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Historia de Occidente
Luis E. Íñigo

ISBN: 978-84-15930-92-1
© Luis E. Íñigo, 2016
© Punto de Vista Editores, 2016
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ÍNDICE
BIOGRAFÍA DEL AUTOR
PRIMERA PARTE - LAS RAICES
CAPÍTULO PRIMERO - Polvo de estrellas
CAPÍTULO SEGUNDO - La primera revolución
CAPÍTULO TERCERO - Reyes y dioses
SEGUNDA PARTE - EL NACIMIENTO
CAPÍTULO CUARTO - El alba de Occidente
CAPÍTULO QUINTO - El florecimiento de la civilización occidental
CAPÍTULO SEXTO - De Júpiter a Cristo
TERCERA PARTE - LA CRISIS
CAPÍTULO SÉPTIMO - La Edad de las Tinieblas
CAPÍTULO OCTAVO - Luz en la oscuridad
CAPÍTULO NOVENO - El otoño de la Edad Media
CUARTA PARTE - EL REENCUENTRO
CAPÍTULO DÉCIMO - Descubriéndonos de nuevo
CAPÍTULO UNDÉCIMO - Crisis de identidad
CAPÍTULO DUODÉCIMO - Occidente frente al espejo
QUINTA PARTE - LA LUCHA
CAPÍTULO DECIMOTERCERO - Revolución o muerte
CAPÍTULO DECIMOCUARTO - Las espadas en alto
CAPÍTULO DECIMOQUINTO - El triunfo de Occidente
SEXTA PARTE - LA DUDA
CAPÍTULO DECIMOSEXTO - ¿Qué es, entonces, Occidente?
BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Luis Enrique Íñigo Fernández nació en Tendilla (Guadalajara), en 1966. Licenciado y doctor en Historia, ha sido durante dieciséis años profesor de Secundaria y es en la actualidad inspector de Educación. Colabora también como profesor del Máster en Dirección, Innovación y Liderazgo de Centros Educativos de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Educación de la Universidad Camilo José Cela y dirige dos colecciones de libros divulgativos en la Editorial Nowtilus.
En los últimos años ha desplegado una intensa labor como escritor, en la que ha tenido cabida la investigación (Melquíades Álvarez: un liberal en la Segunda República; La derecha liberal en la Segunda República española), la divulgación histórica (Breve Historia de España, Breve Historia del Mundo, Breve Historia de la Segunda República española, Breve Historia de la Alquimia, Breve Historia de la Revolución Industrial, Breve Historia de la batalla de Trafalgar, Breve Historia de la batalla de Lepanto), la biografía (Francisco Franco. La obsesión por durar), el ensayo histórico (España: historia de una Nación inacabada; La España cuestionada: Historia de los orígenes de la Nación española), la novela (El Plan Malthus, La Conspiración Púrpura, La Profecía del Juicio Final, Liber Hyperboreas) e incluso los cuentos infantiles (Cuentos para la hora de comer).
PRIMERA PARTE
LAS RAÍCES
CAPÍTULO PRIMERO
Polvo de estrellas
“¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos. Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una estrella. Somos polvo de estrellas.”
Ernesto Cardenal, Cántico Cósmico.
La primera vez del mundo
Desde tiempos muy remotos, enfrentado a la inmensidad de la noche sin más compañía que la tenue luz de las hogueras, o atemorizado por la fuerza desatada de los elementos, el hombre dio en pensar en el porqué de su existencia y la de cuantos seres, animados o inertes, observaba a su alrededor.
Sus primeras respuestas, aún por descubrir el frío lenguaje de la razón, nos encandilan con la candorosa ingenuidad del mito. La humanidad, incapaz de entender todavía las misteriosas leyes que gobiernan el universo, construyó orbes imaginarios regidos por la voluntad caprichosa de dioses hechos a imagen y semejanza de cuanto la rodeaba, rostros humanos o animales para las potencias naturales que la sometían bajo su yugo. Y los hombres hicieron de esos dioses la causa primera y el fin último de sus desvelos. Cada clan, cada pueblo, cada cultura acuñó su propia leyenda sobre la creación.
Todas esas leyendas se parecen mucho, aunque no resulta muy difícil descubrir en ellas los elementos característicos del entorno en el que se gestaron. Así, los egipcios, que todo lo debían al benefactor Nilo, colocaban a su dios creador Atum sobre una colina que emergía del océano primordial, como sus aldeas lo hacían cada año tras la crecida estival que inundaba sus feraces tierras de labor. El Popol Vuh de los mayas nos enseña, sin embargo, que, tras fracasar en sus intentos de valerse de otros materiales, como el barro o la madera, los dioses hicieron al hombre de maíz amarillo y blanco, el cereal al que debían su sustento los pueblos del Nuevo Mundo. Y un hermoso mito de creación de los inuit, sempiternos habitantes de las gélidas regiones árticas, narra cómo, hace mucho tiempo, un hombre, despechado por la negativa de su hija a aceptar el matrimonio que había concertado para ella, la arrojó al mar desde su canoa. Cuando la muchacha se agarró a la borda para no ahogarse, el padre fue cortando pedazos de su cuerpo, que se convirtieron, uno tras otro, en animales marinos, los mismos que, generación tras generación, han alimentado a los inuit.
Así imaginaban los pueblos primitivos la primera vez del mundo, como gustaban de llamarla los egipcios. Pero, para desgracia de los románticos incorregibles, la realidad es mucho más prosaica. Hoy sabemos con alguna certeza, toda la que la ciencia, siempre sujeta a revisión continua de sus conclusiones, puede ofrecernos, que el universo nació hace miles de millones de años con una súbita explosión, el Big Bang. Allí, en ese mismo instante, tuvieron su origen el tiempo y el espacio, y la materia y la energía, antes concentradas en un punto sin dimensiones, iniciaron una expansión que ya nunca se detendría.
Poco a poco, la materia primigenia fue concentrándose. Surgieron primero los átomos más simples, los de hidrógeno, y la gravedad fue acercándolos entre sí hasta que su extrema proximidad y las colisiones incesantes entre ellos empezaron a unirlos para crear elementos más pesados, generando en el proceso una luz cegadora y un inmenso calor. La gravedad y el calor se compensaron y dieron lugar a objetos de forma más o menos esférica. Así surgieron las estrellas.
Como los seres vivos, las estrellas nacen, envejecen y mueren. De sus restos surgen otras nuevas, más calientes y densas, y los átomos que producen, sencillos y ligeros al principio, van haciéndose más complejos y pesados. Junto al hidrógeno y el helio surge el oxígeno, el carbono, el hierro… Así, en esos hornos colosales, se cuecen los ladrillos con los que la naturaleza construye todos los seres que conocemos, vivos o no.
Pero la vida no podría existir en la superficie de unos astros tan calientes. Por fortuna, a veces las estrellas no están solas. Cuando nacen, en la intimidad de las nubes de gas y polvo cósmico, algunas vienen al mundo acompañadas de un séquito de objetos más pequeños y oscuros, privados, a diferencia de ellas, del don de producir luz y calor. Atraídos por su masa, inician al punto una danza eterna a su alrededor. Condenados a errar para siempre, merecen sin duda el nombre que les dieron los antiguos griegos: planetas, esto es, vagabundos.
Sabemos que en al menos uno de esos planetas, el que nosotros llamamos Tierra, la materia inerte dio origen a la vida. En un océano inhóspito, hace miles de millones de años, algunas moléculas complejas se aislaron de su entorno mediante una membrana protectora, aprendieron a tomar de él las sustancias que requerían y, en fin, hallaron la forma de hacer copias de sí mismas. Así comenzó la vida.
Fue sólo el principio. Con el transcurrir del tiempo, la naturaleza impuso sus leyes inclementes, forzando a los seres vivos a cambiar sin cesar para adaptarse al entorno y obligándolos a desaparecer cuando no lo lograban. Sus experimentos biológicos, bajo la forma de caprichosas mutaciones, terminaban a veces en vía muerta. Pero en otras ocasiones el azar producía individuos superiores, especies nuevas, más aptas para sobrevivir en un entorno siempre cambiante, y la vida se extendía por doquier, conquistando desde los desiertos más áridos a las selvas más impenetrables, desde el fondo de los océanos a las más elevadas cumbres.
Y al fin, después de cientos de millones de años de evolución, apareció sobre la faz de la Tierra una especie distinta de todas las demás, aunque sometida a sus mismas leyes. Una especie cuyos individuos eran capaces de erguirse sobre sus extremidades inferiores, liberando así las superiores para crear y manipular objetos. Una especie cuyos miembros poseían un cerebro enorme en relación con su tamaño, y tan complejo que no sólo podía concebir entes que no se veían ni se tocaban, sino que incluso podía darle un nombre a las cosas, los sentimientos y las acciones y, valiéndose de sonidos reconocibles, trasmitirlo a los otros individuos, haciendo así posible un grado de cooperación impensable para cualquier otro género de seres vivos.
Y esa especie miró un día al cielo y se preguntó qué podían ser aquellos puntos brillantes que titilaban en la oscuridad de la noche. Tardamos mucho en entenderlo, aunque muy poco en intuirlo. Sin duda acertaba Vincent van Gogh, un espíritu tan genial como atormentado, al decir que cuando sentía una terrible necesidad de religión salía al campo de noche y pintaba las estrellas. En ellas se halla el origen de todo lo que conocemos y de nosotros mismos. No es, pues, exagerado afirmar que somos polvo de estrellas.
El alba de la humanidad
Pero ésta no es una historia de las estrellas, sino una historia de la humanidad o, al menos, de una gran parte de ella. De modo que, por mucho que nos duela, debemos apartar nuestra vista del cielo y fijarla con atención en la tierra, ya que en ella encontraremos, marcadas sobre el barro endurecido por el paso del tiempo, las primeras huellas de nuestra especie.
Nuestros primeros antepasados, parientes cercanos de los grandes simios, eran muy diferentes a nosotros, tanto que no los consideramos todavía humanos. Sabían ya, eso sí, alzarse sobre sus extremidades inferiores, e incluso caminaban con ellas, sin necesidad de apoyarse de tanto en tanto en sus brazos, como aún hoy hacen nuestros primos los chimpancés y los gorilas. Pero es todo lo que podían hacer. Que sepamos, carecían por completo de la capacidad de fabricar objetos y, desde luego, eran incapaces de producir un lenguaje articulado con el que transmitir pensamientos complejos. Quizá no les hacía falta. El medio en el que vivían, los frondosos y húmedos bosques del continente africano, les ofrecía comida en abundancia, así que no tenían razón alguna para abandonarlo ni un motivo que les impulsara a cambiar. Se alimentaban de frutas, brotes, tallos tiernos e incluso hojas frescas. Su cuerpo era frágil y pequeño, al igual que su cerebro, todavía poco evolucionado, y su vida, tranquila, siempre que se mantuvieran en la espesura, a salvo de los carnívoros depredadores. Tenían, por tanto, poco con lo que impresionar a los científicos que descubrieron sus restos, que, quizá por ello, los denominaron Australopitecos, es decir, simios meridionales.
Durante cientos de miles, incluso millones de años, apenas hubo cambios. Después, el clima fue haciéndose menos lluvioso. El bosque húmedo dejó paso al bosque seco y luego, simplemente, retrocedió, y nuestros antepasados tuvieron que adaptarse a un nuevo entorno. La sabana, rica en hierba y matorrales, pero no en árboles, ofrecía menos comida y mucha menos seguridad. La naturaleza ensayó respuestas diferentes ante los nuevos retos. Probó primero a fortalecer el aparato masticador de los homínidos, haciéndolo apto para triturar sin dificultad raíces y frutos más duros. Pero este camino de la evolución, que dio origen a los robustos Parantropos, resultó ser un callejón sin salida. No eran las mandíbulas, sino el cerebro, el órgano que debía incrementar su tamaño.
Fue un crecimiento lento. La primera especie humana, el denominado Homo habilis, apenas contaba con un cerebro un poco mayor que el de sus antecesores. Pero se trataba de un cerebro mejor. Su corteza, el lugar donde reside la capacidad de comunicación, se hallaba mucho más desarrollada, lo que le permitía alcanzar un grado de cooperación entre individuos impensable para los Australopitecos. No fue el único avance. La alimentación del modesto Homo habilis incluía ya la carne, quizá robada de las fauces de voraces depredadores, o con mayor probabilidad simplemente obtenida de las carroñas que estos abandonaban tras sus festines, pero sin duda presente en su dieta, y con ella las proteínas que garantizaban alimento a un cerebro que no dejaría ya de crecer.
No es, empero, por su cerebro ni por sus preferencias gastronómicas por lo que este pequeño antepasado nuestro tiene el honor de ser considerado el primer hombre. La razón está en sus manos. Con ellas era ya capaz de fabricar herramientas de las que se valía para hacer más sencillas sus tareas cotidianas. No se trataba todavía de útiles muy complejos, sino de modestos cantos trabajados mediante golpes para obtener un filo cortante. Tampoco parece que el Homo habilis fuera capaz de concebir en su mente la forma que después daba a la piedra. Pero era un paso fundamental que ninguna otra especie ha dado jamás. Dos millones de años antes del presente, el hombre, que había inventado la tecnología, se preparaba para someter a la naturaleza.
El crecimiento del cerebro, la mejora de la dieta y el progreso de la técnica caminaron ya siempre de la mano. Los sucesores del Homo habilis aprendieron a cazar, de modo que la carne se convirtió en un alimento cada vez más abundante. Mejor nutridos, gozaron de un cerebro más grande y un cuerpo más fuerte. Más inteligentes, se mostraron capaces de desarrollar útiles más especializados, un lenguaje más rico y una organización social más compleja. Más seguros frente a sus enemigos, vivían más tiempo y podían reproducirse más, colonizando una tras otra nuevas regiones hasta que la mayor parte del planeta fue suyo.
Pero el hombre hubo de recorrer un camino tortuoso y lento para lograrlo. Varias especies humanas tuvieron su oportunidad y todas ellas terminaron por extinguirse. El africano Homo ergaster y Homo erectus, su heredero asiático, que vivieron hasta hace unos doscientos mil años en los espacios abiertos del Viejo Mundo, eran ya capaces de concebir previamente en su cerebro los pesados bifaces que tallaban después en sólida y afilada piedra; conocían el fuego, que usaban para cocinar la preciosa carne de los animales que habían aprendido a cazar, y poseían lenguaje simbólico y conciencia individual, aunque su aspecto, todavía simiesco, se nos antoja demasiado primitivo para avances de tal magnitud. Por el contrario, el Homo antecessor, que suponemos nacido en la misma cuna africana que sus predecesores, de faz mucho más parecida a la nuestra, menos plana y de mandíbula no tan robusta, se hallaba más atrasado en su progreso técnico, que no le permitió nunca pasar de unos pocos cantos trabajados con tosquedad, no mucho mejores que los que producía el menos evolucionado Homo habilis. Pero este abuelo tan humilde trajo al mundo nietos muy brillantes. Serían dos descendientes suyos, europeo uno, africano el otro, los llamados a protagonizar el mayor salto evolutivo de la humanidad.
El primero de ellos, hallado por vez primera en un yacimiento del valle alemán de Neander, del que tomó su nombre, es conocido como Hombre de neandertal. Nunca se le ha encontrado fuera de Oriente Medio y Europa, donde apareció hará unos seiscientos mil años, por lo que parece lógico considerarlo fruto de la evolución en nuestra tierra del Homo antecesor. No muy alto, rara vez superaba los ciento setenta centímetros, debía ofrecer, empero, un aspecto impresionante. Sus pesados huesos, la amplitud de su caja torácica, la fortaleza de su poderosa musculatura, su prominente mandíbula y su huidiza frente sin duda permitirían, como ha escrito Arsuaga, identificarlo con escaso margen de error en el metro de Nueva York. Pero su primitivismo es engañoso. El cerebro del neandertal, que alcanzaba sin problemas los 1.500 centímetros cúbicos, incluso supera al nuestro en tamaño. Su tecnología, basada como las de sus predecesores en la talla de la piedra, ha alcanzado ya una notable perfección técnica, que le permite obtener útiles precisos y variados. Dueño de unos pulmones inmensos y de unas profundas fosas nasales, se encuentra perfectamente adaptado al frío ambiente de la Europa de las glaciaciones. Capaz de una cooperación social sin precedentes, no halla problema en capturar presas varias veces mayores que él, alimentándose de su nutritiva carne. Y, en fin, dotado de una avanzada inteligencia simbólica y al menos el principio de una conciencia moral, entierra a sus muertos entre elaborados ritos y no duda en dedicar energías a proteger y cuidar a los individuos que no pueden ya valerse por sí mismos.
No sería, sin embargo, esta especie la llamada a enseñorearse del planeta, sino la nuestra, el Homo sapiens sapiens. A primera vista, resulta sorprendente que así fuera. Nacida en la cuna africana no parecía mejor dotada que el Hombre de Neandertal para la supervivencia. De mayor altura, sus individuos eran, no obstante, mucho menos robustos, y sus fosas nasales, mucho más pequeñas, no eran las más adecuadas para el gélido clima de la Europa glaciar.
Sólo una ventaja tenía el Homo sapiens en la lucha por la vida, pero esta ventaja resultó ser crucial. Su cara más corta le hacía sin duda más propenso al enfriamiento, pero también le permitía albergar una laringe mucho más apta que la de su primo neandertal para producir sonidos articulados. Su lenguaje, en consecuencia, podía ser mucho más rico y su cooperación social, por tanto, mucho más intensa. Gracias a ello, los individuos de nuestra especie, que por separado sin duda eran inferiores, creaban grupos más eficaces. Así, cuando en su eterno peregrinar el Homo sapiens alcanzó las tierras asiáticas, la convivencia con el Homo erectus terminó por desplazar a éste. Y en Europa, la presencia de su nuevo vecino resultó también fatal para los neandertales. Hace unos treinta mil años, una sola especie humana, la nuestra, caminaba sobre la faz de la tierra. La responsabilidad de lo que ocurrió después nos corresponde en exclusiva a nosotros.
Piedra sobre piedra
La historia que hemos contado no puede darse por concluida. Las continuas investigaciones quizá saquen a la luz nuevos antepasados nuestros que nos obliguen a replantearnos lo que hasta ahora creemos saber. De lo que sí podemos estar seguros, sin embargo, es de que la vida de todos ellos, los que conocemos y los que se ocultan aún a nuestro conocimiento, no era fácil, aunque tampoco esa peripecia desagradable, brutal y breve que describiera Thomas Hobbes en el siglo XVII.
Incapaces todavía de producir el alimento que necesitaban para subsistir, los hombres primitivos, como el resto de los seres vivos, se veían obligados a tomarlo de la naturaleza tal como ésta se lo ofrecía. No podían alterarlo en lo más mínimo, y menos aún producirlo, pues desconocían todavía la manera de controlar los delicados procesos reproductivos que se escondían detrás de cada semilla y cada fruto que alcanzaba su mano, o de cada presa que abatían sus toscas azagayas. Durante millones de años, el hombre no fue sino un depredador más que obtenía su alimento por medio de la recolección, la caza y la pesca, aunque cada vez con mayor eficacia, gracias a una creciente cooperación social y una tecnología más perfeccionada. El consumo de carroñas, a duras penas disputadas a hienas y buitres, fue así dejando paso a la caza de pequeñas presas, incapaces de oponer otra resistencia que la huida, y, al fin, a la captura de animales grandes, que garantizaban comida abundante, cuando el lenguaje más complejo y las armas más perfeccionadas hicieron posible la caza por acoso. Mientras, incluso los individuos en apariencia más frágiles hallaban la manera de contribuir a satisfacer las necesidades del grupo. Los ancianos, no aptos ya para participar en las grandes expediciones de caza mayor, podían colaborar en la alimentación del clan aportando pequeñas presas. Y las mujeres, volcadas en el cuidado de los hijos pequeños, hacían también su contribución en forma de bayas y semillas que enriquecían la dieta colectiva.
El lento, pero evidente, progreso de la técnica facilitó las cosas. Al principio, el hombre se valía sin duda de instrumentos que requerían escasas modificaciones, como palos o huesos, pero su utilidad era limitada y su resistencia, mediocre. Sólo la piedra, en especial las más duras como el sílex o la obsidiana, aunaba duración y una cierta versatilidad. Pero aprovechar estas ventajas exigía aprender a darle la forma que se requería para cada función, y lograrlo no resultó una tarea sencilla.
Las primeras herramientas de piedra no fueron sino cantos trabajados por una o las dos caras, pero siempre con mucha tosquedad y un provecho muy limitado, quizá poco más que paliar la pérdida de los voluminosos y afilados caninos que aún conservaban los primeros homínidos. Mucho tiempo después, hacen aparición los bifaces, piedras de gran tamaño talladas por las dos caras para servir como hachas de mano o hendedores, de gran utilidad para cortar la carne, dar forma a la madera e incluso preparar pieles. Pero en todos los casos, la manera de trabajar la piedra era la misma: se golpeaba un gran pedazo hasta obtener de él la forma deseada, desechando los fragmentos que saltaban en la operación, con el consiguiente desperdicio. Un kilogramo de piedra apenas permitía obtener entre diez y cuarenta centímetros de filo cortante. Mucho más tarde, el hombre aprendió a fabricar sus útiles tomando como base precisamente esos fragmentos, las lascas, con lo que obtenía una cantidad mucho mayor de herramientas y podía conferir a éstas una forma más precisa, lo que aumentaba también su utilidad. Los neandertales, maestros en esta técnica, obtenían así cerca de dos metros de filo por kilo de piedra. Pero fue nuestra propia especie, el Homo sapiens, la que perfeccionó la talla hasta el auténtico virtuosismo. No sólo era capaz de producir entre seis y veinte metros de filo útil por cada kilo de materia prima, sino que los instrumentos que con ella obtenía alcanzaron una enorme especialización. Puntas de flecha, raspadores, buriles y perforadores, concebidos cada uno de ellos para servir a una función única y específica, convivían ya con las más tradicionales hachas de mano y puntas de flecha o de lanza, y con una rica variedad de herramientas de hueso, como arpones, agujas y azagayas. Después de millones de años, el hombre se había convertido en un consumado maestro de la talla apto para ejecutar con precisión incomparable las imágenes antes concebidas en una mente que tan sólo empezaba a revelar de lo que era capaz.
También las estructuras sociales fueron evolucionando. En la densa floresta en la que vinieron a la vida, los primeros homínidos no encontraban muchas razones para afianzar los vínculos grupales. Mucho más tarde, cuando se vieron forzados a abandonar la oscura protección de los bosques, no tuvieron más remedio que formar grupos de unas decenas de individuos, juntar el alimento en un lugar común y cooperar para defenderlo y defenderse. Todavía no puede hablarse de familias, pues la relación entre los sexos se limitaba a los períodos de celo de las hembras y no llevaba aparejada estabilidad alguna. Luego, la necesidad de acarrear comida y soportar un cerebro creciente hizo obligado mantener una posición erguida la mayor parte del tiempo. Pero el caminar erecto requiere una pelvis estrecha, con las consiguientes dificultades en el parto, de modo que las crías morían con más frecuencia al venir al mundo. La naturaleza halló la solución adelantando el nacimiento, con la contrapartida de dar a luz niños inmaduros que requerían cuidados más absorbentes y prolongados por parte de sus madres. Las hembras no podían ya, en consecuencia, dedicar el tiempo necesario a la obtención de comida; necesitaban machos que las ayudasen a criar a sus hijos, cazando y recolectando en su lugar. La experiencia demostró que sólo aquéllas que se mostraban más receptivas sexualmente lograban la protección preferente de los machos, así que, poco a poco, los períodos de celo fueron dilatándose hasta desaparecer. Los machos empezaron, de este modo, a tomar bajo su cuidado a una hembra concreta que le brindaba a cambio sus favores con mayor exclusividad. La pareja humana había nacido.
Ello no quiere decir que la familia nuclear fuera todavía la célula social básica. La necesidad de cooperación dentro del grupo y los fuertes vínculos de parentesco que unían entre sí a todos sus miembros hacían que fuera el clan y no la pareja la estructura fundamental de la sociedad. Además, la ausencia de propiedad privada, más allá de unos pocos útiles o adornos, y el continuo errar de las poblaciones, de campamento en campamento, de cueva en cueva, buscando cuando era posible la orilla de los ríos, que ofrecían agua, piedra y comida, siempre en pos de las manadas que llegaron a erigirse en su principal alimento, sin duda favorecían el fortalecimiento de los lazos grupales. El clan lo era todo porque fuera de él la supervivencia era imposible. No se requería la fuerza para convencer a los individuos de ello, ni tampoco era posible ejercerla. No existiendo recursos que pudieran almacenarse, faltaba la base económica sobre la que afirmar el poder, porque no había forma de privar a nadie del acceso al alimento. No busquemos, pues, ni reyes ni jefes entre los hombres del Paleolítico. La autoridad era moral y se ganaba como fruto de la destreza en la caza, la experiencia en la vida o el conocimiento de las misteriosas fuerzas que la regían.
Porque las creencias religiosas contribuyeron también a afirmar la fuerza del clan. La humanidad, a lo largo de esta dilatadísima infancia que constituye la Edad de Piedra, dependía por completo de una naturaleza que apenas entendía, que no podía sino antojársele misteriosa y voluble. Unirse para protegerse de ella, para tratar de someterla, para suplicar su generosidad a la hora de obtener el sustento y asegurar la procreación, se convertía en necesidad primordial del hombre y del grupo. Pero ¿cómo domeñar la naturaleza con medios tan precarios? Sin ciencia a su alcance, dueño de una tecnología tan pobre, al hombre no le restaba sino valerse de la magia y la religión.
Así, inseguro ante la realidad, sin armas racionales que le permitieran comprenderla, pero convencido de que necesitaba de su generosidad para sobrevivir, imaginó un mundo espiritual detrás del mundo real, un universo mágico, poblado de seres fantasmagóricos que habitaban en cada árbol, en cada fuente, en cada animal y cada planta. Y concibió también las formas de comunicarse con ellos y solicitar su generosidad. La visión animista del mundo dio así lugar a ritos colectivos que habían por fuerza de tener como destinatarios a aquellos seres de los que dependía el sustento y la procreación. Y así, en los lugares más recónditos de las cuevas, donde la impenetrable oscuridad personificaba el misterio mismo que el hombre percibía en cada manifestación de la naturaleza, el clan, más unido que nunca, se entregaba a rituales elaborados que, a medio camino entre la magia y la religión, entre el conjuro y la súplica, trataban de asegurar el éxito del grupo en la caza y la perpetuación de la especie.
El arte, así las cosas, se convertía en un instrumento del rito, en un apéndice de la religión, a la que venía a servir casi por completo. Dejando de lado pequeños adornos, el grueso de las manifestaciones estéticas de la Edad de piedra tiene un significado religioso. Religiosa es la finalidad de las pequeñas estatuillas que representan mujeres de faz desdibujada y exagerados atributos femeninos, como las halladas en Laussel, Brassempouy, Willendorf y Grimaldi, sin duda iconos propiciatorios, amuletos llamados a asegurar el éxito en la procreación, al igual que los símbolos fálicos tallados por doquier sobre la roca en el interior de tantas cuevas. Religioso también es el objeto de las representaciones de animales encontradas en Lascaux, Altamira o El Castillo. Bisontes o caballos, ciervos o elefantes, multicolores en ocasiones, monocromos en otras, con relieve o sin él, superpuestos las más de las veces, sin formar escenas reconocibles, ausente cualquier figura humana que robe protagonismo a los animales, siempre presas habituales, especies de las que dependía su sustento, creían nuestros antepasados que reproducir su efigie, danzar en torno a ella, mendigar así la generosidad de las fuerzas misteriosas que regían el mundo, haría más fácil su vida.
Alimento y procreación, vivir y hacer vivir, comer y engendrar hijos, como escribió Frazer, obsesionaban a la humanidad, como siempre la ha obsesionado y siempre la obsesionará aquello que necesita o desea y no está segura de alcanzar. En esto, como en tantas cosas, los hombres de la Edad de piedra no eran muy diferentes de nosotros.
CAPÍTULO SEGUNDO
La primera revolución
“Lo que hasta este momento he demostrado es que la aparición de la vida aldeana fue una respuesta a los agotamientos producidos cuando se intensificó el modo de subsistencia basado en la caza y la recolección. Pero en Oriente Medio, una vez hecha la inversión en el tratamiento del grano y en las instalaciones correspondientes para su tratamiento, la elevación de los niveles de vida y la abundancia de calorías y proteínas hicieron sumamente difícil que no se tolerara o estimulase el crecimiento de la población.”
Marvin Harris: Caníbales y reyes. Los orígenes de las culturas, 1978.
Entonces formó Dios al hombre de barro de la tierra…
Así, en esa aparente inmovilidad bajo la que se ocultaban lentísimos cambios, imperceptibles pero evidentes progresos, transcurrió la infancia del hombre. Durante dos millones de años, la humanidad paleolítica recolectó, cazó y pescó; talló la piedra para darle la forma que precisaba; erró de un lugar a otro, montando y desmontando una y otra vez sus efímeros hogares de pieles y madera, conjurando con su fuego protector los amenazadores espíritus que pululaban en la oscuridad de las cuevas; afirmó con fuerza irrepetible los lazos del clan del que dependía su supervivencia, y, en un vano intento de mejorar lo precario de su existencia, rindió culto a las potencias sobrenaturales tratando de conmoverlas con un arte de extraordinaria belleza. Entretanto, de manera despaciosa pero continua, los hombres crecieron y se multiplicaron. Poco a poco, fueron poblando cada valle, cada pradera, cada lugar donde la naturaleza se mostraba dadivosa y ofrecía sustento a quienes todavía no habían sentido la necesidad de producirlo por sí mismos.
Y entonces, unos doce mil años ante del presente, la generosidad del mundo pareció agotarse. El clima se tornó de nuevo más seco; muchos grandes animales como el mamut y el rinoceronte lanudo se extinguieron y otros como el reno emigraron hacia latitudes septentrionales, y un sinnúmero de lugares antes abundantes en alimento se volvieron inhóspitos. La presión de la población sobre el entorno se hizo excesiva. Muchos grupos humanos se encontraron con graves problemas para sobrevivir. La caza, la recolección, la pesca ya no bastaban; era necesario explorar otras formas de obtener sustento. El hombre, como millones de años atrás, cuando otra desecación hizo retroceder los bosques africanos, volvía a encontrarse ante un reto ecológico, poderoso e insoslayable, en el que se jugaba su supervivencia.
Al principio trató de seguir haciendo lo mismo que había hecho generación tras generación. Simplemente, probó a hacerlo mejor. Multiplicó la variedad de las especies que cazaba; prestó atención a algunas más pequeñas, que requerían más esfuerzo para obtener menos recompensa; no bastándole con los peces, recogió también marisco, mucho más trabajoso, y, practicando el trueque, aprendió a ofrecer a otros grupos lo que le sobraba esperando obtener de ellos aquello de lo que carecía. Recolectó frutos y semillas que hasta entonces había despreciado y, en fin, perfeccionó hasta extremos inconcebibles la técnica de tallado de la piedra y aprendió a esculpir el hueso con maestría insuperable. Pero todo ello no hizo sino postergar unos miles de años la solución al problema. El agotamiento de los recursos había conducido al hombre a un angustioso atolladero y era necesario hallar cuanto antes la salida.
En realidad ya la conocía. A lo largo de decenas de milenios, el contacto continuado con las plantas y los animales de los que dependía su sustento le había enseñado muchas cosas acerca de ellos. De hecho, en muchos lugares, en los que existían las especies vegetales y animales adecuadas, como el trigo y la cebada, el cerdo, la cabra y la oveja, se hallaba ya preparado para convertirse en agricultor y ganadero. Si no lo había hecho antes era simplemente porque no había sentido la necesidad. La economía productora proporcionaba comida en abundancia, pero exigía también un enorme esfuerzo, mucho mayor que el que requerían la recolección y la caza. No bastaría ya con alargar la mano y tomar de la naturaleza lo que se necesitaba. Ahora habría que preparar la tierra, extirpar de ella las malas hierbas, seleccionar las semillas, plantarlas, vigilar su crecimiento y, en fin, recolectarlas y construir lugares para almacenar las cosechas. Sería también preciso escoger entre los ganados los sementales más aptos, alentar su reproducción y preocuparse de las crías, cuidar los rebaños y construir para ellos cercados o majadas, ordeñar a las hembras y llevar a cabo un sinfín de tareas que exigían dedicación y trabajo considerables. Y, una vez hecho el esfuerzo, habría que defenderlo de las apetencias agresivas de vecinos menos aplicados.
El camino que se abría ante el hombre no era precisamente muy seductor, pero la alternativa aún lo era menos. La única opción disponible al incremento de los recursos era el control del crecimiento de la población. No obstante, este control implicaba sacrificios mucho mayores que la agricultura y la ganadería, pues llevaba aparejadas graves penalidades psicológicas y físicas. El aborto en condiciones de gran peligro para la mujer, la negligencia y el descuido en el cuidado de los niños pequeños o, en el mejor de los casos, la prolongación de la lactancia hasta el límite de lo posible eran las únicas técnicas de control demográfico al alcance de las culturas de cazadores y recolectores. El cultivo de los campos y el pastoreo de los rebaños implicaban la forzada renuncia a los prolongados ocios a los que estaban acostumbrados, pero al menos hacían posible que la población siguiera creciendo. No había mucho que pensar.
Y fue así como, en diversos lugares del mundo, diez milenios atrás, el hombre se hizo al fin agricultor y ganadero. Un historiador, Braidwood, denominó a estos lugares zonas nucleares, porque desde ellas las nuevas técnicas se difundieron por todo el mundo, en un proceso que duro varios miles de años más. Pero lo cierto es que, aun a su pesar, lo que los habitantes del Próximo Oriente, América central o el norte de China estaban poniendo en marcha era una genuina revolución, la revolución neolítica.
No se trata de una exageración. La magnitud del cambio merece el apelativo, aunque, paradójicamente, el nombre que le seguimos dando, Neolítico, hace incidencia en el aspecto menos importante de ese cambio, ya que con él queremos indicar que el hombre deja de tallar la piedra, como lo venía haciendo durante centenares de miles de años, en el período que denominamos Paleolítico, es decir, Edad de la piedra antigua, para pulimentarla, por lo que denominamos al período Edad de la piedra nueva o Neolítico. No obstante, la nueva tecnología no es lo más relevante, ni se limita sólo a la piedra, a la que acompañan ahora la alfarería y los tejidos. Lo esencial del cambio es que el hombre empieza al fin a intervenir en la naturaleza, a transformarla, iniciando así una andadura que ya nunca abandonará. Se trata, en fin, de la mutación más relevante experimentada por la civilización humana hasta finales del siglo XVIII, cuando da sus primeros pasos la revolución industrial.
Porque los cambios no fueron tan sólo económicos y técnicos. Se transformaron también la sociedad y las creencias. La economía productora llevaba aparejada algunas exigencias insoslayables. No era posible cultivar la tierra si sus dueños continuaban errando sin cesar. La agricultura requería cuidados que imponían una forma de vida sedentaria. Los campamentos y las cuevas dejaron su sitio a los poblados estables; las chozas de pieles y ramas, a las cabañas de madera, a las casas de tapial o de adobe. El tamaño del grupo, al ser más abundante el alimento, crece hasta alcanzar varios centenares de individuos, a la par que disminuye la superficie necesaria para mantenerlo. En los espacios libres se establecen nuevos grupos. Las aldeas se multiplican. En su interior, la sociedad evoluciona. El hombre continúa prefiriendo la caza a la agricultura, y la mujer, que se ocupa del trabajo de la tierra, ve aumentar su importancia, tornándose en matriarcado la tradicional primacía masculina. No se concibe aún la propiedad privada. Los campos, los graneros, los rebaños pertenecen a todos, y todos trabajan en ellos tomando luego cuanto necesitan del almacén común. En cada casa, el agricultor y el ganadero es también alfarero y tejedor. No hay leyes ni se necesitan. Las costumbres, la tradición, son suficientes para guiar al grupo. Los cambios disgustan; crean inseguridad. Se trata, en fin, de una sociedad homogénea, cerrada, que se basta a sí misma en lo esencial; una sociedad de aldeanos, en la que son las relaciones personales, y no los vínculos legales, las que sirven de argamasa al edificio social.
Pero, aunque escaso, el excedente de las cosechas existe ya, y con él, la posibilidad de alimentar a personas, pocas todavía, que no se ocupan de producir alimentos. Las prioridades se imponen. Urge apaciguar a los dioses, ganarse su favor. Y así surgen los primeros especialistas a tiempo completo en la religión y sus ritos. La supervivencia depende ahora, antes que de la abundancia de las manadas, de la fertilidad de los campos, esclava del devenir de las estaciones y su corte de fenómenos meteorológicos. La tierra, convertida en la gran madre, transmutada en deidad fundamental, recibe el culto preferente. Pero no se olvidan los hombres del Neolítico de la lluvia que vivifica los campos, el viento que arrastra las nubes, el granizo que arruina las cosechas. Tampoco se posterga a los difuntos, cuyos restos alimentan la tierra en un ciclo continuo de muerte y renacimiento, venerados en forma de cráneos que adornan las viviendas bajo las que reposan. Milenio tras milenio, el hombre adapta sus creencias y sus ritos a sus necesidades. El objetivo, empero, es siempre el mismo: otorgar alguna seguridad a una existencia precaria en su naturaleza misma, o, al menos, una suerte de consuelo ante sus imprevisibles avatares.
El paraíso perdido
Con todo, la humanidad había puesto en marcha transformaciones en su modo de vida que ya no dejarán de arrastrarla hacia formas de civilización a cada paso más gravosas y exigentes. La naturaleza no siempre se muestra generosa. Es necesario prepararse para las malas cosechas, o el hambre, su corolario inevitable, se abatirá sobre el poblado, con su compaña fatal de enfermedades y muerte. Para impedirlo, no queda sino incrementar los excedentes; sembrar más de lo necesario, atesorar para el mañana, cuando acaso la carestía suceda a la abundancia. Además, la multiplicación de aldeas y campos de cultivo y el crecimiento incansable de la población en las zonas más adelantadas terminan por agotar las tierras más aptas. La falta de espacio conduce al enfrentamiento. Ningún grupo, ninguna aldea o poblado, por humildes que sean sus campos o exiguas sus reservas de alimentos, renunciará a ellos sin lucha. El esfuerzo ha sido demasiado grande, demasiado continuado, y merece la pena recurrir a la violencia para preservar lo que se posee. Ha nacido la guerra.
La combinación de ambos procesos alimenta un cambio trascendental. En cada aldea, en cada poblado, los acrecidos excedentes se usan ahora también para producir especialistas en la guerra. Junto a los magos y sacerdotes, nacen los guerreros. Y las batallas se ganan fuera, pero se pierden dentro. Los soldados poseen las armas y pueden usarlas para imponer su autoridad. La igualdad desaparece, y la semilla de la servidumbre se planta bien honda en el interior de las comunidades. Las exigencias organizativas, impuestas por la construcción de murallas y fosos, por la disciplina y el entrenamiento militar, facilitan la división entre los que mandan y los que obedecen. Los díscolos, los que no se pliegan ante el abuso incipiente, pueden verse privados del derecho a acceder a los graneros colectivos. Podrán huir, pero la huida garantiza una existencia aún más precaria y son pocos los que optan por arriesgarse. Han nacido los jefes; pronto aparecerán los reyes.
Los avances técnicos llevarán a las comunidades de campesinos y ganaderos un paso más allá por el sendero de la servidumbre. El metal, cobre primero, bronce después, cuando el hombre aprenda a fundirlo en íntima alianza con el estaño, pero siempre más maleable y sólido que la piedra y capaz de renacer una y otra vez de sus cenizas, hará posible fabricar herramientas más eficaces y duraderas, aptas para arrancar de los campos cosechas más generosas. El excedente aumenta. Su volumen permite añadir a soldados y sacerdotes un nuevo grupo social que no se verá ya obligado a cultivar la tierra. Y los herreros, que atesoran el precioso tesoro del trabajo del metal, se convierten en imprescindibles para la comunidad. Ya no será posible autoabastecerse. Cada hombre podrá ser a un tiempo agricultor, pastor, tejedor y alfarero, pero no podrá ser también maestro en el arte misterioso del metal. La división del trabajo se impone; las fronteras entre grupos dentro de la sociedad se hacen más nítidas; las diferencias aumentan. Y el guerrero, dotado ahora de nuevas armas, más sólidas y mortíferas, ver reforzarse aún más su primacía en el grupo.
Existen jerarquías, pero tardarán en ver la luz los gobiernos, la burocracia, los impuestos, todo lo que la costumbre, paradójicamente, ha dado en llamar civilización. Es necesario para ello un cambio de escala, mayores excedentes, una población mucho más densa, ciudades, una sociedad más compleja. Las pequeñas aldeas no reúnen las condiciones necesarias para ello. Sólo los grandes ríos como el Nilo o el Indo, como el Tigris o el Éufrates, una vez dominado el ímpetu de sus crecidas, proporcionarán los excedentes suficientes para alimentar a una sociedad más sofisticada sobre la que plantará sus raíces el Estado naciente.
Pero antes se producirán otros cambios. El arte refleja las transformaciones sociales. El Neolítico nos ha dejado una hermosa y variada cerámica; una pintura que, por fin, presta atención a la figura humana, postergada por los artistas de las cavernas, e incluso originales híbridos de naturaleza y arte bajo la forma de cráneos decorados mediante conchas y arcilla. Pero lo que quizá mejor expresa la profundidad del cambio que experimentaba la sociedad humana es la arquitectura megalítica. De grandes piedras se alimentan menhires que marcan territorios o encarnan silentes homenajes a misteriosas fuerzas, dólmenes que sirven de última morada a jefes o cabecillas, alineamientos o círculos de arcanas reminiscencias astrales y, sobre todo, túmulos grandiosos que albergan a veces a todo un pueblo, unido en el tránsito a la otra vida, o, en ocasiones, a un solo hombre, deseoso de mostrar más allá de toda duda la magnitud de su poder en ésta. Nada de ello, empero, habría sido posible sin excedentes capaces de alimentar a artesanos y constructores; sin una organización apta para planificar trabajos tan colosales con técnicas tan pobres y movilizar a cientos o miles de hombres para llevarlos a cabo. Los megalitos, en fin, nos han dejado la mejor prueba de la existencia temprana, en aquellos tiempos a medio camino entre la humilde piedra y el orgulloso metal, de una sociedad que, enterrada para siempre la igualdad entre los hombres, comenzaba a introducir entre ellos distancias insalvables.
CAPÍTULO TERCERO
Reyes y dioses
“Los artesanos, jornaleros y trabajadores del transporte tal vez hayan sido voluntarios inspirados por un entusiasmo religioso. Pero si no recibían una paga por su labor, por lo menos han debido ser alimentados mientras trabajaban. Esto implica que se contaba con un excedente de materias alimenticias para su manutención. La feracidad del suelo, que permitía al labrador producir mucho más de lo que podía consumir, suministró ese excedente. Pero su inversión en los templos sugiere algo confirmado por los documentos posteriores: que los dioses lo concentraron y lo distribuyeron entre sus servidores. Quizá estos dioses eran proyecciones de la sociedad de los antecesores y considerados como los creadores –y por lo tanto, dueños eminentes– del suelo que la sociedad misma había conquistado al desierto y a los pantanos, gracias al esfuerzo colectivo de las sociedades pasadas.”
Vere Gordon Childe: Qué sucedió en la historia, 1985.
El engañoso Edén
En los cinco o seis milenios que precedieron a la invención de la escritura, momento en el que da comienzo la historia propiamente dicha, el hombre había sufrido una profunda transformación en sus modos de vida. La caza y la recolección habían dejado paso a la agricultura y la ganadería; el continuo errar en pos de las manadas de caballos, ciervos o mamuts y la vida en cuevas y campamentos, al vivir sedentario en poblados y aldeas rodeados de majadas y campos de labor; la sólida piedra, el afilado hueso y las toscas pieles, a la humilde pero dúctil arcilla, los prácticos molinos de mano y el delicado fruto del telar. El clan, otrora indisoluble y poderoso, había empezado a diluirse al ganar los hogares familiares autonomía y privacidad, y en el mundo de las creencias, preocupadas las gentes por el preñado vientre de sus campos, las misteriosas deidades de la caza y la procreación se habían batido en retirada ante la gran madre Tierra y los espíritus protectores de los antepasados.
Por el camino, la humanidad había tenido que pagar un alto precio. Los largos ocios de la civilización depredadora hubieron de ser sacrificados en beneficio del cuidado absorbente de los campos y los rebaños. La paz o, en el peor de los casos, las escaramuzas rituales y poco costosas en términos demográficos, dejaron su lugar a una guerra frecuente y mortífera. Y la igualdad entre individuos, apenas matizada por las diferencias entre los sexos que la agricultura había contribuido a reducir, tardó poco en morir en el seno de una sociedad que, de la mano del metal, se tornaba a cada paso más injusta y jerarquizada.
Con todo, en los albores del quinto milenio antes de nuestra era, cambios todavía más profundos estaban a punto de iniciarse. Las culturas de azada no podían ir mucho más allá del punto al que habían llegado. Los excedentes de que disponían no permitían un mayor crecimiento demográfico ni un aumento paralelo de la complejidad de las relaciones sociales, sólo posible cuando un número significativo de personas puede ser mantenido sin necesidad de que entregue su esfuerzo al cultivo directo de la tierra. En algunas zonas especialmente bendecidas por la naturaleza, empero, la aplicación de técnicas tan sólo un poco más avanzadas que las que se hallaban a disposición de las poblaciones neolíticas y de la temprana Edad de los metales podían producir cosechas mucho más abundantes. Los valles de grandes ríos como el Nilo o el Tigris y el Éufrates, en el llamado Creciente Fértil, ofrecían tierras de cultivo de una extraordinaria feracidad gracias al limo que, año tras año, depositaba sobre los campos el desbordamiento de las aguas que seguía al deshielo estival.
Pero las crecidas eran traicioneras. Por desgracia, no siempre acudían puntuales a su cita, y cuando lo hacían, a veces prodigaban sus dones con extrema cicatería y a veces con desmedida largueza. Además, el terreno que anegaban, en su mayor parte cubierto de pantanos y junglas infestadas de animales peligrosos, era muy escaso y fuera de él, el desierto o las montañas que rodeaban los fértiles valles fluviales no ofrecían oportunidad alguna de supervivencia.
Y, sin embargo, aquellos lugares en apariencia inhóspitos parecían alzarse ante los ojos de los hombres como una desafiante provocación. La naturaleza, como escribiera el historiador británico Arnold Toynbee, planteaba un poderoso reto a quienes aspirasen a establecer allí sus hogares. Si se mostraban capaces de superarlo, desecando los pantanos, controlando las crecidas, asegurándose, en fin, un suministro razonable y continuo de agua, recibirían a cambio riquísimas cosechas y un bienestar colectivo inimaginable. Pero superar el desafío exigía un colosal esfuerzo de organización. La infraestructura necesaria para ello, canales y presas, acequias y embalses, demandaba la colaboración de millares de personas, que habían de trabajar guiadas por un objetivo común, sometidas a los dictados de gentes capaces de concebir y planificar obras de tal magnitud. Semejante organización no podía sino lograrse al precio de un mayor sometimiento de la mayoría de la población a manos de la minoría dirigente que detentaba el conocimiento necesario para supervisar las tareas de las que dependía el bienestar de todos. Y después, cuando las presas y los canales comenzaron a rendir su benéfico fruto bajo la forma de cosechas excepcionales, la desigualdad se hizo todavía mayor. Los excedentes, producidos en cantidades nunca vistas, a la vez que aceleraban el crecimiento de la población, permitieron una división social del trabajo mucho más intensa, que contribuyó a establecer diferencias aún más profundas en el seno de la sociedad. Pero si los más díscolos habitantes de las aldeas de la Edad del cobre habían de pensárselo dos veces antes de huir de los abusos crecientes de los poderosos, los moradores de los ricos valles de Egipto y Mesopotamia, de la India y China, no tenían nada que pensar. La alternativa a una vida de trabajo y opresión, pero con vivienda y sustento garantizados, simplemente no existía. Los yermos desiertos y las estériles montañas que rodeaban sus fértiles hogares no tenían nada que ofrecer a quien, cegado un momento por el ansia de libertad, escogiera internarse en ellos.
Así las cosas, el proceso, una vez iniciado, se aceleró poco a poco. Siendo tan abundante el excedente, podía serlo también la población y dentro de ella, las gentes que no necesitaban ya ocuparse por sí mismas de las tareas agrícolas. A los artífices del metal vinieron a sumarse ahora artesanos de toda índole que trabajaban las materias primas más variadas, traídas de lejanas tierras por intrépidos comerciantes. Los sacerdotes, que seguían jactándose de interpretar la divina voluntad de las arcanas fuerzas del más allá, se ocupaban también ahora de domeñar las salvajes aguas del río, mantener en buen uso las obras que lo apaciguaban y supervisar las cosechas, el acopio del excedente y su reparto. Tareas tan ingentes requirieron pronto de la cooperación de centenares de pequeños funcionarios adiestrados en el uso de los complejísimos sistemas de escritura y numeración creados con el objetivo de permitir la administración de los pletóricos graneros y almacenes. Y los soldados, cada vez más numerosos, permanecían entregados a su doble misión de asegurar que nadie se olvidaba de prestar su contribución a los graneros públicos, convertida ahora en forzosa, y mantener alejados a quienes, desde fuera de aquel aparente Edén, tratase de tomar por la fuerza lo que tanto sacrificio había costado lograr.
Y así, poco a poco, la quietud dejó paso al bullicio; la sencillez, a la complejidad, y las aldeas se tornaron ciudades. Mesopotamia y Egipto, otrora estériles tremedales, se poblaron de urbes. Y en cada una de ellas, en su centro mismo, el templo, a un tiempo morada de su dios tutelar y palacio de los sacerdotes que lo servían, se erigía en rector indiscutible de un mundo nuevo que crecía y se afanaba a su alrededor. Graneros donde se guardaban las pródigas cosechas, almacenes para las materias primas traídas de lejanas tierras, talleres para transformarlas en productos de lujo a mayor gloria del dios y de sus servidores terrenales, archivos donde se apilaban cientos de tablillas de arcilla en las que escribas minuciosos registraban con preciso detalle cuanto entraba y salía de la morada divina, todo ello bajo la atenta mirada de los escrupulosos sacerdotes, conformaban una realidad distinta a todo lo que el hombre hubiera conocido hasta entonces. Y en torno al templo, cientos de casas edificadas con humilde adobe, protectoras murallas, profusos canales e innumerables campos de labor, reservados unos al dios y a sus servidores más directos, cedidos otros a los campesinos que alimentaban tan compleja maquinaria con su esfuerzo diario, cada vez menos libres, a cada paso más sometidos a un orden del que ellos venían a ser los menos beneficiados.
Porque, progresiva y quizá inconscientemente, la distancia entre la élite de sacerdotes-administradores y la gran masa de campesinos forzados a entregar la mayor parte de sus cosechas en forma de contribuciones obligatorias a los graneros del templo fue haciéndose mayor. La coacción física, a la que siempre podía recurrirse en caso de necesidad, apenas sería precisa, pues, con todo, la vida de los humildes continuaba siendo mejor que la que podrían soñar siquiera allende los límites de aquel engañoso edén. La sanción religiosa resultaba, sin duda, un instrumento mucho más útil para perpetuar la sumisión de las masas. De la mano del clero organizado, los jefes de aldeas y poblados dejaron su lugar a los reyes. El poder, antes privado de soporte espiritual, se pretendía ahora fruto de la voluntad misma de los dioses, como sucedió en Mesopotamia, o resultado sin más de la filiación divina de los propios monarcas, como fue el caso de Egipto. Su naturaleza, en todo caso, se mostraba siempre muy por encima de los demás mortales para persuadir con sutileza a los descontentos de la evidente inutilidad de cualquier conato de sedición. Gigantescos monumentos, ciclópeas pirámides, inmensos zigurats, llamados a empequeñecer al individuo ante el poder evidente del soberano, y complicados rituales que lo envolvían en una deliberada aura de mágico misterio favorecieron esa impresión. Y, en fin, el Estado, corolario político de tan complejas transformaciones económicas y sociales, entró a formar parte para siempre de la vida de los hombres.
Mientras, el mundo del espíritu se hacía eco de los cambios que experimentaba la vida colectiva. Las fuerzas de la naturaleza, objeto de la veneración de los viejos pobladores de las aldeas neolíticas, completaron su mutación en deidades dotadas de atributos personales. Los viejos tótems se transmutaron en dioses, se encerraron en los oscuros y misteriosos templos, reunieron a su alrededor una exquisita corte de adoradores profesionales y requirieron de las masas devoción y riquezas. Dueños de todo en nombre del dios al que decían servir, los sacerdotes proscribieron las experiencias religiosas individuales, desterraron del Edén a los viejos chamanes y se erigieron en una casta cerrada de burócratas consagrados a arcanos e incomprensibles rituales, sólo en parte visibles para los simples mortales. Y, deseosos de asegurarse la sumisión de las masas, concibieron un mundo habitado por divinidades ordenadas de acuerdo con rígidos principios jerárquicos, un séquito celestial de dioses menores postrados en torno a un dios supremo, un orden sobrenatural que remedaba el mismo orden que aspiraban a perpetuar en la Tierra.
Cada cultura, empero, tiñó con colores propios el lienzo de la otra vida. En Mesopotamia, dioses de poéticos nombres como Anu y Ki, Shamash y Enlil recibían complacidos las ofrendas de gentes que, educadas en el temor, no esperaban del otro mundo sino la oscuridad y la muerte. El país del Nilo, por el contrario, seguro quizá tras la formidable protección del desierto y el mar, alimentó la esperanza de los vivos mediante una elaborada teología que prometía la inmortalidad a los hombres dispuestos a pagarla bajo la forma de precisos rituales y complejas técnicas que, capaces de preservar la integridad de los cuerpos transmutándolos en imperecederas momias, decían serlo también de asegurar la de las almas.
La extensión de la servidumbre
No acabaron aquí los cambios. El Estado y los complicados procesos sobre los que se apoyaba eran expansivos por su propia naturaleza. Una vez que los reyes hubieron visto la luz en Mesopotamia y en Egipto, volvieron los ojos en torno suyo y apetecieron cuanto quedaba al alcance de su mirada. Razones había para ello. La tierra, habitada ahora por una población mucho más numerosa, se había tornado de nuevo escasa y el fantasma del hambre se cernía una vez más sobre los hombres. Además, la organización estatal confería una evidente superioridad militar a los pueblos que la poseían sobre aquellos que carecían de ella. Era, pues, tan sólo cuestión de tiempo que los monarcas trataran de arrebatar por la fuerza las materias primas que necesitaban sus artesanos en lugar de obtenerlas mediante el comercio, imponiendo sin más un tributo forzado a quienes las producían allende sus fronteras, a la vez que incrementaban la masa de trabajadores a su servicio sin más esfuerzo que el de convertir en esclavos a los soldados derrotados. Porque la esclavitud, en aquellas sociedades, se daba en raras ocasiones en el seno de los propios súbditos, sometidos más bien a un estado de servidumbre colectiva que les confería al menos el derecho a guardar para sí una parte de sus cosechas. Los esclavos, privados de derecho alguno, eran casi siempre prisioneros de guerra. Y así, al cadencioso ritmo de los tambores y el metálico son del entrechocar de las espadas, el Estado fue extendiéndose. Nacido a veces en una ciudad, otras en una pequeña región, se enseñoreó de territorios cada vez más amplios. Unos pocos siglos después de su aparición, los estados dieron paso a los imperios.
Tres mil años antes de nuestra era, todo el país del Nilo aparece unido por vez primera bajo el cetro de un solo monarca, Menes, el primero en ceñir la doble corona del Alto y el Bajo Egipto. Cinco siglos más tarde, Sargón, rey de Akad, somete a su dominio la mayor parte de Mesopotamia. Es sólo el principio. Los pueblos colindantes pronto descubrirían que sólo les cabían dos opciones. Podían someterse sin más a los dictados de sus poderosos vecinos, integrándose en condiciones precarias en su desigual red de producción y redistribución de recursos que iba extendiéndose a partir de los núcleos estatales originales. Pero también podían, quizá, optar por imitar su organización, crear ellos mismos sus propios estados y tratar de resistirse a su voluntad imperialista, controlando en beneficio propio sus materias primas y rutas comerciales, o incluso valerse de las ventajas organizativas que el Estado confería para lanzarse ellos mismos a la guerra contra sus vecinos, no con el objetivo de someterlos, sino tan sólo para depredar sus riquezas. Frente a los estados prístinos, en una colosal mancha de aceite que se extendía poco a poco por las regiones más adelantas del planeta, vieron así la luz los estados secundarios, y territorios próximos a la gran media luna fértil donde los hombres habían dado el salto de la barbarie a la civilización como Palestina, Anatolia o Persia desarrollaron también sus propios estados con algunos siglos de retraso. En medio del ascenso y caída de sucesivos imperios a cada paso mayores y más poderosos, el futuro del hombre iba escribiéndose con letras teñidas de servidumbre y de sangre.
Poco, no obstante, debe el progreso general de la humanidad a aquellos imperios tan fastuosos como vanos. Poco, pero no nada. Sin duda no auspiciaron con sus conquistas nuevos progresos técnicos. Todos los avances fundamentales, como el arado, el torno del alfarero, la rueda o el bronce, habían visto ya la luz cuando el primer imperio impuso su dominio a los pueblos vecinos. Pero no puede negarse, empero, que hicieron posible al menos la difusión de estos avances más allá de los lugares donde habían surgido, y, desde luego, lo que sí impulsaron fueron notables transformaciones de índole social y económica.
De su mano, el fabuloso poder del templo y las corporaciones sacerdotales que lo dirigían comenzó a cuartearse. La guerra, corolario forzoso, como vimos, de la combinación de crecimiento demográfico, escasez de tierras y superioridad militar de los estados nacientes, como no podía dejar de suceder, reforzó el poder militar en detrimento del religioso. El rey-sacerdote dejó paso al rey-guerrero; el palacio, como ha demostrado la Arqueología, se independizó del templo y se rodeó a su vez de graneros, talleres, almacenes y tierras. Las conquistas produjeron nuevos cambios. Junto a la propiedad colectiva de los campos, en nombre del dios y en beneficio de sus administradores terrenales, aparece ahora la propiedad privada. Pequeña, en el caso de los soldados que reciben su parcela tras una campaña victoriosa o una larga vida en la milicia; enorme, cuando el beneficiario es un caudillo que ha extendido con sus victorias las fronteras del imperio, pero siempre individual y ajena al control de corporación o gremio alguno. El comercio, antes limitado a los territorios próximos a las ciudades, expande ahora sus rutas a los países más lejanos y, mucho más complejo y diversificado, exige medidas fiables del valor y el precio de las mercancías, unidades que permitan pasar del simple trueque o el pillaje disfrazado de intercambio al comercio en toda regla. El dinero, bajo la forma de lingotes de metal, pesados primero en cada transacción, sellados después para garantizar su peso y su ley, a un paso tan sólo de la moneda tal como hoy la conocemos, satisfará tal necesidad. Y de la mano de las nuevas formas de propiedad y el comercio a gran escala, nuevas clases sociales surgen junto a los sacerdotes y los artesanos. Comerciantes independientes, que trabajan ya en beneficio propio y no tan sólo del templo que antaño requería de sus servicios, y una clase media de labradores libres al fin de su dependencia, pero también verdaderos esclavos en un número nunca visto, fruto indeseable de las interminables guerras, vienen a enriquecer una sociedad a cada paso más compleja.
Y mientras, uno tras otro, sucesivos imperios nacen, crecen, se despedazan y desaparecen, tan sólo para ceder su lugar, después de un período más o menos dilatado de anarquía y caos, a un sucesor llamado a idéntico destino. Sumer, Akad, Asiria, Egipto, Mitanni, Hatti fueron escribiendo con orgullo sus nombres en letras de oro en los anales de la historia. Pero ¿por qué caían y se levantaban los imperios? ¿Qué suerte de misteriosa ley histórica, de existir alguna, imponía destino tan nefasto a construcciones políticas de factura tan sólida? Olvidemos las apariencias. Si por un momento tan sólo rascamos bajo la opulencia superficial de las distintas civilizaciones que durante cuatro milenios fueron desarrollándose, una tras otra, en las tierras de Egipto, Mesopotamia, e incluso la India y China, observaremos, en lo esencial, lo mismo.
Tan colosales edificios históricos responden a una estructura en extremo bipolar en la que una minúscula élite agrogerencial asienta su dominio sobre una enorme masa de campesinos cuyo excedente administra en beneficio propio mientras los mantiene tan sólo un poco por encima del límite de la supervivencia. Las mejoras en el nivel de vida se produjeron sólo al principio. Luego, cuando el entorno alcanza el límite de población que puede soportar con la técnica disponible y dejan de producirse avances nuevos, la única opción es expandir el sistema hacia afuera, en pos de nuevas tierras y poblaciones ajenas. Así nacen los imperios. Pero más territorios exigían más burocracia, más soldados, más tributos para mantenerlos, y crean al punto más corrupción y menor eficacia, pues las oportunidades de autonomía y enriquecimiento para los representantes del poder central son tanto mayores cuanto mayor es la distancia que los separa de él. Y mientras, el interés por la preservación de los canales y presas de las que depende la economía misma del imperio disminuye a igual ritmo. El imperio, en suma, devoraba pronto los beneficios que generaba, aumentando la pobreza y el descontento, debilitándose por dentro y haciéndose más vulnerable a los ataques externos. Así, más pronto o más tarde, la autoridad del soberano se desmorona ante los embates simultáneos o sucesivos de los enemigos internos y externos. El imperio se derrumba en medio de un enorme estrépito de hambre, pillajes, destrucción y caos, dejando paso a una época de anárquico predominio de los poderes locales que, de manera sistemática, concluye cuando uno de ellos o un invasor reúne poder suficiente para imponer de nuevo su autoridad al conjunto. El ciclo se repite una y otra vez; los imperios, uno tras otro, nacen, crecen, envejecen y mueren.
Aún nos queda algo por comprender. A pesar de la naturaleza terriblemente despótica de aquellos imperios, cuando el Estado se transmutó, la religión que le acompañaba se transformó con él, proclamando universales a los dioses nacionales y tiñendo de misericordia y amor su faz antes terrible. Nada hay de sorprendente en esta paradoja. Los dioses misericordiosos proporcionaban un útil instrumento que hacía más fácil el sometimiento de los pueblos vecinos, ganados por las promesas de una vida mejor bajo gobernantes mucho más generosos que los suyos propios. Una ayuda mucho mayor, sin duda, que la que podían proporcionar las viejas deidades prontas a devorar, de uno u otro modo, la carne de los enemigos vencidos. No en vano interesaba más a los imperios nacientes mantener a las poblaciones sometidas produciendo alimentos y recursos en su beneficio que saquearlas y terminar sin remedio con sus posibilidades futuras. Ya por entonces, los reyes comprendían que matar a la gallina de los huevos de oro para obtener de una sola vez todas las pretendidas riquezas que atesora su vientre constituía un negocio mucho peor que esperar pacientemente para apropiarse de su fruto cotidiano. Los imperios, de cualquier modo, no eran sino enormes depredadores llamados a perecer cuando ellos mismos devorasen las riquezas que los alimentaban pero no sabían producir. Grecia y Roma, en este sentido, no fueron sino las últimas manifestaciones de una economía política insostenible a largo plazo. Cuando la expansión territorial ya no fuera posible, tampoco lo sería su existencia. La caída del Imperio romano estaba ya escrita miles de años antes de que se produjera. Pero esto es otra historia.
SEGUNDA PARTE
EL NACIMIENTO
CAPÍTULO CUARTO
El alba de Occidente
“Pero al contrario que los egipcios, los babilonios o los asirios, los nobles no consideraron muy importante que nada cambiara. Sus numerosas incursiones de saqueo y luchas contra pueblos extranjeros les proporcionaron una mentalidad abierta y les hicieron disfrutar con el cambio. Esa es la razón de que, partir de entonces, la historia mundial avance en estas tierras mucho más deprisa, pues, desde aquellas fechas, los seres humanos dejaron de estar convencidos de que lo mejor es que las cosas sean como son.”
Ernst H. Gombrich: Breve historia del mundo, 2005.
La estirpe de Occidente
La civilización occidental vino al mundo en una cuna muy humilde. La región meridional de la península Balcánica, la más oriental de las europeas, es también la más pobre, y no son mucho más ricas las islas que, como en un desordenado rosario, la rodean por doquier. Montañosa hasta la extenuación, fragmentada en innumerables valles mal comunicados entre sí; de una sequedad extrema, azotada por vientos inclementes, sin ríos ni lluvias que alivien a la tierra su crónico anhelo de agua; dueña de un suelo tan parco que apenas ofrece sino rocas que nada pueden prometer a los pueblos de agricultores hechos al cultivo del trigo y la cebada, Grecia, complaciente tan sólo con el olivo, la higuera o la vid, parecía satisfecha de rechazar la compañía del hombre.
Ninguna cultura semejante a las que habían proliferado en el Creciente Fértil podía, pues, germinar allí. El medio era, quizá, menos exigente que en Mesopotamia o Egipto, pero también menos generoso. El excedente, escaso, sólo podía arrancarse tras un denodado esfuerzo, que compensaba a duras penas el incansable trabajo del agricultor. La población, forzada a ser austera, no alcanzaría nunca el crecimiento exuberante de sus vecinas. Y las comunidades humanas, dispersas e independientes, no se sentirían con facilidad llamadas a la cooperación, y menos aún se mostrarían dispuestas a someterse a un Estado omnipotente que no poseía argumento alguno con el que persuadirlas.
Pero Grecia, tan lejana en espíritu, se hallaba muy cercana en cuerpo a las tierras donde los hombres, quizá sin saber del todo lo que hacían, habían comenzado a soportar sobre sus encorvadas espaldas el creciente peso del Estado. Apenas dos milenios antes de nuestra era, los habitantes de aquel mundo de islas y valles fueron también seducidos por el perfume de la civilización. La primera cultura estatal de que tenemos noticia, la minoica, refleja, como un espejo de plata deformado por la impericia de un orfebre principiante, los mismos rasgos de las grandes culturas del Próximo Oriente, aunque adaptadas a las peculiaridades de un entorno distinto. En la isla de Creta, en lugares como Cnossos, Festos o Hagia Triadha, centenares de casas se arracimaron a la sombra protectora de los palacios de reyes que eran también sacerdotes. Junto a su trono, crecieron asimismo almacenes y talleres, y agotados escribas rasgaron con decisión sus tablillas para dejar constancia del incesante acúmulo de las cosechas y el intenso tráfago de las mercancías. Pero la naturaleza, tan pobre aún la tecnología de los hombres, no podía por menos que imponer su tiranía a aquellos pueblos. No siendo allí tan generosa, no podía ser la tierra, sino el mar, el dador de la abundancia, y fueron el comercio y la artesanía, y no la agricultura, los pilares sobre los que se edificó la riqueza de la cultura minoica,
Durante siglos, la talasocracia de los hijos de Minos, rey mítico de quien se decía que había reinado sobre las aguas, extendió sus redes comerciales por el Mediterráneo oriental. Fenicia, Chipre, Egipto, las islas del Egeo y la misma Grecia continental se encapricharon de su cerámica, consumieron su refinado aceite y sin duda admiraron un arte que rendía culto en sus fastuosos palacios adintelados, sus frescos multicolores y sus jarrones y estatuillas a una naturaleza que, tan sobria en dones, se dejaba, empero, querer por unas gentes que amaban ya la vida como mucho después lo harían todos los hijos del Mediterráneo.
Y, sin embargo, aquella cultura espléndida tardó poco en desmoronarse ante el embate de pueblos menos refinados, pero más aguerridos. Mil seiscientos años antes de nuestra era, los aqueos, procedentes del norte, se enseñorearon de la Grecia continental y, al poco, de las islas del Egeo, quizá debilitadas por terribles catástrofes naturales. La cultura de palacio minoica dejó paso a la cultura de palacio de los aqueos, una simple e insulsa imitación del original, aunque mucho más tosca y violenta, una civilización iletrada, bárbara y militarista, como dijera de ella Gordon Childe. Grecia entera se pobló entonces de pequeñas ciudades, en realidad poco más que miserables villorrios que, apelmazados tras la segura protección de sus ciclópeas murallas, defendían orgullosos una independencia que no era sino sometimiento a los caprichosos dictados de un príncipe guerrero que apenas se ocupaba en cosa alguna que la guerra o el pillaje, un monarca inculto y vanidoso que ansiaba despilfarrar sus exiguos botines en la construcción de tumbas monumentales antes que invertirlos en la construcción de caminos o puentes en bien de sus sufridos súbditos. Micenas, la ciudad de reminiscencias homéricas que da nombre a esta cultura paradójica, no fue más que la primera entre aquellas ciudades, hermanas en cultura, religión y arte. Pero se trataba de una primacía honorífica. El poder de su rey no alcanzaba mucho más allá de sus murallas.
Sí lo hizo, empero, la influencia de aquella civilización de contrastes, verdadera encrucijada entre Oriente y Occidente. Los palacios micénicos y sus tumbas se encuentran en Sicilia; su cerámica y sus armas, en Egipto y en las márgenes del mundo germánico. La difusión de los avances culturales no se detiene. Europa entera descubre el metal, como había descubierto el cultivo de los campos y el pastoreo de los rebaños, y son las tierras bendecidas por la abundancia del preciado cobre o el imprescindible estaño las que más se benefician de los dones que, generoso, ofrecerá el Mediterráneo. Los poblados se fortifican; la igualdad entre los hombres languidece; los jefes y los guerreros imponen su dominio en esta vida y en la otra; las tumbas grandiosas proliferan. Las culturas del bronce se enseñorean de una Europa que ignora aún cuán fértil habrá de ser el fermento que, poco a poco, crece en sus costas meridionales.
La eclosión de las ciudades
Pero la historia parece en ocasiones complacerse en destruir para edificar luego de nuevo sobre las ruinas. Mil doscientos años antes de Cristo, una terrible conmoción sacude el Mediterráneo oriental. Los pueblos del mar, señores del hierro, aniquilan el imperio Hitita y hacen tambalearse al Egipto de Ramsés III. En Grecia, los dorios barren la civilización micénica. Las aguas, removidas, se vuelven turbias. Cuando se aclaran, Oriente muestra una faz apenas transformada. Nuevos imperios, Babilonia, Asiria, toman el relevo de los antiguos. No le ocurre así a Grecia y el Mediterráneo occidental. Los siglos oscuros revelan, cuando se hace de nuevo la luz, ocho centurias antes de nuestra era, un mundo bien distinto. La ciudad-estado, la polis, es ahora el pilar sobre el que se asienta la civilización. Los altivos palacios, las tumbas monumentales, las guerras entre príncipes ególatras son cosa del pasado. No hay ahora por doquier sino burgos humildes, caseríos exiguos, aldeas que se han unido para constituir pequeñas villas que forman, con sus campos vecinos, una unidad económica, social y política. Porque la ciudad es todo eso. Su pasar humilde se nutre de los frutos de la tierra; son escasos el comercio y la artesanía. Sus vínculos son de sangre; no ha brotado aún con fuerza el espíritu de la ciudadanía. Su gobierno pertenece a unos pocos, una oligarquía de aristócratas que remontan al pasado las raíces de su autoridad, que se sientan en el consejo que rige los destinos de todos, que acaparan las magistraturas. La asamblea, donde se reúnen los campesinos soldados, los hoplitas, nada decide.
Mas la polis lleva en sí el fermento del cambio. Los cultivos se transforman. El cereal, inadecuado para aquel suelo pedregoso y seco, deja paso al olivo, a la vid. La producción aumenta, pero sus frutos, el aceite, el vino, sienten la llamada del mercado. La población crece, pero el alimento escasea. El campesino, que arranca con su esfuerzo un nimio fruto de la tierra pobre, se endeuda. A menudo pierde su terruño, a veces incluso su libertad. La distancia entre ricos y pobres aumenta. Las tensiones sociales también. Los poderosos buscan una válvula de escape: llenan barcos que, como hicieran antes que ellos los ambiciosos fenicios, parten ansiosos en pos de nuevas tierras. Las colonias griegas comienzan a poblar el Bósforo, el Mar Negro, las costas de Asia Menor, pero también el norte de África e incluso la lejana Iberia, llevando por doquier la cultura, el arte, las costumbres de la Hélade. Pero la colonización resulta ser un arma de doble filo. Las colonias, independientes en lo político, hermanas en lo cultural, aportan nuevos mercados, consumidores necesitados de mercancías que vuelven sus ojos a sus metrópolis esperando de ellas la satisfacción de sus anhelos. La artesanía, al calor de un mercado nuevo y pujante, se desarrolla. El comercio aún más. La aparición de la moneda, en especial la de plata, agiliza los intercambios. Nuevas clases sociales ven la luz. El campesino no se encuentra ya solo frente a las ambiciones de los aristócratas. Pronto se gesta una poderosa alianza.
Los caminos son diversos; los resultados, similares. En ocasiones, un noble ambicioso, un aristócrata frustrado por las derrotas sufridas a manos de los suyos, se proclama campeón de los derechos de las masas; se vale de ellas para afianzarse en el gobierno y disfruta un poder sin límites. Son los tiranos, que, agradecidos, no olvidan beneficiar al pueblo que los aupó, repartiendo tierras, combatiendo a los poderosos, sembrando de obras públicas el paisaje de la ciudad. Pero la violencia no siempre es necesaria. La aristocracia, en ocasiones, cede terreno y acepta negociar el reparto del poder. Brillantes legisladores dan forma a la nueva constitución y la escriben para que nadie pueda acogerse a la costumbre como pretexto para el abuso. El Consejo, por el que desfilan por turno todos los ciudadanos, es ahora el que delibera, el que propone las leyes, pero es la asamblea, en la que se sientan todos los varones en edad militar de la ciudad, la única que decide. Las magistraturas son electivas o se sortea su desempeño. Incluso el sitial de los jueces se ocupa por turnos. Ha nacido la democracia. Atenas, guiada por la mano sabia de Dracón, de Solón, de Clístenes, se erige en modelo. Casi toda Grecia la seguirá.
Es cierto, empero, que se trata de una democracia peculiar. La ciudadanía, hereditaria, se reserva a los varones nacidos en la ciudad, y sólo la poseen quienes arriesgan la vida en su defensa. Los extranjeros carecen de derechos políticos. Las mujeres tampoco los disfrutan. Los esclavos, cuyo número no ha dejado de aumentar, padecen una condición aún peor que en los vecinos imperios de Oriente. Puede hablarse, por vez primera, de un verdadero sistema esclavista, porque los esclavos son muy numerosos, aunque pertenecen aún en su mayoría al Estado, y porque el peso de su trabajo resulta decisivo en el conjunto de la economía. Será una constante de las culturas mediterráneas hasta el fin del mundo antiguo.
Además, no todas las polis han seguido el ejemplo ateniense. Despreciándolo, Esparta permanece fiel al viejo sistema oligárquico. Lo lleva incluso a su culminación bajo la forma de una sociedad sometida a estrictos principios de jerarquía y subordinación del individuo al grupo, una verdadera colmena que castiga el individualismo y lo sacrifica todo a la disciplina militar llevada a sus últimas consecuencias. A su frente, dos reyes, a un tiempo generales y sacerdotes, se vigilan mutuamente, conjurando el fantasma de la tiranía; junto a ellos, cinco éforos, magistrados principales, los vigilan a ambos mientras velan por el respeto a la tradición y las leyes. Pero es el Consejo vitalicio de ancianos, la Gerousía, el que ejerce el gobierno real de la ciudad, en el que la Asamblea no tiene más participación que el voto, por aclamación y sin deliberación alguna. Fuera de la comunidad política, los periecos, artesanos y comerciantes que habitan los alrededores de la ciudad, y los ilotas, campesinos sometidos, son objeto del desprecio universal de los orgullosos espartanos.
Atenas y Esparta, dos mundos en uno, Jano bifronte del alma helena, parecen capaces, por un momento, de colaborar desde la diferencia en la defensa de la civilización común. Así lo hacen frente al invasor persa, que trata de enseñorearse de Grecia a comienzos del siglo V a. C. Luego, concluidas las Guerras Médicas con la derrota de los persas, humillados una y otra vez, en Maratón, en Salamina, en Platea y Micala, cuando la colaboración ya no es necesaria, quizá queda, si no la amistad, la coexistencia. Atenas, elevada bajo la égida de Pericles al culmen de su esplendor económico y cultural, pacta con los espartanos una paz de treinta años. La capital del Ática brilla entonces con luz propia. Ornada por las obras de Fidias, entretenida por las comedias de Aristófanes, conmovida por las tragedias de Sófocles y Eurípides, iluminada por el pensamiento de Protágoras, de Gorgias, de Sócrates, de Platón, Grecia entera se mira en ella como en un espejo que le devuelve, embellecida, su propia imagen. Para muchos griegos, su hegemonía es algo natural, lógico, un fruto de la evidente superioridad de su cultura. No para Esparta. La paz no es posible porque es la paz de Atenas, la supremacía incontestable de una forma de ser griego sobre la otra, de la democracia sobre la oligarquía. La guerra fría deja pronto paso al enfrentamiento directo. Grecia se parte en dos. La llamada Guerra del Peloponeso, en el último tercio del siglo cuarto antes de nuestra era, poseerá todo el encarnizamiento característico de una lucha de ideas, una guerra total, que sólo concluye, agonizante ya la centuria, cuando Esparta sale victoriosa. Luego las hegemonías se suceden. Tebas hereda la primacía espartana; Atenas ansía la grandeza perdida. Los conflictos se encadenan. Grecia está exhausta. Sus campos, arruinados, expulsan al campesino hambriento hacia la ciudad en busca de pan y de trabajo. Y la ciudad, superpoblada, no puede ofrecer ni uno ni el otro. La artesanía se encuentra en crisis; el comercio languidece. La polis, antaño orgullosa, paga así el precio de su obstinación.
El retorno de los reyes
Y mientras, más al norte, en la Macedonia que los griegos desprecian como tierra apenas civilizada, una fuerte monarquía afila sus armas. Su rey, Filipo II, acaricia sueños de conquista. Espera unir a los griegos bajo su mando y lanzar su fuerza renovada contra el viejo enemigo persa, sometiéndolo en su propia casa, vengando así los agravios pasados. Su talento militar, apoyado en sus invencibles falanges, subyuga a sus debilitados y divididos vecinos del sur. Filipo dispone entonces un ejército de diez mil hombres y pone sus ojos sobre Asia Menor. La muerte le sorprende cuando cree ya tocar con la mano el sueño por el que tanto ha luchado. Será su hijo, Alejandro, favorito de la fortuna, el llamado a realizarlo.
Alejandro pone orden en casa antes de visitar la ajena. Los griegos, que sólo ven su juventud, excitados por la brillante oratoria del ateniense Demóstenes, creen llegado el momento de rebelarse. Pronto habrán de suplicar el perdón del joven rey. El cachorro de Filipo en nada desmerece la energía de su padre y aun le aventaja en talento y determinación. En tan sólo diez años, poderoso y fulminante como un rayo, atraviesa Persia de un extremo al otro; derrota una y otra vez a los ejércitos inmensos que el Gran Rey envía contra él, en el Gránico, en Isos, en Gaugamela, y se apropia por derecho de conquista de aquel imperio colosal que abarca desde Grecia hasta el Indo, desde Egipto hasta el Caspio.
No le basta. Alejandro no es un hombre al uso. No conquista para satisfacer sus anhelos de grandeza, para destruir, sino para transformar, para crear. Por eso modela en su mente un mundo nuevo, una civilización distinta, que ha de nacer del abrazo fecundo de Oriente y Occidente. Y, transmutado en demiurgo, la hace nacer, le insufla vida. Funda ciudades, diseña caminos, reanima rutas comerciales, hace circular la moneda, impulsa la artesanía y los intercambios y da a conocer a los griegos aquellas tierras lejanas que describen sus geógrafos y naturalistas.
Pero se trata de un imposible. Pueblos tan diversos en raza, lengua y cultura, separados por distancias tan inmensas, sólo podían permanecer unidos bajo la mano firme de un hombre excepcional. A su muerte, inesperada, prematura, el imperio, que no tiene otro nombre que el suyo propio, se desmorona y de sus ruinas brotan reinos nuevos. Seleuco, Casandro, Antígono, Tolomeo, ayer generales, compañeros de Alejandro, son hoy reyes, soberanos de estados colosales, fundadores de dinastías griegas llamadas a reinar sobre súbditos orientales.
Sin embargo, Alejandro no había soñado en balde. Sus conquistas rompieron para siempre la barrera invisible que durante milenios había separado Oriente y Occidente. Su voluntad indomable dejó ya abiertas por mucho tiempo para los griegos las puertas del comercio con ese lado del mundo, desplegando ante sus espíritus emprendedores materias primas y mercados de una riqueza inconcebible. Atraídos por una fuerza tan intensa, emigraron por millares, poblando una tras otra las numerosas ciudades que el joven monarca y sus sucesores sembraron desde Egipto a la India, llevando con ellos el fermento de su cultura, que germinaría con asombrosa vitalidad, galvanizando el desarrollo de regiones enteras. Las monarquías helenísticas, al fundir de algún modo las tradiciones de Oriente y Occidente, parecieron realizar el sueño de Alejandro. Su esplendor económico, científico, cultural y artístico permitía augurar que la cuenca oriental del Mediterráneo conservaría su papel de conductora de los avances de la humanidad. Sin embargo, no fue esto lo que sucedió. Sería Occidente, y no Oriente, el llamado a liderar el progreso de los hombres.
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