Читать книгу: «Lucha contra el deseo»

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28001 Madrid
© 2016 Lori Foster
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Lucha contra el deseo, n.º 269 - febrero 2021
Título original: Fighting Dirty
Publicada originalmente por HQN™ Books
Traducido por Fernando Hernández Holgado
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Harlequin Enterprises Limited e IStock.com.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-658-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Si te ha gustado este libro…
A la increíble lectora Kizzie Brown, que me autorizó a pedirle prestado su nombre para una de las más descaradas e insistentes mujeres del pasado de Armie. Kizzie, espero que disfrutes de tu pequeño papel en el libro. Y, por favor, acepta mi agradecimiento por tus estupendas críticas. ¡Espero que mis historias no te decepcionen nunca!
Capítulo 1
—Dios mío, Rápido. Eres un friqui de la naturaleza. Lo sabes, ¿verdad?
Armie Jacobson, conocido como Rápido por sus compañeros de lucha, ignoró la queja y lanzó unos cuantos golpes más seguidos de un gancho final, haciendo que Justice, un peso superpesado de un metro noventa, se doblara sobre sí mismo. Retrocediendo, Armie flexionó los dedos de las manos y esperó.
Por desgracia, lo único que hizo Justice fue apoyar las manos sobre las rodillas y tomar aire.
Con el ceño fruncido, Armie se quitó su protector dental.
—¿Estás de broma? Venga, hombre. Sigamos.
—Que te zurzan —Justice se arrastró hasta su esquina y agarró una botella de agua. Se regó con ella la cabeza y el pecho y se puso a resoplar.
Consciente de que los demás estaban mirando, Armie no dijo nada. Todo el mundo entrenaba y se ejercitaba en el gimnasio, concentrado cada uno en lo suyo. Pero últimamente, cada vez que lo hacía él, una decena o más se detenían para mirar. No le importaba tener público. Diablos: de haberle importado, no habría podido ser luchador. Durante la mayor parte del tiempo, no prestaba atención alguna a lo que lo rodeaba. Una vez que se metía en faena, se concentraba a tope y el mundo exterior desaparecía.
Pero aquella enloquecida manera que tenían de mirarlo, como si fuera una atracción de feria, le estaba sacando de quicio.
Una gota de sudor resbaló por debajo de su casco para deslizarse sien abajo. Se la enjugó con el antebrazo. Le ardían los músculos y más sudor le empapaba el pecho, los abdominales y la columna vertebral. Estaba pensando en algo que decirle a Justice para que retomara el combate cuando percibió su aroma. El leve perfume atravesó el aire del gimnasio, denso de olor a hombres sudorosos entrenando duro.
En un intento por aparentar indiferencia, Armie continuó mirando fijamente a Justice aunque, con su visión periférica, la detectó atravesando la sala. La amplia zancada de sus largas piernas, o su melena oscura aún más larga, no ofrecían lugar a sudas. Tragó saliva, paralizado.
—¿Qué pasa? —inquirió Justice con un tono entre desconfiado y ridículamente alarmado por la fijeza de la mirada de Armie.
Armie sacudió la cabeza… y afortunadamente Merissa desapareció en el pasillo que llevaba a las oficinas.
Soltando el aliento, desvió la mirada hacia el reloj de pared y frunció el ceño. Sí, llevaban combatiendo un buen rato, quizá más de lo que había pretendido. Su capacidad de resistencia era mayor que la media, sobre todo mayor que la de Justice, el gigantón. Se acercó a él.
—Necesitas meter más gasolina en ese tanque.
—Vete al diablo.
Cuando Armie se sonrió, Justice le advirtió:
—Para ya.
Dejó de sonreír para preguntarle, frunciendo el ceño:
—¿Qué te pasa? ¿Estás mosqueado?
Justice se dejó caer al suelo, contra la pared más cercana, y lo fulminó con la mirada.
—No deberías tener fuerzas ni para sonreír, capullo. Deberías estar tan cansado como yo.
Acostumbrado como estaba a entrenar a tope, Armie no pudo menos que apiadarse de él.
—Eres demasiado grande —en tanto que peso mediopesado, él era unos diez centímetros más bajo que Justice y pesaba bastante menos.
—Pues yo no tengo ningún problema con eso.
Agachándose frente a él, Armie le aconsejó en voz baja:
—Nos están mirando, así que deja de gimotear.
Justice miró detrás de él y gruñó por lo bajo.
—Sí. Los peces gordos han vuelto — «malditos cotillas», añadió Armie para sus adentros. Desde que había firmado para la SBC, los capos de la misma lo habían estado analizando como si fuera su última rata de laboratorio—. Levántate, lucha conmigo durante otro par de minutos y lo dejaremos en tablas.
Resoplando, Justice se levantó trabajosamente.
—Friqui de la naturaleza —masculló de nuevo, pero siguió a Armie hasta el centro del ring, y, una vez allí, hizo lo que pudo.
Que fue más bien poco, pensó Armie. Aunque lo cierto era que luchaban por motivos bien diferentes.
Veinte minutos después, recién duchado, Armie estaba listo para marcharse. El tiempo de mediados de febrero era muy frío, así que se caló un gorro en la cabeza todavía húmeda y se puso una gruesa sudadera con capucha. Portando su bolsa de gimnasio, salió con paso precavido a la zona central. A hora tan avanzada del día, los tatamis estaban vacíos. Miles y Brand se turnaban para fregar. La mayor parte de las luces estaban apagadas y solamente seguía allí el núcleo central de amigos, conversando.
Los mandamases de la SBC se habían marchado y, lo que era aún mejor, a Merissa no se la veía por ninguna parte. Probablemente estaría haciendo papeles para su hermano Cannon, el propietario del gimnasio.
Aliviado, se dirigió hacia la puerta. Con un poco de suerte, conseguiría escaparse antes de que alguien lo interceptara y…
—Hola, Armie.
Maldijo para sus adentros. Tras una ligera vacilación, se volvió para enfrentarse al grupo formado por Denver, Stack y Cannon.
—¿Qué pasa? Parecéis los tres mosqueteros. Los tres casados, por cierto.
Stack, que solo llevaba casado un mes, apestaba a satisfacción.
—Claro: está celoso.
Vaya. Dado que moriría antes que admitirlo, Armie replicó:
—Ni hablar.
Denver, otro recién casado, sonrió.
—Y probablemente también se sentirá solo, pobrecito.
Admiradoras, orgías y aventuras de una sola noche no daban como para aburrirse. Tenía reputación de donjuán, y eso era lo que las damas esperaban y querían de él. Eso, y nada más. Miró su reloj.
—Ahora mismo podría sentirme solo con tres estupendas damas si os dignaseis dejarme en paz, palurdos.
Al contrario que los demás, Cannon no se rio.
—¿En serio? ¿Otra vez?
¿Por qué diablos su mejor amigo tenía que mirarlo con aquella cara de decepción? Y, si sabía por qué Armie había hecho aquellos planes, probablemente se mostraría tan enfadado como desaprobador, porque la culpa la tenían sus constantes esfuerzos por dejar de pensar en la hermanita de Cannon. Por lo demás, un cuarteto de aquella clase iba a servir de muy poco. Su obsesión con Merissa parecía acentuarse día a día.
Armie se encogió de hombros.
—Sí, en serio. A no ser que tú tengas un mejor plan que proponerme…
—De hecho, era precisamente por eso por lo que quería hablar contigo.
Vaya, diablos. Eso no se lo había esperado. Se pasó una mano por el pelo.
—Oigámoslo entonces.
—Yvette ha invitado a todo el mundo a pasarse por casa esta noche.
Armie adoraba a Yvette. Era perfecta para Cannon y un encanto de mujer. Pero…
—¿Quién es «todo el mundo»?
—Pues todos los importantes —respondió Cannon con una sonrisa de inteligencia—. Todos los que nos importan a nosotros. Así que no te lo pierdas.
Armie volvió a maldecir para sus adentros. Definitivamente, Merissa contaba entre los importantes. No quería, pero, dada la manera en que los muchachos lo estaban taladrando con los ojos, ¿cómo podría negarse?
—¿A qué hora?
—Ahora.
—¿Qué quieres decir con «ahora»? —frunció el ceño.
—Ahora, así que olvídate de cualquier otro plan. De todas formas, no te iba a dar tiempo.
Justice apareció arrastrando los pies, con su pelo rubio teñido todavía mojado, su perilla necesitada de un buen recorte y sus orejas de coliflor en peor estado que nunca. Golpeó con su hombro el de Armie cuando pasó a su lado.
—Si no hubieras puesto tanta pasión en lisiarme, quizá habrías salido antes y hubieras dispuesto de algo de tiempo para retozar un poco.
—Nenaza —lo acusó Armie con una sonrisa.
—Él tiene razón —intervino Brand mientras empujaba el cubo de la fregona hacia ellos.
Lo secundó Matt, que acababa de sacudir el último tatami.
—Tú sigue combatiendo tan duro y acabarás lesionando a alguien antes de que empiece el torneo.
—Todavía me quedan dos meses —dos meses de libertad que emplearía como quisiera. Armie sabía que existían normas de entrenamiento, pero ese tipo de cosas no eran para él. Nunca lo habían sido y nunca lo serían, al margen de las razones que tuviera para luchar.
—Los combates locales se han acabado. Estamos en otra liga —le recordó Denver.
Como si lo hubiera olvidado…
—Carter Fletcher no es ningún flojo —añadió Miles—. Puede que no te resulte tan fácil batirlo como a los colegas.
—Lo he visto luchar y es imprevisible —comentó Brand, frunciendo el ceño.
Así que su primer rival iba a ser un pez gordo… Estupendo. Armie se encogió de hombros como para aparentar que no le importaba lo más mínimo. Hacía poco que la SBC, la organización más prestigiosa de artes marciales mixtas, prácticamente lo había coaccionado para que firmara con ellos. Cannon había colaborado en la tarea, empujándolo para que diera ese paso una vez que pulverizó todos los récords en los torneos locales.
Y era un paso bien grande, algo para lo que los demás muchachos habían trabajado sin cesar. La SBC pagaba mucho más y proporcionaba un prestigio y una fama enormes. Sus luchadores viajaban por todo el mundo de competición en competición.
Pero a Armie prefería no llamar la atención, lo cual era muchísimo más seguro por múltiples razones. Si no hubiera sido por Cannon…
—Lo hará muy bien contra Carter —afirmó Cannon—. Y que no os preocupe su manera de entrenar. Armie se motiva de manera diferente, eso es todo.
Siempre, de manera incondicional, podía contar con Cannon. Como la única persona que sabía por qué había rehuido fama y fortuna, Cannon lo entendía. No estaban emparentados, pero en la práctica funcionaban como verdaderos hermanos.
Lo cual constituía la segunda y fundamental razón por la que no podía, no debía, desear a Merissa como la deseaba. Cannon protegía a la gente que quería. Y a su hermana la quería muchísimo.
—Se está haciendo tarde —añadió Cannon—. No querrás hacer esperar a Yvette.
Contento del cambio de tema, Armie sacó su móvil.
—Será mejor que haga un par de llamadas para informar a las damas de que no me reuniré con ellas después de todo.
Stack miró a Denver.
—Si eso lo hubiera dicho cualquier otra persona, habría pensado que era un farol.
—El solitario… —ironizó Denver.
Armie se alejó sabiendo que tenían razón.
Merissa Colter se apoyó en el mostrador de la cocina con una copa de vino en la mano, viendo cómo Yvette preparaba una bandeja de carnes frías y quesos.
—¿Seguro que no quieres que te ayude?
Yvette le lanzó una sonrisa alegre.
—No hay tanto que hacer. Además, te has acicalado tanto esta noche que no quiero que corras el riesgo de mancharte.
Mirándose, Merissa replicó:
—Menudo cambio, ¿no?
Yvette asintió con una sonrisa astuta y se limpió las manos en el delantal.
—Es bueno para una chica cambiar de aspecto de cuando en cuando. Y con esas piernas tan largas que tienes, el conjunto que llevas te queda fenomenal.
—Me lo compré con Vanity —Vanity, la mejor amiga de Yvette y en aquel momento la mujer de Stack, era una fanática de la moda—. Fue ella la que insistió en las botas.
—Con tacones —precisó Yvette, animada, ya que Merissa siempre llevaba calzado plano—. Me gusta.
—Lo malo es que soy tan condenadamente alta…
—Como una modelo.
—No sé —dijo, porque más bien solía sentirse desgarbada, no una modelo.
—Confía en mí —le aseguró Yvette mientras colocaba las últimas lonchas de queso en la bandeja—. Causarás sensación. Dejarás a todo el mundo con la boca abierta. Eres muy alta, sí, pero con una figura estupenda.
Merissa casi se atragantó al oír aquello.
—Pues mi talla de sujetador es bastante pequeña….
Un sonido llegó hasta ellas desde el umbral de la cocina y Merissa alzó la mirada para descubrir a Brand, Miles y a Leese mirándola con una sonrisa. Los tres fantásticos, musculosos, muy atractivos.
Pero ninguno de ellos era Armie.
Lo que sentía por ellos, y viceversa, no era en absoluto romántico. Aun así, un rubor se extendió por su rostro. Al fin y al cabo, acababan de oírla hacer un comentario sobre su busto…
Mirando a su alrededor en busca de un arma, Merissa agarró una bayeta y se la lanzó.
—¡Fingid que no habéis oído nada!
—Demasiado tarde —Leese atrapó la bayeta y la dejó sobre el fregadero—. No sé qué es lo que echas de menos, pero yo te aseguro que no te falta de nada —se volvió hacia los otros dos luchadores—. ¿Estoy o no en lo cierto?
—Por supuesto.
—Definitivamente.
Avergonzada, pero agradecida al mismo tiempo por el comentario, Merissa se echó a reír.
—Sois mis amigos. Estáis obligados a decir eso.
—Es la verdad. Te lo juro —insistió Leese antes de sacar tres cervezas de la nevera y lanzar una a Brand y la otra a Miles.
Recorriéndola con una pecaminosa mirada, Brand se alejó hasta el otro extremo de la cocina.
—¿Y ese conjunto? —arqueó una ceja—. Es muy sexy.
De repente se sintió muy expuesta con su suéter ancho de escote de pico, el pantalón ceñido y las botas de tacón.
—¿Lo ves? —intervino Yvette—. Estás despampanante. ¿A quién le importa que no tengas una talla grande de sujetador?
A ella, sí.
—Insisto en que no te falta nada —remachó Miles. Tanto Brand como él eran morenos de pelo, pero Miles tenía los ojos de un verde claro, siempre estaba sonriendo… y flirteaba con cada mujer que se le ponía a tiro—. Confía en mí.
Leese se pasó una mano por su pelo negro azabache, con un brillo juguetón en sus ojos azules.
—Yo soy más bien de traseros —le guiñó un ojo, como indicándole que el suyo satisfacía sus requisitos.
Era un milagro que pudiera pensar en algo rodeada como estaba por tipos tan atractivos. Su vida habría resultado mucho más fácil si hubiera sentido por alguno de ellos lo mismo que sentía por Armie.
Yvette empezó a echarlos entonces a todos de la cocina.
—La estáis avergonzando. Fuera de aquí.
—Solo estábamos reforzando su autoestima —protestó Brand.
Los hombres se marcharon a regañadientes. Una vez que volvieron a quedarse solas, Yvette seguía sonriendo con un cálido brillo de alegría en los ojos.
Merissa supo entonces que estaba pasando algo. Tanto su hermano como Yvette estaban demasiado alegres. Dejando a un lado su copa, preguntó:
—¿Se puede saber qué os pasa a Cannon y a ti?
Tarareando por lo bajo, Yvette sacó un cuenco y lo llenó de patatas fritas.
—No sé qué quieres decir.
—Oh… oh.
Justo en aquel momento, Armie asomó la cabeza por la cocina.
—Hey, Yvette… —se interrumpió en seco cuando descubrió a Merissa.
Impresionado, Armie recorrió su cuerpo con la mirada, absorbiendo cada detalle. Su pecho se dilató en un lento suspiro. Merissa no se movió. Verlo le producía un efecto completamente distinto que el que experimentaba con otros hombres, como por ejemplo aquellos que acababan de hacerle comentarios sobre su ropa. Esta vez, sin embargo, se trataba de Armie. No quería que su opinión le importara tanto… Pero le importaba.
Demasiado tarde, la mirada de Armie regresó a su rostro y se quedó ya allí. Apretó la mandíbula. Sus oscuros ojos parecían consumirla y, justo cuando sintió que se iba a desmayar por la falta de oxígeno, él se volvió para marcharse.
Claramente Armie no había esperado verla y tampoco lo había querido. Eso le dolió.
Fue Yvette quien lo detuvo.
—¡Armie! Pasa. ¿Qué te apetece beber?
De espaldas a ellas, se quedó inmóvil. Flexionó los músculos de los hombros… y los relajó luego deliberadamente antes de volverse. El calor de sus ojos se había trocado en indiferencia y su arrogante sonrisa casi convenció a Merissa de que se había imaginado la tensión anterior.
—No quiero nada.
Merissa resopló escéptica. No había querido hacerlo. Fue algo involuntario.
Armie clavó de nuevo la mirada en ella.
—¿Hay algo que te parezca divertido, Larga?
Dios, ¡cómo odiaba aquel apodo! Enfatizaba su estatura, pero, lo que era aún peor: demostraba que Armie no la veía como una mujer deseable.
—¿Que no quieres nada, has dicho? —resopló de nuevo—. No me lo creo.
Entrando del todo en la cocina, Armie le dijo a Yvette:
—Tomaré una cerveza.
—Claro —Yvette sirvió un tazón de té sin azúcar. Se lo entregó a Armie, le dio un beso en la mejilla y recogió luego la bandeja para llevarla al comedor.
Armie se quedó mirando el tazón, perplejo.
Merissa aprovechó para contemplarlo. Hasta hacía muy poco se había teñido el pelo de un rubio casi blanco, pero había dejado de hacerlo y en aquel momento había recuperado su tono natural, de un rubio oscuro. No contrastaba ya tan dramáticamente con el marrón chocolate de sus ojos. Lucía tatuajes en los antebrazos y, aunque no podía verlo debido a la camiseta, sabía que se había hecho otro en la espalda.
Llevaba unos tejanos de cintura baja que resaltaban sus estrechas caderas, algo largos sobre sus deportivas. La pechera de su ceñida camiseta ostentaba descaradamente dos palabras: Orgasmos gratis.
Merissa se aclaró la garganta.
—¿No te gusta el té?
—No especialmente —dejó el tazón a un lado y se acercó a la nevera.
Merissa aprovechó que había metido la cabeza dentro para contemplar su cuerpo. Recorrió con la mirada los tatuajes de aspecto étnico que decoraban sus voluminosos antebrazos hasta los codos: adoraba la tersa y tensa piel de sus bíceps. Por un estremecedor segundo, se le subió la camiseta y alcanzó a ver una franja de piel justo encima de sus boxers. Era todo músculo, un espectáculo que siempre conseguía derretirla por dentro.
Se abanicó el rostro.
—Yvette está intentando salvarte de ti mismo.
—Es una causa perdida —masculló Armie mientras sacaba una cerveza y cerraba la nevera. Apoyándose en la mesa, la abrió, se la llevó a los labios… e Yvette se la quitó en cuanto volvió a la cocina.
Muy dulcemente, le dijo:
—Cannon me ha dicho que tienes que seguir una dieta estricta para tu próximo combate.
—¡Pero si todavía faltan dos meses!
—Cannon ya me avisó de que responderías eso.
—¿Ah, sí? — miró a su alrededor, entrecerrando los ojos—. ¿Dónde está tu marido?
Ignorando la implícita amenaza de su tono, Yvette se echó a reír.
Armie abandonó entonces su gesto agresivo.
—Una cerveza no me hará ningún daño, cariño —recuperó la botella—. Te lo prometo.
Yvette no parecía muy convencida, pero terminó cediendo.
—Está bien. Pero solo una —se volvió hacia Merissa—. Hazme un favor, Rissy. Vigílamelo.
Merissa empezó a protestar, pero para entonces Yvette ya había vuelto a marcharse con el cuenco de patatas fritas, dejándola sola en la cocina con Armie.
Con una expresión cuidadosamente aséptica, tensos los músculos, Armie la miró.
Merissa soltó un largo y exagerado suspiro.
—Un Mississippi. Dos Mississippis. Tres Missi…
Armie frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo?
—Contar el tiempo que vas a tardar en entrar en pánico y salir corriendo de aquí.
Retrocedió un paso, perplejo.
—Yo nunca entro en pánico.
—Tonterías —se apartó bruscamente del mostrador, viendo cómo relampagueaban sus ojos—. Desde aquel fatídico beso que nos dimos hace ya meses, cada vez que me ves, sales corriendo en la dirección opuesta. Pero no te preocupes, Armie. Estás a salvo de mis malvadas garras. El mensaje me llegó alto y claro —dejando su copa sobre el mostrador, se dispuso a marcharse.
Pero él la agarró del brazo.
Su manaza se cerró sobre la parte superior de su antebrazo, cálida, fuerte. Suave pero firme.
De espaldas a él, con el corazón atronándole en el pecho, Merissa esperó. Él no dijo nada, pero al cabo de unos segundos empezó a mover el pulgar sobre su piel. Aquello casi hizo que se le detuviese el corazón, y… ¿no era sencillamente patético? Él no la deseaba. Se lo había dejado muy claro. Aquella vez, en noviembre, la había besado… para asegurarle a continuación que todo había sido un error. Ahora estaban en febrero y, en todo el tiempo transcurrido, apenas se había dignado mirarla.
—No pretendía ahuyentarte —se acercó. Lo suficiente como para que ella sintiera la calidez de su cuerpo.
Reforzando su resistencia, obligándose a recordar su renovada resolución, Merissa se volvió para mirarlo. Su alta estatura, con el complemento de los tacones, la colocaba justamente a su mismo nivel.
Él se la quedó mirando fijamente a los ojos y bajó luego la mirada hasta su boca.
Un desesperado anhelo le robó el aliento, convirtiendo su negativa en un susurro:
—No.
—¿No? —repitió él, con la misma suavidad.
Apoyando ambas manos en la pechera de aquella ridícula camiseta, con las palmas sobre su duro pecho, lo apartó.
—Ya me besaste una vez. Me pareció que había sido esa tu intención… hasta que te dio asco.
—¿Asco? Para nada.
Resuelta, se llevó una mano al corazón, con el puño cerrado.
—Me machacaste, Armie. Me hiciste sentime fatal. Y todo por un simple beso. Así que, efectivamente, lo entiendo. Tú no me deseas. Comprendido. Créeme cuando te digo que no quiero volver a pasar por aquello.
Antes de que pudiera alejarse, él volvió a sujetarla del brazo.
Se lo quedó mirando fijamente, deseosa, con una pequeña parte de su ser esperando todavía que él pudiera decir algo que lo cambiara todo.
No lo hizo. Entornó los ojos y apretó la mandíbula como si estuviera luchando consigo mismo. Luego, por pura fuerza de voluntad, abrió los dedos y la soltó.
Ahogándose casi de dolor, Merissa se volvió para marcharse… y casi chocó contra su hermano. Su pequeño y musculoso chucho, Muggles, la saludó con un agudo ladrido.
Canon la atrajo en seguida hacia sí.
—Oye, ¿estás bien?
Armie hizo un intento de pasar por delante de ellos y marcharse, pero Cannon, sin acritud, le bloqueó el paso.
Merissa masculló:
—Me marcho. Ha sido un día largo y estoy agotada.
Su hermano le dio un beso en la frente.
—Está bien —luego, volviéndose hacia Armie, los incluyó a los dos cuando dijo—: pero antes Yvette tiene que anunciarnos algo.
Con un brazo sobre sus hombros, la guio hasta el salón. Muggles corrió hasta donde se encontraba Yvette, presidiendo la habitación con una sonrisa de felicidad en los labios. La rodeaban sus amigos: Denver y Cherry, Stack y Vanity, Gage y Harper. Los solteros, que eran Leese, Justice, Brand y Miles, habían llegado solos, así que quizá habían sospechado que la fiesta incluiría un anuncio de carácter íntimo.
Adivinando ya la noticia, Merissa sonrió también.
—Adelante, ve —le dijo a su hermano—. Estoy perfectamente.
Cannon la abrazó antes de reunirse con Yvette a la cabecera del salón. Levantó al perro con una mano y pasó la otra por la cintura de su mujer.
Tan embelesada a esas alturas como Yvette, Merissa ignoró a Armie, que se había colocado a su lado, para concentrarse únicamente en la felicidad de su hermano.
Apoyando la cabeza sobre el hombro de Cannon, Yvette anunció:
—¡Estoy embarazada!
Los gritos resultaron casi ensordecedores, lo que hizo que Muggles se pusiera a aullar todo excitado. Todo el mundo empezó a abrazar a todo el mundo y, de alguna manera… Sí. Merissa terminó abrazada a Armie.
Él parecía tan anonadado como se sentía ella por dentro, pero eso solamente duró un segundo. Porque de repente sonrió, la alzó en volandas y empezó a girar con ella. Cuando volvió a bajarla al suelo, le sonrió enternecido:
—Vas a ser tía.
—Un bebé —las lágrimas le escocían los ojos. No podía dejar de sonreír—. No puedo esperar.
Cuando Cannon volvió a reclamar la atención de todo el mundo, ambos se volvieron para mirar al frente. Pero, esa vez, Armie mantuvo un brazo sobre sus hombros. De repente fue como en los viejos tiempos, cuando ella era más joven y Armie siempre andaba cerca, gastándole bromas y protegiéndola. La emoción inundó su pecho.
—Hacía ya algún tiempo que lo sabía —informó Yvette.
Eso provocó las bromistas quejas de todo el mundo.
—Tuvimos el combate de Denver, y luego Cherry y él se casaron —explicó Cannon—. Luego Stack y Vanity se fueron a Las Vegas a casarse, y con tanta buena noticia junta…
—La nuestra podía esperar —continuó Yvette—. Pero ahora estoy feliz de compartirla con todos vosotros.
—Tiene que haber algo en el aire —comentó Vanity—. La hermana de Stack también está esperando un bebé.
Denver arqueó una ceja y miró a Cherry, que se apresuró a protestar:
—No. Yo no. Pretendo seguir disfrutando como esposa por un tiempo.
Vanity aplaudió su decisión.
—Muy bien dicho.
Durante la hora siguiente todo el mundo charló y rio, abordando todos los temas: desde nombres para el bebé hasta el mobiliario de su cuarto o la fiesta que darían cuando se acercara el parto. La comida que había servido Yvette fue devorada en un tiempo récord y Merissa no perdió en ningún momento su buen humor. Tras felicitar a la pareja y comentarles lo feliz que se sentía por ellos, decidió escabullirse. O, al menos, lo intentó. Porque, sin que se dieran cuenta los demás, Armie la siguió.
Ella, por supuesto, fue consciente de su cercanía. Sentía su mirada como una cálida caricia. Cada vez que la rozaba levemente, el contacto era como un calambrazo. Quizá él pudiera soportarlo, pero ella no.
Por el bien de su propio orgullo, necesitaba alejarse de él. En aquel preciso instante.
Pero, tras el abrazo con que se despidió de su hermano y de Yvette, se lo encontró a su lado. Fue terminar de ponerse el abrigo y chocar contra él. Sin molestarse en abrochárselo, deseosa únicamente de escapar, salió a toda velocidad de la casa.
Por fin sola, se detuvo un momento para recuperarse. El frío aire de la noche la obligó a cerrarse el abrigo y subirse el cuello. Acababa de soltar un profundo suspiro cuando la puerta de la casa se abrió de nuevo y apareció Armie.
La luz del porche los iluminaba con su resplandor amarillo. Sin abrigo alguno, sin más protección contra el frío que su camiseta, se la quedó mirando.
—¿Qué… qué estás haciendo? —exigió saber Merissa.
Él hundió las manos en los bolsillos de sus tejanos.
—Quería hablar contigo un segundo.
No y no. Merissa no quería hablar. De todas formas, ya sabía lo que iba a decirle.
—No es necesario —se volvió para dirigirse hacia su coche y… maldijo para sus adentros, porque Armie le estaba pisando los talones. En la acera, se giró para enfrentarlo—: ¡Armie!
—Rissy —esbozó una media sonrisa.
Ella alzó las manos en un gesto de frustración.
Él se frotó un ojo, luego la nuca. Dejando caer las manos, se la quedó mirando fijamente.
—Aquel beso…
Estupefacta, sintió que se quedaba sin aire. Permaneció muy quieta.
—Hace ya meses de aquello —precisó, como si ella no se acordara, como si no lo hubiera rememorado mentalmente casi sin parar, día tras día—. En el bar de Rowdy…
—Ya. Lo recuerdo —reconoció. No eran pocas las veces que habría preferido olvidarlo.
Había intentado ligar con Leese, solo para sacudirse la frustración que le provocaba Armie. Pero Leese era un gran tipo y la había rechazado con elegancia, no sin antes dejarle claro que habría aprovechado gustoso la oportunidad de no haber sabido que tenía el corazón puesto en otro hombre. Desde entonces, Leese y ella se habían hecho todavía más amigos.
—¿Qué pasa con aquel beso?
Armie se la quedó mirando durante toda una eternidad. Finalmente se acercó aún más y susurró:
—Fue la cosa más condenadamente sexy que he disfrutado nunca.
Oh, Dios. No podía escuchar aquello. No podía alimentar sus esperanzas.
—Voy a ser sincero contigo.
Merissa sintió una punzada en el pecho.
—De acuerdo.
—Nada me gustaría más que hacerte el amor. Nada.
¿Hacerle el amor? Solo el hecho de oírselo decir la hizo reaccionar físicamente.
Él le acarició la melena y se la echó sobre un hombro.
—Ni ganar el primero premio de la lotería. Ni un cinturón de campeón del mundo de lucha. Nada.
Deslizó el pulgar por su cuello, acelerándole el pulso.
—He pensado sobre ello —añadió—. Mucho.
—Yo también.
—Ssh — le puso un dedo sobre los labios para acallarla—. Dudo muy seriamente que estemos pensando en las mismas cosas.
Merissa ansiaba desesperadamente saber en qué estaba pensando. Armie era conocido por sus excesos sexuales y por la variedad de sus experiencias. Demasiado a menudo se torturaba preguntándose por el tipo de cosas que querría hacer con ella.
—Y ese es el problema —añadió él.
Ella quiso gritarle que no había ningún problema, pero sabía que él no le haría ningún caso.
—Te deseo, Rissy. Eso nunca debería ponerse en cuestión —sujetándole la barbilla, escrutó su rostro y repitió—: Nunca.
Allí estaba: una implacable esperanza. Sin saber qué decir, asintió.
—Pero, más que eso, quiero para ti algo mejor que… yo.
«Espera un momento», se dijo. ¿Qué? No podía estar hablando en serio. ¿Mejor que él? ¿Acaso no era consciente del hombre tan increíble que era? ¿Cómo podía ser? Tenía amigos que le querían. Tenía a Cannon y, maldita sea, su hermano era el mejor hombre que conocía. Cannon nunca se habría hecho tan amigo de un tipo al que no pudiera reputar de estupendo, de genial.
—Sé que dejarías la casa de tu hermano por mi causa, y eso es lo último que debería ocurrir. No quiero alejarte de tu familia. No quiero que te sientas mal.
—Demasiado tarde.
El rostro de Armie se tensó. Bajó las manos y retrocedió un paso.
—Aquí es donde tienes que ayudarme —con expresión demasiado seria, afirmó—: No quiero hacerte el menor daño: de eso puedes estar segura. Así que primero necesitas establecer tus prioridades.
Ella sacudió la cabeza. Pero él acabó diciéndose de todas formas:
—Así que… adelante y búscate un buen tipo. Diablos… —titubeó un poco, pero luego susurró—: Sienta la cabeza, establécete, ten hijos.
Sin él.
Era eso lo que había querido decirle. Que hiciera todo eso… sin él. Una renovada ola de furia ayudó a reducir algo de su dolor.
—¿Crees que no puedo?
—Sé que puedes —tragó saliva—. Cualquier hombre sería muy afortunado de tenerte.
Aquello la hizo reír. Cualquier hombre… que no fuera él.
—¿Te has fijado en mi nuevo look? Quiero decir que… todo el mundo lo ha hecho.
En voz muy baja, confirmó:
—Sí.
—Bueno, pues esta soy yo ahora —se ahuecó el pelo—. Nuevo look, nueva actitud. Incluso podría ascender en el banco —una nueva posición de directora la distanciaría un tanto de Armie. Lo malo era que la distanciaría también de su hermano, sobre todo ahora que estaba a punto de convertirse en tía. Pero no conocía otra manera—. He decidido seguir tus pasos, Armie.
—Dios.
—¿Qué pasa? ¿Crees que eres el único que puedes jugar a ese juego, soltarte un poco el pelo? Yo también quiero vivir experiencias —había querido vivir esas experiencias con él, pero por nada del mundo se lo suplicaría—. Sigue tú adelante con tu vida, con la conciencia tranquila… porque yo haré lo mismo con la mía.
Apartándose bruscamente, subió a su coche e insertó nerviosamente la llave en el encendido. Armie se quedó donde estaba, rígido, con expresión inescrutable. Y, de alguna manera, pese a lo muy imbécil que era, con aspecto herido. Dolido.
Finalmente, una vez que ella consiguió arrancar el coche, Armie se alejó y cruzó la calle, hasta donde había dejado aparcada su camioneta. Respirando aceleradamente, Merissa se lo quedó mirando hasta que arrancó el motor y se marchó también.
En la dirección opuesta a la de ella. Como siempre.
Y, maldijo para sus adentros, pero el dolor que sintió fue tan fuerte que no pudo contener las lágrimas. Porque sabía esa vez que todo había acabado… cuando, en realidad, ni siquiera había empezado.
Capítulo 2
Mediados de febrero se convirtieron en principios de marzo y Armie no volvió a ver ni una sola vez a Rissy. Ni en el gimnasio, ni en el bar de Rowdy donde todo el grupo solía coincidir las noches de los viernes y los sábados, ni tampoco en la casa de su hermano. Deseaba preguntar por ella, pero sabía que no tenía derecho alguno.
Sentado solo en la barra, bebiendo una maldita agua de limón, escuchaba a medias a Miles y a Brand mientras hablaban de los próximos combates instalados en una mesa cercana. Las mujeres intentaban llamar su atención, pero él no tenía mayor interés. Había puesto buena cara, incluso había lanzado un par de insinuaciones, y probablemente había convencido a todo el mundo con sus tonterías, pero la verdad era que hacía ya bastante tiempo que no ponía ya interés real alguno en esas cosas.
No desde el día en que finalmente saboreó a Rissy.
Desvió la mirada hacia el corto pasillo del bar: estrecho y sombrío, llevaba a la oficina y a los servicios. Meses atrás había acorralado a Rissy allí y había perdido la pelea. Boca contra boca, una danza de lenguas, un húmedo calor y una tormenta de fuego. Recordando, cerró los ojos y experimentó una violenta punzada de deseo. Que Dios le perdonara: había sido una sensación tan maravillosa… Su cuerpo se había acoplado perfectamente al suyo.
Un codazo en las costillas le obligó a abrir los ojos. En lugar de alguno de los chicos, resultó ser Vanity, la mujer de Stack, que ocupó un taburete a su lado.
—¿Qué pasa? —inquirió él.
—Eso dímelo tú —le sostuvo la mirada, tamborileando con las uñas en la barra.
Despampanante con su larga melena rubia, su cuerpo imponente y su carita de ángel, Vanity seguía siendo una de las personas más bondadosas y sensatas que conocía.
—¿Se supone que debo encontrarle un sentido a eso, Vee?
—Sí. Estás deprimido y quiero saber por qué.
Stack apareció detrás de su mujer y se apoyó en la barra.
—Es el inminente combate. Está asustado.
—Para nada —negó Justice, sentándose junto a Armie.
Armie los recorrió a todos con la mirada.
—Adelante, reuníos todos conmigo. Poneos cómodos.
Vanity le palmeó un brazo con actitud compasiva.
—No soportamos las formalidades. No cuando vemos a un amigo deprimido.
—Yo no estoy deprimido —negó él. Dios, sí que lo estaba…
Justice se echó a reír.
—He visto cómo te tiraban los tejos cinco mujeres distintas. Todas follables… perdón, Vanity… y tú te las has quitado de encima a todas.
—No me he escandalizado, tranquilo —dijo Vanity, y se volvió de nuevo hacia Armie—. ¿En serio? ¿No estás en el mercado?
Pareció demasiado complacida con la perspectiva. Stack se echó a reír.
—Eso es todavía más ridículo que si yo dejara de burlarme de él.
Una morena se acercó en aquel momento a la barra y Armie reprimió un gruñido. Por supuesto que la recordaba, pero disimuló. Así era de imbécil.
—¿Armie? —ignorando a los demás, la joven deslizó un dedo todo a lo largo de su brazo, hasta el hombro—. Estoy libre esta noche.
—¿De veras? —Armie miró a Justice—. Él también. Podríais ligar los dos.
Justice se irguió.
—Tiene más razón que un santo.
La morena entrecerró los ojos.
—Estaba hablando contigo, Armie.
—Yo también. Lo tomas o lo dejas.
Vanity le dio un puñetazo. Stack tosió. Justice pareció simplemente esperanzado.
La morena inquirió, expectante:
—¿Te reunirás con nosotros?
—¡No! —se apresuró a intervenir Justice—. No lo hará.
Armie miró el puchero que hizo la dama, la desaprobadora expresión de Vanity, el ceño consternado de Justice… y no pudo menos que echarse a reír.
—Si me disculpáis…
Con gesto indiferente, dejó un par de billetes sobre la barra y se marchó. A medio camino hacia la puerta, Miles lo llamó.
No se detuvo.
Dos mujeres intentaron abordarlo, pero fingió no darse cuenta. Una vez fuera, respiró a fondo el frío aire de la noche, lo cual no ayudó en nada a despejar su dolor de cabeza. De repente, sin necesidad de mirar a su espalda, supo que tenía detrás a Cannon.
—Diablos.
Cannon se echó a reír.
—¿Estás en condiciones de conducir?
Esforzándose por borrar toda emoción de su rostro, Armie se volvió hacia su amigo.
—No puedo emborracharme a base de agua de limón, ¿no te parece?
—¿Era eso lo que querías hacer? ¿Emborracharte?
No, lo que quería era llevarse a Merissa a la cama y no moverse de allí hasta que no hubiera apagado aquel ardor que le recorría la sangre, y expulsado todos aquellos lascivos pensamientos de su mente. Sacudiendo la cabeza, respondió:
—No lo sé.
—No es por el combate —cruzándose de brazos, Cannon apoyó la espalda en el muro del bar de Rowdy—. Te conozco demasiado como para saber que no estás preocupado por Carter.
—O gano ese combate o no —Armie se encogió de hombros, simulando indiferencia. Nunca pensaba en términos de ganar o de perder: solo de ganar. Y, con ese fin, hacía siempre lo necesario para garantizarse el éxito.
—Todo el mundo lo atribuye a la presión añadida por el hecho de que entrarás en la SBC. Pero yo te conozco demasiado bien.
—Bueno, un combate es un combate. El tamaño de la multitud…
—¿O la cifra del cheque?
—… no me importa.
—Lo sé —Cannon enarcó una ceja—. Entonces… ¿vas a decirme qué es lo que te está reconcomiendo?
«Un grave caso de lujuria desesperada por tu hermana», pensó. Pero no iba a compartir eso con él. En lugar de negar el problema, sacudió la cabeza.
—Ya me las arreglaré.
—¿Evitando tener sexo?
Alzó la barbilla.
—¿Quién ha dicho eso?
Cannon ni siquiera pestañeó.
—Hombre, te conozco. Mejor que nadie. ¿Creías que no me daría cuenta de que estabas con síndrome de abstinencia?
Armie se quedó tan sorprendido que retrocedió un paso. No se le ocurrió nada que decir. Si intentaba achacarlo a la preparación para el próximo combate, su amigo volvería a reírse en su cara.
—Supongo que no voy a poder convencerte de que no es asunto de tu incumbencia.
—Claro que sí. Si eso es realmente lo que quieres —Cannon se apartó de la pared—. Pero si quieres hablar, si necesitas cualquier cosa…
—Lo sé —una vez, hacía una eternidad de aquello, Cannon había sido la única persona que lo había apoyado. Contra toda lógica y contra las peores acusaciones, se había puesto de su lado y nunca, ni una sola vez, había dudado de él. Incómodo ante el pensamiento de volver a sentirse tan necesitado, Armie flexionó los músculos de los hombros y dijo:
—Gracias, pero estoy bien.
—Eso ya lo sé —Cannon le apretó cariñosamente un hombro—. Solo falta que tú mismo te lo creas.
Armie lo miró ceñudo mientra regresaba al bar. No necesitaba en absoluto una charla melodramática como aquella. Con un profundo suspiro, contempló la calle de asfalto iluminada por la luna, el banco del autobús cubierto de escarcha, y alzó luego la vista al negro cielo tachonado de estrellas.
¿Se las estaría arreglando bien Merissa en aquel momento? ¿Estaría con otro hombre… tal como él mismo le había sugerido?
Era eso lo que él quería, lo que sería mejor para ella… pero, al mismo tiempo… Dios, lo torturaba.
Después de la vida que había llevado, con los antecedentes que había tenido que superar y las habilidades que había adquirido, no le tenía ya miedo a nada ni a nadie, excepto al efecto que Merissa Colter ejercía sobre él. Y eso le aterraba. Lo llenaba de un miedo cerval, devorador.
Miró hacia atrás, a la gran cristalera del bar, y vio a sus amigos. Los amigos de Merissa. Solo que ella no estaba allí… por culpa de él.
Había llegado el momento de dejar de comportarse como un cobarde en lugar de enfrentar aquel miedo. Al día siguiente por la mañana, se enfrentaría con ella.
Y, de alguna manera, solucionaría las cosas.
La mayoría de la gente pensaba que los directores de banco trabajaban con un horario fijo de nueve a una. ¡Ja! Desviando la mirada del impaciente cliente que todavía le quedaba por atender hacia el reloj y las agobiadas cajeras, supo que aquel día volvería a llegar tarde a casa. Lo que deberían haber sido cinco minutos más iban a convertirse en media hora, como poco.
Sonó el teléfono. Acababa de contestarlo cuando la puerta se abrió de nuevo. Junto con una corriente de aire helado, entraron dos clientes embutidos en gruesos abrigos de invierno, bufandas y gorros de lana.
Y, justo detrás de ellos, estaba… Armie.
Al contrario que los otros tipos, llevaba solamente una camisa de franela abierta sobre su camiseta térmica. Tenía las mejillas enrojecidas por el frío, con el pelo rubio tan despeinado como de costumbre, y estaba tan guapo que Merissa sintió que el corazón le daba un salto en el pecho para dispararse luego a doble velocidad.
Llevaba semanas enteras diciéndose a sí misma que estaba perfectamente, mejor, de hecho… sin él. Y casi se había convencido de ello, también. Pero una sola mirada a Armie y ya volvía a estar locamente enamorada.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Dándose cuenta de que no había dicho nada desde que descolgó el teléfono, Merissa apartó la mirada de Armie y recuperó su tono más profesional. O al menos lo intentó.
En el preciso instante en que Armie la miró, la piel empezó a arderle y las mariposas empezaron a volar dentro de su estómago. Volvió a dejarse caer en el sillón acolchado, contenta de sujetarse en algo.
El irritado cliente había dejado su cuenta al descubierto y quería que el banco le retirara la penalización. Merissa solo lo escuchó a medias y, finalmente, incapaz de concentrarse, derivó la llamada a una de las cajeras.
Dado que la hora de cierre ya había pasado, necesitaba cerrar la puerta, pero eso significaba que tendría que hacerlo con Armie dentro. Vaciló, titubeante, pero finalmente él tomó la decisión por ella y se le acercó.
Saltando de su sillón, lo recibió a la puerta de su despacho. Lo saludó con la mayor naturalidad que pudo.
—Hola, Armie.
La recorrió con la mirada. Esa vez, como estaba en el trabajo, Merissa llevaba un suéter abotonado al frente, falda larga y botas sin tacón, pero la atención que él le dedicó la hizo reverberar por dentro, de todas formas. Él flexionó los hombros, se removió.
—¿Podemos hablar?
¿Otra vez? ¿Acaso no le había dicho suficiente? Para alguien que no quería tener nada que ver con ella, le gustaba bastante charlar.
—Armie… —susurró, algo avergonzada, porque estaba segura de que nadie en el banco había pasado por alto su presencia. Tenía ese tipo de presencia: alto y grande, tremendamente sexy.
Él seguía mirándola de aquella manera tan intensa, cálida y firme a la vez, así que ella terminó cediendo.
—Está bien. Pero tengo que cerrar la puerta, y luego todavía tardaré un poco en acabar.
—Ya, no hay problema —suspiró—. Esperaré.
Mientras Armie se acercaba al sofá de la esquina, uno de los hombres que le había precedido al entrar caminó hacia ella. En la puerta de su despacho, Merissa se disponía a indicarle con una sonrisa que se pusiera en la fila de las cajeras… cuando el tipo la hizo a un lado y entró.
Incrédula, retrocedió automáticamente un paso.
—¿Qué cree que está haciendo?
El hombre cerró la puerta. Con el gorro calado sobre los ojos y la bufanda ocultándole la mayor parte del rostro, sacó un arma y chistó con tono amenazador:
—Sshh.
A Merissa se le secó la garganta, sobre todo cuando aquellos ojos entrecerrados recorrieron su cuerpo.
—Pero…
—Tú y yo —dijo el hombre, después de volver a chistarle— vamos a quedarnos fingiendo aquí dentro mientras mi socio se ocupa de todo ahí fuera. Y, cariño, espero que finjas bien.
El miedo y el estupor la dejaron paralizada cuando tomó conciencia de que aquello era un atraco… y, Dios, Armie estaba al otro lado de la puerta.
En el instante en que vio cerrarse de golpe la puerta de su despacho, Armie supo que algo no marchaba bien. Lo sintió en las entrañas. Avanzó un paso… y el tipo que estaba delante de él sacó un arma.
Maldito…
—Que todo el mundo permanezca tranquilo —gritó el hombre, retrocediendo para abarcar a clientes y cajeras en su ángulo de tiro—. Las cajeras, que levanten las manos. ¡Ya! Mi socio tiene a la directora de la oficina. Si a alguien se le ocurre pulsar el botón de alarma, ella será la primera en morir.
Hasta que no oyó aquella última frase, Armie no había entrado en pánico. Pero, ante la mención de Merissa, ante la imagen de Merissa retenida contra su voluntad, el terror y la rabia empezaron a girar en remolino en una mezcla explosiva. En seguida se quedó rígido, ralentizada la velocidad de su pulso, maximizada su capacidad de concentración.
—Que nadie se ponga nervioso. Que cada cajera abra su caja. Un solo movimiento en falso y perderéis a uno de los vuestros.
Pálidas, las empleadas obedecieron.
—Bien. Y ahora quiero a todo el mundo en este lado de la sala.
«Perfecto», pensó Armie. Eso lo situaba más cerca del despacho de Merissa. Se sumó al pequeño grupo, utilizando su cuerpo para proteger a un matrimonio mayor y a una mujer que aferraba la mano de su hijo de unos cinco años. El último cliente, un joven de unos diecinueve años, observaba con hostil desconfianza al atracador. Dos de las cajeras eran mujeres de unos cuarenta y pocos años. La otra debía de andar por los veinte.
El ladrón apuntó con su arma al chico.
—¡Tú!
El muchacho se quedó paralizado.
—Encárgate de recoger el dinero. Vacía las cajas de billetes, rápido.
El joven no dijo nada: simplemente tomó la bolsa que le tendió el atracador y trotó hacia las cajas. Mientras la llenaba de billetes, Armie vio que de cuando en cuando levantaba la mirada como para no perderse detalle de la escena.
Un ruido, como el de alguien chocando contra la puerta, resonó en el interior del despacho de Merissa. Los sentidos de Armie se agudizaron aún más, pero no llegó a moverse.
El atracador se echó a reír, como divertido por lo que pudiera estar ocurriendo en aquel pequeño despacho.
El niño empezó a llorar entonces, atrayendo la atención del ladrón. Armie se colocó delante de él, ocultándolo a su vista, Sorprendido, el tipo lo miró a los ojos… y lo que vio en ellos ciertamente lo alarmó.
—Ni se te ocurra —le advirtió el atracador.
Armie alzó las manos, pero no desvió la vista.
—Dame el maldito dinero —gritó el hombre, y el joven regresó corriendo y le tendió la bolsa.
—Déjala allí —le ordenó, indicando una mesa llena de folletos e impresos—. Y reúnete luego con estos.
—Sí, claro.
Impresionado, Armie observó cómo el joven bajaba lentamente la bolsa y se retiraba. El muchacho parecía listo y se tomaba su tiempo, conduciéndose sin apresuramiento alguno… y dándole a Armie la oportunidad de evaluar bien la situación.
El matón parecía inquieto. Por encima de la bufanda, sus ojos azul claro viajaban constantemente de izquierda a derecha. La mano que empuñaba el arma temblaba levemente. No dejaba de cambiar el peso del cuerpo de un pie a otro, como si resistiera el impulso de echar a correr.
Flexionando alternativamente los músculos de los hombros, Armie se relajó. Tenía que mantenerse frío.
Otro golpe resonó en el interior del despacho y Merissa soltó un grito. El sonido atravesó el corazón de Armie con una punzada de terror, robándole la poca paciencia que le quedaba. Se apartó del grupo, volviendo a llamar la atención del atracador. El chico, viéndolo, se desplazó en la dirección opuesta.
—¿Qué estáis haciendo? —nervioso, el tipo apuntó a izquierda y luego a derecha—. ¡Quietos los dos!
Asegurándose de que el ladrón se concentraba en él y solamente en él, Armie se le aproximó.
—Y si no… ¿qué?
—¡Te dispararé, maldita sea!
Poseído por una furia helada, y desesperado al mismo tiempo por salvar a Merissa, Armie sonrió desdeñoso.
—¿Ah, sí? ¿Con el seguro puesto? —continuó acercándose.
El tipo respiraba a jadeos. Incluso a través de su grueso abrigo, Armie podía ver la manera en que se agitaba su pecho.
—Las Glock no llevan seguro.
—Eso no es una Glock, estúpido.
En el preciso instante en que el tipo bajó la mirada como para comprobarlo, Armie le soltó una patada. El ladrón salió proyectado hacia atrás y fue a caer bajo la mesa de los folletos. El chico se apresuró a arrodillarse, esforzándose por apoderarse de la pistola.
—¡Ayuda! —gritó el ladrón un segundo antes de que el puño de Armie impactase en su cara, haciéndolo rodar nuevamente por el suelo. El golpe que se dio en la cabeza lo dejó aturdido y le impidió ya levantarse.
Se oyeron más ruidos y golpes, procedentes del interior del despacho. Dispuesto a cargar contra la puerta, Armie susurró a los clientes:
—¡Al suelo!
Todos, menos el joven, se apresuraron a obedecer. Estaban todos a un lado de la puerta del despacho. Un instante antes de que Armie la derribara, se abrió de golpe y se encontró cara a cara con Merissa: el atracador la tenía fuertemente agarrada del cuello y se estaba sirviendo de ella como escudo. Tenía el maquillaje corrido, el pelo despeinado… pero su mirada era puro fuego. Más que miedo, era rabia lo que la consumía.
Presentaba un gran moratón en la mandíbula y aferraba desesperadamente con las dos manos el brazo que la apretaba, como si se estuviera ahogando.
El tipo, afortunadamente, no le estaba apuntando a ella, sino que tenía el brazo de la pistola rígidamente extendido. Eso le dio a Armie la oportunidad perfecta de agarrarle la pistola con la mano izquierda al tiempo que le golpeaba la muñeca con la derecha. El canalla no llegó a disparar un solo tiro antes de que Armie se hubiera apoderado del arma.
Soltando una maldición, el matón empujó a Merissa contra Armie y los desequilibró a los dos. Él la sujetó y, mientras intentaba recuperar el equilibrio, ella le golpeó inadvertidamente la mano en la que sostenía la pistola, que fue a parar al suelo.
Lo primero que vio Armie fue un puño en su dirección. Rápidamente empujó a Merissa para librarla de todo peligro y recibió un puñetazo en la barbilla. Eso hizo que echara la cabeza hacia atrás por el impacto, pero aguantó bien el golpe. Se aprestó entonces a machacar al hombre que se había atrevido a tocar a Merissa.
Armie siempre había sido un luchador rápido, adaptable. Se movía de memoria, esquivando golpes y atacando con renovada fuerza. El ladrón era un hombre grande y musculoso. Armie sintió perfectamente el crujido que hizo su nariz cuando se la rompió de un puñetazo y vio que se ponía a escupir sangre.
Las mujeres chillaron. El niño no paraba de llorar.
El joven dijo algo y, un segundo después, el otro ladrón, que finalmente había logrado recuperarse, blandía contra él uno de los postes de metal con cuerdas que servían para organizar las colas de espera. Lo descargó con fuerza sobre su espalda.
Dios, aquello sí que dolió.
Cayó al suelo por el impacto, pero no por ello se rindió. Al contrario. Su combate de suelo era tan bueno como su combate de pie.
El hecho de que fueran dos contra uno complicaba algo las cosas. Normalmente, sin embargo, habría sido pan comido de no haber habido tantas potenciales víctimas cerca.
El ladrón que había agredido a Merissa intentó darle una patada en las costillas aprovechando que estaba en el suelo. Armie le atrapó la pierna y terminó tumbándolo de espaldas. El hombre maldijo e inmediatamente rodó a un lado para quedar en una posición menos vulnerable.
El tipo no era ningún patán. Como luchador que era, Armie tuvo que reconocer que poseía algún tipo de entrenamiento.
Merissa intentó ayudarlo, pero Armie le gritó que se mantuviera a distancia. El joven procuró meterse también, pero con tantos puñetazos y patadas, no resultó fácil.
Y necesario tampoco.
Ninguno de aquellos tipos era rival para Armie. Se incorporó justo cuando el otro matón volvía a blandir el poste contra él. Se agachó, pero el golpe le rozó la frente: una cortina de sangre le cayó sobre los ojos. Se la limpió con la mano y oyó a Merissa soltar un grito.
El hombre que la había agredido en el despacho había recuperado una de las pistolas y le estaba apuntando en aquel momento.
Armie apenas fue consciente de ello, pero el caso fue que una fracción de segundo después se encontraba delante de ella, estirando los brazos y utilizando su cuerpo como escudo.
—Armie —suplicó Merissa.
Bloqueando de su mente su voz temblorosa, seguía mirando con fijeza al atracador al tiempo que la protegía a ella con su corpachón. El tipo había perdido el gorro y casi la bufanda. Pero con la cara tan machacada por los golpes de Armie, lo cierto era que no necesitaba disfraz alguno.
Ni su propia madre lo habría reconocido en aquel estado.
La nariz, partida y cubierta de sangre, había adquirido un tono morado subido, a juego con el moratón de su ojo derecho. Tenía los labios hinchados, sanguinolentos también. Parte del desgarrado gorro le colgaba del cuello.
Armie se concentró en sus ojos. Eran de un azul más claro que los de su socio.
—Armie, por favor… —forcejeó Merissa a su espalda—. ¡No hagas esto!
Armie la sujetaba estirando una mano hacia atrás. No dijo nada. ¿Qué había qué decir?
Moriría antes de dejar que le dispararan.
El otro hombre tiró a su socio del abrigo, urgiéndolo a huir mientras todavía podían hacerlo.
—¡He oído sirenas! Tenemos que largarnos ya.
Y sin embargo el canalla seguía apuntándolo con su pistola, indeciso.
Con los pies firmemente plantados en el suelo, sin romper en ningún momento el contacto visual, Armie relajó la respiración a la espera del veredicto.
Aquellos ojos azul hielo parecían sonreírle… hasta que, un segundo después, ambos atracadores se marcharon a la carrera.
Armie se dispuso a seguirlos, pero Merissa cerró ambos puños sobre su camisa, reteniéndolo.
—¡Maldito seas, no!
Detectó el terrible miedo en su voz y, reacio, obedeció la orden. Una vez que los hombres desaparecieron de su vista, Merissa se derrumbó blandamente contra su espalda. Dulce, cálida, sana y salva. Armie tragó saliva, cerró los ojos solo por un momento y se volvió hacia ella.
Habría podido morir.
Cerró las manos sobre sus hombros.
—¿Estás bien?
Con los labios apretados, asintió. Pero en seguida le dio un golpe en el pecho.
—¿Estás loco?
Él le acarició una mejilla y vio que su expresión se suavizaba.
—Oh, Dios mío, Armie… estás sangrando.
El muy canalla le había hecho daño.
—No es nada —se limpió la sangre del ojo con un hombro y le acarició suavemente el moratón que tenía en la mandíbula—. Rissy… ¿qué te ha hecho?
Ella se apretó entonces contra él, enterrando la cara en su cuello.
—Solo… dame un segundo.
Con manos temblorosas, Armie le frotó la espalda. No quería mancharla de sangre.
—Ya ha pasado todo —le ardían los ojos, consciente como era de que había estado a punto de perderla. Le besó la sien—. Ya ha pasado.
—Sí.
Armie sintió en su pecho su profundo suspiro y la manera en que tensó los hombros. Merissa se apartó súbitamente, se limpió la cara y, haciendo un visible esfuerzo por reponerse, miró a su alrededor.
Armie hizo lo mismo.
El joven finalmente había conseguido recuperar el arma de debajo de la mesa de los folletos, pero no pareció inclinado a usarla, gracias a Dios. Diligentemente la dejó sobre los fajos de folletos y se estaba retirando de allí cuando exclamó, abriendo mucho los ojos:
—¡Se han dejado el dinero!
Allí, en el suelo, estaba la bolsa con el dinero todavía dentro.
—Increíble —Armie la recogió, la metió en el despacho de Rissy y cerró la puerta.
Las cajeras seguían estremecidas. El niño pequeño se aferraba a su madre, gimoteando.
—¿Todo el mundo se encuentra bien?
Todos lo miraron, pálidos. Al contrario que Merissa, probablemente no estarían acostumbrados a ver combates con sangre.
—Gracias, Armie —ya perfectamente recuperada, Merissa se dirigió apresurada a la puerta y la cerró—. Lo siento —se dirigió a todo el mundo—. Si esas sirenas no eran para nosotros, de todas formas tendré que llamar a la policía. Necesitamos quedarnos aquí hasta que lleguen —caminó con paso enérgico hacia su despacho—. Armie, el baño está al fondo —se lo señaló—. Valerie, ¿querrías enseñárselo, por favor? Necesita… —tragó saliva—. Limpiarse toda esa sangre. ¿Alguien podría ir a buscar el botiquín de primeros auxilios?
Armie se quedó donde estaba, mirándola. La vio usar el teléfono para hacer una llamada corta. Luego Merissa se acercó a un armario y volvió segundos después con unos papeles en sus manos temblorosas.
—La policía está en camino —apresuradamente se dedicó a repartir los papeles entre las empleadas del banco.
Impresionado por su actitud, Armie le preguntó:
—¿Qué es eso?
—Instrucciones para después de un robo —respondió, y se dirigió luego a sus empleadas—. Leedlas de nuevo y seguid el procedimiento.
Armie se sorprendió muchísimo de verla tan al mando de la situación, tan controlada a pesar de lo que acababa de suceder. Al niño le consiguió una piruleta, y repartió latas de refrescos entre los clientes.
Cuando hubo terminado, se volvió de nuevo hacia Armie y, suspirando, lo recorrió con la mirada. Ni Valerie ni él se habían movido de su sitio.
—Oh, Armie —lo agarró de un brazo y, como si estuviera tratando con un inválido, lo urgió a moverse.
—Er… ¿a dónde me llevas?
—Al baño.
—¿Por qué?
—Estás sangrando y además no puedes estar de pie —le quitó la camisa de franela y regó generosamente con agua de la pila el dobladillo.
Con expresión muy seria, le limpió con la punta del dobladillo mojado la sangre del lado derecho del rostro, encima de un ojo, la sien…
—Tiene un aspecto horrible.
Valerie le dejó en silencio el equipo de primeros auxilios sobre el lavabo. Pero, cuando Merissa fue a recogerlo, él le sujetó las muñecas.
—Cariño, estoy bien.
Vio que tragaba saliva y sacudía la cabeza, rehuyendo su mirada.
—Rissy, háblame.
—No puedo cree que hicieras algo así —frunció el ceño y cerró los ojos.—. Prácticamente lo retaste a que te…
—Sshh —aquella vocecita rota se cerró como un cepo sobre su corazón. Se acercó aún más a ella, dejándole sentir su fuerza, demostrándole que estaba perfectamente indemne. Porque necesitaba saberlo, y quizá ella también necesitara hablar, le preguntó—: ¿Te golpeó ese canalla?
Ella asintió.
Bajando la mirada al botón que casi había saltado de su suéter, Armie sintió que se ahogaba de furia, pero aún así, le preguntó con suavidad:
—¿Te forzó?
Su rostro se tensó y tragó saliva convulsivamente.
—Él… Él dijo que quería…
—¡La policía está aquí!
—Es el joven —dijo Armie, esperando animarla—. ¿Sabes? Me cae muy bien.
Los tensos hombros de Merissa parecieron relajarse un tanto con la interrupción.
—Sí. Fue de gran ayuda —se lavó las manos en el lavabo—. Bueno, tengo que irme.
—Lo sé. ¿Hablaremos después?
Ella estuvo a punto de reírse al oír eso.
—¿Qué pasa?
—Que tú siempre quieres hablar —sacudiendo la cabeza, abandonó baño y despacho y corrió a abrir la puerta de la calle. Entraron dos policías de uniforme, con las armas desenfundadas… Pero tras unas cuentas preguntas y un somero examen al local, las guardaron y se concentraron en tomar declaración individualmente a todo el mundo. Uno de ellos insistió en llamar a una ambulancia, pero Armie se opuso. Merissa también se había negado, y por nada del mundo se habría separado en aquel momento de ella. Además, conocía lo suficientemente bien su propio cuerpo como para saber que el golpe de la cabeza no era serio. Tal vez necesitaría algunos puntos, pero probaría a vendárselo primero.
Poco después apareció un agente del FBI acompañado de los inspectores Logan Riske y Leese Bareden. Afortunadamente, Armie los conocía a los tres a través de Cannon.
«¡Cannon!», pensó. Diablos. Tenía que llamarlo. Sacó su móvil… pero descubrió que tenía la pantalla destrozada. Maldijo otra vez para sus adentros. Como todos los chicos de su círculo más cercano, siempre llevaba dos móviles, el segundo era para emergencias. Dado que habían formado una especie de patrulla, los móviles supletorios tenían un timbre especial, fácilmente reconocible para cuando se avisaran los unos a los otros. Pero el segundo móvil no lo tenía en aquel momento. Solo podía suponer que lo había perdido durante la pelea.
Lo estaba buscando cuando Logan se le acercó.
—Maldita sea, Armie…
—No es nada —se estaba cansando ya de repetir siempre esa frase a la gente.
Logan frunció el ceño.
—Te tomaré la palabra —señaló su móvil—. ¿Se te rompió durante la pelea?
—Sí. Tenía los músculos demasiado tensos y le latían las sienes—. Necesito avisar a Cannon. Si se entera de esto, se morirá de preocupación hasta que alguien le informe de que su hermana está bien.
—Yo me encargo de ello. Hazme un favor y siéntate, ¿quieres?
—Quiero hablar con Merissa.
Logan lo detuvo.
—Lo siento. Es el protocolo. Tendréis que declarar por separado. No podemos arriesgarnos a que los recuerdos de unos se vean influenciados por las declaraciones de otros.
Ya, eso tenía sentido. No le gustaba, pero ansiaba que capturaran a aquellos canallas.
Miró a su alrededor y, al descubrir que desde el sofá sería capaz de controlar lo que estaba ocurriendo en el despacho de Merissa, donde ella estaba hablando con el agente del FBI, se dirigió hacia allí.
—De acuerdo —se sentó, y volvió a recurrir a los faldones de su camisa para limpiarse el rostro. Estaba hecho un verdadero desastre y lo sabía.
—Quédate aquí —le dijo Logan antes de dirigirse al baño, con el móvil en la oreja. Volvió con un puñado de toallas de papel, unas húmedas y otras secas, que dejó sobre la mesa de las revistas—. Cannon quiere hablar contigo.
—Claro —Armie aceptó el teléfono y dijo de inmediato—: te juro que ella está bien.
—Ya me lo ha dicho Logan.
Armie reconoció en su amigo aquel tono de mortal tranquilidad.
—¿Estás en camino?
—Sí. Logan me dijo que tendría que esperarla en el coche porque no me dejarían entrar. Pero yo quiero estar allí para cuando acaben de interrogarla. Avísame cuando pueda verla, ¿de acuerdo?
—Claro.
Cannon titubeó.
—¿Y tú? Logan me dijo que te habían pegado en la cabeza.
—Una herida superficial —no mencionó el golpe que había recibido en la espalda—. Estoy bien —ninguno de los dos dijo nada, pero una herida seria habría dado al traste con su debut en la SBC. Aunque, al lado de la seguridad de Rissy, nada podía importarle menos que perderse un combate—. Logan está esperando para interrogarme. De verdad que tu hermana está bien, así que conduce con cuidado.
Tres horas y un millón de preguntas después, con media sucursal llena de polvos de talco para la toma de huellas dactilares, finalmente recibieron permiso para marcharse. Armie había encontrado su móvil para emergencias debajo del sofá, así que avisó a Cannon de que estaban a punto de salir.
Cannon fue a buscarla a la puerta. Lo primero que hizo fue revisar su rostro y jurar por lo bajo cuando descubrió el moratón.
Antes de que pudiera preguntarle algo, ella le aseguró:
—Estoy bien.
Él le acunó el rostro entre las manos, le besó la frente y la abrazó con ternura.
—Maldita sea, hombre.
—¿Qué?
Entrecerrando los ojos, Cannon revisó a Armie con el mismo detenimiento con que lo había hecho con Merissa.
—Si me besas —se adelantó a decirle Armie—, vamos a tener un problema.
En lugar de ello, Cannon le dio un abrazo de oso.
—Gracias por cuidar de ella —le susurró.
—Bueno, estaba allí, ¿no? —ambos sabían lo que eso quería decir: que habría hecho lo que fuera con tal de protegerla.
Cannon se volvió hacia su hermana.
—Me he enterado de lo básico por Logan, pero quiero que me cuentes todo lo que ha pasado.
Ella asintió.
—Lo haré, pero, por favor, más tarde. Quizá… ¿mañana? Ahora mismo lo único que quiero es llegar a casa y darme una ducha.
—Supongo que podremos hablar mañana, durante el desayuno.
Ella alzó la barbilla.
—A las nueve tengo que estar en el trabajo.
Ambos se la quedaron mirando fijamente. Pero Merissa continuó con tono enérgico:
—Quizá a la hora de la comida, si tienes muchas ganas. Pero, sinceramente, yo preferiría esperar hasta haber acabado la jornada.
Cannon fue el primero en decirle:
—No puedes ir a trabajar mañana.
—¿Por qué?
Ambos farfullaron algo a la vez, y de nuevo fue Cannon quien dijo:
—Es sábado.
—¿Y? El banco abre —lanzó una acusadora mirada a Armie—. ¿Piensas tú saltarte el gimnasio?
Frunció el ceño.
—No —en aquel momento, nada le apetecía más que destrozar a golpes el saco de boxeo.
—¿Entonces por qué habéis supuesto los dos que yo me saltaría mi día de trabajo?
Armie señaló la puerta de la sucursal con la cabeza.
—¿Ellas esperan que vengas? —se refería a las demás trabajadoras.
—Me han propuesto que me tome el día libre. Yo les he dicho que no, gracias.
Guau. Bueno, podía ser que ella, como él, necesitara permanecer ocupada. Un día libre solo serviría para obsesionarse con la escena de violencia vivida.
Con tono firme, Cannon dijo:
—Ven a casa a conmigo y hablaremos de ello.
—La decisión es mía —le recordó ella, fulminándolo con la misma mirada que antes le había dedicado a Armie.
—Yvette te está preparando la habitación de invitados.
—Cannon —le dijo ella, sonriendo—. Te quiero mucho. Y a Yvette también. Gracias por el ofrecimiento. Pero, en serio, no quiero compañía esta noche, y tampoco quiero perderme la jornada de trabajo de mañana. Solo quiero… solo quiero digerir esto, ¿sabes?
Él la tomó de la barbilla.
—No tienes por qué hacerlo sola.
Armie vio que el labio inferior empezaba a temblarle y maldijo para sus adentros. Merissa tenía una impresionante fuerza interior. A la gente fuerte no le gustaba publicitar sus momentos de debilidad.
—Déjala, Cannon. Ella sabe que puede contar contigo, pero quizá ahora mismo lo único que quiere es estar sola —Dios sabía que acababa de vivir un infierno y que, probablemente, estaba a punto de desmoronarse. Necesitaba desahogarse, seguro, pero eso era algo que nunca haría delante de otras personas.
—Exacto —se apresuró a confirmar ella antes de suplicar a su hermano con un puchero—: Por favor, entiéndelo…
Cannon estudió su rostro, se volvió para mitrar a Armie y cedió por fin.
—Está bien. Siempre y cuando nos llames un par de veces, esta noche antes de acostarte y mañana antes de salir para el trabajo…
La carcajada que soltó Merissa sonó a lágrimas, a ternura y a gratitud.
—Apuesto a que Yvette la vuelves loca.
La expresión de Cannon se suavizó.
—Concédeme el derecho a preocuparme por la gente a la que quiero —le cerró las solapas del abrigo bajo el cuello—. Es el mismo espíritu de tus habituales mensajes, ¿no te parece?
—Ya.
Los habituales mensajes a los que se refería Cannon eran los de Rissy estuvo aquí. Solía enviar aquellas tres palabras en mensajes de texto cada vez que no contestaban a una llamada suya. A veces dejaba notas de papel o, en el caso de Armie, las garabateaba en el polvo o el vaho del parabrisas de una camioneta. Armie conocía su filosofía: quería que los amigos supieran que se había pasado por su casa o que les había llamado, pero al mismo tiempo no deseaba molestarles en caso de que estuvieran ocupados.
Consciente de que se mantendría en contacto, Armie experimentó el mismo alivio que Cannon.
—Te llevo a tu casa —se ofreció Cannon.
Ella volvió a lanzarle otra severa mirada.
—Quiero llevarme mi coche.
—Hagamos una cosa —propuso Armie, viendo que había empezado a temblar de frío—. Ve tú con Cannon, que yo te llevaré el coche.
—Pero estás herido. Necesitas…
—Una ducha —dio Armie—. Y dormir un poco —además de eso, no le habría importado echar también el guante a aquellos dos canallas—. Eso es todo.
Ella miró el corte que tenía en la frente, que afortunadamente había dejado de sangrar debido a la venda adhesiva, y después los otros moratones de su rostro.
—Me has visto en peores condiciones después de algunos combates.
—En realidad, no —escrutó su rostro—. Armie, yo…
Él la interrumpió en voz baja:
—Lo sé. Hablaremos mas tarde, ¿de acuerdo?
Merissa se volvió hacia su hermano.
—¿Sabes lo que hizo?
—Logan me lo contó.
Armie resopló escéptico.
—No fue nada. Y ahora vámonos. Se me está enfriando el trasero aquí.
Estaban atravesando el aparcamiento cuando ella le preguntó:
—¿Qué harás con la camioneta?
—Me la recogerá alguno de los chicos. O quizá Cannon vuelva para llevármela. No te preocupes.
—Está bien —después de mirarlo largamente, le entregó las llaves de su coche… y luego lo sorprendió al darle un abrazo
Estúpidamente anonadado, Armie aspiró profundo, vaciló, pero no pudo resistirse a devolverle el abrazo. Nunca, ni en un millón de años, olvidaría el miedo que le había atenazado ante la posibilidad de perderla. Incapaz de evitarlo, la tomó de la nuca y le apretó la mejilla contra la suya.
Olía a piel cálida, a champú de flores y a puro reclamo sensual, un aroma que, era seguro, lo tendría algo más que inquieto durante el resto de aquella noche.
—¿Armie? —susurró—. Gracias. Por todo.
Dado que carecía de palabras para describir lo que sentía, asintió, retrocedió un paso y se quedó viéndola subir al coche. Se sentó en el asiento del copiloto.
Cannon miró a Armie con ojos entrecerrados.
—¿Seguro que te encuentras en condiciones de conducir?
—Sí —empezó a alejarse—. Os veo allí —su intención era devolverle las llaves y marcharse luego, dándoles tiempo suficiente para hablar.
En cuanto a él, necesitaba un poco de intimidad… para desmoronarse a su vez.
Capítulo 3
Merissa adoraba a su hermano. Siempre lo había visto como un supermán, un gigante, una roca a la que agarrarse cada vez que lo necesitaba. Solo era un par de años mayor que ella, pero, desde que tenía memoria, siempre lo había visto como un adulto, alguien maduro y responsable.
En aquel momento, supermán estaba en su cocina, insistiendo en servirle un refresco cuando lo único que ella era quería era quedarse a solas para poder llorar a gusto. Sabía que, si se derrumbaba en su presencia, Cannon nunca se largaría de allí.
—Toma —volvió con un vaso de cola con hielo y la urgió a sentarse en el sofá. Le apartó luego delicadamente la melena, con la mirada clavada en el moratón.
Sí, le dolía. Pero la incomodidad física no era nada comparada con el miedo.
Y ella que se había prometido a sí misma, tanto tiempo atrás, que nunca volvería a convertirse en aquella clase de víctima…
Pero aquel miedo… aquel miedo estaba relacionado más bien con la imagen de Armie protegiéndola con su cuerpo como un escudo. Y arriesgando su propia vida.
Deseoso de morir.
—Tómatela —Cannon le tendió una aspirina.
Ella ensayó una sonrisa burlona.
—Esto me resulta tan familiar…
Él se quedó inmóvil y sacudió luego la cabeza.
—No pienses en eso.
No puedo evitarlo. Habían perdido a su padre cuando ella solo tenía dieciséis años. Como propietario de un bar de barrio, se había resistido a dejarse extorsionar por unos matones locales, negándose a pagar la tarifa exigida a cambio de su «protección». Una madrugada estaba cerrando el local cuando unos tipos lo mataron a golpes.
Destrozada pero decidida al mismo tiempo a seguir adelante, su madre casi había cavado su propia tumba para mantenerles a flote. Merissa podía recordarlo todo como si hubiera sucedido apenas el día anterior. Los matones la habían presionado para que vendiera el negocio, pero ella se había negado.
Hasta que uno de ellos había acorralado a Merissa a la salida del instituto.
—Es lo mismo. Tú mimándome, haciéndote el fuerte de los dos.
—Eras una niña entonces.
—Solo me llevas dos años —le recordó dándole un golpe flojo en el hombro—. Tú también eras un chiquillo.
—Tal vez. Recuerdo haberme sentido tan terriblemente impotente…
—¿Como ahora? —conocía a su hermano, sabía que había seguido desviviéndose por facilitarle a toda costa la vida cuando ella era ya un ser adulto y responsable—. Ya no soy una niña, Cannon. Puedo soportarlo.
—No tienes por qué.
—Sí que tengo por qué —replicó con tono suave—. Porque no quiero que mi hermano mayor vuelva a hacerse cargo de mí, como siempre.
Él le tomó la mano.
—Sabes que disfruto haciéndolo, ¿verdad?
Su propia risa le sonó patética. Demasiado bien recordaba cómo su madre había terminado cediendo por causa de ella. Pero Cannon había localizado a aquellos tipos y, aunque solo había tenido dieciocho años en aquel tiempo, se lo había cobrado a puñetazo limpio… por causa de ella.
De alguna manera, ella lo había influenciado para que se convirtiera en luchador.
Y era por eso por lo que había formado la patrulla de barrio. Todo el mundo adoraba a Cannon, pero ella era la primera.
—Supermán —se burló—, esta vez te prometo que me las arreglaré bien sola.
Un ligero golpe en la puerta le hizo dar un respingo.
—Es Armie —le apretó cariñosamente un hombro—. Voy a abrir.
Asintiendo, pensó de nuevo en la manera en que Armie se había colocado delante de ella, dispuesto a dejarse llenar el cuerpo de balas en caso necesario.
La emoción le desbordó el pecho, ahogándola, matándola.
Rápidamente se tomó la aspirina e intentó serenarse.
Armie se asomó precavido a la puerta, la vio en el sofá y entró.
—¿Está bien?
—Sí —respondieron Merissa y Cannon al mismo tiempo.
Armie esbozó una leve sonrisa.
—Hey, Larga —dejó las llaves encima de la mesa y esbozó una mueca al ver el moratón de su mandíbula.
—En seguida me salen moratones —explicó—. Para mañana tendrá aún peor aspecto, créeme. Pero solo fue un bofetón. Cualquiera de vosotros ni siquiera se habría enterado.
Armie se puso en cuclillas frente a ella.
—Tú no eres una luchadora, cariño.
Le gustaba cuando le llamaba «cariño», en vez de «Larga». Algo cariñoso, afectuoso.
—¿En serio? —bromeó. Jamás había combatido. El miedo y el acelerado latido de su corazón la convertían en un ser débil, maleable. Lo cual le irritaba—. Soy grande, pero no tengo músculo.
—Alta —la corrigió Armie—. Eres alta, pero no grande. Y más bien…
—¿Qué?
Reflexionó sobre ello.
—Delicada.
Esbozó una genuina sonrisa. ¿De manera que Armie Jacobson la veía como una mujer delicada? Vaya.
Consciente de que necesitaba terminar con aquello, apuró el refresco, dejó el vaso a un lado y se levantó.
Armie hizo lo mismo, lentamente, sin dejar de estudiarla. Cannon permaneció de pie a su lado, extrañamente silencioso. Ambos la observaban como esperando que fuera a desmoronarse en cualquier momento.
Y quizá lo habría hecho… si no hubiera tenido espectadores.
Se alejó unos pasos, necesitada de ganar algo de distancia para decirles lo que les dijo a continuación:
—Creo que aquel hombre solo quería jugar conmigo. Quiero decir que, al margen de lo que me dijera, no tenía tiempo para… para…
Tanto Armie como Cannon se quedaron inmóviles como estatuas.
Sonriendo ligeramente, Merissa prosiguió:
—Afirmó querer violarme, pero todos sabemos que no podía hacerlo. No en medio de un atraco, ¿verdad? En lugar de ello, intentó manosearme —las palabras se le atascaron en la garganta; se tocó la pechera del suéter, donde le faltaba un botón, y se obligó a continuar—. Me abofeteó cuando lo empujé. Esa es la marca que me dejó en la mandíbula. Me tambaleé y algo de mi escritorio me cayó encima. Él volvió a por mí, pero entonces Armie… Armie me salvó —juntando las manos, miró a las que, para ella, eran las dos personas más importantes del mundo. Los quería a los dos, solo que de manera muy muy diferente—. Eso es todo, chicos, os lo prometo. Me pegó una vez, el tipo se enfadó conmigo, pero no ocurrió nada peor que eso.
—Rissy…
Aquella única palabra susurrada por los labios de Armie casi convirtió sus rodillas en pura gelatina.
—Y ahora tenéis que marcharos —insistió con tono urgente—. Los dos —una especie de garra invisible se cerró sobre sus pulmones—. Por favor.
Con expresión torturada, Cannon le preguntó:
—¿Me llamarás en caso de que necesites algo? ¿Cualquier cosa?
Ella asintió rápidamente.
—Sí.
—¿Y te reportarás solo para que yo…?
—Te mandaré un par de mensajes de texto esta noche y también mañana por la mañana antes de salir para el trabajo, te lo prometo —«por favor, solo márchate de una vez antes de que me derrumbe…», rezó para sus adentros.
Armie se pasó una mano por el pelo y maldijo por lo bajo.
—¿Algún problema? —inquirió Cannon.
—No.
Merissa miró la sangre reseca de su pelo, de su camisa. En su mente, una y otra vez, seguía viendo cómo se adelantaba para protegerla con su cuerpo.
—Cannon debería estar echándote la bronca a ti, porque tú estás en mucha peor forma que yo. Vete a casa y haz lo que sea con tal de que te sientas mejor…
Lo que probablemente significaba que se buscaría una mujer bien dispuesta, o dos, o tres… y se perdería en una orgía de placer. «Maldita sea», se dijo Merissa. No podía dejar que ese pensamiento la perturbara tanto…
Vio que se le dilataban las aletas de la nariz, pero al final asintió. Como si hubiera perdido una batalla interior, flexionó los dedos de las manos.
—Si tienes ganas de hablar —siguió flexionándolos, con un gesto casi doloroso—, simplemente llámame.
—Puede que estés ocupado —susurró.
—No —negó con la cabeza, enérgico, y volvió a darle otro abrazo tan tierno que casi acabó con su resolución. Tras darle un tierno beso en la frente, se dirigió hacia la puerta—. Esperaré fuera.
Merissa lo observó alejarse, a grandes zancadas y paso rápido.
Fue casi como si estuviera huyendo. Permaneció mirando fijamente la puerta incluso después de que se hubiera cerrado en silencio a su espalda. La preocupación por Armie la hacía olvidarse de su incomodidad.
—Rissy.
Dio un respingo y desvió la mirada hacia su hermano.
—Ya sabes que te quiero…
—Sí —jamás en toda su vida lo había puesto en duda.
—Y también quiero a Armie. En muchos aspectos, es como un hermano para mí.
Pese a todo, sus labios esbozaron una sonrisa.
—Lo sé.
Cannon soltó un profundo suspiro y le tomó las manos.
—Para ti, en cambio, no es para nada un hermano. Ni de lejos. Yo nunca os traicionaría a ninguno de los dos, pero…
Al ver que se interrumpía, Merissa se alarmó.
—¿Qué? —le apretó las manos—. ¿Qué pasa?
—Él lo negará a toda costa, pero está sufriendo. Y no físicamente. No es eso.
No podía respirar, no podía tragar, así que simplemente esperó.
—Quizá deberías proporcionarle algo de consuelo, de manera que él te lo proporcionara a ti a cambio.
Se lo quedó mirando con la boca abierta. Ella no sabía cómo consolar a Armie. Él la había rechazado. Aunque no habían hablado de ello, Cannon tenía que saber que sentía una especial debilidad por Armie. Su círculo era pequeño y todo el mundo parecía compartirlo todo.
Sacudió la cabeza, pero Cannon le sonrió.
—Hay algo sobre Armie que probablemente deberías saber.
Oh, vaya. Se olvidó de su propia situación mientras un millón de escenarios desfilaban por su mente. ¿Descubriría por fin la razón por la que Armie había evitado la SBC durante tanto tiempo? ¿Averiguaría por qué se había negado a comprometerse con mujer alguna, y por qué evitaba a las «niñas buenas»? Con el corazón latiéndole furiosamente, susurró:
—¿El qué?
—Que Armie no estará ocupado esta noche, como tú sospechas.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque, desde hace semanas, no sale con nadie.
Se lo quedó mirando tan sorprendida que Cannon se inclinó para darle un beso en la frente.
—Y eso da que pensar, ¿no te parece? —añadió.
Sin esperar su respuesta, se dirigió hacia la puerta. De camino, dijo:
—He cerrado la puerta con llave, pero resetea la alarma, y no te olvides de revisarla —y se marchó.
Todavía aturdida, Merissa se dejó caer en el sofá.
Armie Jacobson, hedonista extraordinario… célibe. ¿Durante semanas?
Sí, eso ciertamente daba muchísimo que pensar.
Tras disfrutar de una larga ducha caliente, Armie se puso sus boxers, se preparó una copa y se dejó caer en el sofá. Encendió la televisión, pero no vio nada. Su batalla interior lo mantenía demasiado ocupado.
Unas cuantas copas después, sintiéndose algo más que un poquito achispado, seguía sin poder dejar de pensar en Merissa sola en su casa, quizá inquieta y temerosa. Ella no había querido llamarle. Eso había resultado tan notorio como el moratón de su mandíbula.
De todas maneras, habría podido llamarle.
Pero probablemente no lo haría. Tenía a Cannon para que la consolara.
¿Pero lo deseaba a él o no lo deseaba?
No dejó de dar vueltas a ese pensamiento, desquiciado, sin que cantidad alguna de licor pudiera anestesiarlo de aquella tortura. Por décima vez, revisó su móvil. ¿Le había recordado que usara su número de emergencias? No se acordaba. Quizá debiera ponerle un mensaje de texto para decírselo…
No. Lo que debía hacer era dejarla en paz, dejar de desearla.
Dejar de necesitarla.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Le latían las sienes y le dolía la cabeza. No podía creer que se hubiera dejado golpear dos veces por aquel tarado. Afortunadamente nadie blandía postes como aquellos en los combates en los que participaba.
Y tampoco contaba con una audiencia de víctimas indefensas, había armas de fuego por medio o Merissa corría algún tipo de peligro.
Desvió la mirada hacia la oscura ventana. ¿Qué hora sería? ¿Las nueve y media? Todavía era temprano. Quizá necesitara volver a ligar, cabalgar un poco… Quiso reírse de su propio ingenio, pero hasta para un tipo borracho era una analogía de lo más zafia.
Si al menos tuviera el más mínimo interés…
El golpe en la puerta le hizo dar un respingo. Se la quedó mirando fijamente mientras el corazón se le aceleraba y el deseo se disparaba en sus entrañas.
Levantándose, dejó a un lado su copa y, todavía en boxers, fue a abrir. La decepción le dolió todavía más de lo que lo había hecho aquel poste de metal.
—Mierda.
—Vaya, buenas noches a ti también —la mujer esbozó una mueca cuando vio el estado de su cara—. ¿Qué te ha pasado?
Armie se quedó mirando fijamente a la morena de la que se había deshecho la otra noche en el bar.
—Un malentendido —para disuadirla de entrar, se adelantó y cerró parcialmente la puerta a su espalda—. Vamos, Cass. Me conoces demasiado bien como para presentarte en mi casa sin previa invitación.
—Te llamé al móvil, pero no respondiste.
Su ávida mirada recorrió su cuerpo, reparó en su entrepierna y allí se quedó. Armie reconoció la particular sonrisa que se dibujó en sus labios sensuales.
—Se me rompió —explicó—. Pero en serio, cariño, ¿no recibiste el mensaje que te envié alto y claro en Rowdy’s?
—Nadie me trata como tú, Armie.
—Soy un imbécil y lo sé. Y tú deberías evitarme.
Ella posó una mano sobre sus abdominales y empezó a bajar lentamente los dedos.
—No pretendía ser tan grosera en el bar. Mi intención era serlo en la cama.
Él le sujetó la muñeca.
—Eso no va a suceder.
Su determinación pareció acentuarse.
—Me caso dentro de un mes.
—¿Ah, sí? —le puso la mano detrás de la espalda—. Felicidades.
—Le quiero.
—Me alegra oír eso.
—Es un gran tipo, Armie —esbozó una sonrisa aparentemente sincera—. Inteligente, dulce, y tan macho que incluso a ti te gustaría.
Ignorando a dónde quería ir a parar, Armie alzó una ceja.
—Pero en la cama… —suspiró ella—. No es como tú.
Armie se echó a reír con una risa que finalmente se convirtió en gruñido. Se frotó la cara.
—Déjame adivinar… ¿No le has dicho lo que te gusta?
La mujer le preguntó entonces, con tono súbitamente desesperado:
—¿Cómo podría? Es tan bueno… y no es como tú y como yo.
Armie se apartó de la puerta y, en un acceso de indulgencia, replicó:
—Cariño, yo no soy como tú. Pero entre lo que tú me dijiste y cómo reaccionaste al asunto, me lo figuré. A la mayor parte de los tipos les gusta el buen sexo. Es más excitante cuando la chica está por la labor. Así que cuéntale lo que quieres. Confía en mí: se prestará encantado.
—¿Pero y si resulta que no? —una sombra de incertidumbre nubló sus ojos—. ¿Y si piensa que soy… rara o algo así?
—Eres una chica sana, no eres una rara. Y, si él no entra al trapo, ¿realmente querrás permanecer a largo plazo a su lado como su mujer?
—No lo sé.
—¿Una vida entera de sexo mediocre? Yo diría que no.
Sus ojos excesivamente maquillados lo estudiaron detenidamente.
—¿No te gustan las cosas que hacemos?
De repente parecía vulnerable, y fue por eso por lo que Armie mantuvo un tono amable, reconfortante.
—Si te ves en la necesidad de preguntármelo, es que no prestaste suficiente atención.
—Pero tú dijiste…
—Eso es asunto tuyo, cariño, no mío. Pero siempre estoy encantado de complacerte.
Se acercó a él, bajando la voz:
—¿Ahora?
Medio sonriendo, respondió:
—Excepto ahora —vio que hacía un delicioso puchero, que sin embargo no tuvo efecto alguno en él—. Si vas a casarte, deberías reservar todos tus recursos para él.
—Como si tú le hubieras sido fiel a alguien alguna vez…
—Si me casara, ten por seguro que lo sería. Y ahora vete —le dio la vuelta, le dio una palmada en el trasero y añadió—: Teniendo en cuenta lo que me has dicho, no deberías volver a contactar conmigo nunca más.
Con el rostro ruborizado y una mirada soñadora, se frotó el trasero.
—Eso me temo.
—¿Hablarás entonces con tu novio?
—Sí —se mordió el labio—. Se lo diré… pero, si te equivocas, volveré aquí para abofetearte.
Armie se sonrió.
—Puedes intentarlo.
Tan pronto como ella empezó a bajar los escalones, Armie volvió a entrar y cerró la puerta, volvió al sofá y se dejó caer boca abajo sobre los almohadones.
¿Tendría Merissa alguna fijación sexual, del tipo quizá de la que tenía Cass?
Dios, le encantaría averiguarlo.
Volviendo la cabeza hacia un lado, revisó su móvil una vez más, y allí estaba. Un mensaje de texto que decía: Rissy estuvo aquí.
Sentada en el escalón, indecisa, Merissa evitó mirar a la morena que pasó a su lado y la saludó con un breve movimiento de cabeza. La mujer parecía feliz y sonriente mientras se alejaba.
Merissa no era mujer inclinada a escuchar a escondidas, pero, cuando subió el último escalón y oyó a Armie hablando con la mujer, se había quedado paralizada.
Una vez que detectó la conversación, ya no pudo moverse de allí ni aunque lo hubiera querido. Sus pies habían quedado convertidos en pesos de plomo mientras sus oídos registraban hasta la última palabra de su diálogo.
Estaba claro que Armie había rechazado a la mujer.
Pero las cosas de las que habían hablado… ¿Qué sería lo que le gustaba a aquella chica?
Merissa tenía el móvil en la mano, esperando, anhelando… hasta que sonó el aviso de que había llegado un mensaje.
Humedeciéndose los labios, leyó: ¿Estás bien? ¿Necesitas hablar?
Vaya. Desde luego que sí. Le escribió a su vez: ¿Ocupado?
No.
Guau, sí que había respondido rápido. Se giró para alzar la mirada a la puerta aún cerrada y volvió a concentrarse en el teléfono. Estaba tan cerca…
¿En persona?
Transcurrieron varios segundos. Apretó los labios, contuvo el aliento, tamborileó rápidamente con el pie sobre el escalón.
Finalmente apareció el mensaje de texto: No deberías conducir.
Merissa tecleó la respuesta, titubeó aún más y pulsó luego la tecla de enviar.
Ya lo he hecho.
Armie se quedó mirando fijamente el mensaje. Ya lo he hecho. ¿Qué quería decir? ¿Que estaba deambulando por allí?
Mala idea.
Escribió: ¿dónde estás? En caso necesario, saldría a buscarla. Como fuera. Pero, diablos, estaba borracho y lo sabía.
Un taxi. Tomaría un taxi y…
Aquí.
Desorbitó los ojos. ¿Allí? Estúpidamente, miró a su alrededor y envió otro mensaje de texto: ¿Aquí?
Sí.
¿Aquí… dónde?
De pronto llamaron a la puerta, muy suavemente.
Armie se quedó paralizado, y luego todo se aceleró. Su corazón, su respiración…
La sangre le atronaba en las venas.
Levantándose, cruzó la habitación, abrió la puerta y… ah, diablos.
—Hola, Larga.
Ella arqueó una ceja.
—¿Estás borracho?
—No —desde luego que lo estaba. Y, por culpa de ello, se sentía lento y tremendamente inseguro a la hora de recibirla. ¿O debería quizá despacharla a su casa? Sabía que no lo haría, por muy prudente que eso fuera, de modo que quizá debería llamar a Cannon…
Al final entró sin que la invitaran.
Se quedó donde estaba, todavía de espaldas a ella, intentando reordenar sus pensamientos.
—Estás en calzoncillos.
Oh, diablos. Se había olvidado. Dejando la puerta abierta, se volvió hacia ella. Maldijo para sus adentros: sí que estaba cerca. Como a la distancia de un beso.
O a la distancia de poder hacer el amor.
—Son bonitos.
—Son absurdos —la corrigió. Los boxers ostentaban dos flechas: una que apuntaba hacia arriba y decía: El Hombre, y otra que apuntaba hacia su entrepierna: La Leyenda.
—Me gustan —se inclinó hacia él, con lo que el corazón de Armie casi se detuvo, y cerró la puerta de un pequeño empujón. Luego se quedó donde estaba, dejando que él se embebiera de ella, sintiera el calor de su esbelto cuerpo y oliera el aroma de su piel.
Ella le tocó suavemente la cabeza, revisando su vendaje.
—Te has duchado.
—Sí —y se había masturbado mientras se duchaba. Solo que su miembro parecía haberse olvidado en aquel momento.
—La venda no está tan tensa como debería —procedió a tensársela suavemente, con cuidado.
Tomándole la muñeca, él presionó su palma contra su mejilla y cerró los ojos.
—¿Armie?
«Recupérate», se ordenó.
—Ven aquí —pasándole un brazo por los hombros, la guio hasta el sofá y la hizo sentarse—. ¿Quieres una copa?
Ella alzó su vaso y olió, bebió un sorbito y esbozó una mueca.
—Esto mismo. Lo que estás tomando tú.
Él le pellizcó la barbilla.
—Tú no bebes whisky.
—Hoy podría ser un buen día para empezar, ¿no te parece?
Sí, probablemente. Recorrió con la mirada sus tejanos de pitillo, sus botas sin tacón y su ancha sudadera con capucha, pero no se permitió entretenerse tanto como le habría gustado.
De camino a la cocina sintió su mirada clavada en su trasero. La sintió… literalmente. Necesitaba ponerse unos tejanos, solo que eso le haría parecer un poco gallina. Puritano incluso.
Y no era ninguna de las dos cosas.
Después de servirse otra copa, le sirvió un chupito de whisky y regresó para encontrársela sentada a la turca en el sofá, estrechando un cojín contra su pecho, con la cabeza baja.
—Hey, ¿qué pasa? —le preguntó con ternura.
Ella alzó la mirada, con aquellos brillantes ojos azules llenos de tristeza pero también de una gran fuerza y orgullo.
—¿Te sentarás a mi lado?
Armie se tensó de pies a cabeza. Muy bien podía haberle preguntado: «¿frotarás tu cuerpo desnudo contra el mío?». Porque su cuerpo reaccionó de la misma manera, para el caso.
Pero, maldita sea, poseía una cierta capacidad de control y, de alguna manera, la encontraría.
—Claro —se sentó a su lado, sí, pero a unos veinte centímetros de distancia—. Toma.
Ella tomó el vaso, bebió un sorbo, esbozó otra mueca y se humedeció los labios.
A ciegas, él alcanzó el suyo y lo apuró de un solo trago.
Merissa lo estudió.
—¿Cuánto has tenido que beber para alcanzar tu actual estado?
—No lo suficiente —era obvio. Porque en lo único en lo que podía pensar era en estrecharla en sus brazos, en besarla, en tumbarla en el sofá…
Bajo su cuerpo.
Ella bajó la vista.
—¿Sigues pensando en eso, también?
«¿Sexo?», se preguntó.
—Sí.
—Yo no dejo de recordar…
No, no era el sexo. Soltando un suspiro, Armie le tomó una mano.
—Quizá deberías haber pasado la noche con Cannon —todavía estaba a tiempo de llevarla hasta allí, llamando un taxi o acompañándola él mismo…
—No —se acercó a él y deslizó los brazos por su cintura, apoyando la cabeza sobre su pecho.
Su larga melena le acarició la piel y el resto de su cuerpo tentó su libido. Quiso acariciarla por todo el cuerpo pero, en lugar de ello, se limitó a ponerle las manos sobre los hombros.
Hasta que ella dijo:
—Lo siento, Armie, pero en realidad preferiría quedarme aquí contigo.
Él se apartó con tanta brusquedad que casi se cayó del sofá.
Permanecieron mirándose fijamente.
Habitualmente, cuando se oponía a las sugerencias de Rissy, acababa por herir sus sentimientos, lo cual a su vez la hacía enfadar. Pero esa vez no.
Esa vez sonrió suavemente y volvió a arrebujarse contra él.
—¿Acaso es pedir demasiado?
—No —graznó. Nada era demasiado para ella, pero… ¿cómo diablos iba a asimilarlo él?
—Bien —suspirando, lo abrazó—. Gracias.
—Er… De nada.
—Estás realmente borracho, ¿verdad?
Armie sacudió la cabeza… lo cual hizo que la habitación empezara a dar vueltas a su alrededor. Batallaban el sopor y el deseo.
—Yo dormiré en el sofá.
En lugar de discutir, ella bebió otro sorbo, se apretó de nuevo contra él y preguntó:
—¿Qué estamos viendo?
Miró la televisión.
Ella se estiró para recoger el mando a distancia.
—¿Te importa?
Se pegaba a él, se alejaba, se volvía a pegar, se volvía a alejar… Aquel bamboleo suyo lo estaba desquiciando.
—Sírvete tú misma.
Mientras ella hacía zapping, Armie se preguntó qué era lo que había sucedido. Tan pronto había estado sentado allí solo preguntándose por ella, como al momento siguiente Merissa acababa de poner una antigua película en el televisor y se estaba quitando las botas.
Con el vaso en la mano, se puso cómoda… apoyándose de nuevo contra él. Al cabo de un segundo, cambió de postura, tomó su brazo para colocárselo sobre sus hombros y se arrebujó aún más contra su pecho.
—¿Así está bien?
El corazón estaba a punto de salírsele del pecho y cada músculo de su cuerpo estaba rígido, pero respondió:
—Claro —y se puso un cojín sobre el regazo.
—Antes me fijé en que tenías una magulladura terrible en la espalda. ¿Te duele?
La necesidad sexual aturdió todavía más su cerebro.
—No —contestó, aunque probablemente al día siguiente lo sentiría.
Al cabo de una media hora de bendito silencio, durante el cual Armie pudo finalmente poner sus gónadas a descansar, Merissa alzó la cabeza para mirarlo. Se sentía todavía más borracho, aunque tal vez parte de la sensación se debiera a que su abrumador deseo anestesiaba su fuerza de voluntad.
Intentó resistirse, pero finalmente la miró… y quedó cautivado.
—¿Qué tal tu cabeza? —le preguntó ella.
Toda su concentración fue a parar a su boca, y tuvo que luchar contra el impulso de darle un largo, ardiente, húmedo beso. «Piensa, Armie», se ordenó. De repente se le ocurrió una idea.
—¿Avisaste a Cannon de que te venías a mi casa? —sabía que no lo había hecho porque, si Cannon se hubiera enterado de que su hermanita querida se encontraba en su apartamento, ya se habría presentado a recogerla. Ningún hombre en su sano juicio querría que una pariente suya del sexo femenino visitara a Armie en su casa, y Cannon era más protector que la mayoría—. Él necesita saber…
—Tienes razón —se sacó el móvil del bolso, tecleó un mensaje y dejó luego el aparato sobre la mesa—. Hecho.
Armie se quedó mirando fijamente el teléfono, deseoso de que Cannon replicase algo… y cuando finalmente oyó el pitido del mensaje recibido, soltó un suspiro de alivio y decepción a la vez. Ella necesitaba marcharse, cierto. Pero, maldita sea, era tan maravilloso tenerla cerca…
Merissa se inclinó hacia delante, miró la pantalla y sonrió.
¿Sonrió?
Desconfiado a la vez que levemente temeroso, Armie preguntó:
—¿Va a venir a buscarte?
—¿No?
—¿Qué quieres decir?
Ella le acercó el móvil para que leyera el mensaje.
Armie leyó: Bien. Me alegro de que no estés sola. Ya me quedo más tranquilo.
La confusión nubló su mirada.
—¿Le dijiste que estabas conmigo?
—Sí.
Pasándose una mano por el pelo, Armie se preguntó en qué diablos habría estado pensando Cannon.
Cuando la habitación volvió a quedarse en silencio, el corazón se le detuvo. Con los ojos desorbitados, se dio cuenta de que Merissa había apagado el televisor. Rastreó cada movimiento suyo mientras volvía a colocar el cojín en la esquina del sofá y se levantaba para dejar sus botas junto a la puerta. El eco de decisión con que resonó el cerrojo volvió a dispararle el pulso.
Se removió en el sofá mientras la veía quitarse los calcetines y la sudadera. Un abrasador calor lo anegó. La vio luego dejar los calcetines dentro de sus botas y la sudadera doblada encima.
Luciendo ya únicamente los pantalones de pitillo y una enorme camiseta de la SBC, regresó a su lado y le tendió la mano.
—Vamos, Armie. A la cama.
Capítulo 4
Merissa nunca en toda su vida se había sentido tan descarada. Llevarse a Armie a la cama… guau. Aquello encabezaba su lista de hazañas atrevidas. Por alguna razón aquella noche se sentía poderosa, lo suficiente como para lanzarse a fondo respecto al hombre de sus sueños.
Quizá la culpa la tuvieran sus deseos de escapar de la violencia que había vivido. O la manera tan galante con la que Armie la había protegido.
O quizá fuera el estímulo de su hermano… y su tácito permiso.
Fuera cual fuera la razón, en aquel momento estaba allí, dispuesta a pelear con uñas y dientes para conseguir lo que quería.
Armie había aceptado su mano y en aquel instante sus dedos estaban estrechamente entrelazados. Con la mirada intensa, rígido su gran corpachón, la siguió en silencio, quizás un tanto anonadado. La tensión sexual llenaba el aire, tan densa que hasta podía cortarse.
No conocía la casa de Armie, así que tuvo que asomarse a cada habitación mientras pasaba por delante. Él tenía todo bastante ordenado, pero no inmaculadamente limpio. En su baño de color blanco y negro había una toalla tirada por el suelo y otra en su sitio. El cesto de la ropa sucia estaba desbordado, y encima la camisa de franela manchada de sangre.
Aquello la transportó de nuevo al momento en que Armie se puso delante de ella, dispuesto a recibir una bala. La emoción la asaltó hasta que le ardieron los ojos por las lágrimas, pero luchó contra ella. No era una llorona, nunca había llorado, no le veía el menor sentido.
Aquellas circunstancias, sin embargo, eran muy diferentes. Tarde o temprano rompería a llorar… pero no delante de Armie.
Demasiado mal lo había pasado Armie a lo largo de aquel día, peor que ella seguro, dado que había estado dispuesto a dar su vida para protegerla.
Ella no siempre lo entendía, no siempre comprendía sus motivaciones o sus razones, pero lo amaba. Por lo que se refería a aquella noche, con eso le bastaba.
Junto al baño había un dormitorio con la puerta abierta. Mordiéndose el labio, expectante, se asomó. El mobiliario era negro. La cama, enorme, estaba sin hacer y tenía un foco en la cabecera. En la pared de enfrente colgaba un espejo gigantesco.
A su espalda, con un tono suave a la vez que levemente amenazante, Armie preguntó:
—¿Te estás arrepintiendo?
Ella negó con la cabeza.
—¿Estás buscando acaso látigos y cuerdas?
Se giró para mirarlo. Estaban muy cerca, boca contra boca.
—¿Tienes?
—La curiosidad mató al gato —sonrió.
Adivinando que solamente pretendía ahuyentarla, se burló a su vez.
—No creo que tengas.
Él entrecerró los ojos.
—Tengo todo lo que necesito para hacer feliz a una dama. Y, por feliz, me refiero a que chille cuando se corra.
Guau. Ciertamente sonaba muy confiado.
—Así que… ¿las atas si ellas te lo piden?
Su expresión se endureció.
—No estoy teniendo esta conversación contigo.
—Claro que sí —intentó aparentar seguridad, cuando por dentro se sentía un tanto consternada ante la imagen. Y quizá un poquito excitada también—. Además, te oí hablando con aquella mujer. Me muero de ganas de saber lo que le hacías.
—¿Qué mujer? —inquirió, confuso.
—La que vino a visitarte esta noche.
Se la quedó mirando con la boca abierta, y apretó luego los labios.
—¿Estuviste escuchando a escondidas?
—Eso me temo —le resultaría difícil preguntárselo sin haber admitido antes que les había escuchado—. Pero no a propósito. Cuando vine, ella ya estaba aquí. No quise molestar, así que esperé.
—¿A una distancia suficiente para escucharlo todo?
—Estabais en el descansillo. No tuve necesidad de pegar el oído a la puerta.
El disgusto le arrancó un profundo suspiro.
—Diablos. Estoy demasiado fundido para digerir todo esto.
—¿Fundido?
—Borracho —la señaló con un gesto—. Y que tú estés aquí no me está ayudando precisamente.
—No me pidas que me vaya —dijo ella, y admitió—: Cuando me quedo sola, no puedo dejar de pensar en el atraco, en aquel hombre y en cómo me…
—Shh. Tranquila —allí mismo, en el umbral de su dormitorio, Armie la acorraló de repente contra la pared, le tomó las manos y se las sujetó a cada lado de la cabeza—. Estás a salvo.
La presión de su cuerpo le robó el aliento. Sobre todo con su dura erección rozando su vientre. Su única ropa eran aquellos estúpidos boxers, y ella podía sentir cada largo y duro músculo a través de su camiseta y de sus tejanos de cintura baja.
La mirada de Armie vagó por su rostro, deteniéndose en su boca, para bajar luego por su cuello hasta sus senos. Le rozó la nariz con la suya y ella pudo sentir el olor a whisky de su aliento.
—No sabes lo que estás pidiendo, Larga.
Por una vez, el uso de aquel apodo no le molestó.
—Sí que lo sé.
Sus labios rozaron su mandíbula amoratada, llegando hasta el lóbulo de la oreja.
—Rissy… —susurró, como si estuviera sufriendo.
—Te estoy pidiendo a ti, Armie. Solo a ti.
Él vaciló, y en seguida se apartó bruscamente de ella.
—No es tan fácil y lo sabes. Nadie se mete en mi cama así por las buenas, solo porque me desea.
—Yo sí —musitó.
—Dios mío, estoy borracho… —gruñó.
Si eso era cierto, y ella estaba segura de que lo era, entonces no sería ético por su parte aprovecharse de él. Armie deseaba resistirse y ella quería vencer su resistencia.
Pero no quería embaucarlo para que hiciera algo de lo que más tarde pudiera arrepentirse.
Le dedicó una larga mirada y entró en el dormitorio.
Él se echó a reír, se frotó sus cansados ojos y masculló:
—Lo intenté.
—Sí, desde luego —para convencerlo, le preguntó—: ¿Te ayudaría a relajarte si te dijera que lo único que quiero es dormir? Además de tu compañía, quiero decir, porque, sinceramente: no quiero estar sola —y estaba absolutamente segura de que él tampoco.
Lleno de arrepentimiento, Armie sacudió la cabeza.
—Lo siento, nena, pero no puedo. Dormiré en el sofá.
¿Nena? Aquello era nuevo, pero, una vez más, había bebido demasiado y su cerebro no debía de estar funcionando muy bien.
—Pues vamos a estar muy incómodos los dos allí.
Al ver que se quedaba donde estaba, sin retirarse ni tampoco entrar del todo en el dormitorio, Merissa decidió forzar las cosas. Se llevó las manos al botón de sus tejanos.
Armie no apartó en ningún momento la mirada de sus ojos, pero empezó a respirar aceleradamente.
Ella se bajó la cremallera, deslizó las manos dentro de los tejanos a lo largo de sus caderas y empezó a bajárselos lentamente.
Pudo ver que las aletas de su nariz se dilataban.
Dejó los tejanos sobre una silla, apartó el edredón y, llena de incertidumbre, se metió en la cama y se arropó. Se lo quedó mirando, expectante.
—Si no estuviera bebido —le dijo, mirándola fijamente—, quizá podría hacerlo —se acercó, agarró el edredón y volvió a apartarlo. Su ardiente mirada recorrió su cuerpo de pies a cabeza, abrasándola—. No quiero hacerte daño.
—No me lo harás —había estado dispuesto a morir por ella. Confiaba completamente en él.
Un profundo, ronco gruñido brotó de su garganta y al momento siguiente estaba en la cama, acercándola hacia sí, con una mano en su pelo y la otra en la parte baja de su espalda, casi sobre su trasero. Sus piernas se entrelazaron: velludas y musculosas las de él, suaves y esbeltas las de ella. Merissa podía sentir la caricia del fino vello de su pecho contra su mejilla, así como el poderoso latido de su corazón.
—¿Armie?
—Shh. Dame un minuto.
—De acuerdo —olía tan bien y se sentía tan bien, que no le importó seguir así, abrazada a él, sin hacer nada. Pero conforme fueron transcurriendo los minutos, empezó a preguntarse si no se habría quedado dormido. El foco del cabecero estaba encendido y el edredón seguía a los pies de la cama.
Apartándose levemente de él, alzó el rostro y descubrió que tenía los ojos cerrados, con el ceño levemente fruncido.
Se incorporó a medias para besarle la herida de la cabeza, y fue entonces cuando vio las esposas de velcro que colgaban del cabecero. Una vez que las vio, no pudo evitar dejar de mirarlas.
—¿Armie?
—¿Umm?
—¿Te estás haciendo el dormido? —preguntó, ceñuda.
—Me estoy concentrando.
—¿En qué?
Vio que deslizaba una mano más abajo, justo sobre su nalga. Se la acarició con el pulgar, levemente, y en seguida volvió a subir la mano hasta la parte baja de su espalda. Con voz ronca, respondió:
—En no hacer nada más que esto.
Después de aquella vibrante y sensual caricia, Merissa tardó unos segundos en poder recuperar la voz.
—Er… —carraspeó—. ¿Podemos hablar sobre esas esposas de velcro que cuelgan del cabecero de tu cama?
Él abrió entonces los ojos. Oscuros, cautivadores.
—Podríamos hablar de que te quitaras la camiseta.
Aquella voz ronca y baja la tentó tanto como la misma sugerencia.
—Oh, Armie —susurró—. Si no estuvieras borracho, lo haría.
—Si no estuviera borracho, no te lo pediría.
Pensó que probablemente tenía razón. Suspiró.
Como para convencerla, Armie añadió:
—Soy mejor pollachín cuando estoy ebrio.
—¿Pollachín? —soltó una carcajada.
Frotó su erección contra ella.
—Como espadachín, pero con la polla.
—Sí —tuvo que esforzarse por dejar de sonreír—. He entendido la referencia.
La mano que tenía sobre su espalda empezó a jugar con su camiseta.
—¿Quieres que te lo demuestre?
—Quiero que me expliques lo de las esposas de velcro.
Su mirada se volvió densa de deseo, sensual.
—Las utilizo para atar a damas juguetonas con el objetivo de hacer con ellas lo que me plazca… lo cual les encanta.
—¿Es esa una de las cosas que las mujeres te piden? ¿Que las ates? —estar a merced de Armie era algo que no le importaría en absoluto. De hecho, se excitaba solo de pensarlo.
—Sí —la acercó para darle un beso—. Me lo suplican.
Merissa evitó su boca y, en lugar de besarlo allí, lo hizo sobre su frente, y luego en el puente de la nariz.
—La mujer que estuvo aquí esta noche… ¿es eso lo que le gusta?
—Le gusta que le caliente el trasero —Armie giró la cabeza y frotó la nariz contra su cuello—. Pero no debería contarte esto.
Al revés: ella lo encontraba fascinante.
—Así que… ¿la azotas?
—Sí —le mordisqueó un hombro, y en seguida se quedó inmóvil—. ¿Te gustaría a ti eso?
—¡No! —declaró, enfática.
Armie volvió a relajarse.
—Bien. Por nada del mundo te haría el menor daño. De ninguna de las maneras.
Conmovida por aquella confesión, Merissa le apretó la cabeza contra sus senos. La manera en que había dicho aquello, «de ninguna de las maneras», le había desatado un torbellino de pensamientos.
Él había empezado a acercar la nariz a sus pezones y ella le apartó la cabeza para poder mirarlo a la cara.
Armie le sostuvo la mirada. La suya, llena de deseo, estaba levemente desenfocada.
—Esperaba que tu dormitorio estuviera lleno de juguetes sexuales.
—Umm —murmuró él con una sonrisa—. Las chicas se traen los suyos.
Aquella respuesta la tomó por sorpresa.
—¿De veras?
Deslizando las yemas de los dedos todo a lo largo de su brazo, repuso:
—Bueno, supongo que prefieren encargarse ellas mismas de su limpieza.
Cuestión de higiene.
—¡Uf! Demasiada información.
Él se echó a reír y le dio un beso en la coronilla.
—¿Cómo puede ser demasiada información cuando me estás interrogando de esta forma?
—Yo no esperaba que…
—El sexo es un asunto engorroso —su voz se volvió profunda—. Las mujeres se mojan cuando se excitan, y los hombres se corren —le echó la melena hacia atrás—. Eso lo sabes.
Sabía de sexo normal y aburrido con hombres a los que no había amado. Sin juguetes sexuales, sin esposas de velcro y, por supuesto, sin azotes. Con Armie no necesitaba de aquellas cosas tan retorcidas, pero quería hacerlo feliz.
—¿Qué le dijiste a esa mujer…?
—Es muy maleducado por mi parte ir contando esas cosas…
Se arrebujó contra él.
—Pero es que siento mucha curiosidad…
—Dios… —gruñó.
Le encantaba la fina capa de vello que cubría sus duros pectorales y que se convertía en una fina línea conforme descendía, dividiendo su torso. Y le encantaba también que respetara a las mujeres lo suficiente como para no querer divulgar sus intimidades.
Le encantaba su cuerpo y su actitud, su fuerza y su preocupación… Le encantaba todo de él.
—No siento curiosidad por lo que haces con esa mujer en cuestión, sino en general.
Él la meció suavemente y le preguntó.
—¿Por qué no te duermes?
—¿Te gusta azotar a las mujeres?
Él gruñó de nuevo.
—Armie… —insistió.
Transcurrieron varios segundos. Merissa entrecerró los ojos.
—Si te quedas dormido, te juro que….
No se movía. Tenía los ojos cerrados. Merissa resopló. Efectivamente, se había quedado dormido. Podía ver cómo se alzaba y bajaba su espalda con cada profundo aliento. La vista de la magulladura atenuó su indignación.
Entonces se dio cuenta de que antes, cuando se volvió, se le había bajado un poco el calzoncillo. La cintura se había desplazado sus buenos diez centímetros hacia abajo, por cada lado, mostrando una banda de piel pálida justo encima de sus duras nalgas. Deslizó un dedo a lo largo de toda su espalda, hasta su trasero, y ni aun así se movió.
¿Recordaría algo de aquello a la mañana siguiente? Oh, sería algo malvado por su parte, pero casi deseaba que no. Porque sería divertido hacerle pasar un mal rato recordándole, poco a poco, dosis a dosis, todo aquello que habían hablado y la cantidad de veces que la había besado.
Mientras lo contemplaba dormido, no fueron pocos los sucios pensamientos que asaltaron su mente. Su mirada fue a posarse de nuevo en su trasero medio desnudo.
Bueno, ella dejaba su firma en todas partes, ¿no?
Sonriendo, se levantó de la cama para volver al cabo de un momento. La respiración de Armie se había convertido en un ronquido ligero, y no se despertó mientras duró el proceso de la firma.
Cuando terminó, volvió a meterse en la cama, se arrebujó contra él y se quedó dormida con una sonrisa de felicidad en los labios.
Armie se despertó lentamente, con la mirada desenfocada y la cabeza más todavía. Nada más moverse, le dolieron varias cosas. Nada nuevo, por lo demás. Entrenaba duro, combatía duro y a menudo se despertaba con los músculos doloridos o lesiones menores. Se desperezó.
Y de repente recordó.
Sentándose con un sobresalto, miró el otro lado de la cama y lo descubrió vacío. Salió del dormitorio en un santiamén, buscando hasta que encontró la cafetera en la cocina y la nota doblada apoyada sobre la misma que decía: Rissy estuvo aquí. Maldijo para sus adentros.
Volviéndose hacia la pila, se refrescó la cara y se esforzó por despabilarse. Recordaba su llegada, recordaba que ella misma lo había guiado al dormitorio…
Recordaba haberla visto quitándose los tejanos.
Bajó la mirada y soltó un suspiro de alivio al ver que todavía llevaba los boxers. Eso resultaba muy elocuente, porque no tenía ninguna duda de que se los habría quitado si ambos hubieran estado… ocupados.
Evidentemente, no lo habían estado.
Apoyándose en la pila, se estrujó el cerebro hasta que finalmente recordó su estúpido plan. Había pretendido hacerse el dormido tanto para disuadirla de su interrogatorio sexual como para obligarse a sí mismo a mantener las manos quietas.
Por desgracia, debía de haberse quedado dormido. Algo vergonzoso, sí, pero también le había salvado la vida.
¿Había pasado toda la noche abrazado a ella? Regresó al dormitorio y se detuvo al pie de la cama.
Había estado allí con Merissa. Recordaba haberla tocado, besado, tentado… en una especie de duermevela. Recordaba aquellas largas y tentadoras piernas enredadas con las suyas. La textura de su oscura y espesa melena entre los dedos. Sus pezones empujando contra la tela de su camiseta. Su calor, su curiosidad, su deseo…
«Nadie se mete en mi cama así por las buenas, solo porque me desea», recordaba haberle dicho.
«Yo sí», fue su respuesta.
Cuando sonó su móvil, dio un respingo y corrió a contestar. Vio que era Cannon y se preparó para lo peor.
—¿Sí?
—¿Cómo te sientes?
Armie se apartó el teléfono de la oreja, lo miró extrañado y volvió a pegárselo al oído.
—Bien. ¿Por qué?
Cannon se echó a reír.
—Bueno, ayer estuviste en medio de un atraco. Te pegaron en la cabeza y en la espalda.
«Y dormí con tu hermana», añadió para sus adentros.
—Estoy bien —fingió un bostezo—. Acabo de despertarme.
—Ya. Rissy me puso un mensaje hace media hora. Después de todo lo ocurrido, quería hablar directamente con ella. Me pareció que estaba bien, muy como es ella. Me dijo que se iba a su casa a ducharse y a cambiarse de ropa antes de salir para el trabajo, que tú todavía estabas roncando.
Armie se quedó de piedra. Sus aventuras sexuales con mujeres eran numerosas y variadas, pero jamás habían incluido una conversación con el hermano de una.
—Hoy tenemos un huésped especial, ¿crees que podrás darte prisa a venir? —le preguntó Cannon, con humor.
—¿Un huésped especial?
—Jude Jamison.
«Santo Dios», exclamó para sus adentros. Jude era uno de los peces gordos de la SBC. Había sido campeón de lucha antes de retirarse y convertirse en un actor famoso. Cuando le acusaron de homicidio, sobrevivió a un escabroso juicio durante el cual la mayoría del público lo consideró culpable aunque nada pudo demostrarse. Luego se enamoró y finalmente logró lavar su nombre.
—¿Por qué?
—Ya sabes por qué. La organización te tiene en su punto de mira.
Armie gruñó y se frotó sus cansados ojos.
—Esto apesta.
Cannon se echó a reír.
—La mayor parte de los luchadores habrían estado encantados de conseguir llamar la atención de Jamison.
Ya, bueno, pero él no era como la mayor parte de los luchadores. Se acercó a la cómoda, sacó unos calcetines limpios y un chándal y se dispuso a vestirse.
—Iba a tomarme un café y luego, de camino al gimnasio, pensaba reparar mi móvil.
—Harper lo hará por ti.
Harper, que había empezado como voluntaria hasta que se casó con Cage, trabajaba en aquel momento a jornada completa en el gimnasio e iba allí casi tan a menudo como Armie. Dado que la tienda de móviles estaba a media manzana de distancia, probablemente a ella no le importaría acercarse.
—Está bien. Salgo ahora mismo. ¿Te importa que le cambie el agua al canario y me lave los dientes primero?
—Claro. Y dedica unos minutos a llenar el estómago. Tengo la sensación de que Jamison querrá verte entrenar —dicho, eso Cannon dio por terminada la llamada.
—Menudo incordio… —masculló Armie mientras terminaba de ponerse los calcetines. Ya se ducharía en el gimnasio. Preparó su bolsa, se lavó los dientes y se despreocupó de peinarse o afeitarse. Llenó luego un termo de café y tiró el resto a la pila. Tendría que explicarle a Rissy que estaba intentando prescindir de la cafeína.
«No, espera», se dijo. No volvería a tener a Merissa en su casa, así que tampoco necesitaría explicarle ese tipo de cosas…
Por supuesto, el café era perfecto. Todo en ella era perfecto.
Le habría gustado que lo hubiera despertado antes de marcharse. En aquel momento, a pesar de lo que había dicho Cannon, era seguro que iba a pasarse todo el día preguntándose si había dormido o no, o si se sentiría nerviosa e inquieta en el trabajo.
La noche anterior, ella había querido estar con él.
Pero ese día, ¿cómo se sentiría? Masticó una barrita de proteínas de camino al gimnasio. Tan pronto como hubo aparcado, telefoneó a Merissa.
Ella respondió a la tercera llamada con un apresurado:
—¡Hey, Armie!
Sonaba sin aliento, con lo cual se lo quitó a él también.
—¿Te pillo en un mal momento?
—Perdona, es que acabo de salir de la ducha y me estoy vistiendo a toda prisa para poder llegar al banco a tiempo.
La frase vino a insertar una imagen muy nítida en la parte frontal de su cerebro.
—¿Armie?
Ahuyentó la imagen de Rissy envuelta en una pequeña toalla, con la piel todavía húmeda, el rostro acalorado…
—¿Cómo estás?
—Tú y Cannon… —se burló ella—. Estoy bien. ¿Y tú?
—Perfectamente —se interrumpió, pero no se pudo aguantar—. Debiste haberme despertado antes de marcharte.
—Lo siento. Estabas tan dormido… y de todas maneras yo no podía quedarme. Me pareció una lástima que tuviéramos que despertarnos los dos tan pronto —en aquel momento fue ella la que se interrumpió, para luego añadir—: Gracias por haberme invitado a volver esta noche a tu casa. Significa mucho para mí.
Armie se quedó de piedra. ¿Que él la había invitado a volver?
—Termino la jornada a las cinco, pero probablemente se me harán las cinco y media antes de que pueda salir. Luego tendré que ir a casa a cambiarme. O sea que hasta las seis o seis media no podré estar allí. ¿Te va bien? había pensado en cocinar algo para la cena.
—Er… —se esforzó por buscar alguna excusa, pero tenía la mente en blanco y no hizo otra cosa que rascarse la nuca—. Sí, me va bien.
—Genial. Te veré luego entonces —y cortó la llamada.
Armie se quedó sentado en su camioneta, confuso, preocupado y desesperado por verla de nuevo, todo ello a partes iguales.
—Imbécil —masculló para sí mismo y bajó del vehículo.
El gimnasio estaba repleto de gente. Un tipo tan famoso como Jude atraía multitudes. Colgándose la bolsa de deporte al hombro, entró. Lo cual no le resultó nada fácil, dada la cantidad de damas en trance de desmayarse que forcejeaban por conseguir un mejor puesto para verlo.
—Disculpe —dijo por lo menos una docena de veces hasta que finalmente consiguió llegar hasta donde estaba Harper, la mujer de Gage.
Ella le sonrió. De puntillas, se estaba esforzando también por verlo.
—¡No! ¿También tú?
—¡Es Jude Jamison!
—Ya. ¿Y qué?
Harper se volvió para fulminarlo con la mirada.
—¡Es una maldita estrella de cine!
—Era —dijo, porque sabía que Jude había dejado todo aquello atrás.
—El que es una vez estrella de cine lo es para toda la vida —Harper soltó un suspiro—. Míralo. Es fantástico.
—Los dos son fantásticos —comentó otra mujer.
Armie estiró el cuello para ver el ring y descubrió que Jude y Cannon estaban haciendo guantes. Sonrió.
—Dolor de ovarios, ¿eh?
Harper le propinó un codazo. La otra mujer suspiró.
—Pues sí.
Sacudiendo la cabeza, Armie se alejó de ellas hasta que llegó a una zona más despejada donde se encontraban otros luchadores. Gage le preguntó de inmediato:
—¿Harper sigue toda encandilada con Jude?
—Eso me temo.
—Ya me encargaré yo de que piense en otras cosas cuando salgamos de aquí —movió exageradamente las cejas como para asegurarse de que todo el mundo entendiese el significado de sus palabras.
Leese señaló el ring.
—Jude dijo que hacía tiempo que no combatía con nadie, pero no lo parece. Sigue manteniéndose muy ágil.
—Y esos directos suyos —añadió Gage antes de volverse de nuevo hacia Armie—. Fíjate en cómo golpea: directo y rápido. Me recuerda un poco a ti.
Con los brazos cruzados, Armie se quedó observando durante unos minutos y pudo ver que Cannon se estaba conteniendo. Una estrategia inteligente, en realidad. No había razón alguna para que Jamison resultara herido, o para que Cannon inflara su ego cuando era mucho más lo que podía ganar atrayéndose a alguien del calibre de Jamison.
De repente, para sorpresa de Armie, Jamison dio por terminado el combate y dijo:
—Gracias por habérmelo puesto fácil —y sonrió como si hubiera disfrutado a lo grande.
Armie entendía la sensación. Para un hombre al que le gustaba ejercitar su fuerza y poner a prueba su velocidad, no había nada mejor que las artes marciales mixtas.
Cannon se echó a reír.
—No has perdido, eso es seguro.
—Sigo en forma —dijo Jamison—. Pero una cosa es estar en forma y otra estar en forma para el combate. En este negocio, la velocidad es lo principal y lo que marca la diferencia entre un campeón y un rival mediocre —palmeó cariñosamente la espalda de Cannon—. Gracias por no haberme machacado.
—Cuando quieras.
Se detuvieron frente a Armie. Jamison, después de quitarse los guantes, le tendió la mano.
—Armie, gracias por haber llegado temprano.
Cannon resopló escéptico.
—Siempre está aquí. Créeme, esto ya es tarde para él.
Armie enrojeció. Si había llegado tarde era porque había estado durmiendo con Merissa. Y era el mejor descanso que había disfrutado en años, además.
—No hay problema. ¿Y bien? ¿Cuál es el plan? Cannon me dijo que querías verme.
—Tengo todo el día. ¿Te importa que asista como espectador a tu rutina de entrenamiento? Después de eso, nos sentaremos a hablar.
—Claro —respondió Armie—. Ponte cómodo.
Durante las tres horas siguientes intentó olvidarse de todo y de todos para concentrarse únicamente en su entrenamiento habitual. Normalmente, cuando lo hacía, su cerebro se volvía claro como el cristal. Esa vez, sin embargo, incluso cuando pasaba de lanzar duros puñetazos y fuertes patadas al saco a hacer guantes con otros luchadores, para luego ponerse a levantar pesas, sus pensamientos seguían centrados en Merissa. Era cierto que la noche anterior se había dormido muy borracho, pero no tanto como para no recordar la excitante imagen de Rissy quitándose aquellos ajustados tejanos…
Cuando se había inclinado para terminar de quitárselos, su larga melena se había volcado hacia delante para tocar casi el suelo. Su oscuro pelo le había inspirado toda clase de fantasías. Y aquellos preciosos ojos azules que tenía: eran del mismo color que los de su hermano, con largas y densas pestañas, pero en Merissa el efecto era endiabladamente sexy. Habían sido tantas las veces en las que se había imaginado cerrando los puños sobre aquel sedoso cabello, contemplando aquellos hipnóticos ojos azules y haciéndole el amor a tope hasta que terminaba viendo y sintiendo cómo alcanzaba el orgasmo…
Casi podía sentirlo en aquel momento, aquellas largas y esbeltas piernas alrededor de su cintura… casi podía escuchar sus jadeos, sentir su líquida humedad…
—¿Listo para hacer guantes?
Aspirando profundamente, se volvió hacia Leese y vio que llevaba el casco puesto y tenía preparado el protector mental.
Leese sonrió.
—Hemos estado jugando a piedra, papel y tijera, a ver a quién le tocaba, y he perdido yo.
Sin comprender, Armie sacudió la cabeza.
—No sé muy bien si es porque te está mirando Jude o porque estás enfadado por algo, pero hoy estás entrenando bien duro.
Armie frunció el ceño, miró a su alrededor y descubrió a un montón de gente observándolo. ¿Qué diablos…? Él no era una estrella de Hollywood como Jamison, de modo que bien podían continuar con sus asuntos…
A Leese le dijo:
—Vas a recibir de lo lindo.
—No has tenido un buen día, ¿eh? —gruñó Leese y siguió a Armie a la esquina donde este tenía su equipo—. Ahora en serio: me gusta hacer guantes contigo. Esta será una buena oportunidad para aprender.
Dado que aquella nueva actitud de Leese seguía representando un saludable cambio de rumbo, después de haber hecho tanto el imbécil, a Armie siempre le gustaba trabajar con él. Leese aprendía rápido, ponía todo su corazón en ello y estaba demostrando ser mucho mejor luchador de lo que cualquiera de los demás habría esperado. Armie no sabía aún si poseía todo lo necesario para convertirse en campeón, pero ciertamente se esforzaba mucho.
Tras ponerse el protector dental y abrocharse el casco, Armie dijo:
—Vamos.
Combatieron durante una hora. Armie alternaba los golpes y las patadas con las instrucciones. Todo resultó muy bien, pero luego Jude quiso verlo combatir con Cannon.
—¿Demasiado cansado, quizá? —le preguntó Jamison.
Fue Cannon quien habló por él:
—Armie tiene más energía que cualquier luchador que haya conocido nunca. Nunca se queda sin combustible, jamás.
Poniendo los ojos en blanco por tan efusivo elogio, Armie comentó:
—Si fueras una chica no me importaría el halago, pero viniendo de otro hombre resulta un poquito raro.
Cannon se echó a reír.
—¿Así que estás cansado?
—Estoy bien.
Jamison lo estudió.
—Por el blanco de tus ojos, no parece que hayas pasado buena noche.
Un nuevo rubor se añadió al del ejercicio físico.
—Estoy bien —insistió.
Jamison miró a Cannon, que se sonrió, y finalmente ambos se echaron a reír.
—¡Vamos! —Armie flexionó los músculos de los hombros—. Veamos quién se cansa antes.
Cannon subió al ring.
—¿Me estás desafiando?
—Chicos, chicos… —dijo Jamison, aunque Armie podía ver que le encantaba aquel juego—. No quiero que nadie acabe destrozado. Solo practicad un poco para que yo pueda ver los movimientos, ¿de acuerdo?
—Ya —dijo Cannon—. Yvette me prefiere físicamente disponible.
Todos rieron la broma.
Aparentemente Jude Jamison no sabía que Cannon y él eran como hermanos y que por nada del mundo se harían el menor daño. Por supuesto, entraba dentro de lo posible que Cannon le impartiera un día alguna clase más dura de lo habitual. Y si la SBC los ponía a combatir el uno contra el otro, ambos lo darían todo. Pero siempre en los términos más deportivos, sin el menor gramo de animosidad.
Armie y Cannon empezaron a pelear, y muy pronto todo el mundo se arremolinó en torno al ring para verlos. La mayoría de las damas se habían retirado finalmente. Ellas no se quedaban todo el día en el gimnasio, al contrario que muchos de los atletas.
Sus amigos, Gage y Justice, Brand y Miles, Leese, Denver y Stack, todos ellos les fueron planteando sus peticiones de golpes y llaves. Armie los satisfizo ensayándolos todos. Por supuesto, Cannon procedió a resistirse pero, con el objetivo de proporcionar a Jamison una adecuada demostración, no lo hizo a fondo. De haberlo hecho, el ensayo no habría resultado tan fácil.
Para cuando terminaron, eran más de las cuatro y el cuerpo de Armie estaba completamente bañado en sudor. Había estado haciendo unos breves descansos y engullido la comida que le había llevado Harper pero, por lo demás, no había parado en ningún momento.
Stack le ayudó a quitarse los guantes y el casco.
—Realmente tienes una velocidad de vértigo.
—Estoy de acuerdo —dijo Jamison mientras se reunía con ellos—. Y, honestamente, no pareces cansado.
—¿Qué te había dicho? —replicó Armie. A veces su sobreabundancia de energía representaba un problema. Como las veces en que se machacaba a sí mismo hasta el agotamiento para poder dormir. Habitualmente la mujer se cansaba primero, y luego él tardaba un montón de tiempo en despertarla y sacarla de su apartamento.
—Tanto él como mi esposa son como fuentes inagotables de energía —comentó Stack—. Aunque a ella le fastidia que la compare con él, dada su reputación, claro.
—A mí también me fastidiaría —intervino Justice—. Esto es, si yo fuera una dama tan dulce como Vanity.
—Lo que pasa es que le tienes envidia —lo acusó Denver y, volviéndose hacia Jude, añadió—: Armie acumula una enorme cantidad de conquistas.
—Por lo general —agregó Miles—, son las damas las que le persiguen a él.
—Eso he oído —Jamison le dio una cariñosa palmadita en el hombro—. Ve a ducharte y cambiarte. Luego hablaremos de negocios.
—Claro. Vuelvo en diez minutos —después de secarse el sudor del rostro, Armie se colgó la toalla al cuello y agarró su bolsa de deporte.
Charlando animadamente, Leese y Justice lo siguieron a las duchas. Cannon se había detenido a hablar con algunos luchadores novatos.
El agua tibia de la ducha le sentó bien y le ayudó a aclarar un tanto sus pensamientos. Se quitó el sudor y permaneció luego inmóvil durante unos minutos bajo el chorro.
Merissa volvería a aquella noche a su apartamento y, sinceramente, no sabía si sería capaz de mantener las manos quietas con ella. No bebería. Se mantendría perfectamente sobrio. Pero ni siquiera eso podría ayudarlo contra la irresistible fuerza de su atractivo.
La había deseado durante demasiado tiempo. Ahora que ella lo deseaba a él… Esa vez no sería lo suficientemente fuerte como para resistirse.
—¡Santo Dios!
Se volvió de nuevo y descubrió a Justice mirándolo boquiabierto.
—¿Qué pasa? —inquirió Armie, ceñudo.
Cannon entró en aquel momento, con el móvil pegado a la oreja, y de repente Leese se colocó detrás de Armie, demasiado cerca teniendo en cuenta que ambos estaban desnudos… Armie se dispuso a empujarlo cuando Justice se le plantó delante. Emparedado entre tanto músculo desnudo, Armie exclamó:
—¿Qué diablos…?
—Espera un segundo —le susurró Justice.
—Amigo, estamos a un pelo de cruzar espadas.
Justice prácticamente lo empujó dentro del cubículo de la ducha, mientras que Leese, con expresión un tanto aterrada, lo ayudó en la tarea.
Tambaleándose, Armie tuvo que sujetarse en el toallero.
—Si se trata de alguna broma pesada, ¡os voy a patear el trasero a los dos!
Ajeno a aquel altercado, Cannon se giró en redondo cerca de las taquillas para alejarse hacia el fondo de la sala.
Leese soltó un suspiro de alivio.
—Se trata de tu trasero, Armie.
—Ya sé a que a las damas les gusta, pero… ¿a ti, Leese?
Justice le dio un empujón.
—Míratelo, imbécil.
—¿Que me mire mi propio trasero?
Rezongando, Leese agarró el espejo de mano que usaba para afeitarse y lo sostuvo frente a la parte baja de su espalda.
—Mira.
Perplejo, Armie miró el espejo por encima del hombro… y los ojos casi se le salieron de las órbitas.
Escrito sobre un glúteo con lo que debía de haber sido un rotulador de tinta indeleble, podían leerse las siguientes palabras: Rissy estuvo aquí.
Maldijo en silencio. Al final Merissa iba a terminar llevándose unos buenos azotes…
Capítulo 5
Con el corazón trabajando a toda velocidad, Armie agarró una toalla y se la ató a la cintura antes de volverse airado hacia sus dos amigos.
—Ni una palabra. Ni una sola. Ni… una… maldita… palabra. A nadie.
Mudo, Justice trazó una cruz sobre su velludo pecho, justo sobre el lugar del corazón.
Con expresión desdeñosa, Leese replicó:
—No te habría ayudado a esconderlo si hubiera querido divulgarlo.
Inclinándose hacia él, Justice preguntó en voz baja:
—¿Quieres que le pida a Harper algo para borrarlo?
—No —Dios mío. Lo último que quería era que Harper se pusiera a hacer preguntas. Ya se encargaría de quitárselo en casa, solo. Y, en serio, debería darle un buen escarmiento a Rissy.
Inmediatamente evocó la conversación que habían tenido sobre los azotes y se pasó una mano en la cara. Nada más lejos de su intención que hacerle daño. Si ella volvía a quitarse la ropa en su presencia, se le ocurrían cosas mucho más interesantes que hacer con su trasero.
Pero, en serio, un buen azote tampoco le vendría nada mal…
Contrariado por aquel rumbo de pensamientos, dijo:
—Vigilad mientras me visto.
Ambos luchadores, con los brazos cruzados, obedecieron su orden. Pero Armie casi pudo sentir su censura mientras se ponía rápidamente los boxers y los tejanos y por último, para estar bien seguro de que no se le veía nada, una camiseta. Hasta se la encajó debajo del pantalón, para no mostrar la menor porción de piel desnuda.
Cuando terminó, se volvió hacia los muchachos. Seguían allí, sonriendo levemente con los ojos entrecerrados.
Volvió a fulminarlos con la mirada.
—Es una broma, ¿de acuerdo?
Leese lo miró ceñudo a su vez.
—Si tú lo dices…
—Menuda broma —añadió Justice.
Dios, detestaba explicarse ante nadie… Y, si Rissy no hubiera estado involucrada, no se habría molestado en intentarlo. Pero lo estaba, y Armie no podía soportar el pensamiento de que alguien pensara lo que aquellos dos estaban pensando en aquel momento.
—Ya sabéis que la atracaron. Me refiero a lo del banco.
Ambos asintieron.
—Bueno, pues yo estuve allí.
—Nos enteramos de todo —le informó Justice, y posó la mirada en la herida de su cabeza—. Por eso tienes ese moratón y ese gran golpe en la espalda.
—Sí. Bueno, después de haber pasado por aquello, Rissy no quería quedarse sola por la noche. Dado que Yvette acababa de anunciar que estaba esperando un hijo, supongo que no quería molestar presentándose de pronto en casa de su hermano. Así que se vino a mi casa. Yo estaba en ropa interior cuando llegó, y borracho como una cuba: el caso es que me quedé dormido delante de ella. Debió de ser entonces cuando escribió eso.
Al escuchar aquello ambos parecieron relajarse, e incluso Justice llegó a sonreír.
—Hombre, pues te la jugó bien.
—Así que, hasta hace un momento… —quiso saber Leese, todavía escéptico—, ¿no sabías que tenías eso escrito ahí?
—No tenía ni la menor idea. ¿Crees que iría publicitando por ahí algo como esto? —sobre todo con Cannon cerca. Diablos, Cannon y Rissy eran las dos personas más importantes del mundo para él. Nunca habría hecho nada que pudiera avergonzarlos o perjudicarlos.
Pero cuando le pusiera la mano encima a Rissy…
—Dama en el pasillo —avisó Harper de su llegada.
Armie se acercó al umbral.
—¿Pretendes espiarnos?
—Vaya, Armie. ¿Me anunciaría a mí misma si fuera ese mi propósito? —le entregó su teléfono junto con una factura—. Solo tuvieron que cambiarle la pantalla. Está como nuevo.
Armie le pagó el importe.
—Eres un cielo, Harper. Lo sabías, ¿verdad?
Ella se guardó los billetes en el bolsillo, le sopló un beso y se marchó de nuevo.
Cuando Armie volvió a entrar, Cannon se reunió con ellos.
—Buen espectáculo el de hoy, Armie. Has impresionado a Jude.
—No era mi intención impresionar a nadie —no había alterado en nada su rutina de entrenamiento, a excepción del combate especial que le había solicitado Jude.
Sonriendo, Cannon replicó:
—De todas formas, lo conseguiste.
Mientras Armie terminaba de vestirse, Justice y Leese se despidieron, dejándolos a los dos solos en las duchas.
—Llamó Rissy —informó Cannon—. Le pedí que lo siguiera haciendo para mantenerme informado.
—¿Cómo está?
—Bien, supongo. Pero es demasiado testaruda para decirme lo contrario —se pasó una mano por el pelo y descargó luego un puñetazo contra su taquilla—. No me lo puedo quitar de la cabeza.
—Te entiendo —el hecho de que alguien hubiera maltratado y amenazado a Rissy lo llenaba de ira—. ¿Sabes algo de la policía?
—Aún no —Cannon se volvió hacia Armie—. Tú estuviste allí. ¿Crees que es posible que fuera algo más que un robo?
Armie había estado dando vueltas a aquella posibilidad una y otra vez.
—Sinceramente, no lo sé. Quiero decir que uno de los tipos se dirigió directamente hacia Rissy. Yo acababa de verlo cerrar la puerta de su despacho cuando el otro sacó su arma. Pero no entiendo esa estrategia. Ya sé que es la directora, pero… ¿por qué separarla de los demás?
—Lo ignoro —Cannon se sentó en el banco y se quitó las zapatillas—. Tengo un mal presentimiento con todo esto.
Cannon tenía muchos contactos en la calle, pero la mayoría eran del barrio del gimnasio. Armie ignoraba si podrían suministrarle información sobre el atraco a un banco. Gracias al esfuerzo combinado de todo el mundo, en aquellos días se cometían muchos menos delitos. Pero, en los suburbios de la población, el elemento criminal continuaba activo.
—¿Has plantado ya alguna antena por ahí?
—Sí. Y sé que Leese y Logan están en ello. Pero no voy a descansar hasta que capture a esos canallas.
—Y hasta que eso suceda, ¿Rissy continuará informándote puntualmente de su estado?
Cannon se encogió de hombros.
—Se está mostrando bastante comprensiva al respecto.
—Sabe que la quieres.
Cannon permaneció callado durante un rato y luego dijo:
—Gracias por haberle echado un ojo anoche. Te lo agradezco de verdad.
Annie casi se atragantó.
—Descuida —le sorprendía que Cannon no hubiera hervido de ira ante la perspectiva de que su hermana se hubiera quedado a solas con un tipo como él. Aunque probablemente no se le habría pasado por la cabeza que Rissy se había quitado el pantalón, había insistido en pegarse a su cuerpo, le había estado haciendo preguntas sobre juguetes sexuales y había estampado su firma en su trasero desnudo.
—Eso podría limitar tu libertad de movimientos, pero si te lo pidiera de nuevo…
—Cuidaré de ella —le prometió Armie—. Haría cualquier cosa con tal de protegerla… —incluso aunque ello significara protegerla de sí mismo—. Lo sabes.
—Sí —Cannon se lo quedó mirando fijamente—. Lo sé —acto seguido, cambió de tema—. Me muero de ganas de oír lo que Jude tiene que decirte.
—Ya sabes que será algo relacionado con ese estúpido acto de promoción que quieren que haga —eso era algo que odiaba. No tanto la cámara: eso nunca le había importado. Pero aquellos espectáculos ridículos…
—Quizá —concedió Cannon—. La promoción es buena. Ya que finalmente conseguimos meterte en la SBC, queremos publicitarlo como lo que es: un gran acontecimiento —dado que sabía bien que no era eso lo que Armie quería, le dio una cariñosa palmadita en el hombro—. Ten un poco de fe, ¿quieres? Tienes a toda la organización detrás. Eso cuenta mucho.
—Si tú lo dices…
Regresaron juntos a la sala y allí se encontraron con Jude, que quería llevárselos a una cafetería cercana para hablar «lejos de todos los demás». Una expresión que a Armie le sonaba ominosa, pero qué diablos… Todavía tenía tiempo.
La cafetería le sorprendió. Era un pequeño negocio familiar, Armie ya había estado allí antes, pero que lo hubiera elegido un hombre del estatus de Jamison, una maldita estrella de cine, según Harper, resultaba un detalle de lo más humilde por su parte.
Adivinando el rumbo de los pensamientos de Armie, Jude comentó:
—No quiero que me reconozcan y tampoco quiero quitaros mucho tiempo. Supongo que este lugar os parecerá bien.
—Conozco a los dueños —dijo Cannon—. Son buena gente.
—Y sirven una sopa casera que está de miedo —añadió Armie—. Es solo que no me parecía tu estilo…
—Fui luchador antes de entrar en Hollywood. Y, creedme los dos, prefiero este mundo al otro.
Una vez que estuvieron sentados en el banco del fondo con sendas bebidas delante, refresco de cola para Jude, agua de limón para Cannon y Armie, Jude fue directamente al grano. Con las manos entrelazadas sobre la mesa, se inclinó hacia delante y se dirigió a Armie.
—Ya sabrás que una vez me acusaron de asesinato.
Guau. Definitivamente no era eso lo que había estado esperando. Inquieto, Armie adivinó en seguida a dónde quería parar.
—Todo el mundo lo sabe. Y también que quedaste limpio.
—Ya, pero para mucha gente eso fue lo de menos —bajó la mirada a sus manos—. Todo el mundo pensó que lo había hecho yo. Y que, de alguna manera, había conseguido comprar mi libertad.
Con tono convencido, Cannon comentó:
—Pues se equivocaron.
Aquello arrancó una sonrisa a Jude.
—Sí, se equivocaron. Pero tú acabas de reforzar lo que quiero decir. Cuando toda la gente de Hollywood y la mayoría de la opinión pública continuaron acusándome, la SBC me respaldó. Ellos eran mi familia, mis amigos, y estuvieron allí, a mi lado. Porque me conocían y creían en mí.
Armie se echó hacia atrás en su silla.
—Y también estarán allí para ti —concluyó Jude.
Vaya, diablos. De alguna manera, Jude Jamison parecía haber descubierto sus más profundos y oscuros secretos.
—Lo sabes, ¿verdad?
Jamison asintió.
—Simon y Caos me dijeron que eras muy duro de pelar, y que, aunque habías firmado por la SBC, al parecer seguías resistiéndote. A lo largo de mi carrera he tratado con un montón de casos difíciles, tipos con historiales de delincuencia que se habían esforzado por cambiar de vida y limpiar su nombre.
—No es ese el caso de Armie.
Una vez más, como siempre, Cannon había saltado para defenderlo. Armie se volvió hacia él.
—Supongo que él conoce parte de la historia, porque, si no, no estaríamos aquí.
Jude se encogió de hombros.
—Siento curiosidad. Después de lo que Simon y Caos me dijeron, que tú poseías todas las capacidades necesarias para convertirte en campeón pero ningún deseo de hacerlo… Bueno, eso no me sonaba plausible.
Armie resopló por lo bajo.
—Créeme, me esforzaré todo lo que pueda por ganar ese combate —no sabía cómo se podía luchar de otra manera—. Si lo que te preocupa es eso…
—No es eso. El caso es que… quiero que tú también lo quieras.
¿Entusiasmo? ¿Era eso lo que Jude necesitaba ver en él?
—He visto varios combates tuyos —reconoció Jude—. Son pocos los luchadores con tu talento. Así que rastreé tus antecedentes. Me fue fácil descubrir los motivos de tu retraimiento.
—¿Retraimiento? —Dios, había firmado. ¿Qué más quería la SBC de él?
—No estás entregado lo suficiente —insistió Jude—. Aún no. Pero ya llegaremos a ello.
Hablar de esas cosas siempre lo ponía nervioso, presa de una furia contenida. El impulso de salir corriendo era demasiado fuerte. Pero, maldita sea, había desperdiciado ya tantas oportunidades…
—La SBC tiene recursos —lo miró fijamente Jude—. Y yo también.
Oh, diablos, no. Armie no quería que Jamison utilizase sus propios fondos para defenderlo.
Pero Jamison alzó una mano antes de que él pudiera protestar.
—Las falsas acusaciones son algo que me incumbe personalmente. Por experiencia.
—Y las que sufrió Armie lo fueron, y mucho —intervino Cannon.
Jamison sonrió levemente.
—Yo saqué esa misma conclusión por mí mismo una vez que averigüé los detalles. Incluido el de que tú mismo, Cannon, ayudaste a disuadir a los acusadores.
—Temporalmente —precisó Cannon—. Dijeron que volverían a sacarlo a la luz si Armie no desaparecía del mapa.
—Pues que lo intenten. Esos tipos piensan que el dinero y las amenazas les da derecho a difundir mentiras. Me encantaría demostrarles lo muy equivocados que están.
—Maldita sea… —Armie había pensado que aquel episodio de su vida había quedado completamente enterrado… y que lo seguiría estando siempre y cuando él permaneciera alejado de los focos—. Debes de tener muy buenos contactos para saber tanto sobre ello.
—El dinero puede comprar muchas cosas —declaró Jamison—. Entonces, ¿qué dices? ¿Te meterás en esto a fondo?
No le gustaba nada la idea de revivir aquel particular infierno.
—Yo siempre estaré a tu lado. Durante todo el proceso —le aseguró Cannon.
—Grandes palabras —aprobó Jamison—. Fue una mujer la que me enseñó eso. Hasta que no apareció ella, yo estaba contento simplemente con ignorar a los medios sensacionalistas y a los mentirosos divulgadores de basura. Y nunca me he arrepentido de la decisión de luchar y atacarlos a su vez, sobre todo porque ahora mismo esa mujer es mi esposa.
Armie sintió que las garras de la incertidumbre se aflojaban un tanto.
—¿Ella nunca se creyó esas mentiras?
—Ni por un segundo.
Los dedos de Cannon se cerraron sobre su antebrazo.
—Tú eres mejor que ellos. Yo siempre lo he sabido. Pero ahora tú necesitas saberlo también.
—Para después poder anunciarlo a los cuatro vientos.
Armie había llegado a esperar y aceptar el incondicional apoyo de Cannon. ¿Pero el de Jude Jamison? Aquello lo dejaba perplejo.
—Hay acusaciones muy difíciles de desmentir.
—Como la de que te llamen asesino —estuvo de acuerdo Jamison—. Pero ha llegado la hora de hacerlo de una vez por todas —le tendió la mano—. ¿Trato hecho?
Armie vaciló, pero maldijo para sus adentros: sabía que Cannon tenía razón. Ya se había cansado de que aquella particular sombra colgara en todo momento sobre él.
—De acuerdo, Jamison —le estrechó la mano—. Gracias.
—Llámame Jude. Vas a tener que verme bastante, así que será mejor que empecemos a tratarnos como amigos.
No pudo evitar preguntarse hasta qué punto planeaba Jude involucrarse con aquello.
—Ya sabéis que he invertido mucho en el mundo del deporte. Pues bien, Armie, ahora voy a invertir en ti. Y, tal como puede testificar mucha gente, los negocios se me dan muy bien.
Dedicaron la siguiente media hora a hablar sobre su oponente, Carter Fletcher. Según Jude, Carter era un luchador muy eficaz. Se estaba haciendo un nombre rápidamente y era mucha la gente que aseguraba entre bastidores que muy pronto se haría con el cinturón de campeón.
Armie nunca había estado interesado en conseguir un cinturón. Durante mucho tiempo únicamente había estado concentrado en trabajar duro en el gimnasio y en ganar cada combate menor de la zona. Ya le había costado demasiado asumir la idea de lanzarse a la SBC como para ponerse a pensar en ganar un título nacional.
Jude, sin embargo, tenía otros planes. Esperaba que Armie ganara, y ganara a lo grande. Acababa de diseñar para él una ruta destinada a conducirlo directamente hasta la cima.
Por primera vez, Armie decidió que quería eso. Y había algo más que quería también. Algo que lo había devorado por dentro durante demasiado tiempo, algo que se había negado a sí mismo porque no había creído merecerlo.
Merissa. Desnuda, en su cama.
Merissa… quizá para siempre.
Si podía realmente tener una segunda oportunidad, si podía ganar el cinturón, quizá entonces también podría tener a Merissa.
Aunque el viejo terror persistía, por una vez estaba dispuesto a ignorarlo y a ir en pos de sus deseos.
Pero no sería justo hacerlo sin contárselo todo a ella antes. Y, si se quedaban solos en su apartamento, estaba seguro de que no se pondrían a hablar. Y, si lo hacían, no estaba seguro de que quisiera hacerlo durante toda la noche.
Cada cosa a su tiempo, decidió. Aunque la espera tuviera que matarlo.
Con esa decisión ya tomada, condujo hacia la casa de Merissa con la intención de postergar aquella conversación hasta el día siguiente. A la hora de la comida, quizá. Sí, podrían mantener una conversación mientras comían. En un restaurante bien repleto de gente.
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