Читать книгу: «Un joven en La Batalla»


© LOM ediciones Primera edición, 2012 ISBN impreso: 9789560003256 ISBN digital: 9789560013262 RPI: 230.080 Motivo de portada: Catalina Marchant V. Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 688 52 73 | Fax: (56-2) 696 63 88 x lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Índice
Presentación
Introducción
Lecciones de un carpintero solitario y de un orador errante
Bibliografía
A Marcela y su paciente compañía
Presentación
La presente recopilación del total de textos de Manuel Rojas publicados por el periódico anarquista La Batalla, entre los años 1912 y 1915, no solo posee un valor documental por constituir los primeros escritos de nuestro autor, sino que testimonia su inicio y búsqueda ideológica. Como él mismo señalara: “No sabía gran cosa de anarquismo y mi credo revolucionario se reducía a algunas consignas o slogans… pero la idea de pertenecer a una redacción –en donde no sabía qué iba a hacer– me fascinó…”. Tal vez de calidad literaria dispar para las miradas rigurosas del crítico y académico, estos textos en prosa y verso son tempranos intentos por dar a conocer sus inquietudes sociales como atento observador de su mundo proletario de infancia y juventud.
Vivimos hoy en un ambiente de desconfianza y rechazo a las gastadas, y a veces enmascaradas, formas institucionales imperantes. Grupos de “indignados”, que se sienten al margen de los supuestos beneficios de la modernidad, protagonizan acciones concertadas y movilizaciones masivas de protesta y, en estas nuevas actitudes antisistémicas, se renuevan ciertas posturas libertarias. Hoy las pancartas demandan igualdad de género y sexo, respeto medioambiental, reconocimiento y valorización de los pueblos originarios y niegan, muchas veces, la institucionalidad política y religiosa.
Hace ya cien años un joven Manuel Rojas llegaba a Santiago tras una travesía cordillerana desde Mendoza. A la Fundación que lleva su nombre le ha parecido oportuno recordar ese momento, contribuyendo a la comprensión no solo del origen del oficio literario del escritor, de sus primeros brotes en aquel “árbol siempre verde”, sino además aportar al análisis del actual escenario social y político que vivimos (o padecemos) no solo en Chile, sino en gran parte del planeta.
Fundación Escritor Manuel Rojas
Introducción
El periódico quincenal La Batalla fue un órgano muy eficiente en la difusión del pensamiento anarquista entre los años 1912 y 1916. Administrado por el panadero catalán Moisés Pascual Prat, se destacó por permanecer en circulación un tiempo prolongado, algo poco común para ese tipo de periódicos, a pesar de la persecución policial ejercida hacia sus colaboradores, la que incluso se extendió a quienes lo distribuían en la vía pública. En 1916, cuando se deja de publicar, se retoma su edición en Valparaíso con otra administración, sobreviviendo hasta 1926. El vacío que provocó su interrupción en Santiago fue llenado por la aparición de Jerminar, un fugaz periódico que habría promovido el surgimiento de la Agrupación La Batalla, entidad santiaguina de apoyo a la publicación libertaria, ahora porteña. Manuel Rojas conoció a Pascual recién llegado de la Argentina.
En aquellos años –señala– Moisés Pascual era un anarquista activo, componente de un grupo más bien revolucionario, opuesto a otro, de tendencias reformistas. Llegó un momento en que la institución u organismo –informal–, que los dos grupos constituían, desapareció, mejor dicho se dividió. Pascual, cabeza visible del primero, decidió sacar un periódico que se llamaría “La Batalla”… Me invitó a formar parte de la redacción y yo acepté encantado. No sabía gran cosa de anarquismo y mi credo revolucionario se reducía a algunas consignas o slogans… pero la idea de pertenecer a una redacción –en donde no sabía qué iba a hacer– me fascinó… Pascual estuvo un tiempo en Santiago, luego se fue a Valparaíso; anduvo embarcado, tuvo buenos trabajos, procuró siempre conservar su independencia y dignidad… Ya con algunos años, se instaló en Santiago, en donde se ha defendido con los trabajos que hace en su propio taller, un taller en el que es el único obrero.1
Pascual aparece también mencionado en la novela de Rojas Punta de Rieles (1960) como un individualista y esquivo carpintero anarquista de gran oficio, contrario a compartir su trabajo con ayudantes y aprendices. Rojas también colaboró vendiendo ejemplares del periódico, como consta en varias de las rigurosas cuentas y balances que se incluían en la última página de cada publicación. Precisamente esta función le provocó un altercado con un compañero anarquista, Teodoro Brown, quien le reclamó por la cuenta de una de las ventas que Rojas no pudo entregarle. Esto determinó que Brown le pidiera dejar la pieza del conventillo que compartían.2 La Batalla mantuvo una amplia gama de contactos internacionales a través de numerosas corresponsalías. José Santos González Vera, uno de sus colaboradores, recuerda las visitas que hacía semanalmente a la casa de Pascual “para revisar los impresos llegados en el último correo. Agradábame sobremanera ver un periódico anarquista de Cantón escrito en chino y esperanto”.3 El periódico se caracterizó por mantener posiciones radicales, sólidas e intransables. En el amplio y variado horizonte del pensamiento anarquista que distingue a esta corriente en Chile, legitimaron el uso de la violencia, no solo como recurso para el boicot y el sabotaje, sino también como forma de protesta y represalia hacia acciones del Estado que consideraban injustas. En sus páginas se encuentran escritos del poeta Gómez Rojas, del ya citado González Vera, de Manuel Rojas y de una serie de autores que militaron activamente en las filas anarquistas. Algunos, como los mencionados, fueron reconocidos ampliamente a través del tiempo, pero muchos han sido rescatados del olvido gracias a recientes estudios historiográficos.
Los textos seleccionados, cronológicamente agrupados de acuerdo a la fecha de publicación, corresponden a la totalidad de los que Manuel Rojas escribió para el periódico.4 Con el seudónimo de “Tremalk Naik” aparece el primer escrito que se le conoce, publicado en el ejemplar del 1 de noviembre de 1912, cuando Rojas tenía solo 16 años y había llegado a Chile desde Mendoza en abril de ese mismo año, luego de cruzar a pie la Cordillera de los Andes. El texto se titula “Efraín Plaza Olmedo” y constituye una encendida y apasionada defensa del acto perpetrado, en pleno centro de Santiago, por un individuo de ese nombre ¿Por qué ese personaje, protagonista de una acción considerada delictual –hoy se diría “terrorista”– , alentó en el joven Manuel un deseo reivindicativo? Acaso la historia de Efraín, quien había optado por automarginarse socialmente, despertó en el incipiente escritor un profundo y auténtico sentimiento de solidaridad por los perseguidos e indefensos, actitud que Rojas mantendría a lo largo de su vida y que, “sacándole el cuerpo” a la obviedad panfletaria, recreará magistralmente en prácticamente toda su obra.
El anonimato de la novelesca vida de Plaza Olmedo se rompe la tarde del sábado 13 de julio de 1912, en la calle Huérfanos, pleno centro de Santiago, cuando un individuo dispara a los transeúntes hiriendo de muerte a dos jóvenes. La policía lo captura con la ayuda de los horrorizados paseantes y es conducido a una comisaría. Al ser interrogado, se identifica como Efraín Plaza Olmedo, carpintero de 26 años, y explica su acción por el odio que siente hacia la burguesía ante el abuso de ésta con la clase obrera. Su indignación habría crecido al ver la indiferencia de la clase gobernante frente a una reciente tragedia ocurrida en el mineral de El Teniente, donde murieron más de cuarenta obreros. La explosión de un polvorín, cercano a cocinerías y lugares de reunión de los mineros, tuvo, por parte de las autoridades, un reconocimiento tardío de la gravedad de lo acontecido y una tardía y negligente reacción. En los interrogatorios siguientes a su detención declara que el revólver usado lo habría adquirido con el propósito de matar al presidente Pedro Montt y a algunos jefes militares involucrados en la matanza ocurrida en la Escuela Santa María de Iquique en 1907. Ninguno de esos objetivos los cumplió; Montt moriría en Europa en 1910.
Estos antecedentes sorprendieron a la prensa reaccionaria, que califica el acto como obra de un “loco y un degenerado”. Sin embargo los exámenes no arrojaron ninguna alteración mental en Plaza Olmedo, ningún rasgo delirante en su personalidad. Incluso el acusado decide llevar adelante él mismo su defensa.
A mediados de mayo de 1913 se dicta un fallo que lo condena a 40 años de reclusión, 20 por cada uno de los asesinatos; sólo su “irreprochable conducta anterior” lo libró de la pena de muerte. En una entrevista concedida tras las rejas, señala: “Sí. La anarquía ordena no matar; pero por ahora es necesario que caigan muchas cabezas, hasta que la sociedad, aterrorizada, conceda por la fuerza lo que no quiera otorgar por la razón” (“El horrendo crimen de calle Huérfanos. Una entrevista con el reo Plaza Olmedo”, El José Arnero, 29 de julio de 1912). En tres oportunidades, desde su prisión, Plaza Olmedo usaría las páginas de La Batalla para expresar las razones que movieron su acto. A un año de los acontecimientos, se publica con su firma un artículo titulado con una interrogante: ¿Dónde está la culpabilidad? (La Batalla, 1ª quincena agosto, 1913). Plaza Olmedo responde que la culpa está en los privilegios, o más bien en los privilegiados, aquellos sustentados por una masa trabajadora que es mantenida en sumisión e ignorancia, con sus fuerzas mermadas por el alcoholismo y reprimida por el Ejército cada vez que, guiada por destellos de conciencia, desea rebelarse.
Plaza Olmedo era ajeno a cualquier militancia organizada, su accionar era asimilable a la de un anarco individualista. Los escritos de Max Stirner eran el referente ideológico para los anarcoterroristas de Europa y América que criticaban los movimientos sociales y la acción de masas organizadas. Estas acciones individuales solo obedecían a la propia conciencia y en el caso de Efraín Plaza Olmedo se sumaba a un rencor que se venía gestando a partir de una temprana experiencia de su infancia. A la edad de ocho años, a fines de 1894, había ayudado a salvar a unos pequeños de la muerte por inanición, situación extrema provocada por un pariente de los niños para apoderarse de la herencia de éstos. Aquella experiencia traumática, llena de detalles escabrosos y crueles, fue para el niño Efraín determinante en las decisiones de su vida futura. Su acto de la calle Huérfanos se entendía como una venganza ante a la indiferencia de un Estado insensible frente al sufrimiento de los más desposeídos y del inmovilismo de la burguesía que, de espaldas a las injusticias, no se ocupaba de quienes hacían posibles sus privilegios.
El encarcelamiento de Plaza Olmedo se verifica primero en la Cárcel, donde su conducta rebelde obliga a aislarlo en varias ocasiones. Se oponía a ciertas obligaciones de la reclusión, como oír misa dominical, llegando incluso a insultar al sacerdote.
Posteriormente, confirmada su sentencia, pasa a la Penitenciaría y comienza un periodo de abandono donde su figura aparece en la prensa en contadas ocasiones. Un último artículo firmado por él se publica en La Batalla de octubre de 1914. (Mirajes al mundo en La Batalla, 2ª quincena de octubre, 1914). En él condena la manipulación ejercida hacia el pueblo por las burguesías del mundo, obligándolo a combatir en los campos de batalla defendiendo sus intereses patriotas y nacionalistas. Hacia 1922 su situación carcelaria es difícil, ha pasado más de cuatro años sometido en una celda de castigo del patio llamado “de la Siberia” hasta que Carlos Vicuña Fuentes, abogado, político y escritor, intercede por él ante Fernando Alessandri, hijo del Presidente, para que el reo sea trasladado a la cárcel de Talca, donde el régimen carcelario era más tolerable. Se suceden luego varias manifestaciones sindicales que buscan la libertad de Plaza Olmedo.
Hacia 1925 surge de las filas de la Unión Sindical de Panificadores, liderada por miembros de la agrupación con bases anarquistas IWW (International World Workers), un importante manifiesto invitando apasionadamente a unir fuerzas para lograr su libertad definitiva y llamando a una serie de manifestaciones callejeras concertadas para conseguirlo. Por fin, a fines de febrero de ese año, se anuncia el indulto, que es recibido con regocijo por los sectores sindicales que se vuelcan a las calles de Talca y se dirigen a la Cárcel para celebrar la noticia. A las pocas semanas se formaliza la libertad de Plaza Olmedo, quien es esperado en las puertas del recinto carcelario por un par de miles de personas que lo reciben y escuchan el discurso afectuoso con que lo despide el Alcaide. La celebración continúa en la Plaza de Armas de la ciudad, donde se suceden discursos de dirigentes sindicales y finalmente un ovacionado Efraín Plaza Olmedo agradece su liberación y las manifestaciones de apoyo. La solidaridad hacia él prosigue y se reúne dinero para facilitarle vivienda y alimentación. Sin embargo, poco después, la tarde del 27 de abril, a un costado del polvoriento camino a Conchalí y bajo un sauce es encontrado un cuerpo inerte con un balazo en la sien: era Efraín Plaza Olmedo. Para sus compañeros se trataba de un asesinato, ya que no habían visto señales en él que lo llevaran a un suicidio. La conmoción de su muerte llegó incluso a sectores de la prensa que, años atrás, lo habían condenado sin restricción. El 29 de abril, desde la sede de la IWW, salió su cuerpo rumbo al Cementerio escoltado por un cortejo de varias cuadras.
Con este artículo de Manuel Rojas, como se ha dicho su primer escrito publicado, se definía la postura de La Batalla frente a los que apostaban por la violencia. Mientras algunos anarquistas la condenaban, éstos adherían a ella y destacaban las figuras que la ejercían, como fue el caso de Efraín Plaza Olmedo.
El mismo Rojas, 50 años más tarde, lo recordaría en su novela Sombras contra el muro (1964). A través de su otro yo literario, Aniceto Hevia, expresa una postura discrepante con aquella figura y la temeraria acción que exaltara en su juventud:
–No sé qué decirle. Si se tratara sólo de robar, sería pasable, no me voy a asustar porque alguien comete un robo, pero los franceses han matado a varias personas y eso no me parece tan bien. Un anarquista que mate a un verdugo, al responsable de una masacre, llámese Silva Renard en Chile, Falcón en Argentina, Canalejas en España, Perico de los Palotes en otra parte, pase, además arriesgan su vida y su libertad, son como apóstoles, apóstoles de sangre, es cierto; pero matar a un empleado de banco, a un policía, a un cliente, sólo con el pretexto de robar, ya no me gusta tanto. Plaza Olmedo mató a un joven que no conocía sólo porque deseaba manifestar su disconformidad con la justicia y la moral burguesas; eso me parece absurdo: pudo matar a su madre, disparó al bulto.
Súbitamente, Aniceto calló. Se dio cuenta de que se transformaba en latero; había hablado más de lo que tenía por costumbre.
–¿Conoció a Plaza Olmedo?
–Estuve una vez con él.
–¿Qué le pareció? Es el primer hombre que protesta en esa forma contra una matanza de obreros.
–Lástima que lo hiciera así. Me pareció un ser sombrío y habló, como todos, de los burgueses, de los verdugos del pueblo, las palabras de siempre.
–Bueno, no hay otras. Dicen que es hijo natural de un hombre de buena posición.
–Tal vez, no sé.
(Manuel Rojas, Sombras contra el muro. Santiago: Zig Zag, 1964, págs. 189 y 190)
Poco tiempo después, en su novela La oscura vida radiante (1971), relata un episodio donde Aniceto Hevia conoce de una maniobra concertada para rescatar a Plaza Olmedo:
… Efraín Plaza Olmedo… avisó desde la Penitenciaría que en tal día y en tal hora sería llevado a declarar al juzgado del crimen; se conocía el recorrido, lo describía en la carta, y alguien, tal vez Voltaire (Argandoña), dijo que era la oportunidad para librarlo: aún no había sido condenado: se consultó con mucha gente y cada uno dio su plan, ingeniosos unos, brutales otros… hasta que el Chambeco dio el que parecía más factible: pimienta a los ojos a la pasada, ¡puf!, un puñado, un algodón con cloroformo en las narices y listo… y el día en que Plaza Olmedo pasó, con su gendarme al lado, por la calle Teatinos, en marcha al juzgado, un grupo de jóvenes anarquistas lo vio pasar y él los vio también y los saludó con la mirada: ¡Salud, compañeros, salud y revolución! El Chambeco no estaba allí: había caído preso, por lo menos eso contó después.
(Manuel Rojas, La oscura vida radiante. Santiago: LOM, 2007, pág. 188)
El relato de este acto fallido, planificado con cierta dosis de ingenuidad, no sabemos si es solo fruto de la imaginación o corresponde efectivamente a un intento de rescate verídico por parte de un grupo de anarquistas que solidarizaban con Plaza Olmedo.
Estos trabajos literarios iniciales de Rojas están acompañados por textos de otros autores que tratan temas relacionados con episodios significativos en la vida de Manuel Rojas, como la muerte del carpintero Ernesto Serrano y la del argentino Daniel Antuñano, episodios que sirven de base para el escrito que cierra esta compilación.
El resto de los artículos pertenecen a individuos vinculados al autor de Hijo de ladrón, especialmente el español Teófilo Ductil y el propio Antuñano. El primero fue compañero de oficio de Rojas como pintor de carruajes y casas; Antuñano, cercano a Rojas por la aproximación intelectual al pensamiento ácrata5 que ambos compartieron, la que se materializó en la difusión de las ideas a través de escritos como los que aquí se incluyen.
En algunos casos se ha mantenido la ortografía y sintaxis original a pesar de ciertos errores que se deben, a veces, a faltas tipográficas. Esto permite apreciar el valor documental de los textos y situarnos en el momento en que se escribieron.
Se han insertado notas al pie de los escritos que informan sobre el contexto histórico y entregan antecedentes sobre las situaciones, los personajes y los propios autores lo que permite comprender mejor el contenido de los artículos.
Jorge Guerra Carreño
1 Manuel Rojas. Antología Autobiográfica. Santiago: Ercilla, 1962, pp. 246 y 247, LOM, tercera edición, 2008.
2 Rojas señala que “como no rindiera a Brown una cuenta muy estricta de la venta de unos periódicos que me había dado a vender entre los compañeros, me pidió que dejara su casa –era una sola pieza, que daba a la calle, en un conventillo que iba desde Andes hasta Mapocho–… Me fui, sin guardarle rencor, a la pieza de otro conventillo…” (Antología… op. cit.). En el balance N° 8, aparecido en La Batalla de la segunda quincena de mayo de 1913, se indica que de la lista N° 4, a cargo de Manuel Rojas, “no publicamos números por no tener la lista en nuestro poder”. Este dato podría corresponder al hecho que distanció temporalmente a Rojas y Brown.
3 José Santos González Vera. Cuando era muchacho. Santiago: Nascimento, 1969, pp. 143 a 161 y “Los Anarquistas” en Babel, revista de arte y crítica, año X, Vol. xii, Nº 49, Santiago, Chile, 1949.
4 Por esos años Manuel Rojas fue corresponsal del ya centenario periódico libertario La Protesta de Buenos Aires, que inicia su circulación en 1897 contando con la colaboración de destacadas figuras, como Antonio Pellicer, Alberto Ghiraldo y Pietro Gori. También escribe algunos artículos para la revista anarquista Numen, en la cual trabajaba como linotipista, y en la década del veinte con Claridad, la heterodoxa revista de la Federación de Estudiantes de Chile. Algunos de esos escritos fueron compilados por Carmen Soria en el libro Letras Anarquistas, editorial Planeta, 2005.
5 La acracia, como doctrina política, pretendía y compartía con el anarquismo la desaparición del Estado y de sus organismos e instituciones representativas y defendía la libertad del individuo por encima de cualquier autoridad. Destacan como pensadores y difusores de ese pensamiento: Kropotkin, Bakunin, Proudhon y Steirner, entre otros.
Efraín Plaza Olmedo 1
Tremalk Naik9 (Manuel Rojas) 1º de noviembre de 1912, páginas 1 y 2
Cayó. Pero su caída equivalió a su triunfo. Gritó en contra de las injusticias sociales y su grito repercutió en los horizontes oscuros de los desiertos áridos del salitre. Su estremado amor por los de abajo prevaleció y su odio para los de arriba esplotó rabioso por la negra boca del revolver. Fue un vengador, y la venganza más que venganza es equidad.
Los histriones harán de él lo que quieran pues está en sus manos. Son muchos o todos los que piden su muerte. Y ahora cabe una pregunta: ¿Qué son esas lociones que os atruenan los oidos de cuando en cuando y esas gotas de sangre que os salpican el rostro, comparados con los arroyos de sangre derramados, en todos los tiempos y en todas partes, por la canalla militar?¡No son nada!
Quizás ahogarán en sangre sus palabras, pero su figura y su jesto quedarán impunes, grabados en el corazón de las multitudes hambrientas y en nuestras mentes que no saben de odio sino para los de arriba. Muchos preguntan ¿héroe o apache?2 Y yo les digo: se puede ser héroe y apache al mismo tiempo. ¿Pruebas? Aquí van: Bonnot, Garnier, Vallet y Dubois.3 La sociedad les armó el brazo transformándolos en apaches. El héroe surgió por si solo ¿se puede pedir cosa más hermosa? Jesto y palabra, idea y acción.
Otros (libertarios) dicen: Plaza no es anarquista. La anarquía no admite crímenes.
¡Alto ahí! Plaza es tan anarquista como el que más. Porque si es cierto que la anarquía no admite crímenes, también no es menos cierto, que al verificarse uno lo justifica en toda su amplitud y no rechaza al que lo efectuó. Ella sabe que es una víctima de la actual sociedad. Y lo sabemos todos, porque ella nos lo enseñó.
No hai que asustarse por esos dos, caídos a manos de Plaza, porque… ¡Iquique! ¡Chicago! ¡Buenos Aires! ¡La alameda!, aun están ahí, en todo su horror, chorreando sangre que arrancó el machete del sayon del cuerpo del paria.
Ese hermano amaba y odiaba más que muchos. Y sigue donde está, amando y odiando. Odio de paria ¡Odio de oprimido! Jamás tuvo un pecho donde reclinar su cabeza cargada de ideas en flor. Flor de humanidad. Flor de Libertad. ¡Flor de Justicia! Nunca, ¿lo oís? Nunca unos labios rojos y ardientes besaron los suyos, donde el grito pugnaba por salir. Grito de rebelde. Grito cargado de venganzas. ¡Grito de hermano! Y sus ojos solo vieron horrores y llagas por todas partes. Llagas gangrenosas. Llagas que hai que sanar. ¡Llagas podridas!
Y vosotros ¡Oh sarcasmo! ¿Quereis esperar de ese individuo, jemidos, lamentaciones y ruegos? ¡No! De ese hombre y de muchos más, solo esperad rujidos, salivazos y acción.
¡Hermano! Te llaman asesino los idiotas y nosotros te llamamos justiciero.
¡Arriba los corazones! ¡Salud al precursor!
Notas
1 Más detalles de la vida, juicio y encarcelamiento de Plaza Olmedo se pueden encontrar en Jesto y Palabra, Idea y Acción. La historia de Efraín Plaza Olmedo de Alberto Harambour R. en Arriba quemando el sol. Editorial LOM. Stgo., Chile. 2004. págs. 137 a 193 y en La Tiranía en Chile de Carlos Vicuña Fuentes. Edit. LOM, Stgo. Chile, 2002. págs 97 a 99. 2 El término “apache” se usaba en Francia para nombrar a los autores de atentados anarquistas a quienes había que exterminar como a los apaches de Estados Unidos. 3 Jules Bonnot fue un anarquista francés que encabezó una banda integrada, entre otros, por Octave Garnier, Jules Dubois y Rene Valet. Realizaron numerosos asaltos y hurtos a mano armada cuya violencia dejó varios muertos. La vida trágica y violenta de esta banda ha servido de inspiración para varias películas como La Bande à Bonnot (Francia, 1969) y Les brigades du Tigre (Francia, 2006). El 2006 la serie de la TV francesa Histories de Marne dedicó su primer capítulo a esta ya legendaria banda.
Gritos de combate
Tremalk Naik1 (Manuel Rojas) 2ª quincena de noviembre de 1912, página 1
Como ola que ataca, como roca que no cede. Luz y lójica. Músculo y cerebro. Eso somos. Y anarquista siempre. Luchando contra las injusticias sociales. Contra las sombras infamantes que ahogan a los pueblos. Contra el baluarte de la esplotación. Contra la tiranía gubernamental. Y contra todas las vallas que se opongan a la realización de nuestros ideales.
Como siempre marchamos adelante. La cara a pleno sol. Siempre con la aurora del porvenir delante de los ojos. Incólumes. Íntegros. Nuestro dilema en la lucha por la emancipación es de hierro. Triunfaremos en la lucha o sucumbiremos luchando. Y como hierro somos. Duros. Rudos. Inflexibles. Luchando contra el enemigo perverso, hemos dejado al amigo cobarde. Firmes como rocas, ante el derrumbe infame que pretende aplastarnos. Ante la testarudez de los gobernantes, ola avasalladora que ataca sin cesar. Incansables. Impávidos ante el aluvión de arbitrariedades. Sin echar paso atrás en la brecha que nos hemos abierto, con nuestros robustos brazos de luchadores de férrea voluntad e indomable energía.
¡Atrás los privilegios! Nuestra bandera trae por lema: ¡Igualdad!
¡Atrás las sombras fatales! Como Goethe gritamos ¡Luz, más luz!2 y alumbramos con la tea e incendiando al mismo tiempo, lo viejo, lo carcomido, lo que ya huele a cadáver. Destruimos. Y destruirán.
Notas
1 El seudónimo corresponde al nombre del compañero bengalí de Sandokán. En la ciudad de Rosario, Rojas se inicia en las lecturas de ficción y aventuras con las novelas de Salgari, lo que explicaría, en parte, la adopción de este seudónimo. La certeza de que éste corresponde a Manuel Rojas se desprende de una nota de La Batalla donde se informa de las actividades realizadas en una velada del Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer. En ella se habla de lecturas de poesías y otros escritos con pausas amenizadas por un pianista. Y se agrega: “A continuación insertamos párrafos del trabajo titulado ‘Patria’ del compañero M. Rojas (Tremalk Naik) definiendo de una manera clara y concisa la falsedad y convencionalismo de esa frase y los que las explotan…” (“Las Conferencias del Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer” en La Batalla, 2ª quincena de enero, 1913, p. 2). Con este artículo dedicado a Plaza Olmedo, Rojas da inicio a su colaboración con el periódico La Batalla. 2 Se dice que el escritor alemán habría exclamado estas palabras poco antes de morir.
Patria 1
Tremalk Naik (Manuel Rojas)
2ª quincena de noviembre de 1912, página 2
El gran sociólogo Hamon,2 autor de grandes y científicos libros, tiene en uno de ellos (Socialismo y Anarquismo) un artículo titulado “La evolución de la idea de la Patria”, en el cual el autor demuestra cómo se ha hido desarrollando ese amor al terruño, desde la tribu y el clan, hasta la más grande ciudad o metrópolis. Hamon dice que su principio fue éste; se formó primero, y las que las constituyeron pensaron en hacerla poco a poco más grande, que su comercio y su industria, fuera haciéndose más estensivo a otros clanes o a otras tribus, a otra ciudad, a otra metrópolis hasta que al fin hacerla Internacional, universalizarla.
Pero el pueblo desconoce esos conceptos que debieran formar su verdadero amor, no lee esos libros, desconoce en absoluto esa opinión, y para él no hay más amor a la patria que actos; darle de balazos al individuo que no ha nacido en su país: eso es todo.
¡Mirad! mi (un) rico propietario quiere robar a otro un pedazo de terreno, se arma una discusión, un ministro insulta a otro, se arma un grave conflicto entre dos naciones, se declara la guerra y el pobre Juan Pueblo paga los platos rotos3. Se arma al pueblo, que va ciego a defender la patria, mirad pasar a esos robustos campesinos, con el arma al brazo, metido el varonil cuerpo en un ultrajante uniforme, arrastrando los cañones, montados a caballos, con la lanza presta a atravesar el cuerpo de un semejante.
Van a la guerra, allá en un repliegue de terreno, en un bosque, en un monte, las descargas de fusilería se suceden sin interrupción, la metralla con su tétrico y tranquilo girar, cercena piernas, corta brazos, destroza cuerpos, el cañón ruge vomitando muerte y exterminio por doquier.
¡Ah! De esos puños férreos, hechos más para manejar el mazo en el taller, la pala en el campo, solo quedan los muñones horriblemente mutilados, piltrafas sanguinolentas de esas piernas que se afirmaban en la tierra empujando el arado, trozos de carne de esos cuerpos fornidos. Esa es la patria, ese es el patriotismo, la sangre, la muerte, el asesinato común.
Entre nosotros, anarquistas que bregamos por la desaparición de las fronteras, y a pesar de nuestras convicciones siempre subsiste ese amor al pedazo de tierra que nos vio nacer, el amor al trozo de cielo que vimos por vez primera; ahí están nuestros padres, nuestros hermanos, ahí conocimos y amamos a nuestra primera novia de ojos de cielo y de cabellos más rubios que la barba del choclo, pero también ahí están los que por primera vez nos explotaron y nos robaron nuestros sudores y acordándonos de esto nos olvidamos de la novia, del cielo, del terruño y solo queda en nosotros el odio para los que nos explotaron cuando debido a nuestra condición de desheredados de la vida vendimos nuestras fuerzas en flor, al que se había acaparado y monopolizado todos los medios y útiles de producción.
En fin: el patriotismo, la religión, la moral burguesa, todas esas grandes virtudes de ayer, hoy se tambalean, pierden pie y se derrumban ante la ruda crítica de los hombres conscientes.
Dejad que el pueblo siga matando, cuando se le hable de patria, dejad que siga esa rutina, y laboremos nosotros demostrando a los más videntes todo el absurdo de la patria, todo el absurdo de las fronteras, todo el absurdo sangriento de la guerra, todo lo absurdo de sus vidas que transcurrieran siempre en la más cruel miseria.
Trabajemos sí, con alma, por borrar las fronteras, pero ante todo por borrar los tiranos, y veremos que pronto se borran cadenas que tienen atado al pueblo en la ignorancia y a la esclavitud. Hemos de acabar con todas las patrias chicas o grandes y fundar luego la patria universal, sino como dice Pacheco el gran País universal.4
Notas
1 Extracto del texto leído por Manuel Rojas en el Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer el día viernes 10 de enero de 1913 –Rojas acababa de cumplir 17 años– y publicado en el periódico bajo el título “Las conferencias del Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer”. En él se dice: “Insertamos algunos párrafos del trabajo ‘Patria’ del compañero M. Rojas (Tremalk Naik) definiendo de una manera clara y concisa la falsedad y convencionalismo de esa frase y los que la explotan”. 2 Agustín Hamon (1862-1945), sociólogo, historiador y militante anarquista francés. En 1894 publica Psicología del socialista-anarquista y Patria e Internacionalismo (1896). Promovió principalmente la unidad trabajadora y, hacia el fin de su vida, se hizo militante del Partido Comunista. 3 Juan Pueblo es el nombre de un personaje ficticio, un gaucho rebelde cuyas andanzas y anécdotas eran publicadas en la revista libertaria Martín Fierro de Buenos Aires, que se editó entre 1904 y 1905, derivando en suplemento semanal del periódico La Protesta. Era dirigido por el destacado escritor Alberto Ghiraldo y entre sus colaboradores se cuentan relevantes figuras de las letras, como José Ingenieros, Rubén Darío y Alfredo Palacios. Otros autores militantes fueron Edmundo Bianchi, Félix Basterra y Julio Molina y Vedia. 4 Manuel Rojas se refiere al pensamiento y postulado del escritor argentino Rodolfo González Pacheco (1882-1949). Dramaturgo, orador y periodista anarquista, fue editor del periódico La Antorcha y fundador del “Teatro de Ideas”. En 1906 fundó, junto con Federico Gutiérrez (un ex-policía pasado a las filas anarquistas), el periódico satírico La Mentira. En 1908 fundó Germinal con Teodoro Antillí; ambos dirigirían La Batalla de Argentina en 1910. Fue a partir de esos años colaborador de La Protesta. En 1911 editó el periódico Alberdi con Apolinario Barrera. En ese año fue encarcelado unos meses en el penal de Ushuaia. Viaja a España durante la Guerra Civil Española de 1936. Allí dirige la revista Teatro Social y junto con Guillermo Bosquets fundó la compañía del Teatro del Pueblo. En 1938 editó sus Carteles de España. Regresó a la Argentina luego de la derrota republicana. Es autor de numerosas obras dramáticas, entre ellas Hijos del Pueblo, que se estrenó en 1921 en el Teatro Boedo de Buenos Aires. Se le considera, además, pionero del cine argentino.
Visión roja
Tremalk Naik (Manuel Rojas)
1ª quincena de mayo de 1913, páginas 1 y 2
Rumor:
Rumor sordo, que va creciendo tempestuoso y amenazante, como un torrente de mina.
Rumor de parto, clamoroso y terrible, que anuncia el nacer de la fuerza.
Rumor de lucha, grito formidable que eriza como un cárdeno relámpago por sobres las tinieblas pavorosas, grito de amenaza, que pone temblores en las piernas burguesas, grito de rebelión iracundo y airado como el gesto de Manlio Romano.
Rumor, rujido, grito, visión roja. Mirad la visión que pasa, hermanos.
Visión del porvenir, visión de gloria redentora.
Primero un alba que es pálida al nacer.
Luego un río de manos y de cabezas que aguardan la aurora, de cara al sol.
Se colorea el cielo lentamente.
Y el rumor, crece, formidable y huraño.
¡Mueve las cadenas, bestia! Despierta que la aurora, avanza.
Y por sobre la turba de famélicos y miserables rebaños, la palabra del profeta y del luchador, vibra airada, como un clarín de combate, que anuncian el choque de la Plebe. Contra la Aristocracia.
¡Allá va la visión! ¡Qué hermosa es! ¡Cómo tremolan, gallardos y altivos, sus pendones de batalla!
Todos unidos, en un connubio inmenso de almas doloridas, van cantando en coro triunfal, la Marsellesa redentora y grandiosa.
Todos juntos sin separarse, sin más que una ambición: llegar al punto donde empezará una vida nueva; tender sus ojos triunfales, sobre el mundo nuevo.
Y siguen.
Y sus gritos, son poderosa y estentórea esplosión, que pregona, que el arroyo que nació en la cumbre se ha hecho río al llegar a la llanura, y al llegar al mar, se ha hecho ola que golpea, furibunda y tremenda, contra la roca de la explotación, que tiembla en sus lares de violencia, ante la eclosión de otras violencias.
Y la visión aumenta, majestuosa. Y el mundo se estremece de angustias, los reyes tiemblan en sus tronos de oro y púrpura, las iglesias, esas centinelas oscuras de la ignorancia, se tambolean, el dios oro ríe que vá a ser derrocado y sin embargo no teme su derrota son sus lacayos y adoradores. ¡Malditos sean!
Y la bestia ruje, el rumor de catástrofe va in crescendo, y las banderas de revuelta, son coloreadas por el sol que nace.
¡Hermanos!
Estamos en plena aurora, preparad las picotas y entonad conmigo la carmañola de las venganzas trájicas.
¡Hermanos!
La hora de la revuelta, ha sonado.
¡De cara! Todos al frente, fuertes con Anteo, firmes como robles.
¡Hermanos!
Esta es la aurora.
Rebeldías líricas 1
Manuel F. Rojas (Manuel Rojas)
1ª quincena de mayo de 1913
Con el título que me sirve de epígrafe para estas líneas, hechas con apresuramiento, ha aparecido el opúsculo de poesías de D. G. Rojas, nuestro buen compañero de redacción.
La poesía que me dedica en el libro y los datos de amistad y de lucha que me unen a él, me imposibilitan, casi, para hacer un juicio crítico del libro.
Sin embargo –y haciendo a un lado a esta señora parcialidad que a toda fuerza quiere colarse en este artículo– diré algo de lo malo que le encuentro al folleto.
1º Lo que más afea a la obra son los dibujos, que –dicho sea en engrandecimiento de la verdad– son bastante malos.
2º Luego viene esa manía de Rojas de que a todos los que les dedica poesías, los hace comulgar, sino con una persona, con un algo.
“A Jilberto que comulga con Federico Nietzsche; a Guevara que comulga con natura; a Silva que ha comulgado con las muchedumbres”.
Esa dedicatoria a Silva y a Lillo yo no la habría puesto, aunque me la hubieran pedido.
No es porque Silva y Lillo sean más grandes, como me dijo alguien (y si han ido más lejos, fue, porque empezaron primero), sino porque no les importa nada de lo que diga Gómez en su folleto.
Al decir de D. Rojas en las poesías que ha escrito Silva últimamente, como esa “Oda a la bandera”, “Romancero Naval”, no se ve en ellas el mismo nervio, ni la misma sinceridad que en el autor de “La Nueva Marsellesa”, “Bajo el sol de la Pampa”, o “El derrotero”.
Lillo, ese cantor de una raza como le llama Rojas, y cuando la matanza de Forrahue, no fue capaz de protestar (¿por qué?), es un patriota y uno de los que creen que el progreso, la civilización y otras mentiras son buenas y verdaderas.
Y Rojas rompe lanzas en contra de las patrias, el progreso y la “edad moderna”.
Y se comprende que no estará muy de acuerdo con él.
Eso es todo lo malo que encuentro en el opúsculo de poesías de Rojas, nuestro buen compañero de redacción.
Si en las poesías hay forzamiento en el ritmo, no lo sé. Me parece que no.
Si en los temas hay poca originalidad, tampoco lo sé.
Solo sé que grandes poetas como ser: Chocano, Rubén Darío, Bórquez Solar2 y otros, han escrito todo sobre el mismo tema variando solamente la métrica, el ritmo y las palabras.
Se objetará que esos grandes poetas. ¡Que lo sean! No por eso estarán exentos de faltas.
Por lo demás a Rojas lo creo un poeta, del cual se esperan buenos frutos.
Sus gritos del alma, son sinceros. Quizás lo sean demasiado. Varios han dicho que su rebeldía es vaga, sin razón y éste demuestra muy poca sicología en el que lo dice. Poco conocimiento de la vida y de las almas.
Yo que he visto muchos que fueron más rebeldes y que lo son, sin haber sufrido mucho, niego eso.
Yo me quedo creyendo firmemente que Rojas llegará a ser buen poeta.
Rojas me parece un concepto muy simpático. A los que estimen su crítica, les diré que no hay que ser verdugos con las flores que nacen.
¡Y allá va un grito de aliento para el hermano que dentro de poco, se unirá más y más a mí, que hoy digo lo malo que tiene su libro!
Eso es todo lo que tengo que decir del libro de Rojas, nuestro buen compañero de redacción.
Notas
1 En su libro Rebeldías Líricas, José Domingo Gómez Rojas dedica el poema “En el hospital” al “bohemio argentino” Manuel Rojas. La primera edición de este libro se realizó en 1913; ese mismo año Gómez Rojas cruza la cordillera a pie con la intención de llegar a Buenos Aires y encontrarse con Alberto Ghiraldo, poeta, editor de la revista literaria Ideas y Figuras y personaje destacado en el ambiente anarquista argentino. Sin embargo, solo llegaría hasta Mendoza, ciudad en la que permanece algún tiempo, haciéndose conocido entre los libertarios chilenos residentes. Gómez Rojas entabló amistad probablemente el mismo año 13 con Rojas, quien recuerda que lo vio por primera vez en una velada cultural en el Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer: “Cuando apareció en el salón… Chumingo, como le llamaron después sus amigos, produjo asombro: No era frecuente ver por allí individuos que lucieran cuello de pajarita y corbata negra de lazo de rosa. Menos aun era escuchar a alguien declamar, con la desenvoltura y el énfasis con que lo hizo… poesías originales”. Gómez Rojas lo estimula para que escriba: “Sus conocimientos literarios eran –agrega Rojas– muy superiores a los míos y me dio consejos, que me parece no haber aprovechado, animándome a seguir un camino que a él le fue cortado en plena repechada”. Gómez Rojas muere encarcelado, víctima de la persecución oligárquica de 1920. Aparece con el nombre de “Daniel” –Gómez Rojas usó el seudónimo de Daniel Vásquez– en las novelas de Manuel Rojas Sombras contra el muro y La oscura vida radiante. 2 Antonio Bórquez Solar (1874-1945), poeta y prosista chileno que inicia su trayectoria con el libro de versos Campo Lírico (Primera Siega) poético (1900), obra que tuvo cierto impacto en la intelectualidad de la época. Trajo a las letras nacionales la influencia de modernistas franceses como Baudelaire y Verlaine, tal como lo hiciera Darío y Santos Chocano. Otras obras del mismo autor son: La fiesta de los leones (1907), Dilectos decires (1912), Belleza del Demonio (1914) y numerosos otros títulos de la prolífica producción de este autor. Varios de sus poemas se incluyeron en la completa antología Selva Lírica (1917) de Julio Molina y Juan Agustín Araya (O. Segura Castro). En esa publicación se menciona a Manuel Rojas en el capítulo dedicado a los “Poetas Acráticos”; se dice de él: “Salió de la obscuridad de los barrios arrabalescos y de un golpe se conquistó un puesto honroso entre nuestros líricos jóvenes. Despunta como un poeta delicado y cuidadoso de la forma” (Selva Lírica, Santiago de Chile, Sociedad Impresora y Litografía Universo, 1917; LOM, reedición, 1995).
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