Читать книгу: «La habitación cerrada»
Título original: Det slutna rummet
© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1972.
© de la traducción: Elda García-Posada, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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CODI SAP: OEBO209
ISBN: 9788490064269
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Índice
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1
Las campanas de la iglesia de Maria daban las dos cuando salió del metro por la boca de Wollmar Yxkullsgatan. Se detuvo a encender un cigarrillo antes de proseguir con pasos rápidos hacia Mariatorget.
El tañido de las campanas vibraba en el aire, recordándole los sombríos domingos de su infancia. Nacida y criada a pocas manzanas de la iglesia de Maria, allí la habían bautizado y allí había recibido también la confirmación hacía casi doce años. Lo único que recordaba de las clases previas a esta era haber preguntado al sacerdote qué era lo que quería decir Strindberg al hablar del «melancólico tiple» de las campanas, pero no se acordaba de cuál había sido la respuesta.
El sol le quemaba la espalda y, tras cruzar Sankt Paulsgatan, aminoró el paso para no empezar a sudar. De pronto se dio cuenta de lo nerviosa que estaba y lamentó no haberse tomado un tranquilizante antes de salir de casa.
Al llegar a la fuente del centro de la plaza, metió su pañuelo en el agua fría y fue a sentarse en un banco, a la sombra de los árboles. Se quitó las gafas de sol y, tras frotarse rápidamente la cara con el pañuelo mojado, las limpió con una punta de la camisa color azul claro y se las volvió a poner. Tenían grandes cristales de espejo que le tapaban la parte superior de la cara. A continuación, se quitó el sombrero de tela vaquera y ala ancha, se recogió la lacia media melena rubia, que le rozaba las hombreras de la camisa, y se enjugó la nuca. Se volvió a poner el sombrero, calándoselo hasta las cejas, y se quedó allí sentada, sin moverse, con el pañuelo estrujado en una bola entre las manos.
Al cabo de un rato desplegó el pañuelo sobre el banco y se limpió las palmas de las manos en los pantalones vaqueros. Miró el reloj de pulsera, que mostraba las dos y doce minutos, y se concedió tres minutos para calmarse antes de continuar.
Cuando dieron las dos y cuarto, abrió la solapa de la bandolera de lona verde oscuro que reposaba en su regazo, recogió el pañuelo, ya seco, y lo echó en el bolso sin plegarlo. Acto seguido se levantó, se colocó la correa de cuero sobre el hombro derecho y se puso en marcha.
Los nervios se le pasaron mientras se dirigía a Hornsgatan y se convenció de que todo iría bien.
Era el viernes 30 de junio: para muchos, las vacaciones ya habían comenzado. Hornsgatan era un hervidero de coches y peatones. Abandonando la plaza, torció a la izquierda y caminó a la sombra de los edificios.
Esperaba haber hecho lo correcto al elegir ese día y no otro. Tras sopesar los pros y los contras, había concluido que quizá debía aplazar el proyecto hasta la siguiente semana. No habría pasado nada por eso, pero no tenía ganas de aguantar los nervios que la espera le habría provocado.
Llegó a su meta antes de lo que pensaba, y se detuvo en la zona de sombra mientras contemplaba el gran ventanal al otro lado de la calle. El sol producía brillantes destellos en el cristal, al tiempo que el denso tráfico obstaculizaba en parte la vista, pero pudo de todos modos observar que las cortinas estaban echadas.
Caminó lentamente de un lado hacia otro de la acera, fingiendo contemplar los escaparates, y a pesar del gran reloj que se veía a la entrada de una relojería al fondo de la calle, no paraba de mirar el suyo, al tiempo que mantenía un ojo puesto en la puerta de enfrente.
A las tres menos cinco se dirigió al paso de peatones en la intersección y, cuatro minutos más tarde, se apostó a la entrada de la sucursal bancaria.
Tras levantar la solapa de la bandolera, abrió la puerta y entró.
Con la mirada, efectuó un barrido por todo el local, que albergaba una sucursal de uno de los bancos más importantes del país. Era una estancia larga y estrecha, cuyo ancho estaba ocupado por la puerta y la única ventana que existía. A la derecha, desde la ventana hasta la pared del fondo, se extendía un mostrador, y fijados a la pared izquierda había cuatro escritorios, tras los cuales se observaba una mesita baja redonda con dos sillas tapizadas a cuadros rojos. Al fondo había una escalera muy empinada que, haciendo una curva, desaparecía hacia lo que debían de ser la cámara acorazada y las cajas de seguridad del banco.
No había nada más que otro cliente delante de ella: un hombre que, junto al mostrador, estaba metiendo billetes y otros papeles en su maletín.
Detrás del mostrador estaban sentadas dos empleadas y un poco más allá un hombre hojeaba un fichero.
Acercándose a uno de los escritorios, rebuscó en el bolsillo externo del bolso para sacar un bolígrafo mientras con el rabillo del ojo contempló cómo el cliente del maletín salía por la puerta de la calle. Cogió un formulario y comenzó a dibujar garabatos en él. Al poco tiempo vio cómo el empleado se acercaba a la puerta exterior para echar el cierre, y cómo, una vez hecho esto, se agachaba a soltar el tope que mantenía abierta la puerta interior. Cuando esta se cerró, el empleado, con un pequeño suspiro, volvió a su puesto detrás del mostrador.
Ella sacó su pañuelo del bolso y, sosteniéndolo en la mano izquierda, fingió sonarse la nariz mientras se dirigía al mostrador con el formulario en la mano derecha.
Al llegar a la caja, tras meter el formulario en la bandolera, sacó una bolsa de nailon y la puso sobre el mostrador. A continuación cogió la pistola y, señalando con ella a la cajera, le dijo, con el pañuelo ante la boca:
—Esto es un atraco. La pistola está cargada y dispararé si os ponéis tontos. Meted todo el dinero que tengáis en esta bolsa.
La mujer que se hallaba tras el mostrador la miró, y lentamente cogió la bolsa de nailon y la puso ante ella. La otra mujer, que estaba peinándose, se detuvo en medio de un movimiento y bajó las manos despacio. Abrió la boca como para decir algo, pero no emitió un solo sonido. El hombre, que seguía en pie tras el mostrador, hizo un movimiento brusco, de manera que ella, apuntando el arma hacia él, gritó:
—Quieto ahí. Y pon las manos donde yo pueda verlas.
Mientras agitaba impaciente el cañón de la pistola contra la mujer que, tras el mostrador, se había quedado a todas luces paralizada, continuó:
—Date prisa con el dinero. ¡Todo lo que haya!
La cajera comenzó a meter fajos de billetes en la bolsa y, cuando terminó, la puso de nuevo sobre el mostrador. El hombre dijo de repente:
—Esto no le va a salir bien. La policía...
—¡Silencio! —gritó.
Después arrojó el pañuelo en el bolso abierto y agarró la bolsa de nailon, ahora gratamente pesada. Apuntando con la pistola a los tres empleados, uno detrás de otro, fue poco a poco retrocediendo hacia la puerta.
De repente, desde la escalera del fondo, vino alguien corriendo: un tipo rubio y alto con pantalones blancos, bien planchados, y un blazer azul con botones brillantes y una gran insignia dorada bordada en el bolsillo del pecho.
Un intenso fragor recorrió la estancia y retumbó entre sus muros; mientras dirigía el brazo hacia el techo, vio al hombre de la insignia dorada catapultarse hacia atrás, con sus zapatos recién estrenados, blancos y de gruesas suelas rojas de goma acanalada. Solo cuando su cabeza golpeó el suelo de piedra con un espantoso ruido sordo, se dio cuenta de que ella le había disparado.
Arrojó la pistola al bolso y, tras lanzar una mirada furiosa a las tres personas aterrorizadas de detrás del mostrador, se precipitó hacia la puerta. Mientras manejaba con torpeza el cierre y antes de salir, le dio tiempo a pensar: «Calma, tengo que ir con mucha calma», pero una vez se halló en la acera, empezó a corretear hasta el cruce.
Sin ver a la gente a su alrededor, solo notó que se tropezó con varias personas, mientras la detonación del disparo todavía tronaba en sus oídos.
Al torcer la esquina, comenzó a correr con la bolsa en la mano y la pesada bandolera rebotando contra su cadera. Abrió de un tirón el portal de la casa donde había vivido de niña, atravesó a toda velocidad el patio que conocía tan bien y aminoró la marcha para cruzar el porche de una casa interior y salir a otro patio trasero. Una vez allí, bajó la empinada escalera que conducía a un sótano y se sentó en el escalón inferior.
Trató de apretujar la bolsa de nailon en la bandolera, tapando la pistola, pero no cabía. Se quitó el sombrero, las gafas y la peluca rubia y lo metió todo en el bolso. Tenía el pelo corto y moreno. Se levantó, se desabrochó la camisa, y tras quitársela la introdujo también en el bolso. Bajo la camisa llevaba una camiseta de algodón negro de manga corta. Se colgó la bandolera al hombro izquierdo, cogió la bolsa de nailon y volvió a subir al patio. Tras cruzar varios portales más y otros cuantos patios, y trepar un par de muros, se encontró por fin en una calle de la otra punta de la manzana.
Entró en una tienda de ultramarinos, compró dos litros de leche que metió en una bolsa de la compra, y encima de los cartones colocó la bolsa negra de nailon.
Luego bajó a Slussen y cogió el metro hacia casa.
2
Gunvald Larsson llegó a la escena del crimen en su vehículo particular: un BMW rojo, muy poco habitual en Suecia y, a juicio de muchos, demasiado exclusivo para un subinspector de policía, sobre todo cuando lo utilizaba estando de servicio.
Esa hermosa tarde de viernes, justo cuando acababa de ponerse al volante con la intención de irse a casa, Einar Rönn había salido corriendo hacia el aparcamiento de la jefatura central de policía para desbaratarle el plan de pasar una velada tranquila en su casa de Bollmora. Einar Rönn era también subinspector en la brigada antiviolencia y, probablemente, el único amigo que Gunvald Larsson tenía, de manera que, cuando le dijo a este cómo lamentaba que tuviera que sacrificar su tarde libre, la verdad es que lo decía en serio.
Rönn se dirigió a Hornsgatan en un vehículo oficial: cuando llegó, se encontraban allí varios coches y algunas personas de la comisaría de policía de Söder; Gunvald Larsson ya había entrado en la sucursal bancaria.
Fuera del banco se había formado una pequeña multitud y cuando Rönn cruzó la acera, uno de los agentes uniformados que mantenían a raya a los curiosos, se le acercó y le dijo:
—Tengo por aquí un par de testigos que dicen haber oído el disparo. ¿Qué hago con ellos?
—Retenlos un momento. E intenta dispersar a los demás.
El agente asintió y Rönn entró en el banco.
En el suelo de mármol, entre el mostrador y la fila de escritorios, yacía el muerto de espaldas, con los brazos extendidos y la rodilla izquierda doblada. La pernera del pantalón se le había deslizado hacia arriba, revelando un calcetín de deporte blanco inmaculado con el dibujo de un ancla azul oscuro y una pierna muy bronceada cubierta de reluciente vello rubio. La bala le había dado en plena cara, de modo que, de la parte posterior de la cabeza, le habían brotado sangre y masa encefálica.
El personal del banco se había congregado al fondo de la estancia y ante ellos se hallaba Gunvald Larsson, medio sentado sobre una pierna al borde de una mesa de escritorio. Tomaba notas en un cuaderno mientras una de las empleadas hablaba con voz chillona y airada.
Cuando Gunvald Larsson vio a Rönn, alzó la palma de su gran mano derecha para cortar a la mujer, que inmediatamente se quedó callada sin terminar la frase. Gunvald Larsson se levantó para acercarse a Rönn con el cuaderno en la mano. Señaló con la cabeza al hombre del suelo y dijo:
—No tiene muy buen aspecto que digamos. Si te quedas aquí, puedo llevarme a los testigos a alguna parte, tal vez al antiguo local de Rosenlundsgatan. Así podrás trabajar en paz.
Rönn asintió con la cabeza.
—Dicen que ha sido una chica —observó—. Y que se llevó el dinero. ¿Alguien ha visto hacia dónde se fue?
—No, por lo menos ninguno de los empleados —respondió Gunvald Larsson—. Al parecer, un chico de ahí fuera vio un coche largarse, pero no se quedó con el número de matrícula ni está seguro de la marca, así que no nos sirve de gran cosa. Luego volveré a hablar con él.
—Y este, ¿quién es? —preguntó Rönn señalando hacia el muerto con un leve gesto de la cabeza.
—Un idiota que quería dárselas de héroe. Trató de lanzarse encima de la atracadora y ella le disparó: de puro susto, claro. Era un cliente del banco, los empleados lo conocían. Estaba abajo, trajinando en su caja de seguridad, y subió por la escalera esa en medio de todo el follón.
Gunvald Larsson miró su cuaderno.
—Era profesor de educación física y se llamaba Gårdon, con «å».
—Tal vez se creía Flash Gordon —comentó Rönn.
Gunvald Larsson le lanzó una mirada inquisitiva.
Rönn, sonrojándose, cambió de tema:
—Pues ahí debe de haber imágenes de la atracadora.
Señaló a la cámara situada bajo el techo.
—Si está bien enfocada y si tiene cinta... —replicó escéptico Gunvald Larsson—. Y si la cajera se acordó de apretar el botón para encenderla.
Por entonces, la mayoría de las sucursales bancarias estaban ya equipadas con cámaras, las cuales grababan cuando el empleado que atendía la caja pisaba un botón en el suelo. Esa era la única medida que el personal podía adoptar en caso de atraco. Dado que los atracos a mano armada se habían vuelto cada vez más habituales, los bancos habían impartido a sus empleados la orden de entregar el dinero que se les pidiera, sin hacer nada para detener o frenar a los ladrones que pudiera poner en peligro sus propias vidas. Esa norma de conducta no había sido dictada, como quizá se pudiera creer ingenuamente, por razones humanitarias o por consideración hacia los empleados de banca, sino que se basaba en la experiencia de que resultaba más barato para los bancos y para las compañías de seguros dejar que los atracadores se largaran con el botín que tener que pagar daños y perjuicios, además de quizá una pensión vitalicia, a las familias de los afectados, lo cual podía fácilmente ocurrir si alguien resultaba herido o muerto. El médico forense llegó y Rönn fue a su coche a buscar el maletín con el kit de policía científica: usaba los métodos de antaño, que a menudo no le servían de mucho. Gunvald Larsson partió hacia la antigua comisaría de policía de Rosenlundsgatan junto con los tres empleados del banco y otras cuatro personas que se habían identificado como testigos.
Le permitieron usar una sala de interrogatorios donde, tras quitarse la cazadora de ante y colgarla en el respaldo del sillón, comenzó con las preguntas preliminares.
Así como los tres primeros testimonios —efectuados por los empleados del banco— fueron prácticamente idénticos, los cuatro siguientes discreparon bastante.
El primero de esos cuatro testigos era un hombre de cuarenta y dos años que, cuando se oyó el disparo, se hallaba en un portal a cinco metros de la puerta del banco. Había visto a una chica con sombrero negro y gafas de sol pasar a toda prisa, y cuando, según refirió, miró hacia la calle medio minuto más tarde, vio un turismo verde, probablemente un Opel, que arrancó bruscamente desde un punto en la acera a quince metros de distancia. El coche desapareció a toda velocidad rumbo a Hornsplan, y le pareció ver a la chica del sombrero sentada en el asiento de atrás. No acertó a divisar el número de matrícula, pero creía que empezaba con las letras AB.
El siguiente testigo, una mujer, era dueña de una tienda y se hallaba ante la puerta abierta de su local, situado justo al lado del banco, cuando oyó una detonación. Al principio pensó que el ruido provenía de la despensa de su propia tienda y, creyendo que era una explosión de gas, entró corriendo en el local. Cuando comprobó que no era eso lo que había ocurrido, volvió a la puerta de entrada, y al mirar hacia la calle vio un gran coche azul haciendo tal giro en la calzada que los neumáticos chirriaron. En ese preciso momento, salió una mujer del banco gritando que habían disparado a una persona. La testigo no pudo ver quién había dentro del coche ni el número de la matrícula; tampoco tenía ni idea acerca de la marca del vehículo, pero en su opinión parecía un taxi.
El tercer testigo era un obrero metalúrgico de treinta y dos años que proporcionó un informe más detallado. No había oído el disparo, o al menos no había sido consciente de ello. Iba caminando por la acera cuando la chica salió del banco. Tenía prisa y lo empujó al pasar a su lado. No le vio la cara, pero estimaba que debía de tener unos treinta años. Vestía un pantalón azul y una camisa, llevaba sombrero y una bolsa de color oscuro. La había visto subir a un automóvil, un Renault 16 color beige claro, cuya matrícula tenía la letra A y dos 3. Al volante del mismo se sentaba un hombre flaco que aparentaba entre veinte y veinticinco años. Tenía el pelo largo, negro y lacio, y llevaba una camiseta blanca de algodón de manga corta. Estaba sumamente pálido. Además de él había otro hombre, que parecía ser algo mayor, fuera del coche, en la acera, y que abrió la puerta del asiento trasero a la chica. Cuando esta subió, cerró la puerta y se sentó junto al conductor en el asiento delantero. Ese segundo hombre era corpulento, medía alrededor de uno ochenta y tenía el cabello color rubio ceniza, encrespado y muy tupido. Era de rostro rubicundo y vestía pantalón negro de campana y una camisa negra de tela brillante. El coche había girado para cambiar de sentido y desaparecer en dirección a Slussen.
Después de este testimonio Gunvald Larsson se sentía algo confundido y se puso a releer lo que había escrito antes de llamar al último testigo.
Este resultó ser un relojero de cincuenta años que había estado esperando dentro de su coche a la puerta del banco mientras su esposa se hallaba dentro de una tienda de zapatos, en la acera de enfrente. Al tener la ventanilla bajada, había oído el disparo, pero no reaccionó, ya que siempre había mucho ruido en una calle tan transitada como Hornsgatan. Eran las tres y cinco cuando vio a la mujer saliendo del banco. Se había fijado en ella porque parecía tener tanta prisa que no se paró a pedir disculpas cuando dio un empellón a una señora mayor, lo que le hizo pensar en lo acelerados y antipáticos que eran los habitantes de Estocolmo (él era de Södertälje). La mujer vestía unos pantalones largos, en la cabeza llevaba algo que recordaba a un sombrero vaquero, y en la mano, una bolsa negra. La había visto correr hasta la siguiente calle transversal y desaparecer tras la esquina. No, no se había subido a ningún coche ni se había detenido en medio de la calle, sino que había ido directamente a doblar el recodo tras el cual desapareció.
Gunvald Larsson llamó para comunicar las descripciones de los dos hombres del Renault; a continuación se levantó, recogió sus papeles y miró el reloj, que marcaba ya las seis.
Probablemente, había hecho mucho trabajo para nada.
Los policías que llegaron primero al lugar ya habían informado hacía rato de la presencia de varios coches.
Además, ninguno de los testimonios ofrecía una imagen global y coherente de la escena.
Todo se había ido por supuesto al garete, como solía suceder.
Por un momento pensó si tal vez no debería retener al mejor de los testigos, pero descartó la idea. Todos parecían estar ansiosos por irse a casa lo antes posible.
A decir verdad, él era el que estaba más ansioso por marcharse.
Aunque, con toda probabilidad, su deseo no se cumpliría.
Así que dejó a la gente que se fuera.
Se puso la cazadora y volvió al banco.
Los restos del valeroso profesor de gimnasia habían sido retirados, y un joven agente de radiopatrulla salió de su vehículo y le comunicó que el subinspector Rönn estaba esperando al subinspector Larsson en su despacho.
Gunvald Larsson suspiró y se dirigió a su coche.
3
Cuando despertó, se sorprendió al ver que seguía vivo.
Eso no era nada nuevo. Desde hacía exactamente quince meses, abría todos los días los ojos haciéndose esa confusa pregunta: «¿Cómo es que sigo vivo?».
Y poco después:
«¿Por qué?».
Inmediatamente antes de despertarse estaba teniendo un sueño. Un sueño que duraba ya también quince meses.
Cambiaba constantemente, pero siempre seguía un patrón determinado. Iba cabalgando. Al galope, inclinado hacia delante y con el pelo agitado por el frío y cortante viento.
Luego, corría por el andén de una estación de ferrocarril. Delante de él veía a un hombre que acababa de levantar una pistola. Sabía quién era el hombre y qué era lo que iba a suceder. El hombre era Charles J. Guiteau, y el arma, una pistola de tiro al blanco de la marca Hammerli International.
En el preciso instante en que el hombre disparaba, él se lanzaba hacia delante e interceptaba la bala con el cuerpo. El tiro le daba en medio del pecho, como un martillo. A todas luces, se había sacrificado, pero al mismo tiempo comprendía que ese acto había sido en vano. El presidente Garfield ya estaba desplomado en el suelo, y el brillante sombrero de copa se le había caído de la cabeza para rodar describiendo un semicírculo.
Como siempre, se despertó justo cuando le alcanzaba el disparo. Al principio todo era de color negro, hasta que una ola de calor abrasador rompía a través de su cerebro haciéndole abrir los ojos.
Martin Beck permaneció quieto en la cama mirando al techo. Había luz en la habitación.
Pensó en el sueño. No parecía particularmente cargado de sentido, al menos no en esa versión.
Además, estaba lleno de disparates. Por ejemplo, lo del arma: debería haber sido un revólver o quizás una Derringer. ¿Y cómo iba a estar Garfield ahí tendido, herido de muerte, cuando era él quien manifiestamente había recibido el tiro en el pecho?
No sabía qué aspecto tenía el famoso asesino en la realidad. Si alguna vez había visto una foto suya, la memoria visual de la misma se había desvanecido hacía mucho tiempo. Guiteau casi siempre tenía los ojos azules, bigote rubio y el pelo liso peinado con raya a un lado y hacia atrás, pero el de hoy se parecía más a un actor en un papel muy famoso.
Enseguida cayó en quién era ese actor: John Carradine interpretando al jugador profesional en La diligencia. Todo era asombrosamente romántico.
Sin embargo, una bala en el pecho puede convertirse fácilmente en algo bien prosaico. Lo sabía por experiencia. Si te perfora el pulmón derecho y luego queda alojada cerca de la columna vertebral, el efecto es de entrada lacerante y, a la larga, muy tedioso.
Pero una buena parte del sueño concordaba con su propia realidad. Por ejemplo, la pistola de tiro al blanco. Había pertenecido a un agente de policía separado del servicio, de ojos azules, bigote rubio y pelo peinado con raya a un lado y hacia atrás. Se habían conocido sobre un tejado bajo un frío cielo de primavera temprana. No había habido entre ellos diálogo alguno, aparte del disparo de la pistola.
Esa noche se había despertado en la cama de una habitación de paredes blancas, para ser más exactos en el departamento de enfermedades respiratorias del hospital Karolinska. Le habían dicho que la lesión no entrañaba riesgo de muerte, pero aun así se había preguntado cómo era posible que estuviera vivo.
Más tarde le habían comunicado que la lesión ya no entrañaba riesgo de muerte, pero que la bala había quedado alojada en mala zona. Captó la delicadeza que habían tenido al hacer ese pequeño añadido, la palabra «ya», pero no la agradeció. Los cirujanos examinaron las placas de rayos X durante semanas, antes de eliminar el objeto extraño de su cuerpo. Después le dijeron que la lesión, definitivamente, no entrañaba riesgo de muerte. Por el contrario, se recuperaría por completo, siempre que se lo tomara con mucha calma. Pero para entonces, ya había dejado de creer en ellos.
No obstante, se lo tomó con mucha calma. No había otra alternativa.
Ahora le decían que ya estaba totalmente recuperado. Pero esta vez también añadieron una palabra: «físicamente».
Además, no debía fumar. Sus bronquios nunca estuvieron del todo bien, y un tiro en el pulmón no mejoraba las cosas. Después de la curación habían aparecido manchas misteriosas alrededor de la cicatriz.
Martin Beck se levantó.
Cruzando la sala de estar, salió al vestíbulo y cogió el periódico tirado en el felpudo. Se dirigió a continuación a la cocina mientras echaba un vistazo a los titulares de primera plana. Hacía muy buen tiempo, y por lo visto así iba a seguir, según los meteorólogos. Por lo demás, todo parecía, como de costumbre, ir a peor.
Dejó el periódico en la mesa de la cocina y sacó un cartón de yogur de la nevera. Bebió de él. Tenía el mismo sabor de siempre, ni muy bueno ni tampoco malo del todo, solo un poco rancio y artificial. El cartón debía de ser viejo: de hecho, ya debía de serlo cuando lo compró. Muy atrás quedaban aquellos tiempos en que en Estocolmo se podía comprar algo fresco sin demasiado esfuerzo o sin pagar un precio desorbitado.
La siguiente parada fue el cuarto de baño. Tras lavarse y cepillarse los dientes, regresó al dormitorio, hizo la cama, se quitó los pantalones del pijama y comenzó a vestirse.
Mientras tanto, echó una ojeada desinteresada por el piso. Era lo que la mayoría de los habitantes de Estocolmo llamaban una casa de ensueño, el último piso de un edificio de Köpmangatan, en Gamla Stan. Había vivido allí tres años y todavía se acordaba de lo plácida que había sido su existencia hasta el día aquel del tejado.
Ahora, por lo general, tenía sensación de encierro y soledad, incluso cuando alguien venía a visitarle. A buen seguro, esto no tenía nada que ver con el piso: últimamente, se sorprendía a sí mismo con esa sensación de encierro incluso estando al aire libre.
Experimentó una vaga necesidad: fumar un cigarrillo, tal vez. Cierto es que los médicos le habían dicho que debía dejarlo, pero de eso hacía caso omiso. Más importante era el hecho de que la compañía de tabaco estatal había dejado de producir la marca que él solía fumar. Ahora ya no se comercializaban cigarrillos con boquilla de cartón. En dos o tres ocasiones había probado otras variedades, sin lograr acostumbrarse.
Ese día se vistió con especial cuidado y, mientras se hacía el nudo de la corbata, estudió con apatía sus maquetas de barcos, colocadas en un estante, encima de la cama. Tres maquetas, dos completadas y la tercera a medias. Había comenzado la construcción de la primera hacía más de ocho años, pero no las tocaba desde aquel día de abril del año pasado.
Desde entonces se habían cubierto de polvo.
Su hija se había ofrecido varias veces para hacer algo al respecto, pero él le había pedido que no hiciera nada.
Eran las ocho de la mañana del lunes 3 de julio de 1972.
La fecha tenía un significado especial.
Ese día se reincorporaba al trabajo.
Aún era policía o, para ser más exactos, comisario de la policía criminal, y jefe de la Brigada Nacional de Homicidios.
Martin Beck se puso la chaqueta y se metió el periódico en el bolsillo.
Tenía la intención de leerlo en el metro: era una pequeña parte de la rutina a la que estaba a punto de volver.
Caminó bajo el sol por Skeppsbron, respirando el aire envenenado. Se sentía viejo y hundido.
Pero su aspecto no reflejaba nada de eso. Por el contrario, parecía estar sano y vigoroso, sus movimientos eran rápidos y ágiles. Un hombre alto y curtido por el sol, con una prominente mandíbula y unos apacibles ojos azules grisáceos bajo una ancha frente.
Martin Beck tenía cuarenta y nueve años. Pronto cumpliría cincuenta, pero, a juicio de la mayoría, parecía más joven.
4
El despacho de la jefatura sur de policía en Västberga daba testimonio de que, durante mucho tiempo, otra persona había ocupado el cargo de jefe de la Brigada Nacional de Homicidios.
Si bien es cierto que estaba limpia y ordenada, y que alguien se había tomado la molestia de colocar un jarrón con acianos y margaritas sobre el escritorio, aun así todo daba la sensación de cierta falta de meticulosidad y, en conjunto, de desorden: algo superficial pero palpable y, de alguna manera, acogedor.
Eso se veía particularmente en los cajones del escritorio.
Sin duda alguna, alguien acababa de sacar de ellos un montón de cosas, pero dentro todavía quedaban muchas. Por ejemplo, antiguos recibos de taxis y entradas para el cine, bolígrafos rotos y pastilleros vacíos. Plumieres llenos de cadenas de clips engarzados, gomas elásticas, terrones de azúcar y sobrecitos con pastillas de sacarina. Dos toallitas refrescantes, un paquete de kleenex, tres casquillos de bala y un reloj de pulsera roto de la marca Exacta. Además, un gran número de papelitos con notas dispersas, escritas con letra muy legible.
Martin Beck se había dado una vuelta por las dependencias para saludar a la gente. La mayoría de los que andaban por allí eran viejos conocidos, pero ni mucho menos todos.
Ahora se hallaba sentado en su escritorio examinando el reloj de pulsera, que daba la sensación de no servir para nada. El cristal estaba empañado por dentro y, al sacudirlo, algo crujía con tristeza tras la caja, como si se le hubieran desprendido todos y cada uno de los tornillos.
Lennart Kollberg golpeó la puerta y entró.
—Hola —saludó—. Bienvenido.
—Gracias. ¿Es este tu reloj?
—Sí —respondió Kollberg acongojado—. Lo metí en la lavadora. Me olvidé de vaciar los bolsillos.
Miró a su alrededor y continuó en tono de disculpa:
—La verdad es que intenté hacer limpieza el viernes, pero lo tuve que dejar a medias. Bueno, ya sabes cómo es esto.
Martin Beck asintió con la cabeza. Kollberg era la persona a la que más había visto durante su larga convalecencia, de modo que no tenían muchas cosas nuevas que contarse.
—¿Cómo va tu dieta?
—Bien —contestó Kollberg—. Esta mañana había perdido medio kilo. De ciento cuatro a ciento tres y medio.
—Entonces ¿solo has ganado diez kilos desde que empezaste?
—Ocho y medio —rectificó Kollberg con aire de dignidad herida.
Se encogió de hombros y continuó en tono quejumbroso:
—Es una jodienda. Un proceso antinatural del todo. Y Gun lo único que hace es reírse de mí. Y Bodil también, por si fuera poco. Bueno, y tú, ¿qué tal te encuentras?
—Bien.
Kollberg frunció el ceño pero no dijo nada. En su lugar, abrió la cremallera de su cartera y sacó una carpeta de plástico rojo claro, que parecía contener un informe no muy extenso. Tal vez de unas treinta páginas.
—¿Qué es eso?
—Digamos que un regalo.
—¿De quién?
—Mío, por ejemplo. Pero en realidad no. Es de Gunvald Larsson y de Rönn. Les parece de lo más gracioso.
Kollberg dejó la carpeta sobre la mesa. Luego agregó:
—Sintiéndolo mucho, tengo que irme.
—¿Adónde?
—A la DGP.
Eso significaba la Dirección General de Policía.
—¿Para qué?
—Es por esos putos atracos de bancos.
—Pero si han creado un grupo especial para ellos...
—Un grupo especial que necesita refuerzos. El viernes hubo otro pringado al que mataron a tiros.
—Sí, lo leí.
—El jefe nacional de policía decidió reforzar el grupo especial de inmediato.
—¿Contigo?
—No —respondió Kollberg—. De hecho, contigo, según creo. Pero la orden llegó el viernes y yo entonces aún estaba al mando aquí, así que tomé una decisión por mi cuenta.
—¿Cuál?
—Evitarte esa casa de locos y alistarme yo mismo para reforzar el grupo especial.
—Gracias.
El agradecimiento de Martin Beck era sincero. Trabajar en un grupo especial implicaba una confrontación diaria con, por ejemplo, el jefe nacional de policía, al menos dos jefes de departamento, diversos comisarios y otros rimbombantes aficionados. Kollberg se había entregado voluntariamente a dicho suplicio.
—Bueno —prosiguió Kollberg—. A cambio, me han dado esto.
Puso uno de sus gruesos dedos índices en la carpeta de plástico.
—¿Qué es?
—Un caso —replicó Kollberg—. Un caso verdaderamente muy, muy interesante, a diferencia de los atracos y similares. Es una pena...
—¿El qué?
—Que no leas novelas policíacas.
—¿Por qué?
—Quizá si lo hicieras lo apreciarías más. Rönn y Larsson creen que todo el mundo lee novelas policíacas. En realidad se trata de su caso, pero en estos momentos están tan abrumados por el desbarajuste ese que han sacado a subasta sus casos para cualquiera que quiera ocuparse de ellos. Esto es algo que requiere sentarse a pensar. Solo estarse quieto y pensar.
—Vale, puedo echarle un vistazo —dijo Martin Beck sin mucho entusiasmo.
—No ha salido ni una palabra sobre ello en los periódicos. ¿No te pica la curiosidad?
—Claro. Adiós.
—Hasta luego —se despidió Kollberg.
Tras cerrar la puerta, se detuvo y se quedó ahí quieto unos segundos con el ceño fruncido. Luego sacudió la cabeza con preocupación y se dirigió hacia el ascensor.
5
Martin Beck había dicho tener curiosidad sobre el contenido de la carpeta roja, pero esto era, como mucho, una verdad a medias.
La verdad es que no le interesaba lo más mínimo.
¿Por qué había entonces optado por darle una respuesta evasiva y engañosa?
¿Para hacer a Kollberg feliz? Qué va. ¿Para engañarlo? Eso era aún más rebuscado.
En parte no había ninguna razón para querer engañarlo, y sobre todo, eso era algo imposible. Se conocían demasiado bien desde hacía demasiados años y además Kollberg era una de las personas más difíciles de engañar que conocía.
¿Quizá pretendía engañarse a sí mismo? Esa idea también era absurda.
Martin Beck siguió dándole vueltas al tema, mientras llevaba a cabo una sistemática revisión de su despacho.
Cuando terminó con los cajones, se puso con el mobiliario: movió las sillas, orientó el escritorio hacia un ángulo diferente, corrió el archivador unos centímetros más cerca de la puerta, desatornilló el flexo de la mesa y lo colocó en el borde derecho. Al parecer, su sustituto había preferido tenerlo a la izquierda, o al menos simplemente daba la casualidad de que lo había colocado así. A menudo Kollberg dejaba las cosas pequeñas al azar. En cambio, cuando se trataba de cosas esenciales, era un perfeccionista. Por ejemplo, había esperado hasta los cuarenta y dos años para casarse simplemente porque quería una esposa perfecta.
Había esperado a la persona adecuada.
Por el contrario, Martin Beck podía echar la vista atrás y contemplar las casi dos décadas de su desgraciado matrimonio con una persona que, sin duda, no había sido la adecuada.
Ahora estaba en cualquier caso divorciado, pero seguramente había esperado hasta que era demasiado tarde.
Durante los últimos seis meses se había sorprendido a sí mismo más de una vez preguntándose si el divorcio, después de todo, no había sido un error. Tal vez tener una mujer regañona y aburrida era al menos más emocionante que no tener ninguna.
Sin embargo, ese no era un problema esencial.
Cogió el jarrón de las flores y se lo llevó a una de las mecanógrafas, que pareció ponerse contenta.
Martin Beck se sentó en su silla y miró alrededor. El orden había sido restaurado.
¿Quería convencerse de que no se había producido ningún cambio?
La pregunta no tenía sentido; para olvidarla lo más rápidamente posible se acercó la carpeta roja.
El plástico era transparente, por lo que vio de inmediato que se trataba de un caso de muerte. Eso estaba bien. La muerte estaba íntimamente asociada a su profesión.
Pero ¿por qué había ocurrido?
Bergsgatan 57. Por lo tanto, prácticamente en la escalera de la jefatura central de policía.
Grosso modo se podría decir que no le concernía a él ni a su departamento: era tarea de la policía criminal de Estocolmo. Por un instante se sintió tentado de coger el teléfono para llamar a alguien de Kungsholmen y preguntar de qué iba realmente el tema. O de ponerlo todo sin más en un sobre y devolverlo al remitente.
El impulso de ser rígido y formalista era tan fuerte que tuvo que esforzarse por reprimirlo.
Miró de reojo el reloj. Ya era la hora del almuerzo. No tenía hambre.
Martin Beck se levantó, fue al lavabo y bebió una taza de agua tibia.
Cuando regresó, notó que el aire del despacho era cálido y viciado. Sin embargo, no se quitó la chaqueta ni se desabrochó el cuello de la camisa.
Se sentó, sacó los papeles y comenzó a leer.
Sus veintiocho años en la policía le habían enseñado muchas cosas, como el arte de leer informes, eliminando con rapidez la paja y las redundancias, y desentrañando la estructura, si es que la había.
Le llevó menos de una hora leerse los documentos con meticulosidad. La mayoría de ellos estaban mal escritos, algunos eran directamente incomprensibles y ciertos párrafos estaban cuajados de expresiones desafortunadas. Supo de inmediato quién era el virtuoso autor. Einar Rönn, un policía que, desde el punto de vista estilístico, parecía haber salido al colega que en su famosa ordenanza de tráfico determinó que las farolas deben encenderse cuando cae la noche, para aclarar después que la noche cae cuando se encienden las farolas.
Martin Beck hojeó los papeles una vez más, deteniéndose aquí y allá para revisar ciertos detalles.
Luego apartó el informe, hincó los codos en la mesa y apoyó la frente en las palmas de las manos.
Con el ceño fruncido, reflexionó sobre lo que parecía haber pasado.
La historia se dividía en dos partes. La primera era ordinaria y repulsiva.
Quince días antes, es decir, el domingo 18 de junio, un inquilino de Bergsgatan 57, en Kungsholmen, había llamado a la policía. La conversación fue grabada a las dos y diecinueve del mediodía, pero hasta dos horas más tarde no llegó al lugar un coche patrulla con dos agentes. Es cierto que ese número de Bergsgatan estaba a no más de cinco minutos a pie de la jefatura central de policía de Estocolmo, pero el retraso era fácil de explicar: la escasez de policías en la capital clamaba al cielo; además, era temporada de vacaciones y, por si fuera poco, domingo. A ello se añadía que no había nada que indicase que el asunto tuviese una urgencia especial. Los agentes Karl Kristiansson y Kenneth Kvastmo entraron en el edificio y hablaron con la denunciante, una mujer que vivía en el segundo piso exterior. Esta les comunicó que, desde hacía varios días, le molestaba un olor desagradable que provenía del hueco de la escalera y que le hacía sospechar que había algo raro.
También los dos agentes notaron el olor enseguida. Kvastmo lo había definido como putrefacto: según sus palabras, le recordaba muchísimo al «hedor de la carne podrida». «Un rastreo más cercano del olor» —según, de nuevo, la expresión utilizada por Kvastmo— les condujo a la puerta de un apartamento en el piso de arriba. Según los datos disponibles, esa puerta era la de un estudio que, durante algún tiempo, había sido ocupado por un hombre de unos sesenta años, tal vez llamado Karl Edvin Svärd. Ese era el nombre que aparecía escrito a mano en un trozo de cartón bajo el timbre. Decidieron entrar, dado que podía suponerse que dentro del estudio se hallara el cuerpo de un suicida, de una persona fallecida por causas naturales o de un perro —también según Kvastmo—, o bien una persona enferma o desamparada. El timbre no parecía funcionar y los golpes en la puerta no suscitaron ninguna reacción.
Intentaron contactar con el portero, el administrador de la finca o cualquier otra persona que pudiera tener un duplicado de la llave; sin éxito.
Los policías solicitaron por tanto instrucciones y se les dio la orden de acceder al apartamento. Llamaron a un cerrajero, lo que ocasionó un nuevo retraso, esta vez de media hora.
Cuando el cerrajero llegó, observó que la puerta estaba equipada con una cerradura de seguridad y que carecía de ranura para el buzón de correo. Taladró por tanto la cerradura con ayuda de una herramienta especial, pero la puerta sin embargo siguió sin abrirse.
Kristiansson y Kvastmo, que por entonces ya llevaban varias horas extra ocupados en ese asunto, solicitaron un nuevo protocolo de actuación, ante lo cual recibieron la orden de forzar la puerta. Al plantear la cuestión de si no debía estar presente alguien de la policía criminal, obtuvieron como lacónica respuesta que no había más personal disponible.
El cerrajero para entonces se había marchado, pues consideraba que ya había terminado su trabajo.
Hacia las siete de la tarde Kvastmo y Kristiansson abrieron la puerta rompiendo los pernos de las bisagras exteriores. A pesar de ello, surgieron nuevas dificultades. Resultó que la puerta estaba provista de dos fuertes pestillos de metal y también de uno de los llamados fox-lock, una especie de viga de hierro anclada en la puerta. Tras otra hora de trabajo, los agentes pudieron acceder al apartamento, donde fueron recibidos por un calor sofocante y un abrumador tufo a cadáver.
En la única habitación, que daba a la calle, encontraron a un hombre muerto. El cuerpo estaba tendido boca arriba a unos tres metros de la ventana, que estaba orientada a Bergsgatan, y junto a un radiador eléctrico encendido. Debido a la alta temperatura de este, combinada con la ola de calor de esos días, el cadáver se había hinchado hasta «doblar al menos su volumen». El cuerpo se hallaba en un avanzado estado de descomposición e invadido de gusanos.
La ventana que daba a la calle tenía cerrada la aldabilla por dentro y el estor estaba bajado. La otra ventana del apartamento, la de la cocina americana, daba al patio. Estaba sellada con burletes y daba la sensación de que no la habían abierto en mucho tiempo. El mobiliario era escaso, y la decoración, muy parca. El techo, el suelo, las paredes, el papel pintado, la pintura: todo se veía muy maltrecho.
En el rincón de la cocina y en la única estancia solo había algunos objetos de uso cotidiano.
Una carta que encontraron —una notificación de pago de pensión— apuntaba a que el fallecido era Karl Edvin Svärd, un antiguo mozo de almacén jubilado anticipadamente hacía seis años.
Una vez que el apartamento fue inspeccionado por un subinspector de la policía criminal llamado Gustavsson, el cuerpo fue trasladado al centro médico forense a fin de que se le practicase una autopsia rutinaria.
De modo provisional, los hechos se calificaron como un caso de suicidio, o bien de muerte por inanición, enfermedad u otras causas naturales.
Martin Beck se palpó los bolsillos de la chaqueta en busca de los ya desaparecidos cigarros de la marca Florida.
Los periódicos no habían hecho ninguna mención al caso de Svärd. La historia era demasiado trivial. Estocolmo tiene una de las tasas de suicidio más altas del mundo, algo de lo que cuidadosamente se evita hablar o, si no hay más remedio, se intenta ocultar con diversas estadísticas manipuladas y falsas. La explicación más frecuente es sencilla: todos los demás países hacen muchas más trampas con las estadísticas. Aunque desde hace unos años, ni siquiera los miembros del gobierno se atreven a decir esto en voz alta o en público, tal vez por sentir que la gente, después de todo, confía más en lo que ven con sus propios ojos que en las excusas de los políticos.
Y si se diera la circunstancia de que no hubiera sido un suicidio, la cosa sería aún más embarazosa. El llamado Estado del bienestar rebosa de enfermos, indigentes y personas solas que, en el mejor de los casos, se alimentan de comida para perros, carentes de toda atención, hasta que poco a poco se consumen y mueren en las ratoneras que tienen por vivienda.
No, no era algo a lo que debiera darse publicidad. Casi ni siquiera era algo de lo que debiera ocuparse la policía.
Pero ahí no acababa todo. La historia del prejubilado Karl Edvin Svärd continuaba.
6
Martin Beck llevaba en la profesión el tiempo suficiente para saber que, si en un informe hay algo que parece incomprensible, casi siempre es porque ha habido por parte de su autor algún tipo de negligencia, algún error de fondo o de forma, o bien porque no se ha enterado de nada o carece de la capacidad de hacerse entender.
La segunda parte de la historia de la muerte en Bergsgatan resultaba oscura.
Al principio todo había ido como de costumbre. El cadáver se había levantado el domingo por la noche para ser depositado en una cámara frigorífica. Al día siguiente el apartamento fue desinfectado, algo que sin duda era imprescindible, y los agentes responsables habían informado al respecto.
La autopsia se realizó el martes y el dictamen pericial llegó a la policía un día después.
Realizar una autopsia al cadáver de un viejo no es algo divertido, sobre todo cuando se sabe de antemano que se trata de un suicida o de una persona fallecida por causas naturales. Si el sujeto en cuestión además ocupaba un lugar poco prominente en la escala social, si era, por ejemplo, un mozo de almacén jubilado anticipadamente, el tema pierde todo interés.
El informe de la autopsia venía firmado por una persona de la que Martin Beck no había oído hablar, probablemente alguien que estaba haciendo una sustitución. La redacción era sumamente técnica, inaccesible al profano.
Esta era quizá la causa de que hubiera habido tanta indolencia en el tratamiento del caso. Pues, por lo visto, los documentos no le llegaron a Einar Rönn, de la brigada antiviolencia, hasta una semana después. Y, al parecer, hasta entonces no habían recibido la atención que merecían.
Martin Beck se acercó el teléfono para hacer su primera llamada de servicio en mucho tiempo. Descolgó y acercó su mano derecha al disco. Entonces se detuvo.
Se le había olvidado el número del Centro de Medicina Legal, por lo que se vio obligado a buscarlo.
La forense se mostró sorprendida.
—Sí —respondió—. El dictamen se envió hace dos semanas.
—Ya lo sé.
—¿Hay algo que no esté claro?
—Solo algunas cosas que no entiendo muy bien.
—¿No se entienden? ¿Cómo es eso?
¿Sonaba ofendida?
—Según su informe, el interfecto se suicidó.
—Pues claro.
—¿De qué forma?
—¿No se deduce del informe? ¿De verdad me he expresado con tan poca claridad?
—No, en absoluto.
—¿Qué es entonces lo que no entiende?
—Casi nada, para ser sincero. Pero, por supuesto, es por mi propia ignorancia.
—¿Se refiere a la terminología?
—Entre otras cosas.
—Siempre se deben tener en cuenta ciertas dificultades de ese tipo si se carece de conocimientos médicos —replicó en tono reconfortante.
La voz era clara y nítida. Debía de ser alguien bastante joven.
Martin Beck permaneció un rato en silencio.
En ese momento debería haber dicho: «Mi querida señorita, este dictamen no está destinado a patólogos, sino a una clase de personas totalmente distintas. Ha sido solicitado por la policía de orden público y debe redactarse de forma que, por ejemplo, un subinspector pueda entenderlo».
Pero no lo dijo. ¿Por qué?
La médica interrumpió su pensamiento.
—¿Oiga? ¿Está usted ahí?
—Sí. Estoy aquí.
—¿Hay algo en particular que quiera preguntarme?
—Sí. En primer lugar, me gustaría saber en qué basan la hipótesis del suicidio.
Al responder, la voz de la mujer cambió, adquiriendo un tono interrogante.
—Estimado comisario, este cuerpo lo recibimos de la policía. Antes de practicarle la autopsia, yo misma estuve en contacto telefónico con el agente que supongo estaba a cargo de la investigación. Me dijo que se trataba de una cuestión rutinaria y que solo quería saber la respuesta a una única pregunta.
—¿Cuál?
—Si la persona en cuestión se había suicidado.
Irritado, Martin Beck se frotó el esternón con los nudillos. A veces todavía le dolía donde le había dado la bala. Según le habían comentado, eso era algo psicosomático, que se le pasaría cuando su subconsciente desconectara del pasado.
Ahora se trataba claramente de lo contrario. Lo que le irritaba, y en grado sumo, era el presente. Y su subconsciente no podía decirse que tuviera interés en el asunto.
Se había cometido un error garrafal. La autopsia debía haberse realizado de un modo imparcial. Darle al forense una orientación era algo que casi podía calificarse de conducta prevaricadora, sobre todo si el patólogo, como ocurría en ese caso, era joven e inexperto.
—¿Sabe cómo se llama ese policía?
—Subinspector Aldor Gustavsson. Me dio la impresión de que estaba encargado del caso. Parecía tener experiencia y estar seguro de lo que hacía.
Martin Beck no sabía nada sobre el subinspector Aldor Gustavsson ni sobre sus posibles méritos. Continuó:
—¿Así que la policía le dio ciertas directrices?
—Podría expresarse de esa forma. En cualquier caso, la policía me dejó claro que existían sospechas de autoóbito.
—Ya.
—Con autoóbito me refiero, como quizá sepa, a un suicidio.
Martin Beck no respondió. En cambio, hizo una nueva pregunta.
—¿Fue una autopsia difícil?
—La verdad es que no. Si dejamos a un lado que los cambios orgánicos producidos eran de gran envergadura... Es algo que hace la tarea un tanto especial.
Tenía curiosidad por saber cuántas autopsias podía haber llevado a cabo en solitario esa forense, pero se abstuvo de preguntar.
—¿Le llevó mucho tiempo?
—No, en absoluto. Dado que se trataba bien de autoóbito o de un estado patológico grave, empecé por abrir el tórax.
—¿Por qué?
—El fallecido era un anciano. En casos de muerte repentina, siempre cabe suponer una insuficiencia cardíaca o un ataque al corazón.
—¿Por qué dedujo que la muerte había sido repentina?
—El policía lo insinuó.
—¿Cómo?
—De modo muy directo, creo recordar.
—¿Qué fue lo que dijo?
—Que el viejo, o se había suicidado o había tenido un infarto. Algo así.
Otro flagrante error. Nada en los documentos negaba la posibilidad de que Svärd hubiera quedado paralizado o se hubiera desvanecido varios días antes de morir.
—Bueno, entonces le abrió la caja torácica.
—Sí. Y obtuve la respuesta casi de inmediato. No había duda alguna sobre las opciones existentes.
—¿Suicidio?
—Claro.
—¿Por qué medio?
—El hombre se había pegado un tiro en el corazón. La bala todavía estaba allí.
—¿Le alcanzó el corazón?
—Le dio muy cerca, en todo caso. La lesión principal se había infligido en el cuerpo aórtico.
Hizo una breve pausa y dijo con algo de acritud:
—¿Se me entiende?
—Sí.
Martin Beck formuló la siguiente pregunta con precisión.
—¿Tiene usted una amplia experiencia en heridas de bala?
—Suficientemente amplia, supongo. Además el protocolo en este caso fue relativamente sencillo.
¿Cuántas autopsias a personas que hubieran recibido un disparo podría haber practicado en su vida? ¿Tres? ¿Dos? ¿Quizás una?
La médica, tal vez intuyendo esa duda no expresada, le informó:
—Serví en Jordania durante la guerra civil hace dos años. Allí tratábamos un buen número de heridas de bala.
—Pero probablemente no muchos suicidios.
—No, es cierto.
—La cosa es que pocos suicidas se apuntan al corazón —observó Martin Beck—. La mayoría se dispara en la boca y algunos en la sien.
—Bueno, eso es verdad. Pero este no era ni mucho menos el primero. En psicología aprendí que, entre los suicidas, existe un arraigado instinto de apuntarse al corazón. Sobre todo en las personas que idealizan el suicidio. Y parece que esa tendencia se da en muchos.
—¿Cuánto tiempo cree que Svärd pudo haber permanecido con vida tras el disparo?
—No mucho. Un minuto, quizá dos o tres. Se observaba un profuso sangrado interno. Yo diría que un minuto, pero es una conjetura. El margen, sin embargo, es muy pequeño. ¿Eso tiene alguna importancia?
—Tal vez no. Pero hay otra cosa que me interesa. Usted se hizo cargo de los restos mortales el 20 de junio.
—Sí, puede ser.
—Por entonces, ¿cuánto tiempo cree que el hombre llevaba muerto?
—Bueno...
—El informe es vago en este punto.
—La verdad es que no es fácil determinarlo. Tal vez un patólogo con mayor experiencia que yo podría responder con más seguridad.
—Pero ¿qué le parece a usted?
—Al menos dos meses, pero...
—¿Pero?
—Pero depende de las condiciones del lugar. El calor y la humedad desempeñan un papel importante. Puede ser menos tiempo, por ejemplo si el cuerpo estuvo expuesto a un fuerte calor. Por otra parte, se hallaba en un avanzado estado de descomposición, como ya he dicho.
—¿Y el orificio de entrada?
—La descomposición de los tejidos que le he comentado hace que la cuestión sea difícil de evaluar.
—¿Fue un tiro a quemarropa?
—En mi opinión, no. Pero me puedo equivocar, eso quiero dejarlo claro.
—¿Cuál es entonces su opinión?
—Que se disparó de la segunda forma. Hay dos modos clásicos de hacerlo, ¿verdad?
—Sí —respondió Martin Beck—. Es cierto.
—O se aprieta la boca del arma contra el cuerpo y se dispara, o el brazo que sujeta la pistola, o lo que sea, se extiende, girando el arma con la mano. En ese caso se aprieta el gatillo con el pulgar, ¿no?
—Exacto. Entonces, eso es lo que usted cree.
—Sí. Pero con todas las reservas posibles. En realidad, es difícil constatar un tiro a quemarropa en un cuerpo tan descompuesto.
—Entiendo.
—Pues ahora soy yo la que no entiendo nada —dijo la joven en tono suave—. ¿Por qué me pregunta todo esto? ¿Realmente importa tanto cómo se pegara el tiro?
—Sí, eso parece. Svärd fue encontrado muerto en su casa, en su apartamento, con todas las ventanas y las puertas cerradas por dentro. Estaba tirado junto a un radiador eléctrico.
—Eso es precisamente lo que explica el proceso de descomposición —replicó ella con vivacidad—. En ese caso, puede que no llevara muerto más de un mes.
—¿En serio?
—Sí. Y también puede explicar por qué es difícil encontrar el rastro de un tiro a quemarropa.
—Ya entiendo —contestó Martin Beck—. Gracias por su ayuda.
—Oh, de nada. Si hay algo más que pueda explicarle, no dude en llamarme de nuevo.
—Adiós.
Colgó el teléfono.
Sus explicaciones eran buenas. Solo quedaba un punto por aclarar.
Pero era el más desconcertante.
Svärd no pudo haberse suicidado.
Dispararse sin el equipo necesario no es tarea fácil.
Y no se había encontrado ningún arma de fuego en el apartamento de Bergsgatan.
7
Martin Beck siguió haciendo llamadas.
Trató de ponerse en contacto con los dos agentes de la patrulla que habían recibido el aviso para acudir a Bergsgatan, pero ninguno de ellos parecía estar de servicio. Tras varios intentos llamando aquí y allá, se enteró de que uno estaba de vacaciones y el otro tenía que testificar en un juicio.
Gunvald Larsson se hallaba reunido y Einar Rönn había salido de inspección.
Al cabo de un buen rato, logró contactar con el subinspector que por fin había remitido el asunto a la brigada antiviolencia. Eso no fue hasta el lunes 26, de modo que Martin Beck se vio obligado a hacerle una pregunta.
—¿Es cierto que el dictamen forense había llegado ya el miércoles?
La voz de su interlocutor vaciló al responder.
—La verdad es que no estoy seguro. En todo caso, yo no lo leí hasta el viernes.
Martin Beck no dijo nada. Esperaba algún tipo de aclaración, la cual no se hizo esperar.
—En este distrito nos falta casi la mitad del personal. No hay manera de tramitar más de lo estrictamente esencial. Los papeles se nos amontonan. Y cada día que pasa todo va de mal en peor.
—¿Así que nadie miró el informe de la autopsia antes de esa fecha?
—Sí, nuestro comisario. Y el viernes por la mañana me preguntó quién se había ocupado de la pistola.
—¿Qué pistola?
—La pistola con la que Svärd se pegó el tiro. Yo no sabía nada de ninguna pistola, pero supuse que uno de los policías que recibieron el aviso la había encontrado.
—Tengo aquí el informe que redactaron —señaló Martin Beck—. Si se hubiera encontrado un arma de fuego en el apartamento, lo hubieran dicho.
—No veo que los agentes cometieran ningún error —replicó el hombre, a la defensiva.
Estaba dispuesto a defender a su personal y no era difícil entender por qué. En los últimos años, las críticas hacia los agentes de policía no hacían más que aumentar, su relación con la gente de la calle era peor que nunca y su carga de trabajo casi se había duplicado. La consecuencia de todo eso fue que una gran cantidad de agentes abandonó la profesión. Los que lo hicieron eran, generalmente y por desgracia, los mejores. A pesar de la alta tasa de desempleo en el país, era imposible reclutar gente nueva, y la base de contratación se deterioraba cada vez más. Los policías que se habían quedado sentían una gran necesidad de cohesión.
—Tal vez no —admitió Martin Beck.
—Los chicos hicieron lo correcto, ni más ni menos. Tras acceder al apartamento y encontrar al muerto, llamaron a un superior.
—¿El tal Gustavsson?
—Exacto. Un tipo de la policía criminal. Su tarea consistió en sacar conclusiones e informar sobre los hechos, más allá del descubrimiento del cadáver en sí. Y supongo que le indicarían dónde estaba la pistola y él se hizo cargo de ella.
—¿Y luego no se molestó en mencionarlo en el informe?
—Esas cosas pasan —replicó el policía con sequedad.
—Bueno, lo que parece es que no se encontró ningún arma en la habitación.
—No. Pero yo no me enteré de eso hasta el lunes pasado, o sea, hace una semana, cuando hablé con Kristiansson y Kvastmo. Entonces envié de inmediato los papeles a Kungsholmsgatan.
La jefatura central de policía y las dependencias de la policía criminal en Kungsholmen se encontraban en el mismo bloque, así que Martin Beck se tomó la libertad de observar:
—Bueno, Kungsholmsgatan no queda muy lejos.
—No hemos cometido ningún error —negó el hombre en redondo.
—En realidad, lo que me interesa es saber qué le pasó a Svärd, no si alguien ha cometido algún error.
—En cualquier caso, si alguien ha cometido algún error no ha sido la policía de orden público.
Esta réplica era, por decirlo de modo suave, una indirecta, de manera que Martin Beck estimó que era el momento de dar por terminada la conversación.
—Muchas gracias por su ayuda. Adiós.
Su siguiente interlocutor telefónico fue el subinspector Gustavsson, que parecía tener muchísima prisa.
—Ah, sí, el asunto ese. No, yo tampoco entiendo nada. Pero supongo que esas cosas pasan de vez en cuando.
—¿Qué cosas?
—Hechos inexplicables, misterios que simplemente no tienen solución. Se ve enseguida que lo mejor es darse por vencido.
—Por favor, venga para acá —pidió Martin Beck.
—¿Ahora? ¿A Västberga?
—Eso es.
—Lo siento, me es imposible.
—No lo creo.
Martin Beck miró el reloj.
—Digamos a las tres y media.
—Pero es que me es totalmente imposible...
—A las tres y media —repitió Martin Beck antes de colgar.
Se levantó de la silla y comenzó a dar vueltas por el despacho con las manos cruzadas a la espalda.
Este preludio era significativo de la corriente que se había puesto de moda durante los últimos cinco años. Sucedía cada vez con más frecuencia que había que abrir una investigación intentando averiguar lo que la policía había hecho; y esto solía ser más difícil que resolver el caso en sí.
Aldor Gustavsson se presentó a las cuatro y cinco.
El nombre no le había dicho nada a Martin Beck, pero resultó que lo conocía de vista. Era un tipo flaco y moreno, de unos treinta años, y aire duro y despreocupado. Martin Beck recordaba haberlo visto de vez en cuando en la oficina de guardia de la policía criminal de Estocolmo, así como en otros contextos menos significativos.
—Siéntese, por favor.
Gustavsson se sentó en la mejor silla, cruzó las piernas y sacó un cigarro. Lo encendió y dijo:
—Un asunto espinoso, ¿eh? ¿Qué quiere saber?
Martin Beck permaneció en silencio unos instantes mientras hacía rodar el bolígrafo entre los dedos. Luego preguntó:
—¿A qué hora llegó usted a Bergsgatan?
—Por la noche. A eso de las diez más o menos.
—¿Cómo estaba la cosa entonces?
—Jodida. Todo lleno de gusanos blancos y gordos. Olía que apestaba. Uno de los agentes había echado la pota en el vestíbulo.
—¿Dónde estaban ellos?
—Uno haciendo guardia en la puerta. El otro, dentro del coche.
— ¿La puerta había estado vigilada en todo momento?
— Sí, al menos eso fue lo que ellos dijeron.
—Y... usted, ¿qué hizo?
—Entré a mirar, claro. Estaba la cosa bien jodida, como ya he dicho. Pero podía ser asunto de la policía criminal, nunca se sabe.
—Pero ¿su conclusión fue otra?
—¡Hombre! Estaba más claro que el agua. La puerta la habían cerrado por dentro de tres o cuatro maneras diferentes. Los chicos la consiguieron abrir a duras penas. Y la ventana estaba cerrada con pestillo y el estor, bajado.
—¿La ventana seguía cerrada?
—No. Los chicos estos de la policía de orden público la habían abierto al entrar, claro. De lo contrario, habría sido imposible estar ahí sin máscara de gas.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—Unos minutos. El tiempo suficiente para observar que no era asunto de la policía criminal. Debía tratarse de un suicidio, o de muerte natural, así que lo demás era cosa de la policía de orden público.
Martin Beck hojeó el informe.
—No consta ninguna lista de objetos secuestrados —observó.
—¿No? Bueno, tal vez alguien debería haberse ocupado de eso. Pero por otro lado, era superfluo. Casi no había nada. Una mesa, una silla y una cama, creo, y unos cuantos desperdicios en el rincón de la cocina.
—Pero ¿echó un vistazo al apartamento?
—¡Claro! Lo inspeccioné todo antes de dar luz verde.
—¿A qué?
—¿Cómo que a qué? ¿Qué quiere decir?
—¿Antes de dar luz verde a qué?
—Pues a que se llevaran los restos mortales, claro. Había que hacerle la autopsia al viejo. Incluso si se trata de un suicidio, hay que analizar el cuerpo. Lo dice el reglamento.
—¿Puede resumir sus observaciones?
—Cómo no. Es muy fácil. El cadáver estaba a tres metros de la ventana, aproximadamente.
—¿Aproximadamente?
—Sí, la verdad es que no llevaba un metro. Daba la sensación de llevar muerto un par de meses; estaba podrido, en otras palabras. Había dos sillas, una mesa y una cama en la habitación.
—¿Dos sillas?
—Sí.
—Antes ha dicho una.
—Vaya. Sí, en cualquier caso había dos, creo. Una pequeña estantería con algunos libros y periódicos viejos y en el rincón de la cocina un par de cacerolas y un hervidor de agua y esas cosas.
—¿Esas cosas?
—Sí, abrelatas y cuchillos y tenedores, y un cubo de basura y todo eso.
—Ya. ¿Había algo en el suelo?
—No, nada en absoluto, salvo el propio cadáver. Pregunté a los agentes y me dijeron que ellos tampoco habían encontrado nada.
—¿Había alguien más en el apartamento?
—Qué va. Les pregunté a los chicos y me dijeron que no. No había nadie más aparte de mí y de ellos dos. Luego vinieron los de la furgoneta y se llevaron el cadáver en una bolsa de plástico.
—Después se averiguó de qué había muerto Svärd.
—Sí. Eso es. Se había pegado un tiro. No hay quien lo entienda, digo yo. ¿Y qué hizo con la pipa?
—¿No tiene ninguna explicación plausible?
—Ninguna en absoluto. Es de lo más tonto. Caso sin solución, como ya he dicho. No sucede muy a menudo, ¿eh?
—¿Los agentes se formaron alguna opinión al respecto?
—No, se limitaron a constatar que estaba muerto y que todo se hallaba cerrado a cal y canto. Si hubiera habido una pipa, la habríamos encontrado, ellos o yo. Además, debería haber estado en el suelo, junto al muerto.
—¿Te informaste de quién era el muerto?
—Sí, por supuesto. Se llamaba Svärd, lo ponía en la puerta. Y se veía enseguida qué clase de persona era.
—¿Qué clase?
—Hombre, un marginado. Probablemente un viejo borracho. Y esa clase de tipos a menudo se suicidan, o beben hasta palmarla, o les da un infarto o algo así.
—¿No hay nada más que pueda decirme?
—No. No hay quien lo entienda, ya se lo he dicho. Pura y simplemente un misterio. No creo que ni usted pueda resolverlo. Por cierto, hay cosas más importantes.
—Tal vez.
—Le aseguro que sí. ¿Me puedo largar ya?
—La verdad es que no —respondió Martin Beck.
—No tengo más que decir —reiteró Aldor Gustavsson mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero.
Martin Beck se levantó y se acercó a la ventana, dándole la espalda al visitante.
—Yo tengo algunas cosas que decir —anunció.
—¿Ah, sí? ¿Qué cosas?
—Varias. Para empezar, la policía científica hizo una inspección del lugar la semana pasada. Aunque la mayoría de las posibles huellas estaban destruidas, se descubrió enseguida una gran mancha de sangre y dos pequeñas en la alfombra. ¿Vio usted manchas de sangre?
—No. Aunque tampoco las busqué.
—Está claro que no. ¿Qué es lo que buscó, entonces?
—Nada de particular. El caso parecía estar claro.
—Ahora bien, si no vio los rastros de sangre, podemos imaginar que se le pasarían otras cosas.
—En todo caso, no había armas de fuego.
—¿Tomó nota de cómo iba vestido el muerto?
—No, no exactamente. Además, estaba demasiado podrido. Seguramente llevaba algún que otro harapo. Aparte de que no veo qué importancia puede tener eso.
—Se fijó en que el fallecido era un tipo pobre y solitario. Alguien no muy notable.
—Pues claro. Cuando alguien ha visto tantos borrachuzos y marginados como yo...
—¿Qué?
—Pues que los conozco como si los hubiera parido.
Martin Beck se preguntó si Gustavsson se daba cuenta del significado de la expresión.
—Y si el fallecido hubiera tenido aspecto de ser alguien más integrado en la sociedad, ¿habrías quizá sido más meticuloso?
—Sí, en esos casos hay que andarse con mucho tiento. Con todo el puto curro que tenemos...
Miró a su alrededor.
—Aunque no se note, estamos hasta arriba de trabajo. No puedes ponerte a jugar a ser Sherlock Holmes cada vez que te encuentras un quinqui muerto. ¿Algo más?
—Sí. Me gustaría dejar claro que ha cometido una grave negligencia en este caso.
—¿Cómo?
Gustavsson se levantó. Parecía como si de pronto se diera cuenta de que Martin Beck podía dañar seriamente su carrera.
—Eh, un momento —espetó—. Solo porque no vi las manchas de sangre ni una pistola inexistente...
—Las faltas por omisión no son las peores —prosiguió Martin Beck—. A pesar de que son imperdonables. Pero, por ejemplo, llamó a la forense dándole instrucciones basadas en ideas preconcebidas e inexactas. Además, engañó a los dos agentes haciéndoles creer que el caso era tan fácil que no tenía más que entrar en el apartamento y darse una vuelta para darlo por cerrado. Dijo que no era necesaria la inspección de la policía científica y a continuación permitió que se llevaran el cuerpo sin haberle siquiera hecho algunas fotos.
—Pero, por Dios —exclamó Gustavsson—. El viejo tuvo que suicidarse.
Martin Beck se dio la vuelta y lo miró.
—¿Es... es esta... una amonestación formal?
—Sí, y tanto que lo es. Adiós.
—Espere un momento, haré todo lo que pueda para ayudar...
Martin Beck negó con la cabeza. El hombre se fue. Parecía preocupado, pero antes de que la puerta se cerrase del todo, Martin Beck le oyó decir dos únicas palabras:
—Viejo cabrón.
Aldor Gustavsson obviamente no estaba hecho para ser subinspector de la policía criminal y ni siquiera policía. Era torpe, insolente y engreído, y tenía un enfoque totalmente equivocado respecto a su trabajo.
Los mejores miembros del cuerpo de la policía de orden público siempre eran fichados para la criminal. En gran medida, seguramente seguía siendo así.
Si una persona así había podido convertirse en miembro de la policía criminal hacía un par de años, ¿cómo sería en el futuro?
Martin Beck dio por terminado su primer día de trabajo.
A la mañana siguiente iría a echar un vistazo a la habitación cerrada.
¿Qué haría esa noche? Comer algo, cualquier cosa, y luego ponerse a hojear libros que sabía que tenía que leer. Reposar solo en la cama esperando la llegada del sueño. Sentirse enclaustrado.
En su propia habitación cerrada.
8
Einar Rönn era amante de la naturaleza y había elegido la profesión de policía porque implicaba movimiento y ofrecía numerosas oportunidades de estar al aire libre. Con los años y los ascensos, su jornada de trabajo se fue caracterizando por un sedentarismo cada vez mayor, y las salidas al aire libre —en la medida en que se puede hablar de aire libre en Estocolmo— se hicieron cada vez más raras. Pasar las vacaciones en las salvajes tierras montañosas de su región natal se había convertido en un asunto vital: la verdad es que odiaba Estocolmo y, a los cuarenta y cinco años, había empezado a pensar en la jubilación, momento en que volvería a Arjeplog para siempre.
Las vacaciones de ese año eran inminentes, y comenzaba a temer que en cualquier momento alguien le pidiera que renunciara a ellas si como mínimo el caso ese del atraco al banco no se resolvía antes.
Para contribuir activamente a que la investigación desembocara en algún tipo de final, asumió el cometido de ir a Sollentuna a hablar con un testigo el lunes por la noche, en lugar de regresar a casa con su mujer en Vällingby.
No solo se ofreció voluntariamente a ir a buscar al testigo, al que de lo normal podría haberse citado a comparecer en la comisaría, sino que mostró tal entusiasmo por la tarea, que Gunvald Larsson, incapaz de vislumbrar sus motivos egoístas, se preguntó si Unda y él habrían discutido.
—Pues no, discutido no hemos —contestó Rönn con una de sus peculiares construcciones sintácticas.
El hombre al que Rönn iba a ver era el obrero metalúrgico de treinta y dos años que había presenciado los hechos delante del banco en Hornsgatan, y al que Gunvald Larsson había interrogado.
Se llamaba Sten Sjögren y vivía solo en una casa adosada en Sångarvägen. Se hallaba en su pequeño jardín delantero regando un rosal; cuando Rönn salió del coche, dejó la regadera y se acercó a abrir la verja. Se limpió la mano en la parte trasera del pantalón antes de tendérsela, tras lo cual subió los escalones y mantuvo abierta la puerta de entrada para Rönn.
La casa era pequeña y en la planta baja había una sola habitación, aparte de la cocina y el recibidor. La puerta de aquella habitación se hallaba entreabierta, lo que permitía ver que estaba completamente vacía. El hombre captó la mirada de Rönn.
—Mi mujer y yo acabamos de separarnos —explicó—. Se ha llevado algunos muebles, así que quizás esto esté un poco desangelado de momento. Mejor subimos arriba.
Al final de la escalera había una sala bastante grande con chimenea: ante esta se agrupaban, en torno a una mesita baja pintada de blanco, algunas butacas dispares. Rönn se sentó, pero el hombre permaneció de pie.
—¿Quiere tomar algo? —le preguntó—. Puedo hacer café, pero hay algunas cervezas en la nevera.
—Gracias, tomaré lo mismo que usted —contestó Rönn.
—Entonces beberemos cerveza —dijo el hombre.
Corrió escaleras abajo y Rönn le oyó trajinar en la cocina.
Rönn miró a su alrededor. No había muchos muebles, pero sí un equipo de música y bastantes libros. En una cesta, junto a la estufa, había un montón de periódicos: Dagens Nyheter, Vi, Ny Dag y Metallarbetaren.
Sten Sjögren volvió con vasos y dos latas de cerveza light, que puso sobre la mesa blanca. Era delgado y nervudo, de pelo rubio rojizo, alborotado, y de una longitud, en palabras de Rönn, normal. Su rostro estaba salpicado de pecas y tenía una sonrisa amplia y resplandeciente. Tras abrir las latas y verter la cerveza en los vasos, se sentó enfrente de Rönn, levantó su vaso hacia él y bebió. Rönn dio un sorbo a su cerveza y expuso:
—Me encantaría escuchar qué es lo que observó en Hornsgatan el viernes pasado. Lo mejor es aprovechar antes de que el recuerdo empalidezca demasiado.
Sonaba muy bien, pensó Rönn contento.
El hombre asintió con la cabeza y dejó su vaso.
—Sí, si hubiera sabido que se trataba de robo y asesinato a la vez, me habría fijado mejor en la piba, los tíos y el coche.
—En cualquier caso, usted es el mejor testigo que tenemos hasta ahora —le alentó Rönn—. Así que usted iba caminando por Hornsgatan. ¿En qué dirección?
—Venía de Slussen y me dirigía hacia Ringvägen. La tía esta vino por detrás de mí y me empujó con bastante fuerza al salir corriendo.
—¿Puede describirla?
—No muy bien, me temo. La verdad es que solo la vi de espaldas y un poco de perfil cuando subió al coche. Era más baja que yo, quizás unos diez centímetros más baja. Yo mido uno setenta y ocho. La edad es un poco difícil de precisar, pero no creo que tuviera menos de veinticinco años ni más de treinta y cinco, así que tendría unos treinta. Iba vestida con unos vaqueros azules normales y una blusa o camisa azul claro por fuera del pantalón. No me fijé en su calzado, pero llevaba sombrero, uno de esos de tela vaquera y ala ancha. Tenía el pelo rubio, liso y no tan largo como muchas tías lo llevan hoy en día. Media melena, se podría decir. Y además llevaba una bandolera de color verde, una de esas bolsas militares americanas.
Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa color caqui y se lo ofreció a Rönn, quien negó con la cabeza y preguntó:
—¿Vio si transportaba algo?
El hombre se levantó, cogió una caja de cerillas del estante de encima de la chimenea y encendió un cigarrillo.
—No, no estoy seguro de ello. Pero puede que sí.
—¿Y su complexión? ¿Era delgada, gorda o...?
—Era normal, supongo. Ni especialmente delgada ni gorda. De talla mediana, podría decirse.
—¿No le vio la cara?
—La tuve que ver muy de pasada cuando se montó en el coche. Sin embargo, entre que llevaba el sombrero ese y también unas gafas de sol grandes...
—¿La reconocería si volviera a verla?
—Por la cara no, en todo caso. Y, seguramente tampoco si la veo con otra ropa, con un vestido, por ejemplo.
Rönn dio un trago a su cerveza, pensativo. Luego preguntó:
—¿Está seguro de que era una mujer?
El otro le miró con sorpresa. Frunció el ceño y respondió vacilante:
—Sí, al menos asumí que era una piba. Pero ahora que lo dice, no estoy del todo convencido. Fue más bien una impresión general, se suele saber quién es tío y quién es tía, incluso si a veces es difícil verlo. La verdad es que no puedo poner la mano en el fuego, por ejemplo no me dio tiempo a ver si tenía pecho.
Hizo una pausa y miró a Rönn a través del humo del cigarrillo.
—No, tiene usted razón —dijo despacio—. No tenía por qué ser una chica, pudo ser un chico. Sería por otro lado más probable: no se oye hablar mucho de chicas que roben bancos y disparen a la gente.
—Cree por tanto que pudo haber sido un hombre —inquirió Rönn.
—Sí, ahora que lo dice, es evidente que debió ser un chico.
—Bueno, pero ¿y los otros dos? ¿Puede describirlos? ¿Y el coche?
Sjögren dio una última calada a su cigarrillo y arrojó la colilla a la chimenea, donde ya había un gran número de colillas y fósforos quemados.
—El coche era un Renault 16, de eso estoy seguro —respondió—. Era de color gris claro, o beige, no sé cómo se llama ese color, pero es casi blanco. No recuerdo el número completo de la matrícula, pero tenía la letra A, y me suena haber visto dos 3 entre las cifras. Puede que fueran tres 3, pero al menos había dos y creo que iban seguidos, hacia la mitad del número.
—¿Está seguro de que era matrícula A? —preguntó Rönn—. ¿No AA o AB, por ejemplo?
—No, solo A, lo recuerdo claramente. Tengo una memoria fotográfica muy buena.
—Pues sí, es excelente —ratificó Rönn—. Si todos los testigos la tuvieran como usted, otro gallo nos cantaría.
—Oh, sí —exclamó Sjögren—. I am a camera. ¿Lo ha leído? De Isherwood.
—No —respondió Rönn.
Había visto la película, pero eso no lo dijo. La había visto porque era un gran admirador de Julie Harris y no sabía ni quién era Isherwood ni que el filme se basara en una novela.
—Pero habrá visto la película, por supuesto —comentó Sjögren—. Eso es lo que pasa con todos los buenos libros que se llevan al cine, la gente ve la película y no se molesta en leer el libro. Ahora bien, la película era muy buena a pesar de tener un título estúpido en sueco: Noches salvajes en Berlín, ¿eh?
—Vaya —apostilló Rönn, que estaba convencido de que se titulaba Soy una cámara cuando la vio—. Pues sí, suena bastante estúpido.
Empezaba a oscurecer, así que Sten Sjögren se levantó y encendió la lámpara de pie que estaba detrás del sillón de Rönn. Al sentarse de nuevo, Rönn continuó:
—Bien, sigamos con lo nuestro. Iba usted a describir a los hombres del coche.
—Sí, cuando yo los vi, solo había uno dentro del coche.
—¿Ah, sí?
—El otro estaba en la acera, esperando, con la puerta trasera entreabierta. Era grande, un poco más alto que yo, de complexión corpulenta. No gordo, pero sí robusto y de aspecto fuerte. Podría muy bien tener mi edad, es decir, entre treinta y treinta y cinco años, y tenía mucho pelo y rizos muy pequeños, casi como Harpo Marx, pero más oscuro. Color gris ratón. Vestía unos pantalones negros, muy ceñidos, de esos de campana, y una camisa blanca y negra. La camisa la llevaba desabrochada hasta muy abajo, y creo que del cuello le colgaba una cadena con una cosa de plata. Tenía la cara muy bronceada, o más bien roja. Cuando la chica —si es que era una chica— llegó corriendo, abrió la puerta para que pudiera montarse, luego la cerró y se sentó delante, y el coche arrancó a gran velocidad.
—¿En qué dirección? —preguntó Rönn.
—Giró y enfiló hacia Mariatorget.
—Pues sí —dijo Rönn—. Vaya. ¿Y el otro? De los dos hombres...
—Estaba sentado al volante, así que no lo vi tan bien. Pero parecía más joven, seguro que no tenía mucho más de veinte años. Era delgado y muy pálido, hasta ahí alcancé a ver. Llevaba una camiseta blanca y los brazos se le veían terriblemente flacos. Tenía el pelo negro y largo, parecía estar muy sucio, lacio y grasiento. Llevaba gafas de sol y ahora me acuerdo de que tenía un reloj de pulsera negro y ancho en la muñeca izquierda.
Sjögren se reclinó en su silla con el vaso de cerveza en la mano.
—Sí, creo que ya he contado todo lo que puedo recordar —concluyó—. ¿Se me ha olvidado algo?
—No lo sé —contestó Rönn—. Si se le ocurriera algo más, espero que nos llame. ¿Va a estar en casa los próximos días?
—Sí, por desgracia —replicó Sjögren—. Lo cierto es que estoy de vacaciones, pero no tengo pasta para viajar a ningún sitio. Así que andaré por aquí.
Rönn apuró su vaso y se levantó.
—Bien —concluyó—. Es muy posible que volvamos a necesitar su ayuda más tarde.
Sjögren se levantó y acompañó a Rönn por la escalera.
—¿Tendré que repetirlo todo de nuevo, quiere decir? —preguntó—. ¿No sería mejor grabarlo de una vez por todas?
Abrió la puerta de entrada y Rönn salió a la escalera exterior.
—No es eso. Pensaba que quizá nos sea útil para identificar a esos personajes cuando los cojamos. También puede ser que le tengamos que pedir que venga a comisaría a ver algunas fotos.
Se estrecharon la mano y Rönn añadió:
—Pues sí, ya veremos. Quizá no tengamos que molestarle más. Gracias por la cerveza.
—Oh, de nada. Estoy encantado de poder ayudar.
Al marcharse Rönn, Sten Sjögren le despidió con un gesto amistoso desde la escalera.
9
A excepción de los perros policía, los que se dedican a luchar contra el crimen no son más que personas normales y corrientes. Incluso en el curso de investigaciones importantes y serias, sucede que dan muestra de reacciones típicamente humanas. Por ejemplo, cuando se está justo a punto de examinar una prueba única y fundamental, la tensión suele ser grande.
El Grupo Especial Antiatracos Bancarios no era una excepción. Tanto sus miembros como los ilustres visitantes que se habían autoinvitado contuvieron el aliento. El local estaba en penumbra, y todas las miradas se hallaban fijas en la pantalla rectangular, donde pronto aparecerían imágenes en vivo del atraco en Hornsgatan. Iban a ver con sus propios ojos un asalto armado a un banco, un homicidio, y a la persona que los ingeniosos tabloides vespertinos, en constante alerta, ya habían bautizado con toda clase de extravagantes apelativos, como «la bomba sexual asesina» y «la belleza rubia de las gafas de sol y la pistola». Los epítetos demostraban que los periodistas, faltos de imaginación, se inspiraban en otros periodistas, lo cual a su vez era un eufemismo de lo que realmente hacían: es decir, pura y simplemente plagiar.
La última reina sexual que había sido detenida por el robo de un banco era una señora granujienta de pies planos y cuarenta y cinco años que, según datos fiables, pesaba ochenta y siete kilos y podía hojear su doble papada como si fuera una revista. Pero ni siquiera cuando se le cayó la dentadura postiza durante el juicio, la prensa varió lo más mínimo las líricas descripciones de su as pecto, de modo que una gran cantidad de lectores acríticos que daron convencidos para siempre de que era una dulce y afable dama de ojos resplandecientes como estrellas que debería haber sido azafata de Panam o haberse dedicado a competir por el título de Miss Universo.
Siempre ocurría lo mismo cuando eran mujeres las que co metían delitos que llamaban la atención. En los periódicos ves pertinos parecían provenir de la escuela de estilismo de Inger Malmroos, quien fue una vez Miss Suecia.
Que las imágenes del atraco no se hubieran mostrado hasta ese momento dependía de que, como siempre, la cinta de graba ción estaba mal colocada, de modo que el laboratorio de fotogra fía había tenido que hacer un gran esfuerzo por no dañar la pelí cula expuesta. Los técnicos, sin embargo, habían logrado sacar la bobina y revelar el carrete sin dañar los bordes.
La luz de exposición por una vez parecía haber sido la correc ta, y se había comenzado por advertir que el resultado tenía pinta de ser técnicamente perfecto.
—¿Nos pondrán al Pato Donald? —bromeó Gunvald Lars son.
—La Pantera Rosa es más divertida —dijo Kollberg.
—Algunos, por supuesto, esperan que echen El triunfo de la voluntad —replicó Gunvald Larsson.
Estaban sentados en primera fila y hablaban en voz alta, pero tras ellos reinaba un profundo silencio. Los potentados presentes, sobre todo el jefe nacional de policía y el superintendente Malm, de la Dirección General de Policía, guardaban silencio; Kollberg se preguntó en qué estarían pensando.
Lo más probable es que estuvieran barajando las diferentes formas de hacer la vida imposible a los subordinados rebeldes. Tal vez sus pensamientos se retrotraían a aquella época en que verdaderamente había orden y concierto, cuando los delegados de la policía sueca, sin que les temblara el pulso, eligieron a Heydrich como presidente de la Interpol, y cuánto mejor era la situación hacía un año, cuando nadie se atrevía a dudar de la conveniencia de que la instrucción policial se dejara totalmente en manos de militares reaccionarios.
El único que se reía era Olsson el Bulldozer.
Al principio, Kollberg y Gunvald Larsson se habían tenido muy poca simpatía. Sin embargo, el haber compartido experiencias durante los últimos años había cambiado un poco la relación. No hasta el punto de que pudiera considerárseles amigos, ni de que se les ocurriera la idea de quedar fuera del trabajo, pero cada vez más a menudo estaban en la misma onda. Y aquí, en el grupo especial, sentían una indudable afinidad.
Los preparativos técnicos habían terminado.
La sala vibraba de emoción contenida.
—Bueno, ahora veremos —exclamó Olsson el Bulldozer con entusiasmo—. Si las imágenes son tan buenas como dicen, las echaremos por el telediario esta misma noche y así tendremos a toda la pandilla bien encuadrada.
—Una de Goofy también estaría bien —saltó Gunvald Larsson.
—O una del destape —apuntó Kollberg—. ¿Puedes creerlo? Nunca he visto una peli porno. Louise, diecisiete años, se desnuda, o algo así.
—¡Silencio! —ronqueó el jefe nacional de policía.
La película comenzó. La nitidez de la imagen era excelente. Ninguno de los presentes había visto antes tales resultados. En la mayoría de los casos, los delincuentes aparecían como manchas difusas, semejantes a patatas rellenas o a huevos rotos, pero esta vez la imagen era perfecta.
La cámara había sido astutamente colocada de modo que se veía la caja desde atrás, y gracias a un nuevo tipo de película especialmente sensible a la luz, se percibía muy claramente a la persona al otro lado del mostrador.
Al principio allí no había nadie. Pero tras medio minuto, una persona entró en foco, se detuvo y observó a su alrededor, primero a la derecha y luego a la izquierda. Después se quedó mirando directamente a la lente, como para que su cara quedara concienzudamente registrada en primer plano.
Incluso la ropa se veía con total claridad: cazadora de ante y camisa de buen corte con los picos del cuello largos y suaves.
Su rostro era enérgico y adusto, su pelo rubio y peinado hacia atrás, y sus cejas espesas y también rubias. Por su mirada, se le veía descontento. El personaje levantó una de sus grandes y peludas manos y se sacó un pelo de la nariz. Lo examinó largo rato.
Todo el mundo vio inmediatamente quién era.
Gunvald Larsson. La luz se encendió.
El grupo especial se había quedado sin palabras.
Habló entonces el jefe nacional de policía.
—Que esto no salga de aquí.
Por supuesto que no.
Nada podía salir de allí.
A lo que el superintendente Malm agregó con voz chillona:
—¡Que no salga de aquí absolutamente nada! Es responsabilidad de todos ustedes.
Kollberg estalló en carcajadas.
—¿Cómo ha podido pasar esto? —preguntó Olsson el Bulldozer.
Incluso él parecía un poco consternado.
—Bueno —terció el técnico—. Técnicamente, hay una explicación. El mecanismo de puesta en marcha debió de atrancarse, y la cámara debió de empezar a funcionar un poco más tarde de lo que debería. Son aparatos muy delicados.
—Si veo la más mínima mención en la prensa, yo... —tronó el jefe nacional de policía.
—En ese caso, el ministro debería encargar una nueva alfombra de oficina para alguien que yo me sé —dijo Gunvald Larsson—. Quizás haya alguna con sabor a frambuesa...
—¡Qué disfraz más cojonudo lleva! —resopló Kollberg.
El jefe de policía se abalanzó hacia la puerta. Malm le siguió correteando.
Kollberg jadeaba intentando tomar aire.
—¿Qué diremos de esto? —inquirió Olsson el Bulldozer.
—Según mi punto de vista, creo que la película ha sido muy buena —respondió Gunvald Larsson con modestia.
10
Kollberg se había recuperado y miraba pensativamente a la persona que, de modo temporal, debía considerar su jefe.
Olsson el Bulldozer era el motor del grupo especial. Literalmente, adoraba los atracos a bancos, y el descontrolado aumento de estos que se había producido durante los últimos años le había llevado a florecer como nunca. Era él quien venía siempre cargado de ideas y energía; era capaz de trabajar nada menos que dieciocho horas al día, semana tras semana, sin quejarse ni una sola vez ni deprimirse, y sin que se le viese especialmente cansado. A veces, sus exhaustos colegas se preguntaban si es que no era él mismo el director de la tristemente célebre Unión Sueca del Crimen, S.A.
Olsson el Bulldozer era de los que creían que el trabajo de policía era el más divertido y emocionante de todos los que podían imaginarse.
Seguro que estaba convencido de eso porque él no era policía.
Era fiscal e instructor de los opaquísimos y enmarañados casos de atracos bancarios a mano armada. Algunos se resolvían a medias y, los más o menos culpables, eran sometidos a prisión preventiva o procesados; pero ahora se había llegado a un punto en que se cometían nuevos atracos varias veces a la semana, y todo el mundo sabía que muchos estaban de algún modo relacionados entre sí, aunque nadie sabía decir muy bien cómo.
Ahora bien, no solo los bancos sufrían los atracos.
Cada vez se producían más agresiones contra particulares, que hora tras hora eran molidos a palos en las calles, en sus tiendas, en el metro o en su propio hogar: en todas partes, en cualquier sitio; pero lo de los bancos se consideraba mucho más grave. Atentar contra un banco equivalía a violentar los cimientos de la sociedad.
El sistema social era, obviamente, poco viable, así que, solo siendo muy benevolente, podía a duras penas considerarse que funcionaba bien. Con la policía era aún peor. Durante los dos últimos años, solo en Estocolmo, 220.000 investigaciones penales tuvieron que cerrarse debido a la incapacidad de la policía, y de todos los delitos graves que llegaron a conocimiento de las fuerzas del orden —que, por supuesto, representaban una pequeña fracción del número real— solo uno de cada cuatro se resolvía.
En este contexto, lo que los altos responsables podían hacer era poco más que negar con la cabeza y poner cara de no entender nada. Desde hacía mucho tiempo habían tomado como costumbre echar la culpa a todos los demás: y como en ese momento ya no había nadie a quien culpar, la única propuesta constructiva que se había presentado recientemente era la de prohibir a la gente que bebiera cerveza. Teniendo en cuenta que Suecia es un país con un consumo de cerveza relativamente bajo, no es difícil hacerse una idea de qué lejos de la realidad habitaban, en estado de hibernación, con sus supuestas reflexiones, un buen número de representantes de las más altas autoridades del país.
Una cosa estaba clara, sin embargo. En gran medida, la policía debía culparse a sí misma. Después de la nacionalización de 1965, todos los cuerpos y actividades policiales se habían reunido bajo un mismo paraguas y desde el principio quedó claro que ese paraguas cubría a la gente equivocada.
Muchos investigadores y sociólogos se habían preguntado durante mucho tiempo cuál era la filosofía que regía la conducta de la administración central de policía. Esa pregunta, obviamente, nunca había sido respondida: de acuerdo con la doctrina de que nada debía salir de allí, el jefe nacional de policía nunca respondía a nada. En cambio, pronunciaba discursos llenos de entusiasmo, los cuales, por regla general, carecían de interés retórico.
Hacía algunos años, hubo alguien en la policía que descubrió la posibilidad de utilizar un simple, pero no transparente, método de control de las estadísticas de criminalidad, de manera que resultaran del todo engañosas sin, no obstante, ser manifiestamente incorrectas. Se empezó solicitando una fuerza policial más militante y homogénea, más recursos técnicos en general y un más amplio equipo armamentístico en particular. Para conseguirlo, era necesario exagerar los riesgos de la profesión. Como los disparates generalizados no bastaban como medio de presión política, se recurrió a otra salida: manipular las estadísticas.
En este sentido, las manifestaciones políticas organizadas durante la segunda mitad de los años sesenta ofrecieron grandes oportunidades. Los manifestantes abogaban por la paz y eran sofocados por la fuerza; casi nunca iban armados con algo más que pancartas y sus propias convicciones, pero eran recibidos con gases lacrimógenos, cañones de agua y porras de goma. Casi todas las manifestaciones no violentas desembocaron en caos y alboroto. Las personas que trataron de protegerse fueron golpeadas y arrestadas. Luego, acusadas de «violencia contra funcionarios públicos» o de «resistencia virulenta», e, independientemente de que se les procesara o no, los datos se introducían en las estadísticas. El método funcionaba de maravilla. Cada vez que se enviaba a un centenar de policías a repartir palos en una manifestación, la cifra de supuestos atentados contra los agentes de la autoridad se disparaba.
A los policías de a pie se les incitaba a actuar con mano dura, como suele decirse, y muchos agentes lo hacían así, llenos de entusiasmo, en todos los ámbitos imaginables. Si aporreas a un borracho, hay una probabilidad bastante alta de que responda con otro golpe. Era una lección fácil: cualquiera podía aprendérsela.
Estas tácticas funcionaron. La policía ahora iba armada hasta unos extremos inimaginables. Situaciones que antes se resolvían con un solo hombre provisto de un lápiz y una pizca de sentido común requerían todo un furgón policial lleno de agentes con metralletas y chalecos antibalas.
A medio plazo, sin embargo, el resultado no fue del todo el esperado. La violencia engendra no solo antipatía y odio, sino también inseguridad y miedo.
Se llegó a un punto en que las personas andaban por ahí llenas de miedo las unas hacia las otras. Estocolmo era una ciudad donde habitaban miles de individuos asustados, y la gente asustada es peligrosa.
Muchos de los seiscientos policías que de repente abandonaron el servicio lo hicieron a la hora de la verdad por puro miedo. A pesar de que, como se ha dicho, iban armados hasta los dientes y de que, además, en la mayoría de las ocasiones se quedaban a resguardo dentro de sus coches, bien cerrados.
Otros, no obstante, se habían marchado de Estocolmo por otras razones, por ejemplo por no encontrarse a gusto o por repugnancia hacia el comportamiento que se les obligaba a adoptar.
Así que el tiro salió por la culata. Los fundamentos últimos de aquella tendencia permanecían envueltos entre tinieblas. Unas tinieblas en las que, sin embargo, muchos creían vislumbrar una tonalidad marrón al estilo de las SA nazis.
Había muchos y variados ejemplos de manipulaciones similares, y algunas de ellas atestiguaban un habilísimo cinismo. Hacía un año, la emprendieron contra el fraude cambiario. La gente giraba cheques contra sus cuentas en descubierto, y algunos acababan en los bolsillos equivocados. Se consideraba que las cifras sobre las pequeñas estafas económicas sin resolver desacreditaban el quehacer policial, lo cual demandaba medidas radicales. La Dirección General de Policía decretó que los cheques no serían aceptados como medio de pago. Todo el mundo sabía lo que eso significaba: en el momento en que la gente se viera obligada a llevar dinero en efectivo, se multiplicaría el número de ladrones acechando en las calles. Y eso fue lo que ocurrió. Pero los denominados «fraudes cambiarios» desaparecieron, claro está, y los mandos policiales pudieron presumir de un éxito dudoso. El hecho de que una gran cantidad de personas fueran atacadas todos los días en la ciudad no era tan importante.
Eso formaba parte del patrón corriente de violencia en ascenso, y debía combatirse con más policías, y mejor armados.
Pero ¿de dónde reclutarlos?
Un gran triunfo fueron las estadísticas oficiales de delincuencia correspondientes a la primera mitad del año. Daban cuenta de una disminución del dos por ciento, aunque todo el mundo sabía que había aumentado, y mucho. La explicación era sencilla. Si no hay policías, no se pueden descubrir delitos. Además, cada cheque girado en descubierto se había computado como un delito individual.
Cuando se prohibió que la policía política pinchara los teléfonos particulares, los teóricos de la Dirección General de Policía se apresuraron a intervenir en su ayuda. A través de una campaña de miedo apoyada en fuertes exageraciones, consiguieron persuadir al Parlamento de que aprobara una ley que permitiera escuchas telefónicas secretas en la lucha contra el narcotráfico. Así, a partir de entonces, los cruzados contra el comunismo pudieron seguir escuchando con tranquilidad, mientras el tráfico de drogas florecía más que nunca.
No era divertido ser policía, pensaba Lennart Kollberg.
¿Qué hacer cuando ves como la organización a la que perteneces se está pudriendo de arriba abajo? ¿Cuando oyes a las ratas fascistas andar silenciosas tras las paredes? Había servido con lealtad a dicha organización durante toda su vida adulta.
¿Qué hacer?
Si decías lo que pensabas, te despedían.
Eso no estaba bien.
Debía de haber una forma de actuar más constructiva.
Y además, había obviamente otros funcionarios que pensaban lo mismo que él: pero ¿quiénes y cuántos eran?
A Olsson el Bulldozer no le afectaban ese tipo de problemas.
Él pensaba que la vida era un juego, y que la mayor parte de las cosas estaban claras como el agua.
—Pero hay algo que no entiendo —dijo.
—¿Ah, sí? —replicó Gunvald Larsson—. ¿El qué?
—¿Hacia dónde se fue el coche? Porque los controles funcionaron bien, ¿verdad?
—Parece que sí.
—Entonces, los puentes debieron de estar vigilados al cabo de cinco minutos.
Södermalm es una isla con seis vías de acceso. El grupo especial, desde hacía ya mucho tiempo, había trazado planes detallados de cómo aislar rápidamente los distritos municipales de Estocolmo.
—Sí —asintió Gunvald Larsson—. He hablado con la policía de orden público. Por una sola vez, parece que todo funcionó sin problemas.
—¿Qué vehículo era? —preguntó Kollberg.
Aún no se había puesto al corriente de los detalles.
—Un Renault 16 de color gris claro o beige, de matrícula A, y con dos 3 en el número.
—Por supuesto, llevaba matrícula falsa —apuntó Gunvald Larsson.
—Sí, eso está claro, pero todavía no me he enterado de que nadie haya repintado un coche entre Mariatorget y Slussen. Y si cambiaron de coche...
—¿Sí?
—Entonces, ¿el primer coche adónde fue?
Olsson el Bulldozer paseaba por la habitación, golpeándose la frente con la palma de la mano. Era un hombre de cuarenta años, rechoncho, rubicundo y muy por debajo de la altura media. Sus movimientos eran tan vívidos como su intelecto. Ahora hablaba consigo mismo.
—Aparcan el coche en un garaje cerca de una estación de metro o de una parada de autobús. Luego, uno de ellos se pira con la pasta. El otro cambia la matrícula del automóvil y también se larga. El sábado vuelve el chico del coche y lo repinta. Y ayer por la mañana el vehículo está listo para llevárselo. Pero...
—Pero ¿qué? —inquirió Kollberg.
—Pero yo he tenido a gente controlando todos los Renault que venían de Söder hasta la una de la madrugada.
—Por lo tanto, o le dio tiempo a escapar, o sigue ahí —observó Kollberg.
Gunvald Larsson no dijo nada. Examinaba el atuendo de Olsson el Bulldozer, y sentía una intensa repugnancia. Traje azul claro arrugado, camisa de color rosa cerdo y corbata ancha con un estampado de flores grandes. Calcetines negros y zapatos puntiagudos de color marrón con pespuntes, a todas luces sin limpiar.
—¿A qué te refieres cuando dices «el chico del coche»?
—Nunca se encargan ellos mismos de los coches. Lo que hacen es que contratan a un chico para que específicamente deje y recoja los vehículos en los lugares acordados. A menudo el tipo proviene de otra ciudad totalmente diferente, por ejemplo Malmö o Gotemburgo. Siempre tienen mucho cuidado con el tema del transporte.
Kollberg parecía aún más perplejo y dijo:
—¿Tienen? ¿Quiénes?
—Malmström y Mohrén, por supuesto.
—¿Y quiénes son Malmström y Mohrén?
Olsson el Bulldozer le lanzó una mirada confundida que, sin embargo, se despejó enseguida.
—Claro. Tú eres nuevo en el club. Malmström y Mohrén son dos de nuestros más hábiles atracadores de bancos. Llevan ya cuatro meses sueltos. Este es su cuarto golpe en ese período de tiempo. Se largaron de Kumla a finales de febrero.
—Pero si se supone que Kumla es una prisión de alta seguridad... —repuso Kollberg.
—Malmström y Mohrén no se escaparon. Tenían un fin de semana de permiso. Luego, obviamente, no volvieron. No creemos que dieran un golpe hasta finales de abril. Antes de eso, es seguro que se fueron de vacaciones a las islas Canarias o a Gambia. Probablemente, un viaje de dos semanas.
—¿Y después?
—Luego consiguieron un equipo. Armas y otras cosas. Lo suelen hacer en España o Italia.
—Pero fue una mujer la que atracó el banco el viernes pasado —objetó Kollberg.
—Un disfraz —aleccionó Olsson el Bulldozer—. Una peluca rubia y pechos postizos. Estoy segurísimo de que fueron Malmström y Mohrén quienes lo hicieron. No hay otros tan descarados. Qué jugada tan astuta y sorprendente. Ya ves, estos grupos especiales son interesantísimos. Superemocionantes. De hecho, es como...
—... jugar una partida de ajedrez por correspondencia contra un gran campeón —completó Gunvald Larsson con cansancio—. Pero por mucho que sean grandes campeones, no podemos pasar por alto que Malmström y Mohrén son enormes como elefantes. Pesan noventa y cinco kilos, calzan un cuarenta y seis y tienen las manos del tamaño de la tapa del váter. Mohrén tiene ciento dieciocho centímetros de contorno de pecho. Quince más que Anita Ekberg en la flor de sus días. No alcanzo a verlo con vestido y pechos postizos.
—Además, ¿la mujer no llevaba pantalones? —recordó Kollberg—. ¿Y no era bastante baja?
—Enviaron a otra persona, claro —replicó Olsson el Bulldozer con soltura—. Uno de sus procedimientos habituales.
Se abalanzó sobre uno de los escritorios y se acercó un papel.
—¿Cuánto dinero tienen ahora? —se preguntó para sus adentros—. Cincuenta mil en Borås, cuarenta en Gubbängen, veintiséis en Märsta y ahora noventa: en total, más de doscientas mil. Así que pronto estarán listos.
—¿Para qué? —intervino Kollberg.
—Para el gran golpe. El Golpe con mayúsculas. Estos otros han sido solo cuestión de financiación. Pero ahora, sí, pronto vendrá la bomba.
Parecía casi fuera de sí de entusiasmo, corriendo de un lado a otro del despacho.
—Pero ¿dónde, señores? ¿Dónde? Vamos a ver, vamos a ver, ahora tenemos que pensar. Si yo fuera Werner Roos, ¿qué jugada haría? ¿Cómo daría jaque al rey? ¿Dónde lo haríais vosotros? ¿Y cuándo?
—¿Quién diablos es Werner Roos? —preguntó Kollberg.
—Es un sobrecargo de vuelo —terció Gunvald Larsson.
—Antes que nada, es un criminal —gritó Olsson el Bulldozer—. Werner Roos es, a su manera, un genio. Es él quien lo planifica todo hasta el más mínimo detalle. Sin él, Malmström y Mohrén serían un cero a la izquierda. Es él quien hace todo el trabajo intelectual. Sin él, muchos bribones estarían en el paro. ¡Y él es el mayor canalla de todos! Es una especie de catedrático de...
—No grites tanto —exclamó Gunvald Larsson—. No estás en el juzgado.
—Lo vamos a coger —dijo Olsson el Bulldozer como si hubiera llegado a una brillante conclusión—. Lo vamos a pescar enseguida.
—Y mañana lo soltamos —pronosticó Gunvald Larsson.
—Da igual. Es un movimiento inesperado. Él mismo puede que se sorprenda.
—¿Eso crees? Es ya la quinta vez este año.
—No importa —reiteró Olsson el Bulldozer precipitándose hacia la puerta.
El nombre de pila de Olsson el Bulldozer era en realidad Sten. Pero de eso no se acordaba nadie, excepto tal vez su esposa. Ella, por otro lado, probablemente se había olvidado de su aspecto físico.
—Parece que hay muchas cosas que no entiendo —se quejó Kollberg.
—En cuanto a Roos, el Bulldozer está seguramente en lo cierto —dijo Gunvald Larsson—. Es un hijo de puta astuto, y siempre tiene coartada. Coartadas fantásticas. Siempre que ocurre algo está en Singapur, San Francisco o Tokio.
—Pero ¿cómo puede saber que esos tipos, Malmström y Mohrén, están detrás de este golpe en particular?
—Cierto sexto sentido, probablemente.
Gunvald Larsson se encogió de hombros. Luego dijo:
—Pero ¿tú lo entiendes? Malmström y Mohrén son dos notorios criminales. Han estado en chirona un montón de veces, aunque nunca confiesan, hasta que por fin se les envía a Kumla. Y entonces van y les dan un permiso.
—Bueno, supongo que no se puede mantener a la gente encerrada en una habitación con una tele por los siglos de los siglos.
—No —asintió Gunvald Larsson—. Es verdad.
Permanecieron en silencio durante un rato.
Ambos pensaban en lo mismo. Al Estado le había costado millones construir la cárcel de Kumla y equiparla con toda la parafernalia imaginable que permitiera aislar, incluso físicamente, a los marginados de la sociedad. Gente de otros países con experiencia en instituciones penales en los lugares más diversos solían decir que el centro de internamiento de Kumla era, probablemente, el más inhumano y alienante del mundo.
Que no haya chinches en los colchones o gusanos en la comida no puede compensar la falta de contacto humano.
—A propósito del homicidio de Hornsgatan... —comenzó Kollberg.
—No fue un homicidio. Más bien un accidente. Disparó por error. Tal vez ni siquiera sabía que el arma estaba cargada.
—¿Estás seguro de que era una chica?
—Sí.
—Pero... y entonces ¿toda esta charla sobre Malmström y Mohrén?
—Bueno, es muy posible que enviaran a una chica.
—¿Había huellas dactilares? Que yo sepa, no llevaba guantes.
—Sí las había. En el pomo de la puerta. Pero uno de los empleados del banco fue y lo manoseó antes de que pudiéramos tomarlas. Así que no se pueden usar.
—¿Hay algún examen de balística?
—Por supuesto. Los expertos consiguieron hacerse con la bala y el cartucho. Creen que le disparó con un arma del calibre 45, probablemente una Llama semiautomática.
—Una pistola grande. Sobre todo para una chica.
—Sí. El Bulldozer dice que eso apunta a esta banda, la de Malmström, Mohrén y Roos. Tienden a usar armas grandes y pesadas, para dar más miedo. Pero...
—Pero ¿qué?
—Malmström y Mohrén no disparan a la gente. No lo han hecho nunca. Si alguien les da problemas, disparan al techo para restablecer el orden.
—¿Tiene sentido detener a ese Roos?
—Bueno, yo creo que el razonamiento del Bulldozer es el siguiente: si Roos tiene una de sus habituales coartadas perfectas, por ejemplo, si estaba en Yokohama el viernes pasado, entonces podemos estar segurísimos de que es él quien ha planificado el asunto. Sin embargo, si estaba en Estocolmo, es más dudoso.
—¿Qué dice el propio Roos? ¿No se cabrea?
—Nunca. Dice que es verdad que es viejo amigo de Malmström y Mohrén, y que le da pena que les haya ido mal en la vida. La última vez preguntó si creíamos que él podía ayudar a sus viejos colegas de alguna forma. Daba la casualidad de que Malm estaba por aquí. Casi le da un infarto cerebral.
—¿Y Olsson?
—El Bulldozer se descojonaba, sin más. Le parecía una maniobra muy simpática.
—¿A qué está esperando?
—A la próxima jugada, ya lo has oído. El gran golpe que Roos está planeando y que Malmström y Mohrén van a llevar a cabo. Parece que Malmström y Mohrén quieren reunir el dinero suficiente que les permita emigrar con discreción y vivir de las rentas el resto de su vida.
—¿Y tiene que ser un atraco a un banco?
—Al Bulldozer se la pela todo, salvo los bancos —profirió Gunvald Larsson—. Y parece que esas son sus órdenes.
—¿Qué ha pasado con el testigo aquel?
—¿El de Einar?
—Sí.
—Ha estado aquí esta mañana mirando fotos. No reconocía a nadie.
—¿Pero está seguro de lo del coche?
—Segurísimo.
Gunvald Larsson permaneció en silencio mientras se tiraba de los dedos, uno a uno, hasta hacerlos crujir.
Por fin dijo:
—Con ese coche pasa algo raro.
11
Parecía que iba a ser un día caluroso, así que Martin Beck sacó del armario su traje más ligero. Era azul claro, lo había comprado hacía un mes y solo se lo había puesto en una ocasión. Cuando se enfundó los pantalones, una gran mancha pegajosa de chocolate en la rodilla derecha le recordó que, aquel día, había coincidido con los dos niños de Kollberg, que se estaban montando una orgía de Chupa Chups y Phoskitos.
Martin Beck se quitó los pantalones, se dirigió con ellos a la cocina y mojó con agua caliente la esquina de un paño. Frotó la mancha, la cual se extendió y se hizo más grande. Sin embargo, no se rindió, sino que continuó restregando el tejido con resolución mientras pensaba que, en realidad, solo echaba de menos a Inga en esas situaciones; por lo demás, muy rara vez lo hacía, lo cual era muy significativo de cómo había sido su matrimonio. Al final, la mitad de la pernera estaba empapada, pero la mancha al menos parecía haber desaparecido en parte. Rehízo la raya del pantalón pasando por ella los dedos índice y pulgar, y lo colgó sobre una silla para que le diera el sol que entraba por la ventana abierta.
No eran más que las ocho, pero ya llevaba varias horas despierto. Después de todo, se había ido a dormir temprano y la noche había sido inusualmente tranquila y sin sueños. Su primer día de trabajo efectivo después de mucho tiempo no había sido, la verdad, muy cansado, pero parecía aun así haberle consumido mucha energía.
Martin Beck abrió la puerta de la nevera, miró el cartón de leche, la mantequilla y la solitaria botella de agua mineral Ramlösa y pensó que debería hacer algo de compra esa noche, cuando regresara a casa. Cerveza y yogur. O quizá debería dejar de tomar yogur por las mañanas, no le sabía particularmente bueno. Pero, en ese caso, tendría que encontrar un sustituto para el desayuno: el doctor le había dicho que necesitaba ganar peso, recuperando al menos los kilos que había perdido desde que le dieron el alta y, a ser posible, alguno más.
En el dormitorio, sonó el teléfono.
Martin Beck cerró la nevera y fue a cogerlo.
Era la hermana Birgit, de la residencia de ancianos.
—La señora Beck ha empeorado —comunicó—. Esta mañana tenía mucha fiebre, más de treinta y nueve. Pensé que querría saberlo, señor comisario.
—Por supuesto. ¿Está despierta?
—Lo estaba hace cinco minutos. Pero se encuentra muy cansada.
—Voy enseguida —dijo Martin Beck.
—Nos hemos visto obligados a trasladarla a una habitación donde podemos observarla mejor —informó la hermana Birgit—. Pero pase primero por recepción.
La madre de Martin Beck tenía ochenta y dos años, y los dos últimos los había pasado en el hospital de la residencia de ancianos. La enfermedad progresaba con lentitud: se había manifestado, en primer lugar, como episodios de mareo que, más tarde, se habían vuelto más severos y se producían a intervalos más frecuentes. Al final, se había quedado con una parálisis parcial, que la había obligado a ir en silla de ruedas todo el año pasado, y después, desde finales de abril, le había impedido salir de la cama.
Durante su propia convalecencia, Martin Beck la visitó bastante a menudo, pero le dolía ver cómo poco a poco se iba marchitando conforme la edad y la enfermedad la atontaban cada vez más. Las últimas veces que había estado con ella lo había tomado por su marido, el padre de Martin Beck, que llevaba muerto veintidós años.
También era duro ver lo sola y aislada del mundo exterior que se encontraba allí, en su habitación del hospital. Por lo menos, hasta que comenzaron los cuadros de mareo, salía a menudo de la residencia e iba al centro: de tiendas, para ver gente a su alrededor, o para visitar a alguno de los pocos amigos que aún le quedaban en la vida. Solía ir a ver a Inga y a Rolf a Bagarmossen o a su nieta Ingrid, que vivía sola en Stocksund. Evidentemente, muchas veces se había aburrido como una ostra y se había sentido sola en la residencia, antes de que la enfermedad se apoderara de ella, pero mientras su salud y movilidad eran buenas había tenido de vez en cuando la oportunidad de ver otra cosa que no fueran viejos y enfermos. Había seguido leyendo los periódicos, viendo la televisión y escuchando la radio, y en alguna ocasión había ido a un concierto o al cine. Estaba al tanto de lo que pasaba en el mundo y era capaz de interesarse por ello.
La transformación psíquica se produjo con rapidez cuando llegó el aislamiento forzoso.
Martin Beck había visto cómo se embrutecía, cómo perdía el interés por la vida que transcurría fuera de los muros de su habitación del hospital para, finalmente, perder todo el contacto con la realidad y el presente.
Suponía que era un mecanismo de defensa mental que hacía que su conciencia pareciera funcionar estancada en el pasado: en su realidad, en su presente, no había nada conciliador.
Cuando aún podía levantarse de la cama e ir en silla de ruedas, cuando aún parecía animada y cercana durante las visitas de su hijo, se había horrorizado al darse cuenta de cómo transcurrían sus días.
A las siete de la mañana la lavaban y vestían, la ponían en la silla y le traían el desayuno. Después, se quedaba sola en su habitación, sin escuchar la radio, dado que había perdido mucho oído; la lectura se había vuelto una tarea demasiado extenuante y sus debilitadas manos ya no podían realizar trabajos manuales. A las doce le daban de almorzar, y a las tres los auxiliares de enfermería terminaban su jornada laboral desvistiéndola y metiéndola en la cama. Más tarde, le traían una cena ligera pero, al no tener apetito, no era capaz de probar bocado. Una vez le dijo que los empleados la habían reñido por no comer, pero que no le importó porque al menos eso significaba que alguien había venido a hablar con ella.
Martin Beck sabía que la escasez de personal en la residencia de ancianos era un problema serio, escasez sobre todo de enfermeras y auxiliares en la parte del hospital. También sabía que el personal que había era amable y considerado con los ancianos, y lo hacían lo mejor que podían, a pesar de los bajos salarios y de unos horarios tan incómodos. Había reflexionado mucho acerca de cómo hacerle la vida más llevadera, tal vez trasladándola a una clínica privada, donde pudieran prestarle más atención y dedicarle más tiempo, pero enseguida se dio cuenta de que no iba a recibir un cuidado mucho mejor que el que ahora tenía, y que todo lo que podía hacer era ir a visitarla lo más a menudo posible. Mientras examinaba las posibilidades de mejorar la situación de su madre, había reparado en la gran cantidad de ancianos que eran mucho menos afortunados que ella.
Envejecer solo, pobre e incapaz de arreglárselas por uno mismo significaba que, después de una larga vida de trabajo, de pronto uno se veía privado de su dignidad e identidad, condenado a esperar el final en alguna institución, junto con otros ancianos marginados y exangües.
Las instituciones ya no se llamaban así, ni siquiera se las llamaba ya residencias de ancianos. Ahora tenían que llevar el nombre de «hogar del jubilado» u «hotel para jubilados», y eso para pasar por alto el hecho de que, en la práctica, la mayoría de los ancianos no vivían allí por voluntad propia, sino que simplemente habían sido condenados a ese tipo de cuidado institucional por un denominado Estado del Bienestar que ya no quería saber nada de ellos.
Una dura sentencia para el delito de ser demasiado viejo. Cuando se es un desgastado engranaje de la maquinaria social, a uno le pueden tirar a la basura.
Martin Beck era consciente de que su madre, después de todo, estaba en mejor situación que la mayoría de los enfermos de edad avanzada. Había ahorrado para asegurar su vejez y no ser una carga para nadie. Aunque el valor del dinero había disminuido de modo catastrófico a causa de la inflación, recibía un adecuado tratamiento médico, comida bastante nutritiva y, en la amplia y luminosa habitación, que no tenía que compartir con nadie, estaba rodeada de sus viejas y familiares pertenencias. Todo eso aún podía pagarlo con el dinero ahorrado.
Los pantalones se habían secado rápidamente al sol y la mancha había desaparecido casi por completo. Martin Beck se vistió y llamó a un taxi.
El parque que rodeaba la residencia de ancianos era grande y estaba bien cuidado: tenía árboles altos y frondosos, y caminos serpenteantes, frescos y a la sombra, que discurrían entre glorietas, arriates y terrazas. Antes de que la madre de Martin Beck enfermara, le gustaba pasear por allí cogida de su brazo.
Martin Beck fue directamente a la recepción, pero allí no había nadie, ni siquiera la hermana Birgit. En el pasillo se encontró con una auxiliar que llevaba una bandeja y unos termos. Preguntó por la hermana Birgit, y cuando la auxiliar le comunicó con un cantarín acento sueco-finés que la hermana Birgit estaba ocupada con un paciente, preguntó por la habitación de la señora Beck. Ella señaló con la cabeza hacia una puerta al fondo del pasillo y prosiguió su camino bandeja en mano.
Martin Beck entreabrió la puerta. La habitación era más pequeña que la que tenía antes y se parecía más a un cuarto de hospital. Todo era de color blanco, excepto el ramo de tulipanes rojos que él le había traído dos días antes y que ahora estaba colocado en una mesa, al lado de la ventana.
Su madre yacía en la cama y miraba fijamente al techo con ojos que parecían aumentar de tamaño cada vez que él iba a verla. Las delgadas manos agarraban la manta. Se acercó junto a la cama y, al cogerle la mano, ella dirigió lentamente la mirada hacia su cara.
—¿Has venido hasta aquí desde tan lejos? —susurró con voz apenas audible.
—Mamá, no debes cansarte hablando —le dijo Martin Beck, y se sentó en la silla junto a la cama.
Se quedó mirándole la cara menuda y cansada con sus grandes ojos brillantes por la fiebre.
—¿Cómo estás, mamá?—preguntó.
Ella no respondió de inmediato, solo le miró y parpadeó un par de veces, lenta y trabajosamente, como si los párpados le pesaran mucho y tuviera que hacer un esfuerzo para levantarlos.
—Tengo frío —dijo por fin.
Martin Beck miró a su alrededor. En un taburete, a los pies de la cama, había una manta, que cogió para extenderla sobre ella.
—Gracias, cielo —susurró.
Se sentó de nuevo y la miró. No sabía qué decir, simplemente sostenía la mano fría y delgada en la suya.
La garganta le emitía un débil ruido al respirar. Hasta que su respiración se hizo más tranquila y cerró los ojos.
Permaneció allí sentado, cogiéndole la mano. Un mirlo cantaba fuera de la ventana, pero por lo demás, todo estaba en silencio.
Tras un largo rato allí sentado sin moverse, soltó con suavidad su mano y se levantó.
Le acarició la mejilla, caliente y seca.
Mientras daba un paso hacia la puerta, con la mirada aún fija en el rostro de su madre, esta abrió los ojos y lo miró.
—Ponte el gorro azul, hace frío fuera —musitó cerrando los ojos de nuevo.
Tras un momento, Martin Beck se inclinó hacia delante, la besó en la frente y se marchó.
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