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MATÍAS RIVAS AYLWIN
YO NO SOY UN QUIJOTE
EL LEGADO VIVO DE ANDRÉS AYLWIN AZÓCAR

Rivas Aylwin, Matías
Yo no soy un Quijote / Matías Rivas Aylwin
Santiago de Chile: Catalonia, 2021
ISBN: 978-956-324-901-9
ISBN Digital: 978-956-324-902-6
BIOGRAFÍA
920.71
Diseño de portada: Guarulo & Aloms
Fotografía de portada: Archivo personal del autor
Corrección de textos: Hugo Rojas Miño
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
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Primera edición: octubre, 2021
Registro de propiedad intelectual: 2020-A-9205
ISBN: 978-956-324-901-9
ISBN Digital:
© Matías Rivas Aylwin, 2021
© Catalonia Ltda., 2021
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl – @catalonialibros
“No es la política
la que está ausente en el corazón de las masas,
sino la forma de hacerla,
donde el poder por el poder desplaza a
la lucha consecuente por grandes ideales y valores”.
Andrés Aylwin Azócar
Prefacio
El 18 de agosto de 2018 —dos días antes de su muerte—, decenas de personas se congregaron al frente de su departamento en la plaza Río de Janeiro, en Providencia, para rendirle homenaje. Una de ellas, al darse cuenta de que yo era uno de sus nietos, se acercó y con mucha seriedad me dijo:
—Te cuento que tu abuelo me salvó de la CNI, me sacó de la comisaría antes de que nos mataran a todos. Si no fuera por él, no estaría aquí.
¿Por qué me impactó ese breve relato?
En mi infancia me enteré por mis padres de que mi abuelo, Andrés Aylwin Azócar, había sido un hombre especial que salvó muchas vidas durante un período oscuro del país. Años después leí sus libros y con asombro me impuse de su lucha por sobrevivir en el Altiplano cuando fue relegado a casi 5 mil metros de altura en Guallatire, en pleno invierno boliviano, a pesar de su largo historial de neumonías, pleuresías, tuberculosis y lesiones pulmonares graves. Él mismo dejó testimonio de sus esfuerzos por sobrevivir en su libro 8 días de un relegado: “A veces, cuando me vienen las peores crisis de asfixia, siento como que mi vida dependiera de un pequeño hilo de oxígeno, y que ese pequeño hilo pudiera cortarse en cualquier momento”1.
Su trayectoria política, sus anécdotas, su fama de hombre bueno… todo eso me era familiar, pero no fue hasta los días previos a su muerte que tuve un contacto directo con las personas que él había ayudado durante la dictadura.
Esa noche, entre velas y oraciones, sentí que brotaban historias de él que nunca antes había escuchado. Y su figura, de pronto, comenzó a crecer.
Dos días después, en su velorio en el ex Congreso Nacional, dimensioné todavía más su importancia política y social al ver a cientos de hombres y mujeres —dirigentes sindicales, madres de detenidos desaparecidos, obreros, ex presos políticos— prontos para despedirlo entre lágrimas y abrazos. Hubo muchas palabras de afecto y agradecimiento que erizaban la piel. Recuerdo, también, haber sentido mucha emoción al escuchar las palabras de todos los exmandatarios desde el retorno a la democracia, especialmente las de Michelle Bachelet, quien destacó que en las horas más oscuras “Andrés Aylwin defendió a quienes estaban siendo silenciados, perseguidos y desaparecidos por la dictadura”.
En tiempos en que la actividad política está profundamente desprestigiada, parecía inverosímil que un político tuviera una despedida tan celebrada por la ciudadanía y la prensa. Incluso, parlamentarios de derecha y el Presidente Sebastián Piñera, acompañado de su ministro del Interior, Andrés Chadwick, destacaron su consecuencia y valentía.
Cuando les transmití la experiencia a mis amigos, la mayoría nacidos a comienzos de los noventa, me impresionó lo poco que sabían sobre mi abuelo más allá del hecho de que era hermano del expresidente Patricio Aylwin. Desconocían que fue parte de un grupo de 13 democratacristianos que desde el mismo 11 de septiembre de 1973 rechazaron categóricamente el golpe de Estado, teniendo como consecuencias para muchos de ellos la relegación, el exilio y atentados contra sus vidas, como fue el caso de Bernardo Leighton y su esposa, Anita Fresno, a quienes la Dina en conjunto con terroristas italianos intentaron asesinar en Roma. Desde luego, tampoco conocían el rol que cumplió en la transición al procurar sin descanso la libertad de los presos políticos, lucha en la que se encontró con la férrea oposición de la derecha, la indiferencia de muchos personeros de su propio sector y el rechazo, en general, de la prensa. Pero lo más increíble es que se mostraban escépticos frente a la posibilidad de que un político de antaño incapaz, supuestamente, de comprender las demandas de las nuevas generaciones hubiera sido, en realidad, un pionero en la defensa de ellas. Porque si bien Andrés Aylwin está estrechamente ligado al concepto de derechos humanos, en la arista de los detenidos desaparecidos y en la defensa judicial de las víctimas de la represión, también es cierto que dedicó gran parte de su labor política a otras causas, como la reforma a la Constitución de 1980, asunto que consideraba un imperativo moral que la sociedad debía enfrentar si deseaba, en sus palabras, “destruir los enclaves institucionales autoritarios que impiden la libre y verdadera expresión de la voluntad, intereses y esperanzas de las grandes mayorías nacionales”2.
Pues bien, transcurridos algunos meses desde su fallecimiento, como familia tomamos la decisión de indagar en los archivos que él cuidadosamente guardó durante gran parte de su vida política: recortes de prensa, cartas, copias de sus intervenciones en el Congreso, discursos, alegatos y apuntes. En esa búsqueda llegó a mis manos una portada del diario La Tercera de la Hora de 1976 que decía, con letras rojas y mayúsculas, “Chilenos injurian a su patria en la OEA”, haciendo referencia a un documento que Andrés Aylwin junto a otros cuatro abogados redactaron para denunciar los atropellos a los derechos fundamentales y la distorsionada imagen de Chile que el general Augusto Pinochet pretendía transmitir al extranjero en aquella importante cita internacional. Jaime Guzmán, Ricardo Claro y Sergio Diez fueron algunos de los brazos desplegados por la dictadura para demonizar a los firmantes, tratándolos de traidores y canallas.
¿No es paradojal que hace tan solo cuarenta años el mismo país que lo despidió con honores por su lucha en los derechos humanos lo haya tildado de antipatriota, justamente, por su labor en esa materia? ¿Y no lo es también el hecho de que un gobierno de derecha, compuesto en gran parte por políticos que apoyaron la dictadura, lo consideren, ahora, un hombre justo y coherente? Y no solo ellos, también sectores de la ex Concertación3 que en los años noventa lo veían como un hombre ingenuo y tozudo, que no daba su brazo a torcer en su cruzada por liberar a los presos políticos, tiempo después reconocerían que sus acciones fueron en la línea correcta.
Esos dos episodios —el documento presentado ante la OEA en 1976, que le terminaría significando la relegación, y su labor en la defensa de los presos políticos durante el gobierno de su hermano Patricio— dan cuenta de que en ciertos períodos lo moral es tachado de inmoral y lo justo, de injusto. Andrés Aylwin vivió en esa permanente tensión, pero fue suficientemente visionario para entender cómo la historia terminaría juzgando los hechos del pasado. Es así, por ejemplo, que dos meses antes del golpe de Estado escribió: “Frente a la crisis que vive Chile no existen soluciones fáciles ni milagros. Ni menos se puede pensar que la destrucción y el asesinato de la democracia puedan ser el camino para salvar la democracia”4.
En este libro, en el que procuré incorporar lo más posible su voz en primera persona (incluyendo entrevistas inéditas realizadas poco antes de su muerte), se exploran ambos acontecimientos. Sobre lo ocurrido en 1976, se enfatiza el rol que jugó la prensa tras la publicación del documento, con decenas de diarios, revistas y programas de televisión al servicio de los intereses de la dictadura y con escasas posibilidades de réplica para los firmantes. Con respecto al problema de la libertad de los presos políticos, el texto se centra en la soledad de su lucha y en la falta de empatía que observó en algunos sectores de la Concertación.
En la investigación surgieron otras historias, como el arriesgado rescate a su amigo Jacques Chonchol, ex ministro de Agricultura de Salvador Allende, en la población La Victoria, tan solo dos días después del Golpe5. Aquella sería la primera vez que mi abuelo arriesgaría su vida para defender a los perseguidos por el régimen militar.
También se incluye un breve relato sobre su retiro de la política, en 1998, el mismo año en que el general Augusto Pinochet asumió como senador vitalicio. ¿Cómo recibe Andrés Aylwin esta noticia? ¿A qué se dedica después de dejar la Cámara de Diputados? ¿Por qué no escribe un libro sobre su experiencia en la transición?
Son cuatro historias que cruzan tres períodos de su vida: la dictadura, la transición y su retiro de la vida pública. Tienen en común la afirmación intransigente de valores morales y la permanente necesidad, casi obsesiva, de salir en defensa de personas postergadas, silenciadas y violentadas.
Quizás hoy, cuando el país se encamina a un nuevo pacto social, sea necesario recordar el legado de un hombre que antepuso el interés del prójimo al propio; que supo actuar por convicción y no por cálculos mezquinos, y que en circunstancias adversas se atrevió a levantar la voz por los que sufrían.
Quizás hoy, sus enseñanzas, sus reflexiones y su actitud frente a la vida nos ayuden a recuperar valores y principios que, como él mismo dijera en una oportunidad, se esfumaron peligrosamente de nuestra convivencia.
1.
Un rescate en pleno
golpe de Estado
Es 11 de septiembre de 1973. Andrés Aylwin se despierta a las seis y media con un llamado de su secretaria, quien lo alerta del comienzo de una guerra civil y de los balazos que retumban en el centro de Santiago. Es difícil descifrar lo que siente, pero seguramente pasan por su cabeza las palabras de su amigo Bernardo Leighton, quien el día anterior en los comedores del Congreso le dijo: “Ya todos estos sueños de alguna gentecita que ha estado hablando del Golpe se han ido al suelo, porque las Fuerzas Armadas están preocupadas de otras cosas, son profesionales, así que no hay ninguna posibilidad de Golpe”6.
No tiene la certeza de que el Golpe va a ocurrir, pero como cualquier persona medianamente informada intuye que algo grave está a punto de suceder, y lo atormenta imaginar el sufrimiento por el que mucha gente podría pasar. Sabe que, si los militares toman presos a ciertos militantes del Partido Socialista, del Partido Comunista o del MAPU, el destino es uno solo: los van a matar. Entre ellos está Jacques Chonchol, exministro de Salvador Allende y uno de sus mejores amigos. El día anterior, Chonchol había regresado a Chile aquejado por una fuerte gripe y ahora su esposa, María Edy Ferreira, lo mantiene aislado y en completo reposo, no vaya a ser que por descuido su estado empeore.
La mañana del 11 de septiembre, después de haber dormido muy poco y muy mal, Chonchol contesta un llamado que lo informa del avance de los marinos en Valparaíso. Al igual que su amigo, no es la primera vez que escucha de un posible golpe de Estado, pero algo en la voz de su interlocutor le provoca un dolor de estómago, un miedo indecible y hondo.
Cree que, esta vez, es en serio.
Chonchol sabe que corre un riesgo formidable y que en cualquier segundo derribarán la puerta de su casa para detenerlo. Vuelven a su memoria conversaciones con dirigentes de izquierda en las que planteaban la urgencia de esconderse ante esta eventualidad. Piensa: “¿Cuántos ya lo habrán hecho? ¿Cuántos estarán a salvo? ¿Cuántos muertos?”. Agarra lo que puede y sin dar media vuelta sube a su familia al auto y le dice a su guardaespaldas que acelere.
Luego de dejar a su hijo en la casa de su hermana, a la misma hora en que el Presidente Salvador Allende se dirige raudamente al Palacio de Gobierno, se encaminan hacia la población La Victoria, donde vive una monja con la que tienen una gran amistad. Deben abrirse paso por calles secundarias, ya que desde las siete de la mañana las calles céntricas comenzaron a ser custodiadas por soldados.
—Vas a estar bien, no te preocupes, nadie se va a meter en la casa de una monjita —dice a su esposa al despedirse, sin saber que en las próximas horas la población será un foco de resistencia y que dirigentes socialistas serán asesinados por infantes de la FACh.
En el centro de Santiago, mientras tanto, tanquetas rodean La Moneda, los civiles son evacuados de las zonas de acción y el Presidente, a través de Radio Magallanes, entrega su último mensaje a una nación divida entre la alegría y el miedo.
Simultáneamente, en Martín de Zamora, varios democratacristianos contrarios al Golpe llegan a la casa de Bernardo Leighton, quien, como león enjaulado, insiste en ir a La Moneda para acompañar y defender al Presidente. Ante los llantos de su esposa, Andrés interviene con la ayuda de Florencio Ceballos y le impiden el paso a la fuerza.
Saben que su valentía le podría costar la vida.
Dejar a Jacques es lo más difícil que María Edy ha hecho en su vida; se siente incompleta y aterrada. Arriba suyo escucha el ruido ensordecedor de los helicópteros cargados de ametralladoras; le cuesta pensar, pero algo es evidente: para salvar a su esposo necesita pedir ayuda y llevarlo antes de que sea tarde a un lugar que le otorgue seguridad permanente y la posibilidad de salir del país. Ha repasado mentalmente varios nombres, pero la mayoría de ellos están en la misma situación que su esposo y los otros, los que quizás no serán perseguidos por el nuevo régimen, posiblemente rechazarán ayudarla por los grandes riesgos que eso implica.
El tiempo corre.
Sus amigos Andrés Aylwin y Mónica Chiorrini aparecen de pronto en su mente como las únicas personas a las que puede recurrir. De inmediato, se dirige al barrio El Golf.
Al abrir la puerta, Mónica se imagina lo peor. Su amiga, roja por las lágrimas, no logra hablar. Se apresura a abrazarla mientras su hija Verónica mira con preocupación y se pregunta por qué su madre, que no acostumbra a expresar cariño con gestos físicos, está tan compenetrada en un abrazo.
A pesar de no tener edad suficiente para entender a cabalidad lo que ocurre, Verónica (la menor de cuatro hermanos) sí intuye que algo malo ha comenzado este 11 de septiembre y que las cosas ya no serán como antes. Sus primeras pistas no son las imágenes del bombardeo a La Moneda o el suicidio de Allende, sino que la imagen de su padre regresando de la casa de Bernardo Leighton con los ojos desorbitados, el cuerpo frío y sumergido en una profunda ira. “Esto se viene para largo, ¡no saben lo que se viene!”, grita, mientras recorre la casa. Más tarde, su hija mayor, Cecilia, se acerca con la intención de calmarlo y le plantea que con los militares —quizás— el país tendrá más bienestar, pero a cambio recibe una aterradora respuesta:
—Hija, están matando gente indiscriminadamente, ¡aquí no hay nada que celebrar!
Ya de noche —y luego de haber tomado el poder sin contratiempos—, la Junta Militar entrega en las pantallas de Canal 13 un lacónico mensaje y procede a instalar el estado de sitio en todo el territorio nacional. El último en hablar es el que ordenó el bombardeo a La Moneda: el comandante en jefe de la Fuerza Área, Gustavo Leigh.
—Tenemos la certeza, la seguridad de que la mayoría del pueblo chileno está con nosotros, está dispuesto a luchar contra el marxismo y a extirparlo —sube su tono de voz— ¡hasta las últimas consecuencias!
Una larga amistad en los turbulentos años de la Unidad Popular
María Edy pasa dos noches en la casa de sus amigos y relata en detalle lo que vivió con Jacques. Andrés escucha con calma, aunque sabe que cada minuto que pasa es un minuto más que tendrán los uniformados para encontrarlo. El toque de queda que inició el martes a las seis de la tarde sigue vigente; si van a intentar algo, necesitarán una ventana de tiempo razonable. ¿Podrá resistir Jacques? Andrés implora una respuesta, pero se siente atado de manos. Recuerda con nostalgia la época en que su amigo lo iba a visitar todas las semanas hasta San Bernardo en un viaje que le tomaba dos horas, cuando estuvo enfermo de tuberculosis. Se habían conocido en los años cuarenta cuando él estudiaba Derecho en la Universidad de Chile y su amigo, Agronomía. Juntos hicieron una candidatura de la Falange para la presidencia de la FECh en la que Andrés postuló de presidente y Jacques, de secretario general; no ganaron, pero recibieron un premio de consuelo cuando al preguntar en la facultad de Artes por qué de los treinta votos que les habían prometido solo sacaron cuatro, les contestaron que los alumnos más inteligentes habían votado por ellos. Su amistad siempre se mantuvo, incluso con la escisión de la Democracia Cristiana en 1969 y el nacimiento del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), partido al cual ingresó Jacques y que posteriormente integraría las filas de la Unidad Popular. Lo que vendría después sería duro para él. “Fue muy destructivo y triste para mí ya que el MAPU se forma poco antes del 21 de mayo, fecha en que el Presidente de la República tiene que dar cuenta al país —recordaría el año 2018, al reflexionar sobre la forma en que se desarrollaron los hechos en esos años previos al gobierno de Allende—. Entonces yo era diputado y fui a ver la cuenta de Frei, pero me sentía mal, me sentía incómodo y triste, sentía que había perdido la pertenencia, que ya estaba fuera, que había dejado de ser parte de un lugar donde tenía tantos amigos y que tenía que pensar en nuevas amistades”7.
El ambiente en el Congreso Pleno, ese 21 de mayo, era tenso y existía temor de que más parlamentarios y dirigentes sindicales se fueran al MAPU. Durante el discurso del Presidente, Andrés tuvo la sensación de que, al menos tres veces, Frei Montalva lo miró directamente, mientras entregaba su mensaje político. “Pensé que podía ser una ilusión, una equivocación, porque yo era un simple parlamentario”, recordaría.
Una vez finalizada la sesión del Senado, era costumbre que los diputados y senadores fueran a La Moneda a saludar y expresar su adhesión al mandatario. Pero él decidió restarse. Se fue, inquieto, a caminar por calle Ahumada, para luego sentarse en un café a meditar. Ahí estuvo, absorto, hasta que se dio cuenta de que si había decidido permanecer en la Democracia Cristiana no podía adoptar una actitud infantil; debía ser consecuente y regresar. Volvió a La Moneda —aún pensativo, triste y ausente—, subió hasta el segundo piso y divisó al Presidente, quien al verlo le dirigió una amistosa mirada y se acercó a saludarlo.
—Andrés, tu presencia aquí es lo más importante que me ha pasado en este último tiempo —le dijo mientras lo abrazaba fuertemente—. Para mí es muy importante que hayas venido. Y te voy a decir algo más: cuando yo estaba pronunciando el discurso al país, yo varias veces te miré a ti. Te veía preocupado.
***
Durante la presidencia de Allende, el creciente antagonismo entre la Democracia Cristiana y el oficialismo se acentuó aún más tras el asesinato del democratacristiano y ex ministro del Interior Edmundo Pérez Zujovic, a manos del grupo de ultraizquierda Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP). Este hecho, que sería interpretado como un regalo para quienes perseguían la caída del Presidente8, fue el preámbulo de los días más negros para el futuro de la democracia.
El mismo día del crimen, Andrés se dirigió al Hospital Militar y se encontró de frente con un ministro del gobierno de Allende. Con la emoción del atentado en su corazón, estuvo a punto de decirle una pachotada, pero se detuvo poco antes de hacerlo.
La lucha por la paz —pensaba— debía continuar.
Al día siguiente, hubo una sesión extraordinaria en la Cámara de Diputados. Andrés sintió la necesidad de hablar directamente, y en un tono más humano, con el ministro del Interior, José Tohá.
—Este asesinato es una triste consecuencia de una campaña previa, tolerada por el gobierno, que ha convertido a seres humanos buenos y pacíficos en personas despreciables —le dijo.
Le pareció percibir cierta comprensión del ministro, pero tristemente ya se habían desatado fuerzas oscuras que, en sus palabras, “conducían al abismo”.
Durante aquellos días, Andrés mantuvo una fluida relación con Jacques, que por entonces era ministro de Agricultura, y aprovechaba cada encuentro para manifestarle su preocupación de que tomaran medidas que atentaran contra la legalidad del país. “Nuestra amistad dura toda la vida —le decía—. Pero si entran por la vía violenta vamos a tener que cortar relaciones”. Jacques respondía haciendo referencia a lo que él llamaba la obsesión del Presidente por atenerse a la legalidad y su irrestricto apego a la institucionalidad democrática, lo que sin embargo se contradecía con los constantes llamados de sectores más radicales de izquierda a agudizar la revolución socialista por medio de acciones violentas.
Andrés, férreo opositor al gobierno de Allende, no lo veía todo en blanco o negro y creía que la Unidad Popular había tenido una oportunidad histórica para movilizar al pueblo por grandes ideales. Pero su rechazo, como le ocurriría a muchos democratacristianos, fue aumentando en la medida en que predominaba la falta de entendimiento y la rivalidad entre ambos bloques, expresada en el repudio de la DC a las masivas ocupaciones ilegales de predios agrícolas y sus posteriores expropiaciones amparadas en resquicios legales, al indulto a extremistas que habían sido procesados por actos terroristas y a la postura radical del Partido Socialista, que no descartaba entre sus estrategias para consolidar el poder la lucha armada. Esas diferencias, entre muchas otras, terminarían siendo irreconciliables y derrumbarían los diálogos entre el centro y la izquierda, como bien lo describiría Camilo Escalona: “La izquierda y el centro divididos, antagonizados por su retórica discursiva y un espeso ideologismo que los llevó a enfrentarse sin ningún tipo de contemplaciones, facilitaron o coadyuvaron a la crisis institucional, condición necesaria para el golpe de Estado”9.
En ese contexto, en septiembre de 1972, Andrés escribió:
Cuando la historia analice estos tiempos juzgará a los gobernantes no tanto por los errores, que son muchos, sino más que nada por la oportunidad perdida. Ha sido el empleo de tácticas políticas totalitarias, la utilización del odio en forma masiva, casi científica, lo que ha exacerbado las pasiones en tal medida que hemos llegado a tener una nación destruida espiritualmente; dividida hasta en la escuela o la familia10.
En paralelo, su amigo Chonchol era removido de su cargo luego de intensos ataques en su contra por su liderazgo en la reforma agraria, plasmado en su polémica frase: “La reforma debe implementarse de forma rápida, drástica y masiva”. Eso le ganó en la prensa el apodo de “Atila”; lo acusaban de no respetar el derecho a la propiedad y de implementar una reforma arbitraria que inevitablemente conduciría al país a la ruina económica. Jacques era, según él mismo ha reconocido, uno de los hombres más odiados del gobierno de Allende. No le quedó alternativa: tuvo que dar un paso al costado y se fue a trabajar al Centro de Estudios de la Realidad Nacional.
Un mes después de las cruciales elecciones parlamentarias de marzo de 1973, que culminaron con el fracaso de la oposición en conseguir los dos tercios que necesitaba en el Senado para aprobar la destitución legal del Presidente (abriendo, de este modo, una enorme interrogante respecto a cómo podrían coexistir fuerzas tan antagónicas e intransigentes11), Andrés escribió un nuevo artículo de prensa en el que mantuvo firme su postura, señalando que el gobierno actuaba sin escrúpulos, injuriando y desprestigiando a todos los que no pensaran como ellos. “No se trata ya de la pasión que hemos puesto los chilenos en nuestras disputas, es algo mucho peor, pues se trata del odio y de la infamia utilizados científicamente, con los mismos métodos deleznables que siempre han utilizado las dictaduras12”, escribió.
Pese a ser muy amigo de varios miembros del oficialismo —entre ellos José Tohá y Carlos Altamirano, a quienes conoció cuando era estudiante en la facultad de Derecho de la Universidad de Chile—, era escéptico frente a la idea de que el socialismo se iba a construir no en base a la dictadura, sino que, fundamentalmente, por medio de la solidaridad del pueblo. Respecto de lo cual escribió:
¡Bonita idea! Pero, entonces, nos preguntamos: ¿Pueden crearse una gran solidaridad nacional y una mística de esfuerzo colectivo en un país donde una minoría gobernante utiliza todo su poder para sembrar el odio y aplastar a la enorme mayoría del país que no es marxista? Más aún: ¿Puede crearse una mística de esfuerzo en un país donde prolifera una burocracia oficialista que asienta su poder en el odio al que tiene algo y que, sin embargo, salvo las excepciones, no da ningún testimonio personal de sacrificio, y se enriquece, viaja al extranjero, adquiere automóviles y compra casas de veraneo?13.
En los meses previos al 11 de septiembre, marcados por un fallido golpe de Estado liderado por el coronel Roberto Souper y sofocado por el comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats (quien luego, ante la falta de apoyo interno, renunciaría a su cargo, eliminándose el último obstáculo para las fuerzas golpistas), Andrés fue testigo de la profunda polarización que permeaba todos los ámbitos de la vida. Era, en sus palabras, una situación insoportable: el comunismo se había transformado en el símbolo de la maldad, en la Cámara de Diputados nadie se escuchaba, abundaban los atentados y acciones violentas de los grupos de ultraderecha y el país, en suma, estaba que ardía… solo faltaba una chispa. Él responsabilizaba principalmente a la Unidad Popular, a la que acusaba de haber sembrado odio y totalitarismo con el objetivo de conquistar la adhesión del pueblo y, de paso, transformar a Chile “en un ring”14.
El 5 de junio, durante la votación por la acusación constitucional contra el intendente de Valparaíso, Carlos González, Andrés dirigió sus críticas a los periódicos que hacían circular el Partido Socialista y la Izquierda Cristiana, ambas expresiones de la campaña de odio a la que constantemente había aludido en sus intervenciones en el Congreso.
—Ellos se pueden encontrar en cualquier quiosco de Santiago —afirmó—. Uno, dice: hay que aplastar a los enemigos del pueblo, a hoja completa, y el otro expresa: para evitar la guerra civil hay que aplastar a la reacción. Este es un sistema totalitario y dictatorial que no está de acuerdo con la tradición nacional, porque jamás las mayorías pueden aplastar a las minorías, pero menos todavía las minorías pueden aplastar a las mayorías15.
Las tácticas oficialistas le suscitaban animadversión, pero rechazaba, al mismo tiempo, la forma en que el Golpe se palpaba en el Congreso, por medio de conversaciones informales con personeros de derecha y con algunos miembros de la Democracia Cristiana. ¿Es que acaso no había otra forma de encauzar el conflicto? ¿Es que no era evidente que un golpe militar traería trágicas consecuencias para el país? Motivado por la sencillez y claridad de sus principios, decidió escribir un artículo que lo distanciaría de la vía violenta y que marcaría públicamente una postura —orientada a aminorar el odio y la polarización— que se mantendría invariable a lo largo de su vida. El título de la columna habla por sí mismo: Solo con métodos democráticos salvaremos la democracia, publicada en el diario La Tercera de la Hora el 6 de julio de 1973, dos meses antes del Golpe. Ahí se dirigió fundamentalmente a la oposición y sobre todo a aquellos que, cansados de los vejámenes y abusos, comenzaban a pensar en cualquier tipo de soluciones, incluyendo el derrocamiento del gobierno. Ahí marcó un quiebre con la retórica de un sector de la oposición que, más que buscar una salida pacífica y un entendimiento con el gobierno —al cual negaba su legitimidad—, ya estaba resignado a una solución violenta. Ahí, también, marcó una clara distancia con la posición más conservadora e intransigente que predominaba en su partido. Él entendió que no era momento de echarle más leña al fuego, sino de buscar a como diera lugar la forma de preservar la democracia.
Eran días en que primaba la irracionalidad intelectual, plasmada en discursos de ideólogos que torcían el sentido profundo de lo razonable y lo ético para hacer prevalecer la muerte y la barbarie, logrando influir incluso en las mentes más lúcidas. No era poco común, por ejemplo, escuchar a personas de derecha decir que “alguien tenía que hacer el trabajo sucio” o sentir el atronador grito de la bancada del Partido Nacional que al unísono clamaba “Yakarta, Yakarta, Yakarta”, haciendo alusión a cientos de miles de comunistas muertos durante un golpe militar de derecha en Indonesia.
Tampoco eran poco frecuentes las presiones para que los democratacristianos —cuya envergadura moral y política era significativa— se comprometieran con el enfrentamiento y se lograra, finalmente, la intervención de las Fuerzas Armadas. “Entre los que así piensan están los que creen que mañana podrían perder sus privilegios”16, escribió Andrés.
Las excepciones se contaban con los dedos de las manos. Uno de ellos era el diputado y ex ministro democratacristiano Bernardo Leighton, quien lograba, en las pocas veces que hablaba, generar silencio en la Cámara y concitar respeto entre sus adversarios. Su palabra llamaba a la racionalidad e invocaba la larga trayectoria democrática del país, anunciando grandes dolores para el pueblo si se imponía el predominio de la fuerza. Leighton fue, según recordaría Andrés, un ardiente partidario de promover diálogos y buscar acuerdos racionales que evitaran muertes y sufrimientos.
Frente a ese complejo escenario —en el que las voces dialogantes y pacíficas eran una minoría— la respuesta de Andrés, al igual que la de su amigo Bernardo, fue categórica: “No”. Les dijo no a las soluciones fáciles y a los milagros; les dijo no a los que pensaban que la destrucción y el asesinato de la democracia eran el único camino para, justamente, salvar la democracia. En momentos en que para muchos la idea de un golpe de Estado había abandonado su connotación negativa y se presentaba como la única salida para la crisis, él creía que existía un solo camino para la victoria:
El trabajo de cada día, la justicia de nuestras ideas y soluciones, el testimonio personal, la consecuencia entre lo que se piensa y lo que se hace. Hoy más que nunca hay que trabajar con la verdad. Organizarnos. Entender, por todos, que es hora de defender solo lo esencial que hay en la democracia —que son fundamentalmente valores espirituales— pero jamás privilegios17.
Al final de ese premonitorio artículo, Andrés se refirió a aquellos que decían estar dispuestos a entregar sus vidas por uno u otro bando, y les advirtió, casi con desesperación que no “es hora de muerte, sino de vida. No es hora de aferrarse al pasado, sino de entender por qué hemos llegado a lo que estamos llegando. No es hora de imitar procedimientos deleznables, sino de hacerle saber al pueblo, especialmente sobre la base del testimonio, que hay otros valores, otras verdades”.
Poco después, en un foro organizado por la Universidad de Chile, el senador del Partido Nacional Patricio Phillips se acercó a conversar con él. Quería advertirlo de las consecuencias de sus palabras.
—Tú hablas con demasiada vehemencia contra el Golpe —le dijo, en presencia de su esposa, Mónica—. Cuidado, el Golpe viene con todo. Te pueden hasta matar.
El rescate
El jueves 13 de septiembre de 1973, el mismo día en que se firma la carta en la cual trece democratacristianos condenan categóricamente el derrocamiento del Presidente constitucional, se levanta el toque de queda desde las doce del día hasta las seis y media de la tarde. La comandancia de Santiago había expresado la noche anterior que el objetivo era iniciar la actividad laboral y productiva de la provincia y se recomendaba a la ciudadanía, a modo de evitar situaciones “desagradables”, no distraerse en el camino desde el lugar de trabajo a sus casas para facilitar, así, el mantenimiento del orden y la integridad de las personas. La jefatura de plaza para Santiago también comunica una serie de instrucciones para quienes salgan de sus casas: “Está estrictamente prohibido todo tipo de manifestaciones públicas”, “queda prohibido dirigirse hacia el centro de Santiago”, “se reitera la conveniencia de la población de mantenerse en sus hogares”. Pero lo más apremiante es la información expresada a través del Bando número 10, en que la jefatura militar ordena a noventa y cinco personas de la Unidad Popular a entregarse voluntariamente en el ministerio de Defensa Nacional. En el puesto quince se encuentra Jacques Chonchol Chaid.
Andrés y María Edy están de acuerdo en que de “intentar algo” tienen que intentarlo hoy. Al borde del mediodía, Andrés se acerca a su hijo mayor, de quince años, y le pide que encienda el auto y los acompañe, convencido de que su presencia aminorará sospechas. ¿Se le cruza por la cabeza el riesgo de involucrarlo en una operación tan arriesgada? ¿O es que todavía no pondera lo que significa, realmente, una dictadura?
A las doce en punto, con el motor operativo, salen los tres a la casa del diputado democratacristiano Mariano Ruiz-Esquide. Andrés lo había llamado cinco minutos antes de partir y frente al temor de que su llamada fuera interceptada se limitó a decirle “ahí te explico de qué se trata”. Ruiz-Esquide, en tanto, está en su casa con una profunda sensación de derrota y lo último que piensa, antes de partir, es que poco importa lo que su amigo proponga; por muy arriesgado que sea, sabe que ese día se juntarán a firmar una declaración contra el Golpe, por lo que en cierto modo ya se siente muerto.
Con él a bordo, enfilan hacia el poniente por Providencia y luego por cualquier calle que se los permita, pues minutos antes de las doce horas un alto oficial del Ejército había advertido por televisión que estaba tajantemente prohibido el tránsito vehicular en todo el sector del centro, entre Vicuña Mackenna y Ejército, y desde Alameda hasta Mapocho. Al ser la primera vez en dos días que se le permite a la población salir de sus casas, muchos se apresuran a comprar los diarios, a buscar a sus familiares de los que no han tenido noticias, se forman filas en farmacias, en almacenes e incluso varios intentan acercarse a La Moneda para ver con sus propios ojos los grandes orificios de sus muros.
Comienzan, también, las consecuencias del golpe militar: detenciones arbitrarias y el traslado de miles de prisioneros al principal estadio de la ciudad; represión en las zonas rurales, ejercidas con extrema violencia; expulsión de los campesinos de sus predios, a veces con la obligación de abandonar sus tierras en tan solo diez días; asesinatos políticos, cuyas víctimas son fundamentalmente militantes de partidos de izquierda, y el terror esparcido entre cualquiera que resulte sospechoso o discrepe del nuevo régimen18.
Miren por donde miren hay efectivos de Carabineros, Ejército y Fuerza Aérea vigilando a los pocos vehículos que circulan por el centro. Después de casi una hora, llegan a la población La Victoria. Andrés detiene el auto, mira su reloj y le dice a su hijo que se baje y camine hacia la cuadra del frente porque pronto va a llegar Jacques, quien ya ha sido informado de la operación. Ruiz-Esquide mira atento por la ventana para ver si ocurre algo; María Edy hace lo mismo. Andrés hijo se para en la esquina por un instante que se le hace muy largo, al constatar el amplio contingente de militares que minuciosamente recorre la zona. A pesar del miedo, decide seguir las órdenes de su padre y se mantiene de pie, en espera, consciente de la importancia de la tarea que le encomendaron. Al poco rato siente un golpe en su espalda y escucha su nombre. Se da vuelta y ve a un hombre andrajoso y con el pelo teñido de colorín. Se demora en reconocerlo, pero es Jacques, su padrino. Rápidamente lo lleva al auto y Andrés acelera en la misma dirección por la que habían venido. Ruiz-Esquide, en tanto, usa su fonendoscopio para revisar a su amigo y concluye, después de un breve examen, que se ve peor de lo que en realidad está.
En los asientos traseros hay un fuerte ajetreo, pero Andrés solo tiene una cosa en mente: aprovechar el estrecho margen de tiempo para llegar a la embajada de Venezuela, donde ha acordado, con el embajador, el ingreso de su amigo. El avance, sin embargo, se trunca cuando una patrulla comienza a detener a todos los autos que circulan por la avenida. Es imposible escapar. María Edy es la segunda en percatarse del problema y se larga a llorar tan desesperadamente que Ruiz-Esquide y Andrés empiezan a susurrar posibles soluciones, si es que las hay. Ruiz-Esquide observa que los militares obligan a bajar las ventanas, abrir las puertas en algunos casos y mostrar, sin excepción, la cédula de identidad. María Edy mira a Andrés buscando una respuesta, una palabra, una señal, pero nadie sabe qué hacer. En los próximos minutos estarán frente a la patrulla y tendrán que obedecerlos… Andrés, tragando saliva, mira a su amigo y le dice:
—Jacques, pareciera ser que nos van a detener. Vamos a decir que somos parlamentarios y si te identifican vamos a decir que nosotros te vamos a entregar.
Su amigo lo mira resignadamente a los ojos y luego de un prolongado silencio le responde:
—Estoy en manos de ustedes.
El tiempo corre y Andrés acelera con lentitud, asomándose por la ventana para ver cuán cerca están del control. Después de tanto tiempo de espera se ha formado un taco de al menos treinta autos en cada fila. El proceso de revisión es lento y entre más tiempo pasa más autos llegan. De pronto, Ruiz-Esquide se da cuenta de que los autos avanzan más rápido. Jacques y María Edy miran hacia adelante, pero no alcanzan a ver qué ocurre; luego, logran ver tanquetas de grueso calibre y decenas de uniformados armados con fusiles. A Jacques se le aprieta la garganta. Andrés trata de ensayar en su cabeza las palabras exactas que dirá. Por un instante, piensa en su hijo, injustamente involucrado en el rescate. La tensión es extrema. A Ruiz-Esquide se le ocurre usar nuevamente su fonendoscopio con la esperanza de distraer con su traje de médico a los uniformados, al hacerles creer que están llevando a un amigo al hospital. Bruscamente acerca la cabeza de Jacques al hombro y revisa sus latidos; afuera, mientras tanto, dos conscriptos se acercan al auto.
Silencio.
Se paran al costado de las ventanas, inclinan sus cabezas ligeramente y miran fugazmente hacia dentro. La fila que se les ha armado es tan larga que posiblemente no pueden darse el tiempo para revisar exhaustivamente cada vehículo.
—Avancen.
Andrés mira su reloj y confirma que todavía hay tiempo para llegar a la embajada. Sube por la Alameda a pesar de que está prohibido y luego por Providencia; al llegar a Pedro de Valdivia enfila hacia el sur hasta llegar a la intersección con calle Bustos. Han llegado diez minutos antes. Por segunda vez le pide a su hijo que se baje del auto y que doble a la derecha por calle Bustos hacia la embajada; le asegura que cuando lo vean van a abrir la puerta. Justo antes de que el reloj marque las dos en punto, su hijo sigue las instrucciones y camina tranquilamente hacia la embajada, pero se detiene al ver una decena de carabineros en la calle de al frente, todos con casco y fusil. No sabe qué hacer con el miedo que siente en su cuerpo, pero resuelve, en ese trance, seguir caminando como si no ocurriera nada. Al ver cada vez más cerca su objetivo decide avanzar más rápido, alertando a los uniformados que de inmediato comienzan a mirarlo con mayor rigidez. Al llegar a la puerta, da media vuelta y observa que los hombres están firmes y concentrados, listos para actuar; toca el citófono y ve el auto de su padre en la esquina de Bustos con Pedro de Valdivia; ¿acaso no saben que la puerta sigue cerrada? No tiene cómo advertirles y tampoco se atreve a volver. Por suerte, su padre solo pisa el acelerador cuando ve que la puerta se abre y, en una vuelta magistral, ingresa velozmente a la embajada. “¡Andresito, entre!”, dice, mientras los carabineros miran con perplejidad la escena. Andrés hijo alcanza a ver que uno de los uniformados anota la patente mientras la puerta se cierra atrás suyo. El embajador, Orlando Tova, sale de la casa a recibirlos. Todo ocurre en cosa de segundos.
—Es un honor recibirlo, señor Chonchol —dice Tova—. Por favor pasen; me imagino que necesitan un trago fuerte.
Andrés Aylwin y Mariano Ruiz-Esquide declinan la oferta y junto con María Edy y Andrés hijo se despiden rápidamente de Jacques, que pasará nueve meses en esa embajada antes de partir al exilio en Francia. Ninguno de ellos recordaría con exactitud cómo salieron de ahí sin ser aprehendidos. Suerte, quizás.
Muchos años después, al recordar los riesgos que corrieron sus amigos para salvarle la vida, Chonchol dirá con emoción:
Con Andrés, a pesar de los desacuerdos políticos que primaron en esos días, conservé una amistad inquebrantable por el resto de su vida. Él también ayudó bastante a que mi señora y mi hijo consiguieran refugios en distintas casas y que entraran por fin a la embajada de Colombia, desde donde salieron de Chile en diciembre de 1973. Posteriormente, cuando pude volver a Chile, primero por unos días, al fin de la dictadura, Andrés organizó para recibirme una gran comida, en la que se juntaron numerosos amigos. Fue un primer reencuentro con Chile antes de poder volver definitivamente en 199519.
La declaración de los 13 y la instalación de la tiranía
Más tarde, en la casa del senador Ignacio Palma Vicuña, se escribe el punto final de la única declaración de militantes de la DC contra el Golpe, que comenzó a redactarse el 11 de septiembre en la casa de Bernardo Leighton a pesar de los numerosos llamados de altos dirigentes del partido para evitarlo. Además del rechazo sin ambigüedades a la intervención de las FF.AA., los firmantes expresan sus respetos hacia el sacrificio del Presidente Allende y reconocen que las responsabilidades de la tragedia son compartidas, tanto por la oposición como por el gobierno, aunque especialmente por los grupos extremos de ambos bloques. Andrés siente el peso del acontecimiento. “Si la DC permanecía en silencio en ese momento ya carecía de futuro”20, diría cuarenta años después.
La declaración genera una nueva fractura al interior de la Democracia Cristiana. La directiva del partido ha emitido una declaración que, si bien “lamenta lo ocurrido”, apoya los objetivos expresados por la Junta Militar. Los firmantes de la declaración de los 13 son llamados, por algunos de sus camaradas, “traidores”, “pusilánimes” y “cobardes”. Eduardo Frei Montalva asegura que no representan “ni al 5% de la opinión del partido”21. A Andrés casi lo golpean. “En el partido nos odiaron por esto por mucho tiempo, pidieron nuestra salida, que nos expulsaran”22, recordaría Mariano Ruiz-Esquide.
El 14 de septiembre —después de una noche de incertidumbre y temor en la que su hijo mayor temía un allanamiento y el arresto de su padre—, Andrés va a ver los restos del Palacio de Gobierno con al menos una sensación de alivio al saber que Jacques se encuentra en buenas manos. La atmósfera es de silencio, nadie habla con nadie y son poco más de cien personas las que se han reunido espontáneamente. Su amigo Edgardo Riveros también está ahí. Fue una casualidad, no se habían puesto de acuerdo. Andrés está llorando, al menos esa es la impresión que tiene Edgardo, que en ese momento se acerca a abrazarlo. Casi no cruzan palabras. No las tienen23.
El dramaturgo Sergio Vodanovic también se encuentra con él y comparten un breve diálogo. Andrés, desolado, le dice que el Golpe va a significar un retroceso de al menos cuatro o cinco años en el desarrollo democrático del país. “Se quedó corto en sus cálculos —diría Vodanovic, más de dos décadas después, en una entrevista publicada en el diario La Nación—. Pero el período de la dictadura fue el más fértil para realizar su labor cristiana, dando ayuda, comprensión y amor a tantos que lo necesitaban”24.
Estando a solo una cuadra de los escombros de La Moneda, Andrés decide repartir varias copias de la declaración de los trece a conocidos y desconocidos que deambulan por el sector. La carta ha sido completamente silenciada y solo se ha dado a conocer en el exterior gracias a las gestiones de Belisario Velasco. Él, pecando quizás de ingenuidad, la distribuye profusamente hasta que el diputado César Raúl Fuentes lo sorprende y le da un tirón:
—Don Andrés, es que usted no se da cuenta de lo que está pasando, si lo pillan con esto lo van a matar, lo van a matar25.
La advertencia no es una exageración: años después, Renán Fuentealba revelaría que, cuando se trató “el asunto de los 13” en la Junta Militar, el general Arellano Stark dijo sin vacilar que había que fusilarlos26.
Los días siguientes —ya consolidado el golpe de Estado— son agitados y reveladores. La muerte y la barbarie se huelen; se sienten en los huesos y en el corazón. Se intuyen. Andrés, angustiado por un desenlace que consideraba evitable, recibe visitas de amigos que temen que su “imprudencia” con respecto al Golpe le cueste caro. No dudan también en manifestarle que, si no fuera por los militares, los marxistas “los habrían matado a todos”. Él, sin embargo, no acepta la supuesta amenaza de violencia como pretexto para emplear justamente la violencia, y piensa que es preferible ser golpeado dos veces antes que responder un golpe con otro golpe.
El terror y el silencio se imponen, pero él siente la necesidad de constatar, personalmente, que las personas propensas a ser afectadas se encuentren bien. Lo asusta recordar la disciplina inquebrantable de los uniformados que conoció cuando hizo el servicio militar en la Escuela de Infantería del Ejército. “Puede haber una masacre”, piensa. Es así que comienza a recorrer todas las zonas que había representado en la Cámara y descubre que en Paine, al sur de Santiago, casi un centenar de hombres —en su mayoría jóvenes comprometidos con la reforma agraria y el sindicalismo— han sido arrestados sin conocerse su paradero, entre ellos cuatro hijos y dos yernos de la señora Mercedes Peñaloza, su amiga de hace años.
Al reunirse con conocidos de los detenidos nota reticencia y percibe en sus rostros el temor que obliga a agachar la mirada y callar.
Una mujer, sin embargo, le alcanza a relatar que han ocurrido cosas terribles, que ya han muerto muchas personas y que en la noche se escuchan balazos. Le advierte que su vida podría estar en peligro.
—Don Andrés, aquí ha muerto mucha gente y a usted lo pueden matar. Lo van a matar porque están matando a mucha gente y yo con mis hijos ya tomamos la decisión, me voy de Paine. Usted no vuelva por acá.
El relato comienza a repetirse y aparece, de pronto, una conciencia generalizada en los habitantes acerca del destino de los arrestados:
—No los busque más, están muertos.
Días después, Andrés logra conversar con parientes de los detenidos. Le cuentan que sus hermanos, maridos y padres fueron secuestrados por patrullas militares en compañía de personas vinculadas con los dueños de la tierra (y que habían sido afectados por la reforma agraria) o con grupos de extrema derecha que individualizaban perfectamente a los dirigentes sindicales y a los comprometidos con la reforma agraria.
—No hubo enfrentamientos. No hubo guerra. Tenían listas con los nombres de las personas que iban a arrestar —le dice un familiar, dando cuenta de la lógica revanchista que operó en las detenciones.
En los años noventa, al cumplirse 25 años de la tragedia, Andrés escribirá que esos arrestos se llevaron a cabo con “especial violencia y crueldad por parte de las patrullas de uniformados. Sin embargo, las autoridades de la época negaron que los arrestos hubiesen tenido lugar y, por lo mismo, durante muchos años se desconoció el destino de las víctimas”. Y luego continúa: “Sin embargo, con el tiempo se supo la verdad: varios de ellos fueron fusilados y los restantes pasaron a integrar la lista de los detenidos desaparecidos”27.
En San Bernardo, mientras tanto, en pleno día, penetra a la Maestranza de Ferrocarriles —la principal empresa de la zona— una patrulla militar que procede a arrestar a once dirigentes sindicales y trabajadores pertenecientes al Partido Comunista. Andrés conoce a la mayoría de los arrestados y los considera hombres dispuestos a luchar por la justicia social, pero ajenos a cualquier expresión de violencia. A los pocos días, empero, todos son ejecutados a sangre fría en el campo de prisioneros del cerro Chena, sin forma alguna de juicio, mientras él se encuentra en la casa de sus padres, en San Bernardo, junto a sus hermanos.
La balacera llega al oído de todos. Casi instantáneamente el cuerpo de Andrés comienza a tiritar y a sufrir un incontrolable ataque de nervios. Percibe la muerte, ahí, en el mismo lugar donde había hecho sus ejercicios de conscripto durante el servicio militar en 1947 y 1948, y donde se había acercado por primera vez a la doctrina de los derechos humamos, al aprender el trato respetuoso que se les debía dar a los prisioneros, algo que incluso estaba ligado con el honor militar.
Posteriormente, algunos cadáveres son enterrados como N.N. en el Patio 29 del Cementerio General de Santiago y otros son entregados a las familias de las víctimas masacrados y desfigurados. “Ojalá hubiese sido solo eso —recordaría el ex preso político Ricardo Klapp, testigo de los horrores del cerro Chena—. Ojalá hubieran sido solo fusilados, pero no solo les tiraron los balazos, es cosa de consultarles a los familiares cuando los fueron a ver: no tenían ojos, la cara destruida, quebrada, estaban en una situación final”. Y agregaría: “Los once dirigentes pensaron que don Andrés los podía salvar. En el cerro se hablaba mucho de él, ahí lo escuché, pensaban que era la única persona que podía ayudarlos. No se pensaba en otra persona”28.
A partir de este momento, Andrés ve cómo el terror se expande en la ciudad, en los campos, en las fábricas, en las universidades y especialmente entre los partidos —ahora disueltos— de la Unidad Popular. Y él, consciente de que el Congreso ha sido clausurado y de que ya no es más un diputado, se da cuenta de que eso no lo exime de la responsabilidad moral de defender principios y valores y de ir en ayuda de las personas que, ante el silencio, la pasividad y la tolerancia de los sectores que apoyaron, justificaron y ejecutaron el Golpe, han comenzado a sufrir los horrores, las violaciones y las injusticias de sus servicios de inteligencia.
Así, mientras la patria se cubre de silencio, su familia y él pasan a ser, nuevamente, opositores.
Décadas después, Andrés escribirá lo que significó la instalación de la tiranía:
La historia es así. Desgraciadamente las dictaduras, sustentadas siempre por falsos ideólogos que siembran el odio y el fanatismo, solo traen dolor a la vida de los pueblos. Dolor en el ser humano ultrajado o asesinado; dolor en la madre o el hijo impotentes ante la crueldad; dolor en cualquier hombre, civil o uniformado, a quien el sistema perverso lo puede llevar a cometer los peores crímenes; dolor, también, para el juez que hace abandono de sus funciones y para el comunicador que calla. Dolor, en síntesis, para las víctimas y los victimarios, y, especialmente, para los hijos, las madres y las esposas de unos y otros29.
2.
Traidores
Es junio de 1976. Chile es sede del Sexto Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA). Treinta y tres cancilleres (incluyendo el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger), delegaciones del continente americano, quinientos periodistas extranjeros y decenas de observadores europeos llegan a Santiago para discutir la ley de comercio exterior de Estados Unidos, la reforma a la Carta de la OEA, el asunto del Canal de Panamá y los derechos humanos.
Esto último —los derechos humanos— complica y tensiona al régimen del general Augusto Pinochet, que ya sufre un fuerte aislamiento internacional, a causa de los numerosos crímenes que se le atribuyen desde su instalación en el poder en 1973. Su estrategia, sin embargo, es simple: negar las acusaciones en su contra y mostrar al país como un lugar seguro, próspero y respetuoso con los derechos fundamentales.
El evento, además, debe transformarse en un acto de apoyo a su política de combate contra el comunismo.
Mientras tanto, Andrés y sus colegas Eugenio Velasco, Héctor Valenzuela, Fernando Guzmán y Jaime Castillo Velasco, todos abogados que han sido testigos de múltiples asesinatos políticos, desaparecimientos de personas, secuestros, crueldades, torturas masivas y detenciones arbitrarias, pretenden aprovechar el carácter internacional de la cita y la amplia cobertura mediática para entregar un documento que permita a los delegados de la OEA tener una visión paralela, distinta y crítica de la proyectada por la dictadura, que a través del control de la prensa transmite una imagen de Chile completamente distorsionada.
El análisis tiene que ser riguroso, objetivo y cada palabra, cada adjetivo tiene que ser cuidadosamente seleccionado. Simplemente no hay margen para el error. Es por eso que durante la preparación del escrito Andrés Aylwin y Eugenio Velasco se empecinan para que no haya firmantes de izquierda, anticipando que serán a prioridescalificados por las autoridades de gobierno y que así su objetivo —visibilizar la oscura y dramática situación de los derechos fundamentales— no se cumplirá.
En un contexto de ausencia absoluta de disidencias públicas, de partidos políticos desarticulados y destruidos (en mayo había caído una directiva completa del Partido Comunista30), con las radios y los diarios en manos del régimen (a fines de marzo había sido clausurada la radio Presidente Balmaceda, de propiedad de la Democracia Cristiana, y su director, Belisario Velasco, detenido y relegado a Putre31), con periodistas del exterior siendo acusados de promover campañas antipatrióticas bajo órdenes del marxismo internacional, con la omnipresencia de la Dina en las vidas de los chilenos y chilenas, con la tolerancia del Poder Judicial frente a los crímenes cometidos por agentes del Estado, los juristas se sienten interpelados a romper el desagradable silencio impuesto por la dictadura pues, en palabras de Andrés, no hacerlo implicaría “la aceptación social de la injusticia”32.
En síntesis, alguien debe frenar al régimen, destapar sus mentiras ante el mundo y demostrar que es posible (aunque signifique correr riesgos) comportarse dignamente aun en tiempos de barbarie.
El callejón de las viudas
Entre 1973 y 1976 Andrés alcanzó a conocer a plenitud el drama de los detenidos desaparecidos. A muchos los ubicaba por su trabajo como parlamentario en las zonas de Paine, San Bernardo y San Antonio. “Yo estuve seis meses detenido entre campo de prisioneros de Tejas Verdes y la cárcel de San Antonio —recordaría Joel Muñoz—. Allí nos fue a ver Andrés. Recuerdo su entereza y atrevimiento. Ingresó con su figura alta y desgarbada, cara triangular, demostrando dolor empático al igual que Cristo y cual Quijote con su lanza invisible a defender a sus compañeros y camaradas”33.
A otros no los conocía en absoluto, como bien lo señalaría la periodista Patricia Verdugo: “Los afectados no eran ni sus amigos ni sus compañeros de partido político. Por el contrario, se trataba de personas en su mayor parte desconocidas para él y que, políticamente, habían sido sus adversarios”34.
Cuando detectó esta realidad fue a informar al expresidente Eduardo Frei Montalva de los horrores que se estaban viviendo. Creía que al ser una figura destacada del partido debía estar al tanto de los múltiples crímenes que impunemente se cometían en las zonas rurales; pero se llevó una sorpresa. Así lo recordaría más tarde:
La verdad es que después de algunas experiencias dejé de informarlo porque no me parecía pertinente. Como era un político importante yo creía que debía informarlo, pero luego yo veía que él tenía una actitud de no asumir el cargo, de creer que era una exageración mía. Él pensaba que yo actuaba muy impresionado por algunas cosas que había visto, pero que no tenía una visión objetiva de lo que era el comunismo, de lo grave que era, y de lo que a su vez el comunismo estaba haciendo en Chile. Entonces, él, al principio al menos, cuando le relaté asuntos de San Antonio puso una cara como diciendo “no lo veo muy claro”. Después le empecé a relatar las cosas que vi en la Maestranza de los Ferrocarriles en San Bernardo, la situación de Paine, y a mí no me vengan a decir que no los habían detenido. Supe que alguna vez le dijo a un amigo íntimo que yo debería ver a un médico. Él creía que las cosas que yo contaba eran cosas imaginarias, que yo estaba fuera de la realidad35.
En los meses posteriores al Golpe el apoyo que encontró en su sector político fue escaso. Él relataba que once ferroviarios habían sido fusilados en el cerro Chena y que otros tantos habían sido arrestados y hechos desaparecer en Paine, pero le decían que hablaba de un mundo irreal. Relataba que a los conscriptos se les transmitía la idea de que era “lícito” hacer lo que quisieran, ya que pronto se dictaría una ley de amnistía. Pero no le creían.
No obstante, otros sí lo escucharon con atención, entre ellos el abogado Roberto Garretón, que por entonces tenía un buen pasar profesional en una empresa de agua potable. Ambos se encontraron, poco después del 11 de septiembre, en el centro de Santiago, y Roberto no dudó en hacerle una pregunta crucial a su amigo:
—¿Qué se puede hacer para defender a los que están siendo encarcelados y perseguidos?
La respuesta de Andrés no la olvidaría nunca:
—Los políticos no podemos hacer nada, porque somos unos fracasados.
En octubre de 1973 se volvieron a encontrar, esta vez en tribunales, donde Andrés acudía constantemente a presentar recursos de amparo. Apenas vio a Roberto, se acercó y le dijo:
—Lo que tú buscabas ya existe, se formó un grupo de abogados que vamos a defender a los prisioneros y a los perseguidos, y estamos buscando abogados que asuman esta tarea.
Tras una pausa, le agregó una frase que daba cuenta de la dramática realidad del país:
—Obviamente, tienen que ser abogados de la DC o de derecha, porque los abogados de izquierda están entre los buscados o los sospechosos del nuevo orden de la dictadura.
Ese día, cuando Garretón llegó a su oficina, ya tenía un llamado que pedía respuesta, y era del influyente abogado Antonio Raveau, quien había sido ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago. Era Andrés quien había hecho el nexo.
Garretón lo llamó y Raveau le dijo que se había constituido el Comité Pro Paz y le preguntó si quería integrarse.
—Sí —respondió Garretón.
—¿Cuándo? —inquirió Raveau.
—Ahora mismo.
Muchas escenas marcaron a Andrés durante esos años. En 1973, vio con sus ojos el sufrimiento de Marcela Bacciarini, una niña que fue sometida a un consejo de guerra por haber leído propaganda de un movimiento de la Unidad Popular en una radioemisora local, previo al 11 de septiembre. “Difícilmente podré olvidarla: su padre asesinado semanas antes por la ‘ley de la fuga’; ella, ahora, frente a seis uniformados impecablemente vestidos, demacrada, ultrajada, destruida física y psíquicamente, tiritando casi hasta desplomarse”36, escribirá en los años noventa.
En octubre del mismo año acompañó a la abogada Carmen Hertz en la búsqueda del cuerpo de su esposo, el periodista Carlos Berger, quien había sido asesinado por la Caravana de la Muerte en Calama.
Fueron a la embajada de Suecia, donde conversaron con el embajador Harald Edelstam, luego visitaron la Cruz Roja, el Colegio de Abogados y finalmente acudieron a la casa de Patricio Aylwin, quien se encontraba en cama, aquejado por una gripe.
Andrés hizo una síntesis del caso:
—Patricio, se trata de un joven de 30 años que fue ejecutado no obstante haber sido condenado por un consejo de guerra a 60 días de prisión. No han devuelto el cuerpo. Nosotros solo queremos recuperar el cuerpo.
Pero ninguna gestión dio resultado: el cuerpo de Berger ya había sido enterrado en una fosa clandestina.
Vivencias como aquellas se repetían con frecuencia, y él, que estaba al tanto de la existencia de cárceles secretas dirigidas, implementadas y financiadas por el Estado y sus agentes (algunas ubicadas a dos cuadras de La Moneda), donde se practicaban torturas, violaciones y asesinatos; que estaba en permanente contacto con las personas que vivían en los focos de represión; que había visto huesos quebrados, hombres y mujeres deshechos y traumatizados por las torturas; que había sentido la soledad y la indefensión de las víctimas; que había escuchado acerca de los supuestos suicidios y asesinatos justificados en la “ley de la fuga”; que había conocido a viudas que no sabían si eran viudas, huérfanos que desconocían si eran huérfanos y novias “atadas para siempre a una sombra”37; él, con todo eso sobre sus hombros, tenía un objetivo en mente: ayudar con diligencia a cada hombre y mujer que se lo solicitara, como un médico que atiende sin distinguir el origen del paciente.
Mercedes Peñaloza, la mujer más afectada por el crimen colectivo que azotó a la zona de Paine después del 11 de septiembre, tocó la puerta de su modesta oficina ubicada en Huérfanos con Bandera y le dijo que seis miembros de su familia habían desaparecido luego de haber sido arrestados por uniformados camuflados, pintados e irreconocibles. Andrés, de inmediato, interpuso los correspondientes recursos de amparo. Pero el asunto no terminó ahí. Al momento de alegarlos ante la Corte Suprema, en días en que nadie se atrevía a levantar la voz, cuando tres o cuatro personas en la calle eran sospechosas sin razones aparentes, la señora Mercedes llegó a las siete de la mañana al Palacio de Tribunales en Santiago acompañada de cuarenta personas, quienes con su presencia hacían llegar hasta allí —el corazón formal de la institucionalidad jurídica de Chile— el profundo dolor del pueblo rural. “Siempre he pensado que después del golpe militar fue aquella la primera expresión pública de dignidad y dolor de un pueblo aplastado por el terrorismo de Estado —escribirá Andrés—. Lo que ellas vivían era peor que la muerte misma”38.
El resultado de su alegato —en el que no pudo contener las lágrimas— fue decepcionante. La Corte Suprema argumentó que si el gobierno negaba los arrestos ellos no podían ordenar una investigación por un juez del crimen y tampoco designar a un ministro en visita. Pero lo más inquietante vino después del alegato, cuando el presidente de la sala, Israel Bórquez, se dirigió a él y en tono de reproche le preguntó:
—¿Para qué interpone usted recurso de amparo, si usted sabe que todas estas personas están muertas?
La frase quedaría para siempre grabada en su memoria. Él, sin disimular su impresión, tuvo la fuerza para contestar:
—Presidente, si ustedes piensan que se está matando gente inocente, lo que deben hacer es designar a un ministro en visita para que investigue el crimen que se está cometiendo.
La audiencia terminó abruptamente, dejando la sensación de que la Corte Suprema estaba comprometida con las violaciones a los derechos humanos.
Andrés, mudo, tomó su tiempo para retirarse de la sala. Necesitaba reflexionar sobre qué diría a las personas que estaban allí afuera, esperando, sufriendo, con la esperanza de que el alegato los condujera a sus familiares y a la justicia.
Emocionado y desconcertado, pensó que no podía decirles lo que había escuchado, porque era demasiado cruel para esas madres e hijas escuchar que sus parientes habían sido asesinados y que la Corte Suprema tenía no solo pleno conocimiento de ello, sino que además ni siquiera manifestaba voluntad para impedir que los crímenes siguieran ocurriendo.
Luego de una traumática despedida, en la que las mujeres lloraban a gritos, Andrés se retiró de la Corte convencido de que su rol no terminaba en los tribunales. “Siempre andaba con nosotros, él venía a las reuniones, nos entregó una ayuda humana —recordaría Ana Álvarez, esposa de Mario Muñoz Peñaloza, detenido desaparecido en Paine en octubre de 1973—. Él siempre nos trataba de levantar el ánimo, nos conversaba mucho, nos decía que todo esto iba a pasar, que teníamos que tener fe, que teníamos que tener confianza”. Y luego añade: “Se preocupaba de todo: que nos dieran las colaciones, los pasajes; que nos dieran ayuda en ropa en la Vicaría. Nunca se olvidó de nosotros”39.
Ana María Cifuentes, víctima de la represión y testigo del dolor de las familias afectadas por las desapariciones en Paine, recordaría:
Don Andrés llegaba donde las personas y se acercaba a ellas y las abrazaba, mientras la señora Mónica lo miraba con su carita finita, delgadita, porque ella era su chofer, él no conducía. En Paine, en lo que se conocería como el “callejón de las viudas”, los mataron a todos, y esas mujeres del callejón lo adoraban; él siempre les dio una palabra de aliento y de esperanza, eso que nadie se atrevía a dar porque la gente no se atrevía a hablar, porque si te pillaban hablando…
Había mucho temor, la gente paraba la oreja para acusarte. Pero él no tenía miedo. Él iba a las personas, las personas no llegaban a él. Él iba donde había necesidad de afecto, de esperanza, de lucha; en poder lograr la democracia y encontrar justicia dentro de tanta injusticia. Lo que sucedía era inexplicable, ¿cómo se le podía quitar la vida a una persona por pensar diferente?
Lo que él entregaba a las personas que estaban sufriendo, que sufrían persecuciones, él lo entregaba con una, no sé cómo explicarlo, era algo tan interno suyo; él sufría tanto como ellos, don Andrés y la señora Mónica sufrían el dolor de las otras personas, les quitaba el sueño y el apetito.
Él y la señora Mónica fueron grandes referentes en lo humano y lo cristiano, me enseñaron lo que significa que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Ellos no mostraban lo que hacían, sino que de repente llegaba la gente y los abrazaban y les daban las gracias, ¡y nadie sabía por qué!
Él no entregaba nada material: entregaba ese apoyo, ese apretón de manos, ese abrazo, esa capacidad de escuchar, cosa que se ha perdido; el escucharnos unos a los otros se ha perdido. Él entregaba esperanza, aliento, fuerza, energía. Decía que lo íbamos a lograr, justicia va a llegar algún día, decía40.
En los meses más oscuros después del Golpe, Andrés se convenció de que nunca más, sin importar la circunstancia, creería absolutamente nada a los representantes de la dictadura, palabra que para él se transformó en sinónimo de mentira. “Ni las supuestas fugas, ni la negación de los arrestos, ni sus informaciones siempre llenas de embustes —escribiría años después—. Esa fue la brújula que me señaló el camino por muchos años y que, día a día, me llevaría al encuentro de nuevas verdades. Dramáticas y crueles verdades que estaban al lado nuestro, junto a nosotros, al alcance de cualquier persona predispuesta a escuchar las voces del dolor”41.
Más que un abogado
El 18 de septiembre de 1973 cambió para siempre la vida de Holanda Vidal: su esposo, Cristián Cartagena Pérez, fue detenido en su casa, ubicada en el sector oriente de Paine, en un violento operativo en el que participaron civiles de Patria y Libertad, quienes lo golpearon —incluso más que los carabineros— hasta dejarlo inconsciente.
Se lo acusaba de ser parte del Partido Comunista.
Holanda lo buscó incesantemente en comisarías y en prácticamente todos los centros de detención, convencida de que iba a encontrarlo. ¿Cómo iba a aceptar que simplemente lo habían asesinado y hecho desaparecer?
Las respuestas, sin embargo, fueron negativas: “su esposo no existe”, “su esposo se fue a otro país”. Día y noche, sentía la desesperación por una muerte presentida, incluso intuida, pero jamás constatada.
Al mes siguiente —tras sufrir constantes vejámenes y persecuciones—, comenzó a contactarse con trabajadores del recién formado Comité Pro Paz, en búsqueda de ayuda y esperanza. Ahí conoció a Andrés.
Tras sobreponerse al shock inicial, ella y otras mujeres comenzaron a vencer el miedo que les impedía hablar sobre lo ocurrido, mientras Andrés, con su tranquilidad y sencillez, les entregaba palabras de aliento.
Holanda logró armarse de valor y relató su tragedia, enfatizando que lo más importante era conocer el paradero de su esposo, ya que eso constituía un derecho inalienable de cualquier ser humano.
Andrés, sentado al frente, se mostraba impactado ante la brutalidad con la que habían actuado los secuestradores y el indignante hecho de que Holanda, tan solo dos días después del secuestro de su marido, fuera obligada a abandonar su vivienda en un plazo de 24 horas.
“Yo sentí la sensibilidad de él, sentí que se conmovió mucho, se tomaba la cabeza”, recordaría Holanda.
En los años siguientes, Andrés fue una presencia permanente para las madres, esposas e hijas que habían perdido a sus seres queridos y que, además, sufrían el dolor de la soledad. Una soledad de múltiples caras: la madre buscando a su hijo desaparecido, la esposa llorando a su hombre muerto y las jovencitas buscando a sus padres en comisarías y cuarteles. Él las acompañaba en la intimidad de sus hogares, donde compartían el té y conversaban; las acompañaba en las comisarías, en los tribunales y en los regimientos, en jornadas marcadas por lágrimas e incertidumbre; pero también por esperanza. Así recordaría Holanda, décadas después, su relación con él:
Él comenzó todo en Paine, cuando nosotras no nos atrevíamos a salir. Él sabía del dolor de cada una de nosotras, de la tremenda pena que significaba buscar a nuestros seres queridos. Y fue la voz que nosotras no teníamos.
Don Andrés era un hombre íntegro, humilde y tenía una sencillez mística. Cuando yo hablaba con él, no sentía que estaba frente a un político, no me sentía inhibida, sino que sentía que estaba hablando con una persona conocida de hace mucho tiempo, y que la investidura era artificial. Con él se podía hablar de igual a igual sin la necesidad de tanto preámbulo. Era un hombre muy cercano.
Yo lo encontraba valiente, porque era difícil llegar a Paine y enfrentarse a la gente de derecha, que estaban en gloria y majestad. Había mucha violencia, mucho amedrentamiento, porque no se quedaron tranquilos y hasta hoy siguen con la convicción de que hicieron lo que hicieron porque había que hacerlo.
¿Qué me ayudaba, qué me daba fuerza? El hecho de escucharlo a él y ver cómo nos representaba. Cuando él presentó el caso de mi esposo, Cristián, yo sentí que todo el relato, todo lo que yo le había dicho, estaba todo tan claro en él que era como si me hubiera acompañado durante el allanamiento, ¡era como si hubiera estado ahí! ¡Sus argumentos, potentes y contundentes, eran exactamente iguales a lo que nosotras le habíamos expuesto! Era como si el relato lo estuviéramos haciendo nosotras mismas.
Si no hubiera estado él, esto no habría tenido un comienzo. Si tengo que agradecer algo en la vida, tendría que agradecer haber sido mamá, abuela; haber tenido mi vocación de maestra, y haber conocido a don Andrés, una persona tan bella42.
***
Después de tres años de experiencia en tribunales, comisarías y consejos de guerra; después de conocer íntimamente el dolor de cientos de familias cuyos seres queridos fueron cruelmente secuestrados, torturados y hechos desaparecer; después de percibir y comprobar que las violaciones a los derechos humanos eran toleradas por los tribunales y los medios de comunicación, Andrés se convence de la importancia del testimonio individual como forma de prevenir que la dictadura conquiste el alma de las masas.
Considera que es inaceptable que se falsee la realidad del país y se haga escarnio del sufrimiento de las víctimas, mientras la gran mayoría de la sociedad permanece en silencio.
¿Acaso no llega un momento, en toda dictadura, en que permanecer callado y tranquilo constituye un escándalo?
—Estos no son tiempos para callar —solía decir a sus hijos e hijas—. Son tiempos para hablar.
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