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La cronología del agua

Lidia Yuknavitch

La cronología del agua

Lidia Yuknavitch

Traducido del inglés por Rocío Gómez de los Riscos


Título original: The chronology of water: a memoir

Published by arrangement with Canongate Books Ltd,

14 High Street, Edinburgh EH1 1TE

Primera edición: septiembre de 2019

Primera reimpresión: julio de 2020

Segunda reimpresión: octubre de 2020

Tercera reimpresión: abril de 2021

© 2010, Lidia Yuknavitch, por el texto

© 2018, Rocío Gómez de los Riscos, por la traducción

© 2019, de la presente edición en español para todo el mundo:

Cicely Editorial / Carmot Press, S. L.

Calle Madrid 118, 3D

28903 Getafe (Madrid)

www.cicelyeditorial.com

Printed in Spain – Impreso en España

ISBN: 978-84-949250-0-9

Depósito legal: M-24466-2019

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, en todo o en parte, solo puede ser realizada con la autorización escrita de los titulares de la propiedad intelectual, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

La cronología del agua

Este libro es para Andy y Miles Mingo, y está escrito a través de ellos.

«Di toda la verdad, pero dila sesgada.»

Emily Dickinson

«¿Felicidad? Las historias felices son bazofia.»

Ken Kesey

«Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.»

John Keats

I. Aguantar la respiración

La cronología del agua

El día que mi hija nació muerta, después de sostener ese futuro tierno e inerte de labios rosados en mis brazos temblorosos, mientras le cubría la cara de lágrimas y besos; después de que le dieran mi niña sin vida a mi hermana, que la besó, seguida de mi primer marido, que también la besó, y luego a mi madre, que fue incapaz de abrazarla, y de sacarla de la habitación del hospital, una cosita envuelta y sin vida; después de todo eso, la enfermera me dio tranquilizantes, una pastilla de jabón y una esponja. Me llevó a una ducha especial con un asiento. El agua pulverizada cayó sobre mí ligeramente, cálida. Me dijo: «Sienta bien el agua, ¿verdad? Sigues sangrando bastante. No pasa nada». Abierta desde la vagina hasta el recto y cosida. El agua me resbalaba por el cuerpo.

Me senté en el taburete y eché la cortinita de plástico. La escuchaba tararear. Yo sangraba, lloraba, meaba y vomitaba. Me transformé en agua.

Al final volvió para, en sus palabras, evitar que me ahogara. Era una broma. Me hizo sonreír.

Es difícil mantener a raya las pequeñas tragedias. Se hinchan y se sumergen en los grandes sumideros del cerebro. Es difícil saber qué pensar de la vida cuando estás con el agua hasta el cuello. Quieres salir, explicar que ha debido de haber un error. Tú, que se supone que eres nadadora. Y luego ves las olas, sin un patrón definido, envolviendo a todos, arrojándolos, muchas cabezas flotando, y lo único que puedes hacer es reírte entre sollozos de esos estúpidos que parecen corchos de pesca. La risa te desprende del delirio del dolor.

Cuando supimos que la vida que llevaba dentro estaba muerta, me dijeron que lo mejor era seguir adelante con el parto vaginal. Así mi cuerpo seguiría estando fuerte y sano para el futuro. Mi útero. Mi matriz. Mi canal vaginal. Como la pena me había dejado sin habla, accedí a lo que me dijeron.

El parto duró treinta y ocho horas. Cuando tienes un bebé en tu interior que no se mueve, el proceso habitual se estanca. Nada era capaz de mover a la hija que tenía dentro. Ni siquiera horas y horas de oxitocina. Ni mi primer marido, que se quedó dormido durante su turno. Ni mi hermana, que entró y casi lo sacó de los pelos.

Y entre medias me sentaba en el borde de la cama y ella me cogía por los hombros, y cuando llegaba el dolor me apretaba contra su cuerpo y decía: «Venga, respira». Percibí una fuerza en ella que nunca he vuelto a ver. Percibí ese arrebato de fuerza propio de una madre emerger de mi hermana.

Un dolor así durante mucho tiempo es agotador para cualquier cuerpo. Ni siquiera veinticinco años de natación fueron de ayuda.

Cuando finalmente llegó, me colocaron a la pequeña niña-pez muerta sobre el pecho como si fuera un bebé con vida.

La besé, la abracé y le hablé como si estuviera viva.

Tenía las pestañas muy largas.

Todavía tenía las mejillas rojas. No entendía cómo era posible. Pensaba que estarían azules.

Sus labios eran como un capullo de rosa.

Cuando finalmente me la quitaron, el último pensamiento incontestable que tuve, una irreflexión que duraría meses, fue: «Si esto es la muerte, elijo estar muerta en vida».

Cuando me llevaron de vuelta a casa, aquel lugar en el que entré me pareció extraño. Podía verlos y oírlos, pero si alguien me tocaba retrocedía y no hablaba. Me pasé los días sola en la cama sumida en un grito que se convirtió en un largo lamento. Creo que mi mirada me delataba, porque cuando la gente me miraba decía: «¿Lidia?, ¿Lidia?».

Un día, mientras cuidaban de mí —creo que alguien me estaba dando de comer—, miré por la ventana de la cocina y vi a una mujer robando el correo de los buzones de nuestra calle. Era sigilosa, como una criatura de los bosques. Su manera de otear a su alrededor, mirando de un lado a otro de forma acelerada, y el modo de moverse de un buzón a otro, descartando algunas cosas pero otras no, me hizo reír. Cuando llegó a mi buzón, vi que se guardó en el bolsillo parte de mi correo. Me reí a carcajadas. Se me salieron los huevos revueltos de la boca, pero nadie sabía por qué. Parecían preocupados, como si no supieran muy bien qué estaba pasando. Parecían caricaturas de sí mismos. Pero yo no dije nada.

Nunca sentí que estuviera loca, solo ida. Cuando cogí toda la ropa de bebé que me habían dado para la recién nacida y la coloqué en hileras sobre la alfombra azul oscuro alternando las prendas con piedras, a mí me pareció de lo más normal. Pero, una vez más, quienes me rodeaban se preocuparon por mí. Mi hermana. Philip (mi marido). Mis padres, que habían venido a pasar una semana. Extraños.

Cuando me senté tranquilamente en el suelo del súper e hice pis, sentí que había hecho lo que me pedía el cuerpo. No recuerdo bien cómo reaccionaron los cajeros. Solo me acuerdo de sus delantales de pana azul con el logo de Albertson’s. Una de las mujeres llevaba un moño colmena y los labios de un rojo lata de Coca-Cola vieja. Recuerdo haber pensado que me había colado en otra época.

Después, cuando iba a algún sitio con mi hermana —con quien vivía en Eugene—, de compras, a nadar o a la Universidad de Oregón, la gente me preguntaba por el bebé. Mentía sin pensármelo y decía: «¡Ay, es el bebé más guapo del mundo! ¡Tiene las pestañas larguísimas!». Incluso dos años después, cuando una conocida me paró en la biblioteca para preguntarme por mi nueva hija, le dije: «Es maravillosa, es mi luz. ¡Ya hace dibujos en la guardería!».

Nunca me planteé dejar de mentir. No era consciente de que lo hacía. Simplemente seguía con la historia, aferrándome a ella de por vida.

Pensé en empezar este libro con mi infancia, el comienzo de mi vida. Pero no es así como lo recuerdo. Los recuerdos me vienen en forma de destellos. Desordenados. La vida se sucede sin ningún tipo de orden. Los acontecimientos no tienen la relación causa-efecto que nos gustaría. Todo es un conjunto de fragmentos, repeticiones y patrones. Esto es lo que tienen en común el lenguaje y el agua.

Todos los acontecimientos de mi vida se entremezclan. Sin cronología, como en los sueños. Por eso, si tengo un recuerdo de una relación, o de una bicicleta, o de mi amor por la literatura y el arte, o de cuando mis labios entraron en contacto con el alcohol por primera vez, o de lo mucho que adoraba a mi hermana, o del día que mi padre me tocó, no hay una línea temporal. El lenguaje es una metáfora de la experiencia. Es arbitrario, como la aglomeración caótica de imágenes que llamamos memoria, pero podemos ordenarlo para narrativizar el miedo.

Después de dar a luz a un bebé sin vida, las palabras «nacida muerta» vivieron en mi interior durante muchos meses. Las personas que me rodeaban simplemente veían una tristeza insoportable. La gente no sabe cómo comportarse cuando el dolor entra en casa. La pena iba conmigo a todas partes, como una hija. A nadie se le daba bien estar con nosotras. Me decían estupideces sin darse cuenta, como «seguro que pronto vendrá otro»; o miraban ligeramente por encima de mi cabeza cuando hablaban conmigo. Cualquier cosa con tal de evitar la tristeza que rezumaba mi piel.

Una mañana, mi hermana me escuchó llorar en la ducha. Tiró de la cortina, me vio sujetándome mi barriga vacía y desolada, y se metió conmigo para abrazarme, totalmente vestida. Creo que estuvimos así como veinte minutos.

Puede que sea lo más tierno que han hecho por mí en toda mi vida.

Nací por cesárea. Mi madre tenía una pierna quince centímetros más corta que la otra, por lo que sus caderas eran asimétricas. Mucho. Los médicos le dijeron que no podría tener hijos. No sé si admirar su voluntad implacable de tenernos a mi hermana y a mí o si preguntarme qué clase de mujer correría el riesgo de matar a sus propios bebés antes de nacer aplastándoles la cabeza con su pelvis asimétrica. Mi madre nunca pensó que estuviera «lisiada». Nos trajo a mi hermana y a mí al mundo de mi padre.

Cuando los doctores más tradicionales le transmitieron a mi madre sus preocupaciones médicas, recurrió a otro tipo de especialistas. El doctor David Cheek, un obstetra/ginecólogo que practicaba medicina alternativa, era conocido por utilizar la hipnosis a través de los dedos de los pacientes para decirles las causas subyacentes de su enfermedad emocional o física. El proceso se denomina «ideomotor»: el médico o el paciente asigna a ciertos dedos las expresiones «Sí», «No» y «No quiero responder» y, cuando el médico pregunta al paciente hipnotizado, este contesta levantando el dedo correspondiente, incluso si el paciente piensa lo contrario cuando está consciente o cuando no tiene percepción consciente de la respuesta.

Con mi madre usó esta técnica para ayudarla con la cesárea. El doctor Cheek le preguntaba cosas durante el parto: «Dorothy, ¿te duele?». Y ella respondía con el dedo. Él preguntaba: «¿Aquí?», mientras estimulaba una zona, y ella respondía. Le hacía otra pregunta: «Dorothy, ¿puedes relajar el cuello del útero treinta segundos?», y ella lo hacía. «Dorothy, tienes que disminuir el sangrado… aquí», y ella lo hacía.

Mi madre fue un caso de estudio relevante.

El doctor Cheek pensaba que algunas emociones dejaban huella en las personas, incluso estando en el útero. Afirmaba que había enseñado a cientos de mujeres a comunicarse telepáticamente con sus futuros hijos.

Cuando mi madre contaba la historia de mi nacimiento, su voz adquiría un aura especial, como si hubiera tenido lugar algo parecido a la magia. Creo que eso era lo que pensaba. Cuando lo contaba mi padre la historia desprendía la misma veneración, como si hubiera sido un nacimiento de otro mundo.

La mañana que me puse de parto el sol aún no había salido. Me desperté porque no sentía nada moviéndose en mi interior. Palpé por todas partes aquel mundo que tenía por barriga y nada de nada de nada, solo una redondez tirante. Fui al baño, hice pis y me subió una descarga eléctrica hasta el cuello. Cuando me limpié, vi que había sangre brillante. Desperté a mi hermana. Vi la preocupación en sus ojos. Llamé a la médica, que me dijo que probablemente no pasara nada y que fuera a la clínica por la mañana, cuando abriera. Sentía una carga inmóvil dentro del vientre.

Recuerdo inmensas oleadas de llanto. Recuerdo que se me cerró la garganta. No podía hablar. Tenía las manos entumecidas. Las cosas del bebé.

Cuando llegó la mañana, incluso el sol parecía fuera de lugar.

El nacimiento era lo último dentro de mi cuerpo.

Metáfora

Te voy a decir algo que te va a ayudar, pero no es lo típico. No aparece en los libros de texto ni en los manuales. No tiene nada que ver con la superación personal, la respiración, los estribos ni los espéculos —dios sabe que estos términos y métodos se han repetido hasta la saciedad—, ni con el primer, segundo o tercer trimestre, el primer movimiento del feto, la barriga baja, el parto, el estar embarazada, los latidos del feto, el útero, el embrión, la matriz, las contracciones, la coronación, la dilatación cervical, el canal vaginal o con respirar… Eso es: respiraciones cortas, transición y empujar.

Lo que quiero contarte no tiene mucho que ver con todo eso. La verdad es que la narración del embarazo es la que cada una quiera contar. Más concretamente, una mujer que encierra vida en su vientre hinchado representa una metáfora con la que crear una historia; una historia que todos podamos sobrellevar. La fecundación, la gestación, la contención y la creación de una historia.

Te voy a dar un consejo, algo que te sirva para esa narración tan grandiosa, ese estado épico, algo que puedas sobrellevar cuando llegue el momento.

Colecciona piedras.

Así de simple. Pero no cualquier piedra. Eres una mujer inteligente, así que tienes que buscar lo extraordinario en lo ordinario. Ve a sitios a los que normalmente no irías sola: la ribera de un río, un bosque frondoso, la parte de la orilla del mar donde la mirada de la gente se pierde. Tienes que vadear todo tipo de aguas. Cuando encuentres un montón de piedras, míralas bien antes de elegir una, deja que tus ojos se adapten, usa lo que sabes de la larga espera que te aguarda. Deja que tu imaginación cambie lo ya conocido. De repente, una piedra gris se torna cenicienta o se confunde con un sueño. Una piedra con un anillo significa buena suerte. Encontrar una piedra roja es descubrir la sangre de la tierra. Las piedras azules te dan confianza. Los patrones y las manchas de las piedras son trozos de diferentes países y territorios, preguntas en forma de motas. Los conglomerados representan la libertad de movimiento de la tierra dentro del agua, reducidas a algo pequeño, que puedes coger con una mano y pasártelo por la cara. La arenisca es relajante y lúcida. El esquisto, cómo no, es racional. Busca el placer en la simpleza de estos mundos que caben en la palma de una mano. Prepárate para la vida. Aprende a reconocer los momentos en los que no hay palabras para expresar el dolor ni la alegría, solo piedras. Llena todos los vasos transparentes que tengas en casa con piedras, sin importar lo que piense tu marido o tu pareja. Coloca montones de piedras en la encimera, en las mesas, en el alféizar de las ventanas. Clasifícalas por colores, texturas, tamaños y formas. Coge algunas más grandes y colócalas por el suelo del salón, sin importar lo que piensen los invitados; crea un intrincado laberinto de seres inanimados. Muévete alrededor de tus piedras como un remolino de agua. Aprende a detectar los olores y sonidos de los distintos tipos de piedras. Ponles nombre a algunas, no geológicos, sino de tu propia cosecha. Memoriza dónde están, si faltan o si ya no están donde las dejaste. Báñalas una vez a la semana. Métete una diferente cada día en un bolsillo. Aléjate de lo normal, pero sin darte cuenta. Acércate al exceso, pero sin que te importe. Ten más piedras que ropa, platos y libros. Túmbate en el suelo junto a ellas; métete las más pequeñas en la boca de vez en cuando. Siéntete a veces lítica, petrificada o rupestre en lugar de cansada, irascible o deprimida. Por la noche, desnuda y en soledad, coloca una verde, una roja y una gris en distintas partes de tu cuerpo. No se lo digas a nadie.

Ya.

Cuando ya lleves meses coleccionándolas, cuando tu casa esté llena e hinchada, cuando empieces a experimentar contracciones y a dilatar; después de cerciorarte del color de la sangre —demasiado roja—; después de comprobar los segundos y los minutos en el reloj; después de empezar a controlar tu respiración y dejar que tus pensamientos se abandonen a la historia que te contaron sobre esto; después de que tu bebé nazca muerto por la mañana —algo que no sale en esa historia que te contaron—, y después de imaginar las palabras «nacido» y «muerto» en una misma frase, recurre a las piedras. Recurre a ellas y escucha el eco de mares tan lejanos como los de Ucrania. Huele las algas, saborea el salitre, siente el roce de las criaturas submarinas. Recuerda que hay partes de tu cuerpo diseminadas en el agua a lo largo y ancho de la tierra. Sé consciente de que formas parte de ella. Coloca toda la ropa de bebé que te han dado a modo de guiones o regalos en el suelo formando filas. Siéntate junto a esas prendas diminutas y las piedras y no pienses absolutamente en nada. Usa patrones y repeticiones interminables para acompañar a tu inconsciencia, que le digan que hay que olvidar esa otra historia más lineal, con su introducción, su nudo y su desenlace, su fin transcendental. Déjate llevar, nosotras somos poesía, hemos vivido mucho, hemos llegado hasta aquí para decirte que sigas adelante, que no te quedes estancada.

Descubrirás que hay un tono y un argumento latentes en tu vida distintos a los que te habían dicho. Circulares y rodeados de metáforas. Algo casi trágico e insoportable refrenado por tu imaginación invencible —¿quién aparte de ti habría pensado en ello?—, por tu capacidad para transformarte como la materia orgánica que entra en contacto con elementos cambiantes. Las piedras albergan la cronología del agua. Todo vive y muere en tus manos.

Sobre el sonido y el habla

En mi casa, una de las esquinas del salón era la esquina de los llorones. Cuando llorábamos, teníamos que ponernos allí de cara a la pared. Subyacía la humillación. Mi hermana cuenta que cuando la mandaban a la esquina de los llorones dejaba de llorar casi al momento. La imagino yéndose de la esquina con la misma expresión de estoicismo que una monja, casi como una adulta.

Cuando yo llegué a la familia, ocho años después que mi hermana, las leyes de la casa seguían vigentes, pero ninguna parecía funcionar conmigo. Con cuatro años, cuando lloraba lo hacía desconsoladamente. Era épico. Y lloraba sin parar. Lloraba cuando tocaba irse a la cama. Lloraba por la noche. Lloraba cuando la gente que no conocía me miraba. Lloraba cuando la gente que sí conocía me hablaba. Lloraba cuando alguien intentaba hacerme una foto. Lloraba cuando me dejaban en el colegio. Lloraba cuando me daban de comer cosas nuevas. Lloraba cuando escuchaba música triste. Lloraba cuando adornábamos los árboles de Navidad. Lloraba cuando la gente abría la puerta en Halloween y les decía «Truco o trato». Lloraba siempre que tenía que usar los baños públicos, o el baño de cualquier casa, o los baños del colegio. Hasta que cumplí los trece.

Lloraba cuando se me acercaba una abeja. Lloraba cuando me hacía pis encima, desde la guardería hasta los doce años. Cuando me hacía un moratón, un rasguño o un corte. Cuando me metían en la cama y me quedaba a oscuras. Cuando me hablaban desconocidos. Cuando los niños me trataban mal, cuando me enredaba el pelo, o cuando me dolía la cabeza por comer helado, o cuando llevaba puesta la ropa interior del revés, o tenía que usar botas de agua. Cuando me lanzaron al lago Washington durante mi primer entrenamiento de natación. Cuando me vacunaban. En el dentista. Cuando me perdía en el supermercado. Cuando iba al cine con mi familia. De hecho, una de mis lloreras más memorables fue viendo Lo que el viento se llevó; lloré desconsoladamente cuando la niña se cayó del poni y cuando Rhett dejó a Scarlett. Durante una semana.

Lloraba cuando mi padre me gritaba, pero a veces bastaba con que entrara en mi habitación para ponerme a llorar.

Que mi madre o mi hermana vinieran a salvarme suponía una pequeña victoria, más o menos del tamaño de un niño.

Me quedé sin voz.

En mi casa, el sonido del cuero golpeando el culo desnudo de mi hermana me dejó sin voz durante años. El intenso zurriagazo sobre la hermana que me precedía, en la que recaía todo antes de que yo naciera. Cuando escuchaba el sonido del cinturón sobre su piel me mordía el labio. Cerraba los ojos, me agarraba las rodillas y me balanceaba en un rincón de mi habitación. A veces me daba cabezazos contra la pared rítmicamente.

Sigo sin poder soportar su silencio mientras la azotaba. Antes de que parara debía de tener unos once años. O doce. O trece. Yo estaba sola en mi habitación y me tapaba la cara con la almohada; sacaba la parka del armario y hundía la cabeza en ella; dibujaba en las paredes, aun siendo consciente del castigo, apretando la cera de color con todas mis fuerzas, hasta que se rompía. Hasta que escuchaba que había parado. Hasta que escuchaba a mi hermana ir al baño. Yo entraba a hurtadillas y me abrazaba a sus rodillas. El fantasma silencioso de mi madre le preparaba un baño de espuma. Mi hermana y yo nos metíamos juntas en la bañera. Nos enjabonábamos la espalda, en silencio, y nos dibujábamos cosas en la piel con las uñas. Si era en la espalda, tenías que adivinarlo. Yo dibujaba una flor, una carita sonriente… Le dibujé un árbol de Navidad que la hizo llorar, pero en sus manos. Nadie podría haberla escuchado. Solo se le movían los hombros y la espalda. Las marcas rojas de las uñas infantiles se quedaban incluso después de aclarar el jabón.

Cuando mi hermana se fue de casa yo tenía diez años.

No volví a hablar con nadie, aparte de mi familia cercana, hasta los trece años. Ni siquiera cuando me tocaba salir en clase. Miraba hacia arriba, con la garganta cerrada y los ojos llorosos. Nada de nada. O si un adulto me pedía que hablara, levantaba una pierna y la sujetaba imitando a una cigüeña y el otro brazo me lo ponía detrás de la cabeza haciendo una ele y me balanceaba hasta que perdía el equilibrio. En vez de hablar era un pajarillo haciendo ballet, una niña con el brazo en forma de ele, de Lidia. Cualquier cosa menos hablar. Todo el tiempo que pasé con mi hermana lo pasé en silencio. Y también después de que se fuera. El pánico le había robado la voz a una niña.

A veces creo que mi voz llegó a través del papel. Tenía un diario que escondía debajo de la cama. No sabía qué era un diario. Simplemente era un cuaderno rojo donde hacía dibujos y escribía verdades y mentiras. Indistintamente. Me hacía sentir… que era otra persona. Escribía sobre la voz fuerte y airada de mi padre. Sobre lo mucho que la odiaba. Sobre lo mucho que deseaba acabar con ella. Escribía sobre natación. Sobre lo mucho que me gustaba. Sobre cómo las niñas hacían que se me calentara la piel. Sobre los niños y el hecho de que estar con ellos me daba dolor de cabeza. Sobre canciones de la radio y películas y sobre mis mejores amigas, Christie y Katie, de la que tenía celos pero a la que quería lamer, y sobre lo mucho que quería al entrenador de natación, Ron Koch.

Escribía sobre mi madre…, sobre la parte de atrás de su cabeza; ella me llevaba y me traía de natación. Sobre su cojera y su pierna. Su pelo. De lo ausente que estaba, vendiendo casas y ganando premios hasta bien entrada la noche. Le escribía cartas a mi hermana huida que nunca envié.

Y escribía sobre el sueño de una niña pequeña. Quería ir a las olimpiadas, igual que el resto del equipo.

Cuando tenía once años escribí un poema en mi cuaderno rojo que decía así: «En casa, / sola en la cama, / me duelen los brazos. / Mi hermana se fue, / mi madre se fue, / mi padre diseña edificios / en la habitación de al lado, / está fumando. / Espero hasta las cinco de la mañana. / Rezo para irme de casa. / Rezo para irme a nadar».

Mi voz empezaba a surgir. Algo sobre la casa paterna. Algo sobre la soledad y el agua.

Mi mejor amigo

Con quince años mi padre me dijo que íbamos a mudarnos del estado de Washington a Gaines2ville, en Florida, porque allí estaba el mejor entrenador de natación del país: Randy Reese, del Florida Aquatic Swim Team.

Recuerdo estar sola en mi habitación y pensar: «¿Cómo? ¿Por qué dejar nuestra casa como si nada por algo que se llama FAST? ¿Por qué cambiar los árboles, las montañas, la lluvia y la vegetación del noroeste por una franja de arena y caimanes?». No conocíamos a nadie en Florida. Nunca había estado allí. Las únicas cosas que me importaban estaban en la piscina: las únicas personas en las que confiaba o a las que quería, la única vez en mi vida que me sentí bien, el único lugar en el que me sentía como algo más que una hija. ¿Y por qué me había dicho que nos mudábamos por mí? Yo no lo había pedido. ¿Por qué iba a hacerlo?

Me encantaba el entrenador de natación. Era el único hombre en mi vida que se portaba bien conmigo. Es el hombre que me explicó durante el entrenamiento por qué tenía sangre resbalándome por la pierna y qué tenía que hacer al respecto cuando pensé que me estaba muriendo de cáncer. El hombre con el que entrenaba seis horas al día seis días a la semana para ganar. Él me ayudó a corregir mi brazada. Me animaba cuando me cansaba. Me cogía en brazos cuando ganaba y me pasaba el brazo y una toalla por encima cuando perdía. Cuando le pregunté a mi padre que qué pasaba con Ron Koch, me dijo que nadie sabía quién era.

Cuando le pregunté a mi madre su rostro se llenó de arrugas de preocupación. Se puso las manos sobre el muslo, una encima de la otra, y me dijo: «Bueno, Belle, han ascendido a tu padre. Es mucho dinero».

Cuando le pregunté si ella quería mudarse a Florida, me contestó: «Dice que te mereces lo mejor. ¡Y allí hace sol, Belle!».

Ciertamente, ascendieron a mi padre a arquitecto jefe de la costa sudeste. Pero eso no fue lo que me dijo él. Me dijo que era un sacrificio que hacían por mí.

Dentro de casa siempre olía a tabaco. De vuelta a la cama pensé en mi mejor amiga, Christie. La conocía desde los cinco años. Comíamos juntas todos los días en los pasillos del instituto. Nos sentábamos juntas en clase de arte y yo anhelaba que todas las clases fueran clases de arte. Había estado de vacaciones con su familia y yo pensaba que ojalá fuera la mía. Me puse a llorar tan fuerte que acabé mordiendo la funda de la almohada hasta romperla.

Así que dejé de ir a una piscina para meterme en otra. Uno podría pensar que el agua es igual en todas partes. Pero no es así. En Florida, el agua del grifo sabe a cieno. El agua de la ducha es extrañamente resbaladiza. La lluvia es tibia y deja un vapor espeso a su paso que asfixia a la gente que no está acostumbrada. El agua del mar está caliente como la orina y la de la piscina está templada incluso en diciembre. Como cuando te estás dando un baño y el agua empieza a enfriarse, pero en una bañera gigante. Los huracanes van a parar a Florida.

Lo odiaba.

Randy Reese apenas me miraba. Había olímpicos en su equipo. Yo intentaba darles alcance, seguirles el ritmo, incluso a veces lo conseguía, pero ni lo mucho que me esforzaba, ni mis tiempos, ni mi peso ni mi lugar en el podio importaban: nunca sentí que formara parte de… su equipo. Cuando lo hacía bien, me mostraba mis marcas en un portapapeles. Cifras. Yo me quedaba ahí quieta, muda y chorreando, esperando un abrazo. Pero él no era así. Antes de los campeonatos importantes nos hacía a todas pesarnos. Si te pasabas, «lametón»: nos daba un golpe con una tabla de poliestireno entre la parte posterior de los muslos y el culo. Un lametón por cada medio kilo. La piscina se había convertido en un espacio para la humillación, por lo que ya no había nada que la diferenciara de mi casa.

Toda promesa alguna vez albergada en mi piel de nadadora, toda esperanza albergada cuando nadaba, empezó a ahogarse. En casa, la presencia y la ira de mi padre dejaban las habitaciones sin aire. En la piscina, el hombre que gritaba desde el lateral nos daba golpes con una tabla de nadar y nunca sonreía.

En el campeonato de natación estatal de mi último año hicimos el mejor tiempo del país en los relevos de 200 yardas estilos. Mientras estaba en el podio con las otras tres chicas, miré hacia las gradas. Mi padre no estaba en ninguna parte. Mi madre olía a vodka, lo notaba desde el otro lado de la piscina. Randy Reese ni siquiera me miró. Pero daba igual, porque Jimmy Carter nos boicoteó y nos arrebató nuestro sueño infantil de convertirnos en nadadoras de renombre, incluida la famosa cantera de ganadores de Randy. No había ya palabra con la que me identificara. Ni deportista ni hija.

Odiaba a Randy Reese. Odiaba a Jimmy Carter. Odiaba a Dios. Y también a mi profesor de matemáticas, el señor Grosz. Pero a quien más odiaba era a mi padre, un odio persistente que fue mutando. Los hombres me habían jodido la vida. Incluso el agua parecía haber renegado de mí.

Pero en ella conocí a un chico diferente a todos.

Estuvo yendo a la piscina conmigo durante aquellos tres insoportables años en Hogtown. Guapísimo, con el cuerpo alargado, igual que los brazos y las piernas, y con unas pestañas muy largas y el pelo también largo. Y tenía la piel tostada, oscura, como los ojos. Y también guardaba un secreto en la piel, pero no relacionado con sus padres.

Este chico, mi amigo, era el mejor estudiante de arte del instituto. Qué digo: era el mejor de los mejores de cualquier instituto; de hecho, era de lejísimos mejor que cualquier persona de Florida que osara llamarse a sí misma «artista». Pintaba, hacía esculturas, dibujaba… Y, cuando lo hacía, absolutamente todo lo que salía de sus manos era increíble.

Cuando me mudé a aquel sitio de mala muerte que era Gainesville, me llamó a casa la primera semana y me invitó a ir con él al río Itchetucknee para recorrerlo montados en un flotador gigante. Qué idioma tan raro el que salía de los agujeros del auricular. ¿Itchetucknee? No tenía ni la más remota idea de lo que estaba diciendo, pero le dije que sí.

El agua del Itchetucknee está congelada; aunque el cauce es estrecho, profundo y tiene corriente. Desde el agua puedes ver ciervos de cola blanca, mapaches, pavos salvajes, patos joyuyos y garzas azuladas. Y serpientes. Pero eso alberga cierta belleza. El Ichetucknee es un río de aguas azules cristalinas que fluye a lo largo de casi diez kilómetros rodeado de hamacas a la sombra y humedales, hasta desembocar en el río Santa Fe. Mi amigo el artista y yo estuvimos tres horas a flote. Me estuvo preguntando sobre mi vida y yo le pregunté sobre la suya. Nos reímos. Disfrutamos al sol como los lagartos. Nadamos como los nadadores después de su sesión de largos. Y al final del recorrido en flotador sentí que lo conocía desde hacía años.

Creo que no mentiría si digo que nos vimos todos los días durante casi tres años, excepto los domingos. Casi siempre quedábamos en el instituto y yo me iba a clase de lengua y de francés y él al aula de arte, y luego comíamos juntos. O nos pasábamos el día entero en el aula de arte. O íbamos a su casa y nos comíamos un sándwich y escuchábamos a Pat Benatar entre un entrenamiento y otro. O nos echábamos la siesta. Casi no tenía vello corporal y tenía la piel suave como el terciopelo.

No sé muy bien cómo expresar lo mucho que lo quería. Pero era un amor con el que no sabía qué hacer. Tonteé insistentemente con él, pero no parecía estar interesado en mí sexualmente. Otros chicos de Hogtown sí parecían querer acostarse conmigo de forma sistemática, incluso en el 7-Eleven; pero él, nunca. Así que me acostaba con chicos de Hogtown. Y seguí intentándolo con las nadadoras. Pero entre el artista y yo no pasó nada.

Y aun así me hizo un vestido espectacular de seda de color borgoña para la fiesta de graduación, con la espalda al aire y unos tirantes cruzados finísimos que iban de la parte delantera hasta cerca del culo. Nadie llevó un vestido tan chulo, y probablemente nunca lo hayan hecho, en ningún lugar del país.

Y me hizo una chaqueta cortita de estilo años cincuenta con las mangas abullonadas usando la parte de arriba de un traje de chaqueta de hombre que dejó a todo el instituto boquiabierto.

Y me cortó el pelo a media melena. La gente se volvía para mirarme.

Y me maquilló (la única vez que me he maquillado en mi vida) y me hizo fotos.

Y el amor que sentía por él creció más y más, pero no tenía donde ponerlo. Simplemente se acumulaba dentro de mí como supongo que se acumula el esperma en los hombres que llevan tiempo sin hacerlo. A veces sentía que iba a desmayarme, pero entonces cocinaba algo que le quedaba riquísimo. Dios… Sabía hacer tarta de queso. Lo único que quería era estar con él. Todo el rato. Olía a manteca de cacao.

Días y días y días y días y días… Seguramente, los más felices de mi vida hasta entonces, a pesar de lo mucho que odiaba Florida.

Entonces, un día, mi madre, borracha, le dijo a la madre de Jimmy Heaney en el pasillo del súper que había escuchado que mi artista era gay. Es decir, la estúpida de mi madre descubrió que mi artista era gay antes de que él mismo saliera del armario. Es homosexual, un homosexual con acento sureño.

Y entonces dejó de hacerlo.

Dejó de llamarme. Dejó de quedar conmigo. Dejó de contar conmigo en su vida.

¿Sabes qué se siente cuando un gay guapísimo deje de quererte?

Es como estar muerta.

La maleta

A veces pienso en que llevo toda la vida siendo nadadora. Todos mis recuerdos se arremolinan como el agua en mi memoria alrededor de los acontecimientos de mi vida. O puede que todo lo que me ha pasado lo entienda mejor si lo visualizo en una piscina grande llena de agua turquesa clorada. Ni siquiera Florida iba a acabar con la nadadora que llevaba dentro.

En la fiesta de graduación eché un pulso con cinco chicos que pronto serían hombres. Perdí una vez. Después de la fiesta nos emborrachamos y nos colamos en la piscina de Gainesville. Estuvimos nadando en pelotas en una piscina olímpica de cincuenta metros, la misma piscina en la que me tiraba nadando dos horas todas las mañanas y todas las tardes. Nunca en mi vida había estado tan fuerte. Parecía uno de ellos. Tenía bíceps, mandíbula y hombros de chico. El pelo no dejaba adivinar mi género. Estaba plana. Cuando llegó la hora del magreo me puse a hacer largos.

Aquel verano se me hizo más largo y húmedo que al resto. El aire era más que bochornoso. En junio empezaron a llegar las cartas. Eran ofertas de becas. Para natación. Visados de salida.

Todas las tardes miraba dentro del buzón. El aire me rajaba los pulmones como una navaja justo antes de abrirlo, y pasaba las cartas rápidamente, todas morralla, con la esperanza de notar un peso diferente. Con la esperanza de partir.

Recibí cinco cartas.

Noté que la primera pesaba, me gustó. Era de Brown. El logotipo rojo y negro de la Universidad de Brown me recordó a la realeza. Lo acaricié con la punta de los dedos y noté su suavidad, el papel presagiaba algo diferente. Lo olí. Cerré los ojos y me lo llevé al corazón. Entré a casa con él y con la sensación de tener algo en lo que creer.

Una vez dentro, lo puse sobre la mesa de la cocina. Lo dejé allí durante toda la cena, que comimos en el salón viendo la tele. Barney Miller. Sentía la sangre en los oídos.

Después de cenar, después de ver Taxi y después de que mi padre se fumara tres cigarros, por fin fue a la cocina; le siguió mi madre y luego yo.

Nos sentamos en la mesa de la cocina como supongo que hacen todas las familias. Mi madre y yo cogimos aire. Mi padre abrió la carta muy despacio, como si le faltara un hervor. La leyó en silencio. Lo miré a sus ojos azules, como los míos. Yo en mi cabeza estaba haciendo largos. Mi madre se sentó a mi lado, borracha, frotándose las manos. Yo intentaba no morderme la lengua.

Y por fin habló. Una beca del 75 por ciento en una universidad esnob. Una escuela para chicas ricachonas y gilipollas. Mi madre miró por la ventana para encontrarse con la noche floridana. Miré el papel con el logo de Brown y mi nombre. Sabía que no era cuestión de dinero. Teníamos dinero. Era más bien lo que dijo mi padre después. Con el cigarro en la boca, me lanzó el humo a la cara formando halos de humillación y me preguntó que si me creía que era especial. Fue como si me estrangularan. Cuando me llegaron a la garganta, me tragué las palabras.

La segunda carta era de Notre Dame. Seguíamos sentados en la mesa, la madre, el padre y la hija. El humo del cigarro confería un halo cinematográfico a la escena. Yo estaba sentada en silencio, era consciente de la tiranía que conllevaba hablar. Mi madre se estaba retorciendo un mechón de pelo, hasta tal punto que yo pensaba que se lo iba a acabar arrancando. ¿Por qué dijo que no? Porque podía.

La tercera carta era de Cornell.

La cuarta, de Purdue.

No.

Sentados en la mesa en una cocina de Florida.

La presencia de mi padre llenaba todas las habitaciones de la casa. Todas menos una. Mi habitación estaba llena de la humedad y la oscuridad de mi cuerpo. Olía a mi piel, a cloro y a marihuana. Las dos ventanas de enfrente fueron durante mucho tiempo mi portal a la vida nocturna de las chicas que huían. Una bochornosa noche de julio, tanto que cualquier niña pequeña se habría ahogado, estando sola en la cama, decidí que me iba. No sabía cómo, pero iba a escaparme. Esa noche me masturbé tanto que acabé con la piel en carne viva. Justo antes de acostarme, visualicé una maleta, la más grande que teníamos. Descansaba silenciosamente en el garaje, detrás de los palos de golf de mi padre y las cajas llenas de vidas pasadas. Era negra y del tamaño de un pastor alemán, lo bastante grande como para guardar la ira de una niña.

El día de los preliminares estatales de ese año, estuve con Sienna Torres en los vestuarios apurando una botella de casi un litro de vodka. Si hubiéramos sido hijos a punto de ser hombres, de fijo que hubiéramos cogido el coche de alguno de los padres para irnos a Canadá. O nos hubiéramos enfrentado a la autoridad por primera vez, sin importarnos el ojo morado. Pero allí estábamos, sentadas en el cemento bebiendo bajo la mirada de asco de unas deportistas afeitadas y obedientes.

Incluso borracha quedé quinta para la final de braza. En la final, una rubia que no conocía con el pelo grasiento y gafas de culo de botella se acercó a mí tras quedar segunda en los 100 metros braza. Mi marca fue 1:07.9. Tenía pinta de porrera. Me dijo que era la entrenadora de la Texas Tech y que, aunque no podía hablar conmigo en ese momento, con el agua y la ira infantil chorreando por mi cuerpo, me llamaría al día siguiente para hablarme de una beca completa. No contesté. Cuando recuperé el aliento miré a mi madre, que estaba en las gradas medio balanceándose, bebida. Esperaba que no se cayera. Mi madre, la única cosa que conocía de Texas, estaba sentada en las gradas farfullando.

Cuando la entrenadora de la Texas Tech me llamó a casa, mi padre estaba en el trabajo. Hablé por teléfono con aquella mujer de pelo grasiento y gafas de culo de botella. Escuchaba el dulce acento sureño de mi madre a mi espalda, enrollándose en mis hombros —como hace la miel con las abejas—, y escuchaba la voz de aquella mujer, y me escuché a mí diciendo que sí. Sí.

¿No sería genial que hubiera sido así de fácil? La voz de una madre allanando el camino para la partida de su hija. Esta nadadora rubia se va al aeropuerto a coger un avión. Ahí os quedáis.

Una semana más tarde, cuando llegaron los papeles que tenía que firmar, mi padre estaba en el trabajo. Los firmó mi madre. Recuerdo quedarme pasmada mientras miraba su mano. Tenía una letra preciosa. Después los metió en el sobre, cogió las llaves del coche y me dijo «vamos» con su característico acento sureño alcoholizado. Nos subimos al coche familiar, de la agencia inmobiliaria, fuimos a la oficina de correos y metió mi libertad en la boca metálica azul del buzón. Sentí que casi la quería.

El resto del mes de julio él se lo pasó cabreado. Y todo agosto. Todos los días, cuando llegaba a casa del trabajo, encontraba alguna forma de llenar la casa de ira, de hacer temblar las paredes con humillación; y, mientras tanto, las mujercitas tragaban y tragaban. Alguna vez llegué a pensar que nos acabaría matando a alguna de las dos. Pero no tenía miedo. Sentía el latido de las paredes con la palma de mi habitación.

Ese verano, durante uno de sus arranques de ira, tiró un plato contra la puerta corredera de cristal. Supuse que lo habría hecho añicos, pero no se escuchó nada. Otra noche me rompió la bolsa de natación y la dejó destrozada; el bañador y las gafas volaron por los aires. Una vez me siguió hasta la puerta de mi habitación. Sentí sus palabras ardiendo en mis hombros. Se quedó en el marco de la puerta. Cuando me volví para mirarlo, estaba temblando de la ira. Y entonces me dijo: «Esto es autocontrol. Me estoy controlando. No tienes ni idea de hasta dónde puedo llegar». Nos miramos fijamente.

Pensé: «Aquí tu hija se larga, hijo de puta».

Pero otras noches se transformaba en un hombre cuyo deseo se retorcía en su interior. Sobre todo a medida que se acercaba mi partida. Una noche de agosto que llovía a cántaros, me sentó en el sofá del salón, me pasó el brazo por encima de los hombros y me masajeó el brazo más alejado con el pulgar haciendo unos círculos espeluznantes. Su voz sonaba más que tranquila. Luego me contó lo que los chicos querrían hacerme: meterme sus sucias manos por debajo de la falda, separarme las piernas y hacerme dedos; sobarme y agarrarme las tetas, y chuparlas. Me dijo que iban a ser asquerosos, con sus manos y sus caderas y su aliento caliente y sus ganas de metesaca. Y lo que harían con su polla. Y yo, sentada a su lado en el sofá, consciente sin siquiera mirarlo del calor que desprendía mientras se tocaba, sintiendo como si me estuvieran pinchando con alfileres, apretaba los dientes, y él me decía que tenía que negarme, que recordar que era su hija y que él era el único hombre de mi vida que me daría las fuerzas necesarias para decir que no.

Yo me decía: «Esto es lo que demuestra que no está bien. Esto es por lo que ha llegado la hora de irse».

Ya había pensado en irme anteriormente. Como una fugitiva. Pero el año en que mi madre intentó suicidarse, cuando yo tenía dieciséis, mi hermana tuvo el coraje de volver del santuario —la universidad— para ver si quería irme con ella. Que viniera y me preguntara de alguna manera bastó para poder sobrellevarlo durante dos años más.

Pensé en los secretos que había ido almacenando en mi cuerpo. La de veces que había salido gateando por la ventana de mi habitación para meterme en un coche. El fuego imparable entre mis piernas. No el suyo. Pensaba en el vodka. Casi ahogándome. Cuando me sentó en el sofá para decirme que era suya, yo ya estaba muy lejos de ser una hija. Una maleta negra tomaba forma y escribía mi historia en mis sueños. Sentía que había una fuerza entre nosotros. Era mi sexualidad, no la suya.

Nuestro enfrentamiento paternofilial tuvo lugar en el garaje una semana antes de irme, junto al coche familiar de mi madre y el Camaro Berlinetta de mi padre. Había ido al garaje a coger la maleta negra. Tenía en mente llevármela a mi habitación y llenarla hasta arriba. Cuando la encontré, deslicé la cremallera y me topé con su boca. Olía a tabaco. La abrí y vi que dentro había dos camisas de mi padre de algún viaje. Me quedé mirándolas hasta que sentí un hormigueo en el cuello. Cogí un trozo de tela de una de ellas y me lo metí en la boca y lo mordí con todas mis fuerzas, tanto que me tembló la cabeza. Luego las cogí y salí a tirarlas a la basura.

Cuando volví, rebusqué en todos y cada uno de los compartimentos de la maleta: un tubo de pastillas de menta; parte del envoltorio de un paquete de tabaco; un peine; dos condones… La levanté y la agité. Por fin estaba vacía de él. Le cerré la boca. Me levanté para llevar la maleta a mi habitación y entonces apareció allí. Lo escuché antes de verlo y, cuando me di la vuelta, estaba debajo de la bombilla del garaje, que se balanceaba solitariamente, con la cabeza iluminada de una forma extraña. Luego se puso a gritar, un rollo lento y absurdo que acabó resonando enseguida como un rugido, igual que el motor de un Camaro Berlinetta. Me llamó puta, nombró mis pecados, enumeró todos mis errores, mis defectos y mis comportamientos vergonzosos, todas las cosas malas que me habían acabado arrastrando a ese momento entre padre e hija.

Puede que todo fuera verdad. Puede que tuviera razón. Puede que, como él decía, acabara siendo una puta fracasada. Pero era buena nadando. Y él no.

En un momento dado, me cogió del brazo; aunque sentí cómo se me iba formando un moratón, no solté el asa de la maleta. Si hubiera querido, podría haberle dado con ella en la cabeza en cualquier momento. Por alguna razón, esa noche, mi remordimiento y mi miedo de niña habían desaparecido. Me imaginé que era un niño, el hijo de otra persona. No tienes ni idea de hasta dónde llegaré, hijo de puta.

Lo miré a los ojos. Azul sobre azul.

Noté que se me ensanchaban los hombros y que se me pronunciaba la mandíbula. Tenía la adrenalina a mil por hora, como antes de una carrera. Nada de lo que me dijo hizo que me viniera abajo. Y creo que se dio cuenta, porque cambió de rumbo y empezó a hablar airadamente de lo que le estaba haciendo a mi madre. ¿Es que quería que mi marcha acabara con ella? ¿Como la mierda de mi hermana, que era una egoísta? ¿Así era yo? ¿Una puta egoísta que quería acabar con mi madre? ¿Pensábamos mi hermana y yo, unas gilipollas engreídas, que éramos superiores al resto?

Sí, mi hermana y yo éramos unas egoístas. Queríamos nuestra propia identidad. Ni la ira ni el amor iban a detenernos. Eso fue lo que dije.

Que

te

jodan,

gilipollas.

Volví a decirlo, más alto, y una vez más, hasta que acabé gritándolo, a pleno pulmón de nadadora. Entonces le dije: «Quítate de en medio, sádico de mierda», y columpié la maleta hacia atrás. Todo él se cernió sobre mí, alzó el puño, con los nudillos blancos y la cara roja, y apretó los dientes y los ojos, esos ojos de padre llenos de ira…, e hice lo que estaba destinada a hacer. Me incliné hacia él hasta estar lo más cerca posible de su cara y le dije que lo hiciera, con la maleta en guardia.

Soné igual que él.

Parecía que estábamos a punto de morir. Pero lo único que me hizo falta para salir de allí era mi propio cuerpo. Lo escuché resollar detrás de mi imponente espalda. Y me planteé qué pasaría si me diera un puñetazo en la parte de atrás de la cabeza. Pensé que podría soportarlo.

Me llevé la maleta a mi habitación. Entré, cerré la puerta y me quité la ropa. Olía a cloro y a sudor. El calor veraniego se colaba por la mosquitera de la ventana. Apoyé la cabeza en la almohada, expectante. Oí un coche pasar. Oí a un perro ladrar. Oí el viento estremecerse en los arbustos que había debajo de la ventana. Y cigarras. Y ranas. Me quedé esperando, alerta, hasta que me cansé. Me llevé la mano a la entrepierna y separé los labios. Estaba mojada. Empecé a deslizar los dedos en círculos, rápido y con fuerza. Cerré los ojos. Pensé en Sienna Torres metiéndome los dedos en el coño, bien abierto, tan abierto como una boca gritando «hijo de puta». La corrida fue tal que aquello salió disparado. Esa noche aprendí que el cuerpo de una chica era capaz de hacer eso: disparar flujo.

Lo primero que metí en la maleta negra fue una petaca y una caja con lo que en su momento fue pelo de mi madre.

Liberación

Nacer tiene muchas implicaciones, como cuando dejamos atrás una vida para empezar otra nueva o lo que se siente al coger un avión para dejar atrás el hogar familiar con dieciocho años mientras ves el aeropuerto menguar seguido de la tierra encogida y de la mierda de franja de arena que es Florida, alejándose hasta desaparecer. Una niña ligera como el agua surcando el cielo.

Iba a Lubbock, en Texas. Cuando llegué allí, fuera lo que fuese aquel lugar, me sentí por fin liberada. Mi propia habitación mis propios amigos mi propia comida mi propio alcohol mi propia música mi propio sexo mi propio dinero mis propios pensamientos mi propio cuerpo mi mi mi propia libertad para ser quien quisiera donde quisiera y como quisiera. Todo eso emergió como un volcán dentro de mí, como si algo que hasta entonces había estado reprimido en lo más profundo de mi cuerpo necesitara explotar. Como se sienten todos los universitarios, aunque éramos pocos los que llevábamos la ira escondida en la piel y los huesos. Cuando el avión aterrizó en Lubbock mi entrenadora de natación me estaba esperando en el aeropuerto. La mujer que pagó por mí.

Me llevó un par de semanas adaptarme a Lubbock.

Hasta mayo de 2009, aquel sitio, amigos míos, había sido un lugar seco. No me refiero a árido, aunque es lo bastante árido como para sentir que te ahogas. Estaba prohibido beber alcohol, excepto en bares y restaurantes a ciertas horas. Para conseguir alcohol había que conducir veinticinco minutos o más hasta una licorería. Luego volvíamos, metíamos la carga sigilosamente por la noche, nos colábamos por la entrada lateral de la residencia de las chicas y subíamos varios tramos de escaleras con maletas enormes llenas de cervezas o con botellas metidas dentro de los pantalones.

Vivir en Lubbock era extremo: había un olor a mierda de vaca tan penetrante que hacía que te llorasen los ojos y que daba unas peculiares arcadas, y tormentas de aire caliente y polvo naranja que impedían hasta que te vieras las manos; si te aventurabas a salir, era como si te atacaran unos pequeños alfileres endemoniados y perversos.

Avenida Q, plaza de Buddy Holly. Una estatua grande de bronce de Buddy Holly. Búscala en Google. Buddy está rodeado por unas placas en honor a grandes artistas como Waylon Jennings y el respetable Mac Davis. La primera semana de septiembre se celebra el Budfest, que conmemora el cumpleaños de Buddy Holly. Durante el festival, los habitantes del oeste de Texas se disfrazan de Buddy y de su mujer, se emborrachan y… pegan gritos.

Prairie Dog Town. Imagina un terreno muy grande en medio de la nada rodeado por un muro de cemento que llega hasta la rodilla. ¿Qué hay dentro? Muchísimos agujeros en la tierra. ¿Y en los agujeros? Perritos de la pradera. Vaya, si estabas sentado en el murete de cemento borracho y colocado en mitad de la noche, lo que tocaba era apuntar con la linterna y tirarles piedras a la cabeza. Como el típico juego de los topos en las ferias, pero en gigante. ¿No es genial?

Sí. ¿Y qué hay de lo llano que es? Si pegas un salto ves Dallas.

Lubbock. Qué gran lugar. En serio, ahorra y ve allí de viaje.

Por la mañana tenía entrenamiento a las 5.30, desayunaba a las 7.00 y empezaba las clases a las 10.00, que terminaban a las 15.00; a las 15.30 tenía entrenamiento con pesas; a las 16.30, natación, y la cena a las 19.00. Me pasaba todos los días menos el domingo con un montón de nadadoras buenorras, y las noches eran para nosotras.

Toda la noche, todas las noches. Todo lo que pudieras disfrutar de la noche hasta las 5.30.

Al mes de conocer a mi compañera de habitación ya estaba enamorada de ella, o algo parecido. Puede que fuera por su aguante bebiendo o por lo bien que se le daba insultar o por el rock and roll que escuchaba o por sus altavoces Bose y su estéreo, que estaban de puta madre; o por ser de Chicago y pensar que los texanos del oeste eran unos cretinos o por los hombros de machote que tenía de nadar a mariposa o por sus tetas grandes o por su bandana o sus vaqueros rotos o por su pipa monodosis. Puede que fuera solo por su nombre. Amy. Amy, ¿qué te apetece hacer? Creo que podría pillarme de ti, quizá un rato… o algo más.

No sé si sabes cómo funcionan las fiestas de nadadores, pero son tremendas. La mayoría de los nadadores universitarios tienen beca. Beca igual a dinero. Había dos gemelas británicas con el pelo de punta y decolorado. Había un montón de barbies texanas, con su laca y su acento sureño. Había una lesbiana increíble que estaba en el último año y una mujer asiática con cuerpo de chico increíblemente guapa y mística. Exótica. Entre las pollas había un larguirucho con el pelo tan rubio que parecía blanco, como el mío; se apellidaba Creamer y caí rendida a sus pies. Había un surfista muy cervecero del sur de California fan de Bruce Springsteen y Elvis Costello. Había un salidorro de Dallas al que le gustaba el country. Había un chico del pueblo de Amy que se encargaba de organizar las fiestas en la residencia de los chicos. Y un buen grupo de nadadores que siempre estaban empalmados y que se afeitaban zonas desconocidas para los chicos normales.

Cuando digo que son tremendas quiero decir que eran épicas.

Hacia la mitad del curso, mis días consistían en ir a entrenar a las 5.30 de resaca con la cabeza como un bombo y saltarme los asquerosos huevos en polvo que daban para desayunar en la cafetería abandonada de la mano de dios y saltarme las clases de las 10.00 las 11.00 las 12.00 combatir la resaca con cerveza comer pizza fría y helado Häagen-Dazs y escuchar a Led Zeppelin colocarme hacer un examen a la semana y entrenar con pesas a las 15.30 y natación a las 16.30 y a tomar por culo las cenas de la cafetería de la residencia que saben a mierda y tienes que sentarte con un montón de subnormales de mierda del oeste de Texas vámonos a beber vamos a dar una vuelta por el Rock-Z y a bailar y bailar y bailar y beber y vomitar y follar todos los días y todas las noches.

El segundo año me quitaron la beca. El tercero me expulsaron.

El amor es una granada I

Siempre quise ser esa clase de mujer a la que James Taylor le dedicaría esta canción: «I feel fine, anytime she’s around me now». Sabes de qué canción hablo. Something in the Way She Moves. ¿No te gustaría que alguien quisiera cantártela?

Por desgracia, mi canción diría: «Blood on her skin, dripping with sin, do it again, living dead girl». Así es. Rob Zombie. Porque en la universidad era una muerta en vida.

Mi primer marido, un hombrecito guapísimo, me recordaba a James Taylor. Tenía exactamente las mismas manos, la misma voz y el mismo cuerpo esbelto. Exactamente el mismo don introvertido para la guitarra acústica, los mismos ojos de artista, el mismo ego escondido en su delgadez. Tendría que haber salido con Rob Zombie, pero eso no pasó. Estuve saliendo unos años con un James Taylor llamado Philip en Lubbock, donde había conseguido una beca de natación.

Botas militares Doctor Martens; mucho lápiz kohl en los ojos, como si fuera un mapache; medias rotas a muerte; falda a cuadros de niña católica y chupa motera negra de cuero. Sin laca, sin las uñas pintadas, sin bolso. Esa era yo. Estaba totalmente fuera de lugar en Lubbock.

En aquellos años él se limitaba a pintar y a tocar la guitarra y yo a escucharlo, a colocarme, a hacer el amor y, ah, sí, a ir a la universidad, de la que me acabaron echando. El único sobresaliente que tuve fue en Filosofía. Y eso fue porque el profesor iba siempre colocado a clase, así que nos limitábamos a escupir mierda filosófica, hasta que todos empezamos a ir a clase colocados. Ir a clase, dormir con Philip. Intentar no enamorarme de Amy, mi compañera de habitación. Y nadar, aunque cada mes y cada año que pasaban la nadadora que había en mí se iba ahogando un poco más en el alcohol y en océanos de sexo.

La primera vez que lo dejamos estaba nevando en Lubbock. Que nevara en Lubbock era un extraño sinsentido: es más plano que una mesa. No hay montañas, ni colinas ni bosques. Cuando nieva en Lubbock toca emborracharse y dar una vuelta con el coche. No pienses mal de mí. Recuerda lo que he dicho antes: en Lubbock hay ley seca. Y a una le puede entrar… sed. Y no hay mucho contra lo que «chocarse» en la oscuridad, y si lo hubiera se vería a kilómetro y medio.

Así que simplemente fuimos a dar una vuelta nocturna con el coche. Paramos al rato. Yo estaba borracha como una cuba y me subí a los hombros de la estatua de Buddy Holly, que está en un parque que parece un cementerio.

Por cierto, la estatua no es tan alta. Pero yo me sentía como si fuera la reina del mundo.

El plato fuerte de la noche era Philip. Le había cortado la punta de los dedos a sus guantes y estuvo tocando la guitarra sentado en la base de la estatua de Buddy Holly. De repente, se puso a tocar la apertura acústica de Wish You Were Here de oído. También tocó Sweet Baby James. Y luego, Suzanne. A los pies de Buddy Holly con una rubia borracha que se levantaba la camiseta a un grado bajo cero. «¡Que os folleeen! ¡Comédmelo! ¡Sííí!» No iba por nadie en concreto, aparte de Lubbock.

Llevaba como un año con Philip. Me enamoré de él cuando escuché su voz a mi espalda en el pasillo de la residencia justo después de pasar por delante de él. Nunca había escuchado a un blanco con la voz tan grave. Era una voz que se te enrollaba en la parte de arriba de la columna y en la mandíbula y te dejaba boquiabierta y con ganas de más. Y yo pensaba: «Mi padre está lejísimos mi padre está lejísimos mipadreestálejísimosmipadreestálejísimos».

Cuando me di la vuelta, allí estaba él. El pelo le llegaba hasta los hombros y tenía las pestañas gruesas como cerdas. Llevaba botas indias y una guitarra.

Y allí estaba esa noche, tocando Suzanne rodeado de nieve y cantando a pleno pulmón, y yo, encaramada a Buddy Holly con los ojos bizcos, mirando las estrellas y babeándole la cabeza de bronce a Buddy. Las chicas cabreadas también lloran.

Las razones por las que lo nuestro se fue a la mierda son dos.

Razón número uno: me pasé el año entero obligando al pobre de Philip, tan guapo, a colarnos de noche en casas ajenas para follar en el suelo. No sé por qué. Eso realmente le dejó marcado, doy fe. Le aterrorizaba, pero lo hacía, y yo iba corriendo a encender la luz y él casi infartaba y volvía a apagarla, con esa largura y ese culillo que gastaba. Yo cogía todo el alcohol que encontraba y él intentaba rellenar las botellas con agua, cambiar los tapones y devolverles su virginidad. Yo rebuscaba en los botiquines y él me perseguía en la oscuridad intentando rescatar pastillitas blancas.

Y cuando follábamos me subía encima de él y cabalgaba a lo bestia sobre su artística polla, y mientras pensaba en que ojalá yo fuera su guitarra y no una chica malparada, para que me rasgara con los dedos hasta morir, hasta dejarme limpia, hasta apaciguarme, hasta convertirme en una mujer a la que le escribiría una canción. Sin camisa, con las tetas blancas como lunas al aire, la cabeza hacia atrás y el pelo revuelto. Y se corría de forma tal que pensaba que me iba a partir la espalda —porque los larguiruchos la tienen enorme—; luego nos quedábamos jadeando y mirándonos en la oscuridad de la casa en la que nos habíamos colado, y entonces a él le entraba el miedo de nuevo, se levantaba de un salto, se subía la cremallera más rápido que la luz, y me dejaba en el suelo, como los restos pegajosos de las salas de cine. Y yo me reía como se ríen las chicas malparadas.

Dios. Pobre Philip. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo para pedirle perdón. Nunca estuvo hecho para una mujer como yo, llena de una ira más grande que Texas. Entonces aprendí que la pasividad extrema también es poderosa en cierto modo.

Razón número dos: era demasiado guapo. Mucho más guapo que yo y mucho más guapo que una mujer guapa. ¿Alguna vez has conocido a un hombre así? Con una voz demasiado bonita y unas manos bonitas y una polla bonita. Pero toda esa belleza se descomponía en su interior porque él pensaba que era un mierda. Y pensar que era un mierda acabó transformándolo en alguien totalmente opuesto a mí, el hombre más pasivo del mundo, sobre todo cuando estaba rodeado de mucha energía o de conflictos. Y básicamente eso era yo, en persona.

Y cuando mi ira aparecía, él… pues se quedaba dormido.

Es la única persona que conozco que se quedaba dormida en medio de una discusión, con la barbilla apoyada en la mano y los ojos cerrándosele justo cuando te acercabas al momento de la victoria. No conozco a nadie a quien le pase eso aparte de él. Me ponía de los nervios. Toda mi poderosa energía sin ningún lugar por el que salir. Estuve a punto de implosionar o de desaparecer por combustión espontánea muchísimas veces.

Philip se crio en una familia cristiana baptista del sur muy numerosa en la que todos cantaban, y tenían por costumbre entonar a coro himnos cristianos en el porche de su casa haciendo armonías con las voces. Su padre era la voz principal y su hermano mayor la segunda, y las otras tres personas aparte de Philip eran sus hermanas, por lo que la tercera voz recaía sobre sus escuchimizados hombros. Así que, a ver, ¿cuántas putas veces puedes llegar a cantar I’ll Fly Away o la temida Amazing Grace? No me extraña que estuviera tan cansado.

Y aquí viene la razón de por qué son relevantes los micromovimientos del historial sexual de las mujeres. El hermano mayor de Philip ya había pasado por el rechazo a Dios, se había ido de casa, se había convertido en un músico que fumaba marihuana, había tenido una familia, había vuelto al redil y había dejado atrás su pasado amoroso. Pero Philip justo acababa de colisionar con el rechazo a Dios, se había ido de casa, se había convertido en un artista que fumaba marihuana y cargaba con un sentimiento de culpa más grande que Texas. Él era la oveja negra, incapaz de entonar himnos en el porche con los demás.

Por mi parte, yo cargaba en secreto con el remordimiento.

Cuando Philip prefería que le hiciera una paja en vez de follar y yo era incapaz, incapaz, incapaz, y cuando yo quería hacerle una mamada y él no me dejaba, no me dejaba, no me dejaba, veíamos nuestras heridas en el cuerpo del otro. Nuestra sexualidad se basaba en la culpa personificada en un hombre guapo y bueno y en el remordimiento personificado en una niña cabreada.

La noche que finalmente me dejó ponerle la boca encima estaba sonando Comfortably Numb, «la comodidad del letargo», que él mismo había estado tocando antes de acabar colocadísimos. Tener su polla dentro de mi boca hizo que me sintiera exculpada. No sé por qué. Pero una vez lo hube convertido, empezó a ir conmigo a cualquier sitio cuando se lo pedía.

Allí estábamos esa noche, rompiendo rodeados de nieve. Un plano fijo de la ira ebria con la cabeza gacha hacia la amable belleza. Bueno, pues se me fue un poco la olla, algo que me pasaba a menudo entonces, y empecé a discutir con él. No sé por qué. Recuerdo estar mirándole la coronilla y pensar: «Míralo, es un ángel», y, acto seguido, querer escupirle en la cabeza. Ya he dicho que no sé por qué. ¿Por qué comía papel de pequeña cuando tenía miedo? Tenía las bragas mojadísimas y la cabeza me daba vueltas, y tenía frío y calor a la vez, y aquello era precioso, todo nevado y llano y tranquilo y la música.

Así que fui a muerte. Es decir, se lo arrebaté al aire frío y oscuro con la misma facilidad con la que él tocaba de oído y lo envolví en ira injustificada y aliento a vodka y lo proyecté sobre su desprevenida coronilla; estuvo a punto de partirse el cuello. Como las veinteañeras que airean sus sentimientos con toda persona nueva que conocen. Chicas con heridas abiertas. Chicas a puñetazo limpio.

Y discutimos, yo por lo menos. Philip me eludía y refunfuñaba. Fuimos así hasta la ranchera, una tartana amarillo vómito de la marca Pinto con paneles que parecían de madera, y seguí discutiendo dentro del coche, y a él le tocó conducir con la ventanilla abierta porque estábamos mal de pasta y no podíamos arreglar el limpiaparabrisas, y estaba nevando. Iba sacando y metiendo la cabeza por la ventanilla para ver la carretera a la vez que se defendía, pero eso no me detuvo, ¿por qué iba a hacerlo? Más bien me crecí; me puse a gritar más fuerte y me puse más cachonda y me salió la rubia tonta que llevo dentro, el caos. Mi voz y mis manos, cada centímetro de mi piel, rezumaban la ira y el asedio de la voz de mi padre.

Philip es sinónimo de alguien a quien le encantan los caballos. O de hermandad. Gritar no formaba parte de él.

Y ahí fue cuando pasó.

Durante el crescendo de la ópera de mi ira. En el puto Pinto. A punto de correrme.

Se quedó dormido.

El coche empezó a ir más despacio y se ladeó ligeramente hacia el arcén, hasta que se quedó parado, y su cabeza cayó suavemente sobre el volante.

Recuerdo que me quedé un momento mirándolo fijamente, atónita por lo que acababa de pasar, observando con atención lo bonitas que eran su cara, su boca y sus cautivadoras manos de largos dedos…, consciente de que jamás podría seguir con un chico así porque la velocidad de corte de mi ira y mi confusión acabarían comiéndoselo vivo…, y sintiéndome tan triste como una chica que sabe que nunca tendrá a un chico así…, llorando… La luz verdiamarilla de las filas de farolas parpadeaba sobre nosotros… Entonces volví en mí y me puse a gritar a pleno pulmón: «¡Despierta, gilipollas! ¡Te has quedado dormido, joder! ¡Casi nos matamos por tu puta culpa!».

Después salí del Pinto, pegué un portazo y eché a correr con mis botas militares por un callejón nevado que había detrás de la casa nevada de algún desconocido. Corrí a trompicones sin parar por la nieve, entre el llanto y la risa, con las mejillas llenas de chorretones de lápiz de ojos e intentando meter la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta de cuero negra para sacar la petaca de vodka, sin volver la vista hacia la tartana con paneles de madera de mentira en la que estaba él, durmiendo, ¿o cantando?

Qué gran frase, ¿verdad?

Qué gran final.

Pero la vida no es una canción de James Taylor y las chicas como yo no huyen por la nieve y desaparecen.

No lo dejé con él esa noche.

Cuando lo dejamos definitivamente…, bueno, digamos que no tuvo nada que ver con ninguna canción de James Taylor. Y lo que hicimos estando inmersos en la ira, el amor y el sueño, lo que vivió y murió entre nosotros, aún sigue atormentándome.

Aquel dramático desenlace no era más que el principio.

Al final conseguí que se casara conmigo.

El otro Lubbock

Uno de los nadadores de los Red Raiders era camello. Creo que nunca vi a Monty sin estar fumado. Tenía la piel cenicienta y estirada, como suelen tener los músculos los deportistas. Siempre tenía ojeras. Tenía agujeritos en la cara. No vivía en la residencia, sino en una casa que compartía con dos chavales que no eran nadadores. Tenían un sótano en cuya puerta había una hoja de marihuana con una cara sonriente en medio. El paso estaba restringido, para entrar tenías que llamar a la puerta de una forma concreta.

Dos.

Tres.

Uno.

La primera vez que fui al sótano de Monty iba con Amy. Entramos en cuanto abrió; aquella noche éramos las únicas chicas. Íbamos buscando algo de riesgo. Me sentí rara por un segundo. Pero, curiosamente, enseguida dejé de sentirme así. Aparte de nosotras creo que había cuatro chavales. Uno estaba también en el equipo de natación. Cuando lo vi no discerní si tenía los ojos abiertos o cerrados, pero él sonrió, asintió y saludó con la mano.

La habitación estaba oscura, y no solo por las paredes pintadas de negro y llenas de cosas fosforescentes y de neón que brillaban en la oscuridad. La alfombra de pelo era de color rojo oscuro. Había un sofá viejo color mierda, tres lámparas de lava y tres pósteres: el Che, Jimi y Malcolm. En una esquina había un acuario con un buen puñado de tetras y un pez ángel que desprendía un brillo verdiazulado. Había una nevera pequeña, varias pipas de cristal y una mesa de centro enorme llena de cosas que es mejor no nombrar. Sonaba One Love.

Monty se acercó con unas pastillas en la mano y dijo: «Elegid una y luego os digo qué efectos tiene». Cogí una cápsula roja y amarilla.

Amy pasó meneando la cabeza y dijo: «Qué va, capitán fantástico». Acto seguido, buscó una pipa.

Monty me miró y se rio con la típica risa de colgado:

—¡Ja, ja, ja! ¿Y si te tomas dos?

—¿Qué se supone que hace?

—¿No quieres saber qué es?

—Solo quiero saber qué hace —dije, haciéndome la dura.

A aquellas alturas de mi carrera deportiva universitaria me importaba una mierda ser una ciudadana ejemplar. En las competiciones ni siquiera salía en el marcador. Nunca había nadie en la piscina para verme llegar a meta. Tuve suerte de no ahogarme. Me había convertido en una chica con la boca paralizada en un eterno «sí». Lo único que quería era experimentar, sobre todo si eso implicaba dejar la puta mente en blanco. A dejar de pensar en quién coño era. A dejar de preguntarme qué me estaba pasando. A dejar de mendigar amor, de quien fuera. Estaba abierta a tomar lo que fuera.

—Pues esta monada te deja totalmente grogui, como si estuvieras soñando.

Abrí la boca y me la tomé al momento.


Tenía razón: me dio sueño, pero no era como si estuviera soñando, así que le pedí otra. Aparecieron otras dos chicas. No tenían pinta de nadadoras. Demasiado delgadas, pelo largo y grasiento, esmalte de uñas con purpurina, tops palabra de honor, Levis, chanclas y risa tonta. Se tomaron un tripi y se pusieron a bailar.

Esa noche Amy intentó convencerme de que volviera a casa, pero Monty me persuadió para que no lo hiciera. No paraba de decir: «Yo la acompaño luego, de verdad».

La vuelta a casa fue una de las noches más divertidas de toda mi vida. Curiosamente, me acuerdo. Eran las tres o las cuatro de la mañana. Noche cerrada, cálida. Hicimos una parada técnica en el estanque reflectante del campus y me tumbé dentro con la ropa puesta, riéndome sin parar.

—Mira, ¡soy Ofelia!

—¿Entonces yo soy Hamlet? —preguntó Monty.

—¡¡¡Joder, sííí!!! —grité.

Me puse a hacer la croqueta en el agua, que cubría poco más de veinticinco centímetros; tenía focos acuáticos. Aparecieron los de seguridad y escribieron algo en unos papeles, dándoselas de polis; nos dieron las notas y nos dijeron que nos fuéramos a casa. Cuando se marcharon, nos las comimos. Luego fuimos a trompicones hasta un árbol y nos dejamos caer en el suelo. Estábamos fatal. Yo llevaba las bragas caídas, pero estaba demasiado ida para colocármelas, aunque Monty no parecía haberse dado cuenta. Luego estuvimos jugando a correr lo más rápido posible hacia los arbustos para sumergirnos en ellos. Al día siguiente, en el entrenamiento de natación, vi que estaba llena de rasguños y arañazos, y sentí que me flotaba la cabeza.

Otra.

Quería repetir.

Quería tomar una de cada color para ver qué sentía. No. Quería tomar una de cada color hasta dejar de sentir. Pero ni siquiera eso fue suficiente para una chica cuyo interior ardía en llamas.

Una noche, nada más entrar, ya me aguardaban unas rayas sobre un espejo. «Mira», dije riéndome, «¡soy Dorothy en El mago de Oz! ¡Amapolas!» Inhalaba polvo blanco y exhalaba entendimiento y sentimientos.


Lo que descubrí sobre Lubbock gracias a la gente que frecuentaba ese sótano era otro tipo de enseñanza. Habían secuestrado y asesinado al padre de no sé quién. La policía lo encontró en los corrales, debajo de pezuñas y mierda de vaca. Al hermano de uno le había dado una sobredosis mientras mataba a su novia con un trozo de espejo. La madre de otro había matado a su hermano y a su hermana, de siete y doce años, porque se lo había ordenado Jesús; le había susurrado al oído que eran malos. El tío de cierta mujer era un pedófilo, pero nadie de la familia estaba dispuesto a mandarlo al trullo, así que le dejaron vivir en el ático. El hermano de otra mujer vendía coca en la frontera. Habían encontrado al mejor amigo de uno, un mexicano, con las manos y la polla cercenadas junto a las vías del tren, y las habían dejado en una bolsa de basura. El hermanastro de Monty estaba en el hospital psiquiátrico por haber violado repetidamente a una niña retrasada de su barrio.

Solo puedo decir esto de una forma, sin rodeos. Esos dramas, esas historias terroríficas, sangrientas e inmorales… hacían que me sintiera mejor. Como la tele. Me sentía menos hija malparada. Menos estudiante fracasada. Menos puta. Menos deportista malograda. Y lo que había en el sótano ayudaba a que mis sentimientos salieran totalmente de mi cuerpo, así que no me hacía falta saber ni quién era, ni por qué ni nada.

Dos.

Tres.

Uno.

En el segundo año, cuando iba al sótano casi siempre estaba sola. Me daba igual que hubiera alguien más. Me daba igual cómo estuviera la habitación. Los pósteres de las paredes. Lo que hubiera por todo el sofá color mierda. Lo que me interesaba era lo que había en la mesa. Una cuchara, una bandeja con algodón, un mechero y una jeringuilla. Levantaba la cuchara y me la llevaba a la boca. Monty decía: «Ja, ja, ja, ¿dónde quieres?».


«Aquí», decía yo mientras me daba en el brazo con la palma de la mano para que se viera la vena.

Zombi

Parte de mi vida en Lubbock transcurría como si fuera un zombi. No de esos que comen carne. Qué asco, no soy caníbal. No, me refiero a uno muy funcional, como mucha de la gente que nos rodea, ¿no? Estamos… en todas… partes…

En el país de los zombis, una noche conocí a un doctor en Medicina en un club que esnifaba heroína como para matar a un elefante. La matrícula de su coche decía: «dr sta aki». Conocí a un policía con dolor de espalda crónico por una herida de bala que se la fumaba en pequeños cigarritos marrones liados por él mismo. Conocí a un escultor mexicano que la hervía con peyote. Conocí a una mujer que de día se dedicaba a cuidar bebés y de noche se evadía de la realidad, así que cuando iba a cuidar a los niños por la mañana aparecía con los párpados caídos. Mi profesora de escritura creativa, dos nadadores, un jugador de fútbol americano muy conocido, el dueño de un restaurante conocido, músicos, artistas… Sí, todos eran zombis adictos.

Me gustaba la dentellada de la aguja. Me gustaba fumar heroína. Aún me gusta ver la aguja penetrando en el brazo. Lo cierto es que se me hace la boca agua, incluso cuando lo veo en una película.

En treinta segundos pasaba de sentir a la nada.

Me gustaba la forma en que mi vida, lo que era y lo que no era, desaparecía como si nada.

Cuando entras en el país de los zombis todo se ve como si estuvieras debajo del agua, a cámara lenta y espeso. Las personas parecen caricaturas, se mueven demasiado rápido, y a veces la boca y los ojos adoptan formas extrañas, y los brazos y las piernas se transforman puntualmente en serpientes o en cabezas de animales. A veces te da la risa tonta en el momento más inoportuno. Ves las cosas como si estuvieras dormido. Es como un sueño lúcido.

En realidad, es exactamente como un sueño lúcido. Según la neurobiología, en un sueño lúcido la persona es consciente de que está soñando. Cuando el área del cerebro que normalmente está apagada se activa mientras soñamos, uno es consciente de que está soñando. La persona debe procurar dejar que el delirio continúe, pero sin dejar de ser consciente de que está soñando. Hay gente que dice que se trata de un recoveco entre el raciocinio y los sentimientos.

Los zombis también se mueven entre el raciocinio, los sentimientos y algo más. Pregúntale a cualquier zombi altamente funcional o rehabilitado y te dirá sin dudar que su vida era como estar soñando despierto. Ya lo creo que sí. Aunque para algunos es una pesadilla inefable.

En términos generales, a mí me gustaba el país de los zombis. Por ejemplo, podía tirarme todo el día sentada en el mismo sitio contemplando fascinada cómo cambiaba la luz en la pared hasta que se hacía de noche. En otra ocasión sumergí una mano repetidamente en pintura azul y cubrí de manos una pared blanca de mi apartamento. Aunque confieso que en un momento dado me sentí intimidada por ellas y me amenazaron con acabar conmigo; luego volvieron a ser buenas e incluso me cantaron hasta quedarme dormida con unas boquitas que tenían en las palmas.

Ahora que lo pienso, creo que estar zombi se parece mucho a estar hipnotizado o meditando. En la hipnosis y la meditación cambias la conciencia del mundo físico por un mundo subconsciente más profundo. Por eso a veces sientes que se te entumece el cuerpo. Ni a los zombis, ni a los hipnotizados ni a la gente que medita les asusta. En el país de los zombis, cuando estás tan relajado que se te afloja la boca como si fuera agua y los músculos se transforman en un torrente cálido es porque estás llegando a un lugar importante de tu mente. Muy profundo. Al mundo de los sueños.

Pero otra cuestión delicada sobre el país de los zombis es que en la dimensión de los sueños puedes experimentar distorsiones corporales, vibraciones y temblores extraños. La clave era mantener la calma. No significaba que te estuvieras convirtiendo en un cuáquero. Era normal. Significaba que tu cuerpo estaba listo para «ir» adonde lo estaba llevando tu mente. Significaba que ibas a empezar a volar.

El tiempo deja de existir. No hay pasado, ni presente ni futuro. O bien existen los tres a la vez. La ralentización y la dificultad para hablar, la pesadez de las piernas, la extraña sensación de que tus manos se transforman en bolas de plomo gigantes que te cuelgan de los brazos y se balancean lentamente; el trozo enorme de funda de almohada que tienes en la boca… Son transformaciones corporales necesarias para ir donde vas. Aunque recuerdo perfectamente que todo iba mejor cuando me quedaba en el apartamento. A falta de una forma mejor de expresarlo, cuando salía al mundo exterior estaba ciega y muda. Y además estaba el problema de las piernas y los brazos.

O quizá veía el mundo como realmente era, un lugar en el que no había sitio para una chica como yo. ¿Por qué no… me iba?

Otras veces no era tan guay. Como cuando me desperté debajo de un paso elevado con la cara en el asfalto, rodeada de mi propio vómito y con los pantalones por los tobillos. O cuando me desperté en la cama de un karateca rubio de ojos azules con un cordón de cuero alrededor del cuello. O cuando me caí desde el balcón de un segundo piso y me partí la crisma, y la mujer de los guantes de látex me tocaba la frente mientras íbamos en la ambulancia y me decía: «Lidia, ¿me ves? No te duermas, Lidia, hazlo por mí. Muy bien». Parecía un pulpo blanco debajo del agua. Pero guapa.

Soy una persona fuerte. Y la cuestión es que las cosas que pensaba que acabarían matándome, o quizá incluso las que quería que acabaran matándome, no lo hicieron. Recuerdo perfectamente pensar en que no tenía nada que perder. Cruzar la barrera entre la sangre y el cerebro. Entre el cuerpo y la mente. Entre la realidad y los sueños. La euforia llenaba el agujero que había en mi interior. Sin dolor. Sin pensar. Solo unas imágenes a las que seguir.

Durante un tiempo fui un zombi en Lubbock. Y en Austin. Y en Eugene.

Pero no fue tan épico como el resto de las heridas de mi vida.

Rehabilitación, recaída y recordar empiezan todas por erre.

Lo que no es

Esto no es otra historia sobre la adicción.

No es ni The Heroin Diaries, ni Trainspotting, ni William Burroughs ni En mil pedazos, que quede claro. No voy a salir en el programa de Oprah ni tengo varias anécdotas elocuentes sobre el tema que puedan competir con las tropecientas historias que ya hay sobre la droga. Esto no es Crank, ni Tweak ni Smack. No importa cuán rentables sean las historias sobre la adicción a las drogas: esta no es una de ellas. Mi vida es más normal. Más como la de todo el mundo.

Yo siempre seré adicta, eso está claro. Pero quiero hablarte de otra cosa. Más pequeña. Una palabra más pequeña, una cosa más pequeña. Tanto que podría viajar a través del torrente sanguíneo.

Cuando mi madre intentó suicidarse la primera vez, yo tenía dieciséis años. Se metió en la habitación de invitados de la casa de Florida y estuvo un buen rato allí. Llamé a la puerta y me respondió: «Belle, vete».

Cuando salió más tarde, fue al salón a sentarse. Yo entré en la habitación y vi un bote de pastillas para dormir casi vacío. Estábamos solas en casa. Cogí un montón de botellas de vodka y pastillas y se las llevé al salón, con los ojos llenos de lágrimas y de miedo y la mente a mil por hora. Ella me miró con una dureza que no recordaba haberle visto jamás y con una concentración insólita para mí. Su voz sonó extrañamente seria y dos octavas por debajo del acento sureño alegre y pastoso al que estaba acostumbrada. Entonces me dijo: «Vete, esto no es cosa tuya. No voy a contarte nada». Y se puso a ver la televisión. Estaban echando Hospital general.

Me fui directa al baño, me senté en la taza y me comí una bola de papel higiénico. Tenía la cara ardiendo. Me eché a llorar desconsoladamente. Un llanto que más que sollozos eran gemidos guturales. Hice fuerza con el bíceps y di un golpe en la pared del baño. Apareció una grieta pequeña. Me empezó a doler la mano al momento. Me sentía sola, como si no tuviera madre ni padre, al menos no los que yo quería. Cuando salí del baño sentí ganas de matarla.

Eso me asustó muchísimo. No llamé a mi padre ni a una ambulancia. Llamé a mi hermana, que vivía en Boston, donde estaba estudiando un doctorado, intentando borrar sus orígenes. Me dijo que llamara a una ambulancia y luego a papá. Mi madre seguía en el salón viendo el culebrón.

Aún no sabía que el deseo de morir podía adoptar la forma de un canto sangriento que habita en tu cuerpo de por vida. Aún no sabía la profundidad con la que la melodía de mi madre había calado en mi hermana y en mí. No sabía que algo como el deseo de morir podía personificarse en una de las hijas como la capacidad de rendirse en silencio y en la otra como la capacidad de mirar de frente a la muerte. Parece que no era consciente de que éramos hijas de nuestra madre.

Mi madre no murió, no ese día. Al final llamé a una ambulancia, la llevaron al hospital y le hicieron un lavado de estómago. Le diagnosticaron un trastorno maníacodepresivo grave, y el médico la mandó a psicoterapia como parte de su recuperación. Fue cinco veces. Entonces, un día llegó a casa y dijo: «Se acabó». Pero cuando llegó era una mujer muerta disfrazada de viva. Beber. Tranquila pero segura. Lo que hizo después… Bueno, a veces cuesta diferenciar entre la ira y el amor.

Cuando tenía diecisiete años, mi madre me metió en un centro ambulatorio donde trataban a adolescentes adictos a las drogas. Un día, haciendo la colada, encontró hierba en un bolsillo de un pantalón mío. El lugar al que iba a tener que ir todos los días durante ocho semanas era una versión suave de los Jemeres Rojos. Allí me dijeron que la «salud conductual» era «la puerta hacia la alternativa y la esperanza». Ese era el lema. No encontré alternativas ni esperanza al otro lado de la puerta. Encontré biblias y cristianos con boca de caimán, un marcado acento sureño y bronceados a punto de convertirse en cáncer de piel que me daban consejos sobre autoestima y sobre llevar una vida de provecho. Me alimentaron de pasajes bíblicos. Todos los días me llevaba el Frankenstein de Mary Shelley como apoyo moral. Siempre me obligaban a dejarlo en el mostrador, pero yo sabía que estaba allí. Sabía que me cubría las espaldas, no como mi madre.

Al otro lado de la puerta hacia la alternativa y la esperanza estaban las chicas más tristes que he conocido en mi vida. No porque las pegaran o porque abusaran de ellas o porque fueran pobres o estuvieran embarazadas o porque se pincharan en el brazo o porque se llenaran la boca de pastillas o los pulmones de hierba o su garganta, siempre obstruida, de alcohol. Eran las chicas más tristes que he conocido en mi vida porque todas y cada una de ellas llevaban en la sangre la posibilidad de perder una oportunidad y convertirse en sus madres.

Mi ira pasó a ser una ira atómica. Pero cumplí mi condena. Cuando terminé me dieron un diploma. Quería pegarle a mi madre en la cara, esa mujer hipócrita con la cara hinchada que se pimplaba casi un litro de vodka a diario. Pero era la misma mujer que un año después firmaría los papeles de la beca. Así que no le partí la boca a mi madre. Solo pensaba en una cosa: largarme, aguantar la respiración hasta que pudiera irme. Eso se me daba bien. Puede que mejor que a nadie. El dolor de esta mujer iba a matarme.

Años después, tras ser expulsada de la universidad, estuve viviendo sola en Austin en un apartamento de mierda cerca de la autopista. Me metí en algún que otro lío más cuando viví sola, lo que me llevó a una nueva ronda obligatoria de terapia para desintoxicarme de las drogas y el alcohol, esta vez de seis semanas, en un sótano muy extraño de una clínica para personas desfavorecidas: pobres, mexicanos, madres solteras, afroamericanos y yo.

Esta vez tenía que «dar sentido al tránsito de la vida derribando las barreras espirituales». Una consigna sanadora diferente. Más cristianos hipócritas y pretenciosos. Hasta había una mujer en las sesiones que se llamaba Dorothy, como mi madre, como en El mago de Oz. También cumplí mi condena y me fui con otro diploma. Créeme si te digo que acabé dando «sentido al tráfico de la vida». Con el tiempo.

Así que esto no es una historia sobre la adicción.

Es simplemente que tengo una hermana que, con diecisiete años, llevaba ya casi dos años yendo por ahí con cuchillas de afeitar en el bolso preguntándose si sería capaz de sobrevivir a la larga espera que le quedaba para dejar atrás su familia.

Su primera ronda.

Es simplemente que mi madre, una mujer de mediana edad, se atiborró de pastillas para dormir mientras estaba sola en casa con su hija la nadadora, que fue testigo de su voluntad.

Su primera ronda.

Y ahora ya sé qué voluntad era esa. La voluntad de algunas madres e hijas heredada por vivir en un cuerpo que puede portar vida o acabar con ella.

La voluntad de destruir.

Canción de amor tortuosa

Philip acabó escribiéndome una canción. De verdad. Y no hablaba de cómo mi vida se alejaba vertiginosamente de la intrépida nadadora hacia la comodidad del letargo. Tampoco de los tres abortos que tuve antes de cumplir los veintiuno. Ni siquiera de lo mucho que gané chupándosela a texanos debajo de la mesa y bebiéndome su leche. Ni de todas las noches que le hice entrar en casas ajenas igual que mi padre entró en mí.

La canción que me escribió era básicamente instrumental. Pero has de saber, y mi arcángel y su pareja pueden corroborarlo, que tocaba la guitarra acústica mejor que…, sí, mejor que James Taylor. Así que la canción se caracterizaba por un tono bastante épico, ya mucho antes de que el sello discográfico Windham Hill ganara renombre. Pero tenía un estribillo breve y lleno de ternura que salía como de la nada, más bien, salía del mismo corazón de la música, de lo más profundo. Dice así: «Children have their dreams to hang on to. How they fly, and take us to the moon. They flow from you. They flow from you».

La primera vez que la escuché estábamos sentados en un tronco que había sido arrastrado por el agua, el día de nuestra boda, que fue en la playa de Corpus Christi, en Texas. Y yo no fui la única que se quedó sin respiración por el nudojoderquénudo en la garganta mientras de mis ojos manaba un agua salada que nada tenía que envidiarle al océano. Toda la cuadrilla allí reunida se puso a llorar a moco tendido. Nada, absolutamente nada de mí era merecedor de esa canción. Pero muy dentro de mí, en la caverna en la que la había escondido, había una niña muy pequeña y muy asustada que sonrió.

¿Es eso amor? ¿Qué era? Sigo sin saberlo. Quizá sí. Pero nadie sabe bien cómo referirse a él. Viene y va, como las canciones. Pero sí sé que es lo típico que pasa en los cuentos.

Philip y yo intentamos seguir adelante como eso que llaman «casados». En Austin, Texas. No sé explicar por qué se fue a la mierda. Vale, es mentira, y muy gorda. Sé perfectamente por qué se fue a la mierda, pero no quiero tener que decirlo. Bueno, ya lo contaré más adelante, ¿vale?

Mientras intentábamos comportarnos como un matrimonio en Austin, él consiguió trabajo en una empresa de rotulación; fue lo único que encontró. Eso es lo que pasa con los artistas: un hombre con el mismo talento que cualquiera de los pintores más respetados de la historia del arte acaba trabajando en una compañía de rotulación. Yo conseguí un trabajo en ACORN —sí, ese ACORN—, pero a mí no me importaban una mierda ni la humanidad, ni las causas comunes ni la comunidad. Por aquel entonces, poco quedaba que no me importara una mierda. Había fracasado tan estrepitosamente como deportista, como estudiante, como esposa y como mujer que me sentía como si me hubiera vomitado un animal. Era una bola de piel humana.

Pero si hay algo que tengo claro es que las mujeres malparadas creemos que no nos merecemos que nos traten bien. De hecho, cuando lo hacen, nos desquiciamos un poco. Nos sentimos amenazadas. Mucho. Porque si admito lo muchísimo que necesito que me traten bien también tendré que admitir que escondí esa parte de mí que se lo merece en un pozo de tristeza. No estoy de broma. Es como abandonar a una niña en el fondo de un pozo porque es mejor que la vida que le espera. No maté del todo a la niña pequeña que tenía dentro, pero, joder, estuve cerca.

Así que me puse manos a la obra y me lo cargué todo.

Lo primero que hice fue emborracharme una noche y darle un puñetazo a Philip en la cara. Sí, le di un puñetazo justo en la cara al músico y pintor con más talento que he conocido en toda mi vida, y a su vez el hombre más pasivo y amable que jamás he conocido. Con todas mis fuerzas. ¿Quieres saber lo que le dije? «No anhelas nada. Tu indiferencia me está matando.» Elegante. Inteligente. Maduro. Emocionalmente impresionante. Soy igual que mi padre.

Lo segundo que hice fue conseguir que me despidieran de ACORN, lo cual es difícil, pero lo odiaba. Odiaba tener que ir casa por casa bajo el sol texano para pedir dinero a unos gilipollas a quienes lo único que les importaba era su próximo café con leche y qué vaqueros más caros que mi alquiler se iban a comprar. Solía ir a unas diez casas o así, las justas para conseguir dinero para cerveza. Luego me sentaba en el bordillo, fumaba hierba y bebía. Y luego rellenaba las encuestas con direcciones y nombres falsos.

La tercera cosa que pasó es que me quedé embarazada. Todavía no tengo claro cómo, porque tomaba la píldora. Y JT y yo cada vez hacíamos menos el amor, qué sorpresa. Pero un espermatozoide logró subir y, contra todo pronóstico, entrar. Se me partió el puto corazón.

Mira, sin rodeos. Dejando a Philip al margen, mi yo de entonces habría abortado. Pero algo en él y algo aún más profundo dentro de mí, como una piedra azul lisa escondida, hizo que me fuera imposible elegir. Y, aun así, no era viable seguir fingiendo que la vida que teníamos juntos no era más que una canción country triste, así que cuando mi barriga empezó a transformarse en una montaña hice lo único que podía hacer teniendo en cuenta el Frankenstein que llevaba dentro. Llamé a mi hermana, que vivía y trabajaba en Eugene como profesora de Estudios Ingleses en la Universidad de Oregón, y le pregunté si podía irme a vivir con ella. A pesar de que me dejó sola cuando era pequeña; a pesar de los muchos años que nos llevábamos, y a pesar de su fructífera vida académica y de mi vida, una bola de fuego temeraria, lo cierto es que ambas nos habíamos convertido en mujeres adultas que tenían vidas de mujer adulta. Y eso significaba que teníamos algo en común: la tiranía de la cultura diciéndoles a las mujeres cómo deberían ser.

No es posible explicar con palabras la rapidez y la seguridad con la que dijo que sí. Quizá llevara tiempo esperando a que volviera con ella, a cuestas con mi enorme barriga, para traer al mundo y criar juntas a un niño, para formar una familia atípica. Esa era la única historia que me veía capaz de vivir. Y a pesar de que se marchó y me dejó sola para poder sobrevivir, supo cómo hacer hueco para la hermana, el bebé y ella. Pero también sé que para ella fue un sacrificio acoger a una hija como si nada.

Philip acabó yéndose a Eugene también, pero vivía en la otra punta de la ciudad. Apenas nos veíamos. Encontró trabajo en la librería Smith Family, y yo me puse a estudiar lengua y literatura. A veces nos topábamos y nos clavábamos la mirada, y a mí me costaba respirar. Me llevaba la mano al vientre para sentir lo que había entre nosotros. Era lo único que podía ofrecerle.

Y esa es la razón por la que no quise contarlo antes. Yo era el problema. Yo soy la razón por la que lo dejamos. No podía con su amabilidad y su bondad. Pero tampoco podía cargármelas.

Drama familiar

Cuando mi hermana tenía dieciséis años y yo ocho, ella me obligaba a «hacer» cosas.

Por ejemplo: «Dale un mordisco a esta manzana y sujétala con la boca. Sí, así. Y ahora, quieta, quieta…». Después me la arrancó de los dientes y la lanzó al otro lado de la habitación; mi cabecita rubia salió disparada hacia la izquierda por el impulso y me mordí el labio inferior.

O esto: «¿Ves ese cenicero? Sopla sobre él. Una, dos y tres».

Se me llenaron de ceniza la nariz y la cara.

O esto otro: «¿Has visto qué bonitos los carámbanos que cuelgan del tejado? Venga, chupa este. ¡Qué guay!».

Habría hecho lo que fuera por ella.

Voy a decirte una cosa desde ya: de pequeña adoraba a mi hermana hasta el punto de ponerme bizca y desmayarme. Para mí era como una diosa. Por un lado, tenía el pelo caoba más grueso, largo y bonito que he visto en mi vida. Era mejor que el de esas estúpidas muñecas que mi madre seguía comprándome, que con solo tirar se lo arrancabas de la cabeza: Crissy, que tenía el pelo color caoba, y Velvet, más baja y con el pelo rubio platino. Pero mi cabeza era como… un bastoncillo para los oídos; tenía el pelo muy fino, como pelusilla, y decolorado por el cloro. Por mucho que lo intenté, nunca conseguí arrancarme el pelo.

Por otro lado, era capaz de leer y después recitar de memoria escenas de Shakespeare. Había visto la versión adulta de Romeo y Julieta y tenía el disco. Pintaba cuadros de verdad que acababan colgados en paredes. Tenía un portafolio negro casi tan grande como yo (que yo pensaba en secreto que podría servir de trineo). Escribía poemas, hablaba francés, tocaba la guitarra y la flauta dulce, cantaba, patinaba sobre hielo… Y lo hacía todo muy muy bien. ¿Y yo? Con ocho años menos, aparte de nadar, lo único que sabía hacer era vestirme. Era raro el día que ni lloraba, ni me meaba encima ni me balanceaba como un mono.

Y, además, tenía tetas.

Las tetas son la varita mágica de las mujeres. Blancas, grandes e inexplicablemente apetecibles.

Pero cuando antes dije que habría hecho lo que fuera por ella no me refería a nada de eso. Me refiero a sentir cierto placer ingenuo cuando me sometía a pequeños actos de humillación, que yo asociaba a una forma femenina. Las cosas que me obligaba a hacer me producían quemazón y hormigueo en la piel. Tenía una belleza severa e imponente.

Cuando mi hermana empezó a hacerse mayor, mi padre comenzó a mostrar interés en sus muchos talentos. Alardeaba de ella y decoraba su oficina con sus fotos. Donde solo salía ella.

Su profesora de arte la fue sacando poco a poco al mundo exterior. Ella la ayudó a enmarcar sus acuarelas, flores gigantes con tintes eróticos, un poco como las de Georgia O’Keeffe, y a exponerlas en galerías de arte locales.

Tocaba la guitarra y cantaba en su habitación con la puerta cerrada para dejar al otro lado la palabra «familia», pero, en el mundo exterior, su profesora de arte la ayudó a ella y a un amigo a que actuaran juntos en bares locales para sacarse algo de dinero. Y cuando aprendió a hacer flores de papel gigantes, su profesora también la ayudó a venderlas. Su arte se estaba abriendo camino.

No es que me diera cuenta de todo eso con ocho años. A esa edad lo único que veía era la forma en que él le miraba el pelo. Lo único que oía eran sus gritos, que duraron el mismo tiempo que duró su paso de niña a mujer, terremotos que lo dejaban todo sin vida y sacudían los cimientos de la hija.

Pero puede que no recuerde bien la edad que tenía. Puede que tuviera diez años. O quizá seis. O tal vez treinta y cinco y a las puertas de mi segundo divorcio. No sé cuántos años teníamos entonces. Solo sé que la ira de mi padre era la base que sustentaba nuestra casa.

Una vez, estando en el recibidor a punto de salir de casa para ir al instituto, le gritó: «Madre mía, pareces un vagabundo con esos vaqueros y esa camisa tan ancha que parece un saco. ¿Quieres que te confundan con un hombre? Joder, es que pareces un hombre». Yo observaba escondida tras la puerta de mi habitación y vi que tenía la cara muy cerca de la de ella, que miraba al suelo tras una cortina de pelo caoba. Luego levantó la cabeza y lo miró a los ojos, con los libros de literatura y arte en el pecho a modo de escudo. Eran prácticamente iguales. Me estaba meando y eso hizo que me doliera.

Cuando era más mayor, mi hermana empezó a ir al instituto con un vestido largo antiguo de un color gris polvo tirando a morado. Y a veces salía con unos chicos, Victor y Park, mucho más mayores que ella, hombres que se la llevaban lejos de casa durante horas y horas; mi padre se fumaba un cigarro tras otro y transformaba el salón en una chimenea mientras veía Todo en familia y daba golpes en el mullido brazo del sillón.

Pero para mí el gran acontecimiento fue cuando se mudó al sótano, a una habitación espeluznante que no usábamos nunca. A mi padre no le quedó más remedio que presenciarlo, porque mi madre le había dado permiso a sus espaldas. Mi hermana, cuando estaba en el instituto, ya era más lista que mi madre, que no había ido a la universidad, pero mi madre tenía la astucia del superviviente, la destreza de un animal.

Yo no daba crédito a ese movimiento: mi hermana se iba a mudar al vientre de una casa encantada por voluntad propia. Yo ni siquiera era capaz de pisar el suelo de cemento a medio acabar del lavadero del sótano sin un adulto, más allá de las horribles escaleras enmoquetadas de azul, más allá de los aparadores inacabados de un negro traicionero que había en el pasillo del sótano. Con esos olores innombrables y esos ruidos estremecedores de mazmorra, el golpeteo de las tuberías y los crujidos de la madera. Se iba a la otra punta de la casa, a una habitación a la que a mí me sería imposible llegar sin desmayarme en el intento. Recuerdo que le pregunté a mi madre si se podía morir de «hipoventilación».

A veces me quedaba parada en el rellano de la escalera enmoquetada de azul mirando la garganta que formaban los escalones, deseando verla. Entonces levantaba un pie para dar un paso, pero acto seguido me entraba vértigo. Me acababa rindiendo, suspirando melancólicamente y con un nudo en la garganta. Incluso aunque consiguiera llegar hasta la mitad de la escalera, llegaba un momento en el que empezaba a marearme y a arderme el pecho. Me agarraba a la barandilla como si me fuera la vida en ello y decía su nombre al aire, con la esperanza de que fuera a buscarme.

Si lograba bajar la escalera sola hasta el comienzo del pasillo de los horrores —un pasillo sin luces—, la única forma que tenía de estar con ella era cerrar muy fuerte los ojos y los puños, contener la respiración y correr… Cuando llegaba al interruptor de su habitación dejaba escapar un pequeño y triste susurro. No sé cómo hacía para no darme contra la pared.

Sin embargo, su habitación… Estar en su habitación era como estar dentro de un cuadro. Tenía la colcha que nos había hecho a mano nuestra abuela, con los colores de las estaciones extendiéndose a lo ancho de su cama. Música y libros y velas y cajitas de madera llenas de bisutería o conchas o plumas. Incienso y brochas y peines y flores secas. Pinceles y trozos de papel grandes y cuadrados y lápices de dibujo. Vestidos de terciopelo y mocasines de piel y vaqueros con pata de elefante. Una guitarra. Una grabadora. Un tocadiscos con altavoces.

Cuando estaba en su habitación era imposible imaginar que la sala de tortura del lavadero estaba apenas a un metro de distancia.

Me dejaba meterme en la cama con ella y nos revolvíamos debajo de las sábanas, formando un útero con el calor de nuestros cuerpos. «Sábanas de acuarela», decía ella, y yo casi hipoventilaba de placer. A veces contenía la respiración o hacía circulitos repetidamente con el pulgar y el resto de los dedos. Sonreía como un pequeño trol atolondrado. El olor a piel de chica me colocaba.

Volver arriba no era nada, porque ella me acompañaba. Volvía al supramundo de las cosas.

Qué gran ocurrencia dejarnos arriba y vivir allí abajo ese año. Qué ingenua era yo, que no entendía dónde estaba el peligro.

Una vez llamaron a casa del instituto de mi hermana. Se había metido debajo de una mesa del aula de arte y le había dicho a su profesora Baudette, con mucha calma pero con una firmeza inquebrantable, que no iba a volver a casa.

Nunca.

Mis padres tuvieron que ir a ver a los responsables del instituto, y la profesora de arte, Baudette, que mi hermana había convertido en su familia, le explicó a la boba de mi madre que mi hermana no podía estar cerca de mi padre. Que iba a ser necesario ir a sesiones de orientación. Cuando oí los nombres de sus profesores me parecieron mágicos: señor Foubert, señor Saari, Baudette. Yo me senté en una esquina de la secretaría del instituto y me comí un trocito de papel para reprimir el llanto.

Todavía me acuerdo del nombre del orientador: doctor Akudagawa. Recuerdo que cuando se iban a las sesiones me abandonaban en casa de algunos amigos de mis padres. Recuerdo que mi padre nunca bajaba al sótano y que ella rara vez subía.

Recuerdo que mi hermana cada vez estaba más cerca del último acto: irse a la universidad. (La hija hace mutis por la izquierda del escenario.)

Recuerdo que la ira de mi padre se instaló en casa para siempre.

Recuerdo pensar que yo sería lo que quedaba de ella cuando me dio un mechón de su pelo a modo de recuerdo.

Recuerdo pensar que la mirada de mi padre cambiaría de dirección.

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Дата выхода на Литрес:
20 сентября 2024
Объем:
272 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9788412460803
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Правообладатель:
Bookwire
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