Читать книгу: «Asesinato en el Savoy»
Título original: Polis, polis, potatismos!
© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1970.
© de la traducción: Martin Lexell y Manuel Abella, 2010.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CODI SAP: OEBO261
ISBN: 9788490067123
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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El día había sido caluroso y bochornoso, sin una sola ráfaga de viento y con una neblina solar temblando en el aire. El cielo era alto y claro, con tonalidades que iban del rosa al azul oscuro. El rojo disco solar estaba a punto de hundirse en el horizonte, en algún lugar más allá de la isla Ven, y la brisa nocturna rizaba la lisa y brillante superficie del agua en la bahía de Öresund, barriendo las calles de Malmö con suaves soplos de agradable frescor. El leve viento traía el olor de las algas podridas y la basura que las olas del mar habían escupido en la playa de Ribersborg y transportado a través del puerto y de los canales.
La ciudad no se parece demasiado al resto de Suecia, sobre todo por su situación geográfica. Queda más cerca de Roma que de la zona del sol de medianoche, y en la línea del horizonte se ven las luces de la costa danesa. Bien es cierto que a menudo el aguanieve y los fuertes vientos fustigan sus inviernos, pero los veranos son largos y calurosos, llenos de cantos de ruiseñores y de los aromas que desprende el lujurioso verdor de sus vastos parques.
Tal era precisamente esa hermosa noche de verano a principios de julio de 1969. Por lo demás, reinaban la calma y el silencio; apenas había gente por la calle. El turismo internacional no se había hecho todavía muy perceptible —cosa que, dicho sea de paso, tampoco suele suceder muy a menudo— y de los jóvenes y desaseados vagabundos aficionados al hachís, procedentes de distintas partes del mundo, solo se había dejado ver un primer destacamento. Tampoco resultaba probable que se presentaran muchos más, pues el grueso de la tropa no pasaba nunca de Copenhague.
Hasta en el hotel más grande de la ciudad, ubicado frente a la estación de tren, junto al puerto, reinaba una relativa calma. Unos pocos hombres de negocios extranjeros discutían sus reservas con el recepcionista; el encargado del guardarropa, sentado al fondo de su cuarto, leía tranquilamente una novela clásica, y en la penumbra del bar solo había un par de clientes habituales hablando en voz baja y un barman vestido con una chaqueta blanca como la nieve.
En el gran comedor del restaurante, que databa del siglo XVIII y estaba situado a la derecha del vestíbulo, la actividad era también escasa, aunque algo mayor. Solo estaban ocupadas unas pocas mesas, en general por personas solitarias y taciturnas, y el pianista se había permitido el lujo de tomarse una pausa. Delante de las puertas batientes que daban a la cocina había un camarero con las manos en la espalda mirando ensimismado por los grandes ventanales abiertos, pensando probablemente en playas no demasiado lejanas.
Al fondo del comedor había una mesa ocupada por siete comensales: un grupo de personas bien vestidas y solemnes, de ambos sexos y de diferentes edades. La mesa, rodeada por cubiteras en las que asomaban botellas de champán, estaba llena de copas y de exquisitos manjares. Pero los camareros se habían retirado discretamente, ya que el anfitrión acababa de levantarse para pronunciar unas palabras.
Era un hombre alto, algo entrado en años, canoso y muy bronceado, que llevaba un traje azul oscuro de shantung. Hablaba de manera tranquila y experta, con una voz bien modulada y empleando giros levemente humorísticos. Los otros seis comensales permanecían sentados contemplándole; solo uno de ellos fumaba.
Por las ventanas abiertas llegaba el ruido del tráfico y de los trenes que maniobraban en el apartadero situado al otro lado del canal —apartadero que, dicho sea de paso, es el más grande del norte de Europa—; en el puerto, un barco que partía para Copenhague lanzaba un seco y ronco bocinazo, y en algún punto de la rampa del canal una chica soltaba una risita.
Tal era la situación ese suave y caluroso miércoles de julio, a eso de las ocho y media de la tarde. Es preciso emplear la expresión «a eso», pues más adelante nadie fue capaz de determinar en qué momento exacto sucedió todo. Bastante más fácil resultaba, en cambio, decir qué sucedió.
Un hombre cruzó la puerta del hotel, echó un vistazo a la recepción, donde los hombres de negocios extranjeros discutían con el recepcionista enfundado en su levita, dobló acto seguido hacia la derecha, pasó por delante del guardarropa, atravesó el vestíbulo estrecho, alargado, situado delante del bar, y entró en el comedor. Caminaba con determinación pero con paso tranquilo, sin apresurarse demasiado. Nada había en él particularmente llamativo y nadie se fijó en él, como tampoco él se paró a mirar a su alrededor.
Pasó junto al órgano Hammond, el piano de cola y la mesa de servicio, con sus juegos de brillantes y sofisticados utensilios, para luego cruzar entre los dos grandes pilares que sostenían el techo. Con idéntica determinación se dirigió al grupo de comensales que ocupaba la mesa del fondo, donde el anfitrión estaba de pie hablando, de espaldas al individuo. Cuando este se hallaba a una distancia de unos cinco pasos, introdujo la mano derecha en su americana. Una de las mujeres de la mesa advirtió su presencia, haciendo que el anfitrión volviera la cabeza a medias para ver qué distraía a la señora. Tras echar una mirada rápida e indiferente al individuo que se acercaba, se volvió de nuevo a sus invitados, sin interrumpir un solo instante su discurso. En ese mismo momento, el recién llegado sacó un objeto de acero azul con culata estriada y cañón largo, apuntó meticulosamente y disparó un tiro en la cabeza del hombre que estaba hablando. El ruido producido por la detonación no fue muy aparatoso, más bien sonó como el pacífico puf de una escopeta de feria.
La bala entró un poco por detrás de la oreja izquierda, provocando que el orador se desplomara de bruces sobre la mesa, de forma tal que su mejilla izquierda fue a caer sobre el puré de patatas crénelé que rodeaba un exquisito guiso de pescado à la Frans Suell.
Mientras volvía a guardar el arma en su americana, el tirador giró bruscamente a la derecha, recorrió los pocos pasos que le separaban de la ventana abierta más próxima, puso el pie izquierdo en el marco, pasó por encima del cristal bajo, pisó la jardinera que colgaba de la fachada, descendió de un salto a la acera y desapareció.
Un cliente de unos cincuenta años, sentado tres mesas más allá de la de la ventana, se quedó petrificado, contemplando la escena boquiabierto, con la copa de whisky a medio camino hacia la boca. Delante tenía un libro abierto, en el que, hasta momentos antes, había aparentado leer.
El hombre del bronceado y el traje azul oscuro de shantung, no estaba muerto.
Se movía diciendo:
—¡Ay, qué dolor!
Los muertos no suelen quejarse. Por lo demás, ni siquiera parecía sangrar.
2
Per Månsson estaba sentado en su piso de soltero en Regementsgatan, hablando por teléfono con su mujer. Era inspector de la policía criminal de Malmö y, pese a estar casado, hacía vida de soltero cinco de los siete días de la semana. Todos los fines de semana que libraba los pasaba con su mujer. Era un arreglo al que habían llegado de mutuo acuerdo hacía más de diez años y que satisfacía a ambos.
Apretaba el auricular contra el hombro izquierdo mientras, con la mano derecha, se preparaba un Gripenberger, su combinado favorito, compuesto por unos ocho centilitros de ginebra, hielo machacado y grapetonic, todo removido en un vaso mezclador.
Su esposa, que había ido al cine, le estaba contando el argumento de Lo que el viento se llevó.
La cosa iba para largo, pero Månsson la escuchaba pacientemente, pues en cuanto terminara se proponía escaquearse de su visita de fin de semana pretextando trabajo. Era mentira.
El reloj marcaba las nueve y veinte de la noche.
Månsson sudaba, a pesar de su ligera vestimenta: camiseta interior de malla y calzoncillos de cuadros. Al principio de la conversación había cerrado las puertas del balcón, para atenuar el ruido de la calle, y aunque hacía ya rato que el sol se había ocultado tras los tejados de los edificios de enfrente, en la habitación hacía mucho calor.
Removía el combinado con un tenedor que, por más que le doliera reconocerlo, había robado o, más bien, se había llevado sin querer, por casualidad, de un restaurante llamado Översten. ¿Era posible llevarse un tenedor sin querer, por casualidad?, pensaba Månsson, pero dijo:
—Sí, entiendo. O sea, era Leslie Howard el que... ¿Ah, no? ¿Clark Gable? Vale...
Cinco minutos más tarde ella llegó al final, dando ocasión a Månsson de soltar su mentira piadosa, para colgar acto seguido.
Sonó el teléfono. Månsson no contestó inmediatamente. Tenía la tarde libre y quería que siguiera así. Apuró despacio su Gripenberger y, mientras levantaba el auricular para contestar, contempló el cielo vespertino, que se iba oscureciendo.
—Månsson.
—Hola, soy Nilsson. Vaya conversación más larga has tenido. Llevo media hora intentando contactar contigo.
Nilsson era subinspector y esa noche estaba de guardia en la comisaría de Davidshallstorg. Månsson suspiró.
—Bueno, dime. ¿Qué ha pasado?
—Han disparado a un cliente en el restaurante del Hotel Savoy. Me temo que tengo que pedirte que vayas.
Månsson levantó la copa vacía, pero aún fría, y la hizo rodar sobre su frente.
—¿Está muerto? —preguntó.
—No lo sé —contestó Nilsson.
—¿No puedes mandar a Skacke?
—Tiene el día libre. No he podido localizarle, pero sigo buscándolo. Backlund ya está allí, pero creo que tú también deberías...
Månsson se sobresaltó y dejó la copa.
—¿Backlund? De acuerdo, ahora mismo voy para allá.
Llamó en seguida a la centralita de taxis, puso el auricular sobre la mesa y, mientras se vestía, podía oír el raspeo de la voz que, a intervalos regulares, repetía mecánicamente las palabras: «Taxi, espere un momento, por favor». Pasado un rato, una telefonista atendió por fin su llamada.
Frente al Hotel Savoy había varios coches patrulla mal aparcados, y delante de la entrada dos agentes impedían el paso a un grupo cada vez más nutrido de curiosos, congregados debajo de la escalera.
Månsson observó la escena mientras pagaba el taxi y se metía el recibo en el bolsillo. Le pareció que uno de los agentes se portaba de forma excesivamente brusca y pensó con tristeza que, en no mucho tiempo, la policía de Malmö gozaría de una reputación tan mala como la de sus colegas de Estocolmo.
Sin embargo, no dijo nada, limitándose a saludar a los agentes con un movimiento de cabeza, para luego dejarlos atrás y entrar en el vestíbulo del hotel. Reinaba allí el bullicio: los empleados de las diferentes secciones del hotel y muchos comensales que habían salido del restaurante hablaban todos a la vez, interrumpiéndose los unos a los otros. Completaban el cuadro unos cuantos agentes, sin duda poco acostumbrados a semejante ambiente. No parecían saber qué hacer; por lo visto, nadie les había explicado cómo debían actuar ni qué se esperaba de ellos.
Månsson era un hombre corpulento, de unos cincuenta años. Iba vestido de manera informal, sin americana, con la camisa por fuera, pantalones de tergal y sandalias. Se sacó un mondadientes del bolsillo de la camisa, le quitó el envoltorio de papel y se lo puso en la boca. Estuvo mascándolo durante un rato, pensativo, mientras sus ojos recorrían la estancia. El mondadientes era estadounidense y sabía a mentol. Lo había cogido en el ferry Malmöhus, que los ofrecía a sus pasajeros.
Junto a la puerta de entrada al comedor principal, se había apostado un agente llamado Elofsson, individuo al que Månsson consideraba algo más inteligente que los demás. Se acercó a él y le preguntó:
—¿Qué ha pasado?
—Al parecer, han disparado a alguien.
—¿Qué instrucciones habéis recibido?
—Ninguna.
—¿Qué hace Backlund?
—Está interrogando a los testigos.
—¿Dónde se encuentra la víctima?
—En el hospital, creo.
Elofsson se sonrojó ligeramente. Luego añadió:
—Parece ser que la ambulancia llegó antes que la policía.
Månsson suspiró y entró en el comedor.
Backlund estaba junto a la mesa de las brillantes soperas de plata interrogando a uno de los camareros. Backlund era un hombre mayor con gafas y de apariencia más bien corriente. De alguna manera, había conseguido llegar a subinspector primero. En ese momento, tenía el cuaderno de notas abierto en las manos y tomaba apuntes diligentemente mientras interrogaba al camarero. Månsson permaneció a una distancia que le permitía oír la conversación, pero sin decir nada.
—¿Y a qué hora sucedió?
—Pues a eso de las ocho y media.
—¿A eso de?
—Bueno, no lo sé exactamente.
—En otras palabras, ¿no sabe qué hora era?
—Pues no.
—Es muy extraño —comentó Backlund.
—¿Qué?
—He dicho que me parece muy extraño. Usted lleva un reloj de pulsera, ¿no?
—Sí, claro.
—Y allí, si no me equivoco, cuelga un reloj de pared.
—Sí, pero...
—¿Pero qué?
—Los dos van mal. Además, no se me ocurrió mirar la hora.
La respuesta, por lo visto, supuso una conmoción para Backlund, que dejó a un lado cuaderno y bolígrafo y se puso a limpiar sus gafas. Luego inspiró profundamente, volvió a echar mano al bloc e hizo un nuevo intento:
—De modo que, pese a disponer de dos relojes, ¿no sabe qué hora era?
—Sí lo sé, aproximadamente.
—No nos sirven las respuestas aproximadas.
—Además, los relojes no van igual. El mío adelanta y ese de ahí atrasa.
Backlund consultó su cronógrafo.
—Extraño —comentó. Y apuntó algo.
Månsson se preguntó qué.
—Bueno, ¿de modo que estaba usted aquí cuando entró el autor del disparo?
—Sí.
—¿Puede darme una descripción lo más detallada posible?
—La verdad es que no me fijé en él.
—¿No vio al culpable? —exclamó Backlund, perplejo.
—Sí, cuando salió por la ventana.
—Bueno, ¿y qué aspecto tenía?
—No lo sé. Estaba a bastante distancia y el pilar oculta la mesa.
—¿Quiere decir que no sabe qué aspecto tenía?
—Eso es.
—¿Pero cómo iba vestido?
—Llevaba una americana marrón, creo.
—Lo cree...
—Sí. Solo lo vi un instante.
—¿Qué más llevaba? Pantalones, por ejemplo.
—Sí, llevaba pantalones.
—¿De eso está seguro?
—Sí, lo contrario hubiera sido... un poco raro, digámoslo así. Quiero decir... que no hubiera llevado pantalones.
Backlund tomaba apuntes como si le fuera la vida en ello. Månsson hizo girar el mondadientes en la boca y dijo tranquilamente:
—Oye, Backlund.
El otro se dio la vuelta y le clavó una mirada llena de crispación.
—Estoy realizando un interrogatorio muy importante, a un testigo...
Se interrumpió y luego dijo, malhumorado:
—Ah, eres tú.
—¿Se puede saber qué ha pasado?
—Aquí han disparado a un hombre. ¿A que no sabes a quién?
—No.
—Al director Viktor Palmgren —anunció Backlund con gran énfasis.
—Ah, ese.
Y pensó: «Esto va a ser una pesadilla». En voz alta dijo:
—Y esto sucedió hace más de una hora, y el autor del disparo escapó saltando por la ventana.
—Parece que fue así, sí.
Backlund nunca daba nada por descontado.
—¿Por qué hay seis coches patrulla delante del hotel?
—He mandado acordonar la zona.
—¿Qué zona? ¿Toda la manzana?
—El lugar del crimen —precisó Backlund.
—Encárgate de que todo el personal uniformado se vaya de aquí —dijo Månsson fatigosamente—. No creo que a los del hotel les haga mucha gracia tener a una multitud de agentes pululando por el vestíbulo y por la calle de enfrente. Además, seguro que hacen más falta en otro sitio. Luego intenta conseguir una descripción. Sin duda habrá mejores testigos que este caballero.
—Vamos a hablar con todos, naturalmente —indicó Backlund.
—Sí, claro, cada cosa a su debido tiempo —dijo Månsson—. Pero no retengas a nadie si no tiene nada importante que decir. Basta con apuntar nombre y dirección.
Backlund le miró desconfiado y quiso saber:
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Unas llamadas —respondió Månsson.
—¿A quién?
—A los periódicos, por ejemplo, para enterarme de qué ha pasado.
—¿Debo suponer que se trata de un chiste? —replicó Backlund, adoptando una actitud de rechazo.
—Exacto —dijo Månsson, ausente y mirando a su alrededor.
Por el comedor rondaban varios periodistas y fotógrafos. Seguramente más de uno estaba ya allí antes de la llegada de la policía, y si la idea que Månsson tenía de ellos era correcta, era probable que alguno estuviera ya en el grill o en el bar antes incluso de efectuarse el famoso disparo.
—Pero el método sistemático exige... —empezó Backlund.
En ese preciso instante, Benny Skacke entró apresuradamente en el comedor. Era subinspector y tenía solo treinta años. Con anterioridad había trabajado en Estocolmo, en la Brigada Nacional de Homicidios, pero pidió el traslado tras una intervención de dudosa profesionalidad que a punto estuvo de costarle la vida a uno de sus superiores. Era leal, concienzudo y un poco ingenuo. A Månsson le caía bien.
—Skacke te ayudará —dijo.
—El de Estocolmo —bufó Backlund, escéptico.
—El mismo —confirmó Månsson—. Y no te olvides de la descripción. Ahora mismo es lo único importante.
Tiró su mondadientes usado en un cenicero y salió al vestíbulo, donde dirigió sus pasos hasta el teléfono que había frente a recepción.
Hizo cinco llamadas rápidas. Luego sacudió la cabeza y entró en el bar.
—Bueno, ¡qué agradable sorpresa! —exclamó el barman.
—Hola —saludó Månsson, y se sentó.
—¿Qué vamos a tomar? ¿Lo de siempre?
—No. Solo grapetonic. Necesito pensar.
«A veces todo sale mal», se dijo Månsson. Y ese asunto, ciertamente, había empezado de la peor manera posible. En primer lugar, porque Viktor Palmgren era una persona muy conocida y muy importante. Bien es verdad que resultaba difícil determinar exactamente por qué, pero una cosa estaba clara: tenía mucho dinero, como mínimo millonario. Y el hecho de que hubieran disparado contra él en uno de los restaurantes más conocidos de Europa tampoco mejoraba mucho las perspectivas. Se trataba de un caso que iba a causar mucho revuelo y que podía tener las consecuencias más imprevisibles. Nada más producirse el disparo, el personal del hotel había trasladado al herido a una sala de televisión, donde se montó una camilla provisional, al tiempo que se avisaba a la policía y a la ambulancia. La ambulancia llegó a escape, recogió al herido y se lo llevó al hospital. La policía, por el contrario, no hizo acto de presencia hasta pasado un buen rato. Y eso a pesar de que había un coche radiopatrulla junto a la estación central de ferrocarriles, es decir, a menos de doscientos metros del lugar del crimen. ¿Cómo era posible? Månsson, ciertamente, había recibido una explicación, pero esta no dejaba en muy buen lugar a la policía. En un primer momento, el aviso se interpretó mal y el asunto se consideró de escasa urgencia. Por ello, los dos agentes que rondaban por la estación central habían dedicado sus esfuerzos a atrapar a un borracho completamente inofensivo. Hubo que esperar a que la policía recibiera un segundo aviso para que un nutrido grupo de coches y agentes, con Backlund a la cabeza, corriera hacia el hotel atropelladamente. Los pasos dados en la investigación, a partir de ese momento, daban la impresión de haber carecido por completo de rumbo. En lo que respecta al propio Månsson, había estado más de cuarenta minutos escuchando a su esposa hablar de Lo que el viento se llevó. Además, como se había tomado dos cócteles, tuvo que esperar a un taxi. De modo que, cuando el primer policía se personó en el lugar, ya había transcurrido una media hora desde el momento del disparo. Y en cuanto a Viktor Palmgren, la situación tampoco resultaba muy clara. Tras examinarlo en la sección de urgencias del hospital de Malmö, decidieron trasladarle al servicio de neurocirugía del hospital universitario de Lund. La distancia era de veinte kilómetros y en esos momentos la ambulancia estaba en camino. En ella viajaba también uno de los principales testigos: la esposa de Palmgren. Lo más probable era que hubiera estado sentada frente a su marido, con lo que habría tenido ocasión de ver de cerca, y mejor que nadie, al autor del disparo.
Había pasado ya casi una hora, una hora perdida, y cada segundo de la misma les había salido caro.
Månsson volvió a sacudir la cabeza y echó un vistazo al reloj del bar. Las nueve y media.
Backlund irrumpió en el bar con paso marcial, seguido por Skacke.
—¿Estás aquí? —exclamó Backlund asombrado.
Y clavó una mirada miope en Månsson.
—¿Cómo va la descripción? —preguntó Månsson—. Es urgente.
Backlund toqueteó torpemente su cuaderno, luego lo dejó encima de la barra, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.
—Mira, sabemos lo siguiente —se apresuró a decir Skacke—. Y de momento, esto es todo lo que hemos podido conseguir: estatura mediana, cara delgada, pelo fino, castaño oscuro, peinado hacia atrás. Americana marrón, camisa color pastel, amarilla o verde, corbata oscura, pantalones gris oscuro, zapatos negros o marrones. Edad: cuarenta años, aproximadamente.
—Bien —dijo Månsson—. Envíalo. Ya mismo. Instalad controles en todas las carreteras, vigilad los trenes, aviones y barcos.
—De acuerdo —dijo Skacke.
—No quiero que salga de la ciudad —aclaró Månsson.
Skacke se marchó.
Backlund se puso las gafas, miró fijamente a Månsson y repitió esa pregunta tan cargada de significado:
—¿Estás aquí? —Luego miró la copa y añadió con asombro aún mayor—: ¿Y bebiendo?
Månsson no contestó.
Entonces, Backlund dirigió su atención al reloj del bar, lo comparó con su reloj de pulsera y constató:
—Ese reloj también marca la hora mal.
—Sí —explicó el barman—. Va un poco adelantado. Es un pequeño detalle que tenemos con los clientes que van a coger trenes y barcos.
—¡Pero bueno! —se quejó Backlund—. Esto es imposible. ¿Cómo vamos a determinar la hora exacta del crimen si no podemos fiarnos del reloj?
—Va a ser difícil —admitió Månsson, ausente.
Skacke regresó.
—Ya está —anunció.
—Probablemente demasiado tarde —dijo Månsson.
—¿De qué diablos estáis hablando? —intervino Backlund, alargando la mano para coger el cuaderno—. En lo que se refiere a ese camarero...
Månsson le hizo un gesto para que se callara y dijo:
—Espera. Luego hablamos de eso. Benny, llama a la policía de Lund y diles que manden un agente a la planta de neurocirugía del hospital. Y que se lleve un magnetófono para grabar lo que diga Palmgren. Si es que recupera la conciencia. Y que tome también declaración a la señora Palmgren, claro.
Skacke se marchó de nuevo.
—A propósito de ese camarero en concreto, te aseguro que no se habría dado cuenta de nada ni aunque el mismísimo conde Drácula hubiese entrado volando en el comedor —aclaró el barman.
Backlund guardaba silencio, cabreado. Månsson evitó decir nada hasta la vuelta de Skacke. Como Backlund, formalmente, era el superior de Skacke, Månsson se dirigió por prudencia a los dos:
—¿A quién consideráis el mejor testigo?
—A un chico llamado Edvardsson —respondió Skacke—. Estaba a solo tres mesas de distancia, pero...
—Pero ¿qué?
—No está sobrio.
—El licor es una maldición —constató Backlund.
—De acuerdo, entonces esperaremos hasta mañana antes de tomarle declaración —decidió Månsson—. ¿Quién me puede llevar a comisaría?
—Yo —se ofreció Skacke.
—Yo me quedo aquí —dijo Backlund, obstinado—. Formalmente, este caso es mío.
—Sí, claro —convino Månsson—. Hasta luego.
En el coche murmuró:
—Los trenes y los barcos...
—¿Crees que se ha escapado? —preguntó Skacke tímidamente.
—En principio, nada lo impide —dijo Månsson—. Sea como sea, tenemos que llamar a mucha gente. Aunque haya que despertar a alguien.
Skacke miró de reojo a Månsson, que cambió de mondadientes. El coche entró en el patio de la comisaría.
—Los aviones... —dijo Månsson para sí mismo—. Esta noche puede ser de pesadilla.
A esas horas, la comisaría les pareció más grande de lo habitual, sombría y muy vacía. El edificio resultaba imponente y sus pasos sonaban con un eco desolador por las anchas escaleras de piedra.
Månsson era tan flemático de carácter como grande de cuerpo. Odiaba las noches complicadas y, por lo demás, ya había vivido la mayor parte de su carrera profesional.
Bien distinto era el caso de Skacke. Con veinte años menos, pensaba mucho en su carrera; se mostraba entusiasta y ambicioso. Pero sus anteriores experiencias en el cuerpo le habían infundido también prudencia, así como un afán de agradar.
De modo que, en realidad, se complementaban bastante bien.
Nada más entrar en su despacho, Månsson abrió las ventanas, que daban al patio asfaltado de la comisaría. Luego se dejó caer en su silla giratoria, donde permaneció callado durante varios minutos mientras daba vueltas, meditabundo, al carro de su vieja Underwood. Finalmente dijo:
—Asegúrate de que los avisos por radio y las llamadas nos lleguen directamente aquí. Pásalo todo a tu teléfono.
Skacke tenía su despacho al otro lado del pasillo, frente al de Månsson.
—Deja las puertas abiertas —le ordenó Månsson. Y al cabo de unos segundos, añadió con suave ironía—: Así montamos una especie de cuartel de mando.
Skacke entró en su despacho y se puso a llamar por teléfono. Pasado un rato, Månsson fue tras él. Se le quedó mirando, de pie, con el mondadientes en la comisura de la boca y un hombro apoyado contra el marco de la puerta.
—¿Te has parado a pensar en esto, Benny? —preguntó.
—No mucho, la verdad —respondió Skacke tímidamente—. En cierto sentido, resulta incomprensible.
—«Incomprensible», esa es la palabra —convino Månsson.
—Por ejemplo, ¿has pensado cuál puede ser el móvil?
—Creo que de momento debemos pasar olímpicamente del móvil y concentrarnos en el hecho mismo —dijo Månsson.
Sonó el teléfono. Skacke apuntó algo.
—La persona que pegó un tiro a Palmgren —continuó Månsson— no tenía más que una mínima probabilidad de salir del hotel. Su actuación, hasta el momento del disparo, denota un cierto fanatismo.
—¿Como si fuera un atentado político?
—Eso es. Pero... ¿qué ocurre después? Consigue escapar, milagrosamente, y, desde entonces, ya no actúa como un fanático, sino que huye presa del pánico.
—¿Por eso piensas que intenta abandonar la ciudad?
—Entre otras cosas. Entra a disparar y le da igual lo que pueda pasar después. Pero luego, como a la mayoría de los que cometen un crimen, le invade el pánico. Tiene miedo, sin más, y su único deseo es salir de allí, escapar tan lejos como pueda y cuanto antes mejor.
«Es una teoría —pensó Skacke—, con una base muy poco sólida».
Pero no dijo nada.
—Por supuesto, no es más que una teoría —continuó Månsson—. Un buen policía criminal no debe andar por ahí con teorías. Pero, de momento, no veo otra línea de investigación.
Sonó el teléfono.
«Trabajo —pensó Månsson—. Por cierto, un trabajo de lo más extraño».
Y él, en realidad, tenía el día libre.
Fue una noche complicada en el sentido de que nada ocurrió. En las carreteras de salida y en la estación central pararon a unas cuantas personas que se ajustaban aproximadamente a la descripción. Ninguna de ellas parecía tener nada que ver con el caso, pero apuntaron sus nombres.
A la una menos veinte salió el último tren de la estación central.
A las dos menos cuarto, la policía de Lund informó de que Palmgren seguía con vida.
A las tres llegó un nuevo aviso de la misma fuente: la señora Palmgren se hallaba en estado de shock y resultaba difícil tomarle declaración. Sin embargo, había visto claramente al autor del disparo y estaba segura de no conocerle.
—Parece espabilado ese chaval en Lund —dijo Månsson, bostezando.
Poco después de las cuatro, el policía de Lund volvió a dar señales de vida. El equipo médico que trataba a Palmgren había decidido no operarle, de momento. La bala había entrado tras la oreja izquierda y resultaba imposible determinar qué daños habría causado. El estado general del paciente, dadas las circunstancias, se consideraba bueno.
El estado general de Månsson no era bueno. Estaba cansado y tenía la garganta muy seca. Se pasaba el tiempo yendo al lavabo a beber grandes cantidades de agua.
—¿Se puede vivir con una bala en la cabeza? —preguntó Skacke.
—Sí —contestó Månsson—. Hay numerosos ejemplos de eso. En algunos casos, se queda enquistada en los tejidos y el paciente se recupera. En cambio, si los médicos hubiesen intentado sacarla, probablemente habría muerto.
Por lo visto, Backlund se había empeñado en quedarse en el Hotel Savoy, pues a las cuatro y media llamó para comunicar que tenía acordonada una determinada zona, a la espera de que los técnicos de la brigada forense realizasen su investigación, cosa que no podría tener lugar hasta dentro de un par de horas, como muy pronto.
—Backlund pregunta si le necesitamos aquí —dijo Skacke tapando con la mano el auricular del teléfono.
—El único sitio donde tal vez le necesiten es en su casa, en la cama, con su mujer. Y eso en el mejor de los casos —repuso Månsson.
Skacke transmitió el mensaje a Backlund, aunque no con esas mismas palabras.
Poco después, Skacke dijo:
—Creo que podemos tachar el aeropuerto de Bulltofta. El último avión despegó a las once y cinco, y a bordo no había nadie que encajara con la descripción. El próximo avión sale a las seis y media, está lleno desde anteayer y no hay nadie en lista de espera.
Månsson reflexionó un rato sobre esa información.
—Mmm —murmuró al final—. Creo que voy a tener que llamar a alguien a quien no le hará ninguna gracia que le despierten.
—¿A quién? ¿Al comisario jefe?
—No, él seguramente no ha dormido mucho más que nosotros. Por cierto, ¿dónde estuviste anoche?
—Fui al cine —respondió Skacke—. No pretenderás que esté siempre encerrado en mi cuarto, empollando.
—Yo, desde luego, nunca lo he hecho —dijo Månsson—. Oye, a las nueve salió de Malmö a Copenhague un barco de esos aerodeslizadores. Intenta averiguar cuál.
La tarea resultó más complicada de lo que parecía a primera vista y pasó media hora antes de que Skacke pudiera decir:
—Se llama Springeren y ahora está amarrado en Copenhague. ¡Hay que ver cómo se cabrean algunos por una simple llamada!
—Pues la que yo voy a hacer ahora va a ser mucho peor, si te sirve de consuelo —dijo Månsson.
Entró en su despacho, levantó el auricular, marcó el prefijo cerocero-nueve-cuatro-cinco y luego el número de casa del inspector de policía Mogensen en Copenhague. Iban ya diecisiete timbrazos cuando se puso al teléfono una voz pastosa que dijo:
—Mogensen.
—Hola, soy Per Månsson, de Malmö.
—¡Me cago en todos tus muertos! —exclamó Mogensen en danés—. ¿Sabes qué hora es?
—Sí —dijo Månsson—. Pero esto puede ser importante, muy importante.
—Más te vale que sea la hostia de importante —replicó el danés en tono amenazador.
—Anoche hubo un atentado aquí, en Malmö —explicó Månsson—. Cabe la posibilidad de que el autor del crimen se haya escapado a Copenhague. Tenemos una descripción.
Månsson le contó todo lo acontecido, tras lo cual Mogensen, malhumorado, espetó:
—¿Pero tú qué te crees, joder? ¿Que yo hago milagros?
—Sí, claro —respondió Månsson—. Avísame si te enteras de algo.
—Vete a la mierda —se limitó a decir Mogensen en un sueco inusualmente limpio, y acto seguido colgó dando un golpe.
Månsson se sacudió bostezando.
—¿Qué idioma era ese? —preguntó Skacke.
—Escandinavo —dijo Månsson.
Luego no pasó nada.
Más tarde, Backlund llamó e informó de que se había iniciado la investigación forense en el lugar del crimen. Eran las ocho.
—Joder, qué espabilado está ese.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Skacke.
—Nada. Esperar.
A las nueve menos veinte, sonó el teléfono de la línea privada de Månsson. Cogió el auricular, escuchó en silencio durante poco más de un minuto y después colgó sin tan siquiera haber pronunciado un «gracias» o un «hasta luego». Gritó a Skacke:
—Llama a Estocolmo. Ahora mismo.
—¿Qué quieres que diga?
Månsson miró la hora.
—Ha llamado Mogensen. Según él, un sueco que afirmó llamarse Bengt Stensson compró anoche un billete de Kastrup a Estocolmo y luego estuvo en lista de espera durante varias horas. Al final pudo salir en un vuelo de SAS que despegó a las siete y veinticinco. Ese avión debe de haber aterrizado en Arlanda hace diez minutos, como mucho. Al parecer, el individuo encaja con la descripción. Quiero que paren al autobús que va desde el aeropuerto hasta la ciudad y que detengan a ese hombre.
Skacke se lanzó al teléfono.
—Sí —dijo, sin apenas aliento, medio minuto más tarde—. Estocolmo se encargará del asunto.
—¿Con quién hablaste?
—Con Gunvald Larsson.
—Ah, ese tipo...
Esperaron.
Al cabo de media hora sonó el teléfono de Skacke. Lo cogió de un tirón, escuchó y se quedó sentado mirando el auricular en su mano.
—No llegaron a tiempo. Todo se ha ido al garete.
—Vaya —comentó Månsson, lacónico.
«Y eso que disponían de veinte minutos», pensó.
3
Expresiones parecidas pudieron oírse en la jefatura de policía de Kungsholmsgatan, Estocolmo.
—Todo ha fallado —dijo Rönn, asomando su rostro rojo y sudoroso por la puerta del despacho de Gunvald Larsson.
—¿Qué? —preguntó Gunvald Larsson, distraído.
Estaba pensando en algo completamente diferente; en concreto, en tres robos de una brutalidad inusitada perpetrados en el metro la noche anterior. Y dos violaciones. Y dieciséis peleas. Esto era Estocolmo, un poco diferente de Malmö. Aunque esa noche no se había cometido ningún asesinato, ni siquiera un homicidio. Gracias a Dios. Sin embargo, a saber cuántos hurtos y robos se habían producido. O cuántos drogadictos, camellos, borrachos e infractores de las buenas costumbres habían sido arrestados por la policía. O cuántos policías habían apaleado a gente más o menos inocente en los calabozos y coches radiopatrulla. Innumerables, probablemente. Gunvald Larsson no lo sabía. Él iba a lo suyo.
Gunvald Larsson era subinspector primero de la brigada antiviolencia. Además, era alto —medía uno noventa y dos—, fuerte como un buey, rubio, de ojos azules y, para ser policía, inusualmente esnob. Esa mañana, sin ir más lejos, vestía un traje fino de un gris muy claro, con corbata, zapatos y calcetines del mismo tono. Tenía un carácter bastante peculiar y eran muchos los que no le aguantaban.
—Pues el autobús ese del aeropuerto que llegaba a la terminal de Haga —aclaró Rönn.
—Sí, ¿qué le pasa? ¿Qué ha fallado?
—El coche radiopatrulla que iba a comprobar los pasajeros no llegó a tiempo. Cuando se personaron los agentes, los pasajeros ya habían bajado y desaparecido, y el autobús estaba de vuelta.
Gunvald Larsson desplazó por fin su actividad cerebral al tema en cuestión, clavó una mirada fija e incrédula en Rönn y exclamó:
—¿Qué? ¡Pero eso es imposible!
—Me temo que no —siguió Rönn—. Simplemente, no llegaron a tiempo.
—¿Te has vuelto loco?
—Oye, que el encargado de este tema no soy yo —dijo Rönn—. Que conste.
Rönn era un hombre tranquilo y apacible, oriundo del norte de Suecia, nacido en Arjeplog, Laponia. Aunque ya llevaba muchos años viviendo en Estocolmo, aún conservaba algo de su dialecto.
Gunvald Larsson, que por pura casualidad había recibido la llamada de Skacke desde la comisaría en Malmö, pensó que eso de controlar a los pasajeros de un autobús era un asunto rutinario de lo más simple. Ahora fruncía las cejas, enfadado.
—Joder, pero si llamé en seguida al distrito de Solna y el oficial de guardia me dijo que ya había un coche patrulla en Karolinskavägen. Desde allí a la terminal de autobuses del aeropuerto se tarda, todo lo más, tres minutos. Y tenían por lo menos veinte. ¿Qué coño ha pasado?
—Al parecer, los agentes del coche fueron hostigados durante el trayecto.
—¿Hostigados?
—Sí, se vieron obligados a realizar una intervención. Y cuando llegaron a la terminal, el autobús ya se había ido.
—¿Intervención?
Rönn se puso las gafas para mirar un papel que tenía en la mano.
—Pues sí, eso es. El autobús se llama Beata. Normalmente sale de Bromma.
—¿Beata? ¿A qué idiota se le ha ocurrido empezar a poner nombres a los autobuses?
—Pues a mí no, desde luego —dijo Rönn tranquilamente.
—Y esos genios del coche radiopatrulla, también tienen nombre, ¿no?
—Sin duda, pero no lo sé.
—Averígualo. Si los malditos autobuses tienen nombre, también deben tenerlo los agentes de policía, cojones. Aunque, en realidad, deberían llevar números.
—O símbolos.
—¿Símbolos?
—Sí, como los críos en la guardería, ya sabes. Barco, coche, pájaro, seta, mosquito o perro, y cosas así.
—Yo nunca he estado en una guardería —espetó Gunvald Larsson, esquivo—. Venga, averígualo ya. O le damos una explicación razonable a ese Månsson de Malmö o se va a partir de risa.
Rönn se marchó.
—Mosquito o perro... —murmuró entre dientes Gunvald Larsson. Y pasado un rato—: Están todos locos.
Luego volvió a los robos en el metro, mientras se hurgaba los dientes con un abrecartas.
Al cabo de diez minutos, Rönn regresó con las gafas caladas sobre su nariz roja y sosteniendo otro papel en la mano.
—Ya lo tengo —anunció—. Coche tres de la comisaría del distrito de Solna. Ocupado por Karl Kristiansson y Kurt Kvant.
Gunvald Larsson se sobresaltó tanto que por poco se suicida con el abrecartas.
—¿Qué? ¡Me cago en Dios! Esos dos idiotas me persiguen. Y encima son de Escania. ¡Que vengan aquí inmediatamente! Esto hay que zanjarlo ya.
En realidad, Kristiansson y Kvant tenían mucho que explicar, pues la historia era enrevesada, en modo alguno fácil de contar. Por lo demás, Gunvald Larsson les producía auténtico pánico y se las arreglaron para demorar casi dos horas su visita a la jefatura de Kungsholmsgatan. Eso fue un error, porque Gunvald Larsson aprovechó ese tiempo para realizar una investigación propia, y exitosa, del asunto.
Al final, allí estaban: muy uniformados, arreglados y con la gorra en la mano. Ambos rubios, anchos de espaldas y con su metro ochenta y seis de altura, observando cerrilmente a Gunvald Larsson con sus ojos azules y esquivos. Se preguntaban por qué Larsson tenía que constituir la excepción a esa regla de oro, no escrita, según la cual los policías no deben criticarse ni testificar los unos contra los otros.
—Buenos días —les saludó Gunvald Larsson con mucha amabilidad—. Qué bien que hayáis podido venir.
—Buenos días —dijo Kristiansson, dubitativo.
—Qué hay —saludó Kvant, envalentonado.
Gunvald Larsson se le quedó mirando fijamente, suspiró y dijo:
—A vosotros dos se os encomendó la tarea de comprobar los pasajeros del autobús de Haga, ¿verdad?
—Sí —reconoció Kristiansson.
Y se quedó pensativo. Luego añadió:
—Pero llegamos tarde.
—No llegamos a tiempo —le corrigió Kvant.
—Eso tengo entendido —dijo Gunvald Larsson—. También tengo entendido que al recibir el aviso estabais aparcados en Karolinskavägen. Karolinskavägen. Desde allí a la terminal de autobuses de Haga se tarda unos dos minutos, tres a lo sumo. ¿Qué coche conducís?
—Un Plymouth —respondió Kristiansson, rebulléndose inquieto.
—Una perca se desplaza a una velocidad de dos kilómetros por hora —continuó Gunvald Larsson—. Es el pez más lento que hay. No obstante, dicho pez no habría tenido problema alguno para recorrer ese trayecto más deprisa que vosotros.
Hizo una pausa. Luego rugió:
—¿Por qué cojones no llegasteis a tiempo?
—Nos vimos obligados a realizar una intervención en el camino —replicó Kvant, tieso.
—Una perca, sin duda, también habría sido capaz de inventarse una explicación mejor —repuso Gunvald Larsson, resignado—. Bueno, ¿qué clase de intervención fue?
—Nos... nos injuriaron —balbució Kristiansson.
—Desacato a un funcionario público en el ejercicio de sus funciones —sentenció Kvant categóricamente.
—¿Y qué pasó?
—Un hombre que pasó en bicicleta nos insultó.
Kvant mantenía todavía la compostura, pero Kristiansson, que permanecía callado, parecía cada vez más nervioso.
—¿De modo que eso os impidió realizar la misión que acababan de encomendaros?
Kvant replicó en seguida y sin titubear:
—El mismísimo director de la Dirección General de la Policía ha dicho, en un comunicado oficial, que cualquier desacato a un funcionario público, en particular a un funcionario vestido de uniforme, constituye una infracción contra la cual debe procederse de inmediato. Un agente de policía no puede convertirse en un hazmerreír.
—¿Ah, no? —dijo Gunvald Larsson, asombrado.
Los dos agentes de radiopatrulla se le quedaron mirando con cara de no entender. Se encogió de hombros y prosiguió:
—Bien es verdad que dicho capitoste es sobradamente conocido por sus declaraciones oficiales, pero dudo mucho que incluso él pueda haber dicho algo tan rematadamente estúpido. Porque, vamos a ver, ¿cuáles fueron esos insultos?
—¡Policía patán! —dijo Kvant.
—¿Y eso os parece un desacato?
—No cabe la menor duda —zanjó Kvant.
Gunvald Larsson escudriñó inquisitivamente a Kristiansson, que basculó de un pie a otro y murmuró:
—Pues sí, sí que lo creo.
—Sí —intervino Kvant—, incluso si Siv dijera...
—¿Quién es Siv? —le interrumpió Gunvald Larsson—. ¿Otro autobús?
—Es mi esposa —explicó Kvant.
Gunvald Larsson extendió los dedos y apoyó sus enormes manos peludas contra la mesa.
—O sea, ocurrió de la siguiente manera: estabais aparcados en Karolinskavägen y acababais de recibir el aviso cuando, de repente, pasa un hombre montado en bicicleta y grita: «¡Policía patán!». Entonces os veis obligados a proceder contra dicho individuo y esa es la razón por la que no llegasteis a tiempo a la terminal de autobuses.
—Eso es —convino Kvant.
—Pues sí... —titubeó Kristiansson.
Gunvald Larsson se les quedó mirando durante largo rato. Al final preguntó en voz baja:
—¿Es eso verdad?
Ninguno de los dos contestó. Kvant empezaba a poner cara de sospecha. Kristiansson toqueteaba nerviosamente la funda del arma reglamentaria con una mano y con la otra se secaba el sudor de la frente con la ayuda de la gorra.
Gunvald Larsson dejó que se hiciera un largo y profundo silencio. Luego, de repente, levantó los brazos y golpeó la mesa con las palmas de las manos, tan fuerte que hizo temblar toda la estancia.
—¡Es mentira! —aulló—. Es todo mentira de principio a fin y lo sabéis perfectamente. Os detuvisteis en un puesto de salchichas. Uno de vosotros estaba junto al coche, con un perrito caliente. Entonces, efectivamente, pasó un hombre en bicicleta y alguien gritó algo. Pero el que gritó no fue el hombre, sino un niño que iba sentado detrás, en el sillín infantil. Y no gritó «¡Policía patán!», sino «¡Policía patatín, policía patatán!», porque resulta que el niño tiene solo tres años y aún no saber llamar las cosas por su nombre.
Gunvald Larsson calló.
Las caras de Kristiansson y Kvant se habían vuelto de color rojo sangre. Pasado un largo rato, Kristiansson murmuró difusamente:
—¿Cómo puede saber eso?
Gunvald Larsson fijó una mirada fulminante primero en uno y luego en otro y preguntó:
—Bueno, ¿quién fue el que se comió el perrito caliente?
—Yo no —dijo Kristiansson.
—¡Serás cobarde, cabronazo gandul! —le espetó Kvant con un susurro de la comisura del labio.
—Y ahora contestaré a la pregunta —dijo Gunvald Larsson fatigado—. Lo sé porque el hombre de la bicicleta no estaba dispuesto a tolerar, así por las buenas, que dos energúmenos con uniforme le echaran la bronca durante quince minutos por algo que se le había escapado a un niño de tres años. De modo que llamó y se quejó del hecho, y además hizo muy bien, coño. Y eso que incluso había testigos. Por cierto, patatín-patatán, ¿tomabas la salchicha con puré de patata?
Kristiansson asintió con gesto sombrío.
Kvant ensayó una última estrategia defensiva:
—Es fácil equivocarse cuando uno tiene la boca llena de...
Gunvald Larsson le interrumpió alzando la mano derecha. Luego se acercó el cuaderno, se sacó un bolígrafo del bolsillo interior y escribió con grandes letras mayúsculas: «¡IDOS A LA MIERDA!».
Arrancó la hoja y la pasó por la mesa en dirección a los dos agentes. Kristiansson cogió el papel, lo miró, enrojeció todavía más y se lo pasó a Kvant.
—No tengo fuerzas para decirlo una vez más —dijo Gunvald Larsson.
Kristiansson y Kvant se marcharon, llevándose el mensaje consigo.
4
De todo eso, Martin Beck no sabía nada.
Se encontraba en su despacho, en la jefatura sur de policía en Västberga, ocupado con asuntos de índole bien distinta. Con la silla echada hacia atrás, se había acomodado con las piernas extendidas y los pies apoyados en el cajón inferior del escritorio, que estaba abierto a medias. Mordía el filtro de papel de un Florida recién encendido, tenía las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos y miraba por la ventana con los ojos entreabiertos. Estaba pensando.
Como era comisario de la Brigada Nacional de Homicidios, uno podría suponer que reflexionaba sobre, por ejemplo, el asesinato a hachazos en el barrio de Söder, que, transcurrida una semana, seguía sin resolverse. O sobre el cadáver de la mujer no identificada que el día anterior habían pescado en la bahía de Riddarfjärden. Pero no era así.
Estaba pensando en qué comprar para la cena que iba a ofrecer esa misma noche.
A finales de mayo, tras agenciarse un pequeño apartamento en Köpmangatan, Martin Beck había abandonado su casa. Llevaba dieciocho años casado con Inga, pero hacía tiempo que el matrimonio se había ido al traste. En enero, cuando Ingrid, su hija, lio el petate y se fue a vivir con un compañero, Martin Beck le planteó a su mujer la separación. En un principio, ella protestó, pero cuando Martin Beck alquiló el apartamento, no tuvo más remedio que afrontar la realidad y al final aceptó la decisión. Rolf, el hijo favorito de Inga, tenía solo catorce años y Martin Beck sospechaba que, en el fondo, la idea de quedarse sola con el chico le parecía bastante satisfactoria.
El apartamento resultaba acogedor, ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Cuando finalmente logró poner en orden las cosas que se había traído de su anterior vivienda, situada en el oscuro barrio de Bagarmossen, y tras adquirir el resto de las cosas que necesitaba, invitó a sus tres mejores amigos a cenar, en lo que podía considerarse un arranque de presunción. Teniendo en cuenta que sus destrezas culinarias se limitaban, todo lo más, a hervir un huevo y preparar una taza de té, advirtió que esta decisión había sido, cuando menos, bastante atrevida. Intentó recordar qué solía preparar Inga cuando tenían invitados, pero solo consiguió evocar imágenes difusas de guisos imponentes, cuyos ingredientes y preparación le resultaban de todo punto ignotos.
Martin Beck encendió otro cigarrillo y pensó confusamente en el lenguado Walewska y el filete Oscar, por no hablar del cœur de filet provençale. A esto se añadía una circunstancia adicional que no había tenido en cuenta al pronunciar su precipitada invitación: sus tres eventuales invitados eran las personas más voraces que conocía.
Lennart Kollberg, su hombre de confianza, era gourmet a la par que gourmand, como Martin Beck había tenido ocasión de constatar las veces que se había aventurado a bajar a la cantina de la comisaría. Además, su cuerpo voluminoso denotaba a las claras un gran interés por las delicias de la buena mesa, y ni siquiera un feo navajazo en el estómago recibido el año anterior había podido remediar ese rasgo distintivo. Gun Kollberg no tenía las dimensiones de su marido, pero sí compartía su buen apetito. Y Åsa Torell, convertida ahora también en colega tras ser destinada a la brigada antivicio una vez licenciada en la Academia de Policía, era una auténtica Gargantúa.
Martin Beck recordaba perfectamente el aspecto de Åsa un año y medio atrás, después de la muerte de su marido —el policía más joven del equipo, víctima de un asesino múltiple—: pequeña, flaca y enjuta. Ahora ya había superado lo peor, recuperado el apetito e incluso engordado un poco. Debía de tener un metabolismo formidable.
Por un momento, Martin Beck consideró la idea de pedir a Åsa que viniera un poco antes para echarle una mano, pero la rechazó en seguida.
De repente, un carnoso puño golpeó la puerta, que acto seguido se abrió para dejar paso a Kollberg:
—¿En qué estás pensando? —preguntó mientras se dejaba caer en la silla de visitas, que chirrió considerablemente al recibir su peso.
Nadie hubiera sospechado que Kollberg, con toda probabilidad, conocía más artimañas y sabía desenvolverse en las técnicas de lucha mejor que cualquier otro miembro del cuerpo.
Martin Beck bajó los pies del cajón y acercó la silla al escritorio. Antes de contestar, apagó el cigarrillo con mucho cuidado en el cenicero.
—En ese asesinato a hachazos en Hjorthagen —mintió—. ¿Ha habido alguna novedad?
—¿Has visto el informe de la autopsia? Allí pone que el hombre murió tras el primer hachazo. Al parecer, tenía un hueso craneal muy fino.
—Sí, ya lo sé —respondió Martin Beck.
—Todo se aclarará cuando podamos hablar con la mujer —dijo Kollberg—. Sigue en estado de shock, según afirmaban en el hospital esta mañana. Lo mismo fue ella quien lo mató, vete a saber.
Kollberg se levantó y se acercó a abrir la ventana.
—Ciérrala —le pidió Martin Beck.
Kollberg cerró la ventana.
—¿Cómo puedes aguantarlo? —se quejó—. Esto es un horno.
—Prefiero asarme que envenenarme —replicó Martin Beck filosóficamente.
La jefatura sur de policía estaba ubicada justo al lado de la carretera de circunvalación de Essingeleden, y cuando el tráfico era denso,como entonces, al comienzo de las vacaciones de verano, se notaba claramente el alto grado de contaminación atmosférica.
—¡Allá tú! —exclamó Kollberg, dirigiéndose con pasos pesados hacia la puerta—. De todos modos, intenta sobrevivir hasta esta noche. Dijiste a las siete, ¿no?
—Sí, a las siete —repuso Martin Beck.
—Ya tengo hambre —dijo Kollberg de forma provocadora.
—Serás bienvenido —contestó Martin Beck, pero la puerta ya se había cerrado de un portazo.
Un momento después empezaron a sonar los teléfonos y a presentarse personas con papeles que firmar, informes que leer y preguntas que contestar, de modo que Martin Beck apartó de su mente cualquier pensamiento relacionado con el menú de esa noche.
A las cuatro menos cuarto, abandonó la jefatura sur de policía y cogió el metro en dirección al centro, hasta el mercado de Hötorgshallen. Pasó tanto tiempo en el mercado realizando sus compras que, al final, no le quedó otra opción que coger un taxi hasta su casa en Gamla Stan para tener tiempo de prepararlo todo.
A las siete menos cinco terminó de poner la mesa. Se quedó mirándola.
Sobre la mesa había arenques al eneldo, nata agria y cebolleta picada. Un cuenco con huevas de alburno, adornado con una tira de cebolla picada, eneldo y gajos de limón. Salmón ahumado en rodajas finas sobre delicadas hojas de lechuga. Huevos cocidos cortados a gajos. Arenque ahumado. Platija ahumada. Salami húngaro, chorizo polaco, salchichón finlandés y morcilla de Escania. Una gran fuente de ensalada llena de gambas frescas, plato del que estaba especialmente orgulloso, pues lo había preparado él mismo y, para su gran asombro, estaba delicioso. Seis quesos diferentes encima de una tabla de picar de madera. Rabanitos picantes y aceitunas. Pan Pumpernickel alemán, pan de hogaza húngaro y pain-riche francés recién salido del horno. Mantequilla campera servida en una bonita tarrina tradicional, de madera. Las patatas nuevas hervían a fuego lento sobre los fogones, emitiendo pequeñas nubes de aroma de eneldo. En la nevera había cuatro botellas de Piesporter Falkenberg y latas de Carlsberg Hof, y en el congelador, una botella de aguardiente Løjtens Akvavit.
Martin Beck estaba muy contento con el resultado de sus esfuerzos. Ahora solo faltaban los invitados.
Åsa Torell llegó la primera. Martin Beck preparó Campari con soda para ambos y, con el aperitivo en la mano, dieron una vuelta por la casa.
El apartamento consistía en un dormitorio, salón, cocina, cuarto de baño y recibidor. Las habitaciones eran pequeñas, pero prácticas y acogedoras.
—No creo que haga falta preguntarte si estás a gusto —dijo Åsa Torell.
—Como la mayoría de la gente de Estocolmo, supongo que siempre he soñado con una casa en el casco viejo —reconoció Martin Beck—. Además, estoy encantado de poder vivir a mi aire.
Åsa asintió con la cabeza. Estaba apoyada en el alféizar de la ventana, con los pies cruzados, sosteniendo la copa con las dos manos. Era pequeña y delgada, con grandes ojos marrones y pelo oscuro, corto. Lucía un bonito bronceado y tenía un aspecto sano, tranquilo y relajado. Martin Beck se alegraba de verla así, porque superar la muerte de Åke Stenström le había costado lo suyo.
—¿Y tú qué tal? —preguntó Martin Beck—. También te has cambiado de casa hace poco, ¿no?
—Pásate a verme un día y así la ves —dijo Åsa.
Tras la muerte de Åke Stenström, Åsa se instaló durante un tiempo en casa de Gun y Lennart Kollberg, y como no quería volver al piso que había compartido con su marido, lo cambió por un apartamento junto a Kungsholmsstrand. También se despidió de su empleo en una agencia de viajes para ingresar en la Academia de Policía.
La cena fue todo un éxito. Aunque el propio Martin Beck no comía mucho —no lo hacía muy a menudo, por no decir nunca—, los manjares fueron desapareciendo a buen ritmo. Llegó a preguntarse con ansiedad si sería suficiente, pero cuando los invitados se levantaron de la mesa, parecían llenos y satisfechos; Kollberg incluso se desabrochó discretamente el botón de sus pantalones. Åsa y Gun preferían beber aguardiente y cerveza antes que vino, así que al terminar la cena, la botella de Løjtens Akvavit estaba tan vacía como la propia mesa.
Martin Beck sirvió coñac con el café, levantó su copa y dijo:
—Vamos a asegurarnos una buena resaca mañana por la mañana, ahora que por una vez libramos todos.
—Yo no —protestó Gun—. A las cinco de la mañana, Bodil vendrá a despertarme y se pondrá a saltar sobre mi estómago para que le dé de desayunar.
Bodil era la hija de Gun y Lennart Kollberg. Tenía dos años.
—No te preocupes —la tranquilizó Kollberg—. Mañana yo me encargo de Bodil, con o sin resaca. Y no hables del trabajo, Martin. Si hubiera podido conseguir un trabajo honrado, habría dejado el cuerpo después del golpe, hace un año.
—No pienses en eso ahora —dijo Martin Beck.
—Es muy difícil no hacerlo —replicó Kollberg—. Tarde o temprano, el cuerpo de policía se vendrá abajo. No hay más que ver a esos pobres paletos que van por ahí rondando las calles en uniforme sin saber muy bien qué hacer. Por no hablar de la dirección...
—Ya —dijo Martin Beck para tranquilizar a su amigo, mientras se estiraba para coger la botella de coñac.
También Martin Beck estaba preocupado, sobre todo por la politización y la centralización que se habían producido en el cuerpo tras las últimas reorganizaciones. Y tampoco venía precisamente a mejorar las cosas el hecho de que los agentes de patrulla fueran cada vez menos competentes. En cualquier caso, ese no era el mejor momento para hablar del tema.
—Ya —repitió, melancólico, mientras levantaba su copa.
Después del café, Åsa y Gun querían lavar los platos, y cuando Martin Beck protestó, le explicaron que les encantaba fregar en cualquier sitio menos en su propia casa. Él las dejó y se fue a por whisky y agua.
Sonó el teléfono.
Kollberg echó un vistazo al reloj.
—Las diez y cuarto —constató—. Seguro que es el maldito Malm que llama para decirnos que tenemos que trabajar mañana sí o sí. Yo no estoy.
Malm era comisario jefe y había sucedido a Hammar, su anterior jefe, que acababa de jubilarse. Malm había surgido de la nada, es decir, de la Dirección General de la Policía, y sus méritos parecían ser exclusivamente políticos. En todo caso, el nombramiento resultaba un poco raro.
Martin Beck se puso al teléfono.
De inmediato, su rostro se contrajo en un gesto muy elocuente.
No era Malm, sino el mismísimo jefe de la Dirección General de la Policía, que, con su peculiar acento de Escania, le comunicó:
—Ha sucedido algo que me obliga a pedirle que vaya a Malmö mañana por la mañana. —Luego añadió, con un cierto retraso—: Perdóneme por molestarle a estas horas.
Martin Beck no contestó a esto último, sino que preguntó:
—¿A Malmö? ¿Qué ha pasado?
Kollberg, que acababa de prepararse un whisky, alzó la vista y meneó la cabeza. Martin Beck le devolvió una mirada resignada mientras señalaba su copa con el dedo.
—¿Sabe quién es Viktor Palmgren? —preguntó el jefe de la Dirección General de la Policía.
—¿El hombre de negocios? ¿El pez gordo?
—Sí.
—Claro que sí, pero la verdad es que lo único que sé es que es propietario de un montón de empresas y que es muy rico. Bueno, y también que, por lo visto, tiene una mujer joven y guapa que ha sido modelo o algo así. ¿Qué le pasa?
—Está muerto. Ha muerto esta misma noche en la planta de neurocirugía del hospital de Lund, después de que un individuo desconocido le disparase en la cabeza mientras comía en el restaurante del Hotel Savoy de Malmö. Sucedió anoche. ¿No leen ustedes los periódicos en Västberga?
De nuevo Martin Beck prefirió no contestar. En lugar de hacerlo preguntó:
—¿No se las pueden arreglar solos, los de Malmö?
Cogió la copa de whisky que Kollberg le ofrecía y tomó un trago.
—¿No está al cargo Per Månsson? —prosiguió—. Él debería ser capaz de...
El jefe de la Dirección General de la Policía le interrumpió, impaciente:
—Pues sí, el inspector Månsson está trabajando en ello, pero quiero que vaya usted a echarle una mano, o, mejor dicho, que se encargue del caso. Y quiero que salga en cuanto pueda.
«Vaya, vaya», pensó Martin Beck. La verdad es que había un vuelo del aeropuerto de Bromma a la una menos cuarto de la madrugada, pero no tenía ninguna intención de cogerlo.
—Quiero que vaya mañana a primera hora —aclaró el jefe.
Al parecer, no estaba al tanto del horario de vuelos.
—Esta es una historia complicada y sumamente delicada que debemos resolver con la mayor celeridad.
Se hizo el silencio durante un momento. Mientras esperaba, Martin Beck tomó un sorbo de whisky. Al final, el jefe continuó:
—Una instancia muy alta ha expresado su deseo de que se encargue usted personalmente del caso.
Martin Beck frunció el ceño y se encontró con la mirada expectante de Kollberg.
—¿Tan importante era ese Palmgren? —dijo.
—Resulta obvio que lo era. Ciertos aspectos de su actividad afectan a intereses de suma importancia.
«¿Por qué no dejas a un lado los tópicos y hablas claro? —pensó Martin Beck—. ¿Qué intereses? ¿Y qué aspectos de su actividad?».
Al parecer, en la conversación se imponía el hermetismo.
—Me temo que no me ha quedado del todo claro a qué tipo de actividades se dedicaba.
—De todo eso ya le irán informando poco a poco —dijo el jefe de la Dirección General de la Policía—. Lo importante es que llegue a Malmö cuanto antes. He hablado con Malm y está dispuesto a dejarle marchar. Tenemos que hacer todo lo posible para atrapar a ese individuo. Y tenga cuidado cuando hable con la prensa. Como comprenderá, va a haber mucha atención mediática. Bueno, ¿cuándo puede salir?
—Creo que hay un vuelo que sale a las nueve y cuarto de la mañana —dijo Martin Beck dubitativo.
—Muy bien. Cójalo —ordenó el jefe de la Dirección General de la Policía y colgó.
5
Viktor Palmgren murió el jueves por la tarde, tres minutos después de las siete y media. Tan solo media hora antes de levantar su acta de defunción, los médicos encargados de su bienestar físico habían declarado que Palmgren poseía una constitución fuerte y que su estado general no era especialmente malo.
A fin de cuentas, el único problema del señor Palmgren consistía en que tenía una bala en la cabeza.
En el momento de la defunción, estaban presentes su esposa, dos neurocirujanos, dos enfermeras y un subinspector de la policía de Lund.
Convinieron en que una intervención quirúrgica resultaba demasiado arriesgada, una decisión que, sin duda, parecía la más sensata hasta para un lego en la materia.
El hecho era que Palmgren había estado consciente a ratos; en una ocasión, incluso lo suficientemente lúcido como para que fuese posible comunicarse con él.
El subinspector al cargo, que a esas alturas se sentía más muerto que vivo, le había hecho un par de preguntas:
—¿Vio claramente al individuo que le disparó?
Y:
—¿Le reconoció?
Las respuestas fueron inequívocas, afirmativa a la primera pregunta y negativa a la segunda. Palmgren había visto al autor del disparo, pero por primera vez en su vida. Y última.
Esto, desde luego, no vino a aclarar las cosas. En Malmö, Månsson arrugaba la frente en pliegues pesados y meditabundos, mientras añoraba intensamente su cama o, cuando menos, una camisa limpia.
Hacía un calor insoportable y la comisaría carecía de aire acondicionado.
La única pista que Månsson llegó a tener se había ido al garete por un descuido.
«Joder con los de Estocolmo», pensó Månsson.
Pero no lo dijo en voz alta por consideración a Skacke, que era una persona sensible.
¿Y de qué habría podido servir esa pista?
No lo sabía.
Quizá de nada.
Pero, aun así...
La policía danesa había interrogado al personal del aerodeslizador Springeren. Durante el trayecto de las nueve, entre Malmö y Copenhague, a una de las azafatas a bordo le había llamado la atención un individuo, sobre todo porque se obstinó en permanecer de pie en la cubierta de popa durante la primera parte del trayecto, de treinta y cinco minutos de duración. Su aspecto, es decir, fundamentalmente su vestimenta, concordaba más o menos con la pobre descripción de la que disponían.
Así que parecía que allí había una pista.
Porque la verdad es que no se suele viajar de pie en cubierta en uno de esos aerodeslizadores, que son más parecidos a un avión que a un barco convencional. Ni siquiera es aconsejable hacer el trayecto al aire libre. Finalmente, el individuo bajó a tomar asiento en un sillón. No había realizado compra alguna de artículos libres de impuestos —ni chocolate, ni licor, ni tabaco—; por tanto, no dejó tras de sí ninguna muestra caligráfica, ya que si uno quiere comprar algo allí, debe rellenar un formulario.
¿Por qué había intentado permanecer en cubierta el máximo tiempo posible?
Quizá para tener ocasión de tirar algo al agua.
En ese caso, ¿qué?
El arma.
Eso si quizá se trataba de la misma persona. Y si quería deshacerse del arma.
Porque quizá el individuo en cuestión había preferido estar fuera para no marearse.
—Quizá, quizá, quizá... —murmuró Månsson para sí, mientras el último palillo se quebraba entre sus dientes.
Era un día detestable. Primero, por el calor, que resultaba prácticamente insoportable si uno se veía obligado a permanecer en el interior de un despacho, con unas ventanas que carecían de cualquier protección frente al sol abrasador de la tarde. Segundo, por esa espera pasiva. Esperando información. Esperando testigos, que en algún sitio tenían que estar, pero que no daban señales de vida.
La investigación de la escena del crimen no iba muy bien. Se habían encontrado centenares de huellas dactilares, pero no había motivo alguno para pensar que una sola de ellas pudiera proceder del hombre que disparó a Viktor Palmgren. Las mayores esperanzas estaban depositadas en la ventana, pero las pocas huellas existentes en los cristales eran demasiado borrosas para proceder a su análisis.
Lo que más preocupaba a Backlund era no dar con el casquillo de la bala.
Hizo varias llamadas sobre ese asunto.
—No entiendo dónde puede haber ido a parar —se lamentaba.
Månsson pensó que la respuesta a esa pregunta era tan obvia que hasta Backlund debería ser capaz de deducirla. Por eso dijo con suave ironía:
—Llámame si se te ocurre alguna teoría.
Tampoco lograban encontrar huellas de pisadas. Lógico, con tanta gente dando vueltas por el restaurante. Por lo demás, tratándose de una moqueta, resultaba prácticamente imposible encontrar huellas que sirvieran de algo. En el exterior de la ventana, antes de bajar de un salto a la acera, el individuo había puesto el pie en una jardinera. Para las plantas había supuesto un gran destrozo y para los técnicos forenses resultaba poco informativo.
—Esa cena... —empezó Skacke.
—Sí, ¿qué le pasa?
—Parece haberse tratado más de una reunión de negocios que de una cena privada.
—Quizá —dijo Månsson—. ¿Tienes la lista de los que estaban sentados a la mesa?
—Sí, claro.
Estudiaron la lista en silencio.
Viktor Palmgren, empresario, Malmö, 56.
Charlotte Palmgren, su esposa, Malmö, 32.
Hampus Broberg, director ejecutivo, Estocolmo, 43.
Helena Hansson, secretaria de dirección, Estocolmo, 26. Ole Hoff-Jensen, director ejecutivo, Copenhague, 48.
Birthe Hoff-Jensen, su esposa, Copenhague, 43.
Mats Linder, asistente de dirección, Malmö, 30.
—Supongo que todos trabajan en el grupo de empresas de Palmgren.
—Eso parece —dijo Skacke—. Pero, naturalmente, tendremos que volver a interrogarles con más profundidad.
Månsson suspiró pensando en la distribución geográfica de los testigos. La pareja Hoff-Jensen estaba ya en Copenhague desde la noche anterior. Hampus Broberg y Helena Hansson habían cogido el vuelo matinal para Estocolmo, y Charlotte Palmgren permanecía junto a la cama de su marido, en la planta de neurocirugía de Lund. El único que seguía en Malmö era Mats Linder. Y ni de eso podían estar seguros, pues era el hombre de confianza de Palmgren y viajaba mucho.
Luego, el anuncio del fallecimiento de Palmgren remató la serie de noticias desagradables de ese nefasto día; llegó a eso de las ocho menos cuarto de la tarde y transformó de golpe el caso convirtiéndolo en un homicidio.
Pero lo peor estaba aún por venir.
Eran las diez y media y estaban tomando café, cansados y ojerosos, cuando sonó el teléfono. Månsson contestó:
—Sí, el inspector Månsson al habla. —Y poco después—: Entiendo.
Repitió esta última frase tres veces antes de despedirse y colgar.
Miró a Skacke y anunció:
—Este caso ya no es nuestro. Envían a un hombre de la Brigada Nacional de Homicidios.
—Espero que no sea Kollberg —dijo Skacke, nervioso.
—No, nos mandan al mismísimo Martin Beck. Llega mañana por la mañana.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Nos vamos a casa a descansar —concluyó Månsson, y se levantó.
6
Cuando el avión de Estocolmo aterrizó en el aeropuerto de Bulltofta, en Malmö, Martin Beck no se encontraba nada bien.
Siempre había detestado viajar en avión, pero ese viernes por la mañana el trayecto había sido particularmente desagradable, ya que sufría las secuelas de la fiesta celebrada la noche anterior.
Al abandonar la relativa frescura de la cabina, sintió una bofetada de aire caliente, estancado, y empezó a sudar antes incluso de descender la escalerilla. De camino a la terminal de vuelos nacionales, tuvo la sensación de que el asfalto se reblandecía bajo las suelas de sus zapatos.
Aunque llevaba las ventanillas bajadas, el taxi le parecía una sauna y sentía cómo le quemaba el asiento trasero de hule a través de la tela fina de su camisa.
Sabía que Månsson le estaba esperando en la comisaría, pero decidió ir primero al hotel para darse una ducha y cambiarse. Esta vez no había reservado una habitación en el Sankt Jörgen, como era su costumbre, sino en el Savoy.
El recepcionista le saludó con una cordialidad tan desbordante que por un momento Martin Beck pensó que le confundía con algún cliente habitual de mucha importancia que hubiera estado bastante tiempo sin aparecer.
La habitación, espaciosa y fresca, estaba orientada al norte. Desde sus ventanas podía ver el canal y la estación central, y más allá del puerto y del astillero de Kockums divisó un barco aerodeslizador blanco que se perdió en la neblina, de color azul opalino, cruzando el estrecho en dirección a Copenhague.
Se quitó la ropa y se pasó un rato yendo y viniendo por la habitación, desnudo, mientras deshacía la maleta. Luego entró en el cuarto de baño y se dio una larga y fría ducha.
Se puso ropa interior limpia y una camisa nueva. Al acabar de vestirse, vio que el reloj de la estación central marcaba las doce en punto. Cogió un taxi hasta la comisaría y subió al despacho de Månsson.
Månsson tenía las ventanas abiertas de par en par —daban al patio, que a esas horas estaba a la sombra— y se hallaba sentado detrás de su escritorio, bebiendo cerveza mientras hojeaba una pila de papeles.
Tras el saludo, Martin Beck se quitó la americana, tomó asiento en el sillón de visitas y encendió un Florida. Månsson le extendió la pila de papeles.
—Para empezar, puedes echar un vistazo a este informe. Como verás, todo se llevó fatal desde el primer momento.
Martin Beck se puso a leer los papeles detenidamente. De vez en cuando, hacía preguntas a Månsson, que completaba la información añadiendo ciertos detalles que no quedaban claros en los informes. Månsson también relató la versión, algo modificada, que Rönn le había dado sobre las actividades de Kristiansson y Kvant en Karolinskavägen. Gunvald Larsson se había negado a seguir ocupándose del asunto.
Cuando Martin Beck terminó de leer el informe, puso las hojas encima de la mesa y dijo:
—Bueno, lo primero que tenemos que hacer es tomarles declaración a los testigos como Dios manda, porque esto no aporta gran cosa. Por cierto, este comentario tan raro, ¿qué quiere decir?
Buscó entre los papeles y leyó:
—«Por la presencia en el susodicho escenario del crimen referido de diferentes relojes distintos, cuyas horas se apartan de la hora exacta de la perpetración de dicho crimen...». ¿Tiene esto alguna importancia?
Månsson se encogió de hombros.
—Es Backlund —comentó—. Conoces a Backlund, ¿no?
—¡Ah, él! Ahora lo entiendo —respondió Martin Beck.
Había coincidido con Backlund en una ocasión. Hacía ya varios años. Fue suficiente.
Un coche entró en el patio y aparcó bajo la ventana. Pudo oírse el ruido de sus puertas al cerrarse, el ir y venir de pasos y voces que gritaban algo en alemán.
Månsson se levantó flemáticamente y miró por la ventana.
—Al parecer, han hecho una redada en la plaza Gustav Adolf. O en el puerto. Hemos intensificado la vigilancia allí, pero en general solo logramos coger a jóvenes con pequeñas cantidades de hachís para consumo propio. Muy pocas veces conseguimos dar con lotes más importantes o con los camellos que son peligrosos de verdad.
—A nosotros nos pasa lo mismo.
Månsson cerró la ventana y se sentó.
—¿Qué tal le va a Skacke? —preguntó Martin Beck.
—Bien. Es un chaval muy trabajador. Por las noches se dedica a estudiar. Es muy meticuloso y no hace nada precipitado. Supongo que ha aprendido la lección de lo que pasó. Por cierto, fue un gran alivio para él cuando se enteró de que venías tú y no Kollberg.
No hacía todavía un año, Benny Skacke había sido el responsable, más o menos directo, de que Kollberg sufriera un navajazo profundo a manos de un individuo al que ambos tenían orden de arrestar en el aeropuerto de Arlanda.
—Además —añadió Månsson—, tengo entendido que ha supuesto un buen refuerzo para el equipo de fútbol.
—Vaya —comentó Martin Beck con indiferencia—. ¿Y ahora mismo a qué se dedica, concretamente?
—Intenta dar con ese hombre que estaba sentado solo en una mesa cerca del grupo de Palmgren. Se llama Edvardsson y es corrector de pruebas en el periódico Arbetet. El miércoles estaba demasiado borracho para tomarle declaración, y ayer no conseguimos localizarle. Supongo que se quedó en casa, reponiéndose de la resaca, y que se negaba a abrir la puerta.
—Bueno, si estaba borracho cuando dispararon a Palmgren, tal vez no valga mucho como testigo —repuso Martin Beck—. Por cierto, ¿cuándo podremos hablar con la esposa de Palmgren?
Månsson bebió un trago de cerveza y se secó la boca con el dorso de la mano.
—Esta tarde, espero. O mañana. ¿Quieres encargarte tú de ella?
—Quizá sea mejor que lo hagas tú mismo. Seguro que sabes más de Palmgren que yo.
—No creo —dijo Månsson—. Pero vale, tú decides. Podrías hablar con Edvardsson, si te parece bien. Si Skacke consigue encontrarle. Me da la sensación de que, pese a todo, él es el testigo más importante. Por cierto, ¿quieres una cerveza? No está muy fría.
Martin Beck negó con la cabeza. La verdad es que tenía mucha sed, pero una cerveza tibia no le apetecía.
—Mejor me acompañas a la cantina y nos tomamos una Ramlösa —propuso.
Se bebieron sendas Ramlösa en la barra, de pie, y regresaron al despacho de Månsson. En el sillón de visitas estaba sentado Benny Skacke, repasando los apuntes de su cuaderno. Cuando entraron, Skacke se levantó en seguida y le tendió la mano a Martin Beck.
—Bueno, ¿has podido dar con Edvardsson? —preguntó Månsson.
—Sí, al final sí. Ahora mismo está en el periódico, pero volverá a su casa sobre las tres —les informó Skacke.
Echó un vistazo a sus apuntes.
—Está en Kamrergatan, 2.
—Llámale y dile que iré a verle a las tres —dijo Martin Beck.
El bloque de viviendas de Kamrergatan, 2, daba la impresión de ser el primero construido de una serie de edificios proyectados. El otro lado de la calle lo ocupaban viejas casitas de escasa altura, ya desalojadas, que, sin duda, pronto caerían víctimas de las excavadoras para dejar espacio a nuevos bloques más grandes.
Edvardsson vivía en la planta superior. Cuando Martin Beck llamó al timbre, no tardó en abrir. Era un hombre de unos cincuenta años, de rostro inteligente, nariz prominente y surcos profundos en torno a la boca. Contempló a Martin Beck con los ojos entornados para, acto seguido, abrir la puerta de par en par y decir:
—¿El comisario Beck? Entre, por favor.
Edvardsson se dirigió al salón, escasamente amueblado. Las paredes estaban cubiertas por librerías y encima del escritorio, situado junto a la ventana, había una máquina de escribir con una hoja a medio redactar en el carro.
Edvardsson retiró una pila de periódicos del único sillón de la estancia y dijo:
—Siéntese e iré a por algo de beber. Tengo cerveza fría en la nevera.
—Una cerveza estará bien —dijo Martin Beck.
El hombre entró en la pequeña cocina y volvió con vasos y dos botellas de cerveza.
—Beck’s Beer —señaló—. Muy apropiado.
Tras servir la cerveza en los vasos, tomó asiento en el sofá, con un brazo apoyado encima del respaldo.
Martin Beck bebió un largo trago de cerveza, que estaba fría y resultaba refrescante en mitad de aquel calor sofocante. Luego dijo:
—Bueno, ya sabe de qué se trata.
Edvardsson asintió con la cabeza y encendió un cigarro.
—Sí, Palmgren. La verdad es que no puedo decir que lo eche en falta.
—¿Lo conocía? —preguntó Martin Beck.
—¿Personalmente? No, en absoluto. Pero era inevitable cruzarse con él en todo tipo de situaciones. A mí me resultaba un individuo arrogante y antipático. La verdad es que nunca he podido tragar a ese tipo de gente.
—¿Qué quiere decir? ¿Qué tipo de gente?
—Gente para la que el dinero lo es todo y que, para hacerse con él, no se detiene ante nada.
—Más adelante me gustaría saber más sobre Palmgren, si usted quiere darme su opinión, pero ahora me gustaría que me respondiera a otra cosa: ¿vio al hombre que le disparó?
Edvardsson se atusó el pelo, algo canoso y que caía sobre su frente en un flequillo ondulado.
—Me temo que no puedo ser de gran ayuda. Estaba leyendo un libro y la verdad es que, cuando me quise dar cuenta, el individuo ya estaba saliendo por la ventana. Dirigí toda mi atención hacia Palmgren, de modo que al hombre que disparó solo le vi por el rabillo del ojo. Desapareció muy rápido, y cuando se me ocurrió mirar por la ventana, ya no estaba.
Martin Beck sacó un arrugado paquete de Florida del bolsillo y encendió un cigarro.
—¿No guarda ningún tipo de imagen visual de él?
—Creo recordar que iba vestido con algo oscuro, probablemente un traje o una americana, y que no era joven. Pero es solo una impresión. Podía tener treinta, cuarenta o cincuenta años, pero no creo que menos, ni tampoco más.
—¿El grupo de Palmgren se había sentado ya a la mesa cuando usted llegó al restaurante?
—No —dijo Edvardsson—. Cuando aparecieron, yo había cenado ya, y estaba tomando una copa de whisky. Vivo solo, así que de vez en cuando me gusta sentarme en un restaurante para cenar y leer un libro tranquilamente, y entonces me suelo quedar bastante tiempo.
Hizo una pausa y luego añadió:
—Aunque me cuesta un ojo de la cara, eso sí.
—¿Reconoció a alguien más en el grupo de invitados, aparte de Palmgren?
—A su esposa y a ese joven que por lo visto es... era el hombre de confianza de Palmgren. Los demás no me sonaban, pero me dio la impresión de que eran empleados del grupo de Palmgren. Un par de ellos hablaba danés.
Edvardsson se sacó un pañuelo del bolsillo para secarse el sudor de la frente. Llevaba una camisa blanca y corbata, pantalones claros de tergal y zapatos negros. La camisa estaba empapada de sudor. Martin Beck advirtió cómo su propia camisa empezaba a humedecerse y pegarse a la piel.
—¿Oyó por casualidad de qué trataba la conversación de la mesa? —preguntó.
—La verdad es que sí. A veces me pica la curiosidad y me gusta estudiar a la gente, así que, efectivamente, estaba pegando el oído. Palmgren y el danés hablaban de negocios. No entendí muy bien de qué, pero varias veces se refirieron a Rodesia. Ese Palmgren andaba metido en muchas cosas, hasta a él mismo le oí decirlo en al menos una ocasión. Además, tengo entendido que participaba en muchos negocios turbios. Las señoras hablaban del tipo de asuntos que suelen ocupar a esa clase de señoras: ropa, viajes, amigos comunes, fiestas y cosas así. La señora Palmgren y la más joven de las otras dos hablaron de alguien que se había operado los pechos caídos, y decían que le habían quedado horrorosos: como dos pelotas de tenis pegadas a la barbilla. Y Charlotte Palmgren les hizo el relato de una fiesta en el club 21, en Nueva York, a la que había asistido Frank Sinatra y en la que alguien que se hacía llamar Mackan la invitó a champán durante toda la noche. Un montón de cosas así. Un sujetador superchachi por setenta y cinco coronas en Twilfit. O que en verano hacía demasiado calor para llevar peluca, por lo que una no tenía más remedio que hacerse el pelo todos los días.
Martin Beck pensó que Edvardsson no debió de haber avanzado muchas páginas de su libro esa noche.
—¿Y los otros caballeros? ¿También hablaban de negocios?
—No mucho. Por lo visto, habían celebrado una reunión antes de la cena. El cuarto hombre, es decir, no el danés, ni tampoco el joven, dijo algo al respecto. Pero, la verdad, la conversación de los hombres tampoco brilló a un nivel muy alto que digamos. Por ejemplo, hablaron largo y tendido sobre la corbata de Palmgren, prenda que por desgracia yo no veía, porque él me daba la espalda. Debió de haber sido algo fuera de lo común, pues todo el mundo expresó su admiración por ella y Palmgren declaró que la había comprado por noventa y cinco francos en los Campos Elíseos de París. Y el cuarto hombre reveló que tenía un problema que no le dejaba pegar ojo por la noche: su hija se había liado con un negro. Palmgren sugirió que enviara a la hija a Suiza, puesto que allí apenas hay negros.
Edvardsson se levantó, se llevó las dos botellas vacías a la cocina y regresó con otras dos, empañadas por el frío y con un aspecto muy tentador.
—Bueno —dijo Edvardsson—, eso es más o menos lo que recuerdo de la conversación. No es muy interesante, ¿verdad que no?
—Pues no —admitió Martin Beck—. ¿Qué es lo que sabe de Palmgren?
—No mucho. Vivía en una de esas mansiones patricias, antiguas, que hay en las afueras, en dirección a Limhamn. Una de las mayores. Ganaba muchísimo dinero, pero también lo gastaba que era un primor, entre otras cosas, en su mujer y en el viejo caserón.
Edvardsson guardó silencio un momento; luego preguntó:
—¿Y usted qué sabe de Palmgren?
—No mucho más.
—Pues apañados estamos, si resulta que la policía no sabe más que yo acerca de tipos como Viktor Palmgren —comentó Edvardsson, y se tomó un buen trago de cerveza.
—En el momento de recibir el disparo estaba pronunciando un discurso, ¿no?
—Sí, de eso me acuerdo: se levantó y empezó a soltar un montón de estupideces, lo típico. Dio la bienvenida, agradeció el trabajo bien hecho, piropeó a las mujeres y cosas por el estilo. Tenía tablas. Su cordialidad resultaba convincente. Los camareros se retiraron para no molestar y hasta la música paró. No quedó ni un solo camarero, así que no tuve más remedio que permanecer allí intentando alargar mi whisky. ¿De verdad no se sabe a qué se dedica Palmgren? ¿O es secreto policial?
Martin Beck miró de reojo el vaso de cerveza. Lo cogió y tomó un pequeño trago.
—La verdad es que no sé gran cosa —reconoció—, pero no me cabe la menor duda de que otros sí. Hacía bastantes negocios en el extranjero y poseía una compañía de negocios inmobiliarios en Estocolmo.
—Vale —dijo Edvardsson, y pareció sumergirse en sus pensamientos.
Al cabo de un rato añadió:
—Lo poco que vi de ese asesino, lo conté ya anteayer. Me interrogaron dos policías: uno que no paraba de preguntar por la hora y otro más joven que se me antojó algo más inteligente.
—Imagino que usted no estaba enteramente sobrio cuando sucedió todo —dijo Martin Beck.
—No, desde luego que no. Y anoche volví a tomarme unas cuantas copas, así que la resaca todavía me dura. Será este maldito calor.
«Grandioso —pensó Martin Beck—. Un inspector resacoso entrevista a un testigo resacoso que no ha visto nada. Muy constructivo».
—Ya sabe usted lo que pasa —apostilló Edvardsson.
—Sí. Lo sé —repuso Martin Beck. Y sin pensárselo dos veces, cogió el vaso de cerveza y lo apuró de un solo trago. Luego se levantó y dijo—: Gracias. Quizá vuelva a ponerme en contacto con usted.
Se detuvo e hizo otra pregunta:
—Por cierto, ¿no habrá visto por casualidad el arma que usó el asesino?
Edvardsson dudó.
—Sí, ahora que lo pienso, creo que pude entrever el arma justo cuando la guardaba. No entiendo mucho de armas de fuego, claro, pero era una cosa larga y bastante delgada. Con un cilindro de esos, no sé cómo se llaman...
—Tambor —explicó Martin Beck—. Adiós y gracias por la cerveza.
—A su disposición cuando lo desee —repuso Edvardsson—. Ahora me voy a tomar una copa en condiciones, a ver si se me cura esta resaca...
Månsson seguía más o menos en la misma posición, al otro lado de su escritorio.
—¿Quieres que te pregunte cómo te ha ido? —inquirió cuando Martin Beck entró por la puerta—. Bueno, venga, ¿qué tal te ha ido?
—Es una buena pregunta. Bastante mal, creo. Y aquí, ¿cómo va?
—No va.
—¿Y la viuda?
—Mañana. Mejor andarse con prudencia. Está de duelo.
7
Per Månsson nació y se crio en el barrio obrero en torno a Möllevångstorget, en Malmö. Llevaba más de veinticinco años en la policía y conocía su ciudad mejor que la mayoría. Se había criado en ella y había hecho su vida en ella. Y además, le gustaba.
Pero existía una zona que nunca había llegado a conocer de verdad y que desde siempre le inspiraba una sensación de impotencia y disgusto. Era la zona de Västra Förstaden, con barrios como Fridhem, Västervång y Bellevue, que desde siempre había sido residencia de gente acomodada. Se veía a sí mismo de pequeño, durante la época de penuria de los años veinte y treinta, con sus zuecos, atravesando esas urbanizaciones señoriales de camino al puerto de Limhamn, donde, a lo mejor, de alguna manera, podría conseguir arenques para la cena. Recordaba los coches de lujo y los chóferes uniformados, las asistentas vestidas de negro, con blancos delantales y blancas cofias almidonadas, los niños ricos con sus trajes de marinero y las niñas con vestidos de tul. Todo ello le había resultado profundamente ajeno, un cuento de hadas, un entorno incomprensible. Y de alguna manera, todavía sentía más o menos lo mismo, a pesar de que los chóferes privados y la mayoría de las criadas habían desaparecido, y de que los niños ricos, al menos a primera vista, ya no se diferenciaban especialmente de cualquier otro crío.
A fin de cuentas, el arenque con patatas cocidas tampoco era una mala dieta, ya que, pese a ser pobre y huérfano, Månsson se convirtió en un hombre hecho y derecho que se fue ganando su estatus profesional poco a poco, empezando desde abajo. Al final le había ido bien en la vida. O por lo menos eso pensaba él mismo.
En uno de esos barrios había vivido Viktor Palmgren, y allí, supuestamente, seguía residiendo su viuda.
A las personas sentadas a la mesa fatídica solo las conocía por fotografías, y lo que de ellas sabía no era gran cosa. En cualquier caso, de Charlotte Palmgren sabía que pasaba por ser una mujer de excepcional belleza y que había llegado a ser coronada Miss algo. ¿Se trataba solo de Miss Suecia o tal vez de Miss Universo? Luego se hizo famosa como modelo y, en la cima de su gloria, a la edad de veintisiete años, se convirtió en la señora Palmgren. Ahora tenía treinta y dos y conservaba su aspecto externo relativamente intacto, como solo consiguen hacerlo las mujeres que no han tenido hijos y que pueden permitirse dedicar mucho tiempo —y cantidades ilimitadas de dinero— a cuidar su apariencia. Viktor Palmgren era veinticuatro años mayor que ella, dato que quizá podría ayudar a esclarecer los motivos que habían impulsado a uno y a otra a contraer matrimonio: él quería algo bonito para lucirlo entre sus conocidos del mundo de los negocios, y ella, el dinero suficiente para no tener que hacer nunca nada que remotamente pudiera denominarse «trabajo». En cualquier caso, así fue como salió la cosa.
Sea como fuere, Charlotte Palmgren no dejaba de ser una viuda y Månsson poseía, cuando menos, una cierta dosis de convencionalismo. Por ello, muy a su pesar, se puso un traje oscuro, camisa blanca y corbata antes de bajar al coche para recorrer la distancia, relativamente corta, que había entre Regementsgatan y el barrio de Bellevue.
La residencia de los Palmgren se correspondía a la perfección con los recuerdos infantiles de Månsson, que quizá con los años habían llegado a cubrirse con una cierta pátina de exageración. Desde la calle no podía divisarse más que parte del tejado y una veleta, pues el seto, bien cortado y de un verde frondoso, se elevaba a bastante altura y era perfectamente compacto. Si estaba en lo cierto, tras él había con toda seguridad una verja de hierro forjado. El solar era inmenso. El jardín se le antojó un auténtico parque. El portal que se abría al camino de entrada resultaba tan impenetrable como el seto, y era de cobre, que los años habían tornado verde, alto, ancho y rematado por barrotes con pinchos decorativos. En una de las mitades de la puerta había unas letras metálicas sobredimensionadas que formaban el consabido apellido Palmgren. En la otra había una ranura que servía de buzón, un interruptor de timbre eléctrico y, justo encima, una pequeña ventanilla cuadrada que permitía estudiar detenidamente a los eventuales visitantes antes de concederles el permiso de entrada. Por lo visto, no había manera de entrar y presentarse en la casa por las buenas. Y cuando Månsson, con mucho cuidado, bajó el picaporte, casi temió que se activase alguna alarma dentro de la residencia. Pero, naturalmente, la puerta estaba cerrada con llave, y la ventanilla, cerrada. A través de la ranura del buzón no se veía nada; sin duda, daba a una caja de metal.
Månsson alzó la mano en dirección al botón del timbre, pero, arrepintiéndose, volvió a bajarla y miró a su alrededor.
Aparte de su viejo Wartburg, en la calle había aparcados otros dos coches: un Jaguar rojo y un MG amarillo. ¿Era verosímil que Charlotte Palmgren tuviera dos coches deportivos aparcados en la calle? Månsson se quedó quieto, escuchando, y por un momento creyó percibir voces procedentes del parque. Luego se desvanecieron, quizá ahogadas por el calor y el aire sofocante en el que se cernía la neblina solar.
«Menudo verano —pensó—. Uno de esos que solo se presentan cada diez años o algo así. Y aquí estoy yo, hecho un gilipollas, en traje y corbata, en vez de pasarme el día tumbado en la playa de Falsterbo o en casa, en calzoncillos, tomando tranquilamente un trago frío».
Luego pensó en otra cosa. Se trataba de una vieja mansión lujosa, con toda probabilidad de finales del siglo pasado o de principios de este, y seguramente reformada y modernizada por algún que otro millón de coronas. Las casas de ese tipo solían tener una verja en la parte de atrás por donde podían entrar y salir con discreción jardineros, cocineras, criadas, mensajeros y niñeras sin que su presencia resultase enojosa para los señores.
Månsson echó a andar a lo largo del seto y dobló la primera esquina. La finca parecía ocupar la totalidad de la manzana, pues el seto continuaba, igual de liso y compacto, e igual de impenetrable. Tras doblar nuevamente a la derecha, alcanzó la parte trasera, donde encontró lo que buscaba: un par de rejas de hierro forjado. Desde ese punto no se veía la casa, rodeada por altos árboles y un denso y frondoso verdor. Sí podía verse, en cambio, un gran garaje, de construcción relativamente reciente, y un pequeño edificio más antiguo, sin duda alguna un cobertizo. En esa entrada trasera no había placa alguna con el nombre de los propietarios.
Apoyando las manos contra ambas mitades de la reja, presionó forzándolas hacia dentro. Eso le dispensó de averiguar si estaban o no abiertas. Ahora, alcanzada la sombra de los árboles, advirtió hasta qué punto hacía calor, y notó cómo el sudor corría por su piel, dentro del cuello de la camisa, para luego continuar su descenso entre los omoplatos, describiendo un leve reguero cosquilleante. Cerró la reja tras de sí.
En el camino de grava que conducía al garaje podían verse huellas de ruedas de coche. En cambio, los senderos que se internaban en el jardín estaban cubiertos de placas de pizarra.
Månsson se echó a andar en dirección a la casa, atravesando el césped. Pasó por debajo de los árboles y continuó entre filas de florecientes laburnos y jazmines, y llegó, tal y como había previsto, a la parte trasera de la casa, que permanecía silenciosa y desierta, con las contraventanas cerradas. Había también varias escaleras, supuestamente en dirección a la cocina y al sótano, y diversos anexos misteriosos. Levantó la vista hacia la casa, pero no pudo obtener una buena visión de ella por hallarse demasiado cerca. Luego siguió hacia la derecha, a lo largo de la fachada; pisó unos arriates para poder echar un vistazo por la esquina y de pronto, entre unas magníficas peonías, se quedó completamente inmóvil.
La escena resultaba llamativa desde varios puntos de vista: el césped era muy extenso, tan verde y bien cortado como el green de un campo de golf inglés. En medio había una piscina de forma lobulada, revestida de azulejos de color celeste, con un agua cristalina y resplandeciente. Al otro lado de la piscina había una sauna y unas instalaciones gimnásticas con barras paralelas y anillas. Junto a la sauna podía verse una bicicleta estática. Este era, sin duda, el lugar donde Viktor Palmgren había cultivado su excelente y proverbial forma física. En el borde de la piscina, tumbada en algo parecido a un sillón de Bruno Mathsson, estaba Charlotte Palmgren, desnuda y con los ojos cerrados. Lucía un profundo bronceado, armónicamente distribuido por todo el cuerpo, y tenía el pelo rubio. Si alguien hubiese cuestionado la autenticidad del color de su pelo, habría venido a desmentirlo inmediatamente el campo triangular de su vello púbico, tan claro que casi parecía blanco, en contraste con la bronceada piel. Su rostro exhibía rasgos indiferentes, finos, con un perfil depurado y una boca recta. Estaba muy delgada, con caderas de una estrechez que rayaba lo anormal, cintura delgada y pechos de niña. Sus pezones eran pequeños, de un tono marrón pálido, y la piel en torno a ellos resultaba más clara que el resto. Nada en ella atraía a Månsson. En lo que a él respectaba, podría haber sido un maniquí de escaparate. ¿Total?
«Vaya, vaya, una viuda desnuda.
»¿Y por qué no, por cierto? Las viudas también tienen que desnudarse de vez en cuando».
Månsson se quedó entre las peonías, sintiéndose como un mirón. Y, en realidad, eso es lo que era.
Lo que le detenía allí, sin embargo, no era tanto lo que veía cuanto lo que oía. En algún sitio muy cercano, pero fuera de su campo de visión, podían oírse un tintineo y el ruido de alguien que se movía, trajinando con algo.
Luego se escucharon unos pasos y un hombre salió de la sombra de la casa, bronceado también, aunque no tanto como Charlotte Palmgren. Vestía unas bermudas y llevaba dos copas altas con un líquido rojo claro. Cañitas y cubitos de hielo. No tenían mala pinta.
En seguida, Månsson reconoció al hombre de las fotografías. Se trataba de Mats Linder, asistente de dirección, hombre de confianza y delfín eventual del difunto desde hacía menos de cuarenta y ocho horas, Viktor Palmgren.
El individuo cruzó el césped en dirección a la piscina. La mujer de la tumbona subió la pierna izquierda para rascarse el tobillo. Luego, todavía sin abrir los ojos, estiró la mano derecha y cogió una de las copas de la mano del hombre.
Månsson se retiró, ocultándose tras la esquina de la casa. Escuchaba. Fue Linder quien habló primero:
—¿Ha salido demasiado ácido?
—No, está bien —contestó la mujer.
La oyó posar la copa en las baldosas de azulejo.
—Somos terribles, ¿a que sí? —dijo Charlotte Palmgren con indolencia.
—De todas maneras, qué gusto, joder.
—Tú lo has dicho.
La voz mantenía el mismo tono indiferente.
Se hizo el silencio durante un rato. Luego la viuda dijo, mimosa y con afectación:
—¿Por qué no te quitas esos pantalones ridículos?
Månsson no pudo saber si Linder contestó o no a esa petición, pues en ese instante abandonó su escondite entre las peonías.
Rehízo apresurado y sigiloso el camino por el que había venido, cerró la verja tras de sí, rodeó la casa siguiendo el seto y se detuvo delante de la puerta de cobre verde. Sin dudarlo ni un instante, pulsó el botón del timbre.
A lo lejos se oía una especie de carillón. Pasado un minuto, todo lo más, advirtió unos pasos ligeros acercándose. Se abrió la ventanilla y un ojo azul verdoso fijó la mirada en él. También logró distinguir una mecha rubia y unas pestañas exageradamente largas pero técnicamente perfectas.
Månsson había sacado su placa y la sostuvo delante de la ventanilla.
—Lamento tener que molestarla —se disculpó—. Me llamo Månsson. Inspector de policía.
—Ah —dijo ella con voz infantil—. Claro que sí. La policía. ¿Puede esperar un par de minutos?
—Sí, claro. ¿Vengo en mal momento?
—¿Qué? No, en absoluto. Solo necesito un par de minutos para...
Al parecer no se le ocurrió ninguna continuación apropiada, porque la ventanilla se cerró de golpe y los pasos ligeros se alejaron bastante más deprisa que al venir.
Echó un vistazo a su reloj de pulsera.
Cuando la mujer volvió a abrir la puerta, apenas habían pasado tres minutos y medio. Lucía unas sandalias plateadas y un vestido gris de algún tipo de tela ligera.
«No habrá tenido tiempo de ponerse nada debajo», pensó Månsson. Pero la verdad es que tampoco hacía falta: no había nada en particular que enseñar o que ocultar.
—Entre, por favor —dijo Charlotte Palmgren—. Siento mucho haberle hecho esperar.
Echó el cerrojo a la puerta y echó a andar hacia la casa, guiándole por el camino. En la calle arrancó un coche. Al parecer, no solo la viuda se movía con celeridad.
Månsson tuvo entonces ocasión de contemplar, por primera vez, la mansión en todo su esplendor. Y se quedó mirándola atónito. En realidad, no era propiamente una casa, sino una suerte de palacete, con pináculos, torrecillas y extraños salientes. Todo parecía indicar que su primer propietario había estado gravemente afectado de megalomanía y que el arquitecto había levantado la casa a partir de una tarjeta postal. Las reformas más recientes, introduciendo balcones y terrazas acristaladas, tampoco habían conseguido, precisamente, mejorar la impresión general. En realidad, el aspecto de la construcción resultaba lamentable y, al contemplarla, uno no sabía si reír, llorar o llamar a una patrulla de demolición para que hiciera saltar por los aires, cuanto antes, aquel engendro. Pero la casa tenía una apariencia de enorme solidez, por lo que posiblemente solo la dinamita sería capaz de acabar con ella. El camino de acceso estaba flanqueado por una serie de esculturas repulsivas, del tipo habitual en la Alemania imperial.
—Sí, es una mansión muy bonita —dijo Charlotte Palmgren—. Pero modernizarlo costó su dinero. Ahora todo está en inmejorables condiciones.
Cuando consiguió apartar los ojos de la casa, Månsson se puso a examinar el entorno. El jardín, tal y como había tenido ocasión de comprobar antes, estaba minuciosamente cuidado.
La mujer siguió su mirada y dijo:
—El jardinero suele venir tres veces por semana.
—¿Ah, sí? —dijo Månsson.
—¿Quiere entrar o prefiere quedarse aquí fuera?
—Me da lo mismo —respondió Månsson.
Había desaparecido hasta el último rastro de Mats Linder, incluidas las copas, pero en una habitación situada delante del gran porche, sobre un carrito de bar, había un sifón, una cubitera y unas botellas.
—La casa la compró mi suegro —explicó ella—. Murió hace ya años, mucho antes de que Viktor y yo nos conociéramos.
—¿Dónde se conocieron? —preguntó Månsson de forma bastante irracional.
—En Niza, hace seis años —contestó ella—. Yo participaba en un desfile de moda allí.
Vaciló un momento. Luego añadió:
—Quizá sea mejor que entremos.
—Vale —dijo Månsson.
—No le puedo ofrecer nada, aparte de una copa de algo, por supuesto.
—Gracias, no se preocupe.
—Es que estoy sola, ¿sabe? He dado el día libre a todo el servicio.
Månsson no dijo nada. Al cabo de un rato, ella añadió:
—Después de lo que pasó, he querido estar sola. Completamente sola.
—Entiendo. Lamento la pérdida.
Ella inclinó un poco la cabeza, pero sin conseguir expresar otra cosa que tedio e indiferencia.
«Sin duda, le falta talento para poner cara de luto», pensó Månsson.
—Bueno —dijo ella—. Entremos.
Månsson siguió a Charlotte Palmgren por una escalera de piedra ubicada junto a la terraza. Tras atravesar un recibidor grande y sombrío, llegaron a un salón colosal, enormemente recargado de mobiliario. La mezcla de estilos resultaba grotesca, pues los muebles ultramodernos se combinaban con viejos sillones de orejas y mesas de época. La mujer le condujo hasta un conjunto formado por cuatro sillones, un sofá y una gigantesca mesa, con una gruesa placa de cristal, que parecía nueva y cara.
—Siéntese, por favor —dijo ella en tono convencional.
Månsson se sentó. Nunca en su vida había visto un sillón de semejantes dimensiones y, al tomar asiento, se hundió tanto en él que llegó a temer que nunca más sería capaz de levantarse de allí.
—¿Seguro que no quiere tomar nada?
—No, gracias —respondió Månsson—. No voy a molestarla mucho tiempo. Pero, lamentablemente, tengo que preguntarle un par de cosas. Como usted comprenderá, estamos ansiosos por detener cuanto antes al individuo que mató al señor Palmgren.
—Claro, usted es policía. La verdad, no sé qué decirle. Ha sido terrible. Trágico.
—Usted vio al autor del disparo, ¿verdad?
—Sí, claro, pero como todo ocurrió tan rápido... Tardamos un rato en reaccionar. Luego empecé a pensar que podría haberme matado a mí también. A todos nosotros.
—¿Había visto a ese individuo anteriormente?
—No, nunca. No suelo acordarme bien de los nombres de la gente, pero tengo buena memoria para las caras. La policía de Lund me preguntó lo mismo.
—Sí, ya lo sé, pero usted, entonces, se hallaba en estado de conmoción, naturalmente.
—Sí, claro, fue espantoso —dijo ella de manera poco convincente.
—Debe de haber pensado mucho sobre esto durante los últimos días.
—Sí, claro.
—Y vio al hombre de forma muy clara. Estaba sentada frente a él, a pocos metros. ¿Qué aspecto tenía?
—Bueno, no sé qué decir. Tenía un aspecto muy normal.
—¿Qué impresión le dio? ¿Parecía desesperado? ¿O nervioso?
—Pues no... me pareció normal. Bastante sencillo.
—¿Sencillo?
—Bueno, no una persona de los círculos en que me muevo habitualmente.
—¿Qué sintió al verle?
—Nada, hasta que sacó la pistola. Entonces me asusté.
—¿Vio también el arma?
—Sí, claro. Era algún tipo de pistola.
—¿Puede decir qué tipo en concreto?
—No entiendo nada de armas, pero era algún tipo de pistola. Bastante larga. De esas que se ven en las películas del Oeste.
—¿Qué me puede decir de sus rasgos faciales?
—Nada. Como ya le he dicho, su aspecto era normal. Me fijé más en la ropa, pero eso ya lo he contado.
Månsson tiró la toalla en lo referente a la descripción. No quería o no podía añadir nada a lo ya dicho. Recorrió el extraño salón con los ojos. La mujer siguió su mirada y comentó:
—Este conjunto de sofás y sillones no está mal, ¿verdad?
Månsson asintió con la cabeza y pensó en lo que podría haber costado.
—Lo he comprado yo —reconoció ella con un cierto orgullo—. En el Finncenter.
—¿Vive siempre aquí? —preguntó Månsson.
—Claro, o sea, cuando estamos en Malmö, ¿dónde si no...? —preguntó ella tontamente.
—¿Y cuando no está en Malmö?
—Tenemos una casa en Estoril. Solemos pasar allí el invierno. Viktor tenía muchos negocios en Portugal. Y, luego, el piso de representación en Estocolmo, claro. Está por la zona de Gärdet.
Ella reflexionó y añadió:
—Pero en Estocolmo solo nos quedábamos de paso.
—Entiendo. ¿Solía acompañar a su marido en los viajes de negocios?
—Sí, siempre iba con él a los actos protocolarios, pero no a reuniones o cosas por el estilo.
—Entiendo —repitió Månsson.
¿Qué era lo que entendía? Pues que ella había ejercido sobre todo la función de maniquí, de mujer joven que luce cosas costosas, creaciones que no puede permitirse la gente normal. Que para individuos como Viktor Palmgren tener una mujer así, capaz de suscitar la admiración general, formaba parte de la puesta en escena.
—¿Amaba a su esposo? —preguntó de repente.
Ella no pareció sorprenderse, pero tardó en contestar.
—«Amar» suena tan bobo... —dijo ella al final.
Månsson sacó uno de sus mondadientes y empezó a mascarlo reflexivamente.
Ella le dirigió una mirada de asombro. Por primera vez mostraba algo parecido a un sentimiento auténtico.
—¿Por qué hace eso? —quiso saber con curiosidad.
—Una mala costumbre que tengo desde que dejé de fumar.
—Ah, vale —dijo ella—. Si lo prefiere, hay cigarrillos y puros en el estuche, allí, encima de la mesa de fumar.
Månsson se quedó observándola un momento. Luego reanudó la conversación con un tema distinto.
—La cena del miércoles era más bien una especie de reunión de negocios, ¿verdad?
—Sí. Habían celebrado una reunión por la tarde, a la que yo no asistí. Me fui a casa a cambiarme. Estuve en la comida antes de la reunión.
—¿Conoce el motivo de la reunión?
—Negocios, como siempre. Qué en concreto, no lo sé. Como Viktor tenía tantas cosas entre manos... Él mismo solía repetirlo: «Tengo tantas cosas entre manos...».
—Conocía a todos los presentes, ¿no?
—Sí, los he visto alguna vez. Bueno, a todos no. A la secretaria que acompañaba a Hampus Broberg, no. A ella no la conocía.
—¿Tiene usted relaciones más estrechas con alguna de esas personas?
—No exactamente.
—¿Tampoco con el señor Linder? Lo digo porque él vive aquí, en Malmö.
—Nos hemos visto de vez en cuando. En actos protocolarios y cosas así.
—¿No tienen una relación personal?
—No, solo a través del trabajo de mi marido.
Charlotte Palmgren contestaba de forma monótona y daba una impresión de completa pasividad.
—Cuando le dispararon, su marido estaba pronunciando un discurso. ¿De qué hablaba?
—No le presté mucha atención. Dio la bienvenida, agradeció la buena colaboración y cosas por el estilo. Todos eran empleados suyos. Además, estábamos a punto de salir de viaje por una temporada.
—¿De viaje?
—Sí, para pasar una temporada navegando por la costa oeste. Tenemos una casa de campo en Bohuslän, se me ha olvidado comentarlo. Y luego pensábamos ir a Portugal.
—¿Eso significa que su marido iba a estar un tiempo sin ver a sus colaboradores?
—Eso es.
—¿Y a usted tampoco?
—¿Qué? No, yo iba a acompañar a Viktor. Luego íbamos a jugar al golf en Portugal, en el Algarve.
Månsson dio la batalla por perdida. La indolencia de la señora Palmgren hacía imposible determinar cuándo mentía y cuándo decía la verdad. Sus sentimientos, si es que los tenía, estaban a buen recaudo. Planteó una última pregunta, aunque a él mismo se le antojó necia y absurda, pero formaba parte del procedimiento rutinario policial.
—¿Tiene alguna idea de quién podría desear la muerte de su marido?
—No. ¿Quién iba a querer una cosa así?
Månsson se levantó con mucho esfuerzo del supersillón de diseño finlandés y dijo:
—Gracias, no la entretengo más.
—De nada.
Ella lo acompañó hasta la puerta. Månsson no se volvió para no tener que ver la triste casa de duelo.
Se estrecharon la mano. Månsson pensó que ella sostenía su mano de una forma rara, pero hasta llegar al coche no se dio cuenta de que se la había tendido así para que se la besara.
Tenía unas manos finas, con dedos largos y delgados.
El Jaguar rojo ya no estaba.
Hacía un calor insoportable.
—Joder —murmuró Månsson para sí mismo mientras giraba la llave para arrancar.
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