Читать книгу: «El poder político en escena»

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© Luis Arroyo, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S. A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona

rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO495

ISBN: 978-84-900-6981-3

COMPOSICIÓN DIGITAL: Digitalbooks

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Contenido

Dedicatoria

Cita

Nota del autor

Introducción: La leyenda política de un analfabeto

1. El principio es un cóctel de hormonas

2. La captura de Bin Laden y el brazo fantasma

3. El precio del alma de conservadores y progresistas

4. Víctimas de una metáfora

5. Reyes y mitos entre café y soplones

6. La llamada del superhéroe

7. Cierre de filas y repliegues conservadores

8. La cotización del liderazgo político

9. Relatos que se propagan en blanco y negro

10. Corrientes de opinión

11. Contagio

12. En campaña permanente

13. Liturgias

14. El poder político en escena

Notas

Bibliografía

A MAGALI.

QUE ESCRIBIÓ LAS MEJORES PÁGINAS

DE MI RELATO, Y ME DEJA PARTICIPAR

DEL SUYO

Nada más sorprendente para quienes consideran con mirada filosófica los asuntos humanos que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos, y la implícita sumisión con que los hombres resignan sus sentimientos y pasiones ante los de sus gobernantes. Si nos preguntamos por qué medios se produce este milagro, hallaremos que, pues la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no pueden apoyarse sino en la opinión, que es, por lo tanto, el único fundamento del Gobierno, y esta máxima alcanza lo mismo a los gobiernos más despóticos y militares que a los más populares y libres. El sultán de Egipto o el emperador de Roma pueden manejar a sus inermes súbditos como a simples brutos, a contrapelo de sus sentimientos e inclinaciones, pero tendrán, al menos, que contar con la adhesión de sus mamelucos o de sus cohortes pretorianas.

DAVID HUME, 1758 (1975, p. 37)

NOTA DEL AUTOR

Tengo la fortuna de trabajar habitualmente entre las bambalinas del poder. En esos lugares a puerta cerrada en los que se trazan estrategias, se diseña la comunicación de las iniciativas políticas y administrativas, se organizan mítines, se preparan debates o se redactan y ensayan discursos. Es un trabajo poco transparente, como lo es el de productores, escenógrafos, directores, técnicos y actores en el montaje de una obra dramática. Mi suerte es aún mayor al poder hacer ese trabajo en lugares y contextos diversos: para gobiernos o partidos de oposición, cuando se gobierna o cuando se hace campaña, en países y momentos distintos.

Me ha resultado siempre fascinante, a pesar de esa variedad de contextos en los que los percibo, la persistencia de ciertos fenómenos universales, como son el discurrir previsible de las corrientes de opinión por los canales señalados por las élites, la presencia obstinada de ciertos rasgos ideológicos aparentemente universales o las similitudes de los rituales políticos y las respuestas de los públicos que participan de ellos. Esa fascinación me ha orientado a buscar sus orígenes y sus expresiones y me ha llevado hacia un buen número de disciplinas diversas en las que no soy ni remotamente especialista: la genética, la neurología, la antropología, la lingüística, la zoología... y otras que sí resultan más familiares a los que nos dedicamos a la comunicación política, como la sociología, la historia, el periodismo o la ciencia política.

Lo que se puede leer en las páginas que siguen es una mezcla ecléctica y caprichosa de retazos de esos campos del saber que no suelen encontrarse en los textos existentes. Es seguro que habré llegado a deducciones excesivamente simplistas en ocasiones, algo que he tratado de evitar apoyándome en los abundantes trabajos dispersos de muchos especialistas que sí lo son en sus respectivas materias. Yo necesitaba, sin embargo, asumir el riesgo de la simplificación para contribuir modestamente a dotar de solemnidad y grandeza a esta profesión mía que tiende más bien a la superficialidad, la arrogancia y la temporalidad.

Esta tarea fue posible gracias a la generosidad con que me hicieron partícipe de sus desafíos los políticos y las instituciones con los que trabajé, a los que estaré siempre agradecido. También gracias a los consejos de mi editor, Joaquín Palau, que me recomendó que explicara mis rutas intelectuales preferidas mejor que tratar de contar las mil rutas de otros.

Pero sobre todo he de dar las gracias por las largas y apasionantes conversaciones acerca de las materias de este libro, en los cafés de Madrid, de Bogotá, de Caracas o de Santo Domingo, a mis queridos colegas y amigos Joaquín Fernández, Josué González, Melvin Peña, David Redoli y Óscar Santamaría, que leyeron el texto y aportaron utilísimos comentarios, y eliminaron en algún caso graves errores. Óscar, en particular, me acompañó generosamente en cada paso. Estoy en deuda también con Miguel Barroso, María José Canel, Fernando Flores, Jon Haidt y José Miguel Vidal, que revisaron versiones diversas del texto y me regalaron sus consejos.

Siempre supe que de la lectura que hiciera mi madre no podría fiarme demasiado, porque sería excesivamente cariñosa en su juicio, y así fue. Pero ella, como siempre, me animó a seguir y me ofreció su apoyo incondicional. Es inmensa la gratitud que siento hacia esta mujer admirable y hacia mi padre, que siempre fue un estímulo intelectual para mí.

Escribí este libro en horas robadas a mi esposa y a mis hijos. No podré devolverlas, pero que quede aquí mi declaración del amor que siento por ellos.

INTRODUCCIÓN

LA LEYENDA POLÍTICA DE UN ANALFABETO

Hombre con nobles y ricas vestiduras, tendrá la cabeza ceñida por una serpiente, y con la mano izquierda sostendrá un cetro con un ojo en lo alto, y el brazo y el dedo índice de la mano derecha extendidos, como suelen hacer los que tienen dominio y mandan. La serpiente era un signo notable de dominio entre los romanos; como confirman los ejemplos de Severo y el joven Maximiliano, cuyas cabezas rodeadas de serpientes que no atacan ni hacen daño son moneda de futura grandeza. El ojo simboliza la vigilancia, la que el gran Príncipe tiene que tener si quiere el dominio absoluto sobre el pueblo.

CESARE RIPA, Iconología, 1603[1]

José Doroteo Arango Arámbula fue bandido, albañil y leñador sin estudios, pero construyó una de las narrativas políticas más interesantes, duraderas y universales del siglo XX. Un relato que aún hoy reproducen sin saberlo niños de todo el mundo cuando se disfrazan en las fiestas infantiles y cubren su cabeza con un sombrero charro, calzan botas de montar y cuelgan pistola al cinto. El mito de José Doroteo, Pancho Villa para la posteridad, fue por él mismo construido con minucia. Comienza la leyenda con el misterio de su origen (¿fugitivo de la justicia tras asesinar al terrateniente que había violado a su hermana?, ¿simple hijo ilegítimo que adopta nuevo nombre y apellido para ocultar su nacimiento vergonzante?) y se extiende hacia la eternidad en miles de imágenes millones de veces reproducidas, esculturas urbanas, canciones, estampitas, biografías, novelas, cómics, y no menos de 33 películas de televisión y de cine en las que el mito es representado por actores del caché de Antonio Banderas o Yul Brynner.[2]

El relato de Pancho Villa es muy poderoso: guerrero habilidoso, audaz y escurridizo, que se levanta en armas contra el invasor y contra el rico en defensa de sus hermanos pobres. Es una narrativa universal: la de los rebeldes españoles que inventan la guerrilla para desalojar a los franceses, la de otros defensores de la emancipación latinoamericana (empezando por Simón Bolívar y terminando con el último mito vivo del siglo pasado, Fidel Castro, y en el pequeño mito televisivo hoy desvanecido del mexicano escondido tras el pasamontañas, el subcomandante Marcos) y la de muchos personajes de todo el mundo que protagonizan el relato del débil contra el fuerte. De la revolución contra los poderosos y los invasores vivieron y murieron guerrilleros contemporáneos en movimientos armados más o menos legitimados, como los tupamaros uruguayos, las FARC colombianas, Sendero Luminoso de Perú, el IRA irlandés, la ETA española o tantos otros: pretendidas encarnaciones, cada cual a su manera, del mito británico de Robin Hood. A cualquiera de los cachorros de esas organizaciones hoy llamadas simplemente terroristas por las autoridades respectivas, les elevaría el espíritu leer las palabras con que Paco Ignacio Taibo habla de los primeros años de la construcción del mito villista:

Si bien [Villa] no construye reconocimiento social en esos años, sí construye la red y la ética, las reglas del juego y los odios a la oligarquía. La palabra se cumple, no se traiciona a un compadre, no se le roba a un pobre (a no ser que haya extrema urgencia, porque además hay poco que robar), no se viola a una mujer y sí en cambio se la seduce, se casa uno con ella, por la iglesia, por el juez, con varias si es necesario; no se respeta a los ricos ni a los curas sino a los maestros de escuela; se protege a los niños. Junto a esta ética, Villa creó un estilo: cambia de nombre como de sombrero; si va a dormir en una casa, que sea una que tenga patio y ventana para salir huyendo; no duerme uno en el lugar donde se acuesta; el caballo debe estar presto; la pistola, cargada y uno debe aparecer donde nadie lo espera.[3]

Interesa el caso de Villa porque sorprende su precocidad y su ambición en la puesta en circulación de su propia narrativa, de su propia leyenda. Por pura intuición. Sin apenas leer. Sin asesores de imagen: sus precursores, los agentes de prensa, están naciendo en esas fechas en Nueva York, pero es de locos pensar que Villa podría haber contado con uno.

Sin embargo, el día de Navidad de 1913, la revista Leslie’s, una de las más influyentes publicaciones de la época en Estados Unidos, que tiró en aquella ocasión más de 400.000 ejemplares, dedicó su portada al «audaz líder “bandido”», con una bella fotografía del guerrero montado y armado. Solo un mes después, los representantes de Villa firmaron un contrato con la poderosa productora Mutual Film Corporation. Por parte de la compañía firmó el abogado Gunther Lessing, que luego sería vicepresidente de los estudios Disney. Los productores filmarían sus batallas con él como protagonista. El revolucionario se reservó un 20% de los beneficios de explotación de la película y recibió un anticipo de 25.000 dólares (unos nada despreciables 400.000 euros de hoy). La Mutual rodó aquella película muda, que se estrenó en Nueva York, aunque en México pasara desapercibida. Luego vinieron otras, hasta cuatro, en las que Pancho Villa se representaba a sí mismo.

El líder no olvidó a la prensa escrita como apoyo a su causa. Ese mismo año se fundó en Chihuahua el periódico Vida Nueva, un diario al servicio de la causa villista, que se publicaba en la zona controlada por el caudillo y su División del Norte. Años más tarde, otro Robin Hood mítico, Ernesto Che Guevara, declararía que «la presencia de un periodista extranjero, de preferencia estadounidense, tenía para nosotros más importancia que una victoria militar».[4]

José Doroteo Arango Arámbula, jinete habilidoso, inculto y mujeriego, pasó a la historia como un libertador audaz defensor de la causa del pueblo. Construyó su propio mito de manera personal. Dispuso para ello de los medios de comunicación a su alcance: un cine incipiente y mudo, unos periódicos y revistas leídos aún solo por una minoría. Y millones de personas dispuestas a relatar y exagerar sus hazañas en la tradición oral. Y así, gracias a la fascinación nueva de las imágenes en movimiento y también de las conversaciones, canciones y relatos de la gente corriente y analfabeta y de las imágenes millones de veces impresas,

este nuevo líder montado y con espuelas representaba la rebelión contra la desigualdad de la riqueza. Cada peón deseoso de un pedazo de tierra en Chihuahua se emocionaba con una indirecta satisfacción cuando robaba ganado a los Terrazas, o cuando confiscaba fábricas o propiedades después de las batallas e imponía a los ricos contribuciones forzosas. En Villa confluían los anhelos de todo un pueblo oprimido, con ansia de venganza y con sed de justicia. La satisfacción de esos anhelos que Villa les proporcionaba a sus soldados, lo colocaba ante ellos como un ser carismático y adorable. Era una representación de ellos mismos decidiendo sobre su propio futuro. Era el poder en las manos de uno de ellos.[5]

Según Taibo, Villa estaba menos fascinado por los medios estadounidenses que estos por él, pero como mínimo el revolucionario fue muy consciente de la importancia de la prensa y el cine en la extensión de su leyenda, vistos los acuerdos que firmó con la Mutual, los posados ante las cámaras, las llamadas que hacía a los directores de los periódicos para corregir informaciones, y que su hermano afirmara, años más tarde, que «el indómito Pancho Villa temía más un ataque de la prensa que perder una batalla». Incluso aceptaba ponerse un uniforme que le prestaba la Mutual para dotar a las imágenes de un aire más marcial.

Interesa Villa porque sus hazañas reales e inventadas se difundieron como una epidemia por el México empobrecido de la época, y se proyectaron luego en todo el mundo.

Interesa porque detrás hay un relato conscientemente construido. Villa alimentó su propio mito utilizando para ello a los cronistas de su tiempo, a los fotógrafos, a los escritores y a los camarógrafos que aprendían entonces a grabar para el cine.

Cuando ya en 1921 está retirado después de decenas de batallas, recibe a una periodista estadounidense, redactora del New York Tribune, con quien conversa largo y tendido. Interesa Pancho Villa porque, hasta en esas conversaciones cansadas y nostálgicas, su actitud con la periodista es también rabiosamente moderna: el político envejecido que reniega del retrato que de sí mismo encuentra en la prensa. Dice el cansado guerrero:

Villa el bandido, Villa el asesino, Villa el enemigo de los americanos. Señorita, yo no soy un bandido, no soy un asesino y no soy enemigo de los norteamericanos [...]. Esta injusticia pesa. Me gustaría que en vez de que me juzgaran los periódicos, me juzgara un tribunal.

Interesa Pancho Villa porque su cadáver fue causa de disputa, como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia con hombres y mujeres controvertidos. Si en nuestro tiempo el presidente Obama aprobó que los restos de Bin Laden fueran echados al mar después de darle muerte al villano, para que su tumba no se convirtiera en lugar de peregrinación, tampoco el gobernador de Chihuahua le concedió al Villa muerto la dignidad de la cripta que él mismo había comprado en la capital del estado. Tras su asesinato (150 balazos contra su coche) fue enterrado en una modesta tumba.

Villa interesa porque la leyenda perdura en el tiempo, y se funde con teorías de la conspiración que llegan hasta hoy. Alguien profanó su sepulcro y le arrancó la cabeza tres años después de muerto. Se dijo, y nadie lo confirmó nunca, que el cráneo se exhibió en el circo Ringling, o en el Museo de Historia Natural de Nueva York... Algunos dicen que el expresidente Bush hijo sabe dónde está, porque, afirman, su fraternidad universitaria, Skull and Bones («Calavera y Huesos»), fue quien pagó por el cráneo y lo guarda en su sede principal. Ni siquiera hay constancia fehaciente de que los restos que supuestamente están en el Monumento a la Revolución en la Ciudad de México, después de larguísimos y enconados debates políticos en el país, sean realmente los de Pancho Villa.[6]

Es interesante el caso de Pancho Villa por el relato, por la simbología, por el contagio de la historia entre la gente, por la fascinación que genera, por la construcción del mito, por la confusa combinación de lo cierto con lo falso, por la transmisión colectiva de valores y fundamentos morales, por la difusión de disparates... Porque es, en fin, un interesante caso de creación, contagio y pervivencia de una historia política entre la gente, que es el objeto de este libro.

UN FENÓMENO UNIVERSAL

En lo esencial —la construcción social de historias compartidas y su difusión a través de los símbolos y del lenguaje—, la era de Internet no es muy distinta de la de Pancho Villa, ni muy distinta de cualquier otra. El caballo, por ejemplo, ha sido símbolo del poder desde la Antigüedad. En todas las civilizaciones los líderes simbolizaban su poder en representaciones que los retrataban montados y preparados para la batalla. Esa tradición se consolida a lo largo de la historia, no solo en Europa sino en todo el mundo. En los últimos años se han exhibido montando a caballo el presidente francés Nicolas Sarkozy, el colombiano Álvaro Uribe, el ruso Vladimir Putin, el rey de Marruecos Mohamed VI y otros muchos líderes contemporáneos.

El caballo se une así a los símbolos ancestrales del poder: la corona —circular, símbolo de la luz y la perfección— de origen anterior incluso a la versión de laurel utilizada en los juegos olímpicos; el cetro —el bastón que simboliza el mando y la guía— presente en el Egipto de los faraones, y aún utilizado hoy en todo el mundo en versiones diversas; así como el trono, que representa elevación, equilibrio y solidez, y que vemos también en la iconografía religiosa, o la púrpura y la piel de armiño, tan presente en la historia de las dinastías imperiales europeas. (Los defensores de los animales y los críticos del exceso de pompa vaticana protestaron cuando en 2005 el papa Benedicto XVI sacó del baúl un viejo camauro, un gorro parecido al de Papá Noel forrado de piel de camello, y también su esclavina, el manto que cubre el pecho y la espalda, símbolos ambos de majestad.)[7] La llave y la espada, el águila y el león adornan asimismo las innumerables pinturas, esculturas, relieves y representaciones que desde el momento mismo en que empieza a existir la sociedad humana, hasta hoy, ayudan a escenificar el poder.[8]

En los 3.500 años que discurren entre el desarrollo de las civilizaciones antiguas y el siglo XVI, en el que aparece la prensa periódica, el público y la información de masas, la comunicación política es mítica y está vinculada a la comunicación religiosa. El ciudadano sabe que en algún lugar remoto existe un rey que no verá en persona ni escuchará jamás, pero que representa a través de sus símbolos la tradición, los anhelos y las frustraciones de un pueblo. En la medida en que la imprenta, el telégrafo, la radio, el cine, la televisión e Internet fueron extendiéndose, la iconografía política va cambiando y haciéndose menos mágica, menos mítica, menos pomposa, más cercana. Pero resulta algo cómico proclamar, como hizo en 1997 el prestigioso politólogo italiano Giovanni Sartori, la llegada del Homo videns, como degradación del Homo sapiens, y la videopolítica como versión empobrecida de la política a secas.[9] Si algo ha hecho siempre el ser humano ha sido ver. Y si algo ha sido siempre la política es política visual. Si algo tiene el poder político es su manejo de lo simbólico y no solo de lo instrumental. Podemos imaginar un mundo perfecto en el que unos tecnócratas bien adiestrados pueden encontrar las mejores soluciones a los desafíos colectivos sin dejarse llevar por emociones y responder así ante un ciudadano medio racional, ilustrado, reflexivo y equilibrado. Pero eso no será política; no será al menos la política que el mundo ha conocido hasta hoy.

Si la videopolítica no es nueva, tampoco lo es el aparentemente vanguardista storytelling, del que se habla mucho en la actualidad, muchas veces para denostarlo. El término ha servido a algunos para darle nombre y actualización a la práctica que los políticos vienen ejecutando con más o menos pericia desde hace milenios: la narración y la puesta en escena de relatos colectivos con el fin de mantener con ellos el poder o conquistarlo. Y la costumbre de la gente de guiarse y construir y propagar ella misma esos mismos relatos. Otros, en lugar de identificar en el storytelling la ancestral práctica de las historias de caza que cuenta la tribu alrededor del fuego, llenas de guerreros valientes, héroes que unieron a la comunidad y enemigos perversos que la desafiaron, se rasgan las vestiduras anunciando «el declive de lo político», como lo describe uno de los más destacados críticos, Christian Salmon:

Las próximas campañas electorales de Europa, inspiradas por estas técnicas que se concibieron en 2008 y que asocian un cierto dominio de la retórica, el poder de escenificación, el arte del relato y las nuevas tecnologías digitales, probablemente se parecerán mucho a la que se ha convertido en la madre de las batallas electorales: la campaña de Obama. [...] Las campañas electorales se han convertido en festivales de narración durante los cuales más que ideologías se enfrentan personajes y donde el voto sanciona no tanto las competencias de un actor-candidato, sino más bien sus resultados, su capacidad para captar la atención y suscitar emoción. La experiencia política cede su lugar a la competencia ficcional. La retórica prima sobre los programas políticos, y las cualidades que se exigen a un futuro presidente abandonan el terreno administrativo, jurídico, económico o ético para instalarse en la performance narrativa.[10]

Convendría quizá aportar algunos matices a la profecía: esas técnicas se concibieron hace miles de años y son intrínsecas al ejercicio de la política. Las tecnologías digitales, por su parte, son una herramienta más para su práctica, y con seguridad menos revolucionaria, a estos efectos, de lo que lo fueron en su día la prensa, la radio y, desde luego, la televisión. No hay constancia alguna de que en otro tiempo la mayoría de la población —que por lo demás ni siquiera sabía leer hasta hace algo más de un siglo— se guiara por otra cosa que no fueran los relatos que le contaban y la simpatía hacia sus personajes. Quizá la trampa esté en tomar la parte por el todo. Renegar de las falsedades, los engaños y las imposturas de quienes no te gustan —como en el caso de Salmon los presidentes Bush y Sarkozy— y dejar fuera de la quema a quien sí te gusta es como renegar de la totalidad del arte de la cocina porque no te gustó lo que te sirvieron en el último restaurante. Hay historias mentirosas, políticos sin escrúpulos, traidores y egoístas, y los hay también con buena voluntad, honestos y generosos, como hay narrativas inspiradoras y sublimes. Las técnicas narrativas son similares, sin embargo, en todos los casos, como dejaron patente, con otros muchos, Gandhi, King o Mandela y no solo Hitler o Stalin.

Las preguntas fueron y serán siempre las mismas. Por qué la gente se somete de forma voluntaria a los mandatos de los líderes; cuáles son las bases físicas, psicológicas y sociales para que se produzca esa disposición; cómo se construyen los estados de opinión que subyacen a los movimientos y tendencias sociales y políticos; cómo se expanden las ideas, las leyendas, los mitos, las teorías conspirativas, los rumores, las opiniones; por qué la ciudadanía aprueba unas cosas y rechaza otras; cuáles son las condiciones en las que la gente se moviliza; cómo se logra atraer la atención del público y de qué forma se canaliza en beneficio de los gobernantes o sus opositores; qué papel tienen los medios de comunicación en esos procesos de construcción de la opinión pública y de seducción colectiva; cómo manejan los poderosos esos impulsos y corrientes.

LA POLÍTICA COMO DRAMA

La metáfora del espectáculo —la política como puesta en escena— es la que mejor explica los principios y procesos de la comunicación política. A fin de cuentas, la mayor parte de la gente ve la política hoy desde el sillón de su casa y habla de ella como si se tratara de una representación ajena. La inmensa mayoría no participa nunca; si lo hace, es a duras penas votando cada cuatro años. Los gobernantes se saben actores cuyo desempeño depende no tanto de lo que hacen como del resultado final de su representación. Y los medios, sus propietarios y sus trabajadores son conscientes de que, por serios y responsables que pretendan ser, deben ofrecer un espectáculo si quieren captar la atención de la audiencia de la que dependen económicamente.

Espectáculo no es aquí un término peyorativo. La tercera acepción del Diccionario de la Real Academia Española lo define como una «cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles».[11] Un debate presidencial televisado encaja bien en esa definición; también una toma de posesión, un mitin electoral, los episodios en los que se va narrando del desarrollo de una política pública, o la respuesta de un líder ante una crisis. La política toda puede encajar en esta definición.

La política es para la mayoría de nosotros un desfile pasajero de símbolos abstractos, aunque un desfile en el que la experiencia nos hace sentirnos como una fuerza benevolente o maligna que puede ser casi omnipotente. Puesto que la política puede conferir bienestar, arrebatar la vida, encarcelar y liberar a la gente y representar una historia con fuertes asociaciones emocionales e ideológicas, sus procesos se convierten en objetos en los que fácilmente se desplazan las emociones privadas, especialmente fuertes ansiedades y esperanzas.[12]

Si la política es un espectáculo, podemos extender la metáfora dramática al contenido de las iniciativas y proyectos para hablar de los relatos de los líderes y de los guiones que estos representan conforme a una escenografía casi siempre diseñada según una narrativa secuencial. Y de los políticos mismos como personajes que actúan en un drama que se representa ante los espectadores generalmente pasivos en los que tratan de suscitar ciertas emociones. Hace ya sesenta años que el filósofo y teórico del lenguaje Kenneth Burke sometió la motivación humana a cinco elementos que resultarían muy familiares a cualquier dramaturgo y también a cualquier reportero, porque coinciden con las famosas preguntas, esas que les enseñan el primer día de clase en la universidad. Dice Burke:

[...] Cualquier afirmación sobre motivos ofrecerá algún tipo de respuestas a estas cinco preguntas: qué se ha hecho (acto), cuándo o dónde se hizo (escena), quién lo hizo (agente), cómo lo hizo (agencia) y por qué (propósito)... Acto, Escena, Agente, Agencia, Propósito. Aunque, a lo largo de los siglos, los hombres han mostrado gran pericia e ingenio al reflexionar los asuntos de la motivación humana, uno puede simplificar el asunto con este quinteto de términos clave, que se entienden casi de un vistazo.[13]

Como el arco del proscenio en el teatro o el marco de un cuadro en la pintura, los medios de comunicación fijan los límites de lo que se ve. Las historias periodísticas construyen y reconstruyen las concepciones que una sociedad tiene de sí misma, los significados de lo que pasó y de lo que está por venir.

Tomemos, por ejemplo, el ataque a las Torres Gemelas, el evento político con el que comienza el tercer milenio, y el desarrollo de los acontecimientos que sacuden el mundo en su primera década. Podríamos hacerlo desde la perspectiva de la geopolítica, y estudiar los ataques y las guerras de Afganistán y de Irak como la tensión política entre dos fuerzas desiguales: el yihadismo islamista y Occidente. Cabe también un análisis económico: la batalla por el control de un recurso aún fundamental en el momento, como es el crudo de los yacimientos de Oriente Próximo. Caben múltiples aproximaciones.

Pero ninguno de esos análisis, ninguno que pudiera hacerse, debería prescindir de la forma en que los actores ponen en escena sus posiciones ante los espectadores. La mayoría de nosotros, sabiéndonos influidos por aquellos acontecimientos, tan solo hemos participando en ellos poniendo una papeleta en una urna, y quizá saliendo a la calle atendiendo a la llamada de alguna organización política.

Hemos sido espectadores de un drama vibrante construido en una secuencia bien definida por sus actores, aunque fuera un drama escrito sobre la marcha. El ataque aquel fatídico día de septiembre y los hitos posteriores no son solo eso, pero desde luego sí son episodios en un relato escrito, narrado y representado por actores convertidos en héroes, villanos, víctimas, verdugos, jueces y testigos; en escenarios diversos: trincheras, bombardeos nocturnos, desiertos lejanos, estrados judiciales, muertos, manifestaciones callejeras, salones con moquetas y banderas, remotos escondites de terroristas con la cara cubierta y lastimosos rehenes... Esos relatos, esos actores y esos escenarios han sido definidos por sus protagonistas para persuadir a sus públicos. Hay una gramática del acontecimiento y de los motivos, como diría Burke. Esos acontecimientos no simplemente reflejan la realidad, sino que la construyen.[14]

Visto desde Occidente, el relato es muy poderoso, y su argumento central, muy simple: unos villanos (los talibanes) nos atacan y nos humillan matando a miles de los nuestros. Respondemos unidos tomando el país de los villanos (Afganistán) y buscando a su líder (Osama Bin Laden). Pero no lo encontramos. Entonces, una parte de los nuestros traslada su persecución a un amigo del villano (Sadam Husein), pérfido como él, y decide invadir su país (Irak). Pero eso a algunos (a casi toda Europa) les parece un exceso y una excusa, y mostramos un fuerte rechazo (en forma de manifestaciones masivas y castigo electoral a los líderes que se embarcan en la invasión). Finalmente, el héroe inicial (Bush) termina por desprestigiarse porque, aunque se encuentra y se elimina al nuevo villano, la batalla no acaba de ganarse y el viejo y originario sigue fugitivo. Finalmente, el país atacado mata al villano originario, lo arroja al mar y celebra en la calle la venganza.

Como es natural, aunque los seres humanos no suelen hablar —a veces ni siquiera los conocen— de los relatos de otros grupos, la narrativa es muy distinta en función del grupo que la cuenta. Para un saudí, toda esa historieta es inverosímil. También para un turco o un iraní. El villano maligno es para ellos Bush, y el atentado del 11-S bien podría haber sido causado por él mismo. Tan importantes son los valores colectivos que esas narrativas alternativas transportan que podríamos hablar de una «geopolítica de las emociones», que es la propuesta de Dominique Moïsi, un profesor francés, que nos dice que mientras unos actúan bajo la influencia del miedo (Occidente), otros lo hacen bajo la humillación (el islam) y otros con esperanza (Asia).[15]

No hablaríamos de relato si no hubiera una constante actividad narrativa en los protagonistas de los acontecimientos. Visto desde Occidente, los villanos atacantes saben bien del impacto simbólico de su acción y eligen las Torres Gemelas, el Pentágono y, según parece, el Capitolio, iconos de los tres poderes de los infieles: económico, militar y político. Entre los líderes de las víctimas, uno, el alcalde Giuliani, pasa a la historia por representar de manera extraordinaria su compasión, su fuerza y su tenacidad apareciendo en el lugar del ataque al instante, decisión claramente innecesaria —y de hecho cuestionada— desde el punto de vista logístico, pero imprescindible desde una perspectiva narrativa. Bush decide tomarse el ataque como una declaración de guerra, a la que él llamará cientos de veces, promoviendo un marco específico, «guerra contra el terror». Tanto la Guerra de Afganistán como la de Irak, que se inician tras el atentado, son transmitidas en directo con unas afinadas condiciones para la propaganda: hay periodistas «empotrados» que cubren las batallas junto a los soldados, imágenes definitorias cuidadosamente manufacturadas y difundidas, como el nefasto cartel que reza MISIÓN CUMPLIDA tras un Bush pretendidamente triunfante, la revisión de la dentadura del capturado y confuso Sadam Husein o aquellas bolsitas llenas de ántrax en manos de las autoridades que aparecieron en las pantallas de todo el mundo para concretar visualmente la amenaza que debía justificar la invasión.

Nos parece que tales cosas simplemente sucedieron en realidad, pero está claro que fueron manufacturadas para suceder de tal forma, como parte de un relato. Sus protagonistas eran actores en la puesta en escena de esa narrativa.

Para decepción de quienes creen que solo manufacturan la comunicación los mentirosos, veremos en estas páginas decenas de causas hoy tenidas por nobles, cuidadosamente escenificadas. No fueron menos fabricadas las comunicaciones del presidente Roosevelt durante el New Deal, del reverendo Martin Luther King en la década de 1960, de las mujeres defensoras del sufragio universal, de Nelson Mandela y los luchadores por el fin del apartheid en Sudáfrica o de Mahatma Gandhi durante la lucha por la independencia de India. Los medios que aplicó cada cual variaron conforme a la disponibilidad tecnológica del momento y el contexto de su comunicación. Pero los principios fueron en todos los casos idénticos: un relato de poder que narrar, un público a la escucha al que persuadir, una puesta en escena que organizar, unos líderes convertidos en protagonistas de su propio guion histórico.

Desde que existe, es decir desde el nacimiento mismo del ser humano, el poder se ha expresado a través de símbolos: utilizando la palabra en el discurso, el arte en todas sus formas, el simbolismo que expresaba el orden jerárquico y la identidad y los anhelos de los pueblos y sus líderes. El poder siempre se ha puesto en escena. De hecho, la dramaturgia del poder es intrínseca al poder mismo. La mujer y el hombre necesitan construir estructuras simbólicas y narrativas que expliquen su origen y su destino y que alivien la angustia existencial, dotando de sentido y previsibilidad a los acontecimientos. Tanto en las sociedades tradicionales como en las modernas, las prácticas rituales, las liturgias públicas, el simbolismo artístico son parte de la construcción mítica que nos permiten orientarnos. Esos rituales pueden ser sencillos, inadvertidos o prosaicos, como el primer ministro de hoy que desciende de su atalaya para comer con los menesterosos en Navidad, o el ministro que se somete a una sesión de control parlamentario, o el candidato que entra en un estadio al son de la música del partido en una campaña electoral. O pueden ser ritos grandiosos, como el preciosista y acompasado desfile del ejército chino en el 60 aniversario de la Revolución, la solemne investidura en el Capitolio de los presidentes estadounidenses, o un debate electoral que suscita la atención de millones de electores.

Los científicos sociales coinciden en reparar «en la existencia del instinto de alcanzar la trascendencia y crear nuevos universos culturales innato en el ser humano, un instinto que se activa sobre todo cuando el orden establecido se encuentra amenazado».[16] Por mucho que las sociedades humanas quieran distinguirse unas de otras, la panoplia de símbolos es sorprendentemente limitada en lo esencial, como explica un psiquiatra:

Toda experiencia esencial de la existencia humana se representa por medio de símbolos y relatos que, a pesar de su diversidad, se parecen de forma sorprendente entre sí, independientemente del lugar donde se hayan originado [...] El simbolismo es una lengua que trasciende la raza, la geografía y el tiempo. Es el esperanto natural de la humanidad. [...] Lo más sensato es afirmar que la propensión a crear [esos mitos] se encuentra implícita en la mente y en el cerebro humanos.[17]

Su origen remoto está en la bioquímica animal del ser humano, con pulsiones tamizadas luego por su cerebro peculiar. Desde ahí, en forma de expresiones culturales, de ritos y de estrategias de poder, adquiere las formas que hoy conocemos. Hay un viaje fascinante por recorrer desde las más instintivas bases del comportamiento político hasta las sofisticadas expresiones políticas que vemos cada día en la televisión.

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EL PRINCIPIO ES UN CÓCTEL DE HORMONAS

Las maniobras de dos contra uno confieren a las luchas de poder entre los chimpancés su riqueza y peligrosidad. Las coaliciones son clave. Ningún macho puede imponerse por sí solo, al menos no por mucho tiempo, porque el grupo como totalidad puede derrocar a cualquiera. Los chimpancés son tan inteligentes a la hora de formar bandas que un líder necesita aliados para fortificar su posición, así como la aceptación de la comunidad. Mantenerse en la cúspide es un acto de equilibrio entre afirmar la propia dominancia, tener contentos a los aliados y evitar que la masa se rebele. Si esto suena familiar es porque la política humana funciona exactamente igual.

FRANS DE WAAL[1]

El palacio evoca grandeza, como lo hacen la madera y el cuero del hemiciclo. Emociona el sonido del himno. Y un debate electoral suscita empatía con alguno de los contendientes.

Pero todo empieza en la química. En una compleja combinación de unas cuantas hormonas identificadas desde finales del siglo XIX: la adrenalina y la noradrenalina, la dopamina, la serotonina, el cortisol, la testosterona... Los elementos que circulan por el cuerpo recompensando el placer, activando el miedo, motivando a luchar o a rendirse, promoviendo el cuidado de los nuestros, también tratando de imponerse sobre ellos, generando la sospecha sobre el distinto. Todo hace suponer que la política, y por lo tanto su representación, tiene una fuerte base bioquímica, como sucede en el resto de los comportamientos humanos.

Durante la competición aumentan los niveles de testosterona. Se observó primero en unas 60 especies de pájaros: los machos de especies monógamas mantienen altos niveles de la hormona mientras ocupan su territorio y forman su familia. Los pájaros polígamos, a los que la vida exige un esfuerzo mayor para encontrar pareja, tienen siempre la testosterona en los niveles extremos. Algún interesante experimento ha demostrado que los implantes de testosterona en especies monógamas de aves puede inducir a la poligamia. A ese fenómeno general se le llamó «hipótesis del desafío»: los niveles hormonales suben para responder a la presencia de otros machos, lo cual aumenta el comportamiento asertivo del pájaro.[2]

Se confirmó más tarde observando el comportamiento endocrino en algunos mamíferos, como la hiena, el suricata o el licaón, una especie de perro salvaje africano. El estudio pasó posteriormente a los chimpancés. Los antropólogos de Harvard Martin Muller y Richard Wrangham hicieron el desagradable trabajo de tomar muestras de la orina de una colonia de chimpancés ugandeses en su hábitat entre 1997 y 1998 y concluyeron de manera rotunda que los niveles de testosterona estaban asociados no solo a la conducta sexual de los monos, sino, más específicamente, a la conducta agresiva relacionada con la competición con otros machos. Los chimpancés de mayor rango tenían más altos sus niveles hormonales probablemente porque se veían obligados a mostrar su estatus de forma continua, amenazando y peleando con otros machos de categorías inferiores de la escala social. Los monos superiores tenían que poner en escena su poder político en el grupo y se veían impelidos a ello por el efecto que aquellas hormonas disparadas producían en su cerebro.[3]

Finalmente, la endocrinología de la política pasó a los seres humanos, de género masculino y también femenino. En 1996, por ejemplo, un experimento observaba qué efectos tenía el insulto y la humillación en la conducta de los jóvenes, y comparaba las reacciones a la ofensa en dos grupos de estudiantes: en el sur de Estados Unidos —con una cultura del honor más acentuada— o en el norte. La testosterona y el cortisol de los insultados del sur aumentaban, y su conducta se volvía más irritable, más desafiante y más dominante. La testosterona y, por lo tanto, la efervescencia del carácter subieron también en tres decenas de estudios realizados con ganadores en partidos de tenis, rugby o baloncesto; afortunados en la lotería; victoriosos en competiciones de ajedrez; licenciados en Medicina el día de su graduación; jugadores a punto de salir al campo en partidos de fútbol (más aún si son en casa y contra un rival duro) o combatientes de lucha libre o judo. Esos efectos son más claros entre individuos asertivos y desinhibidos.[4]

Curiosamente, la asertividad, la moral de victoria y el espíritu guerrero no solo se elevan entre quienes saltan al campo de juego. Como notan los hooligans británicos o los simpatizantes de un partido político ganador en la noche electoral, los efectos hormonales de la victoria también operan en aquellos que no participan en la contienda y son meros espectadores. Unos investigadores midieron los niveles de testosterona de quienes votaron a Obama, el candidato ganador en las elecciones presidenciales de 2008, y resultaron ser superiores a los de quienes votaron por el perdedor.[5] Muchos votantes del presidente Obama lo celebraron esa noche y durante la siguiente a su manera: el consumo de pornografía, medido por las búsquedas en Google, aumentó en los estados en que hubo mayoría de votos al Partido Demócrata, en comparación con los estados de mayoría republicana. El consumo de pornografía (y la segregación de testosterona) siguió esa misma pauta entre los ganadores en las elecciones presidenciales de 2004 (en este caso los fogosos fueron los votantes a Bush) y en las intermedias de 2006.[6]

La relación entre el sexo y la actitud dominante de los hombres ha sido comprobada reiteradamente. Si excitas la mirada de los machos con fotografías de mujeres bellas u otros estímulos sexuales, los hombres se muestran más temerarios jugando al blackjack, por ejemplo, o más confiados con respecto a riesgos futuros, o más generosos al donar dinero, o al gastarlo, o más agresivos en su conducta belicosa. En un experimento muy cómico pero de resultados nítidos, los hombres a los que se hablaba de sexo eran más proclives a lanzar dardos a un tipo en una foto que quienes no habían sido estimulados. Los hombres, ante la mirada de las mujeres, se muestran más «valientes» al cruzar una calle con semáforo en rojo o al tomar un autobús en el último segundo. Después de las batallas, las guerras y los conflictos aumenta la tensión sexual de los machos (animales y humanos). Se ha demostrado en varias investigaciones con militares y también con gánsteres. En un análisis del comportamiento sexual de los soldados en operaciones desde la Segunda Guerra Mundial, se calculó que un soldado llega a tener ocasión de mantener relaciones con unas cien mujeres a lo largo de una vida activa de cincuenta años. Eso viene a ser diez veces más que los diez encuentros sexuales que tienen los hombres occidentales de media en época de paz en toda su vida.

Por fortuna, la cultura y la larga lucha por la igualdad de mujeres y hombres ha rebajado esa pulsión tan animal, pero lo cierto es que por su origen animal, la relación entre la dominación, el ímpetu guerrero y el sexo es muy cercana: en todas las especies animales, y también entre los humanos, un guerrero es más atractivo sexualmente que un debilucho. Y los guerreros lo saben y lo potencian. Quizá sea excesivo afirmar, como dicen cuatro profesores de la Universidad de Hong Kong, que «la selección sexual provee una explicación última sobre el origen de la guerra»,[7] pero lo cierto es que hay una importante relación entre ambas. Sexo, guerra y política tienen un origen común no exclusivo, pero sí relevante, en ese instinto de dominación tan animal y también tan humano.

Hay quien ha buscado en otra hormona, la dopamina, una posible explicación de la personalidad de algunos líderes: impulsivos, acelerados, megalómanos, orientados a un objetivo concreto. Alejandro Magno, Napoleón, también Colón o Einstein, serían dopaminérgicos, según especula un científico provocador.[8]

Quizá si se hubiera hecho un análisis clínico en profundidad a dos machos alfa del siglo XXI, Berlusconi y Gadafi, podríamos encontrar las causas endocrinas de ese pavoneo machista de orgías privadas, bunga bunga y escoltas de sexo femenino. No tenemos muestras bioquímicas de ellos, pero lo cierto es que tras el análisis minucioso que Arnold Ludwig ha hecho de los 1.491 gobernantes de 199 países en el siglo XX, concluye que «entre los distintos tipos de gobernante parece haber una relación entre el nivel relativo de su autoridad y el grado de su promiscuidad sexual, que, en consecuencia, tiene un efecto sobre su prole. Los monarcas y los tiranos, por ejemplo, que parecen considerar que la fertilización de mujeres núbiles es una obligación sagrada, son mucho más fecundos que los líderes de las democracias emergentes o establecidas, que ejercitan un menor poder».[9]

Los guerreros —y las guerreras— se ablandan, sin embargo, cuando nacen sus crías, cuando las oyen llorar o cuando las acunan, de manera que, cuentan los endocrinólogos, el subidón hormonal de las competiciones y las victorias se convierte en una suave relajación cuando se trata de padres y madres al cuidado de sus hijos recién llegados: la testosterona baja entre las madres y los padres que acaban de tener un bebé o cuando se preocupan por él,[10] como les ocurre también a otros animales.[11]

Los esposos más cariñosos con sus parejas muestran también un determinado perfil hormonal, asociado con la protección, distinto del que caracteriza a los esposos dominantes.[12] Hay no menos de 14 estudios que vinculan la personalidad asertiva, la fuerza y el poder individualista con una determinada combinación hormonal, y se ha descubierto en particular que quienes tienen más elevada la testosterona más resistentes se muestran cuando alguien frente a ellos trata de romper algún estereotipo y desafía de esa manera el statu quo. Los neurólogos afirman también que la alta testosterona se asocia con una más acentuada necesidad de dominar al prójimo, y que quienes la tienen son más extravertidos, más sociables, más impulsivos, más ambiciosos, más espontáneos y más emocionales. Hay incluso quien busca el origen de esas actitudes en la constitución hormonal prenatal, algo que hoy por hoy es meramente especulativo,[13] pero que resulta cuando menos verosímil si pensamos que aproximadamente un 30% de las cualidades del liderazgo parecen estar ya en los genes, como explican algunos estudios realizados con hermanos gemelos.[14]

LAS GALLINAS NORUEGAS Y LOS ENTREVISTADOS DE LARRY KING

La bioquímica es la base de un comportamiento observado en innumerables especies de animales sociales: la búsqueda y manifestación del estatus, el deseo de reconocimiento, la ambición de poder. En el ser humano se ve con claridad, y la política es uno de los ámbitos en los que se articula. Pero hasta un niño podría observar la lucha por el estatus mirando qué hacen los animales en una granja. Fue un crío noruego de diez años, Thorleif Schjelderup-Ebbe, quien observó a principios del siglo XX cómo sus gallinas picoteaban el alimento con un determinado orden: primero la jefa, luego la siguiente, y así sucesivamente, en forma de curiosos triángulos jerárquicos. Convirtió años más tarde las observaciones tomadas en sus libretas infantiles en una tesis doctoral, y formuló su teoría del pecking order, que en 1921 constituyó una hermosa referencia biológica de la lucha por el poder.[15]

Hay un inmenso abismo conceptual que separa la endocrinología de los funerales de Estado, las guerras u otras contiendas políticas, pero la ciencia nos permite hoy saber que el origen remoto de un debate parlamentario no es muy distinto del orden con que comen las gallinas o las peleas entre los monos:

Lo que consiguen los chimpancés con sus cargas intimidatorias —con el pelo erizado, golpeando sobre algo que amplifique el sonido, arrancando arbustos—, el macho humano lo consigue de manera más civilizada haciendo picadillo los argumentos de algún otro o, más primitivamente, no dando a los otros tiempo de abrir la boca. La clarificación de la jerarquía es una prioridad absoluta.[16]

Los tamaños y la magnificencia de las oficinas y los palacios, toda la parafernalia de los galones, el ritual de las precedencias y las reverencias en el protocolo, el número de escoltas acompañantes, las puertas por las que se entra o se sale, son señales todas ellas de la búsqueda y la definición social del estatus, de la autoridad, como lo son de sumisión los gemidos cortos, la cabeza gacha y los brazos extendidos de los chimpancés ante el macho dominante.

Hay una base biológica en esa prosaica vanidad humana (similar a la de otros muchos animales) de querer aparentar ser más alto, por ejemplo. En el caso de los nuestros, con banquetas, tarimas o alzas en los zapatos. Los grandes suelen ser más poderosos en el reino animal, y también en nuestra especie: los líderes nacionales suelen tener una estatura superior a la media de sus súbditos, y hay una cierta relación entre la altura física y la victoria electoral. La talla media de los presidentes de Estados Unidos es casi cinco centímetros superior a la media de la población adulta masculina. Desde que se popularizó la televisión en las campañas en Estados Unidos, en las elecciones Nixon-Kennedy de 1960, el candidato más alto ha ganado ocho veces, y el más bajo, solo cuatro,[17] motivo por el cual, cuando hay debates electorales, los candidatos bajos quieren debatir sentados, y los altos, de pie.[18]

Los lobos aúllan por las tardes para prepararse para la caza, y también por la mañana para preparar el día. Aúllan proclamando su poder. Los aullidos de los lobos poderosos son seguidos por el resto, pero no así los de otros lobos de estatus inferior. Los humanos también ajustan su voz en función del estatus.

Stanford Gregory se especializó en el estudio de ese fenómeno a finales de la década de 1990. En uno de sus curiosos estudios analizó el espectro de voz de varias decenas de invitados en el famoso programa de entrevistas de Larry King, en la televisión estadounidense, y lo comparó con el espectro de voz del presentador. La voz resultó ser un fuerte indicador de la jerarquía social, como Gregory y sus colegas ya habían previsto a la luz de investigaciones anteriores. Los entrevistados que habían sido calificados por un grupo independiente de espectadores como de menor nivel, como, por ejemplo, el poco vigoroso vicepresidente Dan Quayle, ajustaban su tono al de King. Por el contrario, ante invitados del estatus de Bush o Clinton, que habían sido calificados como de más alto nivel por los mismos evaluadores independientes, fue el anfitrión quien ajustó su voz.[19] El investigador volvió a estudiar el efecto de la voz en la escenificación inconsciente de la jerarquía, y esta vez se centró en los debates electorales en Estados Unidos entre 1960 y 2000. En todos los casos ganó el candidato que mantuvo el dominio de su timbre de voz frente a su contrincante. Como el lobo que aúlla primero, como el concertino de la orquesta al que los demás ajustan sus instrumentos, el dominio se expresaba también a través del oído.[20]

Como los monos y otros animales, cuando un humano ocupa más espacio en su pequeño entorno en la interacción con otros, extendiendo los brazos, ocupando la mesa con sus papeles o poniéndose a una altura mayor, está lanzando una poderosa señal de dominio que los demás perciben (por eso el tamaño de los despachos es proporcional a la posición jerárquica que se ocupa). Si el líder gesticula como líder, es probable que los demás se moderen en los gestos. Si el líder se modera en los gestos, es probable que los demás sean más expresivos con su actitud gestual.[21] Se han hecho decenas de experimentos sobre el efecto de tocar al prójimo. Basta con que roces suavemente a alguien en el antebrazo o el codo para que quien ha sido rozado sea más proclive, por ejemplo, a devolverte el dinero que has perdido,[22] a darte una propina mayor,[23] a ayudarte a recoger algo que ha caído,[24] a contestar un cuestionario[25] o a mostrarse más predispuesto a comprarte un coche.[26] Sin siquiera ver el roce, y siendo este muy leve, las personas sabemos distinguir bastante bien si el toque indica enfado, miedo, rechazo, amor, gratitud o simpatía.[27] No es lo mismo un bonobo —el sociable y pacífico animal similar al chimpancé preferido por muchos primatólogos por su parecido con el ser humano— que un mandril, más arisco y egoísta. Tampoco es igual un hombre de Marruecos que uno de Polonia —más reticente este último al tacto de otro hombre—. Ni una ciudadana del sur de Europa es igual a una del norte. Pero es evidente que a través del tacto se proyectan señales sociales en todas las culturas humanas y en muchas especies animales.

QUÉ SENTIDO TIENE LA SUMISIÓN

La representación de las jerarquías estables en las sociedades resulta muy práctica porque evita estar en permanente situación de conflicto. Los códigos del poder señalan quién es el macho alfa (o, con menos frecuencia, la hembra alfa). La transmisión en directo de la llegada a la Luna, y, por lo tanto, de quién gana la carrera espacial, o la victoria de un país en un campeonato mundial de fútbol son códigos de poder. Hay un asertivo comportamiento alfa, con importantes dosis de testosterona haciendo efecto, en cada una de esas muestras de fuerza y orgullo colectivo. La ordenación de la comunidad y del orden jerárquico dentro de ella y en relación con otras comunidades tiene una función muy interesante que explica bien De Waal:

Cuanto más clara está la jerarquía, menos necesita reforzarse. En los chimpancés, una jerarquía estable elimina tensiones y reduce las confrontaciones, pues los subordinados evitan el conflicto y los superiores no tienen motivo para buscarlo. Todo el mundo está mejor. Los miembros del grupo pueden deambular juntos, acicalarse unos a otros, jugar y relajarse, porque nadie se siente inseguro [...] Los rituales de rango entre los chimpancés no tienen que ver solo con el poder; también con la armonía. Tras una exhibición perfecta, el macho alfa se planta altanero con el pelo erizado, sin apenas prestar atención a los subordinados que se postran ante él con vocalizaciones respetuosas, besando su cara, pecho o brazos. Al inclinar el cuerpo y mirar de abajo arriba al macho alfa, el de rango inferior deja claro quién está arriba, lo que posibilita unas relaciones apacibles y amistosas. Es más, la clarificación de la jerarquía es esencial para una colaboración efectiva. Por eso las empresas humanas más cooperativas, como las grandes corporaciones y la milicia, tienen las jerarquías mejor definidas.[28]

Una vez fijadas las jerarquías iniciales, se producen alianzas y traiciones. En la política humana están a la orden del día, pero también en la política del chimpancé. De Waal narra en sus historias de simios las alianzas que se forman entre los individuos para hacerse con el liderazgo, para guerrear, incluso para buscar mediación. «Dependiendo del respaldo que cada rival reciba de los otros, emergerá una pauta que sellará el destino del líder si resulta tener menos apoyos que su retador —cuenta el biólogo—. El momento crítico no es la primera victoria del retador, sino la primera vez que el otro se somete. El anterior macho alfa puede perder muchos asaltos, huir despavorido y acabar gritando en lo alto de un árbol, pero mientras no rehúse levantar la bandera blanca en la forma de una serie de jadeos graves acompañados de la inclinación ante su retador, nada se habrá decidido. [...] [El insumiso es como] un soldado que se dirigiera a un superior sin el saludo preceptivo. Solo cuando el nuevo orden jerárquico se asienta, los rivales se reconcilian y se restaura la calma».[29]

Al saludar, al hablar, al actuar, vemos esa política de los gestos por doquier en la política humana. No es igual recibir a un líder en el despacho del presidente que en la antesala. Con toda la simpatía que pueda sentir un país occidental por el Dalai Lama, es muy probable que el «país alfa» que China es hoy imponga que al rebelde líder del Tíbet se le niegue una reunión oficial, se baje el rango del encuentro o se le haga entrar o salir de incógnito, como sucedió en 2010 cuando el líder tibetano visitó la Casa Blanca y se le hizo salir «por la puerta de atrás». Quedarse sentado ante el paso de una bandera, como hizo Zapatero con la estadounidense siendo jefe de la oposición como protesta por la Guerra de Irak, puede ser un poderoso símbolo de insumisión, como el del mono que se enfrenta al macho dominante. Los candidatos que pierden las elecciones primarias en sus partidos casi siempre se ponen públicamente a disposición del ganador, reconociendo su dominio y, quizá, esperando mejor momento, que no haya represalias, o ambas cosas.

Pero la política animal, y la humana, no son solo búsqueda del reconocimiento, competición y articulación del dominio y la sumisión. También son empatía y sentido corporativo. En el agudo aullido del lobo por la mañana hay una manifestación de estatus. Pero no solo eso: hay también una llamada a la acción conjunta, a la unión del grupo. El especialista Erik Zimen lo describe así:

Esta restricción a los de dentro parece indicar que la ceremonia refuerza la cohesión de la manada. Los lobos confirman, por así decirlo, sus sentimientos mutuos de amistad y cooperación. También los momentos en que aúllan sugieren que esto sirve para sincronizar y coordinar la inmediata fase de actividad. Los lobos que se acaban de despertar son mentalizados rápidamente para emprender la acción conjunta.[30]

Las bandadas de pájaros y los bancos de peces son una expresión no muy distinta de las manifestaciones callejeras o los mítines de los partidos políticos. Quien porta el megáfono para gritar una consigna que luego es seguida por el colectivo no se distingue mucho de las cornejas que indican con sus graznidos a la bandada si hay que ir hacia el bosque o dirigirse a campo abierto. El apasionado ondear de las banderas en los mítines cuando el líder llega al escenario podría parecerse al silencioso y sincronizado movimiento de un cardumen de sardinas. Y en el canto al unísono de un himno, en la utilización de un lenguaje común («compañeros y compañeras», «camaradas»...), o en el uso compartido de insignias, camisetas o gorras en las fiestas políticas, hay reminiscencias del comportamiento imitativo de los animales.

Incluso en la tendencia, tan constante en la política, de beneficiar a los familiares (o de poner límites a que se haga) hay una interesante base natural: los animales apoyan a sus parientes según el nivel de cercanía genética. Se ha constatado científicamente la propensión animal a la «selección parental»: se beneficia a los parientes; se prefiere a los hijos, a los padres o a los hermanos. Ignoramos más a aquellos que se alejan de nuestro árbol genealógico.[31] Como el carácter asertivo, la lucha por el poder o el instinto gregario, el nepotismo está también en la bioquímica que marca quiénes son «los tuyos», y quiénes, «los otros».

Estamos programados para la competición, pero también para la empatía. En la década de 1990, una serie de investigaciones en animales, que fueron luego aplicadas también en humanos, parecieron demostrar la existencia en ciertas partes del cerebro de las llamadas «neuronas espejo». Sentimos dolor cuando alguien siente dolor por efecto de estas neuronas tan recientemente descritas. Nos alegramos cuando alguien se alegra gracias a ellas, tal como bostezamos o sonreímos inconscientemente cuando otros lo hacen.[32] No es necesario tener científicos especialistas en neuronas espejo entre el personal del Gobierno para intuir que las imágenes de las familias dolientes de los soldados que llegan en féretros a los aeropuertos militares no favorecen la causa de la guerra en la opinión pública; o que despejar una plaza pública a porrazos contra los manifestantes desarmados produce una inmediata cercanía del espectador con la víctima de los golpes.[33] Esas expresiones de condolencia por el sufrimiento de los demás, que los gobiernos fomentan o aplacan con sus actuaciones, tienen una fuerte base animal.

LA LLEGADA DEL GENETISTA

Si la bioquímica está en el inicio de la política de los animales y de los humanos, esta última habrá de estar expresada también en los genes. En los últimos años, también los genetistas han participado activamente en el análisis de las pulsiones sociales y políticas básicas. Con estudios generalmente hechos comparando hermanos gemelos, los investigadores han descubierto, por ejemplo, la influencia específica de dos genes: el MAO-A y el 5-HTT. Explican los científicos que ambos transcriben elementos neuroquímicos que ejercen una influencia fuerte en el sistema serotoninérgico en partes del cerebro que regulan el miedo, la confianza y la interacción social, particularmente la amígdala y el cingulado anterior. Las deficiencias de esos genes, a su vez, parecen estar asociadas a conductas antisociales.

De ahí deriva una consecuencia interesante, y es que esos dos genes pueden estar relacionados, por ejemplo, con la participación electoral. Dos investigadores de California quisieron confirmarlo. Para ello tomaron una muestra de más de 15.000 personas estudiadas en tres oleadas entre 1994 y 2004. Sus conclusiones fueron que esos dos genes en particular pueden contribuir a la participación, por sí solos, en un 5%. Puede parecer poco, pero eso es más de lo que cabe prever de la influencia de ningún otro factor conocido. Los autores señalan la importancia de no menospreciar la influencia de la genética en la política:

Aunque el ambiente es extremadamente importante para la participación y para otros actos políticos, quizá incluso más que los genes, no podemos seguir actuando como si los genes no importaran nada. Es muy probable que las diferencias genéticas tengan importantes consecuencias en un conjunto amplio de comportamientos políticos [...]. Incluso si uno concede que los genes influyen en la conducta política, es tentador pensar que, como no están próximos a los comportamientos observados, pueden ser tranquilamente ignorados a efectos prácticos. Sin embargo, este razonamiento es equivocado. Los genes son las instituciones del cuerpo humano: constriñen la conducta individual tal como las instituciones políticas constriñen la conducta de los grupos.[34]

En esos veintitantos mil genes misteriosos que componen el ADN humano, y en la decena de hormonas que el cuerpo procesa, están ya las bases de nuestro comportamiento político. Quizá nadie lo expresó de manera tan elocuente como Richard Dawkins en su libro pionero, El gen egoísta:

[El] comportamiento animal, ya sea altruista o egoísta, se encuentra bajo el control de los genes solo de una manera indirecta, pero en un sentido muy poderoso. Al dictaminar la forma en que las máquinas de supervivencia y sus sistemas nerviosos son construidos, los genes ejercen un poder fundamental en el comportamiento. Pero las decisiones inmediatas y la continuidad de ellas son tomadas por el sistema nervioso. Los genes son los diseñadores de la política primaria; los cerebros, sus ejecutivos. A medida que los cerebros evolucionan y se tornan altamente desarrollados, se hacen cargo, cada vez en una mayor medida, de las decisiones respecto a la política a seguir y para ello utilizan trucos y simulación. La conclusión lógica de esta tendencia, aún no alcanzada en especie alguna, sería que los genes le dan a la máquina de supervivencia una sola instrucción general de la política a seguir, que sería más o menos esta: haz lo mejor que te parezca con el fin de mantenernos vivos.[35]

HISTORIAS DE LA TRIBU

De manera que la moral, la política, la religión, están ya en nuestra biología, como probablemente intuía Darwin. Esas materias primas que son la bioquímica y la genética han sido llamadas por De Waal «sillares de la moralidad».[36] La comunicación política hunde sus raíces en pulsiones muy anteriores al ser humano, compartidas con otros animales.

Claro que la humanidad no se quedó ahí: si así hubiera sido, el trono no habría sustituido al risco, ni el protocolo a los aspavientos del mono dominante. Hay un largo camino que empieza con la conjunción de la religión y la política hace unos 40.000 años. De esa época parece que son las pinturas rupestres encontradas sobre todo en Europa, las cuentas multicolores que podrían ser adornos primitivos y esas Venus, las abundantes figuritas de mujeres orondas que se encuentran en muchos asentamientos prehistóricos.

El arqueólogo Randall White estudió tres tumbas encontradas en Sungir, Rusia. Un adulto de sesenta y seis años y un niño y una niña yacían allí desde hacía unos 28.000 años. Sus cuerpos estaban adornados con miles de cuentas. Según sus cálculos, para decorar los cuerpos de semejante forma habrían hecho falta entre 18 y 54 meses de trabajo sin interrupciones. Demasiado tiempo para suponer que tal empeño fuera meramente estético. Es más probable que esos enterramientos tuvieran un sentido religioso y político, señalando ya, por un lado, la existencia de un determinado orden social expresado hasta en los enterramientos y, por otro, la creencia en una vida posterior. En las cuevas de Les Trois-Frères, en el sur de Francia, se encontró a quien parece ser un chamán, cubierto de piel de un herbívoro, con cola de caballo y cornamenta, y en las montañas de Jura, en Baviera, a otro individuo ataviado como un felino. Estos y otros descubrimientos traen a la imaginación contemporánea la imagen de unos primitivos jefes de tribu, con capacidad para influir en los suyos por medio de la puesta en escena de su supuesta capacidad para el control de las fuerzas sobrenaturales y de la utilización de artilugios rituales. He ahí, en la infinidad de manifestaciones religiosas prehistóricas que encontramos dispersas por todo el mundo, las primeras manifestaciones simbólicas, culturales y no solo instintivas, del poder de los humanos sobre sus congéneres.

Para que tal cosa ocurriera, señalan los antropólogos, era necesario inventar el lenguaje y el relato, iniciado probablemente en forma de mito. Los animales responden de manera inmediata a su entorno y viven su vida completamente en el presente. No «tienen» pasado ni futuro. La humanidad ha trascendido esa limitación gracias al lenguaje: es capaz de recordar y contar su pasado y también de anticipar su futuro, incluso de proyectarlo en el más allá. De las pesquisas de los arqueólogos se deduce que los mitos sobre el origen y el destino del individuo y de su comunidad estaban relacionados también con una estructura social primaria, y que existiría en la cima «una casta especial, cuyos miembros serían una combinación de gobernantes, sacerdotes y científicos».[37] Quizá la primera expresión notable de ese poder total de quien controla los cuerpos y las almas esté en los megalitos, que proliferan no solo en Europa, sino en todo el mundo, entre 5000 y 3000 antes de Cristo. En vertical, en horizontal, en forma de mesa, alineadas en círculo, estas enormes piedras prehistóricas (menhires, dólmenes, crómlech), no son solo sepulcros y templos. Dejan entrever ya la presencia de la narrativa mítica que marcaría a la humanidad el resto de sus días.[38]

Es imposible separar la palabra del mito. En la antigua Grecia —por ejemplo en los poemas de Homero, ochos siglos antes de Cristo— mito significa «palabra», «discurso» o «narración», y aunque se considera de manera general que la historia universal desde entonces ha sido un recorrido del mito al logos, o, si se quiere, de las pasiones y las ficciones a la razón y la verdad factual, lo cierto es que las sociedades humanas siguen construyendo cada día relatos sobre su origen y sobre su destino.[39]

Expresados ya en aquellas piedras prehistóricas, los mitos (quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos, qué fuerzas desconocidas nos amenazan, cómo aplacarlas) y los ritos (qué cosas hacemos para recordar lo que nos une y para protegernos) son las primeras expresiones políticas del ser humano. Debió de ser relativamente fácil que uno entre los demás —quizá algún viejo venerable o un macho especialmente fuerte— se arrogara capacidades especiales, superiores a las de los demás, para interpretar a los dioses o los espíritus, para hablar con ellos, y para imponer en su nombre normas y costumbres. De ahí a que unos cuantos «sabios» inventaran mecanismos tecnológicos («secretos de los dioses») para abrir mágicamente las puertas del templo, por ejemplo, e impresionar así y someter a sus súbditos, va solo un pequeño salto tecnológico.[40] Y no debió de resultar difícil que los demás le creyeran. Ese orden religioso es con seguridad el origen del orden político, de manera que en la expresión religiosa podemos ver también las primeras formas de comunicación política.[41]

Esos mitos religiosos y políticos primitivos son la expresión solemne de la capacidad única de los seres humanos para narrar, para contar historias. No existe sociedad humana alguna en la que no exista un «imaginario social», un conjunto de símbolos que son definidos y redefinidos constantemente para dotar de sentido nuestra existencia.[42] México, Boston o Palestina no son otra cosa que los mexicanos, los bostonianos o los palestinos; pero ninguno de ellos son nada tampoco sin sus entidades colectivas. Esas entidades son construcciones narrativas, como la de cualquier otro país, ciudad o colectivo, que, en un origen remoto, son la respuesta a las pulsiones humanas —y en parte también animales— que portan nuestra genética y nuestra bioquímica: la protección de los nuestros, la defensa contra los otros, la supervivencia de nuestra especie.

Teniendo un origen biológico no muy distinto, es evidente que una cumbre de jefes de Estado o una batalla, con sus soldados y sus tanques, requiere un salto conceptual abismal respecto de las bandadas de pájaros en sus migraciones, el aullido de los lobos al atardecer o las luchas agónicas de los chimpancés. Pero

un cuerpo impresionante de pruebas empíricas revela que las raíces de una conducta prosocial, incluyendo sentimientos morales como la empatía, preceden a la evolución de la cultura. Los datos neuropsicológicos sugieren con fuerza que la moral tiene su origen en la biología [...]. No se ofrece desde arriba por las autoridades religiosas o los filósofos, sino que se eleva desde abajo como consecuencia de los procesos evolutivos del cerebro.[43]

Claro que, entre la manifestación primaria, instintiva y animal de las pulsiones políticas básicas del ser humano (la lucha por la superviviencia a través del dominio y la protección, el conflicto y la concordia) y las elaboradas expresiones políticas de la historia de la humanidad hay una distancia inmensa. Ese abismo que separa a las bandadas de pájaros de los asistentes a una manifestación callejera se explica por las peculiares características del cerebro humano, y, en particular, por una capacidad que no tiene el cerebro de ninguna otra especie: la habilidad para narrar.

2

LA CAPTURA DE BIN LADEN

Y EL BRAZO FANTASMA

No es que tengamos pensamientos y sentimientos fundamentalmente humanos pese al diseño improvisado, poco elegante, feo, chapucero pero funcional del cerebro, tal como lo han ido modelando los giros y las vueltas de la historia evolutiva, sino que precisamente los tenemos gracias a esa historia.

DAVID LINDEN[1]

En los días previos a las elecciones al Parlamento Europeo, en junio de 2009, el profesor de la Universidad de Stanford James Fishkin reunió en Bruselas durante un fin de semana a 348 ciudadanos en una muestra científicamente escogida, es decir, representativa de los distintos estratos de la población europea. El objetivo del encuentro era que aquellos ciudadanos discutieran pacíficamente sobre las mejores opciones políticas en torno a dos asuntos: inmigración y cambio climático. Es probable que no fuera un fin de semana muy excitante, pero de eso se trataba: de discutir como «gente razonable» sobre política, y ver qué efecto tenía esa discusión en sus opiniones y en su intención de voto. No faltaron medios para un intenso trabajo cerebral: se discutió en plenarios y en grupos más pequeños en un total de 21 lenguas, se aportó documentación equilibrada y los invitados pudieron preguntar al presidente de Estonia Toomas Hendrik Ilves, al exprimer ministro de Italia Giuliano Amato, a un parlamentario danés y a una exvicepresidenta belga.

¿Qué pasó con las opiniones de aquellos voluntarios? ¿Salieron de allí con una opinión distinta de aquella con la que entraron? Antes de discutir, el 22% creía que había que «enviar a los inmigrantes ilegales a sus países», y el 40% creía que «habría que legalizarlos». El porcentaje a esas preguntas (nada neutrales, por cierto) no cambió en nada tras la discusión. En cuanto al cambio climático, sin embargo, los ciudadanos se volvieron algo más exigentes, y la discusión hizo subir los porcentajes de apoyo a las políticas de control en unos 10 puntos. En ningún caso hubo un cambio de opinión de más de 12 puntos porcentuales, una transformación solo relativamente grande después de tamaña inversión.

Cuando se preguntó antes y después de la discusión a qué partido se tenía intención de votar, los Verdes tuvieron una subida de 10 puntos. Quizá alguna influencia tuvo que se decidiera hablar de cambio climático, y otra cosa habría sucedido si se hubiera hablado de crisis económica. El experimento vendría así a constatar algo evidente: si los partidos ecologistas lograran que se hablara más de cambio climático en Europa y que la gente percibiera la importancia del asunto, tendrían más votos. La intención de voto a los demás prácticamente no cambió. Lástima para los Verdes que la gente «ignorante» que no fue invitada a pasar dos días en Bruselas se empeñara en aquellas elecciones europeas en votar a los conservadores, que obtuvieron una mayoría aplastante de escaños.

El problema de las experiencias de esta llamada «democracia deliberativa», que observan el comportamiento racional de la gente cuando la pones a discutir de política, es que las cosas no funcionan así. Esas condiciones no suelen darse en la vida de la gente común: no consta en el reporte de Fishkin si se pagó o no a los participantes por los dos días de deliberación, pero la sola oportunidad de ver la Grand Place de Bruselas y comprar unos chocolates belgas ya es un aliciente para asistir a la convocatoria, muy ajena a la vida cotidiana de la gran mayoría. Por lo demás, son pocos los que hablan dos docenas de lenguas y menos aún los que van por ahí con un traductor simultáneo. La mayoría del personal no tiene tampoco a un político a mano para despejar sus dudas. Buscar un documento corto y equilibrado de cualquier tema es una tarea bastante complicada. Y cuando tenemos que tomar una decisión o dar una opinión, no solemos reunirnos con una muestra aleatoria de desconocidos para sopesar argumentos.

Si obviamos el efecto de la propia reunión —querer agradar a quien te invita, el simple hecho de hablar de un asunto ya incrementa su importancia percibida, etc.—, lo cierto es que la democracia deliberativa de Fishkin es un invento poco realista y, sobre todo, más bien inútil, a pesar de que el profesor (y sus fuentes públicas de financiación) ha invertido millones de dólares y dos décadas en extender el modelo por el mundo, incluso con un improbable experimento en China (¡con participación de las autoridades locales del Partido Comunista!).[2]

LA INGENUIDAD DE LA ILUSTRACIÓN

La democracia deliberativa estaría muy bien si los seres humanos fuéramos ciudadanos perfectos, de libro de texto, tal como hace tres siglos esperó de nosotros la Ilustración europea. La democracia contemporánea nace como reacción ante el absolutismo y los dogmas religiosos. Se supone que al hombre y la mujer, sugestionados por los dogmas irracionales o sometidos al mandato de los tiranos, se antepone la luz de la razón. Al desenfreno de las pasiones humanas se opone el juicio racional desapasionado, el conocimiento científico, la deliberación juiciosa, los hechos fríos frente a los prejuicios. Se supone que hay una verdad ahí fuera, y que el objetivo del conocimiento científico y de la deliberación es simplemente desentrañarla y defenderla.

En la teoría clásica de la democracia, aún predominante, la razón está, por decirlo así, en un lugar distinto de la emoción, y lucha contra su desenfreno. La cabeza trata de imponer equilibrio ante los embates sin freno del corazón. Ser fríos y cerebrales es bueno para la toma de decisiones; dejarse llevar por el fuego de la pasión es malo. La razón ha de predominar en el debate sosegado de las alternativas políticas. La emoción es incapaz de tomar decisiones acertadas.

Empezando por Kant y terminando por Habermas, la mayoría de los filósofos del Occidente moderno cree que la emoción no es buena para la política. Por ejemplo, los seres humanos, cuando votan, lo hacen sabiendo bien cuál es su interés particular, y el bien público es la acumulación de esos intereses racionales individuales. En consecuencia sería imprescindible contar con una ciudadanía fría, equilibrada e informada.

Esta teoría de la acción racional, tan del gusto de algunos economistas, ha sido exportada también al análisis de la política, de manera que cuando se pregunta a los expertos cómo puede mejorar la democracia, la respuesta suele ir siempre en el sentido de incrementar la discusión, el debate y la racionalidad, y aminorar la relevancia de la emoción.

En 1998, un grupo selecto de expertos en ciencia política publicó sus recomendaciones para unas campañas electorales que mejoraran la calidad de la democracia. Sus propuestas fueron todas ellas para elevar el protagonismo de la razón y reducir el papel de la emoción. Propusieron un periodismo más responsable, que dedicara más tiempo a los temas y menos tiempo a los eventos de campaña y la competición entre los candidatos; indicaron que era bueno controlar la publicidad política, y especialmente la publicidad negativa; defendieron la existencia de más «y mejor» (¿?) debate entre los candidatos en todos los ámbitos; exigieron tiempo gratuito en los medios para los candidatos y una reforma de la financiación de las campañas; propusieron la distribución gubernamental de folletos entre los votantes y una mejora de la educación para jóvenes y mayores.[3]

En buena parte de Latinoamérica este principio se lleva hasta el punto de que 48 horas antes de una elección no se permite el despacho de bebidas alcohólicas. No hay tales normas en Europa, pero al otro lado del Atlántico se cree que de esta forma se fomenta la racionalidad del elector.

El número de especialistas que se han decantado por ensalzar la razón como elemento central de una democracia mejorada es impresionante. También impresiona ver qué pocas veces se evoca la emoción como elemento positivo para la política. Si alguien habla de la emoción, casi siempre es para despreciarla. En una obra contracorriente, el politólogo George Marcus concluye:

La mayoría de las propuestas actuales de reforma, dado que es inevitable contar con la emoción, parecen aceptar sus efectos perversos y buscan evitarlos ganando control del espacio público (por ejemplo, reformando los medios, reformando campañas, fijando normas sobre la publicidad política) para minimizar la evocación de la pasión y realzar la función de la racionalidad. El esfuerzo ha sido alentar al ciudadano desapasionado: un ciudadano que verá debates razonables, leerá detallados documentos de posición sobre los diversos asuntos, leerá los periódicos para obtener información rigurosa sobre los hechos que subyacen las muchas políticas públicas; un ciudadano o ciudadana que no estará tan inclinado a votar como en el pasado, sino a «sopesar los asuntos», cumpliendo con el mandato ideal de Hobbes; un ciudadano que responderá menos al atractivo de los candidatos y se guiará más por sus programas; un ciudadano que estará menos distraído por las cosas de la representación pública, los patinazos o los lapsus, y será más consciente del historial de servicio público del candidato. Ante todo, lo que se reclama es una ciudadanía más seria, más razonable y menos pasional.[4]

El problema es que la ciudadana o el ciudadano estudioso, frío, calculador, equilibrado, desapasionado, no es el ciudadano normal.[5] El individuo que se construye una opinión a partir de pruebas y la va cambiando en función de las nuevas evidencias que va encontrando, con racionalidad bayesiana, es una rara avis. Más bien sucede lo contrario: es frecuente encontrar en la política comportamientos que más parecieran orientados por fuertes emociones, conductas contrarias a la lógica, decisiones equivocadas. ¿Qué tiene de «racional» tomarse la molestia de entrar en un colegio electoral, esperar una cola, acercarse a una urna y poner allí un voto, cuando sabes que la utilidad de tu decisión es de una entre varios millones? ¿Qué tiene de «racional», en el sentido tradicional del término, ponerse a agitar una bandera en un mitin en el que te repiten las mismas simplezas que ya has escuchado decenas de veces? ¿Qué extraño cálculo «racional» de coste y beneficio han hecho los jóvenes que arriesgan su vida desafiando a los tanques del dictador en la plaza de Tahrir en El Cairo de 2011, o mucho antes en Tiananmen, Pekín, en 1989? ¿Cómo es posible que haya tanta gente que siga creyendo patrañas —como teorías de la conspiración o inverosímiles negaciones de probadas actividades corruptas— a pesar de la abundancia de pruebas que demuestran que lo son?

NO ME VAS A CONVENCER

Si es para sopesar con asepsia argumentos políticos y llegar a la mejor solución posible, el cerebro es una máquina con muchos defectos. Las pruebas son abrumadoras.[6]

Para empezar, es muy difícil convencer a alguien de que está equivocado, por muchas pruebas que le presentemos para constatar su error. En el aforismo 46 de su Novum Organum, escrito tan pronto como en 1620, el racionalista Francis Bacon ya lo advertía con elegancia:

El espíritu humano, una vez que lo han seducido ciertas ideas, ya sea por su encanto, ya por el imperio de la tradición y de la fe que se le presta, se ve obligado a ceder a esas ideas poniéndose de acuerdo con ellas; y aunque las pruebas que desmienten esas ideas sean muy numerosas y concluyentes, el espíritu o las olvida, o las desprecia, o por una distinción las aparta y rechaza, no sin grave daño; pero preciso le es conservar incólume toda la autoridad de sus queridos prejuicios. Me agrada mucho la respuesta de aquel a quien enseñándole colgados en la pared de un templo los cuadros votivos de los que habían escapado del peligro de naufragar, como se le apremiara a declarar en presencia de tales testimonios si reconocía la providencia de los dioses, contestó: «Pero ¿dónde se han pintado los que, a pesar de sus oraciones, perecieron?». Así es como procede toda superstición, astrología, interpretación de los ensueños, adivinación, presagios; los hombres, maravillados de esas especies de quimeras, toman nota de las predicciones realizadas; pero de las otras, más numerosas, en que el hecho no se realiza, prescinden por completo.

En uno de los estudios que inauguraron el estudio científico de este llamado «sesgo de confirmación», en 1979, se preguntó a una muestra de 151 estudiantes si estaban a favor o en contra de la pena de muerte, si creían que esta evitaba el aumento del crimen o no y si consideraban que había suficientes pruebas científicas que demostraban que así era. Las preguntas se hacían dentro de un cuestionario más amplio. Unos cuantos días después se escogió a 48 de los encuestados: la mitad eran defensores de la pena de muerte, creían que disuadía a los criminales y también que existía investigación científica que lo demuestra; la otra mitad era de detractores que pensaban lo contrario. Luego se les entregaban supuestos estudios que demostraban que la pena de muerte no reduce el crimen, en un caso, y en otro caso, que sí lo reduce. ¿Cómo evaluaron la metodología y la veracidad de esos estudios que contradecían sus criterios? Los que estaban en contra de la pena de muerte cuestionaron más la validez del estudio que demostraba la utilidad del castigo. Los que estaban a favor despreciaron el estudio que demostraba su inutilidad. Los dos estudios eran metodológicamente idénticos e igual de veraces a los efectos de la investigación. Una vez más, los ciudadanos se mostraron muy reticentes a dar por válidos argumentos que contradecían su opinión inicial, sus posiciones políticas previas. Concluyen los investigadores: «Como habíamos previsto, tanto los defensores como los detractores de la pena capital evaluaron aquellos resultados y procedimientos que confirmaron sus propias creencias como más convincentes y fidedignos». Pero no solo eso: el efecto neto de los cambios que se produjeron en las opiniones de la gente fue incluso peor de lo esperado: «El efecto neto de las evaluaciones y de los cambios de opinión fue el incremento de la polarización de las actitudes». Aun con pruebas en sentido contrario, los defensores de la pena de muerte salieron de allí aún más convencidos de su posición, y los detractores también.[7] Durante la Guerra de Irak, un estudio sobre la evolución de la opinión pública demostraba que los demócratas sistemáticamente evaluaban las pérdidas de vidas de soldados estadounidenses como más altas que los republicanos. Que no se encontraran armas de destrucción masiva fue justificado por los progresistas en el hecho de que tales armas nunca existieron, y por los conservadores en la suposición de que fueron ocultadas o destruidas por Sadam. Cuando la información iba confirmando las suposiciones de los progresistas, estos utilizaban dicha información para confirmar sus creencias, pero los conservadores la usaban para resistir. Los autores del estudio concluyen que

estamos inclinados a pensar que conocer los hechos relativos a una decisión política es preferible a no conocerlos. Sin embargo, nuestros resultados desafían la asunción extendida, a menudo implícita, de que la gente que conoce tales hechos generalmente los usa. Las interpretaciones motivadas por el partidismo pueden interponerse entre creencias y opiniones incluso factualmente precisas. De hecho, en lo que puede ser una paradoja central en la política de masas, aquellos que adquieren más información sobre una política y sus consecuencias son también quienes más tienden a racionalizar sus opiniones previas. Ellos tienen la motivación y la capacidad para utilizar las interpretaciones con ese propósito. Los hechos desempeñan un papel más pequeño en la vida política que el que han mantenido generaciones de estudiosos.[8]

Buscamos la información que está en línea con nuestras opiniones, la interpretamos como nos interesa y recordamos más lo que es coherente con nuestros juicios. El efecto suele ser que de un debate racional sobre asuntos públicos, con argumentos a favor y en contra, salimos más polarizados de lo que entramos. Los investigadores lo han constatado sistemáticamente,[9] pero lo sabe cualquiera que lee su periódico preferido cada mañana, que escucha la tertulia de radio de la noche o que se alegra cuando los suyos arrollan con argumentos a los otros en el debate semanal de la televisión. En ese sentido, después de decir en una frase hipercitada que «el medio es el mensaje», el propio McLuhan afirmó que «el medio es el masaje»,[10] porque nos ofrece cada día una confirmación suave y placentera de que el mundo sigue siendo tal como lo imaginamos. Por cierto, ni siquiera la formación ayuda: cuanto más sabemos de política, más tendemos a confirmar nuestras posiciones previas frente a las pruebas en sentido contrario. El sesgo de confirmación no es mayor entre la gente con menor formación: más bien al contrario. Se atribuye a Churchill la cita según la cual «el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio», que, en efecto, suele ser un individuo muy poco informado, como se verá; pero lo cierto es que un votante supuestamente «superior», en tanto que más formado y activo, demostrará desde el primer minuto lo poco dispuesto que está a cambiar de opinión.

La búsqueda de relajación emocional ante las contradicciones racionales —como cuando se nos presentan datos que desmienten nuestras creencias— tiene como base la conocida evitación de lo que los psicólogos llaman disonancia cognitiva:[11] la tensión que se produce en el cerebro cuando hay una contradicción entre lo que se cree y lo que es, que inmediatamente genera en la mente la necesidad de restaurar el orden, minimizando el desacuerdo. Hay disonancia cognitiva, sesgo de confirmación y efecto de polarización, por ejemplo, cuando los seguidores se encuentran con pruebas irrefutables y sorpresivas de que su líder es un corrupto. El conflicto se soluciona ignorando u olvidando la información incriminatoria y buscando excusas: «es víctima de los ataques de sus adversarios», «se está magnificando», «sería un desliz»... Lo emocional («es de los nuestros», «me gusta», «le soy leal»...) puede sobre lo racional («hay pruebas de que es un corrupto»). Por mucha evidencia veraz que se presente en su contra, un político corrupto rara vez aceptará públicamente su culpa, porque sabe que los suyos encontrarán más verosímiles sus justificaciones, más fuertes sus pruebas y más emotivo su victimismo.

Se ha comprobado que la gente dedica más tiempo a evaluar un argumento que contradice su posición inicial y que la mayor parte de ese tiempo se dedica a encontrar contra-argumentos que refuercen aquella posición inicial, ya sea cuestionando la validez o la fuente de quien presenta los datos o utilizando alguna otra argucia cognitiva.[12]

Por eso de poco le sirvió al equipo de Obama, durante la campaña de 2008, publicar una copia del certificado de nacimiento que demostraba que había nacido en Hawái y no en Kenia, como pretendía la ultraderecha. Tampoco le sirvió de mucho presentar solemnemente y en persona una copia ampliada tres años después. Por cada prueba que Obama mostraba, había entre los republicanos conservadores una nueva «confirmación» de la conspiración procedente del otro lado: se argüía que faltaba el sello del documento, aparecía supuestamente la abuela paterna confirmando el nacimiento africano, una hermana hablaba de dos hospitales distintos en Hawái, se mostraba un cartel en Kenia que daba la bienvenida «a la tierra de Obama»... Los defensores del nacimiento extranjero de Obama, del que derivaba la ilegalidad de su candidatura presidencial, no dieron un solo paso atrás: cuanto más se negaba con evidencias la magnitud de la tontería, más se empeñaban los llamados birthers en buscar pruebas a favor de sus posiciones.[13] Lo que resulta en particular preocupante es que con toda probabilidad la mayoría de los birthers creían lo que decían, y que cuanto más se les contradecía con información veraz, más fuertes se hacían en sus posiciones.

Es imposible que la Casa Blanca no supiera que es inútil tratar de convencer a los creyentes en las conspiraciones imaginarias. Uno de los más reconocidos expertos en la materia, el profesor Cass Sunstein, autor del librito Rumorología,[14] trabaja allí como director de la Oficina para la Información y Asuntos Regulatorios. El profesor Sunstein explica que cuanto más tratas de evitar que una teoría de la conspiración se asiente, más se refuerza entre los devotos. Sucede algo parecido cuando alguien trata de evitar que algo se vea. Esto se ha denominado «efecto Streisand»: la conocida cantante trató de evitar en 2003 que se mantuviera en Internet una fotografía de su mansión en Malibú, para lo cual demandó al fotógrafo que la publicó pidiendo 50 millones de dólares como compensación por la violación de su intimidad. En cuanto la polémica se hizo pública, la gente se lanzó en masa a buscar la fotografía en la red, multiplicando su difusión en infinidad de lugares. Allí sigue, por supuesto. En España, el presidente Zapatero sufrió el mismo fenómeno cuando los servicios de la Moncloa trataron de evitar la publicación de una fotografía privada en la que sus hijas posaban junto con las del presidente Obama, que había estado por error algunas horas en Internet. La legítima intención del presidente de salvaguardar la intimidad de las menores quedó arrasada por la fuerza de la curiosidad pública irrefrenable, alimentada por el fragor de la polémica tal como era comentada en los medios de masas. La foto se puede ver aún en infinidad de versiones aportadas por la creatividad de la gente.[15]

Un buen número de investigaciones[16] explican que, ante las refutaciones, los creyentes se refuerzan en la creencia: «¿Ves?... si hasta el propio presidente tiene que explicarse es que algo hay...»; «El certificado es falso, y falso seguirá siendo por mucho que lo muestren...»; «Todo esto no es más que la prueba de que hay poderes ocultos ahí arriba capaces de todo»... No, no es probable que la Casa Blanca confiara en convencer a los incrédulos. Es más probable que Obama quisiera reforzar entre los suyos la idea de que no se calla ante la estupidez, que los del otro lado son unos lunáticos, y que él prefiere dedicarse a asuntos más importantes, como dijo en su declaración a los medios de comunicación al presentar de nuevo su partida de nacimiento en 2011. (A la semana siguiente, él y su equipo fueron testigos, y la fotografía del momento fue primera página en todo el mundo, de la operación que dio muerte a Bin Laden. Un curioso epílogo que no hace cambiar la opinión de los birthers pero sí refuerza la de los seguidores del presidente.)

CREER PARA VER

Una máquina inventada y extendida a principios de la década de 1990 ha contribuido de manera definitiva a que el cerebro y su química pasen por fin a ocupar el papel que les corresponde en la comprensión de la política. Ese túnel horizontal blanco que vemos en los hospitales permite grabar la actividad del cerebro con colores brillantes que aparecen y desaparecen en la pantalla, que en realidad tan solo simbolizan en el software del resonador la actividad de las neuronas en determinadas partes del cerebro. Son Imágenes por Resonancia Magnética funcional (IRMf suele escribirse). De manera que sabemos como nunca antes qué partes se activan, y si esas zonas son las relativas al miedo, a la angustia o al placer, por ejemplo.

En 2004, Drew Westen, un psicólogo clínico de la Universidad de Emory, y sus colegas probaron la máquina para observar el sesgo de confirmación. Hicieron un interesante experimento en plena campaña electoral, la que enfrentó a Bush con Kerry. Escanearon el cerebro de 15 demócratas convencidos partidarios de Kerry y de 15 republicanos fieles seguidores de Bush. A todos ellos se les presentaron 18 conjuntos de frases claramente contradictorias sobre lo que habían hecho o dicho su candidato preferido y el candidato adversario. Se incluyeron, como control, otras frases de figuras políticamente irrelevantes (el actor Tom Hanks, por ejemplo).

Mientras se les aplicaba una resonancia magnética, demócratas y republicanos respondieron en qué medida veían que su candidato y el líder adversario entraban en contradicción con ellos mismos. Los demócratas no tuvieron ningún problema en identificar la contradicción de su contrario, el presidente Bush, pero no reconocieron la de su propio líder, el candidato Kerry. Exactamente lo mismo pasó con los republicanos, que vieron con rapidez la contradicción de Kerry, pero no reconocieron la de Bush. Cuando se les preguntó por las contradicciones de las figuras políticamente irrelevantes, no hubo diferencias entre ellos. En otras palabras, en lugar del famoso «ver para creer», se invertía la secuencia, y aquello era más bien «creer para ver»: los republicanos no admitían sus propias contradicciones pero veían las del contrario, y los demócratas veían las de los republicanos pero no las suyas.

El cerebro de los 30 individuos sometidos al experimento reflejó en los colores de las imágenes de su cerebro el estrés de la contradicción. El cerebro en esas circunstancias registra el conflicto entre el dato y el deseo y busca maneras de desactivar la tensión. El proceso es rapidísimo. Antes de llegar a la tercera diapositiva, los sujetos ya han suprimido la contradicción de su líder: la han olvidado inconscientemente o la han despreciado. No solo eso: en su cerebro se activan las zonas que buscan la confirmación de sus sesgos, las mismas que en los drogadictos se satisfacen cuando obtienen su ansiada dosis. Eso, dice Westen, da un nuevo significado al término «yonqui político», muy alejado del ciudadano soñado por los racionalistas.[17]

Más o menos al mismo tiempo, otros investigadores hacían un estudio similar,[18] probando qué efecto tenía mostrarle a un grupo de 84 republicanos pruebas contundentes —incluyendo una declaración del propio Bush— de que Sadam Husein no tenía vinculación alguna con el ataque a las Torres Gemelas, aunque en aquel momento, y aún hoy, son muchos los que creen lo contrario. Antes de aquellas elecciones que dieron la reelección a George Bush, había una notable correlación entre la creencia de que Sadam estaba implicado en el 11-S y el voto por el presidente Bush. Es fácil pensar, en consecuencia, que la información determinaba el voto, una deducción muy lógica para los racionalistas. Pero ¿cuál de los dos venía primero: la información o el voto? Según demostró la investigación, parece que más bien el voto: ser republicano y querer votar a Bush determinaba la información que se creía y la que se descartaba. Solo uno de los encuestados se portó como un «buen» ciudadano cartesiano y racional y cambió su opinión cuando se le pusieron las pruebas delante, aunque, por cierto, afirmó que votaría a Bush igual. Las argucias cognitivas de los demás fueron varias. Unos cuantos negaron haber dicho que Sadam tuviera algo que ver cuando se encontraron cara a cara con los investigadores, desdiciéndose de lo que habían marcado en el cuestionario previo. Otros contraargumentaron frente a las pruebas, y la mayoría de ellos las despreciaron y reforzó su posición, defendiendo al presidente en su decisión. Unos cuantos pasaron de discutir por completo («No sé, no tengo ni idea... paso... bueno, puedo tener mi propia opinión»). Una buena parte justificó su opinión sencillamente porque había sido la decisión de su presidente. Algo así como «si nos hemos metido en una guerra debe de haber algún motivo que Bush debe de conocer. Y si tomó la decisión equivocada fue sin querer...».[19]

La reciente llegada de los neurólogos a la política (muchos de ellos con apellido italiano: Gallese, Iacoboni, Rizzolatti, Gazzaniga...) ha producido una abundante literatura científica, una pasión desmedida por la neuropolítica (como por la neuroeconomía o el neuromarketing o incluso la neuroestética), y una desbordante corriente a favor del énfasis de lo emocional en la vida de las personas.[20]

Según indican esos curiosos estudios que llevan fotografías de políticos y frases de discursos a las salas de hospital, podemos decir aún de manera muy provisional, pero sugerente, que hay como mínimo dos redes distintas que interactúan en el cerebro. Una se encarga de las asociaciones rápidas, estereotipadas y emocionales, y se ubica en la amígdala, en los lóbulos temporales laterales y en los ganglios basales. La otra se ocupa del conocimiento reflexivo y deliberativo y se sitúa en el lóbulo prefrontal, en el cingulado anterior y en el lóbulo temporal medio.[21]

Esas dos redes se utilizan para elaborar historias. A través de ellas se dota de coherencia y sentido a la experiencia. La composición de esas historias puede ser muy rápida. Más rápida aún, más intuitiva, entre quienes tienen una mayor implicación política, como sugiere uno de los científicos destacados en el campo de la neuropolítica, Marco Iacoboni. Por ejemplo, cuando se presentan fotografías de políticos a un grupo de militantes de un partido, se activan en su cerebro más rápidamente las zonas de actividad de las neuronas espejo. En el cerebro de los más desinformados, eso ocurre en menor grado y a menor velocidad. De forma que cuanto más se implica uno en política, más emocional es, por decirlo de manera sencilla.[22]

No es que los políticamente inactivos no tengan valores, sino que tienen menos información para interpretar lo que sucede en función de esos valores. Cuando hay un esquema sencillo de interpretación del mundo, es fácil y rápido recurrir a él. Así, cuando en las encuestas encontramos que los políticamente activos dan respuestas más sólidas y los políticamente inactivos responden más al azar, no es porque los últimos no tengan principios, sino porque carecen del conocimiento rudimentario que les permite ubicar lo que se les pregunta dentro de un esquema de valores simple.[23] En muchas ocasiones la gente no entiende bien a qué valores afecta una determinada cuestión política. Por eso es tan relevante, por ejemplo, nombrar las iniciativas de manera que evoquen esos valores. Una «ley del aire limpio», por ejemplo, provocará una activación positiva en el cerebro más rápida que una «ley de regulación de emisiones atmosféricas».

Por eso es imprescindible también promover imágenes que construyan una narrativa que la gente pueda rápidamente comprender. Si la presidenta de Argentina Cristina Fernández de Kirchner obtuvo el favor de sus ciudadanos tras mostrarse impertérrita al lado del féretro de su marido, es porque hasta el más políticamente pasivo de los argentinos tuvo en su cerebro una inmediata actividad de neuronas espejo, que en muchos casos promovieron la empatía y la condolencia hacia la viuda.

Daniel Kahneman, el brillante premio Nobel de Economía, explica en un libro imprescindible cómo esas dos redes o sistemas cerebrales, uno rápido e intuitivo, lento y reflexivo el otro, interactúan en el cerebro humano. El Sistema 1 nos permite intuir a toda velocidad y sin que medie nuestra voluntad que una «ley del aire limpio» debe de ser algo bueno, o que la presidenta Fernández de Kirchner debe de ser una buena persona porque está largas horas de pie al lado del féretro de su esposo muerto, o que tal o cual político debe de ser fiable por su manera de mirar o de actuar, o que algo es malo porque lo dice alguien que no nos gusta... El Sistema 2 requiere más tiempo, es más lento, obliga a pararse y pensar. Es el que utilizamos para hacer los cálculos matemáticos más complicados, el que se utiliza en la deliberación «racional», el que usamos cuando vamos a comprar un coche o una casa, el que nos hace cambiar de voto después de haberlo pensado mucho o emitir una opinión tras haber estudiado en alguna medida los beneficios y perjuicios de ella derivados.

El Sistema 1 suele sugerir qué hacer al Sistema 2, y este suele hacerle caso la mayor parte del tiempo. Dice Kahneman:

El Sistema 1 genera sugerencias continuamente al Sistema 2: impresiones, intuiciones, intenciones y sentimientos. Si el Sistema 2 lo aprueba, las impresiones e intuiciones se convierten en creencias, y los impulsos se convierten en acciones voluntarias. Cuando todo marcha con suavidad, que es la mayor parte del tiempo, el Sistema 2 adopta las sugerencias del Sistema 1 con poca o ninguna modificación. Por lo general crees tus impresiones y actúas según tus deseos, y eso está bien... generalmente. Cuando el Sistema 1 tiene dificultades, llama al Sistema 2 para que se implique en un proceso más detallado y específico que pueda resolver el problema del momento. El Sistema 2 se moviliza cuando surge una pregunta para la que el Sistema 1 no tiene respuesta, como te ocurre cuando te enfrentas a un problema de multiplicar como 17 × 24.[24]

¿UNA MÁQUINA DEFECTUOSA?

Sabemos ya que nuestro cerebro está preparado, a diferencia del cerebro de cualquier otro animal, para contar historias, para producir relatos más o menos estructurados. Esas narrativas son casi siempre bastante simples. La mente está más preparada para observar de forma global las cosas que para fijarse minuciosamente en todos los detalles. Está programada para rastrear, comprender y producir textos e imágenes con una secuencia lógica.

Al mirar un cuadro o ver cualquier otra cosa estática, el ojo humano se mueve decenas de veces, escaneando el objeto, en una danza rápida de movimientos llamados «sacádicos». Sin embargo, el cerebro prescinde de toda esa información y la desprecia para quedarse con una imagen coherente y única. Una experiencia sencilla nos permite entenderlo. Nos miramos al espejo. Fijamos la atención en nuestro ojo derecho, luego en el izquierdo, luego en el derecho... Notamos cómo los músculos se mueven. Somos conscientes de que movemos los ojos. Pero nuestro cerebro no ve ese movimiento. Lo desprecia. En nuestra cabeza los ojos se mueven, pero en el espejo no lo vemos. El movimiento sacádico, que pasa desapercibido para el cerebro, es una indicación fisiológica de que nuestra mente necesita dar estructura y coherencia. Vemos así a la Gioconda en una sola imagen que es la que ahora guardamos en la memoria, pero para fijarla nuestros ojos antes han escaneado el cuadro en una decena de puntos.

Nuestros sentidos no están hechos en absoluto para darnos una imagen «exacta» del mundo exterior. Más bien, a lo largo de millones de años de bricolaje evolutivo, los sentidos han sido diseñados para detectar e incluso exagerar determinados aspectos y rasgos característicos del mundo sensorial e ignorar otros. Nuestro cerebro entonces mezcla con emoción todo ese caldo sensorial para crear un único relato de la experiencia en curso, susceptible de ser interpretable. Nuestros sentidos se dedican a seleccionar aquello que les resulta más relevante y a procesar ciertos aspectos del mundo exterior para que los tengamos en cuenta. Además, no podemos tener experiencia del mundo de una manera puramente sensorial porque, en muchos casos, cuando llegamos a ser conscientes de la información sensorial, ya se ha entrelazado con emociones y planes de acción. Dicho lisa y llanamente, en el mundo sensorial, nuestro cerebro se enreda con los datos.[25]

Michael Gazzaniga, uno de los padres de la neurología cognitiva, sugiere que la moral y la ideología tienen su origen en una determinada interacción de nuestro hemisferio cerebral derecho con nuestro hemisferio izquierdo. Ambos tienen funciones distintas, aunque muy interconectadas: el hemisferio izquierdo, en particular, que Gazzaniga llama «el intérprete», se encarga de dar coherencia y sentido en forma de historias y relatos.

Los experimentos con pacientes con cerebro dividido revelan con qué rapidez el intérprete del cerebro izquierdo puede crear historias y creencias. En un experimento, por ejemplo, cuando se presentaba la palabra andar solo a la parte derecha del cerebro de un paciente, él se levantaba y comenzaba a andar. Cuando se le preguntaba por qué lo había hecho, el hemisferio izquierdo (que almacena el lenguaje y al que no se había presentado la palabra andar), rápidamente inventó una razón para la acción: «quería coger una Coca-Cola».[26]

Tan fuerte es la propensión del cerebro a dar sentido y coherencia a las cosas que, con frecuencia, una persona a la que se le ha amputado un miembro sigue sintiendo que lo tiene, y suele sentir dolor «en él». Estos «miembros fantasma» existen solo en la mente de quienes perdieron los reales, pero duelen igual. El dolor a menudo se disipa cuando se pone al paciente frente a una caja de espejos que permite ver su brazo izquierdo o su pierna izquierda, como si estuviera ahí, gracias a la imagen reflejada de la pierna o el brazo derechos. Ver el cuerpo completo alivia en el cerebro el dolor, para ayudarle a ir asumiendo la pérdida del miembro amputado.[27]

¿Qué podrían tener en común la muerte de Bin Laden, muerto por un grupo de soldados de élite estadounidenses en su guarida de Pakistán en 2011, por un lado, y la caja de los espejos para la recuperación de los «miembros fantasma», por otro? ¿Quizá la necesidad del cerebro humano de completar relatos coherentes? Los psicólogos lo han llamado «necesidad de cierre»: la motivación para encontrar una clausura a nuestras narrativas que sea segura, estable y permanente. Una manera de plantar cara a la incertidumbre, la ambigüedad y el caos. Ver el brazo amputado en su sitio parece eliminar el dolor de su pérdida, como saber de la muerte de Bin Laden ayuda a eliminar el dolor de la agresión sufrida en el corazón de Manhattan diez años antes. No tiene mucha lógica salir a la calle a celebrar la liquidación del villano sin ningún respeto por el procedimiento debido, el derecho a un juicio justo y la aplicación de la pena que determine el código penal. Si el Sistema 2 predominara es probable que los estadounidenses no celebraran la liquidación de una persona sin un juicio justo previo. Pero lo cierto es que lo celebraron concentrándose alegres en las calles del país y comprando tazas, gorras, camisetas y otras baratijas a unos 15 o 20 dólares, con leyendas como OBAMA 1-OSAMA 0 o LE CAZAMOS, MADE IN USA. Con toda esa vulneración evidente de los principios consagrados en el derecho internacional y en la Constitución estadounidense, no hubo prácticamente disenso aquel día 1 de mayo de 2011: algunos líderes se opusieron al magnicidio, como los propios talibanes, el Gobierno de Irán, el siempre excéntrico Chávez en Venezuela o los más radicales de Hamás en Palestina, pero otros líderes del muy democrático Occidente celebraron la operación como «la victoria de la paz» (Merkel en Alemania), «el resonante triunfo de la justicia» (el israelí Netanyahu), «el gran éxito de que [Bin Laden] haya sido encontrado y de que no pueda continuar su campaña global de terror» (Cameron en Reino Unido), o «el paso decisivo y determinante en la lucha contra el terrorismo» (el español Zapatero). El intuitivo Sistema 1, que nos trae a la memoria con rapidez las imágenes de los aviones estrellándose en las Torres, y nuestra necesidad de cierre actúan para justificar lo injustificable desde un punto de vista racional.

El fin de Bin Laden clausuraba, al menos simbólicamente, quizá en forma de una ilusión como la que proporciona al mutilado la caja de los espejos, el cierre de una narrativa dolorosa para los estadounidenses. «Se ha hecho justicia... Que Dios bendiga América», dijo Obama: 56,5 millones de estadounidenses viéndole en directo aquella noche en el discurso más seguido de su mandato. Nueve minutos y treinta y tres segundos para cerrar el relato con el final que se espera en un largometraje del Lejano Oeste. El presidente de Estados Unidos no está produciendo en su gente un efecto muy distinto del que generaba al final de sus películas John Wayne, cuando se alejaba solitario del pueblo, tras haber cazado a los cuatreros. Es el cierre de una narrativa, un requisito, como la necesidad misma de narrar, alojado en nuestra mente y facilitado por un intrincado nudo de conexiones neuronales.

ARGUMENTAR PARA GANAR

Si, cuatrocientos años después del inicio de la Ilustración, el cerebro humano sigue prefiriendo buscar en los recónditos rincones la confirmación de sus prejuicios antes que mirar la luz de la verdad que los contradice, quizá sea hora de ver la política de otra manera. Una maquinaria tan pobre para generar decisiones racionales y tan empeñada en confirmar y reconfirmar sus propios errores, disimulándolos para que parezcan aciertos, engañándose a sí misma, justificándose, dejándose llevar por impresiones e intuiciones vagas, no puede estar hecha para esa visión idílica de la democracia que, al menos en los libros de texto, se nos presenta como el ideal de la razón. O el cerebro no está hecho para esa democracia (al menos por ahora y unos cuantos de miles de años más), o esa democracia deliberativa, informada, desapasionada, inexistente excepto en algunos experimentos, no está hecha para nuestro cerebro. Puestos a elegir, claro, es más probable esto último. Puede que lo que esté defectuoso no sea nuestro cerebro, sino esa vieja idea de la política que algunos teóricos han defendido en los últimos dos siglos. Una política que, por lo demás, no aplican ni los políticos ni los ciudadanos, equipados con un cerebro caprichoso, testarudo e impresionable.

Muy recientemente, dos profesores franceses, Dan Sperber y Hugo Mercier, han presentado una idea mucho más realista que llaman «nacionalidad limitada»:

Nuestra hipótesis es que la función del razonamiento es discutir. Es concebir y evaluar argumentos que pretenden persuadir. El razonamiento así entendido es adaptativo, dada la excepcional dependencia que los humanos tienen de la comunicación y lo vulnerables que son a la desinformación. Podemos reinterpretar mejor el amplio conjunto de pruebas de la psicología del razonamiento y de la toma de decisiones a la luz de esta hipótesis. El pobre rendimiento en las labores típicas de razonamiento se explica por la ausencia de un contexto de discusión. Cuando los mismos problemas se ponen en una situación de discusión adecuada, la gente resulta ser buena discutiendo. Sin embargo, los polemistas hábiles no buscan la verdad, sino argumentos que apoyen su visión.[28]

En otras palabras, nuestra mente está más preparada para pelear y tratar de ganar discutiendo que para buscar la verdad en los argumentos del contrario. Claro que es cierto que podemos cambiar de opinión, pero esa no es la función principal del razonamiento. Los pies de un plantígrado como nosotros presentan un diseño mejor para andar que para correr, y, por lo tanto, su función prioritaria es caminar, aunque los humanos también podamos correr. De igual manera, la mente está más preparada para reforzar sus posiciones y para utilizarlas acomodándose a las opiniones de quienes piensan igual, y peleando contra quienes piensan distinto. Ocasionalmente, el razonamiento corrige errores y se adapta a nuevos datos y nuevas circunstancias. Por supuesto. Pero eso es mucho menos frecuente que lo contrario. Lo normal es que al razonar busquemos la confirmación de nuestra visión del mundo, que adoptemos decisiones no necesariamente buenas, sino decisiones que podamos justificar; también que nos rebelemos con mil argucias contra las visiones contrarias. Esta versión peleona y polemista del razonamiento es muy racional, en el sentido de que es funcional, porque nos ayuda a reforzar lazos con los nuestros y a diferenciarnos de los demás, y porque es un mecanismo adecuado para la lucha por el reconocimiento: nuestro propio reconocimiento y el que buscamos por parte de los otros. Lo mismo que hacen otras especies animales, pero de manera mucho más sofisticada.

El cerebro político deja de ser así defectuoso y se convierte en una máquina bastante precisa para unir a la gente en torno a unas ideas comunes, para defenderse frente a las ideas discrepantes y para tratar de buscar el predominio de nuestro grupo frente a otros grupos. Para sobrevivir, en definitiva. De forma que podemos explicar fenómenos en apariencia tan absurdos como que la gente vote, cuando la utilidad individual de votar es prácticamente cero, que en los parlamentos casi nunca se aplauda al portavoz del partido contrario aunque haya dicho cosas rotundamente razonables, que los partidos políticos muy rara vez concedan que quien tiene razón es el adversario, que en un mitin el momento más vibrante sea siempre el del ataque furibundo y simplista al contrario, o que tras un debate las encuestas den ganador no a quien más fiel fue a los hechos, sino a quien más seguidores tenía al comenzar a debatir, o simplemente a quien estuvo más encantador. Que la política no consista en convencer con razones sino persuadir con emociones.

Simplificando algo la neurofisiología, uno puede entender el proceso de alcanzar una opinión o tomar una decisión como una colaboración entre dos regiones del cerebro: el área límbica, que siente las emociones, y la corteza prefrontal, que controla el procesamiento de las ideas y la información. Las dos áreas trabajan en tándem: los pensamientos provocan sentimientos y, a la vez, la intensidad de esos sentimientos determina cómo los pensamientos son valorados [...] Las pasiones que se arremolinan en las elecciones no son guiadas por un profundo compromiso con los asuntos. No estamos luchando por el futuro del país; estamos luchando por nuestro equipo.[29]

El reconocimiento del protagonismo que tienen las emociones en la política no significa que renunciemos a la racionalidad. Manuel Castells lo explica muy bien:

Esto no es un llamamiento al triunfo de la política emocional ni mucho menos a la toma de decisiones irracional. Más bien es un reconocimiento de la forma en que la gente procesa las señales a partir de las cuales toma sus decisiones [...] Desde el momento en que la democracia es esencialmente una cuestión de procedimiento, la forma de decidir no determina lo que se decide. Diseñar e implantar una política (por ejemplo, una política sobre la paz y la guerra) es un proceso crucial que debe realizarse en el ejercicio de todas las facultades cognitivas de las que podamos disponer [...] Estos procesos son en gran medida emocionales, se articulan en torno a sentimientos conscientes y están conectados a decisiones que provocan un conjunto complejo de respuestas dependientes de los estímulos recibidos de nuestro entorno de comunicación. Como los políticos profesionales o los líderes natos saben cómo provocar las emociones adecuadas para ganarse la mente y el corazón de la gente, el proceso de ejercicio del poder se solapa con los procedimientos formales de la democracia, condicionando así en gran medida el resultado de la contienda. El análisis racional de los procesos del ejercicio del poder comienza con el reconocimiento de los límites de la racionalidad en el proceso.[30]

Con esta visión de la política menos idealizada pero más realista, podemos entender que para gobernar no basta tener a los mejores funcionarios, o que estos estén subordinados a los criterios menos científicos y más apasionados de sus jefes: los políticos. El prejuicioso, peleón y tramposo cerebro que argumenta para ganar explica la existencia universal de las ideologías, la expresividad ritual de la política, los enfrentamientos irredentos: también la guerra y esa disposición humana, tan poco racional, a dar eventualmente la vida por una bandera.

3

EL PRECIO DEL ALMA DE CONSERVADORES

Y PROGRESISTAS

Los dos partidos que dividen el Estado, el partido del conservadurismo y el de la innovación, son muy antiguos y se han peleado la posesión del mundo desde que se creó. Esta disputa es el tema principal de la historia cívica. El partido conservador estableció las jerarquías veneradas y las monarquías del mundo más antiguo. La batalla, entre el patricio y el plebeyo, el Estado paternal y la colonia, los viejos usos y la aceptación de los hechos nuevos, entre los ricos y los pobres, reaparece en todos los países y tiempos. Esta guerra no solo se libra en los campos de batalla, en los consejos nacionales y en los sínodos eclesiásticos, sino que también agita el interior de cada hombre con sentimientos opuestos en cada momento. Mientras tanto, el viejo mundo sigue girando; en ocasiones uno de los impulsos gana, en ocasiones el otro y, sin embargo, la lucha se renueva cada vez como si fuera la primera, bajo nuevos nombres y con apasionados personajes. Un antagonismo tan irreconciliable debe, por supuesto, ser igualmente profundo dentro de la misma constitución humana. Es la oposición entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, el entendimiento y la razón. Es el antagonismo primario, la aparición en pequeño de los dos polos de la naturaleza.

RALPH WALDO EMERSON, 1841[1]

Un progresista vende su propia alma por menos dinero que un conservador. Digamos que el alma de los conservadores es más cara, o al menos eso creen ellos. Así lo han demostrado el psicólogo social Jon Haidt y sus colegas investigadores en Virginia y Nueva York.

En una de sus numerosas investigaciones sobre los fundamentos morales de la política preguntaron a 8.193 personas de todo el mundo cuánto dinero exigirían por firmar y entregar un papel que dijera: «Por la presente vendo mi alma a quien tenga este pedazo de papel después de mi muerte». Añadieron otros indicadores de lo que ellos llaman Pureza/Santidad; es decir, la creencia de que existe una trascendencia y un orden natural y espiritual en el ser humano, del que deriva la resistencia a la «contaminación» del cuerpo en sus diversas formas. Los otros indicadores consistieron en preguntar por cuánto dinero «cocinarían y se comerían a su propio perro tras una muerte por causas naturales», «se someterían a una cirugía plástica que añadiera cinco centímetros de crecimiento a su columna vertebral», «se someterían a una transfusión de sangre compatible y libre de enfermedad procedente de un abusador de menores», o «asistirían a una representación en la que los participantes (incluido el encuestado) tendrían que actuar como animales durante 30 minutos, arrastrándose desnudos y orinando en escena». Los voluntarios podían responder que lo harían gratis, que no lo harían por ninguna cantidad de dinero por alta que fuera, o exigir cualquiera de las cifras intermedias: diez, cien, mil, cien mil o un millón de dólares.

En efecto, los que se autoproclamaban muy conservadores vendían mucho más caras —unos 500.000 dólares de media— su alma, la limpieza de su sangre, su altura natural y su dignidad como seres humanos que no se comen a sus animales de compañía y que no orinan en público aunque estén haciendo un papel en una obra de teatro. Los autodenominados muy progresistas estaban dispuestos a renunciar a su «pureza» y a la santidad de su cuerpo y su alma por unos 35.000 dólares, menos de una décima parte. Curiosamente, cuando en el análisis se eliminaba la influencia de la práctica religiosa, aún se mantenía la diferencia entre progresistas y conservadores. El hecho de practicar una religión es un factor adicional para que uno venda más cara su alma, pero aun no asistiendo al templo, los conservadores son más celosos de su pureza y de la santidad de su cuerpo que los progresistas.

Este estudio forma parte de la llamada Teoría de los Fundamentos Morales,[2] de la que Haidt es precursor destacado, y que trata de reducir la amplia panoplia de valores humanos a un conjunto más manejable de constructos o dimensiones básicas. La Pureza/Santidad es uno de ellos, pero hay otros cuatro. Para encontrar esas dimensiones básicas, el propio Haidt y otros psicólogos estudiaron las teorías anteriores sobre esa misma materia, listaron las virtudes de numerosas culturas y momentos de la humanidad, y analizaron las taxonomías morales descritas por los antropólogos, los psicólogos y los biólogos evolucionistas. Estudiaron lo que otros analistas habían descubierto en las sociedades de primates, y trataron de describir las bases morales que son universales, constantes en cualquier sociedad humana. Algunas de ellas están presentes también en ciertos animales con cerebro grande, como algunos simios, los elefantes y otras especies. En su versión inicial aparecieron cinco. En una versión posterior, muy reciente, una más.

Dos dimensiones básicas, dos fundamentos morales universales a todo ser humano sano, de cualquier tiempo y lugar, aparecieron con facilidad. La primera dimensión universal es una cierta visión de la justicia, la equidad y la reciprocidad. La segunda, la preocupación humana —también presente en los primates más evolucionados— por el cuidado y la protección de los vulnerables frente al daño. Estos dos fundamentos morales habían sido ya ampliamente tratados por filósofos, biólogos, psicólogos y antropólogos a lo largo de la historia. Algunos habían hablado, de hecho, de una ética de la justicia y de una ética del cuidado. A estos dos primeros fundamentos morales Haidt los llamó Justicia/Reciprocidad y Daño/Cuidado (aquí los llamaremos Justicia y Protección, respectivamente).

Pero ahí no acababa la historia. La mayoría de las culturas no limitaban sus virtudes a esas dos dimensiones de la justicia y del cuidado. Aparecían siempre otras tres. Una cierta visión de la lealtad al grupo, de patriotismo, de sacrificio por los miembros de la comunidad a la que uno o una pertenece o de la que se siente parte. También su contrario: una universal vigilancia de quienes traicionan al grupo. A esta dimensión tercera la llamaron Pertenencia/Lealtad (la llamaremos Pertenencia).

La cuarta dimensión, el cuarto grupo de virtudes presentes en toda sociedad humana (y también en muchas sociedades de otros animales), se denominó Autoridad/Respeto (digamos Autoridad), y agrupaba los conceptos de obediencia, subordinación y jerarquía: la medida en que una persona se acomoda a su lugar en la escala social, la reverencia con que se tratan las normas procedentes de quienes mandan, sean los padres, los viejos del lugar, los jefes, los gobernantes o la autoridad religiosa.

Por último se describió y nombró un quinto fundamento moral, esta vez también constante en toda sociedad humana, pero ausente en otras especies animales: la mencionada idea de Pureza/Santidad (lo llamaremos Santidad), que tan importante resulta en todas las culturas del mundo sin excepción, y que sugiere una cierta visión de la trascendencia del cuerpo humano, de la resistencia a la contaminación, de un orden moral de la naturaleza, y de evitación de las tentaciones de la carne, apelando a principios espirituales.

La flexibilidad mental de progresistas y conservadores ante esta última dimensión, Santidad, es lo que medía Haidt con sus preguntas sobre el perro cocinado, la venta del alma, la cirugía plástica, la transfusión de sangre de un acosador de niños o la vergüenza de presentarse desnudo como un animal en público. Ya sabemos que los progresistas eran en esta dimensión significativamente menos exigentes, y estaban dispuestos a vender su pureza por mucho menos dinero que sus colegas conservadores.

¿Qué pasó con los otros cuatro fundamentos morales? También hubo diferencias estadísticamente significativas entre los conservadores y los progresistas.

Igual que sucedió con la dimensión Santidad, cuanto más conservadores eran, los 8.193 encuestados de todo el mundo estaban menos dispuestos a vender su sentimiento de Pertenencia, medido por la cantidad de dinero por la que estaban dispuestos a apostar públicamente contra su equipo deportivo favorito, quemar sin que nadie los viera una bandera de su nación, criticar a su país en una radio extranjera, romper toda comunicación con su familia por un año, renunciar a la ciudadanía del propio país o abandonar el club, grupo social o equipo por el que más aprecio sentían. Los progresistas volvían a mostrar un sentido más vulnerable de la pertenencia y de la lealtad al propio grupo. Además, cuanto más progresistas, menos sentimiento de pertenencia se expresaba.

Los conservadores también se distanciaron de sus conciudadanos progresistas al valorar económicamente la dimensión Autoridad. Para medirla se preguntó por cuánto dinero eran capaces de insultar a sus padres a la cara (pudiendo explicarlo todo solo un año más tarde), maldecir a los fundadores y héroes de su patria en privado, hacer un gesto insultante a un jefe o a un profesor, lanzar un tomate podrido a un político al que no se aprecia o dar una bofetada al padre con su permiso como parte de una representación cómica. El umbral de aceptación (el dinero que se estaba dispuesto a recibir por ejecutar cada acción) bajó en este ámbito notablemente para unos y para otros. Pero lo importante no es tanto la cifra, que depende del grado de maldad de cada propuesta, sino las diferencias entre progresistas y conservadores. Y lo que unos, los primeros, hacían por una media de unos 700 dólares, los segundos, los conservadores, solo estaban dispuestos a hacerlo por 12.000. De nuevo, cuanto más conservadores, mayor valoración de la autoridad.

Tanto conservadores como progresistas apreciaron especialmente el valor de la Justicia, que se midió preguntando cuánto dinero se pedía por hacer trampas en un juego de cartas con desconocidos, robar a un pobre y usar el dinero para hacer un regalo a un rico, negar la ayuda en una mudanza a un amigo que el mes anterior te había ayudado a ti, eliminar una urna en unas elecciones para ayudar a tu candidato o firmar un compromiso secreto de contratar en tu empresa solo a gente de tu color. De hecho, en este caso, tanto unos como otros exigieron en torno a un millón de dólares por traicionar sus principios y hacer las maldades propuestas. Para decepción de los progresistas, los conservadores valoran también muy alto la Justicia, aunque, una vez más, ambos son distintos: los progresistas ponen más énfasis en ella que sus adversarios políticos.

Por último, Haidt y los suyos midieron la tolerancia o resistencia en la dimensión Protección preguntando por cuánto dinero los entrevistados pegarían con fuerza a un perro en la cabeza, por cuánto matarían a un animal de una especie en peligro, se mofarían de una persona con sobrepeso, pisarían un hormiguero matando a miles de hormigas o clavarían un alfiler en la mano de un niño desconocido. En este caso, más tolerantes son los conservadores, dispuestos a hacer daño por menos dinero que los progresistas (una media de 17.000 dólares frente a los 150.000 exigidos por los progresistas). De nuevo, lo importante no es la cifra, que es de hecho irrelevante a efectos del análisis, sino los cambios en esa cifra a medida que la gente se considera más a la derecha o más a la izquierda, más conservadora o más progresista.

Esta investigación complementa no menos de dos docenas de otras hechas por los mismos profesores. A las cinco dimensiones inicialmente estudiadas, luego añadieron en el modelo una sexta: la dimensión Libertad. Los conservadores puntúan más alto en Libertad negativa, es decir, la que implica ausencia de intervención por parte de las autoridades, y los progresistas son más sensibles a la Libertad positiva, es decir, en el sentido de adoptar el estilo de vida que cada cual quiere. Todas las conclusiones de sus investigaciones apuntan en la misma dirección, con consistencia sorprendente, y nos permiten hablar de un interesante mecanismo con el que contamos todos los seres humanos desde que nacemos, a menos que nuestras facultades mentales estén dañadas: un auténtico ecualizador político.[3]

LAS SEIS BANDAS DEL ECUALIZADOR POLÍTICO

Igual que tenemos papilas gustativas para apreciar los sabores, cuerdas vocales para emitir sonidos o una retina con la que procesar las imágenes, así como decenas de otras características que son universales en el ser humano y, en parte, en otras especies, nacemos equipados con un ecualizador moral de seis bandas: Justicia, Protección, Pertenencia, Autoridad, Santidad y Libertad (esta última con dos bandas a su vez: una para la Libertad positiva y otra para la Libertad negativa).

El hambre, la necesidad de comer y las papilas gustativas existen en todo ser humano. A partir de ahí, las sociedades crean a lo largo de su historia convenciones y ritos alimentarios, tradiciones gastronómicas y costumbres en torno a la comida. De manera análoga, nuestro ecualizador y sus pistas son idénticos en cualquier persona, aunque hay cientos de variedades en su configuración: entre sociedades distintas y, dentro de una misma sociedad, entre unos grupos y otros y entre cada individuo.

La posición de las clavijas del ecualizador moral también cambia en unos u otros momentos históricos. Por ejemplo, hay sociedades y grupos que valoran de manera especial la lealtad al propio grupo. Tienen elevada la clavija de esa pista del fundamento moral que hemos llamado Pertenencia. Pensemos en los israelíes o en los palestinos, o en los partidos nacionalistas en las democracias contemporáneas. Otras comunidades valoran más el respeto a las normas fijadas verticalmente, y en su ecualizador tienen alta la pista Autoridad. Pensemos en los ejércitos, en las iglesias o en países de fuerte tradición religiosa o patriarcal en los que se valora el respeto a los preceptos divinos. En algunos países, como los nórdicos, el resto de Europa o los países más desarrollados del mundo, como Estados Unidos o Canadá, el ecualizador tiene bien alta la clavija correspondiente a la Justicia. Otras naciones o comunidades marcan alto en Protección, y cuidan mucho de no hacer daño a los suyos. La mayoría de los ciudadanos y ciudadanas del mundo —el islam, India y el resto de Asia, África, también buena parte del Occidente cristiano— pertenecen, en fin, a sociedades con una elevada dosis de Santidad, en las que las normas de la pureza —reveladas por Dios y por la tradición— están frecuentemente marcadas a fuego.

El ecualizador de los Estados Unidos de Obama no es el de los Estados Unidos de Bush (están más bajas las bandas Autoridad, Pertenencia y Pureza, y más altas las de Protección y Justicia). Pero tampoco es igual el ecualizador predominante en California o Nueva York, en comparación con el que se intuye en Texas o Florida. Y por supuesto, cada cual tiene su propia configuración, de manera que en una misma familia una hermana puede apreciar especialmente la Pertenencia y la Autoridad, por ejemplo, en tanto que otro hermano valora más la Protección, la Justicia y la Santidad. El ecualizador de los españoles en 2004, en un país con alto crecimiento económico y alta valoración de los derechos sociales, es distinto al ecualizador de solo cuatro años después, en medio de una crisis económica brutal, momento en el que la clavija de la Autoridad se eleva, como veremos.

Si imaginamos, como nos propone Haidt, que cada una de esas seis bandas del ecualizador —Protección, Justicia, Pertenencia, Autoridad, Santidad y Libertad— tiene diez posiciones (de 0 a 10, por ejemplo), entonces tenemos cientos de miles de posibles configuraciones. Hipotéticamente, podríamos encontrar a alguien (imaginemos un hippy radical o un humanista recalcitrante) que tuviera un 10 en Protección, un 10 en Justicia y un 10 en Libertad (positiva) y que, sin embargo, no valorara nada (es decir, que tuviera sus otras cuatro clavijas en 0) las dimensiones Autoridad, Pertenencia o Santidad. Pero la realidad de nuestras sociedades resulta afortunadamente más sencilla, y encontramos así dos configuraciones clásicas, dos ecualizadores tipo, dos maneras muy frecuentes de entender el mundo: una progresista y otra conservadora.[4]

Los progresistas puntúan más alto que los conservadores en Protección, en Justicia y en Libertad (al menos en Libertad positiva): son más sensibles ante el daño infligido a los demás, se preocupan más por la protección y son más compasivos ante el dolor. También muestran una sensibilidad superior ante conceptos como la equidad, la igualdad y el equilibrio entre los poderosos y los vulnerables. En consecuencia, se rebelan más ante la injusticia social. Son también más hedonistas y más tolerantes ante la variedad de usos y costumbres.

Los conservadores, por su parte, además de puntuar (aunque menos que los progresistas) en las bandas de la Protección, la Justicia y la Libertad, tienen típicamente una configuración con las clavijas elevadas en las bandas Pertenencia, Autoridad y Santidad. El ecualizador moral de los conservadores señala un mayor sentido de Pertenencia al propio grupo (un mayor patriotismo, si se quiere, y también un temor mayor al contagio del extraño y más sensibilidad ante la traición), un respeto más acentuado por la Santidad de las normas establecidas por la tradición o por Dios (y, por lo tanto, una mayor resistencia al cambio) y un sentido de la Pureza de las cosas como son, que no debe alterarse (del que deriva una preocupación mayor que la de los progresistas por cuestiones relativas al sexo o las llamadas «leyes naturales» en otros órdenes).

Aunque los conservadores están dispuestos a negociar algo de Protección, Justicia y Libertad si es a cambio de Pertenencia, Autoridad y Santidad, tienen una «ventaja» sobre los progresistas, y es que piensan con un ecualizador con las seis clavijas elevadas. Los progresistas valoran mucho más, desproporcionadamente, podría alguien decir, la Protección, la Justicia y la Libertad, y casi desprecian —en comparación con los conservadores— la Pertenencia, la Autoridad y la Santidad.

PADRES Y MADRES COMO GOBERNANTES

El modelo de Haidt combina bien con otro que se ha hecho célebre en los últimos años, y que ha sido pensado y difundido por George Lakoff, el pionero del estudio de las metáforas y su incidencia en la cognición. Su librito No pienses en un elefante[5] no solo habla de la importancia de las metáforas y de los marcos como «estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo», sino también de las dos grandes narrativas que operan en los conservadores y los progresistas.

Lakoff explica que hay dos grandes marcos, dos narrativas, dos metáforas políticas universales, derivados de nuestra socialización en la primera unidad política que todos encontramos, que es la familia. Tenemos así el «marco del padre estricto» y el «marco de los padres (padre y madre) protectores». Como sugiere la metáfora del ecualizador, cualquier persona nace equipada para entender los dos marcos y aplica uno u otro en función de su educación y también de las circunstancias.

El marco del padre estricto (strict father) hunde sus raíces en la idea de que el mundo es un lugar peligroso habitado por gente que es potencialemte mala. Los niños son egoístas y solo la claridad de las normas, la disciplina y el castigo pueden evitar la desviación. Una autoridad fuerte marcará con claridad las normas y las impondrá. Si el niño respeta las normas, entonces hay que dejarle libre. La interferencia es mala si las normas están claras. Solo el respeto a las normas establecidas bajo una autoridad fuerte mantiene a la familia unida. Gracias a la disciplina y el esfuerzo personal, las personas prosperan y son bendecidas con el éxito económico y social.

Las virtudes y modelos políticos derivados de la aplicación de este modelo son evidentes: autoridad, sentido de pertenencia, rigor económico, austeridad, penalización de la desviación, tradición (también religiosa), normas claras (procedentes de la tradición y de la divinidad), patriotismo, valor, valentía, libertad negativa, en el sentido de no interferencia, iniciativa privada, ética del esfuerzo. Se trata del conjunto de virtudes típicas del arquetipo conservador y que se corresponden con las bandas conocidas del ecualizador moral: Pertenencia, Autoridad, Santidad, Propiedad y Libertad negativa. La degeneración del modelo es el autoritarismo y la belicosidad, los fantasmas del conservadurismo.

El marco de los padres protectores (nurturant parents) define una idea distinta de la familia. Las personas nacen buenas y podemos hacerlas aún mejores. Para ello es bueno que la educación tenga como principios la empatía, la capacitación y el diálogo más que la mera disciplina. Habrá que proteger especialmente al hijo que más dificultades tiene, y darle incluso ventajas sobre los demás. Será conveniente dialogar para establecer junto con los hijos las normas que han de regir el hogar, para que las entiendan y las asuman como propias y no impuestas.

En su traslación a la política, el modelo de los padres protectores implica intervención pública (quizá a cuenta de la propiedad privada y de la libertad negativa) para la capacitación y la protección, cooperación, discriminación positiva, solidaridad, respeto por la diferencia, tolerancia, integración de las minorías, pacifismo. Son virtudes alojadas en las bandas que también conocemos de nuestro ecualizador político de serie: Protección, Justicia y Libertad positiva (en el sentido de respeto por el estilo de vida de cada cual). La degeneración del modelo de los padres protectores es la debilidad y la anomia, fantasmas del progresismo.

La coherencia de la Teoría de los Fundamentos Morales y de los dos modelos familiares de Lakoff fue contrastada en 2007 por un equipo de investigadores de la Universidad de Northwestern. Tomaron un grupo de 128 personas muy religiosas, conservadoras o progresistas, a las que se les pidió que relataran doce momentos y escenas importantes en su vida. Los analistas suponían que los conservadores evocarían recuerdos relativos a la autoridad, y los progresistas, memorias de la protección. Así fue: los conservadores se acordaron de figuras imbuidas de autoridad que les inculcaron una moral estricta a través de la disciplina. Se refirieron también con frecuencia a la jerarquía, la pertenencia al grupo y al carácter sagrado de sus usos y costumbres. Los progresistas, por el contrario, identificaron su aprendizaje con la apertura y la empatía, y sus recuerdos tenían más que ver con las virtudes de la justicia y la protección frente al daño. Progresistas y conservadores, aun siendo en la investigación todos ellos muy religiosos, tenían una manera muy distinta de ver el mundo. Y eso podía observarse aplicando una sencilla metáfora de modelos familiares o un simple ecualizador imaginario con siete bandas:

Cuando se les pidió que describieran en detalle los episodios más importantes de su propia narrativa vital, los conservadores contaron historias en las que la autoridad impone reglas estrictas y los protagonistas aprenden el valor de la disciplina y la responsabilidad personal, mientras que los progresistas recordaron escenas autobiográficas en las que los protagonistas principales desarrollan la empatía y aprenden a abrirse a nueva gente y perspectivas ajenas. Cuando se les pide que justifiquen el desarrollo de su propia fe religiosa o sus creencias morales, los conservadores subrayan sus sentimientos profundos sobre el respeto a la autoridad, la pertenencia al propio grupo y la pureza del ser, en tanto que los progresistas enfatizan sus sentimientos profundos sobre el sufrimiento humano y la justicia social.[6]

Un ciudadano medio no sabrá verbalizar qué significa ser progresista o ser conservador. Probablemente ni siquiera se sienta una cosa ni la otra. Pero sabe muy bien cuáles son los principios de cada uno de esos tipos ideales. Cuando le preguntamos a la gente, como hicimos en España en 2011, nos dice que los valores más defendidos por los conservadores son, por este orden, el respeto por la religión, la defensa de la tradición, el patriotismo, la disciplina, el respeto a la autoridad, la defensa de la propiedad privada, la limpieza y la pureza, la austeridad, la firmeza en la persecución de los delincuentes, el respeto por la vida y el ensalzamiento del mérito y el esfuerzo personal.

A los progresistas se les concede, de nuevo por orden decreciente de importancia, la libertad para hacer lo que cada uno quiera, la tolerancia de lo distinto, el fomento de la igualdad de oportunidades, la defensa de los derechos sociales, la protección de los animales y la naturaleza, la defensa de los débiles, la resistencia ante la opresión, la solidaridad, la defensa de lo público, la libertad en el sentido de no intervención del Estado, la protección de los demás y el respeto por todas las creencias.[7]

De manera más prosaica y menos científica podemos decir que el rigor es conservador, y la creatividad, progresista; la música clásica conservadora, y el rock, progresista; el frío conservador, y el calor progresista; Estados Unidos es conservador, y Europa, progresista (aunque gobiernen un progresista allí y una amplísima mayoría conservadora aquí); las matemáticas son conservadoras, aunque no tanto, a diferencia de la poesía que es claramente progresista; por eso también, aunque un tercio de la gente no sabe decantarse, el 1 es conservador, y la A, progresista; lo vertical es conservador, y lo horizontal, progresista; el círculo se percibe progresista, y la línea recta, conservadora; el espermatozoide es identificado mayoritariamente como conservador, frente al óvulo que se identifica con lo progresista; son más, en fin, los que creen que el café es progresista y más los que creen que el té es conservador.[8]

La lista de símbolos y metáforas conservadoras/progresistas podría haberse extendido al campo frente a la ciudad, a Barbie (la clásica muñeca de estilo canónico y modo de vida de rica californiana) frente a las Bratz (las rebeldes muñecas de la competencia de estilo ecléctico, hedonista y desenfadado), a Coca-Cola frente a Pepsi, a Viena frente a Nueva York, al azul frente al rojo (aunque en Estados Unidos el código es el contrario: azul para los demócratas y rojo para los republicanos), a Dios frente al diablo, a la puntualidad frente a la impuntualidad, a la cicatería frente a la generosidad, al silencio frente al ruido, a la seriedad frente a la alegría, a Mercedes frente a Prius, al realismo frente al surrealismo...

Podemos explicar las posiciones de progresistas y conservadores en cualquier asunto en función de esas clavijas del ecualizador que suben y bajan en el cerebro de la gente; también entender los desacuerdos entre esas dos visiones del mundo.

Así, cuando los progresistas defienden los derechos de los homosexuales, lo hacen porque creen que es bueno procurar Protección a una minoría oprimida, por un lado, porque creen que es de Justicia garantizar a todos y todas igualdad de derechos y porque defienden la Libertad para que cada cual haga lo que quiera. Los conservadores pueden compartir en cierto modo esas mismas ideas, pero ellos aprecian más, y por tanto los priorizan, el sentido de Pertenencia (ven a los gais como extraños), el de Autoridad (los homosexuales amenazan a la familia tradicional) y el de Santidad (la homosexualidad es un pecado, o al menos es impura, antinatural, sienten ellos).

La oposición a un gobierno grande, típica de los conservadores, tiene como base la creencia de que la gente debería cuidarse sola (baja la clavija Protección), y que son las comunidades y autoridades tradicionales (las familias, las iglesias, las asociaciones civiles..., alta la clavija de Pertenencia y de Autoridad) las que deben garantizar el bienestar colectivo, sin que nadie tenga derecho a meterse en la vida de la gente, y menos aún exigiendo dinero —impuestos— para ello (alta idea de la Libertad negativa y de la Propiedad). El apoyo clásico de los progresistas a la intervención gubernamental se asienta en una alta estima por la Justicia y la Protección, que justifica los grandes programas y actuaciones públicas destinados a nivelar la desigualdad.

En un ámbito algo más prosaico, cuando los progresistas parecen adorar el arte contemporáneo, lo hacen porque valoran más la Libertad de creación, lo nuevo, lo que rompe las barreras de la Autoridad y la Pertenencia a grupos o tradiciones estándar, mientras que sus contemporáneos conservadores valoran el arte tradicional, que se corresponde mejor con las normas de la Autoridad clásica, con la Pertenencia ancestral y con la Santidad de las formas consideradas canónicas.

Al oponerse a la mezcla de lo religioso con lo civil, los progresistas expresan su idea de la Justicia como predominio de los derechos individuales, y de la Libertad positiva, frente a la imposición de cualquier dogma. La justificación conservadora de la enseñanza de la religión en la escuela tiene su origen en su alta valoración de la Pertenencia («nuestro país tiene raíces cristianas», por ejemplo), Autoridad (la que procede de Dios o la tradición) y Santidad (vivimos bajo ciertos mandatos sagrados).

El ecualizador moral puede explicar incluso las contradicciones aparentes existentes en el discurso político. Curiosa paradoja, por ejemplo, es que los conservadores de medio mundo (en Francia, en España o en Reino Unido, e incluso en Siria) se pronuncien en contra del uso del velo integral islámico (el niqab y el burka) en espacios públicos. Teóricamente son los progresistas los que están en contra de la mezcla de lo religioso y lo civil y quienes defienden la igualdad de hombres y mujeres. Al prohibir el velo en las calles, las escuelas y las oficinas, los conservadores se protegen del extraño (Pertenencia), defienden la Santidad de sus propias normas (la primacía del cristianismo; por eso no prohíben el velo a las monjas ni mandan a la cárcel a la jerarquía de la Iglesia católica que vulnera la igualdad de mujeres y hombres) y dan muestra de Autoridad (la del poder civil instituido). Además, pasan por la izquierda a los progresistas porque pueden presumir de Protección (de las «pobres» mujeres encerradas en sus velos) y de Justicia (igualdad de hombres y mujeres).

Los progresistas intuyen la jugada, pero se debaten en la contradicción. Por un lado, han de defender los principios que les son familiares: la Libertad de cada mujer a vestir como le dé la gana, la igualdad de todas las creencias (Justicia) y la Protección (frente a la opresión masculina). Por otro lado, rechazan el nacionalismo (Pertenencia) tanto de unos (sus compatriotas conservadores) como de otros (las autoridades islámicas ultraconservadoras) y el predominio de los símbolos religiosos (la Santidad) de cualquier tipo. Con la debilidad de su propia contradicción, con un ecualizador débil, los progresistas tratan de evitar el debate señalando que es inoportuno, interesado o exagerado. Con un ecualizador con cinco clavijas en su máxima potencia, los conservadores ganan el debate, y el 75% de los ciudadanos aprueba la prohibición del burka y del niqab en espacios públicos con un símbolo, la prohibición del velo integral,[9] que sin palabras expresa una buena lista de fundamentos morales: Protección de las mujeres frente al machismo, Justicia en la igualdad de todas las creencias, Autoridad del Estado frente a las minorías e, implícitamente, Santidad de lo cristiano frente a lo musulmán. Los progresistas, acomplejados, solo elevan con su posición una clavija: la Libertad de las mujeres para ir como les dé la gana.[10] Como dice Haidt, «los conservadores tienen intuiciones morales que los progresistas puede que no reconozcan».[11]

Y así sucesivamente: esta suerte de ecualizador político resulta sumamente práctico para explicar el mundo, para que nuestras posiciones resulten coherentes y para elaborar un juicio sencillo sobre cualquier política pública aunque sea muy complicada de entender en profundidad. Al tratarse de fundamentos morales muy básicos, de emociones muy poderosas, que se generan en el Sistema 1 de nuestro cerebro, intuitivo y rápido, la ideología se convierte así en un genuino, rápido y cómodo atajo para entender y dar sentido al mundo, para componer un relato coherente. Luego vendrá la racionalización del Sistema 2, el que se encarga de desarrollar los impulsos del Sistema 1, como vimos. El Sistema 2 desarrolla las leyes y los debates sobre su contenido, por ejemplo, pero a partir de los fundamentos morales que de manera ultrarrápida evoca la parte más intuitiva y emocional de nuestro cerebro. Un conservador no necesita saber que tiene ahí en su cerebro un ecualizador. Es probable que ni siquiera sepa verbalizar por qué es conservador. Pero ante unas imágenes de mujeres con el niqab paseando por Barcelona, las bandas de la Pertenencia, la Santidad, la Autoridad y la Justicia (y quizá también la de la Protección) se activan de inmediato. Luego se encargará su parte más reflexiva del cerebro de buscar un relato coherente, pero eso viene después.

A LA BÚSQUEDA DEL GEN PROGRESISTA

Fascina pensar por qué esa distinción entre conservadores y progresistas, o, si se prefiere, la línea imaginaria que va de la derecha a la izquierda, ha sido una constante en el tiempo y en el espacio. Existen mucho antes de que la Convención Nacional francesa situara a los jacobinos revolucionarios a la izquierda del presidente de la Cámara y a los girondinos moderados y acomodaticios a su derecha. Y existen también en todo el planeta. Basta con revisar la lista de los partidos miembros de la Internacional Socialista (la mayor asociación de progresistas del mundo) y la de la Unión Internacional Demócrata (los conservadores). Cualquiera que trabaje en la política puede saber con bastante certeza a quién ha de llamar y con quién va a congeniar en cualquier parte del mundo, en función de esa sencilla división entre progresistas y conservadores.

La persistencia de la ideología en todas las culturas y en todos los momentos invita a pensar que probablemente tenga una base genética, aunque la simple idea de que el ser humano pueda nacer ya con una predisposición política determinada puede parecer extraña, excéntrica y perversa. Preferimos pensar que los valores políticos son transmitidos por la educación en los colegios, los padres en sus casas y la interacción más o menos armónica de los expertos, los políticos y los medios de comunicación. Así es también, de hecho. Por poner un ejemplo curioso, seis de cada diez estadounidenses creen que los pobres son vagos, una idea que solo es compartida por una cuarta parte de los europeos. Unos investigadores estudiaron esa diferencia y encontraron un posible motivo en los contenidos de los libros de texto que los niños europeos y los niños estadounidenses estudian en los colegios. En los primeros se ofrece sistemáticamente una causa estructural a la pobreza. En los libros estadounidenses, por el contrario, se subrayan las causas individuales.[12]

Los estudios enfatizan de manera muy variable y poco definida la influencia de la socialización temprana o de las influencias posteriores en la vida: uno es progresista o conservador por sus vivencias cuando era niño o niña, o por los acontecimientos que luego encontró en la vida.[13] A prácticamente nadie se le ha ocurrido pensar que podríamos nacer ya con una herencia genética conservadora o progresista. Pero hay alguna excepción.

Tres profesores compararon dos muestras muy amplias de gemelos: 24.905 en Estados Unidos y 20.945 en Australia. Aquellos gemelos, monocigóticos y dicigóticos, pasaron el extendido test de Watson-Patterson de conservadurismo, que se aplica de manera muy simple: se presentan varias decenas de palabras y conceptos y se pregunta si el individuo está de acuerdo, en desacuerdo o sin opinión. Algunos de los conceptos que los conservadores aprueban más que los progresistas son «formación militar», «astrología», «segregación», «capitalismo», «vivir juntos», «energía nuclear», o «mayoría moral»; y algunos de los que puntúan menos son «impuesto a la propiedad», «pacifismo», «sindicatos», «derechos de los gais», «divorcio», «liberación de la mujer», «fiesta del pijama» o «campamento nudista».

El estudio de gemelos, por otro lado, es la práctica más frecuente para observar la influencia de la genética, porque los gemelos monocigóticos comparten el 100% del código genético, de manera que las diferencias estadísticas entre ellos y los gemelos dicigóticos serán necesariamente genéticas. Tras un complejo tratamiento de los datos, los autores llegan a una conclusión intrigante:

Dejando aparte el importante y especial caso de la identificación de partido, encontramos que las actitudes políticas están influidas de manera mucho más fuerte por la genética que por la socialización de los padres. En lo que respecta al índice de conservadurismo político, la genética produjo aproximadamente la mitad de la variación de la ideología, en tanto que el ambiente compartido, incluyendo la influencia de los padres, influía en un 11%.[14]

En otras palabras, parece que la mitad de nuestra orientación política —conservadora o progresista— está ya en nuestros genes antes de nacer. Eso no quiere decir que nazcamos ya «de un partido o de otro». Como explican quienes han estudiado la genética de la religión,[15] un niño hijo de dos miembros del Opus Dei tenderá a ser miembro del Opus Dei no porque porte un gen del Opus Dei o tenga una personalidad del Opus Dei, sino por la influencia educativa de sus padres. Los niños quieren pertenecer a los grupos de sus padres y los padres quieren que sus hijos los sigan. La identificación con los grupos religiosos y políticos no tiene mucho que ver con la genética. Pero la genética sí cuenta, probablemente con la mitad de la influencia, en las actitudes políticas —y religiosas— previas, y ahí, por el contrario, los padres tienen ya poco que hacer una vez que dejaron su herencia en el ADN de sus hijos. Esos dos imaginarios padres del Opus Dei no dieron en herencia un gen del Opus Dei, pero sí probablemente un ADN propio de la mentalidad ultrarreligiosa.

En otro estudio más reciente, un conjunto de investigadores estudiaron no ya la actitud política de los gemelos monocigóticos, sino directamente el genoma completo de una amplia muestra de 13.201 personas de 2.774 familias, a las que también se había preguntado por sus posiciones políticas. Al estudiar el genoma completo, compuesto por más de 20.000 genes muy desconocidos aún, los genetistas saben identificar qué regiones cromosómicas están implicadas en cualquier fenotipo o característica de un organismo, como son sus componentes físicos, su metabolismo, sus reflejos o sus conductas. Los genetistas encontraron tres zonas cromosómicas en las que había diferencias significativas o sugerentes entre conservadores y progresistas, que son las relativas a la flexibilidad en el procesamiento de la información y la cognición y la regulación de la ansiedad y la angustia.

Los autores niegan expresamente el determinismo genético en su propuesta, pero con la misma rotundidad concluyen que los genes importan:

Nuestros resultados no defienden que los genes tengan más efectos que los del ambiente. Este no es el caso, ciertamente. Más bien, empezamos desde dos finales opuestos en un proceso muy complejo: en un extremo, el ADN, de alguna manera la materia básica de la que están hechos los organismos vivos; y en el otro extremo una compleja conducta (la ideología política). La conducta es el producto final de todo lo que significa ser humano, interactuando en un ambiente complejo y cambiante, durante la vida [...]. La conducta humana surge de la interacción de genes, socialización y estímulos ambientales [...]. Lo que los datos sugieren es que una teoría y un método que incluya las influencias genéticas, sean grandes o pequeñas, aportará explicaciones sobre la orientación conservadora o progresista que los modelos exclusivamente ambientales no ofrecen.[16]

Incluso los investigadores que han demostrado la existencia de lo que algunos impropiamente han llamado el «gen progresista», el DRD4 que regula la dopamina y que se relaciona con la búsqueda de la novedad y la apertura, advierten que «los efectos genéticos tienen lugar en una compleja interacción con otros genes y ambientes, y es probable que sea la combinación de cientos, cuando no de miles, de genes interactuando mutuamente y con los estímulos externos, lo que influye en las actitudes y la conducta política». Pero de igual manera, los científicos son tajantes al afirmar que «a la luz de [nuestros] hallazgos y los de otros, los politólogos no pueden seguir viendo la ideología como un constructo estrictamente social, completamente maleable y completamente sujeto a las cambiantes circunstancias históricas».[17]

No tenemos por qué elegir entre el «determinismo genético» y una teoría más humanista del «libre arbitrio». Ambos no son incompatibles. Como explica Richard Dawkins:

[Nuestros críticos dicen que] o bien debemos ser «deterministas genéticos» o creer en el «libre arbitrio»; no se puede creer en ambas cosas. Pero [...] es perfectamente posible decir que los genes ejercen una influencia estadística en la conducta humana y, al mismo tiempo, creer que dicha influencia puede modificarse, anularse o invertirse por obra de otras influencias. Los genes deben ejercer una influencia estadística en cualquier pauta de conducta que surja por selección natural [...]. [E]l deseo sexual humano se ha desarrollado por selección natural, en el mismo sentido en que todo se ha desarrollado por selección natural. Por lo tanto, [...] ha habido genes que han influido en el deseo sexual —en el mismo sentido en que los genes han influido en todo—. Pero es de suponer que los deseos sexuales [se pueden] contener cuando es socialmente necesario hacerlo. ¿Qué hay de dualista en esto? Obviamente, nada. [...] Nosotros, es decir nuestro cerebro, estamos lo suficientemente separados e independizados de nuestros genes como para rebelarnos contra ellos.[18]

No existe probablemente un gen progresista ni uno conservador, y menos aún tenemos un gen en contra de los impuestos o a favor de la pena de muerte. Pero nuestra genética sí produce predisposiciones. Y con respecto a estas cuestiones hay indicaciones científicas de la existencia de un conjunto de genes que marcan la personalidad de conservadores y progresistas. De la compleja y aún misteriosa combinación genética, los expertos suponen la existencia de dos fenotipos ideales:

Uno se caracteriza por un recelo relativamente fuerte hacia los grupos externos (por ejemplo, inmigrantes), un anhelo por la unidad del propio grupo y un liderazgo fuerte, especialmente si hay una amenaza externa («no cuestionemos al presidente mientras estamos en guerra con los terroristas»), un deseo de códigos morales y de conducta clara y firme [...], un gusto por el castigo rápido y severo de las violaciones de esos códigos (pena de muerte), una afición por la sistematización (preferencia por las cuestiones procedimentales), una tendencia a tolerar la desigualdad (oposición a las políticas redistributivas) y una visión inherentemente pesimista de la naturaleza humana (la vida es desagradable, salvaje y corta).

El otro fenotipo se caracteriza por unas actitudes relativamente tolerantes hacia los grupos externos, un deseo de entender la conducta adecuada más en función del contexto que en función de las normas (preferencia por las cuestiones sustantivas), una visión inherentemente optimista de la naturaleza humana (a la gente hay que darle el beneficio de la duda), un recelo de los castigos preestablecidos (hay circunstancias atenuantes), una preferencia por la convivencia pero no necesariamente la unidad («podemos llevarnos bien incluso aunque seamos bastante diferentes»), un recelo de la jerarquía, de las certezas y de los liderazgos fuertes (cambiar de opinión no es debilidad de carácter), un rechazo de la desigualdad (por ejemplo, apoyo a un impuesto gradual sobre los ingresos), y una tendencia general a la empatía (rehabilitar, no castigar).[19]

Esta descripción no cuadra solo para la política, sino para una multiplicidad de ámbitos. En política tenemos, respectivamente, a conservadores y progresistas, pero en medicina tenemos a los defensores de la medicina tradicional y a los defensores de la medicina holística; en el arte, a los aficionados al arte de siempre (música clásica, arquitectura antigua, pintura y escultura consagrada...) y a los defensores del arte contemporáneo (rock y jazz, nuevas tendencias, formas de vanguardia...); en religión, a los fundamentalistas y a los humanistas seculares, en derecho y educación a los defensores del rigor de las normas y los procedimientos y a los defensores de la contextualización y la integración de disciplinas... y así probablemente en muchos más ámbitos.[20]

TEMEROSOS CONSERVADORES

A la genética se le está sumando en los últimos tiempos la neurología, para descubrir que, también en la configuración de sus cerebros, conservadores y progresistas son distintos. Los conservadores podrían tener una amígdala mayor y también un cíngulo anterior más pequeño, según dicen los expertos. Tres neurólogos lo demostraron en un estudio muy interesante.[21] Casi como un juego estudiaron el cerebro de dos miembros del Parlamento británico, uno conservador y otro laborista, pero luego también de 90 estudiantes voluntarios. Se analizó su posición ideológica y se los sometió a una resonancia magnética para analizar la estructura y la actividad de su mente. En efecto, había una correlación entre la posición ideológica y el tamaño de la amígdala derecha, más grande en los más conservadores. La amígdala es un órgano en forma de almendra situado en el centro del cerebro y que se cree asociado a la ansiedad y la emoción, de tal manera que quienes la tienen más grande son más temerosos ante el cambio y lo desconocido. El hallazgo vendría a confirmar las sospechas de que el temor genera conservadurismo. Ya antes se había identificado la amígdala como un elemento decisivo en la articulación de las emociones políticas en culturas diversas, en un estudio que comparaba a japoneses y estadounidenses votando en una situación simulada pero con candidatos reales[22] y también en otro estudio en el que se presentaban caras amenazantes a personas de ambas nacionalidades:[23] la amígdala, ese lugar crucial para la regulación de la emoción, tenía un papel principal, lo que constata una vez más que la política es más emocional que analítica.

En la observación con los estudiantes y los diputados ingleses, los conservadores tenían también un cíngulo anterior más pequeño. En este caso se trata de un órgano que podría tener la misión de monitorizar la incertidumbre, de manera que su menor tamaño podría sugerir una menor tolerancia a la ambigüedad y mayor necesidad de certitud por parte de los conservadores. Esa posibilidad había sido también planteada en un estudio de 2007. Se observó en encefalogramas la actividad neuronal de conservadores y progresistas mientras se producía un conflicto en la pantalla de su ordenador, en forma de órdenes «ir-no ir» que los sujetos tenían que resolver. Los progresistas resultaron más sensibles a la situación de conflicto cognitivo. Su cíngulo anterior, la zona asociada a la vigilancia de la coherencia, registraba al tiempo más actividad.[24]

Cuando los líderes de opinión progresistas acusan esa tendencia suya a enredarse en los detalles, a atormentarse con los matices y a resultar demasiado elitistas y analíticos, probablemente reflejan una realidad neurológica: su cerebro es más sensible a los matices y está menos necesitado de certezas. Quizá por eso los progresistas reniegan de la supuesta simplicidad con que los conservadores cuentan sus historias. Por ejemplo, el crítico cultural francés Christian Salmon, un hombre por lo visto progresista, puso entre los libros más vendidos en la Europa de 2007 y 2008 su obra Storytelling, la máquina de fabricar historias y formatear las mentes,[25] en la que denuncia los ejercicios narrativos e interpretativos del mesiánico Bush o del hiperactivo Sarkozy (y algo también de Obama). Para muchos progresistas esa tarea orwelliana de contarle al mundo un relato persuasivo y de ponerlo en escena resulta simplista, engañosa y manipuladora. Mientras tanto, es frecuente escuchar a los progresistas quejarse amargamente de las dificultades que tienen para hacer llegar su relato. Es aún muy especulativo, pero pudiera ser que a los progresistas les cueste más que a los conservadores simplificar sus historias, porque su cerebro esté peor preparado para ello.

Quizá nadie pueda explicarlo mejor que Clinton, cuando en el invierno de 2010, en medio de la gran crisis económica mundial, en una reunión de líderes progresistas en Nueva York, contó al medio centenar de asistentes lo que distingue a los conservadores: cuando hay angustia —dijo más o menos literalmente— la gente quiere volver a casa. Los conservadores le dicen a la gente: «Vamos, entra en casa, el fuego está encendido». Mientras, los progresistas complicamos nuestros argumentos racionales hasta la náusea.

La neurología, con su descubrimiento de las amígdalas más voluminosas, también viene a dar vuelo a la intuición generalizada de que los conservadores son más temerosos. Y ahí también los progresistas tienen un desafío, porque por mucho que traten de aliviar el miedo de sus conciudadanos apelando a la fría razón, se encontrarán un porcentaje importante de población que tendrá siempre más temor que ellos: cosas de la herencia, de las hormonas y de su recorrido por la amígdala y otros misteriosos rincones del cerebro conservador.

Los científicos que entienden de ello no saben si la cognición conservadora es fruto de esa distinta configuración física o si la configuración física es fruto de la cognición, porque según parece el cerebro se moldea en función de lo que hacemos con él. Probablemente sean ambas cosas. Pero la investigación parece indicarnos de manera consistente que conservadores y progresistas son distintos no solo mental sino también físicamente.

Algunas preguntas adicionales han surgido en los últimos años, y otras nuevas están surgiendo cada mes: ¿predomina en el pensamiento conservador, en comparación con el pensamiento progresista, el hemisferio derecho que se empeña en encontrar sentido a los sucesos de la existencia, a través de una más acentuada tendencia a la narración religiosa, pero también política? Los conservadores tienden a preferir beneficios a corto plazo en lugar de beneficios diferidos: ¿será porque su sistema dopaminérgico, el encargado de regular la satisfacción, y presente más en el hemisferio izquierdo, es más activo? Y viceversa: ¿será la preferencia de los progresistas por las recompensas diferidas el resultado de una mayor acción del sistema serotoninérgico, presente en el hemisferio derecho? En otras palabras, ¿será el hemisferio derecho el cerebro de los progresistas y el izquierdo el de los conservadores?[26]

Puede parecer maligna esta búsqueda científica de la diferencia física entre unos tipos de seres humanos y otros, en esta incipiente disciplina que aún con mucha timidez se llama neuropolítica. De hecho, es posible que los primeros experimentos sobre la cognición política fueran del «psicólogo jefe» de los nazis, Erich Jaensch, que en la década de 1930 trataba de justificar la solidez de los principios nacionalsocialistas en una manera integrada de comprender el mundo, en tanto que los críticos con el proyecto nazi (léase progresistas) le resultaban al investigador gente indeseablemente inestable.[27] La supuesta estabilidad mental de los nazis fue desmontada luego por Theodor Adorno y Else Frenkel-Brunswik, entre otros, que en el exilio estadounidense y tras la guerra, más bien tipificaron las características de la mentalidad nazi como la manifestación de la que llamaron «personalidad autoritaria», que daba título a su célebre y también controvertido libro colectivo.[28] Pero lo cierto es que hoy no hay duda de que, busquemos en los genes, en la configuración del cerebro, en el comportamiento hormonal o directamente en la personalidad, conservadores y progresistas son distintos.

El conservadurismo en particular puede ser explicado como la necesidad de reducir el miedo, la ansiedad y la incertidumbre; de evitar el cambio, la disrupción y la ambigüedad, y de explicar, ordenar y justificar la desigualdad que existe entre los individuos y los grupos. En una impresionante revisión de toda la literatura científica sobre esta cuestión, que acopia 88 estudios en 12 países y con un total de 22.818 individuos, los profesores Jost, Glaser, Kruglanski y Sulloway concluyen con muy poco margen para la duda que los conservadores se preocupan más por la inestabilidad, toleran menos la ambigüedad, están menos abiertos a experiencias nuevas, revelan mayor necesidad de orden, de estructura y de cierre, evitan la complejidad en el pensamiento y son más temerosos de la amenaza, la pérdida y la muerte. Los valores centrales y universales del conservadurismo —la resistencia al cambio, la justificación de la desigualdad, el deseo de orden y estabilidad, la preferencia por los cambios, en todo caso, graduales, el respeto por las normas existentes, la idealización de la autoridad, la dureza en el castigo de los desviados, la resistencia ante lo extraño— se integran para dotar al conservador de una excelente manera de encontrar sentido en un mundo muchas veces difícil de comprender de otra manera.[29]

Quizá por eso los conservadores se sienten más felices: la orientación política conservadora es por sí sola un buen predictor de la sensación subjetiva de bienestar. Se ha medido como mínimo en Estados Unidos, España, Alemania, República Checa, Nueva Zelanda, Noruega, Eslovaquia, Suecia, Finlandia y Suiza. Incluso cuando se controlan variables como el nivel socioeconómico, el matrimonio o la religiosidad (coadyuvantes del conservadurismo), los conservadores se dicen más felices. Una variable que parece explicar esa satisfacción con la vida es la racionalización de la desigualdad, que es una característica central del pensamiento conservador. La sensación de desigualdad crea insatisfacción. Justificarla apelando al mérito personal, a la meritocracia, actúa como una suerte de amortiguador emocional. Si, por otro lado, se ha demostrado que las sociedades más igualitarias reportan un mayor grado de felicidad, entonces estaremos tentados a pensar que la división del mundo entre conservadores y progresistas tiene una inteligente función evolutiva, con una parte del mundo, a lo largo del tiempo y el espacio, promoviendo una mayor igualdad, y otra parte justificando la desigualdad.[30]

Esta visión de nuestra comprensión del mundo en esos dos grandes universales que, aplazando por el momento los puntos medios y los grises, hemos llamado «progresista» y «conservador» tiene una interesante utilidad evolutiva. Parece más que verosímil pensar que estamos programados para la tensión permanente, quizá eterna, entre quienes promueven la igualdad —generalmente la mayoría— y quienes prefieren conservar los privilegios; el conflicto ubicuo entre la empatía por los semejantes, pero también el castigo de los desviados o el desprecio de los distintos; el gusto por el progreso y la búsqueda de experiencias nuevas, pero también la resistencia al cambio y la tendencia a la conservación; la reclamación de libertad, pero también la sumisión ante la autoridad que la mayoría está dispuesta a aceptar; la aversión por el riesgo, pero también la curiosidad y el interés por lo nuevo; la necesidad de explicación de lo incomprensible, pero también una mítica búsqueda de la verdad científica; la necesidad de certidumbre, pero al tiempo la asunción de la complejidad de las cosas.

¿Será este contraste universal entre las dos maneras típicas de entender el mundo una plasmación de la evolución del ser humano durante miles de años y una forma, que solo se da en nuestra especie, de canalizar los instintos de reproducción y protección de la especie, motivo por el cual nuestros genes y nuestro cerebro han integrado las pulsiones básicas de la política, que son la protección de los nuestros, por un lado, y la voluntad de dominio, por otro? ¿La necesidad de cambio que se enfrenta con el instinto de preservación de lo viejo?

Que haya dos grandes universos ideológicos que, con un montón de matices, se observan en el mundo entero y a lo largo de la historia, parece tener una buena justificación evolutiva. Los dos grandes relatos ideológicos de la humanidad articulan la dialéctica entre dos grandes antagonistas: por un lado, quienes prefieren la seguridad de lo conocido y las certezas del pasado y le tienen aversión al cambio, a la anomia y la debilidad. Por otro lado, quienes prefieren lo nuevo, lo creativo y lo ambiguo, rechazando los dogmas, la simpleza y la desigualdad.

Quizá, puede continuar la especulación, los ciclos políticos observados en Occidente obedecen a esa dinámica ya prevista en nuestros genes y nuestro cerebro, y culturalmente desarrollada en esas dos narrativas que hoy llamamos conservadora y progresista. Dice Arthur Schlesinger, el estudioso de los ciclos políticos:

La decepción es la enfermedad universal de la modernidad. Es también un manantial básico del cambio político. A lo largo del curso de los ciclos políticos, estén dominados por el interés público o por el interés privado, se genera de manera infalible el deseo de algo distinto. Esto siempre sucede después de un cierto «tiempo para el cambio»... las políticas de clase se hunden; la política cultural —raza, religión, estatus, moralidad— empieza a destacar. Estos son también tiempos de consolidación, en los que las innovaciones del período anterior son absorbidas y legitimadas. Las épocas del interés privado también siembran contradicciones. Estos períodos están caracterizados por corrientes subterráneas de insatisfacción, crítica, fermento, protesta. Hay segmentos de población que quedan fuera en la carrera por la propiedad. Los intelectuales se alejan... La gente se cansa de la motivación egoísta... La gente empieza a buscar sentido a su vida más allá de sí misma. Preguntan no lo que su país puede hacer por ellos, sino lo que ellos pueden hacer por su país. Están preparados para el sonido de la trompeta. Un asunto detonante —algún problema que crece como amenaza y más allá de la capacidad de la mano invisible del mercado— al final conduce a una ruptura hacia un nuevo ciclo político.[31]

Las narrativas políticas de la modernidad y las de siempre son la articulación simbólica de esas contradicciones tan humanas que se producen más en el plano de las emociones básicas que en el de las políticas públicas específicas.

NI SIEMPRE ROJOS NI SIEMPRE AZULES

Hasta aquí llega el maniqueo. Nos resulta muy útil esta distinción de conservadores y progresistas como tipos ideales, como modelos, tal como hablamos de cristianos y musulmanes, o de personas enfermas y sanas, olvidando todos los matices, todos los híbridos y todas las combinaciones posibles, que son de hecho muchos y determinantes. La historia observó cómo los nazis alemanes promovían un diabólico modelo de exterminio de aquel que consideraban extraño, al tiempo que desarrollaban unas inclusivas políticas de protección de los que consideraban propios: no puede decirse que aquella aberración histórica fuera genuinamente conservadora, y menos aún progresista. Pero sí podemos decir que tenía elementos conservadores y elementos progresistas, y entendemos bien cuáles son unos y cuáles los otros. Al mismo tiempo veíamos a un presidente progresista como Roosevelt aplicar políticas nacionalistas muy conservadoras, como la promoción del consumo de productos nacionales, mientras promovía políticas económicas de corte socialista, como una intensa inversión pública siguiendo los consejos de Keynes.[32] Clinton, un progresista, redujo el déficit (una política aparentemente conservadora), y Bush, un conservador, luego lo elevó a niveles históricos. En España, Zapatero tuvo que adoptar políticas conservadoras de recortes de beneficios sociales, y Aznar no retrocedió (aunque tampoco las promoviera) en políticas sociales que estaban vigentes cuando llegó al poder. Hoy vemos a populistas de izquierda en Latinoamérica, como Chávez, mostrarse más nacionalistas y más religiosos que sus homólogos conservadores del continente, como Piñera en Chile o Santos en Colombia. Estos, a su vez, son más progresistas que aquellos autoritarios de izquierdas, en la defensa de los derechos sociales y políticos, o en la defensa de la laicidad del Estado, por ejemplo.

Lo mismo pasa con la gente común. Es difícil imaginar a una mujer cien por cien progresista o a un hombre cien por cien conservador, como lo es imaginar a una persona cien por cien judía o cien por cien sana, por ejemplo. Hay infinidad de puntos intermedios, y de hecho hay amplísimos grupos de población que no se sienten ni conservadores ni progresistas. En España, como en toda Europa, en torno a una cuarta parte de la población no se identifica con esas etiquetas;[33] en Estados Unidos, un tercio de la población se dice «independiente»; en buena parte de Latinoamérica, ni siquiera se utilizan frecuentemente esas palabras.

Sin embargo, esos conceptos resultan muy útiles como tipos ideales, y para entender cómo entiende la gente la política y cómo se aplican los líderes en su comunicación. Para describir la eterna tensión entre lo nuevo y lo viejo, la identidad y la diferencia, el mérito individual y la solidaridad, la sociedad y el individuo, y así sucesivamente. Los dos conceptos, conservadurismo y progresismo, resultan no solo útiles, sino también necesarios, para dar cuenta de esas tensiones y su traslación a la política y su manejo desde ella.

Es necesario entender qué hay detrás de esos dos imaginarios convencionalmente llamados «conservadurismo» y «progresismo» tal como, utilizando una metáfora, es útil saber qué significa «B» y qué significa «13», si bien la diferencia entre ambos, a causa de las trampas y fascinantes cualidades del lenguaje, puede pasar desapercibida.

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VÍCTIMAS DE UNA METÁFORA


DANIEL KAHNEMAN[1]

En los últimos días de la Unión Soviética, un investigador analizó las metáforas más utilizadas por los periodistas en sus crónicas sobre la cumbre que reunió en Ginebra a su último presidente, Mijaíl Gorbachov, con el presidente Reagan. Fue en el año crucial de 1985. Siempre supimos que la metáfora es una bella figura de la retórica, materia prima de la mejor poesía y también de los mensajes que se lanzan furtivamente los adolescentes enamorados. Sabíamos también que nuestra vida está llena de metáforas, por ejemplo: una discusión es la guerra («apuntó justo al objetivo de su argumentación», «venga, di, dispara», «le agredió con insultos», «atacó su posición», «ha utilizado toda la artillería para defenderse»...); la sociedad es un cuerpo humano (que nace, se desarrolla y eventualmente muere, que tiene sentimientos, que se expresa, siente, sufre y se alegra como una persona...); las ideas son comida (alimento del alma, a veces a medio cocinar, en otras ocasiones no hay quien las trague, se digieren o se están elaborando con distintos ingredientes); la nación es una familia (nuestros compatriotas son nuestros hermanos, los padres de la Constitución... en inglés «patria» es homeland, motherland o fatherland)... La fuerza de la metáfora, señalaba ya Aristóteles, está en que

aprender fácilmente es, por naturaleza, agradable a todos; los nombres significan algo, de manera que aquellos de los nombres que nos procuran una enseñanza son los más agradables... y es la metáfora la que nos enseña especialmente, porque, cuando se llama a la vejez paja, se da una enseñanza por el género, pues una y otra cosa han perdido la flor.[2]

Y en otro sitio dice el sabio griego:

Aprendemos por inducción o por demostración... Pero es imposible adquirir conocimiento de los universales de otra manera que no sea por inducción... Mas inducir es imposible para el que no tiene sensación.[3]

La consideración moderna y sistemática de la metáfora como una herramienta capaz de moldear de manera definitiva nuestra manera de pensar y nuestra manera de actuar es, sin embargo, mucho más reciente. En 1980, George Lakoff y Mark Johnson escribieron un libro pionero en el estudio de la cuestión, en el análisis de la metáfora como dispositivo cognitivo: Metáforas de la vida cotidiana. Es ahí donde, entre la ingenuidad y la ironía, proponen un ejercicio:

Tratemos de imaginar una cultura en la que las discusiones no se vieran en términos bélicos, en la que nadie perdiera ni ganara, donde no existiera el sentido de atacar o defender, ganar o perder terreno. Imaginemos una cultura en la que una discusión fuera visualizada como una danza, los participantes como bailarines, y en la cual el fin fuera ejecutarla de una manera equilibrada y estéticamente agradable. En esta cultura, la gente consideraría las discusiones de una manera diferente, las experimentaría de una manera distinta, las llevaría a cabo de otro modo y hablaría de ellas de otra manera.[4]

Pues bien, los medios de comunicación no recurrieron a la danza para cubrir la cumbre de Ginebra y las conversaciones de rusos y estadounidenses en los estertores de la antigua Unión Soviética. Prefirieron las metáforas más utilizadas en la política: la guerra (dos enemigos que batallan por conquistar terreno con maniobras de ataque y defensa), el comercio (con ofertas, contraofertas, negociación y acuerdos), el juego (dos equipos en una competición en varias partidas) o el teatro (actores que representan papeles dramáticos).[5]

Hay varios estudios que demuestran la preferencia periodística por esas fórmulas competitivas a la hora de contar historias de la política,[6] pero tampoco es imprescindible dedicarle demasiado tiempo a constatar lo obvio: en las conversaciones de café la gente dice que uno u otro partido va a arrasar en las próximas elecciones, que un candidato dejó al otro K.O. en un debate, que una candidata saca al segundo varios cuerpos de ventaja en la carrera electoral, que un gobierno está pagando una factura muy alta por algún error cometido o que su presidente ha tenido que hacer un papelón en una reunión importante.

¿De verdad esas o cualesquiera otras metáforas tienen alguna influencia en la configuración de la opinión pública?

Otro analista dio un paso más allá en el estudio de la metáfora en el desarrollo político de la Unión Soviética. Observó cómo cambió el lenguaje metafórico de los discursos y declaraciones de los líderes en el tiempo en que la federación se desintegraba y Rusia pasaba de ser un sistema nítidamente totalitario a configurar un sistema de base electoral. Tomó tres conjuntos de 50 textos cada uno para tres épocas distintas. Un primer grupo eran discursos del período comunista, dictados por miembros del Politburó entre 1966 y 1985. Otros eran textos de intervenciones, entrevistas y artículos de la época de la transición, entre 1989 y 1991, algunos de ellos del propio Gorbachov. El último era un conjunto similar de textos del período netamente electoral, entre 1991 y 1993, ya bajo mandato de Yeltsin.

Se observó con qué frecuencia se utilizaban tres conjuntos de metáforas. Por un lado, tamaño y superioridad (con descripciones del país o de sus líderes con palabras como fuerte, alto, grande, titánico, gigante, superior, sumisión, orden...). Un miembro del Politburó decía en 1979, por ejemplo: «Los trabajadores destacados se muestran como un modelo de altura en su actitud con respecto a sus obligaciones». Por otro lado, se contó el número de metáforas relativas a la negociación y a la sociedad. Como cuando Gorbachov dijo: «El Partido solo se fortalecerá en sus posiciones si interactúa con el conjunto de la sociedad». Y, por último, se contó el número de veces que aparecían metáforas relativas a dos o más partes, dos lados, como en la frase de uno de los políticos de la época de Yeltsin: «La Convención constitucional mostró la posibilidad de un diálogo entre todas las fuerzas políticas de Rusia».

No sorprenderá que las cuentas verificaran la intuición. El lenguaje de la época autoritaria recurría más a la primera metáfora de la altura, el tamaño y la sumisión. En la transición abundaba la metáfora de la negociación con la sociedad. Y en la etapa electoral se hablaba, sobre todo, del juego entre fuerzas más o menos simétricas. Lo que sí resultó llamativo fue que ese lenguaje iba por delante de los cambios que venían. Antes era la metáfora, luego la concreción política. El lenguaje construía progresivamente, con sus diversas metáforas, un mundo distinto, como creando el contexto necesario para su desarrollo, un escenario nuevo para un nuevo relato.[7]

EL CRIMEN COMO UNA BESTIA, O COMO UN VIRUS

La metáfora, con las emociones que porta, define nuestra visión del mundo porque evoca de manera inmediata un marco en el que insertar la experiencia. No es lo mismo que los impuestos sean percibidos en un marco de comunidad (los vecinos contribuyen con sus aportaciones por tener unos determinados servicios comunes), que en un marco de imposición burocrática (se imponen a los súbditos unos tributos que la máquina de la Administración recauda y por cuya deuda puede multar).

George Kelling, un prestigioso criminólogo, pone un ejemplo interesante de la fuerza cognitiva de la metáfora. Según él, varias niñas violadas en Buffalo, Nueva York, entre 1989 y 1990, «fueron víctimas, aunque nadie se percató en ese momento, no solo de un violador, sino de una metáfora». Las cosas sucedieron así: en un período de quince meses, varias adolescentes de entre once y dieciséis años fueron agredidas por un mismo violador. El enojo de la comunidad fue creciente ante la ausencia de información por parte de las autoridades, que prefirieron guardar silencio para no mostrar sus estrategias al sospechoso. De esa manera, dice Kelling, el equipo que investigaba el caso para detener al criminal adoptó un papel perfectamente verosímil y previsible, pero fatal: la policía cometió el error de creerse dentro de un guion novelesco. El jefe de los investigadores entendió que para atrapar al malhechor debía actuar inicialmente como mandan los cánones del buen detective: buscar pruebas en secreto, mantener discretamente las conclusiones y cazarlo por sorpresa, una vez que se supiera a ciencia cierta cómo y dónde se escondía. Y así procedió, de manera que los detalles del caso no se difundieron, ni siquiera a los padres de las víctimas. No se distribuyeron fotos ni retratos robot del sospechoso hasta cinco meses y tres violaciones después del primer caso. Mientras los vecinos veían cómo una niña violada seguía a otra en la macabra secuencia de los acontecimientos, la preocupación y el enfado crecían y se reclamaba más información. El comisario callaba y tan solo replicaba que el «sensacionalismo» podía dilatar la detención del sospechoso y ponerla en riesgo.

Kelling, profesor de justicia penal y especialista en prevención de delitos explica que, frente a esa metáfora del detective que trabaja en secreto para cazar al violador, había otra posible: que si en lugar de atrapar al criminal al modo de Sherlock Holmes, la misión hubiera sido prevenir a las escolares del peligro de futuras violaciones, «la policía se habría comportado de otra manera. No solo habría mostrado una descripción del violador a la prensa, sino que habría trabajado también con la comunidad, aconsejando a los residentes, a los responsables escolares y a las niñas. Habría movilizado a los padres y a los chicos para adoptar acciones preventivas. Habría actuado como líder comunitario, ayudando a los vecinos a superar el miedo y la sospecha para que pudieran plantar cara al violador». En ese sentido, dice Kelling, la metáfora también fue causante del dolor de aquellas niñas y sus familias.

Esta visión agresiva y detectivesca del sistema de justicia penal, tan vigente en Estados Unidos como en otros países (vienen a la memoria, por ejemplo, la Colombia endurecida por la guerra contra las guerrillas o el México que se enfrenta a la ola de delitos de los narcotraficantes), está repleta de metáforas concatenadas: se libra una batalla contra el crimen, se caza a los delincuentes, y se les pone a disposición de la justicia, que es una dama con los ojos tapados y una balanza en la mano. En una guerra de esta dimensión se deja poco papel a la ciudadanía, que solo es espectadora o víctima ante la guerra que libran los policías y los criminales. «Para la policía que operaba en aquella aterrorizada comunidad de Buffalo, los residentes no eran ciudadanos sino civiles, no un recurso sino un inconveniente en potencia. Se mantenía una división estricta entre los combatientes y los no combatientes».[8]

La propagación de esa visión de la delincuencia como un monstruo al que hay que atrapar y encerrar tiene una implicación directa en la opinión que la gente se forma sobre qué es el delito, cuáles son sus causas y cómo se ataja. En otro estudio reciente, tres investigadores hicieron la prueba. A dos muestras equivalentes de personas se les describió la situación por la que pasaba en materia de crimen una ciudad ficticia. Los dos grupos recibieron exactamente el mismo reporte, excepto en un par de frases en las que se sugerían dos metáforas alternativas. En un caso se hablaba del crimen como una bestia. En el otro, del crimen como un virus. El informe decía en un caso:

El crimen es una bestia salvaje haciendo presa en la ciudad de Addison. La tasa de criminalidad en la que fuera pacífica ciudad ha subido sin parar en los últimos tres años. De hecho, en estos días parece que el crimen está acechando cada vecindario. En 2004 hubo 330 asesinatos en la ciudad; en 2007 fueron más de 500.

En el otro se presentaba con la otra metáfora:

El crimen es un virus infectando a la ciudad de Addison. La tasa de criminalidad en la que fuera pacífica ciudad ha subido sin parar en los últimos tres años. De hecho, en estos días parece que el crimen está contagiando cada vecindario. En 2004 hubo 330 asesinatos en la ciudad; en 2007 fueron más de 500.

Cuando a los participantes se les preguntó «qué necesita hacer Addison para reducir el crimen», aquellos que recibieron el informe con el marco del crimen como bestia fueron más proclives (once puntos más) a mencionar medidas de fuerza y castigo, como el incremento de las plantillas de policía, el refuerzo del sistema penal, el aumento de las penas o la construcción de más cárceles. Por el contrario, quienes leyeron el informe con el marco del crimen como virus propusieron más que el otro grupo medidas sociales, como la mejora de los programas educativos, la búsqueda de las causas, o similares. Los autores del estudio concluyen:

El experimento [...] confirma las recientes especulaciones de los gestores de políticas públicas, los académicos y los periodistas, que sugieren que las metáforas que utilizamos al hablar sobre asuntos importantes dan forma a nuestra manera de pensar sobre ellos e incluso a las aproximaciones a su solución [...] Lejos de ser meras florituras de la retórica, las metáforas pueden tener una profunda influencia en nuestra actuación sobre asuntos sociales relevantes.[9]

No solo resulta curiosa la influencia de la metáfora en la manera como la gente entiende una determinada controversia política o un asunto público. Tan interesante o más resulta el hecho de que la influencia pasa para la mayor parte de la gente desapercibida. Cuando se preguntó cuál había sido el factor para la elección de un tipo de medidas u otro, solo una persona de la muestra aludió a la bestia o al virus. El marco había producido su efecto silenciosamente, de forma inadvertida.

Es fácil de comprobar. Casi todo el mundo leería el epígrafe de este capítulo diciendo A-B-C, 12-13-14. Pero bien podría haber leído A-13-C, o bien 12-B-14, porque el 13 y la B corresponden a un mismo grafismo. Siendo posible, tal cosa es muy improbable: el estímulo ambiguo que es el 13 (o la B, según se vea) adquiere toda la rotundidad de un 13 si está entre números (o de una B si está entre letras). De haber visto solo la línea superior, y este es un punto crucial, el lector no habría considerado otra posibilidad distinta de que la figura del medio fuera una B. De haber leído solo la línea inferior, no habría considerado otra cosa que no fuera un 13. De haber visto el grafismo solo, la ambigüedad se habría impuesto. Es así muy probable que una comunidad que recibe más noticias de que el crimen es una bestia que está al acecho, a la que hay que cazar y encerrar, no considere la posibilidad de que el crimen sea un virus, una epidemia, una infección en la sociedad que se propaga y contra la que hay que prevenirse. De modo que en tal comunidad la opinión pública se decantaría de manera natural y sin discusión por políticas que buscaran a la bestia, la atraparan y la encerraran: más policías, penas mayores, más cárceles.

Si el mundo que vivimos ha sido enmarcado de una única manera, resulta inverosímil pensar en visiones alternativas. Los ciudadanos vivirán conforme a esa visión, hasta que alguien se atreva, quizá, a ponerla en cuestión. Si nadie cuestiona el marco según el cual no es bueno que las mujeres de Arabia conduzcan porque hacerlo sería peligroso para ellas y porque así lo mandan los cánones islámicos del lugar, entonces todo el mundo dará por válida esa versión. «Protección de la mujer» y «respeto por el islam» son los marcos que allí la mayoría evoca cuando se habla de mujer y conducción. De hecho, en muchos casos de la mayor parte de las cuestiones ni se habla, no hay marcos alternativos: se da por hecho que así es, y punto. Es posible desafiar esos marcos —como han hecho algunas mujeres grabándose al volante y difundiendo las imágenes— y tratar así de sugerir un marco alternativo (igualdad y liberación de las mujeres, en este ejemplo). Pero mientras eso no sucede, el marco prioritario se impone inevitablemente. Casi nadie habla de él, pero el marco existe; es el que es. La censura y el control de la información es la manifestación más rotunda de la lucha por evitar la existencia de marcos y relatos alternativos.

El título No pienses en un elefante, el libro de Lakoff, explica por sí solo el efecto. Cuando el profesor pide a sus alumnos que no piensen en un elefante, la misión resulta imposible. El elefante viene a la cabeza, al Sistema 1 del cerebro, instintivo y rápido, aunque se le intente ahuyentar. El marco se evoca incluso cuando se intenta negarlo.

Siendo esto así, tendrá una definitiva importancia la manera de definir un problema, la metáfora que se utiliza al describir un acontecimiento, el marco de su narración. Por ejemplo, la epidemia del virus de la gripe aviar, que fue protagonista en los informativos de radio y televisión y en los periódicos del mundo entre 2004 y 2007, pudo ser enmarcada, narrada y, por lo tanto, percibida por el público como un problema de salud animal. Pueden promoverse imágenes de aves en los corrales, botas de goma y batas verdes de veterinario, granjas, piensos, gallinas, patos, pollos. Serán protagonistas en este marco posible los expertos en pájaros y los propios animales. Predominarán los agentes forestales, los ornitólogos, los granjeros. En 2006 el Gobierno español, ante la alarma que cundía en Europa a raíz de la aparición de varios animales infectados (en España se localizó un caso en una especie de pato salvaje en una laguna en el País Vasco), decidió adoptar estratégicamente el relato veterinario: sería portavoz la ministra de Agricultura y Ganadería, se fomentaría la difusión de imágenes de campo, hablarían los expertos en salud animal, los naturalistas hablando de la migración de las aves, los agentes señalando los controles habilitados en los bosques, las marismas y las rutas migratorias de las aves...

Años antes, con ocasión de la enfermedad de las vacas locas, la Administración española había adoptado no un marco de salud animal, sino un marco, una metáfora, una narración de salud humana: habló la ministra de Sanidad del momento (y habló mucho, llegando a recomendar que no se pusiera en el caldo doméstico hueso de vaca, a pesar de estar en el mercado), y las imágenes de batas blancas, doctores, fonendoscopios, hospitales y enfermeros eran tan abundantes como las imágenes de vacas temblorosas.

Un marco de salud humana remite a un problema humano. Un marco de salud animal pone la preocupación un grado por debajo, porque define la existencia de un problema veterinario, no necesariamente humano.

POR QUÉ EL DÍA DEL ORGULLO GAY NO ES BUENA

IDEA PARA LA ADOPCIÓN DE NIÑOS

Otro ejemplo: una metáfora o marco de la normalidad puede ayudar también a fomentar la tolerancia a la adopción de niños. Es más fácil que una sociedad acepte la adopción por parte de parejas homosexuales si la televisión ofrece imágenes de parejas homosexuales «normalizadas» («normales» en el sentido estadístico) que ya cuidan niños. Es preferible, si se trata de fomentar la tolerancia social hacia la adopción, que las imágenes se alejen del arquetipo pintoresco y llamativo del homosexual de fiesta en la gran juerga urbana del día del Orgullo Gay, por explicarlo gráficamente. Si en la pantalla se ven parejas homosexuales poco «excéntricas» —un funcionario y su esposo conductor de autobús, pongamos por caso, o una enfermera y su esposa dentista— entonces la convivencia con el niño es vista en un marco bien distinto que si el marco que se suscita es el de divertidos y libertinos homosexuales travestidos bailando en una carroza o compitiendo en una carrera de tacones. No es que un homosexual que corra una carrera con tacones no merezca adoptar —eso lo fijan las leyes, las autoridades y los jueces, como les sucede a los heterosexuales—, pero la aceptación social de la adopción es más probable si la gente la entiende a partir de imágenes de hogares «vulgares», aunque el padre de la carrera de tacones pudiera ser un educador impecable y la lesbiana dentista, una madre desastrosa.

Cuando en 2004 en España se debatió la reforma legal que igualaba derechos en materia de matrimonio, tres cuartas partes de la población estaban paradójicamente en contra de la adopción de niños por los homosexuales, aunque la mayoría estuviera a favor de la igualdad de derechos. Sin duda una buena parte de la población no pensaba en ese detalle determinante de que alguien que tiene igualdad de derechos también debe tener igualdad al adoptar. El trabajo esencial consistió precisamente en tratar de trasladar un marco de normalidad en la percepción de las parejas homosexuales en su rol de padres o madres. Aunque se distribuyó documentación científica sobre el tema, la mayoría de la población no suele leer argumentarios sobre adopciones homoparentales, ni acude a Google para buscar estudios, datos y argumentos. ¿Cómo convencer a esos varios millones de personas de que una niña o un niño educado por una pareja homosexual es un niño completamente normal y que si no lo es no será culpa de la tendencia sexual de sus progenitores?

El Gobierno decidió mostrar a aquellos niños. En España había cientos, miles de niños, que ya convivían con dos hombres o con dos mujeres. Se buscó a una decena de parejas que ya convivieran con hijos. Parejas literalmente vulgares, a las que se advirtió de la posible llamada de algún periodista. No costó encontrarlas. Los días siguientes esas parejas abrieron la puerta de su casa a las televisiones, que dieron decenas de minutos de imágenes de niños y niñas que vivían con «papá» y con «papi», o que no entendían la pregunta del periodista cuando se les preguntaba por la opinión de sus amigos en el colegio. El marco se normalizaba así a través de las historias de aquellos niños viviendo en casas medias, con padres o madres corrientes, como sus compañeros de familias más tradicionales.

La derecha también luchó por su marco: si había una imagen de una drag queen disfrazada de monja, entonces los medios conservadores la utilizaban para trasladar ese marco ácrata y transgresor. ¿Quién quiere que un niño sea educado por un travesti sacrílego? Por lo demás, contaban entonces algunos periodistas en sus conversaciones privadas que los conservadores tenían muy difícil acceder con su historia a las televisiones más importantes, también por la amplia presencia de homosexuales en sus plantillas. Muchos periodistas contribuyeron a explicar la controversia sobre la adopción por parejas homosexuales de acuerdo con sus marco preferido, evitando imágenes que se alejaban del relato de la familia normal y corriente.[10]

CAMBIAR LA VISIÓN DEL MUNDO

Las metáforas trasladan un marco de interpretación de un determinado asunto de manera sencilla. Esa es su fuerza. Las imágenes y las palabras de la política portan esos marcos continuamente. Fijándolos, las palabras construyen y definen la realidad. Por eso los ecologistas que rechazan la biotecnología hablan de productos transgénicos, y los laboratorios que los producen hablan de organismos genéticamente modificados; los militares hablan de daños colaterales para referirse a lo que los pacifistas llaman víctimas civiles; lo que para unos son terroristas que cometen atentados, para otros son movimientos de liberación formados por guerreros que realizan acciones armadas; en los documentos de la Administración no suele hablarse de presos, sino de internos, porque parece que así nos sentimos todos mejor; un inmigrante que entra sin documentación en un país puede ser acogido o refugiado, o bien expulsado o repatriado. Las crónicas informativas y el discurso político pueden evocar imágenes de inmigrantes como delincuentes (una argucia típica de alguna comunicación conservadora temerosa del distinto), o bien imágenes de inmigrantes como cuidadores de niños y ancianos de la nación que los acoge. Pueden enfatizar los casos de inmigrantes ilegales (otro concepto conservador que el cerebro rechaza directamente) que usan los servicios públicos que pagan los nacionales, o pueden traer al imaginario colectivo las referencias a extranjeros que trabajan y pagan sus impuestos como los demás.

Un cuentecito apócrifo que circula en las escuelas de periodismo explica bien la función definitoria del marco:

Dos sacerdotes irlandeses discutían sobre el tabaco y la oración. Uno le preguntó al otro: «¿Tú qué piensas, Seamus? ¿Se puede fumar y orar al mismo tiempo?». Su amigo dio una calada a su cigarrillo y contestó: «No lo sé, Joe, la verdad. Supongo que deberíamos preguntar». Quedaron en escribir al Papa para pedirle instrucciones. El padre Joe escribió y preguntó al pontífice si es permisible fumar mientras se reza, a lo que el Papa contestó: «En la oración nuestro foco debe ser solo Dios, y fumar puede distraerte. Por lo tanto, no, no recomiendo fumar durante la oración». El padre Seamus también preguntó al Papa: «¿Es permisible, santidad, rezar mientras se fuma?». Y el Papa contestó: «El apóstol san Pablo nos quiere “gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación, constantes en la oración”. Por eso es aceptable rezar mientras se fuma». De manera que aún hoy el padre Seamus sigue rezando mientras fuma, en tanto que el padre Joe no fuma mientras reza.

La seducción de los marcos es tan fuerte que cabe sospechar, por ejemplo, que la opinión sobre el Estado de bienestar será distinta si hablamos de los empleados públicos como meros funcionarios (esos individuos que en el arquetipo predominante cuentan con salario y empleo garantizados de por vida aunque alarguen la hora del desayuno) o, alternativamente, como servidores públicos —policías, maestros, médicos— dedicados a la educación de nuestros hijos y la protección de nuestra gente. Cambiará la opinión si al discutir sobre la conveniencia o no de prohibir el uso del velo integral (el niqab, el burka) en las calles, los parques y los edificios públicos se muestra el velo como metáfora de la libertad individual de las mujeres para ir como quieran, o si se prefiere enmarcarlo como símbolo de la dominación masculina, o como escondite de posibles delincuentes, o como símbolo de la presencia inquietante de costumbres distintas de las occidentales. Y se será menos comprensivo con la política tributaria si, como sucede, la jerga habla de impuestos, fiscalidad y presión fiscal, términos todos ellos evocadores de un universo en el que pagar se convierte en algo penoso.

A este respecto, un consultor conservador que trabajó para los republicanos en Estados Unidos desvela con desparpajo que, en efecto, es bueno para los conservadores hablar de alivio fiscal (tax relief), porque de esta manera se evoca la idea de que pagar impuestos es un dolor que hay que curar.[11] Un cine no aplicaría un alivio en el pago de una entrada, porque nadie encuentra doloroso pagar para ver una película.

En 2011, la Fundación Ideas, el think tank del Partido Socialista español, financió una investigación[12] para analizar qué cambios se producían en las opiniones de la gente cuando se modificaban los marcos al formular los problemas. A una muestra representativa de la población española se le preguntó por una lista amplia de asuntos. La muestra se dividió en dos, con dos cuestionarios distintos. Se preguntaba por lo mismo, pero en una mitad de la muestra se aplicaba un marco conservador que enfatizaba la autoridad, la fuerza, el mérito personal, la pertenencia, la pureza y otros valores conservadores, y a la otra mitad se le preguntaba con un marco progresista, enfatizando la protección, la solidaridad, la justicia social, la libertad positiva y otros valores típicamente progresistas.

Por ejemplo, a una mitad se le preguntaba si estaba de acuerdo con la frase «Una joven de dieciséis años no debe abortar sin el consentimiento de sus padres», con una carga típicamente conservadora que refuerza la autoridad. El 73% estaba de acuerdo. A la otra mitad se le preguntó lo mismo, pero con un marco progresista que enfatizaba la protección: «Nadie, ni siquiera sus padres, puede obligar a una joven de dieciséis años a ser madre en contra de su voluntad». El 66% estaba de acuerdo. Esta flagrante contradicción, o, como mínimo, un cambio sustancial en los porcentajes entre ambas muestras, ocurrió en todos los casos con respecto a todos los temas. Los resultados fueron sorprendentes no porque hubiera diferencias entre las respuestas de unos y otros, sino por la magnitud de los cambios, que podían llegar a modificar las respuestas en giros de 180 grados.

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14 ноября 2024
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581 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788490069813
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