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NACIDO PARA MORIR
MAGGIE WOODS

Primera edición: julio de 2019
© Copyright de la obra: Maggie Woods
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
ISBN: 978-84-120617-0-3
Depósito Legal: B-18728-2019
Corrección de estilo: Teresa Ponce Giménez
Ilustración de portada: Adrián Garre García
Maquetación: Celia Valero
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions
www.angelsfortuneditions.com
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PRÓLOGO
La vida es una enfermedad de transmisión sexual.
Se propaga por gente teniendo sexo y al final te mata.
Donald Clarke, Muerte de un superhéroe
Todos nosotros nacemos para morir. Y lo hacemos desde el mismo momento en que venimos al mundo. Por eso es tan importante lo que hacemos con los años que nos tocan, ya sean más o menos. Así que lo malo no es morirse, sino no haber vivido.
Cuando eres un adolescente no tienes muchas opciones: todos tus sueños y esperanzas, todo lo que desearías poder hacer es puesto en espera por las obligaciones de la vida real. Luego debes ir a la universidad, obtener un título, encontrar un trabajo y quizá, entre todo eso, hayas tenido la suerte de encontrar pareja y estés pensando en formar una familia. Si habéis leído en algún lugar la frase «La vida empieza a los cuarenta», sabréis que, bien pensado, tiene algo de razón.
Yo nunca cumpliré cuarenta. Pero no hagamos un drama de ello, ¿vale? Esperad a escuchar toda la historia.
CAPÍTULO 1
Adiós, Nueva York; hola, Elmer’s Grove
A veces, toda tu vida cambia de la noche a la mañana. Es un cliché, pero, como todos los clichés, tiene algo de verdad. Eso fue lo que me pasó a mí, aunque en realidad fue una conjunción de varios hechos: los recortes de personal en la empresa de mi padre, la subida del alquiler de nuestro piso en el Upper West Side y la muerte de la abuela Abigail, la madre de mi madre y la última abuela que me quedaba.
No ocurrió todo en el mismo día, pero yo no lo supe hasta que mamá, después de mirar de reojo a mi padre, lo anunció en el desayuno del domingo, apenas un par de semanas antes del comienzo del nuevo curso: nos íbamos a mudar. Parecía haber estado llorando, porque tenía los ojos rojos e hinchados.
Era una broma, ¿verdad? Tenía que serlo. Sintiendo algo a medio camino entre el asombro y la indignación, aderezado con un toque de frustración, los miré alternativamente, como un espectador de un partido de tenis, esperando que alguno de los dos se riera y anunciara que me estaban gastando una broma pesada. Pero no fue así.
—Elmer’s Grove te gustará —me prometió cuando al fin protesté—, es un sitio precioso, ya lo sabes. Y no nos iremos hasta dentro de una semana.
No había estado allí desde los trece años y, sinceramente, me importaba muy poco lo pintoresco que fuera el sitio, no iba a irme de Nueva York sin pelear.
—Pero todos mis amigos están aquí —dije intentando evitar mirar a mamá—. ¿Es que no habéis pensado en lo que esto supone para mí?
—Harás nuevos amigos —me aseguró mi padre—. Serás la estrella de la gran ciudad, todos querrán llevarse bien con el chico de Nueva York.
Al final tuve que ceder, por supuesto, ¿qué otra cosa podía hacer? La abuela le había dejado su casa a mamá, además de bastante dinero, así que como forma de compensarme papá me regaló un coche con parte de sus ahorros. Era un Ford Focus de segunda mano, pero no demasiado viejo, el motor estaba en buenas condiciones y tenía un bonito color azul oscuro metalizado, sin una sola rascadura. Aquello hizo que me ablandara un poco: hasta ahora solo había conducido la furgoneta del trabajo de verano a tiempo parcial que tenía en una tienda de muebles.
Elmer’s Grove está al norte del estado de Oregón, que es uno de los más húmedos de los Estados Unidos. Normalmente llueve mucho, por eso no me extrañó que lloviera cuando llegamos. Habíamos pasado una quincena allí todos los veranos hasta que cumplí los trece y también íbamos en otras fiestas señaladas, como Acción de Gracias o las vacaciones de primavera. Daba igual la época del año: la lluvia era una constante en todos mis recuerdos. Incluso en verano llovía a menudo, tormentas eléctricas que descargaban varios litros en pocos minutos.
Quizá el azul de la fachada estuviera un poco más desvaído que la última vez, pero por lo demás la casa de la abuela era tal y como la recordaba: las plantas exuberantes del jardín, el césped sin recortar, las cortinas de flores a través de las ventanas del salón...
En cualquier caso, todas las viviendas del vecindario se parecían: dos plantas, tejado a dos aguas, garaje adosado, jardín con vallas blancas y un pequeño porche. Pero era muy diferente al apartamento de Nueva York: demasiado a nivel del suelo, demasiado lejos de un cine o una cancha de baloncesto y de todo y todos los que yo conocía.
Uno de los pocos puntos positivos que tenía el habernos mudado a casa de la abuela es que podía escoger habitación. Acordé con mis padres que me quedaría la que daba al suroeste, en un lateral de la casa, y después de colgar mis pósters de baloncesto, colocar mis altavoces y el reproductor de música empezó a parecer un poco más acogedora.
Al menos, no tendría que volver a escuchar la música anticuada de mi padre si no quería; tenía una caja llena de discos de grupos que me gustaban: Coldplay, Maroon 5, Panic! At The Disco, Artic Monkeys… y algunos grupos de rock, como The Pretty Reckless, Fearless Vampire Killers o Animal Alpha (aunque estos últimos se hubieran separado tras solo dos discos. Una auténtica pena).
Puse la música a todo volumen para intentar fingir que seguía en Nueva York, pero no funcionó. Además, sin la abuela, la casa parecía extrañamente vacía. Su personalidad alegre y enérgica parecía llenar más espacio del que ocupaba su pequeño cuerpo y siempre tenía uno o dos gatos con los que jugar; pero mi padre era alérgico, así que, tras su muerte, el actual gato había pasado al refugio de animales local.
Suspirando, fui a ducharme. Animal Alpha tronaba en mis oídos mientras me enjabonaba, y al llegar al estribillo de Fire! Fire! Fire! me sentí un poco más animado y hasta coreé la letra. Mi voz era horrible, nunca había sabido cantar afinado, pero era liberador, en cierto modo.
El funeral de la abuela fue bastante íntimo, muy sentido y muy triste (sobre todo para mamá, que no paró de llorar en todo el servicio), pero me permitió ir conociendo a algunos de mis nuevos vecinos. En la casa de la izquierda estaba el señor Benson, viudo, cuyo único hijo trabajaba en el instituto como profesor de educación física. A la derecha tenía a la señora Carlson, también viuda, y sus nueve gatos; y una casa más allá estaba el matrimonio Thompson, con su hijo adolescente, Hunter, que resultó ser de mi edad.
—Lo siento mucho, tío —me dijo tras el entierro—. Soy Hunter, Hunter Thompson, por cierto.
Hunter era un chico bastante alto, más o menos como yo, de piel bronceada, pelo castaño muy corto y ojos grises. La extraña combinación le daba un aire exótico, como si procediera de algún país tropical. Recordaba haberle visto alguna que otra vez, pero nunca habíamos hablado antes.
—Ben Connor —me presenté mientras le estrechaba la mano—. ¿Conocías a mi abuela?
—No mucho. A veces me pagaba por hacerle alguna chapuza en casa, ya sabes: cortar el césped, arreglar el fregadero, reparar una silla… Pero era maja, siempre me invitaba a galletas.
Me sentí muy culpable por haber desaparecido todos esos años. Pero yo no tenía toda la culpa, si no íbamos demasiado era por la distancia y el trabajo de papá, que nos mantenía anclados a Nueva York. Y aunque hablábamos por teléfono todos los meses, la abuela nunca parecía tener nada nuevo que contar, así que habíamos acabado intercambiando las mismas preguntas de cortesía una y otra vez. Las historias sobre sus gatos era lo único que cambiaba, pero no se puede decir que contaran mucho sobre ella.
—Bueno, supongo que te veré en clase —se despidió Hunter.
Después del funeral, volvimos a nuestra nueva casa y, aunque estaba cansado, me forcé a abrir unas pocas cajas más e ir colocando cosas antes de la cena. Suspirando, fijé la mirada en mi póster de Michael Jordan.
—Tú sí me entiendes, ¿verdad, Michael?
Evidentemente, no dijo nada. Sacudiendo la cabeza, encendí mi ordenador. No tenía correos nuevos, así que me metí en Skype, solo para comprobar desanimado que había muy pocos de mis amigos conectados. Chris, mi mejor amigo, me habló.
—¡Eh!
Chris siempre saludaba de esa forma. En persona, el «¡eh!» solía incluir un gesto de la mano acorde.
—Hola —saludé, sonriendo al imaginármelo.
—¿Cómo va todo por Lluvialandia? —quiso saber.
—Esto es deprimente. ¡Ni siquiera tienen cine! Tampoco he visto ningún polideportivo ni nada parecido, e internet va más lento que una tortuga coja —me quejé—. Apenas hay nada que hacer… A menos que te guste ir de acampada al bosque.
—Seguro que hay osos o lobos —observó Chris.
—Seguro.
—¿Y cómo se supone que vas a sobrevivir? —preguntó.
—No lo sé… Quizá me acostumbre —escribí, encogiéndome de hombros.
—Si no te vuelves loco antes. —Emoticono de risa—. Oye, tío, ¿vas a venir al concierto de Halloween de Garage Suckers?
Garage Suckers era una banda de rock del instituto al que solía ir. La novia de Chris, Leonora, alias LeoRoar! (con signo de exclamación y todo), era la cantante, y un par de mis amigos, Tommy y Adam, tocaban también (el bajo y la batería, respectivamente). Chris y yo no nos perdíamos ningún concierto, en especial el de Halloween, que solía ser muy sonado.
—No creo que pueda ir…, estoy al otro lado del país.
—No será lo mismo sin ti, ya lo sabes.
No, no iba a serlo. Echaría de menos saltar al ritmo de la música y gritar los estribillos.
—Odio esto —dije.
—Anímate, a lo mejor hay tías buenas en Lluvialandia.
—Claro que sí —repuse sardónicamente. Tampoco es que eso fuera lo más importante, ¿no?
—Ya… Lo siento, tío, pero tengo que irme —escribió Chris tras una pausa—. He quedado con Leo.
—Pasadlo bien.
Durante la cena, pregunté a mi padre si me dejaría ir a Nueva York en Halloween, para el concierto.
—No, Ben, lo siento, pero es mucha distancia para solo un par de días.
Ya sabía que iba a decirme eso, pero tenía que intentarlo. Decidí que era mejor no discutir, aunque no estuviera de acuerdo con él, así que no volví a hablar en el resto de la noche.
Subí a acostarme bastante pronto y me quedé dormido en cuanto mi cabeza tocó la almohada. Soñé con la abuela: estaba sentada en su mecedora en el porche, bebiendo té helado, como solía hacer en verano. Tenía en el regazo un gato viejo que había muerto hacía años llamado Señor Darcy, y me sonreía. A pesar de que no era un mal sueño del todo, me hizo sentir triste.
Al día siguiente, al abrir la ventana comprobé que ya no llovía y apenas había algunas nubes perezosas sobre el horizonte. Eso mejoró considerablemente mi estado de ánimo, así que bajé a desayunar con una sonrisa.
—¿Ya te has enterado, campeón? —me preguntó mi padre.
Él y mamá ya estaban terminando de desayunar. Me senté a su lado y mamá me sirvió un plato con tortitas recubiertas de jalea, como a mí me gustaban. Unos mechones de pelo rubio se habían escapado de su coleta despreocupada y bailaban delante de sus ojos; se los apartó con un movimiento compulsivo. Estaba siendo muy difícil para mamá estar aquí sin la abuela.
La gente siempre decía que mi madre y yo nos parecíamos mucho, y lo cierto es que había heredado el color de pelo de mi madre, más claro que el de mi padre, que tiraba al castaño; el de ella era más como el trigo maduro. Sin embargo, la nariz y las cejas eran las de mi padre, sin dudarlo.
—¿De qué? —pregunté, empezando a comer.
—Han contratado a tu viejo. Soy el nuevo orientador del instituto —anunció.
Papá había estudiado psicología y en su anterior empresa estaba en el departamento de recursos humanos. Pero creo que esto le pegaba más, algo en su aspecto parecía decir «orientador»; quizá se tratara de la sonrisa bonachona o los brillantes ojos azules, justo como los míos.
—¿Alguna vez has ejercido la psicología?
—Tu padre trabajó en una consulta antes de que nacieras, cielo —me aclaró mamá.
—Bueno, vale, pero nada de llevarme a clase —bromeé.
—Ni se me ocurriría. ¿Para qué crees que te he comprado el coche? —convino sonriendo.
—¿Y tú qué vas a hacer, mamá?
—Bueno, aquí no hay un gimnasio en el que pueda dar clase, pero quizá el ayuntamiento pueda dejarme una sala en el centro social.
Mamá había sido monitora de pilates en un gimnasio cerca de casa en Nueva York. Me obligó a ir a un par de clases para probarlo, pero no era mi tipo de ejercicio favorito y, además, interfería con los entrenamientos del equipo de baloncesto, así que lo dejé bastante pronto. Sin embargo, el pilates te mantiene muy en forma y, aunque yo ya era más alto que mamá, sus músculos, bien definidos, sugerían fuerza y control a simple vista.
—No me imagino a nuestros vecinos haciendo pilates —rio mi padre—. ¿Te imaginas a la señora Carlson yendo a clase con todos sus gatos?
—¡Arthur! —le riñó mamá, dándole un golpe en el brazo al tiempo que intentaba contener la risa—. Tú también tendrías una mascota si fueras viudo y no hubieras tenido hijos.
—¡Tiene nueve gatos, Mary, nueve! Eso no es sentirse sola, es ser una loca de los gatos.
—Haz caso al psicólogo, mamá —me reí.
Era tan gracioso que, por un momento, me olvidé de lo enfadado que estaba con ellos por haber cortado las alas a mi futuro en Nueva York.
Después del desayuno deshice el resto de las cajas hasta la hora de comer. No me llevó mucho tiempo colocar los libros en la estantería, o las películas, pues no tenía mucho de lo uno ni de lo otro (al menos no en formato físico), pero pasé bastante más tiempo colocando mi ropa y mis numerosos equipos deportivos. El baloncesto era mi pasión, pero también me gustaba patinar, tanto con monopatín como con patines de línea, y mamá me había aficionado al tenis y al pádel de pequeño. Tenía una gran colección de zapatillas deportivas como resultado y ocuparon dos de los cajones del armario ellas solas.
—¿Qué vas a hacer esta tarde, hijo? —me preguntó mi padre mientras comíamos.
—Creo que voy a ir a explorar un poco el pueblo. No recuerdo dónde está el instituto y las clases empiezan mañana —dije.
—Necesitas refrescar la memoria, ¿eh? Buena idea —aprobó mi padre—. Pero vuelve a tiempo para ver el partido, ¿de acuerdo?
El baloncesto era una de las pocas cosas que tenía en común con mi padre: ambos éramos fervientes seguidores de los New York Knicks. A mi edad, él jugaba en el equipo de su instituto y consiguió una beca deportiva para la universidad; sin embargo, no era lo bastante bueno para que ningún equipo grande le fichara. Cuando yo entré en el equipo en mi anterior instituto, intentaba ir a verme jugar siempre que podía, pero el trabajo solía mantenerle ocupado. Ver la NBA juntos era la única tradición que podíamos mantener.
—Claro, papá.
Así que me puse una chaqueta impermeable (por si acaso el tiempo cambiaba de repente) y salí sin rumbo fijo. Elmer’s Grove no era muy grande, pero parecía aún más pequeño porque el bosque se metía en el pueblo constantemente.
La parte más antigua la ocupaba una plaza principal, donde se encontraban los edificios del ayuntamiento y la biblioteca. En las calles adyacentes había un par de parques infantiles con espacios verdes (más bosque), una consulta de medicina general, un par de cafeterías, un restaurante italiano, un diner típicamente americano, comercios variados (dos o tres tiendas de ropa, un par de supermercados y una tienda de deportes) y el instituto. Este no era difícil de encontrar, aunque no estuviera en la calle principal, y enseguida memoricé el camino.
Como todavía no había recorrido el pueblo en su totalidad y era pronto, seguí explorando. Mis pies me llevaron a un lugar que recordaba vagamente de mis visitas al pueblo de niño: un antiguo mercado cubierto reconvertido en parque, con zona de patinaje, columpios y toboganes para los niños pequeños, bancos y un tipo que vendía helados en verano y perritos calientes en los meses fríos.
Había unos chicos de mi edad jugando en la vieja canasta y vi que uno de ellos era Hunter, así que me acerqué.
—Hola, ¿puedo jugar? —pregunté afablemente.
—Claro —dijo Hunter—. Chicos, este es Ben, acaba de mudarse con sus padres a Elmer’s Grove.
—¿Por qué? —dijo uno de los chicos, muy alto y delgado, que leía un cómic sentado en uno de los bancos a un lado de la pista. Su tono sugería que el concepto de que alguien quisiera mudarse a Elmer’s Grove era algo ajeno e incomprensible.
—Mi abuela ha muerto y mis padres querían venir. —Me encogí de hombros. No era toda la verdad, pero no tenía tiempo ni ganas de contarles mi vida.
—Oh. —El chico enrojeció violentamente—. Lo siento, tío.
—No pasa nada, no lo sabías.
—Te presento a los demás —dijo Hunter.
El chico del cómic se llamaba James Chapman, aunque dijo que prefería que le llamaran Jim. Su pelo era castaño claro, tan largo que casi le tapaba los ojos, estos de un verde desvaído, y llevaba gafas. El más bajito del grupo era Jeremy White, que tenía el pelo negro muy corto y los ojos oscuros. El otro chico se llamaba Kyle Benson, era alto y rubio, como yo, aunque tenía el pelo ondulado y los ojos marrones. Por los músculos muy definidos de sus brazos y piernas, supuse que practicaba algún deporte.
—¿Eres el hijo del entrenador Benson? —pregunté. Asintió lacónicamente casi sin mirarme.
—Hoy nos falta Charlie —dijo Hunter—, así que estamos jugando todos contra todos, pero si te unes podemos hacer equipos, aunque sean de dos.
—¿Tú no juegas? —pregunté a Jim.
—¿Quién? ¿Este paquete? —intervino Kyle; Jim frunció el ceño de un modo casi imperceptible—. ¡Nah! Jim es más de ciencias, ¿verdad?
—Sí, lo mío es la informática. Y los cómics —dijo, agitando el cómic que tenía en las manos para enfatizar sus palabras.
—De acuerdo, entonces.
Me puse con Hunter contra Kyle y Jeremy. Tras varias canastas por nuestra parte, me quedó clara una cosa: Kyle era de ese tipo de personas que no soporta perder. Se esforzaba mucho y era realmente bueno, pero no tenía muy buen carácter.
Cuando empezó a hacer frío, me despedí de ellos.
—Debería irme a casa ya, se está haciendo tarde —dije.
—¡Espera, voy contigo! —dijo Hunter, cogiendo sus cosas a toda prisa.
—Kyle tiene mal carácter —comenté cuando ya no teníamos el mercado a la vista.
—Sí, un poco… —admitió Hunter a regañadientes—, pero es entendible, con lo que le pasó y eso…
—¿Qué le pasó?
—Su madre se largó un día sin dar explicaciones cuando él tenía seis años —me susurró Hunter—, y desde entonces vive solo con su padre.
—Entiendo.
Debía de haber sido muy duro para Kyle perder a su madre de ese modo: saber que aún estaba viva, pero que él ya no le importaba.
—Además, tiene la presión de su viejo —continuó Hunter—. Kyle es el capitán del equipo de baloncesto, como lo fue en su día el entrenador Benson, y le machaca más que a los demás.
—Quiere que mantenga vivo el legado —apunté.
—Sí, exacto. El entrenador fue un jugador soberbio de joven: el instituto de Elmer’s Grove no ha tenido tantas victorias desde que él se graduó —confesó Hunter―. El equipo ha remontado ahora que Kyle es capitán, pero parece que no es suficiente para el entrenador…
Cuando llegué a casa, vi a mamá reorganizando compulsivamente las fotos de la abuela, pero no dije nada; según papá, cada uno llevaba el duelo a su manera. El resto del día sucedió según lo planeado: cena y tele. Me fui a dormir bastante pronto, ya que al día siguiente empezaba el curso y no quería llegar tarde el primer día de clase.
CAPÍTULO 2
Primer día
Esa mañana me levanté justo antes de que sonara el despertador y, después de una breve ducha que me ayudó a espabilarme, bajé a desayunar. Me serví tostadas y empecé a untarlas de mantequilla y mermelada de fresa.
—¡Piensa rápido! —me dijo mi padre, lanzándome una naranja.
La atrapé torpemente con la mano izquierda mientras empezaba a comer con la derecha.
—¿Tienes prisa, cielo? —preguntó mi madre, arrebatándome la naranja.
La cortó en dos y empezó a exprimirla. Tragué antes de hablar.
—Quiero ir a buscar a Hunter —dije—. Es al que más conozco aquí y he pensado que podríamos ir juntos.
—Me parece una magnífica idea —opinó mi padre.
Terminé el desayuno a toda prisa, me lavé los dientes y me peiné. Escoger la ropa me llevó un poco más de tiempo; quería causar una buena impresión, pero no que me consideraran un pijo. Al final, me decidí por mis zapatillas deportivas favoritas, unas Nike blancas y negras, unos vaqueros azul claro y un jersey verde que, según mi madre, resaltaba el color de mis ojos. Me miré al espejo: perfecto.
Salí de casa lo más rápido posible, ya que se me había hecho tarde, y fui hasta la casa de Hunter. Ni siquiera tuve que llamar: él estaba en el jardín delantero, fijando la mochila al portaequipajes de la bici. Bajé la ventanilla del lado derecho.
—Eh, tío, ¿te llevo?
—Claro —sonrió—. Siempre está bien no tener que pedalear a primera hora de la mañana.
Hunter dejó la mochila en el asiento trasero y se sentó a mi lado.
El instituto del Elmer’s Grove tenía aire de mansión colonial, con sus columnas sujetando un pequeño porche, la fachada blanca, las ventanas con contraventanas y la escalinata de acceso; se notaba que el resto de edificios habían sido añadidos con posterioridad, aunque intentaban respetar el estilo original. Aparqué en el primer sitio libre y nos bajamos.
—Instituto de Elmer’s Grove —leí en la placa a la entrada—. Hogar de los Osos Negros.
—Sí, nuestra mascota es Blinky, el oso meloso —respondió Hunter—. Le quita toda la gracia a eso de ser un oso negro.
—Pero es realmente tronchante ver a Dodson embutido en ese traje —dijo Kyle, que llegaba en ese momento en su moto—. ¿Qué pasa, tíos?
Mientras nos saludábamos, llegaron Jim y Jeremy, y otro chico al que no conocía. Este era de estatura media, tenía los ojos azules, el pelo castaño hasta los hombros con un flequillo que le tapaba las cejas, y algunas pecas. Ese debía ser el chico que no había ido el día anterior.
—Perdonad que no fuera ayer —se disculpó—, pero mi madre se puso como loca y me tuvo toda la tarde ocupado con chorradas.
—No pasa nada, tío, lo entendemos —replicó Hunter—. Este es Ben, acaba de mudarse —añadió, llamando la atención de Charlie sobre mí.
—Encantado de conocerte, tío —dijo Charlie mientras estrechábamos las manos—. Soy Charlie Glass.
—Ben Connor, encantado.
Hechas las presentaciones, iba a seguirles al interior del edificio cuando un Mini Cabrio rojo aparcó cerca de donde estábamos. Me llamó la atención porque debía de ser el coche más caro y nuevo de todo el aparcamiento, sin contar quizá el mío. Una chica con pelo largo y rubio rojizo se bajó del coche, se puso las gafas de sol que llevaba a modo de diadema y se encaminó hacia la puerta del instituto como si fuera la dueña del lugar.
—¿Quién es esa? —pregunté.
—¿Quién? —preguntó Hunter, siguiendo la dirección de mi mirada—. Oh, ella. Es Lorelei Parks, la capitana de las animadoras.
—Es la tía más buena de toda la escuela —dijo Jeremy.
—Ya te digo —intervino Kyle—. ¡Lo que le haría si se dejase…!
No respondí nada. Kyle estaba empezando a resultar un poco irritante, siempre hablando de aquella forma tan gráfica. Pero luego recordé lo que había dicho Hunter sobre su madre y pensé que quizá Kyle estuviera un poco resentido con las mujeres en general. Entonces sonó el timbre y entramos.
—Oye, deberías apuntarte a las pruebas para el equipo de baloncesto —dijo Hunter entonces, cambiando completamente el tema de conversación.
—La verdad es que ya lo había pensado —dije.
—¿Jugabas en tu anterior instituto? —quiso saber Jim.
—Sí, de escolta. Pero soy bastante versátil, en realidad —añadí, por si acaso estaba pisando la posición de alguien.
—Las pruebas son este viernes, después de clase —me informó Kyle—. No hace falta que parezcas de la NBA, mi padre acepta a cualquiera que sepa encestar un triple.
—No hay problema.
Las clases no me plantearon un reto, pero, claro, era el primer día. Resultaba extraño estar en un instituto tan pequeño, sin cosas como detectores de metales, pizarras inteligentes o pantallas en los pasillos. En su lugar había un sistema de megafonía anticuado, pósters en las paredes y anuncios clavados en tableros de corcho. Al menos habían sustituido los antiguos encerados por pizarras blancas, de esas en las que se usan rotuladores para escribir.
Como era el único chico nuevo en toda la escuela y Elmer’s Grove era un pueblo pequeño donde todos se conocían ya aunque solo fuera de vista, todos me miraban y cuchicheaban a mi paso. Algunas chicas soltaban risitas nerviosas cuando pasaba a su lado y una chica con aparatos y muchas pecas dejó caer los libros que llevaba cuando miré en su dirección.
—Las tienes loquitas, ¿eh? —comentó Kyle.
—Mi hermana dice que estás cañón —me informó Charlie.
—¿En qué curso está? —quise saber.
—En noveno.
—Demasiado joven —reí.
—Sí, pero la de las pecas es Carol Jenkins, solo es un año menor que nosotros ―añadió Hunter.
—¿Y?
—Pues eso, que las has impresionado a todas.
—Solo soy la novedad —dije encogiéndome de hombros—. En un par de semanas se les habrá pasado.
Nunca me había parado a pensar en mi propio atractivo en comparación con el de otros chicos. Sabía que era guapo (al menos eso decía mi madre) y había salido con algunas chicas en Nueva York, pero allí nadie babeaba a mi paso.
En la comida nos sentamos juntos. Como no llovía, Jeremy sugirió que usáramos una de las mesas del exterior, justo frente a la cafetería, y todos accedimos.
No sé por qué esperaba bancos de piedra, como en un merendero, pero resultó que eran mesas redondas de metal y plástico verde, al igual que los bancos que tenían acoplados. Sin embargo, no había mucho que ver en cuanto al paisaje, pues esa parte del instituto estaba rodeada de árboles, altos pinos de denso follaje perenne, así que enseguida volví mi atención a los otros estudiantes.
Un par de chicos y una chica con pintas un poco excéntricas se sentaban a dos mesas de nosotros. Uno de los chicos tenía un pincho a modo de piercing en una ceja y el otro llevaba el pelo en una cresta, teñido de verde. La chica vestía un corsé rojo y falda negra, como en un cuadro antiguo. El chico del piercing la miraba con verdadera adoración.
—¡La reina Rarita ha reunido a su corte! —se mofó Kyle—. ¡Vayamos todos a rendirle pleitesía!
—¿Reina Rarita? —repetí confuso.
—Se refiere a Raven —aclaró Charlie—. Es nuestra chica gótica residente y la presidenta del club de mitología. Esos que ves ahí con ella son el resto de los integrantes.
En mi vida había oído hablar de un club semejante.
—¿Y qué es lo que hacen? —quise saber.
—Estudian mitos de todo el mundo y su impacto en la cultura moderna —dijo Charlie—. Al menos eso es lo que dice su póster.
—Entiendo.
—Yo que tú no perdería el tiempo en hablar con ella, Ben —me aconsejó Hunter—. Está obsesionada con los vampiros. A menos que vistas de negro y tengas colmillos, no le interesas.
—Es una estirada —dijo Jeremy—. Está buena, pero como que se siente superior a todos los demás, ¿sabes?
—Yo creo que se comporta así porque su padre es el alcalde —apuntó Jim.
La primera clase después de la comida era Historia Americana. Me senté al lado de Charlie, el único de mis nuevos amigos que tenía también esa asignatura.
—Muy bien, silencio, las vacaciones han terminado —dijo entonces el profesor. El señor Jenkins (el padre de Carol) tenía el pelo tan rojo como su hija, pero le raleaba en la frente, y llevaba unas gruesas gafas de pasta negra que le daban un aire severo—. Espero que hayáis pasado un buen verano y todo eso, pero es hora de ponerse las pilas de nuevo. Antes de empezar, sin embargo, como todos sabéis, este año tenemos un estudiante nuevo. Clase, saludad a Benjamin Connor.
—¡Hola, Benjamin! —dijo la clase a coro. Me limité a saludarles con la mano, un poco cohibido.
—Bien. Hechas las presentaciones, empecemos.
No paré de tomar apuntes en toda la hora. El señor Jenkins era de esos profesores que, una vez cogen carrerilla, no hay quien les pare, y tuve que esforzarme por seguirle el ritmo. Al final de la clase, mis apuntes eran casi ininteligibles.
—No te preocupes —me dijo Charlie—, tengo los apuntes de mi primo en casa. El señor Jenkins lleva unos diez años dando clase y siempre es igual.
—Gracias.
Después de clase de Historia Americana me dirigí a mi taquilla para coger mis cosas de Educación Física; ¡por fin una asignatura que realmente me gustaba! Y lo mejor era que, a excepción de Jim, que tenía otra clase a esa hora, el resto de mis nuevos amigos estaban en el gimnasio cuando entré.
El entrenador Benson explicó que íbamos a empezar por baloncesto ese año, escogió dos capitanes al azar y dejó que se formaran los equipos. Kyle y una chica llamada Martha fueron los elegidos.
Por alguna casualidad del destino, acabé en el equipo contrario al de Kyle, que sonrió con cierta perversión, como si alguien le hubiera retado a machacar al chico nuevo. Antes de que acabara la clase estaba sudando a mares, pero me lo había pasado realmente bien.
Las últimas clases fueron aburridas en comparación con la clase de Educación Física, pero al final del día me encontré con un montón de deberes. Suspirando ante la tarde que me esperaba, me reuní con los chicos a la salida. Kyle se montó en su moto casi sin despedirse, Charlie se fue en su bicicleta y Jim y Jeremy, que eran vecinos, en el monovolumen del primero.
—Oye, si no tienes coche, no me importaría que vinieras conmigo al insti —le dije a Hunter.
—Pues me harías un gran favor, detesto tener que venir en bici, sobre todo cuando llueve.
—O sea, casi siempre —bromeé.
—Exacto. Oh, mira eso —añadió con un súbito tono lascivo.
Me giré para ver de lo que hablaba: Lorelei y otra chica cuyo nombre no sabía estaban en el coche de la primera. Lorelei se estaba estirando en el asiento del conductor, de modo que su escaso top dejaba ver parte del sujetador.
Debió notar que la mirábamos, porque nos saludó con la mano. Le devolví el saludo, confundido. La otra chica le dio un codazo y ella arrancó el coche y se fueron.
—¡Oh, Lorelei…! —bromeó Hunter—. Anda, vámonos.
Esa noche, después de la previsible conversación durante la cena sobre el primer día, hice los deberes y me fui a dormir pronto. Soñé que volvía a estar en Nueva York.
En mi sueño, estaba en el lugar donde los Garage Suckers solían ensayar, el centro juvenil de mi barrio. Adam estaba dándole a la batería con desgana y los otros ni siquiera estaban tocando, pero cuando me vieron todos corrieron a abrazarme como si no me hubieran visto en años, hablando todos a la vez.
—Te echamos de menos, Ben —me decía Chris—. Vuelve, por favor.
—Vuelve —decía Adam.
—Vuelve, te echamos de menos —añadía Tommy.
—Te echamos de menos —repetía Leo.
—Te…
Desperté entonces; había sido tan vívido que me sentí muy desilusionado. Miré el reloj: las cuatro de la mañana. Decidí darme una ducha para quitarme el sudor de la piel y volver a dormir, pero después de un rato me di cuenta de que no iba a ser posible; así que, para despejarme, salí a correr antes de desayunar. Cuando pasé a recoger a Hunter estaba totalmente calmado.
CAPÍTULO 3
El Chico No
La semana fue de mal en peor a partir del martes. En las clases no me estaba yendo tan bien como debería, básicamente porque me pasaba gran parte de mi tiempo de estudio chateando con Chris o algunos de los otros y luego hacía los deberes a toda prisa. Sabía que no debía hacerlo, y todos los días me prometía empezar antes; pero todos los días acababa diciéndome a mí mismo que, si no hablaba primero con ellos, no podría hacerlo debido a la diferencia horaria, y no quería perder el contacto con mis amigos de Nueva York.
Además de eso, Kyle estaba cada vez más competitivo conmigo, hasta el punto de que, cuando llegó el jueves, llegué a plantearme no presentarme a las pruebas de baloncesto.
—Tío, no hagas caso de Kyle, todo el mundo sabe que se le va la fuerza por la boca —dijo Hunter cuando se lo comenté, de camino a casa desde el instituto—. Preséntate, por favor. Te necesitamos.
—De acuerdo, me presentaré —claudiqué.
—Genial. ¿Quieres venir a hacer los deberes a mi casa? —preguntó al bajarse del coche.
—Vale. Voy a por mis cosas.
—Te espero en mi casa.
Pero la que yo pensaba que iba a ser una quedada tranquila para estudiar acabó incluyendo a todos los demás. Así que, como no cabíamos todos en la habitación de Hunter, nos instalamos en el sótano, donde tenía su consola y había un sofá viejo y varias butacas para poder sentarnos. Al poco de bajar, la señora Thompson nos trajo refrescos y algo de picar.
—Estudiad mucho, chicos —nos deseó, acariciando la cabeza de su hijo. Hunter hizo una mueca avergonzado e intentó zafarse, pero su madre se limitó a sonreír e irse.
—Tío, esa sí es una madre a la que me follaría —dijo Kyle cuando oyó la puerta de la escalera cerrarse.
Hunter no dijo nada, pero frunció el ceño de una forma que dejaba bien claro que no le gustaba que se hablase así de su madre. Kyle, que no lo vio, rio y volvió a sus cosas, pero pronto demostró que no sabía estar en silencio ni para hacer los deberes: a cada poco resoplaba, bufaba o hacía algún comentario, y Jeremy le reía las gracias. En un descanso para ir al baño aproveché para responder a un mensaje de Chris.
—¿Qué tal te va? —había escrito.
—Regular —escribí—. Quiero volver a Nueva York.
—¿No tienes amigos? —me respondió enseguida. Aún debía de estar viendo la tele a escondidas de sus padres.
—Sí tengo, pero… no es lo mismo, tío. ¡Ah, casi se me olvida! Le he preguntado a mi padre si me dejaría ir al concierto. Ya sabes, por intentarlo.
—¿Y qué dijo? —quiso saber Chris.
—Que me fuera olvidando —respondí—. Esto es un asco.
—Ánimo.
Volví al sótano, sintiéndome mentalmente agotado.
—Ben, ¿estás bien? —me preguntó Jim cuando me senté—. Pareces cansado.
—¡A lo mejor la señora Thompson puede hacerte un masaje! —rio Jeremy.
Jeremy solía creer que era gracioso y en ocasiones hasta lo era, pero esa vez solo me pareció que su chiste era de muy mal gusto.
—Creo que me voy a ir a casa, puedo terminar lo que me queda yo solo —dije empezando a recoger mis cosas.
—¿Qué pasa? ¿Te ofende lo que he dicho? —quiso saber Jeremy, a la defensiva.
—No me parece gracioso, solo eso —contesté encogiéndome de hombros—. Aunque no es a mí a quien deberías preguntarle si le ofende. Si se tratara de mi madre, no me gustaría que hablaras así de ella.
—¡Habló el abanderado del feminismo! —dijo Kyle, saliendo en defensa de Jeremy—. No te creas mejor que nosotros, Ben.
—No me creo mejor que nadie —dije levantándome.
—Bien, porque ser de Nueva York no te hace mejor —replicó levantándose también, con los puños cerrados.
¡Lo que me faltaba, pelearme con Kyle! Pero no iba a malgastar ni un solo segundo en él, así que opté por la vía diplomática y le di la razón.
—Lo que tú digas, Kyle —dije encogiéndome de hombros—. Estoy cansado, os veo en clase.
Y sin esperar a que respondiera, subí las escaleras hasta el primer piso; afortunadamente, Kyle no me siguió. Saliendo de la casa encontré a la señora Thompson en el jardín, recortando los setos.
—¿Ya te vas a casa, Ben?
—Sí, señora Thompson —respondí componiendo una sonrisa—. Gracias por los refrescos y la comida.
—Ha sido un placer.
Al llegar a casa terminé lo que me faltaba, apenas un par de preguntas bastante sencillas, y bajé al salón. Papá estaba en la cocina haciendo la cena (su plato especial, raviolis de setas), pero mamá estaba sentada en el sofá, mirando algo en el portátil.
—Hola —saludé sentándome a su lado.
—Hola, cariño.
—¿Qué haces?
—Estoy buscando información sobre un curso de montañismo —explicó—. He pensado que, ya que ahora vivimos más cerca de la naturaleza y más lejos de las amas de casa ricas con el culo gordo, quizá sea hora de cambiar de profesión —bromeó.
—Ajá. ¿Y qué cosas te enseñan en ese curso? —quise saber.
—Orientación, supervivencia en la montaña, primeros auxilios…, ese tipo de cosas.
—Parece divertido —acepté—. ¿Dónde es?
—En la parte de las Rocosas que atraviesa Montana —me informó, señalándome el mapa en la página web.
—La cena está lista —intervino papá, asomándose al salón.
Mientras cenábamos, retomé la conversación.
—Entonces, ¿vas a ir al curso, mamá?
—Sí, eso creo. He visto en el súper un anuncio de trabajo para guías de montaña y la verdad es que las condiciones son bastante buenas —explicó ella—. Me van a hacer una entrevista el lunes que viene y, si me contratan, es probable que la empresa se haga cargo de al menos la mitad de gastos del curso.
—Genial. Oye, papá, ya que mamá va a ir a Montana, podría yo ir…
—No, Ben, ya hemos hablado de esto —me interrumpió con tono cansado.
—¡Ni siquiera me has dejado acabar! —exclamé, dejando caer los cubiertos de golpe, que tintinearon con fuerza sobre el borde del plato.
—Ibas a preguntarme sobre Halloween otra vez —apuntó él manteniendo la calma—. Nueva York está al otro lado del país, no vas a coger un avión para pasar dos días con tus amigos —añadió categórico.
—Pero mamá sí puede ir a Montana, ¿no?
—El curso son dos semanas, cielo, no dos días —dijo ella, poniéndose del lado de mi padre, cómo no.
—Además de que tu madre es una adulta, no un adolescente en edad escolar ―añadió mi padre—. Dos días no son comparables a dos semanas, Ben.
—Pero si me fuera el viernes podría… —empecé, intentando argumentar.
—No vas a perder clase por algo como eso, me niego —me interrumpió de nuevo.
—¡Pero, papá, se trata de mis amigos!
—¡Pues haz nuevos amigos! —exclamó finalmente subiendo el tono de voz.
—Que te den. ¡Me iré a Nueva York aunque tenga que hacer autoestop todo el camino! —grité levantándome.
—Ben, por favor, cálmate y hablemos esto —intentó tranquilizarme mamá.
—No hay nada que hablar —repliqué, quizá con más brusquedad de la que pretendía—, no me vais a dejar y ya está, ¿no es eso?
—Estás siendo un crío, Ben —dijo mi padre levantándose también—. Será mejor que vayas a la cama.
—¡Te odio! ¡Y odio este maldito pueblo de mierda! —añadí, dándole una patada a la silla.
—¡Benjamin Arthur Connor, a tu cuarto ahora mismo!
Pero en lugar de obedecer a mi padre, salí corriendo de la casa, casi sin ver a dónde iba. Oí a mi madre llamándome a gritos desde el porche cuando crucé la carretera sin mirar, pero su voz y el resto de sonidos de la civilización se apagaron en cuanto me interné entre los árboles, aún corriendo. El maldito bosque estaba por todas partes, y en circunstancias normales no me habría acercado a él, pero no estaba pensando con claridad.
No estuve corriendo mucho tiempo, pero las ramas eran espesas e impedían el paso de la luz, así que pronto me encontré con que, a pesar de ser de día, bajo el dosel de ramas la claridad era mínima. Y lo peor de todo es que me había perdido.
Recordé haber leído en alguna parte que el musgo crecía en la cara norte de los árboles, porque era la más fresca y el musgo necesitaba humedad para crecer, pero el musgo estaba por todas partes, y no había camino.
Si hubiera ido en línea recta habría sido más fácil, pero no lo había hecho, sino que había ido esquivando ramas bajas, rocas y los propios troncos de los árboles, y eso hacía imposible que supiera de dónde había venido exactamente. En una clara falta de lógica, decidí que, en lugar de quedarme allí, llamar a emergencias y esperar a que me encontraran, volvería por mis propios medios. No estaba dispuesto a que un par de policías me llevaran a casa; habría sido admitir que mi padre tenía razón y me estaba comportando como un crío.
Después de veinte minutos de deambular, aún no había aceptado que me había perdido. Pero para entonces ya era de noche, con lo que no veía nada. Encendí la linterna de mi móvil y fui avanzando despacio. Todo iba relativamente bien… hasta que salí a un claro. Había dos personas allí: un chico y una chica de más o menos mi edad. Me habría alegrado de haber encontrado a alguien si no fuera por lo que estaban haciendo.
Había un ciervo muerto entre ellos, y ambos estaban mordiendo su cuello, bebiendo su sangre. Estaban tan absortos en su macabra tarea que al principio no se dieron cuenta de mi presencia, pero cometí el error de moverme, haciendo ruido al dar un paso atrás.
Al estar de cara a mí, ella me vio primero. Se apartó del ciervo y se puso de pie lentamente, quizá para no asustarme aún más. La sangre le manchaba la boca y la barbilla, convirtiéndola en una visión aterradora. Durante unos segundos, solo me observó con la cabeza ligeramente ladeada, luego dio un paso hacia mí y entonces fue cuando me di la vuelta y volví a correr a ciegas por segunda vez en un día. No llegué muy lejos, sin embargo: apenas había avanzado un par de metros cuando un puño salió de la oscuridad y me noqueó.
CAPÍTULO 4
Encantado
Cuando desperté estaba amarrado de pies y manos con cinta americana a una silla en lo que parecía una burda cabaña: apenas cuatro paredes y un techo hecho de ramas entretejidas. A mi derecha había un par de hamacas, una junto a la otra, y a mi izquierda un armarito viejo y una mesa con dos sillas dispares. Junto a la puerta había un viejo cajón de madera y otra silla, sobre la que descansaba una pequeña pila de libros gastados. No había ventanas, pero la estancia estaba iluminada por un farol de camping que colgaba del techo. Yo estaba más o menos en el centro, con lo que no podía ver si había alguien o algo más detrás de mí.
Justo cuando estaba pensando en cómo escapar, el chico y la chica que había visto en el claro entraron, colocando tras de sí la puerta, que no era más que un tosco tablón de madera.
Debían de haberse cambiado de ropa, porque ninguno de los dos estaba manchado de sangre. Él llevaba una chaqueta de cuero de estilo motero con tachuelas incluidas, una camiseta gris desgastada debajo, vaqueros rotos y unas Doc Martens negras con la puntera metálica. Ella, en cambio, se había decantado por unos vaqueros llenos de rotos, medias de rejilla, unas Converse con estampado de camuflaje y un jersey verde oscuro un par de tallas más grande de lo que le correspondía, que dejaba uno de sus hombros al descubierto.
—¡Estás despierto! —dijo ella alegremente. Tenía un marcado acento británico, lo que me resultó realmente chocante—. Temí que mi hermano te hubiera dado demasiado fuerte.
Así que eran hermanos. Bueno, eso saltaba a la vista: ambos eran pelirrojos, con mechas negras en el pelo, delgados, pálidos hasta lo indecible y con unos ojos de un azul tan brillante que casi parecían luces de neón. Ella era realmente guapa, con los labios carnosos, la piel de porcelana y curvas en los lugares indicados, a pesar de la delgadez. Pero entonces su hermano me enseñó los colmillos, y recordé lo que había visto en el claro.
—Por favor, no me hagáis daño —supliqué cuando ella se acercó a mí.
—No vamos a hacerte daño —me aseguró ella, con una sonrisa tranquilizadora.
—Aún —añadió él en tono amenazador. Tragué saliva, inquieto.
—Me llamo Evelyn, y este es Reed. ¿Cómo te llamas? —prosiguió ella, ignorando a su hermano.
—Ben. Me-me llamo Ben.
—Un bonito nombre —dijo ella—. Me temo que vas a tener que quedarte aquí hasta que decidamos cómo resolvemos esto, Ben.
—No tienes que explicarle nada a la comida, hermana —replicó Reed ácidamente. Su acento era igual de marcado que el de su hermana.
—¡No seas así! —le regañó Evelyn—. Tenemos que pensar bien esto, Reed.
—Matarle y ocultar su cuerpo es la solución más fácil —propuso él encogiéndose de hombros.
—Quizá, pero no la más sensata —replicó ella.
—No quieres matarle porque crees que es guapo, ¿verdad?
—¡De eso nada! —le gritó ella—. Bueno, es guapo, pero ese no es el motivo en absoluto —añadió.
—Vale, pues entonces no tendrás inconveniente en que nos bebamos su sangre y quememos su cadáver —dijo él.
—¡No, por favor! —intervine, con la voz una octava más aguda de lo normal por el pánico.
—¿No? —Reed se volvió hacia mí; si las miradas matasen…—. Dame una sola razón para no hacerlo.
El corazón me iba a mil por hora, pero de algún modo logré dar con una respuesta satisfactoria antes de que a Reed se le acabase la paciencia.
—Si me matas, en un par de días tendrás a toda la policía de Elmer’s Grove y alrededores buscándome, peinando el bosque con perros y con voluntarios —indiqué, hablando despacio para que no me temblara la voz ni tartamudeara de nuevo—. No creo que eso sea lo que quieres.
—Tiene razón, ¿sabes? —dijo Evelyn. Respiré hondo aliviado—. Tenemos que ser más listos.
—Ya, bueno, ¡pues no podemos devolverle tal cual! —exclamó Reed.
—Ya… Eso es cierto —aceptó Evelyn.
Se quedaron callados unos momentos, pensando qué iban a hacer conmigo. Nunca he sido muy religioso, pero mentiría si dijera que no lancé una plegaria a cualquier dios que pudiera estar escuchándome.
—Borrémosle la memoria —sugirió entonces Reed.
—¡No! —exclamó ella rápidamente.
—¿Por qué no? —quiso saber él, un poco mosca—. Es lo más fácil y sensato después de matarle y ya hemos descartado esa opción.
—No puedo decirte por qué, pero tengo la sensación de que eso no es lo mejor a largo plazo —respondió ella a la defensiva.
—No puedes decirme por qué, ¿eh? —se burló él—. Eso no se lo cree nadie, hermanita.
—Tengo mis razones y no te importan, ¿vale? —espetó ella cruzándose de brazos.
Se miraron intensamente durante al menos un minuto, como en un silencioso duelo de voluntades.
—Escuda tu mente todo lo que quieras, Eve, pero sé que me estás ocultando algo ―dijo Reed al final.
—Lo que tú digas, pero no vas a borrarle la memoria.
—¿Y qué hacemos, entonces? —preguntó Reed.
—Le prohibimos hablar de ello y le devolvemos a su casa —respondió Evelyn decidida.
¿Prohibirme hablar de ello? Vale, pero la verdad es que no necesitaba ningún estímulo extra para no contar todo eso. Y de todas formas, aunque lo contara, todo el mundo me tomaría por loco, así que poco daño iba a hacer.
—¿Ves? Ni siquiera se da cuenta de lo que podría implicar que la gente lo supiera ―dijo entonces Reed, señalándome—. Sería mejor que se lo borráramos.
¿Qué demonios? ¿Acababa de leerme el pensamiento? Era algo alarmante (más aún), pero que me hubiera leído la mente era la única explicación a un comentario que de otro modo resultaría completamente aleatorio y sin sentido. Espeluznante.
—¿Acaso dudas de mi encanto, hermano? Sé lo que me hago. Ben, no vas a decir nada de esto —añadió, inclinándose para poner su cara a la altura de la mía—: nada de lo que pasó en el claro, ni de este lugar, ni mucho menos de mí o de Reed.
—No diré nada, pero…
—Ben, mírame a los ojos cuando te hablo —ordenó haciéndome una seña con el dedo. Estaba harto de que me interrumpieran esa noche, pero en cuanto la miré perdí el hilo de mis pensamientos y no fui capaz de replicar—. No vas a contarle nada de esto a nadie, no hablarás de mí o de mi hermano, ni de lo que has visto en el claro y, por supuesto, no mencionarás la palabra «vampiro» cuando te refieras a tu pequeña aventura en el bosque, ¿entendido?
—Entendido.
En mi mente repentinamente algodonosa, su petición resultaba de lo más lógica y razonable. ¿Por qué hablar a la gente de vampiros, cuando lo mínimo que pasaría es que me tomaran por loco o pensaran que estaba bromeando? No, mejor inventar una excusa más plausible…
—Bien. Llévatelo de aquí, por favor —pidió Reed.
—¡Es una pena que no puedas quedarte más tiempo!… —suspiró Evelyn, sacando una navaja del bolsillo y empezando a cortar mis ataduras—. Podríamos divertirnos mucho, tú y yo.
—¿Di-ver-tir-nos? —repetí, saliendo del embotamiento.
—Sí, ya sabes… —respondió guiñándome un ojo.
¡Ah, qué bien! Le gustaba a la chica vampiro. Su hermano me miró de una forma que sugería que me arrancaría el brazo si intentaba tocarla, así que aparté la vista de ambos, intimidado.
—Eres muy guapa, pero no me van las chicas que quieren matarme —dije frotándome las doloridas muñecas. Reed arqueó una ceja y pensé que quizá me había pasado—. No te ofendas —añadí rápidamente, aunque lo que quería decir era «no me mates».
Nunca he podido controlar la verborrea en momentos de nerviosismo o estrés.
—No me ofendo, pero quien quiere matarte es Reed, no yo —replicó ella mirándome directamente a los ojos mientras cortaba la cinta de mis tobillos.
Su cara estaba justo entre mis rodillas cuando sonrió; una ola de calor me recorrió la columna y noté como me sonrojaba. Ella sonrió más ampliamente, parpadeando con lentitud, y Reed puso los ojos en blanco, exasperado.
—Llévatelo ya, antes de que cambie de idea sobre lo de matarle —la urgió, mirándome directamente mientras hablaba; el tono gélido de su voz hizo que me estremeciera.
Salimos fuera de la cabaña. Desde el exterior, parecía una maraña de arbustos y enredaderas. Lo único que la delataba era la puerta, pero en cuanto Evelyn movió un par de ramas para taparla resultó prácticamente indistinguible. Ella encendió una linterna, probablemente por deferencia hacia mí, y echamos a andar.
—Parece más pequeña desde fuera —comenté, en un intento más neutro de romper el silencio incómodo.
—Es porque está construida sobre una depresión natural del suelo —explicó—. Lo único que Reed y yo hicimos fue expandirla y nivelar el terreno.
—Muy ingenioso. —Más silencio incómodo—. ¿Qué me has hecho? —me atreví a preguntar—. Sé que me hiciste algo, a mi mente, hace un rato.
—Usé la hipnosis contigo, aunque nosotros lo llamamos «encanto» ―respondió ella—. Mirar a los ojos a un vampiro es peligroso. Pero, claro, tenemos ojos bonitos que quieres mirar.
—Y que lo digas.
—¡Qué gracioso eres! —rio. Estaba muy guapa cuando reía. Letalmente guapa―. En fin, será mejor que te lleve a casa. ¿Dónde vives?
—En el número 10 de la calle Maple —dije.
—Sé dónde está —dijo antes de que yo pudiera explicarle nada—. Será mejor que cierres los ojos.
—¿Por qué? —inquirí inseguro—. ¿Qué vas a hacer?
—No voy a morderte si es lo que piensas —me aseguró—. Hazme caso, cierra los ojos y coge aire.
—Está bien —claudiqué, cerrando los ojos.
—No respires hasta que yo te diga que puedes hacerlo, ¿vale?
Sus brazos me rodearon y entonces sentí como nos elevábamos y luego salíamos disparados hacia adelante. ¿Estábamos volando? Me atreví a abrir los ojos durante un segundo, pero estaba tan oscuro que no vi nada. Cerré los ojos de nuevo y menos de medio minuto después descendimos.
—Ya puedes respirar —dijo.
Abrí los ojos. A la luz de las farolas vi que estábamos en la linde del bosque y mi casa estaba a unos pocos metros, cruzando la carretera; nunca me había parecido tan acogedora hasta el momento. Pensando en cómo iba a explicar lo que había pasado y en la bronca que me iba a caer, di unos pasos hacia la casa, saliendo del dosel de árboles, antes de recordar mis modales.
—Gracias por traerme —dije volviéndome hacia ella, pero ya no estaba.
Crucé la calle y llamé a la puerta, preparándome mentalmente para el chaparrón. Abrió mi madre.
—¡Ben! —exclamó abrazándome—. ¡Oh, Ben, estábamos tan preocupados! ¡Tu padre estaba a punto de llamar a la policía!
—Lo siento mucho, mamá, no quería…, no quería preocuparos.
Entonces me soltó y creo que estuvo a punto de cruzarme la cara de un bofetón, de lo enfadada que estaba. Mi padre salió entonces de la cocina y, extrañamente, se mantuvo al margen mientras ella me echaba la bronca.
—No vuelvas a hacer eso nunca, ¿de acuerdo? —dijo. Su voz era dura, pero en ningún momento la elevó por encima del volumen normal; era peor que si me hubiera gritado. Bajé la cabeza, avergonzado y arrepentido—. Nunca vayas al bosque tú solo después de que anochezca, y menos sin el equipo adecuado.
—No lo volveré a hacer.
—Más te vale. —Volvió a abrazarme.
—¿Cómo has encontrado el camino de vuelta? —preguntó entonces mi padre.
—Por accidente —mentí—. Salí a un sendero, me puse a seguirlo, este me llevó a la carretera y a partir de ahí reconocí más o menos dónde estaba.
—¡Gracias a Dios que estás bien! —exclamó mi madre. Se apartó un paso para observarme bien, acunando mi cara entre sus manos—. Si te hubiera pasado algo, yo… no sé lo que habría hecho.
—Lo siento mucho, mamá, no volveré a hacer una cosa así nunca —repetí.
—Será mejor que te vayas a la cama; demasiadas emociones por un día —dijo mi padre—. Ya hablaremos de tu castigo mañana.
—Sí, papá.
Me fui a mi habitación sin rechistar, aunque una vez allí, tumbado en mi cama a oscuras, no pude dejar de pensar en los mellizos en su cabaña del bosque, en especial en Evelyn, en su belleza salvaje y en cómo había flirteado conmigo.
CAPÍTULO 5
Hincar el diente
Después de dejar a Ben en su casa, volví a la cabaña. Reed me esperaba sentado a la mesa, listo para empezar una discusión.
«¿Me vas a contar ahora por qué no querías borrarle la memoria?», preguntó en cuanto entré.
«No, déjame en paz», contesté.
«Eve, no esperarás que lo deje pasar así como así, ¿verdad? ¡Esto es serio!».
«Eso es exactamente lo que espero —respondí—, y ahora sal de mi cabeza».
«Como quieras», rezongó.
Sorprendentemente, le sentí retirarse lo suficiente como para poder volver a subir mis barreras. Rara vez discutíamos en voz alta cuando no había humanos cerca, pero no estábamos en la cabeza del otro constantemente, eso habría resultado confuso y mentalmente agotador.
Sin mirarle, comencé a desvestirme.
—¿Vas a salir? —preguntó.
—Sí, necesito hincarle el diente a alguien —respondí buscando entre mi ropa.
—Ese chico te ha puesto nerviosa, ¿eh? —dijo burlón. Me encogí de hombros―.Trae a alguien bueno.
Finalmente, encontré el vestido que buscaba y me lo puse. Sin que tuviera que pedírselo, me ayudó a subir la cremallera. Después de maquillarme levemente (apenas algo de color en los labios y máscara de pestañas), me puse las deportivas que había llevado antes y cogí unos zapatos de tacón para ponerme después; los tacones no son nada prácticos a la hora de conducir.
—¿Cuándo te he fallado en eso, hermano? —pregunté, dándome la vuelta para mirarle.
—Nunca —admitió—. Que tengas buena caza.
Corrí hasta el lugar donde manteníamos el coche oculto y tomé la carretera que salía del pueblo en dirección norte. Necesitaba alejarme de Reed lo suficiente como para poder pensar sin mantener las barreras subidas por si acaso espiaba mi mente.
Por mucho que fuera mi hermano mellizo, no podía decirle que la razón por la que no quería borrar la memoria de Ben era que había visto su cara en un sueño años atrás y jamás había podido olvidarla. Verle en el claro había sido una sorpresa; ¡era real! Y era humano.
Todo sucedió un año después de convertirnos, en realidad, la noche que matamos a nuestro alcoholizado y violento padre humano. Nuestro creador nos había prohibido ir a ver cómo estaba nuestra madre, pero aun así lo hicimos. Encontrárnoslo pegando a mamá nos enfureció tanto que perdimos el control y, cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde.
Un vampiro no puede emborracharse a menos que tome sangre de un borracho, así que estoy segura de que, si se lo dijera, Reed lo atribuiría al alcohol de aquella sangre. Pero la cerveza barata o el whisky de supermercado no son capaces de crear una cara con tanto detalle. Había sido un sueño confuso y enmarañado, pero su cara destacaba con claridad en medio de todo: Ben era importante. Aquel sueño había sido algo más, quizá un sueño premonitorio, solo que entonces no tenía forma de saberlo.
Al verle en el bosque, sin embargo, recordé que una vez un monje asceta siberiano había dicho que se avecinaba una guerra entre humanos y vampiros. Si su premonición era correcta, quizá mi sueño se refiriese a ella… o quizá no. El futuro siempre es algo incierto. Pero Ben era una pieza clave, de eso sí que estaba segura.
Llegué al bar a eso de la nueve y media, aparqué en una de las plazas libres frente al local y me puse los zapatos de tacón y la chaqueta de cuero que guardaba siempre en el maletero. No la necesitaba, por supuesto, pero había que guardar las apariencias.
El vestido que me había puesto estaba diseñado para atraer la atención. Era rojo, de cuero de imitación, con tirantes y escote en forma de corazón, muy corto y ajustado; algo que las chicas ricas de Hollywood se pondrían para una fiesta, pero yo lo usaba como reclamo. Era, al mismo tiempo, el cebo y la cazadora.
Como esperaba, todas las miradas se posaron en mí en cuanto crucé el umbral. Caminé hasta la barra sin mirar a nadie y me senté en uno de los taburetes libres. A mi lado había un hombre de unos cuarenta años, con el pelo entrecano y cierta barriga cervecera, pero sin llegar a tener sobrepeso. Olfateé discretamente en su dirección: no olía a ninguna enfermedad que pudiera estropear el sabor, y lo del alcohol se podía arreglar.
—¿Qué te pongo, guapa? —me preguntó el camarero tras comprobar mi carnet de conducir falso.
—Un bourbon, por favor —pedí—. Que sea doble.
—¿Mal día? —preguntó el hombre a mi lado.
—¡Ni se lo imagina! Me han despedido, mi novio me ha dejado y, por si fuera poco, ¡mi gato ha muerto! —dije, fingiendo echarme a llorar.
—¡Oh, pobrecita!… —El hombre se compadeció de mí enseguida, tal y como esperaba—. Bueno, este no será el sitio más sofisticado de por aquí, pero tienen buen alcohol para ahogar las penas en él.
—Tu bourbon, guapa —dijo el camarero, poniendo el vaso delante de mí.
—Cóbramelo a mí —replicó el hombre.
—No es necesario, de verdad.
—¡Insisto! —exclamó con vehemencia.
—Está bien. Gracias.
Tomé un trago en silencio mientras él me observaba. Ese tipo de miradas normalmente no gustan a la gente y les pone nerviosos, pero eso es precisamente lo que yo buscaba, alguien que me mirase con fijeza. Por si acaso, escaneé sus pensamientos.
La mayoría de la gente suele pensar en frases completas la mayor parte del tiempo, como un monólogo interno que nunca termina, y algunos incluso tienen conversaciones consigo mismos. Los adolescentes y los adultos que se criaron en los ochenta y los noventa suelen tener música en la cabeza cuando no están pensando en nada en concreto, fragmentos de canciones que les gustan o que simplemente son demasiado pegadizas. La gente creativa o que sufre de ansiedad a menudo imaginan cosas, imágenes en movimiento en su cabeza: lo que les gustaría que pasara, lo que temen que ocurra o esa historia que están escribiendo y visualizan en forma de película incluso antes de que exista en las páginas de un libro.
Generalmente, las imágenes inconexas, los pensamientos desmesuradamente agresivos hacia personas que acabas de conocer o las frases que acaban en imágenes violentas suelen ser un indicativo de alguna clase de enfermedad mental, pero de las malas, de las de hacer daño a animales por diversión y descuartizar gente para comértela, por poner dos ejemplos. Aquel hombre tenía una de las mentes más oscuras y fragmentadas que había visto hasta la fecha. Por fuera parecía totalmente normal, probablemente tuviera un trabajo y una buena vida, e incluso el anillo en su dedo me decía que estaba casado.
—¿Ya te sienes algo mejor, guapa?
—Sí, gracias —respondí sonriéndole.
—Bien. Me llamo Ted, por cierto, Ted Jones.
—Anna Carlson, pero todo el mundo me llama Annie —dije, y estrechamos las manos.
Me había presentado con el nombre del carnet de conducir falso que había usado esa noche en gran medida para que el camarero no me relacionara con mi nombre real. Ted me daba igual, ya que iba a ser encantado y su memoria borrada al terminar la noche.
—Bueno, Annie, aparte del alcohol, lo mejor de este sitio es la música —dijo señalando el tocadiscos del rincón—. Deberías ir a poner algo, aunque te aviso que no tienen nada de después de los noventa.
—Creo que me las apañaré para encontrar algo —bromeé.
Ted tenía razón: para el tocadiscos, el mundo se había acabado en 1999. Encontré Bad Reputation, de Joan Jett, en la máquina y la puse. Era una de mis canciones preferidas de todos los tiempos, aunque ya era vampira cuando salió. Volví a la barra.
—¡Buena elección, Annie! —me congratuló Ted.
—¡Gracias! —dije sonriendo como una boba.
Ted me invitó a otro trago tras el bourbon y luego a otro y a otro, mientras que él iba pidiendo bebidas sin alcohol. Sus intenciones eran claramente emborracharme, mientras que él estaba cada vez más sobrio. Definitivamente, era un predador sexual.
Podría haber jugado con él, hacerle gastar más dinero en mí, pero la medianoche se acercaba rápidamente y mi paciencia estaba bajo mínimos, así que fingí estar cada vez más borracha, hasta que dijo las palabras que esperaba oír:
—Oye, Annie, estás muy borracha, deberías irte a casa…
—Tienes razón… —me levanté e hice como que no podía mantener el equilibrio, así que caí sobre él, que me sujetó por la cintura—, pero no puedo conducir así…
—Yo te llevo —ofreció rápidamente.
Ah, sí, la táctica del buen samaritano. Muy típico.
—¿Harías eso por mí? —pregunté, exagerando la sorpresa en mi voz.
—Sí, claro.
Sonreía al hablar, pero no había nada parecido a la alegría en sus ojos. Es como si llevara puesta una máscara, pero no hubiera nada detrás, solo un vacío oscuro y frío.
—¡Gracias, Ted, eres genial!
Salimos de allí, yo prácticamente apoyada en él mientras seguía fingiendo estar borracha.
—Ese es mi coche —señalé.
Se detuvo un momento a admirar mi Chevrolet Impala negro del 69.
—¡Bonito coche! ¿Eres fan de Sobrenatural? —bromeó. Todo el mundo hacía esa broma cuando veía el coche que conducía. Pero la verdad es que Dean Winchester tiene razón, es una belleza.
—¿Fan de Sobrenatural? —repetí, dejando de fingir estar borracha—. Cariño, yo soy sobrenatural —añadí, enseñándole los colmillos.
Esa cara cuando se dan cuenta de que se han metido con la chica equivocada..., nunca me cansaré de esa cara. Intentó irse, pero le agarré del brazo y con la otra mano le agarré de la barbilla, obligándole a que me mirase.
—Entra en el coche en silencio —le ordené.
No tenía la fuerza de voluntad necesaria para resistirse (pocos humanos la tenían sin entrenamiento previo), así que hizo lo que le decía.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó en cuanto salimos del aparcamiento.
—Te voy a llevar con mi hermano y nos alimentaremos de ti —le expliqué—. Quizá te matemos, quizá no; de cualquier modo, esto no va a ser agradable para ti.
La orden que le había dado le impedía gritar o pedir ayuda por cualquier otro modo, pero no le impedía mostrar su miedo.
—¿Por qué yo? —quiso saber. El terror empezaba a hacerse patente en su voz y eso me gustaba.
—Porque me recuerdas a mi padre —respondí—. Él también llevaba una máscara de persona normal, ¿sabes? Era contable y ninguno de sus compañeros de trabajo del banco habría dicho que era un borracho, que pegaba a su mujer y a sus hijos, o que abusaba de su hija. Tú eres igual.
—¡Yo no abuso de mi hija! —protestó.
Puse los ojos en blanco brevemente.
—Tú no tienes hija, Ted —repuse.
—Eso no lo sabes.
—Sé que tienes un hijo de unos veinte años llamado David con el que no te hablas, y que temes que algún día tu mujer abra los ojos y te denuncie a la policía por las palizas que le das, a veces por naderías —leí en su mente—. No es probable que lo haga, dado que siempre que los vecinos llaman a la policía ella lo niega todo. Pero no es por amor, no; a eso se le llama síndrome de Estocolmo.
—¿Cómo sabes eso? Lo de David y lo de mi mujer.
—Lo sé y punto —espeté—. De todas formas, aunque no tengas hija, estabas ligando con alguien que físicamente es más joven que tu hijo, así que tampoco te salvas por ese lado.
Aparqué el coche junto a una de las casas abandonadas a las afueras de Elmer’s Grove y mandé un mensaje a Reed.
—Tengo a uno. No te olvides de la cinta americana.
—¿A quién escribes? —quiso saber Ted, con la voz aguda por el miedo.
—Vamos, Teddy, sal del coche y en silencio, no me obligues a hacerte daño ―ordené, ignorando su pregunta.
Reed llegó poco después con la bolsa de deporte que usábamos para transportar el equipo. En ella llevábamos la ropa que nos poníamos para cazar (un par de chándales rojos y negros), toallitas húmedas para limpiarnos las manos y la cara, un mechero, cinta americana, un par de hachillas y poco más.
—Has traído a papá —advirtió Reed al ver a Ted sentado en la única silla entera de la casa—. Siempre que estás alterada traes a tipos que se parecen a papá.
Tenía razón, por supuesto, pero no me apetecía hablar de ello.
—¿Quieres sangre o no? —pregunté exasperada.
—Claro.
—¿Me vais a matar? —preguntó mientras Reed le amarraba los tobillos y el torso a la silla.
—Mi hermana cree que mereces morir o no te habría traído aquí —respondió él.
—Mira en su mente, verás por qué le he traído —dije a mi hermano.
Reed se inclinó para mirar a los ojos intensamente a Ted durante varios minutos. No necesitaba hacer eso para penetrar en la mente sin barreras de un humano normal, pero a Reed le gustaba hacer el paripé, sobre todo porque ponía nerviosos a los humanos.
—Ah, ya veo —dijo enderezándose—. Sí, yo diría que vamos a matarte. Te va a doler, pero será breve —añadió enseñando los colmillos al hablar.
—¡No, por favor, no me matéis! —suplicó Ted, al borde de las lágrimas.
—Lo siento, el juez ya ha dictado la sentencia y no admite apelaciones —le dijo Reed.
—Vamos a matarte, y si gritas será peor, así que por tu bien estate calladito ―le advertí, de nuevo cogiéndole de la cara para que no pudiera evitar mirarme, e imprimí un toque extra de encanto en la orden.
Mordimos cada uno en una muñeca; como le había ordenado, Ted no gritó, pero emitió un sonido agudo, como el que hace un ratón al ser pisado, y una lágrima le corrió por la mejilla.
El mordisco en sí solo le dolió unos segundos, después, su torrente sanguíneo empezó a llenarse de endorfinas, dopamina e incluso algo de melatonina, lo que hizo que se mantuviera dócil y calmado, casi en un estado de duermevela. No es algo que yo hubiera hecho que sucediera, si hubiera tenido elección (Ted no se lo merecía), pero era una respuesta biológica: al entrar nuestra saliva en contacto con su sangre, se activaba de forma automática. También ralentizaba la coagulación, así que por esa parte no podía quejarme.
Ted fue quedándose más y más flácido hasta que finalmente se desmayó; poco después, su corazón dejó de latir y para entonces apenas quedaba nada que chupar.
—Aún sabía un poco a alcohol —comentó Reed haciendo una mueca—. Creía que te habías asegurado de que dejaba de beber alcohol, como hacemos siempre.
—Dejó de hacerlo, pero debía de llevar bastante tiempo bebiendo antes de que yo llegara —me excusé.
—Da igual. Cambiémonos y cojamos un hacha cada uno —replicó él enderezándose.
Llevamos el cadáver de Ted al bosque en la dirección contraria a la cabaña y, mientras yo llevaba nuestro coche a su sitio, Reed empezó con la tarea de eliminar el cuerpo. No solíamos matar gente (incluso aunque algunos, como Ted, se lo merecieran), las leyes vampíricas del estado de Oregón no lo permitían, pero de vez en cuando hacíamos excepciones.
Teníamos que deshacernos del cuerpo de modo que fuera difícil de encontrar, para que fuera considerado todo el tiempo posible como un caso de persona desaparecida; eso garantizaba no solo que el caso no sería resuelto por los humanos, sino también que no llamaría la atención de los vampiros. Eso incluía trocearle, esparcir sus restos por cientos de millas a la redonda (enterrados a poca profundidad para que los animales dieran cuenta de ellos), y quemar manos, pies y cabeza, para que su identificación fuera mucho más difícil. Estaba el asunto del ADN, pero con suerte, cuando la policía requiriese una muestra para compararla, la señora Jones ya habría tirado todo lo perteneciente a su marido.
Nos llevó menos tiempo hacer trocitos a Ted Jones de lo que nos llevó esparcir dichos trocitos. Cuando volvimos al punto acordado, Reed vertió gasolina sobre los restos que íbamos a quemar (junto con la ropa y la cartera del muerto) y les prendió fuego.
—Descansa en pedacitos, Ted —dijo Reed con fingida solemnidad—. Y si ves a Satanás, no olvides decirle quién te ha enviado.
—Amén.
Una vez desaparecido el cuerpo, fui a por el coche de Ted, aún en el aparcamiento del ya cerrado bar; tras mover las cámaras para que no me vieran, me lo llevé y lo abandoné en una cuneta, con las puertas abiertas, su móvil en la guantera y las llaves en el contacto. Cuando volví con Reed, nos quedamos viendo como ardía la pequeña hoguera hasta que los últimos restos de Ted se hubieron reducido a meras brasas. En silencio, volvimos a la cabaña.
«¿Quieres hablar de lo de Ted?», me preguntó Reed mientras nos cambiábamos.
«No tenía planeado traer a alguien como él, créeme, pero fue el primero en prestarme atención y no tenía ganas de esforzarme demasiado —expliqué encogiéndome de hombros—. Iba a ser un tentempié rápido, solo alguien para completar nuestra dieta este mes. Pero entonces vi toda esa oscuridad en su interior…».
«No te sientas mal, tenía que morir —indicó Reed—. Y su familia estará mucho mejor sin él».
«No me siento mal por haberle matado, hermano. Me siento mal porque, después de tantos años, no paro de repetir patrones —expliqué—. Me da miedo no poder cambiar realmente».
«Podemos cambiar —me contradijo Reed—. ¿Recuerdas cuando nos convertimos? No había quién nos aguantase y ahora somos perfectamente capaces de vivir con los humanos…, si no tuviéramos que preocuparnos de que no aparezca Klaus para darnos el coñazo de nuevo».
«Sí…».
Hay tres tipos de vampiros según su dieta: los que se alimentan solo de sangre animal, esto es, los vegetarianos; los que se alimentan exclusivamente de personas, y los que siguen una dieta mixta. Klaus, nuestro creador, era un vegetariano y no permitía que nadie de su familia bebiera sangre humana. Habíamos discutido con él y nos habíamos ido de su lado hacía ya veinte años, pero nunca andaba lejos y, cuando nos encontraba, siempre intentaba convencernos de que volviéramos.
«Hablando de convivir con los humanos…, ¿vas a intentarlo con ese chico?», quiso saber Reed.
«¿Qué? ¿Con Ben? ¡No!», exclamé, quizá demasiado rápido.
«Sabes que no se puede mentir con el pensamiento, Eve —me recordó Reed divertido—. Aunque lo niegues, te veo las intenciones. Él te gusta».
«Vale, sí —admití al fin—. ¿Y qué? No es como si fuera a tener una relación con él».
«Las relaciones entre humanos y vampiros son…».
«Complicadas, lo sé», suspiré.
«Iba a decir un error, pero eso también. Mira, si te gusta, diviértete con él un poco y ya —sugirió Reed—. Sabes que nunca podrá ser nada más que un juguete».
«¡Qué cínico eres, hermano!», le acusé.
«No es cinismo si es verdad —replicó—. Solo hay dos cosas que un humano puede aportar a un vampiro: sexo y sangre. Te aseguro que, en cuanto hayas probado un par de veces de cada una, te cansarás».
«Lo que tú digas. Estoy cansada, me voy a dormir».
«Duerme bien, hermanita».
CAPÍTULO 6
Baloncesto, historias de terror y sonetos
El viernes durante la primera hora, el director nos recordó por megafonía los horarios de las pruebas para los diferentes equipos. Con todo lo que había pasado, casi me había olvidado de eso. Parecía mentira que hubiera sido el día anterior; era como si hubieran pasado mil años y, al mismo tiempo, apenas un segundo.
—¡Suerte a todos! —añadió el director al final.
La primera clase de ese día era Inglés, que daba la señora Mason. La señora Mason era una mujer de unos cincuenta años, con el pelo largo y gris recogido en una trenza, y que no debía superar el metro y medio de estatura. Sus aspectos favoritos de la lengua eran la gramática y la sintaxis. Yo odiaba la sintaxis, así que su clase no era de mis preferidas. Entre la perspectiva de las pruebas de baloncesto y el recuerdo de lo que había ocurrido en el bosque, me costaba concentrarme. Fallé todas las preguntas que me hizo la señora Mason, y Raven, que era su alumna predilecta, no perdió la oportunidad de lanzarme miradas de suficiencia todas y cada una de las veces.
Terminé por desconectar de todo, incluso de las conversaciones con los demás en el recreo y la comida, en las que participé lo mínimo posible. Charlie fue el primero en darse cuenta de que algo pasaba y les dijo a los demás que me dejaran en paz por ese día. Al principio lo agradecí, pero luego resultó contraproducente: mi mente no dejaba de volver una y otra vez a la cabaña y a sus habitantes, en especial a Evelyn. Con suerte, las pruebas me permitirían no pensar en eso durante un rato.
—Pero ¿estás bien? —quiso saber Jim, preocupado.
—¿Eh? —Volví a la realidad de golpe; había estado recordando la imagen de los colmillos de Reed—. Sí, solo nervioso, ya sabes, por las pruebas.
A pesar de la hostilidad de Kyle, quería entrar en el equipo, no solo por Hunter, sino también por mí. Hasta el momento, las clases de Educación Física habían ido bien e incluso había recibido los halagos del entrenador en alguna que otra ocasión, lo que ponía furioso a Kyle, pero necesitaba la rutina de los entrenamientos para completar mi cuota de ejercicio semanal. No podía evitarlo, era un yonqui de las endorfinas.
Las pruebas de baloncesto eran de las primeras en celebrarse. El nerviosismo desapareció en cuanto comenzamos con los ejercicios de calentamiento que tan familiares me resultaban y, como esperaba, también lo hicieron todos los demás pensamientos. Para mí, el baloncesto era algo tan natural y fácil como respirar y, lo mejor de todo, era igual en todas partes.
Me sorprendió un poco que mi padre estuviera en la grada observando, pero recordé que ahora tenía mucho más tiempo libre; por lo general, su horario de trabajo terminaba al acabarse las clases. Le saludé con la mano y me devolvió el saludo. Después de mi aventura en el bosque (de la cual aún no habíamos hablado), era mejor que me comportase lo mejor posible, por mi propio bien.
La prueba en sí era simple: un partido de los aspirantes contra los miembros del equipo. El entrenador me puso a mí como capitán de los aspirantes.
—Te he estado observando en Educación Física, Connor —me dijo—, y creo que eres bueno, así que no me defraudes.
—No lo haré, señor.
Entendí por qué Kyle era el capitán en cuanto empezamos a jugar. En comparación, en clase se había contenido, pero ahora se estaba tomando las cosas muy en serio: jugaba de una forma muy agresiva, tanto en defensa como en ataque. No es que anduviera a codazos con el resto, pero no le importaba caer o toparse con otro jugador con tal de que sirviera para anotar puntos. Me hizo esforzarme al máximo y, aun así, cuando el entrenador pitó el final su equipo nos sacaba dos puntos.
—Muy bien, se acabó —anunció—. El lunes tendréis la lista con el nombre de los que han entrado en el equipo en la puerta de mi despacho. Y ahora id a las duchas, ¡apestáis como una banda de mofetas!
—Buen trabajo, tío —me dijo Hunter, palmeándome la espalda.
—Gracias.
—Contigo en el equipo esta temporada va a ser mucho mejor que la anterior.
Parecía bastante animado, así que decidí no recordarle que la decisión era del entrenador Benson, no suya. Supongo que daba por sentado que entraría, y la verdad es que deseaba con todas mis fuerzas que tuviera razón.
Cuando salí de las duchas, mi padre seguía en las gradas, esperándome mientras consultaba algo en su portátil, así que fui a su encuentro. Las animadoras habían tomado el gimnasio y estaban celebrando sus propias pruebas.
—¡Hola! —me saludó con una jovialidad exagerada, cerrando el portátil y guardándolo en su maletín—. Enhorabuena.
—Todavía no sé si he entrado, papá —le recordé.
—Lo que tú digas, agorero. Esas chicas lo hacen bien, ¿eh? —comentó. Una de las animadoras me sonrió y me saludó agitando un pompón; recordé que se llamaba Stella y estaba en varias de mis clases. Le devolví el saludo por educación—. Creo que en mi época las coreografías no eran tan complicadas. Y los uniformes eran menos… reveladores.
—¡Carroza! —bromeé de forma un tanto forzada.
—Tu madre fue animadora cuando estudiaba aquí, ¿sabes? —dijo—. Creo que su anuario todavía debe estar por casa…
Ellos se habían conocido en la universidad, por supuesto. Papá había crecido en Queens, donde iba a un instituto público. Siempre había pensado que para mi madre debía de haber sido un alivio salir de un pueblo tan pequeño; pero tenía sus ventajas, como la posibilidad de pasar una infancia tranquila, libre de los peligros de la gran ciudad. Aunque los peligros de la gran ciudad eran comparables a los vampiros, así que quizá no fuera un sitio tan idílico como aparentaba.
En cuanto llegamos a casa, mamá nos reunió en el salón para hablar del castigo.
—Las acciones tienen consecuencias, Ben —dijo muy seria—. No te voy a castigar sin salir, pero solo si mantienes tu habitación limpia y ordenada y lavas los platos.
—¿Todos los días? —pregunté.
—Todos los días —repitió—. Si quieres quedar con tus amigos, tienes que cumplir esas condiciones, además de hacer tus deberes, claro. Y me ayudarás en el jardín cuando te lo pida.
—De acuerdo.
Era lo justo, ¿no? Había hecho algo malo y ahora iba a tener que pagar.
—Da gracias de que ha sido idea de tu madre y no mía, porque yo te habría dejado sin internet un mes —me dijo mi padre.
Así que esa tarde, además de hacer los deberes, ordené mi habitación y, por si acaso, también el baño.
Después de la cena (gracias a Dios, cuando ya había terminado de lavar los platos), Hunter vino a casa y preguntó si podía quedarme a dormir en la suya, ya que al día siguiente no teníamos clase.
—¿Qué vais a hacer? —preguntó mi madre.
—Nada especial, jugar a videojuegos… o quizá ver una peli de terror —dijo Hunter.
—¿Has ordenado tu habitación como te pedí? —me preguntó. Asentí—. De acuerdo, pero te quiero aquí mañana antes de mediodía.
—Gracias, mamá.
Subí a mi cuarto para coger mis cosas. Hunter vino conmigo y aprovechó para echar un vistazo a mi habitación. Era más grande que la que había tenido en Nueva York, pero los muebles estaban más gastados y, pese a la claraboya en el techo, casi encima del escritorio, había mucha menos luz.
—Eres muy ordenado, ¿eh? —comentó Hunter.
—No te creas, mi madre me ha castigado con no dejarme salir si no hago mis tareas —repliqué.
Ese mismo día había habido ropa amontonada en la silla del escritorio y los deberes habían estado esparcidos sin orden ni concierto sobre la mesa, casi tapando mi portátil.
—Entiendo… Bonito equipo estéreo —se maravilló mientras yo metía un pijama y una muda limpia en una bolsa de deporte—. ¡Vaya! ¿Tienes un Mac?
—Eh… Sí.
Me sonrojé: había sido un regalo de mis padres por mi trece cumpleaños y apenas lo usaba para otra cosa que no fuera hacer los deberes y ver películas, me habría conformado con un portátil más barato.
—Mola.
Fuimos hasta su casa y nos instalamos en el sótano; Charlie y Jim llegaron poco después. Hunter preparó palomitas para parar un tren y nos dispusimos a escoger una película de terror para ver en la tele del sótano, donde habíamos estudiado el jueves. Jim quería ver Drácula, la de Coppola con Gary Oldman y Keanu Reeves, pero me opuse: nada de vampiros. Por suerte, los demás me apoyaron. Terminamos eligiendo la cuarta entrega de la saga Saw.
—Hoy en día se abusa mucho del gore fácil, ¿no creéis? —comentó Charlie.
Casi me atraganto de la risa; Charlie tenía un extraordinario parecido con el personaje de Carl Grimes de la serie The Walking Dead, de la que era gran fan. En ese mismo momento llevaba una camiseta con el logo. Miré la pantalla: mostraba un hombre reventándole los sesos a martillazos a otro. No había gore más fácil que ese.
—Y del «basado en hechos reales» —apuntó Hunter, poniendo pausa—. ¿Y si hacemos otra cosa?
—Eso, podemos contar historias de miedo —dijo Jim entusiasmado—. ¿Tú sabes alguna, Ben?
—Sí, sé una.
Hunter apagó las luces y me tendió una linterna. La encendí y la coloqué de modo que enfocara mi cara desde abajo. Era la ocasión perfecta para experimentar con los límites de la orden que me había dado Evelyn. No es que quisiera contarlo, pero me preocupaba que ella pudiera controlar mi comportamiento con su «encanto» o como quiera que lo llamara; para mí era hipnosis y punto.
—Había una vez un chico que se internó en el bosque… —empecé.
Les conté mi aventura, pero sin mencionar que había ocurrido de verdad o que era yo el protagonista, y cambié la palabra «vampiros» por «asesinos en serie» y al ciervo por un cadáver. Obviamente, en mi historia, el chico moría tras ser torturado por la malvada pareja de asesinos. Al parecer, si cambiaba los detalles lo suficiente, sí podía hablar de ello. Era bueno saberlo.
—¡Tío, eres superretorcido! —silbó Hunter cuando acabé—. Me gusta.
—Sí, esa no la conocía —comentó Jim—. Ahora me toca a mí; pásame la linterna, Ben.
Jim contó una historia sobre una página web maldita que te volvía loco y al final, acababas suicidándote. Luego, Hunter contó una sobre unos excursionistas que se habían perdido en un bosque en plena tormenta de nieve.
—Y cuando los encontraron, solo quedaba uno de ellos con vida, pero ya no era del todo humano, se había vuelto caníbal —dijo con tono teatral—. Había matado y se había comido a los otros dos para sobrevivir. Así que lo internaron en un centro psiquiátrico, donde murió de hambre, porque ya no quería comer nada que no fuera carne humana.
—Muy divertido —dijo Charlie arrebatándole la linterna—. Yo sí que tengo algo verdaderamente terrorífico. Y no lo es tanto porque haya sangre, o asesinos, sino porque ocurrió de verdad. Cuando mi abuela era una niña, había un hombre que venía a visitarla todas las noches. Llevaba un traje anticuado y se quedaba en la puerta de su habitación, mirándola, y ella no podía moverse hasta que se iba.
»Un día, decidió contárselo a sus padres, pero le dijeron que solo eran imaginaciones suyas. Y ella lo creyó, así que cada vez que venía el hombre del traje, ella cerraba los ojos hasta que sentía que se podía mover de nuevo. Pero un día acompañó a su madre al cementerio y en una de las lápidas vio una foto: era el hombre del traje. Le preguntó a su madre sobre ello, pero ella no sabía quién era. Las visitas continuaron hasta que cumplió los trece años. Tiempo después, estaba en la biblioteca con unas amigas haciendo un trabajo para clase y vio la foto del hombre del traje en un periódico antiguo: había sido condenado a muerte por raptar, torturar y asesinar a dos niñas, dos hermanas; la mayor tenía trece años cuando murió. Cuando mi abuela miró la dirección, no se lo pudo creer: la casa de las niñas era donde ella vivía entonces y su dormitorio era el que había sido de las hermanas. Cuando sus padres murieron, ella vendió la casa, por si acaso, y desde entonces todos los niños que han vivido en la casa afirman haber visto al hombre del traje.
—¿Y qué pasó con la casa? —inquirí—. Es decir, ¿sigue viviendo gente en ella?
—No, los últimos propietarios la pusieron a la venta hace diez años, pero nadie la compró, así que se la quedó el banco. Una vez fui a verla y está en ruinas.
—Tenemos que ir a esa casa —declaró Hunter.
—No creo que le viéramos —dijo Charlie—. Pasamos de los trece años, y hay que tener esa edad o menos para verle. Además, el hombre del traje prefiere a las niñas.
—¿Cuándo te contó tu abuela esa historia? —quiso saber Jim.
—La primera vez cuando tenía diez años. Tenía un sentido del humor un poco peculiar.
—¿Tenía? —repetí.
—Sí, ahora tiene demencia senil o algo así —explicó Charlie apenado—. Cuando voy a verla, siempre me cuenta esta historia, una y otra vez. Casi parece que es lo único que recuerda.
—Lo siento, tío —dijo Hunter—. Aun así, deberíamos ir. Acampar una noche o algo.
Todos estuvimos de acuerdo y fijamos la fecha para dos fines de semana después. A nadie se le ocurrió invitar a Jeremy o a Kyle, y la verdad es que me alegré.
Esa noche dormí bien, sin sueños a pesar de las historias de terror, y el domingo lo dediqué casi por entero a hacer los deberes y mirar el reloj cada poco. Parecía que el lunes no iba a llegar lo suficientemente rápido. Sin embargo, cuando llegó el día, mi nombre encabezaba la lista de los admitidos.
—¿Ves? Te lo dije —dijo Hunter con una gran sonrisa.
Los demás me palmearon la espalda felicitándome. Había estado todo el fin de semana nervioso sin razón alguna, así que sonreí aliviado. Los entrenamientos eran lunes, miércoles y viernes, después de clase, duraban hora y media y, aunque dejaban poco tiempo para hacer los deberes antes de la cena, no me preocupaba.
Apenas cabía en mí de gozo y de nuevo me costó concentrarme en las clases. En el recreo, Kyle se disculpó por haber sido tan capullo conmigo, lo que me sorprendió mucho, aunque gratamente.
—Creía que mi viejo iba a darte la capitanía… No es que no reconozca que eres bueno, pero… supongo que me cegué un poco —admitió avergonzado.
—No te preocupes, lo entiendo —dije—. Solo quieres que tu padre reconozca tu valía, eso es todo.
—Sí. En fin, nos veremos en los entrenamientos.
Sonreí: el día estaba yendo mejor de lo que esperaba de un lunes. Pero en clase de Historia Americana el señor Jenkins se encargó de desinflar mi burbuja de felicidad anunciando que nos ponía un trabajo.
—Quiero que hagáis una cronología de la Guerra Civil y escribáis un resumen de lo más importante de cada batalla. Tenéis hasta el jueves para entregarme algo decente. Y ahora, sigamos. Señorita Martins, empiece a leer, por favor.
Rezongué, al igual que media clase. Stella Martins, la animadora que me había saludado el viernes anterior, empezó a leer con voz monótona. Era más fácil que intentar tomar apuntes a toda velocidad, pero también mucho más aburrido.
—Oye, ¿quieres quedar después de clase para hacer el trabajo? —me preguntó Charlie cuando acabó la clase.
—No puedo, tengo entrenamiento —le recordé.
—¡Ah, es verdad! Se me había olvidado que tú también estás en el equipo ―dijo—. Enhorabuena por entrar, por cierto.
—Gracias.
—De todos modos, puedo esperarte si quieres; tengo que hacer unas cosas para el periódico y ayudar a mi hermana con sus deberes —explicó—, así que probablemente no termine hasta que salgas del entrenamiento.
—De acuerdo, entonces. Nos vemos en la biblioteca después del entrenamiento.
El primer entrenamiento de baloncesto fue bastante bien. Había algunas nuevas incorporaciones, así que el entrenador empezó con un ejercicio para que nos fuéramos conociendo. Consistía en que primero nos pasábamos la pelota diciendo nuestro nombre al recibirla y después, tras un par de vueltas (pasándola cada vez más rápido), diciendo el nombre del jugador a nuestra derecha y luego el del que estaba a nuestra izquierda. Al cabo de un rato, empezaron a sonarme casi todos los nombres.
—Muy bien. Ahora que os conocéis un poco mejor, quiero que os pongáis por parejas —indicó el entrenador—. Vamos a empezar trabajando los pases cortos.
Ni Charlie ni Jeremy, a pesar de gustarles jugar, estaban en el equipo, así que el compañero de Kyle por defecto cuando se trataba de hacer ejercicios por parejas era Hunter. Durante un momento, me encontré desorientado, hasta que uno de los jugadores tuvo compasión de mí y se me acercó.
—¡Hola! —saludó alegremente—. Eres Ben, ¿verdad?
—Sí.
—Soy Danny Hawkins —se presentó tendiéndome la mano—. Me siento detrás de ti en Historia Americana y en Español.
—Encantado de conocerte —respondí estrechándosela.
Danny era bueno, cualquiera podía darse cuenta después de un rato de verle jugar, pero carecía de la agresividad de Kyle o de sus ganas de protagonismo, por lo que trabajar con él era mucho más agradable. Era algo más alto que yo, de piel color café con leche, ojos castaños y pelo corto, con un curioso dibujo rapado en los laterales.
—¿Quién te ha hecho ese peinado? —le pregunté mientras practicábamos los pases en movimiento—. Mola mucho.
—Mi madre. Es peluquera.
—Quizá debería pedirle que me hiciera un corte de pelo nuevo —sugerí.
—No te ofendas, Ben, pero un peinado con símbolos tribales africanos no es lo que mejor le va a un chico blanco —bromeó.
—Oh, no, no me refería a un peinado como el tuyo —expliqué—. Pero tiene talento.
—Bueno, si quieres pasarte, su peluquería está junto al MSS.
—¿MSS? —repetí confuso.
—El Mike’s Sports Spot. MSS para abreviar.
Mike’s Sports Spot era la tienda de deportes. Realmente debía prestar más atención, porque en aquella primera exploración de Elmer’s Grove no me había dado cuenta de que había una peluquería junto a la tienda.
—Anotado.
—De todas formas, si quieres mi opinión, el pelo así de largo te queda muy bien.
—¡En silencio, señoritas! —nos amonestó el entrenador.
Al terminar el entrenamiento, pregunté a Danny si quería quedarse en la biblioteca a hacer el trabajo conmigo y con Charlie.
—Cuantos más mejor —dije.
—No puedo, tío, tengo que llevar a mi hermana a casa —explicó—. Quizá otro día.
—Claro.
En los vestuarios, le dije a Hunter que iba a la biblioteca a estudiar con Charlie y extendí la invitación a su persona. Accedió, así que apuramos todo lo posible para no hacer esperar a Charlie.
La hermana de Charlie, Hayley, estaba en la biblioteca cuando entramos, sentada junto a él. Se parecían mucho, incluso ella tenía el mismo peinado, solo que su pelo era más largo y llevaba el flequillo teñido de rosa. Se sonrojó al presentarse y no paró de echarme miradas furtivas en todo el tiempo que estuvimos allí. Finalmente, tras varios intentos y tras consultar varias webs y artículos en línea sobre la Guerra Civil, escribí un borrador del que me sentía satisfecho. Se estaba haciendo tarde, así que le pregunté a Hunter si le importaba que nos fuéramos ya.
—No, ya he acabado con los ejercicios de Precálculo —dijo. Reprimí un gruñido, yo todavía tenía que hacer esos; menos mal que aún tenía un día para acabarlos.
Nos despedimos de Charlie y de Hayley y, tras recoger nuestras cosas, nos encaminamos hacia el aparcamiento; el mío era el único coche que quedaba en la parte de los alumnos.
—Creo que la hermana de Charlie está por ti —dijo Hunter divertido.
—¿Hayley? Nah, no creo.
—Pues yo creo que sí —replicó Hunter—. No ha parado de mirarte, claramente le gustas.
—¿Y qué si le gusto? Tío, tiene trece años —le recordé.
—Catorce —me corrigió—. No digo que le pidas salir, solo que tienes una admiradora —añadió sonriendo.
Cuando llegué a casa, mi padre me estaba esperando en el salón, con un libro abierto delante de él.
—Ben, ven a ver esto —me dijo.
Era el anuario de mamá. Papá la señaló entre las animadoras, pero la verdad es que no hacía falta, apenas había cambiado. Se la veía más joven y con un peinado muy…, bueno, de la época, pero del resto estaba igual. Incluso los uniformes de las animadoras parecían no haber cambiado demasiado.
—¿En qué pensabais en los ochenta? —pregunté, intentando no reírme.
—En que eran los ochenta —respondió. Me reí—. Yo lucía una cresta a tu edad.
Papá era ocho años mayor que mamá, por lo que ya era un adolescente a principios de los ochenta. Y adepto a la estética punk, al parecer. Como cierto par de mellizos…
—¿Fuiste a algún concierto? Cuando tenías mi edad, me refiero.
—Vi a los Sex Pistols y a los Dead Boys en el CBGB cuando tenía dieciséis años. Me colé con unos amigos, de otra manera no me hubieran dejado entrar. Fue mi primera borrachera. —Sonrió al recordarlo—. Pero tú no deberías beber —añadió rápidamente.
—No lo hago.
Había probado el alcohol una vez y me resultó tan repugnante que no me quedaron ganas de volver a beber. La verdad, no entendía como a la gente podía gustarle emborracharse hasta perder el sentido (y la memoria).
—Bien.
—Oye, papá…
—¿Sí?
—Siento mucho lo que pasó el otro día —dije avergonzado.
—Yo también lo siento. Sé que te está costando adaptarte y no fui del todo justo contigo —admitió. Guau, debía de sentirse realmente arrepentido si estaba admitiendo que se había equivocado—. Te he comprado una cosa —añadió tras una pausa, sacando un paquetito de su bolsillo.
—¿Qué es?
—Ábrelo y lo sabrás.
Rasgué un lateral del envoltorio en forma de sobre y una brújula cayó en la palma de mi mano.
—Es un llavero, así siempre podrás llevarla contigo —explicó.
—Gracias, papá.
Bueno, al menos era un llavero original, ya que por el momento no pensaba volver a adentrarme en el bosque. Probablemente no pasara nada si me encontraba de nuevo con Evelyn, e incluso puede que se alegrase de verme (yo sí me alegraría de verla), pero Reed era harina de otro costal y no creía que le gustara verme merodeando por su territorio. No, mejor me mantenía alejado de los árboles.
Tras la cena lavé los platos, ordené mi habitación y pasé a limpio el trabajo de Historia, agotado tras el largo día. Cuando me fui a la cama eran casi las once y me dormí enseguida. No importó mucho, en realidad, porque tuve pesadillas con bosques y vampiros. Al despertar no recordaba apenas detalles, pero me sentía tan cansado como si me hubiera pasado la noche de fiesta.
Al día siguiente, en el instituto, sucedió algo inesperado. Lorelei y Stella se acercaron a nuestra mesa durante la comida.
—¿Nos podemos sentar? —preguntó Lorelei.
—Sí, claro —respondió Kyle.
—Gracias.
Lorelei se sentó al lado de Kyle y Stella a su lado, en el sitio libre que quedaba junto a mí. Me sonrió, parpadeando lentamente. Eso mismo era lo que había hecho Evelyn tras insinuar que yo le gustaba.
—Stella y yo estábamos hablando de lo genial que parece el equipo de baloncesto de este año —comentó Lorelei—, y que sería genial que tú y yo quedáramos algún día.
—¿Como una cita? —preguntó Kyle, intentando, sin éxito, hacer como si nada.
—Ajá. Pero Stella no tiene con quién ir y nos gustaría que fuera una cita doble ―continuó Lorelei—. Ya sabes, ella es mi mejor amiga y lo hacemos todo juntas.
—Ben, ¿querrías venir conmigo? —preguntó entonces Stella sonriéndome.
—Me encantaría, pero estoy castigado, lo siento —me excusé.
Stella era muy guapa, pero no quería tener ninguna cita en ese momento. Sobre todo porque cada vez que evocaba una imagen femenina, me venía a la mente Evelyn, con su deslumbrante sonrisa. Probablemente algo andaba mal en mi cabeza para que me sintiera atraído por ella, pero no tenía tiempo de pararme a pensar en ello o me volvería loco. No tenía sentido; me había secuestrado, y casi había muerto, pero aun así… deseaba volver a verla, aunque solo fuera en mis sueños.
—¡Oh…! —La sonrisa de Stella se desvaneció en menos de un segundo—. Es una pena.
—Sí, lo siento —repetí.
—Hunter irá contigo —intervino Kyle—, ¿verdad, Hunter?
—Sí, claro.
Pero Hunter no parecía muy convencido. Me sentí culpable, pero no dije nada.
—Bien, ¡pues todo arreglado! —exclamó alegremente Lorelei—. Quedamos el viernes en el aparcamiento después de los entrenamientos.
Y sin esperar a que Kyle y Hunter se lo confirmaran, ambas se levantaron y se fueron.
—¡Sí! —exclamó Kyle, haciendo un gesto de triunfo con el brazo. Jeremy le palmeó la espalda, dándole la enhorabuena.
—Tío, ¿por qué le has dicho que no a Stella? —quiso saber Hunter.
—No es mi tipo —respondí encogiéndome de hombros.
No había tenido un tipo hasta el momento, pero en los últimos días habría dicho que mi tipo era alta, delgada, pelirroja y muerta.
—¡Pero si es el tipo de todo el mundo! —exclamó Jim.
—Pues haberle pedido tú una cita —repliqué.
Al oír eso, Kyle se echó a reír a carcajadas, como si yo hubiera contado el chiste más gracioso del mundo.
—¿Jim y Stella? ¿En una cita? —dijo en cuanto pudo parar de reír—. ¡Qué gracioso eres, Ben!
—Pues no veo por qué no —dije.
—Las animadoras no se juntan con los frikis —afirmó categóricamente Kyle—. Es como una norma no escrita, o algo así.
—Tampoco es que ella me guste —se defendió Jim—. Solo digo que es guapa, nada más.
—A lo mejor el tipo de Ben es otro más… musculoso —apuntó Jeremy.
—¿Estás insinuando algo? —inquirí.
—Quien se pica, ajos come —replicó Jeremy, encogiéndose de hombros.
—Danny es gay, lo dice por eso —me susurró Hunter en un tono bastante audible.
—La verdad es que se te veía muy cómodo con Danny ayer —comentó Kyle.
—Bueno, para empezar, ni siquiera sabía que Danny es gay. Para continuar, es una persona muy agradable, así que no veo por qué iba a sentirme incómodo. Y para terminar, estamos en 2018, tío, esa es una actitud muy rancia y homófoba —dije.
Pero Kyle no pudo replicarme, porque en ese momento sonó el timbre. Por una vez, me alegré de volver a clase, aunque mi humor empeoró por momentos cuando, tras entregarle los trabajos de Historia Americana, el señor Jenkins volvió a la carga con sus explicaciones a la velocidad del rayo. Al terminar la clase, me dolía tanto la mano que me planteé aprender a lanzar con la izquierda.
Tras las clases, los chicos me preguntaron si quería ir al mercado cubierto, pero decidí que era mejor irme a casa a hacer los deberes, así que decliné la oferta. Aunque me venía bien el ejercicio físico y no pensar, había algunas tareas en las que iba un poco retrasado, sobre todo en Inglés. ¿Quién demonios sabía componer un soneto? Claro que habíamos leído y despedazado en clase varios ejemplos de varios autores, entre ellos el mismísimo Bardo, pero eso no me capacitaba (ni a casi ninguno de mis compañeros) para escribir un soneto decente.
Decidí dejarlo para el final, justo después de los ejercicios de Precálculo. Cuando ya no me quedó más remedio que ponerme con Inglés, miré de nuevo los apuntes en un intento por refrescar mi memoria. Había escrito «El soneto tiene la siguiente estructura: ABAB, CDCD, EFEF, GG». Como si eso me sirviera de algo.
De todos modos, ¿qué había que valiese la pena escribir sobre ello? Pensé en el baloncesto o en Nueva York. Seguramente ya se hubieran escrito cientos de poemas mejores de lo que yo podía hacer sobre mi ciudad natal, y nunca había oído hablar de un poema deportivo, por lo que tampoco tenía ejemplos de los que tirar. Durante una milésima de segundo consideré a Evelyn como objeto de mi poema, pero enseguida descarté la idea.
Aun así, intente escribir mi soneto. Los siete primeros intentos versaban sobre Nueva York, pero no conseguía pasar del primer renglón. Los ocho siguientes intentaron tratar de baloncesto, pero tampoco conseguí nada. Me fui a la cama cuando me di cuenta de que eran las doce y no había escrito nada que no me hiciera querer esconder la cabeza bajo tierra de la vergüenza, cual avestruz de dibujos animados.
Al día siguiente la señora Mason preguntó:
—Muy bien, ¿alguien desea leer su soneto? —Nadie levantó la mano en un principio—. Vamos, no sean tímidos. Señor Glass, ¿por qué no empieza usted?
Charlie suspiró, pero leyó su soneto, que trataba sobre su gato. El chico del piercing en la ceja, que al parecer se llamaba Tate, había escrito sobre la muerte de su abuelo, que había agonizado durante seis largos meses. Incluso Stella leyó el suyo, un soneto sobre la amistad.
—¿Y usted, señor Connor?
—No lo tengo. No sabía sobre qué escribir —mentí.
—Bloqueo del escritor, ¿eh? Bueno, como ha sido sincero no le suspenderé en este ejercicio, pero solo si me entrega en la próxima clase una redacción de trescientas palabras acerca de por qué no ha podido escribir su soneto.
—Sí, señora.
En Historia Americana, el señor Jenkins nos devolvió los trabajos corregidos; me había puesto una B. No estaba mal para empezar, pero tendría que mejorar las notas si no quería problemas en casa y la verdad es que no me apetecía discutir con mi padre otra vez.
Entrenamientos, deberes, castigo… No me quedaba casi tiempo libre y hacía semanas que no hablaba con Chris o alguno de los otros. El domingo me sentía solo, así que fui a casa de Hunter y, mientras jugábamos al Guitar Hero, le pregunté sobre su cita del viernes con Stella.
—Fue un desastre —dijo él, poniendo pausa al juego—. Era obvio que ninguno de los dos estaba allí con la persona que quería y, para colmo, Lorelei y Kyle empezaron a discutir y al final ella le dio una bofetada y se marchó. Después de eso, llevé a Stella a casa y vine a la mía.
—¿Lorelei y Kyle discutieron? —repetí—. ¿Por qué?
—Empezaron a flirtear y todo iba bien, pero al parecer Kyle fue demasiado rápido y eso no le gustó nada a ella —explicó Hunter.
—¿A qué te refieres con «demasiado rápido»? —quise saber, marcando las comillas en el aire.
—Creo que cuando la besó le puso la mano en el muslo —explicó Hunter—. No lo vi, porque la mesa estaba en medio, pero por su reacción diría que fue eso.
—Entiendo.
—Kyle le pidió que fuera al baile de Halloween con él, y dijo que sí, pero creo que eso lo cancela —rio Hunter.
—Seguro —me reí también.
—Creo que le gustas a Stella —comentó él—. Pero de verdad, ¿sabes?
—No tengo tiempo para citas.
—¿Tenías una novia en Nueva York? —quiso saber Hunter.
—No recientemente, pero sí, la tuve —expliqué.
—Ya… Deberías darle una oportunidad a Stella, es bastante maja.
—Quizá le pida que sea mi pareja para el baile —dije al fin—. ¿Tú con quien vas a ir?
—En grupo con los chicos —replicó Hunter encogiéndose de hombros—. Charlie probablemente lleve a su hermana, como siempre, y Jim no suele pedírselo a nadie, así que les haré compañía.
—¿Charlie suele llevar a su hermana a los bailes? ¿Por qué?
—Es cosa de la señora Glass —dijo él—. Supongo que ser la hija del jefe de policía espanta a los chicos; así que, para que no se quede sin pareja, Charlie la lleva a todos los bailes.
—Pero Charlie también es hijo del jefe de policía —indiqué.
—Sí, pero no es una chica —me recordó Hunter—; es muy diferente. A mí tampoco me cuadraba el porqué, pero mi padre me dijo que las chicas no se sienten intimidadas por que tu padre sea el jefe de policía, al contrario, les da seguridad.
—Tiene lógica —admití.
Ojalá mi padre fuera el jefe de policía para que eso me diera seguridad a mí.
CAPÍTULO 7
La casa encantada
El lunes, Kyle le pidió perdón a Lorelei en el recreo y, sorprendentemente, se reconciliaron besándose de modo ostensible delante de todos. Me alegré por ellos, desde luego, pero parece ser que a alguien no le hizo demasiada gracia, porque, al salir de la segunda clase tras el recreo, me encontré con Hunter y Charlie en el pasillo, en medio de un corrillo de gente que parloteaba y reía. Alguien había colgado en el tablón de anuncios una caricatura bastante mala de Kyle y Lorelei teniendo sexo. La única razón por la que supe que se trataba de ellos es porque el autor había escrito sus nombres junto a las cabezas de ambos monigotes y la frase «A Lorelei Parks le gusta por el culo» en la parte de abajo.
Kyle se acercó a ver qué pasaba, con Lorelei de la mano, y la gente se apartó para dejarles pasar, quedándose en silencio. De repente, a nadie le parecía gracioso el dibujo. Kyle arrancó el papel y lo observó de cerca durante un momento.
—¿Quién ha sido? —preguntó. Nadie respondió—. ¿Nadie? Vaya, qué sorpresa. Bueno, como estoy seguro de que el autor está aquí, que sepa que esto es lo que opino de su «obra».
Y alzándola en el aire para que todos la vieran, la hizo pedacitos y luego los pisoteó cuando cayeron al suelo.
—¿Qué pasa? ¿Es que no tenéis nada mejor que hacer? —añadió Lorelei dramáticamente, y la multitud se disolvió.
Justo entonces, aparecieron Jim y Jeremy.
—¿Qué ocurre? —inquirió Jim—. ¿Qué nos hemos perdido?
—¿Quién creéis que lo ha hecho? —pregunté a Hunter mientras Charlie ponía al día a los otros dos. Kyle y Lorelei iban delante, cuchicheando airadamente.
—Parece el estilo de dibujo de Victor Allen —dijo Hunter.
—¿Quién? —pregunté confundido.
—Es un curso menor que nosotros. Está en el periódico del instituto —me explicó Charlie—, y no es exactamente bueno dibujando, pero al parecer a la señora Mason le gusta tener un irreverente en la plantilla.
—¿Sí? Nunca lo habría dicho —dije yo.
—Es bastante maja, cuando no está obsesionada con la gramática —dijo Hunter—. El caso es que ofreció a Victor un puesto en el periódico, haciendo las tiras cómicas, y todos pensábamos que era gracioso, pero…
—Nunca se había atrevido a meterse con Kyle —susurró Charlie.
—¿Estaba Victor entre la gente? —pregunté.
—Sí. Kyle sabe perfectamente quién dibujó eso, pero probablemente quería que Victor lo admitiera —dijo Hunter.
—Pues va listo —dijo Jim.
Dejamos el tema por el bien de Kyle, pero el resto del instituto no fue tan considerado. Allá donde fuera Kyle o Lorelei, la gente cuchicheaba y se reía. El incidente terminó de forma oficial cuando el director llamó a Victor a su despacho y lo obligó a disculparse con Lorelei y Kyle como parte de su castigo.
—¿Ya le has pedido a alguna chica que sea tu pareja para el baile? —me preguntó Charlie en la comida.
—No, pero aún queda tiempo, ¿no?
—Sí, si quieres ir con Carol Jenkins —apuntó Kyle. Hunter le miró arqueando una ceja, claramente molesto. Como siempre, Kyle no se dio cuenta.
—¿Quién? —Me sonaba el nombre, pero no logré relacionarlo con ninguna cara en ese momento.
—Esa —señaló Jeremy.
Oh, la hija del profesor de Historia Americana, la chica de los aparatos y las pecas; con razón no lograba recordarla, era un año menor, por lo que no compartíamos ninguna clase. Carol no era fea, pero tampoco era especialmente guapa; simplemente era del montón, lo cual no estaba nada mal, en realidad. No había hablado nunca con ella, pero parecía simpática.
—No veo qué tiene de malo —dije.
—Vamos, seguro que un tío como tú puede conseguir a alguien mejor —insistió Kyle.
Sabía que, si no se lo pedía a alguien pronto, no dejarían el tema (sobre todo Kyle, que estaba deseoso de encontrar a otra persona que fuera el centro de atención y no él), así que al final decidí pedírselo a Stella, como le había dicho a Hunter que haría. Dijo que sí, por supuesto, lo cual me hizo sentir bastante mal. Stella era una opción segura y así evitaba las burlas de los otros, pero no me gustaba realmente.
—¿De qué vas a disfrazarte? —me preguntó.
—De vampiro —contesté—. Seré Lestat.
Fue lo primero que se me vino a la cabeza. No podía dejar de pensar en ellos; cada vez que no estaba pensando en nada en concreto, me volvían a la cabeza Evelyn y Reed. Quería volver a verla a ella, pero al mismo tiempo me aterraba verlo a él.
—Vale, pues yo seré tu víctima —replicó zalamera.
Definitivamente, estaba cometiendo un error, pero ya era demasiado tarde como para retirar la invitación. Tras los entrenamientos volví a verla, cuando ella y Lorelei se iban en el coche de la primera, y me saludó con la mano. Le devolví el saludo y me fui a casa sintiéndome un poco culpable, pero intenté no pensar en ello mientras hacía los deberes.
Al poco de empezar, Hunter me mandó un mensaje pidiéndome ayuda con los ejercicios de Inglés; como yo tampoco tenía mucha idea, decidimos recurrir a Charlie y a Jim. No cabíamos todos en una sola habitación, así que le dije a mi madre que iba a hacer los deberes a casa de Hunter y nos reunimos en el sótano.
—El C++ es más fácil que esto —suspiró Jim después de un rato, llevándose las manos a la cabeza teatralmente.
—Si tú lo dices… —dijo Charlie—. Creo que tienes el apartado B mal, Hunter ―añadió—. Es «cada barco tienen sus velas».
—Es «tiene», si dices «tienen» no hay concordancia entre el verbo y el sujeto.
Mientras Charlie y Hunter discutían, Jim dejó el bolígrafo a un lado y se masajeó el cuello. Parecía cansado, más que cualquiera de nosotros. Aparte de los estudios, Jim estaba en el periódico del instituto, en el club de audiovisuales y en el comité del anuario. Estaba claro que estaba abarcando más de lo que debía.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí, es solo que…, con todo el lío de Victor y las ilustraciones…, se ha abierto un debate en la redacción sobre la censura y la señorita Mason me presiona para que escriba sobre ello —explicó—. Sinceramente, no tengo tiempo para ponerme a filosofar.
—¿No crees que lo que Victor hizo esté mal? —pregunté.
—Sí, claro que sí. Pero el instituto está más lleno de morbosos de lo que crees ―dijo— y estas cosas van a seguir pasando.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Porque yo soy uno de los supervisores del tablón de anónimos.
El tablón de anónimos era una sección de la web del periódico del instituto donde cualquiera podía dejar su mensaje, bien de forma completamente anónima, bien usando un apodo. Lo más habitual era que estuviera lleno de chismes, declaraciones de amor y algún que otro mensaje bienintencionado como «os deseo un buen día a todos», aunque sospechaba que esos últimos los mandaban los profesores.
—No sabía que hubiera alguna clase de filtro —comenté.
—Pues lo hay. Cada vez que alguien postea algo, nos llega una notificación, a mí y a los otros dos moderadores —explicó Jim—. Solo con que uno de nosotros rechace la publicación, esta no aparece en la página.
—¿Y puedes saber quién lo envió? —preguntó Hunter entonces. Charlie y él habían dejado de discutir para prestar atención a nuestra conversación.
—Podría, supongo, si me pusiese a rastrear las IP —respondió Jim encogiéndose de hombros—, pero por lo general no. Lo que quiero decir es que hay mucha mierda que filtrar.
—¿Cómo qué? —inquirió Hunter.
—Como «Me he colado en los vestuarios de las animadoras y le he robado unas bragas usadas a Stella Martins. Llevo oliéndolas todo el fin de semana». Ese apareció el lunes.
—¡Qué asco! —dije.
—Exacto. Y eso no es lo peor —apuntó Jim.
—¿Qué puede ser peor que ser un pervertido? —quiso saber Charlie.
—Bueno, en este caso en concreto, es que uno de los moderadores aprobó ese mensaje —dijo Jim. Charlie hizo una mueca de asco.
—Voy a potar, en serio —declaró Hunter.
—¿Hay más mensajes inquietantes? —quise saber—. Que no hayan salido a la luz, me refiero.
¿Habría algo sobre una chica misteriosa rondando el pueblo? Lo dudaba, pero por probar…
—Algunos…, si os los enseño, ¿me prometéis que no saldrá de aquí? ―preguntó Jim, inseguro. Charlie, Hunter y yo asentimos al unísono—. No podéis contarlo a nadie, ni siquiera a Kyle ni a Jeremy, ¿de acuerdo?
—No lo contaremos —prometí. Los otros dos asintieron de nuevo.
Jim sacó su portátil de la mochila y accedió a la página con su contraseña de administrador.
—Normalmente se guardan los mensajes sin aprobar durante dos semanas, por si acaso los revisamos de nuevo —explicó—, pero yo he creado un fichero aparte donde está lo más fuerte que he visto desde que soy moderador, cada mensaje con la IP de quien lo envió. La mayoría son de ordenadores del instituto, pero algunos han sido tan idiotas de mandarlo desde sus portátiles o móviles.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Charlie.
—Quiero decir que sé todos los sucios secretos de todo el instituto y que, si quisiera, podría averiguar quién ha escrito cada cosa —explicó mientras tecleaba un comando de búsqueda con las palabras «violar», «acoso» y «apuñalar»—. Mirad.
Cientos de mensajes aparecieron al instante.
—«Sé que está mal, pero fantaseo constantemente con violar a Lorelei Parks» ―leyó Hunter—. «Algún día encontraré el valor para hacerlo». ¡¿Qué coño?!
—«Sé que fuiste tú quien se chivó de mí al director, Casey» —leyó Charlie—. «Si lo de antes te parecía acoso, espera a ver lo de ahora». ¿Se refiere a Casey Jones?
—Eso creo —dijo Jim.
—Va conmigo a Economía Doméstica —dijo Charlie—. Es muy simpático, no sé por qué alguien querría hacerle nada.
—¿No sabes quién ha podido enviarlo? —pregunté.
—Nadie le ha acosado que yo haya visto —replicó Charlie—. A lo mejor es algo psicológico, o por internet.
—Ya… Oh, Dios mío, mirad este: «Cada vez que veo a Danny Hawkins me dan ganas de apuñalarle» —leí—. «Llamadme racista y homófobo todo lo que queráis, pero sería un servicio a la comunidad si lo hiciera». ¡Qué asco de gente!
—Y esperad, hay más —dijo Jim.
Tecleó otro comando y apareció un solo mensaje: «Voy a volar este puto instituto por los aires y a todos los que están en él. ¿No me creéis? Sé cómo fabricar una bomba. Os veo en el infierno, hijos de puta».
—¡¿Qué demonios?! —exclamé.
—Ese es del curso pasado —dijo Jim.
—Hubo una investigación policial, se lo oí a mi padre —dijo Charlie—. Espera, ¿fuiste tú? —preguntó a Jim.
—No entiendo nada —dije.
—Tuve que entregar el mensaje a la policía —confesó Jim—. De forma anónima, claro. Parece una broma, pero no sé, era demasiado fuerte como para guardármelo.
—¿Y qué pasó? —quise saber.
—Investigaron, pero no encontraron nada —dijo Charlie—. Mi padre estuvo dos semanas despotricando de los bromistas y la gente que tiene demasiado tiempo libre.
—Menos mal que no fue nada —dije.
—Ya… de todos modos, si esa es la idea de alguien de una broma, vaya mierda de sentido del humor —replicó Hunter.
—¿Y qué haces con los mensajes como esos, ya sabes, sobre violaciones y agresiones? —pregunté.
—Cada mes se envían automáticamente a la policía —dijo Jim—. Pero de momento, nadie ha cumplido ninguna de sus amenazas, así que poco pueden hacer.
Durante la cena, mamá anunció que la habían contratado y que la empresa iba a hacerse cargo de más de la mitad de los gastos del curso.
—Solo tendré que pagar quinientos dólares —dijo muy contenta.
—¡Eso es genial, mamá!
—¿Cuándo es el curso? —quiso saber mi padre.
—La primera quincena de noviembre. Os dejaré tuppers suficientes —bromeó.
—¡Eh, que yo sé cocinar! —fingió ofenderse mi padre.
—Sí, claro… Sabes cocinar todo tipo de pasta —replicó mi madre.
Estaba bien verlos felices, al menos alguien estaba contento de estar en Elmer’s Grove.
Tras hacer mis tareas de ese día, me fui a la cama directamente. Como había prometido, no conté a mis padres nada de lo que había visto en los rincones oscuros del tablón de anónimos, pero tuve pesadillas. Puede que Nueva York tuviera sus defectos, pero la gente era mucho más progresista allí. Definitivamente, Elmer’s Grove no era un pueblo tan pintoresco y apacible como parecía.
El sábado por la tarde, a eso de las cuatro y tras hacer los deberes y mis tareas de casa, preparé mi saco de dormir y una mochila con comida, agua, la linterna y algo de ropa. Ir de acampada no solo parecía el tipo de actividad que un chico de pueblo normal haría con sus amigos, sino que me brindaba una oportunidad de acercarme al bosque de forma segura.
—¿De verdad vais a ir de acampada con este tiempo? —preguntó mi madre con tono preocupado.
No llovía, pero hacía mucho viento y el cielo estaba lleno de nubes oscuras que amenazaban tormenta, y de las gordas.
—Tranquila, no nos va a pasar nada. Charlie conoce una cueva en la que podemos refugiarnos si empieza a llover —dije.
Bueno, no era del todo mentira. Si bien era una casa y no una cueva.
—Muy bien, pero si la cosa se pone muy fea, quiero que vuelvas a casa pitando, ¿de acuerdo?
—Sí, mamá.
—Sé que estoy siendo una histérica, pero si te pasara algo… No puedo perderte a ti también —añadió, frunciendo el ceño por la preocupación.
—No voy a morir, mamá, solo tengo diecisiete años —le aseguré.
Ella frunció el ceño más aún, pero no dijo nada. Conmovido, la abracé.
—Estaré de vuelta mañana al mediodía, ya lo verás.
Tras despedirme de mi padre también, me reuní con los otros frente a la casa de Hunter y fuimos en mi coche hasta la antigua casa de la abuela de Charlie, a las afueras del pueblo. La zona, antaño una urbanización, estaba invadida de maleza y los árboles habían crecido sin control.
Aquella no era la única casa abandonada de la zona (de hecho, todas lo estaban), y tampoco la que estaba en peor estado, pero tampoco estaba intacta: tenía grietas por toda la fachada, un lado del tejado se había desplomado y la maleza invadía el interior. La habitación en la que suponía que se aparecía el fantasma, sin embargo, estaba intacta.
Con cuidado de no tropezar, entramos en la casa. Hacía frío, había corrientes de aire, y un par de ratas salieron corriendo cuando iluminamos los rincones con nuestras linternas, desesperadas por volver a esconderse en la oscuridad. Había leído en alguna parte que los vampiros podían controlar a las ratas y a los murciélagos. ¿Significaría su presencia que había vampiros cerca? O quizá solo fueran unas ratas cualquiera…
—En Nueva York no tenéis de eso, ¿eh, Ben? —dijo Charlie.
—¿Ratas? Al contrario, amigo mío, las hay por todas partes. Una vez, Chris y yo filmamos un par peleándose por un trozo de pizza…
Hacía mucho que no hablaba con Chris. Tras el castigo, aunque habíamos retomado el contacto, nuestras conversaciones habían empezado a decaer, a hacerse más esporádicas, cortas y monótonas. Cuando me dijo que habían puesto a Luke Collins en mi puesto en el equipo de baloncesto, me enfadé tanto que no respondí nada.
La verdad es que no me enfadé porque ahora él estuviera en mi posición, sino porque Luke había sido mi némesis, y ahora, por cómo me lo había contado Chris, parecía que era su nuevo mejor amigo. Cuando se lo mencioné a mi padre solo dijo que la gente se distancia y que yo también tenía nuevos amigos. Eso era lógico, pero no hizo que me sintiera menos traicionado.
Suspirando, volví al presente. Hunter y Charlie habían juntado algo de leña y estaban tratando de encender una hoguera en un lado de la habitación, mientras Jim observaba, un tanto incómodo, a un lado. Jim era el «chico tecnológico» del grupo y a veces, algunas cosas que se suponía que todos los demás sabían, a él se le escapaban.
—Si te sirve de consuelo, yo tampoco sé hacer una hoguera —le dije.
Cuando estuvo encendida, mucho más tarde de lo que habría esperado, Hunter sacó la lona que íbamos a poner sobre el suelo y las colchonetas para los cuatro. Cada uno tenía su saco y comida y, después de instalarnos y empezar a comer, aquel lugar nos pareció más acogedor. Yo me sentía aliviado y decepcionado a partes iguales de que pareciéramos estar completamente solos.
Hacía frío, a pesar de la ropa de abrigo con la que todos nos habíamos vestido, y ninguno habló mientras masticábamos la cena. La madre de Charlie había hecho empanadillas de jamón y, dado que las había guardado en una bolsa térmica, aún conservaban parte del calor.
—Estaba realmente delicioso —dije al terminar mi ración.
—Sí, mis felicitaciones a la cocinera —coincidió Hunter.
—¿Oís eso? —dijo Jim de pronto.
—¿El qué? No oigo nada —dijo Hunter.
Charlie le mandó callar con un gesto y escuchamos. A parte del viento y el crujido de la madera en el fuego, no se oía nada más; al menos, nada que yo pudiera oír. Justo cuando iba a decirlo, una rata salió de entre las sombras con un fuerte chillido y cruzó la habitación, perdiéndose de nuevo en la oscuridad.
—¡Maldito roedor! —gritó Hunter—. ¡Qué susto me ha dado!
Supongo que sentimos tanto alivio de que solo fuera una rata que, mientras nos reíamos de Hunter, no pensamos en qué era lo que había hecho huir a la rata. Los otros no cayeron en la cuenta, pero yo sí. Al mirar al rincón desde donde había venido, casi me pareció ver el reflejo de unos ojos, pero al parpadear ya no había nada. Me entró un escalofrío y decidí dejar de pensar en ello.
Pasada la medianoche, y sin que sucediera nada interesante, nos fuimos a dormir.
Tuve una pesadilla muy extraña, o al menos en ese momento pensé que era solo un sueño. Yo estaba tumbado en la colchoneta y Evelyn colgaba del techo por encima de mí, observándome. Sin embargo, no estaba agarrada a nada, era más bien como si mi techo fuera su suelo. Entonces, ella saltó a donde yo estaba, examinándome más de cerca. Aspirando fuerte por la nariz, abrió la boca ligeramente y un par de afilados colmillos relucieron en la oscuridad.
—¡Oh, qué bocadito más apetitoso! —susurró con voz ronca, apartándome unos mechones de pelo de la cara. Se lamió los labios y luego se acarició con la lengua las puntas de los colmillos.
Sus manos estaban cubiertas de sangre casi hasta el codo y probablemente hubiera más en su ropa, aunque como iba de negro no se veía. Además, sus uñas estaban creciendo a ojos vistas, hasta convertirse en unas garras largas y afiladas. Resultaba terrorífica.
—No quieres hacerlo, hermanita —dijo Reed, saliendo de las sombras.
Evelyn siseó, poniéndose de pie a la velocidad del rayo.
—¡Claro que sí! Huele delicioso, ¿no crees? —añadió, volviendo a acuclillarse a mi lado. Con delicadeza, pasó el filo de una de sus uñas por mi cuello, sin llegar a perforar la piel.
—Vámonos antes de que hagas algo de lo que te arrepientas —dijo Reed, por una vez siendo el sensato de los dos.
—¡No quiero! —dijo ella con voz chillona—. ¡Quiero comérmelo! Voy a beber su sangre hasta que no quede ni una sola gota, y no puedes impedírmelo.
Entonces, Reed la agarró por el pelo y empezó a arrastrarla. Evelyn se debatía y se retorcía, hasta que al final los hermanos desaparecieron en la noche con un grito agudísimo por parte de ella que me puso los pelos de punta.
Desperté sudando. Me palpé la cara donde ella me había tocado en sueños y, a la luz de las brasas de la hoguera, vi que mis dedos estaban manchados de algo rojo y húmedo al retirarlos. Grité.
—¿Qué pasa? —rezongó Hunter encendiendo la linterna.
Gritamos al unísono, despertando por completo a los otros dos. Él porque había visto la sangre de mi cara y yo porque, a la luz de la linterna, había visto una huella de mano ensangrentada justo al lado de donde había estado mi cabeza hasta hacía unos pocos minutos.
—¡Ben! —exclamó Jim—. ¡Estás sangrando!
—Creo que no es mi sangre —dije.
—No seas idiota, ¿de quién va a ser si no? —dijo Charlie. Se acercó con un pañuelo de papel y me limpió la sangre de la cara; como esperaba, debajo no había herida—. ¿Qué demonios?
—No lo entiendo —dijo Hunter.
—Os dije que no era mi sangre.
—Tíos, creo que no estamos solos —dijo entonces Jim.
Sonó un crujido en alguna parte de la casa; lo inesperado del sonido nos hizo gritar de terror.
—Vámonos de aquí —sugirió Hunter.
Recogimos nuestras cosas lo más rápido que pudimos y salimos de allí pitando. Como yo estaba demasiado aterrado y tembloroso para conducir, Charlie lo hizo por mí y acabamos pasando la noche en su garaje, mientras la tormenta estallaba finalmente en el exterior. No podíamos volver a dormir de lo aterrorizados que estábamos, y menos después de que les contara mi pesadilla.
—Hagamos un pacto —dijo Jim—. Jurad que nunca vamos a volver a esa casa, ni siquiera de día.
Y lo juramos, porque estábamos demasiado asustados como para decidir otra cosa. Charlie insistió en que había sido el fantasma quien me había enviado esa pesadilla para obligarnos a salir de allí, con lo que todos estuvimos de acuerdo (aunque yo sabía que eso no era verdad y solo asentí para que no me preguntaran por qué pensaba diferente). Distraídamente me toqué de nuevo la cara; uno de los mellizos había estado allí y había puesto la sangre. Esperaba que al menos fuera sangre de animal y no de alguna persona; eso habría sido demasiado macabro.
Al final, nos dormimos por puro agotamiento cerca del amanecer, unos encima de otros en el sofá viejo y las butacas desgastadas que los padres de Charlie guardaban en el garaje, junto con la tele en blanco y negro y un montón de cachivaches antiguos que ya no usaban, pero que, por algún milagro, seguían funcionando bien.
Al despertar, miré el reloj y vi que ya eran más de las once. La tormenta parecía haber descargado por completo mientras estábamos en el garaje, porque no había ni una nube en el cielo cuando salí de casa de Charlie, acompañado de Hunter. A la luz del día, me sentí algo más calmado y me despedí de mis amigos (Jim se quedaba a comer en casa de Charlie) como si hubiera sido una noche normal, aunque nada más lejos de la realidad.
Puse la radio en la emisora de clásicos de rock y conduje en dirección a casa de Hunter.
—Dios, qué tontos hemos sido, ¿verdad? —dijo tras unos momentos de silencio incómodo. Asentí sin despegar los ojos de la carretera—. Pero sí, mejor no volvamos a ese sitio; está lleno de ratas y seguro que alguna tiene la rabia o algo.
—Podríamos pillar todo tipo de enfermedades ahí dentro —coincidí.
O encontrarnos con vampiros.
Tras dejar a Hunter en casa, aparqué delante de la mía. Llegaba justo a tiempo para comer.
—¿Qué tal ha ido la acampada, cielo? —me preguntó mi madre alegremente.
—Bien. Bueno, empezó a llover y al final acampamos en el garaje de Charlie. Pero todo bien —dije con una sonrisa muy forzada.
Detrás de mamá, una de las pocas fotos de la abuela en la que salía seria me miraba con gesto acusador. «Mentiroso», parecía decir. Aparté la vista avergonzado. Nada había ido bien. Es decir, ¿qué clase de acampada donde uno acaba con sangre en la cara puede calificarse de haber ido bien?
Y esa pesadilla… No podía quitármela de la cabeza. Había sido demasiado vívida, demasiado… coherente. Quizá había sido algo más, es decir, ellos tenían poderes telepáticos, ¿no? ¿Quién dice que no podían hacer esa clase de cosas? Aunque supongo que las preguntas que importaban más eran cuál de los dos lo había hecho y por qué. Esperaba que hubiera sido él y no ella, porque si había sido ella… Tal vez no me había asustado tanto como debería. Mejor no pensar en ello más o la contradicción me desgarraría.
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