillo mitigador, pero la combinación de fluorescente y linóleo, la cual debió de extenderse durante varios años conforme ambas tendencias se solapaban, no es la más adecuada.

Mientras trabajaba, pues, mi pie se había zafado, sin aprobación alguna por parte de mi voluntad consciente, del zapato desatado en pos de la textura de la moqueta; aunque ahora, conforme reconstruyo dicho momento, me percato de que estaba operando también un deseo más específico: cuando deslizas el pie con su calcetín sobre una superficie enmoquetada, las fibras del calcetín y de la moqueta se enredan y se traban, de modo que si bien crees que estás disfrutando de la textura del enmoquetado, en realidad estás disfrutando del roce de la superficie interna del calcetín contra la planta del pie, algo que normalmente llegas a experimentar solo cuando te pones el calcetín por las mañanas1.

Pocos minutos antes de las doce, paré de trabajar, tiré mis tapones para los oídos a la papelera y, con mayor cuidado, el remanente de mi café de la mañana –colocándolo en vertical dentro de los foques convergentes de la bolsa del cubo de la basura en la base del receptáculo en sí–. Grapé una copia a carbón de un memorando que alguien me había remitido a una copia de un memorando anterior que había redactado yo sobre la misma materia y en la parte de arriba escribí a mi director, con el mejor de mis garabatos informales, «Abe… ¿sigo machacando a esta gente o lo dejo?». Puse los papeles grapados en una de mis bandejas Eldon, inseguro de si reenviárselos o no a Abelardo. Luego me puse el zapato volteándolo con un toquecito en un lateral, enganchándolo con el pie y sacudiéndolo hasta que encajó. Todo esto lo completé a tientas con el pie; y al encorvarme sobre los papeles de mi escritorio para alcanzar el cordón desatado, experimenté una leve oleada de orgullo por ser capaz de atarme el cordón sin mirar. En ese momento, Dave, Sue y Steve, de camino al almuerzo, me saludaron con la mano al pasar por delante de mi oficina. Como estaba justo en mitad de atarme un zapato, no pude corresponder con desenfado al saludo, así que voceé un sorprendido, un sobrexcitado «¡Que vaya bien, muchachos!». Desaparecieron; tiré bien del cordón izquierdo y bingo, se rompió.

La curva de incredulidad y resignación que en aquel momento soporté fue del tipo que en la vida provocan cierta clase de sucesos, interrupciones de las rutinas físicas, tales como:

a) alcanzar el último escalón pero creyendo que todavía falta por subir otro escalón, dando un plantillazo contra el rellano;

b) tirar del hilo rojo que se supone que abre de par en par el envoltorio de una tirita Band-Aid y liberarlo por completo de este sin desgarrarlo;

c) ir a cortar un trozo de cinta adhesiva Scotch del rollo que reside semihundido en ese negro y solemne dispensador suyo con aspecto de un viejo automóvil Duesenberg, oír el susurro ligeramente descendente del plástico con revestimiento adhesivo que se despega del anverso de la cinta al salir (con tono descendente porque la tira, si bien amplifica el sonido, se va haciendo también más larga conforme tiras de ella2), y entonces, justo cuando tienes la intención de cortar el trozo con el serrado metálico, llegar al más recóndito final del rollo, de tal forma que el segmento del cual has estado tirando flota inesperadamente libre. Ahora más que nunca, con el ascenso de las notas adhesivas, las cuales han logrado que los enormes dispensadores negros de cinta adhesiva luzcan todavía más pomposos y más Biedermeier y trágicamente obsoletos, uno casi cree que jamás va a alcanzar el final del rollo de cinta; y cuando lo alcanzas, se da una sensación cercana, si bien muy breve, a la conmoción y la pena;

d) proponerte grapar un grueso memorando y ansiar, conforme empiezas a reclinarte sobre la brontosáurica cabeza del cuerpo de la grapadora3, acometer las tres fases del acto– primera, antes de que el cuerpo de la grapadora haga contacto con el papel, la resistencia del muelle que mantiene erguido el cuerpo; después, segunda, el momento en que la pequeña unidad independiente en el cuerpo de la grapadora hocica contra el papel y empieza a forzar las dos puntas de la grapa a penetrar y a atravesar el papel; y, tercera, el crujido que uno nota, como al mascar un cubito de hielo, conforme las dos púas gemelas de la grapa emergen del lado interno del papel y se doblan contra los dos hoyos de la plantilla en la base de la grapadora, curvándose hacia dentro en un abrazo cangrejil con tu memorando, hasta desacoplarse de una vez por todas de la máquina– pero descubrir, conforme te apoyas en la grapadora con tu codo inmovilizado y la respiración contenida y aquella se estampa desdentada contra el papel, que se han acabado las grapas. ¿Cómo ha podido traicionarte algo así de consistente, así de incremental? (Pero hay consuelo: te pones a recargarla, dejando al descubierto el cuerpo de la grapadora y colocando una larga y citaresca hilera de grapas en su sitio; y más tarde, al teléfono, te pones a juguetear con la sección de las grapas que no te ha cabido en la grapadora, la rompes en segmentos más pequeños, haciéndolos pender de un pernio de pegamento).

Como consecuencia de la decepción por el cordón roto, irracionalmente, visualicé a Dave, Sue y Steve tal como acababa de verlos y pensé, «¡Alegres gilipollas!» ya que era probable que hubiese roto el cordón por transferir la energía social que había tenido que acopiar yo con el fin de soltarles un amigable «¡Que vaya bien!» desde mi posición agachada de atador-de-cordones a la fuerza que había empleado en tirar del cordón. Por supuesto, se habría roto igualmente antes o después. Era el cordón original, y los zapatos eran los mismos que mi padre me había comprado dos años atrás, justo después de que empezara en este trabajo, el primero tras acabar la facultad –por lo que dicha ruptura supuso una especie de hito sentimental–. Hice rodar hacia atrás mi silla para evaluar los daños, imaginando las sonrisas de mis tres compis de curro esfumándose de golpe si de verdad los hubiera llamado alegres gilipollas y lamentando aquel estallido de mala uva hacia ellos.

Sin embargo, tan pronto puse la vista en los zapatos, me acordé de una cosa que tendría que haberme chocado en el instante mismo en que se había roto el cordón. El día anterior, mientras me preparaba para irme a trabajar, mi otro cordón, el derecho, también se había roto al tirar bien de él para atarlo, bajo circunstancias muy similares. Lo reparé con un nudo, justo como planeaba hacer con el izquierdo. Fue una sorpresa –algo más que una sorpresa– pensar que después de casi dos años mis cordones derecho e izquierdo pudiesen fallar con menos de dos días de diferencia. Al parecer mi rutina de atarme los cordones era tan invariable y robótica que durante aquellos centenares de mañanas había infligido a ambos cordones idénticos niveles de desgaste. Aquella cercana simultaneidad resultaba de lo más excitante –lograba que las variables de la vida privada parecieran de repente aprehensibles y sometidas a ley.

Humedecí los hilos despeluchados del trozo que se había roto y los retorcí cuidadosamente hasta formar un empapado e insalubre minarete. Respirando suave y regularmente por la nariz, fui capaz de conducir el hilo guía salivalmente afilado a través del ojal sin demasiados problemas. Y entonces me asaltó la incertidumbre. Para que los cordones se hubiesen raído hasta el punto de romperse casi el mismo día, tendrían que haber sido atados casi exactamente el mismo número de veces. Pero cuando Dave, Sue y Steve pasaron por la puerta de mi oficina, yo me encontraba justo atándome un zapato –un único zapato–. Y en el transcurso de un día normal no resultaba en absoluto inusual que un zapato se desatara con independencia del otro. Por las mañanas, claro está, uno siempre se ataba ambos zapatos, pero los desatados aleatorios a mediodía tendrían que haber constituido una proporción relevante del desgaste total en aquellos dos cordones rotos, me daba que… un treinta por ciento, posiblemente. ¿Y cómo podía estar seguro de que dicho treinta por ciento estaba distribuido de manera equitativa –de que los zapatos derecho e izquierdo se habían desatado de forma aleatoria durante los últimos dos años con la misma frecuencia?

Probé a traer a la memoria algunos recuerdos representativos de atarme los cordones para determinar si un zapato tendía a desatarse con mayor frecuencia que el otro. Lo que descubrí fue que no conservaba ni el más mínimo engrama de atarme un zapato, o un par de zapatos, que datara de una época posterior a cuando tenía cuatro o cinco años, la edad en la que había adquirido dicha habilidad. Más de veinte años de datos empíricos se habían perdido para siempre, no me acordaba de nada. Pero supongo que suele ocurrir lo mismo que en esos momentos de la vida que se recuerdan en tanto grandes avances: el descubrimiento de algo crucial, y no la repetición de sus aplicaciones posteriores. Daba la casualidad de que los primeros tres grandes avances en mi vida –voy a enumerar aquí todos los avances:

1. atarse los cordones

2. apretarlos en forma de X

3. una mano firme contra las zapatillas al atarlas

4. cepillarme la lengua además de los dientes

5. ponerme desodorante cuando ya estaba vestido del todo

6. descubrir que barrer era divertido

7. encargar un sello de caucho con mis señas para hacer más eficiente el pago de las facturas

8. resolver que las células cerebrales habían de morir–

tienen que ver con atarse los zapatos, pero no creo que ese hecho resulte muy inusual. Los zapatos son la primera máquina adulta que nos entregan para que dominemos. Aprender a atarlos no era lo mismo que observar a un adulto cargar el lavavajillas y que te preguntara luego con voz cariñosa si te gustaría cerrar de un empujón la puerta del lavavajillas y hacer girar la rueda del programa (con su molesto sonido de matraca) hasta Lavado. Aquello resultaba artificioso, considerando que estabas al tanto de que los adultos querían que aprendieras a atarte los zapatos; no les hacía gracia arrodillarse. Hice varios intentos por adquirir la habilidad, pero hasta que mi madre no colocó una lamparita en el suelo para que yo pudiese ver con claridad los cordones oscuros de un par de zapatos nuevos de vestir no la dominé de verdad; volvió a explicarme cómo realizar el nudo introductorio de base, el cual comenzaba a gran altura como un frágil rizo en forma de corazón, y se encogía conforme tirabas de las puntas de plástico de los cordones hasta que se formaba una pequeña pepita retorcida de un poco menos de un centímetro de largo, y me enseñó a progresar desde aquella base hasta la principal figura cotiledónea de cuerda, la cual resultaba no ser un verdadero nudo sino una ilusión, un truco que uno realizaba con el cordón doblando segmentos de este sobre sí mismos y apretando en torno a ellos otras dobleces provisionales, pero todo aquello no era en realidad más que un esquema piramidal interdependiente, el cual conecté mucho después con un pareado de Pope:

El hombre, como la generosa parra, vive respaldado.

La fuerza que gana proviene de los abrazos dados.

Apenas unas semanas después de que adquiriera yo la habilidad básica, mi padre me ayudó con mi segundo gran avance, con la meticulosidad que demostró al enseñarme a apretar una por una las crucetas de los cordones, comenzando por la punta del pie y operando hacia arriba, enganchando un dedo índice debajo de cada X, para que al llegar a lo más alto fuese uno recompensado con sorprendentes longitudes de cordón disponibles para realizar el nudo, y al mismo tiempo sentías el pie firmemente encapachado y alerta.

El tercer avance lo hice por mi cuenta en mitad del patio del recreo, cuando me detuve, sin aliento, a atarme la zapatilla4, la boca pegada a la rodilla y a su interesante aroma, ante mí una panorámica detallada de los hormigueros y de las pisadas de otras zapatillas (las mejores, de unas Keds, creo, o unas Red Ball Flyers, tenían un perímetro de triángulos asimétricos y varias concavidades en el centro las cuales imprimían perfectas cúpulas de tierra), y conforme me ataba otra vez la zapatilla descubrí que lo estaba haciendo de manera automática, sin tener que concentrarme en ello como al principio lo había hecho, y, más importante, que en algún momento del año anterior desde que aprendiera los movimientos básicos, era evidente que había evolucionado mis dos pequeños subescalones propios, los cuales nadie me había enseñado. En uno sostenía con el lateral del pulgar un tramo temporalmente tirante de cordón; en el otro estabilizaba la mano con un dedo corazón apoyado contra el lateral de la zapatilla durante las varias manipulaciones finales. Aquí el avance estaba en el reconocimiento por mi parte de haber desarrollado por cuenta propia refinamientos de la técnica en un área en la que nadie me había indicado que existían refinamientos aún por hallar: había personalizado un proceder adulto.

1 Cuando me pongo un calcetín ya no lo preenrollo, esto es, ya no reúno el calcetín sobre mis pulgares en pliegues telescópicos y posiciono luego la rosquilla resultante sobre los dedos de los pies, pese a que durante años creyera que aquello se trataba de un truco ingenioso, aprendido de admirables profesoras de guardería de rostro lozano, y que revelaba mi pereza e incapacidad para planear con antelación sosteniendo en su lugar el calcetín por el reborde del tobillo y embutiendo el pie hasta su destino, ajustando el tobillo varias veces hasta asentar el talón como es debido. ¿Por qué? El más elegante preenrollado puede dejar intactos cualesquiera granitos de arenilla que se te hayan clavado a la planta del pie provenientes del suelo imperfectamente barrido por el que has caminado para ir de la ducha a tu cuarto; mientras que con el método más burdo, más directo, si bien uno se arriesga a que un calcetín viejo se desgarrare, sí que desprende dicha arenilla durante el descendente avance del pie, de manera que rara vez notas más tarde fastidiosas partículas yendo y viniendo bajo el arco del pie mientras sales en dirección al metro.

2 Cuando era pequeño pensaba que se llamaba cinta Scotch porque la palabra «scotch» imitaba el chirrido descendente de las antiguas cintas de celofán. Al igual que la incandescencia retrocedió ante la fluorescencia en la iluminación de oficinas, la cinta Scotch, tiempo ha de un amarillo transparente, se volvió de un azul transparente, además de maravillosamente silenciosa.

3 Las grapadoras han seguido, rezagándose como unos diez años, los amplios cambios estilísticos que hemos presenciado en las locomotoras y en los brazos fonocaptores de los tocadiscos, a los cuales se asemejan. Las grapadoras más antiguas son de hierro fundido y verticales, igual que las locomotoras a carbón y que los cilindros fonográficos de cera de Edison. Luego, a mediados de siglo, a la par que los fabricantes de locomotoras descubrían el término «aerodinámico », y a la par que los diseñadores de brazos fonocaptores acoplaban la aguja en aerodinámicas cápsulas acanaladas que parecían trenes tomando una curva en una montaña, el personal de Swingline y el de Bates se pegaron a ellos instintivamente con la sensación de que las grapadoras se parecían a las locomotoras en que los dos dientes de la grapa hacen contacto con un par de huecos de metal, los cuales, al igual que la pareja de raíles bajo las ruedas del tren, los fuerzan a seguir un camino predeterminado, y de que se parecían a los brazos fonocaptores de los tocadiscos en que ambas máquinas, a grandes rasgos del mismo tamaño, hacen puntiagudo contacto con sus respectivos medios de almacenamiento de información. (En el caso del brazo fonocaptor, la aguja recupera la información, mientras que en el caso de la grapadora, la grapa la sujeta en tanto unidad –el pedido, los documentos del envío, la factura: pum, grapados, una unidad; la carta de reclamación, las copias de los cheques anulados y de los recibos, la carta de disculpas recibida: pum, grapada, una unidad; una secuencia de memorandos y télex que contiene la historia de alguna controversia interdepartamental: pum, grapada, una controversia–. En los antiguos problemas grapados, uno puede ver esas marquitas como de vacuna contra la tuberculosis en la esquina superior izquierda donde las grapas han sido retiradas y repuestas, retiradas y repuestas, conforme el problema –incluso los agujeros de grapa de dicho problema– se copiaba y se reexpedía a otros departamentos de cara a medidas, copias y grapado adicionales). Y entonces dio comienzo la gran era de lo cuadrado: el sistema BART era el ideal para los trenes, mientras que los tocadiscos de AR y de Bang & Olufsen se volvieron angulares –¡se acabaron esos bulbos de plástico color crema!–. Otra vez el personal de Bates y de Swingline se subieron al carro, librando a sus aparatos de toda curvatura atenuante y ofertando el negro antes que el pardo, de textura tan interesante. Y ahora, cómo no, los trenes de alta velocidad de Francia y Japón han regresado a los perfiles aerodinámicos que evocan las ciudades del futuro de las portadas de Popular Science en los cincuenta; y las grapadoras no tardarán en incorporar también un atemperado copete a lo pompadour. Por desgracia, el estilístico progreso del brazo fonocaptor se ha ralentizado, porque todos los compradores que apreciarían una puesta al día del realismo soviético en el diseño están comprando reproductores de CD: su inspiradora era se acabó.

4 Los nudos de las zapatillas se distinguían bastante de los nudos de los zapatos de vestir –cuando al final apretabas bien ambos bucles, la lógica del nudo que acababas de generar se volvía irrastreable; mientras que en los nudos de los cordones de zapato, uno podía, después incluso de haberlos apretado, seguir con la mente el trazado del nudo, como montado en una montaña rusa–. Te podías imaginar al nudo de zapatilla y al nudo de zapato de pie uno al lado del otro declamando el Juramento de Lealtad: el nudo de zapato pronunciaría cada palabra como una unidad gramatical, entendiéndola como algo más que un sonido; el nudo de zapatilla soltaría todas las palabras de sopetón. La gran ventaja de las zapatillas, en cambio, una de sus muchas ventajas, era que cuando te las habías atado y bien atado, sin calcetines, y las llevabas puestas todo el día, y se humedecían, y antes de irte a la cama te las quitabas, tus pies exhibían por todo el lateral las marcas de los ojales de cromo en hileras rojas, como ojos de buey en un submarino de Julio Verne.

Capítulo Tres

Progresos como aquel no volvieron a darse hasta después de cumplir los veinte. El cuarto de los ocho avances que he enumerado (para ponernos rápidamente al día, antes de regresar a los cordones rotos) llegó cuando aprendí en la facultad que L. se cepillaba la lengua además de los dientes. Siempre me había imaginado que cepillarse los dientes era una actividad que se ceñía estrictamente a los dientes, puede que a las encías –pero había tenido a veces dudas fugaces sobre si limpiar tan solo aquellas partes de la boca combatiera de verdad la fuente del mal aliento, que yo sostenía que era la lengua–. Desarrollé el hábito de fingir que tosía, ahuecando la mano delante de los labios para olisquearme el aliento; cuando los resultados me desagradaban, me comía un apio. Pero poco después de empezar a salir con L., ella, encogiéndose de hombros como si aquello fuese una cuestión de dominio público, me contó que se cepillaba la lengua todos los días, con su cepillo de dientes. Al principio me estremecí del asco, pero estaba muy impresionado. Hasta que no pasaron tres años no empecé a cepillarme la lengua yo también de manera regular. Para cuando se me rompió el cordón, me cepillaba de manera regular no solo la lengua sino también el cielo de la boca –y no exagero cuando digo que supone un gran cambio en mi vida.

El quinto gran avance fue mi descubrimiento de un modo de aplicarme el desodorante por las mañanas vestido del todo, un incidente que describiré con mayor detalle más adelante, ya que sucedió la misma mañana en la que me convertí en un adulto. (En mi caso, la adultez en sí misma no supuso ningún avance, si bien fue una útil baliza).

Mi segundo apartamento después de la facultad fue el escenario del sexto avance. La habitación tenía el suelo de tarima. Alguien del trabajo (Sue) me dijo que se sentía alicaída, pero que se iba a ir a casa a limpiar el apartamento, porque eso siempre la animaba. Yo pensé, ¡qué extraño, qué manierista, qué interesantemente contrario a mis propios principios y prácticas, limpiar adrede tu apartamento para alterar tu humor! Unas semanas más tarde, llegué a casa un domingo por la tarde después de haberme quedado a dormir en el apartamento de L. Estaba extremadamente contento, y tras varios minutos leyendo, me levanté con el propósito de limpiar mi habitación. (Vivía en una casa con otras cuatro personas, de ahí que tuviese una sola habitación que fuese de verdad mía). Recogí prendas de ropa y tiré a la basura varios papeles; luego me pregunté qué sería lo que personas como L., o la mujer alicaída del trabajo, hacían después. Barrían. En el armario de la cocina encontré una escoba prácticamente nueva (no uno de esos diseños actuales con barbas sintéticas cortadas en diagonal de modo uniforme, sino una igualita a los modelos con los que me había criado, con ramitas doradas y como plisadas unidas a un mango azul por un alambre plateado enrollado a la perfección) que había comprado uno de mis compañeros de piso. Me puse manos a la obra, con el recuerdo de toda una cadena de descubrimientos subsidiarios de la niñez, como utilizar una de las pecheras de cartón de las camisas de mi padre a modo de recogedor, y abrazando la escoba con la axila a fin de barrer el polvo con una mano hasta el cartón; y descubrí que el acto de barrer alrededor de las patas de la silla y de las ruedecitas del mueble del estéreo y de las esquinas de la librería, perfilándolas con las pasadas en curva de mi escoba, como si estuviese poniendo cada pata de la silla y cada ruedecita y cada jamba entre comillas, hacía que viera aquellos elementos familiares de mi cuarto con renovada receptividad. El teléfono sonó justo mientras estaba barriendo una última pila de polvo, monedas y viejos tapones de los oídos –el momento en el que la habitación estaba de lo más limpia, porque la pila que acababa de juntar seguía allí como testimonio–. Era L. Le dije que estaba barriendo mi cuarto y que aun así me sentía muy contento, ¡eso de barrer me ponía extremadamente contento! Ella dijo que también acababa de barrer su apartamento. Dijo que para ella lo mejor era barrer el polvo hasta el recogedor, y que esas líneas grises como hechas con regla de residuo superfino, una tras otra, fuesen disminuyendo de grosor hacia la invisibilidad, pero sin jamás desaparecer del todo, según ibas retirando el recogedor. Tomé el hecho de que hubiésemos decidido de manera independiente barrer nuestros apartamentos aquella tarde de domingo después de haber pasado juntos el fin de semana como la prueba más sólida de que estábamos hechos el uno para el otro. Y de ahí en adelante cuando leía las cosas que sostuvo Samuel Johnson sobre lo mortífero del esparcimiento y los edificantes efectos de la industria, siempre asentía con la cabeza y pensaba en las escobas.

El avance número siete, que sucedió no mucho después del domingo de escobas, vino ocasionado por haber encargado un sello de caucho con mi nombre y mi dirección a una tienda de material de oficina, para así no tener que escribir una y otra vez mis señas cuando pagaba las facturas. Aquel día había llevado algunas cosas a la tintorería, y el día anterior había llevado a un lejano suburbio varias sillas que L. había heredado de una tía para que unos ciegos les repararan las partes de mimbre; también había escrito a mis abuelos, y había encargado una transcripción de uno de los programas de MacNeil y Lehrer en el que uno de los entrevistados había dicho cosas que representaban con particular claridad un modo de pensar con el cual yo discrepaba, y había solicitado a Penguin, tal como sugerían en la contra de todos sus libros de bolsillo, una «lista completa de títulos disponibles»; dos días antes había llevado mis zapatos a que les cambiaran las tapas –es asombroso cómo las tapas se desgastan antes de que se rompan los cordones– y pagué varias facturas (lo cual me había hecho pensar en la necesidad de un sello con mis señas). Al salir de la tienda de material de oficina, tomé conciencia del poder de todas aquellas transacciones individuales, simultáneamente pendientes: por toda la ciudad, y en lugares escogidos de otros estados, se estaban poniendo en marcha eventos en mi nombre, se estaban llevando a cabo servicios, tan solo porque yo los había solicitado y en algunos casos pagado o acordado que pagaría más adelante por ellos. (La carta a mis abuelos no se ajustaba exactamente, pero contribuía aun así al sentimiento). No tardarían en verter caucho derretido en letras metálicas del revés que representaban mi nombre y mi dirección; unos ciegos estaban haciendo con los dedos movimientos como de clarinetista sobre los agujeros en los mimbres a medio reparar de las sillas, calibrando distancias y grados de tirantez; en alguna parte del Medio Oeste en habitaciones llenas de ordenadores Tandem y de multiplexores estadísticos Codex el registro magnético de varias tarjetas de débito a mi nombre se estaba sobrescribiendo con un nuevo registro magnético que se correspondía con una cifra reducida al céntimo por la cantidad que había escrito a vuelapluma en mis cheques con un rotulador de punta de fieltro (hacía la tradicional marca larga y ondulada después del «y 00/100» en la línea para los dólares, igual que hacían mis padres, y habían hecho sus padres antes que ellos); la tintorería no tardaría en cerrar, y en un saco en alguna parte de la tienda a oscuras, atada en un fardo para mantenerla separada de todos los demás fardos, detrás de los carteles descoloridos del escaparate que decían «Para un nuevo look a medida», mi ropa sucia descansaría durante la noche; confié en ellos para que se adueñaran temporalmente de ella, y ellos confiaban en que yo regresaría a su tienda y que les pagaría por hacer que pareciera nueva. Podría lograr que el mundo hiciera por mí todo eso y más, y a la par que todo aquello estuviera sucediendo, podría andar por la calle, aliviado de los pormenores de las tareas individuales, ¡viviendo la vida! Me sentía como un cocinero de comida rápida, despachando a la vez ocho o nueve pedidos de huevos, plantando las tostadas, dándole la vuelta a las salchichas, disponiendo los platos, accionando el interruptor que iluminaba el número de camarera. Fue el sello de caucho en concreto lo que le puso la guinda al avance, porque, al llevar mi nombre, el sello condensaba todas aquellas acciones desde la distancia, y era en sí mismo un acto secundario con el que hacía un pedido de vida, acto que me había llevado mi tiempo, sí, pero que me ahorraría tiempo más adelante, con cada factura que pagara.

El octavo avance, el último en el que puedo pensar como previo al día de los cordones rotos, era un conjunto de cuatro motivos por los cuales era bueno que las células cerebrales hubieran de morir. De un modo u otro, la muerte de las células cerebrales llevaba preocupándome desde al menos los diez, convencido año tras año de que me estaba volviendo más estúpido; y cuando empecé a beber en cantidades moderadas, y salió en las noticias (estando yo en la facultad) que con menos de un tercio de litro de una bebida espirituosa se matan mil neuronas (creo que esa era la ratio), mi preocupación se intensificó. Un fin de semana le confesé por teléfono a mi madre que estaba preocupado porque durante los últimos seis meses en especial, el vataje de mi cerebro se había atenuado sensiblemente. A ella siempre le habían interesado las analogías materialistas para la cognición y me ofreció consuelo, tal como sabía yo que ella haría. «Cierto es», me dijo, «que tus células cerebrales se mueren, pero las que quedan desarrollan cada vez más conexiones, y dichas conexiones siguen ramificándose año tras año, y ese es el progreso que has de tener presente. Lo importante es el número de uniones, no la cifra bruta de células». Aquella observación me resultó sumamente útil. Durante el par de semanas que siguió a la noticia de que la proliferación de conexiones continuaba en mitad de la carnicería neuronal, conformé varias teorías relacionadas:

a) Empezamos, quizás, con un cerebro que está demasiado abarrotado de capacidad procesal pura, y por tanto la muerte de células cerebrales forma parte de una criba planificada y necesaria que precede a la ascensión a niveles más altos de inteligencia: las débiles se van disipando y los huecos que dejan, según son reabsorbidas, estimulan a los vástagos que les crecen a las dendritas, los cuales disponen ahora de más espacio en el patio del recreo, y surgen como resultado estructuras correlacionales complejas. (O tal vez la exacerbada necesidad de las dendritas de espacio para crecer fuerza una pugna por el emparejamiento: se enzarzan con botalones más endebles en su búsqueda de conexiones ricas en información, atajando por territorios intermedios y provocando que estos se marchiten y desconecten igual que los barrios cercanos a una nueva autopista). Con menos células en total pero con más conexiones por cada célula, la calidad de tu conocimiento sufre una transformación: empiezas a tener mejor mano con las coyunturas, las personas entran en categorías, tus recuerdos pasados se enlazan y tu vida empieza a parecerte, a diferencia de cuando eras más joven, una cosa inevitable compuesta de un millón de pequeños fracasos y pequeños éxitos de desarrollo interdependiente, lo opuesto a un brillante collar de cuentas hecho de momentos autónomos. Los matemáticos necesitan todas esas neuronas de repuesto, y sus carreras se tambalean a la par que lo hacen sus neuronas, pero el resto deberíamos dar gracias por su desaparición, ya que deja sitio a la experiencia. Dependiendo del lugar del rango en que uno empiece, te desplazas conforme tu cerebro madura hacia el polo más rico, más mezclado: los matemáticos devienen filósofos, los filósofos devienen historiadores, los historiadores devienen biógrafos, los biógrafos devienen decanos de facultad, los decanos de facultad devienen asesores políticos y los asesores políticos se postulan para el cargo.

b) Usadas con precaución, sustancias que dañan el tejido neuronal, como el alcohol, pueden prestar ayuda a la inteligencia: uno corroe con dolor y veneno las partes cromadas y risueñas de la mente, las que te resuelven los autodefinidos, forzando así a las neuronas a que se responsabilicen de sí mismas y de las que tienen a su alrededor, curtiéndolas contra el acelerado desgaste de dichos disolventes artificiales. Después de una noche de envenenamiento, tu cerebro se despierta por la mañana diciendo: «Sí, me importa un cojón quiénes introdujeron la batata en Norteamérica». El daño que le hayas infligido sana, y las partes cicatrizadas y ya en el olvido muestran exterioridades inusuales, rugosidades suficientes como para convertirse en los nódulos en torno a los cuales la sabiduría entreteje sus fibrillas.

c) Las neuronas que fenecen son las que posibilitaban la imitación. Cuando eres capaz de imitar con destreza, el abanico de opciones ante ti resulta demasiado amplio; pero cuando tu cerebro pierde su capacidad excedentaria, y junto con ella un poco de agilidad, un poco del disfrute de improvisar y la ambición para hacer cosas que no le convienen, entonces no te queda otra que centrarte en hacer bien las pocas cosas que tu cerebro es capaz de hacer de verdad bien –las demás ya no te parecen ni apremiantes ni una distracción, porque están permanentemente fuera de tu alcance–. La sensación de que eres más estúpido de lo que eras es lo que te despierta al final el interés por los asuntos verdaderamente complejos de la vida: por el cambio, por la experiencia, por las formas en que otras personas se han adaptado a la decepción y a la merma de capacidades. Te das cuenta de que no eres ningún prodigio, tus hombros se relajan y empiezas a mirar a tu alrededor, a ver que el resplandor azul del álgebra y la abstracción no es rival para lo pintoresco.

d) Las ideas individuales resultan heridas junto con los vínculos por los cuales viajan. Conforme son desmembradas y remembradas, dañadas, olvidadas y más tarde restauradas, se vuelven más sutiles, más jerárquicas, escalonadas con detalles medio desmoronados. Al descomponerse o sufrir daños, se regeneran más como una parte del yo y menos como una parte de un sistema externo.

Estos eran los ocho principales avances que tenía a mi disposición para llevarlos a efecto en mi vida el día en que me senté a reparar el segundo cordón deteriorado en dos días.

Capítulo Cuatro

Después de haber terminado el nudo de reparación, un bulto con dos cabos deshilachados justo por debajo del par de ojales superior, tiré de la lengüeta del zapato –otro de los pequeños preludios al atado que me había enseñado mi padre– e inicié con cautela el nudo de regulación. Puse especial cuidado en reducir de escala la oreja de conejito que tenía que formar con el cabo ahora más corto del cordón, y que así quedase margen suficiente para apretarlos bien sin percances1. Observé con interés el fluido e inconsciente trajín de mis manos: eran las manos de una persona madura, con venillas y una buena cantidad de vello en los dorsos, pero que habían aprendido aquellos movimientos tan bien y tanto tiempo atrás que en ellas parecían persistir elementos de un yo mucho más pretérito, con agallas y cola. Reparé también en mis zapatos, por primera vez desde hacía un buen rato. Ya no parecían nuevos: pensaba que aún eran nuevos, porque más o menos había empezado en aquel trabajo con ellos, pero ahora veía que tenían dos profundas arrugas más arriba de la punta, intersecantemente ladeadas, como la línea del corazón y la línea de la cabeza en la quiromancia. Estas arrugas siempre me habían salido en los zapatos exactamente con la misma forma, un hecho desconcertante sobre el cual había reflexionado a menudo cuando era pequeño –había intentado acelerar la formación de la pareja de arrugas doblando a mano un zapato nuevo, y me había preguntado por qué, si el zapato tenía casualmente que empezar a doblarse por cierto lugar atípico, debido a una accidental debilidad del cuero en esa zona, jamás establecía la línea de la arruga en el lugar por el que había sido doblado por vez primera, sino que al final asumía el clásico patrón oblicuo en V.

Me puse en pie, hice rodar mi silla de vuelta a su sitio y di un paso en dirección a la puerta de mi oficina, donde mi chaqueta colgaba todo el día, sin usar salvo cuando el aire acondicionado se ponía violento o tenía que hacer alguna presentación; pero en cuanto noté que daba dicho paso, experimenté cómo mi insatisfacción con la idea plena de que solo con mis actos cotidianos de atarme los zapatos se me pudieran haber desgastado los cordones se agudizaba. ¿Qué pasaba con la variedad de minúsculos estiramientos y tironcitos que el propio zapato ejercía sobre sus cordones mientras yo caminaba por ahí? Caminar era lo que había desgastado las tapas; caminar era lo que había añadido las arrugas a las punteras de mis zapatos –¿se suponía que tenía que descartar la relevancia del caminar en el rozamiento de mis cordones?–. Recordaba de algunas películas planos de una cuerda que mantenía en pie un puente y que conforme el puente se balanceaba esta se iba rayendo contra una roca afilada. Incluso si con cada paso el tejido del cordón se movía contra su ojal solo milimétricamente, al final aquel vaivén podría quizás hender las fibras exteriores, si bien el cordón no reventaría en realidad hasta que una fuerza relativamente grande, como el primer tirón que le daba al atármelo, fuese aplicada.

¡Estupendo! ¡Mucho mejor! Este modelo de paso-flexión (según lo había bautizado para mí, en oposición al anterior modelo de tirón-y-raído), pensé, explicaba bastante bien la coincidencia de las roturas de ayer y de hoy. Casi nunca saltaba a la pata coja, ni me recostaba contra un escaparate con un pie cruzado sobre un tobillo, ni flexionaba por lo demás un zapato con exclusión del otro –patrones de uso que habrían desgastado uno de los cordones de manera desproporcionada–. El año anterior me había resbalado en el bordillo congelado de una rampa para minusválidos, y al día siguiente había usado una muleta, durante una semana tuve especial cuidado con la pierna izquierda, pero una cojera de cinco días probablemente no tenía importancia, y en cualquier caso, no estaba en absoluto seguro de haber llevado esos zapatos nuevos, los mejores que tenía, durante esa semana, ya que no habría querido que aparecieran orográficas manchas de sal en las punteras.

A pesar de ello, reflexioné, de ser cierto que los cordones se raían por la flexión al caminar, ¿por qué lo hacían invariablemente solo en el lugar de contacto con el par de ojales superior de cada zapato? Me detuve en el umbral, mirando la oficina, con la mano reposada en el pomo cóncavo de metal2, resistiéndome a este nuevo e inoportuno desconcierto. No tenía noticias de ningún cordón que se hubiese roto por un ojal intermedio. Quizás la tensión al caminar recaía con mayor fuerza sobre el giro de cordón en los ojales superiores, de igual modo que la tensión al tirar de los cordones para atarlos. Resultaba concebible, si bien asustaba imaginarlo, que el modelo de tirón-y-raído y el modelo de paso-flexión mezclaran de modo tan sutil sus coeficientes que la acción humana jamás distribuyera con exactitud la causación.

Fui hasta el cubículo de Tina, en cuyo tabique exterior se encontraba el panel de registro de salida, y moví el disco magnético verde que había junto a mi nombre de PRESENTE a AUSENTE, alineándolo con los discos de Dave, Sue y Steve. Escribí «Almuerzo» en el espacio que se facilitaba para la explicación, usando un Magic Marker verde.

–¿Has firmado el póster de Ray? –dijo Tina, que salió haciendo rodar su silla. Tina tenía una buena mata de pelo, peinado de forma impresionante con espuma fijadora, alrededor de una cara pequeña e inteligente; era probable que justo entonces estuviera de lo más alerta, porque se estaba haciendo cargo de los teléfonos de Deanne y de Julie, las otras secretarias de mi departamento, hasta que regresaran del almuerzo pasada la una. En la zona más privada de su cubículo, a la sombra de la estantería bajo la lámpara fluorescente sin estrenar, tenía clavadas con chinchetas fotos de su marido con una camisa a rayas, de varios sobrinos y sobrinas, de Barbra Streisand y múltiples fotocopias de aforismos en tipografía gótica que rezaban: «Si no puedes librarte de ello, ¡métete de lleno!». Me encantaría poder rastrear alguna vez el progreso de aquellas máximas de aliento al personal por las oficinas de la ciudad; Deanne tenía otro clavado con chinchetas en uno de los tabiques de su cubículo, en mayúsculas reducidas a escombros por la distorsión de tantas y tantas fotocopias; decía: «¿EN SERIO QUIERES QUE APREMIE CON ESTE APREMIANTE TRABAJO QUE ME APREMIO EN APREMIAR?».

–¿Qué le ha pasado al viejo Ray? –dije. Ray era el responsable de vaciar las papeleras de cada despacho y cubículo y de reponer los productos del cuarto de baño, pero no de pasar la aspiradora, algo que hacía una empresa externa. Tenía alrededor de cuarenta y cinco años, estaba orgulloso de sus hijos, llevaba camisa a cuadros (para mí Ray estaba siempre asociado a la sensación de trabajar hasta tarde, ya que podía oír la gradual aproximación de las distantes colisiones de papeles y de los sonidos más sinuosos de las fundas de plástico conforme se abría paso por la hilera hacia mi oficina, vaciando la bolsa de cada papelera en un contenedor gris y triangular que empujaba, y dando con ello aquel día por verdaderamente finiquitado para aquel despacho, pese a que uno pudiese estar todavía trabajando dentro, porque cualquier cosa que entonces tiraras era basura de mañana. Antes de colocar una nueva bolsa de plástico en una papelera, dejaba oculta en el fondo una segunda bolsa plegada para el día siguiente, ahorrándose con cada parada varios movimientos; y hacía un nudo muy rápido en la bolsa para que no se retrajera, convirtiéndose de forma efectiva ella misma en basura, en cuanto uno desechaba algo voluminoso como un periódico).

–Se hizo daño en la espalda el fin de semana pasado mientras intentaba mover una piscina –dijo Tina.

Hice una mueca de dolor con oficinesca solidaridad.

–Una piscina desmontable, espero.

–Una de bebés para su nieto. Puede que esté un tiempo de baja.

–Eso explica por qué durante los últimos días, cada vez que tiro mi vaso de café, tengo que empujarlo por entre un esponjoso cojín de plástico. La persona que está ocupando el puesto de Ray no sabe cómo deshacerse del aire atrapado. Aun así, en cierto modo disfruto con el efecto… un efecto almohada.

–Estoy segura de que disfrutas del efecto almohada –dijo ella, flirteando mecánicamente. Me condujo hasta un póster extendido sobre el escritorio de una ayudante de investigación que había llamado para informar de que estaba enferma.

–¿Dónde firmo?

–Donde sea. Ten un boli.

Ya casi había sacado mi boli del bolsillo de la camisa, pero al no querer rechazar su oferta, dudé; al mismo tiempo, ella vio que yo ya tenía un boli, y con un «Oh» empezó a retirar el suyo de la posición de ofrecimiento; mientras tanto yo había decidido aceptar el suyo y tuve que soltar el de mi bolsillo, sin advertir hasta que fue demasiado tarde que ella había retirado la oferta; ella, al ver entonces que yo empezaba a echar mano del boli, canceló su retracción, pero entretanto yo, al procesar su anterior movimiento correctivo, había vuelto a echar mano de mi propio boli –de forma que completamos un jueguecito de desbaratos que fue como las reverencias mutuas que intercambias con un peatón que viene de frente, conforme ambos dais bandazos para indicar si vais a pasar por la derecha o por la izquierda–. Finalmente cogí su boli y examiné el póster; representaba, con rotuladores de colores de punta de fieltro, un jarrón que contenía cinco esbozos de flores largas y ensortijadas. En el jarrón había una leyenda, en caligrafía cursiva de sobresaliente, «¡Ray, te echamos de menos, esperamos que vuelvas pronto al trabajo! De tus compis de curro». Y en los pétalos de las flores a rotulador de punta de fieltro figuraban las pulcras, casi idénticas firmas de las muchas secretarias de la entreplanta, todas ellas realizadas en distintos ángulos. Entremezcladas con estas se hallaban las firmas más variadas de algunos de los encargados y de los ayudantes de investigación. Dije en voz alta algo sobre su belleza: era bello.

–Julie hizo el jarrón, las flores las hice yo –dijo Tina.

Encontré un pétalo no muy llamativo en la cuarta flor: no demasiado prominente, porque tenía la impresión de que las cosas se habían quizás enfriado un poco con Ray de un tiempo a esta parte –uno atraviesa ciclos inevitables de cordialidad oficinesca– y quería que viera primero las firmas de personas cuyos sentimientos estuviesen para él absolutamente claros. Y casi había firmado, y entonces me percaté por suerte de que la alta y horizontalmente comprimida firma de conquistador de mi jefe, Abelardo, con montones de tirabuzones y vanidosas florituras, se hallaba situada un pétalo por encima en la misma flor que yo había escogido. Firmar con mi nombre tan cerca del suyo habría sido vagamente inapropiado: se podría interpretar como la aserción de una alianza especial (al estar mi firma más cerca que la de Dave o la de Sue o la de Steve, que también trabajaban para Abelardo), o podría parecer que implicaba que yo iba en busca del nombre de mi jefe porque quería estar cerca de otra persona exonerada, que evitaba las firmas del secretariado. Por aquel entonces llevaba firmadas suficientes tarjetas de despedida de la oficina y de cumpleaños y de que-te-mejores como para haber desarrollado una insana sensibilidad a los matices de la ubicación de la firma. Me desplacé a uno de los pétalos en las antípodas de la flor, cerca del nombre de Deanne, y firmé en el que esperaba fuera un ángulo original.

–Ray va a llorar de alegría cuando vea este póster, Tina –dije.

–Pero qué majo eres –dijo Tina–. ¿Vas a almorzar?

–Salgo a por unos cordones. Ayer se me rompió uno y justo ahora se me ha roto el otro. ¿No te parece extrañamente accidental? No se me ocurre cómo explicarlo.

Tina frunció el entrecejo durante un momento y luego me señaló.

–Resulta curioso que lo menciones, ¿sabes?, porque en casa tenemos dos detectores de humo, ¿vale? Hará como un año que los tenemos. La semana pasada, las pilas de uno de ellos se agotó y se puso a sonar «¡Pi!... ¡Pi!... ¡Pi!». Así que Russ salió a comprar unas pilas nuevas. Y entonces al día siguiente, por la mañana, justo salía yo por la puerta, tenía las llaves en la mano, y de pronto oigo el «¡Pi!... ¡Pi!... ¡Pi!» del otro. Dos días seguidos.

–Qué extraño.

–Sí que lo es. Sobre todo porque uno de ellos se dispara más a menudo, porque está más cerca de la cocina y no le hace gracia que haga nada a la parrilla. Pollo asado (¡pi! ¡pi!) ¡alerta roja! Pero el otro solo se ha disparado una vez que yo recuerde.

–Estás diciendo entonces que da igual si se usan o no.

–Sí, da igual. Espera un momento –su teléfono había empezado a sonar; se excusó levantando una mano. Luego, con una voz que de repente era dulce, eficiente, palatino-glotal, y susurrando levemente, dijo:

–Buenos días3, despacho de Donald Vanci. Lo siento, Don no está disponible en este momento. Si me deja un número le diré que le devuelva la llamada.

Retirando con suavidad su boli de mis dedos, localizó su bloc de Mientras Estaba Fuera y anotó un nombre. Luego, repitiendo códigos de productos y cantidades, empezó a recoger un mensaje complejo. Tuve unas ligeras ganas de irme, pero hacerlo habría resultado brusco. Entre lo del póster de Ray y lo del pollo asado, nuestro intercambio apenas si había traspasado el civismo de oficina hacia el reino de la conversación humana, y debía por tanto terminarse conversando: la etiqueta requería que esperara hasta que sus obligaciones telefónicas acabaran con el fin de intercambiar con ella una última frase, a menos que el mensaje que estaba recogiendo fuese a todas luces a alargarse más de tres minutos, en cuyo caso Tina, buena conocedora de las convenciones, me liberaría –dándole yo pie primero con algún movimiento del tipo «Caray, pues me tengo que pirar» (recolocándome los pantalones, comprobando que llevaba la cartera, un saludo jocoso)– moviendo los labios para articular un silencioso «¡Adiós!».

Mientras esperaba, comprobé la bandeja giratoria de los mensajes, pese al hecho de que había estado toda la mañana en la oficina y habría recibido cualquier llamada; luego, alargando el brazo hasta el cubilete de Tina, cogí su pesado sello de cromo para las fechas. Era un modelo que se entintaba solo: en reposo, el elemento interno para las fechas, ceñido con seis cintas de goma, mantenía su numerología actual pegada bocabajo contra el techo negro y húmedo del armazón. Para usarlo, colocabas la base cuadrada de la máquina sobre el trozo de papel que deseabas fechar y presionabas el pomo de madera (¡un pomo de verdad!) –entonces el elemento interno, guiado por unas curvas en S inscritas en la superestructura tipo grúa de caballete, iniciaba su grácil descenso rotativo, poniéndose bocarriba justo a tiempo para aterrizar como un módulo lunar, tocando el papel solo un instante, depositando la fecha del día, y apurándose después a regresar a su murcielaguil reposo–. Cuando llegaba por la mañana temprano, a veces observaba (a través de la pared de cristal de mi oficina) a Tina adelantar la fecha del sello para las fechas: después de que se hubiese acabado su dónut blanco, y se hubiese sacudido las migajas de las yemas de los dedos dentro del envoltorio de plástico en el que venía el dónut, y hubiese doblado el envoltorio con las migajas dentro hasta que formara una pulcra bolita blanquecina, y hubiese tirado la bolita a la basura, abría la cerradura de su escritorio y sacaba su grapadora, su bloc de Mientras Estaba Fuera (blocs que tendían a desaparecer si no los escondías) y el sello para las fechas de su cajón central ordenado con meticulosidad, colocando cualquier sobrecito adicional de sacarina que le hubiesen incluido con el café dentro de un compartimento especial del cajón que solo contenía sobrecitos de sacarina. Y entonces adelantaba la cinta de goma un único dígito, una representación con la que a estas alturas era probable que para ella diera comienzo el día, a modo de primer acto en la oficina –idéntico a cuando yo pasaba la página de mi calendario de mesa, con sus dos anillas de metal por las cuales guiabas los agujeros de la página tamaño postal, hasta el día siguiente (lo cual era lo último que hacía yo la noche previa, porque encontraba desalentador afrontar los compromisos y los «por hacer» del día anterior a primera hora de la mañana), y que se había convertido en el mecanismo de escape que impulsaba mi propia vida.

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9788412305982
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