Читать книгу: «Abril blues»

abril blues
Mariano Antolín Rato

ISBN: 978-84-16876-12-9
© Mariano Antolín Rato , 2017
© Punto de Vista Editores, 2017
http://puntodevistaeditores.com
info@puntodevistaeditores.com
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
El autor
Mariano Antolín Rato nació en Gijón y estudió en la Universidad de Oviedo; Universidad Complutense, de Madrid; Università Cattolica, de Roma; y University College, de Londres. Es licenciado en Filología Inglesa y Filología Italiana. Traductor de reconocido prestigio, obtuvo el Premio Nacional de Traducción, en 2014. Ha colaborado o colabora en numerosas revistas (Papeles de Son Armadans, Revista de Occidente, Ínsula, Review of Contemporary Fiction, Cuadernos del Norte, Atlántica, entre muchísimas otras más), y en diarios (El País, La Vanguardia, El Mundo, El Sol, ABC). También ha publicado dos libros de ensayo.
Es autor de doce novelas que han recibido una atención entusiasta por parte de la crítica y los lectores más exigentes. Algunas de ellas fueron elegidas como las mejores novelas españolas de los últimos años. Con la primera, Cuando 900 mil Mach aprox, ganó el Premio de la Nueva Crítica, y posteriormente obtuvo el Premio Quiñones con Fuga en espejo, el Villa de Madrid con No se hable más, y el Premio Juan March con Picudo rojo, su obra más reciente. Un relato suyo, Latinos en N. Y, ganó el Premio Tren.
Catalogado al principio como escritor underground, en sus novelas posteriores, de corte autobiográfico, ahonda en la intimidad de unos personajes actuales que se enfrentan al desasosiego interior, el abismo de la vida, el amor y la edad.
A Úrsula Antolín Calonje. Just a woman.
“My way seems dark on every hand
Sometimes I just can’t understand
Just why fate is so against me.
[Mi camino parece oscuro a ambos lados/
a veces no consigo entender /
por qué el destino está tan en contra de mí.]
ALBERTA HUNTER, When I Go Home, 1949
Entre la confusión de pensamientos registrados en la zona de no fumadores de un avión, aquí se impone: Con recuerdos como éstos nunca volveré a sentir que la vida es hermosa. Inmediatamente después, la radio de la cabina anuncia tormenta cercana. Mientras el reactor atraviesa un frente tormentoso por un pasillo que forma ángulo recto con la línea de chubascos, también se captan en la misma No smoking area: El corazón del hombre es una selva oscura. Y con mucha menor claridad, quizá porque afuera todo son relampagueos, precipitaciones, gran densidad de nubes: Más allá de valles de tiempo y espacio, nos esforzamos por percibir el humo pálido de las señales de los demás.
Aproximación directa, cambio de vuelo por instrumentos a vuelo visual, y el avión ha aterrizado en un campo bajo mínimos con permiso de la torre de control.
Las condiciones meteorológicas y maniobras de entrada, para el pasaje fueron obligación de abrocharse los cinturones, molestos saltos y una toma de tierra demasiado brusca. A los pocos minutos, cuando la línea gris del suelo se había convertido en pista, y después de un sonido como de huracán, un golpe sordo y más huracanes, se encuentran en la terminal, a la espera de su equipaje.
Uno de los pasajeros obligados a confiar en que siempre hay quien sabe de las cosas importantes que afectan a muchos —durante el vuelo, el comandante del 747 y parte de la tripulación—, es Patricio Garrett. A sus pensamientos registrados al principio en la zona de no fumadores, ahora se añade: Si tuviera muchos recuerdos tan horribles estaría perdido.
Ha encendido un pitillo porque, al fin, y felizmente para él, ya no está prohibido fumar, mientras tormentas peores que las que atravesó el avión de la TWA siguen activas dentro de su cabeza. Arrecian, adquiriendo forma de pánico, una vez que ha recogido maletas y bolsas de la cinta transportadora. Entonces ya se acercaba al control de pasaportes de un aeropuerto con colas, empujones, prisas; voces metálicas que anuncian retrasos en dos idiomas. Mirado de un modo extraño por el policía de la ventanilla, considera que la realidad le maltrata brutal e injustamente. Se ve como un perro al que todo el mundo ha pateado pero no se da por vencido; y enseguida le pesa. No es así, quiere creer, y sin embargo traga saliva. Lo único que pasa, pretende, es que el policía se aburre y no tiene otra cosa mejor que hacer que mirar sin ver.
Superada esta situación de supuesto riesgo, Patricio Garrett, que mantiene la mano hundida en el bolsillo de la gabardina, se está diciendo: No sé si me fui o si me echaron, pero sé que ya no soy de aquí. Y luego se sorprende revisando drásticamente los planes acerca de su llegada.
¿Quién soy yo para hacer reproches? —piensa, suspirando.
Frunce los labios. De repente se da cuenta de que ya no tiene planes. Deslumbrado, sorprendido, no está seguro de si está más sobrio o más borracho que nunca.
Una nueva sensación de peligro inminente le paraliza. Pasan unos segundos antes de que se atreva a mirar atrás. Se ha llevado las manos a la cabeza —¡ay de mí!—, temiendo un ataque por la espalda de alguien que se le echaba encima y que, de hecho, se limita a adelantarle tirando de una maleta con ruedecitas. Respira a fondo —¡fuuii!— observando todavía inquieto la forma gris que se aleja entre el ruidoso gentío que espera a otros pasajeros, y una de sus profundas reflexiones al ver en un cristal el reflejo transparente de sus facciones es: Pobre de ti, ya tienes muchos años aunque no consigas convencerte de ello.
Sonríe estúpidamente sin saber qué más pensar, notando el cerebro embotado por el cansancio. Con los nervios en carne viva, y dejando otra vez el equipaje en el suelo, pide un café en el bar.
—Thank you —dice, cuando se lo sirven, como si hubiera olvidado que acaba de volar del nuevo al viejo continente, cambiando de idioma.
Entonces, nervioso como alguien que espera noticias a la puerta de un quirófano, ya ha encendido el segundo pitillo. Siguen una profunda tos líquida de fumador, deseos de restregarse los ojos que siente cansados, satisfacción por mantener la imperturbabilidad en condiciones tan adversas.
Porque es como si hubiese viajado semanas enteras hasta llegar aquí, Garrett está agotado. Y algo borracho porque empezó a beber incluso antes de emprender la aventura. Una aventura que es de esas —en parte, él ya era consciente de ello al emprenderla— que uno empieza sabiendo que no van a funcionar, y con las que, sin embargo, se compromete a fondo; por hacer algo, esperando que lleven a otra cosa de interés.
Un viaje ad inferos a través de una noche oscura del alma —preferiría Garrett que fuera. Y, a poder ser, en la clase Ambassador de un reactor; no en clase turista. Al parecer, los vuelos de largo recorrido —y éste que le ha traído a España desde Nueva York, lo es—, perjudican la salud de los viajeros de clase económica, principalmente debido a la falta de espacio, el bajo nivel de humedad de la cabina y la deshidratación provocada por el consumo de alcohol.
Garrett no ha paseado por el pasillo del avión ni se ha abstenido de beber alcohol, aunque ha leído que recomiendan hacer eso para evitar la trombosis, la embolia pulmonar y otras enfermedades asociados al “síndrome de clase económica”. Tomó unas cuantas copas —su justificación: así olvido el miedo a volar—, y las escasas veces que recorrió el pasillo, lo hizo para alternar su puesto —no le habían dado asiento de fumador— con un pasajero de la Smoking área que se hizo cargo de su síndrome de carencia de nicotina.
Ahora, en el bar del aeropuerto, se desquita encendiendo un pitillo con la colilla del otro, trata de ignorar el pitido constante del interior del oído, el sabor como óxido de la boca, y se fija en que, junto a una mesa con turistas japoneses que le ignoran, una mirada fija, de serpiente, está clavada en él.
Pertenece a un tipo de aire vigoroso al que seguro que no le importa tener una dura jornada de trabajo por delante. Un samurái empresarial —es exactamente lo que decide Garrett que es—, que le ha mirado con la boca apretada en expresión de extremo disgusto porque piensa de él: Tiene pinta de necesitar una buena comida, café, copa y puro, y luego ya sería un tipo normal.
Casi sin transición, el individuo del traje cruzado gris al que Garrett ha atribuido esas ideas —la verdad, no le sorprende que la gente le mirase con pena—, suelta una sonrisa que más bien es como la de un viejo lobo decidiendo qué parte de su víctima va a comer primero. Y es que se ha puesto en pie —repeinado, la cara brillante, todos los triunfos en la mano— y, justo antes de alejarse con paso veloz, viola a una chica con la mirada.
Precisamente la chica a cuyos pies está Garrett. Ha comprado un periódico y las monedas del cambio rodaron por el suelo hasta tropezar con unas zapatillas deportivas blancas. Se agachó a recogerlas y: ¡Susan! —está a punto de exclamar al estirarse y contemplar aquel rostro que flotaba delante de sus ojos. Piensa que va a marearse y, antes de darse cuenta de su error, el corazón le había dado un vuelco.
Alta —posiblemente más que el propio Garrett: 1,74—, le lanza una mirada de burlona sorpresa que expresa el interés inocente, alegre, maravillado, de quien está mirando a los monos en el zoo. Rubia, delgada, tiene una belleza radiante que hace invisibles las cosas que la rodean. Es la perfecta maniquí del sueño perfecto de un adolescente —y no hay nada más intenso que el sueño sexual de un adolescente—, como el que posa sus labios sobre los de ella en cuanto se ha vuelto a sentar.
No tardan en levantar la vista ambos y darse cuenta de que les están observando. Desde la barra, a la que ha vuelto, Garrett, eso seguro; pero puede que también algunas de las personas que ocupan las mesas cercanas. La chica aparta la mirada enseguida y sonríe al chico con una maravillosa dentadura, como desafiándole a que se resista a ella. Y eso, aunque aparente no darse cuenta de lo deseable que resulta y de que su presencia inquieta al aire que la envuelve —opina Garrett. También —y de esto no duda—, que es americana, pues sólo las americanas tienen esa soltura corporal. Que se la proporciona el disponer de espacio, es una teoría de Garrett que éste no recuerda ahora, cuando ve que la chica que confundió con Susan bebe directamente de la botella de Coca-Cola. Ahora, cuando el que le lanza una mirada cínica, sin disimular, prolongada, es el chico que la ha besado.
No, no es un adolescente, como hace un instante creyó Garrett; pero casi. Y la expresión de su cara es la de tolerar la existencia de los demás seres y objetos que le rodean. Según Garrett, dice: Soy excepcional y nunca tuve que hacer el menor esfuerzo para serlo, y menos para demostrarlo.
Se conoce a los ganadores en la línea de salida; y a los perdedores, claro —es una idea que a continuación se le pasa por la cabeza. Y después, que: Los jóvenes cada día son más jóvenes, el mundo es más pequeño, y yo no aprendo.
Patricio Garrett ha decidido eso con una certeza que le sorprende. Al tiempo, pide una copa de chinchón seco. Para matar el gusanillo —añade para sí mismo, y sonríe.
—Las cosas me iban bien, más o menos. Ahora van bastante mal. No me quejo. Simplemente lo constato —son unas frases que se le escapan, cogiendo desprevenida a su estupefacta borrachera.
La copa había empezado a aflojar unos cuantos nudos de su estómago, pero se sobresalta otra vez.
—¿Decía, señor? —preguntaba el camarero.
—¿Cómo? —el semblante y tono de voz de Garrett son teatrales—. ¡Ah, sí! ¿Cuánto le debo, por favor?
El alcohol, el cansancio, un corazón que da saltos como si hubiera estado corriendo, son factores que contribuyen a que no recuerde la continuación de un verso que se repite machaconamente en su cabeza: «Aguas del tiempo que se hielan en eternidad.»
¿Suyo? Da igual —decide Garrett, un solitario especialista en monólogos, antes acorchado, ahora notando que el aire muerde, que hace frío. Si he olvidado lo demás es porque no merecía la pena. Pero por un momento, alzando un rostro ojeroso, duda: ¿No estaré perdiendo la memoria?
Fuera de la terminal, el aire forma un precipitado de claridad alerta y sopla un viento fuerte que arrastra esos y otros confusos pensamientos de Patricio Garrett —por ejemplo: Todos sabemos más de lo que creemos saber, pero no sabemos si eso que sabemos no estará equivocado— hacia el cercano mar, donde olas que lanzan nubes de espuma contra los acantilados, convirtiéndose en niebla, se esfuman.
Se ha escrito, y seguro que más de una vez, que una salida siempre es entrada a otro sitio. Patricio Garrett no recuerda cuándo lo leyó; ni si lo leyó. En el exterior al que ha salido —acaba de entrar en su ciudad natal—, sólo nota un hormigueo en el pie. Lo tiene dormido.
Está agachado desatándose el zapato delante de la puerta de cristal —una hoja de aire solidificado, piensa fugazmente—, y se pregunta: Si nadie me va a echar de menos, ¿para qué esconderme?
Después de descalzarse se ha vuelto a erguir. Al alzar la vista hacia unas nubes que pasan rápidamente prometiendo un cielo azul de nuevo, siente el frío del suelo a través del calcetín. Recuperada la sensibilidad, otra vez tiene puestos los zapatos y con voz ronca dice:
—Aguas del tiempo que se hielan en eternidad.
¿De un poema suyo? —duda nuevamente. ¿Por qué no se le va de la cabeza? Da igual —repite. Ahora debe concentrarse en lo inmediato. Encontrar un taxi. ¿Para ir adónde?
Así, con aspecto de superviviente de la cabeza a los pies, mirando como cuando uno sufre y no puede hacer nada, se lo volvió a encontrar Guillermo Ruiz. Casi ha tropezado con él a la salida de la terminal, le ha oído decir algo y, de pronto, olvida la tristeza de la despedida.
La mirada de Garrett es de intensa concentración al reconocerle como el chico que estaba con la americana —no, no era Susan. Luego, hace como la gente con la que te cruzas en Nueva York, y en su cara se dibuja una sonrisa que es una especie de crispación de los maxilares. Una sonrisa que no se dirige tanto a los otros como a uno mismo, y quiere mostrar transparencia, candor; ocultar que los demás son indiferentes.
Guillermo Ruiz se fija en sus dientes, a los que no les vendría mal un poco de seda dental —abuso del tabaco, o cuestiones de edad, no sabe. También en la gabardina que lleva. Ha conocido mejores tiempos, pero Garrett considera que es una prenda de vestir que le protege del desastre total, por lo que no se desprende de ella.
—Si quieres, puedo acercarte a la ciudad —ha dicho Guillermo Ruiz, intrigado porque alguien herido por la edad tenga un aspecto que no es suficiente síntoma para hacer una valoración apresurada. Ante la mirada de desconfianza de Garrett, añade—: Gratis, claro. No soy un taxista pirata —y su sonrisa quiere ser amplia, franca y duradera.
—Muy bien —le contesta Garrett mientras recela de lo que le dicen sus sentidos. Esto: manos, párpados, troncos de los árboles tiemblan. Todo tiembla.
Bueno, uno ya tiene tan poca confianza en sus opiniones y lo que parecen las cosas... —estaba pensando, cuando el chico que tiene allí delante coge la bolsa del suelo. Garrett ya tenía la maleta grande en una mano y la bolsa de plástico de la tienda libre de impuestos en la otra.
Como no sabe qué decir, no dice nada durante la larga caminata hasta el coche. Ráfagas de viento que soplan·de un mar que huele a muerto, amenazan lluvia y le impiden oír lo que explica el chico. Está a punto de interrumpirle con: Ahora me gustaría que te callaras un poco, ¿te importa? —para seguir complaciéndose en su desgracia, en el momento en que sube a un incómodo coche europeo. Al arrancar éste, no sabe si va a desmayarse o a volverse invisible o a explotar. Todo parecía posible.
Podría haber llorado, pero, tras ofrecerle un pitillo y el otro rechazarlo, dice:
—La chica con la que estabas es preciosa. Quiero decir, bueno...
—Te entiendo —interviene Ruiz, notando un fuerte olor a fruta podrida en la boca del otro. Ha bebido, decide, acelerando bruscamente—. A mí también me lo parece. Vuelve a su país, a Estados Unidos —y su mirada ahora es directa, cálida, joven.
Siguen unas explicaciones erráticas. Al menos eso le parecen a Garrett que, en cuanto arrancó el motor, las oye mezcladas con una voz que canta lamentándose a través de los altavoces del coche y con sus propias lamentaciones internas. Se siente un invitado en su propia época, no un miembro de la familia del presente, mientras el chico habla y habla informándole de que no le gusta el jazz —es lo que suena—, que el coche es de un amigo al que sí le encanta, y que Susan... ¡Susan!
Sí, la americana a la que acaba de despedir Guillermo Ruiz se llama Susan. Y Susan también es el nombre de la ex mujer de Patricio Garrett. Un pobre fracasado, sin duda. Para Susan la pobreza era síntoma de bajeza espiritual. Su fijación por proclamarse ante los demás como una auténtica vencedora, corría paralela con su pánico a reconocer que había perdido. Y Garrett no tiene duda de que él ya no tiene nada qué ganar.
Estaba tan fascinado por su propia voz, que a Ruiz le pasó inadvertido el tenso silencio de Garrett. Al fin le mira y ve que levanta un rostro cubierto de sudor que apenas podía mantener los ojos abiertos.
—¿Te pasa algo? —pregunta, y continúa acelerando a fondo: para él un coche es un juguete y no se·le ocurre que pueda ser peligroso.
—Me llamo Patricio Garrett —es la respuesta, y por el tono en que fue pronunciada, se diría que Garrett considera que el solo hecho de llevar tal nombre explica que tenga que pasarle algo.
—Y yo, Guillermo Ruiz.
—Es un alivio que no te apellides Bonney. ¿Te llaman Bill? ¿Billy the Kid?
—¿Cómo? ¿Por qué? No entiendo. Creo que te he perdido de vista en la última curva —dice Ruiz, con un ligero timbre de nerviosismo en la voz.
—No te preocupes, ya te acostumbrarás —y esta expresión de Garrett es el tapón que sale disparado. A pesar de su decisión de mantener las palabras embotelladas, salpica el coche con un hablar burbujeante, casi alegre. Con gestos un poco teatrales, cuenta que en las carreteras norteamericanas los carteles llevan explicaciones exhaustivas. Te lo dicen todo: Gire a la derecha, atención a los semáforos, no se detenga en el puente. A continuación, y con aire de haber dicho una profunda verdad sobre el carácter de los norteamericanos, añade con rabia—: Soportan una vida que es agresión a los sentidos y al sistema nervioso —ha subido el tono de voz—. Nadie con el menor sentido del bienestar material soportaría sus casas, sus comidas... Y todo por ascetismo y desconocimiento del mundo.
Se ha interrumpido de pronto, porque Ruiz le lanzó una breve mirada que Garrett interpreta como que le dice: No es costumbre hablar tanto entre los hombres de verdad; los que andan solos y sufren en silencio.
—¿Te gustan también sus poemas? —pregunta desconcertado al volver la vista y ver que hay un libro de relatos de Borges en el asiento de atrás.
—Nunca leo poesía —responde Ruiz, con expresión seca y helada en el rostro—. No sé cómo ponerme para leerla —añade, rechazando nuevamente el pitillo que le ofrecía.
Entonces no habrá leído a un poeta como yo más versado en desdichas que en versos —asume Garrett—, de un estilo sobrio y picante, entre el cinismo y la nostalgia —según un crítico, que precisaba—: Expresa de una manera divertida que está elegantemente desilusionado. Una poesía que no se impone por convencimiento de sus oponentes ni porque les haga ver la luz —seguía el crítico en los gratificantes recuerdos de Garrett—, sino más bien porque sus oponentes desaparecen y una nueva generación crece familiarizada con esa poesía.
Seguro que Billy the Kid no pertenece a ella —y hay lamentación en esta idea de Garrett, y sobre todo en: Mis libros de poemas no son bien recibidos en el terreno académico y con frecuencia influyen de modo negativo en mi currículum —que es lo que piensa después. También, que qué más da, si ha dejado de escribir. Sublime decisión. ¡Ja!
No ha terminado de ordenar las consideraciones anteriores tal y como se acaban de leer, cuando, excitado, expresándose con todo el cuerpo, ha retomado la palabra.
En el avión, cuenta, no pudo seguir aguantando las ganas de fumar. El de facturación (Garrett dijo check in) del Aeropuerto Kennedy le había dicho, valiente imbécil, que como iban muchos españoles no tendría problemas para hacerlo. Y en todas aquellas horas, rodeado de turistas de Oklahoma que se quitaron los zapatos, sólo pudo fumar un par de pitillos o tres.
—Con las copas no hubo ninguna pega, lo reconozco, las azafatas te servían todas las que les pidieras —explica Garrett—. A propósito ¿te apetece un trago? —se le acaba de ocurrir que ha encontrado un buen compañero para compartir una de las botellas de White Label y, dándose la vuelta, estira el brazo hacia el asiento de atrás, donde junto al libro de Borges, está la bolsa de la duty free.
—Después de echar gasolina —dice Guillermo Ruiz, que ha salido de la autopista y se detiene en una estación de servicio.
Un Volvo que entró a toda velocidad detrás de ellos frena violentamente y queda inmóvil, casi tocando el parachoques de su coche. El tipo del traje cruzado gris que, en la terminal, Garrett decidió que era un samurái empresarial, se ha apeado de él y, frenético porque va a llegar con retraso a una cita, suelta bruscamente:
—Llénemelo. Ahora mismo —su mirada expresa avidez y vértigo.
—Tendrá que esperar un momento —le dice sin mirarle el empleado que atiende el distribuidor de super.
—¡No puedo esperar tanto! —dice tronitronante el tipo.
Vuelve a su coche, arranca y, antes de coger la autopista, regresa marcha atrás: se ha dado cuenta de que no puede seguir con el depósito vacío.
Está a punto de chocar con el R-5 que conduce Guillermo Ruiz. Saca un rostro congestionado por la ventanilla y, haciendo gestos de cornudo con los dedos, grita:
—¡Gilipollas!
Ruiz, que acaba de tomar un trago de whisky directamente de la botella, contesta sin ganas:
—No me seas merluzo.
A Garrett el insulto le sonó a tebeo. Y la verdad es que se corresponde con el aspecto de Ruiz: la tos le ha sacudido y se le llenaron los ojos de lágrimas. Ahora parece echar fuego por la boca como en una viñeta de aquellos Pulgarcito de la infancia de Garrett.
Pronto se ha rehecho y comenta que hay que andarse con mucho cuidado. Leyó el otro día que el conductor de una furgoneta, deslumbrado por otro coche, se cargó a tiros a dos de sus ocupantes.
Patricio Garrett divaga que ya afirmaba Hobbes que hasta el más débil de los hombres es capaz de realizar su deseo homicida y asesinar a otro hombre —lo dijo de un modo bastante más complicado. Seguidamente da un largo trago a la botella sin saborear el alcohol. Sólo quiere quemar células nerviosas, joderse la memoria.
Pasan por delante de un castillo que se ha derrumbado y fundido tan armoniosamente con la pendiente rocosa y cubierta de verde, que parece poseer vida propia. Tanta o más que los olmos de ramas agobiadas por la lluvia de un poco más allá. Los bloques de viviendas junto a los que pasan ahora, siempre a más de 100 por hora, a Garrett le sugieren vidas humanas de existencia estrecha, fea, reptante, que ni aun las calamidades elevan, sino que tienden a mostrarlas en toda su desnuda vulgaridad. Ruinas también, pero de una gran masa oscura de la humanidad que será barrida hacia el mismo completo olvido que las generaciones de hormigas. Como él.
Ruiz observa fugazmente el aire de lejanía, el apagado brillo de sus ojos, y piensa que Garrett no parecía estar pensando en nada; ni siquiera parecía que estuviera presente.
Las escobillas del parabrisas, que se movían a un lado y a otro a intervalos regulares, permitían distinguir los primeros semáforos de la ciudad que latían al fondo de una larga recta. Han quedado inmóviles al tiempo que Garrett oye la campana de una ermita cercana. Decide que suena como cuando aquel muy católico rey de España ordenó que todos los conventos de Madrid y alrededores rezasen por él. Quería que el cielo le iluminara, pues tenía que tomar una decisión muy importante.
El coche está detenido. El motor parado.
—¿Qué pasa? —pregunta Garrett.
La respuesta de Ruiz es señalar con la barbilla a un policía de tráfico que se ha materializado detrás de ellos.
Nuevo ataque de terror de Garrett, que sale disparado del coche como si de repente hubieran metido unas cuantas serpientes de cascabel a las que han inyectado anfetamina. No perder la serenidad era un gran privilegio de la Casa de Austria —escribió un contemporáneo de Felipe II—, por lo que resulta del todo evidente que Garrett nada tiene que ver con aquellos reyes.
Igual que cuando el control de pasaportes, igual que en la aduana: ¡los tres gramos de coca que lleva en el bolsillo! Hunde la mano en él tocando la papelina. ¿Los tira?
El mundo exterior se le desploma encima. Tiene miedo de que un movimiento de su propio cerebro le paralice para siempre. Encara al policía.
Luego, empapado, explicaría precipitadamente que conviene hacer eso. Mirarle a los ojos. Si logras que un policía te considere un ser humano, tendrás más posibilidades de que te trate como tal.
Pero Ruiz no hizo eso. Siguió atornillado al asiento del Renault, y el policía, que no prestó atención a Garrett, le tuvo clavado durante casi media hora en el arcén, mientras los de los coches que pasaban alargaban el cuello para ver al pobre desgraciado al que estaban multando. El policía le pidió el permiso de conducir y lo estudió detenidamente bajo la intensa lluvia —había como una cuerda de agua tendida entre los postes de la luz de uno y otro lado de la carretera. Habló por una radio que llevaba en la moto, esperó, y volvió para pedirle el carnet de identidad. Consultó algo con el otro agente y preguntó a Ruiz dónde vivía. Pasó unos minutos pensándoselo otro poco y, al fin —Garrett hacía rato que había vuelto a subir al coche—, empezó a extender la multa.
Guillermo Ruiz le lamió las botas (metafóricamente), le juró que no volvería a superar la velocidad permitida (fervorosamente) y, con Garrett siempre muy tenso sentado al lado, arrancó lentamente.
—Eres bastante nervioso, ¿eh? —dice Ruiz, frunciendo el ceño, una vez que Garrett ha terminado de exponerle sus teorías sobre el modo adecuado de encarar a un policía. Tuvo que aguantarse las ganas de soltarle: ¡Qué idea más estúpida! Aunque enseguida se siente un poco culpable, como suele ocurrir ante los mayores, aunque sólo sea porque se sabe que lo más seguro es que vayan a morir antes.
—Bueno, es que verás... —titubea Garrett, decidiendo no percibir el sarcasmo de su tono—. Llevo encima algo de cocaína, y claro...
—¿De verdad? —Ruiz ha detenido el coche en el arcén y propone—: ¿Por qué no nos hacemos unas rayitas?
—¿Aquí? —duda Garrett. No había pensado decirlo tan de repente. Además recuerda los ojos del policía. Durante un instante le hicieron sentirse bajo la mirada de la historia; la suya—. ¿No será peligroso? ¿Y si pasan los de tráfico? —su voz denota que se siente acosado, al sacar la cocaína.
—Hay una oportunidad entre un millón —dice Ruiz que, utilizando el plástico duro del carnet de identidad, prepara unas líneas encima de la tapa·de cartulina de un callejero.
A los pocos minutos de esnifar las líneas había escampado y ya circulaban por las calles de la ciudad. Sus alientos llenan el aire del coche. Y es como si por medio de un selector de bandas psíquicas los dos estuvieran sintonizados en la misma frecuencia mental: ya no desconfían del lenguaje.
Para Garrett —gratuitamente se considera un hombre de la frontera— el silencio es una regla de vida que raramente sigue, y mucho menos ahora que, olvidando que las redes de la expresión no tienen capacidad de comunicación, habla descomedidamente.
Guillermo Ruiz, que tampoco deja de hablar, le interrumpe sin cesar —y para los españoles, interrumpir es una muestra de interés, no de falta de atención; ni un intento de dominar, como ocurre en América. Calla un instante pensando que en aquel tipo hay algo que hacía dudar de la veracidad de sus historias. Aunque también hay algo evidente: que, en cualquier caso, había llevado una vida que hacía posibles tales invenciones, y eso bastaba. Vuelve a decir algo y, de repente, más que hablar una lengua, los dos son hablados por ella, forman parte del cuadro vivo del lenguaje.
—Puesto que el mundo no va a ninguna parte, no hay prisa —ha dicho Garrett, ensayando una sonrisa de hombre experimentado.
Tras un nuevo trago de whisky para quitarse aquel picor de la garganta —amargo, medicinal—, eructa con sabor a madera resinosa.
Ha aceptado acompañar a Ruiz hasta el bar donde debe devolver el coche. Ruiz, que ha rechazado nuevamente el pitillo que le ofrece —hay personas que son, sencillamente, incapaces de entender que haya otras que no fumen—, acelera, se salta un semáforo en rojo y dobla una esquina con mucho chirriar de neumáticos. El tráfico se abre ante él, como el mar Rojo ante Moisés, y se cierra a sus espaldas. Enseguida se ha detenido delante de una cristalera encima de la que hay un rótulo: «Nuevo MEXICO.»
El cielo parece llenarse de luz. No es luz, piensa Garrett, sino algo parecido a la luz. Significado, tal vez —iba a decir, y no dice. Ha decidido limitar sus intereses y necesidades. Así el mundo se convertirá en un lugar de preocupaciones inmediatas del que quedan barridas todas las ilusiones.
Abre la puerta del coche con dificultad. Está demasiado pegada a un magnolio que, aquel amanecer, había abierto sus pétalos a la luz de abril, sólo para que su brote quedara destruido por un espasmo de escarcha tan brutal e inesperado que el invierno podría haber vuelto.
Alguien que observe —aunque tal vez nadie lo haga— a Guillermo Ruiz y a Patricio Garrett entrando en el Nuevo MEXICO cargados de maletas notará que el primero es más avispado, agudo y perspicaz que el otro, pero que es éste último quien manda, por muy cansado y mayor y empapado que parezca.
Diana Martínez Martí no los observó. Entró al bar después que ellos, cuando la lluvia volvía a ser torrencial, y entonces Garrett no estaba a la vista —se encontraba en el retrete—, y Ruiz había salido un momento. Luego, al verlos juntos en su misma mesa, sí piensa eso más o menos. Pero sobre todo, que comparten algo que sólo los dos parecen entender. También, que son rivales y que quieren el mismo lugar bajo el sol.
Bajo las luces del techo —aunque ya es la una del mediodía, casi no se nota que ha amanecido hace horas—, suceden tal cantidad de acontecimientos que la mente no tiene tiempo para tomar nota de ellos. Al menos, así le parece a Garrett que, en cuanto cruzó la puerta, considera muy acertado que en China la palabra que significa «pasarlo bien» quiera decir también «alboroto».
Para resguardar los ojos de una luz demasiado clara existen las gafas de sol. Sus oídos necesitarían algo así, porque en el bar nadie se preocupa del nivel sonoro, y las voces tratan de imponerse al equipo de música. Y Garrett sabe que el ruido siempre produce crispación.
Enseguida cae en la cuenta de que no necesita ruido para estar crispado —le crispa cualquier cosa—, y mientras lucha contra el pitido interior del oído, sigue a Guillermo Ruiz —o simplemente, The Kid—, que se abre paso entre los bebedores.
Garrett se encuentra en la barra. Como ignora que después de la leche, la cerveza es la bebida favorita de los españoles, hace un gesto de sorpresa al ver que casi todos la toman.
En su inmensa mayoría son jóvenes y viven una época fabulosa. Bueno, uno mira hacia atrás y le parece que era fabulosa y no se supo gozar lo suficiente. Da lo mismo: «Golden lads and girls all must as chimmey-sweepers come to dust» —se consuela Garrett.
A su lado, The Kid habla con un chico que está acodado en la barra y también toma cerveza. Debe de ser el dueño del coche, porque le ha devuelto las llaves. Se lo presenta como Emilio Laguna, y Garrett se pone instintivamente a la defensiva.
Delgado, piel grisácea de calamar altanero, cazadora de cuero negro, le mira brevemente detrás de unas Ray-Ban con cristales de espejo.
—¿Qué quieres tomar? —dice. Se ha quitado las gafas y se pasa la mano por una frente de galán del cine mudo.
—¿Sola? —vuelve a preguntar, cuando Garrett dijo que cerveza. Y como la respuesta de Garrett es un encogimiento de hombros, pide cerveza con ginebra para los dos.
Tratando de evitar sus ojos —son tan negros, que tiene la sensación de que a través de ellos podría atisbar su interior y que en él hay algo espeso, asfixiante—, Garrett pasea la vista por el local. Al fondo de la barra, distingue —si es que uno puede distinguir algo entre tantas personas—, a Ruiz que habla con uno de los camareros. Este se hace cargo de los bultos y mira distraídamente en su dirección. No se fija en Garrett, casi seguro, por lo que difícilmente conseguiría recordarle por mucho que se lo propusiera —y no se lo propondrá jamás. Nunca recordará el camarero —de eso no hay duda: estaba metiendo la maleta y la bolsa detrás de la barra, muy lejos de ellos— que, al acercarse Ruiz, Emilio Laguna le ha dicho con aire de no importarle nada que no le ocurra directamente a él:
—Guillermo, ¿no irías a dar una vuelta para traerme eso?
Afuera el sonido de la lluvia es intenso —en este momento, dentro no hay música y el volumen de las voces ha bajado—, pero Ruiz, que hizo un amago de protesta, asiente con la cabeza y sale del bar.
—¿Te gusta este sitio? —pregunta Emilio Laguna, como viniendo de otra dimensión.
—Lo encuentro un poco ruidoso. Para estar tranquilo y hablar, me refiero —dice Garrett, pensando que no estaba poniendo a prueba sus conocimientos sobre bares, sino su estado actual.
—Habló la tercera edad —Emilio Laguna lo dice cansina, sarcásticamente.
Garrett lanza una mirada parecida a la de un forajido que, en una película, mira al sheriff que acaba de dar una patada a su revólver para que no lo alcance. Sin embargo, como tiene unas cuestiones inmediatas que atender y una reputación que mantener, trata de adoptar una máscara tras la que sea difícil adivinar lo confuso que se siente. Durante unos momentos estuvo a punto de preguntarle a Emilio Laguna si le gustaba el jazz —recordaba la cassette del coche—, pero no quiere mostrarse débil.
—Creo que emitimos en una longitud de onda distinta, chico —dice finalmente, con un tono de voz moribundo y demasiada soledad en sus acosados ojos.
Los negros ojos de Emilio Laguna se clavan en los suyos con alarmante intensidad. Una mirada perpleja, asombrada. ¿Se han quedado abiertos para siempre después de haber visto algo horrible? ¿Qué?
Garrett sigue sin saberlo al meterse en el retrete. Atiende una de las cuestiones inmediatas. También utiliza papel higiénico para sonarse —le sangra un poco la nariz, sabor metálico en la boca. Tira por segunda vez de la cadena.
Después de echarse agua a la cara, levanta la vista. En el espejo ve que necesita afeitarse. Se peina, y nada más decirse: Pareces cansado, viejo, asustado, y tienes la nariz demasiado grande —cierra los ojos.
Vuelve a abrirlos, y como sigue allí —los había cerrado para negar la realidad, derretirla instantáneamente—, lanza el peine contra el espejo. Su reflejo vuelve a arrojarlo contra él. ¿Por qué tenían que ser así las cosas? El reflejo se encoge de hombros. Son así —dice.
Garrett coge la gabardina que había colgado detrás de la puerta. Se echa otra ojeada en el espejo, preguntándose dónde estará a la misma hora del día siguiente, y por qué se preocupaba de ir a algún sitio si cada lugar era igual que el anterior. Todavía se preguntaba cosas como: ¿Por qué no me he quedado donde estaba? y ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? —cuando, sin encontrar respuesta razonable, apaga la luz y sale cansinamente, olvidando que su última cara en el espejo parecía decir: No soy tan estúpido, pero déjame que piense estas cosas.
Avanza con dificultad hacia la barra. Tropieza con una mesa. Y como la gente suele olvidar años y recuerda momentos, unas palabras de Susan se repiten en este preciso instante en su mente:
—Nunca debimos dejar California y venirnos a Nueva York —se lamentaba al principio—. Jamás entenderé las estratagemas que emplean los que viven en esta ciudad para evitar el conjunto de desastres de los que son víctimas los demás.
Su ex mujer las había dicho en inglés, claro, y de modo aproximado a como las recuerda Garrett, que nunca había conseguido sentirse cómodo del todo ni en Nueva York, ni en San Diego, ni en ninguno de los sitios anteriores.
Tampoco aquí, en un entorno donde existe la presión de las referencias más inmediatas. Este es un sitio que, se mire como se mire, sólo es un jodido agujero —decide con una mueca de asco. Aunque la verdad es que nunca le gustan los sitios donde está. ¿Porque estaba él en ellos?
Sintiéndose solo, asustado, comprueba con alivio que en su ausencia no se han producido cambios irreparables.
Guillermo Ruiz ocupa el lugar de la barra donde antes estaba Emilio Laguna, que se ha ido. Da un trago a su cerveza (sola), y hace un comentario sobre que ha tenido que salir a comprarle un par de jeringuillas.
—En las farmacias de por aquí, a él ya no se las venden —explica en voz baja—. Le conocen, o eso dice. Y un favor es un favor. Me prestó su coche para llevar a Susan al aeropuerto.
Sí, como los árabes: equilibran su creencia en la generosidad con su creencia en la reciprocidad. Si ellos dan, esperan recibir algo a cambio —piensa Garrett—, pero sobre todo, que Emilio Laguna era yonqui, y que eso debería de explicar algo. No sabe qué.
¿Qué será de Milagros? —se preguntaba Garrett, recordando a su hermana, cuando sus ojos nublados y febriles se clavan en una chica con un único hándicap: es demasiado guapa para que le vaya bien en la vida. ·
O así le parece a él, aunque tenga unos ojos claros —¿de femme fatale o de ingenue?— demasiado separados, como alargados hacia las sienes, y una nariz recta que puede llegar a ser arrogante.
Dejó el taco encima de la mesa de billar de junto a la cristalera de la entrada, y se les ha acercado. De hecho, a quien se acerca —movimientos angulosos no carentes de gracia— es a Guillermo Ruiz. Ahora mira a Garrett con aire de María Antonieta diciendo al verdugo que la va a guillotinar y al que ha pisado involuntariamente al pie del patíbulo: «¡Perdón, señor, no lo he hecho adrede!»
Tras el exquisito gesto de superioridad, dice con voz oscuramente tintada y expresiva:
—Veo que has encontrado relevo. Así no tendrás que cargar tú solo con la pena, ¿verdad, Guillermo? —y mira fijamente a Ruiz a los ojos.
Ruiz sacude la cabeza en actitud sumisa, ignorando el comentario. Presenta a Patricio Garrett —dijo nombre y apellido— a la chica, Diana —no se molestó en decir nada más. Diana, que ha besado a Garrett en ambas mejillas al estilo europeo y dice que está encantada de conocerle como si fuera cierto. Y es que, a veces, las frases de mera cortesía tienen ocasión de ser ciertas y uno se siente agradecido de verdad al decir «muchas gracias». Pero otras veces, uno siente vergüenza por tener que usar en un gran momento las mismas palabras con que se expresa todo el mundo convencionalmente.
Y este momento, para Garrett —autor de las anteriores consideraciones— es especialmente excepcional. Sin molestarse en explicarse a sí mismo por qué, mira de reojo a Diana. No quiere que ni ella ni The Kid se den cuenta de lo poco que le cansa mirarla.
Allí, sin hablar, lo más estático posible, nota como si la hubiera conocido en alguna vida anterior y no necesitara poner a prueba esa sensación de familiaridad. Admira la ropa que lleva, y le parece perfecta. Capaz de poner fin a todas las modas.
Acostumbrada a que la encuentren deliciosa, Diana siente la inconfundible oleada del interés sexual masculino. Y aunque aquel tipo —le ha sonado el nombre— sea algo mayor, su aspecto le parece el de quien puede ver con absoluta claridad lo que ninguno más cree que haya allí.
—Necesitas a alguien que te consuele de tan irreparable pérdida, ¿no? —le dice, irónica, a Guillermo Ruiz.
—Te equivocas, Diana —protesta él, escabulléndose lo mejor que puede.
—No, no me equivoco, pero tampoco es cuestión de ponerse a explicar ahora lo que sabes perfectamente —el tono de voz de Diana se ha hecho más opaco.
Garrett sigue observándoles y considera que ante sus ojos se desarrolla una especie de secuencia fílmica de honda intensidad dramática en la que él no tiene cabida. Es como si Kid y la chica hubieran volado juntos muy alto y, después, hubieran caído y siguieran precipitándose abajo, abajo.
Una impresión probablemente equivocada —es un aviso que le llega de Garrett desde el fondo de su cabeza en llamas—, proyección del actual proceso de caída al abismo en que se encuentra. También —y de esto ni él mismo se da cuenta—, de aquellas bruscas pérdidas de altura del avión hace pocas horas y, sobre todo, del violento aterrizaje en la silla: Ruiz y él acompañaron a Diana a una mesa, y se han sentado.
Enfrente hay otro chico. Se llama Marcial algo. Diana se lo ha presentado a Garrett, y éste no retuvo su apellido.
—¿Patricio Garrett, el poeta? —pregunta Marcial, y su expresión entusiasta traiciona el tono de voz tranquilo que emplea.
—El ex poeta, más bien —es la respuesta de quien hace como que se sorprende para disimular mejor que no le sorprende en absoluto que le reconozca aquel chico.
—Tengo entendido que eres un poeta muy estreñido, ex poeta —interviene Diana, que ahora sabe por qué le sonaba el nombre. Suelta en dirección a Garrett el humo del pitillo, que sostiene con una mano de uñas muy cuidadas, muy rojas, y añade—: Y que tienes, o tenías si lo prefieres, una germánica aversión a lo nítido. O eso he oído —termina su café y le mira a los ojos buscando algún indicio de enfado.
—¿Y dónde lo has oído? —Garrett hace esta pregunta aparentando indiferencia, aunque detrás de su máscara se adivine alerta roja, tensión contenida.
Ha ignorado el:
—Yo te he leído —de Marcial, y la subsiguiente exposición sobre sus poemas que el chico inició con una voz persistente, como si no hubiese modo de que perdiera la calma.
A Garrett se le pasa por la cabeza esto: Las generalizaciones son una banalidad, pero a veces quedan bien —pero enseguida sólo tiene oídos y ojos para Diana que, mirándole fijamente con la fría y crítica atención propia de alguien de menos edad, responde:
—Por ahí... no sé, lo habré leído... a lo mejor se lo he oído a mi padre. Ni idea —y se suelta de Marcial, que la había cogido por los hombros, tratando de atraerla hacia él.
—Siempre fui un tema interesante —contesta Garrett, y ríe nervioso.
De pronto, se siente muy bien. Lo malo es que después de eso... Bueno, eso sería después. Por el momento Garrett estaba muy a gusto allí sentado. Como The Kid y Marcial se han levantado y hablan a la puerta de los servicios, está a solas con Diana.
—¿Por qué has dejado de escribir? —insiste ella—. Eras bueno, creo. No tiene sentido.
—Gentil dama, hay cosas que a los veinte años no tienen sentido. A los cuarenta no es mucho mejor, ¿sabes? —dice Garrett, en un tono que le sale terriblemente serio y desesperanzado, y hace un ademán para indicar que no quiere hablar de eso.
—Cualquier excusa es mejor que ninguna —y Diana, que ha dicho eso, piensa: Está tratando de impresionarme; es el tipo de hombre exacto al que yo atraigo. Y como siempre que avanza el galanteo, hay miradas rápidas o prolongadas a los ojos del otro.
Marcial, que ha vuelto a la mesa con Ruiz, se refiere a Furias, arpías y otras amantes, el libro de Garrett que prefiere —dice también:
—Provocan una tristeza punzante. Es como si tu poesía respondiera a los mismos presupuestos de Schubert, que consideraba natural que la música careciera de alegría —y Garrett considera que es una persona que emplea más palabras de las necesarias para decir más de lo que sabe.
—Preferiría que hablásemos de otra cosa —dice, y es igual que un boxeador que no confía en sí mismo y busca a su entrenador con la mirada. Pero Diana ha apartado la vista. No tarda en intervenir agresiva.
—No dices la verdad —suelta, evitando los ojos y revolviéndose inquieta en el asiento. Es pasión suya no desoír una petición de ayuda, no desdeñar una voz de acento lastimero; pero siempre olvida enseguida lo que ha prometido hacer, remediar, ayudar.
—De amantes y poetas no hay que creer ni en la verdad —dice Garrett. Se pasa la mano por el pelo, se estira los calcetines.
—Pero tú ya no eres poeta, o· eso dices. ¿Y amante? —Diana reacciona ante los sentimientos que le provoca Garrett; un ser patético, digno de compasión. No, no quiere sentir esas cosas.
—Desdeñado —contesta Garrett, que ha querido resultar misterioso, duro e impenetrable, y tiene la impresión de que no lo logró.
—¿Cómo sé que no estás mintiendo?
—No lo sabes, guapa. Cuando me conozcas un poco más lo sabrás, y si no nos tratamos mucho y no lo sabes, ¿para qué te vas a enterar? —y Garrett, considerando que ha sido brusco, añade—: Aunque espero que lleguemos a conocernos bien.
—¿En qué sentido?
—También en el que imaginas.
—No te habrás enamorado de mí, ¿verdad? —dice Diana, acariciándose lenta, distraídamente el muslo. Tal vez un poco asustada de lo que ha dicho.
—No si puedo evitarlo —dice Garrett, considerando que aquella chica le estaba seduciendo descaradamente; y ante las miradas de asombro de los otros dos ocupantes de la mesa. Ha bajado la guardia por completo, está a punto de besar la lona, y añade—: Bueno, la verdad es que dejé de escribir porque...
—Es igual —le interrumpe Diana, sin molestarse en disimular su desinterés por aquel asunto—. Ya no quiero saber lo que te pasó. Seguro que me deprimiría —y no vuelve a preguntarle por su pasado. Y no por falta de curiosidad, decide Garrett, sino con un silencio de enterada. Como si lo supiera todo. Como si él no pudiera contarle nada que no supiese ya.
—¿Sabías que eres muy europea? —dice al fin Garrett, que nunca está preparado para lo que pueda ocurrir en el momento siguiente—. Las americanas no miran directamente a la cara de sus amigos.
—¿Qué? —dice ella, haciendo como que está enfadada, pero contenta de ser tema de conversación.
Y en ese momento se repite una escena. Es como la sexta o séptima toma en el rodaje de una película: un camarero sirve más cervezas.
Hay una breve, triste pausa. A lo lejos retumba un trueno.
El cielo encapotado está muy bajo y la lluvia, que había cesado, es de nuevo inminente. Los árboles de la calle, batidos por un viento que sopla a ráfagas, tienen un verde sombrío e intenso al otro lado del cristal. A este lado, en la mesa, se oyen unas palabras. Las pronuncia una voz de soprano agradablemente timbrada.
—¿Os fijasteis en lo que dijo justo antes de levantarse y salir? Que soy muy europea. Divertido, ¿no os parece?
Son de Diana Martínez Martí que, con la cabeza, hace gesto de no a un chico que le proponía jugar una partida de billar, y suelta una risa transparente. Habla con Guillermo Ruiz y con Marcial.
Sí, Marcial a secas, porque Patricio Garrett nunca se llegaría a enterar de su apellido. Tampoco le preocupa, y mucho menos ahora que ha entrado en una peluquería que hay en la misma calle del bar, casi enfrente. Necesita afeitarse. Diana es joven, guapa, brillante, y está acostumbrada a que la encuentren deliciosa. Y con motivo.
El peluquero trata a Garrett como a un cliente cualquiera, sin advertir lo mal que se siente al intentar recuperar una vida normal que, por otra parte, nunca tuvo. Habla con voz tétrica de que ayer un cliente le contó que el mar está envenenado, y que por eso se suicidan los peces. El tipo le dijo que había sido testigo de algo extraño. Era marinero y vio un banco de sardinas, o algo así, que trataban de suicidarse, pues nadaban con la cabeza fuera del agua.
Después de aplicarle unas toallitas calientes en la cara, sube la voz: Garrett se había quedado dormido.
No, no quiere que le corte el pelo. Prefiere llevarlo así, un poco largo.
Eso ha respondido Garrett al peluquero, que no dijo antes de peinarle:
—Comb it wet o dry? —frase final de Haircut, el relato de Ripg Lardner. Uno de los más crueles de la ficción norteamericana, como sabían perfectamente todos los estudiantes que hubieran leído en la high school una antología de la literatura de su país. O lo que es lo mismo, la práctica totalidad de aquellos chicos entre los que él era tan popular. Pues Garrett gustaba a la mayoría de sus alumnos, sobre todo a los mejores, que reían sus bromas, agradeciendo, como siempre hacen los alumnos, que les den ocasión, cualquier ocasión, de reírse.
Casi sonríe al pensar en esto y verse en el espejo como nuevo. ¿Cómo podía ser él aquel hombre? Los ojos siguen inyectados, hinchados. Tendrá que comprar un colirio. También una camisa y unos calcetines. ¿Cuánto tiempo hacía que no se había lavado, afeitado y peinado con la esperanza de resultar atractivo?
Se está refiriendo a él Guillermo Ruiz, que explica cómo le conoció. Desconcertado, perdido, agarrotado, pero con algo que le atrajo.
—¿No sería más bien que un poeta siempre reconoce a otro poeta? —interviene Diana, retorciéndose un mechón alrededor del meñique. Su tono es evidentemente sarcástico.
—Por favor, yo escribo prosa —contesta Ruiz con una arrogancia tal que, en vez de eso, parece decir: ¿Quién te crees que soy, o lo que seré cuando me ponga a ello?
—Tu padre es su editor —le dice Marcial a Diana, y ésta recuerda haber oído hablar alguna vez a su padre de Garrett. También a su madre. Un viejo amigo de los tiempos de la facultad o algo así, le parece. Puede que más que amigo.
Ahora, después de salir de la peluquería, y de comprar una camisa y unos calcetines en un centro comercial que había al fondo de la calle, Patricio Garrett vuelve al bar por una acera que está casi seca. Una mujer cargada con la bolsa de la compra le empujó, le miró enfadada y refunfuñó algo.
Ya ha entrado en el Nuevo MEXICO. Se cambia de camisa y calcetines en el servicio. Duda qué hacer con la ropa que se quita —regalo de Susan—, y la deja tirada en un rincón. Luego, Garrett se ha sentado a la mesa y, antes de que le traigan otra cerveza, al apreciar que Diana usa Poison, ese perfume de Dior que huele a adulterio, dice:
—Un gran perfume es como un libro de poemas que se va a convertir en clásico. Tiene cinco años de vida activa. Uno para situarse en la cima. Veinticuatro meses para establecerse en ella. Y trescientos sesenta y cinco días más para iniciar el descenso en busca de la estabilidad, clientela o lectores que le hagan entrar en el capítulo de los perfumes o libros históricos.
Patricio Garrett ha hablado un tanto atropelladamente. Guillermo Ruiz se refirió a sus poemas —que aún no ha leído, aunque no lo diga—, y él quiso decir algo que incluyera a Diana. Desde luego, los hombres se sienten más cómodos tratando de ligar con mujeres que tengan una edad parecida a la suya, que con las que tienen muchos años menos o muchos más. Entre Diana y él debía haber casi veinte, pero está decidido a soportar un poco de incomodidad.
Acaba de invitarles a comer y Marcial se disculpa. No puede, tiene un examen el lunes.
—¿No tenías tú otro también, Guillermo? —añade.
—Hay cosas más importantes —dice Ruiz.
—Pero ¿qué día es hoy? —pregunta Garrett, desorientado. Se entera que es viernes gracias a Diana, que lo dice. También, que por allí cerca hay un restaurante japonés.
—Y un Burguer King, o McDonald’s, no sé bien —añade Marcial, inmediatamente antes de despedirse.
Diana, que bromea: con un chico al que le daría no se sabe cuántas carambolas de ventaja y le ganaría con una sola mano, le viene grande a Marcial. Garrett había decidido eso, cuando un fogonazo sacude su deteriorada memoria: Susan, de la que aún convalece. Susan que nunca quería ir a un sitio americano. Susan que podía comer sukiyaki, sushi, sashimi; pato a la cantonesa, arroz tres delicias, chop suey; lasagna en trattorias italianas con la foto de Frank Sinatra en la pared; steak au poivre en restaurantes franceses con el menú escrito con tiza en una pizarra; postres hebreos, parrilladas irlandesas; platos polacos, mexicanos, griegos... lo que fuera. Ir a un McDonald’s, para Susan era convertirse en turista, contemplar a su país como espectáculo.
Nota el estómago muy vacío. Garrett comería cualquiera de esas cosas, pero sobre todo, fabada o cocido o lacón con grelos.
Bajo un cielo plomizo en movimiento del color de un canal de televisión en blanco y negro que no emite nada, caminan por la calle —bocinazos, gritos, insultos, chirridos de frenos—, en busca de un restaurante de cocina catalana cercano que recomienda Diana.
Ruiz no comenta que es muy caro; sí que:
—Marcial es como una patata cocida fría que busca un significado a la vida. Mejor que no lo encuentre, porque seguro que no sabría qué hacer con él. ¿No crees?
—Pues vaya —es todo lo que se le ocurre decir a Garrett. Ha detectado la agresividad del comentario, pero no pudo escuchar bien —el ruido del tráfico. Por la cara que puso Billy, sin duda dijo algo que pretendía ser inteligente. Puede que original.
Ha levantado la vista y por encima pasa una nube con la forma exacta de una nube. Luego, Garrett se da cuenta de que los que se cruzan con ellos en la acera, les miran —sobre todo a Diana; piernas largas, caderas de chico, grandes pechos—, y piensa que piensan: ¿Será actriz, modelo, qué?
—Marcial es el ser más odioso que conozco —insiste Guillermo Ruiz, demostrando que no era famoso por sus opiniones moderadas—. Cada vez que me lo encuentro, me supone una de las peores experiencias de mi vida.
—Lo que pasa es que te molesta que sea tan preciso —le corta Diana, que se ha aclarado la garganta—. Sabe pocas cosas, eso nadie lo pone en duda, pero las pocas que sabe, las sabe bien —su voz es fría, dictatorial.
—¿Estás segura? —dice Ruiz, clavando sus ojos en los de Diana; una mirada capaz de matar cualquier emoción.
—Bueno, sí. No. No lo sé —duda Diana, que hasta entonces parecía encontrar las respuestas antes incluso de saber qué preguntas le iban a formular—. En cualquier caso, hoy no parecía que te diera tanto asco. Le hiciste preguntas sin parar. ¿Querías enterarte bien de quién es Patricio para poder darle coba también a él?
—¿También? —la sorpresa de Ruiz no parece fingida.
—Si no eres el lameculos de mi padre, es porque yo hago todo lo posible para que no le veas.
Después de decir esto, Diana cuenta quién es su padre. Se lo ha preguntado Garrett, que así se entera de que Diana es hija de Juan Martínez. Y de Amelia Martí, naturalmente.
¡De Amelia! Y hay fugaces recuerdos, que son un proceso continuo de imaginación, donde él y Amelia pasaban tardes enteras en la cama fumando hachís y follando. Un poema esbozado. Discos sonando sin cesar. Letras de canciones que parecían decir algo a propósito de su situación. Era el año... ¿cuál? El año en que oían todo el tiempo Whole Lotta Love, de Led Zeppelin. Y él sin dinero —como ahora—, y Amelia dándole la impresión de que odiaba el dinero, que se sentía culpable por tenerlo y se veía impelida a deshacerse de él lo más rápidamente posible. ¿Le pasaría lo mismo a Diana? Reconocía en ella algo familiar.
Patricio Garrett ha regresado con gran esfuerzo al presente, y observa que Diana le está obsequiando con una sonrisa cuyo significado era el de un regalo de incalculable valor. Al igual que su madre, parecía aceptarse de un modo tan absoluto que únicamente podía considerarse hermosa; siempre atraería a los hombres. ¿Los atraería todavía Amelia?
Pero las últimas conversaciones y los más recientes pensamientos de Garrett —siente que se aproxima a una de esas desconcertantes cimas espirituales donde duda de la realidad—, se localizan en el restaurante al que los tres han entrado hace una media hora.
Afuera llueve y hace frío, porque estamos en abril. Una época del año en la que un día puede ser caluroso y el siguiente frío, como si todavía hubiera fuerzas partidarias de la continuación del invierno luchando con otras favorables a la iniciación de la primavera, y un día se imponen unas y al siguiente las otras.
Aunque lleva tanto tiempo empapado en alcohol que la borrachera es su estado normal, Patricio Garrett todavía se da perfecta cuenta de que ya no se encuentra en los Estados Unidos: Nota que está muy lejos por los modales de la gente al comer. Aquí, tampoco nadie consideraría normal tomar café en vasos de plástico. Ni te acusaría de exquisito y decadente si prefieres una taza —lo hacía aquel profesor chileno, compañero en San Diego, fugitivo de Pinochet. Uno de los pocos tratables, sin embargo, del Spanish and Portuguese Department. Los demás... que caiga el olvido. Especialmente sobre los españoles. Seguían viviendo en este país porque publicaban aquí. ¿Y dónde publicaba él?
—Lo que no ha aparecido en inglés —les dijo Garrett—, no merece la pena leerlo.
Lo repite ahora, al tomar café, inmediatamente antes de pensar lo que todo el mundo piensa una o dos veces al año: que está empezando una nueva vida.
Le entran ganas de celebrarlo. Y también le gustaría celebrar que el camarero que les atiende sea amable, las servilletas grandes, el mantel esté inmaculadamente blanco; y haya flores y fruta en cestas.
Quisiera expresar lo bien que se sentía en compañía de aquellos chicos. Sobre todo de la chica, aunque la admiración de Billy, que asiente a todo lo que él dice, no le moleste, claro que no.
—Estupendo —responde.
Guillermo Ruiz, al ver lo abstraído que estaba, y que su rostro tan pálido había perdido todo asomo de expresividad, le ha preguntado con ojos brillantes por el alcohol:
—¿Todo bien?
Y Garrett siente un temor enfermizo de no estar a la altura de las circunstancias de lo que se supone que debería decir o hacer. Y de pronto, la ciclotimia, y le parece impropio disfrutar de la comida en su situación. Está solo, no volverá a escribir, casi no le queda dinero. Y comprende que sigue sin estar preparado para vivir responsablemente esta vida.
¡La cuenta! Un miedo que se asienta en su estómago haciéndole sentirse desgarrado por dentro, encogido, paralizado. Vista nublada. Se frota los ojos y, al fin, puede leer la suma total. Saca la tarjeta de crédito que carece de crédito. No ha liquidado los gastos del mes anterior, pero paga con ella la comida sin el menor problema. La seguirá usando mientras le dejen. No le queda otro remedio que confiar en que las leyes de la probabilidad, que hacen que las cosas malas tengan que ocurrirle alguna vez a alguien, no le castiguen demasiado. Además, ya le han pasado bastantes cosas malas últimamente.
A las copas que toman después de comer les invita el encargado del restaurante. Daba vueltas por el local saludando fríamente a los clientes. Algunos, muy pocos, valían una sonrisa. Diana Martínez Martí, por ejemplo, a la que ha reconocido como hija de un cliente habitual.
Reconoce también a Diana una amiga de su padre. Se ha levantado de una mesa y les aborda cerca de la puerta del restaurante, cuando salían. Guillermo Ruiz sabe que es Concha Valdés, una conocida periodista, y le presenta a Patricio Garrett, el famoso poeta. Acaba de llegar de los Estados Unidos de Norteamérica (ha dicho literalmente).
—¡Qué interesante! —dice la periodista que, según explicaría luego Ruiz, es de las que se dedican a buscar la noticia de interés humano, a entrevistar a gente no demasiado conocida pero que desarrolla actividades un poco fuera de lo común. La poesía debe formar parte de esas actividades infrecuentes (también influye, claro, que esté con Diana, y que Diana sea hija de quién es), pues añade, pausada, tranquila, desdeñosa—: ¿Te importaría pasarte por la emisora? Podríamos hablar de tu obra y tu experiencia americana. ¿Te parece bien el lunes a las siete y media? ¿Será demasiada molestia? ¿Te mando un coche?
—¡Imbécil! —se enfada Diana con Guillermo Ruiz, en cuanto la periodista se ha vuelto a sentar—. ¿Qué querías? ¿Que Concha Valdés se diera cuenta de lo importante que eres? —Luego, se dirige a Garrett—. Lo siento, es una mujer enciclopédicamente ignorante. No sé ahora, pero antes tenía un programa de radio de esos con susurros, como sí las locutoras se la estuvieran chupando a los oyentes.
—Creí que a Pat le apetecería ir a su programa, es de los de mayor audiencia —dice Ruiz a Diana, y su expresión es tensa. La de quien, en aquel mismo momento, se enfrentaba por primera vez al abismo que separa a alguien que quiere ser famoso (él mismo), y a una persona que ya lo es (Garrett). Se enfrentaba, y no pasa nada porque lo sea: Garrett sigue siendo un señor mayor, sin aura ni nada, que, también en aquel mismo momento, piensa (aunque esto lo ignore Ruiz) que en esta época que le ha tocado vivir es difícil afirmar que haber vivido sea mejor que no haberlo hecho. A continuación, Ruiz agrega, todo candor—: ¿Qué se siente al ser famoso?
—Casi lo mismo que cuando no se es —ha respondido Garrett, complacido por la admiración del joven. Añade, con lo que Diana interpreta como falsa modestia—: Pero ya no lo soy.
—Yo lo que más quiero es ser rico y famoso —exclama Ruiz, como tratando de hacerse perdonar su anterior ingenuidad.
—¿Es que pretendes convertir tu vida privada en una especie de serial de televisión?— interviene cortante Diana, que no captó el tono de burla de Ruiz. A Garrett le parece que sus convicciones son tan fuertes, que le importa un pito si los de más están de acuerdo con ella o no.
Es un sueño de vibrante suavidad —decide, y se da cuenta de que algo igual pensó de su madre. De Amelia Martí, la mujer que durante tanto tiempo fue centro de todos sus sueños, como Daisy de los de Jay Gatsby, con su mansión solitaria, mirando de noche al otro lado de la bahía. Sólo que, entonces, Garrett no tenía mansión: ni casa siquiera. Vivía en la de su madre, y la nueva casa de Amelia, que no había vuelto a vivir con Juan Martínez, estaba al otro lado de la calle donde algunas noches se detenía en aquel recuerdo de hace tanto. Ahora se le ocurre: El hielo se deshace rápidamente en el vaso para subrayar la brevedad de la vida —porque están bebiendo en otro bar (ninguno de los tres podría determinar en cuál de los muchos que visitaron aquella tarde). En otro oasis en el desierto de la ciudad —Garrett se pone lírico al pedir un nuevo whisky.
Los tres, que a veces se sienten unidos en el entendimiento de algún tipo de fatalidad general, forman un conventículo de borrachos ajenos a lo que no sea ellos mismos y el alcohol pendenciero que abrevan como vaqueros en un saloon de una turbulenta ciudad ganadera (Tombstone, Wichita, Abilene), mientras sus vacas abrevan agua.
Por turnos, van a esnifar coca a los servicios. Una coca que mengua con tanta rapidez que, durante un instante, Pat piensa si no se estarán quedando con algo Diana o Kid —durante esas horas, Garrett se convierte definitivamente en Pat, Ruiz en Kid o Bill o incluso Billy, y Diana sigue siendo Diana. Pero exige tal esfuerzo pensar —la película de lo que le pasa por la cabeza va demasiado deprisa o demasiado despacio, se sobreilumina, se convierte en un borrón, chirría—, que Pat no llega a decidir si sí o no.
La información gestual, como siempre que se comunican estados de ánimo y emocionales cambiantes —y ahora se comunican—, es incluso más importante que la verbal. Raramente se interrumpen, con todo, las expresiones vehementes.
—Algún día harás cola a la puerta de mi casa para poder follar conmigo —casi le gritaba Diana a Kid.
Pat, a punto de decidir que la realidad es una alucinación consensuada, se estremece al escuchar el nombre de Susan —al parecer, Diana le reprocha a Kid su relación con la americana. Y es que otra Susan gritaba desde el pasado:
—La auténtica América está en las blancas casitas de madera y las torres de las iglesias de Nueva Inglaterra. Los europeos nunca podéis vivir lo que pasa. Necesitáis vivir imaginariamente en otro ambiente. Dotar a los objetos de contenidos ajenos a ellos. No existe esa América tuya de pielrojas. Es tan imaginaria como ese paraíso de violencia que has visto en las películas policiacas.
Unos gritos en los que Susan posiblemente no haya dicho exactamente eso, pero que resuenan en español e inglés dentro de la cabeza de Pat —le retumba como la de aquellos desgraciados de las leyendas alemanas condenados a vivir para siempre atados al badajo de una campana.
Aquí, en otro bar con pinta de bar de autonomía separatista, oscuro, que predispone a la conspiración, siguen oyéndose las palabras de Diana acalorada por el alcohol y por todo lo que se veía obligada a callar. Y si el camarero que les atiende se fijara —no es el caso—, comprobaría que siempre es un poco triste ver a un hombre (Guillermo Ruiz) preocupado por una mujer que no está preocupada lo más mínimo por los sentimientos de él. Y que Diana coquetea claramente con Pat.
Kid, que no está acostumbrado a beber tan deprisa (esto ni el camarero, ni nadie, lo podría observar), bebe muy deprisa y, ante la actitud de Pat y Diana, piensa (sólo él sabe lo que piensa) que podría desaparecer de aquel bar y ninguno de los dos notaría su ausencia —excepto, puede, a la hora de pagar. Y en este momento, su rostro adquiere una expresión que a Pat le recordaba la de un pez arrojado a la playa: ojos saltones, mandíbula caída.
Ser joven, guapo y feliz, debe de ir contra la naturaleza. Y la naturaleza es esta ciudad —se le pasa por la cabeza.
—Pues no va a poder conmigo —es la respuesta de Kid a los pensamientos que Pat no cree haber expresado.
—¿Cómo? —Pat ha hablado sin darse cuenta—. Bueno, la naturaleza es esta parálisis.
—¿Qué estás diciendo? —sorpresa de Kid.
—No hay quién os entienda —y Diana les besa a los dos. Ríe con un operístico ja-ja-ja-jaaa.
Pat decide que será su salvadora. Que Diana es como el mejor compañero de borracheras convertido en mujer.
Ella sabe que yo sé y yo sé que ella sabe que yo sé, así que ni siquiera tengo que decirle nada —ha decidido, al observar que hay algo dulcemente accesible detrás de su mirada fría. También, que si hay que recorrer la noche, mejor que sea como los ángeles de las tinieblas; es decir, llevando una luz.
Una luz que es Diana, luego, en la calle, donde flota una neblina rojiza que es reflejo de los neones de la ciudad. Diana que, al pasar por delante de los escaparates de las tiendas, devora todo lo que ve.
En ese preciso instante, una chica que hay en la mesa de al lado (ahora han entrado a un bar para amantes de los tatuajes y las cervezas por litros), no se comporta del modo habitual. Vamos, que si uno oye involuntariamente una conversación, debe comportarse como si no la hubiese oído; no lo contrario.
—Estoy hasta las narices de vosotros. Sólo decís tonterías —interviene violentamente la chica, levantándose. Lleva la cara barnizada.
-¿Tú crees? —dice Diana, cortante, sin mirarla.
—Sois unos mierdas —insiste la chica, desafiándoles. Su maquillaje brilla, deslumbra.
—¿A cuántos mierdas de la mesa de al lado te atreverías a decirles que lo son? —estalla indignada Diana, alzando la voz y pronunciando las palabras lo más claramente que le es posible. También se ha puesto de pie.
—Tienes razón. Todos somos una mierda —la chica se desinfla.
—Pero unos más que otros, ¿no crees, guapa? —Pat mira hacia otra parte.
—Me parece que terminaremos por llevarnos bien —dice la chica, sonriendo con ojos de cierva herida.
—No será en esta vida.
Al tiempo que dice esto, Diana rechaza el grueso canuto que le ofrecía la chica en el momento en que propuso enterrar el hacha de guerra.
Kid hace un gesto que querría que se leyera como:
—Yo también paso.
Y Pat, el único que se disculpa por no aceptar el canuto, dice:
—Gracias, pero he bebido demasiado. Se me cruzaría.
La chica va vestida de punta en blanco. Es viernes por la tarde, y no tiene ningún sitio al que ir ni nadie que la lleve —opina Diana de ella, cuando se aleja, después de insultarles. Se queda apoyada en la pared, junto a la máquina de discos.
—Parálisis Permanente, vaya por Dios —dice Diana, apartando la vista.
Sí, sí, justo lo que él pensaba —balbucea excitado Garrett. Aquí la naturaleza es esta parálisis. Todo está paralizado en esta ciudad y en lo demás de España. Y del mundo —iba a añadir. Pero Diana le interrumpe.
Ella se refiere a un antiguo grupo de rock. Precisamente el que sonó en la máquina («Quiero ser santa, quiero ser beata» —se desgañitaba un chaval), justo antes del de ahora, con un coro que repite a gritos destemplados:
—¿Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos? —ignorado por los parroquianos de aquel bar de mala muerte.
Había yonquis, parados jóvenes y otros personajes desesperados. Marinos en tierra, por ejemplo, tipos peligrosos con los nervios de punta después de meses en el mar, que sólo quieren encontrar un sitio donde usar los puños —fantasea Pat.
—También es un disco bastante antiguo ese que suena ahora, lo menos del ochenta y cuatro o así —explica Diana, que se levanta a hablar por teléfono—. Son Siniestro Total.
Puede que no tan total como el individuo agitanado que ha empezado a berrear:
—Chúpame la minga Dominga que tiene substancia. Chúpamela bien que vengo de Francia.
Pat se había puesto de pie, iniciando unos grotescos pasos de flamenco al oír las palmas de los delincuentes juveniles de tupé engominado y mirada turbia que acompañaban al cantaor —Kid se sonroja, sintiendo vergüenza ajena—, y se inmoviliza al oír la letra. En algún momento de su vida pensó que podría vivir sin mantener ningún tipo de contacto con este tipo de personas. Se equivocaba una vez más.
Al fondo, entre sombras amenazantes, Diana habla por teléfono, tapándose con la mano el oído que no tiene pegado al auricular. Se recuesta contra una pared pintada de un rosa chillón —parecía un decorado a propósito para resaltar su brillo y para que muchos de los presentes se volvieran deseándola—, y responde a la voz que ha preguntado al otro lado de la línea:
—¿Dónde estás?
—Estoy en el puerto, en un bar de mala nota, con un sujeto con pinta de violador, y otro chico al que creía amigo mío hasta que me di cuenta de que admiraba al violador.
—Muy bien, querida, no olvides que quedaste en venir a cenar. Los invitados ya están impacientes —dice Juan Martínez, padre de Diana, a través del aparato, flemático como un lord.
—Iré enseguida, no te preocupes. ¿Te importa si llevo a un par de amigos? Menuda sorpresa te vas a llevar.
—Esperemos que sean agradables —dice Martínez, que ya no es el gentleman de hace un momento. Al fin y al cabo, Diana es su única hija—. Y, por favor, no sigas bebiendo.
Han esnifado nuevas líneas de coca —los tres en el único retrete—, y salen en busca de un taxi riéndose una vez más, con lo que superan, y con mucho, el promedio de un minuto diario que los españoles dedican a reír.
Kid está radiante porque en casa de Juan Martínez, aparte de a éste, tendrá ocasión de tratar a otros notables. Diana, que siempre se resistía a llevarle, saborea por anticipado la escena del encuentro de su padre y Pat. Y este último, ajeno a casi todo, excepto a mantener el tipo para no caerse —entre otras muchas cosas, ignora que se dirigen a casa de Juan Martínez—, se tiene que fijar mucho en las cosas más nimias.
—Tengo problemas —se le escapa.
—Los problemas nunca han matado a nadie —dice Diana enunciando cuidadosamente las palabras y mirando directamente a Pat, mientras le ayuda a subir al taxi—. Si no tuvieras ésos, tendrías otros. Siempre es así. Yo, por ejemplo, no tuve demasiado afecto de niña. Mis padres están divorciados y, cuando un matrimonio se rompe, el hombre y la mujer dedican poco tiempo a sus hijos. Así que ahora trato de atraer toda la atención que puedo. Por eso soy seductora por naturaleza.
Pat cree escuchar eso y, al notar que el largo y suave muslo de Diana se aprieta contra el suyo, se pregunta: ¿Está burlándose de mí?
Enseguida comprende que está nerviosa. Bueno, a estas horas ya comprende poco. Lo que pasa es que ella dice:
—No quiero que pienses que estoy nerviosa. Puede que lo esté, pero no quiero que lo pienses.
Una frase que el taxista no oye, porque al pronunciarla, Diana ya se había apeado delante de un edificio que desafía al cielo a golpes de neón: arriba del todo hay un anuncio luminoso.
Han llegado y Diana busca las llaves en los bolsillos de la chaqueta y el pantalón.
—¿Dónde demonios las habré guardado? —dice, inquieta.
Una frase que tampoco oyen —ni siquiera se fijan en ellos— los basureros que vacían los cubos con gran estruendo. Al pasar por delante del camión, Pat siente una repugnancia irreprimible. Un gusto amargo de bilis le sube del estómago. Casi vomita, pero consigue dominarse.
Luego, se queda viendo cómo se pierde en la húmeda oscuridad el camión de la basura y le molesta haber pensado: Me alegro de que todo esté en proceso de corrupción.
Y de pronto, resbala y cae de culo. Diana le echa una mano y él, humillado, con una insoportable sensación de cansancio en los pies, no la rechaza. No cree haberse sentido nunca tan mal como cuando ella, borrachísima también, le escupe y luego se ríe.
—¿Es posible que no haya más que esto? —se pregunta Pat, en un tono monocorde, sin inflexiones.
Sabe que todo el mundo se está muriendo, pero le parece que él se está muriendo más deprisa que la mayoría, cuando ya está de pie otra vez, tambaleándose, moviendo mucho las manos, limpiándose el salivazo. Y las palabras, que son adecuadas para expresar ideas, dicen menos que los gestos, sin los cuales la vida humana se convertiría en un frío y mecánico proceso.
—Te ha cambiado la mirada —dice Diana, y no hay nada frío o mecánico en su expresión.
Ha encontrado la llave y, tras sortear un enorme charco donde se quedaban pegadas las luces de los faros de los coches, abre la puerta del portal.
—Sí, me ha cambiado —responde él, apoyándose en un poco seguro Kid, y se sorprende pensando que aquella chica no es para toda la vida. Recordar que tampoco lo ha sido su madre, hace que su cuerpo se estremezca ligeramente.
—¿No es eso amor? —bromea Diana, dándose la vuelta y entrando en un portal de luz cegadora.
«Mamihlapinatapei», es una palabra de la Tierra del Fuego que se supone que quiere decir: «Mirándose a los ojos, esperando cada uno que el otro inicie lo que ambos desean pero ninguno de los dos se atreve a iniciar.»
Guillermo Ruiz la desconoce, pero si la supiera no dudaría en emplearla para describir las miradas que, en el ascensor, cruzan Patricio Garrett y Diana Martínez.
Por la calle pasan veloces los coches arrojando cortinas de agua a los lados. El cielo, empapado de lluvia, se desploma sobre un mar que bosteza ruidoso y eructa en la oscuridad harto de lluvia.
El ruido de un trueno queda amortiguado por el de la puerta del ascensor al cerrarse bruscamente. En el descansillo, delante de la entrada al apartamento, hablan en voz demasiado alta Diana Martínez Martí, Guillermo Ruiz y Patricio Garrett. Antes, entre los pisos tercero y cuarto, Garrett ha dicho a Diana:
—Me gusta todo lo tuyo —encendió un pitillo, mirándola estudiadamente por encima de la cerilla, y añadió—: A lo mejor te molesta.
—No, porque no te creo —respondió ella, con una irónica expresión en el rostro. Le había lanzado una vidriosa mirada de invitación a la cama, y apretaba su cuerpo contra el de Pat, como si estuvieran solos, justo al pasar por el quinto piso.
—No tienes que creerlo o no. No estoy pidiendo reciprocidad. Sólo quería que supieras el nivel que han alcanzado mis sentimientos —y la mirada de Pat, que parecía esperar que Diana llenara un vacío en su vida, contrastaba con el distanciamiento de su palabra y tono de voz.
A Diana se le pasó por la cabeza: ¿Y yo que durante unos minutos creí que Pat era homosexual y trataba de ligarse a Bill? Es que no me entero de nada.
—Todos vosotros sois iguales —Ruiz tenía el ceño fruncido, y su voz interrumpió aquella intimidad de la que estaba excluido.
—¿Quiénes somos ese vosotros? —Pat, notando el agudo filo de la mala intención de la frase, hizo la pregunta a la altura del séptimo piso.
—Los de la tercera edad —al decirlo, Ruiz le miró más tiempo del necesario.
—Yo no me considero representante de ninguna clase de personas —Pat habló pausadamente, controlándose, fastidiado porque en el mismo día dos personas distintas le incluyeran en esa categoría.
—Billy, no es de buena educación dar a entender que alguien es más viejo que tú —salió en su ayuda Diana, forzando una sonrisa.
—No veo que tenga nada que ver con que sea de buena o mala educación. Resulta que es así, ¿o no? —a Bill, o Guillermo Ruiz, le había puesto muy nervioso aquel coqueteo tan evidente; y el ser ignorado.
Ya estaban en el descansillo. Garrett nota cada minuto de edad que tiene de más que Diana —¡él, que con su madre y su padre siempre había sido el pequeño!—, mientras Ruiz, excitado porque falta muy poco para entrar en casa de Juan Martínez, da un traspiés.
Diana abre la puerta del apartamento de su padre. Al fondo se oye música, voces.
No, no se trata de fanfarrias ni de marchas de pompa y ceremonia. Tampoco son vítores los que acompañan su entrada nada triunfal a la casa donde Pat había creído que Diana y él estarían solos (ya verían el modo de librarse de Bill).
Aturdido, alza los brazos al aire en señal de impotencia y, tras unos pasos vacilantes por la gruesa moqueta, Diana le precede a una amplia habitación donde hay un fondo de piano que, en este caso concreto —todos los presentes hablan—, es sólo un afortunado efecto secundario del papel que desempeña la música para asegurar la cohesión tribal.
Pat respira a fondo, traga saliva, al distinguir borrosamente a dos grupos separados —uno de hombres, el otro de mujeres—, con aspecto de haber estado allí siempre y participar de una forma local de sabiduría increíblemente antigua que todos conocen en el fondo de su mente. Fuman en su inmensa mayoría. Una escena imposible en América, y que en España seguro que no tendrá lugar dentro de muy pocos años.
Inquietos, hambrientos porque ya han dado las once de la noche y todavía siguen sin cenar —esperaban a Diana—, levantan la vista como si ellos fueran los romanos y los bárbaros acabaran de irrumpir en la habitación.
No hay duda —piensa Garrett allí, en medio de aquel espacio tan iluminado del que se siente cruelmente desterrado—, verse como un objeto que causa terror es una experiencia inquietante. Aunque sea una experiencia que a algunas personas les excita y empuja a hacer el loco.
A Diana, sin ir más lejos, que se vuelve hacia Pat y Bill.
—Ahí tenéis a Juan Martínez —dice—. Juan Martínez, valiente nombre, ¿verdad? Tan corriente que hasta parece falso —y, en realidad, da la impresión de que simplemente es como los demás mamíferos: en ellos la exploración, el juego, la conducta flexible, son cualidades de los jóvenes y raramente de los adultos.
Unos segundos antes de esta intervención insolente, sobre el fondo de rostros desdibujados se destacó uno. Sus ojos se cruzaron con los de Garrett —se había puesto a imaginar qué aspecto tendrían aquellas caras contraídas por la angustia del sexo— y, de pronto, notaba como si una mano de ciego le recorriese delicadamente los rasgos de la cara. Ha perdido, claro, muchas neuronas a lo largo de su vida, pero las que le permiten reconocer a un viejo amigo siguen intactas, o casi.
Ha bebido mucho, sí, aunque gracias a la acción de la cocaína puede decidir que se parecía a... a Juan Martínez.
No es que fuera exacto, no. Su recuerdo y el hombre que tenía delante eran morenos y de la misma estatura, pero no había parecido facial. La barba, blanca en algunas zonas, la telaraña de vasos sanguíneos rotos bajo la piel de la cara, no pertenecían al Juan Martínez de antes. Se trataba de algo más personal. De su actitud, de su mirada afectuosa y cálida que, cuando alguien le demostraba cariño, expresaba confusión:
—¡Pero Juan! ¿Qué haces tú aquí? —dice Garrett, después de que las palabras de Diana le confirmaran que era quien creía que era.
—Esta es mi casa —responde Martínez. Se había puesto en pie al llegar Diana y sus acompañantes, y avanzó en dirección a él—. No me digas que eres Patricio Garrett.
Su voz resonó en un silencio que resultaba ensordecedor. Todos los presentes han quedado callados. El disco que sonaba, ya no lo hace.
—¿Es que tanto he cambiado? —Garrett tuvo que humedecerse los labios para volver a hablar.
—No tanto como debieras —dice Martínez, y de una forma tan absolutamente segura y solemne, que es imposible ponerlo en duda—. Eso es lo que hace difícil reconocerte.
Se abrazan murmurándose algo. Ninguno de los entendió lo que dijo el otro, pero al observarles, Diana cree que se quieren.
Hay presentaciones. Saludos más o menos cálidos. Frases más o menos ingeniosas o malévolas. Breves explicaciones entrecortadas de Diana más o menos claras. Embarazo clarísimo de Ruiz en presencia del par de profesores de literatura –uno de ellos también poeta—, y del novelista tan conocido y del funcionario cultural y de las diversas mujeres. Algunas guapas. Otras con aire de independientes y competentes en sus asuntos. Casi todas de punta en blanco. Teatrales, estrafalarias las más. Pero sobre todo, Guillermo Ruiz se siente confuso al encontrarse cara a cara con el editor estrella del momento, Juan Martínez.
—¿Cómo te van las cosas? ¿Cuándo has vuelto? —pregunta luego Martínez a Garrett en un aparte, poniendo una cara especialmente complicada.
Las conversaciones se han reanudado. No así la música.
—Es una larga historia llena de episodios no publicables —empieza Garrett, y no sigue. Martínez le ha dejado con la palabra en la boca.
—Perdona un momento —dijo, y pierde el culo (en versión de Garrett) dirigiéndose a atender a un hombre que acaba de llegar con mucho retraso, disculpándose.
Es alguien importante, investido de poder, estatus, prestigio. Garrett recuerda perfectamente que era un periodista que nunca tuvo problemas con la dictadura. Le mira sin saludarle. Y hay una gran diferencia entre no saludar a una persona simulando no verla, y mirarla y negarse a reconocerla.
Correspondido de igual modo por el actual director de uno de los diarios más importantes del país, Garrett está desconcertado, mareado.
Observa que Martínez ha engordado y, cuando le ve pasar un brazo por encima de los hombros de Diana, piensa que dentro de muy poco —¿no ya?— existiría con él la usual dificultad de creer que tenga sexo una persona de aspecto tan respetable.
Se pregunta: ¿También parecerá que el cielo se ha desplomado sobre mí? Tengo la misma edad que la mayoría, y estoy hecho polvo —y es como un toro bravo que acepta la fatalidad del círculo, y se instala en los medios sin tratar de romper el círculo saltando en huida la barrera; o de eliminarlo aquerenciándose en el reducidísimo espacio de terreno donde puede defenderse mejor.
Casi no consigue sonreír con amabilidad cuando Adolfo Palacios, un antiguo conocido, le vuelve a dar un caluroso —demasiado caluroso, en opinión de Garrett— apretón de manos.
No le gustan su aire de suficiencia, su rostro rojizo, el color indefinido de su pelo, al presentarle, luego, a su mujer, que sí le gusta. Se llama Marta y tiene un rostro gracioso, sin ningún atisbo de solemnidad interior. Sonríe de modo deslumbrante. Y lleva un vestido tan ajustado que parece pintado sobre su cuerpo.
—¿Cómo es que se ha dignado a visitarnos el más insigne representante de la literatura española viva en los USA? —dice Palacios, y a Garrett le da la impresión de que ha hablado con la arrogancia que utilizan las personas que piensan que son más que tú y consideran que tienen que demostrarlo todo el tiempo.
—Un literato no representa a su país, Palacios —responde Garrett—. Ningún artista es una figura más representativa de su país que cualquier otro —y observando que la mujer de Palacios escucha atentamente, y que cuanto más seria se ponía, más parecía una niña jugando a ser mujer y más le gusta, añade dirigiéndose a ella—: Si el artista representa algo, no es más que a sus propias neurosis ridículas.
—No has cambiado nada, Garrett. Toda la vida has tenido un modo de empezar las conversaciones que las termina —y Palacios, que ha soltado una sonrisa desdeñosa, piensa que habla así porque está resentido. Tampoco le invitan tanto a representar la poesía española en actos públicos y mesas redondas. Lo sabe perfectamente porque es él quien dirige el departamento del Ministerio que se encarga de coordinar esas cosas.
—Además, he dejado de escribir —termina Garrett humildemente, como tratando de atemperar la anterior salida de la que ahora se avergüenza.
—Es una pena. Todos esperábamos, esperamos de hecho, tanto de ti —y Palacios es sincero, aunque no cree a Garrett. Siempre ha sido un excéntrico y, por si fuera poco, hoy duda de si en realidad estaba hablando con él o con el alcohol del que, evidentemente, ha abusado.
Se han sentado a cenar y Garrett está enfadado. No, de ninguna manera quiere cargar con esa responsabilidad, esa esperanza que, según Palacios, representa. U na compensación de sus fracasos o cobardías, presentidos o actuales. Como los míos —se lamenta—, que no quieren dejarme que tenga. Insisten, insisten para que me convierta en lo que ellos quieren.
Y, de pronto, cae en la cuenta de que ha ambicionado cosas, ha experimentado todo tipo de disparates, melancolías, nostalgias. Ha anhelado ser lo que no podía ser. Y, sin embargo, aquellas fantasías resultaban triviales comparadas con el deseo y necesidad de dinero actuales. Sí, también desea a algunas mujeres —a Diana, a la mujer de Palacios, cuyos ojos se encuentran constantemente con los suyos—, pero le daba la sensación de que nunca ha ambicionado a nada ni a nadie del modo en que esta noche ambiciona el dinero.
—Ha llegado hoy mismo de Nueva York —repite Diana, que se sienta a su lado, a un hombre del otro lado de la mesa. Este, un especialista en literatura infantil, comenta algo de que conviene que los niños lean los libros adecuados para su edad—. Cuando yo era pequeña, nunca me daban a leer cosas específicamente escritas para niños —y resultaba difícil saber si se trataba de una queja, o Diana quería decir: «Y fue una suerte.»
—Los norteamericanos padecen una deficiencia innata de la comprensión de la literatura —está explicándole a Ruiz, que asiente con entusiasmo, un profesor y poeta, con el tono de quien pone los puntos sobre las íes—. Y esperan remediarla engullendo enormes cantidades de datos inútiles —su rostro es absolutamente indigno de confianza y su voz casi se hace solemne.
—Condúcete sin temor y sin iniciativas, aconsejó don Juan de Borbón a su hijo, el futuro rey Juan Carlos primero —dice otra voz de sonido fibroso y duro. La del director del periódico, que se expresa con una seguridad insoportable, tratando de monopolizar la conversación.
Después de esta última opinión —que el periodista se expresa con una seguridad insoportable—, que Diana dijo en voz muy baja, Garrett comenta:
—Según la vieja ética de Confucio, no es de buen gusto protestar o dedicarse a la política.
Habló demasiado alto, por lo que se clavan en él, que casi no ha probado la comida, varias miradas desaprobadoras.
—Esa novela no resistirá la prueba del tiempo —dice, casi a gritos, el famoso novelista. Ve y siente la aparición de un libro (y su publicidad) con gran atención, y piensa que los lectores están sometidos a la misma intensidad de recepción.
—Hay que dorar la chalota picada. El salmón se rehoga por ambos lados y se moja con vermut blanco, y nata —explica a Martínez, con voz metálica y nasal, una mujer guapa que se comportaba como si continuamente hubiera que felicitarla.
——En lugar de llamar censura al proceso según el cual el estado limita la expresión artística, se llama posibilidad de viabilidad comercial —el barítono con mucho trémolo que ha dicho esto, lo dijo con total autoridad, estableciendo una posición tan acertada, que cualquiera que pensase de otro modo, estaba sencillamente pasado de moda.
—Sí, sí —asiente entusiasmado Guillermo Ruiz, tenor heroico, brillándole los ojos.
Aunque no se sienta a la altura de unas personas como aquéllas, acostumbradas a que las miren y escuchen, considera que fingir que uno sabe desenvolverse en cualquier ambiente es signo de personalidad. Disimula, por tanto, su desconcierto y disfruta siendo testigo privilegiado de los actos y palabras de unas estrellas que hacían lo que era normal en ellas: brillar. Crean así un mundo donde los intereses de uno no le importan a los demás, y la ganancia de uno, es inevitablemente pérdida de otro.
El mismo equilibrio de terror impersonal que regulaba la vida de la selva al principio de los tiempos —opina Patricio Garrett, que no es un hombre sabio que participe apasionadamente del juego de la vida, pero al mismo tiempo se mantenga ajeno a él; libre de los compromisos emocionales y lazos materiales. No, Garrett siente un desagrado visceral y le entran ganas de vomitar... aunque podría ser que, simplemente, su cuerpo no soportara más alcohol.
Entonces ya habían terminado de cenar, Garrett se ha dejado caer en una butaca y su mirada es de agotamiento, de no poder con el cadáver que lleva a cuestas: el propio. Había olvidado lo cansado que estaba y agradece aquella oportunidad de descansar, mientras gotas de sudor frío empiezan a cubrirle la cara... pero los puntiagudos trozos de hielo que le pinchan el estómago no muestran signos de que se vayan a fundir.
Бесплатный фрагмент закончился.
