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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 293


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por SUSANA M.a LIZCANO REJANO.

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2001.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO377

ISBN 9788424933203.

INTRODUCCIÓN*

EL SOFISTA Y EL EMPERADOR

Cuando el 18 de julio del 362 el nuevo Augusto, Flavio Claudio Juliano1, hizo su entrada en el límite provincial de Siria acompañado de su comitiva, tuvo lugar el primer contacto seguro entre el Emperador y Libanio, que era, sin duda alguna, el sofista más destacado de Antioquía. El Monarca se presentaba en la capital siria para preparar la campaña militar más ambiciosa de su breve pero fulgurante carrera y, como era de rigor, los representantes de la curia y personalidades más importantes de la ciudad aguardaban en la frontera a su nuevo señor. Como sofista oficial, Libanio se encontraba entre los asistentes, pero, como ya era costumbre en él, ocupaba un lugar discreto y alejado de todo protagonismo. En su Ep. 736, dirigida al gobernador de Cilicia, Celso, y escrita pocos días después de los acontecimientos, describe el momento del encuentro:

Casi no te había dejado a ti, cuando el Emperador se reunió conmigo. Y por poco, no pasó de largo sin decirme nada —tanto había cambiado mi rostro por culpa del tiempo y la enfermedad—. Pero, nada más decirle su tío homónimo quién era yo, hizo un sorprendente movimiento sobre su caballo. A continuación, tras tomarme de la mano, no me la soltaba y me abrumaba con las más graciosas chanzas, más dulces que rosas, y ni yo mismo me abstenía de bromear. Era admirable por dos razones: por lo que decía y por lo que se dejaba decir. Después de haberse concedido a sí mismo un descanso y haber regocijado a la ciudad con carreras de caballos, me animó a pronunciar un discurso. Así que lo hice a petición suya, no por haberlo importunado yo. Y él disfrutaba con mi lectura, confirmando así lo que yo sostenía en el proemio: pues decía allí que él consideraría hermoso todo lo mío porque me amaba, y así sucedió.

Con pocas variaciones y claras reminiscencias del encuentro entre Marco Aurelio y Elio Aristides2, vuelve a describir el episodio en la primera redacción de su Autobiografía (Disc. I 120), compuesta hacia el año 374:

Este emperador, el más sabio y justo, el más diestro en la retórica y en las artes de la guerra, enemigo solamente de los impíos, cuando vio que nuestros embajadores se presentaban ante él sin llevar consigo cartas mías, se dolió y exclamó: «¡Oh Heracles! ¿El que ha soportado tantos peligros a causa de sus escritos, calla ahora que tiene seguridad?» Añadió que consideraba una ganancia y que habría valido la pena el camino recorrido, si podía verme y oírme hablar. Y cuando estaba en los mismos umbrales de la ciudad, nada más verme, me dijo lo siguiente: «¿Cuándo podremos escucharte?».

A partir de ese momento y tras solventar algunos problemas iniciales, comenzó una sincera amistad a la que el sofista se mantuvo fiel hasta el final de sus días. Sin embargo, determinar cuál fue la relación entre ambos antes de este encuentro es sumamente complicado, ya que los testimonios anteriores a éste son escasos y de difícil interpretación.

En primer lugar, pudo haberse producido un primer contacto en Constantinopla. Libanio se había instalado en la capital del Bósforo como profesor de retórica desde el año 340, cuando Juliano contaba sólo nueve o diez años de edad y su educación era supervisada por el obispo Eusebio y su querido pedagogo, el eunuco Mardonio (cf. Disc. XVIII 11 y XIII 9). Sin embargo, en este último pasaje, Libanio sólo dice que Juliano empezó a ir al colegio justo cuando él comenzaba su labor docente, no que ambos coincidieran en la misma ciudad. De hecho, tras la masacre de su familia en el 337, Juliano fue enviado a Nicomedia y allí se educó, y no hay pruebas de que acompañase a Eusebio a Constantinopla cuando éste fue nombrado, al año siguiente, obispo de aquella ciudad, motivo por el que tuvo que abandonar a su imperial pupilo. Así, la mayoría de los críticos suponen que el eunuco escita se hizo cargo en solitario de la educación del niño, hasta que Constancio II decretó su encierro en Macellum (años 341-347).

Más probable parece que ambos coincidieran en Nicomedia durante el curso escolar 348-349. Después de abandonar el encierro de Macellum, Juliano siguió las clases de Nicocles y Hecebolio en Constantinopla y, poco después, se trasladó a Nicomedia, donde Libanio impartió clases de retórica desde el curso 344-345, hasta el curso 348-349, año en el que fue trasladado forzosamente a Constantinopla por orden del emperador Constancio II3. Sin embargo, aun siendo cierto que ambos coincidieran aquel curso en Nicomedia, tampoco fue Juliano alumno oficial de Libanio, ya que, como reconoce el sofista, el joven se limitó a seguir sus clases en secreto, pues sus preceptores cristianos le prohibieron expresamente asistir a las clases de tan destacado profesor pagano. Juliano se las ingenió para conseguir los apuntes de clase del sofista pagando a un barquero para que se los trajera4.

A pesar de que la relación entre ambos no fue, ni pudo ser, estrecha, ya que el cauto príncipe no debía ser visto en compañía de un pagano militante como Libanio, éste dio gran importancia a su influjo sobre el joven y no duda en proclamarse padre espiritual de Juliano5. Sin embargo, éste jamás cita en sus escritos a Libanio como maestro suyo, honor que corresponde con más justicia al eunuco Mardonio, quien le inculcó su amor por la literatura clásica, y a Máximo, su iniciador en los misterios del neoplatonismo. Además, el interés de Juliano por la oratoria era muy inferior a su amor por la filosofía, aunque sus discursos revelan un conocimiento profundo de las reglas retóricas. En su afán por atribuir a la estancia de Juliano en Nicomedia una importancia capital, Libanio fecha en aquel año su conversión a la fe pagana, a pesar de que el propio Juliano la sitúa en el 351 (Ep. 111, 434d):

Sin embargo, éste fue el comienzo de los mayores bienes para él y para el mundo. Porque allí (sc. Nicomedia) permanecía oculta una chispa del arte adivinatoria que, a duras penas, había escapado de las manos de los impíos. Gracias a ésta, tuviste la oportunidad de rastrear por vez primera lo oculto y, subyugado por los oráculos, refrenaste tu vehemente odio contra los dioses6.

Es evidente que la relación entre ambos debió de ser muy superficial, lo que no excluye cierta admiración que el joven estudiante pudiera sentir por un orador brillante que defendía los ideales helénicos que Mardonio le hizo amar. No se debe exagerar la importancia de la relación epistolar7 que pronto entablaron ambos, ya que parte del oficio del sofista consistía, precisamente, en mantener estrechas relaciones con los representantes del poder imperial. Desde el nombramiento de Juliano como César8, en el año 355, la correspondencia entre ambos es fluida a pesar de la distancia (cf. Ep. 369 y 35, ambas del 358), hecho que nos hace pensar que Libanio podría conocer la conversión de Juliano al paganismo. Así pues, nada nos autoriza a considerar esta correspondencia como una expresión de amistad personal. Es más sencillo imaginarse a Libanio cumpliendo con su deber de sofista y portavoz de las aspiraciones de los intelectuales paganos de Antioquía, que ven en el joven Juliano una firme esperanza para devolver a la retórica y a los dioses a su situación anterior a Constantino. De hecho, no debe de ser casual que la correspondencia se inicie después de la victoria de Juliano en Estrasburgo (junio del 357), cuando Juliano se ha ganado una merecida reputación y ya posee el mando efectivo de las tropas de las Galias. Precisamente, la Ep. 369 tiene como objeto felicitarlo por sus victorias militares. Aún más : si leemos atentamente el final de esta carta, podemos apreciar cómo Libanio reprocha a Juliano, en tono irónico, que aún no le haya distinguido con un regalo que testimonie públicamente el favor imperial —como, en efecto, ya había hecho Juliano con otros sofistas—, favor que no le fue concedido9. Incluso, en una epístola que Libanio dirige al sofista Demetrio de Tarso, en el invierno del 359-360 (Ep. 283, 3-4), nuestro autor expresa su temor a describir las veleidades del reinado de Galo en Antioquía, para no molestar a su hermano Juliano:

Mas siento temor de que esa parte del discurso esté bien, pero que esa bondad cause un mal a su autor. Porque si bien aquél (sc. Galo) está muerto, el que está vivo (sc. Juliano) tiene poder para causármelo en su lugar.

No parece, por tanto, que entre Libanio y Juliano existiera una especial amistad personal. Además, Libanio no mantenía contacto con los ambientes neoplatónicos en que se había movido Juliano antes de su nombramiento como César, mientras que, por el contrario, su relación con buena parte de los altos funcionarios y cortesanos de Constancio II eran excelentes. Se pueden citar no pocos nombres: Estrategio Musoniano, Hermógenes, Daciano, el magister officiorum Florencio y Anatolio. Libanio, autor en el año 349 del panegírico a Constancio II y Constante (Disc. LIX), no era considerado, precisamente, un elemento subversivo a pesar de su inequívoca tendencia religiosa. Sólo cuando se produjo la usurpación de Juliano en el 360 y Constancio II se vio forzado a vigilar más atentamente posibles focos de rebelión y adhesión al usurpador, la situación cambió considerablemente. El prefecto del pretorio de Iliria, Anatolio, fue sustituido por Florencio, enemigo personal de Juliano, y el prefecto del pretorio de Oriente, Hermógenes, por Helpidio, sobre los que Libanio no ejercía influencia alguna. En Antioquía hubo algo muy parecido a una persecución de sospechosos, lo que pudo irritar sobremanera al sofista. En sus Ep. 656, 2 y 661, 3-4 se queja de tener que elogiar, debido a la tensa situación política, a personas poderosas pero completamente estúpidas.

Cuando Constancio II muere en Mopsucrene de Cilicia, el 3 de noviembre del 361, y Juliano es aclamado como único emperador, el nuevo Augusto comienza a captar colaboradores entre los intelectuales de la época, pero no tenemos constancia de que Libanio estuviera entre ellos. Sin embargo, el sofista se apresuró a hacer patente su lealtad al nuevo régimen enviando una cortés epístola (Ep. 694) a Máximo de Éfeso, maestro y colaborador de Juliano, en febrero del 362. Pero tampoco en esta ocasión recibió Libanio una invitación formal para unirse a la corte de Constantinopla.

Por todo lo dicho, no es de extrañar que, cuando Juliano hizo su entrada en Antioquía, no se produjera un emotivo encuentro entre el Emperador y el sofista, sino más bien un saludo formal como correspondía a la posición de ambos. Que el Augusto rompiera las reglas del protocolo para saludar a Libanio no era excepcional, ya que, precisamente, era éste un rasgo característico de la personalidad de Juliano, quien, por otra parte, deseaba establecer distancias entre su reinado y el del protocolario Constancio II. Muy al contrario, el hecho de que Juliano no bajase del caballo y no le diese un beso10 como muestra de afecto, situaba a Libanio irremediablemente en un rango secundario.

Libanio adoptó, desde el principio, una postura ambigua. Por una parte, procuró mantener una actitud digna, ajena a la más leve sospecha de adulación, pero, por otra, deseaba ardientemente ocupar una posición destacada en el nuevo gobierno, especialmente ahora que el emperador que se proponía la restauración del culto de los dioses se hallaba presente en la ciudad. Esta duplicidad explica su accidentada relación inicial con la corte. Cuando Libanio pronuncia su discurso de bienvenida a Juliano (Disc. XIII), ya reclama su elección como panegirista oficial del nuevo régimen, petición que había de reiterar en su Ep. 610. Sin embargo, como revela en Disc. I 121-123, se negó en todo momento a formar parte del grupo de aduladores que asistían a los sacrificios que Juliano oficiaba en los jardines del palacio imperial, lo que podía ser tomado por Juliano como un gesto de rechazo a su política religiosa.

Gracias a su afán por hacer patente su espíritu independiente, nos enteramos de la enorme distancia que, en un principio, existía entre Libanio y la corte de Juliano. Incluso, nos informa de cómo entre él y un poderoso cortesano, posiblemente Máximo de Éfeso, existían grandes diferencias. La relación con el propio Juliano se deterioró hasta el punto de enviarse notas recriminatorias:

Un día acudió Juliano al templo de Zeus Filio con la intención de hacer unos sacrificios, y como viera allí a los demás (pues eso es lo que deseaban, y hacían lo que fuera para dejarse ver) y fuera yo el único al que no contemplara mezclado entre la muchedumbre, por la tarde me preguntó, por medio de una tablilla, qué motivo me había impedido acudir, mezclando duros reproches con halagos. Así es que, cuando leyó la respuesta que le di en la misma tablilla, se dio cuenta de que yo sabía lanzar puyas tan bien como recibirlas y enrojeció de vergüenza11.

Felizmente, la intervención de Prisco en favor de nuestro sofista disipó todas las dudas y éste pasó a formar parte del restringido círculo de amigos y colaboradores de Juliano, como el propio emperador revela en Misop., 354c:

Pues somos siete los que acabamos de llegar como extranjeros a vuestra ciudad, y uno que es compatriota vuestro, amado por Hermes y por mí y creador de bellos discursos.

Libanio había alcanzado en poco tiempo su anhelado puesto de sofista oficial de la corte y, como tal, le fue encargada la redacción del discurso que debía conmemorar el consulado de Juliano el primero de enero del 363, para lo cual tuvo acceso a los documentos oficiales y, lo que es más importante, a la información que el propio Juliano podía suministrarle. También sería designado para escribir un panegírico en honor de Juliano tras su regreso victorioso de la campaña persa12, lo que explica que Juliano se tomase la molestia de detallarle sus primeros movimientos militares por medio de una extensa carta (Ep. 98).

Si bien no puede negarse que esta relación tenía para ambos una utilidad práctica —en tanto que Libanio alcanzaba una posición de privilegio que lo convertía en la persona más influyente de la ciudad y Juliano lograba un firme apoyo dentro de una ciudad que le fue hostil casi desde el principio—, durante los siete meses que ambos mantuvieron un estrecho contacto, surgió una fuerte amistad que perduró, incluso, después de la muerte de Juliano y en momentos en los que era peligroso señalarse como amigo del Apóstata. Libanio, que tenía importantes objetivos personales, como recuperar unas tierras de su familia paterna confiscadas en época de Diocleciano y conseguir que su hijo bastardo Cimón recibiera el permiso oficial para heredar las posesiones de su padre, nunca enturbió con el interés personal la sana amistad que sentía por el Emperador. Su trayectoria posterior demuestra que no son vanas las palabras que Juliano solía decir de nuestro sofista:

Viendo cómo cualquier idea de provecho era despreciada por mí y que no buscaba yo otra cosa que ver cómo con sus actos eclipsaba sus glorias anteriores, solía decir que los demás amaban su riqueza, pero que yo lo amaba a él, y que ni la que lo trajo al mundo habría podido superar el afecto que yo le profesaba13.

LOS DISCURSOS JULIANEOS: DATACIÓN, CONTENIDO Y DIFUSIÓN

En el presente volumen ofrecemos los llamados discursos julianeos, dirigidos al emperador Juliano o directamente relacionados con su persona. Estos discursos se dividen en dos grupos bien diferenciados: por un lado, tenemos los que fueron escritos durante el reinado en solitario de Juliano (de noviembre del 361 a junio del 363), aprovechando el sofista su posición privilegiada en la corte (Disc. XII, XIII, XIV, XV, XVI y LX). De ellos, el Disc. XIII fue escrito antes de la llegada de Juliano a Antioquía, los Disc. XII, XIV y LX durante su estancia en la capital siria y los Disc. XV y XVI tras su marcha a la campaña persa, el 5 de marzo del 363. El segundo grupo está constituido por los discursos escritos in memoriam tras la muerte del Emperador el 26 de junio del 363 (Disc. XVII, XVIII y XXIV).

1. Disc. XIII: Discurso de bienvenida a Juliano

El primero de los discursos julianeos, el Disc. XIII en la edición de Foerster, es un discurso de bienvenida a Juliano o Prosphōnētikòs lógos14, que, como ya se dijo, le pidió el propio Emperador cuando entró en Antioquía (cf. Disc. I 120). Como dueño de la cátedra de retórica, Libanio hubiera sido el indicado para dirigirse a Juliano en nombre de la curia, pero, como se desprende de la narración del propio Libanio, el discurso de bienvenida no lo pronunció él, sino el comes Orientis Juliano, tío homónimo del Emperador. El discurso de Libanio se pronunció varios días después, con motivo de la ceremonia de clausura de los juegos organizados por el Emperador para celebrar su llegada a la capital siria, es decir, a finales de julio del 362, de lo que hay que deducir que el discurso se compuso antes de la llegada de Juliano.

Así pues, al no ser un discurso oficial, el Disc. XIII carece de algunos de los rasgos formales propios del Prosphōnētikòs lógos, como el elogio de la ciudad o de su gobernador. Nuestro discurso, por el contrario, se centra en el encomio de las gestas de Juliano en las Galias (parágrafos 20-40), aunque parece evidente que, para su elaboración, el sofista no tuvo acceso a fuentes oficiales: una obra, hoy perdida, escrita por Juliano sobre su victoria en Estrasburgo (cf. Ep. 35, 6 y Disc. XIII 25) y las epístolas a las ciudades, de las que sólo conservamos Al senado y al pueblo de Atenas. Precisamente, el discurso libaniano presenta importantes discrepancias con respecto a esta obra, especialmente en lo que se refiere al relato del levantamiento de Juliano en París. También es significativo el tacto con que el orador se refiere a la memoria del difunto emperador Constancio II, al que, sin embargo, pocos meses después, cuando ya conoce la opinión de Juliano sobre su predecesor, no duda en tachar abiertamente de tirano (cf. Disc. XIV 17). Es evidente que nuestro sofista aún no gozaba del favor imperial cuando compuso el presente discurso, motivo por el que muchas de sus afirmaciones serán corregidas en discursos posteriores.

El Disc. XIII fue concebido para ser pronunciado ante una audiencia cortesana, cuyo favor trata de ganarse en varias ocasiones, incluso el del siempre difícil Máximo. Si hacemos caso de lo que nos dice el autor en su Ep. 736, 2-3, Juliano quedó impresionado por el discurso, pero el sofista, a tenor de cómo se expresa en Ep. 770, 6, parece que tenía serias dudas sobre su calidad. Su amigo Seleuco le escribe para pedirle una copia, pero Libanio le responde que no desea publicarlo por no estar seguro de su calidad: «Afirman que es bueno, pero yo no estoy convencido, por eso lo mantengo escondido.»

Esta impresión se ve confirmada por Ep. 610, de agosto o septiembre del 362, que acompañaba a la copia del discurso que el sofista envió a Juliano: «Te envío este modesto discurso sobre grandes gestas. Tú eres dueño de que surja un discurso más importante si me das razones para que así sea.» La escasa confianza del autor en su discurso, que no debió de causar gran impresión en la corte15, unida a la composición posterior del Disc. XII sobre el mismo tema, pero esta vez contando con fuentes oficiales, empujaron al sofista a mantener en segundo plano un discurso lleno de datos erróneos y a no difundirlo, contra su costumbre, entre sus amigos.

2. Disc. XIV: A Juliano, en defensa de Aristófanes

Antes de acabar el año 362, en un momento en que la posición de Libanio en la corte de Juliano es ya de privilegio, compone el sofista el Disc. XIV en defensa de Aristófanes. El mes exacto no puede precisarse y no hay acuerdo entre los estudiosos sobre el terminus ante quem. Norman16 lo sitúa en el 22 de octubre del 362, cuando tiene lugar el incendio del templo de Apolo en Dafne, ya que en el discurso se menciona el sacrificio que allí ofreció Juliano, lo que hubiera sido una torpeza intolerable de haberse producido ya el doloroso suceso que tanto afectó a Juliano. Wiemer17 rechaza, por infundada, esta suposición y sitúa el terminus ante quem en diciembre del 362, fecha de la muerte del comes sacrarum largitionum Félix, cuya intervención en favor de Aristófanes solicita el sofista en el parágrafo 36. El terminus post quem quedaría situado en agosto, mes en que, de acuerdo con Misop., 361d, Juliano ascendió al monte Casio (§ 69). Por consiguiente, el Disc. XIV fue compuesto entre agosto y diciembre del 362, posiblemente entre septiembre y octubre, como propone el crítico alemán.

El Disc. XIV, perteneciente al génos symbouleutikón y dirigido a la corte de Juliano, tiene como objeto lograr un nombramiento para su amigo Aristófanes, antiguo agens in rebus durante el reinado de Constancio II y pagano declarado. Éste procedía de una importante familia terrateniente de Corinto. Su padre, Menandro, tras desempeñar todos sus deberes como curial en su ciudad, fue reclutado por el Senado de Roma. Cuando se produjo la adlectio18 ya había nacido Aristófanes, puesto que él no heredó el rango de vir clarissimus de su padre. Menandro renunció a su cargo como senador y se mantuvo en el ámbito de la política municipal. A su hijo lo educó en la fe pagana y lo familiarizó con los ritos mistéricos.

Libanio vio por vez primera a Aristófanes cuando visitó Corinto, en torno al año 339. Todavía estaba estudiando en Atenas y aprovechó un viaje a Esparta (cf. Disc. I 23) para pasar por la ciudad del Istmo. Llegó cuando Menandro desempeñaba, en nombre de su hijo, la liturgia del duovirato19. Antes del año 340, viajó Aristófanes a Atenas y allí entablaron ambos una gran amistad. Sin embargo, su afortunada carrera se truncó cuando murió su padre, poco antes del año 350, y Flavio Eugenio, alto funcionario de Constante y pariente de Aristófanes, trató de apoderarse de la herencia aprovechando su prestigio. La única solución que encontró Aristófanes para escapar de las garras de Eugenio fue traspasar a su esposa la gestión de sus bienes y buscar refugio en la administración de Constancio II. Gracias a la intercesión del filósofo pagano Fortunaciano, consigue ser admitido en la schola de los curiosi o agentes in rebus, tristemente célebres bajo Constancio II por haber actuado como espías imperiales.

Aristófanes desempeñó fielmente su cargo hasta que, en el 357, el magister officiorum Musonio lo puso bajo las órdenes del prefecto de Egipto, Parnasio, el cual debía de conocer a Aristófanes, dado que tenía una estrecha vinculación con Corinto. Pero, en el año 359, Aristófanes se ve envuelto en el proceso de Escitópolis, en el que Parnasio fue condenado al destierro por haber consultado ilegalmente a un astrólogo sobre cuestiones políticas. Aristófanes fue acusado precisamente de haber puesto a Parnasio en contacto con el astrólogo. Para evitar que se le aplicase la tortura para obtener una confesión, alegó su condición de curial de Corinto, lo que le acarreó consecuencias no deseadas, ya que el prefecto del pretorio de Iliria, Anatolio, le obligó a desempeñar en su ciudad natal el cargo de duovir. Tras el proceso, Aristófanes compartió con Parnasio la condena a la relegatio.

Pero, además de su implicación en este proceso, Aristófanes tenía pendiente otra causa administrativa. Al haber declarado durante los interrogatorios que percibió irregularmente 211 solidi como pago de un servicio cuya naturaleza no se nos aclara, el notarius Pablo «Cadena» trató de perderlo. Llegó, incluso, a ordenar que un heraldo recorriera Egipto animando a todo aquel que tuviera motivos de queja contra Aristófanes a que, sin miedo, interpusiera una denuncia. No obstante, la inesperada muerte de Constancio II dejó sin efecto las condenas y paralizó toda la investigación. Pero, paradójicamente, la llegada de Juliano al poder supuso la pérdida de su cargo, por lo que el regreso a la curia de Corinto era inevitable.

A pesar de tan dudosa carrera, Libanio asume la defensa de su amigo con este discurso, basando su argumentación en que Aristófanes fue víctima de las intrigas de los cortesanos de Constancio II y que sufrió persecución por motivos religiosos. La petición de Libanio, a pesar de la fingida incertidumbre que se respira al final del discurso, estaba concedida de antemano, como evidencia la correspondencia entre el sofista y el Emperador sobre esta cuestión20. En la Ep. 96 de Juliano vemos cómo el Emperador expresa amistosamente su impaciencia por recibir el discurso. En respuesta, Libanio le envía, acompañando al Disc. XIV, una nota (Ep. 760) en tono igualmente amistoso y relajado. Tras la lectura del discurso, Juliano vuelve a escribir a Libanio (Ep. 97) para notificarle que hace suyos los argumentos del orador; deshaciéndose en elogios por la obra, anima al sofista a que le aconseje sobre qué honor debía concederse a Aristófanes. En agradecimiento, Libanio le envía la Ep. 758 y le hace saber su intención de añadir su carta al discurso a modo de epílogo.

Ignoramos cuál fue el cargo que, finalmente, le fue concedido a Aristófanes, pero, a juzgar por los términos usados (árchōn, archḗ) por Libanio en otros pasajes (Ep. 1348 y 1264, y Disc. I 125), debió de ser nombrado gobernador provincial, posiblemente de Macedonia. En todo caso, permaneció poco tiempo en el cargo, ya que, al morir Juliano, fue destituido y tuvo que regresar a Corinto. Sin embargo, el favor concedido no cayó en saco roto, ya que Aristófanes permaneció fiel a la memoria de Juliano y se hizo cargo de la primera publicación de la correspondencia del Monarca. En la Ep. 1264 de Libanio vemos cómo le solicita una copia de las que el sofista tenía en su poder.

3. Disc. LX: Monodia por el templo de Apolo en Dafne

La estancia de Juliano en Antioquía, como se ha dicho, estuvo marcada por la incomprensión y por el rechazo. Las muestras de piedad del Emperador, que estaba empeñado en devolver al culto pagano la casi olvidada práctica del sacrificio cruento, y su cada vez más patente favoritismo hacia quienes proclamaban su adhesión al paganismo, ya fueran particulares o ciudades, provocó la firme reacción del elemento cristiano de la ciudad. Sin embargo, lo sucedido el 22 de octubre del 362 contribuyó, en no poca medida, a enconar aún más las posiciones de los dos bandos. El día anterior, el Emperador había acudido al celebérrimo santuario de Apolo en Dafne, con la intención de reabrirlo y de hacer sacrificios al dios solar. Para su sorpresa, la curia municipal no había preparado el evento con la solemnidad requerida y, para colmo, no había preparado ninguna víctima, ninguna torta sacrificial, ni incienso siquiera. Sólo se pudo ofrecer al dios un ganso que un sacerdote se había traído de su casa21. Para colmo de males, cuando el Emperador trataba de comunicarse con los dioses, éstos guardaban completo silencio. Un teúrgo neoplatónico llamado Eusebio le explica que la causa es la presencia de la tumba de un mártir local, San Bábilas, enterrado delante del templo por su hermano, el César Galo. Juliano no se lo piensa y purifica el lugar como antiguamente los atenienses hicieron con la isla de Delos: retirando los restos impuros del lugar sagrado. Los cristianos se encargaron del traslado en una procesión en la que se sucedieron los insultos al Emperador.

Al día siguiente, un terrible incendio se declaró en el templo y, pese a los intentos desesperados de los sacerdotes y de cuantos acudieron a la carrera para prestar su ayuda, el templo y la preciosa estatua de Apolo desaparecieron en el holocausto. Juliano, a pesar de que se hablaba de un accidente, no dudó ni un momento que el suceso no era sino una represalia de los cristianos22, por lo que se apresuró a tomar las medidas oportunas. Ordenó cerrar la Iglesia de Antioquía y confiscó los bienes de ésta. A continuación, se creó una comisión de investigación, de la que formó parte Libanio23, sin que se lograran esclarecer los hechos.

Inmediatamente después de tan triste suceso, Libanio se puso a trabajar en el Disc. LX, tarea que, sin duda, llevó a cabo como sofista de la corte. Juliano conocía y admiraba el discurso, al que dedica grandes elogios en su Ep. 98, 400b24, escrita cuando ya había comenzado su campaña contra Persia. Sin embargo, a pesar de su buena acogida y de la aprobación imperial, el Disc. LX no fue incluido en el corpus original de los discursos de Libanio, y podemos leer hoy algunos fragmentos gracias a las citas literales que el orador cristiano Juan Crisóstomo transcribió en su discurso De S. Babyla contra Iulianum, escrito veinte años después de los acontecimientos.

4. Disc. XII: Al emperador Juliano cónsul

El Disc. XII (Eis Ioulianòn autokrátora hýpaton) pertenece, como el Disc. XIII, al género del basilikòs lógos y su núcleo lo constituye una biografía encomiástica del monarca. Sin embargo, hay entre ambos discursos una diferencia sustancial, ya que, cuando escribe Libanio este discurso, tiene a su disposición toda la información oficial, en especial las propias composiciones de Juliano sobre sus campañas. Por consiguiente, nos encontramos ante un discurso oficial que debía ser pronunciado durante la ceremonia de investidura de Juliano en su cuarto consulado, el uno de enero del año 363, y que recoge escrupulosamente los hechos de acuerdo con la versión de la corte.

Libanio no fue el único que tomó la palabra en la ceremonia inaugural, ya que otros dos oradores leyeron sus composiciones, uno en latín y otro en griego, pero sí tuvo el privilegio de intervenir en último lugar25. A las sesiones oratorias asistió un amplio y selecto público, dado que el propio Juliano se había encargado de que así fuera. Además de la curia antioquena, estuvieron presentes los altos cargos de la corte y del ejército, los colaboradores directos de Juliano, así como el prefecto, el comes Orientis, el consularis Syriae, los honorati de Antioquía, intelectuales y representantes de los senados de Roma y Constantinopla.

La función propagandística del Disc. XII es evidente. Libanio se erige en portavoz de la corte y, como tal, pretende justificar algunos puntos oscuros que ponían en entredicho la legitimidad del nuevo Emperador. Pues, si bien es cierto que su pertenencia a la familia imperial lo convertían en claro heredero a ojos del ejército, estamento siempre fiel al principio dinástico, su alzamiento contra Constancio II y las represalias tomadas contra los cortesanos de éste emborronaban su ascenso a la más alta dignidad ante los ojos de los ciudadanos y funcionarios. Así pues, había que hacer frente a la acusación de usurpador que sus detractores estaban prestos a arrojar sobre Juliano, cuya insubordinación podía haber costado al Imperio una sangrienta guerra civil. El orador justifica el alzamiento ampliando con su arte retórica una idea ya expuesta por el mismo Juliano26, a saber: que el César no tuvo ninguna responsabilidad en el pronunciamiento, que fue provocado exclusivamente por la inoportuna leva que Constancio II pretendía hacer entre las tropas de las Galias. Una vez producida la rebelión de las tropas, el Augusto, en lugar de aceptar el nuevo estado de cosas, traicionó al Imperio pactando con el rey germano Vadomario para que éste atacara las Galias y mantuviese ocupado a Juliano. También se aprecia el afán propagandístico en el anuncio de una nueva era de prosperidad gracias al restablecimiento del culto a los dioses promovido desde el poder. Los dioses son ahora los consejeros directos del nuevo Monarca, quien, de este modo, logrará grandes éxitos militares, aludiendo a la inminente guerra contra Persia, y traerá de nuevo la prosperidad a sus gentes.

A diferencia del Disc. XIII, Libanio se preocupó de difundir ampliamente esta obra, que fue conocida, incluso, fuera de Siria. En la Ep. 785, dirigida en enero o febrero del 363 a su amigo Demetrio, quien le pide una copia de los discursos XII y LX, Libanio le promete enviar sólo el segundo, ya que del primero estaba preparando una edición en forma de libro, para lo cual parece que Juliano puso a su disposición algunos secretarios imperiales. Sin duda, es a esto a lo que se refiere nuestro orador cuando habla del empeño personal de Juliano por que el discurso salga a la luz: «Mi panegírico aún se queda aquí conmigo, porque desea permanecer en la sombra, pero está siendo arrastrado al público por obra del Emperador y, tal vez, acabará apareciendo, pues es natural que su voluntad se imponga.»

5. Disc. XVI: A los antioquenos, sobre la cólera del Emperador.

Cuando Juliano entró en Antioquía, tenía grandes proyectos para la capital siria. La ciudad de Seleuco era una de las más importantes de la parte oriental del Imperio, sólo inferior a Constantinopla y comparable a Alejandría, y tenía un enorme valor estratégico, por ser base de operaciones casi obligada para atacar Persia. Como Libanio subraya con frecuencia, sólo Antioquía tenía capacidad para acoger un ejército como el que Juliano movilizaba contra Sapor. Además, en su reconstrucción del culto pagano, el Emperador necesitaba contrarrestar el influjo de la cristiana Constantinopla oponiéndola a otra que pudiera hacer el papel de capital oriental del paganismo. Nicomedia hubiera sido una excelente candidata de no haber quedado arrasada recientemente (año 358) por un terrible terremoto. Si son ciertas las palabras que Libanio pone en boca de Juliano en Disc. XV 52, en el sentido de que él pretendía hacer de Antioquía una ciudad de mármol, es posible que la capital siria fuese la elegida por Juliano para tal fin.

Si fue ésta su intención, Juliano se equivocó por completo, ya que Antioquía estaba muy cristianizada y el carácter alegre y festivo de sus habitantes chocaba con la personalidad austera y casi espartana del Emperador. Así pues, muy pronto comenzaron los problemas y los poco más de siete meses que Juliano permaneció en la ciudad fueron de permanente conflicto. Las primeras críticas a Juliano le llegaron por no asistir al teatro ni a los juegos, y por manifestar éste abiertamente su repulsa hacia los espectáculos. Incluso llegó a prohibir el Maiuma, fiesta orgiástica que se celebraba en Dafne y que contaba con gran número de seguidores. También se ganó la enemistad del sector más rico de la población por haber ampliado a doscientos miembros el número de curiales, lo que suponía retirar a más de uno la inmunidad, y por presidir personalmente las sesiones judiciales, facultad que, de ordinario, correspondía al gobernador provincial. Sus sentencias, inmunes al favoritismo e inapelables, causaron más descontento que gratitud, a pesar de que, incluso, los escritores hostiles a Juliano reconocen su ecuanimidad.

Pero lo que más molestó a la clase curial y la enfrentó decididamente con Juliano fue su decreto de máximos en los precios de los artículos de primera necesidad, a consecuencia de la escasez del 362. El Emperador estaba convencido de que los curiales boicoteaban desde el principio su decreto, al no sacar a la venta sus productos y acaparar el trigo subvencionado por él mismo para revenderlo en el mercado negro a precios elevados. Ni siquiera la intervención de Libanio en favor de la curia apartó a Juliano de esta idea.

Tampoco estaba demasiado satisfecha la población cristiana de la ciudad con la política religiosa de Juliano. Sus continuos sacrificios y su trato de favor hacia los paganos le valieron la tenaz oposición de los cristianos antioquenos. Incluso, algunos elementos más radicales provocaron al Emperador volcando altares y buscaron el martirio, trampa que Juliano siempre quiso evitar. La situación se exacerbó cuando se produjo el incendio del templo de Apolo, pero ni siquiera en aquella circunstancia quiso Juliano recurrir al suplicio y a las ejecuciones.

La mordacidad de los antioquenos hizo de Juliano el blanco de sus bromas e insultos alusivos a su barba y a su celo religioso. Los insultos, que no se producían clandestinamente, sino en lugares públicos, como el mercado o el hipódromo, lograron alcanzar su objetivo y causaron honda herida en el carácter serio y desabrido de Juliano, quien, en lugar de tomar represalias violentas, prefirió responder con la composición de su célebre Misopogon, expuesto públicamente en febrero del 363. En este excepcional opúsculo, el autor comienza bromeando sobre su barba, pero, poco a poco, la chanza va dejando paso a una amarga justificación de su carácter y a los reproches hacia una ciudad que tan ingrata ha sido con su persona. Anuncia que jamás volverá a pisar Antioquía y que regresaría de la campaña persa pasando por Tarso de Cilicia. Como colofón, el monarca castiga a los antioquenos nombrando gobernador de Siria al cruel Alejandro.

En este contexto, Libanio, dividido entre el amor hacia su patria y su sincero afecto por Juliano, se ve obligado a tomar la palabra y compone dos discursos, el Disc. XVI, dirigido a la curia antioquena para reprocharle su actitud y solicitar de ella un cambio que anime a Juliano a regresar, y el Disc. XV, en el que pide a Juliano que reconsidere su decisión.

El Disc. XVI fue terminado poco después de que Juliano iniciase su marcha a Persia, el 5 de marzo del 363, como se desprende claramente del parágrafo 52, donde vemos cómo Juliano se encuentra en los mismos inicios de su expedición. Sócrates (Hist. Eccl. III 17) nos informa de que Libanio pronunció los Disc. XVI y XV ante un reducido auditorio, noticia que, en el caso de nuestro discurso, es verosímil. Libanio aprovecha su prestigio para dirigirse a la curia y obtener una rápida resolución que solucionara el problema. En este sentido, no parece que sean una ficción literaria las continuas invocaciones en el discurso a los curiales, como si estuviera siendo leído en una sesión de la curia. La urgencia del asunto no permitía la preparación de una publicación previa, que, posiblemente, no se produjo hasta después de la muerte de Juliano. A pesar de que no disponemos de testimonios directos sobre la acogida que tuvieron en la curia las propuestas de nuestro autor, el Disc. XV testimonia que no le hicieron demasiado caso. No sabemos si la investigación que la curia abrió para capturar a los responsables de los versos satíricos sobre Juliano fue motivada o no por este discurso.

6. Disc. XV: Discurso de embajada a Juliano

A pesar de que varios autores, entre ellos Foerster y Norman, consideran este discurso anterior al Disc. XVI, hay claros indicios de que el Disc. XV es posterior. Por una parte, en la última carta que Libanio le envió a Juliano (Ep. 811, de finales de marzo del 363) no hay mención alguna a la composición o envío del Disc. XV, pese a que ambos escritos perseguían el mismo objetivo. Por otro lado, del mismo discurso se desprende que, cuando estaba siendo escrito, ya habían llegado noticias sobre sus primeros éxitos militares (§§ 59 y 76). El proemio sólo puede ser posterior al cruce del río Kabur, a comienzos de abril. Esta impresión se ve confirmada por el parágrafo 73, donde el sofista dice que ya han transcurrido cinco meses desde la composición del Misopogon, publicado a principios de febrero, por lo que, teniendo en cuenta el cómputo inclusivo griego, la composición del Disc. XV debió de tener lugar a finales de mayo o junio. Además, el discurso refleja la misma seguridad y confianza en el triunfo que la Ep. 1402, dirigida por esas fechas a Aristófanes.

Aunque el Disc. XV pertenece al mismo género que el Disc. XVI, el symbouleutikòs lógos, su carácter es muy diferente. El tono acusador y amenazador del segundo da paso, en éste, a la súplica y a la humildad. Libanio reconoce la culpa de sus defendidos, los curiales de Antioquía, pero aun así pide para ellos el perdón por razones de fuerza mayor, basando así su argumentación en una stásis de cualidad (qualitas o poiótēs)27.

El Disc. XV no fue la primera ni la única composición de Libanio destinada a persuadir a Juliano de que cambiara de idea sobre Antioquía. Antes de salir de la ciudad, ya le había insistido sobre la cuestión, aunque sin resultado28. Poco después de marchar a Persia, le envió dos cartas (Ep. 802 y 811) con el mismo propósito. En la primera, le reitera su invitación para que regrese a Antioquía, y en la segunda, escrita en abril, le insinúa que, gracias a la severidad del nuevo gobernador, se ha producido un cambio en la ciudad. Ni siquiera rehusó Libanio emplear la vía indirecta: en la Ep. 1368, 1-3, lo vemos pidiendo al gramático Nicocles, antiguo profesor de Juliano y comisionado por Constantinopla ante el Emperador, que interceda por su patria. Sin embargo, la decisión de Juliano era firme y sólo su temprana muerte nos ha privado de saber si los ruegos de su amigo consiguieron ablandarlo.

Del pasaje de Disc. XVII 37, donde el sofista se lamenta de que la muerte de Juliano malograse la lectura de nuestro discurso, se deduce claramente que el Disc. XV no fue concebido para ser enviado a Juliano, sino para ser pronunciado delante de él. El contenido del discurso confirma esta impresión, ya que está escrito como si Libanio, elegido embajador de su ciudad, se dirigiera a un Juliano que regresa victorioso de la guerra. Por consiguiente, el presente discurso bien podría ser el borrador de una oración de bienvenida cuya redacción final quedó truncada por el curso de los acontecimientos. La obra que nos ha llegado tal vez fue pronunciada ante una reducida audiencia de amigos tras la muerte de su destinatario y parece poco verosímil que hubiera una amplia difusión posterior.

7. Disc. XVII: Canto fúnebre por Juliano

De las tres monodias conservadas de Libanio29, el Disc. XVII es la única destinada a una persona, lo cual no significa que fuera la única de esta especie que compusiera el rétor antioqueno a lo largo de su carrera. Sabemos que compuso otras monodias hoy perdidas: a su maestro Zenobio (año 354), a su amigo Aristéneto (358-59), a su madre y a su tío Fasganio (359-60), a su antiguo compañero de clase Cinegio (antes del 364), a su ex alumno Eusebio (380) y a su hijo Cimón (391). Aunque emparentado con otros subgéneros retóricos, como el Paramythētikòs lógos, con el que el orador trata de consolar a los amigos y parientes por la pérdida del ser querido, o el Epitáphios lógos, cuyo objeto es destacar las virtudes y logros del finado, la monodia es, en sustancia, un homenaje al fallecido en el que el autor hace patente su dolor por la pérdida. Su tono casi dramático, con abundantes exclamaciones, construcciones asindéticas y figuras retóricas30, acerca este subgénero a la poesía.

En cuanto a la fecha de composición del discurso y el orden cronológico con respecto al Disc. XVIII, existen notables discrepancias entre los críticos. Las dos fechas más defendidas son: finales del 36331 y el año 36432. Foerster y Bidez33 lo sitúan, respectivamente, en el 365 y en el 368. Sin embargo, existe un claro terminus post quem que descarta la primera datación. En el parágrafo 22 del discurso, se nos dice que el colega de Juliano en el consulado del 363, Flavio Salustio, ha concluido felizmente su mandato, por lo que no pudo ser escrito antes del uno de enero del 364. Como terminus ante quem podemos establecer con casi total seguridad el 21 de julio del 365, fecha límite para la composición del Disc. XVIII, que es claramente posterior al que nos ocupa34. Por otro lado, si la exclusión de los filósofos de la lista de profesiones cuya decadencia se anuncia en el parágrafo 27 se explica porque aún no se había producido el juicio de marzo del 36435 contra el filósofo Máximo y otros seguidores de Juliano, podría conjeturarse que el Disc. XVII fue compuesto entre el 1 de enero y el mes de marzo del 364. Por tanto, el discurso debió de ser escrito a finales del reinado de Joviano o a comienzos del de Valentiniano y Valente.

Igual que ocurre con el Disc. XVIII, la Monodia fue concebida para ser leída ante una audiencia restringida y favorable al difunto. En cuanto a su publicación y difusión fuera de este círculo, no podemos afirmar nada seguro. La tesis de que el Disc. IV de Gregorio Nacianceno es una respuesta a nuestro discurso no cuenta con suficiente apoyo. Sabemos que Aristófanes pidió una copia a Libanio y que éste se la negó por razones de seguridad (Ep. 1264, 5-7), lo que no significa que el sofista no pudiera enviar copias a otros amigos más seguros. En todo caso, al público de la primera redacción de su Autobiografía, escrita en torno al 374, se le supone el conocimiento de los dos discursos fúnebres en honor de Juliano36.

8. Disc. XVIII: Discurso fúnebre por Juliano

De los discursos julianeos, el Disc. XVIII es el más extenso y el que tiene más valor como fuente histórica, ya que el núcleo del discurso lo constituye el elogio (enkṓmion) del Emperador fallecido y, como establecen las reglas retóricas, el orador elabora una detallada biografía desde el nacimiento y educación hasta la muerte.

Este relato biográfico coincide, en su mayor parte, con la versión oficial pagana, de ahí que difiera poco de la narración de Amiano y Zósimo, que beben de la obra perdida de Eunapio de Sardes, la cual contó, a su vez, con material de primera mano, como las notas de Oribasio, médico personal y amigo de Juliano. Por su parte, Libanio también tuvo a su disposición información privilegiada. Además de su contacto personal con el Emperador en Antioquía y de la correspondencia que mantuvo con él tras su marcha a Persia, recibió puntual información sobre la campaña persa a través de cautivos que llegaban a Antioquía o a ciudades vecinas, como es el caso de los prisioneros de la ciudad persa de Anatha (cf. Disc. XVIII 218 y Ep. 1367, 6) o a través de comerciantes (cf. Ep. 1402, 1-3). Además, el afán de Libanio por informarse se evidencia en el hecho de que, a pesar de haber transcurrido poco tiempo entre la redacción de los Disc. XVII y XVIII, ambos presenten notables diferencias en la narración de los hechos. Así, mientras que en el primero parece carecer de información sobre quién fue el autor de la muerte de Juliano, en el segundo ya tiene datos muy detallados al respecto. Es fácil imaginar a Libanio preguntando a los soldados que regresaban de la campaña y escribiendo a sus múltiples contactos en busca de más información. Por ello, aunque somos conscientes del cuidado con que se debe manejar el testimonio de un encomiasta como Libanio, a nuestro entender, los discursos julianeos deben ser considerados una fuente histórica de primer orden para conocer el reinado de Juliano.

Como en el caso de la Monodia, tampoco existe entre los críticos unanimidad sobre la fecha de composición del Disc. XVIII. Se han propuesto fundamentalmente dos fechas: el año 36537 y el 36838, es decir, antes o después de la usurpación de Procopio el 28 de septiembre del 365 en Constantinopla. Así pues, la datación del discurso tiene un valor crucial para su valoración, ya que Libanio no podía permanecer indiferente ante un hecho tan trascendental, puesto que Procopio era pariente y, según los paganos, heredero legítimo de Juliano, por lo que el orador podía ser sospechoso de complicidad con el usurpador, del que, tal vez, escribió un elogio (cf. Disc. I 163). No se olvide que dos alumnos de Libanio, Andrónico e Hiperequio, ocuparon altos cargos durante el reinado de Procopio y que, al menos, el primero fue ejecutado por orden de Valente.

Por un lado, el terminus post quem está claramente definido por la mención del proceso contra Máximo y otros colaboradores de Juliano (§ 287), que se celebró en marzoabril del 364, fecha que, probablemente, haya que extender hasta comienzos del 365 si la alusión a las derrotas romanas del parágrafo 290 se refieren a las del principio de aquel año a manos de los pueblos transrenanos. El terminus ante quem debe situarse en la fecha de comienzo de la revuelta de Procopio, ya que no hay ninguna mención de hechos históricos posteriores a esa fecha, a pesar de los esfuerzos de los defensores del 368 como fecha de composición del discurso. Además, si se hubiese producido la revuelta de Procopio cuando se escribió el discurso, Libanio le habría dado mayor relevancia a la relación de éste con Juliano. Muy al contrario, Libanio no menciona ni el parentesco de ambos, ni la pretensión al trono de Procopio. Por otro lado, cuando el orador abunda en la serie de catástrofes naturales que siguieron a la muerte de Juliano (§§ 292-293), no alude a los terribles maremotos que asolaron el Mediterráneo oriental el 21 de julio del 365. Por tanto, si consideramos esta fecha como el terminus ante quem, podemos concluir que el Disc. XVIII fue compuesto probablemente durante la primavera o el verano de ese año.

Que transcurrieran casi dos años entre la muerte de Juliano y la composición de este discurso se explica por dos hechos fundamentales. Primero, por la enorme extensión de éste y el enorme trabajo que debió de suponer su preparación, especialmente en lo que atañe a la fase de documentación. Y segundo, porque la confusión que causó la muerte de Juliano entre los paganos tuvo su contrapunto en el desbordado júbilo de la oposición cristiana, que veía cómo de nuevo un emperador cristiano regía los destinos del Imperio. El impío, el Apóstata que había alzado su mano contra Cristo, había sido aniquilado como castigo por su impiedad. Igual que cuando Dios arruinó sus planes de reconstruir el templo de Jerusalén, el detestado monarca había recibido el trato reservado a los perseguidores. El fracaso de la campaña persa demostraba a las claras que los dioses no existían y que la locura del alocado Apóstata había llevado al Imperio al borde del abismo. Sólo la oportuna negociación de Joviano impidió la aniquilación en territorio persa de todo el ejército romano.

En consecuencia, el Disc. XVIII no fue concebido sólo como un simple homenaje a la figura del Emperador muerto, sino que era, además, la respuesta que uno de los más brillantes oradores paganos daba a este estado de opinión que los cristianos estaban interesados en difundir. Por ello, era preciso no pasar en silencio, sino tratar con amplitud y detalle la conflictiva campaña persa, que ocupa casi una cuarta parte del discurso (§§ 204-275). Según Libanio, los hechos ocurrieron de manera muy diferente. Juliano había derrotado en todos los frentes a los persas, había conquistado ciudades, unas por la fuerza y otras entregándose voluntariamente, y, cuando Sapor estaba completamente desesperado y a punto de rendirse, un traidor asesta el golpe fatal a Juliano. A la muerte del héroe, el débil pero ambicioso Joviano firma un tratado vergonzoso con el rey persa que le permitiera tomar posesión rápidamente del Imperio.

Es fácil imaginar que un discurso tan polémico no tuvo una amplia difusión durante el reinado de Valente, sino que fue pensado para un público de amigos paganos. El momento no era propicio para entrar en polémicas, especialmente cuando pocos meses más tarde estalló la revuelta de Procopio y seis años después la conjura de Teodoro, por lo que es de suponer que la publicación del discurso, que era ampliamente conocido en el s. V, se llevó a cabo tras la muerte de Valente.

9. Disc. XXIV: Sobre la venganza por la muerte de Juliano

El reinado de Valente (364-378) no fue propicio para el partido pagano. Fue éste el primer monarca cristiano que organizó una persecución abierta contra el paganismo, especialmente a partir del 371, cuando se descubre la conjura de Teodoro39, en la que estaban implicados algunos importantes paganos, entre ellos nuestro orador. En su Autobiografía (Disc. I 175), explica Libanio cómo por primera vez tuvo que tener especial cuidado con su correspondencia, hecho que explica su escasa actividad literaria durante este período.

Cuando, el 9 de agosto del 378, el emperador Valente cayó muerto ante los godos en la batalla de Adrianópolis —posiblemente el mayor desastre de las armas romanas en el s. IV—, a buen seguro, los paganos respiraron aliviados. Se había invertido la situación vivida tras la muerte de Juliano. Ahora era el emperador perseguidor de los dioses quien había muerto de mala manera a manos de unos bárbaros que se habían instalado en territorio romano, aprovechándose de unos foedera concedidos por un monarca cristiano poco enérgico con los enemigos del Imperio. ¡Cuán diferente había sido el gran Juliano, que se negó sistemáticamente a negociar con los bárbaros y a quien sólo una lanza traidora había apartado de lograr su completa sumisión! El partido pagano debía trabajar rápido para captar el favor del nuevo Augusto de Oriente, Teodosio. Había que convencerlo de que los desastres del Imperio estaban motivados por la ira de los dioses, los cuales estaban irritados por haber quedado impune el asesinato de Juliano. La petición, dirigida a un emperador cristiano, era insólita e incluso insultante, hecho del que Libanio era plenamente consciente. Posiblemente, este discurso es un intento desesperado del partido pagano por recuperar un protagonismo irremediablemente perdido, aprovechando un momento de crisis provocado por tan magno desastre.

Por consiguiente, para comprender adecuadamente el discurso, es de gran importancia datarlo correctamente. Un seguro terminus post quem es la mencionada batalla de Adrianópolis y la elección de Teodosio como Augusto, el 19 de enero del 379. En el discurso hay también oscuras alusiones a dos usurpaciones (tyrannídes) y a desórdenes que causaron inquietud a la propia Roma (§§ 13-14 y 30), pero, como por desgracia es habitual en nuestro autor, no se nos ofrecen más detalles, lo que ha motivado las inevitables controversias de los críticos modernos. La mayoría identifica la primera usurpación con la de Procopio (365-366), lo que no altera el terminus establecido. Sobre la segunda, en cambio, hay disparidad de criterios. Reiske la identifica con la revuelta de Eugenio (392-394), fecha demasiado tardía y alejada de la batalla de Adrianópolis. I. Hahn40 supone que Libanio se refiere a la revuelta de Máximo contra Graciano del 25 de agosto del 383, apoyándose en el parágrafo 13 de nuestro discurso, donde se especifica que los sublevados habían compartido mesa con el Emperador, lo cual encaja con el asesinato de Graciano, mientras comía con Máximo, a manos de Andragacio. Los disturbios de Roma serían los de la plebe del 383, que contaron con el apoyo, o al menos la simpatía, de Símaco y el sector pagano del Senado. Sin embargo, Hahn, consciente de que en el parágrafo 15 el orador se refiere a Adrianópolis como un suceso reciente (tà teleutaîa), llega a una solución de compromiso: el discurso, escrito primeramente en el 379, fue actualizado en el 383 para enviárselo a Teodosio en un momento político más favorable, propiciado por el protagonismo de Símaco en Roma. Por su parte, Norman41 opina que la segunda revuelta aludida es la citada conjura de Teodoro del año 371. Sin embargo, este asunto más que una usurpación militar (tyrannís), era una cuestión judicial contra un grupo acusado de consultar a adivinos sobre el nombre del sucesor de Valente. Por tal motivo, más fundada nos parece la opinión de Foerster42, quien defiende la idea de que Libanio se refiere a la misma usurpación de Procopio en sus diversas fases. Por tanto, al no disponer de un claro terminus ante quem, suponemos que el discurso debió de ser escrito poco después del nombramiento de Teodosio, probablemente a principios del 379, y antes de la primera victoria de este emperador sobre los godos en noviembre de ese año, ya que en el discurso no se habla de las represalias romanas sobre ese pueblo. Téngase en cuenta que, para los paganos, era de vital importancia ganarse el favor de Teodosio antes de que lo hicieran los cristianos.

No hay razones para pensar que el Disc. XXIV, pese a su tono polémico, no fuera realmente enviado a Teodosio, a quien nuestro orador dedicó varios discursos a lo largo de los años, aprovechando el clima de tolerancia propiciado por el nuevo monarca. Además, éste podía ser interpretado como una apología de la inviolabilidad del imperium y un rechazo a la figura del usurpador, sea cual fuere su credo religioso. En el parágrafo 29 advierte a Teodosio: «Posiblemente, Señor, surjan nuevos malhechores que, enemigos de quienes ostentan el mando, se vuelvan a congregar a escondidas en una misma tienda.» Por otra parte, sabemos que Libanio recibió de Teodosio siempre un excelente trato y hasta es posible que lo distinguiera con un cargo, tal vez el de cuestor honorífico43. Sin embargo, el objetivo del discurso no se logró, pues no tenemos noticia de que Teodosio abriera una investigación para esclarecer la muerte de Juliano.

LA TRADICIÓN MANUSCRITA44

En un principio, las obras de Libanio debieron de difundirse en tres tradiciones separadas: discursos (Lógoi), declamaciones y ejercicios preparatorios (Melétai) y correspondencia (Epistolaí). Sin embargo, estos tres bloques aparecen ya fusionados en un solo volumen y en el mismo orden en los manuscritos más antiguos, de lo que se deduce que ésa debió de ser la disposición del corpus original. Al comienzo se situaban los discursos, en un orden que, con pocas variaciones, es el que ofrece Foerster en su edición y que, desde entonces, ha sido aceptado por la mayoría de los investigadores.

Más de ciento sesenta son los manuscritos de los discursos libanianos que han llegado hasta nosotros, buena parte de los cuales contienen todos o parte de los discursos julianeos. Nosotros nos limitaremos a reseñar aquí sólo los más importantes.

Hay dos códices que, por su antigüedad y su calidad, destacan sobre los demás:

a) Chisianus 35 (R VI 43) (C), que formaba parte de la colección del Papa Pío II (1458-1464). La parte más antigua data de los siglos X-XI, pero sufrió mutilaciones que fueron completadas en el s. XIV a partir del Augustanus. Contiene todos los discursos julianeos, a excepción del Disc. LX.

b) Monacensis gr. 483 (A), antiguo Augustanus, conservado en la Biblioteca Nacional de Baviera de Múnich, adonde fue llevado en 1806 procedente de Augsburgo. Su parte más antigua data, como el Chisianus, de los siglos X-XI. Contiene los mismos discursos que el anterior y en el mismo orden, y también presenta lagunas que fueron, igualmente, completadas en el s. XIV, aunque en algunos casos no fueron reparadas.

No cabe duda de que los dos proceden de la misma familia, ya que las divergencias son escasas y el orden de los discursos es el mismo. No obstante, A presenta menos errores y lagunas que C. Se da la curiosa circunstancia de que cuando la parte antigua de C coincide con una redacción reciente de A o viceversa, las divergencias son aún menores que en el resto, por lo que cabe suponer que cada uno de los dos, por una feliz coincidencia, conservó buena parte de lo que le faltaba al otro y ambos fueron completados con ayuda del otro en el s. XIV.

De estos dos importantes manuscritos descienden, a su vez, los siguientes:

— Del Chisianus:

a) Laurentianus LVII 27, del año 1391. Contiene todos los discursos julianeos, a excepción del Disc. LX.

b) Vaticanus gr. 939, también de finales del s. XIV. Contiene los mismos discursos que el anterior.

c) Patmiacus 471, del s. XIV. Contiene los mismos discursos que los dos precedentes.

Vaticanus y Patmiacus son gemelos y descienden de una copia hoy perdida. Laurentianus procede directamente de una copia del Chisianus también desaparecida.

— Del Augustanus:

a) Neapolitanus II E 18 (N), de los últimos años del s. XIV o comienzos del s. XV. Contiene los Disc. XIII, XV y XVII.

b) Palatinus Vaticanus gr. 282 (P), del s. XIV. Contiene todos los discursos julianeos.

c) Vaticanus Barberinianus gr. 220 (B), de los s. XIV-XV. También contiene todos los discursos julianeos y procede de una copia del anterior.

Un grupo de manuscritos deteriores está constituido por el Vindobonensis y otros códices que presentan corrupciones ausentes en la familia CA. Los más importantes son:

a) Vindobonensis phil. gr. 93 (V), escrito entre 1335-1345 con todos los discursos julianeos, menos el Disc. LX.

b) Laurentianus LVII 20 (L), de los s. XII-XIV. Contiene los mismos discursos julianeos que el anterior.

c) Vaticanus gr. 82 (K), de comienzos del s. XIV. Incluye todos los discursos julianeos.

d) Parisinus gr. 3016 (M), del s. XIV, con los Disc. XVII, XVIII, XXIV y LX.

EDICIONES Y TRADUCCIONES

La primera edición de los discursos julianeos45 digna de mención por el número de manuscritos colacionados y por su rigor científico, es la que llevó a cabo J. J. Reiske46. Esta edición utiliza por primera vez el mejor manuscrito, el Augustanus, y tiene el mérito de corregir numerosos errores de sus predecesores gracias, en parte, a su mejor documentación y, en parte, a su excelente intuición. Además, la edición contiene notas que aun hoy siguen teniendo gran valor. De este trabajo depende la traducción de diez discursos selectos, entre ellos los Disc. XVI y XXIV, a cargo de Monnier47. Esta edición, carente de introducción y notas, no fue publicada y sólo quedan raras copias en varias bibliotecas. Su valor radica en que son las únicas traducciones francesas de estos discursos julianeos.

A la edición de Reiske sigue la monumental edición de Foerster, que incluye los discursos julianeos en los vols. II y IV. Esta edición sigue siendo, hasta la fecha, la de referencia para la obra de Libanio y aunque, desde su publicación, la crítica ha introducido correcciones de detalle, es difícil que en un corto plazo pueda ser reemplazada. Foerster dedicó un colosal esfuerzo a reunir la suficiente documentación manuscrita necesaria para llevar a cabo su ambicioso proyecto de editar la amplia obra de Libanio. El resultado fueron los doce volúmenes de su edición teubneriana, valiosa no sólo por su rigor científico, sino también por la infinidad de notas, citas y referencias cruzadas que hacen de este trabajo punto de partida obligado para cualquier estudioso. Las ediciones posteriores, la de Norman48 y las de Criscuolo49, salvo correcciones de detalle, siguen en lo fundamental la edición de Foerster.

Si las ediciones de Libanio no han sido escasas, en lo que respecta a las traducciones debemos decir lo contrario, ya que las únicas disponibles son las mencionadas: la traducción francesa de los Disc. XVI y XXIV de Monnier, la inglesa de los discursos XVII y XVIII ya antigua de C. W. King y la mencionada de Norman, así como la traducción italiana de los Disc. XIII y XXIV a cargo de Criscuolo. En español, no tenemos constancia de que hayan sido traducidos nunca, por lo que la nuestra50 es la primera versión de los discursos julianeos que se presenta al público de habla hispana.

DISCREPANCIAS CON RESPECTO A LA EDICIÓN DE FOERSTER


BIBLIOGRAFÍA

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* En el presente volumen nos referiremos a las obras del emperador JULIANO con las siguientes abreviaturas: SPQAth.: Al Senado y al pueblo de Atenas; Misop.: Misopogon o Discurso de Antioquía; EEC: Elogio del emperador Constancio II; EEE: Elogio de la emperatriz Eusebia; SR: Sobre las acciones del emperador o Sobre la realeza; Sal.: Consolación a sí mismo por la marcha del excelente Salustio; Heracl.: Contra el cínico Heraclio; MatDeor.: A la madre de los dioses; Banq.: El banquete o Los Césares; Helios: Al rey Helios; CGal.: Contra los Galileos; ELF: Epístolas, leyes, fragmentos. Cuando aparece un nombre propio seguido de un número arábigo, se hace referencia a la identificación de A. H. M. JONES, J. R. MARTINDALE, J. MORRIS, The Prosopography of the Later Roman Empire. Vol I (A.D. 260-395), Cambridge, 1971, mientras que los nombres seguidos de un número romano corresponden a la identificación propuesta por O. SEECK, Die Briefe des Libanius zeitlich geordnet, Leipzig, 1906. Las referencias al Codex Theodosianus (abreviado Cod. Theod.) están sacadas de la edición de Th. MOMMSEN.

1 En la introducción general a las obras del emperador Juliano en esta misma colección (vol. 17), puede encontrarse una excelente biografía de este monarca y una completa bibliografía a cargo del prof. GARCÍA BLANCO. Suya es la traducción de los pasajes de Juliano que hemos reproducido en este volumen.

2 Cf. FILÓSTRATO, Vidas de los sofistas 582-583. Sobre el paralelismo entre las parejas Elio Aristides-Marco Aurelio y Libanio-Juliano, véase la serie de artículos de R. A. PACK, «Two Sophists and Two Emperors», Class. Philol. 42 (1947), 17-20; «Julian, Libanius and Others: A Reply», Class. Philol. 48 (1953), 173-174, y de A. F. NORMAN, «Philostratos and Libanius», Class. Philol. 48 (1953), 20-23; «Julian and Libanius again», Class. Philol. 48 (1953), 239.

3 Cf. Disc. I 48-75.

4 Cf. infra, Disc. XVIII 13-15.

5 Cf. Ep. 369, 1-2 e infra, Disc. XV 6.

6 Disc. XIII 11.

7 Hay que adelantar considerablemente la fecha aceptada, si la Ep. 13 de Libanio debe datarse en el 353, como supone H. U. WIEMER, Libanios und Julian. Studien zum Verhältnis von Rhetorik und Politik im vierten Jahrhundert n. Chr., Múnich, 1995, págs. 16-17. Además, como demuestra dicho autor, esta epístola no sería la primera que le envió Libanio, ya que, en la misma, faltan los elementos característicos de las cartas en las que se inicia una relación epistolar. En todo caso, parece muy probable que los contactos se produjeran sólo tras la conversión de Juliano.

8 En el 355, Juliano fue nombrado César y enviado a las Galias, en tanto que Libanio ya había conseguido su traslado definitivo a Antioquía.

9 Véase H. U. WIEMER, Libanios…, págs. 21-22.

10 Cf. Disc. II 6 y Ep. 561, 4, donde describe cómo su amigo, el prefecto Estrategio, lo besó públicamente para dejar constancia de su favor.

11 Disc. I 122.

12 Cf. Disc. XVII 31 y Ep. 1220, 5.

13 Disc. I 125.

14 El título que aparece en los mejores códices y que acepta Foerster en su edición es el de Prosphōnētikòs, frente a la lectura Prosphōnēmatikòs que ofrecen otros manuscritos.

15 Entre otros desatinos, pudo molestar a Juliano la versión del levantamiento, tal vez influida involuntariamente por la propaganda antijulianea que los partidarios de Constancio II difundieron por Antioquía.

16 A. F. NORMAN, Libanius. Selected Works, vol. I. The Julianic Orations, Londres-Cambridge Mass., 1969 (reimpr. 1987), pág. LI y nuevamente en Libanius. Autobiography and Selected Letters, vol. II, Londres-Cambridge Mass., 1992, págs. 453-454.

17 Libanios…, págs. 147-149.

18 Ésta debió de producirse antes del 330, fecha de la fundación de Constantinopla, ya que, de haber sido después, lo habría reclamado el Senado de esta ciudad.

19 Cf. Disc. XIV 8.

20 Las cuatro epístolas conservadas están traducidas por el prof. GARCÍA BLANCO en el núm. 47 de esta colección, págs. 158-162.

21 Cf. las quejas de Juliano en Misop., 361c-362b.

22 Cf. Misop., 361b-c.

23 Cf. la Ep. 1376 de Libanio.

24 «Pero sobre Dafne has escrito tú un discurso como ningún otro, ni uno solo de los mortales de ahora, por mucho que intentase esforzarse, lo hubiera conseguido, y creo que de los antiguos no muchos tampoco. ¿Por qué, pues, me voy a poner yo ahora a escribir de él cuando la monodia que tú compusiste es tan brillante? ¡Ojalá nunca hubieras tenido que hacerlo!».

25 Cf. Disc. XII 92 y I 127-129.

26 SPQAth. 286a-b.

27 Véase G. A. KENNEDY, A New History of Classical Rhetoric, Princeton, 1994, págs. 97-101.

28 Cf. Ep. 802, 4; 815, 1; 824, 2, y Disc. XVI 1 y XV 9.

29 Disc. LX, Monodia por el templo de Apolo en Dafne, Disc. LXI, Monodia por Nicomedia, y Disc. XVII, Canto fúnebre por la muerte de Juliano.

30 Cf. P. PETIT, «Recherches sur la publication et la diffusion des discours de Libanius», Historia 5 (1956), 492-493.

31 Defienden esta fecha H. F. CLINTON, Fasti Romani. The Civil and Literary Chronology of Rome and Constantinople from the Death of Augustus to the Death of Justin. Vol. I, Oxford, 1845, pág. 461; G. R. SIEVERS, Das Leben des Libanius, Berlín, 1868, pág. 203; I. HAHN, «Der ideologische Kampf um den Tod Julians des Abtrünnigen», Klio 38 (1960), 226; U. CRISCUOLO, «Note filologiche IV», Atti dell’ Accademia Pontaniana 39 (1990), 403-411, y L. MATTERA, «Libanio, Disc. 17 e Gregorio di Nazianzo, Disc. 4», Koinonia 15 (1991), 140.

32 Vid. R. SCHOLL, Historische Beiträge zu den julianischen Reden des Libanius, Stuttgart, 1994, pág. 9; A. F. NORMAN, Selected Works.., pág. LI, autores que lo datan en 364-65; P. PETIT, «Recherches…», 486; I. BENEDETTI, Studi sulla guerra persiana nell’orazione funebre per Giuliano di Libanio, Florencia, 1990, págs. 18 ss., y H. U. WIEMER, Libanios…, págs. 251-255.

33 J. BIDEZ, La vie de l’empereur Julien, París, 1930, pág. 336.

34 Por ejemplo, la penosa situación del culto a los dioses y la amenaza a las fronteras del Imperio, sólo anunciadas en Disc. XVII, son ya un hecho consumado en Disc. XVIII.

35 Cf. infra, Disc. XVIII 287.

36 Disc. I 135.

37 Así lo sostienen H. F. CLINTON, Fasti Romani…, págs. 463-465; FOERSTER, Libanii opera. Vol. II, Leipzig, 1904, págs. 222-224; A. F. NORMAN, Selected Works…, pág. LI; M. HENRY, «Le témoignage de Libanius et les phénomènes sismiques du IVe siècle de notre ère: essai d’interprétation», Phoenix 39 (1985), 60-61, y H. U. WIEMER, Libanios…, págs. 260-268.

38 G. R. SIEVERS, Das Leben…, pág. 253; J. BIDEZ, La vie…, pág. 336; P. PETIT, Libanius et la vie municipale à Antioche au IVe siècle après J.-C., París, 1955, pág. 185 y «Recherches…», 481; G. SCHEDA, «Die Todesstunde Kaiser Julians», Historia 15 (1966), 380-384; G. DAGRON, «L’empire romain d’Orient au IVe siècle et les traditions politiques de l’hellénisme. Le témoignage de Thémistios», Travaux et Mémoires 3 (1968), 80; E. BLIEMBACH, Libanius. Oratio 18 (Epitaphios). Kommentar (§§ 111-308), tesis doct., Würzburg, 1976, pág. XLIV, y R. SCHOLL, Historische Beiträge…, pág. 9.

39 Cf. infra, Disc. XXIV 13 y nota.

40 «Der ideologische…», 227-230.

41 Selected Works…, pág. 501. Su tesis es apoyada por U. CRISCUOLO, Libanio. Sulla vendetta di Giuliano (Disc. 24), Nápoles, 1994, págs. 19-21.

42 R. FOERSTER, Libanii opera, vol II, Leipzig, 1904 (reimpr. 1963), págs. 508-509.

43 Cf. J. MARTIN, Libanios. Discours. Tome II. (Discours II-X), París, 1988, págs. 248-250.

44 Para una información detallada sobre la tradición manuscrita de Libanio, pueden consultarse las introducciones a los discursos libanianos en la edición teubneriana de R. FOERSTER, Libanii opera. Vols. II y IV, Leipzig, 1904-1908 y la introducción general de la Autobiografía a cargo de J. MARTIN, P. PETIT, Libanios. Discours. Tome I. Autobiographie (Discours I), París, 1979, págs. 36-92, cuyo stemma sigo en lo fundamental.

45 Las ediciones de Capsalis (Ferrara, 1517), editio princeps de los Disc. XII, XIV, XV, Morel (París, 1627), editio princeps de los Disc. XIII (publicado antes por el mismo autor en 1610), XVII y XVIII o de Fabricio (Hamburgo, 1715), editio princeps del Disc. XVI, no colacionaron un número suficiente de manuscritos, por lo que actualmente no tienen gran valor como referencia.

46 Primero las editó en Animadversionum ad graecos auctores volumen V, quo Libanius, Artemidorus et Callimachus pertractantur, Leipzig, 1766 y posteriormente apareció, a título póstumo, su Libanii sophistae orationes et declamationes. Vols. I-IV, Altenburgo, 1791-1797.

47 E. MONNIER, Dix discours choisis. Fondos de la Sorbona, 1860.

48 Selected Works. Vol. I (cit.), que incluye todos los discursos julianeos excepto el Disc. LX, ofrece el texto griego acompañado de una traducción inglesa anotada que nos ha servido de gran utilidad para el presente trabajo.

49 Sulla vendetta… (cit.) y Libanio. Allocuzione a Giuliano per l’arrivo in Antiochia, Nápoles, 1996, que incluyen el texto griego, una traducción italiana y comentario de los Disc. XXIV y XIII respectivamente.

50 En nuestra traducción seguimos la edición de R. FOERSTER, cuya numeración adoptamos, tanto en los discursos, como en las epístolas.

XII

AL EMPERADOR JULIANO CÓNSUL


XII. AL EMPERADOR JULIANO CÓNSUL

Ésta es la primera vez que veo a un cónsul ataviado con [1] la vestimenta propia del cargo1 y en buena hora aplazó la divinidad el momento de contemplarla: para así poder admirar la más venerable indumentaria en el más excelso emperador. Lo que me ha sucedido ha sido como si Homero fuese el primer poeta que a uno le fuera dado escuchar o como si el primer carro que uno viera fuese conducido por Pélope2. Todavía hay algo de no menor importancia que esto: [2] que sea mi patria3 la que haya acogido esta ceremonia y que la más querida tierra sea escenario del más anhelado espectáculo. Pero ni siquiera el tercer motivo de alegría que puedo añadir es inferior a los mencionados: el hecho de que Fortuna no haya dispuesto que yo sea mudo espectador, al igual que la mayoría de los presentes, y que disfrute de este deleite en silencio, sino que incluso me ha permitido que lo ponga de manifiesto con un discurso, tanto para vosotros que estáis aquí reunidos, como para mis futuros lectores4.

[3] Vosotros manifestáis vuestra alegría ante lo que estáis presenciando mediante las súplicas con las que pedís que este espectáculo se vea muchas veces y con vuestros rostros colmados de contento. Sin embargo, daríais una prueba aún más decorosa si tomaseis parte activa en mi discurso y el delirio báquico del auditorio compitiera con el del orador. [4] En efecto, son muchos los que están resueltos a celebrar la fiesta y se presentan tras haber compuesto con tranquilidad sus discursos. Otros, con mayor o menor capacidad de expresarse, se quedan en su ciudad y deleitan a sus propios conciudadanos. Pero lo que podría resultar más digno de admiración es que la envergadura de los hechos no forzó a la mayoría a guardar silencio, sino que ahora se prodigan [5] toda clase de versos y no vacilan ante este tema. Precisamente la circunstancia que uno pensaría que pudiera ser causa de su silencio, es lo que les ha animado a lanzarse a tal osadía. Porque si existiesen oradores capaces de pronunciar un discurso a la altura del tema, lo que acontece cuando no se trata de ocasiones fuera de lo común, en ese caso los oradores humildes, conscientes de su propia incapacidad, habrían considerado más conveniente pasar desapercibidos. Pero, dado que a nadie le es posible evitar la derrota, sino que la naturaleza de los hechos pone en evidencia al más reconocido de los talentos, en ese caso al más inepto le resulta soportable fracasar al mismo tiempo que quien le aventaja, y a los más capaces que el fracaso sea general. Porque no [6] estar a la altura de las circunstancias es, a todas luces, terrible para los oradores, si se da la circunstancia de que unos abundan en recursos y otros, por el contrario, se muestran incapaces. Mas, cuando la virtud de los que son ensalzados sobrepasa la capacidad de los encomiastas, todo el mundo preferiría hablar y compartir el fracaso con el mejor, antes que quedarse inactivo y no ser contado entre los oradores.

Ciertamente, la virtud del Emperador pide que mi discurso [7] le preste atención, pero las reglas retóricas5 me llevan a considerar previamente el consulado6, de dónde se cree que surgió, por qué, cuál fue su desarrollo y cuál su provecho. Como los reyes de antaño traspasaron, poco a poco, los [8] márgenes de la realeza y arrastraron el poder legal hacia la arbitrariedad de la tiranía, la Ciudad, que, enamorada de su libertad, anhelaba el gobierno moderado de magistrados legítimos y no podía soportar la insolencia de su amo, expulsó a aquel monarca soberbio y altanero7 que estaba henchido de orgullo y arrogancia. El Senado, en su busca de un guardián de la libertad, imita una fórmula laconia y confía durante un año el mando de las tropas a dos generales, a los que honró con el título de cónsules, mientras que el poder civil se lo asignó a otros magistrados, con el objeto de que uno y otro se inclinaran por fuerza a la moderación. El propio Senado se situó en una posición intermedia controlando las decisiones de ambos, preparado para defender a los agraviados [9] en los disturbios. Así fue como logró que los magistrados, al cesar en sus funciones, hubieran resultado ser diligentes, justos e intrépidos —virtudes que, sin lugar a dudas, son las tuyas—, en parte, por sus cualidades naturales y, en parte, por temor a la rendición de cuentas. Transcurrido el tiempo de la manera que he dicho, resurgió la realeza y recobró sus fueros. El cómo, no es éste el lugar apropiado para exponerlo. Ésta dispensó a los cónsules de la función militar y la puso bajo su cuidado, haciendo que esta distinción [10] no tuviera que ver con las armas. En lo sucesivo, cada vez que los soberanos deseaban enaltecer a determinadas personas de mérito, les concedían este honor, pero, cuando era su intención hacerle un servicio a la propia dignidad, hacían que recayera sobre ellos mismos, vinculando así el consulado a la persona del emperador, para que la ciudad que creó este cargo fuera venerada por ello, al no ser suprimida del todo esta costumbre y al participar de ella el señor del mundo, en la idea de que se trataba de algo honorable, y para que, al mismo tiempo, el título continuara siendo indeleble y, por más que los sucesivos cónsules salieran del cargo, permaneciese inalterable por los siglos de los siglos. De modo que no se encontrará una estela de piedra, de bronce o de oropel, y ni siquiera de acero, más duradera que la fama que este honor garantiza a quien lo alcanza. Pues no reside [11] su renombre en una sola ciudad cualquiera, como ocurre en Atenas con Harmodio y Aristogitón8, dependiendo de los avatares de aquélla, ni se conserva o perece su recuerdo juntamente con ella —y eso sin tener en cuenta que, en muchas ocasiones, las inscripciones de las estelas se pierden, aun cuando la ciudad sigue estando en pie—, sino que este título podría eludir un cataclismo y la destrucción de un incendio junto con los hombres que sobrevivan, a los que suelen proteger las características físicas de los lugares. Aunque el llano se vuelva mar, ellos ocupan los riscos y allí establecen ciudades o aldeas, en las que preservan con celo este nombre y pueden enseñárselo a la posteridad.

Por todo ello, excuso totalmente a quienes sienten fervor [12] por el consulado y ruegan a los dioses, antes que ningún otro beneficio, ser transportados en ese carro. Porque incluso quienes tuvieron ocasión de ostentar la prefectura9, contemplan el consulado como si se tratara de un galardón por haber desempeñado ese cargo. En cambio, quienes llegaron a alcanzar el consulado antes que la prefectura, no le prestan atención alguna a ésta, porque están convencidos de que, sea cual sea el honor que reciban después del consulado, [13] habrán aceptado un ministerio de rango inferior. Pues, ¿qué cosa más venerable puede haber, que el hecho de que el mundo entero preste atención a este título como al sol y que se halle en boca de todo el mundo este nombre que establecieron nuestros antepasados? Porque son numerosas las ocasiones en las que se hace necesaria su mención: tribunales, bodas, mercado, puertos, deudas, operaciones de venta, acuerdos tomados oralmente y por escrito, desacuerdos y firma de compromisos, asociaciones y disolución de sociedades, el feliz nacimiento de hijos y su educación en las escuelas. El único empeño de éstos es aclamar a los cónsules, [14] por cuyo motivo no tienen clase. Lo mismo que alguien ha dejado dicho acerca del cónsul de los dioses, Zeus, que todas las calles, las plazas todas, los puertos y el mar están llenos de su presencia, se podría aplicar a los homónimos del dios. Pues sus nombres invaden la tierra toda y todos los abismos del mar, los campos, las cabañas, y, en suma, allá donde se encuentra la estirpe de los hombres civilizados —y llamo civilizados a cuantos viven conforme a nuestras leyes—. En estos lugares, se conocen y pronuncian estos nombres y confieren autoridad a los más poderosos. Incluso se cantan loas del emperador, día a día y por doquier, no menos por la fama que se le añade gracias a los cónsules.

[15] Tan extraordinaria es la grandeza de esta distinción, que, mientras que las fiestas en honor de los dioses se distribuyen por regiones y se puede ver cómo unos organizan una procesión para un dios y los vecinos para otro diferente, y grande es entre éstos y aquéllos el renombre de la divinidad que recibe el sacrificio, mas no tienen ambos la misma importancia para todos, el consulado, por el contrario, es único e importante por doquier, ya que delimita los períodos de tiempo más largos y los más breves, no permitiendo que los más jóvenes ocupen el puesto de los mayores10. Además, el cónsul que ha tiempo está bajo tierra resucita, de alguna manera, en los juicios, de forma que el muerto toma parte en el proceso junto con los vivos.

Así pues, es comprensible que los descendientes de los [16] romanos antepongan la obtención de esta distinción a una vejez placentera y que, si alguno de los dioses les diera a elegir entre una vida longeva o este honor, se inclinarían por éste. Pues saben que aquello que los héroes compraron al precio de sus vidas —a saber, que nunca sea abandonado su recuerdo—, sólo podrán conseguirlo por medio de este honor. No tiene ninguna importancia Pitodoro, insignificante [17] es Críside, y Enesias11 es un pobre hombre, pues Argos es la ciudad de ella, Atenas la del primero y Lacedemonia la del último, por lo que el espartano no inscribiría al ateniense en un decreto suyo, ni éste al lacedemonio, sino que la autoridad de los nombres de cada uno de ellos se circunscribe a los límites de sus respectivas ciudades. Los Juegos Olímpicos también participan de una porción de gloria en el breve tiempo de su duración. Sin embargo, al consulado la ley le tiene abierto el mundo entero y en todas partes impone la misma autoridad. Oportuna analogía sería la de la luna con [18] respecto a las estrellas: de las variopintas formas que adquieren los bienes que adornan al hombre, no hay ni uno sólo que no sea eclipsado por el fulgor del consulado. Pues es ésta la única distinción que es digna de la fortuna imperial.

[19] Y baste lo dicho acerca de la propia dignidad y de los beneficios que de ella se derivan para quienes la han ostentado. Tal vez alguno pudiera decir más, pero no evitaría que se le reprochara su mal gusto. Ahora expondré previamente a qué tipo de monarcas creo que este honor se ajusta y, además, es útil; luego me aplicaré al resto de mi exposición. [20] Yo creo que al que con habilidad regia gobierna la tierra con rectitud, al que consolida el poder de los romanos y debilita el de los contrarios, proporcionando motivos de contento a los primeros y haciendo que los segundos los tengan para llorar; al que se erige en guardián de las leyes bien establecidas, al tiempo que endereza lo que se encuentra torcido; a esta clase de monarcas es a la que conviene acceder al cargo y cuya fama inmortal es una ganancia, como es el caso de Teseo, Peleo, Palamedes12 y de cuantos se cuidaron [21] de la virtud. Por el contrario, cuantos arruinan la situación de los suyos pero encumbran la de los enemigos y hacen que éstos se acostumbren a vencer y aquéllos a huir13, los tales creo no sólo que no deberían perseguir la memoria que les asegura el consulado, sino que, incluso, habría que maldecir y odiar a los inventores de la escritura, porque recuperan y conservan el recuerdo de males pasados e impiden el [22] olvido que propicia el transcurso del tiempo. Por ejemplo, la lectura de sus disposiciones trae a colación el nombre de cuantos afeminados ocuparon los cargos y, con ellos, se presenta la multitud de males que causaron, de modo que, al final, les llega el castigo por su fama.

[23] Por consiguiente, ¿a quiénes aprovecha vestir ese atavío, sostener el cetro y proyectar al futuro este fármaco de eterno renombre14? A ti y a todo aquel que se te haya parecido o se te parezca en el futuro. Quiera la divinidad que tus hijos, los hijos de tus hijos y los que de éstos nazcan lleguen a ser, a un tiempo, tus herederos y emuladores. Que no acontezca [24] que cualquier emperador sea nombrado también cónsul, toda vez que es posible y, de hecho, sucede, que quien otorga es el mismo que el que recibe, sino solamente aquel que, conforme al antiguo uso de los cónsules, descuelle lo suficiente en majestad como para poderse presentar a la rendición de cuentas del cargo, cual tú te nos has revelado a nosotros. Pues, si bien es cierto que tu fortuna está por encima [25] de inspectores y de tener que rendir cuentas ante unos seres humanos, como crees firmemente que los dioses mismos te están examinando, todas tus acciones y palabras están de acuerdo con la grandeza de quienes te vigilan, porque eres consciente de que no les pasarás inadvertido ni al Sol, ni a la Noche. Haga la prueba quien lo desee: igual da que sea joven que anciano.

Aunque soy inferior, haré el elogio de un sofista más [26] brillante que yo dando comienzo, no a partir de su propio reinado, sino remontando mi valoración a su más temprana edad, para que salga a la luz que recibiste dignamente la monarquía y que diste muestras de virtud tras haber alcanzado el poder.

Pasaré por alto referirme a cuantas enseñanzas recibió [27] su alma bajo la presión de los pedagogos15 y las amenazas de los maestros, enseñanzas que contenían la raíz y los fundamentos de las cuestiones sagradas. Pues si ni siquiera entonces carecía de celo, la fama de sus esfuerzos es motivo [28] de orgullo para quienes eran sus supervisores. Mas cuando, en su decurso, el tiempo puso fin a esta clase de obligaciones y le hizo dueño de su voluntad, como a Heracles16, aunque tenía vía libre para recorrer un camino llano y no había quien le fuera a impedir que se dedicara al vino, los dados y los placeres carnales, con todo, emprendió la ruta recta y escabrosa, puesto que tomaba en consideración a dónde conducía, más que el número de dificultades por las que debía [29] pasar. Establecido como particular en Astacia en medio de dos emperadores17, a un lado su primo, que ostentaba el poder supremo, y al otro su hermano, que había recibido la segunda dignidad, se aplicó a la adquisición de bienes más hermosos que la realeza: la filosofía y la retórica —y así lo expreso por habértelo oído decir a ti, Emperador, que pones los conocimientos que tienes adquiridos por encima de las [30] provincias que gobiernas—. Pero, al ver que el producto de la retórica es la persuasión de las masas y que la filosofía engendra el conocimiento sobre las cuestiones más importantes, como consideraba espantoso ser capaz de discutir suficientemente sobre los demás asuntos, pero no tener el conocimiento acerca de los más importantes, reunió ambas ciencias y las mezcló, elevando así su inteligencia con el conocimiento de los asuntos celestes y ejercitando su lengua para la competición gracias a su trato con los rétores.

Ciertamente, ¿qué persona no consideraría que para ser [31] feliz tenía recursos suficientes con su padre, su abuelo, su tío, su primo, su hermano18, así como con los honores, las manifestaciones de veneración y de adulación por causa de su linaje? ¿Quién, en su lugar, no se habría pasado la vida entera comiendo, bebiendo y durmiendo, socorriendo por un precio a los que necesitaran ayuda, añadiendo unas tierras a otras, acumulando oro sobre oro, objetos sobre objetos y bienes sobre bienes? Pero no es éste tu caso. Por el contrario, [32] ensalzando la máxima de Anaxágoras19, según la cual hay que dejar sin cultivar la tierra paterna, pero es preciso preparar el espíritu para que produzca frutos, se despreocupaba de todas estas bagatelas y se aplicaba al cuidado de su alma. Sólo había una cosa que deseaba poseer sin medida, pues no lo voy a disimular: sacaba de cualquier sitio toda clase de libros y exploraba más detenidamente sus depósitos que otros los de dinero20. Y, como se aplicaba a la filosofía [33] y contemplaba con devoción su prado, no era posible que sostuviese una creencia falsa acerca de lo divino, sino que, al instante, se purificó de su mancha21 y reconoció a los verdaderos dioses en lugar del que se hace pasar por tal, valiéndose [34] de la filosofía en su busca de la verdad. Aquel día yo lo llamo el comienzo de la libertad para la tierra y considero dichoso el lugar que acogió el cambio y felicito al sanador de tu juicio22, el cual, afrontando personalmente el más hermoso de los peligros y persuadiendo a su discípulo, atravesó en su compañía las Cianeas23.

[35] Si, en efecto, su hermano hubiera prestado atención a sus cartas, hoy habría una yunta de soberanos, pues, aunque Juliano no era emperador, estaba en condiciones de reprender a quien reinaba. Pero después de que aquél pereció sin que se le hubiera sometido a juicio, aunque podía haber alegado algo en su defensa sobre lo sucedido, su asesino deseaba extender a Juliano las acusaciones, pero no fue capaz24. Se abstuvo, pues, del asesinato, pero pretendía perjudicarlo con unos viajes25 y castigarlo por acusaciones que no podía probar. Sin embargo, tal era la ignorancia que tenía [36] de la naturaleza de la tierra bajo su dominio, que confundía la herencia de Atenea con las canteras de los siracusanos26, así es que creía que esta ciudad era una prisión para un amante de la elocuencia. Como si alguien, habiendo llevado a un borracho a Tasos27 y habiéndole obligado a quedarse allí, creyera que éste iba a languidecer, aunque, en realidad, estuviera haciéndole con su castigo el más dulce de los favores. Aún más; se trataba de un don de los dioses, los cuales [37] deseaban que, antes de acceder al trono, la ciudad le fuera querida y le hiciera favores para que, una vez convertido en emperador, estuviera en deuda con ella. Y, lo más importante: para que, al partir desde Atenas para tomar posesión del cetro, se llevase del Ática, como cualquier otro de los productos de allí, la victoria sobre los bárbaros28.

[38] La divinidad iba administrando correctamente estos asuntos, porque velaba por el mundo civilizado, pero él, en su deseo de tranquilidad, rechazaba la realeza, siendo el único que rehuía lo que los demás buscaban con afán: la coronación y el reino de entonces. He aquí la prueba: vertió más lágrimas cuando fue llamado al trono, agarrándose a la doble puerta de la Acrópolis, que a quien conducen a la cicuta. Y con todo el placer del mundo habría deseado que de improviso le hubiesen brotado alas y así haberse escapado hacia el país de los Hiperbóreos29. Así que, revolviendo durante todo el trayecto estos pensamientos, si por algún medio pudiera rechazar con decisión el codiciado mando, no cejó en su empeño, hasta que un dios, acercándosele, le hizo cambiar de parecer y puso fin a su vacilación ordenándole [39] claramente soportar el peso de su obligación30. Su propio enemigo era testigo de su piedad. Y para que nadie se asombre al oír que era su enemigo quien le hizo partícipe del poder, explicaré cuál era la intención de esta asociación. Porque aquél no sólo no hubiera visto con buenos ojos que otras personas se sentaran en el trono imperial o vistieran la púrpura, sino que ni siquiera habría podido soportar un sueño con esa visión. Por consiguiente, ¿por qué hizo partícipe a alguien de un poder al que estaba tan aferrado? Por doquier [40] estaba sufriendo estragos a manos de los bárbaros: los pueblos que bordeaban las fronteras romanas habían convertido estas tierras en botín de los misios31. Pero, sobre todo, sufría por los asuntos de Occidente. Un simple general era poco para enderezar la situación, sino que era preciso un monarca que contuviese estas oleadas32. Por otro lado, él [41] mismo no estaba en condiciones de acudir a la carrera, pero, como la situación requería un colega, pasó por alto a los demás y eligió a la víctima de sus ofensas, aunque no se había olvidado de la sangre que había derramado, confiando así más en quien tenía razones para inculparlo, que en los que le debían favores. Y no quedó defraudado. En efecto, hizo acopio de una mentalidad ateniense, y, golpeándose el pecho y haciendo propósito de no pensar en la venganza, fue capaz de colaborar honradamente con él.

Éstas son las rendiciones de cuentas de la época anterior [42] a la realeza, dignas de recibir el elogio de cualquier auditor. Sometamos ahora a examen también al piloto cuando ya manejaba el timón. Sin duda, el que lo envió contra los enemigos victoriosos lo hizo sin esperar de él una victoria, ni que los superara, y mucho menos que obtuviese la supremacía [43] sobre ellos. En efecto, en seguida cambió de parecer sin motivo alguno, pues a los asesores militares que mandó con él los despachó, no como consejeros, sino para que estorbasen sus nobles acciones33. Debo exceptuar a un fenicio, motivo por el que al momento fue sacado de la escena34. Tenía más miedo del buen nombre de su colega, que de la insolencia de los enemigos; que Juliano no recibiera alabanza le resultaba más dulce que la derrota de los enemigos. No me agrada lanzar acusaciones contra aquél35, pero [44] es necesario para el discurso, pues no es posible separar el encomio de los reproches. Así pues, partió desde Italia en pleno invierno con menos de cuatrocientos soldados36. Las extremas temperaturas que durante esa estación impone a esos lugares el ciclo anual, las habéis soportado algunos de entre vosotros37 y otros habéis oído hablar de ello. Entre súplicas a los dioses, puso pie en el país vecino y contempló el territorio que recibía su nombre de los galos, pero que, en realidad, era sembrado por bárbaros que, además de la tierra que cultivaban antes, labraban el mismo suelo donde se levantaban las propias ciudades que ellos habían destruido. Pasó el invierno haciendo planes, pero, tan pronto como la estación invitó a la acción, él en persona dio el grito de guerra, concentró sus fuerzas, las disciplinó y él mismo se encargó de dar ánimo a quienes se amedrentaban. Pero los jefes de caballería, los centuriones y los taxiarcos38, cumpliendo instrucciones de su señor, ponían trabas a su impulso. A pesar de todo, nuestro Soberano consiguió, antes que la victoria de las armas, la de su firmeza y la de su capacidad para soportar con facilidad estas dificultades. En esos momentos, recogió el fruto de su educación, obedeciendo, como Heracles, a un hombre inferior y encadenado, como [45] Ares, durante más de un año por gente necia39. Sin embargo, era preciso que él, lo mismo que Ares, se liberase algún día. Por tanto, aunque se lamentaba en los momentos difíciles, no se excitaba. Nuestros intereses estaban arruinados, mientras que el orgullo de los bárbaros iba en aumento, de manera que ya no era soportable el peligro de su amenaza. En estas circunstancias, se puso en marcha con unos pocos soldados que ya sabían lo que era soportar un asedio40.

[46] Vosotros deseáis, tal vez, oír hablar de la batalla41, de las características del ejército, de cómo eran ambos flancos, las falanges, los gritos de ánimo, las estrategias de los contendientes, las luchas a campo abierto, las celadas ocultas, los preámbulos del encuentro, el fragor de la batalla, el aspecto de las heridas, las huidas, las persecuciones y el terreno oculto por los cadáveres. Haré una narración exacta de ello cuando relate más pormenorizadamente los demás acontecimientos. Por tanto, ahora todo está abreviado y mi relato se asemeja a los bailes propios de la fiesta. Así es que, como [47] un vencedor olímpico que se apresura a regresar a casa desde Pisa y que, al ser preguntado por los pormenores de su victoria, promete dar cuenta de ello y pide que, por el momento, se le felicite, al tiempo que muestra su corona, del mismo modo, también ahora nos referimos al resultado de la guerra pasando por alto las batallas.

[48] Como dije, los bárbaros explotaban nuestra tierra y habían abatido cuarenta y cinco ciudades, se habían apropiado de la mayor parte del suelo y lo tenían como propio, en tanto que las familias más ilustres entre los galos servían como esclavos allí, espectáculo digno de lástima, y nuestros enemigos incrementaban su orgullo. Pero él, ahí presente, el más hábil estratego del mundo, como estaba imbuido de cuantas guerras han existido desde que el hombre es hombre42, no consideró soportable que trescientas trirremes derrotaran en Salamina43 a un número mayor y él mismo no fuera capaz de poner en fuga con unos pocos a la nube de bárbaros. Por consiguiente, se arrojó contra ellos con el ánimo de contentarse con expulsarlos de aquel país, pero la victoria lo animó a entrar en su territorio. Tras cruzar el río Rin, cuyas aguas, a causa de los hijos, pusieron en evidencia la falta de sus madres44, en su porfía por cogerlos vivos, consciente de que ellos preferirían la muerte, pescó e hizo un número tan inmenso de prisioneros, que su alimentación se convirtió en un problema para los nuestros. Por el contrario, a aquéllos que dejó tras de sí les sobraba la comida de [49] que disponían en su territorio. Como temía las consecuencias de una victoria tan enorme y la brillantez de su gesta más que los peligros del combate, no hizo que su trofeo se acompañara de boato, a pesar de que tenía prisionero al jefe de los enemigos. Así fue como siguió adelante en sus victorias, y no mostró a Cnodomario con la cabeza inclinada ante las víctimas de sus saqueos, ni, jactándose de su ejecución, degolló ante las ciudades asoladas a su destructor, sino que, teniendo siempre en la memoria a Aquiles, que se conformaba con vencer, permitía que el Augusto se atribuyera los restantes honores, en su deseo de acabar con todo motivo de rencor45.

Como pensaba que a las ciudades no les ocurre lo mismo [50] que a las personas, pues la muerte es irremediable para éstas, pero las ciudades pueden resucitar, tendió su mano a las que estaban destruidas. Así pues, a medida que se iban levantando las ciudades, un heraldo cruzaba el Rin y animaba a los cautivos a retornar a sus lugares de origen. Éstos se apresuraban a volver sin que fuera canjeado un hombre por otro, sino que los suyos se quedaban aquí, mientras que los nuestros regresaban escoltados por sus antiguos captores46. Así fue como la batalla les enseñó a obedecer en todo. Si [51] añadir una ciudad a las antiguas es un beneficio de todos, porque crece el conjunto del mundo civilizado, ¿cuánto más ilustre no será devolverle las que habían sido aniquiladas? Con ello es posible, a un tiempo, ocupar la tierra y lavar la vergüenza. Porque lo malo no es dejar de fundar la que no existe, sino despreciar la que antes existía pero que yace postrada, ya que en esta conducta radica un doble flagelo: el deshonor y el daño. Que la ruina de las ciudades, expuesta a los ojos de los bárbaros, podría considerarse como una invitación a su audacia y para los nuestros a la cobardía, no admite discusión. Y, si no ahora, al menos sí en lo sucesivo, a ellos les podría causar maravilla y a nosotros exasperación. Sin embargo, tú has restaurado las ciudades como un trofeo inamovible, para que ellos no dejen de temblar de miedo y nosotros no dejemos de cobrar ánimo.

[52] Gracias a tu inteligencia, fortuna, esfuerzos y estratagemas, los bárbaros no tuvieron ocasión de imponerse en ambos frentes, sino que unos causaban daño y otros lo padecían: lo sufrían los del Rin y lo causaban los del Tigris47; por un lado afluían a raudales y por el otro caían. Como cuentan que sucedió en Potidea48, cuando Aristeo el corintio espantaba a todo enemigo que osaba enfrentársele y lo ponía en fuga, a la vez que el otro flanco emprendía la huida [53] hasta encerrarse tras la muralla. Si entonces no te hubieras puesto por medio, nada habría impedido que, por uno y otro lado, los bárbaros, conquistando sucesivamente el territorio que tenían por delante, hubieran terminado por encontrarse en el Bósforo. Pero, por fortuna, la derrota de uno de los bandos ha acabado con unos y a los otros les ha hecho reflexionar. Además, ha conseguido eclipsar la vergüenza de la derrota romana, por lo que una noticia ha servido de consuelo a la otra y el relato de la victoria ha atajado el de la derrota.

Así fue como, de tus éxitos militares, te volviste a las [54] Musas, como un atleta que regresa a la palestra después de haber logrado la corona, y, tras deponer las armas, volviste a tomar los libros, los cuales tomaste como punto de partida para alcanzar tu victoria49. Porque, cuando la sabiduría se enfrenta al número, hace más fuerte al que es más inteligente. Al tiempo que tu fama crece, acuden a tu llamada, no [55] bailarines y actores cómicos, de esos que mueven a risa, ni flautistas y citaredos con sus relatos idóneos para los banquetes, sino un enjambre de rétores50 y un filósofo de Atenas de hermosa figura51, pero más hermoso por la dulzura de su trato, con una inteligencia sobresaliente y más deseoso de ser el mejor en elocuencia que sólo de parecerlo. Este varón, [56] que unas veces te ofrecía sus elogios y otras su consejo, cuando se separó de ti, recibió un presente que eres el único de los soberanos que lo ha otorgado: versos dedicados a él. Así es que, si hacemos el encomio de Pisístrato por su compilación de las obras de otro52, ¿en qué lugar debemos situar a este émulo de Homero?

[57] Sin embargo, con los reveses que propinabas a los enemigos, importunabas al mismo tiempo a los vencidos y al que se convertía en vencedor por mediación tuya. Hasta tal punto la envidia es una enfermedad insalvable, que hasta quien saca provecho siente aversión por el poder de los que le están prestando un servicio. Por eso la envidia que estaba sembrada hacía tiempo contra nuestro Emperador, aquí presente, brotó entonces e hizo que la chispa se convirtiera en [58] llama. En primer lugar, Constancio lo despojó de sus amigos53, con la intención de perjudicarlo a la hora de tomar decisiones. Pero, no por ello él dejaba de ser igual de sensato. A continuación, lo privó de un importante contingente militar para debilitarlo54, sin embargo no por eso era menos fuerte. Pero luego requirió a todos sus hombres, alegando como pretexto la guerra contra los persas. Con esta bella excusa estaba entregando las ciudades junto con su emperador. Pese a todo, él, pues he de decirlo, se mostraba más dócil de la cuenta, ya que animaba a los hombres para que se pusiesen en marcha55. Sin embargo, los gritos de lamento de sus esposas los retuvieron. Cuando éstas aún no habían terminado de respirar de alivio, una segunda oleada se unió a la primera, pero ni siquiera este suceso le persuadió para que se opusiese.

¿De qué manera llegó a ser Augusto? Me parece a mí [59] que en este punto los jueces lo podrán ver más claro. Pues el soldado no estaba siendo coaccionado por la fuerza, ni el soberano cedía a las pretensiones de los soldados, ni tan mala era la instrucción de los súbditos, como para forzar a su señor y oponerse a sus designios. Por tanto, ¿cuál es la explicación más verosímil? Era un dios56 quien los impulsaba sin que éstos hubiesen previsto nada, sino que la palabra se anticipó a la reflexión. Y ello es obra de un dios. Llegó una orden hermana de la anterior, que añadía al color púrpura de su clámide una cinta hecha de perlas con un engaste de piedras preciosas57. Él levantaba la vista al cielo y tanto la entrega como la aceptación eran voluntad de los [60] dioses. Del mismo modo que no creemos que los oráculos procedan de la Pitia, sino del dios que envía sus vaticinios a sus labios, considérese en este caso que lo sucedido era obra de dioses que impulsaban a los soldados y los animaban a coronar su cabeza, más que como la acción de hombres que eran dueños de actuar a su antojo. Ciertamente, es verosímil que los dioses accedieran a las súplicas y ocasionaran el origen de un hecho que consideraban hermoso. Porque jamás habrían aprobado la concesión de un honor injusto y sí, [61] en cambio, habrían admitido lo que era justo. Con todo, el asentimiento de los dioses no vino como un feliz hallazgo para el beneficiario de este honor, como si desde antiguo hubiera alimentado en su interior este deseo, sino que, como si se conformara con el mal menor, dudaba, vacilaba, persistía en mantenerse en sus antiguos límites58 y esperaba que, tras la elección celestial, llegara la terrenal.

[62] Por consiguiente, mientras existía la esperanza de una reconciliación, se abstuvo de obrar. Mas, una vez que se declaró abiertamente la guerra, Italia se fortificaba, los germanos eran llamados al combate59 y los escitas eran movilizados; cuando el infante avanzaba, el arquero se ponía en camino y nada retenía a Constancio ni le hacía darse la vuelta, ni los caballos persas relinchando a orillas del Eufrates, ni las máquinas de guerra arrimadas a las murallas, ni el llanto de las ciudades, ni el fuego que se les avecinaba, sino que pagaba con territorio romano el precio de su miedo y dejaba a merced de los bárbaros a los ciudadanos más ilustres —para no hacer mención de los de linaje más humilde—; entonces, y sólo entonces, permitió Juliano que sus adversarios tuvieran la vista fija en los caminos, mientras él tomaba una ruta distinta, no hollada, más corta pero impracticable a causa de sus barrancos60, como algunas de las calles que la mano del hombre ha excavado en ciertas ciudades. Tal vez lo guiase Apolo, que iba allanando lo abrupto, como hizo con el foso de los aqueos61. Así fue como los que estaban siendo tomados [63] no se percataban aún de nada, como peces cuando se recoge la red. Cuando llegó el momento oportuno, dio a conocer su presencia, cuando ya había puesto pie en la frontera y en nada difería de un buzo que está oculto bajo la superficie marina y pasa desapercibido cuanto le venga en gana a la gente que se encuentra en la costa. Tanto más se preocupaba por no dar la impresión de estar cometiendo un ultraje que de su propia victoria, que, aunque estaba inmerso en los peligros, se dedicaba a justificarse ante todos los griegos enviándoles allí misivas más largas, más breves o de moderada extensión, de acuerdo con el carácter de cada pueblo, para que los escritos se adaptaran a la idiosincrasia de sus destinatarios62.

[65] Cuando se encontraba deliberando en Panonia acerca de Tracia, si había llegado el momento de atacar o de permanecer inactivo, oponiendo su virtud a la superioridad numérica de sus enemigos, un azar decide la cuestión, cuando las armas aún se encontraban inactivas, y encuentra un final adecuado al parentesco de los contendientes. Pues, cuando estaba a punto de imponerse el que se defendía, mediante una enfermedad63 la fortuna sacó del peligro al atacante. Y el trofeo fue tanto mayor, cuanto que no hubo que enterrar [66] soldados por ninguno de los dos bandos. Por consiguiente, considérese incluso a Ciro el Grande inferior a nuestro Emperador en lo que respecta al afecto divino. Pues, si la fortuna le reservó a Ciro un pastor para su salvación, por otro lado, tuvo que combatir con su abuelo64 y hacer algo incluso más grave, según afirma Isócrates65. De manera que, al mismo tiempo que conquistó a los medos, tuvo que cubrir su rostro de vergüenza. Sin embargo, en tu caso, más hermoso que lo que conseguiste, ha sido el modo de lograrlo, ya que llegaste al poder supremo con las manos limpias. Y, [67] lo que es aún más hermoso: sintieron el mismo placer por ello tanto los hombres que llevabas contigo, como aquellos a cuyo encuentro ibas. Pues oficialmente se encontraban al lado de tu rival, pero, por afecto, estaban de tu parte, porque tenían constancia de que tú eres emperador a la hora de decidir, pero un compañero de armas en las fatigas de la guerra. Y ésa era justamente la razón por la que los poderosos [68] dioses destinaban tu cabeza a la diadema: para que a tu coronación le siguiera la cólera de Constancio, a su cólera la movilización, y para que, tras la movilización, te pusieras en marcha y pudieras estar cerca del poder. «Si vacilas ante la perspectiva del asesinato —decían—, ten ánimo, que nosotros nos ocuparemos de ello66».

Por consiguiente, después de haberse apoderado de la [69] mayor parte de Europa y de Asia de la forma más piadosa de la que tengamos noticia, no se aplicó a ningún asunto antes que a la religión, como un buen armador que presta atención a la quilla antes que a los demás componentes. Pues, de igual modo que en la resistencia de ésta halla el barco su salvación, así la encuentran las ciudades en el cuidado de las potencias divinas. Por eso levantaba santuarios, construía altares67 y trataba de acostumbrar a su patria, que no soportaba en absoluto el beneficioso humo de las víctimas, a no hacerles la guerra a las cosas favorables; como a una madre reprende el hijo, que, después de haber compartido de pequeño el engaño de ella, al cabo termina por apartar a ambos del error.

[70] No deja de causarme asombro aquella gente que, cuando habla de los persas, afirma que los someterás, sin percatarse de que, de hecho, ya los has vencido. Y sólo te ha bastado asentarte en la entrada del Ponto, frente al Bósforo, y hacer exactamente lo que estoy haciendo yo ahora mismo: dar a conocer un escrito tuyo al Gran Senado68. ¿Que cuál es esa [71] victoria? Constancio, tras despojar a la tierra oriental de la flor de sus hoplitas, iniciaba sus campañas confiando las ciudades a lo peor de su ejército, que, en apariencia, montaba guardia, pero, en realidad, eran ellos quienes necesitaban protectores. Así es que los vigilantes temblaban de pavor junto con sus protegidos. Por esa razón, en todo momento nos parecía que estábamos contemplando el saqueo de las ciudades aunque todavía no ocurriese, y la salvación radicaba [72] en la huida69. Los habitantes del interior envidiaban a los pueblos marinos y los que habitaban la costa, a sus armadores de barcos. Entonces no existía un bien más preciado que ser dueño de una nave. Los chipriotas que estaban de paso recibían todo tipo de agasajos y prometían asilo a sus huéspedes70. Pero ni siquiera el mar estaba libre de temor, pues se sabía que, en los puertos, habría peleas por los barcos y, una vez en alta mar, se producían víctimas, ya que la ocasión hacía que abundaran los malhechores.

Pero, por fin, un solo día acabó con estos movimientos [73] migratorios. Pues el mismo día que te concedía el poder, a nosotros nos permitía tener confianza para quedarnos en casa; no porque de algún sitio nos asistiera alguna fuerza militar, ni porque en unos lugares se construyeran murallas y en otros se reparasen, ni porque los enemigos quedasen abatidos por efecto de una peste, sino que, simplemente, el que tú alcanzases este título bastó para expulsar el miedo. Y, aunque estabas a setenta jornadas de distancia del Tigris, infundías pavor a los persas, como si ya hubieras alzado las insignias de guerra. Por su parte, aquel Demarato71 —que [74] de mala muerte perezca—, que elogiaba ante los persas nuestras riquezas y andaba diciendo que en el invierno les entregaría la ciudad como si la pescara, cambió de opinión y dejó escapar las palabras que empleó Polidamante cuando se mostró ante él Aquiles72. Cualquiera que piense cabalmente considerará ésta como una gran victoria, en nada inferior a la que está por venir, ya que, si los dioses nos la conceden, nos traerá prisioneros a nuestros enemigos, pero la primera impidió que nosotros llegáramos a serlo. Y si, gracias a la victoria futura, podemos imponerles un castigo por los daños que hemos sufrido, gracias a la primera no [75] hemos padecido más agravios. En mi opinión, un enemigo es derrotado no sólo cuando es capturado, sino cuando sus perspectivas son las de ser tomado y se contenta con salvar el pellejo. Porque, cuando uno cuenta entre sus posesiones aquello que esperaba conseguir, piensa que ha sufrido una pérdida si no lo consigue.

[76] Esta que he expuesto es una sola demostración de que el Medo ha sido derrotado. Pero hay otra y ¡por Zeus! discúlpame si se me escapa algo que no deba decirse, pues mi boca se ve forzada y hay algo que es más poderoso que la barrera de mis dientes. Muy recientemente llegaron unas cartas asirias en las que se suplicaba abrir, mediante heraldos y embajadas, una vía al diálogo y zanjar las diferencias a través [77] de negociaciones73. Yo pensaba que Juliano aplaudiría, lo festejaría y se daría toda la prisa posible, así es que le daba mis felicitaciones, comportándome como quien está habituado a continuas derrotas. Sin embargo, él rechazó de plano la misiva con más coraje que Diomedes, pues consideraba inadmisible que se permitiera negociar acuerdos a quien tenía que rendir cuentas. No menos vigorosa respuesta [78] fue la que dio a los emisarios que venían de parte de los escitas74, a los que sorprendió interpretando con sutilezas los juramentos prestados, motivo por el que los exhortó a tomar el camino de regreso y cuidarse de los preparativos para la guerra. Ciertamente, era la primera vez en mucho tiempo que un varón romano amenazaba a un bárbaro.

¿Por qué motivo, pues, cambió súbitamente el espíritu [79] guerrero? ¿Qué factor hizo que los persas volvieran a sentir temor de la fortuna de los romanos? Sin duda no fue ninguna batalla terrestre, ni un combate ecuestre, ni una innovación en el armamento, ni el hallazgo de nuevos inventos, sino que fueron los frecuentes sacrificios, la sangre en abundancia, los vapores de los perfumes y los banquetes en honor de los dioses y los espíritus, los factores que desalentaron a los enemigos75. Por esa razón se complace en ser llamado sacerdote [80] no menos que emperador76. Y el nombre concuerda perfectamente con sus actos, ya que ha superado, no más a los monarcas en las tareas de gobierno, que a los sacerdotes en las ceremonias religiosas. Y no me estoy refiriendo a esos de hoy que no tienen entusiasmo, sino a aquellos antiguos sacerdotes egipcios que tan versados estaban en su arte. Porque él no hace sacrificios unas veces y otras se abstiene de ello, obedeciendo a imperativos legales, sino que, como considera que se dice con razón eso de que todo, tanto las palabras como las acciones, deben tener a los dioses como punto de partida, las ofrendas que sabe que otros consagran cada novilunio, él las ha convertido en diarias. Recibe con sangre al dios cuando amanece y con sangre lo acompaña hasta que se sumerge en el Océano, y repite los mismos [81] preparativos en honor de los dioses nocturnos77. Como, en virtud de su posición, la mayor parte del tiempo se ve retenido dentro del palacio y no le es posible acudir diariamente al santuario, ha convertido el palacio real en templo y su jardín es más intachable que el que en algunos lugares tienen los santuarios78. Y los altares son más agradables [82] gracias a los árboles y los árboles por los altares. Y, lo que es aún más virtuoso: no sirve a los dioses por medio de manos ajenas sentado sobre un elevado trono o completamente rodeado de áureos escudos, sino que oficia con sus propias manos, da vueltas de un lado para otro, coge un leño, empuña la daga, abre con ellas las aves y no desconoce lo que se halla en su interior. Y prueba de ello son sus dedos llenos de la sangre que testimonia que viene de sacrificar. Pues considera absurdo que él en persona maneje los documentos destinados a sus futuros gobernadores, pero que, en cambio, no cumpla con esas mismas manos sus deberes para con los dioses. Este hecho explica que no convoque con urgencia [83] comités de generales, centuriones y tribunos, y que no pierda el tiempo en discusiones, sino que, con acudir a sus maestros en lo oculto, tiene resuelto el problema. Ésta es la razón por la que ninguna carta, o muy pocas, le vengan de los extremos del Imperio, ya que está enterado de todo. Así como nada pasa desapercibido a Helios de cuanto hay sobre la tierra, de igual forma nada de lo que sucede se te escapa, porque es el propio Helios quien te lo cuenta. Hasta en los [84] lugares más apartados, todos los bárbaros que son vecinos nuestros, desde el Océano exterior hasta las rompientes del Ponto, han colgado sus armas y trazan surcos en la tierra, porque han renunciado a aspirar a la abundancia de que disfrutamos al otro lado y se contentan con suplicar a Deméter. Y cuantos súbditos tuyos merecían sufrir daño por su afecto hacia la tiranía, han causado su propia ruina, al no ser capaces de hacer realidad sus aspiraciones. Sin embargo, tras su captura, no padecieron los castigos que temían, por lo que son los únicos que han conservado la vida después de haber participado en conspiraciones como ésta79. Yo me extrañaba [85] de que Jerjes no diera muerte a quienes se ofrecieron a morir como expiación por la muerte de sus heraldos80. Éstos habían sido ultrajados por la ciudad entera y el crimen era desdeñable para el Medo. Además, debió de sentir vergüenza ante la valentía de los hombres que se entregaban voluntariamente. Sin embargo, Juliano sólo cuando tuvo las pruebas castigó a quienes habían tramado contra él lo que ni siquiera es lícito decir.

[86] Debemos considerar, señores, que su protección la ejercían sus propios protectores, vigilantes más excelentes que Argos nacido de la tierra81. Los dioses, junto con su guardia de corps, se encargan de su custodia y protegen a los propios guardianes. Y, si encuentran que entre ellos hay lobos en lugar de perros, lo dan a conocer; no mediante el envío de simples y tortuosos ensueños, sino que, como nos estamos viendo ahora y como uno conversaría con otro acerca del que está hablando, si nos parece que lo está haciendo correctamente o al contrario, así es como ellos le hablan a él acerca de los conspiradores. Pues han otorgado a sus ojos el privilegio de mirar con su propia visión y no dejan que desconfiemos de Homero cuando hace que los dioses se mezclen con los hombres como si fueran sus compañeros y [87] amigos. ¿Y cómo no iban a ser amigos tuyos, si ninguno de sus altares fue descuidado por ti en tu camino hacia aquí? Te apartaste una buena distancia de tu trayecto y te dirigiste a Frigia, donde, tras hacer numerosos y cuantiosos honores a la que dio a luz a nuestros dioses, continuaste tu camino82. Cuando por fin llegaste a nuestra tierra, te mantuviste inactivo, como diría uno de esos que nada saben, pero, según creo yo, sostuviste una guerra y encontraste un medio para alcanzar la victoria más importante que la batalla en sí. Se trata de lo siguiente. Con anterioridad, el poderío de los persas [88] no era superior al nuestro por su número, ni mejor por su vigor, ni más hábil por su estrategia, ni más fuerte en virtud de su armamento. Sin embargo, el factor que reúne todas estas virtudes, si se posee, y el que las arruina, si se carece de éste, había cambiado de bando y se había puesto de parte de ellos. Me refiero a los dioses, señores de la guerra, de la batalla y la victoria, que abaten a quienes los desprecian y fortalecen a los que los respetan. Por este motivo, cada vez [89] que los dos ejércitos se encontraban, los dardos invisibles de aquéllos alcanzaban a nuestros hoplitas y se llevaban consigo sus vidas. Unos los arrojaba Ares y otros sus escoltas, Terror y Espanto. Con éstos sus corazones quedaban aturdidos y dejaban caer de sus manos las espadas; les ocurría, en suma, lo que es natural que les pase a los hombres: eran derrotados por dioses. Por todo ello, como sabía perfectamente [90] que cada soldado debe arrodillarse ante aquellos a quienes necesita en la batalla, consciente de que ésa es la parte fundamental de la panoplia —no el escudo, ni la coraza, ni el venablo—, iniciaste con los dioses el diálogo que ya has consumado, y armaste con la alianza de los dioses a tus efectivos, que, por propia iniciativa, corrían apresuradamente a los altares y competían entre sí por el incienso83.

[91] De tal naturaleza es el muro que has construido en torno al poderío de los romanos. Y, con tu buena acción, también has transformado al resto del pueblo, haciendo que los demás posean los poderes de Proteo84. Pues hoy los que habitan la tierra se han metamorfoseado, sin más, de cerdos en [92] hombres. La causante de todos estos cambios es la retórica, ya que éstos se deben a tu inteligencia, y ésta a la retórica, cuyos distintos géneros has aprendido perfectamente, lo mismo la oratoria improvisada que las composiciones cuidadas, el género epistolar, la dialéctica o la hermosura de los versos. En virtud de ello, unas veces compones encomios, otras persuades, otras impones tu parecer y otras fascinas a tu auditorio. Superas a los oradores en filosofía y, a su vez, a los filósofos en retórica, y a ambos en poesía, de igual modo que a los poetas por aquellas dos artes85. Además, ¡por Zeus!, sobrepasas a todos los que me he referido por tu perfecto dominio de la otra lengua86. No hablo porque yo sea un experto en ésta, sino que hago caso de lo que [93] me dice el cartaginés que tú sabes87. De manera que, en el supuesto de que poseyeses estas cualidades sin tener la realeza, muchos son los reyes a los que infundirías el deseo de regalarte lo que tienen y tomar a cambio lo tuyo. En suma, si te fuera dado hablar con diez lenguas88, ninguna falta te harían los que te auxilian con las cartas. Pero esta variada, [94] hermosa y variopinta elocuencia no la has adquirido solamente con tus estudios anteriores a tu ascensión al trono, sino que, incluso actualmente, sigues velando para ocuparte de ella. Y la realeza no te ha forzado a tener abandonados los libros, sino que, por la noche, cuando aún se encuentra en su primera fase, tú entonas cantos mucho antes que los gallos, ya sea componiendo tus propias obras, ya sea leyendo las producciones de otros89. El poder del sueño es controlado gracias al sacrificio del estómago. Porque, con el vino y la saciedad, aquél se enseñorea de los párpados, pero sin éstos no puede hacer gran cosa. ¿Pero qué tiene de extraño [95] que se preocupe poco de la belleza corporal, si su alimento es como el de las cigarras, se dedica a sus producciones literarias, al trato con los dioses y a un trabajo constante? Pues lo que conduce a estos objetivos se aparta de los placeres mundanos. Incluso, es posible que, en virtud de su disposición natural a la vida moderada, se vea privado de los elogios que merece la prudencia, porque el mismo hecho de no permitir siquiera llevar un género de vida tal, ni de someterse a las bajas pasiones, lo despoja de la admiración que por ello merece.

[96] Así es nuestro emperador y cónsul, superior en todas las virtudes, no sólo porque nosotros así lo creamos, sino también a juicio de los dioses, pues está en condiciones de cerrarle la boca a Momo90 por la perfección de su virtud. Esta nobleza y magnanimidad se manifiesta además en el hecho de que eligiese como compañero de yugo a quien le es inferior en posición91, en que no rehuyera el consulado por no haber nadie de igual dignidad que la suya, y en que, en su deseo de ostentar el cargo, no nombrara a uno de igual rango [97] antes de lo que hubiera sido decoroso. De todas formas, Janto, el caballo inmortal, tampoco menospreció a Pédaso, que corría a su lado92. Pero es que, además de este ejemplo, sabemos que viajaban en un mismo carro Atenea y Diomedes93, una diosa formidable y el mortal más extraordinario.

[98] Me parece que, ahora, hasta los matrimonios llevarán aparejada la decencia, que todos los tratados participarán de la justicia y que los niños serán engendrados para un futuro mejor, puesto que el título que ostentas es la señal de un [99] buen augurio. Creo que, si, como ocurre con los atletas, hubiese un certamen entre los años y el correspondiente juicio, éste se alzaría con la victoria por unanimidad. Pues muchos te han recibido como cónsul, y ojalá lo sigan haciendo otros, pero este año es el primero que te recibe investido del poder en solitario. Por eso, si nada impidió a Safo de Lesbos suplicar que la noche tuviera para ella una doble duración94, ojalá pueda también yo pedir algo similar: «Cronos, padre del año y los meses, haz que este año se nos alargue todo lo que esté en tu mano, como prolongaste la noche cuando fue concebido Heracles95. En una palabra, alarga la vida del Emperador más allá del límite de Solón, considerando un ornato para ti la vejez de un buen monarca». Esto es lo que [100] pido y, además, que nuestro ejército se dé un banquete en Susa96, mientras los persas le escancian el vino. Es justo hacer esta súplica y razonable confiar en que se cumpla. Pues nosotros marcharemos acompañados de la divinidad.

¡Ea, pues! Concede la libertad a todos tus servidores honestos [101] e intachables97, a quienes hay que considerar más afortunados que a los que jamás fueron apaleados por su defensa de la libertad, en la misma medida en que a éstos hay que estimarlos más dichosos que a los que acabaron sus días como esclavos. Sin duda alguna, su destino lo está cambiando un hombre que se ha forjado su libertad por sus propios medios y que no ha consentido que, sobre su alma, ejerza su dominio la dictadura de los placeres. Gracias a la [102] majestad del consulado, estos siervos llevan ventaja a quienes, en otros lugares, son liberados de la esclavitud; a los que lo son por parte de cónsules, porque, además, se trata del Emperador, y a los liberados por los emperadores, por la excelencia del que tenemos ahora. Espectáculo semejante a éste nunca antes han contemplado ojos humanos o divinos.


1 Juliano entró en su cuarto consulado el 1 de enero del 363, teniendo como colega al prefecto de las Galias, Flavio Salustio.

2 Cf. PÍNDARO, Ol. I 85 ss., donde se describe el carro de oro tirado por alados corceles que Posidón regaló a Pélope para competir por la mano de Hipodamía.

3 I.e., Antioquía.

4 El entusiasmo de Juliano por el presente discurso fue tan grande, que se tomó un gran empeño por su publicación posterior. Del contenido de la Ep. 785 (de enero-febrero del 363) se deduce que, por entonces, Libanio estaba preparando su publicación en forma de libro. De hecho, en Disc. XVIII 6, Libanio presupone que su público conoce bien este discurso. Cf. H.-U. WIEMER, Libanios…, págs. 157-159, y P. PETIT, «Recherches…», 486.

5 Los manuales de retórica al uso recomendaban que, en el encomio (enkṓmion), se comenzara el elogio por las virtudes externas, tales como la patria, el linaje, etc. Debía continuarse con la crianza, educación, aspecto físico y acciones del elogiado. Cf. los progymnásmata o ejercicios de retórica de HERMÓGENES (15-16) y de AFTONIO (21-22), traducidos en el núm. 158 de esta misma colección.

6 Aquí se inicia el largo excursus sobre el origen y evolución del consulado, hecho excepcional en la obra de Libanio, que, como acendrado helenista, rehúye cualquier alusión a la cultura e historia de Roma. P. RIVOLTA, «Una digressione romana in Libanio. Disc. 12, 8-21», Koinonia 11 (1987), 27-42, expone tres razones por las que Libanio hace esta digresión: 1) el deseo de resaltar la prosperidad del Imperio bajo la guía de los dioses; 2) la accesibilidad de Juliano, que eligió a un privatus como colega suyo, hecho que no sucedía desde el año 288, cuando Diocleciano nombró como colega suyo a Pomponio Januariano; c) este consulado ofrecía la ocasión perfecta para poner de relieve la oposición de Juliano al ideal helenístico de la ley viviente (nómos émpsychos) y su adscripción al ideal romano de la rendición de cuentas (la provocatio del derecho romano, que Libanio identifica con la euthýna ateniense). Véase además H.-U. WIEMER, Libanios…, págs. 166-169.

7 Referencia a la expulsión de Tarquinio el Soberbio en el 509 a. C. y la instauración de la República Romana (Cf. TITO LIVIO, Ab urbe cond. I 49-60). Como Norman señala en su edición (págs. 40-41), la fuente de Libanio, que se jactaba de no saber latín, debió de ser DIONISIO DE HALICARNASO (Hist. antigua de Roma IV 73-75).

8 Los conocidos asesinos del pisistrátida Hiparco. Los atenienses erigieron en su honor sendas estatuas de bronce. Cf. DEMÓSTENES, Contra Leptines 70 y TUCÍDIDES, VI 54-58.

9 No se olvide que Salustio era prefecto (hýparkhos) de las Galias antes de ser cónsul (hýpatos).

10 Como es sabido, los romanos se referían a los años tomando como referecia el nombre de los cónsules.

11 Críside era una sacerdotisa de Argos, Enesias fue un éforo espartano y Pitodoro un arconte epónimo de Atenas. TUCÍDIDES, II 2, 1 cita sus cargos para señalar el año en que dio comienzo la Guerra del Peloponeso, de ahí que Libanio los compare a los cónsules.

12 Teseo es el mítico rey ateniense. El eácida Peleo, rey de Ftía, es el padre del gran Aquiles. Palamedes fue, junto con Aquiles, alumno del centauro Quirón, y a él se le atribuye la fijación del alfabeto griego.

13 Velada alusión a Constancio II.

14 Locución tomada de PLATÓN, Fedro 274e-275a, donde se expone el famoso mito de Thamus y Theuth, a propósito de la invención de la escritura, pasaje que inspira estas últimas palabras de Libanio.

15 Mardonio, preceptor de Juliano y quien le inculcó el amor por los clásicos, especialmente por Homero, autor ampliamente conocido y citado por éste. Vid. Misopogon, 351c-353a; J. BIDEZ, La vie…, págs. 16-21; J. BOUFFARTIGUE, L’Empereur Julien et la culture de son temps, París, 1992, págs. 19-21, y P. ATHANASSIADI, Julian and Hellenism. An Intellectual Biography, Oxford, 1981 (reimpr. Londres-Nueva York, 1992), págs. 13-20.

16 Libanio se refiere al pasaje de JENOFONTE, Recuerdos de Sócrates II 1, 21-34, donde se nos ofrece el relato que hace el sofista Pródico sobre el dilema del joven Heracles, que debía elegir entre Placer y Virtud.

17 Los dos emperadores son el Augusto, Constancio II, establecido en Constantinopla, y el César, Galo, hermano de Juliano, que residía en Antioquía. Libanio resume aquí muy someramente la juventud de Juliano, sin aludir siquiera a los seis años que él y Galo pasaron recluidos en Macellum (341-347/8). No hay acuerdo unánime sobre el itinerario que siguió Juliano tras salir del encierro, pero es éste el único pasaje que lo sitúa en Astacia (Siria). Vid. J. BOUFFARTIGUE, L’Empereur Julien…, págs. 29-38. Morel corrigió la extraña lectura en Astakíai con la ingeniosa en astasíai, que no han adoptado los editores posteriores.

18 Julio Constancio, Constancio Cloro, Constantino I el Grande, Constancio II y Galo respectivamente.

19 Cf. DIÓGENES LAERCIO, II 3, 2.

20 La emperatriz Eusebia, esposa de Constancio II, conocedora de la pasión bibliófila de Juliano, le regaló una colección de libros cuando su esposo lo envió en el 355 a las Galias en calidad de César. Juliano agradeció profundamente el regalo. Véase EEE, 123d-124a.

21 I.e., el cristianismo y Cristo. En una epístola a los alejandrinos (Ep. 111, 434d), escrita en Antioquía en el año 363, el propio Juliano data su conversión al paganismo en el 351, cuando contaba veinte años de edad: «No equivocaréis el recto camino si obedecéis a quien ha marchado por ese camino hasta los veinte años y ahora, con la ayuda de los dioses, hace doce que marcha por este otro». La fecha coincide, pues, con la estancia de Juliano en Pérgamo, donde asistió a las clases de los neoplatónicos Eusebio y Crisanto, discípulos ambos de Edesio de Capadocia, que a su vez lo fue del propio Jámblico. Allí tuvo noticia de dos filósofos que influirían notablemente en su vida: Prisco, que por entonces enseñaba en Atenas, y Máximo, a quien fue a buscar a Éfeso (cf. EUNAPIO, Vidas de los sofistas 473 ss.). Consúltense J. BIDEZ, La vie…, págs. 67-89; R. SMITH, Julian’s Gods. Religion and philosophy in the thought and action of Julian the Apostate, Londres-Nueva York, 1995, págs. 180-189, y P. ATHANASSIADI, Julian…, págs. 25-29, autora que defiende la tesis de que Juliano nunca fue un cristiano convencido y de que su conversión fue gradual.

22 Máximo de Éfeso, a quien Juliano consideraba su verdadero maestro de filosofía.

23 Las famosas rocas Simplégades de la leyenda de Jasón y los Argonautas. Vid. APOLONIO DE RODAS, Las argonáuticas II 549-607.

24 Durante su estancia en Antioquía, el César Galo se comportó despóticamente, con frecuentes ejecuciones y asesinatos a sus espaldas, especialmente los del prefecto de Oriente, Domecio, y su cuestor, Moncio, a quienes entregó a la soldadesca enfurecida. Constancio llamó a Galo a la corte de Milán y éste, confiado en que su matrimonio con Constancia, hermana del Augusto, lo mantendría a salvo, obedeció sin rechistar. Sin embargo, durante el viaje ésta enfermó y murió, con lo que el destino del César quedó sellado. Nada más llegar a Petovio, el comes Barbacio lo arrestó y lo condujo a Flanona, donde, sin previo juicio, fue decapitado. Esto sucedía a finales del 354. Inmediatamente, fue llamado también Juliano, a quien se acusaba de haber abandonado el confinamiento en Macellum sin permiso y de haberse entrevistado en secreto con su hermano en Constantinopla, cuando éste hacía su fatídico viaje a Milán. Sea como fuere, Juliano logró salir airoso de esta situación con la ayuda de la emperatriz Eusebia. Cf. infra, Disc. XVIII 24 ss., AMIANO, XIV 7-XV 3; ZÓSIMO, II 55; JULIANO, SPQAth., 271d-273b, y J. BIDEZ, La vie de l’empereur…, págs. 97-107.

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