Читать книгу: «La Corazonada»
© Luis Fader, 2025
ISBN 978-5-0068-3944-1
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Capítulo 1: Respirar

El invierno nuclear había levantado su manto de ceniza y horror. Dos años. Setecientos treinta días contados meticulosamente en las paredes de acero de su búnker, mientras afuera el mundo se moría de frío. Pero ahora, el dosímetro, ese aparato que había sido su oráculo personal durante tanto tiempo, marcaba unos niveles ínfimos, casi naturales. La radiación había desaparecido.
Robert, un hombre de treinta y ocho años con la prudencia tatuada en los ojos marrones y el cabello castaño oscuro ya salpicado de algunas canas prematuras, contempló la aguja. ¿Arriesgar o no arriesgar? Siempre lo había sentido, una corazonada sorda y persistente que le advirtió durante toda su vida anterior que el mundo de los mortales, ese que parecía sólido, se desmoronaría. Y se preparó para ello sabiendo que ningún manual, ningún plan, podía prepararlo para el momento de abrir la escotilla hacia la tan aterradora superficie.
Con un chasquido sibilante, la pesada puerta de metal de rindió ante su fuerza. La luz del día, pálida pero increíblemente real, lo cegó. Dio un paso fuera, sobre la tierra gridácea agobiada por el apocalipsis. Su traje antiradiación parecía una reliquia ridícula en la quietud del momento. Con un gesto que combinaba la temeridad y la necesidad suprema, se desabrochó el casco y lo dejó caer al suelo como liberándose de un gran peso.
El aire le golpeó el rostro. Frío, sí, pero puro. Limpio. No olía a quemado, a muerte, a química. Olía a… la libertad. A página en blanco. Aspiró hondo, llenando sus pulmones por primera vez en dos años con algo que no fuera el aire reciclado del refugio. Ese primer aliento fue un acto de fe, algo así como un renacimiento.
– ¡Puedo respirar! – se dijo a sí mismo, y la voz sonó extraña, nueva, en el silencio absoluto – . Por fin.
No era el único. Como flores que brotan tras un incendio, otras figuras emergían de refugios, de grietas en la tierra, titubeantes, deslumbradas. Todos miraban al cielo, a un sol que ya no estaba velado por la sucia cortina del invierno nuclear. Un sol claro, aprendas ofensivo en su normalidad. El mensaje era tácito pero universal: la pesadilla se había acabado. ¿Y ahora qué?
Esa misma tarde, la respuesta instintiva fue el calor. Alguien, en un claro entre los escombros de lo que fue una ciudad, encendió un fogón. La hoguera crepitó, chisporroteó, y su llamarada fue un faro para las almas dispersas.
Sin mediar palabra, sin propuestas ni programas, los sobrevivientes se congregaron alrededor. No eran muchos, quizás unos cincuenta que cantaban canciones cuyas letras apenas recordaban; se abrazaban con la fuerza de quien ha esquivado a la muerte, sus risas sonaban frágiles pero genuinas. La política, ese fantasma del mundo viejo, parecía una palabra prohibida, un veneno que nadie quería mencionar.
Robert los observaba desde la penumbra. Sabía que ese momento de gracia, de pura catarsis, era efímero. La anarquía que tanto había temido era una bestia dormida, y si él no hablaba, tarde o temprano llegarían los que sí lo harían, con discursos simples y puños de hierro, para llevarse a la gente detrás de sus proyectos. El mundo destruido no era de nadie. No había estados, ni títulos de propiedad. Era tierra de nadie, un lienzo en blanco para el primer pintor con suficiente valor… o brutalidad.
– ¡Estimados sobrevivientes! – su voz cortó la música y las risas como un cuchillo – . Pido la palabra.
El círculo se volvió hacia él, las caras expectantes, algunas molestas por la interrupción experimentando el frío y el asombro.
– Me llamo Robert. Encantado de conocerlos – comenzó, conteniendo el temblor de sus manos – . Estoy aquí como ustedes para celebrar la victoria del deseo de vivir sobre la muerte que nos impusieron los enemigos de la humanidad. Esos que, oprimiendo botones, lanzaron misiles y aniquilaron el espíritu humano.
Hizo una pausa, midiendo el ambiente. No veía convicción, solo una curiosidad vacilante.
– Les propongo organizarnos. ¡Construyamos un mundo nuevo! Un mundo sin opresión, en solidaridad y en armonía con la naturaleza. Tengo un programa de acción, un plan para la vida y el desarrollo de las generaciones futuras. Si creen en mi proyecto, podemos lograrlo.
La multitud lo miró atónita. Después de la tensa pausa, un coro de risotadas estalló, nerviosas, incómodas.
– ¡Mejor relajate, pibe! – gritó un viejito con una sonrisa desdentada – . Vení a bailar con nosotros. Eso sí cura todo.
Robert sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La derrota, amarga y familiar, le recorría el pecho. No sería la primera vez que no lo tomaban en serio. La gente, evidentemente, no estaba para discursos esperanzadoras. Aún no acababan de concientizar el hecho de que eran libres de nuevo.
Fue entonces cuando el rugido de los motores destrozó la frágil paz de la noche. Tres poderosas motocicletas, máquinas de acero cromado y neumáticos gruesos, unos monstruos mecánicos que parecían haber sobrevivido al apocalipsis por pura terquedad, irrumpieron en el claro. De ellas se bajaron tres individuos que emanaban una violencia tan palpable como el calor del fuego. Iban vestidos con cuero grasiento y sus miradas contemplaban el grupo de sobrevivientes con desprecio.
El que parecía el líder era un tipo corpulento, con una barba desaliñada y unos ojos pequeños y penetrantes que no reflejaban más que un hambre voraz por el dominio. Tenía el aspecto del típico lumpen, alguien a quien el fin del mundo no había hecho más que darle la razón para desatar su naturaleza depredadora.
– ¿Quién está al mando acá? – rugió, su voz un graznido áspero.
Nadie respondió. Ni siquiera Robert, que se había quedado paralizado.
– Acabamos de reunirnos – se atrevió a decir una mujer joven, de no más de veinte años, con la voz temblorosa.
El matón principal desvió su mirada hacia Robert, que lo observaba con un poco de miedo y curiosidad. Siempre había querido una moto así, una de esas clásicas, robustas y libres, un símbolo de libertad absoluta.
– ¿Y vos qué mirás, gil? – largó el matón, clavándole sus ojos de reptil.
Robert lo entendió todo de inmediato. La anarquía ya no era una amenaza futura; estaba ahí, enfrente, oliendo a combustible y transpiración. El miedo de Robert se transformó en un extraño deseo de venganza. Venganza de algo pero sin entender de qué.
– De ahora en más, ustedes están bajo nuestra protección – anunció el líder con una sonrisa burlona, escupiendo al suelo – . Se acabó la joda de abrazos y canciones. Acá manda el que puede. La libertad no es un grupito de débiles alrededor de un fuego. La libertad es hacer lo que uno quiera, cuando quiera, y que el más fuerte imponga su ley. Es la ley de la naturaleza, ¿viste? Sobrevive el más apto, y nosotros somos los más aptos. No hay estado que nos joda, no hay reglas. Solo nosotros.
Robert comprendió. Si quería cautivar la voluntad de aquellos sobrevivientes, no podía ser con palabras. Debía ser con actos. Debía contraponer su voluntad a la de ellos.
– Ustedes no están al mando de nadie – dijo Robert, y su voz sonó más firme de lo que esperaba – . Nosotros somos gente libre.
La risa burlesca del motoquero fue contundente
JAJAJAJAJAJA.
– ¿Ah, sí? ¿Y vos quién sos para—
Robert no lo dejó terminar. Los años de encierro no los había malgastado. Los había usado para entrenar, para endurecer su cuerpo y su mente. Con un movimiento rápido y fluido, como los que había practicado incansablemente en la soledad de su búnker, agarró un puñado de arena y tierra suelta y se lo lanzó a los ojos del líder.
El motoquero gritó, cegado. Robert se le abalanzó. No era una pelea de golpes brutales, sino de precisión. Esquivó una patada torpe, usó el impulso del otro en su contra, y con una llave que parecía sacada de una película yanqui, lo derribó y lo inmovilizó en el suelo. Sus dos compañeros corrieron hacia él, pero Robert, movido por un instinto que no sabía que poseía, los enfrentó con la misma eficacia despiadada. En menos de un minuto, los tres matones yacían en el suelo, gimiendo y maniatados con sus propios cinturones.
Robert se incorporó, agitado. No podía creer lo que había hecho. Nunca en su vida había peleado. Miró sus manos, que temblaban levemente.
La multitud alrededor del fogón lo observaba en un silencio absoluto, pero ahora no era el silencio de la burla, sino el de la admiración y el asombro.
Robert, recuperando el aliento, se dirigió a ellos de nuevo. La hoguera iluminaba su rostro, marcado por la lucha pero sereno.
– Queridos sobrevivientes – dijo, y esta vez todas las miradas estaban puestas en él, expectantes – . El mundo está lleno de peligros como este. Como ya les dije antes… tengo un plan.
Y esta vez, la multitud, en un acuerdo unánime, se dispuso finalmente a escucharlo.
Capítulo 2: El Precio de la Utopía
El silencio alrededor del fogón era ahora denso, cargado de una nueva energía. Las llamas pintaban sombras danzantes en los rostros de los sobrevivientes, todos fijos en Robert. Él respiró hondo, sintiendo el peso de esos ojos sobre él. Era el momento.

Robert explica
– No se trata solo de sobrevivir – comenzó, su voz más segura – . Sobrevivir es lo que hicimos incluso antes de la gran catástrofe, esclavizados y sumisos al orden que nos imponían en el día a día los mismos que no dudaron ni un segundo en destruir nuestro mundo. Sobrevivir es lo que hicimos estos dos años como ratas. Ahora tenemos que vivir. Y para eso, necesitamos una razón para vivir. Un faro. Les presento mi plan, el proyecto que llamaré… Nuestra Utopía.
La palabra «Utopía» flotó en el aire nocturno, bella, peligrosa y un poco ingenua.
– Nuestra Utopía no será solo un refugio. Será una fortaleza – continuó, extendiendo las manos como si ya pudiera ver sus muros – . La construiremos nosotros, con nuestras manos, en un lugar que elijamos. Será nuestro hogar, nuestra escuela, nuestro taller. Dentro de sus muros, erigiremos el nuevo mundo. Un mundo donde nadie mande sobre otro, donde cada uno trabaje según sus posibilidades y reciba según sus necesidades. Donde la solidaridad sea nuestra ley y la armonía con esta tierra herida, nuestra razón de ser. Nuestra Utopía será el pilar, el ejemplo que todos los demás sobrevivientes seguirán. Será la semilla de la que renazca la humanidad.
Podía ver cómo algunas miradas se iluminaban con la visión. Ofrecía orden en el caos, comunidad en la soledad, un futuro donde solo parecía haber un presente desolado. Era un discurso bonito, pulido en la soledad de su búnker, y por un momento, sintió que la corriente fluía a su favor.
Fue entonces cuando la joven de unos veinte años, la misma que había hablado antes a los motoqueros, levantó la mano. Tenía el cabello corto y enmarañado, y unos ojos claros que no parecían dispuestos a aceptar palabras bonitas sin más.
– Perdoná, Robert – dijo, su voz firme cortando el hechizo – . Tengo una pregunta.
Todos volvieron la cabeza hacia ella.
– ¿Qué hacemos con estos pelotudos? – preguntó, señalando con el dedo a los tres hombres maniatados que se retorcían en el suelo, diciendo insultos entre dientes.
El hechizo se rompió. Todas las miradas, incluyendo las de la chica, volvieron a Robert. La teoría de la Utopía se enfrentaba de pronto a su primera, y más sangrienta, prueba práctica. La filosofía chocaba contra la realidad más cruda.
Robert miró a los prisioneros. El líder lumpen intentó escupir hacia él, fallando miserablemente. «Te vamos a hacer boleta», le gritó uno de los otros. Robert sintió un nudo en el estómago. Esta era la primera decisión difícil. La que marcaría el tono de todo lo que viniera después.
¿Dejarlos ir? Sería una ingenuidad letal. Volverían, con más gente, con más violencia. Su preciosa Utopía sería arrasada antes de poner la primera piedra.
¿Cooptarlos? La idea le repugnó. ¿Integrar a esos malnacidos en su proyecto? Recordó, con una punzada de amarga claridad, aquel centro cultural que intentó organizar para los obreros de una fábrica textil. Soñaba con debates, con teatro, con educación. Soñaba con elevarles el espíritu. Pero ellos, los «beneficiarios» de su plan, solo vieron un lugar techado donde emborracharse hasta caer inconscientes. No había querido ver la brecha abismal que existía entre su mundo y el de ellos. No eran maleables. Tenían sus propias inercias, sus propias miserias arraigadas. Estos motoqueros eran peores. Eran depredadores puros. No había oportunidad con lúmpenes como esos. No se podía construir nada sano con ellos.
La lección del centro cultural, una derrota que había cargado como un estigma durante años, resonó con fuerza. No cometería el mismo error. La Utopía requería cimientos sólidos, y eso significaba, a veces, tener la frieza de apartar las piedras que amenazaban con resquebrajarlo todo.
Miró a la joven, luego al grupo. Su rostro se serenó, adoptando una determinación que no sentía del todo por dentro.
– No los vamos a soltar – dijo, y su voz no sonó a discurso, sino a una orden – . Y no podemos permitir que envenenen lo que estamos por construir. No son bienvenidos en Nuestra Utopía.
Un murmullo recorrió el grupo. Algunos asintieron con la cabeza, aliviados. Otros bajaron la mirada, incómodos.
– Mañana, al amanecer – anunció Robert – , los llevamos lejos de aquí. Les dejamos agua para un día. Lo que pase después… será cosa del mundo que ellos defienden. El de los más fuertes.
Los matones, humillados sin la oportunidad de protestar, miraban ahora como pidiendo piedad. Robert ya había sido piadoso en varias situaciones de la vida luego de las que él lamentó no haber sido implacable.
No era la solución perfecta. Era, quizás, la menos mala. Era el primer acto de autoridad, el primer sacrificio en el altar de un futuro mejor. Robert comprendió, con una frialdad que le heló el alma, que la construcción de la Utopía no solo requería de soñadores, sino también de alguien dispuesto a ensuciarse las manos con la fea realidad del presente. Y esa noche, alrededor del fuego, había nacido ese alguien.
Capítulo 3: El amargo sabor del ayer
Las motos aceleraron, llevándose lejos a los tres hombres maniatados y a un pequeño grupo de sobrevivientes que se ofreció para desterrarlos. Robert se quedó inmóvil, observando cómo las siluetas se fundían con el horizonte grisáceo, tragadas por la inmensidad de un mundo renacido y vacío. El polvo se asentó lentamente, y un silencio profundo, solo roto por el crepitar del fogón, envolvió el claro.
«De dónde saliste, pibe?»
La voz, cargada de años y un dejo de nostalgia, lo sacó de sus pensamientos. Robert se volvió hacia él. Un hombre mayor, con el rostro surcado de arrugas profundas y los ojos brillantes con una chispa de inteligencia ancestral, lo observaba. Su postura era encorvada, pero su mirada era firme.
«Hacía tanto que no escuchaba a alguien hablar tan bonito», continuó el viejo. «Hacía más de 30 años.» Sus ojos lagrimean de la emoción.
Robert esbozó una sonrisa cansada. «Salí de un mundo injusto con el que nunca pude ponerme de acuerdo. Y después salí de un búnker.»
Mientras decía las palabras, su mente viajó atrás en el tiempo, no a las ruinas humeantes del presente, sino al mundo de antes. Un mundo de luces de neón y comodidades estériles, de calles bulliciosas y sonrisas vacías. Un mundo que, en medio del horror actual, parecía un espejismo de perfección. Pero Robert siempre supo que era una fachada. Él nunca había encajado. Su mente siempre había habitado otra realidad, un plano ideal que bosquejaba en libretas y soñaba en sus noches de insomnio. Ese mismo mundo que ahora les prometía a los sobrevivientes.

La partida de Natalia
Y entonces, como una herida que nunca cicatriza, llegó el recuerdo de Natalia.
Natalia. Su mujer. Médico. De mirada segura pero un poco melancólica y llena de decisión. La imagen de su partida lo atravesó como un cuchillo.
– ¡No es tu guerra! – le suplicó él, agarrándole los brazos – . ¡Escapemos! Podemos irnos a algún lugar, lejos de todo esto.
Ella negó con la cabeza, sus ojos reflejando una tristeza resignada. – No puedo, Robert. Soy convocada militar. Estoy llamada a filas.
– ¡Son excusas baratas! – él estalló, la voz quebrada por la desesperación – . ¡Esta guerra es entre los ricos! ¡Entre políticos e industriales militares! Nosotros no somos más que peones para ellos.
– Es mi sagrado deber ir a curar a los que combaten – respondió ella, con una firmeza que lo desarmó – . No puedo darles la espalda.
No pudo convencerla. Su partida lo destruyó. No fue solo su ausencia física; fue la confirmación de que vivían en realidades paralelas. Él, soñando con huir y construir algo nuevo; ella, aferrada a un deber impuesto por el mismo sistema que los oprimía. Su abandono quebró algo en él una fe fundamental en sí mismo y en los demás. Dejó de creer que sus ideas podían resonar en alguien.
Nadie en su círculo íntimo pensaba como él. Sus amigos, sus compañeros de trabajo, incluso su familia, todos veían el conflicto mundial como una lucha entre naciones, un mal necesario. Pero Robert lo veía claro: era un monstruo absurdo, creado por la avaricia y la paranoia, que se escapó de control. Y cuando alguien, en algún lugar, pulsó ese primer botón, el primer misil balístico intercontinental surcó los cielos y desató el infierno. Todo se desmoronó en cuestión de tres días.
Mientras observaba el horizonte, el dolor de esos recuerdos era tan palpable como el frío de la noche.
– Hola… – una voz femenina, joven y un poco tímida, interrumpió su cavilación.
Robert parpadeó, regresando al presente. Era la chica de unos veinte años, la que había hecho la pregunta crucial sobre los matones. Ahora, de pie frente a él, una sonrisa tímida asomaba en sus labios.
– Hola… – dijo Robert, su voz aún áspera por los recuerdos.
– ¡Qué lindo que hablás! – comentó ella, con genuina admiración.
– Gracias – respondió Rober, sin sonrojarse.
– Yo quiero ayudar a construir la fortaleza – declaró, llena de entusiasmo.
Robert la miró con mayor atención. Tenía una chispa en la mirada que le recordó, dolorosamente, a la convicción de Natalia, pero sin la sombra del deber impuesto.
– ¿Cómo te llamás? – preguntó.
– Viktoria. Pero me dicen Vika…
– Yo me llamo Robert. Un gusto – estrechándole la mano – . Decime, ¿qué hacías antes de la catástrofe?
– Estudiaba economía.
Robert sonrió, una idea acababa de tomar forma en su mente. Aquel mundo ideal necesitaba cimientos no solo de fe y fuerza, sino también de conocimiento.
– Bueno – dijo, su tono se volvió propositivo – . Pensá cómo vas a enseñarles economía a los demás. Ese va a ser tu gran aporte a nuestra causa.
Le guiñó un ojo y, sin añadir nada más, se dio la vuelta y se alejó, dejando a Vika plantada, con los ojos abiertos por la sorpresa y la mente ya empezando a trabajar, intrigada por el desafío y por el hombre enigmático que les prometía una utopía.
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