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CASTILLO INTERIOR

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Diseño y cuidado de la edición: Armero Ediciones
Conversión a libro electrónico: Criteri Digital i Multimèdia, S.L.
© Fundación León Felipe y Ayuntamiento de Zamora
© Herederos de Juan Larrea
© Fundación Banco Santander, 2015
© Gonzalo Santonja Gómez-Agero y Javier Expósito Lorenzo
© De la introducción a «Aposentos», Gonzalo Santonja Gómez-Agero
© De la introducción a «Moradas», Javier Expósito Lorenzo
ISBN: 978-84-92543-68-7
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ÍNDICE
Gonzalo Santonja Gómez-Agero y Javier Expósito
Lorenzo
HOGUERAS ENCENDIDAS
NOTA DE AGRADECIMIENTO
León Felipe
APOSENTOS
INTRODUCCIÓN, por Gonzalo Santoja Gómez-Agero
EL GRAN LADRÓN DEL SALMO
CONTRA HOMBRES Y GANGSTERS
[SOBRE EL CIERVO]
TESTAMENTO
[EN LOS VEINTICINCO AÑOS DE CUADERNOS
AMERICANOS]
[OTRA ÉPOCA]
[YO SOY ROCINANTE]
[ESTOY AQUÍ ESTA NOCHE…]
[QUIERO CREER]
MORADAS
INTRODUCCIÓN, por Javier Expósito Lorenzo
CARTA DE LEÓN FELIPE A JOSÉ BERNADETTE,
[Atica, Nueva York], 5 de mayo de 1939
CARTA DE LEÓN FELIPE A LA EDITORIAL SÉNECA,
México, 8 de mayo de 1941
A LOS ANTÓLOGOS
CARTA DE LEÓN FELIPE A WALDO FRANK,
México, 12 de agosto de 1943
CARTA DE LEÓN FELIPE A MARÍA LUISA GINER DE LOS RÍOS Y DÍEZ-CANEDO,
México, agosto de 1955
CARTA DE LEÓN FELIPE A JESÚS SILVA HERZOG,
México D. F., 11 de abril de 1956
CARTA DE LEÓN FELIPE A CAMILO JOSÉ CELA,
México, 29 de abril de 1959
CARTA DE LEÓN FELIPE A CAMILO JOSÉ CELA,
México, diciembre de 1960
CARTA DE LEÓN FELIPE A JOSÉ GOROSTIZA,
México, s. f.
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN FERNÁNDEZ FIGUEROA,
México [h. 1959]
CARTA DE LEÓN FELIPE A SALUSTIANA CAMINO,
México, 17 de junio de 1965
CARTA DE LEÓN FELIPE A SALUSTIANA CAMINO,
México, 30 de noviembre de 1965
CARTA DE LEÓN FELIPE A ELECTA ARENAL,
México, 1961
CARTA DE LEÓN FELIPE A GONZALO LOSADA Y GUILLERMO DE TORRE,
México, 30 de junio de 1965
CARTA DE LEÓN FELIPE A ANTONIORROBLES,
México, 2 de noviembre de 1966
A MODO DE LUZ. EPISTOLARIO DE LEÓN FELIPE Y JUAN LARREA
[1941-1967], por Javier Expósito Lorenzo
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
1 de julio de 1941
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
Campeche, 9 [?] de julio de 1941
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
Hotel Europa, San José, Costa Rica, 1 de junio de 1946
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
[Santiago de Chile, h. 1947]
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
La Paz, Bolivia, diciembre de 1946
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
28 de marzo de 1947
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 25 de noviembre de 1949
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 7 de enero de 1950
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 26 de febrero de 1950
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
New York, 9 de abril de 1950
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 2 de junio de 1950
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 11 de mayo de 1951
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Nueva York, 2 de diciembre de 1951
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 22 de junio de 1954
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 9 de abril de 1956
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Nueva York, 14 de abril de 1956
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Córdoba, Argentina, 18 de junio de 1966
CARTA DE LEÓN FELIPE A JUAN LARREA,
México, 23 de enero de 1967
CARTA DE JUAN LARREA A LEÓN FELIPE,
Córdoba, Argentina, 17 de mayo de 1967
Javier Expósito Lorenzo y Gonzalo Santonja Gómez-Agero
HOGUERAS ENCENDIDAS
Para mí, la poesía no es más que un sistema luminoso de señales. Hogueras que encendemos aquí abajo, entre tinieblas encontradas, para que alguien nos vea, para que no Nos olviden. ¡Aquí estamos, Señor!
León Felipe, Antología de Gerardo Diego (2.ª ed.)
Bardo peregrino, poeta prometeico o voz profética del exilio, el español del éxodo y el llanto. León Felipe, poeta de barro, concluyó Luis Rius, otro español de la diáspora, su primer biógrafo y también el más cercano, con muchas angustias mecidas y asaltadas por las mismas olas, pasajeros ambos «de un barco perdido entre la niebla»1.
Los textos ahora recuperados, inéditos o publicados en papeles volanderos de poca difusión y difícil consulta, ilustran y revelan el pálpito y la artesanía de su «sistema luminoso de señales» durante su largo (y fructífero) acontecer mexicano, a partir del momento en que la incivilidad de las circunstancias lo convirtió en exiliado, expulsado de la Península por Franco y también por el sectarismo torvo que carcomió por dentro la causa republicana.
Exilio, por cierto, a punto de romperse en más de una ocasión. La más clara rodó de la mano de su sobrino Carlos Arruza, el Ciclón, uno de los grandes del toreo mexicano, diestro reconocido y aclamado en el planeta taurino, así en las plazas españolas como en los cosos americanos, creador de suertes tan arriesgadas como el teléfono y rival de Manolete (empezó a torear en España en 1944), actor junto a John Wayne en El Álamo, cuya vida segó prematuramente un accidente de coche el 20 de mayo de 1966 en la carretera de Toluca a México.
Arruza, «hace cuatro o cinco años», esto es, a comienzos de los sesenta del siglo pasado —revela Luis Rius2—, se encargó de gestionar todo lo necesario para que el viaje se hiciese, incluidos, desde luego, los gastos», proyecto aceptado por un León Felipe desde hacía «muchos meses obsesionado con la idea de la muerte, a la que sentía muy próxima, y también obsesionado por el deseo de acabar su vida cobijado por la misma tierra en donde nació. Quería ver otra vez su pueblo, Tábara, del que algún amigo, hacía poco, le había traído una postal que le gustó mucho […]; quería volver al pueblo de su infancia, Sequeros […]; quería volver, sobre todo, a la meseta castellana, el paisaje que mejor reconoce su alma…».
Quería, quería… A pesar de tan fervientes deseos, el día fijado para la partida, con las maletas dispuestas y la documentación en regla, con Arruza en casa y un coche a la puerta, León Felipe «dijo que no se pensaba levantar… en toda la mañana».
«Pero si el avión sale dentro de dos horas», recordó el torero.
«Es que ya no me voy a España», respondió el poeta en la vigilia de la noche, vencido por «la rabia de aquella experiencia de la guerra civil y la derrota republicana».
Eran ya demasiados años, la segunda media vida y buena parte de la primera. Porque León Felipe no fue un exiliado más en aquel México ejemplarmente solidario. Y no nos referimos a rangos o privilegios de ningún tipo. Excepto a los derivados de la implicación y el arraigo, pues a la altura de 1939, cuando la legión de los derrotados empezaba a desembarcar en el puerto de Veracruz, dándose de bruces con un país radicalmente distinto, él ya sumaba dieciséis años en aquellas tierras, casado con Berta Gamboa, mujer nacionalista y temperamental, y con su hermana Salud sólidamente instalada allí.
León Felipe llegó a México en 1923 y, con el aval de Alfonso Reyes, de inmediato trabó amistad con Pedro Henríquez Ureña3, Antonio Caso, José Vasconcelos y lo más granado de aquella intelectualidad. Luego, casado con Berta, pasó seis años en Norteamérica, donde encontró acomodo en la Universidad de Cornell, pero volvió en 1930, siendo con generosidad recibido de nuevo por Henríquez Ureña, quien le confió la cátedra del Quijote en la Escuela de Verano, y un nutrido elenco de escritores, editores y profesores universitarios como Agustín Yáñez, Rodolfo Usigli o Silva Herzog, aliados de vida y obra que le facilitaron traducciones y clases. Lo suficiente para ganarse la vida, quizás no con la holgura de Estados Unidos, pero sí sin las zozobras y adversidades de España, cuya llamada volvió a sentir con la proclamación de la Segunda República.
La sintió y obedeció a sus impulsos, mas sin éxito. Con monarquía o con República, España insistía en mostrarle la faz esquiva: «Al cabo de unos meses de permanencia en Madrid —explica Luis Rius— volvió a América a reunirse con su esposa, y obligado también por la estrechez pecuniaria, pues en España no tenía ocupación […], mientras que en América se hallaba ya incluido dentro del engranaje del mundo académico e intelectual».
En efecto, regresó a su país de adopción y, como si no se hubiera marchado, «recuperó la cátedra que Pedro Henríquez Ureña le había proporcionado, reemprendió sus traducciones del inglés y desempeñó el cargo de subdirector de estación de radio de la Secretaría de Educación, fundada por iniciativa de Agustín Yáñez»4. Sin embargo, con la vida encauzada, en 1934 quemó otra vez las naves y retornó a Madrid. Gerardo Diego lo incluyó entonces en la segunda edición de su histórica Antología (1934), y desde aquellas páginas se planteó sus preguntas fundamentales:
¿Quién soy yo?
¿Me he escapado de un sueño o navego hacia un sueño?
¿Hui de la casa del Rey o busco la casa del Rey?
Sueños y búsquedas, dos caras de la misma personalidad. Inquietud, navegaciones. Y un peregrinaje constante de México a España, de España a México. A comienzos del fatídico año del estallido de la guerra incivil, León Felipe recuperó la ruta americana, camino esta vez de Panamá, como agregado cultural en el país del Canal a instancias del embajador Domingo Barnés, puesto al que renunció al estallar la guerra, fiel a los dictados de su conciencia.
Surcaría el mar por última vez con rumbo a España, hacia aquella España en llamas, a finales de octubre, dispuesto a lo que fuera, pero a lo que fuera contra Franco. Ahora mal, se dio de bruces con lo inesperado: los dogmatismos y las purgas, otra guerra incivil en la incivilidad de la guerra. Poeta comprometido con sus voces interiores, amenazas nada hipotéticas le devolvieron a México, ya para siempre, antes de la derrota republicana. No sabía guardar silencio ni avenirse a las conveniencias, y no lo guardó ni se avino. Al contrario, alzó la voz y se descubrió al borde del abismo.5
León Felipe fue un español de México o un mexicano de España, poeta con arraigo y reconocimiento al otro lado del mar. Sus días venían marcados por una sucesión de requerimientos: cartas, invitaciones, encargos de periódicos y revistas, recitales, conferencias, apuntes sobre la marcha, traducciones, poemas acabados y poemas inconclusos, bocetos, prólogos, tentativas y reescrituras.
A partir del fondo conservado en el Archivo Histórico Provincial de Zamora, propiedad del Ayuntamiento de Zamora, y del epistolario mantenido con Juan Larrea —perteneciente al legado del poeta, cedido generosamente por sus herederos y con la colaboración desinteresada de Juan Manuel Guereñu—, localizado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, este libro abre ventanas de claridad al castillo interior de un poeta con biografía de viento y testamento de barros.
A modo de castillo interior teresiano, en esa búsqueda del ánima hemos ido de los «Aposentos», que lo revelan en el obrador del poeta, a las «Moradas», cartas o habitaciones del corazón y el alma donde reposa «casi desnudo, como los hijos de la mar», que diría Antonio Machado. El conjunto de ambas secciones confirma el acierto de las palabras que, andados los años, le dedicó Octavio Paz: «Tu ejemplo me ha servido siempre, desde 1938 y La insignia». ¿Y cuál es el lazo de unión entre ellos? Palabras de un Nobel para terminar:
Eres de los pocos que piensan y saben que la poesía no sólo está en el poema sino en el poeta = poema vivo. Y tú ni has entregado a la poesía, ni la has vendido ni la has guardado en casa.6
G. S. G.-A. y J. E. L.
NOTA DE AGRADECIMIENTO
Este libro hubiera sido imposible si en 2002 el Ayuntamiento de Zamora, presidido entonces por Antonio Vázquez Jiménez (1995-2007), no hubiera comprado a Alejandro Finisterre su fondo de León Felipe, evitando así la pérdida o dispersión de un conjunto documental de primer orden.
Rosa Valdeón, alcaldesa de Zamora, nos ha concedido toda suerte de facilidades para su consulta y también hemos contado con el apoyo de Florián Ferrero y Victoriano Antonio Carbajo Martín, exdirector y director del Archivo Histórico Provincial, donde está depositado. Con ellos, con el Servicio Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León, con los herederos de Juan Larrea, con la Residencia de Estudiantes y muy especialmente con Juan Manuel Díez de Guereñu, a quien debemos valiosas indicaciones, quedamos en deuda de gratitud.
G. S. G.-A. y J. E. L.
APOSENTOS
Volveré,
volveré con mi pecho y con la Aurora otra vez
León Felipe, La insignia
«¡Qué lástima / que yo no tenga una casa!», gritó León Felipe en su primer libro, Versos y oraciones del caminante, reconociéndose «un paria / que apenas tiene una capa». Un pueblo de la estepa castellana, los días azules de la infancia en Salamanca, cárceles y lupanares, Guinea, la desazón, los caminos del mar, Berta Gamboa y definitivamente el México del exilio, siempre en busca de la Luz. «¡Ah, si yo pudiese organizar mi llanto y el polvo disperso de mis sueños!»7.
Los días mexicanos de León Felipe, poeta querido y respetado en su país de adopción, se vertebraron sobre un continuo de compromisos y requerimientos que él atendió con disposición de juglar, barajando con libertad su obra, recreándola en variantes al modo de la poesía popular, canciones de gesta y romances, en una cadena de refundiciones que lo revelan fiel a lo sustancial, pero sabiendo adaptar lo sustancial a las circunstancias, al mismo tiempo tradicionalista e innovador, plural desde un individualismo al mismo tiempo afirmado y trascendido.
Así procedió León Felipe: reordenando, añadiendo párrafos y versos de enlace, fundiendo y refundiendo, quitando y poniendo con potestad creativa. Él mismo lo explicó paladinamente en diversas ocasiones. Verbigracia, en el vigésimo quinto aniversario de Cuadernos Americanos, disimulando entonces su juego de verdades con el pretexto de que desconocía la técnica de los discursos: «Voy a elegir unos cuantos versos de todo lo que yo he escrito en mi vida —explicó— y a pegarlos aquí uno tras de otro… y a ver si embonan, a ver si casan. A ver si valen como discurso»8.
Así pues, fusión de vida y obra a partir del convencimiento de que «los grandes poetas no tienen biografía, / tienen Destino». En su caso un destino prometeico con encarnadura de condenación bíblica. «Ganarás el pan con el sudor de tu frente / y la luz con el dolor de tus ojos», partiendo del desentrañamiento de la propia personalidad —«tal vez me llame Jonás», «yo soy Rocinante»— a través de un despliegue de alegorías en salmos, siempre entre la imprecación y la plegaria. Con la hoguera del verso, jamás extinguida, iluminando las sombras.
Desde esa encrucijada asumió su destino, santo y seña del hado colectivo de la diáspora. Su obra se universaliza al romper ataduras terrenales: España como mito y el destierro como categoría vital, elevando lo pasajero a permanente. Temple y tiempo de eternidad, ligereza de equipaje, desasimiento. «Mi patria está donde se encuentre aquel pájaro luminoso / que vivió hace tiempo en mi heredad», afirmó en Ganarás la luz, dando prioridad absoluta a tres ansias: el sueño, el mito y el Verbo.
En ese vértice cristalizó su poesía. Inquietud, hallazgos y desasosiego, estela de gritos y hasta de blasfemias para asentar una herencia de oración. Caminante por senderos de búsquedas, impronta de creador: «Miradme aquí, erguido, en la entraña profunda de la sombra»9, donde «la espada del Destino corta / las lianas de amor que abrazan nuestro cuerpo, / y las raíces duras / que nos clavan al suelo»10, con la razón romántica en pugna de idealidad contra las circunstancias.11
De la sombra a la luz, en esos «Aposentos» engastó la peripecia existencial en la médula del verso. Voz de poeta-profeta, poesía con «sabor de barro» o «el grito de la tierra primera que se levanta en el barullo del mercado sobre el vocerío de los traficantes»12. «Recordadla», decía, y sí: recordémosla.
G. S. G.-A.
EL GRAN LADRÓN DEL SALMO
Palabras pronunciadas en la comida con que las mujeres graduadas de Puerto Rico obsequiaron a Waldo Frank y a León Felipe el día 12 de octubre de 1948 en el restaurante Granada.13
El salmo
¡Cantaré ahora mi salmo!… No es este el salmo clásico hebreo… Es el salmo en una de sus últimas vicisitudes históricas: la española… La de la Diáspora española en 1939. Porque ahora, por primera vez tiene España su Diáspora y su Éxodo…
En su esencia este es el mismo salmo de David que a los judíos de todas las épocas y de todas las tribus les es tan familiar…
Es una canción religiosa, lastimera, sollozante… La lágrima cae roja encendida y musical sobre el salterio… Es un canto sagrado, desesperado, epiléptico. El hombre se da de cabezadas contra el Altar, buscando a Dios por todos los rincones del Templo… No lo encuentra y se sale fuera a llamarlo bajo el cielo oscuro… y a gritar enloquecido en el viento.
¡Ay! es el verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de este ¡ay! por todos los caminos de la tierra ha sido hasta hoy la Poesía… Un día este ¡ay! se organiza y santifica… Entonces nace el salmo… Del salmo nace el Templo. Y a la sombra del salmo ha estado viviendo el hombre siglos… y siglos y siglos… Y hoy se ha hecho grito y blasfemia.
El Salmo está en la Sombra
El salmo está en la sombra… En la sombra del mundo donde el hombre ciego se revuelve y grita…
Es un grito en la sombra…
es un coro de gritos que quieren burlar la sombra…
escapar de la sombra… alancear la sombra…
asesinar la sombra.
El salmo es un grito en la sombra…
Y también una tea encendida en la niebla…
La sombra es tuya… y mía. ¡Y hoy más negra que nunca!
La sombra es de todos… Y el salmo… y el grito también…
lo mismo que el llanto
Y yo el hombre… ¿ya no puedo gritar? ¿Ya no puedo llorar?
Job ¿ya no puede lamentarse con la angustia de su espíritu ni plañir con la amargura de su alma?
¿Tiene que refrenar la boca?
Ya no puede decir: aunque hoy es amarga mi queja… mi herida es más grave que mi gemido?
¿Ya no puede gritar: por qué no me morí yo desde la matriz?
¿Por qué se me pusieron delante los pechos para que mamase?
Y el salmo… ¿no es una piqueta?
Y yo, el hombre, ¿no puedo arremeter ahora contra el muro macizo del misterio?
Y el salmo… ¿no es mío?
Sí… el salmo es mío… y de Job… y de todos los hombres de la sombra… Mañana… será de la luz… pero hoy el salmo… ¡es de la sombra!
¡El salmo es mío!… Este canto de música y de piedra —alarido y guijarro— ¡es mío!…
Y no puedo golpear ahora con él… ahora… ahora mismo… en la puerta de la injusticia y del tirano…
¿en el pórtico del silencio y las tinieblas?
¿No puedo golpear ahora con él… en el claustro callado del Cielo… en el pecho mismo de Dios…?
Para pedir una rebanada de luz…
Porque somos mendigos… ¡No somos más que mendigos en la sombra!
¿No puedo yo gritar en la sombra?… ¿No puedo yo llorar en la sombra?
Para que grite conmigo busco yo al hombre y le digo:
El salmo es un grito en la sombra… grita conmigo.
El salmo es un canto en la sombra… canta conmigo.
Canta… Canta… Canta y grita… ¡Grita!
Porque Dios está sordo… Y todos se han dormido allá arriba.
El salmo es el derecho del hombre… a empujar una puerta…
a encender una antorcha… a derribar un muro…
a despertar al capataz con un trueno… o con una blasfemia…
Porque Job se quejó… y cantó… y lloró… y gritó… y blasfemó…
y pateó furioso en la boca cerrada de Dios…
Habló Jehová desde el torbellino.
¡Que hable otra vez!… Todas las lenguas en un salmo único…
todas las bocas en un grito único…
todos los ojos en un llanto único…
y todas las manos en un ariete solo…
para derribar la noche… para romper el silencio…
para echar de nosotros la sombra…
¡para que hable de nuevo Jehová!… Habla… ¡Habla!
¿No hablaste ya un día para responder a los aullidos de un solo leproso?… Pues habla ahora con más razón…
Ahora… Ahora que la humanidad…
ahora que toda la humanidad… no es más que una úlcera gafosa, delirante y pestilente… Ahora que toda la costra de la tierra es una llaga purulenta…
Y Job… el leproso colectivo…
Habla otra vez desde el torbellino… Que el hombre te contestará desde su inmenso muladar —¡tan grande como tu gloria!— y sentado sobre un Himalaya de ceniza. ¡Habla!
Y Dios habló otra vez a Job —al Job moderno… al leproso colectivo. A ti… y a mí… a todos los leprosos de la tierra… Y el hombre-leproso le respondió iracundo y blasfemo.
Y dijo Dios:
J.— Cíñete, pues, los lomos como hombre valeroso… Yo te preguntaré… y tú me harás saber.
H.— Pregunta.
J.— ¿Has pisado tú por las honduras recónditas del abismo?
H.— No. Pero he entrado en el imperio corrosivo y sin límites de la injusticia.
J.— ¿Sabes tú cuándo paren las cabras monteses?
H.— No, pero sé cuando el arzobispo bendice el puñal y la pólvora.
J.— Y en cuanto a las tinieblas… ¿Dónde está el lugar de las tinieblas?
H.— En la mirada y en el pensamiento de los hombres: ¡Tuya es la luz!
J.— ¿Y has penetrado tú hasta los manantiales del mar?
H.— No. Pero he llegado hasta el venero profundo de las lágrimas:… ¡Mío es el llanto!
H.— Y ahora pregunta el hombre… Ahora pregunta el hombre-leproso… Ahora pregunto yo…Y Tú me harás saber… ¿Para qué sirve el llanto?… Si no es para comprarte la luz… ¿para qué sirve el llanto? ¿Por qué hemos aprendido a llorar?
El llanto… ¿no es más que la baba de un gusano?
¿Lloramos solo… porque Tú has apostado con Satán?
Nuestra lepra… esta lepra de ahora… ¿ha salido también del gran cubilete de tus dados?
Ya sé, ya sé que somos tan solo una jugada tirada sobre la mesa verde de tu gloria…
Ya sé que apuestas ahí arriba con el Diablo a la luz y a la sombra, como al rojo y al negro en un garito… que ahora… ha salido el negro… ¡Que ha triunfado la sombra! ¡Que Satán te ha vencido!
¿Y yo no soy más que una ficha… una moneda… una res… un esclavo… el objeto que se apuesta… lo que va de un paño a otro paño… de una bolsa a otra bolsa?
¡Oh, no! Yo puedo gritar… Yo puedo llorar… Yo puedo ofrecer mi llanto… todo mi llanto por la luz… ¡por una gota de luz!
Sí… Yo puedo llorar… y gritar… y patear… y denunciar la trampa!
Y aunque sueltes sobre mi boca… todos los ladridos del trueno… ¡me oirás!… Y aunque arrojes sobre las cuencas de mis ojos las lluvias y los mares…
la amargura de mis lágrimas… te llegará hasta la lengua…
¡TUYA ES LA LUZ!… ¡PERO EL LLANTO ES MÍO!
¡El llanto es mío!… Algo que no tienen los dioses.
Y yo, el hombre, sé que estoy aquí… para comprar con mis lágrimas la luz…
¿Cuánto por la luz… cuantos mares de llanto por la luz? ¡Habla, Jehová!
Los dioses lo tienen todo… ¡Hasta el silencio!…
Pero el hombre tiene sus lágrimas para comprar el silencio de los dioses…
El llanto, el mar… es el precio del hombre.
Dios tiene la luz… y nosotros el llanto…
Y Jehová no es más que un mercader… que cotiza mi llanto… para vender su luz.
Dios no es más que un vendedor… un gran vendedor de esclavas… Y la luz una esclava… ¡La Esclava!
La Esclava es la Luz. La Luz encarcelada… La Bella Esclava del universo cuya esencia el hombre desconoce… Dios la tiene aherrojada. Y de ella recibimos los hombres tan sólo tenues reflejos al través del ventanuco de su prisión. Estos reflejos, estos indicios… no son más que algún vago testimonio de la verdad: las notas temblorosas de una Sinfonía… Dos o tres versos gloriosos y perdidos… el ritmo roto de una danza, la irisación de un cristal, el guiño de la aurora, el Suspiro del Crepúsculo… pero a la Luz… a la Esclava… No la ha visto aún el Hombre en todo su esplendor.
La Luz es la poesía… La verdad poética del universo escondida hoy para la mirada sucia de los ojos. La Poesía entera del Mundo es la luz… ¡La Luz! Algo tan objetivo, tan material… y tan necesario como la Luz… La Luz… en una dimensión que nosotros, los poetas, no conocemos todavía.
Luz… cuando mis lágrimas te alcancen… la función de mis ojos… ya no será llorar… Sino ver.
¿Por qué están hechos nuestros ojos para llorar… y para ver? Yo lo pregunto nada más.
¿Por qué de estos dos huevos, pequeños y blancuzcos, que se esconden en nuestras cuencas tenebrosas, bajo la frente, como dos nidos en las ingles de un árbol, nacen al mismo tiempo el llanto y el resplandor? Yo lo pregunto nada más.
¿Por qué en la gota amarga de una lágrima ve el niño por vez primera, igual que en el prisma, cómo se quiebra un rayito de sol… y salen volando, igual que siete pájaros, los siete colores del espectro? Yo lo pregunto nada más.
¿Por qué nace la Luz… esta pobre luz que conocemos… en la primera lágrima del hombre?
Y ¿por qué no ha de nacer la otra… la poética… la divina… aquella que buscamos… con la última lágrima del Mundo?
Poetas… Pintores… Pintores de México y de todos los sitios de la tierra que habéis venido al mundo para dar testimonio de la luz… por qué entráis en disputa con el arzobispo sobre si Dios existe o no existe… Id al Hotel Prado, borrad todos los letreros de la contienda… y escribid este:
¡Dios es la luz!
No os atajará nadie… no protestará ninguno: ni el pueblo ni los gobernantes… porque de la luz entendéis los pintores mucho más que los arzobispos.
Ya os hablará de esto algún día alguien que viene detrás de mí, aunque él es el primero… Él sabe de pintura y de la luz más que yo…
Ahora… yo adelantaré esta noche unas palabras:
La luz… es la Esclava… Y esta Esclava encarcelada y cuyo gran carcelero es Dios… no tiene más que un rescate: sólo hay en el mundo una moneda para libertarla: Las lágrimas humanas. El mar es un vaso simbólico tan sólo. El hombre lo ha vaciado y lo ha vuelto a llenar muchas veces con su llanto… Porque el hombre es el gran fabricante del llanto. Esta es su genialidad… Y aquí radica su orgullo y su poder…
Desde este sitio del llanto, que es el suyo, el hombre vale tanto como Dios…
Por eso cuando Dios ha dicho dictatorialmente: Mía es la luz… el hombre ha respondido iracundo y rebelde: Y mías las lágrimas.
Y este fue el contrato:
Lágrimas… lágrimas… lágrimas…
El dinero del pacto… el tesoro del arca…
el precio de la luz… el rescate orgulloso de la Esclava.
Se acuñará la lágrima… como se acuña el oro…
Y un hombre sin llanto… será una bolsa vacía…
Pero todos tendremos para pagar la entrada…
Y en la Gran Fiesta del Juicio Final…
nos sentaremos junto al Padre, con el arcángel,
como los héroes y como los santos.
Yo soy el hijo de mi carne… de mi predio…
de lo que da mi cuerpo — lágrimas…
El hombre es hijo de sus lágrimas…
Y Dios no da nada de balde…
Todo se paga con sangre… y con el sudor de la sangre:
con llanto… con llanto…
¡Y se gana la luz como se gana el pan!
He venido a mirarme la cara en las lágrimas que caminan hacia el mar… por el río… y por la nube…
y en las lágrimas que se esconden en el pozo… en la noche y en la sangre…
He venido a mirarme la cara en todas las lágrimas del mundo.
Y también a poner una gota de azogue, de llanto, una gota siquiera de mi llanto, en la gran luna de este espejo sin límites, donde me miren y se reconozcan los que vengan…
He venido a escuchar otra vez esta vieja sentencia en las tinieblas: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente» y la luz… con el dolor de tus ojos…
Mis ojos son las fuentes del llanto y de la luz.
Hay una puerta que Dios no puede abrir…
Y un murallón que no puede tumbar…
Ahora soy yo… quien tiene que descubrir salidas y horizontes… Y Dios, ese gran mercader… no puede hacer más que esperar… que esperarme… para vender su luz.
Ahora quiero decir esto:
En el principio creó Dios la luz… y la sombra.
Dijo Dios: Haya luz… Y hubo luz.
Y vio que la luz era buena… Pero la sombra estaba allí.
Entonces creó al hombre…
Y le dio la espada del llanto… para matar la sombra.
La vida es una lucha entre las sombras y mi llanto.
Vendrán hombres sin lágrimas… pero hoy la lágrima es mi espada.
Vencido he caído mil veces en la tierra… pero siempre me he erguido apoyado en el puño de esta espada…
Y el misterio está ahí… para que yo desgarre su camisa de fuerza con mi llanto.
El llanto no me humilla. Puedo justificar mi orgullo: El MUNDO nunca se ha movido, ni se mueve ahora mismo, sin mi llanto.
No hay en la tierra nada más grande que mis lágrimas… Ese aceite que sale de mi cuerpo y se vierte en la tumba… al pasar por las piedras molineras del sol… y de la noche.
Dios contó con mis lágrimas desde la víspera del Génesis…
Y ahí van corriendo… corriendo… gritando y aullando… desde el día primero de la Vida… a la zaga del sol.
—¡Arrodíllate y reza! No…
Navego… navego sobre mi llanto…
Marinero… Lágrimas… lágrimas… lágrimas.
la nube… el río… el mar.
Que no me tejan pañuelos… sino velas…
que no me consuele nadie… que no me enjuguen el llanto…
que no me sequen el río… Lloro para que no se muera el mar…
¡Mi padre el mar!… el mar… que rompe en las dos playas…
en las dos puertas sin bisagras del mundo… con el mismo sabor, viejo y amargo, de mi llanto.
¡Yo soy el mar!… Soy el navegante y el camino…
el barco… y el agua… Y el último puerto de la ruta.
Y allá… más allá del mar… al final de mis lágrimas… Dios… La luz… la isla que busca el navegante…
Mas ahora… ¡oh dolor!… yo soy la sombra… ¡el habitante de la sombra! Y el soldado que lucha con la sombra.
Y puedo preguntar: ¿quién no tiene una joroba y un gran saco de lágrimas?
¿Y quién ha llorado ya bastante?
La luz está más lejos de lo que contaban los astrónomos.
Y la dicha más honda de lo que cantabas tú, Walt Whitman,
oh Walt-Whitman… tu palabra happiness la ha borrado mi llanto.
La vida arrastrándose ha cubierto el mundo de dolor y de lágrimas. Este es el mantillo de la tierra… El gran cultivo junto al cual la esperanza de Dios se ha sentado paciente. De la amiba a la consciencia… se asciende por una escala de llanto. Y esto que ya saben los biólogos… lo discuten ahora el arzobispo y los poetas domésticos.
Han llorado la almeja y la tortuga; el caballo, la alondra y el gorila… Ahora va a llorar el hombre.
El hombre es la conciencia dramática del llanto…
Y esta fuente es mía… ¡Mía!… Y no la explota nadie. Nadie más que yo… Nadie me engañará ya nunca…
Mi llanto mueve los molinos… y la correa de la gran planta eléctrica…
De mi sudor vivió el rey… De mi canción el pregonero… y de mi llanto el arzobispo.
Sin embargo… mi sangre es para el altar.
¡Mexicanos!… sacad de los museos esa gran piedra azteca y molinera… afilad otra vez el navajón de pedernal…
rasgadme el pecho de la sombra… y ¡dad mi sangre al sol!… Que hay algo que los dioses no pueden hacer solos.
El hombre está aquí para cumplir una sentencia
no para imponerla…
Que suba al ara… como la paloma y el cordero…
Y que hable el juez desde su cruz… no desde su silla.
Levantad el patíbulo…
pero con cada criminal que muera un justo…
Haced del patíbulo un altar y decid: Señor te damos nuestra sangre, la de la oveja negra… y la de la oveja blanca…
la de los Cristos… y la de los gangsters. ¡Toda la sangre es roja!…
Y humus para la tierra agonizante.
Con Cristo… pero en los olivos y en la Cruz…
con la fiebre y la hiel… con la sed y la esponja…
con la sombra y el llanto…
en la humedad cerrada de la angustia…
en el reino de la semilla y de la noche…
esperando… esperando… a que broten de nuevo…
la espiga… la aurora… y la conciencia…
Dejad que llore el hombre y se esconda en la muerte…
No maldigáis las lluvias y la noche: ¡Regad la sombra!
Al tercer día se romperá la cáscara del huevo…
abrirá su ventana la semilla…
y se caerán las piedras de las tumbas…
¿Quién puso centinelas en los surcos?
Cristo es la Vida… y la Vida… la Cruz…
El sudario de un Dios… fue el pañal de los hombres.
Me envolvieron en llanto cuando vine
he seguido vistiéndome con llanto…
y el llanto es ahora mi uniforme… Mi uniforme… y el tuyo y el de todos los hombres de la tribu…
Cristo es ya la tribu…
Hombre humilde… también tú eres el Cristo. Cristo es el hombre… la sangre del hombre… de cualquier hombre… Hombre humilde, también vale tu sangre y tu llanto… también vale tu llanto
También ese es dinero para el rescate de la Esclava.
También esas son lágrimas que cuentan.
¡Todas se anotarán!
Las que no se vertieron… Las que nunca salieron de los ojos…
o si salieron
ni se contaron ni se vieron…
Las que estrangularon en silencio aquellos… cuando encontraron a los hermanos y a los amigos muertos…
¡También estas son lágrimas que valen!
Y las que estrangularon estos, cuando subieron al patíbulo.
Nadie nos explicó… Muy callado unos hombres dijeron: fueron leales a «la causa»,
¡por la «causa del caudillo» murieron!
Yo dije: No. No hay causas rojas ni blancas…
Los caudillos no son más que pretextos.
¡Por la Esclava!
También ese es dinero
para el rescate de la Esclava.
¡Por la Esclava… por la luz…
¡por la causa de la Esclava murieron!
Mi llanto no es gemido… no es hipo ni moqueo de velorio. Yo no lloro por los vivos ni los muertos.
Mi llanto es un designio… Una ley…
La ley salvadora del esfuerzo.
Y sé que hay orden en mis lágrimas… como lo hay en la nube, en el humo del horno…
y en la sombra del vientre materno…
Y que el llanto… roto el salmo y hecho grito y blasfemia… es como el trueno… el crepitar del pan… y el empujón oscuro de la vida para romper la cáscara del huevo.
Míos son el pecado y la caída… Y esas lágrimas y esa baba epiléptica… y esas gotas de angustia… y esas manchas de sangre sobre el suelo, como monedas escapadas de la bolsa rasgada de mi cuerpo, están ahí para pagar mis deudas… unas deudas antiguas… y unos réditos.
Lágrimas… lágrimas… lágrimas…
El dinero del pacto… el tesoro del arca…
el precio de la luz… El rescate orgulloso de la Esclava.
CONTRA HOMBRES Y GANGSTERS
Palabras pronunciadas por el poeta León Felipe, director de España y la Paz, en un homenaje a los embajadores de Polonia en México, Sres. Drohojowski14.
Somos la España del Éxodo y del viento que anda desperdigada por el mundo, pidiendo justicia primero y, luego, paz. Tenemos la patria y el hogar edificados en el viento y andamos por el mundo ejecutando, como saltimbanquis trashumantes, saltos mortales y suertes funambulescas increíbles, divirtiendo a unos paletos enriquecidos, a los nuevos ricos de la Historia, que se ríen mucho cuando gritamos la palabra «justicia« y tiemblan cuando se pronuncia la palabra «paz».
Ya sé que también ellos la pronuncian… Pero la palabra «paz» tiene hoy en el mundo una connotación ambigua. La palabra «paz», dicha de cierta manera, como la pronunciamos nosotros, paraliza el gatillo de las pistolas de los gangsters. Dicha por ellos, significa la libertad y la hegemonía del gangster ecuménico.
En el mundo, ya no hay más que dos clases de habitantes: hombres y gangsters. No hay más partidos que estos dos. ¡Y hay que elegir! Lo triste es que aquí la demarcación de estos dos partidos, de estos dos mundos, no está determinada por un tajo seco ni por un paralelo. Y hay pueblos donde el hombre convive con el gangster. Ahí está España, y ahí arriba Norteamérica. Allí nació el gangster, ya lo sé. Pero sé, asimismo, que allí hay también hombres. Y un día, cuando venga la última guerra, no la de un pueblo contra otro pueblo, sino la del hombre contra el gangster, y venza el hombre, porque el hombre según la justicia tiene que vencer, la bandera de la paz flotará sobre todos los hogares de la tierra. Entonces, nacerán los poetas.
Y la voz de Whitman, en Norteamérica, por ejemplo, se oirá por encima de los discursos de todos los presidentes. Y esta será la consigna de mañana, cuando llegue la paz: «Salud al mundo». La mano alta y perpendicular, apuntando a las estrellas.
«Que en todas las ciudades donde penetren la luz y el fuego del sol penetre la canción del hombre.»
«Que en todas las islas donde canten los pájaros, se oiga esta canción. Para que se encienda la luz en todos los albergues y en todos los hogares de la tierra, hago la señal:
¡Salud al mundo!».
Será la hora de los poetas.
La hora de los poetas será la hora de la paz. La hora luminosa. La hora de trasbordar las consignas poéticas eternas. La hora de trasvasar de un cuenco a otro cuenco las genuinas herencias de los pueblos, de llenar las copas de nuestros viejos alfareros con vinos de otras copas y de otros lagares. Con vinos del norte y del sur.
La gran hora para brindar por el hombre con canciones de otras latitudes trasladadas a nuestro lenguaje. ¡Qué alegría cuando sintamos que estos zumos extraños y estas canciones son nuestros también, que nada le viene áspero ni amargo a nuestro paladar!
¡Qué alegría cuando yo averigüe que en mi pentagrama cabe la canción del cuáquero y del chino y que el amplio sombrero tejano me sienta tan bien como el negro gorro ruso de astracán y como el viejo chambergo de Castilla!
¡Qué alegría, en aquella hora de la paz, cuando nos demos cuenta de que los pueblos están tan cerca unos de otros al través de sus poetas!
Que sólo los decretos, los cabildos y los consejos separan a los hombres. Cuando el hombre sea libre y tenga paz, la política será una canción. El eje del universo descansa sobre una canción, no sobre un decreto. Cantan las esferas.
¿No habéis oído nunca la canción de las esferas!
Ya sé que esta no es todavía la hora de la paz, sino la de la lucha por la paz. Pero, mientras llega, esta noche nos reunimos aquí unos hombres para cantar unas canciones. No para discutir ni argumentar.
La canción no compromete. Aunque, como sabemos, en fin de cuentas, la canción es la que triunfa. ¡Cantemos en honor de la paz! Démosle lo único que nos queda. Lo que no pueden robar nunca a un desterrado: la canción.
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