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@mirthariverogil

A Glinda Neva, car’e pera, car’e sol.



Esa era la historia… yo tendría que escribirla cuidando que encajase con sus recuerdos. Sin duda, nunca aceptaría muchos de mis descubrimientos…

Santiago Roncagliolo, Memorias de una dama

… el ronquido de las olas cada vez menos perceptible porque el mar seguía alejándose si él aceleraba su carrera, el maletín cada vez más pesado en su mano, y a pesar de que el yate había huido describiendo una amplia curva de espuma al nomás oírse la primera ráfaga, él seguía corriendo ya sin saber por qué, y ahora que el agua le embebía los calcetines y se le empozaba en la planta de las zapatillas oía las voces a sus espaldas dándole el alto, oía los jadeos, el ruido metálico de las cantimploras chocando con los arneses, y de pronto los veía acercarse por los costados, saltar por encima de las rocas, y cuando uno de ellos puso la rodilla sobre la arena y le apuntó, detuvo al fin su carrera…

Sergio Ramírez, Sombras nada más

Prólogo

«El Nixon venezolano»
Alonso Moleiro

El sistema democrático instaurado en el país en 1958 se fue consumiendo mediante un lento período de decadencia que tuvo una cocción de 15 años. Lapso que tuvo en la devaluación del bolívar en febrero de 1983 su capítulo inicial; en los violentos sucesos de febrero de 1989 y 1992 sus expresiones sociales, políticas y militares; y en 1998, un desenlace electoral, quizás no demasiado feliz, pero al menos pacífico.

El naufragio de un experimento cívico que alguna vez había llegado a ser la envidia de América Latina tiene en un trienio especialmente atormentado y acaecido el epicentro de todas las fuerzas liberadas. Aquellas que terminaron por arrasar el poder constituido y darle paso el régimen actual. Nos estamos refiriendo al lapso comprendido entre 1989 y 1992, año en el cual Venezuela, tal y como lo afirmaba la publicidad oficial de entonces, pasaba a ser «otra».

Concertación y desconcierto

La lectura de La rebelión de los náufragos, de Mirtha Rivero –destinada a ser apasionada–, nos permite elaborar una secuencia de los hechos a partir de la cual el lector será capaz de ubicar la génesis del proceso que condujo a la destitución de Pérez en 1993. Para muchos, no necesariamente para todos, el evento político que, a la larga, condujo a la democracia hacia su colapso final.

Tres son los elementos que, en lo político, a mi entender, acabaron con este proyecto y de forma añadida sellaron la suerte final de la democracia representativa. El primero es el fracaso absoluto de la célebre propuesta de la Concertación como engarce para que los partidos acompañaran el proceso de reformas. En lugar de concertación hubo participación: reuniones donde los mandos económicos encargados ponían al corriente a algunas fuerzas vivas de la nación, pero sin una propuesta política concreta para acompañar las reformas. El propio presidente Pérez pareció haber colegido que con su arrastre bastaba para consolidar el proceso.

El segundo es una consecuencia del primero: el célebre entredicho en el cual quedaron los programas de ajuste económico en situaciones límite como la que vivía la nación. De manera más amplia, me atrevería a afirmar lo dramáticamente incompleta que luce la ciencia económica si se la deja sola ante los acuciantes dramas que tiene en la calle un país del Tercer Mundo como éste. En el ejercicio del gobierno, no hay economía sin política, y esta afirmación está desprovista de su correspondiente viceversa.

El último punto encuentra sus raíces en la profundidad de los años ochenta. Parece claro que Pérez empleó demasiado tiempo en forcejear con Jaime Lusinchi por el control de Acción Democrática, y que en aquella guerra de acusaciones donde se banalizó hasta el límite el recurso de la denuncia, se liberaron fuerzas que acentuaron el desencanto de las masas con el sistema democrático. La guerra soterrada Pérez-Lusinchi tuvo como telón de fondo el caso Recadi, una secuencia de inmundicias que dejaría sin aliento al corazón más patriota. Este fuego cruzado fue aprovechado con mucha astucia por el inefable José Vicente Rangel, entonces un adalid de la denuncia como «institución», habilitado en secreto por sectores del lusinchismo para hacer público el más que discutible caso de la partida secreta como ilícito.

La historia ajusta cuentas

Necesitará el país tiempo para ajustar el juicio histórico que permita consolidar en perspectiva una valoración objetiva sobre lo sucedido aquellos años. Para buena parte de los venezolanos, en el liderazgo y la influencia de Carlos Andrés Pérez en la vida pública contemporánea están todos los males visibles de la Cuarta República. Ninguno como él fue más cuestionado entre los ex presidentes; con ningún otro se ha cebado con tanta pasión el actual régimen; ninguno concentra con tanto método la animadversión y el ánimo conspirativo en sus enemigos.

Pues bien: lo que va quedando claro es que, con el rigor de lo vivido en estos años, comienza a emerger una corriente de pensamiento que aspira a restituir los méritos al primer Presidente reelecto por el voto popular en la historia venezolana. El volumen que tiene usted en sus manos no es el primero que apunta en esta dirección, pero seguramente es uno de sus intentos más acabados.

No hablamos de reflexiones emocionales tocadas por la consecuencia: un libro como La rebelión de los náufragos se entrega a la causa de la reivindicación y la verdad como valor por la vía de los hechos. Sin esguinces y sin concesiones. En blanco sobre negro quedan, al menos aludidos, los haberes de su primer gobierno -la expansión económica y la inflación minúscula, las deslumbrantes obras de infraestructura y lo aportado al desarrollo industrial del país-.

Hizo CAP un esfuerzo personal para colocar al país en la modernidad, consolidar un esquema de crecimiento hacia afuera y suscitar el interés de todos los centros de capital. Para eso conformó un gabinete donde estaba muy diluida la huella de su partido, integrado por talentos jóvenes formados en prestigiosas universidades del exterior, beneficiarios de su aplaudido programa de becas, con un proyecto de desarrollo concebido y toda suerte de pergaminos académicos.

Se les podrá hacer observaciones, incluso observaciones graves, a las decisiones tomadas y al soslayo de algunas variables fundamentales en la obra de gobierno, pero lo cierto es que pudo Pérez, con su afán modernizador, dinamizar el aparato productivo, mejorar algunos servicios, promover la inversión extranjera y poner la economía a crecer en poco tiempo. En ese ímpetu, con Carlos Blanco como excelente ductor en la Copre, pudieron cristalizar, además, reformas políticas fundamentales que tienen para los venezolanos carácter imprescriptible. La más importante es la elección directa de gobernadores y alcaldes y la consagración de esta última como autoridad municipal electa. Todo lo anterior está inscrito en el proceso de descentralización como proyecto: una visión federada de la gestión pública que hace de la convivencia política un prerrequisito. Una visión de Estado destinada a desconcentrar el poder de Miraflores, promover liderazgos alternativos plurales y mejorar la calidad de vida en las regiones.

El lente del tiempo

Hará falta tiempo, decíamos. Para serenar las pasiones, para recobrar el ánimo autocrítico, para ganar claridad viendo en perspectiva. Sobre aquellos años están emergiendo conclusiones previas, insumos para el análisis que algunas veces tienen una naturaleza contrapuesta.

Estos elementos se desprenden desgajados ante los ojos del lector en La rebelión de los náufragos. Mirtha Rivero pone ante sus manos un texto extremadamente documentado, asombroso en cuanto a la multitud y variedad de sus fuentes. Voceros que sobrepasan la circunstancia política y se inscriben en las tensiones sociales cotidianas por todos vividas entonces. Incluyendo la televisión.

No es Carlos Andrés Pérez, en definitiva, el político amoral y ambicioso que han retratado sus enemigos. De sus errores se ha dicho suficiente. Dentro de muy poco la nación comenzará a reconocerle sin sonrojarse sus muchos aciertos: la dinámica y acertada orientación de su política internacional, la nacionalización petrolera y del hierro, la consolidación de PDVSA, el legado de su política industrial, su vigor democratizador, de enorme influencia en América Latina; el estilo tolerante y distendido hacia quienes incluso se mofaban de él, los logros sociales que exhibió, sobre todo, al término de su primer gobierno, lustro en el cual todo el mundo comenzó a creer que podríamos dar, en serio, el salto definitivo al desarrollo. Desde mi punto de vista, esa es una de las virtudes cardinales de este libro. Un riguroso trabajo de investigación que contextualiza y le llega al hueso al antojadizo expediente de la partida secreta.

El recuerdo de Pérez estará ligado al esplendor y la decadencia de la democracia. Un estilo que contrasta abiertamente con la mezquindad ruin y el torvo ánimo de revancha que están hoy vigentes. Aquel régimen es historia. El de hoy es presente. Para quien esto escribe, crítico sin miramientos de todas las canonjías del puntofijismo, el balance de ese período es, en cualquier caso, incomparablemente superior a estos diez años jaquetones y sin resultados que han venido después.

La figura de CAP seguirá siendo extremadamente polémica durante muchas décadas más. La historia se encargará de reconocer sus logros y poner las cosas en su lugar. Pues bien: con La rebelión de los náufragos tiene usted una excelente y documentada aproximación hacia un aspecto de nuestra historia republicana que estará dando de qué hablar durante varias décadas.

Que no se le escapen a nadie algunas licencias fabuladas que se toma la autora para retratar con incuestionable fidelidad el díscolo frenesí de aquellos años. Quedan convincentemente disueltas ante la escrupulosa descripción de los hechos. La apasionada residente de Santa Paula que, desaforada, toca las cacerolas, brindando, recompensada por los hechos, ante la destitución del entonces Presidente. Un Pérez anciano y en el exilio exclamándole en silencio al pueblo que lo eligió dónde se encuentra el precio de estar eligiendo vengadores.

Los aciertos y los errores tenemos que encuadrarlos en los límites de su condición: la del político latinoamericano aproximado al poder. Graves señalamientos, logros objetivos, ambición de historia, grandezas y miserias, frenética popularidad, momentos de gloria, sufrimiento, cárcel y exilio, rencores llevados hasta sus últimas consecuencias. Al final, tragándose la furia y la indignación, supo cumplir con su palabra y respetar el código institucional de la democracia. Se fue de Miraflores sin que lo empujaran. El Richard Nixon venezolano.

Primera Parte

¿Usted sabe que una de las cosas que pasan con la memoria es que se acuerda de muchas cosas, pero de forma distorsionada?

Carlos Andrés Pérez en Usted me debe esa cárcel de Caupolicán Ovalles

Capítulo 1

Es difícil saber lo que hizo o pensó durante las últimas horas que pasó en su despacho. Queda imaginar, especular, inventar. A las tres y media de la tarde, los objetos personales habían desaparecido de la vista. Esa misma mañana, en menos de noventa minutos, un comando invisible había barrido todo rastro de su paso por allí. Todo testimonio de su devenir público, de su historia oficial. La única historia que, por cierto, tenía cabida en ese espacio, por lo menos en lo que se refería a los cuerpos inanimados. La vida privada era –o él hubiese querido que fuera– privada, no se exponía en papeles, chécheres o portarretratos, y en esa oficina pública no podía haber sino vestigios de su recorrido público. De su trasiego político. De su tuteo con el liderazgo mundial. Esas fueron las huellas que recogieron de la sala esa mañana. El comando sigiloso se había llevado la colección de fotos en donde aparecía al lado de Felipe González, Jimmy Carter, el rey Juan Carlos, Willy Brandt, el jeque árabe de nombre enredado y como media docena de fotos más. También cargaron con los libros de biografías, y por supuesto –fue lo primero que se llevaron– con el busto de Abraham Lincoln y el altorrelieve con la cara de Simón Bolívar. Nada más quedaban, como testigos mudos de otra época, la silla sobreviviente a su primer gobierno –y que Cecilia había mandado a retapizar–, el inmenso globo terráqueo que François Miterrand le regaló en la visita que hizo a Caracas y un revólver calibre treinta y ocho que reposaba –íngrimo– en el centro del escritorio, como la seña más clara de que había llegado la hora de salida. Porque un arma –era su creencia– no es para andar exhibiéndola.

Las armas no son ornamento ni prueba de hombría. Lo había aprendido muy temprano, oyendo las historias de la guerra colombiana de los mil días que le contaba su tío, el general Manuel Rodríguez, y lo comprobó en carne propia mucho después, durante los diez años de resistencia, clandestinidad y exilio que empezaron en 1948, cuando los militares derrocaron a Rómulo Gallegos y él pretendió aguantar en Maracay instalando un gobierno de emergencia. Desde esos tiempos en que lo perseguían empezó a familiarizarse con las armas; tanto, que cuando cayó la dictadura y debutó la democracia las siguió teniendo cerca. Había un revólver escondido en el cajón de la mesa de noche –bajo llave– cuando estaba en la casa o, si era Presidente y estaba en Miraflores, en la minúscula gaveta que se asomaba discreta por debajo de la mesa que una vez había sido de Rómulo Betancourt. Esta vez el revólver estaba sobre el escritorio. Lo acababa de sacar de su escondite porque ya se iba. Había llegado la hora de cierre. Se iba pese a que no eran las nueve ni las diez o las once de la noche. Se iba aunque afuera, en la calle, el sol quemara y faltaba para que cayera la tarde y entrara la noche. En verdad todavía tenía una hora, hora y media por delante para irse, pero eran pocos los minutos que le quedaban para estar solo y despedirse de esas paredes. Pronto llegaría la marabunta; había que alistarse.

El barbero de Palacio acababa de salir. Concluido el almuerzo lo mandó llamar como lo había hecho tantas otras veces en medio de una agenda complicada, porque debía recibir a un visitante distinguido. Por más atosigado que estuviera no gustaba de aparecer desgreñado y descompuesto, dando muestra de azoro. Si había llamado al peluquero en momentos menos trascendentes, cómo no hacerlo a esa precisa hora. ¿Cómo no llamarlo por última vez? Es más, así llenaba su horario en medio de una jornada tan pobre y desleída como la que había tenido ese día. Y es que por más empeño que había puesto en fijarse actividades, tareas y reuniones, el esfuerzo era en vano. Muy poco, casi nada, le quedaba por hacer y esa certidumbre lo asolaba. La representación inútil de un florero frente a una ventana se le venía a cada tanto a la cabeza como una alucinación. Odiaba la idea de ser tratado como adorno. O peor: como estorbo. Toda la vida se había enorgullecido de ser un hombre de acción, un ser que actuaba, que hacía, que se ocupaba. No fue gratuito que en la primera campaña se vendiera como el hombre que camina. La frase, más que un lema publicitario, más que un jingle, resumía su carácter. Más que un tipo atorado, terco y obstinado –que lo era– se reconocía como un tipo que ejerce, que ejecuta, que conjuga en primera persona el verbo hacer. Porque es de espíritus flojos, pacatos y débiles detenerse, quedarse inmóvil. Es contrario a su estilo inhibirse o retraerse ante los tropiezos. Grandes o pequeños. Si se cae un botón de la camisa y Blanca no anda por ahí, él solito agarra y se cose el botón; si necesita la copia de un documento, nada le impide manejar la fotocopiadora; si le dicen que no vaya al Congreso porque le van a boicotear su entrada y que lo mejor es no ir y dejarlo para después, pues él va, y armado, por si acaso. Siempre hay algo que hacer, que se puede o que se tiene que hacer. Siempre, menos este día.

Pretendiendo huirle a la inacción había pensado presentarse esa tarde en el Parlamento para demandar, él mismo, a los senadores que aprobaran por unanimidad el juicio. Sería un lance emotivo, dramático, digno de grandes titulares. Pero también –lo pensó mejor– una ocurrencia estéril, y a lo mejor contraproducente. No faltaría el resentido que, queriendo humillar, iba a pedir la palabra después de él. Y no, no iba a brindar esa oportunidad. No iban a caerle encima otra vez. No más. Lo prudente era domesticar los impulsos y recoger las alas hasta nuevos tiempos. Además, qué tanta novedad iba a recitar. Qué más quedaba por decir. ¡Qué vaina! Esta vez tampoco se despediría como lo había planeado. En 1979 fantaseó con la imagen de entregar la banda e irse a pie desde el Congreso hasta la sede del partido. Sería un largo trecho, rodeado de gente, de pueblo que en el trayecto se le uniría. Al llegar, el partido lo recibiría con aplausos, inclinándose ante su jefatura. Eso quiso, eso imaginó pero no pudo, porque se dio cuenta de que entre sus compañeros no había interés en recibirlo con honores. Le achacaban que no puso lo que le tocaba para que Acción Democrática ganara las elecciones y que, encima, cuando perdieron, se apresuró en admitir el triunfo ajeno. No lo perdonaban. Había mucho reconcomio, y en vez de homenajes se estaban cociendo intrigas. Por eso no cerró como quiso su primera presidencia. Se quedó con las ganas. Y tampoco iba a poder en la segunda. Parecía una maldición. Lo que restaba era mantener el aplomo. Guardar las apariencias.

Ajustó el nudo de la corbata, tiró el saco hacia abajo y lo cerró abrochando un solo botón. El semblante ya estaba entrenado para lo que venía, pero por si acaso revisó. El ceño no debía revelar inconveniencias. No era hora para descubrirse molesto, aunque lo estuviera, o triste, que también lo estaba, o impotente o sorprendido o herido o desarmado. Ni un atisbo de su ánimo, de su verdadero ánimo, debía traslucirse. Suficiente con la alocución de la noche anterior. Había que mostrarse sobrio, sereno, firme. Entero. Prohibidos los hombros caídos. Pronto le tocaría despedirse formalmente de su equipo. Pronto llegaría el ejército invasor. En cuestión de minutos comenzaría el desfile y había que seguir el libreto. Apretón de manos, saludo cordial, firma del acta, nuevo apretón de manos, abrazo de rigor, otros apretones más allá, quizá un beso en alguna mejilla, y ya. Sin fanfarrias, sin fausto o aparato. Sin discurso. Cerraba el mes más largo de su vida. De su historia. Tanto de la pública como de la privada. El mes más largo, y eso que apenas habían pasado veintiún días.

La fecha exacta: 21 de mayo de 1993.

* * *

Moraima –todavía con rastros de trasnocho en el cuerpo– buscaba la noticia en la televisión. Se había acostado a las dos de la mañana, pero la emoción no la había dejado reposar. A las siete ya estaba fuera de la cama, con un café en la mano enfrente del televisor. Desde entonces casi no se había despegado de la pantalla y, a pesar del aporreo, estaba feliz. Ese día no iría a trabajar. Lo había pedido con anticipación porque cumplía cuarenta años y quería celebrar de una manera distinta esa fecha. Iniciaba una nueva etapa en su vida y no quería inaugurarla encerrada en una oficina rodeada de folios y carpetas. Tenía pensado un amanecer diferente, una celebración especial. Pero ni soñaba con lo especial que terminó siendo. Había comenzado a festejar en la víspera, cuando el jueves a las cuatro de la tarde, estando en el trabajo, se enteró de la novedad: «Con nueve votos a favor y seis en contra –leyó en cámara un tipo de rostro grasoso y lentes que le resbalaban en la nariz– la Corte Suprema de Justicia en sala plena declara que hay méritos suficientes para el enjuiciamiento del Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez Rodríguez…».

El tipo con lentes no había terminado de hablar cuando un aplauso fuerte y compacto arropó el resto de su discurso. Al magistrado Gonzalo Rodríguez Corro sólo se le veía la cara brillante enmarcada entre un enjambre de cables y micrófonos. Menos de cinco minutos tardó en leer la decisión. A Moraima le entraron ganas de salir corriendo a pegar lecos por la ventana, animada por un alboroto que venía de la calle a la altura de la esquina de Gradillas. Hasta su oficina llegaron los vivas y los cánticos que, como parte de la fiesta, invocaban el nombre de un militar preso. Ella no salió a gritar en ese momento, pero tampoco se quedó sin darse el gusto: en la noche, después de oír el discurso que dio el Jefe de Estado por cadena nacional, chilló de lo lindo desde el balcón de su apartamento en Santa Paula. En su concierto la acompañó su marido, que golpeó sin cesar y sin piedad el fundillo de una sartén. Los dos estaban felices, pero Moraima más; estaba tan contenta que hasta le entraron deseos de lanzar cohetes. Ella, que tanto miedo le tenía a los juegos pirotécnicos desde que, siendo muchachita, se quemó la mano con una luz de bengala. Ella misma se sintió tentada a raspar un fósforo para prender la mecha de un tumbarrancho. Sería una buena manera de empezar su fiesta, se dijo. Tirar cohetes para celebrar una nueva etapa. La suya y la del país. Era el inicio de su cuarta década de vida y el inicio de otra época en la vida del país. No le cabían dudas de lo que venía. El anuncio abría un horizonte de esperanzas, y por sí solo constituía el mejor obsequio que podían darle por su cumpleaños. Ni que lo hubiera encargado. Y esa noche, en los ratos en que no estuvo asomada al balcón o viendo las noticias transmitidas en vivo, se colgó al teléfono para comentar que la renuncia del Presidente –aunque el Presidente no había renunciado pero era como si lo hubiera hecho– era el presente más bonito que le habían dado. En cuanto agarraba la bocina, cada vez más achispada por la champaña, machacaba: es mi mejor regalo.

Aquello era histórico. Nunca imaginó que viviría para presenciar un hecho parecido. Harta de los partidos y de sus dirigentes, se había convertido en una escéptica. Descreía del sistema democrático, o cuando menos de su evolución. Desconfiaba de todo y de todos. Para ella todos los políticos eran corruptos y todos los jueces se podían comprar; lo que hacía falta era que le llegaran al precio. Por eso estaba convencida de que, al final, los magistrados de la Corte no le iban a dar luz verde al juicio en contra del primer mandatario nacional. Era imposible, decía. Ni en Por estas calles se había visto. Cómo iba a suceder en la vida real, en la vida de verdad, verdad. No ocurriría nada, había predicho, porque nunca ocurre nada en este país. Todo el mundo roba y roba y se sale con la suya. Nadie paga. Esa era una de sus verdades absolutas. Pero se equivocó. Un día antes de cumplir cuarenta años, la misma Corte de la que tanto despotricaba la había sorprendido. Y ella estaba feliz de haberse equivocado.

Para estar guindando, mejor caer, aseguraba. No encontraba inconveniente en que sacaran al Jefe de Estado antes de tiempo, sobre todo si, como decían, había robado una millonada. Y si no lo había hecho, como se atrevía a cantar uno que otro jalamecate, se vería después. Para averiguar lo que se debía averiguar estaba el juicio que se iba a abrir enseguida. En el tribunal se vería quién tenía razón, pero mientras tanto, lo mejor que podía pasar era que el mandatario esperara afuera. Afuera del gobierno, desprovisto de poder y privilegios, como un mortal cualquiera. Bastante se había prolongado la agonía. Las crisis hay que atacarlas rápido, y esta se había demorado demasiado. Nada peor que un país dando tumbos. Era una majadería pretender esperar los siete meses que faltaban para las elecciones, si la solución al atajaperros en que vivían metidos podía encontrarse antes. Sin golpe, sin muertos, sin hecatombe. Ya estaba bien de dar largas al asunto, que para eso es para lo único que sirven los leguleyos. Para argumentar y contraargumentar y buscar resquicios por donde evadirse. Claro que es lógico que el gobierno maneje un presupuesto para seguridad y defensa, y por supuesto ningún gobierno, ni este ni el de Tucusiapón, lo anda divulgado. Eso es una cosa, pero otra muy diferente es que ese presupuesto no pueda auditarse. Que ese dinero no tenga control. Alguna vigilancia debía tener esa plata porque de lo contrario nadie garantiza que no sea desviada para chequeras personales, o comprar una casa para la querida o pagar los gastos de una coronación que nadie pidió.

Moraima estaba acelerada por la avalancha de acontecimientos, y ese viernes en la tarde todavía quería más. Permanecer pegada a un televisor no era la manera que había imaginado para festejar su cumpleaños, pero sin duda fue la mejor. Ya había visto la sesión del Senado que aprobó el juicio al Presidente, y rio de lo lindo con la discusión que se prendió por el detalle del tiempo que debía mandar el sustituto que nombrara el Congreso. «¡Esto es el acabóse! –exclamó–, antes de votar por el juicio se guindan de las greñas para decidir los días que dura la suplencia». Vio también la ceremonia en donde los congresistas juramentaron al suplente, con banda marcial, himno y hasta discursos. El encargado habló de hora trascendental, de duros embates, de resistencia democrática, de la madurez de las Fuerzas Armadas que son ejemplo para América Latina, y, por supuesto, de la carambola que hizo que, ahora sí, le impusieran el collar de la Orden del Libertador y le entregaran la llave de la urna donde están sus huesos.

–Se nos ofrece la ocasión –decía desde el congreso– para insistir sobre la naturaleza perfectible del sistema, más allá de las aventuras que sólo producen trauma y sobresaltos. Este mandato provisional no lo he buscado ni deseado y me corresponde asumirlo. Actuaré con la firmeza que la situación demanda… No he de actuar como hombre de partido en este trance tan difícil…

Moraima también vio los disturbios a las afueras del Congreso en donde hubo insultos, agresiones y gases lacrimógenos. Y la carretilla de declaraciones que se ofrecieron: ministros, políticos, empresarios, dirigentes vecinales, periodistas, buhoneros, oficinistas y hasta chicheros opinaron sobre el trascendental momento. Ella había visto casi todo lo que difundieron los canales, pero todavía deseaba ver más. Le faltaba el acto de traspaso de mando. Quería mirar las caras, reparar en los gestos, oír las últimas palabras. Quería más, mucho más. Quería ver al mandatario derrocado salir de la casa de gobierno.

* * *

A un cuarto para las cinco de la tarde, en el Palacio de Miraflores el aire era espeso. Había desaparecido la incertidumbre y el nerviosismo de los días anteriores, dando rienda suelta a las caras largas, las conversaciones en voz baja y el desmayo ante el peso de los hechos. Secretarias, taquígrafos, mensajeros, analistas, mesoneros, electricistas y bedeles, desafiando la norma, estaban reunidos en el pasillo principal que lleva a Presidencia. En grupitos de cuatro y cinco, esperaban la salida de quien fue su jefe durante más de cuatro años. Conversaban en susurros sin prestar atención al ruido que salía impertinente de los dos televisores que estaban encendidos muy cerca. No había funcionarios de alto rango entre ellos; sólo se distinguía Rosario Orellana, viceministra de la Secretaría, que se acercaba presurosa por el corredor hasta apostarse a un lado de una columna y de un muchacho de ojos rayados, de nombre Javier, que la saludó como saluda un subalterno. Aparte de ella, los contertulios, incluido Javier, eran rasos, rasos. Los grandes personeros –ministros y militares– estaban adentro, aguardando un llamado en la antesala del despacho. A ellos todavía les quedaba oficio por esa tarde. Tras la firma del acta y la despedida, deberían reunirse con el nuevo Jefe de Estado y presentar cuentas, o por lo menos ponerse a la orden. Era lo mínimo, aunque más de uno tenía ganas de saludar y salir corriendo. Entre ellos se repetían los murmullos del pasillo. El espíritu cargado. No había bríos para charlas triviales, toda plática era grave, y el comentario más ligero que se escuchó a esa hora tuvo que ver con la bandera nueva que ondulaba sobre el edificio. La anterior se había roto la tarde antes –justo después de conocerse el fallo de los jueces–, y con la corredera no cupo amague para sustituirla. La bandera se rasgó por la franja roja y así estuvo ondeando hasta las seis, cuando la arriaron. Ese era el tema de conversación más superficial de los ministros en el vestíbulo, y también lo había sido entre los empleados de la galería. El ánimo era de entierro.

De improviso, un inusitado movimiento que provenía del patio de estacionamientos irrumpió en la pesadumbre y cortó las conversas. Hubo un momentáneo desconcierto. Esperaban la llegada de la caravana del Presidente provisional, pero los carros que estaban llegando y la gente que se estaba bajando de esos carros no formaba parte de la comitiva oficial. A leguas se notaba. Era gente nueva, desconocida, vestida como para una celebración. Cual hormigas que salían de hoyos negros, los recién llegados comenzaron a derramarse y a colmar el pasillo que hasta hacía pocos minutos dominaban los trabajadores de Palacio. En la primera línea del pasaje se formó un batallón de mujeres perfumadas y encopetadas, escoltadas por caballeros que estrenaban trajes y predios. Los empleados y obreros de Miraflores, empujados hacia la pared, parecían intrusos en una fiesta a la que nunca podían haber sido invitados. El aire que transpiraban los visitantes era de jolgorio. Sólo faltaban los papelillos, la alfombra roja y un rey que caminara encima de ella. Los recién llegados se dispusieron a aguardar.

A las cinco de la tarde terminó la espera de unos y otros. Octavio Lepage, acompañado de su esposa, se presentó en el Palacio de Miraflores a tomar posesión de su despacho. Adentro, aguantando para entregárselo, permanecía Carlos Andrés Pérez. Al ver aparecer a su suplente, Pérez sonrió cortés y empezó a cumplir con el guión pautado. Era lo único que le quedaba por hacer. Quince minutos tardó la ceremonia de traspaso. Al finalizar, siempre sin salirse del libreto, sonrió para la foto y estrechó la mano del encargado:

–Le deseo toda la suerte del mundo, doctor Lepage –exclamó, y mientras se dirigía a la puerta sin mirar atrás para ver lo que se quedaba, se dijo a sí mismo–: ¡carajo!, es que esto yo nunca lo vi venir.

Capítulo 2

Talón de Aquiles

–Yo no sé por qué él pensaba así. ¡Esto se veía venir de anteojitos! Todo el mundo estaba claro en que a él lo iban a juzgar. Todos, menos él.

—¿Por qué cree que pasó lo que pasó? ¿Por qué cae Carlos Andrés Pérez?

–Pérez estaba destinado a caer desde el mismo momento en que fue nombrado Presidente. Mucha gente estaba interesada en que él no llegara, y cuando por fin llegó, en su contra se unieron muchos factores y grupos. Se produjo una alianza que sólo se había dado en 1958, cuando la izquierda y la derecha coinciden para tumbar a un dictador. Pero en 1993 la izquierda y la ultraderecha se unieron para tumbar a un Presidente que había sido electo, y que estaba metiéndose con los intereses de mucha gente. Porque Pérez pisó muchos callos. Eso es innegable. Pérez llegó con la idea de democratizar a Venezuela, llegó con una visión de modernizar el país, pero no se dio cuenta de que Venezuela no estaba lista.

—¿No estaba lista?

–Aquí se perdió el norte. Nadie había entendido cuán fatal fue el gobierno de Luis Herrera, ni cuán fatal fue Jaime Lusinchi para Venezuela. Y después de esos dos gobiernos llega Pérez, con una forma de pensar diferente a su primer gobierno, porque ya no es el populista de la década de los setenta sino que es un neoliberal que se rodea de un equipo no adeco, un equipo joven y muy calificado, pero un equipo que tampoco entendía que Venezuela venía herida. Y, después, ellos tampoco entendieron el Caracazo. El equipo de técnicos no alcanzó a entender que la gente estaba llegando a un límite, y Pérez: o no estaba claro o no se dio cuenta o no lo vio o no lo dejaron ver… ¡No sé! Porque cuando se llega a esas alturas como que se pierden un poco las perspectivas…

—¿No podría ser que Pérez sí se había dado cuenta, que sí entendía la situación, tanto que en su gobierno quiso ser totalmente diferente?

–Pero no buscó piso político. Él se lanzó a hacer cambios. Muy importantes, no hay duda. Cambios necesarios, es verdad; pero no supo cómo hacerlo. Él no tenía apoyo de Acción Democrática, no tenía apoyo de nadie. Y la gente que él nombró eran todos unos muchachos que no tenían mano izquierda, que quisieron cambiar las reglas del juego pero no tenían apoyo. Y peor: no lo buscaron. ¡Pérez no lo buscó! Él pensaba que como había ganado con tantos votos, esa votación era su apoyo. Y ¡no!

—Se sobreestimó, como dice todo el mundo.

–Exactamente. Se sobreestimó. Se rodeó de gente muy buena, pero que no tenía manejo político, que nunca había trabajado en la administración pública. Yo no digo que fue un error haberlos nombrado; digo que fue un error nombrarlos ministros. Tenía que haberlos designado directores generales, viceministros, pero no ministros. Porque eran eso: muchachos, muy inteligentes y muy todo pero muchachos que no entendían que para instrumentar políticas económicas se necesita apoyo político. Y no lo buscaron. Ellos simplemente se lanzaron. No le explicaron al país lo que estaban haciendo. Y ahí está el error de Pérez; ahí, su falta de visión. Él necesitaba ese apoyo, necesitaba comunicarle al país las cosas, porque la gente no le compró su paquete. Él se sobreestimó y, al mismo tiempo, subestimó mucho a sus enemigos, porque también hay que dejar algo muy claro: Carlos Andrés Pérez siempre tuvo enemigos. Él llegó adonde llegó por ser un hombre perseverante, pero él tuvo sus enemigos; a él le costó mucho ser candidato la primera vez. Y le costó mucho ser candidato la segunda vez.

—¿Carlos Andrés Pérez era soberbio?

–No. No era soberbio. Lo que pasa es que era terco. Es terco. Terco. Muy terco.

—Dijo que Pérez estaba condenado a salir…

–Grupos de izquierda y gente de derecha decidieron que a Pérez había que sacarlo. Primero vino el golpe militar, y como no resultó, se recurrió al golpe seco. Todo esto era un problema de poder. De poder, y de venganza. Se unieron viejos odios y poco a poco le fueron cobrando cosas. Los viejos odios de Rafael Caldera y Luis Alfaro Ucero1, y los resentidos que dejó el golpe de 1945 –un capítulo aún no superado en Venezuela–. Eso, sin contar a los grupos económicos que querían seguir manejando el país. Todos esos intereses confluyeron y, lamentablemente, esto llegó adonde llegó. ¡Una lástima! Se hubieran esperado siete meses, que era lo que faltaba para celebrar las elecciones. Se ha debido dejar que Pérez terminara su mandato y después, si querían juzgarlo, que lo juzgaran. Pero tenían que dejarlo terminar. Lo que pasó fue que, aquí, nadie quería escuchar razones.

—¿Qué significado hubiese tenido dejarlo terminar su período? ¿Por qué esperar para juzgarlo?

–Porque la situación no hubiese sido tan traumática. Pasar de Pérez a Octavio Lepage, y después, casi enseguida, a Ramón J. Velásquez golpeó más la institucionalidad. También creo que si Pérez hubiese estado en el poder se hubiese evitado la debacle del Latino, que fue terrible para el país. Él no lo hubiese permitido, él habría buscado una salida, porque la crisis financiera fue terrible para todos… Yo creo que le hizo mucho daño al país toda esta gente que decidió que «el problema era Pérez» y el problema no era Pérez; el problema era la estructura de país, la falta de creencia en las instituciones. Cuando Pérez cae, la economía estaba muy bien, los indicadores eran los mejores: en crecimiento, inflación… Eso hay que destacarlo. Nada que ver con lo que vivimos ahorita. Hay que fijarse que a Pérez lo sacan por diecisiete millones de dólares y porque había subido la gasolina un bolívar ¡¿y cómo estamos ahora?! Ahí es cuando uno se da cuenta de que sí había un plan para sacarlo. Hay que mirar todo lo que ha sucedido en los últimos diez años en el país ¿y ha pasado algo? ¡Nada! Aquí todos los días se viola la Constitución, todos los días lo agreden a uno como ciudadano, le mienten… ¿Y a Pérez lo sacaron por diecisiete millones de dólares? Ahí es cuando uno se da cuenta de que ¡había! una conspiración. Creían que al sacarlo iban a poder poner a cualquiera en su lugar; no se daban cuenta del problema institucional que estaban creando en Venezuela. Pensaban que era muy fácil: salimos de este y ponemos a otro. Y no, no era tan sencillo. En esa época uno abría la prensa y todos los días había alguna información en contra de Pérez. Estaban pendientes de lo que hacía, de qué comía, qué tomaba, cómo viajaba, con quién se reunía…

—¿Y en la conspiración también estaban los medios de comunicación?

–¡Imagínese! Los medios son muy responsables porque ellos crearon una matriz de opinión. Ellos dijeron que el gobierno de Pérez era el gobierno más corrupto de toda la historia de Venezuela. Eso lo decían. Yo pregunto: ¿qué ministro de Pérez está preso? ¿Qué ministro fue acusado?

—¿Y usted cree que Pérez era corrupto?

–…

—¿O que el entorno de Pérez era corrupto?

–El entorno de Pérez era corrupto, eso es un hecho. Pero el entorno cercano a él. Ese fue otro problema que él tuvo. No se dio cuenta de que el entorno que él tenía le estaba creando problemas.

—¿Está hablando de la señora Cecilia Matos2?

–Ella fue como su talón de Alquiles. Su punto vulnerable. Porque por donde usted metía el ojo, aparecía ella. A lo mejor, no será verdad todo lo que dicen, pero por donde usted se metiera estaba ella metida, y si no estaba, inventaban que estaba. Cecilia aparecía siempre como el poder detrás del trono.

—¿En verdad era tanto su poder? ¿Pérez se lo daba? ¿O es que él no se daba cuenta?

–Yo no sé. La verdad que esa es una cosa que no entiendo. No, no entiendo. Creo que ahí hubo un problema serio porque él tenía que haberse dado cuenta de qué estaba pasando… Si yo hablo como su hija, es algo muy difícil de explicar. Uno trató de entenderlo, pero es difícil… Nosotros somos una familia muy moralista ¿y quién nos inculcó esa moral? Él, y mi mamá. Mi papá nos crió con preceptos muy claros. A mí y a mis hermanos. Él nos decía: nunca recibas nada de nadie, porque si lo recibes me comprometes a mí. Insistía en que había que cuidarse mucho, porque favor que nos hicieran a nosotros, se lo iban a cobrar a él.

—¿Eso les decía?

–Toda la vida. Él no aceptaba almuerzos en restaurantes caros, no aceptaba que mi mamá llegara a casa de nadie, ni que mis hermanas… Es más, una vez hasta se molestó mucho cuando lo llamé para pedirle permiso porque una amiga de mi mamá se ofreció a pagarme unas clases de esquí. Eso fue entre 1974 y 1977, durante su primer gobierno, que yo estudiaba interna en Francia y en unas vacaciones fui a la casa de doña Alegría –que le tenía mucho cariño a mi mamá–. Yo tenía once años. Sabiendo como es mi papá, yo lo llamo y le cuento que doña Alegría me propone aprender a esquiar. Él me pregunta: «¿cuánto cuesta el curso?» Cuando le digo el monto, enseguida me contesta: «no te puedo pagar eso; olvídate de eso». Pero salgo yo: «no, papá, es que doña Alegría dice que ella me lo paga». Más vale que no. Se puso furioso ¡furioso! Quería que yo me viniera para Caracas. De inmediato le dijo a mi mamá: «que se venga; ella no puede aceptar eso. Lo que doña Alegría le dé, su esposo me lo puede pedir a mí en favores».

—Por eso a usted le afecta tanto lo del entorno.

–Nosotros fuimos criados como clase media; tuvimos las oportunidades que mi papá nos dio, cuando pudo; pero siempre vivimos hasta donde la cobija nos arropaba. Por ejemplo, yo no conocí Disneyworld. Todos los compañeros de mi edad habían ido, y yo no. ¿Por qué? Porque nosotros éramos una familia normal que iba de playa a La Guaira o a Margarita. Yo me fui interna a Francia cuando mi papá fue Presidente, pero apenas dejó la Presidencia me dijo: «Vas a tener que venirte; yo no te puedo pagar el internado». Y me vine. Yo trabajo desde los veintidós años, y mi hermana Sonia, la mayor, empezó a trabajar a los dieciocho. Sonia se pagaba la mitad de la universidad, porque mi papá, en esa época, no podía pagarle toda la mensualidad de la Universidad Católica. Y después, con sus ahorros, Sonia se fue a estudiar su maestría en Londres.

—Entonces, para usted, Pérez no es corrupto.

–… No será el corrupto per se. No es que él se robó el dinero, pero si no es corrupto por lo menos es cómplice. Y lo estoy diciendo como venezolana. Como hija, me parece que mi papá se hizo mucho daño con esa relación. Él la pudo haber sacado a ella para el exterior, la pudo haber mantenido afuera. Si él sabía de esto tenía que haberle puesto coto, de una u otra forma. Él tenía que haberse dado cuenta de qué estaba pasando. Lo digo como hija, porque como venezolana ¡me parece el colmo! Porque nosotros lo elegimos a él para defender nuestros derechos y defender a nuestro país; por lo tanto, él es responsable de toda la gente que nombró, de la gente que estaba a su alrededor… Ahora bien, quítese a Cecilia Matos de todo esto ¿y qué ministro está preso? Ninguno. ¿Qué ministro fue juzgado? Ninguno. Es decir, lo del «gobierno corrupto» fue una matriz creada. Pero qué es lo que pasaba: al tener él esa relación, los medios, que estaban dentro de la confabulación, la utilizaron para crear una matriz de opinión, para dar esa idea de corrupción. Eso es un hecho. ¿Existía corrupción? Hay que ver. La gente le echaba toda la culpa a Cecilia Matos. Fuera o no fuera verdad. La gente habla mucho, ciertamente, pero la forma de vivir de ella es lo que daba qué hablar. Y es que ¿de dónde sacaba Cecilia Matos la plata para vivir donde vivía? ¿Quién se la daba? ¿Por qué se la daban? En inglés hay un dicho que reza: there are not free lunches. Si a ti te están dando algo es porque algo esperan recibir de ti. Ahora bien, ¿Carlos Andrés Pérez no se dio cuenta? ¿Sí se dio cuenta?… De verdad que no lo sé. Lo que sí puedo decir es que todos esos rumores y esos cuentos de corrupción a mí me daban mucha rabia. Y ahí, sí, yo peleaba con mi papá. Él tenía que estar consciente de eso, porque si te llaman ladrón es muy difícil quitarte el mote de encima. Cuando a ti te ponen ese estigma no hay quien te lo quite3.

Capítulo 3

Todo fue tan rápido. Me meto en su cabeza y pienso como creo pensaría su cabeza esa tarde, cuando iba en el carro rumbo a La Casona. Mientras le abrían el portón del Palacio por última vez, y miraba por la ventanilla a los soldados que todavía se cuadraban a su paso. En esos instantes, con el ánimo quebrantado, ora ya sin disimulo, pudo haberse detenido a pensar en lo tacaños que fueron los días buenos, en lo rápido que se gastaron. Si fue ayer mismo cuando optimista y embriagado había traspasado la reja que ahora cerraban tras de sí. Si fue ayer mismo cuando le pusieron la corona, perdón: la banda presidencial, en el Teresa Carreño. No en el Congreso como era la costumbre y mandaba la Constitución, sino en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, la única obra arquitectónica a la altura de las circunstancias, el único espacio capaz de amparar a tantos huéspedes. Qué distinto el carácter de esa época, qué rimbombante el tono con que se inauguró. La suya no había sido una ceremonia más de transmisión de mando, en donde los invitados especiales sin llegar a la docena asisten como por acto reflejo para brindar apoyo y solidaridad diplomática a un nuevo régimen. No, qué va. Aquel evento que lo elevó a él tuvo visos de cumbre. De conferencia ecuménica que se convoca para investir a un jerarca o para amarrar acuerdos cimeros. Aquella ceremonia fue tarima internacional y se convirtió en plataforma de contactos con trascendencia continental, para no decir mundial. Fueron muchos los extranjeros importantes que llegaron a Caracas: Willy Brandt, Jimmy Carter, Dan Quayle, Felipe González, Mario Soares, Virgilio Barco, Joao Baena Soares, José Sarney, Julio María Sanguinetti, Alan García, José Francisco Peña Gómez, Julius Nyerere, Enrique Iglesias, Ali Subroto, Joaquín Balaguer, Virgilio Cerezo, Daniel Ortega, Fidel Castro. ¡Fidel Castro! en su primera visita a Latinoamérica en treinta años. Nunca antes se había visto una parada de ese tenor en el país o en algún otro de la región. Ese 2 de febrero arribó gente de los cinco continentes sólo para acompañar al amigo –porque eso era él para algunos–, sólo para ser testigo de la hora en que el líder tercermundista se juramentaba como Presidente de una nación joven, pujante y emprendedora. Venezuela estaba llamada para hacer cosas grandes, para marcar derroteros, para cambiar paradigmas de crecimiento. Sería un modelo. Ese y no otro era el sentimiento que cargaba el aire que se respiraba en esa época. Esa y no otra era la sensación que flotaba en el ambiente. Y sólo él había sido competente para fabricar esa atmósfera. Sólo él había podido juntar bajo un techo a tanto y a tan diversos personajes de tan distintos orígenes, creencias e ideologías. Nadie había conseguido algo igual, y difícilmente alguien lo conseguiría después. Los envidiosos y los miopes hablaron de coronación. ¡Qué mezquinos! No alcanzaron a entender la trascendencia. ¡Qué cicateros!

Y ahí fue cuando comenzó todo. ¿O había comenzado antes?

* * *

El 2 de febrero de 1989 el escenario semihexagonal de novecientos metros cuadrados de la Sala Ríos Reyna fue ocupado casi en su totalidad por una réplica del estrado del Senado. Para que pareciera aunque no fuera. Todos los partidos políticos habían consentido en cambiar la locación y fue por eso que Carlos Andrés Pérez, el séptimo Presidente constitucional de la Venezuela democrática, se juramentó ante una tribuna de utilería. Era la primera vez que una gala semejante se realizaba en un lugar diferente al viejo edificio del Palacio Federal, sede natural del Parlamento que, en esa fecha, no pudo oficiar como tal por falta de aforo. Era también la primera vez en la vida democrática del país que un dirigente político lograba repetir en la primera magistratura. La Constitución de ese tiempo permitía una reelección presidencial siempre que no fuera inmediata, y hasta entonces nada más Rafael Caldera lo había intentado, pero sin éxito. Él, en cambio, lo había logrado en su primer intento, y ejercería el poder por cinco años más.

A Pérez le tomó juramento un copartidario, Octavio Lepage, que era el presidente del Senado, y por si fuera poco recibió el mando de otro compañero de partido, Jaime Lusinchi, un antiguo amigo. El camino lucía despejado para el nuevo gobierno. La fiesta tenía que ser con pompa.

Para garantizar el brillo del evento no se escatimaron esfuerzos ni recursos. Cinco millones de bolívares nada más costó limpiar y reparar el aeropuerto de Maiquetía, y con semanas de anticipación se reservaron mil quinientas habitaciones de hotel para las delegaciones visitantes; se autorizaron más de quinientas acreditaciones para periodistas y fotógrafos internacionales y mil ochocientos nacionales; diez mil obreros se ocuparon de lavar y acicalar la cara a la capital y quince mil policías fueron encargados del operativo de seguridad. Se cuidaron todos los detalles. Diez años después de haber dejado el poder, Pérez, respaldado por cincuenta y tres por ciento de los votantes, regresaba rodeado de un aura de líder cosmopolita, y en su come back quiso hacer mérito a esa reputación.

Las dos mil cuatrocientas butacas del auditorio principal del complejo cultural resultaron insuficientes para las tarjetas de invitación que se cursaron. Todavía hay quien recuerda que la delegación de Tanzania se quedó sin silla y que unos invitados colombianos casi pierden las suyas porque llegaron cinco minutos tarde (como no había cupo en los hoteles los alojaron en las suites de una clínica y el congestionamiento de tránsito los retrasó). Antes de comenzar el acto, el teatro era un reverbero, y no sólo por el número de asistentes sino por el brillo de sus galones. Veinte jefes de Estado, el vicepresidente de Estados Unidos, el secretario general de la OEA, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, el secretario general de la OPEP, el secretario permanente del Sela, el presidente y un vicepresidente de la Internacional Socialista, una decena de ministros de relaciones exteriores, varios ex presidentes –incluyendo los locales–, embajadores, jeques árabes, dirigentes africanos, delegados polinesios, funcionarios de organismos multilaterales, mandatarios derrocados, aspirantes presidenciales de varias naciones, escritores –contando un premio Nobel– artistas e intelectuales de los cinco continentes. Un desfile variopinto que se mezcló esa tarde con los convidados criollos: diputados, senadores, ministros, gobernadores, militares, jueces, empresarios, líderes religiosos, representantes culturales, dirigentes vecinales, cantantes, bailarines y poetas.

En la noche, después de un largo día de actos oficiales, hubo un concierto. La Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, Morella Muñoz y un coro de más de mil niños, bajo la batuta del maestro español Theo Alcántara, interpretaron la Octava Sinfonía de Mahler. Más tarde también hubo banquete, para el cual se cocieron doscientos corderos, veinticuatro piernas de res y se destaparon mil doscientas botellas de whisky. No quedó registro de las garrafas de vino.

–Desde que se coronó la Reina Isabel de Inglaterra no se había visto una acto tan espectacularmente monárquico –comentó a la salida del evento Eduardo Fernández, el copeyano que llegó en las elecciones detrás de Carlos Andrés Pérez.

* * *

El Gocho había regresado, por si las dudas, por la puerta grande. Diez años atrás, nadie habría apostado por ese retorno. A lo mejor ni él mismo. En 1979, unas semanas después de dejar el mandato, ante una pregunta de Carmelo Lauría4 sobre la reelección, contestó: «Tengo que pensarlo mucho». Asumir una nueva presidencia con casi setenta años era una cuestión que necesitaba considerarse. Estudiarse con calma. Acababa de leer Los enfermos que nos gobernaron de Pierre Accoce y Pierre Rentchnick, y le perturbaba el declive de las capacidades y los talentos. El cuerpo y los sesos responden distinto a los cincuenta y un años que a los sesenta y seis. «Tendría que pensarlo», confesó en voz alta, pero aún no lo descarta. Un año después ya ni siquiera se lo plantea, aunque en ello poco tendría que ver la prematura preocupación por la llegada de la tercera edad y los achaques que vinieran acompañándola. El dilema entonces tuvo que ver más con los heridos que él había dejado en su camino. Con los resquemores que había levantado y con los ofendidos y resentidos que estaban pasándole factura. Era lo que creía. A la hora de hacer cuentas a su favor no contabilizaron las nacionalizaciones del hierro y del petróleo, o las obras de Guri, o lo que hizo con la industria del aluminio; mucho menos la creación del Sistema de Orquestas o la Biblioteca Ayacucho y tampoco se acordaron de la fundación de becas que mandó a estudiar al extranjero a cientos de miles de bachilleres. ¡Nada! Al salir del primer gobierno vino la zancadilla del Sierra Nevada5, y la jugada –no dejó lugar para la duda– partió de Acción Democrática. Intrigaron y maniobraron y se regó la mala yerba de que el Presidente había complotado para repartirse una comisión de diez millones de dólares. Fue una etapa sórdida. Un día, echado en la hamaca, se quejó impotente ante Sonia, la hija mayor: «¿Es que yo me merezco esto? ¿Es que lo hice tan mal?».

Le dolía admitir que dentro de su propia gente había quien quería eliminarlo políticamente. Querrían cobrarle la pérdida de las elecciones de 1978, sin aceptar que el descalabro tenía otro protagonista y otros responsables. El partido apadrinó al peor postulante, y el partido perdió. Y si perdió había que aceptarlo. No podía repetir el cuento de 1968, cuando el gobierno de Raúl Leoni esquivó durante una semana el triunfo de Rafael Caldera; o lo que pasó en 1973, cuando fue Caldera quien se demoró cuatro días en admitir que habían derrotado a su candidato. En 1978, él se opuso a la repetición de ese capítulo, y eso no se lo perdonaron. De ahí salió la conjura. Estaba seguro. La cuestión del sobreprecio en la compra del buque Sierra Nevada fue un golpe bajo, y se dobló. Sufrió un knockdown. Una condena política por parte del Congreso es casi una sentencia firme. Resultó difícil levantar cabeza después de eso. Más de uno creyó que lo habían liquidado. Y quizá es lo que hubiera pasado si el negro Peña Gómez, el dominicano, no se lo hubiera echado sobre sus hombros como el hombre de la Emulsión de Scott cargaba con su bacalao. Peña Gómez fue el gran artífice de su renacimiento. Él y Mario Soares, el portugués, y Willy Brandt, el alemán. Ellos lo rodearon, le dieron ánimos, lo foguearon, lo metieron de nuevo en la candela. Y la Internacional Socialista le dio el reconocimiento a su liderazgo que el partido le había negado.

La candidatura para un segundo mandato la ganó a pulso. En una lucha larga, de persistencia y resistencia. Pero a eso ya estaba acostumbrado. En el pasado cada vez que había surgido su nombre en una contienda interna de AD, enseguida había prosperado también el rechazo dentro del aparato. Le repelían ese modo suyo de ser, opinando sobre todo y metiéndose en todo. Levantaba urticarias su personalidad que en más de una oportunidad había dado inconvenientes muestras de criterio independiente. Detestaban especialmente lo que muy temprano llamaron megalomanía y delirio de grandeza. En 1972, una vez que Rómulo Betancourt –el líder máximo, el padre fundador– descartó relanzarse por la Presidencia, de inmediato comenzaron a moverse los hilos en su contra. El grupo Leoni, formado por los que habían sido más allegados al ex presidente, fue el más militante en esa oposición. Inclusive hoy en día hay quien asegura que si Leoni hubiera estado vivo, Carlos Andrés Pérez nunca hubiese sido candidato. Pero Leoni murió en julio de 1972, y a los pocos meses, después de superar unos manejos oscuros en la convención interna, él consiguió ser abanderado. Como también lo consiguió en 1987, quince años más tarde.

«Tengo que reconocer que en cierta forma soy corresponsable de la segunda candidatura de Carlos Andrés Pérez.

»Me acuerdo de que Antonio Ledezma6, Armando Durán7 y yo viajamos a Nueva York a convencerlo. A convencerlo para que fuera el candidato, porque nosotros estábamos muy influenciados por la crisis interna que atravesaba AD, en donde Jaime Lusinchi pretendía que Octavio Lepage fuera el aspirante presidencial, cuando, la verdad, Lepage ponía en riesgo la propia permanencia del partido en el poder. Y es precisamente ese hecho, el de la subsistencia en el poder, lo que quizá llevó a que Carlos Andrés Pérez nos recibiera, y nos escuchara.

»Retengo la conversación. Cecilia Matos estaba presente y oyó todo el planteamiento que nosotros hicimos y, cuando terminamos, ella dijo algo que después de tantos años puedo repetir de forma casi textual: «Bueno, papi, si tú aceptas te irás solo, porque yo no me regreso a Caracas para que tú seas Presidente».

»Carlos Andrés no nos dio respuesta en ese momento. Eso nos puso a pensar. Lo que Cecilia había dicho enfrente nuestro tenía mucha significación para quienes sabíamos la relación estrecha que ellos tenían. Ella lo dijo casi como una amenaza, y eso nos daba vueltas.

»Pasó un tiempo y un día él me llamó desde Nueva York y me avisó que iba a venir a Venezuela, específicamente a Santa Bárbara del Zulia, para cumplir con un compromiso. Armando De Armas, que era amigo de él, le mandaría un avión para llevarlo hasta allá directamente. Él venía para un bautizo. Cuando eso ocurrió, todavía estábamos en los días en que no se sabía qué iría a pasar: que si Carlos Andrés Pérez acepta la precandidatura, que si no la acepta. Pero, igual, él nos llamó y nosotros nos trasladamos hasta el Zulia y allá nos ocupamos de organizar todo y de movilizar a la gente para recibirlo. Estando en esos preparativos, un compañero me preguntó:

»—¿Y tú crees que Carlos Andrés va a volver a ser candidato?

»—Yo no sé –le reboté–, pero qué piensas tú de un hombre que viaja directamente desde Nueva York, Estados Unidos, a Santa Bárbara del Zulia, Venezuela, sólo para estar presente en un evento como éste8.»

La decisión ya estaba tomada. Pese a lo que dijera Cecilia. Pese a lo que creyeran los jóvenes dirigentes adecos que volaron en comitiva a Nueva York para pintarle un lastimoso cuadro del partido y pedirle que considerara muy seriamente volver al ruedo. Mucho antes de que Ledezma, Durán y Héctor Alonso López aterrizaran en el aeropuerto Kennedy, Pérez había decidido entrar en el juego e ir por la segunda presidencia. Desde mediados de 1985, la oficina como senador vitalicio que tenía en la Torre Las Delicias le venía sirviendo de comando estratégico de campaña y desde allí coordinaban sus movimientos. La meta era el Palacio de Miraflores, aunque no lo pareciera porque casi no estaba en el país sino en Estados Unidos, en el apartamento de Cecilia; o en Portugal, en un cónclave de la Internacional Socialista; o en Zimbabue, para una reunión del Movimiento de los No Alineados; o en China, recorriendo la muralla. Casi todas sus apariciones en público tenían que ver con el plan mayúsculo de competir por la candidatura, aunque a simple vista sus actividades parecieran las normales, sencillas e inofensivas actuaciones de un político en reposo, apartado por completo de la geografía y la agenda nacional, y pretendiendo solo ser un referente o una consciencia. Pero nada de lo que él hacía tenía intenciones didácticas o turísticas. No se había batido en retirada. No, señor. Cada discurso que pronunciaba y cada zancada que daba apuntaban a la misma dirección. Eran parte de una estrategia, de una maniobra proselitista. Si no qué otra cosa podía ser, por citar un caso, el documental de hora y media de duración que transmitió el canal cuatro de televisión en donde él «explicaba» la cultura china mientras «caminaba» por la muralla y se tuteaba con gobernantes de Pekín.

En 1986, muy lejos de lo que aparentaba a propios y extraños, estaba resuelto. Ya otros lo habían convencido o él se había convencido a sí mismo de que era el único capaz de enderezar los entuertos de Venezuela. Una vez superado el traspié por el escándalo del Sierra Nevada, Carlos Andrés Pérez se sacudió el polvo del traje y se dispuso a regresar al poder. El Sierra Nevada, en lugar de liquidarlo, lo relanzó, y los vínculos internacionales y el roce con los más importantes líderes del mundo reavivaron su nostalgia por el poder. Era imposible pretender que se quedara de brazos cruzados y en la retaguardia. Tenía claro que volvería a ser candidato; sólo que, viejo tahúr, se cuidó de descubrir sus cartas antes de tiempo. No quería dar pasos en falso, y por lo visto ninguna de sus dos familias –tenía dos: la oficial y la otra– estaba muy al tanto de lo dispuesto.

En 1986, cuando Jaime Lusinchi pretendió frenarlo al nombrar como gobernadores de estado a los secretarios regionales del partido, era muy tarde. Ya el nombre de Carlos Andrés Pérez estaba en la calle, y desde la calle había empezado a horadar la renuencia innata de los adecos a la reelección.

«Debe haber sido en julio de 1986. Acabábamos de regresar del congreso de la Internacional Socialista que se había hecho en Lima, Perú, a finales de junio. Yo había ido a su casa esa noche para que él terminara de revisar el discurso que había pronunciado allá. Había que corregirlo antes de enviarlo a la oficina de Willy Brandt, que lo estaba pidiendo para traducirlo y publicarlo. Como no le había dado tiempo en la oficina, me dijo que lo acompañara a su casa, que luego de que comiéramos, él lo revisaría. Y resulta que fue ahí, esa noche en su casa, después de comer, cuando nos lo dijo a su hija Marta y a mí:

»—No lo comenten todavía, pero he decidido lanzarme por la candidatura.

»—¡Ay, Presidente! y con la situación interna tan mala que hay en el partido, ¿usted se va a lanzar? ¿Está seguro?

»—Sí, yo tengo un proyecto de modernización. Mire cómo llevan a Venezuela. Este país necesita enseriarse, desde hace rato necesita enrumbarse económicamente y fíjense que no lo han hecho por razones políticas.

»Recuerdo perfectamente que fue ahí cuando por primera vez lo escuché mencionar lo de la Generación Ayacucho.

»—Yo voy a necesitar a gente como ustedes, a gente joven, capacitada, gente de la Generación Ayacucho, porque para eso yo les di oportunidades de que se formaran en el exterior. La gente del Plan Ayacucho es la que se necesita para modernizar a Venezuela.

»—Yo no fui a estudiar a ninguna parte con el Plan Ayacucho –me acuerdo que le dije, en son de broma–. Yo fui con mi propio plan: el Plan Abuelo, porque fue mi abuelo quien me pagó los estudios9.»

Jaime Lusinchi y, según las malas lenguas, Blanca Ibáñez10, su secretaria privada, se empeñaron en que Octavio Lepage fuera el abanderado del partido. Lepage había sido el jefe de campaña de Lusinchi en las elecciones anteriores y luego, su ministro de Relaciones Interiores. Era, entonces, el virtual sucesor. El designado. Desde muy temprano se sospechó que iba a ser candidato, o mejor dicho: el candidato del gobierno, porque lo que estaba en la balanza no era una elección más sino la dirección de Acción Democrática, la jefatura que estaba disponible desde la muerte de Rómulo Betancourt a principios de la década de los ochenta. Gonzalo Barrios11 no contaba en esas lides. Él era el presidente del partido, un nombre importante, pero no entraba en la contienda por la jefatura. Desde que murió Betancourt, él era la máxima figura, el más alto dirigente, pero no tenía la suficiente fortaleza para convertirse en el líder indiscutible del partido. Carlos Andrés, al contrario, sí la tenía. Si Carlos Andrés conseguía la designación, y luego la Presidencia, se llevaba consigo el control del partido. Y Jaime no estaba dispuesto a permitirlo; tampoco Blanca. Después de detentar las riendas del poder de manera absoluta, era inimaginable transferirlas, y con Carlos Andrés en Miraflores nadie voltearía a mirar al mandatario saliente, mucho menos a su secretaria, que ya nunca más se disfrazaría de militar, ni visitaría guarniciones ni decidiría cuotas de dólares preferenciales ni mangonearía medios ni repartiría canastillas. Por eso Lusinchi y Lepage hicieron mancuerna. Uno obtenía la candidatura, el otro aseguraba el liderazgo de Acción Democrática. Eso pensaron. Ellos dos, y la secretaria privada.

Jaime y Carlos Andrés, después de haber sido grandes amigos, en los últimos años se habían distanciado. Llegaron a ser tan cercanos que, en 1972, Jaime fue quien encabezó el grupo que peleó por la candidatura de Carlos Andrés desafiando al influyente grupo Leoni; y en 1977, Carlos Andrés fue el que se enfrentó a Betancourt, que prefería a Luis Piñerúa, en vez de a Jaime, como aspirante para la contienda del año siguiente. Siempre habían sido compañeros y aliados. Las discrepancias empezaron justo con los preparativos para la campaña de 1983, cuando Carlos Andrés Pérez decide no asistir a un acto en donde sabía se iba a proclamar a Jaime Lusinchi como candidato del partido. No quiso ir –se cansó de decirlo– por una cuestión de principios: se oponía a la negociación que a cambio de la nominación presidencial elevaba a la secretaría general al sindicalista Manuel Peñalver. Una organización policlasista no debía ser comandada por un dirigente sindical y una organización como AD no podía actuar de espaldas a su militancia.

Así fue como comenzó el alejamiento entre los antiguos amigos. Luego, a partir de 1984, durante el mandato de Lusinchi las diferencias se agudizaron cuando Pérez osó cuestionar el papel protagónico que en la vida del país estaba teniendo la secretaria privada del Presidente. Y el enfrentamiento llegó al punto en que un día, frente a frente, uno golpeó fuerte sobre un escritorio y el otro, desairado, salió dando un portazo de la oficina presidencial.

–Esa mujer te va a llevar al fracaso—, oyeron decir a Pérez.

Después de esa noche –porque la discusión fue nocturna– muy pocas veces volvieron a dirigirse la palabra. La guerra se había declarado entre ellos. O así lo decretaron desde un salón que estaba a un lado del despacho de la Presidencia. De ahí en adelante el liderato no podía ser compartido.

En el año 1986, en una jugada que se creyó maestra, el Ejecutivo resolvió que los secretarios generales del partido Acción Democrática en los distintos estados serían los nuevos gobernadores en cada una de esas entidades. Y desde aquel momento poco a poco fueron cambiando los rostros de las autoridades en las distintas regiones del país. Los liderazgos naturales que tradicionalmente eran reconocidos de una manera consensuada, fueron cayendo de manera paulatina para dar lugar a las autoridades de AD. Porque los adecos eran los que tenían que mandar. Esa era la tesis. Y la apuesta. Desde la oficina presidencial se controlaría la maquinaria del partido y la maquinaria se pondría a trabajar en función de los intereses de la yunta de Miraflores. Porque ese era el más adeco de todos los gobiernos adecos.

Se decretó entonces la fusión entre partido y gobierno, y AD comenzó a administrar el país. Los gobernadores adecos nombraron a los secretarios de organización adecos en los puestos administrativos de sus gobernaciones, y estos, a su vez, designaron a los que le seguían en el escalafón partidista, y así, en cascada. Por supuesto, los contratos, las obras y proyectos las obtenían los empresarios ligados a los funcionarios de Acción Democrática. Y sí, ese era el más adeco de todos los gobiernos adecos.

Con el dominio del aparato partidista, Jaime Lusinchi, Blanca Ibáñez y Octavio Lepage confiaban en obtener el respaldo de los colegios electorales que escogían al candidato presidencial. Casi todos los burós de AD estaban amarrados, y desde el gobierno todo el tren ministerial se afanaba en seguir esa ruta. El próximo candidato presidencial sería el designado por el Ejecutivo. Era una fija, pensaban. Pero en octubre de 1987, los cálculos, las negociaciones y los estimados se vinieron abajo. Contra lo maquinado, se volteó la tortilla. El único estamento de la organización que no se había palabreado, el buró sindical, definió la victoria de Carlos Andrés Pérez en la elección interna de Acción Democrática. Las bases dominaron a la maquinaria, se reseñó. Los trabajadores una vez más decidieron el ganador.

Lusinchi, en su cálculos, no tomó en cuenta un factor muy importante. Había desestimado el sino que rondaba a los adecos desde que empezaron a ser gobierno en 1959: los candidatos presidenciales de AD casi siempre surgían en contra del Presidente adeco en funciones. Eso fue lo que pasó en 1963: Rómulo Betancourt no creía que Raúl Leoni fuera el hombre para sucederlo. Pasó también en 1978: Pérez tampoco apostó por Luis Piñerúa. Y volvió a pasar en 1988.

Jaime Lusinchi alineó toda su artillería –tren ministerial y partido– para enfrentarse a Carlos Andrés Pérez, y perdió.

O eso fue lo que creyó Pérez.

—Papá –pregunté, sorprendida–, ¿de verdad tú piensas volver a ser…?

–Esa es… ¡mi vida!, hija, la política12.

Capítulo 4

Capacidad de joder

—Hay una tesis que señala que la pugna por el poder dentro de Acción Democrática fue el comienzo del fin. Acabó con el partido y se llevó consigo a la democracia en Venezuela.

–La democracia venezolana se destruyó a partir de una contienda que tuvo su punto crucial en 1991. Fue una contienda que llegó hasta sus últimas consecuencias. Lo único que en Venezuela se llevó hasta sus últimas consecuencias… En la década de los ochenta, había mucha crítica respecto a lo que eran los adecos y los copeyanos. Se decía: ellos son blancos y verdes pero comen en el mismo plato. Esas críticas, sin embargo, no se expresaban en el hecho electoral, porque cuando llegaban las elecciones, el electorado siempre favorecía a unos o a otros. Y eso hizo pensar al elenco político de los partidos que ellos no estaban en riesgo. En realidad nunca se dieron cuenta de que en algún momento algo tenía que surgir que se convirtiera en una alternativa de poder.

—En ese contexto se inscribe la pelea interna de AD.

–El conflicto en AD fue sumamente duro. Comienza en la época de Jaime Lusinchi y tuvo varios matices. Estuvo, por un lado, el matiz de lo que representaba Lusinchi: un gobierno sectario que no lucía como un gobierno del país para el país. Por otro lado, está el caso de Blanca Ibáñez, que fue uno de los episodios que marcó el devenir de los hechos posteriores por una discusión que tuvieron Jaime Lusinchi, siendo Presidente, y Carlos Andrés Pérez, que entonces era ex presidente. Porque en AD había un cuestionamiento muy soterrado, muy silencioso, pero que venía creciendo como una ola andando, sobre el enorme poder que acumulaba la secretaria privada del Presidente.

—Fue cuando Luis Piñerúa13comenzó a hablar de «la barragana»…

–Exactamente. Eso hizo que todo ese debate que se desarrollaba entre las paredes internas del partido explotara hacia la calle. Allí fue donde el país conoció que lo que se decía en voz baja en la calle, sobre el enorme poder de la secretaria privada, estaba teniendo eco incluso dentro del partido, en donde estaban sucediéndose críticas muy duras por el proceder de ella. Los periodistas que solíamos cubrir las reuniones del CEN, y averiguábamos cuáles eran las agendas que se estaban discutiendo, sabíamos perfectamente de esas críticas. Yo, que era reportera en ese tiempo, recogí todo lo que se decía dentro de AD. Eran unos cuestionamientos duros. Blanca Ibáñez era la que designaba los secretarios generales del partido; ella, una mujer que no tenía historial de militancia ni activismo, mandaba más que cualquier jefe partidista de los que se habían bregado en la calle. Ella era, además, la que con mano dura se relacionaba con todos los factores de poder real del país: con los grupos económicos, con la Iglesia… Era la verdadera jefa… Y ocurre entonces un episodio en el que Pérez le formuló un reclamo a Lusinchi en ese sentido. Hubo una enorme discusión entre ellos, y desde allí el encono entre el Presidente y el ex Presidente se agrió todavía más. Surge entonces la tendencia perecista dentro de AD, una tendencia muy crítica que reunía a los más jóvenes del partido. En aquel entonces todo el mundo decía que no se podía hablar de un problema de carácter generacional porque Pérez era un antiguo militante de AD, pero la verdad es que quienes lo acompañaban casualmente eran los más jóvenes del partido, los que más o menos estaban entre los treinta y los cuarenta y pico años de edad, y que no habían accedido a los puestos de dirección del partido. O sea, que sí había algo de choque generacional. Ahora bien, cuando Carlos Andrés Pérez muestra interés en repetir en la presidencia, Jaime Lusinchi, enfrentado a él, se planteó impedirlo y movió toda la maquinaria del Estado para que la candidatura del partido no la ganara Carlos Andrés Pérez sino Octavio Lepage. Pero ¡ojo!, dentro de Acción Democrática la figura de Carlos Andrés Pérez ya era muy controversial. A mediados de los ochenta, a él se le atribuían gran parte de los males que había comenzado a exhibir la democracia como consecuencia de su conducción en la época de la Venezuela saudita. Se cuestionaba lo que había sido su tránsito por el gobierno y el manejo que hizo de los recursos públicos. Dentro del mundo adeco, se decía que Acción Democrática se había desviado de sus raíces y de su norte histórico a partir de la administración que Pérez había hecho del boom petrolero de los setenta, y de la manera como se enriquecieron los contratistas cercanos a Acción Democrática, y como se envilecieron los cuadros medios del partido. Por esa época, además, en AD se venía desarrollando un debate sobre la pertinencia de la reelección, porque a pesar de que la Constitución de 1961 la permitía, entre los adecos había quedado plasmada la impronta de su fundador, Rómulo Betancourt, quien habiendo aceptado incorporar el tema en la Constitución, él mismo no fue amigo de su propia reelección porque, como estadista, comprendió la necesidad de que los partidos se fueran regenerando con sangre nueva… En este panorama, es claro que la aspiración de Pérez de volver a la presidencia iba a contracorriente.

—Era evidente que Pérez tenía serios adversarios dentro de Acción Democrática.

–Pérez era una figura controversial, pero tenía los respaldos del buró sindical de Acción Democrática. Y de toda esa organización, el cuerpo político más poderoso era ese buró. Cuando se tenía el respaldo del buró sindical, como lo tenía entonces Pérez, era muy difícil que la candidatura presidencial pudiera favorecer a otra tendencia.

—Pero en aquellos días no parecía tan fácil. Lepage y Pérez se enfrentaron en las elecciones internas, y hasta el final se llegó a dudar de un triunfo de Pérez.

–Yo creo que esa disputa entre Lepage y Pérez hizo muchísimo daño, pero esa disputa fue un round más de la pelea de Lusinchi con Pérez. Es decir, había una gran pelea entre ambos. Esa era «la pelea», y esa pelea tuvo sus rounds, sus episodios. Uno de ellos fue la escogencia del candidato presidencial de AD. La pelea era por el liderazgo y el control del partido, y por los cuestionamientos que Pérez, personalmente, le hacía a Lusinchi por el manejo y la conducción del país y del partido. Desde la Presidencia, Jaime Lusinchi ejerció un poder muy fuerte. Nunca hubiera podido decirse que era un dictador, porque no se puede exagerar, pero el tipo de liderazgo y de conducción que hizo del país y del partido fue propio no de un demócrata sino de un caudillo partidista. Eso le hizo un tremendo daño a la democracia y un tremendo daño a AD y a la manera como evolucionaron los hechos en adelante, cuando la democracia se vio amenazada por el factor militar…

—¿En qué sentido?

–Jaime Lusinchi representaba una adequidad muy conservadora, una adequidad profundamente segregacionista en cuanto a la relación con esa otra parte del país que se había formado en democracia. Su gobierno no lucía como un gobierno integrador. Desde luego, esa manera de gobernar de Lusinchi estuvo basada en la certeza que tenía él –y también el liderazgo político de la época– de que la democracia venezolana estaba completamente fortalecida y que ya había tomado raíces en el sentimiento popular, por lo cual pensaban que no había riesgo de perderla ensayando un tipo de gobierno tan extremadamente partidista, tan extremadamente blanco.

—A eso te refieres cuando dices que Lusinchi movió toda su maquinaria para enfrentar a Pérez.

–Lusinchi se propuso a todo trance impedir que Carlos Andrés Pérez pudiera reelegirse, y en la precampaña puso toda su energía y todos los recursos del Estado en función de ese objetivo.

—Y nombra a las autoridades del partido en puestos clave.

–En un acto que fue sumamente cuestionado en ese entonces, nombra como gobernadores a los secretarios generales del partido. Nunca se había dado algo semejante. Ese hecho marcaba el carácter ultrapartidista del gobierno de Jaime Lusinchi, y eso se iba proyectando hacia todos los niveles de la sociedad. En ese quinquenio todo era adeco, todo tenía que ser adeco.

—AD apropiándose del país.

–A partir de allí, uno puede adivinar y comprender el profundo impacto que causaría en el sentimiento del mundo adeco partidista el cambio que posteriormente quiso estimular Carlos Andrés Pérez en su segunda presidencia. Después de un gobierno tan adeco, tan para los adecos, en donde los cargos importantes eran para el partido, era prácticamente impensable que un nuevo gobierno de Acción Democrática buscara en la tecnocracia rostros que vinieran a mejorar la calidad de la gestión.

—Y esos tecnócratas, además, trajeron una propuesta totalmente diferente de manejo del país.

–El arribo de Pérez con aquella camada de muchachos recién llegados de las mejores universidades del mundo, con una propuesta estructural de la economía, hizo reaccionar al partido. Pero además, yo no estoy tan segura de si lo que hizo reaccionar a Acción Democrática fueran los cambios económicos que introdujo Pérez. Yo creo que lo que hizo reaccionar a AD fueron los cambios de carácter político, cambios que les arrebataron el poder de muchos estados. Porque el proceso de descentralización política estimulado por Pérez sirvió para que otros partidos que estaban haciendo vida en el sistema, como La Causa R y el Movimiento al Socialismo, accedieran prácticamente a cogobernar al obtener gobernaciones en las elecciones regionales. Por supuesto, esto hizo que los dirigentes más conservadores dentro de Acción Democrática reaccionaran y consideraran que lo que estaba haciendo Carlos Andrés Pérez era colocar al partido en el camino de una pérdida del poder. En AD, consideraban que con la reforma del Estado se estaba cediendo el poder a sus adversarios, a sus enemigos. A ellos no les gustaba la reforma del Estado, no les gustaban las elecciones directas de gobernadores y alcaldes porque consideraban que eso era cesión de un poder, y en política suele señalarse que el poder no se regala… Hubo un comportamiento completamente conservador de ese CEN de Acción Democrática, no solamente respecto de lo que Pérez representaba frente al gobierno y frente a la reforma que trató de estimular; es que también había un tratamiento conservador de cara hacia las puertas adentro del partido; es decir, había una gente dentro del partido que se creía propietaria de una franquicia. Que estaba impidiendo que Acción Democrática pudiera exhibirse frente al país con nuevas caras, con nuevas ideas, con nuevos rostros. Había una gente dentro del partido que estaba impidiendo que nuevas fuerzas políticas pudieran emerger como opciones en los estados, en las regiones. Y no olvides también que entonces se decía que los nuevos presidentes iban a surgir desde la descentralización, desde las gobernaciones de estado, y no olvides entonces que las gobernaciones más importantes estaban en manos de campos políticos y de familias políticas diferentes a las de AD. Los adecos no entendieron que aquella reforma, de alguna manera, estaba tratando de contactar con una molestia popular por todo ese debate escatológico que se había dado en la época de Lusinchi. Los adecos lo único que vieron fue: ¿con estos cambios cómo quedamos nosotros? No pensaron en cómo quedaba la democracia.

—Y encima, los contratistas del gobierno diciendo: «Ahora no me están dando contratos».

–Exactamente. El tema de los contratistas dentro del esquema de poder es muy importante, porque generalmente los contratistas siempre funcionan con un operador político. Los contratistas siempre están asociados a algún dirigente político, a algún factor político, a alguna tendencia política. Entonces, en lo que tú cambias la cabeza de un ministerio y das un ministerio a alguien que no es del partido, eso te genera unos cambios en la manera como se distribuyen los contratos. No es lo mismo que tengas a un miembro militante de un partido en el Ministerio de Infraestructura, a que tengas a un independiente, porque ese independiente, seguramente, va a cambiar el esquema de concesiones de contrataciones. Si tú tienes ahora un esquema distinto de contrataciones, hay algún dirigente político a quien no le están llegando sus millones ni su coima. Entonces, se afectaron los bolsillos de los adecos. No solamente se les arrebató poder político; es que se les arrebató la posibilidad de acceder a la cuota de recursos que les llegaba por la vía de los contratistas. Era una pérdida de poder político y era un pérdida de poder económico. Era perfectamente comprensible la reacción virulenta de los adecos: ¡este hombre nos está acabando!… A Pérez lo tumbó Acción Democrática. Acción Democrática montó una operación con la Corte Suprema de Justicia para sacarlo del poder. Ahora, habría que ver si ellos consideraban que sacar a Pérez era una opción para reoxigenar al sistema. Yo dudo mucho que ellos hubieran tenido en mente esa posibilidad de oxigenar al sistema lanzando carne a los leones: en este caso, la cabeza de Pérez. Lo dudo mucho porque yo, que entonces era una chama recién casada, cuando se produjo la decisión de la Corte, el comentario que le hice a mi esposo fue: se acabó la democracia en Venezuela. Entonces, no es posible que la dirigencia política no supiera que una operación de eyección del Presidente de la República iba a degenerar en todos los desarrollos que se estaban dando.

—¿Por qué siendo tan joven interpretabas que la democracia se había acabado? ¿Qué te daba para pensar así? ¿No era factible creer que después que Pérez saliera bajarían las tensiones y habría un reacomodo de fuerzas?

–No. Porque lo sucedido era la mejor expresión de que el partido de gobierno no había entendido la profundidad de un cambio que era tan importante, y esa componenda con la Corte Suprema lo que revelaba era que había un sistema que estaba dando patadas de ahogado, un sistema que no entendía que a la nación había que cambiarla, que no entendía que no se podía volver a los gobiernos partidistas. Era evidente que con la salida de Pérez había un intento de restaurar lo que él destruyó con la descentralización. Un intento de volver a la restauración del manejo del poder. Los adecos pensaron que dando la cabeza de un Presidente iban a rescatar su imagen, iban a rescatar la confianza, y resulta que no, que esa fue la mejor demostración de que: «Mira, estos tipos lo tumbaron, hasta ellos mismos saben que no sirve; hay que buscar otra cosa». Yo lo que creí en ese momento es que el país iba a buscar otra cosa, se iba a meter en una aventura. Como lo terminó haciendo. Pero ¡ojo! También pienso que Pérez se sobreestimó, y subestimó al partido. Él sabía que había un desprecio muy grande de la sociedad venezolana por el partido, y que ese desprecio estaba allí, independientemente de los resultados electorales que lo habían beneficiado. Entonces, era lógico que actuara subestimando a sus compañeros de partido y a la organización. Él estaba actuando en función de lo que creía. Siendo Presidente, una vez me concedió una entrevista que yo titulé: «Acción Democrática arrastra los pies». Ese fue el título que le puse, porque esa fue la expresión que él utilizó. Pero ¿quiénes arrastran los pies? Los ancianos, los que ya no pueden más. Y él creía tanto en el poder de su carisma que pensó que podía derrotar a los ancianos, pensó que podía contener esa vorágine de odio que había a su alrededor. Un odio que provenía no solamente del mundo de la izquierda, que estaba metido en el proyecto revolucionario que venía andando, sino del mundo de Los Notables con su propio proyecto, y de su propio partido. Y sobreestimó su capacidad para controlar el conflicto, porque sabía que dentro del partido no había nadie que le pudiera competir en materia de afecto y de carisma; sabía que el partido no tenía cómo competirle a él porque era un partido que arrastraba los pies, era un partido de ancianos, un partido que no era capaz de comprender lo que él ya había comprendido. Y pensó que podía derrotarlos, que podía contenerlos. Pero no pudo, porque si bien los ancianos eran despreciados, y si bien Acción Democrática ya no representaba para el pueblo venezolano lo que una vez representó, había una cosa que sí estaba presente y que Pérez tal vez no contabilizó en su cálculo, que era la capacidad que tiene un elenco político de joder, aunque no tuviera las simpatías populares ni el carisma. Ellos tenían capacidad para obstaculizar, tenían capacidad para complotar, tenían capacidad para conspirar. Tenían capacidad de joder14.

Capítulo 5

«El Estado deberá despojarse del intervencionismo avasallante de Estado protector y munificente, que terminó siendo un Estado obstruccionista, un Estado benefactor y en muchas ocasiones una agencia de contratación complaciente y, por tanto, degradante… Hemos ofrecido al país la liberación progresiva de la economía en todo lo que sea necesario…»

(Carlos Andrés Pérez. Discurso toma de posesión. 2 de febrero de 1989).

Al mediodía del 2 de febrero de 1989, en el Salón Ayacucho del Palacio presidencial, Carlos Andrés Pérez contempló satisfecho el cuadro que tenía ante sí. El auditorio estaba en penumbras, pero con el rebote de la luz que alumbraba el presídium conseguía entrever lo que había justo al otro lado de la mesa de madera estilo Luis XV en la que en ese instante posaba sus manos. Veintisiete personas, una al lado de la otra, aguardaban para ser juramentadas. Siete mujeres y veinte hombres, que en unos minutos se levantarían de sus sillas, y erguidos se alinearían al frente como un equipo de pelota que espera cantar el himno antes de comenzar el partido por el campeonato. Ese era su tren ejecutivo. El roster que había seleccionado para cambiar el juego. Lucían seguros, serenos. Impecables dentro de sus trajes oscuros, como dictaba el protocolo y se leía en la cartilla de invitación. En el grupo apenas desentonaba una figura diminuta que se acomodaba en el extremo derecho de la sala. Era Gabriela Febres Cordero, la nueva presidenta del Instituto de Comercio Exterior que con su cara de niña recién salida de bachillerato no sólo lucía una refulgente chaqueta roja sino que además se había atrevido a quebrantar la norma no escrita –pero de estricta observancia– que vetaba el uso de pantalones a las mujeres que trabajaran en Palacio con el presidente Pérez. Aquello era un descuido lamentable, sin duda, pero la muchachada no conseguiría arruinarle tan magistral acontecimiento. La designación y juramentación del nuevo gabinete era su primer acto oficial como Presidente de la República, y ninguna travesura podía ensuciarle el retrato de ese momento. Ya se encargaría él de llamarle la atención más adelante. Por muy novedoso y moderno que fuera su gobierno, el progresismo no alcanzaba para romper las normas del decoro y el buen vestir. Esa sería la primera y la última vez que se presentaba en Miraflores con ese atuendo. No más faltaba. El reclamo lo puso en su carpeta mental de «pendientes», y continuó pasando revista.

Mientras escuchaba al secretario leer el acta, le fue imposible reprimir una sonrisa de complacencia. ¿Cómo podía haber mejor selección? debió preguntarse. El equipo había sido cuidadosamente escogido. Batalló mucho para cuadrarlo pero el resultado se le revelaba admirable. Un dream team. A pesar de lo que elucubrara la prensa –ayudada, claro está, por unos espíritus remolones de Acción Democrática–, él sí muñequeó tratando de arrimar más compañeros a su cuadrilla de operarios. Colocó a Alejandro Izaguirre, el secretario general de Acción Democrática, en la cartera más importante: la de Relaciones Interiores, y a otro adeco emblemático, Enrique Tejera París, lo designó en Relaciones Exteriores. A Reinaldo Figueredo lo distinguió como su mano derecha al darle la Secretaría de la Presidencia. También metió a Celestino Armas en Energía y Minas, un cargo relevante en una nación que vivía del petróleo. A Eglée Iturbe, que había sido viceministra con Lusinchi, la ascendió a ministra de Hacienda para que manejara las finanzas del país, y a Leopoldo Sucre Figarella, un adeco rancio, lo mantuvo al frente de las empresas de Guayana. En Transporte y Comunicaciones puso a Gustavo Rada, ingeniero que se había graduado con honores en Massachusetts a fines de los años cincuenta, y que había estado entre los que fundó la sección de AD en el IVIC. Y nombró a Fanny Bello en Agricultura, a Luis Beltrán Guerra en Justicia, a Felipe Bello en Sanidad, a Enrique Colmenares Finol en Ambiente. Y a Dulce Arnao en Ciencia y Tecnología. Y a Aura Loreto en el de la Mujer. Trece de los principales funcionarios venían de la cantera de Acción Democrática. Trece de veintisiete –se repetía mentalmente–, y eso sin contar con los dos simpatizantes adecos Luis Penzini Fleury, en Desarrollo Urbano, y Senta Essenfeld, en Familia. ¿Por qué no se sacaba esa cuenta? Aunque lo dudaran –lo dijo y lo repitió muchas veces sin convencer a nadie–, hubiese deseado que el gabinete íntegro estuviera compuesto por militantes de Acción Democrática o que los despachos principales, encargados de hacer los cambios que había dispuesto, estuvieran capitaneados por adecos, pero era ilusorio tan solo imaginar algo semejante. En AD –era su reflexión– no había cuadros de envergadura para encarar la situación; no había nombres ni voluntades que pudieran embraguetarse en la faena de transformar a Venezuela, como era su intención. Ni adecos jóvenes capacitados para tomar el testigo en esa carrera que se había propuesto correr. Por eso buscó en otra parte, o en otras partes, porque el gabinete que haría la transformación se armó tocando distintas puertas. Era absurdo perseguir un cambio profundo aferrándose a patrones y guiones tradicionales, a personajes atávicos. Quería mentes progresistas. Gente calificada, que traería detrás de sí a más gente calificada dispuesta a trabajar. Y así comenzaría a renovarse el Estado y el país. Esa sería su obra –seguía cavilando optimista–. Se había propuesto corregir los entuertos y darle un giro a la economía y la política nacional, y no iba a conformarse con figuras de medio pelo. Quería funcionarios de alto rendimiento. Técnicos. Verdaderos especialistas. No temía colocar a tipos agudos, inteligentes y retadores en cargos importantes, porque no recelaba del intelecto. Porque no era un acomplejado. Todo lo contrario –se autoalababa–. Se jactaba de estar al tanto de lo que ocurría y se debatía en el mundo, y le fascinaba discutir con la intelligentsia, y codearse con ella.

Las verdaderas estrellas de su gabinete no venían de AD, es verdad, pero sí eran venezolanos talentosos salidos de las mejores universidades del mundo. Y –una cosa que lo satisfacía de manera especial– varios habían sido becarios de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, el programa de formación que había establecido en su primer gobierno. Enfrente suyo, esperando por la juramentación, estaban Miguel Rodríguez, graduado en Yale, que iba a manejar el cambio económico; Moisés Naím, doctorado en el Massachusets Institute of Tecnologhy, encargado de echar a andar la apertura comercial; Eduardo Quintero, con postgrado en Harvard, que dirigiría la reestructuración de las empresas públicas; Gustavo Roosen, con Maestría en la Universidad de Nueva York, que reformaría el sistema educativo; Carlos Blanco, economista summa cum laude y PhD de la Universidad Central de Venezuela, designado para manejar la descentralización política; Gabriela Febres Cordero, cum laude en la Universidad de San Francisco, que desmantelaría las trabas a las exportaciones no tradicionales. Marisela Padrón, distinguida socióloga y docente experta en el tema de la erradicación de la pobreza, que desplegaría la agenda social. El maestro José Antonio Abreu, quien en 1975 fundó la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y la Orquesta Nacional Juvenil, que profundizaría su obra desde la jefatura del despacho de la Cultura. Una verdadera constelación de cerebros, y todos, salvo Carlos Blanco, que había sido secretario de la Copre, y José Antonio Abreu, que había figurado en su primer gobierno y después en el de Luis Herrera, todos los demás no adecos eran debutantes en la administración pública y, sobre todo, unos perfectos desconocidos en la arena política. Provenían de las aulas de clase o de la empresa privada en donde privilegiaban la competencia y la eficiencia antes que la camaradería y eran unos neófitos en el arte del correveidile y del politiqueo. El mundo había cambiado y Venezuela no podía quedarse a la zaga. Hasta la Unión Soviética comenzaba a abrirse y en el resto del planeta relampagueaba un movimiento descentralizador que prometía acercar el poder a la gente. Ni él, Carlos Andrés Pérez, ni Venezuela podían estar ajenos a ese movimiento; no podían quedarse afuera. Llegaba al poder con la idea de dar un salto hacia delante y AD, por desdicha, no estaba preparada para acompañarlo. El partido mantenía la visión de siempre, defendiendo la tesis de vivir de la renta y controlar las decisiones políticas. En cambio él –pensaría–, él sí había evolucionado.

No se iba a cruzar de brazos esperando la anuencia de sus compañeros de tolda. Se conocía y lo conocían de sobra para saber que cuando se empeñaba en algo, no se detenía. El carnet partidista no es garantía de buen gobierno, era lo que pensaba, no es requisito para ocupar un puesto en su gabinete. Ni siquiera en su primera administración, cuando carecía de la experiencia ejecutiva y le faltaban horas de vuelo, se había planteado un gobierno totalmente blanco. Toda la vida lo habían conocido –y criticado– por su juicio independiente; un rasgo demasiado enraizado en su talante para dejarlo a un lado a los sesenta y seis años de edad. Lo traía en la sangre al momento de nacer, y lo ensayó muchas veces a lo largo de su carrera política. Desde que comenzó se acostumbró a ser asertivo, a defender sus opiniones y a jugar con el score en contra. En los inicios del trienio adeco fue secretario privado de Rómulo Betancourt –con escritorio en el mismo despacho del Presidente, no se cansaba de recordar–. Sin haber cumplido veinticinco años empezó a volar alto. Siguió estando muy cerca de Rómulo durante el exilio, y Rómulo –hombre excepcional y difícil– continuó fiándose de él, tanto que cuando volvió al gobierno, en 1959, lo encomendó a la dirección general de Relaciones Interiores y después, cuando hervía la insurrección armada de izquierda, lo convirtió en el ministro policía que actuaba persiguiendo y arrinconando a los rebeldes, muchos de ellos sus antiguos compañeros de partido. En ese entonces y en esos bretes no había tiempo para consultar, decidir y ejecutar. Y cuando lo había –seguía pensando– también debía estar dispuesto a mantenerse firme, aun en medio de un clima tormentoso. Con ese training ganó suficiencia, que según él muchos –equivocándose– confundieron con prepotencia, pero poco a poco fue acostumbrándose –y acostumbrando a los demás– a su libertad de acción. Y se fue curtiendo. En la primera presidencia, y en contra de la influyente opinión de Rómulo, se atrevió a incorporar en su equipo a Ramón Escovar Salom –expulsado de AD en la década de los cincuenta– y a Gumersindo Rodríguez –que en 1960 se había ido del partido para formar el izquierdista y rebelde MIR–. Se la jugó también cuando nombró a un ex perezjimenista como cónsul en París, y cuando designó como colaboradores cercanos al independiente Diego Arria15 y al banquero allegado a Copei, Carmelo Lauría.

Si eso había hecho en su primera administración, nada menos se podía esperar en la segunda. Ante su gabinete de técnicos no cabían las llamadas de atención ni los ojos espantados ni las cejas levantadas. No cabía el asombro. Ya debían estar acostumbrados, diría, y con esa convicción se aprestó a destapar su gabinete.

* * *

Tres semanas antes de que Carlos Andrés Pérez firmara su primer decreto en donde designaba al cuerpo de ministros, el país ya había conocido por boca del propio Pérez la identidad de sus principales colaboradores. Fiel a la tónica que en la campaña lo vendió como El Presidente –con mayúsculas– en la mañana del sábado 14 de enero, justo un día antes de viajar hacia Europa y Oriente Medio para reunirse –qué duda cabía– con otros jefes de Estado, convocó a una rueda de prensa e hizo el anuncio formal. Tal y como debía acostumbrarse en otras latitudes –debió presumir– presentó al tren ejecutivo completo (no un nombre hoy, otro mañana, dos más pasado) cuidándose de mencionar la trayectoria de cada uno de los designados pero destacando, de una manera que pretendió ser sutil, el pedigrí académico de los que enseguida se percibieron como los ministros estrella, los debutantes encargados de darle un giro a la economía. Ese día empezó a usarse en público un lenguaje diferente. Empezó a hablarse de ajustes macroeconómicos, cambio estructural, devaluación progresiva, desaceleración de la inflación. Y en la avenida Libertador de Caracas, una corriente de viento fresco pareció hinchar las paredes de la oficina en donde el mandatario electo hacía el anuncio a los periodistas. Para él, de repente, el aire luciría más fino, más liviano. Como el que debía respirarse en Pennsylvania Avenue, Washington, o en Downing Street, Londres. Todo en esa mañana de enero destilaba grandeza, majestad. Hablaba de promesa.

Pérez venía de hacer una campaña electoral innovadora, vistosa, de mucho lustre; quizá la más innovadora, vistosa y de lustre que se había visto en la historia contemporánea venezolana. Una campaña que lo exhibió como un estadista. Un exitoso manager de grandes ligas. Y la gente –o más de la mitad de la gente, a juzgar por los resultados de las elecciones– compró esa imagen que se fundía y confundía con la evocación de lo que había sido su primer mandato, con el recuerdo de los lejanos días en que la rebatiña petrolera se colaba y estilaba por todos lados y había dólares baratos, obras monumentales, pleno empleo, altos estándares de vida y aparente opulencia. Y el mito engordó, porque al recuerdo de lo vivido se le añadió la prestancia y el atractivo de lo que estaba por venir, o de lo que se pensaba que estaba por venir: a medida que se acercaba la fecha de la toma de posesión, y trascendía la lista de las personalidades internacionales invitadas, el entusiasmo crecía y no faltaron los que creyeron que iba a darse un brinco al Primer Mundo.

En los últimos dos años en Venezuela habían ocurrido más de cien huelgas, las manifestaciones estudiantiles habían recrudecido, los ahorros del Estado se habían agotado y en todo el territorio escaseaban alimentos. El escenario no podía ser más tercermundista y desalentador, pero de súbito, por obra y gracia de la perentoria ascensión presidencial, el triste espectáculo parecía estar próximo a desaparecer y la cortina pesada que había impedido el libre tránsito hacia una vida mejor estaba por levantarse. Los olfatos más osados percibieron un aroma de país desarrollado. En un santiamén –creyeron– se estaría a la altura de las naciones industrializadas, al nivel de su estándar de gasto, consumo y dispendio. Más de uno desdeñó entonces –y lo desdeñaron de manera olímpica– la conseja que pregona que para llegar a la estatura de una nación desarrollada el camino es largo, empedrado, empinado y culebrero. Más de uno se despegó de la realidad, arrobado por la parafernalia de la toma de posesión y ansioso por escuchar las declaraciones que en conferencias de prensa, foros y debates emitirían los convidados.

A medida que se esparcía la noticia de los nombramientos de los ministros y se empezaban a barajar los currículos, se regaba la sorpresa y también la anuencia y aceptación. Fuera del radio de la política abundaban los encantados con la primicia –aunque después de todos estos años no hay quien lo quiera reconocer–. El venezolano siempre ha sido novelero, amante de las cosas nuevas, llamativas, y qué más novelería que ese arrebato de Primer Mundo, ese barniz de cosmopolitismo con que Carlos Andrés Pérez inauguraba su segunda etapa. Era todo un lujo contar con ministros graduados en Yale, Cornell, Harvard, MIT, y un arranque de magnificencia recibir un mismo día y en la misma sala a Jimmy Carter, Fidel Castro, al pintor de gordos Fernando Botero y al nobel Gabriel García Márquez. Aquello sí que era una verdadera novedad y había que militar en ella, como se militaba en los movimientos vecinales y todo el poder para los vecinos, o en la elección de alcaldes y qué maravilla la descentralización. Como igual se militaría en las filas de la antipolítica, y como más tarde, mucho más tarde, en la comparsa que le daría todo el poder a un tipo con cachucha. Pero esto sería después, diez años después, y esa es una historia que no se puede entender si no se cuenta antes otra.

A principios de 1989 emocionaba ese aspaviento de funcionarios cuarto bate que hablaban inglés fluido, y excitaba el alboroto y rebulicio de líderes de talla mundial sentándose en los sillones criollos. Aquellos pocos días antes y después de la Coronación fueron los mejores. Los de mayor exaltación. Aún no se había anunciado el paquete económico pero ya se especulaba sobre lo que sería, y sonaba muy interesante por no decir seductor todo lo que tenía que ver con el apremio de apertura económica, el crawling peg –que vaya a saber lo que significa– y el ingreso de Venezuela al GATT. En fin, que el país estaba asombrado, pero más asombrados que todos y –eso sí– mucho menos agradados que los demás estaban los adecos –una parte importante del país–, que apenas un día antes de que se hiciera la rueda de prensa y el anuncio oficial del equipo ministerial se habían enterado, por fin, de cuál era la movida que se traía Carlos Andrés Pérez. Fue el viernes 13 de enero cuando el Comité Ejecutivo Nacional –el CEN– de Acción Democrática conoció la lista de los principales ejecutores del nuevo plan de gobierno.

«Desde el principio el tema fue la actitud de la gente; la actitud de ellos era de prepotencia; los famosos tecnócratas tenían un desprecio profundo por Acción Democrática… ¿Y él? Él no se planteó algo así como: «Yo quiero que Acción Democrática colabore». O: «Que participe otro partido y se incorpore un ministro de otro partido porque estas son medidas muy duras y se necesita que haya un consenso». No. Él no se planteó un gobierno de unidad, de consenso, como hizo Rómulo Betancourt cuando el 23 de enero, que sabía lo que tenía que enfrentar, buscó incorporar a todos los sectores de poder en el país. Carlos Andrés no hizo eso. Él no. Él presentó el gabinete ¡y ya! Y de verdad, hubo una reacción terrible porque lo presentó como un hecho cumplido. Él no consultó. Para nada.

»Yo entiendo que un Presidente tampoco es de los que va a llegar y preguntar: «¿Qué les parece a ustedes si nombro a…?». Pero sí creo que todos los presidentes consultaban. Tenían sus preferencias por determinadas personas, pero aceptaban que alguien les hiciera una observación, que por lo menos los papaúpas del partido, lo que llamaban «el cogollo», opinaran. Así como le dijo David Morales Bello16 cuando supo lo del nombramiento del fiscal. Todos los presidentes estaban acostumbrados a recibir llamados de alerta, a oír que recomendaban a alguien del partido para que ocupara un cargo. Siempre había ese tipo de cosas. Pero él, no; él presentó su gabinete y: «Vamos a hacer esto». Fue como si dijera: «Si a la gente le va mal, o le gusta o no le gusta, o si a los adecos les interesa o no, a mí me importa tres pitos».

»Él nombró su gabinete, y a los días tuvo su primer problema que, da la casualidad, se lo causé yo.

»Se acercaba la instalación del nuevo Congreso y la elección de su directiva. Él tenía su candidato para la presidencia, quería que David Morales Bello fuera el presidente. Pero dos noches antes de que en el partido se hiciera la selección, Octavio Lepage me invitó a su casa para hacerme una propuesta.

»—Yo tengo contados los votos –me dijo– y sé que le gano a Morales Bello pero, para ganar, la votación tiene que ser secreta. Necesito que tú seas quien lo proponga.

»Lepage sabía que si la votación era a mano alzada, muy poca gente iba a querer enfrentarse al Presidente electo. Porque el Presidente electo es como el rey, y desde el día siguiente de las elecciones todo el mundo está adulándole. Pues bien, Lepage me propuso eso, y acepté. Yo no era de la rosca de Lepage ni de nada, pero nunca había tenido muy buenas relaciones con Carlos Andrés. Ni en su primer gobierno, que había sido viceministro de Información y Turismo por año y pico; a mí no me gustaba Carlos Andrés, no me gustaba su gobierno, no me gustaba su equipo, no me gustaba toda aquella cosa del dispendio. Había muchas cosas de aquel gobierno con las que yo no estaba de acuerdo. Después, también tuvimos opiniones encontradas cuando la precampaña de 1977, porque su candidato para sucederlo era Jaime Lusinchi y el mío fue siempre Luis Piñerúa… Y ahí quedó una fricción. Es más, cuando yo aspiré la primera vez al CEN, él me hizo una campaña adversa, porque su candidata era Teo Camargo17. Total, que ni él me quería a mí ni yo lo quería a él. Era una cuestión de tipo personal. Y entonces, cuando Lepage me propuso aquello con mucho gusto acepté. Yo no iba a ganar nada, pero acepté.

»Llega el día de la selección, y Carlos Andrés postula a Morales Bello para presidir el Parlamento. Alguien postuló a Lepage, no me acuerdo quién, lo único que pido –intervine yo– es que la votación sea secreta. Carlos Andrés se quedó sorprendido, pero igual se aprobó la moción. La votación fue secreta, y Lepage ganó por un voto. ¡Hay que imaginarse! Esa fue la primera derrota de Carlos Andrés Pérez sin haber asumido la Presidencia de la República, sin haberse juramentado18.»

Capítulo 6

Entre el 4 de diciembre de 1988 y el 2 de febrero de 1989, una sola vez se encontraron Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi. La reunión se realizó en la oficina presidencial de Miraflores al día siguiente de las elecciones, y se supone que han debido tocar el tema de la transición entre una administración y otra, y también de AD y de las bancas conseguidas para el Parlamento, y sobre todo han tenido que hablar de la manera en que tendría que reacomodarse la maltrecha relación entre los dos dirigentes, en vista de que Acción Democrática seguía siendo el partido de gobierno. Tendrían que convivir de nuevo. Los tiempos de la precampaña y la campaña habían expirado y también la excusa para la separación. Se supone que esos fueron los temas que trataron esa noche, pero eso es lo que se presume, lo que se conjetura, porque en realidad no hay nada que lo certifique, ni quien quiera reconstruir aquella conversación. Los protagonistas de ese día jamás soltaron prenda sobre el intercambio, y de los dos únicos testigos que tuvo la charla, uno está muerto y el otro ni siquiera accede a que se revele su identidad. Por lo tanto, todo lo que se diga o se piense de aquella cita no deja de ser especulación.

No debió ser una plática fácil, ni siquiera porque estaban frescos los escrutinios y la sonrisa de satisfacción por el triunfo electoral era capaz de suavizar cualquier antagonismo. No debió ser sencillo entablar un diálogo, pero la realidad lo imponía; al fin y al cabo los dos eran adecos y los dos eran políticos fogueados que sabían que la realpolitik imponía excepciones y concesiones. Por eso, quizá, aquel pudo haber sido un intercambio más formal que efectivo, más estudiado que verdadero, diseñado para llenar las formas y cubrir apariencias en un momento en que el escenario nacional exigía ese encuentro. A lo mejor, por eso, ninguno de los dos quiso revivir el pleito de años atrás en ese despacho presidencial; primero, porque no era ocasión para hacerlo y, segundo, porque ninguno estaría con ánimos de sacar a relucir el asunto que los había distanciado. Lusinchi estaba de partida y era incapaz de rebajarse tocando el punto, y Pérez, eufórico por la victoria, se habrá mostrado condescendiente con el adversario, y no le interesaba detenerse en fruslerías de un pasado que él consideraba remoto; él estaba llegando –pensaría– y la catajarra de votos lo elevaba a líder indiscutible del país y del partido. Lo demás era deleitarse en pequeñeces.

Después de ese día, y durante dos meses, no volvieron a verse las caras pero cualquier analista o espectador avezado podría apostar que aunque no se reunieran debieron seguir tomándose en cuenta. A la luz de lo sucedido a mediados de enero de 1989 con la votación que ganó Lepage para la presidencia del Parlamento, queda constancia de que por lo menos uno de ellos, Lusinchi, sí se ocupó del otro. Sí se tomó el trabajo de hacer la tarea: la jugada para quedarse con el control del Congreso era la prueba patente. Carlos Andrés Pérez, por el contrario, se confió. O se descuidó. Ocupado en gobernar desde la sombra (apenas cerraron los escrutinios envió una misión especial a Washington para negociar un trato con el Fondo Monetario Internacional y otra a los países del área para tratar la paz en Centroamérica), desatendió sus deberes e ignoró uno de sus flancos débiles –tal vez pensó que no los tenía–: el hecho cierto de que Jaime, desde el segundo plano al que lo quería confinar, se resistiría a quedarse en la penumbra.

Carlos Andrés, sobrado, no le dio la importancia debida a las diferencias que había tenido con Jaime. Ya lo había vencido en la contienda interna, y esa conquista por sí sola lo había henchido de orgullo. Le había inflado el ego y había determinado lo que vino más tarde. Él les había ganado a Lusinchi y a Lepage en la lucha por la candidatura. Él, desde afuera y con el apoyo dado por las bases militantes, había superado a la maquinaria del partido. Él, en las elecciones nacionales había sacado más votos que el propio partido. Él, en suma, estaba por encima de Acción Democrática. Y en esa cumbre en la que se había encaramado lo sorprendió la maniobra para escoger al nuevo líder del Palacio Federal. En su triunfalismo, Carlos Andrés Pérez creyó que el perecismo había arropado al lusinchismo, y no se dio cuenta de que su creencia no tenía bases sólidas. Porque el perecismo o lo que así se conocía era sólo una agrupación de gente que creía en Pérez, que era afecta a él y que lo respaldaba votando en las urnas; pero el perecismo no era un movimiento orgánico, no era ni estaba organizado. El lusinchismo, por el contrario, era un aparato, era esa estructura gigantesca que quedó montada desde que se resolvió encumbrar a los secretarios regionales del partido como gobernadores. Pérez, es verdad, le había ganado la elección al aparato –desde afuera y desde abajo–, pero no había ganado el aparato. Y lo que era peor: desde que obtuvo la candidatura no se ocupó en conquistarlo, en penetrarlo. Y el aparato seguía intacto; era algo vivo, orgánico, estructurado, y por encima de lo que dijeran los resultados de las elecciones nacionales, el aparato seguía siendo lusinchista.

«El 18 de febrero de 1989 suena el interministerial en mi casa y yo me sorprendo porque lo había mandado a desconectar. Tomo la bocina y es el presidente Pérez quien me habla:

»—Usted se cree más importante que nadie, cómo es eso que mandó a desconectar el teléfono.

»—No, Presidente, como ya no soy ministro…

»—Venga para Miraflores, que necesito reunirme con usted.

»En esa reunión se puso a contarme una anécdota que supuestamente ocurrió en los días iniciales del gobierno de Raúl Leoni, en 1964. Según ese cuento, Leoni y doña Menca, su esposa, habían llamado a un adeco distinguido para que le llevara un mensaje a Rómulo Betancourt, que como todo el mundo sabía, había estado en contra de que Leoni lo sucediera en la presidencia. El emisario había sido llamado por el Presidente y el mensaje debía llevar el sello presidencial, pero quien en verdad habló ese día fue doña Menca:

»—Dígale a Betancourt que yo le perdono que se haya opuesto al Calvito –a Leoni lo apodaban así– pero mientras él sea el Presidente de Venezuela y yo la primera dama, ninguna mujer que no sea Carmen Valverde va a pisar La Casona.

»Después de eso, también supuestamente, es que Betancourt armó su viaje para Italia, y de ahí para Suiza.

»Pues bien, el 18 de febrero de 1989, el presidente Pérez me cuenta esa anécdota y me dice:

»—Necesito que le diga a Lusinchi que, vistas las relaciones, lo más conveniente para los dos es que él salga del país. Que se vaya al exterior, y que me mande a decir para dónde se va y así le hago la vida más fácil.

»Yo, enterado del asunto, voy con mi encomienda. Lusinchi y Blanca Ibáñez me recibieron en la casa de un amigo:

»—No –fue la respuesta que se mandó a Miraflores–, no me voy porque yo soy un líder fundamental.

»Le llevo la razón al Presidente, y me plantea:

»—¿Y por qué no te lo llevas de viaje, un tiempo?19

»—Señor Presidente. Supongamos que hoy es 4 de febrero de 1994, usted acaba de entregar a su sucesor un país reestablecido y en paz al cabo de un gobierno arduo pero fructífero. Pregunto: ¿qué diferencia hay entre esta Venezuela de hoy 4 de febrero de 1994 y la que usted recibió hace cinco años, el 2 de febrero de 1989? Segundo: ¿hasta qué punto pudo contribuir usted a avanzar en los sueños de integración, autonomía y democracia plena de América Latina? Y la última: ¿no se siente usted tentado a solicitar a su pueblo una tercera oportunidad dentro de dos quinquenios, y a la muy bíblica edad de ochenta y un años?

»—Realmente es muy placentero que tenga el honor de recibir la primera pregunta de un latinoamericano de los quilates de Gabriel García Márquez. Lo único malo es que me ha querido meter por los vericuetos de su imaginación, y debo decirle que hoy, en 1994, no me siento que haya atravesado Cien años de soledad. Seguro estoy de que hemos cumplido y por eso hoy están haciendo fila para recibirme de nuevo en la calle los trabajadores venezolanos. La verdad es que hemos de cumplir y diré que he cumplido una tarea muy difícil, pero hemos hecho avanzar la integración latinoamericana porque no hay para nuestras patrias otra solución que el acuerdo de todos nuestros países para fortalecer, como lo hemos hecho, nuestras relaciones con los Estados Unidos y nuestras relaciones con la Comunidad Europea. Hemos luchado frente a los nuevos imperialismos, los imperialismos de la ciencia y la tecnología, y nos hemos hecho abrir paso y estamos presentando la Venezuela y la América Latina del año 2000. Estas serán mis palabras el 4 de febrero de 1994. Ahora, en cuanto a mi otro período presidencial, mi querido Gabo, sería una amenaza insoportable para mis compañeros de partido que aspiran a la Presidencia de la República que yo dijera que voy a ser candidato de nuevo. Estoy seguro que no me aprobarían la reforma de la Constitución; de manera que por esa razón renuncio, desde ahora, a esa posibilidad.»

(Carlos Andrés Pérez respondiendo a Gabriel García Márquez. Primera rueda de prensa como Presidente. 4 de febrero de 1989).

Capítulo 7

Una salida cantada

—¿Por qué cayó Pérez?

–Cuando un líder político se fundamenta en el apoyo popular tiene que hacer honor a ese apoyo popular, tiene que procurar mantenerlo. Porque el principal escudo que tiene un líder es el apoyo del pueblo, y Carlos Andrés Pérez, lamentablemente, lo perdió con una serie de medidas económicas, algunas de muy buena intención y que quizás en el futuro pudieran producir efectos positivos, pero que en todo caso no fueron lo suficientemente explicadas. Y lo peor es que en la pérdida de su popularidad arrastró a Acción Democrática, que era el pilar fundamental de ese respaldo que tuvo. Aparte de eso, él cometió grandes errores, como ese de hacer que renunciaran cinco miembros de la Corte Suprema de Justicia y colocar en su lugar a gente que no le merecía ninguna confianza. Y perder el contacto con los militares, eso fue lo que le pasó con los alzamientos. Carlos Andrés no supo enfrentar las situaciones. Parecía que no las conocía. Por allí han declarado algunos, y culpan a Acción Democrática; dicen que nosotros no le brindamos apoyo al plan económico. Pues yo voy a decir una cosa: ¿sabes hasta dónde llegó la lealtad de Acción Democrática con su Presidente? A que nosotros aprobamos la Carta de Intención con el Fondo Monetario Internacional sin haberla leído.

—¿Solidaridad automática?

–No, no fue solidaridad automática sino que el Presidente nos dijo que la estaban traduciendo. Eso fue en La Casona, en una reunión a la que convocaron al Comité Ejecutivo Nacional. Él dijo que la carta la estaban traduciendo, y llamó a Miguelito Rodríguez: ministro, explíquela usted. Y Miguel hizo una explicación larguísima, que nosotros no entendimos realmente, pero que por solidaridad con el Presidente de la República la aprobamos, y recuerdo que a mí me tocó dar la declaración y decir: el Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática apoya al Presidente en la firma de la Carta de Intención.

—¿En esa reunión fue cuando, oficialmente, le presentaron al CEN el programa económico?

–¡Ah, no! Esa fue otra cosa… Yo había sido miembro de la comisión del programa de gobierno de Carlos Andrés Pérez, que había presidido Gonzalo Barrios, y cuando Pérez da a conocer sus políticas económicas yo dije: ¡Coño! ¿Cómo es posible? Si Carlos Andrés dos meses antes, en Maracaibo, presentó su programa que era el que nosotros habíamos preparado, ¿cómo es posible que ahora venga con un nuevo planteamiento? ¿Con un planteamiento que nosotros en Acción Democrática no conocíamos?

—¿No lo habían manejado?

–¡Nunca! Nosotros nos basábamos en el programa que él leyó en Maracaibo en donde habló de que iba a poner una computadora a cada colegio. Eso era lo que había elaborado Gonzalo Barrios. Nosotros, con Gonzalo. Por eso me sorprendí. Pero, fíjate lo que yo descubro dos o tres años después. Estaba yo en Sao Paulo asistiendo a un seminario en la sede del Parlatino –porque yo, a la par de secretario general de Acción Democrática era presidente del Parlamento Latinoamericano–, y una noche, después de terminar la jornada, me voy a tomar unos tragos con Héctor Silva Michelena que también estaba allá. Nos pusimos a hablar del programa de gobierno, y Héctor me cuenta que durante la campaña electoral él estaba haciendo un estudio comparativo de los programas de gobierno de los distintos candidatos y al mostrárselo a Américo Martín, éste le dice: «pero ese no es el programa de Carlos Andrés». «¿Cómo que no?», le contesta Héctor Silva. «No, chico, –le vuelve a decir Américo–, el verdadero programa de Carlos Andrés lo están redactando Pedro Tinoco20 y Miguel Rodríguez».

—¿Había dos equipos?

–Exacto. Y de eso me entero yo cuando Héctor Silva me lo cuenta años después.

—¿Por qué cree que Pérez tendría un programa paralelo? ¿Por qué no informaba al partido? ¿Por menosprecio?

–Carlos Andrés Pérez declaró una vez que Acción Democrática era un cascarón, que solamente servía para ganar elecciones. Lo dijo muchas veces, y lo decía internamente. Él utilizaba al partido cuando lo necesitaba. Eso no quiere decir que él no fuera un hombre fundamental de Acción Democrática y que, además, condujera al partido a dos grandes victorias. Él es un gran líder, de eso no hay duda. Pero la verdad es que esas políticas económicas de Carlos Andrés no las entendió la gente. Ese no es mi fuerte, la economía, pero…

—Pero usted se opuso desde el principio.

–Totalmente, porque eran políticas en donde perdía Acción Democrática. Eran políticas que podría haber aplicado cualquier otro gobierno; quizá un gobierno desarrollista, un gobierno de Copei, un gobierno yo no sé de quién más, pero no uno de Acción Democrática.

—Ha dicho que algunas de esas medidas fueron con buena intención y que, quizá, con el correr del tiempo hubieran podido ser positivas. Si le da el beneficio de la duda, ¿por qué no pudo apoyarlas?

–¡Pero no estoy diciendo que nosotros apoyamos la Carta de Intención… sin conocerla! ¿Quieres una muestra de mayor lealtad, de mayor desprendimiento?

—¿Y cuando la conocieron…?

–Cuando la conocimos empezaron los problemas. Pero además, el partido no tenía influencia en el gobierno.

—¿Usted fue quien dijo, o fue David Morales Bello, que el de Pérez era el gobierno adeco en donde Acción Democrática no había colocado ni un portero?

–Yo no exageré tanto. Dije que era un gobierno totalmente alejado del partido. No era cuestión de un cargo más o menos, pero es que ¡todos! los cargos de importancia en materia económica estaban en manos ajenas al partido, todos los cargos… Es más, cómo se le ocurre a un gobierno de Acción Democrática colocar como ministro de Educación a Gustavo Roosen, si uno de los pilares de Acción Democrática fue la educación de masas, por encima de la educación de castas. ¡Cónchale! con tantos educadores formados en nuestras filas…

—¿Y no le decían eso a Pérez?

–Claro que se lo decíamos.

—¿Qué respondía?

–Nada, ¡nada! Él escogía a los ministros y nos llamaba: «Decidí nombrar ministro a fulano, fulano, fulano…» Y si el Presidente de la República decide nombrar a alguien, qué va a decir el partido.

—Para usted, entonces, el gobierno cae por una serie de errores, todos de Carlos Andrés Pérez.

–De Carlos Andrés Pérez y también del partido. Porque después en el partido se instauró lo mismo: la concentración del poder en cinco personas, en el cogollo. Sobre todo con la llegada de Luis Alfaro Ucero a la secretaría general. Entonces decidía él, y quien no estaba de acuerdo, lo perseguían. Cómo sería, que a mí me eligió presidente del partido la Convención Nacional, que es la máxima autoridad, pero me quita un CDN, un Comité Directivo Nacional. Es decir, que me eligen mil quinientos delegados de todo el país, pero me quitan ciento veinte personas.

—Pero porque usted había pedido la renuncia de Pérez.

–¡Exacto! Pero es que la salida de Pérez la veía venir, y si él me hace caso no le pasa nada. Él ha debido negociar. Era una avalancha lo que se nos venía encima, tan se nos vino que fíjate todo lo que causó.

—Estaba hablando de los errores del partido.

–Los errores de los que hablo fueron dentro de Acción Democrática, por algo que ya venía carcomiendo al partido, que era la falta de interés popular.

—¿Y por qué ocurría eso?

–Por dejadez de principios, por dejadez de doctrina, porque más nunca se discutió dentro de Acción Democrática. Por el cogollito. Esa escuela del cogollito nos hizo mucho daño; ya no había asambleas para discutir, sino asambleas para aprobar.

—¿Dice que parte de lo que sucedió se debe a la lucha por dominar el partido?

–¡Ah! claro. Hay que recordar que Jaime Lusinchi sale de la Presidencia con un nivel alto de popularidad, y además con un gobierno bueno. El gobierno de Jaime lo destruye, lo destroza, la influencia de Blanca Ibáñez, pero eso se conoció posteriormente, y ella, además, no tuvo que ver con la política esa pequeña que hizo Jaime, esa política popular que Carlos Croes21 supo muy bien promocionar. Con todo lo que ocurrió, Jaime Lusinchi sale de la Presidencia con un gran prestigio. Pero entonces, el entorno de Pérez –que no era de Acción Democrática– lo convenció para que emergiera como el líder de la nueva Venezuela, y para hacer eso necesitaba descartar a Jaime Lusinchi. Y es ahí cuando sale la denuncia por la compra de los jeeps con dinero del Estado. Y empieza entonces eso que tú apuntaste: la lucha por el poder. Para consolidarse en el poder nacional, y también en el poder partidista.

—Pero cuando Pérez asume, usted dice que él gobernó contra el partido.

–No. Gobernó sin el partido.

—Lusinchi fue el primer mandatario que gobernó con el partido directamente: todos sus gobernadores eran los secretarios regionales de AD. ¿Esto no fue contraproducente para la credibilidad en la democracia? ¿Para el mismo partido?

–Quién sabe, quién sabe. Porque toda la vida los secretarios generales del partido fueron los luchadores sociales regionales, eran los que conocían los problemas del estado. Y de ahí salieron estupendos gobernadores. Tan buenos como Morel Rodríguez, que hace poco ganó en Nueva Esparta. Tan buenos, y sin modestia aparte, como mi hermano Oscar Celli, en Carabobo. Como Otto Padrón Guevara, en Anzoátegui. Ellos fueron grandes gobernadores porque conocían los problemas. Lo que pasa es que se produjo corrupción… Mejor dicho, no corrupción, sino que empezó a ocurrir que todo lo hacía la gente del partido: que si iban a construir unos brocales, contrataban a un compañero para que hiciera los brocales; que si se necesitaba una autopista, era para los compañeros la autopista. Eso fue produciendo una desviación. Pero el hecho de nombrar a los secretarios generales del partido como gobernadores no fue un error. Casi todos esos gobernadores venían de las asambleas legislativas, donde conocían los problemas del estado, y ellos merecían ser gobernadores. Así como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Carlos Andrés Pérez, Jaime Lusinchi, Luis Piñerúa, Gonzalo Barrios merecían ser presidentes, ellos merecían ser gobernadores.

—La descentralización política que promovió Pérez encontró mucho rechazo dentro de Acción Democrática.

–El país lo que nos estaba pidiendo era la elección de los alcaldes, esa era la gran presión que había en la calle. ¿Y qué pasó? Que se cometió un doble error, de nosotros en el partido y del gobierno. Carlos Andrés Pérez quería cobrarles a los que habían sido gobernadores de Jaime e imponer en los principales estados a otra gente, que también era del partido pero era gente más allegada a él. Entonces nosotros, en el partido, sin darnos cuenta, le tomamos la palabra a Carlos Andrés y aceptamos meter a los gobernadores en el mismo saco de los alcaldes. ¿Qué ocurrió? Que el primer año de ese gobierno fue tormentoso: por las políticas económicas, por los sucesos del 27 de febrero y por ese último error que fue levantar la inamovilidad laboral. ¡¿Cómo es posible?! En esos días había la estabilidad en el trabajo, porque se había dictado un decreto que no permitía botar a la gente, pero el decreto vencía el 1º de diciembre… ¡Coño! Qué le costaba a Carlos Andrés Pérez, si las elecciones eran el 3 de diciembre, prorrogar por quince días o un mes más la estabilidad… Él no lo hizo, y perdimos todos los estados industriales. Los perdimos por la botazón de trabajadores que hubo. Me cuenta mi hermano que, en Carabobo, la casa del partido se llenó de gente protestando porque los habían botado. Esa no fue la causa principal de la derrota, es verdad, pero perdimos todos los estados industriales. Esa pugna entre Jaime y Carlos Andrés nos hizo mucho daño.

—Asegura que el gobierno de Lusinchi fue bueno. Pero es obvio que hubo una concentración de poder para los adecos; además, la economía tampoco marchó bien: terminó con control de precios, desabastecimiento, las reservas prácticamente en cero… Con ese marco, ¿cómo ve los disturbios del 27 de febrero? ¿Fueron una reacción al programa económico de Pérez?, ¿a la escasez que venía desde Lusinchi?, ¿a la crisis económica que se había solapado?

–Carlos Andrés nombró sus ministros apenas ganó, y esos ministros empezaron a dar declaraciones y a calentar el ambiente, sobre todo con lo del aumento de la gasolina. Y vino el aumento de la gasolina, que fue el estallido. Claro, es posible que esa caldera estuviera allí, yo no lo niego, pero ¡carajo!, las declaraciones que daban los ministros sobre las cosas malas que iban a hacer fueron caldeando. Aunque dijeran que eran políticas necesarias, la gente lo interpretaba como cosas malas. Y se produjo esa reacción apenas aumentaron la gasolina. Esa mecha encendida es la que provoca todo.

—Entonces: Pérez cae por sus errores y no tiene asideros la teoría de la conspiración.

–Por supuesto que hubo una conspiración. Los grandes culpables son aquellos que decían que había que acabar con los partidos políticos.

—La tesis de la antipolítica.

–La antipolítica. Los que creyeron que acabando con los partidos iban a surgir ellos, los que tenían dinero, los que tenían medios, empresas. Yo no sé si hubo una conspiración, pero evidentemente tenían un cartabón que seguían e iban destruyendo y destruyendo. Las cosas malas las engrandecían y las buenas las ocultaban.

—A pesar de la reticencia que le tenía a Pérez, ¿alguna vez pensó que él podía salir como salió?

–Sí, claro; porque él ha debido negociar. Negociar todo, incluso su salida.

—¿Cómo la negociaba?

–Como la negoció Nixon. Nixon dijo: «Vamos a negociar, yo me voy y me respetan mis derechos y ¡listo!».

—Pero Pérez se apartó; él respetó las normas de la democracia.

–¡Ah, no! Ahí sí digo: por encima de todo, Carlos Andrés Pérez es un gran demócrata, porque hay que ver el poder que tiene un Presidente para desvirtuar cosas y quemar archivos, como intentó Nixon. A mi juicio, lo que más encumbra a Carlos Andrés Pérez es haber acatado no solamente la decisión de la Corte Suprema sino todo el proceso, con una gran dignidad. Y el presidente Pérez acató democráticamente, y nunca insurgió violentamente o haciendo valer su poder. Claro, entre otras cosas, porque él no creyó que eso llegaba.

—Hay quien piensa que ni Pérez ni el partido movilizaron gente para que independientemente de que fuera a salir, esa salida se viera con un respaldo popular.

–La verdad es que aquel proceso fue tan sui géneris que ni él nos reclamó eso ni nos pidió…

—¿Y a ustedes no se les ocurrió?

–Tampoco. Yo ya no era secretario general. El secretario era Alfaro. Yo estaba de presidente y…

—¿El secretario es el que mueve, el que moviliza…?

–Más un hombre tan autócrata como Alfaro.

—¿Cuándo supo que era inevitable la salida de Pérez?

–Quizá yo cometí el error, que no fue error, porque yo lo había dicho muchas veces internamente y nadie me paró bolas. Quizá la petición de renuncia, lo reconozco, puede que no se la haya hecho de la mejor forma, pero el planteamiento mío era que había que llegar a un acuerdo, que el Presidente tenía que negociar.

—Pero él había negociado todo.

–Él no negoció; él entregó. Él entregaba y entregaba y entregaba, a cambio de nada. Él no supo negociar. él entregó la Fiscalía, y entregó la Corte Suprema de Justicia, y nombra la junta de notables y no nombra a ninguno de Acción Democrática. Entregó todo.

—¿No sé siente responsable por la caída de Pérez?

–Si soy responsable seré uno de los menos responsables, y sería, más que todo, por el cargo que tenía, pero en lo personal, no. Yo advertí internamente todo lo que nos estaba ocurriendo. Y a eso es a lo que me refiero: quizá mi planteamiento de pedir su renuncia, en la forma en que lo hice, pudiera ser una falla. Pudiera ser. Pero no me arrepiento. Después de tantos años no me arrepiento. Yo lo que quería era que el Presidente negociara, incluso si tenía que salir, que negociara su salida.

—Y tuvo que decirlo en público porque…

–Porque internamente lo decía y lo decía y ¡nada! Entonces, pensé: ya está, lo voy a decir públicamente para ver qué ocurre. Pero eso estaba cantado. La salida de Pérez estaba cantada22.

Capítulo 8

«Regresé a Venezuela en noviembre de 1988, un mes antes de las elecciones presidenciales, y cuando Pérez ganó, de inmediato me invitó a formar parte de su gabinete. A mí no me sorprendió su invitación porque ya él me venía invitando…

»Lo conocí en el año 1985; yo apenas regresaba de hacer el doctorado en la Universidad de Yale. Había terminado mi tesis en diciembre de 1984 y en enero de 1985 ya estaba trabajando en el Instituto de Estudios Superiores de Administración, el IESA. En aquella época todos los venezolanos que estudiábamos afuera nos regresábamos a Venezuela. Yo tuve la oportunidad de quedarme, pero me regresé, y comencé a dar clases en el IESA. Tenía treinta y un años, y en ese momento formé parte de un proyecto latinoamericano: era una investigación sobre el ahorro y la inversión en la región, en donde participaban destacados economistas de toda América Latina. A mí me tocó desarrollar la parte de Venezuela, y fue ahí donde precisé, de una manera muy clara y categórica, el verdadero origen del endeudamiento venezolano. A raíz de eso fue que Pérez se interesó en conocerme; había leído el artículo mío «Mitos y realidades del endeudamiento externo de Venezuela» que apareció publicado en El Diario de Caracas, y me invitó a almorzar para conversar. Después de eso, durante 1985 nos vimos un par de veces.

»Esos fueron mis primeros contactos con él; así fue como lo conocí. Antes de eso, antes de hacer esa investigación, la idea que yo tenía de Pérez era la del anecdotario venezolano: era Locoven, un tipo que había sido un gran irresponsable en su primer gobierno. Idea totalmente falsa, por supuesto, concebida por intereses creados y por los medios de comunicación.

»En 1986 no nos vimos, y en 1987 yo me fui a Washington invitado por el prestigioso Peterson Institute for International Economics. Había sido uno de los dos ganadores de un concurso internacional en donde participaron más de trescientos economistas de todo el mundo. El otro ganador fue Soon Cho, famosísimo profesor de la Universidad de Seúl que después, por cierto, fue nombrado ministro de Planificación de Corea. Estuve año y medio en el instituto como visiting fellow. Y por casualidad, en Washington vivían dos hijas de Pérez: Sonia, que era la directora por Venezuela en el Banco Interamericano de Desarrollo, y Carolina, que en ese momento estaba muy enferma, y por ese motivo Carlos Andrés iba con frecuencia a visitarlas. Creo que iba por lo menos una vez al mes. En Washington, los dos teníamos un amigo común que era Gilberto Moreno, un viejo dirigente de AD que era el embajador de Venezuela en la OEA. Un gran tipo que siempre nos reunía a comer y a conversar. En esos días hablamos mucho. Inclusive, Carlos Andrés llegó hasta a visitarme al instituto en donde trabajaba.

»En Washington me tocó conversar mucho con él. Parece mentira, yo conversé más con Carlos Andrés estando en Washington que todo lo que había conversado antes, aquí en Caracas… En esos encuentros yo discutía con él mi idea de cómo había que manejar la economía venezolana, le decía cuáles eran los errores que se habían cometido a través de los distintos gobiernos, y a partir de ahí –creo– él empezó a pensar seriamente, no solamente en mí, sino que pensó en hacer una renovación del establecimiento político venezolano.

»Entre 1987 y 1988 lo vi con bastante frecuencia, y después… Después me convertí en su ministro favorito23.»

Miguel Rodríguez había estudiado en Estados Unidos becado por la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, el plan creado por Carlos Andrés Pérez en su primer mandato para formar y capacitar recursos en el extranjero. En 1977, recién graduado de Economía en la Universidad Central de Venezuela y faltándole apenas dos semestres para titularse también en Ingeniería (estudió las dos carreras casi simultáneas) concursó en el programa de becas, y al mes de inscribirse le aprobaron su solicitud. Tenía entonces veintidós años, una esposa y tres hijos (se había casado a los diecisiete) y con esa tropa tomó rumbo a Boston sin hablar inglés. Allá, muy rápido se aburrió del instituto adonde tenía que ir seis horas diarias y decidió aplicar al departamento de Economía de la Universidad de Harvard para aprovechar el tiempo mientras aprendía otra lengua. Y tuvo éxito. Consiguió el chance de asistir a cursos de doctorado. En Harvard se fue fogueando en el idioma y se fue deslastrando de las ideas de economía marxista de las que se había nutrido en la UCV. Al terminar su training, solicitó ingreso en cinco universidades para hacer una maestría y sólo Stanford le negó el cupo. El resto: Yale, Harvard, Columbia y Berkeley lo aceptaron. Escogió Yale, y se convirtió en asistente de James Tobin, Premio Nobel de Economía de 1981 y conocido keynesiano por sus ideas a favor de la intervención del Estado en la economía. Desde entonces él también se considera partidario a ultranza del keynesianismo, y por eso es que aún rechaza el mote de neoliberal que le endilgan desde que en 1989 aceptó ser el ministro de Planificación de Carlos Andrés Pérez en su segunda Presidencia.

También lo tildaron de yuppie, tecnócrata, Iesa boy, pero sobre todo, pronto lo comenzaron a llamar Miguel Rodríguez el Malo, para diferenciarlo de otro que con semejante nombre y apellido también figuraba en el equipo de Pérez. El otro era Miguel Rodríguez Mendoza, el internacionalista que desde finales de 1986, en la etapa de la precampaña, dirigía los grupos de reflexión que cada semana debatían sobre los problemas del país. El que en octubre de 1987 comenzó a coordinar el programa electoral del entonces candidato oficial de Acción Democrática, y que a partir de febrero de 1989 fue designado Comisionado de la Presidencia para negociar el ingreso de Venezuela al GATT (General Agreement on Tariffs and Trade), el sistema multilateral de comercio. Para distinguir entre los dos migueles, uno empezó a ser el Malo porque –con su verbo vehemente– parecía llevar la batuta del programa económico que fue blanco de una salva de críticas, una vez diluido el alboroto de la toma de posesión. El otro Miguel, por descarte, pasó a ser el Bueno o Miguel Rodríguez Mendoza, con sus dos apellidos a cuestas. Pero ninguno de los dos, ni el Malo ni el Bueno, estaban inscritos en Acción Democrática.

Miguel el Malo, aun antes de que su nombramiento se hiciera público, empezó a ejercer su puesto y salió de viaje a pedir prestado en nombre del nuevo gobierno. A mediados de diciembre de 1988, junto con Pedro Tinoco y Carmelo Lauría, primero, y solo con Tinoco, después, se embarcó en un periplo que lo llevó a Nueva York y Washington a negociar con bancos y organismos internacionales para hacer frente a los pagos inmediatos y poner a funcionar el país, que virtualmente estaba en la quiebra. El gobierno de Jaime Lusinchi había gastado casi hasta la última puya del tesoro nacional (las reservas efectivas rondaban los trescientos millones de dólares) y la nueva administración no tenía con qué responder a los compromisos de su mes inaugural. Con el dinero que había en las arcas acaso bastaba para, muy apretado, cubrir treinta días de importaciones, pero quedaban pendientes el reconocimiento de cartas de crédito vencidas que se dieron a los empresarios para importar con dólares preferenciales, el urgente pago de intereses de la deuda externa refinanciada y, además –un desembolso que llegó a descuadrar los cálculos hechos porque se desconocía su existencia–, la cancelación de pagarés por millonarias compras militares que se habían hecho después del incidente fronterizo con Colombia, a raíz de las correrías de la corbeta Caldas en aguas venezolanas en 1987.

La panorámica –aunque suene a cliché o frase manida– no podía ser más fea y lóbrega. La población llevaba ocho meses padeciendo los estragos de un desabastecimiento en alimentos y productos de primera necesidad, más de la mitad de los hogares rayaban en la pobreza, hervían las protestas en distintos frentes por el congelamiento de precios y tarifas y, para rematar, el barril de petróleo se estaba vendiendo a tristes once dólares. Se tendría que hacer magia para cuadrar las cuentas públicas, pero antes de cuadrarlas en el papel había que emprender acciones urgentes. Y eso fue lo que intentó explicar Miguel el Malo, ya como ministro en funciones, a la máxima dirigencia de Acción Democrática, que se reunió en La Casona la mañana del viernes 10 de febrero para la presentación oficial del plan de ajustes macroeconómicos, «El gran viraje» –como lo llamó el Ejecutivo– o «el paquete» –como terminaron llamándolo los adecos y el resto del país–. Ese día, el nuevo jefe de Cordiplan abrió la agenda hablando sobre el panorama mundial y la manera en que Venezuela encajaba en ese concierto. Describió tendencias; habló de crisis nacional; suministró cifras, muchas cifras y concluyó que nada más quedaba una opción, una exclusiva opción para salir de la crisis: rendirse a un programa severo de ajustes. Sólo así recuperaría la economía. Sería un programa de fuerte expansión económica y control de la inflación, aunque de momento iba a sentirse un aumento drástico en los precios que no obstante poco a poco iba a ceder porque, aprovechando la fuerte devaluación que vendría, se apresuraría la reforma comercial para abrir y desregular el mercado. Y, menos mal, ya contaban con el beneplácito del Fondo Monetario Internacional, que garantizaba la entrada de «dinero fresco». Acto seguido, Miguel el Malo desplegó su paquete de medidas.

Mientras el funcionario hablaba, la mayoría del auditorio adeco no podía ocultar el estupor. Algunos porque no entendían, otros porque, pese a que entendieran, no estaban de acuerdo y otros porque aunque no entendieran, tampoco estaban de acuerdo. La resistencia era manifiesta a juzgar por las caras largas y las líneas rectas de sus bocas, sin el menor asomo a curvarse en una sonrisa de satisfacción o consentimiento. La mayoría tenía sus reservas, y algunos pocos se atrevieron a expresar sus dudas o cuestionamientos, y más pocos fueron los que se lanzaron a hacer preguntas directas. ¿Qué pasará con las cuotas mensuales de un apartamento si se aumentan las tasas de interés? ¿Qué es eso de cambio flexible? ¿Y préstamo puente? ¿Y a cuánto es que puede llegar la inflación si se liberan los precios? La concurrencia enredada entre guarismos se revolvía incómoda en los sillones. Hubo amagos de agitación al mencionarse el acuerdo con el FMI y al detallar el «inmenso» monto de cartas de crédito con tipo de cambio preferencial que «se dejaron» vencer. Pero cuando Miguel Rodríguez dijo que había que liberalizar la economía para corregir los desequilibrios que debieron haberse corregido tres años antes, y que no había otra solución porque se gastaron las reservas y «la botija está vacía» la reacción se hizo sentir. Hubo gruñidos, carraspeos de garganta y unos cuantos labios se curvaron pero hacia abajo. Acusaron el golpe y recordaron, por los bajos, que Jaime Lusinchi había retardado la devaluación y el aumento de los intereses para que Carlos Andrés pudiera ganar las elecciones, y no estaba bien ni era bien visto y mucho menos iban a aplaudir que desde los primeros días el Presidente y su gobierno, desmarcándose de la familia, quisieran culpar de todos los males a la administración anterior.

En aquella maratónica jornada, aparte de Miguel Rodríguez, hablaron otros ministros, pero tan solo él, Eglée Iturbe de Blanco y Moisés Naím quedaron marcados en el recuerdo de los invitados a La Casona. Él, porque de inmediato fue identificado como la voz cantante; la ministra de Hacienda porque, pareciendo olvidar su cuna socialdemócrata, a una pregunta sobre el impacto del alza de las tasas de interés en las hipotecas contestó displicente: «Eso se enderezará en el tiempo»; y el ministro de Fomento porque aun cuando defendió la obligatoriedad de las medidas económicas, como si tuviera una bola de cristal, avisó que «la puesta en práctica de este programa puede traer problemas sociales».

Para los funcionarios gubernamentales esa cita con los directivos del CEN se desenvolvió sin mayores sobresaltos –una o dos preguntas espinosas, no más–, pero eso no quitó que la reunión fuera larga y sobre todo intensa; intensa, por lo que se dejó de decir o por lo que se «sintió» que no se había dicho. En ese momento, los bisoños administradores públicos no sabían que aquel sería el primero de una serie interminable de encuentros que iban a mantener mientras permanecieran en el gobierno. De ahí en adelante, independientemente de lo que pensaran u opinaran, casi una vez por semana tendrían que ir a rendirle cuentas al partido o por lo menos a tratar de convencerlo. Sólo que los futuros encuentros no se realizarían en la residencia presidencial, escogida esa vez porque ofrecía la misma majestad que el Palacio de Gobierno, pero con un ambiente relajado, lejos de interrupciones, interferencias y periodistas. Después de ese día, las juntas se harían en terreno del contrario, en la sede del partido blanco, epicentro de tensiones, debates y filtraciones periodísticas. Pero, de nuevo, ninguna tensión podía presagiarse en aquella fresca mañana caraqueña de febrero de 1989. Todo eso vendría después, cuatro o cinco semanas después; y mientras eso llegaba, los ministros recién encargados –blindados por años de manosear tesis y antítesis académicas– lucían como los dueños de la tarima. Para ellos el conciliábulo en La Casona constituía un evento formal, era la presentación oficial del programa económico a las más altas autoridades del partido de gobierno, un programa del que estaban absolutamente convencidos y en el que militarían hasta el final de sus vidas. Podían ser debutantes en los pasillos de la política, pero dominaban el arte de pararse en un estrado a desplegar argumentos y defender tesis; eran expertos en hacer frente a auditorios duchos y avezados. Además, el Presidente había sido muy explícito en su discurso inaugural y contaban con su franco respaldo.

Para los dirigentes adecos que asistieron casi de mala gana a La Casona, el encuentro también tuvo viso de ceremonia, y con ella Carlos Andrés Pérez inauguraba de modo oficial su deslinde de Acción Democrática. Todavía no habían terminado de digerir el nombramiento de los tecnócratas, cuando veían cómo se desdoblaba el pergamino de un programa que aseguraban se les había mantenido oculto durante más de un año de campaña electoral, un programa en el que –estaban segurísimos– algo habría tenido que ver la mano oculta de Pedro Tinoco, que aunque ese día no había portado por La Casona, no dejó de ser recordado sotto voce. Y no para bien.

–Detrás de todo esto tiene que estar Tinoco, segurito. Tanto dio y tanto dio Carlos Andrés hasta que lo metió a juro en el gabinete. Al fin se salió con la suya. Si es que a Jaime también había querido vendérselo, pero Jaime dijo que no, que ni de vaina aceptaba a un banquero desarrollista en su gobierno. Pero Carlos Andrés… ¡qué brío!, ponerlo en el be-ce-ve. Zamuro cuidando carne. Y Tinoco –me corto la cabeza si no es así– también tiene que estar detrás de tanto yuppie metido a ministro.

Lo que se presentó el viernes 10 de febrero en La Casona fue idéntico a lo que una semana más tarde se anunciaría al país en cadena nacional de radio y televisión. Ese viernes a las diez de la mañana el programa económico estaba a punto, y no aceptaba modificaciones o cambios de última hora. Eso lo sabían los ministros cuando se pararon a exponer, y eso había quedado muy claro a los convidados al evento.

«Él era muy autosuficiente; ahí es donde digo que se sobrestimaba. Efectivamente era una figura bien interesante en el plano político, pero consideraba que con su liderazgo, con su popularidad, bastaba. Pensaba que él dominaba las cosas. ¡Y no fue así! Fíjate lo que pasó con el propio paquete. Con el paquete, que no es otra cosa que una política de rectificación ¡a fondo!, incluso de sus propios errores. ¿Y qué fue lo que pasó allí? No se da cuenta de que no tiene partido o no actúa en función de que no tiene partido. O retó al partido a poner algo que no tenía o se colocó en una situación de desventaja24.

»Hechos los locos convirtieron a Parque Central en su sede por definición. Se desplazan por la torre oeste, asiento natural de los tecnócratas tomando en cuenta que allí está, precisamente, el ministerio encargado de la planificación y coordinación, vulgo Cordiplan. Otros cuantos se infiltraron en Fomento y hasta hubo algunos que tomaron Hacienda por asalto, a pesar de ser este último despacho tecnófobo por excelencia.

»Llegaron calladitos y como quien no quiere la cosa, a cuenta de jóvenes y bien inteligentes organizaron sus oficinas y las atestaron de papeles. Son oficinas más bien asépticas, donde por suerte no pusieron las típicas fotos familiares que suelen rayar en lo cursi, ni el afiche del Presidente de turno con la banda tricolor cruzándole el pecho…

»El tecnócrata por excelencia se caracteriza por andar siempre cargado de papeles de trabajo, planes encarpetados, proyectos voluminosos y documentos bien ordenados en su maletín. Cada aseveración, afirmación, declaración o información suministrada por un tecnócrata va acompañada de por lo menos un gráfico de barras perfectamente diseñado… Salpican sus discursos de expresiones en inglés, y lo peor de todo es que Cornell, Harvard, Yale o Em-Ai-Ti los convirtieron en lo que los americanos llaman workaholics… Salen más tarde que todos los demás, almuerzan apurados hamburguesas en el fast food más cercano o se quedan masticando sándwiches o pastelitos de queso. No perdonan fines de semana, Carnaval o Semana Santa para reunirse a trabajar…

»Mientras el tecnócrata está afinando el documento que se entregó al Congreso, antes de darlo a conocer a los medios (porque se trata de un tema delicado), el político ya le sacó veinte copias y las repartió a todos los periodistas de prensa, radio y televisión y, encima, declaró sobre el contenido del documento…»

(Ross Mary Gonzatti en El Diario de Caracas, 2 de mayo de 1990).

«Él conocía a mi familia desde hacía muchísimos años; conocía mucho a mi papá, y creo que eso le daba una cierta confianza de quién era yo, independientemente de mi preparación académica. Entendía que yo podía ser una persona recta, correcta, leal y dedicada al trabajo y a lo que él quería hacer. Y por eso me llamó.

»Me ofreció el cargo el 28 de diciembre de 1988, Día de los Inocentes. Yo salía de viaje esa misma noche, y como a las diez de la mañana llaman a mi casa para decirme que el Presidente quería hablar conmigo. Yo pensé que era una broma por del Día de los Inocentes y colgué el teléfono. Volvieron a llamar diciendo que era Teo Camargo. Yo sabía quién era Teo Camargo, pero no tenía mucha relación con ella, así que cuando llamaron, yo pensé que era lo mismo y ¡pum!, volví a trancar el teléfono. Después de eso vino una tercera llamada que atendió mi papá, y él me llama la atención:

»—Mi’ja, a usted la está llamando el Presidente y le cuelga el teléfono, ¿qué es eso?

»—No, papá, no le haga caso. Es una llamada para hacerme caer por inocente.

»Ahí es cuando me dicen que no es así, y me entero de que me citan inmediatamente para la Torre Las Delicias. Llego a la torre, y cuando entro a la oficina, el Presidente tenía en sus manos un ejemplar de El vía crucis del exportador, un librito que yo había hecho como año y medio antes. Él saca el libro y me dice:

»—Yo quiero que todo esto que dice aquí se desmonte completamente. Quiero que Venezuela cierre con el esquema de sustitución de importaciones, quiero promover las exportaciones no tradicionales, y esto no se puede hacer si no se desmantela lo que el libro dice. Para eso necesito que usted sea la presidenta del Instituto de Comercio Exterior.

»Me quedé sorprendida. Y perdida. El vía crucis… era un folleto chiquito, de no más de cincuenta páginas, en donde yo había recogido mi experiencia en el proceso de exportar en Venezuela. El libro era producto de mi frustración al ver todos los obstáculos que había que vencer para poder exportar. Porque aquello era insólito. ¡Kafkiano! Y en el libro lo que hice fue un recuento de todos los trámites burocráticos que había que cumplir; de todos los sellos, firmas y hasta huellas digitales que se requerían para poder sacar un cargamento de cemento a los Estados Unidos. Hice el manual, y el doctor Pedro Tinoco lo leyó y le gustó. Tanto, que el Fondo Latino lo editó y al acto de presentación se invitó a gente importante, entre ella al presidente Pérez, que en ese tiempo era ex. Después supe que el libro le había impresionado muchísimo, porque resaltaba el absurdo de un esquema de sustitución de importaciones en donde no había un criterio claro para promover la producción nacional.

»Pues bien, el presidente Pérez lo leyó, e intuyo que de ahí le vino la idea de nombrarme como jefa del ICE, porque eso fue lo primero que me dijo:

»—Quiero que esto que usted dijo, lo arregle. Tiene todo mi apoyo, todos los decretos que se necesiten, pero cambie todo eso.

»Cuando él me dice aquello, lo que sentí fue una gran confusión, un gran desconcierto. Yo no tenía ninguna expectativa, y jamás se me pasó por la cabeza ese nombramiento. Mi primera reacción fue quedarme callada… Al rato le contesté que no, que no podía hacerlo, que no me sentía capaz; pero él insistió.

»—Sí puede. Tiene que hacerlo.

»—Pero es que me voy de viaje —se me ocurrió decirle.

»—¿Y no puede cambiar su viaje?

»—Es que yo estoy agarrando avión esta noche.

»—Bueno, váyase, y el 18 de enero está de vuelta porque es nuestra primera reunión de gabinete.

»Me imagino que para ese día él pensaba haber cuadrado a todo su equipo, y había que estar en la primera reunión. Pues bien, yo me fui… ¡y no volví! Tenía mucho miedo. Estaba aterrorizada. Yo sí sabía cuál iba a ser mi trabajo, y cómo lo podía hacer porque desde la empresa privada a mí me había tocado lidiar con todo ese tema de las exportaciones. También estaba consciente de que no era posible que Venezuela saliera adelante con el esquema económico que llevábamos. Eso lo sabía, pero lo del nombramiento me parecía que era demasiado grande. Así que me fui de viaje y no vine el 18 de enero. Me quedé. Como que tenía la esperanza de que el Presidente se olvidara y buscara a otra persona… ¡no sé!

»No me sirvió. Me ubicaron, y me llamaron. El veintipico de enero me regresé. El 2 de febrero me juramentó en Miraflores en un acto en donde todo el mundo tenía que ir de color oscuro, pero a mí nadie me explicó eso y yo me fui en pantalones y con una chaqueta roja… En ese momento tenía treinta años25.»

Una vez cumplido el formalismo de enterar a las autoridades de Acción Democrática, el gobierno pasó directamente a informar sus planes a otros sectores, antes de hacer el pronunciamiento oficial. Tal parecía que se esperaba notificar a los adecos para salir corriendo a hablar con los demás. Tres días después del combate silencioso con el CEN, el Presidente y sus principales ministros se reunieron en el Palacio de Miraflores con los directivos de los medios de comunicación, y entre esos dos encuentros hubo sesiones con jerarcas de distintos partidos políticos, y con representantes de la empresa privada. Y en todas y cada una de esas jornadas, tal como había sucedido en la reunión con el partido de gobierno, se partió de la premisa de que el retrato nítido y descarnado de la situación –una inmersión violenta en la realidad económica del país– era la mejor herramienta de convencimiento. La información clara, precisa y sin tapujos, pensaban los funcionarios, era suficiente argumento para persuadir a los más renuentes sobre las dificultades que se atravesaban, y una vez convencidos sería mucho más fácil que se rindieran ante la evidencia de que sólo quedaba un camino: cambiar de rumbo. Y hacerlo de inmediato. Sin dilaciones, sin miramientos y sin gradualismos.

No hay otra salida, fue el ritornelo que oyeron los invitados a Miraflores, y con ese estribillo martillándoles en la cabeza salían de la sede de gobierno, y una vez que salían se multiplicaban los escépticos y comenzaban a correrse bolas. La ducha fría de realidad no bastaba.

No está claro si el encuentro con los editores y dueños de periódicos, radios y televisoras formaba parte de la estrategia gubernamental o si se programó a última hora en vista del alud de informaciones en contra que empezaron a salir a la luz, luego de las reuniones en La Casona y Miraflores. Lo que sí fue evidente es que a partir de ese día se sintió un tenue –muy, muy tenue– cambio en el cariz de las informaciones, después de que entre el sábado 11 y el lunes 13 de febrero se había registrado un inmenso número de notas cargadas de pesimismo y tendiendo a la catástrofe.

Hasta el día en que se produjo la reunión con los medios, las opiniones, análisis e informaciones que habían «trascendido» daban cuenta de un horizonte desolador. Eran múltiples los titulares que señalaban lo pernicioso de un convenio con el FMI, el inevitable estallido inflacionario que golpearía los bolsillos de los venezolanos y el «cataclismo» que se avecinaba si no se reconocía el pago a dólar preferencial de las cartas de crédito a los empresarios. Porque para aquellas fechas ya se sospechaba –o ya lo sabían– que la cifra a pagar por los compromisos de los importadores estaba muy por encima de los dos mil millones y medio de dólares que se habían estimado, y por el retintín de los ministros a la hora de calibrar el asunto, se temía que pese a lo acordado con la administración anterior, el nuevo gobierno no asumiría la diferencia cambiaria cuando se devaluara la moneda. El clima de angustia era palpable al leer los periódicos y seguir los noticieros radiales de primera hora o los avances informativos que cada tanto daban los distintos canales de televisión. No porque fuera fin de semana dejaron de producirse noticias, adornadas todas con las coletillas de: «fuentes confiables aseguraron que…» «se filtró…» «se supo…» Liberación de precios; aumentos de luz, agua, teléfonos y gasolina; alza en las tarifas de transporte, devaluación, incremento en las tasas de interés eran los pronósticos que erizaban la piel. De la euforia y excitación que se vivió a principios de febrero con motivo de la Coronación, la sociedad venezolana, como si fuera bipolar, pasó de manera brusca a la neurosis y la desesperanza.

En medio de esta avalancha apocalíptica se da la presentación del programa a los medios de comunicación. La mayoría de los dueños de medios –en eso confiaban desde el Ejecutivo– eran tipos modernos que creían en la libre empresa, en la autonomía del mercado, en la liberación de la economía y con esa idea se les citó a la sede de gobierno. El encuentro se realizó a final de la mañana del lunes, y a partir de entonces, las páginas de los periódicos y los noticieros audiovisuales empezaron a dar cuenta de lo visto u oído en Miraflores, y uno que otro de esos reportes accedió a notar las bondades o los beneficios, y uno que otro editorialista cambió un tanto el tono de sus líneas, y se mostró también un tanto –sólo un tanto– más conciliador y esperanzador. Desde entonces no sólo se registraban los comentarios que off the record y tras bastidores daban políticos, empresarios y –aunque no sea crea– funcionarios incrédulos ante la efectividad del «paquete», sino también las declaraciones positivas y esperanzadoras. Sin embargo, los escépticos seguían siendo más. Siguieron pesando en el ánimo colectivo declaraciones tan contundentes como las que vaticinaban que 1989 sería el año de la más alta inflación en la historia de Venezuela, independientemente de lo que se hiciera. ¿Y si era así, para qué «El gran viraje?».

Tres días más tarde, el 16 de febrero a diez minutos para las siete de la noche, el presidente Pérez en transmisión conjunta para radio y televisión hizo el anuncio oficial: aumento de treinta por ciento en sueldos para obreros y empleados públicos, cambio único y libre del bolívar, ajuste en servicios de teléfonos y electricidad, reducción en los subsidios a los fertilizantes, liberación de las tasas de interés, aumento gradual en la gasolina, gasoil y lubricantes, tasas preferenciales para el agro, subsidios para vivienda de interés social, becas alimentarias y creación de cuarenta y dos mil hogares de cuidado diario. En el acto lo acompañó su tren ejecutivo completo. Pérez pronunció el discurso de pie. Se vio serio, circunspecto, y como queriendo añadir más formalidad al acto vistió traje negro y –algo novedoso– usó anteojos para leer el legajo de páginas que reposaban en un podio adornado con el escudo nacional. Era la primera vez que aparecía en público leyendo, y con lentes. A pesar de sus sesenta y seis años, nunca antes en ninguno de los innumerables actos de su carrera política se le había visto apoyarse en artilugios ópticos. Los que portó esa noche y que, después, muy poco se le vio utilizando, eran unas gafas sencillas, de armazón aparentemente liviana pero nada más haberlas usado en «esa noche tan linda» –como la llamó el periodista Javier Conde en El Diario de Caracas–, daba a entender al auditorio que se había iniciado un nuevo tiempo. Una nueva época. Una en donde se necesitaba usar cristales gruesos para apreciar la realidad. En una noche como esa –reseñó Conde– «CAP pasó el suiche».

«…Los errores y las omisiones que hemos ido acumulando a lo largo de estos años, en medio de la crisis de la deuda y la baja de los pecios del petróleo, nos han llevado a esta grave situación que ineludiblemente ha salido a la luz con el cambio de gobierno, provocando el desasosiego y la incertidumbre… Es comprensible que así suceda. El país se siente desconcertado… La realidad exige una reorientación de la vida nacional y la adopción de nuevos hábitos de comportamiento y de consumo…

»Por años nos atuvimos al incremento del ingreso petrolero, con innumerables defectos y deficiencias, pero también con grandes logros. Durante los últimos diez años la situación ha sido otra. La caída de los precios del petróleo, la deuda externa, la fuga masiva de divisas, los cambios diferenciales y otros tantos errores y omisiones han acumulado profundos desequilibrios… La inflación ha sido represada y se han pagado más de veinticinco mil millones de dólares por deuda externa. El frenesí importador incentivado por los mecanismos irregulares de Recadi, a la par que las bajas tasas de interés, han impedido el ahorro y estimulado el crédito para un pequeño sector privilegiado. Esta es la vieja y cómoda tradición de ir tapando los huecos con remiendos…»

(Carlos Andrés Pérez. Anuncio oficial del programa económico. 16 de febrero de 1989).

«Pérez llamó a la dirección del MAS, y Miguel Rodríguez nos explicó el programa de ajustes. Recuerdo que cuando él terminó de hablar, Pompeyo Márquez tomó la palabra y le hizo una sola pregunta: «¿dónde está la gente?» Eso resumía todo. Porque la visión tecnocrática del problema era que bastaba con aplicar unas cuantas recetas que debían tumbar la inflación –después de hacerla subir previamente, por supuesto–, y que todo esto, la gente lo iba a entender. Confiaban en el carisma de Pérez, en la popularidad de Pérez. Como él le había dado ¡una paliza! a su rival en las elecciones… Pero no fue suficiente.

»Claro, estos jóvenes tecnócratas no eran políticos. Ninguno de ellos era un político. Eran unos tipos muy bien intencionados, con mucho conocimiento de lo que manejaban, pero no eran políticos.

»Y por supuesto, si Pérez mismo no se creyó obligado de explicarle al país lo que iba a hacer, imagínate tú si estos muchachos iban a hacerlo. Ese no fue un error de ellos, ellos eran los ministros26.

»Las decisiones que hoy adopto no se inscriben en el propósito coyuntural de paliar una situación que no puede continuar de todos modos. Su objetivo es enrumbar al país hacia destinos acordes con sus potencialidades históricas. Se trata de medidas que en algún momento debían dictarse; que debieron haberse adoptado hace mucho tiempo…»

(Carlos Andrés Pérez. Anuncio oficial del programa económico. 16 de febrero 1989).

«Yo había sido director académico del IESA durante muchos años, y en esa posición uno termina conociendo a muchas de las figuras políticas, económicas y sociales del país. De manera que yo conocía a Pérez, pero no era amigo de él. No era de su círculo ni mucho menos. En la campaña electoral de 1988 no trabajé para ningún equipo de gobierno: no lo hice ni para Carlos Andrés Pérez ni para Eduardo Fernández. Para ese momento era profesor en el IESA, escribía columnas en la prensa y opinaba. Pero no formé parte de ningún equipo, y el día de las elecciones voté por Eduardo Fernández, a pesar de que nunca fui miembro de Copei como tampoco lo fui de Acción Democrática, y en otras campañas había votado por AD. Es decir, yo era –realmente– un independiente.

»Ahora bien, en el último mes y medio antes de las elecciones, en los periódicos empezaron a hacer especulaciones sobre quiénes serían los posibles integrantes del equipo de gobierno de cada uno de los candidatos y, para mi sorpresa, mi nombre salía en dos listas. Supuestamente si ganaba Eduardo yo iba a ser miembro de su equipo, y si ganaba Pérez también. Pero eran especulaciones. Ninguno de los dos habló, jamás, conmigo, y yo, francamente, tenía otros planes, tenía un proyecto de otra naturaleza.

»De manera que yo no iba para el gobierno ni estaba planeando hacerlo. Pero un día –ya siendo Presidente electo– Pérez me llama. Recuerdo que yo estaba en el IESA, y era viernes como a las cinco de la tarde.

»Obviamente, cuando llama, yo suponía que él me iba a ofrecer algo, y pensé que podía ser el Ministerio de Educación debido a mis ocupaciones en el IESA. Pero no, cuando llego a su oficina, me ofrece el Ministerio de Fomento, cosa que naturalmente me sorprende, pero igual, le digo que no. Como se sabe, Pérez nunca fue explícito en la campaña con respecto a su planteamiento económico. En su programa de gobierno no aparecía nada de lo que después se hizo. De hecho, si hubiera aparecido, no hubiera ganado; pero en todo caso, en ese momento yo le dije que no, que no lo aceptaba.

»—¿Por qué? —pregunta.

»—Porque, Presidente, usted sabe cómo pienso y, de verdad, no creo que yo sea la persona que usted necesita. Estamos en una situación dramática, el país está realmente muy, muy mal. Las reservas están en trescientos millones de dólares, hay tres niveles de tipo de cambio, las tasas de interés están artificialmente bajas, hay escasez de pan, leche, café, medicinas… Hay un control férreo, y los precios ¡de todo! están represados. Ante esta situación, yo estoy convencido de que en Venezuela hay que hacer una cantidad de cosas que, sinceramente, yo creo que usted no va a hacer.

»Y comienzo a decirle que para mí, el Ministerio de Fomento constituía el eje central del aparato regulador del Estado. Porque Fomento era el que se encargaba de dar los permisos de importación, y por lo tanto, las cuotas de Recadi –el Régimen de Cambio Diferencial– estaban asociadas a eso. Fomento era el que se encargaba de dar los permisos de exportación y regulaba los precios: del hielo, de los entierros, de las arepas, del papel, de la carne …

»—Porque en Venezuela –le destaqué– no se toma una decisión económica importante que no pase por el Ministerio de Fomento, y particularmente creo que eso es parte del problema. Allí hay una burocracia que está sirviendo como un tapón y provoca un cuello de botella a la actividad económica. Yo creo que hay que desregular todo eso. Y si es así, Presidente, le digo que usted lo que necesita en ese ministerio no es a un tecnócrata, lo que necesita es a un tronco de político. A quien tiene que buscar es a alguien que sepa negociar los precios con los distintos sectores.

»—Precisamente –me contesta–, eso es lo que yo quiero cambiar. Por eso lo estoy llamando, porque sé quién es usted. Yo lo he leído, y sé cuál es su pensamiento.

»—No, Presidente, de verdad, muchas gracias, pero no estoy disponible; tengo otros planes, y esto no lo puedo aceptar. Le deseo suerte, pero no…

»—Mire, hagamos lo siguiente: no me diga que no, todavía. Déme la oportunidad de volver a conversar. Piénselo durante el fin de semana, venga por aquí el lunes a las seis, y hablamos de nuevo.

»Le digo que está bien, que nos vemos el lunes siguiente, y me despido muy tranquilo. Pero cuando estoy saliendo, me advierte:

»—Por cierto, le quiero decir algo: si me dice que no, sepa que de aquí en adelante, cada vez que usted escriba en los periódicos sobre lo que hay que hacer para ayudar al país, yo lo leeré riéndome.

»—¡Me fregué! –eso fue lo que pensé en ese instante.

»Si decía que no, me fregaba; pasaría el resto de mi vida preguntándome qué hubiese pasado de no aceptar el ministerio o recriminándome por no haberlo hecho. Y si decía que sí, me fregaba igual, porque sabía lo que se me venía encima. Los empresarios, las amas de casa, los sindicatos, los medios, los políticos… todos se verían afectados por decisiones que yo tomaría. Sabía lo que me esperaba. Ese año –a petición del Grupo Santa Lucía– había dirigido un ejercicio de simulación que se llamaba «Y ahora que ganamos ¿qué hacemos?». El trabajo consistía en desarrollar casos de diferentes ministerios. Cada caso describía en detalle la situación, y el ejercicio consistía en identificar qué debía –o qué podía– hacer un nuevo gobierno, quienquiera que fuese el ganador de las elecciones. Por lo tanto, yo sabía lo que le iba a tocar a quien se encargara de Fomento, pero al mismo tiempo pensaba: «¿y cómo hago para decir que no?…» Total, que pasé uno de los peores fines de semana de mi vida… Hablé con Susana –mi esposa–, con amigos, colegas, otros familiares… En fin, que el lunes fui a su oficina, y le dije que sí.

»—Le voy a aceptar, pero con tres condiciones: uno, que voy a estar sólo por un año; dos, que en política comercial esto es lo que hay que hacer –y ahí le expuse todo lo que yo creía que se tenía que hacer, que fue en verdad lo que después se hizo– y tres, que yo quiero tener libertad de designar a mis directores de línea y a mi viceministro; no quiero que me los imponga el partido.

»—Bueno –dijo Pérez–, lo más importante es que en cuanto a la política económica, ya estamos de acuerdo: eso es lo que vamos a hacer. En cuanto a sus colaboradores, yo lo entiendo pero tráigame las listas para ver quiénes son. Y en cuanto a lo del año de permanencia, pues ya lo veremos. Usted cree que va a durar un año, pero de pronto yo lo boto antes27…

»El problema es complejo y lo estamos enfrentando con sinceridad y decisión… No vamos a claudicar ni a torcer el rumbo en nuestra determinación. Pero es necesario que el país sepa toda la verdad para que asumamos la responsabilidad que permita abrir las perspectivas claras al futuro nacional. Planteo al país que nos concertemos. Es un gigantesco esfuerzo, que demanda una voluntad firme y una disposición para la austeridad y el esfuerzo que algunos todavía no entienden a cabalidad… Para este duro esfuerzo convoco al país. No hay soluciones fáciles…»

(Carlos Andrés Pérez. Anuncio oficial del programa económico. 16 de febrero de 1989).

«¡Dígame eso!… El día que anunció las medidas ¡leyendo un papel! Con lentecitos de tecnócrata y fríiiiio como una culebra. ¿Cuándo se había visto así? ¿Cuándo había leído un papel? ¿Es que había perdido la chaveta?

»Carlos Andrés negó sus habilidades naturales. Le gustó la vaina esa de un gobierno distinto. Él compró la idea, yo no sé de dónde ni a quién, de un gobierno diferente, eficiente. Sí, todo eso estaba muy bonito, y muy chévere pero ¡no desde el primer día, papito! ¿Y con todos esos tecnócratas?… Que ellos serían muy inteligentes, pero cómo se le ocurre encasquetarlos en los ministerios, cómo los pone a manejar un país. Y ahí está, mire lo que sucedió: si tiras al pajón al partido y te quedas con la tecnocracia, te jodiste. ¿Por qué dejaste el partido a un lado?28»

Capítulo 9

Coctel molotov

—Usted figuraba como coordinador del programa de Carlos Andrés Pérez, un programa que tuvo como cabeza visible al presidente de Acción Democrática, Gonzalo Barrios. Hay quien asegura que ese no fue el plan que Pérez llevó a cabo al llegar a la Presidencia.

–Es una interpretación de las cosas. En Venezuela, los programas de gobierno, y eso lo entendí siempre, son como un mecanismo para agrupar a profesionales de distintas tendencias, no necesariamente militantes del partido, sino profesionales que quisieran colaborar con el candidato y presentar ideas. Además, hay que tomar en cuenta que en aquellos momentos la situación del país era difícil, de la que no se podía hablar en la campaña porque uno no habla de las cosas malas en las campañas. De hecho, a mí, en esa época, me sucedió algo desafortunado; fue una mezcla de engaño y mala fe: me hicieron una entrevista en El Nacional, y yo accedí porque me plantearon que era algo off the record, que era más bien una reunión para entender lo que AD estaba haciendo. Pues, al final, terminó ocurriendo que la entrevista la publicaron a página completa, y el título era: «Carlos Andrés va a devaluar cuando llegue al gobierno». Eso generó un pequeño escándalo… Todo esto lo cuento para decir que lo cierto es que el país requería una serie de medidas, y esas medidas fueron las que se pusieron en práctica: un programa de ajustes, un plan de modernización de la economía nacional, una apertura gradual. Yo creo que en ese momento nadie estaba preparando un programa alternativo, sino que cuando se comenzaron a hacer las reuniones para conformar el gobierno y definir las políticas que se iban a poner en práctica en lo inmediato, se fue hablando de esto. De todas maneras, es verdad que quien tenía la voz cantante en lo que podrían llamar un programa alternativo no era ninguno de los protagonistas aparentes, sino Pedro Tinoco. Él era el principal asesor económico de Carlos Andrés.

—¿Tinoco era el principal asesor económico?

–Sí. Claro que era.

—Imagino que él tuvo mucho que ver en los nombramientos.

–En los nombramientos, nunca se sabe cómo es eso. La verdad es que yo creo que al final los nombramientos fueron una decisión directa de Carlos Andrés de involucrar a gente que no eran técnicos de los partidos sino que eran técnicos independientes. Esa fue una decisión más de él, pero ciertamente la influencia de Tinoco en el programa económico era importante. Sin lugar a dudas.

—Mucha gente dice que Miguel Rodríguez era quien llevaba la batuta del equipo económico; otra gente dice era Pedro Tinoco, sobre todo por su ascendencia en las líneas maestras del programa. Pero hay quien dice que si bien Tinoco «siempre estaba», en un gobierno las cosas son tan complejas que no se puede decir: Fulano es el mandamás.

–También es verdad. Sin duda, la opinión de Tinoco era una opinión importante para Carlos Andrés, pero también es verdad que entre Carlos Andrés y Miguel se originó una química extraordinaria, y para entender eso hay que regresar a los años anteriores a lo que fue el gobierno, cuando Miguel aparecía como un keynesiano discutiendo los temas económicos. Y justamente así conoció a Carlos Andrés, porque Miguel desarrolló una tesis en la que decía que, prácticamente, durante el primer gobierno de Pérez no había habido endeudamiento externo neto, porque la deuda externa que se contrajo en ese período se había utilizado para fortalecer la capacidad productiva del país. Claro, eso enamoró a Carlos Andrés, desde el primer momento, y Miguel, que es un tipo fogoso, aguerrido, apasionado, hizo química con él. Y en verdad, hoy en día no importa si fue o no fue Tinoco el poder detrás del trono en materia económica, porque como todas las cosas en política, lo que cuenta es la percepción de la realidad, no la realidad misma. La percepción de la realidad era que Miguel era el jefe del programa económico y era el líder del equipo económico, y así fue.

—Al iniciarse el gobierno usted fue designado comisionado de la Presidencia para negociar el ingreso de Venezuela al GATT…

–Sí, yo pasé los dos primeros años negociando el ingreso, y se logró la inclusión de Venezuela. Una vez que se logró, era obligatorio que el Congreso la aprobara mediante una ley, y creo que esa fue la única ley que aprobaron sin controversia en todo el período de Carlos Andrés.

—Eso ocurrió a finales de 1990, y en mayo de 1991 usted fue designado como nuevo presidente del ICE. Cuando estuvo en el ICE, ¿hubo alguna intromisión de parte de Pérez, o de parte del partido? ¿Sintió presiones?

–No, nunca. Ni del Presidente ni del partido. Eso no se daba, o se daba en mucha menor medida de lo que se puede dar hoy en día. A nadie le pedían el carnet de ningún partido para trabajar. Está el caso mío: yo tenía relación con el partido sin ser militante de Acción Democrática, porque yo no era adeco. Nunca me inscribí.

—¿Y fue totalmente autónomo en su gestión?

–Yo trabajaba muy cerca de Carlos Andrés porque él tenía un interés especial en todo lo que era el manejo del Pacto Andino, en el manejo de la relación con Colombia.

—Él querría manejar eso directamente.

–Si me preguntas a mí cuál fue el principal logro del gobierno en mi área, pero que trasciende más allá de mi área, diría que fue la relación con Colombia. La apertura con Colombia, el dinamismo que se creó en la relación bilateral no tenía precedentes… Lo que se logró fue una cosa muy especial. Llegó un momento en que yo hablaba más con el ministro de Comercio de Colombia que con cualquier otro ministro en Venezuela. Hablábamos para resolver problemas comunes que se presentaban, y los resolvíamos. Realmente había un interés mutuo de avanzar en muchas cosas, y se hicieron muchísimas cosas. Es más, hoy en día, a pesar de las tensiones, no han podido acabar con eso que se hizo. Con todo lo que ha ocurrido, con todas las tensiones con Colombia, con las enemistades, las críticas y todo lo que ha habido, no han podido acabar con lo que se creó en aquel entonces. Eso sigue, y funciona. Lo que se acabó fue la amistad, pero la apertura económica sigue.

—¿Cómo era Pérez como gerente, como administrador público?

–Es un hombre con el que da gusto trabajar, que escucha, que sabe lo que quiere, respetuoso de las opiniones de los demás y que toma las decisiones que considera que objetivamente son las más adecuadas. Yo trabajé muy cerca de él porque como presidente del ICE era miembro del gabinete económico. Él tenía mucho interés en lo que yo manejaba, y eso me daba un espacio que tal vez otros ministros no tenían. Tenía un acceso muy directo. Yo le mandaba un memo y lo llamaba poco después, y ya lo había leído. Siempre estaba informado, siempre con cosas concretas que plantear. Muy formal. Y en el Consejo de Ministros, hablaba todo el mundo, y él oía, oía, oía y al final tomaba la decisión, pero nunca interrumpía.

—Fue uno de los pocos funcionarios que estuvo en el equipo de Pérez desde el principio hasta el final, lo vio sortear los dos golpes. ¿Cómo fueron los últimos días o cómo fue el gobierno…?

–Después del primer golpe, lo más importante que ocurrió fue que convencieron a Carlos Andrés de crear el Consejo Consultivo, y recuerdo que una crítica frecuente de ese consejo era que se había sido muy inepto a la hora de explicarle a la población lo que se estaba haciendo en materia económica. Criticaron que no se explicara con claridad lo que se estaba haciendo, y achacaban a eso el hecho de que no entendieran bien las políticas que estaban en marcha.

—Pero los del Consejo Consultivo también recomendaron unas políticas económicas que no eran las de Pérez.

–Sí, también recomendaron otras políticas. Pero es que ese era el espíritu de la época, porque en cierta forma ellos recogían estos planteamientos del grupo de Los Notables. Había una mezcla de rechazo a las políticas económicas, con actitudes personales frente a Carlos Andrés. Enemistades personales. Hubo gente como Arturo Uslar29 y Ramón Escovar Salom30 que nunca le perdonaron a Carlos Andrés cualquier cosa que él hubiese hecho en el pasado. Se dio esta situación peculiar en la que gente de derecha coincidió con gente de izquierda, que tampoco le perdonaron a Carlos Andrés otras cosas que él había hecho.

—¿Hubo entonces…?

–Una animadversión personal.

—¿Resentimiento?

–Yo creo que había muchísimo de eso. Un pase de factura personal. Por supuesto había los resentimientos de la gente de la izquierda, porque hay que recordar que Carlos Andrés fue el ministro del Interior de Rómulo Betancourt, y fue muy importante en la lucha antiguerrillera. Hubo mucho pase de factura en ese sentido, conjugado con el rechazo a las políticas económicas. Lo insólito es que a la luz de lo que ha pasado después, lo que vivimos ahora en la Venezuela del año 2009 es que toda esta gente que supuestamente quería una mejor democracia, lo que terminaron fue promoviendo la situación difícil que vive el país hoy en día.

—Volviendo al último año de gobierno de Pérez, ¿cuándo se dio cuenta de que el gobierno empieza a caer?

–La verdad es que entre los meses que van desde el primer golpe, en febrero, hasta el segundo, en noviembre, Carlos Andrés se veía como si no hubiera pasado nada. Él acepta el establecimiento de este Consejo Consultivo, acepta el ingreso de gente del partido Copei al gobierno, pero lo hace sin creer que eso fuese necesario. Era lo que parecía. Es decir, la actitud de Carlos Andrés tras el golpe de febrero de 1992 fue como que no le daba importancia. Siguió business as usual. Pero, claro, cuando vino el segundo golpe la situación ya era más difícil. Y se juntó con que, paralelo a la insurrección, empezaba lo del juicio promovido por Ramón Escovar Salom y por José Vicente Rangel con la prensa, El Nacional especialmente. Lo que sí es de destacar es que Carlos Andrés hasta el último minuto creyó que él iba a ganar la votación en la Corte Suprema de Justicia por el antejuicio de mérito. Nunca pensó que algo en contra podía ocurrirle a él, no creyó que él podía perder la votación. Pero otra cosa notable es que, pese a que nunca creyó que algo en su contra pudiera prosperar, una vez que se produce la decisión en la Corte, en ningún momento puso en tela de juicio que tenía que irse. No pensó en maniobrar o manipular buscando amigos. Jamás se planteó desobedecer una orden de la Corte Suprema.

—En síntesis, ¿por qué salió del poder Carlos Andrés Pérez?

–Salió porque, en un momento dado, tenía prácticamente a todo el país en contra. El problema en Venezuela es que el Estado de Derecho es un Estado frágil. Hoy más frágil que nunca, pero siempre ha sido frágil y en consecuencia las instituciones son susceptibles de ser manipuladas. En ese momento se dio una combinación de las opiniones de todos estos intelectuales de peso en el país, de todos estos Notables, con la opinión de los medios de comunicación, con El Nacional a la cabeza y teniendo a Alfredo Peña dirigiéndolo en su guerra a muerte contra el gobierno. A todo esto se suma la insurrección militar. Y esa combinación de factores con instituciones débiles no la aguanta nadie. Yo creo que la insurrección militar por sí sola no gana; por sí misma no iba a ninguna parte. Hubiera fracasado. Pero combinándola con la simpatía generada por los medios de comunicación, el rechazo a las políticas de apertura, la guerra de guerrillas que mantenía ese grupo de Notables… pues, ¡caramba! era un coctel molotov31.

Cronología en busca de contexto

17.02.1989

Reinaldo Figueredo, ministro de la Secretaría de la Presidencia, adelanta gestiones para reforzar la seguridad del despacho del Presidente.

19.02.1989

Tres días después del anuncio del programa de ajustes, la foto de primera página de El Diario de Caracas, de manera inusual, recoge un evento social: el matrimonio eclesiástico entre hijos de las familias Fernández Tinoco y Cisneros Fontanels. La leyenda de la fotografía da cuenta del lujo con que se había celebrado el enlace y destaca que «la crisis tiene excepciones». El encabezado de la portada es: La boda del siglo.

20.02.1989

Transportistas de líneas en Guarenas, Charallave y Los Teques, en el estado Miranda, inician una serie de paros escalonados en demanda de incremento en las tarifas urbanas y extraurbanas. Funcionarios de la Policía Metropolitana que exigen pagos atrasados, mejoras salariales y reemplazo de los mandos militares en la institución, inician un conflicto que los lleva a una huelga. Empleados de los tribunales se paralizan por cinco días reclamando cancelación de deudas de contratación colectiva. Maestros de colegios públicos suspenden actividades demandando aumentos de sueldo. Estudiantes y empleados universitarios en varias ciudades del país protestan por las muertes de dos compañeros. Los estudiantes también reclaman el mantenimiento del medio pasaje estudiantil.

20.02.1989

En La Casona, en la primera reunión del comité operativo de AD con el Presidente, Gonzalo Barrios propone como fiscal general a Ramón Escovar Salom.

22.02.1989

El Consejo de Ministros aprueba una rectificación presupuestaria por doscientos cincuenta millones de bolívares a cargo de una partida del Ministerio de Relaciones Interiores para «Gastos de Seguridad del Estado».

23.02.1989

El Presidente ordena una investigación inmediata de las gestiones de la oficina de Régimen de Cambio Diferencial –Recadi-, por presunta corrupción en la entrega de dólares preferenciales.

24.02.1989

En el terminal de pasajeros de Guarenas, usuarios del servicio de transporte protestan por un aumento en los precios del pasaje interurbano que sin autorización oficial pretenden cobrar choferes de autobuses y carros por puesto.

25.02.1989

Antes de salir al exterior, Jaime Lusinchi dice en relación al refinanciamiento que hizo de la deuda: la banca nos engañó. Y en alusión a los tecnócratas del gabinete de Pérez, habla de «advenedizos y conversos».

26.02.1989

En avisos desplegados en la prensa, el gobierno autoriza un aumento de treinta por ciento en las tarifas de transporte colectivo. La regulación regirá a partir del miércoles 1º de marzo y por noventa días, al cabo de los cuales una comisión determinará los nuevos precios de acuerdo con la estructura de costos del sector.

27.02.1989

Entra en vigencia un incremento en los precios de la gasolina.

Segunda parte

No quiero una popularidad que se cifre en que mi voz se silencie, o en que no me atreva a tomar medidas que puedan en alguna forma disminuir el aprecio o la confianza que en mí se tenga. Por eso les dije: yo no les pido que me lleven en hombros a Miraflores, mi orgullo y mi ambición es a que me saquen en hombros de Miraflores…

Carlos Andrés Pérez, 28 de febrero de 1989

Capítulo 10

El último lunes de febrero, la viceministra Beatrice Rangel llegó a su oficina a las siete de la mañana. Tenía un largo día por delante y debía aprovechar que el Presidente no despachaba temprano. A esa hora estaría en La Casona preparándose para la reunión semanal con el comando operativo de Acción Democrática –el cogollito– que empezaba a las ocho. Allí también estaría Reinaldo Figueredo, el ministro de la Secretaría, así que tenía dos largas horas por delante para recibir a los directores del ministerio y procesar papeles antes de que Presidente y ministro llegaran, y cada uno por su lado le pidiera cuentas, girara instrucciones y demandara más diligencias y más papeles. Después de que terminara con ellos, le tocaba ponerse patines, porque a las dos de la tarde se reunía el secretariado del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa (Seconasede) y quería hacer un repaso final del dietario, además de darle una última revisada al informe que debía llevar. El consejo, en el análisis del entorno externo, iba a hacer seguimiento al proceso de paz en Centroamérica y a ella le habían encargado que aportara los inputs. El tema lo conocía a fondo porque desde hacía casi seis años venía tratándolo con el presidente Pérez –en ese entonces ex presidente–. Era una experta en la materia.

Graduada en Relaciones Internacionales en la Universidad Central de Venezuela y con postgrados en las universidades de Boston y Harvard, Beatrice Rangel trabajaba en Acción Democrática desde principios de la década de los ochenta, época en que llegó de los Estados Unidos, pero era militante adeca desde los dieciocho años. Se inscribió en el partido y se desligó con ese acto de cualquier conexión con el ideario político de su padre (Domingo Alberto Rangel, que en 1960 rompió con AD para fundar el Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Desde que era adolescente era socialdemócrata y se había mantenido fiel y cercana al partido pese a vivir por temporadas en el extranjero. En 1982, el último año de Gonzalo Barrios como vicepresidente de la Internacional Socialista, estuvo trabajando con él como su asistente en relaciones internacionales, y en 1983, cuando Carlos Andrés Pérez heredó esa vicepresidencia –y a ella, a su vez, la nombraron vicepresidenta de las mujeres socialistas– pasó a trabajar con Pérez como su mano derecha para asuntos de corte internacional. En 1988, cuando se ganaron las elecciones, pensó que le había llegado la hora de medirse en otro terreno. Trabajaría en el sector privado. Había hecho un pacto con el Presidente: cuando él llegase a la Presidencia, ella montaría una empresa consultora y, a la par, se aventuraría a ampliar la frecuencia y la duración del programa semanal de tres minutos que tenía en el canal cuatro de televisión. Quería ser como Barbara Walters, le había dicho. Pero Pérez, apenas electo, olvidó el trato y la envió al exterior en misión especial en busca de salidas a la guerra en Centroamérica, que ya sentía que estaba tocando puertas muy cercanas. Después, en enero de 1989, la nombró como segunda al mando en el equipo de Secretaría de la Presidencia. Porque ella fue la viceministro que el Presidente le eligió a Reinaldo Figueredo. Era a ella a quien quería cerca para que manejara la agenda internacional que quería mantener bajo su lupa.

El último lunes de febrero, Rangel andaba en esas funciones en el Consejo Nacional de Seguridad y Defensa. La semana anterior se había reunido dos veces con un militar flacuchento, educado y hasta simpático, por lo conversador, que hacía las veces de asistente del general Arnoldo Rodríguez Ochoa, el secretario permanente del Consejo. El militar flacuchento, con rango de mayor, le había pedido información reciente sobre el conflicto centroamericano que amagaba con destrabarse después de la cumbre que acababa de realizarse en El Salvador, gracias a las negociaciones que, justamente, se habían hecho en Caracas cuando la toma de posesión. Entre ambos –el mayor flacuchento y ella– prepararon el programa de la reunión, y habían quedado en encontrarse ese lunes a fines de la mañana pero el mayor no se presentó; se declaró enfermo como a las diez, le dijeron, y a ella le tocó enfrascarse sola con el temario. Menos mal que pudo desocuparse temprano y desde las once de la mañana se encerró en los sótanos del Palacio Blanco para alistar el encuentro que de todos modos empezó retrasado y que nunca pudo llegar a término. A las cuatro y cuarenta de la tarde el general Rodríguez Ochoa recibió una llamada, y al colgar el teléfono, se excusó:

–Agotaremos la agenda en una próxima reunión, porque me están llamando del Comando.

El general, parco y escueto, no dio más detalles, sino que se levantó y se fue. Todos los demás lo siguieron. Beatrice Rangel agarró sus carpetas, se dirigió a su oficina y al salir del túnel que une los dos palacios, el Blanco y el de Miraflores, junto con la luz de la tarde le llegó un aguacero seco.

–Fuiff, fuiff, fuiff… –oyó tres tiros, seguidos por el grito de un soldado–. ¡Doctora, métase!

Al entrar a su oficina se enteró de lo que estaba pasando en Caracas. Eran las cinco de la tarde y había estado encerrada seis horas en los subsuelos del Palacio Blanco.

* * *

No hay dato que señale con exactitud cómo fue que empezó todo, en qué sitio y hora justa, y la identidad de quien o quienes lo iniciaron. No hubo periodista que pudiera recoger en su libreta esos pormenores, pero todos los indicios apuntan hacia un terminal de buses y microbuses en la ciudad dormitorio de Guarenas, estado Miranda, entre las cinco y treinta y las seis de la mañana.

A un costado de la vía, varios vehículos con los motores encendidos despidiendo humo de gasoil se habían formado uno detrás de otro, listos para empezar a recoger su pasaje. A su lado, en el borde de la acera, crecía inmensa la cola de gente malhumorada que esperaba turno para abordar el carro que los llevaría hasta Caracas. En el aire se mezclaba el vaho del aceite pesado, el perfume del café caliente que ofrecían vendedores ambulantes y el ánimo mustio de los que esperaban. Comenzaba la semana, y en la mayoría de los rostros se adivinaba el sueño por el madrugonazo, además de la fatiga y la impotencia que producen el saber que todavía faltan veinticuatro horas para cobrar el sueldo. El hartazgo podía respirarse.

Aunque eran muchas las personas que se alineaban en la acera, la única bulla que reverberaba en el ambiente era el sonido ronco y monótono de los motores, la mayoría de diesel, como el ruido de fondo en una película de bajo presupuesto. Hasta que, de improviso, el letargo típico del día y la hora fue roto por un tumulto que provenía del inicio de la cola: varias personas discutían, y las ondas de su discusión fueron subiendo de contenido y de decibelios para despabilar a los espíritus dormidos. Por unos segundos no se tuvo claro lo que sucedía, pero poco a poco los gritos y las groserías se hicieron cargo de enterar la situación. Tres o cuatro de los zombis habían despertado de su sueño ante el llamado alevoso que les hacía el chofer del primer autobusete. El tipo, mascando chicle y apostado en la puerta, exigía el pago irrestricto de una nueva tarifa.

–Son dieciséis bolívares —decía, chasqueando la goma en su boca.

Así debió ser el inicio de lo que más tarde se llamó el Caracazo, aunque su origen hubiera sido en Guarenas, y no en Caracas.

–Eso es un abuso —es lo más probable que haya reclamado alguien.

–Esto es un atraco, un robo a mano armada —habrá gritado una doña.

–¿Y si te pago lo que pides, con qué me regreso? —preguntaría otra a manera de súplica.

–Son dieciséis bolos —seguramente remachó el conductor, encogiendo los hombros y sintiéndose guapo y apoyado por los compañeros que ya asomaban sus figuras en las puertas de los otros microbuses.

–Aquí no hay ningún abuso –se atrevería a vociferar otro chofer–, y el que quiera montarse en mi carro tiene que pagar lo justo.

–Ya está bueno de cargar con los costos –diría otro más–. O es que no se han enterado de que el gobierno autorizó un aumento del pasaje, o es que no saben que ayer subieron la gasolina.

A la medianoche, era cierto, se había hecho efectiva un alza de veinticinco céntimos –un medio– en el precio de la gasolina, y dos días antes los conductores de buses y autobuses habían llegado a un acuerdo con el Ministerio de Transporte y Comunicaciones para subir las tarifas congeladas desde hacía casi dos años. El aumento acordado por el ministerio había sido de treinta por ciento y debía comenzar a regir el 1º de marzo. Pero en Guarenas, el tipo que mascaba chicle y sus colegas de los demás carros y camionetas por puesto, no quisieron esperar hasta el miércoles 1º ni recibir sólo dos bolívares más. Un día antes de la fecha de cobro se antojaron de pedir no diez sino dieciséis bolívares por pasaje, porque «nadie trabaja de gratis».

Los pasajeros que esperaban en la parada se despertaron para sacar cuentas y las cuentas no cuadraron. Era final de quincena, y estaban hartos.

Casi a la misma hora, después se supo, un incidente igual se estaba anidando en una estación de autobuses de la vecina Guatire. Los conductores afiliados al mismo gremio que los de Guarenas pedían dieciocho bolívares en vez de los doce que legalmente les tocaba. Y algo similar sucedía en Caracas, en la avenida Bolívar, en los alrededores del terminal del Nuevo Circo; y en una parada de la avenida Bermúdez en Los Teques, y en otra de la avenida Soublette, en La Guaira. Pero fue en Guarenas el estallido. En donde primero explotó la rabia.

Un usuario se cansó y pretendió entrar a juro en la buseta, otro sí aceptó pagar lo que demandaban y a empujones se abrió paso para llegar hasta el carro, otro le tiró las monedas en la cara al chofer, y el chofer tomó por la pechera al insolente y lo tiró hacia la calle.

–¡Pero si fue un medio lo que te subieron! —protestó una señora, mientras esquivaba el hombre hecho un bulto que caía en la acera.

–Es que ustedes se creen más arrechos que todo el mundo —espetó el bulto, de nuevo convertido en hombre, mientras una mujer a su lado lo ayudaba a levantarse y lo halaba inútilmente por un brazo.

–¿Con qué derecho no vas montar a los estudiantes? —reclamó un muchacho con morral al hombro cuando se enteró en medio del bululú de que no le iban a aceptar el pago de la media tarifa.

De ahí en adelante, las conjeturas se multiplican, y cualquier cuento que se eche luce creíble. La gente empezó a quejarse cada vez con más brío, y el reclamo que iniciaron unos pasajeros somnolientos fue engordando y engordando para transformase en queja airada, censura general, abucheo y finalmente en disturbio, que al principio se camufló como uno más de los muchos disturbios a los que se habían acostumbrado Guarenas y el resto del país durante todo el año 1988. Pero pronto se cayó en cuenta de que aquel no era un disturbio más: porque los manifestantes estaban cada vez más bravos y porque los policías que debieron hacerles frente no lo hicieron –bien porque no pudieron, bien porque no quisieron– y a los que protestaban en el terminal se les unieron los liceístas de un plantel cercano que habían protestado la semana anterior y el año anterior. Y empezaron los destrozos. Hay quien dice que antes de que eso pasara unos guardias nacionales quisieron intervenir. Un guardia reconvino a uno de los choferes, pero el tipo como estaba envalentonado no le hizo caso. El guardia insistió, y preguntó la razón del aumento desorbitado.

–El motivo es que nosotros hemos recibido las instrucciones de la Central Única para tomar esa decisión; esta es una tarifa que viene autorizada a nivel de-la-Cen-tral –y cantó las sílabas de las últimas tres palabras, desentendiéndose del griterío de protesta–.

El guardia –enfurecido– hizo un disparo. Unos aseguran que el tiro fue al aire, para calmar la gritería; otros aseveran que el disparo fue contra un neumático. Otros, en cambio, juran que ahí no hubo tiro, ni guardias ni policías. En todo caso, lo que sí es cierto –y en eso coinciden todos los cuentos– es que por ningún lado aparecieron comandos uniformados –de guardias o policías– armados con petos, escudos y escopetas de perdigones. En esas primeras horas de la mañana del lunes 27 de febrero de 1989 no se sintió el sonido de las peinillas restregándose contra el asfalto ni el olor picante de los gases lacrimógenos.

La protesta se desbocó y paralizó por completo el terminal, alcanzó la calle inmediata y llegó hasta la autopista bloqueando el tránsito hacia Caracas. Se incendiaron cauchos, y se quemó un microbús, y luego una camioneta, y después un autobús. Con piedras se rompieron ventanas y vidrieras, y más tarde, con palos y tubos, abrieron boquetes en las paredes y se violentaron puertas y destrozaron las santamarías de los primeros negocios. Ya la cólera no se pudo contener porque tras las primeras ventanas rotas o puertas derribadas hallaron un cuantioso botín: era el arroz, el azúcar, el café, el papel higiénico por el que se llevaba meses penando; era la harina, la leche y el pan que habían desaparecido de los estantes y por los que la población había sido condenada a la escasez o, en el más afortunado de los casos, al trueque. El saqueo se regó para ser el más grande y más cruento del que se ha tenido noticias. De ahí en adelante la furia arremetió contra lo que encontró a su paso: abasto, panadería, carnicería, tienda de ropa, licorería, venta de electrodomésticos, negocio de computación, concesionario de autos. Cargando con lo que pudiera, arrasando con lo que no podía. En medio del arrebato alguien convocó para cerrar filas en contra de un supermercado inmenso que se encontraba cerca. El negocio pertenecía a una cadena cuyos dueños eran también los dueños de una televisora, y no pasó mucho tiempo para que llegaran los reporteros y las cámaras de esa televisora; luego llegaron los reporteros de una televisora de la competencia, y los de un periódico, y los de otro, y los de una agencia internacional de noticias, y los de una emisora de radio y los de otra más. A las diez de la mañana del 27-F todo el país, en vivo y en directo, sabía de los destrozos, la rapacería y la rabia.

La reportera Cristina Marcano de El Diario de Caracas fue uno de los periodistas que esa mañana enviaron a Guarenas. A su regreso, antes de ponerse a escribir, a manera de informe le comentó a Lucy Gómez, la jefa de redacción:

–Si tú me preguntas: ¿Cuántos carros quemaron en Guarenas? Yo te diría: Todos los carros de Guarenas. ¿Cuántos negocios saquearon? Todos los negocios de Guarenas. ¿Cuánta gente está en las calles? Toda Guarenas está en la calle.

«¡Atención!… Lo del 27 de febrero no fue un rechazo a Carlos Andrés Pérez; fue una explosión, pero no contra él, porque él acababa de llegar. Aquello fue una explosión, una explosión de rabia social espontánea, porque nadie la organizó. Luego, algunos grupos trataron de dirigirla pero no pudieron. Aquello era gente harta de pasarla mal; eran los explotados de siempre, los olvidados de siempre, ellos fueron los que dijeron: ¡basta ya, no nos la calamos más!

»Pero aquello fue un aviso importante, y Pérez no lo entendió. No entendió que ahí lo que había era una rabia que necesitaba conducción. Ese fue el mensaje que transmitió el pueblo, pero él no lo entendió32.»

Aún no había llegado el descanso para el almuerzo cuando a las redacciones de los periódicos habían llegado noticias sobre desórdenes en distintos puntos de Caracas y en Maracay, Charallave, La Guaira, Valencia, Barquisimeto, Mérida, San Cristóbal, Barcelona, Puerto La Cruz, Puerto Ordaz, San Félix, Maracaibo. Aunque cueste creerlo, a esa hora todo el mapa de Venezuela lucía encendido. Si ese día alguien hubiese tenido el poder para seguir la histeria colectiva desde el cielo, hubiera podido armar un tablero gigantesco que diera el parte de una guerra que se prolongaría por varios días. Pero casi al mediodía de ese lunes 27-F ningún ser sobre la tierra pareció tener tal poder o, mejor dicho, nadie dentro del gobierno venezolano pareció darse cuenta de que la magnitud de los hechos daba para lanzar una voz de alarma.

A las once y treinta de la mañana el ministro de Relaciones Interiores, el Policía Izaguirre, se encontraba como todos los lunes en la reunión de la dirección nacional de AD –se quedó con el hábito desde que fue secretario general–. Llevaba media hora oyendo discutir a sus compañeros de partido sobre el mejor sistema y la fecha apropiada para realizar las elecciones de alcaldes y concejales cuando una secretaria le hizo llegar un papel doblado. El Policía despliega el papelito, lo lee y sin dar muestras de la gravedad de su contenido (más tarde se especuló que el papel informaba de los brotes de protesta) ni mayores excusas o explicaciones, salió de la sala. Después de que se fue, el CEN continuó discutiendo el asunto que les ocupaba en la agenda: la fecha que más convenía al partido para las elecciones municipales. Al término del comité, por boca de periodistas que lo estaban cubriendo, algunos dirigentes se enteraron de lo que sucedía en la capital, y les dio por creer que eran unos más de los desórdenes a los que ya se habían acostumbrado. Si el ministro del Interior no les había dado ningún aviso, qué tan anormal podía ser lo que estaba sucediendo. Qué tan alarmante sería.

Pero lo era.

Reportes de inteligencia militar venían diciendo que había mucha tensión en las calles. En noviembre de 1988, en un punto de cuenta que le llevó al entonces presidente Lusinchi el vicealmirante Germán Rodríguez Citraro, que estaba al frente de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM), presentó un estudio hecho en cinco ciudades en donde resaltaba el alto grado de insatisfacción que latía en la sociedad. Según la medición hecha en Caracas, Maracaibo, Valencia, Barquisimeto y Ciudad Bolívar, el descontento era tanto que podía llevar a espontáneos incidentes de desobediencia civil, e incluso, en el caso de Caracas, se corría el riesgo de que el malestar desembocara en episodios violentos o de franca rebelión. Para esas fechas, aunque no lo decía el informe militar, un millón de familias en todo el país vivían en situación de miseria, más de la mitad de los hogares se podía considerar que eran pobres, y el desempleo, la inflación y la escasez eran los problemas que más los maltrataban.

La preocupación de la DIM, según quedó registrada en el documento, se centraba en la necesidad de reactivar planes para enfrentar conflictos internos, porque estimaban que las Fuerzas Armadas no serían capaces de manejar un eventual estallido popular.

Tres meses después de aquella notificación, y con un nuevo gobierno asentado en la avenida Urdaneta, las probabilidades de un estallido eran mucho mayores y la olla con el caldo de insatisfechos amenazaba hervir y rebosar. Al votar en masa por Carlos Andrés Pérez se había votado por un retorno brusco y acelerado a la Gran Venezuela, a la era de Pérez I, con muchas plazas para trabajar y dólares baratos para comprar toda la comida que se quisiera. Sin preguntarse de dónde iba a salir la riqueza con un petróleo que se vendía a once dólares el barril, la mayoría de la gente había votado por un regreso a ese pasado glorioso de abundancia. Ese era el gran viraje que esperaban, el único en el que confiaban para salir de la miseria. Era el cambio que querían. Pero con el triunfo de Pérez no llegó ni siquiera un espejismo de lo que había sido su primera presidencia, y el día en que se hizo público el programa económico los efectos descorazonadores se palparon desde lejos y de inmediato. El foco rojo de advertencia se encendió de nuevo: diez días antes de finalizar el mes de febrero, nuevos informes de Inteligencia hablaron de «crisis de expectativas».

Para entonces, aún se desconocía la fecha cierta en que comenzarían a regir las medidas económicas, pero los solos avisos de devaluación, liberación de intereses, ajustes en servicios y levantamiento de controles de precios bastaron para desatar los temores por un aumento violento en el costo de la vida, además de agudizar la crisis de desabastecimiento que ya llevaba ocho meses (después del «paquete», los que aún podían vender a régimen controlado empezaron a no querer hacerlo; esperaban mejores precios). Lo que se avecinaba se presentía catastrófico, y las ofertas para contrarrestar esa catástrofe lucían exiguas. Aumentar el salario mínimo a cuatro mil bolívares, incrementar treinta por ciento el salario a los trabajadores públicos y una endeble promesa de acuerdo para los trabajadores de las empresas privadas fueron remedios de poca ayuda para la autoestima colectiva. Sobre todo después de escuchar la lluvia de pronósticos agoreros que provenía desde los sectores opuestos al gobierno, que aprovechando que se había diluido la espuma de las galas por la toma de posesión, comenzaron a horadar la mole de respaldo popular con que CAP había llegado a la Presidencia. Porque en aquel concierto de desagrado nadie podía, nadie quería dejar de tocar su acorde disonante: Copei, en boca de Eduardo Fernández, aseguraba que el panorama del país era difícil e incierto y que la devaluación haría que se duplicaran los precios de todo lo importado. La principal figura del MAS, Teodoro Petkoff, pronosticó que con «el plan Tinoco» la devaluación sería de cien por ciento y que el fin de año cerraría con inflación, recesión y deterioro «brutal» del salario. La Causa R, a través de Pablo Medina33, denunciaba que hasta el oro de las reservas lo estaba vendiendo el gobierno. La CTV exigía congelar los bienes de la cesta básica y aumentar todos los sueldos en cincuenta por ciento. Fedecámaras, aunque en teoría era partidaria del ajuste, regateaba los aumentos en su sector mientras estuvieran atados a las prestaciones sociales. El periodista Alfredo Peña, en El Nacional, aseguraba que el gobierno iba a reconocer el pago de millones de bolívares en cartas de crédito «chimbas» y hasta AD puso su nota: Lusinchi calificó de advenedizos a los que desde el gobierno le echaban a él la culpa de la crisis económica, y Gonzalo Barrios, pretendiendo ser conciliador, enredó más: «Todos tienen que hacer sacrificios, aunque los de abajo parecen estar más cerca de los sacrificios. A los de arriba puede que los afecte nada más que psicológicamente».

Para la tercera semana de febrero las protestas populares tomaron las calles y las páginas de los diarios, y consumieron los minutos de los noticieros de radio y televisión. Médicos, maestros, empleados de tribunales, empleados universitarios… y hasta policías se fueron al paro exigiendo el pago de viejas deudas; reaparecieron con más bríos los reclamos estudiantiles por la media tarifa de pasaje; se registraron conatos de saqueo a pequeños comercios en el oeste de Caracas y ciudades del interior del país; se reportó la quema de una jefatura en un pueblo de los llanos centrales, y el viernes 24, en Guarenas, usuarios de buses y microbuses protestaron en el terminal de pasajeros por un intempestivo y abusivo aumento que pretendieron cobrar los conductores de las líneas.

Era imposible que tantas manifestaciones consecutivas pasaran desapercibidas para los organismos que meses antes habían emitido las primeras voces de alerta. A mediados de febrero, analistas militares de la DIM reactivaron sus avisos y si bien en el reporte de situación que elaboraron no advertían la mano negra de la subversión, se insistía en mantener la guardia porque grupos de extrema izquierda –los ultrosos de siempre– podrían aprovechar cualquier incidente. El análisis militar no quiso concluir con que los estallidos podían poner en peligro a la democracia, pero sí asomaron que «el sistema» podría quedar «resentido». El chispazo podía venir de cualquier lado, con cualquier excusa.

El informe de Inteligencia elaborado tras los primeros quince o veinte días del mandato de CAP II no trascendió. Unos dicen que no llegó a Pérez, que no dio tiempo. Otros que como el almirante que dirigía la DIM no estaba enteramente de acuerdo, no se llevó a punto de cuenta. El caso es que no se conocen registros de que llegara hasta el Presidente, como sí ocurrió con el que se le presentó a Lusinchi en noviembre de 1988.

El 26 en la noche, se sabe que a la DIM llegaron reportes que alertaban de posibles disturbios a primeras horas del día siguiente; se habló de «desobediencia civil» para protestar por el alza de pasajes en zonas de la periferia de Caracas, lo que no se sabe es por qué no trascendieron, o si trascendieron por qué no les dieron importancia. Tampoco mereció atención de los distintos componentes militares, y –eso sí es seguro– amaneció el 27-F y encontró empiyamados a todos los del gobierno –militares y civiles–.

* * *

Al mediodía, Caracas estaba enardecida. Como si fuera una copia en carbón –pero ampliada– de Guarenas, los disturbios caraqueños rebasaron los límites naturales de las paradas de carritos y se propagaron raudos y veloces por la ciudad, desguarnecida por la huelga de brazos caídos de la Policía Metropolitana. Desde hacía un mes la mayoría de los catorce mil efectivos reclamaban mejores sueldos y exigían –sobre todo– un cambio de sus superiores, que eran oficiales de la Guardia Nacional, por funcionarios policiales. Como no les hicieron caso se declararon en abierta insubordinación. Esa fue la razón de que no se vieran por las calles las cuadrillas antimotines enfrentando los sucesos. La mayoría de los policías estaban de paro, y los que no estaban no pudieron enfrentar la turbulencia; en parte, porque, solidarios con la turba, prefirieron no intervenir o prefirieron saquear; en parte, porque se dieron cuenta de que no podían oponerse a tamaña fuerza; y en parte, porque los contados patrulleros que llamaron por radio pidiendo autorización para intervenir recibieron órdenes de replegarse y recogerse en espera de providencias de los superiores. Pero la superioridad –policial o militar– no apareció. Ni siquiera dando el reporte a los que estaban más arriba. Al parecer.

A las doce del día no había rincón de la ciudad que se salvara del desafuero. La Hoyada, El Silencio, avenida Baralt, Catia, 23 de enero, Propatria, Lídice, San Martín, San Agustín, El Paraíso, La Vega, San Martín, Antímano, Las Adjuntas, Caricuao, El Valle, Coche, El Cementerio, Los Rosales, Las Acacias, Los Chaguaramos, La Florida, Maripérez, San Bernardino, Petare, recibieron el castigo de saqueos abiertos a comercios de todo tipo y tamaño, comandados y ejecutados por gente de todo tipo, condición y edad. Porque no sólo fueron los marginales y los que viajaban en carritos por puesto los que saquearon la ciudad; a medida que avanzaba el día y capeaba la impunidad, más y más personas de clase media dejaron de ser espectadores y se atrevieron a dejar la ventana o el sofá frente al televisor para participar en el motín, para arrancar su tajada en ese masivo acto de desvalijamiento. Y lo que se llevaron –unos y otros– no se limitó a artículos de primera necesidad. Junto con cuartos de res, guacales de frutas y sacos de azúcar, se llevaban lámparas, televisores, equipos de sonido, computadoras. Hasta lavadoras y neveras cargaron en hombros, sillas de mano, carruchas, carros de supermercado y carretillas. Por eso la revuelta se llamó el Caracazo, porque en Caracas –mucho más grande que Guarenas– el motín se enseñoreó, sin fuerza pública que lo impidiera.

1.Luis Alfaro Ucero: secretario de Organización de AD en 1989. Secretario general de AD a partir de 1991. Se consideraba que era quien, realmente, controlaba al partido.
2.Cecilia Matos: con ella CAP mantuvo una relación extramatrimonial desde mediados de los años sesenta. A finales de los años noventa se convierte en su pareja oficial.
3.Carolina Pérez Rodríguez, 25 de julio de 2008. Hija de Carlos Andrés Pérez y Blanca Rodríguez de Pérez. Internacionalista, especialista en Medio Oriente y América Latina. De 1989 a 1993 estaba en una comisión que monitoreaba los programas sociales del gobierno. Personalmente se encargaba de los barrios: 23 de enero, La Vega, Nueva Tacagua, La Dolorita.
4.Carmelo Lauría: banquero, político. Entre 1989 y 1992 era diputado por AD al Congreso. En la primera presidencia de CAP fue, entre otros cargos, ministro de la Secretaría de la Presidencia. En el gobierno de Jaime Lusinchi destacó como ministro de la Secretaría, y fue también gobernador de Caracas.
5.Sierra Nevada: buque frigorífico comprado con sobreprecio cuando CAP I. En 1980, el Congreso investigó la compra y concluyó que había responsabilidad política de Pérez, pero por un voto se le absolvió de responsabilidad administrativa.
6.Antonio Ledezma: dirigente de AD, allegado a CAP. En 1989 fue electo diputado. En 1992 fue designado gobernador del Distrito Federal, antes había sido coordinador de las relaciones gobierno-AD.
7.Armando Durán: independiente, allegado a CAP.
8.Héctor Alonso López: joven dirigente de AD. Formaba parte de la tendencia «perecista» del partido; llegó a ser considerado «el delfín» de CAP.
9.Beatrice Rangel: fue viceministra y, luego, ministra de la Secretaría con CAP II.
10.Blanca Ibáñez: secretaria privada del presidente Jaime Lusinch, con la cual mantenía relación sentimental.Se le adjudicó gran poder. Al termino de su mandato, Lusinchi se divorció y se casó con ella.
11.Gonzalo Barrios: político. Miembro fundador de AD. Fue ministro del Interior en el gobierno de Raúl Leoni. En 1968 fue candidato a la Presidencia. En los ochenta era presidente de AD, y a principios de los noventa pasó a ser presidente honorario.
12.Marta Pérez Rodríguez: hija de Carlos Andrés Pérez y Blanca Rodríguez de Pérez. Entre 1989 y 1993 estaba en la Dirección de Asistencia Social de la Fundación del Niño y, además, se ocupó –ad honorem- de la Dirección de Relaciones Públicas de La Casona.
13.Luis Piñerúa Ordaz: miembro del Comité Ejecutivo Nacional de AD. Candidato presidencial en 1978.
14.Argelia Ríos, 17 de noviembre de 2007. Periodista. Entre 1989 y 1993 cubrió la fuente AD para el periódico Economía Hoy.
15.Diego Arria: político, diplomático. Presidente de la Corporación de Hotelería y Turismo en el primer gobierno de Rafael Caldera. Entre 1974 y 1977 fue gobernador de Caracas y ministro de Información y Turismo. En 1978 se lanzó a la Presidencia con el partido Causa Común. Con CAP II fue embajador de Venezuela ante la ONU.
16.David Morales Bello: miembro del Comité Ejecutivo Nacional de AD. Entre 1989 y 1994 fue senador.
17.Teo Camargo: dirigente de AD. Secretaria privada de Carlos Andrés Pérez.
18.Paulina Gamus: miembro del Comité Ejecutivo Nacional de AD. Entre 1989 y 1994 fue diputada.
19.Identidad reservada.
20.Pedro Tinoco: abogado y banquero. Fue ministro de Hacienda en el primer gobierno de Rafael Caldera. En 1973 aspiró a la Presidencia al frente de un movimiento desarrollista. En 1989 ingresa al gabinete de CAP II como presidente del Banco Central de Venezuela.
21.Carlos Croes: periodista. En el gobierno de Jaime Lusinchi fue jefe de la Oficina Central de Información.
22.Humberto Celli, 21 de noviembre de 2007. Dirigente de Acción Democrática. En 1989 era secretario general, y luego, en 1991, pasó a ser presidente del partido.
23.Miguel Rodríguez: ministro de Planificación (Cordiplan) de CAP II.
24.Héctor Alonso López.
25.Gabriela Febres Cordero: presidenta del Instituto de Comercio Exterior de febrero 1989 a mayo 1991.
26.Teodoro Petkoff: alto dirigente del Movimiento al Socialismo (MAS), partido del cual fue fundador en 1971, tras deslindarse del Partido Comunista.
27.Moisés Naim: ministro de Fomento (Industria y Comercio) entre febrero de 1989 y agosto de 1990.
28.Identidad reservada.
29.Arturo Uslar Pietri: destacado escritor venezolano. Durante CAP II encabezó el grupo de Los Notables.
30.Ramón Escovar Salom: en 1989, el Congreso lo designó fiscal general de la Nación.
31.Miguel Rodríguez Mendoza, 20 de enero de 2009. Internacionalista. Independiente allegado a Acción Democrática. Fue el coordinador del programa electoral de Carlos Andrés Pérez. En 1989 es nombrado Comisionado Especial de la Presidencia para negociar el ingreso de Venezuela al GATT. En mayo de 1991 lo designan presidente del Instituto de Comercio Exterior.
32.Armando Durán: en febrero de 1989 era ministro de Turismo. Luego, y hasta 1993, ocupó diversos cargos: ministro de Secretaría a la Presidencia; ministro de Relaciones Exteriores y embajador en España.
33.Pablo Medina: político de izquierda. En 1989 era diputado por La Causa R, partido fundado en 1971 por disidentes del Partido Comunista de Venezuela.

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Дата выхода на Литрес:
24 апреля 2025
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611 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788416687015
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