Читать книгу: «Guerra y Paz»
PRIMERA PARTE
I
Bien. Desde ahora, Génova y Lucca no son más que haciendas, dominios de la familia Bonaparte. No. Le garantizo a usted que si no me dice que estamos en guerra, si quiere atenuar aún todas las infamias, todas las atrocidades de este Anticristo (de buena fe, creo que lo es), no querré saber nada de usted, no le consideraré amigo mío ni será nunca más el esclavo fiel que usted dice. Bien, buenos días, buenos días. Veo que le atemorizo. Siéntese y hablemos.
Así hablaba, en julio de 1805, Ana Pavlovna Scherer, dama de honor y parienta próxima de la emperatriz María Fedorovna, saliendo a recibir a un personaje muy grave, lleno de títulos: el príncipe Basilio, primero en llegar a la velada. Ana Pavlovna tosía hacía ya algunos días. Una gripe, como decía ella -gripe, entonces, era una palabra nueva y muy poco usada -. Todas las cartas que por la mañana había enviado por medio de un lacayo de roja librea decían, sin distinción: «Si no tiene usted nada mejor que hacer, señor conde – o príncipe -, y si la perspectiva de pasar las primeras horas de la noche en casa de una pobre enferma no le aterroriza demasiado, me consideraré encantada recibiéndole en mi palacio entre siete y diez. Ana Scherer.»
– ¡Dios mío, qué salida más impetuosa! -repuso, sin inmutarse por estas palabras, el Príncipe. Se acercó a Ana Pavlovna, le besó la mano, presentándole el perfumado y resplandeciente cráneo, y tranquilamente se sentó en el diván.
–Antes que nada, dígame cómo se encuentra, mi querida amiga,
– ¿Cómo quiere usted que nadie se encuentre bien cuando se sufre moralmente? ¿Es posible vivir tranquilo en nuestros tiempos, cuando se tiene corazón? – repuso Ana Pavlovna -. Supongo que pasará usted aquí toda la velada.
–Pero, ¿y la fiesta en la Embajada inglesa? Hoy es miércoles. He de ir – replicó el Príncipe -. Mi hija vendrá a buscarme aquí. – Y añadió muy negligentemente, como si de pronto recordara algo, cuando precisamente lo que preguntaba era el objeto principal de su visita -. ¿Es cierto que la Emperatriz madre desea el nombramiento del barón Funke como primer secretario en Viena? Parece que este Barón es un pobre hombre.
El príncipe Basilio quería para su hijo aquel nombramiento, en el que había un interés particular por concedérselo al Barón a través de la emperatriz María Fedorovna.
Ana Pavlovna cerró apenas los ojos, en señal de que ni ella ni nadie podía criticar aquello que complacía a la Emperatriz.
– A propósito de su familia – dijo -. ¿sabe usted que su hija, desde que ha entrado en sociedad, es la delicia de todo el mundo? Todos la encuentran tan bella como el día.
El Príncipe se inclinó respetuosa y reconocidamente.
– Pienso – continuó Ana Pavlovna después de un momentáneo silencio y acercándose al Príncipe sonriéndole tiernamente, demostrándole con esto que la conversación política había terminado y que se daba entonces principio a la charla íntima -, pienso con mucha frecuencia en la enorme injusticia con que se reparte la felicidad en la vida. ¿Por qué la fortuna le ha dado a usted dos hijos tan excelentes? Dejemos de lado a Anatolio, el pequeño, que no me gusta nada – añadió con tono decisivo, arqueando las cejas-. ¿Por qué le ha dado unos hijos tan encantadores? Y lo cierto es que usted los aprecia mucho menos que todos nosotros, y esto porque usted no vale tanto como ellos – y sonrió con su más entusiástica sonrisa.
– ¡Qué le vamos a hacer! Lavater hubiera dicho que yo no tengo la protuberancia de la paternidad – replicó el Príncipe.
–Déjese de bromas. ¿Sabe usted que estoy muy descontenta de su hijo menor? Dicho sea entre nosotros – y su rostro adquirió una triste expresión -, se ha hablado de él a Su Majestad y se le ha compadecido a usted.
El Príncipe no respondió, pero ella, en silencio, le observaba con interés, esperando la respuesta. El príncipe Basilio frunció levemente el entrecejo.
– ¿Qué quiere usted que haga? – dijo por último -. Ya sabe usted que he hecho cuanto ha podido hacer un padre para educarlos, y los dos son unos imbéciles. Hipólito, por lo menos, es un abúlico, y Anatolio, en cambio, un tonto bullicioso. Esto es todo; ésta es la única diferencia que hay entre los dos – añadió, con una sonrisa aún más imperativa y una animación todavía más extraña, mientras, simultáneamente, en los pliegues que se marcaban en torno a la boca aparecía límpidamente algo grosero y repelente.
– ¿Por qué tienen hijos los hombres como usted? Si no fuese usted padre, no se lo diría – dijo Ana Pavlovna levantando pensativamente los párpados.
–Soy su fiel esclavo y a nadie más que a usted puedo confesarlo. Mis hijos son el obstáculo de mi vida, mi cruz. Yo me lo explico así. ¡Qué quiere usted!-y calló, expresando con una mueca su sumisión a la cruel fortuna.
II
El salón de Ana Pavlovna comenzaba a llenarse paulatinamente. La alta sociedad de San Petersburgo afluía a él, es decir, las más diversas personas por la edad y por el carácter, pero todas pertenecientes en absoluto al mismo medio: la hija del príncipe Basilio, la bella Elena, que venía en busca de su padre para acompañarlo a la fiesta que se celebraba en la Embajada; lucía un vestido de baile en el que se destacaba el emblema de las damas de honor. Luego, la joven princesa Bolkonskaia, conocida como la mujer más seductora de San Petersburgo, casada el pasado invierno – ahora, a causa de su gravidez, no podía acudir a las grandes recepciones y frecuentaba tan sólo las pequeñas veladas -; el príncipe Hipólito, hijo del príncipe Basilio, acompañado de Mortemart, a quien presentaba; el abate Morio y otros muchos.
La joven princesa Bolkonskaia había llevado sus labores en un saquito de terciopelo bordado de oro. Su labio superior, muy lindo, con un ligero vello rubio, era corto en comparación con los dientes, pero abríase de una forma encantadora y todavía era más encantador cuando se distendía sobre el labio inferior. Como sucede siempre en las mujeres totalmente atractivas, su solo defecto, el labio demasiado corto y la boca entreabierta, parecía ser la belleza que la caracterizaba.
Para todos era una satisfacción contemplar a aquella «futura mamá» llena de salud y vivacidad, que soportaba tan fácilmente su estado. Los viejos y jóvenes malhumorados que la miraban parecía que se volviesen como ella cuando se encontraban en su compañía y hablaban un rato. Quien le hablase veía en cada una de sus palabras la sonrisa clara y los dientes blancos y brillantes siempre al descubierto; y ese día creíase particularmente amable. Todos pensaban esto mismo.
La pequeña Princesa, balanceándose a pequeños y rápidos pasos, dio la vuelta a la mesa con el saquito en la mano; alisándose el traje, se sentó en el diván, cerca del samovar de plata, como si todo lo que hiciera fuese un juego de placer para ella y para todos los que la rodeaban.
– Me he traído la labor – dijo, abriendo el saquito y dirigiéndose a todos -. Tenga usted cuidado, Ana, no me haga una mala pasada – dijo a la dueña de la casa -. Me ha escrito que se trataba de una pequeña velada, y ya ve usted cómo me he vestido.
Y extendió los brazos para enseñar su vestido gris, elegante, rodeado de puntillas y ceñido bajo el pecho por una amplia cinta.
– Tranquilícese, Lisa. Será usted siempre la más bella – replicó Ana Pavlovna.
– Ya lo ven. Me abandona mi marido – continuo con el mismo tono, dirigiéndose a todos-. Quiere hacerse matar. Dígame, ¿por qué esta triste guerra? – insinuó, dirigiéndose al príncipe Basilio, y, sin esperar la respuesta, habló a la hija de éste, a la bella Elena.
– ¡Qué criatura más encantadora es esta pequeña Princesa! – murmuró el príncipe Basilio a Ana Pavlovna.
Al cabo de un rato entró un hombre joven, robusto, macizo, con los cabellos muy cortos, lentes, un pantalón gris claro, según la moda de la época, un gran plastrón de encaje y un frac castaño. Este corpulento muchacho era hijo natural de un célebre personaje del tiempo de Catalina II; el conde Bezukhov, que en aquellos momentos se estaba muriendo en Moscú. Todavía no había servido en cuerpo alguno y acababa de llegar del extranjero, donde se había educado; aquélla era la primera vez que asistía a una velada. Ana Pavlovna lo acogió con un saludo que reservaba para los hombres del último plano jerárquico de su salón, pero, a pesar de esta salutación dirigida a un inferior, al ver entrar a Pedro, la fisonomía de Ana Pavlovna expresó la inquietud y el temor que se experimentan al ver una enorme masa fuera de su sitio. Pedro era, realmente, un poco más alto que los demás hombres que se hallaban en el salón, y, sin embargo, este miedo no lo producía sino la mirada inteligente y, al mismo tiempo, tímida, observadora y franca que le distinguía de los demás invitados.
– Señor, es usted muy amable viniendo a ver a una pobre enferma – dijo Ana Pavlovna.
Pedro murmuró algo incomprensible y continuó buscando a alguien con los ojos. Sonrió alegremente, saludando a la pequeña Princesa. Ana Pavlovna se detuvo, pronunciando estas palabras:
– ¿No conoce usted al abate Morio? Es un hombre muy interesante.
– He oído hablar de sus proyectos de paz eterna. Es muy interesante, en efecto, pero es muy posible que…
– ¿Cómo? – dijo Ana Pavlovna por decir algo y reanudar inmediatamente sus funciones de dueña de la casa.
Pedro apoyó la barbilla en el pecho y, separando las largas piernas, comenzó a demostrar a Ana Pavlovna por qué consideraba una fantasía los proyectos del abate.
– Ya hablaremos después – dijo Ana Pavlovna sonriendo, y, deshaciéndose del joven, que no tenía ningún hábito cortesano, volvió a sus ocupaciones de anfitriona, escuchándolo y mirándolo todo, dispuesta siempre a intervenir en el momento en que la conversación languideciera. Como el encargado de una sección de husos que, una vez ha colocado a los obreros en sus sitios, paséase de un lado a otro y observa la inmovilidad o el ruido demasiado fuerte de aquellos, corre, se para y restablece la buena marcha, lo mismo Ana Pavlovna, moviéndose en el salón, tan pronto se acercaba a un grupo silencioso como a otro que hablaba demasiado, y, en una palabra, yendo de uno a otro invitado, daba cuerda a la máquina de la conversación, que funcionaba con un movimiento regular y conveniente. Pero, en medio de estas atenciones, veíase que temía sobre todo algo por parte de Pedro. Mirábale atentamente cuando le veía acercarse y escuchar lo que se decía en torno a Mortemart, o se dirigía al otro grupo en que se encontraba el abate. Para él, educado en el extranjero, esta velada de Ana Pavlovna era la primera que veía en Rusia. Sabía que se encontraba reunida allí la flor y nata de San Petersburgo, y sus ojos, como los de un niño en una tienda de juguetes, iban de un lado a otro. Tenía miedo de perder la inteligente conversación que hubiera podido escuchar. Observando las expresiones seguras, los ademanes elegantes de los reunidos, esperaba a cada instante algo extraordinariamente espiritual. Por último se acercó a Morio. La conversación le pareció interesante; se detuvo y esperó la ocasión de expresar sus pensamientos tal como a los jóvenes les gusta hacerlo.
III
La velada de Ana Pavlovna estaba en su apogeo. Los husos trabajaban regularmente y por doquier producían un ruido continuado. Los invitados formaban tres grupos. Uno de ellos, donde predominaban los hombres, parecía dirigido por el Abate. En otro, constituido por jóvenes, encontrábase la encantadora princesa Elena, hija del príncipe Basilio, y la pequeña princesa Bolkonskaia, linda y lozana y tal vez un poco demasiado llena para su edad. En el tercero encontrábanse el vizconde de Mortemart y Ana Pavlovna.
El Vizconde era un hombre joven, afable, de rasgos y maneras regulares, que visiblemente considerábase una celebridad, pero que, por buena educación, permitía modestamente que la sociedad en que se encontraba se aprovechase de él. Como un buen maître d’hotel que sirve como si fuera algo extraordinario y delicado el mismo plato que rechazaría si lo viese en la sucia cocina, del mismo modo, en esta velada, Ana Pavlovna servía a sus invitados, primero al Vizconde y después al Abate, como delicados y extraordinarios manjares. En el grupo de Mortemart hablábase del asesinato del duque de Enghien. Decía el Vizconde que el Duque había muerto a causa de su magnanimidad, y añadía que la cólera de Bonaparte tenía un especial motivo.
– ¡Ah! Veamos. Cuéntenos eso, Vizconde – dijo Ana Pavlovna con alegría, considerando que esta frase sonaba un poco a Luis XV -. Cuéntenos eso, Vizconde.
El Vizconde se inclinó en señal de respeto y sonrió amablemente. Ana Pavlovna hizo cerrar el círculo en torno al Vizconde e invitó a todos a escuchar el relato.
– El Vizconde ha sido amigo personal de Monseñor – bisbiseó Ana Pavlovna a uno de los invitados -. El Vizconde es un parfait conteur- dijo a otro -. ¡Cómo se conoce al hombre habituado a la buena compañía! – añadió a un tercero.
Y el Vizconde era servido a la reunión bajo el más elegante y ventajoso aspecto para él, como un rosbif sobre un plato caliente rodeado de verdura.
– Venga usted aquí, querida Elena – dijo Ana Pavlovna a la bella Princesa, que, sentada un poco más lejos, formaba el centro del otro grupo.
La princesa Elena sonrió y se levantó con la misma invariable sonrisa de mujer absolutamente hermosa con que había entrado en el salón. Con el ligero rumor de su leve vestido de baile con adornos de felpa, deslumbradora por la blancura de sus hombros y el esplendor de sus cabellos y de sus diamantes, cruzó entre los hombres, que le abrieron paso, rígida, sin ver a nadie, pero sonriendo a todos como si concediese a cada uno el derecho de admirar la belleza de su aspecto, de sus redondeados hombros, de su espalda, de su pecho, muy escotado, según la moda de la época, y con su gracioso caminar se acercó a Ana Pavlovna. Elena era tan hermosa que no solamente no veíase en ella una sombra de coquetería, sino que, al contrario, parecía que se avergonzase de su indiscutible belleza, que ejercía victoriosamente sobre los demás una influencia demasiado fuerte. Hubiérase dicho que deseaba, sin poder conseguirlo, amenguar el efecto de su hermosura.
– Es espléndida – decían todos los que la veían.
El Vizconde, como inculpado por algo extraordinario, se encogió de hombros y bajó los ojos, mientras ella se sentaba ante él y le iluminaba con su invariable sonrisa.
– Señora, me siento cohibido ante tal auditorio – dijo con una sonrisa, inclinando la cabeza.
La Princesa se apoyó en el brazo desnudo y torneado y no creyó necesario responder una sola palabra. Esperaba sonriendo. Durante toda la conversación permaneció sentada, rígida, mirando tan pronto a su magnífico y ebúrneo brazo, que se deformaba por la presión sobre la mesa, como a su pecho, todavía más espléndido, sobre el que descansaba un collar de brillantes. A veces alisaba los pliegues de su vestido, y cuando la narración producía efecto, contemplaba a Ana Pavlovna e inmediatamente tomaba la misma expresión que la de la fisonomía de la dama de honor, e inmediatamente recobraba de nuevo su sonrisa clara y tranquila. Detrás de Elena, la pequeña Princesa se levantó ante la mesa de té.
-Espérenme. Me traeré mi labor. Veamos, por favor, ¿en qué piensa? – dijo dirigiéndose al príncipe Hipólito -. ¿Tiene usted la bondad de traérmela?
La Princesa, sonriendo y dirigiéndose a todos a la vez, se sentó de nuevo, alisándose la ropa alegremente.
– ¡Vaya! – dijo, y pidió permiso para reanudar su labor.
El príncipe Hipólito le trajo la bolsa; se quedó en el grupo y sentóse cerca de ella.
El Vizconde contó muy gentilmente la anécdota entonces de moda. El duque de Enghien había ido a París de incógnito para verse con mademoiselle George. Habíase encontrado en casa de ella a Bonaparte, que gozaba igualmente de los favores de la célebre actriz, y en una de estas reuniones, Napoleón, por azar, había sufrido una de aquellas crisis suyas, y por esta razón se encontró a merced del Duque. Éste no se había aprovechado de esta ventaja, y después Bonaparte, precisamente por esta magnanimidad, habíase vengado de él haciéndole asesinar. El relato era bonito e interesante, particularmente en el momento en que los dos rivales se encuentran cara a cara. Las damas parecían emocionadas.
– Muy lindo – dijo Ana Pavlovna mirando interrogadoramente a la pequeña Princesa.
– Muy lindo – murmuró la pequeña Princesa clavando la aguja en su labor, para demostrar que el interés y el encanto de la narración le impedían trabajar.
El Vizconde apreció este silencioso elogio y, sonriendo agradecido, continuó. Pero, en aquel momento, Ana Pavlovna, que no separaba su mirada de aquel terrible joven, observó que hablaba demasiado alto y con excesiva vehemencia con el Abate y se apresuró a llevar su auxilio al lugar comprometido. En efecto, Pedro había conseguido de nuevo trabar una conversación con el Abate sobre el equilibrio político, y éste, visiblemente interesado por el sincero ardor del joven, desarrolló ante él su idea favorita. Ambos hablaban y escuchaban con demasiada animación, y, naturalmente, esto no era del gusto de Ana Pavlovna.
Para observarlos más cómodamente, Ana no quiso dejar solos al Abate y a Pedro y, llegándose a ellos, hizo que la acompañasen al grupo común.
En aquel momento, un nuevo invitado entró en el salón. Era el joven príncipe Andrés Bolkonski, el marido de la pequeña Princesa. El príncipe Bolkonski era un joven bajo, muy distinguido, de rasgos secos y acentuados. Toda su persona, comenzando por la mirada fatigada e iracunda, hasta su paso, lento y uniforme, ofrecía el más acentuado contraste con su pequeña mujer, tan animada. Evidentemente, conocía a todos los que se encontraban en el salón, y le molestaban tanto que le era muy desagradable mirarlos y escucharlos; y de todas aquellas fisonomías, la que parecía molestarle más era la de su mujer. Con una mueca que alteraba su correcto rostro, le volvió la cara. Besó la mano de Ana Pavlovna y casi entornando los ojos dirigió una mirada por toda la reunión.
– ¿Se va usted a la guerra, querido Príncipe? -preguntó Ana Pavlovna.
– El general Kutuzov – replicó Bolkonski recalcando la última sílaba, como si fuera francés – me quiere por ayuda de campo.
– ¿Y Lisa, su esposa?
– Se irá fuera de la ciudad.
– Es un gran pecado privarnos de su gentil compañía.
– Andrés – dijo la Princesa dirigiéndose a su marido con el mismo tono de coquetería con que se dirigía a los extraños-, ¡qué anécdotas nos ha contado el Vizconde sobre mademoiselle George y Bonaparte!
El príncipe Andrés cerró los ojos y se volvió. Pedro, que desde que el Príncipe había entrado en el salón no había separado de él su mirada alegre y amistosa, se acercó y le estrechó la mano. El Príncipe, sin moverse, contrajo la cara con un gesto que expresaba desprecio por quien le saludaba, pero al darse cuenta de la cara iluminada de Pedro sonrió con una sonrisa inesperada, buena y amable.
– ¡Vaya! ¡Tú también en el gran mundo! -le dijo.
– Sabía que vendría usted – repuso Pedro -. Cenaré en su casa – añadió en voz baja, para no interrumpir al Vizconde, que continuaba su narración -. ¿Puede ser?
– No, imposible – dijo el príncipe Andrés, riendo y estrechando la mano de Pedro de tal modo que comprendiese que aquello no podía preguntarlo nunca. Quería decir algo más, pero en aquel momento el príncipe Basilio se levantó, acompañado de su hija, y los dos hombres se separaron para dejarlos pasar.
– Ya me disculpará usted, querido Vizconde – dijo el príncipe Basilio en francés, apoyándose suavemente en su brazo para que no se levantase -. Esta desventurada fiesta del embajador me priva de una alegría y me obliga a interrumpirle. Me duele tener que abandonar tan encantadora reunión – dijo a Ana Pavlovna; y la princesa Elena, sosteniendo penosamente los pliegues de su vestido, pasó entre las sillas y su sonrisa iluminó más que nunca su hermoso rostro.
Cuando pasó ante Pedro, éste la miró con ojos asustados y entusiastas.
– Es muy bella – dijo el príncipe Andrés.
– Mucho – contestó Pedro.
Al pasar ante ellos, el príncipe Basilio cogió a Pedro de la mano y, dirigiéndose a Ana Pavlovna, dijo:
– Amánseme a este oso. Hace un mes que no sale de casa, y ésta es la primera vez que le veo en sociedad. Nada hay tan indispensable a los jóvenes como la compañía de las mujeres inteligentes.
IV
Ana Pavlovna, con una sonrisa amable, prometió ocuparse de Pedro, que, tal como ella sabía, era pariente del príncipe Basilio por parte de padre.
– ¿Qué le parece a usted esa comedia de la coronación de Milán? – preguntó Ana al príncipe Andrés -. ¿Y esa otra comedia del pueblo de Lucca y de Génova, que presentan sus homenajes a monsieur Bonaparte, sentado en un trono y recibiendo los votos de las naciones? ¡Encantador! ¡Oh, no, créame! ¡Es para volverse loca! Diríase que el mundo entero ha perdido el juicio.
El príncipe Andrés sonrió, mirando a Ana Pavlovna de hito en hito.
– «Dieu me la donne, gare a qui la touche», dijo Bonaparte con motivo de su coronación – respondió el Príncipe, y repitió en italiano las palabras de Napoleón -: «Dio mi la dona, gai a qui la tocca.»
– Espero que, finalmente – continuó Ana Pavlovna -, haya sido esto la gota de agua que haga derramar el vaso. Los soberanos del mundo ya no pueden soportar más a este hombre que todo lo amenaza.
– ¿Los soberanos? No hablo de Rusia – dijo amable y desesperadamente el Vizconde -. Los soberanos, señora, ¿qué han hecho por Luis XVI, por la Reina, por Madame Elizabeth? Nada – continuó, animándose -. Y, créame, ahora sufren el castigo de su traición a la causa de los Borbones. ¿Los soberanos? Envían embajadores a cumplimentar al usurpador.
Y con un suspiro de menosprecio adoptó una nueva postura.
– Si Bonaparte continúa un año más en el trono de Francia – siguió diciendo, con la actitud del hombre que no escucha a los demás y que en un asunto que domina sigue exclusivamente el curso de sus ideas -, entonces las cosas irán mucho más lejos. La sociedad, y hablo de la buena sociedad francesa, será destruida para siempre por la intriga, por la violencia, por el destierro y por los suplicios. Y entonces…
Se encogió de hombros y abrió los brazos. Pedro hubiese querido decir algo, porque la conversación le interesaba, pero Ana Pavlovna, que lo observaba, se lo impidió.
– El emperador Alejandro – dijo Ana con la tristeza que acompañaba siempre a su conversación cuando hablaba de la familia imperial – ha manifestado que dejaría que los franceses mismos decidieran la forma de gobierno que quisieran, y estoy segura de que no puede dudarse que un golpe para librarse del usurpador haría que toda la nación se pusiera en masa al lado de un rey legítimo – dijo, esforzándose en ser amable con el emigrado realista.
– No es seguro – dijo el príncipe Andrés -. El Vizconde cree, y con razón, que las cosas ya han ido demasiado lejos. Creo que la vuelta al pasado será difícil.
– Por lo que he oído – dijo Pedro, que se mezcló en la conversación alegremente -, casi toda la nobleza se ha puesto al lado de Bonaparte.
–Eso lo dicen los bonapartistas – respondió el Vizconde sin mirarle -. Es difícil en estos momentos conocer la opinión pública en Francia.
– Bonaparte lo ha dicho – objetó el príncipe Andrés con una sonrisa. Evidentemente, le disgustaba el Vizconde, y, sin responderle directamente, las palabras estaban dirigidas a él-. «Les he mostrado el camino de la gloria – añadió después de un breve silencio, repitiendo de nuevo las palabras de Napoleón -. No han querido seguirlo. Les he abierto las puertas de mis salones y se han precipitado en ellos en masa.» No sé hasta qué punto tiene derecho a decirlo.
– Hasta ninguno – repuso el Vizconde -. Después del asesinato del Duque, hasta los hombres más parciales han dejado de mirarlo como a un héroe. Lo ha sido para cierta gente – continuó dirigiéndose a Ana Pavlovna -. Después del asesinato del Duque hay un mártir mas en el cielo y un héroe menos en la tierra.
Ana Pavlovna y los demás no habían tenido tiempo aún de aceptar con una sonrisa de aprobación las palabras del Vizconde cuando Pedro se lanzaba de nuevo a la conversación. Ana Pavlovna, a pesar de presentir que iba a decirse algo extemporáneo, no pudo detenerle.
– El suplicio del duque de Enghein – dijo Pedro -era de tal modo una necesidad de Estado que, para mí, precisamente la grandeza de alma está en que Napoleón no haya vacilado en cargar sobre sí la responsabilidad de este acto.
– ¡Dios mío, Díos mío! -murmuró aterrorizada Ana Pavlovna.
– Es decir, monsieur Pedro, ¿consideráis que el asesinato es una grandeza de alma? – dijo la pequeña Princesa sonriendo y acercándose la labor.
– ¡Ah! ¡Oh! – exclamaron varias voces.
– ¡Capital! – dijo en inglés el príncipe Hipólito, comenzando a golpearse las rodillas.
El Vizconde contentóse con encogerse de hombros. Pedro miraba triunfalmente a su auditorio por encima de los lentes.
– Hablo así – continuó – porque los Borbones han vuelto la espalda a la Revolución y han dejado al pueblo en la anarquía. Únicamente Napoleón ha sabido comprender a la Revolución y vencerla. Y por eso, por el bien común, no podía detenerse ante la vida de un hombre.
– ¿No quiere usted pasar a esta mesa? – preguntó Ana Pavlovna.
Mas Pedro continuó su discurso sin responder.
– No – dijo, animándose cada vez más -. Napoleón es grande porque se ha impuesto por encima de la Revolución, de la cual ha reprimido los abusos y ha conservado todo lo que tenía de bueno: la igualdad de los ciudadanos, la libertad de la palabra y prensa, y solamente por esto ha conquistado el poder.
– Si hubiera conseguido el poder sin valerse del asesinato y lo hubiese devuelto al rey legítimo, entonces sí se le habría reconocido como un gran hombre – replicó el Vizconde.
– No podía hacerlo. El pueblo le ha dado el poder para que le quitase de encima a los Borbones y porque veía en él a un gran hombre. La Revolución ha sido una gran obra – continuó Pedro, demostrando por esta proposición audaz y provocativa su extremada juventud y el deseo de decirlo todo sin reservas.
– ¡Una gran obra la Revolución y el asesinato de los reyes…! Después de esto… Pero ¿no quiere usted pasar a esta mesa? – repitió Ana Pavlovna.
– Contrato social – dijo el Vizconde con una sonrisa amable.
– No hablo de la ejecución del rey. Hablo de las ideas.
– Sí, las ideas de pillaje, de homicidio y de crimen de vuesa majestad – interrumpió de nuevo la voz irónica.
– Cierto que fueron excesos, pero hay algo más que esto. Lo importante está en el derecho del hombre, en la desaparición de los prejuicios, en la igualdad de los ciudadanos. Y Napoleón ha mantenido estas ideas íntegramente…
– Libertad e igualdad – dijo con desdén el Vizconde, como si finalmente se decidiese a demostrar seriamente a aquel joven la tontería de sus manifestaciones-; grandes palabras comprometidas desde hace mucho tiempo. ¿Quién no ama la igualdad y la libertad? El Salvador ya las predicaba. Por ventura, ¿han sido los hombres más felices después de la Revolución? Al contrario, nosotros hemos querido la libertad y Bonaparte la ha destruido.
Casi sonriendo, el príncipe Andrés miraba ora a Pedro, ora al Vizconde, ora a la dueña de la casa. Desde los primeros ataques de Pedro, Ana Pavlovna, no obstante su mundología, estaba asustada, pero cuando vio que, a pesar de las sacrílegas palabras pronunciadas por Pedro, el Vizconde no se exaltaba ni se ponía fuera de sí, cuando se convenció de que no era posible ahogarlas, hizo acopio de fuerzas y se unió al Vizconde para atacar al orador.
– Pero, querido monsieur Pedro – dijo Ana Pavlovna-, ¿cómo se explica usted esto? Un gran hombre que ha podido hacer ejecutar al Duque, es decir, simplemente a un hombre, sin haber cometido delito alguno y sin juzgarlo…
– Yo preguntaría – interrumpió el Vizconde – cómo el señor explica el l8 Brumario. ¿No es una farsa, acaso? Es un escamoteo que no se parece en nada al modo de obrar de un gran hombre.
– ¿Y los prisioneros de África que ha hecho matar? – dijo la pequeña Princesa -. ¡Es horrible! – y levantó los hombros.
– Dígase lo que se quiera, es un plebeyo – declaró el príncipe Hipólito.
Pedro no sabía qué responder. Los miraba a todos y sonreía. Su sonrisa no era como la de los demás; al contrario, en él, cuando sonreía, el rostro serio y un tanto hosco desaparecía de pronto, mostrándose en su lugar una fisonomía tranquila, incluso hasta un poco indecisa, que parecía pedir perdón. Para el Vizconde, que lo veía por primera vez, era evidente que aquel jacobino no era tan terrible como sus palabras. Todos callaron.
– ¿Cómo quieren que responda a todos a la vez? – dijo el príncipe Andrés -. Además, en los actos de un hombre de Estado cabe distinguir los del particular y los del generalísimo o los del emperador. Esto me parece que es suficientemente claro.
– Sí, sí, naturalmente – dijo Pedro con la ayuda que se le ofrecía.
– No se puede negar – continuó el príncipe Andrés -que Napoleón, como hombre, fue muy grande en Pont d’Arcole y en el Hospital de Jaffa, donde estrechó la mano a los apestados. No obstante, no obstante…, hay otros actos suyos que son muy difíciles de justificar.
El príncipe Andrés, que evidentemente había querido dulcificar la inconveniencia de las palabras de Pedro, se levantó para marcharse e hizo una seña a su mujer.
V
Comenzaron los invitados a retirarse, agradeciendo a Ana Pavlovna la deliciosa velada.
Pedro era alto, macizo, tosco, con unas enormes manos coloradas. No sabía entrar en un salón, y mucho menos salir de él. Es decir, no sabía decir unas cuantas palabras agradables antes de retirarse. Además, era distraído. Cuando se levantó, en lugar de coger su sombrero cogió el tricornio del General, adornado con plumas, y movió bruscamente éstas hasta que el General le rogó que se lo devolviera. Pero esta distracción y el defecto de no saber entrar en un salón ni conversar neutralizábase por una expresión de bondad, de sencillez y de modestia. Ana Pavlovna se dirigió a él y, expresándole con cristalina dulzura el perdón por su acometividad, le saludó diciéndole:
– Espero volver a verle, pero también espero que modificará sus opiniones, querido monsieur Pedro.
Él no contestó. Se inclinó tan sólo y de nuevo mostró a todos su sonrisa, que nada daba a entender, pero que quizá quisiera decir esto: «Las opiniones son las opiniones, y ya habéis visto que soy un buen muchacho.» Y todos, incluso Ana Pavlovna, involuntariamente, lo comprendían.
El príncipe Andrés pasó al recibidor. Mientras volvía la espalda al criado que le ayudaba a ponerse la capa, escuchaba con indiferencia la charla de su mujer con el príncipe Hipólito, que también se encontraba en el recibidor. El príncipe Hipólito hallábase al lado de la bella Princesa grávida y la contemplaba con insistencia a través de sus impertinentes.
– Estoy contentísimo de no haber ido a casa del embajador – dijo Hipólito -. Aquello es un aburrimiento. Una velada deliciosa, deliciosa, ésta, ¿verdad?
– Dicen que el baile estará muy animado – replicó la Princesa moviendo los labios, cubiertos de rubio vello -. Acudirán a él todas las mujeres bonitas.
– No todas, si usted no va – replicó el príncipe Hipólito con risa alegre; y cogiendo el chal de manos del criado, él mismo lo colocó sobre los hombros de la Princesa. Por distracción o voluntariamente, no era posible saberlo, no retiró las manos de los hombros hasta mucho después que el chal estuviera en su sitio. Hubiérase dicho que abrazaba a la Princesa.
Ella, siempre sonriendo graciosamente, se alejó, se volvió y miró a su marido. El príncipe Andrés tenía los ojos entornados y parecía fatigado y somnoliento.
– ¿Estás ya? -preguntó su mujer, siguiéndolo con la mirada.
El príncipe Hipólito se puso rápidamente el abrigo, que, según la moda de entonces, le llegaba hasta los talones, y tropezando corrió hacia la puerta, detrás de la Princesa, a quien el criado ayudaba a subir al coche.
– Hasta la vista, Princesa – gritó, balbuceando, del mismo modo que había tropezado con los pies.
La Princesa se recogió las faldas y subió al coche. Su marido se arregló el sable. El príncipe Hipólito, con la excusa de ser útil, los estorbaba a todos.
– Permítame, caballero – dijo secamente y con aspereza el príncipe Andrés dirigiéndose en ruso al príncipe Hipólito, que le interceptaba el paso -. Te espero, Pedro – añadió con voz dulce y tierna esta vez.
El cochero tiró de las riendas y el carruaje comenzó a rodar. El príncipe Hipólito rió convulsivamente y permaneció en lo alto de la escalera, en espera del Vizconde, que le había prometido acompañarle.
Pedro, que había llegado primero, como si fuera de la familia, se dirigió al gabinete de trabajo del príncipe Andrés e inmediatamente, como de costumbre, se recostó en el diván, cogió el primer libro que le vino a la mano en el estante – eran las Memorias de Julio César – y, apoyándose sobre el codo, abrió el libro por su mitad y comenzó a leer.
– ¿Qué has hecho con la señorita Scherer? Caerá enferma – dijo el príncipe Andrés entrando y frotándose las finas y blancas manos.
Pedro giró tan bruscamente todo el cuerpo que crujió el diván, y, mirando al príncipe Andrés, hizo un ademán con la mano.
– No; este Abate es muy interesante, pero no ve las cosas tal como son. Para mí, la paz universal es posible, pero…, no sé cómo decirlo…, pero esto no traerá nunca el equilibrio político.
Veíase claramente que al príncipe Andrés no le interesaba esta abstracta conversación.
–Amigo mío, no puede decirse en todas partes lo que se piensa. Y bien, ¿has decidido algo? ¿Ingresarás en el ejército o serás diplomático?-preguntó el Príncipe tras un momento de silencio.
Pedro se sentó con las piernas cruzadas sobre el diván.
– ¿Quiere usted creer que todavía no lo sé? No me gusta ni una cosa ni otra.
– Pero hay que decidirse. Tu padre espera.
A los diez años, Pedro había sido enviado al extranjero con un abate preceptor, y había permanecido allí hasta los veinte. Cuando regresó a Moscú, el padre prescindió del preceptor y dijo al joven: «Ahora vete a San Petersburgo. Mira y escoge. Yo consentiré en lo que sea. Aquí tienes una carta para el príncipe Basilio, y dinero. Cuéntamelo todo. Ya lo ayudaré.» Tres meses hacía que Pedro se ocupaba en elegir una carrera y no se decidía por ninguna. El príncipe Andrés hablaba de esta elección. Pedro se pasaba la mano por la frente.
– Estoy seguro de que debe de ser masón-dijo, pensando en el Abate que le habían presentado durante la velada.
– Todo eso son tonterías – le contestó, interrumpiéndole de nuevo, el príncipe Andrés -. Más vale que hablemos de tus cosas. ¿Has ido a la Guardia Montada?
– No, no he ido. Pero he aquí lo que he pensado. Quería decirle a usted lo siguiente: estamos en guerra contra Napoleón. Si fuese a la guerra por la libertad, lo comprendería y sería el primero en ingresar en el ejército. Pero ayudar a Inglaterra y a Austria contra el hombre más grande que ha habido en el mundo…, no me parece bien.
El príncipe Andrés se encogió de hombros a las palabras infantiles de Pedro. Su actitud parecía significar que, ante aquella tontería, nada podía hacerse. En efecto, era difícil responder a esta ingenua opinión de otra forma distinta de la que lo había hecho el Príncipe.
– Si todos hicieran la guerra por convicción no habría guerra.
– Eso estaría muy bien – repuso Pedro.
El Príncipe sonrió.
– Sí, es posible que estuviera muy bien, pero no ocurrirá nunca.
– Bien, entonces, ¿por qué va usted a la guerra? – preguntó Pedro.
– ¿Por qué? No lo sé. Es necesario. Además, voy porque… – se detuvo -. Voy porque la vida que llevo aquí, esta vida, no me satisface.
VI
En la habitación de al lado oíase un rumor de ropa femenina. El príncipe Andrés se estremeció como si despertase, y su rostro adquirió la expresión que tenía en el salón de Ana Pavlovna. Pedro retiró las piernas del diván. Entró la Princesa. Llevaba un vestido de casa, elegante y fresco. El príncipe Andrés se levantó y amablemente le ofreció una butaca.
–Frecuentemente me pregunto – dijo la Princesa hablando en francés, como de costumbre, y sentándose con mucho ruido – por qué no se ha casado Ana y por qué vosotros habéis sido tan tontos como para no haberla escogido por mujer. Perdonadme, pero no entendéis nada de mujeres. ¡Qué polemista hay en usted, monsieur Pedro!
– Sí, y hasta discuto siempre con su marido. No comprendo por qué quiere ir a la guerra – dijo Pedro, dirigiéndose a la Princesa sin los miramientos habituales en las relaciones entre un joven y una mujer joven también.
La Princesa se estremeció. Evidentemente, las palabras de Pedro la herían en lo vivo.
– ¡Ah, ah! ¿Ve usted? Es lo mismo que yo digo – dijo -. No comprendo por qué los hombres no pueden vivir sin guerras. ¿Por ventura, nosotras, las mujeres, no tenemos necesidad de nada? Y bien, ya lo ven. Juzguen ustedes mismos. Yo siempre lo he dicho… Mi marido es ayudante de campo de su tío. Posee una situación más brillante que nadie. Todos le conocen y todos le aprecian mucho. No hace muchos días que en casa de los Apraxin oí decir a una señora: «¿Éste es el célebre príncipe Andrés? ¡Vaya!», y sonrió. Es muy bien recibido de todos y puede llegar fácilmente a ser ayuda de campo del Emperador. Éste le habla con mucha deferencia. Hemos creído que todo esto sería muy fácil de arreglar con Ana. ¿Qué le parece a usted?
Pedro miró al príncipe Andrés y, viendo que le disgustaba esta conversación, permaneció en silencio.
– ¿Cuándo se va? – preguntó.
– ¡Ah! No me hable de esa marcha, no me hable. No quiero oír hablar de ello – dijo la Princesa, con el tono caprichoso que tenía cuando hablaba con Hipólito en el salón, pero que contrastaba visiblemente en un círculo de familia del cual Pedro era uno de los miembros -. ¡Pensar que una ha de interrumpir todas las relaciones más apreciables… ! Y después… Ya lo sabes, Andrés – abría sus grandes ojos a su marido -. ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! – murmuró, y sus hombros se estremecieron.
Su marido la miró, como extrañado de darse cuenta de que en la habitación hubiese todavía alguien más fuera de Pedro y de él, y con una fría galantería y en tono interrogador preguntó a su esposa:
– ¿Miedo de qué, Lisa? No comprendo…
– Ya ve usted si son egoístas los hombres. Todos, todos, unos egoístas. Me deja porque quiere. Dios sabe por qué. Y para encerrarme sola en el campo.
–No olvides que estarás con mi padre y mi hermana -dijo en voz baja el príncipe Andrés.
– Como si fuera sola – contestó ella -. Sin mis amistades. Y quiere que no tenga miedo – y el tono de su voz era de rebeldía; su pequeño labio se levantaba, dándole a la cara no la expresión sonriente, sino la bestial de una ardilla. Calló, como si considerase inconveniente hablar ante Pedro de su embarazo, porque en esto radicaba todo el sentido de su discusión.
–No comprendo por qué tienes miedo-dijo lentamente el príncipe Andrés sin apartar la vista de su mujer.
La Princesa, sofocada, agitaba desesperadamente los brazos.
– No, Andrés. Te digo que has cambiado mucho, mucho.
– El médico te ha ordenado que te acuestes más temprano – murmuró el Príncipe -. Harás muy bien acostándote.
La Princesa no respondió, y, de pronto, su breve y corto labio cubierto de vello rubio tembló. El Príncipe se levantó y, encogiéndose de hombros, comenzó a pasearse por la estancia.
Pedro, por encima de los lentes, miraba con sorpresa e ingenuidad tanto al Príncipe como a su esposa. Hizo un movimiento como para levantarse, pero reflexionó y continuó sentado.
– ¿Y qué importa que esté monsieur Pedro? – dijo de pronto la Princesa; y su hermoso rostro se transformó bruscamente bajo la mueca de un fingido sollozo -. Hacía mucho tiempo que quería preguntártelo, Andrés. ¿Por qué has cambiado tanto para mí? ¿Qué te he hecho? Te vas a la guerra y no me compadeces. ¿Por qué?
– ¡Lisa! – dijo tan sólo el príncipe Andrés, y en esta palabra había al mismo tiempo un ruego y una amenaza, y sobre todo la confianza absoluta de que ella se detendría al escucharla.
Pero su esposa continuó apresuradamente:
– Me tratas como si fuera una enferma o una niña. Lo veo claramente. ¿Hacías esto seis meses atrás?
– ¡Lisa, por favor, no sigas! – continuó el Príncipe, con un gesto más expresivo.
Pedro, cada vez más desconcertado por esta conversación, se levantó y se acercó a la Princesa. Parecía que no pudiese soportar la visión de las lágrimas y que también fuese a romper en llanto.
– Cálmese, Princesa. Le aseguro que todo esto son figuraciones suyas. Yo sé por qué…, por qué… Pero perdóneme. Soy un extraño. No, no. Sosiéguese. Hasta la vista.
El príncipe Andrés le detuvo, cogiéndole de la mano.
– No, espérate. La Princesa es tan amable que no querrá privarme de la satisfacción de pasar la velada contigo.
– Solamente piensa en él – dijo la Princesa, no pudiendo detener unas lágrimas de rabia.
– ¡Lisa! – dijo secamente el príncipe Andrés elevando el tono de su voz para demostrar que su paciencia había ya llegado al límite.
De pronto, la expresión bestial, la expresión de ardilla del rostro despierto de la Princesa, adquirió otra más atrayente que incitaba a la piedad y al temor. Sus hermosos ojos contemplaban a su marido y apareció en su cara una expresión tímida, como la del perro que mueve la cola caída en rápidas y cortas oscilaciones.
– ¡Dios mío, Dios mío! -dijo la Princesa, y recogiéndose con una mano los pliegues de la falda se acercó a su marido y le besó en la frente.
– Buenas noches, Lisa – dijo el príncipe Andrés levantándose y besándole gentilmente la mano, como a una extraña.
Los dos amigos quedaron silenciosos. Ni uno ni otro sabían qué decir. Pedro miraba al Príncipe, que se pasaba la fina mano por la frente.
–Vamos a cenar-dijo con un suspiro, levantándose y dirigiéndose hacia la puerta.
Entraron en el comedor, amueblado recientemente, rico y elegante. Todo, desde la vajilla hasta la plata y el cristal, tenía ese sello particular de cosa nueva que se advierte en las casas de los recién casados. A mitad de la cena, el Príncipe se apoyó sobre la mesa. Tenía un aire de enervamiento que Pedro no había observado nunca en él; y, como un hombre que desde hace mucho tiempo tiene el corazón lleno de amargura y se decide finalmente a desahogarse, comenzó a hablar.
–No te cases nunca, Pedro, nunca. Es el consejo que te doy. No te cases nunca antes de haberte preguntado a ti mismo si has hecho cuanto has podido antes de dejar de querer a la mujer elegida, antes de verla tal como es.
Pedro se quitó los lentes y su rostro cambió, apareciendo entonces más lleno de bondad. Miró a su amigo, estupefacto.
– Mi esposa – continuó el príncipe Andrés – es una mujer admirable; es una de esas pocas mujeres con las que un hombre está tranquilo por lo que respecta a su honor. Pero, ¡Dios mío, qué daría yo por no estar casado! Tú eres el primero, el único a quien digo esto, porque te quiero.
Y al pronunciar estas palabras el príncipe Andrés era todavía mucho más distinto de aquel Bolkonski que se sentaba en una butaca en casa de Ana Pavlovna y que con los ojos medio cerrados dejaba escapar frases francesas entre dientes.
– En casa de Ana Pavlovna – siguió diciendo – se me escucha. Y esta sociedad imbécil, sin la cual mi mujer no puede vivir, y esas mujeres… ¡Si pudieses llegar a saber quiénes son todas las mujeres distinguidas y, en general, las mujeres! Mi padre tenía razón. El egoísmo, la ambición, la estupidez, la nulidad en todo. He aquí a las mujeres cuando se muestran tal como son. Cuando se les ve en sociedad parece que tengan algo, pero no tienen nada, nada. Sí, amigo mío, no te cases – concluyó el príncipe Andrés.
– Me parece divertido – dijo Pedro – que se considere usted un incapaz y tenga por destrozada su vida. Pero si todo le favorece, si usted… – no acabó la frase. Tenía a su amigo en la más alta consideración y esperaba de él un brillante porvenir.
«Pero ¿cómo puede decir todo esto?», pensaba Pedro.
Consideraba al príncipe Andrés como modelo de todas las perfecciones, precisamente porque el príncipe Andrés reunía en el más alto grado todas las cualidades que él no tenía y que podían resumirse con mucha exactitud en este concepto: la fuerza de voluntad. Pedro admirábase siempre de la capacidad del príncipe Andrés, de su comportamiento con toda clase de hombres, de su memoria extraordinaria, de todo lo que había leído; lo había leído todo, lo sabía todo y tenía idea de todo. Y, en particular, admiraba su facilidad para trabajar y aprender. Y si con frecuencia Pedro se había extrañado de encontrarle cierta falta de capacidad para la filosofía contemplativa, a la que Pedro se sentía especialmente inclinado, no veía en esto un defecto, sino una fuerza.
En las mejores relaciones, las más amistosas, las más sencillas, la adulación o el elogio son tan necesarios como la grasa lo es a los ejes de las ruedas para que funcionen.
– Soy un hombre acabado – dijo el príncipe Andrés -. Vale más que hablemos de ti – y calló, sonriendo a sus ideas consoladoras.
Instantáneamente, la sonrisa se reflejó en la cara de Pedro.
– ¿Qué podemos decir de mí? – dijo, dilatando la boca con una sonrisa confiada y alegre -. ¿Qué soy yo? Un bastardo – y de pronto se ruborizó. Evidentemente, había hecho un esfuerzo extraordinario para decir esto -. Sin nombre, sin fortuna – añadió – y que, positivamente… – y dejó la frase sin terminar -. Por ahora soy un hombre libre y me considero feliz. Pero no sé por dónde empezar. Con gusto quisiera pedirle a usted un consejo.
El príncipe Andrés dirigió a Pedro su mirada bondadosa, pero incluso en su amistosa mirada apuntaba la conciencia de la superioridad.
– Te quiero sobre todo porque entre la gente de nuestro mundo eres el único hombre que vive. A ti ha de serte muy fácil. Escoge lo que quieras, que para ti todo será igual. Por dondequiera que vayas serás un hombre bueno. Pero permíteme una cosa nada más… No te relaciones con Kuraguin. Prescinde de esa vida. Ninguna de esas orgías te conviene y…
– ¿Qué quiere usted que haga, amigo mío? – preguntó Pedro encogiéndose de hombros-. Las mujeres, querido, las mujeres…
– No te comprendo – replicó Andrés -. Las mujeres como deben ser son otra cosa. Pero no las mujeres de Kuraguin, las mujeres y la bebida. No te comprendo.
Pedro vivía en casa del príncipe Basilio Kuraguin y compartía la vida licenciosa de su hijo Anatolio, aquel a quien, para corregirle, querían casar con la hermana del príncipe Andrés.
– ¿Sabe usted – dijo Pedro, como si se le ocurriese repentinamente una idea luminosa – que hace mucho tiempo que pienso en esto seriamente? Con esta vida no puedo reflexionar ni decidir nada. La cabeza me da vueltas y no tengo dinero. Hoy me ha invitado, pero no iré.
– ¿Me lo prometes?
– Mi palabra de honor.
VII
En casa de los Rostov se celebraba la fiesta de las dos Natalias, la madre y la hija menor. Desde por la mañana, las berlinas conducían a las visitas. Llegaban y desfilaban ante el gran palacio de la condesa Rostov, muy conocida de todo Moscú, situado en la calle Povarskaia. La Condesa, con la hija mayor y las visitas que se sucedían incesantemente, no se movía del salón.
La Condesa era una mujer de unos cuarenta y cinco años, de tipo oriental, de rostro ahusado y visiblemente fatigado por los partos continuos: había tenido doce hijos. Sus lentos movimientos y la premiosidad de su conversación, debida a la falta de fuerzas, le daban un aire imponente que inspiraba respeto. La princesa Ana Mikhailovna Drubetzkaia, que se encontraba allí como si estuviera en su casa, la ayudaba a recibir y conversar con las visitas.
Los jóvenes hallábanse en una habitación próxima, y no creían necesario participar de la recepción. El Conde salía a recibir a las visitas y las invitaba a comer.
– María Lvovna Kuraguin y su hija – anunció con profunda voz el corpulento criado de la Condesa abriendo la puerta del salón.
La Condesa reflexionó y aspiró un polvo de rapé extraído de una tabaquera de oro con el retrato de su marido.
– Me han rendido las visitas – dijo -. Bien, recibiré a ésta, pero será la última. Marea todo esto. Hazlas entrar -dijo al criado con voz triste, como si le hubiera dicho: «Bien, acaba de matarme.»
Una dama alta, fuerte, de altivo aspecto, y una joven carirredonda y sonriente siempre entraron en el salón con gran rumor de telas.
El tema de la conversación era la gran noticia del día: la enfermedad del riquísimo y excelente conde Bezukhov, un hombre viejo, superviviente de la época de Catalina. También se hablaba de su hijo natural Pedro, aquel que se había portado tan desgraciadamente en la velada.
– ¿De veras? – preguntó la Condesa.
– Compadezco mucho al pobre Conde – dijo la visitante-. ¡Está tan enfermo! Estos disgustos de su hijo lo matarán.
– ¿Qué ocurre? – preguntó la Condesa, como si no supiera nada de lo que le hablaba su interlocutora, a pesar de que en muy poco rato le habían contado quince veces el motivo de los disgustos del conde Bezukhov.
– Éstos son los resultados de la educación actual. Este joven, en el extranjero, no tenía a nadie que le guiase, y ahora, en San Petersburgo, dicen que comete tales atrocidades, que ha sido expulsado por la policía.
– ¿De veras? – preguntó la Condesa.
– Ha elegido muy malas compañías – intervino la princesa Ana Mikhailovna -. Según parece, él, el hijo del príncipe Basilio y un tal Dolokhov han hecho alguna sonada. Los han castigado a los dos. Dolokhov ha sido degradado y el hijo de Bezukhov enviado a Moscú. Por lo que respecta a Anatolio Kuraguin, el padre ha podido echar tierra sobre el asunto. Pero parece que también le han expulsado de San Petersburgo.
– Pero ¿qué han hecho? – preguntó la Condesa.
–Son unos verdaderos bandidos. Sobre todo ese Dolokhov – dijo la visitante -. Es hijo de María Ivanovna Dolokhova. Ya ve usted. ¡Una dama tan respetable! Figúrese usted que los tres cogieron un oso de no sé dónde, lo metieron en un coche y se fueron a casa de unas actrices.
Tuvo que ir un policía para calmarlos. Y ¿sabe usted qué hicieron? Cogieron al policía, lo ataron a la espalda del oso y lo tiraron al Moika. El oso se puso a nadar, llevando al policía en las espaldas.
– Querida, debía de ser muy divertido el espectáculo – exclamó el Conde retorciéndose de risa.
– ¡Oh, qué horror, qué horror! ¿Por qué se ríe así, Conde?
No obstante, las damas no pudieron contener la risa.
– Fue muy difícil salvar a aquel desgraciado – continuó la visitante -. Y, ya ve usted: el hijo del príncipe Cirilo Vladimirovitch Bezukhov se divierte de este modo – añadió -. ¡Lo han educado bien! ¡Tan inteligente como decían que era! Ya ve usted adónde nos conduce la educación en el extranjero. Supongo que aquí, a pesar de su fortuna, no le recibirá nadie. Querían presentármelo, pero me he negado en absoluto. Tengo dos hijas.
– ¿Por qué dice usted que este joven es tan rico? -preguntó la Condesa mirando de soslayo a las dos jóvenes, que inmediatamente hicieron ver que no escuchaban-. El conde Bezukhov solamente tiene hijos naturales. Parece que Pedro es también hijo natural.
La visitante hizo un ademán.
– Creo que tiene veinte hijos naturales.
– ¡Y qué joven se conservaba aún el año pasado! – dijo la Condesa -. Daba gusto verlo.
– Pues ahora está muy cambiado – dijo Ana Mikhailovna -. Pero vea usted lo que quería decir – continuó -: por parte de su mujer, el príncipe Basilio es el heredero directo, pero el viejo quiere mucho a Pedro. Se ha ocupado de su educación. Ha escrito al Emperador, de modo que nadie sabe, cuando muera (y está tan enfermo que se espera suceda esto de un momento a otro, puesto que Lorrain, el doctor, ha venido de San Petersburgo), quién de los dos será el poseedor de esta enorme fortuna: Pedro o el príncipe Basilio. Cuatro mil almas y muchos millones. Lo sé muy bien, porque el mismo príncipe Basilio me lo ha dicho, y Cirilo Vladimirovitch es pariente mío por parte de madre. Es padrino de Boris – añadió, como si no diese ninguna importancia a este hecho.
– El príncipe Basilio llegó ayer a Moscú. Dicen que va en viaje de inspección – dijo la visitante.
–Sí, pero, entre nosotras, ya se puede decir-interrumpió la Princesa -. Esto es un pretexto. Ha venido para ver al príncipe Cirilo Vladimirovitch, porque sabe que está enfermo.
– Pero, vaya, querida, ha sido una buena jugada – dijo el Conde. Y, observando que la visitante no le escuchaba, se dirigió a las jóvenes-. Ya veo la cara del policía. ¡Cómo me hubiera reído si lo hubiese visto!
Y suponiendo cómo debía mover los brazos el policía, rompió de nuevo a reír, con risa sonora y profunda, que conmovía su cuerpo repleto, tal como suelen hacerlo los hombres que han comido bien y, sobre todo, han bebido copiosamente.
– Así, pues, si ustedes lo desean, comeremos en nuestra casa – dijo.
VIII
Se extinguió la conversación. La Condesa miraba a la Princesa con una sonrisa amable, sin ocultar, sin embargo, que no la molestaría poco ni mucho que se levantase y se fuera. La hija de la visitante alisábase ya los pliegues del vestido y miraba interrogadoramente a su madre, cuando de pronto, desde la habitación vecina, cercana a la puerta, se oyó el ruido que hacían unos jóvenes al correr, seguido del de unas sillas movidas violentamente y caídas luego, y apareció en el salón una muchacha de trece años que, escondiéndose algo bajo la corta falda de muselina, detúvose en medio de la sala. Veíase claramente que todo aquello obedecía a la casualidad, porque no había sabido calcular el impulso de su carrera y encontrábase más allá del lugar a donde se había propuesto llegar. Casi inmediatamente aparecieron en la puerta un estudiante con el cuello azul, un oficial de la guardia, una muchacha de trece años y un jovencito fuerte y rojo vestido con una chaqueta.
El Conde se levantó y, balanceándose, abrió los brazos a la joven que entraba corriendo.
– ¡Ya está aquí! – gritó, riendo -. Hoy es su santo, querida, su santo.
–Hay un día para todo, querida – dijo la Condesa fingiendo ser severa -. Las malcrías demasiado, Elías – añadió dirigiéndose a su marido.
– Buenos días, hija mía. Para muchos años – dijo la visitante -. ¡Qué criatura más deliciosa! – continuó, dirigiéndose a la madre.
La jovencita, muy despierta, tenía los ojos negros, grande la boca, una linda nariz, unos hombros desnudos y gráciles, que temblaban por encima del corsé a causa de aquella alocada carrera, unos tirabuzones negros y unos brazos delgados y desnudos; caíanle hasta los tobillos unos calzones con puntillas y calzaba sus pies con unos zapatos descotados. Tenía aquella edad deliciosa en que la niña ya no es una chiquilla y en la que la chiquilla no es todavía mujer. Se escapó de su padre y corrió hacia su madre y, sin hacer caso de la severa observación que le había dirigido, escondió su ruboroso rostro bajo su chal de puntillas y se echó a reír. Reíase de algo y, jadeante, hablaba de su muñeca, que sacó de debajo de sus faldas.
– Ven ustedes… La muñeca… Mimí… ¿Lo ve?
Y Natacha, sin poder hablar, tan divertido le parecía, se abandonó a su madre y se echó a reír con una risa tan fuerte y sonora que incluso todos, hasta la imponente visitante, hubieron de imitarla a pesar suyo.
– Bueno, bueno, vete con tu monstruo – dijo la madre fingiendo rechazar vivamente a su hija -. Es la pequeña – continuó la Condesa dirigiéndose a la visita.
Natacha apartó por un momento la cara del chal de puntillas de su madre y la miró con los ojos anegados en lágrimas de tanta risa, y de nuevo escondió el rostro.
La visita, obligada a asistir a esta escena de familia, creyó muy delicado tomar parte en ella.
– Dime, queridita – dijo a Natacha -, ¿quién es Mimí? ¿Es acaso tu hijita?
Este tono indulgente y esta pregunta infantil de la visitante disgustaron a Natacha. No respondió y miró seriamente a la Princesa.
En aquel instante, todo el grupo de jóvenes: Boris, el oficial, hijo de la princesa Ana Mikhailovna; Nicolás, estudiante e hijo mayor de la Condesa; Sonia, sobrina del Conde, jovencita de trece años, y el pequeño Petrucha, el menor de todos ellos, se instalaron en el salón, esforzándose visiblemente en contener, dentro de los límites de la buena educación, la animación y la alegría que aún se reflejaban en cada uno de sus rasgos. Evidentemente, en la habitación contigua, de donde los jóvenes habían salido corriendo con tal calor, las conversaciones eran mucho más divertidas que los cotilleos de la ciudad y del tiempo. De vez en cuando mirábanse unos a otros y a duras penas podían contener la risa.
Los dos jóvenes, el estudiante y el oficial, eran de la misma edad, amigos desde muy pequeños, y de arrogante presencia, pero de una belleza muy distinta. Boris era alto, rubio, de facciones finas y regulares y expresión tranquila y correcta. Nicolás no era tan alto, tenía los cabellos rizados y su rostro era absolutamente franco; en el labio superior le apuntaba ya un bozo negro, y de todo él parecía desprenderse la animación y el entusiasmo.
Nicolás ruborizóse en cuanto entró en el salón. Parecía como si quisiera decir algo y no encontrase las palabras justas. Boris, por el contrario, se repuso inmediatamente y contó, tranquilo y bromeando, que conocía a la muñeca Mimí desde niña, cuando tenía aún la nariz entera, que en cinco años había envejecido mucho y que le habían vaciado el cráneo. Contando todo esto miraba sin cesar a Natacha. Ésta se volvió hacia él, miró a su hermano pequeño, que, con los ojos cerrados, reía conteniendo el estallido de una carcajada, y no pudiendo contenerse más, la muchacha salió del salón tan deprisa como se lo permitían sus ágiles piernas. Boris no reía.
– Me parece que también tú quieres irte, mamá. Necesitas el coche – dijo, dirigiéndose sonriente a su madre.
– Sí, ve y dí que enganchen los caballos – replicó su madre, sonriendo también.
Boris salió lentamente detrás de Natacha.
El chiquillo corpulento corrió furioso tras ellos. Parecía muy disgustado de que le hubiesen estorbado en sus ocupaciones.
IX
Sin contar a la hija mayor de la Condesa, Vera – que tenía cuatro años más que la pequeña y se consideraba un personaje -, y la hija de la visitante, de todo el grupo de jóvenes tan sólo Nicolás y Sonia, la sobrina, quedaron en el salón. Sonia era una jovencita morena, poco desarrollada, de ojos dulces sombreados por unas largas pestañas; una gruesa trenza negra dábale dos vueltas a la cabeza, y la piel de su rostro, sobre todo la del cuello y la de sus desnudos brazos, delgados pero musculados y graciosos, tenía un tono aceitunado. Por la armonía de sus movimientos, la finura y la gracia de sus miembros y sus maneras un poco artificiales y reservadas parecía una gatita no formada aún, pero que, andando el tiempo, llegaría a ser una gata magnífica. Sin duda alguna creía conveniente demostrar con su sonrisa que tomaba parte en la conversación general, pero, a pesar suyo, sus ojos, bajo las largas y espesas pestañas, miraban sin cesar al primo que marchaba a incorporarse al ejército; mirábalo con una adoración tan apasionada que, en muchos momentos, su sonrisa no podía engañar a nadie, y veíase claramente que la gatita no se había recogido en sí misma sino para saltar con mayor violencia y jugar luego con su primo, excelente presa, en cuanto Boris y Natacha hubiesen salido del salón.
– Sí, querida – dijo el viejo Conde dirigiéndose a la visitante y señalando a su hijo Nicolás-. Su amigo Boris ha sido nombrado oficial y, por amistad, no quiere separarse de él. Abandona la universidad, me deja solo, a mí, a un viejo, para ingresar en el ejército. Y su nombramiento en la Dirección de Archivos era ya cosa hecha. ¿Es ésta la amistad? – concluyó el Conde, interrogando.
– Dicen que ya ha sido declarada la guerra – replicó la visitante.
– Sí; hace ya mucho tiempo que se dice – repuso el Conde -; se dice, se dice, y eso es todo. Ésta es la amistad, querida – repitió -. Ingresa como húsar.
La visitante bajó la cabeza, no sabiendo qué contestar.
– No es por amistad – dijo Nicolás exaltándose y colocándose a la defensiva, como si hubieran proferido contra él una vergonzosa calumnia -. No por amistad, sino simplemente porque siento la vocación militar.
Volvióse a su prima y a la hija de la visitante; ambas le miraban con aprobación.
– Hoy comerá Schubert con nosotros, el comandante de húsares de Pavlogrado. Se encuentra aquí con permiso y se lo llevará con él. ¡Qué vamos a hacerle! – dijo el Conde encogiéndose de hombros y hablando con indiferencia de este asunto, que le ocasionaba una verdadera pena.
– Ya te he dicho, papá – replicó el oficial -, que si no me dejabais marchar me quedaría. Pero sé muy bien que no sirvo para nada que no sea para el ejército. No soy ni diplomático ni funcionario. No quiero ocultar mis pensamientos – añadió, mirando con la coquetería de los jovencitos que se creen oportunos a Sonia y a la bella joven.
La gatita, con la mirada fija en él, parecía a cada segundo dispuesta a jugar y poner de manifiesto su naturaleza felina.
– Bien. ¡No hablemos más! – dijo el anciano Conde -Siempre se exalta de este modo. El tal Bonaparte se sube a la cabeza de todo el mundo; todos creen ser como él; de teniente a emperador. Que Dios haga…-dijo, sin advertir la sonrisa burlona de la visitante.
Los mayores comenzaron a hablar de Bonaparte. Julia, la hija de la princesa Kuraguin, se dirigió al joven Rostov:
– Fue una lástima que el jueves no hubiese usted ido a casa de los Arkharov. Me aburrí mucho sin usted – añadió sonriendo tiernamente.
Él, halagado, se acercó a ella con la coqueta sonrisa de la juventud y comenzó una conversación aparte con Julia, que sonreía y no se daba cuenta de que su sonrisa era una puñalada de celos dirigida al corazón de Sonia, que, ruborizada, se esforzaba en aparentar indiferencia. Pero, en la conversación, la miró. Sonia le lanzó una mirada rencorosa y apasionada y, conteniendo violentamente sus lágrimas, con una sonrisa indiferente en los labios, se levantó y salió de la sala. Desapareció toda la animación de Nicolás. Esperó el primer intervalo en la conversación y, con la inquietud reflejada en el semblante, salió también de la sala en busca de Sonia.
X
Cuando Natacha salió de la sala, corrió hasta el invernadero. Una vez allí, se detuvo y escuchó las conversaciones del salón mientras esperaba a Boris. Comenzaba ya a impacientarse, a patear el suelo y a sentir violentos deseos de llorar porque no aparecía inmediatamente, cuando se oyó el rumor de los pasos, ni premiosos ni rápidos, pero seguros, del joven. Natacha echó a correr entonces y se escondió tras los arbustos.
Boris se detuvo en el centro del invernadero. Con la mano se sacudió el polvo del uniforme. Acercóse luego al espejo y contempló en él su arrogante figura. Natacha le miraba desde su escondite, observando todos sus movimientos. Boris paróse aún un momento ante el espejo, sonrió y se dirigió a la puerta. Natacha intentó llamarle, pero se detuvo. «Que me busque», pensó. En cuanto Boris hubo salido, Sonia entró corriendo por el lado opuesto, sofocada y murmurando palabras de rabia a través de sus lágrimas. Natacha reprimió el impulso de correr hacia ella y no se movió de su escondite, observando todo lo que sucedía en torno suyo. Experimentaba con ello un desconocido y particular placer. Sonia musitaba algo, con la mirada fija en la puerta del salón. Por ésta apareció Nicolás.
– ¿Qué tienes, Sonia? ¿Qué te ocurre? – le preguntó Nicolás acercándose a ella.
– Nada, nada. Déjame – sollozó Sonia.
– No, ya sé lo que tienes.
–Pues si lo sabes, déjame.
– Sonia, escúchame. ¿Por qué hemos de martirizarnos por una tontería?-preguntó Nicolás cogiéndole las manos.
Sonia las abandonó entre las suyas y dejó de llorar.
Natacha, inmóvil, conteniendo la respiración, con los ojos brillantes, miraba desde su escondite. «¿Qué ocurrirá ahora?», pensaba.
– Sonia, el mundo no significa nada para mí. Tú lo eres todo – dijo Nicolás -. Te lo demostraré.
–No me gusta que hables de este modo.
– Como quieras. Perdóname, Sonia.
Y, acercándola a sí, la besó.
«¡Qué lindo!», pensó Natacha. Y cuando se hubieron alejado del invernadero, salió también y llamó a Boris.
–Boris, ven aquí-dijo dándose importancia y con un brillo pícaro en los ojos -. He de decirte algo. Por aquí, por aquí – y atravesando el invernadero lo condujo hasta su reciente escondite. Boris la seguía, sonriendo.
– ¿Qué es? – preguntó.
Natacha se turbó un poco. Miró en torno suyo y, viendo a la muñeca entre las plantas, la cogió.
– Dale un beso a la muñeca – dijo.
Boris, con una tierna mirada de extrañeza, contempló su animado rostro y no contestó.
– ¿No quieres…? Pues ven aquí.
Y, acomodándose entre los cajones, tiró la muñeca.
– Más cerca, más cerca – murmuraba.
Cogió el brazo del oficial. En su rostro enrojecido leíase la emoción y el miedo.
– ¿Y no quieres dármelo a mí? – susurró en voz muy baja, mirando al suelo, llorando y sonriendo a la vez a causa de la emoción contenida.
Boris se ruborizó.
– ¡Qué extraña eres! – dijo inclinándose hacia ella, ruborizándose todavía más, pero sin atreverse a nada y esperando.
Natacha saltó sobre un macetero, de modo que su rostro quedase a la altura del de Boris. Abrazándolo con sus brazos delgados y desnudos en torno al cuello, lanzó hacia atrás sus cabellos con un movimiento de cabeza y le besó en los labios.
Se deslizó por el lado opuesto del macetero, bajó la cabeza y se detuvo ante Boris.
– Natacha – dijo éste -. Ya sabes que te quiero, pero…
– ¿Estás enamorado de mí? – le interrumpió Natacha.
– Sí, pero te ruego que no volvamos a hacer nunca más esto que hemos hecho ahora… Aún nos faltan cuatro años… Entonces te pediré a tus padres…
Natacha reflexionó.
– Trece, catorce, quince, dieciséis… – dijo, contando con sus ahusados dedos-. Está bien. De acuerdo.
Y una sonrisa alegre y confiada iluminó su radiante fisonomía.
– De acuerdo – repitió Boris.
– ¿Para siempre? – añadió ella -. ¿Hasta la muerte?
Y ofreciéndole el brazo, con el rostro resplandeciente de felicidad, abandonaron lentamente el invernadero.
XI
Hijo mío – dijo la princesa Mikhailovna a Boris cuando el coche de la condesa Rostov, que les conducía, atravesó la calle cubierta de paja y entró en el amplio patio del conde Cirilo Vladimirovitch Bezukhov -, hijo mío, sé amable y escucha con complacencia. El conde Cirilo Vladimirovitch es tu padrino. De él depende tu carrera. Acuérdate, hijo mío. Sé tan amable como puedas, como sepas serlo – terminó la madre, sacando la mano de debajo de su apolillada capa y apoyándola, con tierno y tímido ademán, sobre el brazo de su hijo.
A pesar de que al pie de la escalera encontrábase un coche, el criado examinó de arriba abajo a la madre y al hijo, que, sin hacerse anunciar, entraban directamente en el vestíbulo encristalado, entre dos hileras de estatuas colocadas en hornacinas, y mirando la ajada capa de la madre con aire de importancia les preguntó qué deseaban y a quién querían ver, a las Princesas o al Conde. Al responderle que al Conde, dijo que aquel día Su Excelencia se encontraba peor y que no recibiría a nadie.
– Ya podemos marcharnos, entonces – dijo el hijo en francés.
– Hijo mío – dijo la madre, suplicante, apoyando de nuevo su mano sobre el brazo de su hijo; como si este contacto pudiera calmarlo o excitarlo, Boris calló y, sin quitarse el abrigo, miró a su madre interrogadoramente.
–Amigo mío – dijo con voz dulce Ana Mikhailovna dirigiéndose al criado -, sé que el conde Cirilo Vladimirovitch está muy enfermo… Por esto hemos venido. Soy parienta suya… No molestaré a nadie… Pero he de ver al príncipe Basilio. Sé que está aquí. Anúncienos, por favor.
El criado tiró del cordón de la campanilla y se volvió con rostro adusto.
–La princesa Drubetzkaia desea ver al príncipe Basilio Sergeievitch – gritó al criado de casaca, medias y zapatos que estaba en lo alto de la escalera.
La madre se arregló tan bien como pudo su vestido de seda teñida, se miró en un espejo de Venecia que había en la pared y, resuelta, con sus toscos zapatos, emprendió el alfombrado camino de la escalera.
–Hijo mío, me lo has prometido-dijo a su hijo, tocándole de nuevo el brazo. Boris continuaba dócilmente mirando al suelo.
Entraron en una sala, una de cuyas puertas daba a las habitaciones del príncipe Basilio.
Mientras la madre y el hijo, parados en medio de la sala, se dirigían a un criado que se levantó del rincón en que se hallaba sentado, para preguntarle el camino, giró el pomo metálico de una de las puertas y el príncipe Basilio, con un batín de terciopelo acolchado y luciendo una sola condecoración, salió, despidiendo a un caballero de cabellos grises y de buen aspecto.
Este caballero era el célebre doctor Lorrain, de San Petersburgo.
–Así, ¿todo es inútil? -preguntó el Príncipe.
– Príncipe, errare humanum est. No obstante… – respondió el doctor con voz nasal y pronunciando estas palabras latinas con acento francés.
– Muy bien… Muy bien…
Al percatarse de la presencia de Ana Mikhailovna y de su hijo, el príncipe Basilio despidió al doctor con un saludo y, silenciosamente pero con aire interrogador, se acercó a los recién llegados. El hijo se dio cuenta de que los ojos de su madre expresaban espontáneamente un dolor profundo, y sin querer sonrió imperceptiblemente.
– En qué momentos más tristes nos volvemos a ver, Príncipe. ¿Y nuestro querido enfermo? – preguntó, como si no se diera cuenta de la mirada fría y molesta de que era objeto.
El príncipe Basilio la miró interrogadoramente, y después a Boris. Éste saludó correctamente. Sin devolverle el saludo, el príncipe Basilio se volvió a Ana Mikhailovna y respondió a su pregunta con un movimiento de cabeza y de labios que quería decir: «Pocas esperanzas.»
– ¿De veras? – exclamó Ana Mikhailovna -. ¡Ah! ¡Es terrible! Horroriza pensarlo. Es mi hijo – añadió señalando a Boris -. Quería darle a usted las gracias personalmente.
De nuevo Boris se inclinó con gentileza.
– Créame, Príncipe; el corazón de una madre no olvidará nunca lo que ha hecho usted por nosotros.
– Estoy muy contento de haber podido servirla, mi querida Ana Mikhailovna – dijo el príncipe Basilio, componiéndose el lazo de la corbata y mostrando con el ademán y con la voz que en Moscú, ante su protegida Ana Mikhailovna, su importancia era mucho más grande que en San Petersburgo en la velada de Ana Scherer.
–Procure cumplir con su deber y hacerse digno de su nombramiento – añadió dirigiéndose severamente a Boris -. Me sentiré muy satisfecho de ello. ¿Se encuentra usted aquí con permiso? – preguntó con tono indiferente.
– Excelencia, estoy aguardando la orden de incorporarme a mi destino – repuso Boris sin mostrarse molesto por el tono rudo del Príncipe ni tampoco deseoso de entrar en conversación, pero sí tan respetuoso y tranquilo que el Príncipe le miró fijamente.
– ¿Vive usted con su madre?
– Vivo en casa de la condesa Rostov – dijo Boris, añadiendo un nuevo «Excelencia>.
– Es Ilia Rostov, casado con Natalia Chinchina – dijo Ana Mikhailovna.
– Lo sé, lo sé – repuso el Príncipe con su voz monótona -. No he podido comprender nunca cómo Natalia se decidió a casarse con ese oso malcriado, una persona absolutamente estúpida y ridícula. Según dicen, un jugador.
– Pero muy buen hombre, Príncipe – replicó Ana Mikhailovna sonriendo discretamente, como si quisiera dar a entender que el conde Rostov merecía esta opinión pero que, a pesar de todo, quería ser indulgente con aquel pobre viejo -. ¿Que dicen los médicos? – preguntó después de un breve silencio. Y su lacrimoso rostro expresó de nuevo una pena profunda.
– Pocas esperanzas – contestó el Príncipe.
– Y tanto como me hubiera gustado agradecer a mi tío por última vez sus bondades para conmigo y para con Boris. Es su ahijado – añadió con tono como si esta noticia hubiese de alegrar extraordinariamente al príncipe Basilio.
El Príncipe reflexionó y frunció el entrecejo. Ana Mikhailovna comprendió que temía encontrarse con una rival en el testamento del conde Bezukhov, e inmediatamente se apresuró a tranquilizarle.
– Quiero mucho, y estoy muy agradecida, a «mi tío» – dijo con tono confiado y negligente -. Conozco muy bien su noble y recto carácter. Pero si las Princesas quedan solas… Todavía son jóvenes…-Inclinó la cabeza y añadió en voz baja -: ¿Ya se ha preparado, Príncipe? Estos últimos momentos son preciosos. No le haría daño alguno, pero, si está tan mal, debe prepararse. Príncipe, nosotras, las mujeres… – sonrió tiernamente -, sabemos decir mejor estas cosas. Será preferible que yo le vea, por mucha pena que pueda producirme. Pero ya estoy hecha al sufrimiento.
El Príncipe comprendió que le sería muy difícil deshacerse de Ana Mikhailovna.
– Pero mi querida Ana Mikhailovna, ¿no cree usted que esta entrevista había de serle muy penosa? – dijo -. Esperemos a la noche. El doctor prevé una crisis.
– No podemos esperar ese momento, Príncipe. Piense usted que va en ello la salvación de su alma. ¡Ah, ah! ¡Qué terribles son los deberes del cristiano!
Ana Mikhailovna se quitó los guantes y, con la actitud de un vencedor, se instaló en una butaca e invitó al Príncipe a que se sentara a su lado.
– Boris – dijo a su hijo con una sonrisa -, yo entraré a ver a mi tío, y tú, hijo mío, mientras tanto, sube a ver a Pedro y acuérdate de transmitirle la invitación de Rostov. Le invitan a comer. Supongo que no deberá ir, ¿verdad? – le preguntó al Príncipe.
– Al contrario – dijo el Príncipe, que se había malhumorado visiblemente -. Le agradeceré mucho que me saquen a ese hombre de casa. Está aquí. El Conde no le ha llamado ni una sola vez.
Se encogió de hombros. El criado acompañó a Boris al vestíbulo y le condujo al piso superior, a las habitaciones de Pedro Cirilovitch, por otra escalera.
XII
Pedro todavía no había sabido escoger una carrera en San Petersburgo, y, en efecto, había sido desterrado a Moscú por su carácter alocado. La historia contada en casa de la condesa Rostov era totalmente exacta. Pedro había tomado parte en la anécdota del policía y del oso. Hacía pocos días que había llegado y, como de costumbre, se había instalado en casa de su padre.
Al día siguiente llegó el príncipe Basilio y se hospedó en casa del Conde. Llamó a Pedro y le dijo:
–Amigo mío, si aquí se comporta usted tan mal como en San Petersburgo, acabará usted muy mal. Esto es cuanto tengo que decirle. El Conde está muy enfermo. No tiene usted que verle para nada.
Después de esto, nadie se había ocupado de Pedro, y éste se pasaba todo el día en su habitación del piso superior.
Cuando Boris entró en ella, Pedro se paseaba de un lado a otro. Al ver a aquel joven oficial, elegante y bien plantado, se detuvo. Pedro había dejado a Boris cuando éste tenía catorce años, y ahora no lo recordaba. No obstante, con su espontaneidad particular y sus maneras acogedoras, le estrechó la mano y le sonrió amistosamente.
– ¿Se acuerda usted de mí? – preguntó Boris tranquilamente, con una amable sonrisa -. He venido con mi madre a casa del Conde, que dicen no se encuentra bien.
– Sí. Parece que está muy enfermo. No le dejan tranquilo – replicó Pedro, tratando de recordar quién era aquel joven.
Boris vio que Pedro no le reconocía, pero no creyó necesario presentarse, y, sin experimentar la más pequeña turbación, le miró fijamente.
– El conde Rostov le invita a usted a comer hoy en su casa – dijo después de un silencio bastante largo y enojoso para Pedro.
– ¡Ah, el conde Rostov! – dijo alegremente Pedro -Así, pues, ¿es usted su hijo Ilia? No le había reconocido en el primer momento. ¿No se acuerda usted de aquella excursión que hicimos a la Montaña de los Pájaros, con madame Jacquot, hace tanto tiempo?
– Se equivoca usted – dijo lentamente Boris, con una risa atrevida y un tanto burlona -. Soy Boris, el hijo de la princesa Drubetzkaia. El viejo Rostov se llama Ilia, y Nicolás su hijo. No conozco a ninguna madame Jacquot. Pedro movió las manos y la cabeza, como si se encontrase en el centro de una nube de mosquitos o un enjambre de abejas.
– ¡Dios mío! ¡Todo lo enredo! Tengo tantos parientes en Moscú… Usted es Boris, en efecto. ¡Vaya! ¡Al fin nos hemos entendido! ¿Qué me cuenta de la expedición de Boulogne? Los ingleses se verían en peligro si Napoleón atravesase el Canal. A mí me parece una expedición muy posible, siempre y cuando Villeneuve no haga disparates.
Boris no sabía nada de la expedición de Boulogne. No leía los periódicos y era la primera vez que oía el nombre de Villeneuve.
– Aquí en Moscú la gente se preocupa más del cotilleo y de los banquetes que de la política – dijo con su tono tranquilo y burlón -. No sé nada de lo que usted me cuenta, ni jamás he pensado en ello. En Moscú la gente sólo se preocupa de las murmuraciones – añadió -. Ahora solamente se habla del Conde y de usted.
Pedro sonrió con aquella sonrisa suya tan bondadosa, como si temiese que su interlocutor dijera algo de que hubiera de arrepentirse. Pero Boris hablaba limpia, clara y secamente, mirando a Pedro a los ojos.
– En Moscú no puede hacerse otra cosa que murmurar – continuó -. Todos se preguntan a quién dejará el Conde su fortuna, aun cuando pueda vivir más tiempo que todos nosotros, lo que yo, lealmente, deseo de todo corazón.
– Sí, todo esto es muy lamentable, muy lamentable – dijo Pedro.
Éste temía que el oficial se complicase inconscientemente en una conversación que incluso para él hubiera sido embarazosa.
–Y usted debe pensar-dijo Boris, enrojeciendo un poco, pero sin cambiar el tono de voz – que todos se preocupan tan sólo por saber si este hombre rico les dejará alguna cosa.
«Vaya por Dios», pensó Pedro.
– Yo, para evitar malentendidos, quiero decirle que se engañarían por completo si entre estas personas se contara a mi madre y a mí. Somos muy pobres, pero precisamente porque su padre es tan rico no me considero pariente suyo, y ni mi madre ni yo pediremos ni aceptaremos nada suyo.
Pedro tardó mucho en comprender, pero cuando vio de lo que se trataba se levantó del diván, cogió la mano de Boris y con su brusquedad un poco tosca, enrojeciendo más que Boris, comenzó a hablar, avergonzado y despechado.
– Es muy extraño todo esto. Por ventura yo… Pero quién podía pensar… Sé muy bien…
Pero Boris no le dejó concluir y dijo:
– Estoy contento por haberlo dicho todo. Quizá todo esto es desagradable para usted, pero, perdóneme – dijo tranquilizando a Pedro, en lugar de ser tranquilizado por él-; debo suponer que no le he molestado. Acostumbro hablar con toda franqueza. ¿Qué he de contestar? ¿Irá usted a comer a casa de los Rostov?
Y, visiblemente aliviado de un deber penoso, se sintió liberado de una situación enojosa y se dulcificó completamente.
–No; escuche – dijo Pedro serenándose -. Es usted un hombre sorprendente. Esto que acaba de decirme está muy bien. Naturalmente, usted no me conoce. Hacía mucho tiempo que no nos habíamos visto. Éramos niños todavía. ¿Qué puede usted suponer de mí? Le comprendo muy bien, le comprendo muy bien. Yo no lo habría hecho. No tendría valor para hacerlo. Pero está muy bien. Me siento muy contento por haber reanudado su conocimiento. Pero es extraño que suponga esto de mí – añadió sonriendo, después de una pausa -. Bien. Ya nos iremos conociendo, si usted no tiene inconveniente en ello – y estrechó la mano de Boris -. No sé si lo sabe, pero no he entrado a ver una sola vez al Conde. Tampoco él me ha llamado. Lo compadezco…, pero ¿qué quiere usted que haga?
– ¿Y cree usted que Napoleón podrá trasladar su ejército? – preguntó Boris sonriendo.
Pedro comprendió que quería cambiar de conversación, y, como también él lo deseaba, comenzó a enumerar las ventajas y desventajas de la expedición de Boulogne. Un criado llegó en busca de Boris, de parte de la Princesa. Ésta se iba. Pedro prometió asistir a la comida, e inmediatamente, para unirse más a Boris, le estrechó fuertemente la mano, mirándole con ternura a los ojos por debajo de los lentes.
Una vez se hubieron marchado, Pedro se paseó aún un buen rato por su habitación. Pero ya no atravesaba con la imaginaria espada al enemigo invisible, y sonreía al recuerdo de aquel joven simpático, inteligente y resuelto. Como siempre ocurre en la primera juventud, y más aún cuando se vive aislado, experimentaba una injustificada ternura por aquel muchacho, prometiéndose firmemente ser su amigo.
El príncipe Basilio acompañaba a la Princesa, que no separaba el pañuelo de los ojos. Las lágrimas resbalaban por su semblante.
– Es terrible – dijo -, pero, ocurra lo que ocurra, cumpliré con mi obligación. Vendré a velarle esta noche. No puede dejársele de esta manera. Los momentos son preciosos. No comprendo qué esperan las Princesas. Quizá Dios me ayude a encontrar la forma de prepararle. Adiós, Príncipe. Que Dios le ayude.
– Adiós, querida – repuso el príncipe Basilio retirándose.
– ¡Ah! Está en una situación horrible – dijo la madre al hijo al instalarse en el coche-. Apenas conoce a nadie.
– Mamá, no comprendo cuáles son las relaciones del Conde con Pedro – dijo Boris.
– El testamento lo pondrá en claro, hijo mío. Del testamento depende también nuestra suerte.
– Pero ¿por qué crees que nos va a dejar algo?
– ¡Ah, hijo mío! ¡Él es tan rico, y nosotros tan pobres!
– Pero, mamá, esto no me parece una razón suficiente.
– ¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¡Qué enfermo está!
XIII
La Condesa Rostov, sus hijas y un gran número de invitados se encontraban en la sala. El Conde acompañaba a los caballeros a su gabinete con objeto de enseñarles su magnífica colección de pipas turcas.
En aquella habitación llena de humo hablábase de la guerra, anunciada ya por un manifiesto, y de la orden de incorporación a filas.
El Conde se hallaba sentado en una otomana, al lado de dos fumadores.
Uno de los interlocutores no era militar, tenía la cara arrugada, biliosa, afeitada y enjuta; era casi un anciano y vestía como el más elegante joven. Se había acomodado con las piernas sobre la otomana, como un huésped muy familiar, y con el ámbar de la pipa hundido profundamente en la boca, pegado a una de las comisuras, aspiraba ruidosamente el humo entornando los ojos. Era Chinchin, primo hermano de la Condesa, una mala lengua, como se decía de él en los salones de Moscú. Cuando hablaba parecía conferir un honor extraordinario a su interlocutor.
El otro era oficial de la guardia, de fresco y rosado rostro, irreprochablemente acicalado; tenía abotonado por completo el uniforme y se había peinado cuidadosamente. Fumaba con la boquilla de ámbar colocada justamente en el centro de la boca, y con los labios, rojos apenas, ni aspiraba el humo, que dejaba escapar en pequeños círculos. Era el teniente Berg, oficial del regimiento de Semenovsky, el mismo al que había de incorporarse Boris, objeto de la ironía de Natacha para con Vera considerándolo su prometido. El Conde hallábase sentado entre los dos y escuchaba atentamente. Después del juego del boston, la ocupación predilecta del Conde era actuar de oyente, sobre todo cuando podía enfrentar a dos conversadores.
Los demás invitados, viendo que Chinchin dirigía la conversación, se acercaron a él para escuchar. Berg, no dándose cuenta de la burla ni de la indiferencia, continuaba explicando cómo solamente por el hecho de pasar a la Guardia había avanzado un grado a sus compañeros de cuerpo porque durante la guerra podían matar al jefe de la compañía y, siendo él el de más edad, podía ser nombrado jefe muy fácilmente, ya que todos le querían en el regimiento y su padre se sentía muy satisfecho de ello. Berg encontraba un verdadero placer en contar todo esto, y parecía que no sospechase siquiera que los demás hombres pudiesen tener intereses particulares. Pero todo lo que contaba era tan encantador, tan moderado, la inocencia de su joven egoísmo era tan evidente, que desarmaba a los que le escuchaban.
– Bien, amigo mío, sea en caballería o en infantería, irá usted muy lejos. Se lo digo yo – dijo Chinchin dándole unas palmaditas en la espalda y bajando las piernas de la otomana.
Berg esbozó una sonrisa de felicidad. El Conde, y tras él los invitados, se dirigían a la sala.
Pedro había llegado un momento antes de comer y se había sentado en medio de la sala, en la primera silla que encontró. Sin darse cuenta, cerraba el paso a los demás. La Condesa quería hacerle hablar, pero él, ingenuamente, miraba en torno suyo a través de los lentes, como si buscase a alguien, respondiendo con monosílabos a todas las preguntas de la Condesa. Estorbaba, y era el único que no se daba cuenta. La mayoría de los invitados, que conocían la anécdota del oso, contemplaban a aquel muchacho dulce, alto y fornido, y se extrañaban de encontrarlo tan pesado y molesto para ser el autor de una broma como aquélla.
– ¿Hace poco que ha llegado usted? – le preguntó la Condesa.
– Sí, señora – respondió, mirando en torno suyo.
– ¿No ha visto todavía a mi marido?
– No, señora – y sonrió estúpidamente.
– Creo que no hace mucho se encontraba usted en París. ¿No es cierto? Debe de ser muy interesante.
La Condesa miró a Ana Mikhailovna, que comprendió se le pedía entretuviese a aquel joven, y ésta, sentándose a su lado, comenzó a hablarle de su padre. Pero, lo mismo que a la Condesa, no se le respondió sino con monosílabos. Los convidados hablaban entre sí: «Los Razomovski… Ha sido delicioso… ¡Oh, es usted muy amable…! La condesa Apraksin…», oíase por doquier. La Condesa se levantó y se acercó a la puerta
– María Dimitrievna – dijo desde allí.
– La misma – respondió una recia voz femenina, e inmediatamente María Dimitrievna entró en la sala.
Todas las jóvenes, e incluso las damas, exceptuando a las más viejas, se levantaron.
María Dimitrievna se detuvo en el umbral de la puerta, levantó la cincuentenaria cabeza, adornada con bucles grises, y contempló a los invitados. Después, inclinándose, comenzó a arreglarse lentamente las amplias mangas del vestido. María Dimitrievna hablaba siempre en ruso.
– Mis más cordiales felicitaciones a la querida amiga a quien homenajeamos y a sus hijos-dijo con su voz fuerte, grave, que ahogaba todos los demás sonidos -Viejo pecador – dijo al Conde, que le besaba la mano -, me parece que te fatigas en Moscú, donde no hay cacerías que celebrar. Pero ¡qué le vamos a hacer! Cuando estos pájaros crecen – dijo señalando a las chicas -, tanto si quieres como no, has de buscarles prometido. Y bien, querido cosaco – María Dimitrievna siempre llamaba así a Natacha; y al decirlo acariciaba la mano de la joven, que se había acercado alegremente y sin miedo -. Ya sé que eres un duendecillo, pero me gustas.
Sacó de su enorme bolsillo unos pendientes en forma de pera, se los dio a Natacha, que enrojeció de gozo, y, volviéndose, se dirigió inmediatamente a Pedro.
–¡Eh!, ven aquí, querido – dijo con una voz que se esforzaba en ser dulce y amable -, ven aquí. – Y con severa actitud se recogió un poco más las mangas.
Pedro fue hacia ella, mirándola con inocencia a través de los lentes.
–Acércate, hombre, acércate. Incluso a tu propio padre, cuando era poderoso, era yo quien le decía las verdades. Y Dios me pide que te las diga a ti.
Calló. Todos callaron, esperando lo que iba a suceder, porque comprendían que aquello no era nada más que la introducción.
– He aquí un valiente muchacho. No hay nada que decir de él. El padre agonizando y él divirtiéndose. Ata a un policía a la espalda de un oso. Una vergüenza, amigo mío, una vergüenza. Era preferible ir a la guerra. – Se volvió y dio la mano al Conde, que no sabía que hacer para aguantar la risa -. Me parece que ya debe de ser hora de sentarnos a la mesa.
Ella y el Conde pasaron delante, seguidos de la Condesa, a la que daba el brazo un coronel de húsares, un hombre muy útil, a cuyo regimiento había de incorporarse Nicolás. Chinchin daba el brazo a Ana Mikhailovna, Berg a Vera y Nicolás a la sonriente Julia Kuraguin. Tras ellos siguieron los restantes grupos, que se diseminaron por el comedor, y por último, separados, los chicos, las institutrices y los preceptores. Comenzaron a moverse los criados; se sintió ruido de sillas y en la galería superior comenzó a sonar la música, a cuyos acordes se sentaron los invitados. Con el sonido de la música se mezcló el de los cuchillos y los tenedores, el murmullo de las conversaciones de los invitados y el rumor de los pasos discretos de la servidumbre. La Condesa se sentaba a uno de los extremos de la mesa. Tenía a su derecha a María Dimitrievna y a su izquierda a Ana Mikhailovna y a las demás invitadas. En el otro extremo, el Conde había sentado a su izquierda al coronel de húsares y a su derecha a Chinchin y al resto de los invitados. A un lado de la larga mesa se habían acomodado los jóvenes de más edad: Vera, al lado de Berg, y Pedro, al de Boris. En el otro lado, los niños, las institutrices y los preceptores. El Conde, por detrás de la cristalería y de los fruteros, miraba a su mujer y su cofia de cintas azules. Atentamente, servía el vino a los invitados, sin olvidarse de sí misma. La Condesa, por su parte, sin descuidar los deberes de ama de casa, dirigió, tras las piñas de América, una digna mirada a su marido, al despejado cráneo y a su encendido rostro, y le pareció que todavía éste contrastaba más con sus cabellos grises. Por el lado de las mujeres, la conversación era regular, y por el lado de los hombres oíanse voces cada vez más altas, sobre todo la del coronel de húsares, que, gracias a lo que había comido y bebido, enrojecía de tal modo que el Conde lo ponía de ejemplo a los demás. Berg, con una tierna sonrisa, decía a Vera que el amor no es un sentimiento terrestre, sino celestial. Boris enumeraba a su nuevo amigo Pedro los invitados que se hallaban en torno a la mesa, y cambiaba miradas con Natacha, sentada ante él. Pedro hablaba poco; contemplaba las caras nuevas y comía mucho. Después de los dos primeros platos, entre los cuales eligió la sopa de tortuga y los pasteles de perdiz, no pasó por alto ni un solo manjar, ni uno solo de los vinos que el maitre le servía con las botellas envueltas en una servilleta y que misteriosamente, tras el hombro del invitado, decía: «Madera seco», o «Hungría», o «Vino del Rin». Cogió la primera de las cuatro copas de cristal colocadas ante cada cubierto, que tenía grabado el escudo del Conde, bebió con fruición y después miró a los demás con creciente satisfacción. Natacha, sentada ante él, miraba a Boris de la forma en que las muchachas de trece años miran al joven a quien han besado por primera vez y de quien están enamoradas. A veces dirigía esta misma mirada a Pedro, quien, ante esta chiquilla turbulenta y vivaz, sin saber por qué, sintió ganas de reír.
Nicolás estaba sentado lejos de Sonia, al lado de Julia Kuraguin, y también, con su involuntaria sonrisa, le decía algo. Sonia se esforzaba en sonreír, pero la devoraban los celos. Tan pronto palidecía como se ponía encarnada como la grana, y poniendo en acción todos sus sentidos procuraba escuchar lo que se decían Nicolás y Julia.
XIV
La servidumbre preparaba las mesas de juego. Se organizaron las partidas de boston y los invitados se diseminaron por los dos salones, el invernadero y la biblioteca.
El Conde, con la baraja en la mano, apenas podía sostenerse, porque tenía la costumbre de dormir la siesta, y sonreía a todo. Los jóvenes, conducidos por la Condesa, se agruparon en torno al clavecín y el arpa. Julia, accediendo a la petición general, comenzó el concierto con una variación de arpa, y al terminar, con las demás muchachas, pidió a Natacha y a Nicolás, cuyo talento musical era muy conocido, cantasen algo. Natacha, que se hacía rogar como si fuera una persona mayor, sentíase muy orgullosa de ello, pero también un poco cohibida.
– ¿Qué cantaremos? – preguntó.
– «La fuente» – repuso Nicolás.
– Pues empecemos. Boris, ven aquí. ¿Dónde se ha metido Sonia?
Se volvió y, no viendo a su amiga, corrió en su busca. No encontrándola en su habitación, fue a buscarla a la de los niños. Tampoco estaba allí. Entonces Natacha comprendió que Sonia debía de estar en el pasillo, sentada sobre el arca. Éste era el lugar de dolor de la juventud femenina de casa de los Rostov. En efecto, Sonia, arrugando su ligera falda de muselina rosa, estaba sentada sobre el edredón azul y deslucido que se hallaba sobre el arca, y con la cara entre las manos lloraba, sacudiendo convulsivamente los tiernos hombros desnudos. La cara de Natacha, animada por la alegría de un día de fiesta, se ensombreció de pronto. Sus ojos perdieron su resplandor; experimentó en el cuello un estremecimiento y las comisuras de sus labios se inclinaron hacia abajo.
– Sonia, ¿qué tienes? Dime, ¿qué tienes? Por favor – y Natacha, abriendo la boca y afeándose completamente, lloró como una niña, sin saber por qué, únicamente porque Sonia lloraba. Ésta quería levantar la cabeza, quería responder, pero no lo lograba y aún se escondía más. Natacha, con el rostro cubierto de lágrimas, se sentó sobre el edredón azul y besó a su amiga. Finalmente, Sonia, haciendo acopio de fuerzas, se levantó y, enjugándose las lágrimas, dijo:
– Nicolás se va dentro de una semana. Ya… ha recibido la orden… Él mismo me lo ha dicho. Pero no lloraría por esto. – Le enseñó un papel escrito que tenía en la mano, con unos versos de Nicolás -. No lloraría por esto, pero tú no sabes… Nadie puede comprender… el corazón que tiene… – Y a causa de la bondad de su corazón lloró de nuevo -. Tú…, tú eres feliz. No te envidio por esto. Te quiero y también quiero mucho a Boris – dijo recobrando fuerzas -. Para vosotros no habrá ninguna dificultad. Pero Nicolás y yo somos primos. Será necesario que el metropolitano… Y, a pesar de todo, no podrá ser. Además, mi mamá… – Sonia consideraba a la Condesa como una madre y la nombraba siempre así -. Dirá que estropeo la carrera de Nicolás, que soy una egoísta, que no he tenido corazón, y la verdad… Te lo juro – se santiguó -; quiero tanto a mamá y a todos vosotros… Pero, ¿qué le he hecho a Vera…? Os estoy tan agradecida que con gusto lo sacrificaría todo. Pero no tengo nada.
Sonia no podía hablar y de nuevo escondió la cara entre las manos, sobre el edredón. Natacha intentó tranquilizarla, pero por la expresión de su semblante veíase claramente que comprendía la magnitud del dolor de su amiga.
– Sonia – dijo de pronto, como si adivinase la verdadera causa de la pena de su prima -, después de comer te ha hablado Vera, ¿no es cierto?
– Sí. Nicolás ha escrito estos versos y yo los he copiado con otros que tenía suyos. Me encontró así, escribiendo sobre la mesa de mi habitación, y me ha dicho que se los enseñaría a mamá, diciéndome, además, que soy una ingrata, que mamá no le dejará nunca casarse conmigo y que se casará con Julia. Ya has visto que durante todo el día no se ha apartado de su lado… ¿Y por qué, Natacha? – Lloró más fuertemente que antes. Natacha le levantó la cabeza, la besó y, sonriendo a través de las lágrimas, se esforzó en tranquilizarla.
– No hagas caso, Sonia. No creas nada de lo que dice. Sucederá lo que tenga que suceder. Aquí tienes al hermano del tío Chinchin, casado con una prima hermana. También nosotros procedemos de primos. Boris dice que es muy fácil. Yo, ¿sabes?, se lo he contado todo. ¡Es tan inteligente y tan bueno! – dijo Natacha -. No llores más, Sonia, pobrecita – y la besó riendo -. Vera es mala. Que Dios haga que sea bondadosa. Todo irá bien. Ya verás como mamá no dice nada. Nicolás mismo se lo dirá. Y estate segura de que no piensa nada en Julia.
Bajó la cabeza. Sonia se levantó; se animó la gatita, le brillaron los ojos y parecía como si estuviera dispuesta a mover la cola, a saltar con sus ligeras patas y a correr de nuevo persiguiendo el ovillo.
XV
Mientras en el salón de los Rostov se bailaba la sexta inglesa al son de una orquesta que desafinaba debido al cansancio de los músicos, y mientras los criados preparaban la cena, el conde Bezukhov sufría el sexto ataque. Declararon los médicos que no había ya ninguna esperanza. Se leyeron al enfermo las oraciones de la confesión. Comulgó y se hicieron los preparativos para la extremaunción. Toda la casa estaba presa de la agitación que se produce en tales momentos. Fuera de ella, los agentes de pompas fúnebres se escondían detrás de los coches que llegaban, con la esperanza de una ceremonia de primera.
Ira, general y gobernador de Moscú, a cuyos ayudantes enviaba uno tras otro a informarse del estado de salud del Conde, fue aquella noche en persona a despedirse del célebre dignatario de Catalina, el conde Bezukhov.
El magnífico recibidor estaba lleno. Todos se levantaron respetuosamente cuando el gobernador, después de pasar media hora a solas con el enfermo, salió de la alcoba, respondiendo apenas a los saludos y procurando pasar lo más aprisa posible ante las miradas, fijas en él, de médicos, sacerdotes y parientes. El príncipe Basilio, amarillo y adelgazado después de aquellos días de agonía, acompañaba al gobernador y en voz baja le repetía frecuentemente la misma cosa.
Después el príncipe Basilio se sentó a solas en un rincón de la sala, con las piernas cruzadas, apoyando el codo en la rodilla y tapándose los ojos con la mano. Así estuvo un buen rato. Luego se levantó y, con paso rápido, dirigiendo en torno suyo una mirada temerosa, atravesó un largo pasillo y se dirigió a las habitaciones de la Princesa, situada al otro extremo de la casa.
Entre tanto, el coche de Pedro, a quien se había mandado a buscar, entraba en el patio. Cuando las ruedas rodaron silenciosas sobre la paja extendida bajo las ventanas del palacio, Ana Mikhailovna dirigió a su compañero consoladoras palabras y, dándose cuenta que el hombre se había dormido durante el trayecto, lo despertó.
Una vez despierto, Pedro bajó del coche tras Ana Mikhailovna y pensó entonces en la entrevista que iba a celebrar con su padre agonizante. Se dio cuenta de que había descendido no ante la puerta principal, sino ante otra. En el momento de poner el pie en el suelo, dos hombres se deslizaron apresuradamente de la puerta y se escurrieron a la sombra del muro. Parándose, Pedro se fijó que a la sombra de la casa, a uno y otro lado, había otros hombres como aquellos. Pero ni Ana Mikhailovna, ni el criado, ni el cochero se habían fijado en ellos. «No hay remedio», se dijo Pedro. Y siguió a Ana Mikhailovna.
Ésta subía la escalera, débilmente iluminada, a grandes zancadas. Llamó a Pedro que subía tras ella y que, no comprendiendo por qué era necesario ver al Conde y mucho menos subir por las escaleras de servicio, deducía, por la decisión y prisa de Ana Mikhailovna, que todo aquello debía de ser necesario. A mitad de la escalera, unos hombres que descendían con cubos estuvieron a punto de hacerlos caer. Les dejaron paso y no demostraron la menor extrañeza por encontrarlos en aquel camino.
– ¿Está aquí la habitación de las Princesas? – preguntó Ana Mikhailovna a uno de ellos.
– La puerta de la izquierda, señora – repuso el criado con voz fuerte y atrevida, como si desde aquel momento le estuviese permitido todo.
– Quizás el Conde no me haya llamado – dijo Pedro en cuanto llegaron al rellano-. Tal vez fuera mejor que subiera a mis habitaciones.
Ana Mikhailovna se detuvo para aguardar a Pedro.
– ¡Ah, hijo mío! – dijo con el mismo ademán de por la mañana, al hablar con su hijo, tocándole la mano -. Créeme que sufro tanto como tú. Pero has de ser un hombre.
– ¿De veras he de ir? – preguntó Pedro, mirando dulcemente a Ana Mikhailovna a través de los lentes.
– ¡Oh, amigo mío! Olvida todas las malas pasadas que hayan podido hacerte. Piensa que es tu padre, que tal vez está en la agonía. – Suspiró -. En cuanto te conocí te quise como a un hijo. Ten confianza en mí. No abandonaré tus intereses.
Pedro no comprendía nada. De nuevo tuvo el convencimiento de que todo aquello no podía ser de otro modo y obedeció a Ana Mikhailovna, que abría ya la puerta.
Ésta daba a la antecámara. El viejo criado de las Princesas hacía punto de media sentado en un rincón. Pedro no había estado nunca en aquel lado del palacio, ni sospechaba siquiera la existencia de aquellas habitaciones. Ana Mikhailovna preguntó a una camarera que le salió al paso con una botella sobre una bandeja, llamándola «querida» y «corazón mío», cómo se encontraban las Princesas, y condujo a Pedro por el pasillo embaldosado. Del corredor pasaron a una sala apenas iluminada, que daba al salón de recibir del Conde. Era una de aquellas habitaciones frías y lujosas que Pedro ya conocía, pero entrando por la puerta de la escalera grande. En medio de esta habitación encontrábase una bañera vacía y un gran charco en torno suyo sobre la alfombra. Al verlo, el criado y un sacristán, que tenía en la mano un incensario, desaparecieron de puntillas, sin prestarle gran atención. Entraron en la sala de recibir, que reconoció Pedro por dos ventanas italianas que daban al jardín de invierno, un gran busto y un retrato de tamaño natural de Catalina.
En la sala, las mismas personas, casi con las mismas actitudes, hallábanse sentadas y hablaban en voz baja. Todos callaron para contemplar a Ana Mikhailovna, con su cara pálida y llorosa, y al corpulento Pedro, que la seguía con la cabeza baja.
La cara de Ana Mikhailovna expresaba la convicción de que había llegado el momento decisivo. Con la actitud de una pequeña burguesa atareada, entró en la sala sin dejar a Pedro, mostrándose aún más tierna que por la mañana. Comprendía qué conduciendo ella a aquel que el agonizante había solicitado ver tenía asegurada la visita. Dirigió una rápida mirada a todos los que se hallaban en la habitación y, viendo al confesor del Conde, sin inclinarse, pero acortando la marcha, se acercó a él, recibió respetuosamente la bendición a inmediatamente la de otro sacerdote.
– Gracias a Dios que hemos llegado – dijo al sacerdote -. Toda la familia temía tanto que no volviera… Este joven es el hijo del Conde – y añadió en voz más baja -. ¡Qué momento más terrible!
Diciendo estas palabras se aproximó al doctor.
– Querido doctor – dijo -, este joven es el hijo del Conde. ¿No hay ninguna esperanza?
El doctor, silencioso, levantó los ojos y los hombros con un movimiento rápido. Ana Mikhailovna levantó también los suyos con idéntico movimiento. Después suspiró y, separándose del doctor, se acercó a Pedro. Se dirigió a él con un respeto particular y una triste ternura.
– Ten confianza en su misericordia – y, señalándole el pequeño diván para que le aguardara sentado, se dirigió serenamente a la puerta que todos miraban y desapareció, cerrándola tras de sí.
Pedro, decidido a obedecer en todo y por todo a su guía, dirigióse al pequeño diván que le había designado.
No habían pasado todavía dos minutos cuando el príncipe Basilio, con la túnica de las tres condecoraciones, alta la cabeza y el aire majestuoso, entró en la sala. Parecía que desde por la mañana se hubiese adelgazado más, y sus ojos se agrandaron cuando, al observar la concurrencia, se dio cuenta de la presencia de Pedro. Se acercó a él y le cogió la mano, cosa que todavía no había hecho nunca hasta entonces, estrechándosela con fuerza hacia abajo, como si quisiera probar su resistencia.
– ¡Animo, amigo mío, ánimo! Te ha llamado… Conviene…
Quiso irse, pero Pedro creyó necesario interrogarlo.
– La enfermedad… – Se detuvo, no sabiendo si había de añadir «del agonizante», «del Conde» o de «mi padre», y se avergonzó.
– No hace todavía media hora que ha tenido otra crisis, otro ataque. Ánimo, amigo mío.
El príncipe Basilio dirigió algunas palabras a Lorrain y desapareció de puntillas por la puerta de la habitación del enfermo. Esta manera de caminar no le era nada cómoda y tenía que dar de vez en cuando algunos saltitos para conservar el equilibrio. Tras él entró la mayor de las Princesas; después el clero, los chantres y también los criados. Tras la puerta sentíase un continuo movimiento. Por último, siempre con la misma cara pálida, pero firme en el cumplimiento de su deber, salió Ana Mikhailovna y tocó la mano de Pedro.
– La bondad divina es infinita – dijo -. Va a comenzar la ceremonia de la extremaunción.
Pedro pasó la puerta, caminando sobre la alfombra, y observó que el ayudante de campo, una señora desconocida y algunos criados iban tras él, como si desde aquel momento no fuese necesario pedir permiso para entrar en aquella habitación.
XVI
Pedro conocía perfectamente aquella gran alcoba dividida por arcos y columnas y cubierta de tapices persas. Más allá de las columnas, a un lado, hallábase un gran lecho de caoba con dosel y cortinas de seda, y en el otro un enorme altar lleno de iconos. Todo este lado estaba iluminado a diario, como las iglesias durante el oficio vespertino. Dentro del cuadro de luz del altar veíase una especie de asiento muy largo, con la cabecera llena de almohadas blancas como la nieve, no arrugadas aún, que, evidentemente, habían sido colocadas hacía poco. En él yacía, envuelta hasta la cintura en un cubrecama verde claro, aquella vieja figura que Pedro conocía tan bien: su padre, el conde Bezukhov. Era el mismo, con el pelo gris leonado, la frente despejada y cruzada por profundas arrugas y el semblante de una palidez rojiza. Yacía casi estirado ante los iconos. Sus manos, largas y gruesas, descansaban sobre el cubrecama. En la derecha, entre el índice y el pulgar, tenía una vela que sostenía un viejo criado inclinado sobre la cabecera. En torno a aquel asiento, los sacerdotes, con sus brillantes hábitos de ceremonia, con sus largas cabelleras, con cirios en la mano, oficiaban lenta y solemnemente. Hallábanse las dos Princesas pequeñas detrás del asiento, con el pañuelo a los ojos, y ante ellas Katicha, la mayor, con actitud agresiva y resuelta, no separaba la mirada de los iconos, como queriendo decir que no respondería de sí misma si por desgracia volvía la cabeza. Ana Mikhailovna, con su actitud de tristeza resignada y de benevolencia para todos, hallábase cerca de la puerta con la señora desconocida. El príncipe Basilio encontrábase al otro lado de la puerta, cerca del sitial del Conde, tras una silla esculpida tapizada con terciopelo, en cuyo respaldo apoyaba la mano izquierda, que sostenía un cirio, mientras se santiguaba con la derecha, levantando la mirada cada vez que se llevaba los dedos a la frente. Su rostro expresaba una piedad tranquila y la sumisión a la voluntad de Dios. Parecía como si quisiera decir con sus rasgos: «Si no sabéis comprender este sentimiento, peor para vosotros.»
En medio de la ceremonia, las voces de los oficiantes callaron de pronto. Los sacerdotes murmuraban algo entre sí y en voz baja. El viejo criado que sostenía la mano del Conde se levantó y se dirigió a las señoras. Ana Mikhailovna se acercó e, inclinándose sobre el enfermo tras el respaldo, hizo con el dedo una señal al doctor Lorrain. El médico francés no sostenía cirio alguno y estaba apoyado contra una columna con la actitud respetuosa de un extranjero que, a pesar de su indiferencia religiosa, demuestra que comprende toda la importancia del acto que contempla y que incluso aprueba. Imperceptiblemente se acercó al enfermo, le cogió la mano que tenía libre sobre el cubrecama verde y le tomó el pulso con aire pensativo. Dio algo de beber al moribundo. Todos se agitaron en torno suyo e inmediatamente volvieron a sus lugares respectivos y continuó la ceremonia.
Los cantos religiosos cesaron y oyóse la voz de un sacerdote que felicitaba respetuosamente al enfermo por la recepción de los sacramentos. El enfermo estaba semiacostado, inmóvil, exánime. Todos movíanse en torno suyo. Sentíanse pasos y diálogos confusos, entre los cuales sobresalían las palabras de Ana Mikhailovna. Pedro la oyó decir: «Es necesario transportarle al lecho. Supongo que no será imposible.»
Los médicos, las Princesas y los criados rodeaban de tal modo al enfermo que Pedro no veía ya aquella cara rojiza ni aquellos cabellos grises que, a pesar de la presencia de todos los asistentes al acto, no se borraron ni un momento de su espíritu durante toda la ceremonia. Por los prudentes movimientos de las personas que rodeaban al agonizante, Pedro adivinó que lo levantaban para transportarlo.
Durante un momento, entre los hombros y cuellos de los hombres, muy cerca de Pedro, aparecieron el pecho alto, fornido y desnudo y los amplios hombros del enfermo, levantado por los hombres a fuerza de brazos, y la cabeza leonada, gris y caída. Aquella cabeza, de frente extraordinariamente amplia y carnosa, con una bella boca sensual y mirada majestuosa y fría, no había sido afeada por la proximidad de la muerte. Era la misma que Pedro había visto tres meses antes, cuando el Conde le envió a San Petersburgo. Pero ahora movíase inerte a causa de los pasos vacilantes de los portadores, y la mirada fría y vaga no sabía dónde detenerse. Durante un momento hubo mucha animación en torno al gran lecho. Los hombres que condujeron al enfermo se alejaron. Ana Mikhailovna tocó la mano de Pedro y le dijo: «Ven.» Pedro, con ella, se acercó al lecho donde el enfermo yacía en una actitud de abandono que, evidentemente, tenía alguna relación con el sacramento que le acababan de administrar.
Estaba extendido, con la cabeza levantada por las almohadas y las manos colocadas simétricamente sobre el cubrecama de seda verde. Cuando Pedro se acercó a él, el Conde le miró fijamente, pero con aquella mirada de la cual el hombre no puede comprender ni el sentido ni la importancia; o aquella mirada no significaba absolutamente nada, a excepción de que un hombre cuando tiene ojos necesita mirar a un lado o a otro, o significaba demasiadas cosas.
Pedro se detuvo, sin saber qué hacer. Interrogador, se volvió a Ana Mikhailovna, su guía. Ana le hizo un signo rápido con los ojos, indicándole la mano del enfermo, y que hiciera ademán de besarla. Pedro alargó el cuello con mucho cuidado, para no enredarse con el cubrecama, y, siguiendo el consejo, posó los labios sobre la mano amplia y gruesa. Pero ni la mano ni un solo músculo del Conde se movieron. De nuevo Pedro miró interrogador a Ana Mikhailovna, preguntando qué otra cosa tenía que hacer. Con los ojos le señaló Ana el asiento que se hallaba cerca del lecho. Pedro, obediente, se sentó sin dejar de preguntar con la mirada la conducta que había de seguir. Ana Mikhailovna le hizo una seña de aprobación con la cabeza. De pronto, en los músculos salientes y las profundas arrugas de la cara del Conde apareció un temblor. Aumentó éste y se le desvió la boca. Hasta entonces, Pedro no comprendió bien que su padre se encontraba a las puertas de la muerte. De la deformada boca salió un estertor. Ana Mikhailovna miró atentamente a los ojos del enfermo, procurando adivinar lo que quería. Tan pronto señalaba a Pedro como a la medicina, o, con un ligero susurro, llamaba al príncipe Basilio o señalaba el cubrecama. Los ojos del enfermo expresaban impaciencia. Hacía esfuerzos por mirar al criado que se mantenía inmóvil a la cabecera de la cama.
– Seguramente debe de querer volverse de lado – murmuró el sirviente.
Y se levantó para dar vuelta al inerte cuerpo del Conde y ponerle de cara a la pared.
Pedro se levantó para ayudar al criado. Mientras le daban la vuelta, una de las manos que le habían quedado hacia atrás hacía inútiles esfuerzos para moverse. El Conde observó la aterrorizada mirada que Pedro dirigía a aquella mano inerte, o quizás otro pensamiento atravesó en aquel momento su agonizante cabeza. Pero miró a la mano desobediente, a la expresión de terror del rostro de Pedro; volvió a mirarse la mano y en el rostro se le dibujó una débil sonrisa de sufrimiento que alteraba muy poco la expresión de sus rasgos y parecía reírse de su propia debilidad. Contemplando aquella sonrisa inesperada, Pedro sintió en el pecho un estremecimiento, un escozor en la nariz y las lágrimas le velaron los ojos.
Volvieron al enfermo de cara a la pared. Suspiró.
– Se ha amodorrado – dijo Ana Mikhailovna viendo que la Princesa entraba a relevarla -. Vámonos.
Pedro salió.
XVII
En el recibidor no quedaban ya más que el príncipe Basilio y la Princesa mayor, que hablaba con gran animación sentada bajo el retrato de Catalina. En cuanto vieron a Pedro y a su guía callaron. A Pedro le pareció que la Princesa escondía alguna cosa. La Princesa dijo al Príncipe en voz baja: «No puedo ver a esta mujer.» – Katicha ha hecho servir el té en la salita – dijo el príncipe Basilio a Ana Mikhailovna -. Vaya, hija mía; coma algo, porque si no enfermará.
A Pedro no le dijo nada, pero le estrechó la mano, apesadumbrado. Pedro y Ana Mikhailovna entraron en la sala.
A pesar de su apetito, Pedro no probó bocado. Volvióse a su guía con aire interrogador y la sorprendió dirigiéndose de puntillas al recibidor donde habían quedado el príncipe Basilio y la mayor de las princesas. Pedro, suponiendo que todo aquello también era necesario, la siguió al cabo de un instante. Ana Mikhailovna hallábase al lado de la Princesa y las dos hablaban a la vez en voz baja y alterada.
– Créame, Princesa; sé lo que conviene y lo que no conviene-dijo la joven, alterada.
– Pero, querida Princesa – decía suavemente, pero con obstinación, Ana Mikhailovna, impidiendo el paso de la Princesa a la habitación del enfermo -. ¿Cree usted que no será demasiado doloroso para el pobre tío, precisamente en este instante en que el reposo le es tan necesario? ¡Hablarle de una cosa tan terrenal en este momento, cuando su alma está ya preparada…!
El príncipe Basilio estaba sentado con su actitud habitual, cruzadas las piernas. Sus mejillas se contraían violentamente, y cuando se encogió pareció mucho más grueso y mucho más interesado en la conversación de las dos mujeres.
– Querida Ana Mikhailovna – dijo -, deje usted a Katicha. Ya sabe usted que el Conde la quiere mucho.
– No sé lo que hay dentro de este sobre – dijo la Princesa dirigiéndose al príncipe Basilio y enseñándole la cartera que tenía en la mano -. Sólo sé que el verdadero testamento lo tiene en su escritorio; esto es un papel olvidado.
Intentaba engañar a Ana Mikhailovna, que saltó otra vez y le cerró el paso.
– Lo sé, querida Princesa – dijo Ana Mikhailovna cogiendo la cartera con tanta fuerza que veíase claramente que no la soltaría con facilidad -. Querida Princesa, se lo ruego, tenga piedad del Conde. Piense en lo que va a hacer.
La Princesa calló. Sólo se oía el rumor de los esfuerzos de la lucha para apoderarse de la cartera. Comprendía la Princesa que si hablaba no diría cosas muy amables a Ana Mikhailovna. Ésta cogía la cartera fuertemente, pero, a pesar de esto, su voz se conservaba tranquila y dulce.
–Pedro, acércate, hijo mío. Me parece que no eres un extraño en el consejo de la familia, ¿no es verdad, Príncipe?
–Pero ¿por qué callas, Príncipe?-exclamó de pronto la Princesa con un grito tan fuerte que llegó hasta la salita y aterrorizó a todos -. ¿Por qué callas, cuando Dios sabe quién es el que provoca esta escena a la puerta de un agonizante? ¡Intrigante! – continuó con voz concentrada y colérica, tirando de la cartera con todas sus fuerzas.
Pero Ana Mikhailovna dio algunos pasos para no soltarla.
– ¡Oh! – dijo el príncipe Basilio con enfado y extrañeza. Se levantó -. Esto es ridículo – continuó -. Vamos, soltad, les digo. – La Princesa soltó la cartera -. Y usted también.
Ana Mikhailovna no le obedeció.
– ¡Suéltela, le digo! Yo tomo la responsabilidad de esto. Entraré y se lo preguntaré yo mismo. Yo, ¿comprende usted? Esto ha de bastarle.
– Pero, Príncipe – dijo Ana Mikhailovna -, después de haber recibido tan importante sacramento, concédale un instante de reposo. Aquí está Pedro. Di tu opinión – dijo al joven, que se acercaba y miraba extrañado la cara encolerizada de la Princesa, que abandonaba todo miramiento, y las mejillas temblorosas del príncipe Basilio.
– Tenga presente que usted será responsable de todas las consecuencias – dijo severamente el príncipe Basilio -. No sabe lo que hace.
– ¡Mala mujer! – exclamó la Princesa lanzándose espontáneamente contra Ana Mikhailovna y arrebatándole la cartera.
El príncipe Basilio bajó la cabeza y abrió los brazos. En aquel momento se abrió la puerta. La terrible puerta, que Pedro contemplaba desde hacía unos momentos y que ordinariamente se abría tan poco, se abrió con ruido, chocando contra la pared. La menor de las Princesas apareció en el marco y, palmeando, exclamó:
– ¿Qué hacéis? – exclamó desesperadamente -. Se está muriendo y me dejáis sola.
La Princesa mayor soltó la cartera. Ana Mikhailovna se inclinó rápidamente y, recogiendo el objeto de la disputa, corrió al dormitorio. La Princesa mayor y el príncipe Basilio, serenándose, fueron tras ella. A los pocos minutos, la Princesa, con el rostro pálido y descompuesto, salía, mordiéndose el labio inferior. Al ver a Pedro, su rostro expresó una rabia no contenida.
– Ya puede usted estar contento – dijo -. Ya tiene lo que esperaba.
Y, sollozando, ocultó la cara en el pañuelo y salió de la habitación.
Tras la Princesa apareció el príncipe Basilio. Balanceándose, se sentó en el mismo diván de Pedro y escondió la cara entre las manos. Pero se dio cuenta de que estaba pálido y que le temblaba la barbilla como si tuviera fiebre.
– ¡Ah, amigo mío! – dijo cogiendo del brazo al joven. Y en su voz apuntaba una franqueza y una dulzura que Pedro no había escuchado nunca -. Tanto pecar, tanto mentir… ¡Y para qué! Tengo más de cincuenta años, amigo mío. Para mí, todo se acabará con la muerte, todo. La muerte es horrible – y sollozó.
La última en salir fue Ana Mikhailovna. Con lentos y silenciosos pasos se acercó a Pedro.
– Pedro – dijo.
El joven la miró, interrogador. Ella le besó la frente y dejó caer algunas lágrimas. Calló. Luego dijo:
– Ya no existe.
Pedro la miró a través de los lentes.
– Vamos. Te acompañaré. Procura llorar. Nada consuela tanto como las lágrimas.
Le acompañó hasta la salita oscura, y Pedro se sintió muy satisfecho de que nadie pudiera verle la cara. Ana Mikhailovna le dejó; cuando regresó, Pedro, que había apoyado la cabeza en la mano, dormía profundamente.
Por la mañana, Ana Mikhailovna dijo a Pedro:
–Sí, hijo mío. Ha sido una gran pérdida para todos. No lo digo para ti. Dios te confortará. Eres joven y, si no me engaño, te encuentras en posesión de una inmensa fortuna. No se conoce aún el testamento. Pero te conozco a ti lo suficiente para saber que esto no te hará perder la cabeza. Impone obligaciones y es preciso ser un hombre. – Pedro calló -. Más adelante te explicaré, hijo mío, que si yo no hubiese estado aquí, quién sabe lo que hubiera ocurrido. Tú ya sabes que mi tío, todavía anteayer, me prometía acordarse de Boris. Pero no ha tenido tiempo de decírmelo. Espero, hijo mío, que cumplirás el deseo de tu padre.
Pedro no comprendió nada de lo que le querían decir. Silencioso y sofocado, miró fijamente a la princesa Ana Mikhailovna. Después de haber hablado con Pedro, ésta se fue a dormir a casa de los Rostov. Por la mañana, cuando se levantó, les contó, tanto a ellos como a sus amigos, los pormenores de la muerte del conde Bezukhov. Dijo que el Conde había muerto tal como ella quisiera morir; que su muerte no solamente había sido conmovedora, sino edificante, y que la última entrevista entre padre e hijo había sido tan emocionante que no podía acordarse de ella sin que las lágrimas anegasen sus ojos; que no sabría decir quién de los dos se había portado mejor en aquel terrible instante: el padre, que en los últimos momentos se había acordado de todo y de todos y que dirigió al hijo enternecedoras palabras, o Pedro, de tal modo alterado que inducía a compasión y que se esforzaba en disimular la emoción para no impresionar a su padre moribundo.
– Todo esto es muy doloroso, pero hace mucho bien. Conforta ver a hombres como el viejo Conde y a su digno hijo.
En cuanto a los actos de la Princesa y del príncipe Basilio, los contaba, bajo promesa de secreto y confidencialmente, sin juzgarlos.
XVIII
En Lisia-Gori, en las tierras del príncipe Nicolás Andreievitch Bolkonski, se esperaba de un día a otro la llegada del príncipe Andrés y la Princesa. No obstante, la espera no trastornaba el orden severo con que discurría la vida en casa del viejo príncipe.
El general en jefe príncipe Nicolás Andreievitch, a quien la sociedad rusa denominaba con el sobrenombre de «rey de Prusia», no se había movido de Lisia-Gori, con su hija la princesa María y la señorita de compañía mademoiselle Bourienne, desde que, reinando todavía Pablo I, había sido relegado a sus posesiones. A pesar de que el nuevo reinado le había permitido el acceso a las capitales, continuaba en el campo su vida sedentaria, diciendo que si alguien lo necesitaba recorrería las ciento cincuenta verstas que separan Moscú de Lisia-Gori, pero que él no necesitaba nada de nadie. Sostenía que los vicios humanos no tienen sino dos puentes: la ociosidad y la superstición, y solamente dos virtudes: la actividad y la inteligencia. Se ocupaba en persona de la educación de su hija, y para fomentar en ella estas dos virtudes capitales le dio lecciones de álgebra y geometría hasta los veinte años y distribuyó su vida en una serie ininterrumpida de ocupaciones. También él estaba siempre ocupado: tan pronto escribía sus memorias o se entretenía en resolver cuestiones de matemática trascendental como en tornear tabaqueras o vigilar en sus tierras las construcciones, que no faltaban nunca. Pero teniendo en cuenta que la condición principal de la actividad es el orden, éste era llevado en su vida hasta las últimas consecuencias. Las comidas eran siempre iguales, y no solamente a la misma hora, sino al mismo minuto exactamente. Con las personas que le rodeaban, desde su hija hasta los criados, el Príncipe era áspero y terriblemente exigente, de modo que, sin ser un hombre malo, inspiraba un temor y un respeto tales que difícilmente hubiera podido inspirarlos el hombre más cruel. Con todo y vivir retirado y sin influencia alguna en los negocios del Estado, todos los gobernadores de la provincia donde se encontraban sus tierras se creían en la obligación de presentarse a él, y, lo mismo que el arquitecto, el jardinero o la princesa María, el alto funcionario esperaba la hora fijada de la salida del Príncipe a la sala de su despacho. Todos los que aguardaban en aquella sala experimentaban el mismo sentimiento de respeto, por no decir de miedo, cuando se abría la amplia puerta del gabinete y aparecía, con su peluca empolvada, la pequeña figura del viejo, de breves manos apergaminadas, de cejas grises y caídas, que, al fruncirse, velaban el resplandor de unos ojos brillantes, inteligentes y amarillentos. Durante la mañana de la llegada del joven matrimonio, la princesa María, como de costumbre, entró en el despacho a la hora precisa para el saludo matinal. Se santiguó, temerosa, y rezó interiormente. Entraba allí todos los días, y todos los días pedía a Dios que la entrevista fuese fácil. El viejo criado empolvado que se encontraba en el despacho se levantó sin hacer ruido y, acercándose a la puerta, dijo en voz baja:
– Adelante.
Tras la puerta sentíase el rumor del torno. La Princesa empujó con timidez la puerta, que se abrió fácilmente, y se detuvo en el umbral. El Príncipe trabajaba en el torno. La miró y continuó trabajando.
La gran sala de trabajo estaba llena de objetos que visiblemente eran utilizados a menudo. La larga mesa en la que se hallaban esparcidos libros y planos; la gran librería, con las llaves colocadas en las puertas; el alto pupitre para escribir en pie, sobre el cual hallábase una libreta abierta, y el torno, con todas las herramientas preparadas y los restos de madera esparcidos por doquier, denunciaban una actividad infatigable, variada e inteligente. Por el movimiento de la corta pierna calzada con zapatilla de tacón y bordada en plata; por la presión firme de la mano delgada y venosa, veíase en el Príncipe la fuerza tenaz de una robusta vejez. Después de algunas vueltas del torno, retiró el pie del pedal, limpió la herramienta, la colocó en una bolsa de cuero colgada del torno y, acercándose a la mesa, llamó a su hija. No daba nunca la bendición a sus hijos, pero al presentarle la mejilla, no afeitada todavía aquella mañana, y mirándola con ternura y atención, dijo severamente:
– ¿Te encuentras bien? Siéntate.
Cogió el cuaderno de geometría, manuscrito por él mismo, y con el pie se acercó una silla.
– Para mañana – dijo, buscando rápidamente la página y marcando con la uña párrafo por párrafo -, todo esto.
La Princesa se inclinó sobre el cuaderno.
– Espera, tengo una carta para ti – dijo el Príncipe de pronto, extrayendo de una bolsa que tenía clavada a la mesa un sobre escrito con letra de mujer.
Al ver la carta, la cara del Príncipe se cubrió con dos manchas rosadas y la cogió apresuradamente.
– ¿Es de Eloísa? – preguntó el Príncipe, descubriendo con una, sonrisa fría los dientes amarillentos pero fuertes aún.
– Es de Julia – repuso la Princesa mirándole y sonriendo tímidamente.
–Aún te dejaré pasar dos más. La tercera la leeré – dijo el Príncipe severamente -. Temo que os escribáis demasiadas tonterías. La tercera la leeré – repitió.
–Lee ésta si quieres, papá-dijo la Princesa enrojeciendo aún más y ofreciéndole la carta.
– Te he dicho que leeré la tercera – replicó el Príncipe rechazando la carta. Y, apoyándose sobre la mesa, tomó el cuaderno ilustrado de figuras geométricas -. Bien, señorita – comenzó el viejo inclinándose sobre el cuaderno al lado de su hija y pasando la mano sobre el respaldo de la silla en que la Princesa se encontraba sentada, de modo que por todas partes sentíase rodeada por el olor a tabaco y a viejo particular de su padre y que ella tan bien conocía desde hacía muchos años -. Bien, señorita. Estos triángulos son semejantes. Fíjate en el ángulo ABC…
La Princesa miraba con terror los ojos brillantes de su padre. Aparecían y desaparecían en su rostro manchas rojas. Veíase claramente que no entendía nada y que el miedo le impediría entender todas las explicaciones de su padre, por claras que fuesen. ¿De quién era la culpa, del profesor o del discípulo? Pero cada día sucedía lo mismo. Los ojos de la Princesa se nublaban. No veía ni entendía nada en absoluto. Únicamente notaba cerca de ella el rostro seco de su severo profesor, su aliento y su olor, y no pensaba sino en salir cuanto antes del gabinete para dirigirse a sus habitaciones y descifrar tranquilamente el problema. El viejo se indignaba ruidosamente. Apartaba y acercaba la silla en la que se sentaba y hacía grandes esfuerzos para no perder la calma. Pero diariamente se deshacía en improperios y con frecuencia el cuadernillo iba a parar al suelo.
La Princesa equivocó la respuesta.
– ¡Eres tonta! – exclamó el Príncipe apartando vivamente el cuaderno y volviéndose con rapidez; pero inmediatamente se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó la mano por los cabellos de la Princesa y volvió a sentarse. Se acercó a la mesa y continuó la explicación -No puede ser, Princesa, no puede ser – dijo cuando la joven hubo cerrado el cuaderno, después de la lección, y se disponía a marcharse -. Las matemáticas son una gran cosa, hija mía. No quiero que te parezcas a nuestras damas, que son unas ignorantes. Esto no es nada. Ya te acostumbrarás, y concluirá por gustarte. – Le pellizcó las mejillas -. Al final, la ignorancia se te irá de la cabeza.
La Princesa se disponía a salir, pero él la detuvo con un gesto y cogió de la mesa un libro nuevo todavía por abrir.
–Toma. Tu Eloísa te envía esto: La llave del misterio. Es un libro religioso y a mí no me importa nada ninguna religión. Ya lo he ojeado. Tómalo. Vete si quieres. – Le dio un golpecito en las espaldas y cerró suavemente la puerta tras ella.
La princesa María regresó a su alcoba con una expresión de tristeza y temor que raramente la abandonaba y afeaba aún más su rostro enfermizo. Se sentó ante su escritorio, lleno de miniaturas y abarrotado de cuadernos y libros. La Princesa era tan desordenada como ordenado su padre. Dejó el cuaderno de geometría y anhelosamente abrió la carta. Era de su íntima amiga de la infancia, Julia Kuraguin, la misma que había asistido a la fiesta de los Rostov.
Julia escribía:
«Querida y excelente amiga:
«¡Qué terrible y desconsoladora es la ausencia! ¿Por qué no puedo, como ahora hace tres meses, encontrar nuevas fuerzas morales en tu mirada, tan dulce, tan tranquila y tan penetrante, mirada que yo amo tanto y que me parece ver ante mí cuando te escribo?»
Al terminar de leer este pasaje, la princesa María suspiró y se miró en el espejo que tenía a su derecha. Vio en él reflejado su cuerpo sin gracia, mezquino, su delgado rostro. «Me halaga», pensó. Y apartando los ojos del espejo continuó la lectura. Sin embargo, Julia no halagaba a su amiga. En efecto, los ojos de la Princesa, grandes, profundos, a veces fulgurantes como si proyectasen rayos de un ardiente resplandor, eran tan bellos que frecuentemente, a pesar de la fealdad de toda su cara, sus ojos eran mucho más atractivos que cualquier otra belleza. No obstante, la Princesa no había visto nunca la expresión de sus ojos, la expresión que adquirían cuando no pensaba en sí misma. Como el rostro de todos, el suyo adquiría una expresión artificial cuando se miraba al espejo. Continuó leyendo.
«En Moscú no se habla sino de la guerra. Uno de mis hermanos está ya en el extranjero, y el otro en la Guardia que se dirige a la frontera. Además de llevarse a mis hermanos, me ha privado esta guerra de una de mis más entrañables amistades. Hablo del joven Nicolás Rostov, que, lleno de entusiasmo, no ha podido soportar la inactividad y ha dejado la Universidad para alistarse en el ejército. Bien, querida María. Te confesaré que, a pesar de ser muy joven, su ingreso en el ejército me ha producido un gran dolor. Este muchacho, de quien te hablaba este verano, posee tal nobleza de corazón, tan verdadera juventud, que difícilmente se encuentran personas como él en este mundo en que vivimos rodeados de viejos de veinte años. Sobre todo, es tan franco y tan bondadoso, posee un espíritu tan puro y poético, que mis relaciones con él, por pasajeras que fuesen, han sido una de las más dulces satisfacciones para este pobre corazón mío que ha sufrido tanto. Te contaré un día nuestra separación y lo que hablamos al marcharse. Ahora, todo esto es demasiado reciente. ¡Ah, querida mía! ¡Que feliz eres no conociendo estas alegrías y estas punzantes penas! Eres feliz porque, generalmente, las penas son más fuertes que las alegrías. Sé muy bien que el conde Nicolás es demasiado joven para que pueda ser alguna vez para mí algo más que un amigo. Pero esta dulce amistad, estas relaciones tan poéticas y tan puras, han sido una necesidad para mi corazón. Pero no hablemos más. La gran noticia del día, que corre de boca en boca por todo Moscú, es la muerte del viejo conde Bezukhov y su herencia. Imagínate que las tres princesas no han heredado casi nada, que el príncipe Basilio nada en absoluto y que Pedro lo ha heredado todo y ha sido reconocido como hijo legítimo. Por consiguiente, él es el actual conde Bezukhov, dueño de la fortuna mayor de Rusia. Se cuenta que el príncipe Basilio ha desempeñado un papel bastante feo en toda esta historia y que ha regresado muy aplanado a San Petersburgo.
«Te confieso que entiendo muy poco de todas estas cuestiones de legados y testamentos. Lo que sé es que desde que el joven que todos conocíamos con el nombre de monsieur Pedro, simplemente, se ha convertido en el conde Bezukhov y propietario de una de las más grandes fortunas de Rusia, me divierto mucho observando los cambios de tono y de tacto de las mamás cargadas de hijas casaderas, e incluso de aquellas mismas señoritas que se encuentran en análogas condiciones, con respecto a este sujeto, que, entre paréntesis, me ha parecido siempre un pobre hombre. Como quiera que hace dos años que se entretiene la gente adjudicándome prometidos que muchas veces ni yo siquiera conozco, la crónica matrimonial de Moscú me ha hecho condesa Bezukhov. Ya puedes suponer que no me preocupa ni poco ni mucho llegar a serlo. Y, a propósito de matrimonio, he de decirte que, no hace mucho, nuestra tía Ana Mikhailovna me ha confiado en secreto un proyecto matrimonial con respecto a ti. Se trata ni más ni menos que del hijo del príncipe Basilio, Anatolio, a quien querrían situar casándolo con una persona rica y distinguida. A lo que parece, tú has sido la que han elegido sus padres. No sé cómo tomarás todo esto, pero me parece que tenía la obligación de avisarte. Dicen que es un hombre de buen aspecto y una mala cabeza. Todo esto es cuanto puedo decirte referente a él.
«Pero dejemos estos chismes. Acabo de llenar la segunda hoja de papel y mamá me ha enviado recado para que la acompañe a casa de Apraksin, donde hemos de comer hoy. Lee el libro religioso que te envío. Aquí se ha puesto de moda; aún cuando en él hay cosas difíciles de comprender para la débil concepción humana, es un libro admirable y su lectura calma y eleva el espíritu.
«Adiós. Saluda respetuosamente a tu padre de mi parte y da mis recuerdos a mademoiselle Bourienne. Te abraza de todo corazón tu amiga,
Julia»
«P. S. Dame noticias de tu hermano y de su simpática esposa.»
La Princesa quedó un instante pensativa. De pronto se levantó, se dirigió al escritorio y comenzó a escribir rápidamente la respuesta a la carta de Julia.
XIX
El viejo criado hallábase sentado en su lugar de costumbre y escuchaba los ronquidos del Príncipe. En el gran gabinete, situado en el ala extrema de la casa, podían oírse, a través de las puertas cerradas, los pasajes difíciles de la Sonata de Dussek repetidos por vigésima vez.
En aquel momento, un coche se detuvo a la entrada y el príncipe Andrés saltó del carruaje. Dio la mano a su esposa para ayudarla a bajar y la hizo pasar adelante. Tikhon, con peluca gris, anunció en voz baja, desde la puerta del gabinete de trabajo, que el Príncipe dormía, y cerró la puerta rápidamente. Tikhon sabía que ni la llegada del hijo ni cualquier otro acontecimiento, por extraordinario que fuese, podía trastornar las costumbres establecidas. Seguramente el príncipe Andrés lo sabía tan bien como el criado. Consultó el reloj como para comprobar si los hábitos de su padre habían cambiado desde que hubo dejado de verlo, e, informado sobre este particular, se dirigió a su esposa.
– Despertará dentro de veinte minutos – le dijo -. Mientras tanto vayamos a ver a la princesa María.
La pequeña Princesa había engordado mucho durante los últimos tiempos, pero sus ojos y el labio sonriente sombreado por un ligero bozo elevábase de la misma manera alegre y encantadora cada vez que comenzaba a hablar.
– ¡Pero si esto es un palacio! – dijo a su marido, mirándolo con aquella expresión que se adquiere para felicitar a un huésped por la magnificencia del baile que celebra -. Vamos deprisa, deprisa.
Y volvíase sonriente a Tikhon, a su marido y al criado que les acompañaba.
–Sin duda, María está haciendo escalas. No hagamos ruido y así le daremos una sorpresa.
El príncipe Andrés subía tras ella con una expresión tierna y triste.
– Te has hecho viejo, Tikhon – dijo, al pasar, al viejo criado que le besaba la mano.
Al encontrarse ante la habitación donde sonaba el clavecín, salió de una puerta lateral la rubia y hermosa francesa mademoiselle Bourienne. Parecía loca de alegría.
– ¡Ah! La Princesa se alegrará mucho-dijo-. Voy a avisarla.
– No, no, hágame el favor. Es usted mademoiselle Bourienne; ya la conocía por la amistad que mi cuñada le profesa – repuso la Princesa besando a la señorita de compañía -. No tiene ni idea de que estamos aquí.
Se acercaron a la puerta de la salita, tras la cual oíase el pasaje que se repetía incesantemente. El príncipe Andrés se detuvo e hizo un gesto como si escuchara algo desagradable. La Princesa entró. El pasaje se interrumpió en su mitad. Oyóse un grito, los pesados pasos de la princesa María y un rumor de besos. Cuando entró el príncipe Andrés, las dos cuñadas, que no se habían visto desde poco tiempo después del matrimonio del Príncipe, se besaban, todavía abrazadas.
El príncipe Andrés besó a su hermana.
– ¿Irás a la guerra, Andrés? – preguntó ella, suspirando.
Lisa también se estremeció.
– Mañana mismo – repuso el Príncipe.
– Me abandona aquí sólo Dios sabe por qué. Tan fácil como le hubiera sido ascender y…
La princesa María, sin escuchar, siguiendo el hilo de sus propios sentimientos, se dirigió a su cuñada, mirándole tiernamente la cintura.
– ¿De veras? – preguntó.
Se turbó el rostro de la Princesa y suspiró.
– ¡Oh, sí, de veras! -repuso-. ¡Ah! ¡Es terrible!
El breve labio de Lisa temblaba. Acercó la cara a su cuñada y de nuevo se echó a llorar.
– Necesitas descansar – dijo el príncipe Andrés frunciendo el entrecejo -. ¿No es cierto, Lisa? Llévatela – dijo a su hermana -. Yo iré a ver a papá. ¿Cómo está? Siempre el mismo, ¿verdad?
– El mismo. No sé cómo lo encontrarás – dijo la Princesa riendo.
– ¿Las mismas horas, los mismos paseos por los caminos? ¿Y el torno? – preguntó el príncipe Andrés con una sonrisa imperceptible que demostraba que, a pesar de todo, su amor y su respeto por su padre constituían su debilidad.
– Las mismas horas y el torno, y además las matemáticas y mis lecciones de geometría – replicó alegremente la Princesa, como si aquellas lecciones fuesen una de las cosas más divertidas de su vida.
Cuando hubieron transcurrido los veinte minutos necesarios para que despertara el Príncipe, llegó Tikhon en busca del príncipe Andrés, para acompañarle al lado de su padre. Para honrar la llegada de su hijo, el anciano había cambiado un poco sus costumbres. Ordenó que se le acompañase a su habitación mientras se preparaba para la mesa.
El Príncipe vestía a la moda antigua, con caftán, y se empolvaba. En el momento en que el príncipe Andrés, no con aquella expresión desdeñosa y afectada que adoptaba en los salones, sino con el rostro resplandeciente que tenía cuando hablaba con Pedro, entraba en la habitación de su padre, el viejo se había sentado al tocador, sobre una silla de brazos de cuero, y, cubierto con un peinador, abandonaba la cabeza en manos de Tikhon.
– ¿Qué hay, guerrero? ¡Vas a batir a Bonaparte! – dijo el viejo sacudiendo la cabeza empolvada todo lo que la trenza le permitía y que Tikhon tenía sujeta entre las manos -. Sí, sí. Métele mano. Si no, pronto seremos todos súbditos suyos. Buenos días-y le ofreció la mano.
La siesta de antes de comer le ponía de buen humor. Decía que el mediodía era de plata, pero que la siesta de antes de comer era de oro. Miró alegremente a su hijo bajo las espesas cejas caídas. El príncipe Andrés se acercó a él y le besó en el lugar que el viejo le señaló. No respondió nada al tema de conversación predilecto de su padre: la burla de los militares de hoy y, sobre todo, de Bonaparte.
– Sí, padre, he venido con mi mujer, que está encinta – dijo el príncipe Andrés siguiendo con una mirada animada y respetuosa los movimientos de cada rasgo del rostro de su padre -. ¿Cómo estás?
–Amigo mío, solamente los tontos o los depravados se encuentran mal. Tú ya me conoces. De la mañana a la noche trabajo con moderación y por esto me encuentro bien.
–Alabado sea Dios – dijo él hijo sonriendo.
–Dios no tiene nada que ver con esto-y volviendo a su idea añadió -: Bien, explícame cómo los alemanes nos han enseñado a batir a Napoleón, según esa nueva ciencia vuestra que se llama estrategia.
– Papá, permíteme que me rehaga un poco – dijo con una sonrisa que demostraba que la debilidad de su padre no le impedía respetarlo y quererle -. Todavía no he abierto las maletas.
– Lo mismo da, lo mismo da – gritó el viejo sacudiendo la pequeña trenza para ver si estaba bien hecha y cogiendo la mano de su hijo-. La habitación de tu esposa está a punto. La princesa María la acompañará y la instalará allí. Las mujeres no hacen otra cosa que hablar continuamente. Estoy muy contento de poderla ver. Siéntate y cuéntame. Comprendo el ejército de Mikelson, el de Tolstoy y el desembarco simultáneo… ¿Qué hará entonces el ejército del Sur? Ya sé que Prusia se mantiene neutral. Y Austria, ¿qué hace? – dijo levantándose y comenzando a pasear por la habitación, seguido de Tikhon, que corría tras él entregándole las distintas prendas de su vestido-. ¿Qué hará Suecia? ¿Cómo se las arreglarán para atravesar Pomerania?
A las preguntas de su padre, el príncipe Andrés comenzó a exponer los planes de campaña proyectados, hablando primero con frialdad, pero animándose paulatina e involuntariamente, pasando, como de costumbre, del ruso al francés. Explicó que un ejército de noventa mil hombres había de amenazar Prusia para sacarla de su neutralidad y arrastrarla a la guerra; que una parte de este ejército había de unirse a las tropas de Suecia en Stralsund; que doscientos veinte mil austriacos, unidos a cien mil rusos, habían de operar en Italia y en las márgenes del Rin; que cinco mil rusos y cinco mil ingleses desembarcarían en Nápoles, y, finalmente, que un ejército de quinientos mil hombres invadiría Francia por distintos puntos.
El viejo Príncipe, que parecía no escuchar la explicación, continuaba vistiéndose sin dejar de andar, interrumpiéndole tres veces de una forma imprevista. La primera se detuvo y exclamó:
– Blanco. blanco…
Esto quería decir que Tikhon no le entregaba el chaleco que quería. La otra vez se detuvo y preguntó:
– ¿Dará pronto a luz tu mujer?
E inclinando la cabeza había dicho en tono de enfado:
–No va bien. Continúa, continúa…
– No me has dicho nada nuevo – y, preocupado, el viejo murmuró rápidamente-: «… No sé cuándo vendrá.» Ve al comedor.
XX
El príncipe Andrés partía al día siguiente por la noche. Su padre, una vez hubo terminado de comer, se retiró a sus habitaciones sin modificar en nada sus hábitos. La pequeña Princesa hallábase en las habitaciones de su cuñada. El príncipe Andrés, vestido de viaje, sin charreteras, hacía las maletas en su habitación con ayuda del criado. Después de inspeccionar personalmente el coche y vigilar la instalación de las maletas, dio la orden de enganchar. En la alcoba no quedaban sino los objetos que el Príncipe había de llevar consigo: un cofrecillo, una caja de plata con los útiles de afeitar, dos pistolas turcas y una gran espada que su padre le había traído de Otchalov. Todos estos objetos estaban perfectamente ordenados, eran nuevos y relucientes y se hallaban guardados en estuches de terciopelo herméticamente cerrados.
En el momento de una partida o de un cambio de vida, los hombres que son capaces de reflexionar sus actos efectúan generalmente un serio balance de sus pensamientos. En estas circunstancias, habitualmente se controla el pasado y se idean planes para lo por venir. El príncipe Andrés tenía una expresión dulce y pensativa. Se paseaba de un lado a otro de la habitación con paso rápido, con las manos cruzadas a la espalda y mirando ante sí con la cabeza baja y pensativa. ¿Le molestaba ir a la guerra? ¿Le entristecía dejar sola a su mujer? Quizás una cosa y otra. Pero, evidentemente, no quería que nadie le viera en aquel estado. Al sentir pasos en el vestíbulo se quitó las manos de la espalda, se detuvo al lado de la mesa, como si colocase el cofrecillo en su estuche, y adquirió su expresión habitual, serena a impenetrable. Eran los pesados pasos de la princesa María.
– Me han dicho que has dado orden de enganchar – dijo jadeando, pues, evidentemente, había corrido -, y deseaba mucho tener una conversación contigo. Dios sabe cuánto tiempo estaremos sin vernos. ¿Te molesta que haya venido? Has cambiado mucho, Andrucha – añadió, como si quisiera justificar sus preguntas; al pronunciar la palabra «Andrucha» había sonreído. Evidentemente, le extrañaba pensar que aquel hombre severo y arrogante fuese aquel mismo Andrucha, el niño escuchimizado y parlanchín, su compañero de infancia.
– ¿Dónde está Lisa? – preguntó el Príncipe respondiendo con una sonrisa a las palabras de su hermana.
–Está muy cansada. Se ha dormido en el diván de mi habitación. ¡Ah, Andrés! Tu mujer es un tesoro-dijo, sentándose en el diván ante su hermano-. Es una verdadera niña, una niña encantadora, alegre, a quien no sabes cómo quiero. – El príncipe Andrés calló, pero la Princesa observó la expresión irónica y desdeñosa que apareció en su semblante -. Hay que ser indulgente con las pequeñas debilidades humanas. ¿Quién no tiene debilidades en este mundo, Andrés? Recuerda que ha sido educada en la alta sociedad y que hoy su situación no es muy feliz. Hemos de situarnos en el lugar de los demás. Comprender es perdonar. Piensa que para ella, la pobre, es triste tener que separarse de su marido y quedarse sola en el campo en el estado en que se encuentra, después de la vida a que está acostumbrada… Es muy triste.
Y el príncipe Andrés, mirando a su hermana, sonrió como se sonríe ante las personas que creemos conocer a fondo.
–Tú vives también en el campo y, sin embargo, no te encuentras tan triste – dijo.
– Mi caso es muy distinto. ¿Por qué hemos de hablar de mí? No deseo otra vida ni puedo desearla, porque no conozco ninguna más. Créeme, Andrés. Para una mujer joven y habituada al gran mundo, enterrarse en el campo en plena juventud, sola. porque papá está siempre atareado y yo…, ya lo sabes…, tengo muy pocos recursos aunque soy una mujer acostumbrada al trato de la sociedad más distinguida…
–María, dime, con franqueza; me parece que más de una vez te hace sufrir el carácter de papá – dijo el príncipe Andrés expresamente para sorprender o poner a prueba a su hermana hablando con tanta ligereza de su padre.
– Tú eres muy bueno, Andrés, pero tienes llamaradas de orgullo, y esto es un gran pecado – dijo la Princesa siguiendo antes el hilo de sus pensamientos que no el de la conversación -. ¿Quién puede juzgar a su padre? Y si esto fuera posible, ¿qué otra cosa distinta de la veneración se puede sentir por un hombre como él? Estoy muy contenta y me siento muy feliz. Deseo tan sólo que todos lo sean tanto como yo. – El hermano bajó la cabeza con desconfianza -. Si he de decirte la verdad, Andrés, solamente una cosa me es penosa: las ideas religiosas de papá. No puedo comprender como un hombre de tan gran talento como el suyo no pueda ver lo que es claro como la luz y se pierda de este modo. Ésta es mi única pena. No obstante, de un cierto tiempo a esta parte observo en él como una sombra de mejoría. Sus bromas no son tan incisivas, y no hace mucho recibió a un monje y habló con él un gran rato.
– ¡Ah, hermana! Temo que gastes inútilmente tu pólvora con estas frases – dijo el príncipe Andrés, burlón y tierno a la vez.
– ¡Ah, hermano! Únicamente rezo a Dios y espero que me escuche – dijo tímidamente María después de un instante de silencio -. Quisiera pedirte algo muy importante.
– ¿Qué quieres, querida?
–No. Prométeme que no me lo negarás. No te costará nada y no es nada indigno de ti. Para mí sería un gran anhelo. Prométeme, Andrés-dijo hundiendo la mano en su bolso y cogiendo algo, pero sin enseñárselo todavía ni indicar qué era el objeto que motivaba la petición, como si no pudiera sacar aquello antes de haber obtenido la promesa que pedía. Luego dirigió a su hermano una mirada tímida, suplicante.
– ¿Y si fuese algo que me costase un gran esfuerzo? – preguntó el Príncipe, como si adivinase de qué se trataba.
–Piensa lo que quieras, pero hazlo por mí. Hazlo. Yo te lo ruego. El padre de papá, el abuelo, lo llevó en todas sus campañas.-Aún no sacó del bolsillo lo que tenía en la mano -. ¡.Me to prometes?
–Naturalmente. ¿Qué es?
– Andrés; toma mi bendición con esta imagen y prométeme que nunca te desprenderás de ella. ¿Me lo prometes?
– Si no pesa mucho y no me siega el cuello…, por darme susto… – dijo el príncipe Andrés: pero al darse cuenta de la expresión emocionada que aquella burla producía en su hermana, se arrepintió -. Estoy muy contento, muy contento, de veras – añadió.
–A pesar tuyo, Él te salvará y te conducirá a Él, porque únicamente en Él está la verdad y la paz-dijo, con su voz trémula de emoción, colocando ante su hermano, con ademán solemne, una vieja imagen oval del Salvador, de cara morena, enmarcada en plata y pendiente de una cadena del mismo metal minuciosamente trabajada. María se santiguó, besó la imagen y se la dio a Andrés -. Te lo pido, hermano. Hazlo por mí.
En sus grandes ojos negros fulguraban la bondad y la dulzura, iluminando su rostro enfermizo y delgado y dándole una belleza insospechada. El hermano hizo ademán de coger la imagen, pero ella le detuvo. Andrés comprendió lo que quería y se santiguó, besando la imagen. Su rostro tenía una expresión de ternura – estaba emocionado – y de burla a la vez.
– Gracias, querido.
María le besó la frente y volvió a sentarse en el diván. Los dos callaron.
– Créeme lo que te digo, Andrés. Sé bueno y magnánimo, como siempre lo has sido. No seas severo con Lisa. ¡Es tan encantadora, tan buena! ¡Y ahora es tan triste su situación!
– Creo, María, que no digo nada, que no hago a mi mujer ningún reproche, que no estoy disgustado con ella. ¿Por qué me dices todo esto, entonces?
La princesa María enrojeció y calló como una culpable.
– Yo no te he dicho nada, y, en cambio, ya te han dicho. Esto me apena mucho.
En la frente, en el cuello y en las mejillas de la princesa María aparecieron unas manchas rojas. Quiso decir algo y no pudo. Su hermano adivinó su intención. Lisa, después de comer, había llorado, explicándole su presentimiento de un parto desgraciado, y el miedo que le producía, y había lamentado su suerte, la de su suegro y la de su marido. Después de llorar se había quedado dormida. El príncipe-Andrés compadecía a su hermana.
– Has de saber, Macha, que no he reprobado, que no reprocho ni reprocharé nunca más a mi mujer. Pero, en cambio, no puedo decir que no tenga motivos para hacerlo. Esto durará siempre y será siempre así, sean las que fueren las circunstancias. Pero si quieres saber la verdad, si quieres saber si soy feliz o no, sólo puedo decirte que no lo soy. ¿Y crees que ella lo es? Tampoco. ¿Por qué? No lo sé.
Y pronunciando estas palabras se levantó, acercóse a su hermana y la besó en la frente. Sus bellos ojos se iluminaron con un resplandor inteligente, bondadoso y desacostumbrado. Pero no miraba a su hermana; miraba por encima de sus ojos, por encima de la cabeza de la princesa Maria, e intentaban penetrar la oscuridad de la puerta abierta.
– Vamos a verla. He de decirle adiós. O, mejor, ve tú sola primero. Despiértala; yo iré enseguida. ¡Petruchka! – llamó a su criado -. Ven aquí. Coge esto. Colócalo al lado del cochero; y esto a la derecha.
La princesa María se levantó y se dirigió a la puerta. En el umbral se detuvo.
– Si tuvieras fe, Andrés, te hubieses dirigido a Dios para que te diera el amor que no sientes; y tu ruego habría sido escuchado.
– Sí, quizá sí – dijo el Príncipe -. Ve, Macha, ve. Yo iré enseguida.
Yendo a la alcoba de su hermana, a través de la galería que unía las dos alas del edificio, el Príncipe tropezó con mademoiselle Bourienne, que sonrió graciosamente. Por tercera vez aquel día se la encontraba en lugares solitarios, con su sonrisa entusiasta y candorosa.
– ¡Ah! Creí que estaba usted en su habitación – dijo ella sofocándose y bajando los ojos.
El príncipe Andrés la miró severamente, y su rostro, sin poderlo contener, expresó la cólera. No respondió, pero la miró a la frente y a los cabellos, sin mirar los ojos, con tal desdén, que la francesa se ruborizó y se alejó sin decir palabra.
Cuando el Príncipe llegó a la habitación de su hermana, la Princesa estaba despierta y su vocecilla alegre, que precipitaba las palabras una tras otra, sentíase en el pasillo, a través de la puerta abierta. Hablaba como si quisiera aprovechar el tiempo perdido, después de una larga abstinencia.
–No. Figúrate a la vieja condesa Zubov, con sus tirabuzones postizos y su boca llena de dientes tan postizos como los tirabuzones, como si quisiera plantar cara a los años. ¡Ja, ja, ja!
El Príncipe había oído cinco veces la misma frase sobre la condesa Zubov, acompañada de la misma risa, en boca de su mujer. Entró lentamente en la habitación. La Princesa, pequeña, gordezuela, rosada, hallábase sentada en una butaca de brazos con la labor en la mano, hablando, incansable, y recordando escenas de San Petersburgo e incluso citando frases. El príncipe Andrés se acercó a ella, le acarició la cabeza y le preguntó si había ya descansado del viaje. Ella repuso afirmativamente y continuó la conversación.
Al pie del portal esperaba el coche con los caballos. Era una noche oscura de verano. El cochero no distinguía ni la lanza del coche. A la puerta movíase la gente con linternas. Las altas ventanas de la casona dejaban filtrar la luz del interior. En el recibidor agrupábanse los criados, que deseaban despedirse del joven Príncipe. En el salón esperaban todos los familiares: Mikhail Ivanovitch, mademoiselle Bourienne, la princesa María y la princesa Lisa.
El príncipe Andrés había sido llamado al gabinete de su padre, que quería despedirse de él a solas. Todos le esperaban. Cuando el príncipe Andrés entró en el gabinete, su padre, que tenía puestas las antiparras y el camisón de dormir, con cuyo atavío no recibía a nadie, excepto a su hijo, estaba sentado en el escritorio y escribía. Se volvió.
– ¿Te vas? – preguntó. Y continuó escribiendo.
– He venido a decirte adiós.
– Bésame aquí. – Y le mostró la mejilla, añadiendo -. Gracias, gracias.
– ¿Por qué me das las gracias?
– Para que no pierdas el tiempo, para que no te pegues a las faldas de las mujeres. El deber es lo primero. Gracias, gracias-y continuó escribiendo. De su pluma saltaban salpicaduras de tinta -. Si has de decirme algo – añadió-, dímelo ahora. No me estorbas.
– Se trata de mi mujer… Me avergüenza pedírtelo.
– ¡Vaya una salida! Dime lo que te convenga.
– Cuando llegue el momento del parto, envía a buscar a Moscú a un médico para que la asista…
El viejo Príncipe se levantó y clavó sus severos ojos en su hijo, como si no le hubiera comprendido bien.
–Ya sé que nadie puede ayudarla, si la Naturaleza no la ayuda – dijo el príncipe Andrés visiblemente turbado-. Creo que de cada millón de casos solamente se produce uno malo. Pero es una manía mía y de ella también. ¡Le han contado tantas cosas! ¡Y tiene tales presentimientos! Tiene miedo.
– ¡Hum. hum! – gruñó el viejo Príncipe, continuando la carta que escribía -. Lo haré. – Firmó la carta. De pronto se volvió vivamente a su hijo y se echó a reír-. El asunto no va muy bien, ¿verdad?
– ¿Qué asunto? ¿Qué quieres decir, papá?
–Mujer, eso es todo – dijo lacónicamente el viejo Príncipe.
– No te comprendo – repuso su hijo.
– Sí, sí, no se puede hacer nada, amigo mío. Todas son iguales. No tengas miedo. No se lo diré a nadie, ya lo sabes. – Cogió la mano de su hijo con la suya, huesuda y pequeña, la sacudió y le miró a los ojos con su mirada rápida y penetrante. De nuevo estalló su risa fría.
El hijo suspiró, confesando con aquel suspiro que el padre le había comprendido bien. Éste cerró y selló la carta con su acostumbrada vivacidad. Después la lacró, puso el sello sobre el lacre y la dejó sobre la mesa.
– ¡Qué le vamos a hacer! Haré todo lo que sea necesario. Estate tranquilo.
Andrés calló. Le era agradable y le disgustaba a la vez saberse comprendido por su padre. El viejo se levantó y le entregó la carta.
– Escucha – le dijo -. No te preocupes por tu mujer. Se hará cuanto humanamente sea posible. Ahora escúchame. Aquí tienes una carta para Mikhail Ilarionovitch. Le escribo para que te dé un empleo y no te deje mucho tiempo de ayudante de campo. Es un mal trabajo ese. Dile que me acuerdo mucho de él y que le quiero. Escríbeme contándome el recibimiento que te haya hecho. Si te recibe bien, continúa sirviéndole. El hijo de Nicolás Andreievitch Bolkonski no servirá nunca a nadie por favor. Bien, ven aquí. – Hablaba tan deprisa que no pronunciaba la mitad de las palabras; pero su hijo ya estaba acostumbrado a oírle y lo comprendía todo. Acompañó a éste al lado del escritorio, lo abrió, cogió una caja y sacó de ella un cuaderno cubierto por su letra alta y apretada -. Es probable que muera antes que tú. Si esto sucede, has de saber que aquí están mis memorias. Después de mi muerte se las envías al Emperador. Aquí tienes los billetes de Lombart y una carta. Es un premio para el que escriba la historia de la guerra de Suvorov. Hay que enviarlo a la Academia. Aquí están mis notas. Léelas cuando haya muerto. Encontrarás cosas útiles.
Andrés no dijo a su padre que seguramente viviría todavía muchos años, y comprendió que no había tampoco necesidad de decírselo.
– Haré cuanto me dices, papá.
– Bien. Ahora, adiós.
Le dio la mano para que la besara y le abrazó.
– Recuerda, príncipe Andrés, que, si te matan, tu muerte será para mí, para un viejo, muy dolorosa… -Calló. De pronto dijo con voz aguda -: Y que para mí sería una vergüenza que no te comportaras como hijo de Nicolás Bolkonski.
– No tenías que haberme dicho esto, papá – replicó el hijo sonriendo. El viejo guardó silencio -. También quería pedirte – añadió – que si yo muriese y me naciera un hijo, lo conservaras a tu lado, como te dije ayer. Que se eduque contigo, te lo ruego.
– Esto quiere decir que no se lo deje a tu mujer, ¿verdad? – dijo el viejo riendo.
Estaban frente a frente, silenciosos. Los inquietos ojos del anciano miraban fijamente a los de su hijo. Algo temblaba en la parte inferior del semblante del viejo Príncipe.
– Ya nos hemos dicho adiós. Ve – dijo de pronto -, ve. – Y con voz enojada abrió la puerta del gabinete.
– ¿Qué ocurre, qué ocurre? – preguntó la princesa María viendo al príncipe Andrés y al viejo, que gritaba como si estuviese encolerizado y aparecía en el umbral con su camisón blanco, sin peluca y con las enormes antiparras.
El príncipe Andrés suspiró y no repuso nada.
– Vaya – dijo dirigiéndose a su mujer. Y este «vaya» tenía un tono burlón y frío. Parecía que quisiera decir: «Anda, haz todas las muecas que tengas que hacer.»
– ¿Ya, Andrés? – dijo la pequeña Princesa palideciendo y mirando temerosa a su marido.
Él la besó. Ella dio un grito y cayó desmayada en sus brazos.
El Príncipe la sostuvo suavemente, le miró la cara y la dejó con cuidado sobre una butaca.
– Adiós, María – dijo con ternura a su hermana. La besó y salió de la habitación con paso rápido.
Mademoiselle Bourienne friccionaba el pulso de la Princesa echada en la butaca. La princesa María la sostenía; con sus bellos ojos tristes miraba a la puerta por donde había desaparecido el príncipe Andrés y se santiguaba. En el gabinete oíanse, repetidos y violentos, como si fueran golpes, los ruidos que el viejo producía al sonarse. En cuanto el príncipe Andrés hubo salido, se abrió bruscamente la puerta del gabinete y la severa figura del viejo, con el camisón blanco, apareció en el umbral.
– ¿Se ha marchado? Está bien – dijo mirando severamente a la Princesa desmayada. Bajó la cabeza con actitud de descontento y cerró la puerta de un empellón.
SEGUNDA PARTE
I
En octubre de 1805, el ejército ruso ocupaba las ciudades y los pueblos del archiduque de Austria, y otros regimientos procedentes de Rusia, que constituían una pesada carga para los habitantes, acampaban cerca de la fortaleza de Braunau, cuartel general del general en jefe Kutuzov.
El 11 de octubre de aquel mismo año, uno de los regimientos de infantería, que acababa de llegar a Braunau, formaba a media milla de la ciudad, esperando la revista del Generalísimo. Con todo y no ser rusa la localidad, veíanse de lejos los huertos, las empalizadas, los cobertizos de tejas y las montañas; con todo y ser extranjero el pueblo y mirar con curiosidad a los soldados, el regimiento tenía el aspecto de cualquier regimiento ruso que se preparase para una revista en cualquier lugar del centro de Rusia. Por la tarde, durante la última marcha, había llegado la orden de que el general en jefe revistaría a las tropas en el campamento.
Por la larga y amplia carretera vecina, flanqueada de árboles, avanzaba rápidamente, con ruido de muelles, una gran carretela vienesa de color azul. Tras ella seguía el cortejo y la guardia de croatas. Al lado de Kutuzov hallábase sentado un general austriaco, vestido con un uniforme blanco que contrastaba notablemente al lado de los uniformes negros de los rusos. La carretela se detuvo cerca del regimiento. Kutuzov y el general austriaco hablaban en voz baja. Cuando bajaron el estribo del carruaje, Kutuzov sonrió un poco, como si allí no se encontraran aquellos dos mil hombres que le miraban conteniendo el aliento. Oyóse el grito del jefe del regimiento. Éste se estremeció otra vez al presentar armas. En medio de un silencio de muerte, oyóse la débil voz del Generalísimo. El regimiento dejó oír un alarido bronco:
– ¡Viva Su Excelencia!
Y de nuevo quedó todo en silencio. De momento, Kutuzov permaneció en pie, en su mismo lugar, mientras desfilaba el regimiento. Después, andando, acompañado del general vestido de blanco y de su séquito, pasó ante las filas. Por el modo que el jefe del regimiento saludaba al Generalísimo, sin separar de él los ojos; por el modo de caminar inclinado entre las filas de soldados, siguiendo sus menores gestos, pendiente de cada palabra y de cada movimiento del Generalísimo, veíase claramente que cumplía sus deberes de sumisión con mucho más gusto aún que sus obligaciones de general. El regimiento, gracias a la severidad y a la atención de su general, hallábase en mejor estado con relación a los que habían llegado a Braunau simultáneamente. Había únicamente doscientos diecisiete rezagados y enfermos y todo estaba mucho más atendido, excepto el calzado.
Kutuzov pasaba ante las filas de soldados y se detenía a veces para dirigir algunas palabras amables a los oficiales de la guerra de Turquía a quienes iba reconociendo, y también a los mismos soldados. Viendo los zapatos de la tropa, bajó con frecuencia la cabeza tristemente, mostrándoselos al general austriaco, como no queriendo culpar a nadie, pero sin poder disimular que estaban en muy mal estado. Constantemente, el jefe de toda aquella tropa corría hacia delante, temeroso de perder una sola palabra pronunciada por el Generalísimo con respecto a su tropa. Detrás de Kutuzov, a una distancia en que las palabras, incluso pronunciadas a media voz, podían ser oídas, marchaban veinte hombres del séquito, quienes conversaban entre sí y reían de vez en cuando. Un ayudante de campo, de arrogante aspecto, seguía de cerca al Generalísimo. Era el príncipe Bolkonski y hallábase a su lado su compañero Nesvitzki, un oficial de graduación superior, muy alto y grueso, de cara afable, sonriente, y ojos dulces. Nesvitzki, provocado por un oficial de húsares que iba cerca de él, a duras penas podía contener la risa. El oficial de húsares, sin sonreír siquiera, sin cambiar la expresión de sus ojos fijos, con una cara completamente seria, miraba la espalda del jefe del regimiento, remedando todos sus movimientos. Cada vez que el General temblaba y se inclinaba hacia delante, el oficial de húsares temblaba y se inclinaba también. Nesvitzki reía y tocaba a los que tenía más próximos, para que observaran la burla de su compañero.
Kutuzov pasaba lentamente ante aquellos millares de ojos que parpadeaban para ver a su jefe. Al encontrarse ante la tercera compañía, detúvose de pronto. El séquito, que no preveía este alto, se encontró involuntariamente en contacto con él.
– ¡Ah, Timokhin! – dijo el Generalísimo dándose cuenta de la presencia del capitán de la nariz colorada, el cual había sido amonestado a causa del capote azul.
Cuando el General le dirigía alguna observación, Timokhin se ponía tan rígido que materialmente parecía imposible que pudiera envararse más. Pero cuando le habló el Generalísimo, el capitán se envaró de tal forma que visiblemente no era posible que pudiese mantenerse en este estado si la mirada del Generalísimo se prolongaba algún rato. Kutuzov comprendió enseguida esta situación, y como apreciaba al capitán se apresuró a volverse. Una sonrisa imperceptible apareció en la cara redonda y cruzada por una cicatriz del Generalísimo.
–Un compañero de armas de Ismail – dijo -. Un bravo oficial. ¿Estás contento de él? – preguntó Kutuzov al General.
Éste, reflejado como en un espejo en los gestos y ademanes del oficial de húsares, tembló, avanzó y repuso:
– Muy contento, Excelencia.
– Todos tenemos nuestras debilidades – dijo Kutuzov sonriendo y alejándose-. La suya era el vino.
El General se aterrorizó como si él hubiese tenido la culpa y no dijo nada. En aquel momento, el oficial de húsares vio la cara del capitán de nariz colorada y vientre hundido y compuso tan bien su rostro y postura, que Nesvitzki no pudo contener la risa. Kutuzov se volvió. No obstante, el oficial podía mover su rostro como quería. En el momento en que el Generalísimo se volvía, el oficial pudo componer una mueca y tomar enseguida la expresión más seria, respetuosa e inocente.
La tercera compañía era la última, y Kutuzov, que se había quedado pensativo, pareció como si recordara algo. El príncipe Andrés se destacó de la escolta y dijo en francés y en voz baja:
– Me ha ordenado que le recuerde al degradado Dolokhov, que se encuentra en este regimiento.
– ¿Dónde está? – preguntó Kutuzov.
Dolokhov, que se había puesto ya su capote gris de soldado, no esperaba que le llamasen. Cuidadosamente vestido, serenos sus ojos azul claro, salió de la fila, se acercó al Generalísimo y presentó armas.
– ¿Una queja? -preguntó Kutuzov frunciendo levemente el entrecejo.
– Es Dolokhov – dijo el príncipe Andrés.
– ¡Ah! – repuso Kutuzov -. Espero que esta lección te corregirá. Cumple con tu deber. El Emperador es magnánimo y yo no te olvidaré si te lo mereces.
Los ojos azul claro miraban al Generalísimo con la misma audacia que al jefe del regimiento y con la misma expresión parecían destruir la distancia que separa a un generalísimo de un soldado.
– Sólo pido una cosa, Excelencia – replicó con su voz sonora y firme -: que se me dé ocasión para borrar mi falta y probar mi adhesión al Emperador y a Rusia.
Kutuzov se volvió. En su rostro apareció la misma sonrisa que había tenido al dirigirse al capitán Timokhin. Frunció el entrecejo, como si quisiera demostrar que hacía mucho tiempo sabía lo que decía y podía decir Dolokhov, que todo aquello le molestaba y que no era necesario. Se dirigió a la carretela. El regimiento formó por compañías, marchando a los cuarteles que les habían sido designados, no lejos de Braunau, donde esperaban poder calzarse, vestirse y descansar de una dura marcha.
II
Kutuzov se había replegado hacia Viena, destruyendo tras de sí los puentes del Inn en Braunau y el del Traun en Lintz. El 23 de octubre, las tropas rusas pasaban el Enns. Los furgones de la artillería y las columnas del ejército pasaron el Enns en pleno día, desfilando a cada lado del puente. El tiempo era bochornoso y llovía. Ante las baterías rusas que defendían el puente, situadas en unas lomas, abríase una amplia perspectiva velada tan pronto por una cortina de lluvia como desaparecía ésta y al resplandor del sol se distinguían los objetos a lo lejos, resplandeciendo como si estuvieran cubiertos de laca. Abajo veíase la ciudad con las casas blancas y los tejados rojos, la catedral y los puentes, por cuyas bocas, apelotonándose, fluían las tropas rusas. En el recodo del Danubio veíanse las embarcaciones, la isla y el castillo con el parque rodeado por las aguas del Enns, que desembocaban en aquel lugar en el Danubio, y distinguíase la ribera izquierda, cubierta, a partir de este río, de roquedales y bosques que perdíanse en la lejanía misteriosa de los picos verdes y los azulencos collados. Veíanse aparecer los pequeños campanarios del monasterio, surgiendo por encima de un bosque de pinos silvestres, como una selva virgen; y lejos, delante, en lo alto de la montaña, al otro lado del Enns, veíanse las patrullas enemigas. En medio de los cañones emplazados en aquella altura, el comandante de la retaguardia, con un oficial de su séquito, examinaba el territorio con unos anteojos de campaña. Un poco hacia atrás, Nesvitzki, a quien el general en jefe había enviado a la retaguardia, estaba sentado en la cureña de un cañón. El cosaco que le acompañaba le entregó un pequeño macuto y una botella, y Nesvitzki obsequió a los oficiales con pastas y un doble kummel autentico.
Los oficiales le rodeaban muy animados, unos arrodillados y otros sentados a usanza turca sobre la hierba húmeda.
– En efecto, el príncipe austriaco que reconstruyó aquí este castillo ya sabía lo que hacía. ¡Que lugar más encantador! ¿Por qué no comen, señores? – dijo Nesvitzki.
– Gracias, Príncipe – repuso uno de los oficiales, encantado de poder hablar con un personaje tan importante del Estado Mayor -. Un lugar magnífico. Al pasar por el parque hemos visto a dos ciervos. Es un castillo incomparable.
– Príncipe – dijo otro que tenía un vivo deseo de coger otro dulce pero que no se atrevía y fingía por eso admirar el paisaje -, mire; nuestros soldados ya están allí. Mire, allí abajo, aquel claro, tras el pueblo. Hay tres que arrastran algo. ¡Oh! Vaciarán este palacio – dijo, exaltado.
– Sí, exactamente, exactamente – dijo Nesvitzki -. Me tienta-continuó, acercando un dulce a su boca perfectamente dibujada y húmeda – ir allí. – Señalaba al monasterio, cuyos campanarios distinguía. Luego sonrió, entornando los ojos-. Estaría muy bien, ¿verdad, señores? -Los oficiales sonrieron -. ¡Ah! ¡Si pudiéramos asustar a esas monjas! Dicen que hay unas italianas muy lindas. De buena gana daría cinco años de mi vida por darme este gusto.
– Esto, prescindiendo de que las pobres se molesten – añadió, riendo, el oficial más audaz.
Mientras tanto, un oficial del séquito, que se hallaba en primer término, señalaba algo al General, y éste observaba con los anteojos.
– Sí, sí, tiene usted razón, tiene usted razón – dijo con cólera, dejando de mirar por los anteojos y encogiéndose de hombros -. En efecto, atacarán cuando atravesemos. ¿Qué es aquello que arrastran por allí?
Desde el otro lado, a simple vista, veíase al enemigo en sus baterías, de las cuales ascendía una humareda blanca y lechosa. Tras la humareda oíase una detonación lejana y veíanse a las tropas apresurarse a atravesar el río.
Nesvitzki, por fanfarronería, se levantó y, con la sonrisa en los labios, se acercó al General.
– ¿No quiere usted probar un poco, Excelencia?
– Mal negocio – dijo el General sin contestarle -. Los nuestros se han rezagado.
– ¿Hay que ir, Excelencia? – preguntó Nesvitzki.
– Sí, vaya, por favor – repuso el General.
Y repitió la orden que ya había dado detalladamente:
– Diga a los húsares que pasen los últimos y que incendien el puente, tal como ya he ordenado. Además, que inspeccionen las materias inflamables que ya han sido colocadas.
– Muy bien – replicó Nesvitzki.
Llamó al cosaco de a caballo y le ordenó preparase la cantina, e irguió ligeramente su cuerpo sobre la silla.
–Me vendrá muy bien. De paso visitaré a las monjas – dijo a los oficiales, que le miraban con media sonrisa, y se alejó por el sinuoso sendero de la montaña.
– Vaya, capitán, veamos el blanco – dijo el General dirigiéndose al capitán de artillería -. Distráigase un poco.
– ¡Artilleros, a las piezas! – ordenó el oficial.
En un abrir y cerrar de ojos, los artilleros, alegremente, corrieron a las piezas y cargaron el cañón.
– ¡Número uno! – exclamó una voz.
El número uno disparó, ensordeciendo con su sonido metálico a todos los que se hallaban en la montaña. La granada se elevó zumbando; y lejos, ante el enemigo, por el humo, indico dónde había estallado al caer. Las caras de los soldados y de los oficiales se iluminaron al oír la detonación. Todos se levantaron e hicieron observaciones sobre los movimientos de sus tropas, que veíanse abajo, como sobre la mano, y también sobre el enemigo que avanzaba. En aquel momento, el sol disipó por completo las nubes y el agradable sonido de un cañonazo aislado se fundió en el claro resplandor del sol, en una impresión de coraje, entusiasmo y alegría.
III
Dos granadas enemigas habían atravesado el puente, produciendo un gran remolino. El príncipe Nesvitzki echó pie a tierra. Hallábase en medio del puente y apoyó su enorme cuerpo contra la baranda. Volvióse y llamó al cosaco que, con los dos caballos cogidos por la brida, marchaba algunos pasos más atrás. En cuanto el príncipe Nesvitzki intentaba avanzar, los soldados y los carros precipitábanse sobre él, empujándole contra la baranda. Y esto, no obstante, le producía cierta complacencia.
– ¡Eh, camarada! – dijo un cosaco a un soldado encargado de una furgoneta, que seguía a la infantería apelotonada al lado de las ruedas y de los caballos-. ¿No podrías esperar un poco? ¿No ves que el General ha de pasar?
Pero el conductor del furgón, sin hacer caso del título de general, gritó a los soldados que le impedían el paso:
– ¡Eh, eh! ¡Sorches! ¡Pasad a la izquierda y esperad!
Pero la infantería, apoyando hombro contra hombro, entrecruzando las bayonetas, movíase sobre el puente como una masa compacta, sin detenerse. Mirando hacia abajo por encima de la baranda, el príncipe Nesvitzki contemplaba las rápidas y rumorosas ondas del Enns, que, mezclándose y rompiéndose contra los pilares del puente, encaballábanse unas sobre otras. En el puente veíanse las mismas ondas, pero vivas, de los soldados: los quepis, las caras de pronunciados pómulos, las hundidas mejillas, las fisonomías fatigadas y las piernas que se movían sobre el fango pegajoso que cubría las maderas del puente. A veces, en medio de las ondas monótonas de los soldados, levantábase, como la espuma blanca en las ondas del Enns, un oficial con capa, de fisonomía muy distinta a la de los soldados; a veces cerrábanse las ondas de la infantería y llevábanse consigo, como un trozo de madera sobre el río, a un húsar a pie, a un asistente o a un aldeano. A veces, como una rama sobre el agua movediza, una carreta de la compañía, cargada hasta los topes y cubierta de cuero, resbalaba sobre el puente rodeado por todas partes.
– Esto es como si se hubiera roto una esclusa – dijo el cosaco, deteniéndose desesperado -. ¿Hay muchos allá todavía?
– Un millón, poco más o menos – repuso un soldado que, con la capa hecha jirones, pasó a su lado y desapareció. Tras él venía otro soldado viejo.
–Si «él», el enemigo, se pudiera precipitar contra el puente – dijo el soldado viejo dirigiéndose a un compañero -, se te pasarían las ganas de rascarte.
El soldado pasó. Tras él, otro soldado iba en un carro.
– ¿Donde diablos has puesto los calcetines? – decía un hombre que corría tras un carro, buscando en él.
También el carro y el soldado se alejaron. Aparecieron después otros soldados alegres; evidentemente, habían bebido más de la cuenta.
–Amigo mío, le he dado un buen culatazo en los dientes-decía alegremente un soldado que tenía subido el cuello del capote, agitando las manos.
– ¡Ja, ja, ja! Le deben haber gustado los jamones – replicó el otro riendo.
Y pasaron tan deprisa que Nesvitzki no supo a quién habían herido en los dientes ni qué significación tenía la palabra «jamón».
– ¿Por qué corren tanto? ¿Porque «él» ha tirado? Di que no quedará ninguno-dijo con malicia y tono de reconvención un suboficial.
– Cuando la granada pasó por delante, me quedé deslumbrado – decía, conteniendo la risa, un joven soldado de enorme boca -. Te juro que me moría de miedo – continuaba diciendo, como si presumiera de su terror.
También paso. Venía detrás un carro muy diferente de cuantos habían pasado hasta entonces. Era una carreta tirada por dos caballos. Sentadas encima, en un colchón, veíase a una mujer con una criatura de pecho, una anciana y una zagala fuerte, de rostro colorado.
– ¡Mirad, mirad! La gente no deja moverse al oficial – decía desde diversos puntos la multitud, parada pero mirando y empujándose continuamente hacia la salida.
Mientras Nesvitzki contemplaba las aguas del Enns sintió de pronto otra vez el sonido, nuevo para él, de algo que se acercaba rápidamente, el pesado sonido de algo que caía al agua.
– Mira dónde apunta – dijo severamente un soldado, cerca de Nesvitzki, al oír el sonido.
– Quiere que pasemos más deprisa – dijo otro, inquieto.
La multitud volvió a agitarse. Nesvitzki comprendió que se trataba de una granada.
– ¡El cosaco! ¡El caballo! – dijo -. Apartaos vosotros. Dejadme paso.
A duras penas llegó hasta el caballo, y sin dejar de gritar, avanzó. Los soldados se apretujaban para dejarle paso; de nuevo le empujaron de tal modo que incluso le hicieron daño en las piernas. Pero los que se hallaban más cerca de él no tenían la culpa, porque se sentían empujados fuertemente por quienes estaban más lejos.
– ¡Nesvitzki, Nesvitzki! ¡Eh, animal! – dijo tras él una voz ronca.
Nesvitzki se volvió y a quince pasos tras él, más allá de la masa de la infantería en marcha, vio a Vaska Denisov, enrojecido, con la cara sucia, despeinado, con la gorra en la coronilla y el dormán tirado graciosamente sobre la espalda.
– Ordena a estos diablos que dejen paso – gritó Denisov, visiblemente indignado. Sus ojos inquietos, negros como el carbón, resplandecían. En la mano desnuda, pequeña, tan roja como su cara, empuñaba el sable envainado aún.
– ¡Eh, Vaska! ¿Qué te ocurre? – gritó alegremente Nesvitzki.
– No puedo hacer pasar al escuadrón – gritó Denisov mostrando rabiosamente los dientes blancos y espoleando a su hermoso corcel negro, un pura sangre que, inquieto por el brillo de las bayonetas, movía las orejas, piafaba, esparciendo en torno suyo la espuma que escurría por sus flancos, pateando la madera del puente y pareciendo dispuesto a saltar sobre la baranda si quien lo montaba se lo permitía.
– ¿No lo ves? Son corderos, verdaderos corderos. ¡Dejadme paso! ¡Apártate! – gritaba, sin pronunciar las erres-. ¡Carretero del diablo, me abriré paso a sablazos! – y, en efecto, desenvainó el sable y comenzó a blandirlo.
Los soldados, con las caras descompuestas, apretujábanse unos contra otros, y Denisov pudo alcanzar a Nesvitzki.
– ¿Cómo es que no estás todavía borracho hoy? – preguntó Nesvitzki a Denisov cuando se acercó a él.
– No dan tiempo ni para beber – repuso Denisov -. Nos pasamos el día arrastrando al regimiento de un lado para otro. Hemos de entrar en combate inmediatamente, porque si no sólo el diablo sabe lo que pasará.
–Estás hoy muy elegante-dijo Nesvitzki mirándole, contemplando su dormán nuevo y los arreos de su caballo.
Denisov sonrió. Sacó su pañuelo impregnado en perfume y lo volvió bajo la nariz de Nesvitzki.
– ¿Qué quieres que haga? Vamos a entrar en fuego. Ya ves; me he afeitado, me he limpiado los dientes y me he perfumado.
La imponente figura de Nesvitzki, acompañado de su cosaco, y la perseverancia de Denisov, que blandía el sable y enronquecía a gritos, produjeron tanto efecto que pudieron atravesar el puente y detener a la infantería. Cerca de la salida, Nesvitzki encontró al coronel a quien había de dar la orden, y en cuanto hubo cumplido su comisión, retrocedió.
IV
El resto de la infantería atravesaba el puente a paso de maniobra, apelotonándose a la salida. Una vez hubieron pasado todos los carros, los empujones dejaron de ser tan violentos y el último batallón penetró en el puente, únicamente los húsares de Denisov manteníanse al otro extremo del puente, frente al enemigo. Éste, que se distinguía a lo lejos, sobre la montaña situada ante el río, no veíase aún desde el puente, y el horizonte se encontraba limitado a una media versta de distancia por un collado por donde se deslizaba un arroyuelo. Hacia delante extendíase una especie de desierto donde maniobraban unas patrullas de cosacos. De pronto, sobre las lomas opuestas a la carretera, aparecieron tropas con capotes azules y artillería. Eran franceses. El destacamento de cosacos se dirigió al trote hacia las lomas. Todos los oficiales y soldados del escuadrón de Denisov, a pesar de que procuraban hablar de cosas indiferentes y miraban de soslayo, no cesaban de pensar en lo que se preparaba al pie de la montaña y contemplaban constantemente las manchas que producían en el horizonte las tropas enemigas.
Al mediodía aclaró el tiempo otra vez y cayó el sol a plomo sobre el Danubio y las montañas oscuras que le rodeaban. No corría ni la más insignificante brisa y de vez en cuando llegaban desde la montaña el sonido de los clarines y el grito del enemigo. Entre el escuadrón y éste no veíase a nadie, a excepción de algunas patrullas; un espacio vacío de unas trescientas sagenes les separaba. El enemigo había dejado de disparar y la línea terrible, inabordable e inalcanzable, que dividía los dos campos adversarios hacíase aún más sensible.
– El diablo sabe lo que se traen entre manos – gruñó Denisov-. ¡Eh, Rostov!-gritó al joven, que parecía muy contento -. Por fin se te ve – y sonrió con aire de aprobación, evidentemente muy satisfecho del suboficial.
Rostov, en efecto, sentíase completamente feliz. En aquel momento apareció un jefe en el puente y Denisov acercóse a él al galope.
– Excelencia, permítame atacar. Yo les haré retroceder.
– ¿Cómo habla usted de ataque? – dijo el jefe con voz enojada, frunciendo el entrecejo, como si quisiera apartar de sí una mosca molesta -. ¿Qué hace usted aquí? ¿No ve que se retira a la descubierta? Haga retroceder al escuadrón.
El escuadrón atravesó el puente y se colocó fuera de tiro, sin perder un solo hombre. Después del escuadrón pasó otro, que se encontraba en línea, y los últimos cosacos abandonaron aquel lado del río.
Dos escuadrones del regimiento de Pavlogrado atravesaron el puente, uno tras otro, en dirección a la montaña. El coronel Karl Bogdanitch Schubert se acercó al escuadrón de Denisov y siguió su camino no lejos de Rostov sin prestarle la menor atención.
Jerkov, que no hacía mucho había dejado el regimiento de Pavlogrado, se acercó al coronel. Después de su destitución del Estado Mayor no se quedó en el regimiento, alegando que no era tan tonto como para trabajar en filas cuando en el Estado Mayor, sin hacer nada, podía ganar muchas más condecoraciones; y con esta idea había conseguido hacerse nombrar oficial a las órdenes del príncipe Bagration. Ahora iba a dar una orden del general de retaguardia a su antiguo jefe.
– Coronel – dijo con sombrío aspecto -, se ha dado la orden de detención y de prender fuego al puente.
–¿Quién lo ha mandado? -preguntó el Coronel con aspereza.
– No lo sé, Coronel – replicó seriamente Jerkov -, pero el Príncipe me ha ordenado esto: «Ve y dí al Coronel que los húsares retrocedan tan deprisa como puedan y que incendien el puente.»
Detrás de Jerkov, un oficial de la escolta se dirigió al Coronel de húsares con la misma orden. Tras él, montando un caballo cosaco que a duras penas podía manejar, galopaba el corpulento Nesvitzki.
– Coronel – gritó galopando aún -, le he dicho a usted que incendiaran el puente. ¿Quién ha rectificado mi orden? Parece que todos se hayan vuelto locos.
El Coronel detuvo al regimiento sin mucha prisa y se dirigió a Nesvitzki.
– Me ha hablado usted de materias inflamables – dijo -, pero no me ha dicho nada con respecto a prender fuego al puente.
– ¿Cómo se entiende? – dijo Nesvitzki quitándose la gorra y alisándose con la mano los cabellos, empapados en sudor -. ¿Cómo es posible que no le haya dicho yo que prendiera fuego al puente si se han colocado en él materias inflamables? Amigo mío…
– Yo no soy para usted ningún «amigo mío», señor oficial de Estado Mayor, y no me ha dicho que prendiera fuego al puente. Sé muy bien mi obligación y acostumbro cumplir estrictamente las órdenes que se me dan. Usted me ha dicho: «Prenderán fuego al puente.» Pero ¿quién? No puedo saberlo, diablo.
– Siempre ocurre lo mismo – dijo Nesvitzki con un ademán -. ¿Qué haces aquí? – preguntó a Jerkov.
–He venido a dar la misma orden. Vienes muy mojado. Acércate, acércate…
– ¿Qué dice usted, señor oficial? – continuó el Coronel con tono ofendido.
– Coronel – le interrumpió el oficial de la escolta -, hay que darse prisa o de lo contrario el enemigo acercará sus cañones hasta ponerlos a tiro de metralla.
El Coronel miró en silencio al oficial de la escolta, al corpulento oficial de Estado Mayor Jerkov y frunció el entrecejo.
– Incendiaré el puente – dijo con voz solemne, como si quisiera dar a entender que, a pesar de todos los disgustos que se le ocasionaban, haría todo cuanto fuera necesario hacer. Y espoleando al caballo con sus piernas largas y musculosas, como si el animal tuviera la culpa de todo, el Coronel avanzó y ordenó al segundo escuadrón, aquel en, que servía Rostov bajo las órdenes de Denisov, que volviera al puente.
Las caras alegres de los soldados del escuadrón cobraron la expresión severa que tenían cuando se encontraban bajo las granadas. Rostov miró al Coronel, sin bajar los ojos. Pero el Coronel no se volvió ni una sola vez a Rostov, y, como siempre, desde las filas miraba con altivez y solemnidad. El escuadrón esperaba la orden.
– Aprisa, aprisa – gritaban en torno suyo algunas voces.
Colgando los sables de las sillas, con gran ruido de espuelas, precipitábanse a caballo los húsares, sin saber siquiera lo que iban a hacer. Los soldados se santiguaban. Rostov no miraba ya al Coronel ni tenía tiempo de hacerlo. Tenía miedo. Su corazón latía, temiendo que los húsares llegasen tarde. Cuando entregó su caballo al soldado le temblaba la mano y sintió que la sangre afluía a oleadas a su corazón. Denisov pasó ante él, gritando algo. Rostov no veía sino a los húsares que corrían en torno suyo, tropezando con las espuelas y produciendo un gran ruido con los sables.
– ¡Camilla! – gritó una voz tras él.
Rostov no se dio cuenta de lo que significaba la petición de una camilla. Corría, procurando tan sólo llegar el primero; pero cerca ya del puente dio un paso en falso y cayó de bruces sobre el pisoteado y pegajoso barro. Los demás pasaron ante él.
– Por ambos lados, teniente – decía la voz del Coronel, que, a caballo constantemente, avanzaba o retrocedía cerca del puente, con la cara triunfante y alegre.
Rostov, limpiándose las manos sucias de barro en el pantalón, miró al Coronel y quiso correr más allá, imaginándose que cuanto más lejos fuera mejor quedaría. Pero fuera que Bogdanitch no le hubiese mirado o reconocido, le llamó con cólera.
– ¿Quién es ese que corre por el centro del puente? ¡A la derecha, suboficial, a la derecha y atrás! – y se dirigió a Denisov, quien, valeroso y audaz, paseábase a caballo sobre las maderas del puente.
– ¿Para qué servirá esa imprudencia, capitán? Mejor será que desmonte.
– ¡Bah! Solamente cae el que ha de caer – replicó Denisov volviéndose sobre la fila.
Mientras tanto, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la escolta continuaban de pie, agrupados y fuera de tiro, contemplando aquel puñado de hombres con gorras amarillas, guerreras verde oscuro con brandeburgos y pantalones azules, que avanzaban de lejos, y el grupo de hombres con los caballos, entre los cuales podían distinguirse fácilmente los cañones.
¿Conseguirían o no prender fuego al puente? ¿Quién sería el primero? ¿Lo incendiarían y podrían huir, o bien los franceses se acercarían lo bastante para ametrallarlos y no dejar a uno solo con vida? Estas preguntas acudían voluntariamente a todos los soldados que se encontraban al otro lado del puente y que, a la clara luz de la tarde, contemplaban a aquél, a los húsares y a los capotes azules que se movían al otro lado con las bayonetas y los cañones.
– Esto será terrible para los húsares – dijo Nesvitzki -; ya se encuentran a tiro de metralla.
– No había necesidad de haber mandado a tantos hombres – dijo el oficial de la escolta.
– Sí, ciertamente – opinó Nesvitzki -; para esto, con dos hombres hubiera bastado.
– ¡Ah, Excelencia! – intervino Jerkov, sin separar la vista de los húsares pero conservando su tono inocente que no permitía distinguir si hablaba en serio o no -. ¡Ah, Excelencia! ¿Cómo dice usted enviar dos soldados tan sólo? ¿Quién nos daría entonces la Cruz de Vladimir? Más vale que se pierdan todos y que se proponga a todo el escuadrón para la recompensa, porque todos tendremos entonces una condecoración. Bogdanitch ya sabe lo que se hace.
– ¡Ah! – dijo el oficial de la escolta -. Ya ametrallan – y señalaba a los cañones puestos en funcionamiento y que avanzaban pesadamente.
Del lado de los franceses donde se encontraban los cañones se levantó una columna de humo, y casi simultáneamente una segunda y una tercera, y, mientras llegaba el ruido del primer disparo, una cuarta. Después oyéronse dos detonaciones, una tras otra, y luego la tercera.
– ¡Oh, oh! – dijo Nesvitzki, como si hubiera sentido un dolor muy agudo, y cogió al oficial de la escolta por un brazo -. Mire, ya ha caído el primero. Mire.
– Y me parece que también el segundo.
– Si fuese rey, no haría nunca la guerra – dijo Nesvitzki volviendo la cabeza.
Los cañones franceses se cargaban de nuevo apresuradamente. La infantería de los capotes azules corría hacia el puente; la humareda apareció de nuevo en diversos lugares y zumbó la metralla, estrellándose sobre el puente. Esta vez, sin embargo, Nesvitzki no pudo ver lo que ocurría. Lo cubría todo un humo espeso. Los húsares habían conseguido prender fuego y las baterías francesas tiraban contra ellos no para impedirlo, sino porque los cañones estaban cargados y no sabían contra quiénes tirar. Los franceses pudieron tirar tres veces antes de que los húsares hubiesen tenido tiempo de volver a montar a caballo. Dos de estos disparos estaban mal dirigidos y la metralla pasó por encima de los húsares, pero la tercera cayó en medio del grupo y derribó a tres.
Rostov se detuvo en medio del puente sin saber qué hacer. No había nadie a quien atacar de la forma en que él había imaginado que eran los combates, y no podía ayudar a incendiar el puente porque no había cogido brasa ninguna, como hicieron los demás soldados. Estaba de pie y miraba cuando, de pronto, algo chocó contra el puente con gran estrépito y uno de los húsares más cercanos a él cayó, gimiendo, sobre la baranda. Rostov corrió con los demás. Alguien gritó: «¡Camilla!» Cuatro hombres cogieron al húsar y lo levantaron.
–¡Ay, ay, ay! ¡Dejadme! ¡Por Dios, dejadme!-gritó el herido.
Pero, a pesar de sus gemidos, le tendieron sobre la camilla. Rostov se volvió y, como si buscase algo, miró a lo lejos, al cielo y al sol, sobre el Danubio. El cielo le pareció magnífico. ¡Era tan azul, tan sereno, tan profundo…! ¡Qué majestuoso y claro era el sol poniente! ¡Cuán suavemente brillaba el agua en el Danubio! Y todavía eran mucho más hermosas las azulencas y largas montañas tras el río, los picos misteriosos y los bosques de pinos rodeados de niebla. Allí todo estaba en calma, todo era feliz.
«Si estuviera allí, no desearía nada – pensó Rostov -. En mí y en ese cielo hay tanta felicidad, y aquí… gemidos, sufrimientos, miedo, esta inquietud, esta fiebre… Otra vez gritan algo. De nuevo todos corren hasta allí, y yo corro con ellos. Y he aquí que la muerte está a mi lado. Un solo instante y no veré ya más ni este sol, ni este aire, ni estas montañas…»
Comenzó entonces a ocultarse el sol detrás de las nubes. Ante Rostov aparecieron las camillas, y el miedo de la muerte y de las camillas, y el amor al sol y a la vida, se mezclaban en su cerebro en una impresión enfermiza y trastornadora.
«¡Oh Dios mío, Señor!, Tú que estás en los cielos, sálvame, perdóname y protégeme», murmuró Rostov.
El húsar corrió hacia los caballos; las voces se hicieron más fuertes y más tranquilas y las camillas desaparecieron de sus ojos.
– ¡Vaya, camarada, ya has probado el gusto de la pólvora! – le gritó Denisov al oído.
«Todo ha terminado y soy un cobarde, sí, un cobarde», pensó Rostov. Gimiendo, cogió las riendas de Gratchic de manos de un soldado.
– ¿Qué era? ¿Metralla? – preguntó a Denisov.
– ¡Y vaya metralla! – exclamó Denisov -. Han trabajado como leones, a pesar de que no era un trabajo agradable. El ataque es una gran cosa; siempre de cara; pero aquí, maldita sea, te atacan por la espalda.
Y Denisov se alejó hacia el grupo que, parado cerca de Rostov, formaba el Coronel, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la escolta.
«Me parece que nadie se ha dado cuenta», pensó Rostov.
En efecto, nadie se había percatado, porque todos conocían el sentimiento experimentado por primera vez por el suboficial que todavía no ha entrado en fuego.
– Será considerada una acción excelente – dijo Jerkov-. Quizá me propongan para un ascenso.
–Anuncie al Príncipe que he prendido fuego al puente – dijo el Coronel con alegría y solemnidad.
–Si me pregunta las bajas…
– ¡No ha sido nada! – dijo en voz baja el Coronel -. Un muerto y dos heridos – continuó con visible alegría, incapaz de reprimir una sonrisa de satisfacción al pronunciar la palabra «muerto».
Perseguido por un ejército de más de cien mil hombres mandados por Bonaparte, entorpecido por habitantes animados de intenciones hostiles, perdida la confianza en los aliados, falto de provisiones y obligado a obrar fuera de todas las condiciones previstas de la guerra, el ejército ruso de treinta y cinco mil hombres, bajo el mando de Kutuzov, retrocedía rápidamente siguiendo el curso del Danubio, deteniéndose allí donde se veía rodeado por el enemigo y defendiéndose por la retaguardia tanto como le era necesario para retirarse sin perder bagajes. Había habido combates en Lambach, Amsterdam y Melk; pero a pesar del coraje y la firmeza, reconocidos hasta por el propio enemigo, que los rusos habían demostrado, el resultado de estas acciones no era sino una retirada cada vez más rápida. Las tropas austriacas que habían evitado la capitulación en Ulm, y se habían unido a Kutuzov en Braunau, habíanse separado últimamente del ejército ruso y Kutuzov veíase reducido tan sólo a sus débiles fuerzas ya agotadas. Era imposible pensar en defender Viena. En lugar de la guerra ofensiva, premeditada según las leyes de la nueva ciencia – la estrategia -, el plan de la cual había sido remitido a Kutuzov durante su estancia en Viena por el Consejo Superior de Guerra austriaco, el único objeto, casi inaccesible, que entonces se presentaba a Kutuzov consistía en reunirse a las tropas que llegaban de Rusia, sin perder al ejército como Mack en Ulm.
El día 28 de octubre, Kutuzov pasaba con su ejército a la ribera izquierda del Danubio y se detenía por primera vez, interponiendo el río entre él y el grueso del ejército enemigo. El día 30 se lanzó al ataque y deshizo la división de Mortier, que se encontraba en la orilla izquierda del Danubio. En esta acción consiguió apoderarse de unas banderas, algunos cañones y dos generales enemigos. También por primera vez, después de dos semanas de retirada, se detenía el ejército ruso y, después de un combate, no solamente quedaba dueño de la situación, sino que había logrado expulsar a los franceses.
El l de noviembre, Kutuzov recibió de uno de sus espías un informe según el cual el ejército ruso encontrábase en una situación casi desesperada. El informe decía que los franceses, con un enorme contingente de fuerzas, después de atravesar el puente de Viena, se dirigían contra la línea de comunicación de Kutuzov con las tropas procedentes de Rusia. Si Kutuzov se quedaba en Krems, los ciento cincuenta mil hombres del ejército de Napoleón le impedirían el paso por todas partes, rodearían su fatigado ejército de cuarenta mil hombres y se encontraría en la situación de Mack en Ulm. Si Kutuzov se decidía a abandonar la línea de comunicación con las tropas procedentes de Rusia, había de penetrar, ignorando el camino, en el desconocido y montañoso país de Bohemia, y, defendiéndose de un enemigo muy superior en número y armamento, renunciar a toda esperanza de reunirse con Buksguevden. Si Kutuzov decidía replegarse por la carretera de Krems a Olmutz para reunirse a las tropas que venían de Rusia, exponíase a que los franceses que acababan de atravesar el puente de Viena aparecieran ante él, viéndose entonces obligado a aceptar la batalla durante la marcha, con todo el impedimento de bagajes y furgones y contra un enemigo tres veces superior en número, que le cerraría el paso por todas partes. Kutuzov se decidió por esto.
Tal como había anunciado el espía, los franceses, después de atravesar el río en Viena, se dirigieron a marchas forzadas sobre Znaim por la carretera que seguía Kutuzov, a unas cien verstas de distancia. Llegar a Znaim antes que los franceses era una gran esperanza de salvación para el ejército. Dejar a los franceses el tiempo de llegar, indudablemente era infligir al ejército una derrota comparable a la de Ulm, con la pérdida total de las fuerzas. Pero anticiparse a los franceses con todo el ejército era imposible. La marcha de los franceses desde Viena a Znaim era mucho más corta y mejor que la que habían de hacer los rusos desde Krems.
La misma noche que recibió el informe, Kutuzov envió la vanguardia de Bagration, cuatro mil hombres, por las montañas, a la derecha de la carretera de Krems a Znaim y la de Viena a Znaim. Bagration había de llevar a cabo esta marcha sin detenerse, teniendo delante a Viena y a la espalda a Znaim, y si conseguía adelantarse a los franceses había de detenerlos todo el tiempo que pudiera. Kutuzov en persona, con todo el ejército, se dirigía a Znaim. Después de recorrer durante una noche tempestuosa, con soldados descalzos y hambrientos y desconociendo el camino, cuarenta y cinco verstas a través de las montañas y perdiendo un tercio de sus fuerzas por los rezagados, Bagration salió a la carretera de Viena a Znaim por Hollabrum unas cuantas horas antes que los franceses, que avanzaban hacia el mismo lugar desde Viena. Kutuzov tenía todavía que marchar una jornada, con toda la impedimenta, para llegar a Znaim. Así, pues, para salvar al ejército, Bagration, con menos de cuatro mil soldados hambrientos y extenuados, había de retener durante veinticuatro horas al ejército enemigo, con el que había de enfrentarse en Hollabrum. Evidentemente, era imposible. No obstante, la caprichosa fortuna hizo posible el milagro. El éxito de la estratagema gracias a la cual había caído el puente de Viena en manos de los franceses sin disparar un solo tiro impulsó a Murat a engañar igualmente a Kutuzov. Al hallar al débil destacamento de Bagration en la carretera, creyó Murat que tenía ante sí a todo el ejército de Kutuzov. Con objeto de aniquilarlo por completo, quiso esperar a los rezagados por la carretera de Viena, y, en consecuencia, propuso un armisticio de tres días con la condición de que los dos ejércitos conservarían sus posiciones respectivas y no darían un solo paso. Afirmaba Murat que ya se habían entablado negociaciones de paz y que proponía el armisticio para evitar una inútil efusión de sangre. El general austriaco que fue a las avanzadas creyó las palabras de los parlamentarios de Murat, y al retroceder dejó al descubierto el destacamento de Bagration. El otro parlamentario se dirigió a la formación rusa para dar cuenta de la misma noticia de las entrevistas pacifistas y propuso a las tropas rusas tres días de armisticio. Bagration contestó que no podía aceptar ni rechazar tal armisticio y envió por un ayudante de campo a Kutuzov el informe sobre la proposición que acababa de serle hecha. El armisticio es para Kutuzov el único medio de ganar tiempo, de dar descanso al fatigado destacamento de Bagration y adelantar, con los furgones y los bagajes cuyos movimientos no veían los franceses, toda la distancia posible que le separaba de Znaim. La proposición de armisticio ofreció la única e inesperada posibilidad de salvar al ejército. Al recibir esta noticia, Kutuzov envió inmediatamente al ayudante de campo Witzengerod al campamento enemigo. Witzengerod había no sólo de aceptar el armisticio, sino proponer también las condiciones de capitulación, y, mientras tanto, Kutuzov enviaría a sus ayudantes de campo a acelerar todo lo posible el movimiento de los furgones y de la impedimenta por la ruta de Krems a Znaim. Únicamente el destacamento hambriento y fatigado de Bagration había de quedar inmóvil ante el enemigo, ocho veces más fuerte, y cubrir la marcha de todo el ejército y de sus bagajes.
La esperanza de Kutuzov se realizaba. La propuesta de capitulación que no obligaba a nada, dio a buena parte de la impedimenta el tiempo suficiente para pasar, y no hubo de tardar mucho tiempo en hacerse sentir la equivocación de Murat. En cuanto Bonaparte, que se encontraba en Schoenbrun, a veinticinco verstas de Hollabrum, recibió el informe de Murat y el proyecto de armisticio y capitulación, sospechó la estratagema y escribió a Murat la siguiente carta:
«Al príncipe Murat. Schoenbrun, 25 Brumario de l805. A las ocho de la mañana.
»Me es imposible encontrar palabras para expresar mi disgusto. Manda usted tan sólo mi vanguardia, y no tiene derecho a concertar armisticio alguno sin orden mía. Me hace perder el fruto de una campaña. Rompa inmediatamente el armisticio y láncese contra el enemigo. Le dirá usted que el general que ha firmado la capitulación no tiene poderes para hacerlo y que el único que tiene este derecho es el Emperador de Rusia. Siempre y cuando el Emperador de Rusia ratificara dichos convenios, los ratificaré yo también, pero esto no es más que una excusa. Destruya al ejército ruso. Se encuentra usted en situación de apoderarse de todo su bagaje y artillería. El ayudante de campo del Emperador de Rusia es un… Los oficiales no son nadie cuando no tienen poderes, y éste no tenía… Los austriacos se han dejado engañar en el puente de Viena. Usted se deja engañar por un ayudante de campo del Emperador.
«Napoleón.»
El ayudante de campo de Bonaparte galopó con esta carta terrible al encuentro de Murat. Bonaparte, receloso de sus generales, se dirigió con toda su guardia hacia el templo de befalls, temeroso de dejar escapar la esperada victima. El destacamento de cuatro mil hombres de Bagration preparaba alegremente el fuego, se secaba ante él, se calentaba, preparaba el rancho, por primera vez al cabo de tres días, y ni uno de los soldados pensaba ni sabía lo que le esperaba.
VI
A las cuatro de la tarde, el príncipe Andrés, que había reiterado con insistencia su demanda a Kutuzov, se presentó en el campamento de Bagration. El ayudante de campo de Bonaparte no había vuelto al destacamento de Murat y el combate no había empezado aún. Nada se sabía en el destacamento de Bagration de la marcha general de las cosas, y se hablaba de la paz sin creer, no obstante, que fuera posible. Hablábase también de la batalla y también creíasela inminente. Bagration, que sabía que Bolkonski era el ayudante de campo favorito y de confianza del general en jefe, le recibió con una distinción y una benevolencia singulares. Le dijo que probablemente la batalla comenzaría aquel día o al siguiente, y le dejó en absoluta libertad de colocarse a su lado durante la acción o de ir a la retaguardia para vigilar el orden durante la retirada, «lo que era también muy importante».
–Sin embargo, hoy no tendremos acción – dijo Bagration para tranquilizar al Príncipe, y pensó: «Si es un cotilla del Estado Mayor enviado a la retaguardia para obtener una recompensa, la conseguirá igualmente, y si quiere quedarse a mi lado, que se quede… Si es un valiente, podrá ayudarme.»
El príncipe Andrés no contestó y pidió al príncipe Bagration que le autorizara a recorrer la posición y examinar la situación de las tropas, con objeto de saber lo que sería conveniente hacer en el caso en que fueran atacadas. El oficial de servicio, un muchacho apuesto, vestido elegantemente, con un diamante en el índice, y que, a propósito, hablaba mal el francés, se ofreció a acompañar al Príncipe. Por todas partes veíanse oficiales con los uniformes chorreando agua, con las caras tristes y la actitud de quien busca algo que se ha perdido; veíanse también a muchos soldados que traían del pueblo, a rastras, puertas, bancos y maderos.
– ¿Ve usted, Príncipe? No se puede hacer nada con esta gente – dijo el oficial señalando a los hombres -. Los jefes son demasiado débiles. Véalos-y señalaba una cantina -; se pasan el día ahí dentro. Esta mañana los he echado a todos y ya vuelven a estar. Debemos acercarnos, Príncipe, y sacarlos de ahí. Es cuestión de un momento.
– Vamos. Compraré un poco de queso y pan – dijo el Príncipe, que todavía no había comido nada.
– ¿Por qué no lo había dicho usted antes, Príncipe? Yo hubiese podido ofrecerle algo.
Echaron pie a tierra y entraron en la cantina. Algunos oficiales, con las caras encendidas y cansados, estaban sentados ante las mesas comiendo y bebiendo.
–Pero ¿qué es esto, señores?-dijo el oficial de Estado Mayor con el enojado tono de quien ha repetido muchas veces la misma frase -. No se pueden abandonar los puestos de este modo. El Príncipe ha ordenado que nadie se moviera. Lo digo por usted, capitán-dijo a un oficial de artillería de baja estatura, sucio, delgado y que, descalzo, porque había entregado las botas al cantinero para que se las secara, se levantaba únicamente con calcetines ante los forasteros, a quienes contemplaba sonriendo y cohibido.
– ¿No le da a usted vergüenza, capitán Tuchin? – continuó el oficial de Estado Mayor -. Me parece que usted, calidad de artillero, haría mejor dando otro ejemplo a sus inferiores, y, en cambio, se presenta aquí sin botas. Cuando se oiga el toque de alarma, será muy bonito verle en calcetines – el oficial de Estado Mayor sonrió -. Cada uno a su puesto, señores – añadió con autoritario tono.
El príncipe Andrés sonrió involuntariamente al ver al capitán Tuchin que, también sonriente y sin decir nada, se apoyaba ora sobre un pie, ora sobre el otro y miraba interrogadoramente, con sus grandes ojos bondadosos e inteligentes, tan pronto al príncipe Andrés como al oficial de Estado Mayor.
– Los soldados dicen que es más cómodo andar descalzo – dijo Tuchin sonriendo con timidez y con el deseo de disimular su turbación con una salida de tono.
Pero no había terminado aún de hablar – cuando comprendió que su broma no era bien recibida y tampoco graciosa. Estaba confuso.
–Haga el favor de retirarse-dijo el oficial de Estado Mayor procurando aparentar seriedad.
El Príncipe contempló de nuevo la desmedrada figura del artillero, que tenía algo extraño y particular, nada marcial, un poco cómico, pero muy atractivo. El oficial y el Príncipe volvieron a montar a caballo y se alejaron. Al salir del pueblo, encontrando y dejando atrás soldados de distintas armas, se dieron cuenta de que a la izquierda había unas fortificaciones cubiertas de arcilla roja y fresca, recientemente construidas. Algunos batallones, en mangas de camisa, a pesar del frío, movíanse en las trincheras como hormigas blancas. Manos invisibles lanzaban incesantemente paladas de arcilla roja por encima de las trincheras. Se acercaron, contemplaron la fortificación y se alejaron. Tras la trinchera vieron algunas docenas de soldados que, uno tras otro, salían afuera. Hubieron de taparse las narices y espolear a los caballos para salir rápidamente de aquella atmósfera pestilente.
– He aquí las delicias del campamento, Príncipe – dijo el oficial de servicio.
Fueron en dirección a la montaña. Desde allí veíase a los franceses. El príncipe Andrés se detuvo y comenzó a inspeccionar el terreno.
– La batería ha sido colocada allí – dijo el oficial de Estado Mayor señalando el pico -. Es la batería del oficial de los calcetines. Desde allí lo veremos todo. Vamos, Príncipe.
– Se lo agradezco mucho, pero no es necesario que me acompañe. Iré solo – dijo el Príncipe, que quería deshacerse del oficial -. Por favor, no se moleste.
VII
El príncipe Andrés, a caballo, se detuvo para contemplar la columna de humo de un cañón que acababa de disparar. Sus ojos recorrieron el amplio horizonte. Vio tan sólo que las masas de soldados enemigos, inmóviles hasta momentos antes, comenzaban a moverse y que, a la izquierda, como había sospechado, estaba emplazada una batería. Aún no se había disipado el humo sobre este emplazamiento. Dos caballeros franceses, probablemente dos ayudantes de campo, galopaban por la montaña al pie de la cual, sin duda para reforzar las tropas, avanzaba una pequeña columna enemiga, que se distinguía perfectamente. El príncipe Andrés volvió grupas y se lanzó al galope en dirección a Grunt, donde se reuniría con el príncipe Bagration. Tras él, el cañoneo hacíase más frecuente y violento. Los rusos comenzaron a contestar. Abajo, en el lugar donde se entrevistaron los parlamentarios, tronaban los fusiles.
Lemarrois acababa de llegar al campamento de Murat con la carta de Bonaparte, y Murat, humillado y deseoso de reparar su falta, hacía mover rápidamente sus fuerzas con la intención de atacar el centro de la posición y rodear los flancos con la esperanza de que antes del anochecer y de la llegada de Bonaparte desharía al pequeño destacamento que se encontraba ante él.
«¡Vaya, ya hemos empezado!-pensó el Príncipe, sintiendo que la sangre afluía más apresuradamente en su corazón-. ¿Dónde podré encontrar a Tolon?»
Al pasar ante las compañías que hacía un cuarto de hora comían el rancho y bebían aguardiente, vio por doquier los mismos movimientos rápidos de los soldados, que ocupaban sus posiciones y escogían los fusiles. En todas las caras brillaba idéntica animación que él sentía en su pecho. «Ya ha empezado esto. Es terrible y alegre a la vez», parecía que dijeran las caras de cada soldado y cada oficial. Antes de llegar al atrincheramiento que estaban construyendo, a la claridad de un crepúsculo de un día nuboso de otoño, percibió a un caballero que se dirigía hacia él. Éste, cubierto con un abrigo de cosaco y montando un caballo blanco, no era otro que el príncipe Bagration. El príncipe Andrés se detuvo para esperarle, y el otro paró el caballo y, reconociendo al príncipe Andrés, le saludó con una inclinación de cabeza. Continuó mirando ante sí, mientras el ayudante le contaba cuanto había visto. También la expresión de: «Ya ha empezado todo esto» leíase en el moreno rostro del príncipe Bagration, cuyos ojos, medio cerrados, parecían no mirar a ninguna parte, como si no hubiera dormido. El príncipe Andrés contempló este rostro inmóvil con una inquieta curiosidad. Quería saber si aquel hombre pensaba y sentía y qué era lo que sentía y pensaba en aquel momento. «¿Hay algo tras esta cara inmóvil?», se preguntaba el Príncipe sin cesar en su contemplación. El príncipe Bagration, con su acento oriental hablaba con particular lentitud, como si no creyese necesario apresurarse. No obstante, hizo galopar a su caballo en dirección a la batería de Tuchin, y el príncipe Andrés se reunió a los oficiales de la escolta, constituida por el oficial de servicio, el ayudante de campo personal del Príncipe, Jerkov, el ordenanza, el oficial de Estado Mayor de servicio, montado en un hermoso caballo inglés, un funcionario civil y un auditor que por curiosidad había pedido autorización para asistir a la batalla. Todos se acercaron a aquella batería, desde la cual Bolkonski había estado estudiando el campo de batalla.
– ¿De quién es esta compañía? – preguntó el príncipe Bagration al suboficial de guardia que estaba al lado de los cañones.
En realidad, en vez de hacer esta pregunta parecía como si quisiera inquirir: «¿Aquí no tenéis miedo?», y el artillero lo comprendió.
– Es la compañía del capitán Tuchin, Excelencia – dijo el interpelado irguiéndose y con voz alegre. Era un artillero rubio, con la cara cubierta de pecas.
Poco después, Tuchin informaba al Príncipe.
– Está bien – dijo Bagration por toda respuesta. Y, pensando algo, comenzó a examinar el campo de batalla que se extendía ante él.
Los franceses acercábanse cada vez más a aquel lugar. De abajo, donde se encontraba el regimiento de Kiev, y en el lecho del río, oíase el ruido de la fusilería, y más a la derecha, tras los dragones, hallábase una columna de franceses que rodeaban uno de los flancos de las tropas rusas y que había despertado la atención del oficial de la escolta, y así se lo daba a entender al Príncipe. A la izquierda estaba obstruido el horizonte por un bosque vecino. El príncipe Bagration dio órdenes a los dos batallones centrales para reforzar el ala derecha. El oficial de la escolta se atrevió a objetar al Príncipe, diciéndole que una vez los batallones estuvieran fuera de la posición quedarían los cañones al descubierto. El príncipe Bagration le miró fijamente y en silencio con una mirada vaga. La observación del oficial de la escolta pareció justa e indiscutible al príncipe Andrés, pero en aquel momento el ayudante de campo del jefe del regimiento, que se encontraba abajo, llegó con la noticia de que enormes contingentes de tropas francesas avanzaban por la llanura y que el regimiento se había dispersado y retrocedía para unirse a los granaderos de Kiev. El príncipe Bagration inclinó la cabeza en señal de aprobación y de consentimiento. Al paso de su montura, se dirigió a la derecha y envió al ayudante de campo a los dragones con la orden de atacar a los franceses. Pero el ayudante volvió al cabo de media hora y anunció que el comandante del regimiento de dragones se había replegado tras el torrente para evitar un cañoneo concentrado y terrible dirigido a su posición, por cuanto perdería a los hombres inútilmente. Por este motivo dio orden a los tiradores de echar pie a tierra y huir en dirección al bosque.
– Bien – dijo Bagration.
Mientras se alejaba de la batería en dirección a la izquierda, también oíanse tiros en el bosque, y como la distancia hasta el flanco izquierdo era demasiado grande para poder llegar oportunamente, el príncipe Bagration envió a Jerkov para que dijera al general en jefe, aquel mismo que en Braunau mandaba el regimiento que revistó Kutuzov, que retrocediera tan rápidamente como le fuera posible y se situase tras el torrente, ya que el flanco derecho no podría resistir sin duda demasiado tiempo el empuje del enemigo. Tuchin y el batallón que le cubría fueron olvidados. El príncipe Andrés escuchaba atentamente las palabras que dirigía el príncipe Bagration a los jefes y las órdenes que daba, y con gran extrañeza suya veía que en realidad no se daba ninguna orden y que el Príncipe procuraba dar a todo aquello, que se hacía por necesidad, por azar o por la voluntad de otros jefes, la apariencia de actos realizados, si no por orden suya, por lo menos de acuerdo con sus intenciones. Gracias al tacto que mostraba el príncipe Bagration. El príncipe Andrés comprendió que, a pesar del giro que pudieran tomar los acontecimientos y su independencia con respecto a la voluntad del jefe, la presencia del general era importantísima. Los jefes que se acercaban a Bagration con las caras descompuestas se reanimaban; los soldados y los oficiales le saludaban alegremente, cobrando nuevos ánimos en su presencia, y ante él se exaltaba su coraje.
VIII
Llegado al punto culminante del flanco derecho de las tropas rusas, el príncipe Bagration comenzó a descender hacia donde se dejaba oír un continuado fuego y donde nada se veía, consecuencia de la espesa humareda de la pólvora. Cuanto más se acercaba al llano, más difícil se hacía el ver las cosas, pero más sensible la proximidad del verdadero campo de batalla. Comenzaron a encontrar heridos: dos soldados llevados en brazos; uno de ellos tenía la cabeza descubierta y llena de sangre; del pecho salíale a la boca un estertor y vomitaba frecuentemente. Sin duda la bala le había destrozado la boca o la garganta. El otro caminaba solo valientemente, sin fusil. Gritaba y movía el brazo, donde tenía una herida reciente, de la que brotaba la sangre sobre el capote como de una botella. Su cara daba más sensación de terror que de sufrimiento. Hacía un minuto que había sido herido.
Después de atravesar la carretera comenzaron a bajar por el atajo, y en el declive vieron a algunos hombres tumbados. Encontraron un gran número de soldados, muchos de los cuales estaban heridos. Subían la montaña respirando afanosamente, y, a pesar de la presencia del general, hablaban en alta voz moviendo las manos. Delante, entre el humo, veíanse los capotes grises colocados en fila, y el oficial, al ver llegar a Bagration, corrió gritando tras los soldados que subían en multitud y les hizo retroceder. Bagration se acercó a la fila donde por un lado y por otro oíase el rumor de los disparos, que se sucedían rápidamente y que ahogaban las conversaciones y los gritos del general. El aire estaba impregnado del humo de la pólvora. Las caras de los soldados, ennegrecidas ya, resplandecían de animación. Unos limpiaban los fusiles con las baquetas, otros los cargaban extrayendo los cartuchos de las cartucheras, y otros, en fin, disparaban. Pero ¿contra quién tiraban? No era posible verlo a causa del humo, que el viento era incapaz de barrer. Con frecuencia oíanse los agradables rumores de un zumbido o de un silbido.
«¿Qué será esto?-pensaba el príncipe Andrés al acercarse al grupo de soldados -. No puede ser un ataque, porque no avanzan. Tampoco pueden formar el cuadro, por cuanto no es ésta la formación justa.»
Un viejo delgado, de aspecto enfermizo, el comandante del regimiento, con una amable sonrisa y con los párpados medio cerrados sobre sus ojos fatigados por los años, lo que le daba una dulce expresión, se acercó al príncipe Bagration y lo recibió como el cabeza de familia recibe a un querido huésped. Contó al Príncipe que los franceses habían dirigido un ataque de caballería contra su regimiento. Que el ataque había sido rechazado, pero que la mitad de sus soldados habían muerto. El comandante del regimiento decía que el ataque había sido rechazado, aplicando este término militar a lo que le había ocurrido a su regimiento, pero, realmente, ni él mismo sabía qué habían hecho sus tropas durante aquella media hora, y no podía decir con seguridad si la carga había sido rechazada o el regimiento aniquilado. Sabía tan sólo que al principio, durante el cañoneo dirigido contra sus fuerzas, alguien había gritado: «¡La caballería!», y que los rusos habían comenzado a disparar. Que habían disparado hasta entonces y que continuaban tirando todavía, no contra la caballería, que había retrocedido, sino contra la infantería francesa, que en aquel momento disparaba contra los rusos desde la llanura. El príncipe Bagration bajó la cabeza, como si quisiera manifestar que la batalla se desarrollaba según lo que deseaba y suponía. Se dirigió al ayudante de campo y le dijo que enviase de la montaña dos batallones del sexto de cazadores, ante los cuales acababan de pasar. El príncipe Andrés quedóse sorprendido del cambio que se había operado en el rostro del príncipe Bagration. Su fisonomía expresaba aquella decisión concentrada y optimista del hombre que después de un día caluroso se dispone a lanzarse al agua y efectúa los últimos preparativos. Sus ojos ya no parecían adormecidos, ni su mirada vagaba, ni tampoco su actitud era tan profundamente grave. Sus ojos de lince, redondeados y resueltos, miraban hacia delante con cierta solemnidad y con cierto desdén, y, aparentemente, no se detenían en nada, a pesar de que en este movimiento todavía hubiese la lentitud y regularidad de antes. El jefe del regimiento se dirigió al príncipe Bagration y le suplicó que se alejase de aquel lugar demasiado peligroso.
– En nombre de Dios, se lo ruego, Excelencia – dijo tratando de encontrar ayuda entre los oficiales de la escolta, que volvieron la cara -. Por favor, hagan el favor de mirar – y los hacía darse cuenta de las balas que zumbaban constantemente y cantaban silbando en torno a ellos. Hablaba en tono de súplica huraña, como un leñador que dijera a su patrón: «Esto, nosotros lo hacemos muy bien, pero a usted se le llenarían las manos de ampollas.» Hablaba como si las balas no le pudieran tocar a él, y sus ojos, entornados, daban a sus palabras un tono aún más persuasivo. El oficial de Estado Mayor unió sus exhortaciones a las del jefe del regimiento, pero el príncipe Bagration no le respondió y se limitó a ordenar que hiciera cesar el fuego y que se formaran para dejar sitio al segundo batallón, que estaba ya cerca. Mientras hablaban, las nubes de humo, que el viento hacía oscilar de derecha a izquierda y que ocultaban por completo el valle y la montaña de enfrente, cubierta de franceses en marcha, se abrieron ante ellos como corridas por una mano invisible. Todos los ojos se fijaron involuntariamente en aquella columna de franceses que avanzaba hacia las tropas rusas, serpenteando por las anfractuosidades del terreno. Podía ya distinguirse la gorra alta y peluda de los soldados. Distinguíase a éstos de los oficiales, y veíase a la bandera flamear al viento.
– Marchan muy bien – dijo alguien de la escolta de Bagration.
El jefe de la columna llegaba ya al llano. El encuentro había de efectuarse por aquel lado del declive. El resto del regimiento ruso que se hallaba en fuego se puso en fila apresuradamente y se apartó a la derecha. Por detrás acercábanse, en perfecta formación, dos batallones del sexto de cazadores. No habían llegado aún donde se encontraba Bagration, pero oíanse los pasos lejanos, pesados, cadenciosos, de toda aquella masa de hombres. Al lado izquierdo de la formación marchaba en dirección al Príncipe el jefe de la compañía, un hombre joven y apuesto de redonda cara, de tímida y satisfecha expresión. Evidentemente, en aquel instante no pensaba en nada, a excepción de que iba a desfilar ante su jefe. Poseído de la ambición de ascender, marchaba alegremente, moviendo las musculosas piernas como si nadara. Se erguía sin esfuerzo, y por esta ligereza se distinguía del paso pesado de los soldados, que marchaban acordando sus pasos a los de él. Cerca de la pierna llevaba el sable desnudo, delgado, estrecho, un pequeño sable curvo que no parecía un arma. Volviéndose hacia su superior o hacia el lado opuesto, no sin perder el paso, daba gravemente la media vuelta y parecía que todos sus esfuerzos estuvieran dirigidos a pasar ante su superior de la mejor manera posible, y se presentía que había de considerarse feliz si lo conseguía. «¡A la izquierda…! ¡A la izquierda…! ¡A la izquierda!», parecía que dijera a cada paso. Y siguiendo este compás, el contingente de soldados, agobiados por el peso de los fusiles y las mochilas, avanzaba, y cada uno de ellos, después de cada paso, parecía que repitiese mentalmente: «A la izquierda… A la izquierda… A la izquierda…» El grueso Mayor, resoplando, perdía el paso, tropezando con cada matorral. Un rezagado, jadeante, con el semblante aterrorizado a causa de su retraso, corría con todas sus fuerzas para alcanzar la compañía. Una bala, rasgando el aire, pasó sobre el príncipe Bagration y su escolta, como siguiendo el compás: «A la izquierda… A la izquierda… A la izquierda… »
– Apretad las filas – gritó con voz firme el comandante de la compañía.
Los soldados, describiendo un arco, rodearon algo en el lugar donde había caído la bala. El viejo suboficial condecorado, que se había demorado un poco con los heridos, se unió a su fila; dio un salto para cambiar el paso, pero tropezó y se volvió con cólera. «A la izquierda… A la izquierda… A la izquierda…», y estas palabras parecían oírse a través del lúgubre silencio y del rumor de los pies pisando simultáneamente el suelo.
– Muy bien, hijos míos – exclamó Bagration.
Las palabras «orgulloso de formar» se oyeron por toda la fila. El arisco soldado que desfilaba a la izquierda, al gritar como los demás, dirigió a Bagration una mirada que parecía decir: «Lo sabemos de sobra.» Otro, sin volverse, por temor a distraerse, abría la boca, gritaba y continuaba la marcha. Se dio orden de detenerse y de sacar las cartucheras. Bagration recorrió las filas que desfilaban ante él y echó pie a tierra, entregó las bridas a un cosaco, se quitó la burka, estiró las piernas y se compuso la gorra. En lo alto de la loma apareció la columna francesa con los oficiales a la cabeza.
– Dios nos proteja – dijo Bagration con su voz firme y clara.
Se volvió al frente y, balanceando los brazos, con el paso torpe de todo soldado de a caballo, avanzó por el terreno desigual con aparente dificultad. El príncipe Andrés sentíase impulsado hacia delante por una fuerza invencible y experimentaba una gran alegría.
Los franceses estaban ya muy cerca. El príncipe Andrés se encontraba al lado de Bagration; distinguía claramente las charreteras rojas e incluso las caras de los franceses. Veía perfectamente a un viejo oficial enemigo que, con las torcidas piernas enfundadas en las polainas, subía la montaña con grandes esfuerzos. El príncipe Bagration no dio orden alguna, y, silencioso siempre, marchaba delante de las tropas. De pronto, del lado de los franceses partió un tiro, luego otro y después un tercero. En las filas dislocadas del enemigo se dispersaba el humo. Comenzaron las descargas. Cayeron algunos rusos, entre ellos el oficial carirredondo que desfilaba alegremente y con tantas precauciones. En el mismo momento en que se oyó el primer disparo, Bagration se volvió para gritar:
– ¡Hurra! ¡Hurra!
Un grito largo le respondió, un grito que recorrió todas las líneas rusas. Pasando ante el príncipe Bagration, pasándose unos a otros, los rusos, en mezcla confusa, pero alegre y animada, bajaron corriendo al encuentro de los franceses, cuyas formaciones se habían roto.
IX
El ataque del sexto de cazadores aseguraba la retirada del flanco derecho. En el centro de la posición, la olvidada batería de Tuchin, que había conseguido incendiar Schoengraben, paraba el movimiento enemigo. Los franceses se dirigieron a apagar el fuego, que el viento propagaba, y esto dio tiempo para preparar la retirada. En el centro de la posición, la retirada, a través de los torrentes, se efectuaba con prisa y con estrépito, pero las tropas se replegaban en buen orden. No obstante, en el flanco izquierdo, formado por los regimientos de infantería de Azov, Podolia y los húsares de Pavlogrado, habían sido atacados y rodeados a la vez por las fuerzas más considerables mandadas por Lannes. De un momento a otro parecía seguro su aniquilamiento. Bagration envió a Jerkov al comandante que mandaba el flanco, con la orden de retroceder a toda prisa. Jerkov, valientemente, sin separar la mano del quepis, picó espuelas y se lanzó al galope, pero en cuanto se encontró a cierta distancia de Bagration, sus fuerzas le abandonaron y un terror pánico se apoderó de su espíritu, impidiéndole ir hacia el peligro.
El escuadrón en que servía Rostov, el cual a duras penas había tenido tiempo de montar a caballo, estaba parado ante el enemigo. Otra vez, como en el puente del Enns, no había nadie entre el escuadrón y el enemigo. No había nada sino aquella misma terrible línea de lo desconocido y del miedo, parecida a la línea, que separa a los vivos de los muertos, y las preguntas «la pasarán o no» y «cómo» les trastornaban.
El coronel se acercó al frente y respondió con cólera a las preguntas de los oficiales, como un hombre desesperado de tener que dar una orden cualquiera. Nadie decía nada en concreto, pero en el escuadrón circulaba el rumor de un ataque próximo. El mando dio una orden. Inmediatamente prodújose un rumor de sables al desenvainarse, pero aún no se movía nadie. Las tropas del flanco izquierdo, la infantería y los húsares comprendían que ni los mismos jefes sabían qué hacer, y la indecisión de éstos se transmitía a las tropas.
«Aprisa, aprisa. Tanto como se pueda», pensaba Rostov, comprendiendo que, por último, había llegado el momento de experimentar la emoción del ataque, esa emoción de la que tanto habían hablado sus compañeros húsares.
–Con la ayuda de Dios, hijos míos – gritó la voz de Denisov -. Al trote… Marcha…
En las filas delanteras ondularon las grupas de los caballos. Gratchik arrancó, como los demás. A la derecha, Rostov veía las primeras filas de sus húsares, y, un poco más lejos, hacia delante, una línea oscura que no podía definir pero que suponía era la línea enemiga. Oyéronse dos disparos.
– ¡Acelerad el trote! – ordenó una voz.
Y Rostov sintió que su caballo contraía las patas y se lanzaba al galope. Presentía todos estos movimientos y cada vez estaba más alegre. Vio ante sí un árbol aislado. Momentáneamente, este árbol estaba en el centro de aquella línea que parecía tan terrible, pero la línea había sido atravesada y no solamente no había en ella nada de terrible, sino que cuanto más avanzaba, más alegre era todo y más animado se sentía.
«Le daré un buen golpe», pensó Rostov empuñando valerosamente el sable.
– ¡Hurra! – gritaban las voces en torno suyo.
«Que caiga uno ahora en mis manos», pensaba Rostov, espoleando a Gratchik, suelta la brida, con ánimo de pasar ante los demás. Veíase ya claramente al enemigo. De pronto, algo como una enorme escoba fustigó al escuadrón. Rostov levantó el sable dispuesto a dejarlo caer, pero en aquel momento el soldado Nikitenk, que galopaba ante él, se desvió, y Rostov, como en un sueño, sintió que continuaba galopando hacia delante con una rapidez vertiginosa y que, sin embargo, no se movía de su sitio. Un húsar a quien conocía se le acercó corriendo por detrás y le miró severamente. El caballo del húsar se encabritó y después continuó el galope.
«¿Qué ocurre? ¿Qué es esto? ¿Por qué no avanzo? He caído. Me han matado», se preguntaba y respondía a la vez. Estaba solo en medio del campo. En lugar de caballos galopando y de espaldas de húsares en torno suyo veía tan sólo la tierra inmóvil y la niebla de la llanura. Debajo de él sentía correr la sangre caliente.
«No estoy herido. Han matado a mi caballo.» Gratchik se levantó sobre las patas delanteras, pero cayó inmediatamente sobre las piernas del jinete. Caía la sangre de la cabeza del caballo, que se debatía pero que no podía levantarse. Rostov también quiso erguirse, pero volvió a caer. El sable se le había enredado en la silla.
«¿Dónde están los nuestros? ¿Dónde los franceses?» No lo sabía, no había nadie en torno suyo. Cuando pudo soltarse la pierna se levantó. «¿Dónde está la línea que separaba claramente a ambos ejércitos?», se preguntó, sin poder contenerse. «¿Ha ocurrido algo malo? Accidentes como éste son corrientes, pero ¿qué hay que hacer cuando ocurren?», se preguntaba mientras se levantaba. Y en aquel momento algo le tiraba del brazo izquierdo adormecido. Parecía que la mano no fuera suya. La examinó inútilmente, buscando sangre. «¡Ah! Veo hombres. Ellos me ayudarán», pensó alegremente viendo a gente que corría hacia donde él se hallaba. Alguien, con una gorra extraña y un capote azul, sucio, con una nariz aquilina, corría delante de aquellos hombres. Detrás corrían otros dos y después muchos más todavía. Uno de ellos pronunció unas palabras, pero no en ruso. Entre unos hombres parecidos a aquellos, cubiertos con la misma gorra y que les seguían encontrábase un húsar ruso. Le llevaban cogido por detrás, con las manos, y conducían su caballo de la brida.
«Seguramente un prisionero de los nuestros…, sí… ¿También me cogerán a mí? ¿Quiénes son estos hombres? » Miraba a los franceses, que se acercaban a él; hacía pocos segundos se había lanzado contra ellos para aniquilarlos y su proximidad le pareció tan terrible que se resistía a creer lo que veía.
«¿Quiénes son? ¿Por qué corren? ¿Por mí? ¿Corren por mí? ¿Y por qué? ¿Para matarme? ¿A mí, a quien todos quieren tanto? » Recordó el amor que le profesaba su madre, su familia, sus amigos, y la intención de sus enemigos de matarle le parecía mentira. «Sí, de veras. Vienen a matarme. » Permaneció de pie más de diez segundos, sin moverse, no comprendiendo su situación. El francés de nariz aquilina, el primero, estaba tan cerca que ya se distinguía la expresión de su rostro. La fisonomía roja, extraña, de aquel hombre que, con la bayoneta calada, corría hacia él conteniendo la respiración, le heló la sangre en las venas. Sacó la pistola y en lugar de dispararla se la arrojó al francés y con todas sus fuerzas corrió hacia los matorrales. No corría con aquel sentimiento de duda y lucha que experimentó en el puente de Enns, sino con el miedo con que la liebre huye de los galgos. Un sentimiento de invencible miedo por su vida, joven y feliz, que llenaba totalmente su existencia, le animaba, saltando a través de las matas con la agilidad con que en otro tiempo corría cuando jugaba al gorielki, sin girar un solo momento su rostro pálido, bondadoso y joven y sintiendo en la espalda un estremecimiento de terror. «Es mejor no mirar», pensaba, pero al llegar cerca de los matorrales se volvió. Los franceses perdían distancia, incluso aquel que le perseguía más de cerca, que se volvió y gritó algo a los compañeros que le seguían. Rostov se detuvo. «No, no es esto – pensó -No es posible que quieran matarme. » El brazo izquierdo le pesaba como si colgase de él un peso de cuatro libras. No podía correr más. También el francés se había detenido. Apuntó. Rostov cerró los ojos y se agachó. Pasó una bala ante él, zumbando. Con un esfuerzo supremo se cogió la mano izquierda con la derecha y corrió hacia los matorrales. Tras ellos había tiradores rusos.
X
Los regimientos de infantería, atacados inesperadamente, huían del bosque, y en una mezcla de compañías se alejaban con gran desorden. Un soldado pronunció con terror una frase que no tiene sentido alguno, pero que en la guerra es terrible: «¡Nos han copado!» Y la frase se comunicó a todos con un estremecimiento de espanto.
«¡Rodeados! ¡Copados! ¡Perdidos!», gritaban las voces con pánico. Inmediatamente, el comandante del regimiento oyó las descargas y los gritos, comprendió que algo terrible le sucedía a su regimiento, y la idea de que él, el oficial modelo, que llevaba muchos años de servicio sin que nunca se le hubiera hecho una sola observación, podía ser ante su jefe tildado de negligente o de haber faltado al orden, le turbó tanto que, olvidando instantáneamente al indisciplinado coronel de caballería y su importancia de general, y más que nada el peligro y el instinto de conservación, cogióse a la silla y espoleando a su caballo galopó hacia el regimiento, bajo una lluvia de balas que, por fortuna, caían más lejos de él. Tan sólo quería una cosa: saber qué era lo que ocurría, ayudar, costase lo que costara, y corregir la falta, si él había sido su causa, eliminando su culpa, la de un oficial modelo que en veinte años de servicio no había cometido una sola falta. Por milagro pasó ante los franceses, se acercó al campamento, detrás del bosque, a través del cual corrían los rusos, y sin preocuparse de nada bajó al galope la montaña. El momento de vacilación moral que decide la suerte de las batallas había llegado. ¿Escucharían los soldados la voz de su comandante o se volverían contra él y correrían más lejos? A pesar del grito desesperado del jefe del regimiento, tan terrible en otro tiempo para los soldados, a pesar de la cara feroz del comandante, enrojecida y desfigurada, a pesar de la agitación de su sable, los soldados huían, hablaban, disparaban al aire y no obedecían orden alguna. La vacilación moral que decide la suerte de las batallas poníase, evidentemente, de parte del miedo.
El general enronquecía de tanto gritar y a causa del humo de la pólvora. Se detuvo, desesperado. Todo parecía perdido. No obstante, en aquel momento, los franceses, que perseguían a los rusos, de pronto, sin causa aparente que lo motivara, echaron a correr y en el bosque aparecieron los tiradores rusos. Era la compañía de Timokhin, la única que se había mantenido ordenadamente en el bosque y que, escondida en la trinchera, cerca de la entrada del bosque, atacaba violentamente a los franceses. Timokhin se lanzó sobre el enemigo con un grito tan feroz, con una audacia tan loca y blandiendo el sable como única arma, que el enemigo, sin tiempo para rehacerse, arrojaba las arenas y huía. Dolokhov, que corría al lado de Timokhin, mató a un francés casi a quemarropa, y antes que nadie cogió por el cuello del uniforme a un oficial, que se rindió. Los fugitivos, rehechos, volvían a sus puestos. Los batallones rehacían sus formaciones, y los franceses, que habían conseguido dividir en dos las tropas del flanco izquierdo, eran rechazados momentáneamente. Las reservas tuvieron tiempo de llegar y los fugitivos se detuvieron. El jefe del regimiento estaba cerca del puente con el Mayor Ekonomov. Se adelantaban a ellos las compañías que habían retrocedido cuando, de pronto, un soldado se agarró al estribo y casi se le apoyó en la pierna. El soldado vestía un capote de paño azul, pero no llevaba ni gorra ni mochila. Tenía la cabeza vendada y colgaba de sus hombros una cartuchera francesa. Tenía en las manos una espada francesa también. Estaba pálido; sus azules ojos miraban con descaro al rostro del comandante y sonreía su boca. A pesar de que el comandante estaba ocupado dando órdenes al Mayor Ekonomov, no podía dejar de percatarse de la presencia de aquel soldado.
– Excelencia, he aquí dos trofeos – dijo Dolokhov mostrando la espada y la cartuchera -. He hecho prisionero a un oficial y lo tengo arrestado en la compañía.
Dolokhov jadeaba de fatiga y hablaba entrecortadamente.
– Toda la compañía lo ha visto. Le ruego que lo recuerde, Excelencia.
– Bien, bien – dijo el comandante, y se dirigió al Mayor Ekonomov. Pero Dolokhov no se movía. Se desató el pañuelo que le vendaba la cabeza y mostró la sangre pegada a sus cabellos.
– Una herida de bayoneta. No me he movido de la fila. Recuérdelo, Excelencia.
XI
El viento se calmaba. Las nubes negras que pasaban bajas sobre el campo de batalla en el horizonte se confundían con el humo de la pólvora. En dos lugares aparecieron más claros entre la oscuridad los resplandores del incendio. Se debilitó el cañoneo, pero el ruido de los disparos de fusil en la retaguardia y a la derecha continuaba cada vez más cercano. Cuando Tuchin, con sus cañones, pasando sobre los heridos, salió del fuego y se dirigió al torrente, encontró a los jefes y a los ayudantes de campo, entre los que se encontraban el oficial de Estado Mayor y Jerkov, que le habían sido enviados dos veces y que ni una sola de ellas habían podido llegar a la batería. Todos, interrumpiéndose unos a otros, daban y transmitían las órdenes por el camino que se había de emprender, y todos le hacían reproches y observaciones. Tuchin no dio orden alguna, y en silencio, temeroso de hablar, porque a cada palabra, sin saber por qué motivo, le venían ganas de llorar, iba detrás de todos montado en su mula. Aun cuando había sido dada la orden de abandonar a los heridos, algunos arrastrábanse tras las tropas, suplicando que los colocaran sobre los cañones. Un bravo oficial de infantería yacía con una bala en el vientre sobre la cureña de Matvovna. Al salir de la montaña, un suboficial de húsares, muy pálido, que se sostenía una mano con la otra, se acercó a Tuchin y le pidió que le dejara sentarse.
– Capitán, por el amor de Dios, me han herido en el brazo – suplicaba tímidamente -. Por el amor de Dios, no puedo caminar más. – Evidentemente, aquel suboficial había pedido muchas veces permiso para sentarse y siempre le había sido negado. Con voz tímida y vacilante suplicaba -: Ordene que me siente, por el amor de Dios.
– Siéntate, siéntate – dijo Tuchin -. Tío, dale tu capote – dijo a su soldado favorito -. ¿Dónde está el oficial herido?
– Lo han abandonado. Estaba muerto – replicó alguien.
– Siéntate, siéntate, amigo, siéntate. Pon tu cabeza, Antonov…
El suboficial era Rostov. Con una mano se sostenía la otra. Estaba pálido y un temblor febril le movía la barbilla. Lo colocaron sobre Matvovna, el mismo cañón del cual habían quitado al oficial muerto. El capote que le ofrecieron estaba sucio, lleno de sangre que manchó el pantalón y el brazo de Rostov.
– ¿Qué hay, querido? ¿Dónde le han herido? – preguntó Tuchin acercándose al cañón donde Rostov estaba sentado.
– No, es una contusión.
–Entonces, ¿de quién es esta sangre de la cureña?
– Del oficial, Excelencia – replicó un artillero, limpiando la sangre con la manga del capote, como excusándose por la suciedad del arma.
Con penas y fatigas, ayudado por la infantería, habían podido hacer pasar los cañones por la montaña y llegar al pueblo de Gunthersdorf, donde se detuvieron. Era tan oscura la noche que se hacía imposible distinguir a dos pasos el uniforme de los soldados. El tiroteo comenzaba a calmarse. De pronto, hacia la derecha, oyéronse de nuevo gritos acompañados de descargas. Brillaban los disparos en la oscuridad. Era el último ataque de los franceses, al que respondían los soldados desde las ventanas de las casas del poblado. De nuevo todos se precipitaron hacia el pueblo, pero los cañones de Tuchin no se podían mover, y los artilleros, Tuchin y Rostov se miraron en silencio, abandonándose a su suerte. Las descargas cesaron. Por una calle adyacente aparecieron soldados que hablaban con animación.
– ¡Petrov! ¿Vives todavía? – preguntó uno.
– Les hemos sentado las costuras, hermano. No tendrán ganas de volver – decía otro.
– No se ve nada.
– ¿Dicen que han tirado contra los suyos?
– Esto está como la boca de un lobo.
– ¿No hay nada que beber?
De nuevo habían sido rechazados los franceses. Entre la oscuridad más absoluta, los cañones de Tuchin, protegidos por la bulliciosa infantería, marchaban de nuevo a algún sitio. En la oscuridad, como un río invisible y tenebroso que corriera siempre en la misma dirección, oíanse las conversaciones, el ruido de los zapatos y las ruedas. En medio del clamor general, a través de todos los demás ruidos, el más claro, el más perceptible, era el gemir de los heridos. Parecía que llenasen todas las tinieblas, que rodeasen a las tropas. Gemidos y tinieblas se confundían en aquella noche. Momentos después, la emoción estremeció a la multitud que avanzaba. Alguien, montado en un caballo blanco, pasó, seguido de una escolta, y al pasar pronunció unas palabras.
– ¿Qué ha dicho? ¿Hacia dónde vamos? ¿Hemos de detenernos? ¿Ha dicho que estaba contento?
Las más afanosas preguntas llovían de todas partes, y la masa movediza comenzó a atascarse, debido a que, evidentemente, se paraban los que iban delante. Circulaba el rumor de que había sido dada la orden de detenerse, y todos lo hicieron en medio de la carretera fangosa. Se encendieron las hogueras. La conversación se hizo más perceptible. El capitán Tuchin, después de dar órdenes a la compañía, envió a un soldado en busca de la ambulancia o de un médico para el suboficial, y después se sentó al lado del fuego que los soldados habían hecho en medio de la carretera. Rostov se arrastró también a su lado. Un temblor febril, ocasionado por el dolor, el frío y la humedad, sacudía todo su cuerpo. Se apoderaba de él un sueño invencible, pero el dolor de la mano lesionada, que no sabía dónde posarse, le impedía dormir. Tan pronto cerraba los ojos o miraba al fuego, que le parecía resplandeciente y acogedor, como contemplaba la figura curva y desmedrada da Tuchin, sentado a la turca a su lado. Los enormes, bondadosos e inteligentes ojos de Tuchin le miraban con lástima y compasión. Comprendía que Tuchin deseaba con toda su alma auxiliarlo, pero que nada podía hacer. De todas partes llegaba el rumor de los pasos y las conversaciones de la gente de a pie y de a caballo, que se instalaba por los alrededores. El sonido de las voces, de las herraduras de los caballos que chapoteaban en el fuego, el chisporroteo próximo o lejano de la leña, mezclábanse en un murmullo flotante. Ahora ya no era como antes el río invisible que corría en las tinieblas. Se había convertido en un mar oscuro que se calmaba, tembloroso, después de la tempestad. Rostov miraba y escuchaba sin comprender nada de todo cuanto sucedía ante sí o en torno suyo. Un soldado de infantería se acercó al fuego, se agachó sobre las puntas de los zapatos, bajó las manos sobre las llamas y movió la cara.
– ¿Me permite, Excelencia? – dijo dirigiéndose interrogadoramente a Tuchin -. He perdido la compañía, Excelencia, y no sé dónde está. Ha sido una desgracia.
Con el soldado se acercó un oficial de infantería con una mejilla vendada y, dirigiéndose a Tuchin, le pidió que hiciera retroceder un poco los cañones para dejar paso a los carros de bagaje. Detrás del mando de la compañía corrían dos soldados en dirección al fuego. Se injuriaban y disputaban desesperadamente por arrancarse un zapato de las manos.
– ¡Sí, vaya! ¡Todavía pretenderás ser tú quien lo haya encontrado! ¡Dámelo, ladrón!-gritaba uno de ellos con voz ronca.
Después se acercó un soldado delgado, pálido, que tenía vendado el cuello con unas tiras de tela empapada en sangre. Con irritada voz pidió agua a los artilleros.
– ¿Hemos de morir como perros? – preguntaba.
Tuchin ordenó que le dieran agua. Inmediatamente llegó corriendo un soldado, muy alegre, que pidió fuego para la infantería.
– ¡Fuego para la infantería! ¡Que os vaya bien, buena gente! El fuego que nos dais os lo devolveremos con creces – dijo, llevándose un tizón encendido en medio de la oscuridad.
Después de él pasaron ante el fuego cuatro soldados que llevaban algo pesado en un capote. Uno de ellos tropezó.
– ¡Maldita sea! ¡Han derramado la leña por la carretera! – murmuró uno.
– Si está muerto, ¿por qué lo hemos de llevar? – dijo otro.
– Anda, sigue adelante.
Y desaparecieron los cuatro con su carga en la oscuridad.
– ¿Qué? ¿Le duele? – preguntó Tuchin en voz baja a Rostov.
– Sí.
– Excelencia, que vaya a ver al general. Está aquí, en la isba – dijo un artillero que se acercó a Tuchin.
– Ahora voy, amigo.
Tuchin se levantó y se alejó del fuego, ajustándose la ropa. No lejos de la hoguera de los artilleros, en la isba que había sido habilitada expresamente para Bagration, hallábase el Príncipe ante la cena, hablando con algunos jefes que se habían reunido con él. Hallábase entre ellos el viejo desmedrado de ojos casi cerrados, que roía ávidamente un hueso de carnero; un general, con veintidós años de servicio, irreprochable, colorado por la cena y el aguardiente. El oficial de Estado Mayor se dormía. Jerkov miraba inquieto en torno suyo, y el príncipe Andrés estaba pálido, con los labios apretados y los ojos brillantes de fiebre. En un patio de la isba había una bandera tomada a los franceses, y el auditor, con cara de inocencia, tocaba la tela y movía la cabeza con admiración, quizá porque, en efecto, se interesaba por aquella bandera, o porque le molestaba ver que en la mesa faltaba un cubierto para él. El coronel francés que el dragón había hecho prisionero encontrábase en una isba cercana. Los oficiales rusos se afanaban para verle. El príncipe Bagration dio las gracias a los jefes y les preguntó pormenores de la acción y de las pérdidas sufridas. El jefe del regimiento de Braunn explicaba al Príncipe que en cuanto comenzó la acción retrocedió hacia el bosque, reuniendo allí a los soldados entretenidos en hacer acopio de leña, y con dos batallones se habían lanzado a la bayoneta contra los franceses, consiguiendo dispersarlos.
– Cuando me di cuenta, Excelencia, de que el primer batallón estaba deshecho, me detuve pensando: «Dejaré ahora a éstos y ya encontraré al enemigo cuando la batalla llegue a su punto culminante.» Y esto ha sido todo.
El comandante del regimiento quería haber hecho esto mismo. Le molestaba tanto no haberlo podido hacer que llegó a creerse que había sucedido todo como él decía, y quién sabe si realmente había ocurrido así. ¿Acaso era posible saber, en medio de todo aquel desorden, qué era lo que había ocurrido y lo que no se había hecho?
– También he de hacer notar a Vuestra Excelencia – continuó, recordando la conversación de Dolokhov con Kutuzov y su última entrevista con el degradado – que el soldado degradado, ante mí, ha hecho prisionero a un oficial francés y se ha distinguido muy particularmente.
– En el intermedio, Excelencia, he visto el ataque del regimiento de Pavlogrado – intervino Jerkov mirando en torno suyo con inquietud. En todo aquel día no había visto ni poco ni mucho a los húsares, y únicamente había oído hablar de ellos a un oficial de infantería -. Han aniquilado a dos cuadros, Excelencia.
Algunos sonrieron al oír las palabras de Jerkov, creyendo que bromeaba, como de costumbre, pero al ver que su relato era también glorioso para las armas rusas en aquella jornada, adoptaron una grave expresión a pesar de que muchos de los allí presentes sabían que las explicaciones de Jerkov eran pura fábula. El príncipe Bagration se dirigió al viejo coronel.
– Les doy las gracias a todos, señores. Todas las armas: infantería, artillería, y caballería, se han comportado heroicamente. ¿Cómo han quedado abandonados dos cañones? – preguntó, buscando a alguien con los ojos, y no se refería a los cañones del flanco izquierdo, porque sabía que desde el comienzo de la acción todos aquellos cañones habían sido abandonados -. Creo que ya se lo he preguntado a usted – dijo al oficial de Estado Mayor de servicio.
– Uno de ellos estaba destruido – respondió el oficial de servicio -, y el otro… No puedo comprenderlo. Estuve allí casi todo el tiempo que duró la acción. Di las órdenes y desde que me fui… Cierto es que la refriega era allí muy dura – añadió modestamente.
Alguien dijo que el capitán Tuchin estaba cerca del fuego y se le había ido a buscar.
– Sí, usted estaba allí abajo – dijo el príncipe Bagration al príncipe Andrés.
– Ciertamente. Por poco nos encontramos – dijo el oficial de servicio sonriendo amablemente a Bolkonski.
– No he tenido el placer de verle – replicó fríamente el príncipe Andrés.
Todos callaron. En el umbral de la puerta apareció Tuchin, que asomaba tímidamente tras la espalda de los generales. Al entrar en la estrecha isba, confuso, como siempre que se encontraba ante sus superiores, no se dio cuenta del asta de la bandera y tropezó con ella. Algunos de los que allí estaban se echaron a reír.
– ¿Cómo es que uno de los cañones ha sido abandonado? – preguntó Bagration frunciendo el entrecejo, tanto por el capitán como por los suyos, entre los cuales Jerkov se distinguía por su risa.
Ahora, en presencia de los demás, Tuchin representábase por primera vez todo el horror de su crimen y la vergüenza de haber perdido dos cañones, quedando él con vida. Había estado tan emocionado hasta aquel momento que no había tenido tiempo de pensar en todo aquello. Las risas de los oficiales todavía le turbaron más. Ante Bagration, el labio inferior le temblaba. A duras penas pudo decir:
– No lo sé…, Excelencia… No disponía de bastantes hombres, Excelencia…
– ¿Y no podía usted echar mano de tropas auxiliares?
Tuchin no respondió diciendo que no existían las tales tropas auxiliares, con todo y ser verdad. Diciendo esto temía «comprometer» a algún jefe, y, silencioso, con los ojos inmóviles, contemplaba fijamente a Bagration, del mismo modo que el escolar que no sabe qué contestar mira a los ojos de su examinador.
La pausa fue muy larga. El príncipe Bagration, que visiblemente no deseaba ser severo, no sabía qué decir. Los demás no se atrevían a mezclarse en la conversación. El príncipe Andrés miró a Tuchin de reojo y sus manos se agitaron nerviosamente.
– Excelencia – dijo el príncipe Andrés con su voz seca y quebrando el silencio -, se dignó usted enviarme a la batería del capitán Tuchin. Fui y encontré a las dos terceras partes de los hombres y de los caballos muertos, dos cañones rotos y ninguna tropa auxiliar.
El príncipe Bagration y Tuchin contemplaban con igual fijeza a Bolkonski, que hablaba con modestia y emoción.
– Si me permite, Excelencia, que exprese mi propia opinión – continuó -, diré que la mayor parte del éxito de esta jornada la debemos a esa batería, a la firmeza heroica del capitán Tuchin y a sus hombres.
Y sin esperar respuesta, el príncipe Andrés se levantó y se alejó de la mesa. El príncipe Bagration miró a Tuchin. Veíase claramente que no quería poner en duda el juicio de Bolkonski y que, por otra parte, le era imposible creerlo en absoluto. Inclinó la cabeza y dijo a Tuchin que podía retirarse. El príncipe Andrés salió tras él.
– ¡Ah, gracias, querido! ¡Me ha salvado usted! -le dijo Tuchin.
El príncipe Andrés le miró y se alejó sin pronunciar palabra. Estaba triste y disgustado. Todo aquello era tan distinto y tan extraño de como lo había imaginado…
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