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ENSAYOS DE

MICHEL DE MONTAIGNE

––––––––

Traducido por Charles Cotton

Editado por William Carew Hazlitt

––––––––

1877

Copyright

Aunque se han tomado todas las precauciones posibles en la preparación de este libro, el editor no asume ninguna responsabilidad por los errores u omisiones, ni por los daños resultantes del uso de la información aquí contenida.

ENSAYOS DE

MICHEL DE MONTAIGNE

Por MICHEL DE MONTAIGNE

Primera edición. 10 de enero de 2020.

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Tabla de Contenido

Título

Derechos de Autor

Derechos de Autor

Ensayos de Michel de Montaigne

I. - A Monsieur de MONTAIGNE

CONTENIDO

––––––––


PREFACIO

LAS CARTAS DE MONTAIGNE




I. - A Monsieur de MONTAIGNE


II. - A Monseñor de MONTAIGNE.
III. - A Monsieur, Monsieur de LANSAC,
IV. - A Monsieur, Monsieur de MESMES, Señor de Roissy y Malassize, Privado
V. - A Monsieur, Monsieur de L'HOSPITAL, Canciller de Francia
VI. - A Monsieur, Monsieur de Folx, Consejero Privado, del Señorío de Venecia
VII. - A Mademoiselle de MONTAIGNE, mi esposa.
VIII. - A Monsieur DUPUY,
IX. - A los Jurados de Burdeos.
X. - A los mismos.
XI. - A los mismos.
XII. -
XIII. - A Mademoiselle PAULMIER.
XIV. - Al REY HENRY IV.
XV. - Al mismo.
XVI. - Al Gobernador de Guiena.
LIBRO PRIMERO -
CAPÍTULO I - DE QUE LOS HOMBRES POR DIVERSOS CAMINOS LLEGAN AL MISMO FIN.
CAPÍTULO II - DE LA PENA
CAPÍTULO III - DE QUE NUESTROS AFECTOS SE LLEVAN A SÍ MISMOS MÁS ALLÁ DE NOSOTROS
CAPITULO IV - QUE EL ALMA GASTA SUS PASIONES EN OBJETOS FALSOS
CAPITULO V - QUE EL GOBERNADOR MISMO SALE A PARLAMENTAR
CAPITULO VI - QUE LA HORA DE PARLAMENTAR ES PELIGROSA
CAPITULO VII - QUE LA INTENCIÓN ES JUEZ DE NUESTRAS ACCIONES
CAPITULO VIII - DE LA OCIOSIDAD
CAPITULO IX - DE LOS MENTIROSOS
CAPITULO X - DE LAS PALABRAS RÁPIDAS O LENTAS
CAPITULO XI - DE LOS PRONOSTICOS
CAPITULO XII - DE LA CONSTANCIA
CAPITULO XIII - DE LA CEREMONIA DE LA ENTREVISTA DE LOS PRÍNCIPES
CAPITULO XIV - DE QUE LOS HOMBRES SON JUSTAMENTE CASTIGADOS POR SER OBSTINADOS
CAPITULO XV - DEL CASTIGO DE LA COBARDÍA
CAPITULO XVI - DEL PROCEDER DE ALGUNOS EMBAJADORES
CAPITULO XVII - DEL MIEDO
CAPITULO XVIII - DE NO JUZGAR NUESTRA FELICIDAD HASTA DESPUES DE LA MUERTE
CAPITULO XIX - QUE ESTUDIAR FILOSOFIA ES APRENDER A MORIR
CAPITULO XX - DE LA FUERZA DE LA IMAGINACION
CAPITULO XXI - QUE EL BENEFICIO DE UN HOMBRE ES EL PERJUICIO DE OTRO
CAPITULO XXII - DE LA COSTUMBRE; NO DEBEMOS CAMBIAR FACILMENTE UNA LEY RECIBIDA
CAPITULO XXIII - DE VARIOS SUCESOS DEL MISMO CONSEJO
CAPITULO XXIV - DE LA PEDANTERIA
CAPITULO XXV - DE LA EDUCACION DE LOS NIÑOS
CAPITULO XXVI - DE LA LOCURA DE MEDIR LA VERDAD Y EL ERROR POR NUESTRA PROPIA CAPACIDAD
CAPITULO XXVII - DE LA AMISTAD
CAPITULO XXVIII - NUEVE Y VEINTE SONETOS DE ESTIENNE DE LA BOITIE
CAPITULO XXIX - DE LA MODERACIÓN
CAPITULO XXX - DE LOS CANÍBALES
CAPITULO XXXI - QUE EL HOMBRE DEBE JUZGAR SOBRIAMENTE LAS ORDENANZAS DIVINAS
CAPITULO XXXII - DEBEMOS EVITAR LOS PLACERES, AUN A COSTA DE LA VIDA
CAPITULO XXXIII - SE OBSERVA QUE LA FORTUNA ACTÚA A MENUDO SEGÚN LA REGLA DE LA RAZÓN
CAPITULO XXXIV - DE UN DEFECTO DE NUESTRO GOBIERNO
CAPITULO XXXV - DE LA COSTUMBRE DE LLEVAR ROPA
CAPITULO XXXVI - DE CATO EL JOVEN
CAPITULO XXXVII - DE QUE REIMOS Y LLORAMOS POR LO MISMO
CAPITULO XXXVIII - DE LA SOLEDAD
CAPITULO XXXIX - UNA CONSIDERACION SOBRE CICERONES
CAPITULO XL - EL GUSTO POR EL BIEN Y EL MAL DEPENDE DE NUESTRA OPINION
CAPITULO XLI - NO COMUNICAR EL HONOR DE UN HOMBRE
CAPITULO XLII - DE LA DESIGUALDAD ENTRE NOSOTROS
CAPITULO XLIII - DE LAS LEYES SUNTUARIAS
CAPITULO XLIV - DEL SUEÑO
CAPITULO XLV - DE LA BATALLA DE DREUX
CAPITULO XLVI - DE LOS NOMBRES
CAPITULO XLVII - DE LA INCERTIDUMBRE DE NUESTRO JUICIO
CAPITULO XLVIII - DE LOS CABALLOS DE GUERRA, O DESTRIERS
CAPITULO XLIX - DE LAS COSTUMBRES ANTIGUAS
CAPITULO L - DE DEMOCRITO Y HERACLITO
CAPITULO LI - DE LA VANIDAD DE LAS PALABRAS
CAPITULO LII - DE LA PARSIMONIA DE LOS ANTIGUOS
CAPITULO LIII - DE UN DICHO DE CESAR
CAPITULO LV - DE LAS VANAS SUTILEZAS
CAPITULO LV - DE LOS OLORES
CAPITULO LVI - DE LAS ORACIONES
CAPITULO LVII - DE LA EDAD
LIBRO SEGUNDO -
CAPÍTULO I - DE LA INCONSTANCIA DE NUESTRAS ACCIONES
CAPÍTULO II - DE LA EMBRIAGUEZ
CAPITULO III - UNA COSTUMBRE DE LA ISLA DE CEA
CAPITULO IV - MAÑANA ES UN NUEVO DIA
CAPÍTULO V - DE LA CONCIENCIA
CAPITULO VI - EL USO HACE AL MAESTRO
CAPITULO VII - DE LAS RECOMPENSAS DE HONOR
CAPITULO VIII - DEL AFECTO DE LOS PADRES A SUS HIJOS
CAPITULO IX - DE LAS ARMAS DE LOS PARTOS
CAPITULO X - DE LOS LIBROS
CAPITULO XI - DE LA CRUELDAD
CAPITULO XII - DE LA APOLOGIA DE RAIMOND SEBOND
CAPITULO XIII - DEL JUICIO DE LA MUERTE DE OTRO
CAPITULO XIV - DE QUE NUESTRA MENTE SE ENTORPECE A SI MISMA
CAPITULO XV - DE QUE NUESTROS DESEOS SON AUMENTADOS POR LA DIFICULTAD
CAPITULO XVI - DE LA GLORIA
CAPITULO XVII - DE LA PRESUNCIÓN
CAPITULO XVIII - DE LA MENTIRA
CAPITULO XIX - DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA
CAPITULO XX - DE QUE NO PROBAMOS NADA PURO
CAPITULO XXI - CONTRA LA OCIOSIDAD
CAPITULO XXII - DEL DESPLAZAMIENTO
CAPITULO XXIII - DE LOS MALOS MEDIOS EMPLEADOS PARA UN BUEN FIN
CAPITULO XXIV - DE LA GRANDEZA ROMANA
CAPITULO XXV - DE NO FINGIR ESTAR ENFERMO
CAPITULO XXVI - DE LOS PULGARES
CAPITULO XXVII - DE LA COBARDÍA, MADRE DE LA CRUELDAD
CAPITULO XXVIII - TODAS LAS COSAS TIENEN SU TIEMPO
CAPITULO XXIX - DE LA VIRTUD
CAPITULO XXX - DE UN NIÑO MONSTRUOSO
CAPITULO XXXI - DE LA IRA
CAPITULO XXXII - DEFENSA DE SÉNECA Y PLUTARCO
CAPITULO XXXIII - LA HISTORIA DE SPURINA
CAPITULO XXXIV - OBSERVACION SOBRE UNA GUERRA SEGUN JULIO CESAR
CAPITULO XXXV - DE TRES BUENAS MUJERES
CAPITULO XXXVI - DE LOS HOMBRES MAS EXCELENTES
CAPITULO XXXVII - DE LA SEMEJANZA DE LOS HIJOS CON SUS PADRES
LIBRO TERCERO -
CAPÍTULO I - DE LA GANANCIA Y LA HONRADEZ
CAPÍTULO II - DEL ARREPENTIMIENTO
CAPITULO III - DE LOS TRES COMERCIOS
CAPÍTULO IV - DE LA DIVERSIÓN
CAPÍTULO V - DE ALGUNOS VERSOS DE VIRGILIO
CAPITULO VI - DE LAS CARROZAS
CAPITULO VII - DE LOS INCONVENIENTES DE LA GRANDEZA
CAPITULO VIII - DEL ARTE DE LA CONFERENCIA
CAPITULO IX - DE LA VANIDAD
CAPITULO X - DEL MANEJO DE LA VOLUNTAD
CAPITULO XI - DE LOS LISIADOS
CAPÍTULO XII - DE LA FISONOMÍA
CAPÍTULO XIII - DE LA EXPERIENCIA
APOLOGÍA

PREFACIO

La presente publicación pretende suplir una carencia reconocida en nuestra literatura: una edición de biblioteca de los Ensayos de Montaigne. Este gran escritor francés merece ser considerado como un clásico, no sólo en su tierra natal, sino en todos los países y en todas las literaturas. Sus Ensayos, que son a la vez la más célebre y la más permanente de sus producciones, constituyen una revista de la que no desdeñaron servirse mentes como las de Bacon y Shakespeare; y, de hecho, como observa Hallam, la importancia literaria del francés resulta en gran medida de la parte que su mente tuvo en la influencia de otras mentes, coetáneas y posteriores. Pero, al mismo tiempo, al estimar el valor y el rango del ensayista, no debemos dejar de lado los inconvenientes y las circunstancias de la época: el estado imperfecto de la educación, la escasez comparativa de libros y las limitadas oportunidades de intercambio intelectual. Montaigne tomó prestado libremente de otros, y ha encontrado hombres dispuestos a tomar prestado de él con la misma libertad. No hay que sorprenderse de la reputación que alcanzó con aparente facilidad. Fue, sin saberlo, el líder de una nueva escuela en las letras y la moral. Su libro era diferente de todos los demás que había en esa fecha en el mundo. Desviaba las antiguas corrientes de pensamiento hacia nuevos canales. Decía a sus lectores, con una franqueza sin parangón, cuál era la opinión de su escritor sobre los hombres y las cosas, y arrojaba lo que debía ser una extraña clase de luz nueva sobre muchos asuntos pero oscuramente comprendidos. Por encima de todo, el ensayista se desenmascaró a sí mismo e hizo público su organismo intelectual y físico. Tomó al mundo en su confianza en todos los temas. Sus ensayos eran una especie de anatomía literaria, en la que obtenemos un diagnóstico de la mente del escritor, realizado por él mismo en diferentes niveles y bajo una gran variedad de influencias operativas.

De todos los egoístas, Montaigne, si no el más grande, fue el más fascinante, porque, quizás, fue el menos afectado y el más veraz. Lo que hizo, y lo que profesó hacer, fue diseccionar su mente, y mostrarnos, lo mejor que pudo, cómo estaba hecha, y qué relación tenía con los objetos externos. Investigó su estructura mental como un escolar desarma su reloj para examinar el mecanismo de las obras; y el resultado, acompañado de ilustraciones abundantes en originalidad y fuerza, lo entregó a sus semejantes en un libro.

La elocuencia, el efecto retórico, la poesía, estaban igualmente alejados de su diseño. No escribía por necesidad, apenas si por fama. Pero deseaba dejar a Francia, más aún, al mundo, algo por lo que ser recordado, algo que dijera la clase de hombre que era, lo que sentía, pensaba y sufría, y creo que tuvo un éxito inconmensurable más allá de sus expectativas.

Era bastante razonable que Montaigne esperara por su obra una cierta cuota de celebridad en Gascuña, e incluso, con el paso del tiempo, en toda Francia; pero es poco probable que previera cómo su renombre iba a ser mundial; cómo iba a ocupar una posición casi única como hombre de letras y moralista; cómo los Ensayos serían leídos, en todas las principales lenguas de Europa, por millones de seres humanos inteligentes, que nunca oyeron hablar del Perigord o de la Liga, y que dudan, si se les pregunta, si el autor vivió en el siglo XVI o en el XVIII. Esta es la verdadera fama. Un hombre de genio no pertenece a ninguna época ni a ningún país. Habla el lenguaje de la naturaleza, que es siempre el mismo en todas partes.

El texto de estos volúmenes está tomado de la primera edición de la versión de Cotton, impresa en 3 vols. 8vo, 1685-6, y reeditada en 1693, 1700, 1711, 1738 y 1743, en el mismo número de volúmenes y el mismo tamaño. En la primera impresión, los errores de imprenta están corregidos sólo hasta la página 240 del primer volumen, y todas las ediciones se suceden. La de 1685-6 fue la única que el traductor vivió para ver. Murió en 1687, dejando tras de sí una interesante y poco conocida colección de poemas, que apareció póstumamente, 8vo, 1689.

Se consideró imperativo corregir la traducción de Cotton mediante un cuidadoso cotejo con la edición "variorum" del original, París, 1854, 4 vols. 8vo o 12mo, y ocasionalmente se han insertado a pie de página pasajes paralelos de la empresa anterior de Florin. También se ha dado una Vida del Autor y todas sus Cartas recuperadas, dieciséis en número; pero, en cuanto a la correspondencia, apenas se puede dudar de que está en un estado puramente fragmentario. Hacer algo más que un esbozo de los principales incidentes de la vida de Montaigne parecía, en presencia de la encantadora y hábil biografía de Bayle St.

El pecado principal de los dos traductores de Montaigne parece haber sido la propensión a reducir su lenguaje y fraseología al lenguaje y fraseología de la época y el país al que pertenecían, y, además, insertar párrafos y palabras, no sólo aquí y allá, sino constante y habitualmente, por un evidente deseo y visión de elucidar o reforzar el significado de su autor. El resultado ha sido generalmente desafortunado; y en el caso de todas estas interpolaciones por parte de Cotton, me he sentido obligado, cuando no las he cancelado, a incluirlas en las notas, no creyendo justo que se permita a Montaigne seguir patrocinando lo que nunca escribió; y reacio, por otra parte, a suprimir por completo la materia intrusa, cuando parecía poseer un valor propio.

Tampoco la redundancia o la paráfrasis es la única forma de transgresión en Cotton, ya que hay lugares en su autor que creyó conveniente omitir, y apenas es necesario decir que la restauración de todo ese material en el texto se consideró esencial para su integridad y plenitud.

Mi más sincero agradecimiento a mi padre, el Sr. Registrar Hazlitt, autor de la conocida y excelente edición de Montaigne publicada en 1842, por la importante ayuda que me ha prestado en la verificación y retraducción de las citas, que se encontraban en un estado muy corrupto, y de las que las versiones inglesas de Cotton eran singularmente flojas e inexactas, y por el celo con el que ha cooperado conmigo en el cotejo del texto inglés, línea por línea y palabra por palabra, con la mejor edición francesa.

Por el favor del Sr. F. W. Cosens, he tenido a mi lado, mientras trabajaba en este tema, la copia del Diccionario de Cotgrave, folio, 1650, que perteneció a Cotton. Tiene su autógrafo y copiosas notas de los MSS, y no es mucho suponer que es el mismo libro empleado por él en su traducción.

W. C. H.

KENSINGTON, noviembre de 1877.

LA VIDA DE MONTAIGNE

[Esta es una traducción libre del prefijo de la edición "variorum" de París, 1854, 4 vols. 8vo. Esta biografía es tanto más deseable cuanto que contiene toda la materia realmente interesante e importante del diario del Viaje por Alemania e Italia, que, como fue escrito simplemente al dictado de Montaigne, está en tercera persona, apenas merece ser publicado, en su conjunto, en un vestido inglés].

El autor de los Ensayos nació, como él mismo nos informa, entre las once y las doce del día, el último de febrero de 1533, en el castillo de St. Michel de Montaigne. Su padre, Pierre Eyquem, escudero, fue sucesivamente primer Jurado de la ciudad de Burdeos (1530), Subalcalde 1536, Jurado por segunda vez en 1540, Procurador en 1546, y finalmente Alcalde de 1553 a 1556. Era un hombre de austera probidad, que tenía "una especial consideración por el honor y la corrección en su persona y vestimenta. Pierre Eyquem puso gran cuidado en la educación de sus hijos, especialmente en el aspecto práctico. Para asociar estrechamente a su hijo Michel con el pueblo, y vincularlo a los que necesitaban ayuda, hizo que fuera sostenido en la fuente por personas de la más baja posición; posteriormente lo puso a amamantar con un aldeano pobre, y luego, en un período posterior, lo hizo acostumbrarse al tipo de vida más común, teniendo cuidado, sin embargo, de cultivar su mente, y supervisar su desarrollo sin el ejercicio de un rigor o restricción indebidos. Michel, que nos da el más minucioso relato de sus primeros años, narra encantadoramente cómo solían despertarlo con el sonido de alguna música agradable, y cómo aprendió el latín, sin sufrir la vara ni derramar una lágrima, antes de comenzar el francés, gracias al maestro alemán que su padre había colocado cerca de él, y que nunca se dirigía a él sino en la lengua de Virgilio y Cicerón. El estudio del griego tuvo prioridad. A los seis años, el joven Montaigne fue al Colegio de Guienne en Burdeos, donde tuvo como preceptores a los más eminentes eruditos del siglo XVI, Nicolas Grouchy, Guerente, Muret y Buchanan. A los trece años había pasado por todas las clases, y como su destino era el derecho, dejó la escuela para estudiar esa ciencia. Tenía entonces unos catorce años, pero estos primeros años de su vida están envueltos en la oscuridad. La siguiente información que tenemos es que en 1554 recibió el nombramiento de consejero en el Parlamento de Burdeos; en 1559 estuvo en Bar-le-Duc con la corte de Francisco II, y en el año siguiente estuvo presente en Rouen para presenciar la declaración de la mayoría de Carlos IX. No sabemos de qué manera se comprometió en estas ocasiones.

Entre 1556 y 1563 se produjo un incidente importante en la vida de Montaigne, al iniciarse su romántica amistad con Etienne de la Boetie, a quien había conocido, según nos cuenta, por pura casualidad en alguna celebración festiva de la ciudad. Desde su primera entrevista, ambos se sintieron irresistiblemente atraídos el uno por el otro, y durante seis años esta alianza fue la más importante en el corazón de Montaigne, como lo fue después en su memoria, cuando la muerte la rompió.

Aunque en su propio libro [Ensayos, i. 27.] reprocha severamente a los que, en contra de la opinión de Aristóteles, se casan antes de los cinco y treinta años, Montaigne no esperó al periodo fijado por el filósofo de Estagira, sino que en 1566, a sus treinta y tres años, se desposó con Françoise de Chassaigne, hija de un consejero del Parlamento de Burdeos. La historia de sus primeros años de matrimonio rivaliza en oscuridad con la de su juventud. Sus biógrafos no se ponen de acuerdo entre sí, y en la misma medida en que pone a nuestra vista todo lo que concierne a sus pensamientos secretos, el mecanismo más íntimo de su mente, observa demasiada reticencia con respecto a sus funciones y conducta públicas, y sus relaciones sociales. El título de Gentilhombre Ordinario del Rey, que asume en un prefacio, y que Enrique II le otorga en una carta, que imprimimos un poco más adelante; lo que dice sobre las conmociones de las cortes, donde pasó una parte de su vida; las Instrucciones que escribió al dictado de Catalina de Médicis para el rey Carlos IX, y su noble correspondencia con Enrique IV, Sin embargo, no hay duda del papel que desempeñó en las transacciones de aquellos tiempos, y encontramos una prueba irrefutable de la estima que le tenían los personajes más exaltados, en una carta que le dirigió Carlos en el momento en que fue admitido en la Orden de San Miguel, que era, como él mismo nos informa, el más alto honor de la nobleza francesa.

Según Lacroix du Maine, Montaigne, a la muerte de su hermano mayor, renunció a su puesto de consejero para adoptar la profesión militar, mientras que, si damos crédito al presidente Bouhier, nunca ejerció ninguna función relacionada con las armas. Sin embargo, varios pasajes de los Ensayos parecen indicar que no sólo tomó el servicio, sino que estuvo realmente en numerosas campañas con los ejércitos católicos. Añadamos que en su monumento se le representa con una cota de malla, con su casaca y sus guanteletes en el lado derecho, y un león a sus pies, todo lo cual significa, en el lenguaje de los emblemas funerarios, que el difunto ha participado en algunas transacciones militares importantes.

Sin embargo, nuestro autor, al llegar a los treinta y ocho años, decidió dedicar el resto de su vida al estudio y a la contemplación, y el día de su cumpleaños, el último de febrero de 1571, hizo colocar una inscripción filosófica, en latín, en una de las paredes de su castillo, donde todavía se puede ver, y cuya traducción es la siguiente: "En el año de Cristo . . en su trigésimo octavo año, en la víspera de las calendas de marzo, su cumpleaños, Michel Montaigne, ya cansado de los empleos de la corte y de los honores públicos, se retiró por completo a la conversación de las vírgenes eruditas, donde pretende pasar la parte restante del tiempo que le ha sido asignado en tranquila reclusión".

En la época a la que hemos llegado, Montaigne era desconocido en el mundo de las letras, salvo como traductor y editor. En 1569 había publicado una traducción de la "Teología Natural" de Raymond de Sebonde, que había emprendido únicamente para complacer a su padre. En 1571 había hecho imprimir en París cierta "opuscucla" de Etienne de la Boetie; y estos dos esfuerzos, inspirados en un caso por el deber filial, y en el otro por la amistad, demuestran que los motivos afectivos anulaban en él la mera ambición personal como literato. Podemos suponer que comenzó a componer los Ensayos al principio de su retiro de los compromisos públicos; pues como, según su propio relato, observa el presidente Bouhier, no se preocupaba ni de la caza, ni de la construcción, ni de la jardinería, ni de las actividades agrícolas, y se ocupaba exclusivamente de la lectura y la reflexión, se dedicó con satisfacción a la tarea de plasmar sus pensamientos tal como se le ocurrían. Esos pensamientos se convirtieron en un libro, y la primera parte de ese libro, que iba a conferir la inmortalidad al escritor, apareció en Burdeos en 1580. Montaigne tenía entonces cincuenta y siete años; había sufrido durante algunos años de cólicos renales y grava; y fue con la necesidad de distraerse de su dolor, y la esperanza de obtener alivio de las aguas, que emprendió en ese momento un gran viaje. Como el relato que ha dejado de sus viajes por Alemania e Italia comprende algunos detalles muy interesantes de su vida y de su historia personal, parece que vale la pena proporcionar un esbozo o análisis del mismo.

"El viaje, del que procedemos a describir el curso simplemente", dice el editor del Itinerario, "no tenía, desde Beaumont-sur-Oise hasta Plombieres, en Lorena, nada lo suficientemente interesante como para detenernos... debemos ir hasta Basilea, de la que tenemos una descripción, familiarizándonos con su condición física y política en ese período, así como con el carácter de sus baños. El paso de Montaigne por Suiza no carece de interés, ya que allí vemos cómo nuestro viajero filosófico se acomodó en todas partes a las costumbres del país. Los hoteles, las provisiones, la cocina suiza, todo le resultaba agradable; parece, en efecto, como si prefiriera a los modales y gustos franceses los de los lugares que visitaba, y cuya sencillez y libertad (o franqueza) concordaban más con su propio modo de vida y de pensar. En las ciudades en las que estuvo, Montaigne se preocupó de ver a los divinos protestantes, para familiarizarse con todos sus dogmas. Incluso, de vez en cuando, discutió con ellos.

"Tras dejar Suiza, se dirigió a Isne, una ciudad imperial, y luego a Augsburgo y Munich. Después se dirigió al Tirol, donde se sorprendió agradablemente, después de las advertencias que había recibido, de las escasas molestias que sufrió, lo que le dio la oportunidad de comentar que toda su vida había desconfiado de las declaraciones de los demás respecto a los países extranjeros, ya que los gustos de cada persona se ajustaban a las nociones de su lugar de origen; y que, en consecuencia, se había fijado muy poco en lo que se le había dicho de antemano.

"A su llegada a Botzen, Montaigne escribió a François Hottmann, para decirle que le había gustado tanto su visita a Alemania que la dejaba con gran pesar, aunque fuera para ir a Italia. Pasó entonces por Brunsol, Trento, donde se alojó en la Rosa; de allí fue a Rovera; y aquí primero se lamentó de la escasez de langostas, pero compensó la pérdida comiendo trufas cocidas en aceite y vinagre; naranjas, cidras y aceitunas, en todo lo cual se deleitó".

Después de pasar una noche inquieta, cuando por la mañana pensó que había alguna ciudad o distrito nuevo que ver, se levantó, según nos cuentan, con presteza y placer.

Su secretario, al que dictaba su Diario, asegura que nunca le vio interesarse tanto por las escenas y personas de su entorno, y cree que el cambio completo ayudó a mitigar sus sufrimientos al concentrar su atención en otros puntos. Cuando se le reprochó que había conducido a su grupo fuera de la ruta habitual, y que luego había regresado muy cerca del lugar de donde partieron, su respuesta fue que no tenía un rumbo fijo, y que simplemente se proponía visitar lugares que no había visto, y mientras no lo condenaran a recorrer el mismo camino dos veces, o a volver a visitar un punto ya visto, no podía percibir ningún daño en su plan. En cuanto a Roma, le importaba menos ir allí, ya que todo el mundo iba; y decía que nunca había tenido un lacayo que no pudiera contarle todo sobre Florencia o Ferrara. También decía que se parecía a los que leen una historia agradable o un buen libro, del que temen llegar al final: sentía tanto placer al viajar que temía el momento de llegar al lugar donde debían parar para pasar la noche.

Vemos que Montaigne viajaba, tal y como escribía, completamente a gusto y sin la menor restricción, apartándose, tal y como le parecía, de los caminos comunes u ordinarios que toman los turistas. Las buenas posadas, las camas blandas, las bellas vistas, atrajeron su atención en todo momento, y en sus observaciones sobre los hombres y las cosas se limita principalmente al aspecto práctico. La consideración de su salud estaba constantemente presente, y fue a consecuencia de esto que, mientras estaba en Venecia, que le decepcionó, tuvo ocasión de anotar, para beneficio de los lectores, que tuvo un ataque de cólico, y que evacuó dos grandes piedras después de la cena. Al salir de Venecia, fue sucesivamente a Ferrara, Rovigo, Padua, Bolonia (donde tuvo un dolor de estómago), Florencia, etc.; y en todas partes, antes de bajar, tenía por norma enviar a algunos de sus sirvientes a averiguar dónde se podía encontrar el mejor alojamiento. Declaró que las mujeres florentinas eran las mejores del mundo, pero no tenía una opinión tan buena de la comida, que era menos abundante que en Alemania y no estaba tan bien servida. Nos da a entender que en Italia envían los platos sin aderezo, pero que en Alemania estaban mucho mejor condimentados y se servían con una variedad de salsas y salsas. Además, comentó que las copas eran singularmente pequeñas y los vinos insípidos.

Después de cenar con el Gran Duque de Florencia, Montaigne pasó rápidamente por el país intermedio, que no le fascinaba, y llegó a Roma el último día de noviembre, entrando por la Puerta del Popolo, y alojándose en Bear. Pero después alquiló, por veinte coronas al mes, habitaciones bien amuebladas en la casa de un español, que incluía en estas condiciones el uso del fuego de la cocina. Lo que más le molestó en la Ciudad Eterna fue la cantidad de franceses que encontró, que le saludaban en su lengua materna; pero por lo demás estuvo muy cómodo, y su estancia se prolongó durante cinco meses. Una mente como la suya, llena de grandes reflexiones clásicas, no podía dejar de estar profundamente impresionada ante las ruinas de Roma, y ha plasmado en un magnífico pasaje del Diario los sentimientos del momento: "Decía", escribe su secretario, "que en Roma no se veía más que el cielo bajo el que había sido construida, y el contorno de su emplazamiento: que el conocimiento que teníamos de ella era abstracto, contemplativo, no palpable a los sentidos reales: que los que decían que contemplaban al menos las ruinas de Roma, iban demasiado lejos, pues las ruinas de una estructura tan gigantesca debían haber merecido mayor reverencia: no era más que su sepulcro. El mundo, celoso de ella, prolongando el imperio, había en primer lugar roto en pedazos ese admirable cuerpo, y luego, cuando percibieron que los restos atraían la adoración y el asombro, habían enterrado los propios restos.-[Compárese un pasaje de una de las cartas de Horace Walpole a Richard West, del 22 de marzo de 1740 (Cunningham's edit. i. 41), donde Walpole, hablando de Roma, describe sus mismas ruinas como arruinadas]-En cuanto a esos pequeños fragmentos que aún se veían en la superficie, a pesar de los asaltos del tiempo y de todos los demás ataques, repetidos una y otra vez, habían sido favorecidos por la fortuna para ser una ligera evidencia de esa infinita grandeza que nada podía extinguir por completo. Pero era probable que estos restos desfigurados fueran los que menos derecho tuvieran a la atención, y que los enemigos de ese renombre inmortal, en su furia, se hubieran dirigido en primera instancia a la destrucción de lo más bello y digno de ser conservado; y que los edificios de esta Roma bastarda, levantados sobre las antiguas producciones, aunque pudieran excitar la admiración de la época actual, le recordaran los nidos de cuervos y gorriones construidos en los muros y arcos de las antiguas iglesias, destruidas por los hugonotes. Además, al ver el espacio que ocupaba esta tumba, temió que no se hubiera recuperado el conjunto y que el propio entierro hubiera sido enterrado. Y, además, al ver que un miserable montón de basura, como trozos de teja y cerámica, crecía (como lo había hecho desde hacía mucho tiempo) hasta una altura igual a la del monte Gurson, [en el Perigord], y tres veces su anchura, parecía mostrar una conspiración del destino contra la gloria y la preeminencia de esa ciudad, ofreciendo al mismo tiempo una prueba novedosa y extraordinaria de su difunta grandeza. Él (Montaigne) observó que era difícil de creer, teniendo en cuenta la limitada superficie que ocupaba cualquiera de sus siete colinas, y en particular las dos más favorecidas, el Capitolio y el Palatino, que se levantaran tantos edificios en el lugar. A juzgar sólo por lo que queda del Templo de la Concordia, a lo largo del "Forum Romanum", cuya caída parece bastante reciente, como la de una enorme montaña dividida en horribles peñascos, no parece que más de dos edificios de este tipo pudieran tener cabida en el Capitolio, en el que en una época hubo de veinticinco a treinta templos, además de viviendas privadas. Pero, en realidad, es poco probable que la visión que tenemos de la ciudad sea correcta, ya que su plano y su forma han cambiado infinitamente; por ejemplo, el "Velabrum", que debido a su nivel deprimido recibía las aguas residuales de la ciudad y tenía un lago, se ha elevado por acumulación artificial hasta alcanzar la altura de las otras colinas, y el monte Savello, en realidad, ha crecido simplemente a partir de las ruinas del teatro de Marcelo. Creía que un antiguo romano no reconocería el lugar de nuevo. A menudo ocurría que, al excavar en la tierra, los obreros daban con la corona de alguna columna elevada que, aunque así enterrada, seguía en pie. La gente de allí no recurre a otros cimientos que las bóvedas y arcos de las casas antiguas, sobre las que, como sobre losas de roca, levantan sus modernos palacios. Es fácil ver que varias de las calles antiguas están treinta pies por debajo de las actuales".

A pesar de lo escéptico que se muestra Montaigne en sus libros, durante su estancia en Roma manifestó un gran aprecio por la religión. Solicitó el honor de ser admitido a besar los pies del Santo Padre, Gregorio XIII; y el Pontífice le exhortó a continuar siempre con la devoción que hasta entonces había mostrado a la Iglesia y al servicio del Rey Cristianísimo.

"Después de esto, se ve", dice el editor del Journal, "a Montaigne empleando todo su tiempo en hacer excursiones por los alrededores a caballo o a pie, en visitas, en observaciones de todo tipo. Las iglesias, las estaciones, las procesiones incluso, los sermones; luego los palacios, los viñedos, los jardines, las diversiones públicas, como el Carnaval, etc.; nada se le pasó por alto. Vio circuncidar a un niño judío y escribió un relato minucioso de la operación. Encontró en San Sixto a un embajador moscovita, el segundo que venía a Roma desde el pontificado de Pablo III. Este ministro tenía despachos de su corte para Venecia, dirigidos al "Gran Gobernador de la Signoria". La corte de Moscovia tenía entonces unas relaciones tan limitadas con las demás potencias de Europa, y era tan imperfecta en su información, que pensaba que Venecia era una dependencia de la Santa Sede."

De todos los detalles que nos ha proporcionado durante su estancia en Roma, el siguiente pasaje referido a los Ensayos no es el menos singular: "El Maestro del Sacro Palacio le devolvió sus Ensayos, castigados de acuerdo con las opiniones de los monjes doctos. Sólo había podido formarse un juicio sobre ellos -dijo- a través de cierto monje francés, que no entendía el francés" -dejamos que el propio Montaigne cuente la historia- "y recibió con tanta complacencia mis excusas y explicaciones sobre cada uno de los pasajes que habían sido animados por el monje francés, que concluyó dejándome en libertad de revisar el texto de acuerdo con los dictados de mi propia conciencia. Le rogué, por el contrario, que se atuviera a la opinión de la persona que me había criticado, confesando, entre otras cosas, como, por ejemplo, en mi uso de la palabra fortuna, en la cita de poetas históricos, en mi apología de Julián, en mi animadversión sobre la teoría de que quien reza debe estar exento de inclinaciones viciosas por el momento; punto, en mi estimación de la crueldad, como algo que va más allá de la simple muerte; punto, en mi opinión de que se debe educar a un niño para que lo haga todo, etc.; que éstas eran mis opiniones, que no me parecían equivocadas; en cuanto a otras cosas, dije que el corrector no entendía mi significado. El Maestro, que es un hombre inteligente, me dio muchas excusas, y me hizo suponer que no estaba de acuerdo con las mejoras sugeridas; y abogó muy ingeniosamente por mí en mi presencia contra otro (también italiano) que se oponía a mis sentimientos."

Esto es lo que pasó entre Montaigne y estos dos personajes en aquel momento; pero cuando el ensayista se marchó, y fue a despedirse de ellos, usaron un lenguaje muy diferente con él. "Me rogaron -dice- que no prestara atención a la censura hecha a mi libro, en la que otros franceses les habían hecho saber que había muchas tonterías; añadiendo que honraban mi afectuosa intención hacia la Iglesia, y mi capacidad; y que tenían tan buena opinión de mi candor y conciencia que debían dejarme hacer las alteraciones que fueran convenientes en el libro, cuando lo reimprimiera; entre otras cosas, la palabra fortuna. Para excusarse por lo que habían dicho contra mi libro, citaron obras de nuestro tiempo de cardenales y otros divinos de excelente reputación que habían sido reprochadas por faltas similares, que no afectaban en absoluto a la reputación del autor, ni a la publicación en su conjunto; me pidieron que prestara a la Iglesia el apoyo de mi elocuencia (este fue su justo discurso), y que hiciera una estancia más larga en el lugar, donde debería estar libre de cualquier otra intrusión por su parte. Me pareció que nos separábamos como buenos amigos".

Antes de abandonar Roma, Montaigne recibió su diploma de ciudadanía, por el que se sintió muy halagado; y tras una visita a Tívoli partió hacia Loreto, deteniéndose en Ancona, Fano y Urbino. A principios de mayo de 1581 llegó a Bagno della Villa, donde se estableció para probar las aguas. Allí, según el Diario, el ensayista vivió por su cuenta en la más estricta conformidad con el régimen, y en adelante sólo se habla de la dieta, del efecto que las aguas tenían por grados en el sistema, de la manera en que las tomaba; en una palabra, no omite un elemento de las circunstancias relacionadas con su rutina diaria, su hábito corporal, sus baños y el resto. Ya no era el diario de un viajero lo que llevaba, sino el diario de un inválido, -["Estoy leyendo los Viajes de Montaigne, que se han encontrado recientemente; hay poco en ellos salvo los baños y medicinas que tomaba, y lo que cenaba en todas partes"-H. Walpole a Sir Horace Mann, 8 de junio de 1774]- atento a los más mínimos detalles de la curación que se esforzaba por llevar a cabo: una especie de cuaderno de notas, en el que anotaba todo lo que sentía y hacía, en beneficio de su médico en casa, que se encargaría de su salud a su regreso, y de la asistencia a sus posteriores enfermedades. Montaigne da como razón y justificación para extenderse tanto aquí, que había omitido, a su pesar, hacerlo en sus visitas a otros baños, lo que podría haberle ahorrado la molestia de escribir tan extensamente ahora; pero es quizás una mejor razón a nuestros ojos, que lo que escribió lo hizo para su propio uso.

Sin embargo, encontramos en estos relatos muchas pinceladas que son valiosas para ilustrar las costumbres del lugar. La mayor parte de las anotaciones del Diario, que dan cuenta de estas aguas y de los viajes, hasta la llegada de Montaigne a la primera ciudad francesa en su ruta de regreso, están en italiano, porque deseaba ejercitarse en esa lengua.

La minuciosa y constante vigilancia de Montaigne sobre su salud y sobre sí mismo podría hacer sospechar ese excesivo temor a la muerte que degenera en cobardía. ¿Pero no era más bien el miedo a la operación de la piedra, en aquel momento realmente formidable? O tal vez era de la misma manera de pensar que el poeta griego, de quien Cicerón reporta este dicho: "No deseo morir; pero la idea de estar muerto me es indiferente". Oigamos, sin embargo, lo que él mismo dice sobre este punto con toda franqueza: "Sería demasiado débil y poco varonil por mi parte si, seguro como estoy de encontrarme siempre en la tesitura de tener que sucumbir de esa manera,-[A la piedra o a la grava.]-y de que la muerte se me acerque cada vez más, no hiciera algún esfuerzo, antes de que llegara el momento, para soportar la prueba con entereza. Porque la razón prescribe que aceptemos con alegría lo que a Dios le plazca enviarnos. Por lo tanto, el único remedio, la única regla y la única doctrina para evitar los males que rodean a la humanidad, cualesquiera que sean, es resolverse a soportarlos en la medida en que nuestra naturaleza lo permita, o ponerles fin valiente y prontamente."

Todavía estaba en las aguas de la Villa, cuando, el 7 de septiembre de 1581, supo por carta que había sido elegido alcalde de Burdeos el 1 de agosto anterior. Esta información le hizo apresurar su partida, y desde Lucca se dirigió a Roma. Allí recibió la carta de los jurados de Burdeos, en la que se le notificaba oficialmente su elección a la alcaldía y se le invitaba a regresar lo antes posible. Partió hacia Francia, acompañado por el joven D'Estissac y varios otros caballeros, que lo escoltaron una distancia considerable; pero ninguno volvió a Francia con él, ni siquiera su compañero de viaje. Pasó por Padua, Milán, Mont Cenis y Chambery; de allí pasó a Lyon, y no perdió tiempo en volver a su castillo, tras una ausencia de diecisiete meses y ocho días.

Acabamos de ver que, durante su ausencia en Italia, el autor de los Ensayos fue elegido alcalde de Burdeos. "Los señores de Burdeos -dice- me eligieron alcalde de su ciudad, mientras yo estaba lejos de Francia, y lejos del pensamiento de tal cosa. Me excusé; pero dieron a entender que me equivoqué al hacerlo, siendo también el mandato del rey que me mantuviera." Esta es la carta que Enrique III le escribió en esa ocasión:

MONSIEUR, DE MONTAIGNE,-Como tengo en gran estima vuestra fidelidad y celosa devoción a mi servicio, ha sido un placer para mí saber que habéis sido elegido alcalde de mi ciudad de Burdeos. He tenido el agradable deber de confirmar la elección, y lo he hecho con más gusto, viendo que se ha hecho durante vuestra lejana ausencia; por lo que es mi deseo, y os exijo y ordeno expresamente que procedáis sin demora a entrar en las funciones a las que habéis recibido tan legítima llamada. Y así actuaréis de forma muy agradable para mí, mientras que lo contrario me desagradará enormemente. Rogando a Dios, M. de Montaigne, que os tenga en su santa custodia.

"Escrito en París, el 25 de noviembre de 1581.

"HENRI.

"A Monsieur de MONTAIGNE, Caballero de mi Orden, Caballero Ordinario de mi Cámara, estando actualmente en Roma".

Montaigne, en su nuevo empleo, el más importante de la provincia, obedeció al axioma de que un hombre no puede rechazar un deber, aunque éste absorba su tiempo y atención, e incluso implique el sacrificio de su sangre. Situado entre dos partidos extremos, siempre a punto de llegar a las manos, demostró en la práctica lo que es en su libro, el amigo de una política media y templada. Tolerante por carácter y por principio, pertenecía, como todas las grandes mentes del siglo XVI, a esa secta política que buscaba mejorar, sin destruir, las instituciones; y podemos decir de él, lo que él mismo dijo de La Boetie, "que tenía esa máxima indeleblemente impresa en su mente, de obedecer y someterse religiosamente a las leyes bajo las que había nacido". Afectuosamente apegado al reposo de su país, enemigo de los cambios e innovaciones, hubiera preferido emplear los medios que tenía para su desaliento y supresión, que para promover su éxito." Tal fue la plataforma de su administración.

Se aplicó, de manera especial, al mantenimiento de la paz entre las dos facciones religiosas que entonces dividían la ciudad de Burdeos; y al final de sus dos primeros años de mandato, sus agradecidos conciudadanos le confirieron (en 1583) la alcaldía por dos años más, una distinción de la que sólo había disfrutado, como nos dice, dos veces antes. Al término de su carrera oficial, tras cuatro años de duración, pudo decir de sí mismo, con toda justicia, que no dejaba tras de sí ni odio ni motivo de ofensa.

En medio de las preocupaciones del gobierno, Montaigne encontró tiempo para revisar y ampliar sus Ensayos, que, desde su aparición en 1580, recibían continuamente aumentos en forma de capítulos o documentos adicionales. Se imprimieron dos ediciones más en 1582 y 1587; y durante este tiempo el autor, al tiempo que realizaba alteraciones en el texto original, había compuesto parte del Tercer Libro. Se dirigió a París para hacer arreglos para la publicación de sus trabajos ampliados, y el resultado fue una cuarta impresión en 1588. En esta ocasión, permaneció en la capital durante algún tiempo, y fue entonces cuando conoció a Mademoiselle de Gournay por primera vez. Dotada de un espíritu activo e inquieto y, sobre todo, poseedora de un tono mental sano y saludable, Mademoiselle de Gournay se había dejado llevar desde su infancia por esa marea que se inició en el siglo XVI hacia la controversia, el aprendizaje y el conocimiento. Aprendió latín sin maestro; y cuando, a los dieciocho años, llegó a poseer accidentalmente un ejemplar de los Ensayos, se sintió transportada por el deleite y la admiración.

Dejó el castillo de Gournay para venir a verlo. No podemos hacer nada mejor, en relación con este viaje de simpatía, que repetir las palabras de Pasquier: "Aquella joven, aliada de varias grandes y nobles familias de París, no se propuso otro matrimonio que el de su honor, enriquecido con los conocimientos adquiridos en los buenos libros, y, más allá de todos los demás, en los ensayos de M. de Montaigne, quien en el año 1588 hizo una prolongada estancia en la ciudad de París, a la que acudió con el propósito de conocerlo personalmente; y su madre, Madame de Gournay, y ella misma lo llevaron con ellas a su castillo, donde, en dos o tres ocasiones diferentes, pasó tres meses en total, siendo el más bienvenido de los visitantes". Fue a partir de este momento que Mademoiselle de Gournay fechó su adopción como hija de Montaigne, una circunstancia que ha tendido a conferirle inmortalidad en una medida mucho mayor que sus propias producciones literarias.

Montaigne, al dejar París, permaneció poco tiempo en Blois, para asistir a la reunión de los Estados Generales. No sabemos qué papel tomó en esa asamblea, pero se sabe que fue comisionado, alrededor de ese período, para negociar entre Enrique de Navarra (después Enrique IV) y el duque de Guisa. Su vida política está casi en blanco, pero De Thou asegura que Montaigne gozaba de la confianza de los principales personajes de su época. De Thou, que lo califica de hombre franco y sin complejos, nos dice que, paseando con él y con Pasquier por la corte del castillo de Blois, le oyó pronunciar algunas opiniones muy notables sobre los acontecimientos contemporáneos, y añade que Montaigne había previsto que los problemas de Francia no podían terminar sin asistir a la muerte del rey de Navarra o del duque de Guisa. Se había hecho tan dueño de los puntos de vista de estos dos príncipes, que le dijo a De Thou que el rey de Navarra habría estado dispuesto a abrazar el catolicismo, si no hubiera temido ser abandonado por su partido, y que el duque de Guisa, por su parte, no tenía especial repugnancia a la Confesión de Augsburgo, por la que el cardenal de Lorena, su tío, le había inspirado afición, si no hubiera sido por el peligro que suponía abandonar la comunión romana. Habría sido fácil para Montaigne desempeñar, como se dice, un gran papel en la política, y crearse una posición elevada, pero su lema era "Otio et Libertati"; y volvió tranquilamente a su casa para componer un capítulo para su próxima edición sobre los inconvenientes de la Grandeza.

El autor de los Ensayos tenía ahora cincuenta y cinco años. La enfermedad que le atormentaba se agravaba con los años, y sin embargo se ocupaba continuamente de leer, meditar y componer. Empleó los años 1589, 1590 y 1591 en hacer nuevas adiciones a su libro; e incluso al acercarse la vejez pudo anticipar muchas horas felices, cuando fue atacado por la quinina, privándole de la facultad de hablar. Pasquier, que nos ha dejado algunos detalles de sus últimas horas, narra que permaneció tres días en plena posesión de sus facultades, pero sin poder hablar, por lo que, para dar a conocer sus deseos, se vio obligado a recurrir a la escritura; y como sintió que su fin se acercaba, rogó a su esposa que convocara a algunos de los caballeros que vivían en la vecindad para darles un último adiós. Cuando llegaron, hizo que se celebrara una misa en el apartamento; y justo cuando el sacerdote elevaba la hostia, Montaigne cayó con los brazos extendidos delante de él, en la cama, y así expiró. Tenía sesenta años. Era el 13 de septiembre de 1592.

Montaigne fue enterrado cerca de su casa, pero unos años después de su muerte, sus restos fueron trasladados a la iglesia de una Comandancia de San Antonio en Burdeos, donde aún permanecen. Su monumento fue restaurado en 1803 por un descendiente. Fue visto hacia 1858 por un viajero inglés (Mr. St. John)' -["Montaigne the Essayist", de Bayle St. John, 1858, 2 vols. 8vo, es uno de los libros más deliciosos de la clase]- y estaba entonces en buen estado de conservación.

En 1595, Mademoiselle de Gournay publicó una nueva edición de los Ensayos de Montaigne, y la primera con las últimas emendaciones del autor, a partir de un ejemplar que le regaló su viuda, y que no se ha recuperado, aunque se sabe que existió algunos años después de la fecha de la impresión, hecha con su autoridad.

A pesar de que las producciones literarias de Montaigne parecen haber sido recibidas con frialdad por la generación inmediatamente posterior a su propia época, su genio creció hasta ser justamente apreciado en el siglo XVII, cuando surgieron grandes espíritus como La Bruyere, Moliere, La Fontaine, Madame de Sevigne. "¡Oh!", exclamó la Chatelaine des Rochers, "¡qué gran compañía es el querido hombre! es mi viejo amigo; y justo por la razón de que lo es, siempre parece nuevo. Dios mío, qué lleno de sentido está ese libro". Balzac decía que había llevado la razón humana tan lejos y tan alto como podía llegar, tanto en política como en moral. En cambio, Malebranche y los escritores de Port Royal estaban en contra de él; unos reprendían el libertinaje de sus escritos; otros su impiedad, materialismo, epicureísmo. Incluso Pascal, que había leído atentamente los Ensayos y había sacado no poco provecho de ellos, no ahorró sus reproches. Pero Montaigne ha sobrevivido a las detracciones. Con el paso del tiempo, sus admiradores y prestatarios han aumentado en número, y su jansenismo, que lo recomendó en el siglo XVIII, puede que no sea su menor recomendación en el XIX. Aquí tenemos ciertamente, en conjunto, un hombre de primera clase, y una prueba de su genio magistral parece ser que sus méritos y sus bellezas son suficientes para inducirnos a dejar fuera de consideración defectos y faltas que habrían sido fatales para un escritor inferior.

LAS CARTAS DE MONTAIGNE.

I.-A Monsieur de MONTAIGNE

[Este relato de la muerte de La Boetie comienza de forma imperfecta. Apareció por primera vez en un pequeño volumen de Misceláneas en 1571. Véase Hazlitt, ubi sup. p. 630. ]-En cuanto a sus últimas palabras, sin duda, si alguien puede dar buena cuenta de ellas, soy yo, tanto porque, durante toda su enfermedad, conversó conmigo tan plenamente como con cualquiera, y también porque, como consecuencia de la singular y fraternal amistad que habíamos mantenido el uno por el otro, estaba perfectamente al corriente de las intenciones, opiniones y deseos que se había formado en el curso de su vida, tanto, ciertamente, como un hombre puede estar al corriente de los de otro hombre; y porque sabía que eran elevadas, virtuosas, llenas de firme resolución y (después de todo lo dicho) admirables. Bien preveía que, si su enfermedad le permitía expresarse, no permitiría que se le escapara nada, en tal extremo, que no estuviera repleto de buen ejemplo. En consecuencia, puse todo el cuidado posible en atesorar lo dicho. Es cierto, Monseñor, que como mi memoria no sólo es muy corta en sí misma, sino que en este caso se ha visto afectada por las molestias que he sufrido, a causa de una pérdida tan pesada e importante, he olvidado un número de cosas que me gustaría haber conocido; pero las que recuerdo os las relataré con la mayor exactitud que me sea posible. Porque representar en toda su extensión su noble carrera súbitamente interrumpida, pintaros su indomable valor, en un cuerpo agotado y postrado por el dolor y los asaltos de la muerte, confieso que exigiría una habilidad mucho mejor que la mía: porque, aunque, cuando en años anteriores discurría sobre asuntos serios e importantes, los trataba de tal manera que era difícil reproducir exactamente lo que decía, sin embargo, sus ideas y sus palabras al final parecían rivalizar en su servicio. Porque estoy seguro de que nunca le conocí dar a luz concepciones tan finas, ni desplegar tanta elocuencia, como en el tiempo de su enfermedad. Si me reprocháis, Monseñor, el haber introducido sus observaciones más ordinarias, sabed que lo hago con conocimiento de causa, pues como salieron de él en una época de tan grandes problemas, indican la perfecta tranquilidad de su mente y de sus pensamientos hasta el final.

El lunes 9 de agosto de 1563, a mi regreso de la Corte, le envié una invitación para que viniera a cenar conmigo. Me contestó que estaba obligado, pero que, estando indispuesto, me agradecería que le hiciera el favor de pasar una hora con él antes de partir para Medoc. Poco después de mi cena fui a verle. Se había tumbado en la cama con la ropa puesta, y ya estaba, según percibí, muy cambiado. Se quejaba de diarrea, acompañada de gripes, y decía que la tenía desde que jugaba con M. d'Escars sin más ropa que su jubón, y que a él un resfriado le provocaba a menudo esos ataques. Le aconsejé que se fuera como había propuesto, pero que se quedara a pasar la noche en Germignac, que sólo está a unas dos leguas de la ciudad. Le di este consejo, porque algunas casas, cerca de la que él se encontraba, eran visitadas por la peste, por lo que estaba nervioso desde su regreso de Perigord y del Agenois, donde había hecho estragos; y, además, el ejercicio a caballo era, por mi propia experiencia, beneficioso en circunstancias similares. Así pues, se puso en marcha con su esposa y el Sr. Bouillhonnas, su tío.

Sin embargo, a primera hora de la mañana siguiente, recibí información de Madame de la Boetie de que durante la noche había sufrido un nuevo y violento ataque de disentería. Ella había llamado al médico y al boticario, y me rogó que no perdiera tiempo en venir, lo que (después de la cena) hice. Se alegró mucho de verme; y cuando me marchaba, con la promesa de volver al día siguiente, me rogó con más importunidad y afecto de lo que acostumbraba, que le diera toda la compañía posible. Me sentí un poco afectado; pero estaba a punto de marcharme, cuando la señora de la Boetie, como si previera que algo iba a suceder, me imploró con lágrimas que me quedara esta noche. Cuando consentí, pareció ponerse más alegre. Volví a casa al día siguiente, y el jueves le hice otra visita. Había empeorado, y la pérdida de sangre por la disentería, que había reducido mucho sus fuerzas, iba en aumento. El viernes me retiré de su lado, pero el sábado fui a verlo y lo encontré muy débil. Entonces me dio a entender que su dolencia era infecciosa y, además, desagradable y deprimente; y que él, conociendo a fondo mi constitución, deseaba que me contentara con venir a verle de vez en cuando. Por el contrario, después de eso nunca me separé de su lado.

Sólo el domingo comenzó a conversar conmigo sobre algún tema más allá del inmediato de su enfermedad y de lo que los antiguos médicos pensaban de ella: no habíamos tocado los asuntos públicos, pues desde el principio descubrí que le desagradaban.

Pero, el domingo, tuvo un desmayo; y cuando volvió en sí, me dijo que todo le parecía confuso, como en una niebla y en un desorden, y que, sin embargo, esta visita no le resultaba desagradable. "La muerte", le respondí, "no tiene peor sensación, hermano mío". "Ninguna tan mala", fue su respuesta. No había dormido con regularidad desde el comienzo de su enfermedad; y a medida que empeoraba, empezó a dedicar su atención a las cuestiones de las que suelen ocuparse los hombres en el último extremo, desesperando ahora de mejorar, y dándome a entender lo mismo. Aquel día, como parecía estar de bastante buen humor, aproveché para decirle que, en consideración al singular amor que le profesaba, me convenía cuidar de que sus asuntos, que había llevado con tan rara prudencia en su vida, no se descuidaran en la actualidad; y que lamentaría que, por falta de un consejo adecuado, dejara algo sin resolver, no sólo por la pérdida para su familia, sino también para su buen nombre.

Me dio las gracias por mi amabilidad, y después de reflexionar un poco, como si estuviera resolviendo ciertas dudas en su propia mente, me pidió que convocara a su tío y a su esposa por sí mismos, a fin de ponerlos al corriente de sus disposiciones testamentarias. Le dije que esto les escandalizaría. "No, no", contestó, "los animaré haciendo ver que mi caso es mejor de lo que es". Y luego preguntó si no estábamos todos muy sorprendidos por su desmayo. Le contesté que no tenía importancia, ya que era algo accesorio a la dolencia que padecía. "Es cierto, hermano mío", dijo, "no tendría importancia, aunque condujera a lo que más temes". "Para ti", repliqué, "podría ser una cosa feliz; pero yo sería el perdedor, que con ello se vería privado de un amigo tan grande, tan sabio y tan firme, un amigo cuyo lugar nunca vería suplido." "Es muy probable que no lo hagas", fue su respuesta; "y estate seguro de que una cosa que me hace estar algo ansioso por recuperarme, y retrasar mi viaje a ese lugar, al que ya estoy a mitad de camino, es el pensamiento de la pérdida que tanto tú como ese pobre hombre y esa mujer de allí (refiriéndose a su tío y a su esposa) deben sufrir; porque los quiero con todo mi corazón, y estoy seguro de que les resultará muy duro perderme. También lo lamentaría por aquellos que me han apreciado en vida, y cuya conversación me gustaría haber disfrutado un poco más; y te ruego, hermano mío, que si dejo el mundo, les lleves de mi parte la seguridad de la estima que les tuve hasta el último momento de mi existencia. Por otra parte, mi nacimiento apenas sirvió para nada, sino para que, de haber vivido, hubiera prestado algún servicio al público; pero, sea como fuere, estoy dispuesto a someterme a la voluntad de Dios, cuando le plazca llamarme, confiando en gozar de la tranquilidad que me habéis predicho. En cuanto a ti, amigo mío, me siento seguro de que eres tan sabio, que controlarás tus emociones, y te someterás a su divina ordenanza con respecto a mí; y te ruego que procures que ese buen hombre y esa buena mujer no lloren mi partida innecesariamente."

Procedió a preguntar cómo se comportaban actualmente. "Muy bien", dije, "considerando las circunstancias". "¡Ah!", respondió, "eso es, mientras no abandonen toda esperanza en mí; pero cuando ese sea el caso, tendrás una dura tarea para mantenerlos". Debido a su gran aprecio por su esposa y su tío, les ocultó cuidadosamente su propia convicción sobre la certeza de su fin, y me rogó que hiciera lo mismo. Cuando estaban cerca de él, asumía una apariencia de alegría y los halagaba con esperanzas. Entonces fui a llamarlos. Vinieron con la mayor serenidad posible, y cuando estuvimos los cuatro juntos, se dirigió a nosotros, con un semblante imperturbable, de la siguiente manera: "Tío y esposa, estad seguros de que ningún nuevo ataque de mi enfermedad, ni ninguna nueva duda que tenga sobre mi recuperación, me ha llevado a dar este paso de comunicaros mis intenciones, pues, gracias a Dios, me encuentro muy bien y esperanzado; pero enseñado por la observación y la experiencia la inestabilidad de todas las cosas humanas, e incluso de la vida a la que estamos tan apegados, y que es, sin embargo, una mera burbuja; y sabiendo, además, que mi estado de salud me hace estar más cerca del peligro de muerte, he creído conveniente arreglar mis asuntos mundanos, contando con el beneficio de vuestro consejo. " Luego se dirigió más particularmente a su tío: "Buen tío -dijo-, si tuviera que enumerar todas las obligaciones que tengo para contigo, estoy seguro de que no acabaría nunca. Permítame decir solamente que, dondequiera que haya estado y con quienquiera que haya conversado, le he representado como si hiciera por mí todo lo que un padre puede hacer por un hijo; tanto en el cuidado con que atendió mi educación, como en el celo con que me impulsó a la vida pública, de modo que toda mi existencia es un testimonio de sus buenos oficios hacia mí. En resumen, todo lo que tengo se lo debo a usted, que ha sido para mí como un padre; y por lo tanto no tengo derecho a desprenderme de nada, a menos que sea con su aprobación."

Se produjo un silencio general, y su tío no pudo responder por las lágrimas y los sollozos. Al final dijo que lo que le pareciera mejor sería de su agrado; y como tenía la intención de convertirlo en su heredero, era libre de disponer de lo que le correspondiera.

Entonces se dirigió a su esposa. "Imagen mía", dijo (pues así la llamaba a menudo, ya que había una especie de parentesco entre ellos), "desde que me uní a ti por el matrimonio, que es uno de los lazos más pesados y sagrados que nos impone Dios, con el fin de mantener la sociedad humana, he seguido amándote, queriéndote y valorándote; y sé que tú has correspondido a mi afecto, por lo que no tengo suficiente reconocimiento. Te ruego que aceptes la parte de mis bienes que te lego, y que te conformes con ella, aunque sea muy insuficiente para tu desierto."

Después se dirigió a mí. "Hermano mío -comenzó diciendo-, por quien siento un amor tan completo y a quien he elegido entre tantos, pensando en revivir contigo esa amistad virtuosa y sincera que, debido a la degeneración de la época, ha llegado a ser casi desconocida para nosotros, y ahora sólo existe en ciertos vestigios de la antigüedad, te ruego, como muestra de mi afecto hacia ti, que aceptes mi biblioteca: una ofrenda escasa, pero dada con una voluntad cordial, y adecuada para ti, ya que eres aficionado a la enseñanza. Será un recuerdo de su antiguo compañero".

Luego se dirigió a los tres. Bendijo a Dios por haber tenido la felicidad de estar rodeado de los que más apreciaba en el mundo, y lo consideró como un bello espectáculo, donde cuatro personas estaban juntas, tan unánimes en sus sentimientos, y amándose mutuamente. Nos encomendó uno a otro; y procedió así: "Arreglados mis asuntos mundanos, debo pensar ahora en el bienestar de mi alma. Soy cristiano, soy católico. He vivido como tal y moriré como tal. Mandad llamar a un sacerdote, pues deseo cumplir con esta última obligación cristiana". Concluyó ahora su discurso, que había dirigido con un rostro tan firme y con una expresión tan clara, que mientras que, cuando entré por primera vez en su habitación, estaba débil, inarticulado al hablar, con el pulso bajo y febril, y sus rasgos pálidos, ahora, por una especie de milagro, parecía haberse recuperado, y su pulso era tan fuerte que, para comparar, le pedí que sintiera el mío.

Sentí mi corazón tan oprimido en este momento, que no tuve el poder de hacerle ninguna respuesta; pero en el transcurso de dos o tres horas, solícito por mantener su valor, y, asimismo, por la ternura que había tenido toda mi vida por su honor y su fama, deseando un mayor número de testigos de su admirable fortaleza, le dije, cuánto me avergonzaba pensar que me faltaba valor para escuchar lo que él, tan gran sufridor, tenía el valor de pronunciar; que hasta el momento apenas había concebido que Dios nos concediera tal dominio sobre las debilidades humanas, y que había encontrado una dificultad para dar crédito a los ejemplos que había leído en las historias; pero que con tal evidencia de la cosa ante mis ojos, alababa a Dios por haberse mostrado en alguien tan excesivamente querido para mí, y que me amaba tan enteramente, y que su ejemplo me ayudaría a actuar de manera similar cuando me llegara el turno. Interrumpiéndome, me rogó que así fuera, y que la conversación que había pasado entre nosotros no se quedara en meras palabras, sino que se grabara profundamente en nuestras mentes, para ponerla en práctica a la primera ocasión; y que éste era el verdadero objeto y fin de toda filosofía.

Entonces me tomó la mano y continuó: "Hermano, amigo, hay muchos actos de mi vida, creo, que me han costado tanta dificultad como es probable que me cueste éste; y, después de todo, me he preparado durante mucho tiempo para ello, y tengo mi lección de memoria. ¿No he vivido lo suficiente? Estoy a punto de cumplir treinta y tres años. Por la gracia de Dios, mis días no han conocido hasta ahora más que salud y felicidad; pero en el curso ordinario de nuestros inestables asuntos humanos, esto no habría podido durar mucho más; habría llegado el momento de dedicarme a ocupaciones más graves, y me habría visto envuelto en innumerables vejaciones, y, entre ellas, los problemas de la vejez, de los que ahora estaré exento. Además, es probable que hasta ahora mi vida se haya gastado con más sencillez y menos maldad que si Dios me hubiera perdonado y hubiera sobrevivido para sentir la sed de riquezas y prosperidad mundana. Estoy seguro, por mi parte, de que ahora voy a Dios y al lugar de los bienaventurados". Pareció detectar en mi expresión cierta inquietud ante sus palabras; y exclamó: "¿Qué, hermano mío, me haces albergar aprensiones? Si los tuviera, ¿a quién le correspondería tanto como a ti eliminarlas?"

El notario, que había sido llamado para redactar su testamento, vino por la tarde, y cuando tuvo los documentos preparados, pregunté a La Boetie si los firmaría. "Fírmalos", gritó; "lo haré con mi propia mano; pero podría desear más tiempo, porque me siento muy tímido y débil, y en cierto modo agotado". Pero cuando iba a cambiar la conversación, se reanimó de repente, dijo que le quedaba poco tiempo de vida, y preguntó si el notario escribía rápidamente, pues debía dictar sin hacer ninguna pausa. Llamaron al notario, y éste dictó allí mismo su testamento con tal rapidez que el hombre apenas podía seguirle el ritmo; y cuando terminó, me pidió que lo leyera en voz alta, diciéndome: "Qué bueno es cuidar lo que se llama nuestras riquezas". 'Sunt haec, quoe hominibus vocantur bona'. En cuanto se firmó el testamento, estando la cámara llena, me preguntó si le haría daño hablar. Le contesté que no, si no hablaba demasiado alto. Entonces llamó a Mademoiselle de Saint Quentin, su sobrina, y se dirigió a ella así: "Querida sobrina, desde que te conocí, he observado en ti los signos de una gran bondad natural; pero los servicios que me has prestado, con tan afectuosa diligencia, en mi presente y última necesidad, me inspiran grandes esperanzas en ti; y tengo grandes obligaciones contigo, y te doy las más afectuosas gracias. Permíteme aliviar mi conciencia aconsejándote que seas, en primer lugar, devoto de Dios, pues éste es sin duda nuestro primer deber, sin el cual todos los demás pueden ser de poca ventaja o gracia, pero que, debidamente observado, lleva consigo necesariamente todas las demás virtudes. Después de Dios, debes amar a tu padre y a tu madre; a tu madre, mi hermana, a la que considero una de las mejores y más inteligentes mujeres, y por la que te ruego que dejes regular tu propia vida. No te dejes llevar por los placeres; evita, como la peste, las necias familiaridades que ves entre algunos hombres y mujeres; bastante inofensivas al principio, pero que por grados insidiosos corrompen el corazón, y de ahí lo llevan a la negligencia, y luego al vil fango del vicio. Créeme, la mayor salvaguarda de la castidad femenina es la sobriedad de conducta. Te ruego y te ordeno que recuerdes a menudo la amistad que nos unía; pero no quiero que te lamentes demasiado por mí, un mandato que, en la medida de mis posibilidades, hago a todos mis amigos, ya que podría parecer que al hacerlo sintieran celos de esa bendita condición en la que estoy a punto de ser colocada por la muerte. Te aseguro, querida, que si ahora tuviera la opción de continuar en vida o de completar el viaje que he emprendido, me resultaría muy difícil elegir. Adiós, querida sobrina".

Mademoiselle d'Arsat, su hijastra, fue la siguiente en ser llamada. Él le dijo: "Hija, no tienes mucha necesidad de que te aconseje, ya que tienes una madre, a la que siempre he encontrado muy sagaz, y totalmente conforme con mis propias opiniones y deseos, y a la que nunca he encontrado defectuosa; con una preceptora así, no puedes dejar de estar bien instruida. No considere singular que yo, sin tener ningún vínculo de sangre con usted, me interese por usted; pues, siendo la hija de alguien tan estrechamente aliado a mí, estoy necesariamente interesada en lo que le concierne a usted; y, por consiguiente, los asuntos de su hermano, el señor d'Arsat, han sido siempre vigilados por mí con tanto cuidado como los míos; ni quizá le perjudique el hecho de ser mi hijastra. Gozáis de suficientes riquezas y belleza; sois una dama de buena familia; sólo os queda añadir a estas posesiones el cultivo de vuestra mente, en el que os exhorto a no fracasar. No creo necesario advertirte contra el vicio, cosa tan odiosa en las mujeres, pues ni siquiera supongo que puedas albergar ninguna inclinación por él; es más, creo que el mismo nombre te produce aversión. Querida hija, adiós".

Todos en la sala lloraban y se lamentaban; pero él mantuvo sin interrupción el hilo de su discurso, que fue bastante largo. Pero cuando terminó, nos ordenó a todos que saliéramos de la habitación, excepto a las mujeres asistentes, a las que llamó su guarnición. Pero antes, llamando a mi hermano, M. de Beauregard, le dijo: "M. de Beauregard, tiene usted mi mejor agradecimiento por todos los cuidados que ha tenido conmigo. Ahora tengo una cosa que me apetece mucho mencionarle, y con su permiso lo haré". Como mi hermano le dio ánimos para seguir adelante, añadió: "Le aseguro que nunca he conocido a ningún hombre que se haya comprometido con la reforma de nuestra Iglesia con mayor sinceridad, seriedad y sencillez de corazón que usted. Considero que os habéis visto impulsados a ello por la observación del carácter vicioso de nuestros prelados, que sin duda necesita ser puesto en orden, y por las imperfecciones que el tiempo ha introducido en nuestra Iglesia. No es mi deseo en este momento disuadirle de este curso, pues no quiero que nadie actúe en contra de su conciencia; pero deseo, teniendo en cuenta la buena reputación adquirida por su familia desde su perdurable concordancia -una familia que no puede ser más querida para mí; una familia, ¡gracias a Dios! que ningún miembro ha sido jamás culpable de deshonra, además, por la voluntad de tu buen padre, al que tanto debes, y de tu tío, deseo que evites los medios extremos, que evites la dureza y la violencia, que te reconcilies con tus parientes, que no actúes por separado, sino unido. Ya veis los desastres que nuestras disputas han traído a este reino, y os anticipo males aún peores; y en vuestra bondad y sabiduría, guardaos de involucrar a vuestra familia en tales disputas; dejad que siga disfrutando de su antigua reputación y felicidad. Sr. de Beauregard, tome lo que le digo en buena parte, y como prueba de la amistad que siento por usted. He pospuesto hasta ahora cualquier comunicación con usted sobre el tema, y tal vez la condición en la que me ve dirigirse a usted, puede hacer que mi consejo y mi opinión lleven mayor autoridad." Mi hermano le expresó cordialmente su agradecimiento.

El lunes por la mañana se había puesto tan enfermo que estaba bastante desesperado; y me dijo muy apenado "Hermano, ¿no sientes dolor por todo lo que estoy sufriendo? ¿No percibes ahora que la ayuda que me das no tiene otro efecto que el de alargar mi sufrimiento?"

Poco después se desmayó, y todos lo dimos por muerto; pero con la aplicación de vinagre y vino se recuperó. Pero pronto se hundió, y cuando nos oyó lamentarse, murmuró: "¡Oh, Dios! ¿quién es el que me molesta tanto? ¿Por qué has roto el agradable reposo que estaba disfrutando? Te ruego que me dejes". Y luego, al percibir el sonido de mi voz, continuó: "¿Y tú, hermano mío, tampoco quieres verme en paz? ¡Oh, cómo me robas el reposo!" Al cabo de un rato, pareció recobrar las fuerzas y pidió vino, que saboreó y declaró que era la mejor bebida posible. Yo, para cambiar la corriente de sus pensamientos, añadí: "Seguramente no; el agua es lo mejor". "Ah, sí", respondió, "sin duda; -(frase griega)-". Ahora estaba helado en las extremidades, incluso en la cara; una transpiración mortal le invadía, y su pulso era apenas perceptible.

Esta mañana se confesó, pero el sacerdote había omitido traer consigo el aparato necesario para celebrar la misa. El martes, sin embargo, el Sr. de la Boetie le llamó para que le ayudara, como dijo, a cumplir el último oficio de un cristiano. Después de la conclusión de la misa, tomó el sacramento; cuando el sacerdote estaba a punto de partir, le dijo: "Padre espiritual, os suplico humildemente, así como a aquellos sobre los que estáis puesto, que roguéis al Todopoderoso en mi favor, para que, si se decreta en el cielo que ahora he de terminar mi vida, se compadezca de mi alma y me perdone mis pecados, que son múltiples, no siendo posible para una criatura tan débil y pobre como yo obedecer completamente la voluntad de tal Maestro; o, si cree conveniente mantenerme más tiempo aquí, que le plazca liberar mi extrema angustia actual, y dirigir mis pasos en el camino correcto, para que pueda llegar a ser un hombre mejor de lo que he sido. " Hizo una pausa para recuperar un poco el aliento; el sacerdote estaba a punto de marcharse, lo llamó de nuevo y prosiguió: "Deseo decir, además, en su audiencia esto: Declaro que fui bautizado y he vivido, y que así quiero morir, en la fe que Moisés predicó en Egipto; que después los Patriarcas aceptaron y profesaron en Judea; y que, con el tiempo, se ha transmitido a Francia y a nosotros." Parecía deseoso de añadir algo más, pero terminó con una petición a su tío y a mí de que enviáramos oraciones por él; "porque esos son -dijo- los mejores deberes que los cristianos pueden cumplir unos con otros." En el transcurso de la conversación, se descubrió el hombro, y aunque un criado estaba cerca de él, pidió a su tío que le reajustara la ropa. Luego, volviendo los ojos hacia mí, dijo: "Ingenui est, cui multum debeas, ei plurimum velle debere".

M. de Belot llamó por la tarde para verle, y M. de la Boetie, tomando su mano, le dijo "Estaba a punto de saldar mi deuda, pero mi amable acreedor me ha dado un poco más de tiempo". Poco después, pareciendo despertar de una especie de ensueño, pronunció unas palabras que ya había empleado una o dos veces en el curso de su enfermedad: "Ah, bien, ah, bien, cuando llegue la hora, la espero con gusto y fortaleza". Y luego, mientras le mantenían la boca abierta a la fuerza para darle una calada, observó a M. de Belot: "An vivere tanti est?"

A medida que se acercaba la noche, empezó a hundirse perceptiblemente; y mientras yo cenaba, me mandó llamar para que viniera, no siendo más que la sombra de un hombre, o, como él mismo dijo, "non homo, sed species hominis"; y me dijo con la mayor dificultad: "Hermano mío, amigo mío, por favor, que pueda realizar las imaginaciones que acabo de disfrutar". Después, habiendo esperado algún tiempo mientras él permanecía en silencio, y con dolorosos esfuerzos lanzaba largos suspiros (pues su lengua en este punto comenzó a rechazar sus funciones), le dije: "¿Qué son?" "¡Grandes, grandes!", respondió. "Nunca he dejado de tener el honor de escuchar tus concepciones e imaginaciones comunicadas a mí; ¿no me dejarás ahora disfrutar de ellas?" "Ciertamente lo haría", respondió; "pero, hermano mío, no puedo hacerlo; son admirables, infinitas e indecibles". Nos detuvimos en seco, pues no pudo continuar. Poco antes, en efecto, había manifestado el deseo de hablar con su mujer, y le había dicho, con el semblante más alegre que pudo asumir, que tenía una historia que contarle. Y parecía que estaba haciendo un intento de ganar la palabra; pero, al faltarle las fuerzas, pidió un poco de vino para reanimarse. No sirvió de nada, pues se desmayó repentinamente y permaneció insensible durante algún tiempo. Estando tan cerca de la muerte, y oyendo los sollozos de la señorita de la Boetie, la llamó y le dijo así "A mi semejanza, usted se aflige de antemano; ¿no se apiadará de mí? tenga valor. Ciertamente, me cuesta más de la mitad del dolor que sufro, veros sufrir; y razonablemente, porque los males que sentimos nosotros mismos no los sufrimos realmente, sino que son ciertas facultades sensibles que Dios planta en nosotros, las que los sienten: mientras que lo que sentimos a causa de los demás, lo sentimos a consecuencia de un cierto proceso de razonamiento que tiene lugar dentro de nuestras mentes. Pero me voy" -Eso lo dijo porque le fallaban las fuerzas; y temiendo haber asustado a su mujer, reanudó, observando: "Me voy a dormir. Buenas noches, esposa mía; sigue tu camino". Esta fue la última despedida que se dio de ella.

Después de que ella se hubo marchado, "Hermano mío", me dijo, "mantente cerca de mí, si te place"; y entonces, sintiendo el avance de la muerte más apremiante y más agudo, o bien el efecto de alguna corriente de aire caliente que le habían hecho tragar, su voz se hizo más fuerte y más clara, y se revolvió con toda violencia en su cama, de modo que todos empezaron a albergar de nuevo la esperanza que habíamos perdido sólo al presenciar su extrema postración.

En esta etapa procedió, entre otras cosas, a rogarme una y otra vez, de la manera más afectuosa, que le diera un lugar; de modo que temí que su razón se viera afectada, particularmente cuando, al señalarle que se estaba haciendo daño a sí mismo, y que esas no eran las palabras de un hombre racional, no cedió al principio, sino que redobló sus gritos, diciendo: "¡Hermano mío, hermano mío! ¿me niegas entonces un lugar?", hasta el punto de que me obligó a demostrarle que, como respiraba y hablaba, y tenía su ser físico, por lo tanto tenía su lugar. "Sí, sí", respondió, "lo tengo; pero no es lo que necesito; y, además, cuando todo está dicho, ya no tengo existencia". "Dios", le contesté, "te concederá pronto una mejor". "Ojalá fuera ahora, hermano mío", fue su respuesta. "Hace ya tres días que estoy deseando partir".

Estando en este extremo, me llamaba con frecuencia, simplemente para asegurarse de que yo estaba a su lado. Al final, se recompuso un poco para descansar, lo que reforzó nuestras esperanzas; tanto, que salí de la habitación y fui a alegrarme con la señorita de la Boetie. Pero, una hora más tarde, me llamó por mi nombre una o dos veces, y luego, con un largo suspiro, expiró a las tres de la mañana del miércoles 18 de agosto de 1563, habiendo vivido treinta y dos años, nueve meses y diecisiete días.

II.-A Monseñor, Monseñor de MONTAIGNE.

[Esta carta está prefijada en la traducción de Montaigne de la "Teología Natural" de Raymond de Sebonde, impresa en París en 1569].

En cumplimiento de las instrucciones que me disteis el año pasado en vuestra casa de Montaigne, Monseñor, he puesto en un traje francés, con mi propia mano, a Raimundo de Sebonde, ese gran teólogo y filósofo español; y le he despojado, en la medida de lo posible, de ese porte rudo y de esa apariencia bárbara que le visteis al principio; que, en mi opinión, está ahora capacitado para presentarse en la mejor compañía. Es perfectamente posible que algunas personas fastidiosas detecten en el libro algún rastro de filiación gascona; pero será tanto más para su descrédito, que permitieron que la tarea recayera en alguien que es bastante novato en estas cosas. Es justo, Monseñor, que la obra salga a la luz bajo sus auspicios, ya que todas las correcciones y pulidos que haya recibido se deben a usted. Sin embargo, veo bien que, si consideráis oportuno hacer un balance con el autor, os encontraréis muy deudor de él, pues frente a sus excelentes y religiosos discursos, a sus elevadas y, por así decirlo, divinas concepciones, os encontraréis con que no tendréis que poner más que palabras y fraseología; una especie de mercancía tan ordinaria y corriente, que quien tiene la mayor parte de ella, tal vez sea el peor.

Monseñor, pido a Dios que le conceda una vida muy larga y feliz. Desde París, este 18 de junio de 1568. Su más humilde y obediente hijo,

MICHEL DE MONTAIGNE

III.-A Monsieur, Monsieur de LANSAC,

-[Esta carta parece pertenecer a 1570.]-Caballero de la Orden del Rey, Consejero Privado, Subcontralor de sus Finanzas, y Capitán de los Cent Gardes de su Casa.

MONSIEUR,-Le envío la OEconomía de Jenofonte, puesta en francés por el difunto M. de la Boetie,-[Impresa en París, 8vo, 1571, y reeditada, con la adición de algunas notas, en 1572, con una nueva portada. Un regalo que me parece apropiado, tanto porque es la obra de un caballero de renombre, es decir, Jenofonte, un hombre ilustre en la guerra y la paz, como porque ha tomado su segunda forma de un personaje que sé que ha sido considerado por usted con afecto durante su vida. Esto será un aliciente para que sigáis manteniendo hacia su memoria, vuestra buena opinión y buena voluntad. Y para ser audaz con usted, Monsieur, no tema aumentar un poco estos sentimientos; ya que, como usted tuvo conocimiento de sus altas cualidades sólo en su capacidad pública, me corresponde a mí asegurarle cuántas dotes poseía más allá de su experiencia personal con él. Me hizo el honor, mientras vivió, y lo cuento entre las circunstancias más afortunadas de mi carrera, de tener conmigo una amistad tan estrecha y tan intrincada, que ningún movimiento, impulso, pensamiento, de su mente me fue ocultado, y si no me he formado un juicio correcto de él, debo suponer que es por mi propia falta de alcance. De hecho, sin exagerar, era casi un prodigio, que temo no ser acreditado cuando hablo de él, aunque me mantenga dentro de la marca de mi propio conocimiento real. Y por esta vez, Monsieur, me contentaré con rogarle, por el honor y el respeto que debemos a la verdad, que atestigüe y crea que nuestro Guienne nunca vio a su par entre los hombres de su vocación. Bajo la esperanza, pues, de que le paguéis lo que es justo, y para refrescarlo en vuestra memoria, os presento este libro, que responderá por mí que, si no fuera por la insuficiencia de mi poder, os ofrecería de tan buena gana algo de lo mío, como reconocimiento de las obligaciones que os debo, y del antiguo favor y amistad que habéis tenido hacia los miembros de nuestra casa. Pero, Monsieur, a falta de mejor moneda, le ofrezco como pago la seguridad de mi deseo de prestarle un humilde servicio.

Monsieur, le ruego a Dios que lo tenga bajo su custodia. Su obediente servidor, MICHEL DE MONTAIGNE.

IV. A Monsieur, Monsieur de MESMES, Señor de Roissy y Malassize, Consejero Privado del Rey.

Consejero Privado del Rey.

MONSIEUR,-Es una de las más conspicuas locuras cometidas por los hombres, emplear la fuerza de su entendimiento en derribar y destruir aquellas opiniones que son comúnmente recibidas entre nosotros, y que nos proporcionan satisfacción y contento; pues mientras todo lo que hay bajo el cielo emplea los medios que la naturaleza pone a su disposición para el progreso y la comodidad de su ser, éstos, para parecer de un ingenio más ágil e ilustrado, no aceptando nada que no haya sido probado y equilibrado mil veces con los más sutiles razonamientos, sacrifican su tranquilidad a la duda, a la inquietud y a la excitación febril. No en vano, la infancia y la sencillez han sido recomendadas por la propia escritura sagrada. Por mi parte, prefiero ser tranquilo antes que inteligente: dame contenido, aunque no deba ser tan amplio en mi alcance. Esta es la razón, señor, por la que, aunque las personas ingeniosas se ríen de nuestra preocupación por lo que sucederá después de nuestro tiempo, por ejemplo, a nuestras almas, que, alojadas en otro lugar, perderán toda conciencia de lo que sucede aquí abajo, sin embargo, considero un gran consuelo para la fragilidad y brevedad de la vida, reflexionar que tenemos el poder de prolongarla por la reputación y la fama; y abrazo muy fácilmente esta agradable y favorable noción original con nuestro ser, sin indagar demasiado críticamente cómo o por qué es. Hasta el punto de que, habiendo amado, más allá de todo, al difunto señor de la Boetie, el hombre más grande, a mi juicio, de nuestra época, me consideraría muy negligente en mi deber si dejara de evitar, en la medida de mis posibilidades, que un nombre como el suyo, y un recuerdo tan rico, cayeran en el olvido; y si no pusiera todo mi empeño en mantenerlos frescos. Creo que él siente algo de lo que hago en su nombre, y que mis servicios le conmueven y le alegran. De hecho, vive en mi corazón de una manera tan viva y completa, que me resisto a creer que se ha quedado en el suelo, o que se ha perdido la comunicación con nosotros. Por lo tanto, Monsieur, ya que cada nueva luz que puedo arrojar sobre él y su nombre, se añade a su segundo período de existencia, y, además, ya que su nombre es ennoblecido y honrado por el lugar que lo recibe, me corresponde no sólo extenderlo lo más ampliamente posible, sino confiarlo a la custodia de personas de honor y virtud; entre las que usted tiene tal rango, que, para darle la oportunidad de recibir a este nuevo huésped, y darle un buen entretenimiento, decidí presentarle esta pequeña obra, no por ningún beneficio que pueda obtener de ella, siendo bien consciente de que no necesita que le interpreten a Plutarco y sus compañeros, pero es posible que la señora de Roissy, leyendo en él el orden de la administración de su casa y de su feliz acuerdo pintado a la vida, se complacerá en ver cómo su propia inclinación natural no sólo ha alcanzado sino superado las teorías de los más sabios filósofos, en lo que respecta a los deberes y leyes del estado matrimonial. Y, en todo caso, será siempre un honor para mí, poder hacer cualquier cosa que sea del agrado de usted y de los suyos, por la obligación que tengo de servirles.

Monsieur, pido a Dios que le conceda una larga y feliz vida. De Montaigne, este 30 de abril de 1570. Su humilde servidor, MICHEL DE MONTAIGNE.

V.-A Monsieur, Monsieur de L'HOSPITAL, Canciller de Francia

MONSEIGNEUR,-Soy de la opinión de que personas como vos, a las que la fortuna y la razón han encomendado el cargo de los asuntos públicos, no son más inquisitivas en ningún punto que en el de averiguar el carácter de los que ocupan los cargos bajo vuestro mando; pues ninguna sociedad está tan mal dotada, sino que, si se usa una distribución adecuada de la autoridad, tiene personas suficientes para el desempeño de todos los deberes oficiales; y cuando esto es así, nada falta para que un Estado sea perfecto en su constitución. Ahora bien, en la medida en que esto es tan deseable, es tanto más difícil de realizar, cuanto que no se pueden tener ojos para abarcar una multitud tan grande y tan extendida, ni para ver hasta el fondo de los corazones, a fin de descubrir las intenciones y las conciencias, asuntos que deben considerarse principalmente; De modo que nunca ha habido ninguna mancomunidad tan bien organizada, en la que no se detecten a menudo defectos en tal departamento o en tal elección; y en esos sistemas, en los que gobiernan la ignorancia y la malicia, el favoritismo, la intriga y la violencia, si alguna selección se hace en base al mérito y la regularidad, podemos sin duda dar gracias a la Fortuna, que, en sus caprichosos movimientos, ha tomado por una vez el camino de la razón.

Esta consideración, Monseñor, me consolaba a menudo, cuando veía a M. Etienne de la Boetie, uno de los hombres más aptos para un alto cargo en Francia, pasar toda su vida sin empleo y sin aviso, junto a su hogar doméstico, con singular perjuicio para el público; pues, en lo que a él se refiere, puedo aseguraros, Monseñor, que era tan rico en esos tesoros que desafían a la fortuna, que nunca el hombre estuvo más satisfecho ni contento. Sé, en efecto, que fue elevado a las dignidades relacionadas con su vecindario, dignidades consideradas considerables; y sé también que nunca nadie se desempeñó mejor en ellas; y cuando murió a la edad de treinta y dos años, gozaba de una reputación en ese sentido superior a la de todos los que le habían precedido.

Pero por todo ello, no es razón para dejar como soldado raso a un hombre que merece llegar a ser capitán; ni para asignar funciones mezquinas a quienes están perfectamente a la altura de las más altas. A decir verdad, sus facultades estaban mal economizadas y se empleaban con demasiada parsimonia; de modo que, además de su trabajo real, había abundante capacidad ociosa que podría haberse puesto en servicio, tanto para el beneficio público como para su propia gloria privada.

Por lo tanto, Monseñor, ya que era tan indiferente a su propia fama (ya que la virtud y la ambición, por desgracia, rara vez se alojan juntas), y ya que vivió en una época en la que otros eran demasiado aburridos o demasiado celosos para dar testimonio de su carácter, tengo el maravilloso deseo de que su memoria, en todo caso, a la que debo los buenos oficios de un amigo, disfrute de la recompensa de su valiente vida; y que sobreviva en el buen informe de los hombres de honor y virtud. Por ello, señor, he querido sacar a la luz y presentarle los pocos versos latinos que dejó. A diferencia del constructor, que coloca la parte más atractiva de su casa hacia la calle, y del pintor, que exhibe en su escaparate sus mejores productos, lo más valioso de mi amigo, el jugo y la médula de su genio, partió con él, y sólo nos han quedado la corteza y las hojas.

Los movimientos exactamente regulados de su mente, su piedad, su virtud, su justicia, su vivacidad, la solidez y solidez de su juicio, la elevación de sus ideas, tan por encima del nivel común, su aprendizaje, la gracia que acompañaba sus acciones más ordinarias, el tierno afecto que sentía por su miserable país, y su suprema y jurada detestación de todos los vicios, pero principalmente de ese villano tráfico que se disfraza bajo el honorable nombre de justicia, deberían ciertamente impresionar a todas las personas bien dispuestas con un singular amor hacia él, y un extraordinario pesar por su pérdida. Pero, señor, no puedo hacer justicia a todas estas cualidades; y del fruto de sus propios estudios no se le ocurrió dejar ninguna prueba a la posteridad; todo lo que queda es lo poco que, como pasatiempo, hacía a intervalos.

Sea como fuere, le ruego, señor, que lo reciba con benevolencia; y como nuestro juicio sobre las cosas grandes se forma muchas veces a partir de las cosas menores, y como incluso las recreaciones de los hombres ilustres llevan consigo, para los observadores inteligentes, algunos rasgos honorables de su origen, me gustaría que se formara a partir de esto, algún conocimiento de él, y que por lo tanto apreciara con cariño su nombre y su memoria. Con ello, señor, no hará más que corresponder a la alta opinión que él tenía de su virtud, y realizar lo que él deseaba infinitamente en vida; pues no había nadie en el mundo en cuyo conocimiento y amistad se hubiera sentido tan feliz de verse establecido, como en el suyo. Pero si alguien se siente ofendido por la libertad que uso con las pertenencias de otro, puedo decirle que nada de lo que se ha escrito o establecido, incluso en las escuelas de filosofía, respecto a los sagrados deberes y derechos de la amistad, podría dar una idea adecuada de las relaciones que subsistieron entre este personaje y yo.

Además, señor, este pequeño don de hacer dos lanzamientos de una sola piedra al mismo tiempo, puede servir también, si os place, para atestiguar el honor y el respeto que siento por vuestra capacidad y vuestras altas cualidades; pues en cuanto a los dones que son adventicios y accidentales, no es de mi gusto tenerlos en cuenta.

Señor, pido a Dios que le conceda una vida muy feliz y muy larga. De Montaigne, este 30 de abril de 1570.-Su humilde y obediente servidor,

MICHEL DE MONTAIGNE.

––––––––


VI.-A Monsieur, Monsieur de Folx, Consejero Privado, y Embajador de Su Majestad ante el Señorío de Venecia.

-[Impreso ante el 'Vers Francois' de Etienne de la Boetie, 8vo, París, 1572.]

Señor, estando a punto de encomendar a usted y a la posteridad la memoria del difunto Etienne de la Boetie, tanto por su extrema virtud como por el singular afecto que me profesaba, me ha parecido una indiscreción muy grave en sus resultados, y que merece alguna coacción de nuestras leyes, la práctica que a menudo prevalece de robar a la virtud la gloria, su fiel asociada, para conferirla, de acuerdo con nuestros intereses privados y sin discriminación, al primero que llega; viendo que nuestras dos principales riendas rectoras son la recompensa y el castigo, que sólo nos tocan propiamente, y como hombres, a través del medio del honor y la deshonra, ya que éstos penetran en la mente, y llegan a nuestros sentimientos más íntimos: justo cuando los mismos animales son susceptibles, más o menos, de cualquier otro tipo de recompensa y castigo corporal. Además, es bueno notar que la costumbre de alabar la virtud, incluso en aquellos que ya no están entre nosotros, por impalpable que sea para ellos, sirve de estímulo a los vivos para imitar su ejemplo; así como las sentencias capitales son ejecutadas por la ley, más para advertir a los demás, que en relación con los que sufren. Ahora bien, siendo el elogio y su contrario análogos en cuanto a los efectos, no podemos negar fácilmente el hecho de que, aunque la ley prohíbe a un hombre calumniar la reputación de otro, no nos impide otorgar reputación sin causa. Esta licencia perniciosa en lo que respecta a la distribución de alabanzas, se ha limitado antiguamente en su área de operaciones; y puede ser la razón por la que la poesía perdió una vez el favor de los más juiciosos. Sea como fuere, no se puede ocultar que el vicio de la falsedad es muy impropio de un caballero, adopte la forma que adopte.

En cuanto a ese personaje del que os hablo, señor, me aleja mucho de este tipo de lenguaje, pues el peligro en su caso no es que yo le preste algo, sino que le quite algo; y es su mala suerte que, mientras él me ha proporcionado, tanto como un hombre podría, con oportunidades justas y obvias para el elogio, yo me encuentro incapaz y no calificado para dárselo -yo, que soy su deudor por tantas comunicaciones vívidas, y que sólo tengo en mi poder responder por un millón de logros, perfecciones y virtudes, latentes (gracias a sus estrellas poco amables) en un alma tan noble. Porque la naturaleza de las cosas ha permitido (no sé cómo) que la verdad, justa y aceptable -como puede serlo por sí misma-, sólo sea abarcada donde hay artes de persuasión, para insinuarla en nuestras mentes, me veo tan falto, tanto de autoridad para apoyar mi simple testimonio, como de la elocuencia necesaria para darle valor y peso, que estuve a punto de renunciar a la tarea, al no tener nada suyo que me permitiera exhibir al mundo una prueba de su genio y conocimiento.

En verdad, señor, habiendo sido alcanzado por su destino en la flor de su edad, y en el pleno disfrute de la más vigorosa salud, había sido su designio publicar algún día obras que demostraran a la posteridad la clase de hombre que era; y, tal vez, era lo suficientemente indiferente a la fama, habiendo formado tal plan en su cabeza, como para no seguir adelante con él. Pero he llegado a la conclusión de que era mucho más excusable en él enterrar todas sus raras dotes, que lo que sería de mi parte enterrar también conmigo el conocimiento de ellas que había adquirido de él; y, por lo tanto, habiendo recogido con cuidado todos los restos que encontré esparcidos aquí y allá entre sus papeles, tengo la intención de distribuirlos para recomendar su memoria a tantas personas como sea posible, seleccionando a los más adecuados y dignos de mi conocimiento, y a aquellos cuyo testimonio podría hacerle el mayor honor: como usted, señor, que muy posiblemente haya tenido algún conocimiento de él durante su vida, pero seguramente demasiado escaso para descubrir el alcance perfecto de su valor. La posteridad puede acreditarme, si así lo desea, cuando juro por mi conciencia que lo conocí y lo vi como, considerando todas las cosas, no podía desear ni imaginar un genio que lo superara.

Le ruego muy humildemente, señor, que no sólo tome su nombre bajo su protección general, sino también estas diez o doce estrofas francesas, que se encuentran, como de necesidad, bajo la sombra de su patrocinio. Porque no le ocultaré que su publicación fue aplazada, al aparecer sus otros escritos, bajo el pretexto (como se alegó allá en París) de que eran demasiado burdos para salir a la luz. Usted juzgará, señor, cuánta verdad hay en esto; y puesto que se piensa que aquí no se puede producir nada en nuestro propio dialecto sino lo que es bárbaro y sin pulir, le corresponde a usted, que, además de su rango como la primera casa en Guienne, de hecho desde sus antepasados, posee toda otra clase de calificación, establecer, no sólo por su ejemplo, sino por su testimonio autorizado, que tal no es siempre el caso: más aún que, aunque es más natural en los gascones actuar que hablar, a veces emplean la lengua más que el brazo, y el ingenio en lugar del valor.

Por mi parte, señor, no me corresponde juzgar tales asuntos; pero he oído decir a personas que se supone que las entienden, que estas estrofas no sólo son dignas de ser presentadas en la plaza, sino que, independientemente de eso, en cuanto a belleza y riqueza de invención, están llenas de médula y materia como cualquier composición de este tipo que haya aparecido en nuestra lengua. Naturalmente, cada obrero se siente más fuerte en alguna parte especial de su arte, y hay que considerar como más afortunados a los que ponen sus manos en las más nobles, porque todas las partes esenciales para la construcción de cualquier conjunto no son igualmente preciosas. Tal vez encontremos en otra parte mayor delicadeza de frase, mayor suavidad y armonía de lenguaje; pero en gracia imaginativa, y en el caudal de ingenio punzante, no creo que haya sido superado; y debemos tener en cuenta que no hizo de estas cosas su ocupación ni su estudio, y que apenas tomaba una pluma en la mano más de una vez al año, como lo demuestra la escasísima cantidad de sus restos. Pues vea usted aquí, señor, madera verde y seca, sin ningún tipo de selección, todo lo que ha llegado a mi poder; hasta el punto de que hay entre el resto esfuerzos incluso de su niñez. En realidad, parece haberlos escrito sólo para demostrar que era capaz de tratar todos los temas: porque de lo contrario, miles de veces, en el curso de la conversación ordinaria, he oído caer de él cosas infinitamente más dignas de ser admiradas, infinitamente más dignas de ser conservadas.

Esto es, señor, lo que la justicia y el afecto, formando en este caso una rara conjunción, me obligan a decir de este gran y buen hombre; y si me he ofendido por la libertad que me he tomado al dirigirme a usted sobre un tema tan extenso, tenga la bondad de recordar que el principal resultado de la grandeza y la eminencia es exponerse a importunos llamamientos en nombre del resto del mundo. Por la presente, después de desearle que acepte mi afectuosa devoción a su servicio, le ruego a Dios que le conceda, señor, una vida afortunada y prolongada. De Montaigne, este 1 de septiembre de 1570. Su obediente servidor,

MICHEL DE MONTAIGNE.

VII. A Mademoiselle de Montaigne, mi esposa.

-[Impreso como prefacio a la "Consolación de Plutarco a su esposa", publicada por Montaigne, con varios otros tratados de La Boetie, hacia 1571].

ESPOSA MÍA,-Comprendes bien que no es propio de un hombre de mundo, según las reglas de este nuestro tiempo, seguir cortejándote y acariciándote; pues dicen que una persona sensata puede tomar una esposa ciertamente, pero que desposarla es actuar como un tonto. Dejemos que hablen; yo me adhiero por mi parte a la costumbre de los buenos tiempos; también llevo el pelo como entonces; y, en verdad, la novedad le cuesta a este pobre país hasta el momento tan cara (y no sé si hemos llegado ya al punto más alto), que en todas partes y en todo renuncio a la moda. Vivamos, esposa mía, tú y yo, con el viejo método francés. Recuerde que el difunto Sr. de la Boetie, mi hermano y compañero inseparable, me regaló, en su lecho de muerte, todos sus libros y papeles, que han sido desde entonces la parte más preciada de mis efectos. No quiero guardarlos mezquinamente para mí solo, ni merezco tener el uso exclusivo de ellos, por lo que he resuelto comunicarlos a mis amigos; y porque no tengo ninguno, creo, más particularmente íntimo a usted, le envío la Carta Consolatoria escrita por Plutarco a su Esposa, traducida por él al francés; lamentando mucho que la fortuna te haya hecho un regalo tan adecuado, y que, habiendo tenido un solo hijo, y eso una hija, largamente buscada, después de cuatro años de tu vida matrimonial te haya tocado perderla en el segundo año de su edad. Pero dejo a Plutarco el deber de consolarte, de informarte de tu deber en esto, rogándote que confíes en él por mí, pues él te revelará mis propias ideas y expresará el asunto mucho mejor de lo que yo mismo lo haría. Por ello, esposa mía, me encomiendo de todo corazón a vuestra buena voluntad, y ruego a Dios que os tenga bajo su custodia. Desde París, este 10 de septiembre de 1570,

MICHEL DE MONTAIGNE.

VIII. A Monsieur DUPUY,

-[Este es probablemente el Claude Dupuy, nacido en París en 1545, y uno de los catorce jueces enviados a Guienne después del tratado de Fleix en 1580. Tal vez fue en estas circunstancias que Montaigne le dirigió la presente carta]-el Consejero del Rey en su Corte y Parlamento de París.

MONSIEUR,-El asunto del sieur de Verres, un prisionero, que me es muy conocido, merece, en la llegada de una decisión, el ejercicio de la clemencia que os es natural, si, en el interés público, podéis ponerla en juego con justicia. Ha hecho una cosa no sólo excusable, según las leyes militares de esta época, sino necesaria y (según nuestra opinión) encomiable. Cometió el acto, sin duda, involuntariamente y bajo presión; no hay ningún otro pasaje de su vida que pueda ser reprochado. Le ruego, señor, que preste al asunto su atenta consideración; encontrará el carácter del mismo tal y como se lo represento. Es perseguido por este crimen, de una manera que es mucho peor que el propio delito. Si puede serle útil, deseo informarle de que es un hombre criado en mi casa, emparentado con varias familias respetables, y una persona que, habiendo llevado una vida honorable, es mi amigo particular. Al salvarle, me pone usted en una obligación extrema. Le ruego muy humildemente que lo considere como recomendado por mí, y, después de besar sus manos, pido a Dios, señor, que le conceda una vida larga y feliz. Desde Castera, este 23 de abril de 1580. Su afectuoso servidor, MONTAIGNE.

IX.-A los Jurados de Burdeos.

-[Publicado del original entre los archivos de la ciudad de Burdeos, M. Gustave Brunet en el Bulletin du Bibliophile, julio de 1839].

SEÑORES,-Confío en que el viaje del Sr. de Cursol sea ventajoso para la ciudad. Teniendo en sus manos un caso tan justo y tan favorable, ha hecho usted todo lo posible para poner el negocio en buen estado; y estando los asuntos tan bien situados, le ruego que disculpe mi ausencia por algún tiempo más, y acortaré mi estancia en la medida en que la presión de mis asuntos lo permita. Espero que la demora sea breve; sin embargo, me mantendrá, si le place, en su buena disposición, y me ordenará, si se presenta la ocasión, que me emplee en el servicio público y en el suyo. El señor de Cursol también me ha escrito y me ha informado de su viaje. Me encomiendo humildemente a ustedes y pido a Dios, señores, que les conceda una vida larga y feliz. De Montaigne, este 21 de mayo de 1582. Su humilde hermano y servidor, MONTAIGNE.

X.-Al mismo.

-[El original se encuentra en los archivos de Toulouse].

Señores, he tomado mi parte de la satisfacción que me anuncian ustedes por el buen despacho de sus asuntos, según les informan sus diputados, y considero una señal favorable que hayan hecho un comienzo de año tan auspicioso. Espero poder reunirme con ustedes lo antes posible. Me encomiendo muy humildemente a su amable consideración, y pido a Dios que les conceda, señores, una vida feliz y larga. De Montaigne, este 8 de febrero de 1585. Su humilde hermano y servidor, MONTAIGNE.

XI.-Al mismo.

Señores, he recibido noticias de usted por parte de M. le Marechal. No escatimaré ni mi vida ni ninguna otra cosa para vuestro servicio, y dejaré a vuestro juicio si la ayuda que podría prestar con mi presencia en las próximas elecciones, valdría el riesgo que correría entrando en la ciudad, viendo el mal estado en que se encuentra, -[Esto se refiere a la peste que entonces hacía estragos, y que se llevó a 14.000 personas en Burdeos.]- sobre todo para las personas que vienen de un aire tan fino como es éste en el que me encuentro. Me acercaré a ustedes el miércoles como pueda, es decir, a Feuillas, si la peste no ha llegado a ese lugar, donde, como le escribo a M. de la Molte, me complacerá mucho tener el honor de ver a uno de ustedes para tomar sus indicaciones, y aliviarme de las credenciales que M. le Marechal me dará para todos ustedes: encomendándome desde aquí humildemente a su buena gracia, y rogando a Dios que les conceda, señores, una larga y feliz vida. En Libourne, este 30 de julio de 1585. Vuestro humilde servidor y hermano, MONTAIGNE.

XII.

-["Según el Dr. Payen, esta carta pertenece a 1588. Su autenticidad ha sido puesta en duda; pero erróneamente, en nuestra opinión. Ver 'Documents inedits', 1847, p. 12."-Nota en 'Essais', ed. París, 1854, iv. 381. No se sabe a quién iba dirigida la carta].

MONSEIGNEUR,-Habéis oído que nos han quitado el equipaje ante nuestros ojos en el bosque de Villebois; después, tras muchas discusiones y retrasos, la captura fue declarada ilegal por el Príncipe. Sin embargo, no nos atrevimos a seguir nuestro camino, por la incertidumbre en cuanto a la seguridad de nuestras personas, que debería estar claramente expresada en nuestros pasaportes. La Liga ha hecho esto, M. de Barrant y M. de la Rochefocault; la tormenta ha estallado sobre mí, que tenía mi dinero en mi caja. No he recuperado nada de eso, y la mayor parte de mis papeles y dinero en efectivo-[La palabra francesa es hardes, que San Juan traduce como cosas. Pero compárese con los "Anales domésticos de Escocia" de Chambers, 2ª ed. i. 48.]- siguen en su poder. No he visto al Príncipe. Se perdieron cincuenta... en cuanto al Conde de Thorigny, perdió algunos platos y algunas prendas de vestir. Se desvió de su ruta para hacer una visita a las damas de luto en Montresor, donde están los restos de sus dos hermanos y su abuela, y vino de nuevo a esta ciudad, desde donde reanudaremos nuestro viaje en breve. El viaje a Normandía se ha pospuesto. El Rey ha enviado a MM. De Bellieure y de la Guiche a M. de Guise para citarlo a la corte; estaremos allí el jueves.

Desde Orleans, este 16 de febrero, por la mañana [¿1588-9?].-Su muy humilde servidor, MONTAIGNE.

XIII. A Mademoiselle PAULMIER.

-Esta carta, en el momento de la publicación de la edición variorum de 1854, parece haber estado en manos privadas. Ver vol. iv. p. 382].

MADEMOISELLE,-Saben mis amigos que, desde el primer momento en que nos conocimos, he destinado un ejemplar de mi libro para usted; pues siento que le ha hecho mucho honor. La cortesía de M. Paulmier me privaría del placer de dárselo ahora, pues me ha obligado desde entonces a mucho más que el valor de mi libro. Lo aceptaréis entonces, si os place, como si hubiera sido vuestro antes de que os lo debiera, y me conferiréis el favor de quererlo, ya sea por su propio bien o por el mío; y yo mantendré mi deuda con M. Paulmier sin saldar, para poder corresponderle, si tengo en otro momento los medios de servirle.

XIV. Al REY, HENRY IV.

-El original se encuentra en la biblioteca nacional francesa, en la colección Dupuy. Fue descubierto por M. Achille Jubinal, quien lo imprimió con un facsímil del autógrafo completo, en 1850. San Juan da la fecha erróneamente como el 1 de enero de 1590].

SIRE, Es estar por encima del peso y de la muchedumbre de vuestros grandes e importantes asuntos, saber, como lo hacéis, prestaros y atender a los pequeños asuntos a su vez, según el deber de vuestra real dignidad, que os expone en todo momento a toda clase y grado de personas y empleos. Sin embargo, el hecho de que Vuestra Majestad se haya dignado a considerar mi carta y a ordenar que se le responda, prefiero debérselo no tanto a su gran comprensión como a su bondad de corazón. Siempre he deseado que disfrutéis de vuestra actual fortuna, y podéis recordar que, incluso cuando tuve que confesarlo a mi cura, veía vuestros éxitos con satisfacción: ahora, con mayor propiedad y libertad, los abrazo afectuosamente. Os sirven donde estáis como hechos positivos; pero nos sirven aquí no menos por la fama que difunden: el eco tiene tanto peso como el golpe. No podríamos derivar de la justicia de vuestra causa argumentos tan poderosos para el mantenimiento y la reducción de vuestros súbditos, como lo hacemos de los informes del éxito de vuestra empresa; y entonces tengo que asegurar a vuestra Majestad, que los recientes cambios en vuestro beneficio, que observáis por aquí, el próspero resultado de vuestros procedimientos en Dieppe, han secundado oportunamente el honesto celo y la maravillosa prudencia de M. el Mariscal de Matignon, de quien me halaga que no reciba usted día a día cuentas de tan buenos y señalados servicios sin recordar mis seguridades y expectativas. Espero el próximo verano, no sólo por los frutos que podamos comer, sino por los que crezcan de nuestra común tranquilidad, y que pase sobre nuestras cabezas con el mismo tenor uniforme de felicidad, disipando, como sus predecesores, todas las bellas promesas con las que vuestros adversarios sostienen los espíritus de sus seguidores. Las inclinaciones populares se asemejan a un maremoto; si la corriente comienza una vez a vuestro favor, seguirá por su propia fuerza hasta el final. Hubiera deseado mucho que la ganancia privada de los soldados de vuestro ejército, y la necesidad de satisfacerlos, no os hubieran privado, especialmente en esta ciudad principal, del glorioso crédito de tratar a vuestros súbditos amotinados, en medio de la victoria, con mayor clemencia que sus propios protectores, y que, a diferencia de una reputación pasajera y usurpada, hubierais podido demostrar que eran realmente vuestros, mediante el ejercicio de una protección verdaderamente paternal y real. En la conducción de asuntos como los que tenéis entre manos, los hombres se ven obligados a recurrir a expedientes inusuales. Siempre se ve que son superados por su magnitud y dificultad; no resultando fácil completar la conquista por las armas y la fuerza, el fin se ha logrado por la clemencia y la generosidad, excelentes señuelos para atraer a los hombres particularmente hacia el lado justo y legítimo. Si ha de haber severidad y castigo, que se difiera hasta que el éxito esté asegurado. Un gran conquistador de tiempos pasados se jacta de haber dado a sus enemigos un incentivo tan grande para amarlo como a sus amigos. Y aquí sentimos ya algún efecto de la impresión favorable producida en nuestros pueblos rebeldes por el contraste entre su trato rudo, y el de aquellos que son leales a vos. Deseando a vuestra Majestad una felicidad más tangible y menos peligrosa, y que podáis ser amado más que temido por vuestro pueblo, y creyendo que vuestro bienestar y el de ellos están necesariamente unidos, me alegra pensar que el progreso que hacéis es uno hacia condiciones más practicables de paz, así como hacia la victoria.

Señor, su carta del pasado mes de noviembre acaba de llegar a mis manos, cuando ya había pasado la hora que le agradó nombrar para reunirse con usted en Tours. Me parece un favor singular que os hayáis dignado a desear la visita de una persona tan inútil, pero que es enteramente vuestra, y más aún por afecto que por deber. Ha actuado usted de manera muy encomiable al adaptarse, en lo que respecta a las formas externas, a su nueva fortuna; pero la conservación de su antigua afabilidad y franqueza en las relaciones privadas tiene derecho a una parte igual de elogios. Ha tenido usted la condescendencia de pensar en mi edad, no menos que en el deseo que tengo de verle, donde pueda descansar de estas laboriosas agitaciones. ¿No será eso pronto en París, Sire? y que nada me impida presentarme allí... Su muy humilde y muy obediente servidor y súbdito, MONTAIGNE.

De Montaigne, este 18 de enero de 1590.

XV.-A la misma.

-Esta carta también se encuentra en la colección nacional, entre los papeles de Dupuy. Se imprimió por primera vez en el "Journal de l'Instruction Publique", el 4 de noviembre de 1846].

SIRE,-La carta que tuvo a bien escribirme Vuestra Majestad el 20 de julio, no me fue entregada hasta esta mañana, y me ha encontrado postrado con una agonía terciana muy violenta, dolencia muy común en esta parte del país durante el último mes. Señor, me considero muy honrado por la recepción de sus órdenes, y no he omitido comunicar al Sr. Mariscal de Matignon tres veces con la mayor insistencia mi intención y obligación de ir hacia él, e incluso indicarle la ruta por la que me proponía unirme a él en secreto, si lo consideraba oportuno. Al no haber recibido respuesta, considero que ha sopesado la dificultad y el riesgo del viaje para mí. Señor, Vuestra Majestad me hará el favor de creer, si os place, que nunca me quejaré de los gastos en ocasiones en las que no dudaría en dedicar mi vida. Nunca he obtenido ningún beneficio sustancial de la generosidad de los reyes, que no he buscado ni merecido; ni he tenido ninguna recompensa por los servicios que he prestado para ellos: de lo que vuestra majestad es en parte consciente. Lo que he hecho por vuestros predecesores lo haré aún más fácilmente por vosotros. Soy tan rico, Señor, como deseo serlo. Cuando haya agotado mi bolsa asistiendo a vuestra majestad en París, me tomaré la libertad de decíroslo, y entonces, si me consideráis digno de ser retenido por más tiempo en vuestra suite, me encontraréis más modesto en mis pretensiones sobre vos que el más humilde de vuestros oficiales.

Señor, pido a Dios por su prosperidad y salud. Su muy humilde y obediente servidor y súbdito, MONTAIGNE.

De Montaigne, este 2 de septiembre de 1590.

XVI.-Al Gobernador de Guiena.

MONSEIGNEUR,-He recibido esta mañana vuestra carta, que he comunicado a M. de Gourgues, y hemos cenado juntos en casa de M. [el alcalde] de Burdeos. En cuanto al inconveniente de transportar el dinero mencionado en su memorándum, ya ve usted lo difícil que es de prever; pero puede usted estar seguro de que lo vigilaremos tan estrechamente como sea posible. He hecho todo lo posible por descubrir al hombre del que usted habla. No ha estado aquí; y el señor de Burdeos me ha mostrado una carta en la que menciona que no ha podido venir a ver al director de Burdeos, como pretendía, al haber sido informado de que usted desconfía de él. La carta es de anteayer. Si hubiera podido encontrarlo, tal vez habría seguido un camino más suave, al no estar seguro de sus opiniones; pero le ruego, no obstante, que no tenga ninguna duda de que me niego a cumplir cualquier deseo suyo, y que, en lo que respecta a sus órdenes, no conozco ninguna distinción de persona o asunto. Espero que tenga usted en Guiena muchos tan afectos a usted como yo. Informan que las galeras de Nantes avanzan hacia Brouage. M. el Mariscal de Biron aún no ha salido. Los encargados de transmitir el mensaje a M. d'Usee dicen que no lo encuentran; y creo que, si ha estado aquí, ya no lo está. Vigilamos nuestras puertas y guardias, y las cuidamos un poco más en vuestra ausencia, lo que me hace temer, no sólo por la preservación de la ciudad, sino también por el bien de vuestro horno, sabiendo que los enemigos del rey sienten lo necesario que sois para su servicio, y lo mal que nos iría sin vos. Me temo que, en la parte en la que os encontráis, os veréis superados por tantos asuntos que requieren vuestra atención por todas partes, que os llevará mucho tiempo y os supondrá una gran dificultad antes de que hayáis dispuesto de todo. Si hay alguna noticia importante, enviaré un expreso de inmediato, y puede usted concluir que nada se mueve si no tiene noticias mías: al mismo tiempo le ruego que tenga en cuenta que los movimientos de este tipo suelen ser tan repentinos e inesperados que, si se producen, me agarrarán por el cuello, antes de decir una palabra. Haré lo que pueda para recoger noticias, y para ello me esforzaré en visitar y ver a hombres de todos los matices. Hasta el momento nada se mueve. M. de Londel me ha visto esta mañana, y hemos estado arreglando algunos avances para el lugar, al que iré mañana por la mañana. Desde que empecé esta carta, me he enterado por Chartreux de que dos caballeros, que se describen como al servicio de M. de Guise, y que vienen de Agen, han pasado cerca de Chartreux; pero no he podido saber qué camino han tomado. Le esperan en Agen. El señor de Mauvesin llegó hasta Canteloup y regresó después de recibir información. Estoy buscando a un tal capitán Rous, a quien... le escribió, tratando de atraerlo a su causa con toda clase de promesas. El rumor de las dos galeras de Nantes listas para descender sobre Brouage se confirma como cierto; llevan dos compañías de a pie. M. de Mercure está en Nantes. El señor de la Courbe dijo al presidente Nesmond que el señor d'Elbeuf está en este lado de Angiers y se aloja con su padre. Se dirige hacia el Bajo Poictou con 4000 pies y 400 o 500 caballos, reforzado por las tropas del Sr. de Brissac y otros, y el Sr. de Mercure va a unirse a él. También se dice que M. du Maine está a punto de tomar el mando de todas las fuerzas que han reunido en Auvernia, y que cruzará Le Foret para avanzar sobre Rouergue y sobre nosotros, es decir, sobre el Rey de Navarra, contra quien todo esto se dirige. El Sr. de Lansac está en Bourg, y tiene dos buques de guerra, que permanecen a su servicio. Sus funciones son navales. Os digo lo que he aprendido, y mezclo los rumores más o menos probables de la ciudad con los hechos reales, para que estéis en posesión de todo. Os ruego humildemente que volváis en cuanto los asuntos os lo permitan, y os aseguro que, mientras tanto, no escatimaremos nuestro trabajo, ni (si fuera necesario) nuestra vida, para mantener la autoridad del rey en todo el territorio. Monseñor, le beso las manos muy respetuosamente, y pido a Dios que le tenga en su poder. Desde Burdeos, la noche del miércoles 22 de mayo (1590-91),

MONTAIGNE.

No he visto a nadie del rey de Navarra; dicen que le ha visto el señor de Biron.

EL AUTOR AL LECTOR.

-[Omitido por Cotton.]-

Lector, tienes aquí un libro honesto; al principio te advierte que, al concebirlo, no me he propuesto más que un fin doméstico y privado: No he tenido en cuenta en absoluto ni tu servicio ni mi gloria. Mis facultades no son capaces de tal designio. Lo he dedicado a la comodidad particular de mis parientes y amigos, para que, habiéndome perdido (lo que han de hacer en breve), puedan recuperar en él algunos rasgos de mis condiciones y humores, y conservar así más entero y más vivo el conocimiento que tenían de mí. Si mi intención fuera buscar el favor del mundo, seguramente me habría adornado con bellezas prestadas: Deseo que se me vea tal y como aparezco en mi propia manera genuina, sencilla y ordinaria, sin estudios ni artificios, pues soy yo misma la que pinto. Mis defectos deben ser leídos a la vida, y cualquier imperfección y mi forma natural, hasta donde la reverencia pública me ha permitido. Si hubiera vivido entre esas naciones, que (dicen) aún habitan bajo la dulce libertad de las leyes primitivas de la naturaleza, os aseguro que de muy buena gana me habría pintado completamente y desnudo. Así pues, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que emplees tu tiempo libre en un tema tan frívolo y vano. Por lo tanto, adiós.

De Montaigne, el 12 de junio de 1580-[Así en la edición de 1595; la edición de 1588 tiene el 12 de junio de 1588]

De Montaigne, el 1 de marzo de 1580.

-[Véase Bonnefon, Montaigne, 1893, p. 254. El libro había sido

El libro había sido autorizado para la imprenta el 9 de mayo anterior. La edición de 1588

tiene el 12 de junio de 1588;]-

ENSAYOS DE MICHEL DE MONTAIGNE

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Traducido por Charles Cotton

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Editado por William Carew Hazlitt

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1877

CAPÍTULO I—QUE LOS HOMBRES POR DIVERSOS CAMINOS LLEGAN AL MISMO FIN.

El modo más usual de apaciguar la indignación de aquellos a quienes hemos ofendido de algún modo, cuando los vemos en posesión del poder de la venganza, y descubrimos que estamos absolutamente a su merced, es mediante la sumisión, para moverlos a la conmiseración y a la piedad; y sin embargo, la valentía, la constancia y la resolución, aunque sean medios muy contrarios, han servido a veces para producir el mismo efecto.-[La versión de Florio comienza así: "La forma más segura de apaciguar los ánimos que hemos ofendido, cuando la venganza está en sus manos, y que estamos a su merced, es la sumisión para moverlos a la conmiseración y a la piedad: Sin embargo, el coraje, la constancia y la resolución (medios totalmente opuestos) han producido a veces el mismo efecto".] [La ortografía es D.W. de Florio]

Eduardo, Príncipe de Gales [Eduardo, el Príncipe Negro. D.W. ] (el mismo que durante tanto tiempo gobernó nuestra Guiena, un personaje cuya condición y fortuna tienen en sí mucho de las partes más notables y más considerables de la grandeza), habiendo sido altamente indignado por los lemosinos, y tomando su ciudad por asalto, no fue, ni por los gritos del pueblo, ni por las oraciones y las lágrimas de las mujeres y de los niños, abandonados a la matanza y postrados a sus pies por misericordia, que se le impidiera proseguir su venganza; hasta que, penetrando más en la ciudad, se fijó por fin en tres caballeros franceses... [Estos eran Jean de Villemure, Hugh de la Roche y Roger de Beaufort. -Froissart, i. c. 289. {La ciudad era Limoges. D.W.}]-que con increíble valentía sostuvo por sí solo el poder de su victorioso ejército. Entonces fue que la consideración y el respeto a tan notable valor detuvo primero el torrente de su furia, y que su clemencia, empezando por estos tres caballeros, se extendió después a todos los restantes habitantes de la ciudad.

Cuando Scanderbeg, Príncipe de Epiro, persiguió a uno de sus soldados con el propósito de matarlo, el soldado, habiendo intentado en vano por todas las vías de la humildad y la súplica apaciguarlo, resolvió, como último refugio, dar la cara y esperarlo espada en mano: este comportamiento suyo hizo cesar repentinamente la furia de su capitán, quien, al verlo asumir tan notable resolución, lo recibió en gracia; un ejemplo, sin embargo, que podría sufrir otra interpretación con aquellos que no han leído la prodigiosa fuerza y valor de aquel príncipe.

El emperador Conrado III, habiendo asediado a Guelph, duque de Baviera -[En 1140, en Weinsberg, Alta Baviera]-, no quiso ser convencido, por más satisfacciones mezquinas y poco varoniles que se le ofrecieran, de condescender a condiciones más suaves que la de que las damas y las señoras que estaban en la ciudad con el duque pudieran salir sin violar su honor, a pie, y con lo único que pudieran llevar consigo. Entonces ellas, por magnanimidad de corazón, se las ingeniaron para sacar a hombros a sus maridos e hijos, y al propio duque; espectáculo que agradó tanto al emperador, que, extasiado por la generosidad de la acción, lloró de alegría, y apagando inmediatamente en su corazón el odio mortal y capital que había concebido contra este duque, lo trató desde entonces a él y a los suyos con toda humanidad. La una y la otra de estas dos maneras obrarían con gran facilidad en mi naturaleza; porque tengo una maravillosa propensión a la piedad y a la suavidad, y en tal grado que me parece que de las dos preferiría entregar mi ira a la compasión que a la estima. Y, sin embargo, la compasión se considera un vicio entre los estoicos, que quieren que socorramos a los afligidos, pero no que nos sintamos tan afectados por sus sufrimientos como para sufrir con ellos. Estos ejemplos no me parecieron mal adaptados a la cuestión que nos ocupa, y más aún porque en ellos observamos a estas grandes almas asaltadas y puestas a prueba por estos dos diversos caminos, para resistir el uno sin ceder, y para ser sacudidas y sometidas por el otro. Puede ser cierto que sufrir que el corazón de un hombre sea totalmente sometido por la compasión puede ser imputado a la facilidad, afeminamiento y exceso de ternura; De donde resulta que las naturalezas más débiles, como la de las mujeres, la de los niños y la del común de las gentes, son las más sujetas a ella, pero después de haber resistido y desdeñado el poder de los gemidos y de las lágrimas, para ceder a la sola reverencia de la sagrada imagen del Valor, esto no puede ser más que el efecto de un alma fuerte e inflexible enamorada y que honra el valor masculino y obstinado. Sin embargo, el asombro y la admiración pueden, en mentes menos generosas, producir un efecto similar: Testigo de ello es el pueblo de Tebas, que, habiendo sometido a juicio a dos de sus generales por haber continuado en las armas más allá del plazo preciso de su comisión, muy difícilmente perdonó a Pelópidas, quien, doblegado bajo el peso de una acusación tan peligrosa, no hizo ningún tipo de defensa para sí mismo, ni presentó otros argumentos que las oraciones y súplicas; mientras que, por el contrario, Epaminondas, cayendo en la narración magnilocuente de las hazañas que había realizado a su servicio, y, después de una manera altanera y arrogante reprochándoles ingratitud e injusticia, no tuvieron el corazón para proceder más en su juicio, sino que rompieron el tribunal y se fueron, toda la asamblea elogiando el alto valor de este personaje. -[Plutarco, Hasta dónde puede alabarse un hombre, c. 5.]

Dionisio el Viejo, después de haber tomado, por medio de un tedioso asedio y a través de grandísimas dificultades, la ciudad de Reggio, y en ella al gobernador Fitón, hombre muy gallardo, que había hecho tan obstinada defensa, estaba resuelto a darle un trágico ejemplo de su venganza: para lo cual le dijo primero: "Que el día anterior había hecho ahogar a su hijo y a toda su parentela". A lo que Fitón no respondió más que esto: "Que entonces fueron un día más felices que él". Después de lo cual, haciendo que lo desnudaran, y entregándolo en manos de los torturadores, fue arrastrado por ellos no sólo por las calles de la ciudad, y azotado de la manera más ignominiosa y cruel, sino además vilipendiado con el lenguaje más amargo y contumaz: Sin embargo, mantuvo su coraje durante todo el camino, proclamando con voz fuerte y semblante impertérrito la honorable y gloriosa causa de su muerte, a saber, que no entregaría su país en manos de un tirano, y denunciando al mismo tiempo un rápido castigo de los dioses ofendidos. Ante lo cual Dionisio, leyendo en las miradas de sus soldados, que en lugar de indignarse por el lenguaje altivo de este enemigo vencido, ante el desprecio de su capitán y su triunfo, no sólo estaban impresionados por la admiración de tan rara virtud, sino que además se inclinaban a amotinarse, e incluso estaban dispuestos a rescatar al prisionero de las manos del verdugo, hizo que cesaran las torturas, y después, en privado, hizo que lo arrojaran al mar.-[Diod. Sic., xiv. 29.]

El hombre (en serio) es un sujeto maravillosamente vano, inconstante e inestable, y sobre el que es muy difícil formarse un juicio seguro y uniforme. Porque Pompeyo pudo perdonar a toda la ciudad de los mamertinos, aunque furiosamente indignada contra ella, por la sola cuenta de la virtud y la magnanimidad de un ciudadano, Zenón, -[Plutarco lo llama Stheno, y también Sthemnus y Sthenis]- que asumió la culpa del público totalmente sobre sí mismo; ni solicitó otro favor, sino que fue el único que sufrió el castigo por todos: y sin embargo la hueste de Sila, teniendo en la ciudad de Perugia -[Plutarco dice Preneste, una ciudad del Lacio. ]-manifestó la misma virtud, no obtuvo nada por ella, ni para él ni para sus conciudadanos.

Y, directamente en contra de mis primeros ejemplos, el más valiente de todos los hombres, y que tenía fama de ser tan bondadoso con todos los que vencía, Alejandro, habiendo, después de muchas y grandes dificultades, forzado la ciudad de Gaza, y, entrando, encontró a Betis, que mandaba allí, y de cuyo valor en el tiempo de este asedio tuvo la más maravillosa prueba manifiesta, solo, abandonado por todos sus soldados, con su armadura cortada y hecha pedazos, cubierto todo de sangre y heridas, y aún luchando en medio de la multitud de macedonios, que se le echaban encima por todos lados, le dijo, molesto por tan cara victoria (pues, además de los otros daños, tenía dos heridas recién recibidas en su propia persona): "No morirás, Betis, como pretendes; ten por seguro que sufrirás todos los tormentos que se pueden infligir a un cautivo. " A esta amenaza, el otro no respondió, sino que lanzó una mirada feroz y desdeñosa. "¿Qué?", dice Alejandro, observando su altivo y obstinado silencio, "¿es demasiado rígido para doblar la rodilla? ¿Es demasiado orgulloso para pronunciar una palabra suplicante? En verdad, conquistaré este silencio; y si no puedo forzar una palabra de su boca, al menos extraeré un gemido de su corazón". Y entonces, convirtiendo su cólera en furia, ordenó que le atravesaran los talones, haciendo que fuera arrastrado vivo, destrozado y desmembrado a la cola de un carro. Se ha dudado de este acto de crueldad, a pesar de la afirmación de Curtius.]-¿Será que la altura del valor era tan natural y familiar para este conquistador, que porque no podía admirarlo, lo respetaba menos? ¿O es que concebía el valor como una virtud tan propia, que su orgullo no podía, sin envidia, soportarlo en otro? ¿O es que la impetuosidad natural de su furia era incapaz de oponerse? Ciertamente, si hubiera sido capaz de moderarse, es de creer que en el saqueo y desolación de Tebas, ver a tantos hombres valientes, perdidos y totalmente desprovistos de toda defensa, cruelmente masacrados ante sus ojos, lo hubiera apaciguado: donde había más de seis mil pasados a cuchillo, de los cuales no se vio a ninguno huir, ni se oyó gritar pidiendo cuartel; sino que, por el contrario, cada uno corrió aquí y allá para buscar y provocar al enemigo victorioso para que los ayudara a un final honorable. No se vio a ninguno que, aunque debilitado por las heridas, no se esforzara en su último suspiro por vengarse, y con todas las armas de un valiente desesperado, por endulzar su propia muerte con la del enemigo. Sin embargo, su valor no creó piedad, y la duración de un día no fue suficiente para saciar la sed de venganza del conquistador, sino que la matanza continuó hasta la última gota de sangre que era capaz de derramar, y no se detuvo hasta que no encontró más que personas desarmadas, ancianos, mujeres y niños, de los cuales se llevaron hasta el número de treinta mil esclavos.

CAPÍTULO II—DE LA PENA

Ningún hombre que viva está más libre de esta pasión que yo, que sin embargo no me gusta en mí ni la admiro en los demás, y sin embargo, en general, el mundo, como cosa establecida, se complace en agraciarla con una estima particular, vistiendo con ella la sabiduría, la virtud y la conciencia. ¡Tonta y sórdida apariencia! -["Ningún hombre está más libre de esta pasión que yo, pues no la amo ni la considero: aunque el mundo se ha comprometido, como si fuera un pacto, a agraciarla con un favor particular. Con ello adornan la edad, la virtud y la conciencia. ¡Oh, ornamento insensato y vil!" Florio, 1613, p. 3] -Los italianos han bautizado más apropiadamente con este nombre -[La tristezza]- la malignidad; porque es una cualidad siempre perjudicial, siempre ociosa y vana; y por ser cobarde, mezquina y vil, los estoicos la prohíben expresa y particularmente a sus sabios.

Pero la historia -[Heródoto, iii. 14. Dice que Psammenitus, rey de Egipto, al ser derrotado y hecho prisionero por Cambyses, rey de Persia, al ver a su propia hija pasar por delante de él como prisionera, y en un hábito miserable, con un cubo para sacar agua, aunque sus amigos a su alrededor estaban tan preocupados como para romper en lágrimas y lamentaciones, sin embargo, él mismo permaneció impasible, sin pronunciar una palabra, con los ojos fijos en el suelo; y viendo, además, que su hijo era conducido inmediatamente después a la ejecución, seguía manteniendo el mismo semblante; hasta que, al fin, al ver que uno de sus amigos domésticos y familiares era arrastrado entre los cautivos, se puso a rasgarse los cabellos y a golpearse el pecho, con todas las demás extravagancias de una pena extrema.

Una historia que puede unirse a otra del mismo tipo, de fecha reciente, de un príncipe de nuestra nación, que estando en Trento, y habiendo recibido allí noticias de la muerte de su hermano mayor, un hermano del que dependía todo el apoyo y el honor de su casa, y poco después de la de un hermano menor, la segunda esperanza de su familia, y habiendo resistido estos dos ataques con una resolución ejemplar; uno de sus sirvientes murió pocos días después, dejó que su constancia fuera vencida por este último accidente; y, dejando su coraje, se abandonó de tal manera a la pena y al luto, que algunos se adelantaron a concluir que sólo fue tocado en lo más profundo por este último golpe de fortuna; pero, en verdad, fue que estando antes lleno de dolor, la menor adición desbordó los límites de toda paciencia. Lo cual, creo, podría decirse también del ejemplo anterior, si la historia no procediera a contarnos que Cambyses preguntó a Psammenitus: "¿Por qué, no estando conmovido por la calamidad de su hijo y de su hija, debía soportar con tanta impaciencia la desgracia de su amigo?". "Es", respondió él, "porque sólo esta última aflicción debía manifestarse con lágrimas, ya que las dos primeras excedían con mucho todo tipo de expresión".

Y, por ventura, algo así podría estar obrando en la fantasía del pintor antiguo,-[Cicerón, De Orator, c. 22; Plinio, xxxv. 10.]- que teniendo, en el sacrificio de Ifigenia, que representar el dolor de los asistentes proporcionalmente a los diversos grados de interés que cada uno tenía en la muerte de esta bella virgen inocente, y habiendo, en las otras figuras, desplegado el máximo poder de su arte, cuando llegó a la de su padre, lo dibujó con un velo sobre su rostro, queriendo decir con ello que ningún tipo de rostro era capaz de expresar tal grado de dolor. Por eso los poetas fingen que la miserable madre Niobe, habiendo perdido primero siete hijos y después otras tantas hijas (abrumada por sus pérdidas), se ha transformado por fin en una roca.

"Diriguisse malis,"

["Petrificada por sus desgracias" -Ovidio, Met., vi. 304.]

para expresar así esa estupefacción melancólica, muda y sorda, que entorpece todas nuestras facultades, cuando estamos oprimidos por accidentes mayores de los que podemos soportar. Y, en efecto, la violencia y la impresión de una pena excesiva deben necesariamente asombrar al alma, y privarla por completo de sus funciones ordinarias: como nos sucede a cada uno de nosotros, que, ante cualquier alarma repentina de noticias muy malas, nos encontramos sorprendidos, estupefactos, y en cierto modo privados de todo poder de movimiento, de modo que el alma, comenzando a desahogarse en lágrimas y lamentos, parece liberarse y desprenderse de la opresión repentina, y haber obtenido algún espacio para trabajar con mayor libertad.

"Et via vix tandem voci laxata dolore est".

["Y al final y con dificultad se abre un pasaje por el dolor para

AEneid, xi. 151.]

En la guerra que Fernando hizo a la viuda del rey Juan de Hungría, en torno a Buda, un hombre de armas fue particularmente considerado por todos por su singular comportamiento galante en cierto encuentro; y, desconocido, muy elogiado y lamentado, al ser dejado muerto en el lugar: pero por ninguno tanto como por Raisciac, un señor alemán, que estaba infinitamente enamorado de tan raro valor. Sacado el cuerpo, el conde, con la común curiosidad, se acercó a verlo, y apenas le quitaron la armadura, supo inmediatamente que era su propio hijo, lo que añadió un segundo golpe a la compasión de todos los espectadores; sólo que él, sin pronunciar una palabra, ni apartar los ojos del lamentable objeto, se quedó contemplando fijamente el cuerpo de su hijo, hasta que la vehemencia de la pena, habiendo vencido sus espíritus vitales, le hizo hundirse en el suelo, muerto como una piedra.

"Chi puo dir com' egli arde, a in picciol fuoco,"

["Quien puede decir cómo arde de amor, tiene poco fuego"

-Petrarca, Sonetto 137.]

dicen los Innamoratos, cuando representarían una "pasión insoportable".

"Misero quod omneis

Eripit sensus mihi: nam simul te,

Lesbia, aspexi, nihil est super mi,

Quod loquar amens.

Lingua sed torpet: tenuis sub artus

Flamma dimanat; sonitu suopte

Tintinant aures; gemina teguntur

Lumina nocte".

["El amor me priva de todas mis facultades: Lesbia, cuando una vez en tu

presencia, no me queda el poder de contar mi pasión distraída:

mi lengua se vuelve tórpida; una sutil llama se arrastra por mis venas; mis

oídos hormiguean de sordera; mis ojos se velan de oscuridad".

Catulo, Epig. li. 5]

Tampoco en el apogeo y mayor furia del arrebato estamos en condiciones de verter nuestras quejas o nuestras persuasiones amorosas, estando el alma en ese momento sobrecargada, y trabajando con profundos pensamientos; y el cuerpo abatido y languideciendo de deseo; y de ahí proceden a veces esas impotencias accidentales que tan intempestivamente sorprenden al amante, y esa frigidez que por la fuerza de un ardor inmoderado se apodera de él hasta en el mismo regazo de la fruición. -[La edición de 1588 dice aquí: "Un accidente no desconocido para mí"]- Porque todas las pasiones que se dejan saborear y digerir no son más que moderadas:

"Curae leves loquuntur, ingentes stupent".

["Las penas ligeras pueden hablar: las profundas son mudas".

-Séneca, Hipólito, acto ii. escena 3.]

Una sorpresa de alegría inesperada también suele producir el mismo efecto:

"Ut me conspexit venientem, et Troja circum

Arma amens vidit, magnis exterrita monstris,

Diriguit visu in medio, calor ossa reliquit,

Labitur, et longo vix tandem tempore fatur".

["Cuando me vio avanzar, y vio, con estupefacción, los

brazos troyanos que me rodeaban, aterrorizada por tan gran prodigio, se

se desmayó al verme: el calor vital abandonó sus miembros: se

se hunde y, tras un largo intervalo, habla con dificultad".

AEneida, iii. 306.]

Además de los ejemplos de la dama romana, que murió de alegría al ver a su hijo regresar sano y salvo de la derrota de Cannae; y de Sófocles y de Dionisio el Tirano,-[Plinio, vii. 53. Diodoro Sículo, sin embargo (xv. c. 20), nos dice que Dionisio "se alegró tanto por la noticia que hizo un gran sacrificio a los dioses, preparó suntuosos banquetes, a los que invitó a todos sus amigos, y en ellos bebió tan excesivamente que lo sumió en un gran malestar. "]-que murió de alegría; y de Thalna, que murió en Córcega, al leer la noticia de los honores que el Senado romano había decretado a su favor, tenemos, además, uno en nuestro tiempo, del Papa León X., que al recibir la noticia de la toma de Milán, cosa que había deseado tan ardientemente, fue arrebatado con un exceso de alegría tan repentino que inmediatamente cayó en fiebre y murió. Y para un testimonio más notable de la imbecilidad de la naturaleza humana, los antiguos cuentan -[Plinio, 'ut supra'- que Diodoro el dialéctico murió en el acto, debido a una pasión extrema de vergüenza, por no haber sido capaz en su propia escuela, y en presencia de un gran auditorio, de desprenderse de un bonito argumento que se le propuso. Yo, por mi parte, estoy muy poco sujeto a estas pasiones violentas; soy naturalmente de una aprensión obstinada, que además, por medio del razonamiento, cada día endurezco y fortifico.

CAPÍTULO III-QUE NUESTROS AFECTOS SE LLEVAN POR DELANTE.

Los que acusan a la humanidad de la locura de estar pendiente de las cosas futuras, y nos aconsejan que nos beneficiemos de las presentes, y que nos apoyemos en ellas, como si no tuviéramos ningún conocimiento de lo que está por venir, menos aún del que tenemos de lo pasado, han dado con el más universal de los errores humanos, si es que puede llamarse error al que la misma naturaleza nos ha dispuesto, para la continuación de su propia obra, preponderando, entre otros varios, esta imaginación engañosa, como más celosa de nuestra acción que temerosa de nuestro conocimiento.

Nunca estamos presentes, sino siempre más allá de nosotros mismos: el miedo, el deseo, la esperanza, nos empujan todavía hacia el futuro, privándonos, mientras tanto, del sentido y de la consideración de lo que debe divertirnos con el pensamiento de lo que será, incluso cuando ya no seamos.-[Rousseau, Emile, livre ii.]

"Calamitosus est animus futuri auxius".

["La mente ansiosa por el futuro es infeliz".

-Séneca, Epist., 98.]

Encontramos este gran precepto repetido a menudo en Platón: "Haz tu propio trabajo y conócete a ti mismo". De las cuales dos partes, tanto la una como la otra en general, comprenden todo nuestro deber, y cada una de ellas implica de igual manera a la otra; pues quien quiera hacer bien su propio trabajo encontrará que su primera lección es saber lo que es, y lo que le es propio; y quien se entienda correctamente a sí mismo nunca confundirá el trabajo de otro con el suyo, sino que se amará y mejorará a sí mismo por encima de todas las demás cosas, rechazará los empleos superfluos, y rechazará todos los pensamientos y proposiciones inútiles. Así como la insensatez, por un lado, aunque disfrutara de todo lo que desea, nunca estaría satisfecha, así, por otro lado, la sabiduría, aceptando el presente, nunca está insatisfecha consigo misma. -[Cicerón, Tusc. Quae., 57, v. 18.]-Epicuro dispensa a sus sabios de toda previsión y cuidado del futuro.

Entre las leyes que se refieren a los muertos, considero muy acertada aquella por la que se examinan las acciones de los príncipes después de su muerte -[Diodoro Sículo, i. 6.]- Son iguales, si no dueños de las leyes, y, por lo tanto, lo que la justicia no podría infligir a sus personas, es razonable que se ejecute sobre sus reputaciones y los bienes de sus sucesores, cosas que a menudo valoramos por encima de la vida misma. Es una costumbre de singular ventaja para los países en que se usa, y por todos los buenos príncipes que deben desear, que tienen razones para tomarlo a mal, que las memorias de los malvados sean usadas con la misma reverencia y respeto que las suyas. Debemos sujeción y obediencia a todos nuestros reyes, ya sean buenos o malos, por igual, pues eso tiene respeto a su cargo; pero en cuanto a la estima y el afecto, éstos sólo se deben a su virtud. Concedamos al gobierno político soportarles con paciencia, aunque sean indignos; ocultar sus vicios; y ayudarles con nuestra recomendación en sus acciones indiferentes, mientras su autoridad necesite nuestro apoyo. Pero, una vez terminada la relación entre el príncipe y el súbdito, no hay razón para negar la expresión de nuestras verdaderas opiniones a nuestra propia libertad y justicia común, y especialmente para prohibir a los buenos súbditos la gloria de haber servido reverente y fielmente a un príncipe, cuyas imperfecciones eran para ellos tan bien conocidas; esto sería privar a la posteridad de un ejemplo útil. Y los que, por respeto a alguna obligación privada, abrazan y vindican injustamente la memoria de un príncipe defectuoso, hacen el derecho privado a costa de la justicia pública. Livio dice con mucha verdad: [xxxv. 48] "Que el lenguaje de los hombres criados en los tribunales está siempre lleno de vana ostentación y de falsos testimonios, cada uno magnificando indiferentemente a su propio señor, y extendiendo su elogio hasta el máximo de la virtud y de la soberana grandeza". Algunos pueden condenar la libertad de aquellos dos soldados que tan rotundamente contestaron a Nerón a su barba; al uno le preguntó por qué le guardaba mala voluntad. "Te amaba", respondió, "mientras eras digno de ello, pero desde que te has convertido en un parricida, un incendiario, un jugador y un cochero, te odio como te mereces". Y el otro, ¿por qué debía intentar matarlo? "Porque", dijo, "no se me ocurre otro remedio contra tus perpetuas travesuras". -[Tácito, Annal., xv. 67.]-Pero los testimonios públicos y universales que se dieron de él después de su muerte (y así será para toda la posteridad, tanto de él como de todos los demás príncipes malvados como él), de sus tiranías y de su abominable comportamiento, ¿quién, con buen juicio, puede reprobarlos?

Me escandaliza que en un gobierno tan sagrado como el de los lacedemonios se mezclara una ceremonia tan hipócrita en el entierro de sus reyes; en la que todos sus confederados y vecinos, y toda clase y grado de hombres y mujeres, así como sus esclavos, se cortaban y acuchillaban la frente en señal de dolor, repitiendo en sus gritos y lamentos que aquel rey (fuera tan malvado como el diablo) era el mejor que habían tenido jamás; [Heródoto, vi. 68.]-atribuyendo así a su calidad la alabanza que sólo corresponde al mérito, y que de derecho se debe al desierto supremo, aunque se aloje en el sujeto más bajo e inferior.

Aristóteles, que todavía tendrá una mano en todo, hace un 'quaere' sobre el dicho de Solón, que nadie puede decirse que es feliz hasta que esté muerto: "si, entonces, el que ha vivido y muerto según el deseo de su corazón, si ha dejado una mala reputación detrás de él, y que su posteridad sea miserable, puede decirse que es feliz?" Mientras tenemos vida y movimiento, nos transportamos por medio de la fantasía y la preocupación, a donde y a lo que nos plazca; pero una vez fuera del ser, ya no tenemos ninguna forma de comunicación con lo que es, y por lo tanto, es mejor decir por Solón que el hombre nunca es feliz, porque nunca lo es, hasta que ya no es.

"Quisquam

Vix radicitus e vita se tollit, et eicit;

Sed facit esse sui quiddam super inscius ipse,

Nec removet satis a projecto corpore sese, et

Vindicat".

["Apenas un hombre puede, incluso al morir, desprenderse totalmente de

la idea de la vida; en su ignorancia debe imaginar que hay

hay en él algo que le sobrevive, y no puede separarse o emanciparse

separarse o emanciparse de sus restos".

-Lucrecio, iii. 890.]

Bertrand de Guesclin, al morir en el asedio del castillo de Rancon, cerca de Puy, en Auvernia, los sitiados fueron obligados después, al rendirse, a depositar las llaves del lugar sobre el cadáver del general muerto. Cuando Bartolommeo d'Alviano, el general veneciano, murió al servicio de la República en Brescia, y su cadáver iba a ser llevado a través del territorio de Verona, un país enemigo, la mayoría del ejército se inclinó a exigir un salvoconducto a los veroneses; pero Theodoro Trivulzio se opuso a la moción, prefiriendo abrirse paso por la fuerza de las armas, y correr el riesgo de una batalla, diciendo que no era en absoluto apropiado que quien en su vida nunca tuvo miedo de sus enemigos pareciera aprehenderlos cuando estaba muerto. En verdad, en asuntos de la misma naturaleza, por las leyes griegas, el que demandaba a un enemigo un cuerpo para darle sepultura, renunciaba a su victoria, y no tenía más derecho a erigir un trofeo, y aquel a quien se le hacía tal demanda era reputado vencedor. De este modo, Nicias perdió la ventaja que había obtenido visiblemente sobre los corintios, y Agesilao, por el contrario, se aseguró la que antes había obtenido muy dudosamente sobre los beocios -[Plutarco, Vida de Nicias, c. ii.; Vida de Agesilao, c. vi.].

Estas cosas podrían parecer extrañas, si no fuera una práctica generalizada en todas las épocas no sólo extender la preocupación por nosotros mismos más allá de esta vida, sino, además, imaginar que el favor del Cielo no sólo nos acompaña muy a menudo hasta la tumba, sino que tiene también, incluso después de la vida, una preocupación por nuestras cenizas. De lo cual hay tantos ejemplos antiguos (por no hablar de los de nuestra propia observación), que no es necesario que siga insistiendo en ello. Eduardo I., Rey de Inglaterra, habiendo tenido experiencia en las largas guerras entre él y Roberto, Rey de Escocia, de la gran importancia que tenía su propia presencia inmediata para el éxito de sus asuntos, habiendo salido siempre victorioso en todo lo que emprendía en su propia persona, cuando llegó a morir, obligó a su hijo con un solemne juramento de que, tan pronto como muriera, herviría su cuerpo hasta que la carne se separara de los huesos, y enterraría la carne, reservando los huesos para llevarlos continuamente con él en su ejército, tantas veces como se viera obligado a ir contra los escoceses, como si el destino hubiera unido inevitablemente la victoria, incluso a sus restos. Juan Zisca, el mismo que, en vindicación de las herejías de Wicliffe, turbó al estado de Bohemia, dejó orden de que lo desollaran después de su muerte, y de su piel hicieran un tambor para llevarlo en la guerra contra sus enemigos, pensando que contribuiría a la continuación de los éxitos que siempre había obtenido en las guerras contra ellos. Del mismo modo, algunos de los indios, en sus batallas con los españoles, llevaban consigo los huesos de uno de sus capitanes, en consideración a las victorias que habían obtenido anteriormente bajo su dirección. Y otros pueblos del mismo Nuevo Mundo llevan consigo, en sus guerras, las reliquias de los hombres valientes que han muerto en la batalla, para incitar su valor y hacer avanzar su fortuna. De estos ejemplos, los primeros no reservan para la tumba más que la reputación que han adquirido por sus anteriores logros, pero éstos les atribuyen un cierto poder presente y activo.

El procedimiento del Capitán Bayard es de mejor composición, quien encontrándose herido de muerte por un disparo de arcabuz, y siendo importunado para que se retirara de la lucha, respondió que no comenzaría en el último suspiro a dar la espalda al enemigo, y en consecuencia siguió luchando, hasta que sintiéndose demasiado débil y sin poder sentarse en su caballo, ordenó a su mayordomo que lo pusiera al pie de un árbol, pero para que pudiera morir con la cara hacia el enemigo, lo cual hizo.

Debo añadir aún otro ejemplo, igualmente notable para la presente consideración con cualquiera de los anteriores. El emperador Maximiliano, bisabuelo del actual rey Felipe -[Felipe II de España. Era un príncipe dotado de grandes y extraordinarias cualidades, y entre ellas de una singular belleza de persona, pero tenía además un humor muy contrario al de otros príncipes, que para el despacho de sus asuntos más importantes convierten su taburete en una silla de Estado, que consistía en que nunca permitía que nadie de su alcoba, por muy familiar que fuera, le viera en esa postura, y se apartaba para hacer agua tan religiosamente como una virgen, tímidamente para descubrir a su médico o a cualquier otro las partes que acostumbramos a ocultar. Yo mismo, que tengo una manera tan impúdica de hablar, soy, sin embargo, naturalmente tan modesto de esta manera, que a menos que por la importunidad de la necesidad o el placer, apenas comunico a la vista de cualquiera aquellas partes o acciones que la costumbre nos ordena ocultar, en lo que sufro más coacción de lo que concibo es muy apropiado para un hombre, especialmente de mi profesión. Pero alimentó este modesto humor hasta tal grado de superstición que dio órdenes expresas en su último testamento de que le pusieran cajones tan pronto como muriera; a lo que, según creo, habría hecho bien en añadir que le vendaran también los ojos a quien se los pusiera. El encargo que Ciro dejó a sus hijos, de que ni ellos, ni ningún otro, vieran o tocaran su cuerpo después de que el alma se desprendiera de él, -[Jenofonte, Ciprodia, viii. 7.]- lo atribuyo a alguna devoción supersticiosa suya; pues tanto su historiador como él mismo, entre sus grandes cualidades, marcaron todo el curso de sus vidas con un singular respeto y reverencia a la religión.

No me agradó en absoluto una historia, que me contó un hombre de gran calidad de un pariente mío, y que había dado muy buena cuenta de sí mismo tanto en la paz como en la guerra, de que, llegando a morir en una edad muy avanzada, de excesivo dolor de piedra, pasó las últimas horas de su vida en una extraordinaria solicitud por ordenar el honor y la ceremonia de su funeral, presionando a todos los hombres de condición que venían a verle para que comprometieran su palabra de asistirle a su tumba: importunando a este mismo príncipe, que fue a visitarlo en su último suspiro, con una súplica muy seria de que ordenara que su familia estuviera allí, y presentando ante él varias razones y ejemplos para probar que era un respeto debido a un hombre de su condición; y pareció morir contento, habiendo obtenido esta promesa, y designado el método y el orden de su desfile fúnebre. Pocas veces he oído hablar de una vanidad tan persistente.

Otra curiosidad, aunque contraria (de cuya singularidad, además, no me falta el ejemplo doméstico), parece ser algo afín a esto, que un hombre se estruje los sesos en los últimos momentos de su vida para organizar sus exequias con una parsimonia tan particular e inusual como la de un sirviente con una linterna, veo este humor elogiado, y la designación de Marco. Emilius Lepidus, que prohibió a sus herederos otorgar a su carroza fúnebre incluso las ceremonias comunes en uso en tales ocasiones. ¿Es todavía templanza y frugalidad evitar gastos y placeres cuyo uso y conocimiento nos son imperceptibles? Ved aquí una reforma fácil y barata. Si la instrucción fuera necesaria en este caso, yo opinaría que en esto, como en todas las demás acciones de la vida, cada persona debería regular el asunto según su fortuna; y el filósofo Licón ordenó prudentemente a sus amigos que dispusieran de su cuerpo donde les pareciera más conveniente, y en cuanto a su funeral, que no lo ordenaran ni demasiado superfluo ni demasiado mezquino. Por mi parte, debo remitir a la costumbre la ordenación de esta ceremonia y, cuando llegue el momento, dejaré a su discreción a quien le corresponda hacer ese último oficio. "Totus hic locus est contemnendus in nobis, non negligendus in nostris;"-["El lugar de nuestra sepultura ha de ser despreciado por nosotros, pero no descuidado por nuestros amigos."-Cicerón, Tusc. i. 45. ]- y era un santo dicho: "Curatio funeris, conditio sepultura: pompa exequiarum, magis sunt vivorum solatia, quam subsidia mortuorum". -["El cuidado de la muerte, el lugar de la sepultura, las pompas fúnebres, son más bien consuelos para los vivos que socorros para los muertos". August. De Civit. Dei, i. 12.]-Lo que hizo que Sócrates respondiera a Crito, quien, al morir, le preguntó cómo sería enterrado: "Como tú quieras", dijo él. "Si tuviera que preocuparme más allá del presente por este asunto, estaría muy tentado, como la mayor satisfacción de este tipo, de imitar a aquellos que en vida se entretienen con la ceremonia y los honores de sus propias exequias de antemano, y se complacen en contemplar su propio rostro muerto en mármol. Dichosos los que pueden gratificar sus sentidos con la insensibilidad, y vivir con su muerte".

Estoy dispuesto a concebir un odio implacable contra toda dominación popular, aunque la considero la más natural y equitativa de todas, siempre que recuerdo la injusticia inhumana del pueblo de Atenas, que, sin remisión, ni una sola vez, vouchsafing para escuchar lo que tenían que decir por sí mismos, dieron muerte a sus valientes capitanes recién regresados triunfantes de una victoria naval que habían obtenido sobre los lacedemonios cerca de las islas Arginusas, el más sangriento y obstinado combate que jamás los griegos libraron en el mar; porque (después de la victoria) siguieron el golpe y persiguieron las ventajas que les presentaba la regla de la guerra, en lugar de quedarse a recoger y enterrar a sus muertos. Y la ejecución se hace aún más odiosa por el comportamiento de Diomedón, quien, siendo uno de los condenados, y un hombre de la más eminente virtud, política y militar, después de haber oído la sentencia, avanzando para hablar, no habiéndosele permitido audiencia hasta entonces, en lugar de exponer ante ellos su propia causa, o la impiedad de tan cruel sentencia, se limitó a expresar su preocupación por la preservación de sus jueces, suplicando a los dioses que convirtieran esta sentencia en su bien, y rogando que, por haber descuidado el cumplimiento de los votos que él y sus compañeros habían hecho (de los que también les informó) en reconocimiento de tan glorioso éxito, no atrajeran sobre ellos la indignación de los dioses; y así, sin más palabras, fue valientemente a la muerte.

La fortuna, pocos años después, los castigó de la misma manera; pues Chabrias, capitán general de sus fuerzas navales, habiendo vencido a Pollis, almirante de Esparta, en la isla de Naxos, perdió totalmente los frutos de su victoria, una de gran importancia para sus asuntos, para no incurrir en el peligro de este ejemplo, y para que no perdiera algunos cuerpos de sus amigos muertos que flotaban en el mar, dio oportunidad a un mundo de enemigos vivos para que se alejaran con seguridad, quienes después les hicieron pagar caro esta inoportuna superstición: -

"Quaeris, quo jaceas, post obitum, loco?

Quo non nata jacent".

["¿Preguntas dónde yacerás después de la muerte?

Donde yacen las cosas no nacidas, que nunca se tuvieron"].

Séneca, Tyoa. Choro ii. 30.

Este otro devuelve el sentido del reposo a un cuerpo sin alma:

"Neque sepulcrum, quo recipiatur, habeat: portum corporis, ubi,

remissa human, vita, corpus requiescat a malis".

["Ni que tenga un sepulcro en el que pueda ser recibido, un refugio

para su cuerpo, donde, habiendo desaparecido la vida, ese cuerpo pueda descansar de sus

Ennius, ap. Cicerón, Tusc. i. 44.]

Como la naturaleza nos demuestra que varias cosas muertas conservan aún una relación oculta con la vida; el vino cambia su sabor y complexión en las bodegas, según los cambios y las estaciones de la vid de la que procede; y la carne de venado altera su condición en el polvorín, y su sabor según las leyes de la carne viva de su especie, como se dice.

CAPÍTULO IV: QUE EL ALMA GASTA SUS PASIONES EN OBJETOS FALSOS, DONDE FALTAN LOS VERDADEROS

Un caballero de mi país, maravillosamente atormentado por la gota, siendo importunado por sus médicos para que se abstuviera totalmente de toda clase de carnes saladas, solía responder agradablemente, que en la extremidad de sus ataques debía tener necesariamente algo con lo que pelear, y que rabiar y maldecir, un tiempo las salchichas de Bolonia, y otro las lenguas secas y los jamones, era alguna mitigación de su dolor. Pero, en buena hora, como el brazo cuando se adelanta para golpear, si falla el golpe, y se va por el viento, nos duele; y como también, que, para hacer una perspectiva agradable, la vista no debe perderse y dilatarse en el aire vago, sino tener algún límite y objeto que la limite y circunscriba a una distancia razonable.

"Ventus ut amittit vires, nisi robore densa

Occurrant sylvae, spatio diffusus inani".

["Como el viento pierde su fuerza difundida en el espacio vacío, a menos que en

su fuerza se encuentre con la madera gruesa" -Lucano, iii. 362.]

Así parece que el alma, al ser transportada y descompuesta, vuelve su violencia sobre sí misma, si no se le suministra algo que se le oponga, y por lo tanto siempre requiere un objeto al cual apuntar, y sobre el cual actuar. Plutarco dice de los que se deleitan con los perritos y los monos, que la parte amorosa que hay en nosotros, a falta de un objeto legítimo, en vez de permanecer ociosa, forja y crea así uno falso y frívolo. Y vemos que el alma, en sus pasiones, se inclina más a engañarse a sí misma, creando un objeto falso y fantasioso, incluso contrario a su propia creencia, que a no tener algo en lo que trabajar. De esta manera, las bestias brutas dirigen su furia a caer sobre la piedra o el arma que las ha herido, y con sus dientes incluso ejecutan la venganza sobre sí mismas por la lesión que han recibido de otro:

"Pannonis haud aliter, post ictum saevior ursa,

Cui jaculum parva Lybis amentavit habena,

Se rotat in vulnus, telumque irata receptum

Impetit, et secum fugientem circuit hastam".

["Así que la osa, más feroz tras el golpe del dardo lanzado por el licio

lanza, se vuelve sobre la herida, y atacando la lanza recibida, la retuerce

Lucano, vi. 220.] ["Así, la osa, tras el golpe del dardo lanzado por el licio, se vuelve sobre la herida y, atacando la lanza recibida, la retuerce mientras vuela. 220.]

¿Qué causas de las desventuras que nos ocurren no inventamos? ¿Qué es lo que no achacamos, bien o mal, para tener con qué reñir? No son esos hermosos mechones que rasgas, ni el blanco pecho que en tu cólera golpeas tan despiadadamente, lo que con una bala desafortunada ha matado a tu amado hermano; riñe con otra cosa. Livio, hablando del ejército romano en España, dice que por la pérdida de los dos hermanos, sus grandes capitanes:

"Flere omnes repente, et offensare capita".

["Todos a la vez lloraron y se rasgaron los cabellos" -Livio, xxv. 37.]

Es una práctica común. Y el filósofo Bion dijo agradablemente del rey que se arrancaba el pelo a manos llenas por pena: "¿Cree este hombre que la calvicie es un remedio para la pena?"-[Cicerón, Tusc. Quest., iii. 26.]-¿Quién no ha visto a los malhumorados jugadores masticar y tragarse las cartas, y tragar los dados, en venganza por la pérdida de su dinero? Jerjes azotó el mar, y escribió un desafío al Monte Athos; Ciro empleó un ejército entero varios días en el trabajo, para vengarse del río Gyndas, por el susto que le había dado al pasar sobre él; y Calígula demolió un hermosísimo palacio por el placer que su madre había disfrutado allí una vez.

-[El placer -a menos que "plaisir" fuera originalmente "deplaisir"- debe entenderse aquí de forma irónica, pues la casa

deplaisir- debe entenderse aquí de forma irónica, ya que la casa era una en la que ella había sido encarcelada.

Séneca, De Ira. iii. 22]-

Recuerdo que, cuando era niño, se contaba que uno de nuestros reyes vecinos, [probablemente Alfonso XI de Castilla], había recibido un regalo. de Castilla], habiendo recibido un golpe de la mano de Dios, juró que se vengaría, y para ello proclamó que durante diez años nadie le rezara, ni le mencionara en sus dominios, ni creyera en él, hasta donde llegara su autoridad; con lo que pretendían pintar no tanto la locura como la vanagloria de la nación de la que se contaba esta historia. Son vicios que siempre van juntos, pero en verdad acciones como éstas tienen aún más de presunción que de falta de ingenio. Augusto César, habiendo sido sacudido por una tempestad en el mar, cayó en desafiar a Neptuno, y en la pompa de los juegos Circenses, para vengarse, depuso su estatua del lugar que tenía entre las otras deidades. ¡En lo que fue aún menos excusable que lo anterior, y menos que lo fue después cuando, habiendo perdido una batalla bajo Quintilio Varo en Alemania, en la rabia y la desesperación fue corriendo su cabeza contra la pared, gritando: "¡Oh Varo! devuélveme mis legiones! ", pues esto excede a toda locura, ya que a ella se une la impiedad, invadiendo al mismo Dios, o al menos a la Fortuna, como si tuviera oídos sujetos a nuestras baterías; como los tracios, que cuando truena o relampaguea, se ponen a disparar contra el cielo con una venganza titánica, como si con vuelos de flechas pretendieran hacer entrar en razón a Dios. Aunque el antiguo poeta en Plutarco nos dice-

"Point ne se faut couroucer aux affaires,

Il ne leur chault de toutes nos choleres".

["No debemos molestar a los dioses con nuestros asuntos; ellos no hacen caso

de nuestros enojos y disputas" [Plutarco].

Pero nunca podremos denunciar suficientemente los desórdenes de nuestras mentes.

CAPÍTULO V: SI EL GOBERNADOR DE UN LUGAR ASEDIADO DEBE SALIR ÉL MISMO A PARLAMENTAR

Quinto Marcio, legado romano en la guerra contra Perseo, rey de Macedonia, para ganar tiempo para reforzar su ejército, puso en marcha algunas propuestas de conciliación, con las que el rey, adormecido, concluyó una tregua por algunos días, dando así a su enemigo la oportunidad y el tiempo libre para reclutar sus fuerzas, lo que fue después la ocasión de la ruina final del rey. Sin embargo, los senadores más ancianos, conscientes de las costumbres de sus antepasados, condenaron este procedimiento por considerarlo una degeneración de su antigua práctica, que, según decían, consistía en luchar con valor, y no con artificios, sorpresas y encuentros nocturnos; ni con una huida fingida ni con reuniones inesperadas para vencer a sus enemigos; nunca hacían la guerra hasta haberla proclamado primero, y muy a menudo asignaban tanto la hora como el lugar de la batalla. Por este generoso principio entregaron a Pirro su médico traidor, y a los etruscos su desleal maestro. Este fue, en efecto, un procedimiento verdaderamente romano, y nada aliado con la sutileza griega, ni con la astucia púnica, donde se consideraba una victoria de menor gloria vencer por la fuerza que por el fraude. El engaño puede servir para una necesidad, pero sólo se confiesa vencido quien se sabe no sometido por la política ni por la desventura, sino a fuerza de valor, de hombre a hombre, en una guerra justa y equitativa. Se ve muy bien, por el discurso de estos buenos y viejos senadores, que esta bella sentencia no era aún recibida entre ellos.

"Dolus, an virtus, quis in hoste requirat?"

["¿Qué importa si por el valor o por la estrategia vencemos al enemigo?

enemigo?"-Aeneida, ii. 390]

Los aquianos, dice Polibio, aborrecían todo tipo de doble juego en la guerra, no considerándola una victoria a menos que el valor del enemigo fuera sometido con justicia:

"Eam vir sanctus et sapiens sciet veram esse victoriam, quae, salva fide et integra dignitate, parabitur"-["Un hombre honesto y prudente reconocerá como verdadera victoria sólo aquella que se obtenga salvando su propia buena fe y dignidad"-Florus, i. 12.]-Dice otro:

"Vosne velit, an me, regnare hera, quidve ferat,

fors virtute experiamur".

["Si tú o yo gobernaremos, o qué sucederá, determinémoslo por el valor".

Cicerón, De Offic., i. 12].

En el reino de Ternate, entre esas naciones que tan ampliamente llamamos bárbaras, tienen la costumbre de no comenzar nunca la guerra, hasta que no se proclame primero; añadiendo además una amplia declaración de los medios que tienen para hacerla, con qué y cuántos hombres, qué municiones y qué armas, tanto ofensivas como defensivas; pero también, hecho esto, si sus enemigos no ceden y llegan a un acuerdo, conciben que es lícito emplear sin reproche en sus guerras cualquier medio que pueda ayudarles a conquistar.

Los antiguos florentinos estaban tan lejos de querer obtener alguna ventaja sobre sus enemigos por sorpresa, que siempre les avisaban con un mes de antelación antes de sacar su ejército al campo, mediante el continuo tañido de una campana que llamaban Martinella.

Para lo que nos concierne a nosotros, que no somos tan escrupulosos en este asunto, y que atribuimos el honor de la guerra a quien tiene el beneficio de la misma, y que después de Lisandro decimos: "Donde la piel del león es demasiado corta, hay que sacarle un poco a la del zorro"; las ocasiones más habituales de sorpresa se derivan de esta práctica, y sostenemos que no hay momentos en los que un jefe deba ser más circunspecto, y tener su ojo tan vigilado, como los de las negociaciones y los tratados de acuerdo; y es, por lo tanto, una regla general entre los hombres marciales de estos últimos tiempos, que un gobernador de un lugar nunca debe, en un tiempo de asedio, salir a negociar. Fue por esto que en los días de nuestros padres los Señores de Montmord y de l'Assigni, defendiendo a Mousson contra el Conde de Nassau, fueron tan altamente censurados. Pero, en cuanto a esto, sería excusable en aquel gobernador que, saliendo, lo hiciera, no obstante, de tal manera que la seguridad y la ventaja estuvieran de su parte; como hizo el conde Guido di Rangone en Reggio (si hemos de creer a Du Bellay, pues Guicciardini dice que fue él mismo) cuando se acercó a parlamentar el señor de l'Escut, que se alejó tan poco de su fortaleza, que al producirse un desorden en el ínterin del parlamentar, no sólo el Señor de l'Escut y su grupo que avanzaba con él, se encontraron por mucho más débiles, de modo que Alessandro Trivulcio fue allí asesinado, sino que él mismo siguió al Conde, y, confiando en su honor, para asegurarse del peligro del disparo dentro de los muros de la ciudad.

Eumenes, estando encerrado en la ciudad de Nora por Antígono, y por él importunado para que saliera a hablar con él, como le mandó decir que era conveniente que lo hiciera con un hombre más grande que él, y que ahora tenía ventaja sobre él, le devolvió esta noble respuesta. "Dile", dijo, "que nunca consideraré a nadie más grande que yo mientras tenga mi espada en la mano", y que no consentiría salir a su encuentro hasta que, según su propia demanda, Antígono le hubiera entregado a su propio sobrino Ptolomeo como rehén.

Y, sin embargo, algunos han hecho muy bien en salir en persona a parlamentar, bajo la palabra del asaltante: Testigo de ello es Enrique de Vaux, caballero de Champaña, que estando asediado por los ingleses en el castillo de Commercy, y Bartholomew de Brunes, que mandaba en el Leaguer, habiendo socavado de tal manera la mayor parte del castillo por fuera, que no quedaba más que prender fuego a los puntales para enterrar a los asediados bajo las ruinas, pidió a dicho Enrique que saliera a hablar con él por su propio bien, lo que hizo con tres más en compañía; y, siendo evidente su ruina, se creyó singularmente obligado a su enemigo, a cuya discreción se entregaron él y su guarnición; y aplicándose en seguida el fuego a la mina, no bien empezaron a fallar los puntales, sino que el castillo fue inmediatamente volado desde sus cimientos, no quedando una piedra sobre otra.

Podía confiar, y de hecho lo hago, con gran facilidad en la fe de otro; pero lo haría de muy mala gana en tal caso, pues se juzgaría que era más bien efecto de mi desesperación y falta de valor que voluntariamente y por confianza y seguridad en la fe de aquel con quien tenía que ver.

CAPITULO VI—QUE LA HORA DEL PARLAMENTO ES PELIGROSA

Vi, sin embargo, últimamente en Mussidan, lugar no lejano de mi casa, que los que fueron expulsados de allí por nuestro ejército, y otros de su partido, se quejaron mucho de traición, pues durante un tratado de avenencia, y en el mismo intervalo en que sus diputados trataban, fueron sorprendidos y despedazados: cosa que, tal vez, en otra época, podría haber tenido algún color de juego sucio; pero, como acabo de decir, la práctica de las armas en estos días es otra cosa muy distinta, y ahora no hay confianza en un enemigo excusable hasta que el tratado está finalmente sellado; e incluso entonces el conquistador tiene bastante que hacer para mantener su palabra: tan arriesgado es confiar a la licencia de un ejército victorioso la observación de la fe que un hombre ha comprometido en una ciudad que se rinde en condiciones fáciles y favorables, y dar al soldado libre entrada en ella al calor de la sangre.

Lucio AEmilio Regilo, pretor romano, habiendo perdido el tiempo en intentar tomar la ciudad de Fócea por la fuerza, a causa del singular valor con que se defendían los habitantes, se condicionó, al fin, a recibirlos como amigos del pueblo de Roma, y a entrar en la ciudad, como en una ciudad confederada, sin ninguna clase de hostilidad, de lo cual les dio todas las garantías; pero habiendo traído con él a todo su ejército para mayor pompa, ya no le fue posible, por más que se esforzara, contener a su pueblo: De modo que, la avaricia y la venganza pisotearon tanto su autoridad como toda la disciplina militar, y vio una parte considerable de la ciudad saqueada y arruinada ante sus ojos.

Cleomenes solía decir, "que todo el daño que un hombre pudiera hacer a su enemigo en tiempo de guerra estaba por encima de la justicia, y nada responsable ante los dioses y los hombres". Y así, habiendo concluido una tregua con los de Argos por siete días, la tercera noche después cayó sobre ellos cuando todos estaban sumidos en el sueño, y los pasó a cuchillo, alegando que no se había mencionado ninguna noche en la tregua; pero los dioses castigaron esta sutil perfidia.

También en tiempo de tregua, y mientras los ciudadanos confiaban en su garantía de seguridad, la ciudad de Casilinum fue tomada por sorpresa, y eso incluso en la época de los más justos capitanes y de la más perfecta disciplina militar romana; pues no se dice que no nos sea lícito, en tiempo y lugar, aprovecharnos de la falta de entendimiento de nuestros enemigos, así como de su falta de valor.

Y, sin duda, la guerra tiene naturalmente muchos privilegios que parecen razonables incluso a los prejuicios de la razón. Por lo tanto, aquí falla la regla: "Neminem id agere ut ex alte rius praedetur inscitia" [Nadie debe aprovecharse de la locura de otro] -Cicerón, De Offic, iii. 17.]-Pero me asombra la gran libertad que se permite Jenofonte en tales casos, y eso tanto por precepto como por el ejemplo de varias hazañas de su completo emperador; un autor de muy gran autoridad, confieso, en esos asuntos, por ser en su propia persona tanto un gran capitán como un filósofo de la primera forma de los discípulos de Sócrates; y sin embargo no puedo consentir tal medida de licencia como la que dispensa en todas las cosas y lugares.

El señor d'Aubigny, asediando Capua, y después de haber dirigido una furiosa batería contra ella, el señor Fabricio Colonna, gobernador de la ciudad, habiendo comenzado desde un baluarte a parlamentar, y siendo sus soldados entretanto un poco más negligentes en su guardia, los nuestros entraron en el lugar sin avisar, y los pasaron a todos a cuchillo. Y de memoria posterior, en Yvoy, el señor Juliano Romero, habiendo hecho el papel de novicio para salir a parlamentar con el condestable, a su regreso encontró su lugar ocupado. Pero, para que no pudiéramos salir indemnes, habiendo el marqués de Pescara puesto sitio a Génova, donde mandaba el duque Ottaviano Fregosa bajo nuestra protección, y estando los artículos entre ellos tan avanzados que se consideraban como cosa hecha, y a punto de concluirse, habiéndose colado entretanto los españoles, se valieron de esta traición como de una victoria absoluta. Y como en Ligny, en Barrois, donde mandaba el conde de Brienne, habiendo el emperador en su propia persona asaltado aquel lugar, y saliendo Bertheville, lugarteniente de dicho conde, a parlamentar, mientras capitulaba fue tomada la ciudad.

"Fui il vincer sempremai laudabil cosa,

Vincasi o per fortuna, o per ingegno,"

["La victoria es siempre digna de alabanza, tanto si se obtiene por valor como por sabiduría.

Ariosto, xv. I.]

Pero el filósofo Crisipo era de otra opinión, en la que yo también coincido; pues solía decir que los que corren una carrera deben emplear toda la fuerza que tienen en lo que hacen, y correr tan rápido como puedan; pero que no es en absoluto justo que pongan ninguna mano sobre su adversario para detenerlo, ni que pongan una pierna delante de él para derribarlo. Y aún más generosa fue la respuesta de aquel gran Alejandro a Polipercón que le persuadía de aprovechar la oscuridad de la noche para caer sobre Darío. "De ninguna manera", dijo, "no es propio de un hombre como yo robar una victoria, 'Malo me fortunae poeniteat, quam victoria pudeat'". Quint. Curt, iv. 13]-

"Atque idem fugientem baud est dignatus Oroden

Sternere, nec jacta caecum dare cuspide vulnus

Obvius, adversoque occurrit, seque viro vir

Contulit, haud furto melior, sed fortibus armis".

["No se dignó a derribar a Orodes en su huida, ni a darle con la

lanza para herirlo sin que lo viera, sino que, alcanzándolo, lo enfrentó

cara a cara, y se enfrentó hombre a hombre: superior, no en

Aeneida, x. 732].

CAPÍTULO VII—QUE LA INTENCIÓN ES JUEZ DE NUESTRAS ACCIONES

Es un dicho: "Que la muerte nos libera de todas nuestras obligaciones". Conozco a algunos que lo han tomado en otro sentido. Enrique VII, rey de Inglaterra, pactó con don Felipe, hijo de Maximiliano el emperador, o (para ponerlo más honorablemente) padre del emperador Carlos V, que dicho Felipe debía entregar en sus manos al duque de Suffolk de la Rosa Blanca, su enemigo, que estaba huido en los Países Bajos; lo que Felipe hizo en consecuencia, pero con la condición, sin embargo, de que Enrique no atentara contra la vida de dicho duque; pero llegando a morir, el rey en su última voluntad ordenó a su hijo que le diera muerte inmediatamente después de su fallecimiento. Y últimamente, en la tragedia que el duque de Alva nos presentó en las personas de los condes Horn y Egmont en Bruselas, -[Decapitado el 4 de junio de 1568]- hubo pasajes muy notables, y uno entre los demás, que el conde Egmont (en la seguridad de cuya palabra y fe el conde Horn había acudido y se había entregado al duque de Alva) suplicó encarecidamente que subiera primero al cadalso, con el fin de que la muerte lo desligara de la obligación que había pasado al otro. En cuyo caso, creo que la muerte no absolvió al primero de su promesa, y que el segundo quedó liberado de ella sin morir. No podemos estar obligados más allá de lo que podemos cumplir, por razón de que el efecto y el cumplimiento no están en absoluto en nuestro poder, y que, en efecto, no somos dueños de nada más que de la voluntad, en la que, por necesidad, se fundan y establecen todas las reglas y todo el deber de la humanidad: por lo tanto, el Conde Egmont, concibiendo su alma y su voluntad en deuda con su promesa, aunque no tuviera el poder de hacerla valer, había sido sin duda absuelto de su deber, aunque hubiera sobrevivido al otro; pero el rey de Inglaterra, quebrantando voluntaria y premeditadamente su fe, no tenía más excusa para aplazar la ejecución de su infidelidad hasta después de su muerte que el albañil de Heródoto, que habiendo guardado inviolablemente, durante el tiempo de su vida, el secreto del tesoro del rey de Egipto, su amo, a su muerte lo descubrió a sus hijos. -[Herodes, ii. 121.]

He tenido noticia de varios en mi tiempo, que, condenados por sus conciencias de haber retenido injustamente los bienes de otro, han procurado reparar por su voluntad, y después de su muerte; pero no tenían tan buen hacer como el de tomarse tanto tiempo en un asunto tan apremiante, o el de ir a remediar un mal con tan poca insatisfacción o perjuicio para ellos mismos. Deben, además, algo propio; y por lo mucho que su pago es más estricto e incómodo para ellos mismos, por lo mucho que su restitución es más justamente meritoria. La penitencia exige un castigo; pero aún hacen cosas peores que éstas, quienes reservan la animosidad contra su prójimo hasta el último suspiro, habiéndola ocultado durante su vida; en lo cual manifiestan poca consideración por su propio honor, irritando a la parte ofendida en su memoria; y menos a su poder, incluso fuera de hacer morir su malicia con ellos, pero extendiendo la vida de su odio aún más allá de la suya. Jueces injustos, que aplazan el juicio hasta un momento en que no pueden tener conocimiento de la causa. Por mi parte, procuraré, si puedo, que mi muerte no descubra nada que mi vida no haya declarado antes y abiertamente.

CAPÍTULO VIII—DE LA OCIOSIDAD

Como vemos algunos terrenos que durante mucho tiempo han permanecido ociosos y sin cultivar, cuando se enriquecen y fecundan con el descanso, abundar y gastar su virtud en el producto de innumerables clases de malas hierbas y hierbas silvestres que no son provechosas, y que para hacerlas desempeñar su verdadero oficio, hemos de cultivarlas y prepararlas para las semillas que son propias de nuestro servicio; y como vemos que las mujeres que, sin conocimiento del hombre, a veces dan a luz por sí mismas bultos de carne inanimados y sin forma, pero que para causar una generación natural y perfecta han de ser cultivadas con otra clase de semilla: lo mismo ocurre con las mentes, que si no se aplican a algún estudio determinado que las fije y contenga, se lanzan a mil extravagancias, vagando eternamente aquí y allá en la vaga extensión de la imaginación...

"Sicut aqua tremulum labris ubi lumen ahenis,

Sole repercussum, aut radiantis imagine lunae,

Omnia pervolitat late loca; jamque sub auras

Erigitur, summique ferit laquearia tecti".

["Como cuando en las cubas de bronce del agua los rayos de luz temblorosos

reflejados por el sol, o por la imagen de la radiante luna,

flotan rápidamente sobre todos los lugares alrededor, y ahora se lanzan hacia arriba

alto, y golpean los techos de los tejados más altos".

AEneida, viii. 22.]

-en cuya salvaje agitación no hay locura, ni fantasía ociosa que no enciendan:-

"Velut aegri somnia, vanae

Finguntur species".

["Como los sueños de un enfermo, creando vanos fantasmas".

Hor., De Arte Poetica, 7.]

El alma que no tiene un objetivo establecido se pierde a sí misma, pues, como se dice-

"Quisquis ubique habitat, Maxime, nusquam habitat".

["El que vive en todas partes, no vive en ninguna" -Marcial, vii. 73.]

Cuando últimamente me retiré a mi propia casa, con la resolución, en la medida de lo posible, de evitar toda clase de preocupaciones en los asuntos, y de pasar en la intimidad y en el reposo el poco tiempo que me queda de vida, creí que no podía obligar más a mi mente que permitirle que se entretuviera y divirtiera en su tiempo libre, lo que ahora esperaba que pudiera hacer en lo sucesivo, al estar más asentada y madura; pero encuentro...

"Variam semper dant otia mentem,"

["El ocio crea siempre un pensamiento variado" -Lucan, iv. 704]

que, muy al contrario, es como un caballo que se ha desprendido de su jinete, que corre voluntariamente hacia una carrera mucho más violenta de lo que cualquier jinete le pondría, y me crea tantas quimeras y monstruos fantásticos, unos sobre otros, sin orden ni designio, que, mejor dispuesto para contemplar su extrañeza y absurdo, he comenzado a plasmarlos por escrito, esperando que con el tiempo se avergüence de sí mismo.

CAPÍTULO IX—DE LOS MENTIROSOS

No hay hombre vivo al que le venga tan mal hablar de memoria como a mí, pues apenas tengo ninguna, y no creo que el mundo tenga otra tan maravillosamente traicionera como la mía. Mis otras facultades son todas suficientemente ordinarias y mezquinas; pero en esto me considero muy raro y singular, y merecedor de ser considerado famoso. Además de los inconvenientes naturales que sufro por ella (porque, ciertamente, considerado el uso necesario de la memoria, Platón tenía razón cuando la llamaba una diosa grande y poderosa), en mi país, cuando quieren decir que un hombre no tiene sentido, dicen que tal hombre no tiene memoria; y cuando me quejo del defecto de la mía, no me creen, y me reprenden, como si me acusara a mí mismo de ser un tonto: sin discernir la diferencia entre la memoria y el entendimiento, lo cual es para empeorar las cosas para mí. Pero me equivocan, pues la experiencia nos muestra a diario que, por el contrario, una memoria fuerte suele ir acompañada de un juicio débil. Me hacen, además, (que no soy tan perfecto en nada como en la amistad), un gran mal en esto, que hacen que las mismas palabras que acusan mi debilidad, me representen como una persona ingrata; ponen en duda mis afectos a causa de mi memoria, y de una imperfección natural, hacen un defecto de conciencia. "Ha olvidado", dice uno, "esta petición, o aquella promesa; ya no se acuerda de sus amigos; ha olvidado decir o hacer, u ocultar tal o cual cosa, por mí". Y, en verdad, soy bastante apto para olvidar muchas cosas, pero descuidar algo que mi amigo me ha encargado, nunca lo hago. Y debería bastar, me parece, que sienta la miseria y la inconveniencia de ello, sin tacharme de malicia, vicio tan contrario a mi humor.

Sin embargo, obtengo estos consuelos de mi enfermedad: primero, que es un mal del que principalmente he encontrado razones para corregir uno peor, que fácilmente habría crecido en mí, a saber, la ambición; siendo el defecto intolerable en aquellos que se encargan de los asuntos públicos. Que, como nos demuestran los ejemplos del progreso de la naturaleza, ella me ha fortalecido en mis otras facultades proporcionalmente a lo que me ha dejado sin amueblar en esta; de lo contrario, habría sido propenso a depositar implícitamente mi mente y mi juicio en el mero informe de otros hombres, sin ponerlos nunca a trabajar en su propia fuerza, si las invenciones y opiniones de otros hubieran estado siempre presentes en mí por el beneficio de la memoria. Que por este medio no soy tan hablador, porque el almacén de la memoria está siempre mejor provisto de materia que el de la invención. Si la mía me hubiera sido fiel, antes de esto habría ensordecido a todos mis amigos con mis balbuceos, pues los temas mismos despertaban y agitaban la poca facultad que tengo de manejarlos y emplearlos, calentando y distendiendo mi discurso, lo cual era una lástima: como he observado en varios de mis íntimos amigos, que, como su memoria les suministra una visión completa y cabal de las cosas, comienzan su narración tan atrás, y la abarrotan con tantas circunstancias impertinentes, que aunque la historia sea buena en sí misma, hacen un giro para estropearla; y si es de otro modo, hay que maldecir la fuerza de su memoria o la debilidad de su juicio: y es cosa difícil cerrar un discurso, y cortarlo, cuando se ha comenzado; no hay nada en que se vea tanto la fuerza de un caballo como en una parada redonda y repentina. Veo incluso a aquellos que son lo suficientemente pertinentes, que querrían, pero no pueden detenerse en su carrera; porque mientras buscan un período hermoso para concluir, siguen al azar, rezagándose sobre trivialidades impertinentes, como hombres que se tambalean sobre piernas débiles. Pero, sobre todo, los ancianos que conservan la memoria de las cosas pasadas, y olvidan las veces que las han contado, son una compañía peligrosa; y he conocido historias de la boca de un hombre de gran calidad, por lo demás muy agradables en sí mismas, que se vuelven muy fastidiosas al ser repetidas cien veces una y otra vez a las mismas personas.

En segundo lugar, porque así me acuerdo menos de las injurias que he recibido, de modo que, como decían los antiguos [Cicerón, Pro Ligar, c. 12], debería tener un registro de injurias o un apuntador, como Darío, que, para no olvidar la ofensa que había recibido de los atenienses, cada vez que se sentaba a cenar, ordenaba a uno de sus pajes que le repitiera tres veces al oído: "Señor, acuérdate de los atenienses" [Herodes, v. 105.]- y entonces, de nuevo, los lugares que vuelvo a visitar, y los libros que vuelvo a leer, todavía me sonríen con una nueva novedad.

No sin razón se dice "que el que no tiene buena memoria no debe tomar nunca el oficio de mentir". Sé muy bien que los gramáticos [Nigidius, Aulus Gellius, xi. ii; Nonius, v. 80.] distinguen entre una falsedad y una mentira, y dicen que decir una falsedad es decir una cosa que es falsa, pero que nosotros mismos creemos que es verdadera; y que la definición de la palabra mentir en latín, de la que se ha tomado nuestro francés, es decir una cosa que sabemos en nuestra conciencia que es falsa; y es de esta última clase de mentirosos solamente de la que hablo ahora. Ahora bien, éstos, o bien inventan las falsedades que dicen, o bien alteran y disfrazan de tal manera una historia verdadera que termina en una mentira. Cuando disfrazan y alteran a menudo la misma historia, según su propia fantasía, les es muy difícil, en un momento u otro, escapar de ser atrapados, por razón de que la verdad real de la cosa, habiendo tomado primero posesión de la memoria, y estando allí alojada impresa por el medio del conocimiento y de la ciencia, será difícil que no se represente a sí misma a la imaginación, y que se cargue con la falsedad, que no puede tener allí un pie tan seguro y asentado como el otro; y las circunstancias del primer conocimiento verdadero siempre corriendo en sus mentes, serán aptas para hacerles olvidar aquellas que son ilegítimas, y sólo, forjadas por su propia fantasía. En lo que inventan totalmente, como no hay ninguna impresión contraria para empujar su invención, parece haber menos peligro de tropezar; y sin embargo, incluso esto, por ser un cuerpo vano y sin ningún asidero, es muy apto para escapar de la memoria, si no está bien asegurado. De lo cual tuve muy grata experiencia, a expensas de los que profesan sólo formar y acomodar su discurso al asunto que tienen entre manos, o al humor de las grandes gentes a quienes hablan; porque estando las circunstancias a que estos hombres se atienen para no esclavizar su fe y conciencia sujetas a varios cambios, su lenguaje debe variar en consecuencia: De donde resulta que de una misma cosa dicen a uno que es esto, y a otro que es aquello, dándole varios colores; los cuales hombres, si una vez llegan a conferir notas, y descubren el engaño, ¿qué es de este fino arte? A lo que puede añadirse que, por necesidad, tienen que hacer muy a menudo el ridículo, pues ¿qué memoria puede ser suficiente para retener tantas formas diferentes como han forjado sobre un mismo tema? He conocido a muchos en mi época muy ambiciosos de la reputación de este fino ingenio; pero no ven que si tienen la reputación de ella, el efecto no puede ser más.

A decir verdad, la mentira es un vicio maldito. No somos hombres, ni tenemos otro vínculo con los demás, sino por nuestra palabra. Si descubriéramos el horror y la gravedad de este vicio, lo perseguiríamos a sangre y fuego, y con más justicia que otros delitos. Veo que los padres comúnmente, y con bastante indiscreción, corrigen a sus hijos por pequeñas e inocentes faltas, y los atormentan por trucos gratuitos, que no tienen ni impresión ni consecuencia; mientras que, en mi opinión, la mentira solamente, y, lo que es de una forma algo más baja, la obstinación, son las faltas que deben ser severamente azotadas de ellos, tanto en su infancia como en su progreso, de lo contrario crecen y aumentan con ellos; y una vez que una lengua ha adquirido la destreza de la mentira, no es de imaginar cuán imposible es recuperarla; de ahí que veamos a algunos, que por lo demás son hombres muy honrados, tan sujetos y esclavizados a este vicio. Tengo un muchacho honesto en mi sastrería, a quien nunca conocí culpable de una sola verdad, no, cuando le había sido ventajosa. Si la falsedad tuviera, como la verdad, una sola cara, estaríamos en mejores condiciones, pues entonces daríamos por cierto lo contrario de lo que dice el mentiroso; pero el reverso de la verdad tiene cien mil formas, y un campo indefinido, sin límites ni fronteras. Los pitagóricos hacen que el bien sea cierto y finito, y el mal, infinito e incierto. Hay mil formas de errar el blanco, sólo hay una de acertarlo. Por mi parte, tengo este vicio en tan gran horror, que no estoy seguro de poder prevalecer con mi conciencia para asegurarme del más manifiesto y extremo peligro mediante una impúdica y solemne mentira. Un antiguo padre dice "que un perro que conocemos es mejor compañía que un hombre cuya lengua no entendemos".

"Ut externus alieno pene non sit hominis vice".

["Como un extranjero no puede decirse que nos supla el lugar de un hombre".

-Pliny, Nat. Hist. vii. I]

¿Y cuánto menos sociable es el falso hablar que el silencio?

El rey Francisco I se jactó de haber desconcertado por este medio a Francesco Taverna, embajador de Francesco Sforza, duque de Milán, hombre muy famoso por su ciencia al hablar en aquella época. Este caballero había sido enviado para excusar a su señor ante su Majestad sobre una cosa de muy gran importancia, que era la siguiente: el Rey, para mantener todavía alguna inteligencia con Italia, de la que había sido expulsado últimamente, y en particular con el ducado de Milán, había creído conveniente tener un caballero en su nombre para estar con ese Duque: un embajador en efecto, pero en apariencia privada que pretendía residir allí por sus asuntos particulares; porque el Duque, dependiendo mucho más del Emperador, especialmente en un momento en que estaba en un tratado de matrimonio con su sobrina, hija del Rey de Dinamarca, que ahora es viuda de Lorena, no podía manifestar ninguna práctica y conferencia con nosotros sin su gran interés. Para este encargo, un tal Merveille, caballero milanés, y ecuestre del Rey, fue enviado allí con credenciales privadas, e instrucciones como embajador, y con otras cartas de recomendación al Duque sobre sus propios asuntos privados, para enmascarar y colorear mejor el negocio; y estuvo tanto tiempo en esa corte, que el Emperador finalmente tuvo alguna idea de su verdadero empleo allí; lo cual fue la ocasión de lo que siguió después, como suponemos; que fue, que bajo el pretexto de algún asesinato, su juicio fue despachado en dos días, y su cabeza en la noche fue cortada en la prisión. Llegado Messire Francesco, y preparado con una larga historia falsa del asunto (pues el Rey se había dirigido a todos los príncipes de la Cristiandad, así como al propio Duque, para exigirle satisfacción), tuvo su audiencia en el consejo de la mañana; donde, después de haber expuesto, en apoyo de su causa, varias justificaciones plausibles del hecho de que su señor nunca había considerado a este Merveille más que como un caballero privado y su propio súbdito, que estaba allí sólo en orden a sus propios negocios, ni había vivido nunca bajo ningún otro aspecto; negando absolutamente que hubiera oído que era uno de la casa del Rey o que su Majestad lo conociera, tan lejos estaba de tomarlo por un embajador: El Rey, a su vez, presionándolo con varias objeciones y demandas, y desafiándolo por todos lados, lo hizo tropezar al final preguntando, ¿por qué, entonces, la ejecución se llevó a cabo de noche, y como si fuera a escondidas? A lo que el pobre y confundido embajador, para desentenderse mejor, respondió que el Duque, por respeto a su Majestad, no quería que tal ejecución se hiciera de día. Cualquiera puede adivinar si no fue bien valorado cuando volvió a casa, por haber tropezado tan groseramente en presencia de un príncipe de tan delicada nariz como el rey Francisco.

Habiendo enviado el Papa Julio II un embajador al Rey de Inglaterra para animarle contra el Rey Francisco, el embajador tuvo su audiencia, y el Rey, antes de dar una respuesta, insistió en las dificultades que encontraría para poner en marcha una preparación tan grande como sería necesaria para atacar a un Rey tan potente, y urgió algunas razones a tal efecto, el embajador replicó muy intempestivamente que él también había considerado las mismas dificultades, y se las había representado al Papa. De esta afirmación suya, tan directamente opuesta a la cosa propuesta y al negocio al que venía, que era incitarle inmediatamente a la guerra, el rey de Inglaterra dedujo primero el argumento (que después comprobó que era cierto) de que este embajador, en su propia mente, estaba del lado de los franceses; de lo cual, habiendo anunciado a su señor, su hacienda a su regreso a casa fue confiscada, y él mismo se salvó por muy poco de perder la cabeza.-[Erasmi Op. (1703), iv. col. 684.]

CAPÍTULO X—DEL HABLA RÁPIDA O LENTA

"Onc ne furent a touts toutes graces donnees".

["Todas las gracias nunca fueron dadas a un solo hombre" -Un verso

en uno de los Sonetos de La Brebis].

Así vemos en el don de la elocuencia, que algunos tienen tal facilidad y prontitud, y lo que llamamos un ingenio presente tan fácil, que siempre están listos en todas las ocasiones, y nunca son sorprendidos; y otros más pesados y lentos, nunca se aventuran a decir nada más que lo que han premeditado durante mucho tiempo, y se han tomado gran cuidado y cuidado para adaptarse y preparar.

Ahora bien, así como enseñamos a las jóvenes aquellos deportes y ejercicios que son más apropiados para resaltar la gracia y la belleza de aquellas partes en las que radica su mayor ornamento y perfección, así debería ser en estas dos ventajas de la elocuencia, a las que los abogados y predicadores de nuestra época parecen pretender principalmente. Si yo fuera digno de aconsejar, el orador lento, me parece que debería ser más apropiado para el púlpito, y el otro para la abogacía: y ello porque el empleo del primero le permite naturalmente todo el tiempo libre que pueda desear para prepararse, y además, su carrera se desarrolla en una línea uniforme e ininterrumpida, sin paradas ni interrupciones; mientras que el negocio y el interés del abogado le obligan a entrar en las listas en todas las ocasiones, y las inesperadas objeciones y réplicas de su parte adversa le sacan de su curso, y le ponen, al instante, a bombear para nuevas y extemporáneas respuestas y defensas. Sin embargo, en la entrevista entre el Papa Clemente y el Rey Francisco en Marsella, sucedió, muy al contrario, que el Señor Poyet, un hombre criado toda su vida en la abogacía, y de la más alta reputación por su elocuencia, teniendo el encargo de hacer la arenga al Papa, y habiéndola meditado tanto de antemano, como, según dicen, haberla traído ya hecha desde París; el mismo día en que debía pronunciarse, el Papa, temiendo que se dijera algo que pudiera ofender a los embajadores de los otros príncipes que estaban allí asistiendo a él, envió a dar a conocer al Rey el argumento que consideraba más adecuado para el momento y el lugar, pero, por casualidad, muy distinto al que el señor de Poyet se había esmerado tanto: por lo que el buen discurso que había preparado no sirvió de nada, y tuvo que idear otro al instante; lo que al verse incapaz de hacer, el cardenal du Bellay se vio obligado a desempeñar ese oficio. La parte del abogado es, sin duda, mucho más difícil que la del predicador; y sin embargo, en mi opinión, vemos más abogados pasables que predicadores, al menos en Francia. Debería parecer que la naturaleza del ingenio es tener su operación pronta y repentina, y la del juicio tenerla más deliberada y más lenta. Pero el que se queda totalmente callado, por falta de tiempo para prepararse a hablar bien, y aquel a quien el tiempo no beneficia para hablar mejor, son igualmente infelices.

Se dice de Severo Casio que hablaba mejor extemporáneamente, que estaba más obligado a la fortuna que a su propia diligencia; que le era ventajoso que le interrumpieran al hablar, y que sus adversarios temían orillarle, no fuera que su ira redoblara su elocuencia. Conozco, experimentalmente, la disposición de la naturaleza, tan impaciente por la premeditación tediosa y elaborada, que si no se pone a trabajar franca y alegremente, no puede realizar nada a propósito. De algunas composiciones decimos que apestan a aceite y a lámpara, a causa de una cierta aspereza que la manipulación laboriosa imprime en las que se ha empleado. Pero además de esto, la preocupación de hacer bien, y un cierto esfuerzo y contención de una mente demasiado tensa y empeñada en su empresa, se rompe y se obstaculiza como el agua, que por la fuerza de su propia violencia y abundancia, no puede encontrar una salida fácil a través del cuello de una botella o una esclusa estrecha. En esta condición de la naturaleza, de la que estoy hablando ahora, hay también esto, que no sería desordenada y estimulada con tales pasiones como la furia de Casio (porque tal movimiento sería demasiado violento y grosero); no sería empujada, sino solicitada; sería despertada y calentada por ocasiones inesperadas, repentinas y accidentales. Si se le deja solo, flaquea y languidece; la agitación sólo le da gracia y vigor. El accidente tiene más derecho que yo a cualquier cosa que provenga de mí; la ocasión, la compañía, e incluso la misma subida y bajada de mi propia voz, extraen más de mi fantasía de lo que puedo encontrar cuando la hago sonar y la empleo por mí mismo. Por lo cual, las cosas que digo son mejores que las que escribo, si se prefiere cualquiera de ellas, cuando ninguna vale nada. También me sucede esto, que no me encuentro donde me busco, y doy con las cosas más por casualidad que por cualquier inquisición de mi propio juicio. Tal vez a veces doy con algo cuando escribo, que me parece pintoresco y alegre, aunque a otro le parecerá aburrido y pesado; pero dejemos estos bellos elogios; cada uno habla de sí mismo según su talento. Pero cuando vengo a hablar, ya estoy tan perdido que no sé lo que iba a decir, y en tales casos un extraño suele descubrirlo antes que yo. Si hiciese borrón y cuenta nueva tan a menudo como me ocurre este inconveniente, haría un trabajo limpio; la ocasión, en otro momento, me lo dejará tan visible como la luz, y me hará preguntarme a qué debo atenerme.

CAPÍTULO XI—DE LOS PRONÓSTICOS

Por lo que respecta a los oráculos, es cierto que un buen tiempo antes de la venida de Jesucristo habían comenzado a perder su crédito; pues vemos que Cicerón se preocupó por averiguar la causa de su decadencia, y tiene estas palabras:

"Cur isto modo jam oracula Delphis non eduntur,

non modo nostro aetate, sed jam diu; ut nihil

possit esse contemptius?"

["¿Cuál es la razón por la que los oráculos de Delfos ya no son

ya no se pronuncian: no sólo en esta época nuestra, sino desde hace mucho tiempo,

de modo que nada es más despreciable".

-Cicerón, De Divin., ii. 57.]

Pero en cuanto a los otros pronósticos, calculados a partir de la anatomía de las bestias en los sacrificios (a cuyo fin Platón atribuye, en parte, la constitución natural de los intestinos de las propias bestias), el raspado de las aves de corral, el vuelo de las aves-

"Aves quasdam . . . rerum augurandarum

causa natas esse putamus".

["Creemos que algunas clases de pájaros son creados a propósito para servir

Cicerón, De Natura Deor., ii. 64.]

los truenos, el desbordamiento de los ríos...

"Multa cernunt Aruspices, multa Augures provident,

multa oraculis declarantur, multa vaticinationibus,

multa somniis, multa portentis".

["Los Arúspices disciernen muchas cosas, los Augures prevén muchas cosas,

muchas cosas son anunciadas por oráculos, muchas por vaticinios, muchas por

Cicerón, De Natura Deor., ii. 65].

-y otros de la misma naturaleza, sobre los cuales la antigüedad fundó la mayoría de sus empresas públicas y privadas, nuestra religión los ha abolido totalmente. Y aunque todavía quedan entre nosotros algunas prácticas de adivinación a partir de las estrellas, de los espíritus, de las formas y complexiones de los hombres, de los sueños y similares (un ejemplo notable de la salvaje curiosidad de nuestra naturaleza por captar y anticipar las cosas futuras, como si no tuviéramos bastante con digerir el presente)

"Cur hanc tibi, rector Olympi,

Sollicitis visum mortalibus addere curam,

Noscant venturas ut dira per omina clades...

Sit subitum, quodcumque paras; sit coeca futuri

Mens hominum fati, liceat sperare timenti".

["¿Por qué, soberano del Olimpo, has creído conveniente añadir a los ansiosos mortales

añadir este cuidado, para que sepan por, presagios la futura matanza?...

Que lo que preparas sea repentino. Que la mente de los hombres sea

ciega al destino que le espera; que se permita a los tímidos esperar".

-Lucano, ii. 14]

"Ne utile quidem est scire quid futurum sit;

miserum est enim, nihil proficientem angi,"

["Es inútil saber lo que va a suceder; es una cosa miserable

cosa miserable ser atormentado sin propósito".

-Cicerón, De Natura Deor., iii. 6.]

Sin embargo, ahora tienen mucha menos autoridad que antes. Lo que hace mucho más notable el ejemplo de Francesco, marqués de Saluzzo, que siendo teniente del rey Francisco I. en su ejército ultramontano, infinitamente favorecido y estimado en nuestra corte, y obligado a la generosidad del rey por el propio marquesado, que había sido perdido por su hermano; y en cuanto a lo demás, no habiéndosele dado ninguna clase de provocación para hacerlo, y hasta su propio afecto oponiéndose a tal deslealtad, se dejó aterrorizar tanto, como se informó confiadamente, con los buenos pronósticos que se difundieron por todas partes a favor del emperador Carlos V., y para nuestra desventaja (especialmente en Italia, donde estas necias profecías fueron tan creídas, que en Roma se aventuraron grandes sumas de dinero a la vuelta de mayores, cuando los pronósticos se cumplieron, tan seguros de nuestra ruina), que, habiendo lamentado a menudo, a sus conocidos más íntimos, los males que veía que caerían inevitablemente sobre la Corona de Francia y los amigos que tenía en esa corte, se rebeló y se volvió al otro lado; para su propia desgracia, sin embargo, sea cual sea la constelación que gobierne en ese momento. Pero se comportó en este asunto como un hombre agitado por diversas pasiones; pues teniendo en sus manos ciudades y fuerzas, el ejército enemigo al mando de Antonio de Leyva cerca de él, y sin que nosotros sospecháramos en absoluto de su designio, hubiera estado en su mano hacer más de lo que hizo; pues no perdimos hombres por esta infidelidad suya, ni ninguna ciudad, sino sólo Fossano, y eso después de un largo asedio y una valiente defensa.

"Prudens futuri temporis exitum

Caliginosa nocte premit Deus,

Ridetque, si mortalis ultra

Fas trepidat".

["Un Dios sabio cubre con la noche espesa el camino del futuro, y

se ríe del hombre que se alarma sin razón".

-Hor., Od., iii. 29.]

"Ille potens sui

Laetusque deget, cui licet in diem

Dixisse vixi! cras vel atra

Nube polum pater occupato,

Vel sole puro".

["Vive feliz y dueño de sí mismo quien puede decir al pasar cada día

que puede decir cada día: "He vivido", ya sea que mañana nuestro Padre nos dé

Hor., Od., iii. 29].

"Laetus in praesens animus; quod ultra est,

Oderit curare".

["Una mente feliz, alegre en el estado presente, tendrá buen cuidado

no pensar en lo que está más allá de él" -Ibid., ii. 25].

Y los que toman esta frase en sentido contrario la interpretan mal:

"Ista sic reciprocantur, ut et si divinatio sit,

dii sint; et si dii lint, sit divinatio".

["Estas cosas son tan recíprocas que si hay adivinación

si hay adivinación, debe haber deidades; y si hay deidades, adivinación" -Cicerón, De

Divin., i. 6.]

Mucho más sabiamente Pacuvius-

"Nam istis, qui linguam avium intelligunt,

Plusque ex alieno jecore sapiunt, quam ex suo,

Magis audiendum, quam auscultandum, censeo".

["En cuanto a los que entienden el lenguaje de las aves, y que más bien

consultar los hígados de los animales que no son los suyos, prefiero

oírlos que atenderlos".

-Cicerón, De Divin., i. 57, ex Pacuvio]

El tan célebre arte de la adivinación entre los toscanos tuvo su comienzo así: Un labrador, golpeando la tierra con su cizalla, vio ascender al semidiós Tages, con un aspecto infantil, pero dotado de una sabiduría madura y senil. Al oír el rumor, todo el pueblo corrió a ver el espectáculo, y sus palabras y su ciencia, que contenían los principios y los medios para alcanzar este arte, fueron grabadas y conservadas durante muchas épocas [Cicerón, De Devina, ii. 23]-Un nacimiento adecuado a su progreso; yo, por mi parte, preferiría regular mis asuntos por el azar de un dado que por sueños tan vanos y ociosos. Y, en efecto, en todas las repúblicas, una buena parte del gobierno se ha remitido siempre al azar. Platón, en el régimen civil que modela según su propia fantasía, deja a ésta la decisión de varias cosas de gran importancia, y quiere, entre otras cosas, que los matrimonios sean designados por sorteo; atribuyendo tan gran importancia a esta elección accidental como para ordenar que los hijos engendrados en tal matrimonio sean criados en el país, y los engendrados en cualquier otro sean expulsados como espurios y viles; Sin embargo, si alguno de esos exiliados, a pesar de todo, diera alguna buena esperanza de sí mismo al crecer, podría ser devuelto, así como también que los que habían sido retenidos fueran exiliados, en caso de que dieran pocas expectativas de sí mismos en su crecimiento temprano.

Veo a algunos que son muy dados a estudiar y comentar sus almanaques, y nos los presentan como una autoridad cuando algo ha caído en saco roto; y, por lo mismo, no es posible sino que estas supuestas autoridades tropiecen a veces con una verdad entre un número infinito de mentiras.

"Quis est enim, qui totum diem jaculans

non aliquando collineet?"

["Pues ¿quién dispara todo el día a las colillas que no acierta a veces con el

blanco?" -Cicerón, De Divin., ii. 59.]

Nunca pienso que sean mejores por algún golpe accidental de este tipo. Habría más certeza en ello si hubiera una regla y una verdad de mentir siempre. Además, nadie registra sus flimflams y falsos pronósticos, ya que son infinitos y comunes; pero si pican en una verdad, eso lleva un informe poderoso, por ser raro, increíble y prodigioso. Así respondió Diógenes, apellidado el Ateo, en Samotracia, que, mostrándole en el templo las diversas ofrendas e historias en pintura de los que habían escapado del naufragio, le dijo: "Mira, tú que piensas que los dioses no tienen cuidado de las cosas humanas, ¿qué dices de tantas personas preservadas de la muerte por su especial favor?". "Pues digo", respondió él, "que no están aquí sus cuadros que fueron arrojados, que son por mucho el mayor número" -[Cicerón, De Natura Deor., i. 37.]

Cicerón observa que de todos los filósofos que han reconocido una deidad, sólo Jenófanes el Colofónico se ha esforzado por erradicar todo tipo de adivinación -[Cicerón, De Divin., i. 3.]-; lo que hace menos sorprendente que de vez en cuando hayamos visto a algunos de nuestros príncipes, a veces a su costa, confiar demasiado en estas vanidades. Yo hubiera dado cualquier cosa con mis propios ojos para ver esas dos grandes maravillas, el libro de Joaquín el abad calabrés, que predijo todos los futuros Papas, sus nombres y cualidades; y el del emperador León, que profetizó todos los emperadores y patriarcas de Grecia. De esto he sido testigo ocular, de que en las confusiones públicas, los hombres asombrados de su fortuna, han abandonado su propia razón, supersticiosamente para buscar en las estrellas las antiguas causas y amenazas de los percances presentes, y en mi tiempo han tenido un éxito tan extraño en ello, que me hace creer que siendo ésta una diversión de ingenios agudos y volátiles, los que han sido versados en esta maña de desvelar y desatar acertijos, son capaces, en cualquier clase de escritura, de averiguar lo que desean. Pero, sobre todo, lo que más espacio les da para jugar es el galimatías oscuro, ambiguo y fantástico de la cantinela profética, donde sus autores no entregan nada de sentido claro, sino que lo envuelven todo en un enigma, con el fin de que la posteridad pueda interpretarlo y aplicarlo según su propia fantasía.

El demonio de Sócrates tal vez no sea otra cosa que un cierto impulso de la voluntad, que se le impuso sin el consejo o el consentimiento de su juicio; y en un alma tan iluminada como la suya, y tan preparada por un continuo ejercicio de la sabiduría y la virtud, es de suponer que esas inclinaciones suyas, aunque repentinas y no digeridas, eran muy importantes y dignas de ser seguidas. Todo el mundo encuentra en sí mismo alguna imagen de tales agitaciones, de una opinión pronta, vehemente y fortuita; y bien puedo concederles alguna autoridad, que atribuyen tan poco a nuestra prudencia, y que también yo mismo he tenido algunas, débiles de razón, pero violentas de persuasión y disuasión, que fueron muy frecuentes con Sócrates,-[Platón, en su relato de Teágenes el Pitagórico]-por las que me he dejado llevar tan afortunadamente, y tan a mi favor, que se podría haber juzgado que tenían algo de inspiración divina.

CAPÍTULO XII—DE LA CONSTANCIA

La ley de la resolución y la constancia no implica que no debamos, en la medida en que esté en nosotros, declinar y asegurarnos de los males e inconvenientes que nos amenazan; ni, por consiguiente, que no debamos temer que nos sorprendan: Por el contrario, todos los modos y medios decentes y honestos de protegernos de los daños, no sólo están permitidos, sino que además son encomiables, y el negocio de la constancia consiste principalmente en resistir con valentía y sufrir con firmeza los inconvenientes que no se pueden evitar. De modo que no hay ningún movimiento flexible del cuerpo, ni ningún movimiento en el manejo de las armas, por irregular o poco agraciado que sea, que debamos condenar, si sirven para protegernos del golpe que se nos da.

Varias naciones muy belicosas han hecho uso de una forma de lucha en retirada y volando como algo de singular ventaja, y, al hacerlo, han hecho que sus espaldas sean más peligrosas para sus enemigos que sus rostros. De este tipo de lucha los turcos todavía conservan algo en su práctica de las armas; y Sócrates, en Platón, se ríe de Lachés, que había definido la fortaleza como el mantenerse firme en las filas contra el enemigo. "¿Qué?", dice, "¿sería, entonces, una reputada cobardía vencerlos cediendo terreno?" instando, al mismo tiempo, a la autoridad de Homero, que encomienda en AEneas la ciencia de la huida. Y mientras que Lachés, considerándolo mejor, admite la práctica en cuanto a los escitas, y, en general, toda la caballería, lo ataca de nuevo con el ejemplo de los pies lacedemonios -una nación de todas las demás la más obstinada en mantener su terreno- que, en la batalla de Platea, al no poder irrumpir en la falange persa, pensaron en dispersarse y retirarse, para que al suponer el enemigo que huían, pudieran romper y desunir aquel vasto cuerpo de hombres en la persecución, y con esa estratagema obtuvieron la victoria.

En cuanto a los escitas, se dice de ellos que, cuando Darío emprendió su expedición para someterlos, envió, por medio de un heraldo, un gran reproche a su rey, que siempre se retiraba antes que él y declinaba una batalla; a lo que Idanthyrses,-[Herod, iv. 127.]-pues ese era su nombre, respondió que no lo hacía por miedo a él, ni a ningún hombre vivo, sino que era la forma de marchar en la práctica con su nación, que no tenía campos cultivados, ni ciudades, ni casas que defender, ni temía que el enemigo sacara alguna ventaja, sino que si tenía tal estómago para luchar, que viniera a ver sus antiguos lugares de sepultura, y allí se saciaría.

Sin embargo, en lo que respecta a los disparos de cañón, cuando un cuerpo de hombres se encuentra frente a un tren de artillería, como a menudo lo requiere la ocasión de la guerra, es poco elegante abandonar su puesto para evitar el peligro, ya que debido a su violencia y rapidez lo consideramos inevitable; y muchos de ellos, al agacharse, hacerse a un lado, y otros movimientos de miedo, han sido, en todo caso, suficientemente reídos por sus compañeros. Y sin embargo, en la expedición que el emperador Carlos V. que el emperador Carlos V hizo contra nosotros en la Provenza, el marqués de Guast fue a reconocer la ciudad de Arles, y avanzando desde la cubierta de un molino de viento, a favor del cual había hecho su aproximación, fue percibido por los señores de Bonneval y el senescal de Agenois, que estaban caminando en el "teatro aux ayenes"; que habiéndole mostrado al Sieur de Villiers, comisario de artillería, apuntó tan admirablemente bien un culverin, y lo dirigió tan exactamente contra él, que si el Marqués, al ver el fuego que se le daba, no se hubiera deslizado a un lado, se concluyó ciertamente que el disparo le había dado de lleno en el cuerpo. Y, del mismo modo, algunos años antes, Lorenzo de' Medici, duque de Urbino y padre de la reina-madre -[Catalina de' Medici, madre de Enrique III]-, sitiando Mondolfo, un lugar en los territorios del Vicariato en Italia, al ver que el cañonero daba fuego a una pieza que apuntaba directamente contra él, fue bueno para él que se agachara, porque de lo contrario el disparo, que sólo arrasó la parte superior de su cabeza, sin duda le habría dado de lleno en el pecho. A decir verdad, no creo que estas evasiones se realicen a cuenta del juicio; porque ¿cómo puede un hombre vivo juzgar la alta o baja puntería en una ocasión tan repentina? Y es mucho más fácil creer que la fortuna favoreció su aprehensión, y que podría ser tan bueno en otro momento hacerles enfrentar el peligro, como tratar de evitarlo. Por mi parte, confieso que no puedo evitar sobresaltarme cuando el traqueteo de un arcabuz retumba en mis oídos de repente, y en un lugar donde no debo esperarlo, lo que también he observado en otros, compañeros más valientes que yo.

Tampoco pretenden los estoicos que el alma de su filósofo tenga que estar a prueba de las primeras visiones y fantasías que le sorprenden; sino que, en cuanto a una sujeción natural, consienten que se estremezca ante el terrible ruido de un trueno, o el repentino estruendo de alguna ruina que cae, y se asuste hasta palidecer y convulsionarse; y así en las demás pasiones, siempre que su juicio permanezca sano y entero, y que la sede de su razón no sufra conmoción ni alteración, y que no ceda a su espanto y desconcierto. Para el que no es filósofo, el susto es lo mismo en la primera parte, pero otra cosa muy distinta en la segunda; porque la impresión de las pasiones no permanece superficialmente en él, sino que penetra más allá, hasta la misma sede de la razón, infectándola y corrompiéndola, de modo que juzga según su miedo, y conforma su conducta a él. En este verso se puede ver el verdadero estado del sabio estoico erudita y llanamente expresado:-

"Mens immota manet; lachrymae volvuntur inanes".

["Aunque las lágrimas fluyan, la mente permanece impasible".

-Virgilio, AEneida, iv. 449]

El sabio peripatético no se exime totalmente de las perturbaciones de la mente, pero las modera.

CAPÍTULO XIII—LA CEREMONIA DE LA ENTREVISTA DE LOS PRÍNCIPES

No hay tema tan frívolo que no merezca un lugar en esta rapsodia. Según nuestra norma común de urbanidad, sería una notable afrenta a un igual, y mucho más a un superior, dejar de estar en su casa cuando le ha avisado que vendrá a visitarla. Más aún, la reina Margarita de Navarra añade que sería una descortesía en un caballero salir, como solemos hacer, a recibir a cualquiera que venga a verle, sea de la condición que sea; y que es más respetuoso y más cortés quedarse en casa para recibirle, aunque sólo sea por perderle en el camino, y que basta con recibirle en la puerta y esperarle. Por mi parte, que por mucho que me esfuerce en reducir las ceremonias de mi casa, me olvido muy a menudo tanto de uno como de otro de estos vanos oficios. Si, por ventura, alguien puede ofenderse por esto, no puedo evitarlo; es mucho mejor ofenderlo una vez que a mí mismo todos los días, pues sería una esclavitud perpetua. ¿Con qué fin evitamos la asistencia servil a los tribunales, si llevamos la misma molestia a nuestras casas particulares? También es una regla común en todas las asambleas, que los de menor calidad deben ser los primeros en llegar al lugar, por la razón de que es más debido a los de mejor clase hacer que los demás esperen y aguarden.

Sin embargo, en la entrevista entre el Papa Clemente y el Rey Francisco en Marsella, -[en 1533]- el Rey, después de haber ordenado los preparativos necesarios para su recepción y entretenimiento, se retiró de la ciudad, y dio al Papa dos o tres días de descanso para su entrada, y para descansar y refrescarse, antes de venir a él. Y de la misma manera, en la asignación del Papa y el Emperador, -[Carlos V. en 1532. en Bolonia, el Emperador dio al Papa la oportunidad de ir primero, y vino él mismo después; por lo que la razón dada fue ésta, que en todas las entrevistas de tales príncipes, el mayor debe ser el primero en el lugar designado, especialmente antes que el otro en cuyos territorios se ha designado la entrevista, dando a entender así una especie de deferencia hacia el otro, pareciendo apropiado que el menor busque y se aplique al mayor, y no el mayor a ellos.

No sólo cada país, sino cada ciudad y cada sociedad tiene sus formas particulares de urbanidad. En mi educación se tuvo bastante cuidado con esto, y he vivido en buena compañía lo suficiente como para conocer las formalidades de nuestra propia nación, y soy capaz de dar lecciones de ello. Me gusta seguirlas, pero no estar tan servilmente atado a su observación que toda mi vida deba ser esclava de las ceremonias, de las cuales hay algunas tan molestas que, siempre que un hombre las omita por discreción, y no por falta de crianza, será todo lo bello que sea. He visto a algunas personas groseras, por ser demasiado cívicas y molestas en su cortesía.

Sin embargo, salvo estos excesos, el conocimiento de la cortesía y los buenos modales es un estudio muy necesario. Es, como la gracia y la belleza, lo que engendra la simpatía y la inclinación a quererse a primera vista, y en el mismo comienzo de la relación; y, por consiguiente, lo que primero nos abre la puerta y nos incita a instruirnos con el ejemplo de los demás, y a dar ejemplos nosotros mismos, si tenemos alguno que merezca ser tenido en cuenta y comunicado.

CAPÍTULO XIV—QUE LOS HOMBRES SON JUSTAMENTE CASTIGADOS POR OBSTINARSE EN LA DEFENSA DE UNA FORTALEZA QUE NO ESTÁ EN RAZÓN DE SER DEFENDIDA

El valor tiene sus límites, así como otras virtudes, que, una vez transgredidas, el siguiente paso es hacia los territorios del vicio; de modo que teniendo una proporción demasiado grande de esta virtud heroica, a menos que un hombre sea muy perfecto en sus límites, que en los confines son muy difíciles de discernir, puede muy fácilmente correr sin darse cuenta hacia la temeridad, la obstinación y la locura. De esta consideración se deriva la costumbre, en tiempos de guerra, de castigar, incluso con la muerte, a los que se obstinan en defender un lugar que, según las reglas de la guerra, no es defendible; de lo contrario, los hombres estarían tan confiados en la esperanza de la impunidad, que ni un solo gallinero se resistiría y trataría de detener a un ejército.

El condestable Monsieur de Montmorenci, habiendo recibido en el sitio de Pavía la orden de pasar el Ticino, y de instalarse en el Faubourg St. Antonio, siendo obstaculizado por una torre al final del puente, que era tan obstinada como para soportar una batería, colgó a todos los hombres que encontró dentro de ella por su trabajo. Y también, acompañando al Delfín en su expedición más allá de los Alpes, y tomando el castillo de Villano por asalto, y siendo todos dentro de él pasados a cuchillo por la furia de los soldados, exceptuando únicamente al gobernador y a su alférez, hizo que ambos fueran atados por la misma razón; como también lo hizo el capitán Martín du Bellay, entonces gobernador de Turín, con el gobernador de San Buono, en el mismo país, habiendo sido toda su gente despedazada en la toma del lugar.

Pero como la fuerza o la debilidad de una fortaleza se mide siempre por la estimación y contrapeso de las fuerzas que la atacan -pues un hombre puede despreciar razonablemente dos culverines, que sería un loco para soportar una batería de treinta piezas de cañón-, donde también se ponen en la balanza la grandeza del príncipe que domina el campo, su reputación y el respeto que se le debe, existe el peligro de que la balanza se presione demasiado en esa dirección. Y puede suceder que un hombre esté poseído de una opinión tan grande de sí mismo y de su poder, que pensando que no es razonable que ningún lugar se atreva a cerrarle las puertas, pase todo a la espada donde encuentre cualquier oposición, mientras su fortuna continúe; como es evidente en las formas feroces y arrogantes de convocar a las ciudades y denunciar la guerra, que saben tanto a orgullo e insolencia bárbara, en uso entre los príncipes orientales, y que sus sucesores hasta el día de hoy todavía conservan y practican. Y en aquella parte del mundo donde los portugueses sometieron a los indios, encontraron algunos estados donde era ley universal e inviolable entre ellos que todo enemigo vencido por el rey en persona, o por su lugarteniente, quedaba fuera de la composición.

Así que, por encima de todo, tanto del rescate como de la misericordia, un hombre debe cuidarse, si puede, de caer en manos de un juez enemigo y victorioso.

CAPÍTULO XV—DEL CASTIGO DE LA COBARDÍA

Oí una vez que a un príncipe, y gran capitán, se le narró, mientras estaba sentado a la mesa, el proceso contra el señor de Vervins, condenado a muerte por haber rendido Boulogne a los ingleses, -[A Enrique VIII, en 1544]- sosteniendo abiertamente que un soldado no podía ser justamente condenado a muerte por falta de valor. Y, en verdad, es razonable que un hombre haga una gran diferencia entre las faltas que sólo proceden de la enfermedad y las que son efectos visibles de la traición y la malicia, pues en las últimas actuamos en contra de las reglas de la razón que la naturaleza ha impreso en nosotros, mientras que en las primeras parece que podríamos producir la misma naturaleza, que nos dejó en tal estado de imperfección y debilidad de valor, para nuestra justificación. Hasta el punto de que muchos han pensado que no somos justamente cuestionables por nada más que por lo que cometemos contra nuestra conciencia; y es en parte en esta regla en la que se basan quienes desaprueban las penas capitales o sanguinarias infligidas a los herejes y a los infieles; y también los que defienden que un juez no es responsable por haber fallado por mera ignorancia en su administración.

Pero en cuanto a la cobardía, es cierto que el modo más habitual de castigarla es la ignominia, y se supone que esta práctica fue puesta en uso por el legislador Charondas; y que, antes de su tiempo, las leyes de Grecia castigaban con la muerte a los que huían de una batalla; mientras que él sólo ordenó que fueran expuestos durante tres días en público vestidos con ropas de mujer, esperando aún algún servicio de ellos, habiendo despertado su valor por esta abierta vergüenza:

"Suffundere malis homims sanguinem, quam effundere".

["Antes de llevar la sangre a la mejilla de un hombre que dejarla salir de su

cuerpo". Tertuliano en su Apologética].

También parece que las leyes romanas castigaban antiguamente con la muerte a los que se habían fugado; pues Ammiano Marcelino dice que el emperador Juliano ordenó que diez de sus soldados, que habían dado la espalda en un encuentro contra los partos, fueran primero degradados y después condenados a muerte, de acuerdo, dice, con las leyes antiguas,-[Ammiano Marcelino, xxiv. 4; xxv. i.]- y, sin embargo, en otros lugares, por el mismo delito, sólo condenó a otros a permanecer entre los prisioneros bajo la enseña del equipaje. El severo castigo que el pueblo de Roma infligió a los que huyeron de la batalla de Cannae, y a los que huyeron con Eneio Fulvio en su derrota, no llegó hasta la muerte. Sin embargo, creo que es de temer que la desgracia haga que tales delincuentes se desesperen y no sólo pierdan amigos, sino también enemigos.

De reciente memoria, [en 1523] el señor de Frauget, teniente de la compañía del mariscal de Chatillon, habiendo sido puesto por el mariscal de Chabannes en el gobierno de Fuentarabia en lugar del señor de Lude, y habiéndola rendido al español, fue condenado por ello a ser degradado de toda nobleza, y tanto él como su posteridad declarados innobles, tributarios, e incapaces para siempre de portar armas, cuya severa sentencia fue ejecutada posteriormente en Lyon. -[En 1536] -Y, desde entonces, todos los caballeros que estaban en Guisa cuando el Conde de Nassau entró en ella, sufrieron el mismo castigo, como varios otros lo han hecho desde entonces por la misma ofensa. Sin embargo, en caso de una ignorancia o cobardía tan manifiesta que excede todo ejemplo ordinario, no es sino razón para tomarla como prueba suficiente de traición y malicia, y para que tal sea castigada.

CAPITULO XVI - PROCEDIMIENTO DE ALGUNOS EMBAJADORES

Observo en mis viajes esta costumbre, de aprender siempre algo de la información de aquellos con quienes converso (que es la mejor escuela de todas las demás), y de poner mi compañía en aquellos temas de los que son más capaces de hablar:-.

"Basti al nocchiero ragionar de' venti,

Al bifolco dei tori; et le sue piaghe

Conti'l guerrier; conti'l pastor gli armenti".

["Que el marinero se contente con hablar de los vientos; el

el vaquero de sus bueyes; el soldado de sus heridas; el pastor de sus rebaños".

Una traducción italiana de Propercio, ii. i, 43].

Porque a menudo sucede que, por el contrario, cada uno prefiere hablar de la provincia de otro hombre que de la suya propia, pensando que se trata de una nueva reputación adquirida; véase la burla que Archidamus hizo a Pertander, "que había dejado la gloria de ser un excelente médico para ganar la reputación de un muy mal poeta". -Y no hay más que observar cuán grande y amplio es César para hacernos comprender sus invenciones de construir puentes y concebir máquinas de guerra, [De Bello Gall, iv. 17.]-y qué sucinto y reservado en comparación, cuando habla de los oficios de su profesión, de su propio valor y de la conducta militar. Sus hazañas demuestran suficientemente que era un gran capitán, y que sabía lo suficiente; pero además se le consideraría un excelente ingeniero; una cualidad algo diferente, y que no era necesario esperar en él. El anciano Dionisio fue un gran capitán, como correspondía a su fortuna; pero se esforzó mucho por conseguir una reputación particular mediante la poesía, y sin embargo nunca estuvo hecho para ser poeta. Un hombre de la profesión de abogado, que no hace mucho tiempo fue llevado a ver un estudio amueblado con toda clase de libros, tanto de su propia facultad como de todas las demás, no tuvo ocasión de entretenerse con ninguno de ellos, sino que se dedicó muy grosera y magistralmente a descifrar una barricada colocada en la escalera de caracol ante la puerta del estudio, cosa que cien capitanes y soldados comunes ven todos los días sin hacer caso ni ofenderse.

"Optat ephippia bos piger, optat arare caballus".

["El buey perezoso desea una silla de montar y una brida; el caballo quiere

El buey perezoso desea una silla de montar y una brida; el caballo quiere arar" -Hor., Ep., i. 14,43.]

Por este camino el hombre nunca se mejorará a sí mismo, ni llegará a ninguna perfección en nada. Por lo tanto, debe ocuparse siempre de poner al arquitecto, al pintor, al estatuario, a todo artesano mecánico, en el discurso de sus propias capacidades.

Y, con este propósito, al leer historias, que es el tema de todos, suelo considerar qué clase de hombres son los autores: si son personas que no profesan más que las meras letras, observo y aprendo de ellas principalmente el estilo y el lenguaje; si son médicos, me inclino a dar crédito a lo que informan de la temperatura del aire, de la salud y el cutis de los príncipes, de las heridas y las enfermedades; si son abogados, debemos tomar nota de las controversias sobre los derechos y los perjuicios, el establecimiento de las leyes y el gobierno civil, y cosas similares; Si se trata de sacerdotes, los asuntos de la Iglesia, las censuras eclesiásticas, los matrimonios y las dispensas; si se trata de cortesanos, los modales y las ceremonias; si se trata de soldados, las cosas que pertenecen propiamente a su oficio y, principalmente, los relatos de las acciones y las empresas en las que estuvieron comprometidos personalmente; si se trata de embajadores, debemos observar las negociaciones, las inteligencias y las prácticas, y la manera en que deben llevarse a cabo.

Y esta es la razón por la que (que tal vez debería haber pasado ligeramente por alto en otra) me detuve y consideré con madurez un pasaje de la historia escrita por el señor de Langey, un hombre de muy gran juicio en cosas de esa naturaleza: después de haber dado una narración de la buena oratoria que Carlos V. había hecho en el Consistorio de Roma, y en presencia del Obispo de Macon y del Señor du Velly, nuestros embajadores allí, donde había mezclado varias expresiones injuriosas para la deshonra de nuestra nación; y entre otras, "que si sus capitanes y soldados no fueran hombres de otra clase de fidelidad, resolución y suficiencia en el conocimiento de las armas que los del Rey, iría inmediatamente con una soga al cuello y le pediría clemencia" (y debe parecer que el Emperador tenía realmente esta, o una opinión muy poco mejor de nuestros militares, porque después, dos o tres veces en su vida, dijo la misma cosa); como también, que desafió al Rey a luchar contra él en su camisa con estoque y punzón en un barco. El citado señor de Langey, prosiguiendo su historia, añade que los citados embajadores, al enviar un despacho al Rey de estas cosas, ocultaron la mayor parte, y en particular los dos últimos pasajes. Ante lo cual no pude menos que asombrarme de que estuviera en poder de un embajador prescindir de cualquier cosa que debiera significar a su señor, especialmente de tan gran importancia como ésta, viniendo de la boca de tal persona, y hablada en tan gran asamblea; y más bien debería concebir que hubiera sido el deber del sirviente haberle representado fielmente todo el asunto tal como pasó, con el fin de que la libertad de seleccionar, disponer, juzgar y concluir hubiera permanecido en él: pues ocultar o disimular la verdad por temor a que la tomara de otra manera que la debida, y para que no le indujera a alguna resolución extravagante, y, entretanto, dejarle ignorante de sus asuntos, me parece que debería pertenecer más bien a quien ha de dar la ley que a quien sólo ha de recibirla; a quien tiene el mando supremo, y no a quien debe considerarse inferior, no sólo en autoridad, sino también en prudencia y buen consejo. Yo, por mi parte, no quisiera ser atendido así en mis pequeñas preocupaciones.

Estamos tan dispuestos a deslizar el collar de mando bajo cualquier pretexto, y estamos tan dispuestos a usurpar sobre el dominio, cada uno aspira naturalmente a la libertad y al poder, que ninguna utilidad derivada del ingenio o del valor de los que emplea debería ser tan apreciada por un superior como una obediencia franca y sincera. Obedecer más por entendimiento que por sujeción, es corromper el oficio de mando -[Tomado de Aulo Gellio, i. 13.]-; de tal manera que P. Craso, el mismo a quien los romanos reputaban cinco veces feliz, en el tiempo en que era cónsul en Asia, habiendo enviado a un ingeniero griego a hacer que le trajeran el mayor de los dos mástiles de barcos de los que se había dado cuenta en Atenas, para que se empleara en una máquina de batería que tenía el propósito de hacer; el otro, presumiendo de su propia ciencia y suficiencia en esos asuntos, pensó que debía hacer lo contrario de lo indicado, y traer el menor, que, según las reglas del arte, era realmente más apropiado para el uso al que estaba destinado; pero Craso, aunque escuchó sus razones con gran paciencia, no quiso, sin embargo, aceptarlas, por muy sólidas o convincentes que fueran, para la paga corriente, sino que hizo que le azotaran bien por sus esfuerzos, valorando el interés de la disciplina mucho más que el de la obra en cuestión.

No obstante, podemos considerar, por otro lado, que una obediencia tan precisa e implícita como ésta sólo se debe a órdenes positivas y limitadas. El empleo de los embajadores nunca es tan limitado, ya que muchas cosas en su gestión de los asuntos están totalmente referidas a la soberanía absoluta de su propia conducta; no se limitan a ejecutar, sino que también, a su propia discreción y sabiduría, forman y modelan el placer de su amo. En mis tiempos, he conocido a hombres de mando que han sido revisados por haber obedecido más bien a las palabras expresas de las cartas del rey, que a la necesidad de los asuntos que tenían entre manos. Los hombres de entendimiento todavía condenan la costumbre de los reyes de Persia de dar a sus lugartenientes y agentes tan poca rienda, que, a la menor dificultad que surja, deben recurrir a sus órdenes adicionales; esta demora, en una extensión tan vasta de dominio, a menudo ha perjudicado mucho sus asuntos; Y Craso, escribiendo a un hombre cuya profesión era la mejor para entender esas cosas, y previniéndole para qué servía este mástil, ¿no parecía consultar su consejo, y en cierto modo invitarle a interponer su mejor criterio?

CAPÍTULO XVII - DEL MIEDO

"Obstupui, steteruntque comae et vox faucibus haesit".

["Me asombré, se me pusieron los pelos de punta, y la voz se me atascó en la

garganta". Virgilio, AEneida, ii. 774.]

No soy tan buen naturalista (como lo llaman) como para discernir por qué resortes secretos el miedo tiene su movimiento en nosotros; pero, sea como sea, es una pasión extraña, y tal que los médicos dicen que no hay otra que destrone más pronto nuestro juicio de su propio asiento; lo cual es tan cierto, que yo mismo he visto a muchos volverse frenéticos por el miedo; e, incluso en los de temperamento más asentado, es muy cierto que engendra un terrible asombro y confusión durante el ataque. No me refiero a la gente vulgar, a la que una vez representa a sus bisabuelos levantados de sus tumbas en sus mortajas, otra vez hombres lobo, pesadillas y quimeras; pero incluso entre los soldados, una clase de hombres sobre los que, de todos los demás, debería tener el menor poder, ¡cuántas veces ha convertido rebaños de ovejas en escuadrones armados, cañas y juncos en picas y lanzas, amigos en enemigos, y la cruz blanca francesa en la cruz roja de España! Cuando el señor de Borbón tomó Roma -[en 1527]-, un alférez que estaba de guardia en el Borgo San Pietro se asustó tanto con la primera alarma, que se lanzó por una brecha con sus colores al hombro, y corrió directamente hacia el enemigo, creyendo que se había retirado hacia las defensas interiores de la ciudad, y con mucho ruido, viendo que la gente del señor de Borbón, que creía que había sido una salidera contra ellos, se preparaba para recibirlo, al fin volvió en sí, y vio su error; y entonces, dándose la vuelta, se retiró a toda velocidad por la misma brecha por la que había salido, pero no antes de haber avanzado a ciegas más de trescientos pasos en campo abierto. Sin embargo, no le fue tan bien al alférez del capitán Giulio, en el momento en que St. Paul fue tomada por el Conde de Bures y el Señor de Reu, porque él, estando tan asombrado por el miedo como para arrojarse, con colores y todo, por un ojo de buey, fue inmediatamente cortado en pedazos por el enemigo; y en el mismo sitio, fue un miedo muy memorable el que se apoderó, contrajo y congeló el corazón de un caballero, que se hundió, muerto como una piedra, en la brecha, sin ningún tipo de herida o daño. Una locura semejante empuja a veces a toda una multitud; pues en uno de los encuentros que Germánico tuvo con los germanos, dos grandes grupos quedaron tan asombrados por el miedo que corrieron en dos direcciones opuestas, el uno hacia el mismo lugar del que el otro había huido [Tácito, Annal. i. 63], i. 63.]-A veces añade alas a los talones, como en los dos primeros: otras veces los clava en el suelo y les impide moverse; como leemos del emperador Teófilo, que, en una batalla que perdió contra los agarenos, quedó tan asombrado y estupefacto que no tenía fuerzas para volar-.

"Adeo pavor etiam auxilia formidat"

["Tanto teme el miedo hasta los medios de seguridad" -Quint.

Curt., ii. II].

-hasta que Manuel, uno de los principales comandantes de su ejército, habiéndolo sacudido y zarandeado para despertarlo de su trance, le dijo: "Señor, si no me sigues, te mataré; pues es mejor que pierdas la vida a que, al ser apresado, pierdas tu imperio." -[Zonaras, lib. iii.]-Pero el miedo manifiesta entonces su máximo poder cuando nos arroja a una valiente desesperación, habiéndonos privado antes de todo sentido del deber y del honor. En la primera batalla campal que perdieron los romanos contra Aníbal, bajo el mando del cónsul Sempronio, un cuerpo de diez mil soldados de a pie, que se habían asustado, al no ver otra salida para su cobardía, se lanzaron de cabeza sobre el gran batallón de los enemigos, que con una fuerza y furia maravillosas atravesaron y derrotaron con una gran matanza a los cartagineses, comprando así una huida ignominiosa al mismo precio que podrían haber obtenido una victoria gloriosa. -[Livio, xxi. 56.]

Lo que más temo en el mundo es el miedo, esa pasión sola, en la molestia de ella, que excede a todos los demás accidentes. ¿Qué aflicción podría ser mayor o más justa que la de los amigos de Pompeyo, que, en su nave, fueron espectadores de aquel horrible asesinato? Sin embargo, el miedo a los barcos egipcios que veían venir a bordo de ellos, los poseyó con una alarma tan grande que se observa que no pensaron en otra cosa que en pedir a los marineros que se apresuraran, y a fuerza de remos escaparan, hasta que al llegar a Tiro, y liberados del miedo, tuvieron tiempo para volver sus pensamientos a la pérdida de su capitán, y para dar rienda suelta a esas lágrimas y lamentaciones que la otra pasión más potente había suspendido hasta entonces.

"Tum pavor sapientiam omnem mihiex animo expectorat".

["Entonces el miedo expulsó de mi mente toda la inteligencia" -Ennio, ap.

Cicerón, Tusc., iv. 8.]

Aquellos que han sido bien frotados en alguna escaramuza, pueden aún, todos heridos y ensangrentados como están, ser llevados de nuevo al día siguiente para cargar; pero aquellos que una vez han concebido un buen y sólido temor del enemigo, nunca se verán obligados a mirarlo a la cara. Los que tienen miedo inmediato de perder sus propiedades, del destierro o de la esclavitud, viven en una angustia perpetua, y pierden todo el apetito y el reposo; mientras que los que son realmente pobres, esclavos o exiliados, a menudo viven tan alegremente como los demás. Y las numerosas personas que, impacientes por las perpetuas alarmas del miedo, se han ahorcado o ahogado, o se han hecho pedazos, nos dan a entender suficientemente que el miedo es más importuno e insoportable que la propia muerte.

Los griegos reconocían otro tipo de miedo, diferente de todos los que hemos mencionado hasta ahora, que nos sorprende sin ninguna causa visible, por un impulso del cielo, de modo que naciones enteras y ejércitos enteros han sido golpeados por él. Tal fue el que provocó tan maravillosa desolación en Cartago, donde no se oían más que voces y gritos aterrorizados; donde se veía a los habitantes salir de sus casas como en señal de alarma, y allí embestirse, herirse y matarse unos a otros, como si fueran enemigos que venían a sorprender su ciudad. Todo estaba en desorden y furia hasta que, con oraciones y sacrificios, habían apaciguado a sus dioses-[Diod. Sic., xv. 7]; y esto es lo que llaman terrores de pánico.-[Ibid. ; Plutarco sobre Isis y Osiris, c. 8.]

CAPÍTULO XVIII: QUE LOS HOMBRES NO DEBEN JUZGAR NUESTRA FELICIDAD HASTA DESPUÉS DE LA MUERTE.

[Charron ha tomado prestado con inusual liberalidad este capítulo y el siguiente.

capítulo siguiente. Véase Nodier, Preguntas, p. 206.]

"Scilicet ultima semper

Exspectanda dies homini est; dicique beatus

Ante obitum nemo supremaque funera debet".

["Todos deberíamos esperar nuestro último día: nadie puede ser llamado

feliz hasta que esté muerto y enterrado" -Ovidio, Met, iii. 135].

Los mismos niños conocen la historia del rey Creso a este propósito, que siendo hecho prisionero por Ciro, y por él condenado a muerte, cuando iba a ser ejecutado gritó: "¡Oh Solón, Solón! "que fue reportado a Ciro, y él envió a preguntarle lo que significaba, Creso le dio a entender que ahora encontró la enseñanza que Solón le había dado anteriormente a su costo, que era, "Que los hombres, por más que la fortuna les sonría, nunca podría decirse que son felices hasta que se les haya visto pasar por el último día de sus vidas", a causa de la incertidumbre y la mutabilidad de las cosas humanas, que, en ocasiones muy ligeras y triviales, están sujetas a ser totalmente cambiadas a una condición muy contraria. Y así fue que Agesilao respondió a uno que decía qué joven feliz era el rey de Persia, al llegar tan joven a un reino tan poderoso: "Es cierto", dijo, "pero tampoco Príamo era infeliz a sus años" -[Plutarco, Apotegmas de los lacedemonios. ]-En poco tiempo, los reyes de Macedonia, sucesores de aquel poderoso Alejandro, se convirtieron en carpinteros y escribas en Roma; un tirano de Sicilia, en un pedante en Corinto; un conquistador de la mitad del mundo y general de tantos ejércitos, en un miserable suplicante de los bribones oficiales de un rey de Egipto: tanto le costó al gran Pompeyo la prolongación de cinco o seis meses de vida; y, en los días de nuestros padres, Ludovico Sforza, el décimo duque de Milán, a quien toda Italia había sometido durante tanto tiempo, fue visto morir como un miserable prisionero en Loches, pero no antes de haber vivido diez años en cautiverio, -[Fue encarcelado por Luis XI. en una jaula de hierro]- que fue la peor parte de su fortuna. La más bella de todas las reinas, -[María, Reina de Escocia.]- viuda del más grande rey de Europa, ¿no vino a morir por la mano de un verdugo? ¡Crueldad indigna y bárbara! Y hay mil ejemplos más de la misma clase; pues parece que así como las tormentas y las tempestades tienen una malicia contra las alturas orgullosas y sobrecogedoras de nuestros elevados edificios, hay también espíritus de arriba que tienen envidia de las grandezas de aquí abajo:

"Usque adeo res humanas vis abdita quaedam

Obterit, et pulchros fasces, saevasque secures

Proculcare, ac ludibrio sibi habere videtur".

["Tan cierto es que algún poder oculto trastorna los asuntos humanos, que las

fasces brillantes y las hachas crueles desprecia bajo los pies, y parece

hacer deporte de ellos" -Lucrecio, v. 1231].

Y debe parecer, también, que la Fortuna acecha a veces para sorprender la última hora de nuestra vida, para mostrar el poder que tiene, en un momento, para derribar lo que estuvo tantos años construyendo, haciéndonos gritar con Laberius:

"Nimirum hac die

Una plus vixi mihi, quam vivendum fuit".

["He vivido más tiempo en este día de lo que debería haber hecho.

hecho". -Macrobio, ii. 7.]

Y, en este sentido, puede tomarse razonablemente este buen consejo de Solón; pero él, siendo un filósofo (con cuya clase de hombres los favores y las desgracias de la fortuna no significan nada, ya sea para hacer a un hombre feliz o infeliz, y con quienes las grandezas y los poderes son accidentes de una cualidad casi indiferente) me inclino a pensar que tenía algún otro objetivo, y que su significado era, que la propia felicidad de la vida, que depende de la tranquilidad y el contento de un espíritu bien descendido, y de la resolución y seguridad de un alma bien ordenada, no debe atribuirse nunca a ningún hombre hasta que se le haya visto representar el último y, sin duda, el más difícil acto de su papel. Puede haber disimulo y disimulación en todo lo demás: donde sólo se ponen esos finos discursos filosóficos, y donde el accidente, sin tocarnos de lleno, nos da tiempo para mantener la misma gravedad de aspecto; pero, en esta última escena de la muerte, no hay más falsificación: hay que hablar claro, y descubrir lo que hay de bueno y limpio en el fondo de la olla,

"Nam vera; voces turn demum pectore ab imo

Ejiciuntur; et eripitur persona, manet res".

["Entonces, por fin, la verdad sale del corazón; la visera se ha ido,

el hombre permanece" -Lucrecio, iii. 57.]

Por lo tanto, en este último momento, todas las demás acciones de nuestra vida deben ser juzgadas y tamizadas: es el día maestro, es el día que es juez de todos los demás, "es el día", dice uno de los antiguos, [Séneca, Ep., 102] "que debe ser juez de todos mis años anteriores". A la muerte remito el ensayo del fruto de todos mis estudios: entonces veremos si mis discursos salieron sólo de mi boca o de mi corazón. He visto a muchos que con su muerte dan buena o mala fama a toda su vida. Escipión, el suegro de Pompeyo, al morir, quitó bien la mala opinión que hasta entonces todos habían concebido de él. Preguntando a Epaminondas cuál de los tres tenía en mayor estima, Chabrias, Iphicrates, o él mismo. "Primero debes vernos morir", dijo, "antes de que se pueda resolver esa cuestión" -[Plutarco, Apoth.]- Y, en verdad, agraviaría infinitamente a aquel hombre que lo sopesara sin el honor y la grandeza de su fin.

Dios ha ordenado todas las cosas como mejor le ha parecido; pero yo he visto en mi tiempo a tres de las personas más execrables que jamás conocí en toda clase de vida abominable, y las más infames por añadidura, que murieron todas ellas de una manera muy regular, y en todas las circunstancias compuestas, hasta la perfección. Hay muertes valientes y afortunadas: He visto a la muerte cortar el hilo del progreso de un avance prodigioso, y en la altura y la flor de su aumento, de cierta persona,-[Montaigne se refiere sin duda a su amigo Etienne de la Boetie, a cuya muerte en 1563 estuvo presente.]-con un fin tan glorioso que, en mi opinión, sus ambiciosos y generosos designios no tenían nada de alto y grande como su interrupción. Llegó, sin completar su curso, al lugar al que apuntaba su ambición, con mayor gloria de la que podía esperar o desear, anticipando con su caída el nombre y el poder al que aspiraba al perfeccionar su carrera. En el juicio que hago de la vida de otro hombre, siempre observo cómo se comportó al morir; y la principal preocupación que tengo por la mía es que pueda morir bien, es decir, con paciencia y tranquilidad.

CAPÍTULO XIX: QUE ESTUDIAR FILOSOFÍA ES APRENDER A MORIR

Dice Cicerón -[Tusc., i. 31.]- "que estudiar filosofía no es otra cosa que prepararse para morir". La razón de ello es, porque el estudio y la contemplación nos retiran en cierto modo nuestra alma, y la emplean separadamente del cuerpo, lo cual es una especie de aprendizaje y una semejanza de la muerte; o bien, porque toda la sabiduría y el razonamiento del mundo concluyen al final en este punto, para enseñarnos a no temer morir. Y a decir verdad, o bien nuestra razón se burla de nosotros, o bien no debe tener otro objetivo que nuestro contento, ni esforzarse más que, en suma, en hacernos vivir bien, y, como dice la Sagrada Escritura, a gusto. Todas las opiniones del mundo están de acuerdo en que el placer es nuestro fin, aunque nos sirvamos de diversos medios para alcanzarlo; de lo contrario, serían rechazadas a la primera; pues ¿quién escucharía a quien propusiera la aflicción y la miseria como su fin? Las controversias y disputas de las sectas filosóficas sobre este punto son meramente verbales:

"Transcurramus solertissimas nugas"

["Pasemos por alto esas sutiles nimiedades" -Séneca, Ep., 117.]

-hay en ellos más de oposición y obstinación de lo que es coherente con una profesión tan sagrada; pero cualquiera que sea el personaje que un hombre se encargue de realizar, siempre mezcla su propia parte con él.

Que los filósofos digan lo que quieran, lo que todos pretendemos, incluso en la virtud, es el placer. Me divierte hacer sonar en los oídos esta palabra, a la que tanto nausean, y si significa algún placer y contento supremo, se debe más a la ayuda de la virtud que a cualquier otra ayuda. Este placer, por ser más alegre, más nervudo, más robusto y más varonil, no es más que el más gravemente voluptuoso, y debemos darle el nombre de placer, como el que es más favorable, suave y natural, y no el que le hemos denominado. El otro y más mezquino placer, si pudiera merecer este justo nombre, debería ser por vía de competencia, y no de privilegio. Me parece que está menos exento de travesuras e inconvenientes que la virtud misma; y, además de que el goce es más momentáneo, fluido y frágil, tiene sus vigilias, ayunos y trabajos, su sudor y su sangre; y, además, tiene particulares tantas y diversas clases de pasiones agudas e hirientes, y una saciedad tan sorda que le acompaña, que lo iguala a la más severa penitencia. Y nos equivocamos si pensamos que estas incomodidades le sirven de acicate y aderezo a su dulzura (como en la naturaleza un contrario es avivado por otro), o decimos, cuando llegamos a la virtud, que semejantes consecuencias y dificultades la abruman y la hacen austera e inaccesible; mientras que, mucho más acertadamente que en la voluptuosidad, ennoblecen, agudizan y aumentan el perfecto y divino placer que nos procuran. Se hace indigno de ella quien contrapesa su costo con su fruto, y no entiende la bendición ni cómo usarla. Los que nos predican que su búsqueda es escarpada, difícil y dolorosa, pero que su fruto es agradable, ¿qué quieren decir con eso sino que siempre es desagradable? Porque, ¿qué medio humano podrá alcanzar su disfrute? Los más perfectos se han contentado con aspirar a ella y con acercarse a ella, sin llegar a poseerla. Pero se engañan, viendo que de todos los placeres que conocemos, la propia búsqueda es agradable. El intento siempre se saborea de la calidad de la cosa a la que se dirige, pues es una buena parte y consustancial al efecto. La felicidad y la beatitud que brilla en la Virtud, resplandece en todas sus dependencias y avenidas, incluso hasta la primera entrada y los límites máximos.

Ahora bien, de todos los beneficios que la virtud nos confiere, el desprecio de la muerte es uno de los más grandes, como el medio que acomoda la vida humana con una suave y fácil tranquilidad, y nos da un puro y agradable gusto de vivir, sin el cual todo otro placer se extinguiría. Por lo cual todas las reglas se centran y concurren en este único artículo. Y aunque todas ellas, de igual manera, de común acuerdo, nos enseñan también a despreciar el dolor, la pobreza y los demás accidentes a los que está sujeta la vida humana, no es, sin embargo, con la misma solicitud, tanto por la razón de que estos accidentes no son de tan gran necesidad, ya que la mayor parte de la humanidad pasa toda su vida sin saber nunca lo que es la pobreza, y algunos sin pena ni enfermedad, como Jenofilo el músico, que vivió ciento seis años con una salud perfecta y continua; como también porque, en el peor de los casos, la muerte puede, cuando nos plazca, acortar y poner fin a todos los demás inconvenientes. Pero en cuanto a la muerte, es inevitable:-

"Omnes eodem cogimur; omnium

Versatur urna serius ocius

Sors exitura, et nos in aeternum

Exilium impositura cymbae".

["Todos estamos destinados a un viaje; la suerte de todos, tarde o temprano, es

salir de la urna. Todos deben partir hacia el exilio eterno".

-Hor., Od., ii. 3, 25.]

y, en consecuencia, si nos asusta, es un tormento perpetuo, para el que no hay ningún tipo de consuelo. No hay manera de que no nos alcance. Podemos girar continuamente la cabeza hacia un lado y otro, como en un país sospechoso:

"Quae, quasi saxum Tantalo, semper impendet".

["Siempre, como la piedra de Tántalo, pende sobre nosotros".

-Cicerón, De Finib., i. 18.]

Nuestros tribunales de justicia a menudo devuelven a los criminales condenados para que sean ejecutados en el lugar donde se cometió el crimen; pero, llévalos a buenas casas por el camino, prepárales el mejor entretenimiento que puedas-.

"Non Siculae dapes

Dulcem elaborabunt saporem:

Non avium cyatheaceae cantus

Somnum reducent".

["Las delicadezas sicilianas no les harán cosquillas en el paladar, ni la melodía de

de los pájaros y las arpas les devolverá el sueño" -Hor., Od., iii. 1, 18.]

¿Crees que pueden saborearlo? y que el final fatal de su viaje, estando continuamente ante sus ojos, no alteraría y depravaría su paladar de probar estos regalios?

"Audit iter, numeratque dies, spatioque viarum

Metitur vitam; torquetur peste futura".

["Considera la ruta, calcula el tiempo de viaje, midiendo

su vida por la duración del viaje; y se atormenta pensando en el

en la duración del viaje, y se atormenta pensando en el golpe que se avecina" -Claudiano, en Ruf. ii. 137.]

El fin de nuestra raza es la muerte; es el objeto necesario de nuestra meta, que, si nos asusta, ¿cómo es posible avanzar un paso sin un ataque de agudeza? El remedio que usa el vulgo es no pensar en ello; pero ¿de qué bruta estupidez pueden derivar tan grosera ceguera? Deben atar al asno por la cola:

"Qui capite ipse suo instituit vestigia retro,"

["Quien en su locura busca avanzar hacia atrás"-Lucrecio, iv. 474]

No es de extrañar que a menudo se vea atrapado en la trampa. Atemorizan a la gente con la sola mención de la muerte, y muchos se persignan, como si fuera el nombre del diablo. Y como el hacer la voluntad de un hombre se refiere a la muerte, no se persuadirá a ningún hombre a tomar una pluma en la mano para ese propósito, hasta que el médico haya dictado sentencia y lo haya entregado totalmente, y entonces, entre el terror y el miedo, Dios sabe en qué condición de entendimiento está para hacerlo.

Los romanos, por razón de que esta pobre sílaba muerte sonaba tan duramente a sus oídos y parecía tan ominosa, encontraron la manera de suavizarla e hilarla por medio de una perífrasis, y en lugar de pronunciar que tal persona está muerta, decían: "Tal persona ha vivido", o "Tal persona ha dejado de vivir" -[Plutarco, Vida de Cicerón, c. 22:]-, pues, siempre que hubiera alguna mención de vida en el caso, aunque pasada, conllevaba algún sonido de consuelo. Y de ellos hemos tomado prestada nuestra expresión: "El difunto señor tal o cual" -["feu Monsieur un tel"] Quizá, como dice el refrán, el tiempo que hemos vivido vale nuestro dinero. Nací entre las once y las doce de la mañana del último día de febrero de 1533, según nuestro cómputo, comenzando el año el 1 de enero, [Esto fue en virtud de una ordenanza de Carlos IX en 1563. Anteriormente, el año comenzaba en Pascua, de modo que el 1 de enero de 1563 se convirtió en el primer día del año 1563], y hace apenas quince días que cumplí los nueve y treinta años de edad; cuento con vivir, al menos, otros tantos. Mientras tanto, molestar a un hombre con el pensamiento de una cosa tan lejana era una locura. ¿Pero qué? Los jóvenes y los viejos mueren en los mismos términos; nadie se va de la vida de otra manera que si acabara de entrar en ella; tampoco hay hombre tan viejo y decrépito que, habiendo oído hablar de Matusalén, no piense que le quedan todavía veinte buenos años. Necio que eres, ¿quién te ha asegurado el término de la vida? Dependes de los cuentos de los médicos; más bien consulta los efectos y la experiencia. Según el curso común de las cosas, hace mucho tiempo que vives por un favor extraordinario; ya has superado el término ordinario de la vida. Y si esto es así, cuenta con tus conocidos, cuántos más han muerto antes de llegar a tu edad que los que la han alcanzado; y de los que han ennoblecido sus vidas por su renombre, haz una cuenta, y me atrevo a apostar que encontrarás más que han muerto antes que después de los cinco y treinta años de edad. Está lleno de razón y de piedad, también, tomar ejemplo por la humanidad de Jesucristo mismo; ahora, Él terminó su vida a los tres y treinta años. El hombre más grande, que no era más que un hombre, Alejandro, murió también a la misma edad. ¿Cuántas maneras tiene la muerte de sorprendernos?

"Quid quisque, vitet, nunquam homini satis

Cautum est in horas".

["Por muy precavido que sea, el hombre nunca puede prever el peligro que

que puede acontecerle en cualquier momento" -Hor. O. ii. 13, 13.]

Para omitir las fiebres y las pleuresías, ¿quién habría imaginado que un duque de Bretaña, -[Juan II. murió en 1305.]-, fuera apresado hasta la muerte en una multitud como lo fue ese duque a la entrada del Papa Clemente, mi vecino, en Lyon?-[Montaigne habla de él como si hubiera sido un vecino contemporáneo, tal vez porque era el Arzobispo de Burdeos. Bertrand le Got fue Papa con el título de Clemente V., 1305-14.]-¿No has visto a uno de nuestros reyes -[Enrique II, asesinado en un torneo, el 10 de julio de 1559]-muerto en un basculamiento, ¿y no murió uno de sus antepasados por el empujón de un cerdo?-[Felipe, hijo mayor de Luis le Gros.]-Esquilo, amenazado con la caída de una casa, fue muy circunspecto para evitar ese peligro, ya que fue golpeado en la cabeza por una tortuga que cayó de las garras de un águila en el aire. Otro fue ahogado con una piedra de uva; -[Val. Max., ix. 12, ext. 2.]- un emperador murió con el rasguño de un peine al peinarse la cabeza. AEmilius Lepidus con un tropiezo en su propio umbral, -[Plinio, Nat. Hist., vii. 33.]- y Aufidio con un empujón contra la puerta al entrar en la cámara del consejo. Y entre los mismos muslos de las mujeres, Cornelio Galo, el procurador; Tigillinus, capitán de la guardia de Roma; Ludovico, hijo de Guido di Gonzaga, marqués de Mantua; y (de peor ejemplo) Speusippus, filósofo platónico, y uno de nuestros Papas. El pobre juez Bebio dio un aplazamiento en un caso por ocho días; pero él mismo, mientras tanto, fue condenado a muerte, y su propia suspensión de la vida expiró. Mientras Cayo Julio, el médico, ungía los ojos de un paciente, la muerte cerró los suyos; y, si me permiten traer un ejemplo de mi propia sangre, un hermano mío, el capitán St. Martin, un joven de veintitrés años, que ya había dado suficiente testimonio de su valor, jugando un partido de tenis, recibió un golpe de pelota un poco por encima de su oreja derecha, que, como no daba ninguna señal de herida o contusión, no le hizo caso, ni siquiera se sentó a descansar, pero, sin embargo, murió dentro de cinco o seis horas después de una apoplejía ocasionada por ese golpe.

Con estos ejemplos tan frecuentes y comunes que pasan cada día ante nuestros ojos, ¿cómo es posible que un hombre se desprenda del pensamiento de la muerte, o que no piense que nos tiene a cada momento cogidos por el cuello? ¿Qué importa, diréis, lo que suceda, con tal de que el hombre no se aterrorice con la expectativa? Por mi parte, soy de esta opinión, y si un hombre pudiera evitarlo de algún modo, aunque fuera arrastrándose bajo la piel de un ternero, soy de los que no se avergüenzan del cambio; lo único que pretendo es pasar mi tiempo a gusto, y las recreaciones que más contribuyen a ello, las tomo, por poco gloriosas y ejemplares que sean:

"Praetulerim... delirus inersque videri,

Dum mea delectent mala me, vel denique fallant,

Quam sapere, et ringi".

["Prefiero parecer loco y perezoso, para que mis defectos sean

agradables para mí, o que no sea dolorosamente consciente de ellos,

que ser sabio y chapucero" -Hor., Ep., ii. 2, 126.]

Pero es una locura pensar en hacer algo así. Van, vienen, galopan y bailan, y ni una palabra de muerte. Todo esto está muy bien, pero cuando les llega a ellos mismos, a sus esposas, a sus hijos o a sus amigos, sorprendiéndolos desprevenidos y sin preparación, entonces, ¡qué tormento, qué gritos, qué locura y desesperación! ¿Habéis visto alguna vez algo tan sometido, tan cambiado y tan confundido? Un hombre debe, por lo tanto, hacer una provisión más temprana para ello; y esta negligencia bruta, si es posible que se aloje en el cerebro de cualquier hombre de sentido común (lo que creo totalmente imposible), nos vende su mercancía demasiado cara. Si fuera un enemigo que pudiera evitarse, aconsejaría entonces tomar las armas incluso de la propia cobardía; pero viendo que no lo es, y que te pillará lo mismo volando y haciendo de poltrón, que manteniéndote como un hombre honesto

"Nempe et fugacem persequitur virum,

Nec parcit imbellis juventae

Poplitibus timidoque tergo".

["Persigue al poltrón volador, ni perdona los tendones del

que le da la espalda" -Hor., Ep., iii. 2, 14.]

Y viendo que ningún temple de armas es de prueba para asegurarnos:-

"Ille licet ferro cautus, se condat et aere,

Mors tamen inclusum protrahet inde caput"

["Que se esconda bajo el hierro o el bronce en su miedo, la muerte sacará

la muerte sacará su cabeza de su armadura" -Properio iii. 18].

-aprendamos a mantenernos firmes con valentía y a luchar contra él. Y para empezar a privarle de la mayor ventaja que tiene sobre nosotros, tomemos un camino muy contrario al común. Desarmémosle de su novedad y extrañeza, conversemos y familiaricémonos con él, y no tengamos nada tan frecuente en nuestros pensamientos como la muerte. En todas las ocasiones representémosle a nuestra imaginación en todas sus formas; al tropezar un caballo, al caer una teja, al menor pinchazo con un alfiler, consideremos en seguida, y digámonos: "Bueno, ¿y si hubiera sido la misma muerte?", y, a partir de ahí, animémonos y fortalezcámonos. Siempre, en medio de nuestra alegría y fiesta, pongamos ante nuestros ojos el recuerdo de nuestra frágil condición, sin dejarnos transportar tanto por nuestros deleites, sino que tengamos algunos intervalos para reflexionar y considerar de cuántas maneras diferentes esta alegría nuestra tiende a la muerte, y con cuántos peligros la amenaza. Los egipcios acostumbraban a hacer lo mismo, que en el apogeo de su fiesta y alegría, hacían entrar en la habitación un esqueleto seco de un hombre para que sirviera de recuerdo a sus invitados:

"Omnem crede diem tibi diluxisse supremum

Grata superveniet, quae non sperabitur, hora".

["Piensa que cada día pasado es el último; el siguiente, como inesperado

será el más bienvenido" -Hor., Ep., i. 4, 13.]

El lugar donde nos espera la muerte es incierto; busquémoslo en todas partes. La premeditación de la muerte es la premeditación de la libertad; quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir. No hay nada malo en la vida para quien comprende correctamente que la privación de la vida no es un mal: saber morir nos libra de toda sujeción y coacción. Pablo Emilio respondió a quien el miserable rey de Macedonia, su prisionero, envió a rogarle que no lo condujera en su triunfo: "Que se haga esa petición a sí mismo" -[ Plutarco, Vida de Pablo Emilio, c. 17; Cicerón, Tusc., v. 40].

En verdad, en todas las cosas, si la naturaleza no ayuda un poco, es muy difícil que el arte y la industria realicen algo a propósito. Por mi propia naturaleza no soy melancólico, sino meditabundo; y no hay nada con lo que me haya entretenido más continuamente que con la imaginación de la muerte, incluso en la época más desenfadada de mi edad:

"Jucundum quum aetas florida ver ageret".

["Cuando mi edad florida se regocijaba en la agradable primavera".

-Catulo, lxviii.]

En compañía de las damas, y en los juegos, algunos han creído tal vez que estaba poseído por algunos celos, o por la incertidumbre de alguna esperanza, mientras me entretenía con el recuerdo de alguien, sorprendido, pocos días antes, con una fiebre ardiente de la que murió, volviendo de un entretenimiento como éste, con la cabeza llena de ociosas fantasías de amor y jolgorio, como lo estaba entonces la mía, y que, por lo que yo sabía, el mismo destino me acompañaba.

"Jam fuerit, nec post unquam revocare licebit".

["Ahora el presente se habrá ido, para nunca ser recordado".

Lucrecio, iii. 928.]

Sin embargo, este pensamiento no arrugó mi frente más que cualquier otro. Es imposible sino sentir un aguijón en imaginaciones como éstas, al principio; pero al darles vueltas y vueltas en la mente, al final se vuelven tan familiares que no son ninguna molestia: de lo contrario, yo, por mi parte, estaría en un perpetuo susto y frenesí; porque nunca el hombre fue tan desconfiado de su vida, nunca el hombre fue tan incierto en cuanto a su duración. Ni la salud, de la que hasta ahora he gozado con mucha fuerza y vigor, y que rara vez se ha interrumpido, prolonga, ni la enfermedad contrae mis esperanzas. Cada minuto, me parece, estoy escapando, y eternamente corre en mi mente, que lo que puede hacerse mañana, puede hacerse hoy. Los riesgos y peligros, en verdad, poco o nada aceleran nuestro fin; y si consideramos cuántos miles más quedan y penden sobre nuestras cabezas, además del accidente que nos amenaza inmediatamente, encontraremos que los sanos y los enfermos, los que están en el mar y los que se sientan junto al fuego, los que están comprometidos en la batalla y los que se sientan ociosos en casa, están tan cerca de él como los otros.

"Nemo altero fragilior est; nemo in crastinum sui certior".

["Ningún hombre es más frágil que otro: ningún hombre más seguro que

otro de mañana" -Séneca, Ep., 91.]

Para cualquier cosa que tenga que hacer antes de morir, el más largo ocio me parecería demasiado corto, si no fuera más que un asunto de una hora que tuviera que hacer.

El otro día, un amigo mío revisó mis tablas y encontró en ellas un memorándum de algo que quería hacer después de mi muerte, por lo que le dije, como era realmente cierto, que aunque estaba a sólo una legua de distancia de mi propia casa, y feliz y bien, sin embargo, cuando esa cosa me vino a la cabeza, me apresuré a escribirla allí, porque no estaba seguro de vivir hasta llegar a casa. Como hombre que está eternamente rumiando mis propios pensamientos, y los confino a mis propias preocupaciones particulares, estoy a todas horas tan bien preparado como puedo estarlo siempre, y la muerte, cuando sea que venga, no puede traer nada con él que no esperara mucho antes. Deberíamos siempre, en la medida de lo posible, estar con botas y espuelas, y listos para partir, y, sobre todo, tener cuidado, en ese momento, de no tener ningún asunto con nadie más que con uno mismo:-

"Quid brevi fortes jaculamur avo

Multa?"

["¿Por qué en una vida tan corta nos fastidiamos con tantos proyectos?"

-Hor., Od., ii. 16, 17.]

pues allí encontraremos trabajo suficiente para hacer, sin necesidad de añadirlo. Un hombre se queja, más que de la muerte, de que con ello se le impide una gloriosa victoria; otro, de que ha de morir antes de haber casado a su hija, o educado a sus hijos; un tercero parece sólo preocupado de que ha de perder la compañía de su esposa; un cuarto, la conversación de su hijo, como el principal consuelo y preocupación de su ser. Por mi parte, estoy, gracias a Dios, en este instante en tal condición, que estoy dispuesto a desprenderme, cuando a Él le plazca, sin lamentar nada. Me desprendo en todo momento de todas las relaciones mundanas; me despido pronto de todo menos de mí mismo. Nunca nadie se preparó para decir adiós al mundo de forma más absoluta y sin reservas, y para dar la mano a toda clase de intereses en él, que lo que yo espero hacer. Las muertes más mortales son las mejores:

"'Miser, O miser,' aiunt, 'omnia ademit

Una dies infesta mihi tot praemia vitae'".

["'Desgraciado que soy', gritan, 'un día fatal me ha privado de

todas las alegrías de la vida". -Lucrecio, iii. 911.]

Y el constructor,

"Manuet", dice, "opera interrupta, minaeque

Murorum ingentes".

["Las obras permanecen incompletas, los altos pináculos de los muros

AEneid, iv. 88.]

Un hombre no debe diseñar nada que requiera tanto tiempo para su acabado, o, al menos, sin un deseo tan apasionado de verlo llevado a la perfección. Hemos nacido para la acción:

"Quum moriar, medium solvar et inter opus".

["Cuando muera, que sea haciendo lo que había diseñado".

-Ovidio, Amor., ii. 10, 36.]

Yo querría siempre que un hombre estuviera haciendo, y, en la medida en que en él radica, que extendiera e hilara los oficios de la vida; y luego que la muerte me llevara a plantar mis coles, indiferente a él, y menos aún a que mis jardines no se terminaran. He visto morir a uno que, en su último suspiro, no se quejaba de nada más que de que el destino estaba a punto de cortar el hilo de una crónica que entonces estaba compilando, cuando no se había ido más allá del decimoquinto o decimosexto de nuestros reyes:

"Illud in his rebus non addunt: nec tibi earum

jam desiderium rerum super insidet una".

["No añaden, que muriendo, ya no tenemos deseo de poseer

cosas". -Lucrecio, iii. 913.]

Debemos liberarnos de estos humores vulgares e hirientes. Con este fin, los hombres designaron primero los lugares de sepultura junto a las iglesias y en los lugares más frecuentados de la ciudad, para acostumbrar, dice Licurgo, a la gente común, a las mujeres y a los niños, para que no se asusten al ver un cadáver, y para que el continuo espectáculo de huesos, tumbas y exequias nos haga recordar nuestra frágil condición:

"Quin etiam exhilarare viris convivia caede

Mos olim, et miscere epulis spectacula dira

Certantum ferro, saepe et super ipsa cadentum

Pocula, respersis non parco sanguine mensis".

["Antiguamente se acostumbraba a amenizar los banquetes con matanzas, y

de combinar con el banquete el funesto espectáculo de los hombres contendiendo con

de hombres luchando con la espada, los moribundos en muchos casos cayendo sobre las copas, y

Silius Italicus, xi. 51.]

Y así como los egipcios, después de sus fiestas, solían presentar a la compañía una gran imagen de la muerte, por medio de una que les gritaba: "Bebe y alégrate, porque así serás cuando estés muerto"; así es mi costumbre tener la muerte no sólo en mi imaginación, sino continuamente en mi boca. Tampoco hay nada de lo que sea tan inquisitivo, y me complazca informarme, como la manera de morir de los hombres, sus palabras, sus miradas y su porte; ni ningún lugar de la historia en el que esté tan atento; y es bastante evidente, por mi abundancia de ejemplos de este tipo, que tengo una afición particular por ese tema. Si fuera un escritor de libros, compilaría un registro, con un comentario, de las diversas muertes de los hombres: quien debería enseñar a los hombres a morir, les enseñaría al mismo tiempo a vivir. Dicarco hizo uno, al que dio ese título; pero estaba destinado a otro fin menos provechoso.

Tal vez alguien pueda objetar que el dolor y el terror de la muerte superan tan infinitamente todo tipo de imaginación, que el mejor esgrimista estará fuera de juego cuando llegue el momento de empujar. Que digan lo que quieran: premeditar es, sin duda, una ventaja muy grande; y además, ¿no es nada ir tan lejos, al menos, sin perturbación ni alteración? Además, la propia naturaleza nos asiste y anima: si la muerte es repentina y violenta, no tenemos tiempo para temer; si es de otro modo, percibo que a medida que me comprometo más en mi enfermedad, entro naturalmente en un cierto aborrecimiento y desprecio de la vida. Encuentro que tengo mucho más dificultad para digerir esta resolución de morir, cuando estoy bien de salud, que cuando languidezco de fiebre; y por lo mucho que tengo menos que ver con los productos de la vida, por razón de que empiezo a perder el uso y el placer de ellos, por lo tanto miro la muerte con menos terror. Lo cual me hace esperar que cuanto más me aleje de la primera y más me acerque a la segunda, más fácilmente cambiaré la una por la otra. Y, como he experimentado en otros sucesos que, como dice César, las cosas suelen parecernos más grandes a la distancia que a la proximidad, he comprobado que, estando bien, he tenido males con mucho más horror que cuando estaba realmente afligido por ellos. El vigor en el que me encuentro ahora, la alegría y el placer en el que vivo, hacen que el estado contrario parezca tan desproporcionado con respecto a mi condición actual, que, con la imaginación, magnifico esas molestias a la mitad, y las aprecio como mucho más molestas de lo que realmente son, cuando más pesan sobre mí; espero encontrar la muerte igual.

Observemos en los cambios y declinaciones ordinarias que sufrimos diariamente, cómo la naturaleza nos priva de la luz y del sentido de nuestra decadencia corporal. ¿Qué le queda a un anciano del vigor de su juventud y de sus mejores días?

"Heu! senibus vitae portio quanta manet".

["¡Ay, a los viejos qué porción de vida les queda!"-Maximio, vel

Pseudo-Gallus, i. 16.]

César, a un viejo soldado curtido de su guardia, que acudió a pedirle permiso para suicidarse, reparando en su cuerpo marchito y en su movimiento decrépito, le contestó agradablemente: "Pues te imaginas que aún estás vivo" -[Séneca, Ep, 77. ]-Si un hombre cayera en esta condición de repente, no creo que la humanidad sea capaz de soportar tal cambio: Pero la naturaleza, llevándonos de la mano, a un paso fácil y, por así decirlo, insensible, nos conduce paso a paso a ese estado miserable, y por ese medio nos lo hace familiar, de modo que somos insensibles al golpe cuando nuestra juventud muere en nosotros, aunque sea realmente una muerte más dura que la disolución final de un cuerpo lánguido, que la muerte de la vejez; ya que la caída no es tan grande de un ser inquieto a ninguno, como lo es de un ser vivaz y floreciente a uno molesto y doloroso. El cuerpo, encorvado e inclinado, tiene menos fuerza para soportar una carga; y lo mismo sucede con el alma, y por eso es que debemos levantarla firme y erguida contra el poder de este adversario. Porque, así como es imposible que ella esté nunca en reposo, mientras se mantiene en el temor de él; así, si una vez puede asegurarse, puede presumir (que es una cosa como superando la condición humana) que es imposible que la inquietud, la ansiedad o el miedo, o cualquier otra perturbación, habite o tenga algún lugar en ella:

"Non vulnus instants Tyranni

Mentha cadi solida, neque Auster

Dux inquieti turbidus Adriae,

Nec fulminantis magna Jovis manus".

["Ni la mirada amenazante de un tirano sacude su alma bien asentada

ni el turbulento Auster, el príncipe del tormentoso Adriático, ni la

fuerte mano del estruendoso Jove, tal temperamento conmueve".

-Hor., Od., iii. 3, 3.]

Se convierte entonces en soberana de todas sus lujurias y pasiones, dueña de la necesidad, de la vergüenza, de la pobreza y de todas las demás injurias de la fortuna. Por lo tanto, todos los que podamos, obtengamos esta ventaja; es la verdadera y soberana libertad aquí en la tierra, que nos fortalece para desafiar la violencia y la injusticia, y para despreciar las prisiones y las cadenas:

"In manicis et

Compedibus saevo te sub custode tenebo.

Ipse Deus, simul atque volam, me solvet. Opinor,

Hoc sentit; moriar; mors ultima linea rerum est".

["Te mantendré con grilletes y cadenas, bajo la custodia de un guardián salvaje.

guardián salvaje. Un dios, cuando se lo pida, me liberará.

Este dios creo que es la muerte. La muerte es el término de todas las cosas".

-Hor., Ep., i. 16, 76.]

Nuestra misma religión no tiene un fundamento humano más seguro que el desprecio de la muerte. No sólo el argumento de la razón nos invita a ello -¿por qué habríamos de temer perder una cosa que, estando perdida, no puede ser lamentada? -sino que, además, viendo que nos amenazan tantas clases de muerte, ¿no es infinitamente peor temerlas todas eternamente, que sufrir una sola vez una de ellas? ¿Y qué importa cuándo sucederá, ya que es inevitable? Al que le dijo a Sócrates: "Los treinta tiranos te han condenado a muerte"; "Y la naturaleza a ellos", dijo él -[Sócrates no fue condenado a muerte por los treinta tiranos, sino por los atenienses.-Diógenes Laercio, ii.35.]- ¡Qué cosa tan ridícula es preocuparnos por dar el único paso que nos va a librar de todos los problemas! Así como nuestro nacimiento nos trajo el nacimiento de todas las cosas, así en nuestra muerte está incluida la muerte de todas las cosas. Y, por lo tanto, lamentar que no vayamos a estar vivos dentro de cien años, es la misma locura que lamentar no haber estado vivos hace cien años. La muerte es el comienzo de otra vida. Así lloramos, y tanto nos costó entrar en ésta, y así nos despojamos de nuestro anterior velo al entrar en ella. Nada puede ser un agravio que no sea más que una vez. ¿Es razonable temer tanto tiempo una cosa que tan pronto será despachada? La vida larga y la corta se convierten en una sola por la muerte; porque no hay larga ni corta para las cosas que ya no son. Aristóteles nos dice que hay ciertas bestias pequeñas en las orillas del río Hypanis, que nunca viven más de un día: las que mueren a las ocho de la mañana, mueren en su juventud, y las que mueren a las cinco de la tarde, en su decrepitud: ¿quién de nosotros no se reiría al ver este momento de continuidad puesto en la consideración del bien o del mal? Lo más y lo menos, de lo nuestro, en comparación con la eternidad, o aún con la duración de las montañas, de los ríos, de las estrellas, de los árboles, e incluso de algunos animales, no es menos ridículo -[ Séneca, Consol. ad Marciam, c. 20.]

Pero la naturaleza nos obliga a ello. "Salid de este mundo", dice ella, "como entrasteis en él; el mismo paso que hicisteis de la muerte a la vida, sin pasión ni temor, lo mismo, de la misma manera, repetís de la vida a la muerte. Tu muerte es una parte del orden del universo, es una parte de la vida del mundo.

"Inter se mortales mutua vivunt

................................

Et, quasi cursores, vitai lampada tradunt".

["Los mortales, entre ellos, viven por turnos, y, como los corredores

en los juegos, ceden la lámpara, cuando han ganado la carrera, al siguiente.

Lucrecio, ii. 75, 78.]

"¿Debo cambiar por ti este hermoso contexto de las cosas? Es la condición de vuestra creación; la muerte es una parte de vosotros, y mientras os esforzáis por evadirla, os evadís a vosotros mismos. Este mismo ser tuyo que ahora disfrutas está igualmente dividido entre la vida y la muerte. El día de vuestro nacimiento es un día de avance hacia la tumba:

"Prima, qux vitam dedit, hora carpsit".

["La primera hora que nos dio la vida nos quitó también una hora".

-Séneca, Her. Fur., 3 Chor. 874.]

"Nascentes morimur, finisque ab origine pendet".

["Tal como nacemos, morimos, y el fin comienza con el principio".

-Manilius, Ast., iv. 16.]

"Durante todo el tiempo que vives, le arrebatas a la vida y vives a costa de la vida misma. El trabajo perpetuo de tu vida no es sino poner los cimientos de la muerte. Estás en la muerte mientras estás en la vida, porque lo sigues estando después de la muerte, cuando ya no estás vivo; o, si lo prefieres, estás muerto después de la vida, pero muriendo mientras vives; y la muerte trata a los moribundos mucho más rudamente que a los muertos, y más sensible y esencialmente. Si has sacado provecho de la vida, ya has tenido suficiente; vete satisfecho.

"Cur non ut plenus vita; conviva recedis?"

["¿Por qué no partir de la vida como un invitado saciado de un festín?

" Lucrecio, iii. 951.]

"Si no has sabido hacer el mejor uso de ella, si no te resultaba rentable, ¿qué necesidad tienes de perderla, con qué fin desearías conservarla por más tiempo?

"'Cur amplius addere quaeris,

Rursum quod pereat male, et ingratum occidat omne?

["¿Por qué buscar añadir una vida más larga, simplemente para renovar el tiempo mal empleado, y

ser de nuevo atormentado?"-Lucrecio, iii. 914.]

"La vida en sí misma no es ni buena ni mala; es el escenario del bien o del mal según la hagas". Y, si has vivido un día, lo has visto todo: un día es igual y parecido a todos los demás días. No hay otra luz, ni otra sombra; este mismo sol, esta luna, estas mismas estrellas, este mismo orden y disposición de las cosas, es el mismo que disfrutaron tus antepasados, y que también entretendrá a tu posteridad:

"'Non alium videre patres, aliumve nepotes

Aspicient".

["Tus abuelos no vieron otra cosa; tampoco lo hará tu posteridad".

-Manilius, i. 529.]

"Y, venga lo peor que venga, la distribución y variedad de todos los actos de mi comedia se realizan en un año. Si has observado la revolución de mis cuatro estaciones, éstas comprenden la infancia, la juventud, la virilidad y la vejez del mundo: el año ha representado su papel, y no conoce otro arte que el de volver a empezar; siempre será lo mismo:

"'Versamur ibidem, atque insumus usque'.

["Estamos girando en el mismo círculo, siempre confinados en él".

-Lucrecio, iii. 1093.]

"'Atque in se sua per vestigia volvitur annus'.

["El año gira siempre sobre los mismos pasos".

-Virgilio, Georg., ii. 402.]

"No estoy dispuesto a crear para ti ninguna nueva recreación:

"'Nam tibi prxterea quod machiner, inveniamque

Quod placeat, nihil est; eadem sunt omnia semper".

["No puedo idear, ni encontrar otra cosa que te complazca: es lo mismo

una y otra vez."-Lucrecio iii. 957]

"Da lugar a otros, como otros te han dado lugar a ti. La igualdad es el alma de la equidad. ¿Quién puede quejarse de estar comprendido en el mismo destino, en el que todos están involucrados? Además, vive todo lo que puedas, pues no acortarás el tiempo de tu muerte; todo es inútil; estarás tanto tiempo en la condición que tanto temes, como si hubieras muerto en la enfermería:

"'Licet quot vis vivendo vincere secla,

Mors aeterna tamen nihilominus illa manebit.'

["Vive triunfando durante todas las edades que quieras, la muerte seguirá siendo eterna.

permanecerá eterna" -Lucrecio, iii. 1103].

"Y, sin embargo, te pondré en una condición tal que no tendrás razón para estar disgustado.

"'In vera nescis nullum fore morte alium te,

Qui possit vivus tibi to lugere peremptum,

Stansque jacentem".

["No sabes que, cuando estás muerto, no puede haber otro ser vivo para

lamentar tu muerte, de pie sobre tu tumba" -Idem., ibid., 898.]

"Ni siquiera desearás la vida que tanto te preocupa:

"'Nec sibi enim quisquam tum se vitamque requirit.

..................................................

"'Nec desiderium nostri nos afficit ullum'.

"La muerte es menos temible que la nada, si es que puede haber algo menos que la nada.

"'Multo . . . mortem minus ad nos esse putandium,

Si minus esse potest, quam quod nihil esse videmus.'

"Tampoco puede preocuparos en modo alguno si estáis vivos o muertos: vivos, por razón de que aún estáis en el ser; muertos, porque ya no lo estáis. Además, nadie muere antes de su hora: el tiempo que dejas atrás no era más tuyo que el que transcurrió y se fue antes de que vinieras al mundo; ni te concierne ya.

"'Respice enim, quam nil ad nos anteacta vetustas

Temporis aeterni fuerit".

["Considera como nada para nosotros la vejez de los tiempos pasados".

-Lucrecio iii. 985]

Dondequiera que termine tu vida, allí está todo. La utilidad de la vida no consiste en la duración de los días, sino en el uso del tiempo; un hombre puede haber vivido mucho y, sin embargo, haber vivido poco. Aprovecha el tiempo mientras está presente en ti. Depende de tu voluntad, y no del número de días, tener una duración de vida suficiente. ¿Es posible que imagines no llegar nunca al lugar hacia el que te diriges continuamente? y, sin embargo, no hay viaje que no tenga su fin. Y, si la compañía te lo hace más agradable o más fácil, ¿no va todo el mundo por el mismo camino?

"'Omnia te, vita perfuncta, sequentur'.

["Todas las cosas, pues, la vida acabada, deben seguirte a ti".

-Lucrecio, iii. 981.]

"¿Acaso no baila todo el mundo la misma bronca que tú? ¿Hay algo que no envejezca, así como tú? Mil hombres, mil animales, mil otras criaturas, mueren en el mismo momento que tú:

"'Nam nox nulla diem, neque noctem aurora sequuta est,

Quae non audierit mistos vagitibus aegris

Ploratus, mortis comites et funeris atri.'

["Ninguna noche ha seguido al día, ningún día ha seguido a la noche, en los que

en el que no se hayan oído sollozos y gritos de dolor, compañeros de

de la muerte y de los funerales" -Lucrecio, v. 579.]

"Has visto suficientes ejemplos de personas que se han alegrado de morir, pues así se han librado de pesadas miserias; pero ¿has encontrado alguna vez a alguien que se haya sentido insatisfecho con la muerte? Por lo tanto, debe ser muy insensato condenar una cosa que no has experimentado en tu propia persona, ni en la de ningún otro. ¿Por qué te quejas de mí y del destino? ¿Acaso te hacemos algún mal? ¿Te corresponde a ti gobernarnos, o a nosotros gobernarte a ti? Aunque, tal vez, tu edad no se cumpla, pero tu vida sí: un hombre de baja estatura es tan hombre como un gigante; ni los hombres ni sus vidas se miden por el ol. Quirón se negó a ser inmortal, cuando conoció las condiciones en las que iba a disfrutarlo, por el dios del tiempo mismo y su duración, su padre Saturno. Considera seriamente cuánto más insoportable y dolorosa sería para el hombre una vida inmortal que la que ya le he dado. Si no tuvieras la muerte, me maldecirías eternamente por haberte privado de ella; he mezclado un poco de amargura con ella, con el fin de que, viendo la conveniencia que tiene, no la busques y la abraces con demasiada avidez e indiscreción: y para que te establezcas en esta moderación de tal manera que no nausees la vida, ni tengas ninguna antipatía por morir, cosa que he decretado que hagas una vez, he templado la una y la otra entre el placer y el dolor. Fui yo quien enseñó a Tales, el más eminente de tus sabios, que vivir y morir eran indiferentes; lo que hizo que, muy sabiamente, le respondiera: "¿Por qué entonces no murió?" "Porque", dijo, "es indiferente" -[Diógenes Laercio, i. 35.]- El agua, la tierra, el aire y el fuego, y las demás partes de esta creación mía, no son más instrumentos de tu vida que de tu muerte. ¿Por qué temes tu último día? No contribuye más a tu disolución que todos los demás: el último paso no es la causa de la lasitud: no lo confiesa. Cada día viaja hacia la muerte; el último sólo llega a ella". Estas son las buenas lecciones que enseña nuestra madre Naturaleza.

A menudo he considerado conmigo mismo de dónde procede que en la guerra la imagen de la muerte, ya sea que la veamos en nosotros mismos o en otros, parezca, sin comparación, menos terrible que en nuestras casas (porque si no fuera así, sería un ejército de médicos y lecheras quejumbrosas), y que siendo todavía en todos los lugares la misma, debería haber, no obstante, mucha más seguridad en los campesinos y en la clase de gente más mezquina, que en otros de mejor calidad. Creo, en verdad, que son esas terribles ceremonias y preparativos con los que lo preparamos, los que nos aterran más que la cosa en sí; una nueva y muy contraria forma de vivir; los gritos de madres, esposas e hijos; las visitas de amigos asombrados y afligidos; la asistencia de sirvientes pálidos y llorosos; una habitación oscura, rodeada de velas encendidas; nuestras camas rodeadas de médicos y adivinos; en resumen, nada más que fantasmas y horror a nuestro alrededor; ya parecemos muertos y enterrados. Los niños se asustan incluso de los que mejor conocen, cuando se disfrazan con una visera; y lo mismo nos ocurre a nosotros; hay que quitar la visera tanto a las cosas como a las personas, para que al quitarla no encontremos debajo más que la misma muerte que hace un día o dos murió un criado mezquino o una pobre camarera, sin ningún tipo de aprensión. Feliz es la muerte que nos priva del ocio para preparar tales ceremoniales.

CAPÍTULO XX—DE LA FUERZA DE LA IMAGINACIÓN

"Fortis imaginatio generat casum", dicen los escolares.

["Una imaginación fuerte engendra el acontecimiento mismo" -Axioma. Escolástico].

Yo soy uno de los más sensibles a la fuerza de la imaginación: todos son empujados por ella, pero algunos son derribados por ella. Tiene una impresión muy penetrante en mí; y me propongo evitarla, queriendo la fuerza para resistirla. Podría vivir con la sola ayuda de una compañía sana y alegre: la sola visión del dolor de otro me duele materialmente, y a menudo usurpo las sensaciones de otra persona. Una tos perpetua en otro me hace cosquillas en los pulmones y en la garganta. Visito con más desgana a los enfermos en los que por amor y deber me intereso, que a los que no me importan, a los que menos miro. Me apropio de la enfermedad que me preocupa, y la tomo para mí. No me sorprende en absoluto que la fantasía dé fiebres y a veces mate a aquellos que le dan demasiado margen y están demasiado dispuestos a entretenerla. Simon Thomas fue un gran médico de su tiempo: Recuerdo que un día, en Toulouse, me encontré con él en la casa de un anciano rico, que tenía los pulmones débiles, y discutiendo con el paciente sobre el método de su curación, le dijo que una cosa que sería muy propicia para ello, era darme la ocasión de complacerme con su compañía, que viniera a menudo a verle, con lo cual, fijando sus ojos en la frescura de mi cutis, y su imaginación en la vivacidad y el vigor que brillaban en mi juventud, y poseyendo todos sus sentidos con la floreciente edad en que yo me encontraba entonces, su hábito corporal podría, tal vez, enmendarse; pero se olvidó de decir que el mío, al mismo tiempo, podría empeorar. Gallus Vibius se empeñó tanto en averiguar la esencia y los movimientos de la locura, que al final él mismo perdió el juicio, y hasta tal punto, que nunca pudo recuperar su juicio, y pudo jactarse de haberse convertido en un tonto por exceso de sabiduría. Hay quien, por miedo, se anticipa al verdugo; y ahí está el hombre al que, desatados los ojos para que se le leyera el perdón, se le encontró muerto en el cadalso, por el golpe de la imaginación. Nos sobresaltamos, temblamos, nos ponemos pálidos y nos sonrojamos cuando nos mueve la imaginación, y, estando en la cama, sentimos que nuestro cuerpo se agita con su poder hasta el punto de expirar. Y la juventud que hierve, cuando está profundamente dormida, se calienta tanto con la fantasía, como en un sueño para satisfacer los deseos amorosos:-

"Ut, quasi transactis saepe omnibu rebu, profundant

Fluminis ingentes, fluctus, vestemque cruentent".

Aunque no es ninguna novedad ver crecer en una noche los cuernos en la frente de quien no los tenía al acostarse, sin embargo, es memorable lo que le ocurrió a Cippus, rey de Italia, que habiendo sido un día espectador muy complacido de una corrida de toros, y habiendo soñado toda la noche que tenía cuernos en la cabeza, los hizo crecer realmente, por la fuerza de la imaginación. La pasión dio al hijo de Creso la voz que la naturaleza le había negado. Y Antíoco cayó en una fiebre, inflamado por la belleza de Estratónice, demasiado profundamente impresa en su alma. Plinio pretende haber visto a Lucio Cossicio, que de mujer se convirtió en hombre el mismo día de su boda. Pontanus y otros informan que la misma metamorfosis ocurrió en estos últimos días en Italia. Y, por el vehemente deseo de él y de su madre:

"Volta puer solvit, quae foemina voverat, Iphis".

Pasando yo por Vitry le Francois, vi a un hombre que el obispo de Soissons había llamado, en la confirmación, Germain, a quien todos los habitantes del lugar habían conocido como una muchacha hasta los dos y veinte años, llamada María. Era, en el momento en que yo estaba allí, muy lleno de barba, viejo y no casado. Nos contó que al esforzarse en un salto se le salieron los órganos masculinos; y las muchachas de aquel lugar tienen, hasta hoy, una canción en la que se aconsejan unas a otras no dar demasiadas zancadas, por temor a convertirse en hombres, como le ocurrió a Mary Germain. No es de extrañar que este tipo de accidentes se produzcan con frecuencia; porque si la imaginación tiene algún poder en estas cosas, se inclina tan continua y vigorosamente sobre este tema, que para que no recaiga tan a menudo en el mismo pensamiento y la misma violencia del deseo, sería mejor, de una vez por todas, dar a estas jóvenes mozas las cosas que anhelan.

Algunos atribuyen las cicatrices del rey Dagoberto y de San Francisco a la fuerza de la imaginación. Se dice que, gracias a ella, los cuerpos se desplazan a veces de su lugar; y Celso nos habla de un sacerdote cuya alma se extasiaba de tal manera que el cuerpo permanecía durante mucho tiempo sin sentido ni respiración. San San Agustín menciona a otro que, al oír cualquier grito lamentable o triste, caía en seguida en un desmayo, y estaba tan fuera de sí, que era inútil llamarle, gritarle al oído, pellizcarle o quemarle, hasta que volvía voluntariamente en sí; y entonces decía que había oído voces como de lejos, y que sentía cuando le pellizcaban y quemaban; y, para probar que no era una obstinada disimulación en desafío a su sentido de la sensibilidad, era manifiesto que todo el tiempo no tenía pulso ni respiración.

Es muy probable que las visiones, los encantamientos y todos los efectos extraordinarios de esa naturaleza, deriven su crédito principalmente del poder de la imaginación, trabajando y haciendo su principal impresión en las almas vulgares y más fáciles, cuya creencia es tan extrañamente impuesta, como para pensar que ven lo que no ven.

No estoy seguro de si esas agradables ligaduras -[Les nouements d'aiguillettes, como se llamaban, nudos atados por alguien, en una boda, en una tira de cuero, algodón o seda, y que, especialmente cuando se pasaban por el anillo de bodas, se suponía que tenían el efecto mágico de impedir la consumación del matrimonio hasta que se desataban. Véase Louandre, La Sorcellerie, 1853, p. 73. La misma superstición y aparato existía en Inglaterra. ]-con las que esta época nuestra está tan ocupada, que casi no se habla de otra cosa, no son meras impresiones voluntarias de aprensión y temor; pues sé, por experiencia, en el caso de un amigo mío en particular, de quien puedo ser tan responsable como de mí mismo, y un hombre que no puede caer bajo ninguna forma de sospecha de insuficiencia, y tan poco de estar encantado, que habiendo oído a un compañero suyo hacer una relación de una frigidez inusual que le sorprendió en un momento muy inoportuno; Estando después él mismo comprometido con el mismo relato, el horror de la historia anterior se apoderó de repente de manera tan extraña de su imaginación, que corrió la misma suerte que el otro; y desde entonces, el recuerdo escabroso de su desastre corriendo en su mente y tiranizando sobre él, estuvo sujeto a recaer en la misma desgracia. Sin embargo, encontró algún remedio para esta fantasía en otra fantasía, confesando francamente y declarando de antemano a la parte con la que iba a tener que hacer, esta sujeción suya, por lo que la agitación de su alma fue, en cierto modo, apaciguada; y sabiendo que, ahora, se esperaba de él alguna mala conducta, la restricción de sus facultades se hizo menor. Y más tarde, cuando no tenía tal aprensión, cuando se disponía a realizar el acto (estando entonces sus pensamientos desligados y libres, y su cuerpo en su verdadero y natural estado) estaba en libertad de hacer que la parte fuera manejada y comunicada al conocimiento de la otra parte, estaba totalmente liberado de esa molesta enfermedad. Una vez que un hombre ha hecho bien a una mujer, nunca corre el peligro de portarse mal con esa persona, a menos que sea por alguna debilidad excusable. Tampoco hay que temer este desastre, sino en las aventuras en las que el alma se excede en el deseo o el respeto, y, sobre todo, cuando la oportunidad es de naturaleza imprevista y apremiante; en esos casos, no hay medios para que un hombre se defienda de una sorpresa tal, que lo ponga totalmente fuera de sí. He conocido a algunos que se han salvado de esta desgracia, viniendo medio saciados a otra parte, a propósito para disminuir el ardor de la furia, y a otros que, habiendo envejecido, se encuentran menos impotentes por ser menos capaces; y a uno, que encontró una ventaja al ser asegurado por un amigo suyo, que tenía un contra encanto de encantamientos que lo salvaría de esta desgracia. La historia en sí misma no tiene mucho de malo, y por eso la tendréis.

Un conde de una gran familia, con el que yo era muy íntimo, se casó con una bella dama, que antes había sido cortejada por uno de los que estaban en la boda, y todos sus amigos estaban muy asustados; pero especialmente una anciana, su pariente, que tenía la ordenación de la solemnidad, y en cuya casa se celebraba, sospechando que su rival ofrecería un juego sucio con estos hechizos. Este temor me lo comunicó a mí. Le pedí que confiara en mí: Tenía por casualidad un plato plano de oro en el que estaban grabadas algunas figuras celestiales, supuestamente buenas contra la insolación o los dolores de cabeza, que se aplicaban a la sutura: donde, para que se mantuviera más firme, se cosía a una cinta que se ataba bajo la barbilla; una argucia prima-germana de la que estoy hablando. Jaques Pelletier, que vivía en mi casa, me había regalado esto por una singular rareza. Tuve el deseo de hacer algún uso de esta habilidad, y por ello le dije en privado al Conde que posiblemente podría correr la misma suerte que otros novios habían hecho a veces, especialmente estando alguien en la casa, que, sin duda, estaría encantado de hacerle tal cortesía: pero que se fuera a la cama con valentía. Porque yo le haría el oficio de amigo, y, si fuera necesario, no escatimaría un milagro que estuviera en mi mano hacer, con tal de que él se comprometiera conmigo, por su honor, a guardárselo para sí; y sólo, cuando vinieran a traerle su caudillo, [costumbre en Francia de traerle al novio un caudillo en plena noche de bodas], si las cosas no le habían ido bien, que me hiciera tal señal, y me dejara el resto a mí. Ahora bien, tenía los oídos tan maltratados y la mente tan preñada de la eterna cháchara de este asunto, que cuando volvió en sí, se encontró realmente atado con el problema de su imaginación, y, en consecuencia, a la hora señalada, me dio la señal. Entonces le susurré al oído que se levantara, con el pretexto de sacarnos de la habitación, y que, en broma, me quitara el camisón de los hombros (éramos más o menos de la misma estatura), lo pusiera sobre los suyos y lo mantuviera allí hasta que cumpliera lo que le había ordenado, que era que, cuando todos hubiéramos salido de la habitación, se retirara a hacer agua, repitiera tres veces tales y tales palabras y realizara tantas veces tales y tales acciones; que en cada una de las tres veces, atara la cinta que le puse en la mano alrededor de su medio, y se asegurara de colocar la medalla que estaba atada a ella, las figuras en tal postura, exactamente sobre sus riendas, lo cual hecho, y habiendo la última de las tres veces atado tan bien la cinta que no pudiera desatarse ni resbalar de su lugar, que volviera confiadamente a su negocio, y que no se olvidara de extender mi vestido sobre la cama, de modo que estuviera seguro de cubrirlos a ambos. Estos trucos de simio son los principales del efecto, ya que nuestra fantasía está tan seducida como para creer que tales medios extraños deben, necesariamente, proceder de alguna ciencia abstrusa: su misma inanidad les da peso y reverencia. Y, ciertamente, mis figuras se aprobaron más venéreas que solares, más activas que prohibitivas. Fue un capricho repentino, mezclado con un poco de curiosidad, lo que me llevó a hacer una cosa tan contraria a mi naturaleza; pues soy enemigo de todas las acciones sutiles y falsas, y abomino de toda clase de engaños, aunque sean por deporte y con ventaja; pues aunque la acción no sea viciosa en sí misma, su modo es vicioso.

Amasis, rey de Egipto, habiéndose casado con Laodice, una bellísima virgen griega, aunque se distinguía por sus habilidades en otras partes, se encontró con que era otro hombre con su esposa, y no podía disfrutar de ella, por lo que se enfureció tanto, que amenazó con matarla, sospechando que era una bruja. Como es habitual en las cosas que consisten en la fantasía, ella lo puso en devoción, y habiendo hecho sus votos a Venus, se encontró divinamente restaurado la primera noche después de sus oblaciones y sacrificios. Ahora bien, las mujeres tienen la culpa de entretenernos con ese semblante desdeñoso, tímido y enfadado, que apaga nuestro vigor, a la vez que enciende nuestro deseo; lo que hizo que la nuera de Pitágoras -[Theano, la dama en cuestión era la esposa, no la nuera de Pitágoras]- dijera: "Que la mujer que se acuesta con un hombre, debe quitarse el pudor con sus enaguas, y volver a ponérselo con las mismas". El alma del asaltante, al ser perturbada con muchas y diversas alarmas, pierde fácilmente el poder de actuación; y a quien la imaginación ha puesto una vez este truco, y confundido con la vergüenza del mismo (y ella nunca lo hace sino en el primer conocimiento, por razón de que los hombres son entonces más ardientes y ansiosos, y también, en esta primera cuenta que un hombre da de sí mismo, es mucho más tímido de abortar), habiendo hecho un mal comienzo, entra en tal fiebre y despecho en el accidente, que son propensos a permanecer y continuar con él en las siguientes ocasiones.

Los casados, teniendo todo el tiempo por delante, no deben nunca obligar ni ofrecer en la hazaña, si no se encuentran del todo preparados: y es menos indecoroso dejar de entregar las sábanas nupciales, cuando un hombre se percibe lleno de agitación y temblor, y esperar otra oportunidad en un ocio más privado y más tranquilo, que hacerse perpetuamente desgraciado, por haberse portado mal y haber sido frustrado en el primer asalto. Hasta que la posesión sea tomada, un hombre que se sabe sujeto a esta enfermedad, debe hacer pausadamente y por grados varias pequeñas pruebas y ofertas ligeras, sin intentar obstinadamente de una vez, forzar una conquista absoluta sobre sus propias facultades amotinadas e indispuestas. Los que saben que sus miembros son naturalmente obedientes, no necesitan tener otro cuidado que el de contrarrestar sus fantasías.

Es muy notable la libertad indócil de este miembro, tan importunamente revoltoso en su tumulto e impaciencia, cuando no lo requerimos, y tan intempestivamente desobediente, cuando más lo necesitamos: tan imperiosamente disputando en autoridad con la voluntad, y con tan altiva obstinación negando toda solicitud, tanto de la mano como de la mente. Y sin embargo, aunque su rebelión es tan universalmente denunciada, y esa prueba se deduce para condenarlo, si él, sin embargo, me hubiera alimentado para defender su causa, tal vez traería al resto de sus compañeros a la sospecha de complotar este mal contra él, por pura envidia de la importancia y el placer especial de su empleo; y de haber, por confederación, armado a todo el mundo contra él, acusándolo malévolamente solo, de su ofensa común. Pues considere cualquiera si hay alguna parte de nuestro cuerpo que no se niegue a menudo a desempeñar su oficio por precepto de la voluntad, y que no ejerza a menudo su función desafiando su mandato. Cada una de ellas tiene sus propias pasiones, que las despiertan y las despiertan, las aturden y las entumecen, sin nuestro permiso o consentimiento. Cuántas veces los movimientos involuntarios del semblante descubren nuestros pensamientos interiores, y traicionan nuestros más íntimos secretos a los espectadores. La misma causa que anima este miembro, anima también, sin que lo sepamos, los pulmones, el pulso y el corazón; la vista de un objeto agradable difunde imperceptiblemente una llama por todas nuestras partes, con un movimiento febril. ¿No hay nada más que estas venas y músculos que se hinchan y flaquean sin el consentimiento, no sólo de la voluntad, sino incluso de nuestro conocimiento también? No ordenamos que nuestros pelos se pongan de punta, ni que nuestra piel tiemble de miedo o de deseo; las manos se dirigen a menudo a partes a las que no las dirigimos; la lengua se interdice, y la voz se congestiona, cuando no sabemos cómo ayudarla. Cuando no tenemos nada que comer, y lo prohibiríamos de buena gana, el apetito no deja de agitar las partes que le están sujetas, ni más ni menos que el otro apetito del que hablábamos, y de la misma manera, como intempestivamente nos deja, cuando le parece. Los vasos que sirven para descargar el vientre tienen sus propias dilataciones y compresiones, sin y más allá de nuestra concurrencia, así como los que están destinados a purgar las riendas; y aquello que, para justificar la prerrogativa de la voluntad, San Agustín insta, de haber visto a un hombre que podía ordenar a su retaguardia que descargara tantas veces juntas como le viniera en gana, Vives, su comentarista, aún fortifica con otro ejemplo en su tiempo,-de uno que podía romper el viento en sintonía; pero estos casos no suponen una obediencia más pura en esa parte; porque ¿hay algo comúnmente más tumultuoso o indiscreto? A lo que permítanme añadir que yo mismo conocí a uno tan grosero e ingobernable, que durante cuarenta años juntos hizo que su amo se desahogara con un arrebato continuado e ininterrumpido, y es como si lo hiciera hasta que muriera de ello. Y desearía de corazón, si sólo supiera por la lectura, cuántas veces el vientre de un hombre, por la negación de un solo soplo, lo lleva a la puerta misma de una muerte sumamente dolorosa; y que el emperador -[El emperador Claudio, quien, sin embargo, según Suetonio (Vita, c. 32), sólo pretendía autorizar este singular privilegio mediante un edicto]- que dio libertad para dejar volar en todos los lugares, nos hubiera dado, al mismo tiempo, poder para hacerlo. Pero para nuestra voluntad, en cuyo favor preferimos esta acusación, ¿con cuánta mayor probabilidad podemos reprocharle a ella misma el motín y la sedición, por su irregularidad y desobediencia? ¿Acaso siempre quiere lo que nosotros queremos que haga? ¿No hace a menudo lo que le prohibimos, y en nuestro perjuicio? ¿Se deja gobernar y dirigir por los resultados de nuestra razón más que los demás? Para concluir, debería proponer, en nombre del caballero, mi cliente, que se considere que en este hecho, estando su causa inseparablemente e indistintamente unida a la de un cómplice, sin embargo sólo se le cuestiona a él, y ello con argumentos y acusaciones, que no pueden ser imputados al otro; cuyo negocio, ciertamente, es a veces inoportuno invitar, pero nunca rechazar, e invitar, además, de manera tácita y tranquila; y por lo tanto es la malicia e injusticia de sus acusadores más manifiestamente aparente. Pero sea como fuere, protestando contra los procedimientos de los defensores y jueces, la naturaleza procederá entretanto a su manera, que no había hecho más que bien, si hubiera dotado de algún privilegio particular a este miembro, autor de la única obra inmortal de los mortales; una obra divina, según Sócrates; y el amor, el deseo de la inmortalidad, y él mismo un demonio inmortal.

Alguno, tal vez, por tal efecto de la imaginación haya tenido la suerte de dejar aquí, la escrófula, que su compañero que ha venido después, ha llevado consigo a España. Y es por esta razón que se puede ver por qué los hombres en tales casos requieren una mente preparada para la cosa que se va a hacer. ¿Por qué los médicos poseen, de antemano, la credulidad de sus pacientes con tantas falsas promesas de curación, si no es hasta el final, para que el efecto de la imaginación supla la impostura de sus decocciones? Saben muy bien, que un gran maestro de su oficio ha dado bajo su mano, que ha conocido a algunos con los que la misma vista de la física obraría. Todas estas ideas me vienen ahora a la cabeza, por el recuerdo de una historia que me contó un boticario doméstico de mi padre, un suizo sin pelos en la lengua, una nación no muy adicta a la vanidad y a la mentira, de un comerciante que había conocido durante mucho tiempo en Toulouse, que siendo valetudinario, y muy afligido por la piedra, tenía a menudo ocasión de tomar clysters, de los que hacía prescribir varias clases por los médicos, según los accidentes de su enfermedad; Los cuales, cuando se le traían, y no se omitía ninguna de las formas habituales, como sentir si no hacía demasiado calor, y otras cosas por el estilo, se acostaba, se adelantaba la jeringa y se realizaban todas las ceremonias, con la sola excepción de la inyección; después de lo cual, cuando el boticario se iba, y el paciente se acomodaba como si realmente hubiera recibido un clyster, encontraba la misma operación y el mismo efecto que tienen los que han tomado uno de verdad; y si en algún momento el médico no encontraba la operación suficiente, solía darle dos o tres dosis más, de la misma manera. Y el compañero juraba que, para ahorrar gastos (pues pagaba como si los hubiera tomado de verdad), la mujer de este enfermo, habiendo hecho a veces la prueba del agua tibia solamente, el efecto descubría el engaño, y encontrando que éstos no hacían ningún bien, estaba dispuesta a volver a la antigua manera.

Una mujer que creía haberse tragado un alfiler en un trozo de pan, lloraba y se lamentaba como si tuviera un dolor intolerable en la garganta, donde creía sentirlo clavado; pero un ingenioso compañero que la atendió, al no ver ningún tumor ni alteración exterior, suponiendo que se trataba sólo de una presunción tomada de algún mendrugo de pan que la había lastimado al bajar, la hizo vomitar, y, sin ser visto, arrojó un alfiler torcido en la palangana, que la mujer no tardó en ver, pero creyendo que lo había arrojado, al momento se encontró aliviada de su dolor. Yo mismo conocí a un caballero, que habiendo atendido a una gran compañía en su casa, tres o cuatro días después se jactó en broma (pues no había tal cosa), de que les había hecho comer un gato asado; ante lo cual, una joven caballero, que había estado en el festín, tomó tal horror, que cayendo en un violento vómito y fiebre, no hubo medio posible de salvarla. Incluso las bestias brutas están sujetas a la fuerza de la imaginación tan bien como nosotros; presten atención a los perros, que se mueren de pena por la pérdida de sus amos, y ladran y tiemblan y se sobresaltan en su sueño; así los caballos patearán y relincharán en su sueño.

Ahora bien, todo esto puede atribuirse a la estrecha afinidad y relación entre el alma y el cuerpo que intercomunican sus fortunas; pero es otra cosa muy distinta cuando la imaginación actúa no sólo sobre el propio cuerpo particular, sino también sobre el de los demás. Y como un cuerpo infectado comunica su enfermedad a los que se acercan o viven cerca de él, como vemos en la peste, la viruela y el dolor de ojos, que recorren familias y ciudades enteras

"Dum spectant oculi laesos, laeduntur et ipsi;

Multaque corporibus transitione nocent".

["Cuando miramos a la gente con ojos doloridos, nuestros propios ojos se vuelven dolorosos.

Muchas cosas son perjudiciales para nuestros cuerpos por la transición".

-Ovidio, De Rem. Amor., 615.]

-así la imaginación, al agitarse con vehemencia, lanza una infección capaz de ofender al objeto extraño. Los antiguos tenían la opinión de ciertas mujeres de Escitia, que estando animadas y enfurecidas contra alguien, lo mataban sólo con su mirada. Las tortugas y las avestruces incuban sus huevos con sólo mirarlas, lo que infiere que sus ojos tienen en ellos alguna virtud jaculatoria. Y se dice que los ojos de las brujas son asaltantes e hirientes:-

"Nescio quis teneros oculus mihi fascinat agnos".

["Algún ojo, no sé de quién, está hechizando a mis tiernos corderos".

-Virgilio, Égloga, iii. 103.]

Los magos no son una buena autoridad para mí. Pero vemos experimentalmente que las mujeres imparten las marcas de su fantasía a los niños que llevan en el vientre; atestigua la que fue llevada a la cama de un moro; y fue presentada a Carlos el Emperador y Rey de Bohemia, una niña de alrededor de Pisa, toda áspera y cubierta de pelo, de la que su madre dijo que había sido concebida así a causa de una imagen de San Juan el Bautista, que colgaba dentro de las cortinas de su cama.

Lo mismo sucede con las bestias; véanse las ovejas de Jacob, y las liebres y perdices que la nieve vuelve blancas en las montañas. Hace poco se vio en mi casa un gato que miraba a un pájaro en lo alto de un árbol: estos, durante algún tiempo, fijando mutuamente sus ojos, el pájaro al fin se dejó caer muerto en las garras del gato, o bien deslumbrado por la fuerza de su propia imaginación, o bien atraído por algún poder de atracción del gato. Aquellos que son adictos a los placeres del campo, han oído, sin duda, la historia del cetrero, que habiendo fijado seriamente sus ojos en un milano en el aire, apostó a que la derribaría con la sola fuerza de su vista, y así lo hizo, como se dijo; porque los cuentos que tomo prestados los cargo a la conciencia de aquellos de quienes los tengo. Los discursos son míos, y se fundan en las pruebas de la razón, no en las de la experiencia; a las que cada uno tiene libertad de añadir sus propios ejemplos; y quien no los tenga, que no deje de creer, considerado el número y la variedad de los accidentes, que los hay en abundancia; si yo no los aplico bien, que otro lo haga por mí. Y, además, en el tema que trato, nuestras costumbres y movimientos, testimonios y ejemplos; por fabulosos que sean, siempre que sean posibles, sirven tanto como los verdaderos; ya sea que hayan sucedido realmente o no, en Roma o en París, a Juan o a Pedro, todavía está dentro del límite de la capacidad humana, lo que me sirve para un buen uso. Veo, y aprovecho, tanto en la sombra como en la sustancia; y entre las diversas lecturas de la historia, extraigo las más raras y memorables para que se ajusten a mi propio giro. Hay autores cuyo único fin y propósito es dar cuenta de las cosas que han sucedido; el mío, si pudiera llegar a ello, sería dar cuenta de lo que puede suceder. Hay una justa libertad permitida en las escuelas, de suponer similitudes, cuando no tienen ninguna a mano. Sin embargo, no hago ningún uso de ese privilegio, y en cuanto a ese asunto, en la religión supersticiosa, supero toda autoridad histórica. En los ejemplos que aquí traigo, de lo que he oído, leído, hecho o dicho, me he prohibido atreverme a alterar hasta las circunstancias más ligeras e indiferentes; mi conciencia no falsea ni una tilde; lo que pueda hacer mi ignorancia, no puedo decirlo.

Y esto es lo que me hace dudar a veces en mi propia mente, si un divino, o un filósofo, y tales hombres de exacta y tierna prudencia y conciencia, son aptos para escribir la historia: porque ¿cómo pueden apostar su reputación a una fe popular? ¿cómo ser responsables de las opiniones de hombres que no conocen? y ¿con qué seguridad entregan sus conjeturas para la paga actual? De las acciones realizadas ante sus propios ojos, en las que varias personas fueron actores, no estarían dispuestos a declarar bajo juramento ante un juez; y no hay ningún hombre, tan familiarmente conocido por ellos, de cuyas intenciones se volverían absolutamente cautelosos. Por mi parte, creo que es menos peligroso escribir sobre las cosas pasadas que sobre las presentes, por lo mucho que el escritor se limita a dar cuenta de cosas que todo el mundo sabe que tiene que tomar necesariamente prestadas.

Algunos me piden que escriba los asuntos de mi tiempo, pues creen que los miro con un ojo menos cegado por la pasión que otro, y que tengo una visión más clara de ellos por el libre acceso que la fortuna me ha dado a los jefes de varias facciones; pero no consideran que para comprar la gloria de Sallust, no me daría el trabajo, enemigo jurado como soy de la obligación, la asiduidad o la perseverancia: que no hay nada tan contrario a mi estilo, como una narración continuada, tan a menudo me interrumpo y corto en mi escritura por falta de aliento; no tengo composición ni explicación que valga nada, y soy ignorante, más allá de un niño, de las frases y hasta de las mismas palabras propias para expresar las cosas más comunes; y por esa razón es que me he comprometido a decir sólo lo que puedo decir, y he acomodado mi tema a mis fuerzas. Si tomara a uno como guía, tal vez no podría seguirle el paso; y en la libertad de mi libertad podría emitir juicios, que con mejores pensamientos, y de acuerdo con la razón, serían ilegítimos y punibles. Plutarco diría de lo que nos ha entregado, que es obra de otros: que sus ejemplos son todos y en todas partes exactamente verdaderos: que son útiles a la posteridad, y se presentan con un brillo que nos iluminará el camino de la virtud, es obra suya. No es de tan peligrosa consecuencia, como en una droga medicinal, el que una vieja historia sea así o asá.

CAPÍTULO XXI—QUE EL BENEFICIO DE UN HOMBRE ES EL DAÑO DE OTRO

Demades el ateniense-[Séneca, De Beneficiis, vi. 38, de donde se extrae casi todo este capítulo], condenó a uno de su ciudad, cuyo oficio era vender lo necesario para las ceremonias fúnebres, con el pretexto de que exigía una ganancia desmedida, y que esa ganancia no podía llegar a él sino por la muerte de un gran número de personas. Un juicio que parece mal fundado, ya que ningún beneficio puede obtenerse sino a expensas de otro, y que por la misma regla debería condenar toda ganancia de cualquier tipo. El comerciante sólo prospera por el libertinaje de la juventud, el marido por la carestía del grano, el arquitecto por la ruina de los edificios, los abogados y los funcionarios de la justicia por los pleitos y las contiendas de los hombres; es más, hasta el honor y el oficio de los divinos se derivan de nuestra muerte y nuestros vicios. Un médico no se complace en la salud ni siquiera de sus amigos, dice el antiguo escritor cómico griego, ni un soldado en la paz de su país, y así de los demás. Y, lo que es aún peor, si cada uno bucea en su propio pecho, encontrará que sus deseos privados brotan y sus esperanzas secretas crecen a expensas de otro. A partir de esta consideración se me ocurre que la naturaleza no se desvía en esto de su política general, pues los médicos sostienen que el nacimiento, la alimentación y el aumento de cada cosa es la disolución y la corrupción de otra:

"Nam quodcumque suis mutatum finibus exit,

Continuo hoc mors est illius, quod fuit ante".

["Porque, todo lo que sale de sus propios confines y cambia, es a la vez la

a la vez la muerte de lo que antes era" -Lucrecio, ii. 752.]

CAPÍTULO XXII—DE LA COSTUMBRE, Y QUE NO DEBEMOS CAMBIAR FÁCILMENTE UNA LEY RECIBIDA

Me parece que tuvo una comprensión correcta y verdadera del poder de la costumbre quien inventó por primera vez la historia de una campesina que, habiéndose acostumbrado a jugar con un ternero joven y a llevarlo en sus brazos, y continuando diariamente con ello a medida que crecía, obtuvo esto por costumbre, que, cuando creció hasta ser un gran buey, todavía era capaz de llevarlo. Porque, en verdad, la costumbre es una maestra violenta y traicionera. Ella, poco a poco, con ligereza y sin darse cuenta, se desliza en el pie de su autoridad, pero habiendo por este comienzo suave y humilde, con el beneficio del tiempo, la fija y establece, ella entonces desenmascara un semblante furioso y tiránico, contra el cual no tenemos más el valor o el poder tanto como para levantar nuestros ojos. La vemos, en todo momento, forzando y violando las reglas de la naturaleza:

"Usus efficacissimus rerum omnium magister".

["La costumbre es el mejor maestro de todas las cosas".

-Pliny, Nat. Hist.,xxvi. 2.]

Me refiero a ella en la caverna de Platón en su República, y a los médicos, que tan a menudo someten las razones de su arte a su autoridad; como la historia de aquel rey, que por costumbre llevó su estómago a ese paso, como a vivir de veneno, y la doncella de la que Alberto informa haber vivido de arañas. En aquel nuevo mundo de las Indias, se encontraron grandes naciones, y en climas muy diferentes, que tenían la misma dieta, hacían provisión de ellas, y las alimentaban para sus mesas; como también, hacían con saltamontes, ratones, lagartijas y murciélagos; y en tiempo de escasez de tales manjares, un sapo se vendía por seis coronas, todo lo cual cocinaban, y servían con varias salsas. También se encontraron otros, para quienes nuestra dieta, y la carne que comemos, eran venenosas y mortales:

"Consuetudinis magna vis est: pernoctant venatores in nive:

in montibus uri se patiuntur: pugiles, caestibus contusi,

ne ingemiscunt quidem".

["El poder de la costumbre es muy grande: los cazadores se tiran toda la

noche en la nieve, o se dejan quemar por el sol en las montañas.

en las montañas; los boxeadores, heridos por el caestus, nunca emiten un

Cicerón, Tusc., ii. 17].

Estos extraños ejemplos no parecerán tan extraños si consideramos lo que tenemos de experiencia ordinaria, lo mucho que la costumbre aturde nuestros sentidos. No necesitamos ir a lo que se cuenta de la gente sobre las cataratas del Nilo; y lo que los filósofos creen de la música de las esferas, que los cuerpos de esos círculos siendo sólidos y lisos, y llegando a tocarse y frotarse unos con otros, no pueden dejar de crear una maravillosa armonía, cuyos cambios y cadencias causan las revoluciones y danzas de las estrellas; pero que el sentido del oído de todas las criaturas de aquí abajo, al estar universalmente, como el de los egipcios, ensordecido y aturdido por el continuo ruido, no puede, por muy grande que sea, percibirlo-[Este pasaje está tomado de Cicerón, "Sueño de Escipión"; véase su De Republica, vi. II. Se dice que los egipcios estaban aturdidos por el ruido de las cataratas.]- Los herreros, molineros, peluqueros, forjadores y armeros nunca podrían vivir con el ruido perpetuo de sus propios oficios, si éste golpeara sus oídos con la misma violencia que lo hace con los nuestros.

Mi jubón perfumado satisface mi propio olor al principio; pero después de haberlo llevado tres días seguidos, sólo es agradable para los espectadores. Esto es aún más extraño, que la costumbre, a pesar de los largos intervalos e interrupciones, tenga el poder de unir y establecer el efecto de sus impresiones en nuestros sentidos, como se manifiesta en aquellos que viven cerca de los campanarios y el frecuente ruido de las campanas. Yo mismo estoy en casa en una torre, donde todas las mañanas y tardes una campana muy grande toca el Ave María: el ruido sacude mi misma torre, y al principio me parecía insoportable; pero estoy tan acostumbrado a él, que lo oigo sin ninguna clase de ofensa, y a menudo sin despertarme por ello.

Platón-[Diógenes Laercio, iii. 38. Pero aquel a quien Platón censuró no era un niño que jugaba a las nueces, sino un hombre que lanzaba los dados] -reprendiendo a un niño por jugar a las nueces, "me reprendes", dice el niño, "por una cosa muy pequeña". "La costumbre", respondió Platón, "no es poca cosa". Me parece que nuestros mayores vicios derivan su primera propensión de nuestra más tierna infancia, y que nuestra principal educación depende de la enfermera. A las madres les complace enormemente ver a un niño retorcerse el cuello de una gallina, o complacerse en herir a un perro o a un gato; y hay padres tan sabios en el mundo, que consideran como una notable marca de espíritu marcial, cuando oyen a un hijo llamar mal, o le ven dominar a un pobre campesino, o a un lacayo, que no se atreve a responder, ni a volverse; y una gran señal de ingenio, cuando le ven engañar y sobrepasar a su compañero de juego con alguna maliciosa traición y engaño. Sin embargo, estas son las verdaderas semillas y raíces de la crueldad, la tiranía y la traición; allí brotan y se ponen, y después brotan vigorosamente, y crecen hasta un volumen prodigioso, cultivado por la costumbre. Y es un error muy peligroso excusar estas viles inclinaciones sobre la ternura de su edad, y la trivialidad del tema: primero, es la naturaleza la que habla, cuya declaración es entonces más sincera, y los pensamientos internos más indisimulados, ya que es más débil y joven; segundo, la deformidad del cozenaje no consiste ni depende de la diferencia entre coronas y alfileres; pero más bien considero más justo concluir así: ¿por qué no ha de cozenear en coronas ya que lo hace en alfileres, que como lo hacen quienes dicen que sólo juegan por alfileres, no lo harían si fuera por dinero? Los niños deben ser instruidos cuidadosamente para aborrecer los vicios por su propia contextura; y la deformidad natural de esos vicios debe serles representada de tal manera, que no sólo los eviten en sus acciones, sino especialmente para que los abominen en sus corazones, que el solo pensamiento les resulte odioso, con cualquier máscara que se disfrace.

Sé muy bien, por lo que a mí respecta, que por haber sido educado en mi niñez en un modo de tratar llano y directo, y por haber tenido aversión a toda clase de malabarismos y juegos sucios en mis deportes y recreaciones infantiles (y, en efecto, hay que tener en cuenta que las jugadas de los niños no se realizan en el juego, sino que deben juzgarse en ellas como sus acciones más serias), no hay juego tan pequeño en el que desde mi propio seno naturalmente, y sin estudio ni esfuerzo, no tenga una aversión extrema al engaño. Barajo y corto y hago tanto ruido con los naipes, y llevo una cuenta tan estricta de los centavos, como de las pistolas dobles; cuando gano o pierdo contra mi mujer y mi hija, me es indiferente, como cuando juego en serio con otros, por sumas redondas. En todo momento, y en todo lugar, mis propios ojos se bastan para mirar a mis dedos; no me vigila ningún otro tan estrechamente, ni hay ninguno al que tenga más respeto.

Vi el otro día, en mi propia casa, a un muchachito, natural de Nantes, nacido sin brazos, que ha enseñado tan bien a sus pies a realizar los servicios que debían hacerle sus manos, que verdaderamente éstas han olvidado a medias su oficio natural; y, en efecto, el muchacho las llama sus manos; con ellas corta cualquier cosa, carga y descarga una pistola, enhebra una aguja, cose, escribe, se quita el sombrero, se peina la cabeza, juega a los naipes y a los dados, y todo ello con tanta destreza como podría hacerlo cualquier otro que tuviera más y más adecuados miembros para ayudarle. El dinero que le di -pues se gana la vida mostrando estas hazañas- lo tomó con el pie, como nosotros lo hacemos con la mano. He visto a otro que, siendo todavía un muchacho, blandía una espada de dos manos, y, si se me permite decirlo, manejaba una alabarda con los meros movimientos de su cuello y hombros por falta de manos; las lanzaba al aire y las volvía a coger, lanzaba una daga y hacía sonar un látigo tan bien como cualquier cochero de Francia.

Pero los efectos de la costumbre son mucho más manifiestos en las extrañas impresiones que imprime en nuestras mentes, donde encuentra menos resistencia. ¿Qué es lo que no tiene el poder de imponer a nuestros juicios y creencias? ¿Hay alguna opinión tan fantástica (omitiendo las burdas imposturas de las religiones, con las que vemos a tantas grandes naciones, y a tantos hombres entendidos, tan extrañamente obsesionados; pues estando esto más allá del alcance de la razón humana, cualquier error es más excusable en quienes no están dotados, por la bondad divina, de una extraordinaria iluminación de lo alto), sino que, de otras opiniones, hay alguna tan extravagante, que ella no haya plantado y establecido por leyes en aquellas partes del mundo sobre las que se ha complacido en ejercer su poder? Y por lo tanto aquella antigua exclamación fue excesivamente justa:

"Non pudet physicum, id est speculatorem venatoremque naturae,

ab animis consuetudine imbutis petere testimonium veritatis?"

["¿No es una vergüenza para un filósofo natural, es decir, para un

observador y cazador de la naturaleza, buscar el testimonio de la verdad en mentes

¿Cicerón, De Natura Deor., i. 30.]

Creo que no puede entrar en la imaginación humana ninguna fantasía tan absurda o ridícula que no se encuentre con algún ejemplo de la práctica pública y que, en consecuencia, nuestra razón no fundamente y respalde. Hay personas entre las que está de moda dar la espalda al que saludan, y no mirar nunca al hombre al que pretenden honrar. Hay un lugar donde, cada vez que el rey escupe, las más grandes damas de su corte extienden sus manos para recibirlo; y otra nación, donde las personas más eminentes que lo rodean se inclinan para recoger su ordenanza en un paño de lino. Dejemos aquí espacio para insertar una historia.

Un caballero francés acostumbraba a sonarse la nariz con los dedos (cosa muy contraria a nuestra moda), y justificándose por ello, y siendo un hombre famoso por sus agradables réplicas, me preguntó, ¿qué privilegio tenía este asqueroso excremento? que debíamos llevar un pañuelo fino para recibirlo, y, lo que era más, después regarlo cuidadosamente, y llevarlo todo el día en nuestros bolsillos, lo cual, dijo, no podía ser sino mucho más nauseabundo y ofensivo, que verlo tirado, como hacíamos con todas las demás evacuaciones. Me di cuenta de que lo que decía no carecía de razón, y al estar frecuentemente en su compañía, esa acción desaliñada suya se me hizo finalmente familiar; lo cual, sin embargo, nos hace una mueca cuando oímos hablar de otro país. Los milagros parecen serlo, según nuestra ignorancia de la naturaleza, y no según la esencia de la naturaleza el estar continuamente acostumbrados a cualquier cosa, ciega el ojo de nuestro juicio. Los bárbaros no son para nosotros una maravilla más de lo que nosotros lo somos para ellos; ni con más razón, como todo el mundo confesaría, si después de haber recorrido esos ejemplos remotos, los hombres pudieran asentarse para reflexionar, y conferirlos con razón, a los suyos. La razón humana es una tintura casi igualmente infundida en todas nuestras opiniones y costumbres, de cualquier forma que sean; infinita en materia, infinita en diversidad. Pero vuelvo a mi tema.

Hay pueblos en los que, exceptuando a su esposa e hijos, nadie habla con el rey sino por un tubo. En una misma nación, las vírgenes descubren aquellas partes que el pudor debería persuadirlas a ocultar, y las mujeres casadas las cubren y ocultan cuidadosamente. En otro lugar, esta costumbre está relacionada con el hecho de que la castidad, excepto en el matrimonio, no se valora, ya que las mujeres solteras pueden prostituirse con todos los que quieran, y si están embarazadas, pueden tomar legalmente medicamentos, a la vista de todos, para destruir sus frutos. Y, en otro lugar, si un comerciante se casa, todos los de la misma condición, que son invitados a la boda, se acuestan con la novia delante de él; y cuanto mayor sea el número de ellos, mayor es su honor, y la opinión de su capacidad y fuerza: si un oficial se casa, es lo mismo, lo mismo con un trabajador, o uno de condición mezquina; pero entonces pertenece al señor del lugar para llevar a cabo esa oficina; y, sin embargo, una lealtad severa durante el matrimonio se impone después estrictamente. Hay lugares donde se mantienen burdeles de jóvenes para el placer de las mujeres; donde las esposas van a la guerra tanto como los maridos, y no sólo comparten los peligros de la batalla, sino, además, los honores del mando. Otros, en los que llevan anillos no sólo en la nariz, los labios, las mejillas y los dedos de los pies, sino también pesados gimmals de oro clavados en el pecho y las nalgas; en los que, al comer, se limpian los dedos en los muslos, los genitales y las plantas de los pies; en los que los hijos están excluidos, y sólo heredan los hermanos y los sobrinos; y en otros lugares, sólo los sobrinos, salvo en la sucesión del príncipe: donde, para la regulación de la comunidad de bienes y propiedades, observada en el país, ciertos magistrados soberanos les han encomendado la carga universal y la supervisión de la agricultura, y la distribución de los frutos, de acuerdo con la necesidad de cada uno donde lamentan la muerte de los niños, y festejan el fallecimiento de los ancianos: donde yacen diez o doce en una cama, los hombres y sus esposas juntos: donde las mujeres, cuyos maridos llegan a un final violento, pueden casarse de nuevo, y otras no: donde la condición de las mujeres es vista con tal desprecio, que matan a todas las mujeres nativas, y compran esposas de sus vecinos para suplir su uso; donde los maridos pueden repudiar a sus esposas, sin mostrar ninguna causa, pero las esposas no pueden separarse de sus maridos, por la causa que sea; donde los maridos pueden vender a sus esposas en caso de esterilidad; donde hierven los cuerpos de sus muertos, y después los machacan hasta convertirlos en pulpa, que mezclan con su vino, y lo beben; donde la sepultura más codiciada es para que se la coman los perros, y en otros lugares los pájaros; donde creen que las almas de los bienaventurados viven en toda clase de libertad, en campos deliciosos, provistos de toda clase de manjares, y que son estas almas, repitiendo las palabras que pronunciamos, las que llamamos Eco; donde luchan en el agua, y lanzan sus flechas con la más mortal puntería, nadando; donde, en señal de sujeción, levantan los hombros y bajan la cabeza; donde se quitan los zapatos al entrar en el palacio del rey; donde los eunucos, que se encargan de las mujeres sagradas, tienen, además, los labios y las narices cortados, para que no sean amados; donde los sacerdotes se sacan los ojos, para conocer mejor a sus demonios y recibir mejor sus oráculos; donde cada uno se hace una deidad de lo que más le gusta; el cazador de un león o de una zorra, el pescador de algún pez; ídolos de toda acción o pasión humana; donde el sol, la luna y la tierra son las principales deidades, y la forma de jurar es tocar la tierra mirando al cielo; donde se come tanto la carne como el pescado crudos; donde el mayor juramento que se hace es jurar por el nombre de algún muerto de reputación, poniendo la mano sobre su tumba; donde el regalo de año nuevo que el rey envía todos los años a los príncipes, sus vasallos, es fuego, que al ser traído, todo el fuego viejo es apagado, y la gente vecina está obligada a traer del nuevo, cada uno para sí mismo, bajo pena de alta traición; donde, cuando el rey, para dedicarse enteramente a la devoción, se retira de su administración (lo que a menudo ocurre), su siguiente sucesor está obligado a hacer lo mismo, y el derecho del reino recae en el tercero en la sucesión: donde varían la forma de gobierno, según la aparente necesidad de los asuntos: deponen al rey cuando lo consideran oportuno, sustituyendo a ciertos ancianos para que gobiernen en su lugar, y a veces lo transfieren a las manos de la comunidad: donde los hombres y las mujeres son circuncidados y también bautizados: donde el soldado, que en uno o varios compromisos, ha sido tan afortunado como para presentar siete de las cabezas de los enemigos al rey, es hecho noble: donde viven en esa rara e insociable opinión de la mortalidad del alma: donde las mujeres dan a luz sin dolor ni miedo: donde las mujeres llevan polainas de cobre en ambas piernas, y si un piojo las muerde, están obligadas por magnanimidad a volver a morderlas, y no se atreven a casarse, hasta que antes hayan hecho a su rey una oferta de su virginidad, si le place aceptarla: donde la forma ordinaria de saludar es bajando un dedo a la tierra, y luego apuntando hacia el cielo: donde los hombres llevan cargas sobre sus cabezas, y las mujeres sobre sus hombros; donde las mujeres hacen agua de pie, y los hombres en cuclillas: donde envían su sangre en señal de amistad, y ofrecen incienso a los hombres que quieren honrar, como dioses: donde, no sólo al cuarto, sino en cualquier otro grado remoto, no se permite casar a los parientes: donde los niños tienen cuatro años de nodriza, y a menudo doce; en cuyo lugar, además, se considera mortal dar de mamar al niño el primer día después de nacer: donde la corrección de los niños varones está especialmente destinada a los padres y a las madres de las niñas; el castigo es colgarlos por los talones en el humo: donde circuncidan a las mujeres: donde comen toda clase de hierbas, sin otro escrúpulo que el del mal olor: donde todas las cosas están abiertas las casas más finas, amuebladas de la manera más rica, sin puertas, ventanas, baúles o cofres que cerrar, un ladrón es castigado allí el doble de lo que son en otros lugares: donde rompen los piojos con los dientes como los monos, y aborrecen verlos muertos con las uñas: donde en toda su vida no se cortan el pelo ni se recortan las uñas; y, en otro lugar, se recortan las de la mano derecha solamente, dejando crecer la izquierda por adorno y valentía: donde dejan crecer el pelo del lado derecho todo lo que quiera, y se afeitan el otro; y en las provincias vecinas, algunos se dejan crecer el pelo por delante, y otros por detrás, afeitando el resto: donde los padres dejan a sus hijos, y los maridos a sus mujeres, para que los alquilen a sus invitados; donde un hombre puede conseguir a su propia madre con un hijo, y los padres se sirven de sus propias hijas o hijos, sin escándalo; donde, en sus fiestas solemnes, se prestan indistintamente sus hijos unos a otros, sin ninguna consideración de cercanía de sangre. En un lugar, los hombres se alimentan de carne humana; en otro, se considera un oficio piadoso que un hombre mate a su padre a cierta edad; en otro lugar, los padres disponen de sus hijos, mientras aún están en el vientre de sus madres, algunos para ser conservados y criados cuidadosamente, y otros para ser abandonados o regalados. En otra parte, los maridos ancianos prestan sus mujeres a los jóvenes; y en otro lugar están en común sin ofender; en un lugar en particular, las mujeres toman como una marca de honor el tener tantas borlas de flecos alegres en la parte inferior de su vestido, como hayan dormido con varios hombres. Además, ¿no ha hecho la costumbre una república de mujeres por separado? ¿no ha puesto armas en sus manos, y las ha hecho levantar ejércitos y luchar en batallas? ¿Y no instruye, por su propio precepto, al vulgo más ignorante, y lo perfecciona en cosas que toda la filosofía del mundo no podría meter en la cabeza de los hombres más sabios? Porque conocemos naciones enteras, en las que la muerte no sólo era despreciada, sino que se la consideraba con el mayor de los triunfos; en las que los niños de siete años se dejaban azotar hasta la muerte, sin cambiar el semblante; en las que las riquezas eran tan despreciadas, que el ciudadano más mezquino no se hubiera dignado a tomar una bolsa de coronas. Y conocemos regiones, muy fructíferas en toda clase de provisiones, donde, no obstante, la dieta más ordinaria, y que más les complace, es sólo pan, berros y agua. ¿Acaso la costumbre no ha obrado en Quíos el milagro de que en setecientos años no se haya sabido que ninguna doncella o esposa haya cometido acto alguno en perjuicio de su honor?

Para concluir, no hay nada, en mi opinión, que ella no haga o pueda hacer; y por lo tanto, con muy buena razón es que Píndaro la llama la gobernante del mundo. El que fue visto golpeando a su padre, y reprendido por ello, respondió que era la costumbre de su familia; que, del mismo modo, su padre había golpeado a su abuelo, su abuelo a su bisabuelo, "Y éste", dice, señalando a su hijo, "cuando llegue a mi edad, me golpeará a mí". Y el padre, al que el hijo arrastraba y arrastraba por las calles, le ordenó que se detuviera en cierta puerta, pues él mismo, dijo, no había arrastrado a su padre más allá, siendo ese el límite máximo del ultraje hereditario que los hijos solían practicar sobre los padres de su familia. Es tanto por costumbre como por enfermedad, dice Aristóteles, que las mujeres se rasgan el pelo, se muerden las uñas y comen carbón y tierra, y más por costumbre que por naturaleza que los hombres se maltratan entre sí.

Las leyes de la conciencia, que pretendemos derivar de la naturaleza, proceden de la costumbre; cada uno, teniendo una veneración interior por las opiniones y maneras aprobadas y recibidas entre su propio pueblo, no puede, sin muy gran reticencia, apartarse de ellas, ni aplicarse a ellas sin aplauso. En tiempos pasados, cuando los de Creta querían maldecir a alguien, rogaban a los dioses que lo comprometieran con alguna mala costumbre. Pero el principal efecto de su poder es el de apoderarse de nosotros y atraparnos, de modo que apenas podemos desprendernos de su influencia, o volver a nosotros mismos para considerar y sopesar las cosas que nos ordena. A decir verdad, por la razón de que lo absorbemos con nuestra leche, y de que la cara del mundo se presenta en esta postura a nuestra primera vista, parece como si hubiéramos nacido con la condición de seguir esta pista; y las fantasías comunes que encontramos en reputación por todas partes alrededor de nosotros, e infundidas en nuestras mentes con la semilla de nuestros padres, parecen ser las más universales y genuinas; de donde resulta que todo lo que está fuera de los goznes de la costumbre, se cree que está también fuera de los goznes de la razón; cuán irracionalmente por la mayor parte, Dios lo sabe.

Si, como hemos aprendido a hacer los que nos estudiamos a nosotros mismos, todo el que oye una buena frase, considerara inmediatamente en qué medida afecta a su propio interés privado, cada uno encontraría que no era tanto una buena frase, como un severo latigazo a la estupidez ordinaria de su propio juicio: pero los hombres reciben los preceptos y las amonestaciones de la verdad, como si estuvieran dirigidos a la clase común, y nunca a ellos mismos; y en lugar de aplicarlos a sus propias costumbres, sólo los memorizan de manera muy ignorante y poco provechosa. Pero volvamos al imperio de la costumbre.

Las personas que han sido educadas en la libertad, y que no están sujetas a ningún otro dominio que la autoridad de su propia voluntad, consideran cualquier otra forma de gobierno como monstruosa y contraria a la naturaleza. Los que están acostumbrados a la monarquía hacen lo mismo; y cualquier oportunidad que la fortuna les presente para cambiar, incluso entonces, cuando con las mayores dificultades se han desprendido de un amo, que les era molesto y penoso, corren enseguida, con las mismas dificultades, a crear otro; siendo incapaces de tomar en odio la propia sujeción.

Es por la mediación de la costumbre, que cada uno se contenta con el lugar donde está plantado por naturaleza; y los montañeses de Escocia no jadean más por Touraine, que los escitas por Tesalia. Preguntando Darío a ciertos griegos qué tomarían para asumir la costumbre de los indios de comer los cadáveres de sus padres (pues esa era su costumbre, creyendo que no podían darles una sepultura mejor ni más noble que la de enterrarlos en sus propios cuerpos), le respondieron que nada en el mundo los contrataría para hacerlo; pero habiendo tratado también de persuadir a los indios para que dejaran su costumbre y, a la manera griega, quemaran los cuerpos de sus padres, concibieron un horror aún mayor a la moción. -[Heródoto, iii. 38.]-Todos hacen lo mismo, pues el uso nos oculta el verdadero aspecto de las cosas.

"Nil adeo magnum, nec tam mirabile quidquam

Principio, quod non minuant mirarier omnes Paullatim".

["No hay nada al principio tan grandioso, tan admirable, que por grados

la gente no mire con menos admiración" -Lucrecio, ii. 1027].

Al tener que justificar una vez algo que se usaba entre nosotros y que se recibía con absoluta autoridad en muchas leguas a la redonda, y no contentarme, como suelen hacer los hombres, con establecerlo sólo por la fuerza de la ley y el ejemplo, sino indagar aún más en su origen, encontré que el fundamento era tan débil, que yo, que me ocupaba de confirmar a otros, estuve a punto de quedar insatisfecho. Es por este recibo que Platón -[Leyes, viii. 6. ...] se ocupa de curar los amores antinaturales y absurdos de su tiempo, como uno que estima de soberana virtud, a saber, que la opinión pública los condena; que los poetas, y toda clase de escritores, relatan historias horribles de ellos; una receta, en virtud de la cual las hijas más hermosas ya no seducen la lujuria de sus padres; ni los hermanos, de la más fina forma y moda, el deseo de sus hermanas; las mismas fábulas de Tiestes, Edipo y Macario, con la armonía de su canto, han infundido esta sana opinión y creencia en los tiernos cerebros de los niños. La castidad es, en verdad, una virtud grande y brillante, y cuya utilidad es suficientemente conocida; pero tratar de ella y exponerla en su verdadero valor, según la naturaleza, es tan difícil como fácil hacerlo según la costumbre, las leyes y los preceptos. Las razones fundamentales y universales son de muy oscura y difícil investigación, y nuestros maestros las pasan por alto con ligereza, o no se atreven a tocarlas, y se precipitan en la libertad y protección de la costumbre, donde se inflan y triunfan hasta el hartazgo: los que no se dejan apartar de esta fuente original, cometen aún un error mayor, y se someten a opiniones descabelladas; téngase en cuenta a Crisipo, [Sexto Empírico, Pyyrhon. Hypotyp, i. 14.]-que, en muchos de sus escritos, ha esparcido el poco relato que hizo de las conjunciones incestuosas, cometidas con cualquier parentesco cercano.

Quien quisiera desprenderse de este violento prejuicio de la costumbre, encontraría varias cosas recibidas con absoluta e indudable opinión, que no tienen otro apoyo que la vetusta cabeza y el rostro remachado del antiguo uso. Pero si se le quita la máscara, y las cosas se someten a la decisión de la verdad y de la razón, encontrará que su juicio ha sido derrocado por completo, y sin embargo, restaurado a un estado mucho más seguro. Por ejemplo, le preguntaré, ¿qué puede ser más extraño que ver a un pueblo obligado a obedecer leyes que nunca entendieron; obligado en todos sus asuntos domésticos, como matrimonios, donaciones, testamentos, ventas y compras, a reglas que no pueden conocer, ya que no están escritas ni publicadas en su propio idioma, y de las cuales tienen que comprar tanto la interpretación como el uso? No según la ingeniosa opinión de Isócrates -[Discurso a Nicocles]-, que aconsejó a su rey que hiciera que los tratos y negociaciones de sus súbditos fueran libres, francos y provechosos para ellos, y que sus pleitos y disputas fueran gravosos y estuvieran cargados de pesadas imposiciones y penas; sino que, mediante una opinión prodigiosa, hiciera la venta de la razón misma y diera a las leyes un curso de mercancías. Me considero obligado a la fortuna de que, según relatan nuestros historiadores, fue un caballero gascón, paisano mío, el primero que se opuso a Carlomagno, cuando intentó imponernos las leyes latinas e imperiales.

¿Qué puede ser más salvaje que ver una nación en la que, por costumbre legal, se compra y se vende el cargo de juez, en la que las sentencias se pagan con dinero fácil, y en la que se puede negar legítimamente la justicia a quien no tiene con qué pagarla? una mercancía con tan buena reputación, que en un gobierno se crea un cuarto estamento de abogados pendencieros, que se suma a los tres antiguos de la iglesia, la nobleza y el pueblo; este cuarto estamento, al tener las leyes en sus manos, y el poder soberano sobre la vida y la fortuna de los hombres, constituye otro cuerpo separado de la nobleza: De ahí que haya dos leyes, la del honor y la de la justicia, en muchas cosas totalmente opuestas entre sí; los nobles condenan tan rigurosamente la mentira cometida, como los otros la venganza: por la ley de las armas, será degradado de toda nobleza y honor el que aguante una afrenta; y por la ley civil, el que vindica su reputación por medio de la venganza incurre en una pena capital: el que se dirige a la ley para reparar una ofensa hecha a su honor, se deshonra; y el que no lo hace, es censurado y castigado por la ley. Sin embargo, de estas dos cosas tan diferentes, ambas referidas a una misma cabeza, la una tiene el cargo de la paz, la otra el de la guerra; aquéllas tienen el beneficio, éstas el honor; aquéllas la sabiduría, éstas la virtud; aquéllas la palabra, éstas la acción; aquéllas la justicia, éstas el valor; aquéllas la razón, éstas la fuerza; aquéllas la túnica larga, éstas la corta; divididas entre sí.

Porque lo que concierne a las cosas indiferentes, como la ropa, ¿quién pretende devolverlas a su verdadero uso, que es el servicio y la conveniencia del cuerpo, y del que dependen su gracia y aptitud originales? porque lo más fantástico, en mi opinión, que puede imaginarse, lo citaré entre otras cosas, nuestras gorras planas, esa larga cola de terciopelo que cuelga de las cabezas de nuestras mujeres, con sus adornos de colores de fiesta; y ese vano y fútil modelo de miembro que no podemos ni nombrar con modestia, y que, sin embargo, hacemos gala y desfile en público. Estas consideraciones, sin embargo, no convencerán a ningún hombre comprensivo de rechazar el modo común; sino que, por el contrario, creo que todas las modas singulares y particulares son más bien marcas de locura y vana afectación que de sana razón, y que un hombre sabio, en su interior, debería retirar y apartar su alma de la multitud, y allí mantenerla en libertad y en poder de juzgar libremente las cosas; pero en cuanto a lo externo, absolutamente seguir y conformarse a la moda del momento. La sociedad pública no tiene nada que ver con nuestros pensamientos, pero lo demás, como nuestras acciones, nuestros trabajos, nuestras fortunas y nuestras vidas, debemos prestarlos y abandonarlos a su servicio y a la opinión común, como hizo aquel buen y gran Sócrates que se negó a conservar su vida por una desobediencia al magistrado, aunque muy perversa e injusta, pues es la regla de las reglas, la ley general de las leyes, que cada uno observe las del lugar en que vive.

["Es bueno obedecer las leyes del propio país".

-Excerpta ex Trag. Gyaecis, Grotio interp., 1626, p. 937.]

Y ahora a otro punto. Es una duda muy grande, si se puede obtener algún beneficio tan manifiesto de la alteración de una ley recibida, sea lo que sea, ya que hay peligro e inconveniente en alterarla; ya que el gobierno es una estructura compuesta de diversas partes y miembros unidos y acoplados entre sí, con una conexión tan estricta, que es imposible remover tanto como un ladrillo o piedra, pero todo el cuerpo será sensible a ello. El legislador de los turianos -[Charondas; Diod. Sic, xii. 24.]-ordenó que cualquiera que quisiera ir a abolir una ley antigua o a establecer una nueva, se presentara con un ronzal al cuello ante el pueblo, con el fin de que si la innovación que iba a introducir no era aprobada por todos, fuera inmediatamente ahorcado; y el de los lacedemonios empleó su vida para obtener de sus ciudadanos una promesa fiel de que ninguna de sus leyes sería violada. -[Licurgo; Plutarco, en Vita, c. 22.]-El éforo que tan rudamente cortó las dos cuerdas que Frinis había añadido a la música, nunca se paró a examinar si esa adición mejoraba la armonía, o si por su medio el instrumento era más pleno y completo; le bastó para condenar la invención, que era una novedad, y una alteración de la antigua moda. Que es también el sentido de la vieja espada oxidada llevada ante la magistratura de Marsella.

Por mi parte, tengo una gran aversión a la novedad, sea cual sea la cara o la pretensión que lleve consigo, y tengo razón, habiendo sido testigo presencial de los grandes males que ha producido. De los que durante tantos años se han abatido sobre nosotros, no es enteramente responsable; pero se puede decir, con bastante color, que ha producido y engendrado accidentalmente los males y la ruina que desde entonces han sucedido, tanto fuera como contra ella; a ella, principalmente, debemos acusar de estos desórdenes:

"¡Heu! patior telis vulnera facta meis".

["¡Ay! Las heridas fueron hechas por mis propias armas".

-Ovidio, Ep. Phyll. Demophoonti, vers. 48.]

Aquellos que dan la primera sacudida a un estado, son casi naturalmente los primeros abrumados en su ruina los frutos de la conmoción pública rara vez son disfrutados por aquel que fue el primer motor; él golpea y perturba el agua para la red de otro. La unidad y la contextura de esta monarquía, de este grandioso edificio, habiendo sido rasgada y desgarrada en su vejez, por esta cosa llamada innovación, ha abierto desde entonces un desgarro, y ha dado suficiente entrada a tales heridas: la majestad real con mayor dificultad declina de la cima al medio, luego cae y se desploma de cabeza del medio al fondo. Pero si los inventores hacen el mayor daño, los imitadores son más viciosos para seguir ejemplos de los que han sentido y castigado tanto el horror como la ofensa. Y si puede haber algún grado de honor en el mal hacer, estos últimos deben ceder a los otros la gloria de idear, y el valor de hacer el primer intento. Toda clase de nuevos desórdenes extraen fácilmente, de esta fuente primitiva y siempre fluyente, ejemplos y precedentes para perturbar e incomodar a nuestro gobierno: leemos en nuestras mismas leyes, hechas para el remedio de este primer mal, el comienzo y las pretensiones de toda clase de empresas perversas; y nos sucede lo que Tucídides dijo de las guerras civiles de su tiempo, que, en favor de los vicios públicos, les dieron nombres nuevos y más plausibles para su excusa, endulzando y disfrazando sus verdaderos títulos; lo cual debe hacerse, por cierto, para reformar nuestra conciencia y creencia:

"Honesta oratio est;"

["Palabras bellas en verdad" -Ter. And., i. I, 114.]

pero la mejor pretensión de innovación es de muy peligrosas consecuencias:

"Aden nihil motum ex antiquo probabile est".

["Siempre nos equivocamos al cambiar las formas antiguas" -Livy, xxxiv. 54].

Y para decir libremente lo que pienso, se argumenta un extraño amor propio y una gran presunción para ser tan aficionado a las propias opiniones, que una paz pública debe ser derribada para establecerlas, e introducir tantos males inevitables, y una corrupción de costumbres tan espantosa, como una guerra civil y las mutaciones de estado consecuentes, siempre traen consigo, e introducirlas, en una cosa de tan alta preocupación, en las entrañas del propio país. ¿Puede haber peor agricultura que oponer tantos vicios ciertos y conocidos a los errores que sólo son discutidos y discutibles? ¿Y hay peor clase de vicios que los que se cometen contra la propia conciencia del hombre y la luz natural de su propia razón? El Senado, en la disputa entre él y el pueblo sobre la administración de su religión, tuvo la audacia de devolver esta evasión por la paga actual:

"Ad deos id magis, quam ad se, pertinere: ipsos visuros,

ne sacra sua polluantur;"

["Esas cosas pertenecen a los dioses para determinar que a ellos; que los

los dioses, por tanto, cuiden de que sus sagrados misterios no sean

profanados". -Livy, x. 6.]

según lo que el oráculo respondió a los de Delfos que, temiendo ser invadidos por los persas en la guerra de los medos, preguntaron a Apolo cómo debían disponer del sagrado tesoro de su templo; si debían esconderlo o trasladarlo a otro lugar. Él les respondió que no debían sacar nada de allí, y que sólo debían cuidarse a sí mismos, pues él se bastaba para cuidar lo que le pertenecía. -[Heródoto, viii. 36.].-

La religión cristiana tiene todas las marcas de la mayor utilidad y justicia: pero ninguna más manifiesta que el severo mandato que impone indistintamente a todos de rendir absoluta obediencia al magistrado civil, y de mantener y defender las leyes. De lo cual, ¿qué maravilloso ejemplo nos ha dejado la sabiduría divina, que, para establecer la salvación de la humanidad, y conducir su gloriosa victoria sobre la muerte y el pecado, no lo haría de otra manera, sino a merced de nuestras formas ordinarias de justicia, sometiendo el progreso y el resultado de un efecto tan elevado y tan saludable, a la ceguera e injusticia de nuestras costumbres y observancias; sacrificando la sangre inocente de tantos de sus elegidos, y una pérdida tan larga de tantos años, para la maduración de este inestimable fruto? Hay una gran diferencia entre el caso de uno que sigue las formas y leyes de su país, y el de otro que se empeña en regularlas y cambiarlas; de quien el primero alega la sencillez, la obediencia y el ejemplo como excusa, que, haga lo que haga, no puede ser imputado a la malicia; en el peor de los casos no es más que una desgracia:

"Quis est enim, quem non moveat clarissimis monumentis

testata consignataque antiquitas?"

["Porque ¿quién es el que la antigüedad, atestiguada y confirmada por los

¿Cicerón, De Divin., i. 40.]

además de lo que dice Isócrates, que el defecto está más cerca de la moderación que el exceso: el otro es un juguete mucho más irritante; porque quien se encargue de elegir y alterar, usurpa la autoridad de juzgar, y debería mirar bien a su alrededor, y ocuparse de discernir claramente el defecto de lo que quiere abolir, y la virtud de lo que va a introducir.

Esta consideración tan vulgar es la que me asentó en mi puesto, y mantuvo bajo la rienda hasta mi juventud más extravagante e ingobernable, para no cargar mis hombros con un peso tan grande, como para hacerme responsable de una ciencia de tanta importancia, y en esto atreverme, lo que en mi mejor y más maduro juicio, no me atrevía a hacer en las cosas más fáciles e indiferentes en las que había sido instruido, y en las que la temeridad de juzgar no tiene ninguna importancia; me parece muy injusto ir a someter las costumbres e instituciones públicas y establecidas, a la debilidad e inestabilidad de una fantasía privada y particular (pues la razón privada no tiene más que una jurisdicción privada), e intentar aquello sobre lo divino, que ningún gobierno soportará que un hombre haga, sobre las leyes civiles; con las cuales, aunque la razón humana tiene mucho más comercio que con las otras, son juzgadas soberanamente por sus propios jueces, y la extrema suficiencia sólo sirve para exponer y exponer la ley y la costumbre recibida, y no para arrancarla, ni para introducir nada, de innovación. Si, a veces, la divina providencia ha ido más allá de las reglas a las que necesariamente nos ha atado y obligado a los hombres, no es para darnos ninguna dispensa para hacer lo mismo; Esos son golpes maestros de la mano divina, que no debemos imitar, sino admirar, y ejemplos extraordinarios, marcas de propósitos expresos y particulares, de la naturaleza de los milagros, presentados ante nosotros como manifestaciones de su omnipotencia, igualmente por encima de nuestras reglas y fuerza, que sería una locura e impiedad intentar representar e imitar; y que no debemos seguir, sino contemplar con la mayor reverencia: actos de su personaje, y no para nosotros. Cotta declara muy oportunamente:

"Quum de religione agitur, Ti. Coruncanium, P. Scipionem,

P. Scaevolam, pontifices maximos, non Zenonem, aut Cleanthem,

aut Chrysippum, sequor".

["Cuando se trata de religión, sigo a los sumos sacerdotes

T. Coruncanius, P. Scipio, P. Scaevola, y no a Zenón, Cleanthes, o

Cicerón, De Natura Deor., iii. 2.]

Sabe Dios, en la presente disputa de nuestra guerra civil, en la que hay cien artículos que sacar y poner, grandes y muy considerables, cuántos son los que verdaderamente pueden presumir de haber sopesado y comprendido exacta y perfectamente los fundamentos y razones de una y otra parte; es un número, si es que hacen algún número, que sería capaz de darnos muy poca perturbación. Pero ¿qué es de todos los demás, bajo qué enseñas marchan, en qué barrio se encuentran? Su efecto es el mismo que el de otras medicinas débiles y mal aplicadas; sólo han puesto a trabajar los humores que purgarían más violentamente, agitados y exasperados por el conflicto, y los han dejado todavía. La poción era demasiado débil para purgar, pero lo suficientemente fuerte como para debilitarnos; de modo que no funciona, sino que la mantenemos inmóvil en nuestros cuerpos, y no cosechamos nada de la operación más que agravios y dolencias intestinales.

Así es, sin embargo, que la Fortuna, reservándose todavía su autoridad, desafiando todo lo que podamos hacer o decir, nos presenta a veces una necesidad tan urgente, que es necesario que las leyes cedan un poco y cedan; y cuando uno se opone al aumento de una innovación que así se entromete por la violencia, para mantenerse en todos los lugares y en todas las cosas dentro de los límites y las reglas contra los que tienen el poder, y para quienes todas las cosas son lícitas que pueden servir de alguna manera para avanzar en su diseño, que no tienen otra ley ni regla sino lo que sirve mejor a su propio propósito, 'es una obligación peligrosa y una desigualdad intolerable:

"Aditum nocendi perfido praestat fides,"

["Poner la fe en una persona traicionera, abre la puerta al

Séneca, OEdip, acto iii, versículo 686.]

ya que la disciplina ordinaria de un estado saludable no prevé estos accidentes extraordinarios; presupone un cuerpo que se sostiene en sus principales miembros y oficios, y un consentimiento común a su obediencia y observación. Un procedimiento legítimo es frío, pesado y constreñido, y no es apto para hacer frente a un procedimiento testarudo y desenfrenado. Se sabe que hasta el día de hoy, aquellos dos grandes hombres, Octavio y Catón, en las dos guerras civiles de Sila y César, prefirieron sufrir a su país hasta las últimas consecuencias, antes que aliviar a sus conciudadanos a costa de sus leyes, o ser culpables de cualquier innovación; porque en verdad, en estas últimas necesidades, donde no hay otro remedio, sería, tal vez, más discreto, inclinarse y ceder un poco para recibir el golpe, que, oponiéndose sin posibilidad de hacer el bien, dar ocasión a la violencia para pisotear a todos; y mejor hacer que las leyes hagan lo que puedan, cuando no pueden hacer lo que quisieran. Así lo hizo aquel [Agesilao] que las suspendió durante veinticuatro horas, y aquel otro [Alejandro Magno] que por una vez cambió un día del calendario, y que del mes de junio hizo un segundo de mayo. Los mismos lacedemonios, que eran tan religiosos observadores de las leyes de su país, se vieron obligados por uno de sus propios edictos, por el que se prohibía expresamente elegir dos veces al mismo hombre como almirante; y por otro lado, sus asuntos requerían necesariamente que Lisandro volviera a tomar ese mando, hicieron almirante a un tal Arato; es cierto, pero con todo, Lisandro pasó a ser general de la marina; y, por la misma sutileza, siendo enviado uno de sus embajadores a los atenienses para obtener la revocación de algún decreto, y advirtiéndole Pericles que estaba prohibido quitar la tablilla en la que una vez se había engrosado una ley, le aconsejó que la volviera sólo, que no estaba prohibida; y Plutarco elogia a Filopoemén, que habiendo nacido para mandar, sabía hacerlo, no sólo de acuerdo con las leyes, sino también para anular hasta las mismas leyes, cuando la necesidad pública así lo requería.

CAPÍTULO XXIII—VARIOS ACONTECIMIENTOS DEL MISMO CONSEJO

Jacques Amiot, gran limosnero de Francia, me relató un día esta historia, en honor de un príncipe nuestro (y nuestro era en varias cuentas muy buenas, aunque originalmente de extracción extranjera),-[El Duque de Guisa, apellidado Le Balafre. Que en la época de nuestras primeras conmociones, en el sitio de Rouen, [en 1562] este príncipe, habiendo sido anunciado por la reina madre de una conspiración contra su vida, y habiéndosele dado en sus cartas un aviso particular de la persona que iba a ejecutar el negocio (que era un caballero de Anjou o de Maine, y que a este efecto frecuentaba ordinariamente la casa de este príncipe), no descubrió ni una sílaba de esta inteligencia a nadie; pero yendo al día siguiente al monte de Santa Catalina, [Un Catherine, [una eminencia en las afueras de Rouen que domina el Sena. Desde el cual nuestra batería tocaba contra la ciudad (ya que fue durante el tiempo del asedio), y teniendo en compañía a dicho señor limosnero y a otro obispo, vio a este caballero, que le había sido señalado, y en seguida envió a buscarlo; a quien, al llegar ante él, viéndole ya pálido y tembloroso por la conciencia de su culpa, le dijo así: "Señor", tal, "adivináis lo que tengo que deciros; vuestro semblante lo descubre; es en vano disimular vuestra práctica, pues estoy tan bien informado de vuestro asunto, que no hará más que empeoraros el andar ocultándolo o negándolo: conocéis muy bien tales y cuales pasajes" (que eran las circunstancias más secretas de su conspiración), "y, por tanto, estad seguro, ya que ofrecéis vuestra propia vida, de confesarme toda la verdad del designio. " El pobre hombre, viéndose así atrapado y condenado (pues todo el asunto había sido descubierto a la reina por uno de los cómplices), se vio en tal aprieto, que no supo qué hacer; pero, juntando las manos, para suplicar y pedir clemencia, se arrojó a los pies de su príncipe, quien tomándolo en pie, procedió a decir: "Vamos, señor; decidme, ¿os he ofendido alguna vez? o ¿he ofendido, por odio o malicia privada, a algún pariente o amigo vuestro? No hace más de tres semanas que os conozco; ¿qué motivo, pues, podría moveros a atentar contra mi muerte?" A lo que el caballero, con voz temblorosa, contestó: "Que no era ningún rencor particular el que tenía hacia su persona, sino el interés y la preocupación general de su partido, y que había sido puesto en ello por algunos que le habían persuadido de que sería un acto meritorio, por cualquier medio, extirpar a un enemigo tan grande y tan poderoso de su religión." "Pues bien", dijo el príncipe, "os haré ver ahora, cuánto más caritativa es la religión que yo mantengo, que la que vos profesáis: la vuestra os ha aconsejado matarme, sin oírme hablar, y sin haberos dado nunca motivo de ofensa; y la mía me manda perdonaros, convicto como estáis, por vuestra propia confesión, de un designio de matarme sin razón. -[Imitado por Voltaire. Ver Nodier, Preguntas, p. 165.]-Vete; no dejes que te vea más; y, si eres sabio, elige en adelante hombres más honestos como consejeros en tus designios."-[Dampmartin, La Fortune de la Coup, liv. ii, p. 139]

El emperador Augusto, -[Esta historia está tomada de Séneca, De Clementia, i. 9.]- estando en la Galia, tuvo cierta información de una conspiración que L. Cinna estaba tramando contra él; por lo tanto, resolvió hacer de él un ejemplo; y, con ese fin, envió a convocar a sus amigos para reunirse a la mañana siguiente en consejo. Pero la noche intermedia la pasó con gran inquietud, considerando que estaba a punto de dar muerte a un joven, de ilustre familia y sobrino del gran Pompeyo, lo que le hizo estallar en varias quejas apasionadas. "¿Qué es, pues, -dijo-, que he de vivir en perpetua ansiedad y alarma, y permitir que mi posible asesino, mientras tanto, ande por ahí en libertad? ¿Quedará impune, después de haber conspirado contra mi vida, una vida que hasta ahora he defendido en tantas guerras civiles, en tantas batallas por tierra y por mar? Y después de haber resuelto la paz universal de todo el mundo, ¿se perdonará a este hombre, que ha conspirado no sólo para asesinarme, sino para sacrificarme?", pues la conspiración era para matarlo en el sacrificio. Después de lo cual, permaneciendo durante algún tiempo en silencio, comenzó de nuevo, en tonos más altos, y exclamó contra sí mismo, diciendo: "¿Por qué vives, si es por el bien de tantos que debes morir? ¿No ha de haber fin a tus venganzas y crueldades? ¿Es tu vida de tan gran valor, que hay que hacer tantas maldades para conservarla?" Su esposa Livia, al verle en esta perplejidad: "¿Aceptarás el consejo de una mujer?", dijo. "Haz como los médicos, que, cuando las recetas ordinarias no dan resultado, prueban lo contrario. Con la severidad no has conseguido nada hasta ahora; Lépido ha seguido a Salvidieno; Murena, a Lépido; Caepio, a Murena; Egnacio, a Caepio. Empezad ahora y probad cómo triunfan la dulzura y la clemencia. Cinna está condenado; perdónalo, nunca más tendrá el corazón para herirte, y será un acto para tu gloria". Augusto se alegró de haber encontrado un defensor de su propio humor, por lo que, después de dar las gracias a su esposa, y, por la mañana, contradecir a sus amigos que había convocado antes al consejo, ordenó que le trajeran a Cinna solo; que, una vez llegado, y una silla por su designación, habiendo ordenado a todos los demás fuera de la habitación, le habló de la siguiente manera: "En primer lugar, Cinna, te exijo una audiencia paciente; no me interrumpas en lo que voy a decir, y después te daré tiempo y tranquilidad para responder. Tú sabes, Cinna, -[Este pasaje, tomado de Séneca, ha sido parafraseado en verso por Corneille. Véase Nodier, Questions de la Literature llgale, 1828, pp. 7, 160. El monólogo de Augusto en este capítulo también es de Séneca. Ibídem, 164.]-que habiéndote hecho prisionero en el campo enemigo, y siendo tú un enemigo, no sólo convertido en tal, sino nacido como tal, te di la vida, te devolví todos tus bienes y, finalmente, te puse en tan buena posición, por mi generosidad, de vivir bien y a tus anchas, que los vencedores envidiaron a los vencidos. El cargo sacerdotal que me solicitaste, te lo concedí, después de habértelo negado a otros, cuyos padres siempre portaron las armas a mi servicio. Después de tantas obligaciones, te has comprometido a matarme". A lo que Cinna gritó que estaba muy lejos de tener un pensamiento tan perverso: "No mantienes tu promesa, Cinna", continuó Augusto, "de que no me interrumpirías. Sí, te has comprometido a asesinarme en tal lugar, en tal día, en tal compañía y de tal manera". Ante estas palabras, viendo a Cinna asombrado y callado, no por su promesa de ser así, sino interdictado con el peso de su conciencia: "¿Por qué?", procedió Augusto, "¿con qué fin lo harías? ¿Es para ser emperador? Créeme, la República está en muy malas condiciones, si yo soy el único hombre entre tú y el imperio. No eres capaz ni de defender tu propia casa, y el otro día fuiste derrotado en un juicio por el interés opuesto de un simple esclavo manumitido. ¿Qué, no tienes medios ni poder en ninguna otra cosa, sino sólo para emprender al César? Renuncio al trono, si no hay otro que obstruya tus esperanzas. ¿Puedes creer que Paulo, que Fabio, que los Cossii y los Servilii, y tantos romanos nobles, no sólo por su título, sino que por su virtud honran su nobleza, te sufrirían o soportarían?" Después de esto, y de mucho más que le dijo (pues estuvo dos largas horas hablando), "Ahora vete, Cinna, sigue tu camino: Te doy la vida de traidor y parricida que antes te di en calidad de enemigo. Que comience entre nosotros la amistad de ahora en adelante, y demostremos si yo he dado, o tú has recibido tu vida con la mejor fe"; y así se alejó de él. Algún tiempo después, lo prefirió a la dignidad consular, quejándose de que no tenía la confianza para exigirla; lo tuvo siempre por su gran amigo, y fue, por fin, hecho por él único heredero de todos sus bienes. Ahora bien, desde el momento de este accidente que le ocurrió a Augusto en el cuadragésimo año de su edad, nunca tuvo ninguna conspiración o atentado contra él, y así cosechó la debida recompensa de esta su tan generosa clemencia. Pero no sucedió así con nuestro príncipe, pues su moderación y misericordia no le aseguraron, sino que después cayó en los vericuetos de la misma traición -[El duque de Guisa fue asesinado en 1563 por Poltrot]-; tan vana y fútil es la prudencia humana; a pesar de todos nuestros proyectos, consejos y precauciones, la fortuna seguirá siendo la dueña de los acontecimientos.

Consideramos a los médicos afortunados cuando dan con una cura afortunada, como si no hubiera otro arte más que el suyo que no pudiera sostenerse sobre sus propias piernas, y cuyos cimientos fueran demasiado débiles para apoyarse en su propia base; como si ningún otro arte necesitara la mano de la Fortuna para ayudarle. Por mi parte, pienso en la física tanto en lo bueno como en lo malo, ya que, gracias a Dios, no tenemos ningún tráfico en común. Soy de un humor muy contrario al de los demás hombres, pues siempre la desprecio; pero cuando estoy enfermo, en lugar de retractarme o de entrar en composición con ella, empiezo, además, a odiarla y a temerla, diciéndoles a los que me importunan para que tome la física, que en todo caso deben darme tiempo para que recupere mis fuerzas y mi salud, para que pueda soportar y enfrentar mejor la violencia y el peligro de sus pociones. Dejo obrar a la naturaleza, suponiendo que está suficientemente armada de dientes y garras para defenderse de los asaltos de la enfermedad, y para sostener esa contextura, cuya disolución vuela y aborrece. Tengo miedo de que, en lugar de ayudarla cuando está luchando contra la enfermedad, ayude a su adversario y la cargue aún más de trabajo.

Ahora bien, digo que no sólo en la física, sino en otras artes más seguras, la fortuna tiene una parte muy grande.

Los arrebatos poéticos, los vuelos de la fantasía, que embelesan y transportan al autor fuera de sí mismo, ¿por qué no hemos de atribuirlos a su buena fortuna, puesto que él mismo confiesa que exceden su suficiencia y fuerza, y reconoce que proceden de algo más que de sí mismo, y que no los tiene más en su poder que los oradores dicen que tienen esos movimientos y agitaciones extraordinarios que a veces los empujan más allá de su designio? Lo mismo sucede en la pintura, donde los toques se deslizan a veces de la mano del pintor, superando tanto su concepción como su arte, como para provocar su propia admiración y asombro. Pero la fortuna manifiesta aún más evidentemente la parte que le corresponde en todas las cosas de esta clase, por las gracias y elegancias que encontramos en ellas, no sólo más allá de la intención, sino incluso sin el conocimiento del obrero: un lector competente descubre a menudo en los escritos de otros hombres otras perfecciones que el propio autor pretendía o percibía, un sentido más rico y una expresión más pintoresca.

En cuanto a las empresas militares, todo el mundo ve la gran mano que tiene la Fortuna en ellas. Incluso en nuestros consejos y deliberaciones debe haber, ciertamente, algo de azar y de buena suerte mezclado con la prudencia humana; porque todo lo que nuestra sabiduría puede hacer por sí sola no es gran cosa; cuanto más penetrante, rápida y aprensiva es, más débil se encuentra, y es por ello mucho más propensa a desconfiar de sí misma. Yo soy de la opinión de Sila, que libró sus grandes hazañas de la envidia atribuyéndolas siempre a su buena fortuna, y finalmente apellidándose Fausto, el Afortunado (Plutarco, Hasta dónde puede alabarse un hombre, c. 9). Y cuando examino de cerca las hazañas más gloriosas de la guerra, percibo que los que las llevan a cabo utilizan el consejo y el debate sólo por costumbre, y dejan la mejor parte de la empresa a la Fortuna, y confiando en su ayuda, transgreden, en todo momento, los límites de la conducta militar y las reglas de la guerra. En sus deliberaciones ocurren, a veces, fortuitos alacranes y extrañas furias, que en su mayor parte les impulsan a seguir los consejos peor fundados, y a engrosar su valor más allá de los límites de la razón. De ahí que varios de los grandes capitanes de antaño, para justificar esas temerarias resoluciones, se hayan apresurado a decir a sus soldados que fueron invitados a tales intentos por alguna inspiración, alguna señal y pronóstico.

Por lo tanto, en esta duda e incertidumbre, que la miopía de la sabiduría humana para ver y elegir lo mejor (a causa de las dificultades que los diversos accidentes y circunstancias de las cosas traen consigo) nos desconcierta, el camino más seguro, en mi opinión, si ninguna otra consideración nos invita a ello, es lanzarse a lo que tenga mayor apariencia de honestidad y justicia; y no, estando seguros del más corto, seguir el camino más recto y directo; como en los dos ejemplos que acabo de dar, no hay duda de que fue más noble y generoso en quien había recibido la ofensa, perdonarla, que hacer lo contrario. Si el primero -[El Duque de Guisa.]- se equivocó en ello, no se le puede reprochar, sin embargo, su buena intención; tampoco se sabe si, de haber procedido de otro modo, habría evitado por ese medio el fin que su destino le había señalado; y además había perdido la gloria de un acto tan humano.

Leerás en la historia, de muchos que han estado en tal aprehensión, que la mayoría ha tomado el curso para enfrentar y anticiparse a las conspiraciones contra ellos por medio del castigo y la venganza; pero encuentro muy pocos que han cosechado alguna ventaja por este procedimiento; atestigua tantos emperadores romanos. Quien se encuentre en este peligro, no debe esperar mucho ni de su vigilancia ni de su poder; pues qué difícil es para un hombre asegurarse de un enemigo, que se oculta bajo el semblante del más asiduo amigo que tenemos, y descubrir y conocer las voluntades y pensamientos internos de quienes están a nuestro servicio personal. De mucho sirve tener una guardia de extranjeros alrededor de uno, y estar siempre cercado con una pálida de hombres armados; quien desprecia su propia vida, es siempre dueño de la de otro hombre -[Séneca, Ep., 4.]- Y además, esta continua sospecha, que hace a un príncipe celoso de todo el mundo, debe ser necesariamente un extraño tormento para él. Por eso, Dion, al saber que Calipo buscaba todas las oportunidades para quitarle la vida, nunca tuvo el valor de indagar más particularmente en ello, diciendo que prefería morir a vivir en esa miseria, que debía estar continuamente en guardia, no sólo contra sus enemigos, sino también contra sus amigos;-[Plutarco, Apotegmas. ]-que Alejandro manifestó de forma mucho más vívida y rotunda en efecto, cuando, teniendo noticia por una carta de Parmenio, de que Filipo, su médico más querido, estaba corrompido por el dinero de Darío para envenenarlo, al mismo tiempo que le daba la carta a Filipo para que la leyera, se bebía la poción que le había traído. ¿No era esto expresar una resolución, que si sus amigos tenían la intención de despacharlo del mundo, él estaba dispuesto a darles la oportunidad de hacerlo? Este príncipe es, ciertamente, el soberano modelo de las acciones arriesgadas; pero no sé si hay otro pasaje en su vida en el que haya tanto valor firme como en éste, ni una imagen tan ilustre de la belleza y grandeza de su mente.

Los que predican a los príncipes tan circunspectos y vigilantes los celos y la desconfianza, bajo el color de la seguridad, les predican la ruina y la deshonra: nada noble puede realizarse sin peligro. Conozco a una persona, naturalmente de un valor muy atrevido y emprendedor, cuya buena fortuna se ve continuamente empañada por tales persuasiones, de que se mantenga estrechamente rodeado de sus amigos, de que no debe escuchar ninguna reconciliación con sus antiguos enemigos, de que debe mantenerse alejado, y no confiar su persona en manos más fuertes que las suyas, cualesquiera que sean las promesas u ofertas que le hagan, o las ventajas que pueda ver ante él. Y conozco a otro, que ha hecho avanzar inesperadamente su fortuna siguiendo un claro consejo contrario.

El valor, cuya reputación y gloria buscan los hombres con tan ávido apetito, se presenta, cuando la necesidad lo requiere, tan magníficamente en cuerpo, como con armadura completa; en un armario, como en un campamento; con los brazos colgantes, como con los brazos levantados.

Esta prudencia excesivamente circunspecta y cautelosa es un enemigo mortal de todas las hazañas elevadas y generosas. Escipión, para sondear la intención de Sífax, dejando su ejército, abandonando España, aún no segura ni bien asentada en su nueva conquista, pudo pasar a África en dos pequeñas naves, para comprometerse, en un país enemigo, con el poder de un rey bárbaro, con una fe no probada y desconocida, sin obligación, sin rehenes, bajo la única seguridad de la grandeza de su propio valor, su buena fortuna y la promesa de sus altas esperanzas.-[ Livio, xxviii. 17.]

"Habita fides ipsam plerumque fidem obligat".

["La confianza obliga a menudo a la fidelidad" -Livio, xxii. 22.]

En la vida de la ambición y de la gloria, es necesario mantener las riendas rígidas sobre la sospecha: el miedo y la desconfianza invitan y atraen la ofensa. El más desconfiado de nuestros reyes -[Luis XI]- estableció sus asuntos principalmente entregando voluntariamente su vida y su libertad en manos de sus enemigos, manifestando con ello que tenía una confianza absoluta en ellos, para que tuvieran la misma seguridad en él. César sólo opuso la autoridad de su semblante y la altanera agudeza de sus reprimendas a sus legiones amotinadas en armas contra él:

"Stetit aggere fulti

Cespitis, intrepidus vultu: meruitque timeri,

Nil metuens".

["Se puso de pie sobre un montículo, su semblante intrépido, y mereció ser

temido, sin temer nada".]

Pero es cierto, además, que esta impávida seguridad no debe ser representada en su forma simple y completa, sino por aquellos a quienes la aprensión de la muerte, y lo peor que pueda suceder, no aterra ni atemoriza; porque representar una supuesta resolución con un semblante pálido y dudoso y con los miembros temblorosos, para el servicio de una importante reconciliación, no tendrá ningún efecto. Es un excelente modo de ganarse el corazón y la voluntad de otro, someterse y confiarse a él, siempre que parezca que se hace libremente, y sin el apremio de la necesidad, y en tal condición, que un hombre lo haga manifiestamente por una pura y entera confianza en la parte, al menos, con un semblante limpio de toda nube de sospecha. Vi, cuando era niño, a un caballero, que era gobernador de una gran ciudad, con ocasión de una conmoción y furia popular, no sabiendo qué otro curso tomar, salir de un lugar de gran fuerza y seguridad, y entregarse a la misericordia de la chusma sediciosa, con la esperanza de apaciguar por ese medio el tumulto antes de que llegara a una cabeza más formidable; pero le fue mal que lo hiciera, pues fue allí miserablemente asesinado. Sin embargo, no soy de la opinión de que cometiera un error tan grande al salir, como los hombres comúnmente reprochan a su memoria, como lo hizo al elegir un camino suave y sumiso para llevar a cabo su propósito, y al esforzarse por calmar esta tormenta, más bien obedeciendo que mandando, y suplicando más que protestando; y me inclino a creer que una amable severidad, con un modo de mandar como el de un soldado, lleno de seguridad y confianza, adecuado a la calidad de su persona y a la dignidad de su mando, habría tenido más éxito con él; al menos, habría perecido con mayor decencia y reputación. No hay nada que se pueda esperar o esperar tan poco de este monstruo de muchas cabezas, en su furia, como la humanidad y la buena naturaleza; es mucho más capaz de reverencia y temor. También debería reprocharle que, habiendo tomado la resolución (a mi juicio, más valiente que temeraria) de exponerse, débil y desnudo, en este mar tempestuoso de locos enfurecidos, debería haberse ceñido a su texto, y no haber abandonado ni por un instante el alto papel que había emprendido; mientras que, al descubrir más de cerca su peligro, y al sangrar su nariz, cambió de nuevo aquel semblante recatado y adulador que había puesto al principio, por otro de miedo y asombro, llenando su voz de súplicas y sus ojos de lágrimas, y, procurando retirarse y asegurar su persona, que el carruaje inflamó más su furia, y pronto trajo los efectos de ésta sobre él.

Hubo un tiempo en que se pretendía hacer una reunión general de varias tropas en armas (y ésa es la ocasión más apropiada para las venganzas secretas, y no hay lugar donde puedan ejecutarse con mayor seguridad), y hubo apariencias públicas y manifiestas, de que no había una venida segura para algunos, cuyo oficio principal y necesario era revisarlos. Entonces se celebró una consulta, y se propusieron varios consejos, como en un caso muy bonito y de gran dificultad; y además de grave consecuencia. El mío, entre los demás, fue que debían evitar por todos los medios dar cualquier señal de sospecha, pero que los oficiales que estaban más en peligro debían ir con valentía, y con semblantes alegres y erguidos cabalgar con audacia y confianza por las filas, y que en lugar de escatimar el fuego (a lo que tendían los consejos de la mayor parte) debían rogar a los capitanes que ordenaran a los soldados que dieran salvas completas en honor de los espectadores, y que no escatimasen su pólvora. Así se hizo, y sirvió para complacer y gratificar a las tropas sospechosas, y desde entonces para generar una confianza e inteligencia mutua y saludable entre ellas.

Considero que la manera de Julio César de ganarse a los hombres es la mejor y más fina que se puede poner en práctica. En primer lugar, trató de hacerse querer hasta por sus mismos enemigos, contentándose, en las conspiraciones detectadas, sólo con declarar públicamente que estaba familiarizado con ellas; hecho esto, tomó la noble resolución de esperar sin preocupación ni temor, cualquiera que fuese el suceso, resignándose totalmente a la protección de los dioses y de la fortuna: pues, sin duda, en este estado se encontraba en el momento en que fue asesinado.

Habiendo dicho públicamente un extraño que podía enseñar a Dionisio, el tirano de Siracusa, un modo infalible de averiguar y descubrir todas las conspiraciones que sus súbditos pudieran urdir contra él, si le daba una buena suma de dinero por sus esfuerzos, Dionisio, al oírlo, hizo que le trajeran al hombre para que aprendiera un arte tan necesario para su conservación. El hombre respondió que todo el arte que conocía era para darle un talento, y después se jactó de haber obtenido de él un singular secreto. A Dionisio le gustó la invención y, por consiguiente, hizo que le contaran seiscientas coronas. -No era probable que diera una suma tan grande a una persona desconocida, sino por algún descubrimiento extraordinario, y la creencia de esto sirvió para mantener a sus enemigos en vilo. Los príncipes, sin embargo, hacen bien en publicar las informaciones que reciben de todas las prácticas contra sus vidas, para hacer creer a los hombres que tienen tan buena inteligencia que nada se puede maquinar contra ellos, si no tienen presente la noticia. El duque de Atenas hizo muchas tonterías en el establecimiento de su nueva tiranía sobre Florencia, pero la más notable fue que, habiendo recibido de Matteo di Morozzo, uno de los conspiradores, el primer indicio de las conspiraciones que el pueblo estaba tramando contra él, le dio muerte para suprimir ese rumor, a fin de que no se pensara que a nadie de la ciudad le desagradaba su gobierno.

Recuerdo haber leído antes una historia -[En las Guerras Civiles de Apio, libro iv.]- de un romano de gran calidad que, huyendo de la tiranía del Triunvirato, se había librado mil veces, mediante la sutileza de otras tantas invenciones, de caer en manos de los que le perseguían. Sucedió un día que una tropa de caballos, que había sido enviada para apresarlo, pasó cerca de un freno en el que estaba acuclillado, y se perdió por muy poco de espiarlo: Pero considerando, en este punto, las penas y dificultades por las que había continuado tanto tiempo evadiendo las estrictas e incesantes búsquedas que se hacían cada día por él, el poco placer que podía esperar en tal tipo de vida, y cuánto mejor era para él morir de una vez por todas, que estar perpetuamente en este paso, se levantó de su asiento, los llamó de nuevo, les mostró su forma, [como la de una liebre en cuclillas. Y se entregó voluntariamente a su crueldad, para librarse a sí mismo y a ellos de más problemas. Invitar a los enemigos de un hombre a que vengan a cortarle el cuello, parece una resolución un poco extravagante y extraña; y, sin embargo, creo que hizo mejor en tomar ese camino, que en vivir en un continuo temor febril de un accidente para el que no había cura. Pero viendo que todos los remedios que un hombre puede aplicar a tal enfermedad, están llenos de desasosiego e incertidumbre, es mejor, con un coraje varonil, prepararse para lo peor que pueda suceder, y extraer algún consuelo de esto, que no estamos seguros de que la cosa que tememos llegue a suceder.

CAPÍTULO XXIV - DE LA PEDANTERÍA

A menudo, cuando era niño, me preocupaba maravillosamente ver que en las farsas italianas siempre se traía un pedante para el tonto de la obra, y que el título de Magister no tenía mayor reverencia entre nosotros: pues estando entregado a su enseñanza, ¿qué menos podía hacer que estar celoso de su honor y reputación? Traté ciertamente de excusarlos por la natural incompatibilidad entre la clase vulgar y los hombres de un hilo más fino, tanto en el juicio como en el conocimiento, ya que van un camino totalmente contrario el uno del otro: pero en esto, la cosa en la que más tropecé fue, que los caballeros más finos eran los que más los despreciaban; atestigua nuestro famoso poeta Du Bellay-

"Mais je hay par sur tout un scavoir pedantesque".

["De todas las cosas odio el aprendizaje pedante" -Du Bellay]

Y así fue en tiempos pasados, pues Plutarco dice que griego y erudito eran términos de reproche y desprecio entre los romanos. Pero desde entonces, con la mejor experiencia de la edad, encuentro que tenían muchas razones para hacerlo, y que...

"Magis magnos clericos non sunt magis magnos sapientes".

["Los más grandes clérigos no son los hombres más sabios". Un proverbio dado en

Gargantua de Rabelais, i. 39.]

Pero de dónde viene que una mente enriquecida con el conocimiento de tantas cosas no se vuelva más rápida y ágil, y que un entendimiento burdo y vulgar aloje en ella, sin corregirse ni mejorarse, todos los discursos y juicios de las mentes más grandes que ha tenido el mundo, aún estoy por buscar. Para admitir tantas concepciones ajenas, tan grandes y tan elevadas fantasías, es necesario (como me dijo una vez una joven, una de las más grandes princesas del reino, hablando de cierta persona) que el propio cerebro de un hombre se apiñe y apriete en un compás menor, para hacer sitio a los demás; Yo estaría dispuesto a concluir que, así como las plantas se sofocan y ahogan con demasiado alimento, y las lámparas con demasiado aceite, así, con demasiado estudio y materia, la parte activa del entendimiento, que, al verse avergonzada y confundida con una gran diversidad de cosas, pierde la fuerza y el poder de desengancharse, y por la presión de este peso, se inclina, se somete y se dobla. Pero es todo lo contrario, porque nuestra alma se estira y se dilata proporcionalmente a medida que se llena; y en los ejemplos de los tiempos antiguos, vemos, muy al contrario, hombres muy apropiados para los negocios públicos, grandes capitanes y grandes estadistas muy instruidos.

Y en cuanto a los filósofos, una clase de hombres alejados de todos los asuntos públicos, a veces también han sido despreciados por la libertad cómica de sus tiempos; sus opiniones y modales los hacen parecer, a los hombres de otra clase, ridículos. Si se les hace jueces de un pleito, de las acciones de los hombres, están dispuestos a asumirlo, y comienzan directamente a examinar si hay vida, si hay movimiento, si el hombre es algo más que un buey; -["Si Montaigne ha copiado todo esto de los Teatros de Platón, p.127, F. como es evidente por todo lo que ha añadido inmediatamente después, que lo ha tomado de ese diálogo, ha equivocado groseramente el sentimiento de Platón, que no dice aquí más que esto, que el filósofo es tan ignorante de lo que hace su prójimo, que apenas sabe si es un hombre, o algún otro animal:-Coste."]- ¿qué es hacer y sufrir? ¿qué animales son la ley y la justicia? Si hablan de los magistrados, o a él, es con una libertad grosera, irreverente e indecente. ¿Oyen elogiar a su príncipe, o a un rey? no hacen más de él, que de un pastor, cabrero o nejero: un Coridón perezoso, ocupado en ordeñar y esquilar sus rebaños y manadas, pero con más rudeza y dureza que el propio rebaño o pastor. ¿Acaso se reputa a algún hombre como el más grande por ser señor de dos mil acres de tierra? se ríen de una miseria semejante, como reclamando ellos mismos el mundo entero para su posesión. ¿Te jactas de tu nobleza, por descender de siete ricos antepasados sucesivos? te miran con ojos de desprecio, como hombres que no tienen una idea correcta de la imagen universal de la naturaleza, y que no consideran cuántos predecesores ha tenido cada uno de nosotros, ricos, pobres, reyes, esclavos, griegos y bárbaros; y aunque fueras el quincuagésimo descendiente de Hércules, consideran una gran vanidad, valorar tanto esto, que es sólo un don de la fortuna. Y así los despreciaba el vulgo, como hombres ignorantes de las cosas más elementales y ordinarias; como presuntuosos e insolentes.

Pero esta imagen platónica es muy diferente de la que presentan estos pedantes. Aquellos eran envidiados por elevarse por encima de la clase común, por despreciar las acciones y oficios ordinarios de la vida, por haber asumido una forma de vida particular e inimitable, y por utilizar un cierto método de lenguaje altisonante y obsoleto, muy diferente de la forma ordinaria de hablar: pero éstos son despreciados como si estuvieran tan por debajo de la forma habitual, como si fueran incapaces de desempeñar un empleo público, como si llevaran una vida y se conformaran con los modales mezquinos y viles del vulgo:

"Odi ignava opera, philosopha sententia".

["Odio a los hombres que parlotean sobre filosofía, pero no hacen nada".

-Pacuvio, ap Gellium, xiii. 8.]

Pues en lo que respecta a los filósofos, como he dicho, si eran en la ciencia, eran aún mucho más grandes en la acción. Y, como se dice del geómetra de Siracusa,-[Arquímedes. que habiendo sido perturbado de su contemplación, para poner en práctica algo de su habilidad para la defensa de su país, que repentinamente puso en marcha terribles y prodigiosas máquinas, que produjeron efectos más allá de toda expectativa humana; No obstante, él mismo desdeñó toda su obra, y pensó que en esto había jugado a ser un mero mecánico, y violado la dignidad de su arte, del que estas actuaciones suyas no consideraban más que triviales experimentos y juegos, por lo que, siempre que se les ha puesto a prueba en la acción, se les ha visto volar a un nivel tan alto, que hizo que se viera que sus almas estaban maravillosamente elevadas, y enriquecidas por el conocimiento de las cosas. Pero algunos de ellos, viendo las riendas del gobierno en manos de hombres incapaces, han evitado toda gestión de los asuntos políticos; y el que preguntó a Crates, cuánto tiempo era necesario filosofar, recibió esta respuesta: "Hasta que nuestros ejércitos no sean comandados por tontos". -[Diógenes Laercio, vi. 92.]-Heráclito renunció a la realeza en favor de su hermano; y, a los efesios, que le reprochaban que se pasara el tiempo jugando con los niños ante el templo: "¿No es mejor", dijo, "hacerlo así, que sentarse al frente de los asuntos en su compañía?" Otros, teniendo su imaginación por encima del mundo y de la fortuna, han considerado los tribunales de justicia, e incluso los tronos de los reyes, como míseros y despreciables; hasta el punto de que Empédocles rechazó la realeza que le ofrecieron los Agrigentinos. En una ocasión, Tales, en su discurso, se quejó de los esfuerzos y cuidados que los hombres ponen para enriquecerse, y uno de los presentes le contestó que era como la zorra, que se quejaba de lo que no podía obtener. Entonces, para bromear, quiso demostrarles lo contrario, y habiendo reunido para esta ocasión todo su ingenio, para emplearlo enteramente en el servicio de la ganancia y el lucro, puso en marcha un tráfico, que en un año le proporcionó tan grandes riquezas, que los más experimentados en ese oficio difícilmente podrían en toda su vida, con toda su industria, haber reunido tanto.-[Diógenes Laercio, Vida de Tales, i. 26; Cicerón, De Divin.. i. 49.], i. 49.]-Lo que Aristóteles relata de algunos que lo llamaron a él y a Anaxágoras, y a otros de su profesión, sabios pero no prudentes, por no aplicar su estudio a cosas más provechosas -aunque no digiero bien esta distinción verbal-, no servirá, sin embargo, para excusar a mis pedantes, pues al ver la baja y necesitada fortuna con que se contentan, tenemos más bien razones para pronunciar que no son ni sabios ni prudentes.

Pero dejando de lado esta primera razón, creo que es mejor decir que este mal procede de que se aplican de manera equivocada al estudio de las ciencias; y que, según la manera en que se nos instruye, no es de extrañar que ni los eruditos ni los maestros lleguen a ser, aunque más instruidos, nunca más sabios o más capaces. A decir verdad, los cuidados y gastos que nuestros padres tienen en nuestra educación, no apuntan a otra cosa que a dotar nuestras cabezas de conocimiento; pero ni una palabra de juicio y virtud. Grita, de uno que pasa, al pueblo: "¡Oh, qué hombre tan culto!" y de otro, "¡Oh, qué hombre tan bueno!" -[Traducido de Séneca, Ep., 88.]- no dejarán de volver la vista y dirigir su respeto al primero. Entonces debería haber un tercer pregonero: "¡Oh, los tontos!". Los hombres suelen preguntarse si ese hombre entiende el griego o el latín. ¿Es poeta o escribe en prosa? Pero nunca se piensa en si es mejor o más discreto, que son las cualidades que más interesan. Deberíamos examinar más bien quién es más culto, que quién es más culto.

Sólo nos esforzamos por rellenar la memoria, y dejamos la conciencia y el entendimiento sin amueblar y vacíos. Como los pájaros que vuelan al extranjero en busca de grano y lo traen a casa en el pico, sin probarlo ellos mismos, para alimentar a sus crías; así nuestros pedantes van recogiendo conocimientos aquí y allá, de los libros, y los tienen en la punta de la lengua, sólo para escupirlos y distribuirlos por el mundo. Y aquí no puedo menos que sonreír al pensar cómo me he pagado a mí mismo para mostrar la frivolidad de este tipo de aprendizaje, siendo yo mismo un ejemplo tan manifiesto; pues, ¿no hago lo mismo a lo largo de casi toda esta composición? Voy aquí y allá, entresacando de varios libros las frases que más me agradan, no para conservarlas (pues no tengo memoria para retenerlas), sino para trasplantarlas a éste; donde, a decir verdad, no son más mías que en sus primeros lugares. Concibo que sólo conocemos en el conocimiento presente, y en absoluto en lo que es pasado, o más que es lo que está por venir. Pero lo peor es que sus alumnos y estudiantes no se nutren mejor de este tipo de inspiración; y no les causa una impresión más profunda, sino que pasa de mano en mano, sólo para hacer un espectáculo para ser una compañía tolerable, y para contar bonitas historias, como una moneda falsa en los mostradores, sin otro uso o valor, sino para contar, o para jugar a las cartas:

"Apud alios loqui didicerunt non ipsi secum".

["Han aprendido a hablar de otros, no de sí mismos".

-Cicerón, Tusc. Quaes, v. 36.]

"Non est loquendum, sed gubernandum".

["Hablar no es tan necesario como gobernar" -Séneca, Ep., 108.]

La naturaleza, para mostrar que no hay nada bárbaro donde ella tiene la única conducta, a menudo, en las naciones donde el arte tiene menos que hacer, causa producciones de ingenio, tales que pueden rivalizar con el mayor efecto del arte que sea. En relación con lo que estoy hablando ahora, el proverbio gascón, derivado de una gaita, es muy pintoresco y sutil:

"Bouha prou bouha, mas a remuda lous dits quem."

["Puedes soplar hasta que se te salgan los ojos; pero si una vez te ofreces a

agitar los dedos, se acabó"].

Podemos decir, Cicerón dice así; estos eran los modales de Platón; estas son las mismas palabras de Aristóteles: pero ¿qué decimos nosotros mismos? ¿Qué juzgamos? Un loro diría lo mismo.

Y esto me hace pensar en aquel rico caballero de Roma,-[Calvisio Sabino. Séneca, Ep, 27. que se había preocupado, con mucho gasto, de procurarse hombres excelentes en toda clase de ciencias, a los que tenía siempre presentes, para que, cuando entre sus amigos se presentara alguna ocasión de hablar de cualquier tema, pudieran suplirle y estar dispuestos a estimularle, uno con una frase de Séneca, otro con un verso de Homero, y así sucesivamente, cada uno según su talento; y él creía que este conocimiento era suyo, porque estaba en las cabezas de aquellos que vivían de su generosidad; como también lo hacen aquellos cuyo aprendizaje consiste en tener nobles bibliotecas. Conozco a uno que, cuando le pregunto lo que sabe, enseguida pide un libro para mostrármelo, y no se atreve a decirme tanto como que tiene pilas en los posteriors, hasta que no haya consultado primero su diccionario, lo que son las pilas y los posteriors.

Confiamos en los conocimientos y opiniones de otros hombres, lo cual es un aprendizaje ocioso y superficial. Debemos hacerlo nuestro. En esto nos parecemos mucho a aquel que, teniendo necesidad de fuego, fue a buscarlo a casa de un vecino, y encontrando allí uno muy bueno, se sentó a calentarse sin acordarse de llevar ninguno a casa [Plutarco, Cómo debe escuchar un hombre]. ¿Podemos imaginar que Lúculo, a quien las letras, sin ningún tipo de experiencia, hicieron tan gran capitán, aprendió a serlo de esta manera tan superficial? Si quisiera fortalecerme contra el miedo a la muerte, tendría que hacerlo a costa de Séneca; si quisiera extraer consuelo para mí o para mi amigo, lo tomaría prestado de Cicerón. Podría haberlo encontrado en mí mismo, si hubiera sido entrenado para hacer uso de mi propia razón. No me gusta este entendimiento relativo y mendicante; porque aunque pudiéramos llegar a ser doctos por el aprendizaje de otros hombres, un hombre nunca puede ser sabio sino por su propia sabiduría:

["Odio al sabio, que en su propia preocupación no es sabio".

-Eurípides, ap. Cicerón, Ep. Fam., xiii. 15.]

De donde Ennius:

"Nequidquam sapere sapientem, qui ipse sibi prodesse non quiret".

["Ese hombre sabio no sabe nada, que no puede beneficiarse de su sabiduría".

Cicerón, De Offic., iii. 15.]

"Si cupidus, si

Vanus, et Euganea quantumvis mollior agna".

["Si es codicioso, o fanfarrón, y algo más blando que un

cordero eugano" -Juvenal, Sat., viii. 14.]

"Non enim paranda nobis solum, sed fruenda sapientia est".

["Porque la sabiduría no es sólo para ser adquirida, sino para ser utilizada".

-Cicerón, De Finib., i. I.]

Dionisio -[No era Dionisio, sino Diógenes el cínico. Diógenes Laercio, vi. 27.]- se reía de los gramáticos, que se ponían a indagar en las miserias de Ulises y desconocían las suyas; de los músicos, que eran tan exactos en la afinación de sus instrumentos y nunca afinaban sus modales; de los oradores, que hacían un estudio para declarar lo que es justicia, pero nunca se preocupaban de hacerlo. Si la mente no está mejor dispuesta, si el juicio no está mejor asentado, preferiría que mi alumno hubiera pasado su tiempo en el tenis, porque, al menos, su cuerpo estaría así en mejor ejercicio y aliento. Observadlo cuando regrese de la escuela, después de quince o dieciséis años de haber estado allí; no hay nada tan inadecuado para el empleo; todo lo que encontraréis es que su latín y su griego no han hecho más que convertirlo en un mayor coxcomb que cuando se fue de casa. Debería traer su alma repleta de buena literatura, y sólo la trae hinchada e inflada con vanos y vacíos jirones y remiendos de aprendizaje; y en realidad no tiene nada más en él que lo que tenía antes -[Diálogos de Platón: Protágoras].

Estos pedantes nuestros, como dice Platón de los sofistas, sus primos germanos, son, de todos los hombres, los que más pretenden ser útiles a la humanidad, y los únicos que, de todos los hombres, no sólo no mejoran y perfeccionan lo que se les encomienda, como lo haría un carpintero o un albañil, sino que lo empeoran mucho, y además nos hacen pagar por empeorarlo. Si se siguiera la regla que Protágoras proponía a sus alumnos -que le dieran su propia demanda, o que declararan bajo juramento en el templo cuánto valoraban el beneficio que habían recibido bajo su tutela, y lo satisficieran en consecuencia-, mis pedagogos se encontrarían muy gravados, si fueran juzgados por las declaraciones juradas de mi experiencia. Mi patois de Perigordin llama muy agradablemente a estos pretendientes del aprendizaje, "lettre-ferits", como debería decir un hombre, hombres marcados con letras en los que se han estampado letras a golpe de mazo. Y, a decir verdad, en su mayor parte parecen estar privados incluso de sentido común; pues ya veis que el labrador y el zapatero se dedican a sus asuntos con sencillez y justicia, hablando sólo de lo que saben y entienden; mientras que estos tipos, para hacer ostentación y conseguir opinión, haciendo acopio de sus ridículos conocimientos, que flotan en la superficie del cerebro, están perpetuamente desconcertando y enredándose en sus propias tonterías. Es cierto que a veces dicen palabras bonitas, pero dejemos que alguien más sabio las aplique. Conocen maravillosamente bien a Galeno, pero no conocen en absoluto la enfermedad del paciente; ya te han ensordecido con una larga hilera de leyes, pero no entienden nada del caso en cuestión; tienen la teoría de todas las cosas, deja que quien la ponga en práctica.

He asistido en mi propia casa a un amigo que, por deporte, ha falsificado con uno de estos tipos una jerga de Galimatias, compuesta de frases sin pies ni cabeza, salvo que intercalaba aquí y allá algunos términos que tenían relación con su disputa, y mantuvo en juego toda una tarde al marimacho, que todo el tiempo creía haber respondido pertinente y eruditamente a todas sus objeciones; y eso que se trataba de un hombre de letras, y de reputación, y de un buen caballero de larga túnica:

"Vos, oh patricius sanguis, quos vivere par est

Occipiti caeco, posticae occurrite sannae".

["Oh tú, de sangre patricia, a quien se le permite vivir

con los ojos en la nuca, tened cuidado con las muecas que os hacen

por detrás". -Persio, Sat., i. 61.]

Quienquiera que investigue y examine minuciosamente esta clase de gente, con la que el mundo está tan atormentado, encontrará, como yo lo he hecho, que en su mayor parte no entienden a los demás, ni a sí mismos; y que sus memorias están lo suficientemente llenas, pero el juicio totalmente vacío y sin valor; exceptuando a algunos, cuya propia naturaleza los ha formado de mejor manera. Como he observado, por ejemplo, en Adriano Turnebus, que no habiendo hecho nunca otra profesión que la de mero sabio, y en eso, en mi opinión, fue el hombre más grande que ha habido en estos mil años, no tenía nada en absoluto de pedante, sino el uso de su toga, y un poco de moda exterior, que no podía civilizarse a las maneras cortesanas, que en sí mismas no son nada. Odio a nuestra gente, que soporta peor una túnica mal confeccionada que una mente mal confeccionada, y toma su medida por la pierna que hace un hombre, por su comportamiento, y tanto como la misma moda de sus botas, qué clase de hombre es. Porque en su interior no había un alma más pulida sobre la tierra. A menudo lo he puesto a propósito en argumentos bastante amplios de su profesión, en los que he encontrado que tenía una visión tan clara, una aprehensión tan rápida, un juicio tan sólido, que un hombre habría pensado que nunca había practicado otra cosa que las armas, y que había estado toda su vida empleado en asuntos de Estado. Son naturalezas grandes y vigorosas,

"Queis arte benigna

Et meliore luto finxit praecordia Titan".

["A quien el benigno Titán (Prometeo) ha enmarcado de mejor arcilla".

-Juvenal, xiv. 34.]

que pueden mantenerse erguidos a pesar de una educación pedante. Pero no basta con que nuestra educación no nos estropee, sino que, además, debe alterarnos para bien.

Algunos de nuestros Parlamentos, cuando van a admitir funcionarios, examinan sólo su conocimiento; a lo que algunos de los otros añaden también la prueba del entendimiento, pidiendo su juicio sobre algún caso de derecho; de estos últimos, creo que proceden con el mejor método; porque aunque ambos son necesarios, y que es muy necesario que sean defectuosos en ninguno, sin embargo, en verdad, el conocimiento no es tan absolutamente necesario como el juicio; el último puede hacer el cambio sin el otro, pero el otro nunca sin éste. Pues como dice el verso griego

["De qué sirve el saber, si el entendimiento está ausente".

-Apud Stobaeus, tit. iii., p. 37 (1609).

Ojalá, por el bien de nuestra judicatura, estas sociedades estuvieran tan bien dotadas de entendimiento y conciencia como de conocimiento.

"Non vita, sed scolae discimus".

["No estudiamos para la vida, sino sólo para la escuela".

-Séneca, Ep., 106.]

No debemos atar la enseñanza al alma, sino trabajarla e incorporarla conjuntamente: no teñirla solamente, sino darle un tinte completo y perfecto; que, si no toma color, y mejora su estado imperfecto, sería sin duda mejor dejarla sola. Es un arma peligrosa, que entorpece y hiere a su dueño, si se pone en una mano torpe y poco hábil:

"Ut fuerit melius non didicisse".

["Para que sea mejor no haber aprendido".

-Cicerón, Tusc. Quaes., ii. 4.]

Y ésta es, tal vez, la razón por la que ni nosotros ni la teología exigen mucha erudición en las mujeres; y que Francisco, duque de Bretaña, hijo de Juan V, hablando con él sobre su matrimonio con Isabel, hija de Escocia, y añadiendo que ella era casera y sin ningún tipo de erudición, respondió que le gustaba más, y que una mujer era suficientemente sabia, si podía distinguir la camisa de su marido de su jubón. De manera que no es tan grande la maravilla que hacen de que nuestros antepasados no tuvieran las letras en mayor estima, y que hasta el día de hoy no se encuentren sino raramente en los principales consejos de los príncipes; y si el fin y el designio de adquirir riquezas, que es lo único que nos proponemos, por medio de la ley, la física, la pedantería y hasta la misma divinidad, no los sostuviera y mantuviera en crédito, los veríais, sin duda, en tan lamentable condición como siempre. ¿Y qué pérdida sería ésta, si no nos instruyen para pensar bien ni para hacer bien?

"Postquam docti prodierunt, boni desunt".

[Séneca, Ep., 95. "Desde que los 'sabios' han hecho su aparición

entre nosotros, la gente buena se ha eclipsado".

-Rousseau, Discours sur les Lettres].

Todo otro conocimiento es perjudicial para quien no tiene la ciencia del bien.

Pero la razón que he esbozado ahora, ¿no puede ser también la de que, no teniendo nuestros estudios en Francia otro fin que el lucro, salvo aquellos que, nacidos por naturaleza para los oficios y empleos más bien de gloria que de ganancia, se dedican a las letras, si es que lo hacen, sólo por un tiempo muy corto (siendo sacados de sus estudios antes de que puedan llegar a tener algún gusto por ellos, a una profesión que no tiene nada que ver con los libros), no quedan de ordinario otros que se apliquen enteramente al aprendizaje, sino personas de condición mezquina, que en eso sólo buscan los medios para vivir; y por tales personas, cuyas almas son, tanto por la naturaleza como por la educación doméstica y el ejemplo, de la más baja aleación, los frutos del conocimiento son inmaduramente recogidos y mal digeridos, y entregados a sus destinatarios de manera muy distinta. Porque no corresponde al conocimiento iluminar un alma oscura de por sí, ni hacer ver a un ciego. Su negocio no es encontrar los ojos de un hombre, sino guiarlos, gobernarlos y dirigirlos, siempre que tenga pies sanos y piernas rectas sobre las que ir. El conocimiento es una droga excelente, pero ninguna droga tiene virtud suficiente para preservarse de la corrupción y la decadencia, si el recipiente está contaminado e impuro en el que se guarda. Tal persona puede tener una vista lo suficientemente clara como para ver lo que es bueno, pero no lo sigue, y ve el conocimiento, pero no hace uso de él. La principal institución de Platón en su República es dotar a sus ciudadanos de empleos adecuados a su naturaleza. La naturaleza puede hacerlo todo, y lo hace todo. Los tullidos son muy poco aptos para los ejercicios del cuerpo, y las almas cojas para los ejercicios de la mente. Las almas degeneradas y vulgares son indignas de la filosofía. Si vemos a un zapatero con los zapatos fuera de los dedos, decimos que no es de extrañar; porque, comúnmente, nadie va peor calzado que ellos. De la misma manera, la experiencia nos presenta a menudo un médico con peor físico, un divino menos reformado, y (constantemente) un erudito de menor suficiencia, que otras personas.

El viejo Aristo de Quíos tenía razones para decir que los filósofos perjudicaban a sus oyentes, pues la mayor parte de las almas de los que los escuchaban no eran capaces de sacar provecho de la instrucción, que, si no se aplicaba al bien, se aplicaba ciertamente al mal:

["Procedían libertinos afeminados de la escuela de

Aristipo, cínicos de la de Zenón".

-Cicerón, De Natura Deor., iii., 31.]

En esa excelente institución que Jenofonte atribuye a los persas, encontramos que enseñaban a sus hijos la virtud, como otras naciones hacen con las letras. Platón nos dice que el hijo mayor en su sucesión real fue educado de esta manera; después de su nacimiento fue entregado, no a las mujeres, sino a eunucos de la mayor autoridad sobre sus reyes por su virtud, cuyo cargo era mantener su cuerpo saludable y en buen estado; y después de que llegó a los siete años de edad, para enseñarle a montar y salir de caza. Cuando llegó a los catorce años fue transferido a las manos de cuatro, los más sabios, los más justos, los más templados y los más valientes de la nación; de los cuales el primero debía instruirlo en la religión, el segundo ser siempre recto y sincero, el tercero conquistar sus apetitos y deseos, y el cuarto despreciar todo peligro.

Es cosa digna de muy grande consideración, que en aquella excelente, y, en verdad, por su perfección, prodigiosa forma de régimen civil establecida por Licurgo, aunque tan solícito en la educación de los niños, como cosa de la mayor preocupación, y aun en la misma sede de las Musas, hiciera tan poca mención de la enseñanza; como si esa generosa juventud, que desprecia toda otra sujeción que no sea la de la virtud, debiera ser provista, en lugar de tutores que les leyeran las artes y las ciencias, de maestros que sólo los instruyeran en el valor, la prudencia y la justicia; un ejemplo que Platón ha seguido en sus leyes. La forma de su disciplina consistía en proponerles preguntas para juzgar a los hombres y sus acciones; y si elogiaban o condenaban a tal o cual persona o hecho, debían dar una razón para hacerlo; de este modo agudizaban de inmediato su entendimiento y aprendían lo que era correcto. Astyages, en el Jenofonte, pide a Ciro que dé cuenta de su última lección; y así fue: "Un gran muchacho de nuestra escuela, que tenía una sotana pequeña, tomó por la fuerza una más larga de otro que no era tan alto como él, y le dio la suya a cambio: con lo cual yo, nombrado juez de la controversia, dictaminé que me parecía mejor que cada uno se quedara con la sotana que tenía, pues a ambos les quedaba mejor la de uno que la suya: a lo que mi amo me dijo que había hecho mal, pues sólo había considerado la idoneidad de las prendas, mientras que debería haber considerado la justicia del asunto, que exigía que a nadie se le quitara por la fuerza nada que fuera suyo. " Y Ciro añade que fue azotado por sus penas, como lo somos nosotros en nuestros pueblos por olvidar el primer aoristo de—-.

[La versión de Cotton de esta historia comienza de manera diferente, e incluye

un pasaje que no se encuentra en ninguna de las ediciones del original que tengo

mí:

"Mandane, en Jenofonte, preguntando a Ciro cómo haría para aprender

justicia, y las otras virtudes entre los medos, habiendo dejado a todos

sus maestros en Persia. El respondió que ya había aprendido esas cosas

que su maestro le habia hecho juzgar las diferencias de su escuela.

que su maestro lo habia puesto a menudo a juzgar las diferencias entre sus

un día lo había azotado por dar una sentencia errónea." -W.C.H.]

Mi pedante debe hacerme una oratoria muy erudita, 'in genere demonstrativo', antes de que pueda persuadirme de que su escuela es como aquella. Sabían cómo ir por el camino más rápido hacia el trabajo; y viendo que la ciencia, cuando se aplica más correctamente y se entiende mejor, no puede hacer más que enseñarnos prudencia, honestidad moral y resolución, creyeron conveniente, en primer lugar, iniciar a sus hijos con el conocimiento de los efectos, e instruirlos, no de oídas y de memoria, sino por el experimento de la acción, para formarlos y moldearlos vivamente; no sólo con palabras y preceptos, sino principalmente con obras y ejemplos; a fin de que no fuera un conocimiento en la mente solamente, sino su complexión y hábito: no una adquisición, sino una posesión natural. Preguntando a este propósito, Agesilaus, ¿qué es lo que le parece más adecuado que aprendan los muchachos? "Lo que deben hacer cuando lleguen a ser hombres", dijo... [Plutarco, Apotegmas de los lacedemonios. Rousseau adopta la expresión en sus Diswuys sur tes Lettres]-No es de extrañar, si tal institución produjo efectos tan admirables.

Se dice que solían ir a las otras ciudades de Grecia para buscar retóricos, pintores y músicos; pero a Lacedemonia para legisladores, magistrados y generales de ejércitos; en Atenas aprendían a hablar bien: aquí a hacer bien; allí a desentenderse de un argumento sofístico, y a desentrañar la impostura de silogismos capciosos; aquí a eludir los cebos y atractivos del placer, y con un noble valor y resolución a vencer las amenazas de la fortuna y de la muerte; aquellos se afanaban en las palabras, éstos se ocupaban de indagar las cosas; allí era un eterno balbuceo de la lengua, aquí un continuo ejercicio del alma. Por eso no es extraño que cuando Antípatro les exigió cincuenta niños como rehenes, ellos respondieran, muy al contrario de lo que nosotros haríamos, que preferían darle el doble de hombres adultos, pues valoraban mucho la pérdida de la educación de su país. Cuando Agesilao cortejó a Jenofonte para que enviara a sus hijos a Esparta para que fueran educados, "no es -dijo- para que aprendan allí lógica o retórica, sino para que sean instruidos en la más noble de todas las ciencias, a saber, la ciencia de obedecer y mandar" -[Plutarco, Vida de Agesilao, c. 7].

Es muy agradable ver a Sócrates, a su manera, reuniendo a Hipias, -[Diálogos de Platón: Hipias Mayor.]- que le cuenta el mundo de dinero que ha conseguido, sobre todo en ciertos pueblecitos de Sicilia, enseñando la escuela, y que en Esparta no ganó nunca un céntimo: "¡Qué gente tan sotana y estúpida -dijo Sócrates- es, sin sentido ni entendimiento, que no da cuenta ni de la gramática ni de la poesía, y sólo se ocupa de estudiar las genealogías y sucesiones de sus reyes, las fundaciones, ascensos y declinaciones de los estados, y esas historias de tina!" Después de lo cual, habiendo hecho reconocer a Hipias de un paso a otro la excelencia de su forma de administración pública, y la felicidad y virtud de su vida privada, le deja adivinar la conclusión que hace de la inutilidad de sus artes pedantes.

Los ejemplos nos han demostrado que en los asuntos militares, y en todos los demás de la misma naturaleza activa, el estudio de las ciencias ablanda y destempla más los ánimos de los hombres que los fortifica y excita en modo alguno. El imperio más poderoso que en este día parece haber en todo el mundo es el de los turcos, pueblo igualmente inculcado en la estimación de las armas y en el desprecio de las letras. Me parece que Roma era más valiente antes de llegar a ser tan culta. Las naciones más belicosas en este momento son las más rudas e ignorantes: los escitas, los partos, Tamerlán, son prueba suficiente de ello. Cuando los godos invadieron Grecia, lo único que preservó a todas las bibliotecas del fuego fue que alguien los poseyó con la opinión de que debían dejar este tipo de muebles enteros al enemigo, por ser lo más apropiado para distraerlos del ejercicio de las armas y fijarlos a una vida perezosa y sedentaria. Cuando nuestro rey Carlos VIII, casi sin dar un golpe, se vio poseído del reino de Nápoles y de una parte considerable de la Toscana, los nobles que le rodeaban atribuyeron esta inesperada facilidad de conquista a esto, a que los príncipes y nobles de Italia, más estudiaban para hacerse ingeniosos y cultos, que vigorosos y guerreros.

CAPÍTULO XXV—DE LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS

A MADAME DIANE DE FOIX, Condesa de Gurson

Nunca he visto todavía a un padre que, aunque su hijo no fuera nunca tan decrépito o deforme, no quisiera, a pesar de todo, poseerlo: no obstante, si no estuviera totalmente embobado, y cegado por su afecto paternal, que no discerniera bastante bien sus defectos; pero que con todos los defectos siguiera siendo suyo. Así, veo mejor que nadie que todo lo que escribo aquí no son más que los ociosos ensueños de un hombre que sólo ha mordisqueado la corteza exterior de las ciencias en su no edad, y que sólo ha conservado una imagen general y sin forma de ellas; que ha obtenido un pequeño retazo de todo y nada del todo, "a la francesa". Porque sé, en general, que hay una cosa como la física, como la jurisprudencia: cuatro partes en las matemáticas, y, a grandes rasgos, lo que todas ellas pretenden y apuntan; y, tal vez, todavía sé más, lo que las ciencias en general pretenden, en orden al servicio de nuestra vida: pero sumergirme más allá, y haberme estrujado los sesos en el estudio de Aristóteles, el monarca de todo el saber moderno, o haberme dedicado particularmente a una sola ciencia, no lo he hecho nunca; ni hay un solo arte del que sea capaz de dibujar los primeros lineamientos y el color muerto; De tal manera que no hay niño de la clase más baja en una escuela, que no pueda pretender ser más sabio que yo, que no sea capaz de examinarlo en su primera lección, a la cual, si en algún momento me veo forzado, me veo obligado en mi propia defensa, a preguntarle, de manera poco apropiada, algunas preguntas universales, que puedan servir para probar su entendimiento natural; una lección tan extraña y desconocida para él, como lo es la suya para mí.

Nunca me dediqué seriamente a la lectura de ningún libro de sólida erudición que no fuera Plutarco y Séneca; y allí, como las Danaides, me lleno eternamente, y se agota tan constantemente; algo de lo cual cae sobre este papel, pero poco o nada se queda conmigo. La historia es mi juego particular en cuanto a materia de lectura, o bien la poesía, por la que tengo particular bondad y estima: porque, como dijo Cleanthes, como la voz, forzada a través del estrecho pasaje de una trompeta, sale más forzada y estridente: así, me parece, una frase presionada dentro de la armonía del verso se lanza con más brío sobre el entendimiento, y golpea mi oído y aprehensión con un efecto más inteligente y agradable. En cuanto a las partes naturales que tengo, de las que éste es el ensayo, las encuentro inclinadas bajo la carga; mi fantasía y mi juicio no hacen más que andar a tientas en la oscuridad, tropezando y tropezando en el camino; y cuando he llegado tan lejos como puedo, no estoy en absoluto satisfecho; descubro todavía una nueva y mayor extensión de terreno ante mí, con una vista turbada e imperfecta y envuelta en nubes, que no soy capaz de penetrar. Y tomándome la libertad de escribir indiferentemente lo que se me ocurra, y no utilizando en ello más que mis propios y naturales medios, si me ocurre, como a veces ocurre, encontrar accidentalmente en cualquier buen autor, las mismas cabezas y los mismos lugares comunes sobre los que he intentado escribir (como acabo de hacer en el "Discurso de la fuerza de la imaginación" de Plutarco), verme tan débil y tan desamparado, tan pesado y tan plano, en comparación con esos mejores escritores, me compadezco o me desprecio a la vez. Sin embargo, me satisface esto: que mis opiniones tienen a menudo el honor y la suerte de saltar con las suyas, y que voy por el mismo camino, aunque a una distancia muy grande, y puedo decir: "Ah, eso es así". Además, me satisface comprobar que tengo una cualidad, con la que no todos están bendecidos, que es la de discernir la gran diferencia que hay entre ellos y yo; y a pesar de todo, dejar que mis propias invenciones, por bajas y débiles que sean, sigan su carrera, sin arreglar ni enyesar los defectos que esta comparación ha puesto a mi vista. Y, a decir verdad, un hombre necesita una buena espalda para seguir el ritmo de esta gente. Los indiscretos escribas de nuestros tiempos, que, entre sus laboriosas naderías, insertan secciones y páginas enteras de autores antiguos, con el propósito, por ese medio, de ilustrar sus propios escritos, hacen todo lo contrario; pues esta infinita disimilitud de ornamentos hace que la complexión de sus propias composiciones sea tan cetrina y deforme, que pierden mucho más de lo que obtienen.

Los filósofos Crisipo y Epicuro eran en esto de dos humores muy contrarios: el primero no sólo mezcló en sus libros pasajes y dichos de otros autores, sino piezas enteras, y, en una, toda la Medea de Eurípides; lo que dio ocasión a Apolodoro para decir que si un hombre escogiera de sus escritos todo lo que no era suyo, no le dejaría más que papel en blanco; mientras que el segundo, muy al contrario, en trescientos volúmenes que dejó, no tiene ni una sola cita. -[Diógenes Laercio, Vidas de Chyysippus, vii. 181, y Epicuro, x. 26.]

El otro día me topé con esta suerte; estaba leyendo un libro francés, en el que después de un largo rato corrí a soñar con una gran cantidad de palabras, tan aburridas, tan insípidas, tan vacías de todo ingenio o sentido común, que en verdad sólo eran palabras francesas: después de un largo y tedioso viaje, llegué por fin a encontrarme con un trozo altivo, rico y elevado hasta las mismas nubes; de lo cual, si hubiera encontrado fácil el declive o gradual la subida, habría tenido alguna excusa; pero era un precipicio tan perpendicular, y tan completamente aislado del resto de la obra, que con las seis primeras palabras me encontré volando hacia el otro mundo, y desde allí descubrí el valle del que procedía tan profundo y bajo, que nunca más he tenido el corazón de descender a él. Si expusiera uno de mis discursos con despojos tan ricos como éstos, no haría más que manifestar de manera demasiado evidente la imperfección de mi propia escritura. Reprender en otros las faltas de las que yo mismo soy culpable, no me parece más irrazonable que condenar, como a menudo hago, las de otros en mí mismo: deben ser reprobadas en todas partes, y no se les debe permitir ningún santuario. Sé muy bien con qué audacia yo mismo, en cada momento, intento igualarme a mis robos, y hacer que mi estilo vaya de la mano con ellos, no sin una temeraria esperanza de engañar a los ojos de mi lector para que no discierna la diferencia; pero con todo, es tanto por el beneficio de mi aplicación, que espero hacerlo, como por el de mi invención o cualquier fuerza propia. Además, no me ofrezco a contender con todo el cuerpo de estos campeones, ni mano a mano con ninguno de ellos: Sólo me enfrento a ellos mediante vuelos y pequeños intentos; no lucho con ellos, sino que sólo pruebo su fuerza, y nunca me enfrento hasta donde hago gala de ello. Si pudiera mantenerlos en juego, sería un tipo valiente; porque nunca los ataco, sino donde son más nervudos y fuertes. Cubrirse uno mismo (como he visto hacer a algunos) con la armadura de otro, para no descubrir más que las puntas de sus dedos; Llevar a cabo un diseño (como no es difícil de hacer para un hombre que tiene algo de erudito en él, en un tema ordinario) bajo viejas invenciones remendadas aquí y allá con su propia trompetería, y luego tratar de ocultar el robo, y hacerlo pasar por propio, es en primer lugar la injusticia y la mezquindad de espíritu en aquellos que lo hacen, que no teniendo nada en ellos de su propia aptitud para procurarles una reputación, se esfuerzan por hacerlo tratando de imponer al mundo en su propio nombre, cosas que no tienen ninguna forma de título; y además, una ridícula locura al contentarse con adquirir la ignorante aprobación del vulgo mediante tan lamentable engaño, al precio de degradarse a los ojos de los hombres de entendimiento, que levantan la nariz ante toda esta incrustación prestada, pero cuya alabanza es la única que vale la pena tener. Por mi parte, no hay nada que no haría antes que eso, ni he dicho tanto de otros, sino para tener una mejor oportunidad de explicarme. Tampoco en esto miro a los compositores de centos, que se declaran por tales; de los cuales clase de escritores he conocido en mi tiempo muchos muy ingeniosos, y particularmente uno bajo el nombre de Capilupus, además de los antiguos. Estos son realmente hombres de ingenio, y que hacen parecer que lo son, tanto por ese como por otros modos de escribir; como por ejemplo, Lipsio, en ese docto y laborioso contexto de su Política.

Pero, sea como fuere, y por insignificantes que sean estas ineptitudes, diré que nunca pretendí ocultarlas, no más que mi vieja y canosa imagen ante ellas, donde el pintor no os ha presentado un rostro perfecto, sino el mío. Porque estas son mis opiniones y fantasías particulares, y las expongo sólo como lo que yo mismo creo, y no por lo que han de creer los demás. No tengo otro fin en este escrito, sino sólo descubrirme a mí mismo, que, además, por ventura, seré otra cosa mañana, si acaso encuentro alguna nueva instrucción que me cambie. No tengo autoridad para ser creído, ni la deseo, siendo demasiado consciente de mi propia inerudición para poder instruir a otros.

Alguien, pues, habiendo visto el capítulo precedente, me dijo el otro día en mi casa que debería haber ampliado un poco más mi discurso sobre la educación de los niños: ["Lo cual, por muy apto que sea para hacerlo, que mis amigos me halaguen si quieren, no tengo entretanto tal opinión de mi propio talento como para prometerme un buen éxito en mi esfuerzo". Este pasaje parece ser una interpolación de Cotton. En cualquier caso, no lo encuentro en las ediciones originales que tengo ante mí, ni en Coste.

Ahora, señora, si tuviera alguna suficiencia en este tema, no podría emplearla mejor, que presentar mis mejores instrucciones al pequeño hombre que os amenaza en breve con un feliz nacimiento (pues sois demasiado generosa para empezar de otra manera que con un varón); pues, habiendo tenido tanta participación en el tratado de tu matrimonio, tengo cierto derecho e interés particular en la grandeza y prosperidad del resultado que de él se derive; además, el que hayas tenido lo mejor de mis servicios durante tanto tiempo, me obliga suficientemente a desear el honor y la ventaja de todo lo que te concierne. Pero, en verdad, todo lo que entiendo en cuanto a ese particular es sólo esto, que la mayor y más importante dificultad de la ciencia humana es la educación de los niños. Porque, como en la agricultura, la labranza que debe preceder a la plantación, así como la plantación misma, es cierta, sencilla y bien conocida; pero después de que lo plantado llega a la vida, hay mucho más que hacer, más arte que emplear, más cuidado que tener, y mucha más dificultad para cultivarlo y llevarlo a la perfección, así es con los hombres; no es difícil tener hijos; pero después de que nacen, entonces comienza la molestia, la solicitud y el cuidado para formarlos, principiarlos y educarlos. Los síntomas de sus inclinaciones en esa tierna edad son tan oscuros, y las promesas tan inciertas y falaces, que es muy difícil establecer cualquier juicio o conjetura sólida sobre ellos. Mirad a Cimón, por ejemplo, y a Temístocles, y a mil otros, que engañaron mucho la expectativa que los hombres tenían de ellos. Los osos y los cachorros descubren fácilmente su inclinación natural; pero los hombres, tan pronto como crecen, aplicándose a ciertos hábitos, comprometiéndose con ciertas opiniones, y conformándose a leyes y costumbres particulares, fácilmente alteran, o al menos disfrazan, su verdadera y real disposición; y sin embargo es difícil forzar la propensión de la naturaleza. De ahí que, por no haber elegido el camino correcto, a menudo nos esforzamos mucho y consumimos buena parte de nuestro tiempo en educar a los niños en cosas para las que, por su constitución natural, son totalmente incapaces. En esta dificultad, sin embargo, soy claramente de la opinión de que deben ser instruidos en los mejores y más ventajosos estudios, sin hacer demasiado caso o ser demasiado supersticioso en esos ligeros pronósticos que dan de sí mismos en sus tiernos años, y a los que Platón, en su República, da, me parece, demasiada autoridad.

Señora, la ciencia es un ornamento muy grande, y una cosa de maravillosa utilidad, especialmente en personas elevadas a ese grado de fortuna en el que os encontráis. Y, a decir verdad, en personas de condición mezquina y baja, no puede desempeñar su verdadero y genuino oficio, siendo naturalmente más pronta para ayudar en la conducción de la guerra, en el gobierno de los pueblos, en la negociación de las ligas y amistades de príncipes y naciones extranjeras, que en la formación de un silogismo en la lógica, en el alegato de un proceso en la ley, o en la prescripción de una dosis de píldoras en la física. Por lo tanto, señora, creyendo que no omitirá este rasgo tan necesario en la educación de sus hijos, que usted misma ha probado su dulzura, y es de extracción erudita (pues aún tenemos los escritos de los antiguos condes de Foix, de los que mi señor, su marido, y usted, descienden ambos, y el señor de Candale, su tío, cada día obliga al mundo con otros, que extenderán el conocimiento de esta cualidad en su familia por muchas épocas sucesivas), en esta ocasión me atreveré a familiarizar a su señoría con una fantasía particular mía, en contra del método común, que es todo lo que puedo aportar a su servicio en este asunto.

El cargo de tutor que usted debe proporcionar a su hijo, de cuya elección depende todo el éxito de su educación, tiene otras partes y deberes grandes y considerables que se requieren en un encargo tan importante, además de lo que estoy a punto de decir: éstos, sin embargo, no los mencionaré, ya que no pueden añadir nada importante a las reglas comunes: y en esto, en lo que me encargo de aconsejar, puede seguirlo sólo en la medida en que parezca aconsejable.

Pues un muchacho de calidad, que pretende las letras no por razón de lucro (porque un objeto tan mezquino es indigno de la gracia y el favor de las Musas, y además, en él un hombre dirige su servicio a otros y depende de ellos), ni tanto por el ornamento exterior, como por su propio y peculiar uso, y para amueblarse y enriquecerse por dentro, teniendo más bien el deseo de salir un caballero consumado que un simple erudito o un hombre culto; Para uno así, digo, yo también querría que sus amigos se preocuparan de encontrarle un tutor, que tenga más bien una cabeza bien hecha que una cabeza bien llena;-["'Tete bien faite', expresión creada por Montaigne, y que ha permanecido en nuestra lengua. "-Servan.]- buscando, en efecto, tanto lo uno como lo otro, pero prefiriendo de los dos los modales y el juicio a la mera erudición, y que este hombre ejerza su cargo según un nuevo método.

Es costumbre de los pedagogos estar eternamente tronando en los oídos de sus alumnos, como si estuvieran vertiendo en un embudo, mientras que el negocio del alumno es sólo repetir lo que los otros han dicho: Ahora bien, yo quisiera que el tutor corrigiera este error, y que, al principio, según la capacidad de que se trate, la pusiera a prueba, permitiendo a su alumno que él mismo pruebe las cosas, y que por sí mismo las discierna y las elija, abriéndole unas veces el camino, y otras dejándole que lo abra por sí mismo; es decir, no quisiera que él solo inventara y hablara, sino que también oyera a su alumno hablar a su vez. Sócrates, y desde él Arcesilao, hacían hablar primero a sus alumnos, y luego ellos les hablaban a ellos -[Diógenes Laercio, iv. 36.]

"Obest plerumque iis, qui discere volunt,

auctoritas eorum, qui docent".

["La autoridad de los que enseñan, es muy a menudo un impedimento para

Cicerón, De Natura Deor., i. 5.]

Es bueno hacerle, como a un caballo joven, trotar delante de él, para que pueda juzgar su marcha, y cuánto ha de disminuir de su propia velocidad, para acomodarse al vigor y capacidad del otro. Por falta de la debida proporción lo echamos todo a perder; que también saber ajustar, y mantener dentro de una exacta y debida medida, es una de las cosas más difíciles que conozco, y es efecto de un alma alta y bien templada, saber condescender con tan pueriles movimientos y gobernarlos y dirigirlos. Camino más firme y seguro cuesta arriba que cuesta abajo.

Aquellos que, según nuestro modo común de enseñar, se empeñan, con una misma lección y una misma medida de dirección, en instruir a varios muchachos de diferentes y desiguales capacidades, se equivocan infinitamente; y no es de extrañar que en toda una multitud de escolares no se encuentren más que dos o tres que den buena cuenta de su tiempo y disciplina. Que el maestro no sólo le examine sobre la construcción gramatical de las meras palabras de su lección, sino sobre el sentido, y que juzgue el provecho que ha sacado, no por el testimonio de su memoria, sino por el de su vida. Que le haga poner lo que ha aprendido en cien formas diferentes, y acomodarlo a tantos temas diferentes, para ver si todavía lo comprende correctamente, y lo ha hecho suyo, tomando la instrucción de su progreso por las instituciones pedagógicas de Platón. Es un signo de crudeza e indigestión degustar lo que comemos en las mismas condiciones en que fue tragado; el estómago no ha cumplido su función a menos que haya alterado la forma y condición de lo que se le encomendó confeccionar. Nuestras mentes trabajan sólo en base a la confianza, cuando están atadas y obligadas a seguir el apetito de la fantasía de otro, esclavizadas y cautivadas bajo la autoridad de la instrucción de otro; hemos sido sometidos de tal manera a la trampa, que no tenemos un ritmo libre ni natural propio; nuestro propio vigor y libertad se han extinguido y desaparecido:

"Nunquam tutelae suae fiunt".

["Siempre están bajo tutela" -Séneca, Ep., 33.]

En Pisa me llevaron privadamente a ver a un hombre muy honesto, pero tan gran aristotélico, que su tesis más usual era: "Que la piedra de toque y el cuadrado de toda imaginación sólida, y de toda verdad, era una conformidad absoluta con la doctrina de Aristóteles; y que todo lo demás no era más que inanidad y quimera; porque él lo había visto todo, y lo había dicho todo". Una posición que, por haber sido interpretada de forma demasiado injusta y amplia, le hizo correr una vez y durante mucho tiempo un gran peligro de la Inquisición en Roma.

Que lo haga examinar y tamizar minuciosamente todo lo que lee, y que no aloje nada en su fantasía por simple autoridad y por confianza. Los principios de Aristóteles no serán entonces más principios para él que los de Epicuro y los estoicos: que se le proponga y se le exponga esta diversidad de opiniones; él mismo elegirá, si es capaz; si no, permanecerá en la duda.

"Che non men the saver, dubbiar m' aggrata".

["Amo dudar, así como saber" -Dante, Inferno, xi. 93]

pues, si abraza las opiniones de Jenofonte y Platón, por su propia razón, ya no serán de ellos, sino que se convertirán en las suyas. Quien sigue a otro, no sigue nada, no encuentra nada, es más, no busca nada.

"Non sumus sub rege; sibi quisque se vindicet".

["No estamos bajo ningún rey; que cada uno se reivindique a sí mismo".

-Séneca, Ep.,33]

Que, al menos, sepa que lo sabe. Será necesario que se impregne de sus conocimientos, no que se corrompa con sus preceptos; y no importa que olvide dónde tuvo su aprendizaje, siempre que sepa aplicarlo a su propio uso. La verdad y la razón son comunes a todos, y no son más de quien las habló primero, que de quien las habla después: No es más según Platón, que según yo, ya que tanto él como yo las vemos y entendemos por igual. Las abejas recogen sus diversos dulces de esta y aquella flor, aquí y allá donde los encuentran, pero ellas mismas hacen después la miel, que es toda y puramente suya, y no más tomillo y mejorana: así los diversos fragmentos que toma prestados de otros, los transformará y barajará juntos para compilar una obra que será absolutamente suya; es decir, su juicio: su instrucción, trabajo y estudio, no tienden a otra cosa que a formar eso. No está obligado a descubrir de dónde ha sacado los materiales que le han ayudado, sino sólo a producir lo que él mismo ha hecho con ellos. Los hombres que viven del pillaje y de los préstamos, exponen sus compras y construcciones a la vista de todos, pero no proclaman cómo han conseguido el dinero. No vemos los honorarios y las prebendas de un caballero de la túnica larga; pero vemos las alianzas con las que se fortalece a sí mismo y a su familia, y los títulos y honores que ha obtenido para él y los suyos. Ningún hombre divulga sus ingresos; o, al menos, de qué manera entran, pero todos publican sus adquisiciones. Las ventajas de nuestro estudio son llegar a ser mejores y más sabios. Es, dice Epicarmo, el entendimiento el que ve y oye, es el entendimiento el que lo mejora todo, el que lo ordena todo, y el que actúa, gobierna y reina: todas las demás facultades son ciegas, y sordas, y sin alma. Y ciertamente lo hacemos timorato y servil, al no permitirle la libertad y el privilegio de hacer algo por sí mismo. ¿Quién ha preguntado a su alumno qué le parece la gramática y la retórica, o tal o cual frase de Cicerón? Nuestros maestros las clavan, a toda pluma, en nuestra memoria, y allí las establecen como oráculos, de los cuales las letras y las sílabas son la sustancia de la cosa. Saber de memoria, no es conocimiento, y no significa más que retener lo que uno ha confiado a nuestra memoria. Lo que un hombre sabe y entiende correctamente, lo dispone libremente con su propia libertad, sin tener en cuenta el autor de donde lo obtuvo, ni tantear las hojas de su libro. Un mero aprendizaje libresco es un aprendizaje pobre y mísero; puede servir de adorno, pero no hay fundamento para ninguna superestructura que se construya sobre él, según la opinión de Platón, que dice que la constancia, la fe y la sinceridad son la verdadera filosofía, y las otras ciencias, que se dirigen a otros fines, mera pintura adulterada. Quisiera que Paluel o Pompeyo, aquellos dos notables bailarines de mi tiempo, nos hubiesen enseñado a cortar cabriolas, con sólo verles hacerlo, sin movernos de nuestro sitio, como estos hombres pretenden informar al entendimiento sin ponerlo nunca a trabajar, o que pudiésemos aprender a cabalgar, a manejar la pica, a tocar el laúd, o a cantar sin la molestia de la práctica, como estos pretenden hacernos juzgar y hablar bien, sin ejercitarnos en juzgar o hablar. Ahora bien, en esta iniciación de nuestros estudios en su progreso, cualquier cosa que se presente ante nosotros es libro suficiente; un truco pícaro de un paje, un error sotástico de un criado, una broma en la mesa, son otros tantos temas nuevos.

Y por esta razón, la conversación con los hombres es de gran utilidad y los viajes a países extranjeros; no para traer de vuelta (como la mayoría de nuestros jóvenes monsieurs hacen) una cuenta sólo de cuántos pasos Santa Rotonda-[El Panteón de Agrippa. ]- está en el circuito; o de la riqueza de las enaguas de la signora Livia; o, como algunos otros, de cuánto es el rostro de Nerón, en una estatua en una ruina tan antigua, más largo y más ancho que el que se le ha hecho en alguna medalla; sino para poder dar cuenta principalmente de los humores, los modales, las costumbres y las leyes de aquellas naciones en las que ha estado, y para que podamos afinar y agudizar nuestro ingenio frotándolo con el de los demás. Me gustaría que se enviara a un muchacho al extranjero muy joven, y primero, para matar dos pájaros de un tiro, a aquellas naciones vecinas cuya lengua difiere más de la nuestra, y a las que, si no se forma a tiempo, la lengua se volverá demasiado rígida para doblarse.

Y también es la opinión generalizada de todos, que un niño no debe ser criado en el regazo de su madre. Las madres son demasiado tiernas, y su afecto natural tiende a hacer que las más discretas se vuelvan tan cariñosas, que no pueden encontrar en su corazón la manera de darles la debida corrección por las faltas que puedan cometer, ni permitirles que se acostumbren a las dificultades y los peligros, como debería ser. No soportan verlos volver todo polvo y sudor de su ejercicio, ni beber bebida fría cuando tienen calor, ni verlos montar un caballo indómito, ni tomar un florete en la mano contra un rudo esgrimista, ni siquiera disparar una carabina. Y, sin embargo, no hay remedio; quien quiera criar a un niño para que sirva para algo cuando llegue a ser un hombre, no debe de ninguna manera prescindir de él cuando es joven, y debe transgredir muy a menudo las reglas de la física:

"Vitamque sub dio, et trepidis agat

In rebus".

["Que viva al aire libre, y siempre en movimiento sobre algo".

-Horace, Od. ii., 3, 5.]

No basta con fortificar su alma, sino que también hay que fortalecer sus tendones, pues el alma se verá oprimida si no es asistida por los miembros, y tendría una tarea demasiado ardua para desempeñar dos oficios sola. Sé muy bien a mi costa, cuánto gime la mía bajo la carga, por estar acomodada con un cuerpo tan tierno e indispuesto, que eternamente se inclina y presiona sobre ella; y a menudo en mi lectura percibo que nuestros maestros, en sus escritos, hacen pasar por ejemplos la magnanimidad y la fortaleza de ánimo, que realmente son más bien dureza de piel y dureza de huesos; pues he visto hombres, mujeres y niños, nacidos naturalmente de una constitución corporal tan dura e insensible, que un buen golpe de garrote ha sido para ellos menos de lo que hubiera sido para mí un coqueteo con un dedo, y que no gritarían, ni harían muecas, ni se encogerían, por una buena paliza; y cuando los luchadores falsifican a los filósofos en la paciencia, es más bien fuerza de nervios que robustez de corazón. Ahora bien, estar acostumbrado a sufrir el trabajo, es estar acostumbrado a soportar el dolor:

"Labor callum obducit dolori".

(El trabajo nos endurece contra el dolor) -Cicerón, Tusc. Quaes., ii. 15.)

Un niño debe ser educado en el trabajo y la rudeza del ejercicio, para ser entrenado en el dolor y el sufrimiento de las dislocaciones, los cólicos, las cauterizaciones, e incluso el encarcelamiento y el propio potro; porque puede llegar por desgracia a ser reducido a lo peor de esto, que (como este mundo va) a veces se inflige a los buenos como a los malos. En cuanto a la prueba, en nuestra actual guerra civil quien saca su espada contra las leyes, amenaza a los hombres más honestos con el látigo y el cabestro.

Y, además, al vivir en casa, la autoridad de este gobernador, que debería ser soberana sobre el muchacho que ha recibido a su cargo, se ve a menudo frenada y entorpecida por la presencia de los padres; a lo que puede añadirse también que el respeto que toda la familia le dispensa, como hijo de su amo, y el conocimiento que tiene de la hacienda y la grandeza de que es heredero, son, en mi opinión, inconvenientes no pequeños en estos tiernos años.

Y, sin embargo, incluso en esta conversación con los hombres de la que hablé hace un momento, he observado este vicio, que en lugar de recoger las observaciones de los demás, hacemos que todo nuestro negocio sea exponernos a ellas, y estamos más preocupados por cómo exponer y exponer nuestros propios productos, que por cómo aumentar nuestro stock adquiriendo nuevos. El silencio, por tanto, y la modestia son cualidades muy ventajosas en la conversación. Por lo tanto, hay que educar a este muchacho para que sea parco y esposo de sus conocimientos cuando los haya adquirido; y para que se abstenga de hacer excepciones o de reprender todo dicho ocioso o historia ridícula que se diga o se cuente en su presencia; pues es una grosería muy impropia de él reñir con todo lo que no es agradable a nuestro propio paladar. Que se contente con corregirse a sí mismo, y que no parezca condenar todo lo que en otro no haría él mismo, ni lo discuta por ir contra las costumbres comunes.

"Licet sapere sine pompa, sine invidia".

["Seamos sabios sin ostentación, sin envidia".

-Séneca, Ep., 103.]

Que evite estas imágenes vanas e incívicas de la autoridad, esta ambición infantil de codiciar parecer más educado y más consumado, de lo que realmente, por tal porte, descubrirá ser. Y, como si no debieran omitirse las oportunidades de interrumpir y reprender, desear de ahí derivar la reputación de algo más que ordinario. Porque, así como sólo los grandes poetas pueden hacer uso de la licencia poética, es intolerable que sólo los hombres de almas grandes e ilustres se arroguen privilegios por encima de la autoridad de la costumbre:

"Si quid Socrates ant Aristippus contra morem et consuetudinem

fecerunt, idem sibi ne arbitretur licere: magnis enim illi et

divinis bonis hanc licentiam assequebantur".

["Si Sócrates y Aristipo han cometido algún acto contra los modales

y costumbres, que no piense que se le permite hacer lo mismo; pues

que fue por grandes y divinos beneficios que ellos obtuvieron este

Cicerón, De Offic., i. 41.]

Que se le enseñe a no entablar discursos o disputas sino con un campeón digno de él, e incluso allí, a no hacer uso de todas las pequeñas sutilezas que puedan parecer pat para su propósito, sino sólo de los argumentos que mejor le sirvan. Que se le enseñe a ser curioso en la elección y selección de sus razones, a abominar la impertinencia y, por consiguiente, a ser breve; pero, sobre todo, que se le enseñe a aceptar y a someterse a la verdad tan pronto como la descubra, ya sea en el argumento de su oponente o en una mejor consideración del suyo propio; porque nunca será preferido a la cátedra por un mero estrépito de palabras y silogismos, y no está más comprometido con ningún argumento que el que apruebe a su propio juicio: ni tampoco es la argumentación un oficio, en el que la libertad de retractarse y de salir a pensamientos mejores, se vende por dinero fácil:

"Neque, ut omnia, qux praescripta et imperata sint,

defendat, necessitate ulla cogitur".

["Tampoco es necesario que defienda

todas las cosas que se le prescriben y ordenan".

-Cicerón, Acad., ii. 3.]

Si su gobernador es de mi humor, formará su voluntad para ser un súbdito muy bueno y leal a su príncipe, muy afectuoso a su persona, y muy recio en la disputa; pero con todo enfriará en él el deseo de tener otro vínculo con su servicio que el deber público. Además de otros varios inconvenientes que son incompatibles con la libertad que todo hombre honesto debe tener, el juicio de un hombre, al ser sobornado y preposicionado por estas obligaciones particulares, o se ciega y es menos libre para ejercer su función, o se mancha con ingratitud e indiscreción. Un hombre que es puramente cortesano, no puede tener poder ni voluntad para hablar o pensar de otra manera que no sea favorable y buena de un señor, que, entre tantos millones de otros súbditos, lo ha escogido con su propia mano para alimentarlo y promoverlo; este favor, y el beneficio que fluye de él, debe necesariamente, y no sin alguna muestra de razón, corromper su libertad y deslumbrarlo; y comúnmente vemos a estas personas hablar en otra clase de frase que la que ordinariamente hablan otros de la misma nación, aunque lo que dicen en ese lenguaje cortesano no es muy creíble.

Que su conciencia y su virtud sean eminentemente manifiestas en su hablar, y que sólo tengan la razón como guía. Hazle comprender que reconocer el error que descubra en su propia argumentación, aunque sólo sea descubierto por él mismo, es un efecto del juicio y la sinceridad, que son las principales cosas que debe buscar; que la obstinación y la contención son cualidades comunes, que aparecen más en las almas mezquinas; que revisar y corregirse a sí mismo, y abandonar un argumento injusto en el apogeo y el calor de la disputa, son cualidades raras, grandes y filosóficas.

Que se le aconseje, estando en compañía, tener el ojo y el oído en cada rincón; porque encuentro que los lugares de mayor honor son comúnmente aprovechados por hombres que tienen menos en ellos, y que las mayores fortunas rara vez van acompañadas de las partes más hábiles. He estado presente cuando, mientras en el extremo superior de la cámara se limitaban a comentar la belleza de las arras, o el sabor del vino, muchas cosas que se han dicho muy finamente en el extremo inferior de la mesa se han perdido y desechado. Que examine el talento de cada hombre; un campesino, un albañil, un pasajero: se puede aprender algo de cada uno de ellos en sus diversas capacidades, y se recogerá algo de su discurso de lo que se puede hacer algún uso en un momento u otro; es más, incluso la locura y la impertinencia de los demás contribuirán a su instrucción. Observando las gracias y los modales de todos los que ve, se creará una emulación de lo bueno y un desprecio de lo malo.

Que una curiosidad honesta sea sugerida a su fantasía de ser inquisitivo después de todo; cualquier cosa que sea singular y rara cerca del lugar donde está, que vaya a verla; una casa fina, una fuente noble, un hombre eminente, el lugar donde se ha librado una batalla antiguamente, los pasajes de César y Carlomagno:

"Qux tellus sit lenta gelu, quae putris ab aestu,

Ventus in Italiam quis bene vela ferat".

["Qué país está atado por la escarcha, qué tierra es friable por el calor,

qué viento sirve más a Italia" -Propercio, iv. 3, 39.]

Que indague en las costumbres, los ingresos y las alianzas de los príncipes, cosas en sí mismas muy agradables de aprender y muy útiles de conocer.

Al conversar con los hombres, me refiero también, y principalmente, a los que sólo viven en los registros de la historia; él, leyendo esos libros, conversará con las grandes y heroicas almas de las mejores épocas. Es un estudio ocioso y vano para aquellos que lo hacen de manera negligente, pero para aquellos que lo hacen con cuidado y observación, es un estudio de inestimable fruto y valor; y el único estudio, como informa Platón, que los lacedemonios se reservaban para sí mismos. ¿Qué beneficio no obtendrá en cuanto a los asuntos de los hombres, leyendo las Vidas de Plutarco? Pero, además, recuerde mi gobernador a qué fin se dirigen principalmente sus instrucciones, y que no imprima tanto en la memoria de su alumno la fecha de la ruina de Cartago, como las costumbres de Aníbal y Escipión; ni tanto dónde murió Marcelo, como por qué fue indigno de su deber que muriera allí. Que no le enseñe tanto las partes narrativas de la historia como a juzgarlas; la lectura de ellas, en mi opinión, es una cosa a la que de todas las demás nos aplicamos con la más diversa medida. Yo he leído cien cosas en Livio que otro no ha leído, o no ha reparado al menos en ellas; y Plutarco ha leído allí cien más de las que yo he podido encontrar, o de las que, tal vez, ese autor haya escrito jamás; para algunos es un mero estudio de gramática, para otros la propia anatomía de la filosofía, por la que penetran las partes más abstrusas de nuestra naturaleza humana. Hay en Plutarco muchos discursos largos muy dignos de ser leídos y observados con atención, pues es, en mi opinión, de todos los demás, el mayor maestro en esa clase de escritos; pero hay otros mil que sólo ha tocado y ojeado, en los que sólo señala con el dedo para dirigirnos por dónde podemos ir si queremos, y se contenta a veces con dar sólo un golpe enérgico en el artículo más bonito de la cuestión, de donde hemos de sacar a tientas el resto. Como, por ejemplo, cuando dice -[En el Ensayo sobre la falsa vergüenza]- que los habitantes de Asia llegaron a ser vasallos de uno solo, por no haber podido pronunciar una sílaba, que es el No. Este dicho suyo dio quizá materia y ocasión a La Boetie para escribir su "Servidumbre voluntaria". Sólo verle escoger una acción ligera en la vida de un hombre, o una simple palabra que no parece llegar ni siquiera a eso, es en sí mismo todo un discurso. Nos perjudica que los hombres de entendimiento sean tan inmoderadamente breves; sin duda su reputación es mejor por ello, pero mientras tanto nosotros somos peores. Plutarco prefirió que aplaudiéramos su juicio a que elogiáramos su conocimiento, y prefirió dejarnos con el apetito de leer más, a que nos saciáramos con lo que ya hemos leído. Sabía muy bien que un hombre puede decir demasiado incluso sobre los mejores temas, y que Alejandridas le reprochó justamente que hiciera discursos muy buenos, pero demasiado largos, a los éforos, cuando dijo: "Los que tienen cuerpos flacos y escasos se rellenan con ropa, y los que son defectuosos en la materia se esfuerzan por compensar con palabras.

El entendimiento humano se ilumina maravillosamente con la conversación diaria con los hombres, ya que, de lo contrario, estamos comprimidos y amontonados en nosotros mismos, y tenemos la vista limitada a la longitud de nuestras propias narices. Cuando se le preguntó a Sócrates de qué país era, no respondió de Atenas, sino del mundo -[Cicerón, Tusc. Quaes., v. 37; Plutarco, Sobre el exilio, c. 4.]-, él, cuya imaginación era más plena y amplia, abarcaba el mundo entero como su país, y extendía su sociedad y amistad a toda la humanidad; no como nosotros, que no miramos más allá de nuestros pies. Cuando las vides de mi pueblo son cortadas por la escarcha, mi párroco concluye en seguida que la indignación de Dios se ha desatado contra todo el género humano, y que los caníbales ya se han llevado la palma. ¿Quién es el que, viendo los estragos de estas guerras civiles nuestras, no grita que la máquina del mundo está cerca de la disolución, y que el día del juicio está cerca; sin considerar, que se han visto muchas cosas peores, y que mientras tanto, la gente está muy alegre en mil otras partes de la tierra por todo esto? Por mi parte, considerando la licencia y la impunidad que siempre acompañan a tales conmociones, me sorprende que sean tan moderadas, y que no se hagan más males. Para quien siente el granizo golpear sus oídos, todo el hemisferio parece estar en tormenta y tempestad; como el ridículo saboyano, que dijo muy gravemente, que si ese simple rey de Francia hubiera podido administrar su fortuna como debería haberlo hecho, con el tiempo podría haber llegado a ser mayordomo de la casa del duque su señor: el tipo no podía, en su superficial imaginación, concebir que pudiera haber algo más grande que un duque de Saboya. Y, en verdad, todos nosotros estamos, insensiblemente, en este error, un error de un peso muy grande y de consecuencias muy perniciosas. Pero quien se represente a su fantasía, como en un cuadro, esa gran imagen de nuestra madre naturaleza, en toda su majestad y lustre, quien en su rostro lea una variedad tan general y tan constante, quien se observe a sí mismo en esa figura, y no a sí mismo, sino a todo un reino, no mayor que el menor toque o pinchazo de un lápiz en comparación con el todo, ese hombre es el único capaz de valorar las cosas según su verdadera estimación y grandeza.

Este gran mundo, que algunos multiplican como varias especies bajo un mismo género, es el espejo en el que hemos de contemplarnos, para poder conocernos como debemos hacerlo en el verdadero sesgo. En resumen, me gustaría que este fuera el libro que mi joven caballero debería estudiar con más atención. Tantos humores, tantas sectas, tantos juicios, opiniones, leyes y costumbres, nos enseñan a juzgar correctamente los nuestros, e informan a nuestro entendimiento para que descubra su imperfección y su debilidad natural, lo cual no es una especulación trivial. Tantas mutaciones de estados y reinos, y tantos giros y revoluciones de la fortuna pública, nos harán lo suficientemente sabios como para no hacer grandes maravillas de la nuestra. Tantos grandes nombres, tantas victorias y conquistas célebres ahogadas y tragadas en el olvido, hacen ridículas nuestras esperanzas de eternizar nuestros nombres por la toma de medio caballo ligero, o de un gallinero, que sólo deriva su memoria de su ruina. El orgullo y la arrogancia de tantas pompas extranjeras, la majestuosidad inflada de tantas cortes y grandezas, acostumbran y fortifican nuestra vista sin cerrar los ojos para contemplar el lustre de la nuestra; tantos trillones de hombres, enterrados ante nosotros, nos animan a no temer ir a buscar tan buena compañía en el otro mundo: y así del resto quiso decir Pitágoras,-[Cicerón, Tusc. Quaes, v. 3.]-que nuestra vida se asemeja a la gran y populosa asamblea de los juegos olímpicos, en la que algunos ejercitan el cuerpo, para llevarse la gloria del premio; otros traen mercancías para venderlas con provecho; también hay algunos (y los que no son de la peor clase) que no persiguen otra ventaja que la de mirar y considerar cómo y por qué se hace todo, y ser espectadores de la vida de los demás hombres, para así juzgar y regular mejor la propia.

A los ejemplos pueden aplicarse apropiadamente todos los provechosos discursos de la filosofía, a los que todas las acciones humanas, en cuanto a su mejor regla, deben dirigirse especialmente: se enseñará a un erudito a saber-

"Quid fas optare: quid asper

Utile nummus habet: patrix carisque propinquis

Quantum elargiri deceat: quern te Deus esse

Jussit, et humana qua parte locatus es in re;

Quid sumus, et quidnam victuri gignimur".

["Aprende lo que es justo desear; cuál es el verdadero uso del dinero acuñado

dinero acuñado; cuánto nos conviene dar en liberalidad a nuestro país

y a nuestros queridos parientes; quién y qué te ha ordenado la Deidad que seas

y en qué parte del sistema humano estás colocado; qué somos y para qué

Somos y con qué propósito fuimos engendrados" -Persio, iii. 69].

lo que es saber y lo que se ignora; cuál debe ser el fin y el propósito del estudio; qué son el valor, la templanza y la justicia; la diferencia entre la ambición y la avaricia, la servidumbre y la sujeción, la licencia y la libertad; en qué medida un hombre puede conocer el verdadero y sólido contento; hasta qué punto se debe temer la muerte, la aflicción y la desgracia;

"Et quo quemque modo fugiatque feratque laborem".

["Y cómo se puede rehuir o sostener toda dificultad".

-Virgilio, AEneida, iii. 459.]

por qué resortes secretos nos movemos, y la razón de nuestras diversas agitaciones e irresoluciones: porque, a mi parecer, la primera doctrina con la que uno debe aderezar su entendimiento, debe ser la que regule sus modales y su sentido; la que le enseñe a conocerse a sí mismo, y cómo cavar y vivir bien. Entre las ciencias liberales, empecemos por la que nos hace libres; no es que no sirvan todas en alguna medida para la instrucción y el uso de la vida, como lo hacen también todas las demás cosas en alguna medida; pero elijamos la que sirva directa y manifiestamente para ese fin. Si somos capaces de restringir los oficios de la vida humana dentro de sus límites justos y naturales, encontraremos que la mayoría de las ciencias en uso no son de gran utilidad para nosotros, e incluso en las que sí lo son, que hay muchas cavidades y dilataciones muy innecesarias que sería mejor dejar a un lado, y, siguiendo la dirección de Sócrates, limitar el curso de nuestros estudios a aquellas cosas sólo donde hay una verdadera y real utilidad:

"Sapere aude;

Incipe; Qui recte vivendi prorogat horam,

Rusticus exspectat, dum defluat amnis; at ille

Labitur, et labetur in omne volubilis oevum".

["Atrévete a ser sabio; ¡empieza! el que aplaza la hora de vivir bien es

como el payaso, que espera hasta que el río se haya desbordado: pero

pero el río sigue fluyendo, y seguirá corriendo, con un curso constante, hasta

Hora de vivir bien es como el payaso que espera a que el río se acabe; pero el río sigue fluyendo, y correrá, con un curso constante, hasta las edades sin fin".]

Es una gran tontería enseñar a nuestros hijos:

"Quid moveant Pisces, animosaque signa Leonis,

Lotus et Hesperia quid Capricornus aqua,"

["Qué influencia tiene Piscis, o el signo de Leo enojado, o

Capricornio, bañado por la ola de Hesperia" -Propercio, iv. I, 89.]

el conocimiento de las estrellas y el movimiento de la octava esfera antes que el suyo propio:

["¿Qué me importan las Pléyades o las estrellas de Tauro?"

-Anacreonte, Oda, xvii. 10.]

Anaxímenes escribía a Pitágoras: "¿Con qué fin -dijo- he de preocuparme por escudriñar los secretos de las estrellas, teniendo continuamente ante mis ojos la muerte o la esclavitud?", pues los reyes de Persia se preparaban entonces para invadir su país. Cada uno debería decir así: "Estando asaltado, como estoy, por la ambición, la avaricia, la temeridad, la superstición, y teniendo dentro otros tantos enemigos de la vida, ¿voy a ponderar los cambios del mundo?"

Después de haberle enseñado lo que le hará más sabio y bueno, puedes entonces entretenerle con los elementos de la lógica, la física, la geometría, la retórica y la ciencia a la que entonces él mismo se inclinará más, estando su juicio de antemano formado y apto para elegir, hará rápidamente la suya. El modo de instruirlo debe ser a veces por medio de discursos y a veces por medio de lecturas; a veces su gobernador pondrá en sus manos el autor que considere más apropiado para él, y a veces sólo la médula y la sustancia del mismo; y si él mismo no es lo suficientemente versado en los libros como para recurrir a todos los discursos finos que los libros contienen para su propósito, puede haber algún hombre erudito junto a él, que en cada ocasión le suministre lo que necesita, para proporcionárselo a su alumno. Y quién puede dudar de que este modo de enseñar es mucho más fácil y natural que el de Gaza -[Teodoro Gaza, rector de la Academia de Ferrara]-, en el que los preceptos son tan intrincados, y tan duros, y las palabras tan vanas, magras e insignificantes, que no hay nada que aprovechar, nada que aviva y eleva el ingenio y la fantasía, mientras que aquí la mente tiene con qué alimentarse y digerir. Esta fruta, por lo tanto, no sólo es sin comparación, mucho más hermosa y bella; sino que también será mucho más temprana en su maduración.

Es una lástima que los asuntos estén en tal estado en esta época nuestra, que la filosofía, incluso entre los hombres de entendimiento, sea considerada como un nombre vano y fantástico, una cosa sin utilidad, sin valor, ni en opinión ni en efecto, de lo cual creo que esos ergotismos y sofismas mezquinos, al preposicionar las avenidas hacia ella, son la causa. Y la gente tiene mucha culpa de representársela a los niños como una cosa de tan difícil acceso, y con un aspecto tan ceñudo, sombrío y formidable. ¿Quién lo ha disfrazado así, con este semblante falso, pálido y fantasmal? No hay nada más aireado, más alegre, más juguetón, y me gustaría haber dicho, más desenfadado. No predica más que la fiesta y la juerga; una mirada ansiosa y melancólica demuestra que no habita allí. Demetrio, el gramático, al encontrar en el templo de Delfos a un grupo de filósofos que charlaban juntos, les dijo: [Plutarco, Tratado sobre los oráculos que han cesado]: "O bien estoy muy engañado, o bien, por vuestros semblantes alegres y agradables, estáis enfrascados en un discurso no muy profundo". A lo que uno de ellos, Heracleón el Megarense, respondió: "Es para los que están desconcertados preguntando si el tiempo futuro del verbo -—se escribe con doble A, o que cazan después de la derivación de los comparativos -—y—-, y de los superlativos—y—-, para fruncir el ceño mientras discurren sobre su ciencia: pero en cuanto a los discursos filosóficos, siempre divierten y alegran a los que los entretienen, y nunca los desaniman ni los entristecen."

"Deprendas animi tormenta latentis in aegro

Corpore; deprendas et gaudia; sumit utrumque

Inde habitum facies".

["Puedes discernir los tormentos de la mente que acechan en un cuerpo enfermo; puedes

puede discernir sus alegrías: cualquiera de las dos expresiones que el rostro asume de la

Juvenal, ix. 18]

El alma que alberga la filosofía debe tener una constitución tan saludable que haga que el cuerpo también sea saludable; debe hacer que su tranquilidad y satisfacción brillen de tal manera que aparezcan en el exterior, y su satisfacción debe moldear el comportamiento exterior según su propio molde, y en consecuencia fortificarlo con una confianza graciosa, un porte activo y alegre, y un semblante sereno y contento. El signo más manifiesto de la sabiduría es una alegría continua; su estado es como el de las cosas en las regiones por encima de la luna, siempre claras y serenas. Son Baroco y Baralipton -[Dos términos de la antigua lógica escolástica]- los que ensucian y afean a sus discípulos, y no ella; no la conocen sino de oídas. Es ella la que calma y apacigua las tormentas y tempestades del alma, y la que enseña a reír y a cantar al hambre y a las fiebres; y eso, no por ciertos epígrafes imaginarios, sino por razones naturales y manifiestas. Ella tiene por fin la virtud, que no está, como dicen los escolares, situada en la cumbre de un precipicio perpendicular, escarpado e inaccesible: Los que se han acercado a ella la encuentran, por el contrario, asentada en una llanura hermosa, fructífera y floreciente, desde la cual descubre fácilmente todas las cosas de abajo; a cuyo lugar cualquiera puede, sin embargo, llegar, si conoce el camino, a través de avenidas sombreadas, verdes y dulcemente florecientes, por un descenso agradable, fácil y suave, como el de la bóveda celeste. Es por no haber frecuentado a esta suprema, a esta hermosa, triunfante y amable, a esta igualmente deliciosa y valiente virtud, a esta tan profesa e implacable enemiga de la ansiedad, de la pena, del miedo y del apremio, que, teniendo a la naturaleza por guía, tiene a la fortuna y al placer por compañeros, que han ido, según su propia y débil imaginación, y han creado esta ridícula, esta dolorosa, quejumbrosa, despechada, amenazante y terrible imagen de ella para sí mismos y para los demás, y la han colocado en una roca aparte, entre espinas y zarzas, y han hecho de ella un duende para asustar a la gente.

Pero el gobernador que yo quisiera, que es uno que sabe que es su deber poseer a su alumno con tanto o más afecto que reverencia a la virtud, podrá informarle que los poetas se han acomodado siempre al humor público, y hacerle sentir que los dioses han sembrado más trabajo y sudor en las avenidas de los gabinetes de Venus que en los de Minerva. Y cuando una vez lo encuentre comience a aprehender, y le represente una Bradamante o una Angélica-[Heroínas de Ariosto. ]- como amante, una belleza natural, activa, generosa, y no varonil, sino varonil, en comparación con una forma blanda, delicada, artificial, simpática y afectada; la una con el hábito de una juventud heroica, llevando un casco reluciente, la otra engalanada con rizos y cintas como una descarada pícara; entonces considerará su propio afecto como valiente y masculino, cuando elija todo lo contrario a ese afeminado pastor de Frigia.

Tal tutor hará que el alumno asimile esta nueva lección, que la altura y el valor de la verdadera virtud consiste en la facilidad, la utilidad y el placer de su ejercicio; tan lejos de la dificultad, que los niños, así como los hombres, y los inocentes, así como los sutiles, pueden hacerla suya; es por orden, y no por fuerza, que debe ser adquirida. Sócrates, su primer adlátere, es tan reacio a todo tipo de violencia, como para desecharla totalmente, para deslizarse hacia la facilidad más natural de su propio progreso; es la madre lactante de todos los placeres humanos, que al hacerlos justos, los hace también puros y permanentes; al moderarlos, los mantiene en el aliento y el apetito; al prohibir los que ella misma rechaza, despierta nuestro deseo hacia los que permite; y, como una madre amable y liberal, permite abundantemente todo lo que la naturaleza requiere, incluso hasta la saciedad, si no hasta la lasitud: a menos que queramos decir que el régimen que detiene al bebedor antes de que se haya emborrachado, al glotón antes de que haya comido hasta la saciedad, y al lujurioso antes de que haya contraído la viruela, es un enemigo del placer. Si la fortuna ordinaria falla, ella prescinde de ella, y forma otra, totalmente propia, no tan voluble e inestable como la otra. Puede ser rica, ser potente y sabia, y sabe acostarse en lechos suaves y perfumados: ama la vida, la belleza, la gloria y la salud; pero su oficio propio y peculiar es saber regular el uso de todas estas cosas buenas, y cómo perderlas sin preocupación: un oficio mucho más noble que problemático, y sin el cual todo el curso de la vida es antinatural, turbulento y deforme, y ahí es donde los hombres pueden representar justamente a esos monstruos sobre las rocas y los precipicios.

Si este alumno resulta ser de una disposición tan contraria, que prefiere oír el cuento de una bañera que la verdadera narración de alguna noble expedición o algún discurso sabio y erudito; que al toque de tambor, que excita el ardor juvenil de sus compañeros, lo deja para seguir a otro que llama a una morriña o a los osos; que no desearía, y encontraría más delicioso y más excelente, volver todo polvo y sudor victorioso de una batalla, que del tenis o de la pelota, con el premio de esos ejercicios; No veo otro remedio, sino que se le obligue a ser aprendiz en alguna buena ciudad para que aprenda a hacer pasteles picados, aunque sea hijo de un duque; según el precepto de Platón, de que los hijos han de ser colocados y dispuestos, no según la riqueza, cualidades o condición del padre, sino según las facultades y la capacidad de sus propias almas.

Puesto que la filosofía es lo que nos instruye para vivir, y que la infancia tiene allí sus lecciones al igual que otras edades, ¿por qué no se comunica a los niños a tiempo?

"Udum et molle lutum est; nunc, nunc properandus, et acri

Fingendus sine fine rota".

["La arcilla está húmeda y blanda: ahora, date prisa, y forma el

cántaro en la rueda rápida". -Persio, iii. 23.]

Comienzan a enseñarnos a vivir cuando ya casi hemos terminado de vivir. Un centenar de estudiantes han contraído la viruela antes de llegar a leer la conferencia de Aristóteles sobre la templanza. Cicerón dijo que, aunque viviera dos edades de hombre, nunca encontraría tiempo para estudiar a los poetas líricos; y yo encuentro a estos sofistas aún más deplorablemente inútiles. El niño que queremos criar tiene mucho menos tiempo libre; sólo debe los primeros quince o dieciséis años de su vida a la educación; el resto se debe a la acción. Empleemos, pues, ese corto tiempo en la instrucción necesaria. Dejemos de lado las espinosas sutilezas de la dialéctica; son abusos, cosas por las que nuestra vida nunca podrá ser enmendada: tomad los discursos filosóficos sencillos, aprended a elegirlos correctamente, y luego a aplicarlos correctamente; son más fáciles de entender que una de las novelas de Boccaccio; un niño de pecho es mucho más capaz de ellos, que de aprender a leer o a escribir. La filosofía tiene discursos propios de la infancia, así como de la edad decrépita de los hombres.

Soy de la opinión de Plutarco, que Aristóteles no molestó tanto a su gran discípulo con la destreza de formar silogismos, o con los elementos de la geometría, como con infundirle buenos preceptos sobre el valor, la destreza, la magnanimidad, la templanza y el desprecio del miedo; y con esta munición, le envió, siendo todavía un niño, con no más de treinta mil pies, cuatro mil caballos, y sólo cuarenta y dos mil coronas, a subyugar el imperio de toda la tierra. Por lo que respecta a los demás actos y ciencias, dice que Alejandro alabó mucho su excelencia y encanto, y los tuvo en gran honor y estima, pero no se entusiasmó con ellos hasta el punto de sentirse tentado a practicarlos en su propia persona:

"Petite hinc, juvenesque senesque,

Finem ammo certum, miserisque viatica canis".

["Los jóvenes y los viejos, derivan de ahí un cierto fin para la mente

y almacena las miserables canas" -Persio, v. 64.]

Epicuro, en el comienzo de su carta a Meniceo,-[Diógenes Laercio, x. 122.]-dice: "Que ni el más joven se niegue a filosofar, ni el más viejo se canse de ello". Quien hace lo contrario, parece implicar tácitamente que, o bien el tiempo de vivir felizmente no ha llegado todavía, o bien que ya ha pasado. Sin embargo, a pesar de todo esto, no quiero que este alumno nuestro sea encarcelado y convertido en un esclavo de su libro; tampoco quiero que se entregue a la morosidad y al humor melancólico de un pedante de mal carácter.

No quiero que su espíritu se acobarde y se someta, aplicándolo al potro de tortura y atormentándolo, como hacen algunos, catorce o quince horas al día, para convertirlo en un caballo de carga. Tampoco me parece bien, cuando por su complexión solitaria y melancólica se descubre que es demasiado adicto a su libro, alimentar ese humor en él; porque eso le incapacita para la conversación civil, y le distrae de mejores ocupaciones. ¿Y a cuántos he visto en mi época totalmente embrutecidos por una sed inmoderada de conocimiento? Carneades estaba tan obsesionado con ella, que no encontraba tiempo ni para peinarse la cabeza ni para cortarse las uñas. Tampoco quería que sus generosos modales se estropeasen y corrompiesen por la incivilidad y la barbarie de los ajenos. La sabiduría francesa se convirtió antiguamente en proverbio: "Temprano, pero sin continuidad". Y, en verdad, aún vemos que nada puede ser más ingenioso y agradable que los hijos de Francia; pero ordinariamente engañan la esperanza y la expectativa que se ha concebido de ellos; y crecidos hasta ser hombres, no tienen nada extraordinario ni digno de ser tomado en cuenta: He oído decir a hombres de buen entendimiento que estos colegios a los que enviamos a nuestros jóvenes (y de los que tenemos demasiados) los convierten en los animales que son -[Hobbes dijo que si hubiera estado en la universidad tanto tiempo como otras personas, habría sido tan idiota como ellos. W.C.H.] [Y Bacon antes de la época de Hobbe había discutido la "inutilidad" de la enseñanza universitaria. D.W.]

Pero para nuestro pequeño señor, un armario, un jardín, la mesa, su cama, la soledad y la compañía, la mañana y la tarde, todas las horas serán iguales, y todos los lugares para él un estudio; porque la filosofía, que, como formadora del juicio y de las costumbres, será su principal lección, tiene ese privilegio de tener una mano en todo. El orador Isócrates, al ser rogado en un banquete para que hablara de su arte, toda la compañía quedó satisfecha y elogió su respuesta: "Porque hacer oraciones y disputas retóricas en una compañía reunida para reírse y alegrarse, había sido muy poco razonable e impropio, y lo mismo podría haberse dicho de todas las demás ciencias. Pero en lo que se refiere a la filosofía, al menos la parte que trata del hombre y de sus oficios y deberes, ha sido opinión común de todos los sabios que, por respeto a la dulzura de su conversación, debe ser admitida siempre en todos los deportes y entretenimientos. Y Platón, habiéndola invitado a su banquete, vemos de qué manera amable y servicial, acomodada tanto al tiempo como al lugar, entretuvo a la compañía, aunque en un discurso de la más alta e importante naturaleza:

"Aeque pauperibus prodest, locupletibus aeque;

Et, neglecta, aeque pueris senibusque nocebit".

["Beneficia a los pobres y a los ricos por igual, pero, descuidado, perjudica igualmente a los viejos y a los jóvenes.

Horacio, Ep., i. 25.]

Con este método de instrucción, mi joven alumno se empleará mucho más y mejor que sus compañeros del colegio. Pero como los pasos que damos al caminar de un lado a otro en una galería, aunque sean tres veces más, no cansan a un hombre tanto como los que empleamos en un viaje formal, así nuestra lección, como si ocurriera accidentalmente, sin ninguna obligación establecida de tiempo o lugar, y cayendo naturalmente en cada acción, se insinuará insensiblemente. Por lo que nuestros mismos ejercicios y recreaciones, correr, luchar, música, bailar, cazar, montar y esgrimir, resultarán ser una buena parte de nuestro estudio. Me gustaría que su forma y aspecto exterior, y la disposición de sus miembros, se formaran al mismo tiempo que su mente. No es un alma, no es un cuerpo lo que estamos formando, sino un hombre, y no debemos dividirlo. Y, como dice Platón, no debemos formar uno sin el otro, sino hacer que se unan como dos caballos enjaezados en una carroza. Con esta afirmación, ¿no parece que permite más tiempo y cuida más los ejercicios para el cuerpo, y sostiene que la mente, en una buena proporción, también hace su trabajo al mismo tiempo?

Por lo demás, este método de educación debería llevarse a cabo con una severa dulzura, muy al contrario de la práctica de nuestros pedagogos, que, en lugar de tentar y atraer a los niños a las letras con maneras aptas y suaves, en realidad no presentan ante ellos más que varas y férulas, horror y crueldad. Fuera esta violencia, fuera esta compulsión, que, ciertamente, creo que nada embota y degenera más una naturaleza bien descendida. Si queréis que se avergüence y se castigue, no lo endurezcáis: acostumbradlo al calor y al frío, al viento y al sol, y a los peligros que debería despreciar; despojadlo de toda afeminación y delicadeza en la ropa y en el alojamiento, en la comida y en la bebida; acostumbradlo a todo, para que no sea un Sir Paris, un caballero de alfombra, sino un joven nervudo, robusto y vigoroso. Desde mi infancia hasta la edad en que me encuentro, he sido siempre de esta opinión, y sigo siendo constante en ella. Pero, entre otras cosas, el estricto gobierno de la mayoría de nuestros colegios me ha disgustado siempre; tal vez, podrían haber errado menos perniciosamente en el lado indulgente. Es una verdadera casa de corrección de la juventud encarcelada. Se les hace libertinos al castigarlos antes de que lo sean. Si entráis cuando están a punto de recibir la lección, no oiréis más que los gritos de los muchachos que están siendo ejecutados, con el ruido atronador de sus pedagogos ebrios de furia. Es una manera muy bonita de tentar a estas tiernas y tímidas almas a amar su libro, con un rostro furioso y una vara en la mano. ¡Maldita y perniciosa manera de proceder! Además de lo que Quintiliano ha observado muy bien, que esta autoridad imperiosa suele ir acompañada de consecuencias muy peligrosas, y en particular nuestro modo de castigar. ¿Cuánto más decente sería ver sus clases sembradas de hojas verdes y finas flores, que con los sangrientos tocones de abedules y sauces? Si me dejaran ordenar. Yo pintaría la escuela con los cuadros de la alegría y el gozo; Flora y las Gracias, como el filósofo Speusippus hizo con la suya. Donde está su beneficio, que tengan también su placer. Las viandas que son apropiadas y sanas para los niños, deben ser endulzadas con azúcar, y las que son peligrosas para ellos, amargadas con hiel. Es maravilloso ver lo solícito que es Platón en sus Leyes en cuanto a la alegría y diversión de la juventud de su ciudad, y lo mucho y frecuente que se extiende sobre las carreras, los deportes, las canciones, los saltos y los bailes, de los cuales, dice, la antigüedad ha dado la ordenación y el patrocinio particularmente a los propios dioses, a Apolo, Minerva y las Musas. Insiste mucho y es muy particular en dar innumerables preceptos para los ejercicios; pero en cuanto a las ciencias letradas, dice muy poco, y sólo parece recomendar particularmente la poesía a causa de la música.

Toda singularidad en nuestras costumbres y condiciones debe ser evitada, como inconsistente con la sociedad civil. ¿Quién no se asombraría de una constitución tan extraña como la de Demofonte, mayordomo de Alejandro Magno, que sudaba a la sombra y tiritaba al sol? He visto a algunos que han huido del olor de una manzana tierna con mayor precipitación que de un disparo de arcabuz; otros temen a un ratón; otros vomitan a la vista de la nata; otros están dispuestos a desmayarse al hacer una cama de plumas; Germánico no podía soportar ni la vista ni el canto de un gallo. No negaré que puede haber, por ventura, alguna causa oculta y aversión natural en estos casos; pero, en mi opinión, un hombre podría vencerla, si la tomara a tiempo. El precepto ha actuado tan eficazmente en mí, aunque no sin algunos dolores de mi parte, confieso, que, exceptuando la cerveza, mi apetito se acomoda indiferentemente a toda clase de dieta. Los cuerpos jóvenes son flexibles; por lo tanto, en esa edad hay que doblegarlos y someterlos a todas las modas y costumbres: y siempre que un hombre pueda contener el apetito y la voluntad dentro de sus debidos límites, que un joven, en nombre de Dios, se haga apto para todas las naciones y todas las compañías, incluso hasta el libertinaje y el exceso, si es necesario; es decir, cuando lo haga por complacencia con las costumbres del lugar. Que sea capaz de hacer todo, pero que no ame hacer más que lo que es bueno. Los mismos filósofos no justifican a Calístenes por haber perdido el favor de su maestro Alejandro Magno, al negarse a prometerle una copa de vino. Que ría, que juegue, que se prostituya con su príncipe; es más, quisiera que, incluso en sus desenfrenos, se esforzara demasiado para el resto de la compañía, y que superara a sus compañeros en habilidad y vigor, y que no dejara de hacerlo, ni por defecto de poder ni de saber cómo hacerlo, sino por falta de voluntad.

"Multum interest, utrum peccare ali quis nolit, an nesciat".

["Hay una gran diferencia entre el soportar pecar y el no saber pecar".

Séneca, Ep., 90].

Me pareció hacer un cumplido a un señor, tan libre de esos excesos como cualquier hombre en Francia, preguntándole ante una gran cantidad de muy buena compañía, cuántas veces en su vida se había emborrachado en Alemania, en el tiempo que estuvo allí por los asuntos de su Majestad; lo que también tomó como se pretendía, e hizo responder: "Tres veces"; y con ello nos contó toda la historia de sus desenfrenos. Conozco a algunos que, por falta de esta facultad, han encontrado un gran inconveniente para negociar con esa nación. A menudo he reflexionado con gran admiración sobre la maravillosa constitución de Alcibíades, que con tanta facilidad podía transformarse a tan diversas modas sin ningún perjuicio para su salud; una superando la pompa y el lujo persas, y otra, la austeridad y frugalidad lacedemonias; tan reformado en Esparta, como voluptuoso en Jonia:

"Omnis Aristippum decuit color, et status, et res".

["Toda complexión de vida, y estación, y circunstancia se convirtió en

Aristippus" -Horace, Ep., xvii. 23.]

Quisiera que mi alumno fuera así,

"Quem duplici panno patentia velat,

Mirabor, vitae via si conversa decebit,

Personamque feret non inconcinnus utramque".

["Debería admirar a aquel que con paciencia portando una prenda remendada

soporta bien una fortuna cambiada, actuando ambos papeles igualmente bien".

-Ep. Horacio, xvii. 25.]

Estas son mis lecciones, y el que las ponga en práctica cosechará más ventajas que el que sólo se las han leído, y así sólo las conoce. Si lo ves, lo oyes; si lo oyes, lo ves. No quiera Dios, dice uno en Platón, que para filosofar sólo haya que leer muchos libros y aprender las artes.

"Hanc amplissimam omnium artium bene vivendi disciplinam

vita magis quam literis, persequuti sunt".

["Han procedido a esta disciplina de vivir bien, que de

de todas las artes es la mayor, por su vida, más que por su

Cicerón, Tusc. Quaes., iv. 3.]

León, príncipe de los flasios, preguntando a Heráclides Póntico -[No fue Heráclides del Ponto quien dio esta respuesta, sino Pitágoras]- de qué arte o ciencia hizo profesión: "No sé", dijo, "ni arte ni ciencia, pero soy filósofo". Uno le reprochó a Diógenes que, siendo ignorante, pretendiera ser filósofo; "Yo, pues", respondió, "lo pretendo con mucha más razón." Hegesias le rogó que le leyera cierto libro: "Eres agradable", le dijo; "eliges los higos que son verdaderos y naturales, y no los que están pintados; ¿por qué no eliges también los ejercicios que son naturalmente verdaderos, en lugar de los escritos?"

El muchacho no se aprenderá la lección de memoria, sino que la practicará: la repetirá en sus acciones. Descubriremos si hay prudencia en sus ejercicios, si hay sinceridad y justicia en su conducta, si hay gracia y juicio en su hablar; si hay constancia en su enfermedad; si hay modestia en su alegría, templanza en sus placeres, orden en su economía doméstica, indiferencia en el paladar, sea lo que come o bebe carne o pescado, vino o agua:

"Qui disciplinam suam non ostentationem scientiae, sed legem vitae

putet: quique obtemperet ipse sibi, et decretis pareat".

["Quien considera su propia disciplina, no como una vana ostentación de

ciencia, sino como ley y regla de vida; y que obedece sus propios

decretos, y las leyes que se ha prescrito a sí mismo".

-Cicerón, Tusc. Quaes., ii. 4.]

La conducta de nuestra vida es el verdadero espejo de nuestra doctrina. Zeuxidamus, a uno que le preguntó por qué los lacedemonios no ponían por escrito sus constituciones de caballería y las entregaban a sus jóvenes para que las leyeran, respondió que era porque los inculcarían a la acción y no los entretendrían con palabras. Con uno así, después de quince o dieciséis años de estudio, comparad a uno de nuestros latinistas universitarios, que ha perdido tanto tiempo en nada más que en aprender a hablar. El mundo no es más que balbuceo; y casi nunca he visto a un hombre que no prefiriera hablar demasiado, antes que hablar demasiado poco. Y, sin embargo, la mitad de nuestra edad se malgasta de esta manera: se nos mantiene cuatro o cinco años para aprender sólo palabras, y para hilvanarlas en cláusulas; otros tantos para formarlas en un largo discurso, dividido en cuatro o cinco partes; y otros cinco años, por lo menos, para aprender sucintamente a mezclarlas y entrelazarlas según una manera sutil e intrincada dejemos todo esto a los que hacen profesión de ello.

Yendo un día a Orleans, encontré en aquella llanura de este lado de Clery, a dos pedantes que iban hacia Burdeos, a unos cincuenta pasos de distancia el uno del otro; y, un buen trecho más atrás de ellos, descubrí una tropa de caballos, con un caballero a la cabeza, que era el difunto señor Conde de la Rochefoucauld. Uno de los míos preguntó al más destacado de estos maestros de las artes, quién era ese caballero que venía detrás de él; él, no habiendo visto el tren que le seguía, y creyendo que se refería a su compañero, contestó agradablemente: "No es un caballero; es un gramático; y yo soy un lógico." Ahora bien, nosotros, que, por el contrario, no pretendemos aquí criar a un gramático o a un lógico, sino a un caballero, dejémosles que abusen de su ocio; nuestro asunto está en otra parte. Si nuestro alumno está bien provisto de cosas, las palabras le seguirán demasiado rápido; las arrastrará tras él si no las sigue voluntariamente. He observado que algunos se excusan por no poder expresarse, y pretenden tener sus fantasías llenas de muchas cosas muy bonitas, que sin embargo, por falta de elocuencia, no pueden expresar; es un mero cambio, y nada más. ¿Sabéis lo que pienso al respecto? Creo que no son más que sombras de algunas imágenes y concepciones imperfectas que no saben qué hacer en su interior ni, por consiguiente, sacar a la luz; ellos mismos no entienden todavía lo que quieren hacer, y si observas cómo regatean y tartamudean a punto de dar a luz, pronto concluirás que su trabajo no es para el parto, sino para la concepción, y que no hacen más que lamer su embrión sin forma. Por mi parte, sostengo, y Sócrates lo ordena, que quien tenga en su mente una imaginación ágil y clara, la expresará lo suficientemente bien en una u otra clase de lengua, y, si es mudo, por medio de signos-.

"Verbaque praevisam rem non invita sequentur;"

["Una vez que una cosa es concebida en la mente, las palabras para expresarla

pronto se presentan". ("Las palabras no seguirán a regañadientes la cosa preconcebida").

Las palabras no seguirán a regañadientes la cosa preconcebida") -Horace, De Arte Poetica. v. 311].

Y como otro tan poéticamente dice en su prosa:

"Quum res animum occupavere, verbs ambiunt,"

["Cuando las cosas están una vez en la mente, las palabras se ofrecen

fácilmente". ("Cuando las cosas han tomado posesión de la mente, las

palabras tropiezan") -Séneca, Controversias, iii. proemio].

y este otro.

"Ipsae res verbs rapiunt".

["Las cosas mismas obligan a las palabras a expresarlas".

-Cicerón, De Finib., iii. 5.]

No sabe nada de ablativo, conjuntivo, sustantivo o gramática, no más que su lacayo, o una pescadora del Petit Pont; y sin embargo, estos te darán una panzada de charla, si los escuchas, y tal vez tropiecen tan poco en su lenguaje como los mejores maestros de arte de Francia. No sabe retórica, ni cómo sobornar en un prefacio la benevolencia del lector cortés; ni le interesa saberlo. En efecto, toda esta fina decoración pictórica es fácilmente borrada por el brillo de una verdad simple y contundente; estas finas florituras sólo sirven para divertir al vulgo, de por sí incapaz de una dieta más sólida y nutritiva, como Aper demuestra muy evidentemente en Tácito. Los embajadores de Samos, preparados con una larga y elegante oratoria, acudieron a Cleomenes, rey de Esparta, para incitarle a una guerra contra el tirano Polícrates; éste, después de haber escuchado su arenga con gran gravedad y paciencia, les dio esta respuesta: "En cuanto al exordio, no lo recuerdo, ni por consiguiente la parte central de vuestro discurso; y en cuanto a vuestra conclusión, no haré lo que deseáis:"-[Plutarco, Apotegmas de los lacedemonios.]-una respuesta muy bonita, me parece, y un conjunto de oradores eruditos muy dulcemente gravados. ¿Y qué dijo el otro hombre? Los atenienses debían elegir a uno de los dos arquitectos para un gran edificio que habían proyectado; de ellos, el primero, un tipo muy afectado, ofreció sus servicios en un largo discurso premeditado sobre el tema de la obra en cuestión, y con su oratoria inclinó las voces del pueblo a su favor; pero el otro en tres palabras: "Oh atenienses, lo que este hombre dice, yo lo haré" -[Plutarco, Instrucciones a los estadistas, c. 4.]- Cuando Cicerón se encontraba en el apogeo y el calor de una arenga elocuente, muchos se quedaban admirados; pero Catón sólo se reía, diciendo: "Tenemos un cónsul agradable (que hace reír)". Sea antes o después, una buena frase o una cosa bien dicha, es siempre oportuna; si no se ajusta bien a lo que fue antes, ni tiene mucha coherencia con lo que sigue después, es buena en sí misma. No soy de los que piensan que una buena rima hace un buen poema. Que sea corto y largo si quiere, no es gran cosa; si hay invención, y que el ingenio y el juicio han desempeñado bien sus oficios, diré que aquí hay un buen poeta, pero un mal rimador.

"Emunctae naris, durus componere versus".

["De humor delicado, pero de versificación escabrosa".

-Horace, Sat, iv. 8.]

Que el hombre, dice Horacio, despoje su obra de todo método y medida,

"Tempora certa modosque, et, quod prius ordine verbum est,

Posterius facias, praeponens ultima primis

Invenias etiam disjecti membra poetae".

["Quitar ciertos ritmos y medidas, y hacer que la palabra que

fuera la primera en el orden venga después, poniendo la que debería ser la última

en primer lugar, aún encontrarás los restos dispersos del poeta".

-Horace, Sat., i. 4, 58.]

no se perderá más por eso; los mismos pedazos serán finos por sí mismos. La respuesta de Menandro tuvo este sentido, al ser reprendido por un amigo, al acercarse el tiempo en que había prometido una comedia, de que aún no se había puesto manos a la obra: "Está hecha y lista -dijo-, todo menos los versos" -[Plutarco, Si los atenienses sobresalían más en las armas o en las letras]- Habiendo ideado el tema y dispuesto las escenas en su imaginación, se preocupó poco del resto. Desde que Ronsard y Du Bellay dieron renombre a nuestra poesía francesa, todos los pequeños aficionados, por lo que veo, engrosan sus palabras tan alto, y hacen sus cadencias casi tan armoniosas como ellos:

"Plus sonat, quam valet".

["Más sonido que sentido"-Séneca, Ep., 40.]

Para el vulgo, nunca hubo tantos poetas como ahora; pero aunque no les resulta difícil imitar su rima, se quedan infinitamente cortos para imitar las ricas descripciones del uno y la delicada invención del otro de estos maestros.

Pero ¿qué será de nuestro joven caballero, si se le ataca con la sutileza sofística de algún silogismo? "Un jamón de Westfalia hace beber; la bebida quita la sed: ergo un jamón de Westfalia quita la sed". Pues que se ría de ello; será más discreto hacerlo, que andar contestando; o que tome prestada esta agradable evasión de Aristipo: "¿Por qué he de molestarme en desatar lo que, atado como está, me da tantos problemas?"-[Diógenes Laercio, ii. 70.]- Una vez que se ofreció a este malabarismo dialéctico contra Cleanthes, Crisipo lo atajó, diciendo: "Reserva estas chucherías para jugar con los niños, y no desvíes con tales tonterías los serios pensamientos de un hombre de edad." Si estas sutilezas ridículas,

"Contorta et aculeata sophismata,"

como las llama Cicerón, están destinadas a poseerlo con una falsedad, son peligrosas; pero si no significan más que hacerle reír, no veo por qué un hombre necesita fortalecerse contra ellas. Hay algunos tan ridículos, que se desviven por enganchar una buena palabra:

"Aut qui non verba rebus aptant, sed res extrinsecus

arcessunt, quibus verba conveniant".

["Que no ajustan las palabras al tema, sino que buscan cosas

que no se ajustan a las palabras, sino que buscan cosas que no se ajustan al tema". 3.]

Y como dice otro,

"Qui, alicujus verbi decore placentis, vocentur ad id,

quod non proposuerant scribere".

["Que por su afición a alguna palabra que suena bien, son tentados a

algo que no tenían intención de tratar" -Séneca, Ep., 59.]

Yo, por mi parte, prefiero traer una frase fina por la cabeza y los hombros para que se ajuste a mi propósito, que desviar mis designios para ir a la caza de una frase. Por el contrario, las palabras están para servir y seguir el propósito de un hombre; y que el gascón entre en juego donde el francés no lo hará. Quisiera que las cosas sobresalieran tanto y se apoderaran tanto de la imaginación del que escucha, que tuviera otra cosa que hacer que pensar en las palabras. El modo de hablar que me gusta es natural y sencillo, lo mismo al escribir que al hablar, y un modo musculoso y sinuoso de expresarse, corto y conciso, no tan elegante y artificial como rápido y vehemente;

"Haec demum sapiet dictio, qux feriet;"

["Lo que tiene más peso y sabiduría es lo que perfora el oído". ("Esa

pronunciamiento en verdad tendrá un sabor que golpeará el oído").

-Epitafio sobre Lucano, en Fabricio, Biblioth. Lat., ii. 10.]

más bien duro que fatigoso; libre de afectación; irregular, incontinuo y audaz; donde cada pieza forma un cuerpo entero; no como un pedante, un predicador o un abogado, sino más bien un estilo de soldado, como Suetonio llama al de Julio César; y sin embargo no veo ninguna razón para que lo llame así. Siempre he estado dispuesto a imitar el atuendo negligente, que todavía se observa entre los jóvenes de nuestro tiempo, de llevar la capa sobre un hombro, la gorra a un lado, una media en desorden, lo que parece expresar una especie de altivo desdén por estos ornamentos exóticos, y un desprecio por lo artificial; pero esta negligencia me parece de mucho mejor uso en la forma de hablar. Toda afectación, sobre todo en la alegría y la libertad francesas, es poco elegante en un cortesano, y en una monarquía todo caballero debe ser modelado según el modelo de la corte; por lo cual, una negligencia fácil y natural hace bien. No me gusta más una telaraña en la que se ven los nudos y las costuras, que una figura fina, tan delicada, que un hombre pueda distinguir todos los huesos y las venas:

"Quae veritati operam dat oratio, incomposita sit et simplex".

["Que el lenguaje que se dedica a la verdad sea sencillo y

sin alteraciones.-Séneca, Ep. 40.]

"Quis accurat loquitur, nisi qui vult putide loqui" ["¿Quién estudia hablar con precisión, nisi qui vult putide loqui?

["Porque ¿quién estudia para hablar con precisión, que no desea al mismo tiempo

que no desee al mismo tiempo desconcertar a su auditorio" -Idem, Ep., 75.]

Que la elocuencia prejuzga el tema que quiere adelantar, que nos atrae totalmente hacia sí. Y así como en nuestro hábito exterior es un ridículo afeminamiento el distinguirnos por una particular e inusual vestimenta o moda, así en el lenguaje, el estudiar nuevas frases y afectar palabras que no son de uso corriente, procede de una pueril y escolástica ambición. Que me obliguen a no hablar otra lengua que la que se habla en los mercados de París. Aristófanes, el gramático, no se equivocó al criticar a Epicuro por su forma sencilla de expresarse y por el propósito de su oratoria, que no era más que la perspicuidad del discurso. La imitación de las palabras, por su propia facilidad, se dispersa inmediatamente por todo un pueblo; pero la imitación de inventar y aplicar adecuadamente esas palabras es de progreso más lento. La generalidad de los lectores, por haber encontrado una túnica semejante, se imaginan muy equivocadamente que tienen el mismo cuerpo y también el interior, mientras que la fuerza y los tendones nunca se pueden tomar prestados; el brillo, y el ornamento exterior, es decir, las palabras y la elocución, sí. La mayoría de aquellos con los que converso, hablan el mismo lenguaje que yo aquí escribo; pero si piensan los mismos pensamientos no puedo decirlo. Los atenienses, dice Platón, estudian la plenitud y la elegancia de la palabra; los lacedemonios inciden en la brevedad, y los de Creta aspiran más a la fecundidad de la concepción que a la del discurso; y éstos son los mejores. Zenón solía decir que tenía dos clases de discípulos, una que llamaba cíticos, curiosos por aprender cosas, y éstos eran sus favoritos; la otra, aóicos, que no se preocupaban más que de las palabras. No es que hablar bien no sea una cualidad muy buena y encomiable; pero no es tan excelente ni tan necesaria como algunos quieren hacerla; y me escandaliza que toda nuestra vida se gaste en otra cosa. Yo quisiera entender primero mi propia lengua y la de mis vecinos, con quienes se relaciona la mayor parte de mis negocios y conversaciones.

No hay duda de que el griego y el latín son grandes ornamentos, y de gran utilidad, pero los compramos demasiado caros. Descubriré aquí una manera, que ha sido experimentada en mi propia persona, por la cual se pueden conseguir mejor y más baratos, y los que quieran pueden hacer uso de ella. Mi difunto padre, habiendo hecho la más precisa investigación que cualquier hombre podría hacer entre los hombres de mayor conocimiento y juicio, de un método exacto de educación, fue advertido por ellos de este inconveniente entonces en uso, y se le hizo creer, que el tedioso tiempo que aplicamos al aprendizaje de las lenguas de aquellos que las tenían por nada, era la única causa por la que no podíamos llegar a la grandeza de alma y perfección del conocimiento, de los antiguos griegos y romanos. Sin embargo, no creo que sea la única causa. Así es, que el expediente que mi padre encontró para esto fue, que en mi infancia, y antes de que empezara a hablar, me encomendó al cuidado de un alemán, que desde entonces murió un famoso médico en Francia, totalmente ignorante de nuestra lengua, y muy fluido y un gran crítico en latín. Este hombre, al que había sacado de su país, y al que mantenía con un gran salario para este único fin, me tenía continuamente con él; también había unido con él a otros dos, de inferior aprendizaje, para que me atendieran y le relevaran; estos no me hablaban en otra lengua que el latín. En cuanto al resto de su casa, era una regla inviolable que ni él mismo, ni mi madre, ni el criado, ni la camarera, hablaran nada en mi compañía, sino las palabras en latín que cada uno había aprendido a balbucear conmigo. -[Estos pasajes son, la base de un pequeño volumen del Abate Mangin: "No hay que imaginarse la gran ventaja que esto supuso para toda la familia; mi padre y mi madre aprendieron así el latín lo suficiente como para entenderlo perfectamente y hablarlo hasta el punto de que era suficiente para cualquier uso necesario, así como los criados que estaban más a menudo conmigo. En resumen, lo latinizamos a tal velocidad, que se extendió a todos los pueblos vecinos, donde todavía quedan, que se han establecido por costumbre, varios apelativos latinos de artesanos y sus herramientas. En cuanto a lo que me concierne, yo tenía más de seis años antes de entender ni el francés ni el perigordio, más que el árabe; y sin arte, libro, gramática, ni precepto, ni azotes, ni gasto de lágrima, había aprendido para entonces a hablar un latín tan puro como el de mi mismo maestro, pues no tenía medios de mezclarlo con ningún otro. Si, por ejemplo, me iban a dar un tema a la manera del colegio, se lo daban a los demás en francés; pero a mí me lo daban en mal latín, para convertirlo en lo que era bueno. Y Nicolas Grouchy, que escribió un libro De Comitiis Romanorum; Guillaume Guerente, que escribió un comentario sobre Aristóteles: George Buchanan, ese gran poeta escocés: y Marc Antoine Muret (a quien tanto Francia como Italia han reconocido como el mejor orador de su tiempo), mis tutores domésticos, todos ellos me han dicho a menudo que yo tenía en mi infancia ese lenguaje tan fluido y listo, que temían entrar en discurso conmigo. Y, en particular, Buchanan, a quien desde entonces vi asistiendo al difunto mariscal de Brissac, me dijo entonces que estaba a punto de escribir un tratado de educación, cuyo ejemplo pretendía tomar del mío, pues era entonces tutor de aquel conde de Brissac que después resultó ser un caballero tan valiente y tan aguerrido.

En cuanto al griego, del que no tengo más que una pizca, mi padre se propuso también que me lo enseñaran con un recurso, pero nuevo, y a modo de deporte; lanzando nuestras declinaciones de un lado a otro, a la manera de los que, mediante ciertos juegos de tablas, aprenden geometría y aritmética. Porque él, entre otras reglas, había sido aconsejado para hacerme gustar la ciencia y el deber por una voluntad no forzada, y de mi propio movimiento voluntario, y para educar mi alma en toda libertad y deleite, sin ninguna severidad o restricción; de lo cual era observador hasta tal punto, incluso de la superstición, si puedo decirlo así, que siendo de la opinión de que molesta y perturba el cerebro de los niños despertarlos de repente por la mañana, y arrancarlos violentamente y con demasiada prisa del sueño (en el que están mucho más profundamente implicados que nosotros), hizo que me despertara con el sonido de algún instrumento musical, y nunca dejó de tener un músico para ello. Por este ejemplo podéis juzgar lo demás, siendo esto solo suficiente para recomendar tanto la prudencia como el afecto de tan buen padre, al que no hay que culpar si no cosechó frutos que respondieran a tan exquisita cultura. De esto, dos cosas fueron la causa: primero, un suelo estéril e impropio; porque, aunque yo era de constitución fuerte y saludable, y de una disposición tolerante y dulce, sin embargo estaba, con todo, tan pesado, ocioso e indispuesto, que no podían despertarme de mi pereza, ni siquiera para sacarme a jugar. Lo que veía, lo veía con suficiente claridad, y bajo esta pesada complexión alimentaba una imaginación audaz y opiniones por encima de mi edad. Tenía un ingenio lento que no iba más deprisa de lo que le llevaban; un entendimiento tardío, una invención lánguida y, sobre todo, un increíble defecto de memoria; de modo que, no es de extrañar, si de todo esto no se podía extraer nada considerable. En segundo lugar, como aquellos que, impacientes por una cura duradera, se someten a toda clase de recetas y prescripciones, el buen hombre, muy temeroso de fracasar en una cosa en la que había puesto tanto empeño, se dejó finalmente vencer por las opiniones comunes, que siempre siguen a su líder como un vuelo de grullas, y cumpliendo con el método de la época, no teniendo más a aquellas personas que había traído de Italia, y que le habían dado el primer modelo de educación, me envió a los seis años al Colegio de Guienne, en ese momento el mejor y más floreciente de Francia. Y allí no fue posible añadir nada al cuidado que tuvo de proporcionarme los más hábiles tutores, con todas las demás circunstancias de la educación, reservándose también varias reglas particulares contrarias a la práctica colegial; pero así fue, que con todas estas precauciones, era un colegio todavía. Mi latín se corrompió de inmediato, del cual también por la interrupción he perdido desde entonces toda clase de uso; de modo que esta nueva forma de educación no me sirvió para otro fin que el de preferirme a las primeras formas, pues a los trece años, que salí del colegio, había corrido todo mi curso (como ellos lo llaman), y, en verdad, sin ninguna clase de ventaja, de la que pueda jactarme honestamente, en todo este tiempo.

El primer gusto que tuve por los libros me vino del placer de leer las fábulas de las Metamorfosis de Ovidio; pues, teniendo unos siete u ocho años, dejé todas las demás diversiones para leerlas, tanto por ser ésta mi lengua natural, como por ser el libro más fácil que conocía, y por el tema, el más acomodado a la capacidad de mi edad: pues en cuanto al Lancelot del Lago, al Amadís de la Galia, al Huon de Burdeos, y a tales farragos, con los que más se deleitan los niños, nunca había oído siquiera sus nombres, como tampoco sé aún lo que contienen; tan exacta fue la disciplina en que me educaron. Pero esto era suficiente para hacerme descuidar las otras lecciones que me habían sido prescritas; y aquí fue infinitamente ventajoso para mí el tener que ver con un tutor comprensivo, que muy bien sabía connotar discretamente esta y otras faltas de la misma naturaleza; pues por este medio corrí a través de la Eneida de Virgilio, y luego de Terencio, y luego de Plauto, y luego de algunas comedias italianas, atraído por la dulzura del tema; mientras que si hubiera sido tan tonto como para sacarme de esta diversión, creo realmente que no hubiera sacado nada del colegio sino un odio a los libros, como casi todos nuestros jóvenes caballeros. Pero se comportó con mucha discreción en ese asunto, pareciendo no darse por enterado, y permitiéndome sólo el tiempo que podía robarle a mis otros estudios regulares, lo que despertó mi apetito para devorar esos libros. Porque las principales cosas que mi padre esperaba de sus esfuerzos a quienes me había entregado para su educación, eran la afabilidad y el buen humor; y, a decir verdad, mis modales no tenían otro vicio que la pereza y la falta de metal. No se temía que hiciera mal, sino que no hiciera nada; nadie pronosticaba que fuera malvado, sino sólo inútil; preveían la ociosidad, pero no la malicia; y me parece que se cumple: Las quejas que oigo de mí mismo son éstas: "Es ocioso, frío en los oficios de la amistad y la relación, y en los del público, demasiado particular, demasiado desdeñoso". Pero los más injuriosos no dicen: "¿Por qué ha tomado tal cosa? ¿Por qué no ha pagado tal cosa?", sino: "¿Por qué no se desprende de nada? ¿Por qué no da?" Y yo tomaría como un favor que los hombres no esperaran de mí mayores efectos de supererogación que éstos. Pero son injustos al exigirme lo que no debo, mucho más rigurosamente que lo que exigen a otros lo que sí deben. Al condenarme a ello, borran la gratificación de la acción, y me privan de la gratitud que me correspondería por ella; mientras que el bien hacer activo debería tener un valor mucho mayor de mis manos, por lo mucho que nunca he sido pasivo en ese sentido. Cuanto más libremente puedo disponer de mi fortuna, más mía es, y de mí mismo, más propio soy. Sin embargo, si fuera bueno en exponer mis propias acciones, podría, tal vez, repeler muy bien estos reproches, y podría dar a entender a algunos, que no se ofenden tanto, que no hago lo suficiente, como que soy capaz de hacer mucho más de lo que hago.

Sin embargo, a pesar de toda esta pesada disposición mía, mi mente, cuando se retiraba a sí misma, no carecía del todo de movimientos fuertes, de juicios sólidos y claros sobre aquellos objetos que podía comprender, y también podía, sin ninguna ayuda, digerirlos; pero, entre otras cosas, creo realmente que hubiera sido totalmente imposible hacerla someterse por la violencia y la fuerza. ¿Debo aquí dar a conocer una facultad de mi juventud? Tenía una gran seguridad en el rostro, y flexibilidad en la voz y en los gestos, al aplicarme a cualquier papel que me comprometiera a actuar: porque antes...

"Alter ab undecimo tum me vix ceperat annus,"

["Acababa de entrar en mi duodécimo año" -Virgilio, Bucol., 39.]

Hice los principales papeles en las tragedias latinas de Buchanan, Guerente y Muret, que se presentaron en nuestro Colegio de Guienne con gran dignidad: ahora bien, Andreas Goveanus, nuestro director, como en todas las demás partes de su cargo, era, sin comparación, el mejor de ese empleo en Francia; y yo era considerado como uno de los mejores actores. Es un ejercicio que no desapruebo en los jóvenes de condición; y desde entonces he visto a nuestros príncipes, a ejemplo de algunos de los antiguos, realizar en persona estos ejercicios de manera hermosa y encomiable; incluso se permitía a personas de calidad hacer una profesión de ello en Grecia.

"Aristoni tragico actori rem aperit: huic et genus et

fortuna honesta erant: nec ars, quia nihil tale apud

Graecos pudori est, ea deformabat".

["Le comunicó este asunto a Aristo, el tragediógrafo; un hombre de buena

familia y fortuna, que ninguno de ellos recibe mancha alguna por

que la profesion; nada de esto se reputa como un desprecio

en Grecia."-Livy, xxiv. 24.]

Es más, siempre he tachado de impertinentes a los que condenan estas diversiones, y de injustos a los que se niegan a admitir en nuestras buenas ciudades a los comediantes que merecen ser vistos, y a los que desprecian al pueblo esa diversión pública. Las corporaciones bien gobernadas se preocupan de reunir a sus ciudadanos, no sólo para los deberes solemnes de la devoción, sino también para los deportes y los espectáculos. La sociedad y la amistad aumentan con ello; y además, ¿se puede permitir una diversión más ordenada y regular que la que se realiza a la vista de todos, y muy a menudo en presencia del propio magistrado supremo? Y yo, por mi parte, consideraría razonable que el príncipe gratificara a veces a su pueblo a sus expensas, por bondad y afecto paternal; y que en las ciudades populosas se erigieran teatros para tales entretenimientos, aunque fuera para distraerlos de acciones peores y privadas.

Volviendo a mi tema, no hay nada como atraer el apetito y los afectos; de lo contrario, no se hace más que tantos asnos cargados de libros; a fuerza de azotes, se les da su bolsillo lleno de aprendizaje para que lo conserven; mientras que, para hacer el bien, no sólo hay que alojarlo con ellos, sino hacer que se desposen con él.

CAPÍTULO XXVI - QUE ES UNA LOCURA MEDIR LA VERDAD Y EL ERROR POR NUESTRA PROPIA CAPACIDAD

No es, quizás, sin razón, que atribuyamos la facilidad de creer y la facilidad de persuadir a la simplicidad y a la ignorancia: pues me parece haber oído comparar la creencia con la impresión de un sello en el alma, que por ser más blanda y de menor resistencia, es más fácil de ser impresa.

"Ut necesse est, lancem in Libra, ponderibus impositis,

deprimi, sic animum perspicuis cedere".

["Como la balanza debe ceder al peso que la presiona, así la mente

la presiona, así la mente cede a la demostración".

-Cicerón, Acad., ii. 12.]

Por cuanto el alma está más vacía y sin contrapeso, con tanta mayor facilidad cede bajo el peso de la primera persuasión. Y esta es la razón por la que los niños, el pueblo llano, las mujeres y los enfermos, son los más aptos para ser llevados por los oídos. Pero, por otra parte, es una necia presunción despreciar y condenar todas las cosas por falsas que no nos parecen probables; lo cual es el vicio ordinario de quienes se creen más sabios que sus vecinos. Yo mismo fui una vez uno de ellos; y si oía hablar de muertos que caminaban, de profecías, de encantamientos, de brujerías o de cualquier otra historia que no tenía intención de creer:

"Somnia, terrores magicos, miracula, sagas,

Nocturnos lemures, portentaque Thessala,"

["Sueños, terrores mágicos, maravillas, hechicerías, prodigios de Tesalia".

-Horace. Ep. ii. 3, 208.]

En ese momento me compadecí de la pobre gente que era abusada por estas locuras. Mientras que ahora descubro que yo mismo debía ser compadecido tanto como ellos; no es que la experiencia me haya enseñado nada para modificar mis opiniones anteriores, aunque mi curiosidad se haya esforzado en ello; pero la razón me ha instruido, que condenar tan resueltamente cualquier cosa por falsa e imposible, es circunscribir y limitar arrogante e impíamente la voluntad de Dios, y el poder de nuestra madre naturaleza, dentro de los límites de mi propia capacidad, lo cual no puede ser una locura mayor. Si damos los nombres de monstruo y milagro a todo lo que nuestra razón no puede comprender, ¿cuántos se presentan continuamente ante nuestros ojos? Consideremos tan sólo a través de qué nubes, y como a tientas en la oscuridad, nos conducen nuestros maestros al conocimiento de la mayoría de las cosas que nos rodean; seguramente encontraremos que es más bien la costumbre que el conocimiento lo que les quita la extrañeza.

"Jam nemo, fessus saturusque videndi,

Suspicere in coeli dignatur lucida templa;"

["Cansado de la vista, ahora nadie se digna a mirar hacia los lúcidos templos del cielo.

Lucrecio, ii. 1037. El texto tiene 'statiate videnai']

y que si esas cosas se nos presentaran ahora de nuevo, nos parecerían tan increíbles, si no más, que cualquier otra.

"Si nunc primum mortalibus adsint

Ex improviso, si sint objecta repente,

Nil magis his rebus poterat mirabile dici,

Aute minus ante quod auderent fore credere gentes".

[Lucrecio, ii. 1032. El sentido del pasaje está en la frase anterior].

frase].

El que nunca había visto un río, se imaginó que el primero que encontró era el mar; y de las cosas más grandes que han llegado a nuestro conocimiento, concluimos los extremos que la naturaleza hace del tipo.

"Scilicet et fluvius qui non est maximus, ei'st

Qui non ante aliquem majorem vidit; et ingens

Arbor, homoque videtur, et omnia de genere omni

Maxima quae vidit quisque, haec ingentia fingit".

["Un pequeño río le parece, a quien nunca ha visto un río más grande, una

río más grande, una corriente poderosa; y lo mismo ocurre con otras cosas: un árbol, un hombre, cualquier cosa

le parece más grande a quien nunca conoció una mayor" -Idem, vi. 674.]

"Consuetudine oculorum assuescunt animi, neque admirantur,

neque requirunt rationes earum rerum, quas semper vident".

["Las cosas se vuelven familiares para las mentes de los hombres al ser vistas con frecuencia; de modo que

que ni admiran ni son inquisitivos sobre las cosas que ven a diario".

Cicerón, De Natura Deor, lib. ii. 38.]

La novedad, más que la grandeza de las cosas, nos tienta a indagar en sus causas. Debemos juzgar con más reverencia, y con mayor reconocimiento de nuestra propia ignorancia y debilidad, el poder infinito de la naturaleza. Cuántas cosas inverosímiles son atestiguadas por personas dignas de fe, las cuales, si no podemos persuadirnos de creerlas absolutamente, debemos al menos dejarlas en suspenso; porque, condenarlas como imposibles, es por una temeraria presunción pretender conocer los límites máximos de la posibilidad. Si comprendiéramos bien la diferencia entre lo imposible y lo insólito, y entre lo que es contrario al orden y al curso de la naturaleza y lo que es contrario a la opinión común de los hombres, para no creer precipitadamente y, por otra parte, para no ser demasiado incrédulos, deberíamos observar la regla de "Ne quid nimis" prescrita por Chilo.

Cuando encontramos en Froissart, que el Conde de Foix conoció en Bearn la derrota de Juan, rey de Castilla, en Jubera al día siguiente de haber sucedido, y los medios por los que nos dice que llegó a hacerlo, se nos puede permitir alegrarnos un poco de ello, como también de lo que nuestros anales informan, que el Papa Honorio, el mismo día que el rey Felipe Augusto murió en Mantes, realizó sus exequias públicas en Roma, y ordenó lo mismo en toda Italia, no siendo el testimonio de estos autores, tal vez, de suficiente autoridad para contenernos. Pero si Plutarco, además de varios ejemplos que produce de la antigüedad, nos dice, que sabe de cierto conocimiento, que en el tiempo de Domiciano, la noticia de la batalla perdida por Antonio en Alemania se publicó en Roma, a muchos días de viaje desde allí, y se dispersó por todo el mundo, el mismo día en que se libró; y si César opinaba que muchas veces ha sucedido que la noticia ha precedido al hecho, ¿no diremos que esta gente sencilla se ha dejado engañar con el vulgo, por no haber sido tan clarividente como nosotros? ¿Existe algo más delicado, más claro, más ágil, que el juicio de Plinio, cuando se complace en ponerlo en práctica? ¿Hay algo más alejado de la vanidad? Dejando a un lado su erudición, de la que hago menos caso, ¿en cuál de estas excelencias le supera alguno de nosotros? Y, sin embargo, apenas hay un joven escolar que no lo convenza de falsedad, y que pretenda no instruirlo en el progreso de las obras de la naturaleza. Cuando leemos en Bouchet los milagros de las reliquias de San Hilario, fuera: su autoridad no es suficiente para privarnos de la libertad de contradecirle; pero en general y de improviso condenar todas las historias semejantes, me parece una singular impudicia. Ese gran San Agustín' atestigua haber visto a un niño ciego recuperar la vista sobre las reliquias de San Gervasio y San Protasio en Milán. Protasio en Milán; una mujer en Cartago curada de un cáncer, por la señal de la cruz hecha sobre ella por una mujer recién bautizada; Hesperio, un familiar amigo suyo, haber ahuyentado los espíritus que rondaban su casa, con un poco de tierra del sepulcro de nuestro Señor; tierra que, siendo también transportada desde allí a la iglesia, un paralítico fue repentinamente curado por ella; una mujer en una procesión, habiendo tocado el santuario de San Esteban con la nariz. Esteban, y frotándose los ojos con ella, recuperó la vista, perdida muchos años antes; con otros milagros de los que él mismo afirma haber sido testigo ocular: ¿de qué le excusaremos a él y a los dos santos obispos, Aurelio y Maximino, de los que da fe de la verdad de estas cosas? ¿Será de ignorancia, simplicidad y facilidad, o de malicia e impostura? ¿Hay algún hombre que viva ahora tan impudente como para creerse comparable a ellos en virtud, piedad, conocimiento, juicio o cualquier tipo de perfección?

"Qui, ut rationem nullam afferrent,

ipsa auctoritate me frangerent".

["Quienes, aunque no aducen ninguna razón, me convencen con

su autoridad sola" -Cicerón, Tusc. Quaes, i. 21.]

Es una presunción de gran peligro y consecuencia, además de la absurda temeridad que atrae tras de sí, despreciar lo que no comprendemos. Porque después de que, según tu fino entendimiento, has establecido los límites de la verdad y del error, y que, después, aparece la necesidad de creer cosas más extrañas que las que has contradicho, ya estás obligado a abandonar tus límites. Ahora bien, lo que me parece que desordena tanto nuestras conciencias en las conmociones en que nos encontramos en materia de religión, es que los católicos prescinden tanto de su creencia. Creen parecer moderados, y sabios, cuando conceden a sus adversarios algunos de los artículos en cuestión; pero, además de eso, no disciernen qué ventaja es para aquellos con quienes contendemos, comenzar a ceder y retirarse, y cuánto anima esto a nuestro enemigo a seguir su golpe: estos artículos que seleccionan como cosas indiferentes, son a veces de muy gran importancia. Debemos someternos total y absolutamente a la autoridad de nuestra política eclesiástica, o desechar totalmente toda obediencia a ella: No nos corresponde determinar qué y cuánta obediencia le debemos. Y esto lo puedo decir, como si yo mismo hubiera hecho la prueba, que habiéndome tomado antes la libertad de mi propio swing y fantasía, y omitiendo o descuidando ciertas reglas de la disciplina de nuestra Iglesia, que me parecían vanas y extrañas al venir después a hablar de ello con hombres doctos, he encontrado que esas mismas cosas están construidas sobre una tierra muy buena y sólida y un fuerte fundamento; y que nada sino la estupidez y la ignorancia nos hace recibirlas con menos reverencia que el resto. ¿Por qué no consideramos qué contradicciones encontramos en nuestros propios juicios; cuántas cosas eran ayer artículos de nuestra fe, que hoy no parecen otra cosa que fábulas? La gloria y la curiosidad son los azotes del alma; la última nos impulsa a meter las narices en todo, la otra nos prohíbe dejar nada dudoso e indeciso.

CAPÍTULO XXVII—DE LA AMISTAD

Habiendo considerado los procedimientos de un pintor que me sirve, tuve la intención de imitar su manera. Escoge el lugar más hermoso y el centro de cualquier pared, o panel, para dibujar un cuadro, que termina con su mayor cuidado y arte, y el vacío que hay a su alrededor lo llena de grotescos, que son extrañas figuras fantásticas sin más gracia que la que derivan de su variedad, y de la extravagancia de sus formas. Y en verdad, ¿qué son estas cosas que garabateo, sino grotescos y cuerpos monstruosos, hechos de varias partes, sin ninguna figura determinada, ni más que un orden, coherencia o proporción accidentales?

"Desinit in piscem mulier formosa superne".

["Una mujer hermosa en su forma superior termina en un pez".

-Horace, De Arte Poetica, v. 4.]

En esta segunda parte voy de la mano de mi pintor; pero estoy muy por debajo de él en la primera y en la mejor, no siendo mi poder de manejo tal, que me atreva a ofrecer en una pieza rica, finamente pulida, y puesta según el arte. Por lo tanto, he creído conveniente tomar prestado uno de Estienne de la Boetie, y tal que honrará y adornará todo el resto de mi obra, a saber, un discurso que él llamó "La servidumbre voluntaria"; pero, desde entonces, quienes no lo conocieron lo han llamado con bastante propiedad "Le contr Un". Lo escribió en su juventud ["No tenía todavía dieciocho años", edición de 1588] a modo de ensayo, en honor de la libertad contra los tiranos; y desde entonces ha pasado por las manos de hombres de gran erudición y juicio, no sin un singular y merecido elogio, pues está finamente escrito, y tan completo como cualquier cosa puede serlo. Y, sin embargo, se puede decir con seguridad que está muy lejos de lo que él fue capaz de hacer; y si en esa edad más madura, en la que tuve la felicidad de conocerle, hubiera tomado un propósito como éste, de poner sus pensamientos por escrito, habríamos visto muchas cosas raras, y tales que habrían estado muy cerca de rivalizar con los mejores escritos de la antigüedad: porque en las partes naturales especialmente, no conozco a ningún hombre comparable a él. Pero no ha dejado nada tras de sí, salvo este tratado (y eso también por casualidad, pues creo que nunca lo vio después de que saliera de sus manos), y algunas observaciones sobre el edicto de enero -[1562, que concedió a los hugonotes el ejercicio público de su religión]-, que se hizo famoso por nuestras guerras civiles, y que también tendrá cabida en otra parte, tal vez. Esto fue todo lo que pude recuperar de sus restos, a quien con tan afectuoso recuerdo, en su lecho de muerte, legó por su última voluntad su biblioteca y sus papeles, exceptuando únicamente el pequeño libro de sus obras, que yo mandé a la imprenta. Y esta obligación particular la tengo con este tratado suyo, que fue la ocasión de que lo conociera por primera vez; pues me fue mostrado mucho antes de que tuviera la suerte de conocerlo; y el primer conocimiento de su nombre, demostrando la primera causa y fundamento de una amistad, que después mejoramos y mantuvimos, mientras Dios se complació en mantenernos juntos, tan perfecta, inviolable y completa, que ciertamente apenas se encuentra algo semejante en la historia, y entre los hombres de esta época, no hay señal ni rastro de algo semejante en uso; se requiere tanta concurrencia para la construcción de tal, que es mucho, si la fortuna la hace pasar una sola vez en tres edades.

No hay nada a lo que la naturaleza parezca habernos inclinado tanto como a la sociedad; y Aristóteles , dice que los buenos legisladores tenían más respeto a la amistad que a la justicia. Ahora bien, el punto más supremo de su perfección es éste: porque, generalmente, todas las que el placer, el provecho, el interés público o privado crean y alimentan, son tanto menos bellas y generosas, y tanto menos amigas, por cuanto mezclan en la amistad otra causa, y designio, y fruto, que ella misma. Tampoco las cuatro clases antiguas, natural, social, hospitalaria, venérea, por separado o conjuntamente, componen una verdadera y perfecta amistad.

La de los hijos a los padres es más bien respeto: la amistad se alimenta de la comunicación, que no puede ser entre ellos, por la gran disparidad, sino que más bien ofendería los deberes de la naturaleza; porque tampoco todos los pensamientos secretos de los padres son adecuados para ser comunicados a los hijos, para no engendrar una indecente familiaridad entre ellos; ni los consejos y reprimendas, que es uno de los principales oficios de la amistad, pueden ser propiamente realizados por el hijo al padre. Hay países en los que es costumbre que los hijos maten a sus padres; y otros, en los que los padres matan a sus hijos, para evitar que sean un impedimento el uno para el otro en la vida; y naturalmente las expectativas del uno dependen de la ruina del otro. Ha habido grandes filósofos que no han hecho caso de este vínculo de la naturaleza, como Aristipo por ejemplo, que al ser presionado sobre el afecto que debía a sus hijos, como salido de él, cayó en seguida en el escupitajo, diciendo que esto también salió de él, y que nosotros también criamos gusanos y piojos; y aquel otro, que Plutarco trató de reconciliar con su hermano: "Nunca le hago más caso", dijo, "por haber salido del mismo agujero". Este nombre de hermano lleva consigo un sonido fino y delicioso, y por esa razón, él y yo nos llamamos hermanos, pero la complicación de los intereses, la división de los bienes, y que la riqueza del uno sea propiedad del otro, extrañamente relajan y debilitan el vínculo fraternal: los hermanos que persiguen su fortuna y progreso por el mismo camino, 'no es posible sino que deben, por necesidad, a menudo empujar y obstaculizar el uno al otro. Además, ¿por qué es necesario que la correspondencia de modales, partes e inclinaciones, que engendra las verdaderas y perfectas amistades, se encuentre siempre en estas relaciones? El padre y el hijo pueden ser de humores muy contrarios, y lo mismo los hermanos: es mi hijo, es mi hermano; pero es apasionado, malhumorado o tonto. Y además, por cuanto son amistades que la ley y la obligación natural nos imponen, tanto menos hay de nuestra propia elección y libertad voluntaria; mientras que esa libertad voluntaria nuestra no tiene producción más pronta y; propiamente propia que el afecto y la amistad. No es que yo no haya experimentado en mi propia persona todo lo que puede esperarse de ese tipo, habiendo tenido el mejor y más indulgente padre, incluso hasta su extrema vejez, que jamás haya existido, y que él mismo descendía de una familia durante muchas generaciones famosa y ejemplar por la concordia fraternal:

"Et ipse

Notus in fratres animi paterni".

["Y yo mismo, conocido por el amor paternal hacia mis hermanos".

-Horace, Oda, ii. 2, 6.]

No se trata aquí de poner en comparación el amor que profesamos a las mujeres, aunque sea un acto de nuestra propia elección, ni de clasificarlo con los demás. El fuego de esto, lo confieso,

"Neque enim est dea nescia nostri

Qux dulcem curis miscet amaritiem,"

["Tampoco me es desconocida la diosa que mezcla una dulce amargura

con mi amor"-Catulo, lxviii. 17.]

es más activa, más ansiosa y más aguda; pero también es más precipitada, voluble, movediza e inconstante; una fiebre sujeta a intermitencias y paroxismos, que sólo se ha apoderado de una parte de nosotros. Mientras que en la amistad, es un fuego general y universal, pero templado y equitativo, un calor constante y establecido, todo suave y blando, sin picores ni asperezas. Por otra parte, en el amor, no es otra cosa que el deseo frenético de lo que huye de nosotros:

"Come segue la lepre il cacciatore

Al freddo, al caldo, alla montagna, al lito;

Ne piu l'estima poi la presa vede;

E sol dietro a chi fugge affretta il piede"

["Como el cazador persigue a la liebre, con frío y calor, hasta la montaña

hasta la orilla, ni se preocupa de ella más allá cuando la ve cogida, y

sólo se deleita en perseguir a la que huye de él" -Aristo, x. 7.]

tan pronto como entra en los términos de la amistad, es decir, en una concurrencia de deseos, se desvanece y se va, la fruición la destruye, como si tuviera sólo un fin carnal, y tal como está sujeto a la saciedad. La amistad, por el contrario, se disfruta proporcionalmente a lo que se desea; y sólo crece, se nutre y se mejora con el disfrute, por ser de por sí espiritual, y el alma se refina aún más con la práctica. Bajo esta perfecta amistad, los otros afectos fugaces han encontrado en mis años de juventud algún lugar en mí, por no hablar de él, que así lo confiesa pero demasiado en sus versos; de modo que tuve estas dos pasiones, pero siempre de tal manera, que yo mismo podía distinguirlas bastante bien, y nunca en grado alguno de comparación entre ellas; la primera manteniendo su vuelo en un lugar tan elevado y tan valiente, como con desdén de mirar hacia abajo, y ver la otra volando en un terreno mucho más humilde abajo.

En cuanto al matrimonio, además de que es un pacto, cuya entrada sólo es libre, pero la permanencia en él forzada y obligatoria, teniendo otra dependencia que la de nuestra propia voluntad, y un trato comúnmente contratado para otros fines, casi siempre hay mil complejidades en él para desentrañar, lo suficiente para romper el hilo y desviar la corriente de un afecto vivo: mientras que la amistad no tiene ningún tipo de negocio o tráfico con nada más que ella misma. Además, a decir verdad, el talento ordinario de las mujeres no es suficiente para mantener la conferencia y la comunicación requeridas para el mantenimiento de este vínculo sagrado; ni parecen estar dotadas de constancia de ánimo, para sostener el pellizco de un nudo tan duro y duradero. Y, sin duda, si sin esto se pudiera contraer una familiaridad tan libre y voluntaria, en la que no sólo las almas pudieran tener esta completa fructificación, sino que también los cuerpos pudieran participar en la alianza, y un hombre estuviera comprometido durante todo el tiempo, la amistad sería ciertamente más plena y perfecta; pero no hay ejemplo de que este sexo haya llegado nunca a tal perfección; y, por el común acuerdo de las escuelas antiguas, se le rechaza por completo.

Esa otra licencia griega es justamente aborrecida por nuestras costumbres, que también, por tener, según su práctica, una disparidad tan necesaria de edad y diferencia de oficios entre los amantes, no respondía más que la otra a la perfecta unión y armonía que aquí requerimos:

"Quis est enim iste amor amicitiae? cur neque deformem

adolescentem quisquam amat, neque formosum senem?"

["¿Por qué es ese amor amistoso? ¿Por qué nadie ama a un joven deforme

¿Por qué nadie ama a un joven deforme o a un anciano apuesto? Quaes., iv. 33.]

Tampoco esa misma imagen que la Academia presenta de ella, como yo concibo, me contradice, cuando digo que este primer furor inspirado por el hijo de Venus en el corazón del amante, al ver la flor y la flor de una juventud naciente y floreciente, a la que permiten todos los esfuerzos insolentes y apasionados que un ardor inmoderado puede producir, se fundó simplemente en la belleza externa, la falsa imagen de la generación corporal; ya que no podía fundar este amor en el alma, cuya visión aún estaba oculta, era apenas incipiente, y no estaba madura para florecer; que esta furia, si se apoderaba de un espíritu bajo, los medios por los que prefería su demanda eran ricos regalos, el favor en el ascenso a las dignidades, y tales argucias, que de ninguna manera aprueban; si en un alma más generosa, la persecución era convenientemente generosa, mediante instrucciones filosóficas, preceptos de venerar la religión, de obedecer las leyes, de morir por el bien de la patria; mediante ejemplos de valor, prudencia y justicia, estudiando el amante para hacerse aceptable por la gracia y belleza del alma, ya que la de su cuerpo hacía tiempo que se había desvanecido y decaído, esperando con esta sociedad mental establecer un contrato más firme y duradero. Cuando este cortejo llegó a su debido tiempo (pues lo que no exigen en el amante, es decir, ocio y discreción en su búsqueda, lo exigen estrictamente en la persona amada, ya que debe juzgar de una belleza interna, de un conocimiento difícil y de un descubrimiento abstruso), entonces surgió en la persona amada el deseo de una concepción espiritual; por la mediación de una belleza espiritual. Esto era lo principal; lo corpóreo, un asunto accidental y secundario; todo lo contrario en cuanto al amante. Por esta razón prefieren a la persona amada, sosteniendo que los dioses también la prefieren, y culpan mucho al poeta Esquilo por haber dado, en los amores de Aquiles y Patroclo, la parte del amante a Aquiles, que estaba en la primera e imberbe flor de su adolescencia, y era el más apuesto de todos los griegos. Después de esta comunidad general, la parte soberana y más digna que preside y gobierna, y que desempeña sus propios oficios, dicen que de ella se derivaba una gran utilidad, tanto para los asuntos privados como para los públicos; que constituía la fuerza y el poder de los países donde prevalecía, y la principal seguridad de la libertad y la justicia. De lo cual son ejemplos los sanos amores de Harmodio y Aristogitón. Y por eso es que lo llamaron sagrado y divino, y conciben que nada sino la violencia de los tiranos y la bajeza del vulgo le son contrarios. Finalmente, todo lo que se puede decir a favor de la Academia es que era un amor que terminaba en amistad, lo que concuerda bastante con la definición estoica del amor:

"Amorem conatum esse amicitiae faciendae

ex pulchritudinis specie".

[El amor es un deseo de contraer amistad que surge de la belleza del objeto.

del objeto" -Cicerón, Tusc. Quaes., vi. 34.]

Vuelvo a mi propia descripción más justa y verdadera:

"Omnino amicitiae, corroboratis jam confirmatisque,

et ingeniis, et aetatibus, judicandae sunt".

["Sólo han de reputarse las amistades que están fortificadas y

confirmadas por el juicio y la duración del tiempo".

-Cicerón, De Amicit., c. 20.]

Por lo demás, lo que comúnmente llamamos amigos y amistades, no son más que conocidos y familiares, ya sea que se contraigan ocasionalmente, o por algún designio, por medio del cual ocurre alguna pequeña relación entre nuestras almas. Pero en la amistad de la que hablo, se mezclan y se convierten en una sola pieza, con una mezcla tan universal, que ya no queda rastro de la costura por la que se unieron al principio. Si un hombre me pidiera que le diera una razón por la que le amaba, me parece que no podría expresarse de otro modo que respondiendo: porque era él, porque era yo. Nos buscamos el uno al otro mucho antes de encontrarnos, y por los caracteres que oímos el uno del otro, los cuales influyeron en nuestros afectos más de lo que, en razón, deberían hacer los meros informes; creo que fue por alguna designación secreta del cielo. Nos abrazamos en nuestros nombres; y en nuestro primer encuentro, que fue accidentalmente en un gran entretenimiento de la ciudad, nos encontramos tan mutuamente tomados, tan conocidos, y tan entrañables entre nosotros, que desde entonces nada estuvo tan cerca de nosotros como el uno del otro. Escribió una excelente sátira en latín, ya impresa, en la que excusa la precipitación de nuestra inteligencia, tan súbitamente llegada a la perfección, diciendo que, destinados a tener una duración tan corta, al haber comenzado tan tarde (pues ambos éramos hombres maduros, y él algunos años mayor), no había tiempo que perder, ni estábamos atados a conformar el ejemplo de esas amistades lentas y regulares, que requieren tantas precauciones de larga conversación preliminar: Esto no tiene otra idea que la de sí mismo, y sólo puede referirse a sí mismo: no es una consideración especial, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni mil; es no sé qué quintaesencia de toda esta mezcla, que, apoderándose de toda mi voluntad, la llevó a sumergirse y perderse en la suya, y que habiéndose apoderado de toda su voluntad, la devolvió con igual concurrencia y apetito a sumergirse y perderse en la mía. Puedo decir verdaderamente perder, sin reservar nada para nosotros que fuera suyo o mío -[Todo esto se refiere a Estienne de la Boetie].

Cuando Laelio -[Cicerón, De Amicit., c. II]- en presencia de los cónsules romanos, que después de haber condenado a Tiberio Graco, procesaron también a todos los que habían tenido alguna familiaridad con él, vino a preguntarle a Cayo Blosio, que era su principal amigo, cuánto habría hecho por él, y éste le respondió "Todo". "¡Cómo! Todo", dijo Laelio. "¿Y si te hubiera ordenado disparar a nuestros templos? - "Nunca me lo hubiera ordenado", respondió Blosio. Si era tan perfecto amigo de Graco como dicen las historias, no había necesidad de ofender a los cónsules con una confesión tan atrevida, aunque podría haber conservado la seguridad que tenía de la disposición de Graco. Sin embargo, los que acusan esta respuesta de sediciosa, no entienden bien el misterio; ni presuponen, como era cierto, que tenía la voluntad de Graco en la manga, tanto por el poder de un amigo, como por el perfecto conocimiento que tenía del hombre: eran más amigos que ciudadanos, más amigos entre sí que enemigos o amigos de su patria, o que amigos de la ambición y de la innovación; habiéndose entregado absolutamente el uno al otro, cualquiera de ellos tenía absolutamente las riendas de la inclinación del otro; y suponiendo todo esto guiado por la virtud, y todo esto por la conducta de la razón, que también sin éstas no había sido posible hacer, la respuesta de Blosio fue tal como debía ser. Si alguna de sus acciones se les fue de las manos, no fueron (según mi medida de la amistad) amigos entre sí, ni de ellos mismos. Por lo demás, esta respuesta no suena peor que la mía a uno que me preguntara: "Si tu voluntad te ordenara matar a tu hija, ¿lo harías?", y que yo respondiera que sí; pues esto no expresa ningún consentimiento a tal acto, ya que no sospecho en absoluto de mi propia voluntad, y menos de la de tal amigo. Ni toda la elocuencia del mundo puede despojarme de la certeza que tengo de las intenciones y resoluciones de mi amigo; es más, no se me puede presentar una sola acción suya, sea cual sea su aspecto, de la que no pueda descubrir en seguida y a primera vista la causa que la mueve. Nuestras almas se habían acercado tan unánimemente, se habían considerado mutuamente con un afecto tan ardiente, y con el mismo afecto habían abierto el fondo de nuestros corazones a la vista del otro, que no sólo conocía el suyo tan bien como el mío, sino que ciertamente en cualquier asunto mío habría confiado mi interés mucho más gustosamente a él que a mí mismo.

Por lo tanto, que nadie compare otras amistades comunes con una como ésta. Yo he tenido tanta experiencia de ellas como otro, y de las más perfectas de su clase; pero no aconsejo que nadie confunda las reglas de una y otra, pues se encontraría muy engañado. En esas otras amistades ordinarias, se ha de andar con la brida en la mano, con prudencia y circunspección, porque en ellas el nudo no es tan seguro como para que un hombre no sospeche a medias que va a resbalar. "Ámalo", dijo Chilo,-[Aulus Gellius, i. 3.]-"como si un día fueras a odiarlo; y ótalo como si un día fueras a amarlo". Este precepto, aunque abominable en la soberana y perfecta amistad de que hablo, es, sin embargo, muy acertado en cuanto a la práctica de las ordinarias y consuetudinarias, y al que puede aplicarse muy acertadamente el dicho que Aristóteles tenía tan frecuentemente en su boca: "Oh amigos míos, no hay amigo". En este noble comercio, los buenos oficios, regalos y beneficios, por los que se sostienen y mantienen otras amistades, no merecen tanto ser mencionados; y la razón es la concurrencia de nuestras voluntades; pues, como la bondad que tengo para conmigo mismo no recibe aumento, por nada que me alivie en tiempo de necesidad (digan lo que digan los estoicos), y como no me encuentro obligado a mí mismo por ningún servicio que me haga: por lo que la unión de tales amigos, siendo verdaderamente perfecta, les priva de toda idea de tales deberes, y les hace aborrecer y desterrar de su conversación estas palabras de división y distinción, beneficios, obligación, reconocimiento, súplica, agradecimiento y otras similares. Siendo todas las cosas, voluntades, pensamientos, opiniones, bienes, esposas, hijos, honores y vidas, en efecto, comunes entre ellos, y no siendo esa concurrencia absoluta de afectos otra cosa que un alma en dos cuerpos (según esa definición tan apropiada de Aristóteles), no pueden prestarse ni darse nada unos a otros. Esta es la razón por la que los legisladores, para honrar el matrimonio con alguna semejanza de esta alianza divina, prohíben todos los regalos entre el hombre y la esposa, infiriendo con ello que todo debe pertenecer a cada uno de ellos, y que no tienen nada que dividir o dar al otro.

Si, en la amistad de que hablo, uno pudiera dar al otro, el receptor del beneficio sería el hombre que obligara a su amigo; porque cada uno de ellos contendiendo y sobre todo estudiando cómo ser útil al otro, el que administra la ocasión es el hombre liberal, al dar a su amigo la satisfacción de hacer hacia él lo que sobre todas las cosas más desea. Cuando el filósofo Diógenes quería dinero, solía decir que se lo pedía a sus amigos, no que se lo exigía. Y para que veáis el funcionamiento práctico de esto, os presentaré aquí un ejemplo antiguo y singular. Eudamidas, un corintio, tenía dos amigos, Charixenus un Sicyonian y Areteus un corintio; este hombre que viene a morir, siendo pobre, y sus dos amigos ricos, él hizo su voluntad después de esta manera. "Lego a Areteo la manutención de mi madre, para que la mantenga y provea en su vejez; y a Charixenus le lego el cuidado de casarse con mi hija, y que le dé una porción tan buena como pueda; y en caso de que uno de ellos muera, sustituyo al sobreviviente en su lugar." Los primeros que vieron este testamento se alegraron mucho de su contenido: pero los legatarios, al conocerlo, lo aceptaron con gran satisfacción; y uno de ellos, Charixenus, muriendo dentro de cinco días después, y por ese medio el cargo de ambos deberes que recae únicamente en él, Areteus alimentó a la anciana con muy gran cuidado y ternura, y de cinco talentos que tenía en la finca, dio dos y medio en matrimonio con una hija única que tenía de su propia, y dos y medio en matrimonio con la hija de Eudamidas, y en un mismo día solemnizó sus dos nupcias.

Este ejemplo es muy completo, si no se objetara una cosa, a saber, la multitud de amigos, pues la amistad perfecta de que hablo es indivisible; cada uno se entrega tan enteramente a su amigo, que no le queda nada que repartir a los demás: por el contrario, lamenta no ser doble, triple o cuádruple, y no tener muchas almas y muchas voluntades, para conferirlas todas a este único objeto. Las amistades comunes admiten divisiones; uno puede amar la belleza de esta persona, el buen humor de aquella, la liberalidad de una tercera, el afecto paternal de una cuarta, el amor fraternal de una quinta, y así de las demás: pero esta amistad que posee toda el alma, y allí gobierna y se balancea con una soberanía absoluta, no puede admitir rival. Si dos, al mismo tiempo, te pidieran auxilio, ¿a cuál de ellos acudirías? Si te exigieran oficios contrarios, ¿cómo podrías servir a ambos? Si uno de ellos te confiara algo que fuera importante que el otro supiera, ¿cómo te desprenderías de él? Una amistad única y particular disuelve todas las demás obligaciones: el secreto que he jurado no revelar a ningún otro, puedo comunicarlo sin perjurio a quien no es otro, sino yo mismo. Es bastante milagro, ciertamente, que un hombre se duplique a sí mismo, y los que hablan de triplicarse, hablan no saben de qué. Nada hay extremo que tenga su semejante; y quien suponga que de dos, yo amo a uno tanto como al otro, que ellos también se amen mutuamente, y me amen tanto como yo a ellos, multiplica en una cofradía la más única de las unidades, y de la cual, además, uno solo es lo más difícil de encontrar en el mundo. El resto de esta historia concuerda muy bien con lo que estaba diciendo; pues Eudamidas, como una bondad y un favor, lega a sus amigos el poder emplearse en su necesidad; les deja herederos de esta liberalidad suya, que consiste en darles la oportunidad de conferirle un beneficio; y sin duda, la fuerza de la amistad es más eminentemente evidente en este acto suyo, que en el de Areteus. En fin, son efectos que no pueden ser imaginados ni comprendidos por quienes no tienen experiencia de ellos, y que me hacen honrar y admirar infinitamente la respuesta de aquel joven soldado a Ciro, por quien al ser preguntado cuánto tomaría por un caballo, con el que había ganado el premio de una carrera, y si lo cambiaría por un reino... - "No, en verdad, señor", dijo, "pero lo daría con todo mi corazón, para conseguir con ello un verdadero amigo, si pudiera encontrar algún hombre digno de esa alianza". No dijo mal al decir "si lo encontrara", pues aunque en casi todas partes se puede encontrar a hombres lo suficientemente calificados para una relación superficial, sin embargo, en esta, donde un hombre ha de tratar desde el fondo de su corazón, sin ningún tipo de reserva, será necesario que todas las guardas y resortes estén verdaderamente forjados y perfectamente seguros.

En las confederaciones que no tienen más que un fin, sólo hemos de prever las imperfecciones que conciernen particularmente a ese fin. No puede tener importancia para mí la religión de mi médico o de mi abogado; esta consideración no tiene nada en común con los oficios de amistad que me deben; y soy de la misma indiferencia en el conocimiento doméstico que mis sirvientes deben necesariamente contraer conmigo. Nunca pregunto, cuando voy a tomar un lacayo, si es casto, sino si es diligente; y no me preocupa si mi arriero es dado al juego, como si es fuerte y capaz; o si mi cocinero es un juerguista, si es un buen cocinero. No me ocupo de dirigir lo que otros hombres deben hacer en el gobierno de sus familias, pues hay muchos que ya se meten en eso, sino que sólo doy cuenta de mi método en la mía:

"Mihi sic usus est: tibi, ut opus est facto, face".

["Este ha sido mi camino; en cuanto a vosotros, haced lo que os parezca necesario.

-Terencio, Heaut., i. I., 28.]

Para hablar en la mesa, prefiero lo agradable e ingenioso antes que lo erudito y lo grave; en la cama, la belleza antes que la bondad; en el discurso común, el orador más hábil, haya o no sinceridad en el caso. Y, como aquel que fue encontrado a horcajadas sobre un caballo de tiro, jugando con sus hijos, rogó a la persona que lo había sorprendido en esa postura que no dijera nada al respecto hasta que él mismo fuera padre, -[Plutarco, Vida de Agesilao, c. 9. Suponiendo que la afición que entonces poseería su propia alma le haría juzgar más justamente semejante acción, así también yo desearía hablar con quienes han tenido experiencia de lo que digo, aunque, sabiendo lo alejada que está tal amistad de la práctica común, y lo rara que es de encontrar, desespero de encontrar tal juez. Porque incluso estos discursos que nos dejó la antigüedad sobre este tema, me parecen planos y pobres, en comparación con el sentido que tengo de él, y en este particular, los efectos superan incluso los preceptos de la filosofía.

"Nil ego contulerim jucundo sanus amico".

["Mientras me quede sentido común, nunca habrá nada más

aceptable para mí que un amigo agradable".

-Horace, Sat., i. 5, 44.]

El antiguo Menandro declaró que era feliz quien había tenido la suerte de no encontrar más que la sombra de un amigo: y sin duda tenía buenas razones para decirlo, sobre todo si hablaba por experiencia: pues si comparo todo el resto de mi vida, aunque, gracias a Dios, he pasado mi tiempo lo suficientemente agradable y a gusto, y exceptuando la pérdida de tal amigo, libre de cualquier aflicción penosa, y con gran tranquilidad de espíritu, habiéndome contentado con mis comodidades naturales y originales, sin estar pendiente de otras; si lo comparo todo, digo, con los cuatro años que tuve la dicha de disfrutar de la dulce sociedad de este excelente hombre, no es más que humo, una noche oscura y tediosa. Desde el día en que lo perdí:

"Quern semper acerbum,

Semper honoratum (sic, di, voluistis) habebo,"

["Un día para mí siempre triste, para siempre sagrado, así lo habéis querido vosotros

dioses". -AEneida, v. 49.]

Sólo he llevado una vida lánguida; y los mismos placeres que se me presentan, en lugar de administrarme algo de consuelo, duplican mi aflicción por su pérdida. Fuimos siempre mitades, y hasta tal punto, que creo que, al sobrevivirle, le defraudo de su parte.

"Nec fas esse ulla me voluptate hic frui

Decrevi, tantisper dum ille abest meus particeps".

["He determinado que nunca será correcto que yo disfrute de ningún

placer, mientras él, con quien compartí todos los placeres esté lejos".

-Terencio, Heaut., i. I. 97.]

He crecido tanto y me he acostumbrado a ser siempre su doble en todos los lugares y en todas las cosas, que me parece que no soy más que la mitad de mí misma:

"Illam meae si partem anima tulit

Maturior vis, quid moror altera?

Nec carus aeque, nec superstes

¿Integro? Ille dies utramque

Duxit ruinam".

["Si esa mitad de mi alma me fuera arrebatada por un inoportuno

golpe, ¿por qué habría de permanecer la otra? Lo que queda no será

igualmente querida, no estará entera: el mismo día implicará la

destrucción de ambas"].

o:

["Si una fuerza superior ha tomado esa parte de mi alma, ¿por qué yo, el

que me queda, me quedo atrás? Lo que queda no es tan querido, ni una

cosa entera: este día ha provocado la destrucción de ambas".

-Horace, Oda, ii. 17, 5.]

No hay acción o imaginación mía en la que no le eche de menos; como sé que él me habría echado de menos: pues así como me superó en infinitos grados en la virtud y en todos los demás logros, así también lo hizo en los deberes de la amistad:

"Quis desiderio sit pudor, aut modus

Tam cari capitis?"

["¿Qué vergüenza puede haber, o medida, en lamentar a un amigo tan querido?"

-Horace, Oda, i. 24, I.]

"¡Oh misero frater adempte mihi!

Omnia tecum una perierunt gaudia nostra,

Quae tuus in vita dulcis alebat amor.

Tu mea, tu moriens fregisti commoda, frater;

Tecum una tota est nostra sepulta anima

Cujus ego interitu tota de menthe fugavi

Haec studia, atque omnes delicias animi.

Alloquar? audiero nunquam tua verba loquentem?

Nunquam ego te, vita frater amabilior

Aspiciam posthac; at certe semper amabo;"

["¡Oh, hermano, alejado de mí miserable! contigo se han desvanecido todas nuestras alegrías

se han desvanecido, aquellas alegrías que, en tu vida, alimentó tu querido amor.

Muriendo, tú, hermano mío, has destruido toda mi felicidad. Toda mi alma

mi alma está enterrada contigo. Por cuya muerte he desterrado de

de mi mente estos estudios, y todos los deleites de la mente. ¿Debo dirigirme a ti?

dirigirme a ti? Nunca oiré tu voz. Nunca te veré

a partir de ahora. Oh hermano, más querido para mí que la vida. No queda nada,

pero seguro que siempre te amaré" -Catulo, lxviii. 20; lxv.]

Pero oigamos hablar a un muchacho de dieciséis años:

-[En la traducción de Cotton la obra a la que se refiere es "esas Memorias

de enero", de las que ya se ha hablado en la presente edición.

de enero", de las que ya se ha hablado en la presente edición. La edición de 1580, sin embargo, y la

de 1872-1900, no indican ninguna obra en particular; pero la edición de

la edición de 1580, "este muchacho de dieciocho años" (que era la

edad en que La Boetie escribió su "Servidumbre Volontaire"), habla de

"de dieciséis años", que sólo aparece en las ediciones comunes, y parece

de la obra más importante fue, de hecho, la producción a la que Montaigne se dedicó.

de hecho, la producción a la que Montaigne se refiere, y que la lectura correcta del texto debería ser "seis".

lectura del texto debería ser "dieciséis años". Lo que "este muchacho

no lo dice Montaigne, por la razón expuesta en el párrafo siguiente].

párrafo siguiente].

"Porque he encontrado que esa obra ha sido sacada a la luz desde entonces, y con un designio malicioso, por aquellos que pretenden perturbar y cambiar la condición de nuestro gobierno, sin preocuparse de pensar si son capaces de mejorarlo: y porque han mezclado su obra con algunas de sus propias actuaciones, me he abstenido de insertarla aquí. Pero para que la memoria del autor no sea herida, ni sufra con aquellos que no pudieron acercarse a conocer sus principios, aquí les doy a entender que fue escrito por él en su niñez, y eso sólo a modo de ejercicio, como un tema común que ha sido trillado por mil escritores. No pongo en duda que él mismo creyera en lo que escribió, siendo tan concienzudo que ni siquiera mentía en broma: y además sé que, si hubiera podido elegirlo, habría preferido nacer en Venecia que en Sarlac; y con razón. Pero tenía otra máxima soberana impresa en su alma, obedecer y someterse muy religiosamente a las leyes bajo las que había nacido. Nunca hubo un mejor ciudadano, más afectuoso con su país; ni un mayor enemigo de todas las conmociones e innovaciones de su tiempo: de modo que hubiera preferido emplear su talento en la extinción de esas llamas civiles, que en echarles más leña al fuego; tenía una mente formada según el modelo de épocas mejores. Ahora, a cambio de esta pieza seria, os presentaré otra de aire más alegre y juguetón, de la misma mano, y escrita a la misma edad."

CAPÍTULO XXVIII—NUEVE Y VEINTE SONETOS DE ESTIENNE DE LA BOITIE

A MADAME DE GRAMMONT, CONDESA DE GUISSEN.

[Apenas contienen otra cosa que quejas amorosas, expresadas en un

estilo muy áspero, descubriendo las locuras y ultrajes de una pasión

de una pasión inquieta, sobrecargada, por así decirlo, de celos, temores y sospechas.

sospechas. -Coste].

[Estos....contienen en la edición de 1588 nueve y veinte sonetos

de La Boetie, acompañados de una epístola dedicada a Madame de

Grammont. Los primeros, a los que se hace referencia al final del cap.

Los primeros, que se mencionan al final del capítulo XXVIL, no pertenecen realmente al libro y tienen muy poco interés en este momento.

interés en este momento; la epístola se transfiere a la

Correspondencia. Los sonetos, con la carta, fueron enviados presumiblemente

algún tiempo después de las Cartas V y siguientes. Montaigne parece haber hecho

varias copias para enviarlas a sus amigos o conocidos].

CAPÍTULO XXIX—DE LA MODERACIÓN

Como si tuviéramos un tacto infeccioso, nosotros, por nuestra manera de manejar, corrompemos las cosas que en sí mismas son loables y buenas: podemos agarrar la virtud de tal manera que se convierta en viciosa, si la abrazamos con demasiado rigor y con un deseo demasiado violento. Los que dicen que nunca hay exceso en la virtud, ya que no es virtud cuando se convierte en exceso, sólo hacen un juego de palabras:

"Insani sapiens nomen ferat, aequus iniqui,

Ultra quam satis est, virtutem si petat ipsam".

["Que el sabio lleve el nombre de un loco, el justo de un

injusto, si busca la sabiduría más de lo que es suficiente".

-Horace, Ep., i. 6, 15.]

["El sabio ya no es sabio, el justo ya no es justo, si

busca llevar su amor por la sabiduría o la virtud más allá de lo que es

necesario"].

Esta es una sutil consideración de la filosofía. Un hombre puede estar demasiado enamorado de la virtud y ser excesivo en una acción justa. La Sagrada Escritura está de acuerdo con esto: "No seáis más sabios de lo que debéis, sino sed sobriamente sabios" [San Pablo, Epístola a los Romanos, xii. 3.] -He conocido a un gran hombre,

-Es probable que Montaigne se refiriera a Enrique III, rey de Francia.

El cardenal de Ossat, escribiendo a Luisa, la reina viuda, le dijo, con su

que había vivido tanto o más como un monje que como un monarca.

monje que como un monarca (Carta XXIII.) Y el Papa Sexto V, hablando de

de aquel príncipe al cardenal de Joyeuse, protector de los asuntos de

de los asuntos de Francia, le dijo agradablemente: "No hay nada que

tu rey no haya hecho, y no lo haga todavía, para ser monje, ni

nada que no haya hecho, para no ser monje'" -Coste].

perjudicar la opinión que los hombres tenían de su devoción, al pretender ser devoto más allá de todos los ejemplos de otros de su condición. Amo las naturalezas templadas y moderadas. Un celo inmoderado, incluso hacia lo que es bueno, aunque no ofenda, me asombra, y me pone a estudiar qué nombre darle. Ni la madre de Pausanias,

-["Montaigne nos daría a entender aquí, con la autoridad de

Diodoro Sículo, que la madre de Pausanias dio el primer indicio del

castigo que iba a ser infligido a su hijo. Pausanias", dice este historiador

de la que se ha hablado en el libro, y que se ha hecho en el

Lacedoemonios, pretendían apresarlo, se adelantó a ellos

y fue a refugiarse en el templo de Minerva.

de la ciudad, y que no se puede hacer nada para evitarlo.

de allí en violación de la franquicia allí, se dice que su propia

de la que se dice que su propia madre se presentó en el templo, pero no habló ni hizo nada

de la que se dice que su propia madre acudio al templo, pero no hablo ni hizo nada mas que poner un trozo de ladrillo

que, una vez hecho esto, regresó a su casa.

a su casa. Los lacedemonios, entendiendo la indirecta de la madre, hicieron

la puerta del templo, y por este medio mataron de hambre a Pausanias.

Pausanias, de modo que murió de hambre, etc. (lib. xi. cap. 10., de la

traducción de Amyot). El nombre de la madre de Pausanias era Alcithea,

como nos informa el escolástico de Tucídides, que sólo dice que

de la madre de Pausanias, como nos informa el escolástico de Tucídides, que sólo dice que se informó de que cuando se pusieron a tapiar las puertas de la

capilla en la que Pausanias se había refugiado, su madre Alcithea puso la primera piedra.

la primera piedra". -Coste].

que fue la primera instructora del proceso de su hijo, y tiró la primera piedra hacia su muerte, ni Posthumius el dictador, que dio muerte a su hijo, a quien el ardor de la juventud había empujado con éxito sobre el enemigo un poco más avanzado que el resto de su escuadrón, me parecen igual de extraños; y no debería aconsejar ni querer seguir una virtud tan salvaje, y que cuesta tan cara.

-["Las opiniones difieren en cuanto a la verdad de este hecho. Livio piensa que tiene

Livio piensa que tiene buena autoridad para rechazarlo porque no aparece en la

historia que Póstumo fuera marcado con ella, como lo fue Tito Manlio,

unos 100 años después de su época; pues Manlio, habiendo dado muerte a su hijo

muerte por la misma causa, obtuvo el odioso nombre de Imperiosus,

y desde entonces Manliana imperia se ha utilizado como un término para

para designar órdenes demasiado severas; Manliana Imperia, dice Livio,

no sólo eran horribles para el momento presente, sino un mal ejemplo para

la posteridad. Y este historiador no duda de que tales órdenes

se habrían llamado realmente Posthumiana Imperia, si Posthumius

hubiera sido el primero en dar un ejemplo tan bárbaro (Livio, lib. iv.

cap. 29, y lib. viii. cap. 7). Pero, sin embargo, Montaigne tiene a Valer.

Maximus de su lado, que dice expresamente, que Posthumius hizo que su

que Posthumius causó la muerte de su hijo, y Diodoro de Sicilia (lib. xii. cap. 19).

19)."-Coste].

El arquero que dispara por encima, falla tanto como el que se queda corto, y es igualmente molesto para mi vista, mirar hacia arriba a una gran luz, y mirar hacia abajo a un oscuro abismo. Dice Calicles en Platón que el extremo de la filosofía es perjudicial, y aconseja no sumergirse en ella más allá de los límites del beneficio; que, tomada con moderación, es agradable y útil; pero que al final vuelve al hombre bruto y vicioso, despreciador de la religión y de las leyes comunes, enemigo de la conversación civil y de todos los placeres humanos, incapaz de toda administración pública, incapaz de ayudar a los demás o de aliviarse a sí mismo, y objeto idóneo para toda clase de injurias y afrentas. Dice verdad; porque en su exceso, esclaviza nuestra libertad natural, y por una sutileza impertinente, nos saca del camino justo y batido que la naturaleza nos ha trazado.

El amor que profesamos a nuestras esposas es muy lícito y, sin embargo, la teología cree conveniente frenarlo y restringirlo. Según recuerdo, he leído en un lugar de Santo Tomás de Aquino, -[Secunda Secundx, Quaest. 154, art. 9. donde condena los matrimonios dentro de cualquiera de los grados prohibidos, por esta razón, entre otras, de que hay algún peligro, no sea que la amistad que un hombre tiene con tal mujer, sea inmoderada; porque si el afecto conyugal es completo y perfecto entre ellos, como debe ser, y que esté sobrecargado con el de parentesco también, no hay duda, pero tal adición llevará al marido más allá de los límites de la razón.

Las ciencias que regulan las costumbres de los hombres, la divinidad y la filosofía, tendrán su opinión en todo; no hay acción tan privada y secreta que pueda escapar a su inspección y jurisdicción. Se enseña mejor a quienes son más capaces de controlar y refrenar su propia libertad; las mujeres exponen sus desnudeces tanto como vosotros queráis a causa del placer, aunque en las necesidades de la física son totalmente igual de tímidas. Por lo tanto, en su nombre:

-[Coste traduce esto: "por parte de la filosofía y la teología", observando que

observando que muy pocas esposas se considerarían obligadas a

Montaigne por cualquier lección de este tipo a sus maridos.]-

enseñan a los maridos, es decir, a los que son demasiado vehementes en el ejercicio del deber matrimonial -si es que todavía los hay- esta lección, que los mismos placeres que disfrutan en la sociedad de sus esposas son reprobables si son inmoderados, y que un abuso licencioso y desenfrenado de ellos es una falta tan reprobable aquí como en las conexiones ilícitas. Esos trucos y posturas inmodestos y libertinos, que el primer ardor nos sugiere en este asunto, no sólo son indecentes sino perjudiciales para nuestras esposas. Que al menos aprendan la impudicia de otra mano; ellas siempre están lo suficientemente preparadas para nuestro negocio, y yo por mi parte siempre fui por el camino llano al trabajo.

El matrimonio es un vínculo solemne y religioso, y por lo tanto el placer que extraemos de él debe ser un deleite sobrio y serio, y mezclado con un cierto tipo de gravedad; debe ser una especie de placer discreto y concienzudo. Y viendo que el fin principal es la generación, algunos se preguntan si cuando los hombres están sin esperanzas, como cuando son superannuarios o ya tienen hijos, es lícito abrazar a nuestras esposas. Es un homicidio, según Platón -[Leyes, 8.]- Ciertas naciones (la mahometana, entre otras) abominan de toda conjunción con las mujeres embarazadas, otras también, con las que están en curso. Zenobia no admitía a su marido más que en un encuentro, después del cual lo dejaba a su aire durante todo el tiempo de su concepción, y no volvía a recibirlo hasta después:-[Trebellius Pollio, Triginta Tyran., c. 30.]-un valiente y generoso ejemplo de continencia conyugal. Sin duda era de algún poeta lascivo, -[El poeta lascivo es Homero; véase su Ilíada, xiv. 294. Platón tomó prestada esta historia; que Júpiter estaba un día tan caliente con su esposa, que no teniendo tanta paciencia como para que ella pudiera llegar al sofá, la arrojó al suelo, donde la vehemencia del placer le hizo olvidar las grandes e importantes resoluciones que acababa de tomar con el resto de los dioses en su consejo celestial, y para jactarse de que había tenido un combate tan bueno, como cuando consiguió su cabeza de doncella, desconocida para sus padres.

Los reyes de Persia acostumbraban a invitar a sus esposas al comienzo de sus fiestas; pero cuando el vino empezaba a hacer efecto en serio, y que debían dar las riendas al placer, las enviaban de vuelta a sus apartamentos privados, para que no participaran en su inmoderada lujuria, enviando a buscar a otras mujeres en su lugar, con las que no estaban obligados a tanto decoro de respeto. -[Plutarco, Preceptos sobre el matrimonio, c. 14.]-Todos los placeres y toda clase de gratificaciones no se confieren adecuada y oportunamente a toda clase de personas. Epaminondas había encarcelado a un joven por ciertos libertinajes; por el que Pelópidas medió para que, a petición suya, fuera puesto en libertad, lo que Epaminondas le negó, pero se lo concedió a la primera palabra a una moza suya que le hizo la misma petición, diciendo que era una gratificación adecuada para una persona como ella, pero no para un capitán. Sófocles, siendo pretor junto con Pericles, vio pasar accidentalmente a un buen muchacho: "¡Oh, qué muchacho tan encantador!", dijo. "Podría estar muy bien", respondió Pericles, "para cualquier otro que no sea un pretor, que no sólo debe tener las manos, sino también los ojos, castos" -[Cicerón, De Offic, i. 40.] El emperador AElius Verus respondió a su esposa, que le reprochaba su amor por otras mujeres, que lo hacía a conciencia, ya que el matrimonio era un nombre de honor y dignidad, no de deseo licencioso y lascivo; y nuestra historia eclesiástica conserva la memoria de aquella mujer con gran veneración, que se separó de su marido porque no accedió a sus deseos indecentes y desmesurados. En fin, no hay placer tan justo y lícito, donde la intemperancia y el exceso no sean condenados.

Pero, a decir verdad, ¿no es el hombre una criatura muy miserable mientras tanto? Por su condición natural, apenas puede disfrutar de un solo placer puro y completo; y sin embargo, tiene que estar inventando doctrinas y preceptos para reducir lo poco que tiene; no es todavía lo suficientemente desgraciado, a menos que por arte y estudio aumente su propia miseria:

"Fortunae miseras auximus arte vias".

["Aumentamos artificialmente la miseria de la fortuna".

-Propericio, lib. iii. 7, 44.]

La sabiduría humana hace tan mal uso de su talento, cuando lo ejerce rescatando del número y de la dulzura de aquellos placeres que nos son naturalmente debidos, como lo emplea favorablemente y bien en disfrazar y engañar artificialmente los males de la vida, para aliviar el sentido de ellos. Si hubiera gobernado el asado, habría tomado otro camino más natural, que, a decir verdad, es tan cómodo como santo, y habría podido, tal vez, limitarlo también; a pesar de que tanto nuestros médicos espirituales como los corporales, como por pacto entre ellos, no pueden encontrar otra manera de curar, ni otro remedio para las enfermedades del cuerpo y del alma, que la miseria y el dolor. Con este fin, se han introducido entre los hombres las vigilias, los ayunos, las camisas de pelo, los destierros remotos y solitarios, los encarcelamientos perpetuos, los azotes y otras aflicciones: pero para que lleven consigo un aguijón, y sean verdaderas aflicciones; y no caigan como le ocurrió una vez a un tal Galio, que habiendo sido enviado como exiliado a la isla de Lesbos, no mucho tiempo después llegó a Roma la noticia de que allí vivía tan alegre como el día; y que lo que se le había ordenado como penitencia, se convirtió en su placer y satisfacción: por lo que el Senado consideró oportuno devolverlo a su esposa y familia, y confinarlo en su propia casa, para acomodar su castigo a su sentimiento y aprehensión. Porque para aquel a quien el ayuno haría más saludable y más vivaz, y para aquel a cuyo paladar el pescado era más aceptable que la carne, la prescripción de éstos no tendría ningún efecto curativo; no más que en la otra clase de física, donde las drogas no tienen ningún efecto sobre quien las traga con apetito y placer: la amargura de la poción y el aborrecimiento del paciente son circunstancias necesarias para la operación. La naturaleza que comería ruibarbo como nabos con mantequilla, frustraría el uso y la virtud del mismo; debe ser algo que moleste y perturbe el estómago, que debe purgarlo y curarlo; y aquí falla la regla común de que las cosas se curan por sus contrarios, pues en esto un mal se cura con otro.

Esta creencia se asemeja un poco a aquella otra tan antigua, de pensar en gratificar a los dioses y a la naturaleza mediante la masacre y el asesinato: una opinión universalmente recibida una vez en todas las religiones. Y todavía, en estos tiempos posteriores en que vivieron nuestros padres, Amurath en la toma del Istmo, inmoló seiscientos jóvenes griegos para el alma de su padre, en la naturaleza de un sacrificio propiciatorio por sus pecados. Y en esos nuevos países descubiertos en esta época nuestra, que son puros y vírgenes todavía, en comparación con los nuestros, esta práctica se recibe en cierta medida en todas partes: todos sus ídolos apestan a sangre humana, no sin varios ejemplos de horrenda crueldad: a algunos los queman vivos, y los sacan, medio asados, de las brasas para arrancarles el corazón y las entrañas; a otros, incluso a las mujeres, los desollan vivos, y con sus pieles ensangrentadas visten y disfrazan a otros. Tampoco faltan grandes ejemplos de constancia y resolución en este asunto las pobres almas que van a ser sacrificadas, ancianos, mujeres y niños, que van ellos mismos unos días antes a pedir limosna para ofrecer su sacrificio, presentándose a la matanza, cantando y bailando con los espectadores.

Los embajadores del rey de México, exponiendo a Fernando Cortés el poder y la grandeza de su señor, después de haberle dicho que tenía treinta vasallos, de los cuales cada uno era capaz de levantar cien mil hombres de combate, y que tenía su corte en la ciudad más hermosa y mejor fortificada bajo el sol, añadieron al fin que estaba obligado a ofrecer anualmente a los dioses cincuenta mil hombres. Y se afirma que mantenía una guerra continua con algunas potentes naciones vecinas, no sólo para mantener a los jóvenes en ejercicio, sino principalmente para tener con qué proveer sus sacrificios con sus prisioneros de guerra. En cierta ciudad de otro lugar, para el recibimiento de dicho Cortez, sacrificaron cincuenta hombres a la vez. Os contaré este cuento más, y he hecho; siendo algunos de estos pueblos vencidos por él, enviaron a reconocerle, y a tratar con él de una paz, cuyos mensajeros le llevaron tres géneros de regalos, que presentaron en estos términos: "He aquí, señor, cinco esclavos: si eres un dios furioso que se alimenta de carne y sangre, come estos, y te traeremos más; si eres un dios afable, he aquí incienso y plumas; pero si eres un hombre, toma estas aves y estas frutas que te hemos traído."

CAPÍTULO XXX—DE LOS CANÍBALES

Cuando el rey Pirro invadió Italia, habiendo visto y considerado el orden del ejército que los romanos enviaron a su encuentro; "no sé -dijo- qué clase de bárbaros" (pues así llamaban los griegos a todas las demás naciones) "pueden ser éstos; pero la disposición de este ejército que veo no tiene nada de bárbara. "-[Plutarco, Vida de Pirro, c. 8.]-Lo mismo dijeron los griegos de lo que Flaminio introdujo en su país; y Filipo, contemplando desde una eminencia el orden y la distribución del campamento romano formado en su reino por Publio Sulpicio Galba, habló en el mismo sentido. De lo cual se desprende cuán cautelosos deben ser los hombres al confiar en la opinión vulgar, y que debemos juzgar por el ojo de la razón, y no por el informe común.

Hace mucho tiempo que tuve en mi casa a un hombre que vivió diez o doce años en el Nuevo Mundo, descubierto en estos últimos tiempos, y en aquella parte en la que desembarcó Villegaignon [en Brasil, en 1557], a la que llamó Francia Antártica. Este descubrimiento de un país tan vasto parece ser de gran consideración. No puedo estar seguro de que en lo sucesivo no haya otro, habiendo sido engañados en esto tantos hombres más sabios que nosotros. Me temo que nuestros ojos son más grandes que nuestros vientres, y que tenemos más curiosidad que capacidad; pues nos agarramos a todo, pero no cogemos más que viento.

Platón trae a Solón, -[En el Timeo. Contando una historia que había escuchado de los sacerdotes de Sais en Egipto, que antiguamente, y antes del Diluvio, había una gran isla llamada Atlántida, situada directamente en la boca del estrecho de Gibraltar, que contenía más países que África y Asia juntas; y que los reyes de ese país, que no sólo poseían esa isla, sino que extendieron su dominio tan lejos en el continente que tenían un país de África hasta Egipto, y que se extendía en Europa hasta la Toscana, intentaron invadir incluso Asia, y subyugar a todas las naciones que bordean el Mar Mediterráneo, hasta el Mar Negro; y para ello invadieron toda España, los galos e Italia, hasta penetrar en Grecia, donde los atenienses los detuvieron: pero que algún tiempo después, tanto los atenienses, como ellos y su isla, fueron tragados por el Diluvio.

Es muy probable que esta extrema irrupción e inundación de las aguas hiciera maravillosos cambios y alteraciones en las poblaciones de la tierra, como se dice que el mar dividió entonces a Sicilia de Italia.

"Haec loca, vi quondam et vasta convulsa ruina,

Dissiluisse ferunt, quum protenus utraque tellus

Una foret"

["Estas tierras, dicen, antes con violencia y vasta desolación

convulsionaron, se desintegraron, donde antes estaban" -AEneida, iii. 414.]

Chipre de Siria, la isla de Negropont del continente de Beeotia, y en otras partes unieron tierras que antes estaban separadas, llenando el canal entre ellas con arena y lodo:

"Sterilisque diu palus, aptaque remis,

Vicinas urbes alit, et grave sentit aratrum".

["Lo que antes era una ciénaga estéril, y llevaba vasos en su

seno, ahora alimenta a las ciudades vecinas, y admite el arado".

-Horace, De Arte Poetica, v. 65.]

Pero no hay gran apariencia de que este islote fuera este Nuevo Mundo tan recientemente descubierto: pues aquel casi tocaba a España, y sería un efecto increíble de una inundación, haber hecho retroceder una masa tan prodigiosa, más de mil doscientas leguas: además de que nuestros modernos navegantes ya casi han descubierto que no es una isla, sino tierra firme, y continente con las Indias Orientales por un lado, y con las tierras bajo los dos polos por el otro; o, si está separada de ellas, lo está por un estrecho y canal tan estrecho, que no merece más el nombre de isla por ello.

Parece que en este gran cuerpo hay dos clases de movimientos, uno natural y otro febril, como los hay en el nuestro. Cuando considero la impresión que nuestro río de Dordoña ha hecho en mi tiempo en la orilla derecha de su descenso, y que en veinte años ha ganado tanto, y ha socavado los cimientos de tantas casas, percibo que es una agitación extraordinaria: pues si hubiera seguido siempre este curso, o lo hiciera en lo sucesivo, el aspecto del mundo cambiaría totalmente. Pero los ríos alteran su curso, a veces golpeando contra un lado, y a veces contra el otro, y otras veces manteniendo tranquilamente el cauce. No hablo de inundaciones repentinas, cuyas causas todo el mundo comprende. En Medoc, a orillas del mar, el señor de Arsac, mi hermano, ve una finca que tenía allí, sepultada bajo las arenas que el mar vomita ante sí: donde aún se ven las cimas de algunas casas, y donde sus rentas y dominios se convierten en lamentables pastos estériles. Afirman los habitantes de este lugar, que en los últimos años el mar ha arremetido con tanta vehemencia contra ellos, que han perdido más de cuatro leguas de tierra. Estas arenas son sus precursoras: y ahora vemos grandes montones de arena en movimiento, que marchan media legua delante de ella, y ocupan la tierra.

El otro testimonio de la antigüedad, al que algunos aplicarían este descubrimiento del Nuevo Mundo, se encuentra en Aristóteles; al menos, si ese pequeño libro de Milagros inauditos es suyo -[una de las publicaciones espurias sacadas bajo su nombre-D.W.]. Allí nos dice que ciertos cartagineses, habiendo cruzado el Mar Atlántico sin el Estrecho de Gibraltar, y navegando mucho tiempo, descubrieron al fin una isla grande y fructífera, toda cubierta de madera, y regada por varios ríos anchos y profundos, muy alejada de toda tierra firme; y que ellos, y otros después de ellos, atraídos por la bondad y fertilidad del suelo, fueron allí con sus esposas e hijos, y comenzaron a plantar una colonia. Pero el senado de Cartago, percibiendo que su pueblo disminuía poco a poco, emitió una prohibición expresa de que nadie, bajo pena de muerte, se transportara allí; y también expulsó a estos nuevos habitantes, temiendo, según se dice, que con el tiempo se multiplicaran tanto como para suplantarse a sí mismos y arruinar su estado. Pero esta relación de Aristóteles no concuerda más con nuestras tierras recién descubiertas que la otra.

Este hombre que tuve era un simple ignorante, y por lo tanto era más probable que dijera la verdad: porque los hombres de vuestra clase más educada son mucho más curiosos en su observación, es cierto, y descubren mucho más; pero luego lo glosan, y para dar mayor peso a lo que dicen, y atraer vuestra creencia, no pueden evitar alterar un poco la historia; Nunca os presentan las cosas tal como son, sino como les han parecido, o como quieren que os parezcan, y para ganarse la reputación de hombres de juicio, y para inducir mejor vuestra fe, están dispuestos a ayudar al negocio con algo más de lo que es realmente cierto, de su propia invención. Ahora bien, en este caso, o bien tendríamos un hombre de irreprochable veracidad, o bien uno tan simple que no tiene medios para maquinar, y dar un color de verdad a las relaciones falsas, y que no puede tener fines en falsificar una falsedad. Tal era el mío; y además, en diversas ocasiones me ha traído varios marineros y mercaderes que al mismo tiempo hicieron el mismo viaje. Me contentaré, pues, con su información, sin preguntar lo que dicen los cosmógrafos sobre el asunto. Tendríamos topógrafos que nos trazaran los lugares particulares donde han estado; pero por haber tenido esta ventaja sobre nosotros, de haber visto Tierra Santa, tendrían el privilegio, por cierto, de contarnos historias de todas las otras partes del mundo además. Quisiera que cada uno escribiera lo que sabe, y todo lo que sabe, pero no más; y eso no sólo en esta materia, sino en todas las demás; porque tal persona puede tener algún conocimiento y experiencia particular de la naturaleza de tal río, o de tal fuente, que, en cuanto a las demás cosas, no sabe más que lo que sabe todo el mundo, y sin embargo, para dar una divisa a su escasa erudición, se empeñará en escribir todo el cuerpo de la física: vicio del que se derivan grandes inconvenientes.

Ahora bien, volviendo a mi tema, me parece que no hay nada bárbaro y salvaje en esta nación, por nada que pueda deducir, salvo que cada uno da el título de bárbaro a todo lo que no está en uso en su propio país. Como, en efecto, no tenemos otro nivel de verdad y de razón que el ejemplo y la idea de las opiniones y costumbres del lugar en que vivimos: allí hay siempre la religión perfecta, allí el gobierno perfecto, allí el uso más exacto y cumplido de todas las cosas. Son salvajes en la misma medida en que decimos que son salvajes los frutos que la naturaleza produce por sí misma y por su propio progreso ordinario; mientras que, en verdad, deberíamos más bien llamar salvajes a aquellos cuya naturaleza hemos cambiado por nuestro artificio y desviado del orden común. En ellos, las virtudes y propiedades genuinas, más útiles y naturales son vigorosas y vivaces, que hemos contribuido a degenerar en ellos, acomodándolos al placer de nuestro propio paladar corrompido. Y sin embargo, a pesar de todo esto, nuestro gusto confiesa un sabor y una delicadeza excelentes incluso para emular a los mejores de los nuestros, en varias frutas en las que aquellos países abundan sin arte ni cultura. Tampoco es razonable que el arte gane la preeminencia de nuestra gran y poderosa madre naturaleza. La hemos sobrecargado de tal manera con los adornos y gracias adicionales que hemos añadido a la belleza y riqueza de sus propias obras con nuestras invenciones, que casi la hemos asfixiado; sin embargo, en otros lugares, donde brilla con su propia pureza y brillo apropiado, ella desconcierta y deshonra maravillosamente todos nuestros vanos y frívolos intentos:

"Et veniunt hederae sponte sua melius;

Surgit et in solis formosior arbutus antris;

Et volucres nulls dulcius arte canunt".

["La hiedra crece mejor de forma espontánea, el madroño mejor en cuevas sombreadas;

y las notas salvajes de los pájaros son más dulces de lo que el arte puede enseñar".

- "Propertius, i. 2, 10.]

Nuestros mayores esfuerzos no pueden llegar ni siquiera a imitar el nido del más pequeño de los pájaros, su contextura, su belleza y su conveniencia: ni siquiera la tela de una pobre araña.

Todas las cosas, dice Platón [Leyes, 10], son producidas por la naturaleza, por la fortuna o por el arte; las más grandes y bellas por una u otra de las primeras, las más pequeñas e imperfectas por la última.

Estas naciones me parecen, pues, tan bárbaras, que han recibido muy poca forma y moda del arte y de la invención humana, y por consiguiente no están muy alejadas de su simplicidad original. Las leyes de la naturaleza, sin embargo, las gobiernan todavía, no muy viciadas con ninguna mezcla de las nuestras: pero es en tal pureza, que a veces me preocupa que no hayamos conocido antes a estos pueblos, y que no hayan sido descubiertos en aquellos mejores tiempos, cuando había hombres mucho más capaces de juzgarlos que nosotros. Lamento que Licurgo y Platón no tuvieran conocimiento de ellos; porque a mi entender, lo que ahora vemos en esas naciones, no sólo supera todas las imágenes con las que los poetas han adornado la edad de oro, y todas sus invenciones para fingir un estado feliz del hombre, sino, además, la fantasía e incluso el deseo de la propia filosofía; una simplicidad tan nativa y tan pura, como por experiencia vemos que hay en ellos, nunca podría entrar en su imaginación, ni podría creer que la sociedad humana podría haberse mantenido con tan poco artificio y remiendo humano. Debería decirle a Platón que es una nación en la que no hay ningún tipo de tráfico, ningún conocimiento de las letras, ninguna ciencia de los números, ningún nombre de magistrado o superioridad política; ningún uso del servicio, de la riqueza o de la pobreza, ningún contrato, ninguna sucesión, ningún dividendo, ninguna propiedad, ningún empleo, sino los del ocio, ningún respeto de la parentela, sino el común, ningún vestido, ninguna agricultura, ningún metal, ningún uso del maíz o del vino; las mismas palabras que significan la mentira, la traición, el disimulo, la avaricia, la envidia, la detracción, el perdón, jamás oídas.

-[Este es el famoso pasaje que Shakespeare, a través de la versión de Florio

versión, 1603, o ed. 1613, p. 102, ha empleado en la "Tempestad",.

ii. 1.]

¿Cuánto le faltaría a su República imaginaria para alcanzar su perfección?

"Viri a diis recentes".

["Hombres recién salidos de los dioses" -Séneca, Ep., 90.]

"Hos natura modos primum dedit".

["Estos fueron los modales que primero enseñó la naturaleza".

-Virgilio, Geórgicas, ii. 20.]

Por lo demás, viven en un país muy agradable y templado, de modo que, según me informan mis testigos, es raro oír hablar de una persona enferma, y además me aseguran que nunca han visto a ninguno de los nativos paralítico, con la cara manchada, desdentado o torcido por la edad. La situación de su país es a lo largo de la orilla del mar, cerrada por el otro lado hacia la tierra, con grandes y altas montañas, que tienen como cien leguas de ancho entre ellas. Tienen gran cantidad de pescado y carne, que no se parecen en nada a los nuestros, y que comen sin más preparación que hervir, asar y asar a la parrilla. El primero que montó a caballo hasta allí, aunque en otros viajes se había familiarizado con ellos, los asustó tanto con su aspecto de centauro, que lo mataron con sus flechas antes de que pudieran descubrir quién era. Sus edificios son muy largos y con capacidad para doscientas o trescientas personas, hechos de cortezas de árboles altos, levantados con un extremo en el suelo, y apoyados unos en otros en la parte superior, como algunos de nuestros graneros, cuya cubierta cuelga hasta el mismo suelo y sirve para las paredes laterales. Tienen una madera tan dura que cortan con ella, y hacen sus espadas con ella, y sus parrillas para asar su carne. Sus camas son de algodón, colgadas del techo, como las hamacas de nuestros marineros, cada hombre la suya, pues las esposas se acuestan separadas de sus maridos. Se levantan con el sol, y tan pronto como se levantan, comen durante todo el día, ya que no tienen más comidas que esa; no beben entonces, como Suidas informa de algunos otros pueblos de Oriente que nunca bebían en sus comidas; pero beben muy a menudo todo el día después, y a veces hasta un punto de excitación. Su bebida está hecha de cierta raíz, y es del color de nuestro clarete, y nunca la beben sino tibia. No se conserva más de dos o tres días; tiene un sabor algo picante y enérgico, no es nada embriagador, sino muy cómodo para el estómago; es laxante para los extraños, pero una bebida muy agradable para los que están acostumbrados a ella. En lugar de pan, utilizan un compuesto blanco, parecido a las semillas de cilantro; lo he probado; el sabor es dulce y un poco plano. Pasan todo el día bailando. Sus jóvenes salen a cazar bestias salvajes con arcos y flechas; una parte de sus mujeres se dedica a preparar su bebida mientras tanto, que es su principal ocupación. Uno de sus ancianos, por la mañana, antes de ponerse a comer, predica a toda la familia, caminando de un extremo a otro de la casa, y repitiendo varias veces la misma frase, hasta que ha terminado la ronda, pues sus casas tienen al menos cien metros de largo. El valor hacia sus enemigos y el amor hacia sus esposas, son los dos puntos principales de su discurso, sin dejar nunca de recordarles, al final, que son sus esposas las que les proporcionan su bebida caliente y bien sazonada. La moda de sus camas, cuerdas, espadas, y de los brazaletes de madera que atan a sus muñecas, cuando van a luchar, y de los grandes bastones, agujereados en un extremo, por el sonido de los cuales mantienen la cadencia de sus danzas, se pueden ver en varios lugares, y entre otros, en mi casa. Se afeitan por todas partes, y con mucha más pulcritud que nosotros, sin otra navaja que una de madera o de piedra. Creen en la inmortalidad del alma, y que los que han merecido el bien de los dioses se alojan en la parte del cielo donde sale el sol, y los malditos en el oeste.

Tienen no sé qué clase de sacerdotes y profetas, que se presentan muy raramente al pueblo, teniendo su morada en las montañas. A su llegada, hay una gran fiesta, y una asamblea solemne de muchos pueblos: cada casa, como he descrito, hace un pueblo, y están a una legua de distancia unos de otros. Este profeta les declama en público, exhortándoles a la virtud y a su deber: pero toda su ética está comprendida en estos dos artículos, la resolución en la guerra, y el afecto a sus esposas. También les profetiza los acontecimientos venideros, y los resultados que han de esperar de sus empresas, y los incita a la guerra o los desvía de ella: pero que se fije en ello; porque si falla en su adivinación, y sucede algo distinto de lo que ha predicho, es cortado en mil pedazos, si es sorprendido, y condenado por falso profeta; por esa razón, si alguno de ellos se ha equivocado, no se vuelve a saber de él.

La adivinación es un don de Dios, por lo que abusar de ella debería ser una impostura punible. Entre los escitas, cuando sus adivinos no lograban el efecto prometido, los ponían, atados de pies y manos, en carros cargados de abetos y bavinas, tirados por bueyes, en los que los quemaban hasta la muerte. Los que sólo se ocupan de las cosas sujetas a la conducta de la capacidad humana, son excusables por hacer lo mejor que pueden; pero esos otros tipos que vienen a engañarnos con promesas de una facultad extraordinaria, más allá de nuestro entendimiento, ¿no deberían ser castigados, cuando no cumplen el efecto de su promesa, y por la temeridad de su impostura?

Tienen guerra continua con las naciones que viven más adentro de la tierra firme, más allá de sus montañas, a las que van desnudos, y sin otras armas que sus arcos y espadas de madera, formadas en un extremo como la cabeza de nuestras jabalinas. La obstinación de sus batallas es maravillosa, y nunca terminan sin una gran efusión de sangre: pues en cuanto a huir, no saben lo que es. Cada uno lleva como trofeo la cabeza de un enemigo que ha matado, que fija sobre la puerta de su casa. Después de haber tratado muy bien a sus prisioneros durante mucho tiempo, y de haberles dado todos los agasajos que se les ocurren, aquel a quien pertenece el prisionero invita a una gran asamblea de sus amigos. Una vez que han llegado, ata una cuerda a uno de los brazos del prisionero, de la cual, a cierta distancia, fuera de su alcance, sujeta él mismo un extremo, y da al amigo que más quiere el otro brazo para que lo sujete de la misma manera; hecho esto, ambos, en presencia de toda la asamblea, lo despachan con sus espadas. Después, lo asan, lo comen entre ellos y envían algunas chuletas a sus amigos ausentes. No lo hacen, como algunos piensan, para alimentarse, como hacían antiguamente los escitas, sino como representación de una venganza extrema; como se verá por esto: que habiendo observado a los portugueses, que estaban aliados con sus enemigos, infligir otro tipo de muerte a cualquiera de ellos que tomaran prisioneros, que era ponerlos hasta la faja en la tierra, para disparar a la parte restante hasta que se clavara llena de flechas, y luego colgarlos, pensaron que aquellas gentes del otro mundo (por ser hombres que habían sembrado el conocimiento de muchos vicios entre sus vecinos, y que eran mucho más maestros que ellos en toda clase de maldades) no ejercían esta clase de venganza sin sentido, y que necesariamente debía ser más dolorosa que la suya, comenzaron a dejar su antiguo camino, y a seguir éste. No lamento que nos demos cuenta aquí del horror bárbaro de una acción tan cruel, sino que, viendo tan claramente sus faltas, seamos tan ciegos a las nuestras. Concibo que hay más barbarie en comerse a un hombre vivo, que cuando está muerto; en desgarrar un cuerpo miembro por miembro mediante bastidores y tormentos, que todavía está en perfecto sentido; en asarlo por grados; en hacer que lo muerdan y lo preocupen los perros y los cerdos (como no sólo hemos leído, sino que últimamente hemos visto, no entre enemigos inveterados y mortales, sino entre vecinos y conciudadanos, y, lo que es peor, bajo el color de la piedad y la religión), que asarlo y comerlo después de muerto.

Crisipo y Zenón, las dos cabezas de la secta estoica, eran de la opinión de que no había ningún daño en hacer uso de nuestros cadáveres, de cualquier manera para nuestra necesidad, y en alimentarse de ellos también; -[Diógenes Laercio, vii. 188.]- como nuestros propios antepasados, que siendo asediados por César en la ciudad Alexia, resolvieron sostener el hambre del asedio con los cuerpos de sus ancianos, mujeres y otras personas que eran incapaces de llevar armas.

"Vascones, ut fama est, alimentis talibus usi

Produxere animas".

["Se dice que los gascones con tales carnes aplacaban su hambre".

-Juvenal, Sat., xv. 93.]

Y los médicos no dudan en emplearla para todo tipo de usos, ya sea para aplicarla exteriormente; o para darla interiormente para la salud del paciente. Pero nunca hubo una opinión tan irregular, como para excusar la traición, la deslealtad, la tiranía y la crueldad, que son nuestros vicios familiares. Podemos, pues, llamar bárbaros a estos pueblos, respecto a las reglas de la razón; pero no respecto a nosotros, que en toda clase de barbarie los superamos. Sus guerras son en todo momento nobles y generosas, y llevan tanta excusa y justa pretensión, como es capaz de hacer esa enfermedad humana; no teniendo con ellos otro fundamento que los únicos celos del valor. Sus disputas no son por la conquista de nuevas tierras, pues las que ya poseen son tan fructíferas por naturaleza, que les suministran sin trabajo ni preocupación, todo lo necesario, en tal abundancia que no tienen necesidad de ampliar sus fronteras. Y son, además, felices en esto, en que sólo codician lo que requieren sus necesidades naturales: todo lo demás es superfluo para ellos: los hombres de la misma edad se llaman generalmente hermanos, los que son más jóvenes, hijos; y los viejos son padres para todos. Estos dejan a sus herederos en común la plena posesión de los bienes, sin ningún tipo de división, ni otro título que el que la naturaleza otorga a sus criaturas, al traerlas al mundo. Si sus vecinos pasan por las montañas para asaltarlos, y obtienen una victoria, todo lo que los vencedores ganan con ello es sólo la gloria, y la ventaja de haber demostrado ser los mejores en valor y virtud: pues nunca se entrometen en los bienes de los conquistados, sino que vuelven en seguida a su propio país, donde no les falta nada necesario, ni este mayor de todos los bienes, para saber felizmente cómo disfrutar de su condición y estar contentos. Y aquellos, a su vez, hacen lo mismo; no exigen a sus prisioneros otro rescate que el reconocimiento de que han sido vencidos; pero no se encuentra uno en una época que no prefiera morir antes que hacer tal confesión, o que, ya sea de palabra o con la mirada, se aleje de toda la grandeza de un valor invencible. No hay un hombre entre ellos que no prefiera ser asesinado y devorado, antes de abrir la boca para rogar que no lo haga. Se sirven de ellos con toda liberalidad y libertad, para que sus vidas sean tanto más queridas; pero con frecuencia los entretienen con amenazas de su muerte próxima, de los tormentos que van a sufrir, de los preparativos que se hacen para ello, de la mutilación de sus miembros, y del festín que se va a hacer, en el que su cadáver va a ser el único plato. Todo lo cual hacen, sin otro fin, sino sólo para arrancarles alguna palabra gentil o sumisa, o para asustarlos de modo que huyan, para obtener esta ventaja de que fueron aterrorizados, y de que su constancia fue sacudida; y en verdad, si se toma correctamente, es en este punto solamente en el que consiste una verdadera victoria:

"Victoria nulla est,

Quam quae confessor animo quoque subjugat hostes".

["Ninguna victoria es completa, que los conquistados no admitan que lo es.

Claudius, De Sexto Consulatu Honorii, v. 248.]

Los húngaros, un pueblo muy belicoso, nunca pretenden más que reducir al enemigo a su discreción; pues una vez forzada esta confesión por parte de ellos, los dejan ir sin daño ni rescate, excepto, a lo sumo, para hacerles empeñar su palabra de no volver a empuñar las armas contra ellos. Tenemos suficientes ventajas sobre nuestros enemigos que son prestadas y no verdaderamente propias; es la cualidad de un porteador, y ningún efecto de la virtud, el tener brazos y piernas más fuertes; es una cualidad muerta y corpórea el ponerse en formación; 'es un giro de la fortuna el hacer tropezar a nuestro enemigo, o deslumbrarlo con la luz del sol; 'es un truco de la ciencia y el arte, y eso puede suceder en un tipo vil, el ser un buen esgrimista. La estimación y el valor de un hombre consisten en el corazón y en la voluntad: allí reside su verdadero honor. El valor es la estabilidad, no de las piernas y de los brazos, sino del valor y del alma; no reside en la bondad de nuestro caballo o de nuestras armas, sino en la nuestra. El que cae obstinado en su valor-

"Si succiderit, de genu pugnat"

["Si le fallan las piernas, lucha de rodillas".

-Séneca, De Providentia, c. 2.]

-el que, por cualquier peligro de muerte inminente, no disminuye nada de su seguridad; el que, muriendo, lanza a su enemigo una mirada feroz y desdeñosa, no es vencido por nosotros, sino por la fortuna; es muerto, no vencido; los más valientes son a veces los más desgraciados. Hay derrotas más triunfantes que las victorias. Jamás aquellas cuatro victorias hermanas, las más bellas que el sol haya tenido, de Salamina, Platea, Mycale y Sicilia, pudieron aventurarse a oponer todas sus glorias unidas, a la sola gloria de la derrota del rey Leónidas y sus hombres, en el paso de las Termópilas. ¿Quién corrió alguna vez con un deseo más glorioso y una mayor ambición, hacia la victoria, que el capitán Iscola hacia la pérdida segura de una batalla? [Diodoro Sículo, xv. 64.] -¿Quién podría haber encontrado una invención más sutil para asegurar su seguridad, que él para asegurar su destrucción? Se le encomendó la defensa de cierto paso del Peloponeso contra los arcadios, lo cual, considerando la naturaleza del lugar y la desigualdad de fuerzas, encontrando totalmente imposible que lo hiciera, y viendo que todos los que se presentaban al enemigo, debían ciertamente quedar en el lugar; y por otro lado, reputando indigno de su propia virtud y magnanimidad y del nombre de los lacedemonios fallar en cualquier parte de su deber, eligió un medio entre estos dos extremos de la siguiente manera; a los más jóvenes y activos de sus hombres, los preservó para el servicio y la defensa de su país, y los envió de vuelta; y con el resto, cuya pérdida sería de menor consideración, resolvió hacer bueno el paso, y con la muerte de ellos, hacer que el enemigo comprara su entrada tan caro como fuera posible; como resultó, pues al ser rodeados en seguida por todos lados por los arcadios, después de haber hecho una gran matanza del enemigo, él y los suyos fueron todos cortados en pedazos. ¿Hay algún trofeo dedicado a los conquistadores que no se deba mucho más a los vencidos? El papel que ha de desempeñar el verdadero conquistador está en el encuentro, no en el desprendimiento; y el honor del valor consiste en luchar, no en someter.

Pero volviendo a mi historia: estos prisioneros están tan lejos de descubrir la menor debilidad, por todos los terrores que se les pueden representar, que, por el contrario, durante los dos o tres meses que están retenidos, aparecen siempre con un semblante alegre; importunan a sus amos para que se apresuren a llevarlos a la prueba, los desafían, los increpan y les reprochan su cobardía y el número de batallas que han perdido contra los de su país. Tengo una canción hecha por uno de estos prisioneros, en la que les pide que "vengan todos, y cenen sobre él, y sean bienvenidos, porque ellos también comerán a sus propios padres y abuelos, cuya carne ha servido para alimentarlo y nutrirlo". Estos músculos", dice, "esta carne y estas venas, son las vuestras: pobres almas tontas como sois, poco pensáis que la sustancia de los miembros de vuestros antepasados está aquí todavía; fijaos en lo que coméis, y encontraréis en ello el sabor de vuestra propia carne": en este canto hay que observar una invención que nada gusta del bárbaro. Los que pintan a esta gente muriendo de esta manera, representan al prisionero escupiendo en la cara de sus verdugos y haciéndoles bromas. Y es muy cierto que, hasta el último suspiro, no cesan de desafiarlos con palabras y gestos. A decir verdad, estos hombres son muy salvajes en comparación con nosotros; necesariamente, o lo son del todo o nosotros somos salvajes, pues hay una gran diferencia entre sus costumbres y las nuestras.

Los hombres de allí tienen varias esposas, y tanto mayor es el número, cuanto mayor es su reputación de valientes. Y es un rasgo muy notable en sus matrimonios, que los mismos celos que nuestras esposas tienen para impedirnos y desviarnos de la amistad y familiaridad de otras mujeres, los emplean para promover los deseos de sus maridos, y para procurarles muchas esposas; pues siendo por encima de todo solícitas del honor de sus maridos, es su principal cuidado buscar y traer la mayor cantidad de compañeras que puedan, ya que es un testimonio de la virtud del marido. La mayoría de nuestras damas gritarán que esto es monstruoso, cuando en realidad no lo es, sino que es una verdadera virtud matrimonial, y de la más alta forma. En la Biblia, Sara, junto con Lea y Raquel, las dos esposas de Jacob, entregaron a sus maridos a las más bellas de sus siervas; Livia prefirió las pasiones de Augusto a su propio interés -[Suetonio, Vida de Augusto, c. 71]- y la esposa del rey Deiotarus, Estratónice, no sólo entregó a los abrazos de su marido a una joven y bella doncella que le servía, sino que además educó con esmero a los hijos que tuvo con ella y les ayudó en la sucesión de la corona de su padre.

Y para que no se suponga que todo esto se hace por una simple y servil obligación a su práctica común, o por cualquier impresión autorizada de su antigua costumbre, sin juicio ni razonamiento, y por tener un alma tan estúpida que no puede ingeniárselas para hacer otra cosa, debo daros aquí algunas pinceladas de su suficiencia en punto a entendimiento. Además de lo que os he repetido antes, que era una de sus canciones de guerra, tengo otra, una canción de amor, que empieza así:

"Quédate, víbora, quédate, que por tu patrón mi hermana puede dibujar la

la forma y el trabajo de una rica cinta, que pueda presentar a mi amado,

por lo que tu belleza y el excelente orden de tus escamas

serán para siempre preferidas a todas las demás serpientes".

Donde el primer dístico, "Quédate, víbora", &c., hace la carga de la canción. Ahora bien, he conversado lo suficiente con la poesía para juzgar que no sólo no hay nada bárbaro en esta invención, sino que, además, es perfectamente anacreóntica. A lo que puede añadirse que su lengua es suave, de acento agradable, y algo que roza la terminación griega.

Tres de estas personas, sin prever lo caro que les costará un día su conocimiento de las corrupciones de esta parte del mundo, y que el efecto de este comercio será su ruina, como presupongo que lo es de manera muy justa (¡miserables hombres por dejarse engañar con el deseo de la novedad y por haber dejado la serenidad de su propio cielo para venir tan lejos a contemplar el nuestro! El propio rey les habló un buen rato, y les hizo ver nuestras modas, nuestra pompa y la forma de una gran ciudad. Después de lo cual, alguien les pidió su opinión, y quiso saber de ellos, ¿qué de todas las cosas que habían visto, les parecía más admirable? A lo que respondieron que tres cosas, de las cuales he olvidado la tercera, y estoy preocupado por ella, pero dos todavía las recuerdo. Dijeron que, en primer lugar, les parecía muy extraño que tantos hombres altos, con barba, fuertes y bien armados, que estaban en torno al rey (parece que se referían a los suizos de la guardia), se sometieran a obedecer a un niño, y que no eligieran más bien a uno de entre ellos para mandar. En segundo lugar (tienen un modo de hablar en su lengua para llamar a los hombres la mitad de otro), que habían observado que había entre nosotros hombres llenos y atiborrados de toda clase de comodidades, mientras que, entretanto, sus mitades pedían limosna a sus puertas, flacas y medio muertas de hambre y pobreza; y les parecía extraño que estas mitades necesitadas pudieran sufrir una desigualdad e injusticia tan grande, y que no tomaran a las otras por el cuello, ni prendieran fuego a sus casas.

Hablé con uno de ellos un buen rato, pero tenía tan mal intérprete, y uno que estaba tan perplejo por su propia ignorancia para comprender mi significado, que no pude sacarle nada de importancia: Preguntándole qué ventaja obtenía de la superioridad que tenía entre los suyos (pues era capitán, y nuestros marineros le llamaban rey), me dijo que marchar a la cabeza de ellos a la guerra. Preguntándole además cuántos hombres tenía para seguirle, me mostró un espacio de tierra, para significar todos los que podían marchar en tal compás, que podían ser cuatro o cinco mil hombres; y preguntándole si su autoridad expiraba o no con la guerra, me dijo lo siguiente: que cuando iba a visitar los pueblos de su dependencia, le trazaban caminos a través de la espesura de sus bosques, por los que podía pasar a gusto. Todo esto no suena muy mal, y lo último no estaba del todo mal, pues no llevan calzones.

CAPÍTULO XXXI—QUE EL HOMBRE DEBE JUZGAR SOBRIAMENTE LAS ORDENANZAS DIVINAS

El verdadero campo y objeto de la impostura son las cosas desconocidas, pues, en primer lugar, su misma extrañeza les da crédito, y además, al no estar sometidas a nuestras razones ordinarias, nos privan de los medios para cuestionarlas y disputarlas: Por lo cual, dice Platón, -[En Critias.]- es mucho más fácil satisfacer a los oyentes, cuando se habla de la naturaleza de los dioses que de la naturaleza de los hombres, porque la ignorancia del oído permite una justa y amplia carrera y todo tipo de libertad en el manejo de las cosas abstrusas. De ahí resulta que nada se cree tan firmemente, como lo que menos se sabe; ni ningún pueblo tan confiado, como los que nos entretienen con fábulas, como vuestros alquimistas, astrólogos judiciales, adivinos y médicos,

"Id genus omne".

["Toda esa clase de gente" -Horace, Sat., i. 2, 2.]

A los que de buen grado, si me atreviera, me uniría a un grupo de personas que se encargan de interpretar y controlar los designios del mismo Dios, pretendiendo averiguar la causa de todos los accidentes, y hurgar en los secretos de la voluntad divina, para descubrir allí el incomprensible motivo de sus obras; y aunque la variedad y la continua discordancia de los acontecimientos los arrojan de un rincón a otro, y los zarandean de oriente a occidente, todavía persisten en su vana inquisición, y con el mismo lápiz pintan en blanco y negro.

En una nación de las Indias, existe esta loable costumbre, que cuando algo les sucede mal en cualquier encuentro o batalla, piden públicamente perdón al sol, que es su dios, por haber cometido una acción injusta, imputando siempre su buena o mala fortuna a la justicia divina, y a la que somete su propio juicio y razón. A un cristiano le basta creer que todas las cosas vienen de Dios, recibirlas con el reconocimiento de su divina e inescrutable sabiduría, y también aceptarlas y recibirlas agradecidamente, con cualquier cara que se presenten. Pero no apruebo lo que veo en uso, es decir, pretender afirmar y sostener nuestra religión por la prosperidad de nuestras empresas. Nuestra creencia tiene otros fundamentos suficientes, sin ir a autorizarla con los acontecimientos: pues estando el pueblo acostumbrado a argumentos tan plausibles como éstos y tan propios de su gusto, es de temer que, cuando no tengan éxito, tambaleen también en su fe: como en la guerra en la que ahora estamos comprometidos a causa de la religión, los que tuvieron la mejor parte en el negocio de Rochelabeille,-[mayo de 1569. Haciendo grandes alardes de ese éxito como una aprobación infalible de su causa, cuando después vinieron a excusar sus desventuras de Moncontour y Jarnac, diciendo que eran azotes paternales y correcciones que no tenían un pueblo totalmente a su merced, hacen ver con bastante claridad, lo que es sacar dos clases de molienda del mismo saco, y con la misma boca soplar caliente y frío. Más valdría poseer al vulgo los fundamentos sólidos y reales de la verdad. Fue una buena batalla naval la que se ganó bajo el mando de Don Juan de Austria hace unos meses -[La de Lepanto, 7 de octubre de 1571.]- contra los turcos; pero también ha querido Dios en otras ocasiones dejarnos ver como grandes victorias a nuestra costa. En fin, es difícil reducir las cosas divinas a nuestra balanza, sin desperdiciar y perder gran parte del peso. Y quien se encargue de dar razón de que Arrio y su Papa León, principales cabezas de la herejía arriana, murieran, en varias ocasiones, de muertes tan parecidas y extrañas (pues al ser retirados de la disputa por un apretón en las entrañas, ambos entregaron repentinamente el fantasma sobre el taburete), y agrave esta venganza divina por las circunstancias del lugar, bien podría añadir la muerte de Heliogábalo, que también fue asesinado en una casa de oficio. Y, en efecto, Ireneo se vio envuelto en la misma fortuna. Dios, complaciéndose en mostrarnos que los buenos tienen otra cosa que esperar y los malvados otra cosa que temer, que las fortunas o desgracias de este mundo, administra y aplica éstas según su propia voluntad y placer ocultos, y nos priva de los medios para hacer tontamente nuestro propio beneficio. Y abusan de las personas que pretenden sumergirse en estos misterios por la fuerza de la razón humana. Nunca dan un golpe que no reciban dos por él; de lo cual San Agustín hace una gran prueba sobre sus adversarios. Es un conflicto que se decide más por la fuerza de la memoria que por la fuerza de la razón. Hemos de contentarnos con la luz que le plazca al sol comunicarnos, en virtud de sus rayos; y quien levante los ojos para tomar una mayor, que no le parezca extraño, si por la recompensa de su presunción, pierde allí la vista.

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Дата выхода на Литрес:
12 ноября 2025
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1832 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9783968585000
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