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OTRA MÁS
Autora: María Cordella Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl info@editorialforja.cl Primera edición: Agosto, 2021. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
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Registro de Propiedad Intelectual: N° 2021-A-3788
ISBN: Nº 9789563385335
eISBN: Nº 9789563385342
A Campbell
Uno
Se hacía de noche. La llovizna fina enterraba el sol del atardecer.
Un griterío creciente sorprendió a los que festejaban la Independencia nacional en esa feria. El alboroto se hacía alarmante, la turba descendía despavorida. Cientos de personas escapaban de algo, no se sabía de qué. La estampida levantaba una polvareda que confundía la visión. El tumulto crecía. El polvo, la oscuridad del atardecer. Los gritos. Nombres propios repetidos una y otra vez.
Estaba obscuro y la llovizna fina se transformaba en bruma densa.
Un hombre aferrado al manubrio de su camión apretaba el acelerador con fuerza. Descendía zigzagueando por la ladera del cerro y la velocidad aumentaba con la pendiente. La bocina no funcionaba. El camión avanzaba, se desencajaba acelerado. El copiloto intentaba cobrar una antigua deuda que el chofer se negaba a saldar. Se trenza una gresca entre ellos. Manotazos van y vienen. La furia empaña los vidrios, disloca la caja de cambios, afloja los viejos frenos. Van ebrios y ya ciegos. El chofer lanza fuera del camión al que era su compadre. El vehículo se deja llevar por la fuerza de gravedad que dirige el curso de los hechos, la gravedad de los hechos.
El camión seguía en su curso errático y entonces fue el chofer quien asustado saltó fuera de la cabina justo antes que la mole rodara sin dirección. El vehículo tomaba así a los festejantes y los tiraba lejos o los aplastaba a su paso. Muchos alcanzaron a correr. Otros se refugiaron en los locales. Algunos, lejos de allí, no se dieron por enterados. Una amplia grieta en la tierra, húmeda por la lluvia, logró parar la estampida.
El chofer se dio a la fuga.
Dos
La familia Casas no se perdía los festejos anuales del Día de la Independencia. La esperaban cada primavera y esta vez pensaban curiosear una nueva locación a los pies de la montaña. Minutos antes de la estampida paseaban por el pasillo central. La hija mayor de la mano de su novio quinceañero, más adelante, la madre del brazo de la abuela y la pequeña de cuatro años sobre los hombros del padre, más atrás. Habían subido la ladera y decidido volver abajo en busca de un local más silencioso.
El aire helaba la nariz.
El vendedor de burbujas agitaba la botella de jabón, el loro del organillero derramaba sobre el suelo papelillos de la suerte, mientras decenas de volantines se empinaban a la distancia.
Había olor a carnes asadas y a fermentaciones de frutas.
Y bulla, mucha. También alcohol, por supuesto. En todos los locales y en todos sus grados. Infaltable en la fiesta de la Independencia.
La llovizna fina continuaba. Alguna señora protegía su peinado usando la cartera de paraguas.
La escena, esta escena, se enquistaba en el siglo pasado. Segunda mitad de los setenta. Cuando padres, abuelos y tías circulaban juntos entre los puestos de la feria y jugaban con sus niños a derribar suaves peluches o erguidos soldados sobre tablones de madera. Se disparaba a patos metálicos porfiados.
La nueva feria atraía más gente que lo habitual. El país mostraba un repunte económico y esa esperanza de bienestar aflojaba el presupuesto y hacía cundir la alegría.
El municipio había asignado ese espacio para la fiesta nacional esperando no tener problemas con la pequeña pendiente de la ladera. Se dispuso que el estacionamiento de los locatarios estuviera arriba del terreno y que abajo fuera el del público. Al centro: dos hileras paralelas de luces coloridas demarcaban la amplia avenida de transeúntes.
En los locales, los parroquianos bailaban corridos o cumbias. En dos o tres las orquestas tocaban en vivo. Comían carnes encebolladas y chorizos en pan francés.
El frío de esa tarde obligaba a saltar, a moverse rápido, a buscar abrigo en algún mesón. Los clientes cerraban sus chaquetas; guardaban sus manos en los bolsillos y levantaban las espaldas para proteger el cuello del viento helado del atardecer.
El padre de la familia Casas, minutos antes, había tropezado y decidido, por seguridad, bajar a la niña de sus hombros. La llevaba tomada de la mano con firmeza cuando empezaron los gritos y la batahola, pero en el desorden alguien la había empujado y soltado de sus dedos. Por un momento la perdió. No lograba verla adelante y desesperado se volvió a buscarla. Supuso que estaría asustada entre tanto grito y desorden. Supuso que se quedaría quieta cerca del lugar donde se habían separado. No lograba encontrarla mientras todos los Carlos llamaban a sus Beatrices y los Juanes a sus Marías y los Luchitos a sus mamis y las Clauditas a sus mijos. Las suegras rezaban en voz alta. Los chicos y los grandes corrían atemorizados, abriéndose paso para escamotear la máquina que se venía encima. Y la bruma que borraba el instante. Escapar, escapar que a más de alguien va a matar, pensaban los clientes. Más confusión y polvo y bruma. Y así fue que en la oscuridad se perdió la mole y llegó el silencio. ¿Estamos todos? ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Dónde está el papá? No encuentro al papá. ¿Y la Clarita? ¿Dónde está la Clarita?
La mujer madre vio el cuerpo de su marido de espaldas tumbado sobre el camino. Aliviada supuso se levantaría por si solo una vez que pasara el susto. Entonces giró la cabeza de un lado para otro y gritó: ¡la Clarita! Busquen a la Clarita. La hija mayor de 14 años ya había visto que bajo el cuerpo del padre se asomaba la manito de su hermana de 4 años. Los puños estaban entrelazados, pero ninguno de los dos se movía. Tampoco se oían quejumbres. La había encontrado, la había protegido. Abrazados sobre el polvo de esa calle improvisada estaban entrelazados, inertes, callados. La hija mayor también se quedó sin voz. Sencillamente no le salía sonido alguno de la garganta para avisarle a su madre la tragedia. Ya había caído en cuenta de la desgracia. La mujer madre corría de un lado a otro con la trayectoria ilógica de un insecto encerrado. Corría sin plan, sin razón.
Fue una desconocida quien la abrazó y esperó hasta que ella comprendiera.
Que comprendiera lo que no se puede comprender.
Sin frenos un camión desbocado ladera abajo llevaba un deudor y su cobrador en lucha encarnizada.
Avanzaba atropellando lo que hubiera a su paso.
Y se fugó.
Tres
Dos días después sería el velatorio. Los cuerpos pasaban por el Instituto Médico Legal quien debía certificar la muerte por accidente. Llegó mucha gente a saludar. Un cajón negro y otro blanco. Uno grande otro pequeño, uno al lado de otro. Todos interrumpieron sus días de asueto. La mayoría había salido de la ciudad ya que ese año las festividades coincidían con un fin de semana extendido por dos días sándwich.
Hubiese podido ser un largo descanso.
Llegaron los amigos y colegas del padre que era profesor de lenguaje en una escuela. Amigas y colegas de la madre que era contadora part-time de un molino. Y los amigos y compañeros de la hija mayor. También apoderados del colegio donde estudiaban las niñas. Los asistentes se preguntaban de qué vivirían las sobrevivientes. La madre ganaba muy poco.
Alivio. Existía un seguro de vida.
El velorio se hizo en casa. Se sacó la alfombra del cuarto de estar, se corrió la mesa del comedor y allí se dispusieron los ataúdes, las velas y las decenas de coronas enviadas en nombre de las escuelas, el molino, los centros de apoderados y otros parientes. El párroco vecinal se disculpó por falta de espacio en su capilla ese fin de semana.
–Usted sabe, señora, las fiestas de la Independencia siempre han aumentado la tasa de mortalidad. Accidentes, infartos, ausencias del personal de salud en las postas.
También se disculpó el padre Pedro, capellán del grupo de Acción Social, comunidad donde participaba la hija mayor. El padre Pedro, eso sí, se comportó a la altura de las circunstancias y no se movió del lado de la viuda.
De tanto en tanto la abrazaba y le repetía:
–El Señor le dará consuelo.
Avemarías y padrenuestros apoyados en la frecuencia de un rosario dieron un ritmo a las visitas. El padre Pedro se lo encargó a una piadosa apoderada. El círculo de cuentas dio varias vueltas. Algunos se unieron a las letanías. Los jóvenes, en cambio, prefirieron salir al patio. No faltó una risotada inmediatamente acallada por otros. A eso de las diez de la noche se decidió finalizar la romería. Se citó temprano para los ritos funerarios en la iglesia.
La madre, de falda y chaleco negro, solo miraba al suelo y callaba confundida. La hija mayor conversaba y trataba de sonreírle a sus compañeros. Ninguna se había lavado el pelo, ni ordenado las camas. La ducha había sido rápida. Los ataúdes hubo que recibirlos muy temprano.
Esa noche las amigas más cercanas de la hija mayor decidieron quedarse a dormir con ella. El grupo de amigas quería acompañarla esa noche. No la dejarían sola. Dormirían todas juntas. Consiguieron permiso de sus padres para quedarse. Tres amigas del barrio y tres del colegio. Una de ellas, la del colegio, era su mejor amiga, quien la había invitado al grupo de Acción Social.
En el último momento también el jefe del grupo de la Acción Social decidió quedarse, para apoyar en el dolor a la familia. Era un hombre atlético, moreno, de veinticinco años que trabajaba en un negocio familiar y estudiaba historia en la universidad. Era muy querido en la familia Casas. Muy cercano al padre muerto con el que compartía el gusto por el fútbol y el acontecer nacional. Había apoyado a la madre en los trámites del velorio.
–Marita, yo la llevo a sacar los certificados al Médico Legal.
La llevó, la trajo, la abrazó cuando se los entregaron. También fue a la funeraria para contratar el servicio de transporte de los ataúdes. Organizó la misa fúnebre.
–Tú que eres la mejor amiga de la hija mayor de esta familia hazte cargo del coro. Cantas y tocas guitarra. Por favor, pídele a unos cinco más que hablen en la misa.
–Marita, yo le escribo en un papel lo que tiene que leer mañana en la misa, usted descanse. No se preocupe –tranquilizaba a la madre viuda.
La pieza de la hija mayor estaba en un segundo piso junto a un baño, la otra la ocupaban sus padres. Era la típica mansarda de una casa tipo A, de moda en esos años.
Que el jefe de grupo se quedara esa noche y compartiera la pieza con las amigas de la hija mayor no le preocupaba a nadie.
El hombre era confiable y sabía cuidar.
Cuatro
El padre de la hija mayor había soñado con una educación europea para sus hijas. Le parecía que estar cerca de una cultura que había producido los más grandes músicos, pensadores, pintores les daría a sus hijas la noción de armonía y belleza. Era amante de la ópera. Finalmente, ese año, con un trabajo extra de corrector en una editorial, se permitía pagar un colegio así. Pronto la hija mayor se hizo popular entre los veinte compañeros de curso y muy amiga de la mejor en matemáticas.
Entre ellas se ayudaban en los estudios. Para una eran los números para la otra las letras. Lo pasaban muy bien juntas. De reír y conversar acerca de compañeros y profesores, pasaron a preguntarse por la trascendencia de la vida y a compartir sus sueños para el futuro. Una se veía haciendo caminos, puentes, edificios y la otra quería conocer las profundidades del alma humana. Las dos leían poesías. Mistral les parecía misteriosa, Vallejo: limpio, Neruda, de metáforas arrogantes, Parra, cotidiano y genial. En sus conversaciones se sentían críticas de arte y literatura y no dudaban de sus apreciaciones. Monolíticas y triunfantes definían los textos dando cortes afilados. Benedetti, lúdico, Mutis, profundo. Paz, demasiado teórico.
Enjuiciaban con la libertad demoledora de los catorce años.
Se hicieron mejores amigas. Leían sus diarios de vida; bailaban y ensayaban las coreografías de las canciones de moda, se maquillaban cuando iban a las juntas con los chicos.
En la escuela de las niñas el padre Pedro hacía las clases de ética y religión además de reclutar voluntarios para su exitoso grupo de Acción Social. Éxito que probablemente se debía más a las fiestas y los paseos que a las reflexiones espirituales semanales de los equipos.
Se preparaban dos servicios comunitarios al año. Uno continuo durante el año en poblaciones urbanas pobres y otro en el verano en comunidades rurales. Las misas dominicales del grupo ya no se cantaban con flautas sino con un bajo y una guitarra eléctrica. En las más alegres, un bongó.
En el grupo participaban jóvenes de diferentes lugares de la ciudad. Era reconocido por el entusiasmo y diversidad.
Las amigas decidieron ingresar y probar. Se veía entretenido.
Quedaron en equipos diferentes. Sus respectivas jefas de unidad las presentaron a los jefes de grupo y fueron aprobadas. El grupo de Acción Social completo era numeroso. Contando todos los jefes de equipo más los jefes de las unidades de educación y construcción, llegaba a las ochenta personas.
El servicio anual se preparaba durante todo el año. Albañilería, gasfitería y pintura, por una parte; psicología, manejo grupal y educación por la otra. Para todos era un crecimiento espiritual y desarrollo personal.
Los jefes de grupo y unidades eran elegidos cada dos años entre los más grandes. Les gustaba reelegirse, aunque el recambio ocurría en forma natural una vez que las exigencias de las carreras universitarias ganaban la partida entre el deber y el querer. El asesor espiritual era el único personaje estable.
El verano siguiente al accidente las amigas quedaron en funciones separadas. Una reforestaría plazas mientras la otra haría talleres para niños y padres. Durante esas tres semanas se encontrarían solo en fogones y juegos nocturnos.
El grupo ofrecía una adolescencia tranquila y estimulante: amigos, sentido, tareas, logros y desafíos.
La mejor amiga de la hija mayor editaba además un boletín quincenal donde se publicaban reflexiones de los equipos; datos relativos a construcción, manejo de vegetales para las plazas que reforestaban. Sumaba poesía mística y algún artículo copiado de otras revistas. El padre Pedro era un excelente columnista y era el editor general. El boletín circulaba gratis entre los miembros del grupo durante el año.
El grupo era una comunidad segura y generosa para crecer con alegría.
Se colaboraba y se competía.
Se aprendía y se enseñaba.
Eran felices.
Cinco
La noche antes del funeral fue pesada, silenciosa. Una pijamada sin música, ni chistes. A eso de la medianoche se apagó la luz.
Cada cual durmió como pudo.
La mejor amiga de la hija mayor se enfiló dentro de su saco de dormir con su habitual pijama de franela celeste. Hacía frío. Todos se situaron donde consiguieron: cada uno cerca de otro.
El jefe de grupo se acostó cerca de la puerta, despegado del grupo de amigas, a una distancia prudente. La mejor amiga de la hija mayor quedó ubicada en ese confín. Durante la noche le pareció sentirlo arrimado a su espalda. Pensó que era una noche helada y que mientras dormía se habría desplazado buscando calor. Eso haría cualquier animal en la cueva de su manada, pensó. En otro despertar, el brazo del hombre se estiró y se apoyó en el cuerpo de la niña. Ella dormía enrollada para guardar el calor. Tuvo un micro despertar y no logró descifrar si los movimientos eran casuales. Abrió los ojos y esperó alguna señal. ¿Estará dormido o despierto? Tal vez es alguien que se mueve mucho de noche, pensó, tratando de tranquilizarse, pero igualmente una especie de alerta no la dejaba bajar los párpados y la mantuvo en tensión. Sostuvo el aliento para no despertarlo. No quería que se diera cuenta de que ella dudaba de ese brazo inoportuno. Volvió a cerrar los ojos e intentó dormir. El hombre se giró y finalmente quedó de espaldas a ella. Entonces se relajó y se durmió. En su próximo despertar la mano del hombre estaba en sus pechos. Inmóvil, casi no podía o no quería respirar demasiado. El corazón le latía fuerte. ¿Qué hace este hombre? Una sustancia desconocida invadía endotelios, mutaba un equilibrio, punzaba como minúsculos alfileres. Deseaba escapar, pero estaba como enterrada en la arena. Si se movía, tendría que hacerlo con un impulso de tal magnitud que la sacara de un solo tirón, si fallaba en la potencia quedaría aún más enterrada.
Y tuvo que decidir. Sabía que cada segundo contaba.
Para salir tendría que gritar, despertar a todas, confrontar. Hacerse protagonista de esa noche. Encontrar aliados, sostener la incredulidad de otros. Pero ¿y su amiga? Esa noche, la tragedia no le pertenecía.
Si callaba, el mundo seguiría siendo un buen mundo para los que allí dormían. Solo ella reconocería la farsa. Al callar, algo importante se perdía. No sabia bien qué era eso, tal vez era como una luz, una tierra firme o tal vez una melodía.
Si se levantaba y hacía un escándalo ¿quién le creería algo así? Probablemente ella sería vista como la culpable y no él que era muy querido y admirado mientras ella era callada y menos amistosa. Nadie aceptaría culparlo. Se armaría una trifulca de proporciones. Quizás pensarían que no toleraba que fuera la amiga quien se llevara la atención de todos o tal vez el propio jefe diría que era su imaginación, que era ella quien sentía ese tipo de deseos hacia él.
Y a él le creerían.
Le creerían más que a ella.
No, no se podía protestar eso esa noche. El foco estaba sobre esos dos cuerpos que esperaban sepultura. Hubiese quedado como una mentirosa o una loca.
No era justo, nada era justo.
Seguía inmóvil, con el oído aguzado, los ojos muy abiertos. Rígida. No le gustaba esa mano, era cargante, insistente y estaba fuera de lugar. Esa mano debería estar allá, no acá, pensaba con rabia. Mano intrusa, mano ilegal. No está pasando, no está pasando. Es un error del jefe. Seguro que si el tuviera conciencia pediría disculpas. O tal vez se trata del desorden que deja la muerte. De la interrupción de ciertas disposiciones que reglamentan la convivencia. Claro, todos en una misma pieza en un día de dolor. ¿El jefe se habrá confundido con la pena?
Como fuere, ahí seguía el brazo pesado, la mano que toca donde no se toca sin preguntar. No le gustaba este corre, corre, sobre su piel. Se sentía tan incómoda que a pesar del intento que hacía la razón por controlar el miedo, el cuerpo se iba endureciendo, se iba haciendo insensible, se retiraba lejos de esa mano. ¿Qué hace ahí esa mano? Nadie la había advertido, nunca había escuchado ni leído acerca de algo así. ¿Sucedía a menudo? ¿Era normal? La mano intentaba despertar en la piel algo que se sentía como pastoso, revuelto, oscuro. Y la piel reaccionaba queriendo invaginarse, replegarse. Hacer desparecer todo montículo, regresar a la infancia.
Sí, aplanarse. Ser una llanura infantil.
No sabía cómo escapar, cada momento era más difícil hacerlo. Una tela de araña pegajosa, maloliente, se iba tejiendo sobre su piel y la cementaba mientras esa mano exploraba la superficie de su planeta. Respiraba agitada y tenía la taquicardia del prisionero torturado. La fina tela que su propio cuerpo creó esa noche se fue secando rápidamente hasta hacerse cemento áspero y duro. Un cemento salvador que logró separarla de esa mano intrusa.
Esa fue la solución.
La mano no logró abrir a destiempo los cerrojos de la intimidad y la infancia creyó continuar. La tragedia de ese día de la Independencia nacional siguió sosteniendo el foco en la muerte de un padre y su hija. No hubo desvíos inconvenientes del sentido. Esa noche se velaba dos muertos, no era una noche para incomodar a los deudos. A ellos se los acompañaba, se los consolaba. Ellos eran las víctimas del destino, no ella.
Así fue como protegió el sentido. El común. El sentido de todos. Perdiendo parte del propio.
La taquicardia aflojó en la medida que el cuerpo fue alejándose de sí mismo y ya sin rabia, sin vergüenza, sin miedo llegó a sentirse como un ángel luminoso y asexuado. Solo que ese ángel estaba confundido. ¿Porqué al eliminar el cuerpo cuesta tanto razonar? ¿Qué se hace cuando la barbarie se presenta en un momento y lugar donde no se puede escapar?
No sabía de esos procedimientos.
Tenía catorce años. Había mucho que no sabía.
El jefe, en cambio, experimentó el poder de su seducción. Convencido de que ella cedería ante tanta atracción. Se sintió hermoso, elegido, triunfante. El poder le llenó cada espacio intercelular, le inflamó todo músculo y la propia imagen se elevó. Sintió que esa noche ya la amaba con toda la fuerza que un hombre puede amar a su musa.
Porque ella al dejarlo hacer lo dejó preso en su fantasía omnipotente.
No pudo desarmarle el hechizo grandilocuente que lo empujaba a actuar.
Su miedo le dio el pase.
No solo el de lo vivido esa noche sino el miedo heredado de generaciones de mujeres sometidas a ese sentido común.
Ese miedo de fondo heredado de las madres, ese canto de tonos bajos que amenaza la canción de la vida. Pensó que si no lo enfrentaba y lo dejaba creer en su triunfo él no la dañaría.
Así, un rato más tarde, lo sentía dormir y se tranquilizó. Había aprendido que se podía olvidar lo incómodo y también se durmió.
Pero las inflamaciones son un proceso en cascada y se toman un tiempo antes de ceder. Y en este hombre no había terminado. Le tomó la mano y la puso sobre sus genitales. Ella tocó algo duro, suave, desagradable, muy desagradable. Él le guiaba la mano para que lo frotara. Ella se resistió. Yo no quiero esto, no entiendo la razón. Su cuerpo de niña se hizo piedra, rígida otra vez. El recién inaugurado tejido encementado se irguió para hacerse muro. ¿Por qué quiere que le toque ahí? ¿Por qué ahí? No entendía.
Tenía catorce años, no sabía. Había mucho que no sabía.
No recordaba historias que explicaran algo así. No encontraba las palabras que pudieran socorrerla en una situación como esa.
De pronto apareció un mantra: ya pasará, ya pasará. Sh, sh. Una repetición que de tanto sonar producía el vaivén de una cuna.
Tenía catorce años.
Soñaba con salvar el mundo.
No sabía de qué.
Seis
Al día siguiente y luego de los ritos fúnebres, el programa de la Acción Social siguió su curso. Se reprogramó la jornada antes planeada para dos días, en solo una tarde larga. Se seleccionarían y distribuirían las tareas para ese verano. La mejor amiga de la hija mayor había ofrecido el campo de su abuelo para esta reunión extensa. Se ubicaba a pocos kilómetros de la ciudad. Sus padres solían ir los fines de semana y los esperarían con un carnero al palo para el almuerzo y caballos para pasear.
El padre de la mejor amiga de la hija mayor atendía las plantaciones de nogales y guindos. La propiedad pertenecía a la familia de la madre hacía tres generaciones desde que el bisabuelo la adquirió con ahorros traídos de Europa en su inmigración. La madre la heredó de su propia madre y ahora su marido era quien se encargaba de mantenerlo productivo.
La madre de la mejor amiga de la hija mayor cuidaba de sus tres hijos y el marido. También del jardín de la casona. Le gustaba pintar al óleo y además atendía una pequeña fundación que ayudaba a madres adolescentes. Otro asunto que la ocupaba durante el año era la fiesta de la Virgen de Lourdes, su vestuario y la pequeña capilla construida bajo un añoso molle en el jardín del patio interior.
Para la Acción Social había mucho que planificar ya que viajarían tres semanas durante el verano.
El jefe de grupo se preocupó de llevar en su auto a los otros dirigentes del G5, como se hacía llamar el equipo de líderes mayores que estaban a cargo las unidades. Eso sí antes de hacerlo esa mañana se acercó a la mejor amiga de la hija mayor con cierta amabilidad distante. Te llevo. No, gracias, fue la respuesta. Una interacción trivial. Como si no hubiera ocurrido nada durante la noche. Un punto en el tejido del grupo se había soltado y ahora ¿esperaba unirlo a la trama olvidándose del incidente?
Le preguntó por el boletín. Que no olvidara llevarlo, que leerían una lectura para reflexionar y que luego ella daría un resumen anual de la publicación. Ella no era aún ni jefa de equipo ni menos de unidad, pero estaba invitada a estas reuniones del G5 por ser la directora de redacción del boletín grupal, un cargo clave dentro de la organización. Lo realizaba muy bien pese a sus catorce años.
No era cómodo compartir con los mayores del grupo. Solían hablar temas que ella desconocía y quedaba excluida y arrinconada. Entre ellos competían como felinos por su presa. Se gritaban si no se alcanzaba un acuerdo, golpeaban la mesa, aleteaban con gestos intimidantes. El jefe de grupo amenazaba con renunciar y terminaba por abandonar la sala si alguno lo contradecía. El padre Pedro solía convencerlo de volver y disponerse a negociar. Entonces se retomaba el hilo que él cortaba.
La reunión, al menos esta vez, sería en su casa de campo.
Hoy, eso, la aliviaba.
Intentaba organizar su cuerpo que extrañamente ni esa mañana ni esa tarde respondía a su esfuerzo. La pupila no regulaba bien la entrada de la luz. Y el sol parecía más brillante que de costumbre. Los brazos pesaban y tiraban del cuello. Las piernas querían estar plantadas como si ella fuera un árbol y no un mamífero deambulador, le costaba moverse. Las voces le parecían lejanas y ella misma parecía estar en otro lugar, como si ella y su cuerpo no fueran la misma cosa.
Le faltaba la alegría, eso le faltaba. No quería cantar como siempre, ni reír, ni aparecían sus típicas ocurrencias. Tampoco estaba emocionada por la presencia de sus amigos en el campo. Apenas comprendía que algo ocurría en ella, pero no sabía nombrarlo. Pensó que tal vez a esto se referían cuando hablaban de sexualidad. Poco había visto o leído y menos entendido. Solo que era algo prohibido, no compartible.
No se lo contaría a sus padres, eso estaba claro.
En realidad, no se lo contaría a nadie, nunca.
Olvidó llevar el último boletín como se lo habían pedido.
El jefe de grupo ya estaba allí con el G 5 cuando llegaron en bus ella y los nueve jefes de equipo que faltaban. La madre de la mejor amiga de la hija mayor sonreía y bromeaba. Dispuesta como siempre a atender invitados, maquillada y estilosa. El padre organizaba los caballos y dos personas ya disponían las muserolas para que comenzara el paseo antes de almuerzo. Era un hermoso día de primavera y la tarde empezaba. Se podrían haber encumbrado volantines o perseguido mariposas. La mejor amiga de la hija mayor hubiera preferido no ver a nadie ese día, pero jamás habría faltado al previo compromiso de recibirlos en su casa de campo.
Se dijo que habría paseo en su casa de campo y paseo habría.
Fraccionamientos, disociaciones, dislocaciones o cualquier tipo de desgarro interno no cuenta ante un acuerdo. Primero se responde, después se repara. Primero los otros, después yo, se decía orgullosa de sí misma.
El jefe del G5 invitó al grupo a reunirse en círculo bajo un sauce. Luego de una oración, agradeció el momento e instó a todos a hacer de esa tarde una tarde de trabajo en beneficio de las comunidades que los esperaban en el verano. El padre Pedro no pudo venir, dijo. Está acompañando a la familia Casas en su duelo. Recemos también por ellos, que llegue la paz y el consuelo a sus días. Luego acordaron montar en caballos un rato.
La mejor amiga de la hija mayor montó su caballo preferido y se fue quedando atrás sola. No sentía las ganas habituales de galopar.
El jefe de grupo en cambio tomó el caballo más brioso y hacía alardes de su facilidad para montar. Crecido hasta los doce años en un fundo que su padre administraba era ducho con las espuelas y las riendas. Luego, la familia emigró a la ciudad. Los escasos ahorros sirvieron para la compra del negocio en quiebra de un vecino.
El padre del jefe de grupo se dedicaba a comprar y vender libros usados. No se haría rico, dijo, pero daba para comer y pasear. El hijo lo ayudaba desde siempre y pronto, ya en la enseñanza media, fue él quien se hizo cargo del comercio literario. El padre se sentía cansado y quería jubilar. Su hermana no estaba interesada en esos intercambios y su hermano menor, menos aún.
El jefe de grupo compraba libros de ocasión y luego vendía a precios sin compasión. Frase que acuñó jubiloso para sí mismo.
Libros usados. Compraba y vendía.
Libros.
Usados.
La universidad, pensaba, era un accesorio tan prescindible que nunca terminó por recibir título alguno.
En el campo la yerba húmeda y tierna se asomaba desde la oscuridad del invierno llena de esperanza. Había llovido la noche anterior. Los cascos de los caballos se hundían en el barro. La mejor amiga de la hija mayor escuchaba el chasquido en la tierra como en un primer plano sonoro. Las voces, en cambio, especialmente la del jefe de grupo, se le alejaban y caían como un líquido lo hace por los bordes de una mesa.
Caían lejos, sobre otros planos.
Lejos. Como sonidos de otro lenguaje. Sin lograr decodificarse.
En el almuerzo hubo buen humor, anécdotas y risas. Al final del día se acordaron modificaciones al boletín que ahora incluirá una editorial del jefe de grupo. Además, sería obligación de cada grupo escribir dos columnas de reflexión social. Se incluiría la figura de una secretaria de grupo. Se invitaría a una chica de quince años con la que la mejor amiga de la hija mayor no era cercana. Era de un colegio que no conocía, de un barrio con olor a parafina y de costumbres extrañas como pintarse las pestañas con betún de zapato o dormir en el altillo del taller mecánico del padre. Además, en las fiestas le gustaba besarse con más de un chico por noche. La mejor amiga de la hija mayor prefería amigas más tranquilas.
Más puras, se decía a sí misma.
Se decidió invitarla a este grupo como una forma de encauzarla. Para contener sus desvaríos, según sugirió el padre Pedro.
La reunión transcurrió como siempre con los tres que más hablaban y los demás que callados acataban. El jefe de grupo era hombre de aspavientos y con el temor que infundía aceleraba los acuerdos, especialmente en los proyectos que él mismo proponía.
La mejor amiga de la hija mayor estaba tan incómoda durante esa reunión que fue torciendo el tronco hasta hacer desaparecer la figura del jefe de grupo de su campo visual.
Si hubiera podido borrarlo...
Lo borraba.
Siete
Se acercaba de nuevo el fin de año y con él la Acción Social anual de ese verano.
La hija mayor ya formaba parte del grupo de construcción y la mejor amiga de la hija mayor del de acción educativa. Cierta distancia se fue instalando después de esa noche de duelo. ¿La hija mayor habría querido más apoyo, tal vez? ¿La mejor amiga de la hija mayor no le perdonaba la cercanía que mantenía con el jefe de grupo?
Lo cierto es que ya no fue la misma amistad después del accidente fatal. Cada una buscó sus formas de supervivencia. La hija mayor recogía abrazos de quienes la querían y su mejor amiga se arrinconaba evitando contactos sociales muy íntimos.
Ese año se organizaron los padres del grupo de Acción Social para apoyar las actividades de los jóvenes. La madre de la mejor amiga de la hija mayor era muy entusiasta y el día del paseo a su casa de campo, el jefe la invitó a colaborar. Se trataba de una mujer insegura y dependiente, aunque simpática y sociable. El jefe de grupo se encargó de considerar su opinión, integrarla con los otros apoderados y darle diversas responsabilidades. De ese modo la fue acercando y haciendo su aliada. La madre de la mejor amiga de la hija mayor estuvo encantada de sentirse valiosa, necesaria e importante para algo más allá de su familia.
La mejor amiga de la hija mayor, en cambio, fue desapareciendo, se fue haciendo transparente conforme la primavera se iba haciendo verano. Ya no miraba a los ojos ni de frente, tampoco hablaba en público, no quería ir a juntas ni fiestas. Le empezó a costar estudiar y requería de más tiempo para comprender las materias escolares. Empezó a comer sin control y dejó de hacer danza. Subió de peso y eso la empujó aún más al anonimato. Se enrolló y escondió como caracol en su concha. No quería que la vieran ni ver a nadie. Se hacía y hacía a los otros transparentes. Sencillamente encegueció, no se veía a si misma ni a nadie. Tal vez por eso no se dio cuenta de cómo su madre se fue acercando al jefe de grupo. Se hablaban por teléfono, se juntaban en su casa o iban juntos a comprar los materiales que llevarían ese verano a la Acción Social. Reían juntos. El jefe de grupo la cautivó con su cercanía y con el ofrecimiento de un nuevo mundo, el mundo acotado, pero mundo nuevo y por explorar que significaba para ella ese comité de padres.
El año escolar terminó con un buen promedio para ambas amigas. “La hicimos bien”, dijeron chasqueando sus manos, intentando conservar algo de la amistad que las unía los años anteriores.
Estudiar y empeñarse tenía recompensa. Al menos esa relación causa-efecto funcionaba y daba seguridad. Se agradecía una lógica donde seguir apoyándose.
Ahora venía el mes de la Acción Social anual. Esta vez en una zona forestal al sur del país. Se decidió atender a los pobladores de varios villorrios dispersos entre las laderas de la montaña. El grupo de Acción Social educativa trabajaría con los niños y sus padres en las escuelitas rurales. Se organizarían competencias deportivas, talleres de canto, pintura, costura y cocina para niños y padres.
Cuando la mejor amiga de la hija mayor cumplió quince años, el jefe de grupo la propuso como nueva monitora. Ella supuso se trataba del reemplazo a la renuncia, a último momento, de la monitora anterior. Era confiable y responsable y dispuesta a tener su propio grupo. Estar a cargo la entusiasmaba y le daba ganas de vivir. Algo bueno estaba ocurriendo. Sería monitora de un grupo ese verano.
Nada podía darle más alegría que hacerse cargo de proyectos y personas. Se sentía importante, no prescindible, incluida.
Este desafío ponía a prueba sus capacidades, la conectaba con otras personas y le daba sentido a seguir en el grupo.
Bienvenido enero y la Acción Social.
Ocho
Los buses partirían esa mañana a las ocho desde la parroquia del padre Pedro. Los monitores llegaron a las siete y dispusieron la intendencia en la parte superior de los dos vehículos. Luego tuvieron una mini reunión de coordinación para ajustar los detalles del viaje. Cada uno iba a cargo de seis voluntarios. Eran cinco equipos para construcción y cuatro para educación.
La mañana era luminosa y las cabinas olían a limpio y a desodorante de lavanda. Ese año los padres contrataron un servicio de traslado más cómodo.
La mejor amiga de la hija mayor estaba entusiasmada. Llevaba preparadas varias lecturas bíblicas para reflexionar con su nuevo equipo además de novedosos juegos y detalles cariñosos como tarjetitas y bombones que repartiría al anochecer.
El jefe de grupo mientras fumaba se paseaba entre los voluntarios y los padres que los despedían. Daba órdenes, entraba y salía de los buses. Sabía que estaba siendo observado por todos y esas miradas atentas le inflaban las plumas de pavo real, lo impulsaban a salir de sus muy ocultas timideces. Fue así como justo antes que los equipos subieran a los buses y se instalaran en los asientos, la estrenada monitora escuchó su nombre desde la puerta uno de ellos. De lejos respondió:
–¿Para qué me necesitas?
El hombre agitaba y hacía un gesto de arrastre con la mano. Insistía una y otra vez haciéndose notar. No tuvo más que acercarse.
–Necesito preguntarte algo. Algo privado –dijo respirando inquieto con un toque de malicia en su rostro.
–No me parece buena idea que sea dentro del bus. –Se opuso la monitora con cierta desconfianza. No quería estar a solas con él.
–Es solo un minuto, acércate y te explico.
–Todos esperan subir y a los apoderados no les gusta esperar –dijo en voz alta sin entender cómo no comprendía que la situación no era la adecuada para asuntos personales.
–¡Qué importa! Solo quiero preguntarte algo –parecía impaciente y nervioso.
Se acercó entonces para terminar con el asunto lo antes posible. Ya algunos notaban cierta tensión en la interacción. Una vez en la cabina del bus vacío el hombre cerró la puerta y la llevó al final del pasillo.
–Te quiero decir algo importante. Estoy con ganas de tener algo contigo. Andar juntos es como pololear y compartir es siempre importante, aunque no se sabe bien cómo y de qué forma podría una cosa así producirse –dijo lleno de ambigüedades e incoherencias
La mejor amiga de la hija mayor no entendió qué quería decir con todo eso, pero se quedó otra vez inmóvil. Algo la borraba cuando estaba cerca de él.
–No creo que se pueda –dijo tímida.
El jefe de grupo la miró y se acercó. Intentó besarla.
Ella no había besado antes a nadie. Sorprendida intentó retroceder sin que él le soltara la cara del todo.
En eso estaban cuando dos encargados del comité de padres subieron al bus para aprobar el pago del arriendo del vehículo y vieron la escena final.
–¿De qué se trata esto? Los encararon.
Entonces él dijo:
–Somos novios, ¿qué hay de malo en despedirnos?
Los apoderados miraron a la mejor amiga de la hija mayor con desprecio. ¿No podía acaso comportarse con un mínimo recato? ¿A cargo de un equipo? ¿Del boletín? ¡Que chica más mal elegida! Esta escena sería comentada por los padres, distorsionada y aumentada a tal punto que la actividad mixta entre jóvenes apareció como una clara amenaza a la honra de sus hijas. Organizaron visitas al lugar durante todo el período de la Acción Social para prevenir desórdenes de este tipo. Los padres de la nueva monitora no supieron de esta escena porque andaban de viaje por esa fecha. Pero ella se sintió avergonzada. No le gustaba estar fuera de norma. La ponía incómoda. Mas encima ahora aparecería como la nueva pareja del jefe de grupo. Varios amigos los felicitaron y otros miraban, de lejos, con recelo.
No era la primera.
La encargada del boletín estaba sorprendida y confundida. Eran dos las sensaciones que alcanzaba a vislumbrar. Una, la sensación de rechazo que le generaba ese hombre muy mayor que ella y la otra, la oportunidad de sentirse protegida que esta propuesta parecía abrirle. Estaba confundida, no lograba aclararse hasta que pensó que una vez que se terminara la acción social de ese verano él se aburriría. Se va a aburrir de mí y se irá. Así es que no es necesario enfrentarlo justo ahora que vamos partiendo. Y decidió decirle que lo pensaría. Pasará, pensó, pasará, pasará, sh, sh.
Pero antes que ella instalara un plazo él la tomó de la mano, salió del bus y les gritó esta vez a todos:
–¡Estamos de novios!
En ese momento el público, que eran amigos de ambos, pero que ante todo deseaban dejarse guiar por su líder, los aplaudieron complacientes.
Entonces ella se dejó arrastrar sin protestar y sin oponer resistencia consciente. Para protegerse armó una burbuja en torno a su cuerpo que le aislaba la piel del contacto. Así no lo sentiría cerca. Sería como si no existieran esas superficies de contacto entre un cuerpo y otro. Dejaría su cuerpo mudo, en pausa, fuera de línea, pero dentro de esa esfera hechiza. Así podría protegerlo. Ella, se quedaría fuera de la burbuja. Tendría libertad para seguir pensando y haciendo aquello que sí le hacía sentido. Y el cuerpo, bueno, algún día lo recuperaría. Porque este enredo de ser la chica del jefe acabaría luego. ¿Qué podía retenerlo ahí? Saber que existía un plazo de término la tranquilizó.
Lo importante era que no se repitiera lo de la noche del velorio.
Él sentía que volvía a triunfar. Cada verano un amor.
Nueve
Al inicio de la Acción Social de ese año se dispuso que cada equipo viviría en la escuela o en la posta rural del pueblito donde harían el servicio. Al equipo de la mejor amiga de la hija mayor le fue asignada una casita de dos piezas, un acceso y un baño que funcionaba como centro de salud una vez al mes.
El caserío era disperso. Diez familias de antiguos leñeros vivían de la tala de unas cuantas hectáreas de bosque. Además del pago recibido por la compañía de celulosa agregaban ingresos de una cooperativa de producción de lana de conejo angora.
Los dirigentes de la Acción Social decidieron ese año cambiar la antigua fórmula del yo-sé-lo-que-te-falta por cuéntame-en-qué-te-puedo-ayudar-si-puedo. La participación de los lugareños incluiría a los niños. Entre todos harían el programa para esas tres semanas y así compartirían y aprenderían unos de otros. El boca a boca trajo más gente en la tarde que en la mañana. En el pizarrón se escribieron y borraron deseos, sueños y reales posibilidades. Quedó tanto en el tintero que hubo que tomarle fotos al pizarrón cada vez que se llenaba. Aparecían el agua potable, el grupo folclórico, el puente que uniera las colinas por lo alto, la micro semanal, el profesor estable, remedios para los más viejos. Al final se decidió que lo mejor sería hacer talleres para aprender a estar más sanos y reconocer enfermedades comunes para tratarlas a tiempo. El tiempo no daba cuerda para más. Se entendía que los temas eran un pretexto. El intercambio de conocimientos era lo entretenido. Hablarían de las yerbas medicinales, las recetas del pan amasado, así como de economía y educación. El locutor de la radio local creó un programa transitorio, Amigos que nos visitan, donde se respondían preguntas y contaban anécdotas de la zona. No solo de rancheras vive el hombre decía cuando incluía estas conversaciones entre canción y canción.
La nueva monitora y su equipo de tanto entusiasmo cantaban, bromeaban y creaban coreografías antes de meterse en sus sacos de lana para dormir. Ella compartía la pieza más pequeña con otra voluntaria y las demás descansaban en la pieza grande. Para comer usaban como mesa una antigua camilla sin ruedas que tenía la pintura blanca saltada.
Ese año los equipos quedaron tan desparramados como los caseríos. Tenían escaso contacto entre ellos. La risa, los chistes el guitarreo grupal eran para las tardes de domingo. Por lo mismo, las amigas no se vieron ni hablaron demasiado durante ese verano.
La hija mayor seguía de novia con el chico de siempre, aunque lo vio poco durante los trabajos porque las reglas del grupo prohibían que las parejas estuvieran en el mismo equipo de trabajo. Parecía que la ausencia y pérdida de su padre y su hermana no hubiera descuajado su corazón o no completamente o tal vez entre todos lograron repararlo. Seguía siendo risueña y simpática. Cantaba con su guitarra, celebraba los logros de sus amigos y bailaba en las fiestas.
Era muy querida por todos.
La comunidad elegida ese año quedaba muy lejos de algún centro de salud. Era el tema que más les preocupaba. Educación preparó tarjetas, papelógrafos, juegos, materiales para los conversatorios. Apareció la inquietud por saber de piojos y sarna. También de alcoholismo en los hombres y de la falta de leche para los niños.
El jefe de grupo con los jefes de unidades más el padre Pedro rotaban entre los equipos. Se quedaban en cada posta o escuela algunos días. Así podían asesorar y le daban al trabajo seriedad y ceremonia. Especialmente era el padre Pedro con su traje negro y su alzacuello blanco quien legitimaba el servicio con su sello eclesiástico.
Ese lunes llegaron por la mañana. El padre Pedro traía en su camioneta frutas y verduras para la semana. Se quedarían solo dos días ya que el lugar era incómodo y estrecho para tantos. Las voluntarias ofrecieron el piso del acceso, la camilla y un sillón para la pernoctación. Hubo recelo con la camilla. Al fin se distribuyó en el suelo a los del G5 y se le asignó el sillón el padre Pedro. Pero, el jefe de grupo se las arregló para quedar en la pieza de la nueva monitora y su compañera.
Inmediatamente la nueva monitora se sintió incómoda. Quiso cambiarse de pieza, pero nadie aceptó un trueque tan poco conveniente. Las otras habitaciones eran más grandes y luminosas. Bajó la vista y supuso lo que vendría. Otra vez no supo cómo salir. Atrapada otra vez. Si protestaba tendría que dar explicaciones. ¿Cómo iba a decir que su novio oficial, que además era el líder del grupo, pretendía con ella asuntos “extraños”? ¿Qué palabras se usaban para decir eso? ¿Y cómo se decía? Apenas podía darse cuenta de una revoltura desagradable que le recorría el cuerpo. También de la pérdida de voluntad, la pérdida de rabia. Algo se perdía con esa tela encementada con la que su cuerpo se podía proteger. Se sentía como esposada a una reja, atada con una cadena muy corta. Sin espacio para el movimiento. Desesperada, forcejeaba, pero mientras más tiraba, más la cadena apretaba. Era mejor olvidarla. Se sentía tan incómoda, tan fuera de su centro, tan desalineada con sus objetivos de ser generosa y solidaria con esta comunidad, que perdía la alegría. Una vibración sin sosiego la hacía temblar como luz de ampolleta a punto de quemarse. Esa vibración era la de un ritmo acelerado de escasa amplitud. Sacudía el cuerpo desde el centro, enlentecía los pensamientos.
No se le ocurrió que algo así pudiera compartirse o que se pudiera pedir ayuda, menos aún pensar que era posible soltarse. No habría sabido cómo explicar lo que le pasaba. Le faltaba como una organización para este tipo de pensamientos y sensaciones. ¿Y si se trataba solo de ser una egoísta que no abría su intimidad?, ¿o si tal vez solo le gustaba dormir de noche y que no la molestaran? No, estas cosas no sabría cómo hablarlas. El problema era que al callar el poder de ese dominio criaba tentáculos, avanzaba como planta de zapallo en la noche. Lograba pensar algo así, pero hasta ahí. Como si ese hombre supiera hacer un hechizo maligno que la bloqueaba. Un hechizo que solo operaba en ella o en otras como ella. Sabía cómo poner la cadena y apretarla al cuello. Inmóvil quedaba transformada en un trofeo.
Un trofeo.
Una copa metálica, sin corazón.
Esa noche el fogón terminó tarde de alumbrar trovas y chistes.
La mejor amiga de la hija mayor estaba muy inquieta con lo que suponía vendría. Se fue a acostar y se durmió rápido. Estaba cansada.
Por la noche la misma mano inquieta la exploraba, ahora quería ir más abajo que los pechos. Otra vez asentía a esa insistencia imprudente, a esa falta de respeto. Intruso. Ella esta vez le tomó la mano con fuerza y lo paró. Se dio vuelta muy enojada y esperó que él entendiera. En el siguiente despertar él la abrazaba por detrás y se movía cadenciosamente. Ella quiso zafar y él le tapó la boca y la apretó más fuerte. Ella esperó. No quería que su amiga se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Otra vez la paradoja oscura. Esta vez fue más rápido dejar su cuerpo. Se puso a pensar en los niños que conoció el día anterior, en las risas que brotaban durante los juegos, en cómo aprendían rápido y disfrutaban de lo novedoso. Planificó también un juego que harían en el bosque. Al fin el hombre resopló y se quedó tranquilo. Ella retomó el sueño.
A la mañana siguiente el jefe amaneció temprano y burlándose del padre Pedro que había dormido solo.
–Eso te pasa por ser cura.
El padre Pedro esperaba que alguna chica le hiciera desayuno y no faltó la que se ofreció.
Acompañaron al equipo a sus actividades y el jefe de grupo tomó la guitarra frente a los niños y comenzó a interpretar canciones infantiles y otras más pop que todos siguieron con entusiasmo. Luego, saltándose el programa, los invitó a una yincana en traje de baño. Hacía calor ese día. Cruzarían el río, pasarían por un lodazal, subirían un árbol, se tirarían por lianas. Lo hizo preparar por los del G5. Ahora tocaba entrenar a los niños y acompañarlos en el recorrido. El circuito hacía vericuetos por el bosque, pero nadie se perdería porque los árboles estaban marcados. Se inició el entrenamiento con el reconocimiento del circuito. Eran como seis kilómetros de senderos que entraban y salían del bosque y que contenían las pruebas. Entre chicos y chicas sumaban cuarenta. A cada miembro del equipo fue asignada una estación y los jefes circularían viendo que cada estación funcionara.
A la nueva monitora le tocó cuidar el ingreso a una pequeña cueva formada entre dos rocas muy altas. En el centro se abría un estrecho espacio hacia el cielo. El sol calentaba las rocas y encerraba el calor. En esa estación subirían como dos metros por una liana hasta la punta de la roca donde dejarían una flor traída de la estación anterior. Era la penúltima estación. En la última cruzarían un lodazal apoyados en los codos. Todo finalizaba con un chapuzón en el río.
La nueva monitora esperaría la llegada de los corredores. El jefe de grupo apareció de pronto para acompañarla.
Ella no lo quería ver, pero él estaba encantado. No paraba de contarle anécdotas de su infancia y de cómo en el campo donde vivía cazaban a los alacranes en cuevas como esa; que una vez mató a palos una culebra muy gorda junto a sus hermanos. También le contó de cómo su madre hacía mermeladas los veranos y de lo caluroso que era ese fogón con la olla de damascos humeantes. Después le habló del libro que estaba leyendo. De cómo el orden del mundo cambiaba con las revoluciones. De la importancia del respeto y del Segundo sexo de Simone de Beauvoir.
Se movía de un tema a otro con la misma destreza que los chicos lo hacían en el bosque. Tenía tema y opinión culta, seguramente era interesante conversar con él, incluso para los mayores. Tal vez por esto es tan amigo del padre Pedro pensó la mejor amiga de la hija mayor. A ella esos temas no le interesaban, por ahora. Estaba más preocupada de hacer las tareas en el colegio y de que sus amigas la invitaran a sus juntas. Además, le gustaban sus clases de pintura.
No llegaba nadie y la mejor amiga de la hija mayor se empezó a poner nerviosa, el jefe se acercó y le dijo al oído:
–Recuerda que somos pololos. Dame un beso, corresponde, ¿no?
Ella se resistió y él insistió. La llevó a la pared de roca y allí le pasó los labios por sus labios se los mojó muy lento con su saliva. Luego se fue hacia su espalda y le soltó el bikini, ahora le tocó los pechos mientras la apretaba contra la roca. Sus pezones se irguieron porque eran obedientes al roce. Y él se sintió aceptado y siguió su exploración. Ella esperaba que algo la salvara.
De pronto se escuchó el primer competidor. Ella se abrochó el bikini y se bajó la polera. El chico dejó su flor en la punta de la roca y salió corriendo hasta la prueba final. Se fueron sucediendo uno a uno hasta completar tres decenas. Los participantes rezagados retrasaron el cierre de la estación, pero la idea era esperar que todos pudieran terminar la competencia. El sol ya bajaba.
Esa tarde el padre Pedro tuvo vómitos y fiebre y el jefe de grupo lo llevó al hospital más cercano. Los voluntarios temían una tifoidea. Finalmente pasó la noche hidratándose acompañado de su amigo. No volvieron hasta el otro día. Era una gastroenteritis.
Ella agradeció a los microbios por esa infección.
La salvaron, al menos, de una noche de disturbios.
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