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Mijaíl Bulgákov

La guardia blanca

Traducción

Alejandro Ariel González



Bulgákov, MijaílLa guardia blanca / Mijaíl Bulgákov. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: González Alejandro.ISBN 978-987-599-627-41. Narrativa Rusa. I. Alejandro, González, trad. II. Título.CDD 891.73

The publication was effected under the auspices

of the Mikhail Prokhorov Foundation TRANSCRIPT Programme

to Support Translations of Russian Literature.

Esta edición contó en el apoyo

del Mikhail Prokhorov Foundation Transcript Programme

de ayuda a la traducción de la literatura rusa.


Título original: Белая гвардия

© Libros del Zorzal, 2018

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo | 6

Nota sobre el autor | 13

Primera parte | 16

Segunda parte | 148

Tercera parte | 219

Dedicada a Liubov Evguénievna Beloziérskaia

Prólogo

Como debut literario, La guardia blanca puede ser comparada sólo con los debuts de Dostoievski y Tolstói.

Maksimilián Voloshin

La guardia blanca recrea uno de los períodos más turbulentos en la historia de Kiev, la “Ciudad”, la “madre de todas las ciudades rusas”.

Los días de la familia Turbín se ven alterados por los sucesos revolucionarios de 1917 y sus ecos y repercusiones en la capital de Ucrania. Los Turbín —Elena, Alekséi, Nikolái— y un grupo de amigos y allegados son el centro a partir del cual se articula la trama del relato. Diferentes entre sí en cuanto a temperamento, ideas y sensibilidad, son exponentes del mundo que se derrumba ante sus ojos y, a la vez, perplejos testigos del nuevo que comienza a instaurarse. Representan una ética y un modo de ser ante la existencia, donde los lazos familiares, el sentido del honor, el amor al hogar y la lealtad a la patria aparecen en primer plano. De ahí su incomprensión de las pujas políticas y de las relaciones de fuerza que están detrás de ellas. De ahí su apego diríamos atávico a la monarquía, desprovisto de apasionamientos ideológicos o militantes. A lo largo de la obra, se mantienen íntegros, sobrellevan sus desgracias, afrontan las pruebas a las que los somete el destino y jamás pierden su dignidad, suscitando una natural simpatía en el lector.

En contraposición a ellos, hay otros personajes —particularmente Talberg y Shpolianski— que anteponen la salvaguarda del propio “yo” al compromiso (familiar, ético, político). Arribistas, ventajeros, mentirosos, acomodaticios, cobardes, tendrán mayor o menor suerte en la vorágine de los acontecimientos, pero carecen, por definición, de la capacidad de establecer vínculos durables y, así, de crear mundo. Lo dice o piensa Nikolái: “Ningún hombre debe faltar a su palabra de honor, porque sería imposible vivir en el mundo”.

Hay personajes, por último, que adquieren una presencia espectral en el relato: son justamente aquellos en los que se detiene la mirada histórica —el zar, el Hetman, Petliura—. En el caso de este último, el propio narrador lo explicita: “Petliura era un mito. Nunca existió. Era un mito tan notable como el de Napoleón, que nunca existió, pero bastante menos hermoso”. Es que en La guardia blanca los sucesos históricos los vemos refractados en las vivencias de los Turbín, como fondo o marco; en este sentido, en la novela asistimos a una tensión entre vida familiar y vida pública; los Turbín, hegelianamente hablando, no parecen muy interesados en estar dentro de la historia. Eso lo vemos en las primeras páginas, con el retorno de Alekséi del frente y su deseo de componer una vida hogareña y perdurable, pese a que “ya hace tiempo que ha comenzado a soplar la ventisca desde el norte, y sopla, y sopla, y no para, y cuanto más tiempo pasa, peor es”.

La “Ciudad”, desde esta óptica, emerge en un principio como el espacio del orden, del cosmos, por oposición a un “afuera” caótico y anárquico que empieza a ganar terreno y apoderarse de sus calles, confundiendo y perturbando los destinos de sus habitantes. Esta imagen aparece vinculada a un arquetipo bíblico, el Apocalipsis, que sobrevuela de principio a fin La guardia blanca. (En general, y aunque pueda resultar paradójico a primera vista, cabe preguntarse si habrá habido en la historia de la literatura un período creativo que recurriera tan insistentemente a la Biblia en búsqueda de pistas para comprender e interrogar el presente y el futuro como el que acompaña a los sucesos revolucionarios de 1917 y la subsiguiente guerra civil.)

Otra imagen cara a las letras rusas es la de la ventisca o borrasca. No en vano la novela de Bulgákov rinde tributo a Pushkin con una cita de La hija del capitán que describe ese fenómeno de la naturaleza; por otro lado, la representación de la revolución como ventisca, como revuelta de los elementos, surge del poema Los doce, de Aleksandr Blok, publicado en 1918. En La guardia blanca leemos:

Sí, la muerte no se hizo esperar. Llegó por los otoñales y luego invernales caminos de Ucrania junto con la seca y aventada nieve. Comenzó a traquetear en los bosques, en ametralladoras. Ella misma no era visible, pero manifiesta era la áspera ira campesina que la precedía. Esta ira corría por la nevasca y el frío, con agujereadas alpargatas de líber, con heno sobre las cabezas descubiertas e inclinadas, y aullaba. En las manos llevaba un inmenso garrote, sin el cual es imposible llevar adelante cualquier empresa en la Rus’.

El mundo que se derrumba, para ser específicos, es el de la intelliguentsia de Kiev, ese sector social al que Bulgákov pertenecía y amaba. Él mismo se ocupó de dejarlo en claro en la célebre carta que escribió al poder soviético (léase: Stalin) el 28 de marzo de 1930 solicitando que lo dejaran emigrar de la Unión Soviética. Allí, explicando la desesperada situación en que se encontraba y justificando su labor de escritor (ya entonces había que justificarla), afirmaba:

Los últimos rasgos de mis destruidas piezas Los días de los Turbín, La huida y la novela La guardia blanca: la obstinada representación de la intelliguentsia rusa como el mejor estamento de nuestro país. En particular, la representación de una familia noble de la intelliguentsia que, por las veleidades de un destino irrevocable, se ve arrojada al bando de la guardia blanca durante los años de la guerra civil, en la tradición de La guerra y la paz. Esa representación es de lo más natural para un escritor ligado a la intelliguentsia por lazos de sangre.

En efecto, La guardia blanca es en buena medida una novela autobiográfica. En la base de muchos episodios hay experiencias personales que el autor vivió en Kiev en los años 1918-1919. La mayoría de los personajes tienen prototipos reales, entre los cuales hay varios de la propia familia de Bulgákov.

***

El carácter epocal de la novela nos llega no sólo por la historia que narra, sino también por el modo en que lo hace, por su composición. Hija de los experimentales años veinte, hermana de las búsquedas vanguardistas de nuevas formas de expresión, La guardia blanca avanza por momentos en forma lineal, en otros se riza y, siguiendo la trayectoria de una espiral, nos devuelve a un punto anterior pero enfocado desde otra perspectiva. En una técnica similar a la del montaje cinematográfico, los episodios se suceden rápidamente. El lector debe estar atento para concatenar algunos de ellos. Cabe destacar también las escenas protagonizadas por grandes masas (el desfile de las tropas de Petliura), que recuerdan el mejor cine de Serguéi Eisenstein (la película La huelga se filma casi a la par de la redacción de La guardia blanca). A menudo, los acontecimientos representados son interrumpidos por evocaciones o sueños, lo que también altera la secuencia cronológica. El espacio y el tiempo de la obra son reducidos: Kiev y sus alrededores; diciembre de 1918-principios de febrero de 1919.

La novela ofrece un collage de diferentes registros de habla, a veces resistentes a la traducción: la lengua ucraniana, la lengua popular, las jergas militar y política, el tono informal de entrecasa, el íntimo propio del monólogo interior y el formal de las relaciones con los otros; también encontramos algo del estilo publicitario y propagandístico de aquellos años, así como canciones, marchas, retruécanos y juegos de palabras; tampoco escapa al autor la recreación —satírica— de los procedimientos de las vanguardias literarias; todo ese material lo entreteje Bulgákov con una lengua literaria magnífica, en ocasiones desconcertante y capaz de transfigurar todo lo que toca.

***

Bulgákov trabajó en La guardia blanca entre 1923 y 1924, y su primera publicación data de 1925 (en los números 4 y 5 de la revista Rusia). Esta edición inicial reprodujo sólo los primeros trece capítulos, ya que la revista cerró y el número 6, en el que estaba previsto publicar los últimos siete capítulos, nunca vio la luz. En forma completa, fue publicada en París entre 1927 (tomo 1, editorial Concorde) y 1929 (tomo 2, editorial Moskvá). En la Unión Soviética, hubo que esperar hasta 1966 para acceder al libro.

Se estima que La guardia blanca sería el primer libro de una trilogía sobre los años de la guerra civil; la segunda parte abarcaría los acontecimientos de 1919 y la tercera, los de 1920. Al parecer, el propio autor, tras reflexionar sobre la posibilidad de publicar una novela semejante en la Unión Soviética, decidió no ir más allá de 1918 y excluir los episodios vinculados con el arribo de los bolcheviques a Kiev. El título de la obra parece indicar, en efecto, que Bulgákov planeaba una trilogía, ya que en La guardia blanca no hay precisamente ejército blanco alguno (si bien es cierto que los oficiales que se ofrecieron a defender la ciudad contra el avance de Petliura se consideraban parte del movimiento blanco); sería recién en la segunda parte que se narraría la toma de Kiev por parte del general Antón Denikin, al frente de las tropas blancas, y la colaboración de los Turbín con sus fuerzas; en la tercera parte, uno de los personajes, Mishlaievski, se pasaría al bando rojo y se relatarían las acciones militares en el Cáucaso.

Nada de este plan inicial logró concretarse. Sin embargo, en el mismo año 1925 Bulgákov comenzó a trabajar sobre una pieza teatral ligada argumental y temáticamente a La guardia blanca, y que más tarde recibiría el nombre de Los días de los Turbín. El proceso de creación de dicha pieza es descrito en La novela teatral (1937). El espectáculo Los días de los Turbín, estrenado en 1926 en el Teatro de Arte de Moscú, tuvo un éxito enorme entre los espectadores pese a los ataques de los críticos oficialistas, que acusaban al autor de “hacer guiños a lo que quedaba de los blancos” y vieron en la obra “a un chauvinista ruso burlándose de los ucranianos”. El espectáculo llegó a representarse en 987 ocasiones. Entre 1929 y 1932, su puesta en escena fue definitivamente prohibida.

***

Para la presente traducción hemos tomado como fuente la siguiente edición rusa:

Михаил Булгаков, Собрание сочинений в десяти томах, Tом 4: Белая гвардия. Роман, пьесы, Москва, Издательство Голос, 1997, с. 39-303 [Mijaíl Bulgákov, Obras selectas en diez tomos, tomo 4: La guardia blanca. Novela, piezas, Moscú, Golos, 1997, pp. 39-303].

Nota sobre el autor

Mijaíl Afanásievich Bulgákov nació en Kiev en 1891. En 1909 ingresó a la Facultad de Medicina y a partir de 1916 trabajó como médico en un pueblo de la provincia de Smolensk; luego se trasladó a la ciudad de Viazma. Las impresiones de aquellos años sirvieron de base al ciclo de cuentos Memorias de un médico joven (1925-1926). Después de la revolución de octubre de 1917, Bulgákov regresó a Kiev. Durante la Guerra Civil vivió un tiempo en Vladikavkaz y en 1921 se trasladó a Moscú, donde transcurre la acción de Los huevos fatales (1925) y Corazón de perro (1925, publicado en 1968 en Gran Bretaña). En 1925 publicó en la revista Rusia la novela La guardia blanca. Ese mismo año comenzó a trabajar en una pieza teatral ligada argumental y temáticamente a La guardia blanca, que más tarde recibiría el nombre de Los días de los Turbín (1926). El proceso de creación de dicha pieza es descrito en La novela teatral (1937).

Luego escribió dos piezas satíricas sobre la vida soviética de los años veinte, El departamento de Zoia (1926) y La isla púrpura (1927), así como un drama sobre la Guerra Civil y la primera emigración rusa, La huida (1928, prohibida poco después de su estreno).

A fines de la década de 1920, Bulgákov fue sometido a duros ataques por parte de la crítica oficial. Sus obras en prosa no se publicaban y sus piezas fueron eliminadas del repertorio de los teatros. En marzo de 1930, envió a Stalin y al gobierno soviético una carta solicitando que le dieran la posibilidad de emigrar de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (urss) o, caso contrario, de ganarse la vida en el teatro. Un mes después, Stalin llamó a Bulgákov y le permitió trabajar, tras lo cual el escritor recibió el puesto de asistente de director en el Teatro de Arte de Moscú.

Bulgákov falleció en Moscú el 10 de marzo de 1940.

Comenzó una ligera nevada que pronto se abatió en densos copos. El viento aullaba; arreció la ventisca. En un instante, el oscuro cielo se confundió con aquel mar de nieve. Todo desapareció.

—Bueno, señor —gritó el cochero—. ¡Qué desgracia: una tempestad!

La hija del capitán, Aleksandr Pushkin

Y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.1

Primera parte

1

Grandioso fue el año y terrible fue el año 1918 desde el nacimiento de Cristo, el segundo desde el comienzo de la revolución. Fue abundante en sol en verano y en nieve en invierno, y en el cielo, muy en lo alto, había dos estrellas: la estrella del pastor, Venus, y el rojo y trémulo Marte.

Pero los días vuelan como flechas en los años de paz y en los años de guerra, y los jóvenes Turbín no notaron cómo, en la rigurosa helada, llegó el blanco y afelpado diciembre. ¡Oh, nuestro Died Moroz2, radiante de nieve y felicidad! Mamá, reina luminosa, ¿dónde estás tú?

Un año después de que la hija Elena se casara con el capitán Serguéi Ivánovich Talberg, y en la misma semana en que el hijo mayor, Alekséi Vasílievich Turbín, tras duras campañas y desgracias, regresara a Ucrania, a la Ciudad, al nido natal, el blanco ataúd con el cuerpo de su madre fue bajado por la empinada calle Alekséievski hacia el barrio Podol, hasta la pequeña iglesia Nikolái Dobri, ubicada en la pendiente Andréievski.

El funeral fue en mayo; los guindos y las acacias cubrían por completo las ventanas ojivales. El padre Aleksandr, dando traspiés a causa de la pena y la turbación, brillaba y centelleaba junto a las luces doradas, y el diácono, de rostro y cuello lilas, revestido en oro hasta las puntas de las botas, cuyas viras crujían, pronunciaba con voz grave y sombría las eclesiásticas palabras de despedida a esa madre que abandonaba a sus hijos.

Alekséi, Elena, Talberg, Aniuta —criada en casa de los Turbín— y Nikolka —aturdido por la muerte, con un mechón caído sobre la ceja derecha— estaban a los pies de un viejo y marrón san Nikola. Los celestes ojos de Nikolka, a ambos lados de una larga nariz de pájaro, miraban azorados, desesperados. De tanto en tanto los alzaba hacia el iconostasio, hacia la bóveda del altar, sumida en la penumbra, donde se elevaba el triste y misterioso viejito Dios, y parpadeaba. ¿Por qué ese agravio? ¿Esa injusticia? ¿Qué necesidad había de quitarles a su madre cuando todos se habían reunido, cuando sentían alivio?

Dios, en vuelo hacia el negro y agrietado cielo, no daba respuesta, y Nikolka aún ignoraba que todo cuanto ocurre siempre es necesario, y sólo para mejor.

Terminó el oficio, salieron a las retumbantes baldosas del atrio y acompañaron a la madre a través de toda la enorme ciudad hasta el cementerio, donde, bajo una negra cruz de mármol, ya hacía mucho descansaba el padre. Y enterraron a mamá. Ay… Ay…

***

Muchos años antes de la llegada de la muerte, en la casa número 13 de la calle Alekséievski, la estufa de azulejos del comedor calentaba y criaba a la pequeña Elenka, al mayor Alekséi y al chiquitín Nikolka. A menudo, junto a la radiante superficie de azulejos, se leía El carpintero de Zaandam,3 el reloj tocaba su gavota y siempre, a fines de diciembre, olía a coníferas y la parafina de múltiples colores ardía entre las verdes ramas. En respuesta a la gavota del reloj de bronce, que estaba en el dormitorio de la madre, ahora ocupado por Elenka, resonaban en el comedor las campanadas del negro reloj de pared. Lo había comprado su padre hacía mucho, cuando las mujeres llevaban unas ridículas mangas abombadas en los hombros. Esas mangas desaparecieron, el tiempo fulguró como una chispa, su padre —profesor— murió, todos crecieron, pero el reloj siguió siendo el de antes con sus sonoras campanadas. Estaban tan acostumbrados a él que, si por algún milagro hubiera desaparecido de la pared, se habrían entristecido como si hubiera muerto una voz familiar y no hubiera con qué llenar el espacio vacío. Pero el reloj, por suerte, era inmortal, al igual que El carpintero de Zaandam y los azulejos holandeses, que cual sabia roca vivificaban y daban calor en los tiempos más arduos.

Esos azulejos, los muebles de viejo terciopelo rojo, las camas con borlas brillantes, los raídos, abigarrados y carmesíes tapices del zar Alekséi Mijáilovich con un halcón en la mano y Luis XVI solazándose a orillas de un lago sedoso en un jardín paradisíaco, los tapices turcos con prodigiosos arabescos sobre un fondo oriental que se le figuraban a Nikolka cuando deliraba preso de la escarlatina, la lámpara de bronce con su pantalla, los mejores armarios del mundo con libros que olían a misterioso y antiguo chocolate, con Natasha Rostova4 y La hija del capitán,5 las tazas bañadas en oro, la plata, los retratos, las cortinas, las siete habitaciones polvorientas y abarrotadas que habían educado a los jóvenes Turbín: todo eso era lo que había dejado a sus hijos, en los tiempos más difíciles, la madre, que ya jadeante y débil, aferrándose a la mano de Elena, cubierta de lágrimas, había dicho:

—Vivan… en armonía.

***

Pero ¿cómo vivir? ¿Cómo vivir?

Alekséi Vasílievich Turbín, el mayor, joven médico, tenía veintiocho años. Elena, veinticuatro. Su marido, el capitán Talberg, treinta y uno, y Nikolka, diecisiete y medio. Sus vidas se interrumpieron justamente en los albores. Ya hace tiempo que ha comenzado a soplar la ventisca desde el norte, y sopla, y sopla, y no para, y cuanto más tiempo pasa, peor es. Regresó el mayor de los Turbín a su ciudad natal después del primer ataque, que había sacudido los montes del Dniéper. Bueno, se pensaba, ahora aquello cesará y comenzará la vida sobre la que hablan los libros de chocolate, pero no sólo ella no comienza, sino que todo alrededor se vuelve más y más aterrador. En el norte aúlla y aúlla la borrasca, y aquí, bajo los pies, las entrañas de la tierra gruñen alarmadas y emiten sordos truenos. El año dieciocho se precipita hacia el final y día tras día luce más amenazante y erizado.

***

Se derrumbarán las paredes, remontará el vuelo el alarmado halcón que descansaba sobre la blanca manopla, se extinguirá el fuego en la lámpara de bronce, quemarán en la estufa La hija del capitán. La madre había dicho a los hijos:

—Vivan.

Y ellos tendrán que sufrir y morir.

Una vez, en el crepúsculo, días después del entierro de la madre, Alekséi Turbín fue a ver al padre Aleksandr y le dijo:

—Sí, hay aflicción en casa, padre Aleksandr. Es difícil olvidar a mamá, y encima los tiempos son duros. Lo peor es que yo acababa de regresar y pensaba que compondríamos nuestra vida, y ya ve…

Guardó silencio y, sentado a la mesa, envuelto en el crepúsculo, quedó pensativo y con la mirada perdida. Las ramas en el patio de la iglesia habían cubierto también la casita del sacerdote. Parecía que tras la pared del estrecho despacho, atiborrado de libros, comenzaba enseguida un bosque primaveral, misterioso y frondoso. La Ciudad emitía su sordo rumor vespertino; había olor a lilas.

—Qué se le va a hacer, qué se le va a hacer —musitó turbado el sacerdote (siempre se turbaba cuando hablaba con la gente)—. Es la voluntad de Dios.

—¿Acabará todo esto alguna vez? ¿Será mejor lo que viene? —preguntó Turbín sin saber a quién.

El sacerdote se removió en su sillón.

—Son tiempos duros, duros, ni que decir tiene —balbuceó—, pero no hay que perder el ánimo…

Luego, de pronto, sacó su blanca mano de la oscura manga de la sotana, la apoyó sobre una pila de libros y abrió el que estaba arriba por el lugar que tenía marcado con una cinta bordada en vivos colores.

—No hay que ceder al abatimiento —dijo turbado, aunque con mucha persuasión—. El abatimiento es un gran pecado… Aunque creo que habrá nuevas pruebas. Claro que sí, claro que sí, grandes pruebas —dijo más seguro aún—. Vea, últimamente me la paso sentado entre libros, de lo mío, claro está, en su mayoría de teología…

Levantó el libro de modo que la última luz de la ventana cayera sobre la página y leyó: “El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos, y sobre las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre”.6

2

Así pues, era un diciembre blanco y afelpado. Se acercaba vertiginosamente hacia su mitad. Ya los destellos de la Navidad se sentían en las nevadas calles. El año dieciocho pronto terminaría.

Sobre la casa de dos plantas que llevaba el número 13, de admirable construcción (desde la calle, las habitaciones de los Turbín ocupaban el segundo piso, mientras que por el patiecito, en declive y acogedor, ocupaban el primero), en el jardín ubicado al pie de la empinada cuesta, todas las ramas de los árboles semejaban flácidas patas. La cuesta estaba cubierta de nieve, al igual que los pequeños cobertizos del patio, y se había formado un gigantesco pan de azúcar. La casa lucía un gorro de general blanco, y en el piso inferior (desde la calle, el primero; desde el patio, bajo la galería de los Turbín, el sótano) relució bajo las débiles y amarillentas luces el ingeniero y cobarde, el burgués y antipático Vasili Ivánovich Lisóvich, mientras que en el superior ardieron intensas y alegres las ventanas de los Turbín.

En la oscuridad, Alekséi y Nikolka fueron a buscar leña al cobertizo.

—Ay, ay, es una miseria lo que queda. Otra vez han robado, mira.

La linterna eléctrica de Nikolka proyectó un cono azulado en el que se veía que las tablas de la pared habían sido arrancadas y clavadas a toda prisa desde el exterior.

—¡Habría que matarlos a tiros a esos demonios! Te lo juro. Mira: ¿por qué no montamos guardia esta noche? Sé quiénes son: los zapateros del número 11. ¡Si serán canallas! Tienen más leña que nosotros.

—Al diablo con ellos… Vamos. Toma.

El oxidado candado rechinó, una capa de nieve cayó sobre los hermanos, se llevaron algo de leña. Hacia las nueve de la noche era imposible tocar los azulejos de Zaandam.

La magnífica estufa lucía sobre su deslumbrante superficie los siguientes dibujos e inscripciones de carácter histórico, hechos con tinta china por la mano de Nikolka en distintos momentos del año dieciocho y llenos de un profundo sentido y significación:

Si te dicen que los aliados pronto acudirán en nuestra ayuda, no lo creas. Los aliados son unos miserables…

Él simpatiza con los bolcheviques.

Dibujo: la cara de Momo.

Firma:

“Ulano Leonid Iúrevich”.

Rumores temibles, horrorosos,

¡atacan las bandas de los rojos!

Dibujo a color: una cabeza con bigotes caídos y gorro de piel caucasiano con coleta azul.

Firma:

“¡Duro contra Petliura!”

De manos de Elena y otros tiernos y viejos amigos de infancia de los Turbín —Mishlaievski, Carasio, Shervinski—, inscripciones con pinturas, tinta china, tintas de color, jugo de guindas:

Elena Vasílievna nos ama mucho.

A unos dice sí, a otros dice no.

Lénochka, conseguí una entrada para Aída.

Balcón nº 8, lado derecho.

Año 1918, 12 de mayo, me enamoré.

Es usted gordo y feo.

Después de estas palabras, me pegaré un tiro.

(El dibujo bastante fiel de una browning.)

¡Viva Rusia!

¡Viva la autocracia!

Junio. Barcarola.

No por nada Rusia entera recuerda

el día de Borodinó.7

Con letras de imprenta, de mano de Nikolka:

PROHÍBO ESCRIBIR A CUALQUIER CAMARADA COSAS AJENAS SOBRE LA ESTUFA BAJO AMENAZA DE SER FUSILADO Y PRIVADO DE DERECHOS. COMISARIO DEL BARRIO PODOL. SASTRE DE

DAMAS, HOMBRES Y MUJERES ABRAHAM PRUZHINIER.

Año 1918, 30 de enero.

Irradian calor los dibujados azulejos, el negro reloj funciona como hace treinta años: tonk-tank. El mayor de los Turbín, rasurado, cabellos claros, envejecido y lúgubre desde el 25 de octubre de 1917, con guerrera de enormes bolsillos, pantalones de montar azules y blandas pantuflas para dormir, en su postura favorita: en el sillón, con las piernas recogidas. A sus pies, sobre un banquito, Nikolka con su mechón, las piernas estiradas casi hasta el aparador —el comedor es pequeño—. Pies calzados en botas con hebillas. Su amiga, la guitarra, tierna y queda: trin… Un trin indefinido… porque por ahora, vea usted, no se sabe nada a ciencia cierta. En la Ciudad hay alarma, confusión, malestar…

Las hombreras de suboficial de Nikolka tienen galones blancos, y sobre la manga izquierda lleva una sardineta tricolor terminada en punta. (Primer grupo de voluntarios, infantería, tercera sección. Se empezó a formar hace tres días, en virtud del giro que toman los acontecimientos.)

Pero, pese a todo, la verdad es que en el comedor se está espléndido. El ambiente es cálido, acogedor; las cortinas color crema están corridas. Y el calor calienta a los hermanos, suscita languidez.

El mayor deja el libro y se despereza.

—A ver, toca Los planos…

Trin-ta-tam… Trin-ta-tam…

Botas altas a la moda,

gorras elegantes,

¡pasan los cadetes de ingenieros!

El mayor comienza a acompañar. Los ojos sombríos, pero en ellos se enciende una llamita; en las venas, calor. Pero despacio, señores, despacio, despacito.

Salud, queridos veraneantes,

salud, queridas veraneantes…

La guitarra continúa la marcha, de sus cuerdas brotan las compañías, los ingenieros desfilan… ¡Un-dos, un-dos! Los ojos de Nikolka recuerdan:

La academia militar. Las descascaradas columnas de la época de Alejandro I, los cañones. Los cadetes se arrastran sobre el vientre de ventana en ventana, disparan. Ametralladoras en las ventanas.

Una nube de soldados ha sitiado la academia; vaya, una verdadera nube. ¿Qué se le va a hacer? El general Bogoroditski se ha asustado y se ha rendido, se ha rendido con los cadetes. Ver-güen-za…

Salud, queridas veraneantes,

salud, queridos veraneantes,

hemos venido a levantar planos.

Se nublan los ojos de Nikolka.

Columnas de bochorno sobre los bermejos campos ucranianos. En el polvo avanzan empolvadas las compañías de cadetes. Sucedió, sucedió todo eso y ahora no está más. Vergüenza. Tonterías.

Elena descorrió las cortinas y en el negro vano apareció su pelirroja cabeza. Dirigió a sus hermanos una mirada suave y otra muy muy inquieta al reloj. Era comprensible. En verdad, ¿dónde estará Talberg? Se preocupa la hermana.

Quería disimularlo sumándose al canto de sus hermanos, pero de pronto se detuvo y levantó un dedo.

—Esperen. ¿Oyen?

La compañía cortó el paso sobre las siete cuerdas: “¡A-a-lto!”. Los tres aguzaron el oído y se convencieron: cañonazos. Algo pesado, lejano y sordo. Otra vez: bu-u-um… Nikolka dejó la guitarra y se levantó rápido; tras él, con un gemido, se levantó Alekséi.

En el salón y en el recibidor la oscuridad era absoluta. Nikolka tropezó con una silla. En las ventanas, una auténtica representación de la ópera La Nochebuena —nieve y lucecitas—. Tiemblan y titilan. Nikolka se pegó contra un ventanillo. De sus ojos desaparecieron el bochorno y la academia; sus ojos, todo oídos. ¿Dónde? Encogió sus hombros de suboficial.

—El diablo sabrá qué ocurre. Parece como si dispararan en Sviatóshino. Es extraño, no puede ser tan cerca.

Alekséi en la oscuridad, Elena más cerca del ventanillo, y se ven sus ojos negros y asustados. ¿Qué querrá decir que Talberg aún no haya venido? El mayor siente su inquietud y por eso no dice una palabra, aunque tiene muchas ganas de hablar. Es en Sviatóshino. No hay duda alguna. Disparan, doce kilómetros de la ciudad, no más. ¿Qué era aquello?

Nikolka tomó la falleba, con la otra mano apretó el vidrio como si quisiera romperlo y salir y aplastó la nariz contra él.

—Me dan ganas de ir allí. Averiguar qué pasa…

—Sí, claro, haces mucha falta allí…

Elena habla alarmada. Qué desgracia. El marido debía regresar a más tardar, ¿lo oyen?, a más tardar hoy a las tres, y ya son las diez.

En silencio, regresaron al comedor. La guitarra calla sombría. Nikolka saca de la cocina el samovar, que canta siniestro y escupe. Sobre la mesa, tazas con tiernas flores por fuera y doradas por dentro, originales, con forma de columnas esculpidas. En vida de la madre, Anna Vladímirovna, era el servicio para los días de fiesta en la familia, pero ahora los hijos lo usaban todos los días. El mantel, a pesar de los cañonazos y de toda aquella angustia, alarma y sinrazón, estaba blanco y almidonado. Era obra de Elena, que no podía hacerlo de otra manera; era obra de Aniuta, criada en casa de los Turbín. Los pisos brillan, y en diciembre, ahora, sobre la mesa, un jarrón mate con forma de columna contiene hortensias celestes y dos rosas sombrías y ardientes que afirman la belleza y estabilidad de la vida, pese a que en las afueras está el pérfido enemigo, que puede destruir la nevada y hermosa Ciudad y pisotear con sus tacones los restos de tranquilidad. Flores. Flores —un presente de un fiel admirador de Elena, el teniente de la guardia Leonid Iúrevich Shervinski, amigo de la vendedora de la célebre confitería La Marquesa, amigo de la vendedora de la acogedora florería La Flora de Niza—. Bajo la sombra de las hortensias, un platito con volutas azules, varias rodajas de salchichón, manteca en una mantequera transparente; en la galletera, un cuchillito de plata y una flauta de pan blanco. Perfectamente podría haberse picado algo y tomar el té si no fuera por todas esas lúgubres circunstancias… Ay… Ay…

Sobre la tetera cabalga un abigarrado gallo de estambre, y en el brillante costado del samovar se reflejan los tres rostros desfigurados de los Turbín, y las mejillas de Nikolka lucen en él como las de Momo.

En los ojos de Elena hay angustia, y mechones de su cabello, cubiertos por un fuego rojizo, caen abatidos.

Talberg había quedado varado en algún lugar con su tren de la tesorería del Hetman8 y había estropeado la velada. El diablo sabría si, en una de esas, no le habría sucedido algo… Los hermanos mastican con languidez los bocadillos. Frente a Elena, la taza fría y El señor de San Francisco.9 Ojos nublados, sin ver, miran las palabras:

… oscuridad, océano, borrasca.

No lee Elena.

Nikolka, al fin, no se contiene:

—Quisiera saber por qué disparan tan cerca. Es que no puede ser…

Se interrumpió y, al moverse, su rostro se deformó en el samovar. Pausa. La aguja sobrepasa el minuto diez y —tonk-tank— va hacia las diez y cuarto.

—Disparan porque los alemanes son unos canallas —gruñó de súbito el mayor.

Elena alza la cabeza hacia el reloj y pregunta:

—¿Es posible, es posible que nos dejen librados a nuestra suerte?

Su voz es triste.

Los hermanos, como siguiendo una orden, vuelven las cabezas y empiezan a mentir.

—No se sabe nada —dice Nikolka, dando un mordisco a una rodaja.

—Lo he dicho así, hum… Como conjetura. Son rumores.

—No, no son rumores —responde terca Elena—, no son rumores, sino algo cierto; hoy he visto a Sheglova y me ha dicho que de Borodianka han regresado dos regimientos alemanes.

—Tonterías.

—Piénsalo tú misma —empieza el mayor—, ¿acaso tiene sentido que los alemanes dejen que ese bribón se acerque a la ciudad? Piensa, ¿eh? Yo personalmente no logro figurarme cómo podrían entenderse con él siquiera un minuto. Un absurdo total. Los alemanes y Petliura. Si ellos mismos lo llaman bandido. Es ridículo.

—Ay, qué dices. Ahora conozco a los alemanes. Yo misma ya he visto a varios con brazaletes rojos. Y a un suboficial borracho con una mujerzuela. Ella también iba borracha.

—¿Y eso qué tiene? Casos aislados de desmoralización puede haber incluso en el ejército alemán.

—Entonces, ¿para ustedes Petliura no entrará?

—Hum… Para mí, eso no puede suceder.

—Absolmán.10 Por favor, sírveme otra taza de té. No te preocupes. Mantén la calma, como suele decirse.

—Pero ¡Dios mío! ¿Dónde estará Serguéi? Estoy segura de que han atacado su tren y…

—¿Y qué? A ver, ¿para qué inventas en vano? Si esa línea está completamente liberada.

—¿Y entonces por qué no ha llegado?

—¡Dios mío! Tú misma sabes qué viaje es ese. Seguro que en cada estación se han detenido cuatro horas.

—Un viaje revolucionario. Avanzas una hora y te detienes dos.

Elena lanzó un pesado suspiro, miró el reloj, guardó silencio y luego volvió a decir:

—¡Dios santo, Dios santo! Si los alemanes no hubieran cometido esa vileza, todo estaría perfecto. Dos de sus regimientos bastarían para aplastar como una mosca a ese Petliura vuestro. No, veo que los alemanes llevan adelante un vil doble juego. ¿Y por qué no están esos aliados a los que tanto elogian? Ay, ay, canallas. Prometieron, prometieron…

El samovar, callado hasta ese momento, de repente cantó y las brasas, cubiertas de canosa ceniza, cayeron sobre la fuente. Los hermanos miraron involuntariamente hacia la estufa. La respuesta está ahí. Por favor:

Los aliados son unos miserables.

La aguja se detuvo en el cuarto, el reloj soltó un grave ronquido y marcó una vez, y enseguida le respondió un timbre fino y modulado bajo el techo del recibidor.

—Gracias a Dios, ha llegado Serguéi —dijo alegre el mayor.

—Es Talberg —confirmó Nikolka, y corrió a abrir.

Elena, con las mejillas encendidas, se levantó.

***

Pero resultó que no era Talberg. Tres puertas retumbaron, y en la escalera resonó sorda la voz sorprendida de Nikolka. Una voz en respuesta. Tras las voces, ruido de botas herradas y de una culata por la escalera. La puerta del recibidor dejó pasar una ola de frío, y ante Alekséi y Elena surgió una figura alta, ancha de hombros, con capote hasta los talones y tres estrellas de teniente dibujadas con lápiz graso sobre las hombreras. Un capuchón cubierto de escarcha y un pesado fusil con bayoneta marrón ocuparon todo el recibidor.

—Buenas noches —entonó la figura con ronca voz de tenor, y se llevó los dedos entumecidos al capuchón.

—¡Vitia!

Nikolka ayudó a la figura a desatar los extremos, el capuchón se deslizó, tras él asomó el plato de una gorra de oficial con la escarapela ennegrecida y sobre los enormes hombros apareció la cabeza del teniente Víktor Víktorovich Mishlaievski. Era una cabeza muy bella, con la extraña y lúgubre y atractiva belleza de un linaje auténtico y en decadencia. Belleza en los audaces ojos, de diferentes colores, y en las largas pestañas. Nariz encorvada, labios orgullosos, frente blanca y despejada, sin señas singulares. Pero una comisura de la boca descendía afligida, y el mentón estaba cortado de manera oblicua, como si un escultor, al esculpir un rostro aristocrático, hubiera tenido la salvaje ocurrencia de quitar una capa de arcilla y dejarle al varonil rostro un pequeño y defectuoso mentón de mujer.

—¿De dónde vienes?

—¿De dónde?

—Con cuidado —respondió Mishlaievski con voz débil—, no se vaya a romper. Hay una botella de vodka.

Nikolka colgó con cautela el pesado capote, en uno de cuyos bolsillos se veía el cuello de una botella envuelta en un trozo de diario. Luego colgó el máuser con su pesada funda de madera, haciendo vacilar el perchero con cuernos de ciervo. Sólo entonces Mishlaievski se volvió hacia Elena, le besó la mano y dijo:

—Del barrio Krasni Traktir. Permíteme pasar la noche aquí, Lena. No podré llegar a casa.

—Ay, Dios mío, por supuesto.

Mishlaievski de pronto gimió, intentó soplarse los dedos, pero los labios no le respondieron. Las blancas cejas y la cinta aterciopelada de los rasurados bigotes, canosos por el rocío, comenzaron a derretirse, y el rostro se le mojó. El mayor de los Turbín le desabrochó la guerrera, pasó los dedos por las costuras y tiró de la sucia camisa.

—Bueno, por supuesto… Un montón. Pululan por todo el cuerpo.

—Pues haremos esto. —Elena, asustada, comenzó a trajinar y olvidó a Talberg por un momento—. Nikolka, en la cocina hay leña. Corre y enciende el calentador. Ay, qué desgracia que he dejado ir a Aniuta. Alekséi, quítale la guerrera, rápido.

En el comedor, junto a los azulejos, Mishlaievski exhaló un gemido y se dejó caer en una silla. Elena echó a correr, haciendo tintinear las llaves. Turbín y Nikolka se arrodillaron y le quitaron las apretadas y elegantes botas con hebillas en las pantorrillas.

—Así está mejor… Oh, así está mejor…

Le desenrollaron los repugnantes y jaspeados peales. Bajo ellos, unas medias lilas de seda. Nikolka enseguida despachó la guerrera a la fría galería —que mueran los piojos—. Mishlaievski, con una mugrienta camisa de batista cruzada por tirantes negros y unos pantalones de montar azules con trabillas, lucía flaco y negro, enfermo y lamentable. Las amoratadas palmas tantearon y se deslizaron por los azulejos.

Rumo… temib…

¡Atac… band…

de mayo… namoré…

—¡Qué clase de canallas son estos! —gritó Turbín—. ¿Acaso no podían darles botas de fieltro y pellizas?

—Bo… otas —lo remedó entre lágrimas Mishlaievski—, bot…

Un dolor insoportable atravesó sus manos y pies al calor de la estufa. Al oír que los pasos de Elena se extinguían en la cocina, Mishlaievski gritó con voz enfurecida y lacrimosa:

—¡Eso es un puterío!

Afónico y contrayéndose, se tumbó al suelo y, señalándose las medias, gimió:

—Quítenmelas, quítenmelas, quítenmelas…

Se sintió un hediondo olor a alcohol desnaturalizado, en la palangana se derretía una montaña de nieve, y con un solo vasito de vodka el teniente Mishlaievski se emborrachó en el acto; hasta se le nubló la vista.

—¿Habrá que amputar? Dios santo… —dijo con amargura, y se balanceó en el sillón.

—Pero ¿qué dices? Espera. No es nada… A ver. Se te ha congelado el dedo gordo. A ver… Se repondrá. Y este otro también.

Nikolka se acuclilló, le puso unas medias negras limpias y le metió las manos tiesas y yertas en las mangas de una afelpada bata de baño. En sus mejillas brotaron manchas bermejas y, acurrucado, con ropa interior limpia y bata, el teniente Mishlaievski se calmó y revivió. En la habitación arreciaron terribles insultos, cual granizo contra la ventana. Bizqueando los ojos hacia la nariz, maldijo con palabras obscenas al Estado Mayor en los vagones de primera clase, a un cierto coronel Shetkin, a la helada, a Petliura, a los alemanes, a la nevasca, hasta acabar cubriendo con las palabras más groseras y abominables al mismísimo Hetman de toda Ucrania.

Alekséi y Nikolka miraban cómo el teniente rechinaba los dientes mientras entraba en calor y, de vez en cuando, exclamaban: “Vaya, vaya”.

—¿Y el Hetman, eh? ¡Qué hijo de puta! —bramaba Mishlaievski—. ¿Y la guardia de caballería? ¿Dónde está? ¿En el patio? ¿Eh? Y a nosotros nos envían con lo que teníamos puesto. ¿Qué tal? Un día entero bajo la helada, en la nieve… ¡Dios santo! Si hasta pensé que estábamos todos perdidos… ¡La puta que lo parió! Doscientos metros entre oficial y oficial, ¿a eso llaman una línea? ¡Casi nos degüellan como a gallinas!

—Un momento —preguntó Turbín, aturdido por los improperios—. Dinos quién está en las inmediaciones de Traktir.

—¡Bah! —exclamó Mishlaievski agitando una mano—. ¡Jamás lo entenderías! ¿Sabes cuántos éramos allí? Cua-ren-ta hombres. Llega esa puta del coronel Shetkin y dice —ahí Mishlaievski crispó el rostro tratando de representar a ese coronel Shetkin que tanto odiaba y habló con una voz asquerosa, aguda y ceceante—: “Señores oficiales, toda la esperanza de la Ciudad está cifrada en ustedes. Muéstrense dignos de la confianza de la madre de las ciudades rusas, que sucumbe; si se presenta el enemigo, láncense al ataque, ¡Dios está con nosotros! Dentro de seis horas enviaré un relevo. Pero ahorren las municiones” —Mishlaievski siguió con su voz habitual—, y se mandó mudar en coche con su edecán. ¡Y una oscuridad de cagarse! Una helada que se te clava como agujas.

—Pero ¿¡quién está allí, por Dios!? Porque no puede ser que Petliura esté en Traktir.

—¡El diablo sabrá quiénes son! Créeme, a la mañana casi nos volvemos locos. Apostados desde la medianoche, esperando el relevo… No sentíamos ni las manos ni los pies. Ningún relevo. Obvio que no podíamos encender fogatas; la aldea a dos kilómetros, Traktir a uno. De noche nos dio la sensación de que el campo se movía. Parecía que reptaban… Bueno, pienso, ¿qué le vamos a hacer?… ¿Qué? Apuntas con tu fusil y piensas si disparar o no. Una tentación. Apostados ahí, aullando como lobos. Gritas y en la línea alguien te responde. Al final, me enterré en la nieve, cavé con la culata un ataúd, me senté y traté de no quedarme dormido; si te duermes, sonaste. Antes del amanecer no soportaba más, siento que empiezo a dormitar. ¿Sabes qué me salvó? Las ametralladoras. Al amanecer oigo que a unos tres kilómetros se armó. Y figúrate, no me dan ganas de levantarme. Bueno, y ahí tronó un cañón. Me incorporé y era como si tuviera una tonelada atada a cada pierna, y pienso: “Felicidades, Petliura ha venido a visitarnos”. Estrechamos un poco la línea, intercambiamos gritos. Decidimos lo siguiente: si ocurre algo, nos agrupamos, disparamos y nos replegamos hacia la Ciudad. Si nos matan, que nos maten. Al menos moriremos juntos. Y figúrate, todo se calmó. A la mañana empezamos a ir de a tres a Traktir para calentarnos. ¿Sabes cuándo llegó el relevo? Hoy a las dos de la tarde. Doscientos cadetes del primer grupo de voluntarios. Y ya puedes imaginarte, perfectamente vestidos, con gorros de piel, botas de fieltro y un grupo de ametralladoras. Los trajo el coronel Nai-Turs.

—¡Ah! ¡El nuestro, el nuestro! —exclamó Nikolka.

—A ver, espera, ¿no es el húsar de Belgrado? —preguntó Turbín.

—Sí, sí, el húsar… Comprendes, nos vieron y se espantaron: “Creíamos que había aquí dos compañías con ametralladoras, ¿cómo diablos han aguantado?”, dicen.

Resulta que ese fuego de ametralladoras había sido en Serebrianka, sobre la que se lanzó una banda de mil hombres. Menos mal que no sabían que allí estaba apostada algo así como nuestra línea, si no, ya puedes imaginarte, toda esa horda podía haber hecho una visita a la Ciudad. Por suerte los de Serebrianka tenían enlace con Post-Volinski, informaron y de allí una batería abrió fuego de metralla; bueno, aquellos perdieron el ímpetu, comprendes, no finalizaron el ataque, se dispersaron y se los llevó el diablo.

—Pero ¿quiénes eran? ¿Acaso los hombres de Petliura? No puede ser.

—Ah, el diablo sabrá quiénes eran. Para mí que eran unos campesinitos de aquí, esos hombres de Dios de los que habla Dostoievski… Ay, ay… ¡Qué hijos de puta!

—¡Dios mío!

—Sí —dijo Mishlaievski con voz ronca, chupando un cigarrillo—, fuimos relevados, gracias a Dios. Contamos: treinta y ocho hombres. Felicítennos: dos se congelaron. ¡Al diablo! Y dos más fueron recogidos, les amputarán las piernas…

—¡Cómo! ¿Dos murieron congelados?

—¿Y qué creías? Un cadete y un oficial. Y en Popeliuja, a las afueras de Traktir, las cosas se pusieron aún más lindas. Fuimos allí con el subteniente Krasin a recoger trineos para transportar a los congelados. La aldeíta parecía muerta; ni un alma había. Al final vemos a un abuelo caminando a duras penas, con zamarra y bastón. Figúrate: nos vio y se alegró. Yo ahí mismo sentí algo malo. “¿Qué es esto?”, pienso. Y ese rábano de Dios nos grita con regocijo: “Muchachito’… Muchachito’…”. Y con el mismo tono empalagoso le digo: “Salud, abuelito. Danos ya mismo trineos”. Y él responde: “No hay. Oficialucho’ ya llevaron trineo’ a Post”. Ahí le guiñé el ojo a Krasin y pregunto: “¿Oficialucho’? Ajá. ¿Y dónde ’tán todo’ su’ muchacho’?”. Y el abuelo suelta: “Ya se fueron con Petliura”. ¿Qué tal? ¿Qué te parece? A causa de la ceguera, no había distinguido que llevábamos hombreras bajo los capuchones y nos tomó por hombres de Petliura. Bueno, comprendes, yo ahí no aguanté más… La helada… Me enfurecí… Agarré al abuelo aquel del cuello de la camisa con tanta fuerza que por poco lo estrangulo y le grito: “¿Así que se fueron con Petliura? ¡Pues ahora te fusilaré para que sepas cómo se fueron con Petliura! ¡Te me irás al reino de los cielos, miserable!”. Bueno, claro, ahí el sagrado labrador, sembrador y guardián —aquí Mishlaievski lanzó terribles insultos como una avalancha de piedras— recuperó la vista en un periquete. Se echó a mis pies, obvio, y gritó a voz en cuello: “¡Oy, su eselencia, perdone a e’te viejo, lo he dicho por tonto, por ciego; le’ daré caballo’, ya mismo se lo’ daré; sólo no me maten!”. Y aparecieron caballos y un trineo largo.

»Bueno, al anochecer llegamos a Post. Lo que ocurría allí es inconcebible. En los caminos conté cuatro baterías sin desplegar, es decir que no tenían proyectiles. Puestos de mando por todos lados. Claro está, nadie sabía un demonio. ¡Lo peor es que no había dónde meter a los muertos! Al final encontramos una enfermería ambulatoria, ¿y puedes creerlo?, a la fuerza les encajamos a los muertos, no querían recibirlos: “Llévenlos a la Ciudad”. Ahí nos enfurecimos. Krasin quiso dispararle a un oficial del Estado Mayor que le dijo: “Estos son los métodos de Petliura”, y se mandó mudar. Recién a la noche encontré por fin el vagón de Shetkin. De primera clase, con electricidad… ¿Y qué crees? En la puerta hay un lacayo, una especie de ordenanza, que no nos deja pasar. ¿Qué tal? “Está durmiendo. Ha ordenado no recibir a nadie.” Bueno, lo pegué con la culata contra la pared y todos los nuestros armaron alboroto. Salieron de todos los compartimentos como guisantes. Apareció Shetkin y comenzó a endulzarnos: “¡Ay, Dios mío! Pero claro, por supuesto. Ya mismo. Eh, ordenanzas, sirvan sopa y coñac. Ahora mismo los acomodamos. Descanso to-tal. Eso es heroísmo. ¡Ah, qué pérdida! Pero ¿qué se le va a hacer? Son víctimas. He sufrido tanto…”. Y el aliento a coñac se le huele a un kilómetro. ¡A-a-ah!

Mishlaievski de repente bostezó y cabeceó. Murmuró como entre sueños:

—Al destacamento le dieron un vagón con calefacción… ¡O-oh! Yo sí que tuve suerte. Por lo visto, decidió deshacerse de mí después de aquel alboroto. “Teniente, le ordeno ir a la Ciudad. Al cuartel general de Kartúzov. Repórtese allí.” ¡E-e-eh! A la locomotora… Me congelé… El castillo de Tamara… Vodka…

Mishlaievski dejó caer el cigarrillo de la boca, se echó hacia atrás y enseguida empezó a roncar.

—Eso está muy bien —dijo perplejo Nikolka.

—¿Dónde está Elena? —preguntó preocupado el mayor—. Hay que darle una sábana, llévalo a lavarse.

En ese momento, Elena lloraba en la habitación contigua a la cocina, donde, tras un visillo de percal, en el calentador, junto a la bañera de zinc, se agitaba el fuego de la seca leña de abedul. El ronco relojito de la cocina marcó las once. Y Talberg se le figuró muerto. Naturalmente, habían atacado el tren de la tesorería, aniquilado la escolta, y en la nieve había sangre y trozos de cerebro. Elena estaba sentada en la penumbra, las llamas le atravesaban el arrugado halo de cabellos, por las mejillas le corrían lágrimas. Muerto. Muerto…

Y ahí resonó una trémula campanilla que llenó todo el departamento. Elena atravesó en precipitada carrera la cocina, la oscura habitación con libros, el comedor. Luces más intensas. El negro reloj marcó la hora, hizo tictac, se bamboleó.

Pero Nikolka y el mayor se apagaron muy rápido después de su primer estallido de alegría. En realidad, su alegría era más por Elena. Mal efecto causaron en los hermanos las insignias cuneiformes del Ministerio de Guerra del Hetman sobre los hombros de Talberg. Por lo demás, ya antes de esas hombreras, casi desde la misma boda de Elena, había aparecido una grieta en el recipiente de la vida de los Turbín, y la buena agua se había escurrido por ella imperceptiblemente. El recipiente estaba seco. Quizás la principal causa de ello se hallaba en los ojos de doble fondo de Serguéi Ivánovich Talberg, capitán del Estado Mayor General…

Ay, ay… Sea como fuere, ahora el primer fondo se podía leer con claridad. En la capa superior, sencilla alegría humana por el calor, la luz y la seguridad. Pero, más en lo hondo, una clara angustia que Talberg aún traía consigo. Lo más profundo, desde luego, quedaba oculto, como siempre. En todo caso, la figura de Serguéi Ivánovich no denotaba nada. El cinturón ancho y firme. Las blancas cabecitas de sus dos insignias —la de la academia y la de la universidad— relucían a la par. La descarnada figura daba vueltas como un autómata bajo el negro reloj. Talberg estaba transido de frío, pero sonreía a todos con benevolencia. Y esa benevolencia también trasuntaba angustia. Nikolka, que tomaba sonoramente aire por su larga nariz, fue el primero en percatarse de ello. Talberg, estirando las palabras, contó con lentitud y alegría cómo el tren que transportaba dinero a la provincia y que él escoltaba fue atacado —¡no se sabe por quién!— cerca de Borodianka, a cuarenta kilómetros de la Ciudad. Elena, aterrada, frunció el ceño, se apretó contra las insignias; los hermanos otra vez exclamaban: “Vaya, vaya”; Mishlaievski, inerte, roncaba y enseñaba tres coronas de oro.

—Pero ¿quiénes eran? ¿Los hombres de Petliura?

—Bueno, si hubieran sido ellos —dijo Talberg con una sonrisa condescendiente y a la vez angustiada—, es poco probable que estuviera aquí charlando… eh… con ustedes. No sé quiénes eran. Quizás cosacos que desertaron del Hetman. Irrumpieron en los vagones, blandieron los fusiles y gritaron: “¿De quién es el convoy?”. Yo respondí: “Del Hetman”. Vacilaron, vacilaron y después oigo la orden: “¡Abajo, muchachos!”. Y todos desaparecieron. Supongo que buscaban oficiales; a lo mejor pensaron que el convoy no era ucraniano, sino de oficiales. —Talberg miró expresivamente de reojo la sardineta de Nikolka, echó un vistazo al reloj y, de repente, añadió—: Elena, ven que tengo que decirte dos palabras…

Elena fue rauda tras él al dormitorio, donde en la pared, sobre la cama, estaba el halcón posado en la blanca manopla, donde ardía suavemente la verde lámpara del escritorio de Elena y donde había, sobre un soporte de caoba, un reloj con unos pastorcitos de bronce en su frontis, que cada tres horas dejaba oír sus gavotas.

Desmesurados esfuerzos le costó a Nikolka despertar a Mishlaievski. Este se tambaleaba al andar, dos veces se aferró con estruendo de las puertas y en la bañera se quedó dormido. Nikolka se quedó junto a él para que no se ahogara. El mayor de los Turbín, por su parte, sin saber por qué, atravesó el oscuro salón, se pegó contra la ventana y escuchó: otra vez, a lo lejos, sordos, como entre algodones, inofensivos, retumbaban los cañones; esporádicos, lejanos.

La pelirroja Elena envejeció y se afeó en el acto. Los ojos rojos, los brazos colgando, escuchaba afligida a Talberg, quien, firme y seco como en una revista del cuartel general, se erguía sobre ella y decía implacable:

—Elena, no podemos hacer otra cosa.

Entonces Elena, resignada a lo inevitable, dijo así:

—Qué le voy a hacer, lo entiendo. Tienes razón, por supuesto. Dentro de cinco o seis días, ¿eh? ¿Quizás la situación cambie para mejor?

Ahí Talberg pasó apuros. Hasta borró la eterna y característica sonrisa de su rostro, que envejeció y en cada una de sus líneas reflejaba una decisión ya tomada. Elena… Elena. Ay, incierta y vacilante esperanza… Cinco días… Seis…

Y Talberg dijo:

—Debo partir ya mismo. El tren sale a la una de la noche…

… Media hora después, todo en la habitación del halcón estaba revuelto. La valija en el suelo y su tapa interior a rayas en posición vertical. Elena, enflaquecida y severa, con arrugas junto a los labios y en silencio, ponía en la valija camisas, calzones, sábanas. Talberg, de rodillas, metía la llave en el cajón inferior del armario. Y después… después la habitación fue un asco, como en toda habitación donde reina el caos del embalaje y, peor aún, cuando se quita la pantalla de la lámpara. Nunca. ¡Nunca quiten las pantallas de las lámparas! La pantalla es sagrada. Nunca huyan del peligro, como ratas, hacia lo desconocido. Dormiten junto a la pantalla, lean; no importa que aúlle la borrasca, esperen a que vengan por ustedes.

Talberg huía. Erguido, sobre pedazos de papel, al lado de la pesada y cerrada valija, con su largo capote, el gorro limpio y negro de largas orejeras, la escarapela gris azulado del Hetman y el sable al cinto.

En la plataforma de trenes de larga distancia Ciudad I de Pasajeros ya está el tren, aún sin locomotora, como una oruga sin cabeza. Formación de nueve vagones con luz eléctrica, blanca y deslumbrante. En la formación, a la una de la noche, parte hacia Alemania el Estado Mayor del general Von Bussov. Llevan consigo a Talberg: Talberg tiene contactos… El ministerio del Hetman es una estúpida y vulgar opereta (a Talberg le gustaba expresarse con frases triviales, pero fuertes), como, por lo demás, el propio Hetman. Tanto más vulgar por cuanto…

—Compréndelo —susurro—, los alemanes dejan al Hetman librado a su suerte y es muy muy posible que Petliura entre. En rigor, Petliura cuenta con sólidas raíces. En ese movimiento, la masa campesina está del lado de Petliura, y eso, sabes…

¡Oh, Elena lo sabía! Lo sabía a la perfección. En marzo de 1917, Talberg fue el primero —comprendan, el primero— que llegó a la academia militar con un anchísimo brazalete rojo. Aquello fue en los primeros días, cuando aún todos los oficiales de la Ciudad, al recibir las noticias de Petersburgo, se convertían en ladrillos y se perdían en los oscuros pasillos para no oír nada. En calidad de miembro del comité militar revolucionario, Talberg, y no otro, arrestó al célebre general Petrov. Pero, cuando a fines del célebre año, en la Ciudad se produjeron ya muchos prodigiosos y extraños acontecimientos, y en ella apareció gente sin botas pero con anchos calzones que asomaban por debajo de los grises capotes de soldado, y esa gente anunció que bajo ninguna circunstancia saldría de la Ciudad en dirección al frente porque allí no tenía nada que hacer, que se quedaría aquí, en la Ciudad, puesto que es su Ciudad, una ciudad ucraniana y nada rusa, Talberg se volvió irritable y anunció con sequedad que eso no era lo que se precisaba, sino una vulgar opereta. Y hasta cierto punto tuvo razón: resultó en efecto una opereta, pero no sencilla, sino con gran derramamiento de sangre. La gente con calzones fue expulsada en un santiamén de la Ciudad por grises e irregulares regimientos que llegaron de algún lugar más allá del bosque, desde la llanura que conducía a Moscú. Talberg dijo que los que llevaban calzones eran unos aventureros, que las verdaderas raíces estaban en Moscú, por más que esas raíces fuesen bolcheviques.

Pero una vez, en marzo, llegaron a la Ciudad, en grises hileras, los alemanes, y sobre sus cabezas llevaban rojizas jofainas de metal que los protegían de las esquirlas de los proyectiles, mientras los húsares montaban con unos gorros tan velludos y en unos caballos tales que, al verlos, Talberg enseguida comprendió dónde estaban las raíces. Después de varios duros ataques de los cañones alemanes a las afueras de la ciudad, los moscovitas se mandaron mudar más allá de los azulados bosques a comer carroña, mientras la gente con calzones se arrastró de vuelta, siguiendo a los alemanes. Aquello fue una gran sorpresa. Talberg sonreía desconcertado, pero no temía nada porque los “calzones”, en presencia de los alemanes, eran muy calmos, no se atrevían a matar a nadie y ellos mismos caminaban por las calles como con cierta precaución, y su apariencia era más bien como la de visitantes inseguros. Talberg dijo que no tenían raíces, y durante unos dos meses no sirvió en el ejército. Nikolka Turbín se sonrió una vez al entrar en el cuarto de Talberg. Este estaba sentado y escribía en una gran hoja de papel unos ejercicios de gramática, y ante él yacía un librito delgado, impreso en un papel gris barato: “Ignati Perpillo. Gramática ucraniana”.

En abril del dieciocho, en Pascua, en el circo zumbaban alegres las lámparas de arco esmeriladas y la multitud llegaba hasta la cúpula. Talberg, de pie en la arena, alegre, en actitud marcial, contaba las manos alzadas: sanseacabó con los “calzones”, habría una Ucrania, pero una Ucrania de Hetmans; elegían al “Hetman de toda Ucrania”.

—Estamos a salvo de la sangrienta opereta moscovita —dijo Talberg, reluciente en su extraño uniforme de Hetman, sobre el fondo del viejo y querido empapelado del hogar. El reloj se ahogaba desdeñoso: tonk-tank, y el agua se escurría del recipiente. Nikolka y Alekséi no tenían de qué hablar con Talberg. Y hacerlo habría sido muy difícil, porque Talberg se enfadaba mucho cada vez que conversaban de política y, en particular, en aquellas ocasiones en que Nikolka, con total falta de tacto, comenzaba: “¿Y, Seriozha, qué era lo que decías en marzo?…”. Talberg enseguida enseñaba sus dientes superiores, muy separados, pero grandes y blancos; sus ojos despedían chispitas amarillas y empezaba a inquietarse. De este modo, las conversaciones pasaron de moda por sí mismas.

Sí, una “opereta”… Elena sabía qué significaba esa palabra en los abultados labios bálticos de su marido. Pero ahora la opereta amenazaba con ponerse mala, y no era a los “calzones”, ni a los moscovitas, ni a un Iván Ivánovich cualquiera que amenazaba, sino al mismísimo Serguéi Ivánovich Talberg. Cada hombre tiene su estrella, y no por nada en el Medioevo los astrólogos de la corte armaban horóscopos y predecían el futuro. ¡Oh, qué sabios eran! Pues bien, Serguéi Ivánovich Talberg tenía una estrella inconveniente y desafortunada. A Talberg le habría ido bien si todo hubiera marchado recto, por una línea determinada, pero, en ese tiempo, los acontecimientos en la Ciudad no avanzaban rectamente, sino que trazaban caprichosos zigzags, y en vano Serguéi Ivánovich trataba de adivinar qué ocurriría. No lo adivinó. Lejos todavía, a unos ciento cincuenta o quizás doscientos kilómetros de la Ciudad, en las vías iluminadas por una luz blanca, un coche salón. En el vagón, como grano en una vaina, iba y venía un hombre rasurado dictando a sus escribientes y edecanes en un idioma extraño que a duras penas comprendería el propio Perpillo. ¡Desgraciado de Talberg si ese hombre llega a la Ciudad, y bien que puede hacerlo! Desgraciado de él. El número del periódico Vesti es por todos conocido; el nombre del capitán Talberg, que había votado por el Hetman, también. En el periódico, un artículo salido de la pluma de Serguéi Ivánovich, y en el artículo, las palabras:

“Petliura es un aventurero cuya opereta amenaza con destruir el país…”

—Elena, tú misma comprendes que no puedo llevarte conmigo a vagar por rumbos inciertos, ¿no es verdad?

Elena no respondió un solo sonido porque era orgullosa.

—Creo que lograré abrirme camino sin dificultades a través de Rumania hacia Crimea y el Don. Von Bussov me prometió ayuda. Me valoran. La ocupación alemana se ha convertido en una opereta. Los alemanes ya se retiran —susurro—. Petliura, según mis cálculos, también caerá pronto. La verdadera fuerza viene del Don. Y sabes que ni siquiera puedo no estar allí cuando se está formando el ejército del derecho y el orden. No estar significaría arruinar mi carrera; ya sabes que Denikin fue jefe de mi división. Estoy seguro de que antes de que pasen tres meses, a más tardar en mayo, regresaremos a la Ciudad. No temas nada. A ti no te tocarán bajo ninguna circunstancia, y en el peor de los casos tienes el pasaporte con tu apellido de soltera. Le pediré a Alekséi que no permita que te ofendan.

Elena volvió en sí.

—Espera —dijo—, ¿no deberíamos advertir ahora a mis hermanos que los alemanes nos traicionan?

Talberg se puso morado.

—Por supuesto, por supuesto, sin falta lo haré… Por lo demás, díselo tú misma. No cambia mucho las cosas.

Un sentimiento extraño brotó en Elena, pero no había tiempo para entregarse a reflexiones; Talberg ya besaba a su esposa, y hubo un instante en que sus ojos de dos pisos transmitieron sólo una cosa: ternura. Elena no se contuvo y rompió a llorar, pero su llanto fue quedo, quedo: era una mujer fuerte, no en vano era la hija de Anna Vladímirovna. Después siguió la despedida de los hermanos en el salón. En la lámpara de bronce se encendió la luz rosácea e inundó todo el rincón. El piano enseñó sus acogedores dientes blancos y la partitura de Fausto en el pasaje donde los negros garabatos de las notas forman una hilera negra y compacta y el abigarrado y barbirrojo Valentín canta:

Por mi hermana te ruego,

¡apiádate, oh, apiádate de ella!

Ten a bien protegerla.

Incluso Talberg, que no era dado a sentimentalismo alguno, recordó en ese instante los negros acordes y las gastadas páginas del eterno Fausto. Ay, ay… ¡Ya no tendrá ocasión de oír Talberg las cavatinas sobre Dios todopoderoso, ni tampoco de oír a Elena acompañando a Shervinski! De todas formas, cuando los Turbín y Talberg no estén en el mundo, otra vez sonarán las teclas y saldrá a las candilejas el abigarrado Valentín, en los palcos se sentirá la fragancia de los perfumes y en casa tocarán el acompañamiento mujeres coloreadas por la luz, porque Fausto, al igual que El carpintero de Zaandam, es absolutamente inmortal.

Talberg contó todo allí, junto al piano. Los hermanos guardaron un cortés silencio, tratando de no levantar las cejas. El menor por orgullo, el mayor porque era un blandengue. La voz de Talberg tembló.

—Cuiden de Elena. —Los ojos de Talberg, en su primera capa, miraron suplicantes y alarmados. Titubeó, echó azorado un vistazo al reloj de bolsillo y dijo con inquietud—: Es hora.

Elena abrazó por el cuello a su marido y lo atrajo hacia sí, lo santiguó a las apuradas y lo besó. Talberg pinchó a los dos hermanos con el cepillo de sus negros y rasurados bigotes. Consultó su billetera, verificó inquieto el fajo de documentos, recontó en el compartimento más delgado los billetes ucranianos y los marcos alemanes y, sonriendo, sonriendo tenso y volviéndose, se retiró. Dzin… Dzin… En el recibidor una luz desde arriba, después en la escalera el estruendo de la valija. Elena inclinó el torso por encima de la baranda y vio por última vez el agudo copete del capuchón.

A la una de la noche, desde la plataforma número cinco, en medio de una oscuridad llena de cementerios de vagones de carga vacíos, adquiriendo desde el arranque una velocidad estrepitosa y lanzando rojos y cálidos resoplidos, partió, gris como un sapo y entre salvajes aullidos, el tren blindado. Recorrió ocho kilómetros en siete minutos, alcanzó Post-Volinski envuelto en ruido, golpeteo, estruendo y luces, sin detenerse; por las vacilantes agujas se desvió de la línea principal hacia un lado y, despertando en las almas de los congelados cadetes y oficiales que se acurrucaban en las garitas y en las filas de la estación una vaga esperanza y orgullo, con audacia y sin temer decididamente a nadie, se dirigió hacia la frontera alemana. Tras él, diez minutos más tarde, pasó por Post un tren de pasajeros con decenas de ventanillas resplandecientes y una enorme locomotora. Los centinelas alemanes, semejantes a obeliscos, corpulentos y envueltos hasta los ojos, fulguraron sobre las plataformas de los vagones, y fulguraron también sus anchas y negras bayonetas. Los guardagujas, tiesos bajo la helada, vieron cómo se sacudían sobre los empalmes largos coches de lujo, cuyas ventanas arrojaban haces de luz sobre ellos. Después todo desapareció, y las almas de los cadetes se llenaron de envidia, rabia y angustia.

—¡U-uh…, canallas!… —gimió alguien junto a una aguja, y sobre las garitas se abatió una lacerante ventisca. Aquella noche Post quedó cubierto por la nieve.

Y en el tercer vagón de la formación, en un compartimento revestido con tapices a rayas, sonriendo con cortesía y obsequiosidad, iba sentado Talberg frente a un teniente alemán y hablando en el idioma de este.

—Oh, ja —soltaba de tanto en tanto el robusto teniente mientras masticaba su cigarrillo.

Cuando el teniente se durmió, cuando las puertas de todos los compartimentos se cerraron y en el cálido y deslumbrante vagón reinó el monótono susurro del camino, Talberg salió al pasillo, descorrió la blanca cortina con las transparentes letras “F.C.S.O.” y permaneció largo rato contemplando la oscuridad. Allí saltaban caóticamente las chispas, saltaba la nieve, y delante la locomotora tiraba y aullaba tan amenazadora, tan desagradable, que hasta Talberg se apesadumbró.

3

A esa hora de la noche, en el piso de abajo, donde vivía el dueño de la casa, el ingeniero Vasili Ivánovich Lisóvich, reinaba un silencio total, sólo alterado de tanto en tanto por un ratón en el pequeño comedor. El ratón roía y roía en el aparador, obsesiva y aplicadamente, una vieja cáscara de queso, maldiciendo la avaricia de la esposa del ingeniero, Vanda Mijáilovna. La maldecida, huesuda y celosa Vanda dormía con profundo sueño en la oscuridad del pequeño dormitorio de aquel frío y húmedo piso. El ingeniero, por su parte, estaba en vela en su despachito bien amueblado, con cortinas, repleto de libros y, por ello, extraordinariamente acogedor. La lámpara de pie, que representaba a la hija de un rey egipcio bajo un quitasol verde con flores, embellecía toda la estancia con una luz tierna y misteriosa, y el mismo ingeniero lucía misterioso en el hondo sillón de cuero. El misterio y la ambigüedad de aquel inestable tiempo se reflejaban ante todo en que el hombre del sillón no era en absoluto Vasili Ivánovich Lisóvich, sino simplemente Vasilisa… Es decir, él se llamaba a sí mismo Lisóvich, muchas personas con las que se encontraba lo llamaban Vasili Ivánovich, pero sólo cara a cara: a sus espaldas, en tercera persona, nadie daba al ingeniero otro nombre que Vasilisa. Ello sucedió porque, desde enero de 1918, cuando en la ciudad comenzaron a producirse manifiestos prodigios, el propietario de la casa cambió su prolija letra y, por miedo a cualquier futura responsabilidad, en lugar del preciso “V. Lisóvich” empezó a escribir en los formularios, certificados, constancias, órdenes y cartillas de racionamiento “Vas. Lis”.

Nikolka, el dieciocho de enero del año dieciocho, recibió de manos de Vasili Ivánovich un cupón de azúcar, pero en lugar de azúcar recibió, en la calle Kreshátik, un terrible piedrazo en la espalda que lo tuvo dos días escupiendo sangre (un proyectil había estallado justo sobre la intrépida gente que formaba la cola para el azúcar). Al llegar a casa, sosteniéndose de las paredes y de color verde, Nikolka no dejó de sonreír para no asustar a Elena; escupió una palangana entera de manchas sanguinolentas y al grito de Elena:

—¡Dios mío! ¿¡Qué es esto!?

Respondió:

—Es el azúcar de Vasilisa. ¡Que se lo lleve el diablo! —y tras esas palabras se puso blanco y se desplomó de costado. Nikolka se levantó dos días después, y Vasili Ivánovich Lisóvich ya no existía. Primero en el patio del número trece y luego en toda la ciudad empezaron a llamar Vasilisa al ingeniero, y sólo el poseedor de ese nombre de mujer se presentaba como Lisóvich, presidente del consorcio.

Tras cerciorarse de que la calle se había calmado por completo, de que ya no se oía el chirrido de los escasos trineos que por allí pasaban, y tras escuchar con atención el silbido proveniente del dormitorio de su esposa, Vasilisa se dirigió al recibidor, tocó detenidamente los cerrojos, la falleba, la cadena y el gancho y regresó a su pequeño despacho. De un cajón de su pesado escritorio sacó cuatro relucientes alfileres de gancho. Después fue de puntillas hasta un rincón oscuro y volvió con una sábana y una manta. Aguzó otra vez el oído e incluso se llevó un dedo a los labios. Se quitó el saco, se arremangó y tomó de un estante un frasco con pegamento, un trozo de empapelado prolijamente enrollado y una tijera. Luego se pegó contra la ventana y, haciendo visera con la mano, escudriñó la calle. Cubrió la ventana izquierda hasta la mitad con la sábana y la derecha con la manta, que fijó con ayuda de los alfileres de gancho. Las arregló con cuidado para que no hubiera rendijas. Tomó una silla, se subió a ella y rebuscó algo sobre las filas superiores de los libros; pasó verticalmente la tijera por el empapelado, hacia abajo, y luego en ángulo recto hacia un lado; metió la tijera bajo el corte y abrió un pequeño y prolijo escondrijo del tamaño de dos ladrillos que él mismo había preparado la noche anterior. Hizo a un lado la puertita —una fina placa de zinc—, bajó de la silla, miró temeroso hacia las ventanas, tocó la sábana. De la profundidad del cajón inferior, que abrió con dos tintineantes vueltas de llave, se asomó a la viña del Señor un paquete prolijamente atado en cruz y envuelto en papel de diario. Vasilisa lo enterró en el escondrijo y cerró la puertita. Largo rato estuvo cortando tiras de papel sobre el paño rojo del escritorio, hasta darles la forma que necesitaba. Untadas con pegamento, se ajustaron al corte con tanta precisión que era una maravilla: cada ramo de flor con cada ramo de flor, cada cuadradito con cada cuadradito. Cuando el ingeniero bajó de la silla, se cercioró de que sobre la pared no quedara rastro alguno del escondrijo. Vasilisa se frotó inspirado las manos, arrugó y quemó en la estufa los restos de empapelado, dispersó las cenizas y escondió el pegamento.

En la negra y desierta calle una figura gris, lobuna y harapienta bajó sin hacer ruido de la rama de una acacia sobre la que había estado sentada media hora, sufriendo la helada, pero observando con avidez, a través de una pérfida rendija en el extremo superior de la sábana, la labor del ingeniero, que había atraído su desgracia precisamente por colocar una sábana sobre la ventana teñida de verde. La figura saltó como un resorte sobre un montón de nieve, siguió calle arriba y luego desapareció con su lobuno andar entre las callejuelas; la nevasca, la oscuridad y los montículos se la devoraron y borraron todas sus huellas.

Noche. Vasilisa en el sillón. En la verde sombra parece un calco de Tarás Bulba.11 Bigotes caídos, tupidos —¡qué Vasilisa ni Vasilisa, demonios!—. Es un hombre. Otro tierno sonido de los cajones y ante Vasilisa, sobre el paño rojo, un fajo de oblongos billetes —el verde dorso de naipes—:

Denominación del Tesoro Imperial

50 karbóvanets

equivalentes a billetes de banco

Sobre el dorso, un campesino de bigotes caídos, provisto de una pala, y una campesina con una hoz. Del otro lado, en un marco ovalado, los rostros ampliados y rojizos de esa misma pareja de campesinos. Y también los bigotes caídos, a la ucraniana. Y sobre todo ello, una inscripción de advertencia:

La falsificación se castiga con cárcel

Y una firma resuelta:

Director del Tesoro Imperial: Lebid-Iúrchik

Un Alejandro II de bronce y a caballo, con sudorosas y desgreñadas patillas de hierro, al frente de una formación de caballería, miraba de reojo e irritado la obra de arte de Lebid-Iúrchik y con cariño la lámpara-reina. Desde la pared contemplaba horrorizado los billetes un funcionario con la Orden de Stanislav en el cuello —un ancestro de Vasilisa pintado al óleo—. Bajo la luz verde brillaban suavemente los lomos de Goncharov y Dostoievski, y en vigorosa formación, como caballero de la guardia, se erguía el verdinegro diccionario enciclopédico de Brockhaus y Efrón. Confort.

Los bonos al cinco por ciento estaban bien escondidos en el escondrijo, tras el empapelado. Allí había también quince Catalinas, nueve Pedros, diez Nicolases primeros, tres anillos de brillante, un broche, una Anna y dos Stanislav.

En el escondrijo número 2, veinte Catalinas, diez Pedros, veinticinco cucharitas de plata, reloj de oro con cadena, tres cigarreras (“Al querido colega”, por más que Vasilisa no fumara), cincuenta monedas de diez rublos en oro, saleros, un estuche con cubiertos de plata para seis personas y un colador para el té, también de plata (el escondrijo grande estaba en el cobertizo de la leña: dos pasos en línea recta desde la puerta, uno a la izquierda, uno respecto a la marca de tiza sobre un tronco de la pared. Todo en cajas de galletas Einem, envuelto en hule, juntas alquitranadas y a un metro y medio de profundidad).

El tercer escondrijo, en el desván: a cuarenta centímetros al noreste del tubo de la chimenea, bajo una viga, en la arcilla: pinzas para azúcar, ciento ochenta y tres monedas de diez rublos en oro, títulos por un valor nominal de veinticinco mil rublos.

Lebid-Iúrchik servía para gastos corrientes.

Vasilisa miró hacia atrás, como siempre hacía cuando contaba dinero, y se puso a ensalivar los billetes con su dedo. Su rostro trasuntó una inspiración celestial. Después, de súbito, palideció.

—La falsificación, la falsificación —murmuró con maldad y meneando la cabeza—. Vaya una desgracia, ¿eh?

A los ojos celestes de Vasilisa asomó una aflicción mortal. En la tercera decena, uno. En la cuarta decena, dos. En la sexta, dos. En la novena, tres billetes seguidos, de esos por los cuales Lebid-Iúrchik amenaza con la cárcel. En total, ciento treinta billetes, y, hagan el favor de ver, ocho con claros indicios de falsificación. El campesino luce sombrío cuando debe verse alegre, la hoz no tiene esos misteriosos y fidedignos signos —una coma invertida y dos puntos—, el papel es mejor que el de Lebid-Iúrchik. Vasilisa miró a contraluz y Lebid se transparentaba con manifiesta falsedad desde el lado opuesto.

—Mañana uno al cochero —hablaba consigo mismo Vasilisa—, de todas formas debo viajar; y los otros, por supuesto, en el mercado.

Separó con cuidado los falsos, destinados al cochero y al mercado, y escondió el resto bajo una tintineante vuelta de llave. Se estremeció. Sobre la cabeza, por el techo, resonaron unos pasos acelerados, y aquel silencio mortal fue perturbado por una risotada y unas voces vagas. Vasilisa le dijo a Alejandro II:

—Sírvase ver: nunca hay paz…

El ruido de arriba cesó. Vasilisa bostezó, se acarició sus bigotes de estropajo, quitó de las ventanas la manta y la sábana y encendió una pequeña lámpara en el salón, donde brillaba débilmente la bocina de un gramófono. Diez minutos más tarde, una completa oscuridad reinaba en el piso. Vasilisa dormía junto a su mujer en el húmedo dormitorio. Olía a ratones, a moho, a tedio gruñón y somnoliento. Y he aquí que, en sueños, llegaba Lebid-Iúrchik montado a caballo con ciertos Ladrones de Túshino12 y, con ganzúas, abrían el escondrijo. El valet de corazones se trepaba a la silla, escupía en los bigotes a Vasilisa y le disparaba a quemarropa. Envuelto en sudor frío y lanzando un grito, Vasilisa dio un salto y lo primero que oyó fue a un ratón con su familia afanándose en el comedor sobre un saco de azúcar, y luego unas risas y el sonido, de inaudita ternura, de una guitarra a través del techo y las alfombras…

Detrás del techo empezó a cantar una voz de extraordinaria fuerza y pasión, y la guitarra arrancó con una marcha.

—El único remedio es echarlos del departamento —dijo Vasilisa mientras daba vueltas entre las sábanas—. Esto ya es inadmisible. No hay paz ni de día ni de noche.

¡Avanzan y cantan los cadetes

De la escuela de la guardia!

—Aunque, por lo demás, si llegara a pasar algo… Es cierto que los tiempos ahora son terribles. No se sabe a quién dejas entrar, y estos son oficiales, si pasa algo hay cierta seguridad… ¡Fu! —gritó Vasilisa al furioso ratón.

La guitarra… la guitarra… la guitarra…

***

Cuatro luces en la araña del comedor. Estandartes de humo azul. Las cortinas color crema ocultan por completo el ventanal de la galería. No se oye el reloj. Sobre la blancura del mantel frescos ramos de rosas de invernadero, tres botellas de vodka y finas botellas alemanas de vino blanco. Vasos para el vino, manzanas en resplandecientes fruteras talladas, rodajas de limón, migas, migas, té…

En el sillón, una hoja arrugada del periódico humorístico La Muñeca del Diablo. Flota una niebla en las cabezas, ora lleva a la dorada isla de la alegría inmotivada, ora arroja a las turbias olas de la angustia. Afloran en la niebla palabras desenvueltas:

¡Desnudo no montarás un erizo!

—Vaya alegre gentuza… Y los cañonazos han cesado. ¡Cuá-a-a-anto in-ge-e-e-nio, me lleve el diablo! Vodka, vodka y niebla. ¡Ar-ra-ta-tam! La guitarra.

No cocines la sandía en jabón,

los americanos han vencido.

Mishlaievski, en algún lugar tras la cortina de humo, se echó a reír. Está borracho.

Breitman tiene un juguetón ingenio,

¿dónde están de Senegal los regimientos?13

—¿Dónde? En verdad. ¿Dónde? —indagaba aturdido Mishlaievski.

Paren las ovejas bajo lonas relucientes,

Rodzianko será el futuro presidente.

—¡Si serán talentosos los miserables, no hay vuelta que darle!

Elena, a la que aún no han dejado reponer después de la partida de Talberg… El vino blanco no elimina por completo el dolor, sino sólo atonta; Elena en el lugar del presidente, en el estrecho extremo de la mesa, sobre un sillón. En el opuesto, Mishlaievski, velludo, blanco, en bata, el rostro con manchas a causa del vodka y del furioso cansancio. Sus ojos son dos anillos rojos —la helada, el miedo vivido, el vodka, la rabia—. Por las largas aristas de la mesa, de un lado, Alekséi y Nikolka, y del otro, Leonid Iúrevich Shervinski, antiguo teniente de un regimiento de ulanos de la guardia imperial y hoy edecán en el Estado Mayor del príncipe Belorúkov, y a su lado, el subteniente Stepánov, Fiódor Nikoláievich, artillero, cuyo apodo en el liceo Aleksándrovski era Carasio.

Pequeño, dilatado y en verdad muy parecido a un carasio, tropezó con Shervinski en la misma puerta de los Turbín unos veinte minutos después de la partida de Talberg. Ambos llevaban botellas. Shervinski, cuatro de vino blanco; Carasio, dos de vodka. Shervinski, además, cargaba con un enorme ramo envuelto por completo en tres hojas de papel; va de suyo: rosas para Elena Vasílievna. Carasio, allí mismo, en la puerta, comunicó la noticia: sobre las hombreras, cañones de oro; se acabó la paciencia, todos debían ir a luchar, ya que la universidad, de todas formas, no servía para un diablo, y si Petliura llegaba a la ciudad, serviría aún menos. Todos debían marchar, y los artilleros, sin falta, a la división de morteros. El comandante era el coronel Malíshev, la división era magnífica, y así se llamaba, “estudiantil”. Carasio, desesperado porque Mishlaievski se había enrolado en la estúpida milicia. Una tontería. Quería ser un héroe, se había apresurado. Y vaya a saber el diablo dónde andaría ahora. Quizás hasta lo habían matado en las afueras de la Ciudad…

¡Pero resultó que Mishlaievski estaba allí, arriba! La dorada Elena en la penumbra del dormitorio, ante un marco ovalado con hojas de plata, se empolvó el rostro y salió a recibir las rosas. ¡Hu-urra! Todos aquí. Los dorados cañones de Carasio sobre las arrugadas hombreras eran una verdadera futilidad al lado de las pálidas hombreras de caballería y los azules y planchados pantalones de montar de Shervinski. En los desvergonzados ojos del pequeño Shervinski, la alegría saltó como pelotitas al enterarse de la desaparición de Talberg. El pequeño ulano enseguida sintió, como nunca, el deseo de cantar, y el rosado salón se llenó en efecto de un monstruoso huracán de sonidos; Shervinski cantó un epitalamio al dios Himeneo, ¡y cómo cantó! Sí, quizás todo sea absurdo en el mundo salvo una voz como la de Shervinski. Por supuesto, ahora hay Estados Mayores, esa estúpida guerra, los bolcheviques, Petliura, el deber, pero después, cuando todo se normalice, abandonaría el servicio militar pese a sus contactos en Petersburgo —ustedes saben qué contactos eran esos, o-o-oh—… y a la escena. Cantaría en La Scala y en el teatro Bolshói de Moscú cuando a los bolcheviques los colgaran de los faroles de la plaza del teatro. En la ciudad de Zhmérinka la condesa Léndrikova se había enamorado de él porque al cantar el epitalamio en lugar del fa dio el la y lo sostuvo durante cinco compases. Al decir “cinco”, Shervinski inclinó un poco la cabeza y miró alrededor perplejo, como si otro hubiera dicho eso, y no él.

—Es-s-o es, cinco. Pero bueno, vamos a cenar.

Y ahí estaban los estandartes, el humo…

—¿Dónde están de Senegal los regimientos? Responde, oficial del Estado Mayor, responde. Lénochka, querida, bebe vino, bebe. Todo saldrá bien. Hasta ha hecho mejor en irse. Se abrirá paso hasta el Don y regresará con el ejército de Denikin.

—¡Vendrán! —exclamó Shervinski con voz centellante—. Vendrán. Permítanme comunicarles una noticia importante: yo mismo he visto hoy, en Kreshátik, a aposentadores serbios, y pasado mañana o dentro de tres días, a más tardar, a la Ciudad llegarán dos regimientos serbios.

—Escucha, ¿es cierto eso?

Shervinski se puso morado.

—Hum, hasta es extraño. Si digo que yo mismo lo he visto, esa pregunta me parece fuera de lugar.

—Dos regimientos… ¿Qué son dos regimientos?…

—Bueno, entonces hagan el favor de escucharme. El príncipe en persona me ha dicho hoy que en el puerto de Odessa ya desembarcan transportes; han llegado los griegos y dos divisiones de senegaleses. Basta con que resistamos una semana y podremos mandar al diablo a los alemanes.

—¡Traidores!

—Bueno, si eso es cierto, a Petliura hay que atraparlo y colgarlo. ¡Colgarlo!

—Le dispararé con mis propias manos.

—Bebamos otro trago. ¡A su salud, señores oficiales!

Una vez, ¡y una niebla absoluta! Niebla, señores. Nikolka, tras beber tres copas, corrió a su cuarto a buscar un pañuelo y en el recibidor (cuando nadie observa, se puede ser uno mismo) se dio de lleno contra el perchero. El sable curvo de Shervinski con la reluciente empuñadura de oro. Se lo había regalado un príncipe persa. Hoja de Damasco. No se lo había regalado un príncipe ni la hoja era de Damasco, pero sí que era bello y costoso. Sombrío máuser en la pistolera con correa, el steyr de Carasio con cañón pavonado. Nikolka dio contra la fría madera de la funda, tocó con los dedos la rapaz nariz de los máuseres y casi rompe a llorar de la emoción. Quería batirse ahí mismo, en ese instante, más allá de Post, sobre los campos nevados. ¡Es que daba vergüenza! Era embarazoso… Aquí vodka y calor, y allí oscuridad, nevasca, tempestad, los cadetes congelándose. ¿Qué pensaban en los puestos de mando? Eh, la milicia aún no está preparada, los estudiantes no han sido instruidos y los senegaleses no aparecen por ninguna parte; seguramente eran negros como las botas… ¡Se congelarían aquí como perros! Porque están acostumbrados al clima cálido.

—¡Yo al primero que colgaría sería a su Hetman por cómo están las cosas en la encantadora Ucrania! —gritó el mayor de los Turbín—. ¡Viva la Ucrania libre desde Kiev hasta Berlín! Hace seis meses que se burla de los oficiales rusos, de todos nosotros. ¿Quién prohibió la formación de un ejército ruso? El Hetman. ¿Quién aterrorizó a la población rusa con una lengua abominable que ni siquiera existe en el mundo? El Hetman. ¿Quién esparció toda esa inmundicia con coletas en las cabezas? El Hetman. ¿Y ahora que las cosas fueron a parar al traste empiezan a formarlo? ¿El enemigo está a dos pasos y ahora se acuerdan de milicias y Estados Mayores? ¡Miren, qué bien, miren!

—Siembras el pánico —dijo Carasio con sangre fría.

Turbín se enfureció.

—¿Yo? ¿Pánico? Ustedes sencillamente no quieren entenderme. No es pánico en absoluto, sino que quiero dar rienda suelta a todo lo que se ha acumulado en mi alma. ¿Pánico? No te preocupes. Mañana, ya lo he decidido, iré a esa división y, si su Malíshev no me toma como médico, me enrolaré como soldado raso. ¡Esto ya me tiene podrido! No es pánico…

Un trozo de pepino se le quedó atorado en la garganta; Alekséi empezó a toser con violencia y a ahogarse, mientras Nikolka le daba golpes en la espalda.

—¡Correcto! —ratificó Carasio, asestando un puñetazo a la mesa—. Al diablo con los soldados, te meteremos como médico.

—Mañana iremos todos juntos —murmuró Mishlaievski, borracho—, todos juntos. Todo el liceo imperial Aleksándrovski. ¡Hurra!

—Es un miserable —continuó con odio Turbín—, ¡si él tampoco habla en ese maldito idioma! ¿Eh? Todo lo que hace es reemplazar la “o” por la “i” y cree que habla ucraniano. Anteayer le pregunto a ese canalla del doctor Kuritski —porque vean, ha perdido la costumbre de hablar en ruso desde noviembre del año pasado y pronuncia su apellido a la ucraniana—: “¿Cómo se dice kot (gato) en ucraniano?”. Y él responde: “Kit”. “¿Y cómo se dice kit (ballena)?”, le pregunto. Y él se queda seco, con los ojos desencajados y en silencio. Y ahora no me saluda.

Nikolka lanzó una sonora carcajada y dijo:

—Ellos no pueden tener la palabra kit porque en Ucrania no hay ballenas, pero en Rusia hay muchas. Las hay en el Mar Blanco…

—La movilización —continuó con ponzoña Turbín—. Lástima que no vieron lo que ayer ocurría en las comisarías. Todos los vendedores ilegales de divisas estaban al tanto de la movilización tres días antes de la orden. ¿Qué tal? Todos con hernias, con indicios de tuberculosis, y el que no, sencillamente había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra. Y eso, hermanos, es una señal funesta. Si en los cafés cuchichean antes de la movilización y nadie se presenta, ¡la cosa toma mal color! ¡Oh, canalla, canalla! Si hubiera empezado a formar desde abril cuerpos de oficiales, ahora habríamos tomado Moscú. Comprendan que aquí, en la Ciudad, habría reunido un ejército de cincuenta mil hombres, ¡y qué ejército! Selecto, el mejor, porque todos los cadetes, todos los estudiantes de la universidad y del liceo, los oficiales —los hay por miles en la Ciudad—, todos se habrían sumado de buena gana. No sólo no quedaría ni la sombra de Petliura en Rusia Menor, sino que al mismo Trotski lo habríamos reventado en Moscú como a una mosca. Ahora habría sido el momento indicado; dicen que allí se están morfando a los gatos. Podía haber salvado a Rusia el hijo de perra.

Turbín se cubrió de manchas y las palabras volaban de su boca envueltas en un fino rocío de saliva. Los ojos le ardían.

—Tú… Tú… Mira, tú no deberías ser médico, sino ministro de Defensa, de veras —dijo Carasio. Sonreía irónico, pero las palabras de Turbín le gustaban y lo entusiasmaban.

—Alekséi es un orador insustituible en los mítines —dijo Nikolka.

—Nikolka, ya te he dicho en dos ocasiones que no eres bueno para soltar agudezas —le respondió Turbín—. Mejor bebe vino.

—Comprende —dijo Carasio— que los alemanes no habrían permitido formar un ejército; le temen.

—¡No es verdad! —exclamó con tono agudo Turbín—. Bastaba sólo con tener la cabeza sobre los hombros y siempre hubiéramos podido entendernos con el Hetman. Había que explicarles a los alemanes que nosotros no somos un peligro para ellos. Ahora ya está. ¡Hemos perdido la guerra! Ahora tenemos algo más terrible que la guerra, que los alemanes, que todo en el mundo. Tenemos a Trotski. Esto es lo que había que decirles a los alemanes: “¿Necesitan azúcar, pan? Tomen, engullan, alimenten a los soldados. Atragántense, pero sólo ayúdennos. Déjennos formar un ejército, eso será mejor para ustedes; los ayudaremos a mantener el orden en Ucrania para que nuestros hombres de Dios no se contagien de la plaga moscovita. Y si ahora hubiera un ejército ruso en la Ciudad, estaríamos protegidos de Moscú por un muro de hierro. Y a Petliura… cof, cof… —Turbín tosió con furia.

—¡Alto! —Shervinski se levantó—. Espera. Debo decir algo en defensa del Hetman. Es cierto que se cometieron errores, pero el plan del Hetman era correcto. Oh, él es diplomático. Esta región es ucraniana, aquí hay elementos que quieren parlotear en su lengua natal, ¡déjalos hacer!

—Cinco por ciento, el noventa y cinco por ciento restante son rusos…

—Es verdad. Pero habrían desempeñado el papel… eh… eh… de eterno fermento, como dice el príncipe. Había que tranquilizarlos. Después el Hetman habría hecho tal como tú dices: un ejército ruso y sanseacabó. ¿Qué tal? —Shervinski señaló con aire solemne hacia algún lugar—. En la calle Vladímirskaia ya ondean banderas tricolores.

—¡Han tardado con las banderas!

—Hum, sí. Es verdad. Han tardado un poco, pero el príncipe está seguro de que el error es subsanable.

—Dios quiera, lo deseo sinceramente —y Turbín se santiguó en dirección al ícono de la Virgen que estaba en el rincón.

—El plan era ese —dijo Shervinski con voz sonora y solemne—, cuando la guerra acabara, los alemanes se recobrarían y ayudarían en la lucha contra los bolcheviques. Cuando Moscú estuviera ocupada, el Hetman pondría solemnemente Ucrania a los pies de su majestad imperial Nikolái Aleksándrovich.

Tras ese anuncio, en el comedor reinó un silencio de tumba. Nikolka, apenado, palideció.

—El emperador ha sido asesinado —susurró.

—¿De qué Nikolái Aleksándrovich? —preguntó aturdido Turbín, mientras Mishlaievski, tambaleándose, miraba de reojo el vaso de su vecino. Era claro: de tanto beber para darse coraje terminó borracho como una cuba.

Elena apoyó la cabeza en las palmas de la mano y miró horrorizada al ulano.

Pero Shervinski no estaba particularmente ebrio, levantó la mano y dijo con voz recia:

—No se apuren, escuchen. Pe-e-ero pido a los señores oficiales —Nikolka enrojeció y palideció— que por ahora no digan nada sobre lo que informaré. Bueno, ¿saben lo que ocurrió en el palacio del káiser Guillermo cuando se presentó ante él la comitiva del Hetman?

—No tenemos idea —dijo con interés Carasio.

—Bueno, pues yo lo sé.

—¡Toma! Él lo sabe todo —se asombró Mishlaievski—. Si tú no fuis…

—¡Señores! Déjenlo hablar.

—Después de que el káiser Guillermo hablara benévolamente con la comisión, dijo: “Ahora yo me despido de ustedes, señores, y en adelante con ustedes hablará…”. La antepuerta se abrió y en la sala entró nuestro soberano. Dijo: “Señores oficiales, vayan a Ucrania y formen sus regimientos. Cuando llegue el momento, me pondré en persona al frente del ejército y lo conduciré al corazón de Rusia: a Moscú”, y se echó a llorar.

Shervinski paseó su luminosa mirada por el grupo, bebió de un trago un vaso de vino y frunció el ceño. Tenía diez ojos clavados sobre él, y el silencio reinó hasta que se sentó y picó un trozo de jamón.

—Escucha… Eso es una leyenda —dijo Turbín, frunciendo con pena el entrecejo—. Ya he oído esa historia.

—Han sido todos asesinados —dijo Mishlaievski—, el soberano, la soberana y el heredero.

Shervinski miró de reojo la estufa, tomó mucho aire y declaró:

—Hacen mal en no creer. La noticia de la muerte de su majestad imperial…

—Está algo exagerada —acotó Mishlaievski en un ebrio intento de ser gracioso.

Elena se estremeció de la indignación y salió de la niebla.

—Vitia, debería darte vergüenza. Eres oficial.

Mishlaievski se sumió en la niebla.

—… inventada por los propios bolcheviques. Al soberano lograron salvarlo con ayuda de su fiel ayo… Es decir, perdón, del ayo de su heredero, mesié Gilliard, y de varios oficiales que se lo llevaron… eh… a Asia. De allí alcanzaron Singapur y por mar regresaron a Europa. Y ahora el soberano es huésped del káiser Guillermo.

—¿Pero si a Guillermo no lo han echado también? —comenzó Carasio.

—Ambos son huéspedes en Dinamarca, y con ellos está la augusta madre del soberano, Maria Fiódorovna. Si no me creen, escuchen: me lo dijo el príncipe en persona.

El alma de Nikolka gimió, presa de la turbación. Quería creer.

—Si es así —dijo de pronto con entusiasmo, se levantó de un salto y se secó el sudor de la frente—, propongo un brindis: ¡A la salud de su majestad imperial!

Su vaso brilló y las doradas flechas doradas atravesaron el vino blanco alemán. Las espuelas resonaron contra las sillas. Mishlaievski se incorporó, se tambaleó y se sostuvo de la mesa. Elena se levantó. Su dorada hoz se destrenzó y los mechones le colgaron de las sienes.

—¡No importa! ¡No importa! Incluso si está muerto —gritó con voz ronca y quebrada—. Da igual. Bebo por él. Bebo por él.

—Jamás, jamás se le perdonará su abdicación en la estación de Dno. Jamás. Pero da igual, ahora hemos aprendido de la amarga experiencia y sabemos que a Rusia sólo puede salvarla la monarquía. Por eso, si el emperador está muerto, ¡que viva el emperador! —gritó Turbín con el vaso en alto.

—¡Hu-u-rr-a! ¡Hu-u-rr-a! ¡Hu-u-rr-a-a! —resonó tres veces en la habitación.

Vasilisa, abajo, se levantó de un salto y envuelto en frío sudor. Medio dormido, gritó a voz en cuello y despertó a Vanda Mijáilovna.

—¡Santo Dios!… San… San… —murmuró Vanda, agarrándose la camisa.

—¿Qué es esto? ¡Las tres de la madrugada! —gritó entre lágrimas Vasilisa, dirigiéndose al negro techo—. ¡Me quejaré de una vez por todas!

Vanda comenzó a gimotear. De pronto ambos quedaron petrificados. Desde arriba, nítida, atravesando el techo, irrumpió una densa y grasosa ola sobre la que se imponía, cual campana, una poderosa y estridente voz de barítono:

… fue-e-erte, so-o-oberano-o-o

Gobier-r-r-r-na para nuestra gloria…14

A Vasili se le detuvo el corazón, e incluso las piernas se le cubrieron de un sudor frío. Con la lengua convertida en paño, balbuceó:

—No… Estos son unos dementes… Pueden meternos en un lío del que no saldremos. ¡Si el himno está prohibido! ¡Dios mío! ¿Qué están haciendo? ¡Se oye desde la calle, desde la calle!

Pero Vanda ya había caído como una piedra y otra vez dormía. Vasilisa, por su parte, se acostó sólo cuando el último acorde se esfumó allí arriba en medio de gritos y un confuso estrépito.

—¡En la Rus’ sólo es posible una cosa: la fe ortodoxa y el poder de la autocracia! —gritó tambaleándose Mishlaievski.

—¡Es verdad!

—Yo… fui a ver Pablo I… hace una semana… —balbuceó a duras penas Mishlaievski—, y cuando el artista pronunció estas palabras, no me contuve y grité: “¡Es ver-r-r-dad!”, ¿y qué creen?, todos alrededor aplaudieron. Y sólo un miserable gritó desde la galería: “¡Idiota!”.

—Ju-dí-os —exclamó Carasio, sombrío y ebrio.

Niebla. Niebla. Niebla. Tonk-tank… Tonk-tank… Beber vodka ya es absurdo, beber vino ya es absurdo; llega hasta la boca del estómago y regresa. En el estrecho paso del pequeño excusado, donde la lámpara saltaba y danzaba en el techo como encantada, todo se enturbiaba y balanceaba. Mishlaievski, pálido y extenuado, vomitaba violentamente. Turbín, borracho, terrible, con un tic nervioso en la mejilla y el cabello adherido a la frente, sostenía a Mishlaievski.

—A-a-rgh…

Este al fin lanzó un gemido, se apartó del lavamanos, puso sus apagados ojos en blanco y quedó colgando de los brazos de Turbín como un saco maltrecho.

—Ni-kol-ka —sonó entre humo y negras franjas una voz, y sólo al cabo de unos segundos Turbín comprendió que esa voz era la propia—. ¡Ni-kol-ka! —repitió. La blanca pared del excusado se tambaleó y se puso verde. “Di-os, Di-os, qué asqueroso y nauseabundo. Juro que nunca más mezclaré vodka y vino”—. ¡Nikol…!

—A-ah —exhaló ronco Mishlaievski al sentarse en el suelo.

La negra rendija se ensanchó y en ella aparecieron la cabeza y la sardineta de Nikolka.

—Nikol… Ayúdame, tómalo. Tómalo así, del brazo.

—Ay, ay, ay —murmuró Nikolka, meneando con lástima la cabeza y tensando sus fuerzas.

El cuerpo semimuerto se balanceó, las piernas se arrastraron por el suelo y se separaron en diferentes direcciones, y la cabeza, inerte, quedó colgada como de un hilo. Tonk-tank. El reloj se apartó de la pared y volvió a apoyarse contra ella. Las florcitas de las tazas danzaban en ramos. El rostro de Elena ardía de manchas, y un mechón de cabellos bailaba sobre su ceja derecha.

—Eso es. Acuéstalo.

—Al menos crúzale la bata. Es embarazoso, estoy aquí. Malditos diablos. No saben beber. ¡Vitka! ¡Vitka! ¿Qué te pasa? ¡Vit…!

—Basta. No servirá de nada. Nikólushka, escucha. En mi despacho… sobre un estante, hay un frasco con la inscripción Liquor ammonii, fíjate que la punta de la etiqueta fue a parar al diablo… Tiene olor a amoníaco.

—Ya voy… Ya voy… Ay, ay.

—Y tú, doctor, buena la has hecho…

—Bueno, está bien, está bien.

—¿Qué? ¿No tiene pulso?

—No, es una pavada, se le pasará.

—¡La palangana! ¡La palangana!

—Aquí la tiene, haga la bondad.

—A-a-argh…

—¡Vaya con ustedes!

Penetrante olor a amoníaco. Carasio y Elena le abrieron la boca a Mishlaievski. Nikolka lo sostenía, y dos veces Turbín le hizo tragar aquel líquido turbio y blanquecino.

—Ah… jrr… u-u-j… Tff… fu…

—Nieve, nieve…

—Dios mío. ¿Es necesario así?…

Un trapo mojado en la frente, del que chorreaban gotas sobre la sábana; bajo el trapo y los párpados húmedos se veían los ojos inflamados; sombras amoratadas asomaban sobre la afilada nariz. Durante unos quince minutos, empujándose con los codos y agitándose, trajinaron con el vencido oficial hasta que al fin este abrió los ojos y lanzó un gemido:

—Ah… Déjame…

—Eso es. Bueno, que duerma aquí.

En todas las habitaciones se encendieron las luces; iban de aquí para allí preparando las camas.

—Leonid Iúrevich, usted acuéstese aquí, junto a Nikolka.

—Muy bien.

Shervinski, de un color rojo cobrizo, pero animado, hizo sonar las espuelas y al inclinarse mostró la raya de su peinado. Las blancas manos de Elena fulguraban sobre los almohadones del sofá.

—No se preocupe… Lo haré yo.

—Usted apártese. ¿Por qué tira del almohadón? No necesito su ayuda.

—Permítame besarle la manito…

—¿Con qué motivo?

—En agradecimiento a sus desvelos.

—Me las arreglo bien por ahora… Nikolka, tú duerme en tu cama. ¿Y? ¿Cómo está él?

—Bien, ya se le ha pasado, dormirá la mona.

Dos lechos blancos fueron tendidos en la habitación contigua a la de Nikolka, detrás de dos armarios muy arrimados y repletos de libros. En la familia del profesor ese era el nombre que daban al cuarto: la librería.

***

Y apagaron las luces, las apagaron en la librería, en el cuarto de Nikolka, en el comedor. A través de la estrecha rendija que había entre las puertas del comedor salía una franja rojo oscuro proveniente del dormitorio de Elena. La luz la agobiaba, por eso había colocado sobre la lámpara de la mesa de noche un capuchón rojo oscuro. En otros tiempos, por las noches, Elena iba con ese capuchón al teatro, cuando sus manos, labios y abrigo olían a perfume, y su rostro iba fina y tiernamente empolvado, y bajo el capuchón Elena observaba como la Liza de La dama de picas.15 Pero en el último año el capuchón se había puesto viejo de un modo rápido y extraño, los frunces se habían deshilachado y oscurecido, y las cintas se habían raído. Como la Liza de La dama de picas, la pelirroja Elena, con las manos caídas sobre las rodillas, estaba en bata y sentada sobre la cama. Sus pies desnudos se hundían en la vieja y gastada piel de oso. La efímera resaca ya se le había pasado, y una aflicción negra e inmensa le cubría la cabeza como aquel capuchón. De la habitación contigua, a través de la puerta condenada por un armario, llegaban sordamente los agudos silbidos de Nikolka y los vitales y animados ronquidos de Shervinski. De la librería, el silencio mortal de Mishlaievski y Carasio. Elena estaba sola, por eso no se contenía y hablaba, ora a media voz, ora para sus adentros, moviendo apenas los labios, con el capuchón, con aquella luz y con las dos negras manchas de las ventanas.

—Se ha marchado…

Farfulló, entornó sus ojos secos y quedó pensativa. Sus pensamientos eran incomprensibles para ella misma. Se había marchado, y en un momento así. Pero permítanme, es un hombre muy juicioso y ha hecho muy bien en marcharse… Eso será para mejor…

—Pero en un momento así… —murmuró Elena y lanzó un hondo suspiro.

—¿Qué clase de hombre es? —Era como si ella lo amara e incluso estuviera apegada a él. Y ahora esa angustia extraordinaria en la soledad de la habitación, junto a esas ventanas que hoy parecen sepulcrales. Pero ni ahora ni en todo aquel tiempo, el año y medio que había vivido con ese hombre, había sentido en su alma aquello principal sin lo cual no puede, de ningún modo, existir incluso un matrimonio tan brillante como el de la bella, pelirroja y dorada Elena y un trepador del Estado Mayor general, un matrimonio con capuchones, con perfume, con espuelas y libre de cargas, sin hijos. Un matrimonio con un precavido hombre del Báltico, miembro del Estado Mayor general. ¿Y qué clase de hombre es? ¿Y qué es eso principal sin lo cual mi alma está vacía?

—Lo sé, lo sé —se dijo a sí misma Elena—, lo que no hay es respeto. Sabes, Seriozha, no tengo respeto hacia ti —dijo significativamente al capuchón rojo y levantó un dedo. Y, horrorizada por lo que acababa de decir, se horrorizó de su soledad y quiso que él estuviera allí en ese instante. Sin respeto, sin eso principal, pero que estuviera allí en ese difícil momento. Se ha marchado. Y mis hermanos lo han besado. ¿Acaso era tan necesario? Aunque, espera, ¿qué estoy diciendo? ¿Qué otra cosa iban a hacer? ¿Retenerlo? Por nada del mundo. Mejor que no esté en este momento tan difícil, y no hace falta, antes que lo hubieran retenido. Por nada del mundo. Que se marche. Besar lo han besado, pero en el fondo de su alma lo odian. A fe mía. Te mientes a ti misma, te mientes y, cuando lo piensas, todo es claro: lo odian. Nikolka es más bueno, pero el mayor… Aunque no. Aliosha también es bueno, pero parece odiarlo más. ¡Dios! ¿Qué estoy pensando? Seriozha, ¿qué estoy pensando sobre ti? ¿Y si de repente cortan los caminos?… Él se quedará allí, y yo estoy aquí…

—Mi marido —dijo suspirando, mientras se desabrochaba la bata—. Mi marido…

El capuchón escuchaba con interés, y sus mejillas resplandecían en saturada luz roja. Preguntaba:

—¿Y qué clase de hombre es tu marido?

***

—Es un miserable. ¡Nada más! —se dijo a sí mismo Turbín, en soledad, separado de Elena por una habitación y el recibidor. Los pensamientos de Elena llegaron hasta él y lo abrasaban ya hacía varios minutos—. Él es un miserable, y yo en verdad un blandengue. Si no lo eché, al menos debía haberme retirado en silencio. Márchate al diablo. Ni siquiera es un miserable por haber abandonado a Elena en un momento así; eso, en última instancia, es una nimiedad, una tontería; no, lo es por una razón muy diferente. Pero ¿por cuál, exactamente? Ah, diablos, lo comprendo a la perfección, ¡Oh, muñeco del demonio, privado del más mínimo concepto del honor! Todo lo que dice, lo dice porque el aire es gratis, y es un oficial de la academia militar, lo mejor que se supone que hay en Rusia…

El departamento callaba. La franja que salía del dormitorio de Elena se apagó. Elena se durmió, y sus pensamientos también se apagaron, pero Turbín siguió largo rato atormentándose en su pequeño cuarto, junto al pequeño escritorio. El vodka y el vino alemán le habían jugado una mala pasada. Estaba sentado y, con los ojos inflamados, observaba la página del primer libro que había encontrado, regresando sin sentido al mismo punto:

Para el hombre ruso, el honor no es sino una carga innecesaria…16

Sólo antes del amanecer se desvistió y se durmió, y he aquí que, en sueños, se le apareció una pesadilla de pequeña estatura con pantalones a grandes cuadros y le dijo con aire burlón:

—¡Desnudo no montarás un erizo!… La santa Rus’ es un país de madera, pobre y… peligroso, y para el hombre ruso, el honor no es sino una carga innecesaria.

—¡Ay de ti! —gritó en sueños Turbín—. Basura, te voy a dar. —Turbín, en sueños, se deslizó hasta el cajón del escritorio para tomar la browning; somnoliento, la tomó, quiso disparar a la pesadilla, se echó a correr tras ella, y la pesadilla desapareció.

Durante dos horas transcurrió un sueño turbio, negro, sin imágenes, y cuando ya comenzaba a extenderse una claridad pálida y tierna tras las ventanas del cuarto que daba a la galería, Turbín empezó a soñar con la Ciudad.

4

Como un panal de múltiples pisos humeaba y alborotaba y vivía la Ciudad. Bella en la helada y en la niebla sobre las colinas, por encima del Dniéper. Días enteros las innumerables chimeneas despedían espirales de humo hacia el cielo. Las calles se envolvían en humo y la nieve, gigantesca, crujía bajo los pies. Y se amontonaban los edificios de cinco, seis y siete pisos. De día sus ventanas lucían negras, y de noche ardían en filas sobre el firmamento azul oscuro. En cadenitas, hasta donde alcanzaban los ojos, como piedras preciosas, resplandecían las esferas eléctricas que, en lo alto, pendían de los intrincados brazos de los largos y grises postes. De día, con un zumbido agradable y parejo, corrían los tranvías con sus mullidos y amarillos asientos de paja, según el modelo extranjero. De cuesta en cuesta, lanzando gritos, viajaban los cocheros, y los oscuros cuellos —piel plateada y negra— hacían bellos y misteriosos los rostros femeninos.

Los jardines se alzaban mudos y serenos, agobiados por la nieve, blanca e intacta. Y en la Ciudad había tantos jardines como en ninguna otra ciudad del mundo. Se esparcían por doquier como enormes manchas, con alamedas, castaños, barrancos, arces y tilos.

Los jardines descollaban en las hermosas colinas que descendían sobre el Dniéper, y, elevándose y extendiéndose en terrazas, a veces en millones de abigarradas manchas de luz solar, a veces en tiernas penumbras, reinaba el eterno Jardín del Zar. Las viejas vigas de la balaustrada, ennegrecidas y podridas, no obstruían el paso hacia despeñaderos de temible altura. Muros verticales, barridos por la nevasca, caían sobre las lejanas terrazas inferiores, que se ampliaban, se dispersaban y se transformaban en bosquecillos ribereños sobre la carretera que serpenteaba por la orilla del gran río, cuya oscura y ceñida cinta se perdía en la bruma, hacia donde el ojo humano no llega incluso desde las alturas de la Ciudad, donde están los argénteos rápidos del Dniéper, Zaporózhskaia Siech, Quersoneso y, más allá, el mar.

En invierno, como en ninguna ciudad del mundo, descendía la calma sobre las calles y pasajes de la Ciudad alta, sobre las colinas, y de la Ciudad baja, que se extendía por los meandros del congelado Dniéper, y todo el ruido de las máquinas se extinguía en el interior de los edificios de ladrillo, se atenuaba y emitía un gruñido bastante sordo. Toda la energía que la Ciudad había acumulado durante el soleado y tormentoso verano se derramaba en la luz. Desde las cuatro de la tarde, la luz comenzaba a encenderse en las ventanas de las casas, en las redondas esferas eléctricas, en los faroles de gas, en los faroles que iluminaban los números de las casas y en los interminables ventanales de las estaciones eléctricas, que hacían pensar en el terrible y vano futuro eléctrico de la humanidad, en sus interminables ventanales, donde se veían máquinas que hacían girar incansablemente sus desesperadas ruedas y hacían temblar la tierra hasta sus mismos cimientos. Jugaba con la luz y se tornasolaba, resplandecía, danzaba y titilaba la Ciudad por las noches, hasta el mismo amanecer, y por la mañana se apagaba, se vestía de humo y niebla.

Pero mejor que todo centelleaba la blanca cruz eléctrica en las manos del inmensísimo príncipe Vladímir sobre la colina del mismo nombre; se veía desde lejos, y a menudo, en verano, en la negra bruma, en los tortuosos meandros y remansos del viejo río, desde el mimbreral, los botes la veían y, guiándose por su luz, daban con la ruta hacia la Ciudad y sus muelles. En invierno, la cruz resplandecía en la negra espesura del cielo y reinaba fría y serena sobre las oscuras y lejanas pendientes de la orilla oriental, de la que salían dos puentes enormes. Uno, el Nikoláievski, pesado, de cadenas, llevaba al suburbio de la otra orilla; por el otro, elevado, con forma de flecha, llegaban los trenes desde muy muy lejos, donde se hallaba, con su abigarrado gorro extendido, la misteriosa Moscú.

***

Y bien, en el invierno de 1918, la Ciudad vivía una vida extraña y artificial que muy posiblemente no vuelva a repetirse en el siglo veinte. Tras las paredes de ladrillo, todos los departamentos estaban abarrotados. Sus antiguos moradores se apretaban y seguían apretándose, dando lugar, de grado o por la fuerza, a los nuevos habitantes que llegaban a la Ciudad, precisamente por ese puente con forma de flecha y procedentes de aquel lugar envuelto en enigmáticas brumas grises.

Arribaban canosos banqueros con sus esposas; talentosos hombres de negocios que habían dejado apoderados en Moscú con el encargo de no perder contacto con ese nuevo mundo que nacía en el reino de Moscú; propietarios que habían dejado sus casas a sus fieles y secretos dependientes; industriales; mercaderes; abogados; hombres públicos. Arribaban periodistas de Moscú y San Petersburgo, venales, codiciosos, cobardes. Rameras. Honradas damas de familias aristocráticas con sus tiernas hijas, pálidas libertinas de Petersburgo con sus carmines labios pintados. Arribaban secretarios de directores de departamento, jóvenes pederastas pasivos. Arribaban príncipes y avaros, poetas y usureros, gendarmes y actrices de los teatros imperiales. Toda esa masa penetraba por una rendija y mantenía su camino hacia la Ciudad.

Toda la primavera, desde la elección del Hetman, la Ciudad se fue llenando y llenando de forasteros. En los departamentos dormían sobre las sillas y los sofás. Comían en grandes grupos en las casas ricas. Se abrieron innumerables puestos que vendían comestibles y paté hasta bien entrada la noche, cafeterías en las que servían café y en las que se podía comprar una mujer, nuevos teatros de miniaturas sobre cuyas tablas se contorsionaban y hacían reír al público los actores más famosos llegados al vuelo desde las dos capitales; se abrió el célebre teatro El Negro Lila y el majestuoso club Restos,17 cuya vajilla resonaba hasta la primera luz del día sobre la calle Nikoláievskaia. Enseguida salieron nuevos periódicos, y las mejores plumas de Rusia comenzaron a escribir en ellos folletines en los cuales se denigraba a los bolcheviques. A lo largo del día, los cocheros llevaban a hombres canosos de restaurante en restaurante, y por las noches en los cabarets tocaban los instrumentos de cuerda y, entre el humo del tabaco, relucían con una belleza celestial los rostros de blancas, extenuadas y encocainadas prostitutas.

La Ciudad se hinchaba, se ensanchaba, se desbordaba como masa fermentada del recipiente. Hasta el mismo amanecer murmuraban los clubes de juego, en los que jugaban personalidades de Petersburgo y personalidades de la Ciudad e importantes y orgullosos tenientes y mayores alemanes a los que los rusos temían y respetaban. Jugaban truhanes de los clubes de Moscú y terratenientes ruso-ucranianos cuyas propiedades pendían de un hilo. En el café Maksim hacía silbar como un ruiseñor el violín un rumano encantador y rollizo de cabello aterciopelado y ojos maravillosos, tristes, lánguidos y morados en torno a las pupilas. Las lámparas, envueltas en chales gitanos, arrojaban dos luces: hacia abajo, blanca, eléctrica; hacia los lados y hacia arriba, anaranjada. El techo se derramaba en una polvorienta seda celeste con forma de estrella; en los celestes palcos resplandecían gruesos brillantes y refulgían las rojizas pieles siberianas. Y olía a café tostado, a sudor, a alcohol y a perfume francés. Todo el verano del año dieciocho por la calle Nikoláievskaia se oían los pasos de presumidos choferes con caftanes enguatados, y los coches proyectaban sus conos de luz hasta la madrugada. En las vidrieras de las tiendas se veían afelpados bosques de flores; lomos de esturión colgaban como rollos de grasa dorada; las águilas y etiquetas del magnífico champán Arbau emitían lánguidos destellos.

Y durante todo el verano, todo el verano, fueron entrando y entrando a presión recién llegados. Aparecieron cartilaginosos y pálidos tenores solistas de barba gris y rasurada, ojos insolentes y botas laqueadas; miembros de la Duma estatal con quevedos; putas de resonantes apellidos; jugadores de billar… Llevaban a las jóvenes a las tiendas a comprar lápices labiales y pantalones de batista con monstruosos cortes. También les compraban laca.

Despachaban montones de cartas por la única vía libre, a través de la turbulenta Polonia (ni el diablo sabía, por cierto, qué ocurría en ella y qué clase de nuevo país era ese) hacia Alemania, el gran país de los honrados teutones, solicitando visas, giros de dinero, oliéndose acaso que habría que viajar más y más lejos, adonde jamás llegarían los terribles combates y el estrépito de los regimientos bolcheviques. Soñaban con Francia, con París, se ponían tristes al pensar que llegar allí era muy difícil, casi imposible. Más tristes se ponían aún durante esos terribles y no del todo claros pensamientos que de pronto acudían en las noches de insomnio sobre sofás ajenos.

—¿Y si de repente? ¿Y si de repente? ¿Y si de repente estalla ese cordón de hierro… y nos invaden los grises? ¡Oh, qué terrible!…

Tales pensamientos acudían en aquellas ocasiones en las que a lo lejos, a lo lejos, se oía el suave tronar de los cañones; en las afueras de la Ciudad, por algún motivo, dispararon durante todo el espléndido y cálido verano, cuando en todas partes la calma era protegida por los metálicos alemanes, y en la propia Ciudad se oían constantemente los sordos disparos en los suburbios: pa-pa-paj.

Quién disparaba a quién, nadie lo sabía. Sucedía por las noches. De día se tranquilizaban: de vez en cuando veían pasar por la calle principal, Kreshátik, o por Vladímirskaia, un regimiento de húsares alemanes. ¡Ah, y qué regimiento! Gorros afelpados sobre rostros orgullosos, correas escamadas sujetando barbillas de piedra, bigotes pelirrojos dirigidos como flechas hacia arriba. Los caballos de los escuadrones, gallardos alazanes de un metro y sesenta centímetros de cruz, marchaban bien alineados, y las guerreras de color gris azulado de los seiscientos jinetes semejaban los uniformes de hierro de sus pesados líderes alemanes en los monumentos de Berlín.

Al verlos, se alegraban y tranquilizaban, y, enseñando los dientes con maliciosa alegría tras el alambre de púas de la frontera, decían a los lejanos bolcheviques:

—¡A ver, métanse!

A los bolcheviques los odiaban. Pero no con un odio manifiesto, cuando el que odia quiere ir a batirse y matar, sino con un odio cobarde, bisbiseante, desde un rincón, desde la oscuridad. Los odiaban por las noches, mientras se dormían en una confusa angustia; de día, en los restaurantes, cuando leían los periódicos, en los que se describía cómo los bolcheviques disparaban con máuseres en las nucas de los oficiales y banqueros y cómo en Moscú los tenderos comerciaban carne de caballo infectada con muermo. Los odiaban todos, los mercaderes, los banqueros, los industriales, los abogados, los actores, los propietarios de viviendas, las rameras, los miembros del sóviet del Estado, los ingenieros, los médicos y los escritores…

***

Eran oficiales. Huían desde el norte, desde el oeste —el antiguo frente— y todos se dirigían a la Ciudad; había muchos y cada vez eran más. Arriesgaban la vida, pues a la mayoría de ellos, sin dinero y con el indeleble sello de su profesión, les resultaba muy difícil obtener documentos falsos y atravesar la frontera. Sin embargo, lograban hacerlo y aparecían en la Ciudad con la mirada acosada, piojosos y barbudos, sin hombreras, y se iban adaptando a ella para comer y vivir. Había entre ellos antiguos habitantes de la Ciudad que volvían de la guerra a sus nidos habituales con la misma idea que la de Alekséi Turbín, descansar y descansar y comenzar una nueva vida no militar, sino corriente y humana, y había cientos y cientos de forasteros que ya no podían permanecer ni en Petersburgo ni en Moscú. Algunos de ellos —coraceros, caballeros de la guardia real, oficiales de la caballería imperial y húsares de la guardia— salían a flote con facilidad en la turbia espuma de la alarmada Ciudad. La escolta del Hetman marchaba con fantásticas hombreras y a sus mesas se sentaban hasta doscientas personas con aceitadas rayas en el pelo y amarillentos dientes careados con resplandecientes emplomaduras de oro. A quienes no albergaba la escolta los albergaban costosos abrigos con cuellos de castor y penumbrosos departamentos con roble tallado en la mejor parte de la Ciudad, Lipki, o en restaurantes y hoteles…

Otros eran capitanes del Estado Mayor de regimientos acabados y deshechos, húsares que habían peleado en el frente, como el coronel Nai-Turs, cientos de alféreces y subtenientes, antiguos estudiantes como Stepánov —Carasio—, arrojados de la rueda de la vida por la guerra y la revolución, y tenientes, también antiguos estudiantes, pero acabados por siempre para la universidad, como Víktor Víktorovich Mishlaievski. Con capotes grises y raídos, heridas aún no cicatrizadas y marcas de hombreras arrancadas, llegaban a la Ciudad y, en casa de sus familias o de familias ajenas, dormían sobre sillas, se tapaban con los capotes, bebían vodka, corrían, trajinaban y hervían de rabia. Estos últimos odiaban a los bolcheviques con un odio ardiente y directo, ese que puede incitar a batirse.

Había cadetes. En la Ciudad, cuando comenzó la revolución, quedaban cuatro escuelas de cadetes: de ingeniería, de artillería y dos de infantería. Cerradas y desmanteladas bajo el estruendo de los disparos, habían arrojado a las calles, mutilados, a colegiales recién egresados, a flamantes estudiantes de diecisiete años, ni niños ni adultos, ni civiles ni militares, tales como Nikolka Turbín…

***

—Todo eso, por supuesto, es muy encantador, y el Hetman reina sobre todo. Pero le juro que sigo sin saber, y lo más probable es que no lo sepa hasta el fin de mi vida, qué viene a ser ese inaudito soberano con un título más propio del siglo diecisiete que del veinte.

—¿Y quién es, Alekséi Vasílievich?

—Un general, caballero de la guardia real, el terrateniente más grande y rico, y se llama Pável Petróvich…

Por alguna extraña burla del destino y de la historia, su elección, acontecida en abril del célebre año, tuvo lugar en un circo. A los futuros historiadores esta circunstancia seguramente les dará un abundante material para la risa. Los habitantes de la Ciudad, en cambio, en particular los que ya se habían asentado y experimentaban los primeros estallidos de la lucha intestina, no estaban no sólo para bromas, sino tampoco en general para cualquier tipo de reflexión. La elección se había realizado con pasmosa velocidad, gracias a Dios. El Hetman fue erigido en soberano, estupendo. Sólo si hubiera carne y pan en los mercados, y si en las calles no hubiera disparos, y si, por Dios nuestro Señor, no hubiera bolcheviques, y si el pueblo sencillo no saqueara. Qué se le va a hacer, todo eso más o menos sucedió bajo el Hetman, incluso en grado considerable. Al menos, los petersburgueses y moscovitas que llegaban y la mayoría de los ciudadanos, si bien se reían del extraño país del Hetman, al cual llamaban, al igual que el capitán Talberg, una opereta y un reino de la farsa, bendecían sinceramente al Hetman… y… “quiera Dios que esto se prolongue para siempre”.

Pero ¿podía eso prolongarse para siempre? Nadie podía afirmarlo, ni siquiera el propio Hetman. Así es, señores.

Lo que ocurre es que la Ciudad es la Ciudad, en ella hay guardia civil —la varta—, ministerios, incluso el ejército, y periódicos con diversos nombres, pero lo que sucedía alrededor, en esa auténtica Ucrania que por tamaño es más grande que Francia y en la que viven decenas de millones de personas, eso no lo sabía nadie. No sabían, no sabían nada, no sólo de los parajes alejados, sino tampoco —ridículo es decirlo— de las aldeas situadas a cincuenta kilómetros de la propia Ciudad. No sabían, pero odiaban con toda el alma. Y cuando desde misteriosas regiones que llevaban el nombre de aldea llegaban confusas noticias acerca de que los alemanes saqueaban a los campesinos y los castigaban sin piedad, ametrallándolos, no sólo no se alzaba ni una voz indignada en defensa de los campesinos ucranianos, sino que a veces, bajo las pantallas de seda de los cuartos de estar, se mostraban los dientes en lobuno ademán y se oía susurrar:

—¡Se lo merecen! ¡Se lo merecen y es poco aún! Yo les daría más duro. Para que se acuerden de la revolución. Ya les enseñarán los alemanes. ¡No quisieron a los suyos, que prueben a los extranjeros!

—Oh, qué insensatas son sus palabras, oh, qué insensatas.

—¡Pero qué dice, Alekséi Vasílievich!… Si son unos canallas. Son unas bestias salvajes. Está bien. Los alemanes les mostrarán.

¡¡Los alemanes!!

¡¡Los alemanes!!

Y por doquier:

¡¡Los alemanes!!

¡¡Los alemanes!!

Está bien: aquí hay alemanes, y allí, tras el lejano cordón, donde se extienden los azulados bosques, hay bolcheviques. Sólo dos fuerzas.

5

Así pues, como caída del cielo, apareció la tercera fuerza sobre el enorme tablero de ajedrez. Así un jugador malo y poco inteligente, tras protegerse con una fila de peones de su terrible adversario (dicho sea de paso, los peones son muy parecidos a los alemanes con sus jofainas), agrupa a sus oficiales en torno a su rey de juguete. Pero la pérfida reina del contrincante se abre súbitamente camino desde un costado, alcanza la retaguardia y comienza a derribar por detrás los peones y los caballos y declara un terrible jaque, y tras la reina llega un impetuoso y ligero alfil-oficial, se acercan en zigzagueante y pérfida carrera los caballos, y ya está, sucumbe el débil y mal jugador: su rey de madera recibe el jaque mate.

Todo eso sucedió rápido, pero no de súbito, y fue precedido por algunos presagios.

Una vez, en mayo, cuando la Ciudad despertó resplandeciente como una perla de visos turquesas y el sol salió rodando a alumbrar el reino del Hetman, cuando los ciudadanos ya se movían como hormigas para atender sus asuntillos y los somnolientos dependientes comenzaban a levantar en las tiendas las tronantes cortinas, surcó la Ciudad un sonido terrible y siniestro. Era de un timbre inaudito, ni un cañón ni un trueno, pero tan fuerte que muchos postigos se abrieron solos y todos los vidrios temblaron. Después el sonido se repitió, recorrió otra vez toda la Ciudad alta, se precipitó en ondas sobre la Ciudad baja, sobre Podol, y, atravesando el bello y azul Dniéper, se perdió en dirección a la lejana Moscú. Los ciudadanos despertaron y en las calles comenzó la agitación, que cundió de inmediato, puesto que desde Pechersk, en la Ciudad alta, corrían personas mutiladas y ensangrentadas lanzando aullidos y alaridos… Y el sonido llegó una tercera vez, con tal intensidad que en las casas de Pechersk empezaron a desprenderse con estrépito los vidrios y el piso se tambaleó bajo los pies.

Muchos vieron allí mujeres que corrían sólo en camisón y que gritaban con voces aterradas. Pronto averiguaron de dónde provenía el sonido. Venía del Monte Pelado, más allá de la ciudad, sobre el mismo Dniéper, donde había inmensos depósitos de municiones y pólvora. En el Monte Pelado se había producido una explosión.

Luego de ello, la Ciudad vivió cinco días aguardando con horror la llegada de gases tóxicos desde el Monte Pelado. Pero las detonaciones cesaron, los gases no llegaron, los ensangrentados desaparecieron y la Ciudad adquirió su aspecto apacible en todos los barrios, excepto en un pequeño rincón de Pechersk donde se habían derrumbado varias casas. Huelga decir que el comando alemán inició una rigurosa investigación, y huelga decir que la Ciudad no supo nada sobre las causas de la explosión. Circulaban distintas versiones.

—La explosión la causaron espías franceses.

—No, la explosión la causaron espías bolcheviques.

Todo terminó en que de la explosión sencillamente se olvidaron.

El segundo presagio ocurrió en verano, cuando la Ciudad rebosaba de pujante y polvoriento verde, tronaba y retumbaba y los tenientes alemanes bebían mares de soda. ¡El segundo presagio fue en verdad monstruoso!

A plena luz del día, sobre la calle Nikoláievskaia, justo allí donde aguardaban los choferes, mataron ni más ni menos que al comandante en jefe del ejército alemán en Ucrania, el mariscal de campo Eichhorn, intocable y orgulloso general, terrible en su poderío, ¡sustituto del mismísimo káiser Guillermo! Lo mató, claro está, un obrero que, claro está, era socialista. Los alemanes, veinticuatro horas después de la muerte del germano, colgaron no sólo al propio asesino, sino también al cochero que lo condujo al lugar del suceso. Es verdad que eso no resucitó en absoluto al célebre general, pero en cambio engendró en las personas inteligentes notables pensamientos respecto a lo ocurrido.

Por ejemplo, esa noche, sofocado junto a la ventana abierta y desabotonándose la camisa de seda salvaje, Vasilisa estaba sentado tras un vaso de té con limón y decía a Alekséi Vasílievich Turbín en misterioso susurro:

—Sopesando todos estos hechos, no puedo sino llegar a la conclusión de que nuestra vida es muy frágil. Me parece que a los alemanes se les está moviendo el piso bajo los pies —Vasilisa movió sus cortos dedos en el aire—. Sólo piense… a Eichhorn… y en qué sitio, ¿eh? —Vasilisa puso ojos de susto.

Turbín escuchó sombrío, sombrío crispó la mejilla y se fue.

Otro augurio se produjo a la mañana siguiente y recayó directamente sobre el mismo Vasilisa. Tempranito, tempranito, cuando el solcito enviaba un alegre rayo al lúgubre sótano que conducía del patio al departamento de Vasilisa, este se asomó y vio bajo dicho rayo un presagio. Un presagio en el incomparable esplendor de sus treinta años, con los destellos de un collar sobre un cuello de emperatriz, pies esbeltos y desnudos y pecho elástico y palpitante. Los dientes de la visión resplandecían, y sus pestañas proyectaban sobre las mejillas una sombra lila.

—Cincuenta hoy —dijo el presagio en ucraniano y con voz de sirena, señalando una vasija con leche.

—¿Qué dices, Iavdoja? —exclamó lastimeramente Vasilisa—. Ten temor de Dios. Anteayer cuarenta, ayer cuarenta y cinco, hoy cincuenta. Así es imposible.

—¿Y yo qué puedo hacer? Todo está caro —respondió la sirena—, en el mercado dicen que llegará a cien.

Sus dientes volvieron a resplandecer. Por un instante Vasilisa se olvidó de los cincuenta, de los cien, se olvidó de todo, y un escalofrío dulce e insolente le recorrió el vientre. El mismo dulce escalofrío que le recorría el vientre cada vez que aparecía ante él la hermosa visión bajo el rayo de sol (Vasilisa se levantaba antes que su esposa). Se olvidó de todo y, por alguna razón, se figuró un claro en el bosque, aroma a coníferas… Ay, ay…

—Mira, Iavdoja —dijo Vasilisa, relamiéndose los labios y mirando de reojo (no fuera que saliera su esposa)—, ustedes han perdido las bridas con esta revolución. Ya verás cómo les enseñarán los alemanes.

“¿Le doy o no una palmadita en el hombro?”, pensó torturado Vasilisa, sin decidirse.

Una ancha cinta de leche alabastrina empezó a caer y formar espuma en la jarra.

—O ellos nos enseñarán a nosotros o nosotros a ellos —respondió de pronto el presagio, y resplandeció, resplandeció, hizo ruido con la vasija, levantó el balancín y, como un rayo de luz bajo el rayo de sol, empezó a subir desde el sótano hacia el soleado patio.

“¡Qué piernas, a-ay!”, gimió la cabeza de Vasilisa.

En ese momento llegó la voz de la esposa; Vasilisa se volvió y tropezó con ella.

—¿Con quién hablabas? —preguntó la esposa echando un vistazo hacia arriba.

—Con Iavdoja —respondió indiferente Vasilisa—. Figúrate, hoy la leche está a cincuenta.

—¿Có-o-omo? —exclamó Vanda Mijáilovna—. ¡Es un despropósito! ¡Qué descaro! Los campesinos se han vuelto locos… ¡Iavdoja! ¡Iavdoja! —gritó asomándose por la ventanita—. ¡Iavdoja!

Pero la visión había desaparecido y no regresó.

Vasilisa examinó el talle torcido de su mujer, los cabellos amarillos, los codos huesudos y las delgadas piernas, y de pronto sintió tanto asco de vivir en el mundo que estuvo a punto de escupir a Vanda en la falda. Se contuvo, suspiró y se retiró a la fresca penumbra de las habitaciones, sin comprender qué era precisamente lo que lo abatía, si Vanda —de pronto se la imaginó con las amarillas clavículas salidas hacia delante, como dos pértigos enlazados— o una cierta turbación en las palabras de la dulce visión.

—“O nosotros a ellos”, ¿qué tal? ¿Qué le parece? —murmuró para sí Vasilisa—. ¡Oh, estos vendedores de mercado! No, ¿qué puede uno responder a eso? Si dejan de temer a los alemanes… sanseacabó. “O nosotros a ellos”. ¿Qué tal? Pero sus dientes son un encanto…

De pronto, por alguna razón, Iavdoja, en la oscuridad, se le presentó desnuda como una bruja en la montaña.

—¡Qué descaro!… “O nosotros a ellos.” Y sus pechos…

Y aquello era tan perturbador que Vasilisa no se sintió bien y se fue a lavar con agua fría.

De algún modo, imperceptible y furtivamente, como siempre, llegó el otoño. Un lluvioso y dorado agosto fue seguido por un luminoso y polvoriento septiembre, y en septiembre tuvo lugar no ya un presagio, sino el acontecimiento mismo, que a primera vista parecía de nula relevancia.

A saber: una vez, en una luminosa tarde de septiembre, llegó a la cárcel de la ciudad un papel, firmado por la correspondiente autoridad del gobierno del Hetman, en el que se disponía liberar de la celda número 666 al recluso que la ocupaba. Y listo.

¡Y listo! Por culpa de ese papelito —¡sin dudas por culpa de ese papelito!— ocurrieron tales desgracias y calamidades, tales campañas, tal derramamiento de sangre, tales incendios y pogromos, tal horror y desesperación… ¡Ay, ay, ay!

El preso liberado llevaba una denominación de lo más sencilla e irrelevante: Semión Vasílievich Petliura. Tanto él como la prensa de la ciudad en el período comprendido entre diciembre de 1918 y febrero de 1919 usaban el nombre algo afrancesado de “Simón”. El pasado de Simón estaba envuelto en las más profundas tinieblas. Decían que era contador.

—No, ayudante de contaduría.

—No, estudiante.

Había en la esquina de Kreshátik y Nikoláievskaia una tabaquería grande y elegante. Sobre su largo letrero estaba muy bien pintado un turco color café fumando un narguile, con fez, zapatillas amarillas y nariz levantada.

Pues bien, había también quienes juraban haber visto no hacía mucho a Simón vendiendo en esa misma tienda, de pie y elegante tras el mostrador, artículos de tabaco de la fábrica Solomón Koguén. Pero también estaban los que decían:

—Nada que ver. Era delegado de la Unión de Ciudades.

—No de la Unión de Ciudades, sino de la Unión de Zemstvos —decían unos terceros—, un típico húsar de zemstvo.

Unos cuartos (forasteros), cerrando los ojos para recordar mejor, murmuraban:

—Permítame… un momento, permítame…

Y contaban que unos diez años antes… perdón, once, lo habían visto caminar por la calle Málaia Brónnaia de Moscú llevando bajo el brazo una guitarra envuelta en calicó negro. E incluso añadían que iba a una velada con sus paisanos, y que por eso llevaba la guitarra envuelta en calicó. Que al parecer iba a una agradable e interesante velada con paisanas suyas, alegres y sonrosadas estudiantes, donde había licor de ciruela traído directamente desde la bendita Ucrania, y canciones, y el maravilloso Grits…

… Ay, no v-a-y-a-s…

Después empezaron a confundirse en la descripción de su apariencia, a mezclar fechas, lugares…

—¿Dice usted afeitado?

—Creo que no… A ver, espere… Con barbilla.

—Permítame… ¿Acaso es moscovita?

—Pues no, era… estudiante…

—Nada que ver. Iván Ivánovich lo conoce. Era maestro popular en Tarasha…

¡Fu, joder!… A lo mejor no caminaba por la Brónnaia. Moscú es una ciudad grande, en la Brónnaia hay niebla, escarcha, sombras… Cierta guitarra… Un turco bajo el sol… Un narguile… La guitarra… Dzin-trin… Oscuro, neblinoso… Ay, qué neblinoso y terrible alrededor.

… Avanzan y ca-a-antan…

Pasan, pasan por al lado sombras ensangrentadas, corren visiones, desgreñadas trenzas de muchachas, cárceles, disparos, y helada, y la cruz de Vladímir a medianoche.

Avanzan y cantan

los cadetes de la escuela de la guardia…

Resuenan las trompetas,

los timbales, los platillos.

Resuenan los torbanes, silba el ruiseñor en aceradas balas, hieren a muerte a baquetazos, pasan y pasan jinetes con gorros negros sobre fogosos caballos.

El profético sueño resuena, rueda hasta el lecho de Alekséi Turbín. Duerme Turbín, pálido, con un mechón mojado por el calor, y una lámpara rosa arde. Duerme toda la casa. Desde la librería, los ronquidos de Carasio; desde el cuarto de Nikolka, los silbidos de Shervinski… Turbiedad… Noche… En el suelo, junto a la cama de Alekséi, un Dostoievski sin terminar, y los Demonios se mofan con palabras desesperadas… Tranquila duerme Elena.

—Bueno, esto es lo que les diré: no existió. ¡No existió! Nunca existió en el mundo ese Simón. Ni el turco, ni la guitarra bajo un farol de hierro sobre la Brónnaia, ni la Unión de Zemstvos… ni el demonio. Un mero mito engendrado en Ucrania, en la niebla del terrible año dieciocho.

…Y hubo otra cosa: un odio feroz. Hubo cuatrocientos mil alemanes, y alrededor de ellos cuatro veces cuarenta veces cuatrocientos mil campesinos con corazones que ardían de insaciable rabia. Oh, mucho, mucho se había acumulado en esos corazones. Los golpes de fusta de los tenientes en el rostro, el ligero fuego de metralla sobre las aldeas insumisas, las espaldas azotadas a baquetazos por los cosacos del Hetman, y los vales en pedazos de papel de puño y letra de los mayores y tenientes del ejército alemán:

“Dar a este cerdo ruso veinticinco marcos por el cerdo que le fue comprado.”

Las bondadosas y despectivas carcajadas contenidas que dirigían hacia aquellos que llegaban con esos vales al cuartel general de los alemanes en la Ciudad.

Y los caballos requisados, y el pan arrebatado, y los terratenientes de gruesos rostros que regresaban a sus haciendas bajo el poder del Hetman; temblar de odio al oír la palabra “oficialuchos”.

Eso es lo que hubo.

Y además, los rumores acerca de la reforma agraria que se disponía a realizar el pan18 Hetman,

—¡Ay, ay! Sólo en noviembre del año dieciocho, cuando en las afueras de la ciudad tronaron los cañones, la gente inteligente, incluyendo a Vasilisa, adivinó que los campesinos odiaban a ese pan Hetman como a un perro rabioso,

y los tímidos pensamientos de los campesinos acerca de que esa canallesca reforma del pan no era en absoluto necesaria, sino que era preciso llevar adelante la eterna y ansiada reforma campesina:

—Toda la tierra a los campesinos.

—Cien hectáreas a cada uno.

—Que de los terratenientes no quede ni el alma.

—Y que por cada cien de esas hectáreas haya un papel oficial fidedigno y sellado que certifique la posesión eterna y hereditaria, de abuelo a padre, de padre a hijo, a nieto y así sucesivamente.

—Que ningún gamberro de la Ciudad venga a exigir pan. El pan es de los campesinos, no se lo daremos a nadie; el que no comamos, lo enterraremos.

—Que traigan querosén de la Ciudad.

—Y bueno, el adorado Hetman no pudo realizar esa reforma. Y no hay diablo que pueda realizarla.

Corrían tristes rumores de que sólo los bolcheviques podían hacer frente a la desgracia del Hetman y de los alemanes, pero los bolcheviques traían consigo sus desgracias:

—¡Judíos y comisarios!

—¡Amargo será el destino de los campesinos ucranianos! ¡¡No llegará salvación de ninguna parte!!

Había decenas de miles de personas que regresaban de la guerra y sabían disparar…

—¡Y los instruyeron los propios oficiales por orden de sus jefes!

Cientos de miles de fusiles enterrados, escondidos en graneros y desvanes, no entregados pese a lo expeditivo de los tribunales militares alemanes, las golpizas con baquetas y el fuego de metralla; millones de cartuchos también enterrados, y cañones de tres pulgadas en una de cada cinco aldeas, y ametralladoras en una de cada dos; en cualquier caserío un depósito de municiones, almacenes con abrigos y gorros.

Y en esos mismos caseríos, maestros populares, enfermeros, pequeños agricultores militarizados, seminaristas ucranianos devenidos alféreces por las veleidades de la suerte, robustos hijos de apicultores, capitanes ayudantes con apellidos ucranianos… todos hablan en ucraniano, todos aman una Ucrania mágica, imaginaria, sin panes, sin oficiales rusos, y miles de antiguos prisioneros ucranianos regresados de Galitzia.

Eso agregado a decenas de miles de campesinos. ¿Qué tal?… ¡Oh, oh, oh!

Eso es lo que hubo. Y el prisionero… La guitarra…

Rumores temibles, horrorosos…

Nos están atacando…

Dzin… Trin… Ay, ay, Nikolka.

El turco, el húsar del zemstvo, Simón. Pero él no existió. No existió. No es más que un disparate, una leyenda, un espejismo.

Y en vano, en vano el sabio Vasilisa, tomándose la cabeza, exclamaba en el célebre noviembre: “Quos vult perdere, dementat”,19 y maldecía al Hetman por haber liberado a Petliura de la asquerosa cárcel de la ciudad.

—Todo eso son tonterías. No era él, era otro. No era otro, era un tercero.

Así pues, se acabaron toda suerte de presagios y llegaron los acontecimientos… El segundo no fue tan nimio como poner en libertad a un mítico individuo —¡oh, no!—; fue tan majestuoso que la humanidad seguramente seguirá hablando de él dentro de cien años… Los gallos galos, con pantalones rojos, en el lejano occidente europeo, empezaron a dar picotazos a los gruesos y herrados alemanes y los dejaron medio muertos. Fue aquel un espectáculo terrible: los gallos, con gorros frigios y guturales gritos, se lanzaron sobre los acorazados alemanes y les arrancaron la carne junto con la coraza. Los alemanes se batieron con desesperación, hincaban sus anchas bayonetas en los emplumados pechos, mordían, pero no resistieron, y ¡los alemanes!, ¡los alemanes!, pidieron piedad.

El siguiente acontecimiento estuvo estrechamente ligado a este y derivó de él como la consecuencia de la causa. Todo el mundo, aturdido y conmovido, supo que ese hombre cuyos nombre y bigotes en tirabuzón, cual clavos de seis pulgadas, eran célebres en todo el orbe, y que con seguridad estaba hecho de metal, sin el menor vestigio de madera, había sido derrotado, reducido a cenizas, y ya no era más emperador. Tras ello, un oscuro horror surcó como el viento todas las cabezas de la Ciudad: vieron, con sus propios ojos vieron, cómo se desteñían los tenientes alemanes y cómo el pelo de sus uniformes de color celeste grisáceo se transformaba en una sospechosa y raída estera. Y eso ocurrió allí mismo, a ojos vista; en cuestión de horas, en cuestión de pocas horas se destiñeron los ojos, y en las ventanas de los monóculos alemanes se apagó aquella viva luz, y por sus anchos discos de cristal comenzó a mirar una pobreza exigua y jironada.

Entonces una corriente atravesó el cerebro de los hombres más inteligentes, que con sus sólidas valijas amarillas y sus rollizas mujeres saltaron el alambre de púas del sector bolchevique y buscaron refugio en la Ciudad. Comprendieron que el destino los ataba a los vencidos y sus corazones se llenaron de terror.

—Los alemanes han sido derrotados —decían los canallas.

—Hemos sido derrotados —decían los canallas sagaces.

Lo mismo comprendieron los habitantes de la Ciudad.

¡Oh, sólo quien ha sido vencido sabe cómo luce esa palabra! Es como una velada en una casa en la que se ha cortado la electricidad. Es como un cuarto cuyo empapelado se cubre de un verde moho rebosante de perniciosa vida. Es como esos niños raquíticos-demoníacos, como el aceite rancio, como los insultos proferidos por voces de mujer en la oscuridad. En una palabra, es como la muerte.

Se acabó. Los alemanes abandonan Ucrania. Significa, significa: para unos, huir; para otros, recibir a los nuevos y asombrosos visitantes de la Ciudad, a quienes nadie ha invitado. Y, por lo visto, alguno deberá morir. Los que huyen no morirán, ¿quién morirá entonces?

—Mogig no es un juego de niños —dijo de pronto, sin pronunciar la “r”, compareciendo ante el dormido Alekséi Turbín y váyase a saber venido de dónde, el coronel Nai-Turs.

Llevaba un extraño uniforme: en la cabeza, un casco radiante; el cuerpo, en una cota de malla, y se apoyaba sobre una espada larga, de esas que ya ningún ejército usa desde los tiempos de las Cruzadas. Un resplandor paradisíaco seguía a Nai como una estela.

—¿Está en el paraíso, coronel? —preguntó Turbín, sintiendo un dulce temblor que los hombres no experimentan jamás cuando están despiertos.

—En el pajaíso —respondió Nai-Turs con voz clara y del todo transparente, como un arroyo en un bosque de montaña.

—Qué extraño, qué extraño —dijo Turbín—. Yo creía que el paraíso no era sino… un sueño de los hombres. Y qué uniforme extraño. Permítame preguntarle, coronel: ¿en el paraíso también sigue siendo usted oficial?

—Ahorita está en una brigada de cruzados, señor doctor —respondió el sargento de caballería Zhilin, quien, como se sabe, fue abatido junto con el escuadrón de húsares de Belgrado en 1916 cuando marchaban en dirección a Vilna.

El sargento se erguía como un enorme guerrero y su cota de malla irradiaba luz. Sus facciones toscas, recordadas a la perfección por el doctor Turbín, quien con sus propias manos había vendado la herida mortal de Zhilin, ahora eran irreconocibles, y sus ojos se parecían completamente a los de Nai-Turs: puros, insondables, iluminados desde dentro.

Lo que más amaba Alekséi Turbín con su sombría alma eran los ojos de las mujeres. ¡Ah, vaya juguete que esculpió Dios nuestro Señor: los ojos de las mujeres!… Pero ¡qué eran al lado de los del sargento!

—¿Cómo está usted? —preguntó con curiosidad y vaga alegría el doctor Turbín—. ¿Cómo es eso? ¿Al paraíso con botas y espuelas? ¿Qué, también llevan caballos, pertrechos, lanzas?

—Créame lo que le digo, señor doctor —sonó como un violoncelo la voz de bajo del sargento, quien le clavó una mirada celeste que enternecía el corazón—, con el escuadrón completo y formados fuimos a parar allí. Otra vez el acordeón. De veras, está fuera de lugar… Allí, como usted también sabe, hay pureza, los pisos como en la iglesia.

—¿Sí? —se sorprendió Turbín.

—Allí, por lo visto, está el apóstol Pedro. Un viejito de civil, pero digno, afable. Yo, por supuesto, le doy el parte: que esto y que lo otro, el segundo escuadrón de húsares de Belgrado ha llegado felizmente al paraíso, ¿dónde ordena que estemos? El parte se lo doy, pero para mis adentros pienso —el sargento tosió con modestia sobre su puño—, pienso, bueno, pienso que el apóstol Pedro nos mandaría a la mismísima mierda… Porque, usted ya sabe, ¿qué es eso de llegar con caballos y… —el sargento se rascó turbado la nuca— mujeres? Dicho en secreto, algunas mujeres se nos pegaron en el camino. Le digo eso al apóstol y al mismo tiempo le hago un guiño a la sección, como diciendo: “Manden a pasear a las mujeres por un rato, después vemos; que esperen tras las nubes hasta que se aclare el asunto”. Y el apóstol Pedro, si bien puede hacer lo que quiera, se nos muestra favorable. Sus ojos ¡zas!, y veo que ha distinguido a las mujeres sobre las carretas. Ya sabe, llevan pañuelos claros, se ven a un kilómetro. “¡Sonamos! —pienso—. Al tacho todo el escuadrón…”

»“Ajá —dice—, ¿qué, están con mujeres?”, y menea la cabeza.

»“Así es —digo—, pero sírvase no preocuparse —digo—, ahora mismo las echamos a patadas, señor apóstol.”

»“Pero no —dice—, ¡aquí dejen esa costumbre suya de pegar!”

»¿Eh? ¿Qué le parece? Bondadoso viejito. Usted mismo comprende, señor doctor, que un escuadrón en campaña no puede estar sin mujeres.

Y el sargento de caballería le hizo un pícaro guiño.

—Es verdad —tuvo que acordar Alekséi Vasílievich, agachando la vista. Unos ojos negros, negros, y lunares sobre la mejilla derecha, de color mate, brillaron vagamente en las tinieblas del sueño. Azorado, dejó escapar un quejido y el sargento continuó:

—“Bueno —dice—, iré a informar.” Se marchó, regresó y anunció: “Está bien, los acomodaremos”. Nos dio una alegría tal que es imposible de describir. Sólo que ahí hubo un pequeño tropiezo. “Tienen que aguardar”, dice el apóstol Pedro. Sin embargo, no esperamos más de un minuto. Miro y veo que llega él —el sargento señaló al silencioso y orgulloso Nai-Turs, que había abandonado el sueño sin dejar rastro y desaparecido en una desconocida tiniebla—, el señor comandante del escuadrón montando a Ladrón de Túshino. Y tras él, un poco después, un cadetito desconocido, a pie. —Ahí el sargento miró de reojo a Turbín y bajó un instante los ojos, como si quisiera ocultar algo al doctor, pero nada triste, sino, al contrario, un secreto alegre y agradable; después se compuso y continuó—: Pedro los miró haciendo visera con la mano y dice: “Bueno, ¡ahorita estamos todos!”, dice, y enseguida la puerta de par en par. “Por favor —dice—, por la derecha y de a tres.”

… Duñka, Duñka, Duñka

Dunia, uvita mía,

resonó de pronto, como en sueños, un coro de férreas voces, y se oyó un acordeón italiano.

—¡Marcar el paso! —gritaron con diversas voces los jefes del escuadrón.

¡Ay, Dunia, Dunia, Dunia, Dunia!

¡Ámame, Dunia, Dunia mía!

y el coro se extinguió a lo lejos.

—¿Con mujeres? ¿Y se colaron así? —exclamó Turbín.

El sargento se echó a reír, agitando con alegría y entusiasmo los brazos.

—¡Dios mío, señor doctor! Lugar, lo que se dice lugar, allí hay a montones. Pureza… A juzgar por la primera impresión, pueden colocarse allí cinco pabellones con escuadrones de refuerzo; pero ¿qué digo cinco?, ¡diez! Junto a nosotros, unos palacios de Padre y Señor nuestro, ¡no se les veían los techos! Agarro y digo: “Permítame preguntarle, ¿para quién es eso?”. Porque era original: estrellas rojas, nubes rojas, con visos como los de nuestros pantalones… “Eso —dice el apóstol Pedro— es para los bolcheviques que llegaron de la batalla de Perekop.”

—¿Qué Perekop? —preguntó Turbín, tensando en vano su pobre mente terrenal.

—Eso, su excelencia, es porque aquí todo lo saben de antemano. En el año veinte, cuando los bolcheviques tomaron Perekop, fueron liquidados a montones. Así que prepararon un lugar para recibirlos.

—¿A los bolcheviques? —se desconcertó el alma de Turbín—. Se está confundiendo, Zhilin, eso no puede ser. A ellos no los aceptan allí.

—Señor doctor, yo también pensaba eso. Yo también. Quedé perplejo y le pregunto al Señor Dios…

—¿A Dios? ¡Ay, Zhilin!

—No lo dude, señor doctor, le digo la verdad, no tengo por qué mentir. He hablado con él en más de una ocasión.

—¿Y cómo es él?

Los ojos de Zhilin despidieron rayos y las facciones de su rostro se afinaron orgullosas.

—Máteme si quiere, pero no puedo explicárselo. Tiene el rostro iluminado, pero cómo es, no hay forma de entenderlo… A veces, cuando lo miras, te entra frío. Se te antoja que es parecido a ti. El miedo te atraviesa de lado a lado. Piensas: “¿qué es esto?”. Y después nada, se te pasa. Una cara variada. Bueno, ¿cómo decirlo?, una alegría tal, una alegría tal… Y entonces pasa, pasa una luz celeste… Hum… Pero no, no es celeste —el sargento pensó un momento—, no me animo a afirmarlo. A unos mil kilómetros y a través tuyo. Pero bueno, la cosa es que le digo: “¿Cómo es eso, Señor? ¿No dicen tus popes que los bolcheviques irán al infierno? ¿Qué viene a ser esto? Ellos no creen en ti y tú mira los cuarteles que les has levantado”.

»“¿Que no creen?”, pregunta.

»“Se lo juro por Dios”, digo, y, sabe, me da temor: ¡decirle a Dios esas palabras! ¡Por favor! Pero miro y veo que se sonríe. “Estúpido, ¿qué le tengo que andar contando cuando él lo sabe mejor que yo?”, pienso. Sin embargo, me daba curiosidad escuchar qué diría. Y él agarra y dice: “Bueno, no creen, ¿qué se le va a hacer? Déjalos. Si a mí eso no me va ni me viene. Y a ti tampoco —dice—. Y a ellos lo mismo. Porque con vuestra fe no gano ni pierdo. Uno cree, otro no, pero sus actos son todos idénticos: enseguida se agarran del cogote, y en cuanto a los cuarteles, Zhilin, debes entender que todos ustedes son iguales para mí: caídos en el campo de batalla. Eso, Zhilin, hay que entenderlo, y no cualquiera lo hace. Pero, hablando en general, tú no te hagas mala sangre con esas preguntas, Zhilin. Vive tranquilo, pasea”.

»¿Redonda la explicación, señor doctor? ¿Qué me dice? Yo le digo: “Tus popes”… Y él agita la mano: “A los popes mejor ni me los menciones, Zhilin. No se me ocurre qué hacer con ellos. Es decir, no hay en el mundo gente tan estúpida como vuestros popes. Te lo diré en secreto, Zhilin: son una vergüenza, no popes”.

»“¡Pero entonces échalos de una vez por todas, Señor! ¿Para qué mantienes a esos parásitos?”

»“Me dan lástima, Zhilin, ahí está el chasco”, dice.

El resplandor que envolvía a Zhilin se puso celeste y una alegría inexplicable embargó el corazón del durmiente. Tendió las manos hacia el radiante sargento y gimió en sueños:

—Zhilin, Zhilin, ¿no habrá forma de entrar como médico en su brigada?

Zhilin hizo un gesto afable con la mano y meneó la cabeza cariñosa y afirmativamente. Después empezó a apartarse y abandonó a Alekséi Vasílievich. Este se despertó y, en lugar de Zhilin, vio ante sí el cuadrado ya algo pálido de la ventana del amanecer. El doctor se secó el rostro con la mano y sintió que estaba bañado en lágrimas. Largo rato suspiró en el crepúsculo matutino, pero no tardó en volverse a dormir y el sueño ahora transcurrió parejo, sin visiones…

Sí, la muerte no se hizo esperar. Llegó por los otoñales y luego invernales caminos de Ucrania junto con la seca y aventada nieve. Comenzó a traquetear en los bosques, en ametralladoras. Ella misma no era visible, pero manifiesta era la áspera ira campesina que la precedía. Esta ira corría por la nevasca y el frío, con agujereadas alpargatas de líber, con heno sobre las cabezas descubiertas e inclinadas, y aullaba. En las manos llevaba un inmenso garrote, sin el cual es imposible llevar adelante cualquier empresa en la Rus’. Comenzaron a reverberar focos de incendio, rojos y ligeros. Después apareció, bajo el púrpura sol poniente, un tabernero judío colgado de los órganos sexuales. Y en la bella capital polaca, Varsovia, rondaba una visión: Henryk Sienkiewicz de pie en una nube y con sonrisa mordaz.20 Después comenzó sencillamente un desaguisado en toda regla, se infló y borbotó. Los popes hacían sonar las campanas bajo las verdes cúpulas de las alarmadas iglesitas, y al lado, en los edificios de las escuelas, con los cristales arrancados a balazos, cantaban canciones revolucionarias. Por los caminos apareció un espectro: cierto anciano Degtiarenko, lleno de fragante aguardiente y de palabras terribles y ominosas, pero que en su oscura boca formaban algo que recordaba extraordinariamente la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Después ese mismo Degtiarenko-profeta yacía y aullaba, y lo mataban a baquetazos personas con lazos rojos en el pecho. Y hasta el cerebro más astuto habría perdido la razón ante esa triquiñuela: si hay lazos rojos, no se admiten en ningún caso baquetas, y si hay baquetas, son imposibles los lazos rojos…

No, uno se asfixia en semejante país y en semejante tiempo. Pero ¡al diablo con él! Un mito. Petliura era un mito. Nunca existió. Era un mito tan notable como el de Napoleón, que nunca existió, pero bastante menos hermoso. Sucedió otra cosa. Había que encauzar de algún modo aquella ira campesina, puesto que todo está tan embrujado en este mundo que, por más que esa ira corriera y corriera, siempre aparecía fatalmente en la misma encrucijada.

Era muy simple. Al menor desorden, la gente acudía.

Y he aquí que apareció de alguna parte el coronel Toropets. Resultó que era ni más ni menos que del ejército austríaco…

—¿Qué está diciendo?

—Se lo aseguro.

Después apareció el escritor Vinnichenko, que alcanzó la fama por dos cosas: sus novelas y el hecho de que, tan pronto como la embrujada ola de comienzos del año dieciocho lo sacó a la superficie del desesperado mar ucraniano, las revistas satíricas de San Petersburgo, sin perder un segundo, lo llamaron traidor.

—Y bien merecido lo tenía…

—Bueno, eso ya no lo sé. Y después ese misterioso recluso al que dejaron en libertad.

Todavía en septiembre nadie en la Ciudad imaginaba lo que pueden hacer tres hombres dotados con el talento de aparecer a tiempo, incluso en un lugar tan insignificante como Biélaia Tsérkov. En octubre ya había fuertes sospechas y de Ciudad I de Pasajeros comenzaron a partir trenes iluminados por cientos de luces hacia Alemania y la recién proclamada Polonia, aprovechando la nueva y aún amplia vía de escape. Volaron los telegramas. Huyeron los diamantes, los ojos furtivos, los peinados a raya y el dinero. Pugnaban hacia el sur, hacia el sur, hacia la marítima ciudad de Odessa. En noviembre, ¡ay!, ya todos lo sabían con bastante certeza. La palabra

—¡Petliura!

—¡¡Petliura!!

—¡Petliura!

comenzó a saltar desde las paredes, desde los grises partes telegráficos. A la mañana goteaba sobre el café desde las hojas del periódico, y la divina bebida tropical enseguida se convertía, en la boca, en asquerosa agua podrida. Comenzó a pasear por las lenguas y a golpetear en los aparatos Morse bajo los dedos de los telegrafistas. En la Ciudad comenzaron los milagros ligados a esa enigmática palabra, que los alemanes pronunciaban a su modo:

—Peturra.

Algunos soldados alemanes que habían adquirido la mala costumbre de deambular por las afueras empezaron a desaparecer por las noches. De noche desaparecían, y de día se descubría que los habían asesinado. Por eso a la noche salían patrullas alemanas con jofainas de barbero. Caminaban y sus linternas resplandecían: ¡no provocar disturbios! Pero ninguna linterna podía disipar aquella turbia maraña que se había trenzado en las cabezas.

Guillermo. Guillermo. Ayer mataron a tres alemanes. ¡Dios, los alemanes se van! ¿Lo sabía usted? ¡¡¡Trotski fue arrestado en Moscú por los obreros!!! Unos hijos de puta detuvieron el tren a las afueras de Borodianka y lo dejaron limpio. Petliura envió una misión diplomática a París. Otra vez Guillermo. Negros senegaleses en Odessa. Un nombre desconocido, misterioso: cónsul Enno. Odessa. Odessa. El general Denikin. Otra vez Guillermo. Los alemanes se irán, los franceses llegarán.

—¡Los bolcheviques llegarán, padrecito!

—¡La boca se te haga a un lado, padrecito!

Los alemanes tienen un aparato con una flecha, lo colocan en la tierra y la flecha indica dónde hay armas enterradas. Vaya ocurrencia. Petliura envió una misión diplomática a los bolcheviques. Esa es una ocurrencia aún mejor. Petliura. Petliura. Petliura. Petliura. Peturra.

***

Nadie, ni una sola persona, sabía lo que en verdad quería hacer Peturra en Ucrania, pero decididamente todos ya sabían que ese hombre misterioso y sin rostro

(aunque, por cierto, los periódicos ponían de tanto en tanto en sus páginas la primera foto que caía en la redacción de algún prelado católico, cada vez distinto, con la firma “Simón Petliura”)

deseaba conquistarla, y para hacerlo se disponía a tomar la Ciudad.

6

La tienda Chic de París, de madame Anjou, estaba en el centro mismo de la Ciudad, en la calle Teatrálnaia, detrás del teatro de ópera, en un enorme edificio de varios pisos, y precisamente en la planta baja. Tres escalones llevaban, a través de una puerta acristalada, de la calle a la tienda, y a ambos lados de la puerta había dos vidrieras cubiertas por polvorientos visillos de tul. Nadie sabía dónde se había metido la propia madame Anjou y por qué su local se usaba para fines nada comerciales. En la vidriera izquierda se veía el dibujo de un colorido sombrero de mujer con las palabras doradas: “Chic parisino”, y, en la vidriera derecha, un enorme cartel de cartón amarillo con el dibujo de dos cañones de Sebastopol en cruz, como en las hombreras de los artilleros, y una inscripción arriba:

“Puedes no ser un héroe,

Pero estás obligado a ser voluntario.”

Bajo los cañones, las palabras:

“Inscripción de voluntarios a la División de Morteros,

autorizada por el comandante en jefe.”

Junto a la entrada de la tienda había, destartalada y cubierta de hollín, una motocicleta con sidecar; la puerta, de resorte, se golpeaba sin pausa, y cada vez que se abría sonaba sobre ella una magnífica campanilla, brrrin-brrrin, que recordaba los felices y recientes tiempos de madame Anjou.

Turbín, Mishlaievski y Carasio se levantaron casi al mismo tiempo después de la noche de borrachera, y, para su sorpresa, con las cabezas bien despejadas, aunque bastante tarde, cerca del mediodía. Nikolka y Shervinski, evidentemente, ya no estaban. Nikolka, muy temprano en la mañana, había hecho un misterioso atado rojo y, tras carraspear —ejem, ejem…— se había dirigido a su destacamento; Shervinski, por su parte, acababa de ir a ocupar su puesto en el cuartel general del comandante.

Mishlaievski, desnudo hasta la cintura en el oculto cuarto de Aniuta situado al otro lado de la cocina, donde, tras un visillo, estaban el calentador y la bañera, dejó caer sobre su cuello, espalda y cabeza un chorro de agua helada y, lanzando gritos de horror y entusiasmo: “¡Ay! ¡Duro con él! ¡Estupendo!”, mojó un metro y medio alrededor de él. Después se frotó con una sábana afelpada, se vistió, se puso brillantina en el pelo, se peinó y dijo a Turbín:

—Aliosha, eh… Sé buen amigo, déjame ponerme tus espuelas. Por casa ya no pasaré, y no quiero presentarme sin espuelas.

—Tómalas, están en el despacho, en el cajón derecho del escritorio.

Mishlaievski fue al pequeño despacho, dio vueltas allí, emitió un tintineo y salió. Aniuta, la criada de ojos negros, que en la mañana había regresado de su permiso en casa de la tía, pasaba el plumero a los sillones. Mishlaievski carraspeó, miró de reojo la puerta, cambió sus pasos rectos por otros sinuosos, dio un rodeo y dijo en voz baja:

—Buenos días, Aniútochka…

—Se lo diré a Elena Vasílievna —susurró enseguida Aniuta, automáticamente, sin pensarlo, y cerró los ojos como un condenado sobre el que el verdugo ya ha levantado el cuchillo.

—Estúpida…

Turbín se asomó inesperadamente por la puerta. Su rostro adoptó una expresión mordaz.

—¿Estás examinando el plumero, Vitia? Sí. Es bonito. Harías mejor en seguir tu camino, ¿no crees? Y tú, Aniuta, tenlo en cuenta: si te dice de casarse, no le creas, no se casará.

—Vaya, de veras, no lo dejan ni saludar a uno.

Mishlaievski se puso morado por la inmerecida ofensa, sacó el pecho y salió del salón haciendo resonar las espuelas. En el comedor se acercó a la pelirroja y majestuosa Elena y, al verla, su mirada se inquietó.

—Hola, Lena, luminosa, muy buenos días. Ejem… —de la garganta de Mishlaievski salió, en lugar de una voz metálica de tenor, una grave y ronca de barítono— Lena, luminosa —exclamó lleno de emoción—, no te enojes. Yo te quiero, tú también quiéreme. No prestes atención a mis groserías de ayer. Lena, ¿acaso piensas que soy un canalla cualquiera?

Con esas palabras envolvió a Elena en sus brazos y le besó ambas mejillas. En el salón, con suave ruido, cayó el plumero al suelo. A Aniuta siempre le pasaban cosas extrañas cuando el teniente Mishlaievski aparecía en el departamento de los Turbín. Los enseres domésticos comenzaban a deslizarse de sus manos; si estaba en la cocina, los cuchillos caían en cascada o los platos se desprendían de la barra del aparador; Ánnushka se volvía distraída, corría sin necesidad al recibidor y allí se ocupaba de los chanclos, secándolos con un trapo hasta que oía resonar las cortas espuelas bajadas hasta los talones y aparecían la oblicua barbilla, los hombros cuadrados y los pantalones de montar azules. Entonces Ánnushka cerraba los ojos y, de costado, escapaba del estrecho y pérfido desfiladero. Y ahora en el salón, tras dejar caer el plumero, quedó pensativa y mirando a lo lejos, a través de los dibujos de los visillos, el cielo gris y nublado.

—Vitka, Vitka —decía Elena meneando la cabeza, similar a esas relucientes coronas que se ven en el teatro—, una te mira y eres un muchacho tan sano, ¿por qué decaíste así ayer? Siéntate, toma un tecito, quizás te alivie.

—Y tú, Lénochka, de veras, hoy luces estupenda. La bata te va muy bien, palabra de honor —dijo Mishlaievski con tono obsequioso, lanzando rápidas y ligeras miradas al interior espejado del aparador—. Carasio, mira qué bata. Toda verde. No, es de lo más bonita.

—Elena Vasílievna luce muy hermosa —respondió serio y con franqueza Carasio.

—Es azul eléctrico —aclaró Elena—. Y tú, Víteñka, habla de una vez, ¿qué pasa?

—Pues mira, Lena, luminosa, después de la historia de ayer puede darme una jaqueca, y con jaqueca es imposible combatir…

—Está bien, en el aparador.

—Solo, solo… Una copita… es mejor que cualquier analgésico.

Frunciendo el ceño en ademán de dolor, Mishlaievski bebió uno tras otro dos vasitos de vodka que acompañó con un blando pepino del día anterior. Después declaró que se sentía como recién nacido y expresó el deseo de beber té con limón.

—Tú, Lénochka —dijo Turbín con voz algo ronca—, no te inquietes y espérame; iré, me inscribiré y regresaré a casa. En cuanto a las operaciones militares, no te preocupes, estaremos en la Ciudad y rechazaremos a ese entrañable presidente de Ucrania, a ese miserable.

—¿Y si los envían a alguna parte?

Carasio hizo un gesto tranquilizador con la mano.

—No se preocupe, Elena Vasílievna. En primer lugar, debo decirle que la división no estará de ningún modo lista en las próximas dos semanas, no hay caballos ni proyectiles. Y cuando esté lista, nos quedaremos sin duda alguna en la Ciudad. Todo el ejército que ahora se está formando será seguramente la guarnición de la Ciudad. Quizás más adelante, si se marcha sobre Moscú…

—Bueno, eso recién cuando allí… Ejem…

—Tendremos que unirnos antes con Denikin…

—En vano tratan de consolarme, señores, no temo absolutamente nada; al contrario, lo apruebo.

Elena en verdad hablaba con ánimo, y en sus ojos ya se veía la preocupación por los asuntos cotidianos. “El día de mañana tendrá sus propias afanes.”21

—Aniuta —gritó ella—, querida, allí en la galería está la ropa de Víktor Víktorovich. Recógela, niña, cepíllala bien y luego lávala enseguida.

Lo que más tranquilizó a Elena fue el pequeño y dilatado Carasio con sus ojos azules. Con su rojiza guerrera, el seguro Carasio mostraba sangre fría, fumaba y entornaba los ojos.

En el recibidor se despidieron.

—Bueno, que Dios los guarde —dijo Elena con voz severa, y santiguó a Turbín. Otro tanto hizo con Carasio y Mishlaievski. Este último la abrazó; Carasio, por su parte, con el capote fuertemente ceñido a su ancha cintura, enrojeció y le besó con ternura ambas manos.

***

—Señor coronel —dijo Carasio, golpeando suavemente las espuelas y llevándose la mano a la visera—, ¿me permite darle el parte?

El señor coronel ocupaba un silloncito de tocador, bajo y verdoso, sobre una elevación, una suerte de tarima situada en la parte derecha de la tienda, detrás de un pequeño escritorio. Pilas de cajas celestes con la inscripción “Madame Anjou. Sombreros de mujer” se alzaban a sus espaldas, oscureciendo un poco la luz que entraba por la polvorienta ventana, cubierta por un tul con dibujos. El señor coronel tenía una pluma en las manos y en realidad no era coronel, sino teniente coronel; llevaba anchas hombreras doradas con dos barras, tres estrellas y cañones dorados en cruz. El señor coronel era un poco mayor que Turbín; tenía unos treinta años, treinta y dos como máximo. Su rostro, cebado y bien afeitado, lo adornaban unos bigotitos negros cortados a la americana. Sus ojos, en gran medida vivaces y avispados, miraban con manifiesto cansancio, pero con atención.

Alrededor del coronel reinaba el caos primigenio. A dos pasos de él, en una pequeña estufita negra, crepitaba el fuego; de las nudosas y negras chimeneas que se extendían detrás del tabique y desaparecían en el fondo de la tienda goteaba de vez en cuando hollín líquido. El suelo, tanto en la tarima como en el resto del local, tenía partes más hondas y estaba cubierto con pedazos de papel y trozos rojos y verdes de tela. En lo alto, sobre la cabeza misma del coronel, repiqueteaba, como un pájaro inquieto, una máquina de escribir, y cuando Turbín levantó la cabeza vio que esta cantaba tras unas barandas suspendidas bajo el techo de la tienda. Tras esas barandas se veían unas piernas y una cola con pantalones de montar azules; cabeza no había porque la cortaba el techo. La segunda máquina traqueteaba en la parte izquierda del local, en un misterioso hoyo del que sobresalían las claras hombreras de un voluntario y una cabeza blanca; no había ni manos ni piernas.

Muchas caras iban y venían en torno al coronel; pasaban hombreras con cañones dorados, se erguía una gran caja amarilla con tubos y cables de teléfono, y junto a las pilas de cajas yacían, similares a latas de conservas, granadas de mano con mangos de madera y varias cintas de ametralladora enrolladas. Había una máquina de coser bajo el codo izquierdo del señor coronel, y junto al pie derecho de este asomaba el hocico una ametralladora. En el fondo y en la penumbra, detrás de una cortina que colgaba de una vara brillante, una voz se desgañitaba, al parecer, sobre el teléfono: “Sí… Sí… Digo. Digo que sí, sí. Sí, estoy diciendo”. Brrin-in…, hizo la campanilla… Pi-u…, cantó un suave pajarito en algún lugar de aquel hoyo, y de allí un joven con voz de bajo murmuró:

—División… Escucho… Sí… Sí.

—Lo escucho —dijo el coronel a Carasio.

—Señor coronel, permítame presentarle al teniente Víktor Mishlaievski y al doctor Turbín. El teniente Mishlaievski se encuentra ahora en la segunda división de infantería en calidad de soldado raso y quisiera ser transferido conforme a su especialidad a la división que usted comanda. El doctor Turbín pide ser designado médico de la división.

Tras esas palabras, Carasio retiró la mano de la visera y quien hizo el saludo militar fue Mishlaievski. “Diablos…, tendré que ponerme cuanto antes el uniforme”, pensó con enfado Turbín, sintiéndose incómodo sin gorra, como un badulaque con abrigo negro y cuello de cordero. Los ojos del coronel se deslizaron rápidos por el doctor y pasaron al capote y rostro de Mishlaievski.

—Bueno —dijo—, eso está muy bien. ¿Dónde ha servido, teniente?

—En la división pesada N, señor coronel —respondió Mishlaievski, indicando su puesto durante la guerra contra los alemanes.

—¿En la pesada? Perfecto. El diablo los entenderá: a los oficiales de artillería los han metido en la infantería. Qué enredo.

—No es así, señor coronel —respondió Mishlaievski, aclarándose la insumisa voz con un ligero carraspeo—, yo mismo lo he solicitado en vistas de que había que marchar aprisa hacia Post-Volinski. Pero ahora que la milicia ya está bastante completa…

—Lo apruebo de muy buen grado… Está bien —dijo el coronel y, en efecto, lanzó una mirada en muy buen grado aprobatoria a Mishlaievski—. Un gusto conocerlo… Así que… Ah, sí, es doctor. ¿Y desea unirse a nosotros? Hum…

Turbín agachó en silencio la cabeza para no responder: “Sí, señor”, con su cuello de cordero.

—Hum… —el coronel miró hacia la ventana—, ¿sabe?, esa idea, por supuesto, es buena. Tanto más que en unos días es posible… Ajá… —De pronto se detuvo, entrecerró apenas los ojitos y dijo bajando la voz—: Sólo que… Cómo decirlo… Vea, doctor, aquí hay una cuestión… Las teorías sociales y… hum… usted es socialista, ¿cierto? Como todos los hombres educados. —Los ojitos del coronel se deslizaron hacia un lado y toda su figura, labios y dulce voz expresaron el acuciante deseo de que el doctor Turbín fuera precisamente socialista y ninguna otra cosa—. Nuestra división así se llama, “estudiantil”. —El coronel sonrió con cordialidad, sin mostrar los ojos—. Por supuesto, es algo sentimental, pero yo mismo, vea, soy universitario.

Turbín sintió una profunda desilusión y asombro. “Diablos… ¿Y cómo Carasio me dijo…?” En ese momento sintió a Carasio a la derecha de su hombro y, sin mirarlo, comprendió que este deseaba con todas sus fuerzas darle a entender algo, pero qué precisamente era imposible saberlo.

—Yo —espetó de pronto Turbín, con un tic en la mejilla—, por desgracia, no soy socialista, sino… monárquico. Incluso debo decir que no soporto la palabra “socialista”. Y entre todos los socialistas, al que más detesto es a Aleksandr Fiódorovich Kérenski.

Un sonido salió de la boca de Carasio, tras el hombro derecho de Turbín. “Me da pena separarme de Carasio y Vitia —pensó Turbín—, pero ¡que se vaya al diablo esta división social!”

Los ojitos del coronel por un instante reaparecieron en el rostro y en ellos fulguró cierto chispeo y centelleo. Movió la mano como deseando cerrarle la boca a Turbín con cortesía y dijo:

—Una lástima. Hum… Una verdadera lástima… Las conquistas de la revolución y demás… Tengo una orden desde arriba: evitar elementos monárquicos en la división, ya que la población… Se necesita discreción, vea usted. Además, el Hetman, con el que mantenemos un vínculo directo y estrecho, como usted ya sabe… Una lástima… Una lástima…

La voz del coronel, a todo esto, no expresaba la menor lástima, sino, al contrario, sonaba muy alegre, y sus ojitos se hallaban en flagrante contradicción con lo que él decía.

“¿Qué tal? —pensó significativamente Turbín—. Soy un estúpido… y el coronel no tiene un pelo de tonto. Seguro que es un trepador, a juzgar por su cara, pero eso no importa.”

—No sé qué hacer… porque en este momento —el coronel subrayó bien la palabra “este”—, en este momento, digo, nuestra misión inmediata es defender la Ciudad y al Hetman de las pandillas de Petliura y, es posible, también de los bolcheviques. Y luego, luego se verá… Permítame saber dónde ha servido hasta ahora, doctor.

—En mil novecientos quince, al terminar la universidad, como externo en una clínica de venereología; después como asistente en el regimiento de húsares de Belgrado, y después como residente en un macizo hospital de tres bóvedas. Actualmente estoy desmovilizado y ejerzo la práctica privada.

—¡Cadete! —exclamó el coronel—. Llame al oficial superior.

Una cabeza se hundió en el hoyo y enseguida ante el coronel apareció un joven oficial, moreno, vivaz y diligente. Llevaba una gorra redonda de cordero con galones cruzados sobre su parte superior, de color frambuesa, y un capote gris y largo, a la Mishlaievski, con el cinto del revólver bien ceñido. Sus arrugadas hombreras doradas indicaban que era subcapitán.

—Capitán Studzinski —le dijo el coronel—, tenga la bondad de enviar al cuartel general del comandante un parte solicitando que del segundo destacamento se me transfiera con urgencia al teniente… eh…

—Mishlaievski —dijo este llevándose la mano a la visera.

—… Mishlaievski conforme a su especialidad. Y también envíe un parte informando que el médico… eh…

—Turbín…

—… Turbín me es absolutamente necesario en calidad de médico de la división. Solicitamos su nombramiento inmediato.

—Sí, mi coronel —respondió acentuando mal las palabras el oficial y se llevó la mano a la visera.

“Polaco”, pensó Turbín.

—Usted, teniente, puede no regresar a su destacamento —eso a Mishlaievski—. El teniente toma el mando de la cuarta sección —al oficial.

—Sí, mi coronel.

—Sí, mi coronel.

—Y usted, doctor, desde este momento está en servicio. Le propongo presentarse hoy mismo, dentro de una hora, en la explanada del liceo Aleksándrovski.

—Sí, mi coronel.

—Dar de inmediato un uniforme al doctor.

—Sí, mi coronel.

—¡Sí, sí! —gritó el bajo en el hoyo.

—¿Sí? ¿Me oyen? No. Digo que no… Que no, estoy diciendo —gritaban tras el tabique.

—Brri-in… Pi… pi-u —cantaba el pájaro en el hoyo.

—¿Sí?…

***

—¡Noticias Libres! ¡Noticias Libres! ¡Nuevo periódico Noticias Libres! —gritaba el canillita con un pañuelo de mujer atado encima del gorro—. Desmoralización en las tropas de Petliura. Llegada de soldados negros a Odessa. ¡Noticias Libres!

Turbín logró pasar por su casa en el transcurso de una hora. Sus hombreras plateadas salieron de la oscuridad del cajón del escritorio situado en su pequeño despacho, contiguo al salón. Visillos blancos en la ventana de la puerta acristalada que daba al balcón, escritorio con libros y juego de escribir, estantes con frascos de medicamentos y diversos instrumentos, camilla cubierta por una sábana limpia. Austero y estrecho, pero acogedor.

—Lénochka, si hoy por alguna razón me retraso y viene alguien, di que no atiendo. No tengo pacientes regulares en este momento… Rápido, niña.

Elena, de prisa, tirando del cuello de la guerrera, cosía las hombreras… El segundo par, de un verde caqui con una barra negra, lo cosió sobre el capote.

Unos minutos después, Turbín salió a la carrera por la entrada principal y miró la tablilla blanca:

Doctor A. V. Turbín

Enfermedades venéreas y sífilis.

606-914

Consultas de 4 a 6

pegó la enmienda: “De 5 a 7”, y corrió calle arriba, por la pendiente Alekséievski.

—¡Noticias Libres!

Turbín se detuvo, compró un ejemplar al canillita y lo abrió mientras caminaba:

Periódico democrático apartidario.

Sale todos los días.

13 de diciembre de 1918.

Los problemas del comercio exterior, y en particular del comercio con Alemania, nos obligan…

—Pero ¿dónde está?… Se me congelan las manos.

Según informa nuestro corresponsal, en Odessa se está negociando el desembarco de dos divisiones de tropas coloniales negras. El cónsul Enno no concibe siquiera que Petliura…

—¡Ay, canillita hijo de puta!

Los desertores que se presentaron ayer en el cuartel general de nuestro comandante en Post-Volinski informaron de la creciente desmoralización en las filas de las bandas de Petliura. Anteayer, un regimiento de caballería abrió fuego en la región de Kórosten contra un regimiento de infantería de fusileros de Sich. En las bandas de Petliura se observa un fuerte anhelo de paz. Por lo visto, la aventura de Petliura se encamina al fracaso. Según informó el mismo desertor, el coronel Bolbotún, que se sublevó contra Petliura, se marchó en dirección desconocida con su regimiento y cuatro cañones. Bolbotún se inclina hacia la línea política del Hetman.

Los campesinos odian a Petliura por las requisas. La movilización que declaró en las aldeas no ha tenido ningún éxito. Los campesinos se apartan en masa de él y se esconden en los bosques.

—Supongamos… Ay, qué frío de perros… Disculpe.

—Padrecito, ¿por qué empuja a la gente? Los periódicos hay que leerlos en casa…

—Disculpe…

Siempre hemos sostenido que la aventura de Petliura…

—¡Qué canalla! ¡Ay, qué canallas!…

Quien no es lobo y es honrado

se inscribe como voluntario…

—Iván Ivánovich, ¿por qué hoy está de mal humor?

—Mi mujer se empetliuró. Desde la mañana no hace más que bolbotunear…22

A Turbín se le demudó el rostro por esa agudeza, arrugó con rabia el periódico y lo arrojó a la vereda. Aguzó el oído.

Bu-u-m —cantaban los cañones. U-uuj —se oía desde las entrañas de la tierra, en las afueras de la Ciudad.

—¿Qué diablos es eso?

Turbín se volvió bruscamente, levantó el bollo de papel, lo estiró y leyó una vez más la primera página con atención:

En la región de Irpén, choques entre nuestros exploradores y grupos sueltos de las bandas de Petliura.

En la dirección de Serébrianski hay calma.

En Krasni Traktir sin novedades.

En la dirección de Boiarka, un regimiento de cosacos del Hetman dispersó con un intrépido ataque una banda de mil quinientos hombres. Dos hombres fueron hechos prisioneros.

Gum… Gum… Gum… Bum… Bum… Bum… —gritaba la grisácea lejanía invernal en algún lugar del sudoeste. Turbín de pronto abrió la boca y palideció. Se llevó maquinalmente el periódico al bolsillo. Desde el bulevar, por la calle Vladímirskaia, negreaba y se deslizaba una muchedumbre… Directamente por la calzada avanzaban muchas personas con abrigos negros… Aparecieron mujeres en las veredas. Un jinete de la varta nacional iba al frente como un caudillo. Su alto caballo amusgaba las orejas, miraba de reojo, caminaba de costado. El morro del jinete expresaba desconcierto. Cada tanto gritaba algo y blandía la fusta para poner orden, pero sus gritos nadie los escuchaba. Entre la muchedumbre, en las primeras filas, fulguraban las doradas casullas y las barbas de los sacerdotes y ondeaban los confalones. Los niños acudían corriendo de todas partes.

—¡Noticias! —gritó el canillita lanzándose hacia la multitud.

Jóvenes ayudantes de cocina, con gorros blancos achatados, salieron de un salto del averno del restaurante Metropol. La muchedumbre se esparcía por la nieve como tinta por el papel.

Unos largos cajones amarillos se balanceaban sobre la multitud. Cuando el primero alcanzó la ubicación de Turbín, este llegó a ver, sobre uno de sus lados, una inscripción torcida escrita en carbonilla:

“Alférez Iutsévich”

En el siguiente:

“Alférez Ivanov”

En el tercero:

“Alférez Orlov”

Entre la muchedumbre de pronto se oyó un chillido. Una mujer canosa con el sombrero caído sobre la nuca, dando traspiés y dejando caer unos paquetes al suelo, se arrojó desde la vereda sobre aquel mar de gente.

—¿Qué es esto? ¡¿Vania?! —aulló.

Alguien se puso pálido y se apartó. Una mujer lanzó un alarido, y tras ella otra.

—¡Señor Jesucristo! —murmuraron detrás de Turbín. Alguien lo empujaba por la espalda y le respiraba en el cuello.

—Señor… Este último tiempo… ¿Qué es esto, están matando gente?… Pero ¿qué es esto?…

—Cualquier cosa es mejor que ver esto.

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué ha pasado? ¿A quién entierran?

—¡Vania! —aulló entre el gentío.

—A los oficiales que mataron en Popeliuja —gruñó aprisa una voz, ahogándose del deseo de ser la primera en hablar—. Salieron a Popeliuja, acamparon con todo el destacamento y a la noche los rodearon los campesinos y los hombres de Petliura y los liquidaron a todos. Pero a todos… Les sacaron los ojos, les arrancaron las hombreras. Los desfiguraron en regla.

—¿Conque eso sucedió? Ay, ay, ay…

—¿Conque eso sucedió? Ay, ay, ay…

“Alférez Korovin”

“Alférez Guerdt”

se mecían los amarillos ataúdes.

—A lo que hemos llegado… Sólo pensarlo…

—Una guerra intestina.

—Pero ¿cómo fue?

—Dicen que se quedaron dormidos…

—Se lo tienen bien merecido… —silbó de pronto una vocecita negra en medio de la multitud, a espaldas de Turbín, y todo se puso verde ante los ojos de este. En un instante aparecieron y desaparecieron rostros, gorros. Como con tenazas, Turbín pasó las manos entre dos cuellos y aferró a la voz por la manga de un abrigo negro. Esta se volvió y fue presa del horror.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Turbín en un susurro, y enseguida se ablandó.

—Qué va, señor oficial —respondió la voz temblando de horror—, yo no he dicho nada. Estoy callado. ¿Qué está diciendo? —vibró la voz.

La nariz de pato palideció y Turbín enseguida comprendió que se había equivocado, que había agarrado a otra persona. Bajo la nariz de pato y el cuello de cordero asomó una cara de extraordinaria lealtad al orden establecido. No podía haber dicho absolutamente nada y sus ojitos redondos giraban a causa del miedo.

Turbín soltó la manga y con fría rabia comenzó a buscar entre los gorros, nucas y cuellos que bullían en torno suyo. Con la mano izquierda se disponía a atrapar algo y con la derecha, metida en el bolsillo, sostenía el mango de la browning. El lúgubre canto de los sacerdotes flotaba frente a él, y a su lado, desgañitándose, sollozaba una mujer con un pañuelo en la cabeza. No había decididamente nadie a quien agarrar, la voz había desaparecido como si se la hubiese tragado la tierra. Pasó el último ataúd:

“Alférez Morskói”

y se deslizó rápido un trineo.

—¡Noticias! —hirió de pronto el oído de Turbín una afónica voz de alto.

Turbín sacó del bolsillo la arrugada hoja y, fuera de sí, se la refregó dos veces en la cara al niño, diciendo con un rechinar de dientes:

—Aquí tienes las noticias. Aquí tienes. Aquí tienes las noticias. ¡Canalla!

Con eso cesó su ataque de rabia. El niño dejó caer los periódicos, resbaló y aterrizó de cola en un montículo de nieve. Su rostro se crispó al instante en un falso gesto plañidero, pero sus ojos se llenaron de un odio nada falso y feroz.

—¿Qué es esto?… ¿Por qué…? ¿Yo qué le he hecho? —dijo con voz gangosa y en ucraniano, tratando de prorrumpir en llanto y tanteando la nieve. Un rostro asombrado se clavó en Turbín, pero no se atrevió a decir nada. Avergonzado por su absurda conducta, Turbín hundió la cabeza entre los hombros, giró bruscamente, pasó raudo junto a un farol de gas, junto al blanco muro del gigantesco edificio circular del museo, junto a unos pozos destrozados en los que se apilaban ladrillos cubiertos por una película de nieve y se encaminó a la familiar e inmensa explanada del liceo Aleksándrovski.

—¡Noticias! ¡Periódico democrático! —llegó hasta él desde la calle.

***

Un enorme edificio de ciento ochenta ventanas y cuatro pisos con forma de “U” rodeaba el patio del querido liceo de Turbín. Ocho años había pasado Turbín en él; en el transcurso de ocho años, en primavera, durante los recreos, había corrido por ese patio, y en invierno, cuando las aulas estaban llenas de un polvo asfixiante y en el patio yacía la fría y majestuosa nieve del invernal año escolar, lo había contemplado desde la ventana. Ocho años había criado y educado aquel edificio de ladrillo a Turbín y a los más jóvenes Carasio y Mishlaievski.

Y hacía ocho años exactos que Turbín había visto por última vez el patio del liceo. El corazón, por alguna razón, se le oprimió de miedo. De pronto le pareció que un negro nubarrón había cubierto el cielo, que se cernía un torbellino y barría con su vida, como una terrible marejada barre con los muelles. ¡Oh, ocho años de estudio! ¡Cuánto había en ellos de absurdo y triste y desesperado para un alma infantil, pero cuánto de alegría! Día gris, día gris, día gris, ut consecutivum, Cayo Julio César, uno en cosmografía y odio eterno a la astronomía desde el día de ese uno. Pero, en cambio, la primavera, la primavera y el estruendo en los salones, los alumnos con delantales verdes en el bulevar, los castaños y mayo, y, lo principal, el eterno faro delante: la universidad, es decir, la vida libre. ¿Comprenden lo que significa la universidad? Las puestas de sol sobre el Dniéper, la libertad, el dinero, la fuerza, la gloria.

Y él había pasado por todo eso. Los ojos siempre enigmáticos de los profesores, las terribles piletas de los problemas de matemática, con las que aún soñaba, de las que siempre se derramaba y no cesaba de derramarse el agua, y las intricadas reflexiones acerca de las diferencias entre Lenski y Oneguin,23 de lo indecente que era Sócrates, de cuándo se había fundado la orden de los jesuitas, del desembarco de Pompeyo, y de otro más, y de otro, y de otro al cabo de dos mil años…

Más aún. Tras ocho años de liceo, ya fuera de cualquier pileta, siguieron los cadáveres en el anfiteatro anatómico, las salas blancas de los hospitales y el vítreo silencio de los quirófanos; después tres años deambulando sobre una silla de montar, las heridas ajenas, las humillaciones y los sufrimientos, ¡oh, maldita pileta de la guerra!… Y había desembarcado otra vez allí, en esa explanada, en ese patio. Y corrió por esa explanada bastante enfermo e irritado, apretando su browning en el bolsillo, corrió quién sabe adónde y para qué. A lo mejor, para defender esa misma vida, el futuro por el que se había atormentado sobre aquellas piletas y aquellos malditos transeúntes, uno de los cuales sale de la estación A y el otro va a su encuentro desde la estación B.

Las negras ventanas trasuntaban la calma más plena y lúgubre. A primera vista se comprendía que aquella era una calma muerta. Extraño, en el centro de la ciudad, en medio del desbarajuste, la ebullición y la agitación, quedaba el muerto barco de cuatro plantas que en otros tiempos había sacado a alta mar decenas de miles de vidas. Parecía que ahora ya nadie lo vigilaba; ni un sonido, ni un movimiento en las ventanas y bajo las paredes cubiertas por pintura amarilla de la época de Nicolás I. La nieve yacía cual virgen capa sobre los tejados, reposaba cual gorro sobre las coronas de los castaños, cubría el patio en forma pareja, y sólo algunos senderitos hechos por huellas que partían en diferentes direcciones mostraban que alguien había caminado hacía poco por él.

Y lo principal: no sólo nadie sabía, sino que nadie se interesaba por saber adónde había ido a parar todo aquello. ¿Quién estudiaba ahora en ese barco? Y si no estudiaba, ¿por qué? ¿Dónde están los guardas? ¿Por qué unos terribles morteros de nariz chata asoman bajo la hilera de castaños junto a la reja que demarca el jardín interior, al lado de la entrada principal? ¿Por qué en el liceo hay un depósito de municiones? ¿A quién pertenece? ¿Quién lo ha dispuesto? ¿Para qué?

Nadie lo sabía, como nadie sabía adónde se había metido madame Anjou y por qué las bombas en su tienda estaban junto a cajas vacías…

***

—¡A rodar! —gritó una voz. Los morteros se movieron y comenzaron a deslizarse. Unos doscientos hombres se movieron, corrieron de un lado a otro, se acuclillaron y tiraron hacia delante a un costado de las enormes ruedas. Difusas desfilaban las pellizas amarillas, los capotes grises y los gorros de piel caucasianos, las viseras militares, caquis, azules y estudiantiles.

Cuando Turbín atravesó el inmenso patio, cuatro morteros se pusieron en fila y lo miraron con sus bocas. El breve período de instrucción había finalizado y los nuevos reclutas de la división formaron dos abigarradas hileras.

—Señor ca-pi-tán —entonó la voz de Mishlaievski—, la sección está lista.

Studzinski apareció ante las filas, retrocedió y gritó:

—¡Hombro izquierdo adelante, march!

La formación crujió, se balanceó y, pisoteando en desorden la nieve, comenzó a deslizarse.

Frente a Turbín pasaron muchos rostros conocidos y típicamente estudiantiles. A la cabeza de la tercera sección distinguió a Carasio. Sin saber aún adónde y para qué, Turbín hizo crujir sus botas junto con la sección…

Carasio dio un paso al costado de la formación y, con aire preocupado y caminando de espaldas, se puso a contar:

—Izquierda. Izquierda. Un-dos, un-dos.

Ante las negras fauces de la entrada subterránea del liceo, la formación se estiró como una serpiente y las fauces comenzaron a tragar una fila tras otra.

Dentro del museo todo lucía aún más muerto y sombrío que afuera. El eco de las botas militares sacó pronto de su letargo al pétreo silencio y a la vacilante penumbra del abandonado edificio. Bajo las bóvedas se elevaron unos sonidos como de demonios despertados. En los pesados pasos se oían susurros y chillidos: eran las alarmadas ratas que se dispersaban por los oscuros recovecos. La formación recorrió los negros e interminables pasillos del subsuelo, pavimentados con ladrillos, y llegó a una sala inmensa en la que la luz apenas afluía a través de una inerme telaraña suspendida entre las estrechas ventanas enrejadas.

El estruendo infernal de los martillos quebró el silencio. Abrían los cajones herrados de las municiones, sacaban interminables cintas y tambores, semejantes a tortas, para las ametralladoras Lewis. Asomaron las ametralladoras, negras y grises, parecidas a feroces mosquitos. Las tuercas sonaban, las tenazas arrancaban, una sierra cortaba en un rincón entre silbidos. Los cadetes sacaban montones de fríos y apelmazados gorros caucasianos, capotes arrugados que parecían de hierro, rígidos cintos, cartucheras y cantimploras revestidas en paño.

—Más rr-rá-pi-do —resonó la voz de Studzinski.

Seis oficiales con deslucidas hombreras doradas se agitaron como helechos bajo el agua. Algo dijo Mishlaievski con su cantarina y ya recuperada voz de tenor.

—¡Señor doctor! —gritó Studzinski desde la oscuridad—. Tenga la amabilidad de recibir al equipo de enfermeros y de darle instrucciones.

Ante Turbín comparecieron de inmediato dos estudiantes. Uno de ellos, bajito y emocionado, llevaba una cruz roja sobre la manga de su capote de estudiante. El otro, una cruz gris y el gorro caucasiano encajado hasta los ojos, de modo que todo el tiempo se lo estaba arreglando.

—Allí están las cajas con medicamentos —dijo Turbín—, saquen de ellas los sacos que van al hombro y a mí me traen el maletín de doctor con los instrumentos. Traten de dar a cada artillero dos botiquines individuales y explíquenles rápido cómo abrirlos en caso de necesidad.

La cabeza de Mishlaievski se elevó sobre aquel gris y pululante jaleo. Se subió a un cajón, agitó el fusil, chascó el cerrojo, insertó con estrépito el cargador, apuntó a la ventana y, chascando, chascando y apuntando, cubrió a los cadetes con los cartuchos expulsados. Después de eso la fábrica tronó en el sótano. Entre estruendos y chasquidos, los cadetes cargaron los fusiles.

—Cade-e-e-tes, el que no sabe que tenga cuidado —entonó Mishlaievski—, explíquenles a los estudiantes.

Sobre las cabezas pasaron los cintos con cartucheras y cantimploras.

Sucedió un milagro. Los variopintos y abigarrados hombres se convirtieron en una formación homogénea y compacta sobre la cual, sacudiéndose y moviéndose en desorden, se irguieron, cual erizado cepillo, las cerdas de las bayonetas.

—Señores oficiales, por favor vengan conmigo —sonó en alguna parte la voz de Studzinski.

En la oscuridad del pasillo, bajo el suave y quedo tintineo de las espuelas, Studzinski dijo sin alzar la voz:

—¿Sus impresiones?

Las espuelas se removieron. Mishlaievski, hincando con descuido y agilidad la punta de los dedos en el cintillo de su gorra, se acercó al subcapitán y dijo:

—En mi sección, quince hombres no tienen idea de cómo funciona un fusil. Va a ser complicado el asunto.

Studzinski, mirando con inspiración hacia arriba, donde, humilde y gris, a través del vidrio, se derramaba la última y débil lucecita, dijo:

—¿La moral?

Otra vez habló Mishlaievski:

—Ejem… Ejem… Los ataúdes la echaron a perder. Los estudiantes quedaron turbados. Eso tiene mal influjo sobre ellos. Los vieron pasar a través de la reja.

Studzinski volvió hacia él sus negros y tenaces ojos.

—Traten de levantar la moral.

Y las espuelas tintinearon al separarse.

—¡Cadete Pavlovski! —tronó Mishlaievski en el depósito, como Radamés en Aída.

—¡Pavlovski… ki… ji… ji… ji! —respondió el depósito con el pétreo eco y el rugido de las voces de los cadetes.

—¡Sí, señor!

—¿De la academia Alekséievskaia?

—Sí, señor teniente.

—A ver, suéltennos una canción más enérgica. Con tanto brío que haga morir a ese Petliura hijo de su madre…

Una voz, aguda y clara, entonó bajo las bóvedas de piedra:

Artillero he nacido…

Unos tenores respondieron desde la espesura de bayonetas:

En la brigada me he criado

Toda la espesura de estudiantes fue como si se estremeciera al atrapar de oído el motivo, y de pronto, en un espontáneo coro de bajos, disparando como el eco de los cañones, estalló todo el depósito:

El fue-e-ego-go de metralla me bautizó

y me envolvió en frondoso terciopelo.

El fueee-eee-eeego…

Retumbaron los oídos, los cajones con municiones, los sombríos vidrios, las cabezas, y unos vasos olvidados y polvorientos sobre los inclinados alféizares temblaron y tintinearon…

Y de las sogas de retención

me mecían los servidores de la pieza

Studzinski sacó, de la muchedumbre de capotes, bayonetas y ametralladoras, a dos sonrosados alféreces y con rápido susurro les dio la siguiente orden:

—Al vestíbulo… Quiten las muselinas del cuadro… Rápido…

Y los alféreces desaparecieron en cierta dirección.

¡Avanzan y cantan

los cadetes de la escuela de la guardia!

¡¡Resuenan las trompetas,

los timbales, los platillos!!

La vacía caja de piedra del liceo ahora rugía y aullaba en una terrible marcha, y las ratas permanecían en sus profundas madrigueras aturdidas de horror.

—¡Un-dos!… ¡Un-dos!… —hería con un rugido penetrante Carasio.

—¡Con más alegría!… —gritó con voz clara Mishlaievski—. Estudiantes de la Alekséievskaia, ¿qué es esto, un funeral?…

Ya no una oruga gris y despareja, sino

¡Modistas! ¡Cocineras! ¡Mucamas! ¡Lavanderas!

¡Miran a los cadetes que se alejan!

una hilera vestida con punzantes bayonetas avanzaba apretada por el pasillo, y el suelo se combaba y doblaba bajo el crujido de sus pies. Por el interminable pasillo y hasta el primer piso, la oruga marchaba directo hacia el gigantesco vestíbulo inundado de luz gracias a su cúpula de vidrio, y las primeras filas de pronto quedaron aturdidas.

Sobre un encabritado caballo oriental de pura sangre cubierto por gualdrapa real de bordado monograma, exhibiendo una resplandeciente sonrisa, con su tricornio de alas plegadas y penacho blanco, con su incipiente calvicie y majestuoso, Alejandro salía al vuelo al encuentro de los artilleros. Dirigiéndoles una tras otra sonrisas plenas de pérfido encanto, Alejandro blandía el sable y con su punta señalaba a los cadetes los regimientos de Borodinó. El campo de batalla se recubría con el humo de los proyectiles y el negro nubarrón de las bayonetas ocultaba la lejanía en los cuatro metros del lienzo.

… porque hubo…

combates a muerte

—Sí, dicen… —tronó Pavlovski.

¡Sí, dicen, y qué combates!

atronaron los bajos.

¡No en va-a-a-a-no recuerda toda Rusia

el día de Borodinó!

El deslumbrante Alejandro cabalgaba hacia el cielo, y la muselina que lo había tapado durante un año entero yacía bajo los cascos de su caballo.

—¿Acaso no han visto al emperador Alejandro el Bienaventurado? ¡Más parejo, más parejo! ¡Un-dos! ¡Un-dos! ¡Izquierda! ¡Izquierda! —aulló Mishlaievski, y la oruga subía, asediando la escalera con el pesado paso de la infantería de Alejandro. La división desfiló por delante del vencedor de Napoleón, suspendido a su izquierda, y entró en el vasto salón de actos con sus dos hileras de ventanas; allí interrumpió su canción y, balanceando las bayonetas, formó apretadas filas. Una luz blanquecina y crepuscular reinaba en el salón, y en los entrepaños, como exánimes y pálidas manchas, se veían los enormes retratos de los últimos zares, tapados con muselinas.

Studzinski retrocedió y echó un vistazo a su reloj de pulsera. En ese instante entró corriendo un cadete y le susurró algo al oído.

—El comandante de la división —oyeron los que estaban más cerca.

Studzinski llamó con la mano a los oficiales. Estos corrieron entre las filas y las emparejaron. Studzinski salió al pasillo a recibir al comandante.

Acompañado del tintineo de sus espuelas, el coronel Malíshev subió por la escalera hacia la entrada del salón, volviéndose y mirando de reojo a Alejandro. El curvo sable caucasiano con su cordón guinda le bailaba sobre el costado izquierdo. Llevaba una gorra de frondoso terciopelo negro y un largo capote con un enorme corte por detrás. Su rostro expresaba preocupación. Studzinski se acercó aprisa a él, se detuvo e hizo el saludo militar.

Malíshev le preguntó:

—¿Están equipados?

—Sí, señor. Todas las órdenes han sido cumplidas.

—¿Y qué tal?

—Se batirán. Pero carecen por completo de experiencia. Junto a los ciento veinte cadetes hay ochenta estudiantes que no saben tener el fusil en las manos.

Una sombra surcó el rostro de Malíshev. Guardó silencio.

—Es una gran fortuna que haya buenos oficiales —continuó Studzinski—, en especial ese nuevo, Mishlaievski. De alguna manera nos arreglaremos.

—Ya. Bueno, mire: después de mi revista, disponga que la división, con excepción de los oficiales y una guardia de sesenta hombres compuesta por los cadetes más hábiles y experimentados, que apostará junto a los cañones, en el depósito y en la defensa del edificio, se vaya a sus casas y que mañana a las siete de la mañana se reúna aquí.

Un asombro visceral paralizó a Studzinski; abrió la boca y sus ojos se desencajaron de un modo indecente hacia el señor coronel.

—Señor coronel… —de la emoción, todos los acentos se le corrieron a la anteúltima sílaba—, permítame informarle. Eso es imposible. La única manera de mantener cierta capacidad de combate de la división es mantenerlo toda la noche aquí.

El señor coronel, ahí mismo y con gran rapidez, puso de manifiesto una nueva cualidad: la de enojarse del modo más majestuoso. Su cuello y mejillas se pusieron morados y sus ojos ardieron.

—Capitán —dijo con voz desagradable—, ordenaré en el registro que le asignen un salario no como oficial mayor, sino como maestro de conferencias que dicta lecciones a los comandantes de las divisiones, y eso no será de mi agrado, puesto que suponía que en su persona yo contaría precisamente con un oficial mayor experimentado y no con un profesor civil. Así que bien: no necesito lecciones. ¡Le rue-e-e-go que no me dé consejos! Lo suyo es escuchar y memorizar. Y una vez que memoriza, ¡cumplir!

Y ambos se quedaron mirando uno a otro con los ojos abombados.

El cuello y las mejillas de Studzinski se pusieron rojos como un samovar y sus labios temblaron. Como con un chirrido en la garganta, dijo:

—A sus órdenes, señor coronel.

—Eso es, obedezca. Mándelos a sus casas. Ordéneles que duerman bien, hágalos salir sin armas y que mañana estén aquí a las siete. Más aún: hágalos salir en pequeños grupos, no por unidades, y sin hombreras, para no llamar la atención de los mirones con su buena apariencia.

Un rayo de comprensión fulguró en los ojos de Studzinski, y la ofensa que había en ellos se extinguió.

—A sus órdenes, señor coronel.

El señor coronel cambió bruscamente.

—Aleksandr Bronislávovich, hace tiempo que lo conozco como oficial experimentado y aguerrido. Pero usted a mí también me conoce, ¿cierto? ¿No se ofende, entonces? Las ofensas en tales momentos están fuera de lugar. Le he dicho algo desagradable, olvídelo, es que usted también…

Studzinski se puso más morado aún.

—Sí, señor coronel, yo tengo la culpa.

—Bueno, perfecto. Pero no perdamos tiempo y no los dejemos enfriar. En una palabra, todo queda para mañana. Mañana veremos más claro el asunto. En cualquier caso, se lo diré de antemano: cero atención a los cañones, tenga en cuenta que no habrá ni caballos ni proyectiles. Así que mañana, desde temprano, ejercicios de tiro con fusil, ejercicios y ejercicios. Hágame que mañana, hacia el mediodía, la división dispare como un regimiento condecorado. Y a todos los cadetes con experiencia les entrega granadas. ¿Comprende?

Las sombras más lóbregas se cernieron sobre Studzinski. Escuchaba tenso.

—Señor coronel, ¿me permite hacerle una pregunta?

—Ya sé lo que me quiere preguntar. Puede ahorrarse la pregunta. Le responderé: horrible. Puede ser peor, pero raras veces. ¿Ahora comprende?

—¡Sí, señor!

—Bueno, así son las cosas —dijo Malíshev bajando mucho la voz—, es obvio que no deseo quedarme en este calabozo en una noche incierta y, a lo mejor, enterrar a doscientos muchachos de los cuales ciento veinte no saben siquiera disparar.

Studzinski guardaba silencio.

—Pues así son las cosas. Del resto hablaremos hacia la noche. Hay tiempo para todo. Vayamos con su división.

Y entraron en el salón.

—¡Fir-r-r-r-mes! ¡Señores oficiales! —gritó Studzinski.

—¡Buenas tardes, artilleros!

A espaldas de Malíshev, Studzinski agitó la mano como un inquieto director de orquesta y la pared gris y erizada vociferó de tal modo que los vidrios temblaron:

—¡Buee… aaas… taaarr… es… eñooor ooroneeel…!

Malíshev examinó con alegría las filas, retiró la mano de la visera y dijo:

—Admirable… ¡Artilleros! No gastaré palabras, no sé hablar porque no he intervenido en mítines, así que seré breve. Vamos a golpear al hijo de perra de Petliura, y quédense tranquilos que lo derrotaremos. Entre vosotros hay egresados de la Vladímirskaia, la Konstantínovskaia, la Alekséievskaia, cuyas águilas aún no han conocido el deshonor. Y muchos de ustedes son estudiantes de este célebre liceo. Sus viejas paredes los están contemplando. Y confío en que no las harán enrojecer de vergüenza. ¡Artilleros de la división de morteros! Defenderemos la gran Ciudad cuando la asedie el bandido. Cuando escupamos a ese querido presidente con nuestras bocas de seis pulgadas, ¡se le fruncirá el que les dije a esa basura hija de su madre!

—Ja… aa-aa… Ja-aaa… —respondió la erizada espesura, subyugada por las vivas expresiones del señor coronel.

—¡Den lo mejor de ustedes, artilleros!

Studzinski, otra vez como un director entre bastidores, agitó asustado la mano, y otra vez aquella mole hizo caer capas de polvo con su clamor, repetido por un eco atronador:

—¡¡¡Rrraa… hurrrrraaaaa… rrraaaaa!!!

***

Diez minutos después, en el salón de actos, al igual que en el campo de Borodinó, había cientos de fusiles en pabellón. Dos centinelas negreaban en los extremos de la polvorienta llanura del parquet, cubierta de bayonetas. En algún lugar lejano, abajo, sonaban y repercutían los pasos acelerados de los novatos artilleros, que se retiraban del liceo según la orden recibida. En los pasillos, algo herrado golpeaba y retumbaba, y se oían las exclamaciones de los oficiales: Studzinski en persona disponía la guardia. Después, inesperadamente, en los pasillos se oyó un clarín. En sus desgarradas y agrias notas, que volaban por todo el liceo, el peligro quedaba solapado, y lo que se oía era una clara alarma y disonancia. En el pasillo, sobre el hueco orlado por dos tramos de escalera que conducían al vestíbulo, un cadete inflaba las mejillas. Las raídas cintas de San Jorge colgaban del deslucido bronce del clarín. Mishlaievski, con las piernas abiertas como un compás, se hallaba ante el corneta y le enseñaba cómo tocar el instrumento.

—No llega… Ahora así, así. Sople, sople. Se ha estropeado por falta de uso, el pobre. A ver ahora, toque alarma.

“Ta-ta-tam-ta-tam”, cantó el corneta, provocando horror y angustia entre las ratas.

El crepúsculo se extendía bruscamente en el salón de doble ventanal. Ante el campo con los fusiles en pabellón se quedaron Malíshev y Turbín. Malíshev miró con cierto aire sombrío al médico, pero enseguida compuso en su rostro una sonrisa afable.

—Y bien, doctor, ¿cómo van sus cosas? ¿La sección de sanidad está en orden?

—Sí, señor coronel.

—Usted, doctor, puede irse a casa. Y deje ir también a los enfermeros. Dígales que se presenten mañana a las siete de la mañana, junto con el resto… Y usted… —Malíshev quedó pensativo y entrecerró los ojos— a usted le pediré que venga aquí mañana a las dos de la tarde. Hasta entonces queda libre. —Malíshev otra vez pensó un momento—. Y mire, por ahora puede no ponerse las hombreras —Malíshev titubeó—. No figura en nuestros planes llamar particularmente la atención. En una palabra, le pido que mañana a las dos esté aquí.

—A sus órdenes, señor coronel.

Turbín vaciló en su sitio. Malíshev sacó una cigarrera y le ofreció un cigarrillo. Turbín, en respuesta, encendió un fósforo. Se encendieron dos estrellitas rojas y enseguida quedó claro que había oscurecido bastante. Malíshev miró inquieto hacia arriba, donde blanqueaban difusas dos lámparas de arco, y luego salió al pasillo.

—Teniente Mishlaievski, venga aquí, por favor. Mire, lo dejo a cargo de la iluminación eléctrica de todo el edificio. Tenga a bien controlarla lo suficiente como para poder no sólo encenderla en cualquier momento, sino también apagarla. La responsabilidad por la iluminación es toda suya.

Mishlaievski se llevó la mano a la visera y dio un brusco giro. El corneta hizo sonar el clarín y se detuvo. Mishlaievski, haciendo tintinear las espuelas —tin, tin, tin—, bajó la escalinata a tal velocidad que parecía ir sobre patines. Momentos después, desde abajo llegaron sus tronantes puñetazos contra algo y sus gritos de mando. Y en respuesta a ellos, en la entrada principal, a la que daba el vastísimo vestíbulo a dos aguas, se encendió la luz, arrojando un débil destello sobre el retrato de Alejandro. Malíshev incluso abrió la boca de placer y se dirigió a Turbín:

—No, qué demonios… Es un verdadero oficial. ¿Lo ha visto?

Y abajo, en la escalera, apareció una pequeña figura que empezó a subir despacio los peldaños. Cuando giró en el primer descanso, Malíshev y Turbín, inclinados sobre la baranda, pudieron distinguirla. La figura caminaba sobre sus piernas enfermas y separadas, y su blanca cabeza temblaba. Llevaba un ancho saco cruzado con botones plateados y galones verdes. En sus trémulas manos asomaba una enorme llave. Mishlaievski subía por detrás de la figura y cada tanto gritaba:

—¡Más rápido, más rápido, vejete! ¿Por qué te arrastras como un piojo sobre una cuerda?

—Su… Su… —mascullaba el viejo, arrastrando despacio los pies. De la oscuridad del descanso emergió Carasio, tras él otro oficial de elevada estatura, luego dos cadetes y, por último, una ametralladora de agudo hocico. La figura se agitó horrorizada, se inclinó, se inclinó e hizo una reverencia hasta la cintura a la ametralladora.

—Su excelencia —murmuró.

Al llegar arriba, la figura, con manos trémulas, tanteó en la penumbra, abrió una alargada caja en la pared y una mancha blanca miró desde ella. El viejo metió la mano en un sitio, chascó algo y, al instante, se inundó de luz el rellano superior del vestíbulo, la entrada al salón de actos y el pasillo.

La tiniebla se redujo y huyó hacia los rincones. Mishlaievski se apropió en el acto de la llave, metió la mano en la caja y empezó a jugar y chascar las negras palanquitas. La luz, enceguecedora al punto de que desprendía unas irisaciones rosáceas, ora se encendía, ora desaparecía. Se encendieron las lámparas en el salón y se apagaron. De improviso se iluminaron dos lámparas en los extremos del pasillo y la tiniebla, dando volteretas, se largó definitivamente.

—¿Qué tal? ¡Ea! —gritó Mishlaievski.

—Se ha apagado —respondieron unas voces abajo, desde el hueco del vestíbulo.

—¡Ahora hay! ¡Se enciende! —gritaron de nuevo.

Tras jugar a gusto, Mishlaievski iluminó al fin el salón, el pasillo y el reflector sobre Alejandro; luego cerró la caja con llave y se guardó esta en el bolsillo.

—Vete a dormir, vejete —dijo tranquilizador—, todo está en orden.

Los cegatos ojos del viejo pestañearon en ademán culpable:

—¿Y la llavecita? La llavecita… Su excelencia… ¿Cómo? ¿Se la quedará usted, acaso?

—La llavecita la tendré yo. Exactamente.

El viejo se estremeció una vez más y se marchó despacio.

—¡Cadete!

Un cadete sonrosado y robusto apoyó con estruendo la culata junto a la caja y se quedó inmóvil.

—Sólo tendremos acceso a la caja el comandante de la división, el oficial mayor y yo. Nadie más. De ser necesario, si alguno de los tres se lo ordenamos, rompa la caja, pero con cuidado, para no dañar en modo alguno el tablero.

—A sus órdenes, señor teniente.

Mishlaievski se acercó a Turbín y le susurró:

—Era Maksim… ¿Has visto?

—Dios mío… Sí, he visto —susurró Turbín.

El comandante de la división se paró en la entrada del salón de actos y mil reflejos centellearon sobre la tallada plata de su sable. Llamó con un gesto a Mishlaievski y le dijo:

—Bueno, teniente, me alegra que haya venido a nuestra división. Bravo.

—Me alegra cumplir con mi deber, señor coronel.

—Arréglenos también la calefacción aquí en el salón para que los cadetes de guardia no pasen frío; de todo lo demás me ocuparé yo. Les conseguiré comida y algo de vodka, poca cantidad, pero la suficiente para entrar en calor.

Mishlaievski sonrió con todo agrado al señor coronel y carraspeó significativamente:

—Ejem… Ejem…

Turbín ya no escuchaba. Inclinado sobre la balaustrada, no apartó los ojos de la figura de blanca cabeza hasta que esta no desapareció en la parte baja. Una vacía angustia se había apoderado de él. Allí mismo, junto a la fría balaustrada, un recuerdo desfiló ante él con extraordinaria nitidez.

… Una multitud de estudiantes de todas las edades avanzaba embargada de entusiasmo por ese mismo pasillo. El fornido Maksim, el preceptor, arrastraba precipitadamente a dos figuras negras, abriendo aquella maravillosa procesión.

—Deja, deja, deja, deja —murmuraba Maksim—, deja que el señor inspector, con motivo de la alegre llegada del señor curador, admire al señor Turbín y al señor Mishlaievski. Será un placer para él. ¡Un placer sencillamente extraordinario!

Cabe pensar que las últimas palabras de Maksim encerraban la más perversa ironía. Sólo a un hombre con el gusto alterado la contemplación de los señores Turbín y Mishlaievski podía proporcionar placer, y más aún en la alegre hora de la llegada del curador.

El señor Mishlaievski, atenazado en la mano izquierda de Maksim, tenía el labio superior partido oblicuamente y la manga izquierda le colgaba de un hilo. El señor Turbín, atenazado en la mano derecha, había perdido el cinturón y todos los botones no sólo de la blusa, sino también de la bragueta, de modo que su propio cuerpo y su ropa interior estaban expuestos del modo más indecente a las miradas ajenas.

—Déjenos, buen Maksim, querido —suplicaban Turbín y Mishlaievski, lanzándole por turno miradas apagadas desde sus rostros ensangrentados.

—¡Hurra! ¡Llévatelos, reverendísimo Maks! —gritaban desde atrás los excitados alumnos—. ¡No hay ley que permita desfigurar impunemente a los de segundo!

¡Ay, Dios mío, Dios mío! Entonces había sol, ruido y estruendo. Y Maksim no era entonces el de ahora, blanco, afligido y hambriento. Maksim tenía en la cabeza un negro cepillo de zapatos tocado con alguna que otra cerda canosa, tenazas en lugar de manos y, en el cuello, una medalla del tamaño de una rueda de carro… Ay, rueda, rueda. Siempre salías de la aldea B, hacías N vueltas y ahora mira, has llegado a este vacío de piedra. ¡Dios, qué frío! Ahora hay que defenderlo… Pero ¿defender qué? ¿El vacío? ¿El rumor de los pasos? ¿Acaso tú, tú, Alejandro, salvarás con los regimientos de Borodinó esta casa en ruinas? ¡Revívelos, sácalos del lienzo! Ellos le darían una paliza a Petliura.

Las piernas de Turbín lo llevaron abajo por sí mismas. “¡Maksim!”, quiso gritarle. Después empezó a frenarse hasta que al fin se detuvo. Se imaginó a Maksim allí abajo, en el cuartito del sótano donde vivían los guardas. Seguramente temblaba junto a la estufa, lo había olvidado todo y se pondría a llorar. Y aquí una angustia tal en la garganta. Hay que escupir sobre todo ello. Basta de sentimentalismos. Toda su vida se había entregado al sentimentalismo. Basta.

***

Y pese a todo, cuando Turbín dejó ir a los enfermeros, se encontró en un aula vacía y penumbrosa. Las pizarras en las paredes semejaban manchas de carbón. Y los pupitres estaban en fila. No se contuvo, levantó la tapa de uno de ellos y se sentó. Duro, penoso, incómodo. Qué cerca estaba la pizarra negra. Sí, juro, juro que era esta misma aula o la contigua, porque allí, desde la ventana, era la misma vista sobre la Ciudad. Allí está la negra y muerta mole de la universidad. La flecha del bulevar con sus luces blancas, las cajas de los edificios, los huecos de las tinieblas, las paredes, la altura de los cielos…

Y en las ventanas, una auténtica representación de la ópera La Nochebuena, nieve y lucecitas que vibran y titilan… “Quisiera saber por qué disparan en Sviatóshino.” E, inofensivos y lejanos, los cañonazos, como entre algodones, bu-um, bu-u-um…

—Basta.

Turbín bajó la tapa del pupitre, salió al pasillo, atravesó el vestíbulo, pasó por delante de los guardias y llegó a la calle. En la entrada principal había una ametralladora. Había pocos transeúntes y caía una nieve espesa.

***

El señor coronel pasó una noche ajetreada. Realizó muchos viajes entre el liceo y la tienda de madame Anjou, a dos pasos de este. A medianoche la máquina funcionaba bien y a toda marcha. En el liceo, con quedo chisporroteo, las lámparas incandescentes irradiaban una luz rosácea. El salón se había calentado bastante, ya que toda la tarde y toda la noche habían ardido las llamas en las antiguas estufas de los anexos de la biblioteca.

Los cadetes, por orden de Mishlaievski, encendieron las blancas estufas con Apuntes Patrios y Biblioteca de Lectura del año 1863, y después toda la noche, sin cesar, haciendo estruendo con las hachas, las avivaron con los viejos pupitres. Studzinski y Mishlaievski bebieron dos vasos de alcohol (el señor coronel cumplió su promesa y les proporcionó la cantidad suficiente para entrar en calor, a saber: medio balde) y, turnándose, durmieron dos horas junto con los cadetes, encima de sus capotes y cerca de la estufa, mientras las luces púrpuras y las sombras reverberaban sobre sus rostros. Después se levantaron y pasaron toda la noche yendo de un centinela a otro, verificando los puestos de guardia. Carasio también vigilaba con los cadetes ametralladoristas las puertas que daban al jardín. Y con zamarras de cordero, turnándose cada hora, había cuatro cadetes junto a los morteros de boca ancha.

En la tienda de madame Anjou la estufa ardía como el diablo, las chimeneas zumbaban y despedían olor; un cadete montaba guardia junto a la puerta sin apartar la vista de la motocicleta de la entrada, y cinco cadetes dormían como muertos sobre sus capotes extendidos. A la una, el señor coronel se instaló definitivamente en la tienda de madame Anjou; bostezaba, pero no se acostaba, y no cesaba de hablar por teléfono con alguien. A las dos, entre estampidos, llegó una motocicleta y de ella bajó un militar con capote gris.

—Déjenlo pasar. Viene a verme.

El hombre le entregó al coronel un voluminoso paquete envuelto en una sábana y atado en cruz con una soga. El señor coronel lo escondió con sus propias manos en el pequeño desván que se encontraba al fondo del local y cerró la puerta con candado. El hombre gris partió de regreso en su motocicleta; el señor coronel pasó a la galería y allí extendió su capote, puso bajo su cabeza un montón de harapos, se acostó y, tras ordenar al cadete de guardia que lo despertaran a las seis y media en punto, se quedó dormido.

7

Bien entrada la noche, una oscuridad negra como el carbón se depositó sobre las terrazas del mejor lugar del mundo, el monte de San Vladímir. Los senderos de ladrillo y las alamedas estaban ocultos bajo una interminable y vaporosa capa de nieve intacta.

Ni una sola alma en la Ciudad, ni un solo pie perturbaba en invierno aquella mole de varios pisos. ¿Quién iría al monte de noche, y encima en esos tiempos? ¡Simplemente da miedo estar allí! Ni el más intrépido se animaría. Y tampoco hay allí nada que hacer. Un solo lugar iluminado: ya hace cien años que el San Vladímir negro y de hierro fundido se yergue sobre el feo y pesado pedestal y sostiene en la mano una cruz de seis metros. Todas las noches, en cuanto el crepúsculo envuelve los desprendimientos de nieve, las pendientes y las terrazas, se enciende la cruz y arde la noche entera. Y se ve de lejos, se ve desde cuarenta kilómetros en las negras lejanías que llevan hacia Moscú. Pero allí ilumina poco; la pálida luz eléctrica cae rozando un costado negro verdoso del pedestal y arranca de la oscuridad la balaustrada y un pedazo de la reja que bordea la terraza central. Nada más. ¡Y más allá, más allá!… La oscuridad absoluta. Árboles en las sombras con sus gorros de nieve, extraños como arañas envueltas en muselina, y montones de nieve que llegan hasta la garganta. Ominoso.

Pero, claro, ninguna persona se arrastraría hasta allí. Ni siquiera el más osado. No hay por qué, eso es lo principal. Algo muy diferente ocurre en la Ciudad. Una noche inquietante, grave, una noche de contienda. Los faroles arden como abalorios. Los alemanes duermen, pero con los ojos entreabiertos. En el pasaje más oscuro de pronto emerge un cono azulado.

—Halt!

Crunch… Crunch… en medio de la calle se deslizan unos peones de ajedrez con jofainas. Orejeras negras… Crunch… Fusiles no al hombro, sino en mano. Los alemanes no están para bromas por el momento… Sea como sea, los alemanes son cosa seria. Similares a escarabajos peloteros.

—¡Dokumento!

—Halt!

Cono de una linterna. ¡Eh!…

Y un pesado coche laqueado en negro con cuatro faroles delanteros. No es un simple coche, porque tras su espejado habitáculo avanza al trote largo un convoy de ocho jinetes. Pero a los alemanes les da lo mismo. Y al coche le gritan:

—Halt!

—¿Adónde? ¿Quién? ¿Para qué?

—Comandante en jefe de la caballería, Belorúkov.

Bueno, por supuesto, eso es otra cosa. Por favor, adelante. Tras las ventanillas, en el fondo del habitáculo, un rostro pálido con bigotes. Un vago reflejo en los hombros de su capote de general. Y las jofainas alemanas saludaron. Es verdad que en lo profundo de su alma les daba igual que fuera el comandante Belorúkov, Petliura o el jefe de los zulúes en ese sarnoso país. Pero, sin embargo… Si entre zulúes vivieres, haz lo que vieres. Saludaron las jofainas. Cortesía internacional, que le dicen.

***

Una noche grave, de contienda. Desde las ventanas de madame Anjou caen rayos de luz. En los rayos, sombreros de mujer, corsés, pantalones, cañones de Sebastopol. Y camina y camina el péndulo-cadete, tiene frío, traza el monograma imperial con la bayoneta. Y allí, en el liceo Aleksándrovski, las lámparas vierten luz como en un baile. Mishlaievski, reconfortado con la cantidad suficiente de vodka, camina y camina, echa un vistazo a Alejandro el Bienaventurado, mira la caja de los interruptores. En el liceo hay bastante alegría y gravedad. Pese a todo, en los puestos de guardia hay ocho ametralladoras y los cadetes no son estudiantes… Se batirán, mire usted. Los ojos de Mishlaievski, como los de un conejo: rojos. Cuántas noches con poco sueño, mucho vodka y bastante alarma. Bueno, en la Ciudad por ahora es fácil sobrellevar la alarma. Si eres un hombre limpio, por favor, pasea. Es verdad que te detendrán unas cinco veces. Pero, si presentas los documentos, sigue tranquilo, por favor. Es asombroso que andes deambulando de noche, pero ve…

Ahora bien, al monte, ¿quién iría? Una absoluta estupidez. Y además el viento allí arriba… surca las alamedas cubiertas de nieve de tal modo que te parece escuchar la voz del diablo. Si alguien fuera al monte, sería acaso algún paria de esos que con cualquier gobierno se siente entre la gente como un lobo en una jauría. Un miserable cabal, como los de Victor Hugo. Uno de esos que no debe siquiera aparecer por la Ciudad, y si lo hace es por su cuenta y riesgo. Si logras escabullirte entre las patrullas, suerte tuya; si no logras escabullirte, no te enfades. Si tal persona fuera a parar al monte, habría que sentir por ella sincera compasión humana.

Es que eso no se le desea ni a un perro. Un viento gélido. Cinco minutos bajo él y ya quieres volver a casa, pero…

—¿Cómo que las cinco?… ¡Ay…, ay…, nos congelaremos!…

Lo principal es que no hay paso hacia la Ciudad alta por el lado del panorama y de la torre de agua porque allí, sírvase ver, en el pasaje Mijálovski, en el monasterio, instaló su cuartel general el príncipe Belorúkov. Y a cada momento, coches con convoy, coches con ametralladoras, coches con…

—¡Ay, malditos oficialuchos, que se los lleve el diablo!

Patrullas, patrullas, patrullas.

Y descender por las terrazas en dirección a la Ciudad baja —Podol— no cabe siquiera pensarlo, primero porque en la calle Aleksándrovskaia, que serpentea al pie del monte, los faroles forman una cadena, y segundo porque los alemanes, ¡demonios!, ¡una patrulla tras otra! ¿Acaso será así hasta la mañana? Porque antes del amanecer nos congelaremos. Un viento gélido… u-u-u-u… surca las alamedas, y parece que entre los montículos de nieve, junto a la reja, farfullan voces humanas.

—¡Nos congelaremos, Kirpati!

—Aguanta, Nemoliaka, aguanta. Las patrullas seguirán hasta la mañana y después se quedarán dormidas. Nos filtraremos en Vzvoz y entraremos en calor en casa de Síchija.

La oscuridad vibra a lo largo de la reja y parece que tres sombras negrísimas se aprietan contra el parapeto, se estiran, miran hacia abajo, donde la calle Aleksándrovskaia asoma como en la palma de la mano. Está silenciosa, desierta, pero de pronto corren dos conos azulados: vuelan los coches alemanes o aparecen las negras tortillas de las jofainas, que proyectan sombras cortas y puntiagudas. Y todo se ve como en la palma de la mano…

Se aparta una sombra en dirección al monte y su aguda voz de lobo susurra afónica:

—Eh… Nemoliaka… ¡Arriesguémonos! Vamos. A lo mejor pasamos…

No marchaban bien las cosas en el monte.

***

Y en el palacio, figúrese, las cosas tampoco marchaban bien. Una agitación extraña e indecorosa para una noche de palacio. A través del brillante parquet del salón, donde había unas chapuceras sillas doradas, corrió con pasito de ratón un viejo lacayo de largas patillas. En algún lugar, a lo lejos, sonó un quebradizo timbre eléctrico y tintinearon unas espuelas. En el dormitorio los espejos, con marcos descoloridos y acabados en coronas, reflejaron un cuadro extraño y antinatural. Un hombre enjuto, entrecano, de bigotitos recortados sobre su rostro zorruno, apergaminado y rasurado, con un costoso caftán caucasiano con cartuchos de plata ornamentales, iba y venía junto a los espejos. A su lado se movían tres oficiales alemanes y dos rusos. Uno con caftán, al igual que el personaje central, otro con guerrera y pantalones de montar que delataban su origen, la caballería, pero con las hombreras cuneiformes del Hetman. Los cinco ayudaron al zorruno hombre a cambiarse de ropa. Le fueron quitados el caftán, los anchos calzones, las botas laqueadas. Al hombre le pusieron un uniforme de mayor alemán y no quedó ni mejor ni peor que cientos de otros mayores. Después la puerta se abrió, se descorrieron las polvorientas cortinas palatinas y dieron paso a otro hombre con uniforme de médico militar del ejército alemán. Traía consigo una pila entera de paquetes, los abrió y, con mano diestra, le vendó por completo la cabeza al recién nacido mayor alemán, de tal modo que sólo se le veía el zorruno ojo derecho y la fina boca, que apenas dejaba al descubierto varias coronas de oro y platino.

La indecorosa agitación nocturna del palacio se prolongó aún cierto rato. A unos oficiales que mataban el tiempo en el salón de las sillas chapuceras y en el contiguo un alemán les contó en su lengua que el mayor Von Shratt, al descargar el revólver, se había herido sin querer el cuello y que ahora había que enviarle de urgencia al hospital alemán. En alguna parte sonó el teléfono, en otra cantó el pájaro —¡piu!—. Después, a la entrada lateral del palacio, a través de las cinceladas puertas ojivales, se acercó un silencioso coche alemán con la cruz roja, y el misterioso mayor Von Shratt, envuelto en gasas y embalado de pies a cabeza en un capote, fue sacado en camilla e introducido en él. El coche arrancó y lanzó un sordo rugido al doblar para tomar la calle.

En el palacio, por su parte, el ajetreo y la alarma se prolongaron hasta la mañana; las luces ardían en los salones de retratos y en los salones dorados; el teléfono sonaba a menudo; los rostros de los lacayos se habían vuelto como descarados y sus ojos despedían alegres destellos…

En una habitación pequeña y estrecha de la planta baja, junto al teléfono, había un hombre con uniforme de coronel de artillería. Entornó con cuidado la puerta de esa blanca habitación de aparatos, que no cuadraba con el palacio, y sólo después descolgó el tubo. Pidió a la insomne señorita de la central telefónica que lo comunicara con el número 212. Cuando lo conectaron, dijo “merci”, arqueó severo y alarmado las cejas y preguntó en tono confidencial y algo sordo:

—¿Es el cuartel general de la división de morteros?

***

¡Ay, ay! El coronel Malíshev no pudo dormir hasta las seis y media, como había previsto. A las cuatro de la noche el pajarito de la tienda de madame Anjou cantó con extraordinaria tenacidad y el cadete de guardia se vio obligado a despertar al señor coronel. Este se despertó con asombrosa rapidez y enseguida razonó con agudeza, como si nunca se hubiera acostado. No se disgustó con el cadete por haberle interrumpido el sueño. La motocicleta se lo llevó a alguna parte poco después de las cuatro, y a eso de las cinco, cuando regresó a la tienda de madame Anjou, sumido en enfurruñadas consideraciones militares, también arqueó las cejas severo y alarmado, como aquel coronel en el palacio que había llamado a la división de morteros desde la sala de aparatos.

***

A las siete, en el campo de Borodinó, iluminado por lámparas rosáceas, formaba aterida por el frío del amanecer, entre voces y gruñidos, la misma extensa oruga que había subido por la escalera hacia el retrato de Alejandro. El subcapitán Studzinski permanecía a cierta distancia de ella, con un grupo de oficiales, y guardaba silencio. Cosa rara, en sus ojos se veía el mismo oblicuo brillo de alarma que en los del coronel Malíshev había aparecido a las cuatro de la madrugada. Pero cualquiera que hubiera visto al coronel y al subcapitán en aquella célebre noche podría haber dicho, en el acto y con seguridad, en qué residía la diferencia: en los ojos de Studzinski era la alarma del presentimiento, mientras que en los de Malíshev era una alarma definida, cuando ya todo es claro, comprensible y horrible. De la bocamanga del capote de Studzinski asomaba la larga lista de los artilleros de la división. Studzinski acababa de pasar lista y comprobó que faltaban veinte hombres. Por eso la hoja llevaba el sello del brusco movimiento de los dedos del subcapitán: estaba arrugada.

En el frío salón se ensortijaban las volutas de humo: en el grupo de oficiales fumaban.

A las siete exactas apareció ante la formación el coronel Malíshev y, al igual que la víspera, fue recibido por un estruendoso saludo. El señor coronel, al igual que la víspera, llevaba al cinto un sable de plata, pero, en virtud de ciertas causas, sobre su tallada plata ya no centelleaban mil reflejos. Sobre el costado derecho del coronel descansaba el revólver en su funda, y dicha funda, por lo visto, a consecuencia de una distracción impropia en el coronel Malíshev, estaba desabrochada.

El coronel se colocó ante la división, se llevó la enguantada mano izquierda a la empuñadura del sable, apoyó suavemente la derecha, desnuda, sobre la funda y pronunció las siguientes palabras:

—¡Ordeno a los señores oficiales y artilleros de la división de morteros escuchar atentamente lo que les diré! Esta noche, en nuestra situación, en la situación del ejército y, diría, en la situación de Ucrania como Estado, se han producido cambios bruscos y súbitos. ¡Por eso les anuncio que la división queda disuelta! ¡Le propongo a cada uno de ustedes quitarse cualquier insignia y tomar aquí en el depósito todo lo que desee y pueda llevarse, marcharse a su casa, ocultarse en ella, no mostrarse por ningún motivo y aguardar un nuevo llamado de mi parte!

Guardó silencio y así pareció realzar aún más el absoluto silencio del salón. Hasta las lámparas dejaron de chisporrotear. Todas las miradas de los artilleros y del grupo de oficiales se concentraron en un único punto del salón, a saber: los bigotes recortados del señor coronel.

Otra vez tomó la palabra:

—Ese llamado llegará tan pronto como se produzca el menor cambio en la situación. Pero debo decirles que hay que cifrar pocas esperanzas en él… Yo mismo ignoro ahora qué curso tomarán los eventos, pero creo que lo mejor que puede esperar cada uno de ustedes… eh… —el coronel de pronto gritó las siguientes palabras— ¡los mejores de ustedes!, es ser enviado al Don. Así pues: ¡ordeno a todos en la división, con excepción de los señores oficiales y de los cadetes que han montado guardia hoy por la noche, que de inmediato se marchen a sus casas!

—¿¡Eh!? ¿¡Eh!? ¡Ah, ah, ah! —un murmullo recorrió la formación y las bayonetas descendieron. Se divisaron rostros de desconcierto, y entre las filas varios ojos brillaron alegres…

Del grupo de oficiales se separó el subcapitán Studzinski, de una palidez azulada y mirada torva, dio varios pasos en dirección al coronel Malíshev y luego se volvió hacia los oficiales. Mishlaievski no lo miraba a él, sino que seguía con los ojos clavados en los bigotes del coronel Malíshev; su aspecto era como si deseara, fiel a su costumbre, lanzar los insultos más soeces. Carasio puso absurdamente los brazos en jarra y parpadeó. Y en un grupito separado de jóvenes alféreces de pronto circuló entre murmullos la indebida y perniciosa palabra “arresto”…

—¿Qué? ¿Cómo? —se oyó una voz de bajo entre las filas de cadetes.

—¡Arresto!…

—¡¡Traición!!

Studzinski lanzó de golpe una inspirada mirada a la lámpara que ardía sobre su cabeza, dirigió los ojos a la culata de la funda y gritó:

—¡Eh, primera sección!

La fila delantera se rompió desde el extremo, unas figuras grises se apartaron de ella y sobrevino una extraña agitación.

—¡Señor coronel! —dijo Studzinski con voz enteramente afónica—. Está usted arrestado.

—¡¡Arréstenlo!! —gritó de pronto con voz histérica y sonora un alférez, y se acercó al coronel.

—¡Esperen, señores! —gritó Carasio, que, aunque despacio, había comprendido bien lo que ocurría.

Mishlaievski se desprendió hábilmente del grupo, aferró al fogoso alférez de la manga del capote y lo tiró hacia atrás.

—¡Déjeme, señor teniente! —gritó furioso el alférez, torciendo la boca.

—¡Silencio! —gritó con extraordinaria seguridad la voz del señor coronel. Es verdad que torció la boca tanto como el alférez, es verdad que su rostro se cubrió de manchas rojas, pero en sus ojos había más seguridad que en el grupo entero de oficiales. Y todos se detuvieron.

—¡Silencio! —repitió el coronel—. ¡Les ordeno no moverse de su sitio y escuchar!

Reinó el silencio, y la mirada de Mishlaievski se volvió bruscamente avizora. Parecía que cierta idea ya había surcado por su cabeza, que esperaba del señor coronel cosas importantes y más interesantes aún que las que este ya había comunicado.

—Sí, sí —dijo el coronel, torciendo la mejilla—, sí…, sí… Bueno sería si entrara en combate con esta formación que me ha enviado el Señor Dios. ¡Muy bueno sería! Pero aquello que se le perdona a un estudiante voluntario, a un joven cadete y, a lo sumo, a un alférez ¡es desde todo punto de vista imperdonable en usted, señor subcapitán!

Ahí el coronel clavó en Studzinski una mirada de extraordinaria virulencia. Sus ojos despedían chispas de auténtica irritación. Otra vez se hizo el silencio.

—Así que bien —continuó el coronel—. Jamás en mi vida he participado en un mitin, pero, por lo visto, ahora no hay más remedio. ¡Vamos pues, adelante con el mitin! Así que bien: el intento de arrestar a su comandante revela en ustedes a buenos patriotas, pero también muestra que ustedes… eh… son oficiales… ¿cómo decirlo?… ¡inexpertos! En breve: no tengo tiempo, y les aseguro —subrayó en tono siniestro y significativo el coronel— que ustedes tampoco. Pregunta: ¿a quién desean defender?

Silencio.

—¿A quién desean defender?, pregunto —repitió amenazante el coronel.

Mishlaievski, irradiando el más vivo y acuciante interés, dio un paso al frente, se llevó la mano a la visera y dijo:

—Nuestro deber es defender al Hetman, señor coronel.

Sus ojos miraron con claridad y valentía al coronel.

—¿Al Hetman? —repitió el coronel—. Magnífico. ¡División, firmes! —vociferó de pronto de tal modo que la división instintivamente se estremeció—. ¡¡Escúchenme!! ¡El Hetman hoy a eso de las cuatro de la mañana cometió la ignominia de abandonarnos a todos nosotros a la suerte del destino y huyó! ¡Huyó como el último cobarde y canalla! Hoy mismo, una hora después del Hetman, huyó al mismo lugar, es decir, al tren alemán, el comandante de nuestro ejército, el general de caballería Belorúkov. En pocas horas seremos testigos de una catástrofe, cuando gente engañada y arrastrada a una aventura como ustedes será masacrada como perros. Escuchen: Petliura tiene en los accesos a la ciudad un ejército de más de cien mil hombres, y mañana… qué estoy diciendo, no mañana, sino hoy —el coronel señaló con la mano una ventana por la que ya comenzaba a azular el manto que se extendía sobre la Ciudad—, las unidades dispersas y desorganizadas de los desgraciados oficiales y cadetes, abandonadas por el miserable Estado Mayor y esos dos bribones a los que habría que colgar, se encontrarán con las tropas de Petliura, perfectamente armadas y veinte veces superiores en número… ¡Escuchen, hijos míos! —gritó de pronto con voz quebrada el coronel Malíshev, que por su edad no podía ser de ninguna manera padre de quienes estaban allí bajo las bayonetas, sino acaso hermano mayor—. ¡Escuchen! Yo, oficial activo que me he batido en la guerra contra los alemanes, lo que puede atestiguar el subcapitán Studzinski, tomo sobre mi conciencia la responsabilidad, ¡todo!… ¡Todo! ¡Les advierto! ¡¡Los envío a sus casas!! ¿Está claro? —gritó.

—Sí… Ah… Ah… —respondió la masa, y sus bayonetas se balancearon. Y luego, en la segunda fila, un cadete prorrumpió en sonoros y convulsivos sollozos.

El subcapitán Studzinski, de un modo absolutamente inesperado para toda la división y quizás para sí mismo, se llevó las enguantadas manos a los ojos, en un gesto extraño e impropio de un oficial, dejó caer la lista de la división y se puso a llorar.

Entonces, contagiándose de él, rompieron en llanto muchos cadetes; las filas se desarmaron de inmediato y la voz de Radamés-Mishlaievski, sobreponiéndose a aquel desordenado griterío, rugió al corneta:

—¡Cadete Pavlovski! ¡¡Toque la retirada!!

***

—Señor coronel, ¿nos permite quemar el edifico del liceo? —dijo Mishlaievski, mirando con claridad al coronel.

—No —le respondió cortés y tranquilo Malíshev.

—Señor coronel —dijo cordial Mishlaievski—, Petliura dispondrá del depósito, de los cañones y de lo principal… —y señaló con la mano hacia la puerta, al vestíbulo donde, sobre el hueco de la escalera, se veía la cabeza de Alejandro.

—Sí, dispondrá de todo eso —confirmó cortés el coronel.

—Pero ¿cómo, señor coronel?…

Malíshev se volvió hacia Mishlaievski, lo miró con atención y dijo lo siguiente:

—Señor teniente, dentro de tres horas Petliura dispondrá de cientos de vidas, y lo único que lamento es que ni al precio de mi vida y ni siquiera de la suya, más valiosa aún, desde ya, no puedo evitar su perdición. Le pido que no me hable más de retratos, cañones y fusiles.

—Señor coronel —dijo Studzinski, deteniéndose ante Malíshev—, en nombre mío y de los oficiales que he empujado a esa extravagante acción le pedimos que acepte nuestras disculpas.

—Aceptadas —respondió cortés el coronel.

***

Cuando sobre la Ciudad comenzó a disiparse la niebla matinal, los morteros de nariz chata permanecían sin candados en la explanada del liceo Aleksándrovski; los fusiles y ametralladoras, desmontados y dañados, estaban dispersos en los escondrijos del desván. En la nieve, en los hoyos y en los escondrijos de los sótanos había desperdigados montones de municiones, y las lámparas ya no derramaban luz en el salón y los pasillos. El blanco tablero con los interruptores había sido destrozado por las bayonetas de los cadetes al mando de Mishlaievski.

***

En las ventanas todo era azul. Y en el azul, sobre el descanso, estaban los dos últimos en abandonar el liceo, Mishlaievski y Carasio.

—¿Habrá advertido el comandante a Alekséi? —preguntó preocupado el primero al segundo.

—Obvio que sí, ya ves que no se ha presentado —respondió Carasio.

—¿Iremos hoy por la tarde a casa de los Turbín?

—No, durante el día es imposible, deberemos ocultarnos… Podría pasar cualquier cosa. Vamos a mi departamento.

En las ventanas todo era azul, en la calle ya blanqueaba, la niebla se elevaba y disipaba.

1 Apocalipsis 20, 12. [N. del T.]

2 En Rusia y otros países de Europa oriental, personaje ficticio similar al Papá Noel de la tradición occidental

3 Relato para niños de Piotr Románovich Furman (1816-1856). [N. del T.]

4 Personaje de La guerra y la paz, de Lev Tolstói. [N. del T.]

5 Obra de Aleksandr Pushkin. [N. del T.]

6 Apocalipsis 16, 4. [N. del T.]

7 Cita del poema Borodinó, de Mijaíl Lérmontov, en homenaje a la batalla de 1812 contra las tropas napoleónicas. [N. del T.]

8 Antiguo título militar en distintas regiones de Europa central y oriental. [N. del T.]

9 Cuento de Iván Bunin publicado en 1915. [N. del T.]

10 Absolument (fr.); en el original se reproduce la pronunciación. [N. del T.]

11 Protagonista de la obra homónima de Nikolái Gógol. [N. del T.]

12 “Ladrón de Túshino” era uno de los apodos de Dimitri II El Falso, quien se hizo pasar por el hijo de Iván el Terrible y pretendió el trono hacia 1607; su campamento estaba en la región de Túshino. [N. del T.]

13 Referencia a los senegaleses que integraban el Cuerpo Expedicionario francés enviado a Rusia durante la intervención aliada en la Guerra Civil. [N. del T.]

14 Letra de Dios salve al zar, himno del Imperio ruso. [N. del T.]

15 Obra de Aleksandr Pushkin. [N. del T.]

16 Cita de Demonios, de Fiódor Dostoievski. [N. del T.]

17 Bulgákov escribe en ruso Praj (iniciales de poetas, directores, artistas, pintores) en referencia al club Jlam (“trastos viejos”, iniciales de pintores, literatos, artistas, músicos) que funcionó en Kiev entre 1918 y 1919. [N. del T.]

18 “Señor”, título honorífico en Ucrania, Polonia y otros países de Europa oriental. [N. del T.]

19 “A quien [Dios] quiere perder, lo priva de la razón.” [N. del T.]

20 Henryk Sienkiewicz (1846-1916), célebre escritor polaco, ganador del Premio Nobel en 1905. Al parecer, la satisfacción que muestra su sombra en este texto está vinculada a sus posiciones antisemitas y nacionalistas. Bulgákov era gran conocedor de su obra. [N. del T.]

21 Mateo 6, 34. [N. del T.]

22 Bulgákov juega con la sonoridad de los verbos rusos petliat (hablar confusamente, con rodeos) y boltat (parlotear, hablar sin sustancia), semejantes a los apellidos Petliura y Bolbotún. [N. del T.]

23 Personajes de la obra de Aleksandr Pushkin Evgueni Oneguin. [N. del T.]

Segunda parte

8

Sí, se veía la niebla. Helada punzante, patas peludas, nieve sin luna, oscura y después crepuscular; fuera de la Ciudad, en la lejanía, las cúpulas de las azules iglesias, sembradas de doradas estrellas, y sobre la Ciudad, en insondable altura, la cruz de San Vladímir, que se apagaba sólo cuando el alba se cernía desde la orilla moscovita del Dniéper.

Y al amanecer se apagó. Y se apagaron las luces sobre la tierra. Pero el día no acababa de encenderse; prometía ser gris, con un impenetrable y bajo velo sobre Ucrania.

El coronel Kózir-Leshkó se despertó a quince kilómetros de la Ciudad, precisamente al amanecer, cuando una lucecita agria y vaporosa se filtró a través de la cegata ventanita de la barraca que ocupaba en la aldea Popeliuja. El despertar de Kózir coincidió con la palabra:

—Disposición.

Primero le pareció que la veía en un sueño muy cálido y hasta quiso apartarla con la mano por tratarse de una palabra fría. Pero la palabra se hinchó y se introdujo en la barraca junto con los repugnantes granos rojos de la cara de un ordenanza y un sobre arrugado. Kózir, bajo la ventanita, sacó de un bolso con mica y red un mapa, encontró en él la aldea Borjuní, tras Borjuní encontró Bieli Gai, siguió con la uña la bifurcación de caminos, sembrada a ambos lados por puntos que, cual moscas, representaban arbustos, y luego una enorme mancha negra: la Ciudad. El propietario de los granos rojos apestaba a tabaco de mala calidad, dando por sentado que podía fumar incluso en presencia de Kózir y que ello no afectaría en lo más mínimo el curso de la guerra; Kózir también fumaba ese tabaco.

Kózir debía entrar en combate de inmediato. Lo tomó con buen ánimo, lanzó un profundo bostezo e hizo sonar sus intrincados arreos al pasarse las correas sobre los hombros. Aquella noche había dormido con el capote puesto y no se había quitado siquiera las espuelas. Una mujer entró atareada con una vasija de leche. Kózir nunca bebía leche y ahora tampoco lo hizo. Unos niños aparecieron de alguna parte. Uno de ellos, el más pequeño, se arrastró por el banco con el trasero totalmente desnudo y se acercó al máuser de Kózir. Y no lo alcanzó porque este se lo calzó antes en la cintura.

Toda su vida, hasta el año 1914, Kózir había sido maestro rural. En el año catorce se vio envuelto en la guerra, en un regimiento de dragones, y hacia 1917 había sido promovido a oficial. Y el amanecer del catorce de diciembre del año dieciocho encontró a Kózir, bajo la ventanita, como coronel del ejército de Petliura, y nadie en el mundo (y Kózir menos que nadie) podría decir cómo había sucedido aquello. Y sucedió porque para él, Kózir, la guerra era una vocación y la enseñanza, apenas un prolongado y grosero error. Por lo demás, esto es de lo más frecuente en nuestra vida. Durante largos veinte años un hombre se ocupa de algún asunto, por ejemplo, enseña derecho romano, y en el año veintiuno de pronto resulta que el derecho romano no le va ni le viene, que ni siquiera lo entiende ni le gusta, y que en realidad es un refinado jardinero y arde de amor por las flores. Ello ocurre, cabe suponer, por la imperfección de nuestro orden social, bajo el cual los hombres, a cada momento, hallan su lugar sólo al final de su vida. Kózir lo halló casi a los cuarenta y cinco años. Hasta entonces había sido un mal maestro, cruel y aburrido.

—Bueno, dígales a los muchachos que salgan de las barracas y monten los caballos —dijo Kózir ajustándose el crujiente cinto en la barriga.

Humearon las blancas barracas en la aldea Popeliuja y partió el regimiento de cuatrocientos sables del coronel Kózir. Sobre las filas del regimiento humeaba el tabaco de mala calidad, y bajo Kózir marchaba nervioso un bayo de gran alzada. Rechinaron los trineos de carga y se extendieron medio kilómetro detrás del regimiento. Este se balanceaba sobre las sillas de montar y, en cuanto salió de Popeliuja, a la cabeza de la columna se desplegó, en el asta, el estandarte bicolor: una franja celeste y otra amarilla.

Kózir no soportaba el té y lo que más amaba en el mundo era beber un trago de vodka por la mañana. Le gustaba el vodka imperial. Hacía cuatro años que no se vendía, y durante el gobierno del Hetman había aparecido por toda Ucrania. El vodka corrió de la gris petaca a las venas de Kózir como una alegre llamarada. Corrió también por las filas desde las cantimploras que habían encontrado en el almacén de Biélaia Tsérkov, y, en cuanto corrió, en la cabeza de la columna empezó a sonar un acordeón de tres hileras y una voz entonó con falsete:

Bosque, tras el bosque, tras el bosque,

tras el bosque verdecito…

Y en la quinta fila tronaron los bajos:

Araba una mocita

como un buey negrecito…

Araba…, araba,

no sabía cantar.

Y conchabó a un cosaquito

que tocaba el violín.

—¡Fiu… aj! ¡Aj, taj, taj!… —silbó y trinó como un alegre ruiseñor el jinete que iba junto al estandarte. Oscilaron las lanzas y temblaron los negros gorros de coleta, de sepulcral color, con galones y borlas de ataúd. Crujía la nieve bajo la multitud de cascos herrados. Sonaron los alegres acordes de un torbán.

—¡Así, así! ¡No se desanimen, muchachos! —aprobó Kózir. Y el ruiseñor giró en torbellino por los nevados campos de Ucrania.

Atravesaron Bieli Gai, se desgarró el velo de la niebla, y todos los caminos ennegrecieron, se movieron, crujieron. A las afueras de Gai, en una encrucijada, dejaron pasar a mil quinientos hombres de la infantería. En las primeras filas iban vestidos con caftanes azules de buen paño alemán; sus rostros eran finos e inquietos y sabían llevar los fusiles: eran galitzianos. En las filas de atrás iban vestidos con batas de hospital largas hasta los talones, ceñidas con cintos amarillos de cuero sin curtir. Todos llevaban en la cabeza, sobre el gorro caucasiano, oscilantes y aplastados cascos alemanes. Las botas herradas aplastaban la nieve.

Los blancos caminos que conducían a la Ciudad comenzaron a ennegrecerse por las tropas.

—¡Viva! —gritó la infantería al pasar por delante del estandarte celeste y amarillo.

—¡Viva! —ulularon los bosques de Gai.

A los vivas respondieron los cañones que marchaban atrás y en el flanco izquierdo. El coronel Toropets, comandante del cuerpo de asedio, ya por la noche había enviado dos baterías al bosque de la Ciudad. Los cañones fueron emplazados en semicírculo en el mar de nieve y al amanecer comenzaron a disparar. Sus estruendosas olas de seis pulgadas despertaron los nevados mástiles de los pinos. La enorme aldea de Pusha-Voditsa fue sacudida por dos descargas seguidas que, en un radio de cuatro calles, hicieron saltar los vidrios de las casas, hundidas en la nieve. Varios pinos fueron hechos astillas y se levantaron grandes fuentes de nieve. Pero después en Pusha cesaron los sonidos. El bosque quedó semidormido, y sólo se oían las patitas de las alarmadas ardillas correteando entre los centenarios troncos. Luego de aquello, las dos baterías fueron retiradas de Pusha y enviadas al flanco derecho. Atravesaron vastas tierras de labor, la boscosa Uróchishe, tomaron un camino estrecho, llegaron hasta una bifurcación y allí se desplegaron ya a la vista de la Ciudad. Desde temprano en la mañana en Podgoródnaia, en Sávskaia, en el suburbio de la Ciudad, en Kureniovka, comenzaron a estallar los proyectiles. En el cielo bajo y nevoso parecía que alguien jugaba con sonajeros. Allí los habitantes de las casitas ya ocupaban desde la mañana las bodegas, y en el crepúsculo matutino se veía cómo ateridas filas de cadetes se dirigían más al centro de la Ciudad. Por lo demás, los cañonazos no tardaron en extinguirse y fueron seguidos por un alegre traqueteo de disparos en los arrabales del norte. Pronto ellos también se extinguieron.

***

El tren del comandante del cuerpo de asedio, Toropets, se hallaba en un apeadero a unos cinco kilómetros del muerto poblado de Sviatóshino, cubierto de nieve y aturdido por las detonaciones y el estruendo, en medio de inmensos bosques. Toda la noche, en los seis vagones, no se había apagado la luz; toda la noche había sonado el teléfono del apeadero y habían piado los teléfonos de campaña en el mugriento salón del coronel Toropets. Pero, cuando el nevoso día iluminó por completo el lugar, los cañones tronaron a lo largo de la vía que llevaba de Sviatóshino a Post-Volinski, los pájaros cantaron en sus cajas amarillas y el enjuto y nervioso Toropets dijo a su edecán Judiakovski:

—Han tomado Sviatóshino. Pan edecán, tenga la amabilidad de pedir que trasladen el tren a Sviatóshino.

El tren de Toropets partió despacio entre los muros del bosque invernal y se detuvo cerca del cruce de la vía férrea con la gran carretera que, como una flecha, penetraba en la Ciudad. Y allí, en el salón del coche, el coronel Toropets comenzó a ejecutar el plan que había elaborado tras dos noches de insomnio en aquel mismo vagón, apestado de chinches, que llevaba el número 4173.

La Ciudad se levantaba en la niebla, rodeada por todos lados. Al norte, por el bosque y las tierras de labor; al oeste, por la tomada Sviatóshino; al sudoeste, por la desgraciada Post-Volinski; al sur, por los bosquecitos, los cementerios, los pastizales y el campo de tiro, envueltos por el cinturón de la vía férrea; desde todas partes, por los senderos y caminos, y sencillamente por las nevadas llanuras, negreaba y avanzaba y resonaba la incontenible caballería, chirriaban los pesados cañones y marchaba y se empantanaba en la nieve la extenuada infantería del ejército de Petliura, extenuada tras un mes de asedio.

En el vagón-salón de sucias alfombras cantaban a cada momento los tiernos y quedos gallitos, y los telefonistas Frankó y Garás, que no habían dormido en toda la noche, comenzaban a atontarse.

—Ti-u… Pi-u… ¡Escucho!… Pi-u… Ti-u…

El plan de Toropets era astuto, astuto era el coronel Toropets, de negras cejas, rasurado y nervioso. No por nada había enviado dos baterías al bosque de la Ciudad, no por nada había hecho tronar en el gélido aire y destruido la vía del tranvía que conducía a la desgreñada Pusha-Voditsa, no por nada había movido después las ametralladoras desde las tierras de labor, acercándolas al flanco izquierdo. Toropets quería inducir a error a los defensores de la Ciudad, hacerles creer que quería tomarla desde su flanco izquierdo (al norte), desde el suburbio de Kureniovka, para atraer hacia allí el ejército citadino mientras él atacaba a la Ciudad de frente, directamente desde Sviatóshino, por la carretera de Brest-Litovsk, y desde el extremo del flanco derecho, al sur, desde la aldea Demíevka.

Y en cumplimiento del plan de Toropets se desplazaban por los caminos, desde el flanco izquierdo al derecho, las unidades del ejército de Petliura, y el glorioso regimiento de negros capuchones de Kózir-Leshkó, bajo el sonido de los silbidos y del acordeón, avanzaba con sus jefes a la cabeza.

—¡Viva! —ulularon los bosques de Gai—. ¡Viva!

Se acercaron, dejaron Gai a un costado y, luego de atravesar el terraplén del ferrocarril por un puente de troncos, divisaron la Ciudad. Estaba aún sumida en un cálido sueño, y sobre ella flotaba algo que no era ni niebla ni humo. Incorporándose en los estribos, Kózir apuntó los prismáticos hacia el sitio donde se amontonaban los tejados de los edificios y las cúpulas de la catedral de la vieja Santa Sofía.

A la derecha de Kózir ya se combatía. A unos dos kilómetros se oían los broncíneos estruendos de los cañones y el tableteo de las ametralladoras. Allí la infantería de Petliura corría en hileras hacia Post-Volinski, y también en hileras, bastante aturdida por el intenso fuego, diezmada y variopinta, abandonaba Post la infantería blanca…

***

La Ciudad. Cielo bajo y espeso. Un rincón. Casitas en el arrabal, algún que otro capote.

—Acaban de decir que han llegado a un acuerdo con Petliura: dejar que todas las unidades rusas se trasladen armadas al Don y se unan con Denikin…

—¿Y?

Cañones… Cañones… Bum… Bum-bum-bum…

Y ahí aúlla una ametralladora.

Desesperación y perplejidad en la voz de un cadete:

—Pero, espera, entonces habrá que cesar la resistencia, ¿no?…

Angustia en la voz de un cadete:

—¡El diablo sabrá qué está pasando!

***

El coronel Shetkin ya desde la mañana no estaba en el cuartel general, y no estaba por la sencilla razón de que ese cuartel general no existía más. Ya por la noche del día catorce el cuartel general de Shetkin había sido trasladado a la estación Ciudad I, y esa noche la pasó en el hotel La Rosa de Estambul, junto a la oficina del telégrafo. Allí, por la noche, el pájaro telefónico de Shetkin cantó de vez en cuando, pero hacia la mañana guardó silencio. Y en la mañana dos edecanes del coronel Shetkin desaparecieron sin dejar rastro. Una hora después el mismo Shetkin, tras hurgar por algún motivo en unos cajones y romper varios papeles, salió de La Rosa de Estambul, con su suelo cubierto de escupitajos, pero ya no llevaba el capote gris con hombreras, sino un afelpado abrigo de civil y un sombrero fedora. De dónde habían salido esas prendas nadie lo sabía.

El civil Shetkin tomó un coche a una cuadra del hotel y partió a Lipki, llegó a un estrecho departamento bien arreglado y amueblado, llamó, besó a una rolliza y dorada rubiecita y se fue con ella a un dormitorio apartado. Luego de susurrar directamente en los ojos abiertos de horror de la rubia las palabras:

—¡Todo ha terminado! ¡Oh, qué agotado estoy!… —el coronel Shetkin se retiró a la alcoba y allí se durmió luego de tomar una taza de café negro que le preparó la dorada rubia.

***

Nada de eso sabían los cadetes de la primera milicia. ¡Qué pena! Si lo hubieran sabido, a lo mejor habrían tenido un rapto de inspiración y, en lugar de dar vueltas bajo un cielo de metrallas en Post-Volinski, se habrían dirigido al confortable departamentito de Lipki, habrían sacado de allí al somnoliento coronel Shetkin y lo habrían colgado en el farol que justamente se hallaba enfrente del departamentito de la dorada señorita.

***

Habría estado muy bien hacer eso, pero no lo hicieron porque no sabían ni entendían nada.

Y tampoco nadie entendía nada en la Ciudad, y es probable que en el futuro inmediato tampoco entendieran. En efecto: en la Ciudad están los férreos alemanes —aunque, en verdad, ya algo minados—; en la Ciudad está el delgado Hetman de bigotes rasurados, astuto como el zorro Lisa Patrikéievna de los cuentos populares (sobre la herida en el cuello del misterioso mayor Von Shratt eran pocos los que sabían por la mañana); en la Ciudad está su excelencia el príncipe Belorúkov; en la Ciudad está el general Kartúzov organizando una milicia para defender la madre de las ciudades rusas; en la Ciudad, como quiera que sea, suenan y cantan los teléfonos de los cuarteles generales (nadie sabía aún que ya desde la mañana habían comenzado a desbandarse); en la Ciudad hay hombreras por todas partes. En la Ciudad hay furia cuando se pronuncia la palabra “Petliura”, y aún en el número de hoy del periódico Vesti se burlan de él los lujuriosos periodistas petersburgueses; en la Ciudad van y vienen los cadetes, y allí, en las dachas de Karaváievski, ya silba como un ruiseñor la abigarrada y encapuchada caballería y se desplazan del flanco izquierdo al derecho, al trote largo, los intrépidos jaidamakas.1 Si silban a cinco kilómetros, surge la pregunta: ¿en qué confía el Hetman? ¡Si están silbando y vienen a buscarlo a él! ¡Oh, cómo silban!… ¿Acaso los alemanes lo defenderán? Pero entonces ¿por qué los pesados alemanes sonríen indiferentes bajo sus rasurados bigotes en la estación Fástov cuando frente a ellos pasan, uno tras otro, los trenes que se dirigen a la Ciudad con las divisiones de Petliura? ¿Quizás haya un acuerdo con Petliura para dejarlo entrar pacíficamente en la Ciudad? Pero entonces ¿por qué diablos los cañones de los oficiales blancos disparan contra Petliura?

No, nadie entenderá qué ocurrió en la Ciudad el día catorce de diciembre.

Sonaban los teléfonos del Estado Mayor, pero, en verdad, cada vez menos, menos, menos…

¡Menos!

¡Menos!

¡Drrrr!...

—Tiu…

—¿Qué está pasando ahí?

—Tiu…

—Envíen municiones al coronel…

—Stepánov…

—Ivanov.

—¡Antónov!

—¡Stratónov!…

—Al Don… Si pudiéramos marchar al Don, hermanos… No nos sale una…

—Ti-u…

—¡Ah, al diablo con los canallas del Estado Mayor!

—¡Al Don!…

Cada vez menos y menos, y hacia el mediodía ya muy de vez en cuando.

Alrededor de la Ciudad, ora aquí, ora allí, rugía el estruendo y luego cesaba… Pero la Ciudad, a pesar del estruendo, aún al mediodía vivía una vida similar a la habitual. Las tiendas estaban abiertas y atendían al público. Por las veredas corría una multitud de transeúntes, se oían portazos, y el tranvía funcionaba y tintineaba a su paso.

Pero al mediodía, desde Pechersk, una alegre ametralladora hizo sonar su melodía. Las colinas de Pechersk devolvieron el intermitente estruendo, que voló hasta el centro de la Ciudad. ¡Perdón, pero esto ya es muy cerca!… ¿Qué está pasando? Los transeúntes se detenían y empezaban a olfatear el aire. En algunas partes, las veredas enseguida comenzaron a vaciarse.

¿Qué? ¿Quién?

—¡Arrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr-pa-pa-pa-pa-pa! ¡Pa! ¡Pa! ¡Pa! ¡¡Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!

—¿Quién?

—¿Cómo quién? ¿Acaso no lo sabe, señor? Es el coronel Bolbotún.

***

¡Sí, ahí tienes, se alzó contra Petliura!

El coronel Bolbotún, fastidiado de ejecutar la compleja idea del Estado Mayor del coronel Toropets, decidió acelerar un poco los acontecimientos. Los jinetes de Bolbotún se habían congelado detrás del cementerio, en el extremo sur, a un paso del sabio y nevado Dniéper. Se había congelado el propio Bolbotún. Levantó la fusta y su regimiento de caballería, desde la derecha y de a tres, se estiró por el camino y se acercó al terraplén que ceñía por completo el suburbio de la Ciudad. Nadie se topó allí con el coronel Bolbotún. Seis de sus ametralladoras aullaron de tal modo que el fragor se extendió por todo el bosque de Nízhnaia Telichka. En un instante, Bolbotún cortó la vía del ferrocarril y detuvo un tren de pasajeros que acababa de atravesar la flecha del puente ferroviario y llevaba a la Ciudad una porción fresca de moscovitas y petersburgueses con rollizas mujeres y desgreñados perritos. El tren quedó atontado, pero Bolbotún no tenía tiempo para ocuparse de los perritos en ese momento. Las alarmadas y vacías formaciones de carga se dirigieron desde Ciudad II de Mercancías a Ciudad I de Pasajeros, las locomotoras de maniobras silbaron, y las balas de Bolbotún cayeron súbitamente como granizo sobre los tejados de las casitas de la calle Sviatotróitskaia. Y entró en la Ciudad y marchó y marchó por la calle Bolbotún, y marchó sin obstáculos hasta la misma academia militar, mientras enviaba por todos los pasajes grupos montados de exploradores. Y solo cayó en una emboscada junto a las descascaradas columnas de la academia Nikoláievskaia. Allí Bolbotún fue recibido por una ametralladora y las débiles descargas de fusil de un grupo de soldados. En la primera sección, que marchaba a la cabeza, cayó muerto el cosaco Butsenko, cinco más fueron heridos y a dos caballos les destrozaron las patas. Bolbotún se demoró un momento. Por algún motivo, le pareció que una fuerza numerosa se hallaba ante él. Pero, en realidad, eran treinta cadetes y cuatro oficiales con una ametralladora los que más bien daban la bienvenida al coronel de gorro de coleta azul.

Bolbotún dio la orden y sus hombres desmontaron, se cubrieron y comenzaron a disparar a los cadetes. Pechersk se cubrió de estruendo, el eco repiqueteó contra las paredes y la zona de la calle Milliónnaia hirvió como el agua en una tetera.

Y enseguida las acciones de Bolbotún hallaron reflejo en la Ciudad: comenzaron a caer con estrépito las persianas metálicas de las calles Elisavétinskaia, Vinográdnaia y Levashóvskaia. Las alegres tiendas quedaron ciegas. Las veredas se vaciaron de inmediato y emitían un desagradable sonido. Los porteros cerraron con prontitud las puertas.

Y en el centro de la Ciudad también hallaron reflejo: empezaron a callar los gallos en los teléfonos de los cuarteles generales.

Pían desde una batería llamando al puesto de mando de la división. ¡Qué demonios, no responden! Pían en el oído llamando desde la milicia al puesto de mando del comandante y algo obtienen, pero la voz que responde murmura cualquier disparate.

—¿Sus oficiales llevan hombreras?

—¿Eh? ¿Qué?

—Ti-u… Ti-u…

—¡Manden ya mismo un destacamento a Pechersk!

—¿Eh? ¿Qué?

—Ti-u…

Por las calles cundía: Bolbotún, Bolbotún, Bolbotún, Bolbotún…

¿Cómo se habían enterado de que era precisamente Bolbotún y no algún otro? No se sabe, pero se habían enterado. Quizás fuera por esto: desde el mediodía, entre los transeúntes y los mirones que habitualmente se encuentran en las ciudades, habían aparecido unos sujetos con abrigo de cuello de cordero. Iban de aquí para allí y lo escudriñaban todo. Llevaban los bigotes caídos como gusanos, como en el cuadro de Lebid-Iúrchik. Dirigían a los cadetes y oficiales de doradas hombreras largas y pegajosas miradas. Susurraban en ucraniano:

—Bolbotún ha llegado.

Y susurraban eso sin amargura alguna. Al contrario, en sus ojos se leía un patente: “¡Viva!”.

—Vi-va-va-va-va-va-va-va-va-va-va-va-va… —las colinas de Pechersk.

También corrieron desatinos como sobre ruedas:

—Bolbotún es el gran príncipe Mijaíl Aleksándrovich.

—Al contrario: Bolbotún es el gran príncipe Nikolái Nikoláievich.

—Bolbotún es sencillamente Bolbotún.

—Habrá un pogromo contra los judíos.

—Al contrario: llevan brazaletes rojos.

—Mejor corran a casa.

—Bolbotún está contra Petliura.

—Al contrario: está a favor de los bolcheviques.

—Todo lo contrario: está a favor del zar, pero sin oficiales.

—¿El Hetman ha huido?

—¿En serio? ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio?

—Ti-u… Ti-u… Ti-u…

***

Los exploradores de Bolbotún, al mando de Galanba, jefe de un escuadrón de cosacos, marcharon por la calle Milliónnaia, y no había ni un alma en la calle Milliónnaia. Y allí, figúrense, se abrió una puerta y al encuentro de los cinco jaidamakas de largos galones salió a la carrera nada menos que el famoso contratista Iákov Grigórievich Feldman. ¿Se ha vuelto usted tonto, Iákov Grigórievich? ¿Qué necesidad tenía de correr cuando allí ocurrían tales cosas? Sí, el aspecto de Iákov Grigórievich era el de alguien que se había vuelto tonto. Llevaba la fedora de nutria sobre la nuca y el abrigo desabrochado. Y los ojos extraviados.

Tenía motivos para volverse tonto Iákov Grigórievich Feldman. En cuanto comenzaron a borbotar las inmediaciones de la academia militar, del luminoso dormitorio de la esposa de Iákov Grigórievich salió un gemido. Se repitió y se extinguió.

—Oy —respondió al gemido Iákov Grigórievich, miró por la ventana y se persuadió de que en la ventana las cosas iban muy mal. Alrededor todo era estruendo y vacío.

El gemido creció y, como un cuchillo, cortó el corazón de Iákov Grigórievich. Una viejita encorvada, la mamá de Iákov Grigórievich, emergió del dormitorio y gritó:

—¡Iasha! ¿Sabes? ¡Ya empieza!

Y los pensamientos de Iákov Grigórievich se concentraron en un punto: la esquina misma de la calle Milliónnaia, junto al descampado, donde, sobre una casita, colgaba cómodamente una placa oxidada con letras doradas:

Comadrona

E. T. Shadúrskaia

En la Milliónnaia había bastante peligro, por más que fuera transversal y dispararan a lo largo de la plaza Pechérskaia hacia la pendiente Kíevski.

Si tan sólo pudiera abrirse paso. Si tan sólo… Fedora sobre la nuca, horror en los ojos, y Iákov Grigórievich Feldman pegado contra las paredes.

—¡Alto! ¿Adónde vas?

Galanba se inclinó desde su montura. El rostro de Feldman se puso oscuro y sus ojos saltaron. A sus ojos saltaron las verdes coletas de los gorros de los jaidamakas.

—Yo, señor, soy un pacífico habitante. Mi mujer está pariendo. Necesito llegar a casa de la comadrona.

—¿A casa de la comadrona? ¿Y por qué te escondías tras las paredes, eh? ¿Eres judío?…

—Yo, señor…

La fusta surcó como una serpiente el cuello de nutria y la nuca. Un dolor infernal. Chilló Feldman. Se puso no oscuro, sino blanco, y entre las coletas se le apareció el rostro de su esposa.

—¡Documentos!

Feldman sacó la billetera con los documentos, la abrió, tomó la primera hoja y de pronto se estremeció: recién ahí recordó… ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¿Qué había hecho? ¿Qué es lo que ha sacado, Iákov Grigórievich? Pero ¿acaso es posible acordarse de semejante minucia cuando sales corriendo de casa, cuando desde el dormitorio de tu esposa se oye el primer gemido? ¡Oh, desgraciado de Feldman! Galanba se apoderó al instante del documento. Apenas una fina hojita con un sello, y en esa hojita, la muerte de Feldman.

Al portador de la presente, señor Feldman Iákov Grigórievich, se le autoriza la libre entrada y salida de la Ciudad por asuntos relacionados con el abastecimiento de las divisiones blindadas de la guarnición, así como la circulación por la Ciudad después de las 12 de la noche.

Jefe de abastecimiento, mayor general Illariónov.

Edecán, teniente Leshinski.

Feldman proveía al general Kartúzov de grasa y vaselina para los cañones.

¡Dios, haz un milagro!

—¡Señor comandante, ese no es el documento!… Permítame…

—Sí, sí que lo es —dijo Galanba con una diabólica sonrisa—, no te preocupes, no somos analfabetos, vamos a leerlo.

¡Dios! Haz un milagro. Once mil karbóvanets… Tome todo. ¡Sólo déjeme vivir! ¡Déjeme! ¡Shemá Israel!2

No lo dejó.

Y menos mal que Feldman tuvo una muerte liviana. El jefe de escuadrón Galanba no tenía tiempo. Por eso sólo le asestó a Feldman un sablazo en la cabeza.

9

El coronel Bolbotún, tras sufrir la baja de siete cosacos muertos, nueve heridos y de siete caballos, avanzó medio kilómetro desde la plaza Pechérskaia hasta la calle Réznikovskaia y otra vez se detuvo. Allí los cadetes en retirada habían recibido refuerzos. Contaban con un carro blindado. La torpe y gris tortuga con torretas se arrastró por la calle Moskóvskaia y disparó tres veces hacia Pechersk surcando el aire con estelas cuyo ruido recordaba el de las hojas secas (tres pulgadas). Bolbotún desmontó al instante, los caballos fueron llevados a un pasaje, el regimiento retrocedió un poco hacia la plaza Pechérskaia y se apostó en filas; entonces comenzó un lánguido duelo. La tortuga bloqueaba la calle Moskóvskaia y cada tanto tronaba. Lo secundaba el débil tableteo de descargas procedentes de la boca de la calle Suvórovskaia. Allí, en la nieve, yacía una fila de hombres que habían abandonado Pechersk bajo el fuego de Bolbotún, junto con los refuerzos que habían recibido de la siguiente manera:

—Dr-r-r-r-r-r-r-r-r-r-r-r-r-r…

—¿Primera milicia?

—Sí, escucho.

—Envíe ya mismo dos compañías de oficiales a Pechersk.

—A sus órdenes. Drrrrr… Ti… Ti… Ti… Ti…

Y llegaron a Pechersk: catorce oficiales, cuatro cadetes, un estudiante y un actor del teatro de miniaturas.

***

Ay. Una rala hilera de soldados, desde luego, no es suficiente. Ni siquiera con el refuerzo de una tortuga. Tortugas debían llegar cuatro. Y puede decirse con seguridad que, si hubieran llegado, el coronel Bolbotún se habría visto obligado a retirarse de Pechersk. Pero no llegaron.

Sucedió eso porque en la división blindada del Hetman, compuesta por cuatro carros magníficos, la suerte quiso que el comandante del segundo carro fuera nada menos que Mijaíl Semiónovich Shpolianski,3 el famoso alférez que en mayo de 1917 había recibido en persona, de manos de Aleksandr Fiódorovich Kérenski, la cruz de San Jorge.

Mijaíl Semiónovich era de tez morena y rasurada y patillas aterciopeladas, muy parecido a Evgueni Oneguin. Mijaíl Semiónovich se hizo conocido en toda la Ciudad desde el momento en que arribó de San Petersburgo. Mijaíl Semiónovich se consagró como excelso recitador en el club Restos de sus propios versos Las gotas de Saturno y como excelente organizador de los poetas y presidente de la orden poética de la Ciudad El Trioleto Magnético. Además, Mijaíl Semiónovich no tenía parangón como orador; además, manejaba coches, tanto militares como de tipo urbano; además, mantenía a la bailarina del teatro de ópera Musia Ford y a otra dama cuyo nombre Mijaíl Semiónovich, como caballero que era, no revelaba a nadie; tenía mucho dinero y lo entregaba generosamente a préstamo a los miembros de El Trioleto Magnético;

bebía vino blanco,

jugaba al bacará,

compró el cuadro Veneciana tomando un baño,

de noche vivía en la calle Kreshátik,

de mañana en el café El Balero,

de día en su confortable habitación del mejor hotel, Continental,

de tarde en Restos,

al amanecer escribía su trabajo académico Lo intuitivo en Gógol.

La Ciudad del Hetman sucumbió unas tres horas antes de lo debido precisamente porque Mijaíl Semiónovich, el dos de diciembre de 1918, por la tarde, en Restos, declaró a Stepánov, Shéier, Slonij y Cheremshín (cabecillas de El Trioleto Magnético) lo siguiente:

—Son todos unos miserables. El Hetman y Petliura. Pero Petliura, además, es un saqueador. Pero lo principal no pasa por ahí. Estoy aburrido porque hace mucho que no arrojo bombas.

Al finalizar en Restos la cena que pagó Mijaíl Semiónovich, este, vestido con una costosa pelliza de cuello de castor y un sombrero de copa, fue acompañado por todo El Trioleto Magnético y por un quinto, un cierto borrachín con abrigo de piel de cabra. De él Shpolianski sabía muy poco: primero, que estaba enfermo de sífilis; segundo, que había escrito unos versos contra Dios que Mijaíl Semiónovich, con muchos contactos literarios, había logrado incluir en una antología moscovita, y tercero, que era Rusakov, el hijo de un bibliotecario.

El hombre con sífilis lloraba sobre su piel de cabra bajo un farol eléctrico de la Kreshátik y, aferrado a los puños de castor de Shpolianski, decía:

—Shpolianski, tú eres el más fuerte en esta ciudad que se pudre al igual que yo. ¡Eres tan bueno que se te puede perdonar hasta tu siniestro parecido con Oneguin! Escucha, Shpolianski… Es indecoroso parecerse a Oneguin. Eres como demasiado saludable… Careces de esa noble carcoma que podría convertirte verdaderamente en un hombre destacado de nuestros días… Mírame a mí, me pudro y me enorgullezco de eso… Tú eres demasiado saludable, pero eres fuerte como un tornillo, ¡por eso enróscate hacia allí!… ¡Enróscate hacia arriba!… Así, mira…

Y el sifilítico le mostró cómo debía hacerlo. Abrazó el farol y, en efecto, se enroscó alrededor de él, haciéndose de algún modo largo y fino como una culebra. Pasaron por delante unas prostitutas con gorritos verdes, rojos, negros y blancos, bellas como muñecas, y bisbisearon alegres al tornillo:

—¿Tomaste mucha blanca, hijo de puta?

Muy lejos disparaban los cañones, y Mijaíl Semiónovich, en verdad, se parecía a Oneguin bajo la nieve que volaba a la luz del farol.

—Vete a dormir —le dijo al tornillo sifilítico, volviendo un poco la cara para que este no le tosiera en la suya—. Vete. —Y, con la punta de los dedos, hundió el abrigo de cabra hacia el pecho. Los negros guantes de cabritilla tocaron el raído cheviot; los ojos del sifilítico estaban vidriosos. Se separaron. Mijaíl Semiónovich llamó a un cochero, le gritó: “Malo-Proválnaia” y partió, mientras la piel de cabra, tambaleándose, se dirigió a pie a su casa en Podol.

***

En el departamento del bibliotecario, de noche, en Podol, ante un espejo, con una vela encendida en la mano, se hallaba desnudo hasta la cintura el propietario de la piel de cabra. El miedo saltaba como un diablo en sus ojos, las manos le temblaban, y el sifilítico hablaba, y sus labios se movían como los de un niño.

—Dios mío, Dios mío, Dios mío… Qué horror, qué horror, qué horror… ¡Ay, aquella noche! Soy un desgraciado. Porque Shéier estaba conmigo y goza de salud, no se contagió porque es un hombre afortunado. ¿Quizás deba ir y matar a esa misma Lielka? Pero ¿qué sentido tendría? ¿Quién me explica qué sentido tendría? Oh, Dios, Dios… Tengo veinticuatro años y podría, podría… Pasarán quince años, quizás menos, y mis pupilas serán distintas, se me doblarán las piernas, y después diré frases estúpidas e insensatas, y después… seré un cadáver podrido y mojado.

El delgado cuerpo desnudo hasta la cintura se reflejaba en el polvoriento tremó, la vela ardía en la mano bien alzada, y en el pecho se veía un suave y fino sarpullido en forma de estrella. Las lágrimas corrían incontenibles por las mejillas del enfermo y su cuerpo temblaba y se agitaba.

—Debo pegarme un tiro. Pero no tengo fuerzas para eso, ¿para qué te voy a mentir, Dios mío? ¿Para qué te voy a mentir, reflejo mío?

Del cajón de un pequeño escritorio de mujer sacó un delgado libro impreso en un pésimo papel gris. En su tapa decía con letras rojas:

FANTASMISTAS –

FUTURISTAS

Poemas de:

M. Shpolianski.

B. Fridman.

V. Sharkévich.

I. Rusakov.

Moscú, 1918

El pobre enfermo abrió el libro en la página trece y vio los conocidos versos:

Iv. Rusakov

ODIOSO DIOS OSO

Extendido en el cielo

un vaporoso barranco.

Una fiera rascándose el bagre,

el grandioso y auténtico padre

un oso peludo –

Dios.

En la madriguera

maten a Dios.

A los sonidos bermejos

de la batalla divina

dirijo rezos blasfemos.

—Ay, ay —gimió con dolor el enfermo, apretando los dientes—. Ay —repitió presa de un incesante tormento.

De pronto, con el rostro crispado, escupió sobre la página de los versos y arrojó el libro al suelo; después se puso de rodillas y, haciéndose pequeñas y trémulas señales de la cruz, inclinándose y tocando con su fría frente el polvoriento parquet, empezó a rezar con los ojos vueltos hacia la negra y desapacible ventana:

—Señor, perdóname y apiádate de mí por haber escrito estas viles palabras. Pero ¿por qué eres tan cruel? ¿Por qué? Sé que me has castigado. ¡Oh, qué terrible ha sido tu castigo! Mira mi piel, por favor. Te juro por lo más sagrado que hay en el mundo, por la memoria de mi difunta mamá, que ya he tenido suficiente castigo. ¡Creo en ti! Creo con mi alma, con mi cuerpo, con cada fibra de mi cerebro. Creo y recurro sólo a ti porque en el mundo entero no hay nadie que pueda ayudarme. No tengo esperanzas en nadie más que en ti. ¡Perdóname y haz que mis medicamentos me ayuden! Perdóname por haber decidido que no existías: si no existieras, yo ahora sería un miserable perro sarnoso sin esperanza. Pero soy hombre y tengo fuerza sólo porque tú existes y en cualquier momento puedo recurrir a ti suplicándote ayuda. Y creo que oirás mis súplicas, me perdonarás y me curarás. Cúrame, oh, Dios, olvida esa vileza que escribí en un rapto de locura, borracho, bajo el efecto de la cocaína. No dejes que me pudra y te juro que volveré a ser un hombre. ¡Dame fuerzas, líbrame de la cocaína, líbrame de la flaqueza de espíritu y líbrame de Mijaíl Semiónovich Shpolianski!…

La vela se derretía, la habitación se enfriaba; al amanecer, la piel del enfermo se cubrió de pequeñas ampollas y el alma del enfermo se sintió muy aliviada.

***

Mijaíl Semiónovich Shpolianski, por su parte, pasó el resto de la noche en la calle Málaia Proválnaia, en una gran habitación de techo bajo y con un viejo retrato en el que se veían, opacas y deterioradas por el tiempo, charreteras de los años cuarenta. Mijaíl Semiónovich, sin saco, sólo con la blanca camisa de céfiro, sobre la cual resplandecía un chaleco negro de amplio escote, estaba sentado en un estrecho sofacito y decía a una mujer de tez mate y pálida las siguientes palabras:

—Bueno, Iulia, lo he decidido de una vez y me uniré a la división blindada de ese canalla del Hetman.

Luego de ello, la mujer, que se envolvía en un pañuelo gris de edredón, martirizada media hora antes y arrollada por los besos del apasionado Oneguin, respondió así:

—Lamento mucho no haber comprendido nunca ni poder comprender tus planes.

Mijaíl Semiónovich tomó de la mesita que había junto al sofá una copita de ceñida cintura, bebió un trago de aromático coñac y dijo:

—Ni falta que hace.

***

Dos días después de esa conversación, Mijaíl Semiónovich se transfiguró. En lugar del sombrero de copa apareció en su cabeza una gorra de plato con escarapela de oficial; en lugar del traje de civil, una zamarra corta que le llegaba hasta las rodillas y, sobre esta, unas arrugadas hombreras caquis. Manos en guantes con puños, como los de Marcel en Los hugonotes; piernas con polainas. Todo Mijaíl Semiónovich, desde los pies a la cabeza, estaba cubierto de aceite de máquina (incluso el rostro) y, por alguna razón, de hollín. Una vez, precisamente el nueve de diciembre, dos carros entraron en combate en las afueras de la Ciudad y hay que decir que tuvieron un éxito extraordinario. Se desplazaron unos veinte kilómetros por la carretera y, tras los primeros disparos de sus cañones de tres pulgadas y del rugido de sus ametralladoras, las líneas de Petliura se retiraron. El alférez Strashkévich, sonrosado entusiasta y comandante del cuarto carro, juró a Mijaíl Semiónovich que, si se lanzaban los cuatro carros a la vez, podrían defender la Ciudad. Esa conversación tuvo lugar el nueve a la noche, y el once, en el grupo de Shur, Kopílov y otros más (los apuntadores, dos choferes y un mecánico), Shpolianski, de guardia en la división, dijo en la oscuridad lo siguiente:

—Ustedes saben, amigos, que, hablando con rigor, es una gran pregunta si hacemos bien en defender a este Hetman. En sus manos no somos más que un juguete costoso y peligroso con ayuda del cual implanta la más negra reacción. Quién sabe si, a lo mejor, el enfrentamiento de Petliura con el Hetman no sea una necesidad histórica y de él deba nacer una tercera fuerza histórica, probablemente la única correcta.

Los oyentes adoraban a Mijaíl Semiónovich por lo mismo que lo adoraban en el club Restos: su excepcional elocuencia.

—¿Y qué fuerza sería esa? —preguntó Kopílov, dando una pitada a su cigarrillo.

El inteligente, fornido y rubio Shur entornó con astucia los ojos e hizo un guiño a sus interlocutores en dirección noreste. El grupo siguió conversando unos momentos más y se separó. El doce de diciembre a la noche, detrás de los galpones, tuvo lugar, en el mismo corrillo, la segunda conversación con Mijaíl Semiónovich. El objeto de esa conversación nunca se supo, pero, en cambio, sí se supo que en vísperas del catorce de diciembre, cuando en los galpones de la división montaban guardia Shur, Kopílov y el ñato Petrujin, Mijaíl Semiónovich se apareció allí con un gran paquete envuelto en papel de embalaje. El centinela Shur lo dejó pasar al galpón, donde una miserable lamparita ardía roja y opaca, y Kopílov, con bastante familiaridad, señaló con un guiño la bolsa y preguntó:

—¿Azúcar?

—Ajá —respondió Mijaíl Semiónovich.

Una lámpara, parpadeando como un ojo, se movió entre los carros, y el preocupado Mijaíl Semiónovich, junto con el mecánico, se ocupaba de prepararlos para las acciones del día siguiente.

La causa: un papel del comandante de la división, capitán Pleshkó (“el catorce de diciembre, a las ocho de la mañana, partir hacia Pechersk con los cuatro carros”).

Los esfuerzos conjuntos de Mijaíl Semiónovich y el mecánico para preparar los carros de cara al combate arrojaron unos extraños resultados. Tres carros completamente sanos la víspera (el cuarto estaba en combate al mando de Strashkévich), en la mañana del catorce de diciembre no podían moverse de su sitio, como si les hubiera dado una parálisis. Qué había sucedido con ellos nadie podía entenderlo. Alguna basura había caído en el calibre del carburador y, por más que soplaron con bombas de aire, no lograron hacerlos arrancar. A la mañana, en el turbio amanecer, alrededor de los carros reinaba una febril agitación de lámparas. El capitán Pleshkó estaba pálido, miraba en torno suyo como un lobo y reclamaba la presencia del mecánico. Fue ahí que comenzaron las catástrofes. El mecánico había desaparecido. Se supo que, a despecho de todas las reglas, en la división no conocían su dirección. Corrió el rumor de que el mecánico había enfermado súbitamente de tifus. Eso sucedió a las ocho, y a las ocho treinta el capitán Pleshkó recibió el segundo golpe. El alférez Shpolianski, que a las cuatro de la mañana, después de ocuparse de los carros, había partido hacia Pechersk en una motocicleta conducida por Shur, no regresó a su puesto. Sólo volvió Shur, que contó una penosa historia. La motocicleta había llegado hasta Vérjnaia Telichka y en vano Shur trató de disuadir al alférez Shpolianski de cometer una insensatez. El mencionado Shpolianski, famoso en toda la división por su excepcional valentía, dejó a Shur, tomó una carabina y una granada de mano y se dirigió solo en la oscuridad a explorar el terraplén del ferrocarril. Shur oyó disparos. Shur estaba completamente seguro de que una patrulla de avanzada del enemigo se había filtrado en Telichka y, obviamente, al tropezar con Shpolianski lo mató en desigual combate. Shur esperó al alférez dos horas, si bien este le había ordenado que lo esperara tan sólo una y luego regresara a la división para no poner en peligro su persona y la motocicleta estatal número 8175.

El capitán Pleshkó se puso aún más pálido luego del relato de Shur. Los pájaros del teléfono cantaban a cual más desde el Estado Mayor del Hetman y del general Kartúzov, exigiendo la salida de los carros. A las nueve regresó de su posición en el frente, a bordo del cuarto carro, el sonrosado y entusiasta Strashkévich, y una parte de su rubor se trasladó a las mejillas del comandante de la división. El entusiasta había llevado el carro a Pechersk y, como ya se ha dicho, había bloqueado la calle Suvórovskaia.

A las diez de la mañana, la palidez de Pleshkó se volvió inmutable. Sin dejar rastro habían desaparecido dos apuntadores, dos choferes y un ametrallador. Todos los intentos de mover los carros fueron infructuosos. No regresó de su posición Shur, que, por orden del capitán Pleshkó, había partido hacia allí en motocicleta. Tampoco regresó, va de suyo, la motocicleta, ¡pues no puede regresar sola! Los pajaritos de los teléfonos empezaron a amenazar. Cuando más aclaraba el día, más prodigios ocurrían en la división. Desaparecieron los artilleros Duván y Máltsev y un parcito más de ametralladores. Los carros adquirieron un aspecto enigmático y abandonado; junto a ellos había tiradas tuercas, llaves inglesas y unos baldes.

Y al mediodía, al mediodía desapareció el propio comandante de la división, el capitán Pleshkó.

10

Extraños traslados y desplazamientos, ora dictados por el curso espontáneo de la contienda, ora ligados con la llegada de ordenanzas y con los chirridos de las cajas del Estado Mayor, llevaron durante tres días a la unidad del coronel Nai-Turs por los montones de nieve y los atascamientos en las afueras de la Ciudad, desde Krasni Traktir hasta Serebrianka, en el sur, y hasta Post-Volinski, en el sudoeste. Pero la tarde del catorce de diciembre llevó a esa unidad de regreso a la Ciudad, a un pasaje, a un edificio de cuarteles abandonados con la mitad de sus vidrios destruidos.

La unidad del coronel Nai-Turs era una extraña unidad. Sorprendía a todos los que la veían por sus botas de fieltro. Al comienzo de los últimos tres días contaba con cerca de ciento cincuenta cadetes y tres alféreces.

En los primeros días de diciembre, ante el jefe de la primera milicia, mayor general Blojin, compareció un oficial de caballería de estatura mediana, cabello negro, mejillas rasuradas, ojos de luto y hombreras de coronel de húsares; se presentó como coronel Nai-Turs, antiguo comandante del segundo escuadrón del antiguo regimiento de húsares de Belgrado. Los ojos de luto de Nai-Turs lucían de tal modo que cualquiera que se encontrara con aquel coronel, de ligera cojera y una raída cintita de San Jorge sobre el precario capote de soldado, lo escucharía con la mayor atención. El mayor general Blojin, tras una breve conversación con Nai, le encargó formar la segunda sección de la milicia tomando como fecha límite el trece de diciembre. De manera asombrosa, la formación quedó finalizada el diez de diciembre, y ese mismo día el coronel Nai-Turs, siempre muy parco en palabras, le anunció brevemente al mayor general Blojin, atormentado por los pajaritos del Estado Mayor, que él, Nai-Turs, ya podía entrar en combate con sus cadetes, pero con la condición indispensable de que le dieran a todo su destacamento de ciento cincuenta hombres gorros caucasianos y botas de fieltro, sin lo cual él, Nai-Turs, consideraba absolutamente imposible hacer la guerra. El general Blojin, tras escuchar al gutural y lacónico coronel, le extendió gustoso un papel para la sección de suministros, pero advirtiéndole que con ese papel casi seguro no recibiría nada antes de una semana, ya que en esas secciones de suministros y en los puestos de mando la desorganización, el caos y el absurdo eran increíbles. El gutural Nai-Turs tomó el papel, se tiró del rasurado bigote izquierdo, como era su costumbre, y, sin girar la cabeza ni a izquierda ni derecha (no podía girarla porque después de una herida había perdido movilidad en el cuello y, en caso de que necesitara mirar al costado, se volvía con todo el cuerpo), se retiró del despacho del mayor general Blojin. En las instalaciones de la milicia, sobre la calle Lvóvskaia, Nai-Turs tomó consigo a diez cadetes (por algún motivo, con fusiles) y dos carruajes de dos ruedas y se dirigió con ellos a la sección de suministros.

En la sección de suministros, ubicada en una bellísima mansión de la calle Bulvarno-Kudriáievskaia, en un acogedor despacho donde colgaba el mapa de Rusia y el retrato de la zarina Aleksandra Fiódorovna, que había quedado allí desde la época de la Cruz Roja, el coronel Nai-Turs fue recibido por el teniente general Makushin, hombre pequeño, sonrosado de un extraño color rosa, vestido con una cazadora gris por debajo de la cual asomaba una camisa limpita que lo hacía sumamente parecido a Miliutin, el ministro de Alejandro II.

Apartándose del teléfono, el general, con una voz infantil similar a la de un silbato de arcilla, le preguntó a Nai:

—¿Qué desea, coronel?

—Entjamos en combate ahoga mismo —respondió lacónico Nai—, le pido con ujgencia botas de fieltjo y goggos caucasianos paga doscientos hombjes.

—Hum —dijo el general, mordiéndose los labios y arrugando en las manos la petición de Nai—, vea, coronel, hoy no podemos dárselos. Hoy fijaremos el cronograma de suministro de las unidades. Mande buscarlo dentro de tres días. Y esa cantidad, de todas formas, no podré dársela.

Dejó el papel de Nai-Turs en un lugar visible, bajo un pisapapeles con forma de mujer desnuda.

—Las botas de fieltjo —respondió monótono Nai, y, torciendo los ojos hacia la nariz, miró el punto donde estaban las punteras de sus botas.

—¿Cómo? —preguntó el general, sin comprender y clavando con asombro la vista en el coronel.

—Deme ya mismo las botas de fieltjo.

—¿Qué es esto? ¿Cómo? —exclamó el general con los ojos desencajados.

Nai se volvió hacia la puerta, la entreabrió y gritó en dirección al cálido pasillo de la mansión:

—¡Eh, sección!

El general palideció con una palidez grisácea, desvió la mirada del rostro de Nai hacia el tubo del teléfono, de este al ícono de la Virgen que estaba en el rincón y luego otra vez al rostro de Nai.

El pasillo retumbó, se oyeron golpes, y en las puertas aparecieron las rojas cintitas de las gorras de los cadetes de la Alekséievskaia y unas bayonetas negras. El general comenzó a incorporarse en su mullido sillón.

—Es la primera vez que oigo algo semejante… Esto es un motín…

—Escjiba una petición, su excelencia —dijo Nai—, no tenemos tiempo, debemos salij dentjo de una hoga. Dicen que el enemigo está a las puejtas de la ciudad.

—¿Cómo?… ¿Qué es esto?…

—Jápido —dijo Nai con una voz como de funeral.

El general hundió la cabeza entre los hombros, desorbitó los ojos, sacó de debajo de la mujer el papel y, con mano saltarina y salpicando tinta, garrapateó en una punta: “Entregar”.

Nai tomó el papel, se lo metió en la bocamanga y dijo a los cadetes, que habían manchado toda la alfombra:

—Cajguen las botas. Jápido.

Los cadetes, entre golpes y estrépitos, empezaron a salir, pero Nai se demoró. El general, morado, le dijo:

—Ahora mismo llamaré al Estado Mayor del comandante en jefe y pediré que lo sometan a un tribunal militar. Es-s-sto es algo…

—Pjuebe —respondió Nai tragando saliva—, sólo pjuebe. A vej, vamos, pjuebe poj cugiosidad. —Y tomó la culata que asomaba de la funda desabrochada. El general enmudeció y su rostro se cubrió de manchas—. Llama, viejo estúpido —dijo con súbita cordialidad Nai—, que con mi colt te volagé la cabeza y estijajás la pata.

El general se sentó en el sillón. Su cuello se llenó de moradas arrugas, pero su rostro se mantuvo grisáceo. Nai se volvió y salió.

El general permaneció varios minutos sobre el sillón de cuero, después se santiguó en dirección al ícono, tomó el tubo del teléfono, se lo llevó al oído, oyó un sordo y confidencial: “Central”… Sintió de pronto ante sí los ojos de luto del gutural húsar, colgó el tubo y miró por la ventana. Vio cómo los cadetes trajinaban en la calle, sacando por la negra puerta del galpón los grises paquetes de las botas de fieltro. La jeta de soldado del guardalmacén, estupefacta, destacaba sobre el negro fondo. En sus manos sostenía el papel. Nai, con las piernas abiertas, estaba parado junto al carruaje y lo miraba. El general, con mano débil, tomó del escritorio el periódico del día, lo abrió y en la primera página leyó:

En la región de Irpén, choques con patrullas del

enemigo que intentaban penetrar en Sviatóshino…

Soltó el periódico y dijo en voz alta:

—Malditos sean el día y la hora en que me metí en esto…

La puerta se abrió y entró un capitán similar a un hurón sin cola, el edecán del jefe de suministros. Miró expresivamente las moradas arrugas en el cuello del general y dijo:

—Permítame darle el parte, señor general.

—Mira, Vladímir Fiódorovich —lo interrumpió el general, ahogándose y con la mirada extraviada—, me siento mal… Una congestión… Ejem… Me iré a casa ahora mismo… Usted tenga la bondad de encargarse de todo en mi ausencia.

—A sus órdenes —respondió el hurón, mirando con curiosidad—. ¿Qué ordena? Nos piden botas los de la cuarta milicia y los de la caballería de montaña. ¿Ha dispuesto usted entregar doscientos pares?

—Sí. ¡Sí! —exclamó con voz penetrante el general—. ¡Sí, yo lo he dispuesto! ¡Yo! ¡Yo mismo! ¡Así lo he querido! ¡Se trata de una excepción! Entran ya mismo en combate. Sí. Al frente. ¡¡Sí!!

Curiosas llamitas saltaron en los ojos del hurón.

—Cuatrocientos pares es todo lo que hay…

—¿Y yo qué puedo hacer? ¿Qué? —gritó con voz ronca el general—. ¡¿Parirlas?! ¿Parir botas? ¿Parirlas? Si piden, ¡¡déselas, déselas, déselas!!

Cinco minutos después, el general Makushin era conducido a casa en un coche de punto.

***

En la noche del trece al catorce, los muertos cuarteles del pasaje Brest-Litovsk revivieron. En un inmenso y embarrado salón, en el entrepaño, se encendió una lámpara eléctrica (durante el día los cadetes se habían subido a los faroles y postes y tendido unos cables). Ciento cincuenta fusiles se hallaban puestos en pabellón y en las sucias tarimas dormían amontonados los cadetes. Nai-Turs, sentado ante una mesa paticoja de madera atiborrada de pedazos de pan, vasijas con restos de caldo, cartucheras y cargadores, desplegó el abigarrado mapa de la Ciudad. Una pequeña lámpara de cocina arrojaba un haz de luz sobre el papel lleno de dibujos, y el Dniéper se veía en él como un árbol ramificado, seco y azul.

A eso de las dos el sueño comenzó a torturar a Nai. Se sorbía la nariz, su cabeza se inclinó varias veces hacia el plano como si quisiera distinguir algo en él. Por fin, gritó no muy alto:

—¡¿Cadete?!

—Sí, señor coronel —respondieron junto a la puerta, y un cadete, arrastrando sus botas de fieltro, se acercó a la lámpara.

—Ahoga me voy a acostaj —dijo Nai—. Me despejtagá dentjo de tjes hogas. Si hay un telefonema, despiejte al alféjez Zhágov, y en función de su contenido él me despejtagá o no.

No hubo ningún telefonema… Aquella noche el Estado Mayor no inquietó en absoluto al destacamento de Nai. Este salió al amanecer con tres ametralladoras y tres carruajes y se extendió por el camino. Las casitas de los arrabales parecían muertas. Pero, cuando el destacamento salió a la anchísima calle Politejnícheskaia, en ella encontraron movimiento. En el temprano crepúsculo pasaban y tronaban los furgones y deambulaban algunos grises gorros caucasianos. Todo ello retrocedía hacia la Ciudad y esquivaba la unidad de Nai con cierto temor. Lenta y firmemente amanecía, y sobre los jardines de las dachas del Estado y la pisoteada y hollada carretera se alzaba y disipaba la niebla.

Desde ese amanecer hasta las tres de la tarde, Nai estuvo sobre la línea de la calle Politejnícheskaia, porque de día, pese a todo, un cadete de su servicio de enlace le había traído en un cuarto carruaje de dos ruedas una nota del Estado Mayor escrita a lápiz:

“Proteger la carretera Politejnícheskaia y, en caso de que aparezca el enemigo, presentar combate”.

A ese enemigo Nai-Turs lo vio por primera vez a las tres de la tarde, cuando, sobre el flanco izquierdo, a lo lejos, sobre la nevada explanada del departamento militar, aparecieron numerosos jinetes. Era el coronel Kózir-Leshkó, quien, de acuerdo con la disposición del coronel Toropets, intentaba forzar la carretera y penetrar por ella hasta el corazón de la Ciudad. A decir verdad, Kózir-Leshkó, que hasta allí no había encontrado resistencia alguna, no atacaba la Ciudad, sino que ingresaba en ella, ingresaba triunfante y a lo grande, sabiendo perfectamente que tras su regimiento marchaba una unidad de jaidamakas a caballo del coronel Sosnenko, dos regimientos de la división azul, un regimiento de fusileros de Sich y seis baterías. Cuando en la explanada aparecieron los puntitos montados, los proyectiles de metralla empezaron a volar en lo alto, como grullas, hacia el espeso cielo que anunciaba nieve. Los puntitos montados formaron una cinta y, abarcando todo el ancho de la carretera, empezaron a hincharse, a ponerse negros, a aumentar y se lanzaron sobre Nai-Turs. En las filas de los cadetes resonó el estruendo de los cerrojos, Nai sacó un silbato, lo hizo sonar con estridencia y gritó:

—¡Digecto a la caballegía!… Poj descajgas… ¡Fuego!

Una chispa corrió por las grises filas y los cadetes enviaron a Kózir una primera descarga. Luego de ello, tres veces se desgarró el paño que desde el mismo cielo llegaba hasta las paredes del Instituto Politécnico, y tres veces, respondiendo en un eco ensordecedor, disparó el batallón de Nai-Turs. Las negras cintas montadas se rompieron a lo lejos, se dispersaron y desaparecieron de la carretera.

En ese momento algo le ocurrió a Nai. A decir verdad, nadie en el destacamento había visto aún a Nai asustado, pero ahora a los cadetes les pareció que Nai había divisado algo peligroso en algún lugar del cielo u oído algo a lo lejos… En una palabra, Nai ordenó la retirada a la Ciudad. Un pelotón se quedó y, entre estruendos, siguió disparando para cubrir la retirada de los otros. Luego, él mismo se retiró. Retrocedieron así unos dos kilómetros, echándose a tierra y despertando con el eco la gran carretera hasta llegar al cruce de esta con el pasaje Brest-Litovsk, donde habían pasado la noche. El pasaje lucía muerto por completo y no había un alma por ninguna parte.

Allí Nai separó a tres cadetes y les ordenó:

—Vayan a la caggeja a la Polieváia y a la Bogshagóvskaia y avegigüen dónde están nuestjas unidades y qué pasa con ellas. Si encuentjan fujgones, cagguajes o cualquiej medio de tjanspojte jeplegándose desojganizadamente, tómenlos. En caso de jesistencia, amenacen con las ajmas y luego jecuggan a ellas…

Los cadetes corrieron hacia atrás y a la izquierda y desaparecieron, mientras que, por delante, de pronto empezaron a llover balas sobre la sección. Golpeaban contra los tejados, se hicieron más numerosas; en una fila, un cadete cayó de bruces sobre la nieve y la tiñó con su sangre. Tras él, otro, con un grito de ¡ay!, soltó la ametralladora y se desplomó. Las filas de Nai se extendieron y empezaron a disparar con un fuego rápido y continuo contra las oscuras tropas del enemigo, que surgían de la tierra como por arte de magia. Los cadetes heridos fueron levantados, se desplegaron las blancas gasas. Nai tensó los músculos de la cara. Giraba cada vez más el torso tratando de mirar a lo lejos, hacia los flancos, e incluso por su expresión se adivinaba que aguardaba impaciente a los cadetes que había enviado. Estos por fin llegaron, jadeando como galgos después de una prolongada caza, entre silbidos y ronquidos. Nai se inquietó y su rostro se oscureció. El primer cadete corrió hacia él, se cuadró y, ahogándose, dijo:

—Señor coronel, no hay ninguna unidad ni en Shuliavka ni en ninguna parte —recobró el aliento—. Tenemos en la retaguardia fuego de ametralladora y la caballería del enemigo acaba de atravesar Shuliavka como si se dispusiera a ingresar en la Ciudad…

Las palabras del cadete fueron ahogadas en ese instante por el ensordecedor silbato de Nai.

Los tres carruajes entraron con estrépito en el pasaje Brest-Litovsk, lo recorrieron y siguieron por el pasaje Fonarni saltando entre los baches. En ellos iban los dos cadetes heridos, quince hombres armados y sanos y las tres ametralladoras. Más no podían llevar. Nai-Turs volvió el rostro hacia las filas y con voz retumbante y gutural les dio a los cadetes una orden extraña que jamás habían oído…

***

En el descascarado y bien calefaccionado local de los antiguos cuarteles de la calle Lvóvskaia penaba la tercera sección de la primera milicia de infantería, compuesta por veintiocho cadetes. Lo más interesante en aquella pena era que el comandante de los apenados era Nikolka Turbín en persona. El comandante de la sección, subcapitán Bezrúkov, y dos de sus ayudantes alféreces no habían regresado del Estado Mayor, al que habían partido en la mañana. Nikolka, el cabo de mayor graduación allí, iba y venía por el cuartel, se acercaba a cada momento al teléfono y lo miraba.

Aquello se prolongó hasta las tres de la tarde. Los rostros de los cadetes terminaron poniéndose melancólicos. Ay… Ay…

A las tres pio el teléfono de campaña.

—¿Tercera sección de la milicia?

—Sí.

—Que el comandante atienda el teléfono.

—¿Quién habla?

—Del Estado Mayor…

—El comandante no ha regresado.

—¿Quién habla?

—El suboficial Turbín.

—¿Es el de mayor graduación?

—Así es.

—Conduzca ya mismo a la sección por la ruta que le indicaremos.

Y Nikolka sacó a los veintiocho hombres y los condujo por la calle.

***

Hasta las dos de la tarde, Alekséi Vasílievich durmió como un tronco. Se despertó como si le hubieran arrojado agua, miró el relojito sobre la silla, vio que eran las dos menos diez y empezó a trajinar por la habitación. Alekséi Vasílievich se calzó las botas de fieltro, se metió con prisa en el bolsillo, olvidando ya una cosa, ya otra, los fósforos, la cigarrera, el pañuelo, la browning y dos cargadores; se ajustó el abrigo, después recordó algo, vaciló —eso le pareció vergonzoso y cobarde, pero igual lo hizo— y sacó del escritorio su documento de médico civil. Le dio vueltas en la mano y decidió llevárselo consigo, pero Elena lo llamó en ese momento y lo dejó olvidado sobre el escritorio.

—Escucha, Elena —dijo Turbín, nervioso y ciñéndose el cinturón; su corazón se encogía por un mal presentimiento y sufría ante la idea de que Elena se quedaría sola con Aniuta en ese departamento grande y desierto—, no hay nada que hacerle. No ir es imposible. Bueno, a mí a lo mejor no me pasa nada. La división no irá más allá de las afueras de la Ciudad y yo me quedaré en algún lugar seguro. Quizás Dios proteja también a Nikolka. Hoy a la mañana he oído que la situación se ha puesto un poco más grave, pero bueno, quizás rechacemos a Petliura. Bueno, adiós, adiós…

Elena, sola, caminaba por el desierto salón, desde el piano, donde, como antes, estaba el abigarrado Valentín que nadie había retirado, hasta la puerta del despacho de Alekséi. El parquet crujía bajo sus pies. Su rostro era desdichado.

***

En la esquina de su torcida calle y la Vladímirskaia, Turbín llamó un trineo. El conductor aceptó llevarlo, pero, entre sombríos resoplidos, pidió una suma monstruosa y se veía que no cedería. Con los dientes apretados, Turbín se subió al trineo y partió en dirección al museo. Helaba.

El alma de Alekséi Vasílievich era presa de la alarma. Viajaba y prestaba oído a los lejanos disparos de ametralladora que, en ráfagas, llegaban desde algún lugar cercano al Instituto Politécnico y parecían dirigirse hacia la estación. Turbín pensaba en el significado de aquello (Turbín dormía durante la visita que Bolbotún había hecho al mediodía) y, girando la cabeza, examinaba las veredas. En estas, aunque alarmado y confuso, había un gran movimiento.

—Alto… Al… —dijo una voz ebria.

—¿Qué significa esto? —preguntó enfadado Turbín.

El conductor tiró de las riendas de tal modo que Turbín casi cae de rodillas. Un rostro completamente colorado se balanceaba junto al pértigo, sosteniéndose de las riendas y tratando de alcanzar el asiento. Sobre su curtida zamarra centellearon unas arrugadas hombreras de alférez. Turbín, a setenta centímetros, quedó envuelto en un nauseabundo vaho de alcohol quemado y cebolla. En las manos del alférez se tambaleaba un fusil.

—Do… do… doblaaa —dijo el colorado borracho—, ba… baja al pasajero… —La palabra “pasajero” de pronto le pareció graciosa y soltó una risita.

—¿Qué significa esto? —repitió enfadado Turbín—. ¿No ve quién viaja? Voy al punto de reunión. Le pido que deje al cochero. ¡Arranca!

—No, no arranques… —dijo el borracho con voz amenazante, y sólo entonces parpadeó y reparó en las hombreras de Turbín—. Ah, doctor, bueno, vamos juntos… Yo también subiré…

—No seguimos el mismo camino… ¡Arranca!

—Pe… er-mítamee…

—¡Arranca!

El conductor hundió la cabeza entre los hombros y se dispuso a tirar de las riendas, pero después recapacitó; se volvió y, con furia y temor, miró de reojo al colorado. Pero este de pronto se apartó por su cuenta porque vio un trineo vacío cuyo conductor no hizo a tiempo a alejarse. El colorado levantó el fusil con ambas manos y lo amenazó. El conductor se detuvo en seco y el colorado, tropezando e hipando, corrió hacia él.

—Si hubiera sabido, no lo habría aceptado ni por quinientos —refunfuñó rabioso el conductor, fustigando la grupa de su penco—. Un disparo en la espalda, ¿qué más te va a dar?

Turbín callaba sombrío.

“Vaya canalla… Estos denigran toda la causa”, pensó con rabia.

En la esquina del teatro de ópera bullían la agitación y el movimiento. En medio de la calle, sobre los rieles mismos del tranvía, había emplazada una ametralladora vigilada por un pequeño cadete transido de frío, con capote negro y orejeras, y otro con capote gris. Los transeúntes, como moscas, se apiñaban en la vereda y miraban con curiosidad la ametralladora. Junto a la farmacia de la esquina, ya con el museo a la vista, Turbín dejó ir al conductor.

—Tiene que darme más, su excelencia —dijo con rabia e insistencia el conductor—, de haberlo sabido, no habría aceptado. ¡Ya ve lo que ocurre!

—Es suficiente.

—¿Por qué metieron a los niños en esto?… —se oyó una voz de mujer.

Sólo entonces Turbín vio una multitud de hombres armados junto al museo. La multitud se agitaba y se volvía más compacta. Entre los faldones de los capotes parpadeaban vagamente las ametralladoras ubicadas en la vereda. Y en ese instante comenzó a repiquetear con frenesí una ametralladora en Pechersk.

Vra… Vra… Vra… Vra… Vra… Vra… Vra…

“Esto ya es un disparate”, pensó perplejo Turbín, y aceleró el paso en dirección al museo, del otro lado del pasaje.

“¿Acaso he llegado tarde?… Qué escándalo… Pueden pensar que he huido…”

Alféreces, cadetes y unos pocos soldados se inquietaban, bullían y corrían junto a la gigantesca entrada del museo y las abatidas puertas laterales que llevaban a la explanada del liceo Aleksándrovski. Los enormes vidrios de la puerta temblaban a cada instante, las puertas gemían, y en el blanco y circular edificio del museo, sobre cuyo frontón resplandecía la dorada inscripción:

“Para la buena instrucción del pueblo ruso”,

entraban corriendo cadetes armados, inquietos y con la ropa arrugada.

—¡Dios! —exclamó sin querer Turbín—. Ya se han ido.

Los morteros miraban en silencio y con ojos entornados a Turbín; estaban solitarios y abandonados en el mismo sitio de la víspera.

“No entiendo nada… ¿Qué significa esto?”

Sin saber él mismo para qué, Turbín corrió por la explanada hacia los cañones. Crecían a medida que se movía y miraban amenazantes a Turbín. Y allí estaba el del extremo. Turbín se detuvo y se quedó helado: no tenía cerrojo. A paso rápido, atravesó la explanada en sentido opuesto y salió de nuevo a la calle. La multitud bullía aún más, gritaban muchas voces a la vez y las bayonetas se destacaban y alzaban.

—¡Hay que esperar a Kartúzov! ¡Eso es! —gritaba una sonora y alarmada voz. Un alférez le cerró el paso a Turbín y este vio sobre sus hombros una silla de montar amarilla con los estribos colgando.

—Debo entregársela a la legión polaca.

—¿Y dónde está?

—¡El diablo lo sabrá!

—¡Todos al museo! ¡Todos al museo!

—¡Al Don!

El alférez de pronto se detuvo y arrojó la silla a la vereda.

—¡A la mierda! ¡Que se vaya todo al diablo! —aulló furioso—. ¡Ay, los del Estado Mayor!…

Corrió hacia un lado y amenazó a alguien con los puños.

“Una catástrofe… Ahora entiendo… Pero lo terrible es que, seguramente, han marchado a pie al combate. Sí, sí, sí… Sin dudas. A lo mejor Petliura apareció de improviso. No hay caballos y han marchado con los fusiles, sin los cañones… ¡Ay, Dios mío!… Debo correr a la tienda de Anjou… Quizás allí me entere… Supongo que alguien habrá quedado.”

Turbín se desprendió de aquella arremolinada agitación y, sin prestar atención a nada, corrió hacia atrás, hacia el teatro de ópera. Una seca ráfaga de viento surcó el sendero asfaltado que bordeaba el teatro y removió la punta de un cartel medio arrancado que colgaba sobre su pared, junto a la entrada lateral de negras ventanas. Carmen. Carmen.

Y he aquí Anjou. En las vidrieras no hay cañones, en las vidrieras no hay hombreras doradas. En las vidrieras vibra y hace visos un vacilante resplandor. ¿Un incendio? La puerta resonó bajo las manos de Turbín, pero no cedió. Turbín llamó alarmado. Volvió a llamar. Una figura gris apareció tras el vidrio de la puerta, la abrió y Turbín entró en la tienda. Turbín, pasmado, examinó aquella desconocida figura. Llevaba un negro capote de estudiante y un gorro de civil comido por la polilla, con las orejeras recogidas hacia arriba. Su rostro era extrañamente familiar, pero como desfigurado o alterado. La estufa rugía con furia, devorando unas hojas de papel. Todo el piso estaba cubierto de papeles. La figura dejó pasar a Turbín sin explicación alguna, se apartó enseguida de él, se acercó a la estufa y se puso en cuclillas, de modo que el purpúreo resplandor centelleó sobre su cara.

“¿Malíshev? Sí, es el coronel Malíshev”, lo reconoció Turbín.

El coronel no tenía bigote. Un espacio azulado, liso y rasurado en su lugar.

Malíshev abrió bien los brazos, recogió del suelo más hojas de papel y las metió en la estufa.

“Ajá… Ajá.”

—¿Qué significa esto? ¿Es el fin? —preguntó con voz sorda Turbín.

—Es el fin —respondió lacónico el coronel; se levantó de un salto, se abalanzó sobre la mesa, la recorrió atentamente con la mirada, abrió y cerró con ímpetu varios cajones, se agachó rápido, recogió el último fajo de hojas del suelo y lo introdujo en la estufa. Sólo entonces se volvió hacia Turbín y añadió con tono irónicamente sereno—: ¡Nos batimos y ahora basta! —Se llevó la mano al pecho, sacó aprisa la billetera, verificó los documentos, rompió en cuatro dos hojas y las echó al fuego. Turbín mientras tanto lo observaba. No se parecía más a ningún coronel Malíshev. Ante Turbín había un estudiante bastante robusto, un actor aficionado de gruesos labios color frambuesa.

—Doctor, ¿qué le sucede? —Malíshev señaló inquieto los hombros de Turbín—. Quíteselas ya mismo. ¿Qué está haciendo? ¿De dónde viene? ¿Qué, no sabe nada?

—He llegado tarde, coronel —comenzó Turbín.

Malíshev sonrió alegre. Después, de pronto, la sonrisa desapareció de su rostro, meneó la cabeza con aire culpable y alarmado y dijo:

—¡Ay, Dios mío, soy yo quien les ha fallado! Les fijé esa hora… Usted, por lo visto, no ha salido de casa durante la mañana, ¿cierto? Bueno, está bien. De eso ahora no vale la pena hablar. En una palabra: quítese de inmediato las hombreras y huya, escóndase.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que pasa? ¡Dígamelo, por Dios!…

—¿Que qué pasa? —repreguntó Malíshev con irónica alegría—. Pasa que Petliura está en la Ciudad. En Pechersk, si no ya en Kreshátik. La Ciudad ha sido tomada. —Malíshev de pronto enseñó los dientes, miró a un lado y habló otra vez súbitamente, no como un actor aficionado, sino como el anterior Malíshev—. Los del Estado Mayor nos han traicionado. Ya por la mañana era necesario dispersarse. Pero yo, por suerte, gracias a buenas personas, lo supe todo durante la noche he hice a tiempo a disolver la división. ¡Doctor, no hay tiempo para pensar, quítese las hombreras!

—… Pero allí, en el museo, en el museo…

A Malíshev se le demudó el rostro.

—No me concierne —respondió con furia—. ¡No me concierne! Ahora ya nada me concierne. Acabo de estar allí, les he gritado, les he advertido, les he pedido que se dispersaran. No puedo hacer más nada. A los míos los he salvado a todos. ¡No los he enviado al matadero! ¡No los he enviado al oprobio! —De pronto Malíshev empezó a lanzar unos gritos histéricos; por lo visto, algo que ardía en su interior había estallado y ya no podía contenerse—. ¡Esos generales! —Apretó los puños y amenazó a alguien. Su rostro se puso morado.

En ese momento, desde la calle, desde algún sitio elevado, aulló una ametralladora y pareció sacudir el gran edificio contiguo.

Malíshev se estremeció y enseguida se serenó.

—¡Bueno, doctor, váyase! Adiós. ¡Corra! Sólo que no por la calle, sino por aquí, por la puerta de servicio y después por los patios. Allí todavía se puede pasar. Rápido.

Malíshev estrechó la mano del perplejo Turbín, giró bruscamente y desapareció en el oscuro paso que había tras el tabique. Y de golpe reinó la calma en la tienda. Y en la calle dejó de disparar la ametralladora.

Sobrevino la soledad. En la estufa ardía el papel. Turbín, pese a los gritos de Malíshev, se acercó con cierta languidez y lentitud a la puerta. Tanteó el gancho, lo echó y regresó a la estufa. A pesar de los gritos, Turbín actuaba sin prisa; sus pies y sus revueltos pensamientos se movían lánguidos. El vacilante fuego había devorado el papel, la boca de la estufa ya no exhibía sus alegres llamas y lucía de un quedo tinte rojizo; la tienda se oscureció de golpe. En las grises sombras los estantes se adherían a las paredes. Turbín los recorrió con la mirada y pensó con languidez que la tienda de madame Anjou aún olía a perfume. Suave y débilmente, pero olía.

Los pensamientos en la cabeza de Turbín formaron una maraña y durante cierto tiempo el doctor se quedó mirando absurdamente el sitio por el que había desaparecido el rasurado coronel. Después, en el silencio, la maraña, poco a poco, se fue desenredando. Salió el trozo más importante y luminoso: Petliura estaba allí. “Peturra, Peturra”, repitió Turbín con voz débil, y sonrió con ironía sin saber por qué. Se acercó al espejo del entrepaño, cubierto por una capa de polvo que parecía tafetán.

El papel terminó de arder y la última lengüita roja, tras emitir un breve fulgor, se extinguió en el suelo. Penumbra.

—Petliura, es algo tan absurdo… En rigor, el país está completamente perdido —murmuró Turbín en la penumbra de la tienda, pero después volvió en sí—: ¿Qué hago aquí fantaseando? ¿Y si caen de improviso?

Entonces se agitó y, al igual que Malíshev antes de salir, comenzó a arrancarse las hombreras. Los hilos crujieron y en sus manos quedaron las dos tiras plateadas y oscurecidas de la guerrera y las otras dos, verdes, del capote. Turbín las contempló, les dio vueltas, atinó a guardárselas en el bolsillo como recuerdo, pero lo pensó mejor y comprendió que sería peligroso, así que las quemó. Combustible no faltaba, pese a que Malíshev había quemado todos los documentos. Turbín recogió del suelo un montón de retazos de seda, los metió en la estufa y los prendió. Otra vez los monstruos corrieron por las paredes y por el suelo, y otra vez cobró vida por un momento el local de madame Anjou. Las tiras plateadas se retorcieron entre las llamas, burbujearon, se atezaron y luego se encogieron…

Surgió una cuestión de esencial importancia en la cabeza de Turbín: ¿qué hacer con la puerta? ¿Dejarla trabada o destrabarla? A lo mejor acudía algún otro voluntario que, como él, se hubiera retrasado, ¡y no tendría dónde esconderse! Turbín sacó el gancho. Después lo abrasó la idea: ¿y el documento? Se tomó un bolsillo, otro: no lo tenía. ¡Eso es! Se lo había olvidado. ¡Ay, esto ya es un escándalo! ¿Y si de repente tropiezas con ellos? Capote gris. Preguntarán quién soy. Doctor…, ¡ve a demostrarlo! ¡Ay, maldita distracción!

“Rápido”, le susurró una voz interior.

Sin más reflexiones, se lanzó al fondo de la tienda y, por el mismo camino que había tomado Malíshev, atravesó una pequeña puerta, salió a un oscuro pasillo y de allí, por la puerta de servicio, al patio.

11

Obedeciendo a la voz del teléfono, el suboficial Turbín Nikolái sacó a los veintiocho cadetes y los condujo por toda la Ciudad según la ruta que le habían indicado. Esta los llevó a un cruce completamente muerto. No había vida alguna en él, pero sí mucho estrépito. Alrededor —en el cielo, por los tejados, por las paredes— tronaban las ametralladoras.

El enemigo, por lo visto, debía estar allí, puesto que era ese el último punto que había indicado la voz del teléfono. Pero hasta entonces no había aparecido ningún enemigo y Nikolka vaciló un poco: ¿qué hacer? Sus cadetes, algo pálidos, pero valientes como su comandante, se tendieron en fila sobre la nevada calle, mientras que el ametrallador Ivashin se puso en cuclillas junto a la ametralladora, al borde de la vereda. Los cadetes miraban con atención a lo lejos, levantando la cabeza del suelo, y esperaban a ver qué ocurriría en realidad.

Su jefe estaba sumido en pensamientos tan importantes y significativos que hasta su rostro se demacró y palideció. Al jefe lo sorprendía, en primer lugar, que en el cruce no hubiera nada de todo lo que había prometido la voz. Allí, en ese cruce, Nikolka debía hallar un destacamento de la tercera milicia y “reforzarla”. No había ningún destacamento. Ni siquiera rastro de él.

En segundo lugar, sorprendía a Nikolka el hecho de que el tableteo de las ametralladoras se oyera por momentos no sólo adelante, sino también a la izquierda, e incluso, al parecer, un poco atrás. En tercer lugar, temía asustarse y todo el tiempo se preguntaba: “¿No tienes miedo?”. “No, no tienes miedo”, respondía una animosa voz en la cabeza, y Nikolka, por el orgullo de ser valiente, palidecía aún más. El orgullo se transformaba en la idea de que si a él, a Nikolka, lo mataban, lo enterrarían con música. Muy sencillo: por la calle pasaría un ataúd con brocado blanco, y en el ataúd iría el suboficial Turbín, caído en combate, con un noble rostro de cera, y era una lástima que ahora no concedían cruces, porque, de lo contrario, sin falta llevaría en el pecho una cruz y una cinta de San Jorge. Las mujeres a las puertas. “¿A quién entierran, queridos?” “Al suboficial Turbín…” “¡Ah, qué hermoso!…” Y la música. En combate, vean, es agradable morir. Siempre que no se sufra. Las reflexiones sobre la música y las cintas aligeraron un poco la incierta espera del enemigo, el cual, por lo visto, desobedecía la voz del teléfono y no pensaba presentarse.

—Vamos a esperar aquí —dijo Nikolka a los cadetes, tratando de que su voz sonara segura, pero muy segura no sonó porque alrededor las cosas no marchaban como debían, sino algo disparatadas. ¿Dónde está el destacamento? ¿Dónde está el enemigo? Qué extraño, parece que dispararan en la retaguardia, ¿no?

***

Y el jefe y sus tropas esperaron. En el pasaje transversal, que llevaba del cruce a la carretera Brest-Litovsk, de súbito atronaron los disparos y brotaron unas figuras grises en frenética fuga. Corrían directo hacia los cadetes de Nikolka y blandían sus fusiles en diferentes direcciones.

“¿Nos habrán rodeado?”, resonó en la cabeza de Nikolka, que se debatía sin saber qué ordenar. Pero un instante después distinguió las manchas doradas sobre los hombros de algunos de los que huían y comprendió que eran de los suyos.

Pesados, gallardos, cubiertos en sudor por la carrera, los cadetes de la Konstantínovskaia, con gorros caucasianos, se detuvieron de repente, pusieron una rodilla en tierra y, con pálido fulgor, lanzaron dos descargas hacia el pasaje del cual venían. Después se levantaron de un salto, arrojaron los fusiles y cruzaron corriendo el pasaje por delante del destacamento de Nikolka. En el camino se arrancaron las hombreras, las cartucheras y los cinturones y los tiraron sobre la revuelta nieve. Un cadete gallardo, gris y corpulento llegó a donde estaba Nikolka, volvió la cabeza hacia el destacamento de este y, ahogándose, gritó con estridente voz:

—¡Huyan, huyan con nosotros! ¡Sálvese quien pueda!

En la fila, los cadetes de Nikolka, desconcertados, empezaron a pararse. Nikolka quedó pasmado, pero en un segundo se recobró y pensó con la velocidad de un rayo: “Este es el momento en que se puede ser un héroe”, y gritó con su penetrante voz:

—¡No se atrevan a levantarse! ¡¡Obedezcan la orden!!

“¿Qué están haciendo?”, pensó exasperado Nikolka.

Los cadetes de la Konstantínovskaia —unos veinte hombres— abandonaron desarmados el cruce, se dispersaron por el pasaje transversal de Fonarni y una parte de ellos se precipitó por el primer gran portón que encontraron. Terrible fue el estruendo de las puertas de hierro y el eco de las espuelas en el ancho corredor. Un segundo grupo se metió en el siguiente portón. Sólo quedaron cinco que, acelerando el paso, corrieron derecho por Fonarni y desaparecieron a lo lejos.

Finalmente, al cruce salió el último de los que huía, con pálidas hombreras doradas. Nikolka aguzó la vista y en el acto reconoció al comandante de la segunda sección de la primera milicia, el coronel Nai-Turs.

—¡Señor coronel! —le gritó con voz turbada y al mismo tiempo alegre—. Sus cadetes huyen presas del pánico.

Y allí sucedió algo monstruoso. Nai-Turs irrumpió en el pisoteado cruce con el capote recogido por ambos costados, como los infantes franceses. La aplastada gorra, sujeta por el barboquejo, le caía sobre la misma nuca. En la mano derecha sostenía una colt, y la funda abierta se sacudía y le golpeaba la cadera. Su rostro cerdoso y sin afeitar era aterrador, los ojos torcidos hacia la nariz, y ahora, de cerca, sobre los hombros se veían con claridad sus galones en zigzag de húsar. Nai-Turs se acercó de un salto a Nikolka, levantó la mano izquierda, libre, y le arrancó primero la hombrera izquierda y luego la derecha. Los hilos encerados, de la mejor calidad, se desgarraron con estrépito; la hombrera derecha voló con un pedazo de tela del capote. Nikolka se tambaleó de tal modo que pudo cerciorarse de la notable fuerza que Nai-Turs tenía en las manos. Nikolka cayó con fuerza sobre algo blando, y eso blando saltó bajo su cuerpo con un alarido: era el ametrallador Ivashin. Después danzaron en torno los rostros crispados de los cadetes y todo se fue al mismísimo demonio. Nikolka no perdió la razón en ese momento sólo porque no tenía tiempo para ello; tan vertiginosas eran las acciones del coronel Nai-Turs. Vuelto hacia la deshecha sección, aulló con su gutural voz una orden inusual e inaudita. Nikolka pensó supersticiosamente que esa voz se oía a diez kilómetros, que de seguro llegaba a toda la Ciudad.

—¡Cadetes! ¡Obedezcan mi ojden: aggánquense las hombjegas, las escagapelas, las cajtuchegas y aggojen las ajmas! ¡Poj el pasaje Fonajni, a tjavés de los patios hasta la Gaziézhaia, en digección a Podol! ¡¡A Podol!! ¡Jompan sus documentos poj el camino, escóndanse, dispéjsense, llévense a todos poj el camino-o-o!

Después agitó la colt y aulló como una corneta de caballería:

—¡Poj Fonajni! ¡Sólo poj Fonajni! ¡Ocúltense en las casas! ¡El combate ha acabado! ¡A la caggega, majcha!

Durante unos segundos, la sección no pudo volver en sí. Después los cadetes se pusieron totalmente pálidos. Ivashin se arrancó las hombreras delante de Nikolka; las cartucheras volaron sobre la nieve; el fusil rodó con estrépito por la helada joroba de la vereda. Medio minuto más tarde, en el cruce había tirados cinturones, cartucheras y una gorra maltrecha. Por el pasaje Fonarni, volando por los patios que daban a la calle Raziézhaia, huían los cadetes.

Nai-Turs se calzó con fuerza la colt en la funda, se acercó de un salto a la ametralladora que estaba en la vereda, se agachó, se puso en cuclillas, dirigió el cañón al sitio desde donde había venido y con la mano izquierda ajustó la cinta de balas. Se volvió a Nikolka y tronó furioso:

—¿Estás sordo? ¡Corre!

Un éxtasis extraño y embriagador le subió a Nikolka desde algún lugar del vientre, y la boca se le secó al instante.

—No quiero, señor coronel —respondió con voz áspera; se puso en cuclillas, tomó con las dos manos la cinta y la introdujo en la ametralladora.

A lo lejos, allí desde donde había huido el resto del destacamento de Nai-Turs, de golpe aparecieron varias figuras montadas. Vagamente se veía que los caballos bailaban bajo ellas y parecían jugar y que las hojas de los grises sables brillaban en sus manos. Nai-Turs descorrió el cerrojo, la ametralladora rugió —arr-rra-paa—, se detuvo, rugió de nuevo y luego tronó largo rato. Todos los tejados de las casas ahora bullían a diestra y siniestra. A las figuras montadas se agregaron varias más, pero después una de ellas se echó hacia un lado, contra la ventana de una casa; otro caballo se encabritó y resultó terriblemente largo, hasta casi alcanzar el primer piso, y varios jinetes desaparecieron por completo. Un instante después, como si se los hubiera tragado la tierra, desaparecieron los otros.

Nai-Turs corrió el cerrojo, amenazó al cielo con el puño, los ojos se le llenaron de luz y gritó:

—¡A niños! ¡A niños!… ¡Esa caggoña del Estado Mayoj!…

Se volvió hacia Nikolka y gritó con una voz que a este le pareció el sonido de una suave corneta de caballería:

—¡Lájgate, estúpido muchacho! ¡Digo que te lajges!

Lanzó un vistazo hacia atrás y se cercioró de que todos los cadetes habían desaparecido; después lanzó un vistazo desde el lejano cruce a la calle paralela a la Brest-Litovsk y exclamó con dolor y rabia:

—¡Ah, demonios!

Nikolka siguió su mirada y vio que lejos, muy lejos, sobre la calle Kadétskaia, junto al marchito bulevar cubierto de nieve, aparecieron unas filas oscuras que se tiraban al suelo. Luego, el letrero que se hallaba justo sobre las cabezas de Nai-Turs y Nikolka, en la esquina del pasaje Fonarni,

Dentista

Berta Iákovlevna

Prinz-Metall

se sacudió, y detrás de las puertas unos vidrios se hicieron añicos. Nikolka vio pedazos de yeso en la vereda. Saltaban y rodaban. Nikolka clavó una mirada interrogativa en el coronel Nai-Turs, deseando saber cómo cabía entender esas largas filas y el yeso en el suelo. Y el coronel Nai-Turs se dirigió a él de un modo extraño. Dio un saltito sobre una pierna, agitó la otra como en un vals y, como si estuviera en un baile, esbozó una extemporánea sonrisa. Después el coronel Nai-Turs cayó a los pies de Nikolka. El cerebro de este quedó envuelto en una negra neblina; Nikolka se acuclilló e, inesperadamente para sí, con sequedad y llorando sin lágrimas, empezó a tirar al coronel de los hombros y trató de levantarlo. Entonces vio que de la manga izquierda le salía sangre y sus ojos miraban al cielo.

—Señor coronel, señor…

—Suboficial —dijo Nai-Turs; la sangre le chorreaba de la boca y la voz le salía a gotas, debilitándose a cada palabra—, mande el hejoísmo al diablo, me estoy mujiendo… Malo-Pjoválnaia…

No quiso explicar nada más. Su mandíbula inferior comenzó a moverse. Tres veces exactas y convulsivamente, como si Nai se ahogara; después quedó quieta y el coronel se volvió pesado como un gran saco de harina.

“¿Así se muere? —pensó Nikolka—. No puede ser. Recién estaba vivo. No es terrible morir en combate, como se ve. A mí por algún motivo no me aciertan…”

“Den…

… ista”

se sacudió una segunda vez sobre su cabeza, y en algún sitio estallaron vidrios. “¿Puede que sea un simple desmayo?”, pensó absurdamente Nikolka, presa de la turbación, y tiró del coronel. Pero no había posibilidad alguna de levantarlo. “¿No tienes miedo?”, pensó Nikolka, y sintió un miedo demencial. “¿De qué? ¿De qué?”, pensó Nikolka, y enseguida comprendió que tenía miedo de la angustia y de la soledad, que si ahora el coronel Nai-Turs estuviera de pie no habría miedo alguno… Pero el coronel Nai-Turs estaba absolutamente inmóvil, no daba más órdenes, no prestaba atención ni a que junto a su manga se dilataba un gran charco rojo ni a que el yeso de las salientes se rompía y deshacía como loco. Nikolka tenía miedo porque estaba completamente solo. Ningún jinete cabalgaba ya desde el flanco, pero, por lo visto, todos estaban contra Nikolka, y él era el último, y estaba completamente solo… Y la soledad hizo huir a Nikolka del cruce. Se arrastró sobre el vientre, impulsándose con la mano izquierda y el codo derecho, porque en la mano derecha apretaba la colt de Nai-Turs. El miedo más intenso sobrevino cuando se hallaba ya a dos pasos de la esquina. Ahora te acertarán en la pierna y ya no podrás arrastrarte, atacarán los hombres de Petliura y te matarán a sablazos. Es horrible cuando yaces y te dan sablazos… Dispararé si en la colt quedan balas… Tan sólo un paso y medio… adelante, adelante… una vez más… y Nikolka ya estaba tras la esquina del pasaje Fonarni.

“Es asombroso, tremendamente asombroso que no hayan acertado. Un verdadero milagro. Un milagro de Dios nuestro Señor —pensó Nikolka mientras se incorporaba—, eso es, un milagro. Yo mismo lo he visto, un milagro. La catedral de Notre-Dame. Victor Hugo. ¿Qué será ahora de Elena? ¿Y de Alekséi? Es claro que arrancarse las hombreras significa que ha ocurrido una catástrofe.”

Nikolka se levantó de un salto; manchado de nieve hasta el cuello, se metió la colt en el bolsillo del capote y salió volando por el pasaje. El primer portón sobre mano derecha estaba abierto; Nikolka entró en un ancho y sonoro corredor, desembocó en un patio feo y sombrío con cobertizos de ladrillo a la derecha y pilas de leña a la izquierda; comprendió que el paso era el del medio y, resbalándose, se lanzó hacia allí y se topó con un hombre que llevaba una zamarra. Con toda claridad. Barba pelirroja y ojitos pequeños que destilaban odio. De nariz achatada, con gorro de cordero, un Nerón. El hombre, como jugando un juego divertido, abrazó a Nikolka con el brazo izquierdo, con la mano derecha aferró su mano izquierda y se la torció hacia la espalda. Nikolka quedó aturdido unos instantes. “¡Dios, me ha atrapado, me odia!… Es un partidario de Petliura…”

—¡Ay de ti, miserable! —gritó con voz ronca el de barba pelirroja, jadeando—. ¿Adónde vas? ¡Alto! —Después, de pronto, aulló—: ¡A él, a él! ¡Tengo a un cadete! ¿Canalla, te arrancaste las hombreras y piensas que no te reconocerán? ¡A él!

La furia se apoderó de pies a cabeza de Nikolka. Se agachó bruscamente, de golpe, con tanto ímpetu que se le rompió una tira trasera del capote, giró y con una fuerza sobrehumana se desprendió de las manos del pelirrojo. Por un segundo no lo vio porque quedó de espaldas a él, pero enseguida se volvió y otra vez pudo verlo. El de barba pelirroja no llevaba arma alguna y ni siquiera era militar, sino un portero. La ira surcó los ojos de Nikolka como un manto rojo y trocó en una extraordinaria seguridad. El viento y la helada penetraron en la cálida boca de Nikolka, puesto que enseñaba los dientes como un lobezno. Sacó la mano con la colt del bolsillo, pensó: “Mataré a esta basura si quedan balas”. No reconoció su propia voz; hasta tal punto era extraña y terrible.

—¡Te mataré, basura! —exclamó con voz ronca, mientras sus dedos hurgaban en la intrincada colt, y al instante cayó en la cuenta de que había olvidado cómo disparar con ella. El amarillento y pelirrojo portero, al ver que Nikolka iba armado, cayó desesperado y aterrado de rodillas y empezó a chillar, convirtiéndose mágicamente de Nerón en una serpiente.

—¡Ay, su excelencia! Su…

De todos modos, Nikolka sin falta habría disparado, pero la colt se negó a hacerlo. “Está descargada. ¡Ay, qué lástima!”, pensó Nikolka como en un torbellino. El portero, cubriéndose con la mano y retrocediendo, se incorporó un poco, se acuclilló, cayó hacia atrás y aulló a voz en cuello; ello exasperó a Nikolka. Sin saber qué hacer para cerrar esas estridentes fauces de barba cobriza, Nikolka, desesperado por la pistola que no disparaba, se abalanzó sobre el portero como un gallo de riña y le asestó un fuerte culatazo en los dientes, a riesgo de dispararse a sí mismo. La furia de Nikolka se extinguió de inmediato. El portero se levantó de un salto y huyó por el mismo corredor por el que había aparecido Nikolka. Loco de espanto, ya no aullaba, sino que corría resbalando por el hielo y tropezando; una vez se volvió y Nikolka pudo ver que la mitad de su barba se había puesto roja. Después desapareció. Nikolka corrió patio abajo, pasó por delante del cobertizo, llegó hasta el portón de la Raziézhaia y ante él fue presa de la desesperación. “Todo ha terminado. He llegado tarde. Estoy perdido. Dios, y no dispara.” En vano sacudió el enorme pestillo y el cerrojo. Era imposible hacer nada. El pelirrojo portero, tan pronto como pasaron los cadetes de Nai-Turs, había cerrado el portón de la Raziézhaia y ante Nikolka había un obstáculo insalvable: una pared de hierro, sin resquicios y lisa hasta arriba. Nikolka se volvió, miró el cielo, muy bajo y denso, y vio sobre el muro una ligera escalera de incendios que llegaba hasta el tejado mismo de aquel edificio de cuatro pisos. “¿Y si subiera?”, pensó, y tontamente recordó un abigarrado dibujo: Nat Pinkerton4 con saco amarillo y máscara roja trepando por una escalera similar. “Ah, ese era Nat Pinkerton, Estados Unidos…, pero si yo ahora trepo, ¿después qué? Estaré sentado como un idiota en el tejado mientras el portero llama a los hombres de Petliura. Ese Nerón me traicionará… Le rompí los dientes… ¡No me lo perdonará!”

Y en efecto. Desde el portón del pasaje Fonarni, Nikolka oyó los desesperados gritos de llamada del portero: “¡Aquí! ¡Aquí!”, y cascos de caballo. Nikolka comprendió: la caballería de Petliura había irrumpido en la Ciudad desde el flanco. Ahora ya estaba en el pasaje Fonarni. Era lo que gritaba Nai-Turs… Volver al Fonarni era imposible.

Todo eso lo comprendió ya sobre una pila de leña, a la que había ido a parar no se sabe cómo, junto al cobertizo, al pie de la pared del edificio contiguo. Los congelados leños se tambaleaban bajo sus pies; Nikolka trastabilló, cayó, se rasgó una pernera, alcanzó la pared, miró por encima de ella y vio punto por punto un patio idéntico. Hasta tal punto era idéntico que esperó ver aparecer de nuevo al pelirrojo Nerón con su zamarra. Pero nadie apareció. Nikolka sintió un dolor tremendo en el vientre y en la cintura, se sentó en el suelo y en ese instante su colt saltó en su mano y dejó escapar un ensordecedor disparo. Nikolka se sorprendió y después entendió: “El seguro estaba puesto y ahora lo había descorrido. ¡En qué buen momento!”.

Diablos. Allí también el portón de la Raziézhaia no dejaba resquicios. Cerrado. Eso significaba que de nuevo tendría que saltar una pared. Pero, ¡ay!, allí no había leña. Nikolka corrió el seguro y se guardó la pistola en el bolsillo. Trepó por un montón de ladrillo cascado y después, como una mosca, por la pared, poniendo las puntas de los pies en unas cavidades en las cuales, en tiempos de paz, no habría entrado ni una moneda. Rompiéndose las uñas y ensangrentándose los dedos, se aferraba a la pared. Cuando estaba en lo alto, acostado sobre el vientre, oyó que atrás, en el primer patio, resonaban un silbido ensordecedor y la voz de Nerón, mientras que en este, en el tercero, vio un rostro de mujer desencajado por el miedo que lo miraba desde una negra ventana del segundo piso y enseguida desapareció. Al caer desde la segunda pared, adivinó con bastante éxito: cayó sobre un montón de nieve, pero, de todos modos, algo se le torció en el cuello y le estalló en el cráneo. Sintiendo un zumbido en la cabeza y un centelleo en los ojos, Nikolka corrió hacia el portón…

¡Oh, qué júbilo! También cerrado, pero era una tontería. Se trataba de una verja con dibujos. Nikolka trepó por ella como un bombero, pasó del otro lado, bajó y se encontró en la Raziézhaia. Vio que estaba completamente vacía; en ella no había un alma. “Tomaré aliento unos segundos, no más, si no el corazón me va a reventar”, pensó Nikolka, y tragó el aire caliente. “Sí…, los documentos…” Sacó del bolsillo del saco un fajo de grasientas credenciales y las destrozó. Y se dispersaron como la nieve. Oyó que atrás, del lado del pasaje en el que había dejado a Nai-Turs, rugía una ametralladora y delante, desde la Ciudad, le respondían otras y descargas de fusiles. Era claro. Habían tomado la Ciudad. En la Ciudad se combatía. Una catástrofe. Nikolka, aún sofocado, se quitó la nieve con ambas manos. ¿Debía tirar la colt? ¿La colt de Nai-Turs? No, por nada del mundo. A lo mejor lograba escabullirse. Después de todo, el enemigo no podía estar en todas partes a la vez.

Nikolka lanzó un pesado suspiro y sintió sus piernas muy débiles y flojas; corrió por la muerta Raziézhaia y alcanzó con éxito el cruce del que salían dos calles: Lubóchitskaia, hacia Podol, y Lóvskaia, que se desviaba hacia el centro de la Ciudad. Allí vio un charco de sangre junto a un guardacantón, estiércol, dos fusiles tirados y una gorra azul de estudiante. Nikolka arrojó su gorro de piel y se puso esa gorra. Le iba chica y le confería un aspecto ruin, arrogante y civil. Un vagabundo expulsado del liceo. Nikolka, desde la esquina, miró con cuidado hacia la Lóvskaia y, muy lejos sobre ella, vio unos trepidantes jinetes con manchas azules sobre sus gorros caucasianos. Había allí cierto alboroto y tableteaban los disparos. Tomó la Lubóchitskaia. Allí vio por primera vez a una persona viva. Una señora corría por la vereda opuesta con el ala negra del sombrero ladeada, y en sus manos se agitaba una cesta gris de la que asomaba un gallo desesperado que gritaba por toda la calle: “Peturra, peturra”. De la bolsa que llevaba en la mano izquierda, a través de un agujero, iban cayendo zanahorias en la vereda. La señora gritaba y lloraba mientras se pegaba a la pared. Como un torbellino se deslizó un pequeño burgués, se santiguó en todas direcciones y gritó:

—¡Señorcristo! ¡Volodka! ¡Volodka! ¡Viene Petliura!

Al final de la Lubóchitskaia ya eran muchos los que iban y venían, se agitaban y desaparecían por los portones. Un hombre de abrigo negro, pasmado de espanto, se abalanzó hacia un portón, hundió el bastón entre los hierros y lo rompió con estrépito.

El tiempo, a todo eso, volaba y volaba, y resultó que ya se cernía el crepúsculo, y por eso, cuando Nikolka salió de la Lubóchitskaia a la pendiente Volski, en la esquina se encendió un farol eléctrico y comenzó a chisporrotear. En una tiendita retumbó la persiana y enseguida ocultó unas abigarradas cajas con la inscripción “Jabón en polvo”. Al doblar la esquina, un trineo había volcado sobre un montículo de nieve y su conductor fustigaba bestialmente al penco. Nikolka dejó atrás un edificio de cuatro pisos con tres entradas, en las cuales se oían portazos a cada instante; un hombre con cuello de piel de nutria pasó por delante de Nikolka y chilló en dirección al portón:

—¡Piotr! ¡Piotr! ¿Te has vuelto tonto? ¡Cierra! ¡Cierra el portón!

En la entrada tronó la puerta y se oyó cómo en la oscura escalera una sonora voz de mujer gritaba:

—¡Viene Petliura! ¡Petliura!

Cuanto más se acercaba Nikolka al salvador barrio de Podol, indicado por Nai-Turs, más gente volaba y se agitaba y trajinaba por las calles, pero el miedo ya era menor y no todos corrían en la misma dirección de Nikolka, sino que algunos iban a su encuentro.

Junto a la misma pendiente que conducía a Podol, de la entrada de un edificio de piedra gris salió con aire solemne un cadetito con capote gris y blancas hombreras con la dorada letra “V”. Su nariz era como un botón. Sus ojos miraban vivamente hacia los lados y en la espalda, calzado en el cinturón, llevaba un gran fusil. Los transeúntes pasaban, miraban con horror al cadete armado y se apartaban. El cadete se detuvo en la vereda, prestó oído a los disparos procedentes de la Ciudad alta y con significativo aire de explorador alzó la nariz y quiso ir hacia allí. Nikolka interrumpió bruscamente su marcha, cruzó la vereda, se acercó de frente al cadetito y le dijo en un susurro:

—Arroje el fusil y escóndase de inmediato.

El cadetito se estremeció, se asustó, retrocedió, pero después tomó amenazante el fusil. Nikolka, con un viejo y probado método, lo empujó y empujó, lo llevó hasta la entrada y allí, entre las dos puertas, lo conminó:

—Le digo que se esconda. Soy cadete. Una catástrofe. Petliura ha tomado la Ciudad.

—¿Cómo que la ha tomado? —preguntó el cadete y abrió la boca, en la que, en el lado izquierdo, le faltaba un diente.

—Pues así es —respondió Nikolka y, levantando la mano en dirección a la Ciudad alta, añadió—: ¿Lo oye? Es la caballería de Petliura en las calles. Yo me he salvado de milagro. Corra a casa, esconda el fusil y advierta a todos.

El cadete quedó rígido, y así, rígido, lo dejó Nikolka en la entrada, porque no tenía tiempo para hablar con alguien tan duro de sesera.

En Podol no había tanta alarma, pero agitación sí había, y bastante grande. Los transeúntes aceleraban el paso, levantaban a menudo la cabeza, aguzaban el oído; las cocineras se asomaban a cada momento a las entradas y portones, envueltas a las apuradas en pañuelos grises. Desde la Ciudad alta se oía incesantemente el fragor de las ametralladoras. Pero en esa hora crepuscular del catorce de diciembre ya en ninguna parte, ni cerca ni lejos, se oían los cañones.

El camino de Nikolka era largo. Mientras atravesó Podol, el crepúsculo envolvió por completo las heladas calles, y la agitación y la alarma fueron atenuadas por los grandes y blandos copos de nieve que volaban bajo la mancha de luz que proyectaban los faroles. A través del escaso tramado de la nevada fulguraban las luces; las tiendas y los comercios se veían alegremente iluminados, pero no todos: algunos estaban ya ciegos. La nevada crecía en intensidad. Cuando Nikolka se acercó al comienzo de su calle, la empinada pendiente Alekséievski, y empezó a subir por ella, vio junto a las puertas del edificio número 7 el siguiente cuadro: dos pequeñuelos con saquitos grises de punto y gorros acababan de deslizarse en trineo por la cuesta. Uno de ellos, pequeño y redondo como una bola, cubierto de nieve, iba sentado y reía a carcajadas. El otro, algo mayor, delgado y serio, trataba de desatar un nudo en la cuerda. Junto al portón, un muchacho con zamarra se hurgaba la nariz. El tiroteo se oía más fuerte. Estallaba allí arriba, en diferentes lugares.

—¡Vaska, Vaska! ¿Viste cómo di con el culo contra el guardacantón? —gritó el pequeño.

“Juegan con tanta paz”, pensó asombrado Nikolka, y preguntó al muchacho con voz cariñosa:

—Dígame, por favor, ¿qué son esos tiros allí arriba?

El muchacho se sacó el dedo de la nariz, pensó y dijo con voz nasal:

—Los nuestros se la están dando a los oficiales.

Nikolka lo miró de reojo y mecánicamente movió la culata de la colt en el bolsillo. El niño más grande respondió enojado:

—Están escarmentando a los oficiales. Se lo merecen. Eran ochocientos hombres para toda la Ciudad y se hacían los tontos. Llegó Petliura y tiene un millón de soldados.

Se volvió y arrastró el trineo.

***

De golpe se abrió la cortina color crema que separaba la galería del pequeño comedor. El reloj… tonk-tank…

—¿Ha regresado Alekséi? —le preguntó Nikolka a Elena.

—No —respondió ella, y se echó a llorar.

***

Oscuridad. Oscuridad en todo el departamento. En la cocina sólo una lámpara… Aniuta llora con los codos sobre la mesa. Desde luego, por Alekséi Vasílievich… En el dormitorio de Elena, en la estufa, arde la leña. A través de la tapa se escapan las chispas y bailan ardientes en el suelo. Elena, sobre una banquetita, cansada de llorar a Alekséi, la mejilla apoyada sobre el puño; a sus pies Nikolka, en el suelo, ante la roja mancha del fuego, las piernas abiertas como una tijera.

Bolbotún…, el coronel. En casa de los Sheglov hoy a la tarde decían que es nada menos que el gran príncipe Mijaíl Aleksándrovich. En general, reina la desesperación aquí entre la penumbra y el reflejo del fuego. ¿Para qué llorar a Alekséi? Llorar, por supuesto, no solucionará nada. Lo han matado, sin duda. Todo está claro. No toman prisioneros. Si no ha venido, quiere decir que ha caído junto con la división y lo han matado. Lo más terrible es que Petliura, según dicen, cuenta con ochocientos mil soldados de los mejores y más selectos. Nos engañaron, nos enviaron a la muerte…

Pero ¿de dónde ha salido ese terrible ejército? Se tejió de la niebla helada, en el aire punzante, azul y crepuscular… ¡Ay, qué país terrible Ucrania! Nebuloso… Nebuloso…

Elena se levantó y extendió la mano.

—Malditos sean los alemanes. Malditos sean. Si Dios no los castiga, es que no conoce la justicia. ¿Es posible acaso que no respondan por esto? Responderán. Sufrirán tanto como nosotros, sufrirán.

Repitió tenaz la palabra “sufrirán”, como si fuera un conjuro. El rostro y el cuello se le tiñeron de morado y sus vacíos ojos trasuntaban un odio negro. Nikolka, con las piernas abiertas, cayó en la desesperación y en la aflicción a causa de esas exclamaciones.

—¿Y si aún vive? —preguntó con timidez—. Ya sabes, no deja de ser un médico… Incluso si lo han atrapado puede que no lo hayan matado y lo tengan prisionero.

—Comerán gatos, se matarán entre sí como nosotros —dijo Elena con voz sonora y, en un gesto de odio, amenazó al fuego con los dedos.

“Ay, ay… Bolbotún no puede ser el gran príncipe. No puede ser un ejército de ochocientos mil soldados ni tampoco de un millón… Por lo demás, todo es confuso. Así pues, ha llegado un tiempito terrible. Y Talberg resultó ser inteligente, escapó a tiempo. El fuego baila en el suelo. Hubo tiempos pacíficos y países hermosos. Por ejemplo, París y Luis XIV con sus imagencitas en el sombrero, y Clopin Trouillefou,5 que se arrastró y se calentó ante un fuego como este. Hasta él, un mendigo, la pasaba bien. Pero jamás en ninguna parte hubo una basura tan repugnante como ese pelirrojo portero Nerón. ¡Todos nos odian, por supuesto, pero ese es un verdadero chacal! Me agarró el brazo por detrás.”

***

Y ahí mismo, tras las ventanas, tronaron los cañones. Nikolka se levantó de un salto y empezó a ir y venir.

—¿Oyes? ¿Oyes? ¿Oyes? ¿Serán los alemanes? ¿Serán los aliados que han venido a ayudar? ¿Quién será? Porque ellos no pueden disparar sobre la Ciudad si ya la han tomado.

Elena cruzó los brazos sobre el pecho y dijo:

—Nikol, de todas formas no te dejaré ir. No te dejaré. Te ruego que no salgas a ninguna parte. No te vuelvas loco.

—Sólo llegaría hasta la plazoleta de la iglesia Andréievskaia y desde allí miraría y escucharía. De allí se ve todo Podol.

—Está bien, ve. Si puedes dejarme sola en un momento así, ve.

Nikolka se turbó.

—Bueno, entonces sólo saldré al patio a escuchar.

—Iré contigo.

—Lénochka, ¿y si Alekséi regresara? Desde la entrada no oiríamos el timbre.

—No, no lo oiríamos. Y tú tendrías la culpa.

—Bueno, Lénochka, entonces te doy mi palabra de honor de que no daré un paso más allá del patio.

—¿Palabra de honor?

—Palabra de honor.

—¿No cruzarás la tranquera? ¿No subirás a la colina? ¿Te quedarás en el patio?

—Palabra de honor.

—Ve.

***

Una nieve muy densa cayó el catorce de diciembre de 1918 y cubrió la Ciudad. Y esos extraños e inesperados cañones dispararon a las nueve de la noche. Dispararon sólo un cuarto de hora.

La nieve se derretía sobre el cuello de Nikolka y él luchaba con la tentación de subir a las nevadas alturas. Desde allí podría ver no sólo Podol, sino también parte de la Ciudad alta, el seminario, los cientos de luces en los edificios altos, las colinas y, sobre ellas, las casitas, en cuyas ventanas centelleaban las lamparillas. Pero ningún hombre debe faltar a su palabra de honor, porque sería imposible vivir en el mundo. Eso suponía Nikolka. A cada estampido, amenazante y lejano, rezaba del siguiente modo: “Señor, haz que…”.

Pero los cañones callaron.

“Esos eran nuestros cañones”, pensó Nikolka con amargura. Cuando regresaba desde la tranquera, miró la ventana de los Sheglov. En la pequeña ala, el blanco visillo estaba descorrido y se veía a Maria Petrovna bañando a Pietka. Este, desnudo, estaba sentado en una tina y lloraba en silencio porque el jabón le entraba en los ojos. Maria Petrovna escurría una esponja sobre él. En la soga colgaba ropa lavada, y sobre esta pasaba y se inclinaba la gran sombra de Maria Petrovna. A Nikolka le pareció que el hogar de los Sheglov era muy cálido y acogedor, y con el capote desabrochado sintió frío.

***

En las profundas nieves, a unos ocho kilómetros al norte de los suburbios de la Ciudad, en una garita abandonada por el centinela y cubierta totalmente de blanca nieve, había un subcapitán. Sobre una mesita había un corrusco de pan, la caja del teléfono de campaña y una diminuta lámpara de querosén con el panzudo vidrio manchado de hollín. En la estufa se consumía el fuego. El capitán era pequeño, de nariz larga y aguda; llevaba un capote con cuello grande. Con la mano izquierda pellizcaba y rompía el pan, con la derecha apretaba los botones del teléfono. Pero este parecía muerto y no le respondía nada.

Alrededor del capitán, a unos cinco kilómetros, no había nada más que tinieblas, y en ella, una espesa nevasca. Había montículos de nieve.

Pasó otra hora y el subcapitán dejó el teléfono en paz. A eso de las nueve de la noche resopló por la nariz y, por alguna razón, dijo en voz alta:

—Me volveré loco. La verdad es que debería pegarme un tiro. —Y, como en respuesta a él, cantó el teléfono.

—¿Es la sexta batería? —preguntó una voz lejana.

—Sí, sí —respondió el capitán con frenética alegría.

La alarmada voz, a lo lejos, parecía muy jovial y sorda:

—Abra fuego de inmediato contra el bosquecillo… —El lejano y vago interlocutor croaba por la línea—… huracanado… —La voz se cortó—. Tengo la impresión… —Ahí la voz volvió a cortarse.

—Sí, escucho, escucho —gritó el capitán en el tubo, enseñando desesperado los dientes. Transcurrió una larga pausa.

—No puedo abrir fuego —dijo el capitán en el tubo, sintiendo a la perfección que hablaba al más absoluto vacío, pero sin poder dejar de hablar—. Todos mis servidores y tres alféreces se dispersaron. Estoy solo en la batería. Transmita eso a Post.

Otra hora estuvo sentado el subcapitán; después salió. La nevasca arreciaba. Los cuatro lúgubres y terribles cañones ya habían sido cubiertos por la nieve y sobre sus bocas y cerrojos ya se formaban crestas. Todo giraba y daba vueltas, y el capitán se agitaba como un ciego en el frío aullido de la nevasca. Así, cegado, anduvo largo rato hasta que, al fin, en las níveas sombras, tanteó y quitó el primer cerrojo. Quiso arrojarlo al pozo que había detrás de la garita, pero recapacitó y regresó a esta. Salió otras tres veces y quitó y escondió los cuatro cerrojos de los cañones bajo la escotilla del suelo, donde se guardaban las papas. Después apagó la lámpara y desapareció en las sombras. Caminó unas dos horas, hundiéndose en la nieve, completamente invisible y oscuro, y llegó hasta la carretera que conduce a la Ciudad. Allí ardían unos mortecinos y escasos faroles. Bajo el primero de ellos lo mataron a sablazos unos jinetes con coletas sobre las cabezas y le quitaron las botas y el reloj.

La misma voz surgió en el tubo del teléfono a seis kilómetros al oeste de la garita, en un refugio bajo tierra.

—Abra… fuego contra el bosquecillo de inmediato. Tengo la impresión de que el enemigo ha pasado entre ustedes y nosotros en dirección a la Ciudad.

—¿Escucha? ¿Escucha? —le respondieron desde el refugio.

—Pregunte a Post… —y se cortó.

La voz, sin escuchar, croó en el tubo:

—Fuego rápido sobre el bosquecillo…, sobre la caballería…

Y se cortó definitivamente.

Del refugio salieron tres oficiales y tres cadetes con lámparas de querosén, vestidos con zamarras largas. Un cuarto oficial y dos cadetes estaban junto a los cañones, cerca de otra lámpara que la nevasca trataba de apagar. Cinco minutos después los cañones comenzaron a saltar y a disparar furiosamente en la oscuridad. Su poderoso estampido llenó todo en unos quince kilómetros a la redonda y llegó a la casa número 13 de la pendiente Alekséievski… Señor, haz que…

Un escuadrón de caballería, dando vueltas en la nevasca, salió de la oscuridad por detrás, se lanzó sobre las lámparas y mató a todos los cadetes y a los cuatro oficiales. El comandante que se había quedado en el refugio junto al teléfono se pegó un tiro en la boca.

Sus últimas palabras fueron:

—Esos canallas del Estado Mayor. Comprendo perfectamente a los bolcheviques.

***

De noche, Nikolka encendió la lámpara del rincón de su habitación y con un cortaplumas grabó en la puerta una gran cruz y la siguiente inscripción con letras irregulares:

“cor. Turs. 14 de diciembre de 1918. 4 de la tarde”

“Nai” lo evitó para conservar el secreto en caso de que los hombres de Petliura hicieran un registro.

No quería dormir por si sonaba el timbre. Le golpeó la pared a Elena y dijo:

—Tú duerme, yo no dormiré.

Y enseguida se quedó dormido como un tronco, vestido en la cama. Elena, en cambio, no durmió hasta el amanecer, todo el tiempo escuchando y escuchando por si sonaba el timbre. Pero no sonó ningún timbre, y el hermano mayor Alekséi siguió sin aparecer.

***

Un hombre cansado y molido necesita dormir, y ya son las once y sigue y sigue durmiendo… ¡Duerme de un modo singular, les diré! Las botas molestan, el cinturón se clava en las costillas, el cuello del capote sofoca y la pesadilla apoya sus patas sobre el pecho.

Nikolka se desplomó cabeza arriba, el rostro morado, un silbido en la garganta… ¡Un silbido!… Nieve y cierta telaraña… Bueno, alrededor todo es telaraña, ¡que se la lleve el diablo! Lo principal es abrirse camino a través de ella, si no la maldita crece, crece y llega hasta el mismo rostro. ¡Y a lo mejor te envuelve de tal modo que ya no puedes escapar de ella! Te asfixiarás. Tras la red de la telaraña, la nieve más pura, tanto cuanto quieras, llanuras enteras. Hacia esa nieve es que hay que abrirse paso, y cuanto antes, porque una voz pareció gritar en alguna parte: “¡Nikol!”. Y ahí, figúrense, en la telaraña cayó un vivaz pajarito y comenzó a hacer ruido… Ti-ki-tiki, tiki, tiki. Fiu. ¡Fi-u! ¡Tiki! ¡Tiki! ¡Fu, vete al diablo! No se lo ve, pero silba en algún sitio cercano, y alguien más lloraba por su suerte, y otra vez la voz: “¡Nik! ¡Nik! ¡¡Nikolka!!”.

—¡Ah! —gritó Nikolka; rasgó la telaraña y se sentó, desgreñado, perplejo y con la hebilla a un costado. Sus claros cabellos estaban de punta, como si alguien lo hubiera estado zarandeando largo tiempo.

—¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? —preguntó aterrado y sin comprender nada.

—Quién. Quién, quién, quién, quién, quién, ¡así!, ¡así!… ¡Fi-ti! ¡Fi-u! ¡Fi-u! ¡Fiuj! —respondió la telaraña, y una voz afligida, imbuida de lágrimas interiores, dijo:

—¡Sí, con su amante!

Nikolka se apretó aterrado contra la pared y clavó los ojos en la visión. Esta llevaba una guerrera marrón, pantalones de montar también marrones y botas de jockey con vueltas amarillas. Sus ojos, turbios y afligidos, miraban desde las profundísimas órbitas de una cabeza increíblemente grande y rapada. Sin dudas, era joven la visión, pero su tez era la de un viejo, grisácea, y los dientes lucían torcidos y amarillos. En las manos sostenía una jaula grande tapada con un pañuelo negro y una carta celeste sin sellar…

“Aún no me he despertado”, pensó Nikolka, e hizo un movimiento con la mano para rasgar la visión como antes con la telaraña, y con mucho dolor metió los dedos entre las varillas. Enseguida, en la negra jaula, como enfurecido, el pajarito se puso a gritar, silbar y traquetear.

—¡Nikolka! —gritó en algún lugar muy muy lejano la alarmada voz de Elena.

“Señor mío Jesucristo —pensó Nikolka—, no, me he despertado pero me he vuelto loco de golpe, y ya sé por qué: por el agotamiento de la guerra. ¡Dios mío! Ya veo disparates… ¿Y los dedos? ¡Dios! Alekséi no ha regresado… Oh, sí… No ha regresado… Lo han matado… ¡ay, ay, ay!”

—Con su amante en el mismo sofá —dijo la visión con voz trágica— en el que yo le recitaba versos.

La visión se volvió hacia la puerta, al parecer hacia algún oyente, pero después se clavó definitivamente en Nikolka:

—Sí, en ese mismo sofá… Ahora están sentados y se besan… después del pagaré por setenta y cinco mil que firmé sin pensar, como un caballero. Porque he sido un caballero y siempre lo seré. ¡Que se besen!

“Oh, ay, ay”, pensó Nikolka, con los ojos desorbitados y un escalofrío en la espalda.

—Por lo demás, me disculpo —dijo la visión, saliendo cada vez más de esa niebla vacilante y somnolienta y convirtiéndose en un auténtico cuerpo vivo—, usted quizás no lo comprenda bien. Si lo desea, aquí tiene una carta: ella le explicará todo. No oculto mi vergüenza a nadie, como un caballero.

Y con esas palabras el desconocido le entregó a Nikolka la celeste carta. Completamente aturdido, Nikolka la tomó y empezó a leer, moviendo los labios, aquella letra grande, dilatada y nerviosa. Sin fecha alguna, sobre la tierna y celestial hojita decía: “¡Querida, querida Lénochka! Conozco su buen corazón y apelo a él al dirigirme a usted como a alguien de la familia. Por lo demás, le he enviado un telegrama, pero él se lo contará todo, pobre niño. Lariósik ha sufrido un golpe terrible y por mucho tiempo temí que no lo superaría. Mílochka Rubtsova, con quien se ha casado el año pasado, como usted ya sabe, ¡resultó ser una víbora! Cobíjelo, se lo ruego, y reconfórtelo como sólo usted sabe hacer. Le enviaré puntualmente el dinero para su manutención. Zhitómir se le ha vuelto una ciudad odiosa, y lo comprendo muy bien. Pero no voy a escribir más nada, estoy demasiado nerviosa y ahora parte el tren sanitario; él mismo se lo contará todo. ¡Le mando un fuerte beso a usted y otro a Seriozha!”.

Debajo de eso había una firma ilegible.

—He traído un pájaro conmigo —dijo el desconocido, suspirando—, el pájaro es el mejor amigo del hombre. Muchos, es verdad, lo consideran superfluo en una casa, pero yo sólo puedo decirle que un pájaro, en cualquier caso, no le hará mal a nadie.

La última frase le gustó mucho a Nikolka. Sin tratar ya de entender nada, se rascó tímidamente una ceja con la incomprensible carta y bajó los pies de la cama, pensando: “¿Será indecente… preguntarle el apellido?… Es un suceso asombroso…”.

—¿Es un canario? —preguntó.

—¡Y qué canario! —respondió con entusiasmo el desconocido—. Un auténtico canario macho. En Zhitómir tengo quince de estos. Se los he llevado a mi mamá; que ella los alimente. Ese miserable seguramente les habría retorcido el pescuezo. Odia a los pájaros. ¿Me permite dejarlo por ahora sobre su escritorio?

—Por favor —respondió Nikolka—. ¿Usted es de Zhitómir?

—Pues sí —respondió el desconocido—, y figúrese qué coincidencia: he llegado al mismo tiempo que su hermano.

—¿Qué hermano?

—¿Cómo que qué hermano? Su hermano ha llegado junto conmigo —respondió sorprendido el desconocido.

—¿Qué hermano? —gritó con voz lastimera Nikolka—. ¿Qué hermano? ¡¿De Zhitómir?!

—Su hermano mayor…

La voz de Elena exclamó nítida en el salón: “¡Nikolka! ¡Nikolka! ¡Illarión Lariónich! ¡Despiértelo de una vez! ¡Despiértelo!”.

—¡Triki, fit, fit, triki! —gritó prolongadamente el pájaro.

Nikolka dejó caer la carta celeste, cruzó como una bala la librería, llegó al comedor y allí quedó petrificado, con los brazos abiertos.

Alekséi Turbín, con un negro abrigo ajeno, de forro roto, y unos pantalones también negros y ajenos, yacía inmóvil sobre el sofacito ubicado bajo el reloj. Su rostro estaba pálido de una palidez azulada, y tenía apretados los dientes. Elena trajinaba a su lado, con la bata abierta, dejando ver las medias negras y el encaje de la ropa interior. Ora tomaba a Turbín de los botones del pecho, ora de las manos, y gritaba: “¡Nikol! ¡Nikol!”.

Tres minutos después, Nikolka, con la gorra de estudiante sobre la nuca, el capote gris desabrochado y la respiración entrecortada, corría cuesta arriba por la pendiente Alekséievski y murmuraba: “¿Y si no está? ¡Dios mío, qué historia con esas botas de vueltas amarillas! Pero al doctor Kuritski es imposible llamarlo después de la broma de kit y kot, eso está claro…”. El pájaro sonaba ensordecedoramente en su cabeza: ¡kiti, kot, kiti, kot!

Una hora después, en el suelo del comedor había una palangana llena de agua rojiza, trozos rojos de gasa desgarrada y blancos trozos de vajilla que el desconocido de vueltas amarillas había tirado del aparador al sacar un vaso. Todos corrían y caminaban sobre los trozos, haciéndolos crujir. Turbín, pálido, pero ya no morado, yacía igual que antes, boca arriba, sobre la almohada. Había recobrado el sentido y quería decir algo, pero un doctor de barba puntiaguda, mangas recogidas y quevedos dorados se inclinó sobre él y, limpiándose con gasa las ensangrentadas manos, dijo:

—Cállese, colega…

Aniuta, blanca como la tiza y con ojos desencajados, y Elena, despeinada y pelirroja, incorporaron a Turbín y le quitaron la camisa, empapada de sangre y agua y con una manga toda cortada.

—Corten más, ya da igual —dijo el de barba puntiaguda.

A Turbín le hicieron jirones la camisa con una tijera y se la quitaron por pedazos, descubriendo su delgado cuerpo amarillento y su brazo izquierdo, que acababan de vendarle hasta el hombro. Los extremos de unas varillas asomaban por arriba y por debajo del vendaje. Nikolka, de rodillas, le desabrochó con cuidado los botones y le quitó los pantalones.

—Desvístanlo por completo y métanlo enseguida en la cama —dijo con voz de bajo el de barba en punta.

Aniuta le vertía agua desde una jarra y el jabón caía en manojos en la palangana. El desconocido estaba a un costado, sin participar en el tumulto y la agitación, y miraba con amargura ora los platos rotos, ora, enrojeciendo, a la destrozada Elena, cuya bata se había abierto del todo. Los ojos del desconocido estaban humedecidos por las lágrimas.

Llevaron entre todos a Turbín del salón a su cuarto, y ahí el desconocido participó: pasó las manos por debajo de sus rodillas y le sostuvo las piernas.

En el salón, Elena le tendió dinero al doctor. Este retiró la mano…

—¡Qué hace, por favor! —dijo—. ¿Cobrarle a un doctor? Hay una cuestión más grave. En realidad, habría que llevarlo al hospital.

—Imposible —se oyó la débil voz de Turbín—, imposible al hospi…

—Cállese, colega —respondió el doctor—, nos arreglaremos sin usted. Sí, por supuesto, yo mismo comprendo… El diablo sabrá qué está ocurriendo ahora en la ciudad… —señaló con la cabeza hacia la ventana—. Hum… Puede que tenga razón: es imposible… Bueno, entonces que se quede en casa… Vendré hoy por la tarde.

—¿Es peligroso, doctor? —preguntó alarmada Elena.

El doctor clavó la vista en el parquet, como si el brillante piso amarillo contuviera el diagnóstico, carraspeó, se mesó la barbita y respondió:

—El hueso está sano… Hum… Las arterias principales están intactas… Los nervios también… Pero va a supurar… En la herida cayeron pedazos de lana del capote… La fiebre… —Tras expresar a duras penas esos fragmentos incomprensibles de ideas, el doctor alzó la voz y dijo seguro—: Reposo absoluto… Morfina si sufre mucho, yo mismo se la inyectaré. Alimento líquido… Bueno, denle caldo… Que no hable mucho…

—Doctor, doctor, se lo ruego encarecidamente… Ha pedido que no se le diga nada a nadie, por favor…

El doctor le echó a Elena una mirada de reojo, sombría y profunda, y refunfuñó:

—Sí, lo entiendo… ¿Cómo le ha sucedido esto?

Elena se limitó a lanzar un suspiro contenido y a abrir los brazos.

—Está bien —gruñó el doctor, y de costado, como un oso, se deslizó al recibidor.

1 Nombre de distintas fuerzas paramilitares ucranianas que, desde su origen en el siglo xviii, participaron en numerosos conflictos armados. [N. del T.]

2 ¡Escucha, Israel! [N. del T.]

3 Todo indica que Bulgákov tomó como prototipo de este personaje al crítico y escritor Víktor Shklovski. [N. del T.]

4 Protagonista de relatos policiales muy populares a principios del siglo xx. [N. del T.]

5 Personaje de la novela Nuestra señora de París, de Victor Hugo. [N. del T.]

Tercera parte

12

En las dos ventanas del pequeño dormitorio de Turbín, que daban a la encristalada galería, cayeron unas oscuras cortinas. La oscuridad inundó la habitación y la cabeza de Elena brilló en ella. Como respuesta, brilló también una mancha blancuzca sobre la almohada: el rostro y el cuello de Turbín. Un cable reptó cual serpiente desde el enchufe hasta la silla y una lamparita rosácea se encendió tras la pantalla, convirtiendo el día en noche. Turbín le hizo una seña a Elena para que entornara la puerta.

—Ya mismo hay que advertir a Aniuta que no diga nada…

—Lo sé, lo sé… No hables mucho, Aliosha.

—Ya sé… Estoy hablando despacio… ¡Ay, si pierdo el brazo!

—¿Qué dices, Aliosha?… Quédate acostado y cállate… ¿El abrigo de esa señora lo guardaremos aquí por ahora?

—Sí, sí. Que a Nikolka ni se le ocurra llevárselo. Si no en la calle… ¿Oyes? Por Dios, no lo dejes salir para nada.

—Dios guarde a esa mujer —dijo Elena con sinceridad y ternura—. Después dicen que no hay buenas personas en el mundo…

Un tenue rubor afloró en los pómulos del herido y sus ojos se clavaron en el techo blanco y bajo; después los posó en Elena, frunció el ceño y preguntó:

—Oye, ¿quién es ese renacuajo?

Elena se inclinó hacia el rosado rayo y se encogió de hombros.

—Pues mira, apareció justo antes de que llegaras tú, dos minutos, no más. Es el sobrino de Seriozha, de Zhitómir. Tú has oído hablar de él: Surzhanski… Larión… Bueno, el famoso Lariósik.

—¿Y?…

—Pues ha venido con una carta. No sé qué drama hubo en su casa. Apenas había empezado a contarlo cuando ella te trajo.

—Con ese pájaro, Dios sabrá quién es…

Elena, con risa y terror en los ojos, se inclinó hacia la cama:

—¡El pájaro es lo de menos!… Pide vivir con nosotros. No sé qué hacer.

—¿Vi-vir?…

—Pues sí… Sólo no hables ni te muevas, te lo ruego, Aliosha… La madre escribe y suplica. Ese Lariósik es su ídolo… Jamás he visto a un gandul como ese Lariósik. Lo primero que hizo fue rompernos toda la vajilla. El servicio azul. Sólo quedaron dos platos.

—Vaya una cosa. No sé qué decir…

En la rosada sombra se oyeron largo rato unos susurros. A lo lejos, más allá de las puertas y de las cortinas, sonaban sordas las voces de Nikolka y del inesperado visitante. Elena extendía las manos y le rogaba a Alekséi que hablara menos. En el comedor se oían crujidos: la alarmada Aniuta recogía el servicio azul. Al final, en los susurros se tomó una decisión. En vista de que ahora en la Ciudad nadie sabía qué podía ocurrir y de que muy posiblemente fueran a requisar habitaciones; en vista de que no tenían dinero y de que por Lariósik pagarían, se decidió acogerlo. Pero lo obligarían a observar las reglas de la vida de los Turbín. En cuanto al pájaro, estaría a prueba. Si se hacía insoportable, exigirían que se lo llevaran, pero su dueño podría quedarse. Respecto al servicio, en vista de que Elena, por supuesto, no se atrevería a decir nada y que eso sería una grosería y una mezquindad, quedaría en el olvido. Lariósik ocuparía la librería, le pondrían allí una cama con colchón de muelles y una mesita de luz…

Elena salió al comedor. Lariósik adoptaba una pose afligida, con la cabeza gacha y mirando el sitio donde otrora, en el aparador, se hallaba la pila de doce platos. Sus ojos turbios y celestes expresaban una total aflicción. Nikolka, frente a él, escuchaba sus palabras con la boca abierta. Los ojos de Nikolka rebosaban de la más viva curiosidad.

—No hay cuero en Zhitómir —decía desconcertado Lariósik—, ¿comprende?, no lo hay en absoluto. Cuero como el que yo acostumbro llevar no hay. Di aviso a todos los zapateros, les ofrecí cuanto dinero quisieran, pero no hay. Y tuve que…

Al ver a Elena, Lariósik palideció, cambió de pie en su sitio y, mirando por alguna razón las borlas esmeraldas de la bata, dijo así:

—Elena Vasílievna, ya mismo voy a recorrer tiendas, daré el aviso y hoy sin falta tendrá usted un servicio. No sé ni qué decir. ¿Cómo disculparme ante usted? Sin duda, habría que matarme por lo del servicio. Tengo una terrible mala suerte —dijo dirigiéndose a Nikolka—. Ya mismo voy a recorrer tiendas —continuó, mirando a Elena.

—Le pido encarecidamente no ir a ninguna tienda, tanto más que todas están cerradas, desde luego. Pero permítame, ¿acaso no sabe lo que está pasando en la Ciudad?

—¡Cómo no saberlo! —exclamó Lariósik—. Si he venido con el tren sanitario, como sabe por el telegrama.

—¿Qué telegrama? —preguntó Elena—. No hemos recibido ningún telegrama.

—¿Cómo? —Lariósik abrió su ancha boca—. ¿No lo han re-ci-bi-do? ¡Conque eso es! Por eso veo —se volvió hacia Nikolka— que me miran con tanto asombro… Pero permítanme… Mamá les envió un telegrama de sesenta y tres palabras.

—Vaya, vaya… ¡Sesenta y tres palabras! —se sorprendió Nikolka—. Qué lástima. Ahora los telegramas circulan mal. Mejor dicho, no circulan en absoluto.

—¿Y ahora qué hago? —se amargó Lariósik—. ¿Me permiten quedarme con ustedes? —Miró alrededor con aire impotente y enseguida sus ojos dejaron entrever que le gustaba mucho aquella casa y que no le gustaría marcharse a ninguna parte.

—Todo está arreglado —le respondió Elena, meneando con benevolencia la cabeza—, estamos de acuerdo. Quédese y acomódese. Ya ve qué desgracia tenemos…

Lariósik se amargó aún más. Sus ojos se cubrieron de una lagrimosa neblina.

—¡Elena Vasílievna! —dijo con pasión—. Disponga de mí como quiera. Yo, vea, puedo estar sin dormir tres o cuatro noches seguidas.

—Gracias, muchas gracias.

—Y ahora —Lariósik se volvió hacia Nikolka—, ¿podría pedirle una tijera?

Nikolka, picado por el asombro y el interés, salió corriendo y regresó con una tijera. Lariósik tomó un botón de la guerrera, parpadeó y otra vez se volvió hacia Nikolka:

—Discúlpeme, pero tengo que pasar un momento por su habitación…

En el cuarto de Nikolka se quitó la guerrera y dejó al descubierto una camisa extraordinariamente sucia; se armó de la tijera, descosió el forro negro y brillante de la guerrera y de allí sacó un grueso fajo de billetes verde-amarillentos. Lo llevó con aire solemne al comedor, lo puso sobre la mesa, delante de Elena, y dijo:

—Aquí tiene, Elena Vasílievna, permítame ya mismo darle dinero por mi manutención.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Elena, enrojeciendo—, podría haberlo hecho más tarde…

Lariósik protestó con vehemencia:

—No, no, Elena Vasílievna, por favor, tómelo ahora. Disculpe, pero en trances tan difíciles el dinero siempre es muy necesario, y eso lo entiendo perfectamente —Abrió el fajo, del que cayó la fotografía de una mujer. Lariósik la recogió al vuelo y, con un suspiro, se la guardó en el bolsillo—. Y además, es mejor que lo tengan ustedes. Si yo ¿qué necesito? Comprar cigarrillos y alpiste para el canario…

Elena olvidó por un instante la herida de Alekséi y en sus ojos apareció un brillo agradable; tan circunspectos y oportunos eran los actos de Lariósik.

“Quizás no sea tan gandul como había pensado —reflexionó—; es cortés y concienzudo, sólo que algo estrafalario. Me da tanta lástima lo del servicio.”

“Vaya tipo”, pensó Nikolka. La prodigiosa aparición de Lariósik le hizo olvidar sus tristes pensamientos.

—Aquí hay ocho mil —dijo Lariósik, deslizando hacia Elena el fajo, que parecía una tortilla con cebollas—, si es poco, hacemos las cuentas y ya mismo pido que me envíen más.

—No, no, después, perfecto —respondió Elena—. Mire: ahora le pediré a Aniuta que le caliente agua para que se dé ya mismo un baño. Pero dígame, ¿cómo ha venido?, ¿cómo ha logrado llegar hasta aquí?, no lo entiendo —Elena dobló el dinero y lo guardó en el enorme bolsillo de su bata.

Los ojos de Lariósik se llenaron de horror al recordarlo.

—¡Ha sido una pesadilla! —exclamó, juntando las manos como un católico cuando reza—. Nueve días… No, perdón, ¿diez?… Espere… El domingo, pues sí, el lunes… ¡Once días viajé desde Zhitómir!…

—¡Once días! —exclamó Nikolka—. ¡Ya ves! —y, por alguna razón, se volvió hacia Elena con tono de reproche.

—Sí, once… Cuando salí, el tren era del Hetman, y en el camino se hizo de Petliura. Y cuando llegamos a la estación… ¿cómo se llamaba?… Bueno, Dios mío, ahora no me acuerdo… No importa… Figúrense, a mí también me quisieron fusilar. Aparecieron los hombres de Petliura con sus cintas…

—¿Azules? —preguntó Nikolka con curiosidad.

—Rojas… Sí, rojas… Y gritan: “¡Baja! ¡Te vamos a fusilar ahora mismo!”. Creyeron que era oficial y me escondía en el tren sanitario. Y yo sólo tenía conmigo una sencilla recomendación… La de mamá al doctor Kuritski.

—¿A Kuritski? —exclamó Nikolka con aire significativo—. Ajá… Kot… y kit. Lo conocemos.

—Kiti, kot, kiti, kot —respondió sordamente el pajarito tras la puerta.

—Sí, a él… Fue él quien nos envió el tren a Zhitómir… ¡Dios mío! Yo empiezo a rezarle a Dios. ¡Todo está perdido!, me dije. ¿Y saben qué? El pájaro me salvó. “No soy oficial, soy ornitólogo”, les digo, y les muestro el pájaro… Ahí, vean, uno me golpeó en la nuca y me dice con tanta insolencia: “Vete, ornitólogo del demonio”. ¡Vaya insolente! Lo habría matado, como caballero que soy, pero ustedes mismos comprenden…

—Ele… —se oyó la sorda voz de Turbín desde el dormitorio. Elena se volvió rápidamente y, sin escuchar el final del relato, se lanzó hacia allí.

***

El quince de diciembre, según el calendario, el sol se pone a las tres y media de la tarde. Por eso el crepúsculo se extendió por el departamento ya desde las tres. Pero en el rostro de Elena, a las tres de la tarde, las agujas marcaban la misma baja y opresiva hora de la vida: las cinco y media. Ambas agujas atravesaron las lúgubres arrugas de las comisuras de los labios y se fruncían hacia abajo, hacia la barbilla. En sus ojos había comenzado la angustia y la resolución de hacer frente a la desgracia.

El rostro de Nikolka mostraba la punzante y absurda una menos veinte, ya que en su cabeza reinaban el caos y la confusión suscitados por las importantes y enigmáticas palabras “Malo-Proválnaia…”, palabras pronunciadas la víspera por alguien que moría en combate en un cruce de calles, palabras que había que explicar en los días siguientes a más tardar. El caos y las dificultades habían sido suscitados también por el enigmático e interesante Lariósik, que había caído del cielo en la vida de los Turbín, y por la circunstancia de que se había producido un acontecimiento monstruoso y sublime: Petliura había tomado la Ciudad. El mismísimo Petliura y, ¡comprendan!, la mismísima Ciudad. Y qué sucedería ahora en ella era incomprensible e inconcebible para la mente humana, incluso para la más desarrollada. Era más que evidente que la víspera había ocurrido una abominable catástrofe: habían matado a todos los nuestros, los habían tomado por sorpresa. Su sangre, sin dudas, clamaba al cielo; eso en primer lugar. Los generales criminales y los miserables del Estado Mayor merecen la muerte, en segundo lugar. Pero, además del horror, crece un vivo interés: ¿qué pasará ahora? ¿Cómo van a vivir setecientas mil personas aquí, en la Ciudad, bajo el poder de una persona enigmática que lleva un nombre tan feo y terrible como Petliura? ¿Quién es? ¿Por qué?… Pero, ay, todo eso queda por ahora en un segundo plano en comparación con lo principal, con la sangrienta… Ay… Ay… Una cosa de lo más atroz, debo decirles. Es verdad que nada se sabía con certeza, pero lo más probable era que Mishlaievski y Carasio hubiesen muerto.

Nikolka, sobre una resbaladiza y grasienta mesa, picaba hielo con una ancha cuchilla. Los bloques de hielo bien se rompían entre crujidos, bien se escurrían bajo la cuchilla y saltaban por toda la cocina. Nikolka tenía los dedos entumecidos. A su lado yacía una bolsa de goma con tapón de plata.

—Malo… Proválnaia… —movía los labios Nikolka, y en su cerebro desfilaban las imágenes de Nai-Turs, el pelirrojo Nerón y Mishlaievski. Y en cuanto la imagen de este último, con su capote de amplio corte, atravesó los pensamientos de Nikolka, el rostro de Aniuta, que trajinaba junto al fuego entregada a inquietos y tristes ensueños, mostraba cada vez con mayor claridad las cinco menos veinticinco, hora de abatimiento y tristeza. ¿Estarían intactos aquellos ojos de diferente color? ¿Volvería a oír sus pasos vacilantes acompañados del tintineo de las espuelas: drin… drin…?

—Trae el hielo —dijo Elena, abriendo la puerta de la cocina.

—Ya mismo, ya mismo —respondió aprisa Nikolka; enroscó la tapa y salió corriendo.

—Aniuta, querida —dijo Elena—, mira, no digas a nadie ni una palabra acerca de que Alekséi Vasílievich está herido. Si se enteran de que combatió contra ellos, Dios nos libre, ocurrirá una desgracia.

—Lo entiendo, Elena Vasílievna, ¿qué está diciendo? —Aniuta miró a Elena con ojos alarmados y bien abiertos—. ¡Virgen santa, las cosas que están haciendo en la ciudad! Voy aquí por Boríchevi Tok y veo a dos hombres muertos sin botas… ¡Sangre, sangre!… La gente se había reunido a mirar… Uno dijo que eran dos oficiales… Y ahí estaban, sin gorro en la cabeza tampoco… Me flaquearon las piernas y salí corriendo, casi se me cae la cesta…

Aniuta sacudió los hombros en un escalofrío, recordó algo y enseguida las sartenes fueron a parar de canto de sus manos al suelo…

—Silencio, silencio, por Dios —suplicó Elena, extendiendo las manos.

En el grisáceo rostro de Lariósik las agujas, a las tres de la tarde, marcaban la máxima animación y energía: las doce en punto. Ambas agujas se habían juntado en el mediodía, se fundieron y apuntaban hacia arriba como afiladas espadas. Eso sucedió porque, después de la catástrofe que había conmovido su tierna alma en Zhitómir, después del terrible viaje de once días en el tren sanitario y de otras fuertes impresiones, la vivienda de los Turbín lo había cautivado. Qué precisamente aún no lo podría explicar, ya que ni él mismo lo tenía claro.

La hermosa Elena le pareció digna de inusual respeto y atención. Y Nikolka también le gustó mucho. Con el deseo de demostrarlo, Lariósik aprovechó el momento en que Nikolka había dejado de entrar y salir de la habitación de Alekséi y lo ayudó a colocar y armar la estrecha cama plegable en la librería.

—Tiene usted un rostro muy franco y simpático —dijo con cortesía Lariósik, y se quedó tan embelesado con aquel rostro franco que no reparó en que, al desplegar la complicada y rechinante cama, la mano de Nikolka quedó atrapada entre dos hierros. El dolor fue tan intenso que Nikolka lanzó un alarido, en verdad sordo, pero lo suficientemente alto para que Elena acudiera corriendo. Nikolka hacía lo imposible para no chillar, pero grandes lágrimas le caían por sí solas de los ojos. Elena y Lariósik se aferraron a la cama y largo rato tiraron de ella en diferentes direcciones hasta que liberaron la amoratada mano. Lariósik mismo estuvo a punto de llorar cuando esta salió toda aplastada y con franjas rojas.

—¡Dios mío! —dijo crispando el rostro, ya de por sí afligido—. ¡¿Qué es lo que me pasa?! ¡Cómo puedo tener tanta mala suerte!… ¿Le duele mucho? Perdóneme, por el amor de Dios.

Nikolka, sin decir palabra, se precipitó a la cocina y allí Aniuta, siguiendo su orden, le hizo correr por la mano un chorro de agua fría de la canilla.

Después de que la intrincada cama cedió y se abrió y se comprobó que la mano de Nikolka no estaba gravemente dañada, Lariósik otra vez tuvo un acceso de agradable y queda alegría motivado por los libros. Además de la pasión y amor por los pájaros, sentía pasión por los libros. Y allí, sobre los numerosos y abiertos estantes de los armarios, se apretaban ordenados verdaderos tesoros. Lomos verdes, rojos, amarillos, con estampados dorados, cubiertas negras miraban a Lariósik desde las cuatro paredes. Ya hacía mucho que la cama había sido extendida y preparada, que junto a ella había una silla en cuyo respaldo colgaba una toalla y sobre cuyo asiento, en medio de otros artículos imprescindibles para el hombre —una jabonera, cigarrillos, fósforos, un reloj—, estaba apoyada, en diagonal, la misteriosa fotografía de una mujer, y sin embargo Lariósik seguía aún en la librería, ora viajando alrededor de las paredes cubiertas de libros, ora acuclillándose ante los estantes inferiores, mirando con ojos ávidos los lomos y sin saber qué tomar primero, si Los papeles póstumos del Club Pickwick o algún número de El Mensajero Ruso de 1871. Las agujas marcaban las doce.

Pero en la vivienda, junto con el crepúsculo, se cernía más y más la tristeza. Por eso el reloj no sonó doce veces y sus agujas permanecieron mudas, similares a una espada brillante envuelta en una bandera de luto.

La culpa del luto, la culpa de la divergencia entre las horas vitales de todos los rostros tan ligados al polvoriento y viejo confort de los Turbín la tenía una fina columnita de mercurio. A las tres, en el dormitorio de Turbín, indicaba 39,6. Elena, pálida, quiso sacudirla, pero Turbín volvió la cabeza, alzó los ojos y, con voz débil pero tenaz, dijo: “Muéstrame”. Elena, en silencio y a desgano, le pasó el termómetro. Turbín le echó un vistazo y lanzó un hondo y pesado suspiro.

A las cinco yacía con una bolsa fría y gris sobre la cabeza, y en la bolsa se derretían y fundían trozos de hielo. Su rostro recuperaba el color y sus ojos brillaban y lucían mucho mejor.

—Treinta y nueve seis… Magnífico —decía, humedeciéndose cada tanto los secos y agrietados labios—. Ya… Todo puede suceder… Pero, en cualquier caso, adiós a la medicina… por largo tiempo. Si al menos no perdiera el brazo… ¿Qué soy sin él?…

—Aliosha, no hables, por favor —le pidió Elena, arreglándole la frazada sobre los hombros… Turbín se calló y cerró los ojos. De la herida, bien arriba, junto a la misma axila derecha, se extendía e irradiaba por todo el cuerpo un calor seco y punzante. A veces le abrasaba todo el pecho y le ofuscaba la cabeza, pero las piernas las tenía desagradablemente heladas. Al atardecer, cuando por doquier encendían lámparas y ya hacía mucho que los tres —Elena, Nikolka y Lariósik— habían comido en silencio y alarmados, la columna de mercurio, engrosándose y creciendo como por arte de hechicería a partir de una espesa bolita plateada, trepó y alcanzó la rayita de los 40,2. Entonces, de pronto, la alarma y la angustia en el rosado dormitorio comenzaron a derretirse y esparcirse. La angustia llegó como un grumo gris que se arrellanó sobre la frazada y ahora se convertía en cuerdas amarillas que se estiraban como algas en el agua. La medicina y el miedo por el futuro quedaron en el olvido, ya que esas algas todo lo cubrieron. El lacerante dolor arriba, en la parte izquierda del pecho, se había embotado e inmovilizado. El calor trocó en frío. La ardiente vela del pecho por momentos se convertía en un gélido cuchillito que horadaba en alguna parte el pulmón. Turbín entonces meneaba la cabeza, dejaba caer la bolsa y se hundía bajo la frazada. El dolor de la herida se escapaba de la funda que lo mitigaba y comenzaba a atormentarlo tanto que, sin querer, pronunciaba secas y débiles palabras de lamento. Pero, cuando el cuchillito desaparecía y cedía otra vez su lugar a la abrasadora vela, el calor entonces invadía el cuerpo, la sábana, toda la estrecha gruta bajo la frazada, y el herido pedía de beber. Ora el rostro de Nikolka, ora el de Elena, ora el de Lariósik emergían de la bruma, se inclinaban y escuchaban. Los ojos de todos se volvieron terriblemente parecidos, sombríos y enfadados. Las agujas de Nikolka se juntaron de golpe y, al igual que las de Elena, marcaban las cinco y media. Nikolka salía a cada momento al comedor —aquella noche la luz, por alguna razón, era mortecina e inquieta— y miraba el reloj. Tonkrj… tonkrj… enojado y ronco marchaba el reloj, con aire de advertencia, y sus agujas marcaban ora las nueve, ora las nueve y cuarto, ora las nueve y media…

—Ay, ay —suspiraba Nikolka, y se arrastraba como una mosca atontada desde el comedor hasta el salón, atravesando el recibidor y pasando por delante del dormitorio de Turbín, y del salón iba al despacho, descorría los blancos visillos y miraba hacia la calle por la puerta del balcón… “Con tal de que el médico no se haya acobardado y no venga…”, pensó. La calle, torcida y empinada, estaba más desierta que todos aquellos días, pero tampoco se veía tan terrible. Cada tanto pasaba algún trineo con un ligero chirrido; pero muy cada tanto… Nikolka pensó que quizás debería salir… Y pensaba en cómo hacer entrar en razón a Elena.

—Si no llega antes de las diez y media, iré yo misma con Larión Lariónovich y tú te quedarás cuidando a Aliosha… Cállate, por favor… Comprende que tienes cara de cadete… A Lariósik le daremos el traje de civil de Aliosha… En compañía de una dama no lo tocarán…

Lariósik se agitó, manifestó su disposición a sacrificarse e ir solo y fue a ponerse el traje de civil.

El cuchillo había desaparecido por completo, pero la fiebre era aún más intensa —el tifus la avivaba— y con ella llegó, no por primera vez, la figura de un hombre no del todo nítida y completamente ajena a la vida de los Turbín. Vestía de gris.

—¿Sabes que a lo mejor ha dado una voltereta? ¿Gris? —dijo de pronto Turbín con toda claridad y severidad, y miró a Elena atentamente—. Es desagradable… A decir verdad, en el fondo todos son pájaros. Habría que llevarlo a la despensa y dejarlo ahí; con el calor volvería en sí.

—¿Qué estás diciendo, Aliosha? —preguntó asustada Elena, inclinándose y sintiendo sobre su rostro el calor del de Turbín—. ¿Un pájaro? ¿Qué pájaro?

Lariósik, con negro traje de civil, lucía encorvado y ancho; las vueltas amarillas de las botas las había ocultado bajo el pantalón. Estaba asustado, giraba los ojos con aspecto lastimero. De puntillas, manteniendo el equilibrio, salió del dormitorio, atravesó el recibidor, llegó al comedor, atravesó la librería, entró en el cuarto de Nikolka y allí, agitando las manos en riguroso gesto, se abalanzó sobre la jaula que estaba en el escritorio y echó sobre ella un paño negro… Pero aquello era innecesario: el pájaro hacía tiempo que dormía en un rincón, hecho un emplumado ovillo, y callaba ajeno a cualquier alarma. Lariósik cerró bien la puerta que daba a la librería y, en esta, la que daba al comedor.

—Es desagradable… Oh, desagradable —decía inquieto Turbín, mirando hacia un rincón—, he hecho mal en dispararle… Tú escucha… —Atinó a sacar la mano sana de debajo de la frazada—. Lo mejor habría sido invitarlo y preguntarle por qué se movía como un estúpido… Yo, por supuesto, asumo la culpa… Ahora todo se ha perdido estúpidamente…

—Sí, sí —dijo apenado Nikolka, y Elena dejó caer la cabeza. Turbín se inquietó, quiso incorporarse, pero el lacerante dolor lo dominó, lanzó un gemido y después dijo con rabia:

—¡Llévenselo, entonces!…

—¿Quizás sea mejor llevarlo a la cocina? Por lo demás, lo he tapado y está callado —susurró inquieto Lariósik a Elena.

Elena hizo un gesto con la mano: “No, no, no se trata de eso…”. Nikolka salió al comedor con pasos resueltos. Con los pelos erizados, miró el cuadrante: el reloj marcaba casi las diez. Aniuta, alarmada, apareció en la puerta del comedor.

—¿Y, cómo está Alekséi Vasílievich? —preguntó.

—Delira —respondió Nikolka con un hondo suspiro.

—Ay, Dios mío —susurró Aniuta—. ¿Por qué no llega el doctor?

Nikolka la miró y regresó al dormitorio. Se pegó al oído de Elena e intentó hacerla comprender:

—Di lo que quieras, pero yo voy a buscarlo. Si no está, habrá que llamar a otro. Son las diez. En la calle hay absoluta calma.

—Esperemos hasta las diez y media —respondió Elena en un susurro, meneando la cabeza y cubriéndose los brazos con la toquilla—. Llamar a otro no es conveniente. Sé que vendrá.

Un pesado, absurdo y grueso mortero fue emplazado poco después de las diez en el estrecho dormitorio. ¡El diablo sabría qué era aquello! Sería inconcebible vivir así. Ocupaba todo el espacio de pared a pared, de modo que la rueda izquierda se apretaba contra la cama. Imposible vivir, habría que deslizarse entre los dos pesados rayos, después arquearse y abrirse paso a través de la segunda rueda, la derecha, y encima cargado con cosas, y Dios sabría cuántas cosas lleva en la mano izquierda. Tiran la mano hacia abajo, cortan la axila como una sirga. Retirar el mortero es imposible, todo el departamento se había convertido en un depósito de morteros de acuerdo con la orden recibida, y el obtuso coronel Malíshev y Elena, que también se había vuelto obtusa y se asomaba entre las ruedas, no podían hacer nada para retirar el cañón o, por lo menos, trasladar al herido a otras condiciones de existencia más llevaderas, donde no hubiera ningún mortero. A causa de esa maldita pieza de artillería, pesada y fría, el propio departamento se había convertido en una posada. La campanilla de la puerta suena a menudo… brrin… y empezaron a llegar visitas. Apareció el coronel Malíshev, absurdo como un lapón, con gorro de orejeras y hombreras doradas, cargado con una pila de papeles. Turbín le gritó y Malíshev desapareció por la boca del cañón y fue reemplazado por Nikolka, inquieto, obtuso y tonto en su terquedad. Nikolka le dio de beber, pero no un espiralado y frío chorro de la fuente, sino una agua tibia y repugnante que salía de una cacerola.

—Fu… Qué porquería… Basta —murmuró Turbín.

Nikolka se asustó y levantó las cejas, pero era terco y torpe. Elena se convertía reiteradamente en el negro y superfluo Lariósik, el sobrino de Seriozha, y de nuevo volvía a ser la pelirroja Elena, le pasaba los dedos por algún lugar cerca de la frente, lo que casi no le traía alivio alguno. Las manos de Elena, por lo general cálidas y hábiles, ahora se paseaban larga y estúpidamente como rastrillos y hacían todas esas cosas innecesarias e intranquilizadoras que envenenan la vida que un hombre pacífico lleva en un maldito almacén militar. Lo más probable es que ella fuera la causa del palo sobre el que colocaban el torso de Turbín, atravesado por una bala. Y ella también se sentaba… ¿qué le pasaba?… en el extremo de ese palo, y este, bajo su peso, comenzaba a girar lentamente, hasta provocar náuseas… ¡Prueben a vivir si un palo redondo se les hunde en el cuerpo! ¡No, no, no, son insoportables! Y Turbín llamó con toda la fuerza que tenía, pero su voz fue baja:

—¡Iulia!

Iulia, sin embargo, no salió de la antigua habitación con un cuadro de los años cuarenta en el que se veían unas charreteras doradas, no prestó atención al llamado del enfermo. Y las grises figuras que, a la par de los Turbín, comenzaron a ir y venir por el departamento y el dormitorio habrían acabado con el pobre enfermo si no hubiera llegado un gordo con anteojos dorados, insistente y muy diestro. En honor a su aparición, en el dormitorio se agregó una luz más, la luz de una vacilante vela de estearina en un viejo, negro y pesado candelabro. La vela ora titilaba en la mesa, ora caminaba alrededor de Turbín, y sobre ella, por la pared, caminaba el deforme Lariósik, semejante a un murciélago con las alas cortadas. La vela se inclinaba y derramaba blanca estearina. El pequeño dormitorio empezó a heder a yodo, alcohol y éter. Sobre la mesa surgió un caos de brillantes cajitas con destellos en los espejos niquelados y montañas de algodón decorativo: nieve navideña. El gordo dorado, con manos tibias, le dio a Turbín una inyección milagrosa en el brazo sano y, al cabo de unos minutos, las grises figuras dejaron de hacer de las suyas. El mortero fue llevado a la galería y, a través de los vidrios y los visillos, su negra boca no era para nada terrible. Respirar se hizo más fácil, ya que la enorme rueda se había ido y no era necesario pasar entre los rayos. La vela se apagó y de la pared desapareció, anguloso y negro como el carbón, Larión, Lariósik Surzhanski de Zhitómir, y el rostro de Nikolka se volvió más comprensivo y no tan irritantemente terco, acaso porque la aguja, gracias a la esperanza en el arte del gordo dorado, se había separado y no pendía tan inexorable y desesperadamente sobre la puntiaguda barbilla. El tiempito retrocedió desde las cinco y media a las cinco menos veinte, y el reloj del comedor, si bien no acordaba con ello, si bien enviaba con insistencia las agujas siempre adelante y adelante, ya marchaba sin sus seniles chirridos y gruñidos, sino como antaño, con una voz límpida y firme de barítono: ¡tonk! Y como campanadas de torre, como en la fortaleza de juguete de los hermosos galos de Luis XIV, sonó en la torre: ¡bom!… Medianoche…, escucha…, medianoche…, escucha… Sonaban como advirtiendo, y unas alabardas emitieron un sonido argénteo y agradable. Los centinelas caminaban y vigilaban, puesto que las torres, las alarmas y las armas las ha erigido el hombre, sin él mismo saberlo, con el único objetivo de proteger su calma y su hogar. Por eso combate y, a decir verdad, en ningún caso hay que combatir por otra cosa.

Solo en el seno de la quietud Iulia, mujer egoísta, viciosa pero seductora, acepta mostrarse. Y apareció: su pie enfundado en una media negra, la punta de la negra bota ribeteada en piel asomó un instante sobre la ligera escalerilla de ladrillos, y al apresurado golpeteo y roce de su falda respondió una palpitante gavota de campanillas procedente de allí donde Luis XIV, en un jardín azul cielo, a orillas de un lago, embriagado por su gloria y la presencia de encantadoras mujeres de color, se solazaba.

***

A medianoche Nikolka comenzó un trabajo importantísimo y, desde luego, de lo más oportuno. Ante todo, salió de la cocina con un trapo sucio y húmedo y del pecho de El carpintero de Zaandam desaparecieron las palabras:

¡Viva Rusia!

¡Viva la autocracia!

¡Duro contra Petliura!

Después, con la activa participación de Lariósik, se realizaron trabajos aún más importantes. Del escritorio de Turbín retiraron hábil y silenciosamente la browning de Aliosha, dos cargadores y una caja de balas. Nikolka revisó la pistola y comprobó que, de siete balas, su hermano mayor había disparado seis.

—Magnífico… —susurró Nikolka.

Por supuesto, no podía siquiera pensarse que Lariósik fuera un traidor. De ningún modo podía estar del lado de Petliura un hombre educado, y menos aún un caballero que firmaba pagarés por setenta y cinco mil y enviaba telegramas de sesenta y tres palabras… La colt de Nai-Turs y la browning de Aliosha fueron lubricadas lo mejor posible con aceite de máquina y querosén. Lariósik, al igual que Nikolka, se arremangó y ayudó a lubricar y colocar todo en una lata larga y alta de caramelos. El trabajo era apremiante, pues todo hombre decente que ha participado en la revolución sabe a la perfección que los registros, bajo todos los gobiernos, se efectúan desde las dos y treinta minutos de la noche hasta las seis y quince minutos de la mañana en invierno y desde las doce de la noche hasta las cuatro de la mañana en verano. Sin embargo, el trabajo se demoró gracias a Lariósik, quien, examinando el dispositivo de diez balas de la colt, insertó al revés el cargador en la culata y, para quitarlo, se requirió un esfuerzo importante y una considerable cantidad de aceite. Además, surgió un segundo e inesperado obstáculo: la lata en la que habían colocado las armas, las hombreras de Nikolka y de Alekséi, la sardineta y una fotografía del heredero del zar, con una capa de papel parafinado en el interior y todas las junturas cubiertas con pegajosas tiras de cinta aisladora, no pasaba por el postigo de la ventana.

¡El asunto era que había que esconderla bien!… No todos eran tan idiotas como Vasilisa. Ya de día a Nikolka se le había ocurrido cómo hacerlo. La pared de la casa número 13 casi tocaba la pared del edificio contiguo, el número 11; no quedaba sino medio metro de distancia. En la casa número 13 daban a esa pared sólo tres ventanas: una en la habitación de Nikolka, la de la esquina, y dos en la vecina librería, completamente inútiles (de todos modos estaba oscuro); abajo había una pequeña ventanita enrejada y casi ciega, en la despensa de Vasilisa. La pared del número 11 no tenía ninguna abertura. Figúrense un espléndido pasadizo de medio metro, oscuro e invisible incluso desde la calle e inaccesible a cualquiera, con excepción quizá de algún ocasional chiquillo. Justamente, de niño, cuando jugaba a los policías y ladrones, Nikolka se introdujo en él y tropezó con las pilas de ladrillos que había allí, y recordaba muy bien que por la pared de la casa número 13 se extendía hasta el techo una hilera de escarpias. Con seguridad, antes, cuando el número 11 aún no existía, sobre esas escarpias se apoyaba la escalera de incendios, que después fue retirada. Pero las escarpias quedaron. Nikolka no necesitó ni dos segundos para tantear una de esas escarpias. Claro y sencillo. Pero la lata, atada en cruz con una triple vuelta de excelente cordel, de los llamados de azúcar, y con el lazo preparado, no pasaba por el postigo.

—Está claro, hay que desellar la ventana —dijo Nikolka, bajando del alféizar.

Lariósik rindió tributo a la inteligencia e ingenio de Nikolka y luego puso manos a la obra. Ese trabajo de presidiario llevó no menos de media hora; los marcos, hinchados, no querían abrirse. Pero al fin ambas hojas cedieron, aunque del lado de Lariósik un vidrio se quebró y dibujó una larga y sinuosa rajadura.

—¡Apague la luz! —ordenó Nikolka.

La luz se apagó y un frío terrible irrumpió en la habitación. Nikolka asomó la mitad del cuerpo en aquel negro y congelado espacio y aferró el lazo superior a una escarpia. La caja colgó sin problemas de un cordel de un metro y medio. Desde la calle era imposible verla porque el cortafuego de la casa número 13 daba a la calle en diagonal, no en ángulo recto, y porque el alto letrero de un taller de costura la tapaba. Para verla era preciso introducirse en el pasadizo. Pero nadie lo haría antes de la primavera, ya que el patio estaba cubierto de enormes montones de nieve y del lado de la calle había una maravillosa cerca. Lo mejor y más importante era que se podía revisar sin abrir la ventana; bastaba con pasar la mano por el postigo y ya: el cordel se tocaba como una cuerda de guitarra. Perfecto.

La luz volvió a encenderse y Nikolka, tras ablandar sobre el alféizar la masilla que a Aniuta le había sobrado aquel otoño, selló otra vez la ventana. Incluso, si por algún milagro encontraran la lata, la respuesta siempre estaba preparada: “¿Perdón? ¿La lata de quién? Ah, pistolas… ¿El heredero?… ¡Nada de eso! No tengo ni la más remota idea. ¡El diablo sabrá quién la colgó allí! Se habrán trepado por el techo y la colgaron. ¿Acaso hay poca gente alrededor? Eso es. Nosotros somos personas pacíficas, no tenemos nada que ver con ningún heredero…”.

—Ha quedado perfecto, lo juro por Dios —dijo Lariósik.

¡Vaya si no era perfecto! Estaba a mano y, a la vez, fuera del departamento.

***

Eran las tres de la noche y, por lo visto, ya nadie vendría. Elena, con los párpados pesados y extenuados, salió de puntillas al comedor. Nikolka debía sustituirla. Nikolka de tres a seis, y de seis a nueve Lariósik.

Hablaban en susurros.

—Quedamos en que es tifus —susurró Elena—, tengan presente que hoy ha pasado Vanda y ha preguntado qué le pasaba a Alekséi Vasílievich. Yo le he dicho que a lo mejor es tifus… Probablemente no me creyó, sus ojitos se movían para todas partes… Todo lo preguntaba: cómo estábamos, dónde se hallaban los nuestros, si no habían herido a alguien. De la herida no hay que decir ni una palabra.

—Ni una, nada de nada —aprobó Nikolka con enérgico gesto—. ¡Vasilisa es un cobarde como el mundo jamás ha conocido! Si llega a ocurrir algo, con tal de cubrirse podría soltar a quien sea que Alekséi ha sido herido.

—Canalla —dijo Lariósik—, ¡eso es una bajeza!

Turbín yacía envuelto en una densa niebla. Su rostro, después de la inyección, lucía completamente sereno; sus facciones se habían afinado y marcado. Por su sangre circulaba y vigilaba el tranquilizador veneno. Las figuras grises habían dejado de conducirse como si estuvieran en casa, se habían dispersado para atender sus asuntitos y habían retirado definitivamente el cañón. Incluso cuando aparecía alguien extraño, se comportaba con decoro y trataba de entablar relación con las personas y cosas que ya se habían ganado un legítimo lugar en el departamento de los Turbín. Una vez apareció el coronel Malíshev, se sentó en el sillón, pero sonreía de tal modo como si todo marchara bien y hubiera de marchar aún mejor, y no refunfuñaba con aire amenazador y siniestro ni llenó el cuarto de papeles. Es verdad que quemó documentos, pero no se atrevió a tocar el diploma de Turbín ni las fotografías de la madre, y los quemó en un fuego totalmente azul, de alcohol, agradable y tranquilizador porque tras él, a menudo, venía la inyección. Con frecuencia sonaba la campanilla de madame Anjou.

—Brin… —decía Turbín, intentando transmitir el sonido de la campanilla a quien estuviera sentado en el sillón, y quienes se sentaban eran, por turno, Nikolka, un desconocido con ojos de mongol (no se atrevió a alborotar por la inyección) y el afligido Maksim, canoso y trémulo—. Brin… —decía el herido con cariño, y con las flexibles sombras construía un cuadro en movimiento, penoso y difícil, pero con un final inusual, alegre y doloroso.

Corría el reloj, giraba la aguja en el comedor y, cuando en el blanco cuadrante la aguja ancha y corta llegó a las cinco, sobrevino la somnolencia. Turbín se movía de tanto en tanto, abría los ojos entornados y murmuraba palabras incomprensibles:

—Por la escalerita, por la escalerita, por la escalerita no llegaré, me debilitaré, caeré… Pero las piernas de ella son rápidas… las botitas… por la nieve… Dejarás huellas… los lobos… brrin… brrin…

13

Turbín oyó por última vez “brin” cuando huía por la escalera de servicio de la tienda de madame Anjou, quien vaya a saber dónde se había metido con su voluptuoso aroma a perfume. Campanilla. Alguien acababa de presentarse en la tienda. Quizás, al igual que Turbín, otro que se había extraviado y rezagado, uno de los suyos; o quizás eran los extraños, los perseguidores. En cualquier caso, regresar a la tienda era imposible. Una prueba de heroísmo absolutamente innecesaria.

Los resbaladizos escalones sacaron a Turbín al patio. Allí oyó con toda claridad que el tiroteo era muy cerca, en la calle que bajaba en amplia pendiente hacia la Kreshátik, acaso junto al museo. Entonces comprendió que había perdido demasiado tiempo en la penumbrosa tienda, entregado a sus tristes reflexiones, y que Malíshev tenía toda la razón cuando le aconsejó apurarse. El corazón le latió alarmado.

Turbín miró en torno y comprobó que el largo y altísimo cajón amarillo de la casa que albergaba la tienda de madame Anjou daba a un inmenso patio que se extendía hasta una pared baja que separaba la propiedad colindante, la dirección de ferrocarriles. Turbín entornó los ojos, miró alrededor y cruzó el espacio vacío directo hacia esa pared. Había en esta una puertita que, para gran asombro suyo, encontró abierta. Así pasó al repugnante patio de la administración. Los estúpidos agujeros de esta miraban con desagrado y se sentía a las claras que el edificio estaba muerto. Bajo la sonora bóveda que atravesaba el edificio, y por el piso asfaltado, el doctor salió a la calle. Eran las cuatro en punto de la tarde en el antiguo reloj de la torre del edificio de enfrente. Empezaba apenas a oscurecer. La calle estaba completamente desierta. Turbín miró alrededor con ojos sombríos, acosado por un presentimiento, y caminó no hacia arriba, sino hacia abajo, donde, en una plazoleta con escasa vegetación y cubierta de nieve, se alzaba la Puerta de Oro. Sólo un transeúnte de abrigo negro corría en sentido opuesto a él y, con aspecto asustado, no tardó en ocultarse.

Una calle vacía produce siempre una impresión horrible; y encima ese presentimiento angustiante que le punzaba en la boca del estómago. Frunciendo el ceño con rabia para superar la indecisión —porque de todas formas debía caminar, por el aire no llegaría a casa—, se levantó el cuello del capote y avanzó.

Ahí comprendió que, en parte, lo que lo angustiaba era el súbito silencio de los cañones. En las últimas dos semanas habían retumbado sin cesar alrededor, y ahora en el cielo reinaba la calma. En cambio, en la Ciudad, precisamente allí abajo, en la Kreshátik, resonaban con nitidez las descargas de disparos. Turbín habría debido girar a la izquierda en la Puerta de Oro, tomar un pasaje y allí, tras la catedral de Santa Sofía, llegar sigilosamente y a través de callejuelas a su casa en la pendiente Alekséievski. Si hubiera hecho eso, su vida habría sido completamente distinta, pero no lo hizo. Existe una fuerza que a veces obliga a mirar hacia abajo desde el borde de un abismo… Nos atrae hacia el frío…, hacia el abismo. Y esa fuerza lo atrajo al museo. Sin falta debía ver, aunque fuera de lejos, qué ocurría cerca de él. Y, en lugar de girar, dio diez pasos de más y salió a la calle Vladímirskaia. Allí, de golpe, la alarma lanzó un grito en su interior y la voz de Malishevski le susurró con toda claridad: “¡Corre!”. Turbín volvió la cabeza hacia la derecha y miró a lo lejos, hacia el museo. Alcanzó a ver un pedazo del blanco costado, las enfurruñadas cúpulas, unas figuras negras que centelleaban en la lejanía… No alcanzó a ver nada más.

Directo hacia él, por la inclinada calle Proreznáia, desde Kreshátik, envuelta en una lejana y fría neblina, subían, todo a lo ancho de la calzada, hombres grises con capotes de soldado. Estaban cerca, a unos treinta pasos. Enseguida se advertía que corrían hacía ya tiempo y que la carrera los había extenuado. No por los ojos, sino por un vago movimiento del corazón, Turbín comprendió que eran los hombres de Petliura.

“Caíste”, dijo nítida la voz de Malíshev en la boca del estómago.

Después se deslizaron varios segundos de la vida de Turbín durante los cuales este no supo qué sucedió. Sólo sintió su cuerpo cuando ya estaba a la vuelta de la esquina de la Vladímirskaia con la cabeza hundida entre los hombros y las piernas alejándolo velozmente de la fatal esquina de la Proreznáia, donde se hallaba la confitería La Marquesa.

“A ver, a ver, a ver, un poco más…, un poco más…”, latía la sangre en sus sienes.

Si el silencio durara un poquito más a sus espaldas. Si pudiera convertirse en la hoja de un cuchillo o adherirse a la pared. A ver… Pero el silencio se interrumpió: lo quebró lo absolutamente inevitable.

—¡Alto! —gritó una voz ronca en la fría espalda de Turbín.

“Listo”, se desgarró algo en la boca del estómago.

—¡Alto! —repitió severa la voz, siempre en ucraniano.

Turbín miró hacia atrás e incluso se detuvo por un instante, porque se le ocurrió la breve y alocada idea de hacerse pasar por un pacífico ciudadano. Voy por mis asuntos… Déjenme en paz… El perseguidor estaba a unos quince pasos y alzaba aprisa el fusil. En cuanto el doctor se volvió, el asombro creció en los ojos de su perseguidor, que le parecieron bizcos y de mongol. Un segundo hombre surgió de la esquina y destrabó el cerrojo. En el rostro del primero la perplejidad dio paso a una alegría incomprensible y ominosa.

—¡Vaya! —gritó—. Mira, Petró, un oficial. —Su aspecto era el de un cazador que, de golpe, en medio del camino, ha visto una liebre.

“¿Qué es esto? ¿Cómo lo sabe?”, resonó en la cabeza de Turbín como un martillazo.

El fusil del segundo se convirtió en un agujero negro y pequeño, no mayor que una moneda. Después Turbín sintió que él mismo se transformaba en una flecha sobre la Vladímirskaia y que sus botas de fieltro eran su perdición. Desde arriba y desde abajo, silbando, algo sacudió el aire: chaj…

—¡Alto! ¡Alt…! ¡Agárrenlo! —Golpe—. ¡¡Agarren al oficial!! —tronó y ululó toda la Vladímirskaia. Dos estallidos más resonaron alegres, rasgando el aire.

Basta con perseguir a un hombre a tiros para que este se transforme en un sabio lobo; en lugar de la muy débil razón, innecesaria en los casos realmente difíciles, aflora el sabio instinto animal. Como un lobo, Turbín se volvió a la carrera en la esquina de Malo-Proválnaia y vio que el negro agujero a sus espaldas se revestía de un fuego pálido y completamente redondo; apretó el paso, tomó la Malo-Proválnaia y por segunda vez en esos cinco minutos dio un brusco giro a su vida.

El instinto: te persiguen con insistencia y obstinación, no se rezagan, te alcanzan e, inevitablemente, te matan. Te matan porque has corrido, porque en el bolsillo no tienes ningún documento y llevas una pistola y capote gris; te matan porque en la persecución tienes suerte una vez, tienes suerte una segunda, pero a la tercera aciertan. Precisamente a la tercera. Esa vez es conocida desde la antigüedad. Significa que todo ha terminado, que te queda medio minuto, que las botas de fieltro son tu perdición. Todo es irrevocable, y por ello el miedo salta directamente desde el cuerpo y desde las piernas al suelo. Pero también por las piernas regresa como agua helada el furor, y en la huida sale por la boca como agua hirviendo. Turbín ya torcía los ojos como un auténtico lobo. Los dos hombres de gris, y tras ellos un tercero, aparecieron en la esquina de la Vladímirskaia lanzando incesantes destellos. Turbín aminoró la carrera, enseñó los dientes y disparó tres veces hacia ellos sin apuntar. Otra vez apretó el paso, vio vagamente ante sí una sombra negra y frágil que osciló bajo la misma pared, junto a un canalón, y sintió que alguien tiraba de su axila izquierda con unas tenazas de madera, por lo que su cuerpo empezó a correr de un modo extraño, torcido, irregular, de lado. Se volvió una vez más y, sin prisa, disparó tres balas y se detuvo, estricto, en el sexto disparo: “La séptima es para mí. La pelirroja Elenka y Nikolka. Se ha terminado. Me torturarán. Me dibujarán hombreras con un cuchillo. La séptima es para mí”.

Avanzando de costado, tuvo una sensación extraña: podía sentir el peso de la pistola en la mano derecha, pero era la izquierda la que parecía ponerse más pesada. Ya era preciso detenerse. De todos modos, le faltaba el aire y no lograría nada. Sin embargo, llegó hasta la esquina de la calle más fantástica del mundo, se ocultó tras ella y, por unos instantes, sintió alivio. Más allá no había esperanza: una maciza reja de hierro cerrada, un enorme portón cerrado, y otros más… Recordó un alegre y tonto proverbio: “No afloje, compadre, húndase hasta el fondo”.

Y ahí la vio en el mismo momento en que se produjo un milagro, en la negra y musgosa pared que cercaba por completo el nevado arabesco de árboles de un jardín. Medio oculta en la pared, y como en un melodrama, con las manos tendidas y ojos resplandecientes y enormes a causa del horror, gritó:

—¡Oficial! ¡Aquí! Aquí…

Turbín, con sus botas algo resbalosas, la respiración entrecortada y lanzando aire cálido por la boca, corrió lentamente hacia las salvadoras manos y, tras ellas, desapareció por la estrecha abertura de una puertita sobre la negra pared de madera. Y todo cambió de golpe. La puertita, bajo las manos de la mujer vestida de negro, se unió a la pared y el picaporte emitió un chasquido. Los ojos de la mujer aparecieron casi delante de los de Turbín, quien leyó vagamente en ellos resolución, voluntad de acción y negrura.

—Corra por aquí, sígame —susurró la mujer, se volvió y corrió por un estrecho sendero de ladrillo. Turbín corrió muy despacio tras ella. A la izquierda aparecieron las paredes de unos cobertizos, y la mujer dobló allí. A la derecha asomó un jardín blanco y fabuloso de varios niveles. Un bajo y pequeño cercado ante las mismas narices; la mujer atravesó una segunda puertita; Turbín, sofocado, la siguió. Ella cerró la puertita; ante los ojos de Turbín fulguró una pierna muy bella envuelta en una media negra; el dobladillo de la falda se agitó y las piernas de la mujer la llevaron rápido por una escalerita de ladrillo. Turbín aguzó el oído y oyó que allí, detrás de su carrera, quedaban la calle y los perseguidores. Ahí están… Ahí están, acaban de doblar la esquina y lo buscan. “Si ella me salvara… Si ella me salvara… —pensó Turbín—, pero creo que no llegaré… Mi corazón.” De pronto, al llegar al extremo de la escalerita, cayó sobre la rodilla y la mano izquierdas. Todo comenzó a dar vueltas a su alrededor. La mujer se agachó y lo tomó del brazo derecho…

—¡Un poco…, un poco más! —gritó; con su trémula mano izquierda abrió una tercera puertita, muy baja, tiró del brazo al tambaleante Turbín y se lanzó por una estrecha alameda. “Vaya laberinto…, ni que fuera a propósito”, pensó confusamente Turbín, y apareció en el jardín blanco, pero ahora lejos y arriba de la fatal Proválnaia. Sentía que la mujer tiraba de él, que su costado izquierdo y su brazo estaban muy calientes, mientras que el resto del cuerpo lo tenía frío y su gélido corazón apenas si se movía. “Si ella me salvara, pero este es el fin…, el fin…, las piernas me flaquean…” Surgieron vagamente unos macizos de lilas vírgenes e intactas bajo la nieve, una puerta, el cancel de vidrio de un viejo zaguán cubierto de nieve. Se oyó también el tintineo de una llave. La mujer todo el tiempo estaba allí, junto a su lado derecho, y ya con las últimas fuerzas Turbín se estiró tras ella como un hilo y entró en el cancel. Después un segundo tintineo de llave en la oscuridad, de la que emanaba un viejo olor a vivienda. En la oscuridad, sobre la cabeza, se encendió una luz muy mortecina, el piso se deslizó bajo sus pies hacia la izquierda… Unos manojos inesperados de brillante color verde con ribetes de fuego centellearon ante sus ojos, a la derecha, y el corazón, en aquella densa oscuridad, sintió un repentino alivio…

***

Bajo una luz mortecina e inquieta, una serie de raídos sombreritos dorados. Un frío vivo corre por el cuerpo de Turbín, lo que lo ayuda a respirar mejor, pero en la manga izquierda siente un calor funesto, húmedo y muerto. “Conque de eso se trataba. Estoy herido.” Turbín comprendió que yacía en el suelo, con la cabeza dolorosamente apoyada sobre algo duro e incómodo. Los sombreritos dorados que tenía frente a los ojos eran los clavos de un baúl. El frío que le cortaba la respiración se debía a que la mujer le daba agua y le salpicaba la cara.

—Por Dios —dijo sobre su cabeza una voz débil y ronca—. Trague, trague. ¿Respira? ¿Qué voy a hacer ahora?

El vaso chocó contra sus dientes y Turbín, a borbotones, tragó un agua muy fría. Entonces vio cerca de sí unos rizos claros y unos ojos muy negros. La mujer, en cuclillas, dejó el vaso en el suelo, envolvió con suavidad la nuca de Turbín y trató de incorporarlo.

“¿Late el corazón? —pensó él—. Parece que revivo… Quizás no haya perdido tanta sangre… Debo luchar.” El corazón latía, pero vacilante, acelerado, formando a los saltos un hilo infinito, y Turbín dijo con voz débil:

—No. Quíteme todo y con lo que quiera, pero ya mismo hágame un torniquete…

Ella, intentando comprender, abrió los ojos; comprendió, se levantó de un salto y se lanzó hacia un armario, del que sacó un montón de telas.

Turbín, mordiéndose los labios, pensó: “Oh, no hay manchas en el suelo; parece que, por suerte, es poca sangre”. Luego, retorciéndose con ayuda de ella, se desprendió del capote y se sentó, tratando de no prestar atención al mareo. Ella empezó a quitarle la guerrera.

—La tijera —dijo Turbín.

Le costaba hablar, le faltaba el aire. La mujer desapareció, agitando el negro dobladillo de seda, y en la puerta se quitó el sombrero y la pelliza. Regresó, se acuclilló y, con una tijera, rasgó torpe y penosamente la manga ya empapada de una sangre espesa hasta dejarle libre el brazo. Con la camisa hizo rápido. Toda la manga izquierda estaba impregnada de sangre, al igual que el costado. Unas gotas cayeron al suelo.

—Corte sin miedo…

La camisa quedó hecha jirones y Turbín, pálido, con el amarillo torso desnudo manchado de sangre, deseoso de vivir y de no volver a desmayarse, apretó los dientes, se sacudió el hombro izquierdo con la mano derecha y a duras penas dijo:

—Gracias a Di… el hueso está sano… Corte una tira o prepare una venda.

—Vendas hay —exclamó ella con voz débil y alegre. Desapareció, regresó y abrió un envoltorio con las siguientes palabras—: Y no hay nadie, no hay nadie… Estoy sola…

Otra vez se acuclilló. Turbín vio la herida. Era un pequeño orificio en la parte superior del brazo, cerca de la axila, allí donde el brazo se une al cuerpo. De él fluía un delgado hilo de sangre.

—¿Sangra por detrás? —preguntó Turbín con laconismo y voz entrecortada, tratando de conservar instintivamente el espíritu de la vida.

—Sí —respondió ella asustada.

—Apriete más arriba… Aquí… Eso me salvará.

Brotó un dolor hasta entonces desconocido; unos anillos verdes, introduciéndose uno dentro de otro o entrelazándose, danzaron en el recibidor. Turbín se mordió el labio inferior.

Ella tiró hacia arriba, él ayudó con los dientes y la mano derecha, y al fin, con un lacerante nudo, ciñeron el brazo por encima de la herida. Y enseguida se detuvo la hemorragia…

***

La mujer lo trasladó así: él se puso de rodillas y pasó el brazo derecho por encima del hombro de ella, entonces ella lo ayudó a levantarse sobre sus débiles y trémulas piernas y lo condujo sosteniéndolo con todo el cuerpo. Él veía alrededor las oscuras sombras del crepúsculo en una antigua habitación de techo muy bajo. Después de sentarlo sobre algo blando y polvoriento, ella encendió, en un costado, una lámpara cubierta por un pañuelo color cereza. Turbín vio los dibujos del terciopelo, el borde de una levita cruzada sobre la pared, en un marco, y una charretera dorada. La mujer tendió las manos hacia él y, respirando con dificultad a causa de la emoción y el esfuerzo, dijo:

—Tengo coñac… ¿Quizás haga falta?… ¿Coñac?…

Él respondió:

—Ya mismo…

Y se dejó caer sobre el codo derecho.

El coñac pareció ayudar; por lo menos, a Turbín le pareció que no moriría y que soportaría el dolor que le carcomía y laceraba el hombro. La mujer, de rodillas, le vendó el brazo herido, se agachó sobre sus pies y le quitó las botas de fieltro. Después trajo una almohada y un largo kimono estampado con flores exóticas que aún despedía un aroma agradable y antiguo.

—Acuéstese —le dijo.

Turbín obedeció, ella le echó la bata y una frazada y, de pie junto a una otomana, se lo quedó mirando a la cara.

Turbín dijo:

—Usted… Usted es una mujer admirable. —Tras breve pausa—: Reposaré un poco hasta que me vuelvan las fuerzas; después me levantaré y me iré a casa… Aguante todavía un poco las molestias.

Su corazón se embargó de miedo y desesperación: “¿Qué pasará con Elena? Dios mío, Dios mío… Nikolka. ¿Por qué debía morir Nikolka? Seguramente ha muerto…”.

La mujer, en silencio, le señaló una ventanita baja cubierta por una cortina con pompones. Entonces Turbín oyó con claridad las lejanas detonaciones de los disparos.

—Lo matarán enseguida, puede estar seguro —dijo ella.

—Entonces… temo… involucrarla. Si llegan a venir… la pistola… la sangre… ahí en el capote… —Turbín se humedeció los resecos labios. Sentía un ligero mareo por la pérdida de sangre y por el coñac. El rostro de la mujer trasuntó miedo. Quedó pensativa.

—No —dijo resuelta—, no, si lo hubieran encontrado ya estarían aquí. Esto es un laberinto tal que nadie hallará las huellas. Atravesamos tres jardines. Pero hay que limpiar ya mismo…

Turbín oyó el chapoteo del agua, un roce de telas, unos golpes en los armarios…

La mujer regresó con la browning en la mano; la sostenía de la culata con dos dedos, como si quemase, y preguntó:

—¿Está cargada?

Turbín sacó la mano sana de debajo de la frazada, tanteó el seguro y respondió:

—Llévela sin miedo, pero por la culata.

Ella otra vez regresó y dijo turbada:

—Si, pese a todo, llegaran a presentarse… Debe quitarse también los pantalones… Se quedará acostado y yo diré que usted es mi marido y está enfermo…

Turbín, con el ceño fruncido y el rostro crispado, empezó a desabrocharse los botones. Ella se acercó sin vacilar, se arrodilló, metió las manos bajo la frazada, tiró de las perneras y se llevó los pantalones. Estuvo largo rato sin aparecer. Durante ese tiempo, Turbín vio un arco. En realidad, se trataba de dos habitaciones. Los techos eran tan bajos que si una persona alta se ponía de puntillas podía tocarlos con la mano. Allí, en el fondo, tras el arco, estaba oscuro, pero se veía brillar el costado de un viejo piano laqueado; otros objetos también brillaban, y al parecer había un ficus en flor. Y aquí otra vez el borde de una charretera en un marco.

¡Dios, qué antigüedad!… Las charreteras absorbían su atención. Había una pacífica luz en una vela de sebo sobre el candelabro. Había paz, y esa paz había sido liquidada. Los años no regresarían. Atrás, también, unas ventanas bajas, pequeñas, y otra ventana al costado. ¿Qué era esa casita tan rara? La mujer estaba sola. ¿Quién sería? Lo había salvado… No hay paz… Afuera se oyen disparos…

***

La mujer entró cargada con una brazada de leña que dejó caer con estrépito en un rincón, junto a la estufa.

—¿Qué está haciendo? ¿Para qué? —preguntó él colérico.

—Igual tenía que encenderla —respondió ella, y en sus ojos apenas fulguró una sonrisa—. Yo misma la enciendo…

—Venga aquí —le pidió Turbín con voz queda—. Mire, yo no le he agradecido por todo lo que usted… ha hecho… Y el modo como… —Tendió la mano y le tomó los dedos; ella se acercó dócil y él besó dos veces su delgada mano. El rostro de la mujer se ablandó, como si la sombra de la alarma lo hubiera abandonado, y sus ojos parecieron en ese momento de una inusual belleza.

—Si no fuera por usted —continuó Turbín—, seguramente me habrían matado.

—Por supuesto —respondió ella—, por supuesto… Encima usted ha matado a uno…

Turbín levantó la cabeza.

—¿He matado? —preguntó, y otra vez sintió debilidad y un mareo.

—Ajá —ella asintió benévola con la cabeza y miró a Turbín con miedo y curiosidad—. Uf, qué extraño es esto… Por poco no me matan también a mí —y se estremeció…

—¿Cómo que he matado?

—Pues sí… Ellos aparecieron, usted empezó a disparar y el primero se desplomó… Bueno, a lo mejor lo hirió… En fin, es usted un valiente… Pensé que me desmayaría… Usted huía, les disparaba…, volvía a correr… Usted seguro que es capitán, ¿verdad?

—¿Por qué pensó que era oficial? ¿Por qué me gritó “oficial”?

Los ojos de la mujer brillaron.

—Creo que cualquiera lo pensaría con la escarapela que lleva en el gorro. ¿Para qué esa bravata?

—¿Una escarapela? Ay, Dios… Es que yo… yo… —recordó la campanilla… el espejo cubierto de polvo…— me quité todo… ¡y me olvidé de la escarapela!… No soy oficial —dijo—, soy médico militar. Me llamo Alekséi Vasílievich Turbín… Permítame saber quién es usted.

—Yo soy Iulia Aleksándrovna Reiss.

—¿Por qué está sola?

Ella respondió algo tensa y apartando los ojos:

—Mi marido ahora no está. Se ha marchado. Y su madre también. Estoy sola… —Tras breve pausa, añadió—: Aquí hace frío… Brr… Voy a encender la estufa.

***

La leña ardió en la estufa y, junto con ella, ardió un brutal dolor de cabeza. La herida callaba; todo se concentró en la cabeza. Empezó por la sien izquierda, después se esparció por el sincipucio y la nuca. Una venita se contrajo sobre la ceja izquierda y envió en todas direcciones ondas de un intenso y desesperante dolor. Reiss estaba de rodillas ante la estufa y removía el fuego con el atizador. Atormentado, ora abriendo, ora cerrando los ojos, Turbín veía aquella cabeza echada hacia atrás y la blanca mano que intentaba protegerla del calor, aquellos cabellos del todo indefinidos, acaso cenicientos cuando los iluminaba el fuego, acaso dorados; las cejas como el carbón, los ojos negros. Difícil decidir si era bello aquel perfil irregular y de nariz aguileña. No distinguía lo que encerraban sus ojos. Al parecer, susto, alarma; a lo mejor, también, vicio… Sí, vicio.

Sentada así, expuesta a la ola de calor, parece fabulosa, atractiva. Salvadora.

***

Durante muchas horas de la noche, cuando el calor de la estufa ya hacía tiempo que se había acabado y comenzaba el calor en el brazo y la cabeza, alguien le perforaba la cabeza con un clavo incandescente y le destruía el cerebro. “Tengo fiebre —repetía seca y silenciosamente Turbín, y se decía a sí mismo—: A la mañana tengo que levantarme y regresar a casa…” El clavo le destruía el cerebro hasta que, por fin, le destruyó los pensamientos sobre Elena, Nikolka, la casa y Petliura. Todo le daba igual. Peturra… Peturra… Sólo una cosa: que cesara el dolor.

Bien entrada la noche, Reiss, con blandas pantuflas ribeteadas en piel, fue allí y se sentó a su lado, y otra vez él le pasó el brazo por el cuello y, débil, atravesó las pequeñas habitaciones. Antes de eso ella reunió fuerzas y le dijo:

—Sólo levántese si puede. No preste ninguna atención en mí. Lo ayudaré. Después se quedará acostado… Pero si no puede…

Él respondió:

—No, iré… Sólo que ayúdeme…

Lo condujo hacia una pequeña puerta de aquella misteriosa casita y lo llevó de nuevo a la cama. Al acostarse, Turbín castañeteaba los dientes a causa de los escalofríos y, sintiendo que la cabeza se apiadaba y calmaba, dijo:

—Le juro que esto no lo olvidaré… Vaya a dormir…

—Cállese, le voy a acariciar la cabeza —respondió ella.

Después todo el sordo y malvado dolor se escurrió de la cabeza, pasó de las sienes a las suaves manos de la mujer, y a través de estas y de su cuerpo, al suelo cubierto por una polvorienta y mullida alfombra, donde se extinguió. En lugar del dolor, por su cuerpo se esparció un calor parejo y empalagoso. El brazo se le entumeció y se le hizo pesado, como de hierro, por eso no lo movía; Turbín se limitó a cerrar los ojos y entregarse a la fiebre. Cuánto tiempo estuvo así, no podría decirlo: quizás cinco minutos, quizás muchas horas. Pero, en cualquier caso, le pareció que podía yacer así, en manos del fuego, toda la eternidad. Cuando abrió los ojos, en silencio para no asustar a la mujer, que seguía sentada a su lado, vio el mismo cuadro de antes: una lámpara ardía uniforme y débilmente tras una pantalla roja, derramando una luz pacífica, y el perfil de la mujer, a su lado, lucía insomne. Con los labios sacados hacia delante en triste expresión, al modo de los niños, miraba hacia la ventana. Turbín, flotando en la fiebre, se movió y se estiró hacia ella…

—Inclínese hacia mí —dijo. Su voz se había vuelto seca, débil, aguda. Ella se volvió, sus ojos lo miraron asustados y alertas y se ahondaron en las sombras. Turbín le pasó el brazo derecho por el cuello, la atrajo hacia sí y la besó en los labios. Le pareció que tocaba algo dulce y frío. La mujer no se sorprendió de la actitud de Turbín. Sólo contempló con más curiosidad su rostro. Luego dijo:

—Vaya, qué fiebre tiene. ¿Qué vamos a hacer? Hay que llamar a un doctor, pero ¿cómo hacerlo?

—No hace falta —respondió Turbín con voz queda—, no es necesario un doctor. Mañana me levantaré y me iré a casa.

—Temo que su estado empeore —susurró ella—. Entonces, ¿cómo lo ayudaré? ¿Ha dejado de sangrar? —y tocó apenas el brazo vendado.

—No, usted no tema, no me pasará nada. Vaya a dormir.

—No iré —respondió ella, y le acarició la mano—. Tiene fiebre —repitió.

Turbín no se contuvo, otra vez la abrazó y la atrajo hacia sí. Ella no se resistió. Él la atrajo hasta que ella se inclinó por completo y se recostó junto a él. Ahí sintió, a través de su penosa fiebre, el vivo y radiante calor de su cuerpo.

—Acuéstese y no se mueva —susurró ella—. Yo le acariciaré la cabeza.

Se estiró a su lado, y él sintió el roce de sus rodillas. Ella comenzó a pasarle la mano de la sien a los cabellos. Turbín se sintió tan bien que en lo único que pensaba era en no dormirse.

Pero se durmió. Durmió largo tiempo, con un sueño regular y dulce. Cuando despertó se dio cuenta de que navegaba en un barco por un río cálido, que todos los dolores habían desaparecido y que tras la ventanita la noche iba poniéndose más y más pálida. No sólo en la casa, sino también en todo el mundo y en la Ciudad reinaba una calma absoluta. Una luz cristalina, tenue y azulada penetraba por entre las cortinas. La mujer había entrado en calor y dormía con cara afligida al lado de Turbín. Y se volvió a dormir.

***

A la mañana, a eso de las nueve, en la muerta Malo-Proválnaia, un ocasional conductor acogió a dos pasajeros: un hombre con negro traje de civil, muy pálido, y una mujer. La mujer sostenía con cuidado al hombre, que se aferraba de sus mangas, y lo llevó hasta la pendiente Alekséievski. Allí no había movimiento. Sólo en la entrada número 13 había un trineo del que acababa de descender un extraño visitante con una maleta, un atado de ropa y una jaula.

14

Se encontraron. Nadie había caído bajo las balas enemigas y se encontraron a la tarde siguiente.

“Es él”, resonó en el pecho de Aniuta, y su corazón saltó como el pájaro de Lariósik. En la ventanita cubierta de nieve de la cocina se oyeron, desde el patio, unos cautelosos golpes. Aniuta se pegó contra el vidrio y examinó el rostro. Era él, pero sin bigotes… Él… Aniuta se mesó con ambas manos los negros cabellos, abrió la puerta del zaguán y la del nevado patio y Mishlaievski apareció muy cerca de ella. Un abrigo estudiantil con cuello de cordero y una gorra…, sin bigotes… Pero los ojos, incluso en la penumbra del zaguán, se reconocían a la perfección. El derecho con visos verdes, cual piedra preciosa de los Urales, el izquierdo oscuro… Y todo él parecía más bajo…

Aniuta descorrió el gancho con mano trémula y el patio desapareció, y desapareció también una franja de la cocina porque el abrigo de Mishlaievski envolvió a Aniuta y una voz muy familiar susurró:

—Buenos días, Aniútochka… Se va a resfriar… ¿En la cocina no hay nadie, Aniuta?

—No hay nadie —respondió Aniuta, sin saber lo que decía y también, por algún motivo, en un susurro. “Me besa, sus labios se han vuelto suaves”, pensó con dulcísima angustia y susurró—: Víktor Víktorovich…, suélteme… Elena…

—¿Qué tiene que ver Elena?… —susurró con reproche la voz, que olía a perfume y tabaco—. ¿Qué está diciendo, Aniútochka?…

—Víktor Víktorovich, déjeme o gritaré, se lo juro por Dios —dijo con pasión Aniuta, abrazando por el cuello a Mishlaievski—. Ha sucedido una desgracia: Alekséi Vasílievich está herido…

La boa la liberó en el acto.

—¿Cómo herido? ¡¿Y Nikol?!

—Nikol está sano y salvo, pero Alekséi Vasílievich ha sido herido.

Una franja de luz desde la cocina, puertas.

En el comedor, Elena, al ver a Mishlaievski, rompió a llorar y dijo:

—Vitka, estás vivo… Gracias a Dios… Aquí nosotros… —Sollozó y señaló la puerta de Turbín—. Está con cuarenta… Una herida fea…

—Madre de Dios —respondió Mishlaievski, echándose la gorra hasta la misma nuca—. Pero ¿cómo ha sucedido?

Se volvió hacia una figura que, junto a la mesa, se inclinaba sobre una botella y unas cajitas brillantes.

—Perdone, ¿es usted doctor?

—No, por desgracia no lo soy —respondió una voz triste y opaca—. Permítame presentarme: Larión Surzhanski.

***

Salón. La puerta del recibidor está cerrada y tapada con la cortina para que el ruido y las voces no lleguen a Turbín. De su dormitorio han salido y acaban de marcharse un hombre de barba puntiaguda y quevedos dorados, otro joven y rasurado y, por último, uno viejo, canoso e inteligente con pesado abrigo de piel y gorro de boyardo, que había sido profesor de Turbín. Elena los ha acompañado y su rostro se ha vuelto de piedra. De tanto decir “tifus, tifus” han terminado atrayéndolo.

—Además de la herida, tiene tifus exantemático…

Y la columna de mercurio en cuarenta y… “Iulia”… En el dormitorio, un resplandor rojizo. Silencio, y en el silencio un balbuceo sobre una escalerita y una campanilla: “br-rin”…

***

—Buenos días, muy señor mío —susurró mordaz Mishlaievski en ucraniano, separando las piernas. Shervinski se puso violeta y apartó la mirada. El traje negro le iba de maravilla; vestía una magnífica camisa y una pajarita y calzaba botas laqueadas. “Artista del estudio de ópera de Kramskói.” Certificado en el bolsillo—. ¿Por qué no lleva hombreras?… —continuó Mishlaievski, siempre en ucraniano—. “En la Vladímirskaia ondean banderas rusas… Dos divisiones de senegaleses en el puerto de Odessa y aposentadores serbios… Señores oficiales, vayan a Ucrania y formen unidades…” ¡Váyanse al carajo!…

—¿Por qué te la agarras conmigo? —respondió Shervinski—. ¿Acaso yo tengo la culpa?… ¿Yo qué tengo que ver?… Por poco no me matan también a mí. Salí último del Estado Mayor, a las doce en punto del mediodía, cuando desde Pechersk aparecieron las filas enemigas.

—Tú eres un héroe —respondió Mishlaievski—, pero espero que su excelencia, el comandante en jefe, haya tenido tiempo de huir antes… Al igual que su señoría, el pan Hetman… hijo de puta… Albergo la esperanza de que estén en un lugar seguro. La patria los necesita vivos. A propósito, ¿no puedes indicarme dónde están precisamente?

—¿Para qué quieres saberlo?

—Para esto —Mishlaievski golpeó con su puño derecho la palma de su mano izquierda—. Si me cruzara con su excelencia y con su señoría, a uno lo tomaría de la pierna izquierda y al otro, de la derecha, los daría vuelta y les golpearía la cabeza contra la calzada hasta cansarme. Y a su banda del Estado Mayor habría que ahogarla en la letrina…

Shervinski se puso morado.

—Bueno, habla con más cuidado, por favor —comenzó—, no seas tan duro… Ten en cuenta que el príncipe abandonó también su Estado Mayor. Dos ayudantes huyeron con él y el resto quedó librado a su suerte.

—¿Sabes que ahora en el museo hay mil hombres de los nuestros, hambrientos, con ametralladoras?… Los de Petliura los aplastarán como a chinches… ¿Sabes cómo han matado al coronel Nai?… Fue el único…

—¡Ya déjame, por favor!… —gritó Shervinski, realmente enfadado—. ¿Qué tono es ese?… ¡Soy tan oficial como tú!

—Bueno, señores, terminen ya —exclamó Carasio, interponiéndose entre Mishlaievski y Shervinski—, es una conversación del todo absurda. En verdad, ¿por qué te la agarras con él?… Dejemos esto, que no conduce a ninguna parte…

—Silencio, silencio —susurró apenado Nikolka—, va a oír…

Mishlaievski se turbó, titubeó.

—Bueno, no te inquietes, barítono. Lo decía por decir… Tú mismo comprendes…

—Es bastante extraño…

—Por favor, señores, más despacio… —Nikolka se puso en guardia y señaló el suelo con el pie. Todos aguzaron el oído. Desde abajo, desde el departamento de Vasilisa, llegaban voces. Veladamente, se oyó que Vasilisa reía con alegría y, al parecer, con cierta histeria. Como en respuesta, Vanda gritó algo alegre y sonoro. Después las voces cesaron. Un instante más y las voces murmuraron sordas.

—Vaya, algo asombroso —dijo Nikolka con aire significativo—, Vasilisa tiene invitados… Invitados. Y encima a esta hora. El auténtico fin del mundo.

—Sí, qué tipo raro es su Vasilisa —confirmó Mishlaievski.

***

Aquello era cerca de la medianoche, cuando Turbín, después de una inyección de morfina, se había dormido y Elena se había acomodado en el sillón junto a él. En el salón se celebró un consejo de guerra.

Se decidió que todos se quedaran a pasar la noche. En primer lugar, de noche, incluso con buenos documentos, no era conveniente andar. En segundo lugar, sería mejor para Elena, ya que podrían ayudarla de una u otra manera. Y, lo principal, en tales momentos era mejor no hallarse precisamente en casa, sino de visita. Y más importante aún, no tenían nada que hacer. Y jugar a las cartas era posible.

—¿Usted juega? —le preguntó Mishlaievski a Lariósik.

Este enrojeció, se turbó y dijo atropelladamente que sabía jugar, pero muy muy mal… Con tal de que no lo regañaran como en Zhitómir lo hacían los inspectores de impuestos… Que había sufrido un drama, pero que allí, en casa de Elena Vasílievna, su alma había revivido porque era una persona extraordinaria Elena Vasílievna y esa casa era cálida y acogedora; en especial eran notables las cortinas color crema en todas las ventanas, gracias a lo cual te sientes apartado del mundo exterior… Y él, ese mundo exterior… convengan en que es sucio, sangriento y absurdo.

—Permítame saber, ¿usted escribe versos? —preguntó Mishlaievski, examinando con atención a Lariósik.

—Sí —dijo tímidamente Lariósik, ruborizándose.

—Bien… Disculpe que lo haya interrumpido… Absurdo, decía usted… Continúe, por favor…

—Sí, absurdo, y nuestras almas, cubiertas de heridas, buscan sosiego precisamente tras unas cortinas color crema como estas…

—Bueno, vea, respecto al sosiego, no sé cómo serán las cosas en su Zhitómir, pero aquí, en la Ciudad, será difícil que lo encuentre… Tú moja el cepillo con agua, que si no, levantas polvo de lo lindo. ¿Hay velas? Excelente. En ese caso, te incluiremos en la partida… De a cinco el juego es precisamente sosegado…

—Y Nikolka juega como un sosegado difunto —intercaló Carasio.

—Vaya, ¿qué dices, Fedia? ¿Quién perdió la última vez junto a la estufa? Tú mismo hiciste un renuncio. ¿Por qué me calumnias?

—Las cartas marcadas de Petliura…

—Precisamente, vivir tras cortinas color crema. Todos se ríen por alguna razón de los poetas…

—Dios me guarde… ¿Por qué ha tomado a mal mi pregunta? No tengo nada en contra de los poetas. Es verdad que no leo versos…

—Ni ningún otro libro, con excepción del reglamento de artillería y las primeras quince páginas del derecho romano… En la dieciséis empezó la guerra y lo dejó…

—Miente, no lo escuchen… ¿Su nombre y patronímico? ¿Larión Ivánovich?

Lariósik explicó que era Larión Lariónovich, pero que le caía tan simpática aquella compañía, que más que compañía le parecía una amistosa familia, que desearía mucho que lo llamaran por el nombre de pila, Larión, sin el patronímico… Si, por supuesto, nadie tenía nada en contra.

—Parece simpático el muchacho… —susurró el contenido Carasio a Shervinski.

—Bueno, pues… pongámonos más cerca… ¿Por qué dices eso?… Está mintiendo: si quieren saber, he leído La guerra y la paz… Ese sí que es un libro. Lo leí hasta el final, y con placer. ¿Y por qué? Porque no lo escribió un fulano cualquiera, sino un oficial de artillería. ¿Tiene un diez? Usted conmigo… Carasio y Shervinski… Nikolka, sal.

—Sólo no me regañe, por Dios —pidió Lariósik, algo nervioso.

—Pero ¿qué dice? De veras. ¿Qué somos, papúes? Por lo que se ve, allí en Zhitómir tienen unos inspectores de impuestos tan furibundos que lo han asustado… Nosotros observamos el decoro.

—Por favor, puede quedarse tranquilo —aseguró Shervinski, tomando asiento.

—Dos picas… Sí… Vaya escritor que fue el conde Lev Nikoláievich Tolstói, teniente de artillería… Una pena que dejara el servicio… paso… habría llegado a general… Por lo demás, bueno, tenía su finca… Del aburrimiento se puede hasta escribir una novela… En invierno no hay un demonio que hacer… En una finca eso es sencillo. Sin triunfos…

—Tres diamantes —dijo tímido Lariósik.

—Paso —respondió Carasio.

—¿Qué me dice? Juega de maravilla. A usted no hay que regañarlo, sino elogiarlo. Bueno, si son tres diamantes, entonces diremos… cuatro picas. Yo ahora con todo gusto partiría a una finca…

—Cuatro diamantes —le sopló Lariósik a Nikolka, echando un vistazo a las cartas.

—¿Cuatro? Paso.

—Paso.

Bajo la vacilante luz de las velas de estearina, envuelto en el humo de los cigarrillos, Lariósik, nervioso, compró. Como cartuchos despedidos por un fusil, Mishlaievski repartió una carta a cada jugador.

—Un pequeño de picas —ordenó, y alentó a Lariósik—. Bravo.

De las manos de Mishlaievski las cartas volaban en silencio, como las hojas de un arce; Shervinski las arrojaba con cuidado; Carasio —sin suerte— las jugaba con estrépito; Lariósik, suspirando, las mostraba despacio, como si fueran un documento de identidad.

—Rey y dama, conque esas tenemos —dijo Carasio.

Mishlaievski de golpe se puso morado, arrojó las cartas sobre la mesa y, clavando unos ojos feroces en Lariósik, vociferó:

—¿Por qué diablos has matado mi dama? ¿¡Larión!?

—Magnífico. Ja, ja, ja —se rio Carasio con rapaz alegría—. ¡Un punto menos!

Un terrible griterío se alzó en torno a la mesa verde y las llamas de las velas se estremecieron. Nikolka, pidiendo silencio con los labios y agitando las manos, se lanzó a cerrar la puerta y correr la cortina.

—Pensé que Fiódor Nikoláievich tenía un rey —dijo Lariósik semimuerto.

—¿Cómo se puede pensar eso?… —Mishlaievski trató de no gritar, por eso de su garganta salió un ronquido que lo hacía aún más terrible—. Si con tus propias manos has comprado y me has enviado, ¿eh? El diablo entenderá cómo juega —Mishlaievski se volvió hacia todos—. Qué cosa… Y busca sosiego. ¿Eh? ¿Perder un punto es el sosiego? ¡Este es un juego de cálculo! ¡Caramba, hay que usar la cabeza, esto no es escribir versos!

—Espera. A lo mejor Carasio…

—¿A lo mejor qué? A lo mejor nada, sólo un disparate. Usted discúlpeme, padrecito, quizás en Zhitómir jueguen así, ¡pero esto el diablo sabrá qué es!… No se enoje… pero Pushkin o Lomonósov, por más versos que escribieran, jamás habrían hecho algo semejante… O Nadson, por ejemplo.

—Cállate. Vamos, ¿por qué te pones así? A cualquiera puede pasarle.

—Ya lo sabía —murmuró Lariósik—. No tengo suerte…

—Alto. Al…

De golpe sobrevino un silencio absoluto. Lejos, tras muchas puertas, sonó el timbre de la cocina. Callaron. Se oyeron taconazos, se abrieron las puertas, apareció Aniuta. La cabeza de Elena apareció y desapareció en el recibidor. Mishlaievski tamborileó sobre el paño verde y dijo:

—¿Parece temprano, no creen?

—Sí, es temprano —respondió Nikolka, que se consideraba un experto en cuestiones de registros.

—¿Voy a abrir? —preguntó inquieta Aniuta.

—No, Anna Timoféievna —respondió Mishlaievski—. Espere un momento —y con un gemido se levantó del sillón—. Desde ahora en adelante voy a abrir yo, usted no se preocupe…

—Vamos juntos —dijo Carasio.

—Bueno —dijo Mishlaievski, y enseguida miró como si estuviera frente a una sección—. Entonces… todo está en orden… El doctor tiene tifus exantemático y demás. Tú, Lena, eras la hermana… Carasio, tú pasarás por médico…, por estudiante de medicina… Métete en el dormitorio… Toma una jeringa cualquiera… Somos muchos. Bueno, no importa…

El timbrazo se repitió impaciente. Aniuta se estremeció y todos se pusieron aún más serios.

—No hay prisa —dijo Mishlaievski, sacando del bolsillo trasero de su pantalón un pequeño revólver negro que parecía de juguete.

—Eso está de más —dijo sombrío Shervinski—, me asombras. Podrías haber sido más precavido. ¿Cómo has salido a la calle con un arma?

—No te preocupes —respondió serio y cortés Mishlaievski—, nos arreglaremos. Toma, Nikolka, y quédate cerca de la puerta de servicio o del postigo. Si son los arcángeles de Petliura, yo toseré y tú deshazte de él, pero de manera que después pueda encontrarlo. Es un objeto valioso, viajó conmigo a Varsovia… ¿Tú tienes todo en orden?

—Quédate tranquilo —severo y orgulloso respondió el experto Nikolka, tomando el revólver.

—Pues bien —Mishlaievski apuntó con el dedo al pecho de Shervinski y dijo—: Tú eres cantante y estás de visita. Tú —a Carasio— eres estudiante de medicina. Tú —a Nikolka— eres el hermano. Tú —a Lariósik— eres un estudiante que vive aquí. ¿Tienes documentos?

—Tengo un pasaporte zarista —dijo Lariósik palideciendo—, y el de estudiante de la Universidad de Járkov.

—El zarista lo destruyes y muestra el de estudiante.

Lariósik se retiró, no sin antes engancharse en la cortina de la puerta.

—El resto no importa, son mujeres… —continuó Mish-laievski—. A ver, ¿todos tienen documento? ¿Nada comprometedor en los bolsillos?… ¡Ey, Larión!… Pregúntale si no va armado.

—¡Ey, Larión! —lo llamó Nikolka en el comedor—. ¿Estás armado?

—No, no, Dios me guarde —gritó desde algún sitio Lariósik.

El timbrazo se repitió, frenético, prolongado, impaciente.

—Bueno, que Dios nos bendiga —dijo Mishlaievski y se puso en marcha. Carasio desapareció en el dormitorio de Turbín.

—Hacíamos solitarios —dijo Shervinski y sopló la vela.

Tres puertas conducían al departamento de los Turbín. La primera, del recibidor a la escalera; la segunda, acristalada, delimitaba propiamente la casa de los Turbín. Abajo, tras la puerta acristalada, había un oscuro y frío pasillo al que salía la puerta de los Lisóvich; y el pasillo lo cerraba ya la puerta que daba a la calle.

Las puertas retumbaron y Mishlaievski, abajo, gritó:

—¿Quién es?

Arriba, a sus espaldas, en la escalera, sintió la presencia de unas siluetas. Detrás de la puerta, una voz ahogada se quejó:

—Tocas y tocas… ¿Talberg-Turbiná está aquí?… Telegrama para ella… Abra…

“Ajá”, cruzó la cabeza de Mishlaievski, y tosió con enfermiza tos. Una silueta desapareció en lo alto de la escalera. Mishlaievski descorrió con cuidado el pestillo, giró la llave y abrió la puerta sin quitar la cadenita.

—Deme el telegrama —dijo poniéndose de lado, de modo que la puerta lo ocultara. Una mano gris se coló por la abertura y le tendió un pequeño sobrecito. Mishlaievski, sorprendido, vio que en verdad se trataba de un telegrama.

—Firme —dijo con rabia la voz tras la puerta.

Mishlaievski echó un vistazo y vio que en la calle había un solo hombre.

—Aniuta, Aniuta —gritó animado Mishlaievski, sanando de la bronquitis—. Dame un lápiz.

En lugar de Aniuta acudió Carasio y se lo dio. En el trozo de papel que había arrancado del sobrecito Mishlaievski garrapateó: “Tur”, y susurró a Carasio:

—Dame veinticinco…

La puerta tronó… Se cerró…

Perplejo, Mishlaievski subió con Carasio. Se reunieron todos. Elena rasgó el sobrecito y, maquinalmente, leyó en voz alta: “Terrible desgracia se ha abatido sobre Lariósik punto Actor de opereta Lipski…”.

—Dios mío —exclamó, morado, Lariósik—. ¡Es el telegrama de ella!

—Sesenta y tres palabras —dijo admirado Nikolka—, mira, está todo escrito.

—¡Señor! —exclamó Elena— ¿Qué es esto? Ay, disculpe, Larión…, que he comenzado a leer. Me he olvidado por completo…

—¿Qué pasa? —preguntó Mishlaievski.

—Su esposa lo ha dejado —le susurró al oído Nikolka—, todo un escándalo…

Un terrible estruendo en la puerta acristalada, semejante a un alud en la montaña, irrumpió en el departamento. Aniuta lanzó un chillido. Elena palideció y se acercó a la pared. El estruendo era tan terrible y absurdo que hasta Mishlaievski mudó de semblante. Shervinski, también pálido, sostuvo a Elena… Del dormitorio de Turbín se oyó un gemido.

—La puerta… —gritó Elena.

Por la escalera, confundiendo el plan estratégico, corrieron Mishlaievski, tras él Carasio, Shervinski y, medio muerto del susto, Lariósik.

—Esto ya es peor —balbució Mishlaievski.

Tras la puerta acristalada asomó una solitaria y negra silueta y cesó el estruendo.

—¿Quién es? —tronó Mishlaievski, como si estuviera en un depósito de armas.

—Por Dios… Por Dios… Abran, soy Lisóvich… ¡¡Lisóvich!! —gritó la silueta—. Soy Lisóvich… Lisóvich…

Vasilisa tenía un aspecto horrible… El cabello a un lado, dejando ver la rosada calva. La corbata torcida, los faldones del saco colgando como las puertas de un armario desvencijado. Los ojos demenciales y turbios como los de un envenenado. Apareció en el último escalón y, de pronto, se tambaleó y se desplomó en brazos de Mishlaievski. Este lo agarró y apenas pudo sostenerlo; se sentó en la escalera y gritó con voz ronca y desconcertada:

—¡Carasio! ¡Agua!

15

Era de noche. Cerca de las once. A causa de los acontecimientos la calle, ya de por sí no muy concurrida, quedó desierta mucho antes de lo habitual.

Caía una fina nieve, sus copos volaban rítmicamente tras la ventana, y en la vereda las ramas de las acacias, que en verano daban sombra a las ventanas de los Turbín, se ponían más y más lasas bajo sus nevadas crestas.

Comenzó con la comida; siguió una tarde opaca y desapacible con disgustos y el corazón oprimido. La electricidad, por alguna razón, se encendió sólo a medias y para comer Vanda sirvió sesos. Los sesos son en general una comida espantosa, y preparados por Vanda eran insoportables. Antes de los sesos hubo sopa, en la que Vanda añadió aceite, y el sombrío Vasilisa se levantó de la mesa con la penosa sensación de que no había comido nada. Hacia la noche hubo un sinfín de ajetreos, ajetreos arduos y desagradables. En el comedor la mesa estaba patas arriba y un fajo de Lebid-Iúrchik yacía en el suelo.

—Eres una estúpida —le dijo Vasilisa a la esposa.

Vanda mudó de semblante y respondió:

—Hace mucho que sé que eres un grosero. Tu conducta ha alcanzado últimamente las columnas de Hércules.

Vasilisa sentía un gran deseo de cruzarle la cara de una recia bofetada para que volara y se diera contra la punta del aparador. Y después golpearla una y otra vez hasta que ese huesudo y maldito ser no callara y se reconociera vencido. Él, Vasilisa, estaba extenuado porque, a fin de cuentas, trabajaba como un buey y exigía, exigía que en su casa lo obedecieran. Vasilisa apretó los dientes y se contuvo; acometer a Vanda no era algo tan exento de peligros como podía suponerse.

—Haz como te digo —dijo Vasilisa entre dientes—, comprende que el aparador pueden correrlo, ¿y entonces qué? Y esto no se le ocurriría a nadie. Todos en la ciudad hacen así.

Vanda obedeció y juntos pusieron manos a la obra: fijar con chinches los billetes a la parte interior de la mesa.

Pronto toda la superficie interior de la mesa se cubrió de colores y se asemejó a un sofisticado tapiz de seda.

Vasilisa, gimiendo y con el rostro inundado de sangre, se levantó y echó una mirada a aquella extensión de papel moneda.

—Es incómodo —dijo Vanda—, cuando necesitemos un billete deberemos dar vuelta la mesa.

—Y lo harás, no se te caerán los brazos —respondió ronco Vasi-lisa—, mejor dar vuelta la mesa que perderlo todo. ¿Has oído lo que está ocurriendo en la ciudad? Son peores que los bolcheviques. Dicen que están haciendo registros generales, siguen buscando oficiales.

A las once Vanda trajo de la cocina el samovar y apagó la luz en todo el departamento. Sacó del aparador una bolsa con pan duro y una bola de queso verde. La bombita que pendía sobre la mesa en uno de los tres portalámparas de la araña difundía desde sus hilos no del todo incandescentes una opaca luz rojiza.

Vasilisa masticaba una rodaja de pan francés; el queso verde lo irritaba hasta las lágrimas, como un penetrante dolor de muelas. Con cada mordisco, un nauseabundo polvillo le caía sobre el saco y la corbata. Sin comprender qué lo atormentaba, Vasilisa miraba de reojo a Vanda, que masticaba.

—Me asombra con qué facilidad siempre salen bien librados —dijo Vanda, dirigiendo la mirada al techo—. Estaba segura de que matarían a alguno de ellos. Pero no, todos han regresado y ahora otra vez el departamento está lleno de oficiales…

En otro tiempo, las palabras de Vanda no habrían provocado impresión alguna en Vasilisa, pero ahora, cuando toda su alma se consumía de angustia, le parecieron ruines e intolerables.

—Me asombras —respondió, apartando la vista para no malhumorarse—, sabes a la perfección que, en el fondo, han actuado como debían. Alguien tenía que defender la ciudad de esos —Vasilisa bajó la voz— miserables… Y haces mal en pensar que han salido tan bien librados… Creo que él…

Vanda le clavó los ojos y asintió con la cabeza.

—Yo misma, yo misma me di cuenta enseguida… Por supuesto, está herido…

—Bueno, entonces no hay de qué alegrarse, “bien librados, bien librados”…

Vanda se lamió los labios.

—No me alegro, sólo digo “bien librados”, pero lo que me interesa saber es qué dirías si —Dios no lo permita— se presentan en casa y te preguntan, como presidente del comité del edificio, quién vive arriba y si estaban con el Hetman.

Vasilisa frunció el ceño y miró de lado.

—Se puede decir que es un doctor… Después de todo, ¿cómo podría saberlo? ¿Cómo?

—Esa es la cuestión, cómo…

En ese momento sonó el timbre en el recibidor. Vasilisa palideció y Vanda giró su nudoso cuello.

Vasilisa se sorbió la nariz, se levantó de la mesa y dijo:

—¿Sabes qué? Quizás haya que ir al departamento de los Turbín y avisarles.

Vanda no hizo a tiempo a responder porque el timbrazo se repitió en ese mismo instante.

—Ay, Dios mío —dijo alarmado Vasilisa—, no, hay que ir.

Vanda miró asustada y lo siguió. Abrieron la puerta que daba al pasillo común, que olía a frío, y Vasilisa salió. El afilado rostro de Vanda se asomó con ojos alarmados y bien abiertos. Sobre su cabeza repicó por tercera vez, insistente, la brillante campanilla eléctrica.

Por un instante Vasilisa tuvo la idea de golpear la puerta acristalada de los Turbín: alguien saldría enseguida y no sentiría tanto espanto. Pero temió hacerlo. A lo mejor le preguntaban: “¿Por qué llamas, eh? ¿Temes algo?”. Además, un rayo de esperanza, tenue, en verdad, le sugirió que tal vez no fueran ellos, sino algún otro…

—¿Quién… es? —preguntó con voz débil Vasilisa junto a la puerta.

Enseguida el agujero de la cerradura le respondió a la altura del vientre con voz ronca, mientras sobre la cabeza de Vanda seguía repicando una y otra vez el timbre.

—Abre —dijo la ronca cerradura en ucraniano—, del Estado Mayor. Y no te apartes o disparamos a través de la puerta…

—Ay, Dios… —suspiró Vanda.

Vasilisa, con manos inertes, descorrió el pestillo y el pesado gancho y, sin saber lo que hacía, quitó la cadenita.

—Rápido… —dijo grosera la cerradura.

La oscuridad de la calle miró a Vasilisa desde un pedazo de cielo gris, el extremo de una acacia y los copos de nieve. Entraron tres en total, pero a Vasilisa le pareció que eran muchos más.

—Permítanme saber… ¿Cuál es el motivo?

—Un registro —respondió el primero en entrar con voz lobuna, y enseguida se aproximó a Vasilisa. El pasillo giró y el rostro de Vanda, bajo la puerta iluminada, pareció muy empolvado.

—Entonces, discúlpenme, por favor —la voz de Vasilisa sonaba pálida, descolorida—, ¿quizás tengan alguna orden? Yo, en verdad, soy un pacífico vecino… No sé por qué vienen a mi casa. No tengo nada —Vasilisa tenía el doloroso deseo de decir algo en ucraniano y dijo—: nemá.1

—Bueno, lo veremos —respondió el primero.

Como en un sueño, movido por el empuje de los que entraban por la puerta, como en un sueño los veía Vasilisa. En el primer hombre todo era lobuno; así le pareció por alguna razón a Vasilisa. Rostro estrecho, ojos pequeños y hundidos, piel gris, bigotes largos y desgreñados, mejillas sin afeitar atravesadas por áridos surcos; torcía los ojos de un modo extraño, miraba de reojo e incluso allí, en aquel reducido espacio, supo mostrar que su andar era desigual, inhumano, como el de una criatura acostumbrada a la nieve y la hierba. Hablaba en un idioma extraño e incorrecto, mezcla de palabras rusas y ucranianas, familiar para los habitantes de la Ciudad que frecuentaban Podol, a orillas del Dniéper, donde en verano el muelle silba y gira con sus grúas, donde en verano gente harapienta descarga sandías de las barcazas… El lobo llevaba sobre su cabeza un gorro caucasiano, a uno de cuyos lados colgaba una cinta azul bordada en oro.

El segundo, un gigante que llegaba casi hasta el techo del recibidor, era un joven robusto y alegre de femenino rubor y mejillas lampiñas. Llevaba en la cabeza un gorro cónico con las orejeras comidas por la polilla, sobre el cuerpo un capote gris, y en los pies, anormalmente pequeños, unas botas horribles y maltrechas.

El tercero era de nariz caída, carcomida en un costado por una costra purulenta, y con una cicatriz que le desfiguraba el labio. Llevaba en la cabeza una vieja gorra de oficial con un cintillo rojo y la marca de una escarapela, sobre el cuerpo una antigua guerrera cruzada de soldado con botones de cobre ya verdosos, en las piernas pantalones negros, y en los pies alpargatas y gruesas medias grises del ejército. Su rostro, a la luz de la lámpara, desprendía visos de dos colores, amarillo céreo y violeta; sus ojos miraban con dolorosa maldad.

—Lo veremos, lo veremos —repitió el lobo—, aquí está la orden.

Con esas palabras se llevó la mano al bolsillo del pantalón, sacó un papel arrugado y se lo hundió en la mano a Vasilisa. Uno de sus ojos impactó en el corazón de Vasilisa, mientras que el otro, el izquierdo, torcido, perforó con rapidez los baúles que había en el recibidor.

En un cuarto de hoja arrugada con el sello:

Estado Mayor del 1er cuerpo de cosacos

estaba escrito con lápiz graso y garabatos grandes y torcidos:

“Se ordena realizar un registro en la vivienda de Vasili Lisóvich, pendiente Alekséievski, edificio número 13.

La resistencia será castigada con

el fusilamiento.

Jefe del Estado Mayor, Protsenko.

Edecán, Miklún.”

En el ángulo inferior izquierdo había un sello azul ilegible.

Las flores y verdes ramas del empapelado centellearon un momento en los ojos de Vasilisa, quien dijo mientras el lobo se guardaba otra vez el papelito:

—Adelante, por favor, pero no tengo nada…

El lobo sacó del bolsillo una browning negra engrasada con aceite de máquina y apunto con ella a Vasilisa. Vanda lanzó un quedo: “Ay”. Una colt reluciente por el aceite de máquina, larga e impetuosa, apareció en la mano del desfigurado. Vasilisa dobló las rodillas y se encogió. Por algún motivo, la luz resplandeció blanca y alegre.

—¿Quién está en el departamento? —preguntó el lobo con voz ronca.

—Nadie —respondió Vasilisa con los labios blancos—, mi mujer y yo.

—Vamos, muchachos, echen un vistazo, y rápido —gruñó el lobo a sus compañeros—, no hay tiempo.

El gigante enseguida sacudió un baúl como si fuera una caja, mientras que el desfigurado corrió hacia la estufa. Las pistolas desaparecieron. El desfigurado golpeó con el puño la pared de la estufa, abrió con estrépito la tapa y del negro agujero salió un exiguo calor.

—¿Tienen armas? —preguntó el lobo.

—Palabra de honor… Qué armas puedo tener yo…

—No tenemos —confirmó sin tomar aliento la sombra de Vanda.

—Mejor habla, si no te fusilamos —lo conminó el lobo…

—Lo juro… ¿De dónde las voy a sacar?

En el despacho se encendió una luz verde y Alejandro II, indignado hasta lo profundo de su alma de hierro, miró a los tres. En el verdor del despacho, Vasilisa, por primera vez en la vida, conoció la sensación de mareo que antecede a un desmayo. Los tres se ocuparon ante todo del empapelado. El gigante, con facilidad, como si fueran de juguete, arrojó al suelo los libros, fila tras fila, y seis manos se deslizaron por las paredes, dando golpecitos… Tup… tup…, resonaban sordas las paredes. Tup, respondió de súbito la placa del escondrijo. La alegría refulgió en los ojos del lobo.

—¿Yo qué he dicho? —susurró por lo bajo. El gigante destrozó la tela del sillón con sus pesados pies, se elevó casi hasta el techo, algo crujió y estalló entre sus dedos y de la pared arrancó la placa. El fajo de billetes fue a parar a las manos del lobo. Vasilisa se tambaleó y se apoyó contra la pared. El lobo empezó a menear la cabeza y la meneó largo rato contemplando al semimuerto Vasilisa.

—¿Qué es esto, apestoso? —dijo con amargura—. ¿Qué es esto? “No hay nada, no hay nada”, miserable. ¿Dices que no hay nada y escondes el dinero en la pared? ¡Habría que matarte!

—¡Qué dice usted! —exclamó Vanda.

A Vasilisa le pasó algo extraño, a consecuencia de lo cual de pronto rompió a reír con una risa convulsiva, y esa risa era aterradora, ya que a sus ojos asomaba el terror y sólo se reían los labios, la nariz y las mejillas.

—Señores, por favor, no ha habido ningún decreto. Ahí hay unos billetes de banco y algunas bagatelas… Es poco dinero… Bien ganado… De todas formas, ahora la moneda zarista ha sido suprimida…

Vasilisa hablaba y miraba al lobo como si este le produjera una ominosa admiración.

—Habría que arrestarte —dijo aleccionador el lobo, sacudiendo el fajo y metiéndoselo en el insondable bolsillo de su rasgado capote—. Vamos, muchachos, revisen los cajones.

De los cajones, abiertos por el propio Vasilisa, salieron montones de papeles, sellos, sellitos, tarjetas, portaplumas, cigarreras. Las hojas cubrieron el verde tapete del escritorio y el rojo paño de la mesa, las hojas caían al suelo entre susurros. El deforme dio vuelta una cesta. En el salón dieron unos golpecitos superficiales a las paredes, como a desgano. El gigante corrió la alfombra de un tirón, tanteó el suelo con los pies, dejando sobre el parquet unas huellas intrincadas, como marcadas a fuego. La luz, más intensa hacia la noche, despedía una luz alegre que hacía brillar la flor del gramófono. Vasilisa seguía a los tres arrastrando los pies. Una obtusa serenidad se había apoderado de Vasilisa, y sus pensamientos parecían fluir con mayor coherencia. En el dormitorio, en un segundo, el caos: del armario de luna volaron frazadas y sábanas, y el colchón quedó patas arriba. El gigante de pronto se detuvo, miró hacia el suelo y su rostro irradió una tímida sonrisa. Bajo la revuelta cama miraban los nuevos zapatos de cabritilla de Vasilisa con sus punteras laqueadas. El gigante esbozó una sonrisa maliciosa y miró con timidez a este.

—Qué zapatos bonitos —dijo con voz aguda—. ¿Y si me van bien?

Vasilisa no había pensado aún qué responder cuando el gigante se agachó y tomó con suavidad los zapatos. Vasilisa se estremeció.

—Son de cabritilla, señores —dijo sin saber lo que decía.

El lobo se volvió hacia él; en sus torcidos ojos fulguró una amarga ira.

—Cállate, piojo —dijo sombrío—. ¡Cállate! —repitió con súbita irritación—. Agradece que no te fusilamos por ladrón y bandido y por esconder un tesoro. Cállate —prosiguió con un brillo amenazante en los ojos y encarándose con Vasilisa, completamente pálido—. Acumulas cosas, te llenas la panza, estás rosado como un cerdo y ya ves cómo tiene que ir la buena gente por la calle. ¿Lo ves? Este tiene las piernas congeladas, destrozadas, se pudrió en las trincheras para defenderte, y tú sentadito en tu departamento escuchando el gramófono. Uh, qué hijo de puta —en sus ojos brilló el deseo de golpear a Vasilisa en la oreja y alzó la mano. Vanda gritó: “¡Qué hace!…”. El lobo no se atrevió a golpear al respetable Vasilisa y sólo le hundió su puntiagudo puño en el pecho. El pálido Vasilisa se tambaleó, sintiendo en el pecho un agudo dolor y angustia a causa del puñetazo.

“Esta es la revolución —pensó en su rosada y prolija cabeza—, linda revolución. Había que colgarlos a todos, pero ahora es tarde…”

—Vasilko, ponte los zapatos —dijo con cariño el lobo al gigante. Este se sentó sobre el colchón de resortes y se sacó sus maltrechas botas. Los zapatos no entraban sobre las gruesas medias grises—. Dale medias al cosaco —dijo severo el lobo a Vanda. Esta se inclinó en el acto ante el cajón inferior del armario amarillo y extrajo unas medias. El gigante se sacó las medias grises, dejando al descubierto unos pies de rojizos dedos y negras costras, y se calzó las nuevas. Los zapatos entraron con dificultad; el cordón del izquierdo se rompió con estrépito. Con admiración y sonrisa infantil, el gigante se los ató y se paró. Y enseguida fue como si algo estallara en las tensas relaciones entre aquellas cinco extrañas personas que, paso a paso, recorrían el departamento. Apareció la sencillez. El desfigurado miró los zapatos del gigante y, de repente, tomó con presteza unos pantalones de Vasilisa que colgaban de un clavo junto al lavamanos. El lobo sólo miró una vez más a Vasilisa con recelo por si decía algo, pero Vasilisa y Vanda no dijeron nada; sus rostros lucían igualmente blancos y con los ojos desencajados. El dormitorio semejaba el rincón de una tienda de confecciones. El desfigurado se dejó sólo unos calzones rayados hechos jirones y miraba los pantalones a la luz.

—Una prenda valiosa, cheviot… —dijo con voz gangosa; luego se sentó en un sillón azul y empezó a ponérselos. El lobo cambió su sucia guerrera por un saco gris de Vasilisa, no sin devolverle a este unos papeles, diciendo: “Tome estos papeles, señor, quizás los necesite”. Tomó de la mesa un reloj de cristal con forma de esfera en la que relucían, gruesos y negros, los números romanos.

El lobo se puso el capote y bajo este se oía cómo marchaba y hacía tictac el reloj.

—El reloj es una cosa necesaria. No tener reloj es como no tener manos —dijo el lobo al desfigurado, cada vez más suave en el trato a Vasilisa—, ver qué hora es durante la noche es algo insustituible.

Después todos se dirigieron al despacho a través del salón. Vasilisa y Vanda, juntos, los seguían en silencio. En el despacho el lobo torció los ojos, quedó pensativo y luego dijo a Vasilisa:

—Usted, señor, deme un recibo… —Cierta idea lo inquietaba y frunció el ceño como un acordeón.

—¿Cómo? —susurró Vasilisa.

—Un recibo por las cosas que nos ha dado —aclaró el lobo mirando al suelo.

Vasilisa mudó de semblante; sus mejillas se sonrosaron.

—Pero ¿cómo?… Yo… —Quiso gritar: “¡¿Cómo, yo todavía debo darles un recibo?!”, pero no fueron esas las palabras que le salieron, sino otras—. Ustedes… A ustedes les corresponde darme un recibo, por así decir…

—Oh, a ti hay que matarte —respondió con maldad y pensativo el lobo—, reventarte como a un perro. Uh, sanguijuela… Sé lo que estás pensando. Lo sé. Si tuvieras poder, nos aplastarías como a insectos. Vaya, vaya, ya veo que contigo no es posible entenderse por las buenas. Muchachos, pónganlo contra la pared, se la voy a dar…

Enfadado y nervioso, apretó a Vasilisa contra la pared y lo tomó de la garganta, por lo que este enrojeció al momento.

—¡Ay! —gritó aterrada Vanda, y tomó al lobo de la mano—. ¿Qué está haciendo? Por favor… Vasia, dales el recibo, dales el recibo…

El lobo soltó la garganta del ingeniero; el cuello de su camisa crujió y saltó como impulsado por un resorte. Vasilisa ni siquiera notó cómo se encontró sentado en un sillón. Las manos le temblaban. Arrancó una hoja del bloc de notas y mojó la pluma. Se hizo el silencio, y en el silencio se oía como en el bolsillo del lobo sonaba el reloj de cristal.

—¿Y qué escribo? —preguntó Vasilisa con voz débil y ronca.

El lobo pensó y parpadeó.

—Escribe… por orden del Estado Mayor del cuerpo de cosacos… he entregado… tales y cuales cosas… en tanta cantidad… y perfecto estado…

—En tant… —balbució Vasilisa, y enseguida se calló.

—… durante el registro. Y no tengo queja alguna. Y firma…

Ahí Vasilisa reunió lo que le quedaba de aliento y, apartando la vista, preguntó:

—¿A nombre de quién?

El lobo miró con recelo a Vasilisa, pero contuvo la indignación y sólo suspiró.

—Escribe: lo ha… Lo han recibido en perfecto estado Nemoliaka —pensó un momento, miró al deforme…— Kirpati y el atamán Uragán.

Vasilisa miraba con ojos turbios el papel y escribía según le dictaban. Cuando terminó con lo que le exigían, en lugar de la firma estampó un trémulo “Vasilisa” y tendió el papel al lobo. Este lo tomó y se puso a examinarlo.

En ese momento, a lo lejos, escalera arriba, tronó la puerta acristalada, se oyeron pasos y resonó la voz de Mishlaievski.

El rostro del lobo cambió bruscamente y se ensombreció. Sus compañeros se removieron. El lobo, morado, exclamó en voz baja: “Ajá”. Sacó del bolsillo la browning y apuntó con ella a Vasilisa, que sonrió con aire de mártir. Tras las puertas, en el pasillo, se oyeron pasos y voces. Después el pestillo, el gancho, la cadena y una puerta que se cerraba. Otra vez pasos rápidos y la risa de un hombre. Luego la puerta acristalada resonó, los pasos se extinguieron en lo alto y todo quedó en silencio. El deforme salió al recibidor, se inclinó sobre la puerta y escuchó. Cuando regresó, cruzó una mirada significativa con el lobo y todos, apretándose, salieron al recibidor. Allí, el gigante movió los dedos en sus zapatos algo ajustados y dijo:

—Tendré frío.

Y se puso los chanclos de Vasilisa.

El lobo se volvió hacia este y dijo con voz suave y mirada huidiza:

—Mire, señor… Usted… No diga que hemos estado en su casa. Si nos acusa, nuestros muchachos lo matarán. No salga del departamento hasta la mañana, está severamente prohibido…

—Le pedimos disculpas —dijo con voz gangosa la nariz caída.

El sonrosado gigante no dijo nada, sólo miró con timidez a Vasilisa y de reojo, alegre, a los resplandecientes chanclos. Deprisa y empujándose, por alguna razón, salieron de puntillas de la casa de Vasilisa, recorrieron el pasillo y llegaron a la puerta de la calle. Sonaron los pestillos, se asomó el oscuro cielo y Vasilisa, con manos frías, echó el cerrojo. La cabeza le daba vueltas y por un momento le pareció que estaba soñando. El corazón enseguida le desfalleció, después empezó a darle puntadas más y más frecuentes. En el recibidor sollozaba Vanda. Se había desplomado sobre un baúl, la cabeza contra la pared, y gruesas lágrimas le bañaban el rostro.

—¡Dios mío! ¿Qué es esto?… Dios mío. Dios mío. Vasia… Con semejante descaro. ¿Qué está pasando?…

Vasilisa temblaba ante ella como una hoja, con el rostro alterado.

—Vasia —gritó Vanda—, ya sabes… Estos no eran de ningún Estado Mayor ni de ningún regimiento. ¡Vasia! ¡Estos eran bandidos!

—Sí, sí, me he dado cuenta —murmuró Vasilisa, abriendo con desesperación los brazos.

—¡Señor! —exclamó Vanda—. Hay que ir corriendo ya mismo, ya mismo a denunciarlos y atraparlos. ¡Atraparlos! ¡Santa Virgen! Todas las cosas. ¡Todas! ¡Todas! Si al menos alguien, alguien… ¿Eh?… —Empezó a temblar, rodó del baúl al suelo, se tapó la cara con las manos, los cabellos despeinados, la blusa abierta en la espalda.

—Pero ¿adónde, adónde?… —preguntó Vasilisa.

—¡Dios mío, al Estado Mayor, a la varta. Hacer la denuncia. Rápido. ¡¿Qué es esto?!

Vasilisa, indeciso, no se movía, hasta que, de pronto, se abalanzó hacia la puerta. Embistió contra el obstáculo acristalado y provocó un estruendo.

***

Todos, excepto Shervinski y Elena, se reunieron en el departamento de Vasilisa. Lariósik, pálido, estaba de pie junto a la puerta. Mishlaievski, con las piernas abiertas, miró las maltrechas botas y los harapos dejados por los desconocidos visitantes y se volvió hacia Vasilisa.

—Dalo por perdido. Eran bandidos. Agradezcan a Dios que están vivos. A decir verdad, me asombra que la hayan sacado tan barata.

—¡Dios…, lo que nos han hecho! —dijo Vanda.

—Me han amenazado de muerte.

—Agradezca que no han cumplido con la amenaza. Es la primera vez que veo un caso así.

—Un trabajo limpio —ratificó por lo bajo Carasio.

—¿Y ahora qué vamos a hacer?… —preguntó Vasilisa, pasmado—. ¿Correr a denunciarlos?… ¿Adónde?… Por Dios, Víktor Víktorovich, denos un consejo.

Mishlaievski carraspeó y quedó pensativo.

—No les aconsejo que hagan la denuncia —dijo—. En primer lugar, no los atraparán; eso por un lado. —Dobló un dedo y agregó—: En segundo lugar…

—Vasia, ¿recuerdas que han dicho que te matarían si los denunciabas?

—Bueno, esas son tonterías —Mishlaievski frunció el ceño—, nadie lo matará; decía que no los atraparán ni nadie se ocupará de eso, y en segundo lugar —dobló un segundo dedo—, deberán declarar lo que les han robado, y usted dice que tenían dinero zarista… Bueno, vayan a denunciar eso a su Estado Mayor o adonde sea y a lo mejor ellos les hacen un segundo registro.

—Es posible, es muy posible —confirmó el gran especialista Nikolka.

Vasilisa, destrozado y mojado por el agua que le habían echado durante su desmayo, agachó la cabeza; Vanda rompió a llorar en silencio, apoyada contra el dintel de la puerta; todos sintieron lástima de ellos. Lariósik lanzó un hondo suspiro y desencajó sus turbios ojos.

—Así es, cada uno tiene su desgracia —susurró.

—¿Qué armas llevaban? —preguntó Nikolka.

—Dios mío. Dos tenían pistolas, y el tercero… Vasia, ¿el tercero no tenía nada?

—Dos tenían pistolas —repitió con voz débil Vasilisa.

—¿Qué pistolas, no lo notaron? —inquirió Nikolka con espíritu práctico.

—Es que yo no sé —respondió Vasilisa con un suspiro—, no conozco los sistemas. Una era grande y negra; la otra, pequeña, negra, con una cadenita.

—Una cadenita —suspiró Vanda.

Nikolka frunció el ceño y de reojo, como un pájaro, miró a Vasilisa. Vaciló en su sitio, después se movió agitado y se dirigió raudo a la puerta. Lariósik lo siguió. No había llegado aún al comedor cuando desde la habitación de Nikolka llegó el ruido de un vidrio roto y el grito de Nikolka. Lariósik corrió allí. La habitación estaba vivamente iluminada, por el postigo abierto entraba frío y se veía un enorme agujero hecho por las rodillas de Nikolka, que se había dejado caer desesperado del alféizar. Tenía la mirada perdida.

—¿Es posible? —exclamó Lariósik, alzando las manos—. ¡Esto es una auténtica brujería!

Nikolka salió corriendo del cuarto, atravesó la librería, la cocina, pasó por delante de la perpleja Aniuta, que gritaba: “¡Nikol, Nikol, adónde vas sin gorro! ¡Dios mío! ¿O ha pasado otra cosa?…”. Y salió al patio a través del zaguán. Aniuta, santiguándose, echó el gancho a la puerta del zaguán, corrió a la cocina y se pegó contra la ventana, pero Nikolka ya había desaparecido de su vista.

Dio un brusco giro a la izquierda, corrió hacia abajo y se detuvo ante el montículo de nieve que cerraba el pasadizo entre las dos paredes. El montículo estaba intacto. “No entiendo nada”, murmuró desesperado Nikolka, y se arrojó con valentía sobre el montículo. Le pareció que se ahogaba. Largo rato revolvió la nieve, escupiendo y resoplando, hasta que al fin se abrió paso a través de la nevada barrera y, todo cubierto de blanco, penetró en el pasadizo; miró hacia arriba y vio que allí, donde salía luz desde la fatal ventana de su habitación, se veían como cabecitas negras las escarpias y sus agudas y densas sombras, pero la caja no estaba.

Con la última esperanza de que, tal vez, el cordel se había cortado, Nikolka se arrodilló de inmediato y hurgó entre los trozos de ladrillos. La caja no estaba.

En ese instante una luz destelló de pronto en la cabeza de Nikolka. “¡Ah!”, gritó, y siguió hasta la cerca que separaba el pasadizo de la calle. Se arrastró hasta allí y empujó con las manos, las tablas cedieron y un ancho agujero asomó hacia la negra calle. Todo estaba claro… Habían arrancado las tablas que daban al pasadizo, habían estado allí e incluso, ahora en-tien-do, habían querido entrar en casa de Vasilisa a través de la despensa, pero allí hay una reja en la ventana.

Nikolka, todo blanco, entró en la cocina en silencio.

—Dios mío, deja al menos que te limpie… —exclamó Aniuta.

—Apártate de mí, por Dios —respondió Nikolka, y pasó a las habitaciones, secándose las ateridas manos en el pantalón—. Larión, dame un golpe en la jeta —le dijo a Lariósik. Este parpadeó, desencajó los ojos y dijo:

—¿Qué dices, Nikolasha? ¿Para qué desesperarse así? —y empezó a darle tímidos golpecitos por la espalda y a sacudirle la nieve con la manga.

—Además de que Aliosha me arrancará la cabeza si, Dios lo permita, se restablece —continuó Nikolka—, lo más importante… ¡la colt de Nai-Turs!… ¡Habría sido mejor que me mataran, lo juro!… Dios me ha castigado por haberme burlado de Vasilisa. Y me da lástima de él, pues compréndelo, ha sido con esa misma pistola que se la han dado. Aunque, por lo demás, no necesitaban pistolas para dejarlo sin plumas y cacareando… Un hombre así… Ay… Vaya una historia. Toma papel y cola, Larión, vamos a tapar la ventana.

***

A la noche salieron del pasadizo, con clavos, un hacha y un martillo, Nikolka, Mishlaievski y Lariósik. El pasadizo fue completamente cerrado con tablas cortas. El propio Nikolka clavó con frenesí unos clavos largos y gruesos de modo tal que sus puntas quedaran hacia fuera. Más tarde, en la galería, anduvieron con velas, y luego Nikolka, Mishlaievski y Lariósik cruzaron la fría despensa y subieron a la buhardilla. Allí escudriñaron todo con siniestras pisadas, agachándose entre los tubos de la calefacción, entre la ropa blanca, y taparon el tragaluz.

Vasilisa, cuando se enteró de la expedición a la buhardilla, manifestó un vivo interés y también se sumó y caminó entre las vigas, aprobando todas las acciones de Mishlaievski.

—Qué lástima que no nos avisara de algún modo. Debió enviar a Vanda Mijáilovna a nuestro departamento por la puerta de servicio —dijo Nikolka, salpicando con la vela de estearina.

—Bueno, hermano, no lo creas —respondió Mishlaievski—, con ellos adentro, amigo, eso habría terminado muy mal. ¿Crees que no se habrían defendido? Vaya que sí. Antes de entrar al departamento ya te habrían metido una bala en el vientre. Y ahora estarías acabadito. Así es. Distinto habría sido si no los hubieran dejado pasar.

—Amenazaron con disparar a través de la puerta, Víktor Víktorovich —dijo cordial Vasilisa.

—Nunca lo habrían hecho —respondió Mishlaievski, tronando con el martillo—, de ninguna manera. Habrían llamado la atención de toda la calle.

Más tarde, en la noche, Carasio se solazaba en el departamento de Lisóvich como Luis XIV. Eso fue precedido de la siguiente conversación:

—¿Qué dicen? ¡Hoy no vendrán! —dijo Mishlaievski.

—No, no, no —respondieron, interrumpiéndose, Vanda y Vasilisa en la escalera—, se lo suplicamos, se lo rogamos a usted o a Fiódor Nikoláievich, ¡se lo rogamos!… ¿Qué le cuesta? Vanda Mijáilovna le dará tecito. Lo instalaremos con comodidad. Se lo rogamos encarecidamente, y mañana también. ¡Por favor, sin un hombre en el departamento!

—No me dormiré por nada del mundo —confirmó Vanda, envolviéndose en un grueso pañuelo.

—Tenemos coñacito, entraremos en calor —dijo Vasilisa, con súbita gallardía.

—Ve, Carasio —dijo Mishlaievski.

Por eso es que Carasio se solazaba. Los sesos y la sopa con aceite vegetal, como cabía esperar, no eran sino síntomas de esa abominable enfermedad de la avaricia que Vasilisa le había contagiado a su mujer. En realidad, en las entrañas del departamento se ocultaban tesoros que sólo Vanda conocía. En la mesa del comedor apareció un frasco con setas marinadas, carne de ternero, jalea de guindas y un auténtico y excelente coñac Shustov con la campana en su etiqueta. Carasio pidió una copa para Vanda Mijáilovna y se la sirvió.

—No me la llene, no me la llene —exclamó Vanda.

Vasilisa hizo un gesto de resignación con la mano, se sometió a Carasio y se bebió una copa.

—No te olvides, Vasia, de que te hace mal —dijo con ternura Vanda.

Después de la competente explicación de Carasio de que el coñac no puede hacer daño a nadie y que incluso se lo dan con leche a los anémicos, Vasilisa bebió una segunda copa y sus mejillas se sonrosaron y la frente se le cubrió de sudor. Carasio bebió cinco copas y alcanzó una excelente disposición de ánimo. “Si se la cebara, no estaría para nada mal”, pensó mirando a Vanda.

Luego Carasio elogió la disposición del departamento de los Lisóvich y evaluó un plan de señales en el departamento de los Turbín: un timbrazo desde la cocina, otro desde el recibidor. A la menor cosa, un llamado arriba. Y que por favor saliera a abrir Mishlaievski, eso sería un asunto completamente distinto.

Carasio elogió mucho el departamento, lo encontró confortable, bien amueblado y con un solo defecto: era frío.

Por la noche, el propio Vasilisa trajo leña y encendió la estufa del salón. Carasio yacía desvestido en un canapé entre dos magníficas sábanas y se sentía muy bien y a gusto. Vasilisa, en camisón y con tirantes, fue a verlo y se sentó junto a él en un sillón con las siguientes palabras:

—No puedo dormir. Vea, ¿me permite conversar un poco con usted?

La estufa se había apagado; Vasilisa, redondo y ya sereno, suspiraba en el sillón y decía:

—Así es, Fiódor Nikoláievich. Todo lo conseguido con tenaz esfuerzo pasó en una noche a los bolsillos de unos miserables… por la fuerza… No vaya a pensar que yo negaba la revolución, oh, no, comprendo a la perfección las causas históricas que han provocado todo esto.

Un resplandor purpúreo centelleaba en el rostro de Vasilisa y en los broches de sus tirantes. Carasio, en la embriagadora flojedad del coñac, empezaba a dormitar, tratando de conservar en la cara una expresión de cortés atención…

—Pero convenga. Aquí en Rusia, sin dudas el país más atrasado, la revolución ya ha degenerado en pugachóvshina…2 Mire las cosas que se hacen… En apenas dos años nos hemos visto privados de todo apoyo legal, de la más mínima defensa de nuestros derechos como hombres y ciudadanos. Los ingleses dicen…

—Mm-e, los ingleses…, por supuesto —murmuró Carasio, sintiendo que una blanda pared comenzaba a separarlo de Vasilisa.

—… Y aquí cómo vamos a decir eso de que “tu casa es tu fortaleza” cuando no tienes la garantía de que en tu propio departamento, bajo siete llaves, una pandilla como la que hoy ha estado aquí no te prive no sólo de tus bienes, sino quizás también de la vida.

—Estaremos atentos al plan de señales y a los postigos —respondió no muy a propósito y con voz somnolienta Carasio.

—¡Pero Fiódor Nikoláievich! ¡La cosa no pasa, querido, sólo por el plan de señales! Ninguna señal detendrá esa descomposición y desintegración que ahora han anidado en las almas de los hombres. Por favor, el plan de señales es un caso concreto, ¿y si se echa a perder?

—Lo arreglaremos —respondió feliz Carasio.

—Es que no se puede organizar toda la vida sobre la base de señales y revólveres. No pasa por ahí. Yo hablo en general, generalizando el caso, por así decir. El hecho es que ha desaparecido lo más importante, el respeto por la propiedad. Una vez que pasa eso, se acabó. Si es así, estamos perdidos. Soy por naturaleza un convencido demócrata, y yo mismo soy del pueblo. Mi padre fue un sencillo capataz en el ferrocarril. Todo lo que ve aquí y todo lo que hoy me han quitado esos bandidos lo he ganado y realizado exclusivamente con mis propias manos. Y créame que jamás he defendido el antiguo régimen; al contrario, le confieso en secreto que soy miembro del partido democrático constitucional, pero ahora que he visto con mis propios ojos adónde va a parar todo esto, le juro que surge en mí la siniestra certeza de que sólo una cosa puede salvarnos… —A través del suave velo que envolvía a Carasio llegó un murmullo—: la autocracia. Sí, señor… La más feroz dictadura que quepa imaginar… La autocracia…

“Se le ha dado por hablar —pensó beatífico Carasio—. Hm-sí, la autocracia es cosa delicada.”

—Ejem… —dijo a través del algodón.

—Ah, du-du-du-du, hábeas corpus, ah, du-du-du-du… Ay, du-du… —balbuceaba la voz a través del algodón—, ay, du-du-du, hacen mal en creer que semejante estado de cosas puede durar mucho tiempo, ay, du-du-du, y le desean larga vida. ¡No, señor! Esto no durará muchos años, y sería ridículo pensar que…

—La fortaleza de Ivangórod —de súbito interrumpió a Vasilisa el difunto comandante con gorro caucasiano—, ¡larga vida!

—Y Ardahan y Kars3 —repitió Carasio entre la niebla.

—¡Larga vida!

La respetuosa risita de Vasilisa llegó desde lejos.

—¡¡Larga vida!! —

cantaron alegres voces en la cabeza de Carasio.

16

Larga vida. Larga vida.

La-a-a-a-r-g-a-a-a vi-i-i-d-a-a…,

se alzaron las voces de los nueve bajos del célebre coro de Tolmashevski.

La-a-a-a-a-a-a-r-g-a-a-a-a vi-i-i-i-i-d-a-a-a-a,

se propagaron cristalinos tiples.

Larga… Larga… Larga…,

deshaciéndose en sopranos se enroscó en la misma cúpula el canto del coro.

—¡Mira! ¡Mira! Petliura en persona…

—Mira, Iván…

—Uy, qué imbécil… Petliura ya está en la plaza…

Cientos de cabezas se amontaban en el coro, una sobre la otra, empujándose y asomándose desde la balaustrada, entre antiguas columnas pintadas con frescos ennegrecidos. Girando, agitándose, apretándose y empujándose, penetraban en la balaustrada para tratar de ver el abismo de la catedral, pero cientos de cabezas colgaban, cual manzanas amarillas, en tres densas capas. En el abismo se balanceaba una asfixiante ola de mil cabezas, y sobre ella flotaban, al rojo vivo, el sudor y el vapor, el humo de incienso, el olor de cientos de velas, el hollín de las macizas lámparas que pendían de cadenas. La pesada cortina gris azulado crujía, se deslizaba en anillos y tapaba las cinceladas y ensortijadas puertas del iconostasio, de un metal secular, oscuro y lúgubre, como toda la lúgubre catedral de Santa Sofía. Las lenguas de fuego de las velas crepitaban en los candelabros, ondulaban, se estiraban hacia arriba en hilos de humo. No tenían aire suficiente. A ambos lados del altar había una barahúnda increíble. Desde las puertas de los altares laterales, por las desgastadas losas de granito, se esparcían doradas casullas y se blandían estolas. De redondas cajas de cartón salían birretes violetas; de las paredes se quitaban, entre balanceos, los confalones. La terrible voz de bajo del archidiácono Serebriakov rugía en aquella espesura. Una casulla sin cabeza ni manos flotó como una joroba sobre la multitud y se hundió en ella; después salió hacia arriba la manga de una sotana enguatada; luego la otra. Se agitaban pañuelos a cuadros, se enroscaban formando trenzas.

—Padre Arkadi, cúbrase bien las mejillas, hace una helada feroz; permítame, lo ayudaré.

Los confalones se inclinaron en las puertas como estandartes derrotados, flotaron los semblantes marrones de los íconos y las misteriosas inscripciones doradas; los flecos barrían el suelo.

—Apártense…

—Padrecitos, ¿adónde van?

—¡Mañka! Me aplastan…

—¿Por quién rezan? —Voz de bajo, en un susurro—. ¿Por la República Popular de Ucrania?

—El diablo lo sabrá —susurro.

—El que no es pope, es dirigente…

—Cuidado…

¡¡¡Larga vida!!!,

resonó y se extendió por toda la catedral el canto del coro… El grueso y morado Tolmashevski apagó su derretida vela de cera y se guardó el diapasón en el bolsillo. El coro, con trajes marrones hasta los talones y sardinetas doradas, agitando las albinas cabecitas de los tiples, que parecían calvas, y balanceando las nueces de Adán y las cabezas caballunas de los bajos, se escurrió desde la oscura y sombría galería. La densa y bulliciosa muchedumbre, empujándose y arremolinándose, salió en avalanchas por todas las aberturas.

Desde el altar lateral brotaban estolones, cabezas con ojos extraviados y vendadas como si tuvieran dolor de muelas, bonetes violetas de cartón que parecían de juguete. El padre Arkadi, deán de la catedral, hombre pequeño y endeble con una centelleante mitra de piedras preciosas sobre un pañuelo gris a cuadros, navegaba a cortos pasitos en aquel torrente. Sus ojos lucían desesperados; su barbilla temblaba.

—Habrá una procesión. Vete, Mitka.

—¡Despacio! ¿Adónde quieren ir? Aplastan a los popes…

—Se lo merecen.

—¡¡Ortodoxos!! Han aplastado a un niño…

—No entiendo nada…

—Si no entiende, regrese a su casa, aquí no tiene nada que hacer…

—¡¡¡Me han robado la cartera!!!

—Perdone, pero si son socialistas. ¿Digo bien? Entonces, ¿qué hacen los popes aquí?

—Disculpe.

—A los popes dales cinco rublos y le celebran misa al diablo.

—Está para ir al mercado y reventar las tiendas de los judíos. Es el mejor momento…

—Yo no hablo en su lengua —en ucraniano.

—Están aplastando a una mujer, están aplastando a una mujer…

—Ga-a-a-a… Ga-a-a-a…

Desde los espacios laterales situados tras las columnas, desde la galería, peldaño a peldaño, hombro con hombro, sin volverse, sin menearse, todo se arrastraba hacia las puertas, giraba. Unos marrones artistas itinerantes de gruesas pantorrillas de un siglo desconocido marchaban bailoteando y tocando caramillos en los viejos frescos de las paredes. Por todas las salidas marchaba, entre susurros y rumores, una multitud semiasfixiada y embriagada por el dióxido de carbono, el humo y el incienso. A cada momento estallaban en la espesura breves y dolorosos gritos de mujer. Los carteristas, con bufandas negras, trabajaban concienzuda y arduamente, metiendo sus manos virtuosas y entrenadas entre los viscosos montones de apretada carne humana. Crujían miles de pies; susurraba, siseaba la multitud.

—Dios mío…

—Jesucristo… Virgen Santa, madrecita…

—No me alegra haber venido. ¿Qué está ocurriendo?

—Ojalá te aplasten, canalla…

—Mi reloj, palomitos, mi reloj de plata, queridos hermanos. Lo compré ayer…

—Te lo desliturgiaron, podría decirse…

—¿En qué idioma han dado misa, padrecitos? No lo entiendo.

—En el de Dios, tía.

—Prohibirán estrictamente que se hable en la lengua de Moscú —en ucraniano.

—Pero permítame, ¿qué es eso? ¿Acaso no se permite hablar en una lengua ortodoxa y hermana?

—Me han arrancado los pendientes de raíz. Me han desgarrado media oreja…

—¡Detengan al bolchevique, cosacos! ¡Un espía! ¡Un espía bolchevique!

—Esto no es Rusia, señor.

—Oh, Dios mío, van con flecos… Mira, con galones, Marusia.

—Me sien… to mal…

—La mujer se siente mal.

—Todos nos sentimos mal, madrecita. Toda la gente se siente horrible. ¡El ojo, me va a sacar el ojo, no empuje! ¡¿Están rabiosos, malditos?!

—¡Fuera! ¡A Rusia! ¡Fuera de Ucrania!

—Iván Ivánovich, aquí debería haber un destacamento de policía, ¿recuerda?, como los había en las fiestas religiosas… Ah, jo, jo.

—¿Quieren a Nicolás el Sanguinario? Sabemos, todos sabemos qué ideas le rondan a usted en la cabeza.

—Déjame en paz, por Dios. Yo con usted no me meto.

—Dios mío, con tal de salir cuanto antes… Tragar aire fresco.

—No llegaré a la calle. Moriré antes.

Por la entrada principal la multitud era sacada a presión, girada, arrojada; dejaban caer gorros, gritaban, se santiguaban. Por la segunda entrada lateral, donde enseguida estallaron dos vidrios, salió despedida entre dorados y plateados, aplastada y aturdida, la procesión con el coro. Manchas doradas flotaban en aquel negro amasijo, asomaban bonetes y mitras; los confalones se inclinaban al salir por entre los vidrios, se enderezaban y navegaban erguidos.

La helada arreciaba. La Ciudad humeaba. El patio de la catedral, pisoteado por miles de pies, crujía sonora e incesantemente. El vaho de la helada flotaba en el aterido aire y se elevaba hacia el campanario. La pesada campana de Santa Sofía tañó en el campanario principal, intentando cubrir toda esa terrible y vociferante barahúnda. Las campanas pequeñas ladraban y modulaban sin ton ni son, a porfía, como si Satanás se hubiese encaramado al campanario, como si el mismo diablo, con sotana y ganas de divertirse, fuese el que levantara ese griterío. En las negras aberturas de aquel campanario de varias plantas, que alguna vez tocó a rebato anunciando el arribo de los tártaros de ojos rasgados, se veía cómo las pequeñas campanas se movían y gritaban como perros enfurecidos y encadenados. La helada crujía, humeaba. El alma se ablandaba y se entregaba a la contrición, y el gentío se esparcía negro y más negro por el patio de la catedral.

Los mendigos, a pesar de la feroz helada, con las cabezas descubiertas —algunas calvas como calabazas maduras, otras cubiertas por abultadas cabelleras naranjas—, ya estaban sentados a la turca a lo largo del camino de piedra que llevaba a la gran entrada del campanario y cantaban con voz gangosa.

Ciegos con lira entonaban un desesperado canto que desgarraba el alma acerca del Juicio Final, y a su lado yacían, dados vuelta, sus raídos gorros, en los que caían como hojas los grasientos billetes y desde los que miraban las gastadas monedas.

Ay, cuando el fin de los tiempos llegue,

y se aproxime el Juicio Final…

Esos terribles sonidos que pellizcaban el corazón emergían desde la crujiente tierra, escapaban gangosos y chillones desde las banduras4 de amarillos dientes y curvo mástil.

—Hermanitos, hermanitas, fíjense en mi miseria. Por Cristo, denme una limosna.

—Corra a la plaza, Fedoséi Petróvich, si no llegaremos tarde.

—Habrá una rogativa.

—Una procesión.

—Una rogativa para pedir por la victoria de las armas revolucionarias del ejército popular ucraniano.

—¡Por favor! ¿De qué victoria habla? Ya han vencido.

—¡Aún vencerán!

—Habrá una campaña.

—¿Una campaña adónde?

—A Moscú.

—¿A qué Moscú?

—A la misma de siempre.

—No tienen músculo para eso.

—¿Qué ha dicho? Repita, ¿qué ha dicho? ¡Muchachos, escuchen lo que ha dicho!

—¡Yo no he dicho nada!

—¡¡Atrápenlo, atrapen al ladrón, atrápenlo!!

—Corre, Marusia, por aquella puerta, por esta no pasaremos. Dicen que Petliura está en la plaza. Vamos a verlo.

—Estúpida, Petliura está en la catedral.

—Estúpida serás tú. Dicen que monta un caballo blanco.

—¡Viva Petliura! ¡¡¡Viva la República Popular de Ucrania!!!

—Don… Don… Don… Don-don-don… Tirli-bom-bom. Don-bom-bom —rabiaban las campanas.

—Miren a este huérfano, ciudadanos ortodoxos, buena gente… A este ciego… A este lisiado…

Un hombre moreno y sin piernas, con el trasero recubierto de cuero, se arrastraba entre las piernas como un escarabajo partido, aferrándose con las manoplas a la nieve pisoteada. Lisiados y mutilados exhibían sus llagas sobre sus piernas azuladas, sacudían las cabezas como si tuvieran un tic o alguna parálisis, ponían los ojos en blanco fingiéndose ciegos. Atormentando las almas, mortificando los corazones, evocando la miseria, el engaño, la desesperanza, el salvajismo sin salida de las estepas, rechinaban como ruedas, gemían, aullaban en la espesura las malditas liras.

—Regresa, huérfano, irás a un mundo lejano…

Viejas desgreñadas y temblorosas, con bastones, alargaban sus resecas y apergaminadas manos y aullaban:

—¡Mozo hermoso! ¡Dios te dé salucita!

—Señora, apiádese de esta vieja, huérfana y desgraciada.

—Palomitos, queridos, Dios no los abandonará…

Mujeres de pie plano con ropas regaladas, caftanes largos y cofias con orejeras, campesinos con gorros de cordero, muchachas sonrosadas, funcionarios retirados con polvorientas huellas de escarapelas, ancianas de vientre saliente, niños vivarachos, cosacos con capotes y gorros de coleta con tapa de color azul, rojo, verde, frambuesa, con galones dorados y plateados y con borlas doradas tomadas de los extremos de los ataúdes, se esparcían como un mar negro por el patio de la catedral, mientras las puertas de esta despedían y despedían nuevas olas. Al aire libre, la procesión recobró el ánimo y la fuerza, se reorganizó, se estiró, y navegaron alineadas y en orden las cabezas desnudas con pañuelos a cuadros, las mitras y los bonetes, las frondosas melenas de los diáconos, las skufias de los monjes, las puntiagudas cruces sobre astas doradas, los confalones de Cristo Salvador y de la Virgen con el Niño, y navegaron los lienzos con cintas, seccionados, herrados, dorados y carmesíes con intrincadas inscripciones eslavas.

Cual gris nubarrón de serpentino vientre que se esparce por la Ciudad, cual torrente pardo y turbio que fluye por las antiguas calles, la innumerable fuerza de Petliura marcha al desfile en la plaza de la vieja Santa Sofía.

Primero desfiló, en cerradas filas y cortando aquel negro río humano, la división azul, quebrando la helada con el tronar de las trompetas y los brillantes platillos.

Con sus caftanes azules y sus gorros de astracán echados con gallardía hacia atrás, desfilaban los de Galitzia. Dos estandartes bicolores inclinados entre los sables desenvainados flotaban detrás de la tupida banda de trompetas, y tras ellos, aplastando rítmicamente la cristalina nieve, marchaban con bravura y estrépito filas vestidas con paño de buena calidad, aunque de origen alemán. Tras el primer batallón seguían hombres de negro con largas batas ceñidas por cinturones y con jofainas en la cabeza, y una amarronada maleza de bayonetas se sumó al desfile cual punzante nubarrón.

En incontable número desfilaron los grises y desgastados regimientos de fusileros de Sich. Desfilaron las unidades de infantería de los jaidamakas, unidad tras unidad, y, en los espacios entre estas, danzaban, en lo alto de sus monturas, los bravos comandantes de regimientos, unidades y compañías. Alegres marchas, victoriosas, estridentes, atronaban, áureas, en aquel abigarrado río.

Tras la infantería aparecieron, al trote largo, saltando sobre las sillas, los regimientos montados. Los gorros caucasianos, aplastados y echados hacia atrás, con telas cónicas azules, verdes y rojas y borlas doradas, deslumbraron al admirado público.

Las lanzas saltaban como agujas, sujetas con lazos al hombro derecho. Los cascabeles de los bastones de mando resonaban alegres en medio de las filas, y los caballos de los comandantes y los trompetistas se lanzaban hacia delante impulsados por el estrépito de las cornetas. Bolbotún, grueso y alegre como una bola, marchaba a la cabeza de la unidad ofreciendo a la helada su baja frente reluciente de grasa y sus rollizas y joviales mejillas. Su yegua alazana, torciendo su ojo inyectado en sangre, masticando el bocado y echando espuma, se encabritaba a cada momento y sacudía al pesado Bolbotún, haciendo tintinear en la funda su sable curvo, mientras el coronel espoleaba ligeramente los nerviosos y prominentes flancos del animal.

¡Nuestros jefes están con nosotros,

con nosotros, como hermanos!,

cantaban al trote, saltando sobre las sillas, los intrépidos jaidamakas, y sus coloridos mechones se agitaban en el aire.

Enarbolando una bandera celeste y amarilla acribillada a balazos y bajo los sonidos de un acordeón, pasó el regimiento del coronel Kózir-Leshkó. Moreno, de bigote puntiagudo, el coronel iba sombrío sobre su enorme caballo, miraba de reojo y fustigaba la grupa de su potro. Tenía motivo para estar enfadado: las descargas de Nai-Turs habían alcanzado, en aquella neblinosa mañana sobre la carretera de Brest-Litovsk, a sus mejores secciones; su regimiento apareció en la plaza al trote, con las filas apretadas y diezmadas.

Tras Kózir siguió una intrépida e invicta unidad de caballería del Mar Negro que llevaba el nombre del Hetman Mazepa. El nombre del glorioso Hetman, que casi vence al emperador Pedro el Grande en la batalla de Poltava, relucía en letras doradas sobre la seda azul.

El gentío, en nube, bañaba las grises y amarillas paredes de las casas; el gentío empujaba y se subía a los guardacantones; los chiquillos se encaramaban en los faroles y se sentaban sobre los travesaños, sobresalían en los tejados, silbaban, gritaban: “¡Hurra!… ¡Hurra!…”.

—¡Viva! ¡Viva! —gritaban desde las veredas.

Las tortillas de las caras se amontonaban en los vidrios de balcones y ventanas.

Los conductores, haciendo equilibrio, se subían a los pescantes de los trineos y agitaban los látigos.

—Y decían que eran bandas… Ahí tienes qué bandas. ¡Hurra!

—¡Viva! ¡Viva Petliura! ¡Viva nuestro Padrecito!

—¡Hur-r-r-a!…

—Mania, mira, mira… El mismísimo Petliura, mira, sobre el caballo gris. Qué guapo…

—¿Qué dice, señora? Ese es un coronel.

—Ah, ¿de veras? ¿Y dónde está Petliura?

—Petliura está en el palacio recibiendo a los embajadores franceses de Odessa.

—¿Qué dice, señor, se ha vuelto tonto? ¿Qué embajadores?

—Piotr Vasílievich, dicen que Petliura —susurro— está en París. ¿Eh, ha visto?

—Ahí tienen a las bandas… Un millón de soldados.

—Pero ¿dónde está Petliura? Palomitos, ¿dónde está Petliura? Déjenme mirar siquiera con un ojito.

—Petliura, señora, está en la plaza al frente del desfile.

—Nada que ver. Petliura está en Berlín reunido con el presidente para concertar una alianza.

—¡¿Qué presidente?! ¿Por qué suelta esa provocación, señor?

—El presidente de Berlín… Con motivo de la proclamación de la república…

—¿Lo han visto? ¿Lo han visto? Qué altivo… Pasó por el pasaje Rilski en una carroza de seis caballos…

—Perdón, ¿ellos creen en los obispos?

—No estoy diciendo si creen o no creen… Digo que ha pasado, sólo eso. Interprete el hecho como usted quiera…

—El hecho es que los popes ahora están dando misa…

—Con los popes es más fuerte…

—Petliura. Petliura. Petliura. Petliura. Petliura…

Tronaron unas ruedas pesadas y terribles, traquetearon los armones; tras diez unidades montadas desfilaron las interminables cintas de la artillería. Llevaban gruesos y romos morteros; pasaban finos obuses; los servidores iban sobre los armones, alegres, comidos, triunfantes; los conductores lucían solemnes y tranquilos. Tensos y erguidos pasaban los caballos que tiraban de los cañones de seis pulgadas, bien nutridos, vigorosos, de grupas anchas, y los rocines de los campesinos, acostumbrados al trabajo, similares a pulgas embarazadas. Ligera retumbaba la artillería ligera de montaña, y los cañoncitos brincaban rodeados de gallardos jinetes.

—Ay… Ay… Ahí tienes a los quince mil… ¿Por qué nos han mentido? Que quince…, que un bandido…, que la desmora-lización… Dios mío, son incontables. Otra batería… y otra, y otra…

La multitud empujaba y empujaba a Nikolka, y él, hundiendo su nariz de pájaro en el cuello de su capote de estudiante, logró al fin treparse al hueco de una pared y allí se afirmó. Una alegre mujer con botas de fieltro ya estaba allí y le dijo jovial a Nikolka:

—Agárrese de mí, señorito, y yo del ladrillo, si no nos caeremos.

—Gracias —dijo triste Nikolka, y resopló en el cuello cubierto de escarcha—. Me agarraré de este gancho.

—Pero ¿dónde está Petliura? —dijo la locuaz mujer—. Ay, tengo ganas de verlo. Dicen que es la mar de guapo.

—Sí —gruñó Nikolka con tono indefinido en su piel de cordero—, la mar. “Otra batería… Diablos… Bueno, bueno, ahora entiendo…”

—Dicen que ha pasado en automóvil… por aquí… ¿No lo ha visto?

—Está en Vínnitsa —respondió con voz seca y sepulcral Nikolka, moviendo los dedos congelados en las botas. “¿Por qué diablos no me he puesto las de fieltro? Vaya helada.”

—Mira, mira, Petliura.

—Qué Petliura ni Petliura, ese es el jefe de la varta.

—Petliura tiene su residencia en Biélaia Tsérkov. Ahora Biélaia Tsérkov será la capital.

—¿Y a la Ciudad no vendrá?, permítame preguntarle.

—Vendrá a su debido tiempo.

—Ya, ya, ya…

Chirrido, chirrido, chirrido. Un sordo fragor de bombos llegó desde la plaza de Santa Sofía, y por la calle ya pasaban, con sus amenazantes ametralladoras en las troneras y sacudiendo sus pesadas torretas, cuatro horribles carros blindados. Pero el sonrosado entusiasta Strashkévich ya no iba en el interior de ninguno de ellos. Yacía aún en Pechersk, en el parque Marinski, sin que nadie lo recogiera y en absoluto sonrosado, sino inmóvil y de un mugriento color céreo. En la frente tenía un agujerito, y otro con sangre coagulada detrás de la oreja. Los pies descalzos del entusiasta asomaban por debajo de la nieve, y los ojos vidriosos del entusiasta miraban directamente al cielo a través de las desnudas ramas de los arces. Alrededor reinaba una gran calma, en el parque no había un alma, y en la calle rara vez aparecía alguien; la música de la vieja Santa Sofía no llegaba hasta allí, por eso en el rostro del entusiasta había plena serenidad.

Los carros blindados, dando bocinazos y dispersando a la multitud, desaparecieron en el torrente en dirección a la estatua de Bogdán Jmelnitski con su bastón de mando, negro sobre el fondo del cielo y señalando el noreste. La campana aún flotaba en aceitosa y densa ola por las nevadas colinas y techos de la Ciudad, y retumbaba y retumbaba el bombo en la espesura, y los niños, frenéticos de alegría, se trepaban a los cascos del negro Bogdán. Por las calles ya resonaban los camiones de rechinantes cadenas y en los estribos viajaba gente con pellizas ucranianas de las que asomaban coloridos paños rústicos a cuadros; viajaban muchachas con coronas de paja en la cabeza y muchachos con anchos calzones azules cantando con voz débil y armoniosa…

Y en el pasaje Rilski, en ese momento, atronó una descarga, precedida por un torbellino de gritos de mujer en la multitud. Alguien corrió vociferando:

—¡Ay, una desgracia!

Una voz quebrada, presurosa y enronquecida gritó:

—Los conozco. ¡Atrápenlos! Oficiales. Oficiales. Son oficiales… ¡Los he visto con hombreras!

En la sección de la décima unidad, de nombre Rada, que aguardaba para entrar en la plaza, los muchachos se apearon enseguida, irrumpieron en la muchedumbre y atraparon a alguien. Las mujeres gritaban. Sujetado por las manos, el capitán Pleshkó lanzó un grito débil e histérico:

—No soy oficial. Nada que ver. Nada que ver. ¿Qué está diciendo? Trabajo en un banco.

Atraparon con él a otro, pálido y silencioso, que se retorcía entre las manos que lo aferraban…

Después la multitud, entre empujones, se precipitó por el pasaje como si brotara de un saco roto. La gente corría atontada por el miedo. Quedó despejado un espacio completamente blanco con una única mancha: un gorro tirado. En el pasaje hubo un refucilo y una detonación, y el capitán Pleshkó, tras haber negado tres veces su identidad, pagó su curiosidad por los desfiles. Yacía ante el jardincito de una dependencia de la catedral de Santa Sofía, boca arriba y con los brazos abiertos, mientras que el otro, el silencioso, cayó a sus pies de bruces contra la vereda. Y al instante resonaron los platillos en una esquina de la plaza; otra vez acudió la gente; la orquesta retumbó y tronó. Una voz victoriosa surcó el aire: “¡De frente, march!”. Y fila tras fila, luciendo sus largos galones, arrancó la unidad de caballería Rada.

***

De súbito, en el espacio que hay entre las cúpulas, estalló en pedazos el fondo gris y apareció, envuelto en una turbia neblina, un súbito sol. Era tan grande como nunca nadie había visto en Ucrania, y totalmente rojo, como auténtica sangre. De aquella bola que resplandecía con dificultad a través del velo de nubes, armoniosas franjas de sangre coagulada e icor se extendían a lo lejos. El sol tiñó de sangre la cúpula mayor de Santa Sofía; esta proyectó sobre la plaza una sombra extraña bajo la cual Bogdán se volvió violeta y la alarmada muchedumbre pareció aún más negra, densa y perturbada. Y se vio cómo por la escalera subían a la roca del pedestal unos hombres grises con llamativos cinturones y bayonetas y trataban de derribar la inscripción que miraba desde el negro granito. Pero las bayonetas resbalaban y caían del granito en vano. Frenético, Bogdán encabritaba al caballo tratando de arrancarlo de la roca para librarse de quienes se colgaban de los cascos. Su rostro, vuelto directamente a la bola roja, lucía furioso, y él, como antes, seguía señalando la lejanía con el bastón de mando.

En ese instante, en el congelado y resbaladizo vaso de la fuente, unos brazos levantaron a un hombre sobre la bulliciosa multitud que se extendía ante Bogdán. Llevaba un abrigo oscuro con cuello de piel y, a pesar de la helada, se había quitado la gorra y la sostenía en sus manos. La plaza, al igual que antes, bullía y pululaba como un hormiguero, pero el campanario de la Santa Sofía ya había enmudecido y la música se dispersaba en diferentes direcciones por las heladas calles. Al pie de la fuente se reunió una inmensa muchedumbre.

—Petka, Petka. ¿A quién han subido allí?…

—Parece que a Petliura.

—Petliura va a pronunciar un discurso…

—¿Qué pavada está diciendo?… Es un simple orador…

—Marusia, un orador. Mira… Mira…

—Van a leer una declaración…

—No, van a leer un manifiesto.

—¡Viva Ucrania libre!

El hombre miró inspirado sobre aquella espesura de miles de cabezas hacia el lugar donde el disco solar, cada vez más claro, bañaba en un oro rojo y espeso las cruces; luego agitó la mano y gritó con voz débil:

—¡Viva el pueblo!

—Petliura… Petliura…

—Qué Petliura ni Petliura. ¿Qué dice usted?

—¿Por qué Petliura subiría a la fuente?

—Petliura está en Járkov.

—Petliura acaba de entrar en el palacio para un banquete…

—No mienta, no habrá ningún banquete.

—¡Viva el pueblo! —repitió el hombre, y enseguida un mechón de claro cabello saltó y cayó sobre su frente.

—¡Silencio!

La voz del de pelo claro se hizo más fuerte y se oyó con nitidez a través del estruendo y crujido de los pasos, a través del zumbido y el rumor, a través de los lejanos tambores.

—¿Han visto a Petliura?

—Pues claro, hace un momento, Dios mío.

—Ah, qué afortunada. ¿Cómo es? ¿Cómo?

—Bigotes negros hacia arriba, como Bismarck, y lleva casco. Pero allí está, allí está, mire, Maria Fiódorovna, mire, mire, allí pasa…

—¡Qué son estas provocaciones! Aquel es el jefe del cuerpo de bomberos de la ciudad.

—Señora, Petliura está en Bélgica.

—¿Y para qué ha viajado a Bélgica?

—Para concertar una alianza con los aliados…

—Pero no. Acaba de partir a la Duma con una escolta.

—¿Para qué?…

—Para prestar juramento…

—¿Va a prestar juramento?

—¿Él para qué? Es a él a quien prestarán juramento.

—Pues prefiero morir —susurro— antes que prestarle juramento…

—A usted nadie se lo pide… A las mujeres no las tocan.

—A los judíos sí los tocan, eso es seguro…

—Y a los oficiales también. Les van a sacar a todos las tripas.

—Y a los terratenientes. ¡¡Abajo los terratenientes!!

—¡Silencio!

El de pelo claro, con una angustia terrible y, a la vez, resolución en los ojos, señaló el sol.

—Han oído, ciudadanos, hermanos y camaradas —dijo—, lo que cantaban los cosacos: “¡Nuestros jefes están con nosotros, con nosotros, como hermanos!”. Con nosotros. ¡Ellos están con nosotros! —el hombre se golpeó con el gorro en el pecho, sobre el que bermejeaba, cual inmensa onda, una banda—, con nosotros. Porque los jefes han salido del pueblo, han nacido con él y con él morirán. Se han congelado con nosotros en la nieve durante el asedio de la Ciudad y la han tomado con valentía, y la bandera roja ya flamea sobre esas moles…

—¡Hurra!

—¿Cómo roja? ¿Qué ha dicho? Es celeste y amarilla.

—La de los bolcheviques también es roja.

—¡Silencio! ¡Viva!

—Habla horrible el ucraniano…

—¡Camaradas! Ante ustedes ahora hay una nueva tarea: erigir y fortalecer una república nueva e independiente para la felicidad de todos los trabajadores, obreros y campesinos, porque sólo ellos, que han derramado su sudor y su sangre fresca por nuestra tierra patria, tienen el derecho a poseerla.

—¡Es verdad! ¡Viva!

—¿Has oído? Nos llama “camaradas”. Qué maravilla…

—Si-len-cio.

—Por eso, queridos ciudadanos, juremos ahora, en la alegre hora de la victoria del pueblo —los ojos del orador comenzaron a iluminarse; tendió las manos con mayor exaltación aún hacia el denso cielo y en su discurso las palabras en ucraniano se fueron haciendo menos frecuentes—, juremos que no depondremos las armas hasta que la bandera roja, símbolo de la libertad, flamee sobre todo el mundo de los trabajadores.

—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!… La Internac…

—Vaska, cállate. ¿Te has vuelto estúpido?

—¡Shur! ¿Qué dice? ¡Silencio!

—Le juro, Mijaíl Semiónovich, que no puedo contenerme: “De pie…, maldit…”.

Las patillas negras a la Oneguin se hundieron en el espeso cuello de castor, y sólo se vio cómo brillaron alarmados en dirección al entusiasta ciclista, apretujado en la multitud, dos ojos extrañamente similares a los del difunto alférez Shpolianski, muerto en la noche del catorce de diciembre. Una mano con guante amarillo se estiró y aferró la de Shur…

—Bueno, bueno, no cantaré —murmuró Shur, devorándose con los ojos al de pelo claro.

Este, ya dueño de sí y del gentío de las primeras filas, exclamó:

—¡Viva el Sóviet de diputados obreros, campesinos y cosacos! ¡Viva…

El sol de pronto se apagó y sobre las cúpulas de Santa Sofía se cernieron las sombras; el rostro de Bogdán se recortó con nitidez; el rostro del hombre también. Se veía cómo el mechón claro saltaba sobre su frente…

—Aa-a. Aa-a-a-a —comenzó a rumorear la multitud…

—… el Sóviet de diputados obreros, campesinos y soldados del Ejército Rojo! ¡Proletarios de todo el mundo, únanse!…

—¿Cómo? ¿Cómo? ¡¿Qué?! ¡¡Viva!!

En las filas de atrás varias voces de hombres y una fina y sonora entonaron: “Cuando muera, entiérrenme…”.5

—¡Hurra! —gritaron triunfantes en otro sitio. De pronto se alzó un torbellino en un tercero.

—¡Atrápenlo! ¡Atrápenlo! —gritó la voz cascada, furiosa y plañidera de un hombre—. ¡Atrápenlo! Es una provocación. ¡Un bolchevique! ¡Un sucio moscovita! ¡Atrápenlo! Ya han oído lo que ha dicho...

Unas manos se alzaron en el aire. El orador se echó a un lado; luego desaparecieron sus piernas, su vientre; luego desapareció su cabeza, cubierta por el gorro.

—¡Atrápenlo! —gritó, uniéndose a la primera, una fina voz de tenor—. Es un falso orador. ¡Agárrenlo, muchachos, agárrenlo, ciudadanos!

—Aa, aaa, aa. ¡Alto! ¿Quién? ¿A quién han atrapado? ¿A quién? ¡¡¡A nadie!!!

El dueño de la voz fina se arrojó hacia la fuente agitando las manos como si quisiera atrapar un pez grande y resbaladizo. Pero el estúpido Shur, con una zamarra curtida y un gorro con orejeras, se movió ante él y vociferó: “¡Atrápenlo!”, y de pronto gritó:

—¡Un momento, hermanos, me han robado el reloj!

Una mujer recibió un pisotón y lanzó un aullido terrible.

—¿A quién le han robado el reloj? ¿Dónde? ¡Mientes, no escaparás!

Alguien aferró por detrás, por el cinturón, al dueño de la voz fina y lo sujetó. En ese instante una palma fría y grande que pesaría un kilogramo lo golpeó en la nariz y los labios.

—¡Up! —gritó el de voz fina, pálido como un muerto, y sintió su cabeza descubierta, sin el gorro. Enseguida recibió otra infernal bofetada y alguien gritó al cielo:

—¡Aquí está! ¡Ladronzuelo! ¡Punga! ¡Hijo de puta! ¡¡Péguenle!!

—¡¿Qué dice?! —aulló la voz fina—. ¡¿Por qué me pegan?! ¡No he sido yo! ¡No he sido yo! ¡Hay que atrapar al bolchevique! ¡A-ay! —vociferó.

—Ay, Dios mío, Dios mío, Marusia, vámonos cuanto antes, ¿qué está pasando aquí?

En la muchedumbre, junto a la misma fuente, comenzó a girar y enfurecerse un remolino, y alguien era golpeado, y alguien gritaba, y la gente se dispersaba, y, lo más importante, el orador había desaparecido. Desapareció de un modo maravilloso, mágico, como si se lo hubiera tragado la tierra. Alguien fue sacado del remolino, pero ¡nada!, el falso orador llevaba un gorro negro y este tenía uno caucasiano. Tres minutos más tarde, el remolino se calmó por sí mismo, como si nunca hubiera existido, porque ya levantaban a un nuevo orador al borde de la fuente y de todas partes acudía a escucharlo, sumándose al núcleo central, una multitud de no menos de dos mil personas.

***

En un blanco pasaje, junto al cerco que el curioso gentío había abandonado para seguir al ejército después del desfile, el risueño Shur ya no pudo contenerse y se dejó caer en la vereda.

—Ay, no puedo más —rugió, tomándose el vientre. Las risotadas le caían en cascada, en su boca brillaban los blancos dientes—. ¡Reventaré como un perro de la risa! ¡Cómo le han pegado, santo Dios!

—No se acomode mucho, Shur —dijo su acompañante, el desconocido de cuello de castor que, como una gota de agua a otra, se parecía al célebre alférez y presidente de El Trioleto Magnético, el difunto Shpolianski.

—Ya va, ya va —dijo extenuado Shur, incorporándose.

—Deme un cigarrillo, Mijaíl Semiónovich —dijo el segundo acompañante de Shur, un hombre alto de abrigo negro; se echó el gorro caucasiano hacia atrás y un mechón de cabellos claros le cayó sobre las cejas. Respiraba con dificultad y resoplaba como si tuviera calor en aquella helada.

—¿Qué? ¿La ha pasado mal? —preguntó afable el desconocido, que corrió el faldón de su abrigo, sacó una pequeña cigarrera de oro y le ofreció al de pelo claro un cigarrillo alemán sin boquilla; el hombre alto lo encendió protegiendo con las manos la llama del fósforo y sólo después de exhalar el humo dijo:

—¡Uf! ¡Uf!

Después los tres caminaron rápido, doblaron en la esquina y desaparecieron.

Dos contornos de estudiante que regresaban de la plaza entraron raudos en el pasajito. Uno pequeño, dilatado, pulcro, con brillantes chanclos de goma. El otro alto, ancho de hombros, las piernas largas como un compás y zancadas de casi dos metros.

Ambos llevaban el cuello subido hasta el borde de la gorra; el alto incluso se cubría la boca y la rasurada barbilla con una bufanda; no era extraño, había helada. Ambos, como obedeciendo una orden, giraron la cabeza, vieron el cadáver del capitán Pleshkó y el otro, que yacía boca abajo con las rodillas separadas y clavadas en la nieve, y, sin emitir sonido, siguieron de largo.

Después, cuando del pasaje Rilski los estudiantes tomaron la calle Zhitómirskaia, el alto se volvió hacia el bajo y dijo con ronca voz de tenor:

—¿Has visto eso? ¿Has visto eso?, te pregunto.

El pequeño no respondió nada, pero crispó el gesto y gruñó como si, de repente, le hubiese dolido una muela.

—No lo olvidaré mientras viva —continuó el alto, dando largos pasos—, lo recordaré.

El pequeño lo seguía en silencio.

—Gracias por la lección. Si alguna vez tropiezo con ese canalla… del Hetman… —debajo de la bufanda se oyó un silbido—, lo voy a… —el alto soltó un terrible y enrevesado insulto y no acabó la frase. Salieron a la Bolsháia Zhitómirskaia y les cerró el camino una procesión que se dirigía desde la torre del cuartel de bomberos al barrio Staro-Gorodskói. En realidad, el camino desde la plaza era directo y sencillo, pero la Vladímirskaia estaba obstruida por la caballería, que aún no había abandonado el desfile, y la procesión tuvo que dar un rodeo, al igual que todos.

La encabezaba una bandada de chiquillos. Corrían, saltaban vueltos de espalda y lanzaban estridentes silbidos. Después caminaba, por la pisoteada calzada, un hombre con los ojos extraviados por el espanto y la angustia, sin gorro y con el abrigo desgarrado y desabrochado. Tenía el rostro ensangrentado y de sus ojos fluían lágrimas; abría mucho la boca y gritaba con voz aguda, pero enronquecida, mezclando palabras rusas y ucranianas:

—¡Ustedes no tienen derecho! Soy un conocido poeta ucraniano. Mi apellido es Gorbolaz. He publicado una antología de poesía ucraniana. Me quejaré al presidente de la Rada6 y al ministro. ¡Esto es increíble!

—¡Péguenle! ¡Basura, carterista! —gritaban desde las veredas.

—He intentado detener a ese bolchevique agitador… —se desgañitaba el ensangrentado, presa de la desesperación y volviéndose hacia todos lados.

—¿Qué hay? ¿Qué hay? ¿Qué hay? —resonaba en las veredas.

—¡¿Quién es?!

—Ha atentado contra Petliura.

—¡¿Eh?!

—El hijo de puta ha disparado contra nuestro padrecito.

—Pero si es ucraniano.

—Un canalla es lo que es, no ucraniano —gruñó una voz de bajo—. Robaba billeteras.

—¡Fiu! —silbaban con desprecio los chiquillos.

—¿Qué sucede? ¿Con qué derecho?

—Han atrapado a un agitador bolchevique. Hay que matar aquí mismo a esa carroña.

Detrás del ensangrentado se arrastraba una multitud excitada y fulguraban el galón dorado de un gorro caucasiano y los extremos de dos fusiles. Un hombre con un cinturón colorido y bien ceñido al cuerpo caminaba al lado del ensangrentado con vacilante andar y de tanto en tanto, cuando este gritaba con singular fuerza, le propinaba mecánicamente un puñetazo en el cuello; entonces el infeliz arrestado, que quería atrapar lo inasible, callaba y prorrumpía en un violento pero silencioso llanto.

Los dos estudiantes dejaron pasar la procesión. Cuando se alejó, el alto tomó al bajo del brazo y le susurró con alegre malicia:

—Se lo merece, se lo merece. Me alivia el corazón. Mira, te diré una cosa, Carasio, los bolcheviques son magníficos. Te lo juro, son magníficos. ¡Excelente trabajo, qué bien hecho! ¿Has visto con qué habilidad esfumaron al orador? Y son valientes. Por eso me gustan, por su valentía, la madre que los parió.

El pequeño dijo en voz baja:

—Si ahora no bebo podría llegar a ahorcarme.

—Es una buena idea. Buena idea —aprobó animado el alto—. ¿Cuánto tienes?

—Doscientos.

—Yo ciento cincuenta. Vamos a lo de Tamarka y tomemos un litro y medio…

—Está cerrado.

—Nos abrirá.

Los dos doblaron en Vladímirskaia y llegaron hasta una casita de dos pisos con el letrero “Tienda de comestibles” y, al lado, “El castillo de Tamara. Bodega”. Los dos se zambulleron escaleras abajo y llamaron con cuidado a la doble puerta acristalada.

17

El anhelado objetivo sobre el que Nikolka no había dejado de pensar en aquellos tres días en que los acontecimientos se habían abatido como piedras sobre la familia, objetivo ligado con las enigmáticas últimas palabras de aquel hombre tendido en la nieve, Nikolka lo alcanzó. Pero, para ello, tuvo que correr todo el día por la ciudad, antes del desfile, y visitar no menos de nueve direcciones. Y muchas veces, durante esa carrera, Nikolka perdió la presencia de espíritu, y cayó, y se volvió a levantar, y al fin logró lo que quería.

Ya en las afueras, en la calle Litóvskaia, en una pequeña casita dio con un miembro de la segunda sección de la milicia y supo por él la dirección, el nombre y el patronímico de Nai.

Nikolka luchó unas dos horas contra las impetuosas olas humanas tratando de cruzar la plaza de Santa Sofía. Pero hacerlo era imposible, ¡sencillamente inconcebible! Entonces, aterido, perdió una media hora en librarse de aquellas firmes tenazas y regresar al punto de partida, el monasterio Mijáilovski. Desde ahí, dando un gran rodeo por la Kostélnaia, intentó descender por la Kreshátik y de allí, por calles laterales y bajas, alcanzar la Malo-Proválnaia. ¡Pero eso también resultó imposible! Por la Kostélnaia, al igual que por todas partes, subían cual apretada serpiente las tropas que se dirigían al desfile. Entonces Nikolka dio un rodeo aún mayor y se vio completamente solo en la colina Vladímirskaia. Corrió por las terrazas y alamedas, abriéndose paso entre paredes de blanca nieve. Salía a terrenos donde la nieve ya no era tanta. Desde las terrazas se veía, en medio de aquel mar de nieve, el Jardín del Zar, que se extendía en las colinas de enfrente, y más lejos, a la izquierda, las infinitas extensiones de Chernígov en absoluta calma invernal, al otro lado del Dniéper, blanco y majestuoso en sus invernales orillas.

Había paz y absoluta calma, pero Nikolka no estaba para la calma. Luchando con la nieve, fue dejando atrás terraza tras terraza y sólo de vez en cuando se asombraba de que la nieve, en algunos sitios, ya presentara pisadas, huellas, lo que significaba que incluso en invierno había quien deambulaba por aquella colina.

Al fin descendió por una alameda, suspiró aliviado, vio que no había tropas sobre la Kreshátik y se encaminó al anhelado y buscado sitio: Malo-Proválnaia 21. Tal era la dirección que había obtenido y que, sin anotarla, llevaba bien grabada en el cerebro.

***

Nikolka se sentía emocionado y apocado… “¿Por quién y cómo será mejor preguntar? No sé nada…” Llamó a la puerta de un ala ubicada en la parte baja de un jardín. Tardaron en responder, pero al fin se arrastraron unos pasos y la puerta se entreabrió con la cadena puesta. Se asomó un rostro de mujer con quevedos y desde la oscuridad del recibidor llegó severa la pregunta:

—¿Qué desea?

—Permítame… ¿Aquí viven los Nai-Turs?

El rostro de la mujer se puso adusto y sombrío, las lentes brillaron.

—Aquí no viven ningunos Turs —dijo la mujer en voz baja.

Nikolka enrojeció, se turbó y afligió…

—Este es el departamento cinco…

—Pues sí —respondió la mujer, a desgano y con recelo—, pero usted diga qué desea.

—Me dijeron que los Turs vivían aquí…

El rostro se asomó un poco más y con ojo escrutador miró al jardincito para ver si había alguien más detrás de Nikolka… Nikolka pudo observar la gruesa papada de la señora.

—Pero ¿qué desea?… Dígamelo.

Nikolka suspiró, miró alrededor y dijo:

—Es con relación a Féliks Féliksovich… Tengo información.

El rostro cambió bruscamente. La mujer parpadeó y preguntó:

—¿Usted quién es?

—Un estudiante.

—Espere aquí. —La puerta se cerró y los pasos se extinguieron.

Medio minuto después se oyeron unos tacones, la puerta se abrió del todo y dejó pasar a Nikolka. La luz penetraba en el recibidor desde el salón y Nikolka vio el borde de un afelpado y mullido sillón y luego a la señora con quevedos. Se quitó la gorra y enseguida apareció ante él otra señora baja y enjuta cuyo rostro exhibía huellas de una belleza marchita. Por algunos rasgos menores e indefinidos, bien las sienes, bien el color del cabello, Nikolka comprendió que era la madre de Nai y se horrorizó ante la idea de cómo se lo diría… La señora clavó en él una mirada tenaz y brillante que no hizo sino turbarlo más. En un costado apareció otra mujer, al parecer joven y también muy parecida a la anterior.

—Bueno, hable ya, vamos… —dijo tenaz la madre.

Nikolka estrujó la gorra, levantó los ojos hacia la señora y dijo:

—Yo… Yo…

La enjuta señora, la madre, lanzó a Nikolka una mirada negra que a él le pareció llena de odio y, de pronto, dio un grito tan sonoro que hizo vibrar el vidrio de la puerta a espaldas del joven:

—¡Féliks ha muerto!

Apretó los puños, los agitó ante el rostro de Nikolka y gritó:

—Lo han matado… Irina, ¿lo oyes? ¡Han matado a Féliks!

A Nikolka se le nublaron los ojos del espanto y, desesperado, pensó: “Pero si no he dicho nada… ¡Dios mío!”. La mujer gorda de quevedos cerró al instante la puerta. Luego corrió hacia la enjuta señora, la tomó por los hombros y susurró aprisa:

—Bueno, Maria Frántsevna, bueno, palomita, tranquilícese… —e inclinándose hacia Nikolka preguntó—: ¿Puede que no sea así?… Dios mío… Hable ya… ¿Es cierto?…

Nikolka no pudo responder nada a aquello… Se limitó a mirar desesperado hacia delante y otra vez vio el borde del sillón.

—Calma, Maria Frántsevna, calma, palomita… Por Dios… La van a oír… Es la voluntad de Dios… —balbuceó la mujer gorda.

La madre de Nai-Turs se dejó caer de espaldas y gritó:

—¡Cuatro años! ¡Cuatro años! Esperando y esperando… ¡Esperando! —Ahí la joven se arrojó por detrás de Nikolka para sujetar a la madre. Nikolka debería haber ayudado, pero, inesperadamente, prorrumpió en violentos e incontenibles sollozos y no pudo detenerse.

***

En el salón, cortinas corridas, penumbra y absoluto silencio, en el que flota un repugnante olor a medicamentos…

El silencio lo quebró al fin la joven, la hermana. Se apartó de la ventana y se acercó a Nikolka. Este se levantó del sillón siempre sosteniendo la gorra, de la que no podía separarse en aquellas terribles circunstancias. La hermana se arregló maquinalmente un rizo de sus negros cabellos, torció la boca y preguntó:

—¿Cómo murió?

—Murió —respondió Nikolka con su mejor voz—, murió, vea usted, como un héroe… Como un auténtico héroe… Despachó a tiempo a todos los cadetes, en el último momento, y él mismo —Nikolka lloraba al contar—, él mismo cubrió la retirada. A mí casi me matan con él. Caímos bajo el fuego de una ametralladora —Nikolka contaba y lloraba al mismo tiempo—, nos quedamos los dos solos, y él me ordenaba que me fuera y me regañaba y disparaba la ametralladora… Por todas partes apareció la caballería, nos tendieron una emboscada. Así como lo oye, por todas partes.

—¿Y si a lo mejor sólo lo hirieron?

—No —respondió con firmeza Nikolka, y con un sucio pañuelo se secó los ojos, la nariz y la boca—, no, lo mataron. Yo mismo lo palpé. Una bala le dio en la cabeza y otra en el pecho.

***

Oscureció aún más; de la habitación contigua no se oía un solo sonido porque Maria Frántsevna se había calmado, y en el salón tres personas, muy juntas, hablaban en susurros: Irina —la hermana de Nai—, Lidia Pávlovna —la mujer gorda con quevedos y dueña del departamento, según supo Nikolka— y este último.

—No llevo dinero encima —susurró Nikolka—, si hace falta, ahora mismo corro a buscar y nos vamos.

—Le daré dinero ahora mismo —murmuró Lidia Pávlovna—, el dinero es lo de menos, pero, por Dios, lógrelo. Irina, no le digas ni una palabra acerca de dónde y cómo… En verdad no sé qué hacer…

—Iré con él —susurró Irina—, y lo lograremos. Usted dígale que está en el cuartel y que se necesita permiso para verlo.

—Bueno, bueno… Está bien… Está bien…

La gorda enseguida se dirigió con pasos cortos a la habitación contigua y desde allí llegó su voz susurrante y persuasiva:

—Maria Frántsevna, quédese acostada, por el amor de Cristo… Ellos irán ahora y lo averiguarán todo. El cadete ha dicho que está en el cuartel.

—¿Sobre una tarima?… —preguntó una voz sonora y, otra vez le pareció a Nikolka, llena de odio.

—¿Qué dice, Maria Frántsevna? Está en la capilla, en la capilla…

—Quizás está tirado en esa esquina, expuesto a las mordidas de los perros.

—¡Ay, Maria Frántsevna! Vamos, ¿qué cosas dice?… Quédese acostada, se lo ruego…

—Mamá ha perdido por completo la sensatez en estos tres días… —susurró la hermana de Nai, echándose otra vez hacia atrás el rebelde mechón y con la mirada perdida—. Pero ahora todo eso son tonterías.

—Iré con ellos —se oyó en la habitación contigua…

La hermana se estremeció al instante y salió corriendo.

—Mamá, mamá, tú no vendrás. Tú no vendrás. El cadete se niega a hacer gestiones si vienes tú. Pueden arrestarlo. Quédate acostada, quédate acostada, te lo ruego…

—Bueno, Maria Frántsevna, bueno, pobre, bueno, aguante, aguante…

—Ay, Dios mío, Dios mío —dijo la joven y atravesó rápido el salón.

Nikolka, presa del horror y la desesperación, pensó turbado: “Y si no lo encontramos, ¿qué pasará?”.

***

Junto a las terribles puertas, donde, a pesar de la helada, se sentía ya un pesado y espantoso olor, Nikolka se detuvo y dijo:

—Tal vez sea mejor que usted se quede aquí… Porque… Porque allí hay un olor tal que puede afectarla.

Irina miró la puerta verde, después a Nikolka y respondió:

—No, iré con usted.

Nikolka tiró de la manija de la pesada puerta y entraron. Al principio estaba oscuro. Después vieron unas interminables filas de perchas vacías. En el techo colgaba una opaca bombita.

Nikolka se volvió alarmado hacia su acompañante, pero ella estaba bien, caminaba a su lado y sólo su rostro lucía pálido, con el ceño fruncido. Frunció el ceño de tal modo que le hizo acordar a Nai-Turs; por lo demás, fue un parecido momentáneo: Nai tenía un rostro de hierro, sencillo y viril, y ella era hermosa y no tenía tipo ruso, sino más bien extranjero. Una muchacha encantadora, admirable.

El olor que tanto temía Nikolka se extendía por doquier. Olían los pisos, olían las paredes, las perchas de madera. El olor era tan horrible que hasta podía vérselo. Parecía que las grasientas y viscosas paredes, las relucientes perchas, los grasientos pisos y el aire denso y pesado olían a carroña. Al propio olor, por lo demás, uno se acostumbra muy rápido, pero era mejor no mirar con atención ni pensar. Lo más importante era no pensar porque si no enseguida comprendía uno qué significan las náuseas. Apareció un estudiante con abrigo y al instante desapareció. A la izquierda, detrás de las perchas, se abrió entre chirridos una puerta de la que salió un hombre con botas. Nikolka lo miró y se apresuró a apartar los ojos para no ver su saco. El saco y las manos del hombre relucían de grasa como las perchas.

—¿Qué desea? —preguntó el hombre con tono severo.

—Hemos venido por un asunto —dijo Nikolka—, nos gustaría ver al director… Necesitamos encontrar un muerto. Seguramente está aquí, ¿no?

—¿Qué muerto? —preguntó el hombre mirando de reojo.

—Uno que mataron en la calle hace tres días…

—Ah, entonces es un cadete o un oficial… También trajeron jaidamakas. ¿Quién es?

Nikolka temía decir que Nai-Turs era precisamente un oficial y dijo así:

—Pues sí, a él también lo mataron…

—Es un oficial movilizado por el Hetman —dijo Irina—, Nai-Turs —y se acercó al hombre.

A este, por lo visto, le daba igual quién fuera Nai-Turs; miró de soslayo a Irina y respondió tosiendo y escupiendo al suelo:

—No sé qué hacer. Las clases ya han terminado y no hay nadie en las salas. Los otros guardias se han ido. Es difícil buscar. Muy difícil. Es que han metido los cadáveres en los depósitos de abajo. Es difícil, muy difícil…

Irina Nai desabrochó su cartera, sacó un billete y se lo tendió al guardia. Nikolka se volvió, temiendo que el honrado hombre protestaría contra ello. Pero el guardia no protestó…

—Gracias, señorita —dijo y se animó—, es posible encontrarlo. Sólo hace falta un permiso. Si el profesor lo autoriza, podrá recoger el cadáver.

—¿Y dónde está el profesor? —preguntó Nikolka.

—Está aquí, sólo que está ocupado… No sé… ¿Le aviso?…

—Por favor, por favor, avísele ya mismo —pidió Nikolka—, yo enseguida reconoceré al muerto…

—Está bien —dijo el guardia, y los condujo. Subieron por unos peldaños hasta un pasillo donde el olor era aún más horrible. Luego por el pasillo, luego a la izquierda, donde el olor se hizo menos intenso y había más luz porque el pasillo tenía techo de vidrio. Allí, a izquierda y derecha, las puertas eran blancas. Ante una de ellas el guardia se detuvo, llamó, después se quitó el gorro y entró. En el pasillo había silencio, y la luz se esparcía a través del techo. En un rincón, a lo lejos, comenzaba a oscurecer. El guardia salió y dijo:

—Pasen.

Nikolka entró seguido de Irina Nai… Se quitó la gorra y lo primero que distinguió, en una gran habitación, fueron las negras manchas de unas grasosas cortinas y el terrible e intenso haz de luz que caía sobre una mesa; en el haz había una barba negra y un rostro demacrado lleno de arrugas y nariz aguileña. Después, abatido, miró las paredes. En la penumbra brillaban innumerables armarios en los que se veían unos monstruos oscuros y amarillos semejantes a terribles figuras chinas. También vio a lo lejos a un hombre alto que semejaba un hierofante con su delantal de cuero y sus guantes negros; estaba inclinado sobre una larga mesa en la que había, cual cañones, unos microscopios cuyos espejos y partes doradas brillaban a la luz de una lámpara muy baja de pantalla verde.

—¿Qué desean? —preguntó el profesor.

Nikolka supo que era el profesor por el rostro demacrado y por la barba; el hierofante aquel tenía un rango más bajo, sería un ayudante.

Nikolka carraspeó sin apartar la vista del penetrante haz que salía de aquella lámpara, extrañamente torcida y brillante, y de otras cosas, como los dedos amarillos por el tabaco y un objeto espantoso y repugnante que yacía ante el profesor: un cuello y una mandíbula inferior compuestos por fibras e hilos de los que pendían decenas de relucientes ganchos y tijeras…

—¿Son parientes? —preguntó el profesor. Tenía una voz sorda, lo que se correspondía con su rostro demacrado y su barba. Levantó la cabeza y entornó los ojos hacia Irina Nai, su abrigo de piel y sus botas.

—Soy su hermana —dijo Nai, tratando de no mirar lo que había ante el profesor.

—Ya ve, Serguéi Nikoláievich, lo difícil que es esto. No es el primer caso… A lo mejor ni siquiera está aquí todavía. ¿No llevaron los cadáveres al depósito general?

—Es posible —respondió el alto, dejando un instrumento a un lado…

—¡Fiódor! —gritó el profesor.

***

—No, usted… Usted no debe ir… Iré yo… —dijo apocado Nikolka.

—Se desmayará, señorita —confirmó el guardia—. Puede esperar aquí —añadió.

Nikolka lo llevó aparte, le dio otros dos billetes y le pidió que trajera un taburete limpio para la señorita. El guardia, lanzando bocanadas de tabaco de mala calidad, sacó un taburete de un lugar donde había esqueletos y una lámpara verde.

—¿Usted no es estudiante de medicina, señorito? Los estudiantes se acostumbran enseguida —y, tras abrir una gran puerta, accionó el interruptor. Una bola se encendió bajo el techo de vidrio. De la habitación salía un fuerte hedor. Había hileras de blancas mesas de zinc. Estaban vacías, y en algún sitio se oía el agua caer en un lavabo. Bajo los pies resonó el piso de piedra. Nikolka, sofocado por ese olor que seguramente quedaría allí para siempre, caminaba tratando de no pensar. Por la puerta opuesta salieron a un pasillo completamente oscuro en el que el guardia encendió una pequeña lámpara y siguieron unos pasos más. El guardia descorrió un pesado cerrojo, abrió una puerta de hierro y otra vez accionó el interruptor. Una ola de frío envolvió a Nikolka. En los rincones de aquella negra sala había enormes cilindros repletos de restos y despojos de carne humana, jirones de piel, dedos, pedazos de huesos quebrados. Nikolka se volvió y tragó saliva; el guardia le dijo:

—Huela esto, señorito.

Nikolka cerró los ojos e inhaló con avidez el insoportable olor a amoníaco que salía del frasco.

Como entre sueños, Nikolka entornó los ojos, vio el resplandor de la pipa de Fiódor y sintió el dulce aroma del tabaco. Fiódor luchó largo rato con el candado del montacargas hasta que al fin lo abrió. Una vez dentro, Fiódor tiró de una palanca y el montacargas descendió entre chirridos. Desde abajo llegaba un frío glacial. El montacargas se detuvo. Entraron en un enorme depósito. Nikolka vio turbiamente algo que jamás había visto. Como leña apilada, yacían desnudos, unos sobre otros y despidiendo un hedor insoportable y asfixiante a pesar del amoníaco, cuerpos humanos. Pies entumecidos o laxos, cabezas de mujer con el cabello revuelto y desgreñado, senos hundidos, ajados, amoratados.

—Bueno, ahora los iremos dando vuelta y usted mire —dijo el guardia, agachándose. Tomó del pie el cadáver de una mujer; esta, resbaladiza, se deslizó como sobre manteca y golpeó contra el suelo. A Nikolka le pareció de una belleza perturbadora, como una bruja, y viscosa. Tenía los ojos abiertos y miraban directo a Fiódor. Nikolka, a duras penas, apartó la vista de la cicatriz que la ceñía como una cinta roja y miró a un costado. Sintió náuseas y la cabeza le dio vueltas ante la idea de que debería remover toda aquella compacta pila de cuerpos pegoteados.

—No hace falta. Deténgase —le dijo a Fiódor con voz débil, y se metió el frasco en el bolsillo—. Allí está. Lo he encontrado. Está arriba. Allí, allí.

Fiódor enseguida se movió, balanceándose para no resbalar, tomó a Nai-Turs de la cabeza y tiró de él con fuerza. Sobre el vientre de Nai yacía boca abajo una mujer de pecho delgado y caderas anchas, entre cuyos cabellos, sobre la nuca, relucía tenuemente, como un pedazo de vidrio, una barata y olvidada peineta. Fiódor se la sacó rápido y al paso, se la guardó en el bolsillo del delantal y tomó a Nai de las axilas. La cabeza de este, al salir de la pila, se estiró y quedó colgando; su puntiaguda y rasurada barbilla apuntó hacia arriba; un brazo se deslizó.

Fiódor no tiró de Nai como había hecho con la mujer, sino que, con cuidado, tomándolo de las axilas y doblando el cuerpo ya fláccido, lo giró de tal modo que sus piernas se arrastraron por el suelo y el rostro quedó vuelto hacia Nikolka.

—Mírelo —le dijo—. ¿Es él? No se equivoque.

Nikolka clavó la vista en los ojos de Nai, abiertos y vidriosos, que le respondieron con una mirada inexpresiva. Tenía en la mejilla izquierda un tinte apenas verdoso y sobre el pecho y el vientre se esparcían unas manchas grandes y oscuras, con seguridad de sangre.

—Es él —dijo Nikolka.

Fiódor arrastró a Nai otra vez de las axilas hasta el montacargas y lo dejó a los pies de Nikolka. El muerto abrió los brazos y otra vez alzó la barbilla. Fiódor entró, movió la palanca y el montacargas subió.

***

Esa misma noche, en la capilla, todo se hizo como Nikolka quería; su conciencia estaba por completo tranquila, pero triste y adusta. En el teatro anatómico contiguo a la capilla, desnuda y sombría, había luz. En un rincón se hallaba el ataúd cerrado de un desconocido, y ese extraño difunto, pesado, desagradable y terrible, no perturbaba la paz de Nai, que en el ataúd lucía más alegre y feliz.

Un Nai lavado por los guardias, contentos y locuaces; un Nai limpio, con una guerrera sin galones; un Nai con una corona en la cabeza y bajo tres cirios; y, lo más importante, un Nai con la ancha y abigarrada banda de San Jorge, que el propio Nikolka le había colocado bajo la camisa, sobre el pecho frío y pegajoso. La anciana madre apartó la mirada de los tres cirios, volvió su vacilante cabeza hacia Nikolka y dijo:

—Hijo mío. Te agradezco.

Y eso hizo llorar otra vez a Nikolka, que salió de la capilla y fue hasta la nieve. Alrededor, sobre el patio del teatro anatómico, se extendían la noche, la nieve, las cruces de las estrellas y la blanca Vía Láctea.

18

Turbín empezó a morir el veintidós de diciembre. Era un día turbio, blanco y atravesado por el reflejo de la inminente Navidad. En particular, ese reflejo se sentía en el brillo del parquet del salón, que Aniuta, Nikolka y Lariósik habían encerado en silencio el día anterior. También palpitaba la Navidad en los soportes de las lamparillas, que las manos de Aniuta habían dejado relucientes. Y, por último, olía a coníferas y el verde iluminaba el rincón del abigarrado Valentín, que parecía olvidado para siempre sobre las teclas del piano…

Por mi hermana…

Elena salió cerca del mediodía de la habitación de Turbín con pasos no del todo firmes y atravesó en silencio el comedor, donde, en completo mutismo, estaban Carasio, Mishlaievski y Lariósik. Ninguno se movió, temían mirar su rostro. Elena cerró la puerta de su cuarto y la pesada cortina enseguida quedó inmóvil.

Mishlaievski se removió.

—Así es —dijo en un ronco susurro—, el comandante hizo todo bien, pero a Alioshka lo dejó en una mala posición…

Carasio y Lariósik no añadieron nada. Lariósik parpadeó y unos tintes lilas le corrieron por las mejillas.

—Ah…, diablos —añadió Mishlaievski. Se levantó y, tambaleándose, llegó hasta la puerta; después se detuvo indeciso, se volvió e hizo un guiño hacia el cuarto de Elena—. Escuchen, muchachos, estén atentos… A ver si…

Titubeó un instante más y se fue a la librería, donde sus pasos se extinguieron. Un momento después se oyó su voz, acompañada de unos sonidos extraños y lastimosos provenientes del cuarto de Nikolka.

—Nikol está llorando —susurró Lariósik con voz desesperada; suspiró, se acercó de puntillas hasta la puerta de Elena y se agachó para mirar por el ojo de la cerradura, pero no vio nada. Se volvió impotente hacia Carasio, comenzó a hacerle señas y mudas preguntas. Carasio se acercó a la puerta, titubeó, pero después dio varios golpecitos con la uña y dijo en voz baja:

—Elena Vasílievna, Elena Vasílievna…

—Ay, no se preocupen —se oyó tras la puerta la sorda voz de Elena—, no entren.

Carasio retrocedió y lo mismo hizo Lariósik. Ambos regresaron a sus lugares —unas sillas junto a la estufa de Zaandam— y se quedaron tranquilos.

Los Turbín y quienes estaban íntimamente ligados a ellos no tenían nada que hacer en el cuarto de Alekséi, ya casi colmado por la presencia de tres hombres. Eran el oso de quevedos dorados, un joven rasurado y elegante más parecido a un oficial de la guardia que a un médico y, por último, el canoso profesor. Su arte le había revelado a él y a la familia Turbín tristes noticias de inmediato, en cuanto se presentó el dieciséis de diciembre. Comprendió todo y anunció que Turbín tenía tifus. Y en el acto la herida de la axila izquierda quedó en un segundo plano. Hacía tan sólo una hora había salido con Elena al salón y allí, a su pregunta directa, pregunta formulada no sólo con la lengua, sino también con los ojos secos, los labrios agrietados y el cabello revuelto, dijo que había pocas esperanzas y, mirando a Elena de hito en hito con sus ojos de hombre muy muy experimentado y, por ello, con todos compasivo, añadió: “Muy pocas”. Todos sabían bien, y Elena también, qué significaba eso, que no había esperanza alguna y que, por tanto, Turbín moriría. Después de eso, Elena fue al dormitorio de su hermano y estuvo largo rato de pie mirándolo a la cara, y ahí comprendió a la perfección que, en efecto, no había esperanza. Sin poseer el arte del canoso y bondadoso anciano, era posible saber que el doctor Alekséi Turbín se estaba muriendo.

Yacía y exhalaba aún calor, pero un calor ya vacilante y frágil que en cualquier momento cesaría. Su rostro ya empezaba a exhibir unos extraños matices cerosos; su nariz había cambiado, se había afinado, y cierto rasgo de desesperanza se entrevía precisamente en la curva de esa nariz, que sobresalía con singular nitidez. Elena sintió frío en los pies y una vaga angustia en el apestoso y viciado aire del dormitorio, impregnado de alcanfor. Pero esa sensación pasó rápido.

Algo oprimía como una piedra el pecho de Turbín, que respiraba con un silbido y, a través de sus dientes apretados, pugnaba por inhalar el viscoso aire que no le entraba en el pecho. Hacía tiempo que había perdido el conocimiento y no veía ni comprendía lo que pasaba en torno suyo. Elena, de pie, lo contemplaba. El profesor le tocó la mano y le susurró:

—Vaya, Elena Vasílievna, nosotros lo haremos todo.

Elena obedeció y salió en el acto. Pero el profesor no hizo nada más.

Se quitó la bata, se limpió las manos con unos trozos húmedos de algodón y otra vez miró el rostro de Turbín. Una sombra azulada se espesaba junto a las comisuras de los labios y la nariz.

—No hay remedio —dijo en voz muy baja al oído del rasurado profesor—. Usted, doctor Brodóvich, quédese cerca de él.

—¿Le doy alcanfor? —preguntó este en un susurro.

—Sí, sí, sí.

—¿Una inyección?

—No —miró a la ventana y pensó un momento—. Tres gramos de una vez. Y con más frecuencia. —Pensó otro poco y añadió—: Si se produce el infeliz desenlace —estas palabras el profesor las susurró con mucho cuidado para que Turbín, incluso a través del velo del delirio y la niebla, no las oyera—, llámeme a la clínica. Si no sucede, vendré en cuanto termine la clase.

***

De año en año, hasta donde recordaban los Turbín, las lamparillas de su casa se encendían el veinticuatro de diciembre con la caída del crepúsculo, y a la noche se encendían en el salón las quebradizas y cálidas lucecitas sobre las verdes ramas del abeto. Pero ahora, la pérfida herida del arma de fuego y los estertores del tifus todo lo alteraron y confundieron, aceleraron la vida y la aparición de la luz de las lamparillas. Elena, luego de entrecerrar la puerta del comedor, se acercó a la mesita junto a su cama, tomó los fósforos, se subió a una silla y encendió la vela en la pesada lámpara de cadena que pendía ante un antiguo ícono de marco macizo. Cuando la llamita creció y ardió, la coronita sobre el opaco rostro de la Virgen adquirió tintes dorados y sus ojos se volvieron acogedores. La cabeza, ladeada, miró a Elena. En los dos cuadrados de las ventanas se veía un blanco y silencioso día de diciembre; en el rincón, la vacilante lengua de la llama anunciaba la fiesta. Elena bajó de la silla, se quitó el pañuelo de los hombros y se puso de rodillas. Apartó el borde de la alfombra, se hizo un lugar en el lustroso parquet y, en silencio, hizo una primera reverencia hasta tocar el suelo con la frente.

En el comedor entró Mishlaievski, seguido de Nikolka con los párpados demacrados. Habían estado en el dormitorio de Turbín. Nikolka, al regresar, dijo a sus interlocutores:

—Se está muriendo… —y tomó aire.

—Escucha —dijo Mishlaievski—, ¿no habría que llamar a un sacerdote? ¿Eh, Nikol?… ¿Por qué va a morir así, sin absolución?…

—Hay que decirle a Lena —respondió asustado Nikolka—, no podemos hacerlo sin ella. A ver si todavía le pasa algo…

—¿Y el doctor qué dice? —preguntó Carasio.

—¿Qué va a decir? No hay más nada que decir —dijo Mishlaievski con voz afónica.

Largo rato cuchichearon inquietos, y se oía cómo suspiraba el pálido y ofuscado Lariósik. Fueron una vez más a ver al doctor Brodóvich. Este se asomó al recibidor, encendió un cigarrillo y susurró que estaba agonizando, que, por supuesto, podían llamar a un sacerdote, que le era indiferente porque el enfermo igual ya estaba inconsciente y eso no le haría ningún daño.

—Una confesión sorda…

Cuchicheaban, cuchicheaban pero no se decidían a llamarlo y, cuando golpearon a la puerta de Elena, esta les respondió con voz sorda: “Váyanse ahora… Ya saldré…”.

Y se fueron.

Elena, arrodillada, miraba de reojo la dentada corona sobre el ennegrecido rostro de ojos claros y, extendiendo las manos, susurraba:

—Envías demasiadas desgracias juntas, madre auxiliadora. Así acabarás con la familia en un año. ¿Por qué?… Te has llevado a nuestra madre. Marido no tengo ni tendré, eso lo comprendo; ahora lo comprendo muy bien. Pero ahora nos quitas a nuestro hermano mayor. ¿Por qué?… ¿Cómo vamos a vivir Nikolka y yo?… Mira lo que sucede alrededor, mira… Madre auxiliadora, ¿acaso no te apiadas?… Puede que nosotros también seamos malas personas, pero ¿por qué castigarnos así?

Hizo otra reverencia hasta tocar con avidez el suelo con la frente, se santiguó, extendió de nuevo las manos y pidió:

—Mi única esperanza está en ti, Virgen purísima. En ti. Ruega a tu hijo, ruega a Dios nuestro Señor que envíe un milagro…

El susurro de Elena se volvió apasionado, sus palabras se embrollaban, pero no se detenían y fluían como un torrente. Se inclinaba con más y más frecuencia al suelo, sacudía la cabeza para echar hacia atrás un mechón de pelo que se desprendía de la peineta y le caía sobre los ojos. El día desapareció en los cuadrados de las ventanas, desapareció también el halcón blanco, nadie oyó la palpitante gavota de las tres de la tarde y totalmente desapercibido llegó aquel a quien Elena había llamado a través de la morena Virgen auxiliadora. Apareció junto a la tumba abierta, resucitado, benéfico, descalzo. El pecho de Elena se ensanchó al máximo, en sus mejillas afloraron manchas, sus ojos se llenaron de luz y de un llanto seco, sin lágrimas. Apretó la frente y la mejilla contra el suelo y con toda el alma se estiró hacia la llama, sin sentir ya el duro suelo bajo las rodillas. La llama se inflamó; el oscuro rostro encajado en la corona cobró vida y sus ojos arrancaron a Elena nuevas y nuevas palabras. Un silencio absoluto callaba tras las puertas y ventanas, el día oscurecía vertiginosamente y otra vez surgió la visión: la luz cristalina de una cúpula celestial, unas rocas nunca vistas y arenosas de un rojo amarillento, olivos, una catedral que embargaba el corazón de frío y de una negra calma secular.

—Madre auxiliadora —murmuró Elena a la luz de la llama—, ruégaselo. Ahí lo tienes. ¿Qué te cuesta? Apiádate de nosotros. Apiádate. Estos son tus días, tu fiesta. Aún puede hacer buenas obras, te ruego que perdones sus pecados. Que Serguéi no regrese… Si me lo quitas, quítamelo, pero a este no lo castigues con la muerte… Todos somos culpables por la sangre derramada, pero no lo castigues. No lo castigues. Ahí lo tienes, ahí lo tienes…

La llama comenzó a fraccionarse y un fino rayo se alargó y alargó hasta los mismos ojos de Elena. Entonces sus trastornados ojos entrevieron que los labios del rostro enmarcado por la cofia de oro se abrían y los ojos se hacían tan extraordinarios que el miedo y una embriagadora alegría le desgarraron el corazón; cayó al suelo y no se levantó más.

***

Cual viento seco, por todo el departamento cundió la alarma; alguien atravesó de puntillas el comedor. Alguien más arañó la puerta y se elevó un susurro: “Elena… Elena… Elena…”. Elena se limpió la fría y resbalosa frente con el dorso de la mano, se echó hacia atrás el mechón, se levantó con la mirada ciega, como una salvaje, sin reparar más en el reluciente rincón, y con corazón de acero se acercó a la puerta. Esta, sin aguardar permiso, se abrió sola, y Nikol apareció en el marco de la cortina. Le faltaba el aire y sus ojos se desencajaron aterrados hacia Elena.

—Mira, Elena… No temas… No temas… Ve allí… Parece que…

***

El doctor Alekséi Turbín, de cera, al igual que una vela quebrada y torcida en unas manos sudorosas, había sacado de debajo de la frazada sus huesudas manos de uñas sin recortar y yacía con la puntiaguda barbilla hacia arriba. Su cuerpo estaba bañado por un sudor pegajoso y su pecho seco y resbaladizo subía y bajaba por entre las aberturas de la camisa. Reclinó la cabeza, apoyó la barbilla en el pecho, separó los amarillentos dientes y entreabrió los ojos. Aún se agitaba en ellos el velo desgarrado de la niebla y el delirio, pero ya entre los jirones de aquella negrura asomaba la luz. Con voz muy débil, aguda y afónica dijo:

—La crisis, Brodóvich. ¿Qué… sobreviviré?… A-ah.

Carasio sostenía en sus trémulas manos una lámpara que iluminaba el hundido lecho y las revueltas sábanas, que proyectaban sombras grises en los pliegues.

El médico rasurado, con mano no del todo segura, pellizcó entre sus dedos los restos de carne de Turbín y le clavó en el brazo la aguja de una pequeña jeringa. Unas gotitas de sudor le cubrieron la frente. Estaba conmovido y asombrado.

19

Peturra. Llevaba viviendo en la Ciudad cuarenta y siete días. Voló sobre los Turbín, encadenado al hielo y cubierto de nieve, enero de 1919; llegó febrero y se arremolinó en ventiscas.

El dos de febrero por el departamento de los Turbín pasó una figura negra de cabeza rapada cubierta con un negro gorro de seda. Era el resucitado Turbín en persona. Había cambiado mucho. En la comisura de los labios se le habían grabado, al parecer para siempre, dos arrugas; su tez era cerosa; sus ojos se hundían en las sombras y se habían vuelto para siempre serios y lóbregos.

En el salón, Turbín, como cuarenta y siete días antes, se pegó contra el vidrio y escuchó, y, como entonces, cuando en las ventanas se vislumbraban las cálidas lucecitas, la nieve y la ópera, se oían suaves y lejanos cañonazos. Frunció el ceño severo, apoyó todo el peso del cuerpo sobre el bastón y contempló la calle. Vio que los días se habían alargado como por arte de magia y que había más luz, pese a que, tras el vidrio, la borrasca arreciaba en millones de copos.

Bajo el gorro de seda los pensamientos fluían severos, claros, tétricos. La cabeza parecía ligera, vacía, como una caja ajena sobre los hombros, y esos pensamientos acudían como desde fuera y en el orden en que ellos mismos querían. Turbín se alegraba de estar solo junto a la ventana y contemplaba…

“Peturra… Hoy a la noche a más tardar se habrá consumado y no habrá más Peturra… Pero ¿existió?… ¿O lo habré soñado? No se sabe, no hay forma de comprobarlo. Lariósik es muy simpático. No molesta en la familia, no, más bien es necesario. Hay que agradecerle por los cuidados… ¿Y Shervinski? Ah, el diablo sabrá cómo es… Qué castigo con las mujeres. Sin falta Elena se liará con él, es inevitable… ¿Y qué tiene de bueno? ¿Acaso la voz? Su voz es magnífica, pero la voz, en última instancia, es posible escucharla sin contraer matrimonio, ¿no es cierto?… Por lo demás, eso no importa. ¿Y qué es lo que importa? Sí, ese mismo Shervinski decía que llevan estrellas rojas en los gorros… ¿Volverá otra vez el horror a la Ciudad? Oh, sí… Así pues, hoy a la noche… A lo mejor los convoyes ya circulan por las calles… Sin embargo, iré, iré de día… Y le llevaré… Brin. ¡Atrápenlo! Soy un asesino. No, lo maté en combate. O lo herí… ¿Con quién vivirá ella? ¿Dónde estará su marido? Brin. Malíshev. ¿Dónde estará ahora? Se lo ha tragado la tierra. ¿Y Maksim?… ¿Y Alejandro Primero?”

Fluían los pensamientos, pero los interrumpió un timbrazo. En el departamento no había nadie más que Aniuta; todos habían ido a la Ciudad, apresurados por concluir, antes del anochecer, toda suerte de asuntos.

—Si es un paciente, hazlo pasar, Aniuta.

—Está bien, Alekséi Vasílievich.

Alguien subió tras Aniuta por la escalera, se quitó el abrigo de piel de cabra en el recibidor y pasó al salón.

—Pase —dijo Turbín.

Del sillón se levantó un joven delgadito y amarillento de guerrera gris. Tenía los ojos turbios y reconcentrados. Turbín, con bata blanca, se apartó y lo hizo pasar al despacho.

—Siéntese, por favor. ¿En qué puedo servirle?

—Tengo sífilis —dijo con voz algo ronca el visitante, y clavó en Turbín una mirada sombría.

—¿Ya se ha tratado?

—Sí, pero mal y sin observar las prescripciones. El tratamiento sirvió de poco.

—¿Quién lo ha mandado a verme?

—El superior de la iglesia Nikolái Dobri, el padre Aleksandr.

—¿Cómo?

—El padre Aleksandr.

—¿Qué, usted lo conoce?…

—Me he confesado con él y las palabras del sagrado anciano han aliviado mi alma —explicó el visitante, mirando al cielo—. Yo no debía tratarme… Así lo suponía. Debía soportar con paciencia la prueba que Dios me envío por mi terrible pecado, pero el superior me hizo comprender que estaba equivocado. Y he seguido su consejo.

Turbín examinó con toda atención las pupilas del paciente y lo primero que hizo fue comprobar sus reflejos. Pero las pupilas del dueño de la piel de cabra resultaron normales, aunque llenas de una triste negrura.

—Mire —dijo Turbín soltando el martillito—, usted, por lo visto, es una persona religiosa.

—Sí, día y noche pienso en Dios y le rezo. Es el único refugio y consuelo.

—Eso, por supuesto, está muy bien —respondió Turbín, sin dejar de mirarlo a los ojos—, eso lo respeto, pero escuche lo que le aconsejo: durante el tratamiento deje a un lado sus obsesivos pensamientos en Dios. El caso es que empiezan a convertirse en una idea fija. En su estado eso es perjudicial. Usted necesita aire, movimiento y sueño.

—Por las noches rezo…

—No, eso habrá que cambiarlo. Deberá reducir las horas de oración. Lo cansarán, y usted precisa reposo.

El enfermo bajó sumiso los ojos.

Estaba de pie y desnudo ante Turbín y se sometió al examen.

—¿Toma cocaína?

—Entre las infamias y vicios a los que me he entregado, también estaba ese. Ahora no.

“El diablo sabrá quién es… ¿Y si es un ratero que finge?… Habrá que vigilar que en el recibidor no desaparezcan los abrigos de piel.”

Turbín dibujó con el mango del martillito un gran signo de interrogación sobre el pecho del enfermo. El signo, blanco, se transformó en rojo.

—Deje de ocuparse de cuestiones religiosas. En general trate de entregarse menos a penosas reflexiones. Vístase. Desde mañana comenzaré a inyectarle mercurio, y en una semana haremos la primera transfusión.

—Está bien, doctor.

—No puede tomar cocaína. No puede beber. Mujeres, tampoco…

—Me he alejado de las mujeres y de los venenos. También de la gente mala —dijo el enfermo, abotonándose la camisa—. El genio malvado de mi vida, el anunciador del anticristo, se ha ido a la ciudad del diablo.

—Padrecito, no hable así —protestó Turbín—, va a terminar en una clínica psiquiátrica. ¿De qué anticristo habla?

—Hablo de su anunciador, Mijaíl Semiónovich Shpolianski, hombre con ojos de serpiente y patillas negras. Se ha ido al reino del anticristo en Moscú para dar la señal y conducir a esta Ciudad las huestes de ángeles caídos en castigo por los pecados de sus habitantes. Como en otros tiempos Sodoma y Gomorra…

—¿Por ángeles caídos se refiere a los bolcheviques? Estoy de acuerdo. Pero, de todos modos, no hable así… Va a tomar bromuro. Una cucharada tres veces por día.

—Es joven, pero encierra tanta infamia como un demonio milenario. Induce a las mujeres a la depravación, a los jóvenes al vicio, y resuenan ya, resuenan las trompetas de guerra de las pecadoras huestes y se ve sobre los campos el rostro de Satanás que marcha tras ellas.

—¿Trotski?

—Sí, ese es el nombre que ha adoptado. Su verdadero nombre en hebreo es Abadón, y en griego Apolión, que significa “exterminador”.

—En serio le digo, si no la termina con eso, tenga cuidado…, se le está desarrollando una manía…

—No, doctor, yo soy normal. ¿Cuánto cobra, doctor, por su sagrado trabajo?

—Por favor, a cada paso repite la palabra “sagrado”. No veo nada particularmente sagrado en mi trabajo. Cobro por el tratamiento completo, como todo el mundo. Si se va a tratar conmigo, déjeme un anticipo.

—Muy bien.

La guerrera se desabotonó.

—Quizás tenga usted poco dinero —murmuró Turbín, mirándole las raídas rodillas del pantalón. “No, no es un ratero… No… Pero se volverá loco.”

—No, doctor, tengo. Usted alivia a su modo a la humanidad.

—Y a veces con mucho éxito. Por favor, tome el bromuro con cuidado.

—Completo alivio, estimado doctor, tendremos sólo allí —el enfermo señaló inspirado el blanquecino techo—. Ahora a todos nosotros nos aguardan pruebas nunca vistas… Y llegarán muy pronto.

—Bueno, le agradezco humildemente. Yo ya he sufrido suficiente.

—Nunca diga de esta agua no he de beber, doctor, oh, nunca —murmuró el enfermo mientras se ponía la piel de cabra en el recibidor—, porque está escrito: “El tercer ángel vació su copa sobre los ríos y sobre los manantiales, y el agua se convirtió en sangre”.7

“En algún lugar ya he oído eso… Ah, claro, ha estado hablando de lo lindo con el sacerdote. Han congeniado bien, qué maravilla.”

—Le aconsejo encarecidamente que lea menos el Apocalipsis… Se lo repito, es perjudicial para usted. Ha sido un honor. Venga mañana a las seis, por favor. Aniuta, acompáñalo, por favor…

***

—No lo rechace… Quiero que la mujer que me ha salvado la vida conserve al menos algún recuerdo mío… Es una pulsera de mi difunta madre.

—No es necesario… ¿Para qué?… No quiero —respondió Reiss, protegiéndose con la mano de Turbín, pero este insistió y le abrochó en la pálida muñeca una pesada y oscura pulsera de metal forjado. Entonces su mano se volvió aún más hermosa y toda Reiss lució aún más bella… Incluso en la penumbra se veía cómo se sonrosaba su rostro.

Turbín no se contuvo, pasó el brazo derecho por el cuello de Reiss, la atrajo hacia sí y la besó varias veces en la mejilla… Al hacerlo dejó caer de sus débiles manos el bastón, que golpeó contra una pata de la mesa.

—Váyase… —susurró Reiss—, ya es hora… Ya es hora. Hay convoyes por las calles. Cuídese de que no lo toquen.

—Siento apego por usted —susurró Turbín—. Permítame venir a verla.

—Venga…

—Dígame, ¿por qué está sola y de quién es esa fotografía sobre la mesa? La del moreno con patillas.

—Es mi primo… —respondió Reiss, y agachó la vista.

—¿Qué apellido tiene?

—¿Para qué quiere saberlo?

—Usted me ha salvado… Quiero saberlo.

—¿Yo lo he salvado y usted tiene derecho a saber? Se llama Shpolianski.

—¿Está aquí?

—No, se ha ido… A Moscú. Qué curioso que es usted.

Algo se estremeció en Turbín, que se quedó largo tiempo mirando aquellas negras patillas y aquellos ojos negros… Una idea desagradable y absorbente permaneció más que las otras mientras estudiaba la frente y los labios del presidente de El Trioleto Magnético. Pero era vaga… El anunciador. Aquel desdichado con piel de cabra… ¿Qué me inquieta? ¿Qué me carcome? No es asunto mío. Los ángeles caídos… Ah, me da igual… Si tan sólo pudiera volver aquí, a esta extraña y tranquila casita del retrato de charreteras doradas.

—Váyase. Ya es hora.

***

—¿Nikol? ¿Eres tú?

Los hermanos se dieron de bruces en la parte baja del misterioso jardín de otra casita. Nikolka, por alguna razón, se turbó como si lo hubieran agarrado con las manos en la masa.

—Vengo de casa de los Nai-Turs, Aliosha —explicó con el aspecto de alguien a quien sorprenden sobre una cerca robando manzanas.

—Vaya, es una buena cosa. ¿Ha quedado su madre?

—Y una hermana. Ya ves, Aliosha… Así son las cosas.

Turbín miró de reojo a Nikolka y no lo sometió a más preguntas.

Los hermanos caminaron la mitad del trayecto en silencio. Después Turbín quebró el mutismo.

—Por lo visto, hermano, Peturra nos arrojó a ti y a mí a la Malo-Proválnaia, ¿eh? Pues bien, allí iremos. Pero qué saldrá de ello, aún no lo sabemos, ¿eh?

Nikolka escuchó con grandísimo interés esa enigmática frase y preguntó a su vez:

—¿Tú también has visitado a alguien, Aliosha? ¿En Malo-Proválnaia?

—Ajá —respondió Turbín; luego se levantó el cuello del abrigo, se ocultó en él y hasta la misma casa no emitió más un sonido.

***

En aquel importante e histórico día todos comieron en casa de los Turbín; también Mishlaievski, Carasio y Shervinski. Era la primera comida que compartían desde que Turbín había sido herido. Y todo fue como antes, excepto una cosa: sobre la mesa no había rosas sombrías y ardientes, pues ya hacía tiempo que no existía la saqueada confitería La Marquesa, cuya vendedora había partido hacia algún lugar lejano, probablemente donde reposaba madame Anjou. Tampoco había hombreras en los comensales; las hombreras habían volado y desaparecido en la ventisca que arreciaba tras las ventanas.

Boquiabiertos, todos escuchaban a Shervinski; hasta Aniuta había acudido de la cocina y se apoyaba contra la puerta.

—¿Qué estrellas son esas? —preguntó sombrío Mishlaievski.

—Pequeñas como escarapelas, de cinco puntas —contaba Shervinski—, y las llevan en el gorro. Dicen que se vienen como un nubarrón… En una palabra, a medianoche estarán aquí…

—¿Por qué tanta precisión, a medianoche?…

Pero Shervinski no logró responder por qué, ya que sonó el timbre y en el departamento apareció Vasilisa.

Vasilisa, haciendo reverencias a izquierda y derecha y estrechando con amabilidad las manos, en particular la de Carasio, caminó directo al piano haciendo crujir las viras de sus zapatos. Elena, con radiante sonrisa, le tendió la mano y él, dando un saltito, se la besó. “El diablo sabrá por qué, pero Vasilisa se ha vuelto simpático después de que le afanaron el dinero —pensó Nikolka, y se puso a filosofar—. Quizás el dinero impide ser simpático. Por ejemplo, aquí ninguno tiene dinero y todos son simpáticos.”

Vasilisa no quiere té. No, agradece humildemente. Muy muy bien. Je, je. Qué acogedora es su casa, a pesar de estos horribles tiempos que corren. Ah… Je… No, agradece humildemente. Ha llegado de la aldea la hermana de Vanda Mijáilovna y debe ya mismo regresar con ellas. Ha venido a entregar una carta a Elena Vasílievna. Acaba de abrir el buzón y ahí estaba. “Lo he considerado un deber. Tengo el honor de saludarla.” Vasilisa se despidió entre saltitos.

Elena se retiró al dormitorio con la carta…

“¿Una carta desde el extranjero? ¿Es posible? A veces hay tales cartas. Sólo que tomas el sobre en tus manos y ya sabes qué contiene. ¿Y cómo ha llegado? No están circulando las cartas. Incluso de Zhitómir a la Ciudad hay que aprovechar a enviarlas cuando alguno viaja. Qué estúpido y absurdo es todo en nuestro país. Si el que te trae la carta también viaja en tren, ¿por qué las cartas no llegan y desaparecen? Pero esta ha llegado. No se preocupe, esta carta llegará, dará con su destinatario. Var… Varsovia. Varsovia. Pero no es la letra de Talberg. De qué modo más desagradable me palpita el corazón.”

Si bien la lámpara tenía pantalla, en el dormitorio de Elena se estaba muy mal: era como si alguien hubiera quitado la colorida seda y una viva luz hiriera los ojos y produjera un caos. El rostro de Elena cambió, se pareció al viejo rostro de su madre, que la miraba desde un marco tallado. Los labios le temblaron, pero formaron unos pliegues despectivos. Crispó la boca. La hoja de papel gris rayado que había sacado del sobre yacía bajo un haz de luz.

… Acabo de enterarme de que te has divorciado de tu marido. Los Ostroúmov vieron a Serguéi Ivánovich en la embajada; se marcha a París junto con la familia Herts; dicen que se casará con Lídockha Herts; qué extraño se vuelve todo en esta barahúnda. Lamento que no te hayas marchado. Lamento que todos ustedes hayan quedado en manos de los campesinos. Aquí en los periódicos escriben que Petliura, al parecer, se dispone a atacar la Ciudad. Esperemos que los alemanes se lo impidan…

En la cabeza de Elena saltaba y golpeaba mecánicamente la marcha de Nikolka a través de las paredes y de la puerta, que Luis XIV tapaba por completo. Luis reía y levantaba su mano con un bastón de cintas enlazadas. La empuñadura de un bastón llamó a la puerta y Turbín, dando golpecitos contra el suelo, entró. Miró de soslayo el rostro de la hermana, crispó la boca al igual que ella y preguntó:

—¿Es de Talberg?

Elena guardó silencio, sentía vergüenza y pena. Pero después se dominó y deslizó la hoja hacia Turbín: “De Olia… Desde Varsovia…”. Turbín clavó con atención los ojos en las líneas y los movió hasta llegar al final; después releyó el comienzo:

“Querida Lénochka, no sé si llegará a ti…”

En su rostro centellearon distintos colores. El tono general era azafranado, los pómulos rosados y los ojos, de celestes, se hicieron negros.

—Con qué placer… —masculló entre dientes— le rompería la jeta…

—¿A quién? —preguntó Elena, y se sorbió la nariz, en la que se acumulaban las lágrimas.

—A mí mismo —respondió el doctor Turbín, presa de la vergüenza—, por haberlo besado aquella vez.

Elena se echó a llorar.

—Hazme este favor —continuó Turbín—, tira esta cosa a la mismísima mierda —y tocó con la empuñadura el retrato sobre la mesa. Elena, sollozando, se lo alcanzó. Turbín, en el acto, arrancó del marco la fotografía de Serguéi Ivánovich y la rompió en pedazos. Elena comenzó a llorar como lloran las mujeres, sacudiendo los hombros, y se hundió en el almidonado pecho de Turbín. De reojo, con supersticioso espanto, echó un vistazo al ícono marrón ante el cual aún ardía la lamparilla en su soporte dorado.

“Yo recé… Puse una condición… Que así sea… No te enfades… No te enfades, Madre de Dios”, pensó la supersticiosa Elena. Turbín se asustó:

—Calma, calma… Te oirán. ¿Qué tiene de bueno eso?

Pero en el salón no la oían. El piano, bajo los dedos de Nikolka, vomitaba una marcha desesperada, El águila bicéfala, y se oían risotadas.

20

Grandioso fue el año y terrible fue el año 1918 desde el nacimiento de Cristo, pero 1919 fue aún más terrible.

En la noche del dos al tres de febrero, junto a la entrada del puente Tsepnói, que cruza el Dniéper, dos cosacos arrastraban por la nieve a un hombre de abrigo negro y desgarrado, el rostro azul y rojo por las manchas de sangre; un jefe de sección corría junto a él y lo golpeaba en la cabeza con una baqueta. La cabeza se balanceaba con cada golpe, pero el ensangrentado ya no gritaba, sólo lanzaba ayes. La baqueta se hundía pesada y lacerante en el abrigo hecho jirones, y a cada golpe se oía una voz ronca:

—Ay… Ah…

—¡Ah, hocico judío! —gritaba frenético el jefe de sección—. ¡Llévenlo a las pilas de troncos, lo fusilaremos! Yo te voy a enseñar a esconderte en rincones oscuros. ¡Te voy a enseñar! ¿Qué hacías tras la pila de leña? ¡Espía!…

Pero el ensangrentado no respondía al furioso jefe. Entonces este corrió adelante y los cosacos dieron un salto al costado para esquivar la brillante vara que voló por el aire. El jefe no calculó bien el golpe y la baqueta cayó como un rayo sobre la cabeza. Algo crujió en esta y el abrigo negro no respondió ya con un “ay”… Giró el brazo, balanceó la cabeza y, de rodillas como estaba, se desplomó de costado con el otro brazo bien separado y abierto, como si quisiera abarcar para sí la mayor cantidad de aquella tierra pisoteada y cubierta de estiércol. Los dedos se le doblaron como ganchos y escarbaron la mugrienta nieve. Después se contrajo varias veces en un oscuro charco y quedó inmóvil.

Sobre el caído, a la entrada del puente, chisporroteaba un farol eléctrico; en torno al caído se agitaron las alarmadas sombras de unos jaidamakas con coletas en las cabezas, y en lo alto había un cielo negro con vibrantes estrellas.

Y en el mismo momento en que aquel hombre expiraba, la estrella de Marte, sobre el arrabal Slobodka, de pronto estalló en la congelada altura, despidiendo fuego y un ensordecedor estrépito.

Tras ello, las negras lejanías del otro lado del Dniéper, lejanías que conducían a Moscú, retumbaron en un trueno grave y prolongado. Y enseguida estalló una segunda estrella, pero más abajo, sobre los mismos tejados enterrados bajo la nieve.

Y de inmediato la división azul de los jaidamakas se movió desde el puente y huyó hacia la Ciudad, la atravesó y la abandonó para siempre.

Tras la división azul corrió con andar lobuno y sobre caballos ateridos la sección de Kózir-Leshkó; pasó danzando una cocina de campaña… y después todo desapareció como si jamás hubiera existido. Sólo quedó el congelado cuerpo del judío con abrigo negro junto a la entrada del puente, unos montones de heno pisoteados y el estiércol de caballo.

Y sólo el cadáver era testimonio de que Peturra no era un mito, de que en verdad había existido… Dzin… Trin… la guitarra, el turco…, el farol de hierro sobre la Brónnaia…, trenzas de muchachas, balazos que sacuden la nieve, salvajes aullidos en la noche, helada… Quiere decir que había existido.

Grits va al trabajo…

con las botas rotas…8

¿Y para qué existió todo aquello? Nadie lo dirá. ¿Pagará alguien por la sangre derramada?

No. Nadie.

Simplemente se derretirá la nieve, brotará la verde hierba ucraniana y se extenderá por la tierra… Nacerán exuberantes retoños… Vibrará el bochorno sobre los campos y de la sangre no quedará ni rastro. La sangre derramada sobre los rojos campos es barata y nadie pagará por ella.

Nadie.

***

Desde el atardecer habían calentado los azulejos de Zaandam, y aún bien entrada la noche las estufas conservaban el calor. Las inscripciones sobre El carpintero de Zaandam habían sido borradas, sólo quedaba una:

… Lén… conseguí una entrada para Aíd…

La casa de la pendiente Alekséievski, casa tocada con un gorro de general blanco, hacía rato que dormía, y dormía templada. El sopor del sueño se esparcía tras las cortinas y ondulaba en las sombras.

Tras las ventanas florecía, victoriosa, una álgida noche y flotaba silenciosa sobre la tierra. Jugueteaban las estrellas, contrayéndose y dilatándose, y muy alta en el cielo se veía una estrella roja de cinco puntas: Marte.

En las cálidas habitaciones se asentaban los sueños.

Turbín dormía en su cuarto y el sueño pendía sobre él como un cuadro difuso. El recibidor flotaba y se balanceaba y el emperador Alejandro I quemaba en una estufita los listados de la división… Iulia pasaba y le hacía señas y se echaba a reír; unas sombras desfilaban y gritaban: “¡Atrápenlo! ¡Atrápenlo!”.

Disparaban sin hacer ruido y Turbín trataba de escapar de ellos, pero los pies se le adherían a la vereda de Malo-Proválnaia y él sucumbía en el sueño. Se despertó lanzando un gemido, oyó los ronquidos de Mishlaievski en el salón, los quedos silbidos de Carasio y Lariósik en la librería. Se secó el sudor de la frente, volvió en sí, esbozó una débil sonrisa y se estiró hacia el reloj.

El relojito marcaba las tres.

—Seguro que se han ido… Peturra… No volverá nunca más.

Y otra vez se durmió.

***

La noche florecía. Se acercaba ya la mañana, y sepultada bajo una afelpada nieve dormía la casa. Vasilisa, atormentado, dormía entre unas sábanas frías, calentándolas con su enjuto cuerpo. Vasilisa tuvo un sueño absurdo y redondo. Era como si no hubiera habido ninguna revolución, como si todo hubiera sido un disparate y una tontería. En el sueño, una dicha equívoca y vacilante embargaba a Vasilisa. Parecía verano, y Vasilisa compraba un huerto en el que, de inmediato, crecían verduras. Los bancales se cubrían de alegres volutas y en ellos los pepinos afloraban como verdes protuberancias. Vasilisa, con pantalón de cáñamo, miraba de pie el entrañable solcito poniente y se rascaba el vientre…

Ahí Vasilisa soñó con el reloj redondo y esférico que le habían robado. Quiso sentir lástima por él, pero el solcito resplandecía de un modo tan agradable que no sintió lástima alguna.

Y justo en ese placentero instante unos cerditos rosados y redondos irrumpían en el huerto y comenzaban a hozar entre los bancales. La tierra volaba en manantiales. Vasilisa recogía un palo del suelo y se disponía a echar a los cerditos, pero ahí se daba cuenta de que estos eran feroces y tenían afilados colmillos. Comenzaban a arrojarse sobre él con brincos de casi un metro, ya que en su interior había resortes. Vasilisa lanzó un alarido en el sueño. El negro quicio de la puerta cubrió a los cerditos, que se hundieron en la tierra, y ante Vasilisa surgió su negro y húmedo dormitorio…

***

La noche florecía. El sopor del sueño cruzó la Ciudad y, como un difuso pájaro blanco, surcó el cielo y pasó junto a la cruz de San Vladímir, cayó del otro lado del Dniéper, en lo más denso de la noche, y siguió el arco de la vía del ferrocarril. Llegó hasta la estación Darnitsa y se demoró sobre ella. En el tercer andén había un tren blindado. Grises planchas de hierro lo envolvían hasta las ruedas. La locomotora negreaba como un bloque de numerosas aristas cuyo vientre despedía un manto de fuego que se extendía por los rieles; parecía que las entrañas de la locomotora estuvieran colmadas de brasas. Emitía un silbido quedo y maligno, algo rezumaba por sus paredes laterales, su obtuso morro callaba y entornaba los ojos hacia los bosques de la ribera del Dniéper. Desde la última plataforma, la ancha boca de un cañón amordazado apuntaba hacia las negras y azules alturas, en dirección a la cruz de medianoche a doce kilómetros de allí.

La estación estaba paralizada por el terror. Sobre su frente se cernían las tinieblas, sólo perforadas por unas luces amarillas que semejaban unos ojitos amodorrados por el estrépito de la víspera. La agitación sobre sus andenes era incesante, a pesar de que aún no había amanecido. En la baja y amarilla caseta del telégrafo tres ventanas estaban vivamente iluminadas y, a través de sus vidrios, se oía el constante golpeteo de los tres aparatos. Por el andén corrían de un lado para otro, pese a la lacerante helada, figuras con pellizas hasta las rodillas, capotes y negras chaquetas de marinero. A un costado del tren blindado y por detrás de él se extendía un tren destinado a las tropas, en el que no se dormía, se daban gritos y resonaban los portazos.

Y junto al tren blindado, al lado de la locomotora y del primer armazón de hierro del vagón, un hombre con capote largo, botas de fieltro rotas y puntiagudo capuchón iba y venía como un péndulo. Llevaba el fusil con ternura, como una madre cansada a su hijo, y a su lado iban, entre los rieles, por la nieve, bajo el exiguo farol, la fina astilla de su negra sombra y la sombría y silenciosa bayoneta. El hombre estaba muy cansado y sentía un frío bestial, inhumano. Sus manos, moradas y frías, con los dedos tiesos, buscaban en vano refugio entre los jirones de las mangas. De las irregulares fauces del capuchón, ribeteadas de blanca y desflecada espuma, se asomaba una boca velluda y congelada y miraban unos ojos con las pestañas cubiertas de nieve. Esos ojos eran celestes, sufridos, somnolientos, lánguidos.

El hombre caminaba metódicamente, con la bayoneta hacia abajo, y sólo pensaba en cuándo acabaría de una vez aquella helada hora de tormento para abandonar la enfurecida intemperie y entrar en el vagón, donde los tubos de la calefacción despiden un calor divino, donde podría tumbarse en la estrecha litera del apretado compartimento, pegarse a ella y estirarse a voluntad. El hombre y la sombra caminaban desde el ígneo chisporroteo del acorazado vientre hasta la oscura pared del primer coche, donde negreaba la inscripción:

Tren blindado “El proletario”.

La sombra, ora irguiéndose, ora encorvándose monstruosamente, pero siempre de cabeza puntiaguda, cavaba la nieve con su negra bayoneta. Los azulados rayos del farol caían a sus espaldas. Dos lunas azuladas, frías e incitantes, ardían en el andén. El hombre buscaba siquiera algo de fuego y no lo hallaba en ningún sitio; con los dientes apretados y sin esperanza de calentarse los dedos de los pies, movía estos con la mirada siempre dirigida a las estrellas. La estrella más fácil de ver era Marte, que resplandecía en el cielo allí delante, sobre Slobodka. Y la miraba. De sus ojos partía una mirada de millones de kilómetros y no se apartaba ni un instante de la rojiza y viviente estrella. Esta se contraía y dilataba, daba claras muestras de vida y tenía cinco puntas. De tanto en tanto el hombre, extenuado, apoyaba la culata del fusil en la nieve, se detenía, se sumía en un sueño momentáneo y transparente en el que la negra pared del tren blindado no desaparecía, como tampoco lo hacían ciertos sonidos de la estación. Pero a ellos se añadían otros. En el sueño se alzaba un firmamento jamás visto. Todo rojo, fulgurante, todo cubierto de Martes con su vivo fulgor. El alma del hombre se llenaba al instante de felicidad. Aparecía un jinete desconocido e incomprensible con cota de malla que se acercaba hacia él con aire fraternal. Al parecer, el negro tren blindado estaba a punto de desaparecer por completo en el sueño y en su lugar emergía entre las nieves una aldea enterrada, Malie Chugrí. El hombre estaba en las afueras de la aldea y a su encuentro iba un vecino y paisano.

—¿Zhilin? —decía en silencio y sin labios el cerebro del hombre, y enseguida la amenazadora voz de un guardia le sacudió en el pecho estas palabras:

—Estás apostado…, centinela…, te congelarás…

El hombre, ya con un esfuerzo totalmente sobrehumano, despegó el fusil del suelo, se lo echó al hombro, se tambaleó, deslizó los pies y volvió a caminar.

Adelante y atrás. Adelante y atrás. Desaparecía el firmamento del sueño, otra vez todo el helado mundo se vestía con la seda azul del cielo, agujereado por la negra y funesta trompa del cañón. Venus titilaba rojizo, y la azulada luna del farol, por momentos, hacía brillar en el pecho del hombre otra estrella. Era pequeña y también de cinco puntas.

***

Se esparcía y esparcía el inquieto sopor. Voló a lo largo del Dniéper. Surcó los muertos embarcaderos y descendió sobre Podol. En este hacía rato que se habían apagado las luces. Todos dormían. Sólo en la esquina de la Volínskaia, en un edificio de piedra de tres pisos, en el departamento del bibliotecario, en una habitación tan estrecha como el cuarto barato de un hotel baratito, estaba Rusakov, de ojos celestes, junto a una lámpara de jorobada pantalla de vidrio. Ante él yacía un libro pesado con lomo de cuero amarillo. Sus ojos recorrían los renglones lentos y solemnes.

“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras.9

................................................................................

Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.10

................................................................................

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.”11

A medida que leía aquel libro conmovedor, su mente se volvía como una espada reluciente que se internaba en las tinieblas.

Las enfermedades y los sufrimientos le parecían irrelevantes, insustanciales. Su dolencia se había desprendido como la costra de una rama seca olvidada en el bosque. Veía las azules e insondables tinieblas de los siglos, un pasillo de miles de años. Y no sentía miedo, sino sabia resignación y veneración. La paz se adueñaba de su alma, y en paz llegó hasta las palabras: “… toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”.12

***

La confusa neblina se disipó y dio paso al teniente Shervinski, que se acercó a Elena. Sus ojos abombados sonreían con desenvoltura.

—Soy el demonio —dijo chocando los tacones—, Talberg no regresará y yo le cantaré a usted…

Sacó del bolsillo una enorme estrella de oropel y se la colocó a Elena en el lado izquierdo del pecho. Las nieblas del sueño flotaron a su alrededor; su rostro emergía del humo como el de un brillante muñeco. Cantó con voz penetrante, no como en la realidad:

—¡¡Vivir, vamos a vivir!!

—Y vendrá la muerte y moriremos… —entonó Nikolka y entró.

En las manos llevaba una guitarra, pero tenía todo el cuello ensangrentado y, en la frente, una corona amarilla con pequeños íconos. Elena pensó de inmediato que su hermano moriría, rompió en amargos sollozos y se despertó con un grito en medio de la noche:

—¡Nikolka! ¡Oh! ¿Nikolka?

Y largo rato, sollozando, escuchó el murmullo de la noche.

Y la noche seguía su curso.

***

Y, por último, Pietka Sheglov tuvo un sueño en la pequeña ala.

Pietka era pequeño, por eso no le interesaban ni los bolcheviques, ni Petliura, ni el Demonio. Y su sueño fue sencillo y jubiloso como el globo del sol.

Pietka caminaba sobre un prado verde y grande en el que había una reluciente esfera de diamante más grande que Pietka. En sueños, los adultos, cuando deben correr, quedan pegados al suelo, gimen y se agitan tratando de arrancar los pies del tremedal. Pero los pies de los niños son ligeros y libres. Pietka corrió hasta la esfera de diamante y, sofocado por la jubilosa alegría, la tomó entre las manos. La esfera lo bañó de relucientes salpicaduras. Ese fue todo el sueño de Pietka. De la satisfacción, lanzó una carcajada en medio de la noche. Y le chirrió con alegría un grillo tras la estufa. Pietka tuvo otros sueños, ligeros y jubilosos, y el grillo siguió cantando su canción en alguna rendija, en el blanco rincón, tras un balde, animando la somnolienta y balbuceante noche de la familia.

La última noche floreció. En su segunda mitad, todo el pesado manto azul con el que Dios envuelve el mundo se cubrió de estrellas. Parecía que a una altura invisible, detrás de esa cortina azul, junto a las puertas del iconostasio, oficiaran una misa de vísperas. En el altar encendían velas, cuya luz emergía del manto formando cruces, racimos y cuadrados. Sobre el Dniéper, desde la pecaminosa y ensangrentada y nevada tierra se elevaba hacia las negras y tenebrosas alturas la cruz de medianoche de San Vladímir. De lejos parecía que el brazo transversal había desaparecido y se había fundido con el vertical, por lo que la cruz se había convertido en una espada amenazante y afilada.

Pero no amedrenta. Todo pasará. Los sufrimientos, el dolor, la sangre, el hambre y la peste. La espada desaparecerá, pero las estrellas quedarán cuando de nuestros cuerpos y obras no queden en la tierra ni tan sólo las sombras. No hay un solo hombre que no lo sepa. Entonces, ¿por qué no queremos dirigir nuestra mirada hacia ellas? ¿Por qué?

1923-1924

Moscú

1 “No hay nada”, en ucraniano. [N. del T.]

2 Referencia a la revuelta campesina de 1773-1775 encabezada por Emelián Pugachov. [N. del T.]

3 Ivangórod, Ardahan, Kars: ciudades perdidas por Rusia al desmoronarse el imperio ruso. [N. del T.]

4 “Bandura”, instrumento de cuerda típico de Ucrania. [N. del T.]

5 Versos del poema Testamento (1845), del poeta ucraniano Tarás Shevchenko, que sirvió de texto a numerosas composiciones musicales. [N. del T.]

6 Nombre del parlamento en Ucrania. [N. del T.]

7 Apocalipsis 16, 4. [N. del T.]

8 Canción popular ucraniana. [N. del T.]

9 Apocalipsis 20, 12-13. [N. del T.]

10 Apocalipsis 20, 15. [N. del T.]

11 Apocalipsis 21, 1. [N. del T.]

12 Apocalipsis 21, 4. [N. del T.]

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0+
Дата выхода на Литрес:
26 марта 2025
Объем:
372 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9789875996274
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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