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TEA ROOMS


SENSIBLES A LAS LETRAS, 24
Edición original: Tea Rooms. Mujeres obreras, 1934
Primera edición en Hoja de Lata: mayo de 2016
Décima edición: noviembre de 2019
© Herederos de Luisa Carnés
© del epílogo: Antonio Plaza, 2016
© de la imagen de la cubierta: Dulces en Camilo de Blas, María Bringas, 2016
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2016
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-16537-36-5
Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
1
— … siendo los prontos reembolsos el alma del comercio, confío en que usted encontrará un medio de remitirme el producto neto de esta operación en letras sobre Londres o París…
Rin, rin, rin…
El hombre gordo y calvo alarga la mano hacia el receptor telefónico.
—Sí. Al habla Hijos de Gray.
Mientras habla da vueltas entre los dientes a un ancho puro medio apagado. A las comisuras le asoma una saliva obscura.
Con una tímida mirada oblicua, Matilde trata de abarcar cuanto la rodea. Está en una habitación amplia, pintada de claro, recubierta de armarios antiguos repletos de libros de contabilidad y de modernos ficheros americanos. Un almanaque, propaganda de una famosa marca de tractores agrícolas con la fecha del día, un negro 13. Un negro 13. Pero Matilde no es supersticiosa. Hay dos escupideras de porcelana con altos pies de hierro. Y el radiador de la calefacción. Hay una estrecha y alta ventana abierta a un patio, del que llega un fuerte olor a alcohol y a bencina. Abajo, un garaje.
Algunas gotas de lluvia primaveral entran por la ventana y se estampan y ensanchan en el suelo de pizarra.
Llegan murmullos sordos de las aspirantes que aguardan en la habitación contigua.
—No; nosotros no nos ocupamos de esos asuntos; trátelo con nuestro representante.
Matilde apenas tiene tiempo de releer lo que lleva escrito «en letras sobre Londres o París».
—A ver, señorita, escriba usted: «Esperamos sus gratas noticias y nos reiteramos sus seguros servidores…». Y ahora, ponga su nombre y señas. Muy bien. Gracias.
Matilde se levanta. Tiene la impresión de que no ha escrito muy limpiamente; pero está segura que en un par de días… En estos casos, siempre pasa lo mismo.
—Buenas tardes.
—¡Adiós! Que pase la primera.
La primera es una jovencita, delgada, muy resuelta, que al pasar ante Matilde la mira con un gesto de suficiencia; que se sienta ante la máquina sin esperar a que se lo indiquen:
—Es ésta la máquina, ¿no?
Matilde cruza ante las aspirantes y sale a la escalera. Una escalera ancha, de madera podrida, que cruje bajo el impulso de cada pie como si fuera a desmoronarse.
Matilde baja despacio. Abre la cartera hecha por ella misma con el resto de franela azul de un vestido y saca el recorte del anuncio: «Urge mecanógrafa modestas pretensiones.» Lo tira. ¡Para lo que vale…! Como otros muchos. ¿Cuántos anuncios han llevado el mismo camino durante el pasado invierno? ¿Cuántas escaleras, cuántos despachos ha conocido Matilde durante los últimos diez meses? ¿Cuántas veces ha escrito su nombre y señas bajo unas líneas comerciales y un membrete azul, amarillo o negro?
Ante el portal ancho y obscuro, con vitrinas, en las que se lucen sombreros vistosos, una mujer comprueba el número de la casa con el del anuncio del periódico que tiene en la mano.
—Señorita, ¿me hace el favor si es aquí…?
—Sí.
No hace falta ser muy perspicaz para adivinar adónde se dirigen los pasos fuertes, prácticos, de la desconocida, y Matilde responde: «Sí». La mujer corre escaleras arriba, añadiendo dos huellas húmedas a los peldaños apolillados. No es nada joven, ni bella. Huesuda y alta. Al hablar despide un hálito desagradable.
Matilde ha conocido muchas aspirantes de este aspecto y muchas del contrario. Jóvenes, limpias, de cuerpos esbeltos y perfumados, de manos cuidadas y uñas brillantes. Unas son tímidas, titubean al hablar y al sentarse en el vestíbulo esconden los pies debajo del banco o de la silla. Otras irrumpen en el aposento triunfalmente, cruzan una pierna sobre la otra, hablan de sueldos fabulosos, citan casas de importancia, e incluso fuman algún cigarrillo, a veces. Antesalas frías. Mujeres de los más varios tipos y edades. Zapatos deteriorados debajo de los bancos o sillas; zapatos impecables, pierna sobre pierna. «Pase la primera.» A esta voz, los zapatos torcidos avanzan rápidos, suicidas, mientras que los zapatos impecables subrayan un paso estudiado, elegante.
Otra vez bajo la monótona lluvia primaveral. El agua cae sobre el agua formando sucias ampollas.
Vocean los periódicos de la noche.
A la puerta de un bar fríen buñuelos. El que manipula ante la sartén usa gorro, delantal y manguitos blancos. Los buñuelos, dorados y humeantes, despiden un olor grato a mantequilla y anís.
Matilde los mira, al pasar, sin detenerse. Siente necesidad de comer. Las patatas «viudas» del mediodía se disolvieron hace rato en su estómago. La invade una suave laxitud, que afloja sus miembros. En su cartera de franela azul, entre un pañuelo y un pomo de perfume vacío, hay diez céntimos. En su cerebro, dos perspectivas: un buñuelo caliente o un viaje en tranvía hasta los Cuatro Caminos.
«Buñuelos calientes, a 0,10.» El cartel es enorme, casi tanto como la Puerta del Sol. Sobre automóviles, tranvías, verdes y azules de lámparas lumínicas, sobre multitud: «Buñuelos calientes, a 0,10.» Lo ocupa todo.
Y Matilde languidece de debilidad.
Un carrito de mano, llevando a la espalda un sommier: «¡Eh, cuidado!». Pasa de largo. Y automóviles negros, azules, verdes. Y tranvías: 15, 14, 18 y 17, allá lejos, despacio.
Mucha gente estacionada junto al banderín de parada del tranvía: jornaleros, funcionarios, modistas; el buen esposo, con su tarta de chantilly, «A ver si…»; la mujer humilde con el niño en los brazos; la señora demasiado gruesa y su marido…
«Buñuelos a 0,10.» El de los manguitos blancos zigzaguea con un tenedor sobre los aretes de masa dulzarrona que flotan en la superficie de la sartén.
Matilde apretuja contra su pecho el bolso azul.
Su cuerpo delgado marca un suave balanceo sobre la acera cada vez que el paso de un vehículo la hace replegar. En uno de los vaivenes tropieza con el señor del chantilly. «A ver…». Una mano cuidada ampara la pequeña tarta blancuzca.
«Buñuelos a 0,10.» Saben ligeramente al anís y a la mantequilla. La pasta caliente —hay que aspirar fuerte para enfriarla— se disuelve pronto —algo antes que las patatas «viudas» en el estómago—. Algunas partículas de la corteza dorada se introducen entre los dientes. Luego queda en la boca una pegajosidad dulce y tibia…
18, 14 y, próximo, el 17, el ojo eléctrico apagado, enfermo.
Las calles de ruta son largas, interminables, esplendorosas de luz, y en su término, obscuras, solitarias. Pasean por ellas las parejas muy juntas.
14, 17, ahí cerca.
Origina un movimiento general en la muchedumbre apiñada. La señora demasiado gorda, el buen esposo protegiendo su pastel con la mano extendida, en la que reluce un diamante.
La calle es larga, larga, y los pies están mojados por el agua que reblandece los zapatos deteriorados. La lluvia tamborilea en el paraguas sin puño y picoteado por la polilla. Cada dos minutos exactamente, una gota de agua fría se extiende sobre la mejilla derecha de Matilde.
Una muñeca de cera, con la boina de punto caída sobre los ojos —pintura verdosa, sin brillo—; encima del brazo rígido, una bufanda del color de la boina. Lunares, rayas diagonales, hebillas niqueladas, calcetines. La pierna perfecta, con la irradiación eléctrica en el interior. Los zapatos: blanco, negro, gris, marrón. El gran zapato en el centro —como cuerpo yacente—, iluminado por suaves reflectores marginales. Los botecillos de miel, los cuadradillos de manteca, las cajas de galletas inglesas, chocolatadas. Las alhajas fulgurantes. Los medallones de nácar, con efigies religiosas, medio olvidadas ya. Los aparatos de radio, los ventiladores —«Prepárese para el próximo verano»—, los libros —terrorismo, sabotaje, revolución—. Y, más tarde, más allá, sobre piedras mojadas y fango silencioso, a lo largo de valladares impresos de gritos hechos con brea:
«¡Viva Rusia!», «¡Obreros! Preparaos contra la guerra imperialista.» Y aún queda la irrupción en la plaza arrabalera, donde el círculo amarillo de tranvías gira continuamente casi. Y, por último, la callejuela de casitas achatadas, feas, sucias, dentro de las cuales siempre llora algún niño o riñe alguien. Y allá al fondo, al campo, el ruido metálico del organillo del merendero, abandonado bajo las aguas temporales. Trayecto tedioso, con la sola compañía de los pensamientos, pesados, tercos, familiares; y, a veces, un cruce con algún obrero —paraguas y hatillo de fiambrera—, o alguna vieja asistenta, con su capazo —garbanzos fríos, huesos, papeles— bajo el brazo cansado.
2
Telas varias, rayas diagonales, lunares, dulces, sombreros, calzado —los zapatos de Matilde son dos depósitos de agua llovediza—, gramolas, ortopedia.
Sobre barro, sobre agua, sobre silencio. Bajo un espacio negro al final de la ruta.
Cuando llega a la callejuela, las notas conocidas, secas, del manubrio, la reciben, como de ordinario.
En casa, un fuerte barullo los hermanos.
No huele a nada. Aspira. Nada. Ni sardinas, ni al picante pimentón de las sopas de ajo.
Va a la cocina; mira el fogón. En la hornilla, sobre la ceniza apagada, un puchero de agua caliente.
Y a Matilde la duele el estómago y está cansada.
¡Una buena comida! Un lecho confortable. Pero el fogón apenas está templado, y la cama, adonde forma un ovillo con su hermana menor, es angosta y cruje, como un montón de hierros viejos y retorcidos. ¡Déjame, pensamiento!
Matilde coge unas alpargatas que hay debajo de la tina, en un rincón. La tina contiene agua sucia. Huele mal. «¡Qué demonios tiene esta tina!».
—Trajeron esta carta.
La madre le tiende un sobre azul. Los hermanos la rodean. ¡La carta de Matilde! Llegó al atardecer. No la han abierto, aunque todos esperan de ella algo agradable; por ejemplo, una buena colocación. Sí; seguramente. Llegó al atardecer a abrir una amplia perspectiva en la mente de estos pobres niños. Habrá batas para todos y ropa de abrigo, y botas, y quizás alguna tarde de domingo una sesión de cine. «¿Eh, Matilde?». El sobre azul ha sido durante cuatro horas el punto convergente de todas las pupilas. Y la máxima preocupación de la madre. «¡No tocar la carta de Matilde!». Que trae membrete negro: «Agencia Rik.» Rik. Suena bien: Rik. ¡Ya lo creo! «Sabe usted, Martina; seguramente será una casa de importancia, y aunque al principio no gane un gran sueldo… —a la portera—. Ahora no nos retrasaremos en el alquiler». «Apunte este queso, Cosme. Ya no le haré muchas trampas. Mi hija ha recibido una proposición…». «Sí, la Agencia Rik; una casa muy importante…». —al tendero de la esquina.
Matilde tiene entre sus dedos la carta. Los hermanos la rodean.
—¡Que siempre habéis de estar encima…!
La carta dice:
«Señorita: La agradeceré me envíe su retrato y me diga su edad, si tiene familia y si ésta reside en Madrid. En caso de convenirme, usted será la preferida, pues en seguida citaré por carta. Besa su pie, M. F.»
Canalla. La palabra acude al cerebro de Matilde. Nace y crece como esos ojos que avanzan hacia nosotros en la pantalla, hasta captarnos, hasta producirnos vértigo su órbita inconmensurable. CANALLA.
—¿Tú crees que aceptará?
¡Qué vacías, qué lejanas le suenan a Matilde las palabras de su madre!: «¿Tú crees que aceptará?».
—¿Qué es eso de aceptará? ¿Quién va a aceptar…?
—Ese señor M. F. ¿No dice no sé qué de convenirle?
—Entonces, madre, ¿tú no comprendes?
—¿Qué?
—¿Es posible que no hayas comprendido lo que quiere ese señor M. F.? Fíjate bien: para escribir a máquina hace falta tener una edad determinada y un cuerpo bonito; ¿crees que una mujer independiente está más capacitada para resolver un problema aritmético que una hija de familia? ¿No adviertes que ese M. F. internacional lo que desea es una muchacha para todo?
—Las chicas de hoy os pasáis de listas; se os figuran los dedos huéspedes.
—Así, ¿a ti te agradaría que aceptara?
—Yo no digo eso.
—Sí dices eso, madre. Contra tu propia voluntad, contra tu añejo concepto de las cosas, dices, sientes eso. La miseria amodorra tu pudor en esta ocasión, o es que tu experiencia de la vida es bien limitada. En la superficie —pelos blancos y arrugas— eres mayor que yo; pero no en el fondo. Las muchachas de hoy conocemos muy bien al tal M. F. M. F. nos cede el asiento en el Metro y nos tiende el sueldo desde la altura de su Caja cada mes y nos mira oblicuamente al escote cada vez que nos dicta una carta.
—¡Qué mala suerte tiene una…!
¿Contra quién va la mirada turbia de la madre? ¿Contra Matilde? ¿Contra M. F.? Levanta un paño de cretona de la mesa, lo dobla y pasa un trapo sobre el tapete de hule, roto en las esquinas. Luego saca un plato con un pedazo de queso, que divide en seis.
—¡Vamos a comer!
—¡Yo no quiero queso!
—¡Pues come mierda!
—Ya sabes que no me gusta el queso.
—¡Que te calles esa bocaza!
—¡Bueno! ¡No pagues conmigo lo de la carta!
—¡No lo pago contigo!… ¡No lo pago contigo!…
Pero le golpea ciegamente, cruelmente, en la cabeza, en la espalda, en la frente.
Matilde no trata de impedirlo; conoce de sobra el final de la escena comenzada; la madre se irá a llorar a la cocina, y el hermano a la cama con los labios tumefactos. Todo producto del ambiente mísero. ¿Qué mal han hecho estas pobres criaturas? Por ahí se ven otros niños, incluso feos y deformados, con sus buenos trajecitos, sus juguetes, sus perros perfumados; y ellos mismos huelen tan bien… Esos niños van en su coche hasta la escuela, una escuela higiénica, con su hermoso jardín de recreo, su calefacción… En la escuela municipal hace frío, y el mal remunerado profesor sufre de hipocondría, que se esquina contra los pobres niños. En la escuela municipal… ¿Dónde ha leído Matilde: «Vivimos en una sociedad podrida»? ¡ Cállate, pensamiento!
Matilde se sienta a la mesa y muerde un pedazo de queso, rojizo y picante en ciertos sitios.
Pensamiento, idiota, ¡duerme!
3
La lluvia ha cesado, y las plantas han comenzado a florecer. Flores en los árboles, en las trepadoras madreselvas y en los vestidos de las mujeres. De las mujeres ricas, para las que es la primavera una ilusión más. Para la muchacha pobre el cambio de estación supone la adición de un problema a la suma de dramáticos problemas que integran su vida. Cada primavera requiere una renovación proporcional del indumento. La mujer rica desea el estío, que la permite cultivar su fina desnudez. La pobre lo teme. La pobre ve con temor la proximidad de los días radiantes de ese sol enemigo que descubre el zapato informe, que ilumina cada deterioro del atavío con la precisión del reflector a la estrella. La mujer pobre ama el invierno, aunque el agua la entumezca los pies. En el invierno, la gente camina deprisa —cada uno a lo suyo—. Hace demasiado frío para fijarse en los demás. Llueve demasiado para detenerse a contemplar una pierna bonita. Y la muchacha modesta no se ve constreñida a caminar salvando el buen equilibrio de un zapato torcido. El invierno enerva los miembros y agrieta las manos desnudas; pero la mujer pobre lo prefiere al estío y a la primavera, porque ante todo tiene un sexo y un concepto de la feminidad, que cultiva como la mujer rica su fina desnudez en las playas cosmopolitas.
La primavera blanquea las acacias.
Las mañanas, estas mañanas de mayo, azul-doradas…
La arena limpia de los parques, más blanca, y el follaje, más verde. Todo tibio en los parques, todo transparente. Todo como hecho para delicia de los sentidos. («¿Qué haces ahí al sol, joven «parado», con tus manchas, tus groseros zurcidos y ese libro marxista entre las manos?) ¡Todo es tan suave!
»Pero la enamorada llegó hasta él y rodeó con sus brazos el cuello del joven: —¡Bien sabes, Jorge mío, que nunca he dejado de amarte!».
La mujer marchita siente que una lágrima caliente le resbala hasta el grueso cristal de las gafas. Al través de ellas, sus ojos llorones parecen los ojos de una vaca sentimental. Sus brazos enrojecidos muestran los rubios vellos erizados.
¡Un amor semejante! La sangre se agolpa a las mejillas de la lectora de novelas blancas. El sombrero blanco de piqué la entolda la frente estrecha. Los zapatos largos de lona están muy juntos, inmóviles. Las rodillas descarnadas se delatan bajo la falda azul claro.
«Yo esperaba este instante inefable, Enma; lo esperaba…»
¡Uy, lectora de novelas blancas, detenida, colgada hace veinte años del aro rosa de un segundo bobo! Al través de tus gafas impecables, ¿no ves correr la sangre de Oriente y Occidente?
«Sólo se espera cuando se cree, Jorge.»
¡Uy, lectora de novelas blancas! Blanco y azul, azul. Te veremos un día próximo, con tus gafas, tu libro y tu simplicidad interior, enriqueciendo la vitrina de un museo arqueológico.
Todo suave, todo tibio, sencillo.
Las palomas y los gorriones picotean las migajas perdidas en los paseos, y los cisnes deslizan trozos de pan a lo largo de su pescuezo. Blanco. Blanco.
La nodriza, con sus collares de plata y sus anchas monedas en los lóbulos alargados.
Los niños, blanco y rosa: «Yo era el banquero». «Yo era Al Capone». (Anaranjado hacia el rojo).
El cañoncito de lata gris dispara un proyectil de piedra contra la paloma blanca, de pico sonrosado.
Clat, clat, clat.
Vuelo blanco.
(La sangre de Oriente y Occidente…)
Blanco, rosa y azul.
(¿Qué haces en ese banco, en el centro de esa molicie suave, joven lector de libros revolucionarios?)
Blanco y rosa y azul de los parques en explosión primaveral.
Al través de los que camina Matilde, con su periódico debajo del brazo y una hoja verde pegada a un tacón chato.
En su bolsillo de franela azul, el pomo vacío y el pañuelo blanco renovado.
Sobre el asfalto blanquecino del ancho paseo, las llantas de un lujoso landó dejan una estela mojada.
En una ancha plazoleta —bancos blancos, estatuas blancas, estanque blanco— cuatro niños juegan: «Un poquito de lumbre». «Por allí reluce».
Una naranja de celuloide rueda. (Vértigo).
Matilde se sienta. Está cansada. Su experiencia de escaleras y máquinas ha aumentado considerablemente. Y está cansada. Nada más. ¿No es bastante? No piensa. No entiende. Aquí, bajo el sol…, todo es grato. ¡El sol! Parece que se cambia de piel y de sentimientos.
—Un poquito de lumbre.
—Por allí reluce.
La naranja de celuloide rueda.
Cruza un grupo de jóvenes hablando en alta voz. Ellos y ellas fuertes, en curso de un moreno amarillento en la piel, que subrayaran las playas hasta el ocre vivo. Tienen duros músculos y pisan fuerte. Ríen fuerte, también.
Matilde tiene una sonrisa amarga. Ella quisiera… Ella no quiere nada. (Un gesto de indiferencia, de «¡Bueno!»). Nada. El sol va picandillo. Se cierran los ojos y un calorcito agradable cubre los párpados, resplandece sobre los párpados. Y el vacío se acentúa. Sólo muy lejano, vagaroso:
—Un poquito de lumbre.
Si se entreabren un poquito los ojos, picotean en ellos miles de microscópicas estrellitas doradas.
—Por allí reluce.
El sol recalienta los párpados. La pupila se licua voluptuosa debajo de ellos.
—Oiga: deme mi pelota.
El chiquitín se aúpa ante Matilde sobre sus diminutos pies.
—Deme mi pelota.
Hiere la voz, y es tan flojita, tan débil, sin embargo.
—¿Dónde está tu pelota?
—Ahí.
«Ahí» es el triángulo que han establecido los zapatos de Matilde sobre la arena clara.
—Cógela.
El pie tímido avanza hasta tocar la pelota.
—¡Rueda, naranjita!
El niño se va.
¿Qué hora es?
Enfrente, alrededor de una casa cuadrada, han abierto unas anchas mariposas enormes sus chinescas alas. Bajo ellas, manchones de bellos atavíos y veladores estrechos. Sorteándolos, fraques jornaleros.
Todo próximo y lejano. Todo bajo una apariencia de visión inestable. Que es invadido de pronto por una decadente melodía vienesa. Que se apaga en seco. Y la inestabilidad del cuadro se disipa. Un realismo amplio determina, concreta las imágenes fronteras y las aproxima. Sobre todo a una de ellas, de obscuros cabellos y gracioso perfil, de cierta semejanza con Matilde —una Matilde sedas y pieles de marta—, la cual se levanta y camina con una gracia de movimiento, de seguridad de sí misma, con que Matilde no ha caminado nunca.
El auto es magnífico. Las sedas y pieles entonan bien con el barniz obscuro del coche.
Yessssttt.
Y la falsa Matilde desaparece.
¿Fox? ¿Black-Botton? Vibraciones en metal, en acero, en vidrio. Que imprime a todo inusitada vivacidad. Los fraques van y vienen con más ligereza. Y entre ellos una bata negra, con un cuello blanco almidonado. Esa bata negra lleva dentro una pequeña Matilde, que dormirá allá lejos, en un camastro reducido, ovillada con alguna hermana menor.
A Matilde la invade una súbita ternura por la bata negra, que va y viene entre las mesitas estrechas, con una bandeja sobre las palmas de las manos extendidas, rectas.
Y es que la realidad le ha dado un golpe en la frente, recalentada por el sol y el blanco-rosa de los parques en primavera; un golpetazo duro, que la traslada sin transición a la trasera de la casa cuadrada; a su centro natural, racional. («Eh, por la escalera interior». La primera vez que se lo oyó a un portero de librea dividió mentalmente a la sociedad en dos mitades: los que utilizan el ascensor o la escalera principal, y «los otros», los de la escalera de servicio; y se sintió incluida entre la segunda mitad). Allí, otro Yazzband: platos, vasos, cuchillos, peticiones concisas, rápidas: «Un whisky. Vermouth. Sandwichs; dos raciones». Puerta de tela metálica. Bandejas de pastas. Cajones de botellines de aperitivos y de leche. Anchos tableros muy limpios. Cestos de mimbres colmados de dorados panecillos. Frigorífica repleta de fiambres. Cajas de mantequilla inglesa. Anchas pilas de cemento, en las que el agua destila constantemente. En torno, los fraques proletarios, las batas negras, los cuellos almidonados. Un hombre da órdenes y consulta un carnet de notas. Mujeres: la que friega los platos y vasos; la que prepara los «emparedados», la que atiende los pedidos de los camareros.
El hombre del carnet. —Hay que pedir al horno pastas de té.
Una de las mujeres. —Felisa, pide pastas de té.
Otra. —Pastas de té… Voy.
Un camarero. —Pequeña de leche.
Otro. —Una naranjada.
Otro. —Cocktail… Ahí va, coño; ¿dónde tienes los ojos?
Una mujer al teléfono. —Doscientas para té, pronto.
Matilde atisba ante la puerta.
Fraques proletarios, batas negras… Trabajo.
¡Qué olorcito viene de ahí dentro!
4
La puerta apenas chirría al girar.
El ambiente interior es tibio. Huele a mantequilla y a masa caliente.
Matilde se dirige al mostrador y tiende su tarjeta a una mujer cuarentona:
—Buenos días.
—Buenos días.
—Me mandan de la otra casa.
—Ya. Me lo han dicho por teléfono.
No obstante, lee la cartulina. «Antonia: la joven ocupará la vacante del turno de día».
—Bien. Pase por ahí. Cuidado, no vaya a tropezar en esos tableros.
Matilde pasa por detrás del mostrador y bordea cuatro tableros colocados en pirámide sobre una banqueta. Se detiene ante la mujer, sin saber qué hacer ni decir. Se pellizca el vestido hacia abajo. «Está demasiado corto este vestido».
—Tendrá usted que hacerse una bata negra lo antes posible; se le va a estropear el vestido en seguida. Aquí se pone una hecha una porquería.
—Sí, claro.
Por decir algo a la mujer —parece seria, pero, ciertamente, cordial; aunque no comprende cómo puede «una» ensuciarse aquí, donde todo reluce de limpio: cristal, níquel, porcelana, pavimento.
La mujer entrega a Matilde dos paños blancos:
—Tome —abre un cajón del mostrador—, limpie el cajón. Primero, con esto —una placa de celuloide que tiene grabado en negro: «Croissant, 0,25»; ¿ve?, así —recoge el azúcar y lo va echando en esta bandeja sucia; luego pase este paño, y cuando esté bien limpio el cinc del cajón lo frota con este otro paño, apretando bien.
—Sí.
Matilde limpia el cajón concienzudamente. El azúcar glaseado le hurga en la nariz y le provoca un pequeño estornudo. Está en plano inferior a la otra y sus ojos sólo alcanzan a ver sus piernas gruesas, ceñidas por medias de algodón.
—Ya está esto.
—Ahora vaya colocando dentro estas ensaimadas, contándolas; cuando acabe, anote las que haya contado.
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Matilde.
Ahora se fija Matilde en que una mujer de aspecto nada limpio manipulea en el local con una máquina aspiradora.
Entran sirvientas con la cafetera de la leche en una mano y el saquito del pan en la otra.
La dependienta las despacha con parsimonia.
—¿Qué desea?
—Dos suizos.
—Dos suizos.
—Hasta mañana.
—Adiós.
—¿Qué desea?
—Tres brioches.
—Hasta mañana.
—Adiós.
Matilde acabó su tarea. Ahora limpia un cajón. Después, otro.
Van llegando las empleadas. Se acercan al mostrador abotonándose los uniformes y alisándose los cabellos con las manos.
—Hola, Antonia.
—Buenos días, Antonia. Miradas curiosas a la «nueva».
—Oye, Antonia: ahora los he visto. ¡Qué poca vergüenza! Han venido juntos en el Metro y al llegar a la Ópera se han separado. Ella viene por un lado y él por otro. Verás… ¿No te dije?, ahí está. Fíjate.
Entra una mujer alta y delgada. Al verla, las muchachas disuelven el corro.
—Buenos días.
—Hola, buenos días.
—¿Ésta es la nueva?
—Sí. Me trajo una tarjeta de don Fermín…
—Está bien.
Se aleja despacio, a cambiarse de ropa.
Antonia le dice a Matilde:
—Es la encargada.
—Creí que la encargada era usted.
—¡Uy! Ojalá fuese Antoñina la encargada, ¿verdá, Trini?
—¡Ya lo creo!
Al acabar el trabajo, a Matilde le duelen los hombros. Después hay que desempolvar los frascos de los caramelos y los escaparates, y, por último, colocar los pasteles en las bandejas, retirando antes los averiados del día anterior, y establecer pequeñas pirámides de bollos sobre anchas bandejas de madera, cuidando mucho de poner sobre los frescos los «viejos», para venderlos primero, y llenar los vanos en las bandejitas de los bombones.
Hecho lo cual, ya no habría que hacer otra cosa que esperar la llegada de los clientes. Pero el ojo de la encargada —vigía y capitán al propio tiempo— no deja de atisbar desde el mostrador de enfrente cada acto, cada gesto de las empleadas. Aun cuando la limpieza ordinaria se haya efectuado, la «buena dependienta» nunca debe permanecer ociosa. «Aunque parezca que todo está hecho, siempre queda algo por hacer» y «el papel cortado nunca está de más».
Matilde aprende a cortar el papel en línea recta, con un cuchillo de borde obtuso —el papel se corta en cuatro tamaños distintos—. Y aprende a empaquetar y a hacer el nudo corredizo —de ahogado— alrededor de los paquetes; ese difícil nudo, cuya perfección acredita la pericia de la «buena dependienta».
Detrás del mostrador de la pastelería hay una banqueta para descanso de las empleadas; pero no es prudente ocuparla demasiado tiempo o repetidas veces: la encargada vigila desde el mostrador de enfrente, tiesa detrás de la caja registradora. El local es «de lo más selecto de Madrid» y exige de sus empleados la máxima corrección. El comedimiento y aire distinguido de sus dependientes acreditan un establecimiento tanto como la pureza de sus productos. Las muchachas han de ir y venir detrás del mostrador, erguidas y sonrientes. «¿Qué desea la señora?». Ni una broma con los camareros, ni una frase de mal gusto. «Esta es una casa distinguida». Esto de la distinción lo ha oído Matilde muchas veces, en boca de la encargada, durante las tres horas que lleva actuando en el salón. De las cuales ha sacado una consecuencia: «El cliente siempre tiene razón». Y otra: «Al cliente hay que sonreírle siempre y engañarle cuando haya ocasión». Y esto, sólo en lo relativo al público. Que es de lo más heterogéneo. El público da color y marca cada hora del establecimiento. Al principio se multiplican en él las sirvientas, con sus cestas de hule; la modista, la mecanógrafa, el empleado, que adquieren su bollo de hojaldre; más tarde, el mozo de almacén, el botones, el continental. («Oiga, un pastel»). Luego, la vieja repintada y sus niñas cursis, las beatas, al regreso de la iglesia; la dueña de la pensión modesta, que hace su pedido de tartas de las más económicas; la dueña de casa, que adquiere sus flanes o su nata. A la tarde, después del frugal almuerzo —Ópera-Cuatro Caminos, Cuatro Caminos-Ópera—, una hora de calma, que se aprovecha para pasarle un paño a los mostradores, a las vitrinas, etc., y de nuevo el desfile: las parejas de novios que comen un pastelillo en pie, mirándose a la cara; los grupos de muchachas que eligen alocadamente sus pastelillos, de pescado o ternera; los jóvenes que devoran el dulce con grosería, que ellos titulan «naturalismo»; los que, por el contrario, se violentan por demostrar su distinción y acaban, invariablemente, obscureciendo su americana con una lágrima de chocolate o de grosella. Y queda todavía el señor jubilado, que se toma su merienda y se va lentamente siempre por el mismo camino; y la cliente que hizo su encargo por teléfono, y el funcionario que adquiere el postre de la noche.
La noche. Duelen las plantas de los pies, y los muslos y el índice de la mano izquierda, producto de la experiencia del nudo corredizo, y se tiene un peso enorme encima de los párpados. ¿Cuántas horas? Diez. Diez horas.
El reloj resuena nueve veces. Y una nueva empleada —ojos despiertos, cabello húmedo, impecable, como si acabara de arreglarse, de despertar (¿qué hora es?):
—Son las nueve. Yo hago el turno de la noche.
La noche.
Diez horas, cansancio, tres pesetas.
Fuera hace calor.
A la puerta, un viejo pregona los diarios nocturnos.
El público que sale de los cines y teatros emite comentarios en voz alta.
Diez horas, cansancio, tres pesetas.
5
El único salón público del establecimiento es amplio y está decorado con mal gusto. Las mesas de cristal, las perchas de níquel y el pavimento encerado, relucen.
De cinco en adelante el salón es invadido por un público semiselecto, compuesto casi exclusivamente de parejas de novios y grupos de muchachas.
El público «bien» de los días hábiles difiere notoriamente del público de los días festivos. Los días de fiesta el salón permanece lleno hasta bien entrada la noche, y en esos días todo es aprovechable —los pasteles averiados, los dulces demasiado secos—. Los matrimonios domingueros parecen disfrutar de un paladar nada exquisito. La menuda prole tampoco distingue estas deficiencias. Además, la celeridad lo justifica todo. Los mozos corren de un lado para otro del local, manteniendo el raro equilibrio de su bandeja en alto; las dependientas preparan los platos de a «seis» pasteles, deprisa, sin hablar entre sí; la encargada taladra los tickets a los camareros y vigila desde su caja registradora. El resto de la semana el público es más atildado y exigente. A pesar de lo cual las dependientas prefieren los días de labor. Los domingos aumenta considerablemente el trabajo y hay que atender simultáneamente al mostrador y a los pedidos del salón, y al anochecer los tobillos duelen enormemente. De todo esto resulta un aumento en los ingresos del día. No obstante, el jornal de la empleada es el mismo. Pero hay otro motivo para que la dependienta aborrezca los días festivos. Desde por la mañana, todo proclama la fiesta —además del enorme aumento del género—: los comercios no levantan sus persianas ruidosas. Vocean las floristas más alegremente en las calles. Ante las taquillas del cinema de enfrente se forman colas numerosas; las mujeres se adornan más que de ordinario; y luego, a la tarde, el desfile de parejas de novios ante los escaparates del establecimiento. Y «una», «una», a «lo suyo»: «Seis pasteles». «Media de bizcochos». «A ver, una al teléfono». «Una» no tiene más que medio día cada semana, es decir, cinco horas de asueto por cada sesenta y cinco de trabajo. «Una» está aquí, «entre toda esta pringue». Fuera, el ocio, el lujo, las diversiones y el amor. Los hombres que desfilan por el salón apenas miran a la dependienta. La dependienta, dentro de su uniforme, no es más que un aditamento del salón, un utilísimo aditamento humano. Nada más. Ella corresponde a esta indiferencia con desprecio. Para ella, el público se compone de una interminable serie de autómatas; de seres de ojos, palabras y ademanes idénticos —todos la misma actitud: el índice, tieso, indicando el dulce elegido y un brillo glotón en los ojos; un brillo repugnante—. «Aquí no son ustedes mujeres; aquí no son ustedes más que dependientas». Al crear este apotegma, la encargada se ha excluido a sí misma. La encargada es eminentemente coqueta e insinuante con los clientes, en particular con un señor alto, enjuto, que usa un ridículo bigotito hitleriano y unas camisas blancas impecables; es militar —comandante o coronel—; tiene los ademanes muy rígidos y los dientes perfectos. Cuando ríe, enseña un colmillo de oro. Este cliente, que viene invariablemente cada noche a por «su» pastel de grosella, es el dilecto de la encargada. Por nada del mundo dejaría ella a «su cliente» sin «su» pastel.
Una empleada que omitió tal cuidado hubo de sufrir una seria reprimenda. El coronel, o comandante, parece estimar las atenciones de la encargada y corresponderla; sus cotidianos saludos son bastante expresivos, e incluso una noche la obsequió con una rosa que llevaba en el ojal de la americana y cuya vista despertó los celos de la encargada. Pero, al parecer, no pasa de ahí. En general, la encargada es efusiva con todo el mundo, menos con los empleados de la casa; cuando el salón está vacío de público, sus ojos repasan cada bandeja, cada objeto, cada papel. Es rigurosa y seca con las muchachas, y tiene palabras duras para los camareros, que la odian. Ella conoce muy bien la hostilidad que inspira a sus subordinados y se venga zahiriéndoles con «estúpidos» y «torpes» prodigados. Ni Cañete se libra de sus denuestos. Pero, en cuanto a este Cañete, todo sucede en apariencia. ¡Bah! Es «pan comido». ¿Para qué hablar de «cosas antiguas»? Estos son términos de Esperanza, la asistenta. Esperanza es vieja en la casa y sabe muy bien «del pie que cojea cada cual». «Buenos bocadillos que se jama el gachó a cuenta de la muy pellejo. ¡Valiente pendón!». Esperanza tiene más de cincuenta años. Vive en los arrabales, cerca de Fuencarral. Es soltera y ya olvidó la historia de sus amores con un militar que se ahorcó por motivo de un desfalco cometido en la Caja del regimiento. Es sucia, huraña y soez. Una muchacha planchadora, que tuvo en casa en calidad de pupila, la robó setenta duros que había economizado penosamente. Desde entonces, vive sola con sus miserables trapajos. Esperanza, Antonia y Paco el cocinero, «abren» la tienda. Antonia recibe el género que va llegando, comprueba la cantidad de cada producto y comienza la limpieza. Paco envasa la leche en los botellines después de removerla con una pala de madera para que se distribuya el bicarbonato, y calienta el pequeño horno de la cocina. Esperanza maneja la aspiradora —rrrrrrr—. Alguna vez se toma un vaso de leche en la cocina, deprisa —«no vaya a llegar esa puta vieja»—; luego baja al sótano a lavar los paños de la limpieza. En el sótano hace frío, aun en pleno verano; allí están los depósitos del hielo y la frigorífica, y hay unas desagradables emanaciones de moho. Mientras lava, gruñe: «Por diez jodíos reales que gana una». No tiene de la casa la menor gratificación, ni siquiera los pasteles averiados o los bollos secos. Aquí todo se aprovecha: los pasteles endurecidos, los recortes de jamón de los sandwichs, los bombones rancios, para rellenos o como pudding «especial de la casa».
Esperanza lava y gruñe. No se adivina cuál fue el primitivo color de su bata. Sus alpargatas chapotean en un charco de agua sucia. De vez en cuando la uña de su pulgar derecho desprende una gota de chocolate o grosella endurecida.
Suena el teléfono. El teléfono está en la escalera de acceso al sótano y los timbrazos aturden a Esperanza.
—¡Teléfono!
—Ya.
Matilde está al habla. Un encargo.
Matilde lo registra: «Dos tartas de almendra a la pensión Carlota». Y se vuelve hacia la asistenta.
—Buenos días.
—Ya la he visto a usted, tan guapa, con su uniforme.
—Ya ve.
—¿Está usted contenta?
—Sí.
—Ya verá cuando lleve dieciocho años, como yo.
—Creo que no me haré aquí vieja.
—Todas dicen lo mismo, y luego… Buenas están las cosas para andar escogiendo.
—A ver si pasa esta crisis…
—Ya usted ve: Felisa, con tanto como sabe, y aquí está va para cuatro años. Y Trini, y Antonia; ya ve, Antonia, con quince años en la casa y ganando un duro… y callandito. Ya hay veinte en la puerta esperando.
—De eso se valen «ellos».
—Vamos; ya ha sido bastante conversación —grita la encargada desde arriba.
Matilde sube.
—¿Ya está usted contándole películas a la nueva, Esperanza?
—Sí, que tendría mucho que inventar si quisiera hablar.
La encargada sale, sin oponer la menor objeción.
—¡Demasiado sabes tú por dónde voy, puta vieja!
6
¡Qué asqueroso este cuarto —un metro cuadrado escaso—, antigua cabina telefónica, forrada con arpillera pintada de amarillo obscuro (nido de chinches y cucarachas), donde se visten y desnudan las empleadas! Una hornacina con tapa. Dentro huele mal. Las zapatillas de suela sucia y pringosa, los zapatos tirados en el piso y los vestidos pendientes de clavos, le dan aspecto de guardilla trastera. Ni un solo agujero por donde la atmósfera pueda renovarse. Sobre la puerta, un pequeño espejo. La bombilla apenas lanza un débil resplandor. La aspiradora de la asistenta hace mucho que no asoma la nariz a este piso sucio y lleno de papeles arrugados, entre los que descuella la envoltura reluciente de algún bombón. En este escondrijo cambian las muchachas sus vestidos de calle por los uniformes de labor. En estos clavos cuelgan las empleadas cada mañana su personalidad para recogerla cinco horas después. Desde ese instante se convierte en el insubstituible, en el utilísimo añadido humano del establecimiento. «¡Qué porquería de cuarto!». «¡Qué mal huele!». En particular por las mañanas, cuando se llega de fuera, donde hay un hermoso sol y unas calles limpias y alegres. Y «hale, adentro». Adentro hace un calor que entontece, aunado al zumbido soporífero de la aspiradora, hábilmente manejada por Esperanza. El suave olor que despiden los pasteles calientes no es nada grato; pero lo verdaderamente insoportable es el ambiente de la cabina, la peste que despiden el montón de zapatos viejos. «¡Uf, qué asco!». «Esto es la peste». «Además de la mierda que una gana, esta porquería de cuartucho». Pero «una» no protesta nunca, al menos ante la encargada o el jefe supremo, el propietario; «una» se conforma con murmurar un poquito de la pocilga inmunda, mientras se viste o desnuda en ella, con la compañera de turno. Lo natural es que no se ocupe siquiera del abandono y carencia de higiene de la cabina. Ya está «una» inmunizada contra el mal olor, de tal modo, que apenas lo siente; sobre todo desde los dos minutos en adelante de hallarse bajo su influencia. Además, se disfruta de tan escasa libertad en la casa que es una lástima perder los cinco o diez minutos que se invierten en el canjeo del indumento en inútiles lamentaciones o en vanos comentarios. Lo único eficaz sería elevar a la dirección una protesta colectiva. Ya se ha tratado más de una vez del asunto, pero tras muchas discusiones no se ha llegado nunca a un acuerdo: el temor de cada dependienta a perder el empleo ha ahogado la protesta. Ya una vez fue despedida una de ellas a propósito de un fuerte altercado con la encargada respecto del tema. ¡Bueno! Es un asunto nada nuevo. Las muchachas hallan siempre motivos más interesantes para sus breves charlas ocasionales; por ejemplo, el vestido de verano o el abrigo de invierno; ese único vestido temporal de la obrera, cuya adquisición y «estreno» reviste en casi todos los casos enorme trascendencia; las confidencias íntimas; los «me dijo», «te dijo», de la compañera; el «asunto» de la encargada. Los problemas de orden «material» (social) no han adquirido aún bastante preponderancia entre el elemento femenino proletario español. La obrera española, salvo contadas desviaciones plausibles hacia la emancipación y hacia la cultura, sigue deleitándose con los versos de Campoamor, cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su «carrera»: el marido probable. Sus rebeliones, si alguna vez las siente, no pasan de momentáneos acaloramientos sin consecuencia. Su experiencia de la miseria no estimula su mentalidad a la reflexión. Si un día su falta de medios económicos la constriñe al ayuno forzoso, cuando come lo hace hasta la saciedad. Y las dos cosas dentro de la más perfecta inconsciencia. La religión la hace fatalista. Noche y día. Verano e invierno. Norte y sur. Ricos y pobres. Siempre dos polos. ¡Bueno! A veces —pocas— siente que su vida es demasiado monótona y dura; pero su mente contiene suficientes aforismos tradicionales, encargados de convencerla de su error y de la inmutabilidad de la sociedad hasta el fin de los siglos. Estos proverbios son también quienes la han asegurado que no posee sobre la tierra otro patrimonio que sus lágrimas, y por eso tal vez las prodiga.
Matilde constituye una de esas raras y preciosas desviaciones del acervo común. Matilde no habla, no comenta. Observa. Se adapta. Corta el papel de envolver, coloca el género, atiende a los clientes y los pedidos del salón con la mayor pericia. Consciente en todo momento de su obligación, pero fría.
—Al cliente hay que halagarle un poquitín, querida. Un «señor» o «señora» a tiempo tienen una gran influencia sobre el cliente vanidoso. La buena dependienta debe tener esto muy en cuenta. Es usted demasiado seca con el público. No basta con servir correctamente al cliente, hay que saber halagar un tantico su vanidad.
—¿Tiene usted alguna otra queja de mi trabajo?
—Yo no he dicho que esté descontenta de su trabajo; solamente que es usted demasiado orgullosa.
—No creo que se me pueda exigir otra cosa.
Este breve diálogo sostenido con Matilde ha impuesto a la encargada de la personalidad de «la nueva». Las otras empleadas censuran subrepticiamente; pero Matilde dice las cosas de un modo que no admite réplica. Sin desentonos de voz, sin titubeos. Sus palabras categóricas, sencillas, han establecido una fría laguna entre Matilde y su jefa inmediata. En cuanto a las otras dependientas, varía mucho la situación. Todas ellas son muchachas sencillas, ignorantes y cordiales. Particularmente Antonia. Antonia es la veterana de las empleadas. Antonia es excesivamente gruesa, camina con pasos de pato y tiene unas manos redondas, blandas y coloradas. Antonia es viuda, pero su estado es un secreto para todos los de la casa. La dirección no admite mujeres casadas en el establecimiento, y durante sus diez primeros años de actuación en él, Antonia hubo de ocultar su situación civil como algo vergonzoso. La viudez la redimió de tan violenta esclavitud y la invistió de un aspecto resignado y bobalicón. Desde los primeros instantes Antonia ha demostrado hacia Matilde una especial ternura, que ha culminado en la confidencia de su secreto : «Sólo a ti se te pueden contar estas cosas; las demás son tan locas… Tú tienes una cosa especial…». La «cosa especial» que Antonia atribuye a Matilde es el sello de magnífica serenidad de la criatura marcada por largos años de una vida difícil; de la criatura desarrollada en la mayor miseria, cuyo cerebro no está absolutamente hueco. «Crea usted, Antonia, que lo natural es que yo sea así, y no de otra manera». De ordinario, Matilde y Antonia coinciden en uno de los turnos, precisamente en las primeras horas de la tarde, cuando el silencio y el calor son más absolutos en el local.
A las dos, un camarero sirve el almuerzo a la encargada, sobre una de las mesitas del salón. Ella come muy despacio, deleitándose en cada plato, en cada sorbo de cerveza fría.
Mientras tanto, el camarero —el único camarero del turno— cabecea soñoliento sobre un velador o relee un periódico.
En el mostrador de los fiambres, Paca —treinta años escuálidos y feos— manipula preparando los sandwichs y los botellines de leche para la frigorífica, y frotando el cinc del pequeño tablero donde se preparan los bocadillos y los pasteles de nata y fresa.
Los ventiladores zumban sordamente.
Al través de las puertas y escaparates, velados con crespones obscuros, cruzan perezosas figuras.
El sol cae de plano sobre la portada fronteriza, en la que ríe la caricatura —cuatro metros blanco-rojos— de Janet Gaynor. Los toldos, de lona ocre, amparan los titulares de los comercios. Un empleado de la Sociedad de Tranvías engrasa los raíles relucientes. Cruza un hombre vestido de blanco, empujando el tenderete ambulante de los helados económicos.
Lentamente, la encargada descorteza un plátano.
Antonia, sentada en la única silla reservada a la dependencia femenina, rellena las casillas de la hoja de pedidos.
Matilde ordena las bandejas de pasteles, retira las vacías y las lleva a la cocina. Luego se sitúa al lado de Antonia y permanece en pie, de cara a la mesa que ocupa la encargada.
—Mira a ver si hay bastantes bombones en las bandejas, Matilde, y rellénalas, no «vaya» a decir algo.
Antonia habla sin dejar de escribir. Es preciso no estar ociosa. Unos ojos claros, feos, vigilan oblicuamente.
Matilde revisa las bandejas de los bombones.
La encargada se hurga los dientes con un palillo mentolizado:
—¡Qué calor!
—Yo estoy empapada en sudor.
De ordinario, en las primeras horas de la tarde no ocurre nada sensacional. El sopor agobia y sobre los párpados pone plomo el calor.
Los ventiladores zumban, etc.
Hasta que la puerta se abre e irrumpen en el local una pandilla de actores cinematográficos, que hacen tertulia en una mesa próxima al mostrador de los pasteles.
Entonces la encargada gruñe al camarero que dormita:
—Vamos; ya tendrá tiempo de dormir.
7
Esperanza sale envuelta en su bata, cuyo primitivo color no puede adivinarse, y se aleja muy deprisa hacia unas oficinas de la Gran Vía, donde hace limpieza diaria. A prudente distancia del salón de té saca del bolsillo de su bata un papel arrugado y del papel unos recortes de jamón cocido, que engulle precipitadamente. Cuando puede, recoge de la máquina los residuos de la noche anterior. Siempre que la encargada no ande alrededor, porque «esa tía pellejo está en todo». «Es lo que va una a sacar en limpio.» Y en las oficinas, también. Allí hay papel y sobres en cantidad y ocasión de guardar alguna cosa; después, entre la vecindad, «siempre se vende algo». «Todo el mundo hace lo mismo. El que no roba es porque no tiene de dónde».
Frente a las oficinas se cruza con Felisa, que va corriendo hacia su pesada jornada. Al correr, un mechón de rizos rubios la golpea en el ojo derecho. La arden las mejillas anchas. La voz le silba en la garganta reseca:
—Adiós.
—Ya ha llegado el coche con el género, y «la otra»; prepárate.
—¡Bueno! Por una más…
Felisa es alegre y frívola. Tiene dieciocho años graciosos. Los ojos, chiquitos, brillantes; el cabello, rizado, muy claro. Poca estatura y forma varonil. Pecho y caderas planos.
Las nueve y cuarto.
En la cabina, Trini se empolva la nariz ante el espejo colgado detrás de la puerta.
—Vengo con la lengua fuera.
—¡Ay, hija; por poco me tiras la polvera!
—A ver ahora dónde está mi bata.
Sobre los clavos se amontonan los vestidos de las empleadas. Felisa busca entre ellos su uniforme, lo encuentra y se embute en él rápidamente. En la búsqueda, un vestido rosa cae sobre un papel pringoso y allí se queda.
—¿Te ha dicho algo?
—A mí, no; ¿y a ti?
—Tampoco; se conoce que hoy la han salido bien las cuentas. Cuando llegué, estaba canturreando; debía de aprovechar hoy Clara para pedirla el permiso.
—¿Cuándo lo quiere?
—La última quincena de agosto.
—¿Y tú?
—¿Yo? Me da igual. Te lo advierto, que entre hacer el burro en mi casa y esto, no sé qué decirte. ¿Te vienes?
—Sí.
Felisa abotona su cinturón.
—Vamos. La luz. ¡Uy!, por poco me mato.
Da un puntapié a un zapato. Maneja el conmutador y cierra la puerta con llave.
La encargada abrillanta las uñas de su mano derecha sobre la manga izquierda de su bata de trabajo. La encargada es muy alta y fuerte; sus hombros son anchos; sus pies, grandes; sus piernas, demasiado gruesas. Sus manos enormes están habituadas a los duros trabajos. Antes de ingresar en la casa fue lavaplatos en una fonda y camarera en una pensión de primer orden.
Felisa deja la llave en un cajón del mostrador de los fiambres.
Paca enjabona y frota el cinc de la mesita de preparar los emparedados.
Dos camareros provistos de grandes plumeros desempolvan las paredes y las sillas del local. Otro, subido en una escalera, limpia los globos de la luz.
Antonia coloca las bandejas sucias unas sobre otras y las entrega a Trini.
—Lleva esto a la cocina.
—Hola, Antoñina.
—¡Chist! Anda, date prisa, que va a venir «el ogro».
—¡Uy, qué miedo!
—Anda, que es tarde.
«El ogro» es el jefe supremo, el propietario. Es brusco, grosero, autoritario; adora la disciplina. Cuando llega al establecimiento se dedica a pasar un dedo sobre los mostradores, sobre las vitrinas y la registradora; tira de los cajones, lo hurga todo y, de súbito, interpela a una de las muchachas: «Vamos a ver: ¿cuánto valen tres docenas y media de pasteles?». El más leve titubeo en la respuesta puede originar un despido.
—Oye, Antonia: ¿has visto qué buen humor «tiene» hoy? ¿No has visto la pulsera que trae?
—No.
—Muy mona: un aro de oro y un lacito con un granate en medio.
—Se lo habrá regalado «su» cliente.
—No creo; el regalo debe venir de otro lado.
—¡Anda ya!
—¡Chist!
La encargada se acerca:
—Oiga usted, Antonia: ¿encargó anoche la docena de cazuelitas para rellenar que la dije?
—Sí.
—¿Y el pan de molde?
—Y el pan de molde. Ya iba yo a decírselo a usted.
—Muy bien. Mire, Felisa, qué regalo me han hecho.
—¿A ver? ¡Uy, es preciosa!
—Es monísima. ¿Verdad, Antonia?
—Sí, es muy fina; ya se lo he dicho.
—Mañana es mi santo.
—Ya pagaré un sandwich y una cerveza; nada más, ¿eh?, que están malos los tiempos.
Se aleja.
Felisa inicia un paso de baile.
—Trú, lalá.
—Quieta, Felisa.
—Oye: está de muerte.
Trini, que coloca en el escaparate las bandejas llenas de género, hace un guiño.
Matilde cuenta las ensaimadas.
—…veintiséis, veintisiete…
—Oye, Matilde: ¿tú no has visto el regalo?
—…treinta, treinta y una —cuidado, está mirando—, treinta y dos, treinta y tres…
8
Antonia y la encargada desayunan sobre un velador del salón. El extemporáneo comienzo de jornada de Antonia le da derecho a un frugal desayuno —café con leche y bollo, o pan y mantequilla.
Mientras, las dependientas limpian y comentan. Clara, una de las chicas que hacen el turno de la noche —son dos, tres camareros y un encargado—, ha comenzado a disfrutar de sus quince días de vacaciones y Trini la substituirá. Por este motivo —las vacaciones— han sido suspendidas durante dos meses las «salidas». Naturalmente, la noticia ha exaltado los ánimos. Se habla de elevar una queja a la Dirección. Probablemente, todo se quedará en palabras. Otra cosa: ingresará en el establecimiento una ahijada del propietario. Esta muchacha ha visitado varias veces el salón de té en calidad de cliente, siempre en compañía de su familia o del jefe, y siempre dirigiendo miradas despectivas a las dependientas y tuteando como una loca a su padrino ante ellas. Este tuteo y los prodigados «padrino», la investían ante las empleadas de una superioridad social de ocasión, de la que parecía mostrarse muy satisfecha. Nadie se explica cómo ha podido «descender» tanto de pronto.
—¡Tanto postín!
—Yo me alegro.
—Pues vaya una ventaja, una espía al lado.
—Bueno; pero, de todos modos, me alegro; tanto presumir…
Pero su verdadera preocupación es la abolición del descanso semanal.
—Son unos canallas.
—¡Chist!
—No me da la gana callar; les parece mucho descanso cuatro horas a la semana.
Trini es la más exaltada. Por temperamento, y porque el cambio de turno la perjudica extraordinariamente. Es hija única de una viuda que se gana la vida como lavaplatos en un restaurante de la Puerta del Sol. Su jornal es insignificante y su trabajo, abrumador. Cuando llega a casa, por las noches, sus piernas varicosas están terriblemente hinchadas. El cambio de turno de la hija agravará su situación. En lo sucesivo habrá de recogerla cada noche —cada mañana— a las dos o las tres; el público que sale de los cines y los teatros; los artistas, que suelen establecer en el salón sus contumaces tertulias; una mujer joven que transita por las calles a tales horas se expone a ser víctima de innumerables incidentes en estos países donde se cultiva la prostitución.
Felisa ríe. («¿Va una a tomar en serio estas cosas?»).
—Trú, lalá…
—¡Mierda! Mira, cállate, que me pones negra.
Trini deja caer un gran pedazo de pan cake y lo pisotea.
—Haría lo mismo con la cabezota del «ogro».
—Es una estupidez. ¿Qué adelantas con eso?
—Bueno; lo estropeo, ¿y qué?
—Eso digo yo, ¿y qué?
Matilde empuja con un pie el dulce estropeado debajo del mostrador y con un paño aventa las migajas.
—Se han perdido seis pesetas. ¿Qué son seis pesetas para él? Menos que nada. Además, no se entera siquiera; de modo que no consigues ni disgustarlo. Y si se enterase, con ponerte de patitas en la calle…
Felisa coloca en una ancha bandeja de cristal unos pastelillos de hojaldre untados con dorada miel.
—Claro que es una tontería, Trini; al fin, una es la que se fastidia.
Abre la boca y se come un hojaldre.
Va aumentando la afluencia de público.
Es la hora de las modistas, de las dactilógrafas, de los empleados burocráticos, de los mozos de almacén.
Antonia engulle precipitadamente su último pedazo de pan con mantequilla y se levanta.
—¿Qué deseaba?
La actividad de la jornada ha comenzado.
En el mostrador de los fiambres, Paca ordena unas terrinas de mermelada.
Dos camareros empaquetan azúcar sobre una mesita.
Paco, el cocinero, cruza el salón y llega al mostrador de los pasteles. Entre sus manos, encarnadas y húmedas, reluce un ancho bote de hojalata.
—Café, Antonia.
Antonia eleva hasta el mostrador un recipiente de latón que contiene café y llena el bote al cocinero.
—Oiga, Antonia: creo que vamos a tener pronto corrida de toros.
—¿Por qué?
—Ayer me salió al encuentro la mujer de Cañete; a la cuenta, le han ido con el soplo de lo de la pulsera…
—¡Atiza!
—Está empeñada en venir a la casa y darla un escándalo.
Antonia se retira a servir a un cliente.
Paco se va a su rincón.
Un hombre con una barra de hielo a la espalda cruza hacia el sótano, dejando en el pavimento anchos hilos de agua.
Entra un inglés alto, caído de hombros, coloradote y con un largo bigote gris, y se sienta.
Uno de los camareros que empaquetan azúcar se levanta y acude a servirle.
El inglés pide un té completo y naranjas. Pero no hay naranjas en el establecimiento; tan sólo una, chiquitina y medio seca.
La encargada riñe a Paca por su falta de previsión.
—No está usted pensando más que en sus santos.
Paca se pone pálida; nada hubiera podido ofenderla más que tales palabras. La encargada lo sabe bien, y por eso se complace en atormentarla.
—Tome; dígale a Paco que se traiga una docena.
Saca de la registradora unas monedas, que entrega a la empleada.
Paca va hacia la cocina, con un ligero temblor en los huesudos y caídos hombros.
En seguida se ve salir a Paco, secándose las manos en el mandil azul.
El inglés ha sacado del bolsillo amplio de su americana una revista londinense y se ha puesto a leer.
El camarero le prepara sobre la mesita el servicio.
En el mostrador de los pasteles se sigue discutiendo el problema de la abolición de «salidas». Las vacaciones estivales no implican lo más mínimo el buen funcionamiento del servicio, por cuanto en el verano el trabajo se amortigua un tanto. Por lo cual, nada justifica la absurda supresión. Antonia, como suele, sonríe resignada. ¡Bueno! ¿Bueno? Sí, es muy cómodo aguantarse con todo; cómodo para «ellos», los de arriba. Ya no falta más que rebajen los salarios y aumenten la jornada de esclavitud; y contando con la pasividad de las empleadas es de temer que lo intenten el mejor día. Otra vez se habla de protestar. Felisa, aunque débilmente, apoya la protesta, sugerida por Trini; no la afecta gran cosa la abolición: su novio hace el servicio militar, y sus fiestas, transcurridas en el cuchitril giboso de una portería, al lado de una anciana pariente, no son ciertamente perspectivas brillantes; aquí, al menos, se pasa más distraídamente el tiempo, aunque se trabaje. Matilde, aunque tampoco siente su vida complicada con la supresión —los chillidos de su madre con los pequeños, las carreras de éstos, el griterío, los gruñidos de los acreedores que desfilan por su casa, no son cosas amables, por cierto—, apoya la protesta por solidaridad, por convicción; únicamente Antonia retira su voto: ha sufrido demasiado durante sus largos años de servicio, de adhesión a la casa y a su reglamento, para exponerse a perderlo todo ahora, cuando la juventud ya está lejana. Bien, resignarán la protesta; de lo contrario, Antonia quedaría en una posición nada airosa respecto al resto de sus compañeras; y, verdaderamente, la cosa es soportable, si bien se mira. Total, son dos meses; además, la perspectiva de un despido en unos momentos en que la crisis de trabajo se agudiza en el mundo entero, no es nada agradable. Este último argumento, esgrimido por Antonia, disipa el deseo reivindicativo de Matilde: son veintiuna pesetas a la semana; una porquería; pero cuando no hay medios de disponer de un salario más elevado… Todo se queda en palabras y en protestas baldías, como siempre.
El inglés, que ha consumido su desayuno, sigue leyendo su revista.
Se oyen los porrazos que el cocinero descarga en el sótano sobre el hielo, con un mazo de madera.
Zumban los ventiladores, arrojando un viento calentón y duro sobre las cosas.
Felisa, que acababa de colocar en las vitrinas las bandejas colmadas de pasteles, aparta un plato de merengues, bañados de chocolate, deshechos y feos.
Al poco, el inglés se retira.
No se ha vuelto a hablar más del asunto de la supresión de «salidas». Felisa ha estado toda la mañana canturreando por lo bajo, como de ordinario; Antonia, con su sonrisa bobalicona en los labios delgados, resignada, sometida a todo desde hace muchos años; sólo Trini ha demostrado su disconformidad, continuando su sistema de sabotaje por todos los medios a su alcance.
En el mostrador de enfrente parece no haber alterado los nervios la orden. La encargada sigue en su puesto, con los ojos azules, redondos, antipáticos, fijos en todo. En cuanto a Paca, ¡oh!, ésa, con su cara pálida y humildita de beata, cualquiera adivina lo que piensa.
9
El ambiente del salón es áspero, caliginoso, pesado. Sin embargo, no falta público dominguero, gustoso en aspirarlo, en envenenarse con él. Sobre todo ese viudo, con sus dos niños enlutados e iguales. Ese viudo con sus dos criaturas es algo que subraya la presencia del domingo en el salón de té, tanto como el aumento de género en el escaparate. Durante algún tiempo vinieron con la mamá, una señora muy gruesa y muy blanca, no fea del todo. Siempre solía pedir un vaso de leche y un brioche; pero antes de formular el pedido en firme al camarero solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación. En el verano se permitían su merengada y sus galletas de vainilla, o su mantecado, que ingerían a pequeños sorbos prudentes. «Cuidado, Tele; retenlo un poquitín en la boca, que está demasiado frío». A pesar de tantas precauciones la esposa falleció demasiado joven. El viudo guardó un luto prudente, como conviene a todo buen esposo, al cabo del cual reapareció con sus dos niños, un domingo, naturalmente. Desde entonces no han vuelto a regatear su presencia en ninguna ocasión. Siempre hacen idéntico pedido al mozo: dos merengadas y una ración de galletas, que se dividen fraternalmente. En cuanto a las merengadas, hacen lo propio: el padre consume una de ellas y la otra la liquidan entre los dos niños. Es digna de admiración la pericia con que simultanean su paja amarilla en la nieve dulzarrona del vaso. Cuando terminan se ponen a leer por riguroso turno, que ambos respetan, una de esas idiotas revistas infantiles con las que se tiende a sumir a los hombres en la más profunda sima de la estupidez desde sus más tempranos años. Suele hacer acto de presencia, también las tardes dominicales, una señora con un niño. Antes de entrar se la ve advertir algo al chico ante la puerta, al tiempo que busca o comprueba algo, tanteando su bolso de mano. El chiquillo hace invariablemente un gesto de asentimiento, y una vez dentro del local adopta un desdeñoso aire de suficiencia. Cuando el camarero se acerca con la servilleta blanca cuidadosamente plegada encima del brazo, la señora pide «una naranjada, y al niño, un pastel de crema. ¿No, Ricardín?». «No; a mí, un bocadillo de jamón y un vaso de leche». La madre aprueba ante el camarero; pero cuando éste se aleja le da al chico un puntapié por debajo de la mesa, sin dejar de sonreírle, porque ante todo es una señora distinguida y sabe cubrir las apariencias como cumple a una persona de su condición.
Los fraques asalariados apenas pueden reparar los domingos en tales casos curiosísimos, a causa de su actividad ininterrumpida.
La puerta de la cocina gira incesantemente, produciendo un crujido molesto. En el mostrador de los fiambres se despliega una actividad inusitada. Paca prepara sandwichs y baja de cuando en cuando al sótano a buscar algo a la frigorífica. La encargada taladra los tickets a los camareros y comprueba los servicios que éstos portan.
En el mostrador de los pasteles —¡cosa rara!— el ocio inmoviliza los miembros perezosos de las muchachas. Antonia permanece en pie, con las manos enlazadas atrás; Matilde y Trini están juntas, silenciosas. Felisa, sentada, se hurga entre las uñas con un alfiler.
Con frecuencia, un camarero se acerca y demanda concisamente:
—Una de soletilla.
—Seis pasteles.
—Dos ensaimadas.
Una de las muchachas sirve el pedido. Otra lo anota en un block: «Salón: Una de soletilla», etcétera. Y de nuevo se reintegran a su puesto, inmóviles.
Las batas negras, los cuellos almidonados, se recortan del plano ocre del fondo.
Cae la tarde, pesada y caliente.
De pronto, algo singular surge en la puerta de la calle; algo que atrae todas las miradas del interior, que hace distender los músculos del cuello y replegarse los párpados grasientos. Una persona avanza hacia el mostrador de la pastelería. Viste un atavío liviano de suaves sedas, estampadas de anchos crisantemos amarillos y azules. Sus pies, demasiado grandes. Sus codos, demasiado puntiagudos, obscuros y arrugados; sobradamente acusados los músculos del cuello. Algo extraño. Que avanza.
—Deme un pastel.
—¿Para llevar?
—No.
Aquel ser que acaba de romper con su presencia la inmovilidad espesa del ambiente —en el cual la curiosidad hace distender los cuellos hasta el dolor— alarga unos dedos descarnados y rojos, como de sirvienta endomingada, y toma un pastel bañado con huevo y con una encarnada cereza en su centro. Lo engulle lentamente, mirando al través de los cristales hacia el exterior, donde comienzan a evolucionar los verdes y blancos eléctricos del cinema de enfrente.
No se sabe cuándo —probablemente inmediatas a la aparición del extraño ser— han aparecido en el vano de la puerta de la calle varias cabezas greñudas y numerosos ojos sin color. Y de pronto, una voz chillona grita:
—¡Es un hombre!
Aquel ser permanece inmutable, masticando su pastel. Sólo las aletas de su fina nariz sufren un leve temblor.
—A ver, señorita: haga el favor.
Antonia le alarga el pastel que pide.
—Gracias.
Su voz no es sospechosa.
—¡Es un hombre!
Esta vez, un camarero se acerca a la puerta y expulsa a los chicos:
—¡Largo!
Aquel ser aún se come dos pasteles más. Y cuando los chicuelos han desaparecido, paga y sale. Más deprisa que entró…
Ya en la calle, llama al primer taxi que cruza.
Todo adquiere de pronto un aspecto distinto. La quietud ha sido substituida por una vivacidad de movimiento sorprendente. El silencio es roto por un fuerte murmullo de conversaciones. Es el caso de esos barracones de las verbenas, los «Rosita: para un niño», a los que la presencia de una moneda infunde una fuerte vitalidad.
Y aún hay otra sorpresa dominical. Hacia las ocho de la noche, cuando el «distinguido» comienza a establecer vanos en el local. Felisa emite un grito agudo y da un salto:
—¡Un ratón!
Se produce una violenta conmoción. Dos o tres señoras se ponen en pie. Los hombres sonríen. En general, el disgusto se manifiesta en todos los presentes. Cada cual busca con la vista en sus pasteles la huella de los roedores. Varios pedidos quedarán intactos sobre las mesas.
La confusión de los empleados es indescriptible.
La encargada, más pálida y seca que de costumbre, cruza despacio hacia el mostrador de los pasteles, con una fría sonrisa en los labios resecos, enseñando los dientes.
—¿Qué ha pasado?
Felisa, muy encarnada, titubea:
—Nada; que yo…
—Ya lo sé: que usted, en venganza por haber sido despedida, trata de empañar el buen crédito de la casa. Usted sabe perfectamente la pulcritud que preside la limpieza del establecimiento. Sus palabras sólo obedecen a un deliberado propósito de venganza. Su conducta es eminentemente reprobable. —Y añade por lo bajo—: Es usted una idiota.
El público parece olvidar pronto el incidente. No obstante, pueden verse al final, sobre las mesitas, bandejas de pasteles intactas.
Las empleadas permanecen silenciosas y confusas. La actitud de la encargada ha paralizado en absoluto sus miembros y apretado sus mandíbulas una contra la otra.
El súbito rojo de Felisa ha descendido hasta la enfermiza amarillez de la cera. Sus manos, frías, se sienten acometidas de una excitante actividad: cortan papel, ordenan las bandejas, retiran los cubiertos y los platos sucios. Parece como si quisiera purgar de este modo su falta imaginaria.
En tanto, el ratoncillo ha cruzado varias veces, audaz, entre las piernas de las muchachas, a la búsqueda de las migajas diseminadas en el suelo.
Otra vez las nueve en el salón vacío. El conmutador de los ventiladores se hace girar por orden de la encargada. Cuando no hay público en el local, el vuelo del viento artificial se detiene y entonces el calor pesa más y la atmósfera es más densa, y un peso abrumador se aplasta sobre los hombros débiles de las empleadas.
Felisa es la primera en desfilar.
Al pasar por el mostrador de los fiambres, la encargada la detiene:
—Ya sabe usted que está despedida. El sábado pase a recoger su salario.
Felisa sigue hacia la cabina inmunda a cambiarse de ropa. Sin una palabra. Sus mandíbulas siguen apretadas hasta el dolor.
Dentro del cuartucho, Trini se abotona el uniforme:
—¿Que, te pasa, chica?
Felisa comienza a desnudarse sin responder, con la mirada fija, extática.
—¿Qué te ha pasado?
Felisa se desploma encima de un montón de zapatos malolientes y de su propio uniforme. Su cabeza rebota en la puerta, muy fuerte: un golpe formidable que hace exclamar a la encargada:
—¿Qué harán esas burras?
Pero enseguida ensaya un gesto irresistible: ahí está en la puerta, con su eterna sonrisa aurífera, «su» cliente del pastel de grosella.
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