Читать книгу: «Arsène Lupin. Caballero y ladrón»

Título original: Arsène Lupin gentleman-cambrioleur
Dirección editorial: Marcela Aguilar
Edición: Gonzalo Marín
Traducción: Javier Dávila
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Primera edición: abril de 2021
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ISBN: 978-987-747-716-0
ISBNe: 978-987-747-734-4
Impreso en México en Litográfica Ingramex, S. A. de C. V. Centeno No. 195, Col. Valle del Sur, C. P. 09819 Alcaldía Iztapalapa, Ciudad de México
Índice

La detención de Arsène Lupin
Arsène Lupin en prisión
La fuga de Arsène Lupin
El viajero misterioso
El collar de la reina
El siete de corazones
La caja fuerte de madame Imbert
La perla negra
Herlock Sholmès llega demasiado tarde

1
La detención de
Arsène Lupin
¡Qué viaje tan extraño! ¡Y, sin embargo, había comenzado tan bien! En lo que a mí respecta, jamás había emprendido ninguno que se hubiera anunciado con tan felices auspicios. El Provence es un trasatlántico veloz, cómodo, gobernado por el hombre más amable. Ahí se reunía lo más selecto de la sociedad. Se trababan relaciones, se organizaban esparcimientos. Teníamos esa impresión exquisita de quedar separados del mundo, entregados a nosotros mismos como si estuviéramos en una isla desconocida y, por lo tanto, obligados a acercarnos los unos a los otros.
Y eso hicimos...
¿Se dan cuenta de lo original e imprevisto de esta reunión de seres que apenas se conocían, y que durante algunos días vivirían entre el cielo infinito y el mar inmenso lo más íntimo de la vida, desafiando juntos las iras del océano, el asalto terrorífico de las olas y la calma angustiante de las aguas dormidas?
En el fondo, se vive la propia existencia como una especie de reducción trágica, con sus borrascas y sus grandezas, su monotonía y su diversidad. Quizá por eso mismo se experimenta con una premura enfebrecida y una voluptuosidad mucho más intensa porque en este corto viaje se avizora su fin ya desde el comienzo.
Ahora bien, desde hace unos años sucede algo que se suma a las emociones de la travesía. La pequeña isla flotante está ligada de todos modos al mundo del que se creía libre. Queda en alta mar una conexión que no se revela sino poco a poco y que, paulatinamente, se renueva. ¡El telégrafo! Envía de la forma más misteriosa noticias desde otro universo. No cabe imaginarse cables de acero, por cuyas cavidades discurre el mensaje invisible. Se trata de un misterio todavía más insondable y también más poético. Para explicar este nuevo milagro hay que recurrir a las alas del viento.
Por eso, en las primeras horas nos sentimos seguidos, escoltados y aun precedidos por esta voz lejana que cada tanto le murmura a uno de nosotros algunas palabras emitidas en tierra firme. Dos amigos me llaman. Otros diez o veinte se despedirán de nosotros a través del aire, unos entristecidos y otros alegres.
Pero al segundo día, a quinientas millas de las costas francesas, en una tarde tempestuosa, el telégrafo nos transmitió lo siguiente:
Arsène Lupin a bordo, primera clase, rubio, herida en el antebrazo derecho. Viaja solo con el nombre de R...
Justo en ese instante, un violento relámpago iluminó la oscuridad del cielo. Las ondas eléctricas se interrumpieron. El resto del despacho se perdió. Solo supimos la inicial del nombre con el que se ocultaba Arsène Lupin.
Si se hubiera tratado de cualquier otra noticia, no dudo en absoluto de que los encargados de la cabina del telégrafo hubieran guardado celosamente el secreto, lo mismo que el comisario de a bordo y el capitán. Pero se trataba de uno de esos sucesos capaces de violentar la discreción más estricta. El mismo día, sin que nadie pudiera decir cómo se fugó la noticia, todos ya sabíamos que el famoso Arsène Lupin se escondía entre nosotros.
¡Arsène Lupin entre nosotros! El escurridizo ladrón del que los periódicos contaban sus hazañas desde hacía meses. El enigmático personaje que se había batido en un duelo a muerte con el viejo Ganimard, nuestro mejor policía. Arsène Lupin, el caprichoso caballero que operaba en castillos y salones, y que una noche se introdujo en la mansión del barón Schormann y salió con las manos vacías, dejando su tarjeta de presentación con una nota:
Arsène Lupin, caballero ladrón, volverá cuando el mobiliario sea genuino.
Arsène Lupin, el hombre de los mil disfraces: unas veces chofer; otras, tenor, editor, niño bien, adolescente, anciano, vendedor viajero marsellés, médico ruso, torero español. Por eso hay que entender bien esto: Lupin iba y venía por el espacio limitado de un trasatlántico. ¡Peor aún! En este rincón estrecho de primera clase donde uno se tropezaba todo el tiempo con los demás, en el comedor, en la sala, en el salón de fumadores. Arsène Lupin era tal vez ese señor... o aquel... o mi vecino de mesa... o mi compañero de camarote...
–Y esta situación va a durar todavía cinco veces veinticuatro horas –se quejó al día siguiente miss Nelly Underdown–. ¡Es intolerable! Ojalá lo detengan.
Y luego agregó dirigiéndose a mí:
–Usted, monsieur d’Andrésy, que se lleva tan bien con el capitán, ¿no sabe nada?
¡Me hubiera encantado saber cualquier detalle para complacer a Nelly! Era una de esas magníficas criaturas que dondequiera que estén se convierten en el centro de atención del lugar. Su belleza deslumbra tanto como su fortuna. Son mujeres que tienen una corte de admiradores entusiastas.
Miss Nelly fue educada en París por una madre francesa y ahora iba a reunirse con su padre, el acaudalado señor Underdown de Chicago. La acompañaba una de sus amigas, lady Jerland.
Desde el primer momento me propuse cortejarla, pero en la rápida intimidad del viaje su encanto me trastornó. Y, cuando sus ojos negros se encontraban con los míos, me sentía demasiado emocionado como para un simple coqueteo. Al mismo tiempo, ella recibía favorablemente mis atenciones. Se reía de mis ocurrencias y se interesaba en mis anécdotas. A mi entender, correspondía con cierta simpatía a la solicitud que le brindaba. Sin embargo, tenía un rival que podía inquietarme. Un muchacho muy guapo, elegante, taciturno. Parecía que Nelly prefería su humor reservado a mis maneras parisinas.
Este hombre era parte del grupo de admiradores que rodeaban a Nelly cuando me interrogó. Nos encontrábamos en el puente, cómodamente instalados en las mecedoras. La tormenta del día anterior había despejado el cielo y el tiempo era delicioso.
–No sé nada concreto, señorita –le respondí–, pero ¿no podríamos nosotros mismos investigar tan bien como lo habría hecho el viejo Ganimard, enemigo personal de Lupin?
–¿Cómo cree? ¡Vaya que se adelanta usted!
–¿Por qué? ¿Es tan complicado el problema?
–Muy complicado.
–Se olvida usted de los elementos que tenemos para resolverlo.
–¿Cuáles elementos?
–En primer lugar, Lupin se hace llamar señor R...
–Esa es una pista un poco vaga.
–Segundo, viaja solo.
–¿Le parece suficiente ese detalle?
–Tercero, es rubio.
–¿Y eso qué?
–Lo único que tenemos que hacer es revisar la lista de pasajeros e ir descartando candidatos.
Yo tenía esa lista en mi bolsillo, así que la saqué y comencé a revisarla.
–Lo primero que puedo decirle es que solo hay trece personas cuya inicial amerite nuestra atención.
–¿Solo trece?
–En primera clase, sí. Y de esos trece señores R..., como puede usted comprobarlo, nueve están acompañados de damas, niños o sirvientes. Por lo tanto, solo quedan cuatro solitarios: el marqués de Raverdan…
–Secretario de la embajada –interrumpió miss Nelly–. Lo conozco.
–El mayor Rawson...
–Es mi tío –dijo otra persona.
–El señor Rivolta...
–¡Presente! –exclamó un italiano cuyo rostro se escondía detrás de una barba negrísima.
Miss Nelly estalló en risas y exclamó:
–Sería difícil decir que este caballero es rubio.
–Entonces estamos obligados a concluir que el culpable es el último de la lista –contesté.
–¿O sea?
–O sea, el señor Rozaine. ¿Alguien lo conoce?
Todos guardaron silencio. Pero miss Nelly se dirigió al joven taciturno cuya presencia a su lado cada vez me atormentaba más:
–¿Bueno, monsieur Rozaine, no va a responder?
Todos volteamos a verlo. Era rubio.
Tengo que confesar que sentí una conmoción interior. Y el silencio que se posó pesadamente sobre nosotros me reveló que los demás presentes también sentían esta inquietud. Sin embargo, era absurdo, porque después de todo nada en el comportamiento de este caballero permitía sospechar de él.
–¿Que por qué no contesto? –dijo–. Porque dado mi nombre, mi situación de viajero solo y el color de mi cabello, ya me encargué de hacer mi propia investigación y llegué a la misma conclusión. Opino que me detengan.
Pronunció estas palabras con un aspecto extraño. Apretó los labios delgados como dos rayas rectas y palideció. Sus ojos se inyectaron de sangre. Sin duda bromeaba, pero su aspecto y su actitud nos impresionaron. Miss Nelly le preguntó ingenuamente:
–Pero ¿tiene usted una herida?
–Es cierto, me falta la herida –replicó.
Con un gesto nervioso se arremangó la manga para descubrir el brazo. En ese instante me asaltó una idea y mi mirada se cruzó con la de miss Nelly. Rozaine mostró el brazo izquierdo. Y estaba a punto de hacer la observación, cuando un incidente distrajo nuestra atención. Lady Jerland, la amiga de miss Nelly, llegaba corriendo a toda prisa.
Todos la rodeamos preocupados. Ella estaba molesta. Y fue solo después de mucho esfuerzo que logró balbucear:
–¡Mis joyas, mis perlas! ¡Me robaron todo...!
Pero no, no perdió todo. Lo descubrimos enseguida. Curiosamente, el ladrón había escogido las prendas.
De la estrella de diamantes, el colgante de rubí cabujón, los collares y brazaletes rotos, no se llevó las piezas más grandes, sino las más finas, las más preciosas. Al parecer, tomó las que tenían más valor y ocupaban menos espacio. Las monturas estaban extendidas sobre la mesa. Las vi, todos las vimos, despojadas de sus joyas como flores a las que les hubieran arrancado los pétalos hermosos y coloridos.
Para ejecutar el trabajo a plena luz del día y en un corredor bastante concurrido, justo a la hora en que lady Jerland tomaba el té, era necesario romper la puerta del camarote, encontrar la pequeña bolsa escondida en la parte inferior de una sombrerera, abrirla y seleccionar cuidadosamente las piezas.
Así que hubo una exclamación generalizada de todos nosotros. Hubo una opinión común entre todos los pasajeros al enterarse del robo: ¡fue Lupin! Sin duda era su estilo. Complicado, misterioso, inconcebible y, sin embargo, lógico. Porque hubiera sido difícil esconder el voluminoso bulto con todas las joyas, ¡mientras que era mucho más fácil esconder piezas sueltas y pequeñas, como perlas, esmeraldas y zafiros!
Durante la cena quedaron vacíos los lugares a izquierda y derecha de Rozaine en la mesa. Y más tarde supimos que fue llamado por el capitán.
Su detención, que nadie ponía en duda, produjo una verdadera sensación de alivio. Por fin respirábamos. Esa misma noche hubo juegos y bailes. En particular, miss Nelly se mostró con una alegría tan ruidosa que pensé que, si las atenciones de Rozaine pudieron haberle resultado agradables al principio, ya las había olvidado. Su encanto terminó de conquistarme. Así que a la medianoche, bajo la luz serena de la luna, le expresé mi devoción con una intensidad que entendí que no recibió con desagrado.
Pero al día siguiente, para estupefacción de todos, se supo que Rozaine estaba libre, exculpado por la insuficiencia de pruebas en su contra. Había mostrado documentos en toda regla que lo identificaban como el hijo de un importante hombre de negocios de Burdeos. Además, en los brazos no tenía ni la menor cicatriz de una herida.
–¡Documentos! ¡Actas de nacimiento! –exclamaban los enemigos de Rozaine–. ¡Pero si Lupin podría conseguir lo que hiciera falta! Y, sobre la herida, nunca la sufrió o se borró la cicatriz.
Una objeción que se presentaba contra eso era que, a la hora del robo, se había comprobado que Rozaine se paseaba por el puente, a lo que contestaron:
–¿Acaso un hombre con el temple de Arsène Lupin tiene que estar presente en los robos que comete?
Pero fuera de toda consideración extraña, quedaba un punto que ni los más escépticos podían resolver: aparte de Rozaine, ¿quién más viajaba solo, era rubio y tenía un nombre que comenzaba con R? ¿A quién apuntaba el telegrama si no era a Rozaine?
Unos minutos antes del desayuno, cuando Rozaine se dirigió osadamente hacia nuestro grupo, miss Nelly y lady Jerland se levantaron y se fueron.
¡Vaya que sentimos miedo!
Una hora más tarde, un escrito circuló de mano en mano entre los empleados, la tripulación y los pasajeros de todas las clases. El señor Louis Rozaine ofrecía la suma de diez mil francos a quien desenmascarara a Arsène Lupin o hallase a quien tuviera en su poder las piedras preciosas robadas.
–Y si nadie me ayuda con este bandido –le dijo Rozaine al capitán–, yo mismo me encargaré de él.
Louis Rozaine contra Arsène Lupin o, más bien, y según el rumor que corría de boca en boca, el mismísimo Lupin contra Lupin. ¡Qué enfrentamiento más interesante!
Y se prolongó dos días.
Vimos a Rozaine vagar de un lado a otro, mezclarse con la tripulación, interrogar, examinar. Incluso de noche se veía rondar su sombra.
Por su parte, el capitán desplegaba su mayor energía. De arriba a abajo, en todos los rincones, se registró el Provence. Se hicieron pesquisas en todos los camarotes, sin excepción, con el sólido argumento de que los objetos podrían estar escondidos en cualquier parte, menos en el camarote del culpable.
–Al final terminarán por descubrir algo, ¿no lo cree? –me preguntó miss Nelly–. No importa qué tan mago sea, no puede hacer invisibles los diamantes y las perlas.
–Así es –le contesté–, o habrá que buscar en el forro de nuestros sombreros, el dobladillo de nuestros sacos y todo lo que llevamos puesto.
Acto seguido, le mostré mi cámara Kodak plegable de 9 x 12, con la que no había dejado de fotografiarla en todas las poses.
–¿No cree usted que cabrían todas las piedras preciosas de lady Jerland en un aparato como este? El ladrón finge que toma fotos y se sale con la suya.
–He oído decir que no hay ladrón que no deje ninguna pista.
–Hay uno: Arsène Lupin.
–¿Por qué?
–¿Me pregunta por qué? Porque no piensa únicamente en el robo que comete, sino en todas las circunstancias que podrían señalarlo.
–Al principio usted parecía más confiado.
–Pero después lo vi en acción.
–Y entonces, ¿qué piensa ahora?
–Para mí que estamos perdiendo el tiempo.
En efecto, las investigaciones no dieron ningún resultado o, más bien, lo que produjeron no correspondió al esfuerzo general, pues al capitán le robaron su reloj.
Furioso, redobló sus empeños y vigiló a Rozaine más de cerca, con el que tuvo varias entrevistas. Y al día siguiente, ¡qué ironía!, el reloj apareció entre los cuellos postizos del segundo de a bordo.
Se respiraba un aire que expresaba perfectamente bien el estilo humorístico de Arsène Lupin, un ladrón, sí, pero bastante locuaz. Desde luego que trabajaba por gusto y vocación, pero también lo hacía para divertirse. Daba la impresión de ser un actor que se regocijaba con la obra que le tocaba interpretar y que entre bastidores se reía a carcajadas de sus propias agudezas y de las situaciones que imaginaba.
Ciertamente era un artista en su oficio y, cuando yo lo observaba, taciturno y obstinado, y fantaseaba con el doble papel que sin duda representaba este curioso personaje Rozaine, no podía menos que sentir cierta admiración.
Sin embargo, la penúltima noche el oficial de guardia en cubierta escuchó gemidos procedentes de la parte más oscura del puente. Se acercó y encontró a un hombre tendido, con la cabeza envuelta en un pañuelo gris muy grueso y las muñecas atadas con una fina cuerda.
Lo rescató de sus ataduras. Lo alzó y le prestó los primeros auxilios.
Ese hombre era Rozaine.
Había sido asaltado en el curso de una de sus expediciones, derribado y desvalijado. Una carta de presentación fijada con un alfiler en su ropa llevaba esta inscripción:
Arsène Lupin acepta con gratitud los diez mil francos del señor Rozaine.
Pero la cartera hurtada contenía veinte billetes de mil francos.
Naturalmente, acusaron al infeliz de haber simulado el ataque contra él mismo. Pero aparte de que le hubiera resultado imposible amordazarse de esa manera, quedó establecido que la letra de la tarjeta era completamente distinta a la letra de Rozaine. Más bien, se parecía hasta el punto de confundirse con la de Lupin, según venía reproducida en un periódico viejo que se encontró a bordo.
Así pues, Rozaine no era el famoso ladrón. Rozaine era el hijo de un hombre de negocios de Burdeos. Y la presencia de Arsène Lupin se confirmaba una vez más, ¡y por qué medio tan temible!
Se desató el terror. Nadie se atrevía a quedarse a solas en su camarote ni tampoco a aventurarse sin compañía por los lugares más apartados. Por prudencia, nos agrupábamos entre conocidos, pero igualmente una desconfianza instintiva se colaba entre todos. Era porque la amenaza no provenía de un individuo aislado y, por tanto, menos peligroso. En ese momento, Arsène Lupin... ¡éramos todos! Nuestra imaginación sobrexcitada le atribuía potencias milagrosas e ilimitadas. Lo suponíamos capaz de adoptar los disfraces más insospechados, de ser el respetable mayor Rawson o incluso el noble marqués de Raverdan, pues ya nadie pensaba en la inicial acusadora, sino en esa o aquella persona que todos conocíamos, fuera mujer, niño o sirviente.
Los primeros despachos telegráficos no aportaron ninguna novedad. O al menos el capitán no nos comunicó ninguna y ese silencio nos intranquilizaba aún más.
Por eso el último día nos pareció interminable. Vivíamos a la espera angustiada de una calamidad. Esta vez ya no sería un robo ni un simple ataque; sería un crimen, una muerte. Nadie creía que Arsène Lupin se contentaría con esas dos fechorías insignificantes. Era el amo absoluto de la nave. Las autoridades habían quedado reducidas a una total impotencia. No tenía más que desear una cosa para realizarla, pues todo le estaba permitido para disponer de los bienes y de las vidas que quisiera.
Confieso que fueron horas deliciosas para mí, pues me valieron la confianza de miss Nelly. Como de por sí era de naturaleza inquieta, por la impresión de lo mucho que había sucedido terminó acercándose a mí en busca de protección y una seguridad que le ofrecí colmado de felicidad.
En el fondo de mí, bendije a Arsène Lupin. ¿No había sido él quien nos acercó? ¿No fue gracias a él que pude entregarme al más hermoso de los sueños? Sueños de amor, pero no inalcanzables, ¿por qué no habría de decirlo? Los Andrésy son de un buen linaje, pero se había desfigurado un tanto y a mí no me parecía indigno de un gentilhombre soñar con devolverle el brillo perdido.
Además, estos sueños no ofendían en nada a Nelly. Su mirada sonriente me autorizaba a tenerlos. La dulzura de su voz me infundía esperanzas. Hasta el último instante, acodados en la borda, permanecimos el uno junto al otro mientras la línea de las costas americanas desfilaba ante nosotros.
Se habían suspendido las indagatorias. Estábamos a la espera. Desde primera clase hasta entrecubierta, donde hormigueaban los inmigrantes, todos aguardábamos el momento supremo en que por fin quedaría explicado el enigma insondable. ¿Quién era Arsène Lupin? ¿Con qué nombre, detrás de qué máscara se escondía el famoso ladrón?
Y entonces llegó ese gran momento. Así viva un siglo, no olvidaré ni el menor detalle.
–Está muy pálida, miss Nelly –le dije a mi acompañante, que se apoyaba desfalleciente en mi brazo.
–¡Y usted! –me contestó–. ¡Oh, qué cambiado está!
–¡Imagínese! Este momento es intenso y me alegra vivirlo a su lado. Este recuerdo perdurará en mi memoria...
No me escuchaba, se sentía anhelante y afiebrada. Bajaron la pasarela, pero antes de abrirnos el paso, abordaron diversos individuos: aduaneros, uniformados, personal de correos.
Miss Nelly balbuceó:
–Se me figura que Arsène Lupin se escapó en medio del viaje. No me sorprendería.
–Quizá prefirió la muerte al deshonor y se lanzó al Atlántico antes de ser detenido.
–No se burle –dijo nerviosa.
Me sobresalté y, como ella me miró inquisitiva, le dije:
–¿Ve usted a ese anciano diminuto al final de la pasarela?
–¿El que lleva un paraguas y el capote verde oliva?
–Es Ganimard.
–¿Ganimard?
–Sí, el famoso policía que juró que detendría a Arsène Lupin. Ahora entiendo por qué no llegaban noticias de este lado del océano. Aquí estaba Ganimard. No le gusta que otros se ocupen de sus asuntos.
–Pero entonces, ¿es seguro que detendrá a Lupin?
–¿Quién sabe? Creo que Ganimard no lo ha visto nunca, salvo maquillado y disfrazado. Si por lo menos supiera con qué nombre se esconde.
–¡Oh! –exclamó con la curiosidad algo cruel de las mujeres–. ¡Me gustaría ver cómo lo detienen!
–Paciencia. De seguro que Arsène Lupin ya se dio cuenta de que aquí está su enemigo. Va a querer salir entre los últimos, cuando el viejo se haya cansado.
Comenzó el desembarco. Apoyado en su paraguas, con aire de indiferencia, Ganimard fingía que no prestaba atención a la muchedumbre que se apretaba entre las barandillas. Observé que un oficial de abordo, apostado a sus espaldas, le decía algo de vez en cuando.
Pasaron el marqués de Raverdan, el mayor Rawson, el italiano Rivolta y otros, muchos otros... Entonces vi que se acercaba Rozaine.
¡Pobre Rozaine! No parecía que se hubiera recuperado de sus desventuras.
–Quizá sí es él –me dijo miss Nelly–. ¿No le parece?
–Creo que sería muy interesante tener una fotografía de Ganimard y Rozaine juntos. Tome la cámara, yo voy muy cargado.
Le entregué el aparato, pero demasiado tarde para que lo accionara. Rozaine pasó. El oficial se inclinó a la oreja de Ganimard, quien se encogió ligeramente de hombros y Rozaine siguió su camino.
–Entonces, Dios mío, ¿quién es Arsène Lupin?
–Sí –dijo ella–. ¿Quién es?
No quedaban a bordo más de unas veinte personas. Miss Nelly las observaba una por una confundida y temerosa de que no estuviera el famosos ladrón entre ellas.
Le dije:
–Ya no podemos esperar más.
Avanzó y la seguí, pero no habíamos dado diez pasos cuando Ganimard nos detuvo.
–Y bien, ¿de qué se trata esto? –exclamé.
–Un momento, monsieur. ¿Qué prisa tiene? –me preguntó.
–Vengo con la señorita.
–¡Un momento! –repitió con un tono más imperioso.
Me observó detenidamente y enseguida me dijo, fijando la vista en mis ojos:
–Arsène Lupin, ¿no es cierto?
Me reí.
–No, yo soy Bernard d’Andrésy simplemente.
–Bernard d’Andrésy murió hace tres años en Macedonia.
–Si Bernard d’Andrésy hubiera muerto, yo ya no estaría en este mundo, pero no es así. Aquí tiene mis papeles.
–Son los de Andrésy. Y será un placer explicarle cómo los consiguió.
–¡Está usted loco! Arsène Lupin se embarcó con el nombre de R.
–Sí, otro truco suyo. Una pista falsa tras la cual los lanzó a todos. ¡Vaya que tiene recursos, joven! Pero esta vez se le volteó la suerte. Basta, Lupin, sea un buen jugador.
Dudé un instante. Me dio un golpe seco en el antebrazo derecho. Lancé un grito de dolor y me lastimó la herida todavía sin cerrar de la que hablaba el telegrama.
En fin, había que resignarse. Y giré hacia miss Nelly, que escuchaba pálida e insegura.
Nuestras miradas se encontraron. Luego, bajó los ojos a la Kodak que le había entregado. Hizo un gesto brusco y me dio la impresión o, más bien, la certeza de que entendió todo de súbito. Sí, ahí, entre las estrechas paredes de tela negra, en las cavidades del pequeño objeto que había tenido la precaución de depositar en sus manos antes de que Ganimard me detuviera, se encontraban los veinte mil francos de Rozaine y las perlas y los diamantes de lady Jerland.
–¡Ah! Juro que en ese solemne momento en que me rodearon Ganimard y dos acompañantes suyos todo me era indiferente: la detención, la hostilidad de la gente. Todo menos la decisión que tomaría miss Nelly sobre el objeto que le había confiado.
No quería imaginarme que ellos tuvieran esta prueba material definitiva que me condenaba. ¿Miss Nelly se decidiría a entregarla? ¿Me traicionaría? ¿Me perdería? ¿Se portaría como una enemiga implacable o como una mujer que no olvida, pero que suaviza su desprecio con algo de indulgencia y algo de simpatía involuntaria?
Pasó frente a mí. Me incliné apenas, sin decir una palabra. Mezclada entre los demás pasajeros, se encaminó a la pasarela con mi Kodak en la mano.
Pensé que no se atrevería en público y que dentro de un instante, en una hora, la entregaría. Pero al llegar a la mitad de la pasarela, con torpeza fingida, dejó caer la cámara al agua, entre el cantil del muelle y el flanco del barco.
Y luego se alejó.
Su hermosa silueta se perdió entre la multitud, la entreví de nuevo y volvió a desaparecer. Se acabó para siempre.
Quedé inmóvil un segundo, triste y al mismo tiempo embargado por una dulce ternura. Para la gran sorpresa de Ganimard, suspiré:
–Qué lástima que no soy un hombre honrado...
Así fue la historia de su detención que me contó una noche de invierno Arsène Lupin. La sucesión de incidentes que pondré por escrito algún día había anudado entre nosotros lazos... ¿de amistad? Sí. Me atrevo a creer que Arsène Lupin me honró con su amistad y que por eso a veces me visita de improviso y llena el silencio de mi gabinete de trabajo con su alegría juvenil, el resplandor de su vida apasionada, el buen humor de un hombre a quien el destino no le ha dado más que favores y sonrisas.
¿Su retrato? ¿Cómo podría trazarlo? Conozco a Arsène Lupin desde hace veinte años, y veinte veces se me ha presentado un ser diferente... o, más bien, el mismo ser cuyos veinte reflejos me proyectaron otras tantas imágenes deformadas, cada una con ojos diferentes y una figura peculiar, aunque siempre con sus propios gestos, su silueta y su personalidad.
–Yo mismo –me dijo alguna vez– no sé bien quién soy. Frente al espejo, ya no me reconozco.
Un desplante, sin duda, y una paradoja. Pero también una verdad para quienes se topan con él y desconocen sus recursos infinitos, su paciencia, su arte para el maquillaje, su prodigiosa facultad de transformar hasta las proporciones de su rostro y de alterar incluso la relación entre sus rasgos.
–¿Por qué debería tener una apariencia definida? ¿Por qué no evitar el peligro de una personalidad siempre idéntica? Mis actos me retratan suficientemente –y aclara con una nota de orgullo–: cuánto mejor si nadie puede decir nunca con certeza este es Arsène Lupin. Lo esencial es que se diga, sin temor a equivocarse: esto lo hizo Arsène Lupin.
Intento reconstruir algunos de sus hechos y de sus aventuras a partir de las confidencias que tuvo la gentileza de hacerme, durante varias noches de invierno, en el silencio de mi gabinete de trabajo...

2
Arsène Lupin
en prisión
No hay turista digno de ese nombre que no conozca las orillas del Sena y al que no le haya llamado la atención, al ir de las ruinas de la abadía de Jumièges a las de la abadía de Saint-Wandrille, el pequeño y extraño castillo feudal de Malaquis, levantado con tanta audacia sobre la roca que ocupa la mitad del río. Un puente en arco lo conecta con el camino en tierra firme. La base de sus torrecillas sombrías se confunde con el granito que lo sostiene, un bloque enorme desprendido de quién sabe qué montaña y arrojado ahí por obra de alguna tremenda sacudida. A su alrededor, el agua tranquila del gran río juega entre los juncos y las lavanderas revolotean sobre la superficie mojada de los guijarros.
La historia del castillo de Malaquis es temible como su nombre y tan hosca como su silueta. Está hecha de combates, asedios, asaltos, rapiñas y matanzas. En las veladas del país de Caux, río abajo, recuerdan con escalofríos los crímenes que se cometieron en ese lugar. Cuentan leyendas misteriosas. Se habla del famoso subterráneo que en otros tiempos llevaba a la abadía de Jumièges y a la casa de campo de Agnès Sorel, la bella amiga de Carlos VII.
En esta antigua guarida de héroes y de salteadores vive el barón Nathan Cahorn, el barón Satán, como lo llamaban en la bolsa de valores, donde se enriqueció con demasiada rapidez.
Los dueños de Malaquis, arruinados, tuvieron que venderle el hogar de sus antepasados a cambio de migajas. Ahí acomodó sus admirables colecciones de muebles y cuadros, de lozas finas y tallas de madera. Vivía solo, atendido por tres viejos servidores. Nadie entraba nunca al lugar. Nadie contempló jamás en el decorado de estas salas antiguas los tres Rubens que posee ni los dos Watteau ni su púlpito esculpido por Jean Goujon ni tantas otras maravillas arrancadas a fuerza de dinero a los compradores frecuentes de las subastas públicas.
El barón Satán tenía miedo, pero no por él, sino por los tesoros que había acumulado con una pasión tenaz y con tal perspicacia de aficionado que ni los más astutos comerciantes podían vanagloriarse de haberlo inducido a equivocarse. Ama sus tesoros, y los ama intensamente como un avaro, celosamente como un amante.
Todos los días, al ponerse el sol, las cuatro puertas de hierro que dominan los dos extremos del puente y la entrada al patio de honor se cierran y acerrojan. Con la menor sacudida, un sistema de alarmas repicarán en el silencio. Mientras que del lado del Sena nada hay que temer: la roca se corta verticalmente.
Un viernes de septiembre, el cartero se presentó como siempre en la cabeza del puente y, según la norma habitual, el barón fue quien entreabrió la pesada batiente de la puerta. Examinó al hombre minuciosamente, como si no conociera de años esa cara jovial y esos ojos socarrones de campesino. El hombre se rio y le dijo:
–Soy otra vez yo, señor barón. No soy otro que hubiera tomado y vestido mi blusa y se hubiera puesto mi gorra.
–Uno nunca puede saber –murmuró Cahorn.
El cartero le entregó un montón de periódicos y continuó:
–Y ahora, señor barón, una novedad.
–¿Una novedad?
–Una carta… y, además, certificada.
Recluido, sin amigos ni nadie que se interesara en él, nunca recibía cartas. Y de pronto se producía este suceso de mal augurio que le daba motivos para inquietarse. ¿Quién era este misterioso remitente que venía a hostigarlo en su retiro?
–Tiene que firmar, señor barón.
Firmó a regañadientes. Después tomó la carta, esperó a que el cartero desapareciera en el recodo del camino, dio algunos pasos de un lado a otro, se apoyó contra el parapeto del puente y abrió el sobre. Contenía una hoja de papel cuadriculado con este encabezado manuscrito: Prisión de la Santé, París. Miró entonces la firma: Arsène Lupin. Asombrado, leyó:
Señor barón: En la galería donde confluyen sus dos salones se encuentra un cuadro de Philippe de Champaigne de excelente hechura y que me gusta enormemente. Sus Rubens también me gustan, lo mismo que el Watteau pequeño. En el salón de la derecha me llamó la atención el aparador de Luis XIII, los tapices de Beauvais, el velador estilo Imperio firmado por Jacob y el baúl renacentista. En el salón de la izquierda, toda la vitrina de joyas y miniaturas.
Por esta vez me contentaré con estos objetos, que creo que será fácil revender. Así pues, le suplico que los embale según convenga y los envíe a mi nombre (porte pagado) a la estación de Batignolles antes de ocho días. En caso contrario, procederé yo mismo al traslado la noche del miércoles 27 al jueves 28 de septiembre. Y, por supuesto, no me contentaré con objetos que no sean los señalados.
Sírvase disculpar la pequeña molestia que le causo y reciba usted mi más alta consideración.Arsène Lupin
P.D.: Por favor, no me envíe el Watteau grande. Aunque le haya costado treinta mil francos en el Hostal des Ventes, es una copia. El original lo quemó Barras en tiempos del Directorio, en una noche de orgía. Consulte las memorias inéditas de Garat.
Tampoco me interesa la cadena Luis XV, pues me parece de dudosa autenticidad.
Esta carta trastornó al barón Cahorn. Si viniera de otra persona, ya lo hubiera alarmado considerablemente, ¡pero firmada por Arsène Lupin!
Lector asiduo de periódicos, al corriente de lo que pasaba en el mundo de la delincuencia, sabía todo acerca de las hazañas del infernal ladrón. Desde luego, sabía que Lupin, detenido en Estados Unidos por su enemigo Ganimard, estaba encarcelado y que se se estaba tramitando su proceso. Pero también sabía que cabía esperar lo que fuera de su parte. Y, por si fuera poco, su conocimiento tan exacto del castillo, de la disposición de los cuadros y los muebles, era un aviso de lo más temible. ¿Quién lo había informado de cosas que nunca había visto?
El barón elevó los ojos y contempló el contorno huraño del castillo, su pedestal abrupto, las profundas aguas que lo rodeaban y alzó los hombros. En definitiva, no corría ningún peligro. Nadie podría penetrar el santuario inviolable de sus colecciones.
Nadie, pero ¿Arsène Lupin? ¿Existen para el famoso ladrón puertas, puentes levadizos y murallas? ¿De qué sirven los obstáculos mejor concebidos, las precauciones más diestras, si Arsène Lupin decide llegar hasta el final?
Esa misma tarde le escribió al procurador de la República de Rouen. Le envió la carta con las amenazas y le solicitó auxilio y protección.
Y la respuesta no tardó en llegar. El citado Arsène Lupin estaba actualmente preso en la Santé, vigilado estrechamente y sin posibilidades de escribir, así que la carta no podía ser obra más que de un farsante. Así lo indicaban la lógica y el sentido común, además de la realidad de los hechos. De todos modos, y como acto de prudencia, se había encomendado a un experto para que analizara la escritura. El experto concluyó que pese a ciertas analogías, la letra no era la del detenido.
Y pese a ciertas analogías fueron las únicas cuatro palabras que retuvo el barón. En ellas alcanzaba a ver la confesión de una duda que a él le parecía justificativo suficiente para que interviniera la justicia. Sus temores se acrecentaron. No dejaba de pensar en la carta... procederé yo mismo al traslado. Y la fecha exacta: la noche del miércoles 27 al jueves 28 de septiembre.
Suspicaz y taciturno, no se había atrevido a revelar nada a sus sirvientes, cuya lealtad le parecía resistente a cualquier prueba. Sin embargo, por primera vez en años sentía la necesidad de hablar, de pedir un consejo. Abandonado por la justicia de su país y sin la esperanza de poder defenderse con sus propios medios, casi se había decidido a ir a París a pedir la ayuda de algún policía en retiro.
Y así pasaron dos días. Al tercero, se estremeció de gozo al leer en el periódico Le Réveil de Caudebec esta nota suelta:
Tenemos el placer de alojar entre nuestros muros desde hace casi tres semanas al jefe inspector Ganimard, veterano del Servicio de Seguridad. El señor Ganimard, quien con la detención de Arsène Lupin, su última proeza, ganó fama en toda Europa, descansa de sus trabajos dedicado a la pesca de gobios y brecas.
¡Ganimard! ¡Ahí estaba la ayuda que buscaba el barón Cahorn! ¿Quién mejor que el hábil y paciente Ganimard para desbaratar los planes de Lupin?
El barón no lo dudó. Seis kilómetros separaban al castillo de la pequeña población de Caudebec. Y los recorrió con el paso alegre de un hombre sobrexcitado por la esperanza de salvarse.
Tras varias tentativas infructuosas por averiguar el domicilio del jefe inspector, fue a las oficinas de Le Réveil, situadas a la mitad del paseo del muelle. Ahí localizó al redactor de la nota suelta, quien se acercó a la ventana y exclamó:
–¿Ganimard? Puede estar seguro de que lo encontrará al final del muelle, con la caña de pescar en las manos. Ahí nos conocimos, cuando leí por causalidad su nombre grabado en la caña. ¡Ah, mire! Es el anciano de baja estatura que se encuentra ahí, bajo los árboles del paseo.
–¿De capote y sombrero de paja?
–¡Exactamente! Un tipo extraño, callado y más bien huraño.
Cinco minutos después, el barón abordó al famoso Ganimard, se presentó y trató de iniciar una conversación con él. Entonces, pasó directamente al asunto y le expuso su caso.
El otro lo escuchó inmóvil, sin perder de vista al pez que acechaba. Luego, giró la cabeza hacia el barón, lo midió de pies a cabeza con un aire de profunda piedad y le dijo:
–Monsieur, no es costumbre avisarle a nadie que van a despojarlo. En particular, Arsène Lupin no comete semejantes errores.
–Pero...
–Monsieur, si tuviera la mínima duda, créame que el placer de capturar de nuevo a Lupin prevalecería sobre cualquier otra consideración. Lamentablemente, ese joven ya está tras las rejas.
–¿Y si se escapa?
–Nadie escapa de la Santé.
–Pero él...
–Sobre todo él.
–Sin embargo...
–¡Pues bien! Si se escapa, qué bueno. Lo pescaré de nuevo. Mientras tanto, duerma con toda tranquilidad y ya no me asuste a esta breca que quiero pescar.
De esta manera terminó la conversación. El barón regresó a su casa, algo más tranquilo por la despreocupación de Ganimard. Verificó las cerraduras, espió a los sirvientes y así pasaron cuarenta y ocho horas en las que casi acabó por convencerse de que, a fin de cuentas, sus temores eran infundados. Es verdad lo que dijo Ganimard, no es costumbre avisarle a nadie que van a despojarlo.
Se acercaba la fecha. Y, la mañana del martes, el día anterior al 27, no hubo nada digno de notar. Pero a las tres llamó un chico que traía un telegrama.
No hay ninguna entrega en la estación de Batignolles. Prepárese para la noche de mañana. Arsène.
De nueva cuenta fue presa del miedo, tanto, que se preguntó si no sería mejor ceder a las exigencias de Lupin.
Corrió a Caudebec. Ganimard pescaba en el mismo lugar, acomodado en una silla plegable. Y, sin decir una palabra, le extendió el telegrama.
–¿Y luego? –dijo el inspector.
–¿Luego? ¡Pero si ya es mañana!
–¿Qué?
–¡El robo! ¡El saqueo de mis colecciones!
Ganimard apoyó la caña, giró hacia el barón y, cruzando los brazos sobre el pecho, exclamó con tono de impaciencia.
–¡Ah, caray! ¿Así que usted cree que voy a ocuparme de una historia tan estúpida?
–¿Cuánto quiere cobrar por pasar en el castillo la noche del 27 al 28 de septiembre?
–Ni un centavo. Déjeme en paz.
–Ponga usted el precio. Soy rico, inmensamente rico.
Lo imperioso de la oferta desconcertó a Ganimard, que respondió más calmado:
–Estoy aquí de permiso y no tengo autorización para mezclarme...
–Nadie lo sabrá. Me comprometo, pase lo que pase, a guardar silencio.
–No va a pasar nada.
–Veamos, entonces, ¿tres mil francos serán suficientes?
El inspector tomó una pizca de rapé, meditó y declaró:
–De acuerdo. Sin embargo, es mi obligación decirle que francamente va a tirar su dinero por la ventana.
–Me da lo mismo.
–En ese caso... Después de todo, ¿qué sabemos de este diablo de Lupin? Quizá tiene toda una pandilla a sus órdenes... ¿Está usted seguro de sus sirvientes?
–Por mi vida que sí...
–Entonces, desinteresémonos de ellos. Voy a telegrafiar para advertir a dos buenos amigos míos para que estemos más seguros. Por ahora, váyase, que no nos vean juntos. Nos vemos mañana a eso de las nueve.
Al día siguiente, la fecha fijada por Arsène Lupin, el barón Cahorn sacó sus armaduras, pulió sus armas y se paseó por los alrededores del castillo. Ningún error lo soprendería.
Y, por la noche, hacia las ocho y media, ordenó a sus sirvientes que se retiraran. Vivían en un ala sobre el lado que daba al camino, pero algo alejada y al final del castillo. Cuando quedó solo, abrió sin hacer ruido las cuatro puertas. Al cabo de un momento, escuchó pasos que se acercaban.
Ganimard presentó a sus dos asistentes, hombres grandes, con cuellos de toro y manos poderosas, y luego pidió algunas aclaraciones. Después de enterarse de la disposición de todo el lugar, cerró cuidadosamente y obstruyó todos los puntos por donde se podría pasar a las salas amenazadas. Inspeccionó las paredes, levantó los tapices y apostó a sus agentes en la galería central.
–Nada de tonterías, ¿entendido? No venimos a dormir. Al menor signo de alarma, abran las puertas del patio y llámenme. Estén atentos también al lado del agua. Diez metros de precipicio no espantan a diablos de su calibre.
Los encerró, tomó las llaves y le dijo al barón:
–Y ahora, a nuestro puesto.
Para pasar la noche, había escogido una pequeña estancia abierta en el grosor de las murallas del recinto, entre las dos puertas principales y que, en otros tiempos, había sido el reducto del vigilante. Sobre el puente se abría una mirilla y otra sobre el patio. En un rincón podía verse algo que semejaba el orificio de un pozo.
–¿Le entendí bien, señor barón, que este pozo es la única entrada a los subterráneos y que está tapado desde que se tiene memoria?
–Sí.
–Entonces, salvo que haya otra entrada desconocida para todos, menos para Lupin, lo cual parece un tanto difícil, estamos tranquilos.
Alineó tres sillas, se extendió para acomodarse, encendió su pipa y suspiró:
–La verdad, señor barón, acepté esta misión tan elemental solo porque tengo mucha necesidad de agregar un piso a la casa en la que voy a terminar mis días. Le contaré la anécdota a mi amigo Lupin, para que se muera de risa.
El barón no rio. Con oído atento, interrogaba al silencio con inquietud creciente. Cada tanto se inclinaba hacia el pozo y lanzaba por el tiro una mirada ansiosa.
Y dieron las once, la medianoche, la una.
De pronto, asió el brazo de Ganimard, que se despertó sobresaltado.
–¿Oye eso?
–Sí.
–¿Qué es?
–Soy yo, que ronco.
–¡Eso no! Escuche...
–¡Ah, ya! Es la bocina de un auto.
–¿Y bueno?
–¿Bueno? No es probable que Lupin vaya a usar un automóvil como ariete para derribar el castillo. Señor barón, yo en su lugar me dormiría, como tendré el honor de hacerlo de nuevo. Buenas noches.
Fue la única alarma. Ganimard pudo recuperar su sueño interrumpido y el barón no escuchó nada más que los ronquidos sonoros y rítmicos.
Al amanecer, salieron de su celda. Una paz inmensa y serena, la paz de la mañana a la orilla del agua fresca, envolvía el castillo. Cahorn se sentía radiante de gusto, Ganimard sosegado como siempre. Subieron por las escaleras. No se oía nada ni se veía nada sospechoso.
–¿Qué le dije, señor barón? En el fondo, no debí haber aceptado, me avergüenza...
Tomó las llaves y entró en la galería.
Sobre dos sillas, encorvados, con los brazos colgantes, los dos agentes dormían.
–¡Por todos los cielos! –gruñó el inspector.
Y, a continuación, el barón soltó un grito:
–¡Los cuadros! ¡La credenza!
Balbuceaba, sofocado, con la mano extendida hacia los lugares vacíos, hacia las paredes desnudas en las que sobresalían los clavos y colgaban las cuerdas inservibles. ¡Desapareció el Watteau! ¡Se llevaron los Rubens! ¡Desmontaron los tapices! ¡Las vitrinas vaciadas de sus joyas!
–¡Y mis candelabros Luis XVI! ¡Y el velador de la Regencia y mi virgen medieval!
Corría de un lugar a otro pasmado, desesperado. Repasaba lo que le habían costado, acumulaba las pérdidas sufridas, sumaba las cifras, todo desordenadamente, con palabras indistinguibles y frases entrecortadas. Temblaba, se sacudía, loco de ira y dolor. Parecía un hombre arruinado al que no le quedaba más que volarse los sesos.
Si algo hubiera podido consolarlo, habría sido ver la estupefacción de Ganimard. Pero, al contrario del barón, el inspector no se movía. Parecía petrificado. Examinaba el lugar con una mirada vaga. ¿Las ventanas? Cerradas. ¿Los cerrojos de las puertas? Intactos. Ninguna fractura en el techo. Ningún orificio en el suelo. Todo en perfecto orden. El robo debió haberse realizado metódicamente, siguiendo un plan inflexible y lógico.
–Lupin... Lupin –murmuraba abatido.
Súbitamente, se lanzó sobre los dos agentes, como si por fin se avivara su enojo, y los sacudió e insultó furiosamente. ¡Pero no reaccionaron!
–¡Me lleva el diablo! ¿Será acaso que...?
Se inclinó sobre ellos y los observó atentamente. Dormían, pero con un sueño que no era natural. Entonces le dijo al barón:
–Los durmieron.
–¿Quién lo hizo?
–¿Quién? ¡Él mismo, caramba! O su banda, dirigida por él. Es un golpe de su estilo. Se ve su firma.
–En ese caso, estoy perdido. No queda nada por hacer.
–Nada.
–Es abominable, monstruoso.
–Presente una denuncia.
–¿Y qué caso tiene?
–¡Por Dios, al menos inténtelo! La justicia tiene sus medios...
–¡¿La justicia?! Pero si usted lo puede ver con sus propios ojos... Fíjese, en este instante, cuando usted podría buscar un indicio, descubrir algo, ¡ni se mueve!
–¡¿Descubrir algo tratándose de Arsène Lupin?! Querido monsieur: él no deja nada suyo detrás. ¡Nada queda al azar con Lupin! Ahora me pregunto si no se hizo detener voluntariamente por nosotros en Estados Unidos.
–Entonces, tengo que renunciar a mis cuadros, ¡a todo! Pero me robó las perlas de mi colección. Daría una fortuna por recuperarlas. Si no se puede hacer nada contra él, ¡que diga entonces cuál es su precio!
Ganimard lo miró fijamente.
–Es muy sensato lo que dice. ¿No se arrepentirá?
–No, no, no. ¿Por qué?
–Tengo una idea.
–¿Cuál?
–La retomaremos si las investigaciones no llevan a... Pero no diga una sola palabra acerca de mí, si es que quiere que todo salga bien.
Y luego agregó para sus adentros:
–Por lo demás, no tengo nada de qué alardear.
Los dos agentes recuperaban poco a poco el sentido, con ese aire lento de los que salen de un sueño hipnótico. Abrieron los ojos sobresaltados, tratando de comprender. Y, cuando Ganimard los interrogó, no recordaban nada.
–Sin embargo, deben haber visto a alguien.
–No.
–¿No se acuerdan?
–No, no.
–¿Por casualidad bebieron algo?
Reflexionaron y uno de ellos contestó:
–Sí, tomé un poco de agua.
–¿Agua de esta garrafa?
–Sí.
–Yo también –declaró el segundo.
Ganimard la olió y la probó. No tenía ningún gusto extraño, ningún olor.
–Vamos –dijo–, estamos perdiendo el tiempo. Los problemas que causa Arsène Lupin no se resuelven en cinco minutos. Pero juro por Dios que voy a capturarlo de nuevo. Ganó la segunda partida. ¡Me ganó!
Ese mismo día, el barón Cahorn interpuso debidamente una denuncia por robo calificado en contra de Arsène Lupin, ¡preso en la Santé!
Más tarde, el barón se arrepintió una y otra vez de la denuncia, conforme veía que se habían apoderado del castillo de Malaquis los gendarmes, el procurador, el juez de instrucción, los periodistas y todos los curiosos que se asomaban donde no tendrían por qué estar.
El caso ya apasionaba a la opinión pública por las condiciones tan peculiares en que había ocurrido. Y el nombre de Arsène Lupin estimulaba a tal punto la imaginación, que las columnas de los periódicos se llenaban de las historias más caprichosas y encontraban credibilidad entre los lectores.
La carta original de Arsène Lupin, que publicó el Écho de France (y que nadie supo nunca quién la filtró), en la que el barón Cahorn fue prevenido desfachatadamente de la amenaza que se cernía, causó una emoción considerable. Y muy pronto se propusieron explicaciones fabulosas. Alguno se acordó de la existencia de los famosos subterráneos, y la fiscalía, influida por ello, encaminó sus investigaciones en ese sentido.
Registraron el castillo de arriba abajo. Investigaron cada una de sus piedras. Estudiaron las molduras de las paredes y las chimeneas, los marcos de las ventanas y las vigas de los techos. A la luz de las antorchas, examinaron las bóvedas inmensas donde los amos del Malaquis apilaron en otro tiempo sus municiones y provisiones. Sondearon las entrañas de las rocas. Todo en vano. No descubrieron el menor vestigio de un subterráneo. No había un pasaje secreto.
–Está bien –se decía por todas partes–, pero los muebles y los cuadros no se desvanecen como fantasmas. Se sacan por puertas y ventanas. ¿Quiénes son esos maleantes? ¿Cómo se introdujeron? ¿Cómo escaparon?
Las autoridades de Rouen, convencidas de su incapacidad, pidieron ayuda a los agentes de París. Monsieur Dudouis, jefe de la Seguridad, envió a los mejores detectives de la brigada de hierro. Él mismo hizo una visita de cuarenta y ocho horas al castillo, de la que no sacó ningún provecho. Entonces mandó llamar al inspector Ganimard, pues muchas veces había tenido la oportunidad de agradecer sus servicios.
Ganimard escuchó en silencio el informe de su superior. Luego, sacudió la cabeza y dijo:
–Creo que insistir en registrar el castillo es seguir una pista falsa. La solución está en otra parte.
–Pero ¿en dónde?
–Con Arsène Lupin.
–¡¿Lupin?! Suponerlo equivale a admitir su intervención.
–Yo la admito. No solo eso, sino que la considero como algo seguro.
–Vamos, Ganimard, es absurdo. Arsène Lupin está en la cárcel.
–Concedo que Arsène Lupin está en la cárcel. Concedo que está vigilado. Pero necesitaría tener grilletes en los pies, ataduras en las manos y una mordaza en la boca para que yo cambiara de opinión.
–¿Y a qué se debe esa obstinación?
–Porque únicamente ese bandido tiene la capacidad de maquinar algo de esta envergadura y echarla a andar de forma tal que le resulte tan bien... como le ha resultado.
–¡Pura habladuría, Ganimard!
–Que constituye la realidad. ¡Vamos! Dejen de buscar un subterráneo, piedras que giran sobre goznes y otras tonterías de ese calibre. Este individuo no emplea procedimientos tan anticuados. Está al día o, para decirlo mejor, está adelantado al día de mañana.
–¿Y qué concluye usted?
–Concluyo que quiero pedirle nada menos que su permiso para estar una hora con él.
–¿En su celda?
–Así es. Durante la travesía de regreso de Estados Unidos trabamos excelentes relaciones y me atrevo a decir que siente alguna simpatía por quien pudo detenerlo. Si puede darme informes sin comprometerse, no dudará en evitarme un viaje inútil.
Poco después del mediodía, Ganimard fue introducido en la celda de Arsène Lupin, el cual, desde la litera donde estaba echado, levantó la cabeza y lanzó un grito de alegría.
–¡Ey, mira! Vaya qué sorpresa. ¡Mi querido Ganimard aquí!
–El mismo.
–Hay muchas cosas que quisiera tener en este retiro que escogí, pero ninguna con tantas ganas como volverte a ver.
–Qué amable
–¡Para nada! Siento por ti un gran afecto.
–Y me siento orgulloso de ello.
–Siempre he dicho que Ganimard es nuestro mejor detective. Es casi, y lo digo con toda franqueza, como Sherlock Holmes. Pero, de verdad, no sabes cómo me apena no tener más que este banquillo para ofrecerte. ¡Y nada que tomar! ¡Ni siquiera un vaso de cerveza! Discúlpame, pero solo estoy de paso.
Ganimard se sentó sonriendo. Y el prisionero continuó, feliz de poder hablar:
–¡Dios mío! Qué alegría poner mis ojos en el semblante de un hombre honesto. Estoy harto de todos esos espías y soplones que diez veces al día pasan revista a mis bolsillos y a mi humilde celda para asegurarse de que no preparo un escape. ¡Caray, cómo se preocupa el gobierno por mí!
–Y con razón.
–¡Claro que no! Sería feliz si me dejaran vivir en mi pequeño rincón.
–Con las rentas de los demás.
–¿Verdad? ¡Qué fácil sería todo así! Pero estoy hablando mucho, no digo más que tonterías y seguramente tú tienes prisa. Vamos al grano, Ganimard, ¿a qué debo el honor de tu visita?
–Al caso Cahorn –dijo Ganimard sin rodeos.
–¡Espera! Dame un segundo... tengo tantos asuntos pendientes. Déjame primero traer a mi memoria el expediente del caso Cahorn... ¡Oh, sí! Listo. Caso Cahorn, castillo de Malaquis, Sena inferior... dos Rubens, un Watteau y algunos objetos menudos.
–¿Menudos?
–¡Oh, desde luego! Todo es de un valor mediocre. Hay cosas mejores. Pero es suficiente como para que el caso interese... Habla, pues, Ganimard.
–¿Necesito explicarte en qué punto estamos de las investigaciones?
–No hace falta, ya leí los periódicos de la mañana. Por lo demás, me tomaré la libertad de decirte que no avanzan con suficiente rapidez.
–Justo por eso apelo a tu gentileza.
–Estoy completamente a tus órdenes.
–Lo primero que quiero saber es si este caso es obra tuya.
–De cabo a rabo.
–¿Y la carta de amenaza? ¿Y el telegrama?
–Son de tu servidor. Incluso debo tener los recibos del envío por aquí en alguna parte.
Arsène abrió el cajón de una pequeña mesa de madera blanca que constituía, con la cama y el banquillo, todo el mobiliario de la celda, y sacó dos trozos de papel que tendió a Ganimard.
–¡Ah, caray! –exclamó este último–. Yo creía que no te quitaban la vista de encima y que te registraban por todo. Y resulta que lees los periódicos y coleccionas recibos.
–¡Bah! ¡Estas personas son tan tontas! Descosen el dobladillo de mi saco, examinan las suelas de mis zapatos, investigan las paredes de esta celda, pero a ninguno se le ocurre que Arsène Lupin pudiera tener un escondrijo tan inocente. Claro que contaba con eso.
Ganimard, divertido, exclamó:
–¡Vaya contigo! Me desconciertas. Vamos, cuéntame la aventura.
–¡Oh, no! ¿Qué te pasa? Quieres que te inicie en todos mis secretos, que te revele mis pequeños trucos. Eso es grave.
–¿Me equivoqué al contar con tu amabilidad entonces?
–No, Ganimard, pero ya que insistes...
Arsène Lupin recorrió dos o tres veces el lugar y entonces se detuvo:
–¿Qué opinas de mi carta al barón?
–Me parece que querías divertirte y, como siempre, escandalizar al público.
–¿Escandalizar al público? La verdad, Ganimard, te creía más informado. ¿Acaso yo, Arsène Lupin, pierdo el tiempo en esas niñerías? ¿Para qué escribiría esa carta si podía desvalijar al barón sin avisarle? Entiendan, tú y los demás, que la carta es el inicio indispensable, el recurso que puso en marcha toda la maquinaria. Mira, vamos en orden, y repasemos juntos si quieres el robo del Malaquis.
–Te escucho.
–Bueno. Tomemos un castillo perfectamente cerrado, atrancado, como el del barón Cahorn. ¿Voy a abandonar la partida y a renunciar a los tesoros que codicio solo porque el castillo que los resguarda es inaccesible?
–Evidentemente que no.
–¿Voy a tratar de asaltarlo, como en otros tiempos, a la cabeza de una banda de aventureros?
–Sería infantil.
–¿Voy a colarme con disimulo?
–Imposible.
–En mi opinión, el único medio que queda es hacerme invitar por el dueño de dicho castillo.
–Es un recurso original.
–¡Y muy fácil! Supongamos que un día, dicho propietario recibe una carta en la que se le advierte de lo que trama en su contra un conocido ladrón. ¿Qué va a hacer?
–Le enviará la carta al procurador.
–Que se burlará de él, porque el sujeto Lupin está tras las rejas. Por lo tanto, el buen hombre pierde la brújula y está listo para pedir ayuda al primero que se le aparezca. ¿No es así?
–Sin ninguna duda.
–Y si por casualidad llega a leer en un periodicucho que un famoso policía está de vacaciones en una localidad vecina...
–Se dirigirá a ese policía.
–Tú lo has dicho. Pero, por otro lado, admitamos que anticipando esta gestión inevitable, Arsène Lupin le rogó a uno de sus amigos más capaces que se instalara en Caudebec, que entrara en tratos con un redactor de Le Réveil, el diario al que está suscrito el barón y que le revelara que él es el famoso policía. ¿Qué sucedería entonces?
–El redactor publicará en Le Réveil la noticia de la visita de dicho policía.
–¡Perfecto! Y una de dos: o el pez (me refiero a Cahorn) no pica y no pasa nada, o bien, y esta es la hipótesis más verosímil, corre excitado tras el anzuelo. Y he aquí a mi buen Cahorn suplicándole a uno de mis amigos que lo ayude en mi contra.
–A cada momento es más original.
–Por supuesto, el falso policía niega al principio su ayuda. En ese punto llega el telegrama de Arsène Lupin. El barón se asusta y suplica de nuevo a mi amigo y le ofrece un pago por vigilar su seguridad. Mi amigo acepta y lleva a dos compinches de nuestra banda. Y así, durante la noche, mientras Cahorn es vigilado por su protector, pasan por la ventana cierto número de objetos y los deslizan por medio de cuerdas en una pequeña embarcación rentada a propósito. Tan sencillo como Lupin.
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