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Orígenes sociales de los derechos humanos
Orígenes sociales de los derechos humanos: violencia y protesta en la capital petrolera de Colombia, 1919-2010
Resumen
El activismo de derechos humanos suele asociarse con el trabajo de organizaciones internacionales que buscan incidir en la manera en que los estados abusivos actúan en diferentes partes del mundo. En Barrancabermeja, Colombia, según sostiene Luis van Isschot en Orígenes sociales de los derechos humanos, la lucha por los derechos se ha dado de forma más orgánica y ha estado circunscrita a un ámbito local, como resultado de una larga historia de activismo civil y social. El autor analiza en profundidad las vidas de activistas locales en una zona de conflicto y enmarca sus experiencias en importantes cambios sociales que han moldeado a América Latina a lo largo del siglo XX.
Creada por la Standard Oil en 1919 y sede de la mayor refinería de petróleo del país, Barrancabermeja ha sido desde hace tiempo un campo de batalla crucial del conflicto armado colombiano. La ciudad, una de las áreas urbanas más militarizadas del mundo, ha sido base regional de las fuerzas armadas colombianas, así como de guerrillas de izquierda y del movimiento paramilitar nacional. En el contexto de una guerra sucia, cuyas víctimas fueron en su mayoría civiles, movimientos urbanos y rurales de Barrancabermeja y de su entorno próximo se unieron y crearon un movimiento para la defensa de los derechos humanos. Estos activistas prominentes solicitaron al estado colombiano la protección de derechos humanos básicos y denunciaron las más profundas desigualdades económicas, que consideraban como el origen del conflicto. Mediante el estudio detallado de las complejas dinámicas que se entretejen en Barrancabermeja, van Isschot muestra cómo las iniciativas que describimos como activismo de “derechos humanos” se derivan en gran parte de tales vivencias, asociadas con el autoritarismo, la guerra, la pobreza y la exclusión social. A través de un enfoque social e histórico, su análisis complementa y cuestiona el trabajo de investigadores que miran los asuntos asociados con los derechos fundamentalmente mediante una lente jurídica.
Palabras clave: ambiente, América Latina, Colombia, derechos humanos, historia, política.
The Social Origins of Human Rights: Protesting Political Violence in Colombia’s Oil Capital, 1919-2010
Abstract
Human rights activism is often associated with international organizations that try to affect the behavior of abusive states around the globe. In Barrancabermeja, Colombia, argues Luis van Isschot in The Social Origin of Human Rights, the struggle for rights has emerged more organically and locally, out of a long history of civil and social organizing. He offers deep insight into the lives of home-grown activists in a conflict zone, against the backdrop of major historical changes that shaped Latin America in the twentieth century.
Built by Standard Oil in 1919, and home to the largest petroleum refinery in the country, Barrancabermeja has long been a critical battleground in Colombia’s armed conflict. One of the most militarized urban areas on earth, the city has been a regional base for the Colombian armed forces as well as for leftist guerrillas and a national paramilitary movement. In the midst of a dirty war in which the majority of victims were civilians, urban and rural social movements from Barrancabermeja and the surrounding area came together to establish a human rights movement. These frontline activists called upon the Colombian state to protect basic human rights and denounced the deeper socioeconomic inequalities they saw as sources of conflict. Through close study of the complex dynamics at work in Barrancabermeja, van Isschot shows how the efforts we describe as “human rights” activism derive in large part from these lived experiences of authoritarianism, war, poverty, and social exclusion. Through its social and historical approach, his analysis both complements and challenges the work of scholars who look at rights issues primarily through a legal lens.
Keywords: human rights, history, Latin America, Colombia, politics, environment.
Citación sugerida/Suggested citation
Van Isschot, Luis. Orígenes sociales de los derechos humanos: violencia y protesta en la capital petrolera de Colombia, 1919-2010. Bogotá, D. C.: Editorial Universidad del Rosario, 2020.
https://doi.org/10.12804/th9789587844764
Orígenes sociales de los derechos humanos:
violencia y protesta en la capital petrolera de Colombia, 1919-2010
Luis van Isschot
Traducción de
Claudia Caicedo
Van Isschot, Luis
Orígenes sociales de los derechos humanos: violencia y protesta en la capital petrolera de Colombia, 1919-2010 / Luis van Isschot. – Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2020.
Incluye referencias bibliográficas.
1. Derechos humanos – Colombia. 2. Luchas sociales – Colombia. 3. Movimientos sociales – Colombia. 4. Violencia – Colombia. 5. Violación de los derechos humanos – Colombia. Industria del petróleo – Colombia. I. Van Isschot, Luis. II. Universidad del Rosario. III. Título.
341.48 SCDD 20
Catalogación en la fuente – Universidad del Rosario. CRAI
| JAGH | Agosto 6 de 2020 |
Hecho el depósito legal que marca el Decreto 460 de 1995

© Editorial Universidad del Rosario
© Universidad del Rosario
© Luis van Isschot
© Claudia Caicedo, por la traducción
Los orígenes sociales de los derechos humanos: violencia y protesta en la capital petrolera de Colombia, 1919-2010 de Luis van lsschot se publica por acuerdo con la University of Wisconsin Press. © 2015 por la Junta de Regentes del Sistema de la Universidad de Wisconsin. Todos los derechos reservados.
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Tel: 2970200 Ext. 3112
editorial.urosario.edu.co
Primera edición en español: Bogotá, D. C., 2020
ISBN: 978-958-784-475-7 (impreso)
ISBN: 978-958-784-476-4 (ePub)
ISBN: 978-958-784-477-1 (pdf)
https://doi.org/10.12804/th9789587844764
Coordinación editorial: Editorial Universidad del Rosario
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A Stephanie, Jordi y Nicolasa
Autor
Luis van Isschot es profesor asociado de historia moderna de América Latina en la Universidad de Toronto, especializado en la historia de Colombia. Ha trabajado e investigado sobre cuestiones relacionadas con los derechos humanos en América Latina, Canadá y los Estados Unidos, así como en la región de los Grandes Lagos de África.
Contenido
Lista de figuras y mapas
Prefacio
Agradecimientos
Abreviaturas
Cronología de la historia de Barrancabermeja
Introducción. “Un auge de lucha muy grande”
La guerra contra los derechos humanos
Los derechos humanos como protesta social
Para comprender la represión paramilitar
Un nuevo paradigma de protesta social
Panorama general
1. Trabajadores petroleros, colonos y las raíces del radicalismo popular
Una ciudad rebelde
Conquistadores, colonos y capitalistas
La llegada de los petroleros
La vida y el trabajo en una ciudad pujante
Raíces de la cultura de políticas radicales
El levantamiento comunero de Barrancabermeja
Conclusión
2. Nuevos movimientos sociales se dan a conocer
Surgen nuevas formas de protesta
Surgen nuevos actores sociales en Barranca
Una nueva identidad regional
Nace el movimiento cívico popular
La huelga petrolera de 1971
Represión y contrainsurgencia
Reclamaciones de derechos sociales
La militarización de Barranca
Conclusión
3. La guerra en el campo y la transformación de una ciudad-empresa
Introducción
El crisol de los derechos humanos en Colombia
Campesinos denuncian el paramilitarismo
La Coordinadora Popular de Barrancabermeja
La masacre de Vuelta Acuña
Conclusión
4. La protesta popular y el activismo por los derechos humanos
Introducción
Los primeros disparos en la guerra sucia
Advenimiento de la militancia por los derechos humanos
La angustia y la protesta popular en las secuelas de la violencia
Derechos humanos y revolución
Conclusión
5. Biografía extraordinaria de un movimiento por los derechos humanos
Introducción
Un nuevo paradigma de protesta social
Defensa de la cultura popular de protesta
Una ciudad y una región asediadas
Conclusión
6. La guerra contra los defensores de derechos humanos
Un mensaje aterrador
La violencia paramilitar en Barrancabermeja
La masacre en La Rochela
Nace el comité de los derechos humanos
Los ataques contra Credhos
La naturaleza cambiante de la propuesta popular
Conclusión
7. Respuesta de los movimientos sociales al cambio catastrófico
La toma de Barrancabermeja
La masacre del 16 de mayo de 1998
Los movimientos sociales responden a la ocupación paramilitar
Conclusión
Conclusión. “Esta utopía… esta posibilidad de seguir soñando”
En la línea de fuego
Los derechos humanos, los movimientos sociales y el Estado
Reconsiderando las redes de defensa
El legado de los movimientos locales de derechos humanos
Bibliografía
Listas de figuras y mapas
Figuras
Figura 1. El Cristo Petrolero, símbolo de Barrancabermeja
Figura 2. Refinería en Barrancabermeja
Figura 3. Marcha laboral a principios de los años sesenta
Figura 4. Visita del presidente Julio César Turbay Ayala a Barrancabermeja en 1980
Figura 5. Reunión del partido político Unión Patriótica en Barrancabermeja, años ochenta
Figura 6. Un salón atestado en una reunión del concejo municipal en Barrancabermeja, años ochenta
Figura 7. Sabotaje al gasoducto al sur de Barrancabermeja, 1998
Figura 8. Dirigente del sindicato de los trabajadores petroleros, Hernando Hernández, hablando en una manifestación en protesta de la masacre del 16 de mayo de 1998
Figura 9. “Las mujeres no parimos ni forjamos vida para la guerra”. Miembros de la Organización Femenina Popular protestan contra la violencia en el Magdalena Medio. Mayo de 1998
Figura 10. Sirviendo sancocho. 1º de mayo de 1998
Mapas
Mapa 1. Norte de Colombia, con cifras de población de las principales zonas urbanas. Circa 1905
Mapa 2. Barrios seleccionados de Barrancabermeja, la refinería, El Centro y los barrios nororientales. Circa 1998
Mapa 3. Lugares populares, oficinas de los movimientos sociales y calles principales en el centro de Barrancabermeja. Circa 1998
Mapa 4. Región del Magdalena Medio, incluyendo topografía, ríos importantes, municipios seleccionados y sitios de actividad guerrillera y paramilitar. Circa 1997
Prefacio
Diariamente miles de personas viajan desde y hacia Barrancabermeja por vía fluvial. La mayoría viene del campo en tránsito a otro destino en el interior del país, a buscar trabajo, a vender sus productos agrícolas y pescado, o en busca de seguridad. Los taxis acuáticos, conocidos como ‘chalupas’, y las canoas con motores fuera de borda, conocidas como ‘johnsons’, zumban y saltan por todo el río Magdalena a la sombra de la refinería de petróleo más grande de Colombia. Terraplenes de concreto se extienden por dos kilómetros a lo largo de la orilla. Antes de llegar a la ciudad, embarcaciones originarias de Puerto Wilches, Cantagallo, Puerto Berrío, Simití u otras pequeñas poblaciones pueden ser sometidas a requisas por parte de las fuerzas de seguridad colombianas, por paramilitares o por guerrillas. Barrancabermeja es la capital no oficial de una región rica en recursos y asediada por la guerra, conocida como el Magdalena Medio. Este es un territorio de tierras bajas, cálidas y húmedas, que se extienden por unos 30 000 kilómetros cuadrados e incluye siete departamentos de Colombia.1 A pesar de que en el Magdalena Medio se produce una gran cantidad de riqueza, se calcula que hasta un 70 % del millón de residentes de la zona vive en la pobreza, casi el doble del promedio nacional.2 Desde mediados del siglo XX, el Magdalena Medio ha sido escenario de operaciones de insurgencia y contrainsurgencia. Las dificultades económicas y la violencia han llevado a miles de personas a abandonar en forma permanente las zonas rurales.

Mapa 1. Norte de Colombia, con cifras de población de las principales zonas urbanas. Circa 1905

Figura 1. El Cristo Petrolero, símbolo de Barrancabermeja
Fuente: fotografía del autor.
En un retén de la Armada justo al norte de la refinería, los viajeros son interrogados y registrados por soldados jóvenes. Desde ahí hay un corto viaje hasta el muelle municipal. Los migrantes pueden dirigirse desde la zona del puerto, a través de un centro comercial de la ciudad bastante congestionado, pasando ante filas de apartamentos modestos. En la vía, pueden dar un vistazo al Cristo Petrolero (véase la figura 1), una escultura de Cristo, en hierro, de 26 metros de altura, con sus manos elevadas hacia el cielo, erigida en 1995 en la ciénaga Miramar, la laguna que separa a la refinería del centro de Barranca. Buses municipales y motocicletas resuenan al pasar por la sede principal del sindicato de los trabajadores del petróleo y al cruzar la vía férrea hacia los barrios populares de la ciudad que se expanden cada vez más. Los barrios orientales, que una mayoría de barranqueños llama su hogar, consisten principalmente en pequeñas cabañas de concreto, con grupos de casuchas de madera ensambladas más recientemente en la periferia. El terreno del otro lado de la vía férrea, de lo que se conoce como el puente elevado, está desnivelado, es de un verdor sorprendente y está físicamente aislado de la ciudad más próspera, construida con las ganancias de la industria del petróleo.
Desde principios del siglo XX, Barranca ha estado conectada con Bogotá y con el mundo exterior por vía aérea. Cuando uno llega en avión, lo primero que lo sorprende es el calor. La humedad llena la cabina de los aviones Fokker 50 de doble turbina de la aerolínea Avianca, a medida que se desciende hacia el exuberante valle. Barranca tiene una temperatura promedio de 30 °C, pero el mercurio a menudo sobrepasa los 45 °C al mediodía. A diferencia de las zonas costeras de Colombia, el aire de Barranca es caliente y espeso. Está ubicada a 500 kilómetros de distancia del mar. Casi nunca hay brisa y las hojas penden inmóviles de los árboles. El río Magdalena, rugiente y colmado de sedimento, ofrece muy poco alivio. Desde la llegada de la Jersey Standard en 1919 han estado viniendo a la capital y otros lugares administradores e ingenieros que vienen a trabajar a la industria petrolera. Bajo el control del gobierno central desde 1961, Barranca ha seguido siendo el centro industrial más importante de país. Hasta las últimas décadas del siglo XX la ciudad pasó de ser uno de los principales lugares del conflicto armado y de la represión oficial a ser un centro de activismo social. Desde esa época, al personal de la compañía petrolera se han unido pequeños grupos de trabajadores de derechos humanos en sus vuelos a Barranca.
Viví en Barrancabermeja desde enero hasta diciembre de 1998. En esa época trabajaba como voluntario con las Brigadas Internacionales de Paz (PBI), una organización de derechos humanos fundada sobre los principios de la no violencia que, desde 1981, apoya movimientos populares amenazados en América Latina. A veces se nos ha descrito como “guardaespaldas desarmados” y nuestro trabajo consistía primordialmente en acompañar a defensores de derechos humanos en sus rondas cotidianas.3 Nosotros pasamos muchas horas en las oficinas locales de organizaciones de derechos sindicales y de derechos humanos. Cuando un activista recibía amenazas de muerte directas pasábamos las 24 horas del día a su lado. También emprendimos con regularidad viajes en busca de información a poblaciones a lo largo del río Magdalena. En todos los lugares a los que fuimos había ciudadanos comunes y corrientes, sacerdotes, sindicalistas, organizadores campesinos, abogados, concejales municipales y maestros de escuela que conformaban una red regional de activistas de derechos humanos.
Mientras estuve en Colombia me reuní con frecuencia con oficiales de la Policía Nacional, el Ejército y la Armada involucrados en el trabajo de contrainsurgencia. Algunos de estos encuentros tuvieron lugar en pequeñas poblaciones, en refugios, mientras había intercambio de disparos con otra fuerza. Soldados jóvenes nos dijeron que debían viajar en parejas y totalmente armados para hacer el corto viaje atravesando la ciudad para llamar a sus familias y a sus novias desde la oficina local de Telecom. También me reuní con oficiales de alto rango, como el general Fernando Millán, quien fuera acusado de organizar fuerzas paramilitares y quien fue comandante de la Quinta Brigada del Ejército colombiano en la ciudad de Bucaramanga. A medida que él hablaba con enojo de los activistas de derechos humanos de Barranca y denunciaba a individuos por su nombre como bandidos y subversivos, yo observaba en la pared detrás de su escritorio lo que parecía ser una foto de él posando con el dictador chileno Augusto Pinochet. En momentos como ese, los peligros del trabajo en derechos humanos se hicieron mucho más que evidentes.
En la noche del 16 de mayo de 1998, un grupo grande de hombres armados, vestidos con uniforme militar, asesinaron a siete personas y secuestraron a otras 25 en Barrancabermeja. Miguel, un voluntario de las Brigadas proveniente de España, nos llamó para darnos la noticia. En ese momento, él estaba acompañando a Osiris Bayter, la entonces presidente de la Corporación Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (Credhos). Los detalles aún no eran claros y nadie sabía exactamente cuánta gente había sido asesinada. Nuestros temores e incredulidad fueron alimentados por rumores y por desinformación. La lista de muertos, hombres y mujeres jóvenes, era actualizada de boca en boca. Durante la semana siguiente, Barranca fue escenario de la mayor protesta en toda una generación. Pasamos cinco días con sus noches acompañando a los activistas de distintos grupos locales, en tanto ellos permanecían en vigilia en las barricadas que habían levantado en puntos estratégicos alrededor de la ciudad. Turnándonos en la oficina de las Brigadas de Paz escribimos informes sobre lo que estaba ocurriendo y los enviamos a grupos de derechos humanos alrededor del mundo, incluyendo Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Oficina de Washington para América Latina (WOLA) y el Comité Inter-Iglesias Canadienses Pro Derechos Humanos en América Latina.
La masacre del 16 de mayo y el paro cívico que tuvo lugar en consecuencia ocurrieron en una época en la cual los activistas de derechos humanos en Colombia estaban adquiriendo un perfil internacional cada vez mayor como críticos de la revitalizada guerra de las drogas de Estados Unidos. Antes de los ataques terroristas al World Trade Center el 11 de septiembre de 2001, Colombia era una de las principales preocupaciones de la política exterior del gobierno estadounidense. En junio del año 2000, un paquete de ayuda militar de 1300 millones de dólares fue aprobado por el presidente Bill Clinton tras más de un año de debate público. Los grupos de derechos humanos buscaban impedir el llamado Plan Colombia, al exponer los vínculos entre las fuerzas armadas colombianas y los escuadrones de la muerte de los paramilitares. Para hacerlo, muchos se apoyaron en la historia de Barranca como un ejemplo admonitorio.4 A medida que el Plan Colombia era discutido por el Congreso de Estados Unidos, decenas de activistas de derechos humanos colombianos viajaron a Washington, D.C., a convencer a los legisladores para que no aprobaran lo que llegó a ser un plan ligeramente velado de contrainsurgencia. Los miembros del Partido Demócrata de mente liberal insistieron en la asistencia humanitaria para los miles de personas que con certeza serían desplazadas por el empuje militar financiado por el Plan Colombia hacia el sur de Colombia controlado por los rebeldes.5 Los oportunistas estaban a la orden del día en busca de contratos para compra de armas. Tras una visita a la zona en el año 2001, Adam Isacson, observador de Colombia de vieja data y crítico perseverante del Plan Colombia, escribiría: “A medida que Washington se acerca más al largo y sangriento conflicto de Colombia, Barranca nos ofrece un adelanto de la pesadilla que se acerca”.6 La cantidad de organizaciones internacionales presentes en el Magdalena Medio se incrementaría notablemente durante aquellos meses y años.
A pesar de la atención dada a Barrancabermeja, los trabajadores de derechos humanos tendrían que encarar nuevos y terribles desafíos. A medida que el Plan Colombia entraba en efecto, las conversaciones de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia se fueron a pique y la violencia política en el Magdalena Medio se incrementó. Yo me marché de Barrancabermeja en diciembre de 1998, pero seguí trabajando para las Brigadas de la Paz en el proyecto de Colombia hasta el año 2003. Durante mi trabajo en la organización viajé con regularidad entre Washington, D.C., Ottawa, Bogotá y Barranca para ayudar a convocar grupos de la sociedad civil, diplomáticos, legisladores y ciudadanos comunes y corrientes en pro de la defensa de los trabajadores de derechos humanos. Durante los últimos meses, de la eventual conquista paramilitar de la ciudad en el año 2001, pude retornar a Barranca varias veces. En ese tiempo aprendí que mucho antes de que Barranca fuera conocida como una de las ciudades más violentas, en uno de los países más violentos del mundo, había sido un modelo de organización de los movimientos sociales. Cuando regresé a realizar la investigación para este libro en el año 2005, encontré a Barranca transformada. Los paramilitares ejercían ahora un control casi hegemónico sobre la política y la economía de la ciudad. Frustrados por los reveses que habían sufrido, pero decididos a neutralizar la continua amenaza de violencia, muchos de los activistas con quienes hablé se encontraban en un estado de reflexión. Durante nuestras conversaciones me enteré de cosas extraordinarias acerca de los movimientos populares de la ciudad y de su relación con el reciente contexto de guerrillas, paramilitares y fuerzas de seguridad del Estado. Los diversos hilos de la madeja de una larga historia de activismo social se fueron desenvolviendo a medida que exploramos travesías personales a través de la esperanza, la desilusión y la supervivencia.7
Una de las personas a las que entrevisté mientras realizaba la investigación para este libro fue al presidente de Credhos, David Ravelo, quien fue encarcelado el 14 de septiembre de 2010. El 7 de diciembre de 2012, David Ravelo fue sentenciado a 18 años y 3 meses por homicidio agravado. Margaret Sekaggya, quien fuera reportera especial de las Naciones Unidas sobre la situación de los defensores de derechos humanos de 2008 a 2014, ha afirmado que el caso contra Ravelo fue parte de un patrón de acoso legal contra los defensores de derechos humanos en Colombia.8 Decenas de organizaciones de derechos humanos colombianas e internacionales, así como expertos, han denunciado irregularidades en el proceso judicial al cual fue sometido Ravelo. Muchos observadores han indicado que el caso contra Ravelo, al igual que aquellos contra otros activistas sociales, se basaron en declaraciones de paramilitares desmovilizados que ofrecieron su testimonio a cambio de la reducción de condenas, de acuerdo con los términos de la polémica Ley de Justicia y Paz del año 2005. El testigo clave contra Ravelo fue el comandante paramilitar Mario Jaimes Mejía, alias ‘El Panadero’, quien actualmente está cumpliendo condena por su participación en la masacre de 32 personas en Barrancabermeja el 16 de mayo de 1998.9 En 2014, se anunciaron investigaciones contra ‘El Panadero’ por cargos de fraude y testimonio falso, en relación con el caso de David Ravelo, y por secuestro, tortura y asalto sexual en relación con el caso de la periodista Jineth Bedoya. El caso de Ravelo fue sometido a la Jurisdicción Especial para la Paz en 2015, y el defensor de derechos humanos recuperó su libertad en 2017.
Las experiencias de muchos activistas con quienes hablé y los interrogantes que plantearon fueron la fuente de inspiración de este libro. He sido sumamente afortunado al tener la oportunidad de investigar, escribir y enseñar acerca de las raíces de los movimientos de derechos humanos en América Latina. Esta obra fue desarrollada como resultado de la tensión creativa entre la investigación académica, la enseñanza y la práctica en materia de la justicia.
Notas
1 Santander, Cesar, Bolívar, Antioquia, Boyacá, Caldas y Cundinamarca.
2 Miguel Barreto Henriques, “El laboratorio de paz en el Magdalena Medio: ¿un verdadero ‘laboratorio de paz’?”, en Guerra y violencia en Colombia: herramientas e interpretaciones, editado por Jorge A. Restrepo y David Aponte (Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2009), 504.
3 Liam Mahony y Luis Eguren, En buena compañía: el acompañamiento internacional para la protección de los derechos humanos (Santander, España: Universidad de Cantabria, 2006).
4 A partir de 1994, las Brigadas Internacionales de Paz mantuvieron equipos en Barrancabermeja conformados por media docena de observadores internacionales. En los años siguientes, otras organizaciones internacionales, incluyendo a Médicos Sin Fronteras, Christian Peacemaker Teams, Amnistía Internacional, Paz y Tercer Mundo, y otros establecieron proyectos en la ciudad. La ciudad se convertiría en un punto de referencia para muchos activistas internacionales. En mayo de 1999, Amnistía Internacional publicó por primera vez un reporte detallado sobre Barranca. Amnesty International, Barrancabermeja: A City under Siege (Londres: Amnesty International Publications, 1999).
5 En las audiencias del Senado de Estados Unidos para evaluar el progreso del Plan Colombia en octubre de 2003, testigos expertos y legisladores establecieron el vínculo entre el Plan Colombia, la erradicación de los cultivos de droga y la migración interna forzada. Según testigos expertos, en esa época hubo aproximadamente 2,5 millones de personas desplazadas internamente en Colombia. Committee on Foreign Relations, U.S. Senate, Challenges for U.S. Policy towards Colombia: Is Plan Colombia Working? (Washington, D.C.: U.S. Department of State, 2003), 34.
6 Adam Isacson, “Los nuevos dueños de Barranca: reporte del viaje de CIP a Barrancabermeja, Colombia, 6-8 de marzo del 2001” (Washington, D.C.: Center for International Policy, 2001).
7 He discutido el proceso de conducir entrevistas de la historia oral en Barrancabermeja en el ensayo “The Heart of Activism in Colombia: Reflections on Activism and Oral History Research in a Conflict Area”, en Off the Record: Unspoken Negotiations in the Practice of Oral History, editado por Stacey Zembrycki y Anna SheẠel (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2013), 239-254.
8 International Federation for Human Rights (FIDH), Colombia: caso de David Ravelo Crespo, Communiqué (noviembre 4, 2014), https://www.fidh.org/es/americas/colombia/16400-colombia-caso-de-david-ravelo-crespo#nb1.
9 “¿Las mentiras de ‘El Panadero’?”, El Espectador, septiembre 16, 2014; “‘El Panadero’, a juicio por el caso de la periodista Jineth Bedoya”, El Tiempo, septiembre 30, 2014.
Agradecimientos
Deseo agradecer a todas aquellas personas en Colombia que compartieron sus historias y experiencia conmigo. Extiendo un especial agradecimiento a Credhos por permitirme con gran generosidad consultar sus archivos, así como también a la Organización Femenina Popular, la Unión Sindical Obrera, la Pastoral Social y a todas las organizaciones de la región que me abrieron sus puertas y compartieron sus análisis.
Deseo expresar mi muy especial agradecimiento a Claudia Caicedo Núñez, la excelente traductora de esta edición de mi libro en español. La dedicación de Claudia a su labor es extraordinaria y para mí fue un verdadero placer trabajar con ella. Mi comprensión de la historia colombiana aumentó considerablemente durante las largas horas que pasamos enfrascados analizando párrafos, oraciones y términos en los dos idiomas. Gracias a Claudia, podré interactuar mucho más a fondo con los lectores latinoamericanos. Para mí, hablante para quien el español es una lengua heredada, es especialmente importante que mi libro sea impreso en el idioma de los miembros de mi familia que viven en Ottawa, Montreal, Washington, D.C., Quito, Guayaquil y Las Palmas de Gran Canaria, entre otros lugares.
Deseo agradecer a Miguel Fernández, Glenis Pérez, Mirjam Koppe, Elena Rey, Camilo Castellanos, ya fallecido, Eleanor Douglas, Katia Urteaga y a las Brigadas Internacionales de Paz, por su hospitalidad y apoyo en Bogotá y en Barrancabermeja. Agradezco también a todos mis amigos, maestros y mentores colombianas y colombianos, especialmente a Rosa Pinzón, Amanda Romero, Francisco Campo, Régulo Madero, Yolanda Becerra, Luisa Serrano, Leila Celis, Matilde Vargas, Pedro Galindo, Alfonso Torres Duarte, Mauricio Archila, Cristina Rojas, Pilar Riaño-Alcalá, Jorge González Jácome y Catalina Muñoz. A lo largo de gran parte del proceso gocé de la compañía y el respaldo de John Jairo Bedoya, quien me ofreció comentarios detallados sobre el manuscrito. Mi gratitud a la extraordinaria comunidad de académicos de Barrancabermeja, especialmente a Rafael Velásquez, quien ha arrojado abundante luz sobre la historia del pueblo indígena yareguíe. Gracias también a los historiadores barranqueños Jorge Núñez y Fernando Acuña, por sus apreciaciones y generosidad. Debo hacer un llamado especial a Germán Plata. Mi gratitud también se debe extender a William Mancera por su gran ayuda llevando a cabo la investigación en las bibliotecas de Bogotá.
Agradezco a Catherine LeGrand, por su energía y sabiduría. Cuando viví en Colombia en 1998, varios años antes de comenzar mi doctorado, un amigo que enseñaba historia en el Instituto Universitario de la Paz en Barrancabermeja me habló de Catherine LeGrand. Él no la había conocido, pero me dijo que ella había escrito un clásico de la historia colombiana y que yo no podía dejar de buscarla cuando regresara a mi hogar en Montreal. Nunca podría haberme imaginado cuán significativo resultaría ser su consejo.
Agradezco a Jesús Abad Colorado, por la maravillosa fotografía que aparece en la portada. Gracias a la dueña de Foto Estudio Joya de Barrancabermeja de quién compré en 2005 las impresiones fotográficas que aparecen en este libro.
Mi agradecimiento a Winifred Tate y Mary Roldán por sus comentarios detallados y su apoyo incondicional. Además, quiero agradecer a Nancy Appelbaum, por sus inmensamente generosos comentarios al manuscrito. Gracias también a Aviva Chomsky por sus comentarios y por darme ánimo.
En la Editorial de la Universidad del Rosario, un especial gracias al director, Juan Felipe Córdoba Restrepo, por su apoyo y confianza, así como a Ingrith Torres Torres y Lina Morales. Deseo agradecer también a Gwen Walker y Steve J. Stern y todo el equipo de la Editorial de la Universidad de Wisconsin. Estoy profundamente agradecido con todos aquellos que me brindaron consejo, apoyo editorial y estímulo.
En la Universidad de Connecticut tengo muchas personas a quienes agradecer por su apoyo a este proyecto y por su amistad, especialmente a Jason Oliver Chang y Mark Overmyer-Velázquez, al igual que a Mark Healey y a muchos otros colegas en el Departamento de Historia, en el Instituto de Derechos Humanos y en El Instituto: Institute of Latina/o, Caribbean, and Latin American Studies. Mi especial agradecimiento a Orlando Deavila por su ayuda en la investigación. Jason Oliver Chang fue una gran fuente de energía para mí durante los últimos dos años y aprecio profundamente sus comentarios a los borradores de los capítulos. También estoy en deuda con John E. Harmon, profesor emérito de la Central Connecticut State University, por haber creado mapas originales para esta publicación.
En la Universidad de Toronto tengo una cantidad de colegas y amigos maravillosos a quienes agradecer, incluyendo a Sean Mills, Melanie Newton, Kevin Coleman, Yvon Wang, Tamara J. Walker, Eric Jennings y Nick Terpstra, todos ellos del Departamento de Historia. Mi agradecimiento a todos en Estudios Latinoamericanos, incluyendo a Susan Antebi, Berenice Villagómez y Donald Kingsbury. Extiendo mi especial reconocimiento a Ana María Bejarano, ya fallecida, cuya presencia y contribuciones a la universidad echamos mucho de menos.
Una gran oportunidad que he tenido en los últimos años ha sido trabajar con miembros de la comunidad colombiana en Toronto, especialmente de la Alianza de Solidaridad y Acción por Colombia, así como de los grupos que trabajan en defensa de la justicia, la paz y los derechos humanos, incluyendo a Kairos: Iniciativas Ecuménicas Canadienses de Justicia, las Brigadas Internacionales de Paz Canadá, Amnistía Internacional y otros.
Agradezco a mis padres, Joyce Canfield y Carlos van Isschot, a mi hermana Andina van Isschot y a Bernard Pelletier. También agradezco a mi hermana Isabel van Isschot y a Carlos Osorio. El amor de mi madre, su intelecto y fortaleza, son simple y sencillamente ilimitados. Creo que mi padre lo debe saber, pero vale la pena repetirlo, que él me inspiró su amor a la historia latinoamericana y su espíritu de rebeldía. En esta obra he tratado de honrar una visión de la justicia social en América Latina que aprendí por primera vez en mi hogar. Doy las gracias también al ya fallecido Christopher Conway. Gracias por ser un maravilloso narrador y un inconformista incorregible.
En Washington, D.C., agradezco a Michael Evans del Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad de George Washington y a Viviana Kristicevic y Michael Camilleri del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil). En la Universidad de McGill, doy un especial agradecimiento a Daviken Studnicki-Gizbert por su generosidad y apoyo. Gracias también a Philip Oxhorn, Iain Blair y al inimitable Samuel J. Noumoff, ya fallecido. Extiendo mi agradecimiento a todo el personal del Departamento de Historia de la Universidad de McGill. En la Universidad de Concordia deseo agradecer a todos aquellos con quienes trabajé en el Proyecto de Historias de Vida de Montreal, en particular a Anna Sheftel, Sandra Gasana, Stacey Zembrzycki y Steven High.
Este proyecto fue posible gracias al apoyo del Fonds de recherche du Québec - Société et culture (FRQSC), del McGill Centre for Developing Area Studies (actualmente el Institute for the Study of International Development), el Departamento de Historia de la Universidad de McGill, el Departamento de Historia de la Universidad de Toronto y el Social Science and Humanities Research Council (SSHRC).
Mis muchos amigos y colegas de las Brigadas Internacionales de Paz merecen un reconocimiento muy especial. Sin ellos, este proyecto no habría podido ser concebido. Si en este texto se incluyen apreciaciones que hacen honor a la verdad, es debido a que los argumentos más claros son aquellos que ya han pasado la prueba del consenso. Esta historia, por lo tanto, pertenece también a las decenas de miembros de las Brigadas de Paz que han pasado tiempo en Barrancabermeja a lo largo de los años. En una visita de investigación en el año 2006, participé en un ejercicio de memoria histórica durante el cual más de una docena de miembros de las Brigadas de Paz compartieron historias de esta singular y extraordinariamente maravillosa ciudad colombiana. Espero haber logrado captar en las páginas que siguen una mínima parte de esa sabiduría colectiva.
Esta publicación nunca podría haberse finalizado sin el amor y el apoyo que recibí de Stephanie Conway. Ella ha compartido mi pasión por este trabajo. Por encima de todo, Stephanie y yo hemos compartido la dicha de ser padres de dos maravillosos niños, Jordi y Nicolasa.
Abreviaturas
| AAA | Alianza Americana Anticomunista |
| ACCU | Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá |
| Acdegam | Asociación Campesina de Ganaderos y Agricultores del Magdalena Medio |
| ACMM | Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio |
| ACVC | Asociación Campesina del Valle del río Cimitarra |
| AGN | Archivo General de la Nación |
| ANUC | Asociación Nacional de Usuarios Campesinos |
| Asfaddes | Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos |
| Asodesamuba | Asociación de Desplazados Asentados en el Municipio de Barrancabermeja |
| Asorvimm | Asociación Regional de Víctimas de Crímenes del Estado del Magdalena Medio |
| AUC | Autodefensas Unidas de Colombia |
| Ausac | Autodefensas Unidas de Santander y Sur del Cesar |
| Cajar | Corporación Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo |
| Cinep | Centro de Investigación y Educación Popular |
| Cejil | Centro por la Justicia y el Derecho Internacional |
| CNRR | Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación |
| Codhes | Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento |
| Convivir | Cooperativas de Vigilancia y Seguridad Privada |
| Credhos | Corporación Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (anteriormente Comité Regional para la Defensa de los Derechos Humanos) |
| CSTC | Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia |
| CUT | Central Unitaria de Trabajadores |
| DANE | Departamento Administrativo Nacional de Estadística |
| DAS | Departamento Administrativo de Seguridad |
| Dijín | Dirección de Investigación Criminal e Interpol |
| Ecopetrol | Empresa Colombiana de Petróleos |
| ELN | Ejército de Liberación Nacional |
| EPL | Ejército Popular de Liberación |
| FAM | Frente Amplio del Magdalena Medio |
| FARC-EP | Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo |
| Fedepetrol | Federación de Trabajadores Petroleros |
| FILA | Frente de Izquierda Liberal Auténtico |
| Funprocep | Fundación para la Promoción de la Cultura y la Educación Popular |
| ILSA | Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos |
| IPC | Instituto Popular de Capacitación |
| IPS | Instituto de Estudios Políticos de Washington, D.C. |
| JAC | Juntas de Acción Comunal |
| JUCO | Juventud Comunista Colombiana |
| M-19 | Movimiento 19 de Abril |
| MAS | Muerte a Secuestradores |
| MRL | Movimiento Revolucionario Liberal |
| OEA | Organización de los Estados Americanos |
| OFP | Organización Femenina Popular |
| PBI | (Peace Brigades International) Brigadas Internacionales de Paz |
| PCC | Partido Comunista Colombiano |
| PSR | Partido Socialista Revolucionario |
| Sijín | Seccional de Investigación Judicial |
| UIS | Universidad Industrial de Santander |
| UP | Unión Patriótica |
| Usaid | Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional |
| USO | Unión Sindical Obrera |
| WOLA | Oficina de Washington para América Latina |
Cronología de la historia de Barrancabermeja
| 1905 | Roberto de Mares obtiene los derechos de la concesión petrolera en Barranca |
| 1916 | La Tropical Oil Company comienza las perforaciones |
| 1919 | La Tropical Oil Company es vendida a la Standard Oil de Nueva Jersey |
| 1921 | Se construye una refinería en Barranca |
| 1922 | Barrancabermeja se convierte en municipio |
| 1924 | Primer gran paro petroleroLos dirigentes del paro son arrestados y enjuiciados por un tribunal militar |
| 1926 | Se completa el oleoducto Barranca-Cartagena |
| 1927 | Segundo gran paro petrolero |
| 1929 | Levantamiento ‘bolchevique’ en Santander y Tolima |
| 1935 | Tercer gran paro petrolero |
| 1938 | Cuarto gran paro petrolero |
| 1948 | Quinto gran paro petroleroLevantamiento tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán: la comuna de Barranca |
| 1950 | Huelga por la nacionalización de la producción petrolera colombiana |
| 1951 | Se nacionalizan las operaciones de perforación |
| 1958 | Declaración de Sitges: final de La Violencia y comienzo del Frente Nacional |
| 1960 | La Unión Sindical Obrera se une al ‘paro de solidaridad’ con trabajadores del petróleo en otras regiones |
| 1961 | Se nacionaliza la refinería de Barranca |
| 1963 | Paro de los trabajadores del petróleo (primer gran paro en trece años)Primer paro cívico por los derechos sociales y el desarrollo local |
| 1964 | Primera acción militar del Ejército de Liberación Nacional en el Magdalena Medio |
| 1967 | Creación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) |
| 1968 | Las FARC abren un frente en el sur del Magdalena Medio |
| 1970 | Misael Pastrana Borrero, el candidato conservador es elegido presidente |
| 1971 | Paro de los trabajadores del petróleo y toma de la refineríaCorte marcial de los dirigentes del paroDivisión en la ANUC |
| 1972 | Creación de la Organización Femenina Popular |
| 1973 | El Ejército lleva a cabo la Operación Anorí contra el Ejército de Liberación Nacional |
| 1975 | Paro cívico por los servicios públicos y la tierra para los campesinosCreación del barrio Primero de Mayo mediante la invasión de tierras |
| 1976 | El Magdalena Medio es declarado ‘zona de guerra’ por el gobierno nacional |
| 1977 | Varios paros breves por parte de los trabajadores del petróleoParo de los trabajadores del petróleo dura 43 díasEs nombrado en Barranca un alcalde militar, el teniente Álvaro Bonilla LópezParo cívico nacional |
| 1978 | Formación del grupo de ‘autodefensas’ que se convertiría en las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio (ACMM)Julio César Turbay Ayala, candidato Liberal, es elegido presidente de Colombia |
| 1980 | Primera evidencia de abusos a los derechos humanos por grupos paramilitares |
| 1981 | Creación de Muerte a Secuestradores (MAS) en el sur del Magdalena Medio |
| 1982 | Primeras protestas de derechos humanos en el Magdalena Medio, organizadas en Puerto Berrío |
| 1983 | Paro cívico por el aguaCreación de la coalición de la sociedad civil, la Coordinadora Popular |
| 1985 | Asesinato del cofundador del ELN y activista social Ricardo Lara Parada Masacre de Vuelta Acuña, seguida de un desplazamiento masivo a Barranca |
| 1986 | Asesinato de Leonardo Posada, congresista por el partido Unión Patriótica |
| 1987 | Ataques con granadas a tres miembros del partido Unión Patriótica Paro cívico para protestar por los ataques contra el partido Unión PatrióticaAsesinato de la niña de 14 años Sandra RondónPrimera gran protesta por los derechos humanos (paro cívico por la vida)Paro del Nororiente (protestas campesinas en toda la región)Creación del Comité Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (Credhos)La Organización Femenina Popular se independiza de la Iglesia católica |
| 1988 | Paro cívico para protestar por el asesinato de Manuel Gustavo Chacón, dirigente laboralMarcha campesina y protesta en el primer aniversario del Paro del NororienteMasacre de campesinos por parte del Ejército colombiano en Llana CalienteParo cívico para protestar por el asesinato de Hamet Consuegra, dirigente laboralI Asamblea General de Credhos |
| 1989 | Primer Foro Regional de Derechos Humanos convocado por Credhos Masacre de doce miembros de la comisión judicial en La Rochela por fuerzas paramilitares y militaresParo cívico para protestar por el asesinato de Orlando Higuita, concejal de la Unión PatrióticaCreación del albergue campesino para campesinos desplazados |
| 1990 | Creación del Comité de Derechos Humanos de Sabana de Torres, SantanderII Asamblea General de Credhos |
| 1991 | Creación de la red de inteligencia de la Armada NacionalTrabajadores petroleros se declaran en huelga durante la negociación colectiva |
| 1992 | III Asamblea General de CredhosSeis miembros de Credhos son exiliadosParo cívico para protestar por el asesinato de Ismael Jaimes, concejal y editor de prensa |
| 1994 | Las Brigadas Internacionales de Paz establecen su presencia permanente en Barranca |
| 1997 | Marcha campesina desde el Magdalena Medio hasta Cartagena |
| 1998 | Masacre del 16 de mayo en el suroriente (7 muertos, 25 desaparecidos) Se funda en Barranca la sucursal de la Asociación de Familiares de Detenidos DesaparecidosAndrés Pastrana Arango es elegido presidente de ColombiaMédicos Sin Fronteras establecen su presencia en el Magdalena Medio Miles de campesinos de zonas rurales azotadas por la guerra en el Magdalena Medio ocupan los principales edificios públicos de Barrancabermeja durante las marchas campesinasExilio de la presidente de Credhos, Osiris Bayter |
| 1999 | El Congreso de Estados Unidos aprueba financiar el Plan Colombia |
| 2001 | Toma paramilitar de Barrancabermeja |
| 2002 | Álvaro Uribe Vélez es elegido presidente de Colombia |
| 2003 | Se disuelve la Coordinadora PopularExdirigentes de Credhos crean la ong Corporación RegiónSe crea el Espacio de Trabajadores y Trabajadoras de Derechos Humanos del Magdalena Medio |
| 2005 | El Estado crea la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación Ley 975 de Justicia y PazUna coalición de grupos colombianos de derechos humanos, incluyendo a Credhos, crea el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado |
| 2010 | El presidente de Credhos, David Ravelo, es arrestado |
Introducción
“Un auge de lucha muy grande”
Los movimientos cívicos cogieron una gran fuerza en Barrancabermeja, pero en los últimos momentos, hacia el año 1987, asesinaron a una niña, y eso despertó un fervor popular por la defensa de la vida, creó un ambiente muy propicio en Barrancabermeja para crear una organización que orientara en este sentido. Es decir que Credhos no nace tan en frío.
No, pues, absolutamente no nace en frío. Nace al calor de las mil cosas que se estaban dando: por un lado, la violencia; por otro lado, las necesidades, crear una infraestructura en Barrancabermeja, como la que se merece, por ser una ciudad rica; por otra parte, las organizaciones sociales en un auge de lucha muy grande.
RAFAEL GÓMEZ SERRANO, sindicalista, activista de derechos humanos.1
La guerra contra los derechos humanos
El asesinato el 2 de mayo de 1987, de la adolescente de 14 años, Sandra Rondón, por parte de presuntos paramilitares en Barrancabermeja, inspiró el primer paro general por los derechos humanos en la historia colombiana. Rondón iba camino a la iglesia un tranquilo domingo en el barrio central de Torcoroma cuando dos hombres se acercaron en una motocicleta. El hombre que iba en la parte de atrás abrió fuego a quemarropa con una pistola de nueve milímetros. Disparó varias veces y la niña murió instantáneamente.2 Rondón había sido identificada recientemente por los medios como una testigo clave de un ataque terrorista. Dos semanas antes, un artefacto explosivo había sido lanzado a una heladería que estaba llena de gente y ocho personas resultaron heridas, incluyendo el hermano menor de Rondón.3 Los aparentes objetivos del ataque eran tres miembros del partido político de izquierda Unión Patriótica. Sandra Rondón no fue la primera víctima de la guerra sucia en Barranca.4 Pero su asesinato estremeció a los lugareños como solo lo puede hacer la muerte de un niño inocente y ella se convirtió en un símbolo de la lucha de la ciudad por los derechos humanos básicos. Aunque los funcionarios locales y los movimientos sociales denunciaron con rapidez el asesinato de Rondón, de Bogotá no se recibió ninguna respuesta inmediata. En Barranca, católicos, comunistas, liberales, conservadores, sindicalistas y organizadores comunitarios llevaron a cabo una demostración masiva, tal como lo habían hecho decenas de veces anteriormente, para demandar que el gobierno nacional garantizara salarios justos y servicios públicos como el agua, la educación y la salud. Pero esta vez ellos pedían que los civiles fueran protegidos de la violencia.
La Corporación Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (Credhos) con sede en Barrancabermeja fue creada en una época en que la represión militar y paramilitar amenazaba con dar un vuelco a lo difícilmente ganado por los movimientos populares locales. Los campesinos habían sido los primeros en elevar su voz en contra de la violencia política en la región para principios de los años ochenta. Para finales de la década, a ellos se unieron activistas urbanos. En la ciudad, un movimiento cívico popular había logrado aunar las fuerzas de los partidos de los trabajadores, políticos progresistas y organizaciones comunitarias, incluyendo los grupos comunitarios de base, dirigidos por mujeres y campesinos desplazados. La confianza de los activistas de Barranca en que pronto lograrían un auténtico cambio político y social se vio afectada por la dinámica que estaba teniendo lugar a nivel nacional. Hasta mediados de los años ochenta, un número nunca antes vista de colombianos salieron a las calles a reclamar una amplia gama de derechos.5 En 1987, los colombianos organizaron 47 paros cívicos. Más del doble del promedio, ya de por sí notorio, de los paros cívicos realizados durante la década anterior.6 El año en que se fundó Credhos también fue el año más cruel en la historia de Colombia desde el final de La Violencia.7 Las autoridades colombianas calcularon que el conflicto armado había producido 2500 muertes y 200 desapariciones en lo que los medios nacionales llamaron “el año de la guerra sucia”.8 Solo en 1987 tendrían lugar aproximadamente 250 homicidios motivados políticamente en Barranca.9 En respuesta a los ataques en contra de los dirigentes laborales y sociales más prominentes de la ciudad, el activismo en pro de los derechos humanos surgió como el paradigma que encabezaría la protesta popular.

Mapa 2. Barrios seleccionados de Barrancabermeja, la refinería, El Centro y los barrios nororientales. Circa 1998
Fuente: elaborado por John Harmon.
Las luchas históricas en pro de la justicia social lideradas por trabajadores y campesinos organizados le proporcionaron al movimiento de derechos humanos de Barranca la base para movilizar grandes cantidades de ciudadanos. Al igual que las luchas anteriores por el agua, la lucha por los derechos humanos tocó la vida de todos los residentes de la zona. Según el historiador Mauricio Archila, “los movimientos cívicos de los años 60 y 70 demostrarían las implicaciones radicales de un pueblo que se va interesando por el destino de su municipio”.10 El paro cívico tal como fue practicado por los movimientos populares en Colombia en los años ochenta combinó las tácticas usadas durante las huelgas, las invasiones de tierras urbanas y las marchas campesinas de los trabajadores, colonos y campesinos pobres de las décadas anteriores. Los paros cívicos implicaron la interrupción de toda la actividad comercial, la ocupación de calles de la ciudad y la realización de manifestaciones masivas en plazas públicas. Los paros cívicos fueron, por lo tanto, distintos de las huelgas encabezadas por los trabajadores del petróleo que se enfocaron en detener las operaciones de explotación y refinación. Los movimientos campesinos fueron los primeros en usar de manera regular lo que el sociólogo Leon Zamosc ha denominado la negociación colectiva por la perturbación como instrumento de la participación popular.11 Mediante marchas, éxodos e invasiones organizadas desde los años sesenta, que a menudo incluyeron la toma de centros urbanos por parte de miles de manifestantes, organizaciones como la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) y otras demostraron que la movilización masiva de ciudadanos comunes y corrientes podía lograr que funcionarios del gobierno de alto nivel se sentaran a negociar con respecto a la titulación de tierras, el desarrollo económico y la represión militar. El influjo de campesinos politizados a Barranca, muchos de los cuales huían de zonas afectadas por la guerra, inspiró a muchos movimientos sociales urbanos en la misma dirección. Las campañas masivas por el agua potable y los servicios públicos en los años setenta se convertirían en un modelo para las campañas por los derechos humanos de los años ochenta y de ahí en adelante.
Durante los paros cívicos, los activistas hicieron uso de su conocimiento de la peculiar topografía urbana de Barranca para hacer despliegues poderosos de unidad. Solo había una calle principal que entraba a la ciudad y unas pocas carreteras vinculaban a la bastante segregada zona del centro con los distritos orientales. Un paro cívico comenzaba con grupos de jóvenes que se reunían simultáneamente en dos principales puntos estratégicos. Uno es el paso elevado que va a lo largo de la línea férrea y divide a Barranca en dos partes. En el lado occidental está la Barrancabermeja planificada y formal. En el lado oriental están los barrios orientales, que desde principios de los años sesenta han sido el lugar de invasiones de tierra, organizadas por migrantes pobres. Conocido como el puente elevado, este puente era la principal vía que conectaba estas dos mitades. El otro punto estratégico clave es el As de Copas, una intersección ubicada en la parte alta del límite sur de la principal zona urbana, llamado así por una tienda ubicada allí. Otro lugar de importancia estratégica, era la intersección de la carretera que salía de la ciudad hacia Bucaramanga, hacia el oriente, y hacia Bogotá, hacia el sur. Este punto es conocido como El Retén, porque en el pasado allí ubicaban un control las fuerzas de seguridad. Además, contaba con una barrera de acero. Aunque está algo aislado, El Retén era estrecho y podía ser tomado por un grupo pequeño de manifestantes. Al prenderle fuego a llantas y otros escombros en dos o más de estos puntos, los organizadores del paro cívico podían detener con efectividad todo el movimiento dentro de la ciudad hasta que todo el mundo quedaba exhausto o hasta que hacía presencia una gran cantidad de Ejército. Los paros cívicos ayudaron a forjar lazos de solidaridad entre los participantes, desde la gente que pasaba toda la noche en las barricadas hasta las personas que preparaban sancocho en fogones en las calles y aquellas que transmitían las noticias sobre los movimientos de las fuerzas de seguridad o negociaban con el gobierno.

Mapa 3. Lugares populares, oficinas de los movimientos sociales y calles principales en el centro de Barrancabermeja. Circa 1998
Fuente: elaborado por John Harmon.
El Paro Cívico por la Vida en 1987, una protesta contra la violencia política llevada a cabo tras el asesinato de la niña de 14 años Sandra Rondón, fue excepcional debido a su escala, su espontaneidad y a la singular atención dada a los derechos humanos. Los grandes paros cívicos organizados en Barranca durante los años setenta a menudo coincidieron con negociaciones colectivas por parte de los trabajadores del petróleo que se ocupaban de reclamaciones de vieja data con relación a los servicios públicos y requerían semanas de preparación. En contraste, el Paro Cívico por la Vida y otras protestas por los derechos humanos se llevaron a cabo como respuesta directa a acciones represivas específicas y requirieron relativamente de muy poca anticipación. El día del asesinato de Rondón, los líderes del movimiento social convocaron un comité organizador. Sin embargo, varias horas antes de que el comité de paro pudiera enviar a sus miembros a bloquear el centro de la ciudad, grupos de jóvenes ya habían acudido a los lugares de reunión usuales.12 Tal como se verá, aunque el Paro Cívico por la Vida fue el más impactante de las protestas de este período, una serie de demostraciones menores, organizadas en respuesta a actos de violencia estatal, lo habían precedido. Francisco Campo, un activista de toda una vida, nacido y criado en Barrancabermeja, recuerda los primeros paros cívicos por los derechos humanos a finales de los años ochenta como experimentos emocionantes en democracia popular. Campo estaba completamente involucrado por el movimiento de protesta de la ciudad:
Todos corríamos muchos riesgos. Éramos un tanto irresponsables. Éramos muy jóvenes aún, pero muy convencidos de lo que hacíamos. Nadie nos obligaba, nadie nos manipulaba. No dormíamos. Estuvimos en el paro cívico de principio al fin. Terminamos agotados, agotados. Pero era la felicidad. Eso era la mayor escuela de formación que tuvimos los jóvenes. Me formé allá, y luego en la universidad. Después, en los derechos humanos creo que me cualifiqué. Pero mi formación fundamental fue allí en la calle.13
El paro cívico en respuesta al asesinato de Sandra Rondón duró tres días y tres noches, y participaron miles de personas. El riesgo asumido que describe Campo, la pérdida de las inhibiciones, por lo general, fue parte del ethos de los paros cívicos. El Paro Cívico por la Vida fue un precursor del estado permanente de descontento en el que muchos activistas de la ciudad estaban a punto de sumirse.
Mientras que el asesinato de Sandra Rondón impulsó a amplios sectores de la sociedad de Barranca, las protestas que surgieron también provocaron importantes debates entre los participantes. Los grupos cívicos locales, los sindicatos de trabajadores del petróleo y los partidos políticos, todos estuvieron presentes en las barricadas levantadas en puntos estratégicos de entrada a la ciudad. Algunos recordaron que estuvieron allí también grupos de milicianos de las guerrillas. En dicho ambiente nació entonces el movimiento en pro de los derechos humanos en Barranca: colmado de significados contrapuestos. Las organizaciones campesinas, que fueron las primeras en dar la alarma sobre las violaciones masivas que estaban siendo llevadas a cabo por las fuerzas de seguridad y sus aliados paramilitares, estuvieron entre los grupos que se preguntaron si tomarse las calles en protesta por los derechos humanos básicos ofrecía un camino promisorio.14 ¿Eran los derechos humanos demasiado reducidos políticamente? Este fue un interrogante que tuvo resonancia más allá de Barranca. Como escribió el intelectual del Partido Comunista y dirigente del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos con base en Bogotá, Hernando Hurtado: “A diferencia de protestas anteriores, ésta no enarbola reivindicaciones económicas ni sociales, su objetivo único es el Derecho a la Vida”.15 Más allá de la reflexión teórica, hubo unas implicaciones prácticas. En el momento del asesinato de Sandra Rondón, se estaba planeando una movilización histórica de campesinos, llamada el Paro del Nororiente, concebida como un éxodo masivo proveniente de áreas rurales en Santander, Norte de Santander, Cesar y Arauca. A algunos líderes campesinos les preocupaba agotar a sus miembros y poner a prueba la paciencia del resto de la comunidad. En últimas, ambas protestas tuvieron lugar. Los debates dentro de los grupos de activistas con respecto a la mejor manera de defender a las comunidades vulnerables de la violencia política continuarían. No obstante, en el año siguiente al asesinato de Sandra Rondón, activistas en Barranca organizarían ocho paros cívicos más en pro de los derechos humanos. Además de los movimientos campesinos, los sindicatos de los trabajadores del petróleo, la Iglesia católica, la Organización Femenina Popular y el gobierno municipal se movilizaron en contra de la violencia política en sus propios términos, estableciendo subcomités especializados de derechos humanos y publicando acciones urgentes. Organizaciones de Bogotá establecerían proyectos en Barranca en respuesta a una creciente guerra sucia. Durante el transcurso de la década siguiente, los activistas con base en Barrancabermeja perfilarían los debates a nivel nacional e internacional sobre los asuntos de derechos humanos.
Los derechos humanos como protesta social
En este libro se examina el porqué, el cómo y con qué impacto la gente que vive en zonas de conflicto se organiza colectivamente para defender los derechos humanos. En Barrancabermeja han sido asesinadas miles de personas, primordialmente por las fuerzas armadas colombianas y sus aliados paramilitares.16 Las guerrillas en la ciudad también han sido responsables de actos de violencia allí y en su región circundante, aunque de menor manera. Los activistas sociales con base en Barrancabermeja se unieron alrededor de la causa de los derechos humanos en medio de un conflicto armado en el cual la gran mayoría de las víctimas eran civiles. Desde principios de los años ochenta, unidades paramilitares que trabajaban en colaboración con fuerzas de seguridad del Estado habían estado llevando a cabo acciones represivas en contra de los movimientos populares en la región del sur del Magdalena Medio. Al mismo tiempo, los grupos guerrilleros expandieron su control sobre territorios estratégicos cercanos. Para asegurar sus posiciones, las guerrillas efectuaron secuestros y asesinatos selectivos, así como actos de sabotaje contra la infraestructura. En respuesta a las represalias paramilitares contra campesinos que vivían en zonas bajo influencia guerrillera, decenas de miles de personas abandonaron el campo y buscaron refugio en zonas marginales en las afueras de Barrancabermeja. Para mediados de los años ochenta, los homicidios y desapariciones forzadas también estaban ocurriendo en las calles de la ciudad y tenían por objetivo a dirigentes y activistas sociales y políticos. Entretanto, la violencia paramilitar se intensificó en el campo, desplazando a más personas y permitiendo que traficantes de drogas acumularan gigantescas propiedades.17 A finales de los años ochenta, activistas de Barranca y de la región del Magdalena Medio se unieron para exponer a los autores de la violencia, hablar en nombre de las víctimas y sus familias, hacer un llamado al Estado colombiano a proteger los derechos humanos y denunciar las cada vez más profundas desigualdades socioeconómicas que ellos consideraban fuentes del conflicto.
Los movimientos de derechos humanos han tendido a surgir en lugares donde el Estado tiene una presencia fuerte. Esto se pone en evidencia en toda América Latina en la concentración de organizaciones de derechos humanos en grandes centros urbanos, particularmente en ciudades capitales, donde la interacción con el gobierno y las organizaciones internacionales es más directa. Los movimientos de derechos humanos más conocidos en la región son aquellos que surgieron en el Cono Sur durante el período de las dictaduras militares a comienzos de los años setenta. Por lo tanto, no es evidente que un movimiento de derechos humanos emergiese y perdurase en el contexto de un conflicto armado irregular, dominado por actores armados ilegales, en un país donde el Estado central es históricamente débil y se ha desarrollado de manera desigual.18 Aunque Barrancabermeja es distante de Bogotá y está ubicada en lo que generalmente se conoce como una región de frontera, allí hay una presencia robusta del Estado debido al petróleo. Por décadas, Barranca ha albergado al movimiento sindical más importante de Colombia. A lo largo del siglo XX, los partidos gobernantes, Liberal y Conservador, garantizaron el flujo de petróleo mediante acciones represivas en contra de los sindicatos y de las interrupciones regulares del orden constitucional, conocidas como declaraciones de estado de sitio.19 Barrancabermeja fue un sitio singular de distensión entre esos rivales, incluso durante la conflagración de mediados de siglo conocida como La Violencia. El afincamiento del gobierno por dos partidos durante los gobiernos del Frente Nacional de los años sesenta y setenta dieron origen a la formación de nuevos movimientos sociales paralelamente a las insurgencias armadas, quienes se levantaron contra la exclusión política. Para los residentes de Barranca, las autoridades del Estado nacional eran una presencia constante y representaban una frustración para los activistas. Para Bogotá, Barranca representaba un problema al que se le debía hacer frente.

Figura 2. Refinería en Barrancabermeja
Fuente: fotografía del autor.
Barrancabermeja y el circundante Magdalena Medio por largo tiempo han estado asociados con la política radical. Los fundadores de la insurgencia conocida como Ejército de Liberación Nacional inicialmente tomaron el nombre de Brigada José Antonio Galán, en honor al dirigente santandereano de la Revolución de los Comuneros de finales del siglo XVIII.20 Durante la primera década del siglo XX, liberales que huían de la represión conservadora tras la derrota en la Guerra de los Mil Días establecieron colonias en la zona. En los años veinte, el socialista Raúl Mahecha organizó los primeros paros de los trabajadores del petróleo. Los comunistas María Cano e Ignacio Torres Giraldo viajaron a Barranca a hacer parte de los movimientos de esa época.21 En 1927, un movimiento autodescrito como bolchevique, cuya sede estaba en una estación ferroviaria a pocos kilómetros de Barranca, participó en el primer levantamiento comunista en la historia de América Latina, cinco años antes de que Agustín Farabundo Martí tomara las armas en El Salvador. En 1948, barranqueños leales al candidato presidencial populista Jorge Eliécer Gaitán, tras el asesinato de su líder se tomaron el control de la ciudad en lo que se conoce como la Comuna de Barrancabermeja. Durante la guerra civil que se desencadenó, las guerrillas liberales de orientación de izquierda se convirtieron en una fuerza dominante en la región. El conflicto conocido como La Violencia, durante el cual 300 000 personas fueron asesinadas, duró de 1948 a 1958. En ese período, el sindicato de los trabajadores del petróleo fue prohibido y la política popular fue forzada a la clandestinidad. La suma de estos eventos inspiraría de manera directa a los grupos guerrilleros que se formaron en la región durante los años sesenta.
Movimientos insurgentes armados, particularmente el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), han desempeñado papeles fundamentales en la historia de Barrancabermeja. Durante los años ochenta, se establecieron en la ciudad milicias guerrilleras urbanas de ambos grupos. Previamente, en tanto las guerrillas proclamaban tener operativos en la ciudad, no comandaron ninguna unidad militar capaz de dominar los barrios, como sí lo harían durante los años noventa. El desarrollo de milicias urbanas representó un giro fundamental para lo que hasta aquí habían sido los movimientos en zonas rurales. El ELN en particular se asociaría estrechamente con sus milicias urbanas en Barrancabermeja.22 Tal como se verá, inicialmente las acciones militares de las guerrillas en los alrededores de Barranca en los años setenta incluyeron ataques a las fuerzas de la seguridad y a la infraestructura petrolera, así como secuestros políticos ocasionales. Las depuraciones letales en las guerrillas, de aquellos acusados de traición dentro de sus propias filas, resultarían un factor divisor, tal como lo serían los intentos oportunistas de participar en las protestas lideradas por la sociedad civil. Las guerrillas nunca fueron tan brutales como los paramilitares y los movimientos sociales locales tuvieron la posibilidad de mantener un alto grado de autonomía. No obstante, los grupos insurgentes fueron una presencia influyente. Los combatientes guerrilleros eran principalmente lugareños y gozaban de una amplia, mas no incondicional, simpatía. Pero las acciones de la guerrilla implicaban serios riesgos para los civiles en la ciudad. Cuando llegó la represión del Estado, los miembros de movimientos políticos legales asociados con las FARC (Unión Patriótica) y el ELN (¡A Luchar!) fueron entre los primeros en ser perseguidos. A medida que escalaban las operaciones paramilitares durante los años noventa, las guerrillas multiplicaban sus acciones armadas dentro de la ciudad, incluyendo ataques a puestos y patrullas de la Policía y el Ejército. En este decisivo período, en tanto los grupos paramilitares cerraban el círculo alrededor de Barrancabermeja, las guerrillas incidieron en que se desagregasen los movimientos sociales más antiguos de Colombia.
Los movimientos populares en Barrancabermeja por décadas se habían centrado en asuntos laborales y de justicia social interdependientes, tal como se pone de manifiesto en la refinería, los campos petroleros y los barrios más pobres de la ciudad. Así, el giro hacia los derechos humanos es una forma de resistencia a la violencia política por parte del movimiento popular de Barrancabermeja, que implicó un significativo cambio discursivo. El léxico de los derechos humanos era nuevo para muchos activistas veteranos aun cuando sus inquietudes a menudo eran articuladas en términos de los derechos laborales, sociales y económicos. De hecho, por generaciones, los barranqueños habían participado en el diálogo con el Estado central y se habían involucrado en regulares batallas legales con respecto a convenciones colectivas, despidos sin justa causa y demás. Los conceptos de detención arbitraria, tortura, asesinato extrajudicial, desaparición y desplazamiento forzado se convertirían cada vez más en parte del lenguaje de la protesta en la ciudad. Estos activistas se apropiaron del lenguaje de los derechos humanos para ayudar a describir la represión a la cual estaban siendo sometidos y así defender sus movimientos. Según la antropóloga Winifred Tate, “violación de derechos humanos” es en sí misma una categoría para hacer que la violencia sea legible socialmente y establecer la rendición de cuentas, además para ubicar actos específicos dentro de historias más amplias.23 Para los activistas de los movimientos sociales asediados en Barranca, la cuestión de los derechos humanos básicos fue inseparable de las cuestiones relativas a la justicia social y económica, la democracia y el desarrollo regional. Lo que unió a los activistas de los derechos humanos en Barranca no fue el estado de violencia como tal, fue el hecho de que la violencia hubiese sido dirigida contra los movimientos populares, así como en contra de ciudadanos comunes y corrientes, como Sandra Rondón. La legitimidad de los activistas de los derechos humanos en Barranca fue, por lo tanto, determinada por las experiencias compartidas por la gente en nombre de quienes ellos hablaban y las comunidades en las que ellos vivían.
Barranca ha sido descrita como el “corazón del activismo” en Colombia.24 Aunque Colombia ha sido dominada por largo tiempo por los partidos Liberal y Conservador, así como por extensas redes clientelistas asociadas por dichos partidos, Barranca desarrolló una marca propia de inconformismo. La destacada longevidad y combatividad de los movimientos sociales de la ciudad se debe a su historia como un enclave de refinamiento de petróleo y a la generalizada identificación entre los barranqueños con la política nacionalista, obrera y antiestablecimiento.25 En las palabras de Irene Villamizar, quien ha trabajado por décadas como maestra y activista comunitaria en los barrios surorientales pobres: “Aquí este pueblo no es de los ricos”.26 Las entrevistas que llevé a cabo con líderes populares que experimentaron el cambio en dirección a los derechos humanos en Barranca durante los años ochenta revelan una relación directa entre la agitación social, la violencia política y la renovación de la protesta popular. En Barranca, los derechos humanos no fueron ni una utopía ni un simple instrumento, fueron acogidos por una diversidad de fuerzas sociales progresivas y fueron intensamente debatidos. Tampoco desplazaron la cultura de rebeldía que animaba el impulso para alcanzar el cambio.
Para comprender la represión paramilitar
Mi investigación examina la intersección del activismo de derechos humanos con el paramilitarismo y los procesos de formación del Estado. El advenimiento de los derechos humanos en los años ochenta alteró el paisaje político de la violencia en el Magdalena Medio. Las protestas realizadas por los movimientos campesinos en la región arrojaron luz sobre los patrones de conducta abusiva de las fuerzas armadas colombianas. A medida que se multiplicaron los esfuerzos para documentar y exponer los asesinatos extrajudiciales, las detenciones arbitrarias y la tortura, lo hicieron también las amenazas en su contra. Esta reacción tuvo lugar en el contexto de una oleada mayor de violencia de contrainsurgencia que arrasó con el campo y llegó a la ciudad para mediados de la década. En Barrancabermeja el uso de automóviles y motocicletas sin placas por asesinos que utilizaban vestimenta de civiles fue denunciado por los activistas de derechos humanos como evidencia de operaciones encubiertas que estaban siendo ejecutadas por las fuerzas de seguridad del Estado. La creación de escuadrones de la muerte paramilitares durante este período empañó la responsabilidad del Estado por las violaciones de los derechos humanos. Esta fue una continuación de la política del estado de sitio y la exclusión por otros medios, mediante la cual los mandos militares justificaron la supresión de las libertades civiles en nombre de la seguridad nacional, tal como fue el caso durante los grandes paros de los trabajadores del petróleo y los paros cívicos de los años setenta. El Ejército y la Policía se mantuvieron inquietos respecto al orden público en Barrancabermeja y sus zonas circundantes, pero la principal razón de los asesinatos fue la mayoría de las veces velada. Los activistas de derechos humanos denunciaron estas contradicciones. En su informe de 2005 sobre Barrancabermeja, el Banco de Datos de Violencia Política escribe: “La filosofía de la estrategia paramilitar es salvar las apariencias y confundir, es decir, pretender que el Estado no aparezca como autor de todos estos crímenes sino que los hechos sucios de violencia queden en la incertidumbre de si los hicieron agentes del Estado o lo que han dado en llamar las fuerzas oscuras”.27
Los grupos paramilitares se refieren a una serie variada y global de fenómenos históricos. Mejor conocidas para los historiadores de Europa en el siglo XX son las milicias paramilitares vinculadas a los movimientos políticos, como el Sturmabteilung o SA, asociada con el Partido Nazi en Alemania.28 Los paramilitares vinculados a fuerzas de seguridad del Estado más que a movimientos políticos incluyeron una diversidad de grupos legales, tales como el Special Task Force en Sri Lanka, y grupos ilegales, como los Tigres de Arkan en Serbia. Académicos y activistas preocupados con la violencia política en América Latina han escrito ampliamente acerca de los grupos paramilitares legales e ilegales dedicados a la contrainsurgencia. Grupos legales han sido formados bajo la supervisión del Estado en El Salvador (Organización Democrática Nacionalista) y en Guatemala (Patrullas de Autodefensa Civil), así como en Colombia (Cooperativas de Vigilancia y Seguridad Privada).29 Grupos ilegales han incluido a los llamados ‘escuadrones de la muerte’ que operan dentro de la estructura militar en Chile (Caravana de la Muerte), en Argentina (Alianza Anticomunista Argentina) y en Perú (Grupo Colina), al igual que en Colombia (Alianza Americana Anticomunista).30 Grupos ilegales capaces de llevar a cabo operaciones militares a gran escala también han sido establecidos en tiempos de guerra, notoriamente en Colombia (Autodefensas Unidas de Colombia).
Los primeros grupos paramilitares modernos colombianos fueron creados por las autoridades regionales en los años cincuenta durante La Violencia y estaban aliados o bien con el Partido Conservador o con el Partido Liberal. Durante el intervalo entre La Violencia y el período más reciente de conflicto armado, continuaron existiendo grupos tales como los contrachusmas, aliados con el Partido Conservador y que efectuaban operaciones de limpieza política, así como asesinatos por venganza.31 La segunda oleada de grupos paramilitares colombianos apareció en los años setenta como ‘escuadrones de la muerte’ organizados por los militares colombianos.32 Estos eran pequeñas unidades dedicadas primordialmente a la tortura y a la ejecución extrajudicial. La siguiente oleada de grupos paramilitares apareció a principios de los años ochenta fundados por traficantes de drogas y élites rurales en el sur del Magdalena Medio. Grupos como Muerte a Secuestradores y otros similares respaldados por Pablo Escobar estaban integrados por cientos de hombres en armas, incluyendo a soldados en servicio activo.
Las organizaciones paramilitares presentes en la región del Magdalena Medio cumplen dos propósitos estrechamente interrelacionados: la contrainsurgencia y el tráfico de drogas. Han tratado de lograr estas metas gemelas atacando a individuos y comunidades bajo la sospecha de ayudar y simpatizar con las guerrillas, así como otros que eran percibidos como opositores a sus intereses en una región dada. Con el fin de hacer avanzar sus metas, los grupos paramilitares han practicado por largo tiempo varios medios de control político, económico y social violento. Ejemplos de ataques paramilitares incluyen asesinatos individuales y masivos, al igual que amenazas de muerte, torturas, desplazamiento forzoso y desaparición, a menudo dirigidos contra activistas de los movimientos sociales y líderes comunitarios, incluyendo a funcionarios, clérigos y maestros, entre otros. Desde los años ochenta, los líderes paramilitares en la región han encontrado aliados dispuestos entre los mandos militares que comparten su aversión a las guerrillas. Los grupos paramilitares que trabajaban con los militares competían con las guerrillas por el control del territorio y las rutas de tráfico comercial usadas para fines legales e ilegales, incluyendo, pero sin limitarse, a la producción y a la exportación de cocaína. Sin embargo, los paramilitares y las guerrillas solo en raras ocasiones se enfrentaron en combate abierto. En lugar de ello, el conflicto entre los paramilitares y las fuerzas guerrilleras tuvo como resultado una oleada de víctimas civiles. Investigadores del gobierno colombiano han calculado que el 81 % de los 220 000 muertos en el conflicto armado de Colombia entre 1958 y 2012 fueron civiles. De los pocos soldados, paramilitares y guerrilleros que han muerto, la mayoría fueron asesinados fuera de combate.33
Históricamente, el estado legal de los grupos paramilitares ha sido ambiguo. En 1987, el manual militar colombiano Reglamentos para el combate de contrainsurgencia alentaba a organizar unidades paramilitares o “comités de autodefensa”.34 Ese mismo año, el periódico El Tiempo contabilizó ocho grupos paramilitares que afirmaban tener una presencia nacional, así como más de cien ejemplos regionales, incluyendo nueve en el Magdalena Medio.35 En 1989, el gobierno colombiano declaró ilegales a todos los grupos paramilitares, pero, para ese entonces, ya era demasiado tarde para recuperar el poder cedido a terceros en la lucha de contrainsurgencia.36 En 1994, el gobierno del presidente César Gaviria usó su poder y declaró la emergencia a fin de permitir una vez más la constitución legal de grupos paramilitares para “proteger la seguridad ciudadana”.37 El estatus de estos grupos fue revocado tres años más tarde en respuesta a las reclamaciones de derechos humanos, pero muchas de las llamadas cooperativas de seguridad (Convivir) siguieron funcionando ilegalmente. Para 1997, redes paramilitares de diversa procedencia y de distintas regiones del país, algunas originadas a finales de los años setenta, se habían unido bajo una organización nacional conocida como las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Los académicos colombianos han desarrollado diversas maneras de categorizar a los paramilitares dependiendo de sus historias específicas, fuentes de financiamiento, estructura de comando, ideología, relación con el Estado o nivel de influencia.38 El caso de Barrancabermeja demuestra la importancia de distinguir entre los grupos paramilitares, por un lado, y las acciones paramilitares llevadas a cabo directamente por fuerzas de seguridad del Estado, por el otro.39 De hecho, las fuerzas de seguridad del Estado usaron tácticas paramilitares en Barrancabermeja y el Magdalena Medio de manera más flagrante que en regiones del país donde los líderes de las AUC proclamaron su autonomía. En decenas de denuncias publicadas por grupos de derechos humanos en Barranca, quienes perpetraron actos de violencia e intimidación son mencionados como presuntos paramilitares. La razón de esto es sencilla. En la mayoría de los casos, los autores no se ponen en evidencia. Incluso cuando supuestos grupos de ‘autodefensa’, como el MAS o las AUC, asumen la responsabilidad de sus actos, los defensores de derechos humanos en Barrancabermeja tienen sumo cuidado de creer lo que ellos dicen. Hacerlo sería aceptar una coartada a la violencia patrocinada por el Estado. El paramilitarismo en Colombia ha sido asociado correctamente con operaciones de contrainsurgencia en zonas rurales de frontera donde la presencia del gobierno civil y los movimientos sociales ha sido históricamente débil.40 El impulso inicial de organizar grupos paramilitares en el Magdalena Medio provino de los vínculos de la contrainsurgencia de traficantes de drogas, terratenientes y comandos de las fuerzas armadas.41 El punto más importante en términos de la distinción en Barranca es, sin embargo, el alcance hasta el cual las fuerzas de seguridad nacional llevaron a cabo directamente ataques clandestinos sobre objetivos no militares en un esfuerzo por suprimir los movimientos sociales fuertes en la ciudad. Desde los años ochenta, los trabajadores de derechos humanos urbanos han prestado una atención importante a las operaciones encubiertas por las fuerzas de seguridad. Tal como se verá, dichas operaciones incluyeron una red secreta de asesinos empleada por la Armada colombiana en los años noventa. No fue sino hasta finales del año 2001 que las autollamadas autodefensas llegaron a proclamar tener una presencia permanente en Barranca.

Mapa 4. Región del Magdalena Medio, incluyendo topografía, ríos importantes, municipios seleccionados y sitios de actividad guerrillera y paramilitar. Circa 1997
Fuente: elaborado por John Harmon.
Un nuevo paradigma de protesta social
Los ‘derechos humanos’ son históricamente ideas, prácticas y normas contingentes derivadas de experiencias vividas de autoritarismo, guerra, pobreza y exclusión. Este estudio se enfoca primero y principalmente en los derechos como un paradigma de protesta. He centrado mi atención en el repertorio de acciones usadas por activistas de derechos humanos en Barrancabermeja. Las fuerzas específicas de resistencia organizada a la violencia política surgida en los años ochenta en Barrancabermeja representaron un cambio significativo en cuanto al énfasis para los movimientos populares locales que se habían unido alrededor de reclamos en pro de la justicia social. En ese tiempo, los activistas colombianos llamaron la atención sobre la violencia estatal endémica y modificaron las conversaciones sobre Colombia en las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos y dentro de círculos políticos en Washington, D.C., de la “guerra contra las drogas” a los derechos humanos.42 Este giro fue facilitado por la participación de los activistas colombianos en redes no gubernamentales transnacionales ya establecidas.43 De esta manera, la historia de Barrancabermeja está estrechamente relacionada con los movimientos globales en pro de los derechos humanos que aunaron su voz en toda América Latina durante finales de la Guerra Fría. No obstante, el modus operandi de la movilización popular con respecto a los asuntos locales siguió dominando a la capital petrolera de Colombia, desafiando la noción de que los activistas de derechos humanos eran principalmente de orientación transnacional. A diferencia de los abogados que trabajaban en Bogotá, los defensores de derechos humanos con sede en Barranca estaban profundamente involucrados en procesos locales de transformación, incluyendo la política local y el desarrollo económico de base comunitaria. Incluso cuando los activistas en Barranca participaron en debates nacionales y transnacionales en cuanto al impacto del conflicto colombiano sobre las poblaciones civiles y la guerra de las drogas patrocinada por Estados Unidos, los proyectos previos en busca del cambio social continuaron, al igual que lo hicieron las modalidades más importantes de protesta popular, incluyendo la organización de paros cívicos. Tal como se verá, los activistas de los movimientos sociales en Barrancabermeja estaban involucrados en una política de múltiples escalas. Ellos posicionaron al fuerte movimiento cívico de la ciudad dentro de procesos más amplios. Los activistas de derechos humanos en Barranca en los años ochenta estaban inmersos en una lucha para proteger físicamente a la población civil. Al mismo tiempo, se hicieron intentos de vincular este urgente propósito a un análisis de la economía política de la ciudad y la región circundante.
En esta obra se presenta un estudio detallado del movimiento de los derechos humanos comunitario. Apoyado en el trabajo de académicos colombianos que privilegian las fuentes locales, puedo demostrar las maneras en que los derechos humanos se producen socialmente.44 El activismo académico sobre la violencia y los derechos humanos en Colombia data del período inmediatamente posterior a La Violencia. Generaciones de científicos sociales e historiadores han sido llamadas a servir para tratar de explicar los devastadores y extraordinariamente complejos ciclos de conflicto social y político del país. Publicado en 1962 por investigadores afiliados a la Universidad Nacional, La violencia en Colombia fue el primer estudio integral del fenómeno de la violencia y sigue siendo un texto fundamental para el movimiento de los derechos humanos en este país.45 A principios de los años sesenta, cuando los académicos colombianos comenzaron a ver las complejidades de la violencia política, emplearon nuevos métodos de investigación que desafiaron la narrativa oficial de una guerra civil en la que se enfrentaron los conservadores contra los liberales. Los detalles obtenidos mediante grabaciones a nivel de parroquias en este estudio demuestran la importancia del conocimiento local para entender la violencia y los derechos humanos. La mayoría de los análisis más incisivos de la violencia en Colombia en los años siguientes provendrían de organizaciones no gubernamentales, como el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, cuya primera obra, El libro negro de la represión, se publicó en 1974.46 El Centro de Investigación y Educación Popular en Bogotá y el Instituto Popular de Capacitación en Medellín, así como otros, seguirían produciendo importantes estudios críticos de derechos humanos. Uno de los textos más significativos publicados durante los cada vez más violentos años ochenta fue la obra comisionada por el gobierno Colombia: violencia y democracia. Publicada en 1987 bajo la dirección de Gonzalo Sánchez, este informe analizó no solo el conflicto armado entre el Estado y las guerrillas, sino las experiencias diarias de violencia de millones de colombianos comunes y corrientes.47 Otro estudio emblemático publicado por una comisión financiada por el gobierno fue Pacificar la paz: lo que no se ha negociado en los acuerdos de paz, publicado en 1992.48 Entre el año 2005 y 2012, el Grupo de Memoria Histórica publicó docenas de casos de estudio detallados, así como un reporte final titulado ¡Basta ya! Cabe destacar que los investigadores del Grupo de Memoria Histórica hicieron amplio uso de los registros creados por organizaciones no gubernamentales. Desde que se creó en 2011, el Centro Nacional de Memoria Histórica ha publicado decenas de monografías sobre la violencia en Colombia, basándose en su mayoría en el trabajo de los defensores de derechos de primera línea, así como en entrevistas con las víctimas. Todos estos son esfuerzos académicos para entender el conflicto colombiano a través del vector de los derechos humanos.
Durante un período de casi veinte años, comenzando a finales de los años ochenta, la atención de los activistas de los movimientos sociales en Barrancabermeja y en toda Colombia fue la defensa de los derechos humanos básicos, definida principalmente, pero no únicamente, en términos del derecho a no ser víctima del abuso y la violencia.49 El activismo de derechos humanos fue una respuesta directa a la escalada de represión política, particularmente a los abusos cometidos por los agentes de seguridad estatal y sus aliados paramilitares en contra de la población civil. La adopción del discurso de derechos humanos por parte de los activistas en Barrancabermeja y en el resto de Colombia marcó el rumbo para la siguiente generación. Los activistas aprenderían a realizar investigaciones en el terreno, a escribir informes, a formular ‘acciones urgentes’, apelaciones, y a emprender el trabajo de abogacía transnacional. La continua movilización de protestas en las calles a favor de los derechos humanos constituyó un vínculo fundamental con la larga historia de protesta popular en Barranca. Gracias a estos esfuerzos, los derechos humanos se convertirían en una importante herramienta para comprender el conflicto colombiano y en una base sobre la cual se disputaría el cambio político. Para 1988, los derechos humanos eran la principal razón de la protesta social en Colombia.50 Entre 1989 y 1994 la cifra de organizaciones de derechos humanos en Colombia se cuadruplicó.51
La expansión del activismo de derechos humanos en toda Colombia engendró importantes debates acerca de las posibilidades y limitaciones de este nuevo paradigma. Varios académicos internacionales han documentado los desacuerdos surgidos entre los activistas colombianos con respecto al significado de derechos humanos. La primera monografía de un académico internacional sobre derechos humanos en Colombia es el libro de la antropóloga Winifred Tate, publicado en 2007.52 La investigación pionera de Tate da una mirada histórica a los discursos de derechos humanos y a las tácticas empleadas por los activistas, así como por los gobiernos, los sistemas judiciales y las fuerzas armadas. Según Tate, cuando los derechos humanos comenzaron a hacer parte del lenguaje de la protesta en Colombia en los años ochenta, los activistas sociales asediados buscaron nombrar las fuentes, los tipos y los impactos de la violencia política a la cual estaban siendo expuestos: “Confrontados con el complejo panorama de la violencia colombiana, los activistas comenzaron a utilizar el marco de los derechos humanos para clasificar los homicidios violentos que anteriormente habían sido considerados violencia partidista o parte de campañas de insurgencia y contrainsurgencia”.53 Al mismo tiempo, afirma Tate, a los activistas colombianos les preocupaba que los derechos humanos representaran una clase de traición a la lucha de clases. El libro de la antropóloga Lesley Gill, publicado en 2016, se centra en las especificidades del caso de Barrancabermeja. Gill observa que la adopción de los derechos humanos por los activistas de Barranca representó para algunos un alejamiento errado de la tradición de radicalismo popular de la ciudad. Más agudamente, ella argumenta que “el activismo de derechos humanos no podría ocuparse de la marginalización económica y la fragmentación social que se profundizó bajo el neoliberalismo”.54 En una entrevista realizada en 2016, Gill afirmó, sencillamente, que “el discurso de los derechos humanos habla de la derrota de la izquierda”.55 Yo afirmo en cambio que los activistas de derechos humanos en Barrancabermeja no se alejaron de las tradiciones anteriores. Los individuos y organizaciones que se unieron a las protestas de derechos humanos en Barranca durante los años ochenta lo hicieron con el fin de defender una diversidad de metas de justicia social y lidiaron con las diferencias políticas e ideológicas, que a menudo fueron exacerbadas por la violencia patrocinada por el Estado. El activismo de derechos humanos no se consideró un sustituto de la justicia social, ni fue concebido como tal. La fragmentación y el debilitamiento del poderoso movimiento cívico popular de la ciudad ocurrieron como resultado de un largo y sostenido período de represión violenta emprendido en nombre de la contrainsurgencia en el cual miles de civiles fueron asesinados.
La presente investigación, publicada inicialmente en el año 2010 como una tesis doctoral y en 2015 como un libro, escrito en inglés, trata de mostrar cómo se desenvolvieron los procesos del movimiento social y formación del Estado en Barrancabermeja en el transcurso del siglo XX. Emprendí este proyecto en el año 2003, en una época de cambio catastrófico en la historia de Barrancabermeja durante la cual los activistas estaban tratando de lograr un acuerdo sobre la reciente toma paramilitar de la ciudad. Yo traté de comprender las condiciones históricas que dieron origen a los derechos humanos a nivel local, porque hasta aquí la historia de los derechos humanos había sido dominada por investigadores de relaciones internacionales. Estas redes de activistas transnacionales que fueron el centro de atención en el trabajo influyente de Margaret Keck y Kathryn Sikkink, Activistas sin fronteras: redes de defensa en política internacional, están, de hecho, compuestas de tres niveles de interacción entre los activistas individuales y los grupos.56 A nivel transnacional, las ONG internacionales bien financiadas trabajan en colaboración con grupos comunitarios vinculados a comunidades religiosas progresistas, comités integrados por refugiados de regiones afectadas por la violencia, sindicalistas, gobiernos y organizaciones internacionales como la Organización de los Estados Americanos. Keck y Sikkink se interesan principalmente en el trabajo de derechos humanos que tiene lugar a este nivel, enfocándose en la capacidad de las redes transnacionales de afectar las relaciones entre los Estados. A nivel nacional, en cambio, Winifred Tate ha examinado las actividades y culturas de las redes de activismo de derechos humanos en Colombia y sus interacciones con las autoridades civiles y militares. Tate ha expandido en forma significativa el modelo propuesto por Keck y Sikkink con el fin de observar las acciones emprendidas por organizaciones no gubernamentales nacionales para impactar la conducta del gobierno colombiano, las fuerzas de seguridad del Estado y los grupos armados no estatales. En tercer lugar, se encuentra el nivel menos examinado. En este texto se procura observar el alcance y el impacto de las acciones emprendidas por las redes de activistas de derechos humanos a nivel local. Mi enfoque sociohistórico complementa y, a la vez, desafía el trabajo de los académicos que recuentan la historia de los derechos humanos principalmente desde el punto de vista de abogados y legisladores.
En la segunda mitad del siglo XX, los movimientos sociales han impulsado nociones diversas y críticas de derechos humanos a pesar de todas las adversidades. Tal como lo observa Boaventura de Sousa Santos:
En el mundo entero, millones de personas y miles de organizaciones no gubernamentales han estado luchando por los derechos humanos, a menudo corriendo grandes riesgos, en defensa de las clases sociales oprimidas y de los grupos que en muchos casos han sido victimizados por Estados capitalistas autoritarios […] La tarea central de la política emancipatoria de nuestro tiempo, en este campo, consiste en transformar la conceptualización y la práctica de los derechos humanos de un localismo globalizado a una lucha cosmopolita.57
Como lo sugiere De Sousa Santos, ¿es posible tal tipo de transformación? ¿Pueden los movimientos de derechos humanos constituir una forma de globalización progresiva desde abajo? Upendra Baxi nos recuerda que la historia de los movimientos de derechos humanos contemporáneos son “crónicas de contingencia” que deben ser comprendidas dentro de sus contextos locales específicos.58 Él afirma que debemos desarrollar una “teoría social de los derechos humanos” que pueda dar cuenta de la diversidad de respuestas populares a la represión y el sufrimiento. El antropólogo Richard A. Wilson ha llevado este imperativo metodológico más lejos al defender una etnografía de los derechos. Él escribe: “Estudiar la ‘vida social de los derechos humanos’ implicaría centrarse, entre otras cosas, en las dimensiones performativas de los derechos humanos, las dinámicas de la movilización social y los cambios de actitud de los actores sociales de las élites y de los ciudadanos comunes y corrientes con respecto a las formulaciones de ‘derechos’ y ‘justicia’, tanto dentro como fuera del proceso legal”.59 Una manera de emprender este importante proyecto es contar la historia de los derechos humanos desde la perspectiva de activistas de primera línea que buscan confrontar la violencia por medio de la acción directa más que desde la perspectiva de funcionarios de las Naciones Unidas, funcionarios elegidos y jueces responsables de negociar y hacer cumplir normas legales. Al tratar de comprender de mejor forma las circunstancias que dan origen a los movimientos de derechos humanos a nivel local, podemos arrojar luz sobre las maneras específicas en que los derechos humanos se construyen, utilizan y articulan socialmente. Este enfoque también nos permitirá observar de mejor modo los cambios históricos, si los hay, a causa del advenimiento de los derechos humanos a nivel internacional.
La principal meta de este libro es comprender mejor los orígenes sociales de los movimientos de derechos humanos centrando la atención en los resultados del conflicto armado a finales del siglo XX en América Latina. Al escribir la historia de un movimiento de derechos humanos en una zona de conflicto tuve en cuenta tres series de preguntas históricas amplias. La primera serie de preguntas depende de las condiciones sociales, políticas y económicas que, en primer lugar, dan origen a los movimientos de derechos humanos. ¿Cuál es la relación entre las luchas históricas en pro de la justicia social y las luchas contemporáneas en defensa de los derechos humanos? La segunda serie de preguntas gira alrededor de los cambios históricos puestos en movimiento por el advenimiento de los derechos humanos. ¿Los movimientos de derechos humanos crean nuevos canales de participación popular? ¿Fomentan la solidaridad dentro de las comunidades y entre diversos actores sociales y políticos? La tercera serie de preguntas tiene que ver con los problemas particulares que los activistas de derechos humanos encaran en zonas de conflicto. ¿Cómo responden los gobiernos, las fuerzas de seguridad del Estado y los actores armados no estatales al activismo de derechos humanos en contextos de conflicto armado interno? ¿Hasta qué grado pueden los movimientos de derechos humanos mantener su autonomía y efectividad de cara a estas presiones?
Tomando en cuenta lo arriba mencionado, el presente estudio es enfocado principalmente en la continuidad entre el movimiento de derechos humanos y la historia de luchas sociales y políticas en Barrancabermeja. Esta obra se enfoca en la historia de la ciudad petrolera más importante de Colombia y centro de activismo social, la cual a finales de los años ochenta dio origen a un movimiento de derechos humanos combativo e influyente. ¿Cómo cambió la protesta popular en Barrancabermeja en respuesta a las rupturas históricas causadas por la violencia política, a la colonización de una región de frontera por parte de la compañía petroquímica más grande del mundo en los años veinte, a la guerra civil conocida como La Violencia a mediados del siglo, al surgimiento de grupos guerrilleros en los años sesenta, a la represión militar al sindicato de los trabajadores petroleros en los años setenta, a la guerra sucia en los años ochenta, a la lucha armada por el control de la ciudad en los años noventa y al período de hegemonía paramilitar en el siglo XXI? Por más de cinco décadas Colombia ha estado inmersa en lo que ahora es comúnmente descrito sencillamente como ‘el conflicto’. No obstante, es algo erróneo hablar de ‘la violencia’ o de ‘el conflicto’ en singular. Los enfoques regionales de la historia de Colombia revelan que múltiples formas de violencia social y política ocurren simultáneamente. Un enfoque regional nos permite observar la confluencia de fuerzas locales, nacionales e internacionales que perfilan las identidades y conductas de los actores sociales. Barrancabermeja ha sido un crisol de la historia colombiana: un lugar de convergencia del capital extranjero, el Estado nacional, los grupos guerrilleros y las fuerzas militares y paramilitares.
Lo que surge al organizarse el movimiento social en Barrancabermeja es un enfoque a los derechos humanos que hace énfasis en los vínculos causales entre la inequidad y la violencia. Desde el inicio, el movimiento de derechos humanos en Barrancabermeja se definió como perteneciente al movimiento popular. En sus documentos legales de constitución, presentados en 1989, Credhos definió su primer objetivo como “la formación y capacitación de promotores del derecho social y los derechos humanos a través de los organismos populares con proyección a la comunidad para que sea ésta quien a partir de su conocimiento asuma la defensa de sus derechos”.60 Las maneras en que los derechos humanos fueron discutidos y operacionalizados reflejan el inicio abierto del grupo. A mediados de los años ochenta, en el apogeo de la efervescencia del movimiento social, esta diversidad podía percibirse claramente. La causa de los derechos humanos fue llevada a la acción por trabajadores, campesinos, estudiantes, mujeres, partidos políticos y la Iglesia católica. En medio de un terrible período de violencia, estos grupos tuvieron que debatir e impulsar los principios básicos de los derechos humanos.61 Los procesos de debate sobre los derechos humanos no fueron fáciles. Esto fue, en parte, una reflexión de las diferencias de opinión que existían entre los movimientos urbanos y rurales. Fue una tensión productiva en muchos sentidos. Los activistas de Barranca tuvieron que ser creativos para poder resistir una oleada tras otra de amenazas y violencia. Las acciones mancomunadas, desde documentar las atrocidades en contra de los derechos humanos hasta convocar a protestas callejeras, fueron facilitadas debido a que el movimiento cívico popular de la ciudad tenía una larga historia de colaboración y estaba profundamente enraizado en las comunidades locales. El lenguaje de los derechos humanos, particularmente el registro estandarizado utilizado por las redes de activistas transnacionales, ¿allanó las diferencias políticas? El arco de la historia reciente de Barrancabermeja es indicativo de tendencias más amplias y heterodoxas de los derechos humanos en América Latina, donde los movimientos populares afrontaron la represión severa. Mientras que los informes que circulan entre las organizaciones internacionales no siempre reflejan las diversas bases sociales de los movimientos de derechos humanos, esta diversidad es evidente si observamos la extensión de sus actividades.
Panorama general
Este texto está organizado cronológicamente. El primer capítulo se enfoca en el desarrollo de Barranca como un enclave controlado por extranjeros hasta finales de La Violencia (1919-1961). En el segundo capítulo se explora la nacionalización de la industria petrolera y el surgimiento de nuevos movimientos sociales con la Guerra Fría y la insurgencia guerrillera como telón de fondo (1961-1980). En los siguientes cuatro capítulos se da una mirada detallada al advenimiento del activismo de derechos humanos en respuesta a la violencia paramilitar (1980-1997). En el capítulo final se examina el proceso de paramilitarización que enfrentó Barranca comenzando en 1998, haciendo una pausa con el fin de considerar las posibilidades y limitaciones de organizar los derechos humanos en una zona de conflicto desde el punto de vista de los activistas de primera línea.
La historia de la ciudad petrolera de Barrancabermeja y el Magdalena Medio, la región circundante rica en recursos, nos ayuda a esclarecer las fuentes y resultados de la violencia política en Colombia en el siglo XX y la relación entre distintos modos de organización popular, social y política. Para comprender como surgió el activismo en pro de los derechos humanos en Barranca, es importante comprender las circunstancias que causaron la violencia política en las zonas rurales. Las formas de violencia que se perfilaron en la región del Magdalena Medio reflejaron las funciones especiales que el Estado nacional ha desempeñado en Barrancabermeja. La historia de Barranca es la historia de una lucha de décadas por la justicia social, el desarrollo económico regional y nacional, y los derechos humanos. Barranca ha sido el lugar de una confrontación directa y prolongada entre el Estado y los movimientos sociales con la extracción petrolera, el conflicto partidista, la Guerra Fría y el surgimiento del paramilitarismo como telón de fondo. Barranca también ha sido un lugar de importante intervención del Estado nacional en el terreno de los derechos humanos. Yo ubico las experiencias de los defensores de derechos humanos dentro de la historia más amplia de los movimientos sociales y del conflicto armado colombiano.
Notas
1 Rafael Gómez Serrano, entrevista con el autor (Bogotá, septiembre 27, 2005).
2 “Asesinada menor que presenció atentado a miembros de la UP”, El Tiempo, mayo 5, 1987.
3 “La desbarrancada”, Semana, mayo 25, 1987.
4 La expresión “guerra sucia” usada por activistas colombianos desde mediados de los años ochenta para describir un patrón de acciones terroristas cuyo objetivo son los civiles es un concepto clave en este libro. Una “guerra sucia” puede ser definida como una campaña militar encubierta, llevada a cabo por fuerzas estatales o representantes en contra de disidentes políticos. Prácticas como la detención arbitraria, la tortura, la desaparición forzada y la ejecución extrajudicial fueron empleadas por fuerzas militares y paramilitares colombianas en contra de activistas sociales y políticos, pero también de guerrilleros, de sospechosos de ser guerrilleros o de simpatizantes de la guerrilla.
5 Mauricio Archila, Idas y venidas: vueltas y revueltas. Protestas sociales en Colombia, 1958-1990 (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, fiflflXP-Centro de Investigación y Educación Popular, Cinep, 2004), 149.
6 Ibid., 195.
7 Las tasas de homicidio en Colombia han estado aumentando de manera constante desde mediados de los años setenta. El incremento más dramático ocurrió entre 1984 y 1987. Hubo 9969 homicidios en 1984, 12 922 en 1985, 15 735 en 1986 y 17 447 en 1987. Ibid., 237.
8 “1987, el año de la ‘guerra sucia’: más de 2500 muertos”, El Mundo, diciembre 28, 1987.
9 Credhos, “Barrancabermeja y la impunidad en los delitos de lesa humanidad” (noviembre, 1989), 24, archivos de Credhos, Barrancabermeja.
10 Mauricio Archila, Aquí nadie es forastero. Testimonios sobre la formación de una cultura radical: Barrancabermeja 1920-1950 (Bogotá: Centro de Investigación y Educación Popular, Cinep, 1978), 199.
11 Leon Zamosc, “The Political Crisis and the Prospects for Rural Democracy in Colombia”, Journal of Development Studies 25, no. 4 (1990): 48.
12 “Incidentes en paro de Barranca”, El Tiempo, mayo 7, 1987.
13 Francisco Campo, entrevista con el autor (Barrancabermeja, septiembre 20, 2005).
14 Leila Iliana Celis González, Luchas campesinas en Colombia (1970-2016). Resistencias y sueños (Bogotá: Ediciones Desde Abajo, 2018).
15 “Jornada ejemplar: el segundo paro cívico en Barrancabermeja”, Voz Proletaria, mayo 14, 1987.
16 Es difícil calcular la tasa de homicidios políticos para Barrancabermeja durante el período de 1980 a 2010 con absoluta certeza. Con base en fuentes gubernamentales y no gubernamentales, podemos calcular que en Barranca se cometieron entre 3000 y 5000 asesinatos entre 1982 y 2002. Otros 1000 homicidios fueron cometidos en Barrancabermeja entre 2003 y 2009. La Corporación Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (Credhos) documentó 902 homicidios entre 1988 y 1990 solamente. Credhos, “La complicidad de la indiferencia” (abril, 1991), 19, archivos de Credhos, Barrancabermeja. El Departamento Nacional de Estadística (DANE) registró 331 homicidios para el año 1991. Vicepresidencia de la República de Colombia, Panorama actual de Barrancabermeja (Bogotá: Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, 2001), 8. La Oficina de Instrucción Criminal en Barrancabermeja documentó 1307 homicidios entre 1992 y 2003, y concluyó que entre el 84 % y el 89 % de los homicidios cometidos en el año 2000 (429 de 480) y en 2001 (325 de 383) fueron motivados políticamente. Véanse los informes del Centro de Referencia Nacional sobre la Violencia, “Lesiones infligidas por otros”, http://www.medicinalegal.gov.co/.
17 Luis van Isschot, “Rural Colombia: The Architecture of State-Sponsored Violence and New Power Configurations”, en Dominant Elites in Latin America, editado por Liisa North y Timothy D. Clark (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2017), 119-148.
18 Mary Roldán, A sangre y fuego: La Violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953 (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, ICANH, 2003), 44-48.
19 Mauricio García Villegas y Rodrigo Uprimny Yepes, “La normalisation de l’exceptionnel sur le contrôle juridictionnel des états d’urgence en Colombie”, en Justice et démocratie en Amérique Latine, editado por Marie-Julie Bernard y Michel Carraud (Grenoble: Presses Universitaires de Grenoble, 2005), 117-144.
20 John Ledy Phelan, The People and the King: The Comunero Revolution in Colombia, 1781 (Madison: University of Wisconsin Press, 1978).
21 Miguel Urrutia, Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013 (Bogotá: Universidad de los Andes, 2016), 98.
22 En 1989, en su ‘Segundo Congreso Poder Popular y Nuevo Gobierno’, el ELN decidió adoptar una expansión militar y política, prestando especial atención al desarrollo de las milicias urbanas. Milton Hernández, Rojo y negro: aproximación a la historia del ELN (Tafalla, Navarra: Txalaparta Editorial, 2005), 465. Para finales de los años noventa, el ELN había dedicado un porcentaje mucho mayor de sus recursos en zonas urbanas en comparación con las FARC (más del 12 % de sus fuerzas en comparación con menos del 5 %). Human Rights Watch, War Without Quarter: Colombia and International Humanitarian Law (Nueva York: Human Rights Watch, 1998), 131, 162.
23 Winifred Tate, Counting the Dead: The Culture and Politics of Human Rights Activism in Colombia (Berkeley: University of California Press, 2007), 4.
24 Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, “Informe del Alto Comisionado para los Derechos Humanos sobre la situación de derechos humanos en Colombia”, sesión 58 (Ginebra, marzo 13, 2002).
25 Luis van Isschot, “The Heart of Activism in Colombia”, en Oral History off the Record: Toward an Ethnography of Practice, editado por Anna Sheftel y Stacey Zembrzycki (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2013), 241.
26 Irene Villamizar, entrevista con el autor (Barrancabermeja, marzo 8, 2006).
27 Banco de Datos de Violencia Política, Caso tipo Nº 3, Barrancabermeja, la otra versión (Bogotá: Centro de Investigación y Educación Popular, Cinep, 2005), 25.
28 Doris Bergen, War and Genocide: A Concise History of the Holocaust (Nueva York: Rowman and Littlefield Publishers, 2003), 49.
29 Véase el artículo 3º, “Permiso del Estado”, del decreto, creando estas unidades de seguridad privada. Colombia, Presidencia de la República, Julio César Trujillo, y Ministerio de Defensa Nacional, Rafael Pardo Rueda, Decreto 356 de 1994 (febrero 11), “por el cual se expide el Estatuto de Vigilancia y Seguridad Privada”.
30 Ha surgido evidencia de que la AAA servía como un frente de operaciones militares encubiertas. Véase Michael Evans, “The Truth About Triple-A”, The National Security Archive, julio 1, 2007, https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB223/index.htm.
31 Roldán, A sangre y fuego, 191.
32 Tate, Counting the Dead, 50.
33 “Infografía: Conflicto armado en Colombia dejó más de 260 000 muertos”, El Tiempo, agosto 2, 2018, https://www.eltiempo.com/justicia/conflicto-y-narcotrafico/cifras-del-conflicto-armado-en-colombia-251228.
34 Liga Internacional por los Derechos y la Liberación de los Pueblos, El camino de la niebla. Vol. 3. Masacres en Colombia y su impunidad (Bogotá: Liga Internacional por los Derechos y la Liberación de los Pueblos, Sección Colombiana, 1990), 444.
35 “Grupos identificados y áreas de asentamientos”, El Tiempo, octubre 1º, 1987.
36 Tate, Counting the Dead, 51.
37 Edward L. Cleary, The Struggle for Human Rights in Latin America (Westport, CT: Praeger, 1997), 63.
38 Véase Winifred Tate, “Paramilitary Forces in Colombia”, Latin American Research Review 46, no. 3 (2011): 191-200. Véase también Edwin Cruz Rodríguez, “Los estudios sobre el paramilitarismo”, Análisis Político 20, no. 10 (2007): 117-134; Gustavo Duncan, Los señores de la guerra: de paramilitares, mafiosos y autodefensas en Colombia (Bogotá: Planeta-Fundación Seguridad y Democracia, 2007).
39 Julie Mazzei, Death Squads or Self-Defense Forces: How Paramilitary Groups Emerge and Threaten Democracy in Latin America (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2009), 17.
40 Véase Carlos Medina Gallego, Autodefensas, paramilitares y narcotráfico en Colombia: origen, desarrollo y consolidación, el caso ‘Puerto Boyacá’ (Bogotá: Editorial Documentos Periodísticos, 1990); y Mauricio Romero, Paramilitares y autodefensas: 1982-2003 (Bogotá: Editorial Planeta Colombiana, S.A.-Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, 2003).
41 En años recientes un escándalo político que remeció a Colombia se basó en revelaciones de que varios miembros del Congreso colombiano y del gobierno de Álvaro Uribe estuvieron involucrados en la financiación y la organización de grupos paramilitares de extrema derecha. Mauricio Romero, ed., Parapolítica: la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos (Bogotá: Corporación Nuevo Arco Iris, 2007); y Jasmin Hristov, Blood and Capital: The Paramilitarization of Colombia (Athens: Ohio University Press, 2009).
42 Tate, Counting the Dead, 175.
43 William Patrick Kelly, Sovereign Emergencies: Latin America and the Making of Global Human Rights Politics (Cambridge-Nueva York: University of Cambridge Press, 2018).
44 Véase Flor Alba Romero, “El movimiento de derechos humanos en Colombia”, en Movimientos sociales, Estado y democracia en Colombia, editado por Mauricio Archila y Mauricio Pardo (Bogotá: Centro de Estudios Sociales, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia, 2001).
45 Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, La Violencia en Colombia 2 vols. (reimpresión, Bogotá: Taurus Historia, 2005).
46 Comité de Solidaridad con los Presos Políticos (CSPP), El libro negro de la represión: Frente Nacional 1958-1974 (Bogotá: Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, 1974). Para leer un comentario sobre esta publicación y su legado, véase Jorge González Jácome, “Derechos humanos y pensamiento de izquierda en Colombia (1974-1978): una relectura del Libro negro de la represión”, Universitas Javeriana Indexada 65 (2016): 105-138.
47 El término ‘violentología’ se volvió de uso común entre los académicos colombianos a finales de los años ochenta, en una época en que las explicaciones de la violencia en Colombia, que iban más allá de la hipótesis de la competencia entre liberales y conservadores, obtuvieron el reconocimiento generalizado. Comisión de Estudios sobre la Violencia, Colombia: violencia y democracia. Informe presentado al Ministerio de Gobierno (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1987). Para una revisión de la literatura producida durante este período, véase Catherine C. LeGrand, “La política y la violencia en Colombia (1946-1965): interpretaciones en la década de los ochenta”, Memoria y sociedad 2, no. 4 (1997): 79-110.
48 Alejandro Reyes Posada, ed., Pacificar la paz: lo que no se ha negociado en los acuerdos de paz (Bogotá: Comisión de Superación de la Violencia, 1992).
49 Varios activistas de derechos humanos de Barranca han escrito tesis de pregrado o de posgrado reflejando circunstancias locales sociales, económicas y políticas. Véase Juan de Dios Castilla Amell, “Participación popular y movimiento social: Barrancabermeja 1971-1985” (Tesis de maestría, Universidad de los Andes, 1989); Ubencel Duque Rojas, “Conflictos y paz, realidad y aprendizajes significativos en la región del Magdalena Medio” (Tesis de maestría, Universidad Pedagógica Nacional, 2004); Jhon Jairo Londoño et al., “Estudio económico-social de Barrancabermeja 1977-1988” (Tesis de grado, Universidad Cooperativa de Colombia, 1991).
50 Archila, Idas y venidas, 235.
51 Cleary, The Struggle for Human Rights, 63.
52 Véase también Organización Femenina Popular, Diana Obando, Mery Yolanda Sánchez, et al., Vidas de historia: una memoria literaria de la OFP (Barrancabermeja: Organización Femenina Popular, 2016); Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos, Veinte años de historia y lucha: Asfaddes con todo el derecho (Bogotá: Asfaddes, 2003).
53 Tate, Counting the Dead, 71.
54 Lesley Gill, A Century of Violence in a Red City: Popular Struggle, Counterinsurgency, and Human Rights in Colombia (Durham: Duke University Press, 2016), 25.
55 Lina Britto, “El discurso de los derechos humanos habla de la derrota de la izquierda”, El Espectador, octubre 16, 2016.
56 Margaret Keck y Kathryn Sikkink, Activists beyond Borders: Advocacy Networks in International Politics (Ithaca: Cornell University Press, 1998).
57 Boaventura de Sousa Santos, “Towards a Multicultural Conception of Human Rights”, en Space of Culture: City, Nation, World, editado por Mike Featherstone y Scott Lash (Londres: SAGE Publications, 1999), 220.
58 Upendra Baxi, The Future of Human Rights (Oxford: Oxford University Press, 2002), xi.
59 Richard A. Wilson, “Afterword to ‘Anthropology and Human Rights in a New Key’: The Social Life of Human Rights”, American Anthropologist 108, no. 1 (2006): 77-83.
60 Credhos, “Estatutos de constitución” (abril, 1989), 2, archivos de Credhos, Barrancabermeja.
61 Los sacerdotes católicos progresistas juegan un papel vital en la construcción del cimiento del trabajo comunitario en defensa de los derechos humanos. Dicho activismo clerical era la excepción en Colombia. Véase Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, Trujillo, una tragedia que no cesa: primer informe de memoria histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, 2ª ed. (Bogotá: Editorial Planeta Colombiana, 2008).
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Trabajadores petroleros, colonos y las raíces del radicalismo popular
La mayoría de las ciudades y los pueblos tienen un símbolo que los representa: París, la torre Eiffel; Roma, la Basílica de San Pedro; Zipaquirá, su Catedral de Sal; Bogotá, el cerro de Monserrate; y Barrancabermeja, su Refinería. Pero, para mí, en Barrancabermeja hay algo que es más singular para quienes hemos vivido largos años en ella: el pito. Pero ¿cómo dibujar el sonido de un silbato para convertirlo en el símbolo de una ciudad como esta? Tal vez lo hubiese sabido Picasso, pero ya está muerto.
ARISTÓBULO QUIROGA, trabajador petrolero.1
Una ciudad rebelde
Barrancabermeja ha sufrido por largo tiempo de una mala reputación. Es conocida entre algunos colombianos como un lugar peligroso y de transgresión moral. No obstante, la ciudad también ha representado el trabajo duro y la oportunidad económica. En la época de la bonanza petrolera, en los años veinte, Barranca atrajo a hombres jóvenes para que produjeran dinero y lo gastaran. Si no sucumbían a alguna enfermedad o tenían que abandonar la ciudad por participar en alguna huelga, los empleados de la Tropical Oil Company (la Troco) podían permanecer allí por suficiente tiempo para contarle sus historias a la siguiente generación de tropeleros. A Barranca también llegaron mujeres jóvenes y algunas obtuvieron empleo en el comercio del sexo. En su novela La novia oscura, Laura Restrepo escribe: “Por ese entonces a la ciudad de Tora la distinguían en las vastedades del mundo de afuera como la ciudad de las tres pes, Putas, Plata y Petróleo. Petróleo, plata y putas. Cuatro pes, en realidad, si acordamos que también era Paraíso en medio de tierras asoladas por el hambre”.2 Según un viejo chiste, Barranca era poco más que un burdel con alcalde y cura.3 A través de su historia, Barranca también ha sido estigmatizada por su asociación con el radicalismo. Los reclutas jóvenes barranqueños que prestaban su servicio militar se preocupaban de ser acusados por sus superiores de ser guerrilleros. También se dice que las mujeres embarazadas se marchaban de la ciudad para dar a luz en la ciudad cercana de Bucaramanga, para que las cédulas de sus hijos no indicaran que habían nacido en Barranca. La sola mención de Barranca hace fruncir el ceño en toda Colombia. Es como si en Barranca los indómitos, los pobres y los comunistas te fueran a comer vivo.
Para muchos, Barrancabermeja también tiene una mística especial. Barranca está llena de vida. Los movimientos populares de la ciudad ocupan un lugar clave en esta mitología. La socialización de los trabajadores tenía lugar en la refinería, pero también en los espacios que los trabajadores migrantes abrieron a su alrededor. En la poesía de las zonas de colonización popular de Colombia existe un espacio para el tropel, es decir, la agitación y la disensión.4 En su monografía basada en historias orales grabadas en Barrancabermeja en los años setenta, Aquí nadie es forastero, Mauricio Archila describe un lugar abierto y hospitalario, donde los ciudadanos están conscientes del lugar que ocupan en la historia colombiana:
Desde que uno pone un pie en Barranca, siente un ambiente especial, tal vez único en Colombia. No es el calor estrictamente, o la presencia del río Magdalena —ya no tan majestuoso como en otros tiempos—, o la relativa cercanía de la costa Atlántica, o el aire enrarecido fruto de la combustión permanente de gases derivados del petróleo. Es algo más, es el espíritu de sus gentes. Es la calurosa acogida que dan a los visitantes, es la sed de aprender. Es el orgullo de vivir en la capital petrolera de Colombia, es, en fin, una cultura especial.5
En Barranca existen pocos rastros de la acostumbrada deferencia que se tiene con la autoridad y las políticas del Jockey Club de Bogotá, la moralidad católica de Antioquia, los estrechos lazos del clientelismo económico y político del Eje Cafetero o las notorias divisiones raciales de la costa Pacífica y el Urabá.6 A pesar de la visión noir de Barranca, poblada por demasiadas prostitutas y rufianes, la ciudad también era un lugar de libertad personal, de solidaridad y de oportunidades.
Cuando la Standard Oil de Nueva Jersey compró la Tropical Oil Company y los derechos de extracción de petróleo en la zona alrededor de Barrancabermeja en 1919, se pusieron en marcha numerosos procesos de innovación económica, social y política. Durante este período, barranqueños de todo tipo comenzaron a identificarse como miembros de una clase obrera con criterio independiente y progresista.7 En este capítulo considero cuatro procesos históricos relacionados con la intervención petrolera y su legado, y vinculados entre sí: la colonización de la región del Magdalena Medio previa a la bonanza petrolera de los años veinte; la creación de la ciudad de Barrancabermeja; los conflictos que enfrentaron a los trabajadores petroleros y a otros residentes en contra de la Troco; y la transición de las inversiones de la Troco al control estatal hasta finales de los años cincuenta.
Antes de la llegada de la Tropical Oil Company, el valle del río Magdalena era una zona de resistencia indígena, luchas campesinas por la tierra y un refugio para los combatientes liberales de las guerras del siglo XIX. El desarrollo de una industria petrolera por parte de inversionistas extranjeros dio lugar a la formación de una nueva clase trabajadora de obreros migrantes, representada por un sindicato combativo y ferozmente nacionalista. Desde los años veinte hasta los años cuarenta, una sucesión de huelgas enfrentó a los trabajadores petroleros contra la Troco. Al igual que en otras zonas de la frontera agrícola, la región del Magdalena Medio no contaba con una oligarquía local importante y la presencia de la Iglesia católica era relativamente débil. Al inicio de esta historia temprana, la presencia del Estado colombiano se manifestó principalmente en asuntos relacionados con la seguridad, incluyendo el despliegue de la Policía Nacional y las fuerzas del Ejército para salvaguardar la industria petrolera, quienes permanecerían allí. La organización política de izquierda en la región culminó en 1948 con un levantamiento armado conocido como la Comuna de Barrancabermeja.
Conquistadores, colonos y capitalistas
La historia temprana del valle ribereño conocido actualmente como el Magdalena Medio fue una de poblaciones indígenas dispersas y escasos asentamientos españoles. En las crónicas de la era colonial, la región aparece a duras penas como un pie de página. El Magdalena Medio tomaría forma progresivamente a causa de las fuerzas de inversión tanto privadas como públicas. En el siglo XIX, trabajadores mestizos y colonos atraídos a la zona por las bonanzas de exportación de productos forestales dieron origen a un crecimiento en la agricultura campesina tanto a lo largo del río Magdalena como en las tierras altas en las montañas de Santander y Boyacá. En consecuencia, un puñado de pequeñas poblaciones emergió como bases comerciales, incluida Barrancabermeja. Los pobladores, los inversionistas y la Iglesia católica pidieron cada vez más ayuda a las autoridades de los gobiernos nacional y regional para que mediaran en disputas por tierras, controlaran el orden público y a la población nativa.8 Posteriormente, el Magdalena Medio proporcionaría refugio a los liberales derrotados en el conflicto civil más letal de Colombia en el siglo XIX, la Guerra de los Mil Días (1899-1902). Al comienzo del siglo XX, la zona alrededor de Barrancabermeja seguía siendo una región relativamente aislada, aunque disputada.
En abril de 1536, Gonzalo Jiménez de Quesada, un abogado andaluz sin ninguna experiencia militar, lideró una ambiciosa expedición aguas arriba por el río Magdalena. Inspirado por la reciente conquista de la capital inca del Cuzco realizada por Francisco Pizarro, el gobernador de las islas Canarias, Pedro Fernández de Lugo, financió personalmente un plan militar para explorar y reclamar nuevo territorio en lo que era entonces conocido como el Reino de la Nueva Granada. Jiménez de Quesada, teniente general de una fuerza grande y bien equipada, salió de Santa Cruz de Tenerife en noviembre de 1535 y llegó a la ciudad portuaria de Santa Marta, en la costa caribeña de la Nueva Granada, en enero de 1536. Tres meses más tarde, Jiménez de Quesada se embarcaría por el río Grande de la Magdalena en busca de oro, territorio e indios a los cuales usurpar.
El viaje de la conquista de Jiménez de Quesada demostró ser bastante costoso. Su fuerza expedicionaria consistía de 800 españoles y 100 esclavos africanos e indígenas.9 Unos 500 hombres viajaron por tierra, a pie y a caballo, desde Santa Marta. Otros 400 hombres se embarcaron y remaron río arriba en cinco bergantines construidos expresamente para el viaje. Las tropas de infantería partieron primero, cargadas de pesadas armas y suministros, seguidas por los barcos dos semanas después. El primer intento de Jiménez de Quesada de navegar por el río Magdalena fue echado a perder por una tormenta que los azotó justamente cuando su flota de embarcaciones de poco calado se acercaba a la desembocadura del río.10 Dos barcos se hundieron, tres resultaron dañados y muchos de los sobrevivientes desertaron. Jiménez de Quesada fue forzado a regresar a Santa Marta para reagruparse, adquirir nuevos barcos y reclutar más hombres. Seis meses más tarde estuvo listo para continuar y, eventualmente, se encontró con las fuerzas que venían por tierra en una ubicación antes acordada, aproximadamente 50 leguas aguas arriba.11 Dos meses después, Jiménez de Quesada y sus tropas arribaron a un pequeño asentamiento nativo al que se refirieron como Barrancas Bermejas, debido a las tierras rojizas que le dan color a la ribera.12 Desde que salieron por primera vez de Santa Marta más de 200 hombres habían muerto, la mayoría enfermos, agotados o ahogados.
La meta de los españoles era hacer la travesía hasta las tierras altas del interior, donde esperaban encontrar algo valioso para reclamar como propiedad. Aunque la mayoría de las tropas sobrevivientes permanecieron en Barrancas Bermejas esperando el temporal de lluvias torrenciales, Jiménez de Quesada envió pequeños grupos de hombres río arriba en busca de un paso que lo conectara con las montañas. Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, historiador oficial de las Indias, escribiría posteriormente sobre los triunfos y peculiaridades de la expedición. Él escribiría un pasaje sobre un alquitrán negro y espeso que “hervía y salía de la tierra”, que los indígenas lugareños usaban con fines medicinales y los españoles para reparar sus barcas.13 Las patrullas delanteras despachadas por Jiménez de Quesada regresaron después de tres meses con unas cuántas bolsas de sal y una pequeña cantidad de oro. Pero lo más importante de todo es que trajeron noticias de que, efectivamente, había prósperos asentamientos indígenas hacia el sur, localizados en una meseta de clima templado. Esto fue suficiente incentivo para que la exploración continuara. Jiménez de Quesada se marchó de Barrancas Bermejas en enero de 1537. Para entonces, de más de 900 hombres solo quedaban 179. Jiménez de Quesada persistió hasta el 27 de abril de 1537, cuando alcanzó la ciudad muisca a la que llamó Santafé de Bogotá.14 Expediciones rivales encabezadas por veteranos de las campañas de conquista en Venezuela y Perú se apresuraron a competir con Jiménez de Quesada por el derecho a gobernar el nuevo territorio. En últimas, los contendores tendrían que viajar a España para defender sus razones ante el rey Carlos V. Deseando evitar una guerra civil como la que se había desatado entre los conquistadores en Perú, la corona española resolvió la disputa a favor del más experimentado, Sebastián de Belalcázar.15 Los conflictos entre oficiales de la colonia retrasarían los asentamientos en el interior de Colombia por las décadas siguientes.
La integración económica y política de Colombia desde el período colonial hasta el presente ha dependido de la conquista de zonas remotas por la colaboración público-privada. El único puesto de la corona española en el Magdalena Medio era el centro minero de cuarzo y oro de Simití, ubicado aproximadamente a 100 kilómetros al norte de Barrancabermeja. Los científicos José Celestino Mutis y Alexander von Humboldt fueron los primeros europeos reconocidos por su trabajo comprehensivo de exploración de las tierras de la cuenca del río Magdalena, realizado a finales del siglo XVIII y principios del XIX. La región fue abierta gradualmente al mundo exterior como resultado del comercio internacional de quina, tagua, caucho, añil y carbón vegetal.16 El interés en los recursos naturales de Colombia creció tras el desarrollo exitoso de economías similares en la cuenca del río Amazonas, igualmente considerada remota. Tras su regreso de Brasil, el británico coleccionista de plantas John Weir exploró el río Magdalena y sus tributarios en enero de 1864. En un boletín de la expedición a miembros de la Sociedad Real de Horticultura, Weir reflexionaba sobre el agotador camino que había emprendido hacia las montañas del país, al oriente del río Magdalena, en busca de muestras de orquídeas para enviarlas a los Reales Jardines Botánicos de Kew: “La navegación del río Sogamoso no sólo es difícil sino peligrosa. Por unas 17 leguas desde su confluencia con el Magdalena, sigue un curso relativamente plano y densamente boscoso, y es navegable en canoas. Pero más arriba, fluye en medio de un cañón montañoso, profundo y estrecho, y está lleno de rápidos y rocas. Desde este punto hasta Bucaramanga son tres días de viaje a lomo de mula”.17 Desde la perspectiva del gobierno en Bogotá, carente de capital y bastante aislado, las zonas remotas como el Magdalena Medio eran un dilema. Aunque rica en recursos naturales, y sin duda atractiva para los extranjeros, eran de muy difícil acceso y casi imposibles de gobernar. Tal como escribe Frank Safford, en un “país descapitalizado y poco poblado” como lo es Colombia, el comercio de productos forestales “tenía sentido”.18
La presencia del Estado en el Magdalena Medio aumentaría gradualmente a medida que la economía regional continuó creciendo y diversificándose en la segunda mitad del siglo XIX. Lo que a veces se pierde de vista es el alcance hasta el cual han sido indispensables las autoridades en ese proceso, especialmente tratándose del transporte.19 El río Magdalena fue conectado en 1582 a la ciudad portuaria de Cartagena de Indias por medio del canal del Dique, de 118 kilómetros de longitud. Pero la falta de recursos para darle mantenimiento causó que el proyecto, financiado públicamente, se deteriorara.20 El asentamiento de gente no indígena a todo lo largo del río Magdalena solo pudo darse cuando el gobierno colombiano, independiente desde poco tiempo atrás, le otorgó un monopolio de transporte fluvial a una empresa alemana en 1824. En 1824, al inversionista alemán Johan Bernard Elbers le fue otorgado un monopolio de 20 años para la navegación a vapor.21 El primer camino de herradura permanente que conectaba las tierras bajas y altas en Santander fue abierto por comerciantes de productos forestales a mediados del siglo XIX con el respaldo financiero de Bogotá.22
La integración económica y política de unos cuantos de los asentamientos más grandes construidos en el área sería iniciada por las autoridades regionales. Un censo realizado por el gobierno colombiano en 1864 contó 85 residentes en Barrancabermeja, la mayoría de ellos hombres adultos que trabajaban en transporte.23 Aunque pequeña en tamaño, Barranca fue un núcleo establecido para el transporte de mercancías hacia la costa.24 La población de Barranca consistía en un pequeño grupo de casas de madera con techos de palma levantadas sobre una ribera fangosa, detrás de la cual había una vasta extensión de pantanos, zanjas y hondonadas. El lugar estaba ubicado en la confluencia de dos importantes tributarios navegables del río Magdalena: el río Sogamoso y el río Opón. En 1868, Barrancabermeja fue rebautizada Puerto Santander. Dos años después, el gobierno regional, bajo el liderazgo de José Pacífico Solón Wilches, comenzó la construcción de un ferrocarril entre Bucaramanga y la población portuaria de Bocas del Rosario, justo al norte de Barranca. En 1882, los trenes comenzaron a hacer entrega de madera en Bocas del Rosario y, en 1887, fue creado el municipio de Puerto Wilches. Entretanto, Barranca continuaba creciendo paulatinamente. La población del pueblo aumentó con el desarrollo de plantaciones de café en las laderas de las montañas cercanas. Barranca sería designada corregimiento en 1881, bajo la jurisdicción del boyante municipio agrícola de San Vicente de Chucurí, donde se estaban produciendo cacao, tabaco y frutas para mercados internacionales y domésticos. En este período, Santander era la región cafetera líder en Colombia y produciría más del 60 % del total de las exportaciones hasta finales del siglo.25
A medida que el comercio a lo largo del río Magdalena se estabilizó hasta finales del siglo XIX, los inversionistas privados acudieron al gobierno para que les proporcionara seguridad.26 Entre las principales preocupaciones de los capitalistas estaba la protección contra la amenaza de asaltos de los guerreros yareguíes. Los comerciantes no indígenas reportaron ser emboscados a lo largo de los senderos que conectaban a Barranca con las tierras altas.27 Aunque no existen datos confiables del censo de la población indígena, el número total de yareguíes hablantes de lengua caribe que vivían en los departamentos de Santander, Cundinamarca y Boyacá, en ese tiempo puede haber sido más de 5000.28 Los yareguíes eran divididos en cinco cacicazgos. La historia de un gran cacique yareguíe, llamado Pipatón, que, se decía, había repelido a los primeros invasores españoles perduró, y contribuyó a que aumentaran las ansiedades de los colonizadores. Hasta el final del período colonial hubo batallas periódicas entre las fuerzas españolas con sede en las tierras altas de Santander y los yareguíes.29 Los enfrentamientos militares esporádicos sirvieron para mantener a los indígenas y a los españoles a distancia el uno del otro a lo largo de la columna vertebral de la cordillera Central. La política oficial con respecto a los yareguíes cambiaría, del confinamiento a la ‘reducción y civilización’, a medida que aumentaba el volumen de mercancías transportadas por el río Magdalena.30 Algunos viajeros que reportaron las condiciones del territorio yareguíe comparaban a los indígenas con los mosquitos transmisores de enfermedades y con animales salvajes.31 Muchos inversionistas hacían énfasis en la reputada ferocidad de los pueblos indígenas y, en consecuencia, justificaban que fueran sometidos. Entre 1866 y 1918, el gobierno de Santander emitió seis leyes diferentes ordenando la reubicación de los yareguíes a reducciones manejadas por la Iglesia católica.
El incremento de las exportaciones de especies forestales tropicales y agrícolas le dio forma a la demografía y la política de las zonas fronterizas de Colombia, pero así mismo lo hizo el conflicto armado. Las primeras oleadas de colombianos no indígenas que llegaron a colonizar las zonas rurales y la vecindad de Barranca fueron soldados liberales y sus familias desplazados durante la Guerra de los Mil Días (1898-1902).32 Muchas batallas importantes de las últimas guerras partidistas ocurridas en Colombia en el siglo XIX habían sido libradas en el departamento de Santander.33 El incidente más importante de la guerra fue la Batalla de Palonegro, que tuvo lugar en las proximidades al occidente de la ciudad de Bucaramanga, en mayo de 1900. La batalla entre liberales y conservadores duró dos semanas y cobró aproximadamente entre 2500 y 4000 vidas. Palonegro marcó la derrota del Partido Liberal unificado, dando lugar a un período de lucha guerrillera llevada a cabo por pequeñas bandas de combatientes independientes en la región. Los refugiados fueron atraídos al Magdalena Medio por la disponibilidad de tierras cultivables aún no reclamadas y por la protección natural ofrecida por una compleja topografía de montañas y desfiladeros. Su visión de la política era tercamente antiautoritaria. Ellos eran los herederos de una clase progresista del liberalismo con raíces en Santander. La persistencia de una ética de ‘autodefensa’ entre los colonos le ganó a la región la reputación de ‘zona roja’ o de ser un área habitada por políticos radicales.34 De hecho, estos nuevos colonos entendieron que sus intereses estaban siendo amenazados por la presencia de inversionistas ausentes.
La gente que vino a vivir a lo largo del río navegable más importante de Colombia, entre Puerto Boyacá en el sur y Morales en el norte, luego experimentó procesos de conflicto social y político relacionados con la competencia por los recursos.35 Aunque algunos colonos estaban armados con fines de defensa personal, también persiguieron estrategias legales para reclamar sus derechos a la tierra. Los intereses externos han estado presentes en la región desde los días de la bonanza de la tagua, pero hasta entonces los asentamientos permanentes eran pocos, no existía ningún incentivo para adquirir títulos de tierras y había poco conflicto. En la zona alrededor de Barrancabermeja, en la primera década del siglo XX, varios colonos reportaron ser obligados a firmar contratos con la poderosa compañía maderera registrada en Barranquilla, Ogliastri y Martínez, si no querían ser desalojados o ir a prisión.36 Los colonos pelearon una larga disputa legal con el representante de la compañía y empresario de Bucaramanga, Víctor Manuel Ogliastri. En 1911, el gobierno nacional inicialmente resolvió la disputa de Ogliastri y Martínez a favor de los colonos. Los colonos celebraron su victoria apedreando las oficinas de la compañía y amenazando a un gerente local. Pero esta fue una victoria pírrica. En 1913, la Compañía Comercial Magdalena, un conglomerado de exportación de propiedad de Estados Unidos, adquirió un extenso tramo de terreno de Ogliastri y Martínez que incluía la parcela disputada. Así se estableció entonces la primera presencia moderna de una corporación multinacional en la zona.37
La región del Magdalena Medio no era una tabula rasa antes de la bonanza petrolera de la década de los veinte. La actividad económica en la región en el siglo XIX fue a veces rápida, pero desigual. El gobierno departamental en Bucaramanga ayudó a financiar la expansión de las rutas de transporte y la Iglesia católica facilitó la pacificación de los pueblos indígenas yareguíes. Las autoridades nacionales intervinieron para resolver las disputas de los colonos con los inversionistas en café, madera y cacao. Sin embargo, en las tierras bajas, no existía una presencia permanente del Estado que pudiera mencionarse. A pesar de todo, el Magdalena Medio fue formado y transformado durante estos años. Para principios del siglo XX, la mayoría de indígenas yareguíes habían sido exterminados o asimilados.38 Aunque la región seguía poco poblada, era un santuario bien conocido para colonos, refugiados del interior del país y otros inconformistas. Muchos de los procesos del conflicto social y político, ya en curso a principios del siglo XX, se intensificarían durante la era de la Tropical Oil Company. Con la llegada de la Troco las preocupaciones económicas del país fueron motivo más que suficiente de atención y el Estado central se convirtió en un actor político de primer orden en la región, junto con sus contrapartes regionales. Las peticiones de que Bogotá defendiera, por un lado, los reclamos de los inversionistas y, por el otro, los derechos de los trabajadores aumentaron. Entretanto, llegaban al área numerosos migrantes en busca de trabajo y nuevos horizontes.
La llegada de los petroleros
En 1905, el ingeniero colombiano nacido en Francia Roberto de Mares se aventuró en la región del Magdalena Medio en busca de caucho.39 Aunque los mercados internacionales de la quina y la tagua habían cesado hacía ya tiempo, el negocio del caucho se estaba expandiendo, estimulado por la producción masiva de llantas neumáticas. La Hevea brasiliensis no cultivada ya estaba siendo explotada a gran escala en las disputadas selvas surorientales del Putumayo colombiano y, a pequeña escala, en el valle del río Magdalena. Durante su estadía en la zona, Mares conoció al empresario cundinamarquense José Joaquín Bohórquez, quien le explicó que aunque los árboles de caucho eran escasos en la zona, era tal la abundancia de petróleo que literalmente brotaba de la tierra y formaba grandes piscinas negras.40 Sin embargo, el petróleo siguió sin ser tocado desde que los primeros hombres de Jiménez de Quesada comentaron sobre él 400 años antes. Junto con Bohórquez y una firma inversionista con sede en Barranquilla, Roberto de Mares decidió adquirir del gobierno nacional los derechos de explotación de los recursos petroleros dentro de una extensión de 6000 kilómetros cuadrados por un período de 30 años.41
El petróleo le ha garantizado a Barrancabermeja y su región del Magdalena Medio un lugar prominente en la historia colombiana. La industria petrolera proporcionó un marco a la expansión económica privada y el ensanchamiento estatal en una región de frontera vasta y remota, con Barrancabermeja como su capital natural.42 El petróleo también estimuló procesos de formación social. El desarrollo del Magdalena Medio, con Barrancabermeja en su centro, conectó a distintas poblaciones, incluyendo a trabajadores industriales, agricultores campesinos, comerciantes, élites provinciales y activistas políticos. Muchos residentes de Barrancabermeja, tanto quienes trabajaban en la industria petrolera como aquellos que lo hacían en sectores de servicios, llegarían a percibir a la empresa extranjera como antagónica para sus intereses. Los residentes de la zona desconfiaban de los políticos de Bogotá, aunque les pedían intervenir para que protegieran los derechos laborales. El primer sindicato industrial fue formado en Barranca durante una serie de huelgas en los años 1920 que vincularon las cuestiones laborales y la justicia social con el nacionalismo económico. Entretanto, los funcionarios de la Tropical Oil se veían a sí mismos como peleando no solo en contra de un entorno natural implacable, sino de trabajadores ingratos, nativos hostiles y un Estado caprichoso. En informes de la Standard Oil a sus inversionistas, el desarrollo de Barrancabermeja fue celebrado como nada menos que la conquista de una tierra salvaje.43
Bogotá estaba dispuesta a aprovechar el potencial del petróleo como parte de un proyecto modernizador del Estado. El presidente conservador, general Rafael Reyes, amigo y padrino de matrimonio de Mares, aprobó la concesión por decreto, invocando medidas de emergencia para evitar el proceso de consulta regular al Congreso.44 Desde 1904 hasta 1909, el presidente Reyes gobernó una Colombia políticamente dividida y económicamente arruinada. Reyes había ascendido en la jerarquía del Partido Conservador durante la Guerra de los Mil Días, que había devastado al país entre 1898 y 1902. La pérdida de Panamá en 1903, tras el motín —respaldado por Estados Unidos— de las élites descontentas en el istmo ubicado en el noroccidente de Colombia, profundizó la crisis.45 El presidente Reyes creía que el Estado debía tener un papel más destacado en el fomento del desarrollo de las industrias de exportación.46 Él emprendió reformas fiscales para incrementar los ingresos del Estado, pagar la deuda externa, subsidiar nuevas industrias, construir ferrocarriles y fomentar la inversión extranjera.47 El país estaba experimentando una bonanza de exportación de café, pero los beneficios no eran distribuidos de manera uniforme en el territorio nacional ni las ganancias estaban siendo capturadas de manera efectiva por el Estado central. Se necesitaba hacer más. Colombia estaba rezagada con relación a la mayoría de países latinoamericanos en términos del rendimiento económico per capita y del desarrollo infraestructural. El presidente Reyes estaba entonces decidido a explotar los recursos naturales de Colombia, y el desarrollo de la industria petrolera caía bien dentro de su plan.
La competencia por el petróleo en el Magdalena Medio agravó el patrón de conflicto por la tierra entre los colonos locales y los inversionistas forasteros, e involucró gradualmente cada vez más al Estado nacional en los asuntos regionales. Los colonos locales enviaron peticiones por escrito a las autoridades del gobierno en Bogotá para protestar la usurpación de sus propiedades por parte de especuladores. Tras la adquisición de la concesión de Mares, decenas de empresas colombianas y extranjeras presentaron solicitudes que buscaban derechos para explorar el valle del río Magdalena. El Ministro de Minas y Energía recibió licitaciones que abarcaban los municipios adyacentes de Simití, Puerto Wilches, Lebrija, El Carmen, Simacota, Puerto Berrío, Casabe y otros.48 Aunque otras de las licitaciones eran por terrenos en las regiones incluso más remotas del Urabá y el Casanare, el mayor interés se centraba en las vecindades de la concesión de Mares. Durante este mismo período, el Ministro de Minas y Energía recibió decenas de informes de lugareños sobre exploración petrolera realizada sin autorización.49 En 1918, un grupo de colonos en el área de Barranca presentó quejas con relación a terrenos baldíos que estaban siendo cercados por especuladores. Los colonos que vivían cerca a la concesión de Mares le enviaron quejas también al Ministro de Agricultura, acusando a la Tropical Oil de usar matones para que arrasaran sus viviendas.
La primera fiebre mundial del petróleo, que comenzó durante la Primera Guerra Mundial —combinada con un deseo de asegurar nuevas fuentes de producción más allá de la revolucionaria nación mexicana—, llevó a las compañías británicas y estadounidenses a buscar oportunidades en Suramérica.50 La Standard Oil de Nueva Jersey comenzó a explorar sus opciones en Colombia, al igual que el industrial inglés Weetman Pearson. Dueño de una empresa firmemente aliada del recién destituido presidente mexicano, Porfirio Díaz, Pearson presentó una licitación para adquirir los derechos de prospección petrolífera en un área que abarcaba la mitad de Colombia. Como respuesta, la Standard Oil de Nueva Jersey envió representantes de una de sus subsidiarias a persuadir al gobierno colombiano en contra de la propuesta.51 Entretanto, Roberto de Mares buscaba capital para poder demostrar el potencial de su propiedad. Los primeros socios internacionales de Mares fueron J. S. Weller y John W. Leonard, petroleros experimentados con sede en la próspera ciudad productora de acero, Pittsburgh, en Pensilvania. Junto con Mares, ellos recaudaron dos millones de dólares para la creación de la Tropical Oil Company, constituida en 1916. Para 1917, el nuevo gobierno de México había proclamado todo el subsuelo como propiedad del Estado mexicano. Al corriente de la propuesta de Pearson, los directores de la Standard Oil de Nueva Jersey centraron entonces su atención en Colombia, de manera definitiva.
El desarrollo de la industria petrolera en Colombia era espectacular durante los primeros años. La joven Tropical Oil Company agotó su capital demostrando la viabilidad de la propiedad, y el petróleo muy pronto fluiría profusamente desde el Magdalena Medio. Tres pozos perforados en 1919 demostraron ser productivos inmediatamente.52 La International Petroleum, una subsidiaria de la Standard Oil de Nueva Jersey registrada en Canadá, acordó comprar la Tropical Oil en agosto de 1920 por 33 millones de dólares.53 La compañía pronto estableció seis estaciones de almacenamiento y cuatro centros de distribución para enviar el petróleo a los principales mercados domésticos. La producción anual se disparó de 66 750 barriles en 1921 a 322 786 barriles en 1922. Para mediados de los años 1920, la Tropical Oil era propietaria de la flota de comercio naviero más grande en Colombia, que incluía seis barcos a vapor y una docena de barcazas. Tal como lo decía orgulloso el Ministro de Industria colombiano, para 1924, la producción de Barranca era equivalente a la mitad de lo producido en el rico estado petrolero de California.54 La Tropical Oil continuó creciendo a un ritmo acelerado y, para 1925, la producción excedió los 6 millones de barriles. Para 1926, culminó la construcción de un oleoducto de 560 kilómetros entre Barranca y Cartagena. Antes de finalizar los años 1920, las ganancias anuales del petróleo en Colombia superaban las de los metales preciosos y el banano. Para 1930, la producción anual de petróleo excedía los 20 millones de barriles.55 Barranca era el mayor proyecto de la Standard Oil de Nueva Jersey en el extranjero.56
La ampliación de la infraestructura para la explotación petrolera por parte del personal de la Tropical Oil era un trabajo arduo y costoso que requería espectaculares hazañas de ingeniería y de resistencia humana. Todo el equipo utilizado por la Troco para construir las torres de perforación, que pronto poblaron los campos, era importado. Sin embargo, para entregarlo, hacerlo funcionar y darle mantenimiento, la compañía dependía de mano de obra local. Aunque navegable por unos 1000 kilómetros desde Honda, en el departamento del Tolima, hasta Bocas de Ceniza, en el mar Caribe, el río Magdalena es poco profundo y está sujeto a constantes cambios de canales, excesiva vegetación e inundaciones. Los historiadores de la Standard Oil George S. Gibb y Evelyn H. Knowlton escriben sobre los primeros trabajos de la Tropical Oil en términos que evocan el viaje de la conquista de Jiménez de Quesada, varios siglos antes: “La expedición fue una de las mayores épicas de la industria petrolera. La misma concesión de Mares era una tierra salvaje; una tierra de temperaturas infernales, cascadas increíbles y tribus nativas poco amigables. Los medios de transporte consistían en barcos ribereños y canoas, y los caprichos del Magdalena dificultaban la navegación”.57 El equipo pesado para construir carreteras y perforar pozos fue transportado desde Norteamérica hasta Barranca y, de allí, hasta los pozos petroleros ubicados tierra adentro, en cargueros, trenes, barcazas y fuerza bruta. La desembocadura del río Magdalena, cerca de la ciudad portuaria de Barranquilla, era impasable por buques debido a los bancos de arena formados por el sedimento traído por cientos de kilómetros desde los Andes. El equipo, una vez entregado en la costa caribeña colombiana, tenía que ser desarmado, transportado por un ferrocarril de vía estrecha por terreno sinuoso y desnivelado, y, luego, cargado en balsas de fondo plano y movimiento lento que surcaban las aguas río arriba. Después de llegar a Barranca, el equipo debía ser arrastrado por barrancos profundos, arroyos y pantanos.
El temprano triunfo de la Tropical Oil Company después de 1920 daría lugar a un aumento de solicitudes de derechos de exploración y extracción petrolera. Esta fue una oportunidad para que el gobierno nacional en Bogotá extendiera su influencia a otras zonas fronterizas. Para 1923, Colombia había recibido 674 solicitudes de contratos petroleros de inversionistas nacionales e internacionales.58 La mayoría de las propuestas cubrían vastas extensiones de terrenos inexplorados donde el Estado colombiano tenía muy poca o ninguna presencia. Las más importantes, en términos de su impacto en la región del Magdalena Medio, serían las concesiones otorgadas en la zona al sur de Barranca, conocida como Territorio Vásquez. En 1926 serían unificadas bajo el control de la Texas Petroleum Company y se convertirían en un importante polo secundario de desarrollo económico y organización popular en la zona. En la siguiente década, la Royal Dutch Shell de Holanda descubriría petróleo frente a Barranca, al otro lado del río, en una esquina despoblada del departamento de Antioquia. El impulso para aumentar la perforación en los campos petroleros establecidos en las vecindades de Barrancabermeja motivó al Ministerio de Industria a elaborar mapas del río Magdalena. Otros proyectos de cartografía fueron emprendidos por Bogotá en respuesta directa a solicitudes de derechos petroleros en el departamento de Bolívar, el Urabá y en los Llanos Orientales de Putumayo y Caquetá.59
Sensibles desde un principio a las inquietudes nacionalistas, la Standard Oil de Nueva Jersey tomó medidas para ocultar que ella sola controlaba todos los aspectos de un negocio transcontinental que conectaba a Barrancabermeja con la costa caribeña, Estados Unidos y Canadá.60 El primer envío internacional de petróleo crudo desde Barranca llegó a Canadá en un tanque petrolero el 8 de agosto de 1926. La Tropical Oil Company estaba a cargo de la extracción. La Andian National Corporation estaba a cargo del transporte por oleoducto hasta la costa Caribe y más allá. La refinería en la zona industrial en el sector oriental de Montreal, construida en 1917, era propiedad y era operada por Imperial Oil.61 La cadena de empresas Imperial Oil, Andian National, International Petroleum y Tropical Oil eran propiedad de Standard Oil de Nueva Jersey, pero estaban registradas en Canadá.62 Esta fue una manera conveniente para que el gigante petroquímico esquivara las acusaciones de imperialismo estadounidense.63 El 9 de agosto de 1926, el periódico The Globe and Mail de Toronto declaró: “Canadienses conquistan obstáculos tropicales para asegurar el petróleo crudo”.64 Sir Herbert Holt, presidente tanto de la Andian National como del Royal Bank of Canada, estaba presente para abrir la válvula a través de la cual se vaciaría un contenedor cargado de 90 000 barriles de petróleo colombiano. Él anotó que el flujo de petróleo de Colombia “bajo absoluto control canadiense” haría “a la Dominion [de Canadá] independiente de suministros extranjeros de petróleo”.65
Las ventas internacionales de petróleo demostraron ser de gran importancia para el desarrollo económico de Colombia en el siglo XX. Las inversiones públicas en carreteras y ferrocarriles, la consiguiente expansión de la producción cafetera, así como la floreciente manufactura de pequeña y mediana escala, requerían no solo de capital, sino de combustible.66 El Estado colombiano obtuvo un 10 % por regalías de los pozos explotados en Barranca. Aunque la Tropical Oil y otras compañías internacionales consideraban la legislación colombiana sobre el petróleo poco favorable debido a sus ‘altos impuestos’ y al límite de 30 años a las concesiones, las ganancias superaron con creces todas estas inquietudes.67 En los años treinta, las inversiones extranjeras en el sector petrolero continuaron multiplicándose. A principios de la Segunda Guerra Mundial, Colombia era la octava nación más grande productora de petróleo.68
La vida y el trabajo en una ciudad pujante
Barrancabermeja se distinguió como una de las mayores contradicciones del paisaje colombiano. La ciudad en sí era pobre y estaba aislada. Sin embargo, era rica de muchas maneras, sobre todo el campamento construido para albergar a su personal internacional. En El Centro, se vanagloriaba de tener un campo de golf para sus directores norteamericanos, mientras la mayoría de los trabajadores colombianos pagaban alquileres exorbitantes por espacios en pensiones estrechas y atiborradas. Barrancabermeja y El Centro fueron desarrollados por la Tropical Oil Company como bases de operaciones protegidas para la extracción, el refinado y la distribución del petróleo. A diferencia de la utopía del caucho brasileño de Henry Ford en Fordlandia, concebida para “llevar el Amazonas a la modernidad”, en Barranca se le dio menos atención a la vivienda, la salud, la educación o la recreación de la fuerza laboral colombiana.69 La gran cantidad de personas empleadas en servicios, construcción, transporte y otras industrias relacionadas tuvieron incluso peor suerte. Tal como lo describe el historiador Jacques Aprile-Gniset: “Desde sus inicios, Barranca ha sido una ciudad sin mulas, pero con camiones; sin cerrajeros ni abogados, pero donde abundaban los soldados y las lavanderías; y miles de campesinos que se convertirían en el primer proletariado del país”.70
Tal como era típico de los enclaves dominados por extranjeros en América Latina, Barranca estaba segregada a partir del origen nacional, la raza y la clase social. En 1910, unas 300 personas vivían en Barranca. Para 1922, la Tropical Oil empleaba a 4000 personas.71 A pesar de su población, relativamente grande, en Barranca aparecían registradas únicamente 226 casas.72 En los primeros años, la mayoría de trabajadores colombianos dormía en ranchos de madera y carpas o en hamacas colgadas en los botes anclados en el puerto. Entretanto, la mayoría de los administradores extranjeros vivían en El Centro, ubicado unos 30 kilómetros tierra adentro. El Centro estaba constituido por un gran complejo rodeado de cercas y patrullado por una fuerza de seguridad privada, con pequeñas casas y atractivos apartamentos bien organizados, así como por una clínica, un comisariato, escuelas, salones de reuniones, salas administrativas, un campo de golf y un campo de tiro. Allí también llegaron trabajadores de origen afrocaribeño y la Tropical Oil construyó viviendas modestas específicamente para ellos. Conocidos por los colombianos como yumecas, un apodo para referirse a los jamaiquinos, estos hombres hablaban inglés y antes habían trabajado en proyectos industriales, incluyendo las excavaciones del canal de Panamá.73 En Barranca misma también había viviendas para un pequeño grupo de personal extranjero, pero esta zona estaba fuera de límites para la mayoría de los empleados colombianos y otros residentes, excepto con autorización especial. El tratamiento preferencial dado a los administradores norteamericanos en términos de salarios, vivienda y la posibilidad de avance profesional generó resentimiento en muchos colombianos migrantes a esta zona.
Las condiciones en el enclave eran precarias para los empleados de la Tropical Oil.74 En los años veinte, reportes en la prensa nacional describían problemas sistemáticos, incluyendo un sistema de salud pobre, la vivienda inadecuada, el pago salarial poco confiable, la disciplina arbitraria y, en general, la falta de transparencia por parte de la empresa.75 Las enfermedades tropicales abundaban y algunos días el 50 % de la fuerza laboral estaría infectado de malaria o parásitos intestinales.76 La Tropical Oil les pagaba a sus trabajadores colombianos en promedio un peso por día.77 Aunque este era un salario superior a lo que el trabajador colombiano promedio habría ganado en ese tiempo, ese dinero no alcanzaba para mucho. Los precios de la vivienda en Barranca eran determinados por los propietarios, quienes eran dueños de varias edificaciones y les alquilaban camas a hombres solteros a costos altísimos. Los trabajadores encontraron maneras de sobrellevar la carga, incluso turnándose para dormir en la misma cama conforme a sus horarios. Según el periódico conservador El Porvenir, la alimentación ofrecida por la Tropical Oil les costaba a los obreros casi un 60 % de sus ingresos diarios.78 La jornada laboral era de 10 a 12 horas al día, seis días a la semana. Gran parte del trabajo inicial en construcción de carreteras, perforación y acarreo del equipo era temporal. Estas condiciones contribuyeron a una alta tasa de deserción, lo que forzó a la Tropical Oil a renovar continuamente su fuerza laboral. Los reclutadores, conocidos como ‘enganchadores’, viajaban a Antioquia, Santander y la costa Caribe a reclutar trabajadores en nombre de la Tropical Oil.79
Barrancabermeja estaba sometida a medidas extraordinarias de seguridad, acordes con su condición especial de enclave extranjero. Aprile-Gniset comenta: “Es posible que Barranca haya sido la primera y única ciudad [colombiana] que nació bajo un estado de sitio prematuro y que fue gobernada periódicamente por una administración tanto civil como militar”.80 En 1922 fue creada una base de la Policía Nacional en Barranca, reforzando las fuerzas policiales municipales y privadas ya presentes en la zona.81 El Ejército colombiano también tenía una base en Barranca y buques de la Armada patrullaban el río Magdalena.82 En 1928 había 298 personas empleadas por instituciones públicas en Barrancabermeja, el 65 % de ellas trabajaban para fuerzas armadas de seguridad. En 1891, el gobierno creó un cuerpo de Policía Nacional que, originalmente, tenía como fin reemplazar a las fuerzas policiales locales en todo el país. Sin embargo, el fuerte regionalismo colombiano y la recurrente violencia partidista impidieron que las políticas de seguridad nacional fuesen implementadas antes de los años sesenta. Entretanto, la Policía Nacional sería desplegada de manera selectiva. A principios del siglo XX, el Partido Conservador estableció cuarteles de la Policía Nacional en unos cuantos fortines tradicionales del Partido Liberal, como el departamento de Santander.83 También se realizaron despliegues especiales a zonas donde existían productos de exportación y donde estaban presentes intereses extranjeros, incluyendo la zona bananera de Santa Marta, el campamento petrolero de la Shell en Casabe, y Barrancabermeja.
Para la Tropical Oil, era también imprescindible asegurar su propiedad en términos políticos y cerciorarse de que la compañía no estuviera sometida a los intereses de las autoridades políticas locales. Barranca fue designada municipio en 1922. Esto significó que ya no estaría bajo la jurisdicción del centro agrícola de San Vicente de Chucurí. No estaba claro si Barrancabermeja cumplía con todos los requisitos legales para ser nombrada municipio, pero los ejecutivos de la Tropical Oil Company instaron al gobierno colombiano en Bogotá a que agilizara el cambio. La decisión para crear el municipio de Barrancabermeja incluyó un acuerdo de que el 5 % de las regalías del petróleo —percibidas por el Estado colombiano de las actividades petroleras de la compañía Tropical Oil en Barranca— sería utilizado para proporcionar servicios e infraestructura a los residentes locales, así como para pagar los salarios de los funcionarios municipales.84 En principio, ese fue un gran beneficio para los ciudadanos de Barranca, quienes esperaban que se le prestara atención a los asuntos locales. En la práctica, la Tropical Oil expandió su dominio sobre las vidas de los residentes, si bien preocupándose poco por los servicios públicos. Esta fue una licencia otorgada para continuar implementando políticas sociales y laborales altamente excluyentes.
En sus inicios, la cultura de Barranca era recia y la vida era dura. La prevalencia de hombres solteros en la ciudad contribuyó al desarrollo de un floreciente comercio del sexo. Las prostitutas venidas de Europa exigían un pago superior por sus servicios, equivalente al sueldo diario de un trabajador petrolero. En sus memorias, el petrolero de Texas W. O. Durham —quien pasó dos temporadas en Barranca en los años veinte y treinta— ofrece su visión de la vida durante los primeros años de la Tropical Oil Company. Al igual que decenas de otros perforadores de Estados Unidos y Canadá, Durham llegó a Barranca en busca de dinero y aventuras. Viajó desde Texas hasta Nueva Orleans por tren y luego a Santa Marta en el barco de vapor de la United Fruit Company, antes de emprender la larga travesía por el río Magdalena hasta Barranca. Durham era un experimentado buscador de petróleo que instaló pequeñas perforadoras de evaluación con el fin de encontrar las mejores fuentes de petróleo. Él describe un estilo de vida de gente bebedora con una vida dura. Los capataces portaban armas de fuego y se gastaban sus salarios en los prostíbulos del pueblo. Muchos de estos trabajadores extranjeros cualificados se enorgullecían de su capacidad para soportar las terribles penalidades de la vida en los campos petroleros suramericanos. Ellos se consideraban personas individualistas en busca de aventura.85
En contraste, los administradores norteamericanos y sus familias —quienes vivían mayoritariamente en El Centro— recuerdan pocas penurias distintas al calor.86 Eso se debió a que los administradores vivían dentro de un recinto especialmente construido por la Tropical Oil para separarlos de la masa de colombianos jornaleros y trabajadores de servicios. Aun así, sus experiencias ofrecen indicios con respecto a las fuentes del conflicto entre los colombianos y extranjeros en ese tiempo. Pauline Appelbaum, la hija del jefe de adjudicaciones de la Tropical Oil había nacido en Barranca. En una contribución especial a The New York Times en 1973, ella rememoró con gran detalle el viaje realizado en barco de vapor por el río Magdalena, desde el puerto caribeño de Barranquilla hasta Barranca. Al visitar Barranca, casi 40 años después de haber vivido allí, Appelbaum observó que, aunque la ciudad había crecido y parecía más “americanizada” —con vías pavimentadas, salas de cine, instalaciones deportivas y centros comerciales—, algunas cosas seguían iguales. “Nosotros intuimos por qué los americanos en tierras extranjeras causan resentimiento. Incluso en la muerte, vemos aquí la distinción de castas y razas; los extranjeros son enterrados en tierras más altas, separados de los nativos”.87 En términos similares, Felipe Simanca, un protagonista de la novela de Gonzalo Buenahora, Sangre y petróleo, al llegar a Barranca en busca de trabajo, a principios de los años veinte, menciona inmediatamente la manera en que está dividido el pueblo: “Esa era una especie de frontera entre Colombia y Gringolandia”.88
Por largo tiempo, la vida exigente de los residentes de Barranca ha sido de interés para los escritores colombianos. El primer relato de ficción en que se menciona Barranca se publicó en 1934 y está escrito desde la perspectiva de los trabajadores petroleros colombianos.89 La obra de Rafael Jaramillo Arango, Barrancabermeja: novela de proxenetas, rufianes, obreros y petroleros, cuenta la historia de un hombre joven de Bogotá que llega al centro petrolero en busca de fortuna.90 Su supervisor norteamericano lo sobrecarga de trabajo, allí se enamora de una prostituta y después de una huelga se ve involucrado en confrontaciones violentas entre los trabajadores y el Ejército colombiano.91 La obra de Jaramillo, Barrancabermeja, fue la primera de una serie de novelas colombianas con compromiso social que denunciaban el imperialismo estadounidense en Barranca. Entre 1938 y 1978, Gonzalo Buenahora publicó trece novelas, colecciones de poesía y obras de teatro sobre la vida en Barranca. Nacido en la población cercana de Piedecuesta (Santander), Buenahora fue educado en Bogotá y trabajó como médico entre los trabajadores petroleros de Barranca por cuatro décadas. Buenahora fue influido profundamente por la visión marxista del mundo de sus amigos y asociados del sindicato de los trabajadores petroleros. En su obra más celebrada, la novela realista social, Sangre y petróleo, Buenahora cuenta la historia de hombres jóvenes del campo colombiano que migran al enclave en busca de trabajo, se ven cara a cara con el poder de la compañía petrolera extranjera y participan en protestas y huelgas.92 Las siguientes generaciones de escritores, especialmente Laura Restrepo, continuarían publicando novelas ubicadas en Barrancabermeja, que trataban los problemas laborales y de la pobreza a través de los ojos de figuras marginales.
La disociación entre el desarrollo local y la locomotora de la industrialización es típica en los enclaves petroleros del mundo entero. El conflicto social y laboral en zonas de explotación petrolera es recurrente en muchas regiones del mundo, debido a que la industria de hidrocarburos es de capital intensivo y la manera en que son distribuidas las ganancias proporciona comparativamente pocos beneficios a las comunidades a su alrededor.93 Los enclaves petroleros tienden a atraer a una región a mucha más gente de la que puede emplear la industria, lo que tiende a exacerbar de gran manera las tensiones. La gente residente a la sombra de las operaciones petroleras con frecuencia se encuentra en oposición a las grandes corporaciones respecto de asuntos de justicia económica. En las fases iniciales de las operaciones en Barrancabermeja, los trabajadores petroleros protestaron para mejorar las condiciones laborales y evitar despidos sumarios, subcontrataciones y otras estrategias utilizadas por la compañía para reducir los costos del trabajo. En las regiones tropicales, los enclaves petroleros son polos de atracción para trabajadores nacionales y transnacionales, y, a menudo, están estructurados en función de criterios étnicos. Típicamente, los cargos más cualificados y mejor pagados son ocupados por personal norteamericano o europeo blanco, y los cargos menos cualificados y peor pagados son ocupados por trabajadores de países en vías de desarrollo.94 Las discrepancias entre la manera en que son tratados los administradores extranjeros y los trabajadores nacionales se centran en los salarios, pero también en servicios públicos básicos, especialmente la salud.
Las relaciones entre los trabajadores locales y los mucho mejor pagados ingenieros y administradores norteamericanos estaban plagadas de rencor y malentendidos. Había poca socialización entre el personal nacional y el expatriado, ya que incluso las residencias de los colombianos de más altos rangos estaban segregadas de los empleados norteamericanos.95 Posteriormente, la compañía reconocería que no haber proporcionado servicios adecuados a los trabajadores nacionales contribuyó a la agitación de los trabajadores.96 Tal como Gibb y Knowlton lo señalan en su historia oficial de la Standard Oil en 1956: “De manera casi inadvertida, pareciera que las compañías extranjeras en Colombia, así como en el resto de América Latina, estuvieran encendiendo la mecha de una revolución”.97 En los años treinta, la Tropical Oil ofrecería cada vez más servicios para los trabajadores y sus familias, incluyendo colegios, clínicas, viviendas, equipos de fútbol y un club social. Los fines de semana los trabajadores colombianos residentes en El Centro tomaron el tren para Barrancabermeja donde se reunieron con sus compatriotas para ir a los bares. En estos pocos espacios compartidos, los trabajadores de la Tropical Oil Company y otros residentes de Barrancabermeja hablaron de sus frustraciones. Poco a poco los trabajadores colombianos llegaron a ocupar posiciones mejores pagadas. A la vez, la necesidad de peones que realizaran la construcción de vías y otras tareas agotadoras disminuyó. Sin embargo, los empleados colombianos y extranjeros continuaron viviendo vidas separadas.98 Las oportunidades de avance para los colombianos eran escasas y el problema de la desconfianza permaneció.
Raíces de la cultura de políticas radicales
En Barrancabermeja, la cultura de políticas radicales, nacionalistas y antiautoritarias tiene sus raíces en las inequidades estructurales que prevalecieron en la ciudad durante la era de la Tropical Oil. La presencia de una corporación extranjera en la región del Magdalena Medio generó oportunidades económicas para miles de colombianos, pero al mismo tiempo mantuvo una jerarquía estricta que les negaba a esos trabajadores los privilegios reservados para sus jefes extranjeros. La vida social se centraba alrededor de las asociaciones de los trabajadores petroleros y los movimientos políticos de izquierda. En los años veinte, el Partido Socialista Revolucionario (PSR), predecesor del Partido Comunista de Colombia (PCC), organizó varias huelgas.99 Entre los trabajadores de Barranca y a lo largo del río Magdalena circulaban ideas sobre los derechos laborales en las reuniones públicas, así como a través de periódicos y panfletos. La postura nacionalista del primer sindicato de los trabajadores petroleros, la Unión Obrera, fundado en 1922, resonaba con las tendencias de los combatientes liberales que habían ayudado a poblar la región en la primera década del siglo XX. Los trabajadores del ferrocarril y del puerto tanto en Barranquilla como en Puerto Wilches ayudaron a divulgar ideas sobre los derechos laborales y sociales. Estas fuerzas se combinaron durante las huelgas petroleras, muchas de las cuales fueron llevadas a cabo, a pesar de haber sido declaradas ilegales por el gobierno nacional.
En la historia de Barrancabermeja, una serie de puntos de giro ayudan a rastrear el desarrollo de la ciudad como centro de conflicto social y político. Durante 1924, 1927, 1935, 1938, 1947 y 1948 tuvieron lugar grandes huelgas de los trabajadores petroleros. Muchas de ellas culminaron en actos violentos. Durante estos acontecimientos emergieron dos dinámicas que permiten comprender el desarrollo de una cultura común de protesta entre los trabajadores colombianos en Barranca. Primero, la principal preocupación del gobierno nacional en Bogotá seguía siendo el orden público en Barranca. En todo este período, los gobiernos colombianos sucesivos intercedieron para reprimir las huelgas y protestas. Segundo, la empresa de propiedad extranjera, Tropical Oil Company, trataba a los trabajadores con tan evidente desprecio que reforzó un sentido de nacionalismo. Las dos primeras acciones industriales, en 1924 y 1927, desafiaron una prohibición general de actividad sindical. Las peticiones de los trabajadores resonaron con los movimientos izquierdistas en todo el país y atrajeron a organizadores bien conocidos, como María Cano y Raúl Mahecha.
Cuando la Tropical Oil llegó a Barranca, el movimiento de los trabajadores en Colombia estaba en su infancia. A principios del siglo XX, las aspiraciones de los trabajadores se mantuvieron al ritmo del crecimiento económico liderado por las exportaciones de Colombia, pero chocaron con los intereses de los inversionistas extranjeros.100 Los años 1920 fueron un período de movilización entre los trabajadores a lo largo de la costa Caribe, que se desarrollaba rápidamente, extendiéndose desde la zona de exportación de banano de Santa Marta hasta Barranca. En febrero de 1910, los trabajadores del puerto en Barranquilla organizaron la primera huelga moderna en la historia de Colombia, en respuesta a denuncias de que Compañías Aliadas, de propiedad británica, estaba reteniendo sus salarios.101 Las principales acciones colectivas siguientes, en contra de una corporación internacional en Colombia, fueron organizadas por los trabajadores de la United Fruit Company en 1918 y 1919, las cuales obtuvieron aumentos salariales significativos, así como otras concesiones.102 En 1920, tuvieron lugar 32 huelgas laborales en todo el país, incluyendo varias en la región del Magdalena Medio, una cifra sin precedentes.103 Estos trabajadores fueron un ejemplo para otros trabajadores en la economía de exportación en los años posteriores.
El movimiento laboral de los años 1920 en Barranca fue apoyado por una nueva generación de líderes políticos nacionalistas, independientes y de izquierda. Uno de los organizadores más destacados de esa era fue Raúl Eduardo Mahecha, quien llegó a Barranca en 1922, proveniente de Medellín. Mahecha había peleado en la Guerra de los Mil Días, había sido testigo de “la diplomacia de las lanchas cañoneras” de Estados Unidos en Panamá y, en 1919, había participado en una huelga entre los trabajadores del ferrocarril en La Dorada (Caldas), la ciudad portuaria más al sur, en el Magdalena Medio. Mahecha tenía 38 años de edad y su reputación de tener fuertes inclinaciones antiimperialistas era bien conocida por las autoridades colombianas. Mahecha ayudó a fundar la Unión Obrera el 12 de febrero de 1923. En Barranca organizó manifestaciones y publicó el influyente periódico Vanguardia Obrera, que informaba sobre los derechos de los trabajadores y las políticas locales.104 Las quejas señaladas por la Unión Obrera en este tiempo se centraron principalmente en las condiciones de vida. El acceso a vivienda, cuidado de salud y buena alimentación encabezaban la lista. Mahecha también usó Vanguardia Obrera para denunciar que los obreros colombianos ocupaban los cargos más bajos en la compañía.105 Algo integral en la crítica de Mahecha a la Tropical Oil fue su preocupación por todos los residentes locales y por lo que Barrancabermeja podría representar para todos los colombianos.
El gobierno colombiano reconoció las preocupaciones de los trabajadores, pero no toleró a portavoces radicales como Mahecha, ni los legisladores quisieron reconocer los derechos de negociación colectiva de la Unión Obrera. En marzo de 1924, el Ministerio de Industria de Colombia y la Tropical Oil firmaron un acuerdo que incluía diversas cuestiones, como la remuneración, el cuidado de salud, la alimentación, la vivienda, la educación y las vacaciones.106 Los oficiales de la Tropical Oil también acordaron emplear más trabajadores colombianos en puestos cualificados y construir un acueducto para la provisión de agua potable. Este fue el primer convenio de este tipo hecho en la industria petrolera en Colombia. El portavoz y negociador del gobierno, el ministro de Industria, Diógenes Reyes, rápidamente aclaró que él no creía que los trabajadores estuvieran siendo maltratados. Tras una visita de investigación a Barranca, en marzo de 1924, Reyes concluyó que la desconfianza que tenía la Unión Obrera hacia la Tropical Oil era “infundada”.107 El Ministerio elogió las condiciones sanitarias establecidas por la Tropical Oil, al tiempo que lamentó que antiguos trabajadores del petróleo hubieran establecido en la zona numerosos bares y “casas de corrupción”.108 Reyes aceptó la oferta de la Troco de atender las necesidades básicas de los trabajadores. A cambio, Reyes declaró que el gobierno le proporcionaría seguridad a la compañía.109
Los intentos del gobierno nacional de calmar a los trabajadores y simultáneamente tranquilizar a la empresa petrolera resultarían desastrosos. Los trabajadores organizados en Barranca estaban impacientes por ver que el mejoramiento de las condiciones entrara en efecto y exasperados con lo que consideraban el continuo maltrato del personal colombiano. Ellos también procuraron que el sindicato fuera reconocido legalmente. En octubre de 1924, los trabajadores petroleros organizaron la primera huelga en la historia de Barrancabermeja. El pliego de peticiones preparadas por los líderes de la huelga subrayaba muchos de los puntos garantizados en el convenio firmado recientemente entre la Tropical Oil y el gobierno. Los trabajadores también denunciaban casos de trato arbitrario y exigían que los supervisores abusivos fueran despedidos. Las peticiones de los trabajadores publicadas en Vanguardia Obrera recibieron una respuesta mesurada en Bogotá, particularmente entre liberales de la oposición. Incluso algunos funcionarios del gobierno conservador hicieron declaraciones de simpatía. Las directivas de la Tropical Oil refutaron insistiendo que el gobierno colombiano, que había recibido regalías de la industria petrolera, debería ser responsable de los servicios públicos. Un representante de la compañía en Barranca le escribió al embajador de Estados Unidos en Bogotá para protestar por lo que consideraba una postura nacionalista por parte del gobierno colombiano. Él se quejaba de que el Ministro de Industria había hecho eco a los reclamos de los trabajadores, únicamente para “ganar puntos políticos”.110 Cuando se complicaron las cosas, Bogotá respaldó a la compañía petrolera. Tropas del Ejército fueron enviadas desde Bucaramanga a Barranca para ponerle fin a la huelga de 1924, después de diez días de haber comenzado. El Ejército colombiano llevó a cabo cientos de arrestos. Raúl Mahecha fue enviado a prisión. Más de 1200 trabajadores fueron despedidos y se les prohibió regresar a Barranca.111 En su periódico oficial, The Lamp, la Standard Oil apenas hizo alusión a la huelga, se vanaglorió con sus accionistas de los servicios destacados que proporcionaba a los trabajadores locales y alabó a Colombia como un país con un “gobierno estable y progresista”.112
La huelga de 1924 convierte a Barranca en destino privilegiado de los movimientos colombianos progresistas. En especial, el destino de los trabajadores petroleros colombianos captó la atención de la izquierda. Líderes destacados de Antioquia, como María Cano, Ignacio Torres Giraldo y el fotógrafo Floro Piedrahíta, estuvieron entre los primeros en aunar fuerzas con la organización de Raúl Mahecha en Barranca.113 En 1925, la escritora y activista comunista María Cano, conocida como la Flor del Trabajo revolucionaria, dio un discurso ahora legendario en Barranca, para protestar por el traslado de los trabajadores presos desde el enclave petrolero hasta la ciudad de Medellín, tras la huelga de 1924.114 Durante su discurso, ella expresó su profunda angustia y habló con fervor casi religioso sobre las injusticias infligidas a los trabajadores de Barranca. Luego, en una carta dirigida al juez encargado del caso de los huelguistas encarcelados, escribió: “Cinco mil obreros de Barrancabermeja han querido que mi corazón traiga el eco de su clamor de justicia y el anhelo que ponen sus energías en esta hora sagrada. No vengo a pediros un mendrugo, no vengo a pediros misericordia, sino justicia”.115 Cano viajó a Barranca el año siguiente como parte de una campaña de organización a lo largo de los puertos del río Magdalena. Durante su segunda visita, Cano iba acompañada de Ignacio Torres Giraldo, el secretario general de la Confederación Obrera Nacional. Su parada en Barranca en 1926 fue programada para generar apoyo popular a la segunda huelga planeada de los trabajadores petroleros. Cano y Torres se marcharon de Barranca el 1º de enero de 1927 y la huelga fue declarada una semana después.116
La huelga de 1927 fue una repetición acelerada de lo que había estado en juego en la huelga de 1924. Raúl Mahecha y otros organizadores habían regresado a Barranca. El nivel de conflicto entre los trabajadores, la compañía y el Estado aumentaba. Los líderes de la huelga estaban convencidos de que la posición negociadora de los trabajadores había mejorado debido al incremento exponencial de la producción petrolera alcanzada por la Tropical Oil en los tres años transcurridos. El inspector residente del gobierno nacional llamó la huelga de 1927 una “pantomima ridícula llevada a cabo por conocidos explotadores de los trabajadores de la región”.117 Entre el 7 y el 12 de enero, el inspector, la Policía Nacional con sede en Barranca y funcionarios del Ministerio de Industria en Bogotá intercambiaron múltiples telegramas, muchos comentando la peligrosa “pseudohuelga” encabezada por “bolcheviques”.118 Ninguna de las cuestiones planteadas por los trabajadores durante la huelga de 1924, relativas a la vivienda, la salud, la alimentación y la instauración de un horario de ocho horas, había sido resuelta. La Unión Obrera también exigía que los organizadores de la huelga de 1924 fuesen exonerados. En esta ocasión, los trabajadores petroleros huelguistas fueron respaldados por trabajadores del puerto empleados en el embarque de petróleo y por empleados de la Andian National Corporation, la subsidiaria de la Standard Oil propietaria del oleoducto hasta Cartagena, recientemente inaugurado. Bogotá impuso un ‘estado de sitio’ militar, medidas a lo largo del río Magdalena, incluyendo toques de queda y retenes, y una vez más el Ejército fue desplegado a la ciudad.119 Varios sindicalistas fueron asesinados cuando las fuerzas de seguridad abrieron fuego en una demostración a la entrada de la refinería. Los organizadores de la huelga fueron arrestados el 28 de enero y la acción llegó a su fin. Mahecha y otros líderes fueron exhibidos en poblaciones pequeñas, a medida que eran transportados a prisión a las tierras altas de Tunja, en el departamento de Boyacá. Mahecha fue liberado seis meses más tarde, tras lo cual se reubicó en la zona bananera del Caribe acompañado por varios trabajadores desplazados de la Tropical Oil. Una vez en Santa Marta, renovaron sus esfuerzos organizativos dirigiendo ahora su atención a la United Fruit Company.
Las zonas de exportación de Colombia atrajeron un amplio espectro de fuerzas políticas. El más prominente de los nuevos líderes nacionales progresistas, surgido a finales de los años veinte, fue Jorge Eliécer Gaitán, un abogado joven, carismático y con criterio independiente del Partido Liberal que hizo su nombre denunciando la masacre de los trabajadores bananeros en diciembre de 1928.120 Gaitán, de piel oscura, hijo de una familia de clase media baja de Bogotá, distinguía la diferencia entre lo que él llamó el país político y el país nacional, para hacer énfasis en la brecha existente entre el mundo excluyente de la política y los ciudadanos comunes y corrientes.121 Fuera de la ciudad natal de Gaitán, los bastiones laborales de Barranquilla y Barranca fueron los dos centros principales de apoyo para el joven líder.122 En los años 1920, el ala de izquierda del Partido Liberal incrementó su alcance al cortejar a organizaciones de trabajadores, incluida la Unión Obrera en Barranca. Muchos campesinos de la zona que habían peleado por el Partido Liberal en la Guerra de los Mil Días también se identificaban con las fuerzas progresistas emergentes. La única visita de Gaitán a Barranca tuvo lugar en julio de 1929, durante una gira de conferencias realizada en su ruta de regreso a Bogotá desde Ciénaga, el sitio donde había ocurrido la masacre de los trabajadores bananeros el año anterior.123 Viendo al caudillo populista por primera vez en Barranca, algunos de los asistentes se conmovieron tanto que saltaron al río para darle la bienvenida al bote que transportaba al líder.124
A medida que la economía de exportación colombiana crecía, a finales de los años veinte, los trabajadores incrementaron sus peticiones a los empleadores y al Estado. A su vez, el Estado demostró su voluntad de usar la fuerza para asegurar las inversiones extranjeras. Las huelgas en los sectores petrolero y bananero fueron emblemáticas de una tendencia creciente. El 27 de julio de 1929, se iniciaron paralelamente rebeliones armadas desde los fortines de izquierda en los departamentos de Tolima y Santander. Los bolcheviques del Líbano (Tolima), San Vicente de Chucurí y Puerto Wilches (Santander) lideraron lo que fue descrito como el primer movimiento de insurrección comunista en la historia de América Latina.125 En Santander, el movimiento se concentró alrededor de La Gómez, una estación de tren que transportaba madera a la ciudad de Puerto Wilches, sobre el río Magdalena, 20 kilómetros al norte de Barranca.126 Muchos de los rebeldes eran hombres jóvenes atraídos al Magdalena Medio de distintas partes del departamento de Santander para desmontar y tender los rieles de la carrilera. Los líderes del movimiento eran descendientes de veteranos de la Guerra de los Mil Días que se veían así mismo como participantes en un esfuerzo histórico para derrocar un Estado oligárquico.127 La rebelión de los bolcheviques, intrépida aunque aislada, fue aplastada rápidamente.128 Unos 200 soldados fueron enviados de Bucaramanga a Barranca para garantizar la protección de la propiedad de la Tropical Oil. En Barranca, los sospechosos de ser simpatizantes de los rebeldes fueron encarcelados. En el cercano Puerto Berrío, detuvieron y encerraron trabajadores a bordo de un buque cañonero.129 En consecuencia, estas zonas de importancia estratégica fueron mantenidas pacificadas.130
Los trabajadores petroleros de Barrancabermeja recibieron con los brazos abiertos una forma de radicalismo popular que incorporó aspectos del comunismo, el liberalismo e incluso del anarcosindicalismo. Este fue el resultado de la manera en que habían sido pobladas las zonas alrededor de Barranca, incorporando migrantes de distintas regiones de Colombia, refugiados de guerras pasadas y movimientos nuevos. Estos “liberales de izquierda, anarquistas, independientes radicales y comunistas” habían sido inspirados por los triunfos de la Revolución mexicana de 1910 y la Revolución bolchevique de 1917.131 La gente que llegó a Barranca en busca de trabajo fue unida por la dureza de sus circunstancias materiales y sus crecientes expectativas, proporcionales a la riqueza que estaba siendo producida por la Tropical Oil. Ellos participaron en formas pioneras de sindicalismo y de organización de movimientos sociales, a pesar de la represión oficial. La severidad de la vida y el trabajo en un enclave petrolero manejado por extranjeros tuvo una voz a través de las organizaciones de los trabajadores y significancia por medio de los rituales de protesta pública. Barranca se convirtió en una ciudad de nuevas tradiciones antihegemónicas, en centro importante de organización radical y en símbolo de resistencia para los trabajadores colombianos.132 Las expresiones populares antiautoritarias, carentes de estructuras sociales y económicas, se mezclaron con el liberalismo, el comunismo y el nacionalismo económico. Las organizaciones de trabajadores lideraron huelgas contra la Tropical Oil, desafiaron al gobierno del Partido Conservador en Bogotá, alteraron el establecimiento del Partido Liberal e impulsaron a reformadores y rebeldes.
El levantamiento comunero de Barrancabermeja
El radicalismo popular en Barranca llegó a su apogeo en 1948 con un levantamiento armado durante el cual las fuerzas antigubernamentales tomaron el control de la ciudad. Organizadas en respuesta al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril, la Comuna de Barrancabermeja demostró que los barranqueños se identificaban con una cultura de la rebeldía.133 Sobre la base de una historia de militancia laboral a nivel local y sobre la cresta del populismo progresista a nivel nacional, la Comuna de Barrancabermeja expresó la frustración de los barranqueños de distintas clases sociales. Debido a que la ciudad y las zonas aledañas eran áreas de reciente colonización, la migración y la continua interacción entre las comunidades rurales y urbanas transformaron la cultura política de Barranca. Algunos de los líderes de la Comuna de Barrancabermeja llegarían a establecer grupos de guerrilla armados. Así mismo, la agitación por parte de las trabajadoras domésticas señalaría la creación de nuevos canales de participación política. En ciudades y poblaciones de toda Colombia tuvieron lugar levantamientos similares con resultados variados.134 La represión de la Comuna de Barrancabermeja y las medidas adoptadas posteriormente por el gobierno nacional para garantizar el flujo de petróleo dieron como resultado una fuerte disminución de la organización sindical y de movimientos sociales durante la década siguiente. Las aspiraciones de aquellos que participaron en la Comuna tendrían que esperar.
La última huelga grande contra la Tropical Oil Company marcó el punto culminante de una lucha de vieja data por el poder entre la compañía petrolera, el gobierno, los partidos de oposición y el sindicato. La Tropical Oil había estado presionando a Bogotá por una extensión de su control sobre la concesión de Mares desde principios de los años cuarenta. Tanto el sindicato de los trabajadores petroleros, desde hace tiempo conocido como la Unión Sindical Obrera (USO), de orientación nacionalista, como el gobierno nacional se opusieron al plan.135 La Tropical Oil y el gobierno colombiano discrepaban en cuanto a la fecha exacta en que la reversión debería tener lugar. El gobierno argumentaba que los derechos de extracción de la Tropical Oil expirarían en 1949. La Tropical Oil mantenía que la fecha debería ser 1951. El reclamo de la Tropical Oil fue reivindicado eventualmente por la Corte Suprema colombiana en 1944.136 Las apuestas en la disputa eran altas para todas las partes. Para mediados de la década, las actividades de la Tropical Oil en el Magdalena Medio daban cuenta de más del 50 % de la producción total de petróleo en Colombia, y empleaba a más de 5000 personas.137 La Tropical Oil hizo una advertencia: si la nacionalización tenía lugar tal como estaba planteado por el gobierno, Colombia tendría que importar más gasolina. Los representantes de los trabajadores acusaron a la compañía de reducir deliberadamente el flujo de petróleo, en protesta.138 La producción de Barranca disminuyó de 20,5 millones de barriles en 1941 a 12,3 millones de barriles en 1947.139
Durante este período de creciente tensión y cada vez menos producción petrolera, los trabajadores industriales no estuvieron solos en sus peticiones a la Tropical Oil. Tal como lo revelan escritos personales del personal de la Tropical Oil, las empleadas domésticas también actuaron colectivamente en busca de mejorías. El contador canadiense John Edgar Hicks había trabajado en el campamento de la Tropical Oil y vivido en El Centro desde marzo de 1939 hasta marzo de 1941. Después de prestar servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, Hicks regresó a la zona por dos años más. Desempeñándose ahora como pagador, Hicks llegó con su esposa de 27 años, Catherine, y sus dos hijos. Una tercera hija, Virginia, nació en El Centro, el 8 de mayo de 1946. John Hicks era el hijo mayor de una familia educada y afluente de Toronto. Catherine Hicks tenía nacionalidad francesa y era la nieta de Ferdinand de Lesseps, ingeniero y constructor del canal de Suez. En una carta dirigida a sus padres con fecha del 21 de marzo de 1946, John Hicks describe las peticiones presentadas por las trabajadoras domésticas a la Tropical Oil:
Nuestras criadas aquí presentaron la más sorprendente declaración, no una huelga, pero sus 20 puntos van desde un 15 % de aumento. Nosotros le pagamos 20 pesos a la nuestra, por lo cual ella lava toda la ropa de la bebé y otra cantidad de ropa, limpia la casa (gran exageración), prepara las comidas. Una de las diez cláusulas que realmente nos afectó fue la solicitud de cuidado prenatal y posparto. Ya que el 25 % de las criadas son afectadas, puedo entender fácilmente la inclusión de ese tipo de cláusula.140
La tasa de pago para la ayuda doméstica de la familia Hicks sería el equivalente a unos 20 dólares al mes, un salario alto para los estándares colombianos por un trabajo similar, pero menos de la mitad de lo que ganaban los hombres que trabajaban en los campos petroleros y deplorablemente insuficiente para cubrir los altos costos de vida. A manera de ilustración, el alquiler de la propia casa de los Hicks, de propiedad de la Tropical Oil, costaba 20 dólares al mes. En cartas posteriores, John Hicks mismo expresó sentir resentimiento contra las directivas de la compañía por la mala remuneración. En un caso, él describe el problema de comprar regalos de Navidad en una tienda privada en Barranca, donde un rompecabezas para sus hijos costaba casi cinco dólares.141
El preludio a la nacionalización de las operaciones de extracción petrolera de la Tropical Oil estuvo marcado por las relaciones ásperas entre los trabajadores sindicalizados y la compañía. La huelga que comenzó el 3 de noviembre de 1947 incluyó por primera vez una exigencia explícita de que se agilizara el proceso de reversión. En una carta a sus padres, John Hicks describió la huelga a medida que se desarrollaban los acontecimientos, resaltando las cuestiones en juego y el cambio de tono de los trabajadores:
Las peticiones del sindicato (un asunto con mucho sabor rojo) son extremas. Quieren un día de fiesta al mes pagado y un pasaje aéreo a cualquier punto de Colombia, toda clase de aumentos, que el hospital sea nacionalizado y también el comisariato, sin mencionar que quieren hacer despedir a varios miembros del personal. Y para acabar de ajustar, quieren que se les paguen dos tercios del tiempo en que estén en huelga. Los líderes de la huelga son hombres con muy poca educación y poca capacidad de razonamiento, oh, sí, ellos quieren expropiar el campo para el gobierno. Este es un buen chiste, ya que sin personal extranjero, el campo petrolero seguiría operando máximo máximo por un mes… Los hombres dejaron de trabajar el lunes y se unieron a una marcha encabezada por una gran bandera colombiana, todos los distintos departamentos tenían sus propias pancartas, todas sobre un fondo rojo. El tono de la turba fue un poco terrible en comparación con los paros anteriores, cuando la mayoría de los hombres parecían avergonzados y apenados; esta vez, gritaban casi enfurecidos. Aparentemente, la rutina para unirse a la marcha es esperar por ella con su grupo y con la bandera del departamento. Luego se le unen como uno se uniría a una turba, levantando el brazo con la mano derecha empuñada y gritando: “¡Viva la huelga!”, a lo cual los otros en la marcha responden gritando consignas: “¡Viva Colombia! ¡Colombia libre!”.142
Hicks expresó su ansiedad acerca del poder del sindicato. También se mantuvo escéptico con respecto a que el Estado colombiano pudiera manejar el traspaso de manera efectiva. El último día de la huelga, el 17 de noviembre, él escribió otra carta en la que mencionaba: “La compañía está en muy mala posición de negociación, ya que no puede despedir a los trabajadores… dado que el gobierno y la economía colombianos dependen de la continua producción”.143 Unos días después, la Tropical Oil despidió a 107 trabajadores, supuestamente a causa de la reducción de la productividad. El sindicato, apoyado por la federación laboral más importante del país, así como por liberales de la oposición, exigió que la compañía reintegrara a los trabajadores.144
Una huelga prolongada fue organizada desde el 7 de enero hasta el 24 de febrero de 1948. El paro laboral de 49 días se dio en el trasfondo de una ruptura cada vez más profunda entre los progresistas y las fuerzas políticas reaccionarias del país. El presidente conservador, Mariano Ospina Pérez, terminó por presionar a la Tropical Oil a firmar un nuevo acuerdo laboral, pero solo después de haberse aplicado una serie de medidas represivas, que incluyeron el uso de soldados para asegurar las estaciones de bombeo, arrestos masivos y el despido de los líderes de la huelga. Los trabajadores sindicalizados en Bogotá y el Magdalena Medio organizaron manifestaciones y acciones de solidaridad en apoyo a los trabajadores. A mediados de febrero, cuando parecía que la huelga había llegado a un punto muerto, el sindicato estuvo de acuerdo con un arbitraje vinculante. Fiel a sus convicciones, la empresa petrolera estaba descontenta con la intervención del Estado. El presidente Mariano Ospina Pérez fue criticado por los trabajadores por apoyar las acciones antidemocráticas y al mismo tiempo fue alabado por el papel que jugó para asegurar las concesiones de la Tropical Oil. Después de terminar la huelga, Ospina Pérez ordenó la reintegración de 107 trabajadores despedidos.145 A pesar de que la disputa había sido resuelta, los acontecimientos en Barranca habían revelado una profunda fisura en la política colombiana.
Para finales de los años cuarenta, la política de tolerancia mutua entre los líderes liberales y conservadores en Bogotá había llegado a su fin. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 dio paso a los mayores disturbios en la historia de América Latina, conocidos por los historiadores como El Bogotazo. Gaitán fue asesinado alrededor de la una de la tarde en la entrada del edificio donde estaba ubicada su oficina en el centro de Bogotá. Una multitud enfurecida se le abalanzó al supuesto asaltante y lo asesinó, antes de que pudiera ser detenido e interrogado. Casi inmediatamente, la capital colombiana fue incendiada. Nadie fue detenido por el asesinato del que se esperaba fuese presidente de Colombia. Sin embargo, la indignación de los gaitanistas fue intensa y ellos acusaron al gobierno conservador. Cientos murieron en Bogotá durante los primeros días y en estallidos similares en otras ciudades en todo el país. Incluso más severa aún fue la reacción violenta contra los simpatizantes de Gaitán. Fuerzas armadas oficiales y paramilitares fueron movilizadas contra los simpatizantes liberales, quienes en respuesta se organizaron. La guerra civil que se desencadenó fue más intensa en las zonas disputadas, donde ninguno de los partidos tenía poder hegemónico. Desde allí, el conflicto abarcó también las zonas fronterizas. La Violencia terminaría cobrando aproximadamente 200 000 vidas entre 1948 y 1958.146 La furia popular por el asesinato de Gaitán llegó a su apogeo en el período inicial. El año 1948, uno de los más violentos en la larga historia de guerra interna de Colombia, se calcula que ocasionó 43 557 muertes violentas.147
El levantamiento por la muerte de Gaitán llamada la Comuna de Barrancabermeja afectó a toda la comunidad de manera mucho más completa que cualquiera de las huelgas anteriores encabezadas por el sindicato.148 Su represión demostró así mismo un consenso bipartidista entre las élites políticas en Bogotá con respecto a la importancia del petróleo. La Comuna fue la primera vez que un movimiento local de base amplia, compuesto por trabajadores petroleros y por otros residentes, aunó fuerzas de manera tan contundente para desafiar la autoridad de la Tropical Oil Company y el gobierno colombiano. Aunque inspirada por el asesinato del líder del Partido Liberal, la Comuna era independiente y se benefició con la cooperación de la mayoría de los lugareños, sin importar su afiliación política. Incluso fuerzas de seguridad locales se unieron a la rebelión, proporcionando las armas necesarias, así como conocimiento y experiencia para organizar rápidamente unidades de milicia. Los rebeldes colocaron barriles de petróleo en la pista del aeropuerto para impedir que aterrizaran los aviones, bloquearon las carreteras y usaron secciones de las tuberías del oleoducto para fabricar cañones con el fin de protegerse de las incursiones del Ejército Nacional.149 Ellos se tomaron el control de la refinería y amenazaron con sabotearla. Los líderes de la Comuna organizaron comités para garantizar la distribución de alimentos y agua, dado que la ciudad fue aislada completamente del mundo exterior. En el análisis final, el levantamiento era insostenible. Para el 19 de abril de 1948, la Comuna fue el último de los levantamientos gaitanistas aún en pie. Los dirigentes nacionales del Partido Liberal, preocupados por el destino de la refinería, ayudaron a intermediar un acuerdo entre la junta revolucionaria y el gobierno nacional. El portavoz de la Comuna de Barrancabermeja negoció una amnistía para ellos y depusieron las armas. Sin embargo, la amnistía fue violada al día siguiente y el Ejército ocupó la ciudad. Los líderes de la Comuna fueron procesados por un tribunal militar, se les sometió a un consejo de guerra verbal y se instauró un alcalde militar.150
En los inicios de La Violencia, el excomandante de la Comuna de Barrancabermeja, Rafael Rangel Gómez, se había fugado al campo para continuar luchando. Rangel era un oficial de la Policía y, al igual que muchos otros oficiales en las áreas controladas por liberales, él respondió a la muerte de Gaitán rebelándose contra el gobierno conservador del presidente Mariano Ospina Pérez.151 Después de pasar varios meses en prisión, Rangel comenzó a organizar una fuerza guerrillera en las montañas cerca de Barranca. El día de las elecciones generales del 27 de noviembre de 1949, Rangel lideró un asalto en la población cercana de San Vicente de Chucurí. Rangel y sus seguidores, muchos de ellos gaitanistas y liberales, mantuvieron una lucha de guerrillas contra la fuerza pública encabezada por los conservadores en todo el departamento de Santander en los años siguientes.152 El comercio a lo largo del río Magdalena fue interrumpido por las guerrillas liberales y conservadoras, así como por bandidos sin alineación política que asaltaban los envíos “a la sombra de Rangel”.153 Los pueblos estratégicos al sur y al norte de Barranca fueron lugares donde se vivió una violencia espcialmente brutal. Entre 1951 y 1952, la zona de Puerto Berrío registró la cifra más alta de muertes violentas en el departamento de Antioquia.
En Barranca misma, el período de La Violencia fue relativamente tranquilo debido a un acuerdo tácito entre las facciones enfrentadas que acordaron mantenerse al margen de la capital petrolera. La fuerte presencia del Ejército y la Policía Nacional también contribuyó a contener los movimientos locales, laborales y sociales. El 31 de mayo de 1948, el presidente Ospina Pérez declaró, en todo el país, el estado de sitio que duraría una década.154 Durante ese período, Barranca estuvo sometida a directivas que prohibían la sindicalización y otras formas de reunión popular, social y política. En 1950, la USO perdió su personería jurídica como parte de una legislación nacional antisindical y no fue restablecida hasta 1961, cuando el Estado asumió el control de la refinería de la Tropical Oil Company. Entretanto, tanto la ciudad de Barranca como el departamento de Santander eran gobernados por oficiales militares.155
La relativa calma que prevaleció en Barrancabermeja durante La Violencia permitió el traspaso pacífico de la concesión de Mares al Estado colombiano en 1951. Barrancabermeja fue la única gran empresa petrolera en América Latina cuyo control fuera entregado al Estado sin tener que recurrir a la expropiación. La Empresa Colombiana de Petróleos (Ecopetrol) fue creada en 1951 como resultado de un proceso de arriba hacia abajo primordialmente. En la ceremonia del 26 de agosto de 1951, a la cual asistieron miles de barranqueños y dignatarios de Bogotá, así como funcionarios de la Standard Oil y la International Petroleum, la concesión de Mares le fue devuelta al Estado colombiano. Ese día, el lenguaje oficial era que se estaba dando “la reversión” de los campos petroleros al control del Estado, con lo cual se resaltó que el petróleo, desde el principio, había sido un asunto del patrimonio nacional. Ese fue el primer paso en un proceso de dos fases de la nacionalización de todas las propiedades de la Tropical Oil en el Magdalena Medio. La Tropical Oil mantuvo un contrato de arrendamiento de diez años de la refinería de Barranca, que llegó a su fin en 1961.156 El anuncio oficial fue recibido con juegos pirotécnicos y vivas a la media noche, seguidos de música y baile hasta el amanecer.
La creación de Ecopetrol puso en evidencia lo que Mary Roldán ha descrito como el surgimiento, a mediados del siglo XX, de un Estado colombiano cada vez más inversionista aunque algo difuso y moralmente débil.157 En su influyente estudio sobre La Violencia en los años cincuenta, el historiador Paul Oquist describe la manera en que ciertas zonas con “coherencia estatal” se mantuvieron impermeables a la lucha, bien sea debido a la hegemonía de un partido político único o a la relativa armonía entre los dos partidos.158 Alberto Flórez-Malagón escribe que la fortaleza y la claridad del sistema de poder en algunas regiones del territorio nacional ayudaron a minimizar la competencia entre las élites y a mantener el orden social.159 La presencia de una gran corporación transnacional en Barranca fomentó la estabilidad, aunque, tal como lo ha demostrado Roldán, la violencia política fue ejercida por rivales liberales y conservadores al otro lado del río frente a Barranca, en el campo petrolero de propiedad de la Shell en Casabe (Antioquia).160 Lo que ayuda explicar el bajo nivel de conflicto en Barranca durante La Violencia fue un consenso entre los líderes de facciones políticas rivales en Bogotá con respecto a su excepcional importancia estratégica. Y mientras los liberales eran ciertamente el más popular de los dos partidos principales en Barranca, la influencia del partido no era hegemónica. Más aún, ahora carecía del líder progresista del Partido Liberal que había dominado en Barranca. El impacto de la violencia fue mucho más directo en zonas del país donde los liberales y conservadores habían competido históricamente por la tierra y los recursos.161
Las diferencias entre los partidos Liberal y Conservador en Colombia, las cuales han enmarcado guerras civiles que datan de principios del siglo XIX, fueron atizadas durante La Violencia. Sin embargo, el antagonismo oficial entre los dos grupos políticos tradicionales ensombreció conflictos regionales y de clase mucho más complejos y profundos. Mientras que La Violencia no fue estrictamente hablando un producto de la Guerra Fría, los resultados del conflicto fueron la antesala de un período de lucha ideológica abierta en las décadas siguientes. La calma que reinaba en Barranca dependía también de la capacidad de que la Tropical Oil Company disciplinara a su fuerza laboral y el gobierno nacional garantizara que los sindicalistas se mantuvieran callados. El inquietante silencio fue indicativo de los problemas latentes encarados por Colombia. Tal como se explora en el siguiente capítulo, el pacto conocido como el Frente Nacional, una solución formal a las diferencias entre los conservadores y los liberales, intentó callar las voces de izquierda, con consecuencias perversas.
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