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León Tolstoi
Resurrección
e-artnow, 2021
EAN 4064066443375
Índice
PRIMERA PARTE
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XIX
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV
XXXV
XXXVI
XXXVII
XXXVIII
XXXIX
XL
XLI
XLII
XLIII
XLIV
XLV
XLVI
XLVII
XLVIII
XLIX
L
LI
LII
LIII
LIV
LV
LVI
LVII
LVIII
LIX
SEGUNDA PARTE
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV
XXXV
XXXVI
XXXVII
XXXVIII
XXXIX
XL
XLI
XLII
TERCERA PARTE
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
León Tolstoi
Resurrección
Entonces se le acercó Pedro y le
preguntó: «Señor, ¿cuántas veces
he de perdonar a mi hermano
si peca contra mí? ¿Hasta siete
veces?» Dícele Jesús: «No digo
yo hasta siete veces, sino hasta
setenta veces siete.»
SAN MATEO, 18, 2122.
¿Cómo ves la paja en el ojo de
tu hermano y no ves la viga en
el tuyo?
SAN MATEO, 7, 3.
El que de vosotros esté sin pecado,
arrójele la piedra el primero.
SAN JUAN, 8, 7.
Ningún discípulo está sobre su
maestro; para ser perfecto ha de
ser como su maestro.
SAN LUCAS, 6, 40.
PRIMERA PARTE
Índice
I
Índice
En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales ya los pájaros; la primavera era la primavera, incluso en la ciudad. El sol calentaba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los sitios donde no la habían arrancado, tanto en los céspedes de los jardines como entre las grietas del pavimento; los chopos, los álamos y los cerezos desplegaban sus brillantes y perfumadas hojas; los tilos hinchaban sus botones a punto de abrirse; las chovas, los gorriones y las palomas trabajaban gozosamente en sus nidos, y las moscas, calentadas por el sol, bordoneaban en las paredes. Todo estaba radiante. Únicamente los hombres, los adultos, continuaban atormentándose y tendiéndose trampas mutuamente. Consideraban que no era aquella mañana de primavera, aquella belleza divina del mundo creado para la felicidad de todos los seres vivientes, belleza que predisponía a la paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e importante; lo importante para ellos era imaginar el mayor número posible de medios para convertirse en amos los unos de los otros.
Así, en la oficina de la prisión de una cabeza de partido se consideraba como sagrado e importante no el hecho de que la primavera regocijase y encantase a todos los hombres ya todos los animales, sino el de haber recibido la víspera una hoja timbrada y numerada que contenía la orden de conducir aquel mismo día, 28 de abril, a las nueve de la mañana, al Palacio de Justicia a tres detenidos: dos mujeres y un hombre. Una de esas mujeres, considerada la más culpable, debía ser conducida por separado. Y he aquí que, de conformidad con semejante aviso, el 28 de abril, a las ocho de la mañana, el vigilante jefe entró en el sombrío e infecto corredor del departamento de mujeres. Iba seguido por la vigilanta, mujer de aspecto cansado, de cabellera gris, vestida con una camisola cuyas mangas estaban adornadas de galones y la cintura recamada de azul.
-¿Viene usted a buscar a Maslova? -preguntó, acercándose con el guardián a una de las celdas que daban al corredor.
El vigilante, con un ruido de chatarra, hizo funcionar la cerradura y abrió la puerta, por la que se escapó un aire más nauseabundo aún que el del pasillo.
-¡Maslova! ¡Al tribunal! -gritó.
Luego cerró la puerta y aguardó.
Incluso en el patio de la prisión, el aire que llegaba de los campos era fresco y vivificante. Pero en aquel corredor, la atmósfera se mantenía pesada y malsana, infectada de estiércol, de podredumbre y de brea, lo que hacía que todo recién llegado, desde el mismo momento de su entrada, se pusiera triste y taciturno. La vigilanta lo notó también, por muy acostumbrada que estuviese a aquel aire viciado. Apenas entró en el comedor experimentó una especie de fatiga y somnolencia. .
En la celda común de las presas se oían voces y el ruido de pasos producidos por pies descalzos.
-¡Vamos! ¡Más aprisa! ¡Te digo que te apresures, Maslova! -gritó el vigilante jefe por la rendija de la puerta entornada.
Dos minutos después apareció una mujer joven, bajita, de pecho amplio, vestida con un capotón de tela gris puesto encima de una camisola y de una saya blanca.
Con paso seguro se acercó al vigilante y se detuvo a su lado. Llevaba medias de tela y, como calzado, unos trapos bastos arreglados en la misma cárcel a manera de zapatos; se cubría la cabeza con una pañoleta blanca que coquetamente dejaba escapar los bucles de una abundante cabellera negra. Su rostro tenía esa palidez particular que sigue a un largo enclaustramiento y que recuerda el tinte de las simientes de patatas guardadas en los sótanos. La misma palidez había invadido igualmente sus manos, pequeñas y anchas, y su cuello lleno, que emergía de la gran abertura del capotón , y en aquel color mate del rostro se destacaban unos ojos negros, brillantes y vivos, uno de los cuales bizqueaba ligeramente.
La joven se mantenía erguida, adelantando su amplio busto. Al llegar al corredor levantó la cabeza, miró directamente al vigilante a la cara y se detuvo en una actitud que daba a entender que estaba dispuesta a hacer todo lo que se le mandase. La puerta de la celda iba a cerrarse cuando apareció el rostro pálido, arrugado y severo de una anciana que se puso a hablarle a Maslova. Pero el vigilante rechazó con el batiente de la puerta la cabeza de la presa, que desapareció. Una risa de mujeres resonó en el interior. Maslova sonrió igualmente y se acercó a la mirilla enrejada. Desde el otro lado la vieja le gritó con voz ronca:
-¡Sobre todo, procura no decir demasiado! ¡Repite siempre lo mismo y nada más!
-¡Bah! -dijo Maslova sacudiendo la cabeza-. Me pase lo que me pase, nada podrá ser peor de lo que es. Todo es una misma cosa.
-Desde luego que todo es una cosa, y no dos -dijo el vigilante jefe, convencido de haber hecho un brillante juego de palabras -.¡Vamos, en marcha!
El ojo de la vieja, pegado tras la mirilla de la puerta desapareció y Maslova siguió al guardián con cortos y precipitados pasos. Bajaron la ancha escalera de piedra, pasaron ante las celdas de los hombres, más malolientes aún y más ruidosas que las de las mujeres, y, bajo las miradas de los inquilinos de las celdas, llegaron así a la oficina de la cárcel, donde aguardaban dos soldados con el fusil en bandolera. El escribiente que se encontraba allí dio a uno de los soldados una hoja impregnada de olor a tabaco y dijo, señalando a la detenida:
-Hazte cargo.
El soldado, un campesino de Nijni-Novgorod, de cara marcada por la viruela, se puso el papel en la vuelta de la manga, sonrió y guiñó maliciosamente los ojos a su camarada, un chuvaco de anchos pómulos prominentes. Los soldados y la presa salieron de la oficina y luego franquearon la gran verja de la cárcel.
El grupo caminó por la ciudad por el centro de la calzada. Los cocheros, los tenderos, las cocineras, los obreros y los empleados se detenían, examinando con curiosidad a la presa. Algunos sacudían la cabeza y pensaban: «He ahí adónde lleva una mala conducta, que afortunadamente no se parece a la nuestra.» Los niños miraban con espanto a «aquella criminal», pero se tranquilizaban a la vista de los soldados que la ponían en la imposibilidad de hacer daño. Un campesino que acababa de tomar té en la posada y vendía carbón se acercó a ella, hizo la señal de la cruz y le entregó un copec. La joven enrojeció, bajó la cabeza y murmuró algunas palabras.
Sintiendo miradas fijas en ella, observaba sin volver la cabeza a quienes se quedaban contemplándola al pasar, divertida por verse objeto de tanta atención. Gozaba también de la dulzura del aire primaveral al salir de la atmósfera malsana de la cárcel.
Pero, habiendo perdido la costumbre de caminar, con sus zapatos de trapo se lastimaba al pisar sobre las piedras, esforzándose por no apoyarse demasiado en el suelo. Al pasar ante la tienda de un vendedor de harina en cuyo umbral picoteaban algunas palomas, la presa estuvo a punto de pisar a una de ellas. Ésta levantó el vuelo y, con un batido de alas, casi rozó la oreja de Maslova. Ella sonrió; luego, al recordar su situación lanzó un profundo suspiro.
II
Índice
La historia de la acusada Maslova era de las más triviales.
Maslova era hija natural de una guardiana de ganado en la finca de dos viejas señoritas. Aquella mujer, soltera, traía un niño al mundo cada año. Como sucede ordinariamente, los pobres pequeños, nada más nacer, eran bautizados, y luego no tardaban en morir. La madre en efecto no quería alimentar a aquellos niños venidos sin que ella los pidiese, de los que no tenía necesidad y que la impedían trabajar.
Hasta el número de cinco, todos se habían ido así. El sexto, nacido de un gitano de paso, era una niña, y su suerte habría sido la misma si el azar no hubiese llevado a una de las dos viejas señoritas a entrar en el establo para hacer reproches con motivo de una cierta nata que tenía gusto a vaca. Encontró allí a la parturienta tendida en tierra, con una niña muy hermosa a su lado que no pedía más que vivir. La vieja señorita reprochó a las sirvientas, además de la nata, haber dejado en aquel lugar a una mujer en ese estado. Luego, cuando se disponía a salir, percibió a la niña, se enterneció e incluso expresó el deseo de ser su madrina. Hizo, pues, bautizar a la pequeñuela y, apiadándose de su ahijada, mandó dar a la madre leche y un poco de dinero. Así, la niña pudo vivir.
Tenía tres años cuando su madre cayó enferma y murió , y como su abuela, también guardiana de ganado, no sabía qué hacer de ella, las dos viejas señoritas la acogieron en su casa. Con sus grandes ojos negros, era una niñita extraordinariamente viva y graciosa, y las dos ancianas se divertían viéndola. La más joven, y también la más indulgente, se llamaba Sofía Ivanovna; era la madrina de la niña. La mayor, María Ivanovna, se inclinaba más bien a la severidad. Sofía Ivanovna vestía a la niña, la enseñaba a leer y soñaba con hacer de ella una hija adoptiva. María Ivanovna, por el contrario, pretendía hacer de ella una sirvienta, una complaciente doncella. Partiendo de este principio, se mostraba exigente, daba órdenes a la niña y, en sus accesos de mal humor, incluso llegaba a pegarla. Cuando la niña creció, resultó que, debido a estas dos influencias divergentes, se encontró siendo a medias una doncella y a medias una señorita. Así, le daban un nombre correspondiente a esta situación intermedia: en efecto, no la llamaban ni Katka ni Kategnka, sino Katucha. Ella cosía, arreglaba las habitaciones, limpiaba el icono, servía el café y hacía lavados pequeños. De vez en cuando acompañaba a las señoritas y les leía.
Varias veces la habían solicitado en matrimonio, pero siempre se había negado: mimada por el contacto con la existencia regañona de las dueñas, comprendía cuán difícil le resultaría vivir con un rudo trabajador.
Hasta la edad de dieciocho años había vivido de esta manera. Por aquella época llegó a casa de las viejas señoritas su sobrino, entonces estudiante y rico príncipe además; y Katucha lo había amado, sin osar confesárselo ni a él ni a sí misma. Dos años después, el joven, en camino para la guerra contra los turcos, se detuvo durante cuatro días en casa de sus tías. Pero antes de su partida sedujo a Katucha; en el último instante le deslizó rápidamente un billete de cien rublos y partió. Cinco meses después, la muchacha no podía ya dudar de que estaba en cinta.
A partir de ese momento, todo le pesaba, y su único pensamiento era conjurar la vergüenza que la amenazaba; servía a las ancianas señoritas, pero negligentemente y de mala gana: era algo más fuerte que ella. Se insolentaba con las ancianas y se arrepentía después. Finalmente, ella misma solicitó marcharse y nadie se opuso.
Después que hubo abandonado a sus protectoras, entró como doncella en casa de un comisario de policía rural; pero el comisario, un viejo de más de cincuenta años, se apresuró a hacerle la corte, de forma que no pudo quedarse en casa de él más de tres meses. Como un día se hubiera mostrado más audaz aún, ella lo trató de imbécil y de viejo verde, y él la despidió por su impertinencia. Ya no podía pensar en buscar otro puesto, porque se acercaba el término de su embarazo. Entonces entró en pensión en casa de una viuda que tenía una taberna y era al mismo tiempo comadrona. El parto se realizó sin que tuviese que sufrir demasiado. Pero la comadrona, habiendo tenido que dirigirse al pueblo a asistir a una aldeana, pegó la fiebre puerperal a Katucha. El niño de ésta cayó igualmente enfermo. Hubo que enviarlo a un hospicio, donde murió en presencia de la mujer que lo condujo allí.
Por toda riqueza, Katucha estaba en posesión de ciento veintisiete rublos: veintisiete ganados por ella y cien rublos que le había entregado su seductor. Pero al salir de casa de la comadrona no le quedaban más que seis. El dinero se le derretía en los dedos, bien por culpa de ella, bien sobre todo por culpa de los demás: se lo daba a quien lo quería. Sus dos meses de pensión en casa de la comadrona le habían costado cuarenta rublos; veinticinco se habían empleado para enviar al niño al hospicio; luego, en forma de préstamo y pretextando la compra de una vaca, la comadrona le había sacado cuarenta rublos más; quedaban veinte rublos y Katucha los había gastado sin saber cómo, en adquisiciones inútiles o en regalos; así, cuando estuvo curada, no tenía ya dinero y se encontraba en la obligación de buscar un puesto. Aceptó uno en casa de un guardia forestal, que estaba casado. Pero, lo mismo que el comisario, éste se puso, desde el primer día, a perseguirla con sus asiduidades. A la joven sirvienta le repugnaba, y procuraba defenderse de sus tentativas. Pero su amo la sobrepasaba en experiencia y en astucia y, justamente porque era el amo, podía darle las órdenes que convenían a sus propósitos; habiendo, pues, acechado el momento propicio, consiguió poseerla. Sin embargo, su mujer, que no tardó en saberlo, sorprendió un día a su marido en una habitación hablando a solas con Katucha, y golpeó a esta última en la cara. Se originó entonces una pelea, y esto fue el pretexto para despedir a la sirvienta sin pagarle su salario.
Entonces, Katucha se dirigió a la ciudad, a casa de una tía suya casada con un encuadernador. En otros tiempos, éste había estado en buena situación, pero sus clientes lo habían abandonado; se había entregado a la embriaguez y se gastaba en la taberna todo el dinero que podía procurarse.
Los magros beneficios de un pequeño establecimiento de lavandería explotado por la tía permitían a ésta proveer a la alimentación de sus hijos y al sostenimiento de su borracho marido. Ofreció a Katucha enseñarle su oficio. Pero la existencia de las obreras empleadas en casa de su tía pareció tan penosa a la muchacha, que su sola vista la hizo vacilar y prefirió recurrir a una oficina de colocación y pedir allí un empleo de sirvienta. En efecto, encontró uno en casa de una dama viuda que vivía con sus dos hijos, todavía en el colegio. El mayor era alumno de sexto año, de bigote incipiente, y no llevaba una semana en la casa la bonita criada, cuando él descuidaba sus estudios para hacerle la corte. Pero la madre se dio cuenta y la despidió. No había otro empleo a la vista.
No obstante, Katucha entabló conocimiento un día en la oficina de colocaciones con una dama cuyas carnosas manos estaban sobrecargadas de sortijas y brazaletes. Puesta al corriente de la situación de la joven, la dama le dio su dirección y la invitó a ir a verla, cosa que hizo Katucha. Recibió de la dama la acogida más afable, fue colmada de pastelillos y de vino azucarado y retenida hasta la noche, no sin que, en el intervalo, una doncella portadora de una esquela hubiese sido enviada afuera. Llegada la noche, un hombre de alta estatura, con barba y largos cabellos grises, penetró en la habitación y con ojos brillantes y labios risueños fue a sentarse cerca de Katucha y se puso a examinarla ya bromear con ella. La dama lo llamó un momento a la habitación contigua y algunas palabras llegaron a oídos de Katucha: «Completamente fresca, viene directamente del campo.» A continuación, la dama la hizo venir a ella y le dijo que aquel anciano señor era un escritor que tenía mucho dinero: dependía de ella saber agradarle y, en ese caso, él le daría mucho. En efecto, ella le agradó, y el escritor le dio veinticinco rublos y prometió que vendría a verla con frecuencia. Katucha se dio prisa en gastar el dinero, empleando una parte en pagar la pensión que debía a su tía y el resto en comprarse un vestido, un sombrero y cintas. Al cabo de algunos días recibió un aviso del escritor para una nueva cita; y, como la primera vez, él le dio veinticinco rublos y la animó a instalarse en una habitación amueblada.
Habiéndole alquilado el escritor un apartamento, Katucha conoció allí a un dependiente, muchacho divertido que vivía en una habitación que daba al mismo patio. Habiéndose enamorado de él, fue abandonada por el escritor, a quien le había contado lo que ocurría; y el dependiente no tardó en abandonarla igualmente, aunque le había prometido casarse con ella. Encontraba agradable vivir así, sola, en una habitación amueblada y se proponía continuar; pero la informaron de que eso no le estaba permitido: para obtener la autorización oportuna, si quería vivir de aquella manera, tendría que proveerse en la comisaría de policía de un billete amarillo y someterse al examen médico. Katucha volvió a casa de su tía, y cuando ésta la vio con un vestido a la moda, con un hermoso sombrero y un abrigo, la recibió con respeto y no se atrevió ya a renovarle su proposición de tomarla en su taller; a sus ojos se había elevado ahora a una categoría superior en la sociedad. Por lo demás, la misma Maslova no podía ya pensar en convertirse en lavandera. Provisionalmente, podía desde luego consentir aún en residir en casa de su tía; pero a su piedad se mezclaba un poco de desprecio cuando consideraba la vida de trabajos forzados que llevaban en el taller las lavanderas, pálidas y delgadas en su mayoría, algunas ya roídas por la tuberculosis, agotadas por el lavado y el planchado y sometidas a treinta grados de calor con la ventana abierta en invierno y en verano. Maslova entonces se encontraba completamente sin dinero y en la imposibilidad de hallar un solo protector, y por esta época se encontró en su camino con una alcahueta encargada de recoger muchachas para las casas de tolerancia.
Desde hacía ya mucho tiempo, Maslova había contraído la costumbre de fumar; además se había dedicado a beber, sobre todo al final de sus relaciones con el dependiente. El aguardiente la atraía; en primer lugar porque le encontraba un gusto agradable, pero más aún porque le permitía olvidar todas las miserias del pasado y le daba un aplomo, una superioridad que ella no tenía de otro modo; por el contrario, sin beber, experimentaba fastidio y el sentimiento de su vergüenza. Antes que nada, la alcahueta empezó, pues, invitándola a una comida donde la emborrachó; después de lo cual, le ofreció hacerla entrar en la casa más hermosa y mejor de la ciudad, resaltándole todas las ventajas y todos los privilegios de la existencia que la aguardaba allí. Maslova, por tanto, tenía que elegir; por un lado, la humillación de ser criada y probablemente objeto de las persecuciones de los hombres, con la sola perspectiva de una prostitución clandestina y sin provecho; por el otro, una situación segura y tranquila, una prostitución declarada, muy lucrativa, bajo la protección de la ley. Se decidió, pues, por el segundo partido, que le daba además la ilusión de una especie de venganza contra el príncipe que la había seducido, contra el dependiente y contra todos los hombres a los que tenía motivos para detestar. Sin embargo, había para decidirla una tentación más poderosa; era la promesa hecha por la alcahueta de que tendría libertad para elegir todos los vestidos que le agradaran: de terciopelo, de brocado, de seda, y vestidos de baile que dejan al descubierto los hombros y los brazos. Maslova se vio ya, con el pensamiento, con un vestido de seda, de color amarillo claro; escotado y adornado con vueltas de terciopelo negro; entonces, no pudo resistir y firmó su compromiso. Inmediatamente fue pedido un coche y la alcahueta condujo a Maslova a una casa conocida y bien reputada en toda la ciudad: la casa de la señora Kitaieva. Aquel día marcó para Maslova el principio de una existencia que consiste en violar sin descanso las leyes divinas y humanas, esa vida a la que actualmente están condenadas centenares de miles de mujeres, no solamente con la autorización del poder legal, cuidadoso del bienestar de sus administrados, sino bajo su protección efectiva: vida degradada, monstruosa, que tiene por consecuencia, en nueve de cada diez casos, la decrepitud y la muerte prematura, después de horribles sufrimientos.
Por la mañana, luego durante la mayor parte del día, es un sueño pesado, después de las orgías nocturnas. Hacia las tres o las cuatro de la tarde, un despertar extenuado, entre sábanas llenas de manchas; tomas, a sorbos, de café y de agua de Seltz; luego, en camisa, en peinador, en camisola, vagar ociosamente por las habitaciones, echando de cuando en cuando alguna mirada hacia la calle, por la ventana con las cortinas corridas; luego, aburridas, las mujeres se querellan; hay que lavarse, maquillarse el rostro, comprimir hasta el ahogo el cuerpo en un corsé, elegir un nuevo vestido y disputar para eso con la patrona, estudiar ante el espejo posturas sugestivas, cubrirse las mejillas de colorete y pintarse las cejas con khol, ingerir comidas grasas y almibaradas, endosarse un vestido de seda bajo el cual el cuerpo está medio desnudo, bajar a un salón donde los adornos chispean a las luces y, por último, recibir a los clientes: música, bailes, bombones, vino, tabaco. Después de eso, el comercio carnal con hombres jóvenes o maduros, adolescentes y viejos que renquean; solteros y casados; comerciantes, dependientes, armenios, judíos y tártaros; ricos y pobres; hombres sanos y enfermos; borrachos y sobrios; brutos y mundanos; soldados, funcionarios, estudiantes, colegiales; con gente de todas las clases, de todas las edades, de todos los temperamentos. Gritos, burlas y risas, y música, y tabaco, y vino, y otra vez vino y tabaco, y otra vez música, y así desde el crepúsculo al amanecer, y solamente llegada la mañana, la liberación y el sueño pesado , y todos los días así, desde el comienzo al final de la semana. Luego, al cabo de cada semana, la visita impuesta por la ley a la comisaría de policía. Los médicos y los funcionarios presentes se muestran un día graves y rudos, otro día su distracción consiste en humillar el pudor natural que debería proteger tanto a las criaturas humanas como a las bestias. Es la inspección de las mujeres, devueltas con licencia de continuar, durante toda la semana, que va a seguir cometiendo los crímenes de lesa humanidad realizados con sus cómplices la semana anterior. Y así todos los días, los laborables como los festivos, en verano como en invierno.
Durante siete años, Maslova vivió esta vida. Con el intervalo de una estancia en un hospital, cambió dos veces de casa. Tenía veintiséis años cuando se produjo el acontecimiento por el cual la habían detenido y que la llevaba, en prisión preventiva ya desde hacía seis meses, ante el tribunal de la Audiencia.
III
Índice
En el mismo momento en que Maslova, fatigada por una larga marcha, se acercaba con sus guardas a los edificios del tribunal, el sobrino de sus antiguas amas, el príncipe Dmitri Ivanovitch Nejludov, su seductor de antaño, estaba aún acostado sobre el blando colchón de plumas, en su gran cama de muelles. Vestido con un camisón de dormir de tela de Holanda, con una pechera finamente plisada, fumaba un cigarrillo y, con los ojos en el vacío, reflexionaba sobre lo que había hecho la víspera y sobre lo que tendría que hacer aquel día.
Recordó que la víspera había pasado la velada en casa de los Kortchaguin. Eran gentes muy ricas, muy honorables y, según opinión general, él debía casarse con su hija. Al recordar esto, suspiró; luego tiró su cigarrillo y alargó el brazo para coger otro de una pitillera de plata. Pero bruscamente cambió de idea y se decidió a incorporar su pesado cuerpo para echar fuera de la cama sus blancos y lisos pies y calzarlos con pantuflas. Recubrió seguidamente sus anchos hombros con un peinador de seda y, con paso pesado pero vivo, abandonó su alcoba para pasar al lado, a un gabinete de tocador impregnado de olor a elixires, agua de Colonia y perfumes. En varios sitios, sus dientes estaban rellenos o sujetos con plomo: empezó por cepillárselos con cuidado, con un polvo especial, y en seguida se los enjuagó con un agua perfumada; luego, con un jabón oloroso, se lavó las manos en un lavabo de mármol y puso gran cuidado en limpiar y pulir sus uñas, que conservaba muy largas. Terminado esto, abrió del todo el grifo del lavabo y se lavó la cara, las orejas y el cuello. En una tercera pieza, adonde pasó seguidamente, había instalado un aparato de duchas, cuyo surtidor de agua fría accionó a fin de refrescarse su musculoso y blanco cuerpo, ya pesado por la grasa. Se secó con un trapo-esponja, se puso ropa blanca bien planchada, se calzó sus botines brillantes como espejos, se sentó delante de la luna del tocador y, sirviéndose de un doble juego de cepillos, se peinó primero los bucles de su corta barba negra, y luego los cabellos, que ya le clareaban en la coronilla.
Para su vestimenta no empleaba nunca nada -ropa blanca, trajes, calzados, corbatas, alfileres, pasadores- que no fuese a la vez de primera calidad, simple y poco llamativo, pero sólido y caro.
Habiendo cogido, entre una docena de corbatas y otros tantos alfileres, los que le vinieron más a mano (en otros tiempos le habría divertido elegir, pero ya hoy esto no le decía nada), Nejludov se puso el traje que encontró cepillado y preparado sobre una silla y, aunque incompletamente refrescado, pero limpio y perfumado, entró en el largo comedor cuyo entarimado había sido encerado la víspera por tres mujiks. Este comedor estaba amueblado con un enorme aparador de roble y una mesa extensible, igualmente de roble, con las patas esculpidas en forma de garras de león y ampliamente separadas, lo que daba a aquel mueble un aspecto imponente. La mesa estaba recubierta por un mantel fino, y sobre ella había una cafetera de plata llena de oloroso café, un azucarero también de plata, una ponchera llena de nata, y panecillos frescos, así como bizcochos, en una cestilla. El correo de la mañana había sido colocado cerca de! cubierto: cartas, periódicos y un ejemplar de la Revue Jes Deux Mondes. Cuando Nejludov iba a abrir las cartas, la puerta que daba acceso al corredor se abrió para dar paso a una mujer alta, ya de edad, vestida de negro y tocada con una pañoleta de encajes. Era Agrafena Petrovna, doncella de la difunta princesa, la madre de Nejludov, ésta muerta recientemente en la misma casa. La doncella de la madre ejercía ahora con el hijo las funciones de ama de llaves.
Durante un período de diez años, Agrafena Petrovna había hecho, con la madre de Nejludov, estancias prolongadas en el extranjero, y esto le había dado el porte y los modales de una dama. Estaba desde su infancia en la casa de los Nejludov, y así había conocido a Dmitri Ivanovitch cuando éste era solamente «Mitegnka».
-Buenos días, Dmitri Ivanovitch -dijo ella.
-Buenos días, Agrafena Petrovna. ¿Qué hay de nuevo? —preguntó Nejludov.
-Es una carta de la princesa -respondió ella -.No sé si es de la señora o de la señorita. La doncella de los Kortchaguin la ha traído hace ya bastante tiempo y espera en mi habitación.
Y tendiendo la misiva, Agrafena Petrovna sonrió significativa.
Nejludov cogió la carta y respondió: -Está bien; que espere un momento.
Pero al mismo tiempo había visto la sonrisa de Agrafena Petrovna y se había ensombrecido, a causa del significado de aquella sonrisa: evidentemente, Agrafena Petrovna no ignoraba que la carta procedía de la joven princesa Kortchaguin, con quien, probablemente, iba a casarse su amo , y esta suposición le resultaba desagradable a Nejludov.
-Entonces -dijo Agrafena Petrovna -, voy a avisar a la doncella que siga esperando.
Previamente volvió a colocar en el sitio que le estaba asignado un cepillo de mesa que alguien había movido y abandonó la estancia.
Nejludov abrió el sobre perfumado entregado por Agrafena Petrovna; la carta que abrió estaba escrita sobre un papel gris y grueso, con una letra suelta de rasgos puntiagudos. Y leyó:
«Habiéndome encargado voluntariamente de recordarle las cosas, le traigo a la memoria que hoy, 28 de abril, debe usted formar parte de! jurado en el tribunal de la Audiencia y que por consiguiente no le será posible en absoluto acompañarnos, con Kolossov, a visitar la galería de cuadros, según la promesa hecha por usted ayer con su habitual falta de reflexión; à moins que vous ne soyez disposé à payer a la cour d'assises les 300 roubles d'amende que vous vous refusez pour votre cheval. Pensé en esto ayer, inmediatamente después que se marchó. ¡Piense usted ahora por su parte!
»Princesa M. Kortchaguin.»
La otra página llevaba escrito:
«Maman vous fait dire que votre couvert vous attendra jusqu'à la nuit. Venez absolument à quelle heure que ce soit.
»M.K.»
Nejludov, fruncidas las cejas, vio en este billete una nueva tentativa de la campaña iniciada hacía justamente dos meses por la princesa, con la intención de encerrarlo en lazos cada vez menos fáciles de romper. Por diversas razones, independientes de ese estado de espíritu que hace vacilar, en el umbral del casamiento, a los hombres de edad madura acostumbrados al celibato, y, por otra parte, medianamente enamorado, no pensa.ba apenas en declararse en aquellos momentos, aunque estuviera decidido a casarse. El motivo que se lo impedía no tenía nada que ver en absoluto con la seducción y el abandono, sobrevenidos diez años antes, de Katucha por Nejludov; esto él lo había olvidado totalmente y no tenía por qué encontrar en ello un obstáculo para su casamiento. El motivo era, pues, completamente distinto y consistía en relaciones mantenidas con una mujer casada y que ésta no quería en modo alguno romper, aunque él se hubiese decidido recientemente a hacerlo.
Nejludov era muy tímido con las mujeres, y esta misma timidez había incitado precisamente a la dama en cuestión a plegarlo bajo su yugo. Estaba casada con un mariscal de la nobleza del distrito en el que Nejludov participara en las elecciones. Nejludov se había sentido arrastrado poco a poco aun amorío, que por días resultaba más envolvente y, al mismo tiempo, más penoso. Al principio no había podido resistir a la seducción; pero luego se reconocía culpable para con su amante, Sin por eso resolverse a romper contra la voluntad de ella los vínculos existentes. He ahí por qué Nejludov creía no poder declararse a la señorita Kortchaguin, ni siquiera aunque él lo hubiese querido.
Justamente en el correo del príncipe había una carta del marido de su amante. Al reconocer la letra y el sello, enrojeció y se sintió fustigado por una oleada de energía, como ocurre a la aproximación de un peligro. Pero, una vez que hubo abierto la carta, recuperó su calma. El mariscal de la nobleza del distrito donde se encontraban las principales propiedades de Nejludov escribía al príncipe para informarlo de que a finales de mayo se iba a inaugurar una sesión extraordinaria del Consejo general, y le rogaba que acudiese sin falta a fin de «echarle una mano»; se debía, en efecto, deliberar allí sobre dos cuestiones de gran importancia: la de las escuelas y la de los caminos vecinales, destinadas las dos a levantar, por parte de los reaccionarios, una violenta oposición.
Este mariscal de la nobleza, liberal él mismo, luchaba, con el apoyo de algunos otros liberales del mismo matiz, contra la reacción que se había producido bajo Alejandro III; dedicado enteramente a esa tarea, no encontraba ya tiempo para darse cuenta de que lo engañaba su mujer
A propósito de esto, Nejludov repasó en su memoria las angustias que ya lo habían asaltado varias veces, como por ejemplo aquel día en que había creído que todo estaba descubierto, y el duelo que juzgaba inevitable con aquel marido, aunque él se proponía tirar al aire; luego, una escena terrible con su amante: ésta, en un acceso de desesperación, corriendo para ahogarse en el estanque del parque, y cómo él la buscó.
Y pensó: «No puedo ir allí en estos momentos ni puedo hacer nada mientras no haya recibido su respuesta.» En efecto, ocho días antes había escrito a la dama una carta categórica en la que reconocía su falta y se declaraba dispuesto a todo para redimirla, pero insistía al final en la necesidad, por interés de ella misma, de romper para siempre sus relaciones. Y la respuesta a aquella carta no llegaba, lo que, sin embargo, era para él un buen augurio. Porque si, en efecto, ella estuviese resuelta a no romper, habría respondido hace ya tiempo, mejor aún, habría acudido ella misma, como ya lo había hecho otras veces. Nejludov se había enterado de que cierto oficial le hacía la corte y, aunque experimentaba un sufrimiento causado por los celos, se alegraba por la esperanza de haberse liberado de una mentira que le pesaba.
En su correo, Nejludov encontró una segunda carta que le llegaba del intendente principal de sus bienes. Éste insistía en que el príncipe se dirigiese a su finca, a fin de ver confirmar allí los derechos sucesorios que tenía de su madre y para decidir al mismo tiempo el tipo de gerencia que quería aplicar en lo sucesivo a sus bienes. La cuestión se planteaba de dos modos: ¿se debía continuar administrando aquellos bienes como se había en vida de la princesa difunta? O bien, siguiendo los consejos dados antaño por el intendente a la princesa y renovados al joven príncipe, ¿no convendría más aumentar el inventario y cultivar directamente las tierras que se habían arrendado a los campesinos? En este último caso, el rendimiento de la explotación sería superior. El intendente se excusaba además, del ligero retraso sufrido en el envío al príncipe de una suma de tres mil rublos de renta la cual le sería expedida por el próximo correo. La, culpa era de los colonos, tan poco escrupulosos en la ejecución de sus pagos, que el intendente había tenido que pasar lo suyo para conseguir recaudar aquel dinero, y con algunos incluso había tenido que recurrir a la fuerza. Esta misiva le resultó a Nejludov a la vez agradable y desagradable. Le complacía verse a la cabeza de una fortuna mas considerable que en el pasado; pero se acordaba, por otra parte, de que en los tiempos de su primera juventud, partidano entusiasta de las teorías sociologistas de Spencer, y siendo él mismo gran terrateniente, había quedado impresionado tras la lectura de Social statics, por su situación y por el hecho de que la equidad no admite la propiedad rústica individual. Con la franqueza y la decisión de la juventud, no solamente había dicho entonces que la tierra no puede ser objeto de una propiedad privada; no solo había escrito a la universidad un estudio sobre este tema, sino que además había distribuido realmente entre los mujiks la parcela de terreno que su padre le había dejado, no queriendo poseer esa tierra en contra de sus convicciones. Ahora que había heredado de su madre grandes propiedades, debía: o bien renunciar a su tierra, como lo había hecho diez años antes respecto a las doscientas deciatinas de la tierra de su padre, o bien considerar como erróneas sus antiguas teorías sobre esta cuestión.
El primero de estos dos partidos era de hecho inaceptable, ya que las rentas de sus propiedades constituían sus únicos medios de vida. No se sentía con valor para volver a entrar en el ejército; y la costumbre de una vida de ocio y de lujo no era cosa que le pudiera hacer pensar en renunciar: sacrificio que sin duda por otra parte sería inútil, ya que Nejludov no se sentía ni con la fuerte convicción ni con el amor propio y el deseo de asombrar que había tenido en su juventud. En cuanto al segundo partido, consistente en olvidar la argumentación clara y bien trabada que prueba la ilegitimidad de la posesión individual de la tierra, argumentación que había extraído del Social statics de Spencer y cuya brillante confirmación había encontrado posteriormente en las obras de Henry George, no podía ya adoptarlo.
Por eso la carta de su intendente le resultaba desagradable.
IV
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Habiendo acabado de tomar su café, Nejludov pasó a su despacho para asegurarse, por la citación oficial, de la hora en que debía presentarse en el Palacio de Justicia y para responder a la princesa. Para dirigirse a ese gabinete atravesó su estudio, donde, sobre un caballete, se alzaba un cuadro empezado, en tanto que diversos bosquejos colgaban de las paredes. Desde hacía dos años trabajaba en aquel cuadro sin conseguir acabarlo nunca; viéndolo, así como todos aquellos bosquejos y el estudio entero, experimentó más fuertemente que nunca la sensación de su incapacidad para progresar en la pintura y se convenció de que carecía de talento. En verdad, esta sensación podía provenir de una delicadeza exagerada de su gusto artístico; con todo, la comprobación le resultó desagradable.
Siete años antes había abandonado el ejército porque se había descubierto talento de pintor, y desde lo alto de su carrera artística había considerado con desdén todas las demás ocupaciones. Ahora se daba cuenta de que ya no tenía derecho para proceder así. Incluso el solo recuerdo de sus tentativas de artista le resultaba desagradable. Estaba, pues, en un estado de espíritu más bien melancólico cuando penetró en su inmenso despacho, tan adornado y cómodo como era posible.
Se acercó a una enorme mesa de escritorio provista de cajones etiquetados y abrió el que llevaba la indicación Urgente, donde encontró en seguida la citación que buscaba. Se le informaba en ella que debería encontrarse a las once en el Palacio de Justicia. Nejludov se sentó y empezó su carta dando las gracias a la princesa por su invitación y diciéndole que trataría de llegar para la cena. Pero rompió el billete que acababa de escribir, encontrándolo demasiado íntimo. Escribió otro; lo halló demasiado frío, casi descortés, y lo rompió igualmente. Llamó, y un lacayo, hombre de edad, de aspecto grave, mentón rasurado y patillas, con un delantal de indiana gris, se presentó en la habitación.
-Haga venir un coche, por favor.
-A sus órdenes.
-y diga a la enviada de los Kortchaguin que está bien, que doy las gracias y que haré todo lo posible por ir.
-A sus órdenes.
Nejludov pensó: «No es lo más educado, pero no puedo decidirme a escribir. Por lo demás, hoy la veré.»
Seguidamente se vistió y salió a la escalinata. En la calle lo esperaba ya un elegante coche, el que utilizaba de costumbre, con ruedas de caucho.
-Anoche -le dijo el cochero, volviendo a medias su moreno y poderoso cuello, embutido en el blanco cuello de su camisa -llegué a casa del príncipe Kortchaguin cuando usted acababa de salir. El portero me dijo: «Se acaba de marchar.»
Nejludov pensó: «¡Hasta los cocheros están enterados de mis relaciones con los Kortchaguin!» y de nuevo afrontó la cuestión de casarse o no con la joven princesa. Y, como en la mayoría de las cuestiones que se le planteaban en aquellos momentos, seguía sin conseguir resolver ésta en un sentido o en otro.
El casamiento, desde un punto de vista general, se presentaba con dos bazas favorables. Primeramente, además de la calma del hogar doméstico, había la posibilidad de una vida honesta que suprimiría los inconvenientes de una vida sexual irregular; por otra parte, y éste era un punto importante, Nejludov tenía la esperanza de dar, con una familia e hijos, un sentido a su vida, ahora sin objeto. Por el contrario, reacio al matrimonio en general, había en él ese tipo de temor profesado por los solteros de una cierta edad, relativo a la pérdida de su libertad, y también el miedo irrazonable que inspira siempre el misterio de la naturaleza femenina.
Favorable en el caso particular del casamiento con Missy (como ocurre en todas las familias de la alta sociedad, Missy era el sobrenombre usado en la intimidad por la joven princesa Kortchaguin: su verdadero nombre de pila era María), el argumento perentorio se basaba en la excelente familia a la que pertenecía la muchacha y también en que, en todas partes, en sus vestidos su manera de hablar, de caminar, de reír, se diferenciaba del común de las mujeres, no por una virtud particular, sino por su «distinción». Él tenía esta cualidad en alta estima y no encontraba otra palabra para definirla. Segundo argumento: la joven princesa lo apreciaba más que nadie y, consiguientemente, según él, ella lo comprendía mejor; ahora bien, por el hecho de que ella lo comprendiera y por tanto reconociese sus brillantes cualidades, Nejludov sacaba la conclusión de que ella era inteligente y de juicio acertado. Pero esto no impedía que hubiese, contra d casamiento con Missy en particular, argumentos igualmente sólidos: primero, no era imposible que Nejludov conociese a una muchacha que tuviese más cualidades aún que Missy y que, por tanto, fuera más digna de él; en segundo lugar, puesto que ella tenía veintisiete años, sin duda había querido a otros hombres, y Nejludov encontraba en este pensamiento motivo para atormentarse. Que en el pasado ella hubiese querido a alguien que no fuera él, era una cosa inadmisible para su vanidad. En buena lógica, ¿cómo habría podido exigir de ella el presentimiento de que un día lo encontraría en la vida? y sin embargo, consideraba como una ofensa que ella hubiese podido amar a otro hombre antes que a él.
Así los argumentos adversos eran de fuerza igual; y Nejludov, riéndose de sí mismo, se comparaba sin molestia con el asno de Buridán. Pero le era preciso resignarse a hacer como el asno, puesto que no sabía hacia cuál de los dos haces de heno dirigirse.
«Por lo demás -pensó-, antes de poder comprometerme, me haría falta haber recibido la respuesta de la mujer del mariscal de la nobleza y que no se interpusiese ya este asunto.
Así, le resultó agradable verse obligado a retrasar su decisión.
Y mientras su coche corría silenciosamente sobre el asfalto, en el patio del Palacio de Justicia se dijo aún: «Pensaré en todo eso más tarde. Lo que me importa ahora es cumplir un deber social, poniendo en eso el mismo cuidado que en todo lo que hago. Estas sesiones, a la larga, son frecuentemente muy interesantes.»
Y, pasando ante el portero, entró en el vestíbulo del tribunal.
V
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Cuando Nejludov entro en el Palacio de Justicia, los corredores ofrecían ya una gran animación.
Corrían guardias, portadores de papelotes; los ujieres, los abogados y los procuradores se paseaban de arriba abajo; los demandantes y los procesados en libertad se pegaban humildemente a las paredes o aguardaban sentados en los bancos.
-¿El tribunal? -preguntó Nejludov a un guardián. -¿Qué tribunal? ¿Es la sala de lo civil o la sala de lo criminal?
-Soy jurado.
-Entonces, es la sala de lo criminal. Es lo primero que tenía que haber dicho. Vaya a la derecha y luego a la izquierda, segunda puerta.
Nejludov siguió las indicaciones.
Ante la puerta designada había dos hombres en pie, conversando. Uno de ellos, un grueso comerciante, se había preparado sin duda para su tarea bebiendo y comiendo copiosamente, porque parecía estar en una disposición de ánimo de lo más gozoso; el segundo era un dependiente de origen judío.
Los dos estaban hablando de la cotización de las lanas; Nejludov se acercó y les preguntó si era efectivamente allí el lugar de reunión de los jurados.
-Aquí, caballero, aquí, desde luego. ¿Un jurado también, sin duda, uno de nuestros colegas? -añadió el buen comerciante con una sonrisa y un regocijado guiño de los ojos -. Pues bien, vamos a trabajar juntos -continuó en cuanto Nejludov hubo respondido de manera afirmativa, y añadió Baklachov, del segundo gremio tendiendo su ancha mano al príncipe
-.¿Y a quién tengo el gusto de hablar?
Nejludov dijo su nombre y pasó a la sala del jurado. En aquella salita se habían reunido unos diez hombres de todas las condiciones. Acababan de llegar, y unos estaban sentados en tanto que los otros paseaban de arriba abajo. Se examinaban mutuamente y entablaban conocimiento. Se veía allí a un coronel retirado, vestido con su uniforme; otros miembros del jurado iban con redingote o chaqueta; sólo uno tenía una blusa de mujik. Algunos de ellos habían tenido que abandonar sus asuntos para cumplir con su deber de jurados y se quejaban de ello en voz alta, lo que, por otra parte, no impedía leer en sus rostros una satisfacción mezclada de orgullo y la conciencia que tenían de cumplir un gran deber social.
Después de examinarse previamente, los jurados habían formado grupos, sin ligazón más completa. Se hablaba del tiempo, de la primavera precoz, de los asuntos escritos en el registro de los pleitos. Muchos de entre ellos mostraban un gran interés en entablar conocimiento con el príncipe Nejludov, cuya presencia en medio de aquella asamblea constituía evidentemente, a los ojos de aquéllos, un honor excepcional, y Nejludov, como le pasaba siempre en circunstancias parecidas, encontraba eso natural y legítimo. Si le hubiesen preguntado qué razón podría invocar que justificase su superioridad sobre el común de los hombres, se habría visto muy apurado para responder: su vida, durante estos últimos tiempos sobre todo, no había tenido nada de muy meritorio. A decir verdad, sabía hablar fluidamente el inglés, el francés y el alemán; su ropa blanca, sus trajes, sus corbatas y sus pasadores procedían siempre de los primeros proveedores; pero, incluso a sus propios ojos, eso no podía constituir la prueba evidente de una superioridad manifiesta. Y sin embargo, tenía el convencimiento profundo de esta superioridad; consideraba todos los homenajes recibidos como cosa que se le debía, y habría tenido como afrenta no recibirlos. Justamente una afrenta de este tipo le aguardaba en la sala de los jurados. Entre éstos se encontraba un tal Peter Guerassimovitch (Nejludov nunca había sabido su nombre de familia y poco le importaba), al que conocía porque aquel hombre había sido en otros tiempos preceptor de los hijos de su hermana. Después, había terminado sus estudios y actualmente era profesor en el liceo. Nejludov lo había encontrado siempre insoportable, a causa de su familiaridad, de su risa llena de suficiencia y sobre todo de su «vulgaridad», según la palabra empleada por la hermana de Nejludov.
-¡Ah, también la suerte lo ha designado a usted! -dijo el otro, avanzando hacia él con una risa espesa
-¿Y no se ha hecho usted dispensar?
-Nunca he pensado en obtener una dispensa -replicó secamente Nejludov.
-¡Ah...! Es verdaderamente un hermoso rasgo de valor cívico. Pero ya verá usted el hambre que va a pasar sin tener tampoco la posibilidad de dormir -replicó el profesor acentuando su risa.
«He aquí- pensó Nejludov -un hijo de pope que pronto me va a tutear.» y le dio a su rostro una expresión tan sombría como si acabara de enterarse de la muerte de todos sus parientes; tras lo cual volvió la espalda a Peter Guerassimovitch y se dirigió hacia un grupo formado alrededor de un personaje de alta estatura, rasurado, de lo más representativo, y que peroraba con animación. Este personaje refería un proceso que se juzgaba actualmente en la sala de lo civil, y hablaba de él como si conociese todos los entresijos del asunto, designando por sus nombres de pila a jueces y abogados. Se empeñaba particularmente en demostrar la dirección maravillosa dada a los debates por un abogado famoso, tanto que la parte contraria, una anciana señora, perdería su causa con toda seguridad, aun teniendo cien veces razón.
-¡Un abogado de genio! -exclamó.
Se le escuchaba con respeto, y algunos jurados que trataban de decir algo se veían interrumpidos en seguida, ya que sólo él tenía la pretensión de saber con certeza lo que se ventilaba.
Aunque había llegado con retraso al Palacio de Justicia, Nejludov tuvo que resignarse a una espera prolongada en la sala del jurado. Se aguardaba, para abrir la vista, la llegada de uno de los miembros del tribunal que faltaba.
VI
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El presidente del tribunal de la Audiencia, por su parte, había llegado muy temprano al Palacio. Era un hombre alto y grueso que llevaba largas patillas grisáceas. Aun que estaba casado, hacía una vida muy disipada, y su mujer obraba de igual manera: el principio de ambos era no molestarse el uno al otro. Ahora bien, aquella misma mañana, el presidente había recibido de un aya suiza que en tiempos había vivido en casa de él un billete en el que le daba cuenta de que pasaba por la ciudad para dirigirse a Petersburgo, y que lo esperaría en el hotel de Italia, entre las tres y las seis horas de la tarde. Se comprenderá la prisa del "residente en querer empezar la vista del día y, sobre todo, terminarla, para poder reunirse antes de las seis con la pelirroja Clara Vassilievna, con la que el verano precedente había esbozado una novela.
Nada más entrar en su despacho, echó el cerrojo a la puerta, cogió dos pesas de un cajón de su armario y ejecutó veinte movimientos hacia arriba, hacia abajo, al frente, detrás y de costado; hecho esto tres veces, flexionó las rodillas con agilidad, elevando las pesas por encima de la cabeza.
«La hidroterapia y la gimnasia; no hay nada como eso para dar agilidad», pensaba, pellizcándose los prominentes bíceps del brazo derecho con la mano izquierda, en la que brillaba un anillo de oro. Se disponía además a hacer el molinete, ya que siempre se preparaba para las vistas largas con este doble ejercicio, cuando la puerta se movió bajo el empuje de una mano que intentaba abrirla. A toda prisa, el presidente hizo desaparecer sus pesas y abrió la puerta.
-Excúseme -murmuró.
Uno de los jueces del tribunal, hombre bajito de hombros angulosos, de cara triste y que llevaba gafas con montura de oro, entró en el despacho.
-¿También hoy se ha retrasado Matvei Nikititch? —dijo el juez con aire descontento.
-Desde luego -dijo el presidente, poniéndose su uniforme-. Siempre se atrasa.
-Es de una frescura inaudita-dijo el otro, quien se sentó y cogió un cigarrillo.
Este juez era, por su parte, de una escrupulosa exactitud. Por la mañana había tenido con su mujer una escena muy desagradable, a causa de que ella había gastado demasiado rápidamente el dinero que él le había entregado para el mes. Él le había negado un anticipo que ella le pedía, y así se había formado la escena. La mujer había declarado entonces que suprimiría la cena y que por tanto que no contase con cenar en casa. Seguidamente él se había marchado y, sabiendo que su mujer era capaz de todo, temía que llegase a ejecutar su amenaza. «¿Qué ventaja tiene vivir de una manera honrada e irreprochable?», pensaba, mirando al grueso presidente, rebosante de salud y de buen humor, quien, con los codos separados, alisaba con sus hermosas y blancas manos los abundantes y sedosos pelos de sus grandes patillas y los extendía a continuación por los dos lados de su galoneado cuello. «Éste está siempre contento y satisfecho. Yo, por el contrario, no tengo más que disgustos.»
En aquel momento, el escribano vino a traerle al presidente los papeles que éste había pedido.
El presidente encendió también un cigarrillo.
-Gracias -dijo -.Bueno, ¿por qué asunto vamos a empezar?
-Pues por el envenenamiento -respondió el escribano con semblante de indiferencia.
-Está bien; sea entonces el envenenamiento -replicó el presidente, calculando que aquel asunto bastante simple estaría acabado a eso de las cuatro y que así podría marcharse.
-¿Todavía no ha llegado Matvei Nikititch? -preguntó.
-Todavía no.
¿Y Breve?
-Está ahí.
-Dígale, si lo ve, que empezaremos por el envenenamiento En aquella temporada judicial, Breve era el fiscal interino encargado de sostener la acusación.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzó con él por el encargado de sostener la acusación.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzó con él por el corredor. La cabeza echada hacia delante, el uniforme desabrochado, su cartera bajo la axila, el fiscal marchaba a grandes zancadas, casi corriendo, haciendo sonar sus tacones y gesticulando con el brazo.
-Mijail Petrovitch pregunta si está usted preparado —le dijo el escribano.
-Desde luego. Siempre estoy preparado. ¿Por qué se empieza?
-El envenenamiento.
-Perfectamente-respondió el fiscal.
En realidad, era menos perfecto de lo quería dar a entender: una parte de la noche se la había pasado juzgado a las cartas en el café con algunos jóvenes; luego, despedida de un camarada y libaciones numerosas; habían jugado hasta las dos de la madrugada, tras de lo cual habían ido a ver mujeres, justamente en la casa donde, seis meses antes, vivía Maslova. Así, el joven fiscal ni siquiera había tenido tiempo para echar un vistazo al sumario de aquel caso de envenenamiento que se iba a juzgar. El escribano no lo ignoraba; precisamente por eso le había sugerido al presidente empezar por aquel asunto del que el fiscal no había estudiado aún una palabra. El escribano era liberal, casi podría decirse un radical. Breve, por el contrario, era conservador, ortodoxo lleno de celo, como buen funcionario alemán que ejercía en Rusia. Además de que le tenía antipatía y envidiaba su puesto, el escribano lo detestaba personalmente.
-¿Y el asunto de los Skoptsy? -preguntó el escribano.
-Es imposible faltando los testigos -replicó el fiscal-. Así lo he declarado y lo confirmaré en el tribunal.
-¿Qué importancia: tiene eso?
-Imposible -reiteró Breve. Y corrió a su despacho agitando el brazo.
No era tanto la ausencia de algunos testigos insignificantes lo que lo impulsaba a diferir aquel asunto de los Skoptsy como su suposición de que, juzgado en una gran ciudad y por jurados pertenecientes en su mayor parte a clases instruidas, terminaría sin duda con una absolución. De acuerdo con el presidente, preferiría que esa causa fuera trasladada a la audiencia de una cabeza de partido; habría así más posibilidades de obtener una condena por parte de un jurado compuesto casi exclusivamente de campesinos.
Sin embargo, la animación aumentaba en el corredor. La concurrencia se amontonaba sobre todo ante la sala del tribunal de lo civil, donde se celebraba la vista del caso del que había hablado, en medio de los jurados, el personaje representativo, aficionado a los procesos «interesantes».
Durante una interrupción se había visto salir de la sala a aquella anciana señora a la que el «genial abogado» había sabido desposeer de todos sus bienes, en provecho de un hombre de negocios que no tenía a ellos el menor derecho; esto lo sabía los jueces y, mejor aún, el demandante abogado. Pero los argumentos de este último eran tan sutiles que resultaba imposible no despojar a la anciana señora de sus bienes para dárselos al hombre de negocios. La pleiteante era una mujer fuerte, envuelta en un vestido nuevo, con grandes flores en el sombrero. Al salir al corredor se detuvo y agitó sus cortas y gordezuelas manos, repitiendo a su abogado;
-¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Se lo suplico! Dígame lo que hay.
El abogado miraba las flores del sombrero, no escuchaba y reflexionaba, el espíritu en otra parte.
Detrás de la anciana señora salió de la sala de audiencia el abogado famoso que había sabido arreglar las cosas de forma que la mujer de las flores quedase tan bien expoliada, en tanto que el hombre de negocios, del que había recibido diez mil rublos, obtuvo de aquello más de cien mil. Pasó rápidamente con aire satisfecho, bombeando su reluciente pechera en la ancha escotadura de su chaleco. Todos los ojos se volvieron hacia él y, ante esas miradas, todo su porte parecía decir: «¡Por favor, señores, estos testimonios de admiración son exagerados!» Luego se alejó con paso rápido.
VII
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Matvei Nikititch, el juez al que aguardaban, llegó por fin. Inmediatamente después, el portero de estrados, hombre bajito y enjuto, de cuello largo, de paso desigual, entró en la sala del jurado. Era un buen hombre, que había hecho sus estudios en la universidad; pero, debido a su afición por la bebida, lo habían despedido de todos los puestos que había ocupado. Obtuvo el empleo de portero de estrados tres meses antes, gracias a la recomendación de una condesa que estaba encariñada con su mujer; y él, por su parte, se alegraba, como de una cosa extraordinaria, de haberse mantenido allí hasta entonces.
-Bien, señores, ¿están aquí todos? -preguntó, poniéndose su binóculo para mirar a los jurados.
-Me parece que sí -respondió el festivo comerciante. -Vamos a comprobarlo- dijo el portero de estrados.
Según una lista que se sacó del bolsillo, fue diciendo los nombres y mirando a los jurados, bien a través de su binóculo bien por encima de éste.
-¿El consejero de Estado I. M. Nikiforov?
-Heme aquí- respondió el personaje representativo que conocía tan a fondo los procesos.
-¿El coronel retirado Iván Semenovitch Ivanov?
-Aquí estoy -respondió el hombre del uniforme. -¿El comerciante del segundo gremio Peter Baklachov? -¡Presente! -exclamó el jovial comerciante, paseando su ancha sonrisa por toda la concurrencia -.Estamos listos. -¿El teniente de la Guardia, príncipe Dmitri Nejludov? -Yo soy-dijo Nejludov.
El portero de estrados se inclinó, pareciendo así, con esta muestra, de deferencia y de amabilidad, querer establecer una distinción entre Nejludov y los demás jurados.
-¿El capitán Yuri Dmietrivitch Dantchenko? ¿El comerciante Grigory Efimovitch Kulechov?
Etcétera, etcétera.
Excepto dos, todos los jurados estaban allí.
-Y ahora, señores -dijo el portero con un ademán de invitación hacia la puerta -, tómense la molestia de entrar en la sala de audiencia.
Se produjo un movimiento de conjunto, pero al salir de la sala, cada cual se apartaba con cortesía a la puerta para dejar pasar a su colega. Luego, desde el corredor, los jurados penetraron en la sala de audiencia.
Ésta era una pieza larga y grande, una de cuyas extremidades estaba ocupada por un estrado realzado con tres escalones. En el centro de aquel estrado se alzaba una mesa, cubierta por un tapete verde con bordes de verde más oscuro; tres sillones, con altos respaldos de roble esculpido, estaban alineados detrás de la mesa; colgado de la pared, detrás de los sillones, un retrato de colores llamativos, con marco dorado, representaba al emperador de uniforme, con el gran cordón en forma de collar cayendo en punta sobre el pecho, las piernas separadas y la mano sobre el pomo de la espada. En el ángulo de la derecha, una imagen del Cristo coronado de espinas estaba empotrada en un retablo ante el cual había un pupitre; una pequeña tarima estaba reservada al fiscal igualmente a la derecha del estrado. En el fondo de la izquierda se alzaba la mesa del escribano; y delante, más cerca del público, el banco de los detenidos, desocupado aún como el estrado, estaba rodeado de una barandilla de madera. A la derecha, y frente al banquillo de los detenidos, había una serie de asientos de altos respaldos para los jurados, y, por debajo de ellos, mesas dispuestas para los abogados. Una reja de madera separaba el estrado del resto de la sala, donde bancos en forma de gradas se elevaban hasta la pared del fondo. En las primeras filas de esos bancos estaban sentados cuatro mujeres y dos hombres: aquéllas, vestidas como obreras o sirvientas; éstos, sin duda obreros también. Seguramente aquel grupo estaba muy impresionado por la decoración imponente de la sala, porque no hablaban más que en voz baja, con timidez.
Después de haber introducido y colocado a los jurados, el portero avanzó hacia el centro del estrado y, para impresionar a la concurrencia, anunció con voz retumbante:
-¡El tribunal!
Todo el mundo se puso en pie, y los jueces subieron al estrado. Primero el presidente, con sus bíceps y sus hermosas patillas; luego el juez tristón de gafas con montura de oro, que parecía más enfurruñado aún, porque precisamente cuando iba a entrar en la sala se había encontrado con su cuñado, candidato a la magistratura, el cual le advirtió que volvía de casa de su hermana y que no habría cena
-Así es que tendremos que irnos a comer a un restaurante -había dicho el cuñado riéndose.
-No veo motivo alguno de risa -había respondido el juez, cada vez más melancólico.
Iba seguido por el segundo juez del tribunal, aquel mismo Matvei Nikititch que siempre se retrasaba. Era un hombre barbudo, con grandes ojos bondadosos de bolsas hinchadas. Pero sufría de una dolencia y estómago, y aquella misma mañana el doctor lo había sometido a un nuevo régimen que lo obligaba a permanecer en casa hasta mucho más tarde que antes. Llegaba al estrado con aire muy preocupado, y lo estaba, en efecto. Tenía la manía de querer adivinar, por diferentes procedimientos basados en el azar, la respuesta a enigmas que él mismo se planteaba. Esta vez se había dicho que si, para recorrer el trayecto de su despacho a su sillón, el número de pasos resultaba divisible por tres, es que se curaría de su dolencia con el nuevo régimen; si no, resultado nulo. Pero como en total sólo había veintiséis pasos, el juez, en el último momento, hizo trampa dando un pasito más; y así pudo contar el vigesimoséptimo al llegar a su sillón.
El presidente y los dos jueces, erguidos sobre el estrado con sus uniformes de cuello galoneado de oro, ofrecían un espectáculo imponente. Ellos mismos, por lo demás, tenían conciencia de eso, y, casi confusos por su grandeza, los tres se apresuraron a sentarse, bajados los ojos con modestia, sobre sus asientos esculpidos, ante la gran mesa verde sobre la cual estaban depositados un objeto triangular coronado por el águila imperial, recipientes de cristal parecidos a los que se ven, llenos de bombones, en los escaparates de las confiterías, tinteros, plumas, hojas de papel en blanco y una gran cantidad de diversos lápices recién afilados.
El sustituto del fiscal entró detrás de los jueces. También él se dirigió lo más rápidamente posible a su asiento, con su inseparable cartera bajo la axila y agitando el brazo. Inmediatamente que se acomodó, no teniendo un minuto que perder para preparar su requisitoria, se sumergió en el estudio de los autos. Hay que decir que, nombrado recientemente fiscal interino, era sólo la cuarta vez que actuaba en el tribunal de la Audiencia. Su gran ambición le dejaba esperar una brillante carrera, con la condición esencial de obtener condenas en todos los procesos en que interviniera. Del asunto del envenenamiento no conocía más que las líneas generales, y ya había montado el plan de su requisitoria; no le quedaba más que profundizar los detalles, cosa en la que trabajaba activamente en aquellos momentos, tomando notas, en sus papeles.
En cuanto al escribano, sentado al extremo opuesto del estrado, y habiendo desplegado ante él todos los folios que tendría que leer, daba un vistazo a un artículo de un periódico prohibido que había recibido la víspera, pues se proponía hablar de eso al juez de la gran barba, que tenía las mismas opiniones políticas que él.
VIII
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Habiendo consultado sus papeles y hecho algunas preguntas al portero de estrados y al escribano, que respondieron afirmativamente, el presidente ordenó introducir a los acusados.
Al punto, detrás de la reja de madera, la puerta se abrió y entraron dos guardias con la gorra en la cabeza y el sable desenvainado. Detrás de ellos aparecieron los tres detenidos, primeramente el hombre, pelirrojo, pecoso, y luego las dos mujeres. El primero llevaba un capote de preso, demasiado largo y demasiado ancho para él. Mantenía sus grandes dedos alargados sobre la costura del capote para sujetar así sus mangas demasiado largas, que le caían sobre las manos. Ni los jueces ni el público atraían en absoluto sus miradas, que fijaba obstinadamente en el banco junto al cual estaba pasando. Después de haberle dado la vuelta, se sentó, elevó los ojos hacia el presidente y se puso a agitar sus músculos maxilares como si hubiese murmurado algo. Iba seguido por una mujer de cierta edad, vestida igualmente con un capote carcelario. Un pañuelo de lana le cubría la cabeza; su rostro era de una palidez mate; sus ojos, enrojecidos, sin cejas ni pestañas. Parecía perfectamente tranquila. Al llegar a su sitio, habiéndosele enganchado el vestido, lo desenganchó cuidadosamente, sin apresurarse, y se lo alisó antes de tomar asiento.
La otra mujer era Maslova.
Desde su entrada, atrajo sobre ella las miradas de todos los hombres presentes en la sala, que se volvieron para examinar intensamente su dulce rostro, su fino talle, su robusto pecho, que se combaba bajo el capote. Incluso el guardia ante el cual tuvo que pasar la siguió con los ojos hasta el momento en que se sentó; y, como si hubiera cometido una falta al hacer eso volvió bruscamente la cara, se sacudió y miró con fijeza la ventana que se hallaba delante de él.
Sentados los detenidos y Maslova ya en su sitio, el presidente se volvió hacia el escribano.
Empezaron los trámites habituales: lista de los jurados, juicio contra los ausentes, condena a una multa, examen de las excusas presentadas por algunos, sustitución de los ausentes por suplentes. Luego el presidente enrolló unos papelitos, los colocó en la vasija de cristal y, después de haber estirado hacia arriba ligeramente las bordadas mangas de su uniforme dejando ver su antebrazo fuertemente velludo, se puso con ademanes de prestidigitador a retirar los papelitos uno tras otro, a desenrollarlos ya leerlos. Luego se bajó las mangas e invitó al pope a que procediera a obtener por parte de los jurados la prestación del juramento.
Este pope era un viejecillo de cara amarilla y biliosa, de sotana pardusca; llevaba alrededor del cuello una cruz de oro, y, prendida en la pechera, una pequeña condecoración. Arrastrando penosamente sus hinchadas piernas, se acercó al pupitre colocado ante el icono.
Los jurados se pusieron en pie y lo siguieron en masa.
-Os lo ruego -dijo el pope, haciendo mover con su regordeta mano, mientras esperaba la llegada de todos los jurados, la cruz suspendida sobre su pecho.
Ordenado desde hacía cuarenta y seis años, se preparaba, como lo había hecho últimamente el arcipreste de la catedral, a celebrar dentro de cuatro años sus bodas de oro. Sus funciones en el tribunal databan de la inauguración de ]a jurisdicción de audiencia territorial. Se enorgullecía de haber hecho prestar juramento a más de diez mil personas y de emplear su vejez en bien de la Iglesia, del Estado y de su familia; a esta última calculaba poder legarle cómodamente, además de su casa, unos treinta mil rublos en títulos seguros. Nunca se le había ocurrido pensar que hacía mal obligando a la gente a jurar sobre aquel evangelio que prohíbe expresamente todo juramento; y, lejos de pesarle, esta función le agradaba, porque le proporcionaba ocasión de entablar conocimiento con personajes de categoría. Así, aquel día se había sentido encantado por sus relaciones con el abogado célebre y le había respetado doblemente al enterarse de que el juicio contra la anciana señora del sombrero de grandes flores le había reportado diez mil rublos.
Cuando los jurados subieron los escalones del estrado el pope, inclinando a un lado su calva cabeza, coronada de cabellos grises, la hizo pasar por la abertura grasienta de la estola volvió a poner en orden sus ralos cabellos y, volviéndose hacia los jurados, dijo con su lenta voz de anciano al mismo tiempo que su regordeta mano, con roscas, se levantaba plegados los dedos como para tomar una pulgarada de rapé:
-Levantaréis la mano derecha y colocaréis vuestros dedos así. Ahora, repetid conmigo. -Empezó-: Prometo y Juro, ante Dios todopoderoso, ante el Santo Evangelio y la cruz vivificante de nuestro Señor... -dijo, deteniéndose tras cada miembro de la frase. -¡No bajéis la mano! ¡Mantenedla así!-reprochó a un joven que había dejado caer ]a suya- que el asunto en el cual...
El personaje representativo de ]as patillas, el coronel, el comerciante y otros jurados mantenían con un placer particular la mano alta y fija; los demás, por el contrario, lo hacían con pocas ganas, si no con negligencia. Algunos proferían muy alto la fórmula del juramento, con un aire que parecía decir: «¡Hablaré, hablaré bien!» Los otros hablaban en voz muy baja, se retrasaban y, asustándose luego, se apresuraban a recuperar el compás. Y algunos, como si temiesen soltar algo, mantenían firmemente su pulgarada con un gesto provocativo; otros apartaban los dedos y volvían a juntarlos. Pero todos parecían molestos, excepto el pope, convencido de que realizaba una obra grave y útil.
Después del juramento, el presidente invitó a los jurados a escogerse un jefe. Se levantaron de nuevo, pasaron a la sala de deliberaciones y casi todos se pusieron a fumar cigarrillos. Hubo quien propuso dar la presidencia al personaje representativo, y todos consintieron en ello. Luego tiraron sus cigarrillos y volvieron a entrar en la sala. El jefe del jurado declaró al presidente que él era el elegido, y todos se volvieron a sentar en sus sillas de altos respaldos.
A continuación, todo transcurrió sin incidentes, y también con una cierta solemnidad; y esta solemnidad, esta regularidad hacían pensar a los magistrados ya los jurados que cumplían un deber social grave e importante, y éste era también el sentimiento experimentado por Nejludov.
Habiéndose sentado los jurados, el presidente les dirigió un discurso sobre sus derechos, obligaciones y responsabilidades. Hablando, cambiaba sin cesar de postura: se acodaba, bien sobre el brazo izquierdo, bien sobre el derecho; ora se adosaba al fondo de su sillón, ora se apoyaba en el brazo del mismo; o también apilaba ordenadamente las hojas de papel que tenía sobre la mesa, levantaba la plegadera o jugaba con un lápiz.
Hizo conocer seguidamente a los jurados sus derechos: hacer preguntas a los detenidos por conducto del presidente, tener un lápiz y papel, examinar las piezas de convicción; sus obligaciones eran: juzgar según la justicia, no según la injusticia; su responsabilidad consistía en observar el secreto de sus deliberaciones; por tanto, si en el ejercicio de sus funciones de jurados se comunicaban con terceros, se harían acreedores a una pena severa.
Toda la concurrencia escuchó aquello con recogimiento. El comerciante, que expandía en torno de él un tufo a aguardiente y reprimía ruidosos hipidos, inclinaba la cabeza a cada frase del presidente en señal de aprobación.
IX
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Después de su alocución, el presidente se volvió hacia los acusados:
-Simón Kartinkin, levántese usted - dijo.
-Simón se levantó bruscamente; sus músculos faciales se movieron aún más aprisa.
-¿Su nombre?
-Simón Petrov Kartinkin - respondió de una sola tirada, con una voz seca, el acusado, que de antemano habla preparado sus respuestas.
-Profesión?
-Nos somos campesino.
-¿Qué gobierno? ¿Qué distrito?
-Gobierno de Tula, distrito de Kaprivino, comuna de Kupianskkkoie, pueblo de Borki.
-¿Qué edad tiene usted?
-Año trigésimo cuarto, nacido en mil ochocientos...
-¿Qué religión?
-Nos somos de la religión rusa, ortodoxa.
-¿Casado?
-De ninguna manera.
-¿En qué trabajaba usted?
-Nos trabajábamos en los corredores del Hotel de Mauritania.
-¿Ha comparecido ya alguna vez ante la justicia?
-Nos no hemos comparecido nunca ante la justicia, porque como nos vivíamos antes...
-¿Nunca ha comparecido usted ante la justicia?
-¡Dios me libre! ¡Nunca!
-¿Ha recibido usted una copia del acta de acusación?
-Nos la hemos recibido.
-Siéntese usted... Eufemia Ivanovna Botchkova- prosiguió el presidente dirigiéndose a una de las mujeres.
Pero Simón seguía estando en pie y tapaba a Botchkova.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
Kartinkin persistía en quedarse de pie.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
El portero de estrados, adelantando la cabeza y poniendo ojos feroces, lo intimó, con voz severa, a que se sentase. Solo entonces se sentó; pero puso en ello la misma brusquedad que había puesto en levantarse y, envolviéndose en su capote, continuó moviendo las mejillas.
-¿Cómo se llama usted?
El presidente se dirigía así a una de las acusadas, sin ni siquiera mirarla, sin dejar de consultar un papel que tenía en la mano. Acostumbrado a este procedimiento, y para ir más aprisa, le era fácil hacer dos cosas a la vez.
Botchkova tenía cuarenta y tres años. Estado social: aldeana de Koloma. Profesión: sirvienta en el mismo Hotel de Mauritania. Nunca había comparecido ante la justicia. Había recibido copia del acta de acusación. Pero había una especie de provocación atrevida en sus respuestas, como si hubiese querido decir: «Sí, es muy cierto que soy Eufemia Botchkova, y he recibido la copia, y me enorgullezco de ello, y no concedo a nadie el derecho a reírse de eso.» No hubo que decirle que se sentara: lo hizo en cuanto su interrogatorio acabó.
-¿Cómo se llama usted? -dijo el galante presidente con una dulzura muy particular a la otra acusada. Y añadió de una manera afable, viendo que Maslova se quedaba sentada -: Tiene usted que levantarse.
Maslova se puso en pie con aire sumiso; la cabeza derecha, el pecho adelantado, sin responder, clavando en el presidente sus ojos negros y risueños que bizqueaban ligeramente.
-¿Cómo la llaman a usted? -¡Lubov! —respondió ella vivamente.
Mientras tanto, a cada interrogatorio de los detenidos, Nejludov, provisto de sus impertinentes, examinaba al interrogado, y fijos los ojos en el rostro de esta acusada, pensaba: «Es imposible. ¿Cómo Lubov?», se decía al oír la respuesta.
El presidente quería hacer otra pregunta. Pero el juez de gafas le había dicho humorísticamente algunas palabras que lo detuvieron. Asintió con una inclinación de cabeza y se volvió hacia la detenida:
-¿Cómo Lubov? -preguntó-. Está usted inscrita con nombre.
La acusada guardaba silencio.
-Le pregunto cuál es su verdadero nombre.
-Su nombre de pila -intervino el juez escrupuloso. -En otros tiempos me llamaban Catalina.
Y Nejludov seguía diciéndose: «¡Es imposible!» Sin embargo, ya no dudaba: era desde luego la ahijada-doncella por la que había tenido un acceso de pasión, a la que había seducido, en un momento de locura, y abandonado luego. Desde entonces, es verdad, había evitado traer a la memoria aquel recuerdo desagradable, humillante para él, porque él, tan orgulloso de su lealtad, tenía conciencia de haberse conducido cobardemente con aquella mujer.
Y era ella, en verdad. Él reconocía en sus rasgos ese no sé qué de misterioso que caracteriza cada rostro, lo singulariza entre todos y lo hace único, sin sosias... A pesar de la palidez enfermiza y del abotagamiento, volvía a encontrar aquella singularidad en todo el conjunto del rostro, desde la boca, los ojos que bizqueaban un poco, el timbre de la voz, sobre todo la mirada sumisa y tentadora, en fin, en la persona toda.
-Debería usted haber respondido todo eso inmediatamente -dijo el presidente, siempre con el mismo tono benévolo-. ¿Y el nombre de su padre?
-Soy hija natural- respondió Maslova.
-Eso es indiferente; ¿cómo la han llamado, por el nombre de su padrino?
-Mijailovna.
«Pero, ¿qué crimen ha podido cometer?», se preguntaba Nejludov, todo anhelante.
-¿Su nombre de familia, su apellido? -siguió preguntando el presidente.
-Por el nombre de mi madre se me llamó Maslova.
-¿Clase social?
-Mestchanka.
-¿De religión ortodoxa?
-Ortodoxa.
-¿Qué profesión tenía usted? ¿Qué oficio? Maslova se quedó callada. El presidente insistió:
-¿Qué oficio?
-Yo estaba en una casa -dijo ella.
¿En qué casa? -preguntó severamente el juez de gafas.
-Ustedes lo saben muy bien -replicó Maslova con una sonrisa, y después de haber lanzado rápidamente una mirada hacia la sala, volvió a clavar los ojos en el presidente.
En la expresión de sus rasgos había algo tan extraño como la había de tan trágico y lastimero en sus palabras, y también en la mirada rápida que había paseado por la concurrencia, que el presidente bajó la cabeza, al mismo tiempo que se hacía un gran silencio en la sala. Pero, desde el sitio donde estaba el público se alzó una risa. Alguien dijo «chist» para imponer silencio. El presidente levantó la cabeza y continuó su interrogatorio.
-¿Ha sido procesada alguna vez?
Maslova lanzó un suspiro y respondió en voz muy baja:
-Nunca.
-¿Ha recibido copia del acta de acusación?
-La he recibido -respondió ella.
-Siéntese usted.
La acusada levantó los bajos de su saya con la gracia que ponen las damas de gran atuendo en levantar la cola de su vestido, y se sentó. Luego, escondió las manos en las mangas de su capote y continuó mirando al presidente.
Se llamó seguidamente a los testigos, a los que se hizo salir luego. A continuación se invitó al médico perito a venir a la sala de audiencias. Finalmente, el escribano se levantó y leyó el acta de acusación con voz fuerte y clara. Pero como pronunciaba mal las eles y las erres y además leía rápidamente, el sonsonete continuo de su voz daba ganas de dormir.
Los jueces se apoyaban ora sobre un brazo, ora sobre el otro de su sillón, sobre la mesa, sobre sus papeles; cerraban y abrían alternativamente los ojos y hablaban en voz baja. Un guardia ahogó un bostezo nervioso.
En el banco de los detenidos, Kartinkin no dejaba de mover sus maxilares; Botchkova, sentada, no perdía nada de su calma y de vez en cuando se rascaba con un dedo los cabellos bajo el pañolón, Maslova, ora permanecía inmóvil, los ojos clavados en el lector, ora se agitaba, como si hubiese querido protestar; enrojecía, luego suspiraba penosamente, cambiaba la posición de sus brazos, lanzaba una mirada hacia el fondo de la sala y la volvía luego hacia el escribano.
Nejludov, sentado en la segunda silla de la primera fila de los jurados, sin abandonar sus impertinentes, continuaba examinando a Maslova: un trabajo profundo y doloroso se llevaba a cabo en su alma.
X
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El acta de acusación estaba formulada así:
«El 17 de enero de 188..., la policía fue informada por el gerente del Hotel de Mauritania, sito en esta ciudad, de la muerte repentina, en su establecimiento, de un comerciante de paso del segundo gremio, procedente de Siberia: Feraponte Smielkov. Según la declaración del médico del cuarto distrito, la muerte de Smielkov fue causada por una congestión cardíaca provocada por el uso excesivo de licores; y el cuerpo de Smielkov fue enterrado al tercer día después de su muerte. Pero al cuarto día que siguió al fallecimiento, al volver de Petersburgo uno de sus camaradas, comerciante de Siberia, Timojin, habiéndose enterado de la muerte de su compañero Smielkov y de las circunstancias en que se había producido, la declaró sospechosa y poco natural. Estaba convencido de que Smielkov había sido envenenado por criminales que le habían robado su dinero y un anillo de brillantes que no se había encontrado en el inventario de su equipaje.
»En consecuencia, se ordenó un atestado que reveló lo que sigue:
»Primero. -Que tanto el gerente del Hotel de Maurztania como el empleado del comerciante Starikov, con quien Smielkov tenía negocios en la ciudad, sabían que Smielkov debía poseer 3.800 rublos, que había retirado del banco, siendo así que en la maleta y en la cartera de Smielkov, selladas inmediatamente después de su muerte, no se encontraron más que 312 rublos y 16 copeques.
»Segundo. -Que la víspera de su muerte, Smielkov pasó todo el día y toda la noche en compañía de la prostituta Lubka, que había ido en dos ocasiones a su habitación del hotel.
»Tercero. -Que esta prostituta vendió a su patrona el anillo de brillantes que había pertenecido a Smielkov.
»Cuarto. -Que la sirvienta del hotel, Eufemia Botchkova, al día siguiente de la muerte del comerciante Smielkov, puso en su cuenta corriente en el Banco del Comercio 1.800 rublos.
»Quinto. -Que según declaración de la prostituta Lubka, el sirviente de corredor Simón Kartinkin le entregó un paquete de polvos, incitándola a verter este polvo en vino ya darlo al comerciante Smielkov, lo que la prostituta Lubka reconoció por su parte haber hecho.
»En su interrogatorio, la prostituta Lubka declaró que durante la visita del comerciante Smielkov a la casa de tolerancia donde ella “trabajaba”, como ella dice, fue en efecto enviada por él a la habitación que él ocupaba en el Hotel de Mauritania, para coger dinero y llevárselo al comerciante, y que habiendo abierto la maleta con la llave que él le entregó, ella cogió cuarenta rublos, según la orden que le habían dado, pero que no cogió más, de lo que pueden testimoniar Simón Kartinkin y Eufemia Botchkova, en presencia de los cuales había abierto y vuelto a cerrar la maleta tras recoger el dinero.
»En lo que concierne al envenenamiento de Smielkov, la prostituta Lubka ha declarado que durante su tercera visita a la habitación de Smielkov, impulsada por Simón Kartinkin, efectivamente dio a beber al comerciante, diluidos en aguardiente, ciertos polvos que ella creía simplemente que eran un soporífero, a fin de que se durmiese y ella pudiera quedar libre más pronto; pero que no cogió ningún dinero y que la sortija se la dio el mismo Smielkov, porque le había pegado y ella había querido irse.
»Interrogados por el juez de instrucción, en concepto de acusados, Eufemia Botchkova y Simón Kartinkin, han declarado lo que sigue:
»Eufemia Botchkova ha declarado que no sabe nada sobre el dinero robado, que ella no entró en la habitación del comerciante y que Lubka hacía allí lo que quería, y que si le han robado algo al comerciante, no podía haberlo hecho más que Lubka cuando vino a buscar dinero con la llave dada por Smielkov.»
Al llegar a este pasaje del acta de acusación, Maslova se estremeció y, boquiabierta, se quedó mirando a Botchkova.
»Cuando se le mostró a Eufemia Botchkova su recibo de! banco de 1.800 rublos -continuó leyendo el escribano- y se le preguntó de dónde había sacado tanto dinero, declaró que lo había ganado, durante dieciocho años de servicio, en común con Simón, con quien tenía el propósito de casarse.
»Interrogado en concepto de acusado, Simón Kartinkin confesó, en un primer interrogatorio, que él y Botchkova fueron incitados por Maslova, venida de la casa de tolerancia con la llave, que él robó el dinero y lo repartió con Maslova y Botchkova; igualmente confesó haber dado a Maslova los polvos para dormir al comerciante. Pero, en su segundo interrogatorio, negó su participación en el robo y el hecho de haber entregado los polvos a Maslova, echando la culpa de todo sobre esta última. En cuanto al dinero depositado en el banco por Botchkova declaró como ella que lo habían ganado juntos, durante sus servicios de dieciocho años en el hotel, gracias a las propinas dadas por los clientes.
»Al fin de dilucidar las circunstancias de! asunto, se juzgó necesario hacer la autopsia de! cadáver de Smielkov y examinar tanto el contenido de sus vísceras como las modificaciones sobrevenidas en el organismo. El examen de las vísceras ha demostrado, en efecto, que la muerte de! comerciante Smielkov fue causada por envenenamiento.»
Seguía el enunciado de los careos e interrogatorios de testigos, y el acta de acusación concluía así:
«El comerciante de segundo gremio Smielkov, dado a la embriaguez y al desenfreno, había entrado en relaciones con la prostituta llamada Lubka, en la casa de tolerancia de Kitaieva. Encontrándose en la dicha casa de tolerancia el día 17 de enero de 188..., envió a la mencionada prostituta Lubka, provista de la llave de su maleta, a la habitación que él ocupaba en el hotel, para que ella retirase de esa maleta una suma de cuarenta rublos de la que tenía necesidad para sus liberalidades. Habiendo llegado a la habitación de! hotel y habiendo retirado el dinero, Maslova se puso en connivencia con Botchkova y Kartinkin, a fin de robar todo el dinero y los objetos preciosos del comerciante Smielkov y repartírselos entre ellos. Y eso es lo que ocurrió (en este punto, de nuevo Maslova se estremeció tuvo un sobresalto y se puso toda roja): Maslova recibió una sortija de brillantes y probablemente una pequeña suma de dinero que, o bien la ha escondido, o bien la ha perdido, ya que aquella misma noche se hallaba en estado de embriaguez. A fin de disimular los rastros del robo, los cómplices resolvieron atraer de nuevo al comerciante Smielkov a su habitación y envenenarlo con arsénico que se encontraba en poder de Kartinkin. Con este objeto, Maslova regresó a la casa de tolerancia y persuadió al comerciante Smielkov para que volviese con ella al Hotel de Mauritania. En cuanto éste regresó, Maslova, quien había recibido los polvos de manos de Kartinkin, los vertió en el aguardiente que dio a beber a Smielkov, y de ello resultó la muerte de este último.
»Por lo expuesto en estos resultandos, el campesino del pueblo de Borki, Simón Kartinkin, de treinta y tres años; la mestchanka Eufemia Ivanovna Botchkova, de cuarenta y tres años, y la mestchanka Catalina Mijailovna Maslova, de veintisiete años, son acusados de haber, el 17 de enero de 188..., siendo cómplices, robado al comerciante Smielkov su dinero, que se elevaba a la suma de 2.500 rublos, y, con el fin de ocultar las huellas de su crimen, de haber hecho beber veneno al comerciante Smielkov y de haber así ocasionado su muerte.
»Este crimen está previsto en el artículo 1.455 del código penal.»
En virtud de tales y cuales artículos de la jurisdicción penal, Simón Kartinkin, Eufemia Botchkova y Catalina Maslova comparecen ante el tribunal de la Audiencia que se reúne con participación de los jurados.
Habiendo terminado así la larga lectura de! acta de acusación, el escribano alineó las hojas delante de él, se sentó y se alisó con las dos manos sus largos cabellos negros. Toda la concurrencia lanzó un suspiro de alivio, cada cual teniendo la agradable convicción de que el debate estaba ya abierto y que todo iba a esclarecerse para satisfacción de la justicia. Nejludov fue el único que no experimentó aquel sentimiento: continuaba pensando con angustia en el crimen que había podido cometer aquella Maslova, a quien, diez años antes, él había conocido jovencita, inocente y graciosa.
XI
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Terminada la lectura del acta de acusación, el presidente, después de haber recogido el parecer de sus asesores, se volvió hacia Kartinkin con un aire que quería decir: «Ahora, de un modo cierto, vamos a enterarnos de todo en sus menores detalles.»
-¡El campesino Simón Kartinkin! -dijo, inclinándose hacia su izquierda.
Simón Kartinkin se levantó, alargados los brazos sobre la costura de su capote, en una actitud militar, e inclinó todo el cuerpo hacia delante, sin cesar de agitar sus maxilares.
-Se le acusa a usted de haber robado el 17 de enero de 188..., con complicidad de Eufemia Botchkova y Catalina Maslova, de la maleta del comerciante Smielkov, una suma de dinero que era propiedad de éste; luego, de haberse procurado arsénico y de haber aconsejado a Catalina Maslova que lo vertiera en el aguardiente del comerciante Smielkov, cosa que ella hizo y que ocasionó la muerte del mencionado Smielkov. ¿Se reconoce usted culpable? -concluyó el presidente inclinándose hacia la derecha.
-Es absolutamente imposible, porque nuestro oficio es servir a los clientes.
-Ya dirá usted eso más tarde. ¿Se reconoce usted culpable?
-De ninguna manera... Yo solamente...
-¡Ya nos dirá usted eso más tarde! ¿Se reconoce usted culpable? -reiteró el presidente con voz tranquila pero firme.
-No puedo hacerlo, porque...
-Bruscamente, el portero de estrados se volvió de nuevo hacia Simón Kartinkin y lo hizo callar con un «¡chist!» enérgico.
Con un aire que quería decir que esta parte del asunto estaba liquidada, el presidente, sujetando un papel en una mano alzada en alto, cambió el codo de sitio y se dirigió a Eufemia Botchkova:
-Eufemia Botchkova, se la acusa de que el 17 de enero de 188..., en complicidad con Simón Kartinkin y Catalina Maslova, robó una suma de dinero y una sortija de la maleta del comerciante Smielkov; luego, habiéndose repartido ustedes el producto del robo, de haber hecho tragar al comerciante Smielkov, para que no descubriera el latrocinio, veneno, a resultas del cual murió. ¿Se reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -respondió la acusada con voz firme y atrevida -.Ni siquiera entré en la habitación, y, puesto que entró esta basura, ella es la que hizo todo.
Ya nos dirá usted eso más tarde —dijo de nuevo el presidente con su voz tranquila y firme -.Entonces, ¿no se reconoce usted culpable?
-No cogí dinero ninguno, no di nada a beber, ni siquiera entré en la habitación. Si hubiese entrado, la habría echado a ella afuera.
-¿No se reconoce usted culpable? —
¡Jamás!
-Está bien.
-Catalina Maslova -dijo en seguida el presidente, dirigiéndose a la otra detenida-, se la acusa a usted de haber ido desde la casa pública a una habitación del Hotel de Mauritania, con la llave de la maleta del comerciante Smielkov de haber robado de esta maleta dinero y una sortija...
Decía esto como si recitase una lección aprendida, inclinando al mismo tiempo el oído hacia el asesor de la izquierda, quien le hacía notar que, en la enumeración de las piezas de convicción, faltaba un bote.
Robó usted de la maleta el dinero y la sortija- repitió el presidente-, y, después de haber repartido los objetos robados, después de haber vuelto con el comerciante Smielkov al Hotel de Mauritania, dio usted a beber a Smielkov veneno en su aguardiente, causándole así la muerte. ¿Se reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -respondió vivamente la acusada Como lo dije desde el principio, lo sigo diciendo: «No cogí nada, nada, nada, y fue él quien me dio el anillo.»
-¿No se reconoce usted culpable de haber cogido los dos mil seiscientos rublos de plata? -preguntó el presidente.
-No cogí nada, nada más que los cuarenta rublos.
-¿Y de haber vertido los polvos en el vaso del comerciante Smielkov, se reconoce usted culpable?
-Eso, lo confieso. Pero me habían dicho, y yo lo creía, que esos polvos eran para dormir y que no producirían ningún mal. No pensé en eso ni lo quise. ¡Juro ante Dios que no lo quise! -dijo ella
-Así, pues, no se reconoce usted culpable de haber robado el dinero y la sortija del comerciante Smielkov- dijo el presidente -; pero, por el contrario, confiesa usted que echó los polvos, ¿no es así?
-Eso, lo confieso; pero yo creía que eran unos polvos para dormir. Se los di solamente para que se durmiese. Yo no quería que pasase aquello, y no lo pensé.
-Muy bien -dijo el presidente, visiblemente satisfecho por los resultados obtenidos -.Cuéntenos usted ahora cómo ocurrió la cosa -prosiguió adosándose a su sillón y poniendo las manos sobre la mesa -Diga todo lo que sabe. Puede usted aliviar su situación mediante una confesión sincera.
Maslova continuaba mirando con fijeza al presidente, pero guardaba silencio.
-Vamos, díganos cómo ocurrieron las cosas.
-¿Qué cómo ocurrieron?- dijo bruscamente Maslova-. Yo había llegado al hotel. Me condujeron a la habitación donde él se encontraba, ya muy cargado de bebida. —Pronunció la palabra él con los grandes ojos abiertos de par en par y una expresión significativa de terror -.Yo quería irme, y él se opuso...
Se calló de nuevo, como si hubiese perdido el hilo de su relato, o bien como si otro recuerdo le hubiese atravesado la memoria.
-¿y después?
-¿Después? Pues me quedé y luego me marché.
En aquel momento, el fiscal interino se levantó a medias, apoyándose con afectación sobre los codos.
-¿Desea usted hacer una pregunta? -preguntó el presidente.
Y, a la respuesta afirmativa del fiscal, el presidente le hizo comprender con un ademán que podía hablar.
-He aquí la pregunta que querría hacer: ¿conocía con anterioridad la detenida a Simón Kartinkin? -preguntó el fiscal con énfasis y sin mirar a Maslova.
Y, hecha la pregunta, contrajo los labios y frunció las cejas. Habiendo repetido la pregunta el presidente, Maslova lanzó sobre el fiscal miradas de espanto.
-¿A Simón? -dijo ella -.Sí, lo conocía.
-Me haría falta saber además cuáles eran las relaciones de la acusada y de Kartinkin. ¿Se veían a menudo?
-¿Que cuáles eran nuestras relaciones? Él me recomendaba a los viajeros del hotel, pero eso no eran relaciones -respondió Maslova, pasando alternativamente sus miradas del presidente al fiscal.
-Quisiera saber por qué Kartinkin recomendaba solamente a Maslova a los viajeros, excluyendo a otras muchachas -dijo el fiscal, con los ojos semicerrados y una ligera sonrisa mefistofélica.
-No lo sé. ¿Cómo podría saberlo? -respondió Maslova, quien detuvo un instante su mirada sobre Nejludov -Él recomendaba a las que quería.
«¿Me habrá reconocido?», pensaba Nejludov, sintiendo que toda la sangre le subía al rostro. Pero Maslova no lo había distinguido en el grupo de los jurados, y en seguida volvió a clavar en el fiscal sus miradas despavoridas.
-Así, pues, la detenida niega haber tenido relaciones íntimas con Kartinkin. Está bien. No tengo más que preguntar.
Y el fiscal, retirando prestamente su codo del pupitre, se puso a escribir. En realidad, no escribía nada y se limitaba a pasar su pluma sobre las letras de sus notas; pero había visto que después de haber hecho una pregunta, los fiscales y los abogados anotaban para sus discursos puntos de referencia destinados seguidamente a aplastar al respectivo adversario.
El presidente no se dirigió a continuación a la detenida, porque en aquel momento le pedía al juez de gafas su aprobación sobre el orden de las preguntas preparadas y anotadas con anticipación:
Y prosiguiendo su interrogatorio, preguntó:
-¿Qué pasó después?
-Volví a casa- continuó Maslova, ya con un poco más de valor y mirando sólo al presidente -; di el dinero a la patrona y me acosté. Apenas me había quedado dormida, la muchacha Berta me despertó diciéndome: «¡Baja, tu comerciante ha vuelto!» Yo no quería bajar, pero mi patrona me dio la orden de que lo hiciera, y él estaba allí, en el salón, ofreciendo bebidas a todas las señoritas; y luego quiso pedir más vino, pero ya no tenía dinero. (La palabra él la había pronunciado con un terror evidente.) La «señora» no quiso fiarle. Entonces él me envió a su habitación del hotel, habiéndome dicho dónde tenía el dinero y la cantidad que debía coger, y me marché.
El presidente proseguía en voz baja su conversación con el de la izquierda y no había oído nada de lo que había dicho Maslova; mas, para hacer creer que lo había escuchado todo, creyó que era su deber repetir las últimas palabras:
-Usted se marchó. ¿Y qué pasó después?
-Llegué al hotel e hice exactamente lo que el comerciante me había ordenado- dijo Maslova -. Entré en la habitación, pero no entré sola; llamé a Simón Mijailovitch ya ésa también- añadió señalando a Botchkova.
-¡Mentira! ¡Lo que se dice entrar, no entré...! -empezó a decir Botchkova; pero le cortaron la palabra.
En presencia de ellos cogí los cuatro billetes rojos -continuó Maslova con aire sombrío y sin mirar a Botchkova.
-Al coger esos cuarenta rublos- intervino de nuevo el fiscal-, ¿no vio la acusada cuánto dinero había en la maleta?
A esta pregunta del fiscal, Maslova se estremeció de nuevo. No sabía cómo ni por qué, pero sentía que aquel hombre quería hacerle daño.
-No conté- dijo Maslova -; vi que no había más que billetes de cien rublos.
-Por tanto, la acusada vio billetes de cien rublos. No tengo más que preguntar.
-Y luego -continuó el presidente, consultando su reloj-, llevó usted el dinero, ¿no?
-Lo llevé.
-¿Y después?
-Después, el comerciante me hizo ir de nuevo a su habitación- dijo Maslova.
-Y bien, ¿cómo le hizo usted tomar los polvos? -preguntó el presidente.
-Los eché en el aguardiente y se lo di.
-¿Y por qué se los dio usted?
Ella no respondió en seguida y dejó escapar un profundo suspiro.
-Él no me dejaba nunca. En fin, yo estaba cansada. Entonces salí al corredor y le dije a Simón Mijailovitch: «¡Si quisiese dejarme marchar! ¡Estoy tan cansada!» y Simón Mijailovitch me dijo: «También a nosotros nos fastidia. Démosle unos polvos para hacerlo dormir y podrás irte.» Yo dije: «Bien», y pensé que eran unos polvos que no causaban daño. Me dio un papel, volví a entrar en la habitación, y él, que estaba acostado detrás del biombo, me mandó que le diese aguardiente. Entonces cogí la botella que estaba sobre la mesa; llené dos vasos, uno para él y otro para mí, eché los polvos en su vaso y se lo di. ¿Cómo iba a dárselos si hubiese sabido lo que era?
-Bueno, ¿y cómo entró usted en posesión del anillo? -preguntó el presidente.
Él mismo me lo dio.
-¿Cuándo se lo dio?
-En cuanto llegué a su habitación, quise irme; entonces me dio un golpe en la cabeza y me rompió el peine. Me enfadé y quería marcharme; para que no me fuese se quitó la sortija del dedo y me la dio.
En aquel momento, el fiscal interino se levantó de nuevo y, con el mismo aire de falsa bonachonería, pidió autorización para hacer unas nuevas preguntas. Habiendo recibido el permiso, inclinó la cabeza sobre el cuello bordado de oro de su uniforme y preguntó:
-Quisiera saber cuánto tiempo permaneció la acusada en la habitación del comerciante Smielkov.
Un espanto súbito se apoderó de nuevo de Maslova. Paseó del fiscal al presidente una mirada inquieta y respondió muy aprisa:
-No me acuerdo cuánto tiempo.
-Está bien. Pero, ¿no ha olvidado igualmente la acusada si, a su salida de la habitación del comerciante Smielkov entró en algún otro sitio del hotel?
Maslova reflexionó un momento:
-Entré en la habitación contigua, que estaba vacía —respondió.
-¿Y para qué entró usted allí? -preguntó el fiscal, que se olvidó de dirigirse a ella indirectamente.
-Para arreglarme un poco mientras esperaba un coche.
-¿Kartinkin entró no entro en esa habitación con la acusada?
-Entró también.
-¿Y para qué entró?
-Todavía quedaba en la botella aguardiente, que bebimos juntos.
-¡Ah! Bebieron ustedes juntos. Muy bien. ¿Y la detenida habló de algo con Simón?
Maslova, de súbito, se ensombreció, se puso púrpura y respondió vivamente:
-No hablé de nada. Todo lo que hubo, lo he dicho; y no sé nada más. ¡Hagan de mí lo que quieran: no soy mentirosa, eso es todo!
-No tengo nada más que preguntar- dijo el fiscal al presidente, con un encogimiento de hombros, y se apresuró a anotar en el boceto de su discurso que la detenida misma confesaba haber entrado con Simón en una habitación vacía.
Hubo un silencio.
-¿No tiene usted nada que añadir?
-Lo he dicho todo -repitió Maslova. Luego lanzó un suspiro y se sentó.
El presidente anotó entonces algo en sus papeles. Escuchó una comunicación que le fue hecha al oído por el juez de la izquierda y declaró suspendida la vista durante veinte minutos; luego se levantó a toda prisa y abandonó la sala.
El asesor que le había hablado era el juez de luenga barba y grandes ojos bondadosos; ese juez se sentía el estómago un poco revuelto y había expresado el deseo de darse un masaje y tomar alguna medicina. Es lo que había dicho al presidente y por lo que éste había suspendido la vista.
Después de los jueces, se levantaron igualmente los juraos, los abogados y los procuradores, con la conciencia de haber cumplido ya en gran parte una obra importante, y se dispersaron por todos lados.
En cuanto entró en la sala del jurado, Nejludov se sentó ante la ventana y se puso a pensar.
XII
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Sí, desde luego era Katucha.
Y las relaciones entre Nejludov y ella habían sido las siguientes:
Él la había visto por primera vez cuando, en su tercer año de universidad se había instalado en casa de sus tías para preparar allí cómodamente su tesis sobre la propiedad de la tierra. Pasaba ordinariamente los veranos con su madre y su hermana, en la finca que la primera poseía en los alrededores de Moscú. Pero, habiéndose casado su hermana aquel año mismo, su madre había partido al extranjero. Nejludov, teniendo que escribir su tesis, se había decidido a pasar el verano en casa de sus tías. Sabía que en aquel retiro encontraría una calma propicia para su trabajo, sin que nada viniera a distraerlo. Las viejas señoritas querían mucho a su sobrino y heredero, y él también las quería y le gustaba la simplicidad de aquella vida a la antigua usanza.
Se encontraba entonces en aquella disposición de ánimo entusiasta propia del joven que por primera vez reconoce por sí mismo y no por indicación de los demás toda la belleza y todo el precio de la vida; que concibe la posibilidad de una perfección continua, tanto para él como para el mundo entero, y que se entrega a ella no solamente con la esperanza, sino con la completa certidumbre de alcanzar la perfección con que sueña. Aquel mismo año, en la universidad, había leído la Social statics de Spencer, y la argumentación de éste sobre la propiedad rústica le había causado una impresión muy fuerte, sobre todo en su condición de hijo de una propietaria de grandes fincas. Su padre no había tenido fortuna; pero su madre había aportado como dote diez mil deciatinas de tierras, y por primera vez comprendía él la crueldad y la injusticia del régimen de la propiedad rústica privada. Siendo, por naturaleza, de esos que extraen del sacrificio, realizado en vista de una necesidad social, un alto gozo moral, había decidido inmediatamente renunciar por su parte al derecho de propiedad sobre su tierra y dar a los campesinos todo lo que le correspondía de su padre. Sobre ese tema estaba concebida su tesis.
En casa de sus tías, en el campo, llevaba una vida de las más regulares. Se levantaba muy temprano, a veces a las tres de la madrugada, y, antes de la salida del sol, a menudo incluso entre la neblina del alba, iba a bañarse al riachuelo que corría al pie de la colina; luego volvía a la vieja casona, a través de los prados húmedos todavía de rocío. Después de haber tomado café, trabajaba en compulsar documentos para sus tesis; pero con más frecuencia aún, en lugar de leer o de escribir, salía de nuevo y erraba a través de campos y bosques. Antes del almuerzo descabezaba un sueñecito en un rincón del jardín; durante la comida, divertía y encantaba a sus tías con su alegría comunicativa; seguidamente montaba a caballo o se paseaba en barca; por la noche se ponía a leer, o bien, en el salón, charlaba con las viejas señoritas y como frecuentemente, en las noches de luna sobre todo, no podía dormir, hasta tal punto la alegría de vivir tenía en vela a su juventud, bajaba al jardín y caminaba por él hasta el alba, dando rienda suelta a sus fantasías.
Así, apacible y gozosa, había sido su vida durante su primer mes de estancia en casa de sus tías; y durante ese mes, ni una sola vez había parado la atención en la muchacha, semipupila y semidoncella, en aquella viva y ligera Katucha de ojos negros que convivía con él.
Habiéndose criado bajo las alas de su madre, era todavía, a los diecinueve años, tan ingenuo como un niño. La mujer no evocaba en él otra idea que la del matrimonio; y todas las que, desde su punto de vista, no podían casarse con él, eran a sus ojos «gentes» y no mujeres.
Ahora bien, aquel mismo verano, el día de la Ascensión, las viejas señoritas recibieron la visita de una dama vecina, acompañada por sus hijos: dos muchachas y un colegial; además, un pintor joven, de origen campesino, que estaba en casa de ella. Después del té, la gente joven se divirtió persiguiéndose por un prado cuya hierba había sido segada recientemente y que se extendía delante de la casa. Habiendo rogado a Katucha que toma se parte en el juego, llegó un momento en que Nejludov tuvo que correr con ella. Le gustaba ver a Katucha, pero no se le ocurría que entre ella y él pudiera establecerse alguna relación particular.
-A esos dos -dijo el alegre pintor -será imposible alcanzarlos -.Y sin embargo él corría muy bien, con sus piernas de mujik, cortas y un poco zambas, pero poderosas -.A menos que no tropiecen.
-¡Y no nos alcanzaréis nunca!
-¡Uno, dos, tres!
Dieron la señal con palmadas. Katucha, reteniendo apenas su risa, cambió de sitio con Nejludov, le agarró la mano con su nerviosa manecita y se lanzó ligeramente hacia la izquierda, haciendo oír el frufrú de su falda almidonada.
También Nejludov corría bien. Pero como le interesaba no dejarse alcanzar por el pintor, se puso a correr con toda la velocidad que podía. Cuando se volvió, vio que el pintor perseguía a Katucha y que ésta, que corría rápidamente, con sus jóvenes y ágiles piernas, lo esquivaba y seguía alejándose ala izquierda. Había allí un bosquecillo de lilas tras el cual no se había aventurado nadie. Ahora bien, Katucha miró a Nejludov y le hizo una señal con la cabeza para que viniese detrás del macizo, adonde él la siguió en cuanto hubo comprendido. Pero detrás del bosquecillo de lilas se encontraba una zanja cubierta de ortigas y de cuya existencia él no tenía idea. Tropezó, se pinchó las manos, se mojó con el rocío que la proximidad de la noche había puesto ya en las hojas, y cayó en la zanja. Pero se levantó muy pronto, riéndose, y de un salto volvió a encontrarse en terreno llano.
Katucha, cuyos grandes ojos negros resplandecían como casis húmedos, se lanzó a su encuentro. Se abordaron y se tendieron la mano.
-¿Qué ha sido? ¿Se ha pinchado usted? -le preguntó ella, sonriendo y mirándole a los ojos mientras con una mano se arreglaba la trenza deshecha.
-No sabía que hubiera una zanja - respondió Nejludov, sonriendo igualmente y sin soltar la mano de Katucha.
Y como ella se le había acercado, él, sin saber cómo, acercó su rostro al de la muchacha. Ella no se apartó y él le estrechó más fuertemente la mano y la besó en la boca.
-¡Vaya una ocurrencia! -dijo ella, y con un rápido movimiento se soltó la mano y se alejó de Nejludov.
La muchacha cogió dos ramas de lilas, se golpeó con ellas las ardientes mejillas, lanzó hacia atrás una mirada a Nejludov y, balanceando vigorosamente el brazo, corrió a reunirse con los demás jugadores.
A partir de aquel momento, las relaciones entre Nejlúdov y Katucha se modificaron. En lo sucesivo, la situación de ambos pasó a ser la de un muchacho y una muchacha, los dos inocentes e ingenuos y que se sienten atraídos el uno hacia el otro.
Todo se llenaba de sol para Nejludov si Katucha penetraba en la habitación donde él se encontraba o si distinguía a lo lejos su delantal blanco; todo le parecía lleno de interés, gozoso, importante: la vida para él se transformaba en embriaguez. Por su parte, ella experimentaba una impresión semejante, y no solamente la presencia o el acercamiento de Katucha producían este efecto sobre Nejludov, sino que el solo pensamiento de que ella existía lo colmaba de felicidad; y también en ella, el pensamiento de que existía él, y si, por casualidad, recibía él de su madre una carta que lo entristecía; si estaba descontento de su trabajo o sentía uno de esos accesos de vaga tristeza frecuentes entre los jóvenes, Nejludov pensaba en Katucha, y su pena se desvanecía inmediatamente.
Katucha estaba muy ocupada en la casa, pero era diligente; le gustaba leer en sus momentos de ocio. Nejludov le prestó obras de Dostoievski y de Turgueniev que él mismo acababa de leer; el Remanso de paz, de Turgueniev, tuvo sobre todo la virtud de encantarla. Varias veces al día, cuando se encontraban en el corredor, en el balcón, en el patio, cambiaban algunas palabras; y a veces, Katucha, que vivía con la anciana Matrena Pavlovna, camarera de las dos señoritas, era acompañada por Nejludov a la habitación que ocupaban las dos sirvientas, y allí tomaban el té, y los dos extraían un encanto delicioso de esas conversaciones en presencia de Matrena Pavlovna. Pero cuando se encontraban solos, sus conversaciones languidecían: Sus ojos inmediatamente se ponían en desacuerdo con sus labios y mantenían un lenguaje más grave: entonces sus bocas se callaban; sentían que los invadía la desazón y se apartaban inmediatamente.
Todo el tiempo que Nejludov pasó en casa de sus tías se deslizaron así las nuevas relaciones entre los dos jóvenes. Pero las señoritas se dieron cuenta; se inquietaron por ello y creyeron que era su deber informar por carta a la princesa Elena Ivanovna, madre de Nejludov. La tía María Ivanovna temía una relación galante entre Dmitri y Katucha: ¡temor muy quimérico! Desde luego, Sin darse cuenta, Nejludov amaba a Katucha, pero como aman los inocentes; y su amor era la principal salvaguardia contra una caída de uno u otro. No sólo no tenía deseo de poseerla físicamente, sino que una especie de terror lo invadía ante el solo pensamiento de que eso fuera posible. La otra tía, Sofía Ivanovna, tenía un temor diferente. De espíritu más poético y conociendo el carácter entero y resuelto de su sobrino, tenía miedo de que se le ocurriese el pensamiento de casarse con la muchacha a pesar del origen y de la condición social de ésta, y este temor no dejaba de tener sus fundamentos.
Si Nejludov mismo hubiese tenido conciencia de su amor por Katucha y hubiesen tratado de persuadirlo de la imposibilidad en que se encontraba de unir su destino con el de la joven, seguramente, con su franqueza habitual, habría decidido que nada impediría su casamiento con cualquier muchacha que fuese, con tal que él la amase. Pero sus tías no le participaron sus temores, y se marchó sin darse cuenta de su amor por Katucha.
Estaba convencido de que el amor que sentía por ella era más que una manifestación de la alegría de vivir que llenaba todo su ser y que era compartida por aquella muchacha gozosa y encantadora. Pero cuando, el día de su partida la vio de pie en la escalinata, al lado de sus tías, cuando vio los grandes ojos negros llenos de lágrimas, clavados tiernamente en él, tuvo sin embargo la impresión de que aquel día abandonaba algo muy bello que no volvería a encontrar jamás, y una dolorosa tristeza lo invadió.
-¡Adiós, Katucha, y gracias por todo! -le murmuró tras el gorrito de Sofía Ivanovna, antes de subir en el coche que iba a llevárselo.
-¡Adiós, Dimitri Ivanovitch!- dijo ella con su voz acariciadora.
Luego, esforzándose en reprimir las lágrimas que empezaban a correrle de los ojos, huyó a la antecámara para llorar allí a sus anchas.
XIII
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Tres años pasaron antes de que Nejludov volviese a ver a Katucha , y cuando volvió a verla, durante un alto que hizo en casa de sus tías, cuando iba a incorporarse a su regimiento, pues acababa de ser nombrado oficial, era ya un hombre muy diferente del que había pasado el verano, tres años antes, en casa de las ancianas señoritas.
En otros tiempos había sido un muchacho leal y desinteresado, siempre dispuesto a entregarse de todo corazón a lo que pensaba que era el bien; hoy no era más que un egoísta refinado, un libertino que no amaba más que su placer. En otros tiempos, el mundo divino se le aparecía como un enigma que él se esforzaba en descifrar con un gozoso entusiasmo; ahora, todo en esta vida era para él simple y claro, todo le parecía subordinado a las condiciones del medio ambiente. En otros tiempos consideraba importante y necesario la comunión con la naturaleza, con los hombres que habían vivido, pensado y sentido antes que él (filósofos y poetas); ahora consideraba necesarias e importantes las instituciones humanas y la compenetración con sus camaradas. En otros tiempos, la mujer era a sus ojos una criatura misteriosa y encantadora, que extraía su encanto de su misterio mismo; ahora, la mujer, cualquier mujer, exceptuando a sus parientes o a las mujeres de sus amigos, tenía según él un sentido muy definido: era únicamente el instrumento de un goce ya apreciado y que era el que más le agradaba. En otros tiempos no tenía necesidad alguna de dinero; apenas gastaba la tercera parte de la asignación que le entregaba su madre; podía renunciar a la herencia paterna y dársela a los campesinos; ahora hallaba insuficientes los mil quinientos rublos mensuales dados por su madre y ya había tenido con ella desagradables explicaciones sobre asuntos de dinero. En otros tiempos consideraba que su ser espiritual era su verdadero yo; ahora consideraba como su yo su ser bestial, sano y vigoroso.
Y la transformación tan profunda que se había operado en él provenía simplemente de que había abandonado su creencia en sí mismo en provecho de su creencia en los demás, y la causa de este cambio de creencia se fundaba en que vivir creyendo en sí mismo le parecía demasiado difícil, porque para vivir creyendo en sí mismo tenía que decidirse no en favor de su yo animal, únicamente preocupado por el placer, sino casi siempre en contra de él; mientras que al vivir creyendo en los demás se ahorraba tener que decidir nada, pues todo se encontraba decidido de antemano contra su yo moral, en beneficio de su yo animal. Más aún, su creencia en sí mismo lo exponía sin cesar a la desaprobación de los hombres; creyendo por el contrario en los demás, estaba seguro de merecer el elogio de quienes lo rodeaban.
Así, cuando los pensamientos, las aventuras o las palabras de Nejludov versaban sobre Dios, la verdad, la riqueza o la pobreza, todos los que él frecuentaba juzgaban sus preocupaciones irrazonables, a menudo ridículas; con una benévola ironía, su madre y sus tías lo llamaban «nuestro querido filósofo»; y cuando, por el contrario, leía novelas, contaba anécdotas escabrosas o citaba detalles sobre el vodevil representado en el Teatro Francés, todo el mundo lo aplaudía y lo encontraba encantador. Si, creyendo que era su deber limitar sus necesidades, llevaba un abrigo usado o se abstenía de beber vino, todo el mundo lo tachaba de originalidad que tenía por móvil la vanagloria y el deseo de singularizarse; pero, por el contrario, cuando el dinero gastado en sus placeres excedía de sus recursos, bien en las cacerías, bien en el lujo con que había adornado su despacho, todos alababan su buen gusto y le daban objetos de valor. Cuando era casto y experimentaba el deseo de seguir siéndolo hasta su casamiento, su familia entera temblaba por su salud; por el contrario lejos de entristecerse su madre casi se había alegrado al enterarse de que ya se había convertido en hombre y que acababa de quitarle a uno de sus camaradas una cierta dama francesa. En cuanto al episodio de lo que había podido pasar con Katucha y en las veleidades que había tenido Nejludov de casarse con ella, la princesa no podía pensar en eso sin terror.
Igualmente, cuando Nejludov había dado a los campesinos la pequeña finca que había heredado de su padre, porque la posesión de la tierra le parecía una injusticia, su decisión había dejado estupefactos a todos sus familiares y conocidos, que acudieron a hacerle reproches y a gastarle bromas sin cuento. Le habían repetido hasta la saciedad que, lejos de enriquecerlos, el regalo hecho por él a los campesinos los había empobrecido, que habían montado tres tabernas en su pueblo y habían dejado en absoluto de trabajar. Por el contrario, cuando su entrada en el regimiento de la Guardia le había abierto las puertas de la alta aristocracia y había empezado a gastar tanto dinero, que su madre había tenido que tomar un anticipo Sobre su capital, la princesa Elena Ivanovna apenas se había contristado, considerando que era natural e incluso conveniente para él vacunarse así contra la enfermedad de la locura de la juventud, y eso en buena compañía.
Al principio, Nejludov había presentado cierta resistencia a aquel nuevo género de vida; pero la lucha le resultaba muy difícil, porque todo lo que él tenía por bueno, cuando creía en sí mismo, era tenido por malo por los demás, en tanto que, a la inversa, lo que le parecía malo lo declaraba excelente la gente que lo rodeaba. Por eso acabó cediendo: había dejado de creer en sí mismo para empezar a creer en los demás. Muy al principio, esta capitulación ante sí mismo le había resultado desagradable; pero esta primera impresión fue pasajera; había comenzado a fumar y a beber vino, y como aquel sentimiento penoso había desaparecido por sí mismo, se sintió como aliviado de un peso.
Desde entonces, con su naturaleza apasionada, Nejludov se había entregado por entero a aquella vida nueva que era la de su medio ambiente y había ahogado por completo en él la voz que reclamaba otra cosa. Su llegada a Petersburgo marcó el principio de ese cambio que culminó al ser admitido en el regimiento de la Guardia.
En general, el servicio militar es disolvente, desde el momento en que pone a los hombres en condiciones de completa ociosidad. El honor especial del regimiento, del uniforme, de la bandera, al mismo tiempo que el poder discrecional de los jefes y la sumisión de los subordinados, ocupan el lugar del trabajo útil y de los deberes impuestos a todos los hombres.
Pero cuando, a este disolvente contenido en el servicio militar mismo, desde el punto de vista general, con su honor del regimiento, del uniforme y de la bandera y la autorización de la violencia y del asesinato, viene a añadirse el de la riqueza y el del contacto con la familia imperial (como sucede en los regimientos de la Guardia, donde sirven solamente los oficiales ricos y nobles), resulta de ello un estado de egoísmo insensato, y en este estado se encontraba Nejludov después que se había hecho oficial y que vivía como sus camaradas.
No había más que hacer sino ponerse un bonito uniforme bien confeccionado por otros; un casco y armas, igualmente hechos, limpiados y servidos por otros; caracolear sobre un soberbio caballo, nutrido y educado también por otros; galopar con sus camaradas, blandir el sable, disparar tiros y enseñar este oficio a otros hombres. Ésa era toda la tarea, y los colocados en más altos lugares: jóvenes y viejos, el zar, su camarilla, todos, no solamente aprobaban esta ocupación, sino que la alababan y se mostraban agradecidos por la misma. Se consideraba, además, bueno e importante gastar el dinero sin profundizar en sus orígenes, comer y sobre todo beber en los círculos de oficiales o en los establecimientos más caros; luego, los teatros, los bailes, las mujeres; de nuevo la galopada y el molinete del sable; y una vez más el dinero tirado a manos llenas, el vino, las cartas y las mujeres.
Un paisano que llevase una vida semejante no podría menos de sentir vergüenza en el fondo. Los militares, por el contrario, consideran esa vida como absolutamente indispensable y se glorían de ella, sobre todo durante la guerra, como le ocurría a Nejludov, que había entrado en el servicio después del comienzo de las hostilidades contra Turquía.
«¡Estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida!, y, por consiguiente, esta vida despreocupada y alegre que llevamos es no solamente excusable, sino incluso indispensable para nosotros. Por eso es la que llevamos.»
Tal era el razonamiento inconsciente de Nejludov en este período de su vida; y gozaba viéndose liberado de todos los frenos morales a los que se había atenido en su juventud, con lo que no cesaba de dejar que se consumase en él un verdadero estado de locura egoísta.
Y en ese estado se hallaba cuando, después de tres años, volvió junto a sus tías.
XIV
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Nejludov se había parado en casa de sus tías primeramente porque la finca de éstas se encontraba en la ruta que él tenía que seguir para incorporarse a su regimiento; después, porque las dos viejas señoritas se lo habían suplicado encarecidamente; pero a él mismo lo que le interesaba sobre todo era volver a ver a Katucha. Quizá llevaba de antemano, en el fondo de su alma, respecto a la muchacha, un mal designio dictado por el instinto animal predominante en él; en cualquier caso, no se lo confesaba, y lo único que se confesaba era su deseo de volver a encontrarse en los lugares testigos de la felicidad que había experimentado con ellas, y volverla a ver, y volver a ver a sus tías, personas un poco ridículas, pero amables y buenas y que siempre lo habían envuelto en ternura y admiración.
Llegó a finales de marzo, un Viernes Santo, en pleno deshielo, con una lluvia torrencial, tanto que al acercarse a la casa se sentía mojado y empapado, pero valiente y muy en forma, como lo estaba siempre en aquel período de su vida.
«Con tal que ella siga todavía aquí!», pensaba al penetrar en el patio, todo lleno de nieve fundida, y al distinguir la vieja morada y el muro de ladrillos que rodeaba el recinto y que él conocía tan bien. Se había forjado la esperanza de que, en cuanto ella oyese la campanilla, correría a recibirlo en la escalinata, pero en su lugar aparecieron dos mujeres, con los pies descalzos y las faldas arremangadas, que llevaban cubos y estaban ocupadas sin duda alguna en fregar el suelo. Ni el menor rastro de Katucha , y Nejludov vio solamente avanzar a su encuentro al viejo lacayo Tijon, él también con delantal, y que evidentemente acababa de suspender alguna operación de limpieza. En la antecámara fue recibido por Sofía Ivanovna, con vestido de seda y sombrero.
-¡Qué amable has sido viniendo! -exclamó Sofía Ivanovna besándolo -.Machegnka está un poco malucha; esta mañana se ha cansado en la iglesia. Nos hemos confesado.
-Tía Sonia, le deseo unas felices fiestas -dijo Nejludov, besándole la mano -.¡Perdóneme, la he mojado!
-¡Ve ahora mismo a cambiarte a tu habitación! Estás empapado. ¡Si ya tienes bigote...! ¡Katucha, pronto, Katucha, que le preparen café!
-¡Inmediatamente! -respondió, desde el corredor, una voz, tan agradablemente conocida por Nejludov , y el corazón de éste latió gozosamente. ¡Ella aún seguía allí!
Y era como si el sol se hubiese mostrado entre las nubes, Alegremente, Nejludov siguió a Tijon, quien lo condujo a la misma habitación donde se había alojado en otros tiempos.
Le habría gustado preguntar al sirviente cómo estaba Katucha, lo que hacía, si tenía novio. Pero Tijon se mostraba a la vez tan respetuoso y tan digno, insistía tanto para echar él mismo agua de la jarra sobre las manos de Nejludov, que éste no se atrevió a hacerle preguntas sobre la muchacha, y se limitó a interesarse por los nietecitos del criado, por el viejo caballo de su hermano, por el perro guardián Polkan. Todo el mundo estaba con vida y con buena salud, excepto Polkan, afectado por la rabia el año anterior.
Mientras Nejludov se cambiaba de traje, oyó unos pasos rápidos en el corredor y luego llamar a la puerta. Nejludov reconoció los pasos y la forma de llamar: sólo ella andaba y llamaba de esta forma.
Se echó a toda prisa sobre los hombros su abrigo completamente empapado; luego se acercó a la puerta y gritó:
-¡Entre!
Era ella, Katucha, siempre la misma, pero más encantadora que en otros tiempos. Como antes, sus negros ojos bizqueaban ligeramente, brillaban y reían; y, como antes, llevaba un delantal blanco de una limpieza incomparable. Venía a traerle, de parte de su tía, un jabón perfumado al que hacía un momento le habían desgarrado la envoltura; una toalla esponja y otra mayor, de tela, con bordados rusos , y el jabón, acabado de salir de su envoltura, con sus letras en relieve, y las toallas, y la misma Katucha, todo estaba igualmente limpio, fresco, intacto y delicioso. Los labios de la muchacha, rojos, fuertes, encantadores, se plegaban como antes, con una alegría desbordante, a la vista de Nejludov.
-¡Bienvenido, Dmitri Ivanovitch! -dijo ella con un ligero esfuerzo, y su rostro se ruborizó.
-¡Te saludo...! ¡La saludo...! -No sabía si debía hablarle de «tú» o de «usted», y también él sintió que se ruborizaba -.¿Cómo está usted?
-Bien, a Dios gracias. Su tía le manda su jabón preferido, el de rosa -dijo ella dejando el jabón en la mesa y colocando después las toallas sobre el respaldo de una silla.
-Ellos tienen los suyos -protestó solemnemente Tijon, señalando con el dedo un gran neceser con cerraduras de plata lleno de frascos, brochas, polvos, perfumes y de instrumentos de aseo.
-Déle las gracias a mi tía. ¡Y qué contento estoy de haber venido! -añadió Nejludov, sintiendo que en el fondo de su alma todo volvía a ser dulce y luminoso como en otros tiempos.
Katucha sonrió, y ésa fue su respuesta; luego abandonó la habitación.
La acogida que hicieron a Nejludov sus tías, quienes siempre lo habían adorado, fue esta vez más solícita aún que de costumbre. ¡Dmitri, que se iba a la guerra, podía resultar herido, muerto! Esto las emocionaba.
La primera intención de Nejludov había sido detenerse allí solamente un día; pero, al volver a ver a Katucha se decidió a quedarse junto a ella hasta el día de Pascua, y como había quedado citado con su camarada Schönbok en Odessa, le telegrafió que sería mejor que viniera a reunirse con él en casa de sus tías.
Desde el primer instante en que volvió a ver a la muchacha, Nejludov sintió renacer en él el sentimiento de antes. Como en otros tiempos, no podía impedir una sincera emoción cuando veía el delantal blanco de Katucha; ni oír sin placer su voz, su risa, el ruido de sus pasos; ni soportar con indiferencia, sobre todo cuando ella sonreía, la mirada de sus ojos negros como casis humedecidos; igualmente, y aún más que antaño, no podía, sin turbarse, verla ruborizarse en su presencia. Se sentía enamorado, pero no ya como en los tiempos en que su amor era para él un misterio, cuando no osaba confesárselo a sí mismo, cuando tenía la convicción de que no se podía amar más que una vez; ahora sabía que estaba enamorado y se alegraba de ello y, siempre tratando de no pensar en eso, sabía también en qué consistía este amor y sus resultados posibles.
Como en todos los seres humanos, en Nejludov había dos hombres: uno, el hombre moral que buscaba su bien en el bien de los demás; otro, el hombre animal, que busca tan sólo su bien personal a costa del de todos los demás , y en el período de locura egoísta provocado en él por la vida en Petersburgo y por la vida militar, el hombre animal había adquirido suficiente ventaja para ahogar las necesidades del alma. Sin embargo, cuando volvió a ver a Katucha y sus antiguos sentimientos respecto a ella se despertaron, el hombre moral alzó de nuevo la cabeza y reclamó sus derechos. Esto fue la causa de una lucha inconsciente, pero sin tregua, que se libró en él durante estas dos jornadas que precedieron a las Pascuas.
En lo íntimo de su alma, él sabía que su obligación era marcharse y que obraba mal al prolongar su estancia en casa de sus tías; sabía que nada bueno podría salir de ello; pero en vista del placer y la alegría experimentados, imponía silencio a su conciencia y permanecía allí.
El sábado por la tarde, víspera de Pascuas, el sacerdote, acompañado del diácono y del sacristán, vinieron para celebrar maitines; hablaron de todas las fatigas que habían tenido que soportar para franquear en trineo las charcas producidas por el deshielo durante el camino de tres verstas que separaba la iglesia de la casa de las ancianas señoritas.
Nejludov, con sus tías y todos los sirvientes, asistió a la ceremonia. No dejó de examinar a Katucha, quien permanecía junto a la puerta, el incensario en la mano , y cuando, siguiendo la costumbre, hubo cambiado con el pope, y luego con sus tías, los tres besos, y cuando estaba a punto de regresar a su habitación, oyó en el corredor la voz de Matrena Pavlovna, la vieja camarera; y ésta decía que se preparaba a ir a la iglesia con Katucha para asistir a la bendición del pan pascual. «¡También yo iré!», se dijo Nejludov.
El camino estaba tan intransitable, que no se podía soñar siquiera en ir a la iglesia ni en coche ni en trineo. Por eso Nejludov hizo ensillar el viejo caballo, aquel al que llamaban «el potro del hermano», y, en lugar de irse a acostar, se puso su brillante uniforme, se colocó su capote de oficial y, sobre el viejo caballo demasiado nutrido, pesado, relinchando sin cesar en medio de la noche, a través de la nieve y del fango, se dirigió a la iglesia del pueblo.
XV
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Aquella misa nocturna debía marcar uno de los recuerdos más duraderos y radiantes en la vida de Nejludov.
Cuando, después de una larga carrera a través de las tinieblas, alumbradas solamente, a trechos, por el reflejo blanco de la nieve, penetró por fin, cabalgando el potro, que movía las orejas al ver las lamparitas encendidas alrededor de la iglesia, en el patio de ésta, el servicio había comenzado ya.
Al reconocer en el jinete al sobrino de María Ivanovna, los campesinos lo condujeron a un sitio seco, donde pudo apearse, le recogieron el caballo y le abrieron las puertas de la iglesia, ya llena de gente.
A la derecha estaban los mujiks. Los viejos, con caftanes confeccionados en casa, los pies rodeados de tiras de tela blanca y calzados con alpargatas hechas de corteza de tilo nuevo. Los jóvenes, con caftanes de paño nuevo, ceñidos los riñones con una faja clara, y en los pies grandes botas. A la izquierda estaban las mujeres, tocadas con pañolones de seda vestidas con justillos de terciopelo de mangas rojo vivo faldas azules verdes, rojas, y calzadas con zapatos herrados: Las de más edad, modestas, con sus pañolones blancos y sus caftanes grises, se habían colocado en el fondo. Entre ellas y las mujeres mejor vestidas se alineaban los niños, muy arregladitos, con los cabellos untados de aceite. Los mujiks se santiguaban haciendo grandes ademanes y ceremoniosos saludos, echando hacia atrás su cabellera cuando se incorporaban; las mujeres, sobre todo las viejas, miraban obstinadamente el icono rodeado de cirios, apoyaban vigorosamente sus dedos cruzados por turnos sobre la frente, los hombros y el vientre, mascullando oraciones, se inclinaban y se ponían de rodillas. Imitando a las personas mayores, los niños rezaban con fervor, sobre todo cuando las miradas se posaban en ellos. El iconostasio o biombo de oro lanzaba un raudal de luz en medio de los cirios envueltos en oro. De la misma manera el gran candelabro estaba todo guarnecido de velas. Cantores de buena voluntad formaban dos coros en que el mugido de los bajos se acompasaba con el soprano agudo de las voces infantiles.
Nejludov avanzó hasta la primera fija. La aristocracia ocupaba el centro, representada por un propietario rural del país, con su mujer y su hijo, este último vestido de marinero; luego el comisario de policía rural, el telegrafista, un comerciante calzado con botas altas y el alcalde del pueblo con su medalla al cuello; ya la derecha de la tribuna-púlpito, detrás de la mujer del propietario, Matrena Pavlovna, con un vestido de colores cambiantes, cubiertos los hombros con un chal ribeteado por una banda blanca. Cerca de ella, Katucha, con vestido blanco plisado, ceñido el talle por un cinturón azul, y con un lazo rojo en sus negros cabellos.
Todo tenía aire de fiesta; todo era solemne, alegre y encantador: los sacerdotes, con su casulla de plata, cortada por una cruz de oro; el diácono y el sacristán, con sus estolas bordadas de oro y de plata; los cantos de alegría de los sochantres aficionados, de relucientes cabellos; las bendiciones repetidas del sacerdote, que elevaba el cirio por encima de los fieles; la manera como todo el mundo salmodiaba muchas veces: «¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!» Todo eso era bello, pero más bella aún era Katucha, con su vestido blanco, su cinturón azul, su lazo rojo en sus negros cabellos y sus ojos encendidos de alegría.
Nejludov comprendió que ella lo veía sin volverse. Vio eso al pasar muy cerca de ella para ir hacia el altar. No teniendo por qué hablarle, se las compuso sin embargo para decirle:
-Mi tía la avisa que se comerá después de la misa final. Como siempre, en cuanto Katucha divisó a Nejludov, su joven sangre le afluyó al rostro y sus negros ojos se detuvieron en él risueños, dichosos, en una mirada ingenua de arriba abajo.
-Sí, ya lo sé- respondió ella.
En aquel momento, el sacristán, que atravesaba por entre la muchedumbre con un jarrón de cobre, pasó cerca de la muchacha y, sin verla, la rozó con su estola. Por deferencia había querido borrarse ante Nejludov y así había rozado a Katucha. Pero Nejludov se quedó estupefacto al ver que el sacristán no comprendía que todo lo que existía en la iglesia, en el mundo, no existía más que para Katucha y que ella sola, centro del universo entero, no debía pasar inadvertida. Para ella brillaba el oro del iconostasio, ardían los cirios del candelabro; para ella subían todos aquellos cantos de alegría: «¡La Pascua del Señor! ¡Humanos, alegraos!». Y todo lo que era hermoso y bueno en la tierra era para Katucha, y Katucha debía comprenderlo así, porque Nejludov lo sentía al ver las formas esbeltas de la joven, moldeadas en su vestido blanco plisado, y su rostro lleno de alegría recogida, diciéndole que todo lo que cantaba en él debía también cantar en ella.
En el intervalo entre la misa nocturna y la misa de la aurora, Nejludov salió de la iglesia. Delante de él, la muchedumbre se apartaba y lo saludaba. Algunos lo reconocían; otros preguntaban: «¿Quién es?» Se detuvo en el atrio. Los mendigos lo rodearon; les distribuyó todo el dinero menudo que llevaba en el portamonedas y bajó la escalera del patio.
Ya el alba empezaba a despuntar, pero el sol no aparecía aún. Los fieles iban a sentarse entre las tumbas que rodeaban la Iglesia. Katucha se había quedado en el interior, y Nejludov se detuvo para aguardarla.
Haciendo resonar los clavos de las botas sobre las losas, la multitud continuaba saliendo y se diseminaba por el patio y por el cementerio de la iglesia.
Un viejo de cabeza bamboleante, antiguo pastelero de María Ivanovna detuvo a Nejludov y lo besó tres veces; luego su mujer, una viejecita toda arrugada, cubierta la cabeza con un pañuelo de seda, le tendió un huevo teñido de amarillo azafrán. Detrás de ellos, un joven y vigoroso mujik, vestido con un caftán nuevo con un cinturón verde, se acercó sonriendo.
-¡Cristo ha resucitado! -dijo con una mirada risueña y bondadosa; y pasando los brazos por el cuello de Nejludov, cosquilleándole el rostro con su corta barba rizada, mientras lo impregnaba con su olor especial y sano de mujik, lo besó tres veces en plena boca con sus labios fuertes y frescos.
Mientras Nejludov se besaba con el mujik y recibía de él un huevo teñido de color de ladrillo, vio salir de la iglesia el vestido tornasolado de Matrena Pavlovna y la querida cabecita negra de lazo rojo.
Inmediatamente Katucha lo divisó, a pesar de la muchedumbre que los separaba; y él vio cómo se le aclaraba el rostro.
En el atrio, la joven se detuvo para dar unos céntimos a los mendigos. Uno de ellos, que se le acercó, tenía una gran llaga roja en lugar de nariz. Ella cogió algo de su vestido, luego avanzó hacia él y lo besó tres veces, sin repulsión, con el mismo centelleo en los ojos. Al mismo tiempo sus ojos se encontraron con los de Nejludov; y era como si le hubiesen preguntado: «¿Está bien lo que estoy haciendo?»
«¡Desde luego, mi bienamada, todo está bien, todo es hermoso, te amo!»
Las dos mujeres bajaron los escalones, y Nejludov avanzó hacia ellas. Su intención no era desearles la Pascua, pero no podía impedir acercarse a Katucha.
-¡Cristo ha resucitado! -dijo Matrena Pavlovna con una señal de cabeza, una sonrisa y una voz que demostraban la igualdad de todos aquel día; luego se secó la boca con el pañuelo y se la ofreció a Nejludov.
-¡Verdaderamente resucitado! -respondió él, y la besó.
Lanzó una mirada a Katucha, que enrojeció y vino a colocarse muy cerca de él.
-¡Cristo ha resucitado, Dmitri Ivanovitch!
-¡Verdaderamente resucitado! - dijo él. Se besaron dos veces y se detuvieron, preguntándose si debían continuar; e inmediatamente, habiendo decidido que sí debían, se besaron una tercera vez, y los dos sonrieron.
-¿No van ustedes a casa del sacerdote? -preguntó Nejludov.
-No, esperaremos aquí, Dmitri Ivanovitch -dijo ella, haciendo un esfuerzo para hablar.
El pecho se le levantaba febrilmente; ella no dejaba de mirarlo a los ojos con sus ojos sumisos, vírgenes y amantes.
En el amor entre hombre y mujer sobreviene siempre el minuto en que este amor alcanza su apogeo y no tiene ya nada de premeditado ni de sensual. Nejludov había conocido ese minuto en aquella noche de la resurrección de Cristo. Ahora, sentado en la sala del jurado, si trataba de rememorar todas las circunstancias en que había visto a Katucha, se alzaba aquel minuto único borrando todo el resto: la negra cabecita cuidadosamente peinada, con su lazo rojo, su vestido blanco plisado, moldeando su talle virgen y esbelto y su pecho naciente, y aquel rubor, y aquellos ojos negros radiantes y tiernos, y, en todo su ser, los dos rasgos principales: la pureza de su amor virginal, no solamente hacia él, él lo sabía, sino hacia todos y hacia todo; no solamente hacia lo que había de bueno en el mundo, sino también hacia aquel mendigo al que había besado.
Ese amor, él lo sentía aquella noche en ella como en él mismo; y sentía que ese amor los fundía a los dos en un ser único.
«¡Ah, si hubiese podido perdurar en el sentimiento experimentado aquella noche! Sí -cavilaba, sentado ante una ventana en la sala del jurado-, todo lo que ocurrió de terrible entre nosotros no llegó sino después de aquella noche aniversario de la resurrección de Cristo.»
XVI
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Al regreso de la iglesia, Nejludov comió con sus tías. Para reaccionar contra la fatiga, siguiendo una costumbre contraída en el regimiento, bebió varios vasos de aguardiente y de vino. Luego se retiró a su habitación, se tendió en la cama sin desnudarse y se quedó dormido inmediatamente. Lo despertó un golpe dado a la puerta, y la manera de golpear le indicó que era ella. Saltó de la cama frotándose los ojos.
-Katucha, ¿eres tú? ¡Entra! -dijo él.
Ella entreabrió la puerta.
-Lo llaman para comer —dijo
Llevaba su mismo vestido blanco, pero no el lazo en los cabellos.
Ella lo miraba a los ojos, el rostro radiante, como si le hubiesen anunciado alguna cosa extraordinariamente feliz.
-Ahora mismo voy- respondió, cogiendo un peine para ponerse en orden los cabellos.
Ella permaneció todavía unos minutos sin decir nada. Él, dándose cuenta, tiró el peine y se lanzó bruscamente hacia ella. Pero, en el mismo instante, ella se volvió con un movimiento ligero y se deslizó, con paso rápido, por la alfombra del corredor.
«¿Cómo he podido ser tan imbécil como para no retenerla?», pensó Nejludov.
Y corrió detrás de ella por el pasillo.
Él mismo no sabía lo que quería de la muchacha. Pero tenía la impresión de no haber hecho, cuando ella había entrado en su cuarto, lo que habría hecho todo el mundo.
-¡Katucha, espérate! -le dijo.
Ella se volvió y preguntó, deteniéndose:
-¿Qué pasa?
-No pasa nada; únicamente...
Y, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, recordando cómo obraban todos en casos parecidos, le pasó el brazo alrededor del talle.
Ella le miró fijamente a los ojos.
-No está bien, Dmitri Ivanovitch, no está bien —dijo, poniéndose toda roja ya punto de llorar.
Luego, con su nerviosa manecita, apartó el brazo que la había enlazado..
Nejludov la soltó. Tuvo de pronto una sensación de malestar y de vergüenza, más aún, de repugnancia contra sí mismo. En aquel instante decisivo habría debido creer en él mismo; pero no comprendió que esa vergüenza y esa repugnancia eran el mejor sentimiento de su alma; por el contrario, se imaginó que sólo su estupidez hablaba en él y que su deber era hacer como hace todo el mundo.
Persiguió de nuevo a Katucha, la volvió a agarrar por el talle y le deslizó un beso en el cuello. Pero ese beso no se parecía en nada a los dados en dos ocasiones anteriores: el primero, inconsciente, tras el bosquecillo de lilas; luego, los de aquella mañana, en la iglesia. En este momento su beso tenía algo de terrible, y ella lo comprendió.
-Pero, ¿qué hace usted? -exclamó ella con espanto, como si hubiese destruido para siempre algo infinitamente precioso; y huyó a todo correr.
Nejludov llegó al comedor. Encontró allí, ya sentados a la mesa, a sus tías vestidas con sus mejores galas, al médico y a una vecina. Todo transcurría como de ordinario, pero en el alma de Nejludov rugía la tempestad. No comprendía nada de lo que se le decía, respondía equivocadamente y no pensaba más que en el beso robado a Katucha, no pudiendo pensar en ninguna otra cosa. Cuando ella entró en el comedor, él no levantó los ojos hacia ella, pero todo su ser sentía, aspiraba su presencia, y tenía que hacer un esfuerzo para no mirarla.
Después de la comida volvió a su habitación. Muy conmovido, caminó largo rato de arriba abajo, el oído al acecho de los rumores de la casa, esperando el paso de Katucha. No solamente el animal que estaba en él había levantado la cabeza, sino que había pisoteado al ser espiritual que había existido en Nejludov cuando su primera estancia y todavía aquella mañana en la iglesia , y esta temible bestia humana reinaba ahora en su alma. Pero, aunque no cesase de espiar a Katucha, no pudo, ni una sola vez durante el día, encontrarse a solas con ella. No cabía duda de que ella lo esquivaba. Pero, hacia el anochecer, se vio obligada a entrar en una habitación contigua a la que él ocupaba. Habiendo consentido el médico en quedarse hasta el día siguiente, la joven había recibido la orden de prepararle una habitación donde pasar la noche. Al ruido de sus pasos, Nejludov, caminando quedamente y reteniendo el aliento, como si fuera a cometer un crimen, se deslizó en la habitación donde ella estaba.
Ella tenía las manos metidas en una funda a fin de introducir allí la almohada. Se volvió hacia Nejludov y sonrió, pero no con aquella sonrisa gozosa y confiada de otros tiempos, sino con una sonrisa temerosa, angustiada. Parecía decirle a Nejludov que lo que hacía estaba mal, y éste se detuvo un instante. En aquel momento la lucha aún era posible. Muy débilmente, él oía la voz de su verdadero amor, que le hablaba de ella de sus sentimientos para con ella, de la vida de ella. Pero otra voz le decía: «¡Ten cuidado, vas a dejar escapar tu felicidad, tu placer!». Y la última voz ahogó a la primera. Con paso resuelto, avanzó hacia la joven, obedeciendo a un sentimiento bestial, irresistible.
Teniéndola ceñida en un sólido abrazo, sintió que era necesario hacer algo más; y la sentó en la cama y él se sentó junto a ella.
-¡Dmitri Ivanovitch, querido, por favor, déjeme! -murmuró ella con voz suplicante -¡Ahí viene Matrena Pavlovna! -exclamó desprendiéndose bruscamente.
En efecto, alguien venía.
-¡Escucha! -le susurró Nejludov -. Iré a reunirme contigo por la noche. Estarás sola, ¿verdad?
-¿Qué dice usted? ¡Nunca en la vida! ¡No está bien! -decían sus labios; pero toda su persona, conmovida, turbada, decía otra cosa.
Era, desde luego, Matrena Pavlovna. Entró en la habitación trayendo cobertores. Lanzó a Nejludov una mirada de reproche y regaño a Katucha por haberse olvidado de recoger la colcha que hacía falta.
Silenciosamente, Nejludov salió, sin ni siquiera sentir vergüenza. En la mirada de Matrena Pavlovna había leído una censura, y ella tenía, bien lo sabía él, derecho a censurarle, porque lo que él hacía estaba mal; pero es que ya el instinto bestial, suplantando su antiguo amor por Katucha, lo dominaba, reinaba único en él. Se sentía obligado a satisfacer ese instinto y no pensaba más que en los medios de conseguirlo.
No pudo estarse quieto en un sitio durante la velada, y unas veces entraba en la sala de sus tías y otras iba a su habitación o salía a la escalinata. Su solo pensamiento era volver a ver a Katucha; pero ésta lo esquivaba, vigilada además por Matrena Pavlovna.
XVII
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Transcurrida así la velada, vino la noche. El médico fue a acostarse y las tías se retiraron a sus habitaciones. Nejludov sabía que en aquellos momentos Matrena Pavlovna ayudaba a desnudarse a las viejas señoritas. Katucha debía de estar sola en la cocina. De nuevo Nejludov salió a la escalinata. La noche era sombría, húmeda, pegajosa; una neblina blanca, producida en primavera por la fusión de la nieve, llenaba el aire. Del río, a cien pasos de la casa, llegaban ruidos extraños: era el hielo que se rompía.
Nejludov bajó la escalinata, franqueó los charcos de agua para poner los pies en nieve dura y avanzó hasta la ventana de la cocina. El corazón le latía con tanta fuerza en el pecho, que llegaba a oír los latidos; ora se le paraba la respiración, ora le salía jadeante en un soplo penoso. Una lamparilla alumbraba la cocina. Katucha estaba allí sola, sentada cerca de la mesa, los ojos fijos en el vacío, la expresión pensativa. Y, durante largo rato, Nejludov se quedó observándola, con la curiosidad de saber qué haría ella a continuación. La muchacha conservó la misma postura durante algunos minutos, alzó los ojos, sonrió, hizo una señal de cabeza como si se hubiese dirigido un reproche a sí misma; luego, con ademán convulso, posó las manos sobre la mesa y volvió de nuevo a mirar el vacío.
Él seguía allí mirándola, escuchando a pesar suyo los latidos de su propio corazón y los ruidos extraños que llegaban del río. Allá lejos, en medio de la bruma, se proseguía un trabajo incesante y lento; algo parecía roncar, partirse, hundirse, y delgados témpanos resonaban como cristal.
Nejludov, inmóvil, seguía en el fatigado y pensativo rostro de Katucha las fases de un trabajo interior igualmente penoso; y tenía lástima de ella, pero era una lástima singular que le aumentaba su deseo de poseerla.
A partir de aquel instante, el deseo lo invadió por entero. Llamó a la ventana. Como movida por un choque eléctrico, todo su cuerpo se estremeció y su rostro adquirió una expresión de terror. Luego se levantó sobresaltada, corrió a la ventana y pegó la cara al cristal. La expresión de susto se mantuvo cuando, con las dos manos colocadas por encima de los ojos para ver mejor, reconoció a Nejludov. Éste nunca le había visto un semblante tan serio. Ella sonrió después que él le hubo sonreído, pero por sumisión a él, pues Nejludov notó claramente que en el alma de la muchacha persistía el espanto en lugar de la sonrisa. Con la mano le hizo señas para que viniese a reunirse con él en el patio. Ella sacudió la cabeza: ¡no, no saldría!, y se quedó cerca de la ventana. Él volvió a pegar la cara al cristal, dispuesto a gritarle que saliera; pero ella se volvió en el mismo instante hacia la puerta. Sin duda, alguien la había llamado. Él se alejó de la ventana. La neblina era tan intensa, que a cinco pasos de la casa no se distinguían ya las ventanas, sino solamente una gran masa sombría, agujereada por el resplandor rojo de una lámpara. En el río, siempre el mismo ronquido, el mismo frotamiento el mismo, crujir, el mismo tintineo de los témpanos. De pronto, a través de la niebla, cantó un gallo, y otros respondieron en el corral; otros, más lejos, en el campo, lanzaron sus llamamientos alternados, que pronto fueron fundiéndose en un único gran ruido. Era ya el canto de los gallos anunciando el alba. El silencio planeaba por los alrededores de donde sólo subía el tumulto del río.
Habiendo dado algunos pasos de arriba abajo delante de la casa y habiéndose mojado varias veces los pies en los charcos de agua, Nejludov se acercó de nuevo a las ventanas de la cocina. A la luz de la lámpara volvió a ver a Katucha, sentada cerca de la mesa, en una actitud indecisa. Pero apenas se hubo acercado a la ventana, ella levantó los ojos hacia él. Él llamó. Inmediatamente, sin ni siquiera mirar quién llamaba, salió de la cocina; él oyó el rechinar de la puerta al abrirse y luego, al cerrarse. Corrió a esperarla delante de la escalinata y, sin decir palabra, la enlazó entre sus brazos. Apretada contra él, ella alzó la cabeza y ofreció sus labios al beso , y se mantuvieron de pie, en la esquina de la casa, en un sitio seco , y cada vez mas crecía en Nejludov el deseo de poseerla. Pero la puerta rechinó de nuevo, y, en la noche, la voz irritada de Matrena Pavlovna gritó:
-¡Katucha!-
Ésta se arrancó de los brazos de Nejludov y se lanzó hacia la cocina. Él oyó echar el cerrojo; luego, en el silencio que se hizo de nuevo, el resplandor rojo de la lámpara desapareció. No quedó nada más que la bruma y el estruendo del río.
Nejludov se acercó a la ventana y no pudo ver nada. Llamó y no recibió respuesta. Volvió a entrar en la casa por la escalinata grande y se dirigió a su habitación, pero no se acostó. Un rato más tarde, se quitó las botas y avanzó por el pasillo hasta la habitación donde se acostaba Katucha. Al pasar ante la de Matrena Pavlovna, oyó que ésta roncaba apaciblemente. Siguió andando, pero de pronto Matrena Pavlovna tosió y se removió en su lecho. Nejludov quedó inmóvil durante cinco minutos. Luego todo se calló y él oyó de nuevo el ronquido de la anciana.
Prosiguió su camino, evitando con cuidado hacer crujir el suelo. Por fin se encontró ante la puerta de Katucha. Ni un soplo en el interior; con toda seguridad, ella no dormía, porque él habría oído el murmullo de su respiración. Pero, apenas susurró: «¡Katucha!», ésta se lanzó hacia la puerta y, con un tono que parecía de enfado, lo intimó a que se marchase.
-Pero, ¿qué hace usted ahí? ¿Es posible? ¡Van a despertarse sus tías! -decían sus labios. Pero todo su ser decía: «¡Soy toda tuya!» Y eso fue lo único que oyó Nejludov.
-Te lo ruego, ábreme solamente un momento, te lo suplico- Hablaba sin pensar en lo que decía.
Se hizo un silencio; luego Nejludov oyó palpar una mano que en las tinieblas buscaba el cerrojillo de la puerta. Ésta se abrió y Nejludov penetró en la habitación. Agarró a Katucha, vestida solamente con un camisón de tela gruesa, con los brazos desnudos, la alzó en vilo y se la llevó.
-¡Oh!, ¿qué hace usted? -murmuraba ella.
Pero, sin escuchar sus palabras, se la llevaba a su habitación. -¡Oh, no está bien! ¡Déjeme! -decía ella; y, sin embargo, se apretaba contra él.
. . . . . . . . . . . . . .
Cuando la hubo abandonado, toda temblorosa y callada, él salió a la escalinata y se quedó allí de pie, buscando el sentido de lo que acababa de ocurrir.
Fuera había más claridad. Abajo, el crujido, el derrumbamiento, el tintineo de los témpanos aumentaban cada vez más ya aquellos ruidos se añadía además el murmullo del agua. Detrás de la cortina de bruma que empezaba a desvanecerse trasparecía vagamente la media luna, alumbrando en semitinieblas algo sombrío y trágico.
«¿Qué es todo esto? ¿Me ha sucedido una gran dicha o una gran desgracia? -se preguntaba Nejludov -.¡Bah, todo el mundo se comporta así», concluyó; y fue a acostarse.
XVIII
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Al día siguiente, Schönbok, amigo de Nejludov, vino a recogerlo a casa de sus tías. Guapo, brillante, jovial, encantó literalmente a las señoritas con su elegancia, su cortesía, su generosidad y su afecto hacia Dmitri. Pero aun gustándoles mucho, su generosidad les parecía exagerada. Se asombraron al verle dar un rublo aun mendigo ciego, distribuir quince como propinas a la servidumbre y desgarrar sin vacilación un pañuelo de batista bordado para vendar la pata de Suzette, la perrita de Sofía Ivanovna. Ahora bien, ésta sabía que semejantes pañuelos no pueden costar menos de quince rublos la docena. Nunca las dignas tías habían visto nada parecido; ignoraban igualmente que ese Schonbok tenía 200.000 rublos de deudas y que estaba bien resuelto a no pagarlos jamás; por eso veinticinco rublos más o menos apenas tenían importancia para él.
No pasó más que un día en casa de las señoritas ya la noche siguiente volvió a ponerse en camino con Nejludov. Llegados al límite extremo del plazo que les habían concedido para incorporarse a su regimiento, no podían prolongar su estancia.
Durante este primer día, el alma de Nejludov no podía librarse del recuerdo de la noche anterior. Dos sentimientos opuestos combatían en ella: uno, el recuerdo ardiente de un amor bestial que, aun no habiendo dado todo lo que prometía, dejaba sin embargo la satisfacción de un deseo realizado; el otro, la conciencia de haber cometido un acto malo, con obligación de repararlo, y esto no por ella, sino por él.
Porque, en el estado de locura egoísta en que se encontraba, Nejludov no podía pensar más que en él. Se inquietaba por la manera como se podría considerar su conducta respecto a la muchacha, y no pensaba en modo alguno en lo que ésta podría sentir ni en lo que a ella le sucedería.
Creía desde luego que Schonbok había adivinado sus relaciones con Katucha, y eso halagaba su amor propio.
-He aquí -le dijo este último desde que hubo visto a la muchacha -la causa de tu repentino afecto por tus tías y el porqué estás aquí desde hace cuatro días. La verdad es que en tu lugar yo habría hecho otro tanto: es encantadora.
Y Nejludov pensaba que, a despecho de sus deseos no saciados, era más ventajoso aún partir y romper de un solo golpe relaciones difíciles de continuar. Pensaba también que era deber suyo dar dinero a Katucha, no por ella ni porque tuviera necesidad, sino porque eso es lo que se hace siempre y porque lo habrían considerado como un hombre sin honor si no le hubiese pagado por haberla poseído. Y, en efecto, resolvió darle una suma adecuada a la respectiva situación de ambos.
El día de la partida, después del almuerzo, la esperó en la antecámara. Al verlo, ella se puso toda roja y quiso pasar, señalando con una mirada la puerta abierta de la cocina. Pero él la retuvo.
-Quería decirte adiós -le dijo, tratando de meterle en la mano un sobre donde había puesto un billete de cien rublos -. Toma..
Ella comprendió, frunció las cejas, sacudió la cabeza y rechazó la mano tendida de Nejludov.
-¡Vamos, toma! -murmuró él. Le hundió el sobre en la abertura del corpiño. Y, como si se hubiese quemado los dedos, frunciendo a su vez las cejas y gimiendo, corrió a encerrarse en su habitación.
Allí, caminando de arriba abajo, se retorcía, se sobresaltaba, lanzaba exclamaciones, como torturado por un dolor físico al recuerdo de su última entrevista con Katucha.
Pero, ¿qué hacer? ¿No obraba todo el mundo así? ¿No era así como había obrado Schonbok con aquella institutriz cuya historia le había referido? ¿Y su tío Gricha? ¿Y su propio padre, cuando había tenido de una campesina de sus tierras aquel hijo natural, Mitegnka, que vivía aún? Y puesto que todo el mundo obraba así, así era como él tenía que obrar. Basándose en todo aquello, procuraba tranquilizarse, pero sin conseguirlo completamente.
En lo más profundo de su alma juzgaba su acción tan fea, tan baja, tan cruel, que no solamente había perdido el derecho de juzgar a los demás, sino incluso de mirarlos a la cara. Y sin embargo, estaba obligado a considerarse a sí mismo como un hombre lleno de nobleza, de honor y de generosidad: solamente a ese precio podía continuar viviendo la vida que vivía. No tenía para eso más que un solo medio: no pensar en lo que acababa de hacer. Empleó ese medio.
La existencia que le aguardaba el ambiente, los camaradas, la guerra, eran propicios a ese olvido , y cuanto más vivía, más olvidaba; tanto, que había olvidado del todo.
Sin embargo, una vez, a su regreso de la guerra, habiéndose detenido en casa de sus tías con la esperanza de volver a ver allí a Katucha, había sentido que se le oprimía el corazón al enterarse de que ya no estaba allí, que había abandonado la casa poco después de haberse él marchado, para dar a luz, y que luego, según las ancianas señoritas, se había degradado completamente.
A juzgar por las fechas, el niño nacido de ella podría ser de él; pero también podía no ser de él. Al contarle aquello, sus tías habían añadido que incluso antes de abandonarlas, Katucha se había desenfrenado completamente: era una naturaleza viciosa como su madre. Este juicio de sus tías agradaba a Nejludov, quien se encontraba así absuelto en cierto modo. Tuvo al principio la intención de buscar a Katucha y al niño; pero en el fondo de su alma le resultaba penoso y humillante el recuerdo de su conducta, y no realizó esfuerzo alguno para encontrarla; más aún, olvidó su falta y cesó completamente de pensar en aquello.
Y he aquí que ahora un azar extraordinario le recordaba todo eso, lo obligaba a condenar el egoísmo, la crueldad y la bajeza gracias a los cuales durante diez años, había podido vivir tranquilamente con una falta semejante sobre la conciencia. Pero estaba aún lejos de consentir en una confesión sincera de su indignidad; y, todavía en aquel momento, pensaba únicamente en evitar que todo fuera descubierto y que las revelaciones de Katucha, o de su defensor, no lo mostrasen ante todos tal como había sido.
XIX
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Tal era la disposición de espíritu de Nejludov mientras, en la sala del jurado, aguardaba que se reanudase la vista. Sentado cerca de la ventana, ola el ruido de las conversaciones de sus colegas y fumaba sin cesar.
Sin duda alguna, el comerciante jovial apreciaba mucho la manera de matar el tiempo empleada por Smielkov.
La verdad es que las francachelas del individuo eran bárbaras, a lo siberiano , y no tenía pelo de tonto: había elegido una agradable jovencita.
El jefe del jurado exponía consideraciones tendentes a colocar todo el nervio del asunto en los expertos. Peter Guerassimovitch bromeaba y se reía a carcajadas con el dependiente judío. Nejludov respondía con monosílabos a las preguntas que le hacían y deseaba solamente que lo dejasen tranquilo.
Cuando, con su pasito saltarín, el portero de estrados entró en la sala para volver a llamar a los jurados, Nejludov experimentó un sentimiento de espanto, como si fuese, no a juzgar, sino a ser juzgado él mismo. En el fondo de su alma, a partir de entonces, se encontraba miserable, indigno de mirar a los demás hombres a la cara, y, sin embargo, la fuerza de la costumbre lo llevó, con un paso muy seguro, al estrado, donde volvió a ocupar su asiento, en primera fila, muy cerca del asiento del jefe del jurado; tras lo cual cruzó con desenvoltura las piernas y se puso a jugar con sus lentes.
Traían en aquel momento a los detenidos, a los que también habían llevado fuera de la sala.
Habían introducido a nuevas figuras: los testigos. Nejludov observó que Katucha lanzaba ojeadas frecuentes a una gruesa dama chillonamente vestida de seda y de terciopelo y tocada con un enorme sombrero adornado con un gran lazo. Sentada en primera fila detrás de la rejilla, tenía sobre el brazo desnudo hasta el codo un elegante ridículo. Nejludov se enteró pronto de que era la patrona de la casa donde Maslova había vivido en último lugar.
Inmediatamente se procedió a la audición de los testigos: nombres, religión, etcétera. Después que les preguntaron si querían o no declarar bajo juramento, el pope reapareció sobre d estrado arrastrando penosamente las piernas; de nuevo, ajustando la cruz de oro que le colgaba sobre el pecho, se dirigió hacia el icono, para hacer prestar allí el juramento a los testigos y al perito, con la misma serenidad y la misma seguridad de cumplir una función esencialmente importante y útil. Acabada esta formalidad, el presidente hizo salir a todos los testigos, con excepción de la dama gruesa, Kitaieva, patrona de la casa de tolerancia. La invitaron a que dijese lo que sabía sobre el envenenamiento. Con una sonrisa afectada, la cabeza escondida en su sombrero y cada una de sus frases pronunciada con acento alemán, expuso, con minuciosidad y método, todo lo que sabía.
Primeramente, el mozo del hotel, Simón, había venido a su establecimiento para buscar en él a una de sus señoritas y llevársela al comerciante siberiano. Ella había enviado a Lubacha, esto es, Lubov. Algún tiempo después aquélla había vuelto con el comerciante.
Estaba ya en éxtasis -añadió Kitaieva con una ligera sonrisa - Luego había continuado bebiendo y convidando a todas las mujeres hasta que, no teniendo ya más dinero encima, había enviado, al hotel donde se alojaba, a esa misma Lubacha, por la que sentía una verdadera predilección -añadió, volviendo los ojos hacia la detenida.
A estas palabras, Nejludov creyó ver sonreír a Maslova y eso le hizo sentir disgusto. Un sentimiento extraño, impreciso, de repulsión y de sufrimiento, le invadió el corazón.
-¿Querría la testigo damos a conocer su opinión sobre Maslova? -preguntó, tímido y ruborizándose, el defensor de signado de oficio para la muchacha.
Mi opinión no puede ser mejor -respondió Kitaieva -. Es una joven de excelentes modales y llena de elegancia. Se ha criado en una noble familia y sabe incluso francés. Quizás alguna vez haya bebido con cierto exceso, pero jamás hasta el punto de perder la cabeza. ¡Es una muchacha excelente!
Katucha, que había tenido los ojos clavados en la patrona, los volvió en seguida a los jurados y los detuvo en Nejludov. El rostro de la joven se puso grave, rígido. Bizqueando, uno de sus ojos tenía una expresión severa y, durante un rato bastante largo, aquella extraña mirada pesó sobre Nejludov; y, a pesar del espanto de éste, le era imposible despegar su vista de aquellos ojos que bizqueaban y cuyo blanco despedía chispas. Se acordó de la espantosa noche, del crujido del hielo en el río, de la niebla y sobre todo de aquella luna escotada y tumbada que, habiendo salido hacia el amanecer, había alumbrado algo sombrío y terrible , y esos dos ojos negros, atornillados a los suyos, le recordaban vagamente aquella cosa negra y terrible.
«¡Me ha reconocido!», pensaba. Y, maquinalmente, se retrepó en su asiento, aguardando el choque.
Pero ella no lo había reconocido. Tranquilamente lanzó un suspiro, y de nuevo se quedó mirando con fijeza al presidente , y Nejludov suspiró también: «¡Ah! -pensó-. ¡Que acabe esto de una vez!» Experimentaba una impresión a menudo sentida ya en las cacerías, cuando se trataba de rematar a un pájaro herido: mezcla de repulsión, de lástima y de pena. El pájaro herido se debate en el morral: se vacila y se siente al mismo tiempo disgusto y lástima, y uno querría acabar lo antes posible y olvidar.
Sentimientos idénticos llenaban por aquel entonces el alma de Nejludov al escuchar las respuestas de los testigos.
XX
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Ahora bien, como hecho a posta, el asunto se iba alargando. Cuando, uno a uno, fueron interrogados los testigos y el perito; cuando, según la costumbre, el fiscal y los abogados hubieron hecho, con aire muy importante, numerosas preguntas perfectamente inútiles, el presidente invitó a los jurados a tomar conocimiento de las piezas de convicción, consistentes en un anillo enorme con una rosa de brillantes, hecho para un índice de grosor extraordinario, y un filtro que había servido para analizar el veneno. Tales objetos estaban sellados y etiquetados.
Los jurados iban a levantarse de sus asientos para examinar esos objetos, cuando el fiscal se puso en pie para pedir que antes de mostrar las piezas de convicción se diese lectura de los resultados de la autopsia practicada en el cadáver. El presidente, metiendo prisa al asunto para ir lo más pronto posible a reunirse con su suiza, no ignoraba que el único efecto de esta lectura sería aburrir a todo el mundo y retardar la hora de comer, ni que el fiscal exigía esa lectura únicamente porque tenía derecho para ello. No pudiendo oponerse, tuvo que consentir. El escribano exhibió unos papeles y, con voz monótona, hablando con media lengua al llegar a las eles ya les erres, se puso a leer.
Del examen exterior del cadáver resulta que:
1.º La estatura de Feraponte Smielkov era de 2 archines y 12 verchoks.
2.º La edad, por lo que era posible juzgar a resultas del examen exterior, era de unos cuarenta años.
3.º En el momento del examen, el cadáver estaba hinchado.
4.º La epidermis era de color verdoso y estaba cubierto de manchas negras.
5.º La piel estaba levantada con ampollas de diversos tamaños, en algunos sitios reventadas y colgantes.
6.º Los cabellos, de un rubio oscuro, muy espesos, se separaban de la piel al menor contacto del dedo.
7.º Los ojos estaban fuera de sus órbitas, y la córnea turbia.
8.º De las ventanillas de la nariz, de las orejas y de la boca entreabierta fluía un pus pegajoso y fétido.
9.º El cuello del cadáver había casi desaparecido a consecuencia de la hinchazón de la cara y del busto.
Etcétera, etcétera.
En cuatro páginas, en veintisiete puntos, se alargaba así la descripción detallada resultante del examen exterior del espantoso, del corpulento, del gran cadáver hinchado y descompuesto del jovial comerciante que tanto se había divertido en la ciudad. Y esta lectura macabra aumentó aún más el indefinible sentimiento de disgusto experimentado por Nejludov. La existencia de Katucha, el pus que fluía de las ventanillas de la nariz del comerciante, los ojos salidos de sus órbitas, y su propia conducta pasada con relación a la muchacha, eran otros tantos hechos que le parecían del mismo tipo y que le daban la impresión de apretarlo y sofocarlo.
Terminada esta lectura del examen exterior, el presidente, creyendo que ya se había acabado, lanzó un suspiro de alivio y levantó la cabeza, pero a continuación el escribano pasó a un segundo documento: el examen interior del cadáver.
El presidente volvió a dejar caer la cabeza, se acodó en la mesa y cerró los ojos. El comerciante, vecino de Nejludov, esforzándose en escapar al sueño, no por ello dejaba de perder algunas veces el equilibrio; los acusados mismos y los guardias que los custodiaban se habían inmovilizado.
El examen interior del cadáver había demostrado que:
1 La piel que envolvía el cráneo estaba ligeramente se parada de los huesos, pero sin huella alguna de hemorragia.
2 Los huesos del cráneo eran de dimensiones normales y estaban intactos.
3 En la envoltura cervical se veían manchitas pigmentarias de un matiz mate pálido.
Etcétera, etcétera. Y así 13 puntos más del mismo género.
Seguían los nombres de los testigos de la encuesta, sus firmas y por fin las conclusiones del médico perito afirmando que por los accidentes comprobados en el estómago, en los intestinos y en los riñones del comerciante Smielkov se podía deducir, con un cierto grado de verosimilitud, que Smielkov había muerto por la absorción de un veneno, tragado por él con el aguardiente. En cuanto a juzgar con exactitud, por las modificaciones sufridas en el estómago y en los intestinos, sobre la naturaleza misma del veneno, eso era imposible; y en cuanto a la hipótesis de la absorción del veneno junto con el aguardiente, se derivaba de la gran cantidad de aguardiente encontrada en el estómago del comerciante.
-Bueno, eso prueba que bebía de lo lindo - murmuró de nuevo al oído de Nejludov el comerciante, su vecino, que se había despertado de pronto.
La lectura del llamado proceso verbal había durado casi una hora; pero el fiscal era insaciable. Cuando el escribano hubo acabado de leer las conclusiones del médico perito, el presidente dijo, volviéndose hacia el fiscal:
-Creo que no hay utilidad ninguna en leer el resultado del análisis de las vísceras.
-Perdón; pido que se lleve a cabo su lectura - dijo el fiscal con tono severo, sin mirar al presidente e inclinándose un poco hacia un lado; y el tono de su voz daba a entender que tenía derecho a exigir esta lectura, que no renunciaría a ella a ningún precio y que la negativa de esta lectura entrañaría la casación del proceso.
El juez de la gran barba se sentía trabajado de nuevo por su dolencia de estómago.
-¿Para qué esa lectura? -preguntó al presidente-. No puede ser más que una pérdida de tiempo. ¡Esta escoba no barre mejor, pero emplea más tiempo!
El juez de gafas con montura de oro permanecía mudo. Miraba ante él con aire sombrío, resignado a no esperar nada bueno de su mujer en particular ni de la vida en general.
Y la lectura del acta empezó:
«Año 188..., día 15 de febrero, nosotros, los abajo firmantes, a requerimiento de la inspección médica nº 638... -el escribano se había puesto de nuevo a leer con tono resuelto, elevando la voz para tratar de vencer su propia somnolencia y la de todos los asistentes -, en presencia del inspector médico, hemos procedido al análisis de los objetos que se enuncian más abajo:
»1.º Del pulmón derecho y del corazón (contenidos en un recipiente de cristal de seis libras);
»2.º del contenido de! estómago (en un recipiente de cristal de seis libras);
»3.º del estómago (contenido en un recipiente de cristal de seis libras);
»4.º del hígado, el bazo y de los riñones (contenido en un recipiente de cristal de tres libras);
»5.º de los intestinos (contenidos en un recipiente de greda de seis libras)...»
Al principio de esta lectura, el presidente murmuró algo al oído de cada uno de sus asesores. Luego, habiendo respondido los dos afirmativamente, hizo una señal al escribano para que se detuviera.
- El tribunal — declaró estima inútil la lectura de esa acta.
Inmediatamente el escribano se calló y reunió sus folios, en tanto que el fiscal, con aire furibundo, garrapateaba una nota.
- Los señores jurados- dijo el presidente- pueden desde ahora tomar conocimiento de las piezas de convicción.
Muchos se levantaron, visiblemente preocupados por saber cómo pondrían las manos durante esta inspección, y se acercaron a la mesa, donde sucesivamente examinaron la sortija, los recipientes y el filtro. El comerciante se aventuró a probarse la sortija en uno de sus dedos.
-¡Vaya- dijo al volver a su puesto-, vaya un dedo! Grueso como un pepino -añadió, visiblemente divertido por la talla hercúlea que atribuía al comerciante envenenado.
XXI
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Después del examen por los jurados de las piezas de convicción, el presidente declaró cerrada la instrucción judicial; y, sin interrupción, deseando además terminar cuanto antes la vista, concedió la palabra al fiscal, esperando que éste, siendo hombre, también tendría deseos de fumar y de comer y que se apiadaría de la concurrencia. Pero el fiscal interino no tuvo más piedad de él mismo que los demás. Tonto por naturaleza, tenía además la desgracia de haber salido del instituto con una medalla de oro y, luego, en la universidad, de haber ganado un premio por su tesis sobre las servidumbres en derecho romano; por lo que era vanidoso en el más alto grado y estaba infatuado de su persona, a lo que habían contribuido además sus éxitos con las damas; y, como consecuencia, su estupidez natural era gigantesca. Cuando el presidente le concedió la palabra, se levantó majestuosamente, haciendo resaltar, en su uniforme bordado, sus elegantes formas; puso las manos sobre el pupitre y, con la cabeza inclinada, paseando una amplia mirada por la concurrencia, exceptuando a los detenidos, empezó:
-El asunto que se les somete, señores del jurado, constituye, si puedo expresarme así, un hecho de criminalidad esencialmente característica.
Tal fue el comienzo de su discurso, preparado durante la lectura de los procesos verbales.
En su opinión, su requisitoria debía tener un alcance social y semejarse así a los famosos discursos que habían servido de base a la gloria de los grandes abogados. Su auditorio, a decir verdad, no estaba formado aquel día más que por tres mujeres: una costurera, una cocinera, luego la hermana de Simón y, por fin, un cochero; pero esta consideración no podía detenerlo. Las celebridades del foro habían empezado de la misma manera. El principio que él profesaba consistía en estar siempre a la altura de su situación, es decir, penetrar hasta lo más profundo de la psicología del crimen y poner al desnudo las llagas de la sociedad.
Ven ante ustedes, señores del jurado, un crimen absolutamente característico, por decirlo así, de nuestro fin de siglo y que lleva en él, si me atrevo a decirlo, los rasgos específicos de ese proceso especial de descomposición moral que afecta en nuestros días a los numerosos elementos de nuestra sociedad y que se encuentra particularmente iluminado, por decido así, por las ardientes irradiaciones de este proceso...
Habló así mucho tiempo, buscando, por un lado, acordarse de la agrupación de las frases que había preparado y, por otra parte y sobre todo, no detenerse un solo minuto, para que su discurso fluyese sin interrupción por lo menos durante una hora y cuarto. Una vez, sin embargo, perdió el hilo de su argumentación, y, durante bastante tiempo, tragó saliva; pero recuperó su impulso y hasta consiguió, con un torrente de elocuencia exacerbada, redimir su fallo pasajero. Ora hablaba con una voz blanda e insinuante, balanceándose sobre uno u otro pie y mirando fijamente a los jurados, ora con un tono calmoso y solemne, consultando sus papeles; o bien con una voz atronadora y exaltada, volviéndose hacia el público y el jurado. Pero no se dignó honrar con una sola mirada a los acusados, cuyos ojos estaban fijos en él. Su requisitoria hormigueaba de fórmulas nuevas, de moda en su mundo, reputadas entonces, y todavía hoy, como el último grito de la ciencia. Hablaba de herencia, de criminalidad nata, de Lombroso, de Tarde, de evolución, de lucha por la vida, de hipnotismo y de sugestión, de Charcot y de decadentismo.
Según su definición, el comerciante Smlelkov era el prototipo del ruso poderoso y natural que, con su naturaleza amplia, confiada y generosa, se había convertido en la presa de seres profundamente depravados en cuyo poder había caído.
Simón Kartinkin, producto atávico de la antigua servidumbre, era el hombre incompleto, ignorante, desprovisto de principios e incluso de religión. Su amante, Eufemia, era una víctima de la herencia: su aspecto físico y su carácter moral estigmatizaban bastante su degeneración. Pero el motor principal del crimen era Maslova, fruto podrido hasta el corazón de la decadencia social contemporánea.
- Esa criatura- proseguía él, siempre sin mirarla -, privilegiada entre sus cómplices, fue llamada a los beneficios de la instrucción. Acabamos de oír hace un rato la declaración de su patrona: nos hemos enterado no solamente de que la acusada sabe leer y escribir, sino de que sabe francés. Huérfana, llevando sin duda en ella el germen del crimen, criada en el seno de una familia noble e instruida, habría podido vivir de un trabajo honorable; pero abandonó a sus bienhechores para entregarse sin freno a sus instintos perversos; y, para satisfacerlos mejor, entró en una casa de tolerancia, donde se distinguía de sus compañeras gracias a su instrucción y, sobre todo, como ustedes mismos acaban de oírlo afirmar, señores del jurado, por boca de su misma patrona, gracias a su, poder misterioso sobre los clientes, poder estudiado en estos últimos tiempos por la ciencia, por la escuela de Charcot sobre todo, y conocido con el nombre de sugestión , y este poder lo ejerció ella sobre el honrado e ingenuo gigante ruso caído entre sus manos; abusó de su confianza para despojarlo primero de su dinero y, después, de su vida.
-.Caramba, lleva un poco lejos sus comparaciones! —dijo sonriendo el presidente, quien se inclinó hacia el juez severo.
-¡Un terrible imbécil! -respondió este último.
-Señores jurados -proseguía mientras tanto el fiscal, con un movimiento nervioso de su fino talle -, la suerte de estas gentes está ahora en manos de ustedes; y también, en parte, la suerte de la sociedad, que depende de la forma como ustedes juzguen. No dudo de que calarán el sentido fundamental de este crimen; de que se convencerán del peligro que hacen correr a la sociedad estos fenómenos patológicos, estas individualidades como la de Maslova; y ustedes preservarán a la sociedad de su contagio; ustedes salvarán a los elementos sanos y robustos de esta contaminación que engendra la muerte.
Y como aplastado él mismo por la importancia social del veredicto que habría de dictarse, encantadísimo con su discurso, el fiscal se dejó caer sobre su asiento.
El sentido de su requisitoria, despojado de las flores de elocuencia, consistía en sostener que Maslova había hipnotizado al comerciante; que había monopolizado su confianza y que, una vez llegada, provista de la llave, a la habitación del hotel, para buscar allí una parte del dinero, había querido apoderarse de todo; pero que, sorprendida por Eufemia y Simón, había tenido que repartir con ellos. Luego, para borrar las huellas de su latrocinio, había obligado al comerciante a volver con ella al hotel, y allí lo había envenenado.
Terminada la requisitoria, se vio como en el banco de los abogados se levantaba un hombrecito de edad madura, con levita y una amplia pechera almidonada, que inició inmediatamente un discurso para defender a Kartinkin ya Botchkova. Este abogado había recibido de ellos 300 rublos por su defensa, y, para hacerlos parecer inocentes, no descuidó nada en lo que se refería a echar todas las culpas sobre Maslova.
Refutó primeramente la afirmación de esta última de que había requerido la presencia de Botchkova y de Kartinkin en la habitación cuando ella cogió el dinero. Esta afirmación, declaraba el abogado, no podía tener ningún valor por cuanto emanaba de una persona convicta de envenenamiento. Los 2.500 rublos ingresados en el Banco por Simón podían ser perfectamente el producto de las ganancias de dos criados laboriosos y probos, que recibían cada día de los clientes de tres a cinco rublos de propina. Pero el dinero del comerciante lo había robado, sin duda, Maslova, quien se lo había dado a alguien o lo había perdido, ya que el sumario demostraba que aquella noche ella se había hallado en un estado anormal. En cuanto al envenenamiento, ella sola lo había cometido.
Consiguientemente, el abogado rogaba a los jurados que declarasen inocente a Kartinkin y a Botchkova del robo del dinero; añadía que en cualquier caso, si los jurados los reconocían culpables de robo, les rogaba que descartasen la participación en el envenenamiento y la premeditación.
Para concluir y fastidiar al fiscal, el abogado hizo notar que «las consideraciones brillantes del señor fiscal sobre la herencia», a pesar de su importancia desde el punto de vista científico, no eran de tener en cuenta, ya que Botchkova había nacido de padre y madre desconocidos.
Con expresión de enfado, el fiscal garrapateó rápidamente algo en un papel y se encogió desdeñosamente de hombros.
El defensor de Maslova se levantó a continuación y, tímidamente, vacilante, expuso su defensa.
Sin negar la participación de Maslova en el robo del dinero, insistió en desmentir que ésta tuviera intención de envenenar a Smielkov, arguyendo que no le había dado los polvos más que para dormirlo. Ensayó a su vez hacer una muestra de elocuencia, exponiendo el modo como su cliente había sido arrastrada al vicio por un seductor que quedó sin castigo y que, en cambio, todo el peso de la falta había recaído sobre ella. Pero esta incursión en el dominio de la psicología no tuvo ningún éxito; todos comprendieron que el efecto había fallado y experimentaron una especie de malestar. En el momento en que el defensor insistía con torpeza sobre la crueldad de los hombres y la debilidad de la mujer, el presidente, para sacarlo de apuros, lo invitó a no apartarse de la discusión de los hechos.
Después del abogado se levantó de nuevo el fiscal. Tenía que defender contra el primer abogado su teoría de la herencia y demostrar que aunque Botchkova fuese hija de padres desconocidos, no resultaba de ello una disminución del valor científico de sus argumentos. Porque esta ley de la herencia, está tan sólidamente establecida por la ciencia, que no solo se puede deducir el crimen de la herencia, sino también la herencia del crimen. En cuanto a la suposición emitida por el otro defensor, según el cual Maslova habría sido pervertida por un seductor imaginario (el fiscal recalcó con ironía especial esta palabra «imaginario»), todo llevaba más bien a creer que la acusada, por el contrario, había sido siempre la seductora de las víctimas caídas entre sus manos. Después de exponer esto, volvió a sentarse con aire triunfal.
El presidente preguntó entonces a los detenidos qué tenían que añadir en su propia defensa.
Eufemia Botchkova reiteró por última vez que no sabía nada ni había participado en nada y afirmó con energía que Maslova era culpable de todo.
Simón se limitó a repetir:
-Será lo que ustedes quieran, pero yo soy inocente.
Maslova no dijo nada. Habiéndole preguntado el presidente si tenía que añadir algo en su defensa se limitó a alzar los ojos sobre él, y luego, como un animal acorralado, los paseó por toda la sala, los bajó por fin y estalló en sollozos.
-¿Qué tiene usted? -preguntó el comerciante a su vecino Nejludov, quien acababa de emitir bruscamente un sonido extraño, como un sollozo reprimido.
Pero Nejludov seguía sin darse cuenta de su nueva situación, y atribuyó a la tensión de sus nervios tanto aquel sollozo imprevisto como las lágrimas que inundaban sus ojos. Se puso sus lentes para ocultarlas, luego sacó el pañuelo y se sonó.
El temor al oprobio en que incurriría si todas las personas presentes en el tribunal se enterasen de su conducta para con Maslova le impedía tener conciencia del trabajo interior que se operaba en él. Y este temor era, desde el principio, más potente que todo lo demás.
XXII
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Habiendo terminado de decir los detenidos lo que tenían que alegar en su defensa, se redactaron las preguntas que había que hacer a los jurados. El presidente empezó a continuación su resumen de los debates.
Antes de entrar en el fondo del asunto explicó a los jurados, en el tono familiar de una charla íntima, que un robo con fractura es un robo con fractura; que un hurto es un hurto; que un robo en un sitio cerrado con llave es un robo en un sitio cerrado con llave, y que un robo en un sitio no cerrado con llave es un robo en un sitio no cerrado con llave. Explicando esto, miraba preferentemente a Nejludov, como si estas explicaciones se dirigiesen a él con la esperanza de que las comprendería y las haría comprender a sus colegas del jurado. Luego, pensando que los jurados ya estaban suficientemente penetrados de estas importantes verdades, pasó a desarrollar otro tema. Explicó que el asesinato es un acto que ocasiona la muerte de un hombre y que por tanto el envenenamiento constituía desde luego un asesinato. Y cuando le pareció que los jurados estaban suficientemente imbuidos de esta verdad, les explicó que, en el caso en que robo y asesinato se hallasen reunidos, se daba lo que se llama un asesinato acompañado de robo.
Aunque tuviese prisa en acabar el asunto lo antes posible, a fin de ir a reunirse con su suiza, el presidente tenía hasta tal punto la rutina del oficio, que una vez que había empezado a hablar, ya no se detenía. Por eso explicó prolijamente a los jurados que tenían derecho a declarar a los acusados culpables, si les parecían culpables; a declararlos inocentes, si les parecían inocentes; que si los reconocían culpables en un punto de la acusación e inocentes en el otro, tenían derecho a declararlos culpables en uno e inocentes en otro. Les dijo seguidamente que este derecho se les otorgaba en toda su extensión, pero que el deber de ellos era hacer un uso razonable de este derecho. Y cuando iba a explicarles que una respuesta afirmativa dada a las preguntas hechas se aplicaría al conjunto de la pregunta y que si querían que se aplicase únicamente sobre tal o cual fracción de la pregunta deberían especificarlo, se le ocurrió la idea de consultar su reloj y vio que eran ya las tres menos cinco. Así, pues, abordó inmediatamente el fondo del asunto.
-Las circunstancias de este asunto son las siguientes - empezó él; y repitió todo lo que ya se había dicho muchas veces por los abogados, por el fiscal y por los testigos.
Hablaba y, a sus costados, los dos asesores lo escuchaban con recogimiento, mirando sus relojes a hurtadillas; encontraban el discurso excelente, tal como debía ser, pero un poco largo. El fiscal era de la misma opinión, así como todo el personal del tribunal y la sala entera.
Habiendo terminado el presidente su resumen, todo parecía dicho. Pero él no podía decidirse a dejar de hablar, tanto le agradaba oír las entonaciones acariciantes de su voz, por lo que juzgó oportuno repetir una vez más a los jurados la importancia del derecho conferido a ellos por la ley, con qué prudencia y circunspección debían usar de ese derecho, usar y no abusar, y cómo estaban ligados por su juramento. Les dijo que representaban la conciencia de la sociedad y que el secreto de sus deliberaciones era sagrado, etcétera, etcétera.
Desde el comienzo de su discurso, Maslova había clavado sus miradas en él, como con el temor de perderse una sola palabra. Así, Nejludov pudo examinarla largo rato sin temor a tropezar con su mirada. Sintió pasar entonces en él lo que ocurre en cada uno de nosotros cuando volvemos a encontrar un rostro familiar en otros tiempos.
Primeramente nos impresionan los cambios sobrevenidos desde la separación; luego, poco a poco, la impresión de estos cambios se borra, el rostro vuelve a ser tal como era varios años antes , y ante los ojos del alma aparece sola la personalidad espiritual, exclusiva, de ese ser único. Eso era lo que experimentaba Nejludov.
Sí; a pesar del capote de encarcelada, a pesar de todo el conjunto del cuerpo que se había hecho más ancho, el pecho ampliamente desarrollado, el espesamiento de la parte baja del rostro, las arrugas de la frente y de las sienes y la hinchazón de los párpados, era desde luego la misma Katucha que, en la noche aniversario de la resurrección de Cristo, había levantado hacia él su mirada tan inocente, lo había mirado con sus ojos llenos de amor y de felicidad y resplandecientes de vida.
«¡Qué casualidad tan prodigiosa! ¡Este caso juzgado precisamente en esta vista en la que soy jurado, y yo, que no había vuelto a ver a Katucha desde hace diez años, la encuentro ahora aquí, en el banquillo de los acusados! ¿Cómo va a acabar todo esto? ¡Ah, si pudiera terminar pronto!»
No cedía sin embargo al sentimiento de arrepentimiento que empezaba a hablar en él. Creía ver en aquello algo imprevisto, temporal, que pasaría sin modificar su vida. Se sentía en la situación de un perrito que habiéndose portado mal ha sido cogido por su dueño y le mete la nariz en su inmundicia. El perrito habría chillado y habría intentado alejarse lo más posible para escapar a las consecuencias de su acto; pero su dueño, implacable, no lo había soltado. Del mismo modo, Nejludov sentía la bajeza que había cometido, y también el brazo poderoso del dueño; pero no comprendía aún toda la gravedad de su acto, ni tampoco reconocía al dueño. Se empeñaba en creer que la obra que estaba ante él no era la suya; pero brazos invisibles, aunque implacables, lo sujetaban de tal modo que él presentía no poder escaparse.
Se esforzaba en aparecer valiente; cruzaba con aire desenvuelto las piernas una sobra otra, jugaba con sus lentes y, sentado en la segunda silla de la primera fila de los jurados, se comportaba con abandono y naturalidad. Sin embargo, en d fondo de su alma se daba ya cuenta de toda la crueldad, de la ignominia y de la bajeza, no sólo de su acto, sino de toda aquella vida ociosa, libertina, licenciosa y cruel que, desde hacía doce años, era la suya , y el terrible telón caído, durante esos doce últimos años, entre su crimen y los años que iban a seguir, empezaba a levantarse ya, permitiéndole por instantes echar una mirada hacia atrás.
XXIII
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Por fin el presidente terminó su discurso; levantó, con un ademán elegante, la lista de las preguntas y entregó la hoja al jefe del jurado. Los jurados se levantaron y, sin saber qué hacer con las manos, felices por poder abandonar sus asientos, pasaron en fila a su sala de deliberaciones. Habiéndose cerrado la puerta detrás de ellos, fue custodiada por un guardia, quien, con el sable desenvainado, se quedó allí de centinela
Los jueces se levantaron y salieron a su vez; igualmente fueron sacados los acusados.
Apenas llegaron a la sala de deliberaciones, los jurados, como ya habían hecho antes, empezaron a encender cigarrillos.
El sentimiento de lo que había en su situación de artificial y de falso, la impresión experimentada más o menos profundamente por todos durante su permanencia ante el tribunal, se borró de sus almas en cuanto se sintieron libres, con el cigarrillo en los labios; así, aliviados y puestos a sus anchas, se instalaron con comodidad e inmediatamente empezaron las conversaciones más animadas.
-La pequeña se ha dejado enredar; no es culpable- opinó el buen comerciante -. Hay que tener lástima de ella.
-Ahora examinaremos todo eso -respondió el jefe del jurado-. Guardémonos bien de ceder a nuestras opiniones personales.
-El presidente ha hecho una excelente exposición- dijo el coronel.
-Sí, puede ser; yo estaba a punto de dormirme.
-Lo que está claro es que si Maslova no hubiese estado de acuerdo con ellos, los dos criados habrían ignorado que el comerciante tenía tanto dinero -dijo el dependiente de tipo judío.
-Entonces, según usted, ¿es ella la que ha robado? - preguntó un jurado.
-¡Nunca admitiré eso! -exclamó el gordo comerciante -. La que dio el golpe fue esa canalla de sirvienta de ojos encarnados.
-Todos estaban en el ajo- interrumpió el coronel-.
Pero esa mujer afirma no haber entrado en la habitación.
-Sí, sí, vaya usted a creerla. En toda mi vida creeré a semejante carroña.
-Que usted la crea o no la crea, no significa nada —dijo el dependiente, con ironía -. Maslova era la que tenía la llave.
-¿Y qué importancia tiene eso? -replicó el comerciante.
- ¿Y la sortija?
-Pero si ella lo ha explicado muy bien- reiteró el comerciante -.El buen comerciante siberiano era un hombre de carácter; y además, había bebido mucho, y entonces le pegó. Después, eso se comprende, sintió lástima: «Vamos, toma, no llores más.» No olviden ustedes qué tipo de hombre era: dos archines y doce verschoks de altura y ciento treinta kilos de peso.
-La cuestión no radica en eso -intervino Peter Guerassimovitch -.Lo que hay que saber es si ella premeditó y cometió el crimen o si fueron los criados.
-Pero los criados no habrían podido actuar sin ella, puesto que era ella la que tenía la llave.
Así, desordenadamente, la discusión prosiguió bastante tiempo.
-Permitan ustedes, señores- opinó por fin el jefe del jurado —
Sentémonos a la mesa y deliberemos, se lo ruego -añadió, sentándose en su sillón presidencial.
-¡Son una plaga esas muchachas! -dijo entonces el dependiente.
Y para confirmar su opinión de que Maslova era la principal culpable, contó cómo un día, una de esas muchachas, en el bulevar, había robado el reloj a uno de sus colegas. A continuación, el coronel contó algo más raro y más concluyente todavía: el robo de un samovar de plata.
-Por favor, señores, pasemos a las preguntas -dijo el jefe del jurado, golpeando en la mesa con su lápiz.
Todos se callaron.
Las preguntas estaban propuestas así al jurado:
1.º ¿El campesino Simón Petrovitch Kartinkin, del pueblo de Borki, distrito de Krapivino, de treinta y tres años, es culpable de haber, el 17 de enero de 188..., en la ciudad de N..., con la intención de quitar la vida al comerciante Smielkov, con objeto de robarlo, en complicidad con otras personas, puesto veneno en el aguardiente, causando así la muerte de Smielkov, tras de la cual le habría robado una suma de cerca de 2.500 rublos y una sortija de brillantes?
2.º ¿La mestchanka Eufemia Ivanovna Botchkova, de 43 años, es culpable del crimen definido en la primera pregunta?
3.º ¿La mestchanka Catalina Mijailovna Maslova, de 27 años, es culpable del crimen definido en la primera pregunta?
4.º Si la acusada Eufemia Botchkova no es culpable en lo que se refiere a la primera pregunta, ¿lo sería por el hecho de haber, el 17 de enero de 188..., en la ciudad de..., estando de servicio en el Hotel de Mauritania, robado de la maleta cerrada con llave de un viajero de ese hotel, el comerciante Smielkov, la suma de 2.500 rublos y, a este fin, de haber abierto, en aquel sitio, la maleta con una llave que se había procurado a este efecto?
El jefe del jurado leyó la primera pregunta. -¿Qué dicen ustedes, señores?
La respuesta no se hizo esperar. Todos opinaron en sentido afirmativo, tanto en lo referente al robo como al envenenamiento. Un solo jurado se negó a declarar a Kartinkin culpable: un viejo artelstchik que, por lo demás, respondía negativamente a todas las preguntas.
El jefe del jurado pensó al principio que aquel hombre no comprendía y empezó a explicarle que Kartinkin y Botchkova eran desde luego culpables; pero el artelstchik afirmó haber comprendido muy bien y que, según él, lo mejor era tener piedad.
-Tampoco nosotros -añadió -somos santos , y nada pudo hacerlo desistir de aquella idea.
La respuesta a la segunda pregunta, relativa a la Botchkova, fue: «No, no es culpable.» Se juzgó que faltaban las pruebas de su complicidad en el envenenamiento, como, por lo demás, había dicho con tanta insistencia su abogado.
El comerciante, empeñado en que se considerase inocente a Maslova, insistió en sostener que Botchkova era el eje de todo el asunto. Varios jurados fueron de su opinión; pero el jefe del jurado, deseoso de permanecer en una legalidad estricta, hizo notar que no existía de eso ninguna prueba material.
Después de una larga discusión, prevaleció su parecer. Por el contrario, en la cuarta pregunta se declaró a Botchkova culpable de haber robado el dinero. A petición del artelschik, se añadió: «Pero merece circunstancias atenuantes.»
La pregunta concerniente a Maslova provocó un debate muy vivo. El jefe del jurado afirmaba que era culpable tanto del envenenamiento como del robo. El comerciante sostenía lo contrario; el coronel, el dependiente y el artelstchik eran de esta opinión. Los demás jurados vacilaban, pero se inclinaban más bien hacia la opinión de su jefe: la principal razón de ello era la fatiga general, y la opinión preferida sería aquella que pusiese antes de acuerdo a todo el mundo y liberase a los jurados.
Por los interrogatorios y por lo que él sabía de Maslova, Nejludov albergaba la convicción de que ella no era culpable ni del robo ni del envenenamiento. Había creído al principio que ése sería el parecer de todo el mundo; pero tuvo que reconocer su error. A consecuencia de la oposición provocada por el jefe del jurado, del cansancio de todos y del hecho de que el buen comerciante no sabía disimular que Maslova le agradaba físicamente y ponía mucha torpeza en defenderla, la mayoría, respecto a aquella pregunta, se inclinaba en un sentido afirmativo. Nejludov, viendo eso, pensó en tomar la palabra; pero se llenó de miedo ante la idea de interceder en favor de Maslova, como si todo el mundo fuera a adivinar sus relaciones con ella. Se decía, sin embargo, que no podía consentir en dejar pasar así las cosas y que su deber era intervenir. Enrojecía, palidecía luego; y por fin iba a decidirse a hablar, cuando Peter Guerassimovitch, silencioso hasta entonces, pero evidentemente irritado por el tono autoritario del jefe del jurado, intervino para decir precisamente lo que quería decir Nejludov.
-Permítame -dijo -.Afirma usted que ella es culpable del robo porque tenía la llave de la maleta; pero ¿es que los criados no podían, también, abrir la maleta con otra llave?
-¡Claro, naturalmente! -apoyaba el comerciante. -En realidad, es imposible que ella haya cogido el dinero. En su situación, ¿qué habría podido hacer con él?
-¡Exactamente, es lo mismo que yo digo! -insistía el comerciante.
-Soy más bien de la opinión de que su llegada al hotel con la llave inspiró la idea del robo a los criados, quienes aprovecharon la ocasión y luego le echaron todas las culpas a ella.
Peter Guerassimovitch hablaba con voz irritada, irritación que se transmitió al jefe del jurado y que lo incitó a aferrarse con más fuerza a su propio parecer. Pero Peter Guerassimovitch habló con tanta convicción, que la mayoría se puso de su parte; se reconoció que Maslova no había robado el dinero ni la sortija, y que ésta le había sido dada como regalo.
Quedaba por determinar su culpabilidad en el envenenamiento. El comerciante, su ardiente defensor, declaró que se la debía declarar inocente, puesto que ella no tenía motivo alguno para envenenar a Smielkov; a lo que el jefe del jurado respondió que era imposible declararla inocente toda vez que ella misma confesaba haber echado los polvos.
Los echó, es verdad -dijo el comerciante -, pero creyendo que era opio.
-También el opio puede causar la muerte -interrumpió el coronel, al que le gustaban las digresiones. A propósito de eso, contó la aventura de la mujer de su cuñado, que había tomado opio por accidente y habría muerto si oportunamente no se hubie.se encontrado un médico. Hablaba con tanta dignidad y dominio, que nadie se atrevía a interrumpirlo. Sólo el dependiente, siguiendo el ejemplo, se arriesgó a cortar el hilo de su relato.
-Uno puede muy bien acostumbrarse al veneno -dijo y tomarlo sin peligro hasta cuarenta gotas... Un pariente mío...
Pero el coronel no era hombre que se dejase interrumpir; prosiguió su historia y todo el mundo tuvo que enterarse detalladamente del papel que el opio había representado en la vida de la mujer de su cuñado.
-Pero, ¡señores! ¡Son ya más de las cuatro! —exclamó un Jurado.
-Bueno, señores -propuso el jefe del jurado-, ¿qué les parece si la reconocemos culpable sin intención de robar? ¿Les parece bien?
Satisfecho por su éxito, Peter Guerassimovitch consintió.
-Pido que se añada: «pero merece circunstancias atenuantes» -exclamó el comerciante.
Inmediatamente todos consintieron en eso. Sólo el artelstchik insistió de nuevo en declararla no culpable.
-Pues a eso es a lo que llegamos -le explicó el jurado -. Es como si dijéramos: ella no es culpable.
-¡Vaya, pues! Pero añadiendo: «y merece circunstancias atenuantes.» Eso borrará lo que queda -dijo gozosamente el comerciante.
Estaban todos tan fatigados, se habían embrollado tanto en todas aquellas discusiones, que a nadie se le ocurrió la idea de añadir a la respuesta. «Sí, pero sin intención de causar la muerte.»
Nejludov estaba tan conmovido, que tampoco él cayó en la cuenta. Las respuestas, pues, se redactaron y se entregaron en esta forma al tribunal.
Rabelais cuenta que un jurista, llamado a dirimir un proceso, después de haber enumerado una multitud de artículos y de leyes y leído veinte páginas de galimatías latino-jurídico, propuso a los pleiteantes dictar el juicio a la suerte. Si los dados arrojaban un número par, el acusador tendría razón; si el número era impar, la tendría el acusado.
En este caso ocurrió lo mismo. Se tomó tal decisión, y no otra, no porque todos los jurados fuesen de la misma opinión, sino porque el presidente del tribunal había prolongado tanto su resumen, que se le había olvidado decir, siguiendo la costumbre en casos parecidos, que los jurados podían responder: «Sí, pero sin intención de causar la muerte.» Además, las respuestas fueron adoptadas porque el coronel había contado demasiado prolijamente la aventura de la mujer de su cuñado; en tercer lugar, porque Nejludov estaba tan conmovido, que no se había dado cuenta de que las palabras «sin intención de robar» deberían haber ido acompañadas de las otras palabras: «sin intención de causar la muerte»; en cuarto lugar, porque Peter Guerassimovitch había salido de la sala momentáneamente mientras el jefe del jurado releía las respuestas. Principalmente, estas respuestas fueron adoptadas porque los jurados, fatigados y deseosos de recobrar su libertad, habían atrapado al vuelo el primer parecer que se les había propuesto.
El jefe del jurado llamó. El guardia, que se había mantenido ante la puerta con el sable desenvainado, volvió a meter la hoja en la vaina y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse en sus sillones, y los jurados entraron en la gran sala.
El jefe del jurado llamó. El guardia, que se había mantenido ante la puerta con el sable desenvainado, volvió a meter la hoja en la vaina y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse en sus sillones, y los jurados entraron en la gran sala.
¡Vea usted la estupidez que han hecho!-dijo el presidente a su asesor de la izquierda -.Esto significa trabajos forzados y, sin embargo, ella es inocente.
-¿Y por qué habría de ser inocente? -dijo el juez severo. -Es algo que salta a la vista. Creo que sería ocasión de aplicar el artículo ochocientos diecisiete
-¿Y usted, qué piensa usted de esto? -preguntó el presidente al juez benévolo.
Este no respondió inmediatamente. Miró el número del papel que tenía delante de él, sumó las cifras y vio que la suma no era divisible por tres. Se había dicho que si el total era divisible, daría su consentimiento, y, aunque no era así, se decidió, por bondad, a dar su aquiescencia.
-Creo también -respondió -que se debería proceder así.
-¿Y usted? -preguntó el presidente al juez escrupuloso.
-Bastante hablan ya los periódicos -respondió éste con tono resuelto -de que- los jurados absuelven a los culpables. ¿Qué dirían si es el tribunal mismo quien se pone a absolver?
No doy mi consentimiento.
El presidente sacó su reloj.
«Lo siento, pero, ¿qué puedo hacer?», pensó. Luego devolvió las respuestas al jefe del jurado para que las leyese.
Todos los jurados se levantaron, y su jefe, después de haber cargado el peso del cuerpo, ora sobre un pie, ora sobre otro, leyó las preguntas y las respuestas. Ninguno de los funcionarios: el escribano, los abogados y hasta el fiscal, pudo ocultar su asombro.
Únicamente los detenidos, que no comprendían el sentido de las respuestas, permanecían inmóviles en su banquillo. Luego todo el mundo volvió a sentarse y el presidente preguntó al fiscal qué penas proponía contra los acusados.
Este, encantado por el inesperado éxito de su requisitoria contra Maslova, éxito que atribuyó a su elocuencia, consultó un volumen, se levantó y dijo:
-Pido, para Simón Kartinkin, la aplicación del, artículo 1.452 y del 4.º párrafo del artículo 1.453; para Eufemia Botchkova, la aplicación del artículo 1.659; y para Catalina Maslova, la aplicación del artículo 1.454.
Todos estos artículos enunciaban las penas más severas, -El tribunal va a retirarse para deliberar sobre la aplicación de la pena -dijo el presidente, levantándose.
Todos se levantaron después de él y, con el sentimiento de haber cumplido una obra buena, salieron y se dispersaron por la sala.
-Pues bien, padrecito, hemos metido la pata dijo Peter Guerassimovitch acercándose a Nejludov, a quien el jefe del jurado daba algunas explicaciones -, He aquí que hemos despachado a la desgraciada a trabajos forzados.
-¿Cómo? ¿Qué dice usted? -exclamó Nejludov, sin darse cuenta, esta vez, de la chocante familiaridad del profesor.
-Sin duda alguna -respondió éste -. Se nos olvidó añadir en nuestras respuestas... «Culpable, pero sin intención de causar la muerte.» El escribano acaba de decirme que el fiscal pide contra ella quince años de trabajos forzados.
-Pues todos estuvimos de acuerdo- dijo el jefe del jurado.
Peter Guerassimovitch protestó, declarando que era evidente que, puesto que Maslova no había cogido el dinero, no podía haber tenido la intención de causar la muerte.
-Pero -replicaba el jefe del jurado para justificarse- yo releí las respuestas antes de que entráramos en la sala.
-No tuve más remedio que salir unos momentos durante esa lectura -dijo Peter Guerassimovitch, quien se dirigió luego a Nejludov -:Pero usted, ¿cómo ha podido dejar pasar eso?
-No me di cuenta de nada -dijo Nejludov.
-¡Vaya, usted no ha visto nada!
-Pero se puede reparar el error -dijo Nejludov, -No, ahora ya todo está acabado,
Nejludov dirigió los ojos hacia los detenidos, Mientras se decidía el destino de éstos, ellos continuaban sentados e inmóviles entre la reja de madera y los guardias, Maslova sonreía, Entonces, un mal pensamiento se deslizó en el alma de Nejludov. Cuando hacía unos momentos preveía la absolución y la puesta en libertad de Maslova, se había inquietado por el modo con que tendría que conducirse respecto a ella. Ahora, la deportación a Siberia iba a suprimir tajantemente la posibilidad de reanudar las relaciones. El pájaro herido iba a dejar pronto de debatirse en el morral y de evocar el recuerdo.
XXIV
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Se confirmaron las previsiones de Peter Guerassimovitch.
Cuando los tres jueces volvieron de la sala de deliberaciones, el presidente sacó un papel y leyó:
«El 28 de abril de 188, por orden de Su Majestad Imperial, la sección criminal del tribunal del distrito de N..., en virtud de la decisión de los señores miembros del jurado, conforme al tercer párrafo del artículo 771, al tercer párrafo de los artículos 776 y 777 del código de procedimiento criminal, ha condenado al campesino Simón Kartinkin, de 33 años de edad, y a la mestchanka Catalina Maslova, de 27 años de edad, a la privación de todos sus derechos civiles e individuales y a trabajos forzados: Kartinkin, por un plazo de ocho años; Maslova, por un plazo de cuatro años, con, para los dos, las consecuencias del artículo 25 del código penal.
»A la mestchanka Eufemia Botchkova, de 44 años de edad, a la privación de sus derechos individuales y del uso de sus bienes ya un encarcelamiento de tres años, con las consecuencias del artículo 48 del código penal.
»Ha condenado además a los tres detenidos, conjunta y solidariamente, a pagar todos los gastos del proceso, debiendo a cargo de la Hacienda dichos gastos en caso de insolvencia, la cual procederá a la venta de las piezas de convicción, a la restitución de la sortija ya la destrucción de los recipientes de cristal.
Kartinkin permanecía inmóvil, en la misma actitud militar, los brazos rígidos a lo largo del cuerpo y las mejillas en movimiento; Botchkova aparecía absolutamente tranquila; Maslova, al leerse la sentencia, enrojeció.
-¡No soy culpable! ¡No soy culpable! -exclamó, con una voz que resonó en toda la sala -.¡Es pecado! ¡No soy culpable! ¡Yo no quería eso; no lo pensaba! ¡Es verdad lo que digo!
Y, dejándose caer en el banquillo, estalló en violentos sollozos.
Cuando Kartinkin y Botchkova se levantaron para salir, ella se quedó sentada, sin dejar de sollozar; para obligarla a levantarse fue necesario que uno de los guardias le tirase de la manga del capote.
.«No, no se puede dejar que las cosas queden así», se dijo Nejludov, olvidando su mal pensamiento de hacía unos instantes. Y, sin reflexionar, se precipitó hacia el corredor para ver una vez más a Maslova.
Ante la puerta se apretujaba la muchedumbre animada de los jurados y de los abogados, dichosos por haber concluido; Nejludov tuvo que esperar algunos minutos antes de poder abandonar la sala. Cuando llegó al corredor, Maslova estaba ya lejos. Corrió hacia ella, sin preocuparse de la extrañeza que provocaba, y no se detuvo hasta haber llegado a su altura. Ya ella no lloraba, pero dejaba escapar grandes sollozos entrecortados, mientras se enjugaba con la punta de su pañolón el enrojecido rostro. Pasó ante él sin verlo, y él la dejó pasar para luego reemprender su carrera a través del corredor con objeto de buscar al presidente del tribunal. Cuando Nejludov lo alcanzó, el presidente estaba ya en el vestíbulo y dispuesto a marcharse. Acercándose a él, que en aquel momento se ponía un elegante abrigo claro y recibía de manos del portero su bastón con puño de plata, Nejludov le dijo:
-Señor presidente, ¿Podría hablarle un momento del asunto que se acaba de juzgar? Soy miembro del jurado.
-Pero, ¡cómo! ¿No es usted el príncipe Nejludov? Tengo mucho gusto en volverlo a ver -respondió el presidente, con un apretón de manos.
Se acordaba con placer del baile en que se habían conocido y donde él mismo había bailado con más encanto y viveza que los jóvenes.
-¿En qué puedo servirle?
-Nuestra respuesta referente a Maslova se basa en una equivocación. Inocente del envenenamiento, he aquí que se la condena a trabajos forzados -dijo Nejludov con aire sombrío.
-Pero el tribunal ha dictado su sentencia según las respuestas de ustedes -dijo el presidente, avanzando hacia la puerta -, aunque en modo alguno hayamos encontrado relación en esas respuestas con las preguntas.
El presidente se acordó entonces de que había tenido la intención de explicar a los jurados que la respuesta: «Sí, culpable, no haciendo constar la salvedad: «sin intención de matar afirmaba el asesinato con premeditación; pero que, con la prisa de acabar, no lo había dicho.
-Pero, ¿no se podría reparar este error?
-Siempre se encuentran motivos de casación. Hay que dirigirse a los abogados -dijo el presidente, ladeándose el sombrero sobre la oreja y acercándose a la puerta.
-¡Pero es espantoso!
-Mire usted, para Maslova no había más que dos soluciones posibles...
Habiéndose sacado las patillas sobre el borde del traje, agarró ligeramente a Nejludov para arrastrarlo hacia la salida, pues el presidente parecía sin duda deseoso de ser agradable al príncipe.
¿Sale usted también? -le dijo.
-Sí- respondió Nejludov, quien se puso con rapidez su abrigo y siguió al presidente.
Fuera brillaba un sol radiante, y las calles estaban llenas de ruido y de animación. A causa del estrépito que formaban sobre d pavimento las ruedas de los vehículos, el presidente tuvo que levantar la voz:
-Mire usted- dijo -, la situación era un poco rara. Para este asunto no había más que dos soluciones posibles. Maslova podía ser casi absuelta, es decir, condenada a algunos meses de cárcel, condena de la que se habría deducido su prisión preventiva; la pena que quedara sería insignificante. O bien había que condenarla a trabajos forzados. Nada de términos medios. Si ustedes hubiesen añadido las palabras: «pero sin intención de causar la muerte», habría sido absuelta.
-¡Es imperdonable en mí no haber pensado en eso! -dijo Nejludov.
-Pues bien, ahí está el quid de la cuestión -replicó el presidente, sonriendo y mirando su reloj. El último plazo de la cita fijada por Clara iba a expirar dentro de tres cuartos de hora -.Y ahora, si usted lo desea, diríjase a un abogado. No se trata más que de encontrar una motivo de casación: eso se encuentra siempre. Calle Dvorianskaia- dijo a un cochero -. Treinta copeques por la carrera; nunca doy más.
-¡Dígnese subir su excelencia!
-Mis mejores saludos -terminó el presidente, despidiéndose de Nejludov -.Y si puedo serle útil: casa Dvornikov, calle Dvorianskaia: ¡es fácil de retener!
Luego saludó a Nejludov con una última inclinación con descendiente de cabeza y se alejó.
XXV
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Su conversación con el presidente y el contacto con el aire fresco del exterior habían calmado un poco a Nejludov. Atribuyó en gran parte a la fatiga la extraña emoción que acababa de experimentar y que habían exagerado las circunstancias anormales en que se encontraba desde por la mañana.
«Desde luego- pensó -, he aquí un encuentro asombroso y extraño. Mi deber es suavizar lo antes posible la suerte de esa infortunada. Por tanto, ahora mismo voy a enterarme de la dirección de Fanarin, o de Nikichin.»
Se trataba de dos abogados famosos cuyos nombres le acudieron a la memoria.
Deshizo el camino andado, volvió a entrar en el Palacio de Justicia, se quitó el abrigo y subió la escalera. En el primer corredor encontró a Fanarin y lo abordó diciéndole que tenía que hablar con él. El abogado, que lo conocía de vista y de nombre, se apresuró a dispensarle una buena acogida.
Estoy un poco cansado; pero si no es cosa de mucho tiempo, cuénteme su asunto. Pasemos por aquí.
Hizo pasar a Nejludov a una sala, sin duda el despacho de algún juez, donde se sentaron cerca de la mesa.
-Bueno, ¿de qué se trata?
Ante todo -dijo Nejludov -, debo rogarle que no diga a nadie la participación que tomo en el asunto del que quiero hablarle.
Naturalmente, ni que decir tiene. ¿Y bien...?
Soy jurado , y hoy hemos condenado a trabajos forzados a una mujer que no es culpable. Eso me atormenta.
A pesar suyo, enrojeció y se turbó. Fanarin lanzó sobre él una rápida mirada, bajó los ojos y escuchó.
-Dígame -instó.
-Hemos condenado a una inocente. Quisiera que se presentara recurso contra la sentencia, llevando el juicio a una jurisdicción superior.
-Al Senado- precisó el abogado.
Y he venido a pedirle a usted que se encargue de este asunto.
Nejludov tenía prisa sobre todo de zanjar un punto delicado, y añadió ruborizándose:
-Sus honorarios y todos los gastos, por considerables que sean, corren de mi cuenta.
-Sí, sí, no discutiremos sobre eso -replicó el abogado, sonriendo complacidamente al ver la inexperiencia de Nejludov -. Bueno, ¿en qué consiste ese asunto?
Nejludov sé lo resumió brevemente.
-Muy bien. Mañana mismo pediré los autos y los examinaré , y pasado mañana... No, más bien el jueves... El jueves, pues, si usted quiere venir a mi casa a eso de las seis de la tarde, le daré una respuesta. Estamos de acuerdo, ¿no es así? Tengo todavía varias cosas que hacer en el Palacio antes de volver a casa.
Nejludov se despidió de él y abandonó el Palacio de Justicia.
Aquella nueva conversación había aumentado su calma; se estimaba dichoso por haber emprendido ya algunas medidas en defensa de Maslova. Gozaba del hermoso tiempo y aspiraba deliciosamente los efluvio primaverales. Conductores de coches de punto parados delante de él le ofrecían sus servicios, pero él prefería caminar. Todo un enjambre de pensamientos y recuerdos relativos a Katucha y a su conducta para con ella ocupaban su mente , y se sintió lleno de tristeza. «N- se dijo-, ya pensaré en eso más tarde. Ahora tengo que distraerme de tantas impresiones penosas.»
Recordó la cena de los Kortchaguin y consultó su reloj. No era tan tarde que no pudiese llegar para cenar. Las campanas de un tranvía resonaron detrás de él; echó a correr, llegó al vehículo y subió. Descendió más lejos, en la plaza, escogió un coche bien enjaezado y, diez minutos después, se vio ante la escalinata de la gran casa de los Kortchaguin.
XXVI
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Que su señoría se digne entrar; lo esperan arriba- dijo con una complaciente sonrisa el grueso portero de los Kortchaguin, avanzando hasta la escalinata al encuentro de Nejludov -. Están a la mesa y han dado orden de no recibir a nadie más que a usted.
Luego, el portero fue hacia la escalera y tiró del cordón de una campanilla.
-¿Hay gente? -preguntó Nejludov, quitándose el abrigo.
-Aparte la familia, están los señores Kolossov y Mijail Sergueievitch -respondió el portero.
En el rellano de la escalera apareció la elegante silueta de un lacayo con librea y con guantes blancos.
-Que su señoría se digne subir. Le ruegan que entre.
Nejludov subió la escalera, atravesó el grande y magnífico salón que le era tan conocido y penetró en el comedor. Toda la familia Kortchaguin estaba reunida alrededor de la mesa, con excepción de la princesa Sofía Vassilievna, la madre de Missy, que comía siempre en su habitación. La cabecera de la mesa estaba ocupada por el viejo Kortchaguin, quien tenía a su izquierda al médico de la casa ya su derecha a Iván Ivanovitch Kolossov, ex mariscal de la nobleza, actualmente miembro del consejo de administración de un banco y colega de opinión liberal de Kortchaguin. A la izquierda, miss Rader, institutriz de la hermanita de Missy; luego, esta hermana, de cuatro años de edad; a la derecha, frente a ella, Petia, el hermano de Missy, colegial de sexto año, que preparaba sus exámenes, prolongando así la estancia de toda la familia en la ciudad, y un estudiante, su repetidor. Más lejos, uno frente a otro, Catalina Alexeievna, madura señorita de cuarenta años, eslavófila, y Mijail Sergueievitch o Micha Teleguin, primo de Missy; finalmente, al otro extremo de la mesa, Missy, y cerca de ella un cubierto no utilizado.
-¡Ah, esto sí que es magnífico! ¡Dése prisa; no estamos más que en el pescado! -exclamó el viejo Kortchaguin, alzando los ojos sobre Nejludov y masticando con precaución con sus dientes postizos.
-¡Esteban! -gritó en seguida al majestuoso camarero principal, con la boca llena y señalando con los ojos el cubierto vacío.
Nejludov conocía al viejo Kortchaguin desde hacía mucho tiempo, y lo había visto muy a menudo a la mesa. Pero aquella noche quedó desagradablemente impresionado por su rostro sanguíneo y congestionado, por su boca sensual, por su grueso cuello, por el conjunto de su semblante, además de la manera como se metía un pico de la servilleta en el escote de su chaleco , y por toda aquella corpulencia de general obeso.
A pesar suyo, se acordó de haber oído hablar de la dureza de aquel hombre en los tiempos en que, siendo gobernador de provincia, había hecho fusilar y ahorcar a numerosos desgraciados, Dios sabe por qué, puesto que, rico y bien emparentado, no tenía motivo alguno para mostrar tanto celo.
-¡En seguida van a servir a su señoría! -dijo Esteban, sacando de un cajón del aparador un cucharón, mientras el elegante lacayo ponía en orden el cubierto colocado junto a Missy en el que la servilleta almidonada y artísticamente plegada dejaba ver en una de las esquinas un escudo de armas bordado.
Primeramente, Nejludov dio la vuelta alrededor de la mesa v estrechó las manos de los comensales. Todos, con excepción del viejo Kortchaguin y de las damas, se levantaron para tenderle la suya. Aquel paseo y aquellos apretones de mano, dados a gentes en su mayor parte desconocidas, le parecieron aquella noche particularmente ridículos y desagradables. Se excusó de su retraso e iba a sentarse en el sitio vacante entre Missy y Catalina Alexeievna, cuando el viejo Kortchaguin exigió que tomase al menos entremeses, si no un vasito de aguardiente. Le fue preciso, pues, acercarse a la mesita donde estaban la langosta, el caviar, el queso y los arenques. Creía no tener hambre; pero, habiendo probado el queso, se puso a devorar con avidez.
-Bueno, qué, ¿ha socavado usted los cimientos? -le preguntó Kolossov, empleando con ironía la expresión reciente de cierto periódico reaccionario que hacía campaña contra la institución del jurado -. Habrá usted absuelto a culpables y condenado a inocentes, ¿no es así? ¿Qué me dice?
-¡Socavado los cimientos! ¡Socavado los cimientos! -repitió el viejo príncipe con una risita. Su confianza en el ingenio y en la ciencia de su amigo, cuyas ideas compartía, no tenía límites.
A riesgo de parecer descortés, Nejludov no respondió a Kolossov. Se sentó ante su plato, se sirvió sopa y continuó comiendo con un apetito feroz.
-¡Déjenlo que se fortalezca!- dijo Missy, sonriendo y mostrando con el empleo de aquella frase la familiaridad de sus relaciones.
Kolossov, con un tono desenvuelto y en voz alta, siguió discutiendo el artículo del periódico reaccionario sobre la institución del jurado. Miguel Sergueievitch replicaba contraponiendo los errores groseros que se contenían en otro artículo reciente del mismo periódico.
Como siempre, Missy se mostraba totalmente distinguida y llevaba un atuendo de una elegancia discreta y sobria.
-Sin duda estará usted agotado de hambre y de cansancio, ¿no?- le dijo a Nejludov cuando éste hubo acabado su sopa.
-Pues no, no demasiado. ¿y usted? ¿Han ido ustedes a ver esos cuadros?
-No; nuestra visita se ha diferido para más adelante. Hemos ido a jugar al lawn-tennis en casa de los Salamatov. Y, mire usted, la verdad es que míster Crooks juega de una manera admirable.
Nejludov había venido a casa de los Kortchaguin para distraerse. El lujo y la riqueza de la casa, de acuerdo con sus gustos refinados, habían hecho siempre que le resultaran agradables esas visitas, así como la atmósfera de halago acariciante con que se le envolvía allí. Pero aquella noche, por una casualidad singular, todo lo encontraba desagradable: desde el portero, la ancha escalera, las flores, los lacayos y los adornos de la mesa, hasta Missy, a la que no tuvo más remedio que juzgar afectada y poco seductora. Le molestaba el tono de suficiencia y grosería de Kolossov, su liberalismo, y la silueta bovina y sensual del viejo Kortchaguin, y las citas francesas de la madura señorita eslavófila, y los rostros enfurruñados de la institutriz y del repetidor; y más aún aquella frase de tono familiar con que había hablado de él Missy.
Ésta seguía inspirándole dos sentimientos contrarios. Unas veces era perfecta, porque la veía a través de un velo o como al claro de luna, y le parecía fresca, bella, inteligente, natural; otras veces, como bajo los rayos deslumbrantes del sol, le era imposible no darse cuenta de sus imperfecciones , y aquel día él estaba en esta última disposición. Distinguía las arrugas de su frente, la señal de las tenacillas rizadoras en sus cabellos, y los huesos salientes de sus codos; le impresionaba sobre todo la anchura de las uñas de sus grandes dedos, que le recordaban los dedos macizos del padre de la joven.
-¡Qué juego tan aburrido ese lawn-tennis! -opinó Kolossov -. En nuestros tiempos, el juego de la pelota era mucho más divertido.
-Pues no -exclamó Missy -.No sabe usted lo que es. No hay nada más locamente fascinante.
Nejludov tuvo la impresión de que ella había dicho aquella palabra «locamente» con una afectación insoportable.
Se entabló una discusión. Intervinieron en ella Mijail Sergueievitch y Catalina Alexeievna. Únicamente la institutriz, el repetidor y los niños permanecieron mudos y aburridos.
-Vamos, siempre están disputando! -dijo con una risa exagerada el príncipe Kortchaguin, quitándose la servilleta de! escote del chaleco.
Cuando se levantaba, un lacayo se apresuró a retirarle la silla. Después de él, todo el mundo se levantó para dirigirse hacia una mesita donde había vasos de agua tibia perfumada. Los comensales se enjuagaron la boca y continuaron una conversación que no interesaba a nadie.
-¿No es verdad que no hay nada como el juego que revele tanto el carácter de la gente? -preguntó Missy a Nejludov, invitándolo así a corroborar su propia opinión.
Había visto en el rostro del príncipe una expresión concentrada y severa, que ya le había notado otras veces, y quería conocer la causa de la misma.
-A decir verdad, no sé nada de eso y nunca he pensado sobre esa cuestión- respondió Nejludov.
-¿Quiere usted que subamos a la habitación de mamá? -preguntó ella entonces.
-Sí, sí- respondió él, y encendió un cigarrillo. Pero el tono de su respuesta indicaba con bastante claridad que no tenía grandes deseos de hacer eso.
La joven se calló y le lanzó una mirada inquisitiva que lo puso de mal humor.
«Verdaderamente -se dijo-, parece que he venido aquí para propagar el aburrimiento.» Y, esforzándose en parecer amable, dijo que iría con gusto a presentar sus homenajes a la princesa, si es que ella quería recibirlo.
-Mamá estará encantada. Podrá usted fumar en su habitación como aquí. Iván Ivanovitch ya está allí sin duda.
Sofía Vassilievna, la señora de la casa, no se dejaba ver más que acostada. Desde hacía ya ocho años recibía a sus visitantes tendida en un canapé, envuelta en encajes y cintas, entre los terciopelos, los dorados, los marfiles, los bronces, las lacas y las flores. No veía, y lo repetía frecuentemente, más que a «sus amigos», es decir, a aquellos que a su juicio se destacaban sobre el común de los mortales. Nejludov era uno de ésos, porque pasaba por inteligente, porque su madre había hecho buenas migas con los Kortchaguin y porque la princesa deseaba que Missy se casara con él.
La habitación de Sofía Vassilievna estaba precedida de un salón grande y de otro pequeño. En el grande, Missy, que caminaba delante de Nejludov, se detuvo de pronto y se quedó mirándolo, agarrando nerviosamente el respaldo dorado de una silla baja.
Ella tenía el más vivo deseo de casarse; Nejludov era para ella un buen partido. Además, le agradaba y se había hecho a la idea, no de que ella le pertenecería, sino de que él sería de ella. Perseguía su objetivo con esa astucia inconsciente y tenaz que ponen en ello las neuróticas. Queriendo, pues, obligar a Nejludov a explicarse, le dijo a quemarropa:
-A usted le ha pasado algo; lo veo. Dígame qué es.
Él se acordó de su aventura en la Audiencia frunció las cejas y enrojeció.
-Sí -respondió, negándose a mentir -, me ha ocurrido algo extraño, inesperado y grave.
-¿Qué es? ¿No puede usted decírmelo?
-Por ahora, no. Permítame que no le diga nada. Me ha pasado una cosa sobre la cual es preciso que siga reflexionando- añadió, ruborizándose aún más.
-¿Y no me lo dirá usted?
Se le contrajo un músculo del rostro, y la joven soltó el respaldo de la silla.
-No, no puedo- replicó Nejludov, comprendiendo que, con aquella respuesta suya a la joven, se respondía a sí mismo y reconocía la gravedad de lo que le había pasado.
-Como usted quiera. Entonces, venga conmigo.
Sacudió la cabeza, como para alejar un pensamiento inoportuno, y reanudó más rápidamente su marcha.
Nejludov creyó notar que ella hacia un esfuerzo para reprimir las lágrimas. Le dio vergüenza y se reprochó la pena que le estaba causando; pero la menor debilidad lo habría perdido, o ligado para siempre, y, aquella noche sobre todo, eso era lo que más temía. Así, pues, silencioso, la acompañó hasta la habitación de la princesa.
XXVII
Índice
La princesa Sofía Vassilievna acababa de terminar su cena, muy delicada pero muy reconfortante y que ella siempre tomaba sola, por temor a que la vieran en aquella ocupación poco poética. El café lo servían sobre un velador cerca de su canapé, y ella fumaba cigarrillos. Era morena, delgada y larguirucha, con largos dientes y grandes ojos negros, y se esforzaba en darse aún aires de jovencita.
Se chismorreaba sobre sus relaciones con su médico. Nejludov, hasta entonces no interesado por aquellas hablillas, no tuvo más remedio que acordarse de ellas al entrar en la habitación, cuando distinguió, sentado muy cerca del canapé, al médico de barba untada de brillantina y elegantemente recortada. Al verlo, experimentó una impresión de desagrado.
En una butaca blanda y baja estaba sentado Kolossov, agitando con su cuchara el azúcar de su café, cerca de un vasito de licor colocado en el velador.
Missy, habiendo entrado en la habitación con Nejludov, no permaneció más que un instante.
-Cuando mamá se canse y los despida, vendrán ustedes a verme, ¿no es así? -dijo ella a Kolossov ya Nejludov, con un tono como si nada anormal hubiese ocurrido entre ella y este último.
Salió de la habitación alegremente y con un paso deslizante sobre la blanda alfombra.
-Hola, ¿cómo está usted, querido amigo? Siéntese y cuente -dijo la princesa Sofía Vassilievna, con la sonrisa afectada y que quería parecer natural de su boca surtida de hermosos y largos dientes muy bien imitados -. Ha vuelto usted de la Audiencia, decían estos señores, de muy mal humor. ¡Tales sesiones deben resultar tan penosas para hombres de corazón...! -añadió ella en francés.
-Sí, es verdad -replicó Nejludov -. Allí uno siente muy a menudo su... uno siente, quiero decir, que no tiene derecho a juzgar...
-Comme c'est vrai! -exclamó la princesa, fingiéndose impresionada por lo acertado de aquella reflexión; porque poseía el arte de adular siempre a sus interlocutores.
-Bueno, ¿cómo va su cuadro? -continuó -. Me interesa enormemente. Si no fuera por mi debilidad, hace ya mucho que habría ido a verlo a su casa.
-Lo he abandonado por completo -respondió secamente Nejludov, asqueado por la falsedad de aquellas adulaciones, tan visible, aquella noche, como por el disimulo de la vejez. Y, a pesar de sus esfuerzos, ya no podía ser amable.
-¡Qué lástima! ¿Sabe usted que el mismo Repin me ha afirmado que nuestro amigo tiene un gran talento? -dijo ella, volviéndose hacia Kolossov.
«¿Cómo no le da vergüenza mentir de esa manera?», pensaba Nejludov, indignado.
Sin embargo, dándose cuenta de que Nejludov no estaba verdaderamente en forma y que una conversación agradable con él era imposible, Sofía Vassilievna se volvió hacia Kolossov y le pidió su opinión sobre un nuevo drama que se acababa de representar; eso con un tono que hacía prever la aceptación, como de un oráculo, de la opinión que él emitiera: Kolossov se mostró muy duro en su juicio y aprovechó la ocasión para exponer sus teorías sobre el arte. Como siempre, la princesa se mostraba impresionada por lo acertado de los comentarios de su amigo y no se arriesgaba a defender al autor del drama más que para capitular al instante o encontrar un término medio. Nejludov miraba y escuchaba, pero veía y oía otra cosa.
Escuchando ora a Sofía Vassilievna, ora a Kolossov, comprobaba que ninguno de los dos tenía el menor interés por el drama, como no lo tenían el uno por el otro, y que el solo objeto de su conversación era satisfacer una necesidad física: activar la digestión por la agitación muscular de la lengua y de la garganta. Comprobaba además que Kolossov, habiendo bebido aguardiente, vino y licores, estaba un poco ebrio; no con esa embriaguez de los mujiks que beben de cuando en cuando, sino con la de la gente que está acostumbrada a beber. No titubeaba y no decía estupideces, pero su estado de excitación y de contento de sí mismo era anormal. Además, Nejludov se daba cuenta de que en lo más animado de la conversación, la princesa, inquieta, no apartaba los ojos de la ventana, por la que se deslizaba un oblicuo rayo de sol capaz de alumbrar demasiado crudamente su propio ocaso.
-¡Qué verdad es eso! -respondió ella a un comentario de Kolossov, al mismo tiempo que apretaba el botón de un timbre eléctrico.
En aquel momento, sin decir nada, como familiar de la casa, el médico se levantó y salió , y Sofía Vassilievna lo siguió con los ojos, sin interrumpir la conversación.
-¡Felipe! Tenga usted la bondad de bajar esa cortina -dijo al guapo lacayo que había entrado a la llamada de! timbre -. No; por mucho que usted diga, hay algo místico; y no existe poesía sin misticismo -continuó, dirigiéndose a Kolossov, mientras uno de sus negros ojos espiaba con mal humor los movimientos del lacayo, ocupado en bajar la cortina -. Sin poesía, el misticismo es superstición; y la poesía sin misticismo es prosa -prosiguió ella con una sonrisa contrita y el ojo clavado en el lacayo -. Pero, no, Felipe! No es esa cortina. Es la de la ventana grande -dijo al fin con un aire de sufrimiento y como si hubiese quedado agotada por el esfuerzo que le habían costado tantas palabras.
Para calmarse, se llevó a la boca, con su mano cargada de sortijas, el perfumado cigarrillo.
Silencioso y sumiso, caminando ligeramente sobre la alfombra, con sus piernas musculosas y sus pantorrillas salientes, el guapo lacayo se acercó a la otra ventana y, mirando a la princesa, se puso a bajar cuidadosamente la cortina, a fin de que ni el menor rayo pudiese caer sobre ella. Pero tampoco esta vez estaba haciendo lo que quería Sofía Vassilievna, quien de nuevo tuvo que interrumpir su disertación sobre el misticismo para aleccionar al implacable y torpe Felipe que tanto la fatigaba. Por un momento, un relámpago pasó por los ojos de lacayo.
«El pobre debe de estarse diciendo: ¿qué diablos es lo que quieres en definitiva?», pensó Nejludov ante aquella escena.
El guapo y robusto Felipe reprimió inmediatamente su movimiento de impaciencia y se puso a ejecutar las órdenes de la indolente, débil y sofisticada princesa.
-Desde luego, hay mucho de verdad en la doctrina de Darwin, pero a veces va demasiado lejos -continuó Kolossov, agitándose en su butaca y mirando a la princesa con ojos soñolientos.
-Y usted, ¿cree usted en la herencia? -preguntó a Nejludov, cuyo silencio la tenía desazonada.
-¿La herencia? No, no creo en ella- respondió sin desprenderse de las visiones extrañas que obsesionaban su imaginación.
Se figuraba posando como modelo, al lado del robusto y guapo Felipe, a Kolossov desnudo, con su vientre en forma de calabaza, su cabeza calva y sus brazos esqueléticos, caídos como cuerdas. Y, vagamente también, entrevió los hombros de Sofía Vassilievna, recubiertos ahora de seda y de terciopelo, tal como debían de ser. Pero esa imagen resultaba realmente demasiado repugnante, y la rechazó.
Sofía Vassilievna se quedó mirándolo con fijeza.
-Pero -dijo ella -me olvido de que Missy le está esperando. Vaya a reunirse con ella; creo que tiene intención de interpretarle un trozo de Grieg. Es muy interesante.
«¡No tiene que interpretarme nada! ¿A qué vienen todas estas mentiras?», pensó Nejludov, levantándose y estrechando la mano transparente, huesuda y cargada de anillos de Sofía Vassilievna.
En el salón se encontró con Catalina Alexeievna, quien lo detuvo al pasar.
-Lo cierto es -le dijo ella en francés, siguiendo su costumbre -que las funciones de jurado, ya lo veo, le deprimen a usted un poco.
-Sí, excúseme. Esta noche no me siento en forma, y no tengo derecho a imponer mi malhumor a los demás -respondió Nejludov.
¿Y por qué no está usted en forma?
-Eso, permítame que no se lo diga- replicó él, buscando su sombrero.
-¿Se olvida usted, pues, de que nos dijo que había que decir siempre la verdad y que incluso se aprovechó de eso para decirnos a todos verdades crueles? ¿Por qué hoy no quiere usted decir la verdad? ¿Te acuerdas, Missy? -añadió Catalina Alexeievna, volviéndose hacia la joven, que acababa de entrar.
-Es que entonces era un juego - respondió gravemente Nejludov -.El juego permite esas cosas. Pero en la vida real, somos tan malos... o yo soy tan malo..., que no me es posible pensar en decir la verdad.
-No se retenga usted. Diga más bien que todos somos malos -replicó alegremente la madura muchacha, sin fijarse en la gravedad de Nejludov.
-No hay nada peor que decirse que no se está en forma- interrumpió Missy -.Por mi parte, nunca me lo confieso a mí misma; por eso siempre estoy en forma. Vamos, sígame, vamos a tratar de disipar su mauvaise humeur.
Nejludov experimentó el sentimiento que deben de experimentar los caballos en el momento de ser embridados y enjaezados. Nunca hasta entonces había experimentado tanto miedo a dejarse enjaezar. Se excusó diciendo que tenía necesidad de volver a su casa, y se preparó a despedirse. Missy le retuvo la mano más tiempo que de costumbre.
Recuerde que lo que es grave para usted lo es al mismo tiempo para sus amigos -dijo ella -.¿Vendrá usted mañana?
-No lo creo- respondió Nejludov, y sintiendo que el rubor le subía al rostro, se apresuró a salir.
-¿Qué significa todo esto? Comme cela m’intrigue! -dijo Catalina Alexeievna cuando él hubo abandonado el salón -. Es preciso que me entere. Quelque affaire d'amour-propre. Il est tres susceptible, notre cher Mitia!
«Plutôt une affaire d'amour sale», pensó Missy, pero sin decirlo. Miraba delante de ella con aire sombrío, muy distinto del que tenía en presencia de Nejludov. Sin embargo, ni siquiera delante de Catalina Alexeievna se habría atrevido a formular aquel juego de palabras de mal gusto, y se limitó a decir:
-Todos tenemos nuestros días buenos y nuestros días malos.
«¿También se escapará éste? -pensó Missy -.Estaría muy mal por su parte, después de todo lo que ha pasado.»
Si le hubiesen preguntado a Missy lo que quería decir con aquellas palabras «todo lo que ha pasado», no habría podido alegar nada preciso. Tenía, sin embargo, una impresión absolutamente clara de las esperanzas despertadas en ella por Nejludov y casi una promesa de casamiento. Desde luego, ninguna palabra precisa los había ligado, pero miradas, sonrisas, alusiones y silencios bastaban, a juicio de ella, para que lo considerase como si le perteneciese. Por eso el pensamiento de perderlo le resultaban tan penoso.
XXVIII
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Vergüenza y disgusto, disgusto y vergüenza!», pensaba Nejludov, volviendo a pie a su casa por un camino recorrido a menudo. La penosa impresión nacida en el de su conversación con Missy no se disipaba. Se sentía «formalmente» al abrigo de los reproches de la joven, en cuanto se trataba de declaración que hubiera podido comprometerlo; y sin embargo, no estaba menos ligado a ella. Lo comprendía, y con todas las fuerzas de su ser comprendía también la imposibilidad de casarse con ella.
¡Vergüenza y disgusto, disgusto y vergüenza!», se repetía ante el pensamiento no sólo de sus relaciones con Missy, sino de todo lo que lo rodeaba. «¡Todo es disgusto y vergüenza!», repitió, subiendo la escalinata de su casa.
-No cenaré -le dijo a su criado Kornei, quien lo esperaba en el comedor dispuesto a servirle-. Puede usted retirarse.
-A sus órdenes -respondió el criado, que, en lugar de marcharse, quitó la mesa.
Nejludov no pudo abstenerse de creer que el otro obraba así para contrariarlo. Miraba a Kornei con malhumor; habría querido que todo el mundo lo dejase en paz, y todo el mundo se ponía de acuerdo para llevarle la contraria.
Cuando Kornei salió, Nejludov se acercó al samovar para prepararse su té; pero oyó en la antecámara los pasos de Agrafena Petrovna, y, para no verla, salió precipitadamente y pasó al salón, cuya puerta cerró tras él. Tres meses antes, su madre había muerto en aquel salón. Dos lámparas de reflectores lo alumbraban, iluminando los dos grandes retratos del padre y de la madre de Nejludov colgados en la pared. Y éste se acordó de sus últimas relaciones con su madre. Falsas también, y, también allí, vergüenza y disgusto. Se acordaba de que en los últimos tiempos de la enfermedad de su madre había deseado positivamente su muerte. Era, había pensado entonces, para que se librase de sus sufrimientos; hoy comprendía que la había deseado para librarse él mismo de la vista de sus sufrimientos.
Con el deseo de evocar en él recuerdos mejores, se acercó al retrato, firmado por un pintor célebre y por el que se pagó en tiempos cinco mil rublos. La madre de Nejludov estaba representada con vestido de terciopelo negro, descubierta la garganta. El artista, eso se notaba, había puesto el mayor cuidado en pintar bien el nacimiento de los senos, su separación, el cuello y los hombros, que su modelo tenía muy bellos. A él le pareció esta vez que era absolutamente vergonzoso y desagradable. Se espantó de lo que había de repulsivo y de sacrílego en aquella figura de su madre bajo el aspecto de una belleza semidesnuda. La cosa resultaba tanto más chocante cuanto que hacía tres meses, allí mismo, la misma mujer se había tendido sobre un diván, seca como una momia, exhalando un olor que infectaba toda la casa. Se acordó de que, la víspera de su muerte, ella le había cogido una mano entre sus pobres manos descarnadas, lo había mirado a los ojos y le había dicho: «¡No me juzgues, Mitia, si no he hecho lo que era preciso!» Y que de sus ojos enturbiados por el sufrimiento habían salido lágrimas.
«¡Qué disgusto!», se dijo una vez más frente al retrato donde su madre, con una sonrisa triunfante, desplegaba sus magníficos hombros y sus brazos de mármol , y la desnudez de aquel pecho lo hizo pensar en otra joven, vista por él aquellos últimos días e igualmente escotada. Era Missy, quien, una noche de baile, le había rogado que viniese a verla con su nuevo vestido. Con verdadera repugnancia se acordó del placer que había experimentado al ver los bonitos hombros y los bellos brazos de Missy. «¡Y delante de ese padre grosero y sensual, con su pasado de crueldad, y esa madre bel esprit, de reputación sospechosa!», pensaba. Todo aquello era repugnante y vergonzoso. ¡Vergüenza y disgusto, disgusto y vergüenza!
«No, no -se dijo -, ¡Es preciso que me libere, que rompa todas estas relaciones mentirosas con los Kortchaguin, con María Vassilievna, con la herencia y con todo lo demás...! Sí, escaparme, respirar en paz. Ir al extranjero, trabajar en mi cuadro en Roma.»
Y se acordó de sus propias dudas sobre su talento.
Bah, ¿qué importa eso? Lo importante es respirar en libertad. Iré a Constantinopla y luego a Roma. Me iré en cuanto cierren los tribunales y quede arreglado este asunto con el abogado.»
De nuevo se irguió ante él la imagen viviente de la condenada, con sus negros ojos que bizqueaban un poco. ¡Ah, cómo había llorado ella al gritar aquellas últimas palabras! Con un gesto brusco, tiró el cigarrillo que acababa de encender, encendió otro y se puso a caminar de arriba abajo por la habitación. Luego, con el pensamiento, volvió a ver los minutos sucesivos pasados con Katucha: la escena de la habitacioncita, el desencadenamiento de su pasión bestial, su desilusión una vez satisfecha aquélla. Volvió a ver el vestido blanco y el cinturón azul, y la misa nocturna.
«Sí, aquella noche la amé, la amé verdaderamente, con un amor fuerte y puro; y la había amado antes, ¡oh, cuantísimo!, cuando residía en casa de mis tías para escribir mi tesis.»
Volvió a verse a sí mismo tal como era entonces, y eso lo inundó con un perfume de frescor, de juventud, de vida dichosa; y se agravó aún más su tristeza.
Le pareció enorme la diferencia existente entre el hombre de entonces y el de ahora: tanta y quizá más aún que la que existía entre la Katucha de la iglesia y la prostituta, la amante del comerciante siberiano, juzgada por él hacía poco. Valeroso y libre entonces, nada le parecía imposible; ahora, sepultado en una existencia inútil y vacía, miserable y estúpida, sin salida y de la cual muy a menudo se negaba a salir. Recordó que orgullo extraía entonces de su franqueza y de su principio de decir siempre la verdad, y de su manera de decirla; en tanto que ahora estaba sumido en la más espantosa mentira, considerada verdad por quienes lo rodeaban.
Y tampoco había salida de aquella mentira en la que se hundía por la fuerza de la costumbre, en la que se pavoneaba.
¿Cómo liberarse en sus relaciones con María Vassilievna? ¿Cómo resolverse a poder mirar cara a cara al marido y a los hijos de aquella mujer? ¿Cómo romper su trato con Missy? ¿Cómo poner de acuerdo el hecho de haber proclamado él mismo la injusticia de la propiedad rústica y el de poseer la herencia de su madre, indispensable para su existencia? ¿Cómo redimir su falta para con Katucha? Y, sin embargo, las cosas no podían quedar así. «No puedo -se decía él- abandonar a una mujer amada en otros tiempos, pagando solamente a un abogado para arrancarla de esa cárcel que no ha merecido. ¡Querer lavar mi falta con dinero es lo que yo creía suficiente cuando daba cien rublos a Katucha!»
Volvió a ver el momento en que, en el vestíbulo de la casa de sus tías, se había acercado a la joven, le había deslizado el dinero y había huido. «¡Ah, ese maldito dinero, ah, ah, qué asco!», se dijo en voz alta, como lo había dicho entonces. «Solamente un miserable, un canalla, podía obrar así. ¿Y soy yo ese canalla, ese miserable? —exclamó- ¿Pues quién sino yo?», se respondió , y continuó denunciándose a sí mismo: «Y además, no es eso todo. ¿No es una bajeza tus relaciones con María Vassilievna, tu amistad con su marido? ¿Y tu actitud en lo que se refiere a tus bienes? So pretexto de que el dinero procede de tu madre, ¿no disfrutas de la riqueza que consideras ilegítima? ¿Y toda tu vida, ociosa e inútil? Y, como coronamiento de todo eso, ¿qué puedes decir de tu conducta respecto a Katucha? ¡Eres un miserable! ¿Qué importa el juicio de los demás? Tú puedes engañados, pero no puedes engañarte a ti mismo.»
Y comprendió que el objeto de una aversión que él sentía desde hacía algún tiempo, y sobre todo aquella noche no eran ni los hombres ni el viejo príncipe, ni Sofía Vasilievna, ni Missy, ni Kornei, sino él mismo, y, ¡cosa extraña!, aquel reconocimiento de su indignidad, aunque penoso, contenía algo de calmante y de consolador.
Varias veces en el curso de su existencia había ya procedido a lo que él llamaba «limpiados de conciencia»; crisis morales en las que el decaimiento, casi la detención de su vida interior, lo habían obligado a barrer las porquerías que manchaban su alma.
Hecho eso, no dejaba nunca de imponerse reglas jurándose seguirlas. Escribía un diario, volvía a empezar una nueva vida «turning a new leaf», como él decía. Pero la seducción del mundo volvía de nuevo a atrapado, y volvía otra vez al punto de partida, si no más bajo.
El verano en que pasó las vacaciones en casa de sus tías había marcado la primera de aquellas «limpiezas». Fue su despertar más vivo y más entusiasta. Sus consecuencias habían durado bastante tiempo. El segundo despertar ocurrió cuando, habiendo abandonado su empleo de funcionario, soñó con sacrificar su vida y había partido a guerrear contra los turcos. En aquella ocasión, la recaída tuvo lugar antes que otras veces. Un nuevo despertar había ocurrido cuando abandonó el ejército y partió al extranjero para dedicarse a la pintura.
Desde entonces, y hasta el día de hoy, había transcurrido un largo período sin que «limpiase su conciencia». Por eso nunca había llegado a una suciedad tal, a un tal desacuerdo entre lo que exigía su conciencia y la vida que llevaba. Se quedó aterrado. El abismo era tan grande, y la suciedad tan fuerte, que en el primer momento desesperaba de poder desprenderse de ella.
«Más de una vez has tratado de corregirte, de hacerte mejor, y has fracasado -le decía una voz tentadora -.¿Vale la pena empezar una vez más? ¿Es que eres tú el único que estás en ese caso? Todo el mundo es como tú. ¡Es la vida!»
Pero el ser libre, el ser moral, y que es en nosotros el único verdadero, el único poderoso, el único eterno, ese ser, en aquel momento, se había despertado en él. Le era imposible no creer en él. Por colosal que fuera la distancia entre lo que era y lo que habría querido ser, aquel ser interior afirmaba que todo le era posible aún.
«Romperé, por mucho que me cueste, los lazos de mentira en los que me revuelco, y confesaré todo; diré y haré la verdad -se dijo con decisión en voz alta -. Diré la verdad a Missy: que soy un libertino, que no puedo casarme con ella y que le pido perdón por haberla turbado. Diré a María Vassilievna..., o mejor, no a ella, sino a su marido, le diré que soy un miserable, que lo he engañado. Dispondré de la herencia conforme a la verdad. Diré también a Katucha que soy un miserable, que pequé contra ella , y haré todo lo posible por suavizar su suerte. Iré a verla y le pediré que me perdone. Sí, le pediré perdón como hacen los niños... Me casaré con ella si es preciso...»
Se detuvo, juntó las manos como hacía en su infancia, elevó los ojos y dijo:
-¡Señor, ven en mi ayuda, instrúyeme, penetra en mí para purificarme!
Rezaba. Pedía a Dios que penetrara en él para purificarlo; y ese milagro, pedido en su oración, se había, sin embargo, cumplido ya en él. Dios, viviendo en su conciencia, había vuelto a tomar posesión de ella. Y no solamente sentía Nejludov la libertad, la bondad, la alegría de la vida; sentía también la fuerza del bien, y todo el bien posible que un hombre pudiera hacer, él se sabía capaz de hacerlo también.
Sus ojos estaban bañados de lágrimas. Buenas, en tanto que lágrimas de felicidad, nacidas del despertar del ser moral dormido en él desde hacía años; pero malas también, porque eran lágrimas de enternecimiento por sí mismo y por su bondad de alma.
Se ahogaba. Avanzó y abrió la ventana que daba al jardín. La noche era fresca, blanca de luna. A lo lejos resonó un ruido de ruedas, y luego todo volvió a quedar en silencio. Bajo la ventana, sobre la arena de la alameda y sobre el césped, se perfilaba la sombra de un gran álamo desnudo. A la izquierda, bajo los diáfanos rayos de la luna, el techo de la cochera parecía todo blanco. Al fondo se entrecruzaban las ramas de los árboles y transversalmente la línea negra del seto. Y Nejludov contemplaba el jardín, lleno de una dulce luz argentada, y la cochera, y la sombra del álamo; escuchaba y aspiraba el soplo vivificante de la noche.
-¡Qué hermoso es todo! ¡Qué hermoso es todo, Dios mío! -decía.
Y estas palabras eran la expresión de lo que pasaba en su alma
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