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ÍNDICE

ESTUDIO INTRODUCTORIO

Luis Llorens Marzo

CAMPO DE SANGRE

PRIMERA PARTE

1. Madrugada de tres

2. Julián Templado

3. Julio Jiménez, retrato

4. Teresa Guerrero

5. La cena, I

6. La cena, II

7. Todo es hablar

8. Pilar Núñez de Cuartero

9. De once a doce

10. El bombardeo no admite mediocridad

11. Nacimiento de una comedia

12. Historia de la Lola

13. Las tres de la madrugada

SEGUNDA PARTE

1. Teruel

2. La ferretería del Pozal

3. El gobernador

4. Fajardo y la evacuación

5. Don Leandro y los árabes

6. Don Leandro y don Juan de Austria

7. Don Leandro y los anarquistas

8. Muerte de don Leandro

TERCERA PARTE

1. Visita

2. Juventud de Rosario

3. Rosario y Paulino

4. Un suceso enrevesado

5. Advertencias inútiles

6. Vuelta de Perelada

7. Muerte de Herrera

8. En la frontera

9. Interrogatorios

10. Intermedio trágico

11. Dialogismos

12. Cada uno al desvelo de su madrugada

13. 19 de marzo de 1938.

APARATO CRÍTICO: VARIANTES TEXTUALES

NOTAS DEL ESTUDIO INTRODUCTORIO

NOTAS DE CAMPO DE SANGRE

GALERÍA DE PERSONAJES HISTÓRICOS

GLOSARIO DE VOCES ESCOGIDAS

BIBLIOGRAFÍA

Estudio introductorio

Luis Llorens Marzo (Universitat de València)

Campo de sangre forma parte del extenso y fascinante ciclo narrativo que Aub dedicó a la Guerra Civil, El laberinto mágico. Por la cronología de los hechos narrados constituye la tercera novela de este (recordemos que el ciclo incluye textos de otros géneros), pero se trata de la segunda si atendemos a las fechas de publicación y sobre todo composición, ya que trabaja sobre ideas que comienza a gestar a finales del conflicto. La cercanía en el tiempo de los acontecimientos que refleja, así como la experiencia que el autor vivió en campos de concentración mientras redactaba la mayoría del relato, explican en gran medida su especificidad respecto al resto de novelas. Campo de sangre es la entrega más virulenta y desgarrada del Laberinto, y aunque su título se asocia como emblema a la traición de Judas –otro de los tópicos del ciclo–, adquiere su más plena significación por la violencia que transmite la obra, no tanto desde la perspectiva del contenido como de la forma.

Quizá el número de muertos sea mayor en novelas como Campo de los almendros, pero la atmósfera de la novela que nos ocupa es más angustiosa e irrespirable. En Campo cerrado se percibe todavía una cierta pureza de ideales entre los combatientes; Campo abierto se sitúa a caballo entre la esperanza y el desaliento; en Campo del Moro y Campo de los almendros el furor ante la injusticia está atemperado por años de análisis y escepticismo; y Campo francés, a pesar de su valor testimonial, es la puesta en escena –¿narrativa, teatral, fílmica?– de un problema ético y filosófico de cariz universal.

Frente a ello, Campo de sangre pretende ser un mosaico, una galería de espejos que busca la sordidez y la violencia del conflicto en cada rincón de los personajes, en sus acciones y en sus pensamientos, en su esencia nacional, histórica y a veces humana. La novela se presenta así como un laberinto de pulsiones y circunstancias básicas: el frío, uno de los principales leitmotivs de la obra; el hambre, diezmando a los humildes y transfigurando las conductas de los pudientes; el sexo, a veces bello en tanto refugio ante las muertes ajenas, a veces arma destructiva y autodestructiva (Eros y Thanatos, mano a mano: relaciones extremadas, taimadas, incestuosas, contaminadas in corpore o in mente por la agresividad externa); la traición y la violencia, no solo en el ámbito social sino también en el privado. Y la sangre: en el frente, en los bombardeos, en la camilla de operaciones, en el matrimonio, allí donde el ser humano se haga vulnerable a la voracidad del ambiente.

También el estilo de la novela es reflejo de estas omnipresentes pulsiones, de un afán destructivo casi hedonista que se manifiesta en el cuerpo, pero también en los recodos anímicos. En Campo de sangre conviven y combaten diversos estilos y estéticas, siendo como es un paso intermedio en el largo camino del autor en busca de su realismo, de esa herramienta con la cual objetivar sus entrañas ideológicas y emocionales, des-entrañarse. Aquí conviven su vanguardismo más radical con el realismo más galdosiano, filtrados ambos por un conceptismo y una omnisciencia que oscilan entre Quevedo y Valle. Y esta tensión no solo no atempera la atmósfera de violencia del relato, sino que tiende a intensificarla mediante contrastes y la impregna de tintes siniestros. Lo cotidiano es la muerte, asimilada como un proceso vital más, como parte de un ambiente donde su presencia es ley.

El objetivo de esta introducción es dar cuenta de cómo este complejo entramado estilístico se hace más palpable desde el estudio genético del texto. Pocos textos aubianos están tan teñidos por las circunstancias vitales de su gestación, y las palabras que conforman Campo de sangre son fruto directo –es decir, testimonial– de los sucesos que marcaron al autor entre diciembre de 1937 y su llegada a México en 1942. Los bombardeos que abren y cierran la novela, las delaciones, los gestos de heroísmo y el sinsentido histórico de nuestra civilización son en el texto mucho más que materia novelada, y un vistazo a su proceso de composición así lo confirma.

1. Una estética del testimonio

En todas las novelas y los relatos que componen el ciclo del Laberinto mágico se han rastreado, a veces con la impagable colaboración del autor, experiencias reales vividas por el propio Max Aub. Cuando nuestro escritor decide erigirse en cronista de la Guerra Civil no lo hace tan solo por consignar o explicar unos acontecimientos que hicieron virar el curso de nuestra historia. Su propia historia como hombre está marcada por el conflicto, su destino se pierde en el laberinto y la escritura se le ofrece como imposible pero necesario hilo de Ariadna. Sus personajes, fluctuando entre la autonomía artística y la condición de alter ego, se hacen eco en infinitas ocasiones de los avatares y recuerdos españoles –también franceses– del autor: su juventud en «El Búho» y las tertulias madrileñas o barcelonesas; la Valencia de su adolescencia; los campos de Aragón –vistos a la luz de su rodaje con Malraux de Sierra de Teruel–; los campos –de concentración estos– franceses y africanos… El etcétera es tan largo como apasionante para quien se plantea la edición de las novelas aubianas, y en notas al pie intentaremos dar cuenta del mayor número posible de estas valiosas interferencias entre la vida y la obra de nuestro autor. Pero interesa ahora el caso concreto de Campo de sangre por lo que, junto a Campo francés, tiene de excepcional respecto al resto del ciclo.

Los críticos de la obra narrativa de Aub coinciden en afirmar que el ciclo novelesco sobre la Guerra Civil arranca con la llegada del autor a París en febrero de 1939, momento que –según el propio autor confesaba– coincide con el de la asunción de la derrota. Así lo declara en un «Borrador de prólogo al Laberinto mágico» (octubre, 1970) con el que pensaba encabezar una edición completa de su ciclo narrativo que no llegó a realizarse. Fragmentos de dicho prólogo han sido recogidos por otros estudiosos de la obra aubiana,1 pero dada su condición de autógrafo inédito lo transcribo íntegro en el apéndice a este estudio, tal y como aparece en el cuaderno FMA-4/8 (pp. 2-7).2 Comienza así:

De hecho no di por perdida la guerra –la nuestra, la mía– hasta el día no sé cuántos del mes de febrero de 1939 en que llegué a París. Subí a la buhardilla donde vivía mi mujer –en Menilmontant–, [y] dejé caer {rendido} mi maleta [en el] y me senté en el catre y me di cuenta. A los pocos días me puse a escribir un capítulo semanal de Campo cerrado mientras armábamos {p. 2: [con] el {medio} avión} el «set» de Sierra de Teruel, en los estudios de Joinville.

A partir de este testimonio se entiende que el ciclo naciera y se desarrollara como un intento de explicar –y explicarse– las causas y el desarrollo de unos hechos que truncaron tantas cosas, muchas de ellas cercanas a él. La guerra, si bien no había concluido oficialmente, había entrado ya en el proceso final de sinrazón del que dará cuenta en Campo del Moro y Campo de los almendros. Ante el autor se abría el abismo de una vida diferente alejado de la que siempre consideró su tierra, y la necesidad de comprender y dejar constancia de cómo se había llegado a tal punto. La carga semántica de las claves autobiográficas se enriquece por tanto con un componente de examen de conciencia, propia y de aquellos que tuvieron relación con él.3 Un examen, además, en sentido estricto, pues el despliegue testimonial aubiano se reviste desde bien pronto de unas características que lo dotan de gran especificidad.

En Campo de sangre encontramos ya las diferentes facetas de la peculiar estética del testimonio que Aub emplea en el conjunto de su narrativa sobre el conflicto. Sobre la batalla de Teruel el autor recopiló gran cantidad de material durante el rodaje de la película Sierra de Teruel, que comenzó a planificar con André Malraux en la primavera de 1938 y que ambos efectuaron entre agosto del mismo año y mediados de 1939, primero en Barcelona y luego en París.4 Al material documental añadió la lectura de obras históricas y etnológicas sobre Aragón, de donde sacó las reflexiones de don Leandro sobre el natural belicoso e independiente de los turolenses y fichas como las del cuaderno manuscrito FMA-5/10 (pp. 46-59). Allí encontramos una sección que, bajo el título de «H. de T.» («Historia de Teruel»), hace inventario de algunos acontecimientos históricos, aquellos que mejor se adecuan a la imagen de la región que la novela presenta: su alineamiento con los cartagineses durante las Guerras Púnicas, la cruenta Reconquista y la persistencia de lo árabe en su suelo, la lucha por sus fueros y los enfrentamientos intestinos entre casas nobles, la resistencia ante la invasión napoleónica, etc. Valga este ejemplo, lleno de anécdotas que en diferentes momentos y formatos acabarán pasando a la novela:

D. Martín el Humano en vista de tanto crimen mandó un virrey. Este tomó medidas radicales haciendo degollar a los cabecillas, entre ellos al alcalde. Fuése el hombre a Rubielos y por sorpresa tomó a 30 hombres, ahorcó a 8. Y pensando que no había razón de matar más en Rubielos que en Teruel, volvió a la ciudad y ahorcó tres más y derruir {sic} muchas casas.

Se estuvieron quietos unos años pero en 1421 empezó la lucha en Teruel y Sarrión. Vencieron los primeros. Mataron a muchos y se trajeron el resto como esclavos / prisioneros.

En 1422 volvieron más fuertes que nunca las luchas intestinas. El Rey viene muchas veces pero todos se niegan a que intervenga.

(1427) El juez Francisco Villanueva /p. 52/ protestó de las injerencias de Alfonso V, pero el rey aragonés no se arredró e hizo ahorcar en la misma Casa municipal al asado. Él hizo exponer el cadáver en la plaza –como escarmiento– y obliga a que se reconcilien Marcillas y Muñoces. Pero que si quieres. Al año nombra el [jue] rey un juez y no lo admiten –id. en Sarrión. El rey mandó matar algunos y confiscar haciendas.

Eso en Teruel, que en sus villas…

En 1444 se alzaron contra Teruel con beneplácito del rey.

Y el tribunal de la Inquisición… Un año estuvieron en Cella los magistrados esperando. Y luego se /p. 53/ tuvieron que marchar en medio de un motín terrible. Cuando entraron… quemaron y torturan los corchetes. Muchos se fueron a Aviñón. Los conversos eran muchos y poderosos. /p. 54/

Una fuente que se ve ampliada por tres cauces. Por una parte, por el material propiamente ficticio. Por otra, por el desarrollo del discurso de don Leandro desde unos presupuestos ideológicos cercanos a los de su autor. Por último, por el desarrollo de unas anécdotas –suponemos que verídicas en la mayoría de los casos– que Aub debió de recoger del testimonio de otros participantes en el conflicto. Tres fuentes que ejemplifica bien este fragmento del cuaderno:

{en lápiz, añadido}: –¿R.L.S? Sí, yo le vi en la toma de las Atarazanas.

–¿Cómo está? ¿Gordo? ¿Grande? Hace diez años que no le he visto. Si le ve dígale que aquí estamos.

–¿Nada más?

–No, nada. Que se murió el padre, y que aquí estamos.

{fragmento tachado}: Aragón avizora el Mediterráneo para Castilla. ¡La meseta, capitán! La meseta la que nos hace, y torea. /p. 58/

{fragmento tachado}: El oficial que mata a su mujer y se suicida por no caer a manos de los rojos. /p. 59/

Incluso, a tenor de una coincidencia más que evidente, se puede afirmar que este último recurso, la incorporación de anécdotas referidas por otros, es puesta en práctica por el autor ya en «El cojo». El texto se escribe en 1938, mientras Aub rueda con un Malraux, que acababa de combatir como aviador en Andalucía y una de cuyas misiones consistió en escoltar el convoy de civiles que en el relato es bombardeado por la aviación franquista. De hecho, en el cuaderno FMA-5/21 materiales autógrafos de este relato conviven con anotaciones referentes a la producción del film. En todo caso, el autor ya opera en las primeras novelas del Laberinto desde unas rutinas de rigor y documentación que se irán acentuando en las entregas posteriores.5

Y aún cabe añadir una fuente más de materiales narrativos, la propia experiencia. Quizá la novela testimonial por excelencia del ciclo sea Campo francés,6 pero no hay duda de que elementos directamente autobiográficos en relación con el conflicto se pueden rastrear en todas las novelas: el Luis Salomar de Campo cerrado, los jóvenes comediantes valencianos de Campo abierto… Campo de sangre no es una excepción, y de hecho quizá sea la segunda novela del ciclo, tras Campo francés, con más elementos autobiográficos. Especialmente en las partes primera y tercera, casi exclusivamente dedicadas a Barcelona, donde el autor dará cuenta de sus experiencias en la ciudad durante la producción y realización de Sierra de Teruel, algunas de ellas bien concretas y documentadas y casi siempre con un nexo común, Julián Templado, el personaje más ligado al autor en tantos aspectos.

El cuaderno manuscrito FMA-5/21 revela cómo el autor fue testigo, junto a Malraux, desde las faldas de Montjuich, de los regulares bombardeos de Barcelona a comienzos de 1938. En dicho cuaderno toma notas sobre el terreno que luego se convertirán en los capítulos primero y último de la novela, donde Templado, en compañía de Rivadavia primero y de Cuartero al final, asiste también desde Montjuich a los bombardeos y al espectáculo de una Barcelona iluminada por el incendio de un depósito de gasolina, en un silencio tan tenso como poético.7

Es también el «médico cojuelo» quien asiste durante la novela a las fiestas que organiza el periodista norteamericano Willy Hope, en el Hotel Majestic, donde conocerá a Lola Cifuentes. En la realidad, Max Aub visitaba a Hemingway con frecuencia en el mismo hotel barcelonés, donde se alojaba parte del equipo de rodaje de Sierra de Teruel y donde de vez en cuando el escritor norteamericano organizaba fiestas, como recuerda en Cuerpos presentes (2001d: 42): «Le vuelvo a ver al volante de su coche o con un whisky en la mano, en el frente de Madrid, en el Paseo de Gracia, en Barcelona, en un cuarto de hotel rodeado de amigos en el que nunca faltaban mujeres».

Por supuesto, la novela no podía dejar de llenarse de referencias a su amigo Malraux. Aparte de los bombardeos y los paseos nocturnos por la ciudad, un personaje como el de Herrera, que nace y muere en Campo de sangre, es un trasunto del artista francés. Herrera representa al escritor que en un momento dado decide sustituir la dialéctica de las letras por la de las armas, lo que le lleva a disputar continuamente con Cuartero y Fajardo, y a ponerse tenso cada vez que se le recuerda su condición de intelectual.8 El laberíntico y multiforme Aub desdobla al cineasta y a sí mismo en diferentes personajes y contextos, y todavía da otra vuelta de tuerca cuando en el capítulo 5 de la tercera parte, entre los asistentes a la tertulia del Salón Rosa, congrega a gran parte de los amigos con los que se reunía en el café barcelonés, incluyendo a «Max Aub, que cuenta cosas de la película que prepara con Malraux».

2. Una poética entre el conceptismo y el realismo

Campo de sangre y Campo cerrado son consideradas, por su lenguaje, las novelas más herméticas del Laberinto mágico, y es cierto que su lectura resulta en ocasiones difícil. Al rebuscado léxico se suma, en el caso de Campo de sangre, su génesis al azar de traslados y prisiones, lo que confiere a su estructura un cariz laberíntico más marcado que en las otras novelas. Sin embargo, son más los factores que hacen de ella el modelo más acabado de una poética que posteriormente el autor, sin dejar completamente de lado, relegó a un segundo término.

El primero de ellos, quizá el de menor incidencia, es la actitud estética vanguardista en la línea purista de Ortega, que Aub había comenzado a dejar atrás unos años antes, pero que aún deja sentir su huella, puntualmente, en la escritura aubiana. Son frecuentes las imágenes al estilo de las greguerías de Gómez de la Serna, modelo de nuestro autor en su paso por la poética que Ortega apadrinara: «¿O el vedado vientrecillo con la coma de un ombligo oscuro sobre la breve, oscura exclamación figurada más abajo, entrevisto al azar en un cambio de trajes un día que entró en el camerino por las buenas?»; «Mariquita, en acento circunflejo, trascalada sobre su heridor».

El segundo de los influjos que se dejan sentir sería el conceptismo. Sobre su incidencia en el léxico de la novela basta constatar el número de ocasiones en las que nos remitimos al glosario de voces escogidas. El propio autor se refiere a su conceptismo en Cuerpos presentes (2001d: 278), cuando recuerda al falangista Luys Santa Marina: «escritor montañés, gran amigo mío (es el Salomar de Campo cerrado) en años anteriores y que tuvo influencia –no por sus obras, sí por su gusto– en el evidente rebuscamiento de mi vocabulario, de 1935 a 1942». Y es que el discurso del falangismo en su rastreo del esplendor español recabó, como no podía ser de otra manera, en nuestro Siglo de Oro –no en vano, los orígenes de este movimiento se califican en Campo de sangre de «movimiento literario».

Pero es evidente que el conceptismo aubiano tiene sus raíces más allá de la relación del autor con Santa Marina. Aub, como pone de manifiesto en esta novela, mantuvo una estrecha relación con algunos de los miembros de la Generación del 27, que fusionaron como él el amplio caudal de novedades que las vanguardias habían aportado con los mayores referentes de nuestra tradición literaria. A la recuperación de Góngora (cuya capacidad para la metáfora tanto alabaría el Lorca ensayista) cabría sumar otros hitos como el teatro de Cervantes y Lope y especialmente el Calderón de los autos sacramentales. Y no hay que olvidar que Max Aub participó en la fundación del grupo de teatro universitario «El Búho», que tuvo una labor divulgativa de nuestro teatro clásico semejante a la de Lorca con su proyecto de «La Barraca».9

Aunque la huella principal en nuestro autor la imprime el conceptismo quevediano, uno de los principales filtros a los que recurre para transfigurar literariamente el horror que testimonia. En un texto autobiográfico recogido en Cuerpos presentes (2001d: 278), el autor subraya su asunción de los presupuestos conceptistas, ligándola a las condiciones genéticas de la novela que nos ocupa:

Con la derrota se acumulan los infortunios. Me detienen, en Francia, por comunista –no lo he sido nunca por la vieja raigambre liberal–; anote las cárceles, los campos de concentración que quiera, se quedará corto. Ese tiempo dura cerca de tres años, llevo en mi equipaje los versos de Quevedo y un diccionario: las notas y los recuerdos que acumulé necesitarían cien años de vida para convertirse en libros.

Un inventario no exhaustivo de los recursos que el influjo conceptista presta a Campo de sangre podría ser el siguiente:

–Figuras retóricas sintácticas como:

+ Elipsis (a veces extrema: «–¿Amiga? ¿Ésa? –le dice y mira sorprendida»).

+ Asíndeton («Ahora se acaba la alarma. Es capaz de creerse que me he esperado al tranvía. Cochino frío. Me voy a tener que cambiar de arriba abajo. Con tal que se hayan secado los calcetines. Puñetero jabón: ni una brizna»).

+ Polisíndeton («Y por probar nada se perdía. Y sobre todo, que el chico podía seguir con el negocio. Y que no era divertido tenerlo siempre delante. Y no íbamos a dormir todos en la caseta. Y la Matilde ya echaba barriga»).

+ Acumulación («Luego reta, pica, enoja, hiere»).

–Figuras retóricas léxicas de todo tipo, destacando:

+ Retruécanos («–¡Túmbate! / Ancha tumba. Cuartero salió ileso»).

+ Juegos de palabras por precisión («Cómica por los seis costados: Norte, Sur, Este, Oeste. Arriba y Abajo»), derivación, etimología…, o combinación de varios de ellos («Los que no luchan son siempre vencidos. Cuerpos a la deriva, derivados, derribados, troncos, idos»).

–Elección del léxico más inusual de nuestro idioma, a veces con acumulación («diligentes en su provecho, ronceros en el de todos; follones, vanos y cobardes, lagoteros»).

–Feísmo, que confluye con la tendencia al realismo más crudo («Pasa una mujer con un conejo despellejado. El ojo vidriado del gazapo recoge la última luz del día»).

–Estructura tan azarosa (vaivenes, entrecruzamientos de tramas y personajes, digresiones y paralelismos) como precisa (circularidad, cierre de todas las vías abiertas).

Sin embargo, en el texto, no menos incidencia que el conceptismo y el gusto por el léxico inusual tiene el realismo, un modelo personal de dicha escuela que bebe de al menos tres fuentes. La primera de ellas tiene más que ver con el concepto lacaniano de lo Real, y le une a Buñuel, el sadismo y el surrealismo. Este realismo crudo, en lo ético y en lo estético, hace que muchas veces la escritura aubiana corra pareja con el hacer cinematográfico de su amigo de Calanda:10 «Se defendió sonriendo. Sentía un odio redondo por el medicucho, lo hubiese aplastado, se deseaba machacándole las liendres, volviéndole tortilla los sesos, hundiéndole el tórax a taconazos, dando puntapiés a la piltrafa sanguinolenta. Sonreía apretando los dientes, incapaz de pronunciar una palabra». La escritura aubiana se contrae y hace concisa en la descripción de lo cruel, con salidas de tono o exabruptos como el siguiente, que el narrador inserta en un largo y erudito parlamento de Rivadavia sobre el pragmatismo español: «Rivadavia es impotente, y no le importa. Lee y compra libros de viejo. Y habla, habla, habla. Ahora dice: […]».

La segunda vertiente realista es, evidentemente, la estética del compromiso, que tiende a subrayar los mecanismos de identificación y toma de postura del primer Realismo y se desvincula de la impostura objetivista. Se ha alabado de manera reiterada el perspectivismo aubiano, su creación de un laberinto de vidas y voces que nos hablan como individualidades y como conjunto.11 Se ha valorado en especial su esfuerzo por dar cabida, en dicho laberinto, a voces representativas de los diferentes ángulos desde los que se podía contemplar (y vivir) nuestra guerra civil: socialistas, comunistas, anarquistas, falangistas, conservadores, policías y confidentes, jueces, civiles más o menos ajenos a la política… Aub no pretende engañar a nadie, y en todos los casos es perceptible un sesgo ideológico que se inclina hacia su posición. Si bien cabe destacar que dicha posición no es fija, y que la distancia temporal o la afectiva a veces se traducen en un acercamiento empático hacia puntos de vista con los que en circunstancias «normales» habría mantenido las distancias. Piénsese, sin ir más lejos, en el complejo posicionamiento de la voz narrativa respecto al devaneo intelectual de don Leandro sobre los anarquistas.

En tercer lugar, compitiendo con el anterior en volumen y relevancia, podríamos hablar de un tipo de realismo que podríamos denominar galdosiano (y cervantino). La admiración que el autor canario despertaba en Aub encuentra el soporte ideal para manifestarse en Las buenas intenciones, novela de 1954. Pero del resto de su ciclo narrativo, es sin duda en Campo de sangre donde más se percibe la huella de «don Benito». La línea de contacto más visible, como han puesto de manifiesto diferentes críticos,12 son las cuarenta y seis novelas de los Episodios nacionales. En el caso concreto de Campo de sangre se pueden señalar frecuentes concomitancias con los episodios dedicados a la invasión napoleónica y los valores y actitudes escenificados en ellos: la ética de la resistencia, el carácter numantino del pueblo español o incluso alusiones más concretas como esta sobre el cainismo (El equipaje del rey José, cap. XXVIII): «Nadie al verlos hubiera dicho que entre ellos y en torno a ellos, envolviendo sus hermosas cabezas con fúnebre celaje, flotaba el fantasma horroroso de la guerra civil».

O esta otra sobre la traición política, asociada también a los treinta dineros de Judas, pronunciadas por don Patricio Sarmiento en 7 de julio (1970: 1600): «¡Vaya unos políticos! Empezó deprimiendo a nuestro querido ídolo Riego, y ha concluido defendiendo a la aristocracia y pretendiendo que le den un título. Sí, para él estaba… Será capaz de vender a Cristo por treinta cámaras (pues no se contentará con dos) y por el veto absoluto».

Pero no se limita a los tópicos y técnicas de novelación histórica la estrecha relación de Aub con el realismo galdosiano, y hay momentos de la novela, especialmente los capítulos de digresión («Julián Templado» sería el mayor exponente) en los que se tiene a veces la sensación de estar leyendo una novela de Galdós: descripciones exhaustivas de los espacios vitales de los personajes, con profusión de elementos simbólicos, paternalismo y posicionamiento moral respecto a estos, cierto determinismo en la configuración de sus caracteres… En Cuerpos presentes, en la misma página donde reconocía su deuda con Santa Marina, Quevedo y el Diccionario, señala: «Durante la guerra había leído Guerra y Paz (tan superior a todo lo demás de Tolstoi que conocía),13 descubrí a Galdós (tan vilipendiado por Ortega), en cambio no creo que Dostoievski, que había leído con pasión, de 1920 a 1925, haya influido en mí» (2001d: 278).

Como vemos, durante el conflicto Max Aub hacía acopio del mayor número posible de fuentes literarias, algunas descubiertas y otras revisitadas, seguramente con el plan de elaborar a partir de ellas su propia concepción de una novela histórica a la que tantos años dedicaría. Un inventario de estas sería bastante extenso, pero podemos recordar algunas tan importantes como el Valle-Inclán de El ruedo ibérico, con el cariz goyesco que muchas veces se confiere al retrato de la realidad, o la tendencia al dialogismo ensayístico, en el que Pérez Bowie (2008) encuentra raíces renacentistas (y recordemos la cantidad de veces que se alude a Erasmo en la novela que nos ocupa). Es por ello por lo que en Campo de sangre hay una convivencia de estilos enfrentados que en parte pervivirá a lo largo de toda la obra aubiana posterior a la Guerra Civil, si bien aquí, al igual que en Campo cerrado, con una presencia mayor del conceptismo.14

3. Una estética del azar: génesis de la novela

Ya señalamos (Llorens, 2003) cómo entre 1939 y 1942, periodo de denuncias, desplazamientos y reclusiones, Max Aub vio reducido su trabajo creativo a la toma de notas y reflexiones en «una veintena de libretos que sólo yo podría –quizá– descifrar» (FMA-4/8: 15). Se trata de los cuadernos que el azar nos deparó, localizados en la Fundación Max Aub de Segorbe, y cuyo análisis genético, lejos de subrayar un defecto de fragmentarismo que en tantas ocasiones se ha achacado a la novela, confirma el enorme esfuerzo de montaje final de su estructura.15

En palabras de Tuñón de Lara (2001: 95), «Esta novela, escrita en su armadura esencial entre 1940 y 1942, está completada en algunos capítulos, retoques y precisiones en 1945». En nuestro artículo mencionamos la hipótesis de que la novela se gestara al mismo tiempo que Campo cerrado, y presentábamos testimonios de principios de 1938, en el cuaderno manuscrito FMA-5/21, de ambas novelas. Pero lo cierto es que al llegar a París es Campo cerrado el proyecto en el que se embarca el autor antes de su prisión y traslado a diferentes campos de concentración. En ese breve periodo de libertad relativa (1939-1940) debió de ser cuando decidió dedicar Campo de sangre a relatar la batalla de Teruel y los bombardeos de Barcelona, así como el repliegue de las tropas de la República hacia el Mediterráneo.

De hecho, el segundo testimonio fechable de su trabajo en Campo de sangre es el cuaderno FMA-4/7, en cuya portada se lee «Marsella, 1941». El proyecto se encontraba poco avanzado en dicha fecha, y nada más comenzar el cuaderno encontramos un índice provisional –solo en este cuaderno hay tres diferentes– que llama la atención:

1.ª PARTE

1. Madrugada de tres.

2. [Antecena, cena y malta] Julio Jiménez: autorretrato.

3. El bombardeo no admite mediocridad.

4. Historia de la Lola.

5. Donde sale un judío.

6. Fajardo y el estoicismo.

7. Lola [y los jardines] en la frontera.

8. Templado y la gastronomía.

2.ª PARTE

1. Campo de Aragón.

2. XIVª brigada.

3. Belchite.

4. Vinaroz.

5. Lérida.

6. Puerto.

7. Domingo por la mañana.

8. Pequeña historia de la República Española.

3 .ª PARTE

1. Tortosa.

2. El Ebro. Fajardo y la casa.

3. Marzo.

4. Otra vez Lérida.

5. Campo de Tarragona.

6. Mil gentes. Paso del Ebro.

7. Borjas Blancas. 1792.

Retirada de los internacionales

¿obligada o no?

¿y si obligada: hija ya de la nueva política com{unista}?

(FMA-4/7: 2-4 en la parte superior)

De la primera parte llaman la atención varias cosas, destacando las siguientes: vacilaciones respecto al nombre de lo que serán los capítulos «La cena, I», «La cena, II» y «De once a doce», oscilando aquí entre «Antecena, cena y malta» y «Templado y la Gastronomía» (al final opta por este, y lo mantendrá durante mucho tiempo); compresión de la relación Templado-Lola en esta parte, para desaparecer de la tercera; ausencia de personajes que se harán centrales como Cuartero, Pilar o Herrera; menciones a capítulos que después desaparecerán, como «Fajardo y el estoicismo» y «Donde sale un judío» (veremos cómo este último se transfigurará de manera muy curiosa).

En los planes de la segunda parte las diferencias más notables son la reducción de la batalla de Teruel a un capítulo y la dispersión geográfica: el repliegue republicano no se ciñe al Maestrazgo y el autor da cabida a episodios que desaparecen de la novela («Vinaroz», «Lérida», «Puerto») o que se reducen a una breve mención («Belchite»). El esbozo de la novela se estructura marcadamente en torno al motivo de la retirada del ejército republicano, dando cuenta de la aceleración de los acontecimientos a raíz de la toma y la pérdida de Teruel.

Así lo evidencia especialmente la tercera parte, la más llamativa como variante del resultado final del relato. La existencia de dos capítulos como «Mil gentes. Paso del Ebro» y «Borjas Blancas. 1792» permite pensar que el autor proyectaba dar cabida en la novela a dos sucesos que después desaparecerán del conjunto del Laberinto: el paso del Ebro de las tropas republicanas el 23 de julio de 1938 y la contraofensiva franquista que, con hitos como la batalla de Borjas Blancas (en enero de 1939), supuso la derrota del ejército del Ebro y el inicio del fin para Cataluña y el resto de la España republicana.

Es decir, que en este plan Cataluña se impone a Aragón como escenario –algo que sí deja su impronta en la novela– y cronológicamente la acción se dilata hasta interferir las tramas de lo que luego serán Campo del Moro y Campo de los almendros. Aub no llegó a desarrollar esta tercera parte en sus cuadernos, a pesar de que encontramos algunos apuntes y anécdotas, intercaladas entre otras que sí figurarán en la novela, referidas a estos sucesos que finalmente no narrará:

3.ª / Frontera

Frente a un ejército no había más remedio que forjar otro. O traerlo. Comprarlo. Y la posición geográfica de España sólo permitía eso si el F.P. fr. se decidía. Y no se decidió en contra de lo que la U.R.S.S esperaba. La culpa es de Blum.

(FMA-4/7: 124, tachada)

Figueras. Los cuatro guardias de asalto {montados} que se comen un caballo. El olor de la carne asada. Los caballos restantes se encabritan y relinchan. /p. 49/

Llorca, quitarle la dentadura para poder pagarle el entierro. /p. 58/

Paredes.

En Borjas Blancas se acabaron las reservas. Los carabineros resistieron pero en cuanto les metieron caballería y tanques se acabó.

-

En Martorell una casa de vinos donde la CNT había puesto una colonia de 200 niños para impedir rebuscar. 10 millones de litros de vino. 5 pisos. Líster a tiros con los barriles. Uno abrasado: madrecita mía. Y sin vino para la tropa, sin Jerez para los hospitales. Volarlo. Las emanaciones del vino. /p. 59/

Figueras.

El tesoro, en el castillo. Los Heinkel. La ametralladora del castillo. El auto en un bache.

Perelada-El Prado.

Explicar a los huidos por qué no tienen que subir ellos en los camiones.

Detenidos en Francia 300 millones, y ni uno para un café.

Lo que se quedó allí.

{En lápiz}: Misiones Extranjeras

Av. de Segur, nº 20. /p. 60/

Frontera - retablo barroco dejado - lo pasan a hombros - no valía nada - catalanes. /p. 65/

{Tachado}: Benicarló: el cura y la CNT.

–Para [necesitar] rezar necesita comer –y le dan diez hanegadas.

–Salud compañero.

–R.d. Sº Retor.

-

Fda. Monseny. Sere{¿}.

–A ver si arreglamos lo de los curas, porque yo tengo tres.

-

Azaña en Benicarló.

Comió porque se lo arregló todo el alcalde. - Gigante dueño del Maestrazgo - y pusieron guardia con ametralladoras guardando el sueño del presidente. /p. 66/

Pagues{¿} - Hist. de l’Alcherie{¿}.

-

–No sé qué traje ponerme.

–Vaya tragedia.

–No lo sabes tú bien.

-

Alianza de Int.

Estado 15 - Santiago. /p. 67/

(FMA-4/6: 49, 58-60, 65-67)

Los apuntes anteriores son una nueva muestra del trabajo de documentación que se halla en la base de la composición de las novelas del Laberinto, un trabajo de acopio testimonial a veces previo y a veces paralelo al de ficcionalización. Al mismo tiempo que Aub redacta pasajes de la novela que tiene en mente, toma notas sobre sucesos – imaginamos que referidos por otros testimonios– que se ajusten a sus planes para narrar el conflicto.16

Un método de trabajo que a veces desborda los límites fijados en principio, como en el caso del capítulo «Borjas Blancas. 1792», que no llegó a escribir. A pesar de ello, el autor redactó en los cuadernos múltiples diálogos o monólogos en torno al tema del paralelismo entre la Guerra Civil y las guerras de la Francia revolucionaria con las potencias europeas. Fragmentos dispersos que años más tarde darán voz al personaje de Juanito Valcárcel en Campo de los almendros. También redacta (FMA-4/7: 5-8) una conversación sin participantes definidos que después recogerá en la misma novela (capítulo II de la segunda parte), poniéndola en boca de Templado, Cuartero y el propio Valcárcel. En su inicio podemos leer una liquidación al por mayor de todos los temas que inicialmente deberían haber conformado la tercera parte de Campo de sangre:

Alrededor de una hoguera, bajo un cobertizo:

–Nuestro ejército fue cobrando eficacia a medida que dejaba de ser revolucionario.

–¿Llamas eficacia a la pérdida de Teruel? ¿A la corta de Vinaroz, a la rota de Borjas Blancas?

–No, sino a la toma de Teruel, a la detención del enemigo sobre la línea Carrió-Sagunto. Al paso del Ebro.

–Todo eso fueron antederrotas.

–Todas las victorias lo son si no se gana la última batalla.

Posteriormente, en la parte inferior de las primeras páginas y en la página 80 del mismo cuaderno FMA-4/7, el autor esbozará nuevos índices que se ajustan más al plan final de redacción de la novela, reduciendo el contexto cronológica y espacialmente y dando entrada al personaje de Cuartero, central en esta novela y destacado en las que seguirán.

Aún en el campo de Vernet y sobre todo en el argelino de Djelfa el autor continuará trabajando en Campo de sangre, llenando cuadernos y libros de notas con apuntes, planes, diálogos y esbozos de capítulos. Al mismo tiempo, en este periodo de 1940 a 1942, Aub se embarca en nuevos proyectos creativos (lo que provoca numerosos trasvases e interferencias textuales entre ellos): Campo francés, Diario de Djelfa, Manuscrito cuervo, relatos breves (no todos publicados), San Juan, obras de teatro de poca extensión y apuntes y fragmentos que se recogerán en obras posteriores como La vida conyugal, Campo abierto o Campo de los almendros.

Poco a poco, en los sucesivos cuadernos, la novela se va perfilando. Los múltiples fragmentos que hablan del hecho teatral se van estructurando en torno al capítulo «Nacimiento de una comedia», que Aub comienza a esbozar en el cuaderno FMA-4/4. Personajes secundarios como Julio Jiménez y su familia se expanden por el relato y entrecruzan sus avatares con los de personajes centrales como Templado y Lola. El personaje de Paulino Cuartero adquiere un protagonismo creciente, como los personajes que giran en su órbita (Pilar y Rosario, cuyas pre-historias se trazan respectivamente en FMA-5/10: 77-99, y en FMA-4/4: 23-28 y 37-44).17

Algunos capítulos se desgajan en otros (caso de «Templado y la Gastronomía») y otros desaparecen, siendo el caso más notable el de «Donde sale un judío». Bajo este epígrafe, y prácticamente en todos los cuadernos manuscritos redactados en estos años, el autor escribe decenas de fragmentos, algunos de varias páginas, sobre el judaísmo, su historia, sus concomitancias y divergencias respecto a lo bereber y lo hispano, su persecución universal. Un personaje, Waldmann, es el encargado de prestar su voz al narrador para la ingente cantidad de discurso que el tema hace producir a su autor, lo cual no impide que cuando el autor lleve la novela a la imprenta, tres años más tarde, el personaje desaparezca sin dejar rastro y no vuelva a aparecer en los siguientes Campos.

El motivo de dicha desaparición es complejo, y supone quizá la muestra más palpable del hacer narrativo de nuestro autor, un hacer más marcado durante su accidentada actividad creativa en los campos de concentración, pero –recordemos– constante durante todo el proceso de creación del Laberinto mágico. En primer lugar, durante su reclusión en Djelfa el autor trabaja en materiales –especialmente anécdotas reales y ficcionalizadas– que con el tiempo servirán de base a Manuscrito cuervo y Campo francés,18 y en esta segunda obra encontramos a otro personaje judío, Weissmann, que hará suyas muchas de las ideas de Waldmann. Por otra parte, en el traslado a México en barco el autor compondrá la obra de teatro San Juan, donde la problemática del pueblo semita encuentra su cauce de expresión.19

Pero es en la propia Campo de sangre donde figura el grueso del pensamiento de dicho Waldmann. El hilo conductor y cohesionador de este era la cercanía entre el pueblo español y el semita, el mito de la península ibérica como paraíso de los pueblos del desierto africano. En la novela serán muchos los personajes que se apoyen en esta base para cimentar sus teorías –sobre nuestra guerra civil, su crueldad, nuestro extremismo y falta de capacidad para adaptarnos a un justo medio, el talante miliciano y falto de disciplina del ejército republicano…– o que interiorizarán estos conceptos para teorizar sobre sí mismos, como es el caso de Templado.

Y naturalmente, por encima de todo ello y de todos ellos, el personaje de don Leandro. El archivero de Teruel no figura en los primeros planes de la novela, y la primera referencia a él la encontramos cuando en FMA-4/4 y en cuadernos coetáneos y posteriores el autor planifica una segunda parte que versa exclusivamente sobre la batalla de Teruel. Hacia el final de FMA-4/7 (pp. 314-317) ya encontramos un fragmento inédito que reproduzco por sus variantes, así como por ofrecer una buena muestra de lo acabadas que podían resultar unas reflexiones escritas desde la precariedad:

{Temp}: «De lo que ha contado, como no dándole importancia Fajardo del delirio del viejo cronista de Teruel yo saco consecuencias de sueños, o en sueños. Yo creo en la civilización del toro, o en la del sol, como quieras, una civilización venida de donde sea, del Sahara probablemente, una civilización [que abar] llevada a cabo por los semitas y que abarca de las marcas de la Judía hasta los Pirineos. Esta civilización inventa las artes. Otra, la indoeuropea venida de donde sea –del Asia si quieres– nos trae al mundo más que un invento, el hierro. Siempre que estas dos civilizaciones se mezclan nacen grandes cosas: las civilizaciones europeas: Grecia (los dorios), Roma, Francia, España. El caso de España es /p. 314/ particular porque la pintura en vez de producirse en las costas tiene lugar en los Pirineos –de Asturias a Barcelona–, lo otro es ámbito semita. Hoy todavía se puede delimitar por dónde [existen] persisten las corridas de toros. Los toros le gustan a uno por muchas otras razones que el espectáculo. Por eso México es nuestra única hija legítima. Y la crueldad española es crueldad semita. No hija de la ignorancia o del odio como quiere Montaigne, no. Los {semitas} más civilizados, los asirios –donde llegó a más la civilización– más crueles eran que quien sea. Y lee el Génesis y dime si Abraham se andaba con chiquitas. Los bárbaros respetaron en lo que cabía los pueblos vencidos –y Alejandro Magno. Pero lo que los semitas, ¡rediós! No dejaban piedra /p. 315/ sobre piedra. No sé si esto explica ciertas cosas. ¿Nunca te has fijado en la prodigiosa {in}adaptación del pueblo español a vencedores y la perfecta de los árabes. No los echaron sus sometidos –y eran muchos– sino los cristianos venidos de fuera cuando [tenían que comer] no tenían qué comer. La sangre. La manera de enjuiciar el destino. [Por eso aquí] Cabileños, y a mucha honra. Y en la cábila está la salvación de España. Por eso me río de Fajardo y su comunismo. La mezcla de indoeuropeo y semita ha dado lo más importante de España. Son los árabes en contacto con esto –y esa Córdoba o España bañada en sangre árabe–, y es el XV y el XVI, o sea particularmente cuando un andaluz descubre Europa o un vasco Castilla. Los /p. 316/ catalanes cuando se empeñan en no descubrir más que Cataluña se quedan chicos –que si no Vives o Llull. De ahí la violencia, porque todo semita se hace por reacción. Los dulces y tiernos se quedan en casa. Los grandes han salido todos a las afueras.

–Es lástima que no escribas estas cosas.

–¿Para qué? Acuden así, lo más probable es que todo esto esté ya dicho o que, a lo mejor, existan pruebas evidentes en contra. No tengo ganas de que se metan conmigo. Prefiero meterme con los demás. /p. 317/

Como se ve, las líneas generales de lo expuesto por Templado –con una reflexión final sobre su carácter que se ajusta a la que tantas veces repetirá en las diferentes novelas en las que interviene– coinciden con lo que luego serán los tres capítulos y medio de la novela dedicados al parlamento de don Leandro. Es decir, que el archivero nace como una adánica costilla extraída del discurso del judío Waldmann y, lo que es más importante, con la autoridad que le confiere asimilar su voz a la del alter ego aubiano más acreditado de la novela, Julián Templado.20

Durante los siguientes cuadernos el autor alterna las referencias al delirio de don Leandro con múltiples materiales para su capítulo «Donde sale un judío», lo que le lleva a modificar sus planes para el final de la novela:

La conoce en una casa de éstas donde le lleva Sancho.

–¿Por qué estás aquí?

o

En la conferencia del subsecretario de Higiene

o

Por la Vanguardia (historia del aborto).

{Hasta aquí, tachado}

Muere en un bombardeo del Paseo de Gracia. Cuartero recoge sus restos sobre un banco. El 19 de marzo.

Cuartero se suicida, para ofrecerle su tormento eterno, en homenaje.

{Teruel: ¡El toro mitriático que lo fecunda todo!}

/p. 1/

El padre de Rosario es arqueólogo e historiador de Teruel, y está herido en el Seminario. Cuando le sacan habla con Herrera, encargado de la evacuación: tiene una hija en B. y quiere que la vea para que salve sus papeles. Un hijo falangista, al que no quiere. Su delirio. {Hasta aquí, tachado}

Es Cuartero el que va a verlas en B. (Rosario y su madre).

Historia de Rosario (novio muerto, amigo huido. Descubrimiento del amor).

/p. 2/

I. 31 de diciembre 1937 / 1.º de enero 1938

1. Madrugada de tres. x

2. Julio Jiménez. x

3. Ropa vieja. x

4. De once a doce. x

5. El bombardeo no admite mediocridad. x

6. Historia de la Lola. x

II. Teruel. x

III.

1. Pilar Núñez de C. x

2. Paulino Cuartero. x

3. Visita. x

4. Salón Rosa, del amor. x

5. De táctica política. x

6. Lola en la frontera. x

IV.

1. Donde sale un judío. x

2. Sigue [saliendo] hablando el mismo. x

3. P. Historia de la R.E.

4. Bombardeo.

/p. 3/

(FMA-4/4: 1-3)

Como vemos, en este cuaderno el autor ya tiene bastante definido el plan de la novela, que ya ha adquirido el carácter circular que los primeros apuntes de FMA-5/21 hacían sospechar y que la hace tan especial dentro del Laberinto mágico. Son numerosas las variantes: es Herrera y no Fajardo el encargado de la evacuación, y el archivero, que todavía no tiene nombre, tiene «un hijo falangista, al que no quiere».21 Pero vemos también cómo el volumen de las reflexiones que ha recopilado bajo los epígrafes «Donde sale», «Judío», «J» o «P.H» («Pequeña Historia de la República Española») le lleva a desdoblar el capítulo dedicado a Waldmann, incluyendo los dos fragmentos resultantes en una cuarta parte junto al capítulo «19 de marzo» (aquí «Bombardeo»).

Es en el momento en el que nace don Leandro con voz propia, fechable en cuadernos posteriores como FMA-5/10, FMA-6/11 y FMA-6/15, cuando dejamos de percibir referencias a esos capítulos sobre lo semita y sobre la historia de la República. Es decir, el autor ya ha decidido concentrar en torno a una sola voz un discurso hasta el momento disperso, y seguramente colaboró no poco la intención coetánea o poco posterior de emprender nuevos proyectos como Campo francés y San Juan. Don Leandro, que nace de la desaparición de otro personaje, y que en un principio es una referencia en boca de otro, se convierte en el protagonista indiscutible de la segunda parte de Campo de sangre, y extiende su influencia más allá: su discurso dejará huella en el de otros muchos personajes, y capítulos como «Teruel» o «El gobernador» parecen extensión de su voz interior, ilustración de sus teorías.

Vemos por tanto cómo el estilo y el hacer narrativo aubiano se ajustan al título del ciclo, conformando un laberinto de personajes, acciones y pensamientos que en virtud de una extraña magia no pueden dejar de entrelazarse, venciendo toda divergencia. Varios investigadores (cf. por ejemplo Carreño, 1996: 137-155) han señalado cómo los personajes aubianos son difíciles de desligar de su creador en voz, estilo e incluso avatares biográficos, y se ha destacado la preferencia del autor por los intelectuales como protagonistas de sus novelas sobre la Guerra Civil. El análisis genético de Campo de sangre no hace sino reforzar esta idea desde una nueva óptica.

Solo hay que considerar la frecuencia con la que lo dicho por un personaje en los cuadernos manuscritos acaba siendo pronunciado por otro diferente en la edición de la novela. A ello se añade una gran cantidad de parlamentos en los que podemos leer al margen diversas correcciones en el nombre de su elocutor.22 E incluso lo más frecuente, sobre todo en cuadernos más tempranos como FMA-4/7, es que los pensamientos contengan una indicación sobre el capítulo al que se destinan, pero en muy contadas ocasiones sobre aquel que habla, a la espera de una voz que los haga suyos.

El análisis de los personajes en los manuscritos y su incidencia –más o menos relevante– en la configuración de la estructura diegética confirman que nos hallamos ante un narrador más novecentista de lo que quepa imaginar. Un narrador que se descompone junto a sus personajes para dar cabida a otros, en los que vuelve a reconstruirse, cuya escritura adopta las convenciones y reglas del mismo laberinto que pretende retratar. Aub figura un modo de hacer que potencia la acción frente al personaje, donde las ideas pesan más que aquellos que supuestamente las sostienen, y donde con frecuencia se diluye la frontera entre lo narrativo y lo ensayístico (cf. Pérez Bowie: 2008), que consigue con éxito anular la falsa apariencia de realidad de las tramas realistas para construir un perfecto sentido de lo real, que no es más que el propio y omnipresente Aub, su sentir ante unas circunstancias históricas que truncaron (o encarrilaron) la existencia de tantos españoles.23

El escritor valenciano, como tantos otros artistas coetáneos, emprende la búsqueda de un realismo propio que en ningún momento –con la excepción, quizá, de Las buenas intenciones– se desvincula de la poética vanguardista, de un hondo sentido de la modernidad que se halla en la base de la poética de nuestro autor: estructuración de la diégesis con un método de montaje muy cercano al cinematográfico, perspectivismo múltiple, profundización en la conciencia del personaje mediante técnicas cercanas al monólogo interior…

Por ello, resulta totalmente insuficiente buscar la raíz de este peculiar hacer narrativo en las difíciles circunstancias vitales que acompañaron al escritor en el periodo de redacción de los cuadernos manuscritos. Desde el fondo de la adversidad el pensamiento y la voz de Aub se alzan para protestar, para narrar lo inenarrable, para ser testimonio directo o indirecto de un hecho que marca la historia de Occidente y reclama su plasmación en el papel. Y esa voz, marcada por su presente y su pasado, nos habla con unos rasgos legados por el contexto, pero también por la tradición literaria más próxima, y que el autor hará suyos a partir de ese momento y seguirá empleando con posterioridad.

APÉNDICE

«Borrador de prólogo al Laberinto mágico»

Octubre de 1970 (FMA-4/8: 2-7)

oct. 1970

Prólogo de El Laberinto Mágico.

De hecho no di por perdida la guerra –la nuestra, la mía– hasta el día no sé cuántos del mes de febrero de 1939 en que llegué a París. Subí a la buhardilla donde vivía mi mujer –en Menilmontant–, [y] dejé caer {rendido} mi maleta [en el] y me senté en el catre y me di cuenta.

A los pocos días me puse a escribir un capítulo semanal de Campo cerrado mientras armábamos {p. 2: [con] el {medio} avión} el «set» de Sierra de Teruel, en los estudios de Joinville. Los sábados venía José María Quiroga a comer y le leía lo [escrito] hecho, por eso le dediqué el libro. [Era el] De ese sexto piso [, los tejados,] hay huellas [de esa estancia] en otros textos. Nuestra portera, Madame Fenard, guardó {luego durante} siete años mis manuscritos en su [casa] bodega. Los rescataron Francisco Giner de los Ríos y Vicente Herrero.}

{p. 2: (Se salvaron de la manera más absurda: los policías registraron el cajón de arriba y el de debajo de una cómoda que nos había dado Tristan Tzara –la cama era de Louise Deharme– dejando sin abrir el del medio, lleno de papeles que por si acaso, se hubiesen llevado y como tantos otros –en Marsella– nunca volví a ver)}.

De la guerra, antes, no había escrito sino El cojo. Cuando acabé Campo cerrado (del que no tenía copia) lo envié a México para que lo publicara José Bergamín en – digamos– su editorial Séneca. Al llegar [,] {tres años después} en octubre de 1942, [a México,] indagué por el {paradero del} original, nadie supo decirme nada. Lo encontré, {también} por [absol] casualidad, bajo una pila de papeles [sobre] dormidos sobre el mármol de /p. 3/ una cómoda, en casa de José Ignacio Mantecón –que se había despedido de mí, en 1940, en el campo de Vernet– cuando de los españoles sólo quedábamos en el Campo C Antonio Caamaño, yo. Dios sabe por qué.

–Te borraron de la lista –me dijo [alguien] uno.

Algunos supieron quién {lo hizo}: nunca quisieron decirme su nombre. A estas alturas tanto me da.

A continuación de Campo abierto me puse a escribir {p. 4: sin perder un día} Campo [de sangre] cerrado, pero me detuvieron {[también] siempre por casualidad} y me retuvieron por [imbecilidad] imbécil[es] y la novela se quedó [sin acabar] como estaba. Todo en cárceles y campos era nuevo para mí y [me] pasé el tiempo tomando notas que, en su mayoría, no llegaron {nunca} a más; algunas otras, puestas en hilera, dieron cuentos o Campo francés. Con el tiempo y las desdichas fueron naciendo los Cuentos ciertos y, luego, el Diario de Djelfa y [en al] tanto almacenado en dos líneas, en una veintena de libretos que sólo yo podría –quizá– descifrar; generalmente, por no ser explícito, se me ha borrado el suceso consignado. Ya en Casablanca la costumbre de apuntar los sucesos en verso para que no los tomaran en serio me jugó malas pasadas. Ya expliqué cómo escribí Campo francés en el Serpa Pinto, camino de Veracruz. /p. 5/

Volví al teatro hasta el redescubrimiento de Campo cerrado; por las facilidades de las tertulias se adelantó Campo cerrado a Campo de sangre, que no publiqué antes por su tamaño y carecer de editor. [(] Bergamín –nunca ha sabido nadie por qué reaccionaba, y aun tal vez pensaba, cada día de manera distinta– se negó a publicar la primera novela, como se negó a dar entrada, en su editorial, a mi San Juan, aun escribiendo después los [mayores] desmesurados elogios con que celebró la obra. Curioso hombre, nunca lo entendí, tal vez por demasiado inteligente. Quizá su mal estuvo en querer ser siempre singular. Nunca me enfadé con él. Aceptó Espejo de avaricia {en Cruz y raya} y no San Juan en Séneca. Sólo Dios, en su caso sabe por qué. Así empezó el Fondo de Cultura Económica a distribuir mis libros. Una vez más expreso mi agradecimiento a Daniel Cosío Villegas. Mas cuando dejó la editorial volvieron las dificultades. La verdad es que siempre pagué mis ediciones, hasta Campo del Moro. Ayer, y aun ahora…

La literatura nunca –y en ningún sitio como no sea algunos privilegiados– da de comer a sus fautores. Dicen /p. 6/ –digo– que viven de su pluma. Pero sin aclarar al servicio de qué. Sí, en México, he vivido de mi pluma, mas ¿qué no hice? Cine (todavía la TV no era nada), periodismo, traducciones, folletos y publicidad. Menos mal que nunca me costó endilgar frases y menos si es por encargo: allá voy y no paro hasta el punto final. Lo mismo me da discurso o script.

X

En el prólogo de Campo cerrado, que aquí desaparece [–escrito en 1943–] [decía] preveía menos páginas de las que aquí aparecen. De hecho podía poner [toda] casi toda mi obra al servicio de este Laberinto, sólo mágico para mí. Pero preferí agrupar lo más significativo de la guerra y sus inmediatas consecuencias. /p. 7/

Nota a la presente edición

Ediciones de Campo de sangre

1945. Campo de sangre, México, Fondo de Cultura Económica.

1978. Campo de sangre. El laberinto mágico III, Madrid, Alfaguara. Reimpresión: 1986.

2002. Campo de sangre, ed. de Luis Llorens Marzo, y Campo del Moro, ed. de Javier Lluch Prats, en Obras completas de Max Aub, Joan Oleza (dir.), vol. III-A: El laberinto mágico II, Valencia, Biblioteca Valenciana / Institució Alfons el Magnànim.

2003. Campo de sangre, Barcelona, Suma de Letras.

2011. Campo de sangre, Madrid, Diario Público.

2018. Campo de sangre. El laberinto mágico vol. 3, pról. Lourdes Ortiz, Granada, Cuadernos del Vigía.

La primera edición de la novela, supervisada por el autor, apareció en 1945 en la editorial Tezontle, auspiciada por el Fondo de Cultura Económica. Nos referiremos a ella como [1945a]. La segunda es la edición de Alfaguara de 1978 (reimpresa en 1986 y reproducida por Suma de Letras en 2003 y Diario Público en 2011), que, a pesar de realizar correcciones obvias, algunas avaladas por el propio autor, contiene numerosas erratas y supresiones, por lo que apenas nos referiremos a ella en el aparato crítico. Y por último la realizada por Luis Llorens en 2002 en el marco de las Obras Completas del autor. No sabemos con certeza si la edición de Cuadernos del Vigía es también una reimpresión de alguna de las anteriores.

Y si hablamos de correcciones avaladas por el autor es porque existe un ejemplar de la primera edición con anotaciones autógrafas de Aub, imposibles de fechar, que tomamos como texto óptimo a la hora de preparar esta edición. La denominamos [1945b], y se encuentra entre los fondos de la biblioteca personal del autor depositados en la Fundación Max Aub, a la cual agradecemos haber puesto a nuestra disposición el ejemplar en cuestión.

El texto que presentamos es, pues, novedoso en muchos casos. En general Aub se limita a subsanar erratas de imprenta o a regularizar aspectos de puntuación y ortografía sobre los que seguirá vacilando años después: uso de signos de apertura y cierre de exclamación e interrogación, puntuación ante estos, uso de guiones largos parentéticos, sangrías y espaciados antes y después de citas de otros autores, etc. En atención a estas correcciones hemos procedido a regularizar en aquellos casos que escaparon a la atención del escritor, como también hemos normalizado y actualizado la ortografía, en aquellos casos en los que la RAE no permite alternancia, los signos de puntuación y la tipografía (Aub vacila mucho en el uso de comillas y cursiva) y la transcripción del valenciano según las normas de Castellón.

Pero otras correcciones de [1945b] tienen que ver con cuestiones de orden estilístico. El autor modifica preposiciones, palabras, orden de estas e incluso a veces altera o añade frases enteras. Hemos creído conveniente respetar la casi totalidad de estas alteraciones del texto original, atendiendo al criterio de que el texto óptimo es la última edición revisada por el autor y a que este no contó con la oportunidad de realizar una segunda. Solo mantenemos la variante de [1945a] cuando resulta agramatical la modificación propuesta en [1945b].

Por supuesto, como es fácil de imaginar, los cuadernos autógrafos a los que nos hemos referido en nuestro estudio introductorio presentan infinitas variantes respecto al texto de 1945. Pero se trata de testimonios integrados en la fase de composición de la novela que R. Laufer (1972) denomina «estadio preparatorio» del original: notas, proyectos, borradores, etc. Por tanto, solo los hemos considerado material de apoyo en nuestra edición crítica en aquellos casos en los que contribuyen a dilucidar las ediciones impresas [1945a] y [1945b] y, por consiguiente, se recogen en el aparato crítico, junto con otras ediciones cuando ofrecen variantes textuales: es el caso de [1978].

Esta edición incluye, además, una amplia galería de personajes históricos (aquellos que a los que el autor alude de manera recurrente), un glosario de voces escogidas (dado el peculiar léxico que Aub emplea en sus primeras entregas del Laberinto) y, a continuación de esta nota, una bibliografía por apartados que recopila las fuentes utilizadas en esta edición.

Max Aub

Campo de sangre

Edición crítica, introducción y notas de Luis Llorens Marzo

ÍNDICE

PRIMERA PARTE

1. Madrugada de tres

2. Julián Templado

3. Julio Jiménez, retrato

4. Teresa Guerrero

5. La cena, I

6. La cena, II

7. Todo es hablar

8. Pilar Núñez de Cuartero

9. De once a doce

10. El bombardeo no admite mediocridad

11. Nacimiento de una comedia

12. Historia de la Lola

13. Las tres de la madrugada

SEGUNDA PARTE

1. Teruel

2. La ferretería del Pozal

3. El gobernador

4. Fajardo y la evacuación

5. Don Leandro y los árabes

6. Don Leandro y don Juan de Austria

7. Don Leandro y los anarquistas

8. Muerte de don Leandro

TERCERA PARTE

1. Visita

2. Juventud de Rosario

3. Rosario y Paulino

4. Un suceso enrevesado

5. Advertencias inútiles

6. Vuelta de Perelada

7. Muerte de Herrera

8. En la frontera

9. Interrogatorios

10. Intermedio trágico

11. Dialogismos

12. Cada uno al desvelo de su madrugada

13. 19 de marzo de 1938.

Por lo cual fue llamado aquel campo, Haceldama,

esto es, campo de sangre, hasta el día de hoy.

San Mateo, XXVII, 81

PRIMERA PARTE
1. Madrugada de tres2

Barcelona, 31 de diciembre de 19373

–Un fusilamiento es algo muy desagradable; tres, todavía se pueden aguantar.

–Muy optimista, tan temprano.

Sobre el pavés de un mar de acero, en el trocatinte nublo del horizonte, el sol renaciendo como un pezón, y su areola sonrosada. José Rivadavia (juez de la República, toroso y pie plano, alto de color, salpimentado el cabello, las manos cruzadas descansando sobre las posaderas; las aletas del gabán al aire, batiendo el unto de una panza bien establecida) baja, paso ante paso, el recuesto del fuerte de Montjuich4 contestando a Julián Templado, de estatura no más de mediana, paticojo, miope, bamboche, vedijoso, sentenciero; médico por más señas, mal hablado y amigo de las mujeres: cuanto menos decentes, más.5

Apenas las siete de la mañana, una bruma lechosa, de tierra adentro y río, por las asentaderas de las cortadas y el llano. Anúnciase el sol para todo el día a escondidas del mar dormido al socaire de la ciudad. A medida que sube gana en deslumbre lo que pierde en sangre. Un frío fino y quieto.

–Los hombres temen el dolor, no la muerte.

–Cuida las meninges: no te pierdas por original. La gente muere bien cuando se sabe sin salida: con cura a la vera, o fusiles al frente.

–A la vera de la otra orilla –dice Templado, a quien gustan los juegos de palabra y los retruécanos.

–Lo malo es cuando hay escapatoria: tortura con canto salvador, camino donde correr o médico posible.

–A la fuerza ahorcan y el suicidio un callejón sin salida.

–Sí, de esos que los franceses llaman culo de saco. Y el paraíso asusta a cualquiera. Si tuvieses que morir como esosa, ¿qué pedirías?

Se pararon, Templado dudó un momento la respuesta.

–Ser fusilado en campo abierto –contestó–. Lo terrible es la tapia, el patio, el cuartel, el horizonte cerrado…

–Sin cuartel –retrucó Rivadavia.

–Hace unos días, al despertarme –continuó Templado, echando de nuevo a andar–, me dio el sol en la cara y al defenderme con la sombra de mi brazo hirió el rayo un botón de nácar de la bocamanga de mi pijama, la luz se descompuso en él: ¡preciosidad de aquella materia irisada! Con eso por delante puede uno morirse tranquilo. No hay milagro mayor, ni prueba más evidente de la existencia de Dios: yab puede correr San Vicente Ferrer. Morir con los ojos vendados, o en un foso, no me dice nada. Hasta cierto punto lo del nácar me hizo pedirte el ver las ejecuciones.

Julián Templado hace una pausa. Sigue:

–Hemos quedado servidos.

–Creí que conocías a alguno de ellos.

–Todavía me quedan entrañas. Bueno es saber en lo que me tienes.

Templado miró de soslayo la adiposa humanidad del juez.

–La magistratura te ha dejado en los huesos.

–¿No trataste a Valdés?

–No. De vista; aquí, allá.

–¿Y la embaucadora?

–¿La Lola? La conozco, pero así: de una mesa a otra.

–Me extraña. Tan del Ritz como tú.

–No. El botón de nácar.

–Estarás satisfecho.

–Sí. Valió el madrugón.

Los pájaros y las sirenas. Un perro sale disparado de un seto. El traquido de los antiaéreos: en el confín de lo visible cinco trimotores enemigos en migración. Las borlitas de los obuses por un cielo todavía desteñido e incierto. Los dos hombres levantan las narices al cielo.

–La muerte en bicicleta –comenta Templado–, te la traen envuelta en papel de plata. El verdadero maná. Lo que le gusta a los hombres es la ruleta, el jugar; y con lo desconocido, mejor. Por eso habrá siempre guerras: yo te mato, tú me matas, él se mata, etc. Además, colmo de bienes: permitidas las trampas, los encimeros, florear el naipe, todo se reduce a inventar malillas. Ya lo dice la gente: el que da primero da dos veces.

–¡Cómo estás a las siete de la mañana! ¿Has jugado esta noche?

–Por no hacer tarde. Estuve de guardia hasta las dos. Pero no importa. El ver hombres desnudosc no viste.

Templado calla un momento y coge, al paso, una hoja del seto vivo.

–Siempre se muere desnudo; como esos de esta madrugada; lo de las botas puestas son cuentos, se muere siempre como lo que se es. Puede uno prevenirse contra todo menos contra eso. No valen refugios.

Pasan los aviones a tres mil metros, viran, descargan sus bombas por los alrededores del puerto. Les parece advertir el desliz de los proyectiles.

Álzanse, con el rebombar trágico, enormes, abullonadas humaredas pardas y grises en la primera mañana sorprendida, todavía dormidas las palomas.

–Los crímenes de madrugada, más alevosos que los mismísimos nocturnos; ¿qué opinas, juez?

–Eres un frívolo.

–Sois partidarios de las frentes asurcadas, de las palabras premeditadas y de la Academia. Para ti lo serio siempre es grave.

Los bombardeadores se van, mar adentro; síguenles, a veces adelantándose, las pellas blancas y negras de los obuses estallando. Al trueno del cañón cercano las palomas cambian el vuelo, dando plata por sombra.

–Ahora salen los cazas.

–A buenas horas, mangas verdes.

–No ladres. Si no estuvieses al cabo de la calle te diría más de dos cosas. Nuestra guerra es de milagro –contesta Rivadavia.

–¿Crees en ellos?

–¡Qué remedio! En el frente cuando hay un fusil para dos y tres cargadores por fusil se consideran felices. Y seguros. Lo sabes como yo. El día que se sepa la artillería que tenemos y el número de nuestra aviación se tendrá que suicidar Franco. Si ganara. Es nuestra última bomba: moriría del ridículo.

Echan a andar, ha vuelto el amanecer.

–No nos ha tocado hoy –dice Templado–, el mismo verbo que para la lotería. Una buena guerra, de cuando en cuando, y no hay nada mejor para la salud.

–Yo, de ti, con esa letra haría un tango.

–Tómalo a chacota. Yo siempre me acuerdo de lo que me contaba mi abuelo el francés de las carpas.

–Di.

–Ya te lo he contado: ¿no? Mi abuelo era uno de esos vascos que hizo fortuna traficando con esclavos, con no sé qué casa de Lyon: la misma que empleó luego a Rimbaud en Abisinia.6 Síd, hijo, tengo sangre de negreros en el cuerpo. Lo sucedido fue que uno de los deudores de mi abuelo le dio por pago un château por el centro de Francia. De ahí le vino el apodo. Después hemos venido muy a menos.

–Ya lo veo –dijo Rivadavia–. ¿Qué tienen que ver las carpas con los bombardeos?

–El abuelo era gran comedor y entendía como nadie de carne de pescados. Tenía el orgullo de sus carpas y cada cuatro o cinco años les echaba lucios, porque sin eso, con la pereza de la buena vida la carne de las carpas se iba reblandeciendo, perdiendo calidad. Los lucios son unos pesívoros terribles, y, por salvar las escamas, doña carpa se iba meneando ligera la cola, dándole firmeza y gusto a sus mollas.

–Blandas o duras, se las acababa comiendo tu abuelo.

–Este es otro problema, y de la inmortalidad no responde nadie. Lo cierto: que en los países duros de vivir la guerra no sorprende. Es la ventaja de Castilla sobre Cataluña, y ya pueden estos desgañitarse. La tierra no tiene remedio, cuanto más desnuda más dura; aquí con tanto perifollo se pierden. La aridez enseña la presencia de la muerte. Los españoles, digo los españoles para no molestarte, pero pienso: los castellanos, no se dan nunca por vencidos. ¿Qué nos puede vencer? Un francés, por no decir un catalán, es capaz de lamerle el tafanario al vencedor; de limpiarle las botas, de bailarle el agua al que ha podido más. Es un sentimiento mediterráneo.

–Te oigo y no te escucho. Que, si no, acabas en una de esas canteras.

Rivadavia, a pesar de su apellido, es murciano.

–No hay quien nos gane: atados, presos, en trizas, siempre estamos a dos dedos de la victoria. Lo has visto esta mañana. Los tres han muerto como si no les importara; como Dios.

–Ninguno era castellano.

–No importa.

–Menos mal.

–Cuando no duele todos se componen para morire. Aquí lo último que se pierde es la esperanza, la vida se va antes. Lo de hoy ha sido ejemplar. Cada uno ha muerto según su ley, y no la tuya. Te han podido: el fascista murió con el brazo extendido y gritando «Arriba España», Valdés con el puño en alto como si hubiera sido en Burgos,7 y el Moreno, como le correspondía: cagando. Y no fue por miedo, que el que lo hace así no tiene tiempo de prevenirse, se le aflojan a uno las asentaderas sin más. Le apretaba el enemigo y juzgó natural evacuar sus necesidades. La alegoría es nuestra. Se lo debemos todo a lo árido, a lo duro, a lo bronco del suelo. Aquí no nos importa la vida, sino la opinión. Por eso cada español es universal y cantonalista: lo mejor, lo nuestro (¿no hemos dominado el mundo?).

–Muy sentencioso tienes el no dormir.

Los pasos sobre la grava.

–¿Dónde los entierran? –pregunta Templado.

–Allá abajo. ¿No conociste a Valdés?

–Ya te he dicho que no.

El hombrón saca una carta del bolsillo interior de su chaqueta, y se la da, desdoblada, a Templado.

Detiénese el médico a la altura de un cinamomo que empieza a parir sombra.

–Mala letra.

–Déjate de historias, y a ella.

Tras los saludos y alguna recomendación personal, leyó:

«Lo ridículo es que muero por una mujer: por tonto. El tonto que sabe que lo es, más tonto. Lo he visto venir y no he movido un dedo. ¿Abulia? Un no importarle a uno las cosas, vivir y ver, dejarse ir, un “ya veremos” y “mañana será otro día”. Creer que todo es nada y al “¡qué más da!”.

»Muero por la lengua, como un pez, por la boca. Y porque siempre me ha gustado darme importancia y hacer creer a los demás que estaba en el secreto de cosas que, como es natural, ignoraba. De tanto darme aire, me falta. Caían los tontos, pero yo siempre he sido demócrata y con tal de que me envidiara la mayoría me daba por satisfecho. A veces yo mismo me lo llegaba a creer.

»No quise insinuar la verdad frente al tribunal. ¿Para qué? Tenía bastante con el papel de bobo. Los golpes de pecho no hubieran servido para nada. ¿Aceptar el papel de traidor arrepentido? ¿Cargar con el sambenito de vendido a una potencia extranjera? No tenía ningunas ganas de que pretendiesen arrancarme confesiones. Muero por fanfarria, por darme tono, por “importante”.

»Se lo quiero decir a Ud. una vez muerto, para que no dude de mi palabra. Yo sabía, como todos, que Lola era del SIM.8 Y, sin embargo, le fui diciendo lo que ella quería que le dijese. Todo no se hizo en un día. No protesto de mi suerte, porque lo mismo le hubiera dicho si en vez de ser “de los nuestros” hubiese sido espía: bastaba que fuese puta, y que yo viese su juego. Ese sentirme dueño de sus propósitos, el adivinar sus intenciones, fue un incentivo irresistible. ¿Me hubiese creído alguien? Es lo malo de los agentes provocadores, cuando se sabe que lo son y no los toma uno en serio.

»Me perdió la verdad cuando la mentira me hubiese salvado, y aun merecido ascensos. Pero quise ser “honrado”. Jugar limpio; y me jugué la piel, la misma que pierdo.

»A mí me gustaban las putas (el pasado se lo dedico a usted). La ramería de guerra no varía de la eterna, a pesar de las imaginaciones. La dejé revolotear; no es tonta, ni yo tonto, a pesar de serlo. Ahora me río: sabía perfectamente a quién Lola Cifuentes iba con los cuentos, y las cuentas. ¿Quién me hubiese creído antes de muerto? La única, quizá, ella. Si por casualidad ve este papel lo tendrá por venganza póstuma. Verdad de verdad, no sé si me alegraría; la quiero y la tengo simpatía. Pero, aviada va la República…

»La verdad es que lo hice por divertirme, para ver lo que pasaba, porque sí. Sin más razón que la mía, que se me va al cielo.»

–Lo que se llama írsele a uno el santo al cielo –dijo Rivadavia, que seguía la lectura con la mirada.

«La niña preguntaba a derechas y a torcidas, y aun al través y a izquierdas, y yo la toreaba; pero tuve que soltar prendas; y las he tenido que pagar. La verdad es que me tiene sin cuidado morir. Allí me las den todas: lo que se llama un republicano. Como usted verá no pierde nada la humanidad con el negocio de esta madrugada. Me planto.»

–Las diez de últimas. Desde luego, lo han plantado.9 Todo eso era fachada –comenta Templado.

–Hijo, entre la fachada y los adentros, va lo de la forma al color. Cualquiera sabe. Acaba. Sí, esta cuartilla más pequeña.

Templado leyó, en otro papel, escrito a lápiz:

«Importa para vivir dormir lo menos posible, que los momentos que valen la pena están por encima de los sueños. Todos mis compañeros de promoción, que no tienen más recuerdos que los de su doctorado en Madrid o el haberse salvado de una catástrofe, todos esos que ahora solo viven escondidos, con el único deseo de que los tengan por muertos… (aquí algo borrado).

»Es posible que llegara a creer que la quería. Quise creerlo. Pero ya que escribo la verdad y las confesiones se han hecho para el placer del interesado, fomentar los vicios o, si usted quiere, justificarlos (un peso entre dos siempre va a medias, y no le digo a usted nada si el partenaire es Dios), sepa que lo que me gustaba en las mujeres era el tufillo de los demás. Me interesan los hombres, y como no soy marica, encontraba en las cualquieras la madre que me llamaba. No me bastó la guerra.»

–¿Qué era?

–Farmacéutico, hijo de farmacéutico.

–Creí que me habías dicho que el boticario era el fascista.

–No, ese era hijo de un fabricante de Sabadell. Camisa vieja. Aparato emisor y toda la pesca. Además, no rechistó. Gallito, consecuente y honrado en su deshonra. De esos que hay que fusilar por enemigos, y no como el Federico Espada a quien hubo que suprimir por… entusiasta.

–Tenía una pinta estupenda.

–¡Y tanto! Y una buena fe a prueba de bombas. Con la misma que acabó con todo el Ayuntamiento de Navalbajo. Para él los traidores somos nosotros.

–Éramos.

–Purista. Cuando la revuelta de mayo10 mi Federico Espada estaba de responsable en un pueblo minero de Aragón. De grande y de bruto, ya has visto cómo era. No se le ocurrió más que venirse a Barcelona con siete camiones cargados de trilita. «Para convencer a la gente que era una barbaridad lo que estaban haciendo.» Como lo oyes. Llegó a las siete de la tarde a Navalbajo y se fue para el Comité. Necesitaba gasolina para sus camiones. Se la negaron, entre otras cosas porque acababan de oír el discurso de García Oliver pidiendo que cesara el fuego;11 aquí, en Barcelona, maldito el caso que le hicieron: una pistola caliente en la mano puede mucho, pero en los pueblos aquello produjo su efecto. Yo me represento muy bien a ese majagranzas matalón, carcomido de herpes, camino de Barcelona con sus camiones. Los españoles somos grandes cuando somos cien; más, nos entrematamos.

–Y cuando menos.

–Menos, sabemos morir. Bueno, morir no se aprende. Llevamos en la sangre cierto sentido orgulloso de la muerte, como si esta fuera una empresa personal. Añade desconfianza y desprecio hacia los pares, lo cual nos inclina a la oratoria. Nuestra medida es la conquista de América: la tripulación de una carabela representa el número de españoles necesario para realizar hazañas. Un ejército no la hubiera llevado a cabo, y la horda nos sobrepasa. En esta guerra de ahora, y en las pasadas, los guerrilleros, los dinamiteros, lo comprueban. Lo español: el puñado y tirar p’alante.

–No tenemos términos medios –dijo Templado por decir algo.

–Y la falta de templanza es, en cierto modo, la razón de nuestra grandeza y de nuestro derrumbamiento. Somos crueles por unilaterales. La bolsa o la vida es un galicismo; lo nuestro: la bolsa y la vida. La heroicidad es crueldad para consigo mismo. Y la crueldad es un problema fundamental de nuestra manera de ser. ¿Te das cuenta de lo que es un pueblo entero descubriéndola?

Templado miraba de soslayo a Rivadavia, de quien no era muy amigo. Desembocaban en la avenida flanqueada de espárragos de cristal, que da en la Plaza de España.

–Los muertos no cuentan en la historia; lo que contará en la nuestra es el empuje de los desesperados.

Rivadavia cogió a Templado del brazo y prosiguió:

–Y el desprecio. Aquí la gente no se vende, odia. Entiendo algo de eso; no vienen a la denuncia por el tanto por ciento, la gente chivatea por gusto y vaga creencia en el deber. Por extremada. Todos tienen en menos que nada el aguachirle y las componendas. El abrazo de Vergara sigue siendo una mancha en la historia nacional.12

–Orgullo.

–Quizá. Ese es otro problema. Por eso despreciamos la vanidad; y los extranjeros se asombran de la chulería de nuestra aristocracia. La vanidad es el vicio contrario al orgullo, que es una virtud cardinal. Pero aquí el cogollo es la intemperancia, la falta de moderación. No hay más justicia que la propia: raíz del fracaso de la República. Este no es país de Salomones. Preferimos las cadenas a los paños calientes. De ahí el éxito de los anarquistas y la maravilla del pueblo luchando con palos y piedras contra las ametralladoras.

–Y el salir perdiendo.

–Los demás no acaban de entender esta guerra nuestra. No se la pueden explicar. Porque el hombre, aquí, intenta todavía, desesperadamente, salvarse agarrado a su mito decimonónico. Pero lo útil vence sin remedio la verdad; y la disciplina, la libertad. Esta es la sal trágica de nuestra lucha sin remedio. Los comunistas echan las culpas y los errores de cada día sobre las espaldas del individualismo. En general, van diciendo que son los únicos que trabajan en serio. Quizá. Pero corren tras otro mito todavía no entrañado. ¡Qué le vamos a hacer! Lo que importa es que el Federico Espada se cargó al comité en pleno y tuvo su gasolina. Y esta madrugada, tras expeler su mojón, ya le viste plantarse ante el pelotón, los brazos en asa y decir, a la buena de Dios: «Vamos allá».

–Como si el allá fuese la vuelta de la esquina.

Habían llegado a la plaza. Se pararon a esperar el tranvía.

–Y cuando pase el tiempo, y se acabe esta guerra, ¿para qué crees tú que habrán muerto estos tres? –pregunta Rivadavia.

–Para que se sigan rajando las tripas sus sucesores.

–¿Lo dices de verdad?

–Pues a ver si no, majo.

–Me recuerdas –dijo Rivadavia– un cuáquero que me visitó ayer. Uno de esos americanos magníficos para quienes existe la filantropía, y para quienes la guerra se reduce a viudas, huérfanos y leche condensada. Me contó que su hijo –tiene cinco años el chaval–, a quien, como es natural, ha inculcado todo el odio que siente por la guerra y su fanatismo pacifista, y que en su vida ha oído otro cantar, al despedirse le preguntó:

–¿Hay peligro para ti, papá?

–Un poco. Pero no importa –le contestó mi cuáquero–, un hombre que quiere ser hombre debe hacer el bien y no fijarse en el peligro.

El chico se quedó callado y, luego, le dijo muy serio:

–Mira, papá: coge un fusil y mátalos antes de que te maten a ti.

Llegaba el tranvía. Templado y Rivadavia se agarraron arracimándose a la plataforma, para ir al centro de la ciudad.

2. Julián Templado

Julián Templado había nacido en Madrid, el primero de enero de 1900, en la calle de Campomanes, no recuerdo si en el 10 o en el 12, en una de esas casas cualquiera que, sin más que su medida, destilan el encanto de la Corte. Casa de portal oscuro, balcones sin adorno, persianas de madera grises, desconchadas, con el borde de las tablillas roído, sobre el jaharro añoso de las paredes. Mezcla de pizarra brillante, albayalde pardo blancuzco del polvo y del aire de la Sierra; color de Madrid. Tres pisos que corren hacia la Costanilla de Santo Domingo, subiendo la Cuesta, de número en número, a tenor del desnivel. Rabosean beatas temprano, duerme luego la calle el sueño del día; entran y salen los vecinos, cuéntanse las visitas.13 Casas sin tiempo que sacan belleza de su orden desnudo, en plaza o enfilada, y alcanzan gracia de su falta de adorno y de su comedimiento y regularidad repetida. Los balcones, sin saliente, dejan justo el lugar para dos macetas en los ángulos, y para las rodillas inquilinas o criaderiles; varéanse las alfombras por la mañana, se entrecierran luego las persianas, a menos que pierda las horas un hombre acodado, en mangas de camisa, o la vista una joven en espera de novio.

El portal da en seguida en pizmento y olor de moho; todos tropiezan en el único escalón del zaguán, colocado ante la puerta de cristales que abre a la escalera. La portera es muy vieja, y el cónyuge, sordo, que hizo la guerra de Cuba, arrastra sus pantuflas por el chiribitil que se apercibe, todavía más negro, mientras ella, enfundada en una manteleta, lee un tomón de Pérez Escrich o de Luis de Val.14 Un gato duerme sobre la camilla. Un olor de húmeda roña surge de algún pozo tapiado. Madrid 1790. Casa de canónigos, funcionarios o militares retirados. La Plaza de Oriente cercana: la calle baja hacia el Real. La apenas penumbrada escalera desembarca en oscuros rellanos; los escalones roídos, el pasamanos de hierro picado y orinado de tanta prieta humedad, de tanto tiempo pequeño. Cuando se sube, el ruido es de adentro, con retumbar apagado. Limpiabarros y esteras raídas hasta la urdimbre. Las visitas tientan, al azar, ciegos, bruñidos tiradores de campanilla. El recibidor es un largo pasillo enladrillado de moreno rojo sombrío; las perillas dan una luz amarillenta, de pocas bujías, tiénese muy en cuenta el contador; que las entradas del mes suelen ser pensión con descuento y el reparto de los gastos inmutable.

Tres veces al año van al teatro, tres lunes por la tarde: una vez al Lara, otra al Cómico, otra al Infanta Isabel.

–Les gusta mucho el teatro.

–Sí, a nosotros nos gusta mucho el teatro. ¡Usted no ha conocido a Doña María!15

Todo cerrado; si es invierno, resguárdanse lo que pueden del frío, defendiendo el vaho de la camilla y, si es verano, lo mismo del calor, dejando el sol afuera. Solo en la primavera se abren los balcones, que al otoño: «Están fuera».

Una consola y un negro piano vertical, con sus cuatro candeleros dorados, sirven de monumentos a tanta porcelana como cabe: marqueses y pastorcillas de bizcocho, fileteados de oro, montando guardia a retratos de niños y niñas de primera comunión, bajo la amorosa mirada recíproca de los dueños de la casa fotografiados en traza de himeneo.

El piano es el piano: no lo mueve nadie.16 La tía Narcisa «¡qué bien que lo tocaba!». «Primer premio del Conservatorio, ¿sabe usted?.» «Su profesor quería que diese recitales, ¡ya ve usted!» Lo teclea un sobrino, algún domingo vacacionero y aburrido; o el papá, alguna vez, dedea la Marcha Real o el Himno de Riego. El entresuelo es muy bajo de techo y por las paredes hay cuadros con marcotes dorados: un gran paisaje amarillento y enfrente los retratos «al óleo» del abuelo de las carpas y su mujer. Sofá y butacas un tanto desencoladas, con los muelles ligeramente salidos; en el rincón más hostil uno de ellos cura su pata enferma.

–«No, en ese no se siente ustez.»

Al lado está el despacho: en un estante cuatro clasificadores, en una mesilla una vieja máquina de escribir con todos sus dientes al aire. La chimenea, que nunca se encendió, y en su repisa un montón de cartas, otro de facturas y un bote de cola desecada con pincel inservible, cuyos pelos acartonados sostienen un cenicero de porcelana descantillado que se ladea, inválido. Hay un sillón bajo, cerca de la ventana, para la abuela.

Los papeles descoloridos, las camas de hierro, la cocina en lo más oscuro, la cambija de azófar en lo alto, como el sepulcro de una reina medieval. Poca vianda, y el orgullo de ser de Madrid.

–Y a dos pasos de Palacio.

En un estante (¿en la sala? ¿en el despacho?) la Historia de España de Mariana17 y el Quijote, en una edición de Sopena y otra, grande, con ilustraciones de Gustavo Doré,18 encuadernada en rojo, con letras doradas, que se heredó del tío Esteban, el de la calle de Fuencarrala. Detrás, escondidos y no escondidos, para que no los coja el sobrino, Dulce y Sabrosa, de don Jacinto Octavio Picón y alguna «novela corta» de Felipe Trigo.19 Después de la guerra europea, sobre el revellín –que dice la chica que es de «Graná»– apareció un aparato de galena, con sus auriculares. El cuarto de Julián es interior, con muchos libros.

–El verano, ¿sabe ustez?, vamos a Torrelodones, donde tenemos una chavola, que dice mi sobrino –pronuncia, recalcando las palabras, con su voz cascada, don Juan Templado, el padre.

Hay un fuerte porcentaje de solteronas en la familia, las mujeres son beatas y los hombres liberales, menos el hermano mayor, que es tradicionalista.

–¡Qué le vamos a hacerb! ¡De todo hay en la viña del Señor!

Don Juan Templado tiene seis hijos, solo dos varones. Salió el mayor gárrulo y zahareño.

–Es monárquico, y yo he votado por los republicanos.

Juan, el hijo, puso una tienda en los Cuatro Caminos. No le va muy bien y ha traído muchos quebraderos de cabeza a la familia.

Desde el abuelo «francés», con nueve hijos y ninguno con suerte, la familia se ha desenvuelto difícilmente. Don Juan se ha quedado sin cinco, después de pagar el traspaso de la tienda del mayor y prestar diez mil pesetas, sin que lo sepan en casa, a su viejo amigo Vicente, que tiene una tienda de loza en la calle de Postas.

Últimamente, don Juan tuvo con él una agarrada, por motivos políticos, la deuda ayudando.

–Se ha vuelto muy de la cáscara amarga.20

El orgullo de la familia es Julián, quien, a fuerza de sacrificios y con la ayuda de un tío cura, se educó en los jesuitas y cursó la carrera de medicina. Por el barrio le conocían por «el cojito»; era un muchacho avispado, curioso, holgazán y vivo. Ya le apuntaba el bozo y traía la cara barrilleada cuando volvió del internado para seguir los cursos de San Carlos. Una criadilla de las Peñuelas le acabó de echar a perder. Túvola que despedir la abuela cuando los descubrió, un día de gran limpieza de la sala, cerca del cubo del agua, tras el sofá, la aljofifa abandonada, como mayor prueba del crimen, el mozuelo metiéndole mano y la fregona murmullando consentidora:

–Estese quieto, señorito, ¡que se lo diré a la señora!

Y Julián, que si quieres.

–¡Señorito Julián! ¡Por favor!

Entró a servir una varona de Tetuán que no duró una luna, porque quería llevar la casa a su antojo; y luego una bobalicona de la Alcarria, que encontró el barbiponiente muy de su gusto. Tanto, que la familia se alarmó de su flacuchez y desmalaje. El doctor recetó reconstituyentes y el padre, que no era tonto, despidió a la fámula.

Julián era un estudiante fácil e impreciso, muy dado a los novillosc, a las librerías de viejo, y a los bailes de modistillas. Aprobaba sin más, tras estudiar en abril y mayo.

Su madre fue una señora suave y apagada, que no abría boca y cuyas reconvenciones no pasaban del patronímico.

–¡Juan!, o ¡Julián!, o ¡Paloma!, o ¡Remedios!

Desfondada por los partos, no se la oía ni andar, ni siquiera sabíad dar a entender su voluntad.

–Lo que vosotros queráis.

Julián sentía un profundo cariño por ella. –Tengo una madre de terciopelo –le solía decir.

La dulce y débil señora hizo siempre lo que estuviera en su mano para acceder a los deseos de los demás familiares. Ni tuvo más mundo que su casa, ni otro mundo que el de la Almudena, en cuya vecindad había nacido.

Todo cuanto sucediera fuera de su alcance inmediato carecía de sentido.

–¡Ya ves! –contestaba cuando le referían sucesos, aun los más extraordinarios– O, ¡qué cosas pasan por el mundo!

Murió sin decir ni pío, el mes de marzo de 1927. La casa siguió igual, bajo el mando de la abuela, que era de otro temple.

Tenía Julián 18 años cuando tomaron a Matilde, muy recomendada por una familia amiga, de Alicante. Matilde era una preciosidad y Julián se enamoró de ella; le voló el seso, las horas, las ganas; ya no hubo amigos, ni clases, ni tiempo. El cine se convirtió en cueva, el Retiro en celda. El día se reducía a las horas en que no había nadie en casa y en los momentos robados a la compra. Julián descubrió el verdadero sentido de los domingos. Perdió todas las clases de anatomía porque correspondían con el momento en el cual Matilde arreglaba su cuarto. Matilde tenía el color mate de la piedra molar y bruñida, el pelo negro y unos enormes ojos prietos, que se le arrasaban fácilmente; guapa, de morenez moruna, seria, caliente, oscura, callada y pasiva.

–¡Julián, Julián! ¡Si no puede ser! Sus padres no lo permitirán nunca.

Porque el mancebo lo prometía todo: el matrimonio, el amor eterno, la fuga. Julián Templado se acuerda siempre, cuando ve un cuadro de Velázquez (sobre todo El Infante Don Carlos o el Baltasar Carlos) de las tardes de los domingos en los alcores del Pardo. Por los calvijares de las lejanías corría algún cervato, las carrascas amarilleaban entre todos los morenos y bermejos del otoño, el cielo estaba pálido, de un azul tan blanco que la bóveda aparecía claramente sin fin, algunas nubecillas la humanizaban. Julián sentía un gran entusiasmo por la vida, una gran seguridad interior, no sabía por qué, ni forjada de qué ideas, ni de qué manera. Solía ir al Prado los domingos por la mañana, a la hora en que la abuela exigía que estuviera en misa. Descubrió entonces que le gustaba la temperatura, la limpieza, la trapa, el cuchicheo, los santos; que la pintura era algo más que una prodigiosa ilustración de la Historia. Gracias a Matilde vio en los fondos de Velázquez algo vivo, una manera de hablar. Empezó a husmear la humana manera de entender el mundo e interesarle más que los hechos en sí. Este camino le condujo a cierta suficiencia, escepticismo y desprecio de todo. Al tiempo empezó a escribir versos y planeó una comedia; leyó los poemas a algunos compañeros que no le hicieron mayor caso, y los fue olvidando; la comedia no pasó de la primera cuartilla. Un año duraron sus amores con Matilde; al cabo los padres de la muchacha la llamaron al pueblo, cuando la cosecha, y no volvió.

Acabó Julián la carrera sin pena ni gloria y fuese pensionado a Alemania. Pasó tres meses en una pequeña ciudad renana y otros tres en Berlín. Era por el año 24. Sin desjarretarse, más se desbraguetó que estudió, y mejor aprendió la lengua en su propia salsa que no en los libros, por sabios que fuesen. Le sirvió de mucho su ciencia famular y su condición española. No halló más resistencias que las gozosas. Quedole de la pequeña ciudad alemana un recuerdo de sueño: Konditorei, crema, pasteles y café, los delantales de las sirvientas, los cigarros de paja, el suelo duro de la helada, los viales desnudos del invierno, los abetos; el recuerdo de los largos paseos, los brazos por el talle, las promesas vagas, más vagas todavía por ser pronunciadas en un idioma incierto; y, en ellas, el espasmo del calor, de las naranjas, de lo azul. Alemania, rígida por fuera y ¡tan caliente! Los sofás, los sillones, las chimeneas que sirven para algo, los libros como regalo de año nuevo, la nieve, las cervecerías, las excursiones. Se le confundía el recuerdo de Alemania con el de las películas vienesas: todos sus amores le parecían haber tenido un fondo de música de vals. A veces se preguntaba si era verdad que había estado allí. De Berlín recordaba, sobre todo, el hospital y la clínica, y las tres enfermeras más o menos enamoradas del «español».

Volvió a Madrid y púsose a trabajar con un médico famoso; por la noche iba al Henar, a la tertulia de Valle Inclán.21 Al año de morirse su madre se fue a Barcelona y allí se quedó en el servicio de otra sumidad, que le pagaba mejor que su colega madrileño.

Cuchicheó, corrió, brincó, enronqueció pore la República; cuando la tuvimos lo dejó estar. Tuvo amores, así en plural y sin mayúscula, con una compañera y, también, de mutuo acuerdo, lo dejaron correr.

Julián Templado no creía en gran cosa: –El mundo –solía decir– no es cosa del otro mundo– con lo cual no quería dar a entender que no apreciaba este, sino todo lo contrario. Leía muchos libros de historia, que le hacían mirar con desprecio lo novelesco. Su especialidad era la psicología infantil; empezaba a tener una clientela. El año 34 ingresó en el Partido Socialista, por reacción ante la política del gobierno Lerroux-Gil Robles.22 No hizo nunca más que pagar su cuota. Fue de todos la sorpresa, los primeros días de la sublevación militar, al pedir las patrullas de control la documentación, verle exhibir el carnet del partido.

Lo que le gusta a Julián Templado es la vida; le gusta todo: el sol, la lluvia, las rubias, las morenas, las flacas y las gorditas, las altas y las bajas, el cine, el teatro, el vino, el agua, el puchero y el solomillo, mejor adobado. Carácter de no tenerlo y sacarle jugo a todo. Curiosidad de los demás y falta de voluntad para escoger. Incapaz de resistir a la menor tentación. A veces sale a comprar una corbata y vuelve con una caracola. Para él los escaparates son trampas en las cuales se deja gustosamente enredar. Se enamora de todas.

–Ya sé de qué pie cojeo –suele decir–. Me quedo siempre corto, un poco en el aire. Me falta confianza en mí mismo cuando hay que hacer las cosas premeditadamente; en cambio, a lo que salga, voy más seguro que don Dios. El hacer un plan basta para que no se cumpla. Así me salen las cosas. Basta que me alaben una para que la menosprecie, o pertenecer a un partido para que simpatice con el contrario, y mi gusto: defender a los ofendidos. Me falta juicio y me dejo llevar por el viento. Me sobra imaginación y me falta inteligencia. Yo no sé si todas las ideas de todos nacen a rémora de las de los demás, pero yo no tengo otras y ese sentimiento de dependencia es mi mayor humillación. Tonto yo, listos ellos, pero no tanto.

Curioso de todo, husmeador, incapaz de perseverar, no era fácil que tuviera amigos.

–Lo que me salva es mi superficialidad. Mi inconsciencia. Me lo daban a entender y lo tomaba como un insulto… Luego he aprendido que las virtudes son caprichosas y gustan disfrazarse. Me falta fijeza, ponderación y perseverancia. Sé mejor que nadie el mal estudiante que fui y, luego resultaba que no… Me oriento, creo estar en seguida al cabo de las cosas y resulta que son otras, pero lo curioso es que lo que he aprendido, no siendo lo que me querían enseñar, tampoco está mal, y pasa… Nada me divierte como una asignatura nueva; a los ocho días ya la dejo. Desflorar… Y ya que te lo he dicho, divertirme. ¡Bastante me lo echan en cara! Es verdad: hago las cosas porque me divierten y dejo de hacerlas porque no me divierten. Esta ligereza ha enseñado su buena cara en estos tiempos: sobrenado; de alcornoque he pasado a corcho. Una especie de salvavidas. Alguna reprobante mirada de las personas serias; nada serio. Nunca me ha dado tanto la vida, dando yo menos. A veces, en la madrugada, se cubre uno de vergüenza, pero caigo rendido de sueño. Falta tiempo y sobran heridos. Queda la ética. De cuando en cuando punza. No me merezco demasiada confianza. Nunca se sabe lo que se es capaz de hacer. Desde luego, no pedir un puesto en el extranjero como esos amigos nuestros de la Maisón Dorée, que mascullan: «¡Ya hemos hecho bastante!» como si el deber se midiera de antemano. «¡Ya hemos hecho bastante por la República, ahora que trabaje ella!» Creen que por haber estado tres meses en Barcelona, Giral les debe enviar a París, o que el comer lentejas o aguantar cuatro bombardeos son pasaportes suficientes para el otro mundo. O ser de esos que por pertenecer a un partido político parecen haber firmado un seguro de vida. Republicanos de cuota.

A poco de empezada la guerra, pensó que más falta hacían médicos de los de inyección en ristre que los de su especialidad, y empezó a trabajar en el hospital de Vallcarca.

Los primeros meses no le suprimieron –ni a él, ni a nadie– ninguna comodidad, los cafés seguían siendo los cafés, y los bares, los bares, y el buen vino con su transparente y sangriento gustillo caliente, y el buen coñac con su madurez melada, y el bienestar indefinible en lo hondo de un sillón lengüeteando un alcohol o varios, seguía aparejado a ese difuminar de las cosas lejanas, como si el mundo mismo se hubiese vuelto miope. Y el desaparecer avahado de las preocupaciones y fatigas, acucia por nada, en un lene, suave, blando, dulce, leve, ligero bienestar al alcance de la lengua en el vaso frontero.

–Las mujeres –decía– se ganan por asedio, nosotros los feos. Que los golpes de mano, las sorpresas, las debilidades inexplicables, las rendiciones rápidas, el venirse a las manos con la sola presencia enemiga, el triunfo decisivo sin necesidad de persecución, cuentos o victorias de bien plantados, sin que valgan excepciones; que el ganar feas no es de ley. El que espera el mutuo ramalazo va dado. El gusto suele ser unilateral y siempre hay que despertar al vecino. No te digo nada de los «¡Usted qué se ha creído, caballero!», ni de los discretos «Usted se equivoca». A las mujeres no hay quien las coja desprevenidas, siempre atentas a las reverencias y el dedo en el gatillo. Más alertas que don Dios. Huelen las alabanzas en los ojos más legañosos. Y, sin embargo, si no las repeles, las vences sin dificultad: tiempo y alabanza. Dales vueltas y las mareas. Sé falso y déjate coger en el juego. Habla y déjate llevar por las palabras; engáñate y engañarás. Todo es cuestión de aproches y de poliorcética, como diría Fajardo. Bastiones, barbacanas. Todo es cuestión de fortificarse, de ataques de flancos y de brazos, más que de alas. Las mujeres resisten según el miedo: las unas a la preñez, las otras al infierno. Hay que dejar aparte las que le tienen asco al amor. Las mujeres, como los fuertes. El amor es un arte militar. Suelen decir que las hembras se pirran por los uniformes, no solo por el abalorio: por la táctica. Y el sueldo con oropeles, más. –Templado creía no haber conocido amor verdadero, a pesar del empeño. Todos sus afanes habían caducado en aventuras, que no habían sido pocas, con mujeres de más y de menos. Con los años acababa prefiriendo las lagoteras, y el ron blanco. Los barmans le conocían, y su desprecio por los bazuqueos.

–¿Lo de siempre, don Julián?

Y las trotonas:

–Hola, Julián.

De cuando en cuando se iba solo a dar conversación a las dueñas de algunas mancebías; estas le hablaban de sus negocios, y aun le consultaban; las pupilas le trataban con respeto.

–¿Quién es ese?

–No sé. Un amigo de la patrona. Creo que es uno de esos de la higiene.23

A veces se ocupaba por desocupación; buen pagador de sus gustos, origen de su fama.

Se le había imaginado una figura bastante precisa de la mujer que quería, y quería a todas por distintas. Jugaba franco, a todo amor, por el acaso y seducido por el cálculo de probabilidades. Ganaba minutos, perdiendo tiempo y las esperanzas.

–Chico, me he acostumbrado tanto a las putas, que casi no me gustan las decentes.

Las bigardas de Julián Templado no suelen ser burdeleras, sino de las que juegan a querer.

–En el juego está el cogollo. A las honradas se las consigue mintiendo. Es la única diferencia. A medida que me hago viejo me cuesta más. El mentir es cosa de niños; a los mayores con no decir la verdad, basta. Yo, ya, si no pico no me divierto.

Lo confesaba con tristeza y vergüenza, a pesar del tono; porque en el fondo Julián Templado esperaba todavía hallar, a la vuelta de cualquier esquina, la mujer de sus sueños.

Su mayor falla: ególatra. Lo bueno: que lo sabe; y no se valora en más, pero a pesar de ello, no podía dejar de interesarse, ante todo, por su persona, inseguro de su modestia, que confunde con su inapetencia de poder; sin darse cuenta de que aprecia el mundo únicamente en función de sí mismo. Cree que todos son como él, y en eso es inocente. Aparte de Fajardo, su único amigo, «los demás –reconoce–, los demás me importan un comino».

La guerra le remedió en no poco.

–Mire usted –le decía a la sonochada de aquel 31 de diciembre, a Willy Hope, sentados en el Oro del Rhin,24 a las seis de la tarde, tomando vermut, solo alcohol que había en toda la ciudad–, mire usted, lo único que he aprendido durante la guerra, pero aprendido de veras, es a odiar. ¡Y de qué manera…! Yo, un cordero. Y el odio me ha venido por las cosas, por la sangre y los cercenes, y no por las ideas.

–Esos sarasas insidiosos, collones pacifistas, mandilandines humanitarios, maricas de la otra posadera, conservadores y otros Halifaxes,25 que se desesperan de nuestra crueldad, y se espantan haldeando de aquí para allá de nuestras atrocidades; esos comen ideas, digieren ideas, cagan ideas, sin darse cuenta de las cosas. ¡Las cosas! ¡Las hileras de niños muertos! ¡Qué me importa la caridad cristiana –Julián Templado le tiene hincha, en su conversación, a la caridad cristiana–, si he tenido que operar hoy a seis desgraciados rotos por la metralla de esta mañana! ¿Que no tiene que ver lo uno con lo otro? De acuerdo, pero un hombre es un paso demasiado estrecho para que quepa tanto a la vez en su magín. Y ese caer y roer de las cosas, centenario, por los campos españoles… ¡Qué tiene que ver que aquí nos hayamos cargado cien curas, si representan para el humilde la llaga más podrida, el sahorno más escociente, el prurigo más purulento de un dolor de diez generaciones!

Para Julián Templado, a veces, el problema se planteaba de esta manera: los muertos que nosotros matamos, ¿están o no están bien matados? Y, naturalmente, no lo resolvía. Ese mismo humanitarismo contra el que se arremolinaba irresoluto se le añasgaba al rehílo de la vela. A pesar suyo mezclaba la física, la astronomía o las matemáticas donde no tenían nada que hacer.

–Tanto montan, en el microscopio, el escupitajo del fascista que el mío.

Julián Templado no es capaz de plantearse claramente los problemas; se deja llevar «por la música de las esferas». Halla un cierto goce en confundir y enredar las cosas más dispares.

–Soy un vago –decía, con razón, jugando con la palabra. Cuando más despierto encontraba en su magín la misma imprecisión de definiciones y límites que le producía el alcohol. Era su cruz, y le pesaba. Faltábale memoria; por lo mismo ni sabía cantar, ni bailar; que todo es cuestión de recuerdos precisos–. Además –seguía diciéndole a Hope– a la gente le gusta mucho hablar de crímenes, y no atreviéndose a matar, ejecuta con la lengua. En nuestra guerra el número de resucitados superará al de los muertos, otro milagro. Hablo de los muertos por nosotros en vuestras gacetas más sesudas. Aquí, por lo general, diéronse los paseos por motivos personales y mala baba; el resentido, vuelto delator si no tenía braveza suficiente para llevar a cabo la realización postrera de sus reconcomios. Pagáronse y, sobre todo, dejáronse de pagar, deudas: muerto el perro, muerta la rabia; se desagraviaron los cornudos; se vengó el apaleado; satisfacción de estafados y ganancia de pescadores; murieron infelices por la sola desgracia de haber pisado callos demasiado susceptibles, se pagaron caros despidos inmotivados, huelgas de todas calañas, se picó al capataz y se salvó el amo. Se pagaron las genealogías. Liquidación de cuentas: borrón sin cuenta nueva, porque nada resuelve la muerte al mal tuntún de los agraviadores supuestos. Se liquidaron querellas de antena de radio: «Yo la tengo más larga que usted».26 Los matadores no tenían suficiente conocimiento del mundo para ejecutar responsables; y a lo primero no hubo coto posible, los guardianes del orden se habían pasado al moro. No sucedió así del lado de Franco, donde el impulso mortal era consciente, las listas previamente establecidas y los denunciadores del mejor mundo. Como decía aquel: «De este mundo al otrof, en un adiós, que si me ves no me has visto». Los señoritos saben escoger, y más con la cachaza que da el obrar en nombre de una autoridad recién establecida. Cuente usted, de nuestro lado, el florecimiento de un negocio para el que no se necesitaba más que facha y malos antecedentes. Los nuestros (es un decir), águilas, se dieron cuenta de que los ricos estaban dispuestos a pagar lo que fuera por el seguro de sus vidas, pero como el dinero les duele, convirtieron los plantos del rescate en sangre: la misma que corre por las columnas de los periódicos de su país de usted. Organizáronse cuadrillas; siempre hay rufianes al ojeo. Los rebeldes asesinando pobres no hacían granjería, era puro placer de matar y caridad cristiana. Han muerto muchos más maestros que aquí frailes, pero todo lo puede el hábito; la gente cuando habla de curas muertos no ve hombres derribados, sino sotanas colgadas, y abultan más.

Templado explicaba, cosa infrecuente en él, porque consideraba que ese era su deber frente a un periodista extranjero, aunque fuese tan amigo nuestro como Hope. Este era grandón, taheño, con pintas, canas, la cara reluciente y colorada, y estaba ingurgitando a grandes lampos su cuarto vermut.27

–Lo bueno de la guerra –seguía Templado–, que le vuelve a uno a dar baño de polvo, de barro, de tierra, que el hombre olvida fácilmente con tanto inodoro. Un poco de estiércol no le hace nunca daño a nadie. Uno es más de tierra de lo que parece. Sí, los abonos huelen mal, pero le hacen a uno crecer y hasta crecerse. Y referente a los paseos, le voy a contar lo de mi padre: creo que fue hacia el 20 de agosto del 36; a las diez de la noche se presentan, en el entrepiso donde vive, donde yo he nacido, en la calle Campomanes, se presentan tres hombres jóvenes, muy a lo decente, pero con las pistolas a la vistag. Se quedó sin huelgo la criada, una mujerona baja y regordeta, de Granada y que sirve en casa desde hace la mar de años.

–¿Vive aquí un tal Juan Templado?

Mi padre se llama Juan.

–Aquí… –contesta sin contestar la pobre Nieves. Pasan dos adelante, se queda uno en el recibidor. Les sale mi padre al encuentro. Mi padre tiene más de sesenta años.

–Ustedes dirán.

–Venimos a hacer un registro.

–Pasen ustedes.

Husmean la sala y entran sin cumplidos al despacho, que está al lado. Allí sentada en un sillón ventanero, medio inútil, mi abuela.

–Nada, madre, no se preocupe.

La pobre vieja se ahoga de miedo.

–¿Dinero?

Saca mi padre el peculio del mes. Lo desprecian.

–No. Papeles.

Saca mi padre los de la tienda de mi hermano y los de la deuda de su amigo Vicente. No los quisieron ver. Buscan, rebuscan por los cajones. Mi abuela, mis hermanas, la criada apiñadas.

–¿Dónde tiene Ud. los recibos de Falange?

–¿Yo? ¿De Falange?

–No se haga el bobo.

–Yo no he pertenecido nunca a ningún partido político –dice mi padre.

–Aquí no estamos pa discutir, ni pa perder tiempo.

Se dan una vuelta por los dormitorios, trastocan la cómoda, las sábanas apiladas en el armario, le dan un papirotazo a una Virgen del Perpetuo Socorro velada por una tela de colchón.

–Véngase con nosotros.

–¿Yo? ¿A qué?

–No sea curioso. Ya lo verá.

–¿Y si me niego?

–A la fuerza.

Y el que habla amartilla su pistola.

Se desata el coro de las mujeres. Mi hermana Remedios quiere saber dónde le llevan.

–No se preocupe. No es nada. Una denuncia. En seguida volverá.

Y mi padre:

–No se preocupe, madre. Es una equivocación. Yo siempre he sido de izquierdas. No será nada. En seguida estoy aquí.

Bajan todos y se meten los cuatro en un coche. En la noche algún tiro suelto. Bajan hacia la plaza de Isabel II y el auto enfila el paseo de San Vicente. Iba mi padre en el asiento del fondo, entre dos mozos. En seguida se dio cuenta de que iba a morir, y sin sobresaltarse demasiado dijo a sus compañeros:

–Yo sé que me van ustedes a matar. Pero hacen ustedes mal. Ustedes se equivocan.

Llegaban al paseo de la Florida.

–Yo no soy hombre de derechas. Tengo la conciencia tranquila. Lo siento por mis hijos. Recuerdan el recibo que les enseñé y que Uds. no quisieron ni mirar? Es un recibo de diez mil pesetas. Me las debe un amigo mío. No lo sabe mi familia. Van a perder ese dinero. ¿Uds. me quieren hacer un favor?

Las frases cortas, que el aliento no daba para más.

La Bombilla.

–Cuando me hayan matado vuelvan Uds. a casa. Cogen el recibo y se lo dan a alguna de mis hijas. O a la criada. Que no se entere mi madre. O lo cobran Uds. y les mandan el dinero. Yo ya sé que Uds. no obran por interés.

Carretera de La Coruña. Por lo visto les impresionó la serenidad de mi padre.

–Che –dijo uno, traicionando su condición de levantino–, ¿volvemos por el papelh?

–Será trola.

–No perdemos nada. Ni él tampoco. Che, vuelve.

Y volvieron.

–Ya está ahí el señorito. Y se le saltaban las ubres a la doméstica. Buscaron el recibo. Echole un vistazo uno de ellos que no había abierto boca. El recibo de las diez mil pesetas tenía el encabezamiento de la tienda de loza y porcelana del amigo Vicente: «Vicente Calvo y López. Postas, 6. Azulejos y loza de todas procedencias. Especialidad en reflejos metálicos. Teléfono 14562». En un falso gótico del mejor relumbrón. Lo estoy viendo.

El callado dijo:

–¿Sabes quién te ha denunciado por fascista?

Mi padre le miraba.

–Este.

Y señalaba con una mano, en la que faltaban dos dedos, el encabezamiento del recibo.

Y fueron por Vicente.

3. Julio Jiménez, retratoa

«No hay feria como la de Albacete. Ni la de Játiva, ni las de Valencia, ni siquiera las de Alcoy. No hablemos de Cocentaina. ¿Te acuerdas de Cocentaina, de la agarrada con el Moreno? No las de Hellín, ni las de Mula, ni las de Caravaca. Ni las de Utiel; el año que fuimos a Utiel y a Requena. ¿Dónde he pasado tanto frío como aquí? ¡Y ese tranvía sin venir! ¡Dios! ¡Qué frío! Quizá en Chinchilla o cuando fui de pequeño hasta cerca de Ciudad Real: llegamos hasta Daimiel, no sé si a Almagro. ¡Ahora nieva! Nunca ha nevado tanto en Barcelona, lo dicen los mismos catalanes. Será porque la ciudad está fría: sin carbón, sin leña. Por lo visto son las casas las que calientan el aire. Nunca han estado tan frías las paredes. Esa humedad del tabique que se mete en la espalda por la noche. ¡Y ese tranvía que no viene!»

Pintea el agua rehilada de nieve.

«¡Tan bueno como amaneció! ¿Cómo estará el niño? ¡Cómo me va a mirar la Matilde cuando me vea entrar sin el médico! ¿Qué culpa tengo yo de que no haya venido? Doña Teresa dice que vendrá antes de las seis. Habrá tenido que hacer. ¿Y si el niño está peor? Yo he dejado el recado, y doña Teresa apuntó las señas. ¿Qué más podía hacer? ¿Por qué me iba a engañar? ¡Cómo me va a mirar la Matilde! ¡Y con el frío que hace! A lo mejor cuando llegue a casa ya está allí. Todos los médicos tienen coche. ¿Qué interés va a tomar un médico por un niño como el mío? Para acabar de arreglarlo, ese tranvía sin venir. No sé si tengo más frío en la espalda o en las piernas. ¡Cómo se despide el año! ¡Qué Nochevieja! Ahora estaríamos en la Feria de Valencia. ¿Dónde? Estos años la han cambiado de sitio más veces que gobiernos ha habido: un tiempo en la Gran Vía, antes en la plaza de Castelar, cuando aún había Bajada de San Francisco.28 ¡Qué tapas las del Bar Oliveta! Y en los solares de la estación del Norte, y en la avenida de Victoria Eugenia, ahora detrás de la Plaza de Toros. Se acabó el tiempo de las ferias, Julio.

»Voy a subir a pie. Contaré hasta veinte, y si no viene subo a pie. Tan oscuro y lloviznevando. ¡Qué frío, Dios! ¿Qué crees que tiene el niño? ¡Si estuviese seguro de quién me lo ha aojao! ¡Como sea el Manuel! ¿Se puede morir? O desgraciarse para toda la vida. ¡Cuarenta y dos pesetas una docena de huevos! Y nada en la Cooperativa. La culpa de los fascistas. Sí. Y del Gobierno. Ya los metería yo a todos esos que comen en los restaurantes… ¡Esos son los de la quinta columna,29 hijos de la gran madre que los parió!

»A ver si es este. No, un 54. Ahora estaríamos en Valencia. A hacer puñetas, no espero más.»

Julio Jiménez hunde sus manos encallecidas en los bolsillos de su pantalón de pana, deja la plaza de la Universidad y sube Aribau arriba.

«He esperado hasta las siete y media. Dijo que vendría a las seis. Ya está bien. Con tal que no esté cerrada la farmacia.»

Cae el cielo negro sobre la ciudad negra. Se adivinan los fantasmas de las espirales ventolineras de la nievezuela, resbala la jalea del lodo por el suelo enfangado. Al chispazo largo de los faros de los automóviles brillan el rayadillo del agua y los charcos picados. Llueve desde siempre y para siempre, para siempre es el frío: durísima espada. Aúllan de pronto las sirenas, desencuévanse como los vientos; envuelven la ciudad ululando a muerte.

¿Con este tiempo también? Bombardearán nubes. No tengo miedo y se me encoge siempre el estómago. Es lo que le faltaba a la Matilde. ¿Quieren que nos muramos en el barro? ¡Puercos!»

El zumbido de los motores y el rebombar de los truenos de los cañones tirando, ciegos, a la aventura de los oídos. La ciudad, herida y oscura, siente más la congoja del frío. Cerca de la verja de la Universidad Julio Jiménez duda un momento, el agua por la boina, por la cara, por la chaqueta corta de pana rayada. Hace tiempo que el ocre tostado del terno ha perdido su vello en coderas y rodilleras: cálanse en seguida las urdimbres. Córrele la lluvia por las arrugas de la cara, como si fuese por cárcavas, gotea el bigote rucio, andan luego los rosarios de agua al azar de su barba cerrada, sin afeitar desde la recaída del chaval. El agua bate cejas y pómulos sin hallar mejillas, y por las torrenteras de los desaparecidos mofletes éntrase por el cuello: que la camisa no es obstáculo, cabe el puño por él, tanto adelgazó el hombre de tanta lenteja, tan poco pan. Julio Jiménez pasa de los cincuenta, con mucho hueso y poca carne, ancho, bajo, la quijada fuerte, la boina pequeña, la cara y las manos tostadas de aire y sol, que el cuerpo lo tiene blanco como cuajada. Hunde el pie derecho en un charco, llénasele de frío y humedad, a pesar de las botas, que son de Almansa. Por la calle que enfila baja un gris arremolinado como ventisca de puerto. La nieve se deshace en agua a cualquier contacto.

«Ya ves, una buena acción nunca se pierde: la ayudé a salvar el equipaje y ahora me manda el médico y quiere encontrarme trabajo. Trabajo, trabajo… ¡Quién vendiera ahora relojes subido en las tablas del barracón! ¡Señoras y señores! Yo no soy León Salvador…»

León Salvador, ¡el rey de los feriantes! Con su mancha vinada partiéndole la cara. Y su labia famosa. Él solo vende más relojes que todos los demás juntos.30

Las ferias son casi todas en agosto y septiembre, aunque empiecen con la Magdalena en Castellón y acaben con el Pilar, en Zaragoza, que las de Navidad en Valencia no son nada, un aguinaldo.

El número y la calidad de los tiovivos, de las norias y columpios, indican la importancia de la feria, que la de la comarca depende de los animales; lo que importa es el ganado, y en las capitales los toros. Sin reses, las ferias no pasan de ser verbena. Las barracas son propiedad del Ayuntamiento, y los puestos, de año en año, los mismos para los mismos, a pesar de la pamplinada de la subasta. Son tres las clases de comercios: de juguetes –de Onda, de Denia–, de bisutería –ahí de murcianos y valencianos– y los turrones de Jijona. A las ferias pequeñas suele acudir un tiovivo, tres tiros al blanco y un Museo Taurino de figuras de cera con la casaquilla del «Espartero», o el estoque de Reverte.31 Para las mozas las vitrinas de los quincalleros son las páginas de la moda; que el recovero trae siempre lo mismo. Las feriantes están al día y exponen lo último de Barcelona y Madrid. Antes conocen «lo que se lleva» en los lugares que no en la ciudad. No hay quien las engaite.

–No. Eso ya lo llevaba Ud. el año pasado.

Pasan revista a todas las cristaleras, con mucho cuidado. El precio es lo de menos.

–Mira: un broche igual al que Mariano le ha regalado a la Felisa.

Cada pueblo tiene sus preferencias: en Albacete se vende lo negro y en Játiva lo colorado. Se suceden las modas más de prisa en Lorca que en Nueva York. Una exacerbada necesidad de novedades en medio de una vida invariable.

–Esto se lleva siempre.

–¿Eso? Del tiempo de mi abuela.

Los viejos dicen que aquello ha cambiado mucho, que antes las esclavas, los zarcillos… Cualquiera sabe. Pero a Julio Jiménez le parece que el pueblo siempre ha querido cosas nuevas y desprecia el ayer.

En cambio, los dulces son inamovibles. Véndese siempre más turrón de Jijona que del de Alicante, y más de este que del de yema, y más de yema que del de fruta; y más turrón que mazapán, a pesar de venir este modelado en figurillas con lazos verdes y rojos y adorno con granos brillantes.

Los juguetes median entre los dos negocios: los niños son rutinarios: a pelota perdida, pelota pedida. Un perifollo no tiene importancia y sirve para presumir –una muñeca, un tambor es otra cosa. El juego es algo serio y los juegos no varían más que las comidas. Generalmente, la clientela de la feria come hervido todas las noches. Además, las niñas son conservadoras: no hay quien las haga tirar la muñeca vieja, pero quieren otra. Los látigos, las canicas, los trenes de hojalata, los acordeones –con las arrugas verdes, malvas o rosa– los aros, los violines, las cajas de colores, varían poco, pero varían los niños. Mucho más que las mujeres. Un niño dura dos años, una mujer moza el doble: hasta que se casa. Además, los niños no tienen memoria, razón de la eternidad de sus gustos; que la liviandad de las muchachas nace de lo contrario; una mujer se acuerda siempre de los aretes de su boda… Los hombres compran boquillas y relojes. Las hembras les mercan gemelos y alfileres de corbata. Cada año trae críos nuevos y nuevos modelos de arracadas. Los peines y los neceseres son siempre igual a sí mismos.

–Hola, Julio: quiero un escarpidor «de la Tortuga», como el que me vendiste en Vélez Rubio hace tres años.

–Ahí tienes uno «del Elefante».

–No. Quiero uno «de la Tortuga».

En las ciudades hay, además, rifas y atracciones. Los barracones son de propiedad: la mujer sin tronco, que la barbada ya no le interesa a nadie; la sirena y el mayor monstruo del universo: carnero con tres colas y dos cabezas o cabritilla con seis patas, o mejor serpiente cascabel o aun aligator zampahombres. En un tapiz colgado al frente del cadahalso la bestia inmunda se medio traga un hombre de color. Y tras unos cortinones de terciopelo carmesí trencillados de oro: la muerte de Granero.32

«Las ferias. ¡Eh, Julio, las ferias!»

Los porritos se están muriendo. Ahora la moda son las perdidas, tres en hilera a medio vestir, con «trajes de noche», dándole a los hombros lo que es de otra parte, al compás de un son, por rayado, gangoso. ¡Infelices! Y muchos se dejan engatusarb. Salen riendo, con los pies calientes y la cabeza fría. Las tómbolas varían según la tolerancia gobernadora, lo bonito son los colores: el 0, negro; el 1, rojo, verde o azul, y el 2, y el 3. Se encienden y apagan las bombillas de colores al repiqueteo de la ballena por los clavos de latón dorado que bojean la rueda de la fortuna.

–¡El 12! ¡Y va con regalo!

Los circos son aparte, aletazo del gran teatro del mundo.33 Los circos y las músicas celestiales de los grandes carruseles –Poeta y Aldeano, Moros y Cristianosc y la segunda rapsodia húngara de Liszt– forman en un universo que Julio Jiménez conoce mal: las ferias de las capitales, de Vigo a Cartagena, de Santander a Valencia. Él se ha hecho hombre en Mula, en Cieza, en Totana, en Jumilla, en Alhama, en Puerto Lumbreras, en Mazarrón.

«Y eso que no hay cosa como esos organillos de París, con tubos de azófar, como un órgano de verdad, y sus muñecos dando graciosos giros, tocando un tambor o alzando la batuta, vestidos de sota.

»¡Mira que si Teresa Guerrero me coloca de avisador! Porque yo creo que se muere de hambre. Sí, de hambre. Un hombre puede comer menos que un niño, para eso es hombre. La sabandijilla jimplando, jadeando. Y ese pulso tan rápido que parece que le va a aserrar el corazón. Anda, anda. Arrempuja el aire, latiguea el agua, batiendo nieve. Hay que ir hacia arriba. Y si me casca un antiaéreo, que me casque. Tira. Cuanto antes, mejor. No se ve nada. Y el frío que se aprovecha y se cuela por todas partes, como si pagara. ¡Cuidado al cruzar! Diputación.

»¿Qué vendrán a bombardear si no ven nada? Tira. Dale. Cerdos. Aquí no conocerían a León Salvador. En esta época nunca ha hecho un tiempo tan cochino. Había que verle en Albacete subido en sus tablas. No era un feriante, un artista. Yo no llegaré nunca a eso. Dicen que soy muy bruto. A mucha honra.» León Salvador había hecho tablado del mostrador: se subía encima, en el lugar del género ponía los pies. Un espectáculo. Vender divirtiendo. Charlatán, embaidor. Los viejos le miran como a un hereje. Su gente se le rinde con solo verle reír agitando su campanilla. No es clientela, sino público. Su éxito: convertir el teatro en ganancia.

«No os voy a decir lo que os voy a dar por cinco. No os voy a decir lo que os voy a dar por diez. Ni por cien. No lo vendo: pero le añado un billete de cinco duros. ¿Quién quiere el todo, todo esto que tengo en la mano: el billete de veinticinco pesetas, el reloj, que no quiero vender, esta cadena que pongo ahora, ¿quién lo quiere por veinte pesetas? ¿Nadie? Ya lo decía yo: no lo doy a ningún precio. El público es tonto. ¿Ud.? ¿Ud. lo quiere ahora? Ahora es tarde. Vuelva mañana.»

Y la gente se ríe. Cuando más los insulta o engaña, más se ríen. A menos que uno de sus comparsas intervenga y se lleve la breva, entonces surge otro: «Yo, también». Y la gente se vuelve a reír. «¿Por qué? –se pregunta aheleado Julio Jiménez–. Si lo hago yo la gente se queda fría. Tiene ángel.»

«No lo doy: ni por cinco, ni por diez, añado un billete de cien pesetas. ¿Quién me da noventa de todo?»

La gente se arremolinaba aguzando el oído.

–¡Chist! ¡Callarse!

Cerca o lejos, alrededor, los tiovivos, los columpios, la montaña rusa, el tobogán, los circos armaban jolgorio, en amalgama con los gritos de las criadas. Algazara contrapunteada por el ruido de los disparos y el aplastarse de los balines de plomo en las charpas de hierro pintarrajeadas, poniendo en movimiento una fragua o haciendo pasar un tren, o haciendo tocar a rebato unas campanas; desfila una procesión, gira un molino o estalla el petardo del ¡bomba va! Al lado, los que presumen de mejor puntería se afanan en lanzar de su vertical y altibajero lecho de agua una pelotita de celuloide que rueda sus dos colores; los buñuelos y las pipas de yeso han perdido adeptos. Al lado, un negro pasea tras una alambrada, sobrepásale su chistera, que unos muchachos del cuarto año de bachiller se empeñan en tirar con la sana intención de darle al moreno en las narices: puede más la mala puntería que la mala baba, y el cimarrón sigue andaviniendo por su jaula, tan contento. Las pelotas rebotan en la madera del fondo, rehinchiendo los timbres, los gritos, los pitidos, los campanillazos, la albórbola de todo y la garla de León Salvador, que con grandes alharacas y su voz rota, bronca pero clara, procura vencer la trápala: «¡Ud. tiene ojos de comprador de reloj! ¡Ojos de comprador de Roskof! ¿Qué es un reloj, señores? Nadie sabe lo que es un reloj. ¡Un reloj, señores, con catorce rubíes! ¡Y áncora! ¡Un reloj suizo, señores! ¿Qué es un reloj? Nadie sabe lo que es; León Salvador es el único que sabe lo que es un reloj. Nadie sabe lo que es, pero todos quieren tener uno, sin saber lo que tiene dentro. El que no tiene reloj, pierde el tiempo. Sin reloj ni se vive, ni se puede vivir. Tanta falta hacen como las mujeres, y salen más baratos. Me diréis que andan solas, que no hay que darles cuerda. Pero no hay quien las pare, ni León Salvador que las componga.34 Un reloj suizo, ¡con catorce rubíes como catorce soles! ¡Catorce rubíes como no los hay mejores! ¿Qué vale un rubí, señores? Alguno de Uds., ¿puede decirme lo que vale un rubí, un rubí verdadero, un verdadero rubí? ¿Valdrá un rubí menos de un duro? Tú, muchacho, ¿crees que un rubí puede valer menos de un duro? No. El chico no sabe lo que vale un rubí. Pero un rubí es un rubí. Y un rubí no puede valer menos de un duro. Alguno de ustedes, ¿puede venderme un rubí por menos de un duro? Nadie. Nadie. Aquí tengo un reloj del mejor sistema Roskof, un magnifico reloj de catorce rubíes; catorce rubíes que valen por lo menos catorce duros. Más las tapas de oro chapeado de 18 quilates, la esfera, los números, la maquinaria, los resortes, el áncora –porque es un reloj áncora, señores–, más los muelles, la cuerda, las ruedas, las agujas, el cristal. Un reloj completo, garantizado por León Salvador, ¡el León de los vendedores y el Salvador de los compradores! Un reloj de catorce rubíes, ¿por cuánto lo vendo? ¿Por cien pesetas? ¿Por ciento veinticinco? No, señores, no. No seré tan tonto. Tiene catorce rubíes que valen, ellos solos, catorce duros. ¿Por cuánto lo vendo? ¿Por los catorce duros, que valen los catorce rubíes? No, señores. Ni por catorce, ni por trece, ni por doce. Ni por once, ni por diez, ni por nueve: seis duros, señores. ¡Y no vendo más que esta caja de doce! Uno para este señor, otro para aquel, este para el señor calvo de más allá. Lo siento, no hay más. Lo siento, vuelva Ud. mañana, quizá le pueda complacer. No. No hay más. ¡Ahora vendo un lote de cadenas! ¡Ahora vendo un lote de cadenas de reloj!»

Pita y campanillea el carrusel, gira la noria, chilla el macaco del barracón de rabizas.

Cruza –una calle más arriba– una ambulancia con el mismo timbre que el de los recuerdos. Julio Jiménez guachapea en el fango. Tropieza.

«Cuidado al cruzar. ¿Consejo de Ciento? ¿O la ha pasado yad?»

La noche se convierte en hopa.

«¡Cómo encocora el frío! ¡Y cada vez más fusco! Alargar el paso. Cuanto más de prisa, más pronto llegaré. ¿Qué dirá? ¡Dichosa alarma! Y el niño delgado, con los ojos cerrados – ¿abiertos o cerrados?– de fiebre. Y sin quinina, o como se llame el potingue ese. Para eso se vuelve uno a casar. Es que el hombre es así. Sin mujer no se puede vivir. Y eso que esta ha salido buena. Pero nadie me quita de la cabeza que el Miguel ha aojao al crío. Yo no podía adivinar que le gustaba la Matilde. Además, en esos momentos uno se ciega. ¡Y Miguel es tan hijo mío como el chirriquito35 ese! Miguel en Teruel; tampoco pasará frío, que digamos.36 ¡Cochina vida, cochinos fascistas!

»¿Por qué vinimos a Barcelona? En mala hora. ¿Por qué me he acordao de la feria de Valencia? Cabo de año… Tira p’arriba. Cochino charco, cochina vida, cochina guerra, cochinos fascistas. ¡Agua de Dios, basta! Y dale. Si se muere, la culpa la tienen los fascistas; y si no, ¡a ver quién ha empezado la marimorena! ¡Y no se encuentra comida ni pa un remedio! ¿Qué remedio tiene el delgadín? Y las colas. Que el frío, que el no encontrar el médico ese del demonio, que la alarma, que el romperse las narices con tanta cochinada como parece que hay por el suelo, ¡cochina nieve! Lo peor, el frío. Peor que el acabose. ¡Me falta resuello! Está uno solo en medio del mundo, ni Cristo por la calle. ¡Es mucho machacar, Dios! Ya me corre el agua por la espalda, ¡cochino cogote! Y no saber. No saber ¿qué? ¿Por qué se ha de morir el niño? Es una vergüenza. Sería pa llorar si no lloviese tanto. ¡No dejar uno pa muestra! Y ahora resulta que el Miguel se ha casao. Seguro que con cualquier pendón. ¿Qué he hecho yo para que todo se me venga encima? Y arrea, Julio, arrea. Cuidado al cruzar. ¿Aragón? Sí.»

La reconoce por las barandas y la trinchera. Por el hondón pasa un tren, un tren todo mojado, transido de frío; un tren descristalado, sin humo.

«Corre, que llegarás tarde. ¿Te cansas? Yo también. Y eso que yo pudiera… ¡Mira que si la Teresa Guerrero me coloca de avisador! ¡Yo, de avisador en el teatro Barcelona! Con tantas pelucas y tarros, y coloretes y tanto olorisco y trajes de recambio.

»Y eso que yo no debiera sentir el frío.»

Porque Julio Jiménez es de tierra fría, de Cabuérniga, para más señas, de padre barquillero y mudo. Pero salió de allí muy rapaz. Pequeño se había quedado; hasta la huesa, ralo y duro, con la cabeza como de piedra, los ojos como alfileres y lucios; la frente de dos dedos toda arrugada, como si se hubiesen empeñado en que cupiese toda en tan poco espacio. Ya le daba a la rueda cuando se murió la madre y el padre se abarraganó con una trapera, que creyó tenerlo todo resuelto con un hombre mudo. El que salió peor librado fue el chico que, a las primeras de cambio, se las piró. Así cayó feriante. A los doce años, al azar de un encuentro. Fue creciendo sin darse cuenta, sin que lo notaran los demás. Un día empezó a granjear por su cuenta, se amontonó con una de Alcoy, nació Miguel, se murió la mujer a los dos años de no se sabe qué: un dolor que le dio… Las comadres murmullaron. Allá ellas. Ahora Miguel ya tiene veinte años, por lo menos. «Y la otra, la sabandijita, se está muriendo.» ¡Qué le importa al agua! ¡Qué le importa al agua el frío! ¡Qué le importa al agua que yo venda o deje de vender relojes! Cuidado al cruzar; Valencia.

«¡Y la pobre desgraciada que me dice que todo esto nos sucede porque he votado por las izquierdas! Infeliz, ¡qué sabe ella! ¡Qué saben las mujeres! Las mujeres a barrer el piso, a lavar, a callar. A limpiarle el culo a los niños, que para eso los hacen. ¡A callar las faldas! ¿Que se te muere el niño? ¡A callar! ¡A callar, he dicho! ¿Es nuestra la culpa? Entonces, a callar, ¡qué narices! ¿Es mía la culpa si el médico no estaba? ¿Es mía la culpa si no hay leche? ¿Eh? ¿No dices nada? ¿Es mía la culpa si hay alarma? ¿Es mía la culpa si llueve? ¿Es mía la culpa si hace frío? ¿Eh? No te atreves, ¿eh? ¡Pues, a freír espárragos! ¡Y a callar! Si no te callas, te arreo. ¿O es que crees que no me gustaría más estar vendiendo relojes en la feria de Valencia, aunque de cuando en cuando oiga uno que dicen:

–Mira ese. Se cree que es León Salvador.

»¿O es que crees que por eso voy a votar a los carcas? ¿Que qué tiene el niño? ¿Es que soy médico? ¿Entonces? ¿Es que crees que si lo supiera no estaría ya curado?

»¿Por qué se casaría uno? ¡Si en vez del niñorro se muriese ella! ¡Calla, condenado! Esta calle ya es Mallorca. Cuidado. No se ve na. Mira que si se llegara a morir ella…»

La idea se le queda fija a pesar de sus esfuerzos para borrarla. Anda diez metros con ese laberinto a cuestas. Véncelo el frío y el vientecillo cicatero que traspasa la humedad del pecho a la espalda.

«Dios, ¡cómo tengo los pies! Dios, ¡ayúdame! Haz que se salve el niño. Si le salvas… Si le salvas, ¿qué?»

Julio Jiménez aprieta los puños en los bolsillos.

«Si le salvas, ¿qué?»

Julio Jiménez no le puede ofrecer nada a Dios.

«Si no tengo nada, ¿qué quieres que te dé? Pero ¿qué culpa tiene el niño? La culpa es de la noche, del agua, de la alarma, de los fascistas, de la guerra, de la mierda. Hace tiempo que no se oyen los cañones. Habrá sido una falsa alarma. A lo mejor.»

Baja un auto fiándose de la soledad.

«Al fin y al cabo la culpa es tuya, Dios de los españoles. ¿Es que los ricos no tienen bastante contigo? ¿Qué te he hecho yo? Se murió la Fuensanta, que bien sabes que no la maté. ¡Que comadreen lo que quieran, y a mí qué! Yo hice lo que pude. Una desgracia. No hay más Dios que el de las desgracias. Del frío me siento los huesos. Me duele el esqueleto. ¡Otro charco traicionero! ¡Trampa! ¡Trampa! ¡Sálvalo, que es pequeño! Y si se muere, haz que su madre no lo sienta demasiado. Que yo ya me las arreglaré, para algo es uno hombre. La culpa de todo la tiene el Miguel, le echó una mala mirada. Yo lo vi. ¿Que le gustaba la Matilde? ¡Haberlo dicho antes! Provenza. Cruzaré hacia el Hospital. Tengo que ir a Granollers. El Borrao dice que allí hay patatas. A ver si Oriol me quiere llevar en la camioneta. ¿Y Clemente? Lo malo es que un reloj es mucho reloj por diez kilos de patatas. Mucho reloj y poco arroz. ¡Me cago en diez, otro charco! Y ale, otra ambulancia. ¡Cochinos fascistas! Cuidado al cruzar Rosellón.

»¿Por qué se me revuelve el estómago pensando en el niño? Lo que tengo es cochina hambre. Y sobre los hombros frío, y en la cabeza rabia. Y en los pies, agua. Con tal que el médico ya esté en casa. Ha prometido decirle que suba en seguida. Debe de tener coche; a pesar de la alarma creo que a los médicos los dejan. Lo que tengo es hambre. ¡Aquella paella de Albocácer! Y el gazpacho de Utiel el día que maté las dos liebres. Carretera de Sarriá. Ya falta menos. ¡Agua y venga agua! Si el cielo está tan mal repartido, ¿de qué nos quejamos? ¿Qué darían por esta lluvia en Lorca o en Puerto Lumbreras? ¡Y la nieve de balde! ¡La feria de Puerto Lumbreras! Total subíamos diez o doce a hacerla.»

«¡Ay, el campo de Murcia, donde el agua divide la tierra a ojos vistas! La misma tierra, el mismo aire, el mismo sol: con agua, todo verde; sin agua, todo polvo. Secano, y aquí, ¡tanto barro!

»Huellas del Sangonera y del Segura. Verdes canales hasta el extremo estiradísimo de las aguas. Totana, verde; Puerto Lumbreras, blanco. Abarán, vivo; Mazarrón, muerto. Secano para perder la vista, blanco de sed. Espinardo, tan verde. ¡Cómo huele a naranjo y jazmín!

»El colchón de borra tendido por el suelo de la caseta sin importarles el tamo. Cuando hacía calor, calor; cuando hacía frío, el brasero: lo cuidaba con aquella badila de cobre historiado, que no recordaba de dónde había salido. Las sábanas se las lavaban las amistades: ninguna tan simpática como aquella Matilde, de Alhama. De noche, cerrado el barracón con una lona claveteada; el viento regolfado en ella, tamizado su ímpetu, se dejaba caer fino y blando sobre las espaldas del feriante dormido. Si el aire pasaba de la raya, se le combatía con un vinillo de agujas, agrio y raspante, según los lugares, cuando no caía pardillo o, en la Mancha, tintorro y de buenas orejas. Con las mujeres todo se ordenaba, pero el tiempo que anduvo solo con el chico ya mayorote se los comían las chinches. Por algo se había vuelto a casar, que no todo fue por el gusto. Para el invierno tenían un piso en Murcia.

»¡Y que no se comía! Puñeteras lentejas de hoy –de ayer y de mañana–. Y que no falten. ¿Por qué no haberse quedado allí? Para qué vamos a hablar: igual que querer volver el agua a la fuente. A lo hecho, pecho, Julio. Y por probar nada se perdía. Y sobre todo, que el chico podía seguir con el negocio. Y que no era divertido tenerlo siempre delante. Y no íbamos a dormir todos en la caseta. Y la Matilde ya echaba barriga. No era mala solución esa de venirse a Barcelona. Puerto Lumbreras… Y la sabandijita muriéndose. Puerto Lumbreras. Sudor y polvo. El poniente. Las cuatro acacias de la plaza. Puerto Lumbreras, después el desierto y luego, a lo que dicen, la Andalucía. El viento africano. Uno lo cree porque se lo dicen.

»Vélez-Rubio, Huercal-Overa, Mazarrón: extremos a que llega su mundo. Los pueblos de más adelante los conoce por los mojones, las placas, los letreros pintados en las paredes de las casas, enlechadas, de los peones camineros. Nunca pasó de Puerto Lumbreras, avanzadilla de Lorca, muerta de sed. No hay lugar donde se corte más a rajatablas la huerta y el desierto. En el término de cien metros varía la vegetación de todo en todo: en una ladera naranjos, en la otra, espartos; en un haza melocotones; en su punta seca, alcaparras; y más allá, ya retorcida de tanta sed, una higuera. Y las chumberas. Los hartos de hambre, de tanta sed, de tanto horizonte desnudo, buscan en las entrañas de la tierra. De Cartagena a Almería el suelo destripado de minas. Minas pobres, escasas, duras, pero más blandas que la superficie: puro polvo y abrojos. Durante las elecciones todos hablan de canales y repoblación forestal: “Han plantado quinientos pinos en la Sierra Espada”. Esperan milagros de los discursos y de las primeras piedras. Dura Penibética.

»Puerto Lumbreras caliente de sol y de moscas. Por las paredes de los cuartos encalados hay cromos y calendarios, las ventanas están defendidas por finas telas metálicas y el paso de la sala por una cortina de bambú. Dos casinos y tres iglesias para los vecinos y las vecinas que, contando los perros, que no son muchos, y los niños, que son más, suman dos mil.

»Las fiestas dividen el año. Por la plazoleta, al atardecer, y a primera noche, pasean las señoritas y los señoritos (cuatro señoritas, tres señoritos; tres señoritas encuadradas por dos señoritos; tres señoritas, dos señoritos). A última hora llegan los dependientes “que cierran tarde” y sus amos.

»Muere por allí la pólvora levantina y nace, ardiendo y hondo, el cante andaluz.

»Todos conocen a los feriantes por sus nombres o apodos. Todos los feriantes conocen a los vecinos por sus apellidos o alias.

–¿Y la chica, don Antonio?

–En los baños de Fortuna, con su madre.

–¡Vaya! ¡Vaya!»

La hija del fondista, Crisanto Fuentes, conocido por «El Brújula», le hizo tilín al viudo, sin saber por qué.

«Yo, ¡qué había de saber que el Miguel la rondaba! Ella no dijo ni pío. Ni entonces, ni después. Y tan secarrón el chico: los buenos días y gracias. Uno no puede estar en todo. Con que me lo hubiese dicho; pero le sale al abuelo. Además, tenía razón: esas no son cosas que se cuentan a los padres. ¡Aquella noche en que cogí a la Matilde y la entabléré! ¡Qué calina! La metí en el barracón. Al fin y al cabo, si no hubiese querido no hubiera entrao. Claro que se defendió, estaría bueno que no, y sin abrir boca; pero yo estaba salido. (Le arpó la cara, acezosa; pero la tuvo).37 Lo que le dije al chico: “Lo que quieren las mujeres es casarse. Que lo demás… Ya se sabe, desde pequeñas al olisqueo de los hombres. Parecen perras, con la nariz donde menos les importa. Y que en seguida se lo notan a uno…”. Y el Miguel tan serio, con la arruga esa del abuelo, entre las cejas. “Ahora es mía, conque tú, ¡a callar! La diferencia de edad, esa me la meriendo yo. Eso es cuenta mía, conque, ¡a callar! Y si no estás de acuerdo: por ahí se va a la calle”. Entonces es cuando le echó el mal de ojo. ¡Derecho a la tripa!

«Ahora se acaba la alarma. Es capaz de creerse que me he esperado ale tranvía. Cochino frío. Me voy a tener que cambiar de arriba abajo. Con tal que se hayan secado los calcetines. Puñetero jabón: ni una brizna.»

Llegó sin huelgo al portal de su casa.

4. Teresa Guerrero

Julián Templado había olvidado el mensaje que le había enviado Teresa Guerrero la noche anterior citándole en el teatro: al entrar en el hotel, medio dormido, preguntó, como de costumbre, al conserje de noche:

–¿Hay algo?

Diole este el recado de la actriz; tras ojearlo se lo metió en el bolsillo del gabán y subió, ya en el limbo, los cinco pisos que le trasportaban, en volandas del sueño, a su cama. No hizo ningún esfuerzo por grabar la cita en su flaca memoria. Además, quién sabe si en los laberintos de sus primeras y segundas intenciones y claroscuro de sus deseos, se medio formó la intención de probar si castigándola conseguía algo, irritando su vanidad y haciéndose presente por su falta: idea que no hubiese resistido un momento de lucidez.

La verdad: que se le pasó la hora; muy a gusto en el café hablando deshilvanadamente con Hope.

Willy Hope creía que la verdadera razón de la guerra había que buscarla en la reforma agraria; que todo hubiese podido resolverse «parlamentariamente»;38 que, en general, la culpa era de los españoles, que prefieren las soluciones rápidas, y lo rápido siempre es violento.

–No sabéis esperar –decía. Desesperados, pensó Julián.

–Y eso que la mayoría de vosotros no sabéis qué hacer con el tiempo. Cortáis los nudos. Os gusta cortar por lo sano –Hope hablaba con cierta dificultad, repitiendo verbos.

–Y claro, produce sangre –contestó Templado–. Sí, es posible que la paciencia no sea virtud española. Para convencer, sajar.

–Cirujanos de vocación. No tenéis medio.

–Ni remedio.

–Sois intolerantes por falta de paciencia, no por el hondo sentir. San Vicente Ferrer es santo por haber convertido cuatro mil judíos de golpe. O todo o nada, lo cual alaba el orgullo, que esa sí que es virtud de tu país. Despreciáis la muerte por chulería. Aquí, los grandes hechos históricos presentes en la memoria del pueblo no son ni Flandes, ni Orán, ni la conquista de América, sino Sagunto, Numancia o Zaragoza. No os importa tanto la victoria, como el quedar como Dios. Y del orgullo a la crueldad solo hay un paso.

–Raíz del orgullo: no querer oír –comentó Templado.

–A pesar de eso algún día os tendréis que poner de acuerdo.

–¿Con quién? ¿Con Franco? No cedemos ante las componendas. El perdón después de la victoria, ese es otro cantar.

–Pues si vosotros sois los vencidos me parece que podréis esperar sentados. O colgados.

–¡Bah! ¡Quién sabe! La diferencia entre Burgos y esto, como me decía un compañero suyo que ha estado en las dos zonas: «Que allí hay muchos italianos y aquí no».

–Fíese. Ud., ¿es comunista?

(Se conocían poco y, a veces, se hablaban de tú, otras de Ud.).

–¿Yo? ¿A qué santo? ¿Por qué?

–No sé. Creo que me lo había dicho esea, un amigo suyo que está en La Vanguardia. ¿Cómo se llama? Bueno, no importa.

–Ahora dicen de uno: es comunista –o de la CNT–, igual que antes: es carpintero, u hojalatero o albañil. No soy comunista por mil razones: la primera porque soy español y el comunismo triunfante representaría una hegemonía rusa en el mundo, de la misma manera que una dictadura católica sería una hegemonía italiana. Soy regalista. La segunda o la milésima, porque el hombre, piensan, como hegelianos que son, no llega a serlo más que por la cultura y la disciplina. Y la disciplina les ha escondido el bosque. A mí la civilización me tiene bastante sin cuidado; me importa el hombre. El comunismo solo conoce lo que le conviene. A mí me parece muy bien: pero allá él. Un burgués y un comunista evalúanb el individuo según su rendimiento, yo no. El katetón es para ellos el todo: la libertad y la ética les tiene sin cuidado, a mí no. Dicho sea de paso, es con los únicos con quienes me entiendo, porque son decentes, trabajadores, disciplinados, que es lo que pido a los demás.

Pasaba el camarero a tiro y Hope levantó el índice y el medio indicando que reincidiera en el servicio.

–Basta que piense algo para que me ponga a luchar en contra –siguió Templado.

Callaron mientras les servía el mozo.

–Yo creo en el azar –dijo Hope–. solo en el azar. Si X no se hubiese casado con Z el mundo sería distinto. Si Napoleón hubiera muerto en mantillas el mundo sería parecido, pero otro. Por eso Tolstoi no tiene razón.39

–¡Crees en la nariz de Cleopatra!

–Sí, desde luego: creo en la nariz de Cleopatra. Bebo a la salud de la nariz de Cleopatra. Tampoco creo en el destino, ni en el determinismo, ni en la fatalidad. Creo en el azar. Lo que me gusta es el juego.

Hope hizo una pausa, apuró su vaso. Coloradísimo, se reforzaba su aire pepón.

–Hoy hace un año murió Unamuno –dijo dejando la copa en la mesa.40

–Pues es verdad –asintió Templado–. El tiempo, en la guerra no vuela: desaparece, de tanto quehacer. «El tiempo no mata, nosotros matamos el tiempo», como escribió un guasón en el portal del Casino de Labradores, en Sevilla.

Empezaron a mugir las sirenas, y la luz se fue marchando. Con la alarma se le hizo presente a Julián Templado la cita de Teresa Guerrero. Hope volvía al hotel (vivían los dos en el mismo) y el médico cruzó, encogiéndose de hombros bajo la lluvia, hasta el teatro Barcelona. Al llegar a la marquesina, Julián, de pronto, entró en el mundo «Teresa».

(Tan estrecha de cintura como de caderas. ¡Reina! La tez oscura y la boca rasgada más allá de donde disponen los cánones; tus largos labios cárdenos, tus ojeras violadas, tu pelo de aceituna negra, en dos cocas parejas. Pequeña, de hombros hombrunos, cuadrada; tus brazos musculados, anchas muñecas, anchos tobillos. Tan estrecha de cadera como de cintura. Tú, tan pequeña. Tus dientes de lobo más blancos que la nieve. Tu andar cernidillo. Tu color descolorido. Dura. Piedra. Pesada macicez de tu cuerpo sin resquicio. Tus tetitas menudas que no hay qué las mueva. Tú, tan corta, prieta, con tu boca herida, Tere, siempre seria.)

Era así; no que fuese triste: seria. No había coloretes para su color, todos la dejaban pálida. Los ojos grandes, la boca larga y una barbilla decidida. Con su belleza trágica a cuestas: los ojos verdes, tan morena; terrible en la imprecación, dura e inflexible para la comedia. Un bicho. Segura de sí misma y despreciativa de lo que no fuera su gusto, por la falta de dudas en su talento. Dueña de sí y de su destino. Cargada de hermanas de padres y madres distintos, perdidos los suyos en desavenencias y tablas.

–No, esta es hija de Alfonso y Carmen, y Nati, de Alfonso y de doña Juana: sí, hijo, sí, la que ahora anda con Monfort; la característica de Catalina. (No hay más mundo que el teatro.)

Abandonada a su genio, al timón de su aire endemoniado, con cierta seguridad andrógina, muy femenina. La cintura en un puño, y tan estrecha de cintura como de cadera. Fuerte, pesada. De roble macizo.

–Nada de chapa, señor. Aquí no se engaña a nadie.

Teresa Guerrero, lengua espesa y mucronata; áspera para todos. Siempre rodeada de maricas y maricones que la adoran, al acecho y caza de sus más menudos deseos. Síguenla a todas partes, espéranla a todas horas; si hace falta se turnan. Fielísimos pajes de cámara:

–Tere, ¿quieres algo?

–No. Sí, pásate por el zapatero. O –Ve a la tintorería. O –Mira si en casa de Asensio han recibido las medias de la Mariposa. O –Cómprame un tubo del número cinco, pero mira que no esté seco como el último. O –Avisa a mamá que no iré a cenar; que traiga la fiambrera.

(Tere, lirio.)

Cómica por los seis costados: Norte, Sur, Este, Oeste. Arriba y Abajo. Cómica desde los dos años. Hija y nieta de comediantes. Sin nada de histriónico en las maneras, ni de amanerado en las tablas. Mujer de muy pocos amigos y muy pocas amigas; siempre los mismos y las mismas inseparables: en el cuarto, en el café: que es donde se va y se vive. Entre amigos y conocidos, cuatro o cinco: las amigas, a lo sumo, dos, con ese color ido, chupado por los afeites, aire cansado, como si el salir del escenario fuese la vuelta de un largo viaje. En el café se toma café o chocolate.

–No. Yo no bebo.

(Tere, cárdena, dura. Tere, morada.)

–A mí, ¿ese…? ¡Vamos, hijo! Y si esa se ha creído que yo…

El dejo chulo de sus entrañas y el irse para abajo de la comisura derecha de sus labios en acento de desprecio. Madrileña de Madrid.

(–Y Ud., ¿de dónde es?

–¿Yo? De Palencia, pero sabe ustez, como si fuera de Madriz.)

¿Qué le gustaba a Julián Templado en ella? ¿El cuerpo macizo de madera pulida? ¿El verde y hermético mirar que posiblemente no escondía nada?

Un vaho, un tufo, un halo de oraje.

¿O el vedado vientrecillo con la coma de un ombligo oscuro sobre la breve, oscura exclamación figurada más abajo,41 entrevisto al azar en un cambio de trajes un día que entró en el camerino por las buenas?

–Chica,42 perdona.

El marimarica de turno en una esquina. (Siempre los maricas alrededor, revoloteando.)

–¡Ay, Tere, qué guapa estás!

–¡Ay, Tere!

–¡Ay, Tere, qué peine!

En cuanto entraba un desconocido sucuchábanse a chichismear, apiñaditos.

–Tere, no te olvides que Juanito ha dicho que nos esperaba en el café.

Por si acaso el presunto galán tuviera la ocurrencia de querer verla «después de la función». Si por el contrario, el recién venido era de su calaña, ¡qué despliegue de gracias y damerías! «Tú por aquí…». «Y, ¿cómo estás?» Poetillas, musiquilleros y dibujantuelos.

–¡Ay, Tere! ¡Qué bien has estado esta tarde!

–¡Mira qué dibujo ha hecho este!

–No es nada. ¡El romance de Alfonsito a los Marineros del Volga! A Roces le ha gustado mucho. ¡Qué broche tan bonito! ¿Dónde lo has encontrado?

Julián solía escaparse ladeando mamparas, inadvertido, para no estrechar manos, costumbre extranjera que le repugnaba. –¿Para qué necesito yo tocarte el cutis, aunque sea la palma de tu mano? Los sodomitas no perdían prenda: daban y redaban sus extremidades blandengues.

–¡Ay!, ¿cómo estás?

O alargándolas a lo cisne, los dedos colgandillo. Desde el quicio nuestro hombre lanzaba un:

–Bueno, salud.

Y se iba. Los marioles contestaban con desgana.

(–¿Qué idea tienes de los hombres, Teresa?

–¿Los hombres? No sé. Unos aprovechados.)

Lo que Julián Templado deseaba era vencer su boca. Venusta ventura, lengua de lo imposible. ¡Que lo otro…!

–Pierde Ud. el tiempo, Julián: ahí no hay nada que hacer.

–¿Cree Ud. que no lo sé? Iba aviado.

–Siempre se dice eso, y al menor descuido se intenta encarrilarlas por el buen camino.

–Nada, hombre, nada. Me divierte hablar con ella.

–Cada uno con sus gustos.

La amiga de Teresa se llama Cristina, preciosa criatura. Más lo era, que lo es: que con el tiempo ha ido perdiendo su rojuela color igualándose con la lividez de Teresa. Le ha ido ganando esa mohosa verdimorenez de la trágica, naciéndole ojeras, como musgo, en torno de sus divinos ojos pardos; parecieron sus niñas más negras y toda ella un poco fofa. A pesar de ello, las pestañas lanzadas hasta más no poder, los labios gordezuelos acerezados, las orejas menudas, el pecho mollar blandamente colgado sobre una cintura curva y mullida, seguida de unas caderas globosas dibujadas al aire de lo que necesitan, las piernas largas, las choquezuelas sin hueso que las delate. Toda ella calor de sus diez y ocho años, ardimiento y lelilí para cuantos la veían.

–¿Los hombres? Una jauría. Unos asquerosos. Todos.

(Tere, madreselva.)

Con la alarma se había suspendido la función. En el cuarto de Teresa, a la luz de una bujía, la actriz se despintaba. Cristina jugaba con los dijes de una pulsera. Faltaban los bujarrones: no podían con la lluvia.

–¿Qué quieres, hijo? Son de azúcar. Y tú, ya podías haber venido más temprano.

Pretextó Templado un inconveniente cualquiera.

–Chica, no creí que fuera tan urgente. ¿Qué quieres?

–Eres médico, ¿no?

–Aunque parezca mentira.

–Te ha estado esperando un pobre hombre a quien se le está muriendo el niño. Es un feriante. ¿Te extraña? Me lo encontré el otro día por la calle. Es muy buena persona. Le conozco desde hace la mar de años. Una vez, en un pueblo, cerca de Murcia, donde fuimos a hacer la feria, se incendió la fonda. Yo iba entonces con doña Irene. Me salvó el equipaje. Me contó sus miserias y me acordé de ti. Pero hijo, cuando se os necesita, ni con cuerda: y cuando se trata de tiquismiquis, siempre andáis donde no os llaman. Voy a ver si lo coloco aquí de avisador.

–¿Dónde vive?

–Ahí tengo la dirección. Ahora te la daré. Creo que es por la Diagonal. Anda a verle esta noche. Se lo he prometido.

–Ahora no voy a ir. Esperaré a ver si acaba la alarma y puedo coger un tranvía. ¿Qué hay, Cristi?

–Nada. Ya ves –dijo la guapa–. Parecía no pensar, y evidentemente no pensaba, suspendida en el vacío por su belleza; solían contestar los demás por ella.

Inesperado, asomó la jeta López Mardones. Como siempre, se le revolvió la sangre a Templado.

–Hola. ¿Qué haces?

–¡Psé! –contestó el recién llegado–. En el periódico; en el ministerio. ¿Y tú?

–Ya sé que ahora eres un personaje importante –le dijo el médico con afán de molestar.

De siempre, y conocía a López Mardones hacía años, le había herido su doblez evidente, su melosidad, su condición rastrera. Un suceso nimio acabó de forjar el desprecio que Julián sentía por el arribista. En un café de Madrid, a poco de la República, en una tertulia que más tenía de cherinola que de otra cosa, López Mardones se había jactado de su amistad íntima con el secretario del ministro de Hacienda: –Hemos estudiado juntos el bachillerato. Todo lo que yo quiera…

Necesitaba Templado una recomendación para este personajillo y, horas después, propuso a López Mardones que le acompañara y presentara a su amigo. Sucedía esto en el Café Regina y no tenían sino bajar cien metros.43 Aculado el fisgón, empezó a disculparse con jeribeques y excusas traídas por los pelos: Templado, con una dureza inesperada, lo descornó ante amigos y conocidos.

–Bueno, bueno –le dijeron estos– no hayc para tanto.

–Es que me sacan de quicio esos patarateros adornados con plumas de ganso y en trance de pavo real.

Sucedíale a veces a Templado dejarse ir por el tobogán de la ira.

El follón no dijo esta boca es mía. A los pocos días tropezáronse por la calle y el zarracatero le saludó como si nada. Siempre a la husma, ahora asomaba el morro, bien afeitado a repelo y Julián, como siempre, buscaba definir a su interlocutor a fuerza de callados adjetivos.

(Picaño, pequeño, cacoquimio. Fofo, astuto, bocón. Malsín, patrañero, soplón, fanfarrón, entrometido, espía. Siempre al apaño y amigo del dolo. Traslúcido, con el pelo brillante de mil brillantinas y la cara de polvos y masajes, amo de los limpiabotas. Oloroso de peluquería. A lo que él cree: elegante, de lo más elegante, la raya del pantalón pespunteada para que no haya equívocos. Bajo, bellaco, denunciador por gusto de fastidiar al prójimo, afán de enterado y pura nequicia. El cuello alto, trabilla, las solapas anchas. Farolero, estafadorcillo: de su sastre, de su lavandera, del cobrador del tranvía. Tramposo hasta con su propia corte. Punto del frontón y de los bares. Con los primeros aletazos del cine español halló su mundo. Estuvo en Joinville y de aquello iba viviendo, y de la creación de unas extrañas compañías de seguros. Escritor y periodista, a lo que decía. Suspendió pagos en Madrid, suspendió pagos en Barcelona. Al empezar de la guerra acababa de fundar su tercera sociedad. Siempre al husmeo del chisme por afán de rebajar a los demás a su talla; ruin placer de envolver en su podre al que fuera; delator desde el vientre de su señora madre: que no estaba casada y el bulto le costó la plaza y la vida. López Mardones era comunista; proporcionábale gusto el obedecer con lealtad hacia su partido. Como su natural le llevaba a mil trampas, de las que no se podía justificar, el churrián solía esconderse algún tiempo pretextando enfermedades y reaparecía cuando suponía que la reprimenda del partido no pasaría de lo oral. Su especialidad: orillear.)

A casi todos sabían a rejalgar sus melindres y engañifas, pero él se hacía el desentendido. Para López Mardones aquella manera de producirse era lo natural: el mundo es una vasta «combina» y la cuestión andar de negociejo en negociejo hasta el día del triunfo del partido, en cuyo caso, por haberlo servido con desinterés, seria magníficamente recompensado. López Mardones era ambicioso. No le herían los medios, ni el desprecio. «Tú llegarás, se decía. ¿Qué te conviene?»

–Pues me habían dicho que estabas en el SIM –le dijo Templado.

–¿Yo? No, Revilla.

Revilla era un amigo suyo, fotógrafo e hijo de fotógrafo avilesino, también parrandista del cine. Ladrón.

–Se te ve poco estos tiempos –dijo Teresa.

–He estado malo.

Esta vez era verdad: de rabia y gonorrea; la primera, porque el partido le había llamado seriamente al orden, ganada la segunda al azar de una clientela forzada.

Para vivir recurría a cien medios, acostumbrado que estaba a ciertas comodidades. Teníanlo todos por lo que era: matón, con más conchas que un galápago. Casado y con tres hijos perfectamente abandonados por una zorra de buen porte a la que traía y llevaba vestida con trapos de mucha vista. Le rodeaba una corte de aprendices, de rufianes que se cuidaban de sus deseos y recados y le soplaban dichos, rumores y sedices de los más diversos medios. Teníase por muy enterado y al corriente de los intríngulis más desemejantes de la política.

–Y tú, ¿qué haces? –le preguntó a su vez a Templado.

–Ya ves. ¿Sabes algo de Teruel?

–No. Aquello va muy bien.

Con el retintín daba a entender que aquello era optimismo oficial. Que se callaba lo sabido.

Hubo un silencio. El rebombar de los antiaéreos llegaba muy apagado.

–Esos jóvenes proclíticos… –dijo de pronto Templado, a quien la presencia de López Mardones tenía en ascuas.

–Explica tus camelos –corta Teresa.

–Proclíticos son los monosílabos sin acentuación que se ligan con la palabra siguiente. Que no son nada de por sí y todo lo ganan con pegarse.

–¿Tan valientes? –pregunta López Mardones con sonrisa insegura.

–Pegarse de cola –contesta Templado–. La cola es lo último. Y esos se sienten extremidad, extremidad falsa, posposteriores, apéndices. Pasta, gelatina, raedura y retazo. Pero se dan importancia porque siendo extremidad bullen más que los otros, oliendo peor.

Templado se regodea de su fárrago echando la silla hacia atrás hasta dar con el colodrillo en la cortina de cretona que ampara del polvo los trajes de la actriz. López Mardones se da perfecta cuenta de que todo aquello va por él. Sonríe sin poder contestar, tragando veneno. Hubiese dado cualquier cosa por devolver mandoble por puntada, mas la lengua se le trababa por falta de agudeza. Ni tragar podía. Se defendió sonriendo. Sentía un odio redondo por el medicucho, lo hubiese aplastado, se deseaba machacándole las liendres, volviéndole tortilla los sesos, hundiéndole el tórax a taconazos, dando puntapiés a la piltrafa sanguinolenta. Sonreía apretando los dientes, incapaz de pronunciar una palabra.

Dándose cuenta de lo poco decente de su actitud, Julián Templado seguía enhebrando indirectas (Es demasiado fácil, juegas con ventaja, ¿no te da vergüenza?), pero le daba gusto revolcar a López Mardones. Además, nunca se había podido privar de un gusto si lo encontraba a mano, por insignificante que fuese. Debilidad y pereza.

–Esos –seguía– que todo lo fían al poder de los demás buscando el amparo de las faldas…

Templado, que hablaba ahora mirando con gran cuidado las uñas de sus manos gordezuelas, levantó lentamente los ojos hacia el mandilón, que seguía apoyado en la jamba. El tal sonrió más y más descubriendo el oro de su dentadura.

–Ya nos veremos otro día –dijo. Y se fue. Teresa se volvió hacia Julián.

–Haces mal. ¿De qué te sirve?

–¿Servirme? De nada. Me da gusto.

–¿Vienes a tomar una copa? –dice Teresa, ya dispuesta a salir.

–¿Dónde?

–Al Hostalet.

–Bueno. Si está Zurriola allí me dejará el coche para ir a ver a ese enfermo tuyo. También podías haber escogido otra noche. Cenamos en La Palmera.

–¿Uvas?

–No; que Cuartero las tiene que comer en casa.

–¿Quiénes vais?

–Rivadavia, Cuartero, Sancho. Los de siempre. No sé si alguien más.

Llueve.

–Cristina, coge el paraguas de mamá, que está ahí, en la esquina del ropero.

Salieron al temporal. Cedió este a poco. Teresa tan pronto como la envolvió el aire, estalló:

–¡Que no!, hijo. Es una vergüenza. No trabajo más. Ni por más CNT, ni por más historias. ¿Me van a pagar ellos la pensión? ¿Me van a pagar las medias?

–Pero ya ganas más.

–¡Ocho duros de mi alma! ¡Me lo dicen hace año y medio, y vamos! Para qué vamos a hablar. Son todos unos hijos de su señora madre… ¡Pero llegará la suya!44

–Calla, Tere. Cállate –dijo Cristina, adivinando el rumbo de la filípica.

–¡Qué callar, ni qué narices! ¡Por una vez que puede una decir lo que piensa! Con este no hay cuidado. El día menos pensado aquí se va a armar la gorda, y lo que yo voy a reír. ¡Si por lo menos le dieran a una un papel! En el asco de la comedia que nos han leído esta tarde tengo cuatro frases. Sí, hijo, cuatro bocadillos. Ni uno más, ni uno menos. Lo va a hacer Rita. Y ese loro de la Villamarín presumiendo de primera actriz. ¡Cuando te digo…! Así no se va a ninguna parte.

Bajó la voz.

–Ya les dará Franco. Si por lo menos hicieran teatro de verdad. Pero hijo: su mayor quiebra: que Muñoz Seca45 sea de los otros. No sabes cuánto lo sienten. Ya han propuesto hacer sus comedias sin poner su nombre en el cartel. El público es idiota. ¡Pero lo que es ellos!

–Si no les enseñan, ¿cómo quieres que escojan? –dijo Templado.

–Eso son zarandajas tuyas –contestó Teresa.

–Cállate, Tere –redarguyó Cristina.

El odio le sentaba bien a la actriz: adelantaba la barbilla y los labios se le desencajaban un tanto: apetecibles valvas.

–¿Pero es que tú crees que esto puede seguir así?

Templado no abrió la boca. ¿Para qué? Para decirle: ¿Tú, qué entiendes de eso? Ella le contestaría comparando su vida anterior a esta. La guerra no es cosa de mujeres, ni de niños. Y la frase suprema de los tontos: –¡Déjate de política!

Llegaron al Hostalet. El local había conservado, en la revolución, su airecillo distinguido y su clientela corbatinera de señoritos, con los papeles en regla, a la que se habían añadido algunos funcionarios sin familia, algunos vascos de buena estatura («La Delegación está a un paso»), militares de buen ver, todo revuelto con discretos agentes de policía y contraespías muy visibles: quién por el color y rizado del pelo, quién por los afeites, quién por el solo enseñar de las piernas cruzadas. El restaurant es pequeño, a lo mallorquín aldeano, adornado con volantes de cretonas floreadas, imitación de espolines*; sofás y sillas de enea, los banzos y los respaldos, rojos y azules, con cándidos motivos pastoriles calcomaniados. Un bar, en la entrada, más para el contrabando de tabaco que para otra cosa. Había alcoholes al capricho de la Gastronómica.46

Quedáronse los recién llegados de pie, en el bar tras distribuir varios vagos «¡Hola!» a algunos conocidos enmesados con sus putillas correspondientes.

–¿Dónde vas a pasar la noche vieja? –le pregunta Templado a Teresa.

–No sé. En casa. Con esa y su madre.

(Antes, en la vida olvidada, aquello era sitio de murmurar; ahora las voces se encabritaban y rompían más alto.)

A su lado unos jóvenes más o menos amilicianados pagaban sus consumiciones.

–¿Vienen o no esas combinaciones, Rafael? –preguntó Templado.

Sirvioles en el momento en que los parroquianos vecinos se iban a la calle. Al pasar tras las muchachas un barbián de barba barbillera, bastante bien plantado, debió ludir intencionalmente a Teresa. Volviose esta hecha un basilisco y, sin darle tiempo a Templado de enterarse, atizó una tremenda bofetada al desvergonzado; este, caído del cielo, estupefacto y dolorido, intentó levantarle la mano a la joven. Armose la marimorena. Acabaron todos en la comisaria, donde después de revistos los papeles no pasó más. Lucíanle los ojos a Teresa con los más fieros ardores, punteados de lágrimas donde reflejarse.

–¡Qué se ha creído! ¡Qué se ha creído!

Sofocada. El mocero corregido no volvía de su asombro.

–¡Vaya tía!

–¡Tía lo será usted, asqueroso!

–Lo grande –decía el denominado– es que no la he tocado a ella, sino a la otra.

A Templado le molestaba el trato con la policía. Pero le conocía el comisario y al saber que el médico necesitaba hacer una visita urgente –razón que alegó Julián para salir de los primeros– le prestó su coche. Ya en la calle se despidió de las jóvenes. Como siempre, Templado tentarujó la mano de Teresa, leve consuelo, y fuéronse cada cual a su destino.

(Tonto, Julián, tonto. No puedes nada «contra» ella. No puedes con ella. Ya lo dice: «–Mira, Julián; amigos, siempre». Y la conversación se murió. ¿Te acuerdas, al principio, después de haber hecho todo para conseguir que almorzara contigo, sin Cristinica? ¿O es que la quieres por imposible? Y, entendámonos sobre la palabra querer. Me gusta por mundo aparte.)

Le iba calando la humedad del coche, parado bajo la cellisca toda la tarde. La gutapercha olía a demonios y se pegaba al gabán.

Pilongo y sarrillero, la lambrija se moría. Zarria oscura y pálida de lo que pudo ser si la guerra con su escasez no se la hubiera escomido. En aquel camastrón de hierro colado, con cabeza y pies pintados de negro, salpicados de desconchaduras, pomos de cobre sucio, la flacuchez del niño aumentaba el espacio: el jergón parecía inmenso.

La madre –Matilde– estaba sentada en una silla baja, fijos los ojos sin expresión en la desmedrada criatura.

–¿Cuántos años tiene? –pregunta Templado.

–Dos –contesta Julio Jiménez, con matrería.

–Lo que necesita es comer.

Julián se arrepiente en seguida de su diagnóstico. Sintió, sin verlo, el trallazo de la mirada del feriante en su espalda.

–Señorito Julián…

Templado mira a la mujer con esa sensación de pena, sorpresa y rabia de la propia limitación que surge al ver una persona vaga, pero seguramente reconocida, mas sin encajar en ninguna celdilla del recuerdo.

–¿No se acuerda de mí? Matilde…

–¡Matilde! ¿Quién nos había de decir?

–Es el señorito –explica la mujer a su marido.

El hombre gruñe. Templado siente la antipatía despedida por el hombre agarrarle los hombros y confundirse con la humedad que le entumece.

–¡Qué casualidad! –dice Julián, destanteado–. ¿Qué ha sido de tu vida?

(«Siempre serás tan inoportuno e impertinente. ¿No ves lo que ha sido de ella?»)

–Usted, ¿es amigo de la señorita Teresa? –salta, más fino que el viento, el montañés.

–Sí.

–Si usted me hiciera el favor de recordarle lo de la colocación.

–¿Dónde?

–Allí. En el teatro.

–No faltaba más.

Matilde no volvió a abrir la boca, la mirada fija en el escomendrijo, ancla dispuesta a lanzarse a la roñosa almohada en busca de una sirte surgida por ensalmo.

Julián recetó en balde, dejó unas pesetas y se fue a cenar. Ya le debían estar esperando.

Al bajar la empinada y rechinante escalera, el médico se iba sumiendo en sus recuerdos moceriles. «¡El tiempo!» No lo decía por la lluvia, ni el frío sino por la duración y la mudanza.

Recayó en su casa de Madrid. El piano, el sofá, el pasillo oscuro y la carne morena, caliente, suave y prieta de la Matilde de sus diez y ocho años.

5. La cena, I

31 de diciembre de 1937 Las nueve y media

–¿Quién? ¿El despitorrado ese?

–Anda diciendo que no ha aceptado porque no quiere salir de España.

–¿Quién? ¿Navarro? ¡Vamos! Si es un cobardón que en su vida ha estado en el frente.

–¿Has ido tú? –pregunta con segundas a Santiago Ferro, más conocido por Sancho, José Rivadavia.

–Lo mismo que tú –contesta el aludido, furioso, erizadas las cejas en disposición de batalla, a lo puercoespín.

–No, hijo, no; no te soliviantes, pareces pura leche: te acercan al fuego y ya te sales. ¡Dios y cuánta espuma!

–Es que…

Le rebrillan furiosos los ojos al engabanadísimo personaje. Sancho es hombre rehecho, recoquín y aragonés. La cara redonda, de buen color, las cejas abundantes, los ojos pequeños, la nariz pequeña, la boca pequeña, todo metido en media pulgada a la redonda, enrodado de grasa: mofletes y triple papada. La barbilla redonda y partida. El genio corto, la educación mala; siempre serio, por nada se sulfura y sale disparado. Quisquilloso, pero todo lo vence, con cierto desparpajo, su hombría de bien. Malhablado como él solo, enristrador de refranes, lo que le ha valido el alias que ha venido a ser su firma de caricaturista. Porque este, que no se ríe ni a la de tres, que se ofende del aire que le roza, es humorista de profesión y entiende a maravilla de monos y pies. Susceptible, comilón, presumido, celoso de su fama, que no es tanta como cree. Friolero: el abrigo puesto, tres bufandas enrolladas entre cabeza y tronco, seis o siete camisetas de punto, faja de lana, calcetines dobles, botines. Duerme con la boina puesta. Cara de pascua y genio descortés. Aragonés de Calatayud, trasplantado de cuatro patas a Madrid, crecido con la caterva de tontos listos de Buen Humor,47 señoritos de izquierda, cuando se llevaba, de rapidísimo volver de casaca en cuanto se les destapó una miajita los riñones: republicanos al gulusmeo de prebendas.

–¡Quién ha visto a Neville de conspirador republicano!48 Con su pan se lo coman. Y a carnero castrado, no le tientes el rabo.

Bajo, rechoncho, la sangre colorada y corrida.

–¿Qué hora tienes? –le pregunta Rivadavia.

Sancho le mira con rencor y empieza a desabrochar gabanes y chaquetas.

–Las nueve y media. ¿A qué hora han dicho que vendrían esos?

–Dijimos de nueve a nueve y media. No pueden tardar.

Entran en el reservado Jesús Herrera y Paulino Cuartero.

–¡Hombre!

La exclamación es por Herrera, que viene de capitán. Se levantan y abrazan al recién llegado.

–¿De dónde sales?

–De Teruel.

–¡Coño! –dice Sancho–. ¿Y qué?

–Regular.

Se sientan.

El cuarto es estrecho, caben a duras penas alrededor de la mesa, el techo por las morras. Tuvieron que sacar los abrigos fuera.

–¡Paco!

Acudió el patrón: cuerpo desmesurado, peralte y ecuador de mongolfier verbenero, eunucoide elefantino, blando por todas partes, la faz apedreada.

–Trae vino.

–¿Empezáis?

–No, esperaremos a Templado. No puede tardar.

Jesús Herrera nació en un pesebre toledano, guardó ganados hasta los diez años y dicen que aprendió solo a leer: el maestro del pueblo tuvo alguna intervención en el milagro. Pusiéronle de aprendiz en casa del barbero, no le gustó el oficio, tanto manoseo, y encerrado. A los doce años abandonó brocha y navaja, se fue andando a Madrid. Rapaz colillero, vendedor de periódicos, mozo de cocina, duermeduro, comepoco, esportillero, a los diez y seis era buen estuquista, concurridor de escuelas nocturnas, punto de la Casa del Pueblo,49 puntal de las Juventudes Socialistasa, aficionado a la Biblioteca. Mozallón rubio, de ojos azules, cabeza rapada, la nariz redondita, el rostro luciente y tostado de sol y nieve, las orejas enormes, y plantadas horizontales. Cara de ardilla, manazas tremendas, los labios gruesos, la boca grande, la voz fuerte, tímido todo él. Cogiéronlo los comunistas por su cuenta y lo instruyeron. El hombre dio de sí cuanto tenía, que no era poco. Lo ha leído todo. Capitán del 5.º Cuerpo, veintiocho años. Habla corto, seguido y preciso.

–¿Qué queréis que os diga? Los partes que ha dado Prieto son muy claros y dicen la pura verdad. No es broma. Sabéis tanto como yo, más los bulos. ¿O es que creéis que un soldado sabe lo que hace? Hasta donde le alcanza la vista, y gracias. Lo demás, cuentos. Anunciada para el 11, la ofensiva empezó el 15. Los movimientos de las tropas no se cumplen nunca en el plazo fijado. La gente esperó tumbada en la nieve. Atacamos a las cinco de la mañana. Había quien llevaba helado más de cuarenta y ocho horas. Nadie chistó. Todos sabíamos que estábamos al acecho, eso calienta como no tenéis idea.

Sacó un lápiz del bolsillo derecho de su guerrera y empezó a dibujar un plano sobre el mantel.50

–Salimos de Villel, por el sur; de Escriche, al oeste; de Cuevas de Labradas, al norte. El 22.º Cuerpo tenía que cortar la carretera de Zaragoza, la única por la cual podían recibir refuerzos los rebeldes, la cortó el 16; el 18 se juntó con el 18.º Cuerpo, mientras el 20.º, por el sur, iba a por Villastar. El mismo día se tomó la Muela y los que subían por la carretera de Valencia tomaron sin más Puerto Escandón abandonado. La ciudad quedó apretada en cerco el 21, el 22 se entraba en los arrabales, por la Plaza de Toros, al norte; por el este en el Arrabal, por el sur en San Julián.

–¿Quién entró primero?

–Menéndez, con el ejército de maniobras, por San Blas, y nosotros, y la 26.ª División, Vivancos. ¿Vosotros no conocéis Teruel?

–Yo sí –dice Sancho.

–Nosotros, no. Por las fotos y los gráficos de estos días.

–Toledo lo conocemos todos, ¿no? Teruel se parece un poco a Toledo.

–No me gusta el parecido –dice Cuartero.

–La historia no se repite –continúa Herrera–.51 Igualad el Turia al Tajo. Todo en más pequeño. Para mayor identidad, al cauce le llaman la Vega. El Alcázar viene a ser el Gobierno Civil con sus adláteres: Banco de España, Delegación de Hacienda, Hotel Aragón. Al noreste hay otro grupo de edificios formado por el Seminario, la Iglesia de Santa Teresa, como si dijésemos en Toledo: por el paseo de la Cruz Verde. En esos dos grupos de edificios se han refugiado los rebeldes. Hay sótanos para mucha gente. El 23 y el 24 pasamos de casa a calle, de calle a casa, de techumbre a bajos; desde lo alto de San Juan, en poder de los facciosos –la cúpula nuestra, los altares suyos– freíamos el Banco de España. Esos días empezó la evacuación de los civiles. El 25 tomamos el cuartel de la calle de San Francisco y San Juan. El 26, el Casino y el Teatro.

–¿Quedan muchos?

–Bastantes. Que no se haga ilusiones la gente. Se podrá con ellos, pero no tan pronto. Los sótanos y las paredes son de aúpa. Anteayer, ¿el 29?, eso es, empezó la verdadera contraofensiva de Franco. Por el flanco izquierdo, por Campillo y San Blas, hacia Villastar. Yo salí por la noche, a Madrid, pero en Tarancón me encontré con la orden de venir acá.

–¿Vas a estar muchos días?

–Dos. Tienen más de cien trimotores. Una cosa seria. Tomaron la Pedraza.

Hizo una pausa.

–Yo creo que no pasan.

–¿Sabes algo de hoy?

–En el Ministerio no tenían aún el parte.52 En Información, las noticias no eran ni buenas, ni malas. Se lucha en Cerrogordo; a unas horas ha sido de ellos, a otras nuestro. Dentro de la ciudad hemos volado el Banco de España y un depósito de agua que tenían allí. Los del Seminario se van pasando a Santa Clara.

–¿Tú, qué crees? –pregunta Rivadavia, sabiendo que Herrera no le puede contestar más que vaguedades: nadie sabía nada. Pero el destino de Teruel pendía sobre todos.

–Si no entran antes de las doce, no entrarán nunca –dice Sancho.

El mito del Año Nuevo. Sonríen todos, sin querer.

El patrón arrastra los pies trayendo unas botellas.

–¿Qué, empezáis?

–Ya podía estar aquí Templado.

–A lo mejor ha ido al Ministerio, por el parte.

–Esperaremos todavía un poco.

–¡Qué esperar, ni qué ocho cuartos! –sesga Sancho–. ¡Que se vaya al carajo!

–¿Por qué eres tan malhablado? –le reconviene Cuartero–. ¿Te costaría algo?

A Paulino Cuartero le duelen, físicamente, las extralimitaciones verbales.

–Déjate de historias.

–Si no estuviese Cuartero hubieras dicho: déjate de puñetas –comenta Rivadavia.

–Nada, hombre, nada: los ajos forman el buen decir. En lo grosero está la sal del lenguaje. Indican vitalidad, plantación honda, raíces. Yo no sé ni francés, pero por lo que dicen en ninguna lengua hay reniegos tan bárbaros como los nuestros.

–Reniegos, sí los hay. Dicen que los húngaros, que los griegos… Lo nuestro, no es tanto el blasfemar, como el tener los divinos atributos en la boca, aun en la conversación más insulsa – contesta Rivadavia.

–¿Es ser malhablado hablar como se habla?

–¿Si se cuelga tu vecino, te ahorcarás tú? Se blasfema por pereza –dice Cuartero.

–Es un atajo –habla Sancho.

–Calla, babión, bocón, boconero –dice Rivadavia–. Hace unas noches vino a verme Arístides. Mi soberbio, mi magnifico Arístides: «Je sais l’espagnol» me suelta. ¡Ah!, digo yo. «En trois jours.»

–El español en tres días o las veladas de la Granja –dice Cuartero, que a todo saca título.

–La lengua universal. «Los hombres –prosiguió Arístides– tienen que expresar tres clases de sentimientos: los pasados, los presentes, los futuros: la sorpresa, la duda, la esperanza, la admiración, el saludo, la despedida. En español –sigue– estos nueve estados se traducen en tres palabras, según el orden: ¡coño!, ¡hombre!, ¡mañana! Tres palabras y una sola verdadera: ¡me cago en Dios!, que las recoge e integra.» Venía Walter con él, tuvieron una discusión, en alemán, acerca de: «¡tu madre!», que el germano quería incluir a toda costa en el Walhalla. Le pudo Arístides, que le demostró que «tu madre» no tendría nunca significación de futuro.

–A eso nos ha conducido Churriguera –dice Cuartero–. El problema está en saber cómo un novelista puede hacer hablar a sus personajes sin emplear estas expresiones clave.

–Donde los franceses dicen mierda, nosotros cojones. Diferencia esencial –hace notar Rivadavia–. Cada época tiene sus palabrotas, cada país sus blasfemias. No sé de nadie que las haya estudiado y es lástima.

–Un idioma sin blasfemias no es lenguaje. Una palabrota bien plantada, en su sitio, en su tierra, a su tiempo, es insustituible. El reniego asienta y clava el idioma en tierra, contra los cielos. Si los españoles no pudiésemos emplear interjecciones soeces nos íbamos a ver negros. Si no, ¿para qué hacemos la guerra? Para que no se prohíba la blasfemia.

Sancho se dirige a Herrera:

–En Teruel está Guillén, ¿no?

Asiente el militar.

–Vosotros le conocéis, ¿no?

–Yo no –dice Cuartero.

–Para el caso lo mismo da. Debió de ser en agosto. Del treinta y seis, se entiende. Llegamos a San Rafael. Guillén era entonces jefe, o comisario, o no sé qué, del batallón. Vosotros ya le conocéis, tan renacuajo y tan serio. Nos metimos en el avispero a la salida del Puerto. El pueblo abajo con los fachas, que batían el collado. No podíamos seguir para adelante, ni retroceder. Ni importaba; la orden: mantenerse allí. Pero aunque no la hubiese habido; de entrar o salir, ni hablar. Lo que preocupaba a todos era el avituallamiento. En aquellos tiempos aún no habíamos aprendido a adelgazar o a chuparnos el dedo, si hace falta. Todavía quedaba cerveza en Mahou. Pasan doce horas sin aparecer ni Dios, no que no lo intentaran, pero en cuanto asomaban por las crestas los freían. Y venga mandar enlaces. Mi Guillén, tan serio:

–No preocuparse, compañeros, ya llegará la comida. Debemos mantenernos aquí. Si desertáramos del puesto de combate, el enemigo se apoderaría de la cumbre y no sabemos lo que podría pasar.

Y les explicaba la importancia de la posición. Total: pasa el día, y nada. Menos mal que había agua. Chiss, una ramita que te cae, un pino que se te descascarilla. Piedras arriba, piedras abajo. Los muchachos abrigados entre las encinas. Encinas y pinos: ¡que te doy, que no te doy! ¡Con lo que ahondan el estómago las balas!

–Que lo digas –suspiró Herrera.

–Y ni esperanza de manduca. Ni pizca. Agua de sierra y sombra de piedras. Pasan las horas. La gente rezongaba. Quien más, quien menos, tenía su casa en Chamartín, recordaba la taberna de la esquina. Y venga agua. Los de enfrente barriendo el puerto. Nosotros disparábamos un tiro cada cuarto de hora: tres cargadores por hombre. El resto del tiempo al avío y olisquear si venía alguien. El miedo y el sol. Después, como es natural, la noche. Tres dicen que están enfermos, que se vuelven a Madrid, que volverán mañana. Mi Guillén les toma aparte, les convence de que van a llegar las vituallas, con la oscuridad van a pasar los panes y los peces, algo así como los pájaros volando: que no sean bobos, que se tumben a dormir, que la noche se pasa sin hambre, que no hay mejor alimento ni rellenatripas que el sueño. En fin: el resopón. Los tíos se convencen, se quedan. Efectivamente, pasada la medianoche, llegan tres burros cargados… de sardinas. Sí, de latas de sardinas. Bueno. Mi Guillén se regocija, los hombres se agolpan, les habla:

–¿Veis?, formidable, todo marcha muy bien, no nos envían rancho vulgar: sardinas. Una lata de sardinas por barba. Compañeros, todo sale a pedir de boca. Formidable. ¡Nada menos que sardinas! Compañeros: así paga la República a sus servidores.

A la gente aquello le pareció bien: lo que querían era hincar el diente. Se reparte el delicado manjar. La catástrofe:

–¿Con qué las abrimos?

Se les había olvidado las llaves. En un momento aquello se puso feo. La calle de Alcalá, en la cabeza de todos, como fondo. El más díscolo al frente, la latecilla en la mano, como si fuese una broma pesada, o una bomba. Fijaos que en otras condiciones la cosa no era para tomarla en serio: algún machete, o uno no dejaría de tener una navaja que pasara de mano en mano. Lo grave era que hacía veinticuatro horas que no habían probado miga. Eso para que os figuréis el tono del gachó a nuestro amigo.

–Y eso, ¿con qué lo abro?

Mi Guillén, tan serio, en jarras, ya le conocéis, le suelta con toda pachorra:

–Con la punta del pijo o con los cuernos de tu padre.

Se quedaron de piedra. Guillén había sido gobernador con la República; aunque no tiene importancia para la gente sí la tenía. Además, él había tenido siempre muy buen cuidado de no dejar la lengua suelta, que no hay cosa que reste más autoridad.

–Por eso no llegarás nunca a nada –le dice Rivadavia–. Un hombre que se enfurece y barbotea blasfemias es hombre perdido, se le va la cólera por la boca. Lo cuentas como si hubieras estado allí.

Sancho se alza de hombros:

–Se quedaron, abrieron sus latas, comieron sus sardinas, corderos, dulces corderos. Guardamos la posición desde aquel día hasta hoy. Si no es por aquella barbaridad, los hombres se vuelven a Madrid.53

Y dirigiéndose a Cuartero:

–Para que te enteres, cristiano: divinas palabras.54

–Haya paz y bebamos.

–Y por aquí, ¿qué? –pregunta Herrera.

Le contesta Sancho, que tiene más lengua que todos; un tanto chabacano, como requiere su oficio:

–¿Que qué hace aquí la gente? Así, ¿en general…? Un republicano trabaja ocho horas, se pasa dos hablando de la posibilidad de procurarse tabaco, otras dos… «que si Inglaterra, que si Francia…»; critica durante tres a los catalanes, otro tanto o un poco menos a los comunistas. Lo demás son alarmas. Un catalán trabaja poco más o menos lo mismo, habla mal de los madrileños, muele comunistas, muele murcianos. Un comunista quizá trabaja media hora más, pasa cuatro y media entre reuniones, radios, ponencias, células, lee durante una hora la historia del partido. Habla mal de los catalanes, de Inglaterra, de Largo Caballero. Se vuelve a reunir dos horas más. Los de la CNT trabajan menos, hablan mal de los comunistas, de los socialistas, de los republicanos. Quedan los que hablan de los que hablan mal. Aquí nos tienes a todos, desde el Presidente de la República hasta el último mono, que es el que yo hago a las once de la noche, que también procura lo suyo. Se puede especificar: un funcionario habla mal de su ministro, de su exministro, de los que pueden serlo, de su director general. Cada can lame su picha y Dios la de todos.

–A veces le dan a uno ganas de que les aticen un bombardeo en toda regla –rezonga Herrera.

–Los envidiosos no tienen consuelo –dice Sancho.

–Aquí les basta con hablar –comenta Rivadavia.

–No es envidia –dice suavemente Cuartero–; son ganas de acertar.

–Salió el evangelista.

–Déjate de evangelistas. Ni odio, ni provecho propio: afán de vencer. Donde no llegan los puños, llega la lengua.

–Ya irás lejos, ya irás –dice Rivadavia jugando a acento catalán.

–Si dentro de cinco minutos no ha llegado Templado, cenamos. Allá él y sus pacientes –dice mirando su reloj, Herrera–. Aquí han hecho la revolución sin hacerla. La han deshecho. En vez de construir se han dedicado a vivir de los remanentes de la burguesía. Luego se han quedado estancados. Mucho hablar de construir el mañana. Mañana para ellos, lo que decía este en la Esquella: que un panecillo de a real valga dos. Y sin aceptar el poder. Igual que los socialistas en Madrid. Estar a las maduras.

–Sin embargo, yo, que estaba aquí, te aseguro que fue un tiempo hermoso. La gente creía de verdad que había empezado una era nueva, bebiendo el vino de las iglesias y pintando los taxis de otro color.55 Con la venida del gobierno se han dado cuenta de su fracaso. Eso les duele como la presencia de los castellanos. No pudiendo echar la culpa a nadie, acusan a todos.

–A mí –responde Herrera– todo eso me tiene sin cuidado si se hubiesen ocupado de la guerra. Que Marcos Redondo56 cobre o deje de cobrar quince pesetas diarias al igual que el acomodador… Lo malo es que se quedaron en lo espectacular.

–Tienen la frontera demasiado cerca –añade Sancho.

–Viniendo de Madrid, parece este otro mundo.

–Lo es. El campo, otro. No les falta un tocino colgado al humero.57

–El problema es distinto. Los payeses no sueltan lo que tienen aunque les maten. Los ciudadanos dan prendas.

–No tantas –dice Sancho–. Una puta busca otra. Y va de suceso, sin cuento: un fabricante de los de panza en ristre, doscientos obreros, de Sabadell para más señas, con casas aquí, torre en Vallvidrera; listo, vivo, llamadle Pedro Durán, yo le conocía porque les hice un cartel para sus medias de La Mariposa: raya en medio, papadoso y pureante; muy puesto a lo «muy moderno»; y nada de política, «yo a lo mío, y usted a lo suyo», simpaticón y buen pagador.

–¿Le lloras?

–No, allí se las den todas. Tuvo una idea genial: publicar su esquela en La Vanguardia. Ánimo vence en guerra, que no arma buena.

–No lo sabes bien –dice Herrera por lo bajo.

–Pensó que así, creyéndole muerto, los incontrolados y algunos capataces de su fábrica que le tenían ganas, los unos por el pasado, los otros por lo presente, le dejarían en paz. A lo sumo, supuso que le costaría alguna contribución a cuenta de la viuda, una santa todo algodón y vejiguillas. Fue a cobrar el importe del anuncio mortuorio un chico del periódico. Sale una doncella (el propio cobrador me lo ha contado), presenta el recibo. Sale la doña:

–¿Qué es?

–Uno de La Vanguardia.

–Vuelva usted mañana, estas cosas las lleva personalmente el difunto.

A las doce horas ya habían ido por él. Lo sacó un catalán de pro, de quien era conocido. Escapar del trueno y dar en el relámpago.

–No hay discreción más perfecta que procurarse salvar, dice Prudencio –cita Cuartero–. Me gusta tu historia. (Ahí hay una comedia, piensa.)58

Entra Templado.

–¡Vaya monipodio!

Estrecha la mano de Herrera.

–¿Tienes el parte?

(Teruel, siempre, en la mente de todos.)

–Sí. Regular.

–¿Han entrado?

–Queipo dice que sí.

–No lo creo –dice Rivadavia–.59 No habrían bombardeado esta tarde.

–En el Ministerio aseguran que no –responde Templado–. Lo que ha sucedido es que una brigada de carabineros, de la 40.ª división, unos dos mil quinientos hombres, cuando supieron lo de la Muela, abandonaron la ciudad. En la carretera de Valencia les salieron al paso Sarabia y Matilla, los detuvieron y se volvieron. Todo por las buenas.60

–¿Qué dice el parte? –precisa Herrera.

–Nos hemos retirado al oeste de Teruel y de una parte de la Muela. Hemos rechazado las infiltraciones. En el interior solo quedan resistiendo el Gobierno Civil y Santa Clara.

–Eso ya lo sabemos. ¿Qué más?

–Hemos ocupado el Banco de España y la Delegación de Hacienda.

–¿Qué dicen ellos?

–Que están a dos Kilómetros de la ciudad.

–Más cerca están de Madrid –murmulla Herrera.

–¿Nada más?

–No. Parece que Prieto no está demasiado pesimista.

Todos con el mapa de la ciudad reconquistada en el magín.

–¡Ea! –dice Sancho–. Por un día que hay longaniza no lo vayamos a echar a perder.

–Y el bombardeo de hoy, ¿qué? –pregunta Cuartero.

–Unos cincuenta muertos, un centenar de heridos –contesta Templado.

–¿Tenemos pan? –enlaza Sancho.

6. La cena, II

31 de diciembre de 1937 Las diez

El patrón espera en la puerta, por la que no cabe de frente, la cabeza inclinada hacia adelante, como una tortuga.

–Bueno. A ver qué nos das para festejar el Año Nuevo.

–Huevos y lo que vosotros habéis traído.

–¿Aceitunas?

–Sí. Y medio panecillo por barba. Y no me pidáis más, que no tengo.

Salta Herrera:

–He traído dos chuscos.

Pregunta Rivadavia:

–¿Y el aceite?

Gruñó afirmativamente el paquidermo.

–Aceite de oliva, todo mal quita –dice Sancho.

–Andando: las aceitunas, los huevos fritos y lo otro. Manda más vino. Deja la puerta abierta, que no se puede, del humo.

–Cinco botellas de Perelada que os he guardado como oro en paño. ¿No hay refrán, Sanchito?

–Págamelos a real –responde el aludido, que es agarrado.

Templado saca un salchichón de sus entretelas.

–De la embajada de Cuba.

–¡Viva Cuba! –dice Herrera con su vozarrón, sin gracia.

–¿Cómo has tardado tanto? –pregunta Rivadavia al médico–. Hemos acabado el vermut, tómalo como castigo.

–Me avisaron a última hora para que fuese ver a un crío. Sin remedio. No comen.

Hay un silencio.

–¿Cómo coméis por allá arriba?

–Según llega –responde Herrera.

–Y eso que nunca han comido –anota Rivadavia, que es buen tragador, los puños gruesos, la ropa limpia, luciente la papada mollar.

–Así podemos con la guerra. Otros soldados quisiera yo ver aquí: sin vino, sin tabaco.

–Al mozo que le sabe bien el pan, pecado es el ajo que le dan –suelta el dibujante.

–¿Acabas?

–Dirás lo que quieras, pero suena a tierra, a la gazmoñería de los campesinos ricos –y enlaza un sucedido–. Un labrador de esos que tenía con qué, no mucho, de esos que necesitan veinte hombres para recoger la cosecha; veinte jornaleros, que trabajan de sol a sol cobrando seis reales y comidos. Aquel don Bueno les escatimaba el pan. Entendámonos, no lo negaba, pero lo iba dando a regañadientes:

–¿Entoavía? Coméis más de lo que valéis.

Al fin y al cabo lo cortaba. Pero lo que era maldecir… Trabajaba allí uno cetrino, alto, seco, duro como palo. Extremeño y poco amigo de bromas. Se le acerca al patrón.

–Oiga usted, deme usted dos tajadas de pan.

–¡Puñeta! ¿No te basta con una? Ni que fuerais cerdos.

Sancho, enrollado en sus cobertores, se animaba contando cuentos, moviendo los brazos como una marioneta.

–Deme usted dos tajadas de pan.

El patrón lo ve tan serio que tira de navaja, decenta y le da las dos lonjas. El hombre, con toda calma, se mete una de ellas en la faja y le tiende la otra al amo.

–Póngasela usted en la faja.

–Pero…

–Que se la ponga usted en la faja.

El tío, un tanto acoquinado, se la enfunda. Van al tajo; el dueño al ojo, por aquello de «al buey dejadle mear y hartadle de arar». Se traspone el sol, vuelven a la alquería. El cavatierra se acerca al dueño:

–¿A ver el pan?

El patrón, que ni se acordaba, saca su trozo, intacto. El peón se desliga la faja: cae el almodón hecho migas. Se lo señala al burgués despectivamente, con la mano, y, mirándole ahítoa las niñas le dice roncero y con sorna:

–Pues dentro: igual.

–Bueno –alaba Cuartero–. ¡Paco! ¿Llegan o no esas aceitunas?

–Hechos de lo que comemos– dice Templado.

–No, sino «a lo que»b –corrige Rivadavia.

–No concedo. De lo que comes y respiras.

–Depende a lo que aspiras –interviene Sancho.

–No compliques. Si dejas de comer, dejas de respirar.

–Toma –continúa el dibujante– y si dejas de respirar dejas de comer. Y más de prisa. Con tu teoría, un hombre no es de carne: de viento.

–Entiende, condenado: mi aire es el tuyo, el mismo para todos.

–Que se lo pregunten a los mineros –interviene Herrera.

–Si hay que apurar tanto las cosas, no hablemos.

–Lo que hay es que precisar.

–¡A paseo con vuestro amor de las cosas concretas! –contesta con cierto enfado el médico–. ¡Acabaréis con el mundo!

–Sí. Y haremos uno nuevo –sornea Herrera.

–¡Vais aviados! Tan distinto del presente como el año que empieza esta noche lo será del que todavía colea.

–Ilustre albéitar: en cuanto te ponen pegas te vuelves airado, abandonas; como si fuese injurioso para tu superioridad tan evidente. Eres un débil inconstante, flaco, tumbado a la bartola, incapaz de esfuerzo. Tomas lo que te dan, y ya está bien.

–¿Has bebido?

–Ni jota; dos tristes vermuts.

La mesa es ancha, el mantel blanco, con viejos lamparones vináticos que Templado procura esconder de su vista a favor de los ceniceros. Los recuerdos de la sangre son demasiado recientes.

Nunca me podré librar –piensa–. ¡Menstruación de la vista! Y en los adentros, ¿qué? También, te corre fina, fina la sangre.

Tienen el colodrillo par de los tabiques, y a esa altura una franja de saín. Dales luz una perilla, desnuda de perifollos.

–Aquí se jode el frío.

–El frío está en relación directa del espacio que le corresponde a uno. Se hace uno a las piedras que le rodean. Los viejos no quieren evacuar, prefieren morir a abandonar el armario de luna.

–Estás equivocado –dice Templado por el puro placer de contradecir–: son las piedras las que le hacen a uno. No se hace el hombre al nicho, sino que se hacen los nichos para los hombres.

–Calla, animista, guitón.

–Nada de animismo, joven. Creo en el mundo y en el hombre: su centro –dice riendo, Templado.

–Su paralelo –replica Herrera.

–Y yo en Dios –salta Cuartero.

–Al freír será el reír –acaba Sancho–. Las posiciones han sido conquistadas tras una brillante lucha.

Un mozo viejo, gitano, jacarandoso, trae los cubiertos, el vino y las aceitunas.

–¡Dónde las sevillanas de antaño!

–Aquellas sevillanas trajeron estas zapateras, m’hijo.

Las pobres picudas y avellanadas no tienen gran aire, pero todos sobrecaen sobre sus escasas mollas.

–¿Cómo aceitunas tan chicas pueden tener huesos tan grandes? –pregunta Sancho, que solo come dos.

–Anda con ellas.

–Aceitunas: una es de oro, dos de plata, la tercera mata.

–Solo había oído eso de las cerillas. Déjate de garambainas y come.

Sancho, como tonto, recae en el salchichón.

Herrera mastica con evidente placer. Templado se pasa las yemas de los dedos por los cañones de su barba, resegados de la mañana, ya en pie: ¡suerte la de esos niños rubicundos y barbilampiños! Los años, Julianillo.

–¿Pasas mucho miedo? –pregunta a Herrera.

–Mucho. Y estoy en el Estado Mayor. Eso de que le caigan a uno bombas encima, bueno: se ven los aviones. Te tumbas, lo que sea sonará. La artillería es una invención traicionera.

Beben todos en silencio.

–La valentía es una cuestión de principio –dice Cuartero–. Se aprende de niño.

–Déjate de niñerías. ¡Cualquiera sabe cómo está hecho uno y lo que lleva dentro! ¿Conocéis al marica de Felipe? Pues allí le tenéis, impávido. Las aguanta como don Tancredo.61 Se queda uno de piedra. No hay como la guerra para aprender. Uno creía que el valor era cosa de tenerlos bien puestos. Y ya veis. Yo creo que si todos se diesen cuenta de que pueden morir, echarían a correr. A morir de verdad. Lo que sucede es que siempre creemos que le va a tocar la china al vecino.

–Corren sin necesidad de eso –dice Sancho.

–No seas impertinente.

–Yo no puedo hablaros del valor, porque no le tengo. Un valiente de verdad no te dirá en qué consiste. Quien te hable de eso será un vivalavirgen o un empavorecido.

–Mejor es el hombre por los pies que por las manos.

Traen los huevos.

–¿A cuánto los cobras? –le preguntan al dueño.

–Para vosotros a diez pesetas. Porque habéis traído el aceite. Sí. Los compro a cuarenta y cincuenta pesetas la docena.

–¡Voto a tal! –exclama Herrera, dándose un morrón en el tabique; saltéase todo por la mesa: le habían llegado las rótulas al tablero–. ¡Los pude comprar ayer en Tarancón a diez pesetas la docena! No quise porque me pareció un robo. La tasa: cinco cincuenta.

–Encuéntralos, guapo.

–Claro que encontraré.

–Para la tropa.

–Y yo, ¿qué soy?

–No tienes idea –empezó Rivadavia.

–Límpiate que vas de huevo.

No era chiste.62 Limpiose el fiscal con el mantel, dejando un rastro brillante, cometa de yema. La falta de jabón mata servilletas.

–La ciudad se ha convertido en un gallinero –sigue el juez–. Se recomienda un vistazo a las azoteas. Hasta en las rejas de la Pedrera.

–¿Qué es la Pedrera?

–El alias de un edificio de Gaudí: paseo de Gracia, esquina a Provenza.

–¡Ah, sí!; el PSUC.63

–Allí tienes, a ras de la calle, entre rejas, gallinas picando.

–Cada ciudadano ha venido a trocante.

–En cada caletre un menú. Tras el menú, otro menú. solo se piensa en la manduca.

–¿Para qué crees tú que mi mujer va a la peluquería? –pregunta Cuartero–. ¿A que le ricen los rizos? ¿A que le marquen la ondulación? ¡Ca, hombre! A cambiar una pastilla de jabón por medio kilo de arroz, que a su vez dará por las patatas que necesita. O una lata de sardinas que le ha traído un capitán, primo de la tía de la sobrina de la otra tía, que a la noche aprenderás trasmutado en otra pastilla de jabón.

–En las sastrerías venden patatas; en los ultramarinos solo mostaza, y se acaba. A más de las cosas raras: pasta dentífrica que te venden como de anchoasc. Barcelona se ha convertido en una inmensa, minúscula lonja.

–Sí, la casa de Trócame Roque.

–Majadero. Aquí no importan los frentes, sino las lentejas. Las mujeres se te ponen tiernas cuando les dices «chocolate». Los alimentos ablandan los corazones.

–¿Sabéis dónde compro los huevos para mi casa? –dice Sancho–. En una casa de citas de la calle de la Diputación. Tengo que cargarme las realquiladas con tal de que suelten los divinos adminículos.

–Lo curioso es cómo lo sexual pasa a segundo plano –asegura Rivadavia–. Por eso las mujeres aborrecen la guerra. La muerte y el hambre las relega a segundo término. Su poder decrece. No creáis que el horror que le tienen a la matanza es humanitarismo. Más crueles son que los machos. Al principio del movimiento les bastaba, para ir en coche, arremangarse un tanto las faldas. ¿Os acordáis de Claudette Colbert en New York-Miami? Bueno: no necesitan las mozas de película ni cintas para aprender ese camino. Ahora nadie les hace maldito el caso. Órdenes son órdenes, me dicen que dicen los chóferes, las purgaciones ayudando. Pero hijo, si hacen la misma seña con un cigarrillo en la mano paran todos. Todavía no se ha hecho con salchichones, pero sí con patatas. Todos parecemos perritos amaestrados. Antes les miraban la cara, ahora las manos.

–Esta época pasará a la Historia como la edad de la colilla.

–Sí –dice Herrera–, las condiciones de la vida determinan las del espíritu y sus obras.

Templado sonríe para sus adentros del claro barniz marxista.

–El cambio, el toma y daca, el trocar, el mudar, el variar, alterar, el cambiazo y la permuta. Las ensaladas, los tomates, los pimientos, la media butifarra, los chorizos y las longanizas se nos han subido a todos a la cabeza. Todos nosotros conocemos un abogado, que no tengo por qué nombrar, que presta sus servicios, no siempre muy limpios, por huevos, quesos, almendras, vino…

–¿Cuánto le debo por la consulta? –dice, fingiendo la voz, Cuartero.

–Tres kilos de azúcar y diez botes de leche condensada. Si consigo que su hijo se quede en la fábrica y no vaya al frente, una caja de La Vache qui rit y un jamón –continúa Templado.

–Mire usted que solo podré conseguir medio.

–¡Su hijo irá al frente!

–¡Oh, señor abogado! Añadiré una lata de arenques de Noruega que mi hija ha conseguido del mismísimo cónsul. ¡Noruegos de Noruega! Una lata grande, ovalada, preciosa.

–Toda la ciudad es almoneda –sigue Rivadavia–. Todos nosotros, quieras que no, ya lo ves, tenemos las cuerdas vocales en el estómago.

–O creemos que la naturaleza es nuestra señora madre o no –taja Templado–. Sin llegar a Montesquieu (–Pedante –le suelta a media voz Cuartero), el crecimiento y la reproducción nacen del exceso del comer. De lo que comes de más. ¿Cómo no has de depender de lo que produces? ¿Cómo no has de aparecer ligado a lo que tragas? Somos materialistas o no lo somos. El cuerpo, nuestro padre.

–Y muy señor mío.

–Y con la mayor reverencia.

–Como sigáis así, me voy.

–Si ahora te hundo este cuchillo en el cuerpo se te fastidia el alma. Con dolor no hay quien trabaje. Sin dolor del alma tampoco haces nada de provecho. Si te corto ahora el meñique…

–Calla, ablandabrevas.

–Las peponas, chitón. Si trabajas apuntalando con la voluntad tus pensamientos y te viene a lancinar cualquier pega: adiós todo. La creación nace de una feliz disposición de la carne. Alabemos nuestro cuerpo dándole contento: dulce vino para el estómago que lo prefiera así, seco para el que lo guste. Golosinas a María. No hay más fuente que él –acaba Templado.

–Aceite y vino, y amigo antiguo.

–Al que prefiera salsa y grasa, salsas y grasas.

–Y torreznada al torreznero.

–Quien se regodee con magras, goce con ellas –sostiened el médico–. Dejémonos de forzar el placer. ¡Al diablo el qué dirán!, olvidemos el puesmelotengoquecomeraunquenomeguste. Recemos al bazo y al epiplón, al duodeno y al intestino grueso; recémosle al riñón, a la tráquea, al tiroides. ¡Que no haya mal año para buen ano! ¡Cantémosle al unto lo que es del unto! ¡Al páncreas! ¡Y alabémosles con vino! ¡Y sacrifiquémosles los carneros más sabrosos, las terneras más mollares! ¡Hecatombe al intestino delgado! ¡Hecatombe al intestino grueso!

–No te conozco –dice Cuartero a Templado.

–Hechos de lo que comemos, dramaturgo.

El mantel blanco, el calor de cinco amigos en un recinto tan escaso, el vino, la comida les contentaban, se sentían más anchos, más amigos los unos de los otros de lo que lo eran. El mantel blanco, el vaho, la sal, la pimienta, la ceniza, los platos, donde no quedaba el menor rastro de los huevos fritos, embebido el aceite con la miga apretada de los chuscos, ya olvidado el dorado cuscurroso de las claras, lo blandengue de las yemas: de la fárfara blancuzca a todos los amarillos, a todos los oros sucesivos del blanco al cobrizo; traían la carne, adobada con tomate. Sancho no se paraba:

–A puerco fresco y berenjenas, ¿quién tendrá las manos quedas?

–¡Vaya entrecuesto, niños!

–Echa vino –dice Herrera–. Cuando se come no se acuerda uno de la guerra. Mejor que el dormir: sin sueños. Como, luego existo.

Teruel, otra vez por los aires.

–Por eso España es un país inmortal –contesta Cuartero–. No se come, luego no se vive, luego no se muere.

–Allá me lleve Dios a morar donde un huevo vale un real.

–Calla, hereje. Basta con agua y ajo.

–Y el santo pan.

–Aceite, garbanzos o judías. Berzas.

–Y para de contar.

–Agua del Duero, caldo de pollo.

Échale Rivadavia un cantero de pan a Sancho.

–Lo dice mejor Lope –cita Cuartero:

En nuestro moral estambre lo que adelgaza es el hambre.64

–Todo adelgaza –hace constar Templado– menos el sexo, que es la medida. El hombre transforma la naturaleza, y la naturaleza transforma al hombree. Bonita fórmula. No forman un todo sino una relación. Por eso no soy animista, caballero, señor don Juez, ni panteísta.

–No dije eso, sino que estás borracho.

Sigue Templado adoptando el tono catedrático de un conocido de todos ellos, la voz hueca, el tenedor en una mano, batiendo el ritmo con la hoja del cuchillo que tiene en la otra.

–Podríamos decir que la naturaleza se transforma a sí misma; entonces ya no hay juego. Tampoco podemos asegurar que el hombre forma parte de la naturaleza desde el momento que la transforma. Creo en la influencia de los astros sobre los hombres, en la influencia de la tierra. Un lapón no es un abisinio: el sol, responsable.

Levantaba el tenedor a los cielos.

–Sé que el tam-tam es una cosa y el libre albedrío otra. Pero los españoles oyen el retumbar oscuro de la tierra castellana, sin más horizonte que su propio fin, arada como la mar, partida a veces por la estela de unos álamos temblones, más tremolantes que el sol sobre la mar, más obedientes a los vientos que pericos y sobrejuanetes. ¿O los caminos de la sierra? (Había empezado en broma, pero ahora la voz se le velaba.) Tierra gris, verde, amarilla de jisca, morada de cantueso. Mogotes y tolmos castellanos; azul claro y verde lejano. ¿Es que no lleváis eso en la sangre, a través de nuestro cuerpo? ¿No os duelen esas cantalinadas graníticas, insobornables, inablandables, improductivas laderas romeras, Galapagar, Torrelodones, Navacerrada, Chozas de la Sierra, Guadalix, Cabanillas, La Cabrera?

–¡Ala, ala!, cómo sale el castellano –sonríe Rivadavia.

–A mí me duelen, me salen a veces como diviesos. Y no hay fomentos calientes que valgan. El espíritu nacional es un dios lar, no hay mayor bien que esa ligazónf. Quizá la libertad sea esa propia cadena. El valenciano es gordo, el castellano magro, el andaluz oliváceo, el catalán subido de color.

–Me molestan las generalidades.

–El arroz, los garbanzos, las olivas, las longanizas… Me decía un suizo el otro día: debiéramos comer como borgoñones y comemos como suizos, bastante mal, medianamente: esa es la palabra. ¡Qué quiere usted, somos neutrales de naturaleza! A neutrales, comida neutra. Comemos cualquier cosa de cualquier manera. El español, abstemio porque es de tierra seca. La carne asada, porque no hay leche para salsas; ni mantequilla. Castilla desconoce las naranjasg y el gallego es hombre de fuego lento y el jándalo vivo como el aceite hirviendo, y quieto como él, cuando no lo gastan. El aragonés de las sierras, acecinado. Todos los de las costas acaban entendiéndose porque les corre el mismo pescado por las asaduras. Fraternidad de los borrachos. De siempre los banquetes han sido fiestas confraternales.

–¿Quieres que te siga el can? Dale pan.

–Al buen callar llaman Sancho –dice Herrera–. Ya está bien, condenado.

–Y al bueno, bueno, Sancho Martínez.

–¿Qué es la guerra, sino procurarse un gran banquete?

–Y Francia a la mejor mesa. El hombre está atado a la tierra por una tuerca sin fin. ¿No habéis visto morir de cólico miserere? No sabéis lo que es bueno. Por eso me río de los internacionalistas. Viven en las nubes. El aire no es sustento. Se puede morir, ya está bien, de un mal aire. ¿Es que a nosotros nos une la lengua? ¡Dejadme que me ría! He mirado siempre por encima del hombro a los hispanoamericanistas, esos que creen que el idioma une Aragón, Castilla, León, Murcia. Cuentos, aunque no quieran: del mismo cacho. Los americanos, hechos de su tierra, nosotros de la nuestra. Se prueba con los hijos. Hijos de español nacidos en ultramar, tan ultramarinos como el primero. Si no, Martí.65 Y doña Cecilia Bohl de Faber.66

–O la dama toro –dice Cuartero.

–¿Por qué?

–¡Ah, no sé! Un título como otro cualquiera. Mas la tierra no vence la lengua.

–Calla, catolicón. Nos une el gusto del agua, del aceite, del ajo. No importa el nacer, sino el comer. Todos esos que desprecian la cocina española y luego se precian de entender –gabachos– a Cervantes o Quevedo. ¡Van dados! Duéleles el aceite, como si las narices solo fuesen para las rosas.

–Veo a este –dice Rivadavia– entonando un canto a la cocina española, envuelto en un pañolón, como un Ardavín67 cualquiera:

¡Ay, cocinita española!

–Los jugos de los garbanzos castellanos, castellanos son, y no paraguayos, si en el Paraguay hay tan delicioso y áureo manjar. El sabor de la tierruca. Los ricos, acostumbrados a los restaurantes, acaban en híbridos, que en todas partes no cuecen habas. Gentes hay que nunca se pueden adaptar a un país extraño: por no tragar los condimentos de rigor. Los ingleses, más ingleses que ingleses en la China o el Transvaal, a fuerza de whisky y bacón holandés. Como te guste la comida de un país extraño más que la tuya, desarraigado estás. Se es del país del cual se comen las entrañas a gusto. El único nacionalismo que admito es el de los excrementos. ¿Quién más español que el Greco, el Padre Nieremberg o el obispo Gelmírez?68

–Ahora defenderás el estofado –dice Herrera.

–Tú no sabes lo que es un estofado, carota –clarinea Rivadavia, recogiendo la pelota con una voz que de pronto le sale aguda–: con aceite, vinagre, ajo, cebolla, especias; todo macerado a fuego lento en una vasija bien tapada. ¡Ni el potaje, ni las gachas, ni el cocido, ni el gazpacho recocido en los rescoldos de la brasa, ni el ajo arriero!

–Ajo blanco le dicen en mi tierra. Ajo crudo machacado, migajón, sal, aceite, vinagre y agua…

–Ni idea, niño, ni idea –grita Rivadavia–. Eso se llama, de verdad, gazpacho macareno. Oído al parche: se toman siete habas y siete almendras, se machacan con un diente de ajo. Gota a gota se humedece todo con aceite, hasta formar una suave pasta muy blanda. Luego, removiendo continuamente echas un litro de agua, una cuchara de vinagre, salpimentas. Añades medio kilo de migas de pan del tamaño de una avellana. Cuélalo. Si lo quieres llamar ajo caliente, dóralo con pimentón, pasándolo por el fuego.

Sancho se puso trabajosamente de pie, vocifera:

–¡Bacalao, bacalao, bacalao!

–Explícate, majareta.

–Desenfado a la única deidad no homenajeada. No sea que nos fastidie. Que el no llamar a todas las hadas trae malas consecuencias.

Se sienta, suspira:

–¡Quién durmiera cien años!

–Lo que defendió a Ulises de Circe –dice quedamente Cuartero– fue el ajo. Le salvó de convertirse en puerco. Me represento muy bien la escena. Circe airada:

–¡Vete, traidor, que apestas!

–Todo cuerpo huele a la tierra que lo parió, y el conejo de monte a tomillo y romero – reemprende Templado–. El ajo da orines picantes y desagradables, aumenta el apetito y facilita la salida de los gases.

–Majadero.

–Májame ajos –dice Sancho–; muchos ajos en un mortero mal los maja un majadero.

–La indiferencia española por el saber tragar produjo escándalo en Flandes. De ahí nació nuestra reputación de severos. Los luteranos dieron en comer mucho.

–De ahí decantamos –dice Rivadavia con su voz más aguda–: los españoles, sobrios por católicos; los alemanes, tragones por luteranos, los ingleses y ginebrinos, insulsos por calvinistas, y los franceses, como siempre, aprovechados.

–¡Dios!

–No hay remedio –comenta Cuartero–. No hay quien nos saque de hablar de restauraciones.

–América –sigue Rivadavia– envió materias primas, tomate, patata, chocolate, pero no maneras de condimentar. En España no se conocen las golosinas a base de azúcar hasta muy tarde. El azúcar es portugués y su negocio judío. Lo cultivan emigrados en el Brasil, lo venden los judíos de Amsterdam. A fines del XVI, aún obsequiaba el rey don Sebastián a los españoles con manjares a base de azúcar.

–A lo sumo puede uno olvidarse de Jauja, nunca de la tierra que le mata a uno de hambre – habla Templado.

–No se olvida el desprecio, que el amor satisfecho: si te he visto no me acuerdo. El feliz es siempre un infeliz.

–Yo –dice Cuartero– soy de los que opinan que Parish acertó al preferir a Venus.

–¿Con qué nos sale este ahora? –piensa Templado, sin que los otros se extrañen.

–Ti pongas como ti pongas, siempre nos han molido las manzanas –murmulla Sancho.

–Hoy todos preferirían a Juno, pensando que con poder y dinero…

–Y cuernos…

–Todo se consigue.

–Sobre todo si se trata de alcanzar una mujer –especifica Templado–. Que no prometió más Venus, que lo del amor estaba en mantillas, y no había más sentimiento hacia las dueñas que el bueno. Las caballerías lo vinieron a estropear, dándole a las mujeres lo que era de Dios. La Reforma fue un movimiento antifeminista. Misóginos. Luego se han sacado las indinas la espina. ¡Pues mira que doña Minerva! ¡Saber y virtud! Mujer sin madre conocida. La reina de las enmerdeuses. Al fin y al cabo, Juno era una cosa seria. Paris, un pobre tonto. Lo único que le salva es pensar que Helena era su amiga de infanciai.

–¡Cómo se ve que te han educado en el extranjero! ¿Quién nombra aquí esas vanas sombras? ¡Maravilla de mi pueblo antimítico y real! Aquí nadie sabe cómo se dice Ajax en castellano – dice Rivadavia.

–¿Estás borracho? ¿Qué tiene que ver Helena con Paris? –pregunta, saliendo del entresueño, Herrera.

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591 стр. 2 иллюстрации
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9788491345954
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