Читать книгу: «Entre barricadas»
ENTRE BARRICADAS
Imágenes de la peste, huelgas y marchas de obreros, desapariciones, siluetas de El Familiar y los Uturuncos, barricadas en la ciudad, forajidos y rebeldes convertidos en santos populares, detenciones en la noche, terror y olvido. Representaciones que atraviesan la memoria y la novelística sobre Tucumán al tensar y fragmentar los relatos.
Frente al lugar común que concibe al noroeste argentino como zona literaria donde la novela no es un género relevante, luego de un exhaustivo y sistemático relevamiento, que hasta la actualidad no había sido realizado, se constató la existencia de 82 novelas publicadas entre 1950 y 2000 que trazan “geografías imaginarias” alrededor de Tucumán. Un corpus de obras escritas por Tomás Eloy Martínez, Elvira Orphée, Pablo Rojas Paz, Adolfo Colombres, Julio Ardiles Gray, Hugo Foguet, entre otros.
Si como señala Ivan Jablonka, tanto la novela como la historia producen conocimiento de lo real, entre estas discursividades se genera una zona de indeterminación, un espacio de vacilación, rememoración y acción. Una suerte de barricada, una línea
MÁXIMO HERNÁN MENA es licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Tucumán y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba. Se desempeñó como becario doctoral del Conicet (2014-2019) y actualmente como becario posdoctoral del mismo organismo en el INVELEC-UTN. Le fueron concedidas becas por el CIN y el DAAD. En 2017 recibió el segundo premio del concurso de ensayo histórico 200 Años de la Independencia Argentina, otorgado por el Honorable Congreso de la Nación.
MÁXIMO HERNÁN MENA
ENTRE BARRICADAS
Novelas que reescriben la historia
Tucumán, 1950-2000

Índice
Cubierta
Acerca de Entre barricadas
Portada
Dedicatoria
Reconocimientos
Palabras preliminares
Introducción
Capítulo 1. Desde la teoría 1. La novela como condensación de tiempos y voces 2. Relato que construye un efecto de realidad 3. La escritura que interroga lo Otro 4. La narración hacia una temporalidad profunda 5. La rememoración y el testimonio frente al olvido 6. Recuerdos compartidos para la memoria colectiva 7. Para una comprensión de lo real
Capítulo 2. Panorama de la novelística tucumana, 1950-2000 1. Desarrollo del campo cultural y literario tucumano 2. Sobre literatura, región y novela en Tucumán 3. Relevamiento y textos que resurgen 3.1. Sobre las ediciones 3.2. Sobre reediciones 4. Panorama de autores y obras 4.1. Mario Bravo: En el surco, la novela que se anticipa al tiempo 4.2. Pablo Rojas Paz: la escritura del lugar interminable 4.3. Alberto Córdoba: las sombras anónimas son protagonistas del fuego 4.4. Walter Guido Wéyland: primeras líneas para la novela urbana en Tucumán 4.5. Julio Ardiles Gray: la potencia del periodismo, la cultura y la literatura 4.6. Elvira Orphée: narrar la provincia extraña y la ciudad violenta 4.7. Marcos Victoria: la Argentina y las Islas Malvinas como ucronía 4.8. Adolfo Colombres: la profusión del lenguaje y la mirada inmersa 4.9. Tomás Eloy Martínez: Tucumán como principio de una historia 4.10. Juan José Hernández: las ciudades de la huida y del peronismo 4.11. Eduardo Perrone: escribir y desnudar la vida de los márgenes y la violencia 4.12. Alba Defant: la sociedad como una maraña de imposturas 4.13. Hugo Foguet: retratos de la rebelión 4.14. Eduardo Rosenzvaig: la restitución de lo borrado y lo borroso 4.15. Ernesto Wilde: la pesadilla inolvidable llamada Bussi 4.16. Osvaldo Fasolo: murmullos y silencios en una casa 4.17. Dardo Nofal: años de tormenta en la ciudad 4.18. Sara Rosenberg: el país como una pintura olvidada
Capítulo 3. Constantes y reescrituras de la historia 1. Huellas de la peste: cólera, epidemia, muerte y política 1.1. Escrituras de la peste 1.2. Recordar la epidemia desde el siglo XIX 1.3. La peste como lugar de reunión 2. Mapas y recorridos por Tucumán, Buenos Aires y Malvinas 2.1. Trazar los territorios de la ficción 2.2. Configuración mítica de la ciudad 2.3. El jardín barroso y sombrío 2.4. Obertura para la novela urbana y narrar los márgenes 2.5. Buenos Aires desde la ficción 2.6. Ucronía hacia una isla 2.7. Novelas que construyen espacios 3. Entre azúcar, huelgas y barricadas 3.1. Desde los cuerpos hasta las cañas 3.2. Genealogías desde la ficción 3.2.1. En las novelas de Eduardo Rosenzvaig 3.2.2. En las novelas de Adolfo Colombres 3.2.3. En la novela de Walter Guido Wéyland 3.3. Levantamientos y primeras huelgas 3.3.1. Una novela que se anticipa 3.3.2. La furia de las cenizas 3.4. Retratos de las marchas del hambre 3.5. Barricadas aguardan 3.6. Rebeliones y sangre 4. Desencuentros y muerte 4.1. Una provincia que desaparece 4.2. Amenazadoras sombras familiares 4.3. Anuncios entre secuestros y torturas 4.4. Represión en democracia y en dictadura 4.5. Uturuncos: primera guerrilla argentina 4.6. Miradas espías, terror y silencio 4.7. Antes del golpe 4.8. La noche que desaparece y Bussi 4.9. Vuelan las chimeneas y el miedo
Conclusiones y proyecciones: crisis y escrituras de la literatura en Tucumán
Fuentes y bibliografía Corpus de novelas Fuentes orales Prensa Films Bibliografía
Créditos
A mi abuela Segunda,
in memoriam
A mis padres y hermanos
Para Eliana
y nuestros hijos Mateo y Miranda
El historiador tiene una deuda con la vida presente que solo puede pagar con la moneda de su verdad, moneda en la que, a veces, funde un poco de su pasión; pero la historia solo apasiona a quien apasiona la vida, y el autor cree que, en este punto de su examen, le es ya lícito confesar su pasión, siquiera sea para que el lector pueda confiar en que procuró acallarla hasta este instante, y, acaso, para ofrecerle la clave de lo que en este examen pueda ser su involuntario y apasionado error.
José Luis Romero
Qué olvidé en tus calles que vuelvo
de todas partes a tus calles?
Como si vaya a donde vaya
recuerde de pronto una cita
y me apresuro y vuelo y corro
hasta tocar tu pavimento!
Y entonces sé que sé que soy,
entonces sé que me esperaba
y por fin me encuentro conmigo.
Pablo Neruda
Reconocimientos
El presente libro tiene su punto de partida en la tesis doctoral en Letras “Tucumán: reescrituras de la historia en su novelística, 1950-2000”, dirigida por la doctora Nilda Flawiá de Fernández, defendida y aprobada en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba el 21 de marzo de 2019.
La investigación fue realizada gracias al aporte del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) a través de una beca interna doctoral para el período 2014-2019 y cuyo apoyo continúa a través de una beca interna posdoctoral.
Quiero agradecer a mi directora, la doctora Flawiá, por el aliento constante y el apoyo en todos mis proyectos y búsquedas. Por ayudarme a expresar con rigor las intuiciones y los recorridos críticos y por mantener siempre la confianza en mí. Con su recomendación de leer la obra de Walter Guido Wéyland ya venía marcando este camino.
A la doctora Liliana Massara, por haberme acercado a las obras de escritores tucumanos. A la doctora Clara Inés Pilipovsky, por la escucha atenta y el diálogo teórico. También debo reconocer a mis compañeros del Instituto Interdisciplinario de Literaturas Argentina y Comparadas (IILAC) por compartir lecturas y proyectos.
A los miembros del Doctorado en Letras de la Universidad Nacional de Córdoba y en especial a quien fuera su directora, la doctora Mabel Brizuela. A los miembros del jurado examinador, por todos los comentarios y sugerencias que aspiraban a mejorar esta investigación.
A la licenciada Daiana González y el personal del Centro Científico Tecnológico NOA Sur-Conicet.
A los profesores y al personal de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán; en especial agradezco por su generosidad a los profesores Roberto Pucci y Oscar Pavetti de la carrera de Historia. Mi reconocimiento para Hugo Juárez y Tomás Barber, de la biblioteca Emilio Carilla, y para Mario Rodríguez y Carlos Paz, del Archivo del diario La Gaceta.
A Adolfo Colombres por su amistad y generosidad.
A Verónica Estévez de la Biblioteca del Centro Cultural Rougés.
A los compañeros en largos años.
A mis amigos les agradezco por estar siempre presentes. Mucho les debo a aquellos que me acercaron libros y lecturas: a Fabián Soberón por Elvira Orphée, a Denise León por Sara Rosenberg, a Carlos Duguech por Alba Defant, a Jorge Daniel Brahim por Enrique Banchs, a Julieta Brenna por el libro de Verónica Garibotto. A Fernando y Pepe Lampasona por tanto.
Para mi familia: sin ellos estas palabras no tendrían mucho sentido.
En especial quiero reconocer por su compañía y apoyo sin límites a Eliana, Mateo y Miranda. Por cuidar y construir juntos el hogar en el que crecemos cada día.
Palabras preliminares
Aparecen en este momento varias imágenes, y si, como escribió Jean-Paul Sartre, las imágenes son conciencia, quizás también sean una manera de despertarse al presente, encontrarse allí. Un niño de ocho años que marcha de madrugada a trabajar en la zafra, en la cosecha de caña, su tarea es izar fardos de caña pelada por los aires con la fuerza de varias mulas. Una niña se despierta a las tres de la mañana, hace mucho frío y debe levantarse a cosechar en los surcos junto con sus padres y hermanos. En lo alto del tiempo, yacen las chimeneas como faros insomnes frente a las orillas de un mar de rostros y cenizas, la ciudad corta su cielo cada tanto con la inmovilidad de sus huellas. Una de esas chimeneas solitarias tiene cifras metálicas que todavía anuncian una fecha: 1910. La mañana se afila en el Mercado de Abasto y un hombre acomoda las verduras en el puesto, en el futuro suena una canción con “los bares tristes y vacíos ya, por la clausura del Abasto”. Una madre les habla a sus hijos, viven todos juntos en una sola habitación. A las dos o tres de la mañana, el sonido al pulsar las teclas de la máquina de escribir, luego el trueno de la Olivetti automática que hace latir de una sola vez todo un párrafo. Una mujer mira cómo las máquinas hacen helado, por primera vez, en la confitería El Buen Gusto. Un joven camina por una calle empedrada en Córdoba y uno de sus amigos le dice: “Mirá, ahí está tu nombre”, y él, en el reconocimiento apenado de ese otro que admira, lee su propio nombre después de dos números que traducen un año: 1969. Una fotografía, tomada desde un balcón, retrata una calle suspendida por una barricada de chapas, pizarrones y manos, ahora en el presente, coloreada y atrapada por semáforos, bocinazos y locales de comida rápida. Una última imagen muestra que la montaña verde sigue allí, presente, inamovible, como un testigo, con un gesto atento y enigmático.
El idioma alemán tiene una palabra muy interesante: das Denkmal, que designa a los monumentos. La primera parte de la palabra proviene del verbo denken, que significa “pensar”, y la última partícula (mal), por sí sola, significa “vez”; einmal (una vez), etc. Pero das Mal también significa “marca”, sirve para nombrar los lunares en la piel. Surgen así dos posibilidades para comprender la palabra Denkmal, que puede ser entendida como “monumento”, artefacto convocante para el recuerdo (sentido asociado a la memorización o a la conmemoración) o como “marca” en la memoria, que se resignifica constantemente (rememoración). Me gusta pensar que los recuerdos son como marcas, huellas que llevamos siempre con nosotros, grabadas en nuestra piel y en nuestros pasos. Esas marcas pueden ser reconocibles en cualquier momento, reclaman permanecer.
Introducción
El único deber que tenemos con la historia es reescribirla.
Oscar Wilde
Ästhetik ohne Ethik ist Kosmetik.
Ulay (Frank Uwe Laysiepen)
I
Desde comienzos del siglo XIX, a partir de las luchas por la independencia y la declaración de 1816, Tucumán se transformó en un espacio político relevante de las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata. En el transcurso de esos años se forjó como un importante centro de desarrollo cultural y económico para la región. En este sentido, a fines de siglo, la industria azucarera se convirtió rápidamente en una de las actividades económicas más pujantes del país. En contraste con este panorama, a lo largo del siglo XX fue una de las provincias más castigadas por las dinámicas autoritarias y las sucesivas dictaduras militares. En todo su territorio se llevaron a cabo sucesivos procesos de represión económica y social: con la dictadura autodenominada “Revolución argentina” que en 1966 dictaminó el cierre de once ingenios azucareros, lo que ocasionó una verdadera hecatombe social, y luego, al sufrir en los cuerpos de sus habitantes, desde 1974, la desaparición de hombres, mujeres y niños, modalidad luego convertida en sistema con el Operativo Independencia de 1975. Un prólogo de lo que luego sería el Proceso de Reorganización Nacional.
Por ello es que el trabajo con las novelas y la historia de Tucumán permite revisar problemáticas y representaciones discursivas sobre las continuidades históricas entre dictadura y democracia, y el funcionamiento de las dinámicas de la memoria y del olvido en el marco de los procesos sociales. De este modo, al ser la novela un género que alberga otros registros en su entramado, es posible explorar los diferentes discursos sociales mediatizados a través de la escritura de los autores que escribieron Tucumán, al tener presente que ellos siempre procuraron la construcción de una “geografía imaginaria” (Said, 2002), del mismo modo que antes escribieron sobre Tucumán Voltaire, Echeverría, Concolorcorvo, Sarmiento, Alberdi, Mármol, Groussac, Lugones, Banchs o García Lorca (Departamento de Extensión Universitaria, 1970). Una búsqueda de los novelistas que puede ser leída como una operación crítica y política en el marco del sistema literario argentino. En este sentido, en sus escritos Juan José Saer (2014: 99) señaló que el escritor escribe desde un lugar y al mismo tiempo escribe ese lugar. De algún modo, un autor escribe sobre el lugar (puede pensarse en temas o marcas imaginarias), pero también escribe sobre ese lugar, es decir, lo sobreescribe, lo vuelve a contar, recubre las huellas con las marcas de su ficción. Esto obliga a reflexionar en la cuestión de la literatura en/desde/sobre/para/por Tucumán, lo que supera la discusión sobre una posible literatura tucumana. Por otro lado, esta problemática se relaciona con el modo en que la ficción encubre/recubre/descubre la realidad y con aquellos discursos (por citar un ejemplo) desde el exilio que atraviesan la literatura argentina: Sarmiento, Echeverría, Alberdi, Hernández escriben sobre el lugar. La distancia (figurativa y geográfica) del exilio les permite sobrevolar los sucesos y las geografías desde lo imaginario. Hay superposición a partir del realismo y la reescritura de la historia. El lugar es entonces la “forma empírica del todo”, un decisivo punto de intersección entre lo material y lo simbólico (Saer, 2014: 100).
Se intenta identificar y trabajar una zona de indeterminación existente entre la ficción y la historia (Kracauer, 2010). Desde esa suerte de barricada, en esa área intermedia, en el espacio de detención, duda, rememoración y acción, se abordan novelas de autores tucumanos publicadas entre 1950 y 2000. Luego del relevamiento de este corpus novelístico es posible poner en discusión el estereotipo o lugar común que concebía la producción literaria de la zona (Saer, 2014) del noroeste argentino como centrada casi exclusivamente en la poesía y la narrativa breve y, al mismo tiempo, poner en contraste la producción novelística en Tucumán con la del resto de las provincias de la región. Una de las primeras hipótesis que guiaron este trabajo planteaba que en la novelística se representaban discursivamente tensiones y conflictos producidos por procesos históricos y sociales. Por lo tanto, se intentará explorar de qué manera esta conflictividad de los procesos históricos del pasado reciente tensa los relatos y produce la fragmentación y/o dislocación de las narratividades en la novela.
Acaso en este momento se comprenda mejor el deseo y la incertidumbre que vibran en la frase de Oscar Wilde incluida por Tomás Eloy Martínez como uno de los epígrafes de Santa Evita.
II
La literatura puede recubrir (encubrir) o tratar de escribir la historia. Puede también proponer un camino para reescribirla. Estos cruces y meandros son fundamentales en los derroteros de la literatura argentina. Desde los años anteriores a la Revolución de Mayo en 1810, la escritura literaria se propuso construir una geografía que, en muchas zonas y en repetidas ocasiones, se encontraba en contrapunto con la realidad misma. Como señaló Graciela Scheines, si el ensayo, desde los proyectos románticos, es un “pensar itinerante”, un “vagabundeo intelectual”, una búsqueda de lucidez y del futuro, también la novela argentina se transforma en modulación del ensayo. En ese tipo de textos, señala Scheines (1993: 132-133), en los que “somos por escrito”, se construyen geografías que reemplazan territorios: “habitamos una geografía literaria (ficcional) que encubre la geografía real”. Así lo confiesa el mismo Domingo Sarmiento, en su primer discurso como presidente en 1868, al afirmar que había descripto en el Facundo lugares que aún no había conocido:
Yo había descripto la Pampa sin haberla visto, en un libro que ha vivido, por esa descripción gráfica […] La imaginación del estadista americano, que está improvisando sobre esta tierra virgen mundos nuevos. (Sarmiento, citado por Halperín Donghi, 1995: 562)
En este sentido, y a manera de ejemplo, puede señalarse que en el mismo Himno Nacional se canta la música de la gloria y de los laureles que coronan las cabezas de los guerreros, como recuperación de la gesta revolucionaria de 1810.1 Pero será en los meses posteriores cuando, en el noroeste argentino, sus habitantes junto con los soldados del Ejército del Norte se enfrentarán a los avances del Ejército realista. En septiembre de 1812 se produciría la batalla de Tucumán, a raíz de una desobediencia del general Manuel Belgrano. Faltaba un tiempo para que los congresales afirmasen en Tucumán la independencia en julio de 1816, y varios años más para que José de San Martín diera el golpe de gracia al poder realista luego del cruce de los Andes. Con las frases del Himno, la gloria y los laureles llegaban antes de la batalla, de la guerra, de la sangre. Como si no hubieran sido necesarios los enfrentamientos o como si solo fueran efectos mínimos en perspectiva de los logros y de las victorias a alcanzar. Lo escrito (y cantado) en el pasado trataba de reemplazar marcas inevitables de lo futuro.
A la gloria y los laureles que se imaginaban en el presente, o posiblemente en el futuro, le siguen las imágenes de sangre, “de guerra, y furor”. Se anunciaba la muerte, pero se afirmaba que esta debería ser, por lo menos, gloriosa. Pero la muerte nunca lo es y tampoco se puede jurar cómo se ha de morir. La escritura del Himno es un reclamo para el futuro, una aspiración o un deseo. La literatura se arroja hacia el futuro, intenta planificarlo o disponerlo de un modo acorde con los deseos presentes. Y esto ocurre ya desde comienzos del siglo XIX, atraviesa la existencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata y luego de la República Argentina hasta el presente. Los textos fundamentales de la narrativa argentina comparten este carácter disruptivo y de reformulación. Incluso, estas obras que funcionan como claves en el sistema literario argentino poseen una relación ambigua con las formas o los géneros. Estos libros necesitan crear una forma que les permita ser leídos y escribirse de un modo nuevo. Sucede así con textos como “El matadero”, de Esteban Echeverría, con sus cruces entre sátira política, novela corta y relato breve; el Facundo, de Domingo Sarmiento, que toma elementos del ensayo, de la geografía, de la historia, y también de la novela, para tramar una defensa política, una lectura casi total de la realidad a través de la dinámica “civilización/barbarie”, un proyecto de futuro y de país para una nación que surgía del desierto de lo real. De similar manera ocurre con la “ficción calculada” que pone en funcionamiento José Mármol en Amalia para desentrañar, en la novela,2 la figura y los usos de la violencia en los tiempos de Juan Manuel de Rosas. Así también, a finales del siglo XIX, el canto de un gaucho llamado Fierro, forjado en la injusticia y convertido en forajido, tensiona las líneas de la poesía, y en ese sentido la Ida puede ser leída como denuncia política y discurso contestatario. La mención de estos textos expone las líneas de tensión entre formas, escritura, historia, lecturas y proyectos de lo real.
Ya en el siglo XX, y como una continuidad de los desdibujamientos de fronteras genéricas, Fernando Reati (1992: 12) plantea la dificultad/imposibilidad de la narrativa argentina para representar la violencia “por medio de la simulación mimética del realismo”. En este sentido, desde la década de 1950, con textos como Operación Masacre, ¿Quién mató a Rosendo? o Caso Satanowsky de Rodolfo Walsh, y luego, por citar solo algunos ejemplos reconocidos, Nadie nada nunca de Juan José Saer y Respiración artificial de Ricardo Piglia, obras atravesadas por los interrogantes y la incertidumbre que ponen en juego y en crisis lo que puede ser contado, lo que debe ser contado y lo que el silencio ha difuminado: para tener la experiencia a partir de la recuperación del sentido, como reza el epígrafe de T.S. Eliot incluido en la novela de Piglia. En este sentido, uno de los géneros clave para reflexionar acerca de la crisis de la representación y la búsqueda por reescribir ciertas zonas opacas de la realidad argentina es la narrativa y, en específico, la novela.3 En simultáneo con la aparición de las obras de Walsh y antes de la publicación en la década de 1980 de los libros de Saer y Piglia, un gran número de autores tucumanos ya empleaban la novela como espacio de registro y recuperación de desapariciones, torturas, silencios y olvidos. Crisis, futuro, sangre, ficción, muerte, historia, pesadillas, dictaduras, reescrituras son puntos de fuga desde los que la novela intenta recuperar y reconstruir lo real de un esquivo país llamado Argentina.
III
La escritura es una forma de asumir la existencia de los vacíos, de rodearlos y, por lo tanto, hacerlos presente. El vacío y la ausencia se hacen patentes a través de los silencios presentes en los relatos. Aquellas cosas que parecen no estar o permanecen elididas, que flotan en elipsis, proponen otras miradas. Los vacíos de los relatos se revelan en los silencios. La insinuación, la pista, el anuncio de una huella posible se transforman en herramientas para hablar de la ausencia, para escribir una historia diferente, para reconstruir la atmósfera única y decisiva de una época; en fin, para intentar reescribir el pasado.
La construcción del corpus novelístico se sustenta en recorridos críticos previos, aunque incompletos, siempre productivos e insinuantes. En este sentido, los límites temporales elegidos, que abarcan las novelas publicadas entre 1950 y 2000, no son estáticos sino líneas permeables de continuidades que condensan momentos representativos y series discursivas, estéticas y políticas en la escritura novelística. De alguna manera, ese período del corpus seleccionado también da cuenta de un Zeitgeist, de una época en el mundo. Este período está precedido por dos guerras mundiales, y en el llamado “siglo de los genocidios” los conceptos de sobrevivientes, testigos, testimonios adquieren otras implicancias en las obras de Elie Wiesel, Primo Levi, Stefan Zweig, Simon Wiesenthal, Jorge Semprún, Walter Benjamin. La crítica de la historia como disciplina ya no puede ser ejercida solo desde la cátedra, como lo demuestran los casos emblemáticos de Maurice Halbwachs y Marc Bloch. Entre 1945 y 1947, Vladimir Nabokov escribía Barra siniestra, una novela que se anticipaba a lo que Carlos Fuentes (2012) identificaría en Latinoamérica como el ciclo de las novelas sobre dictadores. Es en 1949, en la mitad del siglo XX, cuando Alejo Carpentier (2005: 7-12) publica El reino de este mundo, que pone en evidencia una “revelación privilegiada de la realidad” que es parte de la “historia de América” como “crónica de lo real-maravilloso”, intemporal y al mismo tiempo exacta y rigurosa. Este es uno de los puntos de partida que retoma el llamado “boom latinoamericano” que, según Doris Sommer (2010), entre las décadas de 1960 y 1970, busca demoler la linealidad narrativa tradicional y romper la naturalización habitual de la historia. Para Juan José Saer (2014: 177), durante el siglo XX la narración dio cuenta de una realidad que no era fija, inamovible, sino “una materia imprecisa, fluctuante, inestable”. Al mismo tiempo, el rechazo de lo ficticio no implica un criterio de verdad ya que la ficción intenta poner siempre en juego la complejidad, la “turbulencia” de la realidad objetiva (2014: 10-11).4
En este marco de tensiones estéticas y políticas, en las diversas novelas del corpus existe un intento de narrar un Tucumán conflictivo y en ebullición, por lo que las temporalidades construidas revelan quiebres, hiatos, yuxtaposiciones, borramientos. Las novelas estudiadas intentan restituir y recuperar, a través de la ficción, silencios, sucesos y procesos que dan cuenta de otra sociedad, de otra historia posible. El discurso novelístico permite abarcar diferentes registros y ecos y trazar otra memoria, quizás, otros recuerdos; en sintonía con lo que destaca Saer (2014: 15) sobre las “grandes ficciones de nuestro tiempo” que siempre proponen un “entrecruzamiento crítico”, “una tensión íntima y decisiva” entre verdad y falsedad.
Es así como muchas de las novelas estudiadas realizan un salto hacia atrás en el tiempo y refieren sucesos de una época alejada del momento de escritura o publicación. Sin embargo, no se intenta en las novelas del corpus reconstruir ningún pasado, sino “construir una visión del pasado” y “sugerir la persistencia histórica de ciertos problemas” (Saer, 2014: 45-46). Como sucede con la novela En el surco (1929), de Mario Bravo, que se traslada casi veinte años al pasado, en La bomba silenciosa (2009), de Eduardo Rosenzvaig, que recupera acontecimientos del siglo XIX o en Pretérito perfecto (Foguet, 1983) en la que se condensan el presente del relato en 1972, el presente de escritura entre 1975 y 1982, con la epidemia de cólera ocurrida entre 1886 y 1887.
A pesar de estos intentos de deslindar las zonas de la ficción y de lo real, en las novelas estudiadas es posible leer una narrativa que da cuenta de un lugar, una historia, una sociedad; se puede reconstruir una imagen de un Tucumán perdurable. Por otro lado, tampoco se desprende de las hipótesis de esta investigación que, en las novelas estudiadas, se realice un recuento completo y exhaustivo de la historia de Tucumán, sino que, a partir del rescate o la reescritura de sucesos o procesos, la discursividad de la novela construye otras temporalidades y miradas para registrar “marcas” de lo cotidiano, “huellas” (como las llama Marc Bloch) de acontecimientos difuminados en la historia o en la “memoria colectiva” del presente. Es así como la ficción funciona también como un mecanismo de la memoria de una ciudad. En las novelas es posible que los relatos y las memorias sobre Tucumán permitan vislumbrar “el tiempo en el espacio” (Bajtín, 2011: 219). Personajes, espacios narrados, construcción de diversas temporalidades, recuperación de voces y palabras de una época, reescrituras y ficcionalización de sucesos, todos estos son elementos fundamentales para leer las obras y establecer entre ellas vinculaciones estéticas, escriturarias y políticas.
Podría afirmarse que, para muchos de los autores estudiados, la novela es una herramienta clave para dar cuenta de los conflictos y las tensiones de la sociedad y de los procesos históricos en la provincia y el país. En este sentido, para citar un ejemplo, la representación del mundo de la caña y del azúcar pone en escena las confrontaciones y, por sobre todo, lo que se percibe como una crisis constante. La mirada sobre la realidad, o la “literatura de lo real”, que se propone en las obras novelísticas genera textualidades que interpelan una época y un espacio, contemporáneo y futuro.
IV
“¿Cómo puedo saber lo que voy a decir?” (Bloch, 2000: 73). Como esta interrogación, todas las preguntas abren siempre la amplitud del tiempo y del espacio. Así, la duda se transforma en un movimiento, en una búsqueda incesante. Porque las preguntas, como los recuerdos, siempre están tramados desde el presente, establecen un vínculo entre tiempos, significan un anclaje en el aquí y el ahora; son una de las formas más potentes para asumir la incertidumbre. ¿Qué relaciones se establecen (se pueden establecer) entre la ficción y la historia? Si la voz “Tucumán” originalmente indicaba “hasta aquí no más”, como un non plus ultra, es preciso dar un paso más.
Tanto la historia como la escritura ficcional construyen “discursos sociales” propios que organizan lo “decible –lo narrable y lo opinable–” en el marco de una sociedad determinada (Angenot, 2012: 21). Estos discursos sociales interactúan entre ellos, representan lo real a través de una ordenación y homogeneización, por lo que una sociedad se “objetiva en textos” y, a partir de su lectura, es posible reconocer ciertas “reglas de lo decible y de lo escribible” (29). La ficción y la historia se sostienen en el discurso, se constituyen, como lo señala Michel de Certeau (1993: 34), a través de la práctica escriturística, que pone al discurso en relación con lo otro, “lo real”. Tanto Hayden White como Roland Barthes destacan que en el siglo XIX confluyen el desarrollo de la disciplina histórica y de la novelística. El discurso histórico, por su lado, trata de separar lo imaginario de lo real y, por lo tanto, lo real equivale a la “verdad”. De este modo, consigue dar “forma” a la realidad, cuando la trama impone significado a los acontecimientos (White, 1992: 35). Pero así como se organiza lo que se dice, también queda expuesto aquello que se calla, que se borra y que se olvida. Desde esta perspectiva, la relación entre la historia y la literatura es “tenue y difícil de definir” (62) porque las teorías actuales del discurso diluyen las fronteras entre discursos realistas y ficcionales considerando a ambos como “aparatos semiológicos” (12). Así lo describe Tomás Eloy Martínez (1996: 94-97):
¿Cómo no pensar que por el camino de la ficción, de la mentira que osa decir su nombre, la historia podría ser contada de un modo también verdadero –al menos igualmente verdadero– que por el camino de los documentos? […] Pero en la Argentina, la novela me ha parecido siempre un medio más certero para acercarse a la realidad que las otras formas de la escritura. Primero, porque la realidad es de por sí novelesca. Y luego, porque la complejidad de esa realidad novelesca exige que la nación sea narrada con instrumentos más flexibles y, por supuesto, más complejos.
Siegfried Kracauer (2010: 219) afirma que la disciplina histórica se mueve en una terra incognita, un “área intermedia”, un espacio de “antesala” que no puede ser tratado de manera definitiva. Esta zona de indeterminación, esta “antesala”, también puede ser identificada como un espacio existente entre la ficción y la historia, un espacio de contacto y transgresión entre ambas: “Se puede crear un discurso imaginario sobre acontecimientos reales que puede ser no menos «verdadero» por el hecho de ser imaginario” (White, 1992: 74). La búsqueda crítica procura entonces identificar, definir, abrir la zona de indeterminación, ese espacio límite que se encuentra en el punto de contacto entre la ficción y la historia tucumana. En esa zona indeterminada e intermedia es preciso accionar como un historiador, ejercitar la duda, intentar captar el presente a partir de las “huellas” que persisten en los textos para intentar comprenderlo (Bloch, 2000: 58). La ubicación en esta antesala obliga al lector que escribe sus lecturas a ejercitar una “movilidad transdisciplinaria”, trabajar entre disciplinas para “rehacer las preguntas más que para juntar los saberes” (García Canclini, 2014: 17), animarse a atravesar vacíos, mirar de otro modo los sucesos, “no solo cada ciencia, considerada aparte, encuentra en los tránsfugas de los sectores vecinos los artesanos mejores, a menudo, de sus éxitos” (Bloch, 2000: 198). Se propone así una “lectura perfilada” (Barthes, 1991: 74) de las obras. La escritura crítica recibe y cuestiona reflexiones que ejecuta la obra sobre sí misma y propone una nueva escritura, que se acerca y se aleja del texto de origen.
V
La historia de Tucumán consigue hablar sobre la historia de todo el país. La provincia es la menos extensa de la República Argentina y está situada en la región noroeste, a más de 1300 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Desde el traslado desde su lugar original en Ibatín hasta la actualidad, la ciudad de San Miguel de Tucumán registra una de las densidades poblacionales más altas del país, y en el presente alberga más de un millón de habitantes. Allí, en julio de 1816 se llevó a cabo la declaración de la independencia. La provincia se convirtió desde finales del siglo XIX en un importante centro cultural y económico. Como testimonio del desarrollo cultural de Tucumán, puede destacarse que en 1914 se fundó la primera universidad de la región.
Ese pasado de la provincia se encuentra jalonado por procesos conflictivos que exponen las tensiones entre poder y grupos sociales. En este sentido, la epidemia de cólera desatada en diciembre de 1886 y que se extendió hasta febrero de 1887, causante de una gran mortandad en la población, desnudó los recursos y procedimientos del poder central para intervenir en la política provincial. Mientras el gobernador Juan Posse, que no estaba alineado con la administración del presidente Miguel Juárez Celman, se oponía al paso de un convoy del Ejército que llevaba soldados contagiados, el ministro del Interior Eduardo Wilde le ordenaba dejar pasar al convoy so pena de ser acusado de vulnerar territorio y potestades federales. La muerte reinó en todos esos meses y tiempo después un golpe de Lídoro Quinteros, apoyado por el juarismo, derrocará a Posse.5 Quinteros será elegido gobernador con posterioridad. La industria azucarera se mantenía en un equilibrio precario fundado en el sometimiento y la violencia aplicados sobre obreros y pequeños cañeros. Desde 1904 se producen masivas huelgas que desnudarán la vida precaria, las condiciones inhumanas de trabajo, la paga insuficiente. Así sucederá en los años 20 y 30, en las huelgas de 1949 contra el alineamiento peronista, y en 1959 y 1961 contra la represión dispuesta por el radical Celestino Gelsi. En este marco es que en octubre de 1959 surgen los Uturuncos como parte de la llamada resistencia peronista, el primer grupo guerrillero de la historia argentina que tendrá vigencia hasta 1961. También en 1968 surgirá otro grupo guerrillero que será desarticulado antes de comenzar a operar en la zona de Taco Ralo.
Tucumán fue una de las provincias más castigadas por los procesos represivos imperantes y las sucesivas dictaduras militares, en especial por la última, iniciada el 24 de marzo de 1976 y autodenominada Proceso de Reorganización Nacional. Años antes, en 1966 y durante la dictadura militar de la “Revolución argentina”, comandada por Juan Carlos Onganía, se decretó el cierre de once ingenios azucareros de los veintisiete que estaban en funcionamiento y se planeó la reestructuración económica de la provincia y la diversificación industrial del territorio.6 Estas intervenciones produjeron, entre otros fenómenos, el éxodo masivo de más de 250.000 tucumanos y un alto desempleo que llevó a muchas familias a quedar en la indigencia ante la falta de trabajo. A esto se le sumaba la creciente violencia de las autoridades militares, cada vez más intolerable para la población. Como expresión de esta situación insostenible, y como ecos del Mayo francés de 19687 y del levantamiento social en la provincia de Córdoba en 1969 (conocido como el Cordobazo) (Brennan y Gordillo, 2008), se produjeron en la provincia de Tucumán tres levantamientos sociales en 1969, 1970 y 1972, conocidos sucesivamente como Tucumanazos y Quintazo (en referencia a la Quinta Agronómica, predio de la Universidad que funcionó como núcleo de resistencia). Estos tres movimientos estuvieron protagonizados por estudiantes universitarios y secundarios, obreros de los ingenios cerrados, empleados estatales, docentes, sacerdotes tercermundistas. Frente a los obreros y estudiantes que tomaron predios de la Universidad y cercaron noventa manzanas de la ciudad capital con barricadas, la represión del Ejército fue impiadosa.8
Con el regreso del régimen democrático en 1973, en esos primeros años se instalan comandos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que buscaban establecer una zona liberada (a la manera de la Sierra Maestra en Cuba) en las montañas cercanas a San Miguel de Tucumán. De este modo, la violencia se convirtió en algo cotidiano en las calles tucumanas, con sucesivos atentados de los comandos guerrilleros; asesinatos y secuestros de civiles por parte de personal policial y grupos paramilitares de extrema derecha. Luego de la muerte de Juan Domingo Perón en 1974, quedó a cargo de la presidencia María Estela Martínez de Perón, quien en un decreto secreto de febrero de 1975 declara la sanción del Operativo Independencia9con el que se buscaba “neutralizar y/o aniquilar” la “amenaza subversiva” que operaba en los cerros tucumanos. Sin embargo, los únicos alcanzados por esta orden de exterminio, emanada por un gobierno constitucional y democrático, no fueron los comandos del ERP, sino también numerosos civiles, intelectuales, dirigentes sindicales, políticos, estudiantes…
Luego del 24 de marzo de 1976, y a pesar de que las tropas del ERP ya habían sido exterminadas,10 las persecuciones y desapariciones seguían siendo lo cotidiano y gran parte de la población se replegó en una intimidad atravesada por el terror omnipresente. Con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final se abren las puertas para la postulación, en las elecciones a gobernador, de Antonio Domingo Bussi, militar a cargo del Operativo Independencia desde diciembre de 1975, y luego confirmado como gobernador militar hasta diciembre de 1977. Finalmente, en 1995 es elegido gobernador de Tucumán11 y culmina su mandato con una suspensión a su cargo, y envuelto en un escándalo por enriquecimiento ilícito.
VI
Este libro está estructurado en tres capítulos. La organización obedece a un intento de exponer progresivamente conceptos teóricos fundamentales y brindar un panorama de la novelística estudiada para finalmente analizar en las novelas del corpus las reescrituras de la historia a través del discurso ficcional. En el capítulo 1 se despliegan conceptos y perspectivas teóricas que resultaron relevantes para el desarrollo de la investigación. Lo expuesto en ese capítulo no pretende abarcar la totalidad de los sistemas teóricos existentes, sino que intenta exponer las potencialidades de estas herramientas para leer el corpus de novelas. El capítulo 2 propone un recorrido por las producciones literarias en Tucumán y enmarca brevemente los hitos y desarrollos más importantes del campo cultural tucumano. Se toma el concepto de campo de Pierre Bordieu solo con el fin de dar cuenta de los procesos y las tensiones que atraviesan la dinámica cultural y literaria. A partir de investigaciones precedentes, se hace mención a los diferentes grupos culturales que surgen y a revistas y publicaciones que comienzan a aparecer con asiduidad. Se muestra especial interés en el impulso que conducirá a la creación de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), al afianzamiento de los suplementos literarios y culturales y al surgimiento del grupo La Carpa. Con posterioridad, se brindan los resultados del relevamiento completo de la novelística publicada entre 1950 y 2000, para luego abordar particularidades de las publicaciones y reediciones de las novelas. Se incluyen en un primer cuadro datos y referencias de las ochenta y seis novelas relevadas y de las cincuenta y tres novelas que se consideran claves para el desarrollo de la investigación. A continuación se brinda un panorama de autores y obras más destacadas que reinscriben en la ficción la historia de Tucumán y del país.
En el capítulo 3 se analizan las dinámicas discursivas más importantes de la reescritura de la historia registradas en la novelística. En “Huellas de la peste: cólera, epidemia, muerte y política” se trabaja de manera intertextual con las novelas que recuperan y problematizan el episodio de la peste de cólera de 1886-1887 en Tucumán, y las posteriores modulaciones que adopta el tópico de la peste para convertirse en una forma del hambre, el silencio y el miedo. El análisis discursivo y estético de la alegoría de la peste pone en evidencia los cruces y confluencias entre el pasado y el presente. En “Mapas y recorridos por Tucumán, Buenos Aires y Malvinas” se analizan las sucesivas y diferentes construcciones literarias que representan las geografías de Tucumán, Buenos Aires, y como una coda, la de las islas Malvinas, territorio que aparece de forma recurrente en las ficciones. En “Entre azúcar, huelgas y barricadas” se estudian los recursos de la ficción para representar disputas en el mundo del azúcar, vinculado desde finales del siglo XIX con tensiones sociales que conducen a sucesivas huelgas y reclamos por parte de los obreros. Se puede leer cómo funcionan los mecanismos represivos en los pujantes ingenios azucareros, hasta llegar a las novelas que recuperan los procesos de resistencia social que tuvieron su punto de quiebre con los sucesivos Tucumanazos, luego acallados por las represiones posteriores. Por último, en “Desencuentros y muerte” se leerán inscripciones ficcionales y metaficcionales del terror y el miedo en obras del corpus. Allí las muertes y desapariciones recorren los surcos de los cañaverales, las fábricas y las calles de Tucumán. Las novelas refractan el silencio reinante, los olvidos complacientes y las justificaciones de la violencia.
1. La letra del Himno fue compuesta por Vicente López y Planes en 1812 y Blas Parera le puso música en 1813.
2. Respecto a la novelística argentina del siglo XIX, Hebe Molina (2011) se dedica a su estudio pormenorizado.
3. Sobre la novelística argentina del período pueden encontrarse interesantes recorridos y análisis en artículos incluidos en los tomos 4 (Los proyectos de la vanguardia) y 5 (Los contemporáneos) de la Historia de la literatura argentina del CEAL (AA.VV., 1980), como también en los volúmenes 11 (La narración gana la partida) y 12 (Una literatura en aflicción) de la Historia crítica de la literatura argentina (Jitrik, 2000-2018). La bibliografía sobre la novela es abundante, pero se puede consultar Balderston (1987), Lafforgue (2014), Prieto (2006).
4. El proceso que describe Sommer brindó un fuerte impulso en la literatura latinoamericana a la llamada novela histórica o nueva novela histórica. A pesar de que es posible hallar en las novelas del corpus ciertas características o estrategias que Celia Fernández Prieto (1998) identifica en lo que se conoce como nueva novela histórica, no parece factible, adecuado ni provechoso englobarlas bajo esta clasificación. Aún más si se tiene en cuenta la idea de Saer (2014: 46), al hablar de Zama [1956], de que en rigor no hay novelas históricas, cuando señala el carácter “paródico” y la “refutación deliberada” de la obra de Antonio Di Benedetto respecto de esta clasificación: “toda narración transcurre en el presente, aunque habla, a su modo, del pasado”. Esto, por supuesto, no impide que María Cristina Pons (1996) incluya Zama, e incluso El entenado [1983] del mismo Saer, como novelas históricas (Pons, 1999).
5. Sobre la peste y sus derivaciones políticas, cf. Parolo, Campi y Fernández (2010), Folquer (2011), Bliss (2009).
6. Sobre el proceso de cierre de los ingenios, cf. Risco Fernández (1995), Pucci (2007, 2012b).
7. Para leer algunos perfiles del mayo argentino, cf. Longoni y Mestman (2013).
8. Sobre los diferentes tucumanazos, cf. Crenzel (1997), Nassif (2012, 2016).
9. Sobre la represión y el Operativo Independencia, cf. Novaro y Palermo (2013), Pucci (2009), Crenzel (2010).
10. Como consta en declaraciones efectuadas en diciembre de 1975 por Adel Vilas y luego por Jorge Rafael Videla.
11. Sobre el influjo del autoritarismo en Tucumán y la figura de Bussi, cf. Crenzel (2001), Marcos (2006), Alsina (2013).
CAPÍTULO 1
Desde la teoría
Su [de la palabra intrínsecamente convincente] carácter semánticamente abierto para nosotros, su capacidad para seguir teniendo una vida creativa en el contexto de nuestra conciencia ideológica, el carácter dilatado, inagotable de nuestra relación dialogística con ella. Todavía no sabemos de la misma todo lo que nos puede decir, la introducimos en nuevos contextos, la aplicamos a un nuevo material, la ponemos en una nueva situación para obtener de ella nuevas respuestas, nuevas facetas en cuanto a su sentido y nuevas palabras propias.
Mijaíl Bajtín
1. La novela como condensación de tiempos y voces
La novela es un género discursivo que condensa otros géneros y que manifiesta con mayor intensidad las marcas de esta zona intermedia existente entre la ficción y la historia. Rachel Schmidt (2011) destaca que en la novela se puede encontrar un intento constante por leer, comprender y colocar bajo crítica las complejidades de la modernidad.1 A pesar de la voluminosa bibliografía2 existente sobre la novela, Schmidt y un gran número de teóricos aún hoy en día reconocen la relevancia, actualidad e influencia de los aportes tanto de Mijaíl Bajtín como de György Lukács para el estudio de la literatura en relación con las estructuras sociales del poder.
El género de la novela es, como lo señala Bajtín, el género más nuevo, absorbe y encuadra a los otros géneros y se muestra en permanente movimiento y cambio. Por ello, nunca puede estar acabado o cerrado en sí mismo. Así, se manifiesta como un fenómeno “plurivocal”, “pluriestilístico” y “plurilingüístico” (Bajtín, 1989: 80). La novela asume la palabra ajena y le brinda una nueva acentuación a través de un trabajo estético, lo que configura su espacio como un ámbito dialógico y polifónico. La novela interactúa al mismo tiempo con el universo discursivo e histórico:
A la prosa artística le es más cercana la idea de la existencia viva e histórico-concreta de los lenguajes. La prosa literaria supone la percepción intencional de la concretización y relativización histórica y social de la palabra viva, de su implicación en el proceso histórico de formación y en la lucha social; y la prosa toma de esa lucha y de ese antagonismo la palabra todavía caliente, todavía no determinada, desgarrada por entonaciones y acentos contrarios, y, así como es, la subordina a la unidad dinámica de su estilo. (Bajtín, 1989: 148)
Esta copresencia en la “contemporaneidad” histórica refuerza resonancias y ecos en la recepción del lector/oyente. Porque para Bajtín (1989: 99) la forma y la comprensión son producto de una actividad, de la acción; son manifestaciones creativas ligadas a una suerte de respuesta.
Por otro lado, la novela es la expresión de la conciencia lingüística galileica que conduce a la descentralización del universo ideológico-verbal (Bajtín, 1989: 182). Por ello, la novela contemporánea consigue encarnar la sensación de incertidumbre de las primeras décadas del siglo XX, y el mismo Bajtín señala las correspondencias de su concepto de cronotopo con la categoría “espacio-tiempo” de la física:
Vamos a llamar cronotopo (lo que en traducción literal significa “tiempo-espacio”) a la conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura. Este término se utiliza en las ciencias matemáticas y ha sido introducido y fundamentado a través de la teoría de la relatividad (Einstein). (Bajtín, 1989: 237)
El cronotopo expresa el “carácter indisoluble del espacio y del tiempo”. En el lenguaje de la novela se encarna la “coexistencia de contradicciones social-ideológicas entre el presente y el pasado, entre las diferentes épocas del pasado” (Bajtín, 1989: 108). Por su parte, para Barthes (2005a: 358) el escritor se interroga sobre cómo “representa” y cómo “expresa” la “Historia (= su presente en la medida en que lo quiere inteligible)”. Así, el novelista se reconoce en la “juntura” del nuevo mundo, “del mundo ausente, pasado, y del mundo presente, que se hace”, y termina siendo ese espacio “lo que hay que escribir” (359). Un problema “estético” que se traduce ciertamente en uno político. Por lo tanto, se introduce en el texto una “nueva plenitud del tiempo” que lo conduce a una relación cercana con lo futuro:
La revolución en la jerarquía de los tiempos […] determina también una revolución radical en la estructura de la imagen artística. El presente es en su –por decirlo así– “totalidad” (aunque no constituya, precisamente, un todo) imperfecto, por principio y en esencia: el presente requiere continuación con todo su ser; se dirige hacia el futuro, y cuanto más activa y conscientemente avanza hacia ese futuro, tanto más perceptible y significativa es su imperfección. (Bajtín, 1989: 474-475)
Entonces, los acontecimientos sociopolíticos adquieren relieve en la novela no en sí mismos, sino por la capacidad de este género de refractarlos a través de su inserción en la vida privada de los personajes. Se reconoce también una implicación profunda de los lectores para actualizar y desarrollar la novela como objeto estético. Aparece entonces un “presente imperfecto”, de la acción pero también de la lectura; un presente inacabado e incompleto, desde el cual el texto avanza en busca de su continuación, de nuevas significaciones. La novela se manifiesta como el género más permeable para captar el presente, pero Bajtín (1989: 475) también identifica en este género literario el intento por anticipar el futuro, ya que la novela “busca profetizar, predecir e influenciar el futuro real, el futuro del autor y del lector”. Para José Luis Romero (2008: 57), la denominada “previsión histórica” reafirma la validez y la actualidad de la disciplina histórica: “Don de Casandra, la previsión histórica es más bien la prueba del contenido vital de esa disciplina, de su adhesión a la vida de cuyo curso nace. La aspiración a ella surge, pues, siempre que el pensamiento histórico es vivo”. La “previsión histórica” traza una línea que comunica el pasado, el presente y el futuro para plantear “la correspondencia entre la realidad empírica y las relaciones intuidas”, de este modo, se hace visible la concepción de la vida de una época determinada y los sentidos profundos de su perduración o de su crisis (58). La visión de esta crisis desde las huellas del pasado se convierte en memoria y capacidad de acción para el futuro: “La ignorancia del pasado no se limita a impedir el conocimiento del presente, sino que compromete, en el presente, la misma acción” (Bloch, 2000: 44). Sucede quizás lo que Bajtín (1989: 485) señala sobre la novela del Renacimiento, cuando afirma que, desde esa época, el presente imperfecto “percibió, con toda claridad y lucidez, que estaba incomparablemente más próximo y emparentado al futuro que al presente”. La novela como género en formación permite que el presente se aloje en su trama y se arroje hacia el futuro, proyecte posibilidades y anuncie cambios ineludibles. Esta nueva temporalidad en la novela, la zona de contigüidad y coexistencia, construye una “nueva plenitud del tiempo” en la que no se pueden separar los límites entre pasado, presente y futuro.
El novelista, en toda la extensión del texto, intercala e incorpora otros géneros literarios y sus registros; a través de ellos emplea “formas elaboradas de asimilación verbal de la realidad” para construir la trama. De este modo, a través de la apropiación y el encuadramiento de otros géneros en el texto, se materializa el “plurilingüismo” de la novela, y con la introducción de discursos ajenos se produce la “relativización” del lenguaje de la totalidad textual. Se establece una cercanía entre la escucha/lectura, y el hombre que habla a través de su palabra “expresa un punto de vista especial acerca del mundo, un punto de vista que pretende una significación social” (Bajtín, 1989: 149).
La condición de “contemporaneidad” del autor con los sucesos es lo que genera la incompletitud de la visión y el permanente desarrollo de la historia que busca su continuación. El pasado revive desde el presente, resiste ser reescrito, pervive como una marca y como una necesidad de memoria.
El autor observa desde su incompleta contemporaneidad –con toda la complejidad y plenitud de esta; además, es como si él mismo se encontrase en la tangente de la realidad que está representando. Esa contemporaneidad desde la cual observa el autor incluye en sí misma, en primer lugar, el campo de la literatura –pero no solo el de la contemporánea, en el sentido estrecho de la palabra, sino también el del pasado que continúa viviendo y renovándose en la contemporaneidad–. El dominio de la literatura y –más ampliamente– el de la cultura (de la cual no puede ser separada la literatura) constituye el contexto indispensable de la obra literaria y de la posición en esta del autor, fuera del cual no se puede entender ni la obra ni las intenciones del autor reflejadas en ella. (Bajtín, 1989: 406)
2. Relato que construye un efecto de realidad
En sintonía con muchas conceptualizaciones posteriores, Roland Barthes (1967, 1970, 1987, 1991) señaló que la novela y la historia establecieron vínculos muy fuertes a lo largo del siglo XIX, el más importante en el desarrollo de ambas. Pero, al igual que la historia, y de acuerdo con lo expuesto por Michel de Certeau, la novela también establece una relación estrecha con la muerte: “La literatura es como el fósforo: brilla más en el instante en que intenta morir” (Barthes, 1967: 30). Si “la novela es una muerte”, también se convierte en un espacio para reformular las temporalidades, reconstruir y reapropiarse de las duraciones. En su artículo “El discurso de la historia”, Barthes propone un interrogante decisivo al preguntarse si existe algo que permita diferenciar la narración de los acontecimientos de la narración imaginaria. Para reflexionar sobre esta cuestión propone los conceptos de shifters o embragues de escucha y los de organización, presentes en la enunciación, y que permiten analizar funcionamientos y desplazamientos en la narración. Señala que estos “embragues” pueden identificarse en las novelas, lo cual los hace pertinentes para esta investigación. El “embrague” de escucha se hace presente a partir de la mención de fuentes, testimonios u otras textualidades que se manifiestan como una voz ajena oída por el historiador, reconocida como tal y reconstruida en la escritura. Por su lado, el “embrague” de organización remite a los “signos declarados” por los que el historiador organiza el discurso, lo retoma y lo reformula (Barthes, 1987: 164-165). Con respecto a los tiempos del relato, los “embragues” de organización tienen una función fundamental ya que expresan el “roce de dos tiempos”, del tiempo de la enunciación y de lo que se cuenta. A partir de este “roce”, se producen, según Barthes, tres fenómenos que pueden ser descriptos como aceleración o ralentización de la historia, profundización del tiempo histórico a través de la construcción “lineal” del discurso y destrucción del “tiempo crónico de la historia”. De este modo, los “embragues” organizadores intervienen como marcas de la enunciación en el enunciado histórico y consiguen “«complicar» el tiempo crónico de la historia enfrentándolo con otro tiempo que es del propio discurso […] la presencia en la narración histórica, de signos explícitos de enunciación tendría como objeto la «descronologización» del «hilo» histórico y la restitución, aunque no fuera más que a título de reminiscencia o de nostalgia, de un tiempo complejo, paramétrico, nada lineal, cuyo espacio profundo recordaría el tiempo mítico de las antiguas cosmogonías […] los shifters de organización, en efecto, atestiguan […] la función predictiva del historiador: en la medida en que él sabe lo que no se ha contado todavía, el historiador […] tiene la necesidad de acompañar el desgranarse crónico de los acontecimientos con referencias al tiempo propio de su palabra” (Barthes, 1987: 166-167).
Al respecto, Barthes destaca que en el discurso histórico los hechos solo tienen existencia lingüística, y lo que importa en definitiva es generar un “efecto de realidad”, objetivo presente también en otro tipo de géneros como la novela realista y la literatura documental. Por lo tanto, el discurso histórico no asume la realidad como significado y extrae su “verdad” del cuidado en la narración y sus expansiones. Barthes (1970: 95) señala que en el marco de los análisis estructurales del relato se reconocía la existencia de detalles “superfluos” o “rellenos” que no cumplían una función estructural pero sí indirecta, al permitir la reconstrucción de un carácter o atmósfera en el relato. Estos “detalles inútiles” no parecen importantes para la institución de un primer sentido de la lectura; sin embargo, terminan siendo fundamentales para constituir el flujo de lo verosímil en un relato y (a través de lo que Barthes identifica como una “función estética”) suspender el “vértigo de la notación” o de una significación esperada: “¿cuál es en definitiva –si se nos permite la expresión– la significación de esta insignificancia?” (95-97). Estas notaciones, estos detalles inútiles, recubren los intersticios del relato y con ello terminan por construir un relato completamente diferente.
3. La escritura que interroga lo Otro
Si Michel de Certeau (1993: 118) plantea que la “escritura de la historia es el estudio de la escritura como práctica histórica”, puede afirmarse que el trabajo y el análisis de un corpus novelístico también son el estudio de la escritura como una práctica histórica, es decir, como una acción que se desenvuelve en un tiempo y lugar precisos. Las obras literarias permiten vislumbrar la trama escriturística, apreciar de qué manera intentan construir un relato imbricado en la historia. A partir de la práctica de la escritura se vinculan, de esta manera, historia y ficción. Se entiende así que la ficción fabrica algo diferente a partir de la narración de facetas de los sucesos históricos, y de ese modo, propone la existencia y alienta el recuerdo de otro pasado: “El efecto de lo real crea la ficción de otra historia” (118).
No es necesario hacer mucho énfasis en el reconocimiento de que la historia no se desenvuelve de la misma manera que la ficción y viceversa, ya que la historia como disciplina científica procura una vinculación certera con lo real (a través del tratamiento que dispensa a los documentos y testimonios) y no puede ser considerada como falsedad o elucubración. A partir de los razonamientos de De Certeau se desprende que la búsqueda de la historia es una búsqueda de lo otro, de la Otredad, de lo que se pierde con el tiempo y la muerte. Del mismo modo, la novela “sabe decir” algo acerca de lo Otro, de la muerte y del vacío; también consigue revelar en la escritura las “ausencias”, aquellos “documentos” y “murmullos” que permanecen. Ambas prácticas de escritura procuran hacer inteligible lo Otro. Al igual que en la historia, interesan en la novela las relaciones que se establecen entre pasado y presente, y si para De Certeau “escribir es construir”, la escritura novelística procura, al mismo tiempo, construir (un relato, una historia) y reconstruir (un tiempo, un pasado, una historia). En numerosas ocasiones la novela consigue valerse de aquellos elementos que en la historia quedan al margen:
Todo lo que esta nueva comprensión del pasado tiene por inadecuado –desperdicio abandonado al seleccionar el material, resto olvidado en una explicación– vuelve, a pesar de todo, a insinuarse en las orillas y en las fallas del discurso. “Resistencias”, “supervivencias” o retardos perturban discretamente la hermosa ordenación de un “progreso” o de un sistema de interpretación. Son lapsus en la sintaxis construida por la ley de un lugar, prefiguran el regreso de lo rechazado, de todo aquello que en un momento dado se ha convertido en impensable para que una nueva identidad pueda ser pensable. (De Certeau, 1993: 18)
A partir de la cita anterior de Michel De Certeau se podría afirmar que la novela también propone una nueva comprensión del pasado ya que trabaja con los desperdicios, con los restos de los sucesos y de los relatos. Con esos retazos se construye una urdimbre que convierte fragmentos dispersos en los puntos de unión y de sentido. En la novela, los restos resisten y regresan, pero no para completar un relato, sino para proponer otra historia. En este sentido, también en la novela “la narración se presenta como una dramatización del pasado” (23). De este modo, el relato convierte a la lectura de lo pretérito en una escritura actual del pasado porque lo que se cuenta está atravesado por el presente del que cuenta, se lee y se escribe el pasado desde el presente: los interrogantes y la incertidumbre del presente atraviesan la narración. En este sentido, puede constatarse una gran coincidencia entre el planteo de De Certeau y los de Marc Bloch y José Luis Romero cuando el primero afirma que “una lectura del pasado siempre está guiada por una lectura del presente”. La historia que se mueve entre estas variables se afirma como un “trabajo sobre el límite”. En el límite entre disciplinas, temporalidades, estrategias, y también en el límite entre materiales y materialidades distintas. Porque lo que le interesaría a la historia no es lo real sino lo “inteligible”, aquello que puede ser leído y comprendido.
Se vinculan un lugar, un espacio, una zona, con una historia y con una sociedad que les dan sentido a través de diferentes discursividades. En este aspecto, la novela vincula un relato con un lugar pero también construye un espacio diferente al repartir o integrar los fragmentos de un modo propio. De esta manera, lo fragmentario o caótico adquiere otra significación porque en la apariencia de un caos se señala otro ordenamiento posible. Porque, siguiendo a De Certeau (1993: 104), lo real es al mismo tiempo un punto de partida pero también un punto de fuga para la narración. En la novela se temporalizan los sucesos y se intenta captar una época a partir de la recreación de climas, atmósferas, que con la narración dan cuenta del “espesor”: “la narrativización crea un «espesor»”.
4. La narración hacia una temporalidad profunda
Entre las cuestiones más importantes sobre las que reflexionó Hayden White (1992, 2010, 2011) puede mencionarse la problemática de la representación y en particular de las relaciones entre el discurso narrativo y la representación histórica. White señala que la escritura de la historia es un acto meramente poético en el que a partir de la formalización de intuiciones se establece cuál va a ser el “espesor” o los modos del relato histórico. De este modo, destaca el aspecto creador en la labor histórica: “Creo que el historiador realiza un acto esencialmente poético, en el cual prefigura el campo histórico y lo constituye como un dominio sobre el cual aplicar las teorías específicas que utilizará para explicar «lo que en realidad» estaba sucediendo” (White, 2010: 10). La configuración narrativa, que no puede ser concebida como una forma neutra (ya que está atravesada por elecciones epistemológicas e ideológicas), dota a los acontecimientos de una “coherencia ilusoria”, provoca un efecto de sentido. Estas narrativas, que en algún punto pueden plantear la “disolución de la distinción entre discursos realistas y ficcionales”, dan cuenta de una relación irreal, imaginaria, pero válida, de un grupo social con sus condiciones de vida. En este sentido, toda narrativa es una secuencia de selecciones de acontecimientos, pero también de momentos que son dejados de lado, al margen: “Cada narrativa, por aparentemente «completa» que sea, se construye sobre la base de un conjunto de acontecimientos que pudieron haber sido incluidos pero se dejaron fuera” (White, 1992: 25). Toda narrativa está atravesada por una trama que es la que “impone un significado a los acontecimientos”; así es como el relato histórico otorga una forma a la realidad.
A partir de los aportes de Paul Ricœur, Hayden White (1992: 68) señala que la narrativa permite “comprender las acciones históricas” a partir de la construcción y la visión de un conjunto. Esta “captación conjunta” se genera a partir del cruce de las dimensiones cronológicas o “episódicas” (el relato de los acontecimientos) y no cronológica o “configurativa” (construcción de significados desde acontecimientos dispersos). A partir de esto se deduce que una narración construye siempre una temporalidad que le es propia y, a su vez, en ella confluyen dos temporalidades que se distancian y se complementan. El relato, y por lo tanto la novela, reorganizan el tiempo y lo disponen de otro modo, con una forma que presta importancia a las secuencias y sucesiones, pero también a los vacíos, las fluctuaciones y los meandros. El tiempo de un relato surge entonces de la interrelación y del juego entre la “intratemporalidad”, la “historicidad” y la “temporalidad profunda”. La llamada temporalidad profunda tiene estrecha relación con el concepto de espesor expuesto con anterioridad. En esa zona temporal, en ese límite, se dispone la novela. Así, la temporalidad profunda de una novela se nutre de las otras dos instancias pero, a partir del influjo y registro de las ausencias, los silencios y los murmullos, las modifica de forma radical. De este modo, la novela concreta esta “captación conjunta” a partir de la construcción de una temporalidad profunda que expone contradicciones y complejidades. En este proceso, su configuración narrativa permite que confluyan los comienzos y los finales, el pasado hasta llegar al futuro, lo que brinda la capacidad de comprender un todo y “de “recordar hacia delante” así como hacia atrás, y de vincular un final con su principio (34).
5. La rememoración y el testimonio frente al olvido
Paul Ricœur (2008) se dedicó a reflexionar profundamente sobre los vínculos entre la historia, la memoria, el olvido, el testimonio y el recuerdo. Una pregunta clave de sus planteos es de qué manera se cruzan y relacionan la imaginación y la memoria. Porque, siguiendo a Platón, la memoria es la “representación presente de una cosa ausente” (Ricœur, 2008: 23). En este sentido, “la imaginación y la memoria poseen como rasgo común la presencia de lo ausente” (67), y la escritura entonces permite construir una segunda memoria trazada también en el ahora, traer de regreso lo otro ausente, lo muerto y perdido en el pasado, para imaginarles un presente que resplandece.
¿Cómo la historia, en su escritura literaria, logra distinguirse de la ficción? Plantear esta cuestión es preguntar en qué la historia sigue siendo o más bien se convierte en representación del pasado, cosa que la ficción no es, al menos en intención, si lo es de alguna forma por añadidura. Es así como la forma repite, en su fase final, el enigma planteado, por la memoria en su fase inicial. (Ricœur, 2008: 245)
Ricœur deja en claro la distinción entre los conceptos “memorización” y “rememoración”. La memorización es una puesta en escena de ciertos datos de la memoria en una acción repetitiva y que no genera nuevos sentidos, mientras que la rememoración busca trazar nuevos vínculos de forma constante, es un proceso por el cual los hechos pasados y supuestamente perdidos se transforman en objetivos de una activa búsqueda de sentido. A través de la rememoración se busca resignificar el presente desde elementos del pasado, así también el pasado adquiere otro “espesor” desde la mirada del presente. Al tiempo que la “memoria-repetición” resiste la erosión de los cuestionamientos, la “memoria-recuerdo” es memoria crítica.
Por otro lado, el testimonio y también el recuerdo se construyen en el marco de un grupo que le brinda sostén y lo constituye en una práctica de rememoración, en una acción del pensar y recordar activamente. Así, el testimonio se erige en una “institución natural de vinculación” (Ricœur, 2008: 211-214) que asevera la realidad de lo sucedido y, al mismo tiempo, procura autentificar la declaración. Este primer elemento problematiza, como lo señala el mismo Ricœur, la distinción entre realidad y ficción a partir de esta frontera indecidible planteada por el testimonio en la que “surgen numerosas sospechas”. Así también el testimonio se realiza a partir de la “autodesignación del sujeto” que asegura “yo estaba allí”, al mismo tiempo que reafirma la realidad de lo sucedido.
En muchas ocasiones, el testimonio asume la figura de un diálogo, de una conversación entre varios interlocutores, lo que refuerza la validez de lo afirmado. El testimonio se convierte en la voz de un otro, de un tercero.3 Y si Ricœur (2008: 214) señala que “hay testigos que no encuentran nunca la audiencia capaz de escucharlos y oírlos”, entonces la novela se propone como un testimonio que asume muchas otras voces. La novela restituye voces, sucesos y protagonistas para conjurar, lo que Ricœur identifica como olvido de “destrucción de las huellas”, ese olvido que intenta ser definitivo (536).
Ciertas ficciones pueden ser consideradas como una “reserva” frente a los olvidos presentes, al dar cuenta de la actualidad, de las razones y causas de la amnesia. A partir de esta problemática interesa también plantear las dinámicas que se ponen en juego entre la representación y la interpretación, lo que expone también el funcionamiento de lo imaginario: “¿Cómo mantener la diferencia de principio entre la imagen de lo ausente como irreal y la imagen de lo ausente como anterior?” (Ricœur, 2008: 308).
6. Recuerdos compartidos para la memoria colectiva
Siempre recordamos con otros o, como escribió Maurice Halbwachs (2011: 68-69), “nunca estamos solos” y en nuestros recuerdos llevamos a los otros con nosotros, construimos esos recuerdos entre muchos. Porque la memoria colectiva es una “corriente de pensamiento continuo” que “solo retiene del pasado aquello que está todavía vivo, o que es capaz de vivir en la conciencia del grupo que lo conserva” (129). A su vez, el recuerdo es “una reconstrucción del pasado que se realiza con la ayuda de datos tomados del presente” (118). Entonces, podría afirmarse que tanto la historia como la ficción procuran incorporar en la memoria colectiva una “semilla de rememoración” para que el conjunto de recuerdos se convierta en una trama vinculante que reúna a todos en torno a una memoria compartida. A pesar de que llevemos a los otros con nosotros, al recordar, “el primer testigo al que siempre podemos recurrir somos nosotros mismos” (69). La memoria colectiva se conforma en el contacto y la imbricación de las memorias individuales que le brindan un punto de partida, pero son las sociedades de recuerdo las que sostienen esas tramas en el tiempo. Posteriormente, es la escritura la que logra que esta memoria colectiva perviva. El testimonio está compuesto por una voz que enuncia y una memoria colectiva que lo hace formar parte y que le otorga un valor propio. Por lo tanto, esta memoria colectiva establece una relación particular con las temporalidades ya que necesita darse un tiempo propio para organizar las duraciones y los sucesos. Esta noción es decisiva porque señala que cada grupo social, al tiempo que teje los recuerdos en una memoria colectiva, también está construyendo sus propios tiempos: “cada grupo define localmente su propia memoria, y una representación del tiempo que le pertenece exclusivamente” (158). En el caso de la novela, la construcción de las temporalidades es decisiva para dar coherencia y espesor a la trama de recuerdos y sucesos a los que se quiere aludir. Se postula generalmente que esa manera de disponer los tiempos responde a los intereses del personaje que cuenta o del narrador pero, en gran medida, también está poniendo de manifiesto una temporalidad particular que puede brindar una imagen de la crisis y de la fragmentación del recuerdo en una época. En la memoria colectiva conviven y se confrontan recuerdos problemáticos y contrapuestos que en la ficción están dramatizados en las voces de los personajes.
Halbwachs también señala la importancia del espacio físico, del lugar, para el anclaje de la memoria colectiva y para la relación de los hombres con los otros y con sus recuerdos compartidos. La imagen de supuesta inmovilidad que acompaña a los espacios físicos (podría reflexionarse qué sucede con las grandes ciudades en permanente expansión y cambio) es el punto de encuentro entre un grupo social y sus recuerdos, como una geografía supuestamente “muda e inmóvil que nos circunda” (188).
7. Para una comprensión de lo real
A pesar de los intentos por separar literatura e historia,4 esfuerzos que se iniciaron hace veinticinco siglos, para Ivan Jablonka (2016: 12) los aportes más renovadores y potentes se generan en textos que trabajan en sus límites y que toman herramientas de ambas. Entonces, tanto la historia como la literatura producen “conocimiento de lo real” porque consiguen no solo representar lo real, sino también explicarlo y tratar de comprenderlo. En ambas, la escritura no es un mero soporte para mostrar resultados, sino que se transforma en el cuerpo de una indagación, en el despliegue de la incertidumbre y la búsqueda.
Estos contactos se hacen más certeros a lo largo del siglo XX con el surgimiento de lo que Jablonka denomina “literaturas de lo real”, herederas de las novelas realistas, y que, en la era de los fenómenos de masas, son muestras del “lenguaje del individuo” que intenta resistir frente a los embates de la violencia y la aniquilación. Los cruces y contactos entre la historia y la literatura son profundos y productivos ya que existen textos literarios que despliegan un “razonamiento histórico”, y porque ambas manifiestan una “vocación por la narrativa”, es decir, necesitan contar, narrar, para exponer preguntas y certezas. De acuerdo con Barthes y White, Jablonka señala que la novela ejerció una influencia decisiva sobre la historia en el siglo XIX a partir de su capacidad para dramatizar lo conflictivo y para representar tipos y personajes. A principios del siglo XIX, autores como Benjamin Constant, Madame de Staël, Bonald y Chateaubriand generan un “cambio de literatura” con novelas que son al mismo tiempo historia, epopeya, poema. Surge así con Los mártires [1809] y Las memorias de ultratumba [1848] de Chateaubriand una suerte de “novela histórica de tesis” (Jablonka, 2016: 55) que obliga a replantear la relación de los sucesos y documentos con la imaginación y la ficción. A partir de este momento, los relatos se tornan, no solo más verosímiles, sino más “vivos”: “la ficción se ha vuelto menos ficticia que la historia” (56-57).
Por otro lado, Jablonka (2016: 112) realiza una lectura crítica de los postulados del linguistic turn, en particular de algunas reflexiones de White, que igualan la literatura y la historia como meras construcciones discursivas, con lo cual le niegan a esta última un “régimen cognitivo propio”. Así, reconoce en este giro la influencia de varias corrientes de pensamiento como el pirronismo (que empuña contra todo la duda generalizada), el panpoetismo (que incluye a la historia entre todos los géneros literarios, impulsado por el modelo saussureano) y la crítica del poder. A su vez, también menciona a historiadores como Arnaldo Momigliano, Carlo Guinzburg, Krzysztof Pomian y Roger Chartier, quienes efectuaron una lúcida crítica frente al relativismo y el escepticismo absoluto impulsados por el linguistic turn: “todos pusieron de relieve que el historiador tiene por misión la búsqueda de la verdad, que se somete en última instancia a lo real y que su saber es verificable, probado por textos, testimonios, vestigios, monedas e incluso técnicas de datación” (Jablonka, 2016: 114-115).
La literatura tiene algo de adyuvante epistemológico. Sensibiliza a los historiadores respecto de lo que ignoran o desconocen: el papel del azar, la idea de contingencia, la dimensión privada de los grandes acontecimientos. La literatura es una caja de herramientas cognitivas de la que pueden tomarse modelos de historicidad o de ejemplaridad, categorías de percepción de lo real, filosofías del tiempo y formas de interpretación del mundo. (Jablonka, 2016: 123)
Al mismo tiempo, el historiador francés expone ciertas marcas o herramientas que la historia comparte con la literatura y que, en gran parte, pueden encontrarse en las novelas del corpus. En esos textos se procura generar efectos de verdad, a partir de la inserción de los personajes en un período histórico identificable, con la inclusión de detalles que “hacen aparecer lo real” en la narración, y a partir de la generación de “efectos de presencia” que procuran al mismo tiempo hacer ver, hacer creer y hacer comprender. Asimismo, se busca llegar desde la representación hacia una comprensión, a un razonamiento sobre lo real. Este tipo de textos busca comprender lo que hacen los hombres a través del tiempo, es decir que ponen en funcionamiento un método para entender a un sujeto y su devenir, en el pasado, el presente y el futuro. Por lo tanto, intentan desplegar en la medida de lo posible explicaciones causales, sistematizan y organizan los acontecimientos para comprenderlos y, por lo tanto, proceden a una puesta en orden del mundo.
En este sentido, la ficción no es ni verdadera ni falsa sino que establece otro tipo de relación con la realidad por fuera de estas variantes. Existen entonces ficciones intransitivas que son las que no establecen un vínculo con lo real. Mientras tanto, la ficción “transitiva”, que de algún modo remite al mundo, puede hacerlo a través del género de lo increíble (los mitos, las fábulas), lo verosímil (aquello que es creíble) y las verdades superiores, es decir, aquellas que llevan el efecto de lo real a niveles muy elevados: “La literatura, entonces, revela lo que no sabíamos: los destinos desconocidos, los sufrimientos ignorados, las pequeñas humillaciones de todos los días, pero también las fisuras, las contradicciones” (Jablonka, 2016: 200). Sin embargo, a partir de esta dualidad inicial en relación con lo real, Jablonka identifica una tercera variante en la cual no participa la mímesis. Se produce en lo que denomina como “ficción-revelación”, y varias novelas del corpus pueden ser relacionadas con esta modalidad ya que es una ficción que “puede provocar una suerte de comprensión instantánea y proporcionar así al lector la clave necesaria para decodificar lo real” (201). Jablonka denomina “ficciones de método” a aquellas herramientas que se ponen en juego en la ficción y la historia para dar cuenta de lo real. Pueden mencionarse entonces el extrañamiento (iniciar un proceso de desfamiliarización con lo que se cuenta), la plausibilidad (la construcción de una narración “apuntalada, visible y humilde”), la puesta en juego de conceptos y teorías (la utilización de “imágenes-conceptos” para exponer una teoría), y el empleo de procedimientos narrativos (se produce entonces un “efecto de dramatización” que reaviva lo que se relata). De este modo, la ficción se transforma “en una de las herramientas que sirven para buscar y construir lo verdadero” (222).
1. Entre los teóricos y críticos que estudiaron la novela se encuentran Friedrich Schlegel, Hermann Cohen, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Erich Auerbach, y con posterioridad, Fredric Jameson, Tzvetan Todorov, Julia Kristeva, Northrop Frye, Marthe Robert, entre otros.
2. Cf. Bajtín (1989), Lukács (2010), Tacca (2000), Barthes (2005), Kundera (2006), Goytisolo (2013), Wood (2016).
3. El término testis proviene de tertius y designa a las terceras personas que certificaban un contrato en el derecho romano (Benveniste citado por Ricœur, 2008: 212).
4. Sobre los cruces y diálogos entre ficción e historia, cf. Jablonka (2016), Auerbach (2014), Fernández Prieto (1998).
CAPÍTULO 2
Panorama de la novelística tucumana, 1950-2000
La novela es una lectura muy válida de la realidad que no todos están dispuestos a aceptar.
Hugo Foguet
El tiempo humano seguirá siendo siempre rebelde.
Marc Bloch
1. Desarrollo del campo cultural y literario tucumano
Desde finales del siglo XIX, con la inclusión de la provincia de Tucumán en la red ferroviaria y la llegada del ferrocarril en 1876, la industria azucarera recibe un gran impulso para su posterior industrialización. Se adquiere nueva maquinaria que llega desde el extranjero, se aceleran los tiempos de producción y se aumenta considerablemente la cantidad de azúcar que se elabora. A partir de esta influencia económica y social que genera la industria azucarera, puede apreciarse en la provincia un desarrollo en ámbitos urbanos y rurales, y en los colectivos sociales.1 El desarrollo de la industria se ve acompañado entonces por la aparición de nuevas pautas sociales y por el delineamiento de inquietudes culturales,2 en gran medida estimuladas por las nuevas elites.3 Así es que, a grandes rasgos, pueden leerse como hitos significativos en la vida de la ciudad y de la provincia el funcionamiento del Colegio Nacional y de la Escuela Normal, el fomento a la actividad dramática al erigir el teatro Belgrano, la conformación de la Sociedad Sarmiento, la creación de la Universidad Nacional de Tucumán y, posteriormente, de la Facultad de Filosofía y Letras, el desarrollo del periodismo cultural a través de revistas y suplementos en los diarios4 y el surgimiento del grupo La Carpa. Estos momentos ayudan a comprender la magnitud de una vida cultural que puede leerse e imaginarse en la novelística estudiada.
Con el aporte de figuras como Juan Bautista Alberdi, Nicolás Avellaneda y, posteriormente en los años finales del siglo XIX, con la llegada de Amadeo Jacques, Paul Groussac, entre otros intelectuales, el clima cultural de la provincia se modifica considerablemente y se trazan esquemas de desarrollos futuros. Dos instituciones decisivas en esos años son el Colegio Nacional, fundado en 1864, y la Escuela Normal, creada en 1875 (Martínez Zuccardi, 2007: 4-5). En esas instituciones se formarán importantes políticos e intelectuales de la provincia. Una síntesis de esta efervescencia se puede cotejar en palabras de Eduardo Rosenzvaig:
El [18]82, año prometeico en el que, a seis de existencia, la Escuela Normal da tres docenas de profesores diplomados, entre ellos media de mujeres; termina la construcción del teatro Belgrano y el gran puente de quebracho sobre el Salí, y tres veces a la semana salen a la calle La Razón y Los Debates, dos El Republicano, una El Católico. (Rosenzvaig, 2008: 275)
Formación de docentes, actividad en los teatros, publicaciones periódicas. Sobre este último aspecto es importante tener en cuenta el relevamiento realizado por Manuel García Soriano sobre los orígenes y el desarrollo del periodismo desde el siglo XIX. El periodismo “nace” en Tucumán con la impresión del Diario Militar del Ejército Auxiliar del Perú (1817-1819), luego de que el general Belgrano introdujera la imprenta. En 1820 aparecerá El Restaurador, que funciona como tribuna política, al que le seguirán muchas otras publicaciones. Mientras que en 1872 se funda La Razón, según García Soriano (1972: 7-9), el “primer gran periódico tucumano”, el primer diario informativo moderno de la provincia que se mantendrá en circulación hasta 1887. Fundado por Ernesto Colombres, en 1883 aparece el diario El Orden, que luego será dirigido por León Rosenvald, y que se convertirá en el diario hegemónico en Tucumán hasta la aparición de La Gaceta (pp. 30-40).
Se pone en evidencia la necesidad de construir numerosos puentes, pero aún se precisa algo más. Es así como un grupo de maestros egresados de la Escuela Normal se propone la creación de una sociedad que llevará el apellido de Sarmiento.5 Desde su establecimiento en 1882, la institución se propone fomentar la escritura y la lectura crítica y reflexiva, fundar una biblioteca, dictar conferencias y crear una escuela nocturna para adultos (Rosenzvaig, 2008: 275-276). En el seno de la Sociedad Sarmiento se comienzan a publicar El Porvenir y Tucumán Literario, que se convierten en los primeros antecedentes de publicaciones periódicas culturales en la provincia.6 Ambas publicaciones se erigieron como antecedentes para la aparición de la Revista de Letras y Ciencias Sociales creada en 1904 por el poeta Ricardo Jaimes Freyre, Juan B. Terán y Julio López Mañan. La revista, de periodicidad mensual y cuya publicación se prolongó hasta 1907, se convirtió rápidamente, según críticos como Emilio Carilla y David Lagmanovich, en una de las publicaciones más importantes del período, que dejó un legado y una marca en la cultura de la región.7 Según Soledad Martínez Zuccardi (2007: 3), pueden identificarse dos líneas clave en la publicación, a partir de la articulación de un proyecto literario y de un proyecto científico. Años después, numerosas figuras que integraron la Sociedad Sarmiento y publicaron en la Revista de Letras y Ciencias Sociales ocuparán cargos políticos provinciales y nacionales (2007: 6).
Sin embargo, las tensiones políticas también se reflejan en las dinámicas culturales, ya que el 28 de junio de 1903 se funda una “sociedad literaria” llamada Biblioteca Alberdi, impulsada por el entonces gobernador Lucas Córdoba. Esta biblioteca se convierte en una institución fundamental de la cultura tucumana. Llega a alcanzar en 1937 los cien mil lectores a razón de un promedio de ocho mil lectores por mes y realiza numerosos eventos culturales (Rosenzvaig, 2008: 237-240).
De alguna forma, la creación de estos centros de cultura funcionó como punto de partida para otras tareas y para la labor política. De acuerdo con esto, puede constatarse que varios integrantes de este grupo acompañarán luego a Juan B. Terán durante la proyección y el gobierno de los primeros años de la Universidad de Tucumán. El historiador Roberto Pucci señala que para Juan B. Terán la nueva universidad tendría que cumplir una misión modernizadora, democrática y regionalista (Darmanin-Chaparro, 2013: 69) para fomentar el desarrollo económico, social e intelectual de la provincia y de la región norte del país (Pucci, 2012b: 18). La Universidad se inaugura el 25 de mayo de 1914 y en abril de 1921 fue transferida a la órbita de la Nación. Posteriormente, se transformará en una institución clave en la vida de la provincia.
En el seno de la Universidad Nacional de Tucumán se crea en 1936 el Departamento de Filosofía, Pedagogía, Historia, Letras e Idiomas, que en 1939 es convertido en la Facultad de Filosofía y Letras.8 Con rapidez, la Facultad se convierte en un espacio de reunión, formación y discusión para los intelectuales y escritores de la época (Duguech, 2013: 31).9 Así lo refiere el escritor y periodista Julio Ardiles Gray (entrevistado por Martínez Zuccardi, 2012: 127):
Yo creo que la Facultad cambió todo, porque la Facultad nos hizo leer, leer teoría literaria […] Ya empezamos a leer Huidobro, Neruda, los poetas franceses, Éluard, Apollinaire, todos los surrealistas, Milosz, etc. Y yo creo que esa fue la característica nuestra, que ya no tomábamos ni como una tarjeta postal, folclórica, la literatura, sino como una cosa muy profunda y muy seria. Creíamos en la seriedad de nuestro trabajo literario.
El surgimiento del grupo La Carpa10 también marca un antes y un después en la vida cultural de la provincia porque consigue articular y que convivan la necesidad de una renovación de la palabra con un rescate de las representaciones de la tradición (Flawiá de Fernández y Assis, 1980: 15). Así es como en 1944 aparece en Tucumán una Muestra colectiva de poemas que contiene textos de poetas del norte argentino,11 introducido por un prólogo o manifiesto que, en gran medida, será el punto de partida para la producción literaria de varios de sus integrantes. La figura clave y congregante del grupo es el poeta salteño Raúl Galán.
La tarea cultural que emprenden, sobre todo en sus comienzos, no se reduce a discusiones filosófico-literarias sino que tratan de concretar sus objetivos ampliando los límites culturales de la ciudad a los barrios periféricos. Así, organizan representaciones de títeres, charlas, conciertos […] De allí el nombre de La Carpa que […] queda como símbolo del “cobijo imprescindible, porque hacía mucho frío y afuera llovía: era el frío de la cursilería literaria y la lluvia de los ripios”. (Flawiá de Fernández y Assis, 1980: 176)
Una de las facetas más importantes del grupo es la creación de una editorial en la que publican varios textos poéticos y narrativos.12 A partir del trabajo con el lenguaje y al asumir la importancia de la palabra pública como escritores e intelectuales, con La Carpa se constata la aparición y reafirmación de una conciencia poética, regional y grupal (Martínez Zuccardi, 2010b).
Otras instituciones del medio tuvieron también una importante influencia en el desarrollo cultural de la provincia. En 1947 un grupo de artistas, escritores e intelectuales se reúnen para realizar conciertos, conferencias, presentaciones de libros, exposiciones de pintura. Nace así la peña El Cardón, que funcionará como lugar de encuentro y discusión. Una de sus figuras principales y su primer presidente fue Gustavo Bravo Figueroa.13
Una labor decisiva cumplió el Consejo Provincial de Difusión Cultural creado en enero de 1959 bajo el impulso del escritor y periodista Julio Ardiles Gray y con el apoyo del entonces gobernador radical Celestino Gelsi (Flawiá de Fernández y Steimberg de Kaplan, 1985: 32). El organismo estuvo inspirado en la Carta Real de própositos de la BBC de Londres y en el Fondo de Cultura Económica mexicano. Funcionaba como un ente descentralizado integrado por diferentes departamentos que respondían a las diversas disciplinas artísticas (1985: 34), con autonomía financiera, ya que los fondos que se ejecutaban provenían de las ganancias de los juegos de azar recaudadas por la provincia y de los ingresos de los espectáculos previstos (1985: 33). En el ámbito de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, se crea en 1964 la Dirección de Cultura y Costumbres para coordinar actividades entre la Universidad y el Consejo Provincial de Difusión Cultural.
Respecto de las revistas culturales, es preciso agregar a la ya mencionada Revista de Letras y Ciencias Sociales la aparición de publicaciones como Sustancia,14 Cántico, Norte y Humanitas, entre otras.15 Las revistas funcionan como espacios de resonancia ya que, según Nilda Flawiá de Fernández, estimulan la labor intelectual y amplifican un diálogo/discusión entre interlocutores diversos al difundir teorías estéticas y políticas. Una mención aparte merece el resurgimiento16 de la “Página literaria” del diario La Gaceta desde 1956 y bajo la dirección de Daniel Alberto Dessein. Ana María Risco destaca que en 1956 la página inicia un proceso de afianzamiento y reconocimiento en el campo cultural regional y nacional que alcanza su auge en los 70.17
En el período considerado, la “Página literaria” de La Gaceta se constituyó como espacio consagratorio, en el que coexistían poéticas diversas que se mantenían en disputa y tensión. Esta dinámica del suplemento, según Risco (2009: 15), permite “documentar la dinámica del campo literario regional y su relación y coordinación con el campo literario nacional”. Este proyecto cultural se sustenta en diferentes tipos de colaboraciones como ensayos, reseñas, entrevistas, críticas, polémicas. Por otro lado, el público estaba concebido como un lector culto no especializado. La selección de los textos respondía a un criterio de “calidad y representatividad”, y la variedad de perspectivas respondía a la necesidad de “reflejar la compleja y múltiple realidad cultural argentina en su conjunto” (272).
2. Sobre literatura, región y novela en Tucumán
David Lagmanovich señala con acierto que gran parte de la literatura argentina “gira” en torno a Buenos Aires, pero que este centro no totaliza las representaciones culturales y ficcionales de todo un país. Para este autor, el problema no radica en la producción de los bienes culturales sino en las posibilidades de su circulación. Para Lagmanovich (1974: 11), la región verdaderamente “distinta” en el concierto de zonas del país es la región del norte o del noroeste (NOA), que comprende las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca y La Rioja. Por eso, para él, lo importante es trazar un panorama general, no desde una mirada “provinciana” o “regional”, sino que vuelva a insertar las escrituras del NOA en la literatura argentina, como “capítulo” de la historia literaria argentina (1974: 12-13).18 El escritor Walter Guido Wéyland, al reflexionar sobre la novelística de Alberto Córdoba y aludiendo a la “literatura regional”, señalaba que lo regional es un modo de captar lo “universal”:
Es falla grave y generalizada de los argentinos […] el negar carácter universal a las manifestaciones artísticas y literarias que expresan el país en su múltiple y diferenciada riqueza de motivos. ¡Como si el hombre de la Patagonia, de las pampas y de los reductos precordilleranos viviera al margen del universo, o como si su estructura anímica, sus pasiones y sus conflictos fueran los de un poblador de otro planeta! (Wéyland, 1967: 7-8)
De este modo, la mirada de región traza una escritura del país y del universo. Y esa mirada es crítica porque trata de comprender al hombre en su lugar y en su tiempo. La novela se propone reescribir la región en su devenir. Sin embargo, es notorio el contraste entre el gran número de escritores que apostaron al género novelístico para escribir Tucumán y aquellos autores que lo hicieron en otros territorios de la región.19 En cuanto a los estudios generales sobre la novelística en Tucumán, desde la segunda mitad del siglo XX se realizaron los análisis más sistemáticos sobre la producción literaria, siempre en relación con otros textos de la región del NOA. Estos trabajos estudian tanto la lírica como la narrativa breve y la novelística. Respecto de los relevamientos y la reflexión crítica sobre la novelística es preciso destacar los aportes de Lagmanovich (quien en 1974 publica uno de los primeros libros sobre literatura regional en la Argentina, cf. también 2010), Octavio Corvalán (2008) y Nilda Flawiá de Fernández (1987, 1993, 1995, 1998). Tanto Lagmanovich como Corvalán trazan un panorama parcial de la novelística en Tucumán y analizan aspectos estéticos y escriturarios en las obras de Elvira Orphée (Dos veranos, 1956; Uno, 1961; Aire tan dulce, 1966), Tomás Eloy Martínez (Sagrado, 1969), Juan José Hernández (La ciudad de los sueños, 1971), para poner especial énfasis en lo publicado por Julio Ardiles Gray (La grieta, 1952; Los médanos ciegos, 1957, El inocente, 1964) y Hugo Foguet (Frente al mar de Timor, 1976; Pretérito perfecto, 1983). En el caso de Lagmanovich, el crítico señala que en las obras de los escritores mencionados se construye una “visión conflictiva” en la representación de Tucumán. Mientras tanto, Nilda Flawiá de Fernández estudió las obras de Julio Ardiles Gray y, en varios artículos, realizó los primeros aportes sobre los cruces y las tensiones entre historia y ficción en Pretérito perfecto de Hugo Foguet. Por su parte, la investigación de Victoria Cohen Imach (1994) analiza La ciudad de los sueños, de Hernández, en conjunto con novelas de Antonio Di Benedetto, Daniel Moyano y Héctor Tizón, y traza relaciones entre obras y estéticas desde los conceptos de campo intelectual y periferia. Posteriormente, Eduardo Rosenzvaig (2010) trazó un nuevo y más completo panorama que menciona otras novelas y sus vinculaciones con el universo del azúcar y allí incluyó, entre obras publicadas desde mediados del siglo XX, novelas de Pablo Rojas Paz, Alberto Córdoba, Adolfo Colombres, Eduardo Rosenzvaig, Dardo Nofal y Osvaldo Fasolo.20 Con referencia a las novelas y a las temáticas seleccionadas para este proyecto, los artículos críticos abordan una o dos novelas del período y las analizan desde perspectivas discursivas diversas. En este sentido, y hasta la actualidad, los análisis se centran en cuestiones como las relaciones entre literatura, memoria y ficción; las representaciones y los cruces de lo identitario y lo social; los debates sobre literatura regional en el contexto del sistema literario argentino.21De la lectura del presente estado de la cuestión se puede destacar que son escasos los trabajos que trabajen en forma diacrónica las obras de diferentes autores en el intento de trazar un mapa de problemáticas y estéticas en común (Mena, 2012). Asimismo, en los trabajos críticos son reducidas y aisladas las referencias a aspectos históricos.
3. Relevamiento y textos que resurgen
3.1. Sobre las ediciones
Los libros siguen su propio camino luego de ser publicados. Algunos son leídos en pequeños círculos de lectores que se conocen entre sí o que conocen al autor. En ocasiones a los lectores los separan ciudades, países y océanos. Hoy en día, si el libro consigue seguir vivo, tiene una posteridad, puede ser ofrecido en portales (librerías virtuales que en ocasiones tienen un lugar en la geografía de una ciudad) que se dedican a vender libros usados22 en la red. Un antecedente de este tipo de librería virtual son las llamadas “librerías de viejo” o de libros usados. En otros casos, o podría decirse en la mayoría de los casos, los libros circulan o son leídos desde el papel de unas fotocopias; se reúnen con un anillado las páginas, algunas veces presentadas por una copia de la portada y la contratapa del libro. Como un vestigio de otra época, el libro está allí como una carpeta en blanco y negro. En vez de contar con unas tapas duras, el papel A4 doblado en dos, el encuadernado cosido con hilo o pegado, puede encontrarse una serie de espirales y tapas plásticas. Así, el libro prolonga su vida en la fotocopia porque prácticamente no existen ejemplares o no circulan copias físicas o digitales de las obras estudiadas.
Al trazar las trayectorias de las publicaciones o reediciones de las novelas del corpus, estas travesías muchas veces tienen que ver con la propia carrera del autor que gestiona la publicación primera o la reedición, e intenta mantener la vigencia editorial de sus obras. En ocasiones, la edición de autor23 o en editoriales poco conocidas o efímeras se transformaron en las únicas opciones al alcance de los novelistas. Por ejemplo, y como lo refiere Walter Guido Wéyland, Alberto Córdoba se encargó de editar y pagar la primera edición de su libro de cuentos Burlas veras. Córdoba visitaba las librerías de Buenos Aires ofreciendo sus libros y negociando con los libreros para que expusieran los ejemplares en lugares visibles. También existían libros a los que la editorial solo ponía el pie de imprenta y los autores corrían con todos los gastos de la edición y publicación. Por otro lado, de los datos consignados en la lista de obras y autores se desprende que, de las ochenta y seis obras relevadas, la gran mayoría de ellas (cincuenta y nueve novelas)24 vieron su primera edición en editoriales de Buenos Aires. Se constata así la fuerza del centro cultural conformado en la ciudad capital. Pero también esto responde a que muchos de los autores mencionados vivieron y desempeñaron su labor profesional allí.25 Algunos de los títulos fueron publicados por grandes editoriales de la época como Losada, Sudamericana y Planeta, o por otros sellos en crecimiento que dejaron su impronta o que siguen editando hasta la actualidad, como la Compañía Fabril Editora, Doble P,26 Centro Editor de América Latina (CEAL), Galerna, Rodolfo Alonso, De la Flor, Legasa, Torres Agüero, Corregidor.
Mientras tanto, en Tucumán fueron publicadas las primeras ediciones de veinte obras, tarea llevada a cabo en gran medida por sellos de la Universidad Nacional de Tucumán, pero también por otros como Benito Paraván, Jano, Ediciones La Carpa, Consejo Provincial de Difusión Cultural y Ediciones Tarco. Por otro lado, en el exterior también vieron la luz primeras ediciones de algunas obras; así sucede en Chile con novelas de Pablo Rojas Paz (Hasta aquí, no más, 1936) y de Elvira Orphée (La última conquista de El Ángel, 1977), en México con dos novelas de Adolfo Colombres (Viejo camino del maíz, 1979; Sol que regresa, 1981) y en España con las ficciones de Eduardo Rosenzvaig (Santísimas viruelas, 1995) y de Sara Rosenberg (Un hilo rojo, 1998; Cuaderno de invierno, 1999).
Varias de las novelas que figuran en el relevamiento fueron premiadas o recibieron reconocimientos en concursos provinciales, nacionales e internacionales. En ocasiones, a la premiación le podía seguir la publicación de la obra por parte de la institución organizadora del certamen o con su auspicio.
Cuadro 1. Relevamiento completo
| Año pub. | Autor | Obra | Lugar de publicación | Editorial | Año reed. | Lugar: editorial |
| 1929 | Bravo, Mario | En el Surco | Buenos Aires | La Vanguardia | ||
| 1936 | Rojas Paz, Pablo | Hasta aquí, no más | Santiago de Chile | Ercilla | 1966 | Buenos Aires: Jorge Álvarez |
| 1943 | Rojas, Guillermo Calixto | Mansedumbre herida [Mansedumbre] | Tucumán | Benito Paraván | 1951 | Tucumán: Ediciones Rhef |
| 1950 | Rojas Paz, Pablo | Los cocheros de San Blas | Buenos Aires | Losada | 1994 | Buenos Aires: Sec. Cultura |
| 1950 | Lobo, Alfredo Estanislao | Claudia | Tucumán | |||
| 1951 | Usandivaras, Brígida | Sexo débil | Buenos Aires | |||
| 1952 | Ardiles Gray, Julio | Elegía | Tucumán | Jano | 1974 | Buenos Aires: Orión |
| 1952 | Ardiles Gray, Julio | La grieta | Tucumán | La Carpa | ||
| 1952 | Córdoba, Alberto | La malhoja | Buenos Aires | Raigal | ||
| 1952 | Galán, Raúl | El viaje alucinado | Tucumán | Jano | 1966 | Tucumán: Cons. Prov. Dif. Cult. |
| 1954 | Colombres, Eduardo Joubin | El cañaveral amargo | Buenos Aires | Hemisferio Austral | ||
| 1954 | Dessein, Eduardo | Los comienzos | Buenos Aires | Botella al mar | ||
| 1954 | Rojas Paz, Pablo | Mármoles bajo la lluvia | Buenos Aires | Losada | ||
| 1956 | Ardiles Gray, Julio | Los amigos lejanos | Buenos Aires | Doble P | 1968 | Buenos Aires: CEAL |
| 1956 | Cascales Catena, José | Extraña historia del Doctor Vencel | Tucumán | Del autor | ||
| 1956 | Dessein, Eduardo | Su generación | Buenos Aires | Nova | ||
| 1956 | Orphée, Elvira | Dos veranos | Buenos Aires | Sudamericana | 2012 | Villa María: Eduvim |
| 1957 | Ardiles Gray, Julio | Los médanos ciegos | Buenos Aires | Doble P | 1968 | Buenos Aires: CEAL |
| 1960 | Etchecopar, Máximo | Unos papeles de Lofredo Paz | Buenos Aires | Colombo | ||
| 1961 | Orphée, Elvira | Uno | Buenos Aires | Compañía Fabril | ||
| 1962 | Victoria, Marcos | Novelas de la ciudad y del río | Buenos Aires | Losada | ||
| 1964 | Ardiles Gray, Julio | El inocente | Buenos Aires | Seijas y Goyanarte | ||
| 1964 | Wéyland, Walter Guido | El fuego sombrío | Buenos Aires | Pleamar | 1964-1971 | Buenos Aires: Pleamar-Barcelona: Bruguera |
| 1966 | Colombres, Adolfo | Siete para la eternidad | Tucumán | Cons. Prov. Dif. Cult. | ||
| 1966 | Orphée, Elvira | Aire tan dulce | Buenos Aires | Sudamericana | 1977-2009 | Caracas: Monte Ávila-Buenos Aires: Bajo La Luna |
| 1968 | Ardiles Gray, Julio | Las puertas del paraíso | Buenos Aires | CEAL | ||
| 1968 | Victoria, Marcos | Buenos Ayres City | Buenos Aires | Losada | ||
| 1969 | Martínez, Tomás Eloy | Sagrado | Buenos Aires | Sudamericana | ||
| 1969 | Orphée, Elvira | En el fondo | Buenos Aires | Galerna | 1975 | Buenos Aires: Compañía General Fabril |
| 1971 | Hernández, Juan José | La ciudad de los sueños | Buenos Aires | Sudamericana | 2005 | Buenos Aires: Adriana Hidalgo |
| 1972 | Colombres, Adolfo | Los días imposibles | Buenos Aires | CEAL | ||
| 1972 | Colombres, Adolfo | Caranday de las muertes | Buenos Aires | Rodolfo Alonso | ||
| 1972 | Victoria, Marcos | El misterioso Heredia | Buenos Aires | Niké | ||
| 1973 | Perrone, Eduardo | Preso común | Buenos Aires | De la Flor | 2013 | Tucumán: Cruce Cartonero |
| 1974 | Colombres, Adolfo | El oficio de militante | Buenos Aires | De la Flor | ||
| 1974 | Perrone, Eduardo | Visita, francesa y completo | Buenos Aires | De la Flor | 2011 | Tucumán: Cruce Cartonero |
| 1975 | Coviello, Gladys Águeda | Veinticinco al 715 | Buenos Aires | Crisol | 2018 | Ediciones del Parque |
| 1975 | Marrochi, Héctor Ivo | El caracol | Tucumán | Ediciones Tarco | ||
| 1976 | Defant, Alba | La maraña | Tucumán | Ediciones Tarco | 2018 | Tucumán: Ed. del Parque |
| 1976 | Foguet, Hugo | Frente al mar de Timor | Buenos Aires | Granica | 1998 | Buenos Aires: Perfil |
| 1976 | Perrone, Eduardo | Días de reír, días de llorar | Buenos Aires | De la Flor | 2013 | Tucumán: Cruce Cartonero |
| 1977 | Flores de M., Eugenia | La casa en los cerros | Buenos Aires | ACME | Reed. suc. | Tucumán: UNT |
| 1977 | Orphée, Elvira | La última conquista de El Ángel | Santiago de Chile | Vergara | 1984 | Buenos Aires: Vergara |
| 1978 | Rojas, Guillermo Calixto | El hombre del maletín | Buenos Aires | Longus | ||
| 1978 | García Fernández, Juan M. | Los amantes de Parque Chacabuco | Buenos Aires | Troquel | ||
| 1979 | Colombres, Adolfo | Viejo camino del maíz | México | Diana | 2013 | Buenos Aires: Catálogos |
| 1980 | Ardiles Gray, Julio | Como una sombra cada tarde | Buenos Aires | Corregidor | ||
| 1981 | Colombres, Adolfo | Sol que regresa | México | Premia | 2019 | Ciccus Ediciones |
| 1983 | Foguet, Hugo | Pretérito perfecto | Buenos Aires | Legasa | 2015 | Villa María: Eduvim |
| 1983 | Perrone, Eduardo | Los pájaros van a morir a Buenos Aires | Buenos Aires | Galerna | ||
| 1983 | Zamora, Francisco | Bisiesto viene de golpe | Buenos Aires | Bruguera | ||
| 1983 | Colombres, Adolfo | Portal del paraíso | Buenos Aires | Losada | ||
| 1985 | Martínez, Tomás Eloy | La novela de Perón | Buenos Aires | Legasa | Reed. suc. | |
| 1985 | Ramos Signes, Rogelio | Diario del tiempo en la nieve | Buenos Aires | [Revista Minotauro] | ||
| 1986 | Carabelli, Julio | A conciencia pura | Buenos Aires | Marymar | ||
| 1986 | Ramos Signes, Rogelio | En los límites del aire, de Heraldo Cuevas | Buenos Aires | [Revista El Péndulo] | ||
| 1987 | Colombres, Adolfo | Territorio final | Buenos Aires | Torres Agüero | 2014 | Buenos Aires: Catálogos |
| 1988 | Colombres, Adolfo | Karaí, el héroe. Mitopopeya de un zafío | Buenos Aires | Del Sol | ||
| 1989 | Orphée, Elvira | La muerte y los desencuentros | Buenos Aires | Fraterna | 2008 | Buenos Aires: Fund. Victoria Ocampo |
| 1989 | Wéyland, Walter Guido | El descendiente | Buenos Aires | Gente de Letras | ||
| 1991 | Colombres, Adolfo | Sacrificio | Buenos Aires | Corregidor | ||
| 1991 | Martínez, Tomás Eloy | La mano del amo | Buenos Aires | Planeta | 1997-2003 | Buenos Aires: Seix Barral-Alfaguara |
| 1991 | Rosenzvaig, Eduardo | El sexo del azúcar | Buenos Aires | Letra Buena | 2012 | Buenos Aires: Nuestra América |
| 1991 | Rosenzvaig, Eduardo | La espalda de la libertad | Tucumán | UNT | ||
| 1991 | Rosenzvaig, Eduardo | La oruga sobre el pizarrón | Tucumán | UNT | 1993-2011 | Buenos Aires: Colihue-Cartago |
| 1993 | Carabelli, Julio | El crimen de la vecina en el presupuesto nacional | Buenos Aires | Grupo Editorial Latinoam. | ||
| 1993 | Colombres, Adolfo | La gran noche | Buenos Aires | Letra Buena | ||
| 1993 | García Hamilton, José Ignacio | Vida de un ausente [Juan Bautista Alberdi] | Buenos Aires | Sudamericana | ||
| 1993 | Rosenzvaig, Eduardo | El arte de perder | Tucumán | UNT | ||
| 1993 | Wilde, Ernesto | Saldos y retazos | Buenos Aires | Cimarrón | ||
| 1994 | Colombres, Adolfo | Tierra incógnita | Buenos Aires | Del Sol | 2012 | Quito: Libros Egüez |
| 1994 | Fasolo, Osvaldo | El Ángel | Tucumán | Asoc. Arg. de Lectura | ||
| 1994 | Novillo, Abel | Las aristas del círculo | Tucumán | Del autor | ||
| 1995 | Nofal, Dardo | Una lágrima por el Cóndor | Buenos Aires | Corregidor | ||
| 1995 | Novillo, Abel | Don Alejo | Tucumán | UNT | 2006 | Tucumán: Del autor |
| 1995 | Novillo, Abel | El sirviente del diablo | Tucumán | Del autor | ||
| 1995 | Novillo, Abel | La Juana Azurduy | Tucumán | Del autor | 2011 | Tucumán: Del autor |
| 1995 | Rosenzvaig, Eduardo | Santísimas viruelas | Sevilla | Castillejo | 1997 | Tucumán: UNT |
| 1997 | García Hamilton, José Ignacio | Cuyano alborotador [Domingo F. Sarmiento] | Buenos Aires | Sudamericana | ||
| 1998 | Novillo, Abel | La ventana de la conciencia | Tucumán | Del autor | ||
| 1998 | Rosenberg, Sara | Un hilo rojo | Madrid | Espasa Calpe | 2013 | Tucumán: Cruce Cartonero |
| 1999 | Rosenberg, Sara | Cuaderno de invierno | Madrid | Espasa Calpe | ||
| 2000 | García Hamilton, José Ignacio | Don José. La vida de San Martín | Buenos Aires | Sudamericana | ||
| 2000 | Wilde, Ernesto | El día que mataron a Bussi | Tucumán | UNT | ||
| 2002 | Albarracín, Raúl Alberto | El extraviado | Tucumán | Del autor [póstuma] | ||
| 2009 | Rosenzvaig, Eduardo | La bomba silenciosa | Tucumán | UNT |
Cuadro 2. Obras analizadas en la investigación
| Año pub. | Autor | Obra | Lugar de pub. | Editorial |
| 1929 | Bravo, Mario | En el Surco | Buenos Aires | La Vanguardia |
| 1936 | Rojas Paz, Pablo | Hasta aquí, no más | Santiago de Chile | Ercilla |
| 1950 | Rojas Paz, Pablo | Los cocheros de San Blas | Buenos Aires | Losada |
| 1952 | Ardiles Gray, Julio | Elegía | Tucumán | Jano |
| 1952 | Ardiles Gray, Julio | La grieta | Tucumán | La Carpa |
| 1952 | Córdoba, Alberto | La malhoja | Buenos Aires | Raigal |
| 1954 | Rojas Paz, Pablo | Mármoles bajo la lluvia | Buenos Aires | Losada |
| 1956 | Ardiles Gray, Julio | Los amigos lejanos | Buenos Aires | Doble P |
| 1956 | Orphée, Elvira | Dos veranos | Buenos Aires | Sudamericana |
| 1957 | Ardiles Gray, Julio | Los médanos ciegos | Buenos Aires | Doble P |
| 1961 | Orphée, Elvira | Uno | Buenos Aires | Compañía Fabril |
| 1964 | Ardiles Gray, Julio | El inocente | Buenos Aires | Seijas y Goyanarte |
| 1964 | Wéyland, Walter Guido | El fuego sombrío | Buenos Aires | Pleamar |
| 1966 | Orphée, Elvira | Aire tan dulce | Buenos Aires | Sudamericana |
| 1968 | Ardiles Gray, Julio | Las puertas del paraíso | Buenos Aires | CEAL |
| 1968 | Victoria, Marcos | Buenos Ayres City | Buenos Aires | Losada |
| 1969 | Martínez, Tomás Eloy | Sagrado | Buenos Aires | Sudamericana |
| 1969 | Orphée, Elvira | En el fondo | Buenos Aires | Galerna |
| 1971 | Hernández, Juan José | La ciudad de los sueños | Buenos Aires | Sudamericana |
| 1972 | Colombres, Adolfo | Caranday de las muertes | Buenos Aires | Rodolfo Alonso |
| 1972 | Colombres, Adolfo | Los días imposibles | Buenos Aires | CEAL |
| 1973 | Perrone, Eduardo | Preso común | Buenos Aires | De la Flor |
| 1974 | Colombres, Adolfo | El oficio de militante | Buenos Aires | De la Flor |
| 1974 | Perrone, Eduardo | Visita, francesa y completo | Buenos Aires | De la Flor |
| 1976 | Defant, Alba | La maraña | Tucumán | Ediciones Tarco |
| 1976 | Foguet, Hugo | Frente al mar de Timor | Buenos Aires | Granica |
| 1976 | Perrone, Eduardo | Días de reír, días de llorar | Buenos Aires | De la Flor |
| 1977 | Orphée, Elvira | La última conquista de El Ángel | Santiago de Chile | Vergara |
| 1979 | Colombres, Adolfo | Viejo camino del maíz | México | Diana |
| 1980 | Ardiles Gray, Julio | Como una sombra cada tarde | Buenos Aires | Corregidor |
| 1981 | Colombres, Adolfo | Sol que regresa | México | Premia |
| 1983 | Colombres, Adolfo | Portal del paraíso | Buenos Aires | Losada |
| 1983 | Foguet, Hugo | Pretérito perfecto | Buenos Aires | Legasa |
| 1983 | Perrone, Eduardo | Los pájaros van a morir a Buenos Aires | Buenos Aires | Galerna |
| 1987 | Colombres, Adolfo | Territorio final | Buenos Aires | Torres Agüero |
| 1989 | Orphée, Elvira | La muerte y los desencuentros | Buenos Aires | Fraterna |
| 1989 | Wéyland, Walter Guido | El descendiente | Buenos Aires | Gente de Letras |
| 1991 | Colombres, Adolfo | Sacrificio | Buenos Aires | Corregidor |
| 1991 | Martínez, Tomás Eloy | La mano del amo | Buenos Aires | Planeta |
| 1991 | Rosenzvaig, Eduardo | El sexo del azúcar | Buenos Aires | Letra Buena |
| 1991 | Rosenzvaig, Eduardo | La espalda de la libertad | Tucumán | UNT |
| 1991 | Rosenzvaig, Eduardo | La oruga sobre el pizarrón | Tucumán | UNT |
| 1993 | Colombres, Adolfo | La gran noche | Buenos Aires | Letra Buena |
| 1993 | Rosenzvaig, Eduardo | El arte de perder | Tucumán | UNT |
| 1993 | Wilde, Ernesto | Saldos y retazos | Buenos Aires | Cimarrón |
| 1994 | Colombres, Adolfo | Tierra incógnita | Buenos Aires | Del Sol |
| 1994 | Fasolo, Osvaldo | El Ángel | Tucumán | Asoc. Arg. de Lect. |
| 1995 | Nofal, Dardo | Una lágrima por el Cóndor | Buenos Aires | Corregidor |
| 1995 | Rosenzvaig, Eduardo | Santísimas viruelas | Sevilla | Castillejo |
| 1998 | Rosenberg, Sara | Un hilo rojo | Madrid | Espasa Calpe |
| 1999 | Rosenberg, Sara | Cuaderno de invierno | Madrid | Espasa Calpe |
| 2000 | Wilde, Ernesto | El día que mataron a Bussi | Tucumán | UNT |
| 2009 | Rosenzvaig, Eduardo | La bomba silenciosa | Tucumán | UNT |
3.2. Sobre reediciones
En ocasiones, las editoriales independientes o comerciales deciden volver a publicar o mantener en circulación un libro determinado. Del mismo modo, las políticas editoriales de las instituciones académicas, a través de sus órganos de publicación, juegan un rol importante en el llamado “rescate” de una obra27 o, mejor dicho, en la puesta en discusión de una obra que ha dejado de circular en las librerías. Porque reeditar es en gran medida actualizar un texto, volverlo al presente o, más precisamente, poner en diálogo el presente con el pasado vigente de ese libro. Volver a publicar un libro es una forma de volver a traer a la luz (como una analogía al trabajo de un arqueólogo con los fósiles). El relanzamiento del libro puede ser acompañado por presentaciones en diferentes ciudades, aparición de reseñas en el periodismo cultural y la puesta en tensión de la obra a partir de nuevos enfoques críticos y teóricos. La obra vuelve a circular como libro, a ser leída en un todo como libro. Regresa a los anaqueles de librerías, a formar parte de las novedades de una editorial o una biblioteca. Ahora se encuentra al lado de otros libros recientes, se convierte en contemporánea.
Mucho de la reedición tiene relación también con el halo de “necesidad” que acompaña a este suceso. De algún modo, la reedición saca a la obra de lo que podría llamarse una cierta contingencia de la lectura (puede ser que se la encuentre o no, por búsqueda o casualidad) y, al actualizarla, la hace presente, la convierte en una lectura imprescindible, le brinda un nuevo tiempo y la acerca a nuevos lectores. El libro sale al encuentro de sus lectores porque es necesario. La reedición señala que una obra ha conseguido superar el desafío y la trampa de la novedad y ha logrado trascender su propio tiempo para transformarse en una obra de otros tiempos o de todos los tiempos.28 También asombra pensar que en una reedición el pasado vuelve a ser presente y, por sobre todo, futuro. Porque, a diferencia de un libro que se publica y que comienza su propio derrotero (a excepción de esos libros que no eran publicados pero de los que se conocía su existencia), uno reeditado porta ya una historia, tiene su trayectoria, la perspectiva de su existencia y de sus lecturas anteriores. Resurge y se proyecta desde un lugar completamente nuevo, legitimado, pero al mismo tiempo en riesgo y desafiante.
A partir del relevamiento realizado puede constatarse que se reeditaron treinta y tres de las novelas.29 Se mantiene una de las tendencias registradas con las primeras ediciones ya que dieciséis de las obras fueron reeditadas también en Buenos Aires. Con referencia a las realizadas en el extranjero pudieron constatarse las reediciones de El fuego sombrío, de Wéyland, en Barcelona en 1971 por el sello Bruguera;30 la de Aire tan dulce, de Elvira Orphée, en Caracas en 1977 por Monte Ávila, y la de Tierra incógnita, de Adolfo Colombres, en Quito por Libros Egüez en 2012.
Por su parte, en la provincia volvieron a publicarse once de las novelas. A la tarea de la Universidad Nacional de Tucumán como entidad editora, se suma lo realizado por El Cruce Cartonero en Tucumán desde 2011. El Cruce Cartonero se encargó de reeditar prácticamente la obra completa de Eduardo Perrone (Preso común, Visita, francesa y completo y Días de reír, días de llorar) y la primera novela de Sara Rosenberg (Un hilo rojo) que no había conocido ediciones en la Argentina. El caso del escritor Eduardo Perrone es emblemático, ya que se hablaba de su obra, pero muy pocos habían podido acceder a sus novelas, y solo en el formato de fotocopias. A partir de esta situación, y en el marco de las experiencias de editoriales cartoneras, que publicaban ediciones o reediciones de textos de autores consagrados u olvidados, El Cruce Cartonero puso nuevamente en circulación la narrativa de Perrone entre lectores y críticos.
Respecto de las novelas de Julio Ardiles Gray, en 1968 el CEAL publicó Las puertas del paraíso e incluyó junto a esta obra dos novelas previas que configuran una trilogía: Los amigos lejanos (1956) y Los médanos ciegos (1957). Se configuró así una suerte de antología de su obra en un solo tomo.
El caso de la obra de Elvira Orphée debe ser destacado ya que en los últimos quince años cinco de sus novelas fueron reeditadas por sellos diferentes (Compañía General Fabril, Vergara, Fundación Victoria Ocampo, Bajo La Luna y Eduvim), incluida su primera obra, Dos veranos. En este proceso tuvo mucho que ver la tarea de revalorización que llevó a cabo el escritor Leopoldo Brizuela. En el caso de la reedición de la primera novela de Orphée realizada por Eduvim, la obra forma parte de la serie “Narradoras argentinas”. Mientras tanto, las dos novelas publicadas por Hugo Foguet fueron reeditadas; así, Frente al mar de Timor vio una segunda edición por Perfil en 1998, y la reedición de Pretérito perfecto en 2015 por Eduvim fue una de las más esperadas por los lectores ya que la novela circulaba solamente como fotocopia. Es llamativa la cantidad de obras publicadas en los años 70 que fueron reeditadas. Este fenómeno puede asociarse a que varias de las novelas publicadas en esos años aluden en sus páginas, subrepticiamente o explícitamente, a la atmósfera de terror, a prácticas represivas y al terrorismo de Estado. Es este el caso de las obras de Foguet, de La última conquista de El Ángel, de Orphée (que alude a la práctica de la tortura) y algunas obras de Perrone. Al respecto, la segunda novela de Foguet fue publicada en 1983, pero sin embargo aborda sucesos de comienzos de los años 70 y hace referencias a la desaparición de personas y a la violencia imperante.
En cuanto a Juan José Hernández, la editorial Adriana Hidalgo se consagró a reeditar toda la obra del escritor tucumano y reunió sus ensayos en Escritos irreberentes (2003), su poesía en Desiderátum (2001) y en el volumen titulado La ciudad de los sueños (2005) se compiló su única novela y todos sus libros de cuentos. Por su parte, Eduardo Rosenzvaig estableció un vínculo muy estrecho con la Universidad Nacional de Tucumán, en la que se desempeñó como docente e investigador, y así es que prácticamente la totalidad de sus novelas fueron publicadas por la Facultad de Artes y por la de Filosofía y Letras de esa casa de estudios.
Otro autor que merece ser destacado es Adolfo Colombres, quien hasta la actualidad sigue escribiendo y dando a conocer sus libros. Su primera novela, Siete para la eternidad, fue publicada en 1966 (su última novela es del 2019, con lo que ya registra más de cincuenta años publicando su obra), y en el corpus se incluyen doce de sus novelas, lo que lo hace el autor más prolífico del período.
4. Panorama de autores y obras
Desde Peregrinación de la luz del día [1871] de Juan Bautista Alberdi, la novela establece una estrecha relación con la literatura y la historia en Tucumán. Desde ese viaje de la verdad que tiene mucho de historia por lo “verosímil” pero también de fantástico, la tarea es continuada por Paul Groussac con Fruto vedado [1884]. En esta última novela, escrita en el siglo XIX, Eduardo Rosenzvaig señala que la fábrica de azúcar, el ingenio, ingresa por primera vez a la literatura argentina. Luego aparecen obras de José Zenón Santillán (Clamores de un cañero (lecturas para desocupados), 1898), Jorge Söhle (Chavela –novela histórica argentina–, 1903), Ricardo Rojas (El país de la selva, 1907), Alberto Coutone (El alma de las sombras, 1920), Juan B. Terán (Fruto sin flor, 1921), Roberto J. Ponssa (El dardo errante, 1921), Miguel Ángel Penna (en colaboración con Manuel Hernández, Sarasa. El medallón, 1922), Fausto Burgos31 (María Rosario, 1924; La sonrisa de Puca Puca, 1926; Kanchis Soruco, 1928; El gringo, 1935; Refugios de almas, 1937; Molino en ruinas, 1937; Los regionales, 1939; Don Javier de Guandacol, 1940; El salar, 1946; Lucero de un alba, 1948; Niebla de sueños, 1949), Luis Perinetti Biestro (Los dioses negros, 1929), Valentín De Pedro (El veneno del tango, 1926), José María Gallo Mendoza (La cama 17, 1939; D’Artagnan en Buenos Aires, 1942), Humberto Aguilar (La vida de una monja, 1941; Un hombre fuerte, 1948), Juan H. Figueroa (Horacio Ponce, 1944) y Pedro Heredia (Ucumar, 1944). A pesar de que el foco de esta investigación se ubica sobre las obras publicadas luego de 1950, es importante considerar en este panorama las obras publicadas por Mario Bravo (En el surco, 1929), Pablo Rojas Paz (Hasta aquí, no más, 1936), Alberto Córdoba (Don Silenio, 1936) y Walter Guido Wéyland (Áspero intermedio, 1941), por las resonancias que las vinculan con otras novelas posteriores. A pesar de que el trazado de este panorama no refleja la totalidad,32 se incluyen autores y obras33 fundamentales para entender los trabajos de imaginación y de reescritura de la historia.34
4.1. Mario Bravo: En el surco, la novela que se anticipa al tiempo35
Le bastó escribir una sola novela a Mario Bravo para delinear los rasgos más importantes de una industria en desarrollo y de una provincia que comenzaba a agitarse en la historia. Son los obreros azucareros del surco los protagonistas de la primera rebelión del siglo XX.
Nació en la ciudad de La Cocha, al sur de la provincia de Tucumán, el 27 de junio de 1882 y murió en Buenos Aires el 17 de marzo de 1944. Se recibió de abogado en 1905 en la Universidad de Buenos Aires con una tesis titulada “Legislación del trabajo”. Fue director del diario socialista La Vanguardia y profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Buenos Aires. En el seno del Partido Socialista se desempeñó como diputado y senador nacional por la ciudad capital durante varios mandatos. Tuvo una importante actuación en la lucha por las reivindicaciones laborales. Publicó obras sobre derecho y política (La huelga de mayo, 1909; Movimiento socialista y obrero, 1910; La ciudad libre, 1918; Capítulos de legislación obrera, 1925; Sociedades cooperativas, 1926; Derechos civiles de la mujer, 1927; La revolución de ellos, 1932),36 libros de poesía (Poemas del campo y la montaña, 1909; Canciones y poemas, 1918; Canciones de la soledad, 1920), de cuentos (Cuentos para pobres, 1924) y la novela En el surco (1929).
Su única novela narra la primera gran huelga azucarera, conflicto que se extendió desde 1904 hasta 1907 y que se desarrolló en el departamento de Cruz Alta, región que en esa época concentraba la mayor cantidad de ingenios en el territorio provincial. En ese mismo año se publicaba la investigación de Juan Bialet Massé, que desnudaba las mismas problemáticas ficcionalizadas en la obra de Bravo. Por primera vez, los obreros conocen En el surco el poder y el empuje de la rebelión. A pesar de que la huelga culmina con un saldo positivo para los obreros, Bravo narra momentos y mecanismos de la represión policial ordenada y dirigida por los dueños de los ingenios, para mostrar el fracaso y las desventuras que soportan los trabajadores al concluir la huelga. La tortura se hace presente e inaugura la ficción cuando el protagonista, Rosendo Montoya, aparece en los subsuelos del Cabildo. La figura de Mario Bravo ingresa en la novela, como la de un doble nostálgico que anhela las formas antiguas de la ciudad perdida.
4.2. Pablo Rojas Paz: la escritura del lugar interminable37
En su extensa producción, Pablo Rojas Paz logró retratar geografías del campo y de la ciudad tucumana, sentires y dolores de su gente. En Hasta aquí, no más, quizás una de sus mejores novelas, el narrador camina los senderos en busca de sus personajes y se denuncian las primeras desapariciones en el mundo del azúcar.
Nació en Tucumán el 25 de junio de 1896. En Buenos Aires cursó sus estudios en medicina y trabajó en el Hospital de Clínicas, que llegó a administrar. Su primer cuento fue publicado por La Prensa. Junto con Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes y Alfredo Brandán Caraffa fundó la revista Proa (segunda época) y dirigió las revistas Martín Fierro, La Gaceta de Buenos Aires y Azul. Fue periodista en diarios como Crítica y Noticias Gráficas. En el diario de Natalio Botana fue reconocido por sus crónicas deportivas firmadas con el seudónimo “El negro de la tribuna” que luego fueron compiladas en libro. Dictó clases en colegios secundarios de Buenos Aires, lugar donde murió el 1 de octubre de 1956. Publicó, entre otros, libros de ensayo (Paisajes y meditaciones, 1924; La metáfora y el mundo, 1926; El perfil de nuestra expresión, 1929; El libro de las tres manzanas, 1933; Lo pánico y lo cósmico, 1957), de cuentos (Arlequín, 1940; El patio de la noche, 1940 –Premio Nacional de Literatura 1940–, El arpa remendada, 1945), biografías (Alberdi, el ciudadano de la soledad, 1941; Echeverría, el pastor de soledades, 1952; Martí, pasión de libertad; Simón Bolívar, 1945; Biografía de Buenos Aires: infancia y transfiguración, 1951) y novelas (Hombres grises, montañas azules, 1929; Hasta aquí, no más, 1936; Raíces al cielo, 1945; Los cocheros de San Blas, 1950; Mármoles bajo la lluvia, 1955).
En Hasta aquí, no más se relata la historia de un territorio que se encuentra en un límite y sus protagonistas son los obreros azucareros del surco y de la fábrica. De acuerdo con el prólogo del historiador Alberto Ciria, incluido en la reedición de 1966 de la editorial Jorge Álvarez, la novela de Rojas Paz sigue siendo actual; se conjugan allí el ayer y el hoy. En el texto aparecen vidas insertas y meandros en la historia: no hay en su libro personajes principales o secundarios, todos son enfocados con la misma atención por el narrador. Confluyen las vidas de los indios, la fiesta del carnaval con alcohol y música, historias de aparecidos en plena zafra. Las desapariciones comienzan en el azúcar, se efectúan elecciones donde siempre triunfa el ingenio y el diario La Gaceta se ha convertido ya en un formador de opinión pública. Mientras tanto, Los cocheros de San Blas está escrito con sangre y tinta, y, a pesar del nombre imaginario del pueblo, pueden establecerse paralelismos con rasgos de San Miguel de Tucumán: una ciudad donde no ha sucedido nada o está todo por suceder, un sitio abandonado con sus habitantes adentro. Se entrecruzan los recuerdos con la ficción y la novela tiene por momentos un registro de tono autobiográfico. El texto está recorrido por permanentes reflexiones metatextuales, por ejemplo sobre lo teatral, e historias digresivas que desplazan el foco de la narración. En San Blas se vive un pasado que es el futuro al revés. Por su parte, en Mármoles bajo la lluvia, la protagonista de la novela es la escultora Laura Pringles, álter ego de Lola Mora, figura que reaparecerá en La espalda de la libertad, de Eduardo Rosenzvaig. Desde la muerte en funciones del gobernador Benjamín Tula (Benjamín Aráoz), Laura Pringles iniciará un periplo artístico y existencial que la llevará a Europa y a Buenos Aires. Se retrata en la novela el mundo intelectual porteño de principios de siglo con las mesas del Royal Keller como sitio de reunión. Laura asume y ejecuta su destino de darle vida a las piedras para que el olvido no empañe sus recuerdos y su presente.
4.3. Alberto Córdoba: las sombras anónimas son protagonistas del fuego38
En dos de sus novelas, Córdoba consigue transformar la montaña en escenario de la ficción. No hay personajes secundarios y el foco del relato se desplaza entre las vidas anónimas de los obreros. En La malhoja irrumpe en la ficción el miedo de los trabajadores a desaparecer y al Familiar.39
Córdoba nació el 17 de julio de 1891 en Buenos Aires y a sus dos años sus padres se trasladan a Tucumán. Su padre, Nolasco Córdoba, era hermano de Lucas Córdoba, quien gobernó la provincia en dos períodos (1895-1898 y 1901-1904). Después del cursado en el Colegio Nacional, en donde interactuó con destacados escritores e intelectuales de la época,40 se dirigió en 1913 a estudiar Derecho en Buenos Aires, aunque por diversos problemas económicos tuvo que abandonar la carrera. Trabajó en el Ministerio de Agricultura y luego en la Caja de Jubilaciones de los Ferroviarios hasta 1949. Publicó relatos en los diarios La Nación, La Prensa y Clarín, y posteriormente algunos de ellos fueron incluidos en libros de relatos. Vivió prácticamente toda su vida en Buenos Aires, aunque no perdía oportunidad de visitar a sus familiares y amigos en Tucumán. Luego de una larga enfermedad, la muerte le llegó el 17 de agosto de 1964.41 Publicó textos de poesía, libros de cuentos (Burlas veras, 1935; Medallones de tierra, 1939, y Cuentos de la montaña, 1941) y novelas (Don Silenio, 1936; Rumbo al norte, 1942; La malhoja, 1952).
El relato de la última novela de Córdoba, La malhoja, se inicia en la falda de una montaña. Desde allí una pareja observa los avances ininterrumpidos de los hacheros y de la caña de azúcar. Entienden que se acerca un nuevo tiempo y que su hijo no podrá escapar de la telaraña que lentamente se teje desde la ciudad. Todos aquellos seres solitarios y ensombrecidos se convierten en protagonistas, se mueven permanentemente y con ellos la mirada del narrador sobre un paisaje que nunca es mero escenario sino que también cumple un rol protagónico: por sus desbordes (como en las crecientes) se define la vida de los obreros que transitan la ficción de Córdoba. Los tiempos electorales se imbrican con huelgas en plena zafra y movilizaciones hacia la ciudad. Al miedo de los obreros a desaparecer y al autoritarismo de los poderosos se le opone el relumbre de la malhoja que arde con la venganza del fuego autoral.
4.4. Walter Guido Wéyland: primeras líneas para la novela urbana en Tucumán
En sus ficciones Wéyland consiguió plasmar e imaginar la geografía de los márgenes de la ciudad de Tucumán. También, un siglo de la historia tucumana es ficcionalizada en su novela, con terratenientes, cafés, calles y la vida cultural siempre en ebullición.
Wéyland nació en Rosario, provincia de Santa Fe, el 3 de octubre de 1914. Entre 1936 y 1944 vivió en Tucumán. Fue miembro de la Sociedad Argentina de Escritores. Falleció en 1995.42 Publicó libros de ensayo (Ubicación de Don Segundo Sombra y otros ensayos, 1940), antologías (Narraciones de Juana Manuela Gorriti, 1946; Poetas coloniales de la Argentina, 1949; Roberto J. Payró, 1962; Alberto Córdoba, 1967), de cuentos (Belgrano R., 1953; El chalet de las ranas, 1968), y novelas (Áspero intermedio, 1941;43 El fuego sombrío, 1964; El descendiente, 1989).
A pesar de que Wéyland escribió su primera novela en Tucumán, la acción de esta transcurre en Buenos Aires. Raúl Caviedes es el protagonista de Áspero intermedio y en la novela se relata, como en una Bildungsroman (novela de formación), su búsqueda de un camino propio lejos de los mandatos paternos. Su mirada se nutre con el dibujo y la pintura. Mientras para Raúl el suicidio será el modo de enfrentarse al mundo, para Evaristo Gambarte, protagonista de El fuego sombrío, será el crimen la única manera de huir de una pesadilla de falsedades. El mundo y la vida se revelan para ambos personajes como ámbitos ásperos y sombríos. Tanto Evaristo como su amigo Santos Coria, un matón triste y solitario, transitan por las geografías de un San Miguel de Tucumán que, a finales de la década de 1930, se comienza a perfilar como una metrópoli, entre prostíbulos, cafés y bodegones. Hay un intento por capturar el lenguaje de los diferentes estratos de la sociedad y se representan las imposturas y la doble moral en una ciudad que se debate entre la falsa religiosidad y lo profano. Mientras tanto, en El descendiente, a partir del relato de la vida de Norberto Osores, miembro de la dinastía azucarera de los Vásquez Millán, se reconstruye más de un siglo de la historia tucumana. Norberto se ha dedicado toda su vida a escuchar los relatos de su tía abuela que le transmite los orígenes de su familia materna y recovecos de los sucesos, entre guerras de independencia, resistencias federales, epidemias de cólera, enfrentamientos políticos. Luego, desde su mirada y las notas que acumulará en sus cuadernos, registra huelgas azucareras, intervenciones de los poderosos industriales en la política provincial, la Década Infame, el apogeo y la caída del peronismo, hasta llegar a los años de la guerrilla y la represión. Como miembro de su clase, y más allá de ser un terrateniente, Norberto observa desde una óptica diferente para develar huellas de otra historia.
4.5. Julio Ardiles Gray: la potencia del periodismo, la cultura y la literatura44
En simultáneo con su decisiva e inigualada tarea cultural al frente del Consejo Provincial de Difusión Cultural, Ardiles Gray construyó una importante obra periodística y literaria. En sus novelas son protagonistas niños, hombres y mujeres del pueblo, aquellos personajes mínimos en los que vibra un mundo lacerante y profundo.
Ardiles Gray nació en Monteros el 6 de mayo de 1922. Realizó estudios en San Juan y se recibió de maestro normal y bachiller. Luego fue maestro primario y profesor de literatura española y argentina. Periodista del diario La Gaceta, redactor y jefe de la página de espectáculos durante más de veinte años, a lo que se agrega su tarea como secretario general de Primera Plana, secretario de redacción del diario La Opinión y editor del diario Convicción. Estuvo a cargo de la Subsecretaría de Cultura de Tucumán en 1958 y fue el creador y presidente del Consejo Provincial de Difusión Cultural (1958-1960), organismo que brindó un fuerte impulso cultural en la provincia y cuyo legado, aquel que sobrevivió a los desmontajes del autoritarismo y la incompetencia, pervive hasta el día de hoy. En la década de 1940 fue uno de los fundadores del grupo La Carpa junto con Eneas Díaz, Raúl Galán, María Adela Agudo, María Elvira Juárez, Nicandro Pereyra, Sara San Martín, Raúl Aráoz Anzoátegui, Manuel J. Castilla, José Fernández Molina, grupo que marca un antes y un después en la vida cultural de la provincia y de la región. Tradujo del francés al castellano, y viceversa, obras de teatro, poemas y tangos. Murió en Buenos Aires el 19 de agosto de 2009 a los ochenta y siete años. Sus cenizas corren hasta el día de hoy por el arroyo El Tejar en Monteros, lugar de su infancia inolvidable.45 Publicó libros de poesía (Tiempo deseado, 1944; Cánticos terrenales, 1951), cuentos (Cuentos amables, nobles y memorables, 1964; Historias de taximetreros, 1976; La noche de cristal y otros cuentos, 1987; El casamentero y otros cuentos con viejos, 1997), teatro (Égloga, farsa y misterio, 1961; Vecinos y parientes, 1970; Fantasmas y pesadillas, 1983; Personajes y situaciones, 1989; Delirios y quimeras, 1993), historias de vida (Memorial de los infiernos, 1972; Historias de artistas contadas por ellos mismos, 1981) y novelas (La grieta, 1944; Elegía, 1952; Los amigos lejanos, 1956; Los médanos ciegos, 1957; El inocente, 1964; Las puertas del paraíso, 1968; Como una sombra cada tarde, 1980).
En La grieta, que puede leerse también como una Bildungsroman o novela de aprendizaje, surgen personajes que reaparecerán en obras posteriores: Santiago Renn, Lucas, el periodista Werner.46 En Elegía se retorna a los años de la infancia y se cuenta la historia de un niño que no quería seguir creciendo y su enfrentamiento con el mundo de los mayores; son los niños los únicos que pueden ver las verdades de los otros, notan cómo los adultos emplean mentiras para seguir viviendo. El mundo de la infancia, fundamental en las obras de Ardiles Gray, se complementa con el retrato del universo de murmullos y gestos silenciosos de las criadas que recorren sus ficciones, mundo también presente en las obras de Rojas Paz. Mientras tanto, en Los amigos lejanos se relata el choque y enfrentamiento de la mirada de los viejos y de los niños, a partir de la aparición de un hombre al que le brotan las voces de sus amigos desde la memoria y la ausencia. Allí aparecen ya los personajes del Riojano y de González, quienes luego serán protagonistas de Los médanos ciegos. Se describe un territorio de viento, arena, esperanza, médanos, mientras se aguarda la lluvia como bendición vital para no desaparecer. En El inocente se incluye una “Noticia” que anuncia que en esa novela hay más mitología que historia, pero que, sin embargo, se desplazan los tiempos de ciertos sucesos históricos (la gran huelga azucarera de 1904, las primeras elecciones del partido Bandera Blanca, el robo a un auto que llevaba dinero del ingenio para el pago de jornales del ingenio Santa Lucía) para que confluyan en un mismo tiempo en la ficción y, de ese modo, dar cuenta de la “atmósfera de una época” y el clima de agitación política que reinaba en Tucumán. Se narra el periplo y los golpes de los trabajadores golondrina que llegan a Tucumán para la zafra y reaparece el periodista Werner. Para Clemencia, en Las puertas del paraíso, su tierra es el lugar para resistir e impedir que se esfume la memoria de sus antepasados: debe conservar al recuerdo de vidas y muertes continuadas en un solo tiempo: en ese “gran lienzo”. El retrato del universo de la caña de azúcar y de los ingenios en los primeros tiempos de la industria se entrecruza con los movimientos producidos por revoluciones, elecciones y el incipiente influjo de los radicales. Los últimos y decadentes años de Santiago Renn serán narrados en Como una sombra cada tarde. Para la mirada de Santiago las cosas no semejan más que “fantasmas de la luz”, mientras camina por los márgenes de la ciudad de Buenos Aires, rozando la locura e invadido por sombras de tristeza y soledad.
4.6. Elvira Orphée: narrar la provincia extraña y la ciudad violenta47
Las novelas de Orphée están sostenidas por la gran potencia poética de su escritura. Consigue plasmar en sus obras una mirada crítica, desencantada y extraña sobre Tucumán. Las novelas que transcurren en Buenos Aires expresan la violencia imperante durante el gobierno peronista desde comienzos de la década de 1950.
Orphée nació el 29 de mayo de 1930 en San Miguel de Tucumán y se marchó muy joven rumbo a Buenos Aires. Su vida transcurrió fuera de su lugar natal y allí publicó toda su obra. Formó parte del grupo de escritores en torno a la revista Sur, donde publicó sus primeros relatos. En Roma conoció a Elsa Morante, Alberto Moravia e Italo Calvino. Ya en París compartió sus días con Alejandra Pizarnik, Julio Cortázar, Octavio Paz y Elena Garro, y trabajó como lectora de la editorial Gallimard, desde donde impulsó la publicación de obras de Juan Rulfo, Felisberto Hernández y Clarice Lispector. Colaboró en la revista Sur, La Gaceta Literaria, La Nación. Recibió el premio municipal de novela en 1967 y 1969, la beca Guggenheim en 1988 y la beca Civitella Ranieri en 1996. En 2012 fue declarada ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, lugar donde falleció el 26 de abril de 2018. Con una labor literaria sostenida por más de cuarenta años, Elvira Orphée es la escritora tucumana con más novelas editadas. Publicó, además de diversos ensayos y reseñas, libros de cuentos (Su demonio preferido, 1973;48 Las viejas fantasiosas, 1981; Ciego del cielo, 1991) y novelas (Dos veranos, 1956; Uno, 1961; Aire tan dulce, 1966; En el fondo, 1969; La última conquista de El Ángel, 1977; La muerte y los desencuentros, 1989).49
Entre sus novelas es posible reconstruir dos series, ya que las obras Dos veranos, Aire tan dulce, En el fondo y La muerte y los desencuentros retratan puntos de contacto/conflicto entre el mundo de la ciudad y del campo, en una geografía imaginaria que reinventa una mirada sobre lo supuesto provinciano, por fuera de los estereotipos de lo regional. Por otro lado, su última novela puede ser leída como un reverso sombrío, una reescritura que agrega ciertas huellas históricas al relato de En el fondo. En la obra de Orphée lo precario atraviesa la ciudad y la existencia de sus habitantes, en las siluetas cambiantes de la violencia, en los tiempos que se confunden y desarman, en éxodos, pobreza, desapariciones y muerte. Estas novelas problematizan el estereotipo de la ciudad/provincia construida como “Jardín de la República”, lugar idílico de perfumes, vinculado con la idealización de un estado de naturaleza. La construcción de Tucumán es paradójica y disruptiva. Sus novelas trazan la geografía imaginaria de un jardín violento, maldito, decadente, caótico y absurdo, en el que sus habitantes vagan o deambulan solitarios y del que son expulsados si antes no mueren allí mismo. La segunda serie de obras de Orphée estaría integrada por La última conquista de El Ángel como una continuación, más violenta y descarnada, del Buenos Aires que se ficcionaliza en Uno.50Ambas obras se construyen en torno a la ciudad capital y en ellas se focaliza la representación del peronismo y de la represión ejercida a través de la tortura y las desapariciones, desde 1950 hasta llegar al golpe de 1955, para trazar ecos y continuidades en las décadas posteriores.
4.7. Marcos Victoria: la Argentina y las Islas Malvinas como ucronía51
En Buenos Ayres City, Victoria tramó en 1968 una ucronía que develaba los sueños, la imaginación y el fracaso que reúnen al país y a las islas Malvinas. Un libro insoslayable que adquiriría nuevos ecos catorce años después, con los acordes fúnebres de la guerra.
Marcos Victoria nació en Tucumán el 8 de marzo de 1902. En 1926 se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires. Fue docente de psicología en esa misma universidad. Fue colaborador en publicaciones médicas y literarias. Se desempeñó también como asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores en diversas misiones en Estados Unidos y Europa. Publicó, entre otros, libros de poesía (Las voces, 1930; De profundis, 1938; Romancero secreto, 1963; Poemas olvidados, 1965; Cuatro odas para una fiesta, 1966), ensayo (Miradas, 1929; Freud, Jung y Adler, 1956; Meditación del silencio, 1965; El cine y el teléfono, 1971; Teoría del ensayo, 1975), cuentos (Un verde paraíso, 1959; Las uvas doradas del más allá, 1962) y novelas (Novelas de la ciudad y del río, 1962; Buenos Ayres City, 1968; El misterioso Heredia, 1972). Murió en Buenos Aires el 30 de noviembre de 1975.
El libro Novelas de la ciudad y del río reúne cuatro relatos entre los que se encuentra el logrado “Quirófano 2”. Por su parte, en Buenos Ayres City se construye una capital diferente. En esta ucronía, la historia de la Argentina sufre un giro a partir de un momento clave: los ingleses han resultado victoriosos después de las invasiones y el Virreinato del Río de la Plata es una colonia de Gran Bretaña. Un periodista norteamericano llega para cubrir la rebelión inminente, y allí se encuentra con un país atravesado por la dualidad, mientras escucha un inglés mezclado con castellano. Luego, viaja a las islas Malvinas donde reside el gobierno de un grupo de la resistencia, de “argentinos en el exilio” que bajo un “régimen democrático militar” planean de modo delirante la reconquista del continente. Las Malvinas se convierten así en un espejo del pasado y del borroso porvenir. Por momentos se puede reconocer en la novela de Victoria un tono irónico, similar al de A sus plantas rendido un león de Osvaldo Soriano. En el relato “El apóstol”, de la primera novela de Victoria, se puede leer un anticipo de la trama de El misterioso Heredia: un periodista cultural se arroja a la búsqueda del poeta Pablo Heredia, quien ha “desaparecido” de la escena literaria y del mundo borrando todos sus rastros. La investigación sobre la obra de Heredia se transforma en una investigación sobre su vida y el presente que trata de ocultar.
4.8. Adolfo Colombres: la profusión del lenguaje y la mirada inmersa52
Con doce libros, Colombres es el autor con más novelas publicadas en el período que contempla esta investigación. En diferentes obras y con un gran trabajo con la palabra, ha construido los ciclos del imaginario San José del Talar y de Tucumán, en el cual retrata rostros y geografías, al mismo tiempo que recupera y reescribe momentos perdidos de la historia de la provincia y del país.
Colombres nació en Tucumán el 10 de mayo de 1944. Se recibió de abogado por la Universidad de Buenos Aires en 1967. Tiene numerosos escritos sobre antropología social. Vivió en Ecuador y México, y durante su permanencia en este último país trabajó en el Instituto Nacional Indigenista, donde conoció a Juan Rulfo. De sus viajes por el Amazonas y el África surgen imágenes y personajes que quedarán plasmados en sus obras. Entre otros reconocimientos, recibió el premio del Consejo Provincial de Difusión Cultural en 1966, el primer premio del concurso bienal de novela del noroeste argentino en 1972, el premio regional de literatura en 1993 y el Konex en 1994. En simultáneo con su extensa producción en el área de la antropología, publicó poesía (Lugar del viento, 1968), cuentos (El ropaje de la gloria, 1997; Un carancho muy devoto, 1997) y novelas (Siete para la eternidad, 1966; Caranday de las muertes, 1972; Los días imposibles, 1972; El oficio de militante, 1974; Viejo camino del maíz, 1979; Sol que regresa, 1981; Portal del paraíso, 1984; Territorio final, 1987; Karaí, el héroe, 1988; Sacrificio, 1991; La gran noche, 1993; Tierra incógnita, 1994; La estirpe de Kedoc, 2004; Las montañas azules, 2006; El desierto permanece, 2006; El exilio de Scherezade, 2009; El callejón del silencio, 2011; La vida no basta, 2011; La eternidad, 2016; La marea de la sombra, 2019).
En Siete para la eternidad, libro que reúne tres relatos, se anticipan los cruces entre sueño y realidad y las pujas entre memoria, olvido y eternidad que recorrerán su obra. Con Caranday de las muertes se inaugura el ciclo de San José del Talar, lugar imaginario localizado en el territorio cordobés, que continuará en Los días imposibles y El oficio de militante. Se narra allí la historia del pueblo fundado en el siglo XVIII por Robustiano Suárez, quien inicia una dinastía que luego continuará Javier en la siguiente novela. La familia se sostiene en los relatos, en los recuerdos que van cambiando. Se construye una geografía circular, en la que todo regresa y coexiste: incendios, pestes, sequías, lluvias, apocalipsis, infancias, las imágenes de las casas en ruinas. En El oficio de militante el aire se ha llenado de polvo, de caranchos que traen el olor de la muerte, mientras la tierra está habitada por soldados y miedo. El Buenos Aires de Javier Suárez está rodeado de detenciones, interrogatorios y torturas. De allí escapa para reconocer el poder del lugar donde todo comenzó: regresa para morir y ser enterrado en San José del Talar. Por otra parte, el ciclo de Tucumán está compuesto por las novelas Portal del paraíso, Territorio final y Sacrificio. En este territorio ubicado en la zona de Santa Lucía, en el suroeste tucumano, y que se parece al paraíso o al infierno, el tiempo simula estar abolido, allí se entremezclan lo real y lo imaginado. Para Esteban, el paraíso a recuperar es el tiempo y el espacio de la infancia. Los protagonistas de las novelas son Esteban, Gabriela y el hijo de ella, Diego. Entre Esteban y Gabriela se diluye una triste historia de amor sostenida por remembranzas, la correspondencia y la distancia. Tucumán se transforma en un Territorio final, donde el espacio definitivamente ya no tiene tiempo posible. Adquiere más relieve el mundo de la zafra, con sus huelgas, familiares, rebeliones, obreros golondrinas. Se anuncia la carcoma del tiempo sobre las cosas y los apocalipsis inevitables. En Sacrificio, Diego intenta “bruñir” el pasado para recuperar las ínfimas marcas en los sucesos y las ruinas. Camina por la ciudad agitada por los gritos y las barricadas de los tucumanazos. Lo absorbe la “luminosidad del presente” pero presiente el quiebre de una época que se cierra como una herida. Ha comenzado la década de desapariciones, torturas, cadáveres en las calles y olvidos. En similares territorios devastados transcurrirá el relato de Sol que regresa, pero esta vez el grito desgarrado de rebeldía que escuchará Santiago Álvarez nace de los mineros de Potosí. El vuelo de la muerte sobre el lago Titicaca terminará en el eclipse de la desaparición. Junto con la última novela mencionada, Colombres ubica Viejo camino del maíz y Karaí el héroe en el ciclo del mito, mientras que La gran noche y Tierra incógnita integrarían el ciclo de los mundos lejanos.
4.9. Tomás Eloy Martínez: Tucumán como principio de una historia53
Los personajes de Tomás Eloy Martínez caminan entre calles caóticas y rostros barnizados de una sacralidad falsa e impostada. En la ciudad de huelgas y barricadas, a comienzos de la década de 1960, se anuncian las huellas de conflagraciones y apocalipsis futuros.
Martínez nació en Tucumán el 16 de julio de 1934. En 1951 y 1952 obtuvo premios por sus poesías y narraciones. Se graduó como licenciado en literatura española y latinoamericana en la Universidad Nacional de Tucumán. Cumplió una destacada labor como periodista y fue redactor en el diario La Gaceta, colaborador de La Nación, jefe de redacción de Primera plana, director del semanario Panorama y del suplemento cultural del diario La Opinión. Luego de ser amenazado por la Triple A, se exilió en Caracas donde vivió entre 1975 y 1983, y donde fundó El Diario de Caracas. Se desempeñó como profesor en la Universidad de Maryland y en la Rutgers University en Nueva Jersey. Fue guionista y crítico de cine. Recibió el premio Alfaguara de novela en 2002, el Konex en 2004, el Cóndor de Plata en 2008 y el Ortega y Gasset de Periodismo en 2009. A lo largo de toda su vida el peronismo fue un enigma digno de reflexión que lo llevó a entrevistar a Juan Domingo Perón. Siempre regresaba a Tucumán para presentar sus libros. Murió en Buenos Aires el 31 de enero de 2010 a los setenta y cinco años. Publicó libros de ensayo (La obra de Ayala y Torres Nilsson: estructuras del cine argentino, 1961; Ramos Sucre, el artista enmascarado, 1980; El sueño argentino, 1999; Ficciones verdaderas, 2000; Réquiem por un país perdido, 2003), crónicas (La pasión según Trelew, 1974; Lugar común la muerte, 1979), cuentos (Tinieblas para mirar, 2014 –póstumo–) y novelas (Sagrado, 1969; La novela de Perón, 1985; La mano del amo, 1991; Santa Evita, 1995; El vuelo de la reina, 2002; El cantor de tango, 2004; Purgatorio, 2008).54
En Sagrado la historia se centra en las vidas de tres protagonistas: Bío, Andrés y Boni. En Tucumán comienza una historia a partir de la acción y la decisión de contar, de hablar para los otros que escuchan. Pero la voz está atravesada siempre por la desconfianza en las palabras. A pesar de los destellos de una sacralidad “epidérmica” y falsa, la ciudad termina por ver los rostros de hambre, pobreza y miseria en los obreros que levantan barricadas y queman las calles frente a la Casa de Gobierno. La mano del amo es un artificio en contra del fuego que se lleva la escritura. Allí nuevamente se intenta imaginar la ciudad, rodeada por montañas amarillas, caña de azúcar, generales, guerrilleros, campesinos golondrinas y sospechas. Ambas obras de Tomás Eloy Martínez están habitadas por imágenes paradójicas (“estaba lleno de vacío”, “las imágenes de las historias se me adelantan”, “era como si su cuerpo anduviese por un lado y él por otro”) que exponen la dificultad por encontrar una voz/relato posible, también presentes en los cuentos de Tinieblas para mirar.
4.10. Juan José Hernández: las ciudades de la huida y del peronismo55
La única novela de Hernández traza un contrapunto entre los recuerdos de Tucumán y los sueños que habitan Buenos Aires. Cuando Matilde consigue llegar a la capital lo hace durante el ascenso del peronismo y asume que ambas son ciudades desoladoras en las que una mujer deberá sobrevivir.
Juan José Hernández nació en Tucumán el 17 de octubre de 1932 y se marchó a Buenos Aires en 1957. Allí se desempeñó como periodista del diario La Prensa y colaboró con La Gaceta Literaria y La Nación. Tradujo del francés a autores como Paul Verlaine y Jean Cassou. Recibió el primer premio municipal de narrativa en 1965, la beca Guggenheim en 1969 y el premio Konex en 1984. Publicó libros de poesía (Negada permanencia y La siesta y la naranja, 1952; Claridad vencida, 1957; Elegía, naturaleza y la garza y Otro verano, 1966), cuentos (El inocente, 1965; La favorita, 1977; La señorita estrella, 1992; Así es mamá, 1996), ensayos (Escritos irreberentes, 2003), y una única novela (La ciudad de los sueños, 1971). Murió en Buenos Aires el 21 de marzo de 2007.
Se puede leer una gran cercanía en el tono, los escenarios y los personajes de los cuentos de Juan José Hernández y la escritura de su única novela. La ciudad de los sueños es una historia de infancia, pero también la crónica de una partida irremediable. Desde una ciudad desencantada y polvorienta, desde la falsa vida social con retretas en las plazas, Matilde se traslada a la ciudad multitudinaria en la que el influjo del peronismo se comienza apreciar en cada recoveco de lo cotidiano. Allí tendrá que encontrar su voz mientras escribe para una revista de moda. Se mezclan momentos de la travesía con el recuerdo de una tarde de la niñez, grabada indeleblemente en Matilde.
4.11. Eduardo Perrone: escribir y desnudar la vida de los márgenes y la violencia56
En sus novelas, Perrone representó la vida de personajes que se mueven en los márgenes de la ciudad. Y lo hizo con una difícil y lograda combinación de crudeza, ironía y humor. En su obra se hace presente la violencia indiscriminada e impune, junto con la tortura.
Nació en Tucumán el 12 de abril de 1940. Fue viajante de comercio y vivió durante muchos años en Buenos Aires. Murió en San Miguel de Tucumán en el vagón en el que vivía el 18 de julio de 2009. Publicó novelas (Preso común, 1973; Visita, francesa y completo, 1974; Días de reír, días de llorar, 1976; Los pájaros van a morir a Buenos Aires, 1983).
En 1969, fue acusado junto con sus amigos de haber violado a dos mujeres. Los jóvenes afirmaban que las dos mujeres eran “puntos” (prostitutas) que les habían cobrado por los servicios prestados, pero nunca serían escuchados porque la policía quería tapar con este proceso una causa de gatillo fácil. Luego de casi tres años de prisión y de acuerdo con las pruebas irrefutables y los testimonios, fueron puestos en libertad y exonerados. Esta historia será el punto de partida para que el álter ego de Perrone, Eduardo, relate el vía crucis que tuvieron que sufrir, entre interrogatorios, calabozos y torturas. El periplo incluye estadías en la Jefatura de Policía, en el penal de Villa Urquiza y en diversas comisarías de Tucumán. Mientras tanto, en Visita, francesa y completo es Gervasio Moreno el que, luego de cumplir su pena, queda en libertad pero se siente atrapado y sin otra salida que convertirse en proxeneta y dedicarse a vender cocaína. El mundo de la prostitución, la droga y el juego ilegal le revelan a Gervasio que la ciudad tiene dos caras y que el negocio del delito se arma en conjunto con la participación de la policía que siempre reclama su parte. Después de que un amigo suyo es acribillado por la policía se le revela a Antonio, protagonista de Días de reír, días de llorar, que se ha abierto un “maldito tiempo” en la provincia; recorrido por detenciones/secuestros, interrogatorios, torturas, fusilamientos, como si nada. En contrapunto con el presente de terror real se relatan escenas de la infancia de Gervasio. Como ocurrirá también en Los pájaros van a morir a Buenos Aires, a Perrone le interesa retratar los comienzos de la década de 1970 en la Argentina, en los últimos años de la “Revolución argentina” y en los primeros del nuevo peronismo, revolucionario, camporista, isabelino, y de la Triple A. El escenario se traslada a la ciudad capital y allí Pablo Moretti, un escritor que trabaja como vendedor ambulante, intenta sobrevivir en la “aterradora cotidianeidad” del miedo, entre sirenas, bombas, secuestros, autos sin chapa patente, rifles sombríos, cadáveres en las calles y, por sobre todo, con el hambre y la miseria que golpean a cada habitante.
4.12. Alba Defant: la sociedad como una maraña de imposturas
En su única novela, Alba Defant pone en escena, desde la mirada de una adolescente, falsedades, poses y artificios de un grupo de “intelectuales”. La búsqueda de lecturas y de la escritura es un modo de encontrar y afirmar la sexualidad propia.
Nació en Tucumán el 11 de junio de 1921. Colaboró con cuentos y artículos en el suplemento literario de La Gaceta. Se desempeñó como investigadora y docente en las cátedras de Introducción a la Literatura y de Literatura Francesa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Fue vocal de literatura en el Consejo Provincial de Difusión Cultural para el período 1968-1969. Publicó un ensayo (Cuatro enfoques en la novela, 1969) y una novela (La maraña, 1976).
La protagonista de La maraña no tiene nombre, es hija, una querida; se piensa de ella que es una “prostituta” o una “pequeña doña nadie”. Y si ella está buscando su identidad, su voz propia, la mirada de los otros no la ayuda a encontrarse. El ingreso en la maraña, el grupo de intelectuales al que aspira a pertenecer, se le revela como un logro inefable, como la entrada a un refugio de “autodefensa”. Pero, con el tiempo, encontrar estímulos, escritores o lecturas reveladoras se le hace imposible en ese “submundo de los homosexuales literarios”. Ella le dice a Teresa que le gustan más las mujeres que los hombres, pero siente que sigue sin pertenecer a ese grupo. Todo comienza a destruirse, a desarmarse, cuando Gabriel, uno de los miembros, desaparece sin dejar rastro y todos siguen con sus vidas como si nada hubiera ocurrido o como si Gabriel nunca hubiera existido. Allí la historia, el presente, traza una muesca en la ficción.
4.13. Hugo Foguet: retratos de la rebelión57
Las dos novelas de Foguet se ubican en el momento histórico marcado por los tucumanazos para retratar la rebelión de obreros y estudiantes, en definitiva, de todo un pueblo. Se alude a procesos y mecanismos represivos, y ambas obras recuperan la barricada como signo de una época de rebeldía.
Foguet nació en Tucumán el 3 de diciembre de 1923. Fue marinero y oficial de buques mercantes, lo que lo lleva a viajar por todo el mundo. Como periodista colaboró con la sección literaria de La Gaceta y La Opinión. Recibió un premio del Consejo Provincial de Difusión Cultural en 1963 por su libro de cuentos, el bienal Pablo Rojas Paz de narrativa en 1968 y el de poesía Ricardo Jaimes Freyre en 1973. En 1982, Pretérito perfecto ganó el primer premio de novela del concurso Pablo Rojas Paz. Murió en San Miguel de Tucumán el 5 de junio de 1985. Ha publicado libros de poesía (Lecturas, 1973; Límites de la tierra, 1981; Naufragios, 1985 [póstumo]), de cuentos (Hay una isla para usted, 1962; Advenimiento de la bomba, 1965; Convergencias, 1985) y novelas (Frente al mar de Timor, 1976; Pretérito perfecto, 1983).
Frente al mar de Timor es una suerte de preludio y anticipación del universo ficcional y escriturario que se despliega extensamente en su segunda novela. A partir de los diálogos y las cartas entre los personajes Max y Montañita, se narra el espesor de una época en Tucumán: celebraciones se repiten interminables, una multitud se apropia de la ciudad, la muerte ronda por todas las calles, el lenguaje y la escritura son juegos para dar forma a la memoria, a las siluetas en el carnaval insano de locura y muerte. A partir del lenguaje de los protagonistas se revela un mundo en tensión, pero estos no se detienen en la contemplación o en el mero goce lúdico de la palabra, sino que recorren calles, bares y recovecos de la ciudad como si fuera un espacio inabarcable. Pretérito perfecto se construye a partir de las voces de Clara Matilde, una anciana centenaria postrada en una cama que, desde la visión de su clase social, reproduce fragmentos de la historia de Tucumán, y de Ramón Furcade, quien la interroga sobre esos restos pretéritos para armar su propio pasado. La novela se inicia con un “Te cuento…”. Esta primera persona se dirige a otros y el relato será contado desde el presente. Esa confluencia del narrador con los hechos relatados, esta contemporaneidad, lo conduce hacia la aceptación del “presente imperfecto”, el presente en “proceso de formación del mundo”, hacia lo inacabado o incompleto de la historia y del tiempo, como proceso del cual participa como espectador y, también, como testigo y protagonista. Por lo tanto, no existen los pretéritos perfectos, el pasado se reabre constantemente, el presente puede ser comprendido a partir de los recuerdos y el futuro se anuncia en las huellas. Lo acabado de lo perfecto es cuestionado a lo largo de todo el relato: la novela se erige como un espacio donde todo debe ser recontado.
Бесплатный фрагмент закончился.
