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TODOS LOS CAMINOS
LLEVAN A FILIPINAS
Manena Munar
20 impulsoras de un proyecto
solidario en Filipinas

Todos los Caminos llevan a Filipinas
© Manena Munar, 2020
© De esta edición: Ediciones Casiopea. Noviembre 2021.
Con el apoyo de Casa Asia
Editora: Pilar Tejera
ISBN-Ebook: 978-84-120012-6-6
ISBN: 978-84-123188-4-5
Dep. Legal: M-29414-2021
Foto de cubierta: Rhosean’s Garden Resort,
San Fernando, Philippines
Don Nicolai Salonga
Diseño de cubierta: Anuska Romero y Karen Behr
Maquetación: CaryCar Servicios Editoriales
Impreso en España
Reservados todos los derechos
Para Jorge, mi hijo.
Con él, veo crecer el bambú.
Manena Munar
Índice
AGRADECIMIENTOS
PRESENTACIÓN
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN ISABEL ZENDAL
CAPÍTULO I MARÍA DOLORES PITA LISARAQUE – MARUXA PITA MARÍA LUNA TERESA BARROSO NOELIE YAMEOGO CLAIRE GOUDY HENDERSON
CAPÍTULO II ANNA BALCELLS ANNA OPOSA CHERRIE ATILANO MELISSA VILLA
CAPÍTULO III MARILOU DILLINGER ASTRID HOCKING CAROLINA UNZETA AITZIBER BARRUETA NURIA DÍEZ
CAPÍTULO IV VALERIA CAVESTANY MARISA GONZÁLEZ LEN CABILI Filip + Inna MARTHA ATIENZA ISABEL SANDOVAL
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Lo primero que quiero es expresar mi más afectuoso agradecimiento a Pilar Tejera, Directora de la editorial Casiopea y a su equipo, por brindarme la oportunidad de colaborar en una colección tan bella como necesaria “Todos los caminos llevan a… Filipinas”.
Menene Gras Balaguer, Directora de Cultura y Exposiciones de Casa Asia, y Directora del Asian Film Festival Barcelona, me ha hecho el inmenso favor de escribir un prólogo que realmente es un bello poema sobre Filipinas, una entrañable y cuidada presentación sobre nuestro fortuito encuentro, vidas y lugares comunes y un bonito prefacio sobre la gran labor de las mujeres que llenan las páginas de este libro ¡Gracias Menene!
Ni que decir tiene que este libro no se hubiera podido llevar a cabo sin la inestimable ayuda del departamento cultural de la Embajada Filipina en Madrid, el Instituto Cervantes de Manila, la oficina de Médicos sin Fronteras en Madrid, y mis queridísimas amigas españolas-filipinas, Paloma Vidaurrázaga, Laura Narcué y Tina Juan, que con cariño e ilusión me ayudaron a encontrar a las protagonistas de “Todos los Caminos llevan a Filipinas”.
Manena Munar
Autora
PRESENTACIÓN
Las veinte historias de “Todos los Caminos llevan a Filipinas” las protagonizan mujeres anónimas que dedican su tiempo y conocimiento a labores filantrópicas en este caso particular en Filipinas. Unas lo hacen en pro de la religión, otras ofrecen su arte, muchas, simplemente su bondad, y las hay quienes fundan empresas de diversas índoles con fines altruistas. Estas mujeres con miras a extrapolar lo mejor del ser humano y cuidar el planeta, con su ejemplo devuelven la confianza y la dignidad, no solo en aquellos que ayudan, pero al género humano en general.
He vivido muchos años en Filipinas, país al que considero como un segundo hogar. Cuando mi hijo me cuenta con ojos ensoñadores cómo las gotas de lluvia en los árboles le regresan a las queridas islas, me uno a él en el recuerdo y puedo sentir la humedad, el aroma del ylang –ylang en la noche y hasta veo crecer al bambú.
El archipiélago filipino es un enorme puzle que se parte en siete mil islas. Y cada una de ellas guarda su particular encanto. Está Boracay, cuya arena, fina como la harina, nunca quema sino que acaricia los pies. A Bohol le coronan sus colinas de chocolate, esas montañas coralinas que emergieron años ha. Según los lugareños, que suelen tener razón, son las lágrimas perdidas del dios Agooa llorando por el amor no correspondido de una mortal. Palawan casi se escapa del mapa filipino, pero no lo ha hecho y sus lagunas esmeraldas y los islotes paradisiacos, son todo suyos. Los volcanes de Camiguín-la isla que nace del fuego- rodean a una de las más bellas del archipiélago, cuyo festival de la fruta lanzón en Octubre es una explosión de algarabía y color. Están las montañas de arroz de Banaue, al norte de Luzón, patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, de un verde salvaje que pinta esas terrazas donde las tribus de los igorrotes e ifugaos cultivan arroz. Y está la Gran Manila, Metro Manila, su caótica capital de más de veinte millones de habitantes, dividida en múltiples municipios que encierran historia, vanguardia, arte, cultura, miseria y abundancia.
Pero por encima de estas aclaraciones sobre las características de sus islas, está el pinoy, nombre cariñoso que se le da al filipino del pueblo. El pinoy es una persona sencilla, muy familiar y religiosa, que quiere a los suyos, sigue sus tradiciones y nunca pierde la famosa sonrisa filipina, musa de libros, motivo de películas y hasta de tratados filosóficos…a pesar de que sonreír en Filipinas en cantidad de ocasiones, es todo un acto de valor. Cuando no sopla alguno de la treintena de tifones que les visita todos los años, los terremotos, maremotos o el rugir de los volcanes no les dejan en paz. A todo esto, hay que añadir las penurias de un país que hasta hace poco, ahora parece que va surgiendo, no existía la clase media y la sociedad navegaba entre una pobreza extrema y una riqueza exagerada.
Manena Munar
PRÓLOGO
LLUVIA VERDE
¿QUIÉN ES MANENA MUNAR?
por Menene Gras Balaguer
Directora de Cultura y Exposiciones de Casa Asia
Directora del Asian Film Festival Barcelona
La primera vez fue por teléfono: se presentó con su nombre soy Manena Munar. No sé si te acuerdas de mí. No sé si sabes dónde nos vimos. Hasta aquí, como se suele hacer cuando alguien quiere ponerse en contacto con otra persona por el motivo que sea. Te llamo, porque estoy acabando un libro sobre mujeres que han hecho algo por Filipinas o cuyo destino se ha unido a este país en un momento u otro de sus vidas. Y yo empiezo a hacer preguntas, intrigada por este libro sobre mujeres que han hecho algo tan importante a las que se deba un homenaje. Dejó caer algunos nombres que yo oía por primera vez e incluso mencionó ciertos ejemplos de su heroísmo y generosidad en hechos que habían tenido una importante repercusión social, mereciendo el reconocimiento que deseaba rendirles. Aprovechando la oportunidad que le había dado la editorial Casiopea, pensó que eso le permitiría hacer una colección de retratos de mujeres que se habían significado por su contribución a la sociedad, su independencia, su valor y su espíritu solidario. Y además volver a Filipinas, en cada página y en cada línea del libro que escribiría. Me convenció.
No queriendo parecer una ignorante, la interrumpí para demostrarle que quizá ella tampoco sabía quién era Marisa González y su curiosidad me llevó a contarle el proyecto “Ellas, Filipinas”, que ésta inició en 2009 sobre la diáspora femenina del archipiélago a Hong Kong. Me extendí ante su interés explicándole cómo elaboró la artista este trabajo de campo sobre las mujeres filipinas que desembarcan en Hong Kong, una vez reclutadas por las agencias que les facilitan los contratos laborales correspondientes, siempre que reúnan las condiciones que se les exigen para su obtención. Son empleadas del servicio doméstico, con escasos derechos y jornadas muy duras, y el trato en algunos casos roza la esclavitud. La artista entrevistó a muchas de estas obreras invisibles, acudiendo a las reuniones que convocan los domingos que es su día libre debajo del emblemático edificio del HSBC de Norman Foster. Hablan por el móvil con sus familias, se muestran fotografías unas a otras y se explican las cosas que han pasado esa semana. Mujeres que construyen sus casas efímeras con cajas de cartón donde se recogen por grupos y se cuentan sus vidas, las de antes cuando aún vivían en Filipinas y las de después desde que llegaron a esta ciudad. Las cajas de cartón sirven después para enviar a Filipinas todas las cosas que ellas juntan durante días o meses para enviárselas a sus familias por barco. Ropa, zapatos, juguetes, aparatos electrónicos, y lo que crean que puede ser de utilidad para los que han dejado atrás. Los maridos que se quedan en el archipiélago suelen vivir de lo que ellas ingresan con su trabajo, y el cuidado de los hijos se relega a las abuelas de los hijos. Así, algunos de ellos, cuando no trabajan, tienen tiempo para crear nuevas familias o llevar una doble triple vida. Aunque ellas lo sospechen o acaben sabiéndolo, siguen haciendo sus aportaciones mensuales con una importante parte de su salario para los hijos y sus propios padres que son sus verdaderos cuidadores. En esa misma conversación, Manena me dice con entusiasmo que le gustaría ponerse en contacto con la artista, como si le hubiera descubierto a alguien, porque podría abordarla y valorar su relato. Acaba haciéndolo, Marisa González está en el libro.
Sin querer abandonar la conversación, le hablo de otra artista y cineasta, Sally Gutiérrez, que hizo un gran trabajo sobre los vendedores de órganos en el mercado negro. Sally hizo en Filipinas un proyecto muy arriesgado entrevistando a un grupo de hombres que querían vender sus riñones por los que les daban una suma irrisoria. La operación se llevaba a cabo en condiciones fraudulentas, como si los cirujanos fueran veterinarios y ellos animales a los que se podía quitar cualquier órgano, sin advertirles acerca de los posibles riesgos que contraían. Sally grabó también las procesiones religiosas que casi a diario circulan por las calles de Manila con cualquier pretexto y exploró a fondo manifestaciones de la cultura popular en las que creía ver la sombra de la España que colonizó el archipiélago. Sin darme por satisfecha, acudieron de inmediato a mi cabeza artistas como Helena Cabello y Ana Carceller, que estuvieron como Sally Gutiérrez becadas por Casa Asia en 2006 para realizar un proyecto en Filipinas. Ellas dos volverían a narrar Apocalypse now de Francis Ford Coppola, analizando el ideal masculino del anti-héroe representado por una mujer filipina y la ubicación real del conflicto entre Camboya y Vietnam, que se rodó en Filipinas. Por último, reaparecieron los Aquilizan que viven entre Australia y Filipinas desde hace muchos años y han trabajado sobre las migraciones de la era postcolonial y el trauma social causado por las grandes diásporas.
Me detuve aquí, aunque habría seguido sugiriendo más nombres. Así que retrocedimos y acordamos que Filipinas y el libro que estaba corrigiendo eran lo que nos haría permanecer en contacto. Pero, de pronto me acuerdo de Marta Galatas y de su novela “Dejé mi corazón en Manila” que presenté con ella y Florentino Rodao en Casa Asia, en abril de 2017. Una historia de amor entre una mujer española, que embarca con su hermana en junio de 1936 en el Postdam rumbo a Manila donde les esperan sus tíos, y un joven empresario filipino con el que aquella termina casándose. Una historia que empieza con el estallido de una guerra civil, en una travesía, y continúa con la ocupación japonesa del archipiélago y el fin de la II GM. Y entonces ya sé que fue allí, al finalizar el acto cuando ella se acercó y me regaló su primera novela. Pero han pasado tres años y yo no había vuelto a saber de ella.
Me propuso al cabo de unos días una cita en casa de su madre en María de Molina. Teníamos que vernos. Ella me había dejado un plazo más que prudente para leer la versión anterior a la definitiva de este libro. Quería saber si iba a escribir la introducción. Fue justo antes de que se proclamara el estado de alarma, a principios de marzo, aprovechando que estaría en su casa, porque iría a visitarla. Su madre hacía la siesta cuando yo llegué. No, no la vi. Pero había varias fotografías de una mujer joven con su padre enmarcadas, que Manena me enseñó para ponerme en antecedentes señalando su belleza. El único ruido era el del viento que golpeaba unas cuerdas o unos cables contra la fachada de la casa de al lado. Me quedé mirando las ramas de los árboles moviéndose con fuerza como si fueran a partirse, aunque no se podía predecir cómo acabaría la tarde. Las cortinas no transparentaban lo que sucedía detrás y el cielo gris y triste empapaba los cristales. Me dijo si quería tomar algo. Empezamos a hablar sobre amigos y conocidos de Filipinas, que creíamos conocer ambas. Ella fue por primera vez en 1987 acompañando a su marido y padre de su hijo, porque había sido destinado allí como técnico comercial del Estado. Yo lo hice un poco antes y todavía puedo sentir el olor de los manglares y el de la pobreza que se dejaba ver entonces en el centro histórico de Manila. Esa primera vez fui con Luis Camós, y considero un privilegio el haber podido conocer Filipinas con alguien como él, el mejor anfitrión y el más generoso que he conocido en la vida. Luis estuvo viviendo más de seis meses al año durante veinte años en Filipinas. Era muy amigo de nuestros amigos y le pregunté varias veces a Manena si lo había conocido. Se habrían visto, habrían cenado juntos en la misma casa y debían haber frecuentado las mismas fiestas. Empezamos nombrando casi a la vez varios lugares comunes, donde no nos habíamos encontrado ni entonces ni después, pero ahora lo hacíamos ante esas ausencias que nos unían en alguna parte de lo que somos.
El pasado nunca se evoca en orden, sino aleatoriamente, y los hilos que unen las personas y las cosas en el tiempo y en el espacio se anudan y se enredan e incluso pueden romperse fácilmente. Eso hizo que se nos fueran ocurriendo cosas que asociábamos libremente unas con otras sin más intención que la de ponerlas en común. Las dos dijimos a la vez el nombre de Valeria Cavestany, una mujer de libro de cuentos, filipina adoptiva, que nunca acabas de conocer y durante mucho tiempo viajera por el mundo con casa en Barcelona, pero atada a sus islas. Hice con ella un proyecto expositivo en 2009, en Casa Asia, que coincidimos en llamar Archipiélagos de la memoria. Trataba de la identidad filipina y su progresiva criollización en el transcurso de su historia colonial y postcolonial, siempre asediada por las diásporas y migraciones de diferente índole que se han sucedido en el tiempo. Es una gran amiga mía, me dijo de inmediato Manena, está en el libro, como puedes imaginar. Y yo seguí, contando con su aprobación rescatando los relatos que cada nombre sembraba. El siguiente fue Ramón Balaguer cuyo padre era primo de mi madre, y a continuación su mujer, Ditos Lobregat, que acabó siendo Cónsul honoraria de España en Zamboanga, y era espléndida en todos los sentidos. Luis Camós fue un gran amigo suyo. Ella le hacía confidencias; él la acompañaba en algunos de sus viajes por los pueblos más remotos del archipiélago en busca de artesanos que sabían hacer cosas que nadie sabía hacer en otro lugar. Ditos falleció no obstante de un cáncer que no consiguió vencer. De sus cuatro hijos, Nuki y Clara Balaguer, son las que más he tratado por motivos bien distintos, pero Nuki ha vuelto a Filipinas para quedarse, y Clara parece que se ha instalado en Holanda. Nuki heredó la estrecha amistad que mantenían Luis y su madre, y la relación entre ella, su padre y Luis continúa como si no existieran las distancias físicas.
La madre de Ditos, María Clara Lobregat, a la que llamaban Kalin, era una de esas mujeres que sólo existen en el cine, siempre en su mundo, un mundo lleno de sí misma en el que probablemente no dejaba entrar a nadie. Durante muchos años, debió ser la mujer más más guapa y más interesante de Filipinas. Su marido murió en un accidente mientras pilotaba su avión particular recorriendo una de las fincas que poseía la familia. Cuando yo la conocí, ya era viuda, pero era como una emperadora que no necesita ningún imperio para serlo y la mujer más naturalmente elegante que jamás haya conocido. En su casa de Manila, se servía el almuerzo a todas horas. Recuerdo la gran mesa ovalada y la agitación del servicio para atender a todo el que llegaba. Nunca se quitaba la mesa hasta muy tarde, aunque ella desapareciera cuando se retiraba sin despedirse para irse a descansar. En el jardín había muchos coches con los chóferes uniformados para cualquiera que los necesitara. Kalin pertenecía a una de esas grandes familias filipinas muy respetadas. Las nuevas generaciones siguen viviendo de ese reconocimiento, pero sin poder evitar el desgaste que los acontecimientos acaban provocando. De ella aprendí las propiedades del agua caliente incluso cuando hacía más calor. La bebía a menudo durante el día y antes de acostarse. Acabé pensando que tal vez fuera un remedio para vivir más años. Me atreví a preguntarle una noche por qué lo hacía y me respondió que era un hábito cultural muy saludable. Puse en práctica su recomendación y desde entonces convertí en costumbre beber agua caliente sin azúcares ni hierbas, sólo agua y nada más, aunque aquí pareciera una rareza. Años más tarde puede comprobar que beber agua caliente era una costumbre muy extendida en China, porque la medicina tradicional aconsejaba tomarla en ayunas como medida preventiva, y que probablemente fueron los chinos los que la introdujeron en el archipiélago, desde los tiempos en que el Imperio español ultramarino diseña el proyecto de tener una base permanente en Oriente en el siglo XVI.
En Zamboanga, a unos 850 Kms de Manila, dormimos en su casa de Mindanao tanto el día de llegada como el que nos fuimos, tras pasar casi dos semanas en la casa de la playa, que al cabo de un tiempo convirtieron en un resort para los turistas que veranean en Filipinas procedentes mayoritariamente de China y de Australia. Recuerdo la planta de la casa de Mindanao, la distribución de las habitaciones y los ventiladores, el puerto, los barcos atracados, el desguace, y ella que salía acompañada y en la misma puerta empezaba una larga cola de gente que la esperaba siempre a la misma hora. Ella con el bolso abierto iba repartiendo limosna y favores a todos. Parecía conocerles y escucharles en silencio tomando nota de sus necesidades y las de sus familias. Manena coincide conmigo y yo con ella en casi todo lo que le cuento y que ella me cuenta. Me parecía vivir en una novela nunca escrita, todo era un descubrimiento, sentir el sur en la piel y la humedad en los ojos. Pisar las langostas y los cangrejos cuando andabas sobre las arenas blancas o las más negras del archipiélago a muy poca profundidad era una experiencia nueva que nunca había tenido. Desde la playa, yo creía ver Borneo en el horizonte, sin tener en cuenta las millas que separaban la tercera isla más grande del mundo del archipiélago filipino en el mar de Sulú. Aunque era invención mía, supe después que los bisayos que habitan en las islas filipinas del mismo nombre proceden de Borneo. A mí esta isla de casi 5000 Kms de costa perimetral se me antojaba la más salvaje del sudeste asiático con sus orangutanes rojos escondidos en sus bosques tropicales, sus elefantes bañándose en sus ríos y sus tiburones de agua dulce. Administrativamente compartida por Brunei, Malasia e Indonesia, es un misterio para mí, que nunca me he preocupado de resolver.
Tampoco había visto nunca piratas, sólo en los cuentos. Los había entonces, los ha habido siempre y sigue habiéndolos; no podía creer que existieran y que fueran un peligro, porque atacaban embarcaciones y yates de recreo, secuestrando a sus pasajeros para pedir rescates antes de soltarlos, si no los mataban directamente arrojando los cadáveres a las olas. Esto sucedía no lejos de esta costa donde nos encontrábamos. ¿Cómo podían ser un peligro en un paisaje idílico, aparentemente en calma, como el que llenaba nuestra mirada? Pero, sí, eran de verdad una amenaza. No estaban lejos, podían verse navegando en el horizonte e incluso acercarse hasta la orilla, donde nos encontrábamos. Resultaba difícil pensar que pudieran agredirnos, pero se nos había advertido que no tenían reparos a la hora de conseguir lo que buscaban. A espaldas del mar, llegaba a la casa desde el bosque el eco de los enfrentamientos entre los rebeldes musulmanes y el ejército. A media tarde o de noche oíamos disparos entre guerrilleros del Frente Moro de Liberación Nacional y el Frente Islámico Moro de Liberación, que se enfrentaban desde hacía más de cuatro décadas con las fuerzas de seguridad, en una guerra de guerrillas interminable. Saqueaban barrios de Mindanao o de otros pueblos, provocaban incendios y se escudaban con rehenes que asesinaban o simplemente mantenían secuestrados para negociar en un proceso de paz del que se sentían marginados.
Cuando volvimos a hablar después de aquella tarde en que compartimos relatos hablando de personas en las que nos encontramos, y múltiples coincidencias en nuestras impresiones, ya se había impuesto el estado de alarma por el COVID-19, los hospitales estaban desbordados y la enfermedad estaba causando miles de muertos diariamente. Manena estaba repasando el libro y yo le pregunté por su madre. Cambiando el tono de voz, me comentó que había fallecido esa semana. El confinamiento obligado le impedía hacerse cargo del funeral y del entierro. Tampoco podía vaciar la vida que se quedaba en esa casa repleta de objetos y recuerdos. Eso duró casi tres meses hasta que ella pudo entrar y recoger lo que se quería llevar. Me decía hace unos días que había conseguido integrar parte de los muebles en su casa y eso le hacía sentirse mejor. Ya lo verás. La mezcla ha quedado muy bien. Es como recuperar una parte de mi mundo, y como si la pérdida de la madre se pudiera compensar contemplando a diario algunas de sus pertenencias. Liberar la piel de una casa de los que han vivido en ella durante toda una vida es como renunciar al pasado y a la memoria porque se convierten sólo en obstáculos para seguir adelante.
Filipinas atraviesa su vida horizontalmente con sus paisajes y sus islas, sus lluvias y sus bambúes, al igual que los tifones y los seísmos que inesperadamente sacuden la tierra y los bosques de cocoteros, haciendo sentir a sus habitantes el temor a la desgracia. Hay un antes, un durante y un después de llegar a Manila, que no ha podido olvidar sin importar el tiempo que ha pasado desde que no ha regresado allí. Cuando la palabra se nombra, ella se sumerge en espacios de la experiencia que observa en la distancia, incorporados a su vida como si se tratara de un conjunto de registros visuales o corporales múltiples que resume en relatos breves e interrumpidos. Un tiempo que se alargó más allá de los catorce años que pasó allí, y que de hecho llega hasta hoy, como si no hubiera pasado nada más desde entonces, o como si no quisiera que pasara nada más, para conservar intacto el recuerdo de esas lluvias de cielos pegados a la tierra y al mar y no hacerse nunca la pregunta sobre qué queda de todo lo vivido.
La lluvia verde es la lluvia de las más de siete mil islas del archipiélago filipino; es la lluvia que humedece las palmeras y que gotea de las ramas y las hojas de todos los demás árboles y matorrales; es la lluvia que se golpea contra el mar; es la lluvia que se huele a distancia y que tiñe de verde los campos y las montañas; es la que se oye por la noche y no se ve, cubriendo la densa vegetación tropical; es la lluvia que la amó y por la que se dejaba amar; es la lluvia que se derramaba algunas noches sobre su cama; es la lluvia que narra la historia de Filipinas, la historia de sus mujeres y la historia de Manena que no puede dejar de pensar en las islas, ni en lo vivido allí, a pesar de todos sus viajes por el mundo escribiendo crónicas para diferentes medios. La lluvia verde lo une todo: la vida y la muerte se atan mientras llueve y nada puede separarlas. Ella lo sabe y por esto ha escrito este elogio a mujeres anónimas, cuya generosidad las convirtió en heroínas silenciosas, porque sus aportaciones fueron decisivas. Era también el pretexto para devolverse a Filipinas viajando con todas las protagonistas del libro: Isabel Zendal, que contribuyó a la introducción de la primera vacuna de la viruela en América latina y en Filipinas, durante el reinado de Carlos IV; Maruxa Pita, conocida como la Madre Teresa de Filipinas; María Luna, académica y docente universitaria que acogió a los estudiantes en la casa de todos “The Pink House”; Teresa Barroso y la solidaridad; Noelie Yameogo, misionera; Anna María Balcells y la Fundación Kalipay; Anna Oposa, directora de “Save Philippines Seas”; Cherrie Atilano, agricultora; Melissa Villa y Project Pearls; la irlandesa Claire Goudy Hendersen, Marious Dillinger en Médicos sin Fronteras; Astrid Hocking y el trabajo solidario; Carolina Unzeta y el compromiso social, ante el volcán del Mayón; Aitziber Barrueta, de la India a Filipinas, como cooperante internacional; Nuria Díez y el trabajo humanitario; Natalia Díaz Feraren, Camila Escat y Kalipay; la artista Valeria Cavestany, los colores del Trópico y la Fundación VAHHFI; Marisa González y la diáspora filipina en Hong Kong; y Len Cabili.
No es la primera vez que se pelea con la escritura. Ella es escritora y fotógrafa y vive de sus artículos y textos. Con este libro regresa a Filipinas, como hizo en su primera novela “Y soplará el Amijan” (2003) evocando una estación del año, que va de noviembre o diciembre a mayo, y un viento frío del nordeste que hace que las temperaturas sean moderadas y con poca o ninguna lluvia en el centro y en la parte más occidental de Luzón y las Bisayas (Panay, Negros, Cebú, Bohol, Leyte y Sámar), mientras que en la más oriental del archipiélago da lugar en la misma época una llovizna suave incesante. Al final de la novela, cuando la protagonista manifiesta sentirse sola y perdida en el infinito, sin saber cómo seguir viviendo, sin entender nada, dice “Me salvó del vacío un sentimiento muy cálido fresco y limpio como el amijan, que fue venciendo al miedo”. La naturaleza no puede mantenerse ajena a lo que nos sucede. En la mitología filipina, el amijan es también un pájaro que de acuerdo con el folklore tagalo es la primera criatura que habitó el universo junto con los dioses Bathala y Ahman Sinaya,. Cuando acaba la estación, cambia la dirección del viento dominante, el Habagat, que se caracteriza por ser particularmente húmedo y caluroso, coincidiendo con la estación de las lluvias y temporales que azotan alta mar.
Hablo de ella y hablo de mí, porque en todo encuentro, por casual que sea, se produce un descubrimiento y creo que eso probablemente sucederá a muchos de sus lectores, porque Manena parece escribir escuchando las voces que guardamos en secreto debajo de la piel. Cuando pregunto quién es Manena Munar me estoy preguntando sin saberlo quién soy yo y eso es lo que ella sabe hacer sentir a quien la lee, sin que esto sea fácil ni un efecto gratuito de cualquier lectura. Hablar de ella es hablar de siete mil islas, es hablar de una extranjera en Filipinas a la que la lluvia verde cambió la vida y le hizo vivir muchas vidas que nunca habría sospechado vivir. Para introducir este libro sobre mujeres que han desempeñado un papel significativo en este país, sólo me quedaba hablar de ella, como ella hace con sus personajes, y sólo puedo hacerlo hablando también de mí, porque también he visto esta lluvia verde estrellándose contra las ramas de las palmeras del Roxas Boulevard de Manila, los árboles del parque Rizal o de la plaza Rajah Sulaiman, o rozando con fuerza la piel de las islas y rompiéndose al chocar con las olas de ese mar que las une y las separa.
INTRODUCCIÓN
He querido comenzar el libro con una persona cuya aportación a la historia de la humanidad me parece esencial. Isabel Zendal, oriunda de Galicia, fue la enfermera que ayudó a llevar la primera vacuna, la de la viruela concretamente, tanto a la América española como a las Islas Filipinas en la Real Expedición de la Vacuna, organizada por el médico y científico Francisco Javier Balmis, durante el reinado de Carlos IV.
ISABEL ZENDAL
Primera enfermera internacional de la historia
Declarada por la OMS (Organización Mundial de la Salud) como la primera enfermera de la historia en misión internacional, Isabel Zendal zarpó desde La Coruña, la única mujer en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, conocida como Expedición Balmis, para llevar la vacuna de la viruela hasta las colonias americanas y Filipinas.
Isabel Zendal Gómez nació el 26 de febrero de 1773 en el seno de una familia de labradores, en la localidad coruñesa de Agrela, Santa Mariña de Parada. Corrían tiempos de muchas dificultades y enfermedades, entre ellas la temible viruela que acabó con la vida de la madre de Isabel, entre otros muchos. Isabel tuvo un hijo, Benito, al que crió como madre soltera. En 1800 entra a trabajar como rectora y enfermera de la Inclusa de La Coruña, que se hallaba en condiciones miserables.
Para que esta historia sea completa hay que presentar a dos personajes claves y coetáneos a Isabel. El primero sería el médico inglés, Edward Jenner que en una de sus investigaciones de la viruela que estaba arrasando en Europa, comprobó como los campesinos que ordeñaban vacas eran inmunes a la enfermedad. Jenner pudo observar que la llamada viruela bovina con la que los lecheros se infectaban, brotaba de una forma mucho más leve que la humana ¡Había descubierto la vacuna contra la contagiosa viruela!, que la OMS consideró erradicada en 1990. A pesar de que ardua fue la lucha de Jenner y de sus seguidores por implantar la que bautizó como vacuna dada su procedencia, que sí en un en principio su apelativo estaba destinado exclusivamente a la enfermedad de la viruela, más tarde se generalizó a aquellos medicamentos que evitaran la contracción viral de cualquier enfermedad. Uno de los enemigos más acérrimos contra el descubrimiento genial de Jenner fue la iglesia la cual consideraba una irreverencia inocular fluidos animales en el género humano, inyectando el mismo mal para curarlo.
El eje fundamental del episodio que sigue, uno de los más bellos en la historia de la humanidad, es el médico militar y cirujano de la Corte de Carlos IV, Francisco Javier Balmis. Brillante científico que vio en la vacuna de Jenner una forma de erradicar la viruela en las colonias. Noventa millones de indígenas morían por el choque microbiano llegado del otro lado del Atlántico, la mayor parte por la viruela. En una era en que en el Imperio Español no se ponía el sol, el joven doctor Balmis ejerció en La Habana, y en Ciudad de México, donde, entre otras investigaciones, realizó un estudio sobre la cura de las enfermedades venéreas. Durante su estancia ultramar pudo comprobar cómo la viruela, exportada por los españoles al continente americano y a Filipinas estaba causando tremendos estragos en la población. A su vuelta a España y firmemente decidido a llevar a las colonias españolas la recién descubierta vacuna contra la viruela del Doctor Jenner, convenció al rey para que financiara la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Al igual que Jenner, la decisión de Balmis tuvo enemigos de diversa índole, como Manuel Godoy, que no veía nada claro invertir fondos en la aventura de Balmis, en momentos en que a la corte no le sobraban escudos para dilapidar, según él. Sin embargo, el monarca reinante Carlos IV, testigo en primera fila de los efectos de la mortal viruela que se había cobrado varios miembros de su familia, y terminado con la dinastía de los Habsburgo en España, apoyó la Expedición Balmis, que a bordo de una corbeta y zarpando del puerto de La Coruña, comenzó en el año 1803 y lo finalizó el 1806. El mismo Jenner vio esta expedición con admiración y expresó sus quejas sobre los compatriotas ingleses por no hacer lo mismo.
El otro protagonista de la aventura científica y altruista fue el médico y cirujano militar José Salvany y Lleopart, a quien Francisco Balmis reclamó como acompañante en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.
El principal problema que se planteaba en la filantrópica empresa era el cómo llevar la vacuna a las colonias en una época en la que aún no existía la cadena de frío por lo que evidentemente tras meses de travesía, estaría más que obsoleta. Tras darle vueltas, a Balmis se le ocurrió que la única manera sería una cadena humana que transportara dicha vacuna en su mismo cuerpo. Inoculado el pus infectado de las vacas en un ser humano que le crearía anticuerpos, se le volvería inyectar a otro en menos de una semana, lo que tarda en hacer efecto la vacuna, y así sucesivamente. La siguiente dificultad a resolver era quienes iban a ser los destinados a dicha inoculación …
No había lugar a dudas, la cadena humana debía estar formada por niños. Balmis ideó una cadena humana de veintidós niños a los que se les vacunaba paulatinamente en el velero, cambiándoles en puerto por otros, hasta su destino final, Filipinas, donde debía llegar recién vacunado el ultimo infante del eslabón humano. Y ¿qué padres iban a permitir que sus infantes se embarcaran en semejante hazaña? Ninguno. La única alternativa eran los pequeños de un orfanato.
Y aquí es cuando entra en escena la figura primordial de Isabel Zendal, nacida Pobre de Solemnidad, como rezaban los datos que encontró el periodista Antonio López Mariño, haciendo un reportaje en la Coruña en el año 1999.
Mariño fue uniendo cabos e informándose sobre la vida de esta peculiar mujer. Descubrió cómo su madre, La Ignacia, muere de viruela dejándole a ella al cargo de sus hermanos en la pedanía de Santa Mariña de Paredes en Ordes. Isabel cuida a sus hermanos, cultiva el campo, trabaja como criada, y tiene un hijo ilegítimo de un soldado. Más tarde, ya con sus hermanos creciditos, Isabel, se cree que de apellido Zendal, ya que se han encontrado más de once apelativos para nombrarla, se encarga finalmente de la Casa de los Expósitos de La Coruña. Y allí estaba ella, en su orfanato, como rectora y enfermera, ajena a lo que en breve le acontecería cambiándole de lleno el curso de sus días, cuando recibió la visita del renombrado científico Francisco Javier Balmis.
Balmis fue al orfanato y habló con ella del contradictorio proyecto que ni siquiera al Consejo de Indias terminaba por convencer. De no ser por el apoyo del Rey jamás se hubiera llevado a cabo la Expedición. Necesitaban veintidós eslabones infantiles a los que inyectar la vacuna durante el tiempo de la travesía, hasta llegar al primer puerto americano y pasársela a un nativo. Isabel tras pesarlo y sopesarlo alegó que la única forma en la que esos niños emprendieran viaje sería si ella les acompañaba, para cuidarles y protegerles. ¡Tema difícil! ya que para los hombres de la mar el que una mujer fuera a bordo, no traería más que mala suerte. Balmis vio la determinación de la que iba a ser la primera enfermera que atravesara el mar en pos de las Américas y de Filipinas, y dio su consentimiento.
El 30 de noviembre de 1803 embarcan desde La Coruña en la corbeta María Pita, veintiséis tripulantes, veintidós niños huérfanos y una mujer. Isabel los acompañaba en su filantrópica expedición llevando con ella a su propio hijo, al que también vacunarían. Ella fue la columna vertebral del viaje ocupándose constantemente de los pequeños con edades comprendidas entre tres y siete años, a los que por otro lado les costaba muchísimo adaptarse al duro medio. Luchando por que los médicos estuvieran pendientes de ellos, Isabel consiguió que de la primera cadena humana de veintidós infantes llegaran todos con vida al primer puerto. Tras muchos avatares que ella conciliaba con inteligencia y bondad procurando siempre el bienestar de esos niños que de brazo a brazo, llevaron a América y Asia la primera vacuna de la historia, llegando a Manila el 15 de Abril de 1805. Todos ellos vivos, menos un par, uno de ellos, comprado en Puerto Rico, y que Isabel se negaba a embarcar por verle débil e incapaz de soportar el viaje. El resto sobrevivieron gracias a los constantes cuidados de Isabel, habiendo dado prácticamente la vuelta al mundo, Canarias, Venezuela, Colombia, Ecuador, Guatemala, Cuba, Chile, Perú, México, y Filipinas. “Sin Isabel a cargo de los niños el proyecto no hubiera llegado a su fin. Con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible. Madre sobre los angelitos que tiene a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde La Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades”. Palabras literales de Balmis. Según nos cuenta Javier Moro en su libro sobre la expedición A Flor de Piel, Francisco Javier Balmis junto con Salvany se disputaba el amor de la extraordinaria mujer.
Resulta lógico preguntarse qué sentiría a bordo esa mujer que aunque nacida cerca del mar siempre lo había visto desde la distancia. Su pequeña y no fácil existencia, no le habían doblegado el ánimo ni ese amor por los niños del que dio sobrada muestra en tamaña travesía.
¿Qué pensaría Isabel del mundo que iba a encontrarse en la otra orilla del Océano y en una travesía de la que muchos, la mayoría, raramente regresaban, porque morían en el intento o bien quedaban atrapados por las prebendas del nuevo mundo?
¿Qué pena le supondría el tener que separarse de esos niños, sentidos como Benito, el suyo propio, cuando al terminar cada expedición se quedaban en el orfanato del lugar al que llegaran o eran adoptados por los lugareños? ¿Qué sentiría ella hacia esos dos hombres que fueron compañeros, amigos, médicos?
Su decisión fue la de hacerse hija del nuevo mundo. Regresando desde Filipinas a España al pasar por los territorios americanos (no existía el Canal de Suez) muchos de la expedición se quedaron en América, entre ellos Isabel Zendal que murió en Puebla de los Ángeles, México.
Isabel ha sido prácticamente desconocida para la sociedad española a pesar de haber recibido reiteradas nominaciones y premios a su labor. En 1950 la OMS (Organización Mundial de la Salud) le reconoce como la primera enfermera de la historia en misión internacional. Numerosas instituciones tanto gallegas como americanas relacionadas con la enfermería llevan su nombre. Se ha escrito sobre ella, de la que también se han hecho películas.
Pero realmente la existencia de Isabel fue rescatada del olvido por Antonio López Mariño en 1999 cuando haciendo un reportaje para la televisión gallega sobre los premios de natalidad en épocas franquistas, decidió incluir la otra cara de la moneda y dio con la partida de nacimiento de un tal Benito. La historia le picó la curiosidad al investigador y periodista que, tirando de la hebra, fue abriendo las muchas ventanas que le llevarían a una de las más excepcionales del mundo.
El azar siguió haciendo de las suyas cuando el escritor Javier Moro estando en el Real Jardín Botánico de Madrid promocionando su último libro conversando con la Jefa de Prensa del Botánico, Blanca Landázuri, ésta le comentó lo poco que los escritores frecuentaban aquel lugar, cuando en su Biblioteca había archivos únicos sobre las expediciones científicas, como aquella que… y Blanca comenzó a hablar sobre la Real Expedición Balmis que llevó la vacuna a ultramar y que contaba con la presencia de una mujer extraordinaria, a la que la OMS consideró la primera enfermera internacional de la historia. Javier Moro cada vez más atrapado por tan peculiar relato siguió indagando, poniéndose en contacto con Antonio López Mariña que le aportó decisiva documentación sobre el tema, animándole a escribir y publicar su novela “A Flor de Piel” basada en tan fascinante episodio de la historia española. La escritora dominicana con residencia en USA, Julia Álvarez también aportó su granito a la sapiencia universal con su libro “Para Salvar el Mundo” sobre los mismos hechos, que fueron llevados a la pantalla por Miguel Bardem quien basó su película en otra novela, esta vez escrita por Almudena Arteaga “Ángeles Custodios”. El Hospital de Campaña improvisado en el recinto ferial en Madrid para acoger enfermos de la pandemia Covid-19 se ha nombrado en honor a Balmis, Operación Balmis, mientras que al nuevo hospital de emergencias en la zona de Valdebebas de Madrid se le llamará Isabel Zendal.
Capítulo I
Vocación misionera
MARÍA DOLORES PITA
LISARAQUE – MARUXA PITA
Los niños no necesitan limosna, sino educación
“No estamos aquí para honrar a ninguna persona en particular, sino a la Fundación Makabata, con sus miembros, maestros, estudiantes, benefactores y amigos. Ellos son los auténticos premiados, y en su nombre acepto humildemente, con gran honor y privilegio, este galardón”.
Palabras de Maruxa al recibir el premio Beata Teresa de Calcuta.
María Dolores Pita Lissarraque – Maruxa Pita, nació un 18 de marzo de 1930 en Madrid, según dice ella “por casualidad “, pues realmente se siente hija de su Betanzos familiar. Sin embargo, no fue ni en Madrid ni en Betanzos donde se desarrolló la vida de esta gran filántropa sino en las Islas Filipinas. Aquella “galleguiña” criada en la villa de las rías altas gallegas que siglos atrás fundó el caudillo celta Breogán, cambió el impoluto río Mandeo de aguas heladas por el inquietantemente mugriento y caldoso río Pasig, arteria de Manila. Los cocoteros, las jacarandas, las palmeras y el árbol del balete donde viven los duendes vinieron a sustituir los matorrales de toxo, los helechos gigantes y los bosques de pinos y eucaliptos, morada de las meigas. Maruxa pasó de celebrar cada verano las fiestas brigantinas protagonizadas desde el s. XIX por el globo aerostato de papel más grande del mundo que sobrevuela los cielos de Betanzos, a observar asombrada los festivales de Flores de Mayo cuando en cada barangay (barrio) los niños se visten con sus mejores galas para participar en las procesiones florales que tienen lugar diariamente en honor a la virgen durante el mes de mayo. A la jugosa y famosa tortilla de Betanzos que la familia de Angelita Rivera Baliño, en La Casilla, viene cocinando desde 1910, le sustituyeron el plato de pancit (que otorga larga vida), el adobo de cerdo y pollo, y por supuesto, el arroz. Aunque de cuando en cuando Maruxa se iba al legendario restaurante de La Rioja donde Jesús Armas, su dueño, oriundo de dicha región, logró durante décadas reunir a los españoles asentados en Manila, que se sentían como en su casa, y que podían charlar de todo un poco, bebiendo una cañita San Miguel para acompañar los camarones al ajillo, la paella a lo filipino, o el cochinillo asado, allí llamado lechón kawali. Si Maruxa aparecía por el bar con su carita pícara, era la alegría de los allí presentes, ávidos de su conversación y de noticias.
Maruxa, con apenas 17 años y siguiendo los pasos de su hermana mayor Chita, se unió a la Institución Teresiana, fundada por el Padre Pedro Poveda. Terminó la carrera de Ciencias Exactas con excelentes calificaciones en la Universidad Complutense de Madrid y en 1959 llegó a Filipinas para ayudar a establecer el Colegio Institución Teresiana, conocida como Facultad San Pedro Poveda, en la ciudad de Quezón, Metrópolis de Manila, donde impartía clases de matemáticas. Y allí comenzó la labor que vendría a ocuparle el resto de sus días, dedicada a los demás, tanto que se la conoce como “la Madre Teresa de Filipinas”.
Pequeñita, con una sonrisa guasona, Maruxa es una auténtica institución en el archipiélago. Ir con ella paseando por Manila conlleva tener a un montón de críos detrás para los que ella siempre tiene una donación, un regalo, y por supuesto un mimo o su inequívoca sonrisa cargada de ternura y también de ironía. “Cuando voy en el coche y los niños llaman por la ventanilla les doy galletas, pero en realidad lo que necesitan es ir al colegio” aseveraba con un gesto tristón e incluso de enfado. Esto era su obsesión. Día y noche le daba vueltas a cómo poner su granito de arena en ayudar a que los niños “condenados” a la calle tuvieran la oportunidad, el derecho, de recibir una educación que les permitiera llevar una vida digna. Y lo logró con su fundación Makataba.
De sus inicios como directora de la Facultad San Pedro de Poveda, pasó a enseñar castellano en la Universidad de Santo Tomás, para más tarde desempeñar las funciones de Directora del Centro Cultural Español, donde organizó todas las áreas de enseñanza, incluida la elección de los profesores en castellano, hasta que el Instituto Cervantes se instaló en Manila, el primero de esta institución en Asia, y donde permaneció como Jefe Académico del Centro. En 1995 Maruxa realizó un exhaustivo estudio sobre el desarrollo de la lengua española en Filipinas que desde que se eliminó como idioma oficial en 1973 y como asignatura obligatoria en 1987, había perdido su auge, siendo sustituido por el inglés, con algunas palabras españolas, que dio como resultado la forma cotidiana del hablar en Manila, el spantaglish: “Today´ Huewes´ (jueves) we will eat ´lumpiang´en un platito de ¨kulay´ (color) asul. Hay que recalcar que el español nunca fue lengua que sustituyera a las vernáculas de Filipinas. Declarada oficial de 1565 hasta 1987 se mezcló con las oriundas sobre todo en Mindanao de donde brotó el encantador y musical “chabacano”.
Maruxa luchó sin tregua por rescatar la lengua española en las islas. En su estudio de 1995 constató que había setenta centros de enseñanza superior que impartían el español. La institución rindió un tributo a la incansable y excelente profesora, honrando su trabajo sobre la expansión del idioma castellano en Filipinas y su dedicación y compromiso para ayudar y educar a los niños de escasos recursos con su Fundación Makabata School que Maruxa levantó en 1995 en el desfavorecido barrio de Pasig.
En la prensa filipina se escribía sobre María Dolores Pita, más conocida como “Teacher Maruxa Pita” cuando a la edad de sesenta y cinco años decide cumplir su sueño y crea la Fundación-Colegio Makabata dedicada a esos niños de la calle para los que siempre tuvo una palabra cariñosa, una sonrisa, unos pesos. Teacher Maruxa fundó, organizó y dirigió este colegio sin ánimo de lucro, dedicado a la enseñanza de todos aquellos a los que ella pudiera acoger.
Makabata es un proyecto solidario cuyo primer objetivo pasa por proporcionar los derechos mínimos a los pequeños de los “barangays” (barrios en tagalog). “Cada despertar, estos niños de la calle solo piensan en sobrevivir un día más. Son tan pobres que no tienen techo, ni cama, ni comida. Solo tienen miedo, y el mejor amigo de la pobreza, es la ignorancia. Esos niños viven en chabolas, sin ventanas, respirando un aire más que contaminado” afirma Maruxa.
La Fundación Makabata, se mantiene gracias a las donaciones conseguidas por esta luchadora. Los primeros estudiantes fueron pequeños vendedores callejeros de la aromática flor llamada “sampaguita” que esperan a los semáforos en rojo y ofrecen el collar floral a los conductores que lo cuelgan del espejo retrovisor, y de aquellos otros que venden boletos de lotería en EDSA –Ortigas, arteria principal de la gigantesca metrópolis de Manila con más de veinte millones de habitantes. Niños nacidos y crecidos en el llamado “Floodway”. Una comunidad paupérrima establecida a orillas del río Pasig que se inunda anualmente en cuanto llegan las lluvias. Siempre positiva se aseguraba de que sus alumnos pertenecieran a las clases más desfavorecidas de la ciudad.
Lecciones básicas de aritmética, lectura, escritura y catecismo fueron las genuinas enseñanzas, seguidas de una comida caliente.
El grado de enseñanza de Makabata es comparable al de cualquier institución privada de Metro Manila. El Departamento de Educación les visita paulatinamente y en su libro de huéspedes escribieron tras realizar una de estas visitas “Makabata es un paraíso para los niños de la calle”.
Cada año Makabata coloca anuncios en las zonas desfavorecidas para el enrolamiento de nuevos estudiantes que no necesitan pasar ningún tipo de examen de acceso, solo rellenar un formulario informativo. Antes de admitir a los nuevos estudiantes, los profesores visitan sus casas para estar al tanto de las necesidades más urgentes de aquellos que apelan por entrar en Makabata que ya cuenta con varios graduados en educación superior. Maruxa comentó orgullosa: “Algunos de los graduados siguen proyectos vocacionales mientras otros están en la Universidad haciendo carreras de Educación, Informática o Empresariales”.
Cuando Maruxa cumplió ochenta y tres años muchos de sus antiguos alumnos de Poveda organizaron una merienda en la que también se contempló la recolecta de fondos para la Fundación Makabata y culminó con una gigantesca tarta de chocolate, la preferida de Maruxa, que sopló las velas acompañada del amor y admiración de muchos de aquellos jóvenes para los que había significado mucho y que nunca la olvidarían.
Maruxa ha sido siempre un pilar no solo para la fundación Makabata o en el Instituto Cervantes de Manila, sino en todo lo que se relacionara con el círculo español en Filipinas. Todo el mundo la conoce y la quiere. Difícil es no querer a esta mujer que posee una inteligencia y conocimientos fuera de serie, un corazón enorme y que también es divertida y amena. Su dialéctica está llena de contenido, dominando el “arte de la conversación”. Ni que decir tiene que el sentido del humor es otro de sus rasgos significativos. De hecho, cuando recibió el premio Beata Teresa de Calcuta con el que la AY Fundation y la Junio Chamber International de Manila quisieron reconocer sus cincuenta años de compromiso, generosidad con los filipinos más desfavorecidos, celebrado en el Auditorio Carlos P. Rómulo de Makati. Allí, el entonces embajador destinado en Filipinas, Jorge Domeqc Fernández, al felicitarle, le recordó que “La Embajada Española en Filipinas sería siempre su hogar” Maruxa recibió un millón de pesos con el galardón: medio para ella y otro medio para la Fundación Makabata, a lo que la filántropa alegó que por supuesto la cantidad al completo iría destinada a Makabata.
Los más de cincuenta años de vida que Maruxa ha entregado a Filipinas han dado para infinidad de anécdotas, amigos, satisfacciones y también penurias al ser testigo de primera mano de mucha desolación. Entre la cantidad de vivencias por las que ella ha pasado en sus queridas islas, está la de uno de los muchos golpes de estado del país que la pilló en el Hotel Intercontinental de Makati,Centro de negocios de Manila, tomado por los militares rebeldes al mando de el general Gregorio Honasan (Gringo), y del que no pudieron salir hasta que se sofocó el levantamiento con la detención del apodado “guapo”, Gringo. Los profesores españoles José Antonio Matilla, profesor de la Escuela de Idiomas de Barcelona, Fuencisla Velasco, directora de los cursos de lengua española del Instituto Español de Paris, y Pedro Peira Catedrático de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, habían llegado a Manila a finales de Noviembre de 1989 para examinar a los primeros veintinueve alumnos que aspiraban al diploma español, título recién creado por el Ministerio de Educación y Ciencia. Todo iba con normalidad, se alojaron en el Hotel Intercontinental en Makati. Solo cuando volvieron al hotel ya al anochecer, que en Filipinas tiene lugar a las seis de la tarde, acompañados por Maruxa, entonces directora del Centro Cultural Español, las cosas habían cambiado. El hotel estaba tomado por los militares rebeldes al mando de “Gringo” y los cuatro, incluida Maruxa Pita, quedaron confinados allí. Maruxa les había anunciado por la mañana: “Hay un golpe, pero no os preocupéis” con ese relajo relativo de quien ya está acostumbrado a todo ese tipo de avatares. Cuando por fin pudieron salir, Maruxa relataba “Lo hicimos a primera hora después de que se nos anunciara que todos los clientes podíamos bajar al vestíbulo con las maletas. Todos nosotros y una joven francesa salimos y nos metimos en mi coche que estaba aparcado afuera desde el sábado. Agitando dos pañuelos blancos y un cierto susto pasamos las barreras militares y nos trasladamos a un hotel donde nos esperaba un diplomático español”. Todo hay que decirlo y a pesar del golpe que fue sofocado en breve por el gobierno de Corazón Aquino, entonces Presidenta de Filipinas, pintadas de “Happy Christmas” en los tanques, carteles en los barrios tipo “No pase, estamos en guerra”, y esa eterna sonrisa hasta en los soldados que por cierto, calzaban chanclas, ratificaban el surrealista modus vivendi de los pinoys (filipinos). Como también ha sido testigo de numerosos momentos satisfactorios, celebraciones organizadas en Makabata y alegrías que le ha dado su querida Filipinas, entre ellas los muchos reconocimientos que ha obtenido a lo largo de su fructífera vida como el Premio Beata Teresa de Calcuta, el ser Dama de Isabel la Católica, la Medalla de Galicia y la del Merito Civil. En la residencia del embajador de España en Filipinas, en aquel entonces Luis Antonio Calvo, Maruxa recibió de manos de éste una placa conmemorativa y un libro que recopila la biografía de cien españoles viviendo fuera de España que se han acoplado y amado a su país adoptivo. Españoles escogidos como ejemplo y reconocimiento a su labor en un lugar foráneo, entre los que se encuentra Maruxa Pita. Pero quizás para ella el mayor de los galardones sea escuchar a aquellos pupilos que ayudó a crecer, a educar, hablando de ella como esta alumna de Poveda, Inés Reyes quien asegura: “La Directora Maruxa representa para nosotros, los alumnos de Poveda, lo mejor de España”. Thank you Señora Maruxa!!!!
https://institucionteresiana.org/es/
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