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ÍNDICE

Cubierta

Sello

Portada

Dedicatoria

Mapa de Robinson

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Sobre la autora

Copyright

Otros e-books de La Bestia Equilátera

Para mi madre y mi padre

con amor


CAPÍTULO I

Si me preguntaran qué recuerdos tengo de la isla, cómo fue estar varada allí por accidente durante casi tres meses, respondería que habría sido un paisaje y un tiempo imaginarios, si no fuera por los signos visibles que prueban su materialidad: mi diario, la gata, los recortes de periódicos, la curiosidad de mis amigos y también mis hermanas, que siempre me miran, creo, como a alguien que hubiese vuelto de entre los muertos.

Habrán leído acerca del incidente en los artículos de la prensa, donde se incluían algunas fotografías aéreas de la isla en las que, al verlas mucho tiempo después, me costó reconocer el escenario de lo que voy a contarles. En primer lugar, el diario es lo que me ayuda a orientarme. Despliega ante mí la trama de pensamientos y de acciones oculta entre los hechos que registré. Por mi diario estuve a punto de encontrar la muerte.

Tres de nosotros fuimos expulsados del avión en llamas cuando se desplomó en la isla de Robinson. Éramos los únicos sobrevivientes de veintinueve pasajeros, con la tripulación incluida y, como ustedes saben, se nos consideró perdidos hasta que nos encontraron dos meses y veintinueve días más tarde. Sufrí un fuerte golpe en la cabeza y la dislocación del hombro izquierdo. Jimmie Waterford solo se hizo algunos cortes y raspaduras. Tom Wells quedó con algunas costillas fracturadas. Me recuperé pronto y no habían pasado diez días en la isla cuando empecé a llevar mi diario en un cuaderno de hojas humedecidas que Robinson me dio con ese propósito. Veo que empecé por escribir mi nombre, el lugar y la fecha, como sigue:

January Marlow,

Robinson

20 de mayo de 1954

Me llamo January porque nací en enero. Me gustaría aclarar que jamás me llamaron Jan, aunque algunos de los periódicos utilizaron ese nombre en sus titulares cuando se conoció la noticia de que nos habían rescatado.

En aquel momento Robinson pensó que llevar un diario mantendría ocupada mi mente y yo fantaseaba que más adelante podía usarlo como material para una novela. Eso fue algo bastante extraño, ahora que lo pienso, porque entonces no había anticipado que el diario se volvería en mi contra, a tal punto que, habiendo sobrevivido al accidente de avión, me pondría casi al borde de la muerte.

A veces no recuerdo con precisión los detalles de hechos recientes hasta que alguna palabra o un objeto, casi sacramental, roza mi memoria y de pronto el pasado desfila ante mí, dejándome absorta, como cuando decimos que ha pasado un ángel, y entro en él como en el haz de un reflector.

Cuando volví a mirar, hace poco tiempo, mi diario de la isla, encontré las palabras: “Robinson nos hizo escuchar a Rossini en su gramófono”. Recordé entonces no solo la adicción de Robinson a Rossini, sino todo lo que pensé aquella noche. Era el veinticinco de junio, poco antes de que Robinson desapareciera. Recuerdo que aquella noche, era mi séptima semana en la isla, salí de la casa de Robinson y bajé por el camino de la montaña entre las siringas azules hasta llegar a la costa. Era una noche cálida, sin neblina, con luna llena. Sentí ganas de abrir los brazos y adorar la luna. “Pero”, me dije, “soy cristiana”. Aun así sentí esa atracción horrible y sensual hacia la luna y regresé a la casa levemente perturbada.

Mientras yacía aquella noche en mi colchón recordé que mi abuela de Hertfordshire solía recitar unos versos a la luna nueva, sin importar si estaba sola o en una calle llena de gente. Volví a verla entonces en el recuerdo, como la veo ahora, dando un paso al costado del camino, con la mirada fija en la pálida luna creciente recortada contra el oscuro cielo del norte:

Luna nueva, luna nueva, sé buena otra vez

Y tráeme regalos, uno, dos, tres.

Y luego se inclinaba tres veces. “Uno”, repetía. “Dos. Tres”. Cuando era niña me avergonzaba cada vez que salía con ella durante la luna nueva. Temía a cada momento cruzarme con una de mis compañeras de escuela y que me asociara con esta conducta excéntrica. Me distraigo, porque todavía estoy un poco embriagada con el recuerdo de mi deseo repentino de adorar la luna entre las altas siringas y la santa rita durmiente, con el mar en mis oídos.

Era la única mujer en la isla. Y dicen que la mentalidad pagana puede imponerse en las mujeres en cualquier momento, más aún en una isla y sobre todo en una isla como aquella. No me refiero solo a la luna ni al accidente. Pienso ahora que mis percepciones durante todo aquel período tenían una cualidad preancestral, que había un encantamiento, una fuerza primitiva y visceral que probablemente nos impulsaba a todos.

A veces la gente me dice: “Si usted no hubiera hecho ese viaje…”, “Qué pena que no haya tomado un vuelo anterior…” o “¡Pensar que estuvo a punto de viajar por mar!”.

Tiendo a rechazar la idea que yace detrás de estos comentarios así como rechazo la idea de que es mejor no haber nacido.

El avión se estrelló el diez de mayo de 1954. Iba rumbo a las Azores, pero no encontró el aeropuerto de Santa María a causa de la niebla. Desperté en la orilla de un lago azul y verde en medio de la montaña y de inmediato pensé: “El barco bananero debió de haber naufragado”. Y volví a perder el conocimiento.

Es cierto que estuve a punto de tomar un barco bananero que iba hacia las Antillas y que haría una escala en las Azores, pero poco a poco mis amigos fueron disuadiéndome a medida que observábamos a los indios, daneses e irlandeses que vagaban en los muelles de la Compañía de las Indias Orientales en Londres. Y por eso en mis sueños, aunque finalmente había tomado la costosa ruta aérea de Lisboa, todavía existía el barco bananero.

Cuando desperté por segunda vez me hallaba en la casa de Robinson. Estaba tendida sobre un colchón colocado en el piso y al moverme sentí un dolor agudo en un hombro. A través de la resolana que entraba por una puerta entornada podía ver un extremo del lago azul y verde. Al parecer estábamos a una altura considerable, en la ladera de una montaña.

Podía oír que alguien se movía en uno de los cuartos contiguos, ubicado a mi izquierda. Algunos segundos después oí las voces de dos hombres.

—¡Basta! —grité. Las voces callaron. Luego una murmuró algo.

Enseguida una puerta se abrió a mi izquierda. Intenté girar, pero el dolor me detuvo, y esperé mientras un hombre entraba en la habitación y caminaba hacia mí.

—¿Dónde estoy?

—En Robinson —dijo.

—¿Dónde?

—En Robinson.

Era bajo y robusto, con la cara curtida y el pelo canoso y enrulado.

—En Robinson —repitió—. En el océano Atlántico Norte. ¿Cómo se siente?

—¿Quién es usted?

—Robinson —dijo—. ¿Cómo se siente?

—¿Quién?

—Robinson.

—Creo que tengo una conmoción cerebral —dije.

—Me alegro de que piense eso porque es cierto —dijo—. Saber que uno tiene una conmoción cerebral cuando la tiene es un tercio de la cura. Veo que usted es inteligente.

Al oír esto decidí que Robinson me gustaba y volví a dormirme. Me sacudió hasta despertarme y puso ante mis labios un jarro de leche agria y tibia. Mientras yo la tragaba, dijo:

—Dormir es otro tercio de la cura y la alimentación es el restante.

—Me duele el hombro —dije.

—¿Cuál?

Toqué mi hombro izquierdo. Estaba cubierto de vendas.

—¿Cuál hombro?

—Este —dije—, el que está vendado.

—¿Cuál hombro? No lo señale. Piense. Descríbalo.

Me detuve a pensar. Enseguida dije:

—El hombro izquierdo.

—Es cierto. Se recuperará pronto.

Un gatito de pelo sedoso azul grisáceo entró, se sentó en el umbral y se puso a mirarme entrecerrando los ojos hasta que me dormí.

Esto sucedió veinticuatro horas después del accidente. Cuando volví a despertar era de noche y tuve miedo.

—¡Basta! —grité.

No hubo respuesta. Entonces, luego de unos minutos, volví a gritar:

—¡Basta, Robinson!

Algo suave y vivo saltó sobre mi pecho. Grité, me incorporé a pesar del dolor que el movimiento me provocó en el hombro. Mi mano alcanzó a tocar pelo suave mientras la gata bajaba de un salto al colchón.

Robinson entró con un quinqué y se inclinó para examinarme bajo su luz.

—Pensé que era un ratón —dije—, pero era la gata.

Dejó la lámpara sobre una mesa lustrosa.

—¿Se asustó?

—Bah, soy bastante valiente. Pero primero fue la oscuridad y después la gata. Pensé que era un ratón.

Se inclinó y acarició a la gata, que se restregaba contra sus piernas.

—Se llama Bluebell —dijo y salió del cuarto.

Lo oí moverse en la habitación contigua y poco después volvió con un tazón de sopa picante y caliente. Parecía cansado y suspiró varias veces mientras me hacía tomarla.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—January Marlow.

—Piense —dijo—. Trate de pensar.

—¿Pensar en qué?

—En su nombre.

—January Marlow —dije y apoyé el tazón de sopa en el piso.

Levantó el tazón y volvió a ponerlo en mi mano derecha.

—Beba un poco y mientras tanto piense. Usted me dijo el mes y el lugar de su nacimiento. ¿Cuál es su nombre?

Este error me alegró, me dio confianza.

—Me pusieron January, un nombre inusual, porque nací en…

Lo entendió enseguida.

—Ah, sí. Ya veo.

—Pensó que era mi conmoción cerebral —dije.

Esbozó una sonrisa.

De pronto, dije:

—Debe de haber ocurrido un accidente. Viajaba en el avión de Lisboa.

Bebí unos sorbos del caldo mientras trataba de dilucidar las implicancias de mis palabras.

—No se esfuerce tanto —dijo Robinson—, no puede pensarlo todo de golpe.

—Recuerdo el avión de Lisboa —dije.

—¿Viajaba con amigos o con parientes?

Yo sabía la respuesta a esa pregunta.

—No —dije enseguida, casi gritando.

Robinson permaneció inmóvil y suspiró.

—Pero tengo que mandar un telegrama a Londres en la mañana —dije.

—En Robinson no hay oficina de correo. Es una isla muy pequeña. —Y agregó, porque supongo que puse cara de sorpresa—: Está a salvo. Creo que mañana podrá levantarse. Entonces lo verá por sí misma.

Tomó el tazón vacío y se sentó en una silla alta de mimbre. La gata saltó sobre su regazo. “Bluebell”, murmuró. Yo lo miraba acostada, semicomatosa, y me daba trabajo ordenar mis pensamientos y colocarlos en una frase. Finalmente dije:

—¿Le importaría decirme si hay alguna enfermera, alguna mujer, por aquí?

Se inclinó sobre mí como si buscara atraer mi atención.

—Eso será una dificultad para usted. No hay mujeres en la isla. Pero cuidarla no es un problema para mí. Será por poco tiempo. Además, es necesario. —Apartó a la gata de su regazo—. Piense que soy un doctor o algo parecido.

Una voz de hombre llamó desde el interior de la casa.

—Es otro de los pacientes —dijo Robinson.

—Cuántos… el accidente. ¿Cuántos?

—Volveré pronto —dijo.

Mientras desaparecía de mi vista pensé que se veía fatigado. Bluebell arqueó el lomo, trepó a mi colchón, se hizo un ovillo y empezó a ronronear.

Estábamos a miles de kilómetros de todo. Creo que aún persistían los efectos de la conmoción cuando me levanté, la cuarta mañana después del accidente. Me tomó cierto tiempo conocer los detalles de la casa de Robinson y no fue sino hasta la semana siguiente cuando empecé a preguntarme acerca de su extraño aislamiento.

Para entonces ya no había esperanza de un rescate inmediato. Muchos de ustedes recordarán que todo el Atlántico estaba avisado, que aviones militares y comerciales nos buscaban y que todos los barcos se mantenían alerta en busca de sobrevivientes o de trozos de la aeronave. Entretanto, allí estábamos en Robinson, con los restos del avión y los cadáveres. La isla estaba envuelta en niebla cuando llegó la primera expedición de rescate poco después del accidente. Robinson había encendido luces de bengala cada noche, pero cuando las patrullas volvieron, dos noches más tarde, un torrente de lluvia las había apagado. En ambas ocasiones, el avión se había retirado rápidamente del banco de niebla, por temor a chocar con la montaña. No había nada que hacer, salvo esperar el barco que pasaría por la isla en agosto para recoger la cosecha de granadas.

Cuando me levanté un poco mareada del colchón, sentí dolor en el brazo izquierdo, que llevaba en cabestrillo, pero a pesar de ello y de lo aturdida que estaba, Robinson me puso de inmediato a cuidar a Tom Wells, que yacía con las costillas rotas, enfundado en un apretado chaleco que Robinson había hecho con tiras de lona, cosidas en diagonal de atrás hacia delante, en capas que se superponían en las dos terceras partes de cada una. Robinson explicó con sumo cuidado la función de ese chaleco antes de decirme que de ningún modo debía quitárselo al paciente. Mis horas de trabajo iban desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, cuando Robinson me reemplazaba.

Un hombre alto y delgado, con la cabeza correctamente vendada, hacía los turnos de la noche, y creo que Robinson también lo reemplazaba durante la noche para que siempre hubiese alguien para atender a Tom Wells.

Robinson me había presentado al hombre alto; recuerdo que me llamaba “señorita January”, pero no retuve su nombre aunque me resultaba familiar. En aquellos primeros días pregunté varias veces a Robinson quién era el otro enfermero y cómo se llamaba, pero tardé una semana entera en recordar el nombre, Jimmie Waterford. Jimmie se mostraba muy amistoso conmigo, como si nos conociéramos de antes. Tardé bastante en recordar que lo había conocido en el avión de Lisboa. Sin embargo, el monosilábico Tom Wells se grabó en mi mente de inmediato.

Por aquel entonces advertí la presencia de un niño frágil y menudo, de unos nueve años de edad, de piel oscura y grandes ojos. Lo había visto la primera vez que me levanté, pero durante varios días no reparé en él. Seguía a Robinson por doquier. Cumplía algunas tareas, como traer a la casa pequeños atados de leña y preparar el té. Se llamaba Miguel.

Durante las mañanas, Robinson me daba instrucciones. Las seguía al pie de la letra, como si estuviese atontada e incapaz de sentir curiosidad alguna. Mientras tanto, Robinson y el hombre alto se ausentaban juntos durante dos o tres horas cada vez.

Además de ser quien había recibido las heridas más graves, Tom Wells era un paciente difícil. Se quejaba y hacía ruidos casi todo el día, aunque Robinson le aplicaba inyecciones. Parecía haber comprendido nuestra situación y de hecho, en aquel momento, era más consciente que yo. Siempre he detestado a las enfermeras que son intolerantes con sus pacientes, pero muy pronto me volví irritable y brusca con Tom Wells, como si hubiera nacido para ello. Cuando me oía decirle al hombre que dejara de hacer tanto ruido, que se comportara o que bebiera esto o aquello, y frases por el estilo, Robinson sonreía con desgano. Todo esto sucedía antes de que yo hubiera asimilado mi nuevo entorno. Sabía, con una indiferencia inhumana, que había ocurrido un accidente. Acepté resignadamente la situación de hallarme en un lugar desconocido, que Robinson diera órdenes y que yo debiera cuidar a Tom Wells determinadas horas del día.

Exactamente una semana después del accidente, Robinson me dijo, mientras desayunábamos: “Intente comer lo menos posible. La mayor parte de nuestra comida es enlatada y yo no esperaba huéspedes”.

Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba comiendo. Robinson me había procurado alimento y en ese momento advertí que había estado consumiéndolo. Miré mi plato sobre la mesa redonda de madera clara. Acababa de terminar una porción de legumbres amarillentas. Junto a mi plato había un bizcocho grueso y duro a medio comer, igual a los que recordaba haber sumergido en el té cargado y tibio durante los últimos días. A partir de entonces presté atención al lugar con mayor detenimiento. Cuando aquel día empecé a actuar independientemente de Robinson, él pareció aliviado. Dos días después me dio el cuaderno para que escribiera mi diario.

Ansiaba estar de vuelta en casa, riéndome con Agnes y Julia, como cuando ellas venían a tomar el té en las tardes de invierno. Lo que más nos gustaba hacer con mis hermanas era reírnos de nuestras anécdotas de infancia y yo misma me sorprendía, más tarde, de mi propia inocencia.

Y sin embargo, en aquellos momentos, disfrutaba las tonterías que decíamos. Hubo un tiempo, después de haber abandonado la escuela para casarme, del nacimiento de mi hijo y de haber enviudado aquel mismo año, en que estuve distanciada de mis hermanas. De Agnes, porque era la mayor: huraña, soltera y resentida por mi aventura. Agnes vivía con nuestra abuela. Cuando la abuela murió, Agnes se casó con el médico; al menos se casó. Nos hicimos amigas, en la medida en que es posible ser amiga de Agnes, que, para empezar, hace ruido cuando come.

Mi hermana menor, Julia, estaba todavía en la escuela cuando me escapé para casarme. Mi marido murió seis meses después. Traté de acercarme a Julia, tan alta y bonita. Pero la consideraban una descarriada; yo también pensaba que lo era.

—Julia solo habla de hombres, hombres y más hombres —dije una vez a Agnes.

—Oh, cállate —dijo ella.

Años más tarde, Julia se casó con un corredor de apuestas. Solo se casaron por civil. No me invitaron al casamiento. Vi al corredor de apuestas en el entierro de la abuela; al principio pensé que era el dueño de la funeraria.

—Creí que era el dueño de la funeraria —susurré a Agnes.

—Oh, cállate —dijo ella. No me dijo que planeaba casarse con el médico el mes siguiente.

Luego de eso, cuando nos reconciliamos, Julia y Agnes venían a tomar el té a mi casa pero rara vez yo las visitaba. Agnes vivía en Chiswick y Julia en Wimbledon; era una molestia ir a esos lugares desde Chelsea. Pronto descubrimos lo único que teníamos en común: nuestra infancia. Nos reíamos hasta que se hacían las seis de la tarde, cuando mi hijo Brian volvía a casa con la cara colorada luego de hacer deporte en la escuela. Mis hermanas jamás se iban antes de que él llegara. Supongo que me envidiaban por Brian, porque los años pasaban y ellas seguían sin tener hijos.

Cuando huí de la escuela y tuve a Brian, Agnes no demostró el menor interés por el niño. Solo demostraba curiosidad por mí. “Eres demasiado joven para esta clase de travesuras”, dijo desde su posición privilegiada como visitante en un hospital: ella, perpendicular; yo, horizontal. “Creí que eras una chica inteligente”, dijo.

Pero cuando vieron a Brian años más tarde, mis hermanas se sorprendieron, creo, por su docilidad; de algún modo esperaban que el hijo de una muchacha tan joven fuese un malcriado.

—Vaya —dijo Julia—, miren al hijo de January. ¿No es todo un hombrecito?

Pero todavía no habían descubierto la extraordinaria destreza social de Brian, aunque ese aspecto de su personalidad ya estaba, en plena adolescencia, muy desarrollado para su edad.

A menudo me preguntaba si Agnes y Julia se molestaban en venir desde Chiswick y Wimbledon, en aquellas tardes de invierno, realmente para verme a mí y no a Brian. Aun durante la primera etapa de mi conversión religiosa, cuando se me dio por adoctrinar a mis hermanas, siguieron visitándome.

Diario, 20 de mayo de 1954. La superficie de Robinson es poco más de 220 kilómetros cuadrados, si es que se pueden llamar cuadrados, porque se extienden en direcciones tan irregulares. Robinson le compró la isla a un portugués hace quince años y se instaló en ella luego de la guerra. Antiguamente, la isla se llamaba Ferreira. Robinson me mostró un mapa. Si uno lo sostiene con el Este hacia arriba parece una silueta humana. Hay varias penínsulas a las cuales Robinson llama el Brazo Norte y el Brazo Sur de la isla, la Pierna Norte y la Pierna Oeste. La casa de Robinson está ubicada en una meseta a unos trescientos metros por encima del nivel del mar. Es una montaña volcánica, en cuya cima solo hay lava y cenizas, pero él dice que en sus laderas se encuentran todos los climas conocidos. R. una vez se torció el tobillo allí arriba mientras atravesaba un brezal. En julio, el tercio superior de la montaña se cubre de tomillo en flor. Supe estas cosas por Robinson. Él me dio este cuaderno. Dijo: “Aténgase a los hechos, será lo más saludable”. Estoy siempre cansada.

Ahora, mientras miro la página ajada de la primera entrada en mi diario recuerdo que fue idea de Robinson que escribiera con letra muy pequeña y sin punto y aparte para ahorrar papel. Aun así, el cuaderno no duró hasta el fin de mi estadía en la isla; después tuve que usar algunas hojas sueltas de papel que encontré en el escritorio de Robinson.

Recuerdo que más de una vez Robinson me había aconsejado que me ciñera a los hechos. Me había aconsejado con vehemencia que no escrutara el mar con la esperanza de ver un barco, ni el cielo en busca de un avión; según él era una costumbre deprimente. Aquellas primeras semanas apenas si podía apartar mis ojos del mar y del cielo, aunque el barco que traía los víveres de Robinson y se llevaba las granadas que cultivaba no llegaría a la costa sur sino hasta la segunda semana de agosto. Yo había hostigado a Robinson con la idea de construir un transmisor de radio. Él decía que no había medios para hacerlo. “A esta altura, Brian creerá que estoy muerta”, pensaba mientras escribía mi primer diario. Pero no lo escribí porque todavía no me constaba que fuese un hecho.

CAPÍTULO II

La casa de Robinson era un edificio de principios del siglo diecinueve, construido en un estilo colonial español. Era un bungalow de piedra ubicado en una ancha saliente natural de la montaña. Estaba rodeada de una pared baja por encima de la cual podía ver, desde mi cuarto, el lago azul y verde en las mañanas sin neblina. En las primeras dos semanas, no me aventuré más allá de las enormes puertas arqueadas de hierro forjado. En cambio, cuando mi confusión se hubo disipado y no estaba cuidando a Tom Wells, vagaba por el descuidado jardincito o me sentaba en el patio igualmente descuidado, masajeándome el hombro lastimado y observando la fuente que no funcionaba.

En su mayor parte, los cuartos estaban desocupados, al parecer desde hacía algunos meses. Los limpié todos. Tres de ellos y la gran cocina de piedra servían como vivienda de Robinson. Miguel dormía en un cuartito repleto de equipos de pesca. Las habitaciones restantes estaban extrañamente amobladas, cada una con camas marineras triples que eran meros catres rellenos con un material sedoso extraído de un helecho que crecía en la isla, una silla de mimbre y una mesa de madera lustrada. En cada una había un crucifijo tallado colgado en la pared. En cuanto hube recuperado la lucidez, le pregunté a Robinson acerca de esos cuartos:

—¿Quién suele dormir allí?

—Los hombres que vienen a recoger las granadas —respondió—. Son cosechadores que vienen cada agosto en el barco. Se quedan durante tres o cuatro semanas, trabajando en el granadal que está allí arriba, en la Cabeza, y cosechan la fruta mientras el barco va a comerciar a las Canarias y a la costa occidental de África.

—¿Y el resto del año usted vive solo en la isla?

—Sí.

—Con Miguel —agregué, intentando sonsacarle algo de información sobre el niño.

—Miguel está conmigo desde hace cinco años. A fin de este año se marchará para ir a la escuela y volveré a quedarme solo otra vez.

Por supuesto, pregunté:

—¿Quiénes son los padres de Miguel?

—A usted sí que le gusta saberlo todo —dijo Robinson con aire misterioso.

Guardé silencio. No estaba tan conmocionada para no advertir que Robinson me incitaba de algún modo a que le revelara mis sospechas. De golpe, se me ocurrió que Miguel no era, como había conjeturado, hijo de Robinson, probablemente ilegítimo.

—Qué misterio, ¿no? —dijo Robinson, bastante ansioso por que le diera la razón.

—No veo misterio alguno. Puedo imaginar el origen de Miguel —dije, mientras en realidad me preguntaba a mí misma qué quería decir con eso.

—¿Y cuál es entonces? ¿Qué imagina?

—Es huérfano de uno de los cosechadores de granadas que murió y usted lo ha adoptado —dije por decir algo.

—Debe de saberlo por Waterford —dijo Robinson.

—Jamás estuve en Waterford.

—Por Jimmie Waterford —dijo—. El hombre alto y rubio que viajaba con usted en el avión. Él debió de haberle contado acerca de la adopción de Miguel. Sabe algunas cosas de mi vida.

Mientras me hablaba parecía acusarme de algo.

—No —dije—. Era una suposición. Me parecía probable.

Pareció aliviado.

—Discúlpeme —dijo—, esperaba que me adjudicara la paternidad.

—No, eso habría sido improbable —dije.

—Dios mío —dijo Robinson, mirándome—, las mujeres salen con cada cosa…

Diario, domingo 23 de mayo. Es el final de nuestra segunda semana en Robinson. Me duele el hombro. Supongo que necesitará un tratamiento eléctrico cuando vuelva a casa, si vuelvo alguna vez. Estoy sentada en el umbral de mi cuarto. J[immie] W[aterford] acaba de regresar y ordeña la cabra. Robinson no volvió todavía. Ahora sé dónde han estado durante el día mientras yo cuidaba a Tom Wells. Primero enterraron a los muertos. Luego examinaron los restos del avión y ahora están rescatando todo lo que puedan. Miguel pescó toda la mañana en el arroyo. Robinson lleva una lista de los muertos. Hay veintiséis y solo está seguro de cuatro de esos nombres. Describe los otros por cualquier objeto que tuviera el cadáver, como la correa de un reloj que cuelga, supongo, de una muñeca calcinada, el anillo en el hueso de un dedo o un dije debajo de la camisa. Robinson fue muy eficiente. He visto la lista. Ahora que han enterrado a los muertos, soy libre de caminar por la isla. Jimmie canta, creo que es una canción holandesa, mientras ordeña la cabra. Es parte holandés, su apellido no siempre fue Waterford. Recuerdo, ahora, que lo conocí en el avión antes del accidente. Pronuncia bien el inglés y su vocabulario es bastante inusual. Creo que R. está preocupado por Jimmie, de un modo personal, como si no fuera un extraño. Jimmie tiene un leve parecido con Robinson, sobre todo en la nariz. Es una suposición. Robinson me aconsejó que me atuviera a los hechos, que describiera hechos. Muy bien, hay un hecho acerca de Tom Wells: la conducta que tuvo conmigo esta mañana. Tendré que contárselo a Robinson.

Aquella mañana, o más bien hacia el mediodía, había llevado a Tom Wells un cuenco de sopa crema de tomate que habíamos abierto para él. Estaba servida en una bandeja con algunos de nuestros bizcochos gruesos y duros. La llevaba sostenida con mi mano derecha, ya que la izquierda seguía en cabestrillo.

Tom Wells estaba recostado; en la última semana su salud había mejorado. Mientras me acercaba a su cama, que era una cama real y no un colchón sobre el piso como la mía, dijo:

—¿Ya enterraron a todos?

—Sí.

Extendió su mano y me tocó.

—Usted es una preciosura —dijo.

Creo que pude haber salvado la sopa. A decir verdad no lo sé, quizá solté la bandeja deliberadamente. La sopa cayó sobre él, se esparció sobre el frente de su camisa y sobre las sábanas, como la sangre en una película en tecnicolor.

Lo dejé en ese estado y volví a la cocina, donde Robinson trinchaba un ave parecida a un pato que acababa de asar. Jimmie estaba de espaldas a la puerta y cuando entré hablaba veloz y suavemente en holandés. Robinson me vio y dijo a Jimmie en voz alta:

—La señorita January está aquí.

La escena con Tom Wells me había puesto nerviosa.

—No me llamo señorita January. Soy la señora Marlow.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Robinson.

—Derramé la sopa encima de Tom Wells —dije.

Robinson salió y regresó de inmediato con otro cuenco de sopa. Me senté en la mesa de la cocina y comí mi almuerzo, cabizbaja.

Jimmie Waterford, con sus brazos largos, se estiró delante de mí para buscar pan. Su cabeza rubia ya no tenía vendas.

Cuando Robinson se sentó a la mesa, Jimmie se dirigió a mí:

—¡Ajá! —dijo—. Ningún hombre es una isla.

—Algunos lo son —dije—. El único suelo que comparten está sumergido en el mar. Si las palabras tienen algún sentido y si las islas existen, entonces algunas personas son islas.

—Es un buen argumento —dijo Robinson.

—Así es —dijo Jimmie—, quizá.

Aquella tarde escribí la entrada en mi diario y a la noche dije a Robinson:

—Tiene que buscar otra solución con respecto a Wells. No lo cuidaré más.

—No estoy obligado a buscar ninguna solución para nadie —dijo—. Sea sensata —agregó, parodiando a Jimmie, que a menudo solía decir: “Sea sensato”.

—No me quedaré a solas en esta casa con ese hombre.

—Sea razonable —dijo Robinson.

—Tiene que hablar con él —dije—. Advertirle. Amenazarlo.

—Le diré que usted lleva un puñal en la liga.

Por supuesto que yo no llevaba ligas. Tenía suerte de conservar las piernas.

—Escuchen las ranas —dije, porque me había calmado y las ranas croaban entre los arbustos que rodeaban el lago de las montañas.

—¿Hace mucho que está casada?

—Soy viuda —dije— y periodista.

Pensé que estaba restándole importancia a mi trabajo, pero era una categoría que se aproximaba a poeta, crítica y articuladora general de ideas. Ahora que tenía la mente despejada, estaba un poco harta de oír el consejo de Robinson, “Mantenga su diario al día. Aténgase a los hechos. Describa el paisaje”, como si en circunstancias normales no pudiera hilvanar una frase.

—Son dos condiciones de vida que requieren inventiva —comentó Robinson—. Usted puede lidiar con Wells. Trate de ocultar la repugnancia que le causa.

—Oh, no tengo nada en contra de él, salvo su conducta de esta mañana.

—Vamos, sí que tiene algo contra él —dijo Robinson.

Se me ocurrió que Robinson se parecía físicamente a mi cuñado, Ian Brodie, el médico que se había casado con Agnes. No era un parecido muy marcado; era solo en la forma de la cabeza, pero deseé que no existiese, puesto que tendría que convivir con Robinson hasta agosto.

CAPÍTULO III

—Tome el libro que desee —dijo Robinson.

Ahora bien, era una biblioteca enorme con estanterías vidriadas. No guardaría libros, me refiero a mí misma, detrás de puertas vidriadas. Aquí en casa los libros no están ordenados. La biblioteca de Robinson estaba bien encuadernada y cuidada. Advertí que muchas eran primeras ediciones con las páginas aún sin cortar. Soy adicta a una clase de esnobismo que difícilmente conserve una primera edición guardada en su estante. Pensar en un hombre que tiene en una isla primeras ediciones con las páginas sin cortar estimuló de algún modo mi esnobismo.

Si bien mi vida de casada había durado solo seis meses, mi marido había condicionado muchos de mis gustos. Cuando escapé de la escuela para casarme, él tenía cincuenta y ocho años y era un profesor en Letras Clásicas cuya madre estaba emparentada, por matrimonio, con mi abuela. Había llevado una vida retirada hasta que me conoció. Fue una conmoción para mí descubrir que se había casado conmigo por una apuesta. A veces, cuando me pregunto qué habría pasado si él no hubiera muerto y advierto lo viejo que habría sido —setenta y cuatro años— cuando llegué a la isla, me estremezco y pienso absurdamente en las manos arrugadas de los ancianos. A pesar de ello y si bien no suelo inclinarme por el tipo de hombre erudito, como lo era mi marido, mi gusto en materia de libros era una prolongación del gusto de él. En el interior de las tapas de todos los libros de Robinson había una etiqueta con las siguientes palabras:

Ex Libris

Miles Mary Robinson

debajo de las cuales había un grabado bastante horrendo que representaba un libro abierto sobre un atril de mesa, junto a una pluma de ganso y una lámpara antigua. Debajo de todo esto, en caracteres góticos, el lema Nunquam minus solus quam cum solus.

Jimmy Waterford vino a verme poco después del incidente con Tom Wells y la sopa. Yo estaba enseñándole a la gata a jugar al ping-pong en un rincón del patio, mientras el moreno Miguel nos observaba en silencio y con una mueca de desprecio hacia nuestra actividad.

—Una cosa —dijo Jimmie—. Digo.

—Hola, Jimmie —dije.

Jimmie se sentó en cuclillas y yo guardé la pelota de ping-pong en uno de mis bolsillos hasta la próxima lección.

—Ve a preparar el té para el señor Wells, por favor —dijo a Miguel.

Me di cuenta de que quería hablar conmigo a solas, de modo que me senté junto a él, también en cuclillas.

—Se trata de lo siguiente —dijo—. Quiero decirle que Robinson no es hombre afecto a las mujeres. Robinson no es un desconocido para mí.

Yo sabía que él conocía a Robinson. Y existía ese parecido en la nariz que de pronto me había hecho pensar que podían ser parientes.

Jimmie me había caído simpático en el avión de Lisboa. Se debía en parte a ese modo peculiar de hablar que, lo supe tiempo después, había adquirido en primer lugar de un tío suizo que usaba a Shakespeare y a algunos poetas del siglo diecisiete como libros de texto y el Modern English Usage de Fowler como guía, y en segundo lugar del trato con los soldados aliados durante la guerra. Y, en el avión, Jimmie también me había gustado por la aparente espontaneidad con que había iniciado una conversación conmigo.

—Mal tiempo para volar.

—Sí, ¿no es cierto? —dije.

—¿Quiere beber algo? ¡Tenga!

Desenroscó la tapa de su petaca de cuero y plata y quitó la tacita de su base.

—Creo que no, gracias —dije por cortesía.

—Usted tome la taza, yo bebo del recipiente —dijo mientras me pasaba la tacita a medio llenar con brandy.

En ese preciso instante, un miembro de la tripulación, con la cabeza gacha y el mentón oscuro hundido en el pecho, pasó velozmente a nuestro lado. Luego de unos segundos regresó apresuradamente y desapareció de nuestra vista. Fue la primera y última vez que vi a ese miembro de la tripulación. Entretanto, Jimmie me contaba:

—Creo que me haré examinar la cabeza. Acaso piense usted que viajo por vacaciones. Oh, no, oh, no. ¿Usted viaja por vacaciones?

—No, negocios —dije—. Excelente brandy. Me hace sentir normal.

Debajo de nosotros las nubes se fundían en el sol del atardecer mientras entrábamos en una de ellas, tratando de ganar altitud.

—No parece una mujer de negocios —dijo Jimmie, tomando un trago de su petaca.

—Gracias —dije.

—Es un cumplido —aclaró Jimmie.

—Lo sé —dije con amabilidad—. Gracias.

—¿Le sirvo un poco más de este brebaje?

—No, gracias. Ya bebí suficiente. Estaba rico.

Sin embargo, me sirvió un poco más de brandy en la tacita, que sorbí agradecida. He descubierto que, cuando una viaja sola por el extranjero, es prudente y también discreto dejarse acompañar durante el viaje por un hombre bien elegido. De lo contrario, una se ve acosada por muchos cargosos por el camino. Una tiene que saber discernir, por supuesto, pero es algo que se aprende con la experiencia: cómo detectar la clase de hombre que no va a presionarnos para lograr ningún compromiso futuro. Me sentía afortunada de haber encontrado a Jimmie. De hecho, mientras esperábamos en el aeropuerto ya me había fijado en él, en busca de protección contra un viajante de comercio inglés de cara ancha, voz estrepitosa y un montón de equipaje, que me miraba con demasiada insistencia. Había también un par de españoles que, cuando hice caso omiso de sus saludos individuales, habían decidido unirse. Mientras sorbía el brandy de Jimmie oí la voz del inglés de cara ancha que se acercaba desde varios metros de distancia, conversando con una pareja de norteamericanos.

—Solo permítanme abrir el portafolio —decía—. Les mostraré el producto. Créanme, el diseño se remonta a la época de los druidas.

Hurgó en su maletín y extrajo una medalla blanca de metal de unos ocho centímetros de diámetro. No pude distinguir el diseño interior, pero parecía un gnomo sentado en una barra encerrada dentro del círculo.

—Es infalible, les aseguro —dijo el inglés—. Trae a su dueño la más increíble de las suertes. Ya lo ven. La forma y el diseño, como pueden apreciar, son una réplica en miniatura de un antiguo amuleto druídico descubierto en la llanura de Devonshire, en Inglaterra, hace apenas cincuenta y siete años. Es un amuleto mágico. No pretendo saber cómo funciona ni por qué. Pero funciona.

—Caramba —dijo la norteamericana.

—Caramba —dijo su marido.

—En la última mitad del año, exportamos quinientos mil solo a Nueva Zelanda.

—Caramba.

—Si me preguntan —me dijo Jimmie en voz baja—, yo diría que el hombre tal vez necesita que le examinen la cabeza.

Tomé un sorbo de brandy y asentí.

—Eh, usted —dijo el inglés, tan alto que su voz llenó el salón y los norteamericanos parecieron cohibirse—. Estuve llamándolo, mi querido muchacho —dijo cuando apareció el asistente de vuelo—. Me gustaría un whisky. Y ¿qué van a tomar mis amigos?

—Limonada —dijo la norteamericana.

—Agua tónica —dijo su marido.

—Ustedes necesitan algo más fuerte que eso. ¿Van a parar en Santa María? Es muy húmedo, se lo advierto.

—Caramba —dijo la norteamericana—. Una limonada.

—Whisky y agua tónica —dijo su marido.

—¿Regresan a Estados Unidos?

—Bueno, antes vamos a las Bermudas —dijo la norteamericana, con los ojos pegados al amuleto mágico que el inglés sostenía entre el pulgar y el índice.

—Es evidente que ese hombre los está embaucando —me señaló Jimmie.

—Qué tipo horrible —dije.

—Vi a ese sujeto en el aeropuerto —dijo Jimmie— y en cuanto lo vi supe que no era un tipo con clase. Me dije: “¡Vaya!, ese no es un caballero”.

—¿En serio? —dije.

—Tengo un instinto para detectar a los caballeros —dijo Jimmie— y también a las damas.

“Es un compañero de viaje de lo más entretenido”, pensé mientras el avión empezaba a sacudirse por los vientos en las inmediaciones de las Azores. La cara de Jimmie era larga y delgada; tenía la nariz levemente desplazada a la altura del tabique, lo que le daba una expresión graciosa; su pelo era muy claro. Calculé que debía de tener poco más de treinta años.

—¿Va a cruzar el océano Atlántico? —preguntó él.

—Me bajo en las Azores.

—Yo también. Y luego seguiré viaje al sur por mar hasta otra de las islas —dijo.

—¿A qué isla? Me interesan bastante las islas.

—No figura en ningún mapa. Es demasiado pequeña.

El hombre de los amuletos de la suerte preguntaba a sus amigos:

—¿Conocen su futuro?

—¿Perdón? —dijo la norteamericana.

—La revista Su Futuro.

—Bueno, a decir verdad, no.

—Yo soy el dueño y también el director —dijo el hombre.

Advertí que se había puesto el sol.

Cuando empecé a reconocer a Jimmie, al final de mi segunda semana en Robinson, me animó inmensamente el recuerdo de nuestra conversación en el avión. Aquel hombre alto, rubio, con la cabeza envuelta en vendas recobró ante mis ojos la forma y el estado de mi entretenido compañero de viaje.

Mientras, acuclillado en el patio, repetía “Robinson no es hombre afecto a las mujeres. Lo conozco desde hace tiempo”, no me sorprendió en lo mínimo. Ya había advertido su familiaridad con Robinson y había deducido que, de hecho, Robinson había sido ese destino final al que se había referido en el avión.

—Robinson no es hombre afecto a las mujeres.

También ya sabía eso. En algunos hombres se discierne con facilidad cierta indiferencia no precisamente hacia las mujeres, sino hacia el elemento femenino en las mujeres, que puede ser interpretado de numerosas maneras. En Robinson yo había notado algo más que indiferencia: una suerte de neutralidad agresiva, al menos en lo que hacía en su actitud hacia mí. Y pensé que era probable que pudiera ser sumamente hostil a las mujeres en general.

—Vea —dije a Jimmie—, no nací ayer.

—¿De veras? —dijo con galantería.

—Y de todos modos —dije—, Robinson no es mi tipo.

—No se inquiete —dijo Jimmie— por lo que acabo de decirle.

—Robinson y yo somos muy distintos…

—¡Por Dios! —dijo—. No soy mensajero de Robinson. Le digo esto por mi propia cuenta.

Aquello puso las cosas bajo una perspectiva diferente. Jimmie me tenía bastante fascinada. Estimulaba una de mis cualidades mentales que yo consideraba la más aguda que poseía y que también era algo masculina.

—¿Le gusta? —dijo Jimmie.

Me tendió un estuche de lápiz de labios, pequeño y brillante. Lo tomé y lo abrí. El lápiz de labios estaba casi intacto, pero no del todo. Tenía la punta un poco roma. De repente, lo arrojé a la fuente seca.

—Lo tomó de los despojos del accidente —dije. No solo me repugnó la idea de usar el lápiz de labios de una muerta; también me enfureció la insinuación de Jimmie de que yo podría tener un interés romántico en Robinson.

—Es cierto —dijo.

Después de haber enterrado a los muertos, recogieron todo objeto reconocible de las inmediaciones del avión quemado. Era sorprendente la clase de cosas que habían encontrado a varios cientos de metros de los restos de la nave. Entre ellos, se encontraban mis anteojos de lectura, intactos en su estuche, con mi nombre y dirección en Chelsea en el interior. Cuando Robinson me los entregó, le dije:

—Preferiría recuperar mi estuche de maquillajes. Puedo leer sin anteojos.

—¿No puede leer sin maquillaje?

—No me siento yo misma sin maquillaje.

Era cierto. Y el estado de mi vestido y de mi abrigo no mejoraba las cosas, aunque los había remendado antes del accidente.

Y por eso, cuando Jimmie me ofreció aquel horrible lápiz de labios, estaba segura de que Robinson le había repetido mi queja. Intuí que habían estado hablando bastante de mí como un problema femenino. Dejé a Jimmie sentado en el patio y, pensando en cómo mantener la calma, tomé algunos cigarrillos de más de la ración que Robinson me daba. Yo era la única fumadora en la isla además de él, y él había aceptado, con un aire de resignación, compartir conmigo exactamente la mitad de toda su provisión durante nuestra estadía. Eso significaba nueve cigarrillos por día para cada uno. Como resultado de su conversación sobre mí con Jimmie y del incidente del lápiz de labios, ese día me tocaron once cigarrillos, mientras que a Robinson le quedaron solo siete. Me pareció que tomar aquellos cigarrillos adicionales era preferible a alimentar el rencor.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 января 2025
Объем:
192 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9789871739639
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Bookwire
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