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MARÍA LAURA CEIRANO
El mar en tus ojos


Ceirano, María Laura

El mar en tus ojos / María Laura Ceirano. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1997-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Dedicado a mis hijas Valentina y Paulina,

para que vivan una vida rodeadas de amor.

Que se conviertan en mujeres fuertes, luchadoras y apasionadas.

Agradecimientos:

A mi esposo Diego, por la confianza, el respeto y el apoyo incondicional.

A mi amiga Andrea y a mi tía Nilda, por haberse convertido

en mis primeras lectoras y por haberme animado a cumplir mi sueño.

Clara

Con su pijama traslúcido, de lo antiguo, y la cabellera totalmente despeinada, escuchó sonar su teléfono; era Lore, su mejor amiga.

—¿Cómo está mi escritora y amiga favorita? –pregunta Lorena con su voz entusiasmada, prácticamente gritando del otro lado.

—Me siento terrible, siento mis manos congeladas y mi cuerpo tiembla como una hoja. ¿Será un ataque de ansiedad?

—Tranquila, todo va a salir estupendo… y te va a llegar ese ascenso tan merecido. Mirá que yo jamás leí nada en mi vida, pero esto que escribiste es tierno y original –argumenta cariñosamente Lorena.

—Bueno, no me servís de mucho, porque no tenés para comparar, vos misma decís que nunca leíste nada –suspira hondo–, en fin, igual te agradezco por estar siempre.

—Este sábado festejamos… te lo aseguro.

—Como siempre agradezco tu empuje… si no fuera por vos que siempre estás dándome ánimo…

—Porque te quiero mucho –contesta Lorena dulcemente.

—Yo también te adoro, pero ahora te dejo, voy a cambiarme, se me hace tarde para ir al diario. Estoy famélica, típico de mí cuando me pongo nerviosa. No voy a entrar en la ropa que compramos para el sábado.

—No te preocupes, amiga, después empezamos el gimnasio… ¡¡¡suerteee!!! Mandame un mensaje para ver cómo va todo.

Clara suspira mientras mira a su alrededor, disfrutando de un nuevo amanecer, del olorcito a café y de la increíble atmósfera de su departamento, su lugar en el mundo.

Cuando lo compró estaba hecho un desastre, tenía unos ahorros, pero necesitó un préstamo por la diferencia, que todavía estaba pagando. Cuando se lo enseñó a Lore, le dijo que estaba loca, y para ella era la descripción perfecta, estaba chiflada. De verdad iba a tener que trabajar mucho en él, pero fue amor a primera vista, desde las ventanas que daban al sencillo living comedor y a su único dormitorio, podía verse el mar… y eso no tenía precio. Si bien estaba a unas cuantas cuadras de aquella hipnótica extensión de agua que tanto le fascinaba, la vista era perfecta.

A veces se siente nostálgica, su vida no había sido muy fácil, de hecho, hubo momentos en los que sintió que no podía seguir. Aprendió a vivir sin tener a sus padres, que fallecieron en un fatídico accidente de autos, hacía apenas cuatro años, mientras volvían de una fiesta y un conductor ebrio se cambió de carril. Todo había cambiado para ella. No tenía muchos parientes. Así que su gran familia se cerraba en los brazos de su amiga Lorena.

Se despereza y se prepara para ir a trabajar. Vuelve a leer su artículo y piensa… “no puedo creer que haya usado una parte de la historia, que ha dejado una profunda huella en mí, para hacer este párrafo que me puede regalar un ascenso. Lo único que espero es obtener mejores resultados ahora, que cuando le declaré mi amor a mi amigo en aquel entonces”. Y por supuesto, su mente regresó hacia el pasado… Tenía unos ojos del color del mar, intensos y profundos como él, podía perderse en ellos y naufragar, tantas veces lo había hecho… su lacio cabello castaño con hilos dorados le llegaba hasta los hombros, boca voluptuosa y tentadora, que, sumada a su piel cobriza, hacían un conjunto irresistible. Se convirtieron en amigos, después de que Lorena se pusiera de novia con Juan, gran amigo de Manuel, por eso se veían seguido, sobre todo los fines de semana, cuando salían a bailar. Vivía en Valeria del Mar. La química entre los dos surgió enseguida. De hecho, pasaban la mayor parte de la noche charlando. Pero cuando llegaba la hora de los lentos, él desaparecía en busca de su novia, y Clara vagaba por ahí en busca de alguien decente con quien bailar...

Sacude la cabeza para volver a su realidad, basta por hoy… se dijo, es hora de salir. Ya su personaje la había desvelado muchas noches.

Llega a las oficinas del diario temprano. Como ve la puerta del director abierta, se acerca enseguida a entregarle su trabajo.

—Buenos días, Clara. Veo que has madrugado esta mañana. –Sonríe. Para todos los empleados el director es una persona muy agradable y de la que aprenden muchísimo.

—Buen día, Ricardo, ¿cómo está? Sí, anoche me costó dormir un poco –le dice temblorosa.

—Bueno, espero que cuando esto termine, puedas relajarte y descansar mejor. No era mi intención ponerlos al borde de la locura, aunque me gusta que quieran superarse. Eso habla muy bien de ustedes. –Habían seleccionado a tres empleados para que hicieran este trabajo, el mejor se ganaba el ascenso.

No estaba segura de entregarle la carpeta, sus manos estaban resbaladizas y su pulso iba a mil. Ricardo observa el título… y cuando lo lee en voz alta, sus ojos expresan cierta curiosidad: “Era mi amigo, pero yo lo amaba”, ese conjunto de palabras hicieron eco dentro de la oficina…

—¿Es una historia de amor? –pregunta observándola intensamente. Y ella se empieza a arrepentir.

—Sí… – dice tímidamente, pero en pocos segundos logra sacar la persona optimista y firme, y defiende su trabajo con seguridad, a pesar de que, en el fondo, muy adentro de ella, la incertidumbre se abría paso lentamente–. Creo que es un tema profundo… en estos tiempos que corren, muchas veces damos por sentado los sentimientos relacionados con el amor. Me gusta creer que, si llega a salir a la luz, muchas personas puedan sentirse identificadas, que se atrevan a ir más allá del miedo, que no se queden con la duda de “qué hubiese pasado” si hubiera hecho tal cosa. A lo mejor están enamoradas de alguien que ven todos los días y no se animan a expresar sus emociones. Por miedo, por comodidad… –alega.

—De verdad, me sorprende que habiendo tantos temas hayas escogido este. Pero confío en tu intuición. Por eso estás acá, en frente de mí. Sos de las pocas que siempre me sorprende. Espero que este artículo lo vuelva a hacer. –Siente que le arde la cara, y se pone colorada, cosa que le pasa cuando está incómoda. O demasiado emocionada.

—Eso espero –le dice, mientras se marcha, con las piernas temblorosas.

—Esperá, Clara, tengo una pregunta más.

—¿Sí? –lo mira estremecida.

—¿Es algo que investigaste hablando con otras personas que pasaron por algo así, o es una experiencia personal? –Duda un momento antes de admitirlo, pero siempre habla con la verdad, así que asiente.

—Es una experiencia personal, Ricardo. –Se saludan y se van.

Unos minutos más tarde llegan Gisela y Benjamín, los otros dos compañeros que tienen que escribir su artículo. Benjamín escribió sobre los teatros y el verano en Mar del Plata y Gisela, de la gastronomía costera. El artículo de Clara nada tiene que ver con estos, pero la suerte ya está echada.

Clara pasa toda la mañana editando algunas notas. Como siempre se fue relajando un poco, disfrutando de lo que tanto le gusta hacer...

Cuando termina sus tareas del día, decide pasar por el supermercado a comprar un par de cosas y llegar temprano a su departamento, a ella la ansiedad le provoca comer, y como se defiende bastante en la cocina, se prepara un banquete. Pero cuando se va a dormir, empieza a dar vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño. La ciudad es menos ruidosa a esa hora de la madrugada, se levanta y camina hacia la ventana, corre las cortinas y abre un poco una de las hojas para dejar entrar esa brisa fresca que proviene del mar… eso le regala la calma que necesita para entregarse a un sueño profundo y reparador…

A lo lejos escucha el sonido de su despertador que lamentablemente interrumpe un encuentro con su mamá. Puede sentir los ojos humedecidos por las lágrimas, cuánto la extrañaba, con el tiempo había aprendido a vivir sin sus padres, pero había días en que los necesitaba demasiado… y a su mamá más que a cualquiera… quizás será porque ellas son las que cargan con sus hijos durante nueve meses y ese contacto es para toda la vida… o porque ellas son las que los cuidan, las que dicen que todo estará bien… las que siempre creen en sus hijos… para Clara, haber soñado con su mamá fue una señal de buen augurio.

—¡¡¡Hola!!! ¡¡¡Hola!!! –escucha que golpean con fuerza la puerta y esa voz era inconfundible. Su amiga ha llegado.

—Ya voy, ¿qué hacés tan temprano? Me dijiste que ibas a venir a la tarde, son las 7:30 hs. de la mañana –protesta, aunque en el fondo está agradecida que ella esté aquí.

—No podía esperar, necesitaba verte, temía que estuvieras con… ¿esa cara de tranquilidad? –La mira y está confundida, enseguida cambia el gesto de su cara.

—Digamos que tuve un hermoso sueño y estoy muy relajada. Así que no me enchufes por favor –dice mientras va a la cocina y pone la pava para preparar unos mates. Lorena pasó por la panadería y trajo churros con dulce de leche, que le fascinan, ideales para un gran desayuno.

—No te lo puedo creer, bueno, me alegra no encontrarte con ojeras o a punto de enloquecer… –dice y abre los ojos como platos. Automáticamente saca una fuente de la mesada y se dispone a poner allí el desayuno. Busca el equipo del mate mientras espera que hierva el agua, abren las ventanas de par en par y se acomodan en el pequeño balconcito que mira hacia el mar.

—Desayunemos rápido, quiero llegar enseguida. Necesito saber cómo fue lo de mi artículo y si por fin logro mi ascenso.

Lore la llevó hasta el trabajo.

Cuando llega a su oficina, Julia la saluda y enseguida le da un mensaje.

—Clara, Ricardo te espera en su oficina.

—¿Sabés algo? –Ella niega con la cabeza.

—Solo me dijo que apenas llegaras fueras.

Se levanta, acomoda su ropa y se acerca a la oficina del jefe. Golpea suavemente la puerta y la invita a pasar.

—Buenos días, Ricardo, ¿quería verme? –Su voz suena palpitante y muy nerviosa.

—Sí, Clara, pasá –dice sonriente, dejando el artículo sobre el escritorio. Sus manos transpiran y en cualquier momento cree que va a desmayarse de los nervios. El momento se hace eterno, Ricardo la estudia, como si le gustara verla sufrir, hasta que al final le habla–: Bueno, Clara, ya hemos elegido el artículo. Anoche nos reunimos con los otros socios y fue unánime la decisión. Te felicito, tu trabajo saldrá mañana en nuestra sección especial y acabas de ganarte un ascenso, que muy merecido tenés. Te he visto trabajar arduamente y con esmero desde que entraste a nuestro diario. Y siempre supe del muchísimo talento con el que contás. Me alegra que no me hayas defraudado.

Puede sentir cómo sus ojos se llenan de lágrimas y no encuentra palabras para expresar su alegría.

—Muchísimas gracias. No sé qué decir –dice muy emocionada.

—No hace falta que digas nada, cosechamos lo que sembramos... Ayer cuando todos los socios leían tu artículo, tenías que haber visto la expresión de sus caras. Creo que muchas personas pasaron por lo que vos transitaste. Por eso sentimos que a nuestros lectores les va a encantar. Lo único que te queremos pedir es que lo cuentes en primera persona. Para que se sientan identificados con uno de los nuestros.

A ella no le gustaba esta idea, si bien estaba casi segura de que Manuel ya estaría casado o juntado. Y quizás con hijos, no quería ponerse en evidencia de nuevo. Aunque ya no albergaba ningún sentimiento profundo por él.

—No hay problema –dice insegura, porque era la oportunidad que estaba esperando y no quería perderla.

—¡Perfecto! –Ricardo estaba muy orgulloso, desde que ella había ingresado a trabajar, se había encariñado mucho y de alguna manera se había convertido en su mentor. Sabía que tenía potencial y que no le importaban las horas extras cuando él la necesitaba. Los clientes siempre le hablaban muy bien de ella, siempre sonriente y vivaz y de alguna manera había llenado de buena energía las oficinas. El artículo le había llamado la atención, para qué negarlo. Pero después de leerlo, junto a los demás socios, supo que era una bocanada de aire fresco, entre tanta noticia triste y fatalista.

—Mañana estará modificado, Ricardo; de nuevo gracias. –Cuando vuelve a su oficina, la invade la emoción. Con el corazón contento busca su teléfono y llama a Lorena. Quien no esperaba otro resultado, sabía lo que su amiga podía lograr cuando se proponía algo. Con la excusa perfecta, empezó a organizar el festejo.

—Mañana empezamos a la tardecita en el Bar de la Costa y después nos vamos al pub de siempre a festejar, ya les aviso a todos. –La verdad es que esa historia que mañana se imprimirá y muchos leerán le había enseñado mucho, no había sido una experiencia de vida o muerte, ni una pelea, pero sí había sido un amor puro y grande no correspondido, quizás no el primero, pero sí de los que nunca se olvidan… y las vueltas de la vida hicieron que de este aprendizaje surja un resultado excelente, un ascenso laboral que había estado persiguiendo con mucho esmero. Sin perder el tiempo, comenzó a reescribir su artículo en primera persona, para que mañana apareciera en cada diario del país. Estaba feliz…

“Era mi amigo, pero yo lo amaba…”. ¿Cuántos de nosotros hemos cruzado esa línea tan fina que separa la amistad del amor?

Hace muchos años, cuando era adolescente, me encontré con el amor. Ese amor que no fue el primero, pero que marcó para siempre mi corazón.

Salía siempre a bailar con una amiga y ella se enamoró de un joven que vivía en Valeria del Mar. Se pusieron de novios, y como no tenía muchas amistades, me uní a su grupo, para no andar sola toda la noche. Uno de ellos enseguida capturó mi atención. Me quedé rendida a sus ojos, unos ojos del tono del mar y una mirada que jamás olvidaré. Hicimos buenas migas enseguida, era fácil hablar con él, me divertía mucho y la pasaba de maravilla. Pero tenía novia. Una novia que no estaba mucho presente durante la noche, salvo al final, cuando llegaba la hora de los populares lentos de nuestra época.

Al principio trataba de distraerme, pero a medida que iban pasando los fines de semana, su cercanía, la complicidad, el cariño que me demostraba; empezaron a hacer eco en mí y no sé decir bien cuándo, pero me fui enamorando… despacito, pero profundamente.

Él ni lo sospechaba, no se imaginaba que, cuando llegaba al boliche, subía al primer piso para verlo entrar, sin miedo a que me observe o que se dé cuenta y hacerme un banquete con todo su ser.

Empecé a sufrir, no podía dejar de pensar en él. Me sentía cada vez más incómoda cuando estábamos juntos…

Y un día, después de pensarlo mucho y no hablarlo con nadie, salvo con mi almohada, tomé una decisión; era hora de alejarme. En el fondo de mi ser sabía que no tenía ninguna oportunidad, que él no me veía como a una mujer, solo era la dulce adolescente que se reía de todas sus bromas o que lo escuchaba atenta cuando le contaba detalladamente algún suceso de la semana.

Así que empecé a dejar de salir. Ya no frecuentaba más el boliche donde podía encontrármelo. Y de esa manera fue pasando el tiempo. Cuando me sentí preparada, volví y nos cruzamos en un momento de la noche. Me sonrió y enseguida se acercó a mí. Me saludó como si nada, diciendo el mucho tiempo que hacía que no me veía, le dije dos palabras y salí disparada y traté de evitarlo el resto de la noche. No había muchos lugares para salir en aquel entonces, así que me veía obligada a volver a ir. ¡Tampoco quería estar encerrada sin divertirme, en la mejor época de la vida! Pero cuando él se acercaba, trataba a toda costa de evadirlo. Todavía estaba enamorada.

Hasta que un buen día, no me pude escapar… él estaba decidido a indagarme cuando quedamos de frente, en un lugar donde no tuve salida y el discurso que había preparado, por si alguna vez me pasaba algo similar, salió disparado de mis labios… “me enamoré, sé que no tenía que pasar, pero pasó y estar cerca me lastima…”, sus ojos se tornaron más oscuros, pero de sus labios no salió una sola palabra.

Ese día comprendí que jamás iba a saber a qué sabía su boca, o su perfume impregnado en mis sábanas por las mañanas, después de habernos amado durante la noche, jamás sabría cómo sería hacer el amor con la persona que más había deseado en mi vida…

Supe que siempre sería mi amor imposible, platónico. Pero en el fondo de mi ser fui feliz… porque si no lo hubiera hecho, si no me hubiera animado a confesarle mis sentimientos, hoy aún me estaría preguntando: ¿qué hubiera pasado?… por Clara Marquetti.

El día siguiente, después de que todos sus compañeros leyeran su artículo, fue muy especial. Muchos de sus compañeros la pasaron a felicitar.

No podía dejar de sonreír. Le encantaba lo que surgiría después del ascenso, abría un panorama más amplio para poder trabajar, participar de reuniones con los directivos y reemplazar a Ricardo cuando él no estuviera.

Había sido una jornada encantadora, especial y reconfortante. Sabía que haber soñado con su mamá había sido un excelente augurio.

Cuando volvió a su casa, releyó su artículo para estar segura de que lo había hecho bien. Siempre era muy exigente con lo que escribía y en las cosas que trabajaba. Y le dedicaba muchísimo tiempo.

Después de darse un baño relajante y vestirse para salir de fiesta, escuchó cómo su loca amiga golpeaba la puerta. Ella con una gran sonrisa y diario en mano la saludó:

—Señorita escritora, supongo que mi dedicatoria va a ser más que especial… ¿no? –Y le entrega su diario. Así que toma una lapicera y le escribe: “A la hermana que me regaló la vida. Gracias… una y mil veces, sos mi familia, te quiero con toda mi alma”. La tomó en sus manos y sus ojos se llenaron de lágrimas y se abrazaron tan fuerte que sintieron que se rompían…– No tenías que hacer que se me corriera el rímel; de acá tenemos que ir a festejar, ya quedamos con Tomás y el resto del grupo para salir… –le dice guiñándole un ojo.

Tomás era su compañero de trabajo, ella lo definía como una especie de amigo con beneficios. Lindo, tierno, de besos y noches maravillosas… pero no podía darle más que eso y últimamente tenía la sensación de que para él no era suficiente. Se había ido de viaje porque escribía para la Sección Deportiva del diario y tenía que cubrir un partido de básquet entre la Argentina y Uruguay, en Montevideo; y volvía para la hora de cenar... Cuando se enteró de lo que ocurrió, le mandó un ramo de rosas rojas precioso a su casa con una tarjeta felicitándola y a ella le había encantado su gesto. Siempre estaba en cada detalle, pero su corazón no estaba dispuesto a entregarse y no quería perderlo como amigo, así que no estaba segura de cómo arreglar eso.

Llegaron al bar, donde siempre se reúnen a cenar y escuchar buena música…Cuando Clara se acercó a la mesa donde estaban sus amigos, la aplaudieron haciendo mucho ruido y enseguida le dio vergüenza.

El primero en acercarse fue Tomás, que, hablándole despacio en su oído, dijo:

—Hola, hermosa, estás radiante. Espero que esto del ascenso no te aleje de mí… –Siempre con una voz profunda, varonil y seductora que la hizo sonreír y ponerse colorada, la abrazó amistosamente y le dio un beso en la mejilla; para él cada día era más difícil estar cerca de ella, a pesar de que compartían momentos íntimos y estupendos, no lo dejaba avanzar más, había una pared, que no podía derrumbar–. Tengo muchas ganas de festejar con vos –le dijo suavemente, añorando una noche solos otra vez, ya que hacía un par de semanas que no habían podido coincidir.

—Gracias, y gracias por las flores. –Pero ella no contestó su insinuación. No tenía ganas de verlo después.

Lorena la tenía entre la espada y la pared; día por medio le daba sermones de por qué no le daba una oportunidad de verdad a Tomás. Si algo tenía claro era que no veía un futuro con él, no era lo que ella buscaba.

Allí estaba su grupo de amigos, ellos eran estupendos; se divertían muchísimo juntos, y se acompañaban en las buenas y en las malas. Clara estaba muy agradecida por tenerlos. Cuando llegó el final de la noche y Tomás se acercó para invitarla a continuar la velada en su casa, argumentó estar cansada y por suerte él no se enojó, aunque los dos sabían que las cosas estaban cambiando…

Se quedó a dormir en lo de Lore y a la mañana fueron a la playa con el equipo de mate y unas reposeras. El día estaba hermoso, si bien hacía frío, no había viento, así que era un plan encantador. Amaba el mar, sentía una conexión ancestral con él. Su sonido calmaba su ansiedad, su extensión siempre la reconfortaba y nunca se cansaba de observarlo. Charlaron de todo, obviamente siempre estaba el tema de Tomás con el que Lore insistía, y otra vez ella le repetía que no lo quería románticamente hablando y que estaba muy bien así, como estaba. Así pasó un fin de semana agradable. Mañana iba a ser un nuevo día, con un camino que se bifurcaba en varias direcciones, y ella estaba dispuesta a recorrerlas a todas sin miedo, con los ojos bien abiertos y disfrutando en cada paso.

Manuel

Era sábado a la mañana, un día frío en Valeria del Mar. Se sienta a la mesa del comedor de su casa, mientras su mamá le ceba unos mates, estudia los planos del nuevo proyecto que tenían entre manos con Juan, amigo y socio, para desarrollarlo en Mar del Plata.

Ya tenía edad para mudarse, pero le costaba. Amaba a su familia; su hermana Victoria y su mamá Blanca. Su papá los dejó cuando era muy pequeño, así que prácticamente no tenía recuerdos de él, sólo sabía que habían discutido con su mamá, y desapareció del planeta, y todo a causa de otra mujer. Estaba de novio con Anabel hacía más de ocho años y las cosas no estaban muy bien. Sabía que era el momento de dar el gran paso, pero no quería, había algo en él que no lo dejaba; cuando charlaban con ella, se justificaba con lo que había hecho su papá, pero solo era una excusa. Hacía muchos años que se conocían, y muchas veces había sentido que estaban juntos más por la costumbre que por un sentimiento de amor real. Iban y venían la mayor parte del tiempo. Ella era caprichosa y tenía mal carácter y últimamente a él eso le estaba molestando demasiado.

Como era su costumbre, Juan entra sin golpear, como uno más de la familia. Viene con un diario en la mano, y con esa cara que lo delata de que hizo algo o encontró algo muy bueno…

—No tenés idea de lo que hay escrito en este diario. –Blanca lo saluda y le alcanza un mate, mientras Manuel toma el diario–. Te recomiendo que busques ahí donde te marqué… –dice mientras se sienta. Blanca lo mira con cara de incógnita, pero no pregunta nada; él le hace un gesto de que tenga paciencia. Se hace un gran silencio; Manuel puede percibir los ojos de ambos sobre él.

Lee un par de renglones de un artículo y lo mira sin entender…

—No comprendo, amigo, ¿qué es tan importante en la historia de amor de este diario? –le pregunta confundido.

—Seguí leyendo. ¿No es familiar hasta ahora? –No encuentra nada familiar, pero le intriga, así que continúa con su lectura.

Su corazón cambia el ritmo, claro que le suena familiar la historia, se saltea unos cuantos renglones solo para llegar a la autora del artículo. No puede ser. Ahí está su nombre: Clara Marquetti. Vuelve al lugar donde quedó. Es consciente de que sus espectadores esperan que diga algo. No puede. Siempre había sido valiente. Siempre supo explicar con palabras lo que sentía. Era algo que había admirado de ella. Ahí estaba otra vez, hablando de lo que vivió con él. Se estremeció su corazón al saber lo que había sufrido, no era el momento.

Clara, siempre le había gustado su nombre, sus ojos verdes chispeantes, hermosos y sinceros como ninguno. Siempre risueña, simpática, inteligente y sin miedo. No podía creer que después de tanto tiempo hubiera recordado aquello. Nunca más había sabido de ella. Salvo en una ocasión, cuando con Anabel habían ido un fin de semana largo a San Bernardo y paseando por una calle donde había muchos artesanos, la había descubierto mirándolo. Se habían reconocido enseguida, pero fingieron no hacerlo. Él se había dado cuenta de que ella había cambiado. Ya no era la niñita flaca y sin formas que conocía. Era toda una mujer. Ese día había pensado mucho en ella. Lo saca de sus recuerdos Juan, que toma el diario:

—Viste lo buena que es. Estuve buscando artículos de ella en ese diario que trabaja y la verdad… es realmente excelente en lo que hace. Tiene una facilidad para expresar lo que piensa, que es increíble. ¿Cuánto hace que no sabemos nada de ellas? –Cuando Juan dice “ellas” habla de Lorena. Y sus ojos se iluminan pícaramente.

—No te olvides que los dos estamos de novios –indica Manuel. Blanca los mira seria.

—¿Puedo ver ese artículo? –pregunta. Mientras extiende su mano para tomar el diario.

Lee lentamente, mientras él no puede dejar de pensar en ella. El título del artículo: “Era mi amigo, pero yo lo amaba”. ¿Por qué escribió ahora eso? ¿Estará pensando en mí?

—¿Cómo supiste? –le pregunta a Juan.

—Está en las redes. Mucha gente lo empezó a dedicar por Facebook, WhatsApp e Instagram y eso que hace pocos días salió. –Suelta como detective, porque averiguó todo.

En ese momento la mamá deja sus anteojos y lo mira.

—Manuel, ¿es la misma chica que vino a acompañarte cuando pasó lo de Gastón, no?

—Sí, ¿qué tiene que ver con esto?

—Te voy a confesar algo; cuando la vi llegar ese día tan triste donde despedíamos a Gastón, pude notar cómo tuvo que contenerse para no abrazarte, porque estaba tu novia, no le pude quitar los ojos de encima. Su mirada brillaba cuando te observaba. Nunca te dije nada, sos vos el que elige. Pero siempre me intrigó saber quién era. Recuerdo que Lorena la presentó como amiga del grupo. Con el tiempo, después me contó lo que pasó, un día que vino a casa a tomar unos mates. De ningún modo olvidaría su forma de mirarte. Ese es el verdadero amor. Pensé que algún día la iba a conocer. Creía que no la ibas a dejar escapar. Ahora veo esto…

—No era el momento, mamá, ella era santurrona, y yo estaba explorando otras cosas. No la quería de esa forma. Pero me encantaba su compañía. La pasaba bien con ella. La extrañé mucho cuando todo terminó. Igual no puedo hacer nada, es una locura pensarlo…

—Mira, Manuel, creo que, si sentís alguna duda con respecto a Anabel y esto te impactó, deberías ir a verla, no tenés nada que perder. ¿No te intriga saber cómo después de tanto tiempo eligió su historia para escribir en el diario? –indaga Juan. Mientras que Manuel se siente confundido, extraño y sin poder pensar… sin dar muchas explicaciones deja lo que estaba haciendo y se levanta.

—Voy a dar una vuelta… –No sabía qué había pasado, pero necesitaba poner su mente en blanco, ese artículo y su autora lo habían movilizado.

—Tranquilo, hijo, las cosas siempre pasan por algo, no te apresures. Tratá de escuchar tu corazón –dice su mamá y le da un apretón en su hombro, mientras le pasa un mate a Juan.

—Hermano, andá, que yo termino de revisar esto. Hablame cualquier cosa. –Juan lo conocía, y demasiado, para saber que su amigo necesitaba estar solo. Se subió a la camioneta de la empresa y terminó frente al mar.

Clara… era la segunda vez que lo sorprendía, pensaba mientras bajaba hacia la orilla y se sentaba en la arena. Era un día con muy poco viento y soleado.

Habían transitado diez años, pero ese artículo lo había llevado al pasado, y creía que todo aquello había pasado hacía unas horas. Esa historia tan frágil que había quedado guardada con el tiempo se había estrellado en su futuro incierto, que le había provocado dolor de cabeza.

Recordaba muy bien ese día, ese bendito día en que por fin se dispuso a hablarle después de fines de semanas en que no aparecía o que, si coincidían en el mismo boliche, se escapaba de él. Repasó esa noche, cuando la vio bajar de la escalera. Su cara de susto cuando lo reconoció y supo que no tenía escapatoria. No se iba a volver a esconder de él esa noche, le iba a decir por qué lo evitaba. Aunque en el fondo lo sabía, quería escucharlo de su boca. No estaba seguro de si era su ego, pero lamentó mucho haberla forzado a hacerlo. Su mirada quedó en su memoria cuando le dijo que estaba enamorada, que no quería más hablar con él porque sabía que tenía novia y que eso la hacía sufrir. Había quedado mudo, no le salieron palabras. Si bien era lo que esperaba oír, pensó que nunca se lo diría. Y eso fue todo, ahí terminó. Un par de veces trató de hablarle, la extrañaba… si ella hubiera sabido cuánto. Y después de un tiempo el enojo había ocupado una gran parte de su alma, porque sintió que ella lo había “abandonado” de alguna manera. Hasta hoy… donde entendió lo que ella había sentido.

Tenía tantas preguntas. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Estará con alguien? Aunque estaba prácticamente seguro de que sí. Era muy especial y seguramente las ideas románticas con las que ella soñaba ya habían sido satisfechas. Tenía un vivo recuerdo de ese día en San Bernardo: se había convertido en una bella mujer. Un sentimiento de rabia lo había invadido, seguro que encontró a su ansiado príncipe azul, al que se entregó en cuerpo y alma, pensó. Recordaba muy bien que siempre decía: “Cuando tenga mi primera vez va a ser con alguien que haya robado mi corazón”. Volvían a su memoria esos ojos brillantes y soñadores, y ese deseo que algunas veces sintió de convertirse en su ansiado caballero. No era como todas las adolescentes, sabía lo que quería y eso era muy atractivo en ella. Sus pensamientos quedaron en silencio, solo las olas rompiendo en contra de la costa podían oírse. Su apaciguado corazón había sufrido una sacudida, como las rocas de la playa cuando las olas rasgan en ellas… y no estaba seguro de si era lo que estaba pasando con Anabel, o lo que Clara había escrito, pero había tomado una decisión: Tenía que verla…

Cuando volvió a su casa, Juan se había ido y Vicky salió a su encuentro, obviamente ya sabía todo.

—Manu… es hermoso lo que escribió. ¿Estás seguro de que sos el protagonista?

—Sí… –

—¿Qué vas a hacer? –A Victoria no le caía bien Anabel, siempre le andaba ofreciendo amigas o chicas que conocía para que la dejara. Esto era una bendición para ella.

—No sé, Vicky, las cosas con Ana están fuera de control en estos momentos, sabés que estamos peleados. Me saca de quicio todo el tiempo y me estoy cansando. Y ahora Clara con esto… –Siempre fueron muy unidos y se contaban todo. Era el momento de hablar, sintió Victoria. Su cuñada no le había caído bien nunca, sabía que Manuel estaba con ella por la costumbre y porque la muy bruja sabía cómo manejarlo.

—Sabés muy bien lo que pienso de tu novia, pero esta chica, tanto tiempo y escribir esto. Me muero de amor, Manu. Es obvio que está enamorada de vos todavía. Me parece una película romántica. ¿No tendrías que ir a ver qué pasa? No sé, yo no me acuerdo de ella, pero mamá hoy me contó que, cuando había pasado lo de Gastón, había venido a acompañarte, y que se notaba lo que sentía por vos a lo lejos. No perdés nada yendo.

—No sé, quizás… total tenemos que viajar a Mar del Plata con Juan por un negocio. Alguna excusa inventaré para llegar hasta ella. –Y una enorme sonrisa se forma en el rostro de su hermana.

Clara…

Comienza la mañana con un ritmo bien de lunes. Julia, su secretaria y amiga también, vino a saludarla y a trasmitirle una serie de mensajes que le dejó Ricardo.

La semana transita rápido. Continúa recibiendo algunos mensajes de amigos que no veía, que leyeron el artículo y les había encantado. Varios se acordaban quién era el susodicho, pero por suerte no tenían contacto con él. Las redes hicieron de lo suyo y las personas usaban el artículo para el Facebook, o lo pasaban por WhatsApp, por lo que se esparció rapidísimo. Motivo por el cual, recibieron muchas llamadas de personas que se sentían identificados. Era bueno sentir que no había sido la única que había sufrido por amor, aunque ya lo sabía, pero le gustaba identificarse con sus lectores. Ricardo estaba contento y la felicitó varias veces.

No había sido mala su idea. Cuando se iba a acostar, siempre soñaba con todo lo que podría haber pasado si la respuesta de él hubiese sido diferente, creía que su decisión de escribir ese artículo era para que constara en un papel impreso, y eso le evitara seguir idealizando a ese amor… y también para trasladar a la gente a leer historias como esas, que te hagan enamorarte, animarte, o valorar… se vive a las corridas todo el día, escuchando o leyendo siempre malas noticias, que muchas veces nos cargan de energía negativa, y por eso, está bueno parar un poco, ver lo que nos rodea, lo que dejamos atrás por miedos, o lo que tenemos a nuestro lado y no apreciamos…

Aunque este artículo no tenía un final feliz, igual para ella lo había sido de alguna manera, porque había experimentado amar a alguien con todas las fuerzas y eso era inolvidable.

Manuel…

Llegaron con Juan a Mar del Plata; los nervios de Manuel podían percibirse en el aire. Decidieron viajar cada uno en su auto. Juan tenía que volverse en el día. Manuel quería ver qué iba a pasar con Clara. La reunión con los empresarios había resultado ágil y eficiente, así que se desocuparon bastante rápido. Decidieron ir a tomar un café para relajarse un poco, aunque a Manuel esa palabra no lo convencía.

—¿Estás preparado? –pregunta Juan, después de un largo silencio.

—Sí, ¿total qué puede pasar? –contesta irónicamente.

—Mirá, Manuel, Clara siempre fue una persona estupenda, mal no te va a tratar si es lo que creés. Lo único nefasto puede ser que esté de novia. Pero no escribiría un artículo así si estuviera acompañada, no me parece.

—No, no me la imagino tratándome mal, Juan. Y sí que tiene a alguien a su lado. No creo que no hayan visto lo bella persona que siempre fue. Pero no importa voy a ir. Tenemos la dirección del diario y ya es hora de ponerme en marcha. –Terminaron su café y se despidieron.

Cuando estacionó frente a las oficinas del diario, sintió algo muy parecido al miedo, pero no era hora de recular. Quería verla, desde que leyó su artículo necesitaba verla.

Cuando ingresó al edificio, lo sorprendió la decoración minimalista y moderna que lo rodeó, y lo hizo sentir como fuera de lugar. Un poco inseguro todavía, se acercó a la recepcionista que escribía fervientemente en la computadora y le preguntó sobre Clara. Ella le indicó el piso y ascensor que podía tomar, aunque prefirió subir por las escaleras, para ver si podía calmar la tensión que le invadía todo el cuerpo. Cuando llega a su destino, se encuentra con un gran espacio de varias oficinas casi desiertas, imaginaba que por la hora. Una chica vestida formal y con una gran sonrisa lo saluda.

—Hola. ¿A quién buscás? –Su voz sale nerviosa y las palabras se chocan entre sí…

—A Clara… no tengo cita, pero necesito verla. –¿Quién será este galán que busca a mi amiga? Se pregunta Julia con curiosidad.

—Voy a fijarme si puede atenderte. Tomá asiento. –Mientras ella entra a una oficina que está enfrente de él, su corazón se acelera, no puede creer que esté tan cerca de ella en ese momento.

Clara…

Llega la hora de irse a su casa, la semana había llegado a su fin. No tenía grandes planes para esta noche, se juntarían a comer algo y luego a La Roca, el pub donde iban habitualmente. Lorena andaba dando vueltas alrededor del dueño del lugar, así que siempre la acompañaba. Era un lugar agradable.

Hoy había terminado bastante tarde, ya no había nadie en la oficina, solo quedaba Julia que nunca se iba antes, si ella no lo hacía. Golpea la puerta y pasa con una sonrisa bobalicona en sus labios. Clara la observa curiosa, porque no la ve muchas veces de esa forma.

—¿Qué pasa? –pregunta intrigada.

—Ehh, te busca alguien ahí afuera, que no tiene cita… No pude negarte, es terriblemente sexi… por Dios decime qué tenés que ver con ese bombón.

—Julia, ¿te dijo quién es? –le dice poniendo los ojos en blanco, mientras se acerca a la ventana que tenía las cortinas cerradas y cuando observa, no puede creer lo que está viendo, solo escucha su nombre de la boca de Julia, pero lo siente a kilómetros …

Ahí estaba, después de diez años, el protagonista de su artículo, el amigo que había amado.

El tiempo no había pasado para él, por favor, seguía siendo tan hermoso como lo recordaba, toda la calma que estaba experimentando porque su semana había terminado exitosamente, se esfumó con un pestañar de sus ojos. Esos ojos color mar…

Julia, que la observa fisgona, confirma sus sospechas, ese hombre es alguien que tiene que ver con su amiga, se acerca y le aprieta suavemente el hombro:

—Clara… ¿lo conocés? –dice asombrada.

—Es “el amigo” de mi artículo, Julia –contesta atónita mientras se sienta, porque las piernas se le aflojan.

—No puedo creerlo, tenés razón, es la misma descripción, qué hombre tan sexi, esos ojos... ¿Qué querés que haga? - Una pregunta simple para no tener ninguna respuesta.

—No sé.

—¿Lo despacho, le digo que no podés, que estás en una reunión…? –Después de un breve silencio y una mirada pícara de ella, le sugiere–: ¿No te intriga saber por qué está acá? –Claro que le intrigaba; además no vive a la vuelta de la esquina, tuvo que viajar bastante. Nunca imaginó que esto podía pasarle. Pero, en fin, no era cobarde, así que se levantó, respiró hondo y trató de parecer normal… aunque estaba convencida de que no lo lograría.

—No, Julia, que pase, lo que te voy a pedir es que no lo comentes con nadie. No quiero que nadie sepa quién es. Cuento con tu silencio –dice mientras se acomoda la ropa y el pelo–. ¿Estoy bien así? ¿O parezco una persona que estuvo trabajando sin parar más de doce horas? –Buscó un vidrio de la ventana para poder verse… qué nervios tenía.

—Estás genial, tranquila. ¿Querés que te espere?

—No, solo necesito que hables con Lore y a ella sí le cuentes. –Julia asiente y es la primera vez que ve a Clara en ese estado. Disimuladamente se va y lo hace pasar, entonces llega el momento. Se había acomodado detrás de su escritorio simulando estar trabajando con la computadora, podía sentir cada latido de su corazón, agitado, aturdido… escuchó cómo los pasos se acercaban a la puerta, y cuando entró a su oficina, su presencia lo invadió todo, como siempre.

—Hola, Clara… –Había olvidado cómo sonaba su nombre en esos labios; la miró tan profundamente que tenía miedo de que hubiera leído sus pensamientos. Él también estaba nervioso.

Tenía un jean celeste gastado, como se usan ahora, una remera blanca con dibujos en negro, unas zapatillas negras y una campera de cuero. Seguía siendo tan sexi como lo recordaba, lamentablemente.

—Hola… ¿qué hacés por acá?… ¿cuánto tiempo…? –dejó la frase en el aire porque habían tenido un encuentro unos años atrás, donde aparentaron no verse. Y le había dolido bastante. Igual trataba de sonar normal. Se acercó para saludarlo, queriendo mostrarle un aire de total seguridad, pero cuando le dio un beso en la mejilla, sintió otra vez que las piernas la traicionaban.

Su piel cobriza; su aroma varonil, su aspecto, lograron perturbar todo su ser. Ni hablar de sus ojos, esos ojos profundos y audaces con los que había soñado tantas noches. Lo invitó a sentarse, corriéndole la silla que estaba del otro lado de su escritorio y ella se sentó a su lado…

Manuel…

Cuando la vio, su primer pensamiento fue que los años la habían favorecido: llevaba un jean bien ajustado a su curvada figura y una camisa a rayas que le permitía ver cómo la madre naturaleza había obrado maravillas con sus formas. Ahí estaba ese brillo de sus ojos, que mostraban asombro y nerviosismo. Obviamente era la última persona que ella esperaba ver. Sintió cosquillas en todo el cuerpo. Cuando se saludaron, él sintió cómo su piel se electrificó al contacto, no podía pensar… ni tampoco explicar lo que provocaba la cercanía que ella estimuló al sentarse a su lado.

Clara…

—Estaba por la zona y quise pasar a verte. Además, leí lo que escribiste y sentí que tenía que venir. Me imagino que habrás firmado muchas dedicatorias por ese artículo. Está por todas partes. Realmente es muy bueno. No sabía que escribías, ni menos que trabajabas en un diario tan prestigioso. –Fue directo al grano. Siempre era así.

—Sí, siempre me gustó leer y escribir, y este artículo me trajo un ascenso y la verdad es que estoy muy feliz.

—Me alegro mucho por vos –dice nervioso.

—Y… ¿qué te trae por acá? –le pregunta, ya que no cree que haya hecho todos estos kilómetros por ella.

—Bueno, con Juan tenemos una empresa de construcción. Nos dedicamos especialmente a levantar cabañas, en toda la zona de la costa. Y nos pidieron unos presupuestos acá en Mar del Plata. Hacía mucho que no venía y pensé en buscarte. ¿Tenés algún plan para esta noche? ¿Te gustaría ir a comer algo? –No podía creer lo que estaba escuchando, pero no podía decirle que no. Con qué excusa, ella sabía dar buenas excusas, qué le pasaba… se retaba a sí misma por ser tan débil, pero nunca había sido descortés y entre ellos no había pasado nunca nada, no es que habían sido novios o algo así. Las cosas no habían terminado bien, pero tampoco habían peleado. Y como ya era tarde aceptó su invitación.

—La verdad es que estoy famélica, estaría bueno. Pero después me esperan mis amigos, íbamos a salir –dice sonriente y él le devuelve la sonrisa. Hay una pregunta en su mente que le dice: ¿qué estás haciendo, Clara?

—Bueno, entonces salgamos –le dice mientras se ponen de pie y ella busca su cartera y apaga las luces.

Bajan juntos por el ascensor y parece más pequeño que de costumbre. Se percibe ese aire intenso entre los dos. Se hace un silencio raro mientras caminan hasta la pizzería que está enfrente de la oficina. Reside un frío intenso, julio es un mes helado en Mar del Plata y la brisa del mar no ayuda. Clara siente una ansiedad extraña mientras caminan juntos, algo tan simple como eso provoca que su corazón no deje de sentirse agitado.

Manuel…

Su perfume, su mirada, esa boca que casi prueba una vez. Estaba arruinado, cinco segundos con ella y ya quería besarla. Se dio cuenta de que cuando le contó que había leído su artículo, ella se había hecho la tonta. Así que decidió no seguir por ahí, ya iba a volver a hacerlo de todas formas. Todo marchaba bien; la invitó a cenar porque no tenía ni idea de cómo hacer para alargar más su inusual y loco encuentro, y ahora van caminando juntos, y él no puede sacar de su mente lo que leyó, aquello que recordó... de algo estaba seguro, la había extrañado, no podía dejar de mirarla, se había transformado en una mujer radiante. Había investigado un poco por las redes antes de ir a buscarla. Seguía siendo esa persona agradable, amistosa y dulce que él había rechazado…

Clara

Cuando entran a la pizzería se ubicaron en una mesa lejos de la gente. Una música suena suave bajo los murmullos que se escuchan en el lugar. Una moza se acerca y les deja la carta, coqueteando disimuladamente con Manuel. Clara no pasa por alto esa actuación, y esboza una gran sonrisa, porque viene a su memoria los efectos que él lograba con las mujeres. Nadie iba a pasar frente a él sin mirarlo detenidamente. Todo su conjunto: cara, cuerpo, mirada y sonrisa eran muy difíciles de resistir.

—Bueno, la pizza de roquefort que hacen acá es exquisita –le aconseja Clara, mientras observan la carta.

—Entonces, una pizza de roquefort y una cerveza, ¿te parece? –pregunta él, sin mirar a la moza, solo mirándola a ella.

—Sí. –Así que toma el pedido y se retira. En la mente de Clara comienzan a surgir un sinfín de preguntas… ¿de qué van a hablar?, ¿para qué vino?, ¿por qué está acá con él? El silencio desbarata los planes de Manuel, le cuesta iniciar una conversación y sabe muy bien que está tan nervioso o más que ella. Clara lo observa disimuladamente y se pregunta:

¿Cómo alguien con el que ni un beso se dio, provoque tantas cosas? Pero al fin, Manuel decide terminar con el mutismo.

—Pensé que esto me iba a salir mejor, pero no sé cómo hacerlo. Nunca fui muy bueno con las palabras –suelta así sin más.

—No te entiendo, Manuel, ¿qué querés decirme? –Suena su celular, es Lore y le tiene que contestar porque no va a parar de llamarla–. Discúlpame un segundo, tengo que atender. –Se levanta de la mesa y va a un lugar más alejado.

—¿Dónde estás? –pregunta histérica–. Decime que estás bien, todavía no puedo creer lo que me contó Julia.

—Estamos en la pizzería al frente de las oficinas. No sé qué hace acá, según él, está con Juan o vino con él, por un negocio que tienen entre manos. Y por eso pasó a saludarme. También me dijo que leyó mi artículo. ¿Qué hago, amiga? –pregunta desesperada.

—No sé, pero si te fue a buscar tiene cosas que decirte. Y si leyó tu artículo, sabemos qué personaje es, ¿no? –bromea.

—No me digas, qué graciosa. No tengo idea de qué hacer o decirle, trataré de llegar al pub en una hora, ¿sí?

—Dale, no te preocupes. Es temprano todavía. –Cuelgan.

—Perdón, era Lore, quería pasar por casa a buscarme para ir al pub… –Como justo les trajeron la pizza se sirven una porción cada uno y un vaso de cerveza.

—Lore no cambió nada, sigue cuidándote mucho. Siempre me gustó la amistad que las unía –dice mientras toma un trago de cerveza.

—Es familia para mí –contesta con voz nostálgica.

—Por cierto, no supe lo de tus padres hasta hace muy poco. Lo siento mucho, debió ser muy difícil para vos.

—No te preocupes, muchas personas no se enteraron. Y sí lo fue, a veces lo sigue siendo, pero sigo adelante. Y vos… ¿con ese tema cómo estás? –Manuel perdió a uno de sus mejores amigos cuando una enfermedad fatal se llevó a Gastón.

—También lo llevo bien, trato de disfrutar el día a día. En honor a él. –Una luz de tristeza se cuela por sus ojos.

La charla se vuelve amena, entre ellos la química que hubo siempre aún sigue intacta, a pesar de los años, de la distancia. Hablaron en poco tiempo, de muchos temas… sonrisas y miradas emocionadas rellenaban algunos huecos de la cháchara. Ahí estaban dos personas que hacía más de diez años que no se veían, pero nada había cambiado en su manera de relacionarse, absolutamente nada.

El tiempo pasó volando, y Clara al observar su reloj decide que tiene que irse. Muy a su pesar.

—Manuel, tengo que irme. Me están esperando y no quiero llegar tan tarde –anuncia mientras comienza a guardar su celular en la cartera.

—Pido la cuenta y te llevo. No vas a ir caminando. –Ella no estaba segura de seguir con él. Era demasiada tentación, se conocía lo suficiente para saber que no era buena idea, pero no había ido en auto al trabajo, así que aceptó.

—Bueno, como quieras… si no te molesta.

—Para nada –dice con tono seguro. Y hace señas a la moza para que traiga la cuenta. Una vez que salieron del lugar y subieron a su auto:

—Nooo, no te lo puedo creer… ¡¡¡otra vez!!! –protesta enojado y golpea el volante con sus manos.

Manuel…

En su mente un pensamiento entraba cauteloso; nunca nombró novio hasta ahora, ningún indicio que señalara que lo tuviera, él tampoco y la tenía, a pesar de estar distanciados actualmente. Pero necesitaba más, no había llegado hasta ahí, para irse. Así que dispuesto a estar un poco más de tiempo con ella, ideó un plan, más rápido que un ladrón de billeteras… necesitaba pensar en algo vertiginoso para seguir con ella.

Y la víctima iba a ser su auto, estaba decidido… un problema técnico, una noche muy fría, y nadie que pueda arreglarlo… si todo salía como imaginaba, el plan podía llegar a ser perfecto.

Clara…

—¿Qué pasa, anda algo mal? –dice Clara observándolo por primera vez enojado en la noche.

—Es la tercera vez que queda mudo en el mes, pide un cambio a gritos. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Hay algún colectivo que salga a esta hora para Valeria?

—No, olvidate, es imposible. ¿No viniste con Juan?

—Sí, pero cada uno en su vehículo, porque él tenía un compromiso en San Bernardo.

—Bueno, no te hagas problema. Vamos hasta el pub y preguntamos si alguien puede darte una mano. ¿Te parece?

—Sí, dale, pedimos un taxi, hace mucho frío. Se acerca a ella y frota sus brazos familiarmente, de una manera tan natural que Clara pudo sentir cómo corría un río de emociones por su cuerpo.

Llegaron al pub, estaba abarrotado de gente. Distingue a su grupo de amigos en la multitud y va caminando hacia ellos con Manuel por detrás, viene a su encuentro Lore con un vaso de champán. Clara siente que sus mejillas queman, que se debe estar poniendo colorada, y agradece que la luz sea tenue, para ocultar su aspecto. Lorena la mira con los ojos grandes, cuando distingue a Manuel. Se acerca y la abraza y le habla al oído.

—¿Creo que me perdí de algo? –dice burlona y se acerca después a él y también le da un abrazo. Siempre tuvieron buena onda. Hasta el día de la “declaración”.

Manuel…

Cuando llegan ve un grupo de personas que la saludan alegremente y percibe los ojos de Lorena clavándose como dagas en él. Va a su encuentro y lo abraza, siempre se habían llevado bien hasta que Clara salió lastimada. Entre dientes le dijo:

—No sé qué hacés acá, pero te advierto que si le volvés a romper el corazón, ahora sí te la vas a ver conmigo. –No lo tomó mal porque sabía que la había herido y seguro Lore presenció todo lo que sufrió por él. Sabía que lo decía para protegerla. Pero para Manuel era muy pronto para sacar conclusiones.

—Espero no volver a cometer los mismos errores, Lore. No tengo ninguna mala intención. –Aunque en el fondo, todavía no sabía lo que estaba haciendo y el porqué. Ella lo abraza y lo presenta al resto del grupo en un tono burlón, típico de la ex de su amigo Juan.

Clara…

—Bueno, señores y señoras, este guapo de acá es un amigo mío y de Clara de hace muchos años… Manuel. Vive en Valeria del Mar, pero sentimos que se había mudado a la luna porque desapareció de la faz de la tierra… –lo dijo con una sonrisa malévola, pero él no se perturbó. Todos lo saludaron amablemente. El único que lo miró con recelo fue Tomás, como si supiera quién era. Automáticamente se acercó a Clara y le preguntó:

—¿Todo bien? –Mientras sostenía su mano y lo miraba a Manuel.

—Sí, todo bien, muy cansada, ni siquiera pude pasar por casa a cambiarme…. –le contesta ella muy normal. De reojo mira cómo Manuel no aparta los ojos de ellos, algo que también nota Tomás. Vuelve sus ojos a ella tratando de encontrar alguna respuesta. Y le regala su mejor sonrisa, tira de su brazo y la abraza… le da un beso en la mejilla y le dice muy despacio…

—Estás preciosa igual… ¿Amanecemos juntos mañana? –con una voz seductora que derretiría al glaciar Perito Moreno.

—¡¡¡Tomás!!! –lo reta y se suelta de su abrazo. Por alguna extraña razón vuelve a ruborizarse, pero ahora no está segura si es por la pregunta de Tomás, o por el espectador que no les saca los ojos de encima.

Manuel…

Enseguida todos lo saludaron cordialmente. Menos uno, un tal Tomás que apenas lo ve, tomó del brazo a Clara y le habló demasiado amistoso para su gusto. No le gusta cómo se dirige a ella y lamentablemente no puede con su genio y le cuesta sacarle los ojos de encima. Si este personaje tiene algo que ver, va a tener mucha competencia, piensa; es de los facheros, que seguro trabaja encerrado en una oficina, siempre vestido de príncipe. Igual no sabe por qué está pensando en eso. Trata de cambiar su atención hacia otro lado.

Se pone a hablar con Santino, un tipo que le dio buena impresión enseguida. Obviamente y para su suerte no hay colectivos a esta hora, ni hoteles como para ir, es decir, hoteles en Mar del Plata, un millón… pero una single le costaría un ojo de la cara, necesitaba muchas excusas para lograr su objetivo… y casi todo marchaba como quería.

Clara…

La música sonaba más fuerte e invitaba a salir a la pista a bailar. Ella observó a Manuel muy entretenido charlando con Santino, con el que estaba segura de que se iba a llevar de maravillas. Si él no había cambiado en estos años, el rock y las motos iban a sumergirlos a ambos en una muy buena charla. Y quizás era Santino el único que podía saber si podían arreglar el problema del auto de Manuel.

Lorena la observa, mientras bebe su trago sin hablarle. Puede ver en los ojos de su amiga el desconcierto y la ansiedad de haberse reencontrado con su gran amor. Y en el fondo teme por ella, porque vuelva a sufrir. Pero no puede hacer nada.

—¿Necesitás un babero? –le pregunta bromeando–. Querida, dejá de mirarlo así, porque esta vez sospecho que no se te va a escapar. –Sonríe.

—Olvidate, Lore, no pasa nada. Solo estoy sorprendida. –Miente ampliamente. Porque en el fondo de su ser hay un revuelo de emociones que parecen incontenibles.

—¿Te olvidás con quién estás hablando? ¿Cuál es tu plan? –le pregunta su loca amiga, solo para hacerla divertir un rato.

—No tengo ninguno. Pensaba que como se rompió su auto, no hay colectivos, hace un frío de locos y no conoce a nadie por acá para quedarse a dormir, vos lo vas a invitar a tu casa.

—¡MMM! Lo siento, amiga, pero no voy a poder ayudarlo. Tengo una cita para esta noche. –Y le hace señas para que mire hacia la barra, donde está el dueño del bar, que levanta su copa cuando cruzan las miradas.

—Por favor, Lore, no me hagas esto. No voy a poder resistirme, ¿viste cómo está? No está en mis planes llevarlo a casa –dice con un tono de voz desesperado y mordiéndose los labios. Ella no estaba segura de poder mantenerse a raya con él. Aunque ya había sido rechazada una vez, tenía una leve sospecha de que esta vez podía ser distinta. No románticamente hablando, precisamente. Pudo percibir una tensión sexual en el ascensor… y de eso estaba segura.

—Voy a citar tus propias palabras: “todo pasa por algo en esta vida”, le dice su amiga en el oído y la deja sola, mientras se va a la pista a bailar, guiñándole un ojo.

Cuando Lore la deja sola, él se acerca a Clara, le habla al oído, porque la música estaba bastante alta. Pudo sentir su aliento colarse por su cuello y un sinfín de sensaciones se desperezaban, después de tantos años dormidas. Por un segundo, su mente viajó, como suele pasar en las películas, unos cuantos años atrás, a una de esas noches especiales que recordaba con él.

En el boliche sorteaban regalos porque se festejaba el día del amigo y Manuel se había ganado una remera. Así que ella le pedía insistentemente que se la regalara, solo porque quería tener algo de él. La remera era espantosa, los colores exagerados y vibrantes. Pero eso no importaba.

Recordaba exactamente dónde estaban parados charlando: bajo una ventana que daba a la calle, cerca de una escalera que bajaba al primer piso del lugar. Él se había acercado de la misma forma que ahora, solo que tenía el cabello más largo, así que además de su aliento fresco, su cabello había rozado sus hombros… y le había dicho: “Te la cambio por un beso…”, esa había sido la primera vez que Clara confirmaba que estaba totalmente enamorada de él. Porque, si no fuera por la aparición de Lore, en ese instante, le hubiera dado el beso. No se iba a hacer rogar. De igual manera, él le regaló la remera. Una remera con la que durmió por mucho tiempo.

Manuel.

Tenía que decirle lo que Santino le había comentado. Pero al hablarle al oído, el perfume de ese cuello hizo que perdiera los estribos. Ni él mismo estaba seguro de seguir con su plan.

Fueron solo unos segundos, pero tuvo una especie de déjà vu.

Se dio cuenta de que ella estaba distraída, como si estuviera en otro lugar. Muy lejos de ahí.

Se sintió sorprendido cuando la vio tan hermosa, entre la multitud. Con ojos soñadores y media sonrisa.

No quería interrumpirla, pero necesitaba comentarle lo que había hablado con Santino.

Clara

—¿Clara? –le pregunta mirándola profundamente.

—Disculpame… –dice ella tratando de volver a la realidad–. ¿Qué me decías?

—Santino me comentó que no hay mecánicos ahora, ni colectivos y en una single de un hotel me arrancarían la cabeza, y la verdad es que no estoy para tirar manteca al techo últimamente.

Con todo el miedo del mundo, Clara pone sonido a una pregunta, que está segura de que va a cambiar su vida para siempre…

—¿Querés venir a mi casa? –lo dice rápido.

—¿Estás segura? ¿No te importa? –pregunta él, con media sonrisa sabedor de que ganó la primera batalla.

Ella no estaba segura. Para nada. La única certeza que tenía era que estaba loca de remate. Pero seguía queriendo mostrar su madurez a toda costa.

—La verdad, como lo veo yo, no tenés muchas opciones –dice ella tratando de expresarse graciosa–. A lo de Lore, no podés ir. Porque está tramando un encuentro interesante con el dueño del bar. –Le muestra a Lore, que está sentada en una banqueta frente a un morocho de aspecto rudo que le habla bastante cerca–. Dormir en tu auto, imagino que está fuera de las posibilidades, hace muchísimo frío, mañana amanecerías congelado y te enfermarías. –Él sonríe, ante su sentido práctico del asunto y ve cómo la persona con la que él tanto disfrutaba charlar hace muchos años, aún existe bajo toda esa coraza que quería mostrar–. Mi casa está cerca, tiene un sofá bastante amplio y cómodo, no será como una cama de hotel, pero vas a sobrevivir. –Sonríe. Aunque por dentro, un volcán está en su punto de ebullición.

—Es una oferta cinco estrellas quedarme en tu casa, si para vos no hay problema –contesta tranquilamente. Su plan había funcionado.

—Bueno, entonces tu problema está resuelto –dice ella, mientras piensa que es una locura. Para cambiar de tema, porque en cualquier momento se arrepiente de lo que acaba de hacer le pregunta–: ¿Cómo está Juan?

—Bien, muy bien. Como siempre.

—¿Hace mucho que trabajan juntos?

—Sí, bastante. Y nos va bien. Nos complementamos. Es un gran socio y amigo.

—¿Y salen por ahí, a bailar…? –pregunta Clara, queriendo saber algo más de ellos. Sobre todo, si tiene novia.

—La verdad es que no hay muchos lugares a los que podamos ir a divertirnos como antes, porque los pubs en Valeria del Mar son para los chicos más jóvenes… son casi niños a nuestro lado. Así que hacemos cosas de viejos. –Sonríe. Y ese conjunto que forman sus ojos y la sonrisa blanca y radiante hacen que Clara se mortifique por dentro, por la decisión de hace segundos. ¿Cómo logrará sobrevivir a Manuel en su departamento?– Salimos a tomar algo cuando cae la tarde, o vamos a cenar a alguna parrillada. –Manuel no mencionó a su novia, en el fondo se sintió culpable, pero no quería arruinar el momento. A Clara no le pasó desapercibido que él estaba solo y eso le gustó.

Manuel…

Mientras su charla era amena y seguían poniéndose al día, después de tanto tiempo, Tomás no soportó más verlos juntos y alejados del grupo, así que decidió acercarse a Clara para invitarla a bailar… extendió su mano, ignorando completamente al galán de ojos claros, que no le había caído para nada bien:

—Clara, ¿bailamos? –Ella miró a Manuel como pidiéndole permiso, pero este no dijo nada y se alejó, volviendo despacio al grupo. Un fuego interno se había encendido en su interior, algo inexplicable, pero que quemaba demasiado. Disimuladamente los observó en la pista, y vio cómo Tomás tampoco le perdía pisada, daba la sensación de que con su mirada le decía que había ganado la batalla. Y él no era de los soldados que se retiraban, nunca.

—¿Una cerveza? –le ofrece Santino mientras miran hacia la pista. Como era su costumbre, nada se le pasaba por alto. Así que con mucho respeto le preguntó–: ¿Te gusta Clara? –Manuel hizo media sonrisa y tomó de su cerveza, dejando que el silencio y sus ojos contestaran–. Ya veo que sí… –Ríe por lo bajo Santino. Mientras analiza a este nuevo personaje que se coló en la vida de sus amigas.

—¿Sale con él? –pregunta Manuel, confiando en Santino.

—Algo hay, pero nada serio –confirma y a Manuel se le anuda el estómago–. Es una mina excelente, pero nunca le conocí un novio.

—Sí, es una mujer muy especial. –Sonríen y chocan sus cervezas para brindar.

Mientras no aleja la vista de la pista, se ponen a charlar de fierros, algo que a ambos les gusta y enseguida intercambian números de teléfono.

Clara…

—Ya me estoy poniendo celoso con tu Manuel –reclama Tomás mientras le hace dar una vuelta.

—No seas tonto, primero no es mi Manuel y segundo no tenés que estar celoso. –Sin embargo, Tomás presentía que ese tipo era alguien que iba a traerle problemas. La mirada que habían cruzado había sido de puro desafío. Y eso no le gustaba.

—No sé, hay algo que no me gusta de él. La forma de mirarte, como si le pertenecieras, no la mira de la misma manera a Lorena.

—Para nada Tomás, hace años que no nos vemos y siempre fuimos grandes amigos, así que estamos poniéndonos al día.

—¿Amiga nada más…? ¿Sin ningún beneficio? –le dice mirándola a los ojos, casi en un ruego oculto. Y Clara se da cuenta de que algo está cambiando en Tomás, puede sentirlo. Y ella no quiere lastimarlo.

—Sin ningún beneficio. Cuando lo conocí era una adolescente que recién salía del cascarón, inocente y creía en el príncipe azul, hace tiempo que dejé de creer en eso.

Un pensamiento fuerte se desliza en la mente de Tomás, algo que está guardando y que no sabe cuánto tiempo más podrá dejar escondido.

—Algún día vas a volver a creer, si solo pudieras abrir esos hermosos ojos verdes y mirar un poco más allá… –le dice suave al oído, mientras la abraza fuerte, ya que justo ponen unos lentos del recuerdo preciosos.

Clara sabe que está yendo por un camino peligroso, que necesita aclarar las cosas con Tomás, porque si bien la ha pasado genial con él en lo íntimo de una relación sin rótulo, a ella, no le gustaba la forma que estaba tomando y no quería perderlo como amigo.

Para Clara, él era una persona espectacular y no quería hacerlo sufrir. Se alejó un poco de su abrazo y le pidió que fueran a sentarse. Algo contrariado por la reacción de ella, quiso jugar una última carta.

—¿Estás segura de que no querés dormir conmigo esta noche?

—Sí, perdoname –contesta ella, mientras suelta su mano al llegar al grupo. Algo que Tomás y Manuel notan enseguida.

—Mañana te llamo por si tenés ganas de ir a la playa, anuncian buen tiempo. –Clara asiente y Tomás le da un beso en la mejilla y se va.

Apenas se aleja del grupo, Manuel se acerca a ella.

Manuel…

Si bien con Santino habían charlado de todo un poco y este le había caído muy bien, no pudo dejar de controlar la situación que había en la pista de baile, entre Clara y Tomás.

Algo que no estaba dispuesto a confirmar, se le había formado en el pecho, cuando los vio abrazados en la pista, cuando vio cómo él le hablaba al oído y le acariciaba su espalda.

No sabía bien qué pasaba entre ellos, aunque Santino algo le había insinuado, pero presentía que era más del lado de él. O al menos eso quería pensar.

Se acercó a Clara con el único objetivo de llevarla de ahí, quería volver a estar solo con ella.

Clara…

—¿Nos vamos? –le pregunta rogando porque ella quisiera.

—Sí, estoy muy cansada.

—¿Vivís muy lejos?

—No tanto, pero igual vayamos en taxi, no tengo ganas de caminar, sobre todo con el frío que está haciendo.

Saludan al resto del grupo, Lore le guiña el ojo con una gran sonrisa, mientras se dirige hacia el bar.

Cuando salen, el frío se hace sentir hasta los huesos. Manuel de manera natural la rodea con su brazo mientras con el otro llama a un taxi. Clara puede percibir la tibieza de ese contacto que en segundos subió su temperatura. Manuel se pierde en el perfume que desprende el cabello de Clara, que actúa como un bálsamo para todos sus sentidos.

Ella siente que podría quedarse así toda la noche y ese pensamiento le da miedo.

Cuando llegan al edificio donde está el departamento de Clara, ingresan por un lobby pequeño que tiene un ascensor y una escalera. Clara prefiere la escalera, no cree poder soportar la estancia de sus cuerpos en el pequeño ascensor.

Pero la escalera también es muy complicada, está oscura y silenciosa. El perfume de Manuel y el calor que desprende la envuelven completamente y un par de ideas locas se forman en su mente. Lo arrinconaría a una de las paredes y por fin sabría a qué saben sus besos. Su cabeza le estaba jugando una mala pasada. Ya no pensaba con claridad y a cada paso que daba se arrepentía de haberlo invitado. En un momento de lucidez casi tropieza y él enseguida le toma la mano. Unas manos ásperas y fuertes, tal cual las recordaba, fruto de trabajo duro, no en una oficina… y millones de ideas nada puritanas explotan en su mente.

—Era mejor el ascensor, Clara. Este pasillo parece de terror. ¿Por qué no tiene luces más fuertes? –declara Manuel mientras ella suelta su mano.

—Sí, quizás tenés razón. Pero ya hablamos con el encargado y nos prometió que va a hacer algo.

Manuel…

Su voz lo estaba traicionando, podía sentir su propia ansiedad retumbar en el silencioso y oscuro pasillo.

Todo se levantaba en un escenario donde él quería empujarla en contra de una de esas paredes y besarla hasta ponerle fin a su agonía.

El contacto de tomarle la mano para que no se cayera fue motivo para que todo empiece a bullir en él, tenía miedo de no poder controlarse.

Casi no podía escuchar la explicación que le daba del administrador del edificio, estaba tan concentrado en controlar la tormenta que se había desatado en él que era muy difícil oírla.

Al fin llegan a su departamento. Pudo notar cómo ella también estaba nerviosa y por alguna loca razón lo hizo sentir mejor.

Clara…

—Llegamos –le dice mientras abre su puerta y lo invita a pasar. Para Clara, no había mejor lugar que ese. Deja las llaves sobre una mesita que hay cerca de la puerta y cuelga su abrigo en unas perchas rústicas que había comprado en una venta de garaje. Él la imita con su campera y observa detenidamente el lugar.

—Esta es mi humilde morada –dice sonriente mientras se acerca a la ventana para correr las cortinas–. Desde acá se puede ver el mar y para mí es una vista cinco estrellas. –Manuel se acerca a las ventanas.

—Es una vista espectacular. Sinceramente no le daba mucho crédito a tu departamento con el pasillo del terror –dice bromeando mientras sigue mirando hacia afuera. Necesita calmarse. No quiere mirarla a ella–. Pero vale la pena cruzarlo –bromea.

—Voy a buscarte unas sábanas y unas mantas. Al final del pasillo tenés el baño, por si lo necesitás. –Se lo señala. Mientras ella se va a su dormitorio a buscar lo que necesita y a tomar un respiro.

Cuando vuelve, ve que Manuel por primera vez en la noche revisa su celular. Uno que deja en la mesa del living, cuando nota su presencia.

Clara se acerca al sofá para tender su improvisada cama y rozan sus manos mientras él trata de ayudarla.

La tensión sexual puede sentirse en el aire. Ambos se dan cuenta.

—Está bien, Clara, yo la preparo, debés estar cansada y ya hiciste mucho por mí.

—No hay problema, no es nada. Si querés tomar algo caliente, té o café, detrás de la barra encontrás todo. Ahora si me disculpás me voy a dormir. Que descanses.

—Gracias, de verdad. Vos también descansá.

Va a paso firme a su habitación. Cierra la puerta y se desploma contra ella. Todavía no puede creer lo que está viviendo. Alguien que amó en secreto, hasta aquel día donde había decidido ponerle fin a su angustia, estaba del otro lado de la puerta, por acostarse en su sofá, con ese cuerpo tallado y esa boca tentación…

¿Por qué no podía actuar despreocupada como lo había hecho un par de veces con Tomás por ejemplo, y hacer uso de toda la seducción que poseía, para por fin descubrir a qué sabía ese ser humano que tantas noches le había robado sus sueños?

Suponía que eso le pasaba porque ya lo había intentado una vez y había sido rechazada.

Era mejor dejar de pensar y ponerse el pijama. Como no escuchó ningún sonido, se quedó dormida por fin.

Manuel…

No era este el plan que había organizado desde un principio.

El sofá era cómodo, pero imaginaba que la cama era mucho mejor.

Las ganas de dormir con ella no lo dejaban tranquilizarse, estaba seguro de que iba a ser una noche difícil.

Se encontraba tan cerca de ella. A solo unos pasos, pero sabía que no podía hacer nada. No todavía.

Habían bastado unos minutos para darse cuenta de lo mucho que la había extrañado. Lo bien que la pasaban juntos.

Esa sonrisa franca y chispeante de repente lo había llevado al pasado, uno donde disfrutaba mucho de su compañía.

Todo aquello jugaba con su mente inquieta y desvelada, atormentándolo por haberla hecho sufrir.

Se habían olvidado de cerrar las cortinas, así que el sol se había colado por la habitación y lo había despertado. En realidad no durmió casi nada.

Acomodó las sábanas y mantas que había usado y se propuso preparar algo para desayunar.

Clara ya se había despertado, se escuchaban ruidos en su habitación.

Clara…

Se despierta sobresaltada y una luz radiante entra a su dormitorio.

Cae en la cuenta de que detrás de esa puerta está el protagonista de su historia.

¿Cómo debía actuar? Si alguna vez se le hubiese ocurrido la delirante idea de que esto podría haber llegado a pasar, lo tendría ensayado, como aquel terrible discurso que la trajo hasta ahí.

Se levantó y pasó casi corriendo hasta el baño, necesitaba lavarse la cara, los dientes y perfumarse.

Sin hacer ruidos volvió a su habitación y se puso ropa informal, porque estaba en su casa y era fin de semana.

Se le había cruzado la idea de ponerse un atuendo más rebuscado, más lindo. Que la hiciera ver mejor, pero enseguida descartó la idea, esa no era ella. No iba a vender una imagen de una persona que no era. Nunca.

Fue hasta la cocina y vio que las sábanas y frazadas estaban bien dobladas y acomodadas en un rincón del sofá. También se encontró con la mesa puesta; dos individuales, un par de tazas y detrás de la barra, observando la cocina, una espalda del tamaño justo, ni muy ancha ni demasiado flaca, podría decirse que perfecta, que se movía preparando algo. Tampoco podía dejar de observar ese cabello castaño con hilos dorados que tanto le gustaba… era una muy buena manera de empezar una mañana, pensó.

Clara sentía que todavía estaba soñando.

Manuel percibió su presencia, la energía de ella colmaba el aire. Se giró para saludarla y casi babea, cuando la ve con esa calza tan ajustada a sus hermosas piernas, que no dejaban nada para la imaginación.

Una remerita suelta, colita atada y zapatillas. La verdad es que por la mañana y de entre casa es muy sexi también, concluye tratando de desviar su mirada.

—Buen día. ¿Hice mucho ruido, te desperté? –pregunta con una cálida sonrisa.

—Buen día. No me despertaste, fue la claridad que se coló por mi ventana. No te escuché a vos. ¿Encontraste todo para un buen desayuno? –le dice divertida, mientras se acerca a buscar unos platos en la alacena que está frente a él.

Y la inunda su aroma… penetra en lo más profundo de su ser. No sabe cómo seguir resistiendo a este hombre, tan sensual y deseado. Trata de pensar en otra cosa, no imaginarse nada que luego no pueda poner en práctica y la dejara obsesionada por días. Busca mermelada y queso crema en la heladera. Un plato para poner las tostadas y se sienta, justo cuando él sirve el café. La espontaneidad del momento es demasiado hermosa para ser cierta.

Manuel…

Desde que apareció en la cocina, la energía que fluye de ella se puede sentir. Manuel está totalmente impresionado por el atuendo de esta mañana y le cuesta mantener los ojos lejos de esa calza, que tanto favorece a su cuerpo.

Está atormentado todavía por la noche que pasó, soñando con cruzar esa puerta cerrada que impedía todo lo que necesitaba experimentar…

La familiaridad del desayuno improvisado, casi irreal, lo confunde… un lío de emociones, están desesperadas por salir.

Se acerca el momento de explicarle por qué la buscó. Pero no sabe cómo hacerlo. Ni tampoco si debe hacerlo.

Clara…

—¿Dormiste bien? Muchas noches me quedo dormida en el sofá y no es muy cómodo –argumenta señalando el sofá.

—No me di cuenta, estaba muy cansado. Me gusta tu departamento, es muy acogedor. Y la vista es indudablemente lo más lindo que tiene. Debiste trabajar mucho en él. El edificio se nota que es antiguo, pero remodelado –comenta, ya que, al no poder dormir, analizó el espacio.

—Sí, no tenés idea la inversión y el tiempo que le dediqué, pero estoy feliz con el resultado. La vista me enamoró enseguida. Cuando tengo días agitados, donde solo quiero paz, llego acá, me preparo un café o mates y me siento en el pequeño balcón para mirar hacia el mar –confiesa, mientras le comparte una tostada con queso y mermelada.

—¿Y tenés muchos días agitados? Imagino que en este momento estoy poniendo a prueba uno de esos días –asume con cierta ironía en sus ojos.

—No estás complicando nada –miente muy mal y lo sabe–. Pero por suerte son más los días tranquilos. No tengo una vida muy convulsiva y aventurera –aclara mientras toma un sorbo de café.

Un cómodo silencio se hace por unos segundos donde las miradas se cruzan furtivas y las sonrisas tímidas se dibujan en sus rostros.

—¿Te puedo preguntar algo personal? –consulta Manuel y ella solo piensa en que tiene miedo de contestar. ¿Qué quería de ella?

—Sí –proclama aterrorizada, aunque la voz no la traiciona.

—¿Estás saliendo con Tomás, tu compañero de trabajo? –Siempre iba al grano enseguida, una característica de él que Clara había olvidado. Podía mentirle, y quizás así terminaba este encuentro de una vez. Pero ella no era así. Así que fue sincera, como siempre.

—Es un poco complicado –contesta incómoda. Y Manuel le hace un gesto para que siga… –Somos una especie de amigos con beneficios… –dice al fin. Pudo ver cómo él arrugó el ceño y abrió sus ojos como platos, al final Santino tenía razón, concluye–. Es un tipo excelente, la pasamos muy bien juntos, pero no es… –niega con la cabeza y supone que entiende lo que dice.

Manuel…

Él se indagaba: ¿para qué le había hecho la pregunta si ahora no le gustaba su respuesta? No le salieron las palabras, porque no podía creerlo de ella.

Igualmente, por lo que pudo ver anoche, Tomás estaba interesado demasiado, se le notaba en su forma de hablarle, de sostenerle la mirada. Su intuición no le había fallado.

Es ella la que no lo quiere, o al menos no quiere una relación seria y eso le sorprende mucho.

Esta no es la Clara que él conocía.

De todas formas, un nudo extraño se había formado en su garganta. Una mezcla de enojo y decepción. Aunque sabía perfectamente que no tenía derecho a sentir nada de eso. Pero no podía manejarlo.

Clara…

—Me sorprendiste, no te imagino con un amigo con beneficios. Vos, no… –niega con la cabeza, como si buscara palabras para expresar lo que sentía sin herirla–. No eras así, intimidabas cuando hablabas de buscar al amor de tu vida. Siempre fuiste una romántica. –Clara no puede creer que después de tantos años él aún recordara alguna de sus charlas.

—Bueno, cambié. Todos cambiamos cuando crecemos –dice un poco a la defensiva, mientras se levanta para lavar su taza. En ese momento, Manuel la toma suavemente del brazo para que lo mire y preste atención.

—Necesito que me escuches… ¿podés sentarte un rato más? –dice nervioso mientras que sus ojos la hechizan como si fueran de un brujo a punto de tomar su alma. Clara vuelve a su silla expectante y nerviosa–. No pienso hacerme el idiota y hacer de cuenta de que no pasa nada. Vine por una razón y necesito decírtela. –Y ella necesita también saber, por lo que hace silencio y lo escucha. Él está nervioso, como si estuviera buscando las palabras para expresarle lo que siente, sin ilusionarla o generar expectativas porque él tampoco está muy seguro de nada.

—Juan se enteró de que escribiste el artículo a través de las redes sociales, así que compró el diario y enseguida me lo trajo a mi casa y lo leí. No tenía idea de que era de tu vida–. Hablaba pausado estudiando las palabras y respirando hondo para tranquilizarse–. Sé que el protagonista de tu artículo soy yo. No tengo dudas.

—No sé adónde querés llegar, Manuel. Te mentiría si te contradigo cuando decís que sos vos el protagonista, pero siento que te hace sentir obligado a dar una repuesta, y eso es algo que yo no necesito. Lo escribí porque me gustan las historias de amor y gracias a eso me ascendieron y tuve la suerte de contactarme con lectores que me han enviado muchos mensajes alentadores y el resultado fue mejor de lo que esperaba. Fue hace mucho tiempo, yo era una adolescente soñadora que interpretó todo mal, pero ya está… es pasado. –Habla tranquilamente exponiendo lo que siente, aunque en este momento sus sentimientos estén a flor de piel. Manuel nunca dejó de mirarla, de esa forma que solo él sabía hacerlo y que podía penetrar en lo más hondo de su ser.

—No, no interpretaste mal nada, solo que estábamos en momentos diferentes. Nada más… quiero que sepas lo que yo sentía, lo que nunca pude explicarte. No quiero que te quedes con una idea confusa y no me importa el tiempo que ya haya pasado. Después de haber estado diez minutos con vos, me di cuenta de lo mucho que te había extrañado, eras mi amiga por sobre todas las cosas, me gustaba hablar con vos, era fácil hacerlo. Esa noche, esa bendita noche que elegiste para hablarme, en ese lugar que jamás frecuentabas y donde por fin nos volvimos a ver, después de un buen tiempo donde solo me ignorabas… –Algo en el interior de él sonaba como enojo, y daba la sensación de que no sabía cómo poner en palabras lo que había sentido–. Me sorprendiste. Tenía una vaga idea de que podía ser eso lo que te estaba pasando, pero nunca pensé que serías capaz de decírmelo.

—Ya está, si te sirve de algo nunca te odié, ni sentí rencor, eras mi amigo también, pero no podía seguir fingiendo. Igual ya pasaron muchos años… –Manuel necesitaba explicar más. Creía ciegamente que se lo debía.

—Te extrañaba, de verdad que lo hacía. Pero no podía ir más allá. Yo sabía lo que querías: un príncipe azul, ese de las películas, que compra flores, te besa con dulzura, te baja la luna… yo no podía darte eso. Buscaba otra cosa, estaba a pleno con la sexualidad y necesitaba una mujer para eso. No podía estar con vos. Sabía cómo pensabas en lo referente a tu primera vez. Querías hacerlo con alguien que te amara de verdad y eso era demasiado para mí. –Algo empezaba a explicarse para Clara, y si bien no era lo que quería escuchar, tuvo su respuesta al fin. Manuel puso su mano sobre la de Clara, tan tibia y hermosa y de forma instintiva le dio un beso–. Solo quería que supieras –dijo él al fin. Mientras que por el cuerpo de Clara empezó a correr un río de lava. Cuántas emociones por un día.

—Gracias por explicarme, pero de verdad, para mí ya forma parte del pasado y no te guardo resentimiento… ¿Te sentís mejor ahora? –le dice risueña tratando de sonar divertida, aunque en su interior la cosa es muy diferente.

—Un poco mejor… –Se pone de pie y la ayuda a levantar la mesa. Un silencio extraño invadió el departamento y ella en su corazón podía permitirse cerrar al fin esta historia de amor.

Manuel…

El silencio que reinó después de su confesión era intenso y quizás un poco incómodo. Pero él necesitaba explicarle. Ella nunca se lo había permitido en el pasado después de aquella vez. Cuando lo veía se iba para otro lado, y si se lo cruzaba lo ignoraba. Eso lo había enojado mucho.

Todavía puede sentir el sabor de su mano en sus labios. Fue muy difícil contenerse. Ese insignificante contacto provocó una rebelión dentro de su cuerpo.

Se sentía tan impregnado de ella que creía enloquecer. No podía creer que le esté pasando esto. Quizás es el karma que provocó cuando la hizo sufrir, pensaba.

Tenía que irse. Se sintió culpable al no contarle de Anabel. Y necesitaba ponerle fin a eso. No sabía si Clara era la excusa, o quizás ya estaba muy cansado de su relación, pero era momento de terminar. Después vería cómo seguir… y su mente lo sorprendió, casi exigiéndole acordar un nuevo encuentro con Clara, pero no sabía cómo. Pasaron unos segundos nada más para que una idea estalle en su cabeza nuevamente. Ni él se reconocía en esos momentos.

Despacio y sin que se dé cuenta, dejó su reloj sobre la mesita que tiene Clara en el recibidor. Necesitaba una excusa para volver y es la única que se le ocurrió.

Clara…

No tenía ni idea de cómo seguir actuando mientras él estuviera allí. Su mente mientras lavaba los platos se había retirado a un lugar más tranquilo para encontrar paz… estaba demasiado movilizada y nerviosa… ansiosa… alerta…

—¿Estás bien? –pregunta mientras seca la vajilla que acaba de lavar y se vuelve a acercar a ella.

—Sí, estoy bien –miente rotundamente. El sonido del celular interrumpe la charla y Clara en su interior piensa “salvada por la campana”. Como estaba cerca de Manuel, lo busca y se lo alcanza y para su mala suerte pudo ver la foto de Tomás en la pantalla.

—¿Ey, cómo estás? –pregunta ella en voz baja. Su departamento es tan pequeño que es imposible mantener una conversación privada cuando hay alguien.

—Hola, estoy un poco enojado, de verdad quería estar con vos anoche, te extrañé. –Tomás necesitaba decirle lo que estaba sintiendo, cada vez las indirectas eran más directas. Pero tenía miedo de ser rechazado, Clara se estaba comportando de una manera extraña hacía unas semanas.

—Estaba muy cansada de verdad. Te prometo compensarlo. ¿Qué querés hacer? –le pregunta cada vez más bajo, porque no quiere que Manuel la escuche.

—Paso por vos esta tarde, vamos a tomar mates a la playa, el día está increíble. –No puede volver a negarse, a lo mejor se anima y le habla ahí.

Manuel se aleja un poco y tumba una fuente que adorna el centro de la mesa que no se rompe, pero hace un ruido intenso.

Adrede, porque la conversación lo había puesto muy nervioso.

—Perdón, Clara, por suerte no se rompió –dice en voz alta, con el único objetivo de ser escuchado por el otro interlocutor.

—Te llamo después, ahora parece que estás ocupada. –El tono de voz de Tomás cambió completamente y se sintió demasiado herido para seguir hablando. Algo no estaba bien.

—Cuando venís a buscarme te cuento. ¿Sí? –le dice preocupada, no quiere que se haga una idea equivocada y lastimarlo por eso.

—Está bien. - Cuelga.

Manuel…

Cómo disimular su descontento después de ver la foto de Tomás en el celular. Manuel estaba tan confundido con sus sentimientos que no podía seguir con ella un rato más. Todo se podía ir al garete si decía y hacía lo que pensaba.

La voz dulce de Clara cuando hablaba con Tomás lo caló en lo más hondo. No podía imaginarse a ellos dos juntos, besándose, haciendo el amor y trabajando en el mismo lugar.

Sabía que estuvo mal, de hecho, muy mal, haberse portado de una manera tan infantil al tirar el adorno, pero no lo pudo controlar. Por alguna estúpida razón quería que supiera que él había pasado la noche con ella, no importaban los detalles.

Necesitaba salir de ahí. Poner la mente en blanco. Calmarse. Esta mujer de ojos apasionados, cuerpo sexi y sonrisa sincera lo había hechizado y no podía pensar con claridad.

Clara…

—Me voy, Clara –dice serio–. No quise causarte problemas con tu amigo, no vengo a complicarte la vida otra vez –anuncia sin mirarla siquiera. Y va en busca de su campera.

—No pasa nada, tranquilo –responde ella suavemente. No quiere que se vaya, porque está casi segura de que no va a volver a verlo. Pero está demasiado conmovida por este encuentro para seguir con él–. ¿Querés que te alcance hasta tu auto? –Una pregunta que ella solo hizo por cortesía.

—No, está bien. Conozco el camino. Me va a venir bien caminar y despejarme un poco. –Se acerca a la puerta, y cuando la abre le da un beso en la mejilla, lento, suave y sosteniendo la otra mejilla con su mano.

Clara le imploraba en su interior a Dios que le diera fuerzas para resistir. No entendía cómo Manuel lograba que todos sus sentidos terminaran liados, sus piernas temblorosas y su corazón tan acelerado que podía escapar de su pecho. ¿Es posible que lo haya amado tanto que con tan solo una mirada suya ese amor haya renacido de las cenizas?

—Gracias por todo, Clara. –La miró a los ojos antes de cerrar la puerta. Era una mirada confusa, Clara sabía que a él también algo le había pasado con su encuentro. No al mismo nivel que ella, pero pudo notar que estaba nervioso y contrariado. Parecía que no quería irse.

Cuando la puerta se cierra, toda la emoción contenida durante tantas horas no tardó en salir. Y las mejillas se colmaron de lágrimas. Hacía tanto tiempo que no lloraba de esa forma. Como si tuviera que limpiar su alma con el llanto.

El departamento quedó más vacío que nunca. Se sentó en el sofá y abrazó las sábanas, descubriendo su perfume, impregnado en ellas. A su mente vino una de las preguntas que se había hecho. ¿Cómo sería amanecer con su perfume en sus sábanas? Si bien no era exactamente como la quería contestar, su perfume sabía estupendamente. Y también otra pregunta que se había hecho hacía mucho tiempo: ¿por qué no había reaccionado a su declaración de amor? No era el tipo de mujer que buscaba. Demasiado soñadora y romántica. Aunque no era la respuesta que esperaba, estaba contenta de al fin saberla. Sabía que el resto de los interrogantes que tenía sobre él quedarían inconclusos…

Manuel…

Cuando salió del departamento soltó un suspiro hondo, necesitaba desahogarse. Había contenido la respiración, como ejercicio mental para poder irse de ahí sin hacer nada más que darle un beso en la mejilla.

Cerró bien su campera, ya que fuera estaba muy frío. Podía sentir ese olor tan particular a sal marina… que invadía las calles y tuvo un deseo profundo de acercarse hasta una playa para caminar… pero no tenía tiempo.

Tenía que volver a Valeria del Mar y poner en orden sus pensamientos.

No podía dejar de repasar cada minuto que estuvo con ella.

Cómo su vida había cambiado en tan poco tiempo y parecía que todo se había reacomodado para que él estuviera ahí.

Su trabajo en Mar del Plata, la distancia con Anabel y el artículo de un diario.

Lo primero que iba a hacer hoy era hablar con su novia y terminar con ella. No iba a jugar a dos puntas. Ninguna lo merecía.

Clara…

Un golpe en la puerta la trajo de vuelta a su departamento.

Observa por la mirilla y gracias a Dios es su amiga Lorena.

Cuando abre la puerta, Lore se da cuenta de su estado y sospecha que la noche no se dio como ella había pensado.

—Ey, amiga… ¿Por qué estás llorando? –dice mientras cierra la puerta y busca un vaso con agua. También trae consigo unos pañuelos descartables y se sienta junto a ella en el sillón.

—¿Venías preparada? –contesta Clara señalando los pañuelos.

—Siempre los tengo en mi cartera, por si acaso –aclara con media sonrisa–. Sinceramente pensé que te ibas a llenar de coraje, y lo ibas a seducir y por fin te sacarías todas las dudas sobre él. Así te darías cuenta de que es un hombre común y corriente, no el idealizado que te formaste en tu cabeza y podías ponerle fin al tema –bromea–. Pero no es un hombre del montón para vos. Nunca lo va a ser. –Clara niega con su cabeza y se seca las lágrimas–. Estás hecha un desastre, Tomás va a pasar en un rato, no puede encontrarte así. Además, me llamó para contarme lo que había pasado.

—No puedo con eso también –dice Clara refiriéndose a Tomás–. Se dio cuenta de que no estaba sola, Manuel tumbó el adorno de la mesa mientras me ayudaba a acomodar después del desayuno y me pidió disculpas hablando muy fuerte. Casi a propósito.

—No te preocupes, yo le expliqué. Y creo que me creyó. Para que no metas la pata le dije que eran viejos amigos de verdad, que él no pudo irse y, como yo salí con alguien, la única opción era tu departamento. Pero que nunca tuvieron nada, solo eran muy buenos amigos. Por supuesto que, si ayer no prestó atención, hoy me cree. Las miradas de ustedes dos decían más que mil palabras, amiga. ¿Por qué estás así? ¿Qué pasó?

—Primero, cuando se apareció en la oficina, me dejó helada. No podía creer lo que mis ojos estaban viendo a través de la cortina. Después cuando acepté su invitación para ir a cenar, la conversación empezó a fluir, como antes… hasta que en un momento se puso serio y parecía que necesitaba confesarme algo, pero vos justo llamaste y se cortó el momento.

—La verdad es que tengo una puntería… –dice Lorena enojándose con ella misma. Recordaba muy bien la noche que interrumpió la única oportunidad que había tenido su amiga de besar a Manuel.

—No te preocupes. Esta mañana tuvo el tiempo exacto para decirme lo que quería. –Lorena abre los ojos como platos.

—Bueno, dale, decime que me muero de curiosidad.

—Cuando llegamos te juro que tuve que hacer uso de toda mi sensatez para no tirarme a sus brazos y regalarme. Nunca había deseado tanto a alguien, Lore. –Y vuelven las lágrimas–. Le di todas las cosas para que pueda descansar en el sillón y prácticamente corrí a mi habitación. Cuando me levanté estaba preparando el desayuno. Estaba tan lindo. Combinaba perfectamente con mi cocina –dice con media sonrisa tratando de burlarse de ella misma. Lore se ríe sabiendo que su amiga aún suspira por Manuel–. Y en un momento me cuenta por qué no me había seguido aquella vez, “yo no era el tipo de mujer que necesitaba en ese momento”, demasiado romántica y soñadora. Él no podía darme lo que yo buscaba.

—¿Pero, por qué parece que no te alcanzó con esa explicación? –indaga Lore.

—Sí me alcanzó, pero no sé por qué estoy así, ya podría dar vuelta la hoja, en realidad pensé que ya lo había hecho…

—Ay, Clarita, no estoy tan segura. –Y se dan un abrazo.

—Bueno, basta. Es hora de alistarme que va a llegar Tomás y no quiero que me vea así –dice mientras se limpia las lágrimas y se va hacia el baño. Lorena piensa que su amiga está demasiado movilizada y que no va a ser nada fácil dar vuelta la hoja, después de este fortuito encuentro.

—Dale, te ayudo. –Y se pone de pie para ayudarla a buscar la ropa.

Cuando suena el portero, busca su bolsa para el mate y bajan las dos por el ascensor. Ahí, en la puerta de entrada, está Tomás esperando. Tiene una gran sonrisa, parece que sinceramente se creyó todo lo que le dijo Lorena. Estaba vestido con un equipo deportivo negro, que le quedaba sensacional, unas zapatillas grises y el cabello recién mojado. Su perfume invadía toda la estancia. Y era todo un caballero. ¿Por qué no podía enamorarse de él? Era la pregunta que Clara se hizo apenas lo vio. ¿Por qué tenía que sufrir por amor?

Cuando Tomás vio a Clara bajar del ascensor, supo que había estado llorando. Sus ojos colorados y tristones la delataron enseguida. Ojalá no haya sido por el amiguito del pasado que pasó la noche con ella. Si bien al principio sintió un nudo en su estómago cuando escuchó la voz del otro lado, confiaba en ella. Tenían un acuerdo tácito de no estar con otras personas, a pesar de que su relación no era formal. Él tenía tantas ganas de cambiar eso. Se había enamorado locamente. Además de lo hermosa que le resultaba por fuera, era preciosa por dentro y no sabía cómo conquistarla. Ella tenía levantado un muro inquebrantable y él se estaba empezando a desesperar por la necesidad de ponerle fin a esta relación clandestina para convertirla en su novia de una vez por todas.

Lore lo abraza y le dice bromeando:

—Imagino que yo no estoy invitada.

—Imaginás muy bien –contesta él burlándose. Se acerca a Clara y la besa en la mejilla.

—Está bien, ustedes se pierden esta agradable compañía. –Los saluda y se va. Tomás abre la puerta de su auto, carga el bolso de Clara y ella sube.

—Esta mañana… –inicia la conversación Clara para explicarle a Tomás lo que había pasado. Pero él la interrumpe.

—No me interesa, ahora estás acá conmigo. Eso es todo lo que me importa. –Arranca su auto y no hablan más del tema.

Se van hasta Punta Mogotes. Cuando llegan bajan las reposeras y los bolsos y se sientan en silencio cerca del mar. Para ambos el rugido de las olas era todo lo que necesitaban para encontrar la paz. Y si Tomás tenía algo tremendamente encantador es que sabía cuándo había que hablar y cuándo no… era un arte que dominaba perfectamente. Y la conocía muy bien, sabía que hoy era uno de esos días que era mejor callar.

Se quedaron un buen rato así, disfrutando del mar.

—¿No te parece que el mar se siente como si fuera Dios? –pregunta ella mientras mira el horizonte.

—Puede ser. Es una hermosa metáfora, mi escritora favorita. –Ella sonríe. - ¿Qué vas a hacer cuando seas demasiado famosa para sentarte en una playa como esta? –bromea.

—No creo que podamos estar tan tranquilos. La gente alrededor pidiéndome autógrafos no nos dejarían en paz –contesta risueña. Era la primera sonrisa que le había sacado desde que la fue a buscar y se sintió satisfecho.

—Vamos a tener que movernos en otros círculos. Unas playas más privadas quizás –responde. Mientras le da un beso en la mano. Por cosas del destino quizás, fue en la misma en que Manuel hacía un par de horas había hecho lo mismo. El efecto del primero fue totalmente distinto al segundo. Casi arrollador.

Después de unas horas en la playa vuelven a su departamento. Tomás no quería irse, anhelaba tanto estar con ella que le dolía. Pero Clara necesitaba estar sola. Así que le inventó una excusa que tenía que ir a lo de una amiga a cenar y evitó la cita. Igual antes de irse, la besó suavemente en los labios. Él la extrañaba, ella ya no quería nada, solo amistad.

Cuando sube a su departamento, encuentra un reloj en la mesita del recibidor. Era el reloj de Manuel. Se lo había olvidado. No podía creerlo. Una llama de esperanza nace en ella enseguida. Porque seguro que lo iba a volver a ver. Este reloj iba a ser la excusa.

Manuel…

Cuando llegó a Valeria del Mar, organizó un par de cosas y llamó a Anabel para encontrarse.

Ella lo esperaba como siempre, vestida de mujer fatal. Una táctica que invariablemente utilizaba para rendirlo a sus pies.

Pero Manuel había cambiado. Era una locura pensar que se sentía otra persona, después de su encuentro con Clara. A ella no le hacía falta vestirse así, una simple calza y una remera enorme habían nublado sus sentidos. O quizás no fueran solo esas cosas…

—Hola, Manu, me alegra que hayas dado el primer paso –dice Anabel mientras lo abraza y busca su boca para besarlo. Pero él se suelta rápido y se separa.

—Ana, necesitamos hablar en serio –dice mientras entran a su casa y se sientan en unos sillones. Ella abre los ojos muy grandes sin entender.

—No me vas a decir que te vas a seguir haciendo el enojado –suelta irónicamente.

—No estoy enojado, pero tampoco vengo a arreglar las cosas. –Un silencio enorme llena la habitación. Ella empieza a tener miedo de su forma de mirarla y hablarle. Pero su orgullo no puede quedarse callado.

—¿Perdón? Creo que no escuché bien –anuncia levantando la voz.

—No tengo más ganas, estoy cansado de ir y venir. –Sabe que esta excusa no va a servir… pero lo intenta igual.

—Siempre volvés a mí. ¿Cuánto hace que estamos juntos? Esto nos pasa porque es el momento de dar el siguiente paso. No sé a qué le tenés tanto miedo. –No quería lastimarla, pero sabía que tenía que decirle la verdad, sino ella iba a seguir esperándolo.

—Hay alguien más –dijo suavemente. Y esa revelación en voz alta también lo descolocó. Anabel contuvo las lágrimas. No podía creer lo que estaba escuchando. Pero él era suyo y no iba a permitir que nadie se lo quitara.

—Por favor, ¿pensás que voy a creerte? Jamás salís solo, estás todo el tiempo trabajando. Salvo que la hayas conocido en Mar del Plata, ya que fue una de las pocas veces que no viajamos juntos y me parece que sería precipitado anunciar algo así, si ese fuera el caso. Si tuviste una aventura y eso te hace sentir culpable, aunque me duela, te perdono. Pero no demos más vueltas. Quiero casarme con vos, formar una familia.

—No, Ana, no fue una aventura. Es alguien que conozco hace tiempo, mucho tiempo. Antes de vos. La fui a ver a Mar del Plata. No pasó nada, pero no porque yo no quisiera. –Ella no puede creer lo que está escuchando y no sabe quién puede ser la mujer que está a punto de robarle a Manuel. A él le duele hacerla sufrir, pero más demore, peor será. Se levanta para irse, ya dijo todo lo que quería. Ella lo toma de la mano y le dice:

—Cuando te arrepientas, y sé que lo vas a hacer, no vengas a buscarme. –Aunque en el fondo ella sabe que algo cambió. Y eso la enoja, quién pudo haberle lavado el cerebro de tal manera.

Cuando cierra la puerta de la casa, siente que acaba de dejar una mochila. Que ha cerrado un capítulo de su vida. Y si bien está triste por ella, porque sabe que la hizo sufrir, algo muy grande se abre paso en sus entrañas, puede sentirlo… algo que le provoca ansiedad y calma a la vez…

Cuando estaciona frente de su casa, Victoria está sentada en la galería del frente, con el mate preparado.

—¿Cómo te fue? –le pregunta mientras se sienta a su lado y le da un mate.

—¿Cómo creés? –Contesta irónico–. Acabo de terminar con ella.

—Perdón, hermano, pero es la mejor noticia que me han dado en años –dice sonriente–. Clara me gusta cada vez más. Contame cómo fue ese encuentro. –Y eso hizo. A pesar de no darle muchísimos detalles, Victoria conocía a su hermano, y supo que Clara había calado en él, más de lo que estuviera dispuesto a admitir. Había un brillo en los ojos de Manuel que no había visto muchas veces.

Después de cenar le envía un mensaje a Clara. Nunca había mentido tanto e ideado planes para poder ver a una mujer como lo estaba haciendo con ella.

Cuando se acostó no pudo ignorar que hoy a la tarde seguramente habían estado juntos con Tomás, salvo que haya funcionado lo de esta mañana, pero por la forma en que ella le había hablado no creía que tuviera tanta suerte. Esperó un rato para ver si ella respondía el mensaje y se descubrió ávido por primera vez. Así que desistió de ese sentimiento que lo confundía y se dispuso a dormir.

Cuando se despierta a la mañana, comprueba que Clara no vio el mensaje todavía, y eso lo enoja.

Se levanta y cuando se dirige a la cocina para desayunar, observa que su mamá está en el patio, arreglando unas plantas así que sale a saludarla.

—Buen día. –Le da un abrazo.

—Hola, mi amor. ¿Cómo estás hoy? –le pregunta tranquilamente, esperando su respuesta. Él no es muy abierto con ella, nunca fue de contarle cosas íntimas, con su hermana era distinto, pero hoy, necesitaba contarle.

—Sinceramente no sé cómo estoy. Ayer terminé con Ana. No fue fácil, sé que la herí y fueron muchos años juntos, pero no podía seguir con ella. Después de estar con Clara, de su artículo, estoy confundido –admite mientras se sientan en la pared de un cantero cubierto de flores de lavanda que aromatizaban el lugar–. Y ahora estoy enojado, porque ayer le envié un mensaje y no me contestó–. Su mamá percibe en él un sentimiento abrasador, que no puede manejar y es una de las pocas veces que lo nota tan aturdido.

—Es lógica tu confusión. Pasaron muchas cosas importantes que están modificando tu vida. La ruptura con Anabel me da pena por ella, pero yo quiero que seas feliz y últimamente no veía eso cuando estaban juntos. Y en relación con Clara; para ella también deber haber sido algo desconcertante volver a verte, saber que habías leído su artículo y que fuiste hasta ella por eso.

—Sí, puede que tengas razón.

—Cambiando de tema, ¿viene Juan a almorzar? –Algo casi seguro, porque todos los domingos los acompaña.

—Sí, en cualquier momento llega. –Tenía que contarle todo sobre el encuentro con Clara y también que había estado con Lore.

Clara…

Mientras da vueltas en la cama, para mirar la hora, se sorprende de que ya sea mediodía… Seguro que está nublado, porque no se cuela por la ventana la luz del sol. Se asoma a correr la cortina, y como lo había sospechado, el día se presentaba ceniciento y demasiado melancólico. Casi podía decirse como su estado de ánimo. Se lava la cara y va hacia la cocina a poner la pava. Busca su celular y enseguida se encuentra con un mensaje de Lorena preguntándole cómo estaba. Pobre, nunca le había contestado. Se lo había enviado anoche, pero se quedó dormida tan pronto que ni escuchó el pitido. Más abajo, un número que no tenía registrado… cuando lo abre ve que dice: “Hola, ¿cómo estás? Decime que me olvidé mi reloj en tu departamento, no lo encuentro por ningún lado”. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo, enseguida buscó la foto de perfil y por supuesto encontró esos ojos inconfundibles, llenos de misterio, y esa mirada tan particular con la que se había desvelado tantas noches. El mensaje se lo había enviado a las once de la noche. Ella estaba en su quinto sueño. Recordó donde había visto el reloj de la cuestión, y se alegró porque éste, se convertiría en la excusa para volver a estar en contacto, como ya lo había supuesto. Volvió a la imagen, para poder mirarlo tranquila, sin ser vista… ¡qué lindo era! Cuánta seguridad de sí mismo transmitía esa mirada. Ese reloj iba a ser el causante de que se volvieran a cruzar. Pero después de pensarlo un poco, tuvo miedo. Era demasiado volver a verlo. No podía volver a permitirse sentir amor por alguien como él. Así que decidió ser tajante a la hora de contestarle. Muy a su pesar.

—Hola, recién veo tu mensaje. Está acá. ¿Con qué comisionista o transporte querés que te lo envíe? –Y deja el teléfono sobre la barra. Mientras se iba a preparar unos mates se puso a pensar que, si en aquel tiempo hubiesen existidos los celulares, quizás esto de la confesión hubiese podido ser más fácil, incluso podría haberla hecho a través de estos aparatos y, si él no contestaba o la rechazaba, le decía que era un chiste y listo.

Aquel día vuelve una vez más a su memoria… ¡cómo lo había practicado!, casi lo tenía estudiado como una lección oral de cualquier materia. No se lo había contado a nadie. Ni siquiera a Lorena. Recordaba muy bien esa noche. Habían acordado con Lore y unos amigos salir a algún lugar distinto de los que estaban acostumbrados. Y habían terminado en Villa Gesell, donde la vida nocturna te invitaba y aún lo hace, a un interesante abanico de posibilidades: confiterías, pubs, discotecas, espectáculos artísticos, cine, etc. Si bien no quedaba muy cerca, una hora y media de viaje, tenían ganas de cambiar de aires… y el destino también lo tenía planeado, porque las posibilidades de encontrarse con él en aquel lugar eran prácticamente nulas. Pero quedó sin efecto esa nulidad, cuando ella bajó de la escalera y lo vio al pie esperándola. Casi podía revivir ese instante. Estaba junto a unos chicos que Clara no conocía. Ella había ido a dar una vuelta, estaba sola… cuando lo vio, su plan de decirle todo empezaba a caerse ante el nerviosismo que la invadía, quería esquivarlo, volver a subir la escalera pero no podía. Sus pies la llevaron a él, que inmediatamente y sin miramientos la paró en seco, sosteniéndola del brazo… Recordaba bien su voz, a pesar de la música que lo invadía todo… “¿Qué está pasando? ¿Por qué me evitás?”, y un interruptor se encendió en su mente y todo lo que había preparado le había salido de memoria prácticamente. No lo podía guardar más… “Me enamoré de vos, Manuel, y sé que me ves como una amiga y sobre todo que tenés novia, no puedo estar cerca tuyo, me duele, yo ya no te veo como un amigo”. Lo había dejado sin palabras, pudo ver la confusión en sus ojos y, cuando se dio cuenta, ella se había ido corriendo en busca de Lore. Él nunca la había seguido. En su fuero interno ella había soñado que fuera como en las películas de amor o las novelas románticas que leía y tanto le gustaban; que el protagonista la saliera a buscar diciéndole que a él le pasaba lo mismo… pero no fue así. Se había sentido destrozada, rechazada y avergonzada. Cuando había encontrado a Lore, ella no estaba mucho mejor. Había vuelto a ver a Juan y se habían peleado otra vez. Esperaron fuera del lugar mientras se confesaron todo lo que había sucedido. Lorena no podía creer lo que ella había hecho. Como siempre se había quedado a dormir en su casa, y la mamá de Clara, que las esperaba levantada aguardando su llegada, pudo darse cuenta de que su hija había estado llorando. Así que se acercó, le dio un abrazo apretado y le dijo: “Si provocó esta tristeza que hace semanas escondés y que ahora empañan tus ojos, no te merece”.

Después de esa noche, pasó mucho tiempo antes de volver a salir al boliche donde siempre coincidían. Y cuando se volvieron a encontrar, ella lo evitaba y punto. Había dejado de ir a mirar al primer piso para vigilar si venía, era momento de ponerle punto final.

Su mente vuelve con el pitido de su celular… donde un mensaje del dueño de sus pensamientos dejaba en la pantalla una confirmación que, si hubiese tenido tono, parecería cortante y enojado: “Tengo que volver a ir a Mar del Plata por negocios, el jueves. Si estás puedo pasar a buscarlo”. Y ella solo le envía una manito de okey. No concibe la idea de volver a verlo.

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9789878719979
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