Читать книгу: «Mientras todo transcurre»
Primera edición: julio de 2021
© Copyright de la obra: Lola Martínez Lorenzo
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-123754-4-2
Código ISBN digital: 978-84-123754-5-9
Depósito legal: B-8425-2021
Corrección literaria: Teresa Ponce
Maquetación: Celia Valero
Imagen de portada: Lola Martínez Lorenzo
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
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A la vida, que no siempre es justa
Índice
PRIMERA PARTE
I. Klaus y la angustia
II. Los sueños reincidentes
III. La misión de Ángela
IV. Desafío a la memoria
V. La cotidianidad y los sueños
VI. Revelación
VII. Desalojo inminente
VIII. Y también la vida
IX. La suerte está echada
X. Sobre la tumba
XI. El compromiso de José
XII. La madame de Badajoz
XIII. Se casan
XIV. Parte Juan Corví
XV. Confusión y desorden
XVI. Aparece Crisanda María
XVII. La debilidad vence
XVIII. El éxodo de José
XIX. Las confesiones
SEGUNDA PARTE
XX. Aparece Águeda
XXI. Nuevo destino
XXII. La memoria de Silvana
XXIII. Víctor y Águeda se encuentran
XXIV. La realidad no se detiene
Prólogo
No eran los personajes más relevantes, como tales, de esta historia, pero sí imprescindibles. Su misión, determinante para sacar a las almas de su deambular penoso. Concluida, se fundió como la niebla dando paso a un amor primitivo, de esos a primera vista. El destino había unido a Águeda y Víctor después de vivir por separado una extraordinaria experiencia, en unos momentos cuando la vida brotaba con ilusiones de juventud. Lo que en un principio no empañó el arrebato de su pasión, apareció pronto minando el temple del inmaduro Víctor. Ahora, transcurrido el tiempo de semblanzas, tenían la ocasión de reconducir sus vidas.
Primera parte
I
Klaus y la angustia
Tras la ventana, frente al descuidado jardín que le separaba del mundo, Klaus permanecía impasible presa de su obsesiva inquietud.
Instalado en su vaga esperanza, aceptaba con poca sumisión la inexistente posibilidad de huir de aquella población alemana, en plena guerra que le era ajena. Un enérgico gemido desde el dormitorio lo sacó del enajenamiento, volvió a escudriñar las manidas hojas del calendario del año 1941, casi un año sin renovar, donde ya no cabían anotaciones inútiles, antes de entrar con desgana en la habitación donde Anna permanecía en la cama como siempre; como desde hacía un año por estas fechas, a raíz del trágico suceso cuyas graves secuelas la retenían encamada y presa de una depresión permanente. Anna ya no podía cobijarse en aquella quimera. Frustrado el embarazo, enferma y hundida anímicamente, su intención de atarle para siempre había fracasado. Ya no existía el compromiso que pudiera retenerle a pesar de las crudas circunstancias que latían afuera y que parecía ignorar al resguardo de aquella casa a la que solo llegaban los ruidos de los bombardeos y de las sirenas. Por retenerle, Anna se había hecho el firme propósito de no levantarse jamás, pero la infección derivó en complicaciones graves y sus maquinaciones cobraron una fuerza real. Klaus vagaba por aquella casa como un muerto, convencido de que Anna era capaz de todo por conseguir sus fines. No podría liberarse de toda la angustia que arrastraba desde que supo que la documentación, que ella misma le había conseguido y que le permitiría moverse sin ser detenido por su condición de judío, la guardaba Ángela, la única hermana de Anna, en su casa.
Klaus, plantado como un pasmarote frente a los turbios cristales, cobijado de los peligros, hacía y deshacía planes absurdos que caducaban como el día, sin más horizonte que la pared del jardín.
La resistencia era la venganza de Anna. Solo le quedaba ese placer, verle preso a su merced. Retenerle sería ya el único objetivo de su vida. Desde esa cama como una tumba, cada vez más apelmazada; perseverando en la perenne obstinación y el aguante más acérrimo, controlaba sus movimientos.
Sobre la mesa del regio despacho, una carta iniciada; una misiva para cuando estuviera muerta. La impaciencia empujaba a Klaus a llevarla a término como si de ello dependiera el plazo vital, pero ella permanecía viva a pesar de las complicaciones. Cada mañana un ronquido asemejado a una protesta anunciaba otra jornada de hastío. Los lamentos y amenazas de Anna, otro día, volvían a hacer trizas la esperanza de cambio. Su obstinada persistencia tenía más fuerza que todo el cansancio y tedio que él arrastraba.
Después de haber puesto en orden las cuentas de la familia, Klaus usaba el despacho a hurtadillas gracias a que la cerradura estaba rota; era una forma de conservar un ápice de su maltrecha dignidad. El mobiliario decía mucho de la clase perfeccionista y fría del hombre que lo había usado en otro tiempo. Detalles como la esvástica dentro de un círculo blanco sobre fondo rojo, y un principio nazi, enmarcado sobre la mesa. En el otro extremo dos fotografías del Führer. En una de ellas, en la que aparecía con el brazo extendido al frente, una frase manuscrita: «Vino a salvar al pueblo del mal»; en la otra se le veía en la tribuna en pleno discurso en olor de multitudes. Otras en las que el general aparecía marcial y en actitud grave o en compañía de otros militares de su rango ocupaban uno de los estantes de la librería, donde los libros más pequeños permitían su ubicación. En ese espacio al que solo él tenía derecho, ni una foto de temática familiar; como si el mundo del general se redujera a su pasión por Hitler y dedicación absoluta al régimen. Un espacio que siempre fue prohibido a su esposa y sus hijas, y que a su muerte Ángela se encargó de preservar.
Sobre la cama, cubierta tan solo por aquel camisón, arrugado y pardo, húmedo por el sudor, Anna ofrecía un aspecto de abandono y desgana. Klaus no quiso acercarse —ni siquiera hizo un esfuerzo como gesto de compasión— más allá del marco de la puerta. ¿Cómo podría yacer con aquel desecho de mujer? Esa sensación de asco pudo más que cualquier propósito que Klaus hubiera podido hacerse y que ya no era capaz de mantener. Ella, sin claudicar en su empeño de someterle, reclamaba a cada momento su presencia pidiéndole que se tumbara a su lado. Imperativamente al principio; sucumbiendo tras desfallecer ante su propia indefensión, lo pedía con más ponderación después. Él esquivaba siempre que podía su caprichoso requerimiento, seguro de que, si cedía a su exigencia, después vendrían sus asquerosas caricias que ya no toleraba, como tampoco su fétido aliento insufrible.
Toda la aspiración de Anna era obtener de Klaus cariño y atenciones; aunque le sentía cada día más distante, no valoraba la alternativa de echarle. Aquel hombre inconveniente con el que se tropezó por casualidad y al que no se resignaba a perder significó materializar la ilusión de tener un hombre en su vida. No sabía si aún seguía amándole, si alguna vez lo había amado, pero eso ya no era relevante.
Klaus se sentía preso del cerco insoportable que conformaban aquellas paredes habitadas únicamente por la desidia de unas vidas condenadas a la amargura de una resistencia vacía. Que ella hubiera ocultado su origen judío y le protegiera no podía darle un derecho vitalicio sobre su persona, pensaba desesperado. Pero así era y seguiría siendo mientras tuviera fuerzas para arañar a la vida ganando días a la muerte. Los únicos y mezquinos intereses de Anna se limitaban a conseguir su sometimiento bajo el control férreo de Ángela, su hermana.
La vida de Klaus antes de que su mundo se redujera a aquellas paredes la presidía el olvido. Ni siquiera guardaba en sus recuerdos una voz ni una sonrisa, ni un olor, ni un mal sentimiento. Nada era su pasado, borrado desde el día del accidente en la librería. Nada seguía siendo su vida instalado en un presente que soportaba como una condena en el más absoluto hastío. Aun así, debía agradecer a las dos hermanas el cobijo que le aislaba del peligro, de cuya magnitud ni siquiera era consciente. Antes de los incidentes Klaus, un hombre tranquilo sin mucha ambición, llevaba las cuentas de dos negocios de alimentación que funcionaban muy bien, hasta que una mañana se sorprendió con una pintada en uno de los establecimientos en la que ponía «no compren aquí, son judíos». Ya se habían dado altercados, pero le puso en guardia que despidieran a su hermano, maestro en una escuela pública donde era muy apreciado. Después vinieron las detenciones de amigos. No había esperado a que llegaran a su casa cuando entraron los soldados en su edificio pidiendo la documentación a los vecinos. No tenía que velar por nadie, nada le ataba. Un impulso le animó. Salió por la ventana y empezó a correr.
Mientras intentaba librarse del sentimiento de culpa que a veces atenazaba su conciencia, Klaus permanecía erguido ante la ventana que le separaba y protegía del ceniciento y agitado mundo que discurría tras el muro del arruinado jardín. Un resplandor que rompió la oscuridad le alertó. ¿Qué era esa figura tan próxima? ¿Se estaría volviendo loco entre aquellas paredes? Aquella sombra recortada por la luz de la luna, poblando el jardín despoblado, caminaba impenitente en círculo; se detuvo y enfiló en línea recta hacia la ventana. El aterrador rostro, rozando el cristal al otro lado, tenía ese toque frío, esa mirada inquisidora y escalofriante que solo la muerte es capaz de otorgar. Klaus dio un paso atrás y se abrazó a sí mismo tratando de atajar al corazón y los deseos irrefrenables de gritar. La sombra desapareció entre las brumas; el jardín volvía a convertirse en un espacio de tinieblas donde se detenía la vida.
—Klaus, ¿no duermes? ¡Ven! —gritó Anna desde su cama, que era su presidio, como aquella sala de rincones oscuros lo era para él—. ¡Klaus, contesta! Sé que estás despierto. ¿Por qué no duermes? —Klaus se había tapado los oídos como gesto de liberación inútil ante las reiteradas llamadas de Anna.
Todo volvía a ser lo mismo. Aquella aparición escalofriante no consiguió alterar la monotonía. Todo seguía detenido, amarrado a un destino descarnadamente cierto.
—¡Porque te sueño! —respondió con sorna y asco, ante la expiación a que era sometido.
Se arrepintió de inmediato; el hastío de Anna debía ser tanto o más que el suyo propio, reconoció. Un sentimiento de indulgencia le despertó una sensación de culpabilidad. Recapacitó y consideró que un poco de caridad por su parte no estaría de más. Empezaba a vencerle aquella maldita situación insoportable. «¡¿Por qué no se muere?!», pensó casi en voz alta.
Confuso por la presencia al otro lado de la ventana, Klaus sucumbió a la llamada de Anna y no solo por caridad. Volvió a sentir algo que nada tenía que ver con la compasión. Ni él mismo entendía aquellos brotes de ternura inexplicables que creía soterrados. Cuando la conveniencia era más fuerte que la inapetencia, surgían como un sentimiento marchito que hacía soportable el momento. La cordura todavía le permitía aquellos gestos; la percepción de gratitud era su autodefensa, le ayudaba a sobrellevar las insufribles situaciones.
—Ya no hace falta, me he orinado en el suelo, ¡maldito! —dijo Anna con ira, para acabar sucumbiendo en un llanto apático—. Mi hermana tiene razón, ¿para qué te necesito?
Esto último lo dijo con un tono de claudicación, como vencida, despertando en Klaus un sentimiento de lástima que le hacía odiarse aún más. Pero inmediatamente recomponía su actitud soberbia que no le permitía bajar la guardia y continuaba insultándole furiosa.
—No te preocupes, Anna. Lo limpiaré, lo limpiaré ahora mismo —dijo intentando buscar su mirada para mostrarle una ternura sincera tan surrealista como el patético momento.
—Tengo frío. No puedo dormir. Me siento muy sola, ¿por qué no me acompañas?
Su tono imperativo había desaparecido. Mostraba una vulnerabilidad inusual; aunque siempre imperó la dura e impertérrita naturaleza cerril, ahora flaqueaba. Imploraba compasión, gesto impropio en ella. Había aprendido desde niña a controlar sus sentimientos, sus debilidades. Desde la más tierna infancia tuvo un buen preceptor, su padre; después, su hermana Ángela, tres años mayor, avezada en la misma doctrina, más fría e implacable. Impermeable a sentimientos inapropiados, nunca se dejó llevar por la compasión ni anidó en ella la ternura ni otro tipo de afecto que no fuese el estrictamente conveniente.
—Espera un poco, en unos minutos vuelvo —contestó Klaus con evidente poco interés por complacerla, con la esperanza de encontrarla después dormida.
Desapareció el llanto de forma tajante y su rostro contrariado se tornó severo y frío. Anna no podía permitirse claudicar ante las pasiones; no podía caer y abandonarse a sus propias miserias. Sus gestos, cada vez más duros, iban cobrando fuerza conforme su cólera aumentaba, dejando atrás unos momentos de debilidad en los que no se podía permitir caer. No existía tal proceder en el dogma de conducta que su padre les inculcó como la más ortodoxa de las actitudes ante la vida. Un militar de carrera ascendente desde el nombramiento del nuevo canciller; consecuente con su cargo en aquella Alemania que hervía, secundando y apoyando la incipiente monstruosidad que empezaba a perfilarse, hasta que la muerte repentina le sorprendió.
La ternura, la dulzura de su madre, nunca les llegó. No tuvo ocasión para hacerse un hueco entre los firmes fundamentos inquisitorios; no cabían los sentimentalismos en esa casa donde todo fue metódico, donde imperaba rigurosamente la marcialidad y la disciplina. La madre, una mujer sana cuya alegría natural se fue apagando, murió joven dejando el campo libre. Aquellas niñas crecieron sin el más mínimo accidente que enturbiara el propósito del severo y soberbio general, su padre. Se educaron bajo férreos y estrictos métodos donde no cabía la tolerancia ni condescendencia alguna fuera de las más rectas y precisas reglas de conducta intachable, tan necesaria —como a menudo repetía el general— para conducirse por la vida con derecho a respeto. El más mínimo gesto de feminidad, él lo convertía en frivolidad y escándalo.
—Estás impaciente por verme muerta, ¿verdad? Pero antes claudicarás tú —le dijo Anna inclinada sobre el lateral de la cama, vomitándole una retahíla de frases hirientes mientras, como un perro a cuatro patas, Klaus limpiaba los orines que su falta de oportuno auxilio precipitó.
Klaus, sumiso, habiéndosele despertado cierto sentimiento de culpa, miró tímidamente hacia arriba con recelo temiendo encontrar su colérica mirada que no podría sostener. Solo acertó a murmurar con recato:
—Lo siento, Anna, sabes que…
Sin dejarle terminar la frase, la extenuada mujer gruñó con apatía y se dejó caer en el centro del lecho húmedo, agotada, que no vencida, emitiendo un resoplido. Klaus, que hubiese deseado que le tragase la tierra antes que tener que soportar de nuevo los reproches de su mirada, salió en silencio buscando la liberación de la sala, su cárcel.
A la mañana siguiente Klaus acudió servil con el frugal desayuno. Otra vez obtuvo su perdón. Otra vez la extraña indulgencia casual de Anna le favorecía. De nuevo sería condescendiente y ocultaría a su hermana sus faltas. Aún alimentaba su ilusión y temía que Ángela le echara aprovechando la más mínima queja.
¿Para qué sustentar aquella presencia fútil que solo reportaba gastos?, argumentaba Ángela deseando deshacerse de aquel parásito. En vano todos los intentos de disuadir a su hermana de su acérrimo empeño de protección. Anna se aferraba a la única ilusión y le defendía ante ella; aún albergaba esperanzas.
Cada día, a las cinco y diez en punto de la tarde, Ángela acudía con su infalible puntualidad. El objetivo de su regular visita, además de recoger la ropa sucia de Anna, de la que ella se ocupaba, era comprobar si todo iba bien; si él seguía atento y pendiente a los requerimientos de su hermana, que se pudría en aquella cama sin ánimo alguno para salir de la rutina insoportable a la que se había aferrado como único asidero, soportando la vida. No era su salud la preocupación primordial de Ángela; se trataba de estar a la altura de un proceder correcto lo que la movía, pensaba Klaus, convencido de que solo atendía escrupulosamente una misión de espionaje: corroborar que un día más él estaba pendiente, como un guardián, estoicamente atento a sus necesidades y caprichos. Ángela, depositaria de su documentación falsa, solo se la devolvería el día que su hermana lo autorizara y ella misma lo estimase conveniente ―o sea, nunca, pensaba Klaus, desesperado―. Tras los exactos quince minutos de rigor, Ángela salía de nuevo por la puerta del dormitorio taconeando los once exactos pasos de siempre, ni uno más ni uno menos, hasta la sala donde él permanecía atento a la improbable novedad. Como todos los días, hacía una leve pausa a modo de despedida con la misma frialdad, con el mismo escueto saludo de todas las tardes, y se marchaba sin esperar respuesta ni comentario alguno por parte de Klaus. Como cada día, hasta el siguiente, que volvería de nuevo con su agria presencia y su aspecto rígido y arisco; su pétrea mirada despectiva; su actitud de insoportable altivez y desprecio que no se molestaba en disimular; sin la más mínima conmiseración ante la desesperada situación de Klaus.
Ángela tenía una bonita figura que sabía lucir a pesar de la sobriedad en el atuendo. Su rostro anguloso, donde prevalecía la marcada barbilla, no dejaba protagonismo a sus duros ojos hostiles, al contrario que en su hermana. Aunque no destacaban demasiado, los ojos de Anna eran despiertos y vivaces; en ocasiones irradiaban cierta calidez, que, como un gesto equívoco, controlaba haciéndola desaparecer como si se tratara de un desliz al que no debía sucumbir.
Al principio, las visitas o inspecciones de cada tarde fueron un entretenimiento esperado para Klaus; se rompía la monotonía de todas las horas de encierro. Pronto aquel extraordinario movimiento engrosó la lista de los movimientos habituales que sin el menor estímulo ni esperanza motivaran sus días; un momento rutinario dentro del soporífero tedio interminable de cada jornada.
Ángela colocó bolas desinfectantes por los rincones del dormitorio. Cuando lo hizo en la sala donde Klaus dormía, comía, soñaba, lloraba —últimamente, mucho—, él permaneció sentado, impasible, con la cara entre las manos saboreando la novedad del movimiento. Ella le miraba cada vez que colocaba una, con actitud recriminatoria, tal vez reprochándole la falta de higiene que imperaba en la casa. Al marcharse, esta vez no fueron los once ininterrumpidos pasos que, como siempre, él esperaba adormecido por la musicalidad del usual compás. Esa tarde Ángela volvió sobre sus pasos y dijo algo a su hermana que él escuchó, pero no logró entender. No tuvo lugar la escueta despedida, tal vez para recuperar aquellos instantes, pensó Klaus con desconsuelo ante el desdén. No despertaba ni un atisbo de consideración en ella. Aunque falsa, la mínima atención era necesaria para no sumirle en la más absoluta humillación. Ángela siempre le odió. Tan solo le soportaba por respeto a la memoria de su padre, al que había prometido que no permitiría que su hermana pequeña, la más débil, se hundiera nunca en las tentaciones y miserias del desorden.
Klaus se había convertido en un parásito, así le consideraba Ángela desde hacía tiempo. Al principio, cuando se hubo instalado en la casa, las ayudó con los documentos que su padre había dejado sin resolver debido a su muerte inesperada. Klaus, que no recordaba nada de su vida anterior, demostró ser un buen gestor. Tal vez fuese contable, se le daban bien las cuentas y las gestiones administrativas; se desenvolvía perfectamente entre aquellos papeles que para las hermanas eran como un puzle. Solucionó en la sombra todos los asuntos de arrendamientos y otras gestiones pendientes dejándoles todo claro y resuelto. Ángela no consiguió convencer a su hermana para echarle. El exterior se recrudecía para los judíos y ocultarle era la forma de agradecerle su trabajo, argumentaba Anna conformándola con plazos que encubrían sus razones.
El sonido estridente del portazo de Ángela, al que Klaus nunca se acostumbraría, volvió a recordarle su condición de reo, reafirmándole en su tortuosa y doliente existencia. Sin otro entretenimiento, Klaus volvió a caer en el vicio de imaginar lo que sucedía tras la ventana. Más allá del abandonado y sombrío jardín, amenazaba con desmoronarse un edificio ruinoso perjudicado por los bombardeos, del que solo podía vislumbrarse la parte más dañada, cuyos escombros casi rozaban la balaustrada. A escasos dos pasos de esta, mostraba un abandono sin disculpa el pequeño promontorio de tierra torpemente aglutinada, bajo el que, a pocos centímetros del suelo, cubiertos de hojas y soledad, reposaban los restos del malogrado feto. Tan solo un difuso círculo de piedras colocadas arbitrariamente, con el propósito de perfeccionarlo después y que siempre fue aplazando, diferenciaba torpemente el lugar exacto donde enterró, la noche aciaga en medio de la confusión, aquel bulto que realmente le importaba muy poco y del que solo deseaba deshacerse. Empujado por el apremio y la estupefacción, había depositado aquellos restos sin un gesto de aflicción. ¿Cómo hubiese sido el curso de su propia vida de haber sobrevivido? Klaus se hacía estas conjeturas sin sentimiento alguno. Instalado en la desidia y tedio más absolutos, la fuerza de la costumbre acabó por normalizar lo que en un momento determinado había dejado para ultimar más adelante. El olor de la podredumbre había hecho saltar la valla a un perro hambriento que husmeó el trozo de tierra removido. Antes de descubrir el escaso bocado, Klaus tuvo el arrojo de espantarlo y reforzar el débil promontorio. Cada día, desde la ventana, miraba aquel rincón sombrío y los pesimismos acuciaban con más fuerza su mente confusa. Le costaba admitir que fuese un ser humano, su propio hijo —ni siquiera hubo reparado en aquellos momentos si era niño o niña; otro de los motivos de recriminación de Anna—, lo que se guarecía inerte bajo una fina capa de tierra a escasos centímetros del suelo. Con el tiempo le vendría bien considerarlo así; tendría algo serio, tangible, que custodiar; un punto cierto donde posar la vista, sin que despertara en él sentimiento fraternal alguno. El abandono de aquel rinconcito funesto desprovisto de inscripción alguna apenas removía su acomodada desazón.
Sin ser consciente de la dimensión que habían tomado los acontecimientos, no era valorado el acomodo que le separaba del peligro en aquella casa protegida de toda incursión. Liberarse, salir del confinamiento amparado por la seguridad de la nueva identidad, ocupaba su mente.
La vida no le esperaba, pero Klaus reptaba tras ella como un moribundo intentando arañar al tiempo. Aunque fuera cargado de sombras y de miedos, necesitaba dar sentido a sus días. A veces la conciencia le martilleaba ante el descarado desdén que mostraba hacia Anna. ¿Qué me cuesta ser un poco amable?, pensaba, a pesar de los insultos a los que últimamente encontraba justificación y del evidente desprecio reiterado que le profesaba Ángela.
—Anna, ¿estás despierta? ¿Quieres que hablemos? —dijo entrando en la habitación con actitud y voluntad conciliadora.
Anna lo miró con menosprecio. Su mirada era afilada, recelosa, aunque podría adivinarse un trasfondo de súplica que cada vez disimulaba menos. Sin apartar los ojos de la intranquila expectación que mostraba Klaus, rasgó su camisón por el escote dejando ver dos senos secos en reposo. Él la miró con desconcierto unos segundos, después fue directo hacia la cómoda para buscar otro camisón. Estos gestos, cuando menos, descorteses, exasperaban aún más el ánimo de Anna, que se retorcía literalmente en aquella cama a la que no dejaba de invitarle noche tras noche, apelando tristemente a un deseo ilusorio como único recurso para paliar el hastío al que ambos estaban sometidos.
Klaus intentaba recordar, pero cuando las imágenes someras y escurridizas acudían a su mente, con la misma facilidad y premura se esfumaban para siempre en el limbo de las cosas que no existen. Le asaltaba a menudo la imagen de aquella silueta fantasmal a través de la ventana. La imagen de aquel hombre con la cabeza partida por el golpe que él mismo le había propinado aunque no lo recordara, mirándole fijamente desde el otro lado del cristal.
Un instinto le llevó a revisar aquellos extraños papeles que guardaba como una incógnita de su pasado. Ello le hizo recordar aquel rostro, aquella mirada, aquella situación; aquel suceso absurdo que dio lugar a unas drásticas y nefastas consecuencias. Aquel hombre había irrumpido frente a él con una especie de machete amenazándole claramente. Klaus no podía recordar desde dónde, ni por qué, el desconocido se había dirigido directo hacia él con la mirada fija, sentenciadora. El acto reflejo más lógico fue propinarle un golpe en la cabeza con lo que llevaba en la mano, un objeto contundente que usó como arma fatídica, recordó con nitidez. Confuso, se creyó ahora salvado de la peligrosa circunstancia exterior. Se jactó por primera vez de estar bajo el cobijo de aquella seguridad dañina.
Klaus no lo recordó, pero, después de propinarle el golpe, había podido comprobar con estupefacción cómo se retiraba sigilosamente una serpiente, a su espalda. La intención de aquel hombre había sido evitar el ataque de la serpiente surgida de entre la leña, sin reparar en la impresión ni efectos que podría provocar el hecho de sacar su navaja en actitud defensiva. Él era el fantasma que ahora le asediaba tras la ventana impidiendo ser olvidado, y del que no podía recordar qué les unía ni por qué, acuciándole con sus reiteradas apariciones fantasmales. La mirada limpia y desconcertada de la víctima se había clavado en él, tras el certero golpe, presumiendo Klaus adivinar en ella el perdón, convencido de que el desconocido, en sus últimos momentos de consciencia, había tenido ocasión de entender la confusión que le llevó a actuar de una forma irreparablemente mortal. Pero esos pensamientos, los últimos que atormentaron la conciencia de aquel hombre, no fueron eximir de culpa a su indeliberado asesino. El desconocido, del que Klaus, ahora, no tenía la certeza de si lo era o no, había ido perdiendo la vida sin dejar de clavar en los suyos sus ojos tristes. Klaus se incautó de cuanto contenían sus bolsillos, que era muy poco: la documentación, un pañuelo sucio de bolsillo, unas monedas extranjeras, un currusco de pan duro y una nota casi ilegible por las dobleces y el trasiego. La intención no fue robarle, sino dificultar las pesquisas cuando se hallase el cadáver; que no fuera posible identificarle y nadie dedicase el más mínimo esfuerzo por buscar al asesino. Esa reflexión, bajo la presión del momento, dejó pronto de tener sentido. Lo lógico sería que con toda aquella confusión nadie reparase en el cadáver, pero, aun con todos los atenuantes que pudiesen disculpar el hecho, él no dejó de sentirse un asesino, sensación de la que pronto se deshizo. Supo, a través de la documentación incautada de su bolsillo, que el hombre era español, tenía treinta y cuatro años, se llamaba José y era hijo de Hilario y Agustina. Pensó en deshacerse de la documentación, que bien pudiese comprometerle; era mucho más conveniente ir ligero de papeles que pudieran perjudicarle, pero le acometió la desazón, la culpa de hacer desaparecer a una persona a todos los efectos. Como mínimo debía conservar sus credenciales; era lo único que prevalecería como memoria de aquel hombre con derecho a la vida que él segó tan fútilmente.
Este nefasto pasaje, recordado tras las apariciones a través de la ventana, dio sentido a la documentación que había guardado como un enigma, seguro de que no era la suya propia, perdida probablemente en el trasiego de la huida. Klaus, ante el estímulo y la esperanza que le producía relacionar aquellos documentos y la imagen espectral, acertó a evocar fugaces imágenes escurridizas en medio de una atmósfera con claro ambiente de sobresalto, donde el menor movimiento le ponía en guardia. Nada más. No pudo acordarse de qué significó o hubiera significado en su vida aquel hombre de no haber resultado tan fatal el desafortunado tropiezo.
Su memoria, anulada tras el fuerte golpe recibido en la librería, no alcanzó más dimensión. Intentó no pensar para no atormentarse por aquella muerte absurda que le convertía en asesino, pero el espectro, el cadáver que se le aparecía una y otra vez, lejos de suscitarle terror o enojo, le reportaba un confortable sentimiento de esperanza al proporcionarle una puerta a su pasado. Le alentaba que alguna imagen, un olor, una música o una sensación le abriera la capacidad más allá de los recursos de su mente; que otros recuerdos le ayudaran a salir de la angustia de la no memoria.
La inquietante imagen a través del cristal, relacionada con aquellos papeles que rescató de sus bolsillos, era el primer eslabón para recuperar su vida exterior antes de su confinamiento. Recuperar ese pasaje de su vida antes de que Anna les rescatara a Karina y a él en la librería suscitó un aliciente que le empujaba a buscar otras señales. Estaba seguro de que, si pudiera recorrer los alrededores, pisar las calles, contemplar los edificios…, con toda seguridad acudirían a su mente otros recuerdos que le llevarían a reconstruir su pasado, su vida. Llevó a la sala la pila de periódicos, bien ordenados por fechas, del despacho del general y se pasaba parte del tiempo ojeándolos en busca de pistas.
—¡Klaus, Klaus! —Anna gritó de nuevo reclamándole.
«Su hermana acaba de irse, no se tratará de ninguna urgencia. Que me suponga dormido», pensó Klaus perezoso.
Klaus cedió a la exigencia de Anna, que no dejaba de requerirle cada vez con más fuerza. Le pidió que calentara agua y la ayudara a bañarse. Klaus, ante la poca disposición que tenía para hacerlo, salió del paso argumentando que mejor al día siguiente cuando viniera su hermana. Por un momento fantaseó con una idea: la supuso capaz de ahogarse ella misma; mataría dos pájaros de un tiro: se libraba de aquella existencia insoportable y su hermana le culparía a él. Después reparó en que, tal vez... «Báñate», sí, es lo que había dicho Ángela a su hermana al marcharse cuando retrocedió en el pasillo, esa misma tarde.
Klaus apuró el resto de coñac que mantenía escondido y venía administrando desde que descubrió la botella, llena, en el fondo de un armario, oculta, preservada posiblemente de la prohibición. Entró de nuevo en la habitación para justificar su negativa, más eufórico después del trago y, como excusa, le dijo que era más conveniente bañarse por la mañana, con una temperatura ambiente más cálida. Hasta le dedicó una sonrisa a la que ella no correspondió adoptando un gesto de resignación muy conveniente. Sin dar muestras de enojo por la negativa, Anna alargó su escuálido brazo hacia el frente señalando la cómoda y le pidió que le acercara el álbum de fotos que guardaba en el primer cajón. No tenía sueño y le apetecía que lo ojearan juntos, añadió exteriorizando un regusto por el placer que le proporcionaba el momento, y un centelleo avivó sus ojos. Le gustaba recrearse con las fotos del hipódromo, donde se lucía con garbo y presunción el jinete de éxito en aquellos momentos cuando la vida discurría con normalidad. Actualmente el hipódromo ya no existía como tal. Estaba abandonado. Las circunstancias habían arruinado un lugar esplendoroso donde la burguesía y otros estamentos de la sociedad gozaron jornadas de carreras con espléndidos caballos de las mejores razas, muchos de ellos de ascendencia árabe y procedencia española. Destacaba por entonces aquel jinete de moda que disfrutaba de popularidad, bastante engreído.
Aquel señoritín, el jinete de figura afeminada y ademanes masculinos, aparecía en las fotos montando o sonriendo entre la gente que le felicitaba, dando cuenta de su galanura. Tan ambiguo era su aspecto como su proceder con mujeres y hombres, despertando en más de un esposo vejado cierto odio y resentimiento. Un trágico y precipitado final había acabado prematuramente con su vida. Lo hallaron reventado en las cuadras por la coz de un caballo. Se rumoreaba que la muerte fue provocada por un marido airado que hábilmente lo había preparado para que pareciese un accidente. El jinete fanfarroneaba, no sin razón, de tener a las mujeres a sus pies. Ella, Anna, presumía de que se le había declarado. Klaus nunca creyó que se hubiera fijado en ella. Anna no era de esas mujeres que encandilan a un hombre y mucho menos a un presuntuoso como suponía al jinete. Ni siquiera tenía armas para enamorar a un simple furtivo como él, pensaba convencido.
En un principio, cuando compartían mejores momentos, Anna, Ángela y él departían de vez en cuando. Una de esas tardes, Klaus, con mala idea, mencionó el supuesto idilio de Anna delante de su hermana, intentando desenmascararla sin consideración alguna. La intención dio resultados. Ángela miró a Anna con clara expectación y asombro, aunque no dijo una palabra. Klaus ya estaba cansado de seguirle el juego, de fingir que sentía celos. Era la cuarta vez que Anna le mostraba las fotos del presumido caballerete, erguido sobre la grupa de un purasangre. No soportaba seguir alimentando aquella ridícula comedia; empezaba a sentirse cansado de aquel circo donde dos mujeres a las que ni quería ni, desde hacía algún tiempo, aguantaba dirigieran su vida a su capricho. No podía seguir disimulando el hastío que le producía la pícara mirada de reojo de Anna tratando de escrutar en su rostro los celos que él, al principio, caritativamente había dejado entrever que le suscitaba la idea de que ella siguiera recordándole con algún tipo de sentimiento. No necesitaba reafirmarse en su sospecha de que todo era un farol de Anna ahora que el jinete había fallecido, pero sí que dejara de representar la patética farsa de un idilio que nunca existió. Anna, sin mostrar turbación, le había mirado con inquina y él vio en sus ojos que se la había jurado. Ella sabía que lo hizo con el propósito de desenmascarar su presunción, tan falsa como ilusoria, pero hasta aquel momento había sido una fantasía torpe que utilizaba para suscitarle interés, para intentar romper la distancia que a menudo veía en sus ojos y a la que ella ponía nombre de mujer, Karina, su eterna rival contra la que no podía luchar porque estaba muerta. Era difícil competir contra un recuerdo idealizado.
La más absoluta e insufrible realidad le tenía cercado, imposibilitado. Klaus solo aspiraba a que le amparara la locura para no ser consciente; para no cargar el peso de una razón que le oprimía y estrangulaba el alma. «Lo sabe, sabe que no la soporto; ha perdido la dignidad y solo le importa conseguir el placer forzado de mi atención para sentirse viva y aliviar su hastío, para olvidar por unos momentos su condición, su espantosa realidad a la que desea arrastrarme. Utilizará hasta la última de sus fuerzas para fustigarme», musitaba Klaus mientras miraba a través de la ventana, desde donde solo podía ver la tapia al otro lado del jardín, todo su horizonte. Mejor así, pensaba algunas veces. No era muy alentador cuanto acontecía al otro lado. Aunque sin noticias del exterior —Ángela se había llevado la radio—, le llegaban los zumbidos de los bombardeos y el trasiego de los vehículos y los soldados fuera de aquellos muros que le mantenían resguardado y alejado del agitado y peligroso mundo al que, ahora, no le importaría hacer frente con tal de alejarse de aquel tedio.
Los viejos periódicos —el nexo que le unía al pasado—, arrugados, maltrechos, hasta grasientos, apilados sobre el aparador con desorden, algunos disgregados por el suelo, habían perdido su prestancia, tan manoseados que a veces le daban ganas de deshacerse de ellos para que no le recordaran constantemente sus miserias. Volvía al refugio de la ventana y buscaba los pequeños cambios con que el viento modificaba el jardín estrafalario y arruinado, cada vez más asolado, en el que no quedaban rastros del manto de acianos que dieron un toque de vivos azules refrescantes cuando aún vivía el padre, que los siguió cuidando en recuerdo de su esposa, cuyas inquietudes y sentimientos, necesidades y deseos poco le importaron y a la que solo respetó después de muerta. No los había plantado ella, nacieron accidentalmente y los cuidó con cariño y dedicación, como la tarea más apacible, donde los miedos no existían, consiguiendo que se propagasen dando un esplendor muy acorde con su personalidad alegre, marchitada.
Aquellos periódicos, que Klaus acababa repasando con desgana, eran como un asidero donde seguir buscando su memoria; donde apelar al tiempo pasado rebuscando entre titulares y textos alguna noticia, alguna frase, algún anuncio que despertara un recuerdo; que le devolviese su entidad y le transportara a su realidad pasada por desagradable o desapacible que pudiera presentarse. Le chocó un anuncio donde un profesor de universidad buscaba «aria pura, joven y sana, para matrimonio». Klaus se entretuvo pensando cómo habría transcurrido la vida de aquel hombre en estos últimos años, si habría encontrado a la joven que cumpliera los requisitos, si habría sido feliz con la mujer que escogiera o si se habría arrepentido con la elección. Enunciados sobre Hitler y sus paseos con su sobrina. Noticiarios confusos sobre política que no le decían nada. Una referencia al incendio en el parlamento, hacía años, en febrero del 1933, que después de leer con atención, tampoco le trajo nada a la memoria. El desconsuelo le llevó a Karina, la joven y adorable criatura a la que la vida había tratado tan mal.
Klaus desconocía la dimensión de la situación. Ángela, la única que podría aportar noticias, nunca hablaba de ello; como si ya estuvieran desahuciados de la realidad, reos de unas circunstancias cuyas consecuencias poco le importaban.
El reloj que presidía la desmantelada sala se había quedado casi solo en aquellas paredes marcadas por el vacío que el efecto del tiempo delataba, dibujando una ausencia patente, resistente a la fina capa de pintura que no consiguió hacer olvidar la silueta que marcó la retirada de lo más regio, aquello que seguiría, de no haber sido por la salvaje usurpación, presidiendo el ambiente con su suntuosa prestancia: las librerías. Ángela se había llevado a su propia casa las más fáciles de desmontar, y parte del fondo de libros: la mitad de los tomos más valiosos por presentación y temáticas. Se había llevado los dos módulos laterales, dejando los centrales anclados a la pared, y la mitad del ajuar de la casa, como mobiliario de lo que se suponía le podría corresponder por herencia. Costó mucho desmontar aquellas librerías. Eran una joya y Ángela no quiso renunciar a ellas, aun consciente de que sufrirían desperfectos considerables al arrancarlas de aquellas paredes que quedarían un poco huérfanas. En uno de los estantes, escondidos tras unos tomos, bien ocultos, encontraron dos libros: una novela de Thomas Mann, Tristán, y Otelo, de Shakespeare. Toda una proeza ocultarlas en la casa, cuando los dogmas y costumbres estaban muy alejados de determinadas temáticas. Enrolladas y sujetas con una cinta de raso azul, habían encontrado unas partituras de Verdi, muy manidas, y un título de profesora de piano. Posiblemente, totalmente abnegada, fuera lo único que pudo conservar la madre, rescatándolo de la tiranía de aquel hombre instruido, de nula sensibilidad, al que la esposa nunca alcanzó a comprender. Las hermanas se miraron con sorpresa ante los hallazgos y, mientras Ángela reparaba en los libros, Anna deshizo el nudo de la cinta de raso y acarició las partituras, que olió intentando evocar el recuerdo de su madre. Ángela, sin hacer la más mínima alusión a las partituras, dijo que se desharían de aquellos libros; pero Anna reaccionó casi con violencia, tal vez molesta por la poca delicadeza de su hermana ante las cosas de la madre, y dijo que quería leerlos. Ángela hizo un mohín despreciativo que ocultaba una curiosidad que no quiso confesar. En cuanto al título de profesora de piano de su madre, surtió distintos efectos en cada una. Ángela apenas se inmutó, como si, teniendo conocimiento de su existencia, no le diera la más mínima importancia. Se dio la vuelta para evitar las preguntas de Anna, a las que jamás quiso responder. Anna, más que dolida, desconcertada, fue hasta el otro extremo de la sala y levantó la alfombra. Reclamó a su hermana y, expectante, no dejó de observarla esperando una explicación o un simple comentario sobre aquellas marcas en el suelo de madera que había descubierto un día, respuesta que nunca obtuvo. Marcas que ahora suponía de un piano de pared que no recordaba. Ángela no dijo una palabra en ese momento, ni después, ni nunca. Anna intentó varias veces hablar del tema, pero su hermana siempre lo esquivaba como si supiera algo de lo que no quería hablar; un secreto atroz que no deseaba compartir con ella. Anna, al contrario de lo que demostraba Ángela, estaba muy afectada por los últimos acontecimientos, de los que no hicieron partícipe a Klaus, que se mantenía al margen, aislado en el despacho, poniendo en orden los asuntos contables que el general tenía un poco descuidados absorbido totalmente por sus obligaciones militares.
—Ángela, ¿te acuerdas de mamá? —preguntó Anna visiblemente triste, incidiendo en el tema que su hermana siempre evitaba—. No sé si nos quería… No recuerdo apenas nada de ella.
—¡Qué cosas preguntas! ¡Claro! —exclamó Ángela con su habitual tono de enfado con el mundo.
—Yo casi no me acuerdo… Solo la recuerdo mirándome con la cara triste; yo quería abrazarla, pero no sé por qué nunca lo hacía —dijo Anna bajando el tono con tristeza, esforzándose por recordar.
—Porque estaba enferma. Siempre estaba aquejada de algo, sobre todo de jaquecas. Papá siempre cuidaba de que no la molestáramos —dijo Ángela, esbozando una sonrisa y mirando al infinito, como cada vez que sus recuerdos evocaban a su padre, por el que sentía devoción.
—Una vez miré por la rendija de la puerta de su habitación, que estaba entornada. La escuchaba hablar bajito, su tono… Como un lamento. —Aquí, Anna hizo una pausa como de reflexión—. Me vio y extendió los brazos desde la cama, pero papá se volvió y cerró la puerta.
—Estaba enferma, ¿no te acuerdas? —apuntó Ángela, atropellando con voz firme y en un tono represor que delataba una clara defensa hacia su padre, anticipándose a una posible sospecha en la que ni siquiera Anna había reparado—. ¡Tú eras pequeña y algo boba, no entendías nada!
—Sí, ya lo sé, pero el día que murió yo la había visto en el jardín por la mañana temprano desde la ventana. —Con la mirada abstraída, como si cavilara retrotrayéndose al momento, Anna añadió—: Después papá dijo a los tíos que esa mañana no se había levantado y tú me sacaste de la sala de la mano.
Ángela salió de la habitación murmurando que ella qué iba a saber, que era pequeña y fantasiosa y confundía las cosas. Jamás le diría que su padre la odiaba por no haber nacido varón, por lo mismo que ya no podía soportar más a su madre, aquel ser débil incapaz de evitar el malogro del hijo deseado, solo once meses antes de nacer Anna.
La decisión de Ángela de marcharse de la casa familiar había surgido tres meses después de regresar de su estancia en otra ciudad, a donde tuvo que acudir para colaborar en misión en un laboratorio, y encontrarse con la atroz sorpresa de que un hombre desconocido, de origen judío, además ―circunstancia del todo intolerable―, se alojaba en la casa y al que su hermana quería encubrir a toda costa.
La residencia que habitaban las hermanas había pertenecido a los abuelos maternos; tras su temprana muerte, se habían trasladado sus padres al ser más grande y luminosa. Aquel piano había estado allí desde que el abuelo se lo regaló a su madre, cuando, muy joven, empezó a estudiar música, hasta que el general, harto de sorprender a su esposa desgranando aquella música que, según él, despertaba en ella ciertas emociones inadecuadas y a él restaba concentración, decidió por su cuenta hacerlo desaparecer un día. Afortunadamente los tiempos decadentes habían terminado, esgrimía desafiante frente a la atribulada esposa, haciendo apología de los derechos y obligaciones respecto a las mujeres. Las niñas, manipuladas por un padre calculador, siempre se mostraron reticentes a mostrar cariño hacia una madre relegada, cada vez más triste, más anulada, sumida en el desánimo y a la que no había que molestar, según el padre. Convertida en una mujer abatida, en una madre desautorizada, solo le quedaba el jardín para sosegar su ánimo maltrecho y olvidar sus carencias.
La casa a la que se trasladó Ángela, una segunda planta en un edificio más céntrico y mejor comunicado, fue heredada de sus abuelos paternos. Nunca antes habían hecho uso de ella ni dispusieron otro fin que mantenerla limpia y en condiciones óptimas para que la habitara algún día la primera de las hijas que contrajera matrimonio, como había determinado su padre.
Klaus se entretenía moviendo las manecillas de aquel reloj que había quedado como un náufrago en esa pared desnuda, posicionándolas en la hora que le convenía, forzando el momento a su capricho e invitándose a fantasear imaginando instantes lejos de aquella casa austera y fantasmal. Desde que quedó desnudo del abrigo de las librerías, cuando daba las horas sonaba a hueco, a espacio desierto, a decadencia y a tristeza palpable, como un retumbar que alteraba el silencio dentro del silencio. Klaus se sentaba a la mesa en el lugar al que llegaba un rayo de luz que desnudaba aquel tablero cubierto de polvo, donde los arañazos daban cuenta de uso, donde algún día se habría sentado la peculiar familia. Entonces imaginaba la suya propia: una mujer dulce de rasgos amables y, acaso, por no poner límites a la imaginación, unos niños alegres y traviesos. Hasta es posible que también hubiese una anciana apacible y abnegada, su propia madre. Estas ilusiones, lejos de confortarle, le enervaban. Aunque había olvidado su pasado, sentía como si su vida anterior hubiese sido tan insulsa y triste como su corta memoria. Le resultaba extraño imaginarse acariciando la cara de su esposa o regañando a un niño; impensable suponerse padre de familia ni regidor de vida alguna, dada la torpeza con que resolvía su situación presente; como si su vida hubiera comenzado bajo aquellas ruinas al lado de Karina. No tenía más consciencia ni memoria, solo la sensación de estar huyendo y la reciente reminiscencia del fatídico pasaje donde dio muerte al español, gracias a la documentación que aún conservaba. Se esforzó por recordar, pero todo su pasado se limitaba a los escasos datos rescatados con empeño de su vago cerebro anquilosado.
Klaus escrutaba una y otra vez los viejos periódicos tratando de que, al igual que los papeles del muerto, pudiesen aportar alguna luz a su memoria; que las noticias atrasadas le vincularan a un lugar, o que ofrecieran alguna pista, a falta de su documentación original, que a saber cuándo ni cómo habría perdido. Se fue acabando la esperanza. Admitió que en su pasado, además del desafortunado y grave incidente con el español, solo existía Karina. Cada día aumentaba la extrañeza por los momentos que no tuvo con ella. El recuerdo de los especiales y trágicos instantes que compartieron confortaba los largos e insoportables espacios.

II
Los sueños reincidentes
Víctor se desperezaba asaltado por las veraces imágenes del sueño reiterado. Sus amigos habían salido a primera hora hacia Sevilla a la Expo 92. Él no se había ido porque no tenía dinero, pero no le importaba seguir instalado en su tranquilo acomodo, del que no tenía prisa por apearse. En las noticias anunciaron lluvias por aquella zona levantina de interior y eso le animaba a seguir arrebujado en el sofá. Aquella historia con entidad propia le suscitaba interés y mucha curiosidad. Seguir la pista de los personajes se había convertido en una necesidad primordial. Una exigencia natural interpelaba a su memoria buscando el sueño, si no afloraba de forma espontánea. Esperaba, diariamente, los nuevos acontecimientos como si se tratara de sucesivas entregas. Si no acudía espontáneo, Víctor, alterado por la posibilidad de haber perdido aquel filón, socavaba nervioso en los recovecos de su cerebro sin aceptar la renuncia a los sucesos acontecidos, las consecutivas secuencias.
Desde la cocina, su madre gritaba que se le hacía tarde. Víctor acababa de cumplir veinticinco años. De estatura y complexión corriente, tirando a bajito teniendo en cuenta la media, resultaba atractivo aun no siendo el prototipo de chico guapo. Su particular simpatía pasaba de arrolladora a un matiz bastante peculiar que bien podría resultar cinismo; actitud que suscitaba sentimientos encontrados en el gremio femenino, como él, sin connotación despectiva alguna, denominaba a las chicas en general. A menudo alardeaba, resultando un poco chulesco, de impactarlas con esa mirada pícara colmada de intención. Sacaba partido a su gracejo, que no siempre resultaba oportuno para todas, pero hasta para las más críticas tenía siempre un gesto o una frase acertada. Se había quedado sin trabajo y sin acceso a ningún tipo de subsidio. Paco había cerrado el taller de recauchutados. Esperando a que las cosas fueran mejor, fue aplazando el momento de asegurarle a efectos legales. Según argumentaba siempre, la situación de la empresa solo podía sostener oficialmente en plantilla a un empleado, y, aunque entraron en el taller prácticamente al mismo tiempo, Juan tenía una familia que sostener. Víctor nunca tuvo grandes ambiciones, y ese trabajo, sencillo y sin gran responsabilidad, le había reportado económicamente lo que necesitaba sin demasiado esfuerzo.
Víctor madrugaba cada mañana y salía a la calle con desgana empujado por su madre, que ya estaba cansada de tenerlo todo el día de la cama al sofá y del sofá a la cama y se negó a lavarle la ropa, prepararle la cena, comprarle tabaco y otras necesidades, desmontando totalmente el estado de confort en el que estaba instalado. Hasta ahora no le había preocupado, pero el caos le empujaba irremediablemente a salir de su insulsa existencia, donde su única motivación era ir al pub para reunirse con los amigos, sin importarle dejarse invitar cuando no llevaba dinero. De no ser por su madre, no tendría un techo, un plato de comida, un mínimo de orden en su vida. Después del desayuno, que últimamente alargaba, perezoso, cogía con desgana la cazadora y la bufanda y salía a la calle contrariado. Para arriba o para abajo, pensaba mientras movía la cabeza de un lado a otro, deseando volver sobre sus pasos e instalarse de nuevo en el acomodo de su sofá recreándose en la historia de su reiterado sueño. Su madre se había empeñado en que saliera cada mañana a buscar trabajo. A pesar de que él le aseguraba que no paraba de dejar currículos, ella, harta de verle ocioso convertido en un pánfilo que solo era un estorbo en la casa, no se daba por satisfecha. No le entraba en la cabeza que ya no se hacía así y le insistía para que se personara. Que le vieran la cara —solía decirle, como un repetitivo sonsonete—, que la presencia y las palabras decían mucho de la persona.
—El desparpajo dice mucho. Nadie va a venir a buscarte a tu casa para ofrecerte un puesto porque hayas dejado un papel en su oficina. ¡Anda, muévete un poco y oxigénate! Y a la vuelta traes el pan, que hoy no voy a salir en toda la mañana. —Era la cantinela de Rosa, cada día, que él escuchaba desde la puerta como una matraca.
Por lo menos hasta la hora de comer la dejaría hacer tranquila las labores sin tropezárselo en pijama, sin afeitar, como si fuese un indigente, pensaba mientras recordaba con cariño cómo había pasado el tiempo. Apenas hacía nada, salía de casa hacia el colegio, con la ropa bien planchada y su pelo empapado de agua de colonia, hecho un pincel, recordaba con cierto sentimiento de añoranza.
Víctor se movía despacio, arrastrando los pies con desánimo. Al pasar por la cafetería de la esquina, el calorcito y el olor a café le invitaron a pasar.
—Te haces caro de ver, Víctor. ¿Y tu madre, cómo está? —le dijo la camarera mientras se apoyaba en el mostrador, con claras intenciones de iniciar un palique fuera de lugar.
Víctor no tenía ganas de conversación y menos de una plática trivial e inoportuna, tan insulsa y mediocre como él consideraba a la propia camarera. Recordó que la oronda señora de aspecto sensual, facciones agradables y oxigenada melena recogida a modo de moño con una pinza vivía en el edificio de al lado de su casa. Sí, también recordaba al pusilánime del marido paseando al perro y a la pizpireta y presumida de la hija. «Leticia, creo que se llama», pensó, recordando a la vivaracha chiquilla con la que alguna vez se había cruzado, siempre sugerente llamando la atención con su provocativo atuendo. Seguramente sería esta mujer a la que se refería su vecina cuando venía a casa alborotando a su madre con los chismes. Sí, la que según María, la vecina, se acostaba con el dueño de la cafetería y había conseguido, con sus favores, obtener algunos extras para que la niña pudiera seguir estudiando. «Porque tonta no es, podría dar mucho más de sí, lo dicen los profesores, ¡eh…! Y todos no pueden estar equivocados», decía la camarera, mientras Víctor asentía con la cabeza por mera cuestión de educación, ajeno a los derroteros que causaron aquel monólogo, deduciendo que lo haría a cada ocasión, propicia o no, que se presentara. Recapacitó sobre lo previsible que puede resultar la gente por sus gestos o apariencia, sin dar lugar a duda. Pensó en su propia imagen, presumiendo siempre grata menos para algunas, inmiscuido en sus propios pensamientos lejos de la trivial conversación de la mujer, que le traía sin cuidado. «¡Bah!, tonterías, ¡qué importa lo que pueda pensar nadie! ¿Por qué iba a preocuparme la impresión que causara a alguien de quien ni me va ni me viene lo que pueda opinar de mí?». Seguía inmerso en estas cavilaciones sin prestar atención, asintiendo mecánicamente a cuanto explicaba la locuaz señora. No estaba dispuesto a tomar con prisas el café. Para librarse de su verborrea se disculpó diciendo que esperaba a un amigo y optó por sentarse en una mesa. Se estaba muy bien allí, calentito, ojeando el periódico y recreándose con las imágenes del vívido sueño que abandonó cuando su madre lo espantó con sus quejas y apremios.
En estas meditaciones andaba Víctor cuando irrumpió en el bar un mendigo que, con evidente timidez, se arrimó a los dos hombres que había en la barra. Los clientes continuaron impasibles ante su humeante y sabroso café; lo ignoraron con tal naturalidad que podría decirse que no se habían percatado de su presencia. El dueño del bar, con gesto contrariado, se acercó apresuradamente hasta la altura del hombre y le invitó a salir del establecimiento recomendándole que no volviese a molestar a los clientes. Víctor observaba la escena quieto en su asiento, sin el menor ánimo de intervenir ante algo que, aun desagradándole, le resultaba ajeno. La camarera, la supuesta señora licenciosa, oronda, de buen ver, se aproximó al indigente, que ya había traspasado la puerta, lo cogió del brazo y lo introdujo de nuevo en el establecimiento. Lo sentó en una mesa y, dirigiéndose al dueño que observaba la escena no sin cierto desagrado, tal vez avergonzado por su propia conducta o molesto por el osado desacato que mostró la generosa mujer dejándole en mal lugar, dijo:
—Le invito yo. —Y se giró de nuevo hacia el hombre con una sonrisa—. Ahora le pongo un desayuno.
Víctor sintió vergüenza. De cinco personas, solo una tuvo compasión, solo una se comportó como un ser humano. Todos habían permanecido impasibles, incluso molestos por la situación o, lo que es peor, invulnerables, insensibles a las miserias de aquel pobre hombre. Víctor pensó que, como él ―él el primero―, posiblemente también los demás se creyeran moralmente por encima de la generosa señora. La miró y vio a una luchadora de gran corazón y pensó que la vida es dura, y no por el hombre pobre que, movido por la necesidad, se atrevía a invadir la paz perturbando la comodidad de los clientes.
Tras el desagradable incidente, Víctor siguió inmerso recreándose en la extraña habilidad que le asistía. Ni el espacio de tiempo transcurrido ni las circunstancias le impedían recordar el sueño con una cronología impecable, siempre precisa. Víctor descubrió con asombroso alborozo que también era capaz de interactuar en el sueño. Una desasosegante responsabilidad le emplazaba a ir más allá.
Aún le pinchaba la silla por el bochorno ante su propia actitud indiferente con el mendigo cuando vio por la ventana a un amigo al que no hacía mucho tiempo que había contado lo de su recurrente sueño, sin entrar en mucho detalle. Contentos por el encuentro, el amigo aceptó la invitación y tomó asiento. Víctor le comentó la incidencia con el indigente unos momentos antes:
—No sabes qué apuro he pasado. Hace un momento ha entrado un pobre hombre y ha pedido en la barra si le podían pagar un café. Macho, no se ha alterado ni Dios. El dueño ha salido para echarlo y, ya en la puerta, la camarera lo ha cogido del brazo, lo ha sentado allí enfrente y le ha puesto un desayuno bien abundante. El hombre no paraba de darle las gracias mientras se tomaba rápidamente el vaso de leche. Después se ha guardado el bocadillo de jamón en el bolsillo y se ha marchado, seguro que para no molestar. ¡Qué vergüenza, tío!
—Es de pena, cada vez hay más gente necesitada. No sé a dónde va a llegar esto —se pronunció el amigo.
En ese momento, en el que ninguno tenía prisa, Víctor, deseando rememorar las emociones que le produjo el sueño la noche pasada, lo compartió con él:
—¿Recuerdas que te comenté lo de mis pesadillas? El sueño este me tiene… Esta noche… Aún tengo la imagen de sus ojos fijos en mí, como pidiendo auxilio. Me he abstraído, no te he dicho que se trataba de la mujer… Bueno, tampoco importa mucho. Fue de espanto. No te puedes imaginar… Desperté sobresaltado, casi aterrado, tío. Si no me despierto, me da algo, te lo juro. Estaba empapado; un sudor frío me recorría el cuerpo.
—¿Qué pasó? Según me dijiste, era una pareja confinada… en una casa, ¿no? ¿Qué te dijo? —preguntó impaciente el amigo mientras arrimaba la silla a la mesa en actitud expectante, instalándose cómodamente para escuchar con avidez el prometedor relato.
—Macho, no puedo eliminar de mi mente aquella mirada dura y arrogante, pero… suplicante al mismo tiempo. ¡Yo estaba allí! Sentí como ella, consciente de mi presencia, me miraba. Yo estaba allí, muy cerca. ¡Al lado de su propia cama! Podía sentir el desagradable olor que impregnaba aquella habitación.
—Se me ponen los pelos de punta —dijo el amigo, al mismo tiempo que temblequeaba simulando un escalofrío.
Víctor siguió con el relato, intentando manifestar la misma intensidad con la que lo había vivido.
—Ella se giró despacio, despacio, despacio... Permaneció de lado dándome la espalda. Como si al sentir mi presencia, consciente de que yo no era real, quitara relevancia al absurdo, menos importante que su situación… tediosa. Sentí un cierto respeto. Qué digo, sentí miedo, pánico a que se volviera de nuevo hacia mí y que aquel rostro se clavara en mí otra vez… Yo permanecía como clavado en el suelo, sin poder moverme. Lo que me estaba temiendo se produjo. Empezó a volverse, despacio, sigilosa... Yo no podía huir; como si no tuviera opción. Tenía el cuerpo paralizado y los pies anclados.
Víctor hizo una pausa mientras tomaba el último sorbo de café, ya frío. Su amigo no le interrumpió, deseoso de conocer más detalles del aquel sueño alucinante.
—Sin que yo pudiera escapar, frente a mí, fijó sus ojos coléricos y agresivos, hundidos y enrojecidos, endemoniados; como si destilaran ira y odio... Si no me despierto, creo que me da un infarto. ¡Sentí pánico...! ¡Me escalofrío aún! —Víctor resopló mientras con la inercia de su cuerpo echaba la silla hacia atrás, tomando distancia con el desasosiego que le producía evocar la atmósfera del sueño.
—Sí, tú siempre has sido un poco miedica, tío. ¿Te acuerdas cuando nos retábamos a ver quién aguantaba más tiempo al otro lado de la tapia del cementerio en plena noche? —le dijo el amigo con cierta guasa—. Pero esto es más serio, tío, si sigues soñando con esa historia… Deberías ir a un psicólogo —añadió, con más seriedad.
Siguieron charlando de otras cosas mientras tomaban una cerveza, hasta que el amigo miró el reloj. Se marcharon, cada uno para un lado, a sus asuntos. La mañana invitaba a permanecer al sol y disfrutar ese sopor de los momentos tranquilos, sin obligaciones, con los que Víctor podía deleitarse sin que apenas los alterase remordimiento alguno por su holgazanería. Abrigado por la caricia placentera del sol, se durmió. Su mente volvió a recrearse con la misma historia que ensamblaba secuencias correlativas, hasta meterse de lleno en él, sintiendo físicamente las sensaciones palpables.
Anna, a pesar de la escualidez de su cuerpo debido a la prolongada estancia encamada, seguía manteniendo una silueta importante que se dejaba ver a través de la sábana. La maraña de sus cabellos pajizos conformaba una cabellera ajada que enmarcaba un rostro disfrazado de tristeza, donde, en realidad, anidaban el odio y el rencor más absoluto. No me rendiré jamás, dijeron sus ojos. No había el más mínimo sentimiento de súplica ni abatimiento. Emanaban rabia y sed de venganza. Hizo el amago de incorporarse para salir de la cama, pero tuvo que aceptar que sus mermadas fuerzas lo impedían. Un débil grito de impotencia y desesperación salió de su garganta mientras no dejaba de mirar a Víctor fijamente. Se percató inmediatamente de que el muchacho venía de lejos, muy lejos; de algún lugar donde las culpas y los miedos, como él, no existían.
Anna, sin dejar de mirar a Víctor, el ser extraño, el que no existía, lanzó un grito manteniendo de manera constante sus incisivas pupilas sobre él:
—¡Klaus!
El nombre que ella misma le había asignado; el real, Benjamin, era tan judío como sus oscuros y levemente estrábicos ojos, profundos y turbios. El único dato que Klaus recordaba sobre su identidad perdida, su nombre —posiblemente ni siquiera fuera el suyo—, que nunca más volvió a usar. Klaus, de complexión estilizada y fibrosa, dejaba ver unos hombros importantes sin consonancia con el resto de su estructura estrecha y luenga. Por su cuello bailaba, a cada movimiento, la nuez de Adán, que parecía sesgar aquella piel aceitunada. El pelo, castaño y espeso, más largo de lo habitual debido al abandono, le daba un toque atractivo y un aire más joven a la edad supuesta. Los labios, muy finos, junto a la nariz huesuda sin llegar a ser aguileña, le delataban. Las ropas que vestía procedían de un arcón situado en un rincón del desván y no recordaba quién le había dicho Anna, en aquellos momentos de confusión, que las había usado antes.
—¡Klaus! —repitió Anna con rabia ante la falta de atención—. ¿Vas a venir, maldito? Algún día me suplicarás a los pies de esta cama. ¡Te lo juro!
Siguió, esta vez elevando más el tono y sin dejar de mirar a Víctor, el personaje extemporáneo que aún permanecía ante sus ojos sin pestañear y al borde del infarto, sin mostrar sorpresa alguna por su asombrosa y sobrenatural presencia.
Klaus se acercó con poco apresuramiento. Sin apenas asomar más de medio cuerpo, apoyado en el marco de la puerta del dormitorio, desde donde Víctor podía percibir su respiración, contestó somnoliento y con evidente desgana:
—¿Qué quieres? —dijo, como única contestación, sin que presencia externa alguna, aún presente ante los ojos de Anna, fuese visible a los suyos.
Víctor, que seguía instalado en el vívido sueño, pensó que aquel hombre le descubriría, pero, estupefacto por la reacción de Klaus, comprobó como solo era visible a los ojos de la mujer.
Ella también se percató de que el joven no era perceptible a los ojos de Klaus, pero no parecía sorprendida; como si la realidad fuera un escenario abierto a un ápice de fantasía que distrajera su mente. Musitó algo sin apartar del intruso sus ojos marchitos e irritados; después se giró apática hacia el otro lado con desgana, dándoles la espalda a ambos sin disculpa alguna hacia Klaus por la molestia vana. Klaus le lanzó una mirada de protesta callada que denotaba fastidio y repulsa, y se dio la vuelta encaminándose hacia la sala. No tardó en retomar el acomodo en el viejo diván donde pasaba las noches y parte de los días. Anna volvió la vista; no había rastro del fantasma; se volvió de nuevo hacia la ventana donde la luz del día amenazaba con otro día aciago.
Desvelado después de la interrupción de Anna, Klaus permaneció con la mirada perdida en el alto y sucio techo, donde la claridad proveniente de la alargada ventana permitía distinguir las caprichosas siluetas que dibujó la humedad a lo largo de los años. Aquellas manchas ―la compañía perfecta para el que no habla, para el que no sueña, para el que no vive, para el que apenas siente― fueron la única distracción, la compañía más fiel y cómplice que tuvo en las largas noches de insomnio, junto al recuerdo de Karina. Ellas, las manchas, le hablaban; confirmaban con sus trazos surrealistas su sensación de morir un poco cada día. La lámpara, un poco descolgada de la base que la separaba del techo, amenazaba con caer de un momento a otro desde hacía años.
Una sonrisa bobalicona colmada de dulzura asomó al enjuto rostro de Klaus, mientras el efecto de la luz de la luna daba un toque maquiavélico a sus rasgos afilados y hacía brillar sus pupilas y oscurecía las cuencas de unos ojos hundidos que solo manaban candor y cariño al acariciar los flamantes recuerdos agridulces en los que se refugiaba con deleite pensando en su adorada Karina. Había pasado por su vida tan brevemente; la idealizó, agarrándose a la ilusión. Repetía su nombre una y otra vez, como único asidero amable al que aferrarse. Las primeras noches después de morir Karina, Klaus soñaba un manto de hojas sobre un suelo podrido por la lluvia cubriendo su cuerpo. Despertaba ignorando el resplandor de la ventana y se esforzaba por hallar un vestigio resistente lejos de la torpeza del no saber, antes de reaccionar a la realidad del raciocinio.
Una leve lluvia hacía resbalar los pasos. Klaus huía por aquella calle solitaria y fría; un débil lamento desde el interior del local perjudicado por el asalto le hizo ralentizar la marcha. La situación se recrudecía severamente para los judíos, sin embargo, aquella librería, incomprensiblemente, había permanecido invulnerable hasta ahora a los ataques. Había dudado unos segundos, su situación era comprometida. Esa sensación era cuanto recordaba, pero tenía la percepción de que su huida no tenía nada que ver con el reciente suceso: la trágica muerte de aquel hombre al que había quitado la vida tan gratuitamente. Por entonces ya huía, ¿de qué?… Su apreciación, en este momento, se reducía a la sensación de que le pisaban los talones y no debía perder tiempo. Siguió caminando. A escasos metros, su conciencia le hizo retroceder hasta el lugar, la librería siniestrada de donde procedía el lamento. Tal vez solo fuese un crujir de maderas lo que oyera al pasar, pensó, pero no quedó tranquilo; la duda de que pudiese haber alguna persona herida allí dentro le obligó a retroceder. Volvió sobre sus pasos amparado por las sombras. Nadie le perseguía, ya no se escuchaban los estremecedores pasos; les había despistado. Entró agazapado. Sorteó las tablas humeantes que obstruían la puerta, pisando los cristales esparcidos, alumbrado únicamente por la luz de la luna.
—¿Hay alguien? —susurró Klaus con prudencia.
Alguien, al fondo, intentaba llamar la atención. Avanzó con torpeza y dificultad hacia el rincón a donde no llegaba la claridad. Tropezó y cayó estrepitosamente golpeándose con fuerza la cabeza. Permaneció inconsciente un tiempo. Reaccionó al fuerte escozor. La espontánea exclamación de dolor al sacar la astilla de su brazo alertó de su presencia y surgieron de nuevo los débiles lamentos. Klaus no recordaba dónde estaba ni qué motivos le habían llevado allí. Una persona herida, una mujer, se lamentaba entre los escombros. Que estaba a salvo, que ya había pasado todo, le dijo para tranquilizarla. Tras varios esfuerzos logró liberarla de los pesados enseres que la aprisionaban. Con dificultad la arrastró hasta una zona libre despejada donde llegaba la luz de la luna. Los ojos entornados de la muchacha apenas eran unas brillantes ranuras acuosas, como heridas encendidas que no pedían nada, pero delataban su grave estado. Klaus sopesó la situación y las pocas posibilidades de salir de aquel lugar, mientras intentaba acomodar lo mejor posible aquel cuerpo rescatado de la presión de un pilar de libros y una pesada caja metálica que parecía haberle aplastado el vientre. Lo apremiante y grave de la situación acrecentaba la angustia de Klaus. Su herida era lo que menos le importaba, «un arañazo y una contusión no son nada», pensó mientras comprobaba que ella seguía respirando. Empezaba a amanecer. Agotado, se quedó dormido.
Klaus despertó sobresaltado por la luz del día, sin consciencia del lugar ni del tiempo. Se puso en guardia; un terrible dolor de cabeza anulaba totalmente el escozor que unas horas antes le abrasaba el brazo izquierdo. No sabía dónde ni por qué estaba allí, ni en qué circunstancias había llegado. Tampoco sabía quién era. Solo recordó su nombre, Benjamin, su condición semita, la percepción de que debía huir de allí cuanto antes y de que las cosas se estaban poniendo muy difíciles para todas las personas de ascendencia judía en la ciudad. No recordaba ni siquiera a la mujer por la que había entrado allí la noche anterior; solo cuando ella se manifestó con un leve quejido, miró hacia la dirección del lamento y reparó en que no estaba solo, entonces pudo recordar lo acontecido unas horas antes.
Klaus, desde el diván donde solía pasar las noches y parte del día, volvió a rememorar los acontecimientos que habían dado un especial sentido a su insulsa vida, de la que solo recordaba a partir de aquel incidente. Se recreó en la imagen de la preciosa Karina, la muchacha de aspecto dulce e inocente que despertó en él un sentimiento tan hermoso como efímera sería su vida.
Había vuelto en sí rodeado de escombros y el día avanzaba sin remedio alumbrando la atmósfera hostil. Totalmente desorientado, le embargaba una sensación de miedo y un fuerte dolor de cabeza. La sorpresiva presencia de la muchacha herida a su lado le hizo recordar los últimos pasos. Absolutamente nada anterior al suceso, tan solo una ligera percepción de estar huyendo, ni siquiera estaba seguro de la relación que le unía a la mujer. Con un hilillo de voz pausada pero firme, la mujer le rogó que escapase, que no la ayudara, que se pusiera a salvo mientras pudiera, porque ella ya estaba muerta, un ángel se lo había dicho. Él la miró con desazón intentando elegir las palabras adecuadas para consolarla, para darle ánimos, para rescatarla de aquella abnegación a morir abandonándose sin lucha. No parecía que el aliento de Klaus hiciese el menor efecto en su vago e impasible ánimo. Solo pretendía salvarle, no estaba convencida de lo que decía, pensó Klaus aunque presentía su gravedad. Intentaba mantenerla despierta. Mientras cavilaba cómo salir de allí, insistía en que le hablara de su vida, qué hacía en la librería, si los sucesos la sorprendieron como clienta o si era ella la librera. De forma que él juzgó incoherente, Karina habló de su marido, de un general... Se lo habían llevado... como entraron, de forma violenta. Siguió hablando lentamente, pero sin hacer pausas, como si tuviese prisa en contarlo todo. Su marido le había dicho que se escondiera debajo del mostrador. A él lo cogieron del brazo y, sin mediar palabra, lo empujaron hacia la puerta. Los soldados tiraron las estanterías y les prendieron fuego. Ella salió suplicando tras ellos cuando una llamarada la obligó a retroceder. Buscando la salida de la parte de atrás, tropezó y el estante cayó sobre ella alcanzándola una caja metálica sobre el abdomen. Ya no recordaba nada más. Afortunadamente, el recipiente de agua que Karina tenía siempre disponible para lavarse, detrás de la cortina que separaba la trastienda, se volcó al caer la estantería y la humedad del suelo permitió que el fuego se extinguiera.
Después de relatar los hechos, la muchacha rompió en sollozos sin apenas fuerzas, desfalleciendo con cada lamento, con cada punzada de dolor que la obligaba a callar. Derrumbado ante el cuerpo de Karina, ofuscado por la difícil situación carente de posibilidades, Klaus intentaba pensar. Desde la calle, donde el movimiento seguía sin reparar en ellos, una mujer escudriñaba el interior con interés. Les habían descubierto. Al fin ayuda, pensó Klaus. Aunque para él pudiera ser una fatal solución, la muchacha necesitaba asistencia inmediata. Intentó reptar hacia los escombros empujando inútilmente el cuerpo de Karina. Anna, la mujer que atisbaba desde el exterior, entró sorteando los obstáculos mientras hacía una seña tranquilizadora. Un soldado a sus órdenes, según podía apreciarse por el tono de mando al dirigirse a él, obedecía de manera diligente las instrucciones precisas; despejó la entrada, tomó en brazos con cuidado aquel cuerpo que era un quejido y lo depositó con delicadeza sobre la desnuda y áspera caja de la camioneta. Regresó después para ayudar a Klaus, que también subió a la camioneta. Anna, la mujer que los había descubierto, sin hacer preguntas, intentaba auxiliarlos como podía.
Klaus se enteró días después de que no fue fortuito el hecho de que Anna pasase por allí esa mañana. El general Heinrich, amigo de la familia, se había personado en su casa la noche anterior a que sucedieran los hechos pidiéndole que acudiera a la librería para socorrer a la chica si aún permanecía con vida, rogándole que hiciera cuanto pudiese por ella.
Aquella habitación abuhardillada en la que los cobijó Anna olía a muerto; incluso alguna rata osada se asomaba de vez en cuando ante la certeza de que andaba cerca una carne desvalida a punto de perder la vida.
La muchacha, Karina, durante la breve estancia en el espantoso trastero, relató a Klaus cómo había vivido aquellos últimos días. Su esposo, el dueño de la librería, estaba muy confiado. Era proveedor habitual del general Heinrich, no solo de libros, y, según él, nadie atentaría contra su negocio; no se atreverían. El general, desde aquel fatídico día de noviembre de hacía ahora casi cuatro años en que amanecieron destrozados y quemados muchos establecimientos regentados por judíos mientras las fuerzas del orden permanecían impasibles, había puesto especial interés para que no atentaran contra la librería, manteniendo que la propietaria era alemana y el marido contribuía al régimen con informaciones precisas como razón que justificara la orden.
—Mi marido siempre pensó que su librería estaba protegida, plenamente convencido de que éramos intocables, de que ningún exaltado podría hacer nada contra su negocio —puntualizó Karina con esfuerzo mientras acariciaba con dulzura el rostro de Klaus inclinado sobre su cuerpo.
El general ya no podía mantener la vigilancia. Un par de días antes de los hechos acaecidos irrumpió en la librería con premura y una marcialidad que no solía manifestar en sus habituales visitas. Ni siquiera pasó a la trastienda para estar con la muchacha, como era costumbre bajo el beneplácito del librero, su marido, sino que vino a advertirles, a aconsejarles que huyeran. Su gesto frío y su actitud distante no desasosegaron al dueño de la librería, que seguía confiando en su protección a pesar del ruego de la joven esposa, que sí vio en los ojos del general que el peligro era inminente. El general ya no podía justificar el trato especial ni mantener su voluntad de amparo, y era cuestión de tiempo no solo que atentaran contra el negocio, sino contra la vida del propietario. Aun estando advertido, el librero se resistía a rendirse; no abandonaría su negocio; no estaba dispuesto a renunciar perdiendo el capital invertido, negándose a considerar la magnitud de lo que se avecinaba. Confiaba en el poder del general, en la pasión que le suscitaba Karina, seguro de que no renunciaría a ella. Karina, lejos de ponerse a salvo atendiendo el consejo, permaneció al lado del esposo. Qué lejos quedaba aquella última vez cuando el general, como venía haciendo cada quince días, si no más a menudo cuando le era posible, entraba directo a la trastienda donde ya le esperaba la muchacha empujada por el propio marido desde el momento en que el morro del impecable coche oficial asomaba por el escaparate. El librero, después del saludo servil, se apresuraba a poner el cartel de cerrado, como siempre, esperando el jugoso momento en el que también él sacaría partido. El general disponía habitualmente de poco tiempo. Solía ir directamente al asunto sin demasiados preámbulos y, aun así, sabía tratarla con ternura. La muchacha, al principio, ya desposada, apenas le miraba a los ojos y solía llorar siempre después, cuando el marido, aquel librero pusilánime y rastrero, entraba para ayudar al general a componerse y ni siquiera tenía una mirada para ella. La servidumbre del librero era tan acentuada que ni se atrevía a tocar a la muchacha, a la que trataba con un paternalismo retorcido desde el mismo día que el general la trajo recomendándole que la tomara como empleada; le bastaba con recrearse disfrutando, en su propia piel, del goce del general al que la muchacha volvía loco con su carnosa sensualidad y sus atributos lozanos, a los que resultaba difícil renunciar. La muchacha dejó de mirar a los ojos a su esposo desde aquel día que lo descubrió acechando por la rendija entre la pared y la cortina mientras el general le comía los pezones deslizando con fricción sus dedos hábiles; hasta oyó el jadeo, un sonido como un chillido de rata acosada; el mismo resuello entrecortado y mezquino que el hombre timorato emitía cuando le pedía que se desnudara mientras él se masturbaba sin ponerle jamás la mano encima. El general, en cambio, no solía reprimir sus bufidos voluptuosos cuando la cogía por las nalgas y la penetraba, con ese gusto cargado de apasionamiento. Al general le gustaba encontrarla sentada sobre el taburete, apoyada en la pared, vestida. Era él mismo quien iba quitando las prendas que resbalaban sin complicación descubriendo unos pechos turgentes en los que parecía que los pezones no acaban nunca, coronando unas aureolas asalmonadas. El general, antes de penetrarla, como un ritual preciso, olía a bocanadas su sexo, siempre húmedo, rosado y palpitante.
Karina vivía resignada, pero, desde aquel momento en que descubrió al esposo atisbando, ya no tenía que ser otra, sería ella y amaría sin fisuras; de aquella manera que regala el azar, al que no se puede distorsionar ni reclamar; le amaría como su cuerpo le dictaba y la vida le había enseñado. Le amaría con la verdad de sus impulsos, con las carencias instintivas de la mujer que no tiene derecho al fruto del amor y sí a la dulce angustia del placer descarado que no podría dar a su esposo, ni el general quería buscar en otra. La muchacha había decidido cambiar aquella candidez abnegada que siempre mantuvo reprimiendo su propio apasionamiento salvaje, que más de una vez había mostrado con tanta frescura y naturalidad como su propia inocencia, desde el día que el general ordenó parar al chófer cuando aquellos ojos perdidos se clavaron en él. El mismo general, hombre maduro y apuesto, de rasgos perfectos y manos suaves, bajó del coche. Después de hablar con ella unos minutos, la hizo subir y la llevó directamente a la librería, donde dio instrucciones al librero sin opción a objeción alguna. Ella no tenía derecho a enamorarse de aquel hombre importante al que se había entregado siempre, desde el primer momento en que sus caricias y su ternura la llevaron a no saber oponer resistencia a los pasos marcados por la razón y la vida. Nunca se abandonó con agrado forzado en sus brazos, porque ella también disfrutó el mismo deseo, la misma furia, hasta el día que el librero, un hombre amable y suave, la tomó por esposa y la hizo sentir respetable. Nada cambió. Aquel matrimonio no alteró los hábitos, ni siquiera estaba contemplado. Sus convicciones religiosas le hacían sentirse sucia y solo se despojó del sentimiento de culpabilidad hacia el hombre que la amparó legalmente haciéndola su esposa cuando lo descubrió disfrutando, sacando partido de la vejación a la que él mismo debiera sentirse sometido. Nunca llegó a odiarle ni desearle mal a aquel hombre rastrero y malicioso que la protegía para otro. Desde ese momento, desde el día que imperó el desencanto, rotas las ilusiones, siguió dejándose llevar y disfrutar del hombre que sabía mirarla, aunque solo fuera como lo que era, una mujer de segunda, sin derechos ni atenciones; la que esperaba a su conveniencia, sin trabas ni exigencias. Al menos él la hacía sentir viva, la hacía sentir mujer y disfrutarlo. Ya no tendría, jamás, remordimiento alguno por faltar a un hombre cobarde que nunca se atrevió a considerarla su mujer por encima de servilismos y favores.
Al general Heinrich la dependencia de Karina, la preciosa muchacha de veinte años, toda dulzura, toda candor, empezaba a complicarle la vida. Él la adoraba y no podía permitir que le pasase nada, pero tampoco podía hacer mucho ya por ella. Estaba sometido a demasiadas presiones de todo tipo. Su condición de militar de alto rango le obligaba a este tipo de sacrificios, viéndose impotente para solucionarlo de la forma que hubiera deseado.
Costó mucho subir a Karina hasta el reducido y desvencijado espacio donde les instaló Anna. El ventanuco aportaba las únicas bocanadas de aire en aquel lugar destartalado y frío sin apenas ventilación, por donde se escuchaban los inquietantes sonidos del exterior violento del que permanecían aislados y protegidos en aquella casa lejos del mundo, a donde no llegaba información alguna. Las heridas de Karina eran graves, pero Anna no mostró disposición para traer un médico, segura de que no se podía hacer nada por ella; sí trajo calmantes que le hicieron más leve la agonía. Klaus, sin clara consciencia de la situación urgente y confusa, agradecido a la mujer que les había rescatado de la hostilidad y el peligro, admitió que nada se podía hacer por su vida. Ni siquiera prestó atención al importante vacío que rodeaba su propia vida, su circunstancia en aquel mundo de brumas. Solo acompañar a Karina, atender el desvío de sus ojos y escuchar sus palabras ralas con tono de arrepentimiento, le ocupaba.
La luz adornó con un destello los ojos entreabiertos de Karina. No se abandonó al cansancio, y la conversación, entrecortada, fluyó como una confesión. Habló de un hombre bueno que la había ayudado desde que la encontró, perdida y asustada, y su rostro suavizó el rictus amargo al recordarle. Habló de su esposo, el dueño de la librería, hombre mayor, con pocos atractivos, que le dio la protección que necesitaba. Acabó casándose con él, qué otra cosa podía hacer…, dijo, mirando a Klaus como si buscara su aprobación, mientras resbalaba una lágrima que él retiró con su pulgar, mostrándole su protección y cariño, su entrega. La forzaba a hablar, si sucumbía al sueño, no despertaría. El rictus de dolor no daba tregua. Continuó hablando con dificultad, de su familia, de cómo su madre, de ascendencia italiana, al quedar viuda, sacó sola a sus hijos adelante. Le contó que había venido desde un pueblecito holandés, a donde habían emigrado cuando la enfermedad se llevó a su padre, buscando a unos tíos que la esperaban y a los que nunca localizó. Habló con amargura y con detalles inconexos de las cosas desagradables que había visto, mezclando vivencias sin mucha coherencia, entre lapsus de silencio donde el dolor la oprimía. Seguía esforzándose por hablar, pausadamente, pero con el empeño de quien sabe que su tiempo se acaba. La flojedad la sumía en un abandono contra el que apenas podía luchar. Los sentimientos se agolpaban en su garganta como un nudo de hiel. Klaus, testigo impávido de cómo se le escapaba la vida, tomaba su cara entre sus manos e intentaba acompañarla sin que el desánimo tomara relevancia. Vencida, luchaba por ganar tiempo para que aquel hombre dulce y entregado le diera lo que no había tenido nunca: amor, amor sincero y desinteresado. Mirándole a los ojos y esbozando una sonrisa que transmitía paz, Karina tomó su mano y la introdujo a través de su blusa invitándole a que rozara sus pechos. Unos senos duros y redondos palpitaban por la vida en disonancia con la expresión de sus ojos, que se despedían abandonándose. Klaus se dejó llevar sin resistencia. La sensación de profanar a una diosa desvalida arrojada del Olimpo prevaleció sobre cualquier otra. Acarició su piel como si esos pechos latientes y perfectos fueran su único amarre terrenal. Sin dejar de apretar y besar sus manos, le susurró palabras que la confortaron. Se marchó tranquila sin que aquel último suspiro fuera apenas perceptible.
Klaus quedó atravesado por la soledad más absoluta. Sumido en una profunda tristeza, lloró con sus ojos fijos en los de ella como si no estuvieran muertos. Se acurrucó en su pecho como un niño desvalido y se dejó envolver al abrigo de su cuerpo hasta que su calor no pudo guardarla.
El crujido de las escaleras anunciaba que Anna entraría por la trampilla del suelo. Él no esperaba nada, como si el tiempo, taciturno como él, se hubiera parado. Anna, con su aspecto pulcro y su rostro frío, le encontró cabizbajo, ausente, sentado sobre el catre donde permaneció junto a ella los dos fatídicos días y la noche más larga de toda su inexistente vida. El cuerpo inerte de Karina no ofrecía muchos cambios; solo el tono azulado de su rostro la convertía en una estatua de cera. Anna le cerró los ojos, a los que la luz no restaba opacidad. El ventanuco tomó protagonismo rompiendo la ocupación del silencio, anunciando la lluvia que parecía haber apaciguado un poco aquel ambiente inhóspito de ruidos violentos y alarmantes que imperaban en el exterior, el otro lado del mundo. Anna apenas dijo nada y, si lo dijo, Klaus no la escuchó. Tras unos momentos de extrañeza, Klaus bajó la guardia; los ánimos forzados ya no eran necesarios. Deseó huir y encontrar su realidad perdida. Anna rompió el silencio que Klaus alargaba, hablándole con palabras que se perdían en aquel desván antes de que él les otorgara sentido. Dispuso que envolvieran el cadáver en la sábana y lo bajaran para que lo recogieran por la mañana, posiblemente la misma camioneta que les había traído con vida un par de días antes. Como si ya se hubieran desembarazado de la preocupación por Karina, Anna miró la herida del brazo de Klaus y le cambió la venda sin hacer comentarios. Él tan solo la miró a los ojos —aún no lo había hecho— con una mueca triste que no necesitó palabras. Bajar el cuerpo de Karina por aquella escalera angosta había costado mucho más que subirlo, unos días antes. Klaus deseó gritar, salir corriendo de aquella casa que empezaba a marcar su vida nueva.
Mientras bajaban el cuerpo, a pesar de la dificultad, Anna no había dejado de observar con detalle el anguloso rostro de aquel hombre discreto que apenas se había pronunciado; supo por Karina que había sido casual que él entrara para ayudarla aquella noche. La proximidad de su respiración despertó en Anna una sensación de sensual abandono; un ansia por ser abrazada por aquel hombre desprovisto de identidad y recuerdos.
Ahora que estaba solo y ágil para esconderse, llegado el caso, podría quedarse abajo, dijo Anna demostrando naturalidad y confianza. Klaus la miró intentando dedicarle un gesto de agradecimiento, pero no pudo. No había forma de apartar de su mente el dulce rostro abnegado de Karina. Su sentimiento de culpa, por no haber hecho más leve su sufrimiento, le reconcomía, y la frialdad de Anna, aquella mujer que los rescató del peligro, le resultaba insoportable.
Anna le conducía hasta la habitación, al fondo del pasillo, mientras no dejaba de hablar comentando sus buenos propósitos para ayudarle, cómo pensaba ocultarle sin riesgo alguno, insistiendo en que allí estaría seguro de los peligros que le atenazaban en el exterior. Klaus permanecía en silencio, sin pronunciarse. Ella seguía parloteando como si él ya se hubiera instalado en la normalidad, sin mencionar ni una sola vez a la muchacha cuyo cuerpo reposaba solo y frío en el vestíbulo. Un poco sombrío y bastante triste, el dormitorio estaba equipado con aquellos muebles fantasmales que parecían poseídos por sus antiguos usuarios. Klaus no recordaba una cama tan alta, tan… solemne, tan lúgubre y espantosa, pensó, tal vez condicionado por la atmósfera de pesimismo. La parte superior de mármol de la zancuda mesita estaba marcada por círculos ásperos que le invitaron a pasar el dedo siguiendo la rugosidad del contorno, y casi le asalta un recuerdo que no llegó a manifestarse. Desde luego era mejor que la calle, recapacitó envuelto en la atmósfera turbia de aquella situación en la que se sentía como un monigote triste. Antes de quedar dormido, recapacitó sobre por qué Anna no les había instalado en aquella habitación, en lugar de subirles a la sombría e inhabitable buhardilla. Probablemente trató de ocultarles de otros posibles convivientes en la casa; así lo había justificado en su momento. Después sabría que la casa la habitaban Anna y su hermana, Ángela, que esos días había estado en la población vecina donde se la requirió para vigilar a un doctor sospechoso de favorecer a prisioneros judíos. Volvería satisfecha de su trabajo, ajena a lo que encontraría a su regreso.
Después de lavarse y ponerse las ropas que Anna le entregó sin mencionar a quién pertenecieron, ella le cambió la venda de la herida, que apenas presentaba importancia. Klaus se tumbó después sobre el mullido colchón de la extraña cama y tuvo la sensación de que hacía mucho que no dormía en un lecho tan cómodo; con la tranquilidad de estar a salvo, aislado del peligro; sin aquella impresión apremiante de huir sin saber de quién ni por qué. Horas después de un necesario sueño reparador, despertó sobresaltado pensando en el cuerpo de Karina, que reposaba en el frío zaguán envuelto en una sábana, depositado en el suelo como un cadáver apestado sin identidad ni nombre, como un fardo arrinconado esperando ser retirado de la forma más fría, irrespetuosa y aberrante. El cuerpo ya no estaba. Retumbó con frialdad la voz de Anna. Sin asomo de sentimiento, dijo que hacía un rato que lo habían recogido. Klaus se volvió y la miró con extrañeza. Estática e impasible, hablaba como si se refiriera a un paquete. De nada le servía que lo hiciera por su bien, Klaus no le perdonó que le privara de despedirse de ella; que no le diera la oportunidad de ser él mismo, con sus propias manos, con el calor de su pecho, el que la depositara con delicadeza sobre la camioneta. No podía soportar pensar que fue arrojada de una forma desprovista de cuidado, posiblemente junto a otros cadáveres con su misma suerte. Desde ese momento Anna le despertó una animadversión que algún tiempo después se fue suavizando por comodidad y conveniencia.
Anna lo cogió de la mano y lo condujo mientras él, de forma mecánica, arrastraba los pies y la voluntad hasta una cocina amplia y limpia donde una olla humeante desprendía el olor más reconstituyente que recordaba. Fue el único detalle que le hizo sentir un ápice de calor humano desde que murió Karina. Su estómago, que ya se había hecho a la idea de que nunca le llegaría nada decente, empezó a dolerle como si hasta ahora no hubiese existido. Anna le hablaba, le sonreía, pero solo obtuvo una mirada absorta con todo el desconsuelo, con toda la pasiva rabia que le hacía odiarse a sí mismo. Después de dos platos de sopa que tomó despacio, Anna le ofreció una manzana que él rechazó, suponiendo que era el único manjar fresco que guardaba en su despensa. Y sintió un pudor, una angustia mezclada de agradecimiento envenenado que le despertaba una extraña sensación de zozobra ante el acomodo del amparo. Una distancia insalvable le aislaba en aquel lugar, en aquella casa que empezaba a convertirse en un techo venenoso del que quería huir a toda costa.
Klaus no podía deshacerse de aquella inclinación de reproche hacia la mujer que les rescató del horror y la desventura. Como si estuviese enfundado en un ser desconocido del que no podía liberarse, sentía su propia carne como ajena; como si, después de haberse desangrado, por sus venas circulara otra sangre extraña y desafecta.
Apenas hacía un momento que había tomado su primera comida caliente sin que ningún recuerdo acudiera a refrescar su memoria cuando llamaron a la puerta. Klaus, aleccionado, se dirigió a su habitación para esconderse. Desde allí pudo escuchar a un hombre que se manifestaba en tono alto y agitado, moderado después tras la intervención de Anna.
Sentados en la sala, Anna, sin dar explicaciones de la visita ni él pedirlas, empezó a relatarle la situación ante los últimos acontecimientos. Klaus no quería ser descortés, pero su mirada perdida le delataba. Solo deseaba tumbarse en la cama y descansar. Dormir... y no despertar, tal vez. Anna, molesta, se levantó airada y le dio las buenas noches desde el pasillo. Tras un crujir de puerta y un suave portazo tras sus pasos, por los que Klaus adivinó que el dormitorio de la mujer estaba a pocos de la sala, se quedó solo. Lo estaba deseando desde que tomó la sopa tibia que esta vez le supo a trampa. Después se dirigió a la fosca habitación donde sobraba todo el espacio y faltaba el calor que no hallaría jamás en aquel lugar. Trató de dormir sin conseguirlo. Su mente seguía ocupada en los últimos acontecimientos que eran toda su memoria. El recuerdo del afable y delicado rostro de Karina era el único bálsamo para su funesta existencia a la que no encontraba objeto. No pudo reprimir el llanto recordando la apremiante, fría y poco cristiana forma de despedirla. Durante las interminables y amargas horas de su agonía le había contado que su abuela, de procedencia italiana, la enseñó a rezar de pequeña, y cada vez que surgían dificultades solía hacerlo con mucha devoción como ella le había inculcado. Klaus lloró por el dudoso y deshumanizado destino que acogía su reposo eterno. Recordó todos los momentos desde que la encontró entre los escombros. Maldijo su propia cobardía y maldijo a Anna, que los había amparado, reprochándole que no remediara el más triste de los óbitos con que la despidió la vida.
Anna empezó a mostrar un visible malestar ante la actitud de Klaus, que, lejos de agradecer su generosa hospitalidad, pasaba las horas melancólico y triste pensando con toda seguridad en la desgraciada joven. La animadversión de Anna por Karina venía de atrás. La joven había usurpado el lugar que ella hubiera deseado para sí, aunque nunca hubiera sido capaz de confesarlo. Ambas hermanas albergaron alguna vez la esperanza de que el oficial se fijara en ellas, pero, a pesar del empeño de su padre, tuvieron que abandonar las expectativas cuando él mismo les anunció que contraería matrimonio con la hija del superior de más alto rango, siendo todavía coronel. Para él siempre fueron como parte de la familia y jamás reparó ni las miró como ellas hubieran deseado. Anna anhelaba encontrar un hombre con el que sentirse mujer y ya no le importaba, al contrario que a su hermana Ángela, en calidad de qué. Este hombre que ahora se había cruzado en su camino era su última esperanza y no mostró remilgo alguno por su condición de judío. Estaba harta de ver pasar la vida desde el otro lado. No le importaba el discurso de su hermana; ni siquiera la perpetua y amenazante memoria de su padre sería capaz de disuadirle; había perdido el decoro y ganado una desvergüenza que prometía resarcirle de muchas sensaciones perdidas.
Una tarde, al regresar de donde quiera que fuera todas las mañanas —nunca habían hablado de ello porque Klaus jamás se interesó—, Anna, molesta ante su actitud distante y hasta desagradable a veces, le habló de Karina mientras mantenía la mirada afilada. Klaus advirtió un odio injustificado sin el menor interés por disimularlo.
—Tu preciosa Karina no era un angelito —le dijo con cruel regocijo—. ¿No te contó nada de su relación con el general? Era más lista de lo que parecía, la muy mojigata.
Y añadió, con intención poco generosa, que este había protegido a la chica, al igual que a su marido, el judío librero, hasta que las circunstancias no se lo permitieron. La tuvo a su disposición sin ninguna reserva por parte de ella, que siempre se ofreció gustosa.
Y siguió diciendo que no fue fortuito su paso por allí aquella mañana; que la muchacha había sido la protegida del general, el mismo hombre que vino para interesarse por la situación aquel día que él tuvo que esconderse. Antes de que continuara despotricando, Klaus cortó la verborrea ofensiva.
—Ya, un poco tarde —dijo con actitud casi despreciativa, queriendo atribuir al general poco interés por la suerte de la muchacha.
El general, hijo de compañero y amigo de la familia de Anna, estaba casado ―para disgusto del padre de esta, que siempre esperó casar a alguna de sus hijas con el prometedor militar— con la hija de un alto mando con poder y prestigio. Habiéndose visto presionado, el general Heinrich no quiso comprometer su estatus por la chica. Por eso pidió a Anna que hiciese por ella cuanto pudiera si la encontraba con vida. No era la primera vez que Anna le ayudaba cubriéndole de alguna forma. Anna deseó que estuviese muerta, la odiaba desde que supo de los devaneos del general con ella; de no haberse cruzado Karina en su vida, tal vez el apuesto general hubiese reparado en ella, aunque solo hubiera podido aspirar a ser su amante —hacía mucho tiempo que ya no le importaban aquellos preceptos—. La odió incluso antes de conocerla, pero cuando la conoció la odió aún más porque sabía que jamás hubiera podido competir con su juventud, con su fresca belleza.
El general, cuando encontró a la muchacha, errante y desvalida, no dudó en procurarle cobijo en la librería, seguro de la fidelidad del librero —nadie tan idóneo como aquel vasallo avaro capaz de todo por gozar del favor de tan alto cargo—, su proveedor de libros y otros favores menos lícitos, además de contacto y espía; un judío sometido y dispuesto a cualquier cosa con tal de medrar y prosperar con la mayor celeridad posible. De esta forma le procuraba seguridad y una vida cómoda a Karina sin dejar de tenerla a su disposición.
Anna continuó lanzando sin pudor todo lo que sabía, incluso exagerando, para denigrar el dulce recuerdo que Klaus tenía de la muchacha. Añadió, sin el más mínimo pudor ni indulgencia alguna —virtudes que desde luego no le asistían—, que, antes de que la encontrase el general vagando por la calle, Karina se ganaba la vida de forma licenciosa. También le dijo que, al verle a él aquella mañana con ella entre los escombros, sospechó que pudiera ser otro amante. Lo que no confesó es que también a él le acogió con la esperanza de demostrárselo al general y detractar la memoria de Karina. Después, fríamente, había pensado ocultarle y sacar provecho a la situación. Klaus apartó la mirada sin disimular desdén, dirigiéndola hacia el alivio de la ventana. El viento agitaba las ramas desnudas del triste abedul, tan melancólico y desconsolado como su propio ánimo. Ese gesto de evidente desprecio, tras el mal intencionado comentario, no sentó nada bien a Anna, que, lejos de conseguir su propósito, sintió como se alejaba aún más de ella aquel hombre que debería postrarse a sus pies y besar el suelo que pisaba y que, sin embargo, mostraba una falta de gratitud y educación fuera de lugar. Anna salió de la estancia maldiciendo el recuerdo de Karina, que hasta muerta le arrebataba la oportunidad.
Anna, a la que la tempestad de las carencias la removía, sentía que se le escapaba el tiempo. Culpaba a los fundamentos a los que las sometió su padre de su juventud perdida. Esta era su última oportunidad, el destino se la puso en bandeja y no pensaba desperdiciarla. Debía controlar la ira que le despertaba el desinterés del judío y jugar bien sus cartas. Poco a poco, a fuerza de atenciones, del poder de la costumbre y del elemental arraigo que propicia el contacto y el sentimiento de gratitud, Anna consiguió que la considerara con otra disposición más amable y cariñosa.
Klaus había claudicado, dejándose llevar por esa marea de circunstancias a las que no podía enfrentarse. Anna era el único asidero que daba sentido a su existencia. Además de cobijarle podía procurarle una identidad que le alejara de la inseguridad. No tenía otra vida, otros recuerdos a los que aferrarse. Solo la rebeldía que usaba para sus adentros seguía tejiendo una disconformidad que aún le permitía sentirse vivo.
Después del tiempo, de las vicisitudes, a Klaus le resultaba difícil reconocer que tuvo momentos más o menos felices en aquella casa; incluso la extrañeza le asaltaba al admitir que le hubiera dicho que la quería. Le mintió para protegerse de su perniciosa frialdad calculadora; le mintió, aunque no fue tanta la mentira, porque deseaba con todo empeño domar los sentimientos y dejarse llevar por la corriente. Pronto se truncó la voluntad. Ni siquiera el aguardiente que ella traía para mitigar las frías veladas, y que él tomaba antes para soportar su presencia, le insuflaba la fuerza necesaria para engordar aquella mentira piadosa y conveniente. La sospecha de su falsedad corroía a Anna, pero simulaba que le creía acuciándole con sus muestras de cariño, fingiéndose correspondida; solo usaba la discreción ante la presencia de su hermana, que no tardó en marcharse a la otra casa cuando comprendió que él no se iría nunca. Para Anna aquel amor era la única alternativa, sin que renunciar a él fuera opción.
Al principio, cuando tenía que ganarse sus favores, a Klaus aún no le asqueaba hasta este punto insoportable. Ahora no podía ni siquiera tumbarse a su lado sin sentir asco.
La ventana era la única expansión fuera de los muros de la triste y solitaria casa vacía de humanidad donde las paredes rezumaban la sordidez de un penal, donde nunca habrían retumbado risas ni alegría. Klaus extendía su vista hasta el muro que le alejaba del mundo. Observaba el deterioro del apenas perceptible montículo donde había enterrado el saquito de carne, hacía un año; aquella balsita grisácea y brillante que conformaba un charco casi vivo sobre la sábana ensangrentada. Todo fue confusión aquella tarde. Anna gesticulaba, gruñía; gritaba cosas que él, atropellado en su inutilidad, no entendía, amedrentado con la imagen de aquella boca vociferante acusándole colérica. Ella le miraba con inquina y repetía que él era el culpable de aquella carnicería; él, escéptico y distante con el momento, pensaba si el resultado de unas prácticas asépticas carentes de erotismo, donde la inercia les había llevado de manera tan distinta a cada uno, merecía la consecuencia. Confundido, solo atinaba a mirar sus sanguinolentos e irascibles ojos que ocupaban todo el espacio; ojos acusadores ante su sordera impávida, que le amparaba protegiéndole de una situación del todo imposible, donde no podía reaccionar ni controlar su propia inutilidad. En medio de aquella confusión acérrima, Klaus acertó con poca maña a seguir las vagas instrucciones que Anna, dolorida, necesitada de atención, le indicaba con tono de reproche.
Klaus había permanecido espantado, aturdido, lejos de una actitud resolutiva. Solo atinó a envolver torpemente aquella masa acuosa y sanguinolenta en un trozo de sábana que dobló varias veces, siguiendo las indicaciones de la propia Anna, que se desgañitaba postrada entre el desgarro de su dolor y la cólera que le despertaba su ineptitud.
Por entonces Ángela hacía días que no iba por la casa de su hermana —la que fuera su casa desde siempre—, desde que mantuvieron una arrebatada disputa mientras Klaus, a pesar de ser él mismo el motivo de la discusión, permanecía ajeno en la sala, sin pronunciarse, escondido tras las hojas de los periódicos atrasados que jamás le traerían la memoria. Ángela, ofuscada por el coraje que le suscitaba la situación del todo inaceptable, se había propuesto no volver a pisar la casa mientras él morara en ella. Pero al volver del laboratorio, como alertada por la premonición de que algo no iba bien, se acercó. Llamó tres veces antes de utilizar su propia llave; aunque no pensara usarla, la llevaba siempre en el bolso. El jardín, invadido de desidia, solo era el pórtico al despropósito. Esa había sido su casa desde que nació y lo seguiría siendo; un zoquete oportunista no la iba a coartar, pensó, segura. Desde el zaguán escuchó los desgarrados lamentos de Anna. Ángela se apresuró hasta el dormitorio de donde procedían los gritos. No sabía del embarazo de Anna, el último día que se vieron, Anna se lo ocultó, guardándolo como una baza a favor de Klaus. La escena era dantesca: Anna parecía hacer equilibrios sobre la maraña de las sábanas empapadas de sangre; bañada en sudor, medio incorporada, se apoyaba sobre los codos; el pelo húmedo y grasiento enmarcaba su amargado rostro, en el que destacaban muy abiertos sus ojos enrojecidos y una boca tejida de hilos de baba que brillaban cimbreantes cada vez que vociferaba una orden o un lamento, agotada y abatida por el dolor ante la necedad de un hombre inepto. ¡Cómo había sido capaz!, pensaba Ángela, complacida por hallar sin vida aquel engendro. Klaus, paralizado, miraba ausente como sin querer ver, adivinando un cuerpecito exánime que más bien parecía un pajarillo caído del nido entre aquella extraña masa viscosa y brillante. Ángela intervino de inmediato, mientras él permanecía mirando aquel bulto, de forma esquiva para no delatar su condición de enterado. Como de soslayo, le pareció distinguir un puntito azul plomizo que le indujo a precipitarse atropelladamente a envolver con urgencia y sin cuidado el pequeño fardo blando. Dobló y dobló la sábana hasta no percibir la grima que le suscitaba el tacto, hasta convertirlo en un bulto anónimo. Sostenerlo le provocaba náuseas y un sentimiento de extrañeza. En ningún momento surgió, ni siquiera, la percepción de que aquel pedazo envuelto, como un ascua ardiendo entre sus manos, pudiera tener naturaleza humana ni mucho menos ser su hijo. Hasta que las mordaces acusaciones de Ángela volvieron a atacarle, Klaus permanecía impasible sin saber qué hacer. Se sorprendió enterrando, casi a oscuras, el pequeño bulto en el yermo jardín que fuera un día alegre y frondoso, según le describía Anna en las tardes tibias cuando aún existía respeto disfrazado de un cariño necesario para soportar la convivencia. Klaus, aliviado al considerarse relevado por Ángela, se sentía eximido de la obligación y no entró al dormitorio. Había pasado un tiempo sin noción cuando Ángela, desde el marco de la puerta, dijo que la había dejado descansando y que regresaría con un médico; que entrara de vez en cuando por si necesitaba algo. Ni siquiera le miró de arriba abajo, como otras veces. Su mirada, al vacío, indicaba una advertencia y mantenía la distancia. Él asintió sin hacer comentario alguno, sin preguntas, ni el más mínimo gesto de agradecimiento; una actitud completamente anodina, como si con él no fuera la cosa. Ángela, a la que solo despertaba tirria, le miró ahora, incisiva y colérica, transmitiéndole lo insignificante y vil que le resultaba. Se marchaba con el firme propósito de convencer a su hermana para echarle en cuanto se restableciera. Klaus, ajeno a sus intenciones, al momento, a las consecuencias, intentó distraerse evocando su vida anterior, la auténtica; la que nunca existió, porque no la recordaba. Se asomó al cuarto de Anna y la encontró tranquila. Pensó en su familia; en las emociones, de haberlas, ante la llegada de los hijos, si es que los hubo. Forzó su mente imaginando rostros, rebuscando entre las imágenes rebeldes que no querían manifestarse. Quiso estar allá, en otro lugar, con ellos, con esos seres soterrados en el olvido colmándole de ausencias; con la familia que ignoraba y que añoraba, si se puede añorar lo que no existe. Se sentía muy desgraciado no por esas carencias, que ni siquiera acusaba: una ausencia de dignidad le impedía ser una persona, un hombre, un ser normal. Desde aquel día la apatía aumentó y, si hubo algún tipo de afecto entre Anna y él, había mermado convirtiendo en un suplicio todos los momentos que tenía que compartir con ella. Una barrera, que hasta entonces había podido salvar, se hizo infranqueable. Le resultaba difícil mantener la situación que había podido sobrellevar con cordialidad y una buena dosis de conveniente mentira.
Como muchas otras veces, Klaus llegó hasta la escalera del desván. Pero esta vez no retrocedió, pisó el primer escalón de la angosta escalera y siguió avanzando por aquellos peldaños de madera gastada que crujían peligrosamente. Desde que bajaran el cuerpo de Karina, hacía casi tres años, jamás se había atrevido. Empujó la puerta y se vio asaltado por el haz de luz que se colaba por la ranura entre el marco y la hoja del ventanuco, apuntando directamente a sus ojos. El espacio se inundó de luz y de extrañeza al abrir la ventana, de silencios agazapados que no dieron tregua al nudo que se formó en su garganta.
En el lugar que había servido de lecho a Karina, un colchón enrollado disipaba la imagen de la cama que había conservado en su mente. Se acercó y olió el jergón sobre el camastro; olía a humedad y a sombría ausencia. Se hizo trizas el recuerdo de aquel rincón donde reposó el tibio cuerpo de Karina. Echó una ojeada al entorno. Nada le recordaba a Karina; todo era nuevo, todo viejo y agrio.
Un centelleo entre los enseres provocó su curiosidad. La destartalada gramola, anestesiada por el tiempo, permanecía indemne a la ausencia de alegres momentos. Como si alguien se hubiera ensañado con la intención de retorcer la alegría que desgranara, carecía de manivela y colgaba el brazo desmayado, arrancado de cuajo como a propósito. Klaus la despejó de cuantos cachivaches la cubrían y la acarició como a un tesoro, despertándole emociones que no pudo atrapar; una sensación de arraigo que no supo identificar, pero que le hacía sentir bien. Quiso arañar de nuevo su memoria mientras instintivamente limpiaba con la manga el polvo sobre el plato. Aquel aparato en desuso no consiguió enaltecerle con algún recuerdo dormido.
El rincón, que recordaba más oscuro, donde el lecho humilde había alojado el cuerpo dañado de Karina trajo recuerdos de aquella, la niña que llegó tan maltrecha a su vida y le cambió el rumbo. Extendió el colchón que permanecía enrollado desde entonces. Se tumbó sobre la mancha circular, el cerco que dejaron el sudor y los fluidos corporales. Unas sensaciones voluptuosas, sin lugar, le mugían por dentro. Solo el sueño las controló. Soñó con ella: viva, sana, alegre, bella, retozona. Acariciaba su rostro sonrosado y ella correspondía ofreciendo su luz incendiaria, su sensualidad sin reservas. Caían sobre la hierba, y del escote de su blusa emergió un pecho blanco y redondo, carnal, alejado de los pétreos pechos de las diosas. Después cambiaba el estruendo de su risa contagiosa por un silencio; una mirada profunda y una lágrima deshacían el halo angelical convirtiéndola en mujer. Aquellos pechos desnudos que olían a verano se ofrecían generosos como un fruto; se cimbreaban sus caderas blancas y carnosas entre las manos inexpertas de un hombre asaltado por el deseo, con un leve vaivén que iba cogiendo brío mientras la sangre de Klaus abrasaba su cuerpo mecido por el cabalgar tan bravo. El sueño se rompió al mismo tiempo que su cuerpo se vertía hambriento y desolado sobre un jergón tan frío, mientras los ruidos de la guerra interrumpían destapando la tristeza intacta.
Las sirenas hacía días que no sonaban, un silencio sospechoso reinaba en el exterior. Esa noche llovió mucho. Los pequeños regueros serpenteaban por la tierra de lo que fue el jardín, convertido en un cenagal donde apenas se apreciaba el pequeño montículo que la lluvia y el descuido anegaron haciéndolo desaparecer. El murmullo continuo del agua tenía altibajos; una furia desmedida golpeteaba sobre los cristales con la misma rabia con que circulaba la sangre por las venas de Klaus, esa noche de aguda rebeldía donde los propósitos tenían caducidad. Anna le había reclamado suplicante por segunda vez. Le horrorizaban las tormentas, detalle que la hacía humana. La temerosa mujer, desprovista de la dureza que siempre le asistía, le hizo un hueco en la cama con actitud de súplica y que él entendió como una orden porque siempre presumía mala intención en todo lo que ella planteaba. Klaus se tumbó de lado con aprensión, dándole la espalda, fingiendo que tenía sueño. No podía ponerse frente a ella. La aversión ganaba a la voluntad.
Anna buscaba comprensión y apoyo, una caricia, un poco de ternura que merecía sin necesidad de mendigar el afecto y el roce que hacía mucho que él le había negado. En sus noches vacías se odiaba por desear un poco de lo que otras, fuere cual fuera su condición, recibían sin tanto esfuerzo. Demasiado tarde para enmendar el error. Qué tarde lo había entendido; a la sombra de muchas cosas, cuando tenía un hombre que le debía todo, incomprensiblemente no podía obtener su favor. Se fustigaba en su amarga reflexión que llegaba tarde. Envidió el lugar de aquellas muchachas corrientes a las que su soberbia hacía considerar inferiores; conformistas, insignificantes muchas, pero amadas, felices. La desesperación le llevó a evocar a su madre, a la que apenas recordaba. Aquella mujer que se apagó tan temprano consumida por la tristeza; testigo inútil mientras sus hijas, educadas como soldados, se convertían en monstruos insensibles. Anna adivinó su angustia y cómo fue anulada por la imperiosa disciplina desatinada y cruel. Tarde, el sentido de la existencia venía a despertarla; a defenderla del sinsentido que siempre presidió su vida.
La infección le afectó al hígado, y la insuficiencia renal derivó, entre otras dolencias, en una anemia crónica contra la que parecía no querer luchar. Anna nunca recuperó la salud tras el aborto. Más que resignarse, se acomodó a tolerar los días, a sufrir las noches. Si permanecía en la cama, tendría derecho a cuidados y atenciones, a la permanente asistencia de Klaus, segura de que, si no podía recuperar su cariño, sí podría chantajearle con su última baza: la documentación que le impediría moverse sin ser detenido. Klaus, sin memoria, forzado a un compromiso; recluido al abrigo de dos mujeres que no soportaba, condenado a la farsa de la convivencia, toleraba la inmundicia de sus días con la esperanza de verse libre.
Ángela nunca pudo admitir la flaqueza de su hermana. Uno de los principales preceptos era la prohibición de prácticas sexuales interraciales. Su padre, un hombre que creía en Alemania por encima de todo, mantuvo de manera acérrima aquellos cánones del padre de la propaganda nazi. Uno de ellos figuraba enmarcado sobre la mesa de su despacho: «Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada». Desde el día que la encontró en aquellas condiciones, acrecentó su animadversión por Klaus. Se odiaba por ser capaz de consentirlo. Aquella fuerza que le impedía denunciarlo, sucumbiendo al ruego de su hermana, le daba ímpetu para luchar por sus principios con más vehemencia.

III
La misión de Ángela
Hacía un par de años de su primera y única misión oficial. El general Heinrich confió en Ángela; fría, invulnerable, no se dejaría embaucar por ningún hombre ni circunstancia alguna que la apartara de su deber. Las instrucciones, más allá del simple cometido como enfermera ayudante del doctor cuya capacidad y conocimientos le habían reportado prestigio, fueron precisas.
El laboratorio se ubicaba en la sala anexa a la misma consulta del médico, hombre solitario, de mediana edad y apariencia agradable al que no se le conocía inclinación por una mujer determinada. Médico personal de la familia de un general reputado, próximo al general Heinrich, se dedicaba a la investigación sobre estudios concretos bajo periódicos controles, desde el último congreso. Desde entonces la consulta permanecía cerrada y el espacio vigilado. La parcela donde se ubicaba el laboratorio estaba sólidamente cercada desde los tiempos del abuelo del doctor, hombre obsesionado con la seguridad. Las mujeres, junto con tres niños, a quienes ni eligió ni potestad tenía para evaluar sus condiciones, llegaron famélicas y cargadas de piojos desde distintos campos de detenidos. Desinfectadas y atendidas para sobrevivir, permanecían hacinadas en camastros, destinadas a experimentos genéticos. Aquella especie de barracón improvisado en lo que fuera el gallinero albergaba a cuarenta mujeres judías, tres de ellas con un hijo, todas de la misma edad al igual que los niños. Las batas nuevas, sin distintivos, les hicieron albergar esperanza en aquel lugar idílico entre vegetación. Estaban catalogadas en tres grupos: eslavas, romaníes y africanas. El cometido del doctor, recabar datos con fines de fortificar la naturaleza de las mujeres arias, lo había llevado un poco a su aire aprovechando que sus superiores, cada vez más ocupados con sus propios experimentos, no daban demasiada relevancia a sus investigaciones. El doctor pasaba gran parte de su tiempo releyendo, entre otros, los estudios del austriaco Gregor Mendel: las leyes de Mendel de la herencia o herencia mendeliana y las conclusiones descritas en su artículo Experimentos sobre hibridación de plantas. La rama de investigación que le habían encomendado era nueva para él; aunque su cometido se limitaba a seguir instrucciones precisas, él seguía investigando paralelamente por su cuenta. Su ayudante de toda la vida, la asistente Kerstin, había fallecido. Le enviaron a Ángela con muy buenas referencias y no tenía nada que objetar. Tampoco tenía opción, ya había obtenido trato de favor conservando a su antigua asistente. Enseguida detectó en ella la sobriedad y eficiencia, valorando excesivas sus cualidades para el cometido.
Ángela pronto descartó la impresión de hombre huraño que le había dado su aire distraído. Le gustaba esa expresión madura de seguridad que solo había visto en su padre. En aquel lugar enclavado entre arboleda y vegetación no se respiraba el penetrante olor a éter característico que rezumaba el anterior laboratorio en plena ciudad, donde solo se trabajaba con muestras; el aroma a campo entraba por todas partes, y el olor a desinfectante era fácil quitárselo con agua y jabón antes de acostarse. Los experimentos se desarrollaban siguiendo pautas marcadas en las que el doctor se permitía un margen de actuación que la llegada de la enfermera dificultó. Aquella mujer cualificada mermaba su radio de acción con detrimento de su libertad; no era necesaria para colaborar en unos experimentos específicos donde solo seguía instrucciones, pensaba el doctor, molesto porque su presencia le obligara a mantener un rigor que le privaba de sus escarceos.
Una mujer y un niño del programa de experimentos habían desaparecido del barracón. Aunque los registros fueron infructuosos, ondeaba la sospecha sobre el reputado doctor. Nunca se descartaba una sospecha hasta esclarecer los casos. Los cuatro soldados que se ocupaban de la vigilancia y mantenimiento fueron castigados. A las mujeres solo les hicieron preguntas, sin recurrir a la violencia; cualquier alteración restaría fiabilidad a los resultados, arguyó el doctor. La vieja enfermera, detenida en casa de su hermana, murió de un infarto antes de tener lugar el interrogatorio, y las sospechas hacia ella tomaron relevancia. Registraron la casa de la hermana, una anciana enferma que no supo responder a las preguntas; no le sacaron nada porque nada podía aportar. El doctor relacionó los movimientos que se dieron ese día, sin que se hubiera detectado anomalía alguna, que él supiera. Manifestaron su confianza para despistar su cautela. El general tenía interés personal en saber cómo lo había hecho, si lo hizo; conocer los detalles sin ponerle en guardia; cogerle infraganti, y ahí estaba Ángela.
Acostumbrado a la actitud sumisa y cabizbaja de las demás, el doctor había reparado en aquella muchacha del grupo de las romaníes, de ojos desafiantes que sostenían la mirada con atrevido descaro. La primera vez la devolvió al barracón antes de que Kerstin se percatara de su debilidad. El halo de rebeldía en aquella joven menuda, no lo había visto en ninguna otra; merecía un escarmiento, pero algo en ella despertaba su interés.
La misma mañana de la redada, una vecina le había cortado el pelo y se lo había impregnado con agua oxigenada; un aspecto más acorde con su apellido francés la haría pasar desapercibida. Por la tarde los soldados subían la escalera del edificio con sus terroríficos pasos anunciando el pánico. Cinco minutos para hacer una maleta. Los soldados los habían sacado del edificio a todos menos a la señora de arriba, inválida, obligando a su hijo y su nuera a dejarla sola. Lo que hicieron con su padre, aquella injustificada inquina, provocó en Sarah un odio exacerbado del que no podría deshacerse nunca. Fueron conducidos al gueto, donde los instalaron en miserables condiciones de hacinamiento. Su madre fue la primera en dar un paso adelante como modista en el taller organizado por el gobernante. Sarah no estaba dispuesta a coser uniformes alemanes, a pesar del espíritu conciliador de su madre, que no resistió mucho las condiciones y murió de pulmonía en un cuarto que compartía con dos mujeres más y las hijas de ambas, siete en total.
Allí Sarah conoció a un chico con inquietudes revolucionarias que la abrió al amor y al mundo alternativo. Jamás hubiera imaginado que su primera vez tuviera lugar en un sitio tan sórdido, pero la calidez del amor la embriagaba sin reparos. El joven suscitaba la rebeldía en Sarah, que ya traía el odio hacia aquella represión, hablándole de la degradación a la que estaban siendo sometidos. Hijo de mecánico, se ocupaba del mantenimiento y tenía enfrentamientos con el gobernante, astuto y rastrero, del que sospechaba que confraternizaba con los alemanes mirando más por sus intereses.
Ella trataba de inculcar una resistencia espiritual en la gente y les invitaba a que escribieran cuanto se les ocurría para no perder la identidad, incluso organizó secretas prácticas religiosas en el sórdido reducto de lo que fueran unos trasteros, aun habiendo sido prohibidas por los soldados. El muchacho no paró de dilucidar directrices en contra de la deshumanización a la que estaban siendo sometidos, mientras cumplía su cometido, que no le dejaba mucho tiempo en aquel recinto infecto y ruinoso. Conspiraron contra el gobernante y se ganaron la antipatía de los que creían que sus maniobras les podían perjudicar. El muchacho, falto de pragmatismo y sobrado de intrepidez, fue masacrado cuando se interpuso delante de las mujeres embarazadas; lo de ofrecerles mejores condiciones fuera del gueto, según el gobernante, ya no lo creía nadie.
Al día siguiente los soldados alemanes se llevaron a siete mujeres de las más jóvenes, Sarah entre ellas. A ella, que se había jurado venganza, poco le importaba, allí no le quedaba ningún amarre. Las metieron en un vagón cargado de gente donde viajaron hacinadas entre excrementos y sin apenas agua ni comida. Después de un largo y terrible trayecto su destino fue un campo de prisioneros en territorio alemán. La separaron de las otras mujeres del gueto y la empujaron a la fila donde les tatuaban un número en el brazo. Buena señal, le había dicho la mujer que la sujetó cuando ella se esforzaba por seguir con la vista a las otras. «Esta fila asegura la pervivencia», le dijo la mujer, que también le recomendó que cerrara la boca y mantuviera baja la mirada, y a la que no volvió a ver. Cuando creía que el horror no tenía más espacio conoció el pánico que campaba sin tregua en aquel lugar sombrío cargado de miseria.
El recuerdo de su compañero muerto por su arrojo en el gueto la enardecía; valiéndose de su influjo intentó organizar actos de resistencia. Entonces fue consciente de la dimensión de su soledad; el miedo paralizaba y su propósito era tan romántico como inútil entre la sordidez de aquel espacio donde no cabía esperanza. Miradas vacías y apáticas respondían a su intento de resistencia colectiva. Ni siquiera tenían aliento para demostrar extrañeza; no la percibían, insensibles, despojadas de dignidad, como tétricas marionetas destinadas al desprecio, al dolor y la muerte. Aquel impulso loco era una necesidad vital para sacudirse la sensación tan humillante de acatamiento; un arma para huir de la mansedumbre con que se aceptaba aquella aberrante esclavitud con tufo a muerte.
Tampoco allí estuvo mucho tiempo. Sin aviso, la sacaron del barracón de madrugada, sin ocasión a retirar de la rendija sobre el camastro las fotografías que su madre había conservado en un saquito de tela bajo el uniforme. Aquellas fotografías, el único resquicio donde agarrarse a una vida que le habían robado, habían quedado grabadas en su mente, y en la oscuridad jugaba a acariciar sus bordes mientras visualizaba las caras solemnes de sus padres el día de su boda, donde su madre daba una imagen triste que ahora comprendía; su primera foto a los tres meses, con el gesto enfurruñado en un puchero, donde el brazo de su madre sujetándola delataba que no se mantenía erguida; en otra, su abuelo con un violín encajado en el hombro bajo la mirada de admiración de su padre; en otra, en la que los avatares habían rasgado medio rostro de su padre, ella sonreía sentada en sus rodillas mientras su madre sujetaba un ramo de flores. Ese frío del alma no desapareció en este lugar con el ligero beneficio de un trato menos masivo y cruel. Aún soñaba con la lasitud que invadía el espacio y con los rastros de disentería que iba dejando su compañera por el barracón. No estaba dispuesta a ceder, terca con su indocilidad; un ímpetu que aún no le habían arrebatado.
Con su arriesgada osadía logró llamar la atención del doctor. Dos días después su actitud había cambiado. No era cobardía, y el doctor no solo lo intuía, agradecía su porte inteligente. Aquellos ojos no pudieron disimular el arrojo que no era capaz de arrebatar las limitaciones del encierro. Un halo de misterio la convertía en un número con identidad. Sarah se había atrevido a desafiarle con su dialecto austriaco y su mirada incisiva, «¿por qué?», dejando al doctor sin respuesta y sin reacción, desprotegido ante la necesidad de su presencia. Tenían derecho a saber a qué tratamientos se las sometía, a permanecer todas en las mismas condiciones, había osado exigir. Perdida la paciencia, el doctor le espetó con agresividad y con voz queda que no tenían derecho alguno y que, si le daba problemas, la devolvería al campo. Sarah, consciente de que con hostilidad sería difícil conseguir su favor, cambió de táctica, se mostró sumisa, como las demás; no debía correr el riesgo de ser devuelta al horror de aquellos barracones donde nunca podría acostumbrarse al hedor.
Al principio la asistente comentaba las condiciones de las mujeres con los soldados, que la convencieron de que «solo son judías». Con el doctor solo se permitía hacer bromas refiriéndose a los cambios que se daban en ellas. La romaní espabilada ya se había deshecho del pelo cobrizo de rata, decía refiriéndose a Sarah, y el doctor pensaba en la incipiente melena oscura como sus ojos y en su cuerpo menudo y rectilíneo como un capricho a conquistar; se había convertido en un vicio peligroso. La rebeldía de Sarah le divertía, suavizaba el tedio en aquel lugar privilegiado donde apenas los efectos de la guerra eran perceptibles. El doctor implantó un nuevo hábito en sus prácticas con el fin de estar con ella. Kerstin charlaba un rato con el vigilante y después traía a las mujeres, entre las que siempre incluía a Sarah, antes de retirarse a descansar —costumbre tan necesaria para aliviar las molestias del reuma—, recomendación del doctor con interesado propósito. Al doctor le importaba la opinión de la asistente, amiga de la granjera, una mujer fanática y próxima al régimen. Aun seguro de su lealtad, se cuidaba de que no sospechara su debilidad por la muchacha. Durante una hora exacta, en la que no se dedicaba tiempo al tratamiento, el doctor trató a Sarah con delicadeza y un anómalo respeto que para ella nunca era suficiente mientras no estuvieran todas en las mismas condiciones.
La primera vez que Ángela entró en el barracón, las mujeres, acostumbradas a la vieja Kerstin, se asustaron. Su presencia avivó el sobresalto, hizo reverdecer aquel temor ceñido al alma del que solo las conseguiría librar la muerte. Las que podían salir durante el día trabajaban en la granja bajo la presión de los soldados, y las que no salían habían aprendido a vivir en aquellas condiciones infrahumanas, pero lejos de los pavorosos temores. Cualquier suerte antes que regresar a aquel infierno, suplicaban, temerosas de que se las devolviera al horror. No dejaba de sorprender a Ángela aquel apego al inhóspito lugar de aquellas mujeres que aún no habían llegado a los veinticinco años y alguna ya había sido madre, pero solo tres conservaban a un hijo con ellas. Dos días antes de llegar, de madrugada, un grupo de mujeres habían sido inoculadas. Valorar las alteraciones por el encierro formaba parte del estudio. Era importante administrar los tratamientos al mismo tiempo a todas. Las preservadas de la luz, aisladas en la zona más oscura del barracón donde no existía una rendija, un resquicio; sin apenas opción a movimiento, encajadas en celdas individuales de dos metros cuadrados, el mismo espacio para la que criaba a su hijo. La comida y agua se les administraba por la noche, cuando, agotadas y comidas por la tristeza, con los ojos inflamados por los devastadores efectos de la permanente oscuridad, sacaban sus excrementos y se lavaban en medio del patio bajo el frío liberador y la vigilancia de los soldados. Las noches sin luna se las apañaban con el reflejo de un farol a distancia. La capacidad de aguante formaba parte del estudio, así como la respuesta a distintos estímulos ambientales. Estas mujeres confinadas en extremo formaban un subgrupo específico dentro del conjunto. Ya no se hacían preguntas, el horror del que venían era su único referente. Les habían arrebatado a sus hijos, a su familia, algunos asesinados delante de ellas, y la dignidad más absoluta. Aunque nunca tendrían sosiego, aquellas mujeres sumidas en la abnegación, habían encontrado allí algo de tranquilidad. La mayoría del tiempo, permanecían en silencio, hablar de sus desgracias ya no tenía lugar; para qué agravar un presente irremediable, pensaban, como anestesiadas, inmunes a la elocuencia incitadora de Sarah, que no dejaba de intentarlo sin comprender su conformismo, su laxitud de pensamiento. Sarah no dejó de incentivar a los dos pequeños de tres años, solos casi todo el día. Arañaba en el suelo de tierra del barracón plasmando dibujos, buscando una ilusión que les animase a despertar. Los copiaban y comentaban. Así estimulaba la alegría, y sus risas llegaban al que estaba recluido en la oscuridad, a unos metros, al otro lado de la vida.
Sarah clavó los ojos en el pañuelo rojo con minúsculos topos blancos que protegía la garganta del doctor. Muda a las preguntas, siguió hermética durante la exploración. Acostumbrado a su insolencia, el doctor respetó su mutismo. Podía disponer de su cuerpo, pero jamás accedería a su alma, a sus pensamientos, muy lejos en aquel momento. Aquella tarde fatídica los soldados les habían apuntado en la calle durante horas, agravando con improperios su perplejidad. Uno de los niños, aquel pequeño de mirada avispada que era como uno más de la familia, salió corriendo, y el padre de Sarah, un gitano de ascendencia romaní con apellido francés, se había movido instintivamente para sujetarle. Después de disparar al pequeño, arrastraron en círculo y boca abajo al padre de Sarah, que pidió clemencia hasta el último hálito de vida. Lo estrangularon con su propio pañuelo. —A Sarah le devoraba el recuerdo—. Su madre ocultó el rostro entre las manos tragándose los mudos lamentos prohibidos. Sarah no apartó la mirada del rostro de su padre, teñido de la sangre tan zíngara como su pasión por el violín, y se juró no renegar nunca de su origen. El hijo de la señora inválida a la que habían dicho que no se preocupara, que volverían pronto, lloraba desesperado desde la camioneta viendo arder el edificio. Había sonado a cascarón y resistencia el violín que tocaba el diablo algunas veces —solía decir su padre con pícara satisfacción― cuando lo aplastó el soldado. Los restos de aquel violín resguardado debajo de la gabardina como el objeto más preciado permanecieron esparcidos hasta que el empuje del viento los hizo desaparecer. Sarah echó de menos aquellas cuerdas muchas veces, sobre todo al principio, cuando la rabia le hubiera dado fuerzas para atreverse a usarlas. La ira le dio impulso para no abandonarse a la corriente. Aquel pañuelo rojo con topos blancos que se fundía con su rostro ensangrentado era igual al que llevaba el doctor en el cuello esa mañana.
Ya no se oían los lamentos de la mujer ni tampoco los intermitentes y apáticos llantos del niño. Comprimidos en la minúscula celda oscura, apenas daban señales de vida. Aquel silencio dolía más que las quejas de todas juntas. Era el tercer encuentro íntimo detrás del biombo. Sarah se desnudó sin que él se lo pidiera; sabía que la deseaba y también que no disfrutaba tomando a las mujeres por la fuerza. Aprovechó la atracción que el doctor sentía por ella, arañando en su conciencia. Se retiró cuando el doctor, sorprendido, le acarició uno de sus minúsculos pechos, casi a hurtadillas. Volvió la agresividad a la mirada, pero reprimió la fiereza en sus palabras y se forjó una máscara recurriendo a la dulzura. Si ayudaba a la mujer confinada y su hijo, prometía ser muy generosa. Molesto, sintiéndose débil y ridículo entre las redes de una prisionera, el doctor reaccionó bruscamente. La mandó con las demás, que como cada tarde permanecían inmóviles y en silencio al otro lado del biombo, mientras se planteaba los sacrificios que exigía la ciencia. Sarah tuvo miedo de haber echado abajo los avances. Tras una espera en el más absoluto mutismo entró Kerstin y las devolvió al barracón, ajena a las indebidas prácticas. Toda una noche de razonamientos y cargos, de valoración y dudas. Alterando el protocolo, el doctor administró vitaminas a la mujer y su hijo, y algún remedio para la vista castigada por la continua oscuridad, esperando que fuera suficiente. No había caído en saco roto la testarudez de Sarah ni tampoco había sido su empeño el único detonante en la conciencia del doctor.
Kerstin había organizado días antes su salida; tenía permiso para ir a visitar a su hermana y permanecer un día con ella. Esa misma madrugada, diez mujeres, entre las que se encontraban Sarah y la mujer hacinada y su pequeño, tendrían una sesión del tratamiento. El doctor ralentizó sus prácticas hasta provocar la impaciencia de la asistente, que, nerviosa, marchó apresurada después de dejar en el barracón a las mujeres. Sarah llevaba entre los brazos un gurruño de manta simulando que cargaba con el pequeño dormido. Confiada y con las prisas, Kerstin no prestó debida atención. Agazapada bajo una manta detrás del biombo con su pequeño, la mujer temblaba cohibida. Tampoco el guardia controlaba las salidas y entradas al barracón, confiando en la asistente. Hasta la noche, que los soldados hicieron el recuento, no se advirtió la falta. El registro fue exhaustivo por los alrededores y la granja, en especial en el laboratorio, donde no se hallaron rastros. La asistente sufrió un infarto al ser detenida en la casa de su hermana. No sabía nada de la desaparición, pero hubiera podido constatar que la mujer y el niño entraron al laboratorio y ella misma las había devuelto al barrancón sin poner la debida atención.
La granjera había preguntado por Kerstin. Ángela, correcta, solo le informó de su fallecimiento durante la estancia en la ciudad en casa de su hermana y de lo ocupado que estaba el doctor. Traía los huevos y las verduras que generalmente solían traer los soldados, ávida por información sobre el registro que había sufrido dos días antes, sin que los soldados le dieran ninguna explicación. Sorprendida por la noticia de la muerte de la asistente, miró a Ángela de arriba abajo con gesto de desaprobación y, demostrando la confianza que tenía con el entorno, dijo con tono de familiaridad que aquellas mujeres parecían otras, refiriéndose a los cambios físicos de las confinadas que trabajaban su huerta. La mujer era de toda confianza, tenía dos hijos en el Ejército y su fervor por el Führer estaba fuera de duda. Vivía sola, y su granja, trabajada por las confinadas, había sido registrada exhaustivamente. Aunque sin brutalidad, también ella fue interrogada sin que obtuviera ningún tipo de explicaciones que le aclararan los motivos.
Aquella tarde el doctor iría a la fiesta privada que todos los años reunía tanto a antiguos y nuevos médicos como a enfermeras y allegados del Ejército. Ángela se decidió a acompañarle; llevaba varios días sin salir de aquel recinto y echaba de menos algo de movimiento. Parecía una fiesta por todo lo alto. Ángela, impresionada por el recibimiento al doctor, estaba contenta por haber aceptado la invitación, hasta que se caldeó el ambiente. Hombres y mujeres bebían sin mesura. Alguno se excedió con ella, o así lo estimó, poco acostumbrada a la ligereza del lenguaje. El escándalo la sobrepasó cuando se percató de que una pareja copulaba detrás de la cortina, justo a su espalda, sin ningún pudor. Cuando el doctor la encontró sentada en un rincón con cara de vinagre sin alternar con nadie, Ángela le hizo notar lo molesta que se había sentido y no solo porque él apenas le prestara atención, ocupado en cambiar impresiones con los colegas a los que no veía desde hacía un año. Él quitó importancia a la desinhibición de los compañeros, poniéndole en antecedentes de lo usual de estos escarceos que les distraían de las duras jornadas en el cumplimiento de su deber. Ella, escandalizada por la debilidad de su argumento, contestó, molesta y airada, que no era ético ni higiénico sin fines de procreación; que para eso ya había mujeres que se prestaban. La carcajada del doctor la hizo enrojecer. No les gustaban las putas, y aquellas mujeres eran muy respetables y, desde luego, no eran forzadas; todas disfrutaban tanto como los hombres. Gratamente sorprendido por su carácter combativo, añadió que sus preceptos ya estaban obsoletos, sin entrar en más detalles, mostrando su respeto hacia su cerrada convicción. Ángela, acostumbrada a la sobriedad de su ambiente, no se sentía cómoda, pero no podía defraudar la confianza que el general había puesto en ella. No habría sacrificio que la amilanara; ningún movimiento que la llevara a desarrollar con éxito su misión sería considerado una frivolidad, se propuso, envalentonada por aquel nuevo ambiente en el que tan bien se desenvolvía el doctor. Fustigarse por ello no reparaba la pesadumbre por su flaqueza; tal vez era una oportunidad de cambio a la que no debía cerrarse.
Era un mediodía caluroso. El deber daba un respiro y Ángela mitigaba el calor despojándose de la chaqueta y los zapatos. Reclinada en el diván se quedó dormida. Despertó sobresaltada con la silueta del doctor frente a ella, casi rozando sus rodillas. Ángela recompuso su postura abrochándose la blusa, abrumada por el pudor y avergonzada por el descuido. Él volvió a desabrochar los botones sujetándole la mano, sin decir una palabra; intuía su condición de virgen al igual que sus preceptos y una inclinación disciplinaria que no le permitía caer ni siquiera en broma en tentaciones, así como su fiereza para defender todo ello. Dormida en aquella postura; bajada la guardia, indefensa de sí misma; tan alejada de todo cuanto representaba, había avivado en el doctor deseo de despertarle lo que ella se empeñaba en encerrar. Solo era una mujer, fría, pero una mujer, pensaba el doctor, que presumía de conocer bien la naturaleza femenina. La inexperiencia de Ángela, a pesar de sus treinta y siete años, era un estímulo hacia sensaciones que ya tenía desterradas. La anómala circunstancia de aquella extraña mujer de pocos atractivos físicos era capaz de avivar un raudal de morbo. No había ido más allá de meter la mano en su blusa, seguro del efecto del leve roce y la delicadeza de su trato. Poco a poco. Era su táctica, su estímulo, con el que, enredado en las sensaciones, disfrutaba los momentos. Jamás abusaba de su posición; no encontraba satisfacción en ello. Una agradable angustia había sumido a Ángela en una tibieza que la invitó a buscar de nuevo las caricias en la intimidad de su cuarto. Emular el tacto del doctor, tan breve e impreciso, a solas, no resultó tan agradable, pero abría un cauce permisivo. Al día siguiente el doctor la rozó accidentalmente un par de veces durante el trabajo y ella se sumió en el ansia placentera olvidando sus principios. Los roces alcanzaban una alegría alevosa que distraía sus prejuicios. La introspección la llevaba al obligado análisis encontrando justificación a sus infames apetitos. A él le divertía el juego, suplía en parte la carencia; desde que había llegado no le dejaba ni respirar, pegada a él en todo momento dificultando los asiduos escarceos con la muchacha.
Ocupado en los propios, más «jugosos», el supervisor anunció el retraso para validar científicamente los avances y dar el visto bueno antes de continuar con el experimento, invitando al doctor a su laboratorio por primera vez. Lo que allí vio el doctor cambió totalmente sus conceptos éticos. Contaminado por el fanatismo del supervisor erigido en su superior, se avergonzó de su flaqueza permitiendo aquel tira y afloja con la judía romaní, una debilidad que no podría confesar nunca, condenándola a ser carne de cañón como aquellas desgraciadas. Cargaba con no pocas contradicciones y dudas cicateras; un gran peso agravaba su falta de rigor, recriminándose no estar a la altura. Allí se trataba a los detenidos como seres infrahumanos. La crudeza con que se llevaban a cabo aquellos experimentos, en nombre de la ciencia, despertó en él un complejo de incapacidad para seguir con los proyectos, sin poder discernir hacia dónde se inclinaban los motivos de su vacilación. Después de lo que había visto y escuchado, su lucha interior era más dura.
El trabajo en el laboratorio era regular, no parecía que el doctor fuese sospechoso de algo, pero, para seguir todos sus movimientos, Ángela decidió acercarse más. Aflojada la resistencia escudándose en el deber, coqueteó con no poca torpeza a las insinuaciones del doctor. Atraída por aquel hombre que le había despertado la libido por primera vez, encontró un subterfugio a su flaqueza que disfrazaba de oportuno sacrificio. Esa tarde calurosa le invitó a limonada en la sala contigua al laboratorio. Nerviosa, le esperó en la misma butaca y con la misma indumentaria de aquella primera vez, disfrazando de osadía su condición timorata. Haciendo alarde de una destreza que no tenía, ella misma le quitó la chaqueta y lo arrojó al diván usando el trémulo descaro sin afianzar. Él siguió quitándose prendas, descubriendo su torso. La masculinidad, sin referentes, la subyugaba; las redondeces de las formas musculadas del doctor despertaban unas sensaciones turbadoras; nunca le había imaginado de carne y hueso bajo su bata blanca. El doctor se desnudó de tacto hasta que la compasión le hizo retomarlo, pero ya se había desatado una inercia irreversible. Ella se había abandonado dejándose llevar con sumisión para complacerle, pero no era ese el proceder que él esperaba, eso podía encontrarlo en otras más apetecibles y con más práctica. Esperaba de ella rebeldía y trabas, para conquistar su favor con menos simpleza. Ángela, armada del valor que desconocía, volvió a acercarse consciente de su torpeza. El doctor dejó a un lado sus modales, la atrajo hacia sí y le metió la mano por detrás hasta llegar a su sexo por las bravas. En un acto reflejo ella se retiró, roja de espanto. Él se acercó con todo el descaro, harto del pueril juego. Le presionó los hombros hasta ponerla de rodillas a la altura de su bragueta, por donde escapaba la intención del desahogo como lógico paso, donde fluctuaba el misterio de una realidad cruda, un monstruo que apareció sin que le hubiera avisado la vida, al que Ángela se enfrentaba con la única arma de una voluntad carente de destreza. Aquella experiencia desastrosa no decepcionó al doctor, que acabó masturbándose delante de ella con un regusto añadido, mientras ella, arrodillada, sofocada y ridícula, no logró estar a la altura, ni siquiera para reaccionar recomponiendo su postura. Solo cuando se retiró el doctor acertó a incorporarse y subir a su habitación, donde se mortificó entre sollozos, ebria de rabia y vergüenza. Le costó presentarse ante el doctor a la mañana siguiente. Intentaba obsesivamente centrarse en el trabajo, pero estaba tan abochornada y nerviosa que no conseguía hacer nada bien. El doctor, amable, como si no hubiera pasado nada, mostraba una naturalidad que Ángela no podía soportar, hundida en la rabia de su fracaso; un vacío de alma se disputaba el lugar con todo su cuerpo.
La actitud del doctor propiciaba un ambiente distendido en desagravio a la tensión de Ángela. Una tregua que cada uno entendió a su manera. Ángela había dejado de interesar al doctor; la sensación de haberla domado rompía el encanto, cargándose el interés de golpe. Ella interpretaba esa distancia dulcificada como un respeto que pudiera preceder a otras intenciones más en la línea de la corrección. Ese supuesto le daba seguridad y la limpiaba de cargos, mientras el doctor esperaba con impaciencia las mañanas de descanso que ella ocupaba en sus cosas en la planta de arriba. Tomó la inercia de requerir al vigilante y esas mañanas acudían tres mujeres al laboratorio. La muchacha romaní de cuerpo escaso y magro correspondía al favor detrás del biombo buscando en su mirada noticias sobre la mujer y el niño. Él confirmaba el éxito de la escapada, validando su intuición. Solo su mirada despertaba en él un placer mental superior a las mismas sensaciones carnales de las que hubiera podido prescindir. La presión por la posibilidad de que pudiera aparecer Ángela intensificaba los momentos.
El doctor extremaba precauciones, Ángela era perspicaz y carecía de su confianza. Tenía que apañárselas para mantener sus chanchullos, que hasta ahora había podido controlar. Distraer su atención no era fácil. Hasta que llegó, siempre se había ocupado personalmente de preparar las dosis. Sí mantuvo la potestad de manejar solo él los informes. La normalidad era la tónica general. Incluso habían salido a pasear por los alrededores alguna tarde siendo el doctor muy correcto, como si nada de lo sucedido entre ellos hubiera tenido lugar. Ángela volvió a sentirse segura y logró deshacerse de aquella especie de esperanza oscura recuperando intactos sus principios. Sin indicios de irregularidad, estuvo a punto de enviar su informe favorable, pero la posibilidad de ser reclamada, suponiendo cumplida su misión, la retuvo. Una atracción hacia el doctor cercenaba su voluntad quebrada.
Parecía haberse enfriado la intención, que nunca tuvo el doctor, aunque Ángela hubiera perseverado en el propósito. Desilusionada, confusa por el repentino desinterés del doctor hacia ella, abandonó la condescendencia y afinó de nuevo el escudriño con repentina urgencia. Había observado cierta maniobra al ir a inocular a la joven romaní a la que el doctor miraba con una complicidad que la avispada muchacha no correspondía. La muchacha, a pesar de las condiciones, contra todo pronóstico conservaba la lozanía. Ángela memorizó el número grabado en su antebrazo, tenía que ingeniárselas para revisar su expediente. El doctor no había caído en descuido; dejó a propósito los informes a su alcance, dándole tiempo a satisfacer su curiosidad. No halló irregularidad y se deshizo de aquella aprehensión que tal vez confundiera con celos, reconoció. «¡Celos! ¡De una judía! ¡Qué disparate!», pensaba, ofuscada e insegura.
Ángela, mientras preparaba el instrumental, sin bajar la guardia, a la expectativa, se percató de la maniobra; el doctor había cambiado la carga que ella había dispuesto para inocular a la muchacha. Pidió explicaciones. Él vaciló unos momentos, reprimió el impulso de contestar que se estaba extralimitando en sus funciones y dio un argumento convincente. Esa noche llovía a cántaros. A la mañana siguiente, día libre, Ángela, que dormía arriba con vistas al otro lado del patio, se levantaría más tarde, emplearía la mañana en la higiene personal y no bajaría hasta bien avanzado el día respetando la intimidad del doctor en las dependencias de la primera planta. Era el momento. Amparado por la oscuridad y la lluvia, el doctor atravesó el patio hasta la puerta del barracón burlando al guardia, nada complicado aquella noche furtiva. Quitó la aldaba sin que el ruido, amortiguado por el aguacero, alertara. La llave estaba echada, cosa inusual; saltar la verja era más difícil que quitar los tablones de aquel tinglado improvisado. Entraba en el barracón por primera vez —nunca quiso hacerlo después de recibir una rotunda negativa al sugerir en su día ciertos requisitos para su construcción, y prefería ignorar las condiciones—. Las mujeres, en silencio, se habían puesto en guardia al escuchar que manipulaban la puerta. Sarah, sin motivo para estar alerta, reconoció la silueta del doctor, bajo el manto de la lluvia. Salió a su encuentro instintivamente, pensando que eran otros los motivos de su anómala presencia. La lluvia era el aliado perfecto y no podían desperdiciar la ocasión.
El favorable escándalo de la lluvia contra los cristales atenuaba el ruido del sigiloso trasiego. No hacía mucho que el doctor había abierto la trampilla para liberar a la mujer y su hijo. Apenas hubo tiempo para recomendaciones. Sarah miraba por primera vez con respeto al doctor y por primera vez le reconoció que él era un siervo del sistema sin opción a desmarcarse, y los peligros a los que se exponía. Acudió, contraviniendo su usual postura, una ternura tibia hacia aquel hombre que representó al bando enemigo y ahora solo tenía ocasión de estrujar entre sus manos los mofletes descolgados bajo la mirada triste. Solo un momento de mudez, un beso de despedida. Se cerró la trampilla. Sus alpargatas mojadas le hacían resbalar por los cuatro escalones. Se plantó de aquella forma instantánea frente a un devenir que tampoco elegiría. Un jersey y un pantalón holgados sustituyeron la vieja bata empapada. En el bolsillo había dinero y una nota en la que le deseaba suerte y le pedía perdón; un perdón cuya dimensión, entendía, iba más allá de una disculpa hacia su persona. La linterna cayó al suelo, no volvió a encenderse y la oscuridad aullaba con fauces que la esperanza vencía. Bamboleándose con los brazos extendidos de extremo a extremo, atravesó a oscuras el túnel, rozando con los dedos las paredes como única guía. El que huye no tiene miedo, se repetía, avanzando en la negrura, como un rezo. Le espantaba tropezarse con los cuerpos de su compañera y el pequeño. Todas las noches la había imaginado arrastrando al niño con sus mermadas fuerzas, desfallecida, en medio de aquel pasillo como una tumba alargada sin fin. Imaginó sus pasos torpes sobre aquel suelo irregular y cómo abandonaba la molesta linterna en medio de aquella oscuridad que no les sería ajena. No había habido tiempo para detalles y ahora apenas había espacio para la angustia. Solo podían huir de una en una, que se apresurara para llegar al final lo antes posible, le dijo el doctor mientras cerraba la trampilla transido de tristeza, de incapacidad, dispuesto a seguir arriesgándose para salvar a otras.
En medio del estrépito de la lluvia, limpió el barro fresco y barrió cubriendo con el polvo la trampilla irregular quedando las ranuras asimétricas disimuladas totalmente. Tumbado sobre la cama recapacitó y soñó con sus errores. De esta sería difícil salir indemne.
Sarah avanzaba desaturdiendo de su mente el derrotismo. Las miserias no habían conseguido doblegarla entre las paredes del primer barracón, pero ahora el trasiego por aquel túnel interminable donde las manos tanteaban la oscuridad trajo sensaciones que la rabia no logró suavizar. Como si arrinconados por desuso quisieran manifestarse todos juntos, vinieron a la mente los recuerdos insignificantes que acudían en los momentos cruciales, esos pasajes intrascendentes y olvidados de su infancia: jugando a la gallina ciega con sus primos en aquel patio lleno de luz y de voces; la candidez de un niño, el más pequeño, al que siempre dejaban atrás y acababa llorando; el que no podía saltar la acequia como los otros, tragando el nudo de su primera humillación, indefenso a la evidencia de un padre exigente, de unos primos burlones; la inocencia truncada de un niño, el más pequeño, hundido en su noche caviladora de divergencias. Qué habría sido de todos ellos, azuzaba de pesimismos su mente, segura de que ya no habría derecho a los veranos, a los abrazos y las meriendas. Lloraba; lloraba a gritos por la cascada de pequeñas cosas que tapaban las más grandes, y el eco de su lamento ocupaba absolutamente el hueco oscuro y carcelario hacia la inalcanzable libertad. Se sacudió enseguida la sensación cuando tropezó con el palo atravesado. Arriba estaba la trampilla, sin manifestarse, bien disimulada. A la derecha, según le había dicho el doctor, estaría el palo para golpearla. Se aceleró la angustia efímera al encontrarla, palpando arrodillada el suelo. Se perdía el repiqueteo anulado por el gruñir de los cerdos. En uno de los desesperados envites se abrió la trampilla. Los desperdicios y excrementos enfangados le cayeron encima como una avalancha de gloria. Se apresuró a preguntar si la mujer y el niño escapados meses antes habían llegado bien, nada más echarse a la cara a los granjeros. Camuflados entre la paja, los habían llevado a un lugar seguro hasta que la red de la resistencia les pusiera a salvo en un destino del que no tenían conocimiento. Gracias a que, la tarde anterior de la escapada, el doctor había enviado a Kerstin con una pócima para los ojos del granjero —la manera de avisar, que ni la asistente conocía—, los habían encontrado medio desfallecidos en la mitad del túnel, el niño sobre la mujer magullada por las caídas, le dijeron los granjeros, que, esta vez, no estaban sobre aviso.
El tendero, comerciante alemán vinculado a la resistencia, tenía la camioneta preparada para camuflar a una persona y esa misma mañana sacaría a Sarah con destino a París, desde allí era posible llegar a Inglaterra por medio de contactos en el Consulado. Con su goteo espaciado y eficaz habían salvado varias vidas. Un pariente de los granjeros, los únicos que sabían de la existencia del túnel, perseguido por un crimen que no había cometido y al que dieron por muerto, había sido el primero. El recrudecimiento de las circunstancias despertó un camino que había dado sentido a la anodina vida del doctor.
Ajena a lo que había acontecido la noche pasada, Ángela simuló haber olvidado el incidente del día anterior, impaciente por ojear los expedientes guardados en el archivo cerrado con la llave que el doctor siempre llevaba engarzada en una cadena al cuello. Entró con dos copas y una botella de vermut, aperitivo preferido del doctor, a la sala contigua al laboratorio, donde tomaba notas de una revista científica. Era su día libre y le convenció para que relajara su avezada persistencia al trabajo. Gratamente sorprendido, se dejó llevar, le interesaba limar asperezas y, sobre todo, que pasara el tiempo sin que ninguna sospecha estropeara la huida de Sarah. Ella disimulaba su recelo sin dejar de hablar para no darle opción a pensar, y él celebraba su buena disposición siguiéndola locuaz como si así empujara al tiempo, hasta que el fuerte somnífero hizo efecto. Todo parecía en orden después de examinar los expedientes con cuidado. Abandonaba en su empeño, convencida de que algo se le escapaba a pesar de no constar rastros de irregularidades. Insistió por instinto buscando un doble fondo, con perseverancia. Un mínimo resquicio en un ángulo la animó a hurgar valiéndose de un bisturí y un abrecartas. Encontró la zona susceptible. Aunque la modorra del doctor daba espacio, le ató las manos y los pies. No solo había dobles informes con los seguimientos de la judía, donde afloraban irregularidades como detalles de los placebos y vitaminas administradas, sino también diversas notas sobre otros confinados, donde relacionaba a la madre y al niño en la penumbra, a los que de modo similar había administrado pequeñas dosis y reconstituyentes las vísperas de la desaparición. Ocultaba escritos con extensos análisis particulares en contra de preceptos indispensables detractando el programa secreto Asesinos de la Misericordia; un listado con nombres y fechas, como un goteo constante y discreto, posiblemente de pacientes a los que hubiera ayudado a escapar antes de exigírsele la colaboración en los experimentos. Demasiado tarde; atravesar el patio embarrado por los efectos de la tormenta para llegar al barracón aceleraba el corazón de Ángela con la esperanza de llegar a tiempo. Cuando el doctor despertó ya se había puesto en marcha el dispositivo. Desde la sala podía ver parte del laboratorio, patas arriba. Afloraron las irregularidades, todas. Hicieron falta tres registros más para dar con el túnel que el abuelo del médico había hecho construir durante la Primera Guerra Mundial. El acceso estaba en su dormitorio, donde ahora se ubicaba el laboratorio, perfectamente camuflado en el suelo de madera, bajo unas tablas bien ensambladas y convenientemente reforzadas para que no sonaran a hueco. Desde debajo de su mesa llegaba hasta el otro lado de la colina, con salida justo en medio de la pocilga en la casa de una familia alemana nada sospechosa. Les costó levantar todo el suelo para hallar el túnel; para entonces el doctor, aunque con dificultades, ya había hecho uso de su píldora de cianuro, dispuesta mucho tiempo en un bolsillo. Lo que no se encontró en su archivo, la documentación donde constaba la verdadera identidad del abuelo, su segundo apellido judío del que siempre renegó, permanecía en el forro de un sombrero que colgó toda la vida del perchero. La aversión por los judíos venía de tres generaciones atrás, cuando un tío abuelo de su madre, un próspero comerciante judío, había conseguido buena parte de los bienes de la familia a precio de usura, aprovechando la desgracia que les había llevado la ruina. El bisabuelo del doctor había mantenido su testarudez en detrimento de todos los judíos, engendrando el odio en su hijo, y animadversión por su propia esposa.
Aquel odio le fue transmitido al doctor desde pequeño, quien lo asimilaba como el miedo a la oscuridad o el aborrecimiento a las verduras hervidas. El doctor solo se había enamorado una vez, siendo muy joven, de una muchacha judía a la que amó en silencio y a la que nunca se declaró a pesar de cruzarse todos los días en el camino y de que siempre le sonriera. Aquella inclinación al odio por los judíos que le venía de herencia le condicionó hasta que murió su padre. Lo primero que hizo estando aún caliente el cuerpo fue salir corriendo a buscarla, vestido todavía con el traje. Demasiado tarde. La muchacha se había casado con un primo, sin enterarse de lo que el joven estudiante de medicina sentía por ella. La encontró años después planchando en una lavandería y se acercó a ella ciego de pasión. Ella demostró alegría y él interpretó su amabilidad como permisiva autorización al acercamiento. Acudía a menudo a llevar alguna prenda o se hacía el encontradizo a la salida. Una de esas tardes que ella recogía antes de cerrar, se armó de valor y entró hasta la trastienda con los ojos envenenados de pasión, aprisionándola con un beso forzado. Ella consiguió desenredarse de los brazos, le miró con fiereza y le dijo que no volviera nunca, mientras le propinaba insultos. Al salir, el aire frío calmó su sofoco y se concentró en su pantalón mojado. Desde entonces se aliviaba recordando su fiereza y la elegancia de sus brazos defendiéndose de su presión. Ahora, esperando que el efecto del cianuro fuera rápido, recordó aquellos ojos castaños tan vivos, tan judíos, tan descarados. El ajetreo en el laboratorio se acrecentaba, y el doctor jugaba a mezclar miradas y a confundir ojos.
Ángela se sintió ridícula, utilizada, despojada de dignidad, contra aquel otro sentimiento engañoso y abominable del que sí era culpable, mientras se le reconocía la detención del doctor. Lo que encontró en casa a su regreso atenuó la relevancia de su reciente experiencia. La paciencia no sirvió para llevar a Anna a la cordura. Sucumbiendo a la evidencia de su incapacidad, se trasladó a otra casa jurándose no volver mientras Klaus permaneciera dentro. Sin comunicación con su hermana, la soledad se reforzaba cargada de contradicciones y amargura. La satisfacción por una labor por la que había sido reconocida quedaba lejos. Su padre estaría orgulloso, el general Heinrich lo estaba. Ella se tragaba su inquina, aislada, sola, perdida en la hostilidad de su mundo interior cada vez más confuso, contra el que luchaba a dos bandos. Aquella insignia con la esvástica, distinción por méritos, le traía sentimientos encontrados y frustraciones nuevas.

IV
Desafío a la memoria
Víctor seguía derrengado en el banco del parque, sumido en su sueño. Un pelotazo en la rodilla, propinado por los chavales que jugaban al balón, le sacó de la placidez del letargo en el momento más inoportuno. El rayo de sol cegador le obligó a entornar la mirada sin cautela mientras se frotaba la rodilla. Cerró los ojos y volvió a paladear las imágenes que hacía unos momentos se desarrollaban en otro escenario. No había perdido el hilo de todas y cada una de las sensaciones de sus personajes; de nuevo cargaba con el peso de la angustiosa persecución de sus miserias. El túnel onírico le transportaba hacia la clarividencia de aquellas otras vidas, sin alterar el orden cronológico de los acontecimientos. No se trataba de secuencias aleatorias, se ajustaban perfectamente a un orden de consecución sin dar lugar a tergiversar o confundir. Al despertar se hacía la pausa, hasta retomar en el mismo punto cuando volvía a dormirse. Seguía sentado al abrigo del sol en medio del bullicio del parque, sin que el barullo le distrajera del sueño vivido con intensidad, imbuido en las mismas sombras, en las mismas circunstancias que pudieran haberle llevado a él. Una sacudida le hizo estremecerse sintiéndose aliviado. El mecanismo preciso de su mente había conseguido una dualidad perfecta, convirtiendo sus días iguales en distintos.
Empezó a creer, porque se lo indicaba el instinto, que mediante sus sueños podría cambiar la realidad; salvar el rumbo de la aciaga existencia de aquellos personajes desesperados, cautivos de su triste destino, de los que tenía toda la información. En alguna ocasión, las menos, no recordaba nada al despertar, pero a lo largo del día las imágenes y los sentimientos más veraces se presentaban con el mismo realismo.
Víctor no disimuló el desagrado por aquellas magdalenas aceitosas de siempre. Su madre detectó su gesto de protesta y visiblemente airada le espetó:
—Pues no hay otra cosa. A ver cuándo vas tú a la compra con tu sueldo.
Víctor oyó la exhortación como una letanía repetitiva que esperaba, tatareando con guasa la machacona coletilla que acababan entonando al unísono.
Sonó el teléfono y, ¡sorpresa!, le llamaban de un supermercado para que se presentara a una entrevista.
Soltó la magdalena que mordisqueaba sin la más mínima muestra que pudiese denotar que no era bocado de su agrado.
—¡Mamá, me han llamado! ¿Me has oído? ¡Mamá!
Su madre tendía la colada en el patio de luces mientras charlaba con María, la vecina de enfrente. Al oírle, hizo una exclamación y soltó la pinza de la mano. Se retiró hacia el interior sin explicación alguna, dejando expectante y con mucha curiosidad a la vecina, que, afinando la oreja, intentaba enterarse de la nueva con aquella desazón insostenible de si sería buena o mala la noticia que había apartado a Rosa de su quehacer de esa forma brusca. Comoquiera que no le llegaban noticias, la curiosa vecina resolvió acudir inmediatamente para enterarse de primera mano. Rosa, la madre, la atendió con la sonrisa puesta, con toda la palpitante alegría que delataban sus inherentes patas de gallo ocultando sus minúsculos ojos azules.
—¡Que mi niño ya tiene trabajo, María! No te lo decía yo… Si es que es listo, muy listo y trabajador… Lo que pasa es que hasta ahora no ha tenido suerte…
Víctor irrumpió para intentar parar aquel entusiasmo prematuro.
—¡Mamá, mamá, mamá! ¡Cállate! De momento solo me van a entrevistar; no seré el único al que convoquen para el puesto.
La mujer le miró con gesto contrariado liberando de golpe los fruncidos de su rostro, que hasta el momento permanecían sin alteración, desilusionada. Enseguida recompuso su entusiasmo y, poniéndose de puntillas, le acarició el pelo, vaticinando con sus positivos comentarios que el trabajo sería para él. «¡Seguro!», dijo haciendo un mohín y sin dar lugar a que se instalase la duda en su ánimo mientras le recolocaba el cuello de la camisa y alisaba el despeinado flequillo, sin dejar de darle consejos para que causara una buena impresión en la entrevista. La vecina, que ya había sido ignorada, dio media vuelta defraudada. Para eso tanto, iba pensando, sin que su ausencia importara ni reparan en ello.
Después de las consabidas recomendaciones, Rosa, feliz y satisfecha, ofreció a Víctor una cerveza fresquita a la que por supuesto tenía derecho y que él tomó sin dar las gracias, seguro del merecimiento. Le habían convocado para dentro de dos días, y se le hicieron eternos soportando los insistentes consejos de su madre, que le agasajó con un frasco de agua de colonia y una loción para después del afeitado, de su marca preferida, que solo recibía en Reyes y cumpleaños. Víctor pensó que mejor salir de nuevo a la calle a seguir buscando, por si acaso, le dijo a su madre; ya no soportaba ni un minuto más su machacona y rutinaria retahíla.
—¡De ninguna manera! Tienes que estar descansado y centrado para la entrevista. Ese puesto es tuyo, ¿me oyes? ¡Tuyo! —le dijo, silabeando con actitud aleccionadora, pero con admiración y dulzura, demostrándole su cariño con un mohín y un sonoro beso.
Y llegó el día. Tenía que presentarse a las diez. A las ocho en punto, Rosa entró como un cohete en la habitación tropezándose con el pedal de la bicicleta estática. «No sé para qué está aquí en medio este trasto, si no la usa», pensó mientras se frotaba la pierna y descorría la cortina.
—¡Vamos, perezoso! —exclamó mientras subía la persiana.
Un impertinente rayo de luz apuntaba directamente a los ojos de Víctor. Somnoliento y contrariado, miró el reloj y reaccionó con desagrado ante la brusca intrusión innecesaria. Se quejó en vano. Estaba en lo mejor de un sueño interesante, continuación de la historia que le venía ocupando desde hacía un tiempo.
No hizo ningún esfuerzo por recordar. Se dirigió a la ducha con pocas ganas, mientras lanzaba una abnegada mirada de protesta hacia su madre, que andaba eligiendo en el armario la ropa más adecuada, aun a sabiendas de que él se pondría lo que le diera la gana sin atender a sus consejos. Se trataba de un acto reflejo, consciente de lo inútil; como una inercia natural que demostraba que ella siempre estaba ahí, pendiente, al tanto de cualquier situación en la que participar y resolver, haciendo incursiones que ni se planteaba si eran necesarias u oportunas.
Víctor llegó a las oficinas donde tenía que presentarse, con quince minutos de adelanto. En recepción le indicaron que aguardara en la sala. Había un chico esperando y paulatinamente fueron llegando otros, por espacio de unos minutos, hasta ser cinco, incluido él. Víctor se fijó en todos y cada uno de ellos, como a su vez lo harían los demás. Los escrutó con descaro y sin ninguna discreción, comparándolos unos con otros y consigo mismo. Dos de ellos, bien parecidos: presencia impecable, sonrisa fácil y agraciada. Los otros dos, algo pintorescos, catalogados por él como de aspecto inapropiado. Uno, muy delgado y poca cosa; además ―el pobre lo tenía todo―, era feo a rabiar, incluso al saludar dejó notar su tartamudez. «No tiene nada que hacer», pensó Víctor, muy seguro de sí. Y el otro, algo más entrado en carnes y más bajo, vestía con mal gusto. Continuó examinándolos, vaticinando que ese perfil no convencería si había otras opciones, seguro de que el aspecto físico era un condicionante, un requisito importante a tener en cuenta como injustamente venía siendo en el campo laboral. Supuso que tendría que bregar con los dos de mejor aspecto y apariencia más dinámica; así, a primera vista, mucho más adecuados que él.
En esas divagaciones andaba Víctor cuando salió una señorita muy guapa y de amable sonrisa. Tras echar una ojeada a los cinco, volvió a escrutarlos con algo más de cuidado, después revolvió los papeles que llevaba en una carpeta y pronunció un nombre con los dos apellidos. Uno de los dos bien parecidos dedicó la mejor de sus sonrisas a la amable señorita mientras se levantaba y la seguía, al tiempo que echaba una mirada suspicaz en actitud de considerar sorpresiva y ventajosa la circunstancia de ser el primero. Con un espacio de unos quince minutos entre cada uno, fueron entrando todos hasta nombrar al penúltimo aspirante. Ya solo quedaba él.
Víctor, que había estado pendiente del reloj controlando el tiempo desde que entró el primero, pasados los quince minutos, se puso en guardia recolocándose en el asiento, presto para levantarse, pero transcurrieron otros quince y nada. Empezó a preocuparse. ¿Se habrían olvidado de él? Estuvo a punto de levantarse en algún momento, pero frenó el impulso. Doce minutos más habían transcurrido cuando escuchó el inconfundible taconeo de la señorita y se preparó haciendo un ligero carraspeo. Al fin llegaba el momento. La señorita de la amable sonrisa, que ahora parecía dedicársela con más entusiasmo, se disculpó por la espera. Él la siguió encantado sin perder de vista sus armoniosos movimientos. La chica abrió la puerta del despacho; haciéndose a un lado y sin retirarse, le invitó a entrar. Un hombre corpulento en mangas de camisa que daba muestras de cansancio, sentado al otro lado de la mesa, le miró por encima de las gafas. Sin levantarse, le tendió la mano blanda y escurridiza sin mirarle ―una lerda actitud que desagradó a Víctor—. Le preguntó si tenía tiempo para una prueba. Víctor, sorprendido de que no hubiese habido apenas conversación, dijo que por supuesto casi al mismo tiempo que el señor, indicándole que le siguiera, se levantaba dándolo por hecho.
El resultado de la prueba había sido satisfactorio. Después de mostrarle en qué consistía el trabajo y observar cómo se desenvolvía desarrollando lo que sería su cometido, le envió al departamento de administración para que le informasen de las condiciones de contratación.
—Sí, me han hecho ya el contrato de prueba. Empiezo el lunes —dijo Víctor, contento por darle esa alegría a su madre que le esperaba nerviosa en la acera.
Su madre, visiblemente entusiasmada, le cogió la cara con las dos manos y, poniéndose de puntillas para salvar la distancia, le dio un sonoro beso.
—¡Lo ves, hijo! Ya te lo dije, el trabajo era para ti —contestó orgullosa, reafirmándose en su acertado presagio, mientras le apuntaba con sus chispeantes y minúsculos ojitos azules, que no habían perdido ni un ápice de viveza a pesar de su edad.
Al llegar a casa Víctor se tumbó en el sofá al mismo tiempo que emitía un sonoro resoplido que llenó la estancia, quedándose dormido de inmediato tras el primer trago de cerveza que su madre se había apresurado en servirle, mientras le miraba con embeleso y satisfacción, orgullosa de aquel hijo maravilloso que le había dado la vida; que era todo su mundo desde que, prematuramente, falleciera su esposo; tal vez mucho antes, pensó no sin un halo de tristeza, que se anuló de inmediato cuando volvió a sentir la respiración tranquila de su hijo.
Víctor se despertó con hambre. Una nota sobre la mesa contenía indicaciones detalladas para que calentara la comida; no era la primera vez que abría el frigorífico y comía lo primero que se encontraba sin reparar en el plato que visiblemente le había dejado preparado su madre. Se desperezó. Un sentimiento de agradecimiento hacia ella, por todos sus desvelos, dedicación, mimo y cariño infinito, le sacó una sonrisa. Cuando se disponía a encender la televisión, acudieron a su mente las imágenes del reincidente sueño.
Klaus no hallaba paz ni sosiego. Firmemente decidido, divagaba sobre cómo hallar la solución, pero ¿cómo huir sin identidad ni memoria hacia lo que se teme?
«De hoy no pasa —pensaba con vehemencia—. Cuando venga Ángela hablaré con ella. Tiene que comprenderme. Por dura y fría que sea, algo de humanidad albergará su corazón. Debo intentar despertarle compasión. Le propondré ayudar en lo que pueda, pero fuera de este encierro inhumano. Prepararé los argumentos. Le diré que me preocupa Anna; que se está pudriendo en esa cama infecta; que tal vez deberíamos llevarla al hospital. Tal vez así la ablande y me entregue la documentación».
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al escuchar la llave trasteando en la cerradura. Consciente del poder que ejercían sobre él aquellas duras y frías mujeres, todos sus propósitos se desvanecieron. Ángela era un témpano. Al menos Anna mostró cierta debilidad, cierta condescendencia, aunque solo fuera por egoísmo; aunque solo fuese porque deseaba despertar en él algún sentimiento que cubriera sus carencias.
Una cobardía, amparada por el pánico, para exponer los argumentos que había esgrimido en el cobijo de la soledad echó abajo todo propósito. Salió a su encuentro. Intentó provocar en ella un mínimo de cordialidad para facilitar la conversación. Ángela le miró con desdén, como siempre, y saludó escuetamente. Tras depositar en la cocina la bolsa donde traía algunos alimentos, fue directa al dormitorio sin detenerse ni un segundo; sin ningún tipo de deferencia hacia él. Como si se hubiese tropezado con un parásito molesto al que hay que ignorar y al que deseaba perder de vista. Solo le producía antipatía y repulsa. Siempre fue así, pero desde que su hermana estaba encamada, aquella animadversión había adquirido unas dimensiones insoportables. Se sentía obligada a acudir cada día y cada día comprobaba el despojo en que Anna se estaba convirtiendo, indignada por que no se deshiciera de él.
Klaus flaqueó en su propósito; de nuevo se lamentó por su cobardía y falta de arrojo. Ángela le llamó desde el cuarto de su hermana, como siempre, con vigor y determinación. Un acto reflejo puso en pie a Klaus y, aunque no debía extrañarle el tono imperativo de su requerimiento, un sobresalto le invadió de un miedo vergonzoso. Se apresuró preocupado hasta el dormitorio. Ángela le recriminó el hecho de no haber ayudado a su hermana a bañarse. Antes de que él pudiese decir nada en su defensa, ella continuó:
—Trasladaré a Anna a mi casa. Mañana vendré con un soldado que me ayudará a llevarla. Escóndete y piensa en qué harás a partir de entonces. Esta casa se cerrará.
Klaus sintió un confuso alivio. Al fin algo empezaba a moverse. Pero inmediatamente le asaltó una tremenda preocupación. ¿Recuperaría su documentación? ¿A dónde iría? Dudaba de que las hermanas se la dieran por iniciativa propia. Le sería muy difícil desenvolverse sin ella; le apresarían inmediatamente, pensó asustado. Por supuesto era inconcebible la posibilidad de renunciar a los documentos con su nueva y única identidad. Su ofuscación aumentaba con cada reflexión. Ángela los custodiaba. Posiblemente deseara vengarse; resarcirse del tiempo que le mantuvieron como a uno más de la familia. Tímido y confuso, solo se atrevió a mencionar el tema de la documentación cuando Ángela ya estaba abriendo la puerta, hasta donde le había seguido como un perrito faldero. Ella se giró despectiva recordándole lo ridículo que era y solo correspondió con la misma mirada opaca y cruel de siempre. Cerró la puerta con llave, como siempre.
Desconcertado, humillado, Klaus quedó como un bobo detrás de aquella puerta que le privaba del acceso al mundo. Un pánico incontrolable se apoderó de su confusa tranquilidad haciéndose mil cábalas ante las posibles situaciones que le esperaban fuera del resguardo de la casa y la protección de Anna. Recobrando un mínimo de la dignidad perdida, imaginó que tal vez la intención de Ángela sería dejar la documentación antes de marcharse. Avergonzado por su debilidad, por su espíritu pobre, en su estómago anidaba un vacío, una sensación de desamparo que no había sentido antes.
Como otras noches, pero esta con una intensidad apremiante, la angustia le estrangulaba el alma y la sensación de rechazo hacia sí mismo se hacía más patente. Klaus se asomó al cuarto de Anna y la encontró tranquila; deambuló por el pasillo y llegó hasta la escalera del desván. Acurrucado en el suelo, lloró como un niño perdido hasta que se quedó dormido con la cabeza apoyada en las rodillas recogidas por los brazos. Despertó helado. Un sobresalto de confusión le puso en pie. Lo acontecido el día anterior no era una pesadilla. Estaba amaneciendo. La mañana era fría, aún temblequeaba después de haber permanecido mucho tiempo acurrucado bajo la escalera del desván. Entró en la habitación y se acercó cauteloso hasta el borde de la cama donde Anna reposaba de espaldas en la misma postura de hacía unas horas. Timorato, no sabía cómo dirigirse a ella. No quería dar una imagen mendigante y el tiempo avanzaba en su contra. Necesitaba armarse de valor para afrontar la situación. Estaba a su merced y le faltaban arrestos para ponerse frente a ella y apelar por su propio futuro tan incierto. De nuevo, mientras permanecía estático, pensó en su hipotética vida anterior, la real, la auténtica, la que no existía. Sumido en su acatamiento ante lo que el destino le deparara, envidiaba el carácter firme y resolutivo de aquellas dos mujeres a las que poco importaba. No obtendría el favor de Anna si esta era trasladada a casa de Ángela; ella no podría hacer nada por mantenerle a su lado, y a Ángela poco le preocuparía su suerte. Lejos de aquella cripta donde se había fortificado contra un mundo exterior, las alternativas a las que hacer frente eran nefastas.
Los últimos tiempos se habían desarrollado con bastante hostilidad y él no sabía rogar; no por orgullo o pudor, sino por pura incapacidad. Sostener la mirada de Ángela era un reto, cómo podría reunir valor para implorar amparo. Se sentía débil y en clara desventaja. Un mínimo de indulgencia hacia Anna, siquiera en pro de una convivencia mínimamente cordial, hubiera sido lo correcto. Ahora, con la preocupación inminente de su desalojo, empezó a ver con otra perspectiva la conducta de Ángela; un proceder justo ante su propia manera fútil de actuar. Demasiado había recibido a cambio de un menosprecio hacia Anna que algunas veces rayó en la grosería más absoluta. Sudaba ebrio de confusión mientras dilucidaba cómo conducirse, qué hacer para evitar el apremiante y drástico cambio. La protección que hasta el momento había disfrutado, por muy reo que se hubiese sentido, dejaría de ampararle.
Klaus no podía evadirse de su preocupación: cuál sería su sitio a partir de ahora. Cómo lograría sobrevivir ante una situación clandestina absolutamente desesperada y peligrosa. Volvió a reflexionar sobre lo necia y contraproducente que había sido su actitud: ¿cómo había sido capaz de morder la mano que le dio de comer? Para qué diablos había deseado una libertad que tan solo representaba un trasiego colmado de dificultades, en el mejor de los casos. Sin referente alguno hacia dónde dirigirse, su dignidad, tan vapuleada, quedaba relegada a un lugar sin importancia.
Volvió a la sala sin haberse atrevido a dirigirse a Anna y echó un vistazo apático al jardín, a través de la ventana. Se acercó y el vaho de su respiración empañó el cristal, que limpió con la manga y un apremio estancado y perezoso. A la luz indecisa del amanecer, sin el abrigo de la luna, quedó al descubierto con toda la crudeza el rostro terco que una vez más, como si vaticinara que sería la última, se aproximó mostrando fresca su herida. El reguero de sangre resbalaba sobre su frente, esta vez no había sombra que alterara sus rasgos. El rostro, frío, de muerte, de destierro involuntario, mostraba un gesto de protesta reclamando la vida que le correspondía. La acusadora imagen con la que ya se había familiarizado se había convertido en una rutina más. Pero esta mañana era diferente, todo era diferente esta mañana traicionera. Aquel hombre, con nombre y apellidos, José; un padre y una madre y un lugar de procedencia, patentes en aquellos documentos que él guardaba como único referente de su pasado; jamás podría volver a su país, a su casa, a su familia a la que nadie podría dar cuenta de su absurdo final. Klaus se retiró de la ventana para dejar de mirarle; aquellos cargos eran la menor de sus preocupaciones.

V
La cotidianidad y los sueños
Llegó el lunes, su primer día de trabajo en el almacén. El agradable aroma del café que embriagaba toda la casa, animó a Víctor a levantarse. Como cada mañana, su madre disponía la cafetera, que mantendría activa todo el día. Víctor aún percibía la intensidad de aquella mirada vacía, acusadora, al otro lado de la ventana. Tenía dominio sobre aquellos sueños que vivía con vehemencia; ya no podría ser él mismo sin las emociones que le suscitaban. Las pasiones y miserias de aquellas personas se habían enraizado en su vida; necesitaba seguir el desarrollo y conocer la resolución de las trágicas vidas que ya formaban parte de la suya.
A mitad del camino hacia el almacén le asaltó el recuerdo del rostro al otro lado de la ventana; emergía en su memoria sin respetar que no era el momento. Víctor reparó en las facciones, en la mirada que se había mostrado a plena luz por primera vez; le resultaba familiar. Le atraía la idea de reconocer en aquel semblante el de algún conocido; como la premonición de una muerte próxima y cercana. Se recreó con la idea de que tal vez estaría en su mano impedirla, y alimentó la fantasía de ser él el elegido para salvar a una persona de un fatal desenlace. Empezó a fijarse en los rostros de los vecinos con los que se iba encontrando, con un descaro que no pasaba desapercibido, buscando aquellos rasgos.
Como si no le preocupara demasiado el hecho de enfrentarse a su primer día, andaba absorto en estas elucubraciones sin el más mínimo nerviosismo ante la inminente incorporación a su puesto de trabajo. Las sensaciones que le aportaba el sueño se habían afianzado tomando relevancia en sus prioridades. Llegó al almacén puntualmente. Un hombre de mediana edad se le aproximó con resolución a saludarle.
—Buenos días, eres Víctor, el nuevo, ¿no? —le dijo el hombre con agrado, extendiendo la mano.
—Sí, buenos días —respondió Víctor, con una discreta sonrisa y un buen apretón de manos.
—Yo soy Guillermo. ¿Qué tal? Estarás conmigo una semana hasta que conozcas todo el proceso. No te preocupes, es un trabajo sencillo, te harás enseguida con ello ―le iba diciendo mientras le entregaba la chaquetilla—. A partir de mañana tu horario empieza a las siete. A la hora de la apertura al público, todas las estanterías tienen que estar llenas, perfectamente colocadas. Ya hablaremos de los turnos, de las secciones, del desembalado…
Guillermo era un hombre alto y corpulento. Las pronunciadas entradas vaticinaban una calva inminente dándole, con toda seguridad, un aspecto burgués fuera del trabajo. Su rostro, presidido por unos ojos corrientes nada llamativos y sonrisa franca sin excesos, transmitía serenidad, confianza. No parecía que aquel hombre fuese un tiquismiquis de esos que abundan haciendo la vida imposible a un subalterno.
Víctor se adaptó enseguida a la rutina del trabajo. En dos días, antes de lo previsto, empezó a desenvolverse con independencia sin precisar la ayuda del supervisor. Había comenzado en el puesto más bajo, pero quien demostraba valía pronto ascendía al producirse una vacante en cualquier centro de la cadena. Guillermo no tardaría en hablar en su favor.
Desde que Víctor había empezado a trabajar no soñaba. Tal vez el ajetreo por el cambio de hábitos le impidiera recordar. Le preocupaba el hecho de haber perdido la facultad o el orden preciso. Era posible que las lagunas entorpecieran el seguimiento, el hilo de la historia; en el peor de los casos no volvería a saber nada de sus vidas, ignorando el desenlace.
A pesar de llevar cuidado y no frotarse los ojos al despertar, mentalizarse con vehemencia, beber agua antes al acostarse y otras cosas por el estilo, nada. Todo en vano; ni al despertar ni tampoco durante el transcurso del día lograba recordar. Pensó ingenuamente en la posibilidad de acudir a un «especialista en sueños». No quería perder el tren de aquella historia. Cuando recordara, sabe Dios cuántos acontecimientos se habría perdido. En aquel momento crucial en que se encontraba la situación de Klaus… ¿Cómo iba a recomponerla después?, recapacitaba mientras la rutina iba ganando espacio. La recepcionista que le atendió el primer día le cogió desprevenido, ocupado en estas divagaciones.
—Hola, ¿Víctor? —le dijo la muchacha con una sonrisa estudiada, tratando de agradar—. ¿Qué tal?, ¿me recuerdas?
—Sí... Tú eres… ¡Sí!, del día de la entrevista, la recepcionista. —Víctor sonrió, disimulando que la recordaba muy bien, por supuesto. Su cara, su talle, sus piernas, su sonrisa no eran fáciles de olvidar. Ya había pensado en la manera de encontrarse con ella.
—Soy Laura —dijo, mientras se aproximaba para darle dos besos—, si te apetece, a la hora del almuerzo podemos tomar café, juntos, en el bar que hay ahí, en la esquina. Nos coinciden los horarios esta semana.
―Perfecto, será un placer —concluyó Víctor, mientras se disculpaba porque tenía que continuar colocando los tetrabriks de zumos de fruta.
El asunto de la mala memoria con respecto a los sueños dejó de preocuparle. La recepcionista le gustaba y el hecho de que se hubiese molestado en ir a su encuentro era empezar con buen pie, pensó, contento. Volvió a fijarse en las preciosas piernas que nacían de la estrecha falda que las cubría hasta un centímetro más arriba de la rodilla, como el primer día. Aquel dulce sobresalto acompañó a Víctor hasta la hora del almuerzo. Su madre le había preparado un sándwich vegetal, pero no sabía si llevárselo a la cafetería u olvidarlo deliberadamente en la taquilla. Antes de resolver qué hacer, le sorprendió Laura pasando por allí posiblemente a su encuentro y le preguntó qué llevaba para almorzar. Eso le alivió.
—Sándwich vegetal, ¿y tú? —le contestó, incomprensiblemente nervioso. No solía perturbarse fácilmente ante la presencia de una chica, pero ella le imponía un poco. Le despertaba cierta sensación de superioridad y no solo en relación al trabajo. Su belleza, su aire desenvuelto y seguro. Era una mujer preciosa que le había obnubilado.
—¡Vamos!, puedes traer tu sándwich a la cafetería, no pasa nada, muchos lo hacen —dijo, resuelta, siempre con la sonrisa puesta.
Laura era encantadora, conversaba con fresca viveza; tan natural, tan espontánea, tan bonita. Se encontraron todos los días el resto de la semana. Hablaron de música y de otros temas de actualidad; coincidían en muchas cosas. Víctor se sentía muy a gusto, pletórico de ilusión y no tardó en hablarle de su facultad sobre los sueños. La reacción de Laura le dejó un poco perplejo.
—No creo que esa historia te ayude a ligar. Nunca creí en los sueños, no entiendo que la gente los tome en serio.
Víctor no replicó en su defensa, la sensación de ridículo le obligaba al mutismo, pero la locuacidad de Laura no dio lugar al vacío.
A la semana siguiente no coincidieron en ningún momento, tenían turnos diferentes. Durante estos días Víctor recapacitó sobre la reacción de Laura. Volvió a sacar el tema en la primera ocasión, no estaba dispuesto a esconder lo relevante de aquella capacidad, ¿qué podría esperar de una amistad donde se le pusieran cortapisas a sus experiencias?
—¿Todavía con el temita? ¿Y no será que lo inventas?
—Sabes, yo no tengo imaginación para inventar algo así, ni quiero, qué tontería —acertó a decir Víctor, que no daba crédito a la actitud de la chica.
—Bueno, nunca se sabe hasta dónde llega la osadía de la gente —dijo Laura demostrando ligereza y falta de sensibilidad, sobre todo un distanciamiento que Víctor no esperaba—. Nunca creí en los sueños, no entiendo que la gente los tome en serio y presuma de ello —volvió a decir.
Enseguida derivó el tema hablando de cómo su madre había elegido su nombre y del significado ―laureada, victoriosa―, esperando de Víctor el lógico comentario de alabanza que no se produjo. En ese momento entró un compañero de trabajo que se acercó a saludar y la interrupción dio un respiro a Víctor, que no le apetecía «laurearla» ni asuntar sobre el acierto de su madre después del desprecio que mostró con respecto a su experiencia con los sueños. Qué menos que escucharle con algo de atención, pensaba, incómodo.
Laura terminaría ese día su jornada a las ocho y media de la tarde; él, a las nueve. Víctor pidió permiso al encargado y terminó antes su jornada para poder coincidir a la salida con el fin de saludarla y acompañarla a su casa o, tal vez, podrían ir juntos a alguna parte. Sentía un deseo irrefrenable de volver a encontrarse con ella. Las sensaciones negativas, después de la conversación sobre el tema de los sueños, se habían esfumado. El tiempo hasta finalizar su turno lo pasó ensayando cómo dirigirse a ella: si hacerse el encontradizo o confesar que la esperaba.
Salió apresurado y se posicionó en la acera de enfrente para verla salir. Al fin apareció por la puerta. Estaba guapísima. No vestía el traje de chaqueta entallado que tan bien le sentaba. Un vaquero ajustado y una camiseta lisa blanca la hacían mucho más fresca y dinámica. Como un acto reflejo, al verla, adoptó una postura erguida, separándose de la pared en la que mantenía apoyada su pierna izquierda, flexionada. Sintió el mismo temblor en las piernas, la misma intensidad, la misma emoción que el primer día que ella le dio un beso espontáneo de despedida en sus labios desprevenidos. Pudo ver su sonrisa desde el otro lado de la calle; como si le hubiese buscado, segura de su presencia, pensó sorprendido. Mientras cruzaba la calle observó como salía un chico del coche aparcado justo enfrente de la puerta y se besaban en la boca. Quedó paralizado en medio de la calle como un tonto. Aquella sonrisa que él se había adjudicado para sí despertándole una sensación tan maravillosa, no iba dirigida a él, sino al individuo que acababa de salir del coche. Su frustración y bochorno le dejó lívido. No sabía dónde meterse, pero, demasiado tarde, Laura ya se había percatado de su presencia. Le llamó sin soltar la mano del muchacho y él deseó que se lo tragara la tierra. Ante la insistencia de la chica se dirigió hacia ellos disimulando el varapalo que había sufrido. La ilusión se había roto en mil pedazos.
Laura les presentó. Alberto, un muchacho simpático con cara de buena persona y un físico corriente que solo destacaba por su metro ochenta, le tendió la mano; cruzaron unas palabras de cortesía y se despidieron hasta el día siguiente. Víctor volvió a casa con un notable disgusto, y ellos disfrutarían su suerte, pensó sin dejar de darle vueltas a la situación: ¿Cómo ella no le había comentado que tenía novio? No habrá encontrado el momento oportuno, se decía, intentando justificarla. Tampoco él había hablado de su estado libre de compromiso, seguía buscando explicación. Tal vez no debió dar por hecho que estaba libre. En su caso, es normal no mencionarlo, pero ella ¿cómo no había hecho una leve mención en algún momento? Volvía a recapacitar contradiciéndose una y otra vez, intentando encontrar alguna excusa que la eximiera de mala intención al ocultarlo.
Aquel quebranto enturbió, agrió sus expectativas ilusionantes en las que había puesto mucho entusiasmo. El primer revés sentimental que recibía en su vida. Hasta ahora los devaneos que había tenido no le marcaron en absoluto. Todo lo contrario, había salido con varias chicas; unas más maduras que otras, pero ninguna le interesó realmente. Cuando se veía atrapado hacia un compromiso, siempre rompió a tiempo. Hizo daño a alguna y nunca se sintió mal por ello ni dedicó una mínima reflexión sobre su propia conducta. Era algo natural; una forma de vivir la vida y no debía sentirse responsable por el hecho de ser joven y disfrutarla. Estaba convencido de que esa postura era normal, nunca se lo cuestionó y ahora pretendía adjudicarle a Laura una responsabilidad que él jamás había tenido en cuenta.
Un nudo en la garganta impedía a Víctor acudir a casa con la alegría natural de siempre. Su madre no estaba y se sintió aliviado. Al menos no tendría que responder a sus preguntas, esforzándose con sus simpáticas respuestas cargadas de gracejo a las que la tenía acostumbrada. Esa noche se despertó sobresaltado a las cuatro de la mañana. Había sentido como un soplo frío en la nuca, pero ni rastro de una imagen, de una sensación; como un aviso. De nuevo la percepción de que, si seguía así, en ese dique seco, perdería el hilo de la historia. Se levantó y preparó un vaso de leche caliente que empezó a tomar por el pasillo, ávido por meterse de nuevo en la cama y forzar la posibilidad de atrapar el sueño, ansioso por seguir los avatares de sus protagonistas. Deseaba apartar a Laura de su mente, pero no era fácil deshacerse de aquella frustración. Empeñado en sobreponerse, se instaló cómodamente dispuesto a relajarse. «Soñaré, ¡seguro! Y lo recordaré todo mañana», se repetía una y otra vez, como ejercicio para lograr su empeño, anhelando inmiscuirse de nuevo en el curso de la historia.
El insomnio le llevaba a todo tipo de elucubraciones. Un pesar nuevo: tal vez debía haber dejado constancia, escribiendo los detalles cada día. Esa historia merecía algo más que un hueco en su privilegiada memoria, que probablemente podría fallar un día; tal vez se tratara de hechos reales y él había sido el elegido para revelar sus entresijos. Pensó preocupado en la posibilidad de olvidar datos que pudiesen ser relevantes a la hora de una futura resolución, si se diera el caso de tener que interactuar en el sueño. Ocupado con estas divagaciones desmesuradas a las que solo el insomnio podría dar relevancia, se quedó dormido. De nuevo consiguió colarse en sus vidas, en sus pensamientos; experimentar sus emociones, sus sentimientos y sus pesares.

VI
Revelación
Esa mañana Rosa preguntó a Víctor si podría acompañarla en su día libre para hacer unas compras. Estos días estaba bastante ilusionada; su primo Julio, el de Vinacejo, el único miembro de la familia que permanecía en la población extremeña de sus raíces, venía a pasar unos días con ellos. Hacía mucho que no se veían. La madre de Julio, Esperanza, fue la hermana mayor de Agustín ―el padre de Rosa― y dos hermanos más: José y Prudencio. El primogénito, Hilario, al que bautizaron con el nombre de su padre, un año mayor que Esperanza, murió de fiebres tifoideas a los dos años —por negligencia del médico, que no supo atajarlas, según se hubo lamentado siempre Agustina, la madre—. Era un tema tabú y apenas conocían detalles porque nunca se habló de ello en familia. A Agustina, la madre, le hacía daño recordarlo. Hilario era su niño, la cosica más alegre del mundo, repetía siempre con un rictus de tristeza en los ojos, atropellando la alegría de sus otros hijos, que parecían relegados ante la imposibilidad de encarnar un recuerdo. La tía Juliana era la que llenaba el hueco del cariño y atenciones que ella olvidaba dar obsesionada con la pérdida. El vacío que había dejado su pequeño no llegó a superarlo nunca. Cuando nacieron Agustín, José y Prudencio —Esperanza había nacido un año antes de fallecer el niño—, ella siempre esperaba un Hilario. Anhelaba ver de nuevo las ranuras inflamadas de sus ojos, tal como se presentó su pequeño de madrugada; pero nunca volvió a ver los mismos ojitos; nunca volvió a sentir la misma sensación que tuvo con su primer niño; su muerte precipitada le había robado la alegría limpia al coger a los siguientes en sus brazos. Jamás fue consciente de su error; ese dolor egoísta revertía en menoscabo de la atención para con sus otros hijos. Tampoco pusieron a otro el mismo nombre, a pesar de que a Hilario, el padre, le hubiera gustado perpetuarlo y que continuara la estirpe. Pero respetó el dolor, la decisión de su mujer, la doliente madre a la que cedió ese derecho.
Agustín, el padre de Rosa, hombre noble y muy trabajador, había mostrado una buena disposición para el trabajo en el campo desde pequeño. Su padre depositó en él todas sus esperanzas para dirigir el curso de los cultivos y el ganado. José, el más brillante y cultivado de los hermanos, era bueno en las cuentas. Su padre se congratulaba de tener en sus hijos el equipo perfecto para la continuidad y el próspero desarrollo de la finca, lo que le daba tranquilidad y llenaba de orgullo. Prudencio, el más pequeño, nunca destacó en nada ―siempre a remolque de Agustín, que le asignaba las faenas más simples―, y sus hermanos le tenían cierta envidia porque le consideraban el protegido de su madre. Al ser el más débil, el que nunca brillaba, al que su padre jamás halagó ni le atribuyó mérito alguno, su madre estaba mucho más pendiente de él, resaltando, celebrando el más mínimo de los detalles que pudiese acentuar con sus escasas virtudes, a los ojos de un padre exigente que volcó sus preferencias hacia Agustín y José. Estos siempre sobresalieron, cada uno en campos diferentes, complementándose perfectamente en la dirección adecuada para suceder al patriarca.
Víctor acompañó a su madre para recoger al primo Julio en la estación. Ella estaba feliz, habían pasado muchas temporadas de verano juntos en su infancia; aún se carteaban y enviaban fotos manteniendo la cercanía. Al reciente funeral de la mujer de Julio no habían podido asistir, esos días Rosa estaba bastante maltrecha batallando con una dolencia lumbar, incrementada con la molestia del nervio ciático que padecía con mucha frecuencia. Julio, hijo de Esperanza, hermana de Agustín, padre de Rosa, fue el único de los descendientes de Hilario que recuperó algunas de las tierras extremeñas de la hacienda familiar, incluida la casa del abuelo, que había perdido en su totalidad el tío José «con su mala cabeza». Julio quería mucho a su tío Agustín, padre de Rosa, con los que había pasado temporadas desde que murió su madre «al otro lado del mapa», donde emigraron después del infortunio. Siempre habían lamentado no haber tenido ocasión de recuperar la casa familiar en vida del abuelo. Esa satisfacción hubiera suavizado la amargura que le persiguió hasta el fin de sus días.
Esa noche, después de cenar, Rosa sacó el montón de fotos familiares para evocar recuerdos y momentos, como hacía siempre que se juntaban. Víctor las ojeó superficialmente, sin hacer comentario alguno. Volvieron a contar los mismos chascarrillos y anécdotas de siempre, rememorando momentos entre carcajadas y puntualizaciones, siempre gratas y entretenidas, rebosantes de cariño. Comentaron la pena de los abuelos con la prematura muerte de su hija Esperanza, madre de Julio, cuando este era aún muy pequeño. Fue uno de los principales motivos que hundió en una irreparable tristeza a la abuela, que de nuevo sufrió un importante quebranto en su ya maltrecho ánimo, azotado por los continuos varapalos a los que no pudo sobreponerse. También volvieron a hablar de cómo extrañaban la disgregación del resto de los primos. Los hijos del tío Prudencio vivían todos en el norte. Tras «la desgracia familiar», como todos denominaban a la pérdida de la hacienda, cada uno había emigrado a un lugar distinto para buscarse la vida. Prudencio había elegido aquellas tierras, donde florecía la industria y donde encontró un futuro prometedor, perdiendo casi todo contacto con ellos. Tan solo unos números de teléfono a disposición, «por si pasaba algo», que buscaban únicamente cuando sucedía alguna desgracia. Julio comentó que cuando murió Pilar, su mujer, ni siquiera los llamó, para qué..., dijo, cómplice con la mirada de Rosa, y siguió comentando a Víctor que la última vez que vieron a uno de ellos, el más pequeño, en representación de sus hermanos, fue en el entierro del abuelo. Había sido un encuentro bastante frío a pesar del esfuerzo de Rosa por integrarle de forma acogedora. No tenían nada en común. Aquel muchacho desgarbado solo hablaba de lo inminente de su regreso, pues, según repetía constantemente, tenía que estar al día siguiente por la noche sin falta en su pueblo y le esperaba un largo viaje. Aparte de aquel encuentro efímero, no habían sabido nada más de ellos.
Rosa, con visible tristeza, compartió con su primo Julio el pesar que toda la familia arrastró y que siempre ocultaron al abuelo para no incrementar más su sufrimiento y su vergüenza, lamentándose de la distancia que había propiciado un irreparable olvido. La mujer y los dos hijos del tío José, el que se había ocupado de manera eficiente y dedicada de la administración de la hacienda hasta que fue víctima de la sinrazón, no tuvieron una vida fácil. Se apartaron de la familia, o la familia, dolida por la actuación de José, les dio de lado involuntaria e injustamente; aunque tampoco habrían tenido posibilidades para hacer mucho por ellos, pues cada uno procuró ganarse la vida como pudo, intentando solventar su propio futuro. Después, el poco ánimo y la desidia propiciaron que se despreocuparan totalmente de los hijos de José. Encarnita, la esposa de José, se había marchado con sus hijos a la provincia de Cáceres y, según se rumoreaba, se metió en un burdel de mala muerte para poder subsistir y sacar a sus hijos adelante, dejándolos al cuidado de sus padres; estos, personas mayores, hoscos y secos, no reportaron un hogar plácido ni conveniente para unos niños, ya de por sí deprimidos y acomplejados por la culpa indirecta que les había dejado su padre y la obligada separación de su madre. La familia les perdió la pista. La distancia y las circunstancias fueron insalvables. Jamás volvieron a saber de ellos. Tal vez el apremio por solventar su propio futuro, no dejó espacio para interesarse por la mujer y los hijos del tío José, a pesar de ser estos las víctimas más directas. Una injusta responsabilidad les señalaba como los vástagos de la deshonra.
Mientras Rosa y Julio seguían revolviendo y recreándose con las fotografías, salió el tema de por qué no acudían a esos realities de actualidad donde se busca a familiares y que casi siempre se resolvía todo positivamente, sin que mediara entre los indagadores y los hallados muestras de rencor ni reproche alguno.
—Quién sabe, tal vez hubiera suerte —dijo Rosa bastante animada, sin que aquella idea progresara.
Rosa no podía reprimir las lágrimas acordándose de lo triste que estaba su padre cuando murió el abuelo lejos de su tierra, a la que tanto añoró y nunca pudo volver, sintiéndose culpable por no haber tenido oportunidad de remediarlo. El abuelo nunca quiso volver si no era para recuperar «lo mío», como él, aquel hombre honrado, íntegro y cumplidor, decía, refiriéndose a su respetable hacienda perdida: «Las tierras que sudó mi abuelo y enriqueció mi padre comprando poco a poco las colindantes con mucho esfuerzo», y que él había mantenido contra las dificultades de una guerra y los tiempos de posguerra, aún más duros. Donde había creado su familia sacándola adelante de forma holgada incluso en los peores momentos, gracias a esas tierras generosas que tantas satisfacciones les dieron. Esto lo repetía algunas veces, no muchas, en momentos muy puntuales cuando la amansada cólera se desataba y acudía a su garganta sin poder evitarlo. Normalmente sus lamentos eran callados. La nostalgia y evidente tristeza imperó instalándose en su vida, que acabó a los escasos cuatro meses de fallecer la abuela, su esposa y el único motivo que le tenía sujeto con los pies en una tierra ajena a la que nunca pudo ni quiso acostumbrarse.
Víctor disfrutaba con ellos del revuelo de fotografías antiguas sobre la mesa, de los comentarios de su madre y su tío. Aquellas fotos de antepasados, algunas de ellas en mal estado, eran comentadas siempre que se juntaban los primos y rememoraban historias y pasajes que habían ido pasando de unos a otros y que cada uno contaba aportando algún detalle nuevo. La veracidad o fantasía al contarlo se avivaba; aumentaba o modificaba el recuerdo, hasta la próxima ocasión que volverían a recordar las mismas anécdotas y compartir los mismos sentimientos.
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