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SEXUALIDAD Y VIOLENCIA
Una mirada desde el psicoanálisis
LUIS SEGUÍ
Prólogo de Rosa López
Epílogo de Vicente Palomera

CONEXIONES
Créditos
Colección CONEXIONES
Título:
Sexualidad y violencia – Una mirada desde el psicoanálisis
© Luis Seguí, 2021
© Del Prólogo: Rosa López, 2021
© Del Epílogo: Vicente Palomera, 2021
© De esta edición: Pensódromo SL, 2021
Diseño de cubierta: Lalo Quintana
Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.
Editor: Henry Odell
e–mail: p21@pensodromo.com
ISBN ebook: 978-84-124690-8-0
ISBN print: 978-84-123372-4-2
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Índice
1 Prólogo
2 Exordio
3 Agresividad y violencia
4 Hombres y mujeres: lógicas diferentes
5 Maltratadores y asesinos
6 Feminismos
7 «La manada» y los estragos de la pulsión
8 Sexualidad, crimen y locura
9 Un depredador
10 Un delirio con tragedia anunciada
11 El goce sin ley de Josep Fritzl
12 De la corrección política y sus vigilantes
13 Epílogo – Esa violencia que no cesa
14 Sobre el autor
Para Gloria
Prólogo
Rosa López
El lector que se aproxime a estas páginas dispondrá de elementos que le permitirán tener una visión amplificada del momento actual: el discurso psicoanalítico, las aportaciones de la historia, la incidencia del movimiento feminista y la doctrina jurídica. Todo ello convierte a este ensayo en un instrumento muy útil para entender las claves de los impases de nuestra época.
Freud nos advirtió que si empezamos cediendo en la palabra acabaremos cediendo en la cosa misma. Siguiendo esta lógica es crucial tomar partido en la elección de los significantes con los que nombrar los actos violentos, y especialmente aquellos que guardan una relación con la sexualidad, aunque desde el psicoanálisis nos preguntaríamos si es que hay algún acto que no surja directa o indirectamente de la perversión intrínseca a la sexualidad humana. Porque somos seres hablantes, lo sexual se aparta de la regulación natural que le proporciona el instinto y se hace inevitablemente sintomático. No hay normalidad sexual ni proporción entre los sexos, y es sobre esta ausencia que se originan todos los goces y también todos los saberes que, en vano, intentan definir una sexualidad imposible de representar.
Cuando Jacques Lacan fue invitado a impartir su enseñanza en la Facultad de Derecho inició la primera intervención del seminario Aún, ante un público de psicoanalistas y juristas, diciendo que para transmitir su discurso iba a suponerlos en una cama de pleno empleo, es decir, una cama ocupada por dos que gozan, afirmando que tanto el psicoanálisis como el derecho tratan de saber cómo hacer con el goce. El psicoanálisis centra toda su investigación en el campo de ese goce que en el ser hablante está más ligado al sufrimiento que al placer y que da origen a los más diversos síntomas. Para el derecho se trata de regular, repartir o castigar lo tocante al goce. En definitiva, el goce del ser hablante nunca es el que conviene porque además de atentar contra el bienestar es completamente inútil.
Volvamos al uso de las palabras y sus consecuencias. En estas páginas el autor rechaza la expresión «violencia de género» eligiendo «violencia contra la mujer» o «feminicidio». Esta decisión disminuye la ambigüedad que disuelve en la amplitud de la categoría de género lo absolutamente particular de la violencia que se dirige a las mujeres por ser mujeres. Si apelamos a lo «absoluto» es para enfatizar la falta de relación o de comparación con las violencias que afectan a otros colectivos, tal y como defiende una ideología que encubre la negación de esta tragedia incluyéndola en la violencia general.
Por otra parte, recuperar la historia es fundamental para iluminar el presente, y cuando lo que está en juego es el lugar de la mujer a lo largo de la historia, nos encontramos con los mayores excesos del mal-decir unidos a las mayores atrocidades del mal-tratar. La filosofía de Aristóteles tomó a la mujer como un varón fallido; el cristianismo la vio como un instrumento al servicio de Satanás y la condenó a la hoguera. Son solo dos ejemplos que muestran la punta de un iceberg que perdura. La historia no cesa de darnos pruebas del rechazo a lo femenino por parte de los hombres y, lo que es más paradójico, también de las propias mujeres. Pero las pruebas históricas solo registran el fenómeno sin explicar su fundamento. Es necesaria la aportación de otros discursos que den cuenta de las causas y que traten las consecuencias. En este sentido el discurso jurídico y el psicoanalítico se dan cita ante el mismo objeto pero, en general, se desconocen profundamente. Estamos ante una relación paradójica, que podríamos definir como una suerte de unión en la diferencia o de implicación-disyunción porque, si bien convergen sobre la misma cuestión, divergen en su manera de interpretarla. El lenguaje jurídico está abierto a la interpretación aunque esta se pretenda restrictiva, y el debate sobre las sentencias judiciales acaba siendo más etimológico que ético.
Freud descubrió la fuerza incoercible de la pulsión que escapa al control del propio sujeto y que no se deja domeñar por las normas jurídicas ni adoctrinar por la educación, por eso llegó a plantear que hay tres profesiones imposibles: educar, gobernar y psicoanalizar. Educar, gobernar, psicoanalizar y también juzgar son profesiones que tropiezan inevitablemente con lo imposible de formalizar porque en el despliegue de su propio desarrollo generan siempre un resto heterogéneo que no se deja absorber y que impide que el par problema-solución se cierre limpiamente. Es por ello que la amenaza de castigo fracasa como freno preventivo para el violento, y que, en ocasiones, el goce de la víctima la lleve a aferrarse a aquello que la destruye. El psicoanalista reconoce que en su práctica tiene que operar asumiendo que siempre quedará un resto imposible de curar que no puede ser eliminado. Esta asunción de lo imposible le permite llevar al analizante a reconocer el hueso de su síntoma y a partir de eso saber hacer otra cosa que sufrirlo.
Cuando el agente que ejerce una de las praxis mencionadas no consigue asumir la imposibilidad sufre por su impotencia y se defiende abusando del poder que detenta. El educador, enfrentado a la imposibilidad de una transmisión completa del saber hace uso del adoctrinamiento, el psicoanalista de la sugestión, el gobernante de la represión policial, el juez de una autoridad excesiva.
El psicoanálisis basa su práctica en la diferencia absoluta de cada sujeto mientras que el jurista busca el «para todos igual» de la ley, excluyendo la subjetividad y, en ocasiones, esto le lleva a desentenderse de las sutilezas o a enredarse con las mismas, como queda demostrado en las páginas de este libro dedicadas a las resoluciones judiciales de crímenes contra la mujer que se han hecho famosos y que son narrados con todo lujo de detalles.
Más allá de las reglas están los principios éticos que orientan cada praxis, pero es más difícil guiarse por la responsabilidad del acto que por protocolos establecidos. A fin de cuentas, a todos nos tranquiliza tener un amo que nos dirija. Sin embargo, tanto el analista como el juez, enfrentados al acto que les corresponde, están solos y deben asumir las consecuencias.
Madrid febrero 2021
Exordio
…nunca se sabe adónde se irá a parar por ese camino; primero uno cede en las palabras y después, poco a poco, en la cosa misma.
Sigmund Freud
I
El patriarcado, en palabras de la historiadora Gerda Lerner, es una creación histórica elaborada por hombres y mujeres en un proceso que tardó casi 2 500 años en completarse. El criterio básico con el que se debe comenzar cualquier teorización del pasado —explica esta autora desarrollando la perspectiva iniciada por Mary Beard— es que hombres y mujeres construyeron conjuntamente la civilización. Asumiendo estas premisas surgen de inmediato dos conclusiones: al negar el carácter ahistórico al patriarcado, hay que admitir al menos como hipótesis que no tiene porqué durar eternamente; y no menos importante, el patriarcado es un sistema en cuyo origen y consolidación a través de milenios han tomado parte los hombres y las mujeres, aunque se trate de una relación asimétrica que deja a las mujeres un papel subordinado. Como sucede siempre con los procesos históricos la ley va por detrás de la realidad social, de modo que cuando un hecho es objeto de normativización jurídica es porque su existencia se ha convertido en un problema que afecta al grupo. No cabe duda acerca de que el rol subordinado asignado a la mujer es anterior a la institucionalización del patriarcado, pero la minuciosidad con la que tanto en el Código de Hamurabbi como en la legislación mesoasiria se regula la conducta sexual, aplicando mayores restricciones a la mujer que a los hombres, da cuenta de hasta qué punto el control de la sexualidad femenina pasó a ser una cuestión de Estado: esposas, concubinas, esclavas y prostitutas tenían sus respectivos espacios claramente definidos en la estructura social, así como los castigos aplicables a los infractores, siempre más leves si se trataba de sujetos masculinos.
Entonces, como hasta no hace demasiado tiempo entre nosotros, la dominación masculina tanto en el ámbito doméstico como en el conjunto de la sociedad estaba consagrada por la costumbre y la tradición, por la naturaleza, casi siempre respaldada por algún mandato divino. En la era de la hipermodernidad, donde impera lo que Jacques-Alain Miller describió como el «desorden de lo real», presenciamos lo que se ha dado en llamar la «implosión del género»1 en sus diferentes variaciones, una pluralización que de pronto aparece como ilimitada y que hace obstáculo a la categorización, dado que los distintos modos de goce impiden actualmente establecer un límite preciso entre lo masculino y lo femenino: gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales, andrógino, sin género, género fluido, queer, y los que vayan surgiendo2, muestran que no existe ni ha existido nunca una sexualidad marcada como destino por las características anatómicas de los sujetos. Ahora se sabe que la anatomía no es el destino. En otras palabras, mientras que el sexo tiene que ver con la naturaleza el género es una construcción cultural, «de lo que somos en términos de plan de vida, de autobiografía» como sostiene Irene Greiser3, y como tal producto social está sometido a cambios, adecuaciones, rectificaciones, redefiniciones, por lo que en aquellos países que han sido adelantados en legislar sobre la materia —en particular España y Argentina4— la utilización del significante «género» como eje vertebrador de las relaciones entre hombres y mujeres ha estado acompañado de polémica. Y ello tanto por la circunstancia de que la multiplicidad de los modos de goce de cada sujeto desborda el concepto, como por la evidencia de que la violencia machista que tiene a las mujeres como víctimas principales también extiende su radio agresivo a otros colectivos —gays, transexuales, minorías étnicas— que no pueden encuadrarse en un género determinado, como sucede con los niños y adolescentes víctimas de la paidofilia, sean chicos o chicas. Como acertadamente señala Gerda Lerner:
«Género» es la definición cultural del comportamiento que se define como apropiado a cada sexo dentro de una sociedad determinada y en un momento determinado. El género es un conjunto de papeles sociales. Es un disfraz, una máscara, una camisa de fuerza dentro de la cual hombres y mujeres practican una danza desigual5.
Por esta razón, en estas páginas no se utilizará la expresión violencia de género, sino violencia contra la mujer o feminicidio, abordando de manera separada la violencia ejercida contra personas de otros colectivos cuando aquella aparezca directa o indirectamente relacionada con la condición o elección sexual de la víctima. Por otro lado existen situaciones de hecho que exceden el ámbito de aplicación de la Ley de 2004 —que define la violencia de género como aquella que se ejerce contra la mujer «por el hecho de serlo»—, dejando sin respuesta a la violencia «intragénero», donde una mujer agrede a su pareja o ex pareja también mujer, o cuando una mujer agrede al hombre que era o es su partenaire, aunque estos casos no parezcan estadísticamente significativos. Resulta por lo tanto pertinente la observación de Álex Grijelmo en su Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo6 sobre la insuficiencia de la letra de la ley porque aunque
[…] no se nombra de qué género se trata […], pero todos sobreentendemos por el contexto que es una violencia que ejercen los varones7.
Como ha demostrado la experta en neuroimagen cognitiva Gina Rippon8, no existe un cerebro femenino diferente del masculino9, y la utilización del género epiceno para aludir a hombres y mujeres sin necesidad recurrir al manido lenguaje inclusivo y aludiendo —constante y cansinamente— a ellos y ellas, algo que no debiera entenderse como una discriminación de la mujer, aunque adoptar este criterio pueda ser objeto de críticas por parte de los militantes de la corrección política, ignorantes de que el desdoblamiento altera la economía del idioma —y la belleza— de una lengua hermosa y precisa, como ha señalado muy recientemente el director de la Real Academia Española.
En suma, como bien ha señalado Eric Laurent, jugar con el poder del significante con la vana ilusión de neutralizar las diferencias —la sexual, entre otras— no es sino una manera de velar la no relación sexual:
[…] la inclusión de la escritura inclusiva es a este precio. Se apoya en el hecho de que el significante como tal puede borrar la diferencia sexual10.
Siguiendo el criterio sostenido por la Real Academia Española y entidades similares de otras naciones hispanohablantes, tampoco se empleará el morfema –e, enseña del género neutro, cuyo uso es aún muy limitado. Teniendo en cuenta —como lo ha señalado Beatriz Sarlo— que los cambios en la escritura y el habla no dependen de las decisiones académicas ni pueden ser impuestos desde la calle, la incorporación de dicho morfema al habla común y a la escritura parece estar en una etapa muy prematura y lejos de consolidarse.
Para el psicoanálisis la elección del sexo atraviesa lo natural y los sujetos pueden situar su cuerpo de un lado o de otro, más allá de su destino anatómico, porque «la sexualidad misma ha sido subvertida en la especie humana por la sexuación»11, lo que significa que en el inconsciente freudiano no está inscrita en modo alguno la diferencia de lo que es ser mujer o ser hombre.
Lo que hay son hombres y mujeres. El psicoanálisis ha desarrollado un corpus teórico, sustentado en su práctica, alrededor de la elección de objeto: hay hombres y hay mujeres, y al mismo tiempo se constatan múltiples elecciones de objeto intransferiblemente personales, y de las que cada uno ha de hacerse responsable, en tanto cada cual tiene el derecho de elegir de qué lado de las fórmulas de la sexuación decide ubicar su cuerpo. La circunstancia de que la ley permita que cada quien pueda corregir su identidad sexual, contrariando la que recibió en su organismo, no hace sino confirmar la premisa psicoanalítica que sostiene que hay una elección sexuada —aunque sea inconsciente—, pero que la misma exige el consentimiento de cada parlêtre para ratificarla o rectificarla.
II
La historia no es un tema reservado a unos pocos profesores solitarios en sus bibliotecas. Es una actividad ciudadana, compartida, y no ser capaz de pensar de forma histórica hace que seamos todos ciudadanos empobrecidos.
Mary Beard
La convicción ideológica que sostiene la creencia en la superioridad masculina sobre la mujer es transcultural, está presente en sociedades y culturas muy diferentes, y por lo que respecta a la tradición judeocristiana ha encontrado apoyo en los desarrollos teológicos y filosóficos de los Padres de la Iglesia12, en muchos casos convertidos en doctrina oficial. Si para Aristóteles la mujer es un varón fallido cuya mayor virtud era permanecer callada, los escritos de Agustín de Hipona y varios siglos más tarde los de Tomás de Aquino —ambos en la línea de reconciliar el pensamiento aristotélico con la doctrina cristiana— comparten la opinión de que la mujer no solo es inferior al hombre en todos los sentidos, sino que es el instrumento preferido por Satanás para corromper y llevar a los hombres al pecado. Femina est mas occasionatusr, repetirá Santo Tomás siguiendo al Estagirita: la mujer es un macho fallido. San Agustín, por su parte, en De civitate Dei explica que la razón por la que el Diablo tentó a Eva y no a Adán, es porque siendo la mujer «la parte inferior de la primera pareja humana» sería más crédula y fácil de seducir; y en El matrimonio y la concupiscencia el mismo Agustín sentó una doctrina acerca de la vida sexual aceptada tanto en el cristianismo romano como en el reformado, que se ha mantenido vigente mil quinientos años. Para él —al que bien podría describirse como un auténtico obseso sexual—, como siglos más tarde para Santo Tomás, toda relación consumada que no tuviera el propósito de procrear era condenada como un pecado de lascivia. Si los genitales, en palabras de Agustín, eran los instrumentos de transmisión del pecado original, fundante de la naturaleza caída del hombre, no debe extrañar la importancia que a estos órganos le atribuyen los redactores del Malleus maleficarum —literalmente, «El martillo de las brujas»—, publicado en Alemania en 1487, escrito por los monjes inquisidores dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger. Bendecido por una bula del Papa Inocencio VIII, se convirtió en el auténtico texto canónico sobre la brujería, adoptado por católicos y protestantes.
Para Kramer y Sprenger el motivo por el que la brujería es ejercida mayoritariamente por mujeres —un hecho comprobado por la experiencia empírica, según los autores—, radica en lo que consideran la esencia de la naturaleza femenina. Apoyándose en numerosas citas y referencias, desde Séneca, para quien «una mujer ama u odia; no hay tercera alternativa […] Cuando una mujer piensa a solas, piensa mal»; o Terencio, que sostiene que «en lo intelectual, las mujeres son como niños»; o en el mismísimo Ecclesiasticus XXV: «No hay cabeza superior a la de una serpiente, y no hay ira superior a la de una mujer», concluyen que toda la brujería se origina en el apetito carnal, que en las mujeres es insaciable: adúlteras, fornicadoras y concubinas del demonio, que infectan de brujería el acto venéreo y la concepción del útero por diversos medios: bien llevando a los hombres a una pasión desenfrenada, o su contrario, obstruyendo su fuerza de gestación; destruyendo la capacidad de gestación de las mujeres; provocando abortos, y ofrendando los niños al demonio. Estas elucubraciones, producto del fanatismo religioso, la ignorancia y los prejuicios, no fueron sin embargo obra de unos sujetos desprovistos de sutileza o finura intelectual, desconocedores de la condición humana; muy al contrario, en consonancia con el axioma de que tanto el pensamiento como la palabra o la obra pueden ser fuente de pecado, hay páginas en el Malleus que revelan un profundo saber sobre la emergencia del deseo, la concupiscencia, y la importancia que el imaginario y la pulsión escópica tienen en la atracción erótica.
El siniestro período histórico atravesado por la caza de brujas —cuyas víctimas eran por lo general mujeres de pueblo que actuaban fuera de norma, desafiando la domesticación impuesta desde los poderes eclesiástico y civil—, es un ejemplo especialmente brutal de hasta qué punto el amo, como señalara Michel Foucault, necesita ejercer el control de las almas, pero también el dominio sobre los cuerpos. Es la época de la biopolítica. Que aún hoy se sigan utilizando significantes injuriosos como bruja, furcia, puta o zorra dirigidos a las mujeres, y que no sea infrecuente que un hombre rocíe con un líquido inflamable a una mujer y la queme —como se hacía con las brujas, atribuyendo al fuego una función purificadora del pecado—, son los trágicos resabios de aquella construcción teológico-política medieval que resiste al pensamiento ilustrado y al impresionante avance que en el reconocimiento de sus derechos ha conseguido el feminismo durante el último siglo y medio. Sin exagerar se puede afirmar que el enigma que encierra la mujer en su cuerpo hace de este un objeto privilegiado de sacrificio por parte del hombre, que tiene que imprimir en él su marca. «El Otro, a fin de cuentas […] es el cuerpo […] hecho para escribir algo que se llama marca» señala Lacan13. Y agrega al respecto Eric Laurent:
[…] eso va de las cosquillas a la marca violenta. Debe también añadirse, en lo feminicidios, el ácido que permite marcar el cuerpo que se desfigura. En el feminicidio podríamos hablar de una absolutización ordinaria del goce que viene a velar el agujero de la no relación sexual14.
La ley, que siempre va por detrás de la realidad social, se muestra impotente para regular el goce —un concepto fundamental en psicoanálisis desde que Jacques Lacan lo pusiera en circulación—, ese goce en ocasiones mortal del que están poseídos los hombres que agreden a mujeres con las que están o han estado sentimentalmente relacionados, agresiones que van de lo verbal a lo físico y que en determinadas circunstancias llegan a provocar la muerte de la víctima. Está empíricamente comprobado que en este tipo de crímenes, caracterizados por la liberación de una pulsión homicida y la renuncia a respetar los límites que la ley impone al goce, la amenaza de castigo que establecen las leyes penales carece del efecto disuasorio que sí puede operar en otros sujetos y en otros tipos delictivos. Cuando está en juego el odio como pasión, toda reflexión acerca de las consecuencias que su acción pueda deparar, no detiene al agresor. De ahí que a esta clase de crímenes se les calificara tradicionalmente en la doctrina, la jurisprudencia y la crónica de sucesos como “crímenes pasionales”. De ese modo se pone el acento en los hipotéticos motivos que pudieran impulsar la acción del ejecutor, se deja en un segundo plano o, pura y simplemente, se ignora a la víctima, hasta el punto que —como se expresa en el artículo 21.3ª causa del Código Penal vigente en España— quien mata «por causas o estímulos tan poderosos que hayan producido arrebato, obcecación u otro estado pasional de entidad semejante» puede alegar esa circunstancia como un atenuante de su responsabilidad criminal.
Es pertinente interrogarse acerca de porqué, a pesar del avance del feminismo prácticamente en todo el mundo occidental, con el consiguiente reconocimiento social y legal de los derechos de la mujer, esta circunstancia parece volverse contra ellas a juzgar por el hecho de que la violencia machista no solo no ha menguado sino que parece incrementarse, incluso considerando las diferencias existentes en los diferentes países. ¿Se trata de la reacción de unos sujetos masculinos desvirilizados y a la defensiva, reacios a ceder los privilegios que han caracterizado su posición durante siglos? ¿Sería una explicación aceptable para este fenómeno acudir a la tercera ley de Newton, de que toda acción genera una reacción de igual o parecida fuerza contraria, pese a que no se trata de física sino de lazos sociales? Es evidente que muchos hombres perciben como una ofensa la conquista de derechos igualitarios por las mujeres y se sienten agraviados por esta situación, pero mientras que la gran mayoría de estos supuestos humillados se refugian en una suerte de resistencia pasiva —lo que no excluye expresiones más o menos puntuales de lo que se ha dado en denominar micromachismo—, otros muchos defienden agresivamente lo que consideran su derecho a imponer su voluntad de dominio sobre la mujer. Es imposible cuantificar con exactitud el número de mujeres maltratadas que hay en nuestro país —y seguramente en cualquier otro—, con excepción de las que nutren la estadística debido a que han tenido un final trágico, y de aquellas que se han atrevido a denunciar a sus maltratadores y viven para contarlo.
Pero sobrevivir al maltrato no es, sin embargo, una garantía de cara al futuro.
Se podría afirmar con total seguridad que, prácticamente, todas las mujeres responderían negativamente a la pregunta de si disfrutan —o disfrutarían— siendo maltratadas, y sin embargo, un buen porcentaje de ellas viven cotidianamente la agresividad y la violencia en diversos grados sin reaccionar, lo que muestra las paradojas que a veces existen en los lazos amorosos. Es una realidad comprobada que, en determinados casos, una relación amorosa entre un hombre y una mujer se sostiene en base a una tensión agresiva que no excluye cierto grado de violencia física, a veces recíproca. Si bien estas situaciones deben ser abordadas una por una, no siempre este modo violento de amarse estaría incluido en el campo de las perversiones.
¿Cuántas mujeres maltratadas por sus parejas, exparejas, o por hombres con quienes han tenido un encuentro ocasional se atreven a denunciarlos? Y aun así, ¿cuántas de ellas sostienen la denuncia ante los magistrados de los Juzgados de Violencia? ¿Y cuántas retiran la denuncia antes de ser siquiera citadas por estos Juzgados?
Hay innumerables casos en los que, dictada por la justicia una orden de alejamiento del maltratador de la víctima y la prohibición de comunicarse con ella por cualquier medio —lo que se llama un perímetro de seguridad—, es la misma denunciante la que quebranta esa orden o permite que el denunciado lo haga, y en no pocas ocasiones vuelven a vivir juntos. No pocas veces se ha intentado una explicación simplista —y equivocada, además de injusta— de estos casos, incluso por parte de profesionales del mundo psi, que quiere ver en esas actitudes aparentemente conformistas de las víctimas un cierto masoquismo, que sería propio de la posición femenina, una hipótesis que el psicoanálisis rechaza. Sostenerse en el lugar de sufrimiento en situaciones de malos tratos, como se sostienen muchas mujeres, parece dejar en evidencia la ineficacia de las campañas y exhortaciones tendentes a promover las denunciar y concienciar a las víctimas reales o potenciales, y para las que ni la ley por sí sola ni el esfuerzo de los encargados de aplicarla —jueces y fiscales especializados, policías, integrantes de los equipos psicosociales— operan como un muro eficaz de contención. Paralelamente, es difícil describir el desánimo y la frustración que muchas mujeres amenazadas por la violencia machista sienten ante cada asesinato —una tragedia que a veces incluye a los niños— cuando el hecho pone en evidencia un error en la valoración del riesgo por parte de las autoridades, o fracasa la implementación de medidas eficaces de protección para quien ha denunciado debido a la ausencia de coordinación entre las diferentes instancias administrativas y judiciales.
Gracias al empuje de los movimientos feministas y —según en qué países— la sensibilidad de los poderes públicos, la violencia y las diferentes modalidades de acoso contra las mujeres han adquirido a partir del comienzo de este siglo una relevancia y una trascendencia mediática como nunca antes habían alcanzado, hasta el punto que podrían reconocerse como una rama especializada de la criminología. Combatirlos sin tregua es una exigencia política y moral, evitando los excesos inquisitoriales que convierten a los hombres en general como objetivos a batir, sin olvidar que la agresividad y la violencia en diversos grados están presentes en todos los ámbitos de la vida y que, como el mal, no pueden erradicarse por completo. La historia de las sociedades humanas —es decir, desde que hay sujetos hablantes, sexuados y mortales— muestra que la violencia es inherente a la condición humana, y que esta no predispone a los hombres a la contención voluntaria de las pulsiones. De ahí que la ley, como límite al goce y a la prepotencia de lo real, es un requisito imprescindible para garantizar la convivencia. Todos quienes forman un grupo social deben pagar un alto precio en forma de malestar a cambio de esa contención pulsional y, aunque el llamado proceso civilizatorio ha generado la ilusión de que la mayor parte de la humanidad ha hecho suyos unos principios morales que sus miembros asumen y respetan de buen grado, en realidad no se trata más que de eso: una ilusión. Así, el hecho constitutivo del malestar de los sujetos con la ley es la existencia misma de esa ley, que se les impone tanto como un fenómeno estructural como por ser la encarnación simbólica-institucional del discurso del amo.
En un texto de hace casi cien años, Sigmund Freud advirtió que difícilmente se debería al azar que las tres obras maestras de la literatura de todos los tiempos trataran el mismo tema, el parricidio; y citaba Edipo Rey, de Sófocles, Hamlet, de Shakespeare, y Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, señalando además que en las tres quedaba al descubierto como motivo del crimen la rivalidad sexual por la mujer15.
El sexo y la violencia comparten ambos cierta vecindad con la muerte.
Y aunque hombres y mujeres responden a lógicas diferentes, en cuanto a lo sexual, cada uno debe hacer una elección, independientemente de si se es hombre o mujer, una cuestión para cuya elucidación Jacques Lacan inventó el neologismo sexuación, desplegando las correspondientes fórmulas para explicar el posicionamiento y las estrategias con las que cada uno se confronta con lo que el mismo Lacan definió como las tres pasiones del ser: el odio, el amor y la ignorancia.
Agresividad y violencia
No se puede prescindir de la violencia para acabar con la violencia. Pero precisamente por eso la violencia es interminable.
René Girard
I
En las páginas finales del seminario 3, Las psicosis, Lacan destaca que el hombre está poseído por el discurso de la ley, y con él se castiga en nombre de esa deuda simbólica que —nos dice— el sujeto no cesa de pagar en su neurosis. ¿Cómo pudo ser —se pregunta retóricamente— que se produjera esa captura, cómo entra el hombre en esa ley, que le es ajena y que, como animal, nada tiene que ver? Para Lacan la respuesta está en el mito del asesinato del padre, construido por Freud, ante el cual el hombre debe comparecer como culpable. Si bien para Lacan la hipótesis freudiana del asesinato del padre de la horda no podía admitirse como un hecho histórico, realmente acontecido, al retomar Tótem y tabú le otorgó a ese crimen primordial el valor de un mito que explicaría la emergencia de la tríada castración-culpa-ley; y, si en el Génesis se cita a Caín, el hijo mayor de Eva, como el primer asesino de la historia, para Lacan la verdad profunda que contiene el mito freudiano
[…] es demostrar en el crimen primordial el origen de la Ley Universal […] haber reconocido que con la Ley y el Crimen comenzaba el hombre16.
Todo mito es, en efecto, un relato, y aunque su origen se pierda en la noche de los tiempos sin que sea posible fijar con precisión el instante fundacional, hay en sus comienzos un acontecimiento cierto al que las generaciones sucesivas han seguido enriqueciendo con leyendas acerca de los personajes y las situaciones que aseguran su continuidad atravesando las distintas épocas. Qué acontecimiento dio lugar a la ficción posterior de la que un mito determinado se reviste, y qué pasos se han seguido en el proceso de transformación con el que se presenta, son parte del misterio, del enigma que siempre lo rodea —de ahí que Lacan definiera el enigma como una enunciación sin enunciado—, en cuyo fondo hay algo implicado: se trata, en palabras del mismo Lacan, de la verdad. El mismo Freud diferenciaba por una parte lo que llamaba la verdad histórico-material, lo realmente acontecido, de la verdad histórico-vivencial, sustentada en un retorno de procesos sobrevenidos en el acontecer histórico primordial de la familia humana, olvidados de antiguo, pero que ejercen sobre los seres humanos un efecto de verdad17. Jacques-Alain Miller, por su parte —en ocasión de una intervención suya en el año 2008 en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires— haciéndose eco de las palabras de Lacan, expresó que «nada es más humano que el crimen» una constatación que ya estaba presente en los clásicos griegos y latinos y en infinidad de obras posteriores a Sófocles, Shakespeare y Dostoievski; en una carta que Joseph Conrad envió a su amigo Cunningham Graham en el año 1899, sostenía que «la sociedad es esencialmente criminal, si no fuera así no existiría».
Agresividad y violencia no son sinónimos, aunque la imprecisión mediática y el habla vulgar tiendan a confundirlas y en ocasiones no resulte sencillo establecer el límite que separa una y otra. Incluso quienes están profesionalmente obligados a expresarse con rigor —quienes hacen las leyes y quienes las aplican— contribuyen a la confusión, hasta el punto de que en los llamados «delitos contra la libertad e indemnidad sexuales» tipificados en el Título VIII del Código Penal español, el criterio interpretativo de los magistrados no siempre coincide al tiempo de enjuiciar unos hechos en los que está en juego la indemnidad de la víctima. Sin duda contribuye a la confusión reinante entre los operadores jurídicos la deficiente redacción de los artículos que contienen la descripción de las conductas que conforman una agresión, un abuso o una coacción. La agresividad es común a todos los seres vivos, y por lo que se refiere a los sujetos hablantes, sexuados y mortales se trata de una encrucijada estructural en la que —como señalara Lacan en su texto «La agresividad en psicoanálisis»—:
[…] se manifiesta en una experiencia que es subjetiva por su constitución misma […] aparece como una tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista18,
y en la que juega un papel fundamental la enajenación de sí mismo revelada en el estadio del espejo. Abundando en esta cuestión, de la que Lacan ya se había ocupado en La familia —un texto de 1938— empleando como ejemplo la hostilidad y la celotipia entre los hermanos, en el instante en el que el individuo se fija en una imagen que lo enajena, emerge
[…] la tensión conflictual interna que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro: aquí el concurso primordial se precipita en competencia agresiva, y de ella nace la tríada del prójimo, del yo y el objeto19.
En otras palabras, se desea aquello que el Otro tiene, y de lo que se quiere desposeerlo, aunque sea mediante la fuerza.
Semejante configuración imaginaria de la agresividad no tiene necesariamente que derivar en violencia; de hecho, esa agresividad primaria es generalmente reconducida de tal modo que la inmensa mayoría de quienes integran el grupo social adaptan su comportamiento a las normas que les vienen impuestas por el discurso del amo, interiorizando el principio de autoridad impulsado por el superyó, liberándose así de la «angustia social» generada por la amenaza de castigo. Diez años más tarde de «La agresividad en psicoanálisis», Lacan volverá sobre la relación entre una y otra señalando que
Para recordar cosas inmediatamente evidentes, la violencia es ciertamente lo esencial de la agresión, al menos en el plano humano. No es la palabra, incluso es exactamente lo contrario. Lo que puede producirse en una relación interhumana es o la violencia o la palabra. Si la violencia se distingue en su esencia de la palabra, se puede plantear la cuestión de saber en qué medida la violencia propiamente dicha —para distinguirla del uso que hacemos del término agresividad— puede ser reprimida, pues hemos planteado como principio que solo se podría reprimir lo que demuestra haber accedido a la estructura de la palabra, es decir, a una articulación significante. Si lo que corresponde a la agresividad llega a ser simbolizado y captado en el mecanismo de lo que es represión, inconsciencia de lo que es analizable e incluso, digámoslo de forma general, de lo que es interpretable, ello es a través del asesinato del semejante, latente en la relación imaginaria20.
Esa agresividad imaginaria se ve reconducida, en la generalidad de los casos, hacia la socialización, mediante la internalización de los valores impuestos por el discurso del amo, empujados por el superyó, ante el cual la amenaza de castigo satisface un rol liberador de lo que Freud denominaba «angustia social».
Lacan abordó tempranamente en su enseñanza la diferencia, no siempre nítida, que existe entre la agresividad y la violencia, a la que se identifica con el pasaje al acto. En ocasión de su seminario dedicado a Los escritos técnicos de Freud, dictado entre los años 1953-1954, alude a un comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneingung planteándose un interrogante retórico:
¿No sabemos acaso que en los confines donde la palabra dimite empieza el dominio de la violencia, y que reina allí, incluso sin que se la provoque?21
sugiriendo que la violencia está ahí en potencia, latente, transformándose en acto en ausencia de la palabra. El mismo Lacan retomará esta cuestión en el curso desplegado entre los años 1957-1958, en el Seminario Las formaciones del inconsciente.
Sin embargo, la experiencia muestra que en demasiadas ocasiones el pasaje al acto sobreviene sin pasar siquiera por la palabra y que, aun estando presente la palabra, esta no basta para conjurar la violencia, porque el cruce de significantes entre los interlocutores no garantiza en absoluto que el enunciado y la enunciación sirvan a un propósito común. A diferencia del manido dicho de que «hablando se entiende la gente», lo cierto es que la gente no se entiende, precisamente, porque habla, y el hablar está en relación con la dimensión de la verdad, que es misteriosa, inexplicable, y que tiene estructura de ficción, como se verifica en particular en el discurso jurídico, cuyo fundamento es la búsqueda de la verdad. El efecto de ficción que este discurso evoca en la teatralidad de los procedimientos judiciales —explotado ad nauseam en las películas y las series televisivas— no hace más que poner en evidencia la insuficiencia del lenguaje, la imposibilidad de encerrar en palabras todos los hechos y la subjetividad de los protagonistas, y que exhibe su impotencia cuando pretende eliminar las paradojas y contradicciones. Lacan señala esta paradoja en el Seminario Aún, al decir que
[…] todavía hoy al testigo se le pide que diga la verdad, solo la verdad, es más, toda si puede, pero por desgracia ¿cómo va a poder? Le exigen toda la verdad sobre lo que sabe, pero en realidad lo que se busca, y más en cualquier otro en el testimonio jurídico, es con qué poder juzgar lo tocante a su goce. La meta es que el goce se confiese, y precisamente porque puede ser inconfesable. Respecto a la ley que regula el goce, esa es la verdad buscada22.
Nuestro mundo se caracteriza por producir más malestar del que los sujetos pueden consumir, es decir, soportar, sin volverse locos, entendiendo por locura las manifestaciones individuales y colectivas más diversas, incluidas las que tienen las mayores apariencias de normalidad y racionalidad. Desde que Lacan pusiera patas arriba el cogito cartesiano que inauguró la filosofía racionalista, contemporáneamente a lo que Gastón Bachelard identificó como el nacimiento del espíritu científico, reemplazándolo por el axioma «o no pienso o no soy», sabemos que no todo lo que un sujeto dice o hace puede ser explicado racionalmente; de ahí que cuando el pensamiento racional choca con la imposibilidad de comprender las innumerables acciones humanas que se muestran carentes de sentido, lo único que puede decirse es que, en efecto, no lo tienen si se las contempla con las anteojeras del racionalismo. De hecho, el inconsciente no tiene que ver con el sentido sino con el sinsentido, con la falla y la división subjetiva, independientemente del hecho de que no todos los síntomas pasan por el inconsciente y que cada sujeto goza a su manera.
II
En El malestar en la cultura, Freud identificaba las tres principales fuentes de padecimiento que les impedía a los seres humanos conseguir la dicha:
[…] la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad23.
En cuanto a las dos primeras constataba la impotencia del hombre para dominarlas por completo, e incluso se anticipa al anunciar que los avances de la ciencia y las técnicas —con ser gigantescos— no han hecho a los hombres más felices. Por lo que se refiere a la insuficiencia de las normas jurídicas para controlar y sublimar las pulsiones, apunta como un factor de desengaño la persistencia de lo que denomina lo «anímico primitivo», un factor que para él es imperecedero en el sentido más pleno, contra el que la conversión de la fuerza bruta original en derecho se muestra solo parcialmente eficaz. Y luego, la desoladora conclusión de que
[…] el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarle y asesinarle24.
Contra las malas inclinaciones del hombre no bastan la educación, la cultura y mucho menos la amenaza de castigo, le escribirá Freud a Albert Einstein en 1932, insistiendo en que ni esa amenaza ni el reproche social son suficientes para evitar que los hombres liberen esa hostilidad primaria y recíproca que pervive a través de los tiempos, una opinión claramente tributaria del pensamiento de Thomas Hobbes. Si el hombre es un lobo para el hombre —homo homini lupus—, para los pensadores contractualistas como Hobbes, la sociedad debió de fundarse sobre un pacto para que los hombres dejaran de matarse unos a otros, delegando en una autoridad que estuviera por encima del grupo la administración de la violencia y el castigo a los transgresores. El mito del asesinato del padre inventado por Freud y la consiguiente instauración de la prohibición del asesinato y el incesto convierten estos preceptos del tabú en el primer derecho, surgido de lo que Walter Benjamin denomina violencia fundadora para distinguirla de la violencia conservadora, destinada a garantizar la preservación del orden social.
La comunicación enviada por Albert Einstein a Freud —que hizo también extensiva a otras personalidades mundiales de la ciencia y la cultura— transmitía un angustiado interrogante, a la vista de la situación política europea: ¿cómo evitar una próxima guerra? La respuesta de Freud no podía ser más pesimista con respecto a la influencia que pudieran ejercer los defensores de las ideas frente a la fuerza, y la impotencia demostrada por la Liga de las Naciones. Escribe:
Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia […] son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento —técnicamente se las llama identificaciones— entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad25.
Resulta extremadamente interesante detenerse en esta afirmación freudiana acerca de los dos factores que estima como determinantes para mantener unida una comunidad humana, porque, atendiendo al hilo del discurso y al contexto en el que se formula admite más de una lectura. En efecto, Freud se sirve de ejemplos históricos tomados de la polis griega y de las ciudades italianas durante el Renacimiento para concluir que en ciertos casos la inclinación a la violencia y la guerra puede ser neutralizada, al menos parcialmente, por un ideal compartido por la mayoría que refuerce el affectio societatis. Pero, la conclusión que extrae al tiempo de redactar su respuesta es que
[…] no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria26.
De los ejemplos que utiliza se deduce que la guerra ha sustituido como elemento unificador a las identificaciones, y que la vía para recuperar el sentimiento de unidad pasa por un desplazamiento del odio y la ferocidad localizándola en el Otro, un enemigo —real o construido ad hoc— que siempre funciona como un factor de cohesión interno. Sin embargo, al observar que la ausencia de uno de los dos elementos no supone necesariamente la destrucción de la comunidad, pareciera que Freud está concediendo un peso igualmente importante a la compulsión a la violencia como a las identificaciones, esto es, las ligazones de sentimiento, los afectos, para «mantener a la comunidad en pie».
La constatación de que un debilitamiento de las identificaciones, o incluso la desaparición de los afectos recíprocos entre los miembros de un grupo social hasta el punto de transformarse en una crisis que amenace la existencia misma del grupo, puede hacer emerger la violencia en la modalidad descrita por Benjamin —como un factor conservador de la cohesión— ejecutada desde el poder institucional legítimamente constituido, o bien como un ejercicio de pura fuerza impuesta por un poder fáctico dispuesto a quebrar la legalidad en aras de mantener la comunidad en pie. Si una sociedad se basa en la ley, tal y como lo expresa el axioma ubi societas ibi jus —donde hay sociedad hay derecho—, y una comunidad se sostiene en el amor, la situación ideal es que una y otro operen conjuntamente como un factor de cohesión en un grupo social determinado o, dicho de otro modo, que ambos sirvan al fortalecimiento de los lazos sociales. Cuando los imperativos del superyó se han inscrito en la subjetividad, es decir, cuando la mayoría de los sujetos que integran la sociedad han incorporado las normas que regulan la convivencia, las instituciones que los mismos hombres se han dado son el marco dentro del cual se resuelven los conflictos, pero como advierte Jacques-Alain Miller, cuanto más se apunta a la norma más debe el sujeto pagar el precio del retorno del amo. Por el contrario, se puede constatar que la declinación del padre —enunciada y anunciada por el psicoanálisis desde hace mucho tiempo— tiene su correlato en lo que el magistrado y profesor de la École National de la Magistrature de Francia, Denis Salas, ha descrito como un proceso de «desimbolización de las instituciones»; un debilitamiento y en ciertos casos incluso una desaparición total o casi total no solo de la fuerza simbólica de las instituciones, sino de las instituciones mismas en las que el amo se encarna. En circunstancias críticas, inestables, se impone un real, que por definición es sin ley, donde los registros imaginario-simbólico-real que aun precariamente se mantenían anudados mediante la apelación a la ley y al significante paterno-institucional quedan desanudados.
Nunca la advertencia de Lacan de que no se puede hacer la clínica del sujeto sin hacer al mismo tiempo la clínica de la civilización, ha tenido tanta vigencia como en la actualidad, en la medida en que para abordar la subjetividad de la época es necesario conocer el contexto en el que esa subjetividad emerge. El orden social capitalista percibe que la sexualidad y el crimen, considerados ambos como espacios esencialmente problemáticos, deben ser estrechamente controlados a fin de que no se desborden hasta el punto de amenazar la estabilidad del sistema, porque —como ha observado René Girard— al igual que la violencia, el deseo sexual tiende a proyectarse sobre unos objetos de recambio cuando el objeto que lo atrae permanece inaccesible: el deslizamiento de la violencia a la sexualidad, y de la sexualidad a la violencia, se efectúa con gran facilidad en ambos sentidos, y el ejemplo más extremo y brutal de este binomio lo ofrecen las violaciones masivas ejecutadas por los vencedores sobre las mujeres de los vencidos en los conflictos bélicos, un arma de guerra utilizada sin distingos por todos los bandos. Como quiera que la dinámica propia del desarrollo capitalista se nutre de una masa de consumidores obedientes, y la acumulación cada vez mayor de recursos en un polo privilegiado habitado por los más ricos profundiza más y más el abismo de la desigualdad, es posible constatar una suerte de empuje al goce —alguien diría a la perversión generalizada—, a la satisfacción inmediata, de tal modo que la proximidad del sujeto con el objeto es el síntoma de la época: quienes pueden consumen, y quienes no pueden acceder a los gadgets y los productos que ofrece el mercado —para obturar la castración, dirá Lacan— agreden, hacen un pasaje al acto como una manera perversa de sostenerse atentado contra lo real-corporal: la exigencia de goce se traduce en nuevas formas de violencia y agresión. Esto supone que debemos tomar muy en cuenta el «efecto crisis», que no es solo económica, con la consiguiente sensación de incertidumbre y miedo no ya al futuro sino incluso al presente, y que se percibe —en palabras de Freud— como un fenómeno de angustia social: no conseguir trabajo, o temor a perder el que se tiene, aunque sea mal pagado; sacrificar una buena formación aceptando empleos por debajo de la cualificación, o marcharse a otro país, o integrarse en las filas del precariado, que es un eufemismo para nombrar la pobreza y la exclusión, a los sujetos resto que el sistema tritura.
III
…no hay más que eso, el lazo social.
Jacques Lacan
En sus cuatro discursos, Lacan desplegó las diferentes modalidades que concebía de la relación con el Otro, que representan diferentes formas de lazo social. Entre ellos, el discurso del amo es el que proporciona sustento a las instituciones, promueve las identificaciones y las diferencias, funda los grupos, homogeneizando y segregando los goces. Decir lazo social no significa, por tanto, aludir a la sintonía armoniosa y al amor como afecto, sino también al odio y la ambivalencia de sentimientos, a fenómenos de identificación colectiva como el que Freud estudia en Psicología de las masas y análisis del yo, pero también a la violencia y la guerra. Como señala Christiane Alberti, cuando Lacan habla del lazo social es para llamar la atención de que no se trata solo de un fenómeno de palabra, sino que son cuerpos hablantes los que están concernidos; un discurso que hace lazo y que permite mantener a los cuerpos juntos, allí donde su goce genera segregación. El lazo social atravesado por la violencia funciona como regulador de las relaciones entre individuos y grupos, refuerza la estratificación —la jerarquía establecida entre las clases y sectores sociales— o lucha por subvertirla. Esto se observa claramente entre aquellos colectivos más castigados por la desigualdad, donde la pretensión del amo de erigirse en una suerte de «padre social» ha fracasado, y los excluidos se identifican con el síntoma desarrollando una especie de comunitarismo identitario que desafía las imposiciones de la moral y las reglas de juego del poder, exhibiendo su marginalidad como un atributo. Los habitantes de las favelas brasileñas, los ranchitos colombianos o las villas miseria argentinas, no se articulan a través de significantes y mediaciones simbólicas como la ley, sino que las relaciones dentro del grupo y de este con el mundo exterior opera en forma de una altísima «condensación de goce» cuyas consecuencias —frecuentemente trágicas— son asumidas como normales, como un riesgo inherente a su posición de sujetos.
Hay situaciones en las que la violencia se presenta directa, brutalmente, y hay estados de violencia que en ocasiones preceden o anuncian el desencadenamiento de la violencia abierta, hasta ese instante latente. Cuando se instala con carácter estable lo que vulgarmente se define como un «clima de violencia», generalmente esto da cuenta de un malestar social que puede desembocar en un estallido, a menos que el poder que representa el amo y los grupos que se enfrentan a él consigan reformular la funcionalidad de los lazos sociales hasta entonces vigentes. En determinadas circunstancias el grado de violencia latente se conjuga en términos de pactos no escritos entre quienes —al menos formalmente— representan el poder coactivo del Estado, y ciertos colectivos, en algunos casos organizados y en otros informales, cuya mera existencia constituye un desafío al orden social y sin embargo es tolerada en la medida en que sus acciones no traspasen ciertos límites. Un ejemplo es el fenómeno del funk brasileño, la música que nació en las favelas de Rio de Janeiro a finales de los años ochenta y que se ha extendido a San Pablo, donde reina en el barrio irónicamente bautizado como Paraisópolis, donde se dan cita negros y blancos pobres para bailar y escuchar las canciones con letras provocadoras en las que se glorifica a los narcotraficantes y se insulta a la policía. No se paga entrada, se mercadea y consume abiertamente marihuana y cocaína, y la policía se mantiene alejada aunque ocasionalmente interviene para hacer ver que no ha perdido por completo el control de la situación. En los hechos funciona como un caos organizado donde el verdadero control lo ejerce el autodenominado Primer Comando de la Capital, considerado el mayor grupo criminal de América Latina, con vínculos con la Camorra napolitana y la N´drangheta calabresa. Se calcula que el PCC tiene unos 35 000 miembros —se llaman hermanos entre sí— organizados en una estructura muy jerarquizada, con sus propios «tribunales de justicia» para imponer su ley tanto entre sus miembros como contra quienes les disputan su territorio. La represión violenta y sistemática de las manifestaciones culturales de origen africano, localizadas principalmente en las zonas habitadas por negros y blancos pobres, son parte de una política de Estado en Brasil tendente a contener dentro de ciertos límites las periódicas explosiones de protesta social a fin evitar su deriva violenta. Paradójicamente, durante la pandemia del Covid-19 que arrasó —literalmente— el país durante el año 2020, ante la inopia de las autoridades estatales y federales, fue el PCC quien se ocupó de disciplinar a la población a fin de evitar una mayor extensión del virus, tanto en las favelas de San Pablo como en Rio de Janeiro. Un fenómeno similar se ha dado en El Salvador —uno de los países más violentos del mundo—, donde son las maras las que imponen su autoridad de facto para que la gente no se exponga rompiendo el confinamiento en un país que cerrará el año 2020 con 20 muertos cada 100 000 habitantes. No son los únicos países donde son los criminales quienes aseguran un orden que les garantiza que su clientela no se pierda por culpa del virus.
Lo que ocurre dentro de las siempre saturadas prisiones latinoamericanas es otro ejemplo de hasta qué punto los lazos sociales que vinculan —aún a su pesar— a guardianes y presos, obedecen a un acuerdo recíproco de no agresión, a pesar de que periódicamente sobrevienen estallidos de una violencia salvaje en los que las principales víctimas son los internos, sea porque se matan entre sí o sea porque se amotinan y son reprimidos por los carceleros. Como en todo universo concentracionario, la prisión se rige por sus propias leyes, que los funcionarios por un lado y los presos organizados con sus propios líderes por otro, se ocupan de hacer cumplir, hasta el punto de que entre los muros de muchas de estas prisiones hay un espacio en el patio controlado por los internos que funciona como una pequeña ciudad donde muchos presos conviven con sus mujeres e hijos pequeños, disponiendo de tiendas bien surtidas donde se mercadea con toda clase de sustancias, se ejerce la prostitución sin cortapisas y los jefes de cada banda negocian el reparto de poder interno. El enorme crecimiento de las Iglesias evangélicas y la gran influencia que han adquirido en Latinoamérica, desplazando en muchos países a la Iglesia católica, se hace sentir también en las prisiones, donde predicadores de estos credos han tomado prácticamente el relevo de los guardianes. En Brasil, algunos gobiernos estatales han cedido el control de algunos centros penitenciarios en los que, aunque la dirección oficial la lleva un funcionario, la relación directa con los presos está a cargo de pastores que predican el Evangelio al tiempo que organizan talleres de trabajo con la mano de obra reclusa, convirtiendo la cárcel en una fábrica que produce beneficios económicos. El Panóptico proyectado a finales del siglo XVIII por Jeremy Bentham, que propuso al gobierno británico que le dejasen organizar el funcionamiento de las prisiones prometiendo que, además de seguras serían muy rentables, hecho realidad. En Argentina los predicadores evangélicos también han implantado su influencia en algunos centros penitenciarios, compartiendo espacio con las transas carcelarias que regulan las relaciones entre los internos y de estos con los guardias.
La violencia como instrumento funcional a los lazos sociales es tan antigua como las sociedades humanas. Se trata de un fenómeno que exige revisar el concepto de convivencia, que en demasiadas ocasiones se identifica con una paz social que nunca ha existido. La convivencia no tiene que ser necesariamente armónica, aunque el uso de este concepto —al que se atribuye un efecto taumatúrgico en consonancia con la buena conciencia impuesta por el discurso del amo— es tan discutible como el de la socorrida tolerancia. Como destaca el historiador británico J. H. Elliott,
La violencia era sin duda una forma de vida normal a comienzos de la Edad Moderna y se consideraba la guerra como una institución aceptada, más que como una desgraciada aberración de un largo ciclo de paz. Fueron la imposibilidad de resolver los problemas económicos y sociales creados por la superpoblación, junto con el colapso del consenso religioso de Europa y la fortuita debilidad de muchas monarquías, los factores que habían creado una situación en la que el Estado no era ya capaz de cumplir la función que se esperaba de él de reducir la violencia a unos niveles aceptados27.
Los Tratados de Westfalia, firmados a lo largo del año 1648, pusieron fin a las llamadas «guerras de religión» durante las cuales se cometieron tal cúmulo de atrocidades que, por lo que concierne a Francia, Diderot escribió que la mitad de la nación se bañaba piadosamente en la sangre de la otra mitad. Westfalia significó la fundación de los Estados laicos, la separación de poderes entre el Emperador y el Pontífice simbolizado en el axioma cuius regio, eius religió por el que los súbditos estaban obligados a profesar la fe de sus respectivos monarcas. Otro historiador, en este caso norteamericano, David Nirenberg, ha estudiado en profundidad las relaciones existentes entre las minorías judía y musulmana en un contexto mayoritariamente cristiano, como el imperante en la Corona de Aragón en el siglo XIV, mostrando cómo la violencia intracomunitaria y extracomunitaria cumplía una función estabilizadora que garantizaba la convivencia entre los grupos bajo el control del poder político, que cumplía una función arbitral28. En su obra canónica, René Girard ha explicado muy bien la relación entre la violencia y lo sagrado en las sociedades primitivas, y la función del sacrificio en aras de atemperar las consecuencias de la violencia descontrolada recurriendo al desplazamiento como medio de evitar el encadenamiento interminable de venganzas personales; la catarsis sacrificial tiene como objetivo impedir la propagación desordenada de la violencia a cambio de soportarla en cierto grado, porque
[…] solo es posible engañar a la violencia en la medida de que no se la prive de cualquier salida, o se le ofrezca algo que llevarse a la boca29.
Tanto la agresividad como la violencia son fenómenos transversales y transclínicos, lo que significa que sus protagonistas tienen orígenes sociales muy variados, y sus acciones pueden encuadrarse en el marco de las diversas estructuras psicopatológicas.
Reducir la violencia a unos niveles aceptables implica la existencia de una autoridad que cumpla una función arbitral entre los grupos enfrentados, de tal modo que excluya las guerras de exterminio, porque la guerra total, en cuanto persigue la aniquilación del enemigo, es la antítesis del lazo social, que solo se sostiene en base a la alteridad. No hay lazo posible sin el Otro.
De los tres elementos fundamentales, que según Max Weber, distinguen al Estado Moderno, dos muestran signos de estar en retroceso: la centralización del poder y el monopolio de la fuerza, mientras que el tercero, la burocracia como cuerpo técnico profesionalizado imprescindible para que la maquinaria funcione, no deja de crecer. La centralización supuso el fin de la fragmentación territorial y la consiguiente pérdida de poder de los señores feudales, debilitados al mismo tiempo por la desaparición de los ejércitos privados con los que se enfrentaban unos a otros, obligados a fundirse en una única fuerza armada bajo el mando de quien estuviera al frente del Estado. También está en crisis el concepto de soberanía, cuyos principios teóricos surgieron finales del siglo XVI y comienzos del XVII gracias a pensadores como Hobbes y Locke en Inglaterra y Bodin y Leyseau en Francia, naciones cuya unidad estaba ya consolidada, y que a partir de los Tratados de Westfalia se incorporó como una propiedad más del Estado Moderno. Desplegándose en dos direcciones complementarias, hacia dentro del Estado manteniendo el poder unificado y centralizado, y hacia el exterior, para regular las relaciones con las demás naciones; la noción de soberanía incorporada por el constitucionalismo liberal como residenciada en la voluntad de los ciudadanos, quienes la ejercen a través de sus representantes, choca con la complejidad de sociedades plurales en las que se cuestiona cada vez más la eficacia de los mecanismos de representación. La multiplicidad de asociaciones y grupos existentes en la sociedad civil en las que los sujetos se anudan a través de lazos sociales muy diversos —un hecho que en sí mismo habla de su vitalidad—, potenciados por las posibilidades de comunicación e intercambio que ofrecen las redes, ha transformado la relación entre la ciudadanía y el poder convirtiendo el sistema político en una poliarquía, lo que supone una recolocación de las identidades y una modificación de la relación entre la sociedad política y la sociedad civil que conduce a una construcción transversal de la subjetividad. Ya no es posible en un régimen democrático tomar las decisiones que conciernen a asuntos importantes como si se tratara de un ukase, un decreto real al que los sujetos han de obedecer porque así lo ha decidido la autoridad, por legítima que sea, como se ha demostrado a lo largo del último decenio en diferentes países donde ciertas decisiones gubernamentales han sido y son cuestionadas por la vía de los hechos, al margen de las instituciones.
En la actualidad, en muchos países del mundo, tanto en Occidente como en otras latitudes, asistimos a un retroceso de los poderes centralizados, en una relación de constante tensión con las resistencias con las que esos poderes resisten el embate. Francia —un paradigma de verticalidad política y administrativa— representa un ejemplo de hasta qué punto el empuje de movilizaciones ciudadanas que rápidamente se transforman en protesta social, sin que obedezcan a un liderazgo individualizado o se identifiquen con una determinada ideología, más allá de un vago libertarismo, pueden de pronto transformar el panorama político. El sindicalismo francés, con una larga tradición de lucha y una gran capacidad organizativa se vio sorprendido por una movilización inorgánica, sin una dirección, capaz de alcanzar una masa crítica que ponga contra las cuerdas al poder, como se ha comprobado con los llamados chalecos amarillos. Algo similar ocurrió en Chile cuando las calles fueron ocupadas durante meses por multitudes indignadas por el aumento de la desigualdad y la tenacidad del gobierno de derechas en mantener la política económica diseñada durante la dictadura de Pinochet. Estos movimientos han podido gestarse y manifestarse gracias a la presencia de dos factores: en primer lugar, la magnitud de la precarización y pérdida de calidad de vida de ciertos colectivos sociales que, sin adscribirse a una clase social determinada y gracias precisamente a esa transversalidad, arrastran a otros grupos que suman sus propias reivindicaciones a las que dieron origen a la protesta; y en segundo lugar, el papel alcanzado por la utilización extensiva de las redes sociales, tanto para compartir las respectivas demandas como para convocar las manifestaciones en las calles con apenas minutos de antelación. El descontento por las malas condiciones de vida en los barrios periféricos de París y otras ciudades francesas —la malaise des banlieues— desató en el año 2005 una violencia destructiva espontánea por parte de sus habitantes, en su mayoría migrantes o descendientes de migrantes, centrada en la quema de vehículos y ataques a edificios públicos que la policía sofocó sin contemplaciones con una violencia represiva aún mayor.
Aunque aquellos acontecimientos no tenían en común más que el rechazo a unas condiciones de vida insoportables, y su carácter espontáneo e inorgánico, junto a ciertas medidas paliativas adoptadas por la Administración, hicieron de ellos un episodio pasajero. Muy diferente es la naturaleza de la protesta iniciada por los «chalecos amarillos», que pese a no disponer de una organización ni de una dirección unificada, ha conseguido estar presente en las calles de las principales ciudades y muchos pueblos de Francia —cuya violencia también se ha cebado en la destrucción de mobiliario urbano, transportes públicos y privados, tiendas y escaparates—, y que finalmente ha conseguido integrarse en un gigantesco movimiento huelguístico pacífico cuyo detonante fue el intento gubernamental de modificar el régimen de pensiones, en el que participan cientos de miles de trabajadores, incluidos sectores importantes de las clases medias. Su tenacidad reivindicativa ha hecho retroceder al gobierno, que ha aparcado la reforma, al menos momentáneamente, aunque el presidente Macron ha insistido en que no renunciará a imponerla30. También en Chile el actual Gobierno de la derecha ha debido replantearse su política social —en especial con una mejora de las pensiones y la revisión del coste de los estudios universitarios— y forzado a prometer una investigación de los brutales excesos represivos que han dejado muertos y cientos de heridos, algunos de ellos gravemente mutilados, además de las agresiones sexuales protagonizadas por los Carabineros —una fuerza policial militarizada— contra manifestantes detenidos, mientras está en marcha el proceso de reforma de la Constitución heredada del pinochetismo.
Aunque aún es pronto para comprobar el grado de profundidad que sin duda tendrán los efectos sociales y políticos —además de los económicos— desatados por la pandemia del Covid-19 que comenzó a finales del año 2019 y que el mundo continúa padeciendo, nadie debería sorprenderse si en muchos países la movilización de colectivos de humillados y ofendidos por la precariedad y la desigualdad, por la exclusión, el paro o sencillamente la pérdida de calidad de vida extraigan la conclusión de que la única vía para forzar al poder a reformular el contrato social es el empleo de la violencia. De hecho, se constata una multiplicación de la violencia como instrumento de acción política en muchos países que, sin estar en guerra —como sí lo están Siria, Yemen o Libia— grupos sociales muy diversos llevan adelante sus reivindicaciones políticas, sociales y económicas desafiando las prohibiciones y la represión policial, desde Hong Kong hasta el Líbano, que está cada vez más cerca de convertirse en un Estado fallido. Ante el empuje de lo que Jacques-Alain Miller ha denominado la hipermodernidad, donde el goce ha reemplazado al ideal, parece que aún existen quienes se resisten a que sus vidas sean dirigidas con los criterios de la biopolítica y el neoliberalismo. Si bien no parece probable que se plantee algo similar a una situación revolucionaria o prerevolucionaria en los términos que la caracterizaba Lenin a comienzos del siglo XX, siempre hay que tener presente que cuando una protesta social que ha alcanzado una masa crítica se solapa con una crisis política, las consecuencias sistémicas pueden quedar fuera de control.
Los sucesos que han conmocionado a los Estados Unidos y a buena parte del resto del mundo después del asesinato de George Floyd, un ciudadano negro de 46 años, por policías blancos en Minneapolis el 25 de mayo de 2020, constituyen un buen ejemplo del carácter explosivo que puede alcanzar una acumulación de agravios que, en el caso de la comunidad afroamericana se remonta hasta el año 1619, cuando desembarcaron en Norteamérica los primeros esclavos.
El movimiento «Black Lives Matter» —Las vidas negras importan— surgió en los Estados Unidos en 2013 en ocasión del asesinato del joven negro Trayvon Martin por el policía blanco George Zimmerman, que fue absuelto del crimen. Alicia Garza, una de sus fundadoras, lo define como una reacción a la forma en la que los ciudadanos negros son privados sistemáticamente en su país de sus derechos humanos básicos y de su dignidad, empezando por su propia vida a manos de la violencia institucional representada por agentes de policía blancos. Black Lives Matter es tributario de los movimientos precedentes, desde el Black Power hasta la Asociación Pro Derechos de los Afroamericanos y la cruzada iniciada por el reverendo Martin Luther King, un movimiento transversal en el que confluyen la protesta social que generó «Occupy Wall Street» y la lucha feminista de «MeToo». La circunstancia de que al asesinato de Floyd le siguieran más muertes de ciudadanos negros a manos de policías blancos en diversas ciudades de los EE UU no solo ha potenciado las protestas en ese país —cuyos cimientos originarios se basan en la esclavitud y el exterminio sistemático de la población nativa—, sino que las mismas se han extendido por muchos otros países en forma de inmensa ola antirracista. La diferencia con los demás países es que el racismo no es un fenómeno coyuntural en EE UU, sino estructural, por lo que la derrota de los Estados esclavistas en la Guerra Civil que acabó en 1865 no modificó sustancialmente la situación económica, social y política de los negros norteamericanos, como ha quedado registrado en la mejor literatura norteamericana desde Walt Whitman y Henry David Thoreau —ambos activos abolicionistas—, y continuando en el siglo XX con Upton Sinclair, William Faulkner, Tennesse Williams, John Dos Passos, F. Scott Fitzgerald, Sinclair Lewis, John Steinbeck, Carson Mc Cullers, Harper Lee y Ernest Hemingway. Y, obviamente, también entre los escritores negros como Richard Wright, James Baldwin, Ralph Ellison, Toni Morris, Alice Walker y Colson Whitehead, ganador de dos Premios Pulitzer consecutivos en 2017 y 2020. Todos ellos, y muchos otros, han dejado en sus textos testimonios más o menos explícitos de la discriminación racial que les fue impuesta a los negros norteamericanos. El historiador Philip Jenkins, en su Breve historia de los Estados Unidos, relata las restricciones impuestas para impedir el sufragio negro, complementadas a comienzos del siglo XX con las llamadas «leyes Jim Crow», que establecieron la segregación racial formal y completa en todos los servicios públicos, y los años que van desde 1890 a 1925 fueron el momento álgido de la aplicación de la «Ley de Lynch». Recién a partir de 1964, con la Ley de Derechos Civiles del presidente Lyndon Johnson, quedó prohibida la discriminación en los transportes públicos y el empleo, aunque las limitaciones legales que impedían la participación política de los negros se mantuvieron hasta la aprobación, un año después, de la Ley federal sobre el Derecho al Voto. Y como quiera que las leyes electorales son competencia de cada Estado de la Unión, después de las elecciones del 3 de noviembre de 2020 en varios de los antiguos feudos esclavistas, como Georgia, se están modificando los requisitos para votar en desmedro de los derechos de las minorías.
Pese a las incertezas del futuro inmediato, es muy pertinente la reflexión que en forma de interrogante se ha formulado Olivia Muñoz-Rojas,
¿Estamos ante la aceptación cultural de la violencia colectiva como elemento latente que contribuye a garantizar el equilibrio de poder entre la mayoría social y la minoría que gobierna?31
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