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Niño santo

Luis Maura


Primera edición: enero de 2022

NIÑO SANTO © 2022 Luis Maura

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-124665-1-5

eISBN: 978-84-124665-9-1

Depósito legal: M-33953-2021

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Niño santo es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

A mis padres, por darme la tierra en la que echar raíces.

A mi hermano Fabián, por dejarme crecer a su sombra.

A mi hermana Lola, por ayudarme a florecer.

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella».

San Mateo, 16:18

«He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz».

Santa Teresa de Jesús

Contenido

I. Mono de feria

II. El cerdo y la Virgen

III. Agua y chocolate

IV. Flores secas

V. El intruso

VI. Tormenta de verano

VII. Aprender a nadar

VIII. Limpio sobre limpio

IX. De sangre y de tierra

X. Polvo y ceniza

XI. Melocotón en almíbar

XII. El veneno

XIII. Falsos ídolos

Agradecimientos

TÍTULOS DE DOS BIGOTES

I.Mono de feria

A mi padre nunca le gustó mi foto de comunión. En ella lucía un traje blanco con una cruz de Santiago roja bordada en el pecho y una fila de brillantes botones a cada lado, hombreras con ribetes dorados y un cordón doble, también dorado, que caía formando una elegante curva, desde mi hombro derecho hasta mi cuello. El traje no era exactamente blanco, sino de color marfil. Era un pequeño príncipe sujetando un cáliz de oro entre sus manos. Un niño de ojos verdes con la mirada impoluta, libre de pecado. Las mejillas sonrosadas y los labios apretados levemente, preparado para recibir a Dios en mi cuerpo.

A mi padre nunca le gustó mi foto de comunión porque parecía que tenía el pelo cano, o eso decía él. En la imagen se podía observar una pequeña mancha de luz blanca en la zona de la coronilla, que contrastaba con el resto, castaño claro. La culpa había sido de los focos del estudio fotográfico en el que me la hicieron, pero a mi padre aquello le sirvió de excusa para negarse a colgarla en el salón. Mi madre lloró durante días.

Aquella foto representaba fielmente lo crédulo e inocente que era, lo ilusionado que estaba por hacer la Primera Comunión, lo feliz que me hacía pertenecer a la Santa Iglesia. En aquel momento, en el preciso instante en que la cámara hizo clic, yo era probablemente el niño más bueno sobre la faz de la Tierra.

Un niño santo.

—¿Qué quieres ser de mayor, Pedro? —me dijo un día en clase la Señorita Mari Sierra. Yo ya contaba con once años. Siendo más pequeño, ante la misma pregunta hecha por otra maestra, había respondido que quería ser pintor. «¿De pincel o de brocha gorda?», había añadido ella. Pensé entonces en los frescos de la Capilla Sixtina que aparecían en mi libro de Religión y deduje que aquel artista había tenido que usar algo más contundente que un simple pincel. «De brocha gorda», fue mi respuesta final y toda la clase, animada por la maestra, se rio de mí. Aquellas burlas truncaron mi primera vocación real y, con el tiempo, me busqué otra.

—Quiero ser santo.

—¡Eso está muy bien! —dijo ella, sorprendida y llena de júbilo—. Pero para ser santo primero hay que ser mártir. ¿Estarías dispuesto a morir por Jesucristo?

—Sí —dije, convencido y sonriente, porque sabía que eso era lo que la Señorita Mari Sierra deseaba oír. Obviamente, yo no quería morir. Llegado el momento, ya veríamos lo que haría si me viera en la tesitura de tener que elegir entre Cristo o mi propia vida.

Educado en el catolicismo, como la mayoría de los niños españoles nacidos en los ochenta, crecí pensando que existían el Cielo y el Infierno, incluso el Purgatorio. A pesar de tener un comportamiento impecable, ser agradecido y trabajador, daba por hecho que, el día que muriese, iba a pasar una temporada en él. Mis pecados eran muy leves: discutir con mis padres o con mi hermano, decir palabrotas o sentir envidia cuando alguien sacaba mejores notas. No robaba. No mentía. No me metía en líos. Y aun así, seguramente debido a alguna homilía del sacerdote o a algún comentario de la catequista, sabía que iría al Purgatorio porque «todos cometemos pecados». Me lo habían dejado clarísimo. Como el que comete un delito, yo sabía que tendría que permanecer una temporada en esa especie de prisión gris donde las almas flotan en el vacío, antes de acceder por fin al Reino de los Cielos. Era un trámite que todo el mundo tenía que pasar mientras esperaba a ser juzgado. O, al menos, eso es lo que me había hecho creer la Señorita Mari Sierra.

María Sierra Páez era maestra en un pequeño pueblo de la provincia de Toledo. Yo nací y crecí en ese lugar rodeado de montes, que era muy verde en primavera, cuando corrían los arroyos, y muy amarillo en verano, cuando solo se oía el inagotable cantar de la chicharra. Su labor docente era importante, pero Mari Sierra era conocida sobre todo por ser la beata del pueblo. A sus cincuenta años ya tenía todo el pelo blanco, pero siempre parecía recién salida de la peluquería y, cuando atravesaba los pasillos del colegio, dejaba un rastro de olor a laca que tardaba siglos en desaparecer. Unas finas gafas redondas le enmarcaban los ojos, cansados de tanto rezar, y siempre vestía un traje de chaqueta azul marino. Llevaba un pequeño crucifijo de oro al cuello. Solíamos copiar en sus exámenes de Geografía y ella no se enteraba, o fingía que no lo hacía. Hasta yo, que era la moralidad hecha carne, sacaba el libro en mitad del examen para copiar las respuestas. Una vez nos confesó que se bañaba a oscuras para no verse desnuda, porque era pecado. De forma paradójica, debido a su mote familiar, la llamábamos «la guarrilla».

—¿Por qué quieres ser santo? —Se inclinó sobre mi mesa al acabar la clase, mientras el resto de niños se dirigía de manera atropellada al patio.

—No sé. Leí un libro sobre niños santos y, simplemente, lo supe.

El libro en cuestión era un objeto nacarado con los bordes de las páginas dorados y un cierre metálico que hacía clic. Mi madre lo llevaba en sus diminutas manos el día de su comunión. Salía en todas las fotos con él, junto a un rosario larguísimo que casi le llegaba a los pies. Era precioso. Sin duda, poseía un gran valor sentimental para ella. Lo tenía guardado en el cajón de su tocador, rodeado de pañuelos de seda, broches con forma de libélula, jabones de colores y mis dientes de leche dentro de una cajita de metal.

—Eso se llama vocación. No sabes lo contenta que me pone que me digas esto, Pedro. Siempre supe que eras especial —me dijo.

Fue en ese preciso instante cuando la guarrilla me fichó para su Ejército de Salvación. Apuntó mentalmente mi nombre en una libreta imaginaria nacarada de bordes dorados.

—¿Te interesaría echar una mano en misa? —preguntó, sonriente.

A mis once años, y teniendo en cuenta que el momento más excitante de mi vida había sido mi Primera Comunión, estaba como loco por volver a la iglesia. Le dije que sí sin pestañear.

—¡No! —gritó mi padre. Su voz grave se clavó en la pared como una alcayata gigante, haciendo retumbar el gotelé.

—¿Por qué no? A él le hace ilusión… —abogó mi madre por mí con el ceño fruncido, mientras dejaba de golpe la cuchara encima de la mesa, salpicando de potaje la camiseta de mi hermano mayor.

—¡Mama! —se quejó él.

—Cállate, Lucas. Luego te la lavo.

—He dicho que no y es que no. No quiero que vistan a mi hijo como un mono de feria. ¡Monaguillo! —dijo, con desprecio—. Ahí, puesto en medio, delante de todo el mundo, disfrazado con faldas. ¡Y trabajando gratis para el cura!

—¡A Don Evaristo no lo metas en esto!

—Qué obsesión tienes con Don Evaristo, con Dios y con la madre del cordero.

Yo observaba de reojo en silencio, agazapado detrás del plato, mientras fingía contemplar una albóndiga demasiado grande para ser engullida de un solo bocado. La notaba en la garganta, cortándome la respiración, a pesar de que seguía en el plato, como una isla desierta, rodeada de un espeso líquido anaranjado.

—¡No blasfemes, por favor! ¡Y menos delante de los niños!

—Los niños ya son grandes para saber que todo eso son…

Mi madre, a gran velocidad, alargó el brazo para taparle la boca a mi padre con una servilleta de tela. Nos miraba con una expresión aterrorizada, intentando leernos las caras para adivinar nuestros pensamientos. Mi padre la apartó de un manotazo. Parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas. Se levantó de la mesa sin decir ni pío y abandonó la habitación sin haber terminado su plato.

—Venga, comeos el potaje, que se enfría —dijo mi madre, mientras recogía la servilleta del suelo y comenzaba a doblarla sobre su regazo, incapaz de levantar la mirada.

Después, ya solo se oyó el crepitar de la leña ardiendo dentro de la estufa.

Mi padre, Santiago García, no era creyente. Decía que todo eso del Cielo y el Infierno eran milongas y que los curas eran unos vagos que no querían trabajar. Era carpintero y tenía cicatrices en los brazos porque a veces, sin querer, se cortaba. Gajes del oficio. Tenía las manos grandes y fuertes. Era muy moreno, de piel y de pelo, y sus ojos eran tan marrones como la materia prima con la que trabajaba. Tenía ojos de madera.

A sus treinta y tres años, y con dos hijos a su cargo, solo había salido del pueblo en una ocasión: cuando lo mandaron a Melilla a realizar el servicio militar. Al poco tiempo de volver, se casó con mi madre y no volvió a salir. No sé qué pudo pasar para que renegase del mundo de aquella manera. A veces me escondía en la buhardilla para revisar viejos álbumes y contemplar las fotos en blanco y negro de su estancia en Melilla. Yo no podía ubicar esa ciudad en el mapa, pero sabía que mi padre había vivido allí, ya que había infinidad de documentos gráficos que lo demostraban. Lo veía vestido con el uniforme, besando una bandera, tocando una corneta, sujetando un fusil, riendo con sus compañeros o metido en el agua hasta los muslos con un bañador muy ceñido, lo cual me sorprendía bastante, ya que mi padre no sabía nadar. Me parecía muy arriesgado meterse en el mar sin saber si se va a poder volver a salir. A veces soñaba que se ahogaba y se hundía en las profundidades.

Yo heredé los ojos de mi madre, María Sánchez, y con ellos, tal vez, su forma de ver el mundo. Sus ojos eran verde mar. Sin embargo, paradojas de la vida, este nunca se había visto reflejado en su mirada. Ansiaba contemplar el océano, pero mi padre le había dicho que no era para tanto, que se quitara esa idea de la cabeza, que no tenían el dinero ni el tiempo suficientes para ir de vacaciones tan lejos. Y punto. Entonces ella, mustia, se sentaba bajo la ventana y se ponía a leer su Biblia. Murmuraba cosas que parecían plegarias, pero yo creo que a veces, en lugar de rezar, lo que hacía en realidad era criticar a mi padre por lo bajo, sin atreverse a levantar la voz.

Mi madre tenía varias manías. Por ejemplo, cerraba todas las puertas con llave, incluidos los armarios de la cocina. Cada vez que nos iba a regañar por algo a mí o a Lucas, antes de hablar, se escondía de manera compulsiva un mechón de pelo detrás de la oreja con un rápido gesto de la mano. Estornudaba de manera muy aguda, siempre tres veces, y a nosotros nos hacía mucha gracia. Le gustaba tararear mientras cocinaba. Se inventaba coplas. A veces decía las cosas cantando. Tenía la voz dulce. Cuando leía, se llevaba el dedo índice a la boca y se mojaba la punta con saliva antes de pasar la página. Leía muy rápido porque siempre leía el mismo libro, las Sagradas Escrituras, y ya se lo sabía casi de memoria. Cuando bajaba a la cuadra para dar de comer al cerdo, le hablaba como si este la fuese a entender. Tenía largas conversaciones con él. Cuando iba al patio a buscar leña para la estufa, entraba en el pequeño cobertizo y se quedaba un buen rato allí dentro, llorando a escondidas. Encerrada bajo llave.

Pese a la oposición de mi padre, al final me hice monaguillo. Nunca olvidaré el brillo en los ojos de mi madre cuando me vio con los ornamentos puestos. La túnica roja me quedaba como un guante, como si me la hubieran hecho a medida. La sobrepelliz de fina tela blanca que llevaba por encima, aunque demasiado amplia para mi gusto, era exactamente igual que la de Don Evaristo, lo cual me hacía parecer una pequeña copia suya, un sacerdote en miniatura.

Don Evaristo tendría unos cincuenta años. Era regordete, estaba medio calvo y ya habían comenzado a salirle pelillos blancos de las orejas. Siempre estaba muy serio, pero de vez en cuando, sin venir a cuento, contaba chistes. Eran muy malos. Te los contaba y, luego, para más inri, te los explicaba. Tenía la nariz muy grande y, cuando se ponía las gafas de leer, parecía que llevaba unas gafas con una nariz pegada, de esas que solo puedes comprar en una tienda de disfraces. Dos pobladas cejas negras sobrevolaban sus ojos saltones y tenía una muela de oro. Cuando pensaba que estaba solo en la sacristía, cantaba arias en italiano. Yo me escondía detrás del biombo y, embelesado, le escuchaba entonar Nessun dorma.

Los primeros días no me enteraba de la misa la media, pero poco a poco fui espabilando. Mi trabajo consistía en ayudar al cura en todo lo que necesitase antes, durante y después de la ceremonia. Le ayudaba a vestirse y a desvestirse, sacaba las obleas de sus envoltorios y las dejaba preparadas encima del altar, iba a la bodega a comprar el vino que más tarde echaba en las vinajeras doradas, limpiaba el polvo de las esculturas de vírgenes y santos, algo que me fascinaba, e incluso tocaba las campanas.

Prácticamente vivía en la iglesia. Después del colegio, me pasaba las tardes en la casa del Señor. Y los fines de semana iba a todas las misas. Me las sabía de memoria y, de haberse puesto enfermo Don Evaristo en alguna ocasión, creo que podría haberlas oficiado yo mismo. Quería ser santo y no podía estar más cerca de Dios que pasando tantas horas en su templo. Mi madre tampoco se perdía una y siempre me saludaba con la cabeza desde el primer banco. Lucas venía obligado a algunas, pero en cuanto ella se daba la vuelta, se escapaba para salir a darle patadas a algún balón o pegarse con alguien. Estaba claro que Lucas se parecía más a mi padre, físicamente y también de carácter, mientras que yo era el vivo retrato de mi madre. Estaba hecho a su imagen y semejanza. Era carne de su carne. No cabía duda.

Mis compañeros de clase empezaron a reírse de mí. Al principio me llamaban «monaguillo» con el propósito de ofenderme, pero no lo conseguían porque yo estaba muy orgulloso de servir a Dios. Además, la Señorita Mari Sierra siempre me defendía y castigaba a los que se metían conmigo. Era su favorito. Como veían que con aquello no me enfadaba, empezaron a llamarme «mona», la hembra del mono, y a imitar el sonido de dicho animal a mi paso. Eso ya me gustaba menos. Sabía que tenía que poner la otra mejilla, hacer oídos sordos a las críticas ponzoñosas y perdonar a mis ofensores, pero no era una tarea fácil. Esas dos sílabas se me clavaban en las sienes y resonaban durante horas dentro de mi cabeza porque, cuando salíamos al recreo, no paraban de repetirlas.

—MO-NA-MO-NA-MO-NA… —coreaban los niños en el patio, haciendo un círculo a mi alrededor. Alguno se atrevía a darme un empujón. Los más osados, incluso me daban alguna colleja. Entendía a la perfección lo que podía llegar a sentir un condenado a muerte de camino al cadalso. Me transformaba en Jesucristo en dirección al Calvario. Solo era cuestión de tiempo que me arrancasen la ropa y me clavasen en una cruz. El tiempo de recreo era mi viacrucis personal.

—¡Meapilas! —me gritaba Antonio.

—¡Eres el novio del cura! —me señalaba Diego con su dedo índice, acusador.

Yo callaba, pero a veces no lo soportaba más y me echaba a llorar. Entonces ellos se reían y decían que era un flojo y un cobarde. La escuela puede ser un lugar muy cruel.

No se metían solo conmigo, todo el mundo tenía un mote. «El carapato», por la forma de sus labios. «La empollona», porque sacaba buenas notas. «El caraculo», por feo. «La piruja», porque parecía una bruja. «La ballena», por gorda… Dentro de lo malo, incluso había tenido suerte con el mío, pero las cosas iban a cambiar. De repente dejé de ser «el mona», por monaguillo, para convertirme en algo nuevo, algo peor. No sabía por qué, pero ellos habían visto algo en mí que yo no acertaba a contemplar.

Una mañana que llegué demasiado pronto al colegio, mi supuesto grupo de amigos, todo chicos, quiso gastarme una broma. Decidieron esconderse y empezar a insultarme desde el callejón que había detrás del gimnasio.

—¡Monaaaa! —gritaban varias voces, al unísono. A mí no me hacía gracia, pero ya me había acostumbrado y no les hice mucho caso. Como vieron que no me afectaba, decidieron probar otros insultos.

—¡Mariiiicaaaa! —vocearon. Ya no decían monaguillo. Mi mote había cambiado y no había vuelta atrás. Pensé en mi hermano Lucas y me avergoncé por ser incapaz de reaccionar. Él nunca habría permitido una ofensa de ese tipo. Habría repartido un par de puñetazos antes de que sus oponentes se hubiesen atrevido a decir esta boca es mía. Pero ni Lucas, ni mi madre, ni la Señorita Mari Sierra estaban allí para defenderme. Tenía que plantarle cara al problema yo solo.

—¡Mariiiicaaaa! —chillaron de nuevo, entre risas. Me pareció reconocer la voz de Diego esta vez. Me acerqué presuroso al callejón, dispuesto a enfrentarme a ellos como Jesús a los mercaderes del templo. Al verme venir, corrieron para darle la vuelta al edificio. Fui en la otra dirección, tratando de interceptarles el paso, con un valor inusitado en mí, influido tal vez por la Gracia Divina.

Llegaron antes que yo al otro lado y desde la esquina del edificio, asomando solo algunas partes de su cuerpo (un ojo aquí, otro allá, una oreja, un brazo), reemprendieron su ataque.

—¡Monaaaa! —dijo una voz grave.

—¡Maricaaaa! —gritó otra, más aguda.

Y después, las risas, las carcajadas. El dolor punzante de una lanza atravesando mi costado. Ese amasijo de miembros, esa amalgama de ojos, bocas y lenguas cargadas de veneno, era Legión para mí. Tenía el poder de mil demonios. Me abría las carnes y me aceleraba el corazón, que estaba a punto de salírseme por la boca.

Avancé en su dirección y ellos volvieron a esconderse. En vez de intentar cortarles el paso por el otro lado, esta vez decidí perseguirlos, con todas mis energías. Era un ratón en un laberinto corriendo detrás de un grupo de gatos callejeros. Daba grandes zancadas por el angosto pasillo, luchando por alcanzarlos, de camino a mi propia perdición.

—¡HIJOS DE PUTA! —grité con todas mis fuerzas, como poseído. No pensé en las palabras que estaban saliendo de mi boca. Simplemente dejé pasar el aire por mis cuerdas vocales y articulé sonidos, pero no era consciente de lo que decía. Se pararon en seco y giraron sobre sus pies. Eran solo tres: Diego, Antonio y Mario. Por fin le veía la cara al dragón. Parecía que iba a abrasarme con su fuego. Sin embargo, algo había cambiado en su mirada. Estaban completamente serios. No esperaban que contraatacase. El juego había dejado de ser divertido.

—Pídenos disculpas —exigió Diego, que era el más chulo de los tres.

—No pienso hacerlo —dije, sacando un valor escondido durante años en el fondo de mi pecho, como un fósil enterrado bajo capas y más capas de tierra. Me temblaban las piernas y creía que iba a desmayarme en cualquier momento.

—Nos has insultado —escupió Antonio.

—Y vosotros a mí.

—No es lo mismo —de nuevo, Diego—. Has insultado a nuestras madres.

—Ojalá supieran ellas lo que estáis haciendo.

—Pídenos perdón —volvió a insistir, amenazador.

—Vosotros primero.

Entonces sonó la sirena y decidieron irse a clase, farfullando cosas ininteligibles o que yo no quise entender. Los vi alejarse por el callejón mientras protegía con una mano mis ojos de los rayos del sol, que brillaban con más fuerza que nunca.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», pensé.

Aturdido aún por lo sucedido, me pregunté qué habría pasado si Jesús hubiese perdido los nervios y, harto, hubiese tirado al suelo la cruz que llevaba a las espaldas. ¿Qué habría pasado si, en lugar de aceptar su destino y morir por nuestros pecados, se hubiese rebelado contra los romanos? Luego me di cuenta de que mis pensamientos eran bastante blasfemos y sacudí la cabeza para sacarlos de ahí.

Con la única idea de ir a confesarme lo antes posible, aceleré el paso y me dirigí al aula. Llegaba tarde a clase de Religión.

II.El cerdo y la Virgen

El silencio sepulcral de la iglesia hacía que el sonido de una mosca pareciese el de un helicóptero. Antes de retirarse a la sacristía, Don Evaristo me había pedido que barriera el suelo mientras él contaba el dinero del cepillo. Acabábamos de tener una misa de difuntos porque hacía justo un mes que se había muerto una tía lejana de la Señorita Mari Sierra. A mí se me hacía un poco raro pedir limosna en una ceremonia así, pero acataba las órdenes del cura sin rechistar. Avanzaba con pasos muy cortos, circunspecto, a lo largo de la nave, mientras se repetía el sonido metálico de las monedas cayendo en el cesto. Clin. Clin. Y yo bajaba la cabeza en señal de agradecimiento cada vez que algún feligrés contribuía a la causa. Clin. Clin. Clin. Asistieron muchas personas aquella tarde, por lo que había mucho dinero que contar.

Mientras Don Evaristo construía pequeñas torres con la recaudación del cepillo, yo empujaba por el suelo otro tipo de cepillo, uno de gruesas cerdas, para hacer desaparecer los pelos y las pelusas que la gente había traído de fuera. Barría con especial atención debajo de los reclinatorios, que era donde más se enganchaban.

Me movía con soltura y ágiles movimientos entre lirios y gladiolos, iluminado por cientos de velas, observado desde lo alto por los ojos inmóviles de las vírgenes y los santos que iba encontrando a mi paso. Fue entonces cuando lo vi. Más bien, cuando sentí su presencia. Lo miré de soslayo y noté unos dedos helados acariciándome la espalda de repente. Me asusté y se me cayó la escoba, provocando lo que a mí me pareció un estruendo. Miré a la puerta de la sacristía por si Don Evaristo aparecía de golpe, pero no debió de oírlo, concentrado como estaba en su tarea matemática.

Cogí el cepillo y me giré con lentitud hacia el foco de mi turbación: el Cristo de la Humildad, la última talla adquirida por la parroquia, una figura de casi dos metros que representaba a Jesús momentos antes de su crucifixión. Vestido únicamente con un trapo mal anudado alrededor de su cintura, cubriendo solo su sexo, miraba al suelo cabizbajo, apenado. Me miraba a mí, que tenía la cabeza a la altura de sus pies desnudos, llenos de rasguños, atados con una soga a una columna.

Parado frente a él, escoba en mano, contemplé con detalle su dulce rostro, su nariz fina y su barba espesa. Tenía los ojos de color avellana y algunas gotas de sangre recorrían su frente y su cuello. Me produjo mucha ternura. Representaba a la perfección un cuerpo masculino, los abdominales y los pectorales bien marcados, con una línea recta que iba del esternón al ombligo, más oscuro que el resto del cuerpo. Las venas de sus brazos le hacían parecer un hombre de verdad, como si fuera a moverse de un momento a otro.

Yo no había visto muchos cuerpos de hombres desnudos. Había visto a algún futbolista quitarse la camiseta para celebrar un gol o a mi padre al salir de la ducha, pero nada más. En alguna película sí, claro, pero no tan cerca. Nunca tan cerca. Casi podía notar una respiración entrecortada que yo creía suya, pero en realidad era la mía. Deseaba acercarme a él y, cual Verónica, enjugar sus lágrimas, limpiar su sudor y sus heridas con un paño húmedo.

Me acerqué con sigilo a sus pies, sin apartar ni un segundo la mirada de sus profundos ojos marrones, tan vivos que parecían humanos. Por el rabillo del ojo veía su sombra, gigantesca, proyectada en el fondo de terciopelo rojo de su hornacina. De haber estado a mi altura, me habría abrazado a él para compartir su dolor, para que Él compartiera el mío. Nos habríamos fundido en un solo ser. Los dos, hijos de un carpintero, los dos, hijos de María. Ambos, destinados a sufrir.

Me limité a besar sus pies con lentitud, con los ojos cerrados, esperando encontrar en ellos el consuelo que no hallaba en mi corazón. Pensé en lo que dirían mis compañeros si me vieran besando una estatua. Pensé en lo que diría mi padre. Deseé que, en vez de besar sus pies, mis labios estuviesen besando su boca.

—Es precioso —dijo Don Evaristo a mi espalda, rescatándome de golpe de mi ensoñación. No supe qué responder. Cualquier cosa que dijera podía revelar mis verdaderos sentimientos. Sabía que tenía que ocultarlos a toda costa.

—Quieres mucho a Jesucristo. ¿Verdad, hijo? —añadió, muy serio.

—Sí —logré articular.

—Él también te quiere a ti. Fíjate en cómo te observa.

Los dos miramos hacia arriba y, de repente, me sentí juzgado. Quise huir.

—Cuánto amor hay en sus ojos —añadió Don Evaristo—. Es la figura más cara que tenemos. Cuando la vi, no me pude resistir. Tenía que ser mía.

Yo estaba tan petrificado como el Cristo. Asentí con la cabeza, como pude.

—Ya está bien por hoy. Venga, vámonos —dijo el cura, poniéndome la mano en el hombro—. ¿A que no sabes qué hace un mudo bailando?

Pestañeé. No estaba preparado para uno de sus chistes.

—¡Una mudanza!

Sonreí con timidez.

—Pero venga, ¡muévete!, que pareces Fray Escoba.

Cuando llegué a casa, nada más cruzar el umbral, mi padre me ordenó que bajara a darle de comer al guarro. Todavía no me había perdonado por meterme a monaguillo. Él sabía que no me gustaba ir a la cuadra. Me daba miedo que el cerdo me mordiera un dedo, o incluso la mano, en su afán por engullir todo lo que caía del capacho casi antes de que tocara el suelo. Las sobras de nuestra comida. Verduras en mal estado. Pan duro. Cortezas de árbol. Todo. Sería capaz de comerse hasta a sus propias crías, de haberlas tenido. Pero era un macho. Mi madre lo llamaba Antoñito. Le tenía mucho cariño.

Antoñito era un poco más grande que yo. Tenía las orejas puntiagudas, los ojos achinados y un enorme culo rosa y peludo. Cada vez que abría la boca emitía un sonido similar al de los ronquidos de mi padre. No hacía oink-oink, como me habían enseñado en preescolar, sino que rugía. Su sonido recordaba al de un volcán entrando en erupción, a los truenos en medio de una tormenta, al tractor del tío Luis arando los campos.

Cuando me veía llegar con el capacho negro se ponía a chillar de manera estridente, histérico, y yo tenía que verter con urgencia el contenido por encima de la portezuela, para poder taparme los oídos mientras lo observaba devorar las sobras.

Nunca olvidaré sus chillidos el día de la matanza. Sus alaridos me acompañaron durante mucho tiempo y se colaron en mis pesadillas. El sonido de la muerte. Su voz porcina pidiendo auxilio al notar el filo del cuchillo en la garganta. La sangre cayendo a borbotones, roja, espesa. Luego, el silencio. Y los sollozos de mi madre ahogados en una almohada, mordida con rabia hasta hacer sangrar las encías.

Estuve varios días planteándome si existía un Cielo para los cerdos. Nosotros, al morir, podíamos ir al Paraíso, pero nadie me había explicado dónde iban los cerdos. Un día se lo pregunté a Don Evaristo.

—¡Qué cosas tienes! ¿Adónde van a ir? ¡A nuestra barriga! —añadió con júbilo.

Me puso bastante triste pensar que no existía la vida eterna para los cerdos. Me pareció un destino muy cruel pasarse la vida comiendo para luego ser devorado por otros.

—Ya se está poniendo muy gordo. Casi no cabe en la cuadra.

—¿No podemos esperar un año más? —imploró mi madre, mirando a los ojos a su marido.

—No.

—¿Por qué eres así?

—Los cerdos se comen. No son mascotas.

—Solo te estoy pidiendo un poco de tiempo.

—No hay tiempo que valga. Además, tenemos la despensa vacía. ¿Tú sabes la de chorizos y morcillas que podemos hacer con él?

—Es una criatura de Dios —susurró mi madre, sabiendo que su plegaria caería en saco roto.

—¡Es un cerdo! Ya sabías lo que le iba a pasar desde el primer día.

Mi madre, con los ojos vidriosos, se levantó y salió por la puerta del saloncito. Mi padre siguió comiendo, algo contrariado. Lucas y yo nos miramos absortos, con la tenue luz de la bombilla desnuda alumbrándonos las caras. Una vez más, solo se oían los palos ardiendo dentro de la estufa y una mosca sobrevolando nuestras cabezas. Seguimos comiendo.

Me sentí tremendamente culpable. El mayor pecador sobre la faz de la Tierra. Yo había rezado para que Antoñito desapareciera de nuestras vidas. De rodillas, antes de meterme en la cama, le había pedido al Señor que hiciera desaparecer al cerdo. Me daba miedo. Me daba asco. Me daba envidia. Mi madre le hablaba con dulzura, se metía en la cuadra con él, aun sabiendo que se mancharía el vestido, para acariciarle el lomo mientras comía. Le cantaba. Hacía tanto tiempo que no me cantaba, que no me dejaba dormir con ella cuando mi padre se iba de caza de madrugada o se quedaba traspuesto en el sofá. Me decía que ya era mayor para meterme en su cama. Que quien se acuesta con niños, amanece mojado. Yo no entendía muy bien a qué se refería. Me había hecho pis en la cama alguna vez, sí, pero hacía mucho que eso no sucedía.

Echaba de menos sus besos, sus caricias, sus nanas. De pequeño, me cantaba muchas. Recuerdo sobre todo una muy triste, sobre el Niño Dios, que se había perdido y andaba pidiendo por el mundo. Por lo visto, había llegado a pedir a casa de un caballero y, allí que lo vieron, le achucharon los perros. Y el Niño Dios lloraba preguntando qué había hecho él para merecer eso. Más o menos. Cuando mi madre no me hacía caso, sentía que el niño abandonado del que hablaba la canción era yo mismo.

Leía mi Biblia resumida con ilustraciones cada noche antes de irme a dormir. Me encantaban las historias del Antiguo Testamento en las que los hombres soñaban con Dios y este les decía que eran los elegidos. Noé, Abraham, Moisés y Salomón poblaban mis fantasías y, a veces, dibujaba sus historias en cómics a los pies de la escalera. Lucas se burlaba de mí por leer y me exigía que apagase la luz. A veces me lanzaba con fuerza una almohada a la cara. O amenazaba con regarme con el contenido del orinal que tenía bajo la cama.

Otras veces era él quien se acostaba con una revista y la hojeaba boquiabierto. Había mujeres en camisón en la portada y Lucas la leía solo con una mano. Decía que tenía frío y que por eso solo sacaba una de entre las sábanas, pero se comportaba de un modo extraño. Yo fruncía el ceño y lo observaba por encima de las páginas de mi pesado libro. Entonces él me gritaba que dejase de mirarlo o me daría una paliza. Deprisa, me giraba en la cama y me ponía de cara a la pared, apretando mucho los párpados para que el sueño llegase cuanto antes. Sabía que era capaz de cumplir sus amenazas porque una de sus mayores aficiones era darme puñetazos en los brazos. Para él se trataba de un juego, pero a mí me aterrorizaba notar sus nudillos hundiéndose en mi escuálido cuerpo. Lucas tenía dos años más que yo y me sacaba dos cabezas, tenía la nariz afilada, la tez morena y los ojos demasiado abiertos, como si acabara de ocurrirle algo sorprendente que no se atreviera a contar. De hecho, era bastante parco en palabras. Parecía haber heredado por completo el carácter austero del campesino manchego que ha pasado más tiempo entre animales que entre personas. Era un chico muy bruto y un poco peculiar, pero uno no elige a sus hermanos.

Recuerdo como si fuera ayer el día que mi padre nos quiso enseñar a partir leña. Estábamos en pleno invierno y quedaban ya muy pocos ceporros en el cobertizo. Lucas y yo, enfundados en dos gorros de lana hechos a mano, seguíamos a nuestro padre por las calles desiertas hasta la finca de un vecino. Este había talado unos cuantos árboles y nos iba a regalar la leña que sacáramos porque le debía un favor a mi padre, pero teníamos que cortarla nosotros mismos.

Caminábamos a pocos metros de él. El filo del hacha sobre su hombro recibía los rayos de sol y los proyectaba de manera directa contra nuestros ojos, obligándonos a cerrarlos y a avanzar casi a ciegas. Los pájaros cantaban y mi padre les contestaba con un silbido alegre. Estaba feliz. Nos iba a enseñar cosas de hombres. A Lucas le emocionaba la idea de empuñar un arma. Por el pueblo corrían historias de gente que había matado a otra a hachazos y eso le fascinaba.

—¡Mírame! Soy Tomasín —decía, levantando el hacha en el aire con cara de loco.

Tomasín era un vecino que vivía con su madre y que un día, de repente, decidió abrirle la cabeza. Se la encontraron despatarrada delante de la chimenea con un hacha incrustada en el cráneo y un reguero de sangre alrededor. Al principio la dieron por muerta, claro, pero una vecina muy cotilla, la Manoli, que se había colado en la casa para fisgarlo todo, se dio cuenta de que todavía respiraba y se la llevaron corriendo al hospital. Al final logró sobrevivir y, a pesar de las secuelas, se recuperó como pudo. Dicen que fue un milagro de San Judas Tadeo, de quien la señora era devota. Para más inri, uno de los símbolos que porta dicho santo, además de la medalla con la cara de Cristo y la llama sobre la cabeza, es un hacha.

—Es para mear y no echar gota —oí decir a uno de los viejos que siempre estaban en la plaza comentando los sucesos del pueblo.

—¡Jódete y baila! —le contestó otro.

Los hermanos de Tomasín metieron a la madre en una residencia de Toledo y a él lo acabaron ingresando en un centro psiquiátrico. Sabíamos de sobra que su casa estaba abandonada, pero cada vez que pasábamos por delante no podíamos evitar llamar a la puerta, con una mezcla entre horror e ilusión, deseando que el loco saliera persiguiéndonos blandiendo su hacha.

Mi padre se la quitó de las manos a Lucas con un gesto rápido y brusco. Yo contemplaba sus brazos robustos, acostumbrados a cortar madera, y sabía que no los había heredado. Los míos eran delgaduchos y demasiado largos. Lucas, sin embargo, los tenía más fuertes y proporcionados. Sin duda, compartía código genético con él. Un día tendría su mismo aspecto.

Recordé un relato de mi Biblia resumida en el que Jacob, para recibir la bendición paterna, tuvo que fingir que era su hermano Esaú, poniéndose la ropa de este y una piel de cabritillo por encima que simulaba el vello corporal. Supe que esa sería la única manera de sentirme apreciado por mi padre: aparentar ser otro.

Estaba claro que a Lucas se le iba a dar bien cortar leña, al igual que cualquier otra actividad física. Todo lo contrario que a mí.

—No tienes ni idea. ¡Quita!

Lucas me dio un leve empujón y yo caí al suelo, golpeándome con el hacha en la espinilla. No me corté ni nada, fue un golpe tonto, pero el dolor se extendió por todo mi cuerpo con velocidad. Tirado en el suelo junto al pedazo de madera que debía haber partido en dos, chillé. Apreté mucho los dientes. Me mordí el puño para no hacerlo pero, al final, lloré. Mi hermano se reía y miraba a mi padre, que también sonreía, desde las alturas.

Seguí llorando, agobiado por no haber sido capaz de dar el golpe en el lugar adecuado, echando de menos a mi madre con toda mi alma, rezando para ser tan fuerte como ellos y no sentirme como lo que era: un auténtico fracasado.

—Tus manos no están hechas para el trabajo físico —me intentó consolar mi madre, después de enterrarme en mantas y darme una taza de azúcar tostada. Era el remedio casero que me daba siempre que estaba resfriado. Y a mí me encantaba.

—¿Y para qué están hechas entonces? —pregunté, tosiendo, con las lágrimas asomadas a los ojos.

—¡Mírame! Tú no eres como tu hermano o como tu padre. ¡No eres un bruto! Dios te ha elegido para que guíes a otros, no para partir leña.

Sus palabras me reconfortaban. Tal vez llevara razón, era posible que Dios me tuviese preparado un destino en el que usar un hacha fuera algo secundario, sin importancia.

—Mama, ¿me cantas una canción?

—Ya eres mayor para nanas, cariño.

—Por favor —imploré, entre toses.

Se puso de pie y me miró sin pestañear. Se asomó a la puerta, para asegurarse de que estábamos solos, y volvió a sentarse a mi lado.

Entonces comenzó a entonar una nana muy dulce. Su voz era el azúcar derretida diluyéndose en el agua caliente y yo me dejaba mecer por su cantinela hasta que el sueño se apoderó de mí. Esa noche soñé que Dios me hablaba. No llegaba a ver su cara, pero sin duda era Él. No recuerdo qué me decía, pero sí la sensación de paz que inundaba todo mi cuerpo.

A la mañana siguiente descubrí que me había meado encima. Lucas se estuvo burlando de mí semanas enteras. Por las noches, rezaba para que no me volviera a ocurrir y también para que le pasaran cosas malas a mi hermano; yo también quería reírme de él.

Tenía cientos de estampitas de vírgenes y santos en una caja de zapatos debajo de la cama, incluidas imágenes de Jesucristo muy diversas. En todas salía guapísimo: con el pelo largo y la barba tupida, los ojos grandes y la sonrisa más benévola del universo. Las tengo grabadas a fuego en mi memoria y podría dibujarlas con los ojos cerrados, de tantas veces que las contemplé, sentado en la escalera del patio, mientras mi madre barría con energía y arrancaba las hojas muertas de las macetas.

Jugaba con ellas como si fuesen cromos. Me inventaba historias en las que la Virgen del Carmen era novia de San Antonio y se iban de vacaciones a Benidorm. No quería ser blasfemo, pero la imaginación a veces me traicionaba y acababa montándome verdaderas películas. Los otros niños jugaban con coches, tanques, soldados, indios y vaqueros de plástico. Yo prefería a las vírgenes, con sus largas melenas y sus labios sonrosados. Las admiraba como si fueran actrices de Hollywood y, nada más ver una de mis estampas, reconocía enseguida de qué virgen se trataba y en qué municipio la adoraban. Era como tener muchas madres. La mía a veces me regañaba porque la molestaba y me tenía que quitar del medio para que ella pudiera fregar. Estas otras madres, todas ellas, eternas y divinas, eran benevolentes y preciosas. Estas madres no llevaban un mandil puesto todo el día, ni chillaban para que bajase a comer. Todas ellas eran la misma: María, mi madre verdadera. Eso afirmaban la Señorita Mari Sierra y Don Evaristo. Eso ponía en mi catecismo. Eso decía, incluso, mi otra madre.

Cuando no quería que nadie me viera jugar, me escondía en la buhardilla. Estaba al final de la escalera, en la planta de arriba, junto a los dormitorios. Para acceder a ella, había que subir un par de escalones, muy altos, y cruzar una puerta de madera que tenía un respiradero en la parte de arriba. Podías acercar el ojo y contemplar su interior a través de dicha rejilla, pero solo se veía un antiguo fresco que representaba el bautismo de Cristo. El dibujo estaba bastante mal hecho, la verdad, pero me fascinaba tener en casa un espacio íntimo, decorado como si fuese una capilla. Ese fresco rectangular y alargado no era el único; había otros. Cuando abrías la puerta y cruzabas el polvoriento umbral, tenías que agachar la cabeza para no golpeártela con el quicio, de lo diminuto que era el acceso. Incluso yo, que todavía no era muy alto por aquella época, tenía que agacharme un poco al entrar porque ya me había llevado más de un golpe en la sesera.

Aquel espacio era tan tétrico que Lucas y yo lo llamábamos «la cámara de las brujas», y decíamos que estaba encantado. Al principio tenía miedo y nunca habría osado entrar de noche, pero poco a poco se fue convirtiendo en mi refugio. Me pasaba horas muertas allí, iluminado por los rayos de sol que atravesaban una parte del tejado hecha con uralita transparente. En verano me asaba de calor, pero me sentía feliz de estar lejos de todos y de todo. Protegido. El suelo era de tierra y dejaba entrever las gruesas vigas de madera que constituían la estructura de la casa. Había otras que iban de pared a pared, a la altura de mi cabeza, por lo que debía tener cuidado de no golpearme con ellas.

Junto al fresco del Bautismo de Cristo, había otro de dos hombres frente a un campo verde, mirando hacia lo lejos como si estuviesen buscando algo. En la pared de enfrente, una paloma blanca con las alas abiertas: el Espíritu Santo. Todos los frescos tenían un tono triste; parecía como si hubieran usado solamente tres colores: blanco roto, verde aceituna y un rojo apagado que recordaba a las rosas marchitas. En mi casa, la buhardilla no le interesaba a nadie y solo servía para acumular trastos y la dote que mi madre había decidido prepararnos a mí y a mi hermano; pijamas de lino, vajillas y cuberterías se apilaban dentro de dos baúles enormes, a la espera de nuestro exilio de la casa paterna.

Era un espacio lúgubre, pero especial y, lo más importante, solo mío. Lo supe desde el momento en que vi el fresco de la pared principal, el que presidía la habitación y, sin duda, tenía más importancia que el resto, el que había sido pintado con mayor delicadeza que los demás: un retrato de la Virgen Milagrosa. Se trataba de una representación de María de pie, con las manos extendidas y dos rayos de luz emergiendo de las mismas. Bajo uno de sus pies descalzos se podía ver la serpiente vencida. Tenía la mirada serena y doce estrellas blancas alrededor de su cabeza, adornada con una corona de oro. Su belleza era espectacular. Me transmitía una paz inmensa y me dejaba boquiabierto cada vez que la veía. Me sentía el niño más afortunado del mundo por tener mi propia Virgen en casa, solo para mí.

—Mama, ¿quién pintó el mural de la Virgen que hay en la cámara?

—Esos frescos son muy antiguos, de antes de la guerra.

—¿Qué guerra?

—La Guerra Civil. En este pueblo nos pasó un poco de refilón. A nadie le interesaban estas tierras, pero sí que se llevaron a los hombres al frente. ¿Sabes que cada uno de tus abuelos luchó en un bando distinto? Mi padre, que en paz descanse, iba con Negrín y tu otro abuelo, Dios lo tenga en su gloria, con Franco.

—¿Quién ganó?

—Todo el mundo pierde cuando sucede algo así —dijo, santiguándose.

—¿Los abuelos murieron en la guerra?

—No. Murieron de cáncer, muchos años después.

—¿Por eso las abuelas van siempre vestidas de negro?

—Sí, hijo, están de luto. Y así van a seguir hasta el día que se mueran, por respeto a sus maridos. Esta familia tiene una larga tradición de viudas.

—Yo no me quiero casar.

—¿Y eso?

—Para no morirme.

Mi madre se rio como hacía tiempo que no la había oído hacerlo.

—¿Entonces no sabes quién pintó la Virgen que hay en la cámara?

—Alguien con mucha fe.

Luego me contó que, cuando entraron a vivir en esa casa, encontraron el suelo de la buhardilla lleno de agujeros. Me dijo que esos huecos, ahora vacíos, habían contenido pequeños tesoros durante la guerra. La gente tenía mucho miedo a perder lo poco que había conseguido ahorrar, las joyas de la familia o las fotografías de sus seres queridos. Hacían pequeños hatos y le pedían a la dueña de la vivienda que, por favor, escondiera sus pertenencias lo mejor posible. La propietaria era una señora gallega muy beata que había venido hasta nuestra tierra por amor, pero que se había quedado viuda a los pocos años. Todos sabían de su buen corazón y que nunca le negaba a nadie un plato de comida, por lo que se ganó el apodo de «la Partepan». Después de la guerra, algunos volvieron a recuperarlos, pero muchos otros sufrieron la misma suerte que sus bienes, quedando sepultados bajo capas de tierra y polvo, olvidados para siempre.

Al comprar la casa, mi padre rellenó de nuevo todos los agujeros, pero mi madre temía que hubiese quedado algún tesoro por descubrir y, el día menos pensado, apareciese alguien reclamando las pertenencias de sus antepasados. A mí me daba miedo que la Partepan hubiese ocultado gente durante la guerra, que estos no hubiesen logrado sobrevivir y sus cadáveres permanecieran todavía tras los muros. Eso podría explicar el olor a rancio que lo impregnaba todo, pero no los murales religiosos. En ocasiones pensaba que las pinturas las había realizado ella. Otras veces, creía que las había hecho el mismo Dios, o alguno de sus ángeles, para marcarme el camino a seguir.

III.Agua y chocolate

En mi familia nunca íbamos de viaje. Mi escenario siempre tenía los mismos decorados: el colegio, la casa, la iglesia y la carpintería de mi padre. Como mucho, íbamos al río en verano o, de vez en cuando, al campo a visitar a mi tío Luis, que era pastor de cabras y tenía una finca a las afueras del pueblo. Por eso me sorprendió tanto cuando mi madre, vestida con su traje de los domingos, me dijo que nos íbamos de excursión.

El autobús estaba aparcado en la plaza, con el maletero abierto y una gran cantidad de mujeres arremolinadas en torno a él. Llevaban unas enormes garrafas de plástico vacías con los nombres de sus dueñas escritos a rotulador en la superficie. Desconfiadas, las introducían con rapidez en el maletero del vehículo y subían a toda prisa para coger sitio. Mi madre también llevaba una garrafa en cada mano y me había obligado a cargar con otra más pequeña. Yo caminaba ligero, balanceándola en el aire, loco de contento por salir del pueblo.

—¿Dónde vamos? —le dije.

—A ver a la Virgen —me contestó.

Nada podía hacerme más ilusión. Resulta que a unos setenta kilómetros de mi pueblo, en medio de un valle, la Virgen se le había aparecido a un pastor. Le dijo que hiciera un agujero en el suelo, del cual brotaría un manantial sagrado. Así lo hizo y, tal como ella le había indicado, del orificio comenzó a salir un líquido cristalino, puro e inagotable. Cuando el pastor contó lo sucedido, la gente corrió como loca hacia aquel lugar para comprobar que la historia era cierta. Enseguida levantaron una pequeña capilla con la imagen de Nuestra Señora de los Milagros para honorarla. Los fieles comenzaron a peregrinar hasta aquel lugar perdido entre montes con el único deseo de probar el agua y, con muchísima suerte, ver a María. Tuvieron que construir unos baños públicos para toda aquella gente que decidía acercarse al lugar de la aparición.

Como todo el mundo iba buscando agua, instalaron una fuente con muchos grifos para que los peregrinos pudieran llevarse, de forma gratuita, toda la que quisieran. Luego empezaron a cobrar donativos para el mantenimiento de las instalaciones y, más tarde, una especie de limosna obligatoria para las beatas que, técnicamente, vivían allí, encargadas de vigilar la fuente día y noche, organizar los turnos de visitas y limpiar un complejo que no paraba de crecer. Para escalonar el acceso a los grifos sagrados, habían construido en el suelo un pequeño canal serpenteante hecho de cemento por el que fluía el agua. Las mujeres, que estaban obligadas a llevar falda larga y un pañuelo sobre la cabeza, caminaban descalzas a paso de tortuga por dicho recorrido mientras rezaban el Rosario de forma ininterrumpida. Al final del camino podían acceder a la fuente central y llenar sus garrafas. Recuerdo cómo unas mujeres sedientas se abalanzaban a degustar el sagrado elixir como si la vida les fuera en ello. Se lavaban las manos, la cara, el cuello, los senos. Al principio con ansia, luego, con delicadeza. Decían que la gente sanaba al beber esa agua o al aplicársela en las heridas. Nunca olvidaré su sabor metálico ni la sensación de que algo divino estaba entrando en mi cuerpo. Me sentía en comunión con Cristo y más unido que nunca a María.

Miraba a todos lados, queriendo entender lo que ocurría, absorber todos los detalles. Tragaba agua, pero con ella engullía también las vidas de aquel gentío, sus anhelos más profundos, sus deseos de curación de enfermedades, ya fueran propias o ajenas. Recé por aquellas personas, para que se cumplieran sus deseos. Pedí también que aquel líquido me hiciera mejor hijo, mejor hermano, más sabio y más fuerte.

Un señor con sombrero detrás de un tenderete exhibía extrañas fotografías del cielo. Afirmaba que si uno retrataba el firmamento a la hora del Ángelus, la silueta de la Virgen era captada por el objetivo. Luego vendía dichas instantáneas a un módico precio. También vendía medallas de la Virgen de los Milagros con las manos extendidas y el manto sobre la cabeza, como la de mi buhardilla, velas y todo tipo de estampas.

Las mujeres entonaban canciones a María y yo me sentía parte de algo grande. Miré al sol, animado por las feligresas, y creí ver el rostro de María en lo alto. Cerré los ojos y ahí estaba mi dulce madre celestial, sonriéndome solo a mí.

—La veo, mama.

—¿Qué dices, Pedro?

—¡Viva la Virgen de los Milagros! —gritaba con fuerza una mujer bajita y rechoncha.

—¡Viva! —le contestaban exultantes decenas de voces femeninas. Y se ponían a cantar.

Lo más increíble fue lo que ocurrió después. En mi pueblo no habían elegido al azar la fecha para organizar aquella excursión. Por lo visto, ese mismo día iba a visitar el santuario José Manuel, un joven de unos dieciocho años que había entrado en contacto directo con la Virgen. Según decía, se le había aparecido para declararle su intención de hablar a través de él, de usarlo como medio de comunicación con el mundo.

José Manuel aparecía por allí de vez en cuando, se escondía en un cuartucho con las persianas bajadas y se sentaba frente a un micrófono. Era un hombre muy alto, con ojos de sapo y los labios carnosos. No lo llegué a ver en persona, pero repartían estampas en sepia con su cara, como si fuese un santo más. Al fin y al cabo, había sido elegido por María para hacernos llegar su mensaje; era un ser tocado por la Gracia de Dios.

Recuerdo a todas las mujeres en fila, mirando ilusionadas un viejo altavoz en lo alto de una pared desconchada, con las manos en posición de rezo. Recuerdo el vaivén de los rosarios colgando en sus manos y los pies descalzos, húmedos, sobre el cemento. Recuerdo el sonido metálico de la respiración de José Manuel, fantasmagórica, muy lenta y profunda, como si le faltase el aire entre frase y frase.

—Hijos míos… —decía. Y las allí reunidas, porque se trataba sobre todo de mujeres, chillaban como si estuvieran en un concierto de su artista favorito.

Respiraba como si se estuviese ahogando y nunca sabíamos cuál de sus palabras iba a ser la última, cuándo se iba a perder la conexión.

Apenas recuerdo lo que decía, pero se trataba de un mensaje de paz. La Virgen quería que nos amásemos los unos a los otros. Nos decía, a través de la voz grave de José Manuel, que había que obrar bien en la vida, ya que el fin estaba cerca. También que para acceder al Reino de los Cielos, había que ser buenos cristianos. Algo así decía. Nada que no nos hubieran dicho ya en la escuela o en la iglesia.

Pasadas unas semanas desde nuestra excursión al santuario, oí decir a mi vecina Juana que si congelabas el agua bendita, la Virgen se aparecía en el hielo. En cuanto lo escuché, corrí a casa a realizar el experimento. Sabiéndome uno de sus hijos predilectos, estaba convencido de que María se manifestaría ante mí, así que cogí una de las pesadas garrafas que había bajo el fregadero y, como pude, llené una botellita sin etiqueta que encontré en el mueble de la cocina. La metí en el congelador y, un par de horas más tarde, abrí la puerta para comprobar si el milagro se había hecho realidad. Al principio no vi nada. Había sido demasiado impaciente y el agua de la botella no se había congelado por completo. La extraje, la giré y la observé desde todos sus ángulos. Nada. Mi madre me descubrió y me preguntó qué hacía. Sabía que la idea de poner a prueba mi fe de aquella manera no iba a gustarle, pero necesitaba comprobar si lo que decía la Juana era verdad.

—Déjamela a mí —dijo, quitándome con sumo cuidado la botella de las manos. La observó entonces con mucha calma y, a mi parecer, con gran fervor.

—Mírala —dijo, mostrándome unas formas en el hielo en las que yo no había reparado.

—¿Dónde? —quise saber, tímido, de pie sobre los baldosines verdes. Ella, a mi lado y de rodillas, sostenía el envase como si se tratara de la joya más delicada. La giraba frente a mis ojos para mostrarme el ángulo perfecto en el que yo también fuera capaz de visualizarla. El repetitivo sonido mecánico del congelador abierto y el frío que emanaba de su interior lograban crear un momento de tensión único; seguía sin ver a la Virgen.

—Está como en una especie de roca. ¿Ves? Es una Virgen Niña. Mira, este es el manto, esta es la cara… Fíjate en las manos juntas, en oración.

—¡La veo!

Le di un fuerte abrazo a mi madre y, juntos, lloramos de alegría. María había decidido transmutarse ante nosotros para agradecernos nuestra fe incondicional. Estábamos presenciando un pequeño milagro helado. No había duda: la Virgen quería que yo la viera. Quizá, algún día, me eligiese para hablar a través de mí, como había hecho con José Manuel.

El día que cumplí doce años mi padre se presentó en casa con una caja de zapatos agujereada. La dejó encima de la mesa camilla del saloncito y pude ver cómo se movía un par de centímetros sobre el tapete de ganchillo, como por arte de magia. Más que moverse, la caja saltaba. Daba pequeños brincos y parecía que se iba a abrir de un momento a otro.

—¡Corre, ábrela! —me dijo, mientras daba el primer sorbo de su botellín.

—¿Es para mí? —balbuceé, más por miedo que por despiste.

—¿De quién es el cumpleaños hoy? —Me guiñó un ojo y brindó conmigo en el aire.

Decidido, me aproximé a la mesa y la abrí de par en par. En ella había un pequeño pájaro de plumas negras y vientre blanco.

—Es una urraca. ¡Cógela!

La cogí entre mis manos y le acaricié la cabeza con suavidad. Mi padre me dijo que las urracas eran unos pájaros listísimos y que podían hablar. Al principio pensé que me estaba tomando el pelo. Sabía que los loros hablaban (la nieta de la Tía Petri tenía uno), pero desconocía la existencia de las urracas.

Con la ayuda de Lucas y los consejos de mis padres, la fui alimentando y enseñando trucos. La llamé Eva, en honor a la primera mujer. Daba gusto contemplar su plumaje azabache y su larga cola azul eléctrico. Crecía muy rápido y pronto empezó a decir sus primeras palabras.

—¡Hola Eva! —le decía.

—¡Hola Eva! —contestaba.

—¿Qué tal? —le preguntaba yo.

—¿Qué tal? —era su respuesta—. ¡Hola Eva! ¿Qué tal? —continuaba. A veces entraba en bucle y podía ponerse muy pesada, pero la quería muchísimo.

Eva vivía en una amplia jaula que le había construido mi padre, pero se pasaba la mayor parte del día fuera de ella, volando de un lado a otro. Incluso revoloteaba por el patio y se escondía entre las plantas.

—¡Hola Eva! —graznaba, antes de tirarse en picado desde lo alto de la barandilla y aterrizar en una de las macetas.

Lo cierto es que se cargó más de un geranio, pero le perdonábamos todo porque nos había robado el corazón. También nos robó otras cosas. Entraba y salía a su gusto de todas las habitaciones. Cogía los objetos que le llamaban la atención y los cambiaba de sitio o los escondía, sobre todo la bisutería de mamá y las figuritas de porcelana.

Tenía fijación con el Niño Jesús que había en la alcoba de mis padres. Era casi tan grande como ella y bastante pesado, pero eso no impedía que Eva lo cogiera entre sus patas y lo cambiara de sitio. De la cómoda a la cama. De la cama al armario. Del armario al sillón. Mi madre se volvía loca buscándolo y perseguía al pájaro por todas partes para que este confesara.

—¿Dónde está el Niño Jesús? —chillaba, fuera de sí.

—¡Niño Jesús! —contestaba Eva, imitando casi a la perfección su tono agudo.

Al final siempre lo encontraba y volvía a colocarlo en su tapete de croché encima del tocador.

Una vez, mientras Eva transportaba la figura, se le escurrió de entre las garras y cayó al suelo, abriéndose la cabeza. Corrí encá la Fabi, la tienda de ultramarinos que estaba al final de la calle, y me hice con un pegamento extrafuerte para intentar salvar la situación.

—¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué has hecho?! —repetía la urraca.

Lo decía una y otra vez con el mismo tono dramático que yo había usado. La mandaba callar, por miedo a que mi madre descubriera el pastel, mientras echaba pegamento en el falso cráneo del Niño Dios.

¿Sería pecado romper una figura del Niño Jesús? De lo que no había duda era de que mentirle a mi madre estaba mal, aunque fuera para ocultar el delito de Eva, pero no quería que tomara represalias. Le tenía manía al pobre pájaro desde que había salido de aquella caja de cartón.

Cuando descubrió las cicatrices en el rostro de la figura se llevó un disgusto, pero me agradeció que hubiera intentado repararla. Ahora, más que al hijo de Dios, el Niño Jesús se asemejaba a un pandillero de un barrio marginal. Parecía que iba a sacar una navaja del pañal en cualquier momento para robarte todo tu dinero.

Ese episodio fue un duro golpe en la relación entre Eva y mi madre, pero la cosa se agravó cuando, nadie supo explicar muy bien por qué, la urraca empezó a insultarla.

—¡Puta María! —decía, mirándola fijamente a los ojos.

Yo me quedé boquiabierto, al igual que ella. Lucas no podía contener la risa al verla persiguiendo al pájaro por toda la casa.

—¡La mato! —chillaba, escoba en mano, haciendo aspavientos.

—¡Puta María! ¡Puta María! —era la respuesta del pájaro, mientras volaba de un lado a otro, esquivando los golpes del cepillo.

Yo corría detrás de mi madre suplicando que la dejase en paz, preguntándome al mismo tiempo quién le habría enseñado aquello a mi mascota. Cuando se lo contamos a mi padre, se partió de risa.

—Es solo un pájaro. ¡Tranquila, mujer!

—¡De alguien lo habrá oído!

—A lo mejor de la vecina, vete tú a saber —contestaba él, ufano.

—¿Desde cuándo me llama puta la vecina? —Y luego se santiguaba porque había dicho una palabrota—. Un día me la voy a llevar al campo y la voy a echar a volar.

—¿A la vecina? —Seguía divirtiéndose mi padre—. ¿Pero cómo vas a hacer eso? ¡Si es una criatura de Dios!

—¡Una criatura del demonio! ¿A quién se le ocurre traer a una casa decente un bicho así, negro como la muerte? Es un pájaro de mal agüero. Nos va a traer mala suerte.

Luego cogió la Biblia y se fue a su alcoba a rezar.

Recuerdo que tenía sueños de lo más extraños cuando era pequeño. Tal vez fuera culpa de las películas que veía en aquel televisor de culo gordo, cuyos botones hacían clac cada vez que cambiaba de canal. Clac. Clac. Clac. Y paraba cuando veía una casa volando por los aires, girando de forma hipnótica, llevando a una niña con trenzas a una realidad paralela. Clac. Clac. Un perro gigante, mitad dragón, cabalgado por un niño. Clac. Un hombre en calzoncillos blancos, de pie frente a un espejo, besando de forma apasionada su propia imagen mientras una voz en off masculina le iba dando órdenes. Recuerdo el fundido en negro después de apagarla, asustado, sabiendo que eso que había visto era pecado, estaba mal y no debía volver a verlo. Sentirme extraño, convulso. Mirar el reloj del salón y ver lo tarde que era. Estar solo a oscuras en plena madrugada tras haberme quedado dormido en el sofá. El sonido del escay al despegarse de mi piel sudada. La leve luz anaranjada de los tizones que aún ardían dentro de la estufa. La certeza de que esa noche también iba a estar plagada de sueños.

A veces soñaba que me salían pelos en la lengua, fuertes y duros, como las cuerdas de una raqueta. Me crecían de manera imparable y me impedían hablar. Me ahogaba. Trataba de arrancármelos, pero crecían otros, cada vez más rápido, y la única forma de acabar con el maleficio era despertar. Salir de mi alcoba de noche, asomarme a la barandilla que daba al patio, iluminado por una luna llena de color azul, poner mis dedos sobre el pasamanos y levitar escaleras abajo. Ese se repetía con asiduidad. Era fantasmagórico. Un sueño añil en el que mis pies no tocaban los escalones. Levitaba. Prácticamente volaba escaleras abajo. Mi cuerpo flotaba, semidesnudo, acompañado por el sonido de los grillos. Algo acechaba en el patio. Un animal salvaje, quizás. Notaba el miedo, presentía el ataque y entonces me despertaba.

Mariposas negras. Una plaga de mariposas negras, rodeando un cuerpo de varón. El de mi padre, tal vez. Un señor de negro, cubierto de mariposas, mirándome a los ojos. Despertarme gritando, con la sensación de estar a punto de mearme encima. Sacar el orinal de debajo de la cama y descargar en él todo el contenido de mi vejiga, tratando de olvidar, de eliminar los malos augurios a través del pis.

Le contaba a Don Evaristo todos mis sueños con la esperanza de que él me ayudase a interpretarlos.

—Eso es que ves mucha tele —me decía, divertido, despeinándome con la mano.

—Levito, padre. Como Santa Teresa.

—No creas todo lo que dicen, Pedro.

—¿Me está diciendo que Santa Teresa no levitaba?

—¿Cómo voy a decir yo eso? —se defendía. Y los dos nos girábamos para contemplar la figura de la Santa, que disimulaba mirando al cielo con ojos vidriosos.

—Levito como los santos, Don…

—¡En sueños! —me interrumpía.

—Pero la Señorita Mari Sierra dice que, si soy muy bueno, puedo llegar a ser santo.

—La Señorita Mari Sierra tiene mucha fe. Demasiada.

—¿Entonces no voy a ser un niño santo? —Mis ojos y los de Santa Teresa, enrojecidos, eran los mismos.

—A lo mejor nuestro Señor tiene mejores planes para ti y no quiere que lo pases mal. Mira, Pedro, para ser santo hay que sufrir un martirio.

Aquello me hizo pensar en mi día a día en el patio del colegio. Cada recreo sufría todo tipo de insultos, empujones y collejas. Sabía por lo que habían pasado todas aquellas esculturas a las que tenía que quitarles el polvo. Entendía la mirada del bello San Sebastián, saeteado hasta la muerte, la expresión de dolor de San Lorenzo, asado vivo, el terror de Santa Águeda, a la que le amputaron los pechos. Los entendía, compartía su suplicio, los sentía muy cerca, dentro de mí. Formábamos parte del mismo club secreto. ¿Por qué no morir por Dios? El mundo tampoco me estaba dando demasiadas razones para seguir en él.

Entonces sucedió lo de mi tío Luis y el corazón me dio un vuelco. La vida me cogió por los hombros y me zarandeó hasta hacerme vomitar. De golpe, mis ideales cambiaron. Lo que más recuerdo es el olor de los churros al freírse y las luces de las atracciones infantiles de la feria. Mi padre, mi madre, Lucas y yo, sentados a una mesa de plástico cubierta por un mantel de papel. Una carpa rojiblanca, como la de un circo, sobre nuestras cabezas. Otras mesas con más comensales a nuestro alrededor, mojando churros y porras en vasitos de plástico llenos de chocolate hasta los bordes. Mi boca manchada de marrón. Lucas, devorando todo lo que caía en sus manos. Y tres hombres de traje gris parados frente a mi padre, con el semblante adusto y la mirada baja. Luego, susurros en su oído. Un vaso volcado, oscureciendo el mantel, impregnando cada fibra de papel con su dulce espesor. Un charco oscuro que cada vez se hacía más grande, hasta chorrear en el vestido salmón de mi madre. Ella que, habiendo captado lo que acaban de comunicarle a su marido, no se inmutaba. Inmóvil, por mucho que el calor del líquido vertido le ardiera en la nalga y a sabiendas de que la mancha le arruinaría la ropa. Pétrea, rodeada por la lava recién salida de un volcán.

Mi padre se levantó de repente, como un toro dispuesto a embestir, con la mirada perdida en la marea de gente que caminaba de arriba abajo. Su silla cayó al suelo, provocando un revuelo a nuestro alrededor. Se fue junto a aquellos hombres sin decir nada, veloz y sin mirar atrás, sin dar explicaciones. Yo no entendía qué sucedía. Necesitaba saber lo que le habían dicho y por qué había salido huyendo de aquella manera. Me puse muy pesado para que mi madre me contase lo que estaba ocurriendo. El tono de mi voz cada vez más agudo, implorando que se me tratase como a un adulto. Ya no quería subir a las atracciones. Solo quería que me revelasen la verdad. Mientras tanto, Lucas daba buena cuenta de los churros abandonados en el plato de mi padre.

—Es tu tío Luis.

—¿Qué le ha pasado?

—Se ha ahorcado.

Aquellos hombres habían venido a la feria a buscar a mi padre porque necesitaban a alguien de la familia para bajarlo de la encina en la que se había quitado la vida.

Cuando mi padre llegó a la finca de su hermano, el pastor, encontraron su cuerpo balanceándose levemente, mecido por el aire, junto al neumático en el que, años antes, se habían columpiado juntos. Mi padre se puso de rodillas frente al cuerpo sin vida de su hermano y gritó como un lobo atrapado en un cepo. Lloró como nunca y arrancó la tierra del suelo con violencia, esa maldita tierra negra que había decidido tragarse a su hermano pequeño para no devolvérselo nunca más.

Mi madre tuvo que lavar el pantalón varias veces para sacarle las manchas. Cuando lo observaba desde lo alto de la escalera, tendido sobre el patio en las cuerdas de la ropa, no podía quitarme de la cabeza la imagen del cadáver de mi tío, colgando de la encina familiar. Sus pies descalzos, iluminados por las linternas de los hombres trajeados para los que ya no habría feria. Mi padre, aferrado a la tierra con las uñas, incapaz de levantarse del suelo para ayudar a bajar a su hermano. La frialdad de su piel, la rigidez de sus miembros ateridos por la gélida noche manchega. Su pelo, movido por el viento durante un último instante.

Mi tío Luis era un hombre solitario y taciturno. Había nacido debajo de un olivo porque mi abuela vivía en el campo y, cuando se puso de parto, supo que no llegaría a tiempo al pueblo para pedir ayuda. Lo tuvo sola y se vio obligada a cortar el cordón umbilical con los dientes. Contaba que había nacido medio muerto porque lo traía enrollado alrededor del cuello. Qué ironía del destino, nacer debajo de un olivo y morir en lo alto de una encina. Era como si la soga alrededor de su cuello siempre hubiera estado ahí.

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9788412466591
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