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JOHANNES KEPLER
JOHANNES KEPLER
Max Caspar
Traducción de Dulcinea Otero-Piñeiro Revisión científica de David Galadí-Enríquez
Universitat de València
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Título original: Johannes Kepler
© Del texto: Max Caspar
© De la traducción: Dulcinea Otero-Piñeiro
© Del prólogo: Miguel Ángel Granada
© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2018
© Imagen de la cubierta: retrato de Johannes Kepler (1610)
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Maquetación del libro y diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-380-6
En verdad puedo decir que cuando con el pensamiento recorro el bello orden con que lo uno deriva de una cosa y deviene en otra, es como si leyera una máxima divina escrita directamente en el mundo no con palabras, sino con objetos esenciales, que reza así: hunde aquí tu entendimiento para comprender estos asuntos.
Kepler, en su almanaque del año 1604.
Í ndice
Prólogo a la nueva edición española
Prólogo de la traductora
Prólogo del autor
INTRODUCCIÓN
EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO Y CIENTÍFICO EN EL RENACIMIENTO
EL DESPERTAR DE LA INVESTIGACIÓN ASTRONÓMICA
COPÉRNICO
LA PUGNA CONFESIONAL DEL SIGLO XVI
INFANCIA Y AÑOS DE JUVENTUD (1571-1594)
NACIMIENTO Y ASCENDENCIA
WEIL DER STADT
SITUACIÓN FAMILIAR
LA ESCUELA
EL SEMINARIO
EL SEMINARIO EN TUBINGA
ESTUDIOS Y PROFESORES UNIVERSITARIOS
LA LLAMADA DESDE GRAZ
MATEMÁTICO TERRITORIAL Y PROFESOR EN GRAZ (1594-1600)
SITUACIÓN POLÍTICO-ECLESIÁSTICA EN GRAZ
LA STIFTSCHULE Y LAS OBLIGACIONES DE KEPLER
LOS PRIMEROS ALMANAQUES DEL MATEMÁTICO TERRITORIAL
MYSTERIUM COSMOGRAPHICUM
EL MATRIMONIO
COMIENZO DE LA CONTRARREFORMA
POSTURA DE KEPLER ANTE LOS CONFLICTOS RELIGIOSOS
OTROS TRABAJOS DE INVESTIGACIÓN
PRIMEROS ESTUDIOS SOBRE LA ARMONÍA DEL MUNDO
SITUACIÓN ANGUSTIOSA DE KEPLER
VISITA A TYCHO BRAHE
PLANES Y EXPECTATIVAS TRAS EL REGRESO
RECRUDECIMIENTO DE LA CONTRARREFORMA Y EXPULSIÓN DE GRAZ
MATEMÁTICO IMPERIAL EN PRAGA (1600-1612)
PENURIA DE LOS PRIMEROS MESES
MUERTE DE TYCHO BRAHE Y NOMBRAMIENTO COMO MATEMÁTICO IMPERIAL
ASTRONOMIA NOVA
ASTRONOMIAE PARS OPTICA
SITUACIÓN CONFESIONAL EN PRAGA
EL EMPERADOR RODOLFO II
LA ESTRELLA NUEVA DE 1604
PROBLEMAS ECONÓMICOS
PROTECTORES Y AMIGOS DE KEPLER
CIRCUNSTANCIAS DOMÉSTICAS
TRABAJOS CIENTÍFICOS
DESÓRDENES POLÍTICOS
EN BUSCA DE UN NUEVO CAMPO DE ACTUACIÓN
PRIMEROS HALLAZGOS DE GALILEO CON EL TELESCOPIO
DISSERTATIO CUM NUNCIO SIDEREO
DIOPTRICE
EL FATÍDICO AÑO DE 1611
REPUDIO DE KEPLER POR PARTE DE LOS TEÓLOGOS DE WÜRTTEMBERG
CONTACTOS AFORTUNADOS CON LINZ
MUERTE DE LA ESPOSA Y ABANDONO DE PRAGA
MATEMÁTICO TERRITORIAL EN LINZ (1612-1626)
NUEVA REALIDAD INTELECTUAL DE KEPLER
CARGO OFICIAL
EXCLUSIÓN DE LA COMUNIÓN
SEGUNDAS NUPCIAS
CIRCUNSTANCIAS DOMÉSTICAS
SOBRE EL AÑO DEL NACIMIENTO DE CRISTO Y LA REFORMA GREGORIANA DEL CALENDARIO
STEREOMETRIA DOLIORUM
ENCARGOS OFICIALES
PROCESO POR BRUJERÍA CONTRA SU MADRE
ESTALLIDO DE LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS: LOS BÁVAROS OCUPAN LINZ
ÚLTIMO INTENTO INFRUCTUOSO PARA CONSEGUIR EL PERMISO DE COMUNIÓN EN TUBINGA
HARMONICE MUNDI
TERCERA LEY PLANETARIA
CONTROVERSIA CON ROBERT FLUDD
EPITOME ASTRONOMIAE COPERNICANAE
ALMANAQUES Y COMETAS
COMIENZO DE LA GUERRA EN LINZ Y MEDIDAS CONTRARREFORMISTAS
CONCLUSIÓN DE LAS TABULAE RUDOLPHINAE Y LA LABOR LOGARÍTMICA
ASEDIO DE LINZ Y ABANDONO DE LA CIUDAD
ÚLTIMOS AÑOS EN ULM Y SAGAN. MUERTE EN RATISBONA (1626-1630)
PUBLICACIÓN DE LAS TABLAS RUDOLFINAS EN ULM
EN BUSCA DE UN NUEVO LUGAR DE RESIDENCIA
ENCUENTRO CON EL EMPERADOR EN PRAGA
DISCREPANCIA CONFESIONAL CON LOS JESUITAS
KEPLER Y WALLENSTEIN
TRASLADO A SAGAN
REGENCIA DE UNA IMPRENTA Y OBRAS CIENTÍFICAS
SOMNIUM
JAKOB BARTSCH, AYUDANTE Y YERNO DE KEPLER
ACONTECIMIENTOS POLÍTICOS
VIAJE A RATISBONA
ENFERMEDAD Y MUERTE
DESTINO DE LA FAMILIA
MANUSCRITOS LEGADOS POR KEPLER
REVISIÓN Y VALORACIÓN
CONSTITUCIÓN FÍSICA Y CARÁCTER
FUNDAMENTOS DE SU CONCEPCIÓN DEL MUNDO Y DE SUS CONOCIMIENTOS
POLARIDAD ENTRE SU PENSAMIENTO Y SUS LOGROS
CONCEPCIÓN ASTRONÓMICA
Retratos
Índice de nombres
Índice de fuentes (por Andrea Himmelsbach)
Bibliografía
Prólogo a la nueva edición española
La obra que el lector tiene en sus manos se publicó en 1948, hace ya setenta años. A pesar del tiempo transcurrido sigue siendo la mejor y más completa presentación de la biografía personal e intelectual de uno de los héroes de la revolución científica de los siglos XVI y XVII: Johannes Kepler (1571-1630). Su autor, Max Caspar (1880-1956), era quien mejor podía escribirla y para su redacción empleó todo su inmenso conocimiento de la vida y obra de Kepler. Esta es la razón principal de su vigencia, pero no la única.
Max Caspar dedicó toda su vida a Kepler y a su obra. Incluso su propio itinerario intelectual es, en cierto modo, una réplica del de Kepler. Como este, Caspar era suabo y estudió también teología y matemáticas en la universidad de Tubinga. Si Kepler –como el lector podrá ver en esta biografía– estaba destinado a la teología y fue desplazado a las matemáticas y la astronomía –en las que encontró el ejercicio de un «sacerdocio o servicio divino en el libro de la naturaleza»–, también Caspar se desplazó a las matemáticas tras un primer ejercicio teológico. Completó su formación matemática en la universidad de Gotinga, donde fue discípulo de Félix Klein y David Hilbert, dos de los matemáticos más eminentes de ese momento. A continuación, Caspar fue profesor de matemáticas en diferentes Gymnasiums de Württemberg y en 1923 publicó una traducción alemana de la primera (y grande) obra impresa de Kepler, el Mysterium cosmographicum (1596), a la que siguieron otras traducciones alemanas: en 1929 de la Astronomia nova (1609) y en 1939 de la Harmonice mundi (1618). Este programa de traducción de las obras teóricas más importantes de Kepler llamó la atención de Walther von Dyck, que asoció a Caspar a su proyecto de edición de las obras completas de Kepler, proyecto del que Caspar asumió la plena dirección tras la muerte de von Dyck en 1934. Así, en 1937 apareció la primera entrega de las Gesammelte Werke de Kepler, editadas por Caspar bajo el patrocinio de la Academia Bávara de las Ciencias, que recogía la Astronomia nova –como volumen III de la colección–; en 1938 lo haría el volumen I, con el Mysterium Cosmographicum y el De stella nova in pede Serpentarii, la gran obra de 1606 dedicada a la nova que apareció a comienzos de octubre de 1604 justo sobre la gran conjunción de Marte, Júpiter y Saturno en el signo ígneo del Sagitario, acontecimiento que generó una gran conmoción en toda Europa y reavivó la tensión y expectativas escatológicas ya en curso en el continente y muy especialmente en Alemania. Bajo la dirección de Caspar y hasta su muerte en 1956 se publicaron once volúmenes de las obras completas de Kepler, edición que con nuevos responsables continuó hasta su cierre en 2009, si bien resta todavía una importante cantidad de manuscritos keplerianos de diverso carácter pendientes de edición crítica. Esta dedicación a la edición de la obra de Kepler se completó con la fundación de la Sociedad Kepler (Kepler Gesellschaft) y la promoción de la adquisición pública en 1940 de la casa natal de Kepler en la pequeña localidad de Weil der Stadt, cercana a Stuttgart, y su transformación en museo. Su visita vale el esfuerzo.
Cuando la presente biografía se publicó en 1948, Caspar poseía ya un exhaustivo conocimiento del itinerario biográfico e intelectual de Kepler, sustentado no solo en el dominio de la obra de Kepler ya editada y en la traducción alemana de las grandes obras, sino también en el conocimiento de su correspondencia, cuya edición crítica –en los volúmenes XIII-XVIII de las Gesammelte Werke– corrió a cargo de Caspar desde la publicación en 1945 del primer volumen,1 pero de la que Caspar y van Dyck habían publicado en 1930 una primera edición incompleta en traducción alemana. A todo ello hay que unir el conocimiento del legado manuscrito de Kepler, custodiado en el observatorio de Pulkowo (San Petersburgo) tras su adquisición, en el siglo XVIII, por la emperatriz Catalina la Grande siguiendo el consejo de Leonhard Euler, legado del que la Kepler Kommission poseía una reproducción fotográfica con vistas a su edición en el marco de las Gesammelte Werke.
La biografía publicada en 1948 estaba construida sobre el conocimiento profundo de todo ello y el lector encontrará que la presentación de la vida y obra de Kepler está abonada con múltiples y constantes citas y referencias a obras, correspondencia y legado (Nachlass) manuscrito. Caspar, sin embargo, no daba la localización precisa de sus citas y referencias por lo que el lector que deseara profundizar y el investigador que quisiera acceder a las fuentes originales se veía abandonado a sí mismo (véase cuanto dice Caspar mismo sobre este punto en el Prólogo del autor, infra pp. 28 s.).
La presente biografía fue traducida al inglés por la eminente estudiosa Clarisse Doris Hellman, autora famosa de una clásica investigación sobre el cometa de 1577 que Kepler dice haber observado de la mano de su madre cuando apenas tenía 6 años.2 En el prólogo a su traducción, Hellman constataba la dificultad que la ausencia de referencias a las fuentes ocasionaba al lector interesado en profundizar en el conocimiento de la vida y obra de Kepler, por lo que añadió unas pocas notas aclaratorias. Pero fue la reedición de 19933 lo que puso remedio a estos inconvenientes, transformando así la biografía de Caspar en una vía plenamente abierta y fácilmente transitable a la obra de Kepler. Owen Gingerich y Alain Segonds identificaron con precisión todas las referencias de Caspar a las diferentes obras de Kepler y a su correspondencia, así como a otras fuentes, en un Apéndice de «Bibliographical Citations» (pp. 398-431) que después se incorporó a las nuevas ediciones alemanas y que aparece en esta traducción española bajo el epígrafe «Índice de fuentes» (infra, pp. 419-480). A Gingerich se debe también la sección de «Bibliographical References» (pp. 391-397) que constituye la base de la «Bibliografía» recogida en la presente traducción (infra, pp. 481-492).4
La biografía de Caspar, con anterioridad incluso al imprescindible complemento aportado por Gingerich y Segonds, mostró su utilidad y riqueza en los estudios sobre el pensamiento cosmológico y astronómico de Kepler que aparecieron en los años inmediatamente posteriores: es el caso del amplio estudio que dedica a Kepler –sin duda mejor que los dedicados a Copérnico y Galileo– Arthur Koestler en su obra The Sleepwalkers: A History of Man’s Changing Vision of the Universe (1959)5 y para quien «la única biografía moderna seria es la de Max Caspar»; es también la opinión de Alexandre Koyré en su lucidísimo estudio de Kepler en su obra La révolution astronomique: Copernic, Kepler, Borelli, Hermann, París, 1961 (reedición en Les Belles Lettres, París, 2016), donde es calificada de «excelente» y se remite a ella «para todos los detalles biográficos». Ninguna obra posterior ha pretendido ocupar el puesto de la biografía de Caspar y todos los estudios históricos y científicos hasta el día de hoy siguen apoyándose en ella como autoridad indiscutible y obra de conjunto fundamental, a pesar de los indudables enriquecimientos que nuestro conocimiento de la obra y contexto intelectual de Kepler ha experimentado en el último medio siglo como consecuencia de las aportaciones de estudiosos de diversas nacionalidades y lenguas.
La reedición de esta traducción castellana del Johannes Kepler de Max Caspar, cuya primera edición apareció en 2003 (editorial Acento, Madrid), es una feliz iniciativa de Publicacions de la Universitat de València que, sin duda alguna, contribuirá a mantener vivo y a estimular el interés por la vida de Kepler y su ingente obra entre el público hispanohablante; y ello tanto en el ámbito de un público general movido por la sana curiosidad y el deseo de conocer como en el de los estudiosos de la revolución científica y filosófica a la que Kepler contribuyó de manera decisiva. A ambos grupos de lectores la presente obra de Caspar ofrece un riquísimo cuadro del itinerario biográfico e intelectual de Kepler en su más amplio contexto –familiar, social, religioso, filosófico y científico– en la convulsa sociedad alemana y europea de finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, con la Guerra de los Treinta Años como conclusión trágica que arrastró consigo a Kepler. Así, el relato que Caspar hace de su muerte, en noviembre de 1630 en Ratisbona, a donde había llegado desde su retiro en Sagan (Silesia) en el empeño infructuoso de cobrar unas deudas que aliviaran la penosa situación económica familiar, no podrá ser leído por el lector sin un vivo sentimiento de compasión y piedad.6
Las razones de la peculiar excelencia de esta biografía quedan de manifiesto en las mismas palabras de Caspar en el Prólogo del autor. Allí nos dice (p. 29) que su trabajo está construido sobre el conocimiento y la cita explícita de los «documentos [cartas y Nachlass manuscrito] y las obras publicadas por el propio Kepler. [...] Aunque el libro que nos ocupa satisface las demandas del rigor científico, he evitado cubrirlo con el manto de una ostentación docta para atribuirle un crédito mayor. [...] Pero como no he escrito la obra tan solo con fines eruditos, quise presentarla sin interrumpir constantemente la lectura con notas de aclaraciones críticas [...] Por la misma razón, tampoco aparecen las referencias de las innumerables citas textuales en las que cedo la palabra al propio Kepler. Estas se reproducen, eso sí, con la mayor fidelidad posible, de manera que se puede confiar en su legitimidad». La obra, pues, está construida mediante el uso de toda la documentación kepleriana, inédita y publicada, conocida en el momento y responde a las exigencias de la investigación científica. Pero, dado que va dirigida no solo a «los especialistas» en Kepler, sino al mucho más amplio «círculo de sus simpatizantes» (p. 27), Caspar decidió omitir las referencias eruditas a las fuentes para aligerar la obra del peso farragoso de «la abundancia de erudición» (p. 29) y llevar a cabo una exposición fundada pero ágil y viva, capaz de conseguir ante un amplio público de lectores cultos, pero no especialistas en la disciplina de historia de la ciencia, lo que Caspar sabe que ocurre a todos aquellos que se acercan a la figura de Kepler, a pesar de las grandes dificultades que plantea la complicada escritura latina de sus obras –obstáculo que entorpece el acceso a sus textos, frente a la mayor facilidad de la obra, en gran medida escrita en lengua vulgar, de contemporáneos como Galileo y Descartes–: «el aura de su personalidad cautiva a muchos con su hechizo; la nobleza de su humanidad le granjea amistades; las vicisitudes de su vida mueven a la solidaridad; el misterio de su compenetración con la naturaleza seduce a todos los que buscan en el universo algo más y distinto a lo que ofrece la ciencia rigurosa. Todos ellos sienten en su interior aprecio y cariño hacia este hombre singular. Porque quien penetra una sola vez a la zona de radiación que lo circunda, nunca más vuelve a salir» (p. 27).
Sin duda esto es verdad y refleja lo que siempre sintió Caspar ante Kepler y le llevó a identificarse con él y a dedicarse por entero al estudio, edición y traducción de su obra, como el lector de su Prólogo verá con toda claridad. El trabajo llevado a cabo por Gingerich y Segonds en la edición de 1993 de la traducción inglesa permitió recuperar para el lector «especialista» –y, en general, para todo aquel que, incitado por la biografía trazada por Caspar, quisiera ir más allá– las fuentes en que confirmar el relato y profundizar en su conocimiento de Kepler y su obra. Sin embargo, puesto que esta aportación –que nunca será suficientemente agradecida– se recoge, como hemos señalado, en un «Índice de fuentes» colocado tras la biografía, nada impide que también el «especialista» pueda disfrutar y enriquecerse con los estímulos y el cuadro biográfico-intelectual construido por Caspar, más allá de todo ulterior accessus ad fontes.
Creemos sin sombra de duda que el lector novel que haga la lectura de esta biografía experimentará en su fuero interno los sentimientos que Caspar menciona en el pasaje de su prólogo que hemos citado poco más
arriba. Porque Caspar aporta, desde una rigurosa y completa perspectiva interdisciplinar, un relato vibrante de lo que fue en Kepler una verdadera odisea intelectual en búsqueda de la verdad, de la estructura de la obra divina de creación –Opus Dei creationis, como rezaba el título de una obra publicada en 1597 por su amigo y detractor Helisäus Röslin, a quien el lector encontrará en diferentes momentos–, en medio de dificultades sin cuento: obstáculos de su misma alma mater –la universidad de Tubinga, que desconfiando de su ortodoxia, lo desvió del ejercicio de pastor luterano a la profesión de matemático y astrónomo-astrólogo–; obstáculos emanados de su condición de miembro de la minoría protestante de Estiria en los dominios de la católica Austria; obstáculos derivados de su difícil relación con Tycho Brahe –él, un joven copernicano convencido y confeso de la verdad del heliocentrismo y del movimiento de la tierra por profundas razones filosóficas, teológicas, matemáticas, cosmológicas y astronómicas, frente a un Tycho mayor, aristócrata con pretensiones de ser el indiscutido restaurador de la astronomía y la cosmología con su sistema geoheliocéntrico–; obstáculos procedentes, tras la muerte de Tycho en 1601, de la obstrucción de sus herederos, que pretendían que él limitara su trabajo a la confirmación del sistema de Tycho y le obligaron por tanto a un complejo y delicado equilibrio en la confección de su Astronomia nova
[es decir, causal] sive physica coelestis (1609), que confirmaba sin embargo definitivamente la verdad del cosmos copernicano y la función motriz del Sol, que con su «fuerza» (vis motrix) produce y causa el movimiento circunsolar de los planetas en sus trayectorias elípticas, tal como indican las dos primeras leyes del movimiento planetario; obstáculos derivados de los problemas materiales y económicos resultantes de las dificultades de cobrar su subsidio de matemático imperial en la corte de Rodolfo II en Praga; el drama de la excomunión de la iglesia luterana en 1612 por el pastor de Linz, Daniel Hitzler, por desviación calvinista en el dogma de la presencia real de Cristo en la eucaristía y más tarde el penoso drama del largo proceso judicial en Württemberg contra su madre, acusada de brujería, y a la cual Kepler consiguió finalmente liberar de la muerte; la tragedia final, a partir de 1618, de la Guerra de los Treinta Años. Que en medio de tantos obstáculos y dificultades –de los que solo hemos nombrado unos pocos– Kepler fuera capaz de mantener su vocación intelectual y llevar a cabo su enorme obra, no puede sino llenar de admiración y el lector la experimentará leyendo el documentado relato de Max Caspar. Y creemos no equivocarnos si sugerimos que, probablemente, la identificación con Kepler pudo motivar a Caspar la redacción de esta biografía en unas condiciones que quizá él sentía similares. Creemos intuirlo en las menciones que en su «Prólogo al lector» hace del Zusammenbruch (la «derrota» de Alemania en 1945) y de que «por entonces no se me permitía el acceso a las bibliotecas públicas».7
Todo lector, pues, independientemente de sus motivaciones e intenciones últimas, obtendrá gran provecho de la lectura de esta obra. Para una posible profundización ulterior, especialmente de aquellos interesados en el papel y la función de Kepler en el desarrollo de la revolución científica contemporánea y en un conocimiento más profundo de su pensamiento, se nos permitirá, a modo de conclusión, efectuar unas rápidas consideraciones bibliográficas con vistas a remitir al lector a algunos de los más importantes resultados de la última investigación kepleriana, que no aparecen recogidos en la «Bibliografía» conclusiva, que en lo fundamental permanece anclada, como hemos adelantado, en la recogida por Gingerich en la traducción inglesa de 1993.
En el capítulo de traducciones, la «Bibliografía» merece ser completada, en lo que a traducciones alemanas se refiere, con dos importantes ediciones aparecidas en estos últimos años: Über den neuen Stern im Fuß des Schlangenträgers [trad. de De stella nova in pede Serpentarii, 1606], traducción de Otto y Eva Schönberger y Eberhard Knobloch, epílogo de E. Knobloch, Würzburg, Königshausen & Neumann, 2006; Kurze Darstellung der copernicanischen Astronomie [Epitome astronomiae copernicanae, 1618-1621], traducción de Otto y Eva Schönberger y Eberhard Knobloch, epílogo de E. Knobloch, Würzburg, Königshausen & Neumann, 2010. A ellas se puede unir, Vom wahren Geburtsjahr Christi, traducción asimismo de Otto y Eva Schönberger, Rahden/Westfalia, Verlag Marie Leidorf, 2016, traducción del escrito cronológico con que concluía el De stella nova –omitido en la traducción anteriormente reseñada– y que demuestra que Cristo nació cinco años antes de la fecha tradicionalmente aceptada. Puede ser que el lector español encuentre por la red alguna mención de traducciones españolas de dos importantes obras de Kepler: Sobre la estrella nueva aparecida en el pie de Serpentario, Málaga, 2009, y Tres memoriales sobre los cometas [presunta traducción de De cometis libelli tres, 1619], Málaga, 2009. Es mejor que se olvide de ellas, pues se trata de un esfuerzo inútil que hubiera sido mejor que jamás se hubiera emprendido.
En lo que a monografías se refiere, dada la excepcional trascendencia de la Astronomia nova (1609), señalamos la existencia de un estudio hoy por hoy imprescindible para comprender el complejo proceso de gestación teórica y redaccional de esa obra y que por tanto complementa admirablemente la biografía de Caspar. Nos referimos a James R. Voelkel, The Composition of Kepler’s ‘Astronomia nova’, Princeton University Press, Princeton y Londres, 2001. El volumen colectivo, editado por Edouard Mehl con la colaboración de Nicolas Roudet, Kepler. La physique céleste: Autour de l’Astronomia nova’, Les Belles Lettres, París, 2011, recoge importantes contribuciones sobre el tema de diferentes estudiosos.
Sobre el Harmonice mundi (1619), la obra cumbre de Kepler desde su propia perspectiva, admirablemente presentada por Caspar (infra, pp. 285-310), resulta asimismo imprescindible en estos momentos el libro de Bruce Stephenson –autor de una también fundamental Kepler’s Physical Astronomy, reimpresión Princeton University Press, Princeton, 1994–, The Music of the Heavens: Kepler’s Harmonic Astronomy, Princeton University Press, Princeton, 1994.
Son importantes sobre la nueva concepción de la astronomía y sus fundamentos filosóficos y religiosos: Rhonda Martens, Kepler’s Philosophy and the New Astronomy, Princeton University Press, Princeton y Oxford, 2000 –donde se insiste en la deuda de Kepler con Aristóteles–; Job Kozhamthadam, The Discovery of Kepler’s Laws: The Interaction of Science, Philosophy, and Religion, University of Notre Dame Press, Notre Dame, 1994.
En lo que hace referencia a la atmósfera intelectual en la Tubinga de Kepler y las premisas teológicas de su pensamiento, es muy rico el estudio de Charlotte Methuen, Kepler’s Tübingen: Stimulus to a Theological Mathematics, Ashgate, Brookfield, Vt., 1998. Sobre la relación de Dios y matemáticas y la identificación de Dios con las verdades matemáticas, así como sobre la reacción crítica de Descartes en su doctrina de la creación de las verdades eternas, es fundamental y rico de sugerencias Jean-Luc Marion, Sur la théologie blanche de Descartes: Analogie, créations des vérités éternelles et fondement, P.U.F., París, 1991.
Para la relación de Kepler con la astrología y su reforma de esta disciplina es imprescindible Patrick J. Boner, Kepler’s Cosmological Synthesis: Astrology, Mechanism and the Soul, Leiden, Brill, 2013.
Por lo que hace a la relación de Kepler con las confesiones religiosas, sus concepciones políticas, su actitud ante la reforma gregoriana del calendario, y en general su posición ecuménica y verdaderamente «católica», es importante el reciente estudio de Aviva Rothman, The Pursuit of Harmony: Kepler on Cosmos, Confession, and Community, The Univeristy of Chicago Press, Chicago y Londres, 2017.
Sobre el personalmente dramático proceso de brujería contra su madre y la decidida defensa de Kepler, puede leerse con provecho el libro de Ilunka Rublack, The Astronomer and the Witch: Johannes Kepler’s Fight for his Mother, Oxford University Press, Oxford, 2017.
Dada la importancia de la relación de Kepler con Galileo, se puede encontrar una muy buena confrontación –si bien algo escorada de la parte de Galileo– en Massimo Bucciantini, Galileo e Keplero: Filosofía, cosmologia e teologia nell’età della Controriforma, Einaudi, Turín, 2003 –hay trad. francesa, Galilée et Kepler, Les Belles Lettres, París, 2008–. Y dado el papel de Galileo y Kepler en la cuestión del telescopio y los primeros descubrimientos astronómicos con ese instrumento, es recomendable la lectura de Massimo Bucciantini, Michele Camerota, Franco Giudice, Il telescopio di Galileo: Una storia europea, Einaudi, Turín, 2012.
Todas las referencias bibliográficas anteriores remiten a libros. Tomar en cuenta artículos de revista hubiera sido una empresa, además de imposible, enojosa para el lector. Se nos permitirá, no obstante, mencionar un artículo magistral que ilustra la introducción de Kepler del término «órbita» para designar la trayectoria de un planeta en torno al Sol como resultado de la acción de fuerzas físicas –dinámica o física celeste, como reza el subtítulo de la Astronomia nova– en sustitución de la vieja cinemática de las esferas celestes portadoras de los planetas inmóviles, dando así solución a la cuestión de A quo moventur planetae? Se trata del artículo de Bernard R. Goldstein y Giora Hon, «Kepler’s Move from Orbs to Orbits: Documenting a Revolutionary Scientific Concept», Perspectives on Science, 13, 2005, pp. 74-111. Y el lector nos disculpará si, dada la importancia de la discusión de Kepler con Giordano Bruno acerca del universo infinito y la pluralidad de sistemas solares con planetas girando en torno a las estrellas-soles,8 osamos terminar con una referencia a nuestro artículo «Kepler and Bruno: On the Infinity of the Universe and of Solar Systems», Journal for the History of Astronomy, 39, 2008, pp. 469-495.
MIGUEL Á. GRANADA
Universidad de Barcelona
1. El volumen XVIII, que recoge la correspondencia de los años 1620-1630, se publicó en 1959, tres años después de la muerte de Caspar, que murió antes de completar la edición del volumen, cuya terminación corrió a cargo de su colaborador Franz Hammer. Merece señalarse la colaboración en la edición de las obras de Kepler de Martha List, a quien también agradece Caspar su colaboración en la redacción de la presente biografía.
2. Véase infra, p. 54 y M. Caspar, Johannes Kepler, trad. de C. D. Hellman, Abelard-Schu-man, Londres 1959. Sobre el cometa véase C. D. Hellman, The Comet of 1577: Its Place in the History of Astronomy, Columbia University Press, Nueva York, 1944.
3. Max Caspar, Kepler, traducido y editado por C. Doris Hellman, con una nueva introducción y referencias de Owen Gingerich, citas bibliográficas de Owen Gingerich y Alain Segonds, Dover Publications, Nueva York, 1993.
4. De Owen Gingerich, además de los títulos recogidos en la Bibliografía de esta obra, queremos recordar su importantísimo An Annotated Census of Copernicus’ ‘De revolutionibus’ (Nuremberg, 1543 and Basel, 1566), Brill, Leiden-Boston-Colonia, 2002. Alain Segonds, además de autor de una riquísima traducción francesa del Mysterium Cosmographicum (J. Kepler, Le secret du monde, Les Belles Lettres, París, 1984; 2ª ed. Gallimard, Paris, 1993), es el autor en colaboración con Nicholas Jardine de la reciente La guerre des astronomes: La querelle au sujet de l’origine du système géohéliocentrique à la fin du XVIe siècle, dos vols. en tres tomos, Les Belles Lettres, Paris, 2008, que ofrece una nueva edición crítica de la Apología de Tycho contra Ursus, acompañada de traducción francesa, en el marco de un estudio exhaustivo de esta obra y este momento de la vida de Kepler, así como de su relación con Tycho Brahe (1597-1601). Este importantísimo trabajo, lamentablemente no recogido entre los títulos recientes añadidos a la «Bibliografía» de esta edición, complementa el breve espacio concedido por Caspar a este componente de la relación de Kepler con Brahe (véase infra, pp. 126 y 137 s.). Y ya que hemos mencionado la obra de Copérnico, creemos útil señalar al lector la reciente edición crítica con traducción francesa y extensísimo comentario, que mejora en muchos puntos la edición alemana recogida infra, p. 492: Nicolas Copernic, De Revolutionibus orbium coelestium / Des révolutions des orbes célestes, edición de M.-P. Lerner, A.-P. Segonds et J.-P. Verdet, 3 vols., Les Belles Lettres, Paris, 2015.
5. Trad. española: Los sonámbulos: el origen y desarrollo de la cosmología, Salvat, Barcelona, 1986, pp. 171-336.
6. Véase infra, pp. 378-383.
7. Véase en la presente edición las páginas 27 s.
8. En 2009 –año internacional de la astronomía, en recuerdo y homenaje al 400 aniversario de la publicación de la Astronomia nova de Kepler, que iniciaba la astronomía moderna– la NASA lanzó al espacio la sonda bautizada con el nombre de Kepler para la búsqueda de planetas extrasolares, especialmente planetas de tamaño similar a la Tierra y situados en una zona de habitabilidad con respecto a su estrella. Mientras estuvo operativa, la sonda Kepler encontró un total de 2740 candidatos a exoplanetas, y se han confirmado 114 planetas en 69 sistemas. En enero de 2013, los astrónomos del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics (CfA) utilizaron datos de Kepler para estimar en «por lo menos 17 000 millones» los exoplanetas de tamaño similar a la Tierra que existen en la Vía Láctea (véase Wikipedia, «Kepler (satélite)»). El proyecto, sin embargo, estaba en contradicción con las concepciones más fundamentales de Kepler, que merece sin duda mucho más que el nombre de una sonda, pero estaba convencido de que el Sol era un astro único y sólo existían los seis planetas que lo circundan en consonancia con los cinco sólidos regulares que determinan sus distancias al centro solar. Coincidía, por el contrario, con las concepciones de Giordano Bruno, decididamente rechazadas por Kepler en su De stella nova (1606) y en la Dissertatio cum Nuncio Sidereo (1610).
Prólogo de la traductora
Johannes Kepler es uno de los personajes más atractivos de la historia de la ciencia, tal vez por la trascendencia de sus aportaciones científicas, o por el rigor intelectual que guiaba sus reflexiones científicas, filosóficas y religiosas, o por la integridad que manifestó siempre a pesar de las dificultades, o por el carácter novelesco de su vida, o quizá por todo eso junto. Como el mismo Max Caspar afirma en el prólogo de su biografía, estas son las claves que explican la simpatía que despierta Kepler en las generaciones que lo han sucedido. Pocos personajes comparables suscitan tanta fascinación en el público general y, sin embargo, el panorama editorial en castellano disponía hasta hace unos años de una oferta muy limitada de textos sobre Kepler y de Kepler, en contraste con la abundancia de bibliografía existente sobre otros pensadores de su misma época. Por suerte, en los últimos años el panorama editorial en castellano ha apostado por Kepler, y se han publicado diversas obras sobre su producción científica y hasta traducciones al castellano de obras suyas.
El erudito alemán Max Caspar (1880-1956) dedicó su vida entera al estudio de Kepler. Realizó múltiples análisis, traducciones y ediciones de las obras del astrónomo, pero sus dos mayores proyectos consistieron en la edición de las obras completas de Kepler (Johannes Kepler Gesammelte Werke) y en la elaboración de la biografía cuya traducción al español presentamos aquí. Esta biografía fue aclamada desde su aparición por su profundidad y rigor, puesto que aborda todos los aspectos de la vida de Kepler, desde el ámbito científico hasta el más personal. Un volumen de esta calidad solo podía materializarlo un autor alemán con sólidos conocimientos tanto científicos como teológicos e históricos, así como de lengua alemana antigua y de latín. La biografía elaborada por Caspar sigue siendo hoy la fuente de referencia esencial para quienes aspiran a obtener una visión integral de la figura de Kepler. El ensayo Los sonámbulos de Koestler, que se convirtió desde su publicación en castellano en la principal referencia biográfica sobre Kepler para hispanohablantes no especialistas, se evidencia permeado de influencias casparianas de principio a fin, hasta el punto de ser inconcebible sin el trabajo previo del erudito alemán. Tanto la biografía que escribió Caspar como el trabajo de Koestler han aportado contenidos y emoción a obras posteriores, entre ellas la novela Kepler, de John Bainville. Todas las historias de la astronomía publicadas desde la década de 1950 atribuyen un lugar destacado a la biografía que escribió Caspar. Sin embargo, el universo castellanohablante no dispuso de esta obra fundamental de referencia hasta el año 2003, cuando la traducción que presentamos ahora en PUV apareció publicada por primera vez en castellano. Quince años después, con aquella edición descatalogada, hay lectores que siguen interesándose por la adquisición de esta obra, y no pocos científicos me han insistido desde entonces en que promoviera la reedición en castellano de este trabajo intemporal y único. Las amables indicaciones que recibí desde el primer momento por parte de Juan Pérez Moreno, editor de PUV, y el criterio favorable del Consejo Editorial de esta casa fueron decisivos para la consecución de ese objetivo.
Las dificultades que plantea un trabajo de traducción como este explican que la publicación de esta obra en castellano tardara tanto en llegar. La abundancia de citas originales de la época de Kepler, las complicaciones añadidas que plantean los contenidos científicos, unidas al estilo y la erudición de Caspar y a la sintaxis tradicional alemana, requieren un esfuerzo adicional de investigación, asesoramiento y contraste de fuentes. Con el cotejo y la reelaboración de cada ángulo y cada pasaje conflictivo, pero, sobre todo, con grandes dosis de tiempo, interés y entusiasmo, espero haber logrado un equilibrio adecuado entre la flexibilidad de la lengua española y el peculiar estilo de Caspar. Confío en que el resultado satisfaga las expectativas de los estudiosos de la historia de la astronomía, de la teología y la filosofía que no estén en condiciones de consultar el original alemán. A la vez, esta versión castellana ofrecerá un texto de referencia para astrónomos profesionales y aficionados y, en general, para todos los admiradores de la figura personal y científica de Kepler que hasta ahora habían tenido que conformarse con fuentes secundarias, parciales o incompletas.
Verter a una lengua universal y de cultura como el español la monumental obra biográfica de Caspar, honra y difunde el esfuerzo, la pasión, el rigor y la exhaustividad de este estudioso alemán del siglo XX. Al mismo tiempo, espero que hacer accesible este texto a la inmensa comunidad hispanohablante sirva para rendir tributo a la memoria de Kepler, cuyo conocimiento y reconocimiento aún deberían aumentar en nuestro entorno para alcanzar el nivel que corresponde a su talla intelectual y humana.
Caspar introdujo en su obra multitud de citas textuales cuyas fuentes se identifican en la versión original en alemán en un apéndice al final del libro. Una novedad de la versión en castellano de la obra es que, para facilitar la localización de estas citas textuales, se han insertado llamadas numéricas (entre corchetes y en los lugares correspondientes del texto en castellano) que remiten a este apéndice.
La idea de traducir esta obra surgió de David Galadí-Enríquez años antes de que se publicara por primera vez en castellano en el año 2003, y yo tuve la osadía de aceptar el desafío. Sin su iniciativa, apoyo, paciencia, asesoramiento científico y sugerencias constantes, esta obra no existiría hoy en el mercado editorial en español. Aprovecho estas líneas para manifestarle mi agradecimiento expreso y más sincero.
Como he comentado más arriba, la presente traducción planteó una serie de dificultades que solo pude salvar con la colaboración desinteresada de un buen número de personas que quiero agradecer aquí. Me habría sido imposible resolver multitud de detalles lingüísticos conflictivos sin la inestimable ayuda de Macià Riutort Riutort (Universitat Rovira i Virgili), Hugo Kubarth (Karl-Franzens-Universität Graz), Ramón López Gordillo, María Teresa Galadí Enríquez, Cristina Rodríguez Díaz, Doris Gigerl y José Luis Rodríguez Moreno. La diversidad del quehacer intelectual y la aventura vital de Kepler han requerido el empleo de terminología de disciplinas específicas en las que no soy experta, y para la que he contado con la amable colaboración de muchas personas más. Entre ellas quisiera mencionar a Inmaculada González López y Ramón López Gordillo por su ayuda con la terminología jurídica, y a Carlos Briones Llorente, Miriam Ridruejo Santamaría y Carolina Fraile Maldonado por su asesoramiento en cuestiones musicales. A todos ellos, mi agradecimiento más sincero.
Además, para concluir con éxito un proyecto de traducción como este he necesitado ayuda en aspectos que exceden lo lingüístico y conceptual, desde el aporte de ideas, material diverso y apoyo logístico, hasta el asesoramiento editorial y la búsqueda de contactos personales y profesionales. Quiero agradecer el auxilio brindado en todo este tipo de asuntos por Marisa Barreno Rodríguez, Enrique Ellemberg, María Teresa Galadí Enríquez y Miguel Ángel Sabadell Melado. Gracias a Silvia Behrend Kupiec, José Antonio Cantos Rueda, José Caro Ramón, Antonio Gaspar García, Reyes Peláez Muñoz, María de los Ríos Pinés y Ana María Valverde García por la colaboración prestada en cuestiones puntuales.
Mi agradecimiento más sincero también a Eduardo Battaner López y a Vicent J. Martínez García por creer en este trabajo sin reservas y apoyarlo abiertamente para lograr su nueva publicación.
Por último, todo lo anterior no habría tenido ningún sentido si Juan Pérez Moreno y el Consejo Editorial de PUV no hubieran respaldado la nueva publicación de esta obra en castellano en esta editorial. A todo el equipo de PUV, gracias por la confianza depositada en este proyecto.
DULCINEA OTERO-PIÑEIRO
Monachil, abril de 2018
Prólogo del autor
Siempre que se pronuncia el nombre de Kepler se aguzan los oídos de muchos. El mundo científico alaba al gran portador de ese nombre como el sabio que abrió nuevos caminos para la astronomía con el descubrimiento de las leyes planetarias. Pero con toda seguridad los especialistas no son los únicos que se complacen en estudiarlo, ni tan siquiera los que lo hacen en primer lugar. El círculo de sus simpatizantes llega mucho más allá. Se puede decir que entre los hombres que ampliaron y afianzaron el conocimiento humano con resultados fecundos y geniales en la minuciosa tarea científica, no hay ninguno que goce de tan amplia acogida como Kepler. Y ello a pesar de que su restringido campo de estudio está alejado de la gran mayoría, y es difícil entender y apreciar por completo el legado de su trabajo intelectual. El aura de su personalidad cautiva a muchos con su hechizo; la nobleza de su humanidad le granjea amistades; las vicisitudes de su vida mueven a la solidaridad; el misterio de su compenetración con la naturaleza seduce a todos los que buscan en el universo algo más y distinto a lo que ofrece la ciencia rigurosa. Todos ellos sienten en su interior aprecio y cariño hacia este hombre singular. Porque quien penetra una sola vez a la zona de radiación que lo circunda, nunca más vuelve a salir.
Dadas las circunstancias, extraña que hasta ahora no dispongamos de ninguna biografía de Kepler que por su extensión y contenido atienda las demandas que, con razón, exigen de una obra semejante tanto los estudiosos como los aficionados a la astronomía. En los últimos años solo han aparecido unos cuantos relatos breves que resultan insuficientes porque no ofrecen más que una pincelada rápida que solo permite intuir la gran riqueza de su vida y obra. Es verdad que algunas biografías más tempranas son extensas, pero anticuadas o fragmentarias, en parte incluso parciales, en sus consideraciones. No enumeraré aquí esos trabajos. Christian Frisch nos brinda la obra de este tipo más extensa hasta la fecha en el último tomo de su valiosa edición de las obras completas de Kepler (1858-1871). Sin embargo, esta biografía no sigue una exposición lineal, ni un desarrollo metódico, sino que ofrece una recopilación de datos de la vida de Kepler dispuestos con meticulosidad un año detrás de otro que sirven como fuente valiosísima para un biógrafo. La presentación más antigua de la vida de Kepler se la debemos al erudito de Leipzig Michael Gottlieb Hansch, la cual incluyó en la introducción a su publicación una parte del epistolario kepleriano en 1718. Esta obra constituye la base de las biografías posteriores. Sin embargo, el estudio de Kepler ha sacado a la luz mucho material nuevo desde entonces, principalmente por la aportación de Christian Frisch, aunque después de él ha habido una serie de figuras destacadas entre las que merece una mención especial Walther von Dyck. Todas estas aportaciones tienen gran relevancia para el estudio de la vida y la obra de Kepler, y quien no conozca por completo los resultados de estos trabajos de investigación corre el riesgo de incorporar y perpetuar los errores que en algún momento han llegado a deslizarse. A ello se debe también que en la bibliografía sobre Kepler encontremos constantemente afirmaciones falsas, o al menos sesgadas, que un autor ha tomado de otro por no recurrir a las fuentes. Es evidente que quien pretenda exponer y valorar en adelante no ya la vida de Kepler, sino también su producción intelectual, debe estudiar cuando menos sus obras principales, que son de una complejidad indudable. Sin embargo, es fácil comprobar que este requisito no lo satisfacen en absoluto todos los autores.
Estas observaciones críticas no deben interpretarse como reproches. La extensión tanto de las obras y cartas de Kepler como de la bibliografía que versa sobre él, explica la existencia de vicios como los mencionados. El análisis de todo ese material requiere un esfuerzo de muchos años. Considero una gran suerte que me permitieran dedicarme durante decenios al estudio de la vida y la obra de este gran hombre, y encargarme desde hace varios años de la nueva edición completa de sus obras, ahora en curso. Por eso me gustaría creer, además, que el público lector captará mi vocación al presentar aquí una exposición de su vida y obra. Lo que ofrezco surgió del estudio de aquello a lo que encomendé mi vida. La oportunidad externa para escribir esta obra se me presentó cuando, después de la derrota,1 se produjo una pausa en la prosecución de las obras completas.
Quien emprende la tarea de exponer la biografía de Kepler a partir de las fuentes, queda asombrado por la profusión de pequeños detalles que revelan. Se han conservado alrededor de cuatrocientas cartas de su puño y letra en las cuales, con su habitual tono expresivo, comenta a menudo acontecimientos y sentimientos, preocupaciones y alegrías de su vida, junto a controversias científicas. También contamos con unas setecientas cartas dirigidas a él, que aportan aclaraciones valiosas sobre sus intereses y sus contactos. Varios cientos de documentos adicionales concernientes a su vida esclarecen su situación financiera, sus quehaceres profesionales, su relación con los príncipes electores y las autoridades de los que dependía, así como más de un acontecimiento familiar. A todo ello hay que sumar aún las innumerables notas familiares que tomó para sí mismo y las múltiples observaciones personales que dejó deslizarse en las obras que publicó. La elaboración de este volumen fue posible porque dispongo de reproducciones fotográficas, en miles de hojas, de todos estos documentos, y porque cuento con gran parte de las obras de Kepler y la bibliografía que versa sobre él, a pesar de que por entonces no se me permitía el acceso a las bibliotecas públicas.
El presente libro se basa sobre todo en esos documentos y en las obras publicadas por el propio Kepler. No se ha adoptado nada esencial de otros escritos sin haberlo verificado previamente con las fuentes. Para la literatura empleada debo remitirme a la obra Bibliographia Kepleriana, editada por mí mismo en 1936, donde se recopila la totalidad de las obras sobre Kepler. Aunque el libro que nos ocupa también satisface las demandas del rigor científico, he evitado cubrirlo con el manto de una ostentación docta para atribuirle un crédito mayor. El material para hacerlo estaría ciertamente disponible. Pero, como no he escrito la obra tan solo con fines eruditos, quise presentarla sin interrumpir constantemente la lectura con notas de aclaraciones críticas, con comprobaciones aisladas y con apuntes bibliográficos. Por la misma razón, tampoco aparecen las referencias de las innumerables citas textuales en las que cedo la palabra al propio Kepler.2 Estas se reproducen, eso sí, con la mayor fidelidad posible, de manera que se puede confiar en su legitimidad.
La abundancia de erudición, con todo lo satisfactoria que resulta, crea no obstante ciertas dificultades expositivas. Requiere un examen cuidadoso y una planificación muy meditada de la estructura y el contenido. Sin perder el hilo principal, procuré dar vida a cada escena con la incorporación de detalles menores. También insisto en exponer del modo más completo posible los sucesos vitales que me parecieron significativos en alguna medida. He concedido un valor especial a la descripción del marco temporal, del entramado de la vida personal de Kepler y de las circunstancias y los acontecimientos políticos. Solo así se dibuja con claridad la figura del hombre que supo vencer de manera ejemplar las adversidades que se cruzaron en su camino.
Pero el aspecto esencial lo constituye la recreación del mundo intelectual en que vivió Kepler. Es ahí donde se evidencia que la creación y la publicación de sus obras van notablemente unidas y entrelazadas a los sucesos externos, aquellos que rodearon su vida repleta de cambios. Esta observación fue la que me llevó a fundir el tratamiento de sus obras con la descripción del trascurso de su vida. No quise, como ocurre a menudo, diseccionar cada miembro aislado de una forma anatómica, y prepararlo y presentarlo por separado, sino que expongo todo a un tiempo: el cuadro completo con la interacción de cada una de sus partes, como un organismo vivo ante nuestra vista. De ahí que la lectura fluya a través de lo que Kepler meditó e indagó en las etapas de cambio de su vida, lo que lo inquietó o alegró, lo desafió o entorpeció, sus logros, sus fracasos. Vida y obra constituyen en él una unidad inquebrantable, una forma orgánica que no debe desmembrarse.
Puse especial esmero en el análisis de las dos obras principales de Kepler, Astronomía nueva y Armonía del mundo, donde se exponen las leyes planetarias. Parecía algo más necesario aún en vista de que lo que figura al respecto en las biografías disponibles resulta completamente insuficiente. Por otro lado, me empeñé en valorar en su justa medida cada una de las partes sin destacar o discriminar lo que este o aquel considera significativo o irrelevante, sino atribuyendo a cada parte la importancia que tenía a juicio de Kepler. Por este motivo su actividad astrológica sale siempre a colación y se trata, además, con la intensidad con que ocupó su pensamiento. Desfigura la imagen quien cree poder pasar ese aspecto por alto con alguna que otra disculpa benévola. La cuestión no depende del valor que nosotros le demos, sino de lo que él opinaba. Por esta misma razón tanto sus convicciones religiosas como el conjunto de sus indagaciones sobre la armonía exigen igualmente la aplicación de este criterio de análisis detallado.
Me hago cargo de que en una biografía así siempre se filtra algo del espíritu del autor. Cada cual presenta a su protagonista tal y como lo percibe en el espejo de su propio yo. Pero debemos ser conscientes del peligro que esto conlleva, y dejar a un lado a la propia persona para evitar pinceladas falsas en el cuadro. No obstante, cuando uno dedica muchos años al hombre al que desea servir, como yo he tenido la suerte de hacer, aparece entre ambos cierta empatía en el ser y en el pensar que favorece la percepción correcta de las cosas. En este sentido querría creer que el amor que profeso a Kepler no me ha estorbado para dibujar una imagen acertada de su persona.
Para la redacción de esta obra he contado con el apoyo inestimable de Martha List, quien ha colaborado conmigo en la edición de las obras completas de Kepler. Su excelente conocimiento de las fuentes manuscritas me ha prestado una ayuda valiosísima en la elección, clasificación y recopilación final del material empleado. Su participación activa en el conjunto de la obra no me ha auxiliado menos que sus acertados apuntes en cuestiones concretas, cuando comentábamos a diario las distintas partes del libro. Por todo ello me gustaría manifestarle también aquí mi agradecimiento más profundo.
Asimismo, es muy de agradecer el esfuerzo que ha dedicado Fritz Roßmann a corregir una versión preliminar.
MAX CASPAR
Múnich-Solln, julio de 1947
1 El autor alude a la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial. (N. de la T.)
2 Tal como se aclara en el prólogo de la traductora, en la versión en castellano de la obra se han señalado todas estas referencias en el lugar que les corresponde dentro del texto mediante llamadas numéricas entre corchetes. (N. de la T.)
Introducción
La época de la historia alemana en que Kepler llevó a cabo la obra de su vida fue accidentada y desgarradora, tanto en lo espiritual como en lo político. El año 1600 divide el periodo de su paso por el mundo en dos grandes partes, casi iguales. Basta pensar que su vida coincidió durante doce años con la desoladora guerra de los Treinta Años para comprender que debió de tratarse de una existencia llena de inquietudes y preocupaciones, para él y para cualquiera de los que entonces representaron algún papel en el gran teatro del mundo. El conflicto, que arrojó durante bastantes años la desgracia de sus sombras ominosas, no se produjo por casualidad. Las decisiones de los hombres de Estado determinaron el trascurso de la historia y, por lo tanto, todo podría haber sido diferente si este o aquel hubiera tenido otra mentalidad o condición espiritual. Pero, aunque esto es verdad, también lo es que todos a un tiempo estaban influidos por las ideas y tendencias de la época; todos pensaban y obraban de acuerdo con las categorías de la concepción del mundo y de la vida que sirvieron de base a aquel periodo.
Para comprender y valorar la vida y obra de Kepler, la inmensa tragedia de su existencia personal y el brillante éxito de su trabajo intelectual, hay que conocer las tendencias y categorías mencionadas, así como la evolución de los acontecimientos políticos, al menos de manera general. Él, apolítico, tuvo que aprender que estos últimos interferían en el curso de su vida más de lo deseable. Mantuvo una estrecha relación con muchos de los protagonistas principales, y la fortuna lo llevó a ocupar posiciones zarandeadas por las olas de los sucesos políticos. En una afamada escuela superior de amplia repercusión, Kepler hizo acopio de todo lo que ofrecía la intelectualidad de su tiempo. Con la agilidad de sus facultades captó las fuerzas que integraban el espíritu de la época y encontró la dirección en que debía orientarlas para descubrir nuevas tierras. Como su vida interior se abastecía en última instancia de las fuentes de las que bebe la religión, también se vio inmerso en las pugnas confesionales que configuraron la fisonomía de aquel momento. En su primera fase, aquella gran guerra fue, de hecho, un conflicto religioso derivado de las tensiones insostenibles que habían surgido entre los distintos cultos.
EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO Y CIENTÍFICO EN EL RENACIMIENTO
A lo largo de nuestra descripción de la vida de Kepler conoceremos más detalles sobre la evolución de los acontecimientos políticos y sobre la variedad de tendencias imperantes en aquella época. Pero a modo de introducción y para una buena comprensión de los mismos, conviene mencionar algo sobre el panorama intelectual de finales del siglo XVI, ya que se trata de un aspecto significativo en la vida y obra de Kepler.
Hacía alrededor de doscientos años que se había operado un cambio profundo en el pensamiento filosófico y científico. La escolástica, que culminó con el grandioso sistema de Tomás de Aquino, había centrado su cometido en desarrollar, sistematizar y ahondar intelectualmente en las verdades elevadas de la enseñanza cristiana, al menos hasta donde le resultara posible a la razón humana. En su época, y no solo entonces, realizó esta tarea de un modo admirable; pero en su evolución posterior, la escolástica degeneró cada vez más en especulaciones sutiles incapaces de convencer por más tiempo a intelectuales abiertos al mundo y a librepensadores. Estos se sintieron constreñidos y atrapados en un sistema de estructuras abstractas que ponía cadenas al espíritu. La autoridad de Aristóteles, de validez preeminente desde la escolástica antigua y que no solo abarcaba el campo de la filosofía, sino también el de la física, experimentó un incremento considerable. Tanto fue así que cundió la idea de que encontrar y demostrar una verdad significaba e implicaba comprobar las tesis con los principios del filósofo. Con el tiempo, esa angostura se volvió insoportable y favoreció el hallazgo de una salida. Dada la situación, el espíritu, siempre inquieto y curioso, se dedicó a observar la naturaleza y a ubicar al ser humano dentro de ella. Ante él se abrió un territorio lleno de enigmas y secretos, un nuevo mundo, un cosmos de belleza extraordinaria, una aparente maraña de relaciones y dependencias ocultas tras la cual se intuía y percibía un orden sublime. No es que antes los pensadores hubieran sentido una indiferencia absoluta ante la naturaleza y hubieran permanecido ciegos a su poder y a su grandiosidad, o que ahora quisieran prescindir de la unión con Dios y lo sobrenatural. Más bien, antes buscaban comprender la naturaleza desde dentro, o si se prefiere desde arriba, como un todo, siempre desde la perspectiva del destino del ser humano en el más allá. Mientras que ahora la mirada se dirige hacia la abundancia de los fenómenos, que por supuesto se siguen considerando obra del Creador todopoderoso de bondad infinita. Si antes se había mirado hacia abajo, desde el más allá hacia la tierra y hacia la totalidad del mundo físico, ahora el hombre se situaba dentro de las cosas y desde ellas alzaba la mirada al cielo. El centro del pensamiento se trasladó de lo sobrenatural a lo natural. Junto a la revelación de Dios por la palabra surgió la revelación de Dios a través de su obra; junto a las Santas Escrituras apareció el libro de la naturaleza, cuya interpretación era ahora la tarea principal. Explicar la palabra de Dios era competencia de los teólogos; examinar su obra incumbía a los estudiosos entusiastas de los fenómenos naturales. Comenzaba una secularización de la ciencia y de la filosofía, y el establecimiento de estos nuevos objetivos favoreció la emancipación paulatina y definitiva del hombre con respecto a la autoridad de la Iglesia, la cual había acaparado hasta ahora su vida intelectual.
Lo que el ser humano practicaba entonces no eran todavía las ciencias naturales tal y como hoy las entendemos. Aún no se sabía cuánta paciencia y cuánto esfuerzo indecibles que se precisan para desentrañar los secretos de la naturaleza a través de la observación y de la experimentación. Todavía desconocían el concepto de las leyes naturales que establecen una relación causal entre los fenómenos y los traducen a fórmulas. Aún no se conocía el método de conocimiento inductivo, según el cual a partir de una hipótesis se extraen conclusiones que deben comprobarse empíricamente para demostrar su exactitud o, al menos, su probabilidad. ¿Cómo podían encontrar respuestas acertadas en la naturaleza si aún no habían aprendido a formularle las preguntas adecuadas? Ante todo, no se practicaba ciencia, sino filosofía de la naturaleza. Querían acceder de golpe a lo que el mundo alberga en su interior más profundo. Percibieron el orden y lo denominaron armonía. Se especuló sobre el alma de la Tierra y del universo, sobre la simpatía y la antipatía entre los objetos, sobre elementos y espíritus vivos, sobre macrocosmos y microcosmos. No pensaban tanto en causas como en efectos. Se plantearon cómo sería posible el conocimiento de la naturaleza y en qué consistiría. El platonismo y el neoplatonismo cautivaron las mentes con su hechizo. Para muchos, Platón y Plotino reemplazaron a Aristóteles; se entusiasmaron con la idea de que Dios creó el mundo con la belleza máxima, y en las ideas platónicas admiraban los pensamientos de Dios, que se hacían patentes en los fenómenos sensibles.
Como ilustran estas pinceladas breves, el cuadro del pensamiento teórico durante el periodo histórico que solemos denominar Renacimiento, exhibe un rico colorido en cuanto a la diversidad de las tendencias y de las orientaciones. Rebasaríamos con creces los límites de esta introducción si detalláramos los nombres y las aportaciones de las principales figuras que contribuyeron a amasar y esculpir la intelectualidad de la época. Solo la mención de Nicolás de Cusa o de Paracelso ya lanza una profusión de ideas difícil de expresar en pocas palabras. En este momento cada sabio edifica su propio mundo, cada cual vaga y se regodea en sus fantasías y en sus conocimientos, o en lo que considera como tales, cada uno pretende asir la verdad desde algún otro cabo. Lo viejo y lo nuevo se empujan entre sí. Este jura en el nombre de Platón, aquel en el de Aristóteles, un tercero busca una síntesis de ambos. La escolástica todavía permanecerá vigente durante mucho tiempo y su creación de conceptos continúa prestando unos servicios excelentes. Alquimistas y astrólogos escarban en busca de nuevos tesoros del conocimiento. También en el mundo conceptual de Kepler se entrecruzan, como ya veremos, las distintas tendencias. Está poseído y fascinado por la idea de armonía, construye todo un sistema astrológico basado en su sicología, abraza la idea de un alma de la Tierra y profesa la teoría idealista del saber platónico. Asimismo, se revela conocedor del espíritu de la escolástica, defiende su principio de observación, se sirve de sus conceptos básicos para interpretar la evolución orgánica y, siempre que puede, orienta sus consideraciones hacia la senda de la teoría aristotélica sobre la materia y la forma; esto con la misma decisión con que se opone a su física, para la cual sigue una vía personal, nueva, prometedora.
EL DESPERTAR DE LA INVESTIGACIÓN ASTRONÓMICA
La astronomía fue la primera en beneficiarse, y en mayor profundidad, de este retorno a la naturaleza. Los estímulos llegaron desde varias direcciones. El mundo de los astros colocó el pensamiento estético-metafísico ante un reino natural al que él mismo atribuyó el apelativo especial de cosmos por su belleza majestuosa, y descubrir sus misterios había sido uno de sus anhelos más fervientes desde la Antigüedad. Ahora, con el renacer de aquellas consideraciones estético-metafísicas, el espíritu sintió una llamada al observar que la estabilidad y continuidad inalterables del firmamento se oponían al fluir perpetuo de los fenómenos terrestres, a su aparición y a su extinción, a su nacer y a su perecer, que la diversidad inmensa de aquí abajo contrastaba con la armonía y la sencillez inmutables del cielo. ¿No resplandecía en él claramente la armonía, la misma que se oculta en el resto de la naturaleza bajo un velo casi inescrutable? ¿Acaso no se revelaba allí lo que justamente debe entenderse por armonía, un sistema de exquisitas relaciones numéricas? Y ese mundo rutilante, lejanía inalcanzable para el ser humano, ¿no es acaso imagen de la mismísima divinidad, origen primero de la armonía, para que la humanidad pueda sentirla más de cerca mediante la contemplación del firmamento?
Pero los estímulos llegaron, en efecto, por más vías. Las necesidades prácticas se volvieron evidentes. Hacía tiempo que era indispensable ajustar el calendario porque ya no se correspondía con los movimientos celestes. Quienes acometían viajes aventurados en aquella época para descubrir tierras nuevas, solicitaban y hasta precisaban la ayuda de los astrónomos para determinar ubicaciones geográficas. Y la creencia en el influjo de los fenómenos celestes sobre el acontecer terrestre, no alentó en menor medida el empeño por precisar los movimientos de las estrellas errantes.1 La necesidad de levantar de algún modo el telón que oculta el futuro, siempre sirvió para estimular con fuerza los empeños del ser humano intimidado por su temor ante el mundo.
Hasta entonces se había creído que el cielo consistía en esferas de cristal, bolas huecas concéntricas que sostenían las estrellas fijas y cada estrella errante en particular. Para explicar el movimiento de los astros, especialmente el de los planetas, con todas sus desigualdades, Aristóteles había concebido un sistema formado por gran número de aquellas esferas. Al otro lado de la esfera de las estrellas fijas radicaba el empíreo, que en la Edad Media cristiana, al igual que para Dante, constituía la morada de los bienaventurados. Desde allí arriba descendía, por orden, la jerarquía de las partes en que se dividía el mundo. De todas ellas, la Tierra, en el escalafón más bajo, ocupaba el último lugar. Cada una de las esferas estaría impelida por ángeles u otros seres espirituales. Pero ahora volvió a recordarse la gran producción del alejandrino Claudio Tolomeo, quien en el siglo II de nuestra era ideó un sistema admirable para calcular los movimientos celestes sin utilizar tales esferas. Con la conquista turca de Constantinopla llegaron a Occidente, a través de Italia, numerosos manuscritos griegos entre los que se encontraba el de su obra más importante, la que vulgarmente se tituló Almagesto y hasta entonces solo se conocía por una traducción latina del árabe. Su análisis dio un empuje significativo a un interés que ya era creciente por la astronomía. Pero el estudio de esta obra no se limitó a comprender su contenido; mediante la observación y el uso de instrumentos sencillos, se procuró hacer coincidir mejor los datos de Tolomeo con la realidad observada y completar los cálculos necesarios. Entre los hombres que favorecieron el renacer de los estudios astronómicos, se cuentan en primer lugar Georg Peuerbach, natural de la Alta Austria, y su pupilo Johannes Müller, también conocido como Regiomontano por haber nacido en la ciudad de Königsberg,2 en Franconia. Aunque ambos vivieron pocos años, ejercieron una influencia extremadamente eficaz y amplia a través de su frenética actividad en Alemania e Italia. La invención de la imprenta fue crucial para su actividad.
COPÉRNICO
Pero aún tenía que llegar alguien más grande que no solo remendaría lo antiguo, sino que además abriría las puertas a una nueva visión del mundo. Fue Copérnico el que trajo ese cambio, y con ello marcó un hito en el desarrollo del saber occidental. Este hombre estaba llamado a sacar el mundo de quicio. Al igual que los navegantes de entonces, abandonó el rumbo en el que se movía el pensamiento de su época. Puso el timón del revés con una maniobra audaz y siguió un norte distinto en el que su genio le anunciaba nuevas tierras. A lo largo de varios decenios escribió y pulió su gran trabajo: De revolutionibus orbium coelestium, publicado el mismo año de su muerte, 1543. Como todos saben, esa obra sitúa el Sol en el centro del universo, alrededor del cual se desplaza la Tierra, como un planeta más, que gira a su vez sobre su propio eje. Copérnico consiguió evidenciar que esa hipótesis explicaba con mucha más sencillez los movimientos de los astros. Y puesto que la naturaleza ama la sencillez, siguió aferrado a esa idea a pesar de todas las objeciones que él mismo tuvo que plantearse desde el pensamiento de aquellos días. ¿Llegó a intuir las consecuencias revolucionarias que conllevaría su teoría en el futuro?
Como todo lo nuevo cuando realmente es grande y prometedor, también la obra de Copérnico se topó con un rechazo general. Se habló por doquier sobre ella y muchos se mofaron de la insensatez de las nuevas tesis. A su favor alzaron la voz aquí y allá hombres de juicio que estudiaron con rigor la nueva cosmovisión. Pero a menudo ese reconocimiento no aludía a lo que hoy consideramos la clave de la teoría copernicana, sino al nuevo método de cálculo astronómico que implantó el maestro. En general no llamó demasiado la atención, y el interés solo persistió entre los estudiosos. Las críticas llegaron desde diferentes ángulos. Los teólogos, sobre todo, desestimaron categóricamente la idea del movimiento de la Tierra porque la consideraban contraria a las Escrituras. Es conocido el pronunciamiento desfavorable de Lutero con respecto a Copérnico, y Melanchthon incluso creyó necesario que el poder supremo del Estado interviniera en contra de aquella innovación. El bando católico se contuvo porque Copérnico había dedicado su obra al papa Pablo III. El conflicto con la Iglesia católica prendió mucho más tarde. Los físicos apelaron al vuelo de los pájaros, al movimiento de las nubes, a la caída vertical de las piedras y a otras cosas semejantes para rebatir la hipótesis de la rotación terrestre. La noción de que todo lo que está dentro del campo de atracción de la Tierra participa de su rotación, quedaba completamente fuera de su entendimiento. Además, eran víctimas del concepto aristotélico sobre lo pesado y lo ligero. Pero tampoco los astrónomos pudieron avenirse con la nueva teoría. No simplificaba en absoluto la resolución de lo que ellos consideraban el objeto del estudio astronómico, predecir la posición de las estrellas errantes, de manera que no se decidieron a abandonar sus concepciones y sus métodos de cálculo habituales en favor de una doctrina que contradecía las apariencias, que exigía mucho de la imaginación y que suscitaba el desacuerdo de teólogos y físicos. Además de estas objeciones, se esgrimieron numerosos argumentos adicionales contra Copérnico que revelan lo alejado que discurría entonces el camino del pensamiento de nuestra visión actual. La oposición a la nueva teoría se entiende mejor si se tiene en cuenta que Copérnico no pudo aportar pruebas fehacientes de sus ideas. Aún estaba por llegar alguien con el vigor suficiente para atravesar toda la espesura, capaz de refutar o apartar a un lado las objeciones, alguien que comprendiera el valor y las posibilidades de desarrollo de la doctrina copernicana y que comprendiera que no se trataba de un método nuevo de cálculo, ni de establecer otro objeto de estudio para la astronomía, sino de configurar una nueva visión del mundo. Más adelante descubriremos que Kepler se sintió llamado a realizar esa tarea. Uno de los principales objetivos de esta biografía consistirá en revelar cómo percibió esa llamada. Conoceremos el triunfo de sus esfuerzos para extraer de la concepción copernicana lo que portaba en su seno tan solo como semilla.
LA PUGNA CONFESIONAL DEL SIGLO XVI
Pero ahora debemos centrarnos aún en las circunstancias que motivaron la tragedia de su vida personal. Guardan relación con la situación confesional y política de la Iglesia que se había fraguado desde y a partir de la Reforma. El movimiento encabezado por Lutero había sacudido al pueblo con más intensidad y profundidad que los cambios mencionados hasta ahora. Aquellos concernían a una evolución que se produjo en la cúpula de la intelectualidad, y sus consecuencias se filtraron hacia abajo lenta y progresivamente. Como cuando un hombre de edad cambia de pensamiento sin darse cuenta y se siente empujado hacia otro territorio intelectual. No se puede decir ahí, ese día concreto, irrumpió lo nuevo. Sin embargo, la Reforma fue una tempestad repentina, una revolución de olas descomunales que arrambló con todos los estratos sociales, los de arriba y los de abajo, con los intelectuales y con los pobres de espíritu. Aquello no concernía al Sol, la Luna o las estrellas, ni a la supremacía de Aristóteles o de Platón. El clamor que estalló dio directo en el corazón, en lo más hondo del ser humano que temía por su salvación, su último y más profundo deseo, que ansiaba la redención convencido de su tendencia al pecado y que luchaba por justificarse ante Dios. Lo que favoreció que las nuevas proclamas ejercieran una repercusión tan intensa en los sectores más amplios no fue tan solo la indignación ante los abusos de la Iglesia. Si el pueblo no hubiera tenido un profundo sentimiento religioso, el movimiento de fe no se habría propagado tanto. Lutero hizo que la absolución dependiera únicamente de la fe, no de las obras. Desestimó el sacerdocio sacramental y negó al sacerdote como mediador para alcanzar la gracia divina, al tiempo que enfrentó al ser humano directamente a Dios, ante el cual debía responder de su comportamiento moral de acuerdo con su propia conciencia. Rechazó la docencia clerical y promulgó la libre interpretación de las Escrituras. Rompió en pedazos el orden jerárquico y reunió a todos los creyentes en una comunidad indistinta. Todas estas tesis lo situaron en una oposición severa ante la vieja Iglesia que hasta ahora había conservado la unidad de la cristiandad a pesar de las muchas desavenencias y pugnas. La tormenta que desencadenó lo llevó a él mismo más lejos de lo que había deseado en un principio, y tuvo que ver que intereses totalmente mundanos se confundieron muy pronto con el anhelo de una renovación religiosa. La idea de la libertad del hombre cristiano sonaba tentadora en los oídos de tantos descontentos y favoreció conclusiones que su fundador no había imaginado. Un mal aún peor lo constituyeron las ansias de poder y la codicia de los príncipes electores, los cuales reconocieron enseguida las ventajas que les dispensaba el nuevo estado de cosas. La desunión iba a ser duradera para desgracia de Alemania y para dolor de todos los que reconocen y veneran en Cristo al redentor del mundo.
Esta introducción no puede aspirar a presentar la evolución tensa y dramática de los acontecimientos, las disputas y las negociaciones de consenso, las divergencias doctrinales, las argucias políticas, el trasfondo último de los sucesos durante aquellos decenios, y mucho menos a emitir un juicio sobre el movimiento reformador. Los hechos son conocidos y el lector puede extraer su propio dictamen. No obstante, es necesario exponer ciertas cuestiones dogmáticas y político-eclesiásticas relacionadas con Kepler para entender y valorar tanto su suerte, marcada y condicionada por la confusa situación de la época, como, sobre todo, su postura personal ante la religión, la cual determinó, junto con las circunstancias históricas, su difícil camino.
Entre los textos simbólicos en que los reformadores expusieron su doctrina en oposición a la de la Iglesia católica, destaca en primer lugar la Confesión de Augsburgo. Después de que el cisma alcanzara su máxima expresión en la Dieta (Reichstag) de Espira, la Dieta de Augsburgo, que comenzó en 1530, tuvo que aspirar a volver a unir a los escindidos. Para disponer de una base durante las negociaciones, los electores protestantes presentaron precisamente aquel libro simbólico en el que se habían fijado los puntos esenciales del dogma luterano. Melanchthon, que lo había compuesto o al menos redactado, eligió una forma de exposición que, de acuerdo con su actitud amable y más conciliadora, dejó las discrepancias en un segundo plano y dio prioridad a expresiones más fáciles de casar con la doctrina católica. Pero los severos antagonismos que ya existían no pudieron erradicarse con aquel proceder. De hecho, volvieron a aflorar con claridad en debates sucesivos. No se pudo alcanzar la unidad pretendida. Ya veremos cómo Kepler, de una condición similar a la de Melanchthon, se declaró siempre fiel a la Confesión de Augsburgo.
El desarrollo de la nueva doctrina no cesó con aquel texto. Muy pronto, junto a los adversarios de la Iglesia católica apareció otra oposición que perturbó todavía más la situación eclesiástica alemana y que más tarde desencadenó polémicas y conflictos más agudos. En Suiza, Ulrico Zuinglio, que emprendió la lucha contra la vieja Iglesia casi al mismo tiempo que Lutero en Alemania, atacó con fuerza la doctrina y disciplina católicas. Mientras ambos reformadores seguían el mismo camino en la mayoría de los puntos esenciales y estaban de acuerdo en su oposición al catolicismo, discrepaban ampliamente en la enseñanza de la eucaristía. Aunque la reconciliación era inviable, este desacuerdo no frenó el avance de la obra reformadora en Alemania. Pero la situación cambió cuando, varios años después, Calvino implantó en Ginebra la tiranía de su régimen teocrático y desplegó su dogma como tercer líder reformador. También su precepto eucarístico se apartó del luterano, y la pugna sacramental se enardeció con fuerza. La enseñanza calvinista logró entrar en Alemania cuando el elector del Palatinado, Federico III, la implantó en su territorio como doctrina imperante en el año 1562. En las décadas siguientes se le sumaron otros príncipes imperiales. Incluso Melanchthon simpatizó con la eucaristía calvinista, la cual, gracias a su autoridad, alcanzó una difusión mayor, sobre todo tras la muerte de Lutero y fundamentalmente en Sajonia. La furia colérica de los antiguos luteranos se levantó contra los seguidores de Melanchthon, conocidos como criptocalvinistas o filipistas. Es difícil hacerse una idea hoy en día de la vehemencia y la saña con que los contrincantes arremetieron unos contra otros. El odio de los seguidores de la Confesión de Augsburgo hacia los calvinistas no fue inferior al que profesaban a los seguidores del sumo pontífice. Para alzar un dique contra la abominada doctrina calvinista, el teólogo de Tubinga Jakob Andreä elaboró entre 1576 y 1577 un nuevo libro de fe, llamado Fórmula de Concordia, junto a algunos hombres de convicciones similares a las suyas, en el que fijó la doctrina luterana con toda precisión. Pero la controversia no llegó con eso a su fin puesto que no todos los electores leales a la Reforma aceptaron la Fórmula. El reconocimiento de la Fórmula de Concordia se exigió con más severidad en todos los territorios seguidores de la Confesión de Augsburgo, a los que asimismo pertenecía la tierra natal de Kepler, el ducado de Württemberg.
El punto crucial radicaba en que la piedra de choque, o sea el sacramento eucarístico, se interpretaba de maneras diferentes en cada culto. La Iglesia católica, siguiendo las palabras sacramentales del Señor, entiende que la sustancia del pan se trasmuta en el cuerpo de Cristo durante la misa a través de la transustanciación. Lutero, en cambio, que rechazaba la misa, negaba la transustanciación, pero perseveraba en la presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo durante la eucaristía. En lugar de la transustanciación creía en la consustanciación, es decir, la sustancia del pan se mantiene tal cual, pero es penetrada sacramentalmente por la sustancia del cuerpo de Cristo. Para aportar pruebas en contra las objeciones de los teólogos reformadores, Lutero aportó el siguiente dogma: en virtud de la unión hipostática, es decir, la fusión de la naturaleza humana y la divina en una sola persona, Cristo goza también de la ubicuidad corpórea. Ese precepto específico de la doctrina de la ubicuidad, insostenible desde el punto de vista de la cristología tradicional y abandonado algo más tarde por los propios teólogos luteranos, constituyó la piedra angular de la Fórmula de Concordia. Calvino también lo desestimó. Según él, es verdad que el creyente recibe el cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento de la comunión, pero de manera que junto a la ingestión de la sustancia material, que en todo caso sigue siendo lo que es y tan solo simboliza a Cristo, el espíritu recibe una fuerza que emana del cuerpo de Cristo, presente únicamente en el cielo. De acuerdo con su terrible idea de la predestinación, según la cual parte de la humanidad sería sentenciada de antemano por Dios a la condena eterna sin la consideración de sus obras, Calvino incluyó en su teoría de la eucaristía la apostilla de que solo los elegidos participarían del cuerpo de Cristo al recibir la comunión. Estas disputas conformaron el angustioso lastre que arrastró Kepler a lo largo de toda su vida.
En lo que atañe a la política eclesiástica, la paz religiosa de Augsburgo del año 1555 ocupó un lugar destacado en la historia de la Reforma del siglo XVI. Ya no se pretendía la reconciliación de las distintas tendencias. La posición de los protestantes se había consolidado tanto que lo aconsejable era buscar más bien una paz que instaurara un marco viable para la convivencia de los seguidores de cada culto. Según las resoluciones de aquella dieta, la elección de la fe católica o la augsburguesa competía a los estados del imperio. Incluso más. La decisión de cada estado debía regir también en la totalidad de sus dominios. Con ello se constituyó en ley la máxima: «cuius regio, eius religio» («de quien es la región, suya la religión»). Con este precepto legal absolutamente monstruoso para la mentalidad actual, el soberano dirigente se apoderó del dominio privado del corazón de los hombres. La libertad confesional desapareció. El elector reinante ordenaba, y los súbditos tenían que creer lo que gustara el señor. Quien no estuviera dispuesto a acatar su imposición, podía expatriarse. Se concedía ese derecho de forma expresa. Cabe figurarse el conflicto de fe que tuvieron que afrontar quienes se tomaban en serio sus creencias religiosas. Se vieron ante la disyuntiva de abandonar su hogar y su patrimonio o renunciar a lo más sagrado. Hay que mencionar que la elección de culto no incluyó el calvinismo. En las ciudades imperiales podían seguir coexistiendo las dos religiones, la católica y la augsburguesa, si hasta entonces se habían practicado juntas. En los años siguientes fueron los protestantes quienes sacaron el mayor provecho de las nuevas disposiciones. La Iglesia católica mantuvo la situación defensiva a la que se había visto relegada desde hacía tiempo. Solo en las postrimerías del siglo, justo cuando Kepler saltó a la vida pública, se dispuso a retomar las posiciones perdidas con la ayuda de los jesuitas en lo que se denominó la Contrarreforma.
Así era, pues, la época en la que nos adentraremos para recorrer la vida de Kepler desde el principio. Un sinnúmero de electores y otras instancias del imperio hicieron valer sus derechos a voces. Los unos eran católicos, los otros augsburgueses, los terceros calvinistas. Cada tendencia reivindicó estar en posesión de la fe verdadera. A los enfrentamientos políticos ya existentes se sumaron los religiosos, aún más peligrosos y delicados. ¿Qué quedaba de la libertad confesional que anunciara Lutero? ¿Qué de la idea de la comunidad indistinta de creyentes que concibió? La exigencia de un gobierno autoritario favorable a la Iglesia, contra la que él mismo había arremetido con tanto fervor dentro de la vieja Iglesia, resurgió ahora en sus propias filas. El juramento de los libros de fe se impuso y aplicó en las zonas protestantes con la misma severidad con que la vieja Iglesia actuaba en las cuestiones de credo. En esos territorios, los soberanos ocuparon el lugar que dejaron los obispos, con lo que su poder aumentó notablemente. La postura adoptada en cada caso se reforzó en todas partes. Los jesuitas se afanaron por devolver la gloria perdida a la Iglesia católica, que se había depurado, renovado y consolidado con el Concilio de Trento. Tensiones, antagonismos, roces, chispas por doquier. Frente al poder acrecentado de los electores se erguía la autoridad mermada y amenazada del emperador. Las fuerzas centrífugas eran mayores que el poder del orden. Por si fuera poco, los turcos resistían en el este con constantes arremetidas contra las fronteras del imperio. Al oeste, Francia esperaba una ocasión para sacar provecho de la debilidad del poder imperial. ¿Qué más podía ocurrir? Fue una época preñada de desdichas, un tiempo en el que apetecía huir a las estrellas en busca de refugio y protección.
1 En aquella época, estrellas errantes, en contraposición a estrellas fijas, eran los astros móviles del firmamento: los planetas entonces conocidos más el Sol y la Luna. (N. de la T.)
2 Könisberg, hoy Kaliningrado, significa literalmente monte regio en alemán. (N. de la T.)
Infancia y años de juventud
(1571-1594)
NACIMIENTO Y ASCENDENCIA
Así fue la época en que nació el primer hijo de Heinrich Kepler y de su esposa Katharina Guldenmann; ocurrió el jueves 27 de diciembre de 1571 a las dos horas, treinta minutos de la tarde [1] en la pequeña ciudad imperial suaba de Weil, hoy llamada Weil der Stadt. Bautizaron al niño con el nombre de Johannes por haber coincidido su fecha de nacimiento con la celebración del día de san Juan apóstol.1
La familia Kepler2 de la que procedía el niño llevaba afincada en Weil der Stadt unos cincuenta años. En 1520 el bisabuelo de Johannes, llamado Sebald, emigró de su ciudad natal, Nuremberg, y se estableció allí. Era artesano y se dedicaba a la peletería. La familia que formó en el nuevo lugar de residencia fue muy numerosa, y sus hijos consiguieron reputación con rapidez gracias a su habilidad. Algunos fueron miembros del ayuntamiento, y el segundo de ellos, que también se llamó Sebald, llegó a ser burgomaestre y administrador de prebendas en la ciudad. Su matrimonio con Katharina Müller, de la población cercana de Marbach, también fue bendecido con una gran prole. El padre de nuestro Johannes fue su cuarto hijo, Heinrich, quien contaba veinticinco años, al igual que su esposa, cuando vino al mundo su primer descendiente. La madre de Johannes era hija de Melchior Guldenmann, posadero y corregidor en la vecina Eltingen. Podemos seguir remontando aún más los orígenes familiares. El padre de aquel Sebald Kepler que se trasladó a Weil der Stadt era Sebald Kepner, maestro encuadernador en Nuremberg. Así, y no como Kepler, lo cita de puño y letra Johannes Kepler en un documento tardío suyo en el que se basan los datos genealógicos mencionados hasta ahora. Se trata de una modificación lingüística arbitraria del viejo apellido Kepler, quizá por asimilación del nombre Kepner, muy frecuente en los registros de la ciudad de Nuremberg en el siglo XV.
Hasta aquí, los antepasados nos salen al paso como artesanos, pero obtenemos otra imagen si retrocedemos aún más en la historia familiar. Sebald Kepner o Kepler, el maestro encuadernador de Nuremberg, pertenecía a una casa de linaje noble, pero abandonó la aristocracia cuando la necesidad lo llevó a ingresar en el gremio de artesanos en Nuremberg. Puede que la alteración del nombre Kepler a Kepner guarde alguna relación con este cambio de condición social. Según una historia bastante fidedigna, este Sebald fue hijo de Kaspar von Kepler, quien hacia finales del siglo XV ejerció como caballerizo de postas en la corte de Worms. A su vez, este Kaspar von Kepler fue hijo del guerrero Friedrich Kepler, a quien el emperador Segismundo armó caballero sobre el puente del Tíber en Roma el 31 de mayo de 1433, día de Pentecostés [2]. Johannes Kepler no fue el único en atestiguar más tarde este nombramiento de manera explícita cuando, sin ánimo de alarde, habló de él a un aristócrata [3] veneciano. La noticia está documentada con mucha más amplitud en la ejecutoria del año 1433 que aún hoy existe en el registro vienés de la nobleza, y según la cual se distinguió a los hermanos Konrad y Friedrich Kepler del modo mencionado por sus méritos militares en el ejército del emperador. En dicha carta de nobleza, el blasón de la familia Kepler experimentó un embellecimiento parejo [4]. El escudo está cortado en un cuartel superior oro y otro inferior azur. En el superior aparece la media figura de un ángel vestido de gules, con alas doradas y apoyando las manos sobre la línea de división. Sobre el yelmo forrado de gules y oro hay un sombrero picudo de oro ribeteado de azur y coronado por una protuberancia de oro, azur y gules, de la que surge un airón de color sable salpicado de un oropel dorado. Este blasón le fue otorgado al abuelo Sebald y a sus hermanos a instancias del emperador en el año 1563, y Johannes Kepler solía lacrar con él. Se desconoce el lugar donde residía y tenía su hacienda aquel Friedrich, antepasado caballeresco. Según una anotación de nuestro Kepler, el emperador Segismundo lo armó caballero «junto a otros caballeros suabos» [5], por lo que podríamos deducir que su patria era Suabia. Sin embargo, no hay que atribuir demasiado valor probatorio a este dato. En la explicación de la ejecutoria se comenta que el emperador quiso recompensar especialmente a aquellos hombres «cuyos antepasados se habían mostrado en todo momento al servicio del Sacro Imperio», de donde se deduce que los ancestros respondieron como valientes vasallos, tal como atestiguan además documentos antiguos que dan fe de hazañas diversas realizadas por portadores del nombre «Keppler» o «Kappler», sin que conste si aquellos hombres pertenecían o no a nuestra saga Kepler. Lo mismo puede decirse de un Friedrich Keppler, noble del siglo XIII registrado en Salzburgo, de quien un documento del registro vienés de la nobleza relata que actuó con bravura y lealtad tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz. No obstante, resulta interesante que ese noble luciera un ángel en su escudo de armas. El hecho de que por las venas de Kepler corría sangre castrense se confirma asimismo porque tanto el bisabuelo Sebald como, más tarde, el abuelo Sebald cobraron laureles militares bajo estandarte de Carlos V y sus seguidores, y obtuvieron privilegios por ello. Desconocemos qué fue lo que incitó al bisabuelo Sebald a cambiar Nuremberg por la pequeña localidad de Weil y abandonar así una ciudad en la que la actividad artística y profesional había alcanzado una tradición espléndida y que ofrecía múltiples posibilidades a la gente capaz. ¿Acaso visitó Weil en uno de sus viajes y quedó prendado de ella, o tal vez algún pariente lo animó a afincarse allí? Sea como fuere, es evidente que portadores del nombre Kepler residían en Weil ya desde finales del siglo XV, tal como manifiestan las matrículas de la Universidad de Tubinga. No se puede constatar nada más al respecto, y lo mismo sucede con otros muchos detalles interesantes de la historia familiar de los Kepler relacionados con Weil der Stadt porque la documentación archivística ya no existe. Quedó reducida a cenizas al final de la guerra de los Treinta Años cuando, aún en octubre de 1648, justo en los días en que se firmó la paz de Westfalia, los franceses sitiaron e incendiaron la ciudad. Gran parte de los edificios quedaron arrasados, y los registros parroquiales y la mayoría de los archivos fueron pasto de las llamas.3
WEIL DER STADT
Weil der Stadt fue y sigue siendo tan pequeña y recogida como orgullosos y ufanos se han mostrado siempre sus habitantes por la libertad que le procuraba el privilegio de ser ciudad imperial. Fundada por la dinastía de los Hohenstaufen, la pequeña localidad adquirió esta libertad imperial hacia finales del siglo XIII, después del interregno, bajo la soberanía de Rodolfo I. La imagen que ofrece en la actualidad aún permite hacerse una idea del aspecto que tenía en tiempos de Kepler. Las callejuelas, el mercado espacioso rodeado de casas con gabletes elevados, las torres y puertas de las murallas de la ciudad, conservadas en gran parte, se presentan a la vista igual que antaño, como un conjunto acogedor. La localidad, erigida en una pendiente suave que desciende por el ancho valle del riachuelo Würm, está inmersa en un paisaje ondulado en los márgenes de la Selva Negra, rodeada de jardines y prados, cultivos y bosques. La guinda del cuadro y su adorno más bello lo constituye la esbelta iglesia gótica de tres torres que, visible desde lejos, destaca entre la maraña de tejados como una catedral espléndida. Cual gallina clueca con sus polluelos, reúne las casas a su alrededor y las acoge bajo su protección; una presencia persuasiva para la mentalidad devota de los ciudadanos de antaño, conscientes de lo que debían ubicar en el punto central de su existencia. Con una diligencia suaba, sus habitantes procuraron mantener la ciudad con buen orden y salvaguardar sus fueros con un espíritu democrático. La mayoría de los campesinos y de los artesanos, entre los que destacaban curtidores y tejedores, debían restringir sus preocupaciones y sus esperanzas a lo imprescindible para vivir. Dejaban que el Sol, la Luna y las estrellas siguieran su curso, y la ciencia elevada quedaba lejos de su horizonte intelectual, si bien del municipio salieron algunas mentes brillantes. Teniendo en cuenta que en aquella época la comunidad consistía tan solo en unos doscientos vecinos con sus familias respectivas, se comprende que la ciudad imperial libre de Weil no tuviera ningún peso en los asuntos de Estado del Sacro Imperio Romano. Si una vez al siglo llegaba el emperador de visita, se convertía en todo un acontecimiento que se registraba con celo en los anales locales. Lo que alteraba los ánimos eran las desavenencias en cuanto a aranceles y leyes de caza con el vecino duque de Württemberg, cuyas tierras circundaban el municipio. También los acontecimientos bélicos apartaban sin duda a los ciudadanos de su quietud. Su disposición para alzarse en armas por defender la libertad la demuestra su participación, junto a la liga de ciudades, en la trágica batalla de 1388 contra el duque de Württemberg, que se libró en las inmediaciones de la cercana Döffingen y dejó sesenta ciudadanos tendidos en el campo de batalla.
La Reforma provocó tensiones y conflictos muy duraderos en Weil der Stadt. La doctrina evangélica encontró adeptos entre los lugareños bien poco después de la aparición de Lutero, pero no logró granjearse a la mayoría. La iglesia parroquial siempre estuvo en manos de los católicos, y en la época en que nació Kepler aún no existía ningún predicador evangélico en la ciudad. Años más tarde, los seguidores de la nueva doctrina, apoyados por el duque de Württemberg, se esforzaron en vano por conseguir que el concejo de la ciudad abrazara la creencia evangélica, que cediera una iglesia o capilla concreta y que autorizara el nombramiento de un pastor propio. El concejo estimó que haría una concesión especial a los ciudadanos evangélicos si les daba libertad para recibir aparte las prédicas y los sacramentos o si permitía que un pastor de su culto fuera a darles la comunión en caso de peligro de muerte. El bando evangélico consiguió todo un logro cuando pocos años después se autorizó el bautismo por el rito protestante en la localidad. La familia Kepler pertenecía al grupo de los partidarios más distinguidos y activos de la doctrina luterana, en especial el abuelo de Johannes, Sebald. El hecho de que ostentara el cargo de burgomaestre siendo mentor de sus correligionarios y a pesar de la supremacía católica, atestigua su valía y el gran respeto que supo granjearse entre sus conciudadanos. Casi al mismo tiempo, algunos miembros de la familia Fickler se sumaron a los impulsores de la causa católica; sobre todo Johannes Baptist Fickler, protonotario de príncipes-obispos4 de Salzburgo, quien durante la Contrarreforma actuó como influyente adversario del protestantismo. Sin embargo, a pesar de las diferencias doctrinales, las familias Kepler y Fickler mantenían un vínculo de maridaje y eso favoreció que, años más tarde, el hijo de Kepler, Ludwig, consiguiera la concesión de la beca que un miembro de la familia Fickler había creado en Tubinga [6]. Todas estas circunstancias explican que se desconozca el lugar donde se celebró el bautizo de Kepler, si se efectuó en la iglesia parroquial de un sacerdote católico o, lo que parece más probable, si lo realizó un pastor evangélico en alguna localidad vecina, posiblemente Magstadt.
Tal como se conserva desde antaño, la vivienda del abuelo Sebald quedaba algo apartada de una esquina de la plaza del mercado, en una calleja corta que conduce a la iglesia, de manera que desde la casa se divisaban la fuente del mercado con la estatua del emperador Carlos V y la imponente torre oriental del templo. El edificio fue víctima del incendio que asoló la ciudad en 1648, pero hay motivos para pensar que fue reconstruido con su aspecto original. Con certeza podemos considerarla la residencia donde nació nuestro Johannes, dado que su padre, Heinrich, siguió viviendo allí después de su boda, celebrada el 15 de mayo de 1571. Aunque desde fuera parece pequeña, la vivienda posee en su interior el espacio suficiente para albergar a una gran familia. Al parecer, el burgomaestre Sebald no incrementó su patrimonio hasta pasados unos años, sobre todo a través de la herencia.
SITUACIÓN FAMILIAR
A la edad aproximada de veinticinco años Johannes Kepler tomó apuntes de las características de sus padres y abuelos, además de algunos lances y contratiempos de la vida, de modo que hoy podemos hacernos una idea sobre sus caracteres y sobre la actividad en la casa donde pasó los primeros años de vida. Lo hizo como anexo a la carta natal de esos antepasados porque en aquel entonces se dedicaba mucho a la astrología y creía que la posición que ocupan los planetas en el momento del nacimiento influye en la actitud general de cada persona. Del abuelo Sebald comenta que se había vuelto arrogante y presuntuoso en sus modos, que era irascible, violento, testarudo, sensible y de rostro sonrosado y bastante carnoso; la barba le confería un aspecto grave; sabía dar órdenes acertadas y sabias e imponer que se cumplieran a pesar de su escasa elocuencia. La abuela era, según la descripción de Kepler, muy inquieta, lista, embustera, diligente en asuntos religiosos, delgada, de naturaleza encendida, impulsiva, eterna maquinadora, envidiosa, hostil, rencorosa. De papá Heinrich dice tan solo que Saturno en trígono con Marte dentro de la séptima casa hizo de él un soldado corrupto, rudo y camorrista. Tampoco su madre sale [7] muy bien parada; era pequeña, escuálida, morena, charlatana, pendenciera y de malos modales. Lo que Kepler pone ante nuestros ojos no es en absoluto una galería genealógica gloriosa, y su descripción de atributos extraña mucho más si se considera que el respeto hacia las personas con las que mantenía algún vínculo era un rasgo propio de su naturaleza. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que elaboró este registro tan solo para sí mismo con el propósito de demostrar la concordancia entre la personalidad y las configuraciones celestes. Por otro lado, es fácil que Kepler buscara las causas de los atributos negativos justamente en el cielo para justificarlos, y por eso dejara de lado los aspectos positivos.
Aun así, queda claro que la convivencia en la casa de los Kepler, donde también residían algunos hermanos menores de papá Heinrich, no era precisamente cordial y armónica, y no es necesario que Kepler incluyera más comentarios para comprender que el matrimonio de sus padres era desafortunado. El padre trataba a su madre con severidad y rudeza, y ella oponía un comportamiento insensible con una terquedad insolente. Acibaraban sus vidas entre pendencias y disputas, y ni siquiera el pequeño Johannes, el primogénito, contribuyó a unirlos. Resultó ser un niño de constitución débil porque fue sietemesino [8]. Sus padres no lo trataron con cariño. Con seguridad sus atributos le vienen más del lado materno, como no pocas veces sucede con los hombres de talento. De modo que también él era de constitución pequeña y delicada para ser hombre, de ojos oscuros y cabello moreno. Jamás compartió las inclinaciones marciales del padre. En lo que respecta a su madre, parece haber sido una mujer curiosa. Su condición no queda del todo caracterizada con los escasos adjetivos arriba mencionados. Tendremos ocasión de conocerla mejor en el difícil proceso por brujería en que se vio envuelta en la vejez. Durante el mismo también salió a relucir que la educó una tía suya que más tarde murió en la hoguera acusada de encarnar al diablo. Mamá Kepler era ostensiblemente enérgica e inquieta, interesada por todo, cavilosa, pero también una chismosa y una bocazas. Recolectaba hierbas y preparaba ungüentos alentada por su fe en los poderes y en las relaciones mágicas, como si viera a través de los objetos de la naturaleza. Después de su primer hijo, la vida aún le concedió seis criaturas más, de las que solo tres alcanzaron la madurez, cada cual muy diferente de las demás. Mientras el genio de nuestro Johannes dio fama imperecedera al nombre de la familia, su hermano Heinrich, dos años menor que él, era un perfecto tunante [9]. Padecía epilepsia y era la desgracia de su madre; recibió muchas tundas, le mordieron animales, venía a casa con chichones y heridas, y estuvo a punto de morir ahogado, congelado o por enfermedad. Con catorce años ingresó como aprendiz de un tundidor, luego de un panadero, volvió a ser apaleado y marchó a Austria cuando su padre amenazó con venderlo. En Hungría sirvió a los soldados que luchaban contra los turcos, malvivió en Viena cantando y cociendo pan, fue lacayo de un noble, despedido, robado, herido y mendigó camino de su tierra. Al poco tiempo volvió a irse, esta vez a Estrasburgo, Maguncia y Bélgica, fue tamborilero de regimiento, y cerca de Colonia lo saqueó la cuadrilla de salteadores «Hahnenfeder».5 Más tarde ejerció como alabardero en Praga, regresó a casa pobre y maltrecho y se colgó del cuello de su madre hasta que falleció a los cuarenta y dos años. El equivalente benévolo de Heinrich lo constituyó la afable hija Margarete [10], quien, de toda la familia, fue la más cercana al primogénito. Tuvo un matrimonio bien avenido con un sacerdote. El más joven de los hijos, Christoph, era honrado, correcto y celoso de su reputación; fue un artesano respetable, un estañero. La tendencia castrense de la familia Kepler fluía por él tan diluida ya, que le parecía suficiente motivo de orgullo ejercer a la vez como maestro instructor en la milicia ducal de Württemberg. Volveremos a oír de él más adelante.
Con el tiempo, papá Heinrich no soportó estar en casa [11]. La densidad del aire que reinaba allí y el bullir de la sangre que corría por sus venas tiraron de él. Desconocemos si en su juventud aprendió algún tipo de oficio. En ningún lugar se comenta nada al respecto. Es probable que contribuyera a administrar los bienes de su padre, pero aspiraba a ejercer otra actividad. Cuando en 1574 sonó el tambor del alistamiento se puso en marcha camino de los Países Bajos, donde el régimen de terror del duque de Alba había llevado a la revuelta y al levantamiento. Este era el ambiente que le gustaba. Pretendía calzarse las espuelas en aquel fragor de las armas. A su esposa e hijos los abandonó en casa. Katharina, su mujer, que se llevaba mal con la suegra y se sentía sometida por ella, partió tras su marido el año siguiente. El pequeño Johannes quedó entonces confiado a la tutela de los abuelos, quienes no le mostraban demasiado cariño y lo trataban con dureza. Durante la ausencia de los padres enfermó de viruela con tanta gravedad que estuvo al borde de la muerte. Cuando regresaron en 1576, el padre renunció a su derecho de ciudadanía en Weil der Stadt y se trasladó con su familia a la vecina ciudad de Leonberg, perteneciente al ducado de Württemberg. Allí mismo compró una casa e intentó emprender una nueva vida, pero al año siguiente volvemos a verlo en servicios militares belgas. No parece que la suerte le fuera favorable en aquella ocasión, porque corrió el peligro de morir en la horca. A su regreso perdió su patrimonio por actuar como aval, y entonces vendió la casa, abandonó Leonberg y en 1580 arrendó para sus hijos la posada de la pequeña aldea badense de Ellmendingen, cercana a Pforzheim, entonces muy frecuentada. En cambio, como es natural, tampoco allí permaneció mucho tiempo. Ya en 1583 lo volvemos a ver en Leonberg, donde adquirió bienes inmuebles. Cinco años después abandonó a los suyos para siempre. Se cree que participó como capitán en una batalla naval napolitana y que debió de morir durante su regreso a casa en la región de Augsburgo. Su familia jamás volvió a verlo.
Los niños creen que el devenir del mundo tiene que ser tal como se les muestra cuando empiezan a pensar, y aceptan las tempestades como les salen al paso. Sin embargo, al joven Johannes, taciturno y sensible, debió de costarle mucho superar todas las impresiones lacerantes que tuvo. A su mente infantil le resultó difícil comprender el orden del mundo que conoció, y las imágenes negativas que se adhirieron a su alma no fueron fáciles de borrar. El sentimiento religioso se manifestó en él desde muy temprano, y en su desamparo buscó la ayuda de Dios, del todopoderoso, del que todo lo ordena y resuelve, del que lo abraza todo con su poder y a quien él se sentía subordinado.
LA ESCUELA
Pero hubo algo más que lo apartó de su pesar interior, que despertó su amor propio y procuró alimento a su espíritu: la escuela. Tuvo la suerte de que justo Württemberg contara con un sistema de enseñanza bien desarrollado. No solo existían por todas partes escuelas alemanas donde aprender bien o mal a leer, escribir y contar; además, tras la implantación de la Reforma, los duques de Württemberg decretaron que en todas las ciudades pequeñas debían erigirse también colegios latinos que asumieran la labor de las antiguas escuelas monásticas y cuya función consistiera en formar nuevas generaciones preparadas para el oficio espiritual y el servicio a la gestión territorial. En Leonberg existía una de estas escuelas dividida en tres niveles. Dado el peso que tenía entonces la lengua latina como idioma común entre los estudiosos y como vía hacia una formación superior, la enseñanza del latín se impartía con el mayor celo y se exigía que los escolares aprendieran a leerlo, escribirlo y hablarlo con soltura. Empezaban con él ya desde el primer año de asistencia a las clases. Una vez que sabían leerlo y escribirlo, el segundo año se dedicaba a inculcar la gramática, y durante el tercer año se leían textos clásicos antiguos, sobre todo comedias de Terencio, con la intención de favorecer considerablemente la expresión oral. De hecho, el reglamento escolar exigía con toda severidad que los chicos hablaran entre ellos en latín. Apenas se valoraba el fomento de la lengua alemana porque se creía que a través de la escritura latina también se «aprehendería» la del alemán. La consecuencia de esto fue, sin duda, que después quienes sabían poner por escrito las frases más bellas en la lengua que los obligaba a pensar con claridad y lógica, el latín, solían expresarse, en cambio, con afectación, de un modo retorcido, deshilvanado y casi ininteligible en sus textos alemanes.
En una de estas escuelas Kepler adquirió la base de la maestría estilística con que más tarde expresaría sus ideas en lengua latina. Al parecer, sus padres lo enviaron en un primer momento a la escuela alemana. No podemos presuponer en ellos ninguna capacidad para comprender la finalidad de las escuelas latinas. Pero, como los profesores del colegio alemán trasladaban gustosos a sus alumnos más aventajados al colegio latino para allanarles el camino hacia un futuro mejor, también Kepler, que reveló desde temprano una mente despierta, ingresó pronto en el centro que lo conduciría a metas más elevadas. Entró en el primer curso con siete años, pero tardó cinco en completar los tres grados de su colegio [12]. Esto no se debió a un rendimiento deficiente por su parte, sino a que tuvo que interrumpir la asistencia a clase durante meses e incluso años debido al cambio de domicilio de sus padres a Ellmendingen, al corto entendimiento de ambos y a la precariedad de su situación. Requirieron al muchacho para trabajos duros de labranza, y durante esas pausas tuvo que arreglárselas solo lo mejor que pudo.
Kepler guardó especial memoria de dos acontecimientos de la infancia que lo encaminaron hacia su dedicación posterior. En el año 1577 su madre lo llevó a una colina y le enseñó el cometa que surcaba el firmamento por aquel entonces [13]. En 1580 su padre lo sacó al cielo raso de la noche para contemplar un eclipse de Luna [14]. Ambos fenómenos celestes dejaron una huella indeleble en su impresionable intelecto, hasta el punto de que mucho más tarde aún recordaba pequeños detalles.
EL SEMINARIO
¿Qué futuro le esperaba a aquel muchacho? Su constitución débil no servía para la ruda labor agrícola y su talento destacado apuntaba hacia cotas más altas. La recomendación de los profesores, la religiosidad del chico y por supuesto también consideraciones de carácter económico, pudieron alentar a los padres a consagrarlo al oficio eclesiástico, una elección que Johannes acogió, sin duda, con gran alborozo. La senda hacia ese objetivo estaba trazada y era llana. Quien acababa la escuela latina y demostraba su valía en una prueba selectiva, el examen territorial, ingresaba en uno de los seminarios donde se preparaba a los pupilos para continuar los estudios en la universidad territorial de Tubinga, donde por segunda vez eran admitidos en un colegio para cursar sus estudios de teología. Esa fue la vía que siguieron miles de jóvenes prometedores en Württemberg hasta nuestros días, y no pocos adquirieron con posterioridad fama mundial. También Johannes Kepler emprendió este camino.
La previsión inteligente de los duques y de sus asesores fundó gran número de seminarios semejantes en el reducido territorio suabo. Se instalaron en monasterios que en su momento habían desarrollado una vida floreciente, como la conocida abadía de Hirsau, y que quedaron clausurados con la implantación de la Reforma. Estaban divididos en centros elementales y superiores. Los primeros, las «escuelas gramático-monásticas», continuaban y completaban la instrucción iniciada en la escuela latina, mientras que los superiores preparaban directamente a los alumnos para los estudios universitarios. El reglamento escolar y extraescolar era estricto. La jornada comenzaba con salmodias, en verano a las cuatro de la mañana y en invierno a las cinco. Cada hora tenía asignada una ocupación. No había libertad para salir. Una indumentaria uniformada consistente en un abrigo sin mangas y hasta las rodillas diferenciaba a los alumnos monásticos y favorecía el espíritu de compañerismo. Los directores de aquellos seminarios recibieron el apelativo de abades, rememorando aún el pasado católico. Las clases las impartían preceptores, sobre todo teólogos jóvenes que acababan de terminar sus estudios en Tubinga. También aquí el latín ocupaba el lugar dominante y constituía el idioma habitual del alumnado. Pero a esta materia se sumaba ahora la enseñanza en griego. Los adolescentes debían configurar su ideario a partir de la lectura de los clásicos de la Antigüedad, fundamentalmente Cicerón, Virgilio, Jenofonte y Demóstenes. Además, de acuerdo con el sistema de enseñanza del trivio y el cuadrivio, se les impartía primero retórica, dialéctica y música y, después, ya en el seminario superior, se aprendían nociones de astronomía esférica y aritmética. La lectura de la Biblia, practicada con fervor, debía colmar la cabeza y el corazón con el bien de la fe cristiana. Tanto la manutención como la enseñanza eran gratuitas.
El 16 de octubre de 1584, el candidato Kepler, de trece años de edad, puso el pie en el peldaño más bajo de la escalera que debía ascender: después de superar el examen territorial ingresó en la escuela monástica Adelberg erigida sobre una abadía premostratense próxima al monte Hohenstaufen. Continuó el ascenso y dos años después, el 26 de noviembre de 1586, entró en el seminario superior [15] instalado en el antiguo monasterio cisterciense Maulbronn, conocido por su valor artístico y su significado histórico.
El muchacho que se mudó a la comunidad de aquella escuela monástica era un tanto singular, no tanto por su rendimiento, ya que se ganaba todo el aplauso de sus profesores y ejecutaba lo que le pedían con un esmero impecable. Lo que lo diferenciaba del resto de sus compañeros era un carácter vuelto hacia sí mismo que lo arrastraba a una introspección casi tortuosa, el tipo y el contenido de su actividad intelectual, que se deleitaba realizando extraños ejercicios, el temor religioso con que satisfacía las demandas de su conciencia, su participación precoz en los conflictos confesionales de la época que lo inquietaban o la gran sensibilidad con que reaccionaba ante los problemas de la vida en comunidad. A una naturaleza semejante le tuvo que costar imponerse y mantenerse firme frente a la robusta condición de quienes con frecuencia desean llevar la voz cantante (sin estar designados para ello) en comunidades de este tipo, y frente a quienes se complacen en someter y atormentar a otros, máxime cuando educadores jóvenes e inexpertos no saben aplacar las groserías de la multitud adolescente.
Con posterioridad, Kepler tomó notas sobre las consecuencias de su introspección y sobre detalles sueltos de su mocedad y juventud [16] brindándonos con ello una ojeada a su intimidad y a su situación dentro del internado. Mencionando nombres y datos sobre las causas, comenta peleas y desavenencias, amistades y lazos de unión con sus compañeros. No pocas veces se le opusieron algunos o la mayoría, y la rivalidad en la pugna por los primeros puestos tuvo mucho que ver con ello. En otras ocasiones se vio obligado a defenderse del descrédito de su padre o a desprenderse de una amistad molesta. La falta de autocontrol en el discurso, la arrogancia y la crítica mordaz provocaron la enemistad del resto. Despertaba indignación y enojo entre sus colegas cuando ejercía como delator bajo la presión moral impuesta desde arriba. Sin embargo, procuraba deshacer el entuerto y aliviar su conciencia intercediendo por el malhechor. Daba mucha importancia a conseguir el reconocimiento de sus profesores y no soportaba que no estuvieran satisfechos con él. No le dolía menos notar que entre sus compañeros circulaban comentarios envidiosos sobre su persona. Le resultaba sencillo practicar la virtud de ser agradecido y exteriorizarla. Siempre dirigía su esfuerzo hacia la moderación, «porque sopesaba con atención los motivos de las cosas» [17]. Aprovechaba bien el tiempo. Siempre estaba ocupado, pero no persistía en una cosa porque a menudo lo asaltaban ideas y objetivos nuevos. Apuntaba sus ocurrencias en un pedazo de papel que luego guardaba a buen recaudo. Nunca se deshacía de los libros que lograba adquirir pensando que en cualquier momento podrían serle útiles. Se consideraba creado para ocupar el tiempo con cuestiones difíciles ante las que los demás se arredraban. A una edad temprana [18] se entretuvo con los distintos metros poéticos. Pronto acometió intentos poéticos propios. Quiso escribir comedias. Más tarde se entretuvo escribiendo poemas líricos a imitación de los modelos de la poética antigua. Sentía una predilección especial por los acertijos. Le gustaba jugar con anagramas y con alegorías audaces. Se complacía en emitir afirmaciones paradójicas en sus escritos, como por ejemplo que el cultivo de la ciencia evidenciaba la decadencia de Alemania, o que se debe aprender antes el francés que el griego (también consideraba paradójico este aserto). Al copiar en limpio sus composiciones siempre se distanciaba del borrador. Ejercitaba su capacidad retentiva memorizando los salmos más extensos, y también intentó aprenderse todos los ejemplos de la gramática de Crusius.
En Kepler el sentimiento religioso fue muy marcado desde los primeros años de la adolescencia. Así, según cuenta, en cierta ocasión se quedó dormido sin rezar la oración de la noche y la recuperó a la mañana siguiente [19]. Le dolía que le fuera negado el don de la profecía por causa de su conducta mundana. Si cometía un error, él mismo se imponía expiar la falta con una penitencia que consistía en recitar determinadas prédicas. En cuanto supo leer las historias bíblicas, a la edad de diez años, tomó como modelo a Jacob y Rebeca por si algún día se casaba, y decidió acatar los preceptos de las leyes mosaicas [20]. En lugar de despabilar su llama trémula, los predicadores de la Palabra y su ruda polémica confesional echaron leña en su espíritu maleable, tan sensible a las enseñanzas religiosas, y lo inundaron de una humareda sofocante. Con tan solo doce años, según relata, lo invadió una inquietud enorme y atroz ante la desunión existente entre las Iglesias porque escuchó a un joven diácono de Leonberg arremeter contra los calvinistas en un largo sermón. Después de aquello solía ocurrir que no lo convencía ningún predicador que polemizara con sus adversarios sobre el sentido de las Escrituras. Él mismo releía en los textos los pasajes discutidos y tenía la impresión de que la interpretación del adversario que él había conocido a través de la exposición del predicador, tenía sus puntos de valor. En Adelberg, los preceptores jóvenes que ejercían además el ministerio del púlpito estaban muy entretenidos con la refutación de la enseñanza reformada de la eucaristía. Sus exhortaciones para reparar en las tergiversaciones calvinistas y rehuirlas, conseguían no pocas veces que después, a solas, Kepler extrajera ideas propias sobre el motivo preciso de la disputa y sobre cómo sería la participación del cuerpo de Cristo. Luego llegaba a la conclusión de que el modo correcto era precisamente aquel que poco antes había oído condenar desde el púlpito. Además de las doctrinas de la eucaristía y de la ubicuidad, el muchacho se devanaba los sesos meditando sobre la idea de la predestinación, la cual le ocasionaba serias dudas. Ya durante el primer año de estancia en Adelberg encargó que le trajeran desde Tubinga un tratado sobre el tema por lo que, en una de las disputas en el colegio, un compañero le preguntó en la jerga escolar: «Bacante, ¿también tienes dubitaciones sobre la praedestinatio?» [21]. No podía aceptar que Dios sencillamente condenara a los gentiles que no creen en Cristo. Incluso desde entonces, su naturaleza pacífica siempre fue más integradora que separadora en las cuestiones religiosas. Igual que llamaba a la concordia entre luteranos y calvinistas, también hacía justicia con los adeptos al papa [22], y en sus conversaciones recomendaba mantener esta actitud. En todo ello vemos que ya en estos años tempranos estableció las bases de una postura que le reportaría consecuencias muy negativas a lo largo de su vida.
EL SEMINARIO EN TUBINGA
En setiembre de 1588 Kepler se presentó al examen de bachiller en Tubinga [23]. Después de aquel primer paso hacia la tierra prometida tuvo que regresar a Maulbronn para completar allí sus estudios como «veterano» durante un año más. Al fin, el 17 de setiembre de 1589 se abrieron para él las puertas de la universidad en la ciudad del Neckar [24]. Sus ansias de saber habían alcanzado la meta tan anhelada durante los largos años de formación. ¡Con qué fuerza tuvo que latir su corazón cuando divisó el castillo Hohentübingen sobresaliendo entre los bosques soberbios de Schönbuch, cuando abarcó con la mirada el paisaje encantador del valle del Neckar y cuando entró en las callejas de la ciudad que ascendían desde el río hasta el castillo!
Nadie estaba mejor atendido allí que un teólogo. Al llegar sabía hacia dónde dirigir sus pasos. Una habitación de estudio, una mesa preparada, una cama, todo estaba listo para él. Solo debía traer consigo ganas y amor hacia su profesión, una buena cartera para los libros y la certeza de que de allí manaba la fuente de la sabiduría. El seminario, llamado Stift e instalado desde 1547 en el antiguo monasterio agustino, acogía a los candidatos que concurrían sedientos de saber desde todos los lugares de Suabia. Sobre la base del orden eclesiástico del duque Christoph surgió allí un centro de enseñanza donde se reflejaron las discrepancias filosóficas y teológicas de los siglos posteriores con sus logros y sus fracasos, los altibajos en el desarrollo de la vida intelectual y las diferentes tendencias de cada época, y no pocos hombres que un día adquirieron en él su bagaje científico se erigieron más tarde en destacados paladines en el mundo intelectual. A lo largo de todos los cambios históricos, los fundamentos de ese taller de sabiduría han demostrado su eficacia y han logrado un tipo de formación que, aun portando rasgos característicos de Suabia, debe considerarse representativa de una humanidad universal, abierta y noble. Allí se hacía patente la afición a la especulación y la disputa dialéctica, la propensión a meditar y filosofar, la búsqueda de horizontes nunca alcanzados o el zambullirse en profundidades que jamás podrán ser penetradas; pero también destacaba un sentido riguroso de la realidad, cierta tendencia a la crítica y a la réplica, un espíritu abierto a ideas nuevas y, por último, aunque no en menor medida, el gusto por el humor y la sátira. Solo las mentes mediocres, a las que el afán por aprender llevaba a una sabiondez pedante, ubicaban con toda precisión, cual boticarios, las muchas pequeñas dosis de sus conocimientos en los distintos compartimentos del cerebro. Si alguna vez la reivindicación de estar siempre en lo cierto ha arraigado con fuerza en mentes faltas de la autocrítica pertinente, quizá se ha debido a un orgullo excesivo por la conciencia de pertenecer a una comunidad ilustre o, tal vez, a la bella costumbre de debatir en la que uno se siente obligado a defender su postura con todos los argumentos posibles.
Igual que en los seminarios elementales, aquí la vida se regía por unas normas estrictas. Aunque las obligaciones de los alumnos eran menos severas de acuerdo con su edad más avanzada, tampoco se puede hablar de libertad académica. El rigor disciplinario hacía que los aspirantes a teólogos desistieran de la conducta licenciosa a la que se abandonaban en aquella época amplios círculos de la comunidad estudiantil. El proceso de instrucción estaba regulado de modo que los recién llegados debían asistir durante dos años a las clases de la facultad de artes antes de empezar los estudios de teología. En aquellas clases se impartía ética, dialéctica, retórica, griego, hebreo, astronomía y física. Se hacía un seguimiento continuo del rendimiento de los alumnos y se emitían calificaciones trimestrales. El estudio en la facultad de artes concluía con el examen magistral. A esto se sumaban tres años más para aprender las disciplinas teológicas. Al completar su formación, los becarios estaban obligados a quedarse de por vida al servicio del duque y, para aceptar un puesto fuera de la región, necesitaban el consentimiento explícito del elector que hubiera asumido los costes de sus estudios.
El duque Ulrich, fundador del Stift, ordenó que los becarios fueran «niños menesterosos, criaturas devotas, de naturaleza aplicada, cristianas, temerosas de Dios». Como el padre de Kepler no satisfacía del todo la exigencia concerniente a la religiosidad, él cumplía con mucha más vehemencia todas las condiciones impuestas. Sus padres no tenían riquezas, pero, como la enseñanza y la manutención eran gratuitas y cada becario percibía al año seis florines para sus gastos, los estudios del hijo no les resultaron caros. Además, el abuelo Guldenmann puso por escrito el rendimiento de una pradera a disposición del hijo de su hija «para una formación mejor y más sólida» [25]. Las condiciones del joven estudiante mejoraron aún más cuando ya el segundo año de estancia en la escuela superior obtuvo una beca por valor de 20 florines anuales para la que el ayuntamiento de su ciudad natal había propuesto candidatos apropiados [26].
Kepler se sintió en su ambiente en el nuevo entorno en que se vio inmerso. Aprovechó con todas sus fuerzas la oportunidad de formarse en todos los campos, y pronto cobró fama de joven aplicado, serio y devoto entre profesores y compañeros. Más tarde pudo decir de sí mismo que su vida había estado libre de faltas notables exceptuando aquellas provocadas por la iracundia o por bromas traviesas e irreflexivas. Aquí tampoco faltaron los conflictos con sus iguales, pero no es que se mantuviera al margen. Participaba en las representaciones teatrales públicas que celebraban los estudiantes cada año durante las carnestolendas, en las que se escenificaban temas bíblicos o clásicos. Tal como él mismo relata, en febrero de 1591 actuó en el papel de Mariamna6 en una de estas representaciones cuando escenificaron una tragedia sobre Juan Bautista [27]. Como los estudiantes tenían que encarnar también los personajes femeninos, le asignaron a él ese papel por su figura delicada y enjuta. La representación, que a pesar de la mala época del año se celebró en la plaza del mercado, no le sentó nada bien. Como consecuencia del trajín de aquellos días cayó víctima de una enfermedad febril [28]. Este tipo de ataques no era raro en su frágil constitución. Dolores de cabeza, fiebres intermitentes y violentas erupciones cutáneas lo incapacitaban constantemente para el estudio, igual que en sus años de juventud, durante los cuales también tuvo que soportar muy a menudo esos males [29]. El 10 de agosto de 1591 aprobó el examen magistral [30] en segundo lugar entre catorce candidatos. El primer puesto lo ocupó el hijo de un profesor, Hippolyt Brenz, un nieto del reformador Brenz. El joven maestro atrajo de manera especial la mirada de sus profesores. Cuando poco después del examen solicitó la renovación de la beca que le habían concedido el año anterior, el claustro apoyó su solicitud con las eminentes palabras: «Teniendo en cuenta que el arriba mencionado, Kepler, posee una inteligencia tan excelente y soberbia que cabe esperar de él grandes cosas, querríamos por nuestra parte apoyarlo en su solicitud, dados además sus conocimientos notables y su talento» [31]. Las expectativas de sus profesores no se frustraron.
ESTUDIOS Y PROFESORES UNIVERSITARIOS
Por desgracia, existen lagunas en lo que el propio Kepler comenta sobre sus estudios universitarios, sus profesores, cuyos nombres conocemos al completo, sobre los incentivos que recibió de ellos, sobre las fuentes que alimentaron su aprendizaje y sobre las materias que abordó. Sería interesante conocer algo más que lo que él menciona para indagar en su personalidad tan destacada y en la grandiosa obra de su vida, y para dilucidar la evolución de la historia del saber. Así, de sus estudios de filosofía solo dice que ha leído algunos libros de Aristóteles, la Analytica posteriora y la Física, mientras que dejó de lado la Ética y los Tópicos [32]. Sin embargo, vemos que todo su pensamiento estuvo imbuido desde un principio por las especulaciones platónicas y neoplatónicas. De ellas y del pensamiento asociado tradicionalmente al nombre de Pitágoras, recibió los mayores estímulos para su producción. Desconocemos las fuentes concretas en las que se inspiró. Sin duda aquellas especulaciones seguían tan ancladas aún en el mundo intelectual de su época que es fácil explicar su familiaridad con ellas. Parece que los incentivos y la instrucción sobre estas cuestiones tan atractivas para él las recibió del profesor de filosofía, Vitus Müller, si bien no dice nada explícito al respecto. Además, está comprobado que conoció y leyó varios escritos de Nicolás de Cusa, cuya mística geométrica confluía tanto con su propio pensamiento que ya en su primera obra, unos años más tarde, parte de consideraciones tomadas de dicho autor [33]. Es evidente que Kepler lo valoraba mucho, porque no tenía ningún reparo en atribuirle el apelativo de divus, divino [34].
Sin embargo, el interés del joven estudiante no se limitó a las elucubraciones filosóficas. Su intelecto se dejó llevar por las cuestiones más diversas que encontró. Así, por ejemplo, comenta la impresión que le causaron las Exercitationes exotericae de Julio César Escalígero, un volumen que entonces pasaba de mano en mano entre la juventud estudiantil y se leía con entusiasmo. Según cuenta, aquella obra le inspiró todos los razonamientos posibles sobre todas las preguntas imaginables acerca del cielo, las almas, los espíritus, los elementos, la naturaleza del fuego, el origen de los manantiales, la pleamar y bajamar, la forma del globo terráqueo y los mares circundantes, etc. [35] Quien conoce las obras de Kepler encuentra por doquier pensamientos que se remontan a estas ocupaciones juveniles tempranas. En la misma línea se encuentran sus estudios de la Meteorologica de Aristóteles, sobre cuyo cuarto libro mantuvo disputas dialécticas [36]. Una materia muy apartada de lo anterior y a la que luego dedicó mucho tiempo y esfuerzo fue la cronología. Accedió a ella a través del análisis del calendario romano, de las semanas del año según el profeta Daniel y de la historia del imperio asirio. El profesor de griego sentía un afecto especial hacia el ferviente estudiante. Era Martin Crusius, el popular helenista [37], tan buen conocedor del griego que era capaz de trascribir los sermones de la iglesia del Stift a esa lengua. Más tarde todavía intercambió correspondencia con Kepler e intentó que colaborara con él en su análisis de Homero [38] pidiéndole que explicara las alusiones astronómicas y astrológicas de dicho autor. Su petición resultó infructuosa. En una observación curiosa, Kepler compara su propia labor intelectual con la de Crusius. Ambos tenían en común la minuciosidad. Pero, si bien Crusius lo superaba en constancia, no ocurría así en cuanto a capacidad de discernimiento. Crusius trabajaba recopilando, él diseccionando; aquel era una azada, él una cuña [39]. Sus intentos poéticos confirman aún más la agilidad intelectual del aplicado estudiante, y no fue poca la satisfacción que le produjo poder entregar a sus amigos copias impresas de algunos versos improvisados bastante buenos.
Pero todas estas ocupaciones y esfuerzos no anuncian aún la llamada que iba a sentir el aspirante a teólogo Johannes Kepler, la cual le brindó los mejores resultados en el campo de la astronomía. Él mismo desconoció esta llamada durante toda su etapa universitaria. Pero la vocación y el talento fueron perfilando la trayectoria que iba a seguir y, aun desconociendo la tarea que tenía asignada, Kepler asentó en la universidad las primeras bases para esa gran maestría que tan lejos lo condujo, por encima incluso de su propio tiempo. Un profesor veterano supo despertar sus facultades latentes, orientar sus primeros pasos y sembrar en la tierra preparada las simientes que, llegado el momento, brotarían y se desarrollarían con todo esplendor. Fue el maestro Michael Mästlin, profesor de matemáticas y astronomía [40]. Unos veinte años mayor que su gran alumno y nacido en Göppingen, había sido diácono en la ciudad suaba de Backnang y profesor de matemáticas en Heidelberg durante un par de años antes de obtener la cátedra en la universidad de su tierra natal en 1583. Su antecesor había sido el conocido astrónomo Philipp Appian, el cual fue destituido de su cargo por negarse a firmar la Fórmula de Concordia y aún residía en Tubinga cuando Kepler comenzó allí sus estudios. Mästlin era uno de los astrónomos más capaces de aquel tiempo y gozaba de gran reputación en el ámbito científico. Según la costumbre de entonces, los Elementos de Euclides servían de base a sus clases de geometría, a lo que seguramente se unía alguna mirada a Arquímedes y Apolonio. Además, introducía a sus oyentes en los principios de la trigonometría. Para el curso de astronomía publicó él mismo un manual, Epitome Astronomiae, que apareció por vez primera en 1582 y experimentó varias reediciones en las décadas siguientes. Mästlin reparó pronto en que algo especial se ocultaba detrás de su alumno, el cual mostraba gran predilección por las matemáticas y acreditaba sus facultades inventando a menudo proposiciones y enunciados que solo más tarde descubría formulados por autores anteriores [41]. A través de Mästlin, Kepler conoció también a Copérnico, el hombre del que luego sería profeta. Sin duda, en sus disertaciones públicas y en todas las ediciones del Epitome, el profesor de astronomía se ciñó por completo al sistema defendido en el Almagesto tolemaico porque la teoría copernicana estaba de todo punto vedada entre sus compañeros teólogos por su supuesta oposición a las Santas Escrituras. No quiso poner en juego su puesto seguro de docente, y era imposible sacar los pies del plato sin poner en riesgo la paz y el orden de un centro unido por numerosos vínculos familiares y matrimoniales en el que la facultad de teología llevaba la batuta. De ahí que solo con cauta discreción y en círculos de confianza expusiera las conclusiones de Copérnico sobre la estructura del mundo [42]. Y claro, en la mente joven y ardiente del alumno prendió la mecha. Como esas cautelas e inhibiciones eran ajenas a la naturaleza despreocupada de su edad, Kepler se adentró en discusiones públicas y temerarias en favor de la nueva teoría astronómica. Unos años después, Kepler narra el estímulo tan importante que supuso para su obra y las consecuencias del mismo: «Ya en la época en que, con atención, seguí las clases del muy ilustre maestro Michael Mästlin en Tubinga, caí en lo desacertada que es, desde muchos puntos de vista, la concepción hasta ahora válida de la estructura del mundo. A partir de ahí quedé tan cautivado por Copérnico, a quien mi maestro aludía a menudo en sus enseñanzas, que no solo defendí repetidas veces sus opiniones en las discusiones con otros aspirantes, sino que además elaboré una concienzuda disputa dialéctica sobre la tesis de que el primer movimiento (el giro del cielo de las estrellas fijas) resulta de la rotación de la Tierra. Ya entonces me propuse atribuir también a la Tierra los movimientos del Sol basándome en argumentos físicos o, si se prefiere, metafísicos, tal como hizo Copérnico a partir de argumentos matemáticos. Con ese objetivo fui recopilando poco a poco, en parte de las exposiciones de Mästlin, en parte de mí mismo, todas las ventajas matemáticas que ofrece Copérnico frente a Tolomeo» [43]. El joven impetuoso no podía vislumbrar por qué senda lo conduciría aquel primer intento a ciegas y qué terribles dificultades tendría que vencer hasta alcanzar su objetivo. En cualquier caso, Kepler no tuvo ocasión entonces de leer la obra original de Copérnico. En sus primeros estudios ni siquiera le era conocida la obra Narratio prima [44], el primer informe de Joachim Rheticus, donde este había participado al mundo la nueva teoría del canónigo de Frauenburg, un par de años antes de la aparición de las Revolutiones.7 8
Cuando Kepler salió de la universidad, inició un intenso intercambio epistolar con Mästlin que perduró a lo largo de muchos años. Ya veremos cómo el mayor fue un fiel colaborador y consejero del joven y cómo facilitó y favoreció su acceso al mundo científico. Pero este se moderó con el tiempo, y Kepler tuvo que emplear todo el arte de la persuasión para lograr que respondiera a sus cartas. Kepler guardó respeto y lealtad al antiguo maestro durante toda la vida, incluso cuando lo hubo sobrepasado con creces y alcanzó gran renombre. El agradecimiento, afecto y admiración hacia el maestro que Kepler siempre manifestó abiertamente contrasta con el carácter huraño en que se fue encerrando cada vez más el avejentado Mästlin hasta que, sobreviviendo a su afamado alumno, falleció a la edad de un patriarca.
La redacción de una disputa dialéctica sobre los fenómenos celestes y su aspecto desde la Luna corrobora también que Kepler, siendo aún estudiante, se dedicó gustoso y en profundidad a temas astronómicos [46]. El escrito contiene el embrión del libro que nosotros llegaríamos a conocer como la última obra que publicó.9 Christoph Besold, amigo suyo dos años menor y que se convirtió en prestigioso profesor de derecho en la Universidad de Tubinga, extrajo de aquel texto una serie de tesis que deseaba defender en una disputa presidida por Vitus Müller [47].
Aparte de la astronomía, Kepler también se dedicó al campo de la astrología. Esto no solo encajaba con la tendencia de la época, sino que además se correspondía por completo con su manera de pensar. Sus compañeros lo consideraban un maestro levantando horóscopos. La interpretación más profunda y pura que atribuyó (y luego desarrolló) a esta materia (la conoceremos con más detalle algo más adelante) había sido enunciada ya por Melanchthon en términos generales en el prólogo a las ediciones tardías de Theoricae planetarum de Georg Peuerbach. Es indudable que Kepler conocía aquella obra tan difundida.
En cambio, Kepler no acudió a Tubinga para ser filósofo, ni matemático, ni astrónomo. Todos los contenidos de la facultad de artes debían servir tan solo como preparación para los estudios de teología, que lo conducirían al ansiado ministerio eclesiástico. ¿Qué comenta él al respecto? ¿Cómo se orientó el hombre de Iglesia en ciernes, cuya sensibilidad y escrúpulo religiosos ya conocemos, cuando accedió al ambiente de los hombres poderosos que interpretaban las Escrituras siguiendo normas inquebrantables, o cuando se sentó a los pies de teólogos polémicos que rechazaban cada disposición calvinista con la misma ira que todo lo proveniente de la Iglesia romana? Kepler no menciona nada en absoluto sobre Jakob Heerbrand, sucesor en la cancillería de Jakob Andreä, el viejo y enérgico luchador que había llegado a conocer en persona a Lutero y Melanchthon y que actuó como pilar fundamental para sostener el edificio de los primeros reformadores. Tampoco sabemos nada de Georg Sigwart, quien arremetió contra los calvinistas con afilada pluma. En cambio, mantuvo una relación estrecha con Stephan Gerlach, el hombre que en cierta ocasión quiso ganarse a los dirigentes de la Iglesia griega en Constantinopla para favorecer su unión con la luterana. En sus clases, Kepler echó en falta trasparencia [48]. A su lado tampoco halló respuesta a los viejos pensamientos teológicos que lo angustiaban relacionados con las enseñanzas de la predestinación, la eucaristía y la ubicuidad del cuerpo de Cristo. El peso de sus objeciones a las doctrinas recién mencionadas fue en aumento y, según cuenta, lo angustió hasta el punto de tener que dejar a un lado todo el conjunto de sus dudas y borrarlo por completo de su corazón cuando asistía a la santa misa. Los comentarios bíblicos del profesor Aegidius Hunnius, de Wittenberg, que Kepler valoraba por su claridad [49], lo ayudaron a superar muchas dificultades, sobre todo cuando se desmoronó ante el texto de Lutero De servo arbitrio, «sobre la voluntad servil». El reformador desarrollaba y enseñaba en él su conocido determinismo en aguda oposición a Erasmo de Rotterdam, y afirmaba que el hombre es malo por naturaleza, que Dios es quien provoca todo en nosotros, lo bueno y lo malo, y que las personas están a merced del Dios creador por mera necesidad pasiva. Por otro lado, la influencia de la lectura de los textos de Hunnius, así nos lo participa Kepler, lo «devolvió a un estado de buena salud» [50]. Pero Hunnius, que pertenecía al sector más duro del luteranismo, tampoco logró disipar sus dudas fundamentales. La disputa teológica de la que fue testigo llegó a provocarle tal repulsa que, según cuenta, poco a poco fue creciendo en su interior un odio hacia la totalidad del conflicto. Él mismo explicó algo después la postura de fe que adoptó hacia el final de su época de estudiante diciendo: «Con el tiempo fui entendiendo que los jesuitas y los calvinistas estaban de acuerdo en cuanto a los dogmas sobre la figura de Cristo y que ambas tendencias se referían del mismo modo a los Padres de la Iglesia, a sus sucesores y a sus exégetas escolásticos, y al menos a mí me parecía que esa coincidencia se correspondía con los albores del cristianismo, mientras que aquellas desavenencias nuestras eran algo nuevo que surgió por causa de la doctrina de la eucaristía, y no desde un principio, en oposición a los romanistas. Por tanto, me pesaba en la conciencia unirme a la opinión generalizada contra los calvinistas y hacer lo propio en cuanto a la enseñanza de la eucaristía. Porque, me dije, si no se les hace justicia en lo referente al dogma básico de la figura de Cristo, seguro que tampoco se les hará justicia en lo que atañe al dogma básico de la sagrada eucaristía» [51].
El profesor más joven de teología, Matthias Hafenreffer, salió al paso del joven luchador en esa disciplina, como fiel consejero y amigo cordial. Solo era diez años mayor que Kepler. Al contrario que sus colegas, era de naturaleza apacible y conciliadora, y con ella conquistó a muchos de sus oyentes. El joven Kepler ocupaba un lugar muy especial dentro de su corazón por su carácter sincero y su talento destacado, y al mismo tiempo Kepler respondía al cariño de su maestro con un aprecio verdadero. La estima mutua perduró mucho más allá de la etapa universitaria, hasta la muerte de Hafenreffer. Sin embargo, la confianza entre ambos no fue tanta como para que Kepler pudiera confesar a aquel amigo mayor que él su angustia secreta y sus dudas de fe. A pesar de su actitud irénica, Hafenreffer asumía la convicción predominante en la facultad, así que Kepler podía imaginarse de antemano la respuesta que recibiría. De este modo, como veremos, Hafenreffer defendió más tarde la postura de la facultad durante el conflicto que mantuvo Kepler con las autoridades eclesiásticas y, como interlocutor de su antiguo alumno, se vio obligado a comunicarle, con doble sentimiento de dolor, el veredicto que habían pronunciado las autoridades eclesiásticas de Württemberg. También fue Hafenreffer quien disuadió a Kepler de la idea de defender en público la compatibilidad de la concepción copernicana con las Santas Escrituras [52], aunque él mismo, según Kepler sospechaba, apoyaba en secreto aquella teoría [53].
LA LLAMADA DESDE GRAZ
Los estudios teológicos de Kepler debían concluir durante el año 1594, pero antes de que así fuera, en los primeros meses de aquel mismo año, se produjo un cambio decisivo en su vida. La muerte retiró de su puesto al profesor de matemáticas, Georg Stadius, de la escuela evangélica de Graz. De modo que las autoridades estirias solicitaron [54] al claustro de la Universidad de Tubinga un sucesor. Podría extrañar que las autoridades de Graz recurrieran precisamente a la lejana Tubinga. El motivo radicaba en el peso que tenía la universidad de aquella ciudad como uno de los principales centros de la vida y la doctrina reformadora. Eran ya muchos los sacerdotes y profesores que se habían trasladado de Tubinga a tierras austriacas para predicar y difundir allí la nueva doctrina. De hecho, el propio Wilhelm Zimmermann, que a la sazón ejercía como superintendente en Graz y era uno de los inspectores de la escuela, procedía del Stift de Tubinga. La elección del claustro recayó sobre el aspirante Kepler. Este quedó muy sorprendido cuando lo llamaron [55]. ¿Debía aceptar? Diversos tipos de consideraciones lo animaron a meditarlo; no podía asentir tan pronto. Ya se había imaginado a sí mismo vestido de religioso sobre el púlpito y, tras los méritos académicos que había alcanzado hasta entonces, podía contar con una carrera sacerdotal brillante. Según él, los estudios de teología le habían resultado tan gratos y valiosos hasta entonces por la gracia de Dios, que jamás había concebido abandonarlos por mucho que pudiera ocurrirle, siempre que Dios siguiera concediéndole una mente sana y su libertad [56]. En cambio, ahora, tan cerca del final, ¿debía interrumpir sus estudios y aceptar un puesto de profesor en una escuela, algo que en su época se consideraba inferior a un ministerio eclesiástico (según comenta él mismo)? En el llamamiento se entrevé sin duda un reconocimiento a su rendimiento en matemáticas hasta aquel entonces. Pero él no se sentía lo bastante instruido para asumir tal puesto, si bien reconocía que tenía talento para esa disciplina. Había comprendido sin dificultad las materias sobre geometría y astronomía que estipulaba el reglamento escolar. Pero se trataba tan solo de estudios obligatorios, nada de lo que habría aprendido con una formación específica en astronomía. Por otra parte, aquello lo enfrentó a su disciplina moral, difícil de eludir para él. Con frecuencia había visto que los compañeros de estudios reclamados desde el extranjero, es decir desde más allá de los límites de Württemberg, empleaban todo tipo de evasivas para no tener que marcharse por apego a la patria. No obstante, hacía tiempo que, «duro como yo era» [57], había resuelto acudir con la mejor disposición a donde fuera menester en caso de que lo llamaran. Para decidirse pidió consejo a sus allegados, a los abuelos y a su madre. Estos, cómo no, habrían preferido ver pronto al nieto sobre el púlpito brillando con el fulgor que lo bañaría allí arriba. Sin embargo, prefirieron dejar la decisión en manos de la facultad de teología, la cual había mostrado hasta entonces muy buena voluntad hacia su retoño. ¿No tendría oportunidad en Graz de adquirir práctica en los oficios religiosos a través del pastor Zimmermann mientras desempeñara su labor docente? Y, ¿no podría continuar formándose con unos estudios teológicos privados que le permitieran incorporarse al clero al cabo de algún tiempo? Esta alternativa parecía la más recomendable porque, por su edad y por su aspecto, aún no encajaba del todo en el púlpito. De modo que aceptó, reservándose explícitamente el derecho a volver e ingresar en el oficio eclesiástico. ¡Qué determinante iba a resultar aquel sí, no solo para el futuro de su vida privada, sino para el de toda la historia de la astronomía! Más tarde, cuando el descubrimiento de sus leyes planetarias le reveló su capacidad, Kepler reconoció retrospectivamente la voz de Dios en aquella llamada. Era Dios el que guiaba en secreto a los hombres hacia las distintas artes y ciencias a través de disposiciones externas, y con ello les comunicaba la verdad de que, como parte de su obra creadora, estos asuntos también dependen de la providencia divina.
Se ha escrito hasta la saciedad que fueron los propios profesores de Kepler en Tubinga los que lo empujaron a Graz porque con tanta discrepancia teológica se había ganado sus recelos. Esta afirmación es falsa. Quienes lo sostienen se basan en que el mismo Kepler dijo en cierta ocasión que había sido alejado (extrusus) de Tubinga [58]. Pero con eso solo quería decir que fue necesaria cierta presión por parte de sus profesores para animarlo a aceptar un puesto que él no consideraba del todo conveniente. Sobre los motivos que guiaron a los teólogos de Tubinga no se menciona nada. A quienes fuerzan esa expresión (extrusus), se les podría responder que, en dos ocasiones muy alejadas en el tiempo, Kepler sostiene que fue una casualidad afortunada (commode accidit) [59] que lo llamaran a Graz. Como es natural, tampoco en esta declaración se comenta nada sobre las razones que movieron a los teólogos. Kepler solo señala que el cambio de situación le pareció una bondad, una suerte para su desarrollo intelectual ulterior. En cambio, esa interpretación queda desmentida en favor de Kepler a través de su aclaración expresa de que, dada su corta edad, se había guardado para sí sus ideas teológicas divergentes y no las había compartido con los siervos de la Iglesia. Es posible que los profesores de Tubinga sacudieran la cabeza al oír al diligente joven defender con tanto entusiasmo a Copérnico. Sí, seguramente también les llegaron rumores de sus dudas. Pero habría que considerar muy malos pedagogos a los profesores de Tubinga si se les atribuyera tan corto entendimiento ante los arrebatos de un temperamento joven, como para dejar marchar tan pronto a un aspirante tan destacado por su carácter y su rendimiento, por el simple hecho de que en el ardor de la juventud expresara opiniones que ellos consideraban peligrosas. No hay que dejarse llevar por el entusiasmo ante posturas imposibles de verificar de forma objetiva. No, Kepler fue enviado a Graz porque en vista de sus conocimientos matemáticos y astronómicos era con diferencia el candidato más idóneo, cuando no el único a tener en cuenta para aquel puesto, y la Universidad de Tubinga confiaba en ganarse laureles gracias a su persona. Kepler abandonó Tubinga en completa paz. La relación de confianza entre él y sus profesores se mantuvo intacta durante los años siguientes, y el conflicto no surgió hasta que varios años más tarde llamó la atención con sus ideas teológicas. Sin duda es cierto que, con su franqueza y honradez, Kepler no habría tardado en verse envuelto en grandes dificultades si hubiera llegado a concluir su carrera teológica y hubiera ingresado en el oficio eclesiástico.
Después de que el duque concediera su aprobación para la marcha de Kepler [60], recibiéndolo incluso en persona, el nuevo profesor de matemáticas se despidió de su querida escuela superior el 13 de marzo de 1594 y emprendió el largo camino hasta Graz. Como su pecunia en metálico era escasa, recibió prestados cincuenta florines del superintendente del Stift, el profesor Gerlach [61]. ¿Acaso imaginaba que jamás llegaría a ejercer en su patria y que solo volvería a verla cuando fuera de visita?
1 Huelga entrar en la controversia de si Kepler nació en Weil der Stadt o, como también se ha afirmado, en la cercana localidad de Magstadt o en la vecina Leonberg. El propio Kepler afirma con tanta claridad y seguridad que su lugar de nacimiento fue Weil der Stadt, y los argumentos que fundamentan las otras localidades son tan fáciles de desmentir, que no caben dudas al respecto.
2 Es absurdo plantearse si la forma correcta de escribir el apellido es «Kepler» o «Keppler». Ambos modos son igualmente válidos. En aquella época no se reparaba en tal distinción a la hora de escribir los nombres y nuestro astrónomo mismo no es coherente al respecto. Bien trascribe su apellido como «Kepler», bien como «Keppler» o incluso como «Khepler» y «Kheppler». En la variante latinizada que solía emplear, siempre escribía «Keplerus». Es absolutamente falsa la afirmación que se ha hecho de que utilizara la forma «Kepler» para sus escritos en latín y en cambio siempre optara por «Keppler» para los textos en alemán. Existen muchos documentos alemanes firmados con «Kepler». Otros trascribían su nombre incluso como «Köpler».
3 La información sobre los antepasados de Kepler que no está testimoniada por él mismo, se basa en un documento manuscrito que legó su nieto Johann Jakob Bartsch, titulado «Genealogia Keppleriana», y que agotó en su momento Michael Gottlieb Hansch para su biografía. Aunque Bartsch vino al mundo cuando su abuelo ya había cerrado los ojos para siempre, podemos dar crédito a los datos allí referidos, si bien hay dudas que no se pueden esclarecer por completo. Seguro que el contenido del escrito se basa indirectamente en Kepler, quien demostró ser un fiel custodio de la historia familiar. Indagaciones posteriores no han podido añadir nada nuevo. La credibilidad de la información, que contiene más detalles sobre los méritos castrenses de los antepasados, no disminuye porque Kepler en el lugar arriba mencionado cometiera el error de llamar Heinrich en lugar de Friedrich al antepasado que fue armado caballero.
4 Príncipe-obispo: a partir de la Edad Media, algunos obispos de los territorios situados al oeste de la Selva de Bohemia y del Elba fueron, además, príncipes electores del imperio. (N. de la T.)
5 Literalmente pluma de gallo. (N. de la T.)
6 Mariamna, en hebreo Miriam, fue la segunda esposa de Herodes el Grande. (N. de la T.)
7 El ejemplar de las Revolutiones que más tarde perteneció a Kepler y en el que, en 1598, anotó unos versos suyos sobre el nuevo descubrimiento, pertenece hoy a la biblioteca de la Universidad de Leipzig [45].
8 Max Caspar se refiere a la obra de Copérnico De revolutionibus orbium coelestium como Revolutiones, aunque es más frecuente que aparezca mencionada en la literatura como De Revolutionibus o, simplemente, Revolutionibus. (N. de la T.)
9 Se alude aquí al relato Somnium donde Kepler concibe un viaje a la Luna. (N. de la T.)
Matemático territorial y profesor en Graz
(1594-1600)
SITUACIÓN POLÍTICO-ECLESIÁSTICA EN GRAZ
Kepler llegó a Graz el 11 de abril de 1594. Por el camino perdió diez días al pasar a tierras austriacas, o más bien ya en Baviera, donde regía el nuevo calendario, mientras que Württemberg mantenía el antiguo inalterado [1].1 Fue su primera gran salida al mundo. Acercarse a la bella ciudad a orillas del río Mur y contemplar la prominente loma del castillo tal vez le recordara la deliciosa ciudad regada por el Neckar donde había realizado sus estudios, la cual, al igual que esta, se despliega alrededor de una colina coronada por el castillo de un príncipe. En la suavidad del paisaje también pudo encontrar algún parecido con aquel valle del Neckar que acababa de dejar atrás. El carácter más sureño de la fisonomía de la ciudad y de las costumbres de sus habitantes le resultaba amable cuando rememoraba la rudeza de las gentes y las casas de altos gabletes de su tierra natal.
En cambio, en el nuevo lugar de residencia el clima intelectual era muy distinto a aquel en el que estaba acostumbrado a desenvolverse hasta entonces. En Württemberg, tanto el duque como el pueblo estaban entregados por completo y sin reserva a las enseñanzas de Lutero, de tal modo que aquella región, con su centro espiritual en Tubinga, representaba un baluarte de la fe protestante dentro del imperio, y allí las tensiones confesionales se descargaban mediante exposiciones académicas. En Graz parecía diferente. Los nobles de los innumerables castillos y fortalezas de la región de Estiria y los habitantes de las ciudades también se habían acogido en su mayoría y desde hacía tiempo a la nueva doctrina. Pero al frente de la región había soberanos que no solo abrazaban la fe católica en privado, sino que además consideraban una obligación moral erradicar la nueva creencia y devolver a los habitantes del territorio a la fe de la vieja Iglesia. Estos no habían olvidado los principios jurídicos instaurados por la paz religiosa de Augsburgo en 1555, según los cuales correspondía a los príncipes la elección del credo católico o augsburguense dentro de sus territorios. Esto condujo inevitablemente a que en Graz las tensiones religiosas no solo se manifestaran a través de diatribas escritas y de disputas dialécticas, sino que se percibieran además en la vida privada de cada individuo y amenazaran la seguridad religiosa. Dada la vehemencia con que se libran las pugnas religiosas, porque en verdad tocan lo más sublime, y en vista de los medios, a menudo peligrosos, que se empleaban en las luchas de aquella época, cabe imaginar que se abriera un periodo crucial ante Kepler, dada su ética profundamente religiosa.
Cuando en 1564 falleció el emperador Fernando I, los territorios austriacos se repartieron entre sus hijos, y el archiduque Carlos asumió el gobierno de las zonas interiores, es decir Estiria, Carintia y Carniola. En la llamada Pacificación de Bruck de 1578, el archiduque prometió libertad religiosa a los estados luteranos y a sus súbditos en sus castillos y en las ciudades de Graz, Judenburg, Laibach y Klagenfurt. Pero en los años posteriores comenzaron las tentativas para anular las concesiones hechas a los protestantes, y desde entonces no pasó un solo año sin que esos intentos provocaran diferencias vejatorias y dolorosas. Tras la muerte de Carlos en 1590, su viuda, la archiduquesa María, de la casa Wittelsbach, puso aún más empeño en devolver sus territorios a la fe católica. Justo durante el primer año que Kepler pasó en Graz se tramitó el traspaso de poder al hijo menor de Carlos, Fernando, que entonces aún se encontraba realizando sus estudios en Ingolstadt donde lo instruían los jesuitas y el duque Maximiliano de Baviera. Como veremos, en los años ulteriores él consumaría los esfuerzos de sus antecesores. Para consolidar sus planes de contrarreforma, el archiduque Carlos había hecho venir a la ciudad a los jesuitas y en 1573 les había construido un edificio enorme como colegio. Aquellos no solo se esmeraron en el cuidado de las almas, también abrieron de inmediato una escuela latina a través de la cual ejercieron su influencia sobre los jóvenes usando su conocida destreza pedagógica. Además, en 1576 erigieron un seminario en parte para nobles y en parte para jóvenes humildes que quisieran dedicarse a los oficios divinos y, finalmente y con la aprobación papal, fundaron en 1586 una universidad consistente en una facultad de teología y otra de filosofía. Es evidente que con esas instituciones adquirieron una posición sólida en la vida intelectual de la ciudad y de la región.
LA STIFTSCHULE Y LAS OBLIGACIONES DE KEPLER
En oposición a esas escuelas jesuíticas se encontraba la «Stiftschule» protestante a la que había sido llamado Kepler [2]. Fue inaugurada el 1 de julio de 1574 y de ahí en adelante se convirtió en el foco principal del bando evangélico de la localidad gracias al esfuerzo de los numerosos pastores y profesores que trabajaban en ella. En un principio la fundaron los nobles para sus hijos, pero más adelante también la utilizaron los hijos de los ciudadanos. Aún hoy se puede ver en la angostura del casco antiguo de la ciudad el espléndido edificio constreñido entre las casas que encierra en su interior un patio cuadrangular circundado por arquerías y galerías y que albergaba no solo la escuela y el internado, sino también viviendas para algunos profesores. Kepler encontró allí su primer alojamiento, en las dependencias que quedaron vacantes tras la muerte de su predecesor.
Las autoridades evangélicas dirigían la escuela con prudencia y esmero. Para confeccionar el plan de estudios se contó con David Chyträus, un tolerante hombre de iglesia y de escuela, muy conocido y estimado. Provenía, igual que Kepler, de Suabia y por aquel entonces ejercía en Rostock como profesor de teología. En Wittenberg había sido alumno aventajado de Melanchthon y había convivido con él en la misma casa y más tarde le consultó muy a menudo para establecer las bases de la Iglesia evangélica y para desempeñar tareas de política eclesiástica. La organización externa de la escuela evangélica era equivalente a la de otras escuelas semejantes de la época. De entre los delegados se elegía una junta de supervisores que estaba a su vez subordinada a un grupo reducido de inspectores, siendo estos últimos teólogos especialmente cualificados y miembros de la comunidad. El funcionamiento de la escuela en sí estaba a cargo del rector, el cual debía ejercer también la docencia y visitar con cierta regularidad las clases de los otros profesores para estar al tanto de su rendimiento. El claustro escolar solía constar de cuatro pastores y de entre doce y catorce profesores. En el momento en que Kepler se incorporó al colegio, la junta de supervisores estaba formada por los señores Balthasar Wagen von Wagensperg, Matthes Ammann von Ammannsegg, Gregor von Galler y Wilhelm von Galler. Eran inspectores el primer pastor Wilhelm Zimmermann, el abogado mercantil Adam Venediger, el escribiente mercantil Hans Adam Gabelkofer y el secretario regional Stephan Speidel. Ejercía como rector Johann Papius al cual, por desgracia para Kepler, requirieron desde Tubinga como profesor de medicina unos meses más tarde.
La escuela en sí estaba dividida en dos secciones. Una era la escuela infantil, consistente en tres «decurias», donde se seguía un plan de estudios que Melanchthon ya había aplicado en otro lugar. La otra era una escuela superior formada por cuatro cursos. El curso más elevado se llamaba publica classis, y los profesores que lo impartían se denominaban catedráticos. Este curso estaba dividido a su vez en tres áreas. En la primera se encontraban los futuros teólogos. En la segunda se estudiaban asignaturas de derecho y de historia. Y en el área de filosofía se enseñaba lógica, metafísica, retórica, lecturas clásicas y matemáticas, que incluían la astronomía.
De modo que este fue el ambiente en el que ingresó el joven maestro de Graz para encargarse de la última asignatura mencionada. Sus modestos ingresos anuales ascendían a 150 florines [3], mientras que su predecesor recibía doscientos. Los delegados consintieron en pagarle sesenta florines por los gastos de viaje. Kepler llegó como novato y lo primero que tuvo que hacer fue demostrar su valía y ganarse una reputación dentro de aquel entorno [4]. Tras su llegada los inspectores comunicaron a los delegados: «Hemos conversado con él lo suficiente y consideramos que podemos confiar por completo en su capacidad para suceder con dignidad al maestro Stadius. No obstante, querríamos probarlo durante uno o dos meses antes de concederle emolumento fijo» [5].
Con su vitalidad joven y fresca no tardó en sentirse a gusto en la nueva situación, aunque en un principio no la encontrara acogedora. Sus pensamientos se detenían a menudo allá en la patria, donde lo incentivaban el contacto con compañeros que compartían sus aspiraciones y los profesores de una universidad prestigiosa y archiconocida. En Graz estableció contactos más estrechos. Como el trabajo incluía además la tarea de ejercer como matemático territorial y calendarista, accedió a círculos más amplios que su reducido entorno, sobre todo al de la nobleza, donde existía gran interés por las profecías astrológicas. Sin duda, allí no pudo encontrar entendimiento hacia sus indagaciones científicas porque, como sostiene un amigo suyo, Koloman Zehentmair, secretario de un tal barón Herberstein, los nobles eran de una ignorancia crasa en todo y exponían su parecer con brutalidad; odiaban las ciencias, y de nadie se ocupaban menos que de los sabios y corifeos de la ciencia [6]. La naturaleza dócil de Kepler, su trato amable y su riqueza de pensamiento le granjearon simpatías y atenciones, de modo que muchos celebraban su compañía. Según cuenta él mismo, su descuido a la hora de hablar, que a veces aireaba las debilidades de los demás, le hizo pasar apuros; como aquella vez que expulsaron del centro donde cursaba sus estudios en Tubinga al descastado hijo del pastor Zimmermann y Kepler le dijo a este en la cara que la culpa era de la madre por haber malcriado al niño [7]. Al principio se sintió casi en el exilio, así que al cabo de un año ya empezó a pensar en regresar a Tubinga.
La asignatura que Kepler impartía en la escuela no despertaba entusiasmo entre los hijos de los nobles y de los ciudadanos. Durante el primer año tuvo unos pocos oyentes, y en el segundo, ni uno. Los inspectores eran lo bastante anchos de miras como para no atribuir el problema al profesor, «porque el mathematicum studium no es una materia para cualquiera». Como alternativa, y con el consentimiento del rector, le asignaron la enseñanza de aritmética, Virgilio y retórica en seis horas de los cursos superiores, tareas «que también desempeña con obediencia, hasta que aparezca mayor oportunidad para aprovechar sus conocimientos de mathematicis publice» [8]. Parece que más tarde volvieron a asignarle la enseñanza de otras materias. En cualquier caso, en la carta de recomendación que le dieron al final de su periodo de docencia en Graz consta que «junto a la enseñanza de las matemáticas que le estaba asignada de ordinario, también impartió historia y ética con una diligencia constante y una destreza magnífica» [9]. Kepler se había llevado muy bien con Papius, el primer rector, tanto que desde entonces mantuvieron un amistoso intercambio epistolar que se prolongó durante muchos años [10]. En cambio, con Johannes Regius, sucesor de aquel, enseguida surgieron diferencias desde que el rector reprochó al profesor de matemáticas que no lo respetara lo suficiente como superior y que desestimara sus disposiciones [11]. Kepler comenta que por esos motivos el rector fue increíblemente reacio a su persona [12]. Con todo, la valoración que los inspectores expusieron a los delegados al final del segundo año sobre la labor docente de Kepler es muy favorable. Ha «destacado de tal modo, primero como orador (perorando), luego como docente (docendo) y finalmente también como disputador (disputando), que no podemos juzgar otra cosa, sino que es, a su corta edad, un maestro y profesor instruido y, en cuanto a modos (in moribus), discreto y correcto aquí en esta Ilustre Escuela Territorial» [13].
Rara vez ocurre que un estudioso rico en ideas, o un genio creativo resulte ser al mismo tiempo un buen profesor. Kepler no fue una excepción. Si congregaba a pocos oyentes se debía en parte a él mismo. Esperaba demasiado de sus alumnos y creía poder atribuirles la misma apertura intelectual y capacidad receptiva, el mismo entusiasmo por su asignatura y la misma devoción por la búsqueda de la verdad que lo movían a él. En una caracterización profunda que Kepler redactó de sí mismo hacia 1597, menciona atributos que también arrojan luz sobre su labor docente. Habla ahí de su poderosa «cupiditas speculandi» [14],2 de su apetito filosófico que se abalanza sobre todo y siempre saca algo nuevo, que se agolpa y le arrebata la calma necesaria para meditar una idea hasta el final. Siempre se le ocurría algo que decir antes de poder valorar hasta qué punto era bueno. De modo que hablaba a toda prisa. Mientras hablaba o escribía se le ocurrían otras palabras, otros temas, otras formas de expresión y argumentaciones, el dilema de si alterar el objeto de su declamación o incluso pasar por alto lo que estuviera diciendo. Tenía una imaginación y una memoria asombrosas cuando se trataba de concatenaciones de ideas en las que una llevaba a otra y, sin embargo, no le resultaba nada fácil recordar algo que hubiera escuchado o leído. Ahí estaba el origen de los abundantes paréntesis de su discurso. Como todos los temas relacionados entre sí irrumpían enérgicos en su mente y, por tanto, se le ocurría todo de golpe, se empeñaba en decirlo todo a la vez. De ahí que su discurso fuera extenuante o, en cualquier caso, confuso y poco comprensible. Además, su labor profesional no detuvo sus apasionadas ansias de conocimiento. De hecho, llegó a desatender tanto su honorable profesión por desviarse hacia donde lo guiaba el espíritu, que se habría ganado recriminaciones de no ser por su capacidad para improvisar cualquier tema recurriendo a conocimientos previos. Así, cuando pensaba en su trabajo era solo con estas limitaciones. Porque nunca eludía nada sobre lo que pudiera arrojar sus ansias de saber, su celo, su deseo de abarcar precisamente lo difícil. Al explicar las miles de cosas que se le ocurrían de una sola vez (limitar el tiempo habría sido imposible en esos casos), prefería descuidar la puntualidad en sus clases a acotar su discurso. Un profesor de este tipo solo encaja con alumnos notables, y estos suelen escasear. Sin duda, el mayor provecho de su labor docente lo extrajo el mismo Kepler, ya que de ella recibió toda suerte de estímulos relacionados con su asignatura, y la enseñanza lo obligó a expresar sus ideas con palabras.
LOS PRIMEROS ALMANAQUES DEL MATEMÁTICO TERRITORIAL
Pocos meses después de su llegada, el joven matemático territorial publicó su primer almanaque, el del año 1595 [15]. Este fue seguido de otros cinco en años posteriores de su estancia en Graz. Por desgracia solo se han conservado un par de ejemplares correspondientes a los años 1598 y 1599 [16]. Todos los demás se han perdido. En aquella época de creencia en el influjo de los astros, los almanaques desempeñaban una función distinta a la de hoy. Tanto en los estratos más elevados como en los más deprimidos de la sociedad imperaba la creencia de que el movimiento de los astros permitía predecir acontecimientos futuros. En consecuencia, de los calendaristas, que por cierto había muchos, se esperaban pronósticos meteorológicos y relacionados con las cosechas, información sobre batallas y peligros de epidemias, o sobre sucesos políticos y religiosos. La gente deseaba saber qué días serían propicios para sembrar y recolectar, para practicarse una sangría, cuándo tendrían que enfrentarse al granizo o a la tormenta, al frío o al calor, a la enfermedad o al hambre. No es este el momento de indagar en la actitud de Kepler ante la astrología, volveremos a ello más adelante. Por ahora nos limitaremos a decir que rechazaba por completo los principios y predicciones al uso, considerándolos supersticiones monstruosas, un «sortílego juego de monos», pero, por otra parte, se mantenía firme en el convencimiento de que los astros influyen en el devenir terreno y en el destino de la humanidad, una idea que no se puede desligar de su concepción de la naturaleza. La interpretación que dio a su trabajo como calendarista queda clara en sus propias palabras: «Quien tiene por oficio escribir pronósticos debe tener en cuenta sobre todo dos puntos de vista habituales que se oponen entre sí, y debe cuidarse de dos tendencias del ánimo que se corresponden con una actitud mezquina y despreciable, a saber, la búsqueda de fama y el miedo. Una actitud interesada se revela cuando la curiosidad de las masas es grande y, por complacer a esa multitud y por meras ansias de celebridad, se cuentan cosas que no se encuentran en la naturaleza, o se vaticinan verdaderos prodigios de la naturaleza sin entrar en sus causas más profundas. Por otra parte, están quienes sostienen que no conviene a los hombres serios ni a los filósofos arriesgar la fama de su talento y su prestigio con una materia que se ensucia cada año con tantas adivinaciones ridículas y hueras, ni tampoco los favorece encender la curiosidad de la gente ni las supersticiones de las mentes necias proporcionándoles, por así decirlo, una yesca. Debo reconocer que esta recriminación goza de cierta legitimidad y que es suficiente para apartar a un hombre honrado de semejantes escritos en caso de carecer de razones más serias. En cambio, si para su cometido dispone de motivos que personas de entendimiento aplaudirían, quedaría como un auténtico cobarde si se dejara intimidar y renunciara a su labor por causa de esos obstáculos ajenos y externos, haciendo caso a habladurías y asustándose de oprobios injustificados. Porque aun cuando buena parte de los principios de este arte árabe viene a traducirse en nada, no es ninguna nada todo lo que forma parte de los secretos de la naturaleza y, por tanto, no debe desecharse junto a naderías. Debemos, más bien, apartar las piedras preciosas del estiércol, debemos honrar la gloria de Dios tomando como finalidad la contemplación de la naturaleza; a través del ejemplo propio, el hombre debe instigar a otros y aspirar a eliminar las tinieblas del desconocimiento e iluminar con la claridad del día todo aquello que en alguna ocasión pueda resultar especialmente útil al género humano» [17]. Ya desde sus comienzos como calendarista, Kepler desaconseja encarecidamente dejarse llevar por los vaticinios astrológicos, en especial para las resoluciones y las decisiones políticas. A tal efecto, al final de su almanaque astrológico del año 1598 dice a los hombres en guerra: «El cielo no puede perjudicar en gran medida al más fuerte de dos contrincantes, ni favorecer en mucho al más débil. Aquel que se refuerza con buenos consejos, con el pueblo, con armas, con gallardía, ese es el que también pone el cielo de su parte y, si este le es hostil, lo vence como a cualquier otra adversidad» [18]. Kepler expresa con las palabras que siguen la intención moral que perseguía: «Utilizamos los deseos confusos y dañinos de las masas para instilarles las advertencias adecuadas (a modo de panacea) encubiertas en forma de pronósticos, advertencias que contribuyen a eliminar ese mal y que apenas podríamos presentar de otro modo» [19]. Por tanto, en la elaboración de almanaques astrológicos vemos a Kepler nadando constantemente entre dos aguas. Realiza predicciones porque no le disgusta jugar con los principios de la astrología, pero añade al punto que no hay que confiar en los vaticinios. Predica y se mofa. Escribe almanaques por obligación. Pero tampoco los escribe con desgana porque con ellos tiene ocasión de trasmitir su opinión a la gente que no lee sus escritos latinos y que no entiende nada sobre ciencia. Los escribe porque disfruta escribiendo, aunque a veces se rebele contra esta pesada servidumbre. Los escribe, y no es el menor de los motivos, para ganarse la vida. Sin lugar a dudas, nunca se sintió bien del todo escribiendo almanaques; le preocupa su crédito científico entre los entendidos. Al presentarle a Mästlin el almanaque del año 1598, escribe al respecto: «Mucho de lo que contiene debe disculparse deliberadamente o perjudicaría mi reputación entre ustedes. La cuestión es la siguiente: no escribo para la gran mayoría ni tampoco para gente instruida, sino para nobles y prelados que pretenden conocer cosas que no comprenden. No se distribuirán más de cuatrocientos o seiscientos ejemplares y ninguno pasará las fronteras de estos territorios. En todas las predicciones procuro dispensar a mi círculo de lectores, arriba mencionado, un disfrute gozoso de la inmensidad de la naturaleza mediante frases que se me ocurren de pronto y me parecen ciertas con la esperanza de que quizá se sientan animados por ellas a subirme el sueldo» [20].
De hecho, por la presentación de su primer almanaque, Kepler recibió un sobresueldo de veinte florines por parte de las autoridades [21]. Había acertado bastante bien en los pronósticos. Tal como se desprende de sus cartas, había anunciado un frío terrible e incursiones turcas. Ambas cosas sucedieron [22]. Al parecer murieron numerosos vaqueros por causa del frío en las montañas; muchos perdieron las narices tras sonarse al llegar a casa; y parece que los turcos saquearon toda la región al sur de Viena. Este éxito centró las miradas en el joven matemático territorial y pronto le proporcionó tanto prestigio en la región que muchos señores lo requirieron para consultas astrológicas y cartas natales. Kepler complacía las numerosas peticiones que recibía porque con ellas tenía oportunidad de incrementar sus modestos ingresos.
MYSTERIUM COSMOGRAPHICUM
Pero todos aquellos éxitos fáciles no podían satisfacer un espíritu como el de Kepler. Su cupiditas speculandi apuntaba más arriba [23], sobrevoló la vastedad del mundo y se adentró en las profundidades hasta alcanzar los límites impuestos a los mortales. Como él dice, ya en Tubinga había abarcado la filosofía como un todo con un apetito voraz, tan pronto tuvo edad para saborear su dulzor. Ahora sus pensamientos se arremolinaban sobre todo alrededor de los grandes interrogantes eternos que las maravillas del firmamento y su belleza misteriosa habían planteado al ser humano desde tiempos inmemoriales. El motivo no radicó tan solo en la asignatura que debía impartir. Su intelecto en proceso de maduración y de búsqueda, se encomendó a la materia que le era apropiada, aquella que le permitiría desplegar sus mejores facultades y la que estaba destinado a desarrollar de un modo tan grandioso que, después de él, la astronomía adquirió una forma completamente distinta a la que tenía antes de su intervención.
La concepción copernicana del mundo, en la que ya lo habían introducido durante la etapa de estudiante, se presentó ante su vista con una insistencia creciente. Cuanto más la contemplaba, cuanto más profundizaba en sus detalles, más clara, más perfecta, más convincente le parecía, más se avivaba el entusiasmo que había prendido en él hacía tiempo. Comprendió que la de Copérnico distaba mucho de ser la última palabra, que ahí yacía «un tesoro aún sin agotar de verdaderos conocimientos divinos sobre la ordenación magnífica de todo el orbe y todos los cuerpos» [24]. El Sol se ubicó en el centro del mundo. Era el corazón del mundo, el rey alrededor del cual desfilaba, a un ritmo eternamente constante, el séquito de las seis estrellas errantes, Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno. La nueva enseñanza ofrecía una ventaja muy especial frente a las teorías previas porque por primera vez permitía calcular las distancias relativas de los planetas al Sol a partir de las observaciones. ¿Acaso no habían intuido ya los griegos por métodos especulativos, porque carecían de este conocimiento, una armonía en esas distancias, una armonía que ahora podría demostrarse con hechos? ¿No debían existir relaciones estructurales e interdependencias entre todos los valores numéricos que proporcionaba la teoría de Copérnico? ¿Podía deberse el bello orden a la casualidad? ¿Es que la corte del Sol no requería un ceremonial acompasado?
Había llegado el momento de que los pensamientos que pululaban por la cabeza de Kepler adquirieran una forma determinada y se concentraran en un objetivo relacionado, consciente o inconscientemente, con todo lo que había oído o leído acerca de Pitágoras y Platón, san Agustín, Nicolás de Cusa [25] y muchas otras figuras del pasado, pero también con todo lo que la doctrina cristiana le había inculcado acerca de Dios, el mundo y el lugar del ser humano respecto de ambos. Ya desde la primera mitad del año 1595 lo vemos dedicándose con gran celo a los nuevos interrogantes que se vio obligado a plantear a la naturaleza.
¿Qué es el mundo?, se pregunta. ¿Por qué hay precisamente seis planetas? [26] ¿Por qué sus distancias al Sol son las que son, y no otras? ¿Por qué se desplazan con mayor lentitud cuanto más lejos se encuentran del Sol? Con estas atrevidas preguntas sobre las causas del número, el tamaño y el movimiento de las órbitas celestes, el joven buscador de la verdad se aproximó a la concepción copernicana del universo. Si Copérnico había determinado en cierto modo los límites del universo, Kepler buscaba ahora los fundamentos físicos y metafísicos que permitieran revelar esos confines como parte del proyecto del Creador, el cual en su sabiduría y bondad solo podía engendrar el más bello de los mundos. Según su argumento principal, nada en el mundo fue creado al azar por Dios, y su intención consiste en descubrir nada menos que ese proyecto de creación, en reflexionar sobre los pensamientos de Dios convencido de que «cual arquitecto humano, Dios acometió la fundación del mundo siguiendo un orden y unas reglas, y lo midió todo de tal modo que cabría pensar que la arquitectura no copia la naturaleza más de lo que el mismo Dios copió las construcciones de los seres humanos que aún estaban por llegar» [27]. Estas cuestiones conforman la raíz de la obra astronómica que Kepler desarrolló a lo largo de su vida, al tiempo que evidencian su mentalidad en relación con cada una de ellas por separado.
Buscó la respuesta a sus preguntas sobre geometría en la estructura del espacio. Como las figuras geométricas se basan en la divinidad, es en ellas, pues, donde hay que buscar los números y los tamaños que aparecen en el mundo visible. Todo está ordenado de acuerdo a medidas y cantidades. El mundo se creó a partir de las reglas que rigen las cantidades geométricas. Por eso Dios también concedió a los hombres una inteligencia capaz de reconocer esas pautas. Porque «así como el ojo fue creado para los colores o el oído para los tonos, la inteligencia humana no fue creada para entender cualquier asunto corriente, sino las cantidades. El intelecto comprende mejor una cosa cuanto más se parece a su origen, a las cantidades puras. En cambio, cuanto más se aleje algo de ellas, mayor oscuridad y confusión aparecen. Porque, de acuerdo a su naturaleza, nuestro espíritu crea conceptos basados en las categorías cuantitativas para estudiar los asuntos divinos. Si se priva al intelecto de esos conceptos, entonces solo consigue definir a través de meras negaciones» [28].
Pero, ¿qué figuras geométricas podrían procurarle las relaciones numéricas que buscaba? El pensador incansable lo intentó en vano con todos los cálculos posibles. Perdió el verano entero con ese arduo trabajo. Al fin, vio la luz durante una clase. «Creo que fue un designio divino que recibiera por casualidad lo que antes no había podido alcanzar con ninguno de mis esfuerzos; lo creo sobre todo porque siempre había rogado a Dios que me concediera éxito en mi cometido si es que Copérnico había dicho la verdad» [29]. El 19 de julio de 1595 (Kepler preservó para siempre su gran día recordando la fecha exacta) se le ocurrió la siguiente idea: «Si para el tamaño y las proporciones de las seis órbitas celestes asumidas por Copérnico fuera posible encontrar cinco figuras de entre la infinidad existente de ellas que destacaran por contar con unas propiedades especiales, entonces todo marcharía según lo deseado» [30]. Y, ¿no nos enseña la geometría de Euclides que hay exactamente cinco y solo cinco sólidos regulares, a saber, el tetraedro, el cubo o hexaedro, el octaedro, el dodecaedro y el icosaedro? ¿Acaso no se pueden intercalar esos sólidos regulares entre las esferas planetarias de tal modo que siempre que la esfera de un planeta esté circunscrita por uno de los sólidos regulares, este se halle inscrito a su vez dentro de la esfera del siguiente planeta? Al punto anotó la frase: «La Tierra es la medida para el resto de las órbitas; a ella la circunscribe un dodecaedro; la esfera que lo comprenda será la de Marte. La órbita de Marte está circunscrita por un tetraedro; la esfera que lo comprenda será la de Júpiter. La órbita de Júpiter está circunscrita por un cubo; la esfera que lo comprenda será la de Saturno. Ahora ubica un icosaedro dentro de la órbita de la Tierra; la esfera inscrita a él será la de Venus. Sitúa un octaedro dentro de la órbita de Venus; la esfera inscrita a él será la de Mercurio. He aquí la causa del número de los planetas» [31].
Para el investigador entusiasta fue como si un oráculo le hubiera dictado desde el mismísimo cielo [32], según reconocería más tarde. Tras esta visión comparó las relaciones numéricas que procuraban los sólidos regulares con las que Copérnico había dado para la distancia de los planetas con respecto al Sol, y encontró cierta coincidencia, aunque no absoluta. Su emoción fue extrema. Creyó haber levantado el velo que ocultaba la majestuosidad de Dios y haber vislumbrado parte de su magnificencia infinita. La experiencia le desencadenó un torrente de lágrimas. Se maravilló de ser justo él, un pecador, quien recibió tal revelación, máxime cuando en realidad no había pretendido actuar como astrónomo en este asunto, sino que había emprendido todo aquello como entretenimiento intelectual. «Jamás podré traducir a palabras el deleite que sentí a raíz de mi descubrimiento. Ya no me pesaba el tiempo perdido, ya no sentía ningún hastío hacia el trabajo, no vacilaba ante los cálculos por difíciles que fueran. Pasé días y noches resolviendo números hasta ver si la sentencia expresada en palabras coincidía con las órbitas de Copérnico o si los vientos se llevarían consigo mi regocijo. Por si se daba el caso de que, como yo creía, hubiera concebido el asunto con acierto, hice el voto a Dios, al todopoderoso de bondad infinita, de publicar este ejemplo admirable de su sabiduría en la primera ocasión que surgiera para comunicárselo a los hombres. Aunque estas investigaciones mías no han terminado en modo alguno y aunque de mis ideas fundamentales se desprenden algunas consecuencias cuyo descubrimiento podría reservarme, es deber de quienes disfruten del ingenio para ello, que realicen junto a mí, y cuanto antes, el mayor número de descubrimientos posible para glorificar el nombre de Dios y entonar al unísono alabanzas y loores al Creador, sabio de sabios» [33].
El desarrollo de su invención, su argumentación sistemática y los cálculos que tuvo que ejecutar para demostrarla con mayor precisión, conllevaron un esfuerzo agotador durante las semanas y los meses siguientes. En los estudios que había realizado hasta entonces había prestado mayor atención a las líneas generales que a las ideas de base. En cambio, ahora que había que efectuar un trabajo científico detallado, se vio obligado, como él mismo admite, a aprender mucho más para rellenar las lagunas de su formación astronómica y matemática previa. Así que, como suele ocurrir, a las horas de ardiente entusiasmo les siguieron semanas de sacrificado trabajo y dudas incisivas. Van cartas camino de Tubinga dirigidas a Mästlin, su antiguo profesor, solicitando consejo y ayuda [34]. Este se interesó vivamente por el descubrimiento de su prometedor discípulo y le concedió todo su beneplácito, si bien, como es natural, opuso a su entusiasmo juvenil la prudencia de la madurez.
Así trascurrieron los meses invernales de 1595 a 1596. A comienzos de febrero de 1596 Kepler tomó vacaciones y viajó a su patria suaba [35]. Sus dos abuelos estaban muy mayores y enfermos y deseaban volver a ver al nieto que tanto los enorgullecía. El abuelo por parte paterna falleció justo en aquellos días, y al otro también se le avecinaba el fin. La estancia en la patria brindó al joven científico la anhelada oportunidad de conversar en persona con Mästlin acerca de la conclusión e impresión del libro en el que pretendía comunicar su descubrimiento. Quería agilizar al máximo las cosas, aunque veía claramente que se trataba «de palomas aún no crecidas y de medios vuelos» [36]. La obra que quería publicar lo ayudaría a mejorar y consolidar su puesto en Graz al cual, como ya se ha comentado, había querido renunciar un año antes debido a discrepancias profesionales. Pero entretanto su corazón se había iluminado en Graz. Según refiere él mismo con cierto misterio, ya durante el diciembre anterior (también memorizó esta fecha) «Vulcano había deparado el primer encuentro con la Venus a la que debía unirse» [37].
Durante su visita a la patria aún se dedicó a otro cometido. Se le había ocurrido construir una maqueta artística que ilustrara su visión de la estructura del mundo. «Un deseo pueril o fatal de agradar a los príncipes» lo llevó [38] a Stuttgart, a la corte del duque de Württemberg. Kepler, que en otro tiempo había sido su becario, quería convencerlo del proyecto y ofrecerle la miniatura para enriquecer su sala de arte. El duque se mostró interesado tras solicitar a Mästlin una opinión que resultó ser muy favorable. Los trámites y los intentos se prolongaron durante varios años. Primero se pensó en dar a la maqueta la forma de un bonito copón. Con el tiempo lo reemplazó un planetario ingenioso para el que Kepler dibujó propuestas detalladas. Pero, al final, el proyecto no se llevó a cabo debido a la ineptitud enojosa de los artesanos a los que se les había encomendado y a las dificultades inherentes al plan.
La mayor parte del tiempo que pasó en Württemberg Kepler se detuvo en la ciudad de Stuttgart donde, a petición suya, consiguió un lugar en la llamada Trippeltisch del palacio ducal, mesa a la que se sentaban los funcionarios ducales medios y bajos. En Tubinga fue un invitado respetado; el eco de su descubrimiento se había propagado y le había dado reputación. El conocido helenista Crusius, que acostumbraba a anotar en un diario todos los sucesos nimios que acontecían cada día en su existencia en Tubinga (incluso el orden en que se sentaban los huéspedes que invitaba), prescindió de su estilo objetivo al apuntar la participación de Kepler en una comida con la expresión: Pulcher iuvenis [39].3
Kepler regresó a Graz en agosto. Le habían concedido dos meses de vacaciones, pero estuvo ausente cerca de siete. Aun así, sus superiores mostraron tal magnanimidad, por consideración al duque, que pasaron por alto su extralimitación [40]. Además, Kepler ya tenía redactada una dedicatoria dirigida a los mandatarios de Estiria para la obra inminente y de gran trascendencia, según el ilustre colegio de profesores de Tubinga.
Una vez que el claustro universitario dio su consentimiento, comenzó la impresión en Tubinga a cargo de Gruppenbach. Como es natural, el claustro se aseguró previamente de que el libro contaba con la aprobación de su miembro experto en la materia, Mästlin. Lo que Kepler había elaborado, explicó este, era extremadamente ingenioso, muy digno de publicarse y completamente nuevo. A nadie se le había ocurrido jamás deducir el número, la disposición, el tamaño y el movimiento de las órbitas de los planetas a priori, o lo que es lo mismo, inferirlos directamente de la secreta voluntad del Dios creador. Ya no sería preciso deducir las dimensiones de las órbitas a posteriori, es decir, a partir de las observaciones. Como esas medidas se conocerían a priori, cabría la posibilidad de calcular el movimiento de los planetas con mucha más precisión que hasta entonces. Lo que Mästlin tenía que objetar era la exposición poco clara y a veces confusa. Kepler había escrito su libro como si todos los que fueran a leerlo conocieran las explicaciones técnicas de Copérnico y como si estuvieran totalmente familiarizados con las matemáticas, pensando que todos eran como él [41]. Esta crítica animó a Kepler a hacer mejoras aquí y allá. Retocó y completó el texto en distintas partes. Pero, con toda seguridad, Mästlin se encargó del trabajo principal, supervisar la impresión, porque él estaba más cerca. Dedicó mucho tiempo y esfuerzo a esa tarea. Buena parte del material que entregó el neófito para su primera obra no estaba listo para el tiraje. Día tras día, escribe Mästlin, iba a la imprenta [42], a menudo incluso dos o tres veces en la misma jornada, para dar instrucciones al impresor personalmente. No descuidó recriminar al antiguo alumno su contribución para la conclusión del libro. Kepler acusa recibo con calurosas palabras de agradecimiento. No obstante, exagera cuando escribe al viejo profesor: «Tengo pocos motivos para denominarla mi obra. En la aparición de este trabajo yo he representado a Sémele, vos a Júpiter. O, si preferís comparar la obra con Minerva en lugar de con Baco, entonces cual Júpiter la he portado dentro de mi cabeza. Pero si vos no hubierais ejercido de comadrona como Vulcano con el hacha, yo jamás la habría alumbrado» [43].4 Y cuando Mästlin le comunica, además, que por cuidar de la impresión había tenido que posponer una valoración del calendario gregoriano que le habían encomendado, y que aquello le valió una amonestación del claustro [44], Kepler lo consuela diciéndole que su colaboración en esa obra le procurará fama imperecedera.
En la primavera de 1597 Kepler recibió los primeros ejemplares de su libro terminado. Se tituló: Prodromus Dissertationum Cosmographicarum continens Mysterium Cosmographicum de admirabili Proportione Orbium Coelestium deque Causis Coelorum numeri, magnitudinis, motuumque periodicorum genuinis et propriis, demonstratum per quinque regularia corpora Geometrica.5 Que abreviado se traduce en Mysterium Cosmographicum o Misterio del universo. La pequeña obra, hoy rarísima y de gran valor, costaba entonces diez kréutzer [45]. El autor estaba obligado a comprar doscientos ejemplares al editor, para lo cual tuvo de pagar trescientos florines. Como muestra de su gratitud cedió cincuenta ejemplares a Mästlin, que este distribuiría por Tubinga; y, además, regaló al maestro un cuenco dorado de plata que había adquirido elaborando cartas natales. De acuerdo con la costumbre de la época, Kepler esperaba el «reconocimiento» oportuno por parte de los mandatarios regionales de Estiria, a quienes iba dedicada la obra; sin embargo, tuvo que aguardar hasta el año 1600 para recibirlo y al final le entregaron 250 florines que precisamente dedicó a costear su partida involuntaria de Graz.
La manera de pensar propia de Kepler y modelada después por distintas influencias, queda patente en la sistemática exposición que hace de su hallazgo. Trata los sólidos regulares según sus categorías y clases; estos son para él no solo figuras con un número determinado de caras, de aristas y de vértices, sino claros portadores de las proporciones que han existido en el ser divino desde los orígenes. Kepler pone de manifiesto el gran parecido que hay entre las distancias de los planetas al Sol que él da a priori, y las que se derivan de la observación. Indaga en los motivos que impiden que la coincidencia sea absoluta. Sabe salvar todos los escollos. Siempre reaparece la pregunta «¿por qué?». ¿Por qué la Tierra se halla entre Venus y Marte? ¿Por qué en su ordenación el cubo ocupa el primer lugar empezando de fuera hacia adentro, entre Saturno y Júpiter, por qué el tetraedro se encuentra en la segunda posición, etcétera? ¿Por qué hay que atribuir el cubo a Saturno? ¿Por qué la Tierra posee una Luna? ¿Por qué las excentricidades de las órbitas tienen justo esos valores? Lo que le permite responder esas y otras cuestiones semejantes es la concepción estética del mundo, que encuentra el principio de lo bello sobre todo en la simetría; la concepción teológica, que parte de que «el ser humano es el objeto del mundo y de toda la creación» [46]; la concepción mística, que lo convence de que «la mayoría de las causas de las cosas que existen en el mundo pueden inferirse a partir del amor de Dios hacia los hombres» [47]; la concepción metafísica, según la cual «las matemáticas constituyen el origen de la naturaleza porque desde el principio de los tiempos Dios porta en sí mismo, en la abstracción más simple y divina, las matemáticas, que sirven de modelo a las cantidades materiales previstas» [48]; pero también la concepción física, que parte del principio de que «toda especulación filosófica debe tomar como punto de partida la experiencia de los sentidos» [49]. Principios teológicos y físicos, inducción y deducción, la veneración incondicional de los hechos y una fuerte tendencia al conocimiento apriorístico, especulaciones teológicas y matemáticas, concepciones platónicas y aristotélicas, todo ello se entrecruza y enmaraña en su mente. Su actitud religiosa fundamental queda patente en los himnos de alabanza y gloria a Dios con que cierra el sucinto volumen [50].
Hay una idea en el libro que tiene especial importancia para el desarrollo posterior de la astronomía. Así, cuando Kepler se pregunta por las causas del movimiento planetario, emprende una senda completamente nueva. Ya aquí busca una relación entre el tiempo que tardan los planetas en recorrer sus órbitas y sus distancias al Sol. Bien es verdad que tuvo que esperar aún un cuarto de siglo para dar con la ley correcta, pero el hecho de que se planteara esta cuestión desde la juventud evidencia su genialidad. No es menos relevante la hipótesis que lo llevó a esa búsqueda, la idea innovadora de que existe un foco de fuerza en el Sol que impulsa el movimiento de los planetas y que se vuelve tanto más débil cuanto más lejos se encuentren estos de la fuente de emisión. En el libro habla en concreto de un «anima motrix», un alma motriz [51]; y en una carta de la misma época ya utiliza la palabra «vigor» [52], fuerza. Esta idea contiene en sí misma la primera simiente de la mecánica celeste. Más adelante veremos cómo germinó esta semilla en el espíritu de Kepler.
En un principio el investigador insaciable tuvo la intención de demostrar en un capítulo introductorio la compatibilidad de la concepción copernicana con la Biblia. Pero por requerimiento del claustro de Tubinga se vio obligado a omitir ese apartado. Las letras cordiales que le envió Matthias Hafenreffer, el rector, haciendo referencia a esa cuestión ilustran el ambiente intelectual de aquellos días: «Fraternalmente os exhorto a que no defendáis ni sostengáis públicamente tal compatibilidad; porque muchos justos se escandalizarían, no sin razón, y todo vuestro trabajo podría quedar prohibido o bien dañado con la grave inculpación de suscitar escisiones. Porque no dudo que en caso de que semejante parecer fuera defendido y sostenido, hallaría opositores y entre ellos también habría algunos bien pertrechados. Por tanto, si escucháis mi fraterno consejo, tal como confío, en la exposición de vuestras conjeturas debéis actuar como un mero matemático que no tiene que preocuparse de si esas teorías concuerdan o no con las cosas creadas. Porque opino que un matemático alcanza su objetivo cuando establece hipótesis que se corresponden al máximo con las apariencias; pienso que hasta vos mismo os retractaríais si alguien pudiera formular otras mejores. En modo alguno sucede que la realidad concuerde de inmediato con las hipótesis emitidas por cada maestro. No deseo hurgar en las causas irrefutadas que podría extraer de las Santas Escrituras, porque, en mi opinión, no se trata de entablar aquí disputaciones eruditas, sino de emitir consejos fraternos. Si los seguís, como firmemente confío, y si os contentáis con el papel de mero matemático, no dudo en absoluto que vuestras ideas procurarán gran deleite a muchos, como en efecto hacen conmigo. Pero si, por el contrario, quisierais sacar a la luz y sostener públicamente la compatibilidad de tal doctrina con la Biblia, cosa que Dios, el todopoderoso de bondad infinita, prefiere evitar, entonces témome en verdad que esta cuestión conlleve disensiones y medidas extremas. En tal caso solo podría desearme a mí mismo no haber conocido jamás vuestras ideas, excelentes y notables desde un punto de vista matemático. Además, dentro de la Iglesia de Cristo ya existe más pendencia de la que los débiles alcanzan a soportar» [53]. Kepler consintió, para gran satisfacción de Hafenreffer, pero no renunció a su enfoque. Su respuesta está contenida en una carta dirigida a Mästlin en la que manifiesta: «Toda la astronomía no tiene tanto valor como para incomodar a uno solo de los pequeños que siguen a Cristo. Pero como la mayoría de los estudiosos tampoco es capaz de ascender hasta la elevada concepción de Copérnico, entonces imitaremos a los pitagóricos también en sus costumbres. Cuando alguien nos pregunte en privado por nuestro parecer, expondremos con claridad nuestras ideas. En público, en cambio, guardaremos silencio» [54]. Sin embargo, varios años después, cuando su prestigio científico estuvo más consolidado, Kepler no fue capaz de seguir conteniéndose. En la introducción de su Astronomia Nova estableció postulados exegéticos que más tarde fueron adoptados universalmente por los teólogos [55].
De modo que la obra con la que Kepler accedió al ámbito científico estaba terminada. (Sin duda se trató de un lamentable error que su nombre «Keplerus» apareciera equivocado como «Repleus» en el catálogo de la feria de Frankfurt, donde se anunció el libro en la primavera de 1597 [56].) Kepler envió el volumen a diferentes estudiosos y les pidió opinión. Las valoraciones que se conservan en cartas dirigidas a Kepler o en otros documentos relacionados con ellas, en parte lo aprueban, en parte lo desestiman y en parte consisten en reservas críticas. Esas declaraciones evidencian las hondas discrepancias que existían entre las distintas tendencias científicas y filosóficas en aquel tiempo de gran inestabilidad espiritual y política. Ya se ha comentado que Mästlin, uno de los críticos más capaces de su tiempo, se mostró totalmente conforme. Por el contrario, Johannes Prätorius, catedrático de Altdorf, expresó su absoluto disentimiento [57]. No podría partir de esos sofismas para emprender nada. En su opinión tales argumentos corresponden más bien a la física, no a la astronomía, la cual, por ser una ciencia experimental, no podría encontrar ningún provecho en semejantes especulaciones. Las distancias de los planetas debían inferirse a partir de la observación; nada significaba que mantuvieran además cierta concordancia con las proporciones de los sólidos regulares. Georg Limnäus, catedrático de Jena, dio una opinión completamente opuesta [58]. Se muestra maravillado de que al fin alguien haya recuperado el digno método platónico tradicional de filosofar. Toda la comunidad de científicos debería congratularse por esta obra. A Kepler le habría gustado conocer también la opinión de Galileo, que era siete años mayor que él y entonces se encontraba en Padua. Galileo había destacado ya con obras sobre física, pero aún no tenía ningún peso como astrónomo. Le envió su libro. A vuelta de correo, Galileo entregó al mensajero algunas líneas de cortesía como respuesta [59]; en tan corto espacio de tiempo no había podido leer nada más que el prólogo del libro, pero estaba impaciente por adentrarse en la lectura que prometía tanta beldad. Kepler no quedó satisfecho con esa respuesta, de modo que en un escrito cordial y sincero invita a Galileo a conversar abiertamente acerca de la concepción copernicana («confide, Galilaee, et progredere»)6 y reitera impaciente su exhortación a que emita un juicio sobre el volumen. «Podéis creerme, prefiero la crítica, aun cuando fuera mordaz, de un solo hombre de entendimiento a la aprobación irreflexiva de la gran masa» [60]. Galileo guardó silencio. Un amigo informó a Kepler un par de años después (queda en tela de juicio si era cierto o no) que Galileo se había atribuido a sí mismo algunas ideas del libro [61].
Mucho más importante, en cambio, para la vida y la obra de Kepler, y de una trascendencia mucho más decisiva para el desarrollo ulterior de la astronomía, fue la relación que entabló con Tycho Brahe a raíz de la presentación de su libro. Tycho, que entonces contaba cincuenta años, era considerado con toda justicia el astrónomo más destacado de la época. Él sabía que las divergencias que continuaban existiendo entre teoría y realidad desde Tolomeo hasta incluso después de Copérnico, no podrían eliminarse si no se fijaban los datos empíricos con la máxima fidelidad y de una vez por todas. Durante décadas de trabajo laborioso había perfeccionado el arte de la observación astronómica de un modo inconcebible hasta entonces. Sobre una base amplia apoyada en la colaboración de numerosos asistentes y en sus excelentes instrumentos, Brahe había reunido un valiosísimo tesoro de observaciones. El observatorio astronómico de Uraniborg, construido por el genial observador y organizador en la isla danesa de Hven,7 representaba el centro intelectual de la investigación astronómica por tratarse del observatorio más importante y significativo a comienzos de la edad moderna. Tras veinte años de actividad, Tycho se había visto obligado a abandonar aquel lugar de trabajo debido a ciertos conflictos, y había encontrado refugio en Alemania, cuando indirectamente llegó a sus manos el libro de Kepler acompañado de una carta introductoria [62] del propio autor. Su amplia experiencia captó enseguida que tras el joven investigador se escondía cierto talento y, como acostumbraba a apoyarse en colaboradores jóvenes, pensó de inmediato en ganarlo para sí. Le envió una carta extensa con una valoración cuidadosamente equilibrada entre el reconocimiento y la crítica, sobre el Misterio del universo [63]. El libro le había gustado como pocos. Consideraba muy aguda y brillante la hipótesis de relacionar las distancias y las órbitas de los planetas con las propiedades simétricas de los sólidos regulares. Buena parte de aquello parecía encajar bastante bien, pero no era fácil afirmar que se pudiera estar de acuerdo con todo. Determinados detalles le planteaban dudas, si bien la diligencia, el exquisito discernimiento y la sagacidad merecían sus elogios. Algo más crítica y trasparente es la opinión que Brahe comunicó en aquellas mismas fechas a Mästlin por medio de otra carta: «Si el perfeccionamiento de la astronomía se lograra antes a priori con ayuda de las correspondencias de esos sólidos regulares, que, recurriendo a hechos observacionales conocidos a posteriori, entonces sin duda alguna habrá que esperar mucho tiempo, cuando no toda la eternidad y en vano, hasta que alguien sea capaz de conseguirlo» [64]. El reservado comedimiento del maestro no convenció del todo a Kepler, pero sirvió para tender un puente entre ambos. Como Tycho Brahe invitó al prometedor neófito a visitarlo, este se encontró con una perspectiva para el futuro inmediato que, como él mismo confiaba con buena base, le podría reportar ventajas en varios sentidos.
De modo que Kepler se había hecho de golpe con un nombre en todos los círculos que amaban la ciencia de las estrellas. El primer paso alentador estaba dado. Como ocurre con muchos hombres de genio, también a él se le ocurrió la gran concepción que decidiría su vida a una edad temprana. No es exagerado que con una mirada retrospectiva Kepler afirmara a los cincuenta años: «El sentido de toda mi vida, de mis estudios y de mi obra tienen su origen en este librito» [65]. «Porque casi todos los libros de astronomía que he publicado desde entonces guardaron relación con cualquiera de los capítulos principales de este pequeño libro, y constituyen ampliaciones de sus fundamentos o refinamientos de los mismos. Y no ha ocurrido así porque me haya dejado llevar por el amor a mis descubrimientos (dista mucho de mí semejante disparate), sino porque las propias cosas y las observaciones fiabilísimas de Tycho Brahe me han enseñado que para perfeccionar la astronomía, para garantizar los cálculos, para edificar la parte metafísica de la astronomía y de la física celeste, no hay más camino que el que yo esbocé en ese librito, bien de manera explícita o, cuando menos, mediante una exposición apocada de mis ideas, puesto que aún carecía de un conocimiento más profundo» [66]. Asimismo, se entiende que en ocasiones se elogie a sí mismo en un arrebato de orgullo absolutamente contrario a su costumbre: «El éxito que ha tenido mi libro en los años subsiguientes atestigua a voces que jamás ha habido nadie con una primera obra tan admirable, tan prometedora y tan valiosa para la materia que trata» [67].
EL MATRIMONIO
El título presenta el libro como un Prodromus, un preludio de una serie de tratados cosmográficos. Kepler tenía toda suerte de planes adicionales, aunque solo planes, en la cabeza. Pero en primer lugar debía consumar otro proyecto importante para el corazón, su matrimonio. Se ha mencionado más arriba que ya en diciembre de 1595 le habían presentado [68] a una mujer muy apropiada para él. Kepler se enamoró enseguida. Se trataba de Barbara, la hija primogénita de Jobst Müller «zu Gössendorf», como él firmaba, propietario acaudalado de un molino instalado en la hacienda Mühleck sita en la comarca de Gössendorf, a dos horas de camino al sur de Graz. Tenía veintitrés años de edad, era hermosa y rolliza, como ilustra un retrato de medallón [69] que se ha conservado y en la actualidad pertenece al observatorio de Pulkovo, cercano a Leningrado.8 A pesar de su juventud ya había estado casada en dos ocasiones, y pocos meses antes había enviudado por segunda vez. Con dieciséis años había contraído matrimonio en Graz con el influyente ebanista áulico Wolf Lorenz, a quien brindó una hijita, Regina. Al morir este a los dos años escasos de matrimonio, Barbara no tardó en conceder de nuevo su mano a un hombre que, al igual que Lorenz, había pasado ya la juventud. Era Marx Müller, un respetable tesorero o escribano de Estiria. A pesar de la posición elevada que alcanzó ostentando cargos al servicio de esa región, la pareja no fue feliz. Él era enfermizo, trajo consigo chiquillos de un matrimonio anterior cuya mala educación resultaba notoria y, según ciertos informes, cometió algunas irregularidades en su ejercicio que se tornaron manifiestas a su muerte en 1595. El padre de Barbara, Jobst Müller, que al parecer había emigrado en otros tiempos del imperio a Estiria, era un hombre muy activo y orgulloso de sus posesiones, con gran destreza para incrementar su dinero y sus bienes con todo tipo de negocios y de transacciones. No era noble, si bien su primera esposa, la madre de Barbara, pertenecía a la familia Niedenaus.9 En cambio, dada la ambición que lo caracterizaba, pudo haber aspirado a la hidalguía. No fue él quien incorporó a su nombre el sintagma «von Mühleck» con el que los biógrafos nombran en repetidas ocasiones a Barbara, la esposa de Kepler. El primero en adquirirlo fue su hijo Michael tras la muerte del padre, Jobst Müller, en 1601. En el año 1623 Michael fue armado caballero en reconocimiento a sus servicios y los de sus antepasados al imperio y a la casa de Austria, de ahí que se le autorizara a firmar con «von» y «zu Mühleck» y a lacrar con cera encarnada. Pero, como Michael no dejó herederos legítimos varones, el título nobiliario volvió a extinguirse muy pronto. Estas relaciones, secundarias de por sí, deben aclararse porque, según la opinión más extendida, tuvieron cierto peso en la cuestión matrimonial de Kepler.

Retrato de juventud de Kepler.
Cuando Kepler se decidió a solicitar la mano de Barbara, mujer con riquezas, dos amigos de Kepler se presentaron al padre de la muchacha, Jobst Müller, en calidad de «caballeros delegados», como era costumbre, con el fin de tantear su opinión y la de la familia en relación con las pretensiones de desposorio, y para recomendar a su mandatario. Ocurrió en junio de 1596 y representaron a Kepler el médico Johannes Oberdorfer, inspector de la Stiftschule, y Heinrich Osius, antiguo profesor de dicho centro y a la sazón diácono de la iglesia del mismo [70]. Entonces, como suele continuarse el relato, el padre arrogante habría hecho depender su consentimiento de que se documentara la ascendencia noble del pretendiente. De manera que Kepler se habría desplazado a Württemberg para procurarse un documento acreditativo en la ciudad de Stuttgart, sede del gobierno ducal. Sin embargo, no hay duda de que esta información es falsa. Los motivos que llevaron a Kepler a viajar a Suabia en febrero de 1596 ya se han comentado algo más arriba. La causa inmediata fue acatar la voluntad de sus dos abuelos, ambos muy ancianos y enfermos, tal como atestigua el propio Kepler en la memoria oficial con que se disculpa por la prolongación de las vacaciones [71], y no hay ninguna razón para dudar de la credibilidad de ese informe. La importancia que adquirieron para él más tarde los otros asuntos que lo llevaron a la patria, como la impresión de su libro y la confección de su maqueta, queda patente en el hecho de que por ellos permaneció allí siete meses completos cuando solo le habían concedido dos. La adquisición del supuesto documento solicitado por Jobs Müller no guarda ninguna relación con ello. Además, no podría haber conseguido tal acreditación en Stuttgart, pues para ello habría tenido que dirigirse a Viena. ¿Y para qué iba a insistir tanto Jobst Müller en la ascendencia noble del tercer marido de su hija, cuando con anterioridad no solo había aprobado, sino que él mismo había favorecido su enlace con hombres de posición intermedia?10 No, la resistencia con que se opuso a los deseos de Kepler tenía su origen en la pobreza del pretendiente. No quería conceder la mano de su hija a un hombre que auguraba un porvenir de estrecheces en vista del puesto mal pagado y poco considerado que ocupaba como empleado de escuela, y de sus exiguos ingresos. Para el hombre acaudalado la decisión dependía de una cuestión de dinero y posesiones. Carecía del más mínimo entendimiento para el trabajo científico. Por lo demás, los pormenores de los trámites para el enlace no están del todo claros. Mientras Kepler permanecía en Suabia, sus casamenteros continuaron esforzándose para granjearse a la familia de la novia. Kepler supo que tuvieron éxito a través del catedrático Papius de Tubinga, el cual mantenía un intercambio epistolar intenso con sus viejos amigos de Graz. En esa ciudad se había dudado durante bastante tiempo de la boda del mathematici, pero ahora estaba todo bien dispuesto. La novia sería suya con toda seguridad. Solo quedaba que Kepler se apresurara a regresar a Graz. Papius aconsejó además al pretendiente, «pertrechaos en Ulm con un traje completo para vos y vuestra prometida de estopa de seda buena o, al menos, del mejor tafetán doble» [72]. Pero aún trascurrió casi un trimestre desde esas indicaciones hasta que Kepler estuvo de vuelta en Graz. A su regreso a casa se llevó un gran desengaño. Nadie lo felicitó a su llegada como él habría esperado. En lugar de eso le comunicaron de forma confidencial que había perdido a su prometida. Durante medio año había vivido con la feliz ilusión de esa boda. No está claro a qué se debió ese cambio repentino. Parece obvio que un pretendiente no debería ausentarse tanto tiempo como hizo Kepler. Descuidó forjar el hierro mientras estaba candente. Un paisano suyo de Suabia se empeñó especialmente en evitar su unión con Barbara; era el secretario territorial Stephan Speidel, muy bien considerado por el cargo que desempeñaba. Aspiraba a casar aquel buen partido con algún otro para incrementar así su propia influencia; además, deseaba ver a la mujer mejor provista [73], según escribe con franqueza el propio Kepler. Pasaron algunos meses durante los cuales el afligido maestro se fue haciendo lentamente a la idea de darle un rumbo nuevo a su vida, sin que por ello abandonara del todo la esperanza. Las gestiones continuaron. También el rector de la Stiftschule intercedió en favor de su profesor de matemáticas. Se ve que un enlace como aquel no era solo un asunto entre el novio y la novia, y tampoco se limitaba a los familiares, sino que más bien era una cuestión en la que la comunidad tomaba parte activa. Antes de desplazarse a Württemberg, Kepler ya se había comprometido con la mujer que había elegido. De modo que ahora también podía dirigirse a las autoridades eclesiásticas para que o bien lo liberaran de su promesa o bien mediaran ejerciendo su influencia sobre la novia y sus parientes. Ocurrió lo último. La autoridad de los eclesiásticos hizo mella en los implicados. Además, estos empezaban a temer el escarnio de la gente. En enero de 1597 se tomó al fin la fortaleza en un asalto colectivo [74] y el 9 de febrero se celebró la solemne promesa matrimonial, a la cual le sucedió la boda el 27 de abril del mismo año. Después de la ceremonia en la iglesia del colegio, la celebración tuvo lugar con gran pompa, siguiendo la costumbre de la época, en la vivienda donde entonces residía Barbara, la casa del señor Georg Hartmann von Stubenberg, sita en la calle Stempfergasse [75].11 Después de todo lo ocurrido es comprensible que la celebración no tuviera lugar en la casa paterna de la novia, en el bello Mühleck, como habría sido de esperar. Cabe imaginar los agrios ademanes del padre de la novia durante el convite. De los delegados que el señor Niedenaus invitó a la boda, Kepler recibió un vaso de plata valorado en veintisiete florines como símbolo de su «aprecio» [76]. Asimismo, su retribución anual se vio incrementada a petición propia [77] de ciento cincuenta a doscientos florines, ya que dejó libre su vivienda en la escuela para mudarse a la Stempfergasse.
Una semana antes de la boda el propio Kepler expuso a Mästlin en una carta en qué situación quedaría el nuevo desposado a raíz del enlace: «El estado actual de mis bienes es tal que si me llevara la muerte en el plazo de un año, nadie podría dejar tras de sí peores recursos que yo. Me veo en la necesidad de costear gastos ingentes porque aquí es costumbre organizar las bodas con todo boato. Pero es seguro que si Dios me regala con una vida algo más prolongada, quedaré ligado y encadenado a este lugar con independencia de lo que pueda sucederle a nuestra escuela. Porque mi prometida posee aquí bienes, amistades y un padre acaudalado. Según parece, dentro de unos años dejaré de necesitar un salario si así me place. Tampoco podré abandonar la región a no ser que surja alguna contrariedad bien pública o bien privada. Una pública sería, por ejemplo, que la región dejara de ser segura para un luterano o que los turcos la acosaran aún más de cerca, de quienes ya se dice que se encuentran en apresto con seiscientos mil hombres. Un infortunio personal se daría en el caso de que falleciera mi esposa. De modo que, como veis, también sobre mi suerte se cierne una sombra. Desde luego no oso pedir a Dios nada más que lo que quiera depararme en estos días» [78]. No va muy descaminado quien sospeche que a la hora de elegir esposa, Kepler no se dejó llevar en último término por la consideración de su patrimonio. El dinero siempre fue importante para él. Sabía que «quien vive en la miseria es un esclavo, y casi nadie lo es por voluntad propia». En cualquier caso, en sus comentarios anteriores se ve cómo jugó con la posibilidad de conseguir independencia externa gracias a los bienes de su esposa, una idea con la que muy fácilmente se olvida que tal libertad suele obtenerse a cambio de contraer otra dependencia aún más desagradable. Su sueño se quedó en mero sueño. La sombra de la que habla iba a oscurecer muy pronto su vida. En su registro anual anotó que la boda se celebró «calamitoso coelo» [79], bajo una configuración astral de malos augurios. Los astros anunciaban «un matrimonio más apacible que feliz, aunque dotado también de amor y delicadeza» [80].
Como en aquel tiempo, y también más tarde, Kepler siempre relacionaba la forma de ser y el destino con el cielo, pocos años después comentó en una carta el influjo que habían ejercido los astros sobre su esposa, sin llegar a nombrarla. «Considerad una persona en cuyo nacimiento los astros benévolos de Júpiter y Venus no ocupan una posición favorable. Comprobaréis que tal persona puede ser honrada y prudente, pero que tiene además un destino un poco sereno y bastante melancólico. Sé de una mujer así. La conocen en toda la ciudad por su virtud, su honestidad y su discreción. Pero es, además, ingenua y de cuerpo orondo. Sus padres la trataron con dureza desde pequeña; apenas se hubo desarrollado la casaron con un cuarentón contra su voluntad. Tan pronto como este murió, se casó con otro de la misma edad y de espíritu más vivaz; pero no era muy hombre y malgastó con enfermedades los cuatro años que vivió durante aquel matrimonio. Ella, que hasta entonces era rica, casó por tercera vez con un pobre de posición despreciable. Entonces le retuvieron su fortuna injustamente y ahora solo puede permitirse una sirvienta contrahecha. La confunden y la desconciertan en todas las tiendas. Además, pare con dificultad. Todo lo que resta de ella es por el estilo. Podéis reconocer aquí, en el espíritu, en el cuerpo y en el destino, el mismo carácter que en efecto es análogo a la posición de los astros. Sin embargo, es imposible que esa alma forjara toda su suerte, porque el destino es algo desconocido y procede del exterior» [81].
Cuando Kepler escribió estas letras su visión se había vuelto más crítica. Pero al principio se entusiasmó con el nuevo hogar y con las expectativas que ofrecía. Regina, su pequeña hijastra de siete años, también formaba parte de aquello que lo alegraba y de aquello que amaba. Había abandonado la idea de dejar Graz del mismo modo que había descartado la idea del sacerdocio. Sabía a dónde pertenecía, y su enlace con una familia distinguida y de abolengo le sirvió para consolidar aún más su posición social. Con aquella unión, la vida de Kepler también quedó vinculada a los duros acontecimientos que se produjeron en la región de Estiria, y fueron estos los que lo empujaron hacia una dirección decisiva para su producción y para el desarrollo de la astronomía, una disposición y un encauzamiento que Kepler atribuyó a la mano de Dios.
Un gran regocijo reinaba en la casa de la Stempfergasse cuando el 2 de febrero de 1598 la señora Barbara concedió a su marido un hijito al que bautizaron como Heinrich, un nombre muy usual en la familia Kepler. Las estrellas volvieron a consultarse [82], y estas auguraron lo mejor: nobleza de carácter, agilidad de cuerpo y de miembros, aptitudes para las matemáticas y para tareas mecánicas, imaginación, diligencia, etcétera. El chico sería «encantador». Una de las ideas favoritas de Kepler, el convencimiento de que al feto le influyeron los antojos y las impresiones de la madre, sale a colación cuando comenta a Mästlin que los genitales del chiquillo se habían deformado tanto que recordaban a una tortuga guisada dentro de su caparazón. ¡El guiso de tortuga era el plato preferido de su esposa!
Pero la alegría de la casa duró muy poco. El niño murió sesenta días después. «Ningún día puede aliviar la melancolía de mi esposa y solo una palabra reside en mi corazón: oh vanidad de vanidades, todo es vanidad» [83]. También Susanna, la hijita que vino al mundo en junio del año siguiente, llegó a cumplir tan solo treinta y cinco días de edad. Las tinieblas de la muerte se arremolinaron en el alma del padre afligido cuando llevó a la criatura hasta la tumba. «Si el padre no tardara en seguirla, el suceso no lo pillaría por sorpresa. Porque en Hungría han aparecido por doquier cruces de sangre sobre los cuerpos de la gente, y otros signos de sangre parecidos en las puertas de las casas, en los bancos y en las paredes (lo que la historia evidencia como señales de pestilencia generalizada). He advertido una pequeña cruz en mi pie izquierdo (creo que soy el primero en nuestra ciudad) cuyo color va pasando del rojo de la sangre al amarillo». La causa de la muerte fue la misma para ambos niños, «apostema capitis», probablemente meningitis [84].
COMIENZO DE LA CONTRARREFORMA
Estas preocupaciones familiares no fueron las únicas que pesaron sobre Kepler. En la misma carta en la que comunicaba a Mästlin la muerte de su hijito, daba también la primera noticia sobre el nuevo peligro que se avecinaba [85]. Por aquel entonces, la vida cotidiana, con sus alegrías y sus desventuras, de aquella ciudad a la que Kepler se había unido aún más a través del matrimonio, trascurría envuelta en una atmósfera de tensión que aumentaba año tras año. Tanto era así que no solo amenazaba en extremo la existencia de Kepler, sino también la vida de toda la comunidad que profesaba su mismo credo. El archiduque Fernando, que entonces contaba dieciocho años, había recibido el juramento de fidelidad de los distintos estados y había asumido el poder el 16 de diciembre de 1596, pocos meses antes de la boda de Kepler. Como ya se dijo en la introducción, después de esto comenzó el drama que, con el tiempo y la acuñación de un término espantoso, acabó conociéndose como Contrarreforma. Aunque Kepler no desempeñó un papel determinante en ella, sí se vio arrastrado hacia la catástrofe en que derivó aquel drama. Las detalladas noticias que relaciona en sus cartas de aquellos días, complementan de un modo singular las fuentes oficiales a partir de las cuales seguiremos la marcha de los acontecimientos.
De las dos tendencias que se oponían con rudeza y hostilidad en la capital estiria, el bando protestante se apoyaba en la mayoría de los ciudadanos y en los estados territoriales nobles, los cuales gozaban de ciertos derechos en asuntos militares y financieros. Los católicos obtuvieron su mayor respaldo en las figuras de los soberanos y de los jesuitas. El partido católico de restauración contaba con dirigentes diestros y experimentados en las personas de Martin Brenner y Georg Stobäus, obispos de Seckau y de Lavant respectivamente, y perseguía sus grandes aspiraciones con enorme optimismo. Por el contrario, los protestantes no mostraron la misma unidad a la hora de defender su causa, por mucho interés que pusiera cada uno de los ciudadanos perteneciente a aquella mayoría por salvaguardar con todo fervor su libertad para el ejercicio del culto. Exaltados de ambos frentes atizaron el fuego y desencadenaron incidentes escandalosos. Los protestantes elaboraron una relación de quejas que presentaron ante el emperador, el cual, sin embargo, remitió a los solicitantes al archiduque. Un episodio como aquel procuró al archiduque la ocasión perfecta para actuar en contra de sus oponentes.
En el año 1597 sus ataques se limitaron a ciertas disposiciones para casos particulares. Pero el recrudecimiento de la situación motivó que el año siguiente se produjera la primera gran sacudida. El elector viajó a Italia desde el 22 de abril hasta el 28 de junio de 1598. En el trascurso del viaje mantuvo un encuentro con el papa y visitó el milagroso santuario de Loreto. Cuentan que fue allí donde formuló el voto de devolver su patria al catolicismo. Diversos acontecimientos acaecidos durante aquel viaje, difundidos a través de rumores e interpretados de inmediato como presagios, instaron a los protestantes a esperar lo peor. «Todo tiembla», escribe Kepler, «ante el regreso del príncipe. Dicen que viene al frente de tropas italianas de refuerzo. Las autoridades municipales que profesan nuestra confesión han sido destituidas. La custodia de las puertas de la ciudad y de los arsenales se ha trasferido a los seguidores del papa. Por todos lados se oyen amenazas» [86]. Apenas había regresado el elector de su viaje cuando volvieron a producirse incidentes dolorosos. En los círculos protestantes se distribuyeron caricaturas del papa y el príncipe montó en cólera. Ordenó llamar a los dirigentes del ministerio eclesiástico y les dijo: «Despreciaríais la paz aunque yo os la ofreciera» [87]. Se efectuaron detenciones. Al mismo tiempo, los mendigos protestantes sufrieron represalias y fueron ignorados en el hospital común. Los luteranos afirmaban que les exigían elevados tributos por enterrar a sus muertos. Cuando los predicadores de la iglesia del colegio solicitaron donaciones desde el púlpito para destinarlas a un hospital y un cementerio propios, sobrevino una prohibición del elector. A esa refriega le siguió una embestida del arcipreste católico Lorenz Sonnabenter que desencadenó el golpe de gracia. Inhabilitó a los predicadores evangélicos para todo ejercicio religioso, para otorgar los sacramentos y la bendición nupcial, acogiéndose a un derecho reservado desde antiguo al arcipreste de aquel lugar si se daba el caso de que sus honorarios menguaran por causa de que otros siervos de la Iglesia ejercieran las funciones mencionadas. Con esto se puso en práctica la restitución del patrimonio y el derecho eclesiásticos, una cuestión que se venía considerando en Graz de manera teórica desde hacía ya una década. El ministerio eclesiástico se opuso con firmeza y el problema se agravó. Se apeló a la autoridad terrena. El elector explicó que no solo debía protección a los protestantes, sino también a sus propios correligionarios, y el 13 de setiembre dictó contra los delegados la orden [88] de, en el plazo de 14 días, suspender [89] a los predicadores y todas las funciones del seminario, la iglesia y la escuela evangélica tanto en Graz como en otras ciudades. En una memoria del 19 de setiembre, los delegados solicitaron la derogación del decreto. El archiduque emitió una respuesta negativa y dio orden de que la iglesia de la escuela permaneciera clausurada. El 23 de setiembre decretó que los predicadores y los docentes de la escuela abandonaran Graz en el plazo de ocho días [90] bajo amenaza de ejecución. La situación se tornó crítica. Se movilizaron tropas y parecía que se habría de llegar a una lucha abierta. Se convocó a los Estados con toda urgencia, pero solo pudo asistir una fracción de los mismos debido a inundaciones. Los delegados volvieron a solicitar la anulación del decreto de expulsión, el cual les «dolía hasta la médula». Pero en lugar de la distensión esperada, el 28 de setiembre se emitió una disposición más contundente aún. En virtud del poder del príncipe territorial, los pastores, los rectores y los empleados de la escuela recibieron la orden de «partir todos sin excepción y definitivamente, en el mismo día de hoy antes de la caída del sol, de la ciudad de Graz y de su entorno, la cual pertenece a los dominios de Su Alteza el príncipe y, a continuación, desalojar en el plazo establecido de ocho días el resto de sus territorios y, trascurridos esos ocho días, no volver a entrar en ellos so pena de pagarlo con sus cuerpos y con sus vidas» [91]. No restaba más que acatar la orden. De modo que los predicadores y los profesores, entre ellos Kepler, emprendieron la marcha aquel mismo día, siguiendo el consejo y el mandato de los delegados; unos en esta dirección, otros en aquella, camino de territorios húngaros o croatas, donde rigiera la soberanía del emperador. Como confiaban en un pronto regreso, dejaron atrás a sus esposas. Se les abonó su sueldo y, además, recibieron dinero para costearse el viaje [92]. Las esperanzas de regresar fueron vanas. Única y exclusivamente Kepler obtuvo permiso para volver a Graz, a donde llegó a finales de octubre [93].
No está claro el motivo por el que se hizo una excepción con Kepler. Este explica que regresó a Graz «por orden» de servidores del elector. Su amigo Zehentmair escribe en una carta donde alude a cierta declaración del barón Herberstein, gobernador territorial, que Kepler había sido excluido de manera expresa y desde un principio por el príncipe, y que no habría necesitado en absoluto abandonar [94] la ciudad. En la carta de recomendación que los delegados entregaron a su matemático territorial cuando dos años más tarde dejó definitivamente la ciudad, se dice, en cambio, algo distinto. Después de que también él fuera expulsado y cesado como profesor de la escuela, los delegados «a través de la intercesión más sumisa» habrían «solicitado humildemente y conseguido» del elector un «salvum redeundi conductum»12 para su persona «y que este lo autorizara a permanecer aquí como respetable matemático territorial» [95]. El esclarecimiento de los hechos verdaderos está abierto. En cualquier caso, como el decreto de expulsión era generalizado, Kepler tuvo la precaución de solicitar al príncipe que, no obstante, certificara que su labor neutral quedaba exenta, de manera que no corriera ningún riesgo si se quedaba más tiempo en la región. Su petición fue aceptada y dispuesta: «Su Alteza habrá autorizado con esto, por indulto especial, que el suplicante permanezca aquí durante más tiempo pese a la expulsión general etcétera. Pero él deberá hacer uso en todas partes de la discreción oportuna y comportarse, por tanto, sin causar ofensa, de manera que no dé lugar a que Su Alteza deniegue otra vez tal indulto» [96].
El siguiente interrogante va unido al anterior: ¿cómo es que se hizo una excepción con Kepler? A partir de la mencionada súplica presentada por los delegados cabría pensar que se distinguió entre el profesor de matemáticas y el matemático territorial, y que al último se lo autorizó a permanecer en Graz por desempeñar un cargo neutral. Pero podría no haber sido esa la única razón decisiva. Algunos biógrafos creen que los jesuitas movieron hilos en el asunto porque les habría gustado convertir a Kepler al catolicismo; otros, en cambio, lo niegan. En cualquier caso, se puede afirmar que, si Kepler hubiera sido de poca estima entre los jesuitas, también él habría tenido que acatar el decreto de expulsión. En cambio, diferentes hechos evidencian que Kepler despertaba verdaderas simpatías no solo entre los jesuitas, sino también dentro de la corte. Según le contaron, al príncipe elector lo deleitaban sus descubrimientos científicos. En alusión a su trato de favor dentro de la corte, Kepler menciona a un consejero de regimiento, un tal Manechio [97] (acaso el mismo que en distintos documentos aparece nombrado como Manicor), con quien solía tener trato. Pero queda aún otro contacto que resultó de gran trascendencia para Kepler, y debe considerarse. En el otoño de 1597, el canciller de Baviera Hans Georg Herwart von Hohenburg se dirigió a Kepler [98], por mediación de Grienberger, padre jesuita de Graz, para que le aclarara una pregunta científica [99] de la que se hablará más adelante. A partir de esta primera toma de contacto dio comienzo un intercambio epistolar que perduró durante muchos años y unió a ambos hombres muy estrechamente. El influyente canciller dio muestras de ser un ferviente protector del joven y prometedor astrónomo, y le profesó un gran afecto, al tiempo que valoró efusivamente su labor investigadora. Herwart von Hohenburg era católico acérrimo y amigo de los jesuitas. El intercambio epistolar entre él y Kepler dio comienzo justo en la época en que el duque Guillermo el Piadoso trasfirió el poder a su hijo Maximiliano, primo del archiduque Fernando. Mientras cursaban sus estudios en Ingolstadt, estos dos jóvenes habían estado bajo la tutela de Johann Baptist Fickler, el cual mantenía mucha amistad con los jesuitas y también procedía de Weil der Stadt, de una familia vinculada a la de Kepler por maridaje. Como este residía ahora en Munich, Kepler no descuidó presentarle sus respetos [100] a través de Herwart en la primera misiva que le envió, y en la que naturalmente también hizo lo propio con este último y con los jesuitas. Fickler tampoco dejó de agradecerle al punto los saludos enviados [101]. Herwart envió las cartas destinadas a Kepler a través del agente bávaro en la corte imperial de Praga, el cual las remitía a su vez al secretario de Fernando, el padre capuchino Peter Casal, y propuso a su interlocutor que siguiera la misma vía, pero a la inversa [102], para enviarle las suyas. Todas estas circunstancias favorecieron que Kepler destacara dentro del conjunto de sus compañeros de trabajo, y es comprensible que recibiera una consideración especial por parte del partido católico dirigente y que lo trataran de manera distinta al resto de profesores, los cuales carecían de aquellos contactos influyentes. Hay que subrayar también que un hermano del padre de Kepler se había vuelto católico y pertenecía a la orden de los jesuitas, aunque se sabe muy poco de él.
POSTURA DE KEPLER ANTE LOS CONFLICTOS RELIGIOSOS
Aparte de estas circunstancias externas favorables, a Kepler también le sirvió de recomendación su actitud personal. En lo más profundo de su ser era de naturaleza conciliadora. No es que evitara las discusiones y diera la razón a cualquiera con toda condescendencia. Al contrario. Le gustaban los debates y defendía sus ideas con entusiasmo. Solo que, a su entender, los medios utilizados debían ser acordes con el asunto a tratar. Lo sagrado de la religión debía abordarse, tratarse y defenderse por medios sagrados. En esta materia, el tema más serio de la conciencia, ni la presión externa, ni un acto de autoridad impuesto desde arriba debían condicionar una decisión. Del mismo modo, le parecía absolutamente indigno y ofensivo que cuando alguien defendía su convicción religiosa, se explayara difamando y ultrajando cualquier otra. Él pensaba, conversaba y actuaba según la máxima: sancta sancte.13 Por tanto, no eran las dificultades ni las desventajas externas lo que más lo atormentaba de los incidentes que presenciaba, sino más bien el profundo pesar en que se sumía su corazón a la vista de la opresión, la intolerancia, el odio, los insultos constantes. Él rogaba: «Señor, protege el espíritu inocente del joven príncipe de sus perniciosos consejeros» [103]. En una carta que envió a Tubinga veinte años más tarde, aún responsabiliza al comportamiento de los predicadores del seminario del violento ataque que acometió el bando católico contra sus correligionarios: «El comienzo de toda la desgracia en Estiria surgió sin duda cuando Fischer y Kelling pronunciaron exquisitos discursos tendenciosos y ofensivos desde el púlpito» [104]. Fue algo más que una mera falta de delicadeza que el fanático Balthasar Fischer, en su batalla contra el culto mariano, se mofara desde el púlpito de la bella representación de la Virgen del Manto Protector, desplegando su sotana y preguntando, según dice Kepler en el mismo lugar, si sería decente que las mujeres se deslizaran bajo sus faldas, y concluyendo a continuación que más impropio sería aún que se pintaran monjes bajo el manto de María [105]. En un escrito que Kepler dirigió diez años después de los acontecimientos al margrave Georg Friedrich von Baden, se aprecia una crítica semejante contra los predicadores de su propio bando: «Algunos de los profesores elegidos confunden el ejercicio de enseñar con el de gobernar, quieren llegar a arzobispos y poseen una furia inoportuna con la que lo derrumban todo; se obstinan en conseguir la protección y el poder de sus electores, y la mayor parte de las veces los conducen hacia peligrosos precipicios. Esto es lo que ha traído desde hace tiempo la ruina a Estiria. A menudo nos habrían podido enviar a Estiria gente en verdad más discreta y ejemplar, o en las universidades se habría podido enseñar a los estudiantes el modo y la vía para moverse en lugares tan peligrosos sin dañar la conciencia, y para mostrar la necesaria sabiduría de la serpiente, de modo que los dirigentes de una fe diferente no se alarmen» [106]. Está claro el reproche hacia sus antiguos profesores de Tubinga, desde donde aún retumbaban en sus oídos apelativos como «feroz hombre-lobo, anticristo, puta babilónica» con que solían referirse por allí al papa, del mismo modo que Mästlin ve ahora la obra del demonio en las actuaciones de Fernando. «Ya vemos», escribe Mästlin en respuesta a las noticias de Kepler, «con qué cólera furibunda aguijonea el diablo a los enemigos de la Iglesia de Dios, como si pretendiera devorarlos por completo» [107]. Cómo contrasta con esto el talante de su antiguo alumno, el cual comenta de sí mismo en anotaciones puramente privadas de aquellos días: «Yo soy justo y ecuánime con los seguidores del papa, y aconsejo la misma equidad a todos» [108]. No obstante, se equivocó si llegó a creer, como casi afirman las declaraciones citadas, que en Graz habrían dejado tranquilos a los seguidores de la Confesión de Augsburgo solo con que se hubieran contenido en sus provocaciones. Desde su posición de poder, Fernando habría encontrado igualmente algún camino para llevar a cabo su plan de reinstaurar la religión católica en Estiria. Tuvo que desencadenarse en tierras alemanas una guerra de treinta años, con todos sus horrores y devastaciones atroces, para que aflorara la evidencia de que no se puede ni debe someter la libertad de conciencia a base de coacciones e imposiciones externas. No hay duda de que tal evidencia aún no se ha impuesto del todo en nuestros días.14
La actitud conciliadora que Kepler manifestó en un ambiente revuelto como aquel no se debe tan solo a su carácter o a la nobleza de pensamiento con que contemplaba las convicciones de sus oponentes y otorgaba a los demás la misma libertad que él mismo reivindicaba para sí. Más bien guarda relación con su postura ante los dogmas por los que discutían los católicos, los luteranos y los calvinistas. No es que él considerara que el dogma carecía de importancia y que daba igual lo que creyera cada individuo siempre y cuando se viviera con corrección. Hay quien ha atribuido a Kepler esta disposición, pero sin ningún acierto. Esa opinión superficial, absolutamente ignorante de la relación que existe entre fe y vida, es producto de un tiempo posterior que se desligó por completo del cristianismo. Kepler estaba convencido de que solo hay una verdad, y consideraba un deber indagar en ella con todas las fuerzas del espíritu. Como ya hemos apuntado, durante sus dudas religiosas tempranas ya había llegado a una interpretación propia de las doctrinas de la ubicuidad y de la eucaristía que se desviaba de las enseñanzas de la confesión augsburguesa en la que había sido educado. En la interpretación de la primera se inclinaba hacia la concepción católica, en la de la última, hacia la calvinista. Hasta entonces se había guardado para sí sus ideas divergentes, pero ahora se sintió impelido a dejar las reservas a un lado. Parece lógico pensar que algunos de los predicadores y profesores víctimas del destierro no vieron con buenos ojos que su compañero y hermano confesional se separara de ellos y consiguiera en exclusiva permiso para regresar a Graz mientras ellos debían padecer en sus propias carnes el infortunio del exilio. ¿No debieron de pensar que había comprado aquel privilegio mediante concesiones al bando católico? Esta opinión aparece sugerida en una confesión posterior de Kepler según la cual, en aquel entonces, se sintió impelido a «descargar su conciencia», y empezó a exponer sus dudas con toda modestia ante los siervos eclesiásticos desterrados. Uno solo alivia su conciencia cuando pesa algo sobre ella. Lo que oprimía a Kepler era saber que no podía converger en todo con sus correligionarios, ni en la actitud ni en el dogma. Eso fue lo que les confesó. Sí, había hecho concesiones tanto a católicos como a calvinistas. Lo exigía su conciencia, no podía hacer otra cosa. Debía seguir su propio camino, el camino que le trazaba su conciencia, gustara o no a los demás. Si con ello conseguía algún favor de la tendencia dominante, bien. «No quería aventurar mi futuro por culpa de ese artículo (el de la ubicuidad) en el que no se hacía justicia a los papistas» [109]. Así se dirigió a uno de los bandos. En cambio, los católicos se equivocaban si creían que era de los suyos. No. Su desasosiego interior lo animó a expresarse con claridad ante Herwart von Hohenburg, adepto destacado del catolicismo: «Soy cristiano. He aceptado la confesión augsburguesa a partir de las enseñanzas de mis padres, a través de indagaciones constantes en sus fundamentos y de pruebas diarias, y me mantengo firme en ella. No he aprendido a ser hipócrita. Soy serio con la religión, no juego con ella. Por eso me tomo igualmente en serio su práctica y la recepción de los sacramentos» [110]. Así pues, el hombre que buscaba a Dios con devoto fervor no se situaba por encima de las distintas tendencias, sino en medio de ellas, y le dolió carecer del consuelo de pertenecer por completo y sin condiciones a una de las comunidades. Esta fue la congoja interior que lo acompañó a lo largo de toda su vida.
No nos ha quedado mucho de las confesiones que realizó para aliviar su alma; en la mayoría de los casos debieron de ser orales. No obstante, se ha conservado el fragmento de texto en verso en el que expuso su interpretación del sacramento de la comunión [111]. Más esclarecedoras resultan las cartas de Zehentmair, a quien Kepler nombra repetidas veces como amigo, y ante el cual se expresó con especial detalle. Por desgracia se desconoce el paradero del conjunto de cartas que Kepler le envió, pero, como Zehentmair retoma en sus respuestas las ideas de su interlocutor antes de emitir una opinión al respecto, también revelan algo de él. En ellas aparece cierta alusión a un poema incompleto de Kepler que contiene muchos comentarios interesantes «sobre la Iglesia papista, la cual embiste en toda Europa con dureza y hostilidad». Seguro que Kepler envió el fragmento que falta; todo se guardaba con cuidado de manera que no supusiera ningún riesgo para él [112]. En una ocasión se hace especial mención a una extensa misiva de Kepler que en realidad era una dissertatio philosophica [113]. Al parecer, en ella exponía sus ideas sobre la situación religiosa y las medidas político-eclesiásticas desde un punto de vista más elevado. Zehentmair alaba a su amigo por aunar una inteligencia rica y profunda con una religiosidad admirable, cosa muy poco frecuente, y por saber diferenciar con especial discernimiento lo verdadero de lo falso. A Zehentmair lo había impresionado y alentado sobremanera la advertencia de su amigo sobre la situación humillada de la Iglesia y sobre el descontento generalizado. ¿Quién habría opinado de otro modo sobre la providencia y la misericordia divinas? Sí, era cierto, y cada cristiano debía entenderlo y reconocerlo como obvio, que desde el principio de los tiempos el destino de la Iglesia había consistido en medrar a base de cruces y persecuciones, que el poder externo le resultaba más perjudicial que beneficioso. También entonces ocurría así. La organización y la comunidad de la Iglesia no eran lo esencial. Considerando el maravilloso gobierno de Dios, Zehentmair llega a la misma conclusión que su amigo: si Dios los privaba de los recursos externos de la salvación, la palabra y los sacramentos, a través de los cuales la comunidad indistinta de la Iglesia crece unida en un solo cuerpo, y si les arrebataba además la protección y la ayuda de los grandes señores, todo ello tendría como finalidad que creamos en Él sin más, que percibamos el poder y la fuerza de la palabra sin la intercesión de los hombres y que, como corresponde a los soldados de Cristo, aprendamos a luchar y a vencer en la máxima debilidad con la ayuda del Espíritu Santo.
Los argumentos con que Kepler intentaba alentar y animar a sus amigos, también le servían para consolarse a sí mismo, un consuelo que se volvió necesario para afrontar la situación en que se encontró al regresar a Graz. En realidad, lo inquietó mucho verse privado del culto de su creencia. «Los hombres a través de cuya mediación he tratado hasta ahora con Dios han sido expulsados de nuestra tierra; a otros, a través de quienes yo podría tratar con Dios, no se les permitiría la entrada» [114], se lamenta. Quedan aún algunos predicadores aquí y allá en los castillos. Pero si uno de ellos da un sacramento a un súbdito del elector que lo solicite, será desterrado. A ello se sumaron las preocupaciones externas. La escuela en la que ejerció había desaparecido. Es cierto que le mantuvieron su escaso salario, pero se habían desvanecido las expectativas del aumento de sueldo con que contaba. «Cómo voy a permitirme en mi amargura exigir algo más por mis vanas especulaciones cuando tantos hombres capaces viven en el exilio» [115]. ¿No piensan los delegados que habrían podido prescindir del profesor de matemáticas antes que de ningún otro? ¿Debo partir yo también de Graz?, se preguntaba [116]. Pero su esposa depende de sus bienes y de las esperanzas en el patrimonio paterno. Los conflictos económicos con la familia de su mujer son fuente continua de indignación y disgusto. Si se marchara también tendría que dejar atrás a su hijita adoptiva, por la que siente un gran apego. Además, a su suegro, tutor de la chiquilla, le gustaría apartarla de él. La niña posee una herencia paterna que ronda los diez mil florines, de los cuales Kepler recibe una cantidad anual de setenta florines para costear la manutención de la criatura, además del rendimiento de un viñedo y una casa. Todo eso se acabaría. También existiría el riesgo de que la niña fuera introducida en breve en la religión católica. Kepler llega a la determinación de quedarse y ser paciente en un principio. Lo mismo opinan sus profesores de Tubinga, a quienes aún se siente muy unido y pide consejo. Estos no pueden ofrecerle nada en Tubinga por mucho que valoren el talento excepcional del antiguo alumno, aunque eso, por supuesto, no se lo dicen.
OTROS TRABAJOS DE INVESTIGACIÓN
Los inspectores de la escuela, que sentían gran afecto por el profesor de matemáticas y se alegraron de que se hubiera quedado entre ellos, le comunicaron su deseo de que dedicara el tiempo que no ocupaba con la filosofía [117] al desarrollo de las ciencias matemáticas. Kepler no necesitaba incentivos. Como él dice, le tocó vivir una época que lo obligaba a limar la agudeza de su genio, a relajar el interés y a contener sus iniciativas por muy capacitado que estuviera para el trabajo intelectual. Pero su energía extraordinaria, su intenso afán investigador salvó todos los obstáculos. Kepler incorporó a sus temas de estudio gran cantidad de cuestiones científicas que, o bien llegaron desde fuera, o bien brotaron de su interior. Herwart von Hohenburg le cedía gustoso los volúmenes que necesitaba y no podía encontrar en Graz. La lectura hizo fluir en él un torrente de ideas propias. «Quien destaca por su agilidad mental no se complace dedicándose en demasía a la lectura de obras ajenas; no quiere perder tiempo» [118]. Pero él aún estaba aprendiendo. Un fino olfato lo llevó a hacer acopio de lo que después necesitaría para sus creaciones más elevadas y a seguir las huellas correctas que auguraban nuevos descubrimientos. No abandonaba las cuestiones que le parecían importantes y en cada ocasión las abordaba desde perspectivas distintas. Sus cartas, que permiten conocer algo más sobre sus trabajos, consisten en parte en extensas disertaciones eruditas. Las alusiones epistolares a los acontecimientos recién expuestos también aparecen rodeadas en todo momento de indagaciones científicas.
Como es natural, de momento seguía dedicándose a su libro y a todo lo que guardaba relación con él. El proyecto que tenía planeado como continuación de aquella obrita concebida y hasta titulada como «preludio», revela las ideas que rondaban su cabeza. Quería escribir cinco libros cosmográficos [119]. Uno sobre el universo, sobre los elementos estáticos del mundo, la ubicación y el estatismo del Sol, la disposición de las estrellas fijas y su estatismo, sobre el conjunto del universo, etcétera. Un segundo volumen trataría las estrellas errantes que, junto a una revisión de la idea principal del Mysterium, debía contener estudios sobre el movimiento de la Tierra, sobre las relaciones entre los movimientos según Pitágoras, sobre la música, etcétera. Un tercero dedicado a los objetos celestes por separado, en especial al globo terráqueo, a las causas que dan lugar a las montañas, los ríos, etcétera. El cuarto versaría sobre la relación entre el cielo y la Tierra en lo que atañe a sus influencias mutuas, sobre la luz, los aspectos y principios físicos de la meteorología y la astrología. El proyecto nunca se llevó a cabo con esta forma porque el desarrollo de la actividad científica de Kepler siguió otros derroteros. Sin embargo, sí encontramos estudios sobre los temas mencionados en varias de sus obras posteriores, si bien con otra disposición y siguiendo otro orden de ideas.
Ya se ha comentado que por aquel entonces estaba muy entretenido con la construcción de un [120] planetario que debía ilustrar su descubrimiento. Es una pena que fracasara la consecución de aquel proyecto.
Las cartas que recibió en relación con su Misterio del universo lo inquietaron y lo obligaron a posicionarse. A este respecto hay que mencionar un incidente desagradable. Entusiasmado con su descubrimiento, Kepler había informado de él y había pedido opinión por carta al matemático imperial de entonces, Reimarus Ursus, del cual había oído elogios. Con su entusiasmo juvenil, Kepler le dispensó en aquella misiva sus mayores alabanzas y lo situó por encima de todos los matemáticos de su tiempo [121]. Ursus no respondió, pero en 1597 publicó la carta de Kepler, sin que este lo supiera, en una obra de astronomía donde entablaba una controversia en los términos más acres contra Tycho Brahe, con quien mantenía una disputa relacionada con el hallazgo del denominado sistema ticónico del universo. Brahe lo había acusado de plagio. De este modo, Kepler se encontraba ahora entre Tycho Brahe, con quien había establecido relaciones de gran importancia para él, y su oponente Ursus, a quien Kepler había elevado hasta los cielos, aunque en modo alguno merecía tal encomio. Es cierto que Ursus pasó de porquerizo a matemático imperial, pero carecía de la lealtad de Eumeo15 y no podía ofrecer ninguna aportación científica relevante [122]. Brahe recriminó a Kepler, y este, que, como es natural, no quería perder el favor de aquella personalidad tan relevante, presentó sus disculpas. No obstante, se desembarazó de la peliaguda tarea con una delicadeza extrema, sin perder un ápice de dignidad. El ingenuo novato que había sido hasta entonces tuvo oportunidad de extraer su propia enseñanza de aquella experiencia. Ahora sabía que no todos los hombres de ciencia, por elevado que fuera su rango, tenían las mismas intenciones nobles que lo movían a él y que él había presupuesto en los otros. Pero el asunto no quedó zanjado con una carta, a pesar de haber esclarecido su circunstancia personal; esta cuestión reaparece en muchas cartas y, cuando Kepler colaboró más tarde con Tycho, tuvo que seguir refutando al oponente más odiado de Brahe a petición de este.
Más importantes que este conflicto fueron los comentarios de Tycho Brahe acerca de su Misterio del universo [123]. Aparte de la reserva con que había valorado las ideas fundamentales del mismo, planteó una serie de objeciones relacionadas con determinadas cantidades utilizadas en el modelo del universo de Kepler. De hecho, la estructura que servía de base a aquel modelo no era nada precisa. Para explicar por qué los sólidos regulares no encajaban perfectamente entre las esferas planetarias, Kepler se basó en la imprecisión de los datos que había extraído de Copérnico sobre las distancias de los planetas al Sol. Solo observaciones más precisas podrían esclarecer y resolver la cuestión, y él no disponía de instrumentos. Solo Tycho Brahe poseía las observaciones que él necesitaba. Kepler ansiaba con impaciencia echarles una ojeada. Ningún rey, dice, podría regalarle algo más valioso que instrumentos y el acceso a buenas observaciones [124]. ¿Cómo podría llegar a conocer los resultados observacionales de Tycho, ese hombre que se mostraba tan crítico con él y no sabía emprender nada decente con todo su tesoro de datos? «No quiero que me desalienten, sino que me instruyan. Mi opinión sobre Tycho es la siguiente: es inmensamente rico, pero no sabe sacar ningún provecho de su fortuna, como la mayoría de los ricos. Así que habrá que afanarse por arrebatarle sus riquezas, insistir en que se decida a hacer públicas sus observaciones sin reserva y sin que falte ni una» [125]. Pero Kepler tuvo que ser paciente y aplazar la resolución de las imprecisiones en su modelo del universo.
Además, Kepler estaba interesado en conocer los datos empíricos de Tycho Brahe por otra cuestión. Las teorías formuladas hasta entonces habían descrito el movimiento de la Luna tan solo de manera imprecisa y poco satisfactoria. Con el fin de profundizar algo más en ello, Kepler observó con atención los eclipses solares y lunares, y comparó sus observaciones con los cálculos realizados previamente basándose en la teoría copernicana. Logró un resultado positivo importante, ya que fue el primero en detectar la llamada «ecuación anual» del movimiento lunar [126], hasta entonces desconocida y consistente en que el periodo de revolución lunar es algo mayor en invierno que en verano. Su atribución del fenómeno a causas físicas, al comparar la «vis motoria»16 del Sol con la «vis motoria» de la Tierra, indica que pisó por primerísima vez un camino que no había transitado nadie con anterioridad. El fenómeno de la luz rojiza de la Luna durante los eclipses lunares lo llevó a razonamientos minuciosos, principalmente sobre óptica. También le dio mucho que pensar una observación de Tycho según la cual el diámetro aparente del disco lunar durante los eclipses de Sol [127] es una quinta parte más pequeño que el de la Luna llena a igual distancia de la Tierra. A partir de esta observación, que Brahe explicaba apelando tan solo a una «optica ratio»17 en general, Brahe llegó a la hipótesis errónea de que los eclipses totales de Sol eran sin duda alguna imposibles. El descubrimiento de la ley óptica que rige ese fenómeno estaba reservado a Kepler, quien unos años después explicó por primera vez el efecto de las imágenes vistas a través de pequeñas aberturas.
El principal desacuerdo entre Tycho Brahe y Kepler radicaba en sus posturas frente a Copérnico. El primero rechazaba la nueva concepción del mundo, sobre todo por motivos teológicos, y explicaba el movimiento de los planetas recurriendo a una hipótesis a medio camino entre la interpretación de Tolomeo y la de Copérnico. Situaba Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno alrededor del Sol, y este, junto con sus acompañantes, girando a su vez alrededor de una Tierra inmóvil que ocupaba el centro del universo. También asumió de Tolomeo la rotación de la esfera de las estrellas fijas. Kepler se opuso por completo a este sistema, que fue presentado al mismo tiempo con una forma similar por otros hombres [128], como Röslin y Ursus, y que encontró aceptación en amplios círculos. Kepler no quería saber nada de semejante chapuza. Veía en ella un apaño inadmisible. «Porque en lo que concierne al libro de la naturaleza, nosotros los astrónomos somos pastores del Dios supremo, conviene no pensar en la gloria de nuestro ingenio, sino, por encima de todo lo demás, en la gloria de Dios. Quien está convencido de ello no publica a la ligera algo diferente de lo que cree por sí mismo, y no se aventura a modificar las hipótesis a menos que con ello permitan explicar los fenómenos con mayor fiabilidad. Tampoco se obstina demasiado en superar a grandes sabios como Tolomeo, Copérnico u otros con la notoriedad de nuevos descubrimientos» [129]. Con su admiración entusiasta por Copérnico, Kepler empleó entonces humildes palabras para expresar su coincidencia con él: «Como estoy plenamente convencido de la teoría copernicana, un temor sagrado me impide proponer algo distinto, ya fuera por dar celebridad a mi espíritu, ya por agradar a la gente que en gran parte se enoja por la extrañeza que causa. Me basta con la gloria de custodiar con mi descubrimiento la puerta del templo en el que Copérnico sirve a Dios desde el altar mayor» [130].
Lo que ocasionó a Kepler mayores quebraderos de cabeza en la defensa de Copérnico fue el postulado de que la esfera de las estrellas fijas debía poseer un diámetro inconmensurable [131], puesto que el movimiento de la Tierra alrededor del Sol no induce ningún desplazamiento aparente y en sentido opuesto en la esfera de las estrellas fijas, ninguna paralaje. Kepler rechazaba la creencia en un universo infinito como la actual. Si tuviera que creer, dice él, que no existe ningún modo posible de determinar la distancia de las estrellas fijas en relación con la distancia del Sol, entonces este único argumento le causaría más dificultades para la defensa de Copérnico que la oposición unánime de mil generaciones. Para llegar al fondo de la cuestión empleó observaciones propias y se dotó de otras similares de Galileo, Tycho Brahe y Mästlin [132]. Quería saber si no se podían observar pequeños cambios [133] en la altura de la estrella Polar entre el acaecimiento del solsticio de invierno y el de ambos equinoccios. Sin duda empleó un aparato muy tosco, construido con unos cuantos travesaños. Cuando Herwart von Hohenburg le preguntó por él, Kepler le respondió bromeando que su observatorio había salido del mismo taller que las cabañas de nuestros antepasados [134]. Es de suponer que el resultado fue negativo o, cuando menos, muy impreciso. Quedaba un largo camino desde aquella observación rudimentaria hasta que Friedrich Wilhelm Bessel lograra establecer por primera vez una paralaje en 1838 utilizando un método genial.
Otras indagaciones que ocuparon al ferviente estudioso guardan relación con la rama de la cronología, a la cual se dedicaron muchos estudiosos de la época. Una de esas cuestiones concernía a la cronología del Antiguo Testamento. Tras un minucioso procedimiento exegético, Kepler colaboró con Mästlin para recopilar los datos cronológicos que aparecen en los libros históricos y para calcular a continuación el número de años que habían trascurrido desde el primer día de la creación con el fin de averiguar la posición del Sol, la Luna y los planetas en el principio de los tiempos [135]. ¡Aquella configuración debió ser especialmente admirable y simétrica! También Herwart von Hohenburg era amigo de indagaciones cronológicas. En los estudios que realizó sobre la materia, se afanó por esclarecer un pasaje de Lucano perteneciente a su obra sobre la guerra civil entre César y Pompeyo, donde el poeta latino describe en detalle una conjunción extraordinaria. Para determinar la fecha exacta en que pudo haberse producido una configuración astral como aquella, recurrió a una serie de estudiosos entre quienes se encontraba Kepler [136]. Este dedicó gran esfuerzo a dichos cálculos para complacer al eminente señor, y al final concluyó que el pasaje en cuestión solo podía responder a un juego poético basado en reglas astrológicas [137]. Otra consulta de Herwart tuvo que ver con una referencia de un autor clásico según la cual en el año 5 antes de Cristo el planeta Mercurio habría ocultado Venus [138]. Apenas salía Kepler de los complicados cálculos que requerían aquellas cuestiones cuando su protector le venía con nuevos encargos de ejecución no menos costosa. Herwart deseaba determinar con precisión la fecha de nacimiento del emperador Augusto [139] a partir de las fuentes históricas, y elaborar la carta natal correspondiente con el objeto de explicar ciertos textos conservados. También tuvo que satisfacer esta demanda. La mayoría de estos estudios dispensó a Kepler más trabajo que divertimento, y a veces hasta le hicieron perder la paciencia, si bien con ellos también sacó algún provecho para sí. Le sirvieron para familiarizarse con la literatura de los clásicos, para ejercitarse en ciertos cálculos astronómicos y para iniciarse en las confusas relaciones del calendario romano, todo lo cual le resultó muy útil para sus estudios posteriores.
El intercambio epistolar que mantuvo con el canciller de Baviera le procuró otra ventaja que no debe pasarse por alto. Dada su posición, Herwart se carteaba con muchos hombres de ciencia y tenía numerosos contactos incluso dentro de la corte imperial. Al mencionar por doquier el nombre del joven matemático territorial de Estiria con palabras de recomendación y de elogio, contribuyó a hacerlo conocido en círculos más amplios y a allanarle el camino para salir de la angostura de su entorno en Graz y acceder a un mundo más vasto. Por otra parte, sería erróneo pensar que el intercambio epistolar con Herwart se limitó tan solo a las indagaciones cronológicas mencionadas. A Herwart le complacía mucho estar al tanto del resto de tareas científicas de su protegido, y mostró un interés muy activo por ellas. Además, este hombre de mundo tampoco dejó de ofrecerle jamás su consejo ante las dificultades externas. Era un pensador cabal que también se mostró contrario a la astrología. Planteando un interrogante crítico conseguía que Kepler volviera a poner los pies en el suelo y lo obligaba a replantearse con objetividad sus ideas, porque las alas de su especulación lo arrastraban con demasiada facilidad a las alturas.
A pesar de todo lo que se ha comentado hasta ahora, aún no está completa la relación de las cuestiones que Kepler abordó en sus estudios. Así, en sus cartas se le oye discutir mucho sobre la declinación magnética [140] y sobre métodos de ensayo que utilizó para investigar los fenómenos del magnetismo. La oblicuidad de la eclíptica y su variación aparente con el paso del tiempo le inspiraron, a falta de datos precisos, reflexiones «filosóficas» [141]. La observación de los holandeses durante sus célebres viajes a tierras boreales (1594-1596) en los que vieron salir el Sol varias jornadas antes de lo que indicaban sus cálculos, le planteó un enigma [142] que quiso resolver. Y, por último, inició las anotaciones meteorológicas que fue tomando día tras día a lo largo de un par de décadas y que debían ayudarlo a esclarecer la influencia de los astros en el clima.
PRIMEROS ESTUDIOS SOBRE LA ARMONÍA DEL MUNDO
Todos los estudios mencionados hasta ahora se efectuaron a la vez, a pesar de apuntar a direcciones tan diferentes. De hecho, constituyeron bloques aislados para obras posteriores, sin que por el momento dieran lugar a ninguna creación. Sin embargo, en el verano de 1599, cuando dio sepultura a su hijita y las nubes del cielo de Graz se cernían cada vez más amenazantes, sus esfuerzos se concentraron en una sola idea que luego pudo emplear como base rigurosa para una de sus obras principales. Se trataba de la armonía y de la obra cuyas partes esenciales esbozó y que no aparecería madurada hasta pasadas dos décadas; era su Harmonice Mundi, su Armonía del mundo [143]. En aquellos meses se fraguaron partes fundamentales de este libro, cuando no su redacción, sí al menos su disposición y contenido. Aunque en otro capítulo se ofrecerá un análisis más detallado de la conocidísima obra, en este punto debemos comentar algo acerca de aquellas ideas básicas, las preferidas por su espíritu, las que lo acompañaron a lo largo de toda la vida, las que lo consolaron, le dieron alas y lo maravillaron y, además, se nutrieron de sus otras indagaciones astronómicas fructíferas.
En el célebre capítulo 10 del primer libro de Copérnico, donde este bosqueja a grandes rasgos su nueva concepción del mundo, Kepler había leído la siguiente frase: «En esta disposición encontramos una simetría admirable del universo y una armonía en la relación entre el movimiento y el tamaño de las órbitas, que no podemos encontrar en ninguna otra parte» [144]. ¿En qué consiste esa simetría, esa armonía del mundo visible? ¿Dónde encuentra sus bases más profundas? ¿Cómo logra reconocerla el ser humano? Dios no ha creado nada sin un plan y, en su sabiduría y bondad, confirió al mundo la máxima belleza. Este porta en su interior los rasgos del Creador todopoderoso y es copia suya. Pero Dios dotó al hombre de un alma racional, y con ello lo convirtió en su fiel reflejo. Kepler se sintió llamado y empujado por toda la disposición de su ánimo a apoyar aquella frase de Copérnico a través de la tríada que forman los conceptos de arquetipo, copia y reflejo, a desarrollar aquella sentencia en toda su amplitud y profundidad.
Cuando se habla de armonía se piensa ante todo en la música. La sensación de eufonía que producen ciertos tonos, bien cuando se suceden unos a otros de acuerdo a determinados intervalos o bien cuando suenan al unísono, constituye una de las experiencias más inmediatas del alma humana. Como la música se basa en esas sensaciones primordiales, consigue expresar, mejor que todas las palabras, las emociones más íntimas y profundas del corazón humano. Absorta y extraviada, el alma se hunde en la esencia de su origen, conmovida y vencida por el poder de los tonos. En dichoso arrebato se eleva, llevada por sus alas, hasta las alturas más absolutas donde intuye su eterna morada. A través de los sentidos la música desvela un mundo sobrenatural en el que todo es como debe ser, en el que la voluntad y la ley concuerdan, y en el que la verdad se descubre con toda su belleza ante el espíritu perceptor. Desconocemos la procedencia de ese poder mágico, solo nos limitamos a experimentarlo. La música le ha sido concedida al hombre como un regalo del cielo. Cuando se indaga en las condiciones físicas que producen cada tono y acorde, se llega a algo muy distinto que no tiene nada que ver con el colorido sensitivo de la emotividad. De hecho, los hombres debieron de considerar una revelación la primera vez que descubrieron que dos cuerdas de la misma tensión y consistencia producen sonidos armónicos si sus longitudes son proporcionales a ciertos números enteros pequeños. De manera que la octava de un tono de partida se produce cuando esa proporción es de 2; la quinta, con una proporción de 2/3; la cuarta, con 3/4; la tercera mayor, con 4/5; la tercera menor, con 5/6; la sexta menor, con 5/8; la sexta mayor, con 3/5. ¿Acaso no se trata de una relación prodigiosa? ¿Qué tiene que ver la percepción espontánea de un acorde agradable con las proporciones numéricas? Y, ¿por qué no emiten sonidos armónicos otras proporciones numéricas, como por ejemplo 5/7? Es evidente que entre el reino de los tonos y el de los números, que para un espíritu inocente se encuentran muy alejados entre sí, se oculta una relación basada en la esencia del alma.
Esta fue la materia en la que Kepler se zambulló. Los primeros en descubrirla fueron los griegos, quienes, siguiendo un rasgo característico de su labor intelectual, fundaron la ciencia de la armonía, la cual pasó a formar parte de las matemáticas y ocupó un lugar central en su sistema educativo. Aunque no sea con plena justicia, la tradición atribuye este mérito a la figura de Pitágoras. En el diálogo Timeo, Platón expuso su teoría de la armonía e intentó establecer una escala musical ideal mediante especulaciones fantásticas basadas en los cuatro primeros números. En ella solo aceptó como consonancias propias la octava, la quinta y la cuarta, y a partir de ellas trató de definir a priori las consonancias impropias de tonos enteros y de semitonos. Kepler recibió especial estímulo de Proclo, un autor neoplatónico al que ya en aquellos años estudiaba con entusiasmo. Sintió que le hablaba el alma cuando leyó en él: «Las matemáticas son las que mejor contribuyen a la observación de la naturaleza, en tanto que revelan la estructura bien ordenada de pensamientos a partir de la cual se creó el todo… y [las matemáticas] presentan los elementos primordiales simples en toda su estructura armónica y proporcionada con la que también fue creado el cielo en su totalidad tomando en sus partes individuales las mismas formas que aparecen en dicha estructura» [145]. La teoría antigua de la armonía fue trasmitida fundamentalmente por Boecio, el famoso hombre de Estado y filósofo en la corte del rey ostrogodo Teodorico. Durante la Edad Media su obra sobre la música tuvo una importancia para la enseñanza de la armonía casi comparable a la que adquirió el Almagesto de Tolomeo para la astronomía. Desde la época de Boecio, la armonía se enseñó en el cuadrivio junto a las materias de astronomía, geometría y aritmética.
Aunque al determinar las proporciones armónicas los pitagóricos se habían abandonado a una mística de los números confusa y apenas inteligible, Kepler se decidió desde el principio a seguir un camino diferente, uno propio. «No pretendo demostrar nada a partir de la mística de los números, ni siquiera lo considero posible» [146]. Su interpretación de la naturaleza de la existencia matemática y su idea de que los conceptos y las figuras geométricas se fundamentan en la esencia divina conformaron también aquí el punto de partida para sus profundas reflexiones, igual que cuando con anterioridad incluyó los sólidos regulares en su cosmovisión. El ser humano no percibe toda la diversidad de figuras geométricas posibles a partir de la experiencia, sino que, inspirado por los sentidos, la encuentra en su mente. «Cuando Dios nos creó a su imagen y semejanza quiso que pudiéramos reconocerlas para hacernos copartícipes de sus propios pensamientos. Porque, ¿qué otra cosa contiene el espíritu del hombre aparte de cifras y medidas? Eso es lo único que entendemos con acierto y, si la piedad nos permite decirlo, tal percepción nuestra es del mismo tipo que la divina, al menos hasta donde somos capaces de comprender algo de ella en esta vida pasajera» [147]. Se trata ya de la misma idea que Kepler acuña unos años más tarde de forma lapidaria: «La geometría es una y eterna, una reverberación del espíritu de Dios. Que la humanidad participe de ella es una de las razones por las que las personas son la viva imagen de Dios» [148].
Lo importante ahora para Kepler es comprobar qué proporciones numéricas concretas mantienen las armonías musicales mencionadas con respecto a las figuras geométricas para, como él dice, ahondar en «el origen de las armonías musicales» [149]. Considera evidente que esas «proporciones conformadoras del mundo» deben buscarse en las figuras regulares planas. La primera cualidad que distingue a esas figuras es su «cognoscibilidad» (scibilis), es decir, la posibilidad de construirlas con compás y regla. De modo que las figuras con tres, cuatro, cinco ángulos, etcétera, son «cognoscibles», y las que poseen siete, nueve u once, no lo son. A estos últimos polígonos no les corresponde existencia alguna por no ser cognoscibles. Se apartan por completo del plan divino para la creación del mundo. Kepler selecciona todos los casos en los que el lado de un polígono cognoscible intersecta una parte del círculo circunscrito, de modo que esa parte dé lugar con la parte sobrante del círculo a otra proporción que concuerde con una figura cognoscible. Así consigue establecer una genealogía de armonías básicas que se corresponden exactamente con las siete armonías musicales ya citadas. Con ello creyó haber trasformado lo que en música constituye el fundamento de la armonía en las insignes formas geométricas que tienen su origen en el ser divino.
Pero esas proporciones «conformadoras del mundo», continúa especulando Kepler con una fantasía audaz, no solo aparecen en la música. «La naturaleza ama esas proporciones en todo lo que pueda contenerlas. Las ama también el entendimiento del hombre, que es un reflejo del Creador» [150]. Así que las encontramos en los metros del poeta, en los ritmos de baile y en la cadencia de la música, tal vez incluso en los colores (a través de los ángulos de refracción de cada uno de los colores del arco iris), en los olores y en el paladar, en los miembros del cuerpo humano, en la arquitectura y, sobre todo, en los fenómenos celestes. ¿No es precisamente ahí donde se ofrecen a la vista el orden y la simetría más sublimes? Kepler cree poder encontrarlas en el cielo de dos maneras: en los aspectos y en las velocidades de los movimientos planetarios.
Los denominados aspectos formaban parte de los innumerables aderezos de los astrólogos. Estos estudiaban el ángulo que forman dos planetas entre sí dentro del zodiaco, «cómo se miran mutuamente», y asignaban un significado especial a los ángulos 0°, 60°, 90°, 120°, 180°. También tenían en cuenta el signo sobre el que se situaban los planetas, si era de agua o de fuego, etcétera, y si los planetas eran fuertes o débiles en las casas sobre las que se encontraban en cada momento. Además, también se distinguía entre aspectos buenos y malos. Kepler rechazó la mayor parte de esta teoría, pero conservó de ella la cuestión de los ángulos que forman dos planetas entre sí. Creía en su efecto sobre la naturaleza «sublunar», esto es, sobre el conjunto de seres que habitan bajo la Luna, «cuando los rayos luminosos de dos planetas forman aquí en la Tierra un ángulo favorable» [151]. Ahora bien, esos «ángulos favorables» son para él precisamente los que resultan al dividir el zodiaco según las proporciones armónicas ya citadas. No obstante, tal efecto no lo producen los planetas y sus rayos luminosos en sí, ni su posición con respecto a las casas, sino que, en virtud de su instinto geométrico innato, la naturaleza animada sublunar percibe esa conjunción armónica y así experimenta, sin saberlo, un estímulo por el cual los seres animados ejecutan aquello para lo que fueron creados y dispuestos, con la mayor diligencia y con afanosa actividad. Para explicar ese efecto en toda su amplitud, sobre todo en el clima, Kepler también atribuye un alma a la Tierra. «De modo que, digan lo que digan los maestros de la naturaleza, en la Tierra también reside un alma» [152]. ¿Qué efecto puede causar en ella una proporción geométrica o una armonía? Él responde esta cuestión con un ejemplo: «Acostumbran algunos médicos a sanar a sus pacientes a través de una música agradable. Y, ¿cómo puede una música surtir efecto en el cuerpo de una persona? Pues porque el alma humana / comprende la armonía, al igual que ciertos animales, / se alegra con ella / se reconforta / y se vuelve más vigorosa dentro de su cuerpo. De igual forma, el efecto celeste sobre la superficie de la Tierra se produce asimismo a través de una armonía y de una música apacible / de forma que la superficie de la Tierra no puede cobijar tan solo la humedad boba e irracional, / sino también un alma racional / completamente capaz de danzar cuando le silban los aspectos; / un alma que cuando se dan aspectos fuertes se apasiona con intensidad, / ejecuta sus tareas con mayor vehemencia expulsando emanaciones, y causa además todo tipo de tormentas; mientras que / cuando no existe ningún aspecto / permanece tranquila y no produce más emanaciones / que las necesarias para el caudal de los ríos» [153]. Para respaldar su teoría de los aspectos Kepler recurre con insistencia a la experiencia. «La creencia en el influjo de los aspectos procede en primera instancia de la experiencia, que es tan clara que solo puede negarla quien no la haya comprobado por sí mismo» [154]. Él se sabe invulnerable a la superstición. Es completamente consciente de la gran cantidad de interacciones que se dan entre materia, circunstancias y causas, y que no se pueden conocer de antemano. Por tanto, en sus augurios astrológicos generales no se guía más que por aquellos signos celestes que predicen la fisonomía, el temperamento y los accesos de enfermedad. Para nuestro reflexivo estudioso, la influencia del cielo solo es, pues, una de las causas que determinan la salud y el comportamiento siempre cambiantes, la diversidad de los rasgos personales, los altibajos en el ánimo y las actuaciones de los seres vivos, una causa que se basa en la esencia del alma, porque en ella se refleja la esencia del Creador, eterno impulsor de la geometría.
Pero las proporciones «conformadoras del mundo» no solo se manifiestan a través de los aspectos. Kepler también las halla en las velocidades de los movimientos planetarios. Se trata de una nueva versión del antiguo concepto de la armonía de las esferas que entusiasmó a nuestro Pitágoras redivivo en medio de la inspiración de sus ilimitadas lucubraciones. «Dotad de aire al cielo y, real y verdaderamente, sonará la música» [155], pregona Kepler triunfal. Pero, como el cielo carece de aire, lo que se produce en él es un «concentus intellectualis», una armonía racional «que los espíritus puros y, en cierto modo también el mismo Dios, perciben con no menos deleite y regocijo que el ser humano cuando siente en sus oídos los acordes de la música» [156].
Y, ¿en qué consiste su presunto hallazgo, el teorema encantador («iucundum theorema» [157]) que menciona en sus cartas con tanto entusiasmo? Como hemos visto, Kepler había reparado ya en su Mysterium Cosmographicum en que los periodos orbitales crecen a un ritmo mayor [158] que el tamaño de las órbitas. Al duplicar la distancia al Sol, el periodo de revolución aumenta más del doble. Para hacer justicia a ese fenómeno, Kepler asigna a los planetas unas velocidades cuyas proporciones numéricas vuelve a tomar de los intervalos musicales y, con ello, de sus proporciones geométricas primordiales. A base de probar consigue encajar todas aquellas armonías primordiales. Tampoco le faltan argumentos para explicar que en un caso concreto deba colocarse precisamente un intervalo, y no otro, entre dos planetas. Cuando en algún lugar los cálculos no cuadran del todo, debería resucitar el mismísimo Pitágoras para instruirlo. Pero este no acude, «a menos que su alma haya trasmigrado a mí» [159]. Y cuando Herwart pone reparos a sus ideas porque toda la teoría se fundamenta en conjeturas y suposiciones, Kepler responde: «No todas las conjeturas son falsas. Porque el ser humano es el reflejo de Dios, y es muy posible que, en determinadas cuestiones relacionadas con el ornamento del mundo, opine lo mismo que Dios. Porque el mundo participa de las cantidades y, precisamente, nada hay que el espíritu del hombre comprenda mejor que las cantidades, y es evidente que fue creado para reconocerlas» [160]. Claro está que las distancias de los planetas al Sol, que Kepler calculó siguiendo su nueva teoría, coincidieron tan poco con los datos de Copérnico como las que dedujo en el Mysterium Cosmographicum, y no logró su objetivo empeñándose en calcular, a priori y aplicando ese método, las excentricidades de las órbitas planetarias, es decir, la distancia del punto central de cada órbita al centro del universo. Él mismo intuyó que a base de probar no llegaría a ninguna parte. Necesitaba datos observacionales más precisos. De nuevo volvió la mirada hacia Tycho Brahe, el único que podía proporcionárselos. «Solo espero por Tycho. Él es quien debe participarme las características y la disposición de las órbitas, y las desigualdades de cada uno de los movimientos. Entonces, así lo espero, llegará el día en que yo erija una estructura espléndida, si es que Dios me guarda con vida hasta entonces» [161]. El 14 de diciembre de 1599 comunicó a Herwart von Hohenburg la ordenación que planeó para la obra dividida en cinco partes [162]. Quería tenerla lista cuanto antes, pero el destino le tenía preparado algo distinto.
SITUACIÓN ANGUSTIOSA DE KEPLER
Los acontecimientos que trataremos después de describir la labor investigadora de Kepler, como la primera visita que hizo a Tycho Brahe en Bohemia, su expulsión definitiva de Graz o el traslado a Praga, fueron tan importantes y decisivos para su vida y para el avance de la astronomía que parece pertinente exponerlos en detalle. A pesar de las numerosas situaciones dolorosas que depararon, estos sucesos lo condujeron a la cumbre de su producción y de su gloria, y prepararon el terreno sobre el que luego se desarrollaría una astronomía verdaderamente nueva. Sin los datos observacionales de Brahe, Kepler jamás habría encontrado sus leyes planetarias, y con ellos nadie excepto él habría logrado ese maravilloso descubrimiento en su época. Así, asistir al encuentro para siempre memorable de ambos personajes constituye una pieza teatral única para quienes tengan interés en las relaciones más profundas que existen entre la vida de los hombres y la historia. Eran el magnífico observador y el magnífico teórico, ambos igualmente entusiasmados con las maravillas del cielo, pero distintos por completo en cuanto a mentalidad, carácter y conducta vital. Dada su religiosidad, Kepler reconoció y saludó a la providencia en aquel encuentro. Por suerte, figuran tantos datos en los documentos conservados que permiten una exposición minuciosa.
Mientras Kepler se enfrascaba en las apacibles indagaciones de las que se ha hablado y prestaba oídos a las armonías celestes, su entorno se desmoronaba con terribles disonancias y se preparaba para la lucha. Las medidas de la Contrarreforma continuaron agravándose. Ya habían expulsado a los pastores, ahora quedaba acabar con los rebaños. Cada vez les apretaban más las clavijas. Tras la expulsión de Graz de los predicadores, los ciudadanos protestantes acudieron a los asentamientos nobles vecinos para asistir a los oficios divinos de su fe y recibir allí los sacramentos. Pero ahora se impusieron castigos a tales prácticas y la gente se vio obligada a bautizar a sus hijos y a unirse en matrimonio según el rito católico. Al propio Kepler se le impuso una sanción penal superior a diez táleros [163] por prescindir del clero de la ciudad cuando murió su hijita. Le perdonaron la mitad a petición propia, pero tuvo que abonar el resto antes de poder dar sepultura a la niña. Como es natural, no tardó mucho en decretarse la expulsión de todos los teólogos protestantes que aún permanecían en la región y se amenazó a quien los acogiera con penas físicas y materiales. Quedó prohibida la asistencia a escuelas que no fueran jesuíticas y se solicitó un sacerdote católico para ocupar la iglesia de la escuela evangélica. Quien cantara himnos en la ciudad, quien leyera devocionarios o la Biblia de Lutero, se exponía al destierro. Los libros heréticos debían ser erradicados y destruidos, los toneles y arcones que guardaban libros fueron abiertos y examinados en presencia del arcipreste. En los pasos fronterizos y en las puertas de la ciudad se cuidaba de que no entrara ningún libro proscrito. Todas estas medidas y otras similares provocaron la irritación más enérgica, pero las protestas fueron desestimadas apelando a la conversión forzosa que se había llevado a cabo con anterioridad en Sajonia, Württemberg y el Palatinado. Entonces se produjeron graves disturbios en la ciudad y en el campo, y las intimidaciones se propagaron como el viento. Los rumores que corrían de boca en boca hacían temer que muy pronto no quedaría ningún rincón en la ciudad para un luterano y que quien quisiera emigrar no tendría libertad para llevarse, cambiar o vender sus pertenencias. En breve se demostraría que aquellos rumores no eran infundados.
En estas circunstancias Kepler miraba hacia el porvenir con preocupación cuando regresaba de sus estudios a la realidad. La sensatez le dictó plantearse un cambio de lugar de residencia cuando llegara el momento, para que los acontecimientos no lo pillaran por sorpresa. Su vieja intención de resistir dejó de tener sentido. El estado de cosas se tornó tan crítico que llegó a decirse a sí mismo: «Sé con certeza que el futuro que pueda esperarme si me traslado a cualquier otro lugar, no podrá ser peor que el que aquí nos amenaza mientras continúe el gobierno actual» [164]. Lo que más lo había retenido hasta entonces en Graz era la consideración hacia su esposa y los bienes de esta. En cambio, ahora piensa: «No debo prestar mayor atención a la pérdida de bienes que a la manera de cumplir con aquello que la naturaleza y el curso de la vida me han encomendado» [165]. Los inspectores de la escuela intentaron retenerlo; tenían buena disposición hacia su persona. Pero las autoridades, de las cuales dependía en última instancia su situación, no tenían una opinión unánime. Algunas de ellas desdeñaban sus especulaciones matemáticas porque no resultaban útiles a nadie. No era momento de estudiar, decían, sino de batallar. Kepler sabía que le mantenían el salario no porque esperaran de él resultados provechosos, sino por caridad y por temor a perder simpatías en el exterior, dentro del imperio [166]. Esta certeza lo angustiaba.
Pero, ¿a dónde encaminarse? «Por razones de fuerza mayor» le resultaba imposible regresar a Württemberg para asumir un cargo eclesiástico, tal como se había propuesto con firmeza en el momento de la partida. «Jamás me atormentará mayor inquietud y temor si ahora, en este estado de conciencia, me decidiera por aquella actividad» [167]. Como sabemos, ya no estaba de acuerdo con la ortodoxia de Tubinga. Está considerando ocupar una plaza de profesor de filosofía en alguna universidad y confía en honrar a tal institución pasado algún tiempo [168]. En medio de la dificultad se dirige a Mästlin en busca de consejo y le expone su apurada situación con palabras conmovedoras. El antiguo profesor sabrá decirle si trasladándose a Tubinga tendría expectativas de prosperidad o si debía plantearse mejor alguna otra universidad. En caso de que Mästlin no pueda prometerle nada, sí podrá al menos comunicarle qué presupuesto necesita una familia para vivir en Tubinga [169]. Tantea el terreno con Herwart manifestando el deseo de que este fuera el dueño de su destino, o al menos intérprete e intermediario entre él y el dueño de su destino, porque Kepler tenía grandes motivos para esperar todo y lo máximo de su protector. Pero Herwart no era en absoluto dueño de su destino y debía ser cauteloso con su propia postura en aquella situación delicada. Mästlin, en cambio, le dio la miserable respuesta de que no sabía cómo aconsejarle. «Deberíais aconsejaros con hombres más juiciosos y más entendidos que yo en política, porque en esa materia soy tan inexperto como un chiquillo» [170]. Lo único que llegó a adjuntar fueron los precios del trigo y del vino. Sí, al antiguo alumno le deseaban suerte desde Tubinga con la salvedad de que no debía ir a buscar esa suerte a Tubinga. El claustro de profesores, vinculado por lazos de parentesco y de matrimonio, había sentido amenazada su asegurada calma por la fogosidad del joven. Tampoco las palabras que envió a Tubinga le habían servido de recomendación: «¿Quién sabe la suerte que os espera tras los precedentes de por aquí? También entre vosotros va madurando la cosecha de la cólera de Dios» [171]. Nadie recibe gustoso palabras semejantes.
VISITA A TYCHO BRAHE
En medio de tanta inquietud aquel hombre desamparado volvió la mirada, lógicamente, hacia Tycho Brahe. Este, de hecho, lo había invitado. Era allí donde refulgía una estrella de esperanza en medio de la oscuridad que lo rodeaba. No solo encontraría lo que necesitaba para resolver las dudas de sus investigaciones astronómicas, sino que además tendría mayores posibilidades para buscar un nuevo lugar de residencia y otro ambiente. De modo que aquella visita conllevaría una doble ventaja. Había sabido por Herwart que, entretanto, Brahe había sido nombrado matemático en la corte por el emperador Rodolfo y que le habían concedido un magnífico salario de tres mil florines [172]. El gran astrónomo había llegado a Praga en junio de 1599. Como aquella ciudad no le resultaba nada serena para sus investigaciones [173], el emperador magnánimo había puesto a su disposición el castillo de Benatek,18 situado unos 35 quilómetros al nordeste de Praga en una región apacible junto al Iser, y Brahe se había trasladado allí en agosto. Para Kepler solo quedaba esperar la oportunidad de viajar a Praga sin costes. Tal oportunidad se presentó bien pronto. Johann Friedrich Hoffmann, barón de Grünbüchel y de Strechau, miembro de los estados estirios y consejero áulico del emperador Rodolfo, estaba a punto de regresar a Praga a principios de enero de 1600. Este sentía gran simpatía por el matemático territorial, y en aquel entonces también había mantenido un trato más cercano con Tycho Brahe. Estaba dispuesto a llevar consigo a su protegido y a presentarle personalmente al matemático imperial.
En diciembre Brahe había reiterado a Kepler su invitación en un tono muy amigable [174] y, asimismo, le había manifestado el deseo de que no acudiera a Praga empujado por la inclemencia de los acontecimientos, sino por voluntad propia y con la intención de realizar estudios en común. En cualquier caso, decía, tanto Kepler como los suyos hallarían en él consejo y ayuda. Sin embargo, antes de recibir esa carta, Kepler había partido ya, el 1 de enero, hacia la capital de Bohemia. Lo primero que hizo a su llegada fue permanecer unos días en la ciudad como huésped del barón Hoffmann. Brahe se entusiasmó muchísimo cuando se enteró en Benatek de su visita inminente, y al punto escribió una misiva a Kepler el 26 de enero dándole la bienvenida. «No llegaréis como invitado, sino más bien como amigo muy bien recibido y como colaborador y ansiado compañero de nuestras observaciones celestes» [175]. Kepler partió el 4 de febrero hacia Benatek en compañía de un hijo y de un ayudante de Brahe. El barón Hoffmann le proporcionó expresamente una carta de recomendación [176] que decía que el recién llegado estaba por encima de toda alabanza y que por muchos motivos merecía favor y protección.
Aquel día se encontraron por primera vez frente a frente los dos hombres que se habían buscado en la distancia. Ambos esperaban mucho del otro. Por un lado, Tycho Brahe, el reconocido príncipe de la astronomía, sentía cercana la vejez a sus 53 años, aunque sabía mantener con firmeza su vitalidad fabulosa y extrovertida. La senectud lo inquietaba y deseaba poner a salvo sus proyectos antes de que su carrera llegara a su fin. Veía con claridad que necesitaba un ayudante con energías jóvenes y sobresalientes para completar e interpretar su formidable material. Por otra parte, Johannes Kepler, el aprendiz en el mundo de la ciencia, se encontraba felizmente orgulloso a sus 28 años y al comienzo de su carrera. Además, hacía muy poco que había dado las primeras muestras de su extraordinaria capacidad. Traía en la cabeza ideas completamente nuevas y propias, y con la prisa de la juventud buscaba en el otro informaciones muy concretas. Se aproximaron con tiento y pausadamente para reducir la distancia que los separaba. Su educación noble otorgaba al danés la libertad y la superioridad que le procuraban el linaje y el patrimonio. En su juventud había viajado acompañado de un preceptor y había visto mundo. Acostumbraba a tratar con reyes y príncipes, y su nombre tenía cierto prestigio allá adonde acudiera. Frente a las hostilidades que la vida multiplica cuanto más se pide y exige, él mantenía, defendía y hasta exageraba sus derechos con una obstinación tenaz. Su carácter despótico imponía subordinación y acatamiento a todos los que tenía a su cargo. Le importaba bien poco que su arrogancia le granjeara enemigos, del mismo modo que no le habían afectado los reproches de la Iglesia a su salida de Dinamarca por no haber recibido ni un solo sacramento a lo largo de dieciocho años. Qué distinto era el joven suabo. Había nacido en un entorno de estrechez y clase media, había realizado sus estudios con becas y había conocido el mundo a través de los libros más que por la experiencia directa. No conocía ni sabía otra cosa más que la dependencia de los demás y, por necesidad, se veía obligado a defender su libertad interior frente a los poderes que la amenazaban. Se sentía desdichado cuando se sabía en desacuerdo con los suyos, y siempre procuraba recibir la comunión con regularidad. Este hombre insignificante al que sus superiores mantuvieron el salario anual de doscientos florines por misericordia, se presentó ante el gran hombre al que el favor imperial (a pesar de la oposición de algunos consejeros) le había concedido unos ingresos que no percibía nadie en la corte, ni condes ni barones, tras largo tiempo de servicio. Estas diferencias personales eran equiparables a las relacionadas con el entorno más cercano. Tycho Brahe estaba habituado a tener mucha gente a su alrededor. No solo contaba con una familia numerosa, dos hijos y cuatro hijas, sino que además siempre estaba rodeado por un corrillo de asistentes y estudiantes que lo auxiliaba en sus tareas. Todo ello concurría en las comidas conjuntas que tanto se alargaban. Un trasiego de ruidos y actividad llenaba las estancias del castillo. Aquel hombre ajetreado había emprendido también gran cantidad de reformas en el edificio para tenerlo todo según su deseo y costumbre, de modo que, además, había un ir y venir continuo de oficiales, y surgían discusiones con los funcionarios que, como es natural, no siempre trascurrían con suavidad y causaban enojo. En medio de aquella actividad Kepler debió de acordarse con frecuencia de la tranquilidad de su cuarto de estudio en la calle Stempfergasse de Graz.
Entre los colaboradores de Brahe había en concreto dos con los que Kepler tuvo que tratar entonces e incluso más adelante. Uno era Franz Gansneb Tengnagel von Camp, un noble de Westfalia. Había convivido dos años con Tycho Brahe ya en Uraniborg y había venido desde allí con él. Aunque no se dedicaba en serio a la astronomía, se mostraba arrogante con el resto de asistentes. Había adquirido una posición sólida dentro de la familia ya que iba a casarse con una hija de Brahe, y fue él quien más tarde deparó a Kepler muchas horas de amargura. El otro era Christen Sörensen Longberg, o Longomontano, como lo llamaban. Ya había trabajado durante ocho años con el maestro en la isla de Hven y se había ganado su confianza. Ahora había regresado a su lado pocas semanas antes de la llegada de Kepler. Como estaba muy familiarizado con el ambiente en la casa de Brahe y con todas las tareas, llevaba cierta ventaja al novel Kepler, lo cual dejó bien claro preservando con celo su posición. Algunos años después reprochó a Kepler en tono ofensivo que se dedicara a desentrañar el problema del movimiento lunar que Brahe le había asignado a él. Kepler le contestó [177] que no ocurre lo mismo entre astrónomos que entre herreros donde uno fabrica espadas y el otro ensambla carros.
En Benatek la actividad observacional no podía tener de ningún modo la misma envergadura que había tenido en Hven, por mucho que Brahe instara y apelara a que siempre hubiera algo que hacer. La mayor parte de sus instrumentos aún no estaba instalada, y justo faltaban por trasladar desde Dinamarca los de mayor tamaño. Seguro que Kepler no participó muy activamente en las observaciones porque su frágil vista lo hacía poco apto para aquella labor, pero colaboró tanto más solícito en los trabajos teóricos que debían realizarse de acuerdo con el proyecto establecido. Cuando Kepler llegó, Longomontano estaba dedicado a la teoría del planeta Marte, el cual planteaba dificultades especiales. Si bien había logrado cierto éxito con la descripción de su movimiento en longitud, no conseguía resolver la latitud, y estaba atascado en ese punto, de modo que el recién llegado asumió esta difícil tarea a petición propia, mientras que a Longomontano se le asignó la teoría lunar. Pronto conoceremos la trascendencia que tuvo este reparto del trabajo para Kepler. Ciertamente se equivocaba al abrigar la esperanza, que lo había conducido hasta Bohemia, de que junto a Brahe encontraría de inmediato los datos definitivos sobre las excentricidades de las órbitas planetarias y sobre las distancias de los planetas al Sol para poder poner a prueba el descubrimiento del Mysterium Cosmographicum y sus disposiciones armónicas. La mayor parte de aquellos datos debía calcularse aún a partir de las observaciones existentes. Además, Tycho se mostraba muy miserable y reservado a la hora de informar sobre sus resultados y de hacer público el material observacional. Al preguntón curioso, según refiere él mismo, no le dio ninguna ocasión para participar en sus averiguaciones, excepto cuando en las comidas y en conversaciones sobre otros asuntos, mencionaba de pasada el apogeo de un planeta hoy, o los nodos de otro mañana [178]. Solo cuando vio el arrojo con el que su nuevo ayudante trataba la teoría de Marte, le reveló algo más sobre las observaciones de este único planeta. Kepler dilucidó con gran clarividencia la situación en que se encontraba el trabajo de Brahe. Se dio cuenta de lo que había y comprendió lo que aún faltaba. Su opinión al respecto es contundente: «Tycho posee las mejores observaciones y, con ellas, el material necesario para construir un nuevo edificio. También dispone de obreros y de todo lo que se pueda desear. De lo único que carece es de un arquitecto que haga uso de todo ello siguiendo un proyecto propio. Porque, aunque también poseyera el talento adecuado y una verdadera habilidad arquitectónica, entonces lo trabaría la gran cantidad de fenómenos y el hecho de que la verdad se oculta muy honda en cada uno de ellos. Ahora se le echa encima la vejez y esta debilita el intelecto y todas las fuerzas, o bien dentro de pocos años estará tan débil que difícilmente podrá acabarlo todo él solo» [179]. Con este razonamiento Kepler entendió, además, la tarea que tenía ante sí. Él mismo se sentía llamado a ser el arquitecto que debía erigir el nuevo edificio. Se sentía con la fuerza necesaria para realizar una tarea que ningún otro en Alemania podía llevar a cabo.
Ante esta situación Kepler se vio obligado a plantearse una estancia más prolongada de la que había contemplado en un principio. Si no quería prescindir del objeto principal de su viaje, debía quedarse, como él bien reconoció, de uno a dos años junto a Brahe. Creía que al cabo de aquel tiempo tendría en sus manos lo que necesitaba para realizar sus planes. A decir verdad, también le habría sido de utilidad copiar las observaciones de Brahe, pero comprendió que Brahe no lo habría permitido, porque en aquel tesoro había invertido su vida y sus recursos. Por otra parte, le pareció ventajoso aprovechar la prolongación de su visita para aguardar desde la distancia el desarrollo de los acontecimientos en Estiria, y esperaba que durante ese tiempo apareciera también una solución satisfactoria para elegir su futuro lugar de residencia. Kepler puso por escrito con todo detalle estas reflexiones suyas [180] con el objeto de aclararse él mismo y de apoyarse en ellas a la hora de consultar con los amigos a los que pidió consejo. ¿Cómo puedo obtener el consentimiento de los delegados para ausentarme tanto tiempo de mis obligaciones?, se preguntaba. ¿Debía apelarse a la intercesión del emperador? ¿Debía solicitarla él mismo? ¿Debía ser Tycho quien escribiera? Cada propuesta tenía sus pros y sus contras. Si el emperador lo protegía, la boca de su suegro quedaría cerrada, puesto que consideraba despreciable que saliera de Estiria con esposa e hija como si lo exiliara la necesidad, el delito más infame y pernicioso de la época. Pero el emperador trataría con el archiduque, no con los Estados, y estos podrían molestarse. En cambio, si el emperador se dirigiera a los Estados lo haría en tono impositivo. ¿Qué postura adoptarían entonces los Estados? ¿Y quién lo encomendaba a él al emperador? ¿Tycho? Kepler habría preferido a algún otro porque Tycho no parecía agradar a todos los que tenían peso en la cuestión. Él mismo no podía escribir. Los Estados podrían pensar que buscaba el beneficio propio, lo cual no era cierto en absoluto. Solo pretendía invertir su sueldo del mejor modo mientras la escuela siguiera sin funcionar. Si Tycho presentara una solicitud, no se haría plena justicia con la autoridad de los Estados. Podría recibir una negativa o ser despedido definitivamente, y eso lo angustiaría debido a su esposa, su suegro y los familiares de estos. Pero la obtención de una respuesta afirmativa plantearía dificultades económicas. Tendría que traer a su esposa a Praga, ya que no podía abandonarla durante tanto tiempo sin menoscabar su reputación. ¿Quién se haría cargo de los gastos del viaje? ¿Quién atendería sus bienes? ¿Debía abandonarlos por amor a la astronomía? Lo haría si no hubiera sido nombrado administrador de aquel patrimonio. Además, ¿debía ir él mismo en busca de su esposa o hacerla venir con uno de sus parientes? Sin duda lo primero sería lo mejor. Otra cuestión: ¿dónde quedarse? Praga sería adecuada para sus estudios. Allí confluían las naciones, podría dedicarse mejor que en ningún otro sitio a su trabajo. Además, allí imperaba un ambiente amistoso entre germanohablantes, de modo que su esposa podría aliviar la ausencia de parientes y amigos. Claro que en Praga todo sería caro. En Benatek había pocos alemanes, así que la soledad se dejaría notar. La vivienda de Tycho era pequeña y en ella reinaba una gran actividad familiar en la que Kepler no deseaba mezclar a los suyos porque estaban acostumbrados a la tranquilidad y a la sencillez. Por otra parte, el trabajo en común con Tycho lo obligaba a permanecer cerca de él. Y finalmente la cuestión primordial: ¿qué sería mejor, quedarse al servicio del emperador y dedicarse además a Tycho, o depender tan solo de este? El emperador pagaba mal los sueldos. Su familia sufriría a menudo dificultades económicas que su esposa consideraría de miseria extrema. Si se comprometía plenamente con Tycho, ¿no se apropiaría este de su persona? Eso resultaría contraproducente para su vocación y para sus estudios, y puede que hasta los delegados de la escuela se lo tomaran a mal. Pero quizá pudiera prevenirlo según el tipo de acuerdo. De todos modos, aunque la cuestión dependiera solo de él, tendría que establecer determinadas condiciones. Si su esposa quisiera residir en Benatek, Tycho tendría que poner a su disposición una vivienda completamente independiente. Debería ocuparse de la leña y estar dispuesto a suministrar una cantidad muy concreta de víveres, carne, pescado, cerveza, vino, pan. De ninguna manera se daría por satisfecho con promesas vagas. Por otro lado, Tycho solo le asignaría los trabajos astronómicos necesarios para publicar las obras convenidas. Además, no le impondría un tiempo o un tema concreto de estudio, sino que debería confiar en él. Como Kepler no necesitaba estímulos, sino más bien frenos, para evitar la tuberculosis Tycho debería dejarle tiempo libre durante el día en caso de que trabajara para él durante la noche, como solía ocurrir. Cada trimestre Tycho le pagaría cincuenta florines por su trabajo y, además, tendría que conseguirle un sueldo del emperador con el que Kepler pagaría a Tycho cada vez que este le aportara algo.
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