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CASTILLO INTERIOR

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Diseño y cuidado de la edición: Armero Ediciones
Conversión a libro electrónico: Criteri Digital i Multimèdia, S.L.
© Fundación León Felipe y Ayuntamiento de Zamora
© Herederos de Juan Larrea
© Fundación Banco Santander, 2015
© Gonzalo Santonja Gómez-Agero y Javier Expósito Lorenzo
© De la introducción a «Aposentos», Gonzalo Santonja Gómez-Agero
© De la introducción a «Moradas», Javier Expósito Lorenzo
ISBN: 978-84-92543-68-7
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ÍNDICE
Gonzalo Santonja Gómez-Agero y Javier Expósito
Lorenzo
HOGUERAS ENCENDIDAS
NOTA DE AGRADECIMIENTO
León Felipe
APOSENTOS
INTRODUCCIÓN, por Gonzalo Santoja Gómez-Agero
EL GRAN LADRÓN DEL SALMO
CONTRA HOMBRES Y GANGSTERS
[SOBRE EL CIERVO]
TESTAMENTO
[EN LOS VEINTICINCO AÑOS DE CUADERNOS
AMERICANOS]
[OTRA ÉPOCA]
[YO SOY ROCINANTE]
[ESTOY AQUÍ ESTA NOCHE…]
[QUIERO CREER]
MORADAS
INTRODUCCIÓN, por Javier Expósito Lorenzo
CARTA DE LEÓN FELIPE A JOSÉ BERNADETTE,
[Atica, Nueva York], 5 de mayo de 1939
CARTA DE LEÓN FELIPE A LA EDITORIAL SÉNECA,
México, 8 de mayo de 1941
A LOS ANTÓLOGOS
CARTA DE LEÓN FELIPE A WALDO FRANK,
México, 12 de agosto de 1943
CARTA DE LEÓN FELIPE A MARÍA LUISA GINER DE LOS RÍOS Y DÍEZ-CANEDO,
México, agosto de 1955
CARTA DE LEÓN FELIPE A JESÚS SILVA HERZOG,
México D. F., 11 de abril de 1956
CARTA DE LEÓN FELIPE A CAMILO JOSÉ CELA,
México, 29 de abril de 1959
CARTA DE LEÓN FELIPE A CAMILO JOSÉ CELA,
México, diciembre de 1960
CARTA DE LEÓN FELIPE A JOSÉ GOROSTIZA,
México, s. f.
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN FERNÁNDEZ FIGUEROA,
México [h. 1959]
CARTA DE LEÓN FELIPE A SALUSTIANA CAMINO,
México, 17 de junio de 1965
CARTA DE LEÓN FELIPE A SALUSTIANA CAMINO,
México, 30 de noviembre de 1965
CARTA DE LEÓN FELIPE A ELECTA ARENAL,
México, 1961
CARTA DE LEÓN FELIPE A GONZALO LOSADA Y GUILLERMO DE TORRE,
México, 30 de junio de 1965
CARTA DE LEÓN FELIPE A ANTONIORROBLES,
México, 2 de noviembre de 1966
A MODO DE LUZ. EPISTOLARIO DE LEÓN FELIPE Y JUAN LARREA
[1941-1967], por Javier Expósito Lorenzo
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
1 de julio de 1941
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
Campeche, 9 [?] de julio de 1941
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
Hotel Europa, San José, Costa Rica, 1 de junio de 1946
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
[Santiago de Chile, h. 1947]
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
La Paz, Bolivia, diciembre de 1946
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
28 de marzo de 1947
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 25 de noviembre de 1949
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 7 de enero de 1950
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 26 de febrero de 1950
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
New York, 9 de abril de 1950
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 2 de junio de 1950
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 11 de mayo de 1951
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Nueva York, 2 de diciembre de 1951
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 22 de junio de 1954
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 9 de abril de 1956
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Nueva York, 14 de abril de 1956
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Córdoba, Argentina, 18 de junio de 1966
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 23 de enero de 1967
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Córdoba, Argentina, 17 de mayo de 1967
Javier Expósito Lorenzo y Gonzalo Santonja Gómez-Agero
HOGUERAS ENCENDIDAS
Para mí, la poesía no es más que un sistema luminoso de señales. Hogueras que encendemos aquí abajo, entre tinieblas encontradas, para que alguien nos vea, para que no Nos olviden. ¡Aquí estamos, Señor!
León Felipe, Antología de Gerardo Diego (2.ª ed.)
Bardo peregrino, poeta prometeico o voz profética del exilio, el español del éxodo y el llanto. León Felipe, poeta de barro, concluyó Luis Rius, otro español de la diáspora, su primer biógrafo y también el más cercano, con muchas angustias mecidas y asaltadas por las mismas olas, pasajeros ambos «de un barco perdido entre la niebla»1.
Los textos ahora recuperados, inéditos o publicados en papeles volanderos de poca difusión y difícil consulta, ilustran y revelan el pálpito y la artesanía de su «sistema luminoso de señales» durante su largo (y fructífero) acontecer mexicano, a partir del momento en que la incivilidad de las circunstancias lo convirtió en exiliado, expulsado de la Península por Franco y también por el sectarismo torvo que carcomió por dentro la causa republicana.
Exilio, por cierto, a punto de romperse en más de una ocasión. La más clara rodó de la mano de su sobrino Carlos Arruza, el Ciclón, uno de los grandes del toreo mexicano, diestro reconocido y aclamado en el planeta taurino, así en las plazas españolas como en los cosos americanos, creador de suertes tan arriesgadas como el teléfono y rival de Manolete (empezó a torear en España en 1944), actor junto a John Wayne en El Álamo, cuya vida segó prematuramente un accidente de coche el 20 de mayo de 1966 en la carretera de Toluca a México.
Arruza, «hace cuatro o cinco años», esto es, a comienzos de los sesenta del siglo pasado —revela Luis Rius2—, se encargó de gestionar todo lo necesario para que el viaje se hiciese, incluidos, desde luego, los gastos», proyecto aceptado por un León Felipe desde hacía «muchos meses obsesionado con la idea de la muerte, a la que sentía muy próxima, y también obsesionado por el deseo de acabar su vida cobijado por la misma tierra en donde nació. Quería ver otra vez su pueblo, Tábara, del que algún amigo, hacía poco, le había traído una postal que le gustó mucho […]; quería volver al pueblo de su infancia, Sequeros […]; quería volver, sobre todo, a la meseta castellana, el paisaje que mejor reconoce su alma…».
Quería, quería… A pesar de tan fervientes deseos, el día fijado para la partida, con las maletas dispuestas y la documentación en regla, con Arruza en casa y un coche a la puerta, León Felipe «dijo que no se pensaba levantar… en toda la mañana».
«Pero si el avión sale dentro de dos horas», recordó el torero.
«Es que ya no me voy a España», respondió el poeta en la vigilia de la noche, vencido por «la rabia de aquella experiencia de la guerra civil y la derrota republicana».
Eran ya demasiados años, la segunda media vida y buena parte de la primera. Porque León Felipe no fue un exiliado más en aquel México ejemplarmente solidario. Y no nos referimos a rangos o privilegios de ningún tipo. Excepto a los derivados de la implicación y el arraigo, pues a la altura de 1939, cuando la legión de los derrotados empezaba a desembarcar en el puerto de Veracruz, dándose de bruces con un país radicalmente distinto, él ya sumaba dieciséis años en aquellas tierras, casado con Berta Gamboa, mujer nacionalista y temperamental, y con su hermana Salud sólidamente instalada allí.
León Felipe llegó a México en 1923 y, con el aval de Alfonso Reyes, de inmediato trabó amistad con Pedro Henríquez Ureña3, Antonio Caso, José Vasconcelos y lo más granado de aquella intelectualidad. Luego, casado con Berta, pasó seis años en Norteamérica, donde encontró acomodo en la Universidad de Cornell, pero volvió en 1930, siendo con generosidad recibido de nuevo por Henríquez Ureña, quien le confió la cátedra del Quijote en la Escuela de Verano, y un nutrido elenco de escritores, editores y profesores universitarios como Agustín Yáñez, Rodolfo Usigli o Silva Herzog, aliados de vida y obra que le facilitaron traducciones y clases. Lo suficiente para ganarse la vida, quizás no con la holgura de Estados Unidos, pero sí sin las zozobras y adversidades de España, cuya llamada volvió a sentir con la proclamación de la Segunda República.
La sintió y obedeció a sus impulsos, mas sin éxito. Con monarquía o con República, España insistía en mostrarle la faz esquiva: «Al cabo de unos meses de permanencia en Madrid —explica Luis Rius— volvió a América a reunirse con su esposa, y obligado también por la estrechez pecuniaria, pues en España no tenía ocupación […], mientras que en América se hallaba ya incluido dentro del engranaje del mundo académico e intelectual».
En efecto, regresó a su país de adopción y, como si no se hubiera marchado, «recuperó la cátedra que Pedro Henríquez Ureña le había proporcionado, reemprendió sus traducciones del inglés y desempeñó el cargo de subdirector de estación de radio de la Secretaría de Educación, fundada por iniciativa de Agustín Yáñez»4. Sin embargo, con la vida encauzada, en 1934 quemó otra vez las naves y retornó a Madrid. Gerardo Diego lo incluyó entonces en la segunda edición de su histórica Antología (1934), y desde aquellas páginas se planteó sus preguntas fundamentales:
¿Quién soy yo?
¿Me he escapado de un sueño o navego hacia un sueño?
¿Hui de la casa del Rey o busco la casa del Rey?
Sueños y búsquedas, dos caras de la misma personalidad. Inquietud, navegaciones. Y un peregrinaje constante de México a España, de España a México. A comienzos del fatídico año del estallido de la guerra incivil, León Felipe recuperó la ruta americana, camino esta vez de Panamá, como agregado cultural en el país del Canal a instancias del embajador Domingo Barnés, puesto al que renunció al estallar la guerra, fiel a los dictados de su conciencia.
Surcaría el mar por última vez con rumbo a España, hacia aquella España en llamas, a finales de octubre, dispuesto a lo que fuera, pero a lo que fuera contra Franco. Ahora mal, se dio de bruces con lo inesperado: los dogmatismos y las purgas, otra guerra incivil en la incivilidad de la guerra. Poeta comprometido con sus voces interiores, amenazas nada hipotéticas le devolvieron a México, ya para siempre, antes de la derrota republicana. No sabía guardar silencio ni avenirse a las conveniencias, y no lo guardó ni se avino. Al contrario, alzó la voz y se descubrió al borde del abismo.5
León Felipe fue un español de México o un mexicano de España, poeta con arraigo y reconocimiento al otro lado del mar. Sus días venían marcados por una sucesión de requerimientos: cartas, invitaciones, encargos de periódicos y revistas, recitales, conferencias, apuntes sobre la marcha, traducciones, poemas acabados y poemas inconclusos, bocetos, prólogos, tentativas y reescrituras.
A partir del fondo conservado en el Archivo Histórico Provincial de Zamora, propiedad del Ayuntamiento de Zamora, y del epistolario mantenido con Juan Larrea —perteneciente al legado del poeta, cedido generosamente por sus herederos y con la colaboración desinteresada de Juan Manuel Guereñu—, localizado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, este libro abre ventanas de claridad al castillo interior de un poeta con biografía de viento y testamento de barros.
A modo de castillo interior teresiano, en esa búsqueda del ánima hemos ido de los «Aposentos», que lo revelan en el obrador del poeta, a las «Moradas», cartas o habitaciones del corazón y el alma donde reposa «casi desnudo, como los hijos de la mar», que diría Antonio Machado. El conjunto de ambas secciones confirma el acierto de las palabras que, andados los años, le dedicó Octavio Paz: «Tu ejemplo me ha servido siempre, desde 1938 y La insignia». ¿Y cuál es el lazo de unión entre ellos? Palabras de un Nobel para terminar:
Eres de los pocos que piensan y saben que la poesía no sólo está en el poema sino en el poeta = poema vivo. Y tú ni has entregado a la poesía, ni la has vendido ni la has guardado en casa.6
G. S. G.-A. y J. E. L.
NOTA DE AGRADECIMIENTO
Este libro hubiera sido imposible si en 2002 el Ayuntamiento de Zamora, presidido entonces por Antonio Vázquez Jiménez (1995-2007), no hubiera comprado a Alejandro Finisterre su fondo de León Felipe, evitando así la pérdida o dispersión de un conjunto documental de primer orden.
Rosa Valdeón, alcaldesa de Zamora, nos ha concedido toda suerte de facilidades para su consulta y también hemos contado con el apoyo de Florián Ferrero y Victoriano Antonio Carbajo Martín, exdirector y director del Archivo Histórico Provincial, donde está depositado. Con ellos, con el Servicio Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León, con los herederos de Juan Larrea, con la Residencia de Estudiantes y muy especialmente con Juan Manuel Díez de Guereñu, a quien debemos valiosas indicaciones, quedamos en deuda de gratitud.
G. S. G.-A. y J. E. L.
APOSENTOS
Volveré,
volveré con mi pecho y con la Aurora otra vez
León Felipe, La insignia
«¡Qué lástima / que yo no tenga una casa!», gritó León Felipe en su primer libro, Versos y oraciones del caminante, reconociéndose «un paria / que apenas tiene una capa». Un pueblo de la estepa castellana, los días azules de la infancia en Salamanca, cárceles y lupanares, Guinea, la desazón, los caminos del mar, Berta Gamboa y definitivamente el México del exilio, siempre en busca de la Luz. «¡Ah, si yo pudiese organizar mi llanto y el polvo disperso de mis sueños!»7.
Los días mexicanos de León Felipe, poeta querido y respetado en su país de adopción, se vertebraron sobre un continuo de compromisos y requerimientos que él atendió con disposición de juglar, barajando con libertad su obra, recreándola en variantes al modo de la poesía popular, canciones de gesta y romances, en una cadena de refundiciones que lo revelan fiel a lo sustancial, pero sabiendo adaptar lo sustancial a las circunstancias, al mismo tiempo tradicionalista e innovador, plural desde un individualismo al mismo tiempo afirmado y trascendido.
Así procedió León Felipe: reordenando, añadiendo párrafos y versos de enlace, fundiendo y refundiendo, quitando y poniendo con potestad creativa. Él mismo lo explicó paladinamente en diversas ocasiones. Verbigracia, en el vigésimo quinto aniversario de Cuadernos Americanos, disimulando entonces su juego de verdades con el pretexto de que desconocía la técnica de los discursos: «Voy a elegir unos cuantos versos de todo lo que yo he escrito en mi vida —explicó— y a pegarlos aquí uno tras de otro… y a ver si embonan, a ver si casan. A ver si valen como discurso»8.
Así pues, fusión de vida y obra a partir del convencimiento de que «los grandes poetas no tienen biografía, / tienen Destino». En su caso un destino prometeico con encarnadura de condenación bíblica. «Ganarás el pan con el sudor de tu frente / y la luz con el dolor de tus ojos», partiendo del desentrañamiento de la propia personalidad —«tal vez me llame Jonás», «yo soy Rocinante»— a través de un despliegue de alegorías en salmos, siempre entre la imprecación y la plegaria. Con la hoguera del verso, jamás extinguida, iluminando las sombras.
Desde esa encrucijada asumió su destino, santo y seña del hado colectivo de la diáspora. Su obra se universaliza al romper ataduras terrenales: España como mito y el destierro como categoría vital, elevando lo pasajero a permanente. Temple y tiempo de eternidad, ligereza de equipaje, desasimiento. «Mi patria está donde se encuentre aquel pájaro luminoso / que vivió hace tiempo en mi heredad», afirmó en Ganarás la luz, dando prioridad absoluta a tres ansias: el sueño, el mito y el Verbo.
En ese vértice cristalizó su poesía. Inquietud, hallazgos y desasosiego, estela de gritos y hasta de blasfemias para asentar una herencia de oración. Caminante por senderos de búsquedas, impronta de creador: «Miradme aquí, erguido, en la entraña profunda de la sombra»9, donde «la espada del Destino corta / las lianas de amor que abrazan nuestro cuerpo, / y las raíces duras / que nos clavan al suelo»10, con la razón romántica en pugna de idealidad contra las circunstancias.11
De la sombra a la luz, en esos «Aposentos» engastó la peripecia existencial en la médula del verso. Voz de poeta-profeta, poesía con «sabor de barro» o «el grito de la tierra primera que se levanta en el barullo del mercado sobre el vocerío de los traficantes»12. «Recordadla», decía, y sí: recordémosla.
G. S. G.-A.
