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LINDA SEGER
EL ARTE DE LA ADAPTACIÓN
CÓMO CONVERTIR HECHOS Y FICCIONES EN PELÍCULAS
Cuarta edición
Traducción: Marisa Chacón y Alfonso Méndiz
Edición, prólogo y notas: Alfonso Méndiz
Epílogo: Ramiro Gómez B. de Castro
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: The Art of Adaptation: Turning Fact and Fiction into Film
Publicado por Henry Holt and Company, Inc., New York
© 1992 by LINDA SEGER
© 2021 de la versión española realizada por ALFONSO MÉNDIZ
by EDICIONES RIALP, Manuel Uribe, 13-15, Madrid
(www.rialp.com)
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Realización eBook: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-6032-5
ISBN (versión digital): 978-84-321-6033-2
Fotografía de cubierta: © Alamy
Índice
Portada
Portada interior
Créditos
Prólogo
Muchísimas gracias...
Presentación
Convertir hechos y ficciones en películas
PRIMERA PARTE. ¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?
1. Por qué la literatura se resiste al cine
2. Por qué el teatro se resiste al cine
3. Por qué las historias reales se resisten al cine
4. El remake: de cine a cine
SEGUNDA PARTE. LA CREACIÓN DE UN SEGUNDO ORIGINAL
5. En busca de la historia
6. Elección de personajes
7. Explorando el tema
8. Creación del estilo, el clima y el tono
TERCERA PARTE. DOS VECES ESCRITA, DOS VECES PAGADA
9. Cómo realizar una opción de compra
10. La escritura de docudramas
Conclusión
Epílogo
Anexos
Autor
Prólogo
Por qué la Literatura hechiza al Cine
ENTRE UN 30 % Y UN 40 % DE LAS películas que se producen cada año en el mundo están basadas en obras literarias. Si a esa cantidad añadimos las que se basan en sucesos reales o en biografías (este año hemos tenido un auténtico boom de biopics[1]: Chaplin, Hoffa, Malcolm X, etc.), ese porcentaje se eleva hasta casi el 50 % de la producción mundial, lo que revela muy a las claras su importancia en el contexto actual.
Si ahora acudimos a los grandes premios cinematográficos, veremos que la proporción crece todavía más, como si los estudios volcaran su atención especialmente en este tipo de proyectos. Durante la década de los ochenta, la Academia de Hollywood concedió el Oscar a la mejor película casi exclusivamente a filmes basados en un material precedente: cintas que provenían de novelas (Gente corriente, La fuerza del cariño), obras de teatro (Amadeus, Paseando a Miss Daisy), biografías (Gandhi, El último emperador) e historias reales (Carros de fuego, Memorias de África). En los noventa, esa tendencia parece confirmarse: Bailando con lobos y El silencio de los corderos.
Es lógico, por tanto, que nos preguntemos: ¿Por qué la Literatura tiene tanto atractivo para el Cine? ¿Por qué una adaptación parece tener más posibilidades de éxito que una historia original?
LAS ADAPTACIONES CINEMATOGRÁFICAS EN ESPAÑA
Echemos ahora una ojeada a nuestra producción cinematográfica. A simple vista, también en nuestras fronteras parece cristalizar este fenómeno, especialmente en los últimos diez años. Tras dos adaptaciones magistrales de Mario Camus, que fueron altamente valoradas en los certámenes europeos (Oso de Oro en Berlín para La Colmena, 1982; y dos Premios en Cannes para Los santos inocentes, 1984), los productores españoles parecieron descubrir repentinamente las posibilidades cinematográficas de nuestra literatura, y las películas más importantes que vinieron después fueron en su mayoría adaptaciones.
En 1987 se recrearon para el cine con enorme éxito obras literarias «de prestigio»: Divinas palabras, de Valle-Inclán; La casa de Bernarda Alba, de Lorca; y El bosque animado, de Fernández Flórez. Dos años más tarde, el recurso a piezas clásicas (Esquilache, sobre un texto de Buero Vallejo; Sangre y arena, sobre el libro de Blasco Ibáñez; y El regreso de los mosqueteros, sobre la novela de Dianas) se unió en la pantalla con el resurgir de la literatura contemporánea: Si te dicen que caí (J. Marsé), El río que nos lleva (J. L. Sampedro), El mar y el tiempo (F. Fernán Gómez), etc.
En 1990 se recupera de nuevo a Miguel Delibes, cuyas novelas habían propiciado algunas de las mejores películas de la transición: La guerra de papá (1976), a partir de El príncipe destronado, y la ya citada Los santos inocentes (1984). Ahora se acomete la adaptación de El Tesoro y La sombra del ciprés es alargada, aunque no con demasiada fortuna.
Un año después, las fuentes literarias se diversifican y encontramos filmes basados en crónicas periodísticas (La noche más larga, sobre el libro de Pedro J. Ramírez), en cuentos tradicionales (Marcelino, pan y vino, remake de la versión clásica de los cincuenta), en bestsellers de ficción (Beltenebros, El rey pasmado, Cómo ser mujer y no morir en el intento) e incluso en libros de pensamiento: El cielo sube se realizó sobre Oceanografía del tedio, de E. D’Ors.
En 1992, por último, conocimos adaptaciones sobre textos teatrales de enorme éxito, aunque menos recientes: Una mujer bajo la lluvia (basada en La vida en un hilo, de Edgar Neville), y Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, pieza de Adolfo Marsillach que llevaba casi once años en escena. Junto a ellas, volvieron también las novelas de escritores de renombre: Pérez-Reverte (El maestro de esgrima), Álvaro Pombo (El juego de los mensajes invisibles, versión fílmica de su novela El hijo adoptivo) o Vázquez Montalbán (Los mares del Sur y —atención— El laberinto griego: esta última fue escrita primero como guion y elaborada luego como novela por él mismo). En 1993 se trabajan adaptaciones con alto presupuesto y a partir de escritores conocidos: La tabla de Flandes, de Pérez-Reverte, producida con capital americano; la segunda parte de Cómo ser mujer...; y Ciudadano Max, sobre un texto de Vázquez Figueroa, entre otras.
Esta profusión de adaptaciones literarias ha tenido también su reflejo en la entrega anual de los premios nacionales de cinematografía. Desde el nacimiento de los premios Goya en 1986, nuestra Academia ha otorgado casi siempre a una adaptación el premio a la mejor película: el primer ganador fue El viaje a ninguna parte (1986), basado en una pieza teatral de Fernando Fernán Gómez; después, El bosque animado (1987), primer filme que acaparó un elevado número de galardones —cinco— y que se convirtió en el detonante de una masiva irrupción de la literatura en el cine. En 1989 fue El sueño del mono loco, adaptación de una novela de Christopher Frank; y en 1990, la inolvidable ¡Ay, Carmela! —basada en una pieza teatral de Sanchis Sinisterra— que se ha convertido en la película más galardonada de nuestra historia: trece Goyas, incluidos los cinco grandes: mejor filme, director, actor principal, actriz principal y guion adaptado.
En los dos últimos años, el triunfo de las adaptaciones persiste. En 1991, El rey pasmado obtuvo ocho Goyas y fue la cinta más galardonada, aunque no lograse el premio a la mejor película. Y en 1992, El maestro de esgrima, Goya al mejor guion adaptado, tuvo el honor de ser la segunda película más premiada y, sobre todo, el privilegio de representar a España en los Oscars: fue seleccionada por nuestra Academia como candidata a la mejor película extranjera.
El fenómeno de las adaptaciones tiene también su correlato en España. Por eso, la pregunta que enunciábamos al comienzo parece ahora más acuciante: ¿Por qué la Literatura tiene tanto atractivo para el Cine? ¿Por qué los productores recurren con tanta frecuencia a ella?
SEIS MIL CINEASTAS EN BUSCA DE UN GUION
Son incontables los guionistas y directores que cada día salen a la calle en busca de novelas u obras de teatro para adaptar. Algunas personas del mundo del cine, los analistas de historias, viven precisamente de eso: de leer todas las obras que llegan a una compañía productora —elaboran una sinopsis y un informe crítico en dos folios— para descubrir las que verdaderamente pueden funcionar en la pantalla.
La demanda de material literario es tan alta que todos los estudios de Hollywood tienen «espías» en Nueva York con la exclusiva misión de descubrir —antes que ningún otro— posibles historias para el cine: asisten a los ensayos previos al estreno teatral, repasan las novedades editoriales de ficción y llaman frecuentemente a los agentes literarios en demanda de manuscritos con potencial dramático. Como consecuencia, muchas veces los derechos para el cine se han conseguido ya antes de que la novela se publique —así sucedió con Parque Jurásico— o antes de que la obra se estrene: Algunos hombres buenos.
Por supuesto, existe también la otra cara de la moneda. Junto a toda esta actividad de búsqueda, hay cientos de agentes literarios que envían a los estudios toda obra literaria que juzgan mínimamente idónea para el cine.
En esta carrera por comprar o vender los derechos, los productores tienen, sin embargo, que sopesar su juicio. Es mucho lo que cuesta comprar un libro y poco lo que da de sí si no tiene posibilidades de adaptarse a un nuevo lenguaje. Necesitan estar seguros de que no tiran el dinero, de que la obra realmente va a funcionar como película; por eso, como precisan de un cierto tiempo para analizar el material, lo que hacen no es comprarlo inmediatamente, sino adquirir una opción de compra por un tiempo determinado.
Normalmente, las grandes productoras americanas pagan entre 5000 y 100 000 dólares por una opción de un año. Pero a veces esas cifras se disparan si hay varios estudios que pujan por conseguir el libro. Cuando Kim Wozencraft terminó su primera novela, Rush[2], no aspiraba a ganar más de los 2500 a 75 000 dólares que cualquier editorial suele adelantar por una edición de tapa dura a un escritor primerizo. Sin embargo, la obra llegó a varias compañías que se entusiasmaron con la historia, y la puja creció hasta tal punto que Richard Zanuck (productor de Tiburón y Paseando a Miss Daisy) llegó a pagar un millón de dólares por la novela. En ese momennto, Rush no estaba ni siquiera en galeradas: era tan solo un manuscrito inédito que una agente había mandado a los estudios para probar fortuna.
Desde luego, si algo está claro en el negocio de las adaptaciones es que el escritor siempre sale ganando. Que se lo digan, si no, al prolífico Pérez-Reverte, que vio cómo crecían geométricamente las ventas de El maestro de esgrima tras el estreno de su adaptación cinematográfica. Por los derechos para el cine no recibió una suma demasiado elevada —tres millones y medio de pesetas—, pero el libro ha sobrepasado ya los cien mil ejemplares y va camino de doblar esa cifra.
En el mercado americano, la mayoría de los escritores sueñan mucho más con los beneficios de una adaptación cinematográfica que con los estrictamente literarios. Que su obra sea llevada al cine —tanto si es apenas conocida como si es un bestseller— puede suponer para él beneficios millonarios. Warren Adler, que vio cómo su desconocida novela La guerra de los Rose se convertía en una película taquillera, vendió a TriStar Pictures su siguiente novela (Private lies) por un millón doscientos mil dólares: la cifra más alta que se ha pagado jamás por un manuscrito inédito que ni siquiera han visto los editores. En el otro extremo está Michael Crichton y su famoso Parque Jurásico, por el que la Universal pagó en su día un millón y medio de dólares. Crichton ganó también varios cientos de miles de dólares por el guion y el honor de trabajar con Spielberg en una película que está rompiendo todos los records de taquilla.
Sin embargo, a veces la suerte tarda en llegar. Alex Haley, que en 1965 publicó La autobiografía de Malcolm X y vendió la primera opción de compra a la Warner, ha tenido que esperar casi veinte años para que se ejecutase la opción y cobrar así la cuantía total de sus derechos.
Precisamente para evitar el —a veces— larguísimo período de la preproducción, algunos agentes tratan de vender el libro a alguien que sea productor y editor simultáneamente. Lo hacen también con la esperanza de que el acuerdo cinematográfico aumente la tirada de la novela y los iniciales beneficios de su cliente. Esto es lo que hizo Virginia Barber, agente literaria de Nueva York, con una escritora primeriza; y así, la primera novela de Marti Leimbach, Dying Young (la película se llamó en España Elegir un amor), recibió de la editorial Doubleday no el habitual adelanto de 2500 a 7500 dólares, sino más de 500 000 por la edición de tapa dura (además de los 300 000 dólares por los derechos para el cine). Coincidiendo con el estreno del filme, las ventas de la edición en rústica sobrepasaron los 700 000 ejemplares.
EL PROBLEMA DE LA FIDELIDAD AL TEXTO
Una de las cuestiones más debatidas cuando se plantea el tema de las adaptaciones es precisamente el grado de fidelidad al texto literario. Por extraño que parezca, este ha sido durante muchos años el principal y casi único criterio para valorar el acierto de una adaptación. Se olvida, o se quiere olvidar, que el cineasta goza también de su legítimo ámbito creativo.
Una vez que el productor compra los derechos, la obra es suya; y no solo puede hacer con ella lo que desee, sino que, muchas veces se ve obligado incluso a modificar sensiblemente la historia para que funcione en la pantalla. Cuando analiza el material que ha adquirido o va a adquirir; debe valorar no tanto las cualidades del texto en si cuanto sus posibilidades de ser —o de transformarse— en una historia contada con imágenes y sonidos. Y aquí es donde entra en juego la pericia del productor o del cineasta, su «ojo clínico» para el cine.
Es conocida la historia de cómo Casablanca llegó a la pantalla. Procedía de una pieza teatral, Everybody come to Rick’s —la acción transcurría íntegramente en el café de Rick—, de tan mediocre factura que ningún productor teatral quiso estrenarla. Enviada a Hollywood como última posibilidad, un analista de la Warner vislumbró el «excelente melodrama, lleno de colorido y acertado en su ambientación» que podía extraerse de aquella obra. Inducido por aquel informe, el productor Hal Wallis descubrió el potencial cinematográfico que había en esa pieza; y tras una completa revisión de la trama, la convirtió en una de las películas más famosas de la historia del cine. El argumento varió poco, pero los personajes y casi iodos los diálogos tuvieron que ser replanteados y experimentaron una profunda transformación.
En el extremo opuesto está el caso de El halcón maltés, conocida novela de Dashiell Hammett que había sido llevada dos veces a la pantalla antes de la versión de John Huston. Las dos primeras, Dangerous Female (1931) y Satan Met a Lady (1936), habían introducido numerosos cambios en los personajes y en el desarrollo de la trama. En la segunda versión, por ejemplo, el villano se convertía en mujer, y el preciado halcón, en colmillo de marfil adornado con joyas. Cuando el joven Huston —entonces guionista— leyó nuevamente la novela, decidió adaptarla sin alterar en absoluto la estructura, ni los personajes, ni los diálogos: filmó el libro «tal y como estaba». Y el resultado, El halcón maltés (1941), permanece hoy como una obra maestra del cine negro que ha marcado a toda una generación de cineastas.
Por otra parte, debe tenerse en cuenta el sentido de reinterpretación que lleva implícito toda adaptación al cine. Las distintas versiones del Hamlet shakesperiano, por ejemplo, ponen de manifiesto las diferencias de cultura y de periodo histórico a que pertenecen sus directores; pero, sobre todo, el diferente modo de entender una misma obra y un mismo personaje: metafísico y apasionado en Laurence Olivier (1948), político y abrumado en Gregory Kozintsev (1964), ingenioso y profundamente torturado en Zeffirelli (1991). De ahí también las diferencias ambientales: decorados abstractos, de origen teatral, en Olivier; edificios y patios absolutamente realistas, en Zeffirelli.
Además —y muy especialmente en las versiones modernas de los clásicos, como es el caso de Shakespeare— el cineasta puede entender que la obra pide una suerte de actualización en el tiempo o en la cultura. Ran, de Akira Kurosawa, es la completa traslación de la tragedia de El Rey Lear a la mentalidad y el sistema de valores japoneses. Los diálogos se transforman por completo y los personajes cambian también (las hijas del rey se convierten en varones para justificar su autoridad y mando en el mundo misógino nipón), pero los temas de fondo permanecen intactos: piedad, ancianidad, familia; visión pesimista del poder; crueldad y locura del alma ambiciosa, etc. Al trasponer el drama al mundo medieval japonés, la obra no solo no pierde densidad, sino que adquiere resonancias nuevas en contacto con el código del honor, la resignación nipona y la filosofía del samurai.
POR QUÉ LA LITERATURA HECHIZA AL CINE
Ha llegado el momento de contestar a la pregunta que nos hacíamos al principio y que, por dos veces, hemos demorado responder. En un prólogo a un libro eminentemente útil y práctico, no suele quedar mucho espacio para disquisiciones teóricas. No suele quedar mucho, pero sí algo; porque la reflexión sobre el sentido de lo que hacemos nos estimula y alienta en la tarea diaria, e ilumina nuestro trabajo desde una perspectiva más honda, más completa y profunda.
La Literatura ha hechizado al Cine —o este se ha dejado hechizar por aquella— porque ambas tienen una similitud mucho más profunda que la evidente desemejanza formal (la una trabaja con palabras; es decir, con lo abstracto; y la otra con imágenes: es decir, con lo sensible). En síntesis, nos encontramos con dos artes temporales, he ahí la cuestión. Dos artes que, junto con el tiempo, manejan necesariamente las nociones de relato, ritmo y división secuencial (ya sea en forma de escena-lugar, como en el cine o el teatro, o en forma de capitulo-acción, como en la novela). Dos artes, en definitiva, cuya misma esencia temporal las ha convertido en instancias narrativas, en fuentes inagotables de relatos.
Frente a la pintura, la arquitectura o la escultura, que trabajan y definen el espacio (con todo lo que eso conlleva: volumen, profundidad, perspectiva), el cine integra todo esto en su dinámica temporal. Se enfrenta a una imagen plana y limitada, como el pintor, a un espacio que cobija y define a personas, como el arquitecto; pero a fin de cuentas su ley interna se define por otros parámetros. El cine, que suele definirse como el arte de «la imagen en movimiento», es antes movimiento (tiempo) que imagen (espacio). Por eso es más narrativo que visual. Por eso presenta más afinidades con la literatura o la música —esta última es también temporal: sus obras constituyen relatos— que con las artes espaciales.
Esto nos lleva a una última conclusión: la de que las formas expresivas están también limitadas por el tiempo. Es frecuente oír, cuando se habla de adaptaciones cinematográficas, una expresión semejante a esta: «La película es buena, pero “pierde” con relación a la novela». Con esto se quiere decir, no pocas veces, que el filme ha perdido detalles, secuencias, elementos caracterizadores y otros mil aspectos que enriquecieron la lectura original. No se percata, quien esto dice, de que el cine es siempre un arte de condensación.
Frente a la novela, que está estructurada para leer a ratos, fragmentadamente, con tiempo por delante, el cine se nos presenta como una experiencia unitaria, de algo seguido que debe contemplarse de un tirón. Mientras una novela media suele requerir de diez a veinte horas, el cine no puede exceder el tiempo habitual de cualquier espectáculo (teatro, fútbol, toros, etc.), es decir, unas dos horas. Esto, junto a la necesaria reducción de la trama, conlleva en la adaptación la necesidad de una historia más hilada, donde el argumento tiene más peso y la unidad de acción está más definida. Mientras la novela se recrea en personajes y ambientes, el filme busca la acción y el conflicto.
Lo que hace el cineasta al adaptar es convertir las novelas en «novelas cortas». Una novela es un conjunto de mundos, pensamientos, caracteres y acciones. La novela corta es básicamente una acción: una sola acción que tiene una unidad narrativa mucho más clara y más «en primer plano». Tal vez por eso las adaptaciones más fáciles han sido frecuentemente relatos breves: La diligencia, La perla, La ventana indiscreta, Eva al desnudo, etc.
Si el cuento es asimilable a un cortometraje o a un spot (un tema sencillo, unos pocos personajes y una escena concreta o dos: la despedida en un andén, el reencuentro familiar o el hallazgo de un objeto añorado), la novela corta es lo más parecido a un filme (una unidad de acción, como repetidas veces señala Linda Seger en este libro) y una novela, lo más semejante a una serie o miniserie televisiva: una historia donde el primer plano lo ocupan una pluralidad de personajes y sus problemas, con una estructura formalmente fragmentada (capítulos o episodios: cada uno con su propia acción), y en el que el argumento pierde importancia para quedar semioscurecido en el fondo.
Llegamos así al final de estas páginas. Hemos visto en ellas que el cine es hoy un gran devorador de argumentos literarios y un celoso vigía de cuanto se imprime sobre papel. Sus adaptaciones son, con frecuencia, altamente esperadas por el público; y, desde luego, enormemente valoradas por los jurados internacionales. Siendo así, no es de extrañar la legión de productores que van a la caza de un libro que poder adaptar. Pero esa decisión entraña altos riesgos, y Linda Seger nos habla pormenorizadamente de ellos. El productor que va a comprar los derechos de una obra debe conocer muy bien cuáles son los problemas inherentes a toda traslación cinematográfica; debe saber las dificultades que se pueden soslayar y las que son poco menos que insolubles. Debe conocer también las distintas cuestiones que ha de resolver un guionista según se enfrente a una novela o a una obra teatral, a un libro de memorias o a un relato breve. Y debe, por supuesto, conocer los procedimientos legales para adquirir una opción o para proteger sus derechos.
De todo esto nos habla Linda Seger. De esto y de muchas cosas más que, en forma de atinados consejos —no en vano se ha curtido en mil batallas: las de muchas adaptaciones para el cine—, sabe decir en secreto a quien sepa y quiera gustar el placer de contemplar un buen relato.
ALFONSO MÉNDIZ
Prof. de Narrativa Audiovisual
Universidad de Navarra
Pamplona, 21 de julio de 1993
[1] Con este nombre se designan las películas que, con una perspectiva histórica y un tratamiento épico, recrean la vida de una persona. El término inglés se ha formado por contracción: bio-graphy pic-tures.
[2] La película, dirigida por Lili Zanuck e interpretada por Jason Patrick y Jenniffer Jason Leigh, llamó en España Hasta el límite. En Estados Unidos se estrenó en diciembre de 1991, y pocos meses después llegó a nuestras pantallas.
Muchísimas gracias...
A mi editora, Cynthia Vartan, porque trabajar con ella es una delicia.
A mi agente, Martha Casselman, por su constante ayuda y solicitud.
A mi asesor, Lenny Felder, por sus acertados consejos y ánimos.
A Lee y Jan Batchler y a Ethel Symolon, por el título del libro; y a Gloria Stern, por el título de la tercera parte.
A Karen Balog, Beth Brickell, Dara Marks, Donie Nelson y Ed Whetmore, por su lectura del libro y sus valiosos comentarios.
A la novelista Phyllis Gebauer, por sus interesantes comentarios sobre el libro y, en especial, por su ayuda en el capítulo noveno.
Al novelista Gayle Stone y al profesor David Oates, por la lectura y comentarios del capítulo segundo; a los profesores Wayne Rood y Joyce Cavarozzi y a los dramaturgos Dale Wasserman y Don Freed, por la lectura y comentarios del capitulo tercero; y a la escritora Cynthia Cherbak por sus aportaciones en el capítulo cuarto.
Gracias también al abogado de la industria del espectáculo, Stephen Rohde, por compartir conmigo sus conocimientos y orientarme en el capitulo noveno; y a Philippe Perebinussoff, director ejecutivo del Departamento de Estándares de la ABC, por su información y ayuda en el capítulo décimo.
Un agradecimiento especial al escritor Nelson Giddings, que ha realizado innumerables adaptaciones. Hace algunos años escuché una conferencia suya sobre este tema que me ayudó a concebir este libro. Parte del primer capítulo se basa en unos conceptos sobre el trabajo de la adaptación que Nelson me ha permitido utilizar.
Y, por supuesto, a mi marido, Peter, a quien va dedicado este libro.
Presentación
¿TE HAS FIJADO ALGUNA VEZ en la cantidad de películas que son adaptaciones? La adaptación se ha convertido en la nueva sangre vital para el negocio del cine y la televisión. Piensa, por ejemplo, en cuántas de nuestras grandes películas han partido de libros, obras de teatro e historias reales: El nacimiento de una nación, El mago de Oz, Lo que el viento se llevó, Casablanca, Raíces profundas, Solo ante el peligro y La ventana indiscreta, por citar solo algunas. Incluso el clásico Ciudadano Kane se basó en algunos aspectos de la verdadera historia de William Randolph Hearst[1].
La mayoría de las películas premiadas en certámenes y festivales de cine son adaptaciones. Considera, si no, la evidencia de estos datos:
El 85 % de los filmes galardonados con el «Oscar a la mejor película» son adaptaciones.
El 45 % de las películas realizadas para televisión son adaptaciones; pero las que reciben el Premio Emmy son adaptaciones en un 70 %.
El 83 % del total de las miniseries son adaptaciones; pero ese porcentaje sube hasta el 95 % entre las premiadas con Emmys.
Si analizamos la producción de un año cualquiera veremos que los filmes sobre los que más se habla suelen ser adaptaciones. En diciembre de 1989 el público y la crítica hablaban mucho de películas como Melodía de seducción, La guerra de los Rose, Vida y amores de una diablesa, La sirenita, Enrique V, Mi pie izquierdo, El oso, Tiempos de gloria, Black rain y Magnolias de acero. Las adaptaciones de 1990 incluían otros filmes muy comentados: Despertares, Postales desde el filo, La hoguera de las vanidades, Memphis Belle, Bailando con lobos, La casa Rusia, Henry and June, El misterio de von Bulow, Uno de los nuestros, Hamlet, El honor de la venganza, Cyrano de Bergerac, Los timadores y Misery.
Por otro lado, las adaptaciones no son un dominio exclusivo de escritores consagrados o productores de reconocido prestigio. Muchos comienzan a trabajar como guionistas, adquiriendo los derechos de un libro o de una historia real y planteando después a un Estudio la posibilidad de que les encarguen el guion. Barry Morrow (Rain Man) adquirió los derechos sobre la historia real de Bill, un retrasado mental, y escribió un guion sobre ella con el que obtuvo un premio Emmy. El primer guion de Anna Hamilton Phelan, Máscara, estaba basado en la vida de Rusty y Rocky Dennis (Rocky era un chico con el Síndrome de craniodiphicil, una alteración genética que produce serias deformidades faciales). Brian Ross escribió un guion on spec[2] sobre una historia real titulada A Friendly Suit, de la que se han comprado opciones varias veces, aunque todavía no se ha realizado. Sin embargo, después de leer el guion, la NBC decidió contratarle para escribir dos docudramas: Cast the First Stone y On Thin Ice: the Tai Babilonia Story. Leoni Sandercook comenzó con una película para televisión, A Season of Fear, que está basada, también, en una historia real. Kurt Luedtke escribió Memorias de África, su segunda película, en parte porque había adquirido una opción sobre los derechos de un libro poco conocido —pero importante— sobre Denys Finch-Hatton; ese libro proporcionó la clave para construir la historia de Memorias de África. Earl Hamner comenzó su carrera como guionista adaptando una novela suya a serial televisivo; esa adaptación llegaría a ser la extensa y conocida serie The Waltons.
Muchos novelistas piensan que el cine puede dar una segunda oportunidad a sus historias y así proporcionarles más lectores. La venta de derechos de autor por millones de dólares empieza a ser ya corriente entre novelistas famosos. Pero también los que comienzan tienen la esperanza de ver sus historias en la pantalla, y a menudo escriben con un tipo de estructura y unos personajes apropiados para el cine. Pete Dexter, autor del bestseller París Trout, vendió los derechos de su novela con la condición de ser el guionista de la película.
Hoy más que nunca, los productores buscan adaptaciones para sus películas. Muchos de ellos lo hacen porque se trata de un material más viable comercialmente, al contar ya con una audiencia. Otros aluden a la escasez de buenos guiones originales, y señalan que la mayoría de las historias carecen de originalidad. Pero el precio de esta operación puede ser muy alto. Hacer una adaptación significa pagar dos veces por un producto: primero, al comprar los derechos; y después, al escribir el guion. El juicio sobre la historia también se realiza dos veces: primero hay que evaluar las posibilidades del material de origen, y después la capacidad del guion para trasladar el argumento a la pantalla.
Muchas películas de éxito han sido adaptaciones, pero también lo han sido los grandes fracasos. Una adaptación, Heaven’s gate, llevó a los estudios United Artists a la quiebra. Raise the Titanio fue la causa de que Marble Arch Produtions, una productora de éxito hasta entonces, se hundiera para siempre. A Choras Line es otro ejemplo. Se había invertido en ella más de un millón de dólares antes de comenzar el rodaje; y, a pesar de que había conseguido un gran éxito en Broadway, el público no acudió a ver la película como se esperaba. Evidentemente, mucho se juega un filme en que la adaptación se haga correctamente.
Adaptar de una fuente a otra es llevar a cabo un complicado proceso. El arte de la adaptación se refiere a cómo hacerlo bien. En estas páginas se analiza ese proceso para guiar a los escritores, productores y directores que luchan por convertir obras literarias en películas. También puede ayudar a novelistas y dramaturgos a convertir sus propias obras en guiones. Después de asesorar a muchos novelistas y autores teatrales, he llegado a la conclusión de que la mayoría de ellos tienen este deseo.
Esta obra se basa en las ideas de trabajo de mis dos libros anteriores: Cómo convertir un buen guion en un guion excelente y Creating Unforgettable Characters. No necesitas haberlos leído para sacar provecho a este volumen; pero si no has escrito nunca un guion, te convendría leer algún libro básico sobre el tema, además de este, como guía para este proceso. Al final de estas páginas encontrarás una sucinta bibliografía.
La mayoría de los conceptos de este libro surgen de mi trabajo como consultora[3] en un gran número de adaptaciones para el cine. Muchas de ellas se encuentran actualmente en desarrollo, y otras han sido ya producidas, como Romero, sobre el arzobispo de El Salvador asesinado en 1980; La historia interminable II, basada en la novela de Michael Ende; y Flores en el ático, sobre un libro de V. C. Andrews. Entre las adaptaciones para televisión ya producidas están Pancho Bornes, sobre una mujer piloto en los primeros días de la aviación; The Fourth Wise man, basada en la novela del mismo título de Henry van Dyke; y la miniserie australiana The Rainbow Warrior, sobre un barco neozelandés perteneciente a la organización pacifista Greenpeace que la policía francesa hizo volar en julio de 1985.
A lo largo del libro me apoyaré en ejemplos de películas bien conocidas por los lectores. Todas ellas están disponibles en videoclubs, de forma que puedes volver a verlas, si lo deseas, a medida que lees estas páginas.
Si quieres releer el material en que están basadas, podrás encontrarlo fácilmente en librerías y bibliotecas. Me he centrado, sobre todo, en historias que yo encuentro particularmente agradables, confiando en que tú también disfrutarás con su lectura.
La mayoría de los ejemplos de adaptación de novelas los he sacado de Lo que el viento se llevó, Una habitación con vistas, Alguien voló sobre el nido del Cuco y Defensa[4]. Para los ejemplos de relatos breves, he utilizado varios que encontré en el libro No, but I saw the movie, editado por David Wheeler. Cito ejemplos de adaptaciones teatrales tan conocidas como Amadeus, La loba, Paseando a Miss Daisy y The Visit. Esta última fue el objeto de estudio de mi tesis doctoral y también el tema de una película de los años cincuenta. Entre los ejemplos de historias reales llevadas al cine, me centro en personas muy conocidas y en películas fácilmente asequibles en videoclubs.
Tanto si eres un escritor esporádico como si eres alguien que empiezas, espero que este libro te ayude a clarificar los conceptos claves que pueden determinar la diferencia entre una adaptación que funciona y otra que no; conceptos que pueden hacer una adaptación tan buena, o incluso mejor, que el propio original.
CÓMO USAR ESTE LIBRO
Este es un libro de recursos. No necesitas comenzar por el principio y seguir ordenadamente hasta el final. Si ahora mismo estás ya trabajando en una adaptación, puede que quieras comenzar por la introducción, que te dará una visión general del trabajo del adaptador, y pasar directamente a la segunda parte, que contiene métodos prácticos para trasladar a una película la historia, los personajes, el tema y el estilo.
La primera parte te ayudará a analizar mejor tu material de origen, de forma que puedas comprender por qué surgen los problemas al adaptar. Si estás intentando adquirir los derechos de algún material, te conviene estudiar la tercera parte del libro para saber cómo protegerte legalmente.
Este es un libro práctico. Espero que sea útil en cada etapa de tu adaptación.
[1] William Randolph Hearst (1863-1951). Fue un conocido magnate de la prensa norteamericana y propulsor del periodismo amarillo, que llegó a poseer un imperio con más de 50 publicaciones. Hizo también incursiones en la política, pero tras su fracaso en fas elecciones a Gobernador del Estado, se retiró al palacio de San Simeón, donde vivió los últimos años de decadencia rodeado de cuadros y esculturas. Su enorme paralelismo con el protagonista de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) ha sido estudiado numerosas veces por los críticos de cine.
[2] Expresión de la industria norteamericana (abreviatura de on speculation) que designa aquel guion escrito sin contrato ni adelanto de dinero; tan solo con la esperanza —especulación— de que luego podrá venderse.
[3] En el original, film consultant. Este trabajo, apenas conocido en España, tiene numerosas facetas: desde juzgar la viabilidad comercial de un determinado proyecto, a supervisar el guion, sugerir cambios en los personajes o en la estructura, etc.
[4] La película es conocida también como Deliverance (John Boorman, 1972), su título original.
Convertir hechos y ficciones en películas
HAS LEÍDO EL LIBRO. ERA VISUAL, cinematográfico. Los personajes resultaban atractivos; la historia, envolvente; el estilo, entretenido. Pero la película no funcionó. ¿Por qué?
Te encantaba la obra teatral. Parecía una apuesta segura para un filme. La habían visto millones de personas en los teatros, pero el público se mantuvo alejado de la película. ¿Qué fue lo que falló?
¿Por qué será que los peores fracasos y los grandes éxitos suelen ser adaptaciones? ¿Por qué algunas funcionan y otras no? ¿Es que los escritores y productores no conocen su trabajo? ¿O es que hay algo intrínseco en el proceso de adaptación que trae consigo problemas?
A pesar de lo que la gente cree, no existe la adaptación fácil. Probablemente hemos oído decir «todo lo que tienes que hacer es filmar el libro». Francis Ford Coppola intentó hacer esto en la versión de El gran Gatsby de 1974; y falló. Otros dicen: «El libro fue increíblemente popular; va a ser un bombazo». La hoguera de las vanidades resultó un bestseller, pero la película fue vapuleada por la crítica. Muchos escritores y productores han emprendido proyectos que parecían apuestas seguras y han fallado después de haber gastado en ellas miles —o, a veces, millones— de dólares.
Por su propia naturaleza, la adaptación es una traslación, una conversión de un medio a otro. Todo material previo —literario o no— se resistirá en principio al cambio, como si dijera: «Tómame tal como soy». Pero la adaptación implica cambio. Implica un proceso que supone repensar, reconceptualizar; y también, comprender que la naturaleza del drama es intrínsecamente diferente de la de cualquier otra forma literaria.
El adaptador actúa al modo de un escultor. Cuando le preguntaron a Miguel Ángel cómo era capaz de esculpir un ángel tan bello contestó: «El ángel está ahí encerrado en la piedra; yo simplemente elimino de ella todo aquello que no es el ángel». El adaptador elimina todo aquello que no es el drama; de forma que, al final, permanezca la esencia del drama que está en el interior de otro material.
¿Qué necesitas hacer para que una adaptación funcione? ¿Qué incluye este proceso?
CONDENSAR O AMPLIAR EL MATERIAL
Muy pocas historias originales serán equivalentes a las dos horas de duración de una película. La novela de seiscientas páginas será demasiado larga; el relato breve o la noticia de periódico, demasiado cortos. El primer trabajo del adaptador consistirá en averiguar cómo encajar el material de origen en parámetros de tiempo diferentes.
Rara vez una película comienza o termina donde lo hace el libro. Ciertamente, hay notables excepciones: la película Lo que el viento se llevó comienza con la primera escena del libro y termina con la última. Pero lo más frecuente es encontrar los principios y finales en el interior de la historia. La novela El color púrpura comienza con el primer incidente de incesto entre Celie y su padre, que ocurre varios años antes del momento en que comienza la película. En el caso de Cuenta conmigo, la película termina once páginas antes del final del libro.
La condensación, por naturaleza requiere pérdida de material. Supone eliminar subtramas, combinar o reducir personajes, omitir varios de los temas desarrollados en una novela larga; y buscar, dentro del material, los tres actos de la estructura dramática. Estas decisiones pueden resultar frustrantes, ya que muchas veces los escritores necesitan renunciar a escenas y personajes para que la película funcione.
Los cortes y combinaciones de personajes ayudan a condensar una amplia novela en un formato más manejable. En la película Lo que el viento se llevó conocemos a personajes como Scarlett O’Hara, Rhett Butler, Melanie, Ashley, la tía Pittypat, el doctor Meade, o las criadas Prissy y Mammy. Si lees el libro conocerás otros personajes importantes que no aparecen en el filme, como Archie, Will o el gobernador. En el libro, la madre de Scarlett, Ellen, es una figura importante, cuyos valores, amabilidad y visión de lo que significa ser una dama sureña sirvieron a Scarlett como ejemplo y norma de conducta; y, a la vez, como causa del sentimiento de culpabilidad por su actuación. A pesar de esto, Ellen se ve muy poco en la película. Fue necesario sacrificar su personaje por la excesiva longitud de la novela.
El trabajo de adaptar una historia corta requiere añadir más que sustraer. Normalmente, un relato breve tiene menos personajes que una novela; y estos se enfrentan a situaciones sencillas que a veces carecen de un principio, medio y final. En muchas de esas historias cortas no hay apenas subtramas que compliquen la acción. Trabajar con ellas significa añadir subtramas, añadir personajes y desarrollar nuevas escenas o secuencias.
Muchas de las mejores películas han partido de relatos breves. Podríamos citar La diligencia, Sucedió una noche, Eva al desnudo, Qué bello es vivir o Solo ante el peligro. Una de mis películas musicales favoritas, Siete novias para siete hermanos, surgió de una historia corta encantadora, The Sobbin Women, de Stephen Vincent Benet.
The Greatest Gift, un relato breve de Philip van Doren Stern que fue llevado al cine en Qué bello es vivir, gira en torno a un solo incidente: George quiere suicidarse y un ángel le hace ver cómo sería la vida sin él. El guionista utiliza este episodio, pero se extiende en la vida de George y en sus relaciones con otros personajes.
En The Tin Star, de John M. Cunningham, que llegó a ser el filme Solo ante el peligro, el protagonista muere en el desenlace. En la película se añadieron relaciones con otros personajes y se incluyó un final glorioso.
En otras adaptaciones de relatos breves se han añadido escenas nuevas para redondear o desarrollar personajes y matices de la historia. En Stage to Lordsburg, de Ernest Haycox (La diligencia), el personaje de Ringo se convirtió en el foco central de la narración con el fin de ampliar el papel de John Wayne. En la adaptación de Night Bus, de Samuel Hopkins Adams (Sucedió una noche) se reforzaron las subtramas y se añadieron nuevos matices.
Estas decisiones contribuyen a dar al guion una línea dramática. Pero el adaptador tendrá que considerar también que su traducción de la historia sea una película comercialmente viable.
HACERLA COMERCIAL
Para muchos escritores la palabra «comercial» resulta desagradable. Sugiere la pérdida de integridad del propio proyecto, adición de escenas gratuitas de persecución o de sexo, y reducción de la historia al mínimo común denominador para ganar audiencias.
Es cierto que para muchos productores «lo comercial» es un concepto muy limitado. Si tuvieran que definirlo, muchos Estudios aludirían al último bestseller como La jungla de cristal 2 y no, por ejemplo, a Paseando a Miss Daisy, que ha conseguido una recaudación superior a los cien millones de dólares. Lo ejemplificarían con Desafío total, y no con Mi pie izquierdo, una película de bajo presupuesto que ha conseguido beneficios respetables. En síntesis, lo definirían por su línea más baja y no por la más alta, que es la calidad.
Pero es importante recordar que el cine y la televisión son también un negocio, y que los productores necesitan tener las garantías suficientes de que pueden conseguir beneficios con el dinero que invierten. Hay una línea muy sutil entre aceptar riesgos razonables, de forma que se puedan hacer proyectos originales, y tomar decisiones con cautela, asegurando lo que ha tenido éxito en el pasado.
Esta línea divisoria adquiere especial importancia cuando se decide aquello que se va a adaptar. Existen muchas novelas, obras de teatro e historias de la vida real que no son viables comercialmente. Resultan demasiado difíciles de adaptar, y se resistirán a cualquier cambio que intente hacerlas más asequibles. El guionista y los productores necesitan hacer una valoración razonada sobre aquello que podría funcionar y aquello que sería económicamente complicado y no merece la pena invertir ni tiempo ni dinero en el intento.
Personalmente, creo que muchos proyectos son adaptables. Por eso aplaudo a productores y escritores que buscan nuevas ideas en el arte del cine. Me encantan las sorpresas, los libros y obras de teatro que nadie esperaba que tuvieran éxito. Películas como Paseando a Miss Daisy, Amadeus, Una habitación con vistas, Gente corriente o El misterio de von Bulow. Todas ellas tienen problemas implícitos en el material que fácilmente hubieran acarreado el fracaso. Pero esos problemas se resolvieron, demostrando que si realmente sabes lo que estás haciendo, y lo haces bien, las historias poco corrientes pueden tener éxito. Pero, ¿cómo saber qué es lo que hay que hacer? ¿Y cómo convertir un trabajo aparentemente poco atractivo en algo comercial?
Un libro bestseller puede ser leído por un millón de lectores; o quizá cuatro u ocho millones, si es uno de los grandes. Una obra de teatro con éxito en Broadway puede ser vista por uno o por ocho millones de personas. Pero si solo fueran cinco millones de personas a ver una película, se consideraría un fracaso. Si solo ocho millones de personas vieran una serie televisiva, se suspendería su emisión. Las películas y los programas de televisión necesitan una audiencia de masas para conseguir beneficios. Las novelas y obras de teatro tienen una audiencia más selecta, de forma que pueden abastecer un mercado de élite. Pueden ser temáticas, pueden tratar de cuestiones esotéricas o experimentar con estilos abstractos. Pero la traslación al cine requiere que el material sea accesible a un público muy amplio.
Hay un conjunto de decisiones que pueden hacer el material más viable comercialmente. Definir claramente la historia es una de ellas, ya que a la audiencia le gustan las historias bien contadas. Una buena historia tiene, además, ritmo y un foco de atención que enganche a la audiencia desde el principio hasta el final. La mayoría de las películas americanas de éxito cuentan con un personaje central atractivo, capaz de ganarse la simpatía de la audiencia y de provocar en ellos la identificación. Cuando vemos una película, nos gusta alentar al protagonista, queremos lo mejor para él, y deseamos que alcance sus objetivos, la meta que se propone. Queremos que el protagonista gane al final. Como audiencia, gastamos una cantidad considerable de energía emocional deseando el éxito de este personaje.
Un personaje atractivo no es tan necesario en novelas y obras teatrales, pero es algo que se busca siempre en el cine cuando se evalúa el material que se va a producir. Esto no significa que una historia con personaje negativo no pueda ser adaptada. Existen algunas técnicas que los escritores pueden utilizar en estos casos. A veces se sustituye la simpatía por la comprensión. Aunque no necesariamente aprobemos el comportamiento de Scarlett O’Hara, sus mentiras y engaños, siempre podemos comprenderle; al menos en parte. Comprendemos sus motivaciones, por qué hace lo que hace. Puede que no admiremos las decisiones que Rusty hace en Presunto inocente, pero simpatizamos con su situación. En otros casos, se crean personajes positivos para equilibrar el peso de los negativos. En El misterio de von Bulow, el simpático abogado equilibra al decadente von Bulow. En La loba, el foco de la historia cambia en la película de la cruel y manipuladora Regina a su encantadora hija Zan.
Como regla general, a los americanos no les gusta que los personajes principales pierdan o se mueran al final. Nos gustan los finales felices. Puede que sea parte de nuestro idealismo, pero la mayoría de las películas americanas muestran cómo el villano recibe su merecido y el héroe y la heroína viven felices para siempre. Parte de ese «hacerla comercial» significa conocer bien el mercado. Si te diriges al mercado americano, tienes que tener cuidado con los finales. Tienes que prestar atención al tipo de final que tiene tu historia, y a cómo convertir un final triste en satisfactorio. También debes añadir el espíritu de los tiempos. En la temporada 1990-1991 tuvimos preponderancia de finales tristes, algunos de los cuales eran emocionalmente satisfactorios. Piensa en cómo te sentiste al contemplar los desenlaces no felices de Uno de los nuestros, El Padrino III o Despertares.
Al hacer la traslación al cine, muchos libros y obras teatrales que acababan mal tuvieron que transformar sus finales con el fin de atraer a un mayor número de personas.
Esto no ocurre así en el cine de otros países. Un escritor australiano me explicó una vez por qué mueren tantos personajes centrales al final de sus películas. Me dijo: «Vuestros héroes siempre ganan. Lewis y Clark consiguieron lo que se habían propuesto al explorar el territorio de Oregón. Nuestros héroes se propusieron cruzar el desierto y murieron». En 1989 trabajé como consultora en una película australiana, The Crossing. En el guion, el personaje principal sobrevivía. Pero en el rodaje, decidieron que debía morir. Un final australiano para una película australiana.
Si necesitas matar a tu protagonista (y no digo que no debas hacerlo nunca, sino que sepas que es una decisión arriesgada), asegúrate de que tienes otro foco emocional en tu historia. Asegúrate de que no nos dejas solos con la pena. Danos algún otro personaje que sufra con nosotros y nos ayude a entender el significado de la muerte, de forma que esta se convierta en victoria por alguna gran causa. En Love Story, uno de los protagonistas muere, pero vemos la historia a través de los ojos del marido. Simpatizamos con él, y experimentamos una catarsis emocional después de haber sufrido con él la enfermedad y la muerte de su mujer. Un tipo similar de catarsis se da en La fuerza del cariño, Magnolias de acero y Amarga victoria.
Hacer la película más comercial significa también simplificar, clarificar la trama —a veces, incluso explicar el desarrollo de la historia—, y asegurarse de que los personajes no son ambiguos. Las novelas y las obras de teatro se prestan más a sugerir que a definir. Sus historias se pueden ir por la tangente antes de volver al foco principal. Podemos seguir a varios personajes e introducirnos en varias subtramas personales. Pero, en el cine, las audiencias se pueden sentir confusas si no saben con quién identificarse o quién es el personaje principal. Y aunque a veces se pueden dar piezas ensambladas con diferentes personajes focales (como en algunas miniseries o, incluso, en The Big Chill), generalmente un personaje concreto debe aparecer en primer plano. Cuenta conmigo trataba de la amistad entre cuatro chicos, pero Gordy era el personaje central. Defensa era una historia que contaba las aventuras de un viaje de cuatro hombres. La película podría haber sido como un racimo de relatos, pero Ed se convertía en el personaje principal.
Crear una adaptación comercial y viable significa dotar a la historia de una estructura más clara, de forma que la audiencia pueda seguirla con facilidad. El cine es normalmente una experiencia que se vive una vez. No tenemos la posibilidad de volver la página, comprobar un nombre, volver a leer la descripción. La claridad es un elemento importante en la viabilidad comercial.
LOS CAMBIOS SON ESENCIALES
Solo se da un caso de adaptación imposible. Aquella en la que el productor y el escritor no tienen licencia creativa. Los cambios son esenciales al hacer la traslación a otro medio. Algunos de estos cambios pueden ser insignificantes: por ejemplo, cambiar Atlanta por Charleston, por cuestión de presupuesto; o cambiar el nombre de un personaje que se llama como un periodista conocido; o cambiar de un tren a un avión, o crear una familia de tres hijos en lugar de cinco.
Muchos cambios se realizan con una finalidad dramática. En la película La ventana indiscreta, el personaje de Sam, el casero, pasa a ser Stella, que tiene un papel mayor al ser la enfermera y novia del protagonista. La hija del policía en 55 Minutes (La jungla de cristal 2) pasa a ser su mujer en el filme para darle así más protagonismo al personaje. En Sucedió una noche, la situación se hace más arriesgada al afrontar Peter y Ellie una persecución policial, en lugar de que simplemente un hombre les reconozca en un autobús.
Estos cambios pueden ser difíciles de encajar para el autor del original, que ha estado luchando para tomar decisiones creativas y ve con qué facilidad las cambia el guionista. Pero no toda adaptación tiene que seguir completamente el texto original. De hecho, si los adaptadores tuvieran un respeto exagerado por cada palabra, coma y construcción de la frase, serían incapaces de transformar el material literario en un drama fílmico.
Muchas películas de éxito han utilizado material original simplemente como punto de partida. Hay muy poco del libro Mi pie izquierdo en la película. En el libro no existe la escena del restaurante, ni la de la exposición de la galería de arte; no hay escenas en las que se vea a Christy enamorándose de una enfermera. Pero el espíritu del libro está allí: la historia de un hombre que aprende a valerse por sí mismo y a desarrollar sus talentos.
Cuando los guionistas adaptan libros de no ficción (como Games Mother Never Taught You o Having it All), a menudo tomarán ideas del libro y desarrollarán la parte de la historia que pueda expresar el tema. En Harper Valley P.T.A. se utilizaban situaciones que describe la canción del mismo nombre para crear el drama. Melodía de seducción utiliza la imagen de una canción que habla de un amor todopoderoso como punto de partida para la historia.
Los directores de teatro son famosos por utilizar a los clásicos para explorar las tendencias y los temas contemporáneos. Peter Brook situaba su producción Sueño de una noche de verano en el contexto de un circo. Cuando me dedicaba a dirigir obras de teatro, puse en escena La comedia de las equivocaciones poco después del estreno de La guerra de las galaxias. Situé la pieza en una galaxia lejana, recreando los gemelos esclavos como androides. Este cambio requirió eliminar una sola página del texto de Shakespeare, que contenía alusiones a Bélgica y Francia. Ocasionalmente se han hecho películas con adaptaciones contemporáneas de los clásicos. Quizá una de las más famosas es West Side Story, que está basada en Romeo y Julieta; o también la adaptación de Cyrano de Bergerac en la película Roxanne, de Steve Martin.
No hay ninguna ley, aparte de las obligaciones de tu contrato, que diga que no puedes utilizar tu imaginación cuando trabajas con el material de origen. La adaptación es un original nuevo. Y el adaptador trata de lograr el equilibrio entre conservar el espíritu del original y crear una forma nueva.
¿QUÉ ES APROVECHABLE?
La adaptación de una historia se puede comparar a la búsqueda de Delphinium en un jardín que tiene cien tipos de flores diferentes. Significa elegir lo que es importante dentro de un material que puede ser muy complejo y, en cierto modo, caótico. Hay que tomar decisiones. Entre todos los temas, ¿cuál es el que quiero explorar? Entre todos los personajes, ¿a cuál considero el más importante? Entre toda la variedad de tramas y subtramas, ¿cuál merece la pena desarrollar?
La adaptación requiere una toma de decisiones. Esto significa que tendrás que eliminar parte del material que más te gusta. Los acontecimientos pueden necesitar un nuevo enfoque. Los personajes que llevan el peso de la acción pueden tener que pasar a un segundo plano. Si una trama importante no sirve para el movimiento dramático de la historia, posiblemente tendrás que eliminarla. Con todos estos cambios se pueden perder resonancias, pero el foco de la historia se verá reforzado. Se puede perder un tema con el fin de que otros temas se vean más claros y accesibles.
Tomar estas decisiones exige una alta dosis de valentía por parte del escritor; y es que, si los escritores no están dispuestos a introducir ciertos cambios, la adaptación de la literatura al cine difícilmente será posible.
A veces el material puede rebelarse ante el escritor. El trabajo de la adaptación depende, entonces, de comprender lo que es intrínsecamente antidramático en cada forma narrativa. Sabiendo en qué y por qué se resiste el material a la traslación, los escritores y productores serán más capaces de saber en qué tipo de material no merece la pena poner el esfuerzo, y qué tipo de problemas tendrán que afrontarse para conseguir que una adaptación funcione.
PRIMERA PARTE
¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?
Capítulo 1
Por qué la literatura se resiste al cine
HAY ALGO DECISIVO EN LA LECTURA de un buen libro. Yo he sido una lectora empedernida desde los siete años. Comencé con los Bobbsey twins y Nancy Drew[1], pasé a otras lecturas como Jane Eyre y Mujercitas, y después a Lo que el viento se llevó o Matar a un ruiseñor.
En mis frecuentes viajes en avión he leído últimamente un gran número de bestsellers. De camino a Nueva Zelanda tuve que pasar veinticuatro horas en Honolulú por retrasos de vuelos, y pasé el día hipnotizada con Presunto Inocente. Hecha un ovillo en una butaca de mimbre en el hotel Sheraton, estuve leyendo durante horas y horas fascinada por el desarrollo de la historia, por la riqueza de sus personajes y por lo que el libro me decía sobre la obsesión, el matrimonio, la política y el poder. Cuando vi la película, la historia pasó a un primer plano. Quería ser capaz de seguir cada pista, ver cómo se desenmarañaba la trama y clarificar aquellas partes del libro que había olvidado, Cuando la película funcionaba bien, la historia era clara y envolvente. En otros momentos, me sentía confusa y aturdida, por lo que dejaba de disfrutar con ella.
La experiencia de leer una novela es muy diferente a la de ver una película. Y es precisamente esta diferencia la que plantea la resistencia de su traslación al cine. Cuando leemos una novela, el tiempo está de nuestra parte. No es una experiencia cronológica, en la que alguien determina el ritmo de mi lectura, sino una experiencia reflexiva. Rara vez podemos leer una novela de una sentada. De hecho, parte del encanto de una lectura es volver a coger el libro. Leemos, lo dejamos, pensamos sobre ello; a veces leer una misma página dos veces es parte de su encanto. Nos deleitamos en el lenguaje tanto como en la propia historia.
LA IMPORTANCIA DEL TEMA
Las novelas, a diferencia de las obras de teatro o las películas, comunican toda su información a través de las palabras. Con ellas se expresa mucho más que la historia, los acontecimientos, las imágenes y los personajes; con ellas se expresan las ideas. De vez en cuando, encontramos novelas que son solo historia: normalmente novelas cortas que no son precisamente las más aclamadas por sus méritos literarios. Pero todas las grandes novelas, y muchas de las mejores, no solo cuentan una historia, sino que desarrollan una idea. Tratan sobre algo significativo, y este tema es tan importante o más que la propia historia.
Las mejores películas tienen también fuerza temática, pero en una película el tema está en función de la historia. Está ahí para reforzar la historia y añadirle dimensión, no para sustituirla. En una novela, por el contrario, la historia suele estar en función del tema.
El libro Lo que el viento se llevó trata tanto de la pérdida del Sur como de las relaciones y luchas de Scarlett O’Hara. El tema da profundidad a la historia. Cuando veo la película, en cambio, el argumento me arrastra. La historia se convierte en lo más importante, y la idea de la pérdida del Sur no es lo que más se recuerda de ella: recuerdo a Scarlett, y a Rhett, y Atlanta en llamas; a Melante y a Ashley.
La novela ofrece muchos más matices. Desarrolla la línea temática construyendo detalle tras detalle, página tras página, sobre las costumbres, rituales, fiestas y jerarquías de las gentes del Sur. Los mismos personajes refuerzan el tema. En pasajes como el siguiente, los personajes son definidos temáticamente, haciendo referencia a su relación con el viejo Sur:
Aunque nacidos en la cómoda vida de la plantación, atendidos a cuerpo de rey desde su infancia, los rostros de los que están en el porche (Scarlett y los gemelos Tarlenton) no son débiles ni afeminados. Tienen el vigor y la viveza de la gente del campo que ha pasado su vida al raso y se ha preocupado muy poco de las tonterías de los libros. La vida es aún nueva en la Georgia del Norte, condado de Clayton, y un tanto ruda como lo es también en Augusta, Savannah y Charleston. Los de las provincias del Sur, más viejas y sedentarias, miran por encima del hombro a los georgianos de las tierras altas; pero allí, en la Georgia del Norte, no avergonzaba la falta de esas sutilezas de la educación clásica, con tal de que un hombre fuera diestro en las cosas que importaban. Y las cosas que importaban eran cultivar buen algodón, montar bien a caballo, ser buen cazador, bailar con agilidad, cortejar a las damas con elegancia y aguantar la bebida como un caballero.
A medida que el libro avanza, vemos cómo desaparece este tipo de vida y cómo estos personajes reaccionan ante el nuevo Sur. Scarlett, a través de varias componendas, es capaz de acoplarse a la nueva era de la Reconstrucción. Ashley, que ha vivido rodeado de libros y con una mentalidad menos práctica, no es capaz de enfrentarse al cambio. Rhett encuentra su integridad en el nuevo Sur. Frank Kennedy se convierte en un héroe intentando preservar ciertos valores del viejo Sur. Al principio de la película, aparecen unos párrafos en sobreimpresión que resumen este importante tema del libro:
Era una tierra de caballeros y campos de algodón llamada Viejo Sur...
Aquí, en este mundo patricio, la Edad de la Caballería hizo su última reverencia...
Aquí estaba lo que no se verá nunca jamás: caballeros y damas, dueños y esclavos...
Buscadlo solo en los libros, porque no es más que un sueño recordado, una civilización que se fue con el viento...[2].
A medida que la novela explora la idea del Sur perdido, nos ofrece también otros estratos de la historia.
CONSTRUIR CON DETALLES
¿Has observado alguna vez cómo un libro puede dedicar cincuenta o cien páginas para dar una información que una película te da en tres minutos? En La hoguera de las vanidades, los acontecimientos de los primeros catorce minutos de la película ocupan ochenta y nueve páginas en el libro. Cuando trabajé en la adaptación de Christy, de Catherine Marshall, la primera imagen que creamos para la película correspondía a treinta y dos páginas del libro. Incluso en una novela corta como 58 Minutes (en la que se basa La jungla de cristal 2), se sintetizaron cuarenta y seis páginas del libro para crear lo que vemos en los primeros minutos del filme. En Lo que el viento se llevó, lo que ocurre en las primeras ciento veintisiete páginas de la novela se nos presenta en menos de treinta minutos de película.
El cine es mucho más rápido. Nos muestra los detalles a través de imágenes. La cámara puede mirar un objeto tridimensional y, en cuestión de segundos, aportar detalles que requerirían en una novela muchas páginas de descripciones. El cine puede, en un solo instante, dar información de la historia o de los personajes, y transmitir ideas, imágenes y estilo.
Cuando leemos una novela solo podemos ver aquello que el narrador nos muestra en un momento concreto. Si el narrador pone el acento en la acción, nosotros seguiremos la acción. Si el narrador nos habla de los sentimientos, nos centraremos en los sentimientos. Solo podemos recibir una parte de la información en cada momento. La novela solo nos puede dar información secuencialmente.
El cine, en cambio, es dimensional. Una buena escena de una película hace avanzar la acción, a la vez que revela al personaje, profundiza en el tema y construye la imagen. En una novela, una escena o un capítulo completo pueden concretarse en solo un aspecto de estas áreas.
En el proceso de construir con detalles, la novela nos comunica también otros aspectos. Cuando la novela Lo que el viento se llevó se toma varios párrafos para describir a Ashley Wilkes, nos está ofreciendo una información importante sobre el personaje. Pero también utiliza palabras para transmitirnos ideas sobre el tipo de vida que llevaba: la vida de un caballero en el viejo Sur. Aporta detalles que tendrán sentido en la última parte del libro. Lee, por ejemplo, este párrafo en el que el General O’Hara describe a Ashley en su paseo con Scarlett:
Nuestra gente es distinta de los Wilkes —continúo pausado, articulando torpemente las palabras—. Los Wilkes son distintos de todos nuestros vecinos, distintos de las demás familias que he conocido. Son seres raros, y es mejor que se casen dentro de su propia familia y guarden sus rarezas para ellos (...). Al llamarle raro, no quiere decir que esté loco. No es su rareza como la de los Calverts, que se juegan a un caballo todo lo que tienen; o la de los Tarleton, entre quienes hay siempre uno o dos borrachines en cada generación; o la de los Fontaine, fogosos como animalitos y que son capaces de matar a un hombre por el menor capricho (,..). Pero es un raro de otro estilo (...), Y ahora, gatita, ¿entiendes tú sus desatinos sobre libros, música, poesía y pintura y otras tonterías por el estilo?
Más tarde, Ashley lamenta su falta de habilidad cuando le dice a Scarlett:
No quiero que me hagas concesiones. Quiero que me valores por lo que soy. ¿Qué he hecho con mi vida hasta ahora? He estado pensando. No creo que haya sido consciente realmente desde el día de la rendición hasta que tú te fuiste de aquí. Vivía en un estado de inercia y era suficiente para mí tener algo para comer y una cama en la que acostarme. Pero cuando te fuiste a Atlanta, llevando sobre ti el peso de un hombre, me vi a mí mismo inferior a lo que debe ser un hombre; inferior a una mujer. No es agradable vivir con esos pensamientos, y no pretendo vivir con ellos por más tiempo... Esta es mi última oportunidad (...) Si me voy a Atlanta y trabajo para ti, estoy perdido para siempre.
Esta información del personaje concreta ideas de varias partes del libro. Elabora detalles e ideas del viejo y del nuevo Sur, sobre un mundo que el viento se llevó, sobre un hombre que no puede integrarse en el nuevo mundo, y sobre una mujer que sí puede.
LA TAREA DEL NARRADOR
Cuando leemos una novela, alguien nos lleva de la mano y nos conduce a través de la historia. Este narrador es a veces un personaje, si la novela está escrita en primera persona. Otras veces el que cuenta la historia es el alter ego del escritor, que nos explica el significado de los acontecimientos.
Cuando el narrador en Lo que el viento se llevó nos habla de una «tierra agradable de casas blancas, pacíficos campos y perezosos ríos amarillos (...) una tierra de contrastes, del sol más brillante y la sombra más densa», la blanca casa con columnas no está ahí como una simple imagen descriptiva; sino que, más bien, el narrador nos va dando lentamente los detalles que nos ayudarán a entender cómo era su mundo y qué tipo de mundo iban a perder. El operador de cámara puede mostrar exactamente los mismos detalles, pero no van acompañados de una explicación que nos ayude a comprender su significado simbólico más profundo. El narrador, en cambio, explica y clarifica las conexiones entre imagen y significado.
En muchas novelas del siglo dieciocho, el narrador se da a conocer al lector. En aquella época, era frecuente que el narrador interrumpiera la historia con un «querido lector» y dijera a sus lectores qué es lo que iban a aprender del libro. Henry Fielding, autor de Tom Jones, novela publicada en 1749, dedicaba algunas páginas a ofrecernos su visión de la naturaleza humana, alabándose a sí mismo por sus astutas observaciones:
Como esta es una de esas profundas observaciones que muy pocos lectores son capaces de hacerse a sí mismos, he creído apropiado prestarles mi ayuda, aunque este es un favor que encontrarán pocas veces en el transcurso de mi obra. Es cierto, rara vez seré indulgente, excepto en ocasiones como esta, en las que nada, salvo la inspiración con que los escritores están dotados, puede capacitar a alguien a hacer el descubrimiento.
El narrador de Una habitación con vistas, de E. M. Forster, tiene una función menos entrometida. Nos mantiene continuamente informados de que es una novela que trata sobre la identidad. Hace comentarios como los siguientes: «Ocurría que Lucy, que tenía la impresión de que la vida diaria era más bien caótica, entraba en un mundo más sólido cuando abría el piano». Y más adelante: «Estaba acostumbrada a que los demás confirmaran sus pensamientos. Era demasiado arduo dilucidar si lo que pensaba era correcto o no».
El narrador de Lo que el viento se llevó valora ciertos detalles de los personajes, como cuando dice, por ejemplo, que «Scarlett O’Hara no era una belleza, pero los hombres no se daban cuenta de ello al sentirse atraídos por su encanto». En casos como este el narrador nos llama la atención sobre aquello en lo que, se supone, tenemos que fijar la atención; así, clarifica los temas y explica las ideas de fondo, a la vez que nos cuenta lo que está ocurriendo en la historia.
Un narrador se puede mover de dentro hacia fuera de la vida de un personaje, incluso entrando en su cabeza para decirnos lo que piensa y siente. Esta técnica nos ayuda a comprender incluso a los personajes negativos, moviéndonos a compasión, ya que tenemos una visión interior de sus motivaciones y emociones. Nos identificamos con el personaje psicológica y emocionalmente, y asumimos las acciones que emprende.
En una novela, el narrador se encuentra entre nosotros y la historia para ayudarnos a comprender e interpretar los acontecimientos. Cuando vemos una película, somos observadores objetivos de las acciones. Lo que vemos es lo que captamos. Incluso si los personajes nos hablan de sus sentimientos, a través de una voz en off en la película, puede que no les creamos. Sin la guía del narrador, no podemos saber si los personajes nos están mintiendo o no.
¿Tiene esto importancia? Decididamente sí, ya que podemos confiar en el narrador de una novela, pero no siempre podemos confiar en el personaje. El narrador es omnisciente. Si el narrador de Una habitación con vistas nos dice que Lucy está realmente enamorada de George, nosotros le creemos. Después de todo, él la conoce mejor que nosotros, y probablemente mejor de lo que Lucy se conoce a sí misma. Pero en el cine, si Lucy nos dice que no está enamorada de George, no estamos seguros de si debemos creerla o no. Quizá ella misma no conoce sus propios sentimientos. Quizá ella esté mintiendo. Quizá ella piense que no está enamorada de George para justificar su compromiso con Cecil. Lucy no es una fuente digna de confianza. El narrador, sí lo es.
Cualquier intento de trasladar este conocimiento interior al cine normalmente acabará en fracaso. El cine no nos da una visión interior de un personaje. La novela, sí.
LA VOZ REFLEXIVA
¿Qué más descubrimos penetrando en la cabeza de un personaje? Un personaje, de igual modo que un narrador, es capaz de ofrecernos un conocimiento de la condición humana. El narrador puede ayudarnos a entender la psicología del protagonista y a comprender todo tipo de personajes desde dentro.
En la novela Gente corriente, de Judith Guest, el personaje de Conrad (el joven que intenta suicidarse después de la muerte de su hermano) habla de la tensión y los problemas de su familia, ocultos hasta entonces:
Esta casa. Demasiado grande para tres personas. (Conrad) apenas puede oír los sonidos de su padre y su madre organizando las cosas por la mañana temprano, sincronizando horarios en la otra parte del hall. No tiene importancia. No necesita escuchar. Ellos seguramente no están hablando de nada importante. Seguramente no están hablando de él, por ejemplo. Son personas de buen gusto. No discuten un problema en presencia del problema. Y, además, no hay problema. Estamos solo en la fase dos. Recuperación. Movimiento hacia delante.
Observa cómo el autor utiliza las palabras «sincronizando horarios», «nada importante» y «el problema» para construir la idea de cómo se eluden las crisis en la familia. No hay forma de transmitir este tipo de detalles en una película.
LA NOVELA COMO INFORMACIÓN
Los detalles en una novela construyen ideas, pero también nos dan una información que nos resulta útil y fascinante en sí misma. Pueden ser páginas enteras de información sobre ballenas (como en Moby Dick) o información sobre plagas de enfermedades contagiosas (como en la novela de Robin Cook, Epidemia) o información sobre la vida en una plantación.
En Lo que el viento se llevó una de las escenas más interesantes es el incendio de Atlanta. Ocurre justo después de la imagen memorable de Scarlett caminando entre los heridos en su búsqueda del Dr. Meade. En el libro, el narrador describe así esta escena:
Bajo el sol implacable, tendidos hombro con hombro, o cabeza con pies, yacían cientos de hombres heridos, sobre los rieles, sobre los andenes, en interminables filas bajo las cocheras. Muchos estaban rígidos y silenciosos, pero otros muchos se retorcían, gimientes, bajo el ardoroso sol. Por doquier, enjambres de moscas cubrían a los hombres, zumbando y rozando sus rostros. Por todas partes había sangre, vendajes sucios, gemidos, blasfemias de dolor, mientras los camilleros transportaban hombres. Un olor revuelto de sangre, sudor, excrementos y cuerpos sucios se alzaba en el aire caluroso, produciendo una fetidez que despertó náuseas en Scarlett. Los hombres encargados de las ambulancias se apresuraban de un lado a otro, entre las postradas y patéticas figuras de los heridos, y con frecuencia cargaban con algunos que sacaban de las apretadas filas, mientras los demás los contemplaban fijamente, esperando que llegase su turno.
Esta es una imagen brillante. La mayoría de las impresiones sensoriales son fácilmente trasladables al cine (aunque no lo es, quizá afortunadamente, el sentido del olfato). En el cine, se enriquece el significado de la escena a medida que la cámara retrocede, deteniéndose en la bandera confederada que queda en primer plano. El alcance, complejidad, textura, imágenes y sonidos de la escena se han trasladado especialmente bien en una impresionante imagen cinematográfica.
En el libro, en cambio, recogemos mucha más información sobre el significado de la escena. ¿Por qué había tantos heridos repentinamente? ¿Qué estaba ocurriendo en la guerra civil en esta época? ¿Por qué tuvieron que huir Melanie y Scarlett? ¿Cuál era el plan de Sherman? ¿Cuál era el plan de los confederados? ¿Por qué fue esencial la victoria de Atlanta para el Norte, si quería ganar esta guerra? ¿Qué ocurrió en la ciudad que fue tan importante tanto para el Norte como para el Sur?
El libro también nos da información sobre la estrategia de los generales; la batalla de los setenta y seis días del General Johnston al intentar defender Atlanta; su reemplazo por el General Hood y el avance de los yanquis en Atlanta al intentar cortar el ferrocarril; los treinta días de bombardeo sobre la ciudad y el silencio que siguió. Y sabemos, por último, que el 1 de septiembre, el día en que Melanie tuvo el niño, fue también el día en que cayó Atlanta.
Cuando veo la película, capto el sentido que conlleva la historia, la excitación, el terror, el miedo, el pánico, la histeria, la desesperación. Cuando leo el libro, capto este mismo sentido, pero se enriquece con la comprensión del período histórico: el contexto, el significado de las batallas, y las estrategias tanto de Sherman como de los generales confederados Johnston y Hood. El libro se toma más tiempo para construir los detalles, y se toma más tiempo también para conseguir su impacto. Y el impacto es emocional, histórico e informativo.
EL MOVIMIENTO TEMPORAL ES FLUIDO
A medida que el narrador nos conduce por el libro, nos ayuda a comprender la conexión entre los detalles, las ideas y la información que aparece en diferentes capítulos. El narrador nos puede ayudar a concretar el pasado, el presente y el futuro.
La mayoría de las novelas, y relatos breves, están escritos en pasado. Los autores anotan: «ella dijo», «él fue», «ella pensó»; y solo en raras ocasiones escriben: «ella dice», «él va», «ella piensa». Casi constantemente, el narrador mira hacia atrás en los acontecimientos que ya han ocurrido; y cuenta, a la vez que interpreta, estos acontecimientos al lector.
Ocasionalmente, un autor puede enfatizarla relación entre acontecimientos pasados y futuros. En La zona muerta, de Stephen King, el narrador habla de sucesos que acaban de ocurrir. Entonces nos sorprende, como si estuviera mirando hacia el futuro, y nos dice: «Esto ocurrió cuatro años y medio antes de que ella hablara de nuevo con Johnny Smith». En este caso se hace patente que el narrador no nos está hablando de una historia más o menos reciente, sino de algo que ocurrió hace cuatro años y medio, por lo menos.
En una novela, el tiempo es fluido. Se mueve de atrás a delante, entre el pasado, el presente y el futuro. Un personaje en el presente nos puede dar información sobre el pasado. En Lo que el viento se llevó, el narrador nos cuenta el pasado de Ellen y su amor por un hombre que la abandonó. También se refiere a su matrimonio con Gerald O’Hara. Años después, cuando Ellen muere, el nombre que viene a sus labios no es el de Gerald, sino el de Phillippe, su antiguo amor. En sí mismo, este detalle no es especialmente importante, y no es necesario conocerlo en la película. Pero las historias del pasado enriquecen la novela. Más que proceder cronológicamente, a través de palabras, la novela se mueve en profundidad dentro de un acontecimiento, mostrando cómo cualquier hecho tiene significados que enlazan el pasado con el presente.
En un libro, la ficción rodea el acontecimiento con una cierta dosis de reflexión, situándolo en un contexto. Utiliza un sentido fluido del tiempo para poner la acción en perspectiva. La ficción se puede mover de atrás a delante, desde la historia pasada a la historia presente. Un personaje puede recordar a otro del pasado. El narrador puede descubrir un acontecimiento, encadenando el pasado con el presente. En La casa deshabitada, Charles Dickens nos da una descripción de Esther Summerson, que se está recuperando de una enfermedad mortal. Observa las suaves transiciones entre el pasado y el presente en esta cita (la he entresacado para mostrar este movimiento de atrás hacia delante):
No me han cortado el pelo, aunque he estado en peligro más de una vez... Me retiré el pelo y contemplé mi imagen en el espejo, animada al ver lo bien que me quedaba (presente). Había cambiado tanto... Nunca he sido una belleza y nunca me he considerado como tal, pero he sido muy diferente a como soy ahora. Todo esto se ha ido para siempre (pasado). El cielo ha sido tan bueno conmigo que podría dejar correr unas cuantas lágrimas y quedarme aquí arreglándome el pelo para la noche y sentirme agradecida (presente).
En las novelas, este movimiento entre el pasado y el presente es fluido e ininterrumpido. La vuelta atrás —el flashback— es parte del movimiento de una historia.
En el cine, este tipo de flashback hacia una historia del pasado puede detener el ritmo de la narración. El cine transcurre en el presente. Es inmediato. Es ahora. Es activo. Una novela puede ser reflexiva y enfatizar el significado, el contexto o la respuesta ante un suceso. Pero una película pone el énfasis en el suceso mismo.
El cine trabaja con el presente y nos conduce hacia el futuro. Está menos interesado en lo que ha ocurrido ya que en lo que va a ocurrir después. En algunas películas, este movimiento hacia el futuro se desarrolla lentamente. En otras, casi nos sentimos catapultados hacia el inevitable y trepidante clímax. Cuando vemos una película, estamos en la misma posición que los personajes. Nosotros, como ellos, no sabemos qué va a ocurrir después. No hay tiempo para pensar en lo que está ocurriendo. Solo hay tiempo para experimentar, para sentirse dentro de la dinámica de los acontecimientos.
Por la inmediatez del cine, observamos la historia sin necesidad de un narrador que nos la interprete o nos diga lo que estamos viendo.
PUNTO DE VISTA
La novela centra también nuestra atención contándonos la historia desde un cierto punto de vista. ¿De quién es la historia? ¿A través de los ojos de quién vemos la historia?
Alguien voló sobre el nido del cuco es realmente la historia de McMurphy, que pensó que podría cumplir más fácilmente su condena de cárcel si la terminaba en una institución mental. Él sabe aquello que hace, y lo que le ocurre, y cómo influye en los demás. Pero la novela nos cuenta la historia a través de los ojos de Chief Bromden, el indio aparentemente sordo y retrasado mental, que observa los acontecimientos, reflexiona sobre ellos, se atemoriza y se preocupa por McMurphy, y nos cuenta lo que él percibe. Aunque el foco permanece en McMurphy, el punto de vista es del personaje de Chief Bromden. En la novela, conocemos sus pensamientos y sentimientos internos tanto como la realidad externa que él observa. No vemos nada en la novela que Bromden no vea personalmente. Vemos escenas sin McMurphy, pero no vemos escenas sin Bromden.
Gente Corriente es, esencialmente, la historia de Conrad: su lucha por enfrentarse a la vida después de la muerte de su hermano y su intento de suicidio. Esta novela no está contada en primera persona, sino por un narrador particularmente omnisciente que decide contarnos lo que ocurre dentro de las cabezas de Conrad y de su padre, Calvin; pero que no entra en la cabeza de Beth ni en la de otros personajes. El punto de vista es más amplio, y podemos ver escenas sin Calvin, escenas sin Conrad y escenas sin ninguno de los dos.
En estos dos ejemplos, la historia posee elementos internos, subjetivos, que nos llevan al interior de los pensamientos y sentimientos de los personajes, más que a la narración de realidades simplemente externas.
A muchos escritores les gusta conservar el narrador del libro en la película para dotar a esta de un estilo más literario, para transmitir una información o para hacer transiciones en el tiempo. Memorias de África, La hoguera de las vanidades, Uno de los nuestros, Matar a un ruiseñor y Julia (entre muchas otras) utilizan narradores. Aunque a veces se emplea esta técnica para añadir una dimensión reflexiva en la película, en la mayoría de los casos se usa para dar una información que no se podría transmitir de forma dramática. En muchos casos, esta técnica entorpece la inmediatez del cine, distanciando a la audiencia de la acción, poniendo el énfasis en lo que se está diciendo más que en lo que está ocurriendo.
El narrador de la novela nos habla de experiencias subjetivas, pero el cine, a través de imágenes, nos muestra una experiencia objetiva. En una película, el narrador en off nos puede contar lo que alguien está sintiendo. Pero esta voz en off puede distraernos de concentrar nuestra atención en la expresión de un rostro. Si las palabras del narrador contradicen lo que vemos, puede confundirnos. Si nos cuenta lo que ya hemos visto, el comentario está de más.
En La hoguera de las vanidades me resultó especialmente molesta la presencia del narrador, que a menudo disipaba el foco emocional de la película poniendo el énfasis en las palabras y no en la acción. Yo estaba más intrigada viendo lo que ocurría que escuchando a alguien interpretándolo todo por mí.
A veces, el cine utiliza el narrador para facilitar las transiciones. Aunque esta técnica sea una ayuda, hay otros métodos más dramáticos e imaginativos. En Paseando a Miss Daisy, cruzamos veinticinco años de transiciones sin el recurso del narrador, lo que prueba que es posible evitarlo.
Una película, como una novela, presenta un punto de vista. Pero para determinar de quién es ese punto de vista, el escritor de guiones se plantea un tipo de preguntas diferentes al escritor de novelas. Se pregunta, por ejemplo: ¿Hasta qué punto me centro solamente en el mundo de un personaje, y por lo tanto solamente muestro aquellas escenas en las que intervenga este personaje concreto? ¿O voy más bien a trabajar como un narrador omnisciente, extendiendo el foco a varios personajes? En la película Gente Corriente, Conrad o Calvin estaban en cada una de las escenas. En Alguien voló sobre el nido del cuco, o bien McMurphy o bien Chief Bromden estaban presentes en cada escena del filme.
El director puede decidir ampliar el punto de vista mostrándonos algunas escenas del villano mientras planea el crimen, o del protagonista intentando resolver el caso, o quizá del aspecto amoroso, reflejando por qué dedica tanto tiempo a resolver casos de crímenes en vez de dedicarle a ella más atención.
Unas veces, el punto de vista de la novela y de la película es el mismo, como en El color púrpura, Raíces profundas o Una habitación con vistas; otras veces, el punto de vista cambia. La novela Defensa (Deliverance) está contada desde el punto de vista de Ed, pero al desarrollar la película escenas en las que no está Ed, se reparte el punto de vista entre Ed y Lewis.
Aunque la novela Una habitación con vistas se centra en Lucy, la película amplía el punto de vista. Muchas escenas incluyen a Lucy (como era de esperar, ya que ella es el personaje principal), pero hay otras escenas sin ella, como la de Miss Lavish y Miss Bartlett; una escena de George caminando hacia su casa bajo la lluvia; una escena de Cecil poniéndose los zapatos; e incluso una escena en flashback, en la que Cecil describe su encuentro con los Emersons y nos habla del alquiler de la casa. Esta última escena, sin embargo, me dio la impresión de que ampliaba demasiado el punto de vista, ya que significaba entrar dentro de la cabeza de Cecil para mostrar sus recuerdos sobre esta experiencia, Entramos en la cabeza de Lucy en varias ocasiones, como cuando ella recuerda el beso; y esto resulta apropiado, al ser ella nuestro personaje principal. Menos apropiado resulta penetrar en la cabeza de Cecil para recordar su experiencia. Tal vez resulte útil ver de nuevo la película para analizar este cambio en el punto de vista.
RESUMEN
Las novelas y las películas se expresan de forma diferente. La novela utiliza palabras para contar una historia, describir personajes y construir ideas. Las películas utilizan imágenes y acción. Son medios esencialmente diferentes, que algunas veces se repelen y otras se apoyan.
CASO DE ESTUDIO: CAMPO DE SUEÑOS
Campo de sueños, escrita y dirigida por Phil Alden Robinson, es una adaptación del libro Shoeless Joe, de W. P. Kinsella. En 1990 la película fue nominada por la Academia de Hollywood al mejor guion adaptado, al mejor director y al mejor filme. Curiosamente, se trata de un libro que muchos consideraban inadaptable. Yo tuve la ocasión de hablar con Phil sobre su trabajo y me dijo lo siguiente:
Un día Lindsay Doran, que es una ejecutiva de Avco-Embassy, me dijo: «Tengo un libro estupendo que tienes que leer». Le pregunté: «¿De qué trata?». Ella dijo: «Es sobre un tipo que oye una voz»; y le dije: «Basta, no me interesa». Ella siguió diciéndome que la voz le dice a Ray que construya un campo de béisbol y que secuestre a J. D. Salinger; y cuanto más me contaba, más rechazo me producía. Ella me suplicó que leyera el libro. Finalmente acepté. Me lo llevé a casa, y es la única vez en mí vida que no he podido dejar de leer un libro hasta el final. Me encantó. Me encantó el arranque tan audaz de la novela, con un primer párrafo en que un hombre oye una voz que le anima a construir un campo de béisbol y decide seguir sus indicaciones. Cuando va a contárselo a su mujer, yo esperaba que le dijera que estaba loco, pero ella le contesta: «Bien, si tú crees que debes hacerlo, entonces hazlo». Pensé que se trataba de la esposa más original que había visto en un libro. Pensé: «Esto es una película».
El libro era muy visual. La visión de un campo de béisbol construido sobre una plantación de maíz era maravillosa. Shoeless Joe presentándose allí de noche me parecía maravilloso. Vi en la novela muchas cosas que me encanta ver en las películas: buenos personajes, corazón, emociones y sorpresas.
Cuando comencé a trabajar en el guion, decidí que el final sería una sorpresa para Ray y para la audiencia. En el libro se habla de su padre en el primer capítulo, y este aparece poco después de la mitad. Si posponía su llegada hasta el final, entonces la historia era un misterio. ¿Por qué Ray oye estas voces y por qué está acometiendo esta tarea? Al final sabe por qué: todo esto era necesario para llegar a la reconciliación con su padre.
La mayoría de las películas comienzan con un personaje que se enfrenta con un problema y que tiene que tomar una serie de decisiones para resolverlo. Este es un personaje que no es consciente hasta el final de la película de lo que realmente está pasando.
Le di a Ray un toque de escepticismo en el guion, de modo que el misterio no se aleje demasiado de la mente del espectador. Cuando escribí el primer borrador, compré dos ejemplares del libro, arranqué todas las páginas, las fui pegando en una carpeta con anillas y escribí el guion utilizando esas páginas. Utilicé las descripciones de las escenas y el diálogo tanto como me fue posible. Comencé con la primera página en la que Ray escucha la voz y decide construir el campo. Se lo mostré a Lindsay Doran, que dijo: «Este tipo está loco». Había seguido el libro, pero este contaba historias del pasado y añadía más información sobre Ray, de forma que pudiéramos entenderle mejor. Así que escribí un prólogo contando la historia de Ray y su familia. Además, por si la audiencia llegaba tarde a la proyección, escribí una línea para Ray en la que decía: «Yo no he hecho una locura en toda mi vida».
Tenía la impresión de que Ray debía resistirse al principio a seguir la voz, ya que la audiencia también se resistiría; y si no lo hacía, se cuestionarían su comportamiento. Me preguntaba a mí mismo qué haría yo si oyera una voz. Primero supondría que habría una explicación lógica. Ray le pregunta a su mujer si ha oído algún ruido de un camión en la autopista, o chicos con una radio. Al principio intenta quitárselo de la cabeza, pero no lo consigue. En la película, añadimos una escena en la que acude a un médico otorrino para comprobar que oye bien, pero pensamos que no era necesario. Cuando proyectamos la película en un pase previo, vimos que la audiencia aceptaba el juego sin necesidad de más explicaciones.
También le dimos a Annie (su mujer) un poco más de escepticismo que en el libro. Ella bromea con este asunto. Pero cuando él oye la voz que le envía a Boston, necesitaba que ella estuviera de acuerdo, por lo que escribí para ella un sueño en el que ve a Ray en el Fenway Park con Terence Mann. Cuando se entera de que él ha tenido el mismo sueño, Annie supera su escepticismo. En el guion, Ray repite en varias ocasiones que no sabe por qué está ocurriendo todo esto. Sentí la necesidad de que lo dijera de vez en cuando, para que reconociera ante la audiencia que resultaba todo muy extraño.
Construí un relato muy ajustado, de forma que el público no tuviera mucho tiempo para pensar. No quería tener secuencias largas en las que la gente comenzara a hacerse preguntas o decidir que esto era absurdo. Quería que se sintieran atrapados en la misma situación en la que Ray estaba atrapado; y la forma de hacerlo era mantener a la película en movimiento.
Combiné los personajes de Mark, Bluestein y el hermano gemelo de Ray en Mark, el hermano de Annie. Él es el malo de la película, pero se presenta como la persona más maravillosa del mundo, que piensa realmente que está salvando a su hermana y a su cuñado comprándoles la granja. Suprimí el personaje de Eddie “Kid” Scissons, que es un viejo amigo de la infancia de Ray; presumiblemente alguien que ha jugado en grandes campeonatos, aunque más tarde descubrimos que esto fue solo una historia que se inventó. Es un personaje maravilloso, pero yo tengo sobre esos personajes mi propia teoría, a la que llamo cul-de-sacs. Es como si fueras siguiendo un camino, dejaras de lado la carretera principal, y tomaras una de esas cul-de-sacs: cuando regresas a la carretera, te encuentras justo donde la dejaste. Me di cuenta de que este personaje, Scissons, no nos iba a llevar más cerca del final de la historia. Era algo que podía dejar pasar sin que perjudicara la historia.
En el libro, Ray secuestra a J. D. Salinger. Yo quise cambiarlo. Sabía que tendríamos problemas legales, y que, además, utilizar el nombre de una persona real sacaría a la audiencia de la película, ya que todo lo demás era pura ficción. Shoeless Joe y Archie Graham era reales, pero no eran personas que se conozcan mucho en la vida real.
En los primeros borradores, escribí este personaje como Salinger porque estaba con la cabeza en otras cosas. Entonces escribí otro personaje que era una lejana imitación de Salinger, y me di cuenta de que no sabía realmente quién era este tipo ni qué cosas hacía. Así que por primera vez en mi vida pensé en qué actor sería divertido ver en este papel. Mi primera idea fue que debía tratarse de un tipo grande. Un tipo realmente grande. Acababa de ver a James Earl Jones en Felices, en Broadway, y pensé que me gustaría ver cómo alguien intentaba secuestrar a James Earl Jones; entonces la idea de la escena surgió de repente,
Me pregunté, ¿quién es este tipo? Puedo hacer de él algo más que un novelista. Decidí hacer de él un ídolo de los años sesenta, un defensor de los derechos humanos, un pacifista nato. Entonces me di cuenta de que, sin James Earl Jones, sería una película blanca como la azucena. En una película que trata sobre América y sobre el béisbol, su presencia era importante.
Al crear un personaje nuevo (Terence Mann), tenía que situarlo ante la audiencia. En el libro, cuando Ray dice: «¡Sé qué dolor tengo que consolar: J. D. Salinger!», eso es como un rayo luminoso. Pero ahora yo tenía que dar información sobre este nuevo personaje, por lo que añadí la escena de la escuela donde se discute la posibilidad de censurar sus libros. Durante esa escena, Ray comprende cuál es el dolor que tiene que consolar: Terence Mann. Y la audiencia necesita saber quién es ese hombre. Entonces Annie le dice a Ray: «¿Qué tiene todo esto que ver con el béisbol?». Y Ray va a la biblioteca e investiga sobre la identidad de Mann, lo que me dio la oportunidad de ofrecer más información sobre este personaje.
Para mí, este libro tenía muy arraigado el espíritu de los años sesenta al tratar sobre un tipo que se enfrenta a un problema que todos los que andamos por los cuarenta nos hemos planteado: ¿qué hacer con esos ideales, sueños y sentimientos que definieron nuestra generación, y de los que nos sentimos orgullosos?, ¿puedes seguir teniendo esos sueños cuando te haces mayor? Al crear a Terence Mann como un ídolo de los sesenta, me resultaba más fácil transmitir el tema de la película.
En el libro, los jugadores abandonaron el campo por la puerta trasera de la valla. Hablamos con algunos estudios de efectos especiales que nos aconsejaron utilizar rayos láser mientras ellos desaparecían. El diseñador de producción dibujó varios diagramas de la valía que rodeaba el campo, pero ninguno de ellos resultaba convincente. Entonces comprendí que estaba equivocado. ¿Por qué un granjero, escaso de medios, va a dedicar tiempo y dinero en construir una valla en el campo? Vamos a dejar que el maíz sirva de valla. Y decidí que teníamos que abandonar la idea de los rayos láser y utilizar algo más simple.
Un truco para este tipo de películas es trabajarlas como si se tratara de algo real. Es importante hacerlas sencillas. Alguien definió el estilo de este filme como realismo mágico. Espero que vieran la película como una historia de magia y fantasía, aunque yo no quise que fuera de ese modo. Está contada en forma totalmente realista. Es, en cierto modo, similar al espíritu de Encuentros en la tercera fase, de Stephen Spielberg, que trata sobre un personaje que tiene una visión, se resiste, y finalmente se ve involucrado por completo.
Al escribir el guion, cuando tenía alguna duda, seguía el libro. Una de mis metas era conseguir que la gente sintiera por la película lo mismo que yo había sentido por la novela.
Afortunadamente, Bill Kinsella (el autor) se mostró muy contento con el filme. Cuando estaba escribiendo el guion, tuve una pesadilla sobre dos personas, a las que les gustaba el libro, que me perseguían con cuchillos. Estaba impaciente por saber qué pensaría Bill sobre el guion, así que le envié una carta larga en la que le explicaba la necesidad de introducir algunos cambios, como trasladar la llegada del padre al final, la sustitución de J. D. Salinger, etc. Esperaba que no le importara mucho. Y él me contestó: «Querido Phii, haz lo que tengas que hacer para convertirlo en una película. Con cariño, Bill».
[1] Se trata de dos series norteamericanas en formato comic y dirigidas al público infantil. La primera de ellas, Bobbsey twins, ha tenido cierta difusión en España con el nombre de Los gemelos.
[2] La versión castellana del filme tiene una redacción distinta, que hace hincapié, sobre todo, en el contexto bélico: tal vez para situar a la audiencia española en un momento histórico que les resulta menos conocido: «Esta historia tuvo lugar durante la guerra que, en tiempos ya lejanos, amenazó la existencia de los Estados Unidos de América (...). En 1861, once Estados del Sur se separaron de la gran Unión para formar una nueva entidad nacional, los Estados Confederados de América».
Sin embargo, también se recoge esa idea que apunta Seger y que era el meollo del texto original: «Las del Sur eran gentes románticas, que cultivaban el algodón, rendían culto a las leyes del honor y poseían esclavos (...) y enviaron a sus caballerescos hijos a combatir galanamente por ese derecho». La idea temática que da origen al libro solo aparece en el intermedio, al comienzo de la segunda parte del filme: «Y el viento barrió las tierras del Sur».
Capítulo 2
Por qué el teatro se resiste al cine
EL TEATRO ES ALGO MÁGICO. Yo me he sentido siempre como hechizada desde la primera obra que vi. De aquel día, tengo vagos recuerdos de unos hombres de gran estatura vestidos de soldados, del coro cantando la canción Sweethearts (de la obra Blossom Time) y, cuando salíamos, de los actores dirigiéndose a sus camerinos. Me parecían seres fascinantes y extraños, y yo les miraba fijamente, como se supone que no debe mirar una niña de siete años.
Muchas representaciones teatrales me han impresionado profundamente. Chorus line me animó a interesarme por el drama, en una época en que esta decisión suponía grandes sacrificios. Alguien voló sobre el nido del cuco me dejó muda con el impacto de su fuerza. El círculo de liza caucasiano me impresionó por la riqueza de su temática y su colorido; y la actuación de Stacey Keach en Cyrano de Bergerac hizo creíble una situación inverosímil.
Cuando asistimos a una buena representación de teatro, salimos de allí removidos, tocados, dándole vueltas a lo que hemos visto y oído. Nuestros sentimientos y nuestra inteligencia han quedado enganchados. Estamos cautivados.
Por mi experiencia como directora teatral, sé que hay noches en las que se consigue una buena representación y noches en las que no. Cuando no se consigue, el teatro es un espacio muerto, tedioso, y sin inspiración. Actores adormilados que se mueven y actúan con rutina. Que el teatro sea malo o bueno no depende de que los actores sean profesionales o amateurs. Una de las representaciones más conmovedoras a las que he asistido fue una producción de Oklahoma! en una escuela secundaria. Y una de las noches de teatro más aburridas la pasé en Nueva York viendo A Little Night Music por una compañía de actores profesionales.
El teatro es mucho más que la obra. Como el guion, la obra de teatro es un anteproyecto, el catalizador para que emerja otra forma artística. El teatro surge realmente de una integración particular de talentos y de la relación entre los actores y la audiencia. La adaptación de una obra de teatro tiene poco que ver con la adaptación de una novela o una historia corta, que son ya obras de arte en sí mismas. La obra de teatro no adquiere forma artística hasta que no se transforma mágicamente en una representación teatral.
Pero, ¿de dónde surge esa magia? ¿Qué es lo que hace que el teatro funcione?
TEATRO: INTERACCIÓN ENTRE ACTOR Y AUDIENCIA
Aunque los comienzos del teatro no se conocen, la representación parece ser una forma de expresión humana que se remonta miles de años atrás. Los antiguos egipcios y persas actuaban en rituales que celebraban la vida, la muerte y el renacer de la tierra. La estructura dramática de esos rituales reflejaba esta secuencia cíclica y coincidía con las inundaciones del Nilo.
Los griegos representaban rituales para alabar a Dioniso, el dios de la fertilidad y del vino. Los poemas épicos de Homero, que eran historias sobre dioses y hombres, fueron originalmente cantados por una sola persona. Más tarde se añadió un segundo actor a la narración, con lo que se dialogaba y contaba la historia a través de la acción.
Varios siglos después de Homero, los griegos iniciaron unas largas celebraciones de teatro que duraban días enteros. Toda la ciudad acudía a ver las representaciones de las grandes historias trágicas, así como las improvisaciones cómicas y obras sobre sátiros que eran mitad hombre y mitad animal.
En algunas de las primeras representaciones persas y egipcias, participaba toda la comunidad. En otros rituales había una separación entre actor y audiencia, pero esta no era simplemente un grupo de gente que miraba: la audiencia participaba emocionadamente. Había un intercambio de energía entre el actor y el público. Aristóteles habló de la tragedia como una purgación de las emociones básicas del miedo y la compasión. Ver teatro era una catarsis para el individuo y para la comunidad. Y aunque la forma del teatro ha cambiado, el espíritu permanece. Un espíritu que es capturado por el guion de la obra y que se transmite de los actores a la audiencia en la representación teatral.
Cuando la audiencia entra en un teatro se presta a entrar en este mundo especial. Toma parte en el intercambio de energía que se da entre los actores, y entre los actores y la audiencia. Algunos amantes del teatro describen la experiencia de contemplar un buen drama como algo revitalizador; y otros señalan que quedan físicamente agotados. Algunos habían de una absorción hipnótica por lo que ocurre en el escenario, o como un éxtasis que mantiene su atención totalmente pendiente de los actores y del desarrollo del drama. Yo, a veces, he contenido el aliento mientras asistía a una representación, como si el actor estuviera urdiendo un encantamiento mágico y yo no me atreviera a respirar por miedo a destruir la fragilidad del momento.
Esa dinámica tan particular entre actores y audiencia no se puede conseguir con ningún otro medio. Cuando dirigí la obra The Visit, como parte de mi proyecto de doctorado, varias personas me preguntaron si había filmado la obra para tener un documento grabado de mi proyecto teatral. Les dije que no se puede tener una grabación de teatro porque, una vez grabada, deja de ser teatro para ser cine. La naturaleza del teatro es justamente esta: la de desaparecer sin dejar más rastro que el recuerdo de la experiencia. No hay forma de grabar, o incluso explicar, lo que ocurre en las noches en las que la obra, los actores y la audiencia se integran para crear esta energía. El teatro es una forma de arte que deja su huella en la nieve. Es imposible conservar nada que no sea la experiencia misma.
EL TEATRO ES TEMÁTICO
El teatro coloca un microscopio sobre la condición humana. En Hamlet se utiliza una metáfora similar: habla de «poner un espejo frente a la naturaleza (humana)» enfocando aquellos temas que se centran en el hombre. Esto es lo que el teatro hace mejor que ningún otro medio. El teatro tiende a ser más temático que el cine. No necesita una fuerte línea argumental. Muchos dramaturgos comienzan con una filosofía, inventando los personajes que puedan encarnar el tema que quieren explorar. Otros crean los personajes con un problema, pensando en la condición humana, explorando sus luchas, sueños, miedos y deseos.
El teatro se presta menos a largas historias como Guerra y paz o Lo que el viento se llevó; esta última, por ejemplo, sobre la desaparición del viejo orden, no resultaría bien en una obra de teatro. Sin embargo, El jardín de los cerezos, de Chejov, sobre la venta del viejo jardín familiar, trata también de la caída del viejo orden, y se adapta bien al teatro. ¿Por qué? Porque la primera abarca un amplio tapiz social y político, mientras que la segunda tiene un abanico pequeño, personal e íntimo. Lo que el viento se llevó mira más allá de las preocupaciones de Scarlett por las costumbres sureñas, por el estilo de vida, la tierra o la política. Para hacer esto se necesita una vasta gama de personajes y un lente de gran angular que pueda captar todas las imágenes que encierra el tema.
El jardín de los cerezos pone un microscopio sobre una desaparición similar de un viejo orden. Enfoca el tema trabajando con una escala humana. Allí se observa cómo el ser humano se esfuerza por superar el cambio; cómo lo asume, lo justifica y lo encauza; y cómo reacciona en contra.
Incluso los grandes mosaicos que apreciamos en muchos dramas históricos de Shakespeare o en otras obras históricas como The royal hunt of the sun, mantienen el foco sobre la naturaleza humana. El transcurso de los acontecimientos es menos importante que la psicología y las relaciones personales del rey Enrique III, del príncipe Hall o de Pizarro.
Cuando el teatro intenta abarcar demasiado y se aleja del foco humano, disipa su energía. Las audiencias se pierden y su interés disminuye. La magia desaparece.
EL TEATRO EXPLORA TEMAS CENTRADOS EN EL HOMBRE
El teatro consigue mejores resultados que el cine al explorar las luchas internas y los grandes temas humanos. Si quisieras reflejar los sueños, preocupaciones y aspiraciones que son comunes a todos los artistas, podrías escribir una obra como Chorus Line (escrita con la colaboración de bailarines y una larga grabación de sus ensayos). Si quisieras explorar la interacción de lo humano y lo divino, podrías escribir Jesucristo superstar. Y si quisieras explorar la conciencia de un psiquiatra en busca de la ilusión por la vida, podrías escribir Equus.
Observa cómo ninguna de estas grandes obras ha pasado a ser buenas películas. Básicamente son obras muy teatrales. El espacio teatral, el espectáculo, y la energía entre audiencia y actores: todo lo que hacía de ellas buenas obras de teatro no era trasladable al cine.
EL TEATRO UTILIZA ESCENARIOS Y ESPACIOS ABSTRACTOS
El teatro no necesita ser realista. Molière dijo que todo lo que necesitaba era «una plataforma y una pasión o dos». Thornton Wilder dijo también que todo lo que necesitaba para conseguir el climax de su obra Our town (Nuestro pueblo)[1] era «una tabla de cinco pies y la pasión de saber qué significado tiene la vida para nosotros». Todo lo que necesita el teatro es un espacio para la interacción dramática.
De hecho, mientras el ser humano sea el objeto primordial del teatro, los escenarios no tienen por qué ser representativos; pueden ser incluso abstractos. Cuando entramos en el teatro sabemos que nos introducimos en un espacio artificial, simbólico. Las tres paredes no son claramente las de una casa, las dos banderas representan a todo un ejército y las tres cajas sugieren todo un cargamento. Cuando entramos al teatro, hemos dejado en suspenso nuestra incredulidad[2]. Estamos haciendo ya un salto con la imaginación.
EL TEATRO EMPLEA UN ESPACIO FLUIDO
En el teatro, el espacio es fluido. Peter Brooks dice en The Empty Space:
La ausencia de escenario en el teatro isabelino es una de sus grandes libertades (...) Su estructura cinética se conseguía intercalando escenas cortas, alternando trama y subtrama, constituyendo —en suma— una forma escénica unitaria. Esa forma solo se revelaba dinámicamente; es decir, en la secuencia ininterrumpida de escenas. Comparado con la movilidad del cine, ese teatro nos parece en principio pesado, que rechina pero, a medida que nos acercamos a su verdadera naturaleza, nos acercamos también a un escenario que tuvo una luminosidad y un alcance que iba más allá del cine y la televisión.
En el teatro, los actores se mueven fácilmente de un espacio a otro. Nosotros aceptamos fácilmente que en un rincón del escenario se encuentran en un campo de maíz; y en el otro, en un castillo. El teatro no necesita el realismo del cine. De hecho, el realismo puede interrumpir la acción y destruir su magia.
Las obras de teatro que son más conocidas por su teatralidad dependen de esta fluidez abstracta del espacio. A veces este espacio abarca grandes distancias, como en Enrique V, donde los ejércitos están en campos de batalla de Inglaterra y Francia; o como en The Royal Hunt of the Sun, sobre la conquista de Perú por Pizarro. En Paseando a Miss Daisy, el espacio se utiliza para representar un coche, una casa, un cementerio y un supermercado.
A veces el espacio es genérico; no acabamos de saber dónde estamos. En Godspell estamos... ¿dónde? ¿En una carretera?, ¿en una habitación?, ¿cerca de una valla? No tiene importancia en la obra de teatro. Hijos de un dios menor se desarrolla, como apunta el libreto: «En la mente de James Leeds. A través de los acontecimientos, los personajes van surgiendo de su memoria para representar una escena completa o, simplemente, para recitar unas líneas. El escenario está desnudo. Hay solo unos cuantos bancos y una pizarra, permitiendo a los personajes aparecer y desaparecer con facilidad».
El teatro es fluido, incluso cuando se desarrolla en un espacio cerrado. Estos pequeños espacios permiten que el foco de atención se centre en los personajes, intensificando así lo que hacen o dicen.
Magnolias de acero se desarrolla en un salón de belleza; Alguien voló sobre el nido del cuco, en la sala de recreo de un hospital psiquiátrico, y La loba, Quién teme a Virginia Woolf y Las amistades peligrosas, en cuartos de estar. Harold Pinter ha dicho que cuando comienza a escribir una obra de teatro se imagina a dos personas en una habitación y a una tercera que llega.
Contextos como los mencionados hacen posible que la obra vuelque su atención sobre los temas humanos para revelar lo que hay dentro del corazón del hombre: tanto si es la tiranía de la enfermera Ratched o la malicia y crueldad de Regina, como si es la inesperada capacidad de Valmont para enamorarse. Este foco filosófico y temático del teatro enfatiza el elemento que mejor transmite las ideas y revela a los personajes: el lenguaje.
DIÁLOGO TEATRAL: EXPLORACIÓN DE IDEAS
El cine es un medio visual. No necesita mucho diálogo para mover la historia o para revelar a un personaje. En teatro, en cambio, el lenguaje es un elemento clave: un instrumento para explorar las ideas. El dialogo revela humanidad. El diálogo utiliza ritmos, el giro exacto de una frase, la palabra especialmente elegida que transmite un hondo subtexto. El teatro se centra más en el juego de tema, personaje, subtexto y lenguaje, que en la propia historia.
Cuando una obra está bien escrita, incluso un mal actor parece bueno. Es como si la fuerza del lenguaje engrandeciera al actor. Alguien me dijo una vez que el diálogo de Tennessee Williams era tan bueno que podría ser leído como un listín de teléfonos y seguiría sonando bien. He visto dos producciones de obras de Williams realizadas por actores mediocres que consiguieron sus mejores interpretaciones por la fuerza del diálogo. En la Universidad yo representé una de mis mejores escenas en la obra de Tennessee Williams Something Unspoken (y yo era una actriz de aprobado en el resto de mis actuaciones).
En el teatro no es infrecuente encontrar un discurso de una página o dos. Muchos de los párrafos memorables pertenecen a largos monólogos. En el cine esto puede resultar terriblemente aburrido. Puede retardar el movimiento, interrumpir las relaciones y descolocar el énfasis de la escena.
El cine depende de otros factores más que del diálogo y del actor que lo interpreta. El cine depende en gran medida del director, de las imágenes y del contexto que rodean al actor. En el teatro, el escritor y el actor son fundamentales, ya que un buen diálogo hace visible lo invisible, revelando ideas sugerentes y creando personajes sólidos.
El buen teatro, como la buena novela, tiende a ser temático. En la novela se utilizan palabras para descubrir, reflejar y explicar el significado. Una obra de teatro pone estas palabras en diálogo, a medida que explora las ideas. El diálogo se convierte en un intercambio entre el actor y la audiencia. En The empty space, Peter Brook señala:
Una palabra no comienza siendo una palabra, es un producto acabado que comienza como un impulso, estimulado por una actitud y un comportamiento que dicta la necesidad de una expresión. Este proceso ocurre en el interior del dramaturgo; se repite dentro del actor. Pueden ser solo conscientes de las palabras pero, para ambos, la palabra será solo una pequeña porción visible de una gigantesca formación invisible...
El diálogo contiene subtexto, significados ocultos que son revelados a través del vehículo del actor. Brook dice más adelante: «El vehículo del drama es carne y sangre, por eso aquí nos encontramos con leyes completamente diferentes. El vehículo y el mensaje no se pueden separar».
Esto hace que el teatro se oriente más a los personajes que a la historia. Pone el énfasis en el diálogo y en las relaciones entre los personajes. El lenguaje del teatro no se refiere solo a las conversaciones, sino también a las revelaciones; no es solo sobre mensajes, sino sobre personajes que ponen de manifiesto la naturaleza humana. No se trata de que alguien se ponga en pie frente a nosotros y nos dé una conferencia, sino más bien de que nos dé a conocer las razones profundas del hombre y de sus sentimientos.
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