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EL PAÍS DE LOS OTROS


PRIMERA EDICIÓN febrero 2021 SEGUNDA EDICIÓN mayo 2021 TÍTULO ORIGINAL Le pays des autres

Publicado por

EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.

info@cabaretvoltaire.es www.cabaretvoltaire.es

©2020 Éditions Gallimard

©de la traducción, 2021 Malika Embarek López

©de esta edición, 2021 Editorial Cabaret Voltaire SL

IBIC: FA

ISBN-13: 978-84-190471-0-6

DEPÓSITO LEGAL: M-2820-2021

Producción del ePub: booqlab

Dirección y Diseño de la Colección MIGUEL LÁZARO GARCÍA JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA

Cubierta: Foto familiar. Cedida por Leila Slimani.

Derechos reservados.

Guarda: Leila Slimani por Francesca Mantovani

©2020 Éditions Gallimard.

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.

En memoria de Anne y Atika. Su libertad me inspira siempre. A mi madre adorada.

Maldición de esa palabra: mestizaje. Escribámosla en caracteres enormes en la página.

ÉDOUARD GLISSANT,

L’intention poétique

Su sangre no se quería callar, ni salvarse, ni lo uno ni lo otro, ni dejar que el cuerpo se salvase a sí mismo. Su sangre negra lo empujó primero hacia la cabaña del negro; luego, su sangre blanca lo sacó de allí. Y fue su sangre negra, probablemente, la que le hizo empuñar la pistola; y su sangre blanca, la que le impidió usarla.

WILLIAM FAULKNER,

Luz de agosto

I

La primera vez que Mathilde fue a ver la finca, pensó: «¡Qué lejos está!». Le preocupaba ese aislamiento. Corría el año 1947, no tenían coche y habían realizado el trayecto de veinticinco kilómetros desde Meknés en una carreta conducida por un gitano. A Amín no le importaba la incomodidad del banco de madera ni que su mujer tosiera por el polvo que la vieja tartana levantaba a su paso. Solo estaba pendiente del paisaje, ansioso por llegar a las tierras que su padre le había encomendado.

En 1935, tras años de trabajar como intérprete para el ejército colonial, Kadur Belhach compró varias hectáreas de tierras cubiertas de rocalla. Confesaba a su hijo sus esperanzas de convertirlas en una hacienda floreciente que alimentara a varias generaciones de los Belhach. Amín recordaba la mirada de su padre, su voz firme mientras exponía sus proyectos agrícolas. Una plantación de viñedos, le explicaba, y varias hectáreas dedicadas a cereales. En la parte más soleada de la colina construiría una casa, rodeada de árboles frutales y de unas cuantas hileras de almendros. Kadur estaba orgulloso de que le perteneciera: «¡Nuestra tierra!». Pronunciaba esas palabras, no a la manera de los nacionalistas ni de los colonos, en nombre de unos principios morales o de un ideal, sino como un propietario contento de su legítimo derecho. El viejo Belhach quería que lo enterraran allí, y a sus hijos también. Que esa tierra lo alimentara y acogiera su última morada. Pero murió en 1939, mientras su hijo se había alistado en el regimiento de los espahíes, vistiendo con orgullo su uniforme: la capa y los zaragüelles. Antes de salir hacia el frente, Amín, el primogénito y a partir de entonces cabeza de familia, arrendó la propiedad a un francés originario de Argelia.

Cuando Mathilde preguntó de qué había fallecido el suegro que ella no había conocido, Amín se tocó el estómago e inclinó la cabeza en silencio. Más adelante, se enteraría de lo que había ocurrido. Desde su regreso de Verdún, Kadur Belhach padecía unos dolores de estómago crónicos que ningún curandero marroquí o europeo había conseguido calmar. Él, que se preciaba de ser un hombre razonable, orgulloso de la educación recibida y de su talento para los idiomas, desesperado y avergonzado, se había humillado hasta el extremo de bajar a un sótano miserable donde atendía una chuafa. La hechicera y vidente lo convenció de que alguien que lo odiaba le había echado un sortilegio y un temible enemigo le había provocado ese dolor. Le dio un papelito doblado en cuatro que contenía unos polvos de color amarillo azafrán. Esa misma noche, Kadur los disolvió en agua y se los bebió. Pocas horas después, en medio de un sufrimiento atroz, murió. A la familia no le gustaba hablar de ello. Les avergonzaba la ingenuidad del padre y las circunstancias de su muerte, pues el venerable oficial se había vaciado en mitad del patio de la casa, empapando de mierda su chilaba blanca.

En ese día de abril de 1947, Amín sonreía a su esposa y metía prisa al cochero, que se frotaba los pies descalzos y sucios, uno contra otro. El gitano azotó a la mula con más fuerza y Mathilde dio un respingo. La violencia de aquel hombre la indignaba. Chasqueaba la lengua, «¡Arre!», y hacía restallar el látigo contra la grupa esquelética del animal. Era primavera y Mathilde estaba encinta de dos meses. Los campos lucían cubiertos de caléndulas, malvas y borrajas. Una brisa fresca agitaba los tallos de los girasoles. A cada lado del camino, las plantaciones de los colonos franceses, establecidos allí desde hacía veinte o treinta años, se extendían en una suave ondulación hasta el horizonte. La mayoría de ellos procedían de Argelia, y las autoridades coloniales les habían concedido las mejores tierras y las mayores superficies. Amín extendió un brazo y se puso la mano del otro a modo de visera para protegerse del sol de mediodía y contemplar la vasta extensión que se ofrecía ante él. Con el índice mostró a su esposa una hilera de cipreses que rodeaba la finca de Roger Mariani, que había hecho fortuna con el vino y la crianza de cerdos. Desde el camino no se veía ni la casa del dueño ni la extensión de los viñedos. Pero a Mathilde no le costaba imaginar la riqueza de aquel campesino que la llenaba de esperanza sobre su propia futura fortuna. El paisaje, de una belleza serena, le sugirió un grabado que colgaba de la pared, junto al piano, en casa de su profesor de música en Mulhouse. Recordó las explicaciones que le había dado sobre la lámina: «Es la Toscana, señorita, quizá algún día vaya usted a Italia».

La mula se detuvo a pacer la hierba que crecía en el borde del camino. No parecía dispuesta a subir la cuesta que se erguía ante ellos, cubierta de grandes pedruscos blancos. Furioso, el cochero se incorporó y colmó a la bestia de insultos y de golpes. Mathilde sintió las lágrimas asomarle a los ojos. Intentó contener el llanto y se acurrucó contra su marido, que pensó que ese gesto de ternura estaba fuera de lugar.

«—¿Qué te pasa? —le preguntó él.

—Dile que deje de golpear a esa pobre mula.»

Mathilde posó su mano sobre el hombro del gitano y se quedó mirándolo, como un niño que intentara calmar a un adulto furioso. Pero el cochero aumentó su violencia. Lanzó un escupitajo al suelo, levantó el brazo y dijo: «¿Tú también quieres probar el látigo?».

El humor cambió y el paisaje, también. Llegaron a lo alto de la colina, cuyos flancos yermos carecían de todo: ni flores, ni cipreses, apenas algunos olivos que sobrevivían en mitad del roquedal. Aquella colina desprendía una sensación de esterilidad. Eso ya no era la Toscana, pensó Mathilde, sino el Lejano Oeste de los vaqueros. Se bajaron de la carreta y caminaron hasta una casucha blanca sin ningún encanto, cuyo tejado consistía en una vulgar lámina de hojalata. No era una casa, sino una breve sucesión de pequeños cuartuchos, sombríos y húmedos. La única ventana, situada en lo alto para protegerse de la invasión de alimañas, dejaba penetrar una luz tenue. En las paredes, Mathilde observó unos anchos cercos verdosos provocados por las últimas lluvias. El anterior inquilino vivía solo, pues su mujer había regresado a Nimes, tras haber perdido a un hijo, y jamás se le ocurrió convertir esa casa en un lugar cálido y acogedor para una familia. Mathilde, a pesar de la tibieza del clima, se sintió helada. Los proyectos que su marido le había expuesto la llenaban de desasosiego.

*

La misma turbación la había invadido, el 1 de marzo de 1946, al aterrizar en Rabat. A pesar del rabioso azul del cielo, la alegría de encontrarse con su marido y la satisfacción de haber huido de su destino, sintió miedo. El viaje había durado dos días. De Estrasburgo a París, de París a Marsella, de Marsella a Argel, donde había embarcado en un viejo avión Junkers y visto de cerca la muerte. Sentada en un incómodo banco, en medio de unos hombres de mirada cansada por los años de guerra, le costó reprimir el deseo de gritar. Durante el vuelo, lloró, vomitó, rezó a Dios. En su boca se mezclaron los sabores de la sal y de la bilis. Estaba triste, no tanto ante la idea de morir en los cielos de África, sino de aparecer con un vestido arrugado y manchado de vómitos en la pista de aterrizaje, donde la esperaba el hombre de su vida. Finalmente, aterrizó sana y salva. Allí estaba Amín, más apuesto que nunca, bajo ese cielo de un azul tan profundo que se hubiera dicho que lo habían lavado a fondo. Su marido la besó en las mejillas, atento a las miradas de los demás pasajeros. La agarró del brazo de un modo que era a la vez sensual y amenazador, como si quisiera controlarla.

Tomaron un taxi y Mathilde se apretó contra el cuerpo de su marido, al que, por fin, sentía tenso por el deseo, por el apetito de ella. «Dormiremos esta noche en el hotel», anunció, dirigiéndose al conductor, y, como para demostrar su moralidad, añadió: «Es mi esposa, acabamos de reencontrarnos». Rabat era una ciudad pequeña, blanca y solar, cuya elegancia la sorprendió. Contempló, embelesada, las fachadas de estilo art déco de los edificios del centro y pegó la nariz al cristal de la ventanilla del taxi para ver mejor a las bellas mujeres que caminaban por el Cours Lyautey, luciendo sombreros conjuntados con los zapatos y guantes. Había obras por todos lados, ante las cuales unos hombres vestidos de harapos esperaban pidiendo trabajo. Vio a unas monjas caminar junto a dos campesinas que llevaban a la espalda hatillos de leña. Una niña, con el pelo cortado como un chico, se reía, montada sobre un burro del que tiraba un hombre negro. Por primera vez en su vida, Mathilde respiraba el viento salado del océano Atlántico. La luz empezó a palidecer, dominando el rosa y los tonos aterciopelados. Sintió sueño y se disponía a reclinar la cabeza sobre el hombro de su marido cuando este anunció que habían llegado.

No salieron de la habitación del hotel durante dos días. Ella, que sentía tanta curiosidad por las personas y los lugares, se negó a abrir los postigos. No se cansaba de las manos de Amín, de su boca, del olor de su piel, parecido —ahora lo comprendía— al del aire de ese país. Él ejercía sobre ella un auténtico hechizo, y le suplicaba que no saliera de su cuerpo, que se quedara en él, incluso para dormir, incluso para hablar, el mayor tiempo posible.

La madre de Mathilde decía que el sufrimiento y la vergüenza reavivaban el recuerdo de nuestra condición de animales. Pero nadie le había hablado de ese placer. Durante la guerra, y en las noches de desolación y tristeza, Mathilde gozaba en la cama helada de su dormitorio, en el piso de arriba de la casa de sus padres. Cuando sonaba la sirena que anunciaba un bombardeo y se empezaba a oír el zumbido de un avión, salía corriendo, no para sobrevivir, sino para colmar su deseo. Cada vez que sentía miedo, subía a su dormitorio cuya puerta no se podía cerrar, aunque no le importaba que alguien la sorprendiera. De todos modos, el resto de la familia se agrupaba en los sótanos, querían morir juntos, como animales. Ella se tumbaba en la cama, y gozar era el único medio de calmar su miedo, controlarlo, tomar las riendas, dominar la guerra. Echada sobre las sábanas sucias, pensaba en los hombres que atravesaban las llanuras, armados con fusiles, privados de mujeres, del mismo modo que ella se sentía privada de un hombre. Y mientras se acariciaba, se imaginaba la inmensidad de ese deseo insatisfecho, ese apetito de amor y de posesión que se había apoderado de la Tierra entera. La idea de esa lubricidad infinita la sumía en un estado de éxtasis. Echaba la cabeza hacia atrás y, con los ojos desorbitados, imaginaba legiones de hombres que llegaban a ella, la tomaban, agradecidos. Para Mathilde, miedo y placer se confundían, y en los momentos de peligro siempre afloraba esa idea.

Al cabo de dos días con sus noches, Amín, muerto de hambre y de sed, tuvo que sacarla casi a la fuerza de la cama, para que aceptara sentarse a comer en la terraza del hotel. E incluso allí, mientras el vino le calentaba el corazón, pensaba en el lugar que su marido ocuparía, más tarde, entre sus muslos. Pero él había adoptado una expresión seria. Devoró la mitad del pollo que le habían servido, comiéndoselo con los dedos, y quiso hablar del porvenir. No subió con ella a la habitación y le indignó que ella le propusiera una siesta. Se ausentó varias veces para hacer unas llamadas de teléfono. Cuando ella le preguntó con quién había hablado y cuándo se marcharían de Rabat y del hotel, él se mostró muy impreciso: «Todo irá bien», le dijo, «lo solucionaré».

Al cabo de una semana, una tarde que Mathilde había pasado sola, Amín entró en la habitación del hotel, nervioso, disgustado. Ella lo cubrió de caricias, se sentó en sus rodillas. Apenas se había humedecido los labios con la cerveza que ella le había servido cuando le dijo: «Tengo una mala noticia. Debemos esperar algunos meses antes de establecernos en la finca. He hablado con el inquilino y se niega a marcharse hasta que finalice su contrato de arrendamiento. He intentado encontrar un piso en Meknés, pero todavía hay muchos refugiados y no hay nada en alquiler a un precio razonable». Ella se sintió desamparada.

«—¿Qué haremos entonces?

—Nos iremos a vivir a casa de mi madre, hasta que se marche el inquilino.»

Mathilde se puso en pie de un salto y se echó a reír.

«¿No estarás hablando en serio?» Para ella, esa situación era ridícula y movía a burla. Un hombre como él, capaz de poseerla como lo había hecho la noche anterior, aceptaba vivir en casa de su madre. ¿Cómo era posible?

Pero él no estaba para bromas. No se levantó, para no tener que asumir la diferencia de estatura entre su mujer y él. Con una voz helada, y la vista fija en el suelo de terrazo, afirmó: «Aquí las cosas son así».

A menudo oiría esa frase. En ese instante, comprendió que era una extranjera, una mujer, una esposa, un ser a merced de los otros. Él ahora estaba en su territorio, él era quien explicaba las normas, quien decía lo que había que hacer, quien trazaba las fronteras del pudor, de la vergüenza y del decoro. En Alsacia, él era un extranjero, un hombre de paso que no debía hacerse notar. Cuando se conocieron en el otoño de 1944, ella le había servido de guía y de protectora. El regimiento de Amín, estacionado en su pueblo, a unos cuantos kilómetros de Mulhouse, debía esperar varios días para avanzar hacia el Este. Cuando los militares se presentaron allí, entre todas las chicas que rodearon el Jeep, Mathilde era la más alta. Tenía unos hombros anchos y unas pantorrillas de chico. Su mirada era verde como el agua de los manantiales de Meknés, y no dejaba de observar a Amín. Durante toda la semana que él pasó en el pueblo, ella lo acompañó a pasear, le presentó a sus amigos y le enseñó algunos juegos de cartas. Ella le sacaba toda la cabeza, y la tez de él era lo más oscura que nadie hubiera podido imaginar. Era tan guapo que Mathilde temía que alguna chica se lo quitara, que fuera una ilusión. Jamás había sentido algo así por nadie. Ni por el profesor de piano que tuvo a los catorce años. Ni por su primo Alain que le metía la mano debajo del vestido y robaba para ella cerezas a orillas del Rin. Pero ahora ella era la que estaba en la tierra de él, y se sintió desvalida.

*

Tres días después, el conductor de un camión aceptó llevarlos hasta Meknés. Mathilde estaba incómoda por el olor del camionero y el mal estado de la carretera. Se detuvieron dos veces en el arcén para que ella vomitara. Pálida y agotada, con los ojos fijos en un paisaje al que no le encontraba ni sentido ni belleza, le venció la melancolía. «Ojalá que este país no me sea hostil y que algún día me resulte familiar», se dijo a sí misma. Cuando llegaron a Meknés, ya era noche cerrada y una lluvia recia y glacial se abatió contra el parabrisas del camión. «Es muy tarde para presentarte a mi madre», dijo Amín, «dormiremos en un hotel.»

La ciudad le pareció oscura y poco acogedora. Él le había descrito la topografía urbana, que respondía a los criterios ordenados por el mariscal Lyautey al principio del Protectorado. Una separación estricta entre la medina, cuyas costumbres ancestrales se debían preservar, y la ciudad europea, cuyas calles llevaban nombres de ciudades francesas y que pretendía ser un laboratorio de la modernidad. El camión los dejó en la parte baja de la ciudad, en la orilla izquierda del ued Bufakran, a la entrada de la medina. Allí vivía su familia, en el barrio de Berrima, frente a la judería. Tomaron un taxi para pasar del otro lado del río. Enfilaron cuesta arriba una carretera muy larga, dejando atrás unas pistas de deportes, y atravesaron una especie de franja de seguridad, una tierra de nadie, que dividía la ciudad en dos, y donde estaba prohibido construir. Amín le señaló el campamento Poublan, una base militar que dominaba la medina para vigilar cualquier eventual agitación.

Se instalaron en un hotel confortable, y el recepcionista examinó con el celo de un funcionario los documentos y el acta de matrimonio. En las escaleras que conducían a la habitación, estuvo a punto de estallar una pelea, pues el mozo de las maletas se empeñaba en hablar en árabe con Amín que se dirigía a él en francés. El adolescente lanzó unas miradas equívocas a Mathilde. Él, que necesitaba mostrar a las autoridades un documento para justificar que se le autorizaba a caminar por las calles de la ciudad nueva de noche, estaba resentido contra Amín por circular en libertad y acostarse con la enemiga. Con el equipaje apenas soltado en la habitación, Amín se puso de nuevo el abrigo y el sombrero. «Voy a saludar a mi familia. No tardaré.» Y sin darle tiempo a contestar, dio un portazo, y ella lo oyó correr escaleras abajo.

Mathilde se sentó en la cama con las piernas flexionadas contra el pecho. ¿Qué pintaba ella allí? Solo podía reprochar la situación a sí misma y a su vanidad. Ella era la que había querido vivir esta aventura, la que se había embarcado, envalentonada, en este matrimonio, cuyo exotismo envidiaban sus amigas de la infancia. Ahora podría ser objeto de cualquier burla, de cualquier traición. Quizás él se había citado con una amante. Quizás estaba ya casado, pues como le había dicho su padre, esbozando una mueca de incomodidad, en ese país los hombres eran polígamos. Quizás estaría jugando a las cartas en alguna taberna a unos cuantos metros de allí, celebrando con sus amigos el haber dejado plantada a su insoportable esposa. Se echó a llorar. Se avergonzaba de ceder al pánico, pero había caído la noche, no sabía dónde estaba. Si él no volvía, se sentiría perdida por completo, sin dinero, sin amigos. Ni siquiera conocía el nombre de la calle del hotel en el que se alojaban.

Poco antes de la medianoche, cuando él regresó, lo recibió despeinada, con el rostro sofocado y descompuesto. Había tardado en abrirle la puerta, estaba temblando, y él creyó que algo le había ocurrido. Ella se abalanzó a sus brazos e intentó explicarle su miedo, su nostalgia, la loca angustia que se había apoderado de ella. Él no lo entendía, y el cuerpo de su esposa, agarrado al suyo, le resultó terriblemente pesado. La condujo hacia la cama y se sentaron el uno junto al otro. Amín tenía el cuello mojado con las lágrimas de ella. Mathilde se tranquilizó, se sorbió los mocos varias veces y recuperó un ritmo más lento de respiración. Él le dio un pañuelo que llevaba en el bolsillo, le acarició la espalda y le dijo: «No te portes como una niña pequeña. Ahora eres mi esposa. Tu vida está aquí».

Dos días después, se instalaron en la casa del barrio de Berrima. En las estrechas callejuelas de la vieja medina, Mathilde se agarraba del brazo de su marido, temía perderse en aquel laberinto abarrotado de gente, entre los gritos de los vendedores alabando las virtudes de sus mercancías. Tras la pesada puerta claveteada de bronce de la casa, la familia lo esperaba. La madre, Muilala, de pie en medio del patio, vestía un elegante caftán de seda y llevaba el pelo cubierto con un pañuelo de color verde esmeralda. Para la ocasión, había sacado de su joyero de madera de cedro unas viejas alhajas de oro: unas ajorcas de tobillo, una fíbula grabada y un collar tan pesado que su cuerpo menudo se encorvaba hacia delante. Cuando el matrimonio entró, ella se abalanzó hacia Amín y lo bendijo. Sonrió a Mathilde, que estrechó sus manos entre las suyas y contempló aquel bello rostro moreno, con las mejillas un tanto enrojecidas. «Dice que seas bienvenida», tradujo Selma, la hermana menor de Amín que acababa de cumplir nueve años. Esperaba, de pie, delante de Omar, un jovencito flaco y silencioso, con los ojos bajos y los brazos cruzados en la espalda.

Mathilde tuvo que acostumbrarse a esa vida, unos amontonados sobre otros, en aquella casa donde los colchones estaban infectados de chinches y de piojos, y donde no te podías proteger de los ruidos del cuerpo ni de los ronquidos. Su cuñada entraba en el dormitorio de ellos sin llamar y se tiraba en su cama, diciendo algunas palabras en francés que había aprendido en la escuela. Por la noche, se oían los gritos de Yalil, el menor de los hermanos varones, que vivía encerrado en el piso superior con la única compañía de un espejo que nunca perdía de vista. Fumaba kif continuamente en un sebsi, y el olor se esparcía por el corredor y mareaba a Mathilde.

Durante todo el día, hordas de gatos arrastraban su silueta esquelética por el jardincillo interior, donde un platanero cubierto de polvo luchaba por sobrevivir. En el fondo del patio habían excavado un pozo del cual la criada, una antigua esclava, sacaba agua para hacer la limpieza. Amín le había contado que Yasmín provenía del África negra, quizá de Ghana, y que Kadur Belhach la había comprado para su esposa en el mercado de Marrakech, antes de que los franceses abolieran la esclavitud.

En las cartas que escribía a su hermana, Mathilde mentía. Fingía que su vida se parecía a la de las novelas de Karen Blixen, Alexandra David-Néel o Pearl S. Buck. Componía unas aventuras en las que ella era la protagonista, en contacto con una población local ingenua y supersticiosa. Se describía a sí misma calzando botas y tocada con un sombrero, cabalgando altanera a lomos de un pura sangre árabe. Quería inspirar celos a Irène. Que sufriera con cada palabra, que se muriera de envidia, hacerla rabiar. Se vengaba de su hermana mayor, autoritaria y rígida, que la había tratado toda su vida como a una chiquilla y que a menudo había disfrutado humillándola en público. «Mathilde, la descerebrada, la descarada», decía Irène sin cariño ni indulgencia. Mathilde estaba convencida de que su hermana nunca la había entendido y la había mantenido prisionera de un afecto tiránico.

Cuando partió hacia Marruecos, huyendo de su pueblo, de los vecinos y del futuro que le estaba destinado, Mathilde experimentó un sentimiento de victoria. Las cartas que enviaba a su hermana eran entusiastas describiendo su vida en la casa de la medina. Insistía en el misterio de las callejuelas del barrio de Berrima, exageraba su suciedad, el ruido, el olor de los burros que transportaban a hombres y mercancías. Una monja del colegio e internado de Notre-Dame le había regalado un librito sobre Meknés con reproducciones de grabados de Delacroix. Dejaba en su mesilla de noche esa obra de hojas sepia para poderse impregnar de sus imágenes. Y se aprendió de memoria algunos breves textos de Pierre Loti que consideraba muy poéticos. Se maravillaba imaginando que el escritor había dormido a algunos kilómetros de donde ella estaba y que había posado su mirada en las murallas de la ciudad y en el embalse de Agdal.

Mathilde describía a los bordadores, a los caldereros, a los artesanos que tallaban la madera, sentados en el suelo con las piernas cruzadas en sus tiendecitas en desnivel respecto de la calle. Le contaba las procesiones de las cofradías en la plaza El-Hedim, y el gran número de videntes y curanderos que había. En una de sus cartas se extendió casi en una página entera describiendo una tiendecita donde vendían cráneos de hiena, cuervos disecados, patas de erizo y veneno de serpiente. Se imaginó que impresionaría a Irène y a su padre, Georges, y que, en sus dormitorios del primer piso de su casa burguesa, por las noches la envidiarían, pues ellos se habían contentado con el hastío, en lugar de la aventura; con el confort, en lugar de una vida de novela.

En el paisaje todo era inesperado, diferente de lo que ella había conocido hasta entonces. Habría necesitado nuevas palabras, un vocabulario liberado del pasado, para expresar los sentimientos, la intensidad de una luz tan deslumbrante que obligaba a achicar los ojos; para describir el estupor que la embargaba, día tras día, ante tanto misterio y belleza. Nada, ni el color de los árboles, ni el del cielo, ni siquiera el sabor que el viento le dejaba en la lengua y en los labios, le era familiar. Todo era distinto.

En los primeros meses de su estancia en Marruecos, Mathilde pasaba mucho tiempo sentada ante el escritorio que su suegra había instalado en uno de los cuartos que les había asignado en la casa. Muilala le manifestaba una deferencia enternecedora. Por primera vez en su vida, compartía su casa con una mujer instruida y, cuando veía a su nuera inclinada sobre el papel de cartas oscuro, sentía hacia ella una inmensa admiración. Había prohibido que se hiciera ruido en los pasillos y obligó a Selma a dejar de correr entre los pisos. También se negaba a que pasara mucho tiempo en la cocina. Pensaba que ese no era el lugar para una europea capaz de leer los periódicos y recorrer las páginas de una novela. Mathilde se encerraba, pues, en su cuarto y escribía. Pocas veces disfrutaba de la escritura, ya que su vocabulario le resultaba limitado para describir un paisaje o evocar alguna escena vivida. Tropezaba una y otra vez con las mismas palabras, pesadas y aburridas, y entonces percibía de modo confuso que el idioma era un campo inmenso, un terreno de juego sin lindes que la asustaba y la mareaba. ¡Tenía tanto que contar! Le habría gustado ser Maupassant para describir el color amarillo que cubría los muros de la medina o la agitación de los niños que jugaban en las calles donde las mujeres se deslizaban como fantasmas, envueltas en sus jaiques blancos. Convocaba un vocabulario exótico que gustaría —de ello estaba segura— a su padre. Hablaba de las razias; de los campesinos, los felah; de los genios, los yinn; de los azulejos, los zelliyes, de todos los colores.

Le habría gustado que no hubiera ninguna barrera, ningún obstáculo a su expresión. Que pudiera decir las cosas tal como las veía. Describir a esos críos con el cráneo rapado debido a la tiña, corriendo de una callejuela a otra, gritando y jugando, que a su paso se detenían, se giraban, se fijaban en ella y la observaban con una mirada sombría, una mirada de adultos que no correspondía a su edad. Un día, cometió el error de dar una moneda a un chiquillo que no debía de tener más de cinco años, vestido con un pantalón corto y tocado con un fez que le quedaba enorme. No era más alto que los sacos de yute llenos de lentejas o de sémola que los tenderos colocaban a la entrada de sus comercios y en los que Mathilde siempre se imaginó poder hundir el brazo. «Cómprate un globo», le había dicho, y se sintió llena de orgullo y de alegría. Pero el niño había gritado y los demás compañeros surgieron de todas las calles adyacentes y se abalanzaron sobre ella como un enjambre de abejas. Invocaban el nombre de Dios, decían palabras en francés, pero ella no entendía nada y tuvo que salir corriendo, ante la mirada de la gente que debió de pensar: «¡Le está bien merecido, por dar tontamente limosna!». Le hubiera gustado observar de lejos esa vida sublime, volverse invisible. Su estatura, su piel tan blanca, su condición de extranjera, la mantenían alejada del centro de las cosas, de ese silencio que te confirma que estás en tu casa. Saboreaba el olor del cuero en la angostura de las callejuelas, el del fuego de leña y el de la carne fresca, mezclados al del agua estancada y al de la fruta demasiado madura, al de la bosta de los burros y al del serrín de la madera. Pero carecía de palabras para nombrarlos.

Cuando se cansaba de escribir o de releer las novelas, que se sabía de memoria, Mathilde se tumbaba en la azotea donde se lavaba la ropa y se ponían a secar las tiras de carne aliñadas. Escuchaba las conversaciones de la calle, las canciones de las mujeres, ocultas a las miradas en el lugar que les estaba destinado. Las observaba pasar de una azotea a otra, como funámbulas, con el riesgo de caerse. Las jóvenes, las criadas, las esposas gritaban, bailaban y se contaban confidencias en esas azoteas que solo abandonaban por la noche o a mediodía cuando el sol es más intenso. Escondida tras el pretil, repetía algunos insultos en árabe que había aprendido, y la gente que pasaba por la calle alzaba la cabeza y la insultaba a su vez, deseando que Dios condenara al descarado con alguna enfermedad, como el tifus: «Allah iatik tifus!». Debían de pensar que era un niño que se burlaba de la gente, un pillastre harto del aburrimiento y de estar pegado a las faldas de su madre. Mathilde, con el oído al acecho, absorbía el vocabulario con una rapidez que asombró a todos. «¡Parece mentira, si apenas ayer no entendía nada!», se sorprendía Muilala. Y, a partir de entonces, se cuidaban de lo que decían delante de ella.

Fue en la cocina donde aprendió árabe. Acabó por imponerse allí. Muilala aceptó que se sentase a mirar. Le lanzaban guiños y sonrisas, y cantaban. Primero aprendió a decir tomate, aceite, agua y pan. Lo caliente, lo frío, el léxico de las especias. Luego llegó el del clima: sequía, lluvia, heladas, viento caliente e incluso tempestad de arena. Con ese vocabulario pudo también nombrar el cuerpo y hablar de amor. Selma, que estudiaba francés en la escuela, le servía de trujamán. A menudo, cuando Mathilde bajaba a desayunar, se la encontraba dormida en algún diván del salón. Y entonces reñía a Muilala, a quien le daba igual que su hija tuviera estudios, sacara buenas notas o faltara a clase. La dejaba dormir como un lirón y no ponía empeño alguno en despertarla para ir al colegio. Mathilde había intentado convencer a su suegra de que Selma, gracias a los estudios, obtendría su independencia y su libertad. Pero ella había arrugado el ceño. Su rostro, que de costumbre era tan afable, se había ensombrecido y no perdonó a la nesranía, a la cristiana, que la reprendiera. «¿Por qué deja usted que falte al colegio? Está poniendo en peligro su porvenir.» ¿De qué porvenir le hablaba esta francesa?, se preguntaba Muilala. ¿Qué importancia tenía que su hija se quedara en casa, si aprendía a rellenar las tripas de cordero y a coserlas, en lugar de emborronar las páginas de un cuaderno? Ella había tenido muchos hijos, muchos disgustos. Había enterrado a un marido y a varios bebés. Selma era su regalo, su reposo, la última oportunidad que la vida le ofrecía de mostrarse cariñosa e indulgente.

Para el primer ramadán que pasó en Marruecos, Mathilde decidió ayunar ella también, y su marido le agradeció que adoptase sus ritos. Al acabar el día, rompían el ayuno con la harira, aunque a ella no le gustaba el sabor de esa sopa; y se levantaba antes de que saliera el sol para tomar unos dátiles y leche agria. Durante el mes sagrado, Muilala se pasaba las horas en la cocina, y Mathilde, golosa e inconstante, no entendía cómo podían privarse todo el día de comida en medio de los aromas de los tayines y del pan recién horneado. Las mujeres, desde el alba hasta la puesta del sol, enrollaban pasta de almendra, bañaban en miel pestiños fritos, mezclaban la harina empapada en grasa y la amasaban hasta hacerla tan fina como el papel de fumar. Las manos de esas mujeres no temían ni el frío ni el calor y las ponían encima de unas sartenes de barro ardientes. Con el ayuno, los rostros palidecían, y Mathilde se preguntaba cómo resistían en esa cocina sobrecalentada donde el olor de la sopa mareaba. Ella, en las largas jornadas de ayuno, solo pensaba en lo que comería cuando se pusiera el sol. Con los ojos cerrados, tumbada en uno de los húmedos divanes del salón, soñaba con esos manjares. Luchaba contra la jaqueca imaginándose unas rebanadas de pan caliente, unos huevos fritos con tiras de carne en salazón ahumada, unos dulces, unos cuernos de gacela mojados en el té.

Luego, cuando sonaba la llamada a la oración del atardecer, las mujeres disponían sobre el ataifor jarras de leche, huevos duros, tazones de sopa humeante, dátiles que abrían con los dedos para quitarles el hueso. Muilala tenía un detalle para cada cual. Rellenaba regaifas con carne y añadía guindilla a las de su hijo menor al que le gustaba que la lengua le picara. Exprimía naranjas para Amín, pues estaba preocupada por su salud. De pie, en la entrada del salón, esperaba a que los hombres, con el rostro aún arrugado por el sueñecito que se habían echado, distribuyeran el pan en la mesa, pelasen los huevos duros, se acomodaran entre los cojines, para ir ella a la cocina y comer a su vez. Mathilde no entendía nada. Decía: «¡Esto es esclavitud! Se pasa el día cocinando y debe esperar a que los hombres terminéis para ponerse ella a comer. No me lo puedo creer». Se indignaba ante la actitud de Selma, que se reía, sentada en el alfeizar de la ventana de la cocina.

Manifestó su indignación a Amín, y la volvió a repetir con motivo del Aid al-Kebir, fiesta que dio lugar a una pelea terrible. La primera vez, Mathilde se quedó callada, como petrificada ante el espectáculo de los carniceros que llegaban para sacrificar el cordero, con los delantales llenos de sangre. Desde la azotea, observó las callejuelas silenciosas de la medina por las que cruzaban las siluetas de esos verdugos, y luego a chicos yendo y viniendo entre las casas y el horno del barrio. Regueros de sangre caliente corrían a borbotones de casa en casa. Un olor a carne cruda flotaba en el aire, y de unos ganchos de hierro colgaba el pellejo lanudo del animal en las puertas de las viviendas. «Es un día idóneo para cometer un asesinato», pensó. En las azoteas, dominio de las mujeres, reinaba una gran agitación. Cortaban, vaciaban, despellejaban, descuartizaban. En las cocinas, se encerraban para limpiar los despojos, eliminar el olor a heces de las tripas, antes de rellenarlas, coserlas y saltearlas un buen rato en una salsa picante. Había que separar la grasa de la carne, poner a cocer la cabeza del cordero, pues incluso los ojos se los comería el hijo mayor, metiendo el dedo índice en el cráneo, y sacaría los brillantes globos oculares. Cuando ella fue a decirle que esa era una «fiesta de salvajes», «un rito cruel», que la carne cruda y la sangre la asqueaban hasta el punto de vomitar, Amín alzó al cielo sus manos temblorosas y, si se contuvo para no estrellarlas contra la boca de su mujer, fue porque era un día sagrado y debía a Dios mostrarse sosegado y compasivo.

*

Al final de cada carta que escribía a Irène, Mathilde pedía que le enviara libros. Novelas de aventuras, relatos con ambientes que transcurrían en países fríos y lejanos. No le confesó que ya no iba a la librería del centro de la ciudad europea. No soportaba ese barrio de comadres cotillas, esposas de militares y de colonos. Esas calles, de las que guardaba tan malos recuerdos, le provocaban ganas de matar. Un día de septiembre de 1947, estando encinta de siete meses, caminaba por la Avenue de la République, que la mayoría de los meknesíes llamaban la Avenue, a secas. Hacía calor y se le habían hinchado las piernas. Pensó en ir al cine Empire o a sentarse en la terraza de Le Roi de la Bière a refrescarse un poco. Dos mujeres jóvenes la habían agredido verbalmente. La más morena se había echado a reír: «Mira esta. Un moro la ha dejado preñada». Mathilde se dio la vuelta y la agarró por la manga. La mujer se apartó sobresaltada. Si no hubiera tenido esa barriga, si el calor no hubiera sido tan agobiante, la habría perseguido. Le habría dado su merecido. Le habría devuelto los golpes recibidos durante su vida. Insolente, de pequeña; lúbrica, de adolescente; esposa rebelde, hoy. Había recibido bofetadas y humillaciones, padecido la indignación de los que querían hacer de ella una mujer respetable. Aquellas dos desconocidas habrían pagado por la vida de sumisión que soportaba.

Por muy extraño que resultara, Mathilde jamás pensó que Irène o Georges no la creerían y aún menos que pudieran ir algún día a Marruecos a hacerle una visita. Cuando se instaló en la finca, en la primavera de 1949, se sintió libre para mentir sobre la vida de esposa de gran terrateniente que llevaba. No confesó que echaba de menos la agitación de la medina, que la promiscuidad, que antes maldecía, ahora le parecía un destino envidiable. A menudo escribía: «Me habría gustado que me vieras», sin medir que ese deseo encerraba su inmensa soledad. Se entristecía por todas esas novedades que no interesaban a nadie más que a ella, por su existencia sin espectadores. ¿Qué interés tiene vivir si no es para ser vista?, pensaba.

Acababa sus cartas con «os quiero», «os echo de menos», aunque nunca manifestaba la nostalgia que sentía. No cedió a la tentación de confesarles que el vuelo de las cigüeñas, que llegaban a Meknés a principios del invierno, le producía una intensa melancolía. Ni su marido ni la gente de la finca compartían su amor por los animales y, un día, al evocar el recuerdo de Minet, el gato de su infancia, ante su marido, este alzó la vista al cielo ante semejante cursilería. Ella recogía a los gatos, los domesticaba dándoles pan mojado en leche, y, cuando las mujeres bereberes se la quedaban mirando al considerar que malgastaba ese alimento en los animales, pensaba: «Deben recuperar el amor perdido, a ellos les ha faltado tanto».

¿Con qué objeto decir la verdad a Irène? ¿Contarle que trabajaba, un día tras otro, como una loca, como una iluminada, con su bebé de dos años a la espalda? ¿Qué poesía podía extraer de esas largas noches que pasaba pinchándose los dedos con la aguja de coser los vestiditos a Aicha para que parecieran nuevos? A la luz de las velas, repugnada por el olor a cera de mala calidad, recortaba patrones de viejas revistas y, con una devoción admirable, tricotaba braguitas de lana para su hija. Durante aquel caluroso mes de agosto, se sentó en el suelo de cemento, vestida solo con una combinación, y en un bello tejido de algodón le confeccionó un vestido. Nadie notó lo bonito que le había quedado, el detalle del fruncido, el lazo encima de los bolsillos, el forro rojo que realzaba la prenda. La indiferencia de la gente ante la belleza de las cosas la mataba.

Amín aparecía poco en sus relatos. Su marido era un personaje secundario alrededor del cual planeaba una atmósfera opaca. Quería dar la impresión a Irène de que su historia de amor era tan ardiente que le resultaba imposible compartirla o ponerle palabras. Su silencio sugería insinuaciones lúbricas; sus omisiones, pudor o incluso delicadeza. Pues Irène, que se había enamorado y se había casado justo antes de la guerra con un alemán, físicamente deforme por una escoliosis, había enviudado a los tres meses. Cuando Amín llegó al pueblo, ella observaba, con unos ojos que desbordaban de envidia, a su hermana temblar bajo las manos del africano, a la pequeña Mathilde con el cuello cubierto de chupetones oscuros.

¿Cómo reconocer que el hombre que había conocido durante la guerra ya no era el mismo? Bajo el peso de los disgustos y las humillaciones, él había cambiado, se había ensombrecido. ¡Cuántas veces Mathilde había notado, al caminar del brazo de él, la mirada acerada de las personas con quienes se cruzaban! Ahora, el contacto de su piel la quemaba, le resultaba desagradable, y no podía evitar darse cuenta, con una especie de asco, de lo extraño que le parecía su marido. Se decía a sí misma que se necesitaba mucho amor, más del que ella era capaz de sentir, para resistir el desprecio de la gente. Se necesitaba un amor sólido, inmenso, inquebrantable, para soportar la vergüenza cuando los franceses lo tuteaban o la policía le pedía la documentación, y se disculpaban al observar sus medallas bélicas o su perfecto dominio de la lengua francesa. «Es que usted, querido amigo, es distinto.» Y él sonreía. En público, pretendía que no tenía problema alguno con Francia, puesto que estuvo a punto de morir por ella. Pero en cuanto se quedaban solos, se encerraba en el silencio y rumiaba su vergüenza por haber sido un cobarde y haber traicionado a su pueblo. Entraba en la casa, abría los armarios y tiraba al suelo todo lo que pillaba. Mathilde también podía estallar, y, un día, en medio de una pelea en la que él gritaba «¡Cállate de una vez, me avergüenzo de ti!», ella abrió la nevera, cogió un cuenco de melocotones maduros con los que iba a hacer una mermelada y tiró la fruta pasada a la cara de Amín, sin darse cuenta de que Aicha los observaba, asombrada ante la imagen de su padre, con el pelo y el cuello chorreando de jugo.

Amín solo le hablaba de trabajo. De los obreros, de las preocupaciones, del precio del trigo, de las previsiones meteorológicas. Cuando algunos miembros de su familia iban a visitarlos a la finca, se sentaban en el salón y, tras preguntar tres o cuatro veces sobre la salud, se callaban y bebían té. Mathilde veía en ellos una bajeza repugnante y una trivialidad que le dolían más que la nostalgia de su país o su soledad. Le habría gustado hablar de sus sentimientos, de sus esperanzas, de la angustia que sentía; inexplicable, como todas las angustias. «¿Acaso no tiene vida interior?», se preguntaba al observar a Amín comer sin decir palabra y con la vista fija en el tayín de garbanzos que la criada había cocinado, y cuya salsa, demasiado grasienta, asqueaba a Mathilde. Él se interesaba únicamente por el trabajo y por la finca. Nunca había risas, baile, momentos sin hacer nada, simplemente charlar. Aquí, la gente no hablaba. Su marido era más estoico que un cuáquero. Se dirigía a ella como si fuera una niña pequeña que había que educar. Ella aprendía al mismo tiempo que Aicha las buenas maneras, y debía decir sí a todo cuando él explicaba «Esto no se hace» o «No tenemos medios para eso». Al llegar a Marruecos, Mathilde parecía todavía una cría. Y tuvo que acostumbrarse en unos pocos meses a soportar la soledad y la vida doméstica, a aguantar la brutalidad de un hombre y la extrañeza de un país. Había pasado de la casa de su padre a la de su marido, pero tenía la sensación de no haber ganado en independencia y autoridad. Apenas podía ejercer su dominio sobre Tamo, la joven criada. Pues Ito, su madre, estaba atenta, y, en su presencia, Mathilde no se atrevía a levantarle la voz. Tampoco sabía tener paciencia y dar muestras de pedagogía con su propia hija. Pasaba de los mimos más voraces a la ira más histérica. A veces, se quedaba mirando a su hija y esa maternidad le resultaba monstruosa, cruel, inhumana. ¿Cómo una niña podía criar a otros niños? Habían desgarrado su cuerpo joven y habían extraído de él a una víctima inocente que ella no sabía defender.

Cuando se casaron, Mathilde tenía apenas veinte años. En esa época, a él eso no le había preocupado. Incluso la juventud de su esposa le parecía encantadora, con sus enormes ojos que se asombraban y sorprendían ante cualquier cosa, su voz aún frágil, su lengua tibia y dulce, como la de una niña pequeña. Él tenía veintiocho años. Tampoco era mucho mayor que ella, pero más tarde reconocería que su edad no influía en el malestar que su mujer le inspiraba por momentos. Él era un hombre y había luchado en la guerra. Procedía de un país en el que Dios y el honor se confundían, y además había perdido a su padre, y ello le obligaba a mostrar cierta gravedad. Lo que le gustaba de ella en Europa empezó a pesarle ahora e incluso lo irritaba. Era caprichosa y frívola. Él no le perdonaba que no se mostrase más dura, con más aguante. No tenía tiempo ni talento para consolarla. ¡Sus lágrimas! ¡Cuántas había derramado desde que había llegado a Marruecos! Lloraba por el menor contratiempo, prorrumpía continuamente en sollozos, y a él eso lo alteraba. «¡Deja de llorar! Mi madre, que perdió varios hijos, que se quedó viuda a los cuarenta años, ha llorado menos en su vida que tú en esta última semana. ¡Para ya, para de una vez!» Estas mujeres europeas tienden a negar la realidad, pensaba él.

Mathilde lloraba demasiado, se reía demasiado. Cuando se conocieron, pasaban las tardes tendidos en la hierba a orillas del Rin. Ella le contaba sus sueños y él la animaba a hacerlo, sin pensar en las consecuencias, sin juzgar la vanidad que mostraba. Le divertía que fuera así, pues él no sabía reírse abiertamente. Siempre se tapaba la boca con la mano como si la alegría fuera para él, entre todas las pasiones, la más vergonzante e impúdica. Luego, en Meknés, todo fue diferente, y las pocas veces en que la acompañaba al cine Empire, salía de la sala de mal humor, enfadado con su mujer, que se reía por lo bajo y que había intentado cubrirlo de besos.

Mathilde quería ir al teatro, escuchar música bien alto, bailar en el salón. Soñaba con bellos vestidos, recepciones, tés danzantes, fiestas bajo las palmeras; los sábados, ir al baile que se organizaba en el café de France; los domingos, a pasear por los jardines públicos de La Vallée Heureuse e invitar a los amigos a tomar el té. Recordaba, con sentida nostalgia, las fiestas que organizaban sus padres. Temía que el tiempo pasara demasiado rápido, que la miseria y las tareas del campo se eternizaran y que, cuando llegara el descanso, ella fuera demasiado vieja para disfrutar de los vestidos y de la sombra de las palmeras.

Una tarde, cuando acababan de establecerse en la finca, Amín cruzó por la cocina, delante de Mathilde que estaba preparando la cena a Aicha. Él llevaba el traje de los domingos. Ella alzó la mirada hacia su marido, desconcertada, dudando entre alegrarse o enfadarse. «Voy a salir», dijo él, «unos antiguos compañeros de la guarnición están en la ciudad.» Se inclinó sobre su hija para darle un beso en la frente, y, de pronto, Mathilde se incorporó. Llamó a Tamo que estaba limpiando el patio y le puso a la niña en sus brazos. Con voz segura le preguntó: «¿Me tengo que vestir bien o no es necesario?».

Él se quedó de piedra. Balbuceó unas palabras, explicando que era una reunión entre amigos, no adecuada para una mujer. «Si no es adecuada para mí, no veo por qué lo será para ti.» Y sin entender lo que le pasaba, dejó que lo siguiera Mathilde, que había tirado su delantal sobre una silla de la cocina y se pellizcaba las mejillas para realzar el tono de su tez.

En el coche, no dijo ni una palabra y mantuvo su gesto de enfado, concentrándose en conducir, furioso con ella y con su propia debilidad. Ella hablaba, sonreía, fingía que no se daba cuenta de que estaba de más. Se convenció a sí misma de que quitándole gravedad a la situación, a él se le pasaría el enfado, y adoptó un aire dulce, travieso, desenvuelto. Llegaron al centro de la ciudad sin que él hubiera despegado los labios. Aparcó y salió del coche precipitadamente, caminando muy deprisa hacia la terraza del café. Se hubiera dicho que albergaba la vana esperanza de que ella se perdiera por las calles de la ciudad europea o simplemente no quería sufrir la humillación de presentarse del brazo de su esposa.

Ella le dio alcance con tanta rapidez que él no tuvo tiempo de dar explicaciones a los amigos que lo estaban esperando. Los hombres se levantaron y saludaron a Mathilde con timidez y deferencia. Omar, su cuñado, le indicó una silla junto a él. Estaban muy elegantes, llevaban chaqueta y el pelo engominado. Pidieron las bebidas al dueño, un griego de carácter jovial que regentaba aquel café desde hacía casi veinte años. Uno de los pocos establecimientos de la ciudad donde no reinaba segregación alguna, donde los marroquíes bebían alcohol en la misma mesa que los europeos, y donde las mujeres, que no eran prostitutas, acudían a alegrar las veladas. La terraza, situada en la esquina de dos calles, estaba protegida de las miradas por dos grandes y frondosos naranjos silvestres. Allí te sentías solo en el mundo y en seguridad. Amín y sus amigos brindaron, pero hablaron poco. Hubo largos silencios interrumpidos por risas discretas o algún relato o anécdota. Siempre era así, pero Mathilde no lo sabía. No se creía que esas veladas con sus amigos, de las que ella se había sentido celosa y que habían ocupado a menudo su mente, transcurrieran de ese modo. Creyó que por su culpa se había estropeado la reunión. Quería participar contando algo. La cerveza le había infundido ánimos, y evocó, con voz tímida, un recuerdo de su Alsacia natal. Tembló un poco, le costó encontrar las palabras y su relato resultó sin interés. No hizo reír a nadie. Amín la miró con un desprecio que le destrozó el corazón. Jamás se había sentido tan intrusa.

En la acera frente al café, la luz de una farola parpadeaba y luego se fundió. La terraza, apenas iluminada por algunas velas, se adornó con un encanto nuevo, y la oscuridad serenó a Mathilde que tuvo la impresión de que los hombres se habían olvidado de ella. Temía el momento en que Amín quisiera acortar la velada, poner fin al malestar y le dijera: «Nos vamos». Le esperaba —estaba segura de ello— una escena, gritos, una bofetada o la frente estampada contra el cristal del coche. Por ello, se aprovechó de los ligeros ruidos de la ciudad, se quedó escuchando las conversaciones de los allí reunidos en torno a la mesa y cerró los ojos para oír mejor la música que provenía del fondo del café. Le hubiera gustado que durase todavía algo más, no quería regresar a casa.

Los hombres se relajaron. El alcohol hizo su efecto y se pusieron a hablar en árabe. Quizá pensaron que ella no los entendía. Un joven camarero, con la cara cubierta de acné, dejó sobre la mesa una fuente de fruta. Mathilde dio un mordisco a un melocotón, y luego a una tajada de sandía cuyo jugo le cayó en el vestido y se lo ensució. Cogió una pepita de sandía entre el dedo pulgar y el índice y la lanzó. Salió disparada y fue a aterrizar sobre la cara de un señor grueso, tocado con un fez, vestido con levita y sudando. El hombre agitó la mano. Parecía espantar una mosca. Mathilde cogió otra pepita y esta vez apuntó a un hombre alto y muy rubio, sentado con las piernas cruzadas y que hablaba con gran entusiasmo. Pero no acertó y fue a dar a la nuca de un camarero a quien le faltó poco para que se le cayera la bandeja. Ella se echó a reír, traviesa, y se pasó la hora siguiente ametrallando a los clientes del café mientras ellos movían desesperadamente los brazos. Como si un extraño mal los hubiera atacado, a la manera de esas fiebres tropicales que hacen que la gente se ponga a danzar y a copular. Los clientes se quejaron. El dueño mandó quemar palitos de incienso para protegerse de la invasión de aquellas moscas. Pero los ataques no cesaron y muy pronto sintieron dolor de cabeza por el incienso y la bebida. La terraza se vació, Mathilde se despidió de los amigos de Amín y, al llegar a casa, este le dio un guantazo. Ella pensó que de todos modos se había reído mucho.

Durante la guerra, mientras el regimiento de Amín avanzaba hacia el Este, él pensaba en su finca como otros sueñan con una mujer o una madre que han dejado atrás. Temía morir sin haber podido cumplir la promesa de fecundar aquella tierra. En los largos momentos de aburrimiento que la guerra deparaba, los hombres sacaban las barajas de naipes, las cartas de la familia cubiertas de manchas o alguna novela. Él se zambullía en la lectura de un libro de botánica o de una revista especializada que trataba sobre los nuevos métodos de riego. Había leído que Marruecos se convertiría en una California, ese estado americano lleno de sol y de naranjos, donde los agricultores eran millonarios. Aseguraba a Murad, su asistente, que su país se disponía a vivir una revolución, a acabar con esos tiempos sombríos en los que el campesino temía las razias, en los que antes que cultivar trigo se prefería criar borregos, pues con cuatro patas corren más rápido que el agresor. Él tenía, por supuesto, la intención de dar la espalda a los métodos antiguos y hacer de su finca un modelo de modernidad. Había leído con entusiasmo el relato de un tal H. Ménager, que también había sido soldado, quien, al acabar la Primera Guerra Mundial, plantó eucaliptos en la desheredada llanura del Gharb. El hombre se había inspirado en el informe de una misión enviada por el mariscal Lyautey a Australia en 1917, y había comparado la calidad de la tierra y la pluviometría de esa región con las de aquel continente lejano. Por supuesto, la gente se burló de aquel pionero. Franceses y marroquíes se reían de que quisiera plantar hasta donde alcanzase la vista unos árboles que no daban frutos y cuyos troncos grises afeaban el paisaje. Pero H. Ménager consiguió convencer a la Dirección de Aguas y Bosques, y no tuvieron más remedio que admitir que había ganado su apuesta: el eucalipto frenaba los vientos de arena, permitía sanear las hondonadas donde pululaban los parásitos, y sus raíces profundas extraían agua de la capa freática inaccesible al campesino común. Amín quería figurar entre esos pioneros, para quienes la agricultura era una búsqueda mística, una aventura, y seguir los pasos de aquellos hombres, pacientes y sabios, que habían realizado experimentos en suelos ingratos. Esos campesinos que la gente trataba de locos habían plantado pacientemente naranjos, desde Marrakech a Casablanca, e iban a convertir en jauja ese país seco y austero.

Amín regresó a Marruecos en 1945, a la edad de veintiocho años, victorioso y casado con una mujer extranjera. Luchó para retomar posesión de sus tierras, formar a sus obreros, sembrar, recolectar, tener una visión con amplitud de miras, como había dicho una vez el mariscal Lyautey. A finales de 1948, tras varios meses de negociaciones, recuperó sus tierras. Primero tuvo que realizar obras en la casa, abrir nuevas ventanas, acondicionar un pequeño jardín y pavimentar un patio en la parte trasera de la cocina para lavar y tender la ropa. Por su lado norte, el terreno estaba en pendiente y allí mandó construir en piedra una escalera de entrada e instaló una elegante puerta acristalada que daba al comedor. Desde allí se veía el perfil suntuoso del monte Zerhun y las inmensas extensiones silvestres que servían desde hace siglos como terreno de paso del ganado.

Durante los primeros cuatro años en la finca, sufrieron todo tipo de desilusiones, viendo cómo sus vidas adquirían un tono propio de los relatos bíblicos. El colono que había alquilado las tierras mientras él estuvo fuera había vivido en una pequeña parcela cultivable, detrás de la casa, y todo estaba por hacer. Primero, hubo que roturar y limpiar la tierra del palmito, esa planta viciosa y tenaz que exigía un trabajo agotador. A diferencia de los colonos de las fincas colindantes, Amín no pudo contar con la ayuda de un tractor, y sus obreros tuvieron que arrancar el palmito a golpes de pico durante varios meses. Luego hubo que dedicar varias semanas a despedregar y, tras quitar la rocalla, se procedió al desfonde del terreno con el arado y se empezó a labrar. Plantaron lentejas, guisantes, judías y parcelas enteras de cebada y trigo candeal. Poco después, una plaga de langosta atacó los campos. Una nube rosácea apareció crepitando, como surgida de una pesadilla, a devorar las cosechas y los frutos de los árboles. Amín se indignó con los trabajadores que para espantar a los parásitos se limitaban a hacer chocar unas latas vacías. «¡Pandilla de ignorantes! ¿No se os ocurre más que eso?», les gritaba, tratándolos de incultos, y les enseñó a cavar trincheras en las que ponían salvado envenenado.

Al año siguiente, sobrevino la sequía y la consiguiente desilusión de la siega, pues las espigas de trigo estaban vacías como lo estarían en los meses siguientes los estómagos de los campesinos. En los aduares, los obreros rezaban para que cayera la lluvia, unas rogativas transmitidas de una generación a otra desde hacía siglos y que jamás habían demostrado su eficacia. Pero se seguía rezando, bajo el ardiente sol de octubre, y la sordera de Dios no indignaba a nadie. Amín hizo excavar un pozo que le exigió un trabajo enorme y absorbió parte de su herencia. Pero la arena invadía constantemente el agujero que habían perforado y los campesinos no conseguían bombear agua para regar.

Mathilde estaba orgullosa de Amín. Y aunque le indignaba que pasara tanto tiempo fuera de casa y la dejara sola, sabía que era trabajador y honrado. A veces, pensaba que a su marido le faltaba suerte y una dosis de intuición. Eso era lo que su padre sí tenía. Georges era menos serio, menos incansable y constante que Amín. Bebía hasta llegar a olvidarse de su propio nombre y de las normas elementales del pudor y la cortesía. Jugaba a las cartas hasta la madrugada y se quedaba dormido en los brazos de mujeres de generosos pechos y de cuellos blancos y orondos que olían a mantequilla. En un ciego arrebato, era capaz de despedir a su contable y olvidarse de contratar a otro, dejando amontonarse en su viejo escritorio de madera la correspondencia sin abrir. Invitaba a los agentes judiciales que le llevaban las denuncias a beber unas copas con él, y estos acababan olvidándose del motivo por el que estaban allí y se ponían a cantar viejas canciones. Georges tenía un olfato excepcional, un instinto infalible. Era natural en él y ni él mismo se lo explicaba. Entendía a la gente y sentía hacia los hombres, y, por tanto, hacia sí mismo, una bondadosa compasión, un cariño que lo hacía merecedor de la simpatía de los desconocidos. Georges no negociaba jamás por codicia, sino por simple juego, y, si alguna vez había engañado a alguien, no lo había hecho a propósito.

A pesar de los fracasos, las peleas y la pobreza, Mathilde jamás pensó que su marido fuera un incompetente o un perezoso. Lo veía despertarse al alba, salir de casa, animado, y regresar al final del día con las botas cubiertas de tierra. Recorría varios kilómetros y no se cansaba nunca. Los hombres del aduar admiraban su resistencia, aunque se ofendían a veces por el desprecio que manifestaba hacia los métodos de cultivo tradicionales. Lo veían agacharse, palpar la tierra con los dedos, dejar la palma de la mano durante unos momentos sobre la corteza de un árbol, como si esperara que la naturaleza le revelara algún secreto. Quería que todo fuera rápido. Quería triunfar.

Corría el inicio de la década de 1950, y el fervor nacionalista brotaba, dirigiendo un odio furibundo hacia los colonos. Se sucedían secuestros, atentados, fincas incendiadas. Los colonos, a su vez, se reunían en grupos de defensa, y Amín sabía que su vecino, Roger Mariani, formaba parte de estos. «La naturaleza no se mete en política», dijo un día a Mathilde para justificar la visita que iba a hacer a aquel vecino de fama diabólica. Quería comprender a qué se debía la brillante prosperidad de Mariani, saber los tipos de tractores que utilizaba, qué sistema de riego había instalado. Se imaginaba también que el francés podría suministrarle los cereales que utilizaba en la crianza de cerdos a la que se dedicaba. Lo demás le importaba poco.

Una tarde, cruzó el camino que separaba las dos fincas. Pasó delante de dos grandes cobertizos donde estaban aparcados unos modernos tractores, delante de unos establos llenos de cerdos gruesos y sanos, delante de las bodegas donde se trataba la uva por los mismos procedimientos que en Europa. Todo en aquella finca respiraba progreso, riqueza. Mariani estaba de pie en la escalinata de la casa, con dos perros de aspecto agresivo y feroz, atados con unas correas que sostenía en la mano. Por momentos, su cuerpo se proyectaba hacia delante, perdía el equilibrio, y no se sabía si estaba sometido a la fuerza de aquellos molosos o si era fingido, para acentuar la amenaza que pesaba sobre el visitante inoportuno. Amín, incómodo, se presentó balbuceando. Señaló en dirección a su finca: «Necesito consejos», declaró, y Mariani, cuyo rostro se había iluminado, miró con desdén a aquel moro tímido.

«¡Brindemos por nuestra vecindad! Tenemos tiempo para hablar de negocios.»

Cruzaron por un frondoso jardín y se sentaron a la sombra, en una terraza desde donde se veía el monte Zerhun. Un hombre delgado y de piel negra dejó en la mesa algunas copas y botellas. Mariani sirvió un anisete a su vecino y, cuando vio que este dudaba debido al calor y al trabajo que aún le esperaba, se echó a reír. «¿No bebes, verdad?» Amín sonrió y se humedeció los labios con el líquido blanquecino. En el interior de la casa sonaba un teléfono, pero Mariani lo ignoró.

El colono no lo dejaba hablar. A Amín le pareció que su vecino era un hombre muy solo que en ese momento encontraba una ocasión poco frecuente de hacer confidencias a alguien. Con una familiaridad que incomodó a Amín, Mariani se quejó de sus obreros, contándole que había formado a dos generaciones, pero que seguían siendo vagos y sucios. «¡Qué mugre, por Dios!» A veces, alzaba sus ojos legañosos hacia el bello rostro de su invitado, y, riendo, añadía: «Ya sabes que no lo digo por ti». Y sin dejarle responder continuaba: «Que digan lo que quieran, pero no me imagino este país el día en que ya no estemos nosotros para hacer florecer los árboles, remover la tierra y dedicarnos a ella. ¿Qué había aquí antes de que llegáramos? Te lo pregunto. Nada. Nada de nada. Mira a tu alrededor. Siglos de vidas humanas y ni un hombre con agallas suficientes para cultivar esas hectáreas. Siempre ocupados en hacer la guerra. Pasamos hambre. Aquí hemos enterrado, sembrado, cavado tumbas, fabricado cunas infantiles. Mi padre murió de tifus en estas tierras. Yo me rompí la espalda por ir sentado días enteros a caballo recorriendo los campos, negociando con las cabilas. No podía tumbarme en la cama sin lanzar aullidos del dolor que sentía en los huesos. Pero voy a decirte algo: debo mucho a este país. Me ha devuelto a la esencia de las cosas, me ha puesto en contacto con el impulso vital, con la brutalidad». El rostro de Mariani enrojeció y empezó a hablar más lento por el efecto del alcohol. «En Francia, me esperaba una vida de marica, mezquina, sin amplitud, sin conquistas, sin espacio. Este país me ofreció la oportunidad de vivir como un hombre.»

Mariani llamó al criado que llegó trotando a la terraza. Le regañó en árabe por lo lento que era y dio un puñetazo en la mesa con tanta fuerza que la copa de Amín se derramó. El colono hizo un gesto como de lanzar un escupitajo y se quedó observando la espalda del criado mientras se alejaba al interior de la casa. «Mira y aprende. ¡Yo me conozco a estos moros! Los obreros son unos ignorantes. ¿Cómo no vas a tener ganas de darles una tunda de palos? Hablo su lengua, conozco sus dobleces. Sé muy bien lo que dicen sobre la independencia, pero un puñado de alborotadores no me va a quitar años de sudor y de trabajo.» Luego, se echó a reír, mientras cogía unos emparedados que el criado había traído al cabo de un rato, y repitió: «¡Ya sabes que no lo digo por ti!». Amín estuvo a punto de levantarse y renunciar a aliarse con su poderoso vecino. Pero Mariani, cuyo rostro se parecía extrañamente al de sus perros, se giró hacia él, como si hubiera sentido que se había ofendido, y le dijo: «¿Quieres un tractor, verdad? Lo podríamos arreglar».

II

El verano que precedió a la entrada de Aicha en la escuela primaria fue muy caluroso. Mathilde iba por la casa vestida con una combinación ajada, con uno de los tirantes deslizándosele por el hombro y el pelo pegado a las sienes y a la frente por el sudor. En uno de los brazos sostenía a Selim, el bebé, y, en la otra mano, un pedazo de papel o de cartón con el que se abanicaba. Siempre andaba descalza, a pesar de los reproches de Tamo, que decía que traía mala suerte. Cumplía con las tareas cotidianas, pero todos sus gestos parecían más lentos, más laboriosos que de costumbre. Aicha y su hermanito Selim, que acababa de cumplir dos años, se portaban excepcionalmente bien. No tenían hambre ni ganas de jugar, y se pasaban el día desnudos, tendidos en el suelo de baldosas, incapaces de hablar o de inventarse juegos. A principios del mes de agosto, se levantó el siroco y el cielo se volvió blanco. Se prohibió a los niños que salieran fuera pues ese viento del desierto era una obsesión para las madres. Muilala había contado a Mathilde un sinnúmero de veces la historia de unos niños que habían muerto por unas fiebres altas que el siroco arrastra a su paso. Su suegra decía que ese aire viciado no se podía respirar, pues si lo tragabas te quemabas por dentro y acababas seca, a la manera de esas plantas que se marchitan de golpe. Por culpa de ese maldito viento, la noche llegaba sin dar tregua. La luz se atenuaba, la oscuridad cubría los campos y los árboles desaparecían de la vista, pero el calor seguía pesando con todas sus fuerzas, como si la naturaleza hubiera hecho acopio de reservas de sol. Los niños entonces se ponían nerviosos. Selim gritaba. Lloraba con rabia, y su madre lo cogía en brazos y lo consolaba. Lo mantenía apretado contra ella, horas y horas, con los torsos de ambos empapados de sudor. Agotados. Fue un verano interminable, y Mathilde se sintió muy sola. A pesar de aquel calor agobiante, su marido se pasaba el día en el campo. Acompañaba a los obreros a unas siegas decepcionantes. Las espigas resultaron secas, las jornadas de trabajo se sucedían y todos se preocupaban temiendo morir de hambre en septiembre.

Una noche, Tamo encontró un escorpión debajo de un montón de cacerolas y soltó un grito ensordecedor que hizo que Mathilde y los niños se precipitaran a la cocina. Esta daba a un patio pequeño donde se tendía la ropa, se ponían a secar las tiras de carne adobada, se amontonaban barreños sucios y merodeaban los gatos que Mathilde mimaba. Ella insistía siempre en que se cerrara la puerta que daba al exterior. Le asustaban las culebras, las ratas, los murciélagos y, sobre todo, los chacales, que una vez se habían agolpado en manada junto al horno de cal. Pero Tamo era muy despistada y se debió olvidar de cerrar la puerta. La hija de Ito tenía algo menos de diecisiete años. Era risueña y voluntariosa, le gustaba estar al aire libre, ocuparse de los niños, enseñarles los nombres de los animales en amazigh. Pero le desagradaba la actitud de Mathilde hacia ella. La alsaciana se mostraba severa, autoritaria, cortante. Se había propuesto educar a Tamo en lo que ella denominaba las buenas maneras, pero sin mostrar paciencia alguna. Cuando quiso enseñarle los rudimentos de la cocina occidental, tuvo que rendirse a la evidencia: a Tamo le importaba un bledo, no le hacía caso y sujetaba con una mano floja la espátula con la que debía remover la crema pastelera.

Esa noche, cuando Mathilde entró en la cocina, la joven bereber estaba salmodiando unos versículos mientras se ocultaba la cara con las manos. Mathilde tardó un poco en entender qué la había asustado tanto. Luego vio las pinzas negras del arácnido asomando por debajo de la sartén que se había traído de Mulhouse, adquirida justo después de casarse. Levantó a Aicha del suelo, pues andaba también descalza. Ordenó en árabe a Tamo que se serenara. «Deja de llorar y recoge eso», le repetía. Cruzó el largo pasillo que conducía a su dormitorio y dijo: «Tesoros, esta noche dormiréis conmigo».

Sabía muy bien que su marido la regañaría. Amín desaprobaba su modo de educar a los niños, su complacencia con sus pequeñas rabietas y sus emociones. Le reprochaba que estuviera convirtiéndolos en unos seres débiles, quejicas, en especial al varoncito. «A un hombre no se lo educa así, sin darle los medios para afrontar la vida.» En aquella casa, lejos de todo, Mathilde sentía miedo, echaba de menos sus primeros años en Marruecos, cuando vivían en la medina, con la gente, los ruidos, la agitación humana. Si hacía partícipe de sus sentimientos a su marido, él se burlaba de ella. «Créeme, estáis más seguros aquí.» En aquel mes de agosto de 1953 que llegaba a su fin, Amín le prohibió incluso que fuese a la ciudad, pues temía que hubiera protestas masivas o alguna revuelta. Al anunciarse el exilio del sultán Sidi Mohamed Ben Yusef a la isla de Córcega, y posteriormente a Madagascar, el pueblo se sintió airado. En Meknés y en las demás ciudades del reino, la atmósfera se tornó inflamable, los gestos eran cada vez más tensos, cualquier incidente podía transformarse en motín. En la medina las mujeres, con los ojos enrojecidos por el odio y el llanto, iban vestidas de negro para mostrar su adhesión a la causa nacionalista. «Ia latif, ia latif!», en todas las mezquitas del reino se rezaba esa breve jaculatoria, implorando la misericordia divina para que regresara el soberano. Se habían constituido organizaciones clandestinas a favor de la lucha armada contra el opresor cristiano. En las calles, desde la madrugada hasta la noche, se elevaba el grito de alabanza al rey: «Iahia al-malik!». Pero la pequeña Aicha no entendía de política. Ni siquiera sabía que corría el año 1953, que unos hombres se preparaban para luchar, para conseguir la independencia, y otros para negársela. Le daba igual. Se pasó el verano pensando en el colegio, aterrorizada.

Mathilde dejó a los dos niños encima de la cama y les prohibió moverse. Regresó a los pocos minutos, llevando en los brazos un par de sábanas blancas que había humedecido con agua fría. Los niños se tendieron sobre la tela fresquita y mojada, y Selim se quedó dormido enseguida. Mathilde balanceaba sus pies hinchados fuera de la cama. Acariciaba la espesa melena de su hija que murmuró: «No quiero ir al colegio. Quiero quedarme contigo. Muilala no sabe leer, Ito y Tamo, tampoco. ¿Qué más da?». Mathilde surgió violentamente de su letargo y acercó su rostro al de la niña. «Ni tu abuela ni Ito lo eligieron por propia voluntad.» En la oscuridad, la niña no distinguía los rasgos de su madre pero notó que hablaba con una gravedad poco habitual que le preocupó. «No se te ocurra jamás decir semejante disparate. ¿Lo has entendido?» Afuera, unos gatos se peleaban, lanzando unos maullidos espantosos. «Me das envidia, ¿sabes?», continuó. «Me encantaría volver al colegio, aprender miles de cosas, hacerme amigos que duren para siempre. Ahí es donde empieza la vida de verdad. Ahora eres una niña mayor.»

Las sábanas se secaron y Aicha no conseguía dormirse. Con los ojos abiertos, soñó en la nueva vida que le esperaba. Se imaginó un patio en sombra y fresco, y cogida de la mano de una niña que sería su alma gemela. La vida de verdad, según había dicho Mathilde, no estaba pues aquí, en esta casa blanca aislada en la colina. La vida de verdad no consistía en andar todo el día con las obreras. ¿Acaso los que trabajaban en las tierras de su padre no tenían una vida de verdad? Se preguntaba si no era importante la manera de cantar o el cariño con que la acogían, a la sombra de los olivos a la hora del descanso, para comer media hogaza de pan cocido esa misma mañana sobre un anafre, ante el que las mujeres permanecían sentadas horas y horas, inhalando un humo negro que acabaría matándolas.

Hasta entonces, Aicha no había pensado nunca en esa otra vida. Salvo quizá cuando iban a la parte alta de la ciudad europea, y se encontraba en medio del ruido de los coches, de los vendedores ambulantes, de los escolares adolescentes que se precipitaban a las salas de cine. Cuando oía la música que provenía del fondo de los cafés, el ruido de los tacones sobre el cemento. Cuando su madre, en la acera, tiraba de ella, harta, diciendo «perdón» a los transeúntes. Sí, ella había visto que en otros lugares había otra vida, más densa, más rápida, una vida que parecía dirigida hacia algo. Sospechaba que la vida que ellos llevaban no era más que una sombra, una dura tarea lejos de las miradas, una entrega. Una servidumbre.

El primer día de colegio llegó. Sentada en el asiento trasero del coche, Aicha estaba paralizada por el miedo. Ahora no había ninguna duda, dijeran lo que dijeran, aquello era un abandono. Un cobarde y terrible abandono. Iban a dejarla allí, en esa calle desconocida, a ella, a la niña salvaje que no conocía más que la inmensidad del campo, el silencio de la colina. Mathilde intentaba sacar temas de conversación, se reía tontamente, y ella notaba que su madre tampoco estaba tranquila. Que toda esa comedia sonaba a mentira. Las puertas del colegio aparecieron y su padre paró el coche y aparcó. En la acera, las madres llevaban de la mano a sus hijas, vestidas de domingo. Se habían puesto ropa nueva, con un corte perfecto pero de colores discretos. Eran niñas de ciudad para las que lucirse era una costumbre. Las madres, tocadas con sombrero, hablaban entre ellas mientras las pequeñas se saludaban. Para ellas era un rencuentro, la continuación de su mundo. De pronto, a Aicha le entraron temblores. «No quiero», empezó a gritar, «no quiero bajar del coche.» Sus gritos estridentes atrajeron la atención de los adultos y de las alumnas. Ella, que de costumbre era tranquila y tímida, había dejado de comportarse bien. Se enrolló como una bola en el asiento de atrás, se agarró a él y gritó hasta romper el corazón y los tímpanos de quienes la oían. Mathilde abrió la puerta: «Ven, cariño, ven, no te preocupes». Le lanzó una mirada suplicante que Aicha reconoció. Era la misma que la de los obreros de la finca cuando amansaban a los animales antes de matarlos. «Ven por aquí, tesoro, ven», y luego llegaba el encierro, los golpes, el matadero. Amín también abrió la puerta y cada uno intentó sacar a la niña. Su padre lo consiguió, y ella se agarró a la portezuela con una rabia y unas fuerzas asombrosas.

Enseguida se formó un corro de gente. Compadecían a Mathilde, quien, por vivir tan lejos con los indígenas, había hecho de sus hijos unos salvajes. Esos gritos, esa histeria, eran propios de los campesinos de las cabilas. «¿Sabían ustedes que las mujeres se arañan la cara hasta sangrar para expresar su pena?» Nadie de la ciudad frecuentaba a los Belhach, pero todos conocían la historia de esa familia que vivía en el camino hacia El Hayeb, a veinticinco kilómetros del centro, en una finca aislada. Meknés era una ciudad tan pequeña, la gente se aburría tanto, que ese matrimonio extraño alimentaba las conversaciones en las horas calurosas de las tardes.

*

En la peluquería Au Palais de la Beauté —donde a las mujeres jóvenes les ponían bigudíes en el pelo y esmalte de uñas en los pies—, Eugène, el dueño, se burlaba de Mathilde, la rubia alta de ojos verdes que medía al menos diez centímetros más que el moro de su marido. Hacía reír a sus clientas insistiendo en lo que diferenciaba a aquella pareja: él con un pelo negro que nacía tan bajo sobre la frente que le endurecía la mirada; ella, que tenía la impaciencia de las jóvenes de veinte años, y, a la vez, algo masculino, violento, incorrecto, que había llevado a Eugène a dejar de aceptarla en su salón. Con unas palabras bien escogidas, describía las piernas largas y firmes de la alsaciana, su mandíbula voluntariosa, sus manos descuidadas y, luego, aquellos pies inmensos, tan grandes e hinchados que solo podía llevar zapatos de hombre. La blanca y el morango. La gigante y el oficial enano. Bajo los cascos secadores, las clientas se desternillaban de risa. Pero cuando la gente recordaba que Amín había luchado en la guerra de liberación, que había sido herido y condecorado, las risas disminuían. Las mujeres se sentían obligadas a callarse, y, por ello, con más ganas de soltar hiel. Pensaban que Mathilde era un extraño botín de guerra. ¿Cómo pudo convencer ese soldado a la robusta alsaciana a que lo siguiera hasta este país? ¿De qué huía ella para haber llegado a esto?

*

Se agolparon alrededor de la niña. Llovían los consejos. Un hombre apartó con violencia a Mathilde e intentó hacer entrar en razón a Aicha. Sin éxito, alzó los brazos en el aire, invocó al Altísimo y los principios fundamentales de los que depende una buena educación. Zarandeaban a Mathilde que intentaba proteger a Aicha. «¡No la toquen, no se acerquen a mi hija!» Se sentía devastada. Verla llorar así era un tormento. Quiso abrazarla, acunarla y confesarle sus mentiras. Sí, se había inventado aquellos recuerdos idílicos de amistades eternas y maestros entregados. La verdad era que estos no eran amables. Que conservaba de la escuela el recuerdo del agua helada con la que se lavaba la cara en mitad de una madrugada oscura, los golpes que le propinaban, la asquerosa comida y las tardes con el estómago reconcomido por el hambre, por el desesperado deseo de un gesto de cariño. Vámonos, quería gritar. Olvidémonos de esta historia. En casa todo irá bien, me las apañaré, sabré enseñarle. Amín le lanzó una mirada fulminante. Con sus ridículos mimos y ñoñerías estaba consiguiendo que la niña fuera una blandengue. Para colmo, ella era quien había querido matricularla en esa escuela de franceses, donde despuntaba el campanario de una iglesia en la que se rezaba a un dios extranjero. Mathilde contuvo las lágrimas, y, torpemente y sin convicción, extendió los brazos hacia su hija. «Ven, cariño, tesoro.»

Estaba tan pendiente de Aicha que no se dio cuenta de que se burlaban de ella. Que las miradas bajaban y observaban sus zapatones de cuero gastado. Las madres murmuraban, con las manos enfundadas en guantes. Se ofendían de su presencia entre ellas y se reían. Delante de la cancela del colegio e internado Notre-Dame, recordaron de pronto que debían ser compasivas pues el Señor las observaba.

Amín agarró a su hija por la cintura. Estaba furioso. «¿Se puede saber qué es este escándalo que has organizado? ¿Vas a soltar la puerta de una vez? ¡Pórtate bien, nos estás avergonzando!» Con el vestido levantado, a la niña se le veían las bragas. El guarda del colegio los miraba, preocupado. No se atrevía a moverse. Brahim era un viejo de rostro redondo y afable. Llevaba un bonete blanco de croché sobre su cabeza calva. La chaqueta azul marino, impecablemente planchada, le quedaba grande. Los padres de la niña no conseguían calmarla, parecía poseída por el diablo. La ceremonia de inauguración del curso escolar acabaría estropeándose y la madre superiora se enfadaría al enterarse de que semejante espectáculo había tenido lugar delante de la cancela de su venerable institución. Le pediría cuentas y él sería el culpable.

El viejo se acercó al coche y con la dulzura máxima posible intentó despegar los deditos que se asían a la portezuela. Se dirigió en árabe a Amín: «Yo la sostengo y tú arrancas, ¿entendido?». Él asintió. Hizo un gesto con la barbilla en dirección a Mathilde y esta regresó a su sitio. Ni siquiera tuvo tiempo de dar las gracias al guarda. En cuanto la niña soltó la puerta y esta se cerró, arrancó. El coche se alejó y Aicha no supo si su madre le había lanzado una última mirada. Eso fue todo: la habían abandonado.

Allí estaba ella, en la acera, con su vestido azul arrugado al que se le había caído un botón. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto y el señor que la llevaba agarrada de la mano no era su padre. «No puedo acompañarte hasta el patio. Tengo que quedarme aquí en la entrada. Es mi trabajo.» Puso su mano en la espalda de la niña y la empujó con suavidad hacia el interior. Aicha hizo un gesto de dócil asentimiento. Estaba avergonzada. Ella, que quería ser discreta como una libélula, había atraído la atención de todos. Avanzó por el sendero al final del cual la esperaban en fila unas monjas vestidas con largas túnicas negras.

Entró en el aula. Las demás niñas ya estaban en sus sitios y la miraban con descaro y sonrientes. Sintió tanto miedo que tuvo ganas de dormir. La cabeza se le llenó de zumbidos. Si cerraba los ojos seguro que caería en un sueño profundo. Una monja la cogió por el hombro. Llevaba una hoja en la mano. Le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Aicha alzó la vista, sin entender qué se esperaba de ella. La sor, joven y guapa, de tez pálida, le gustó a la niña. Repitió la pregunta y se inclinó a la altura de Aicha, que acabó murmurando: «Me llamo Mchicha».

La hermana frunció las cejas. Se ajustó las gafas sobre la nariz y se inclinó de nuevo para consultar la lista de alumnas. «Señorita Belhach. Señorita Aicha Belhach, nacida el 16 de noviembre de 1947.»

La niña se giró. Miró detrás de ella, como si no entendiera a quién se dirigía la monja. No conocía a esa gente, y en su pecho retuvo un sollozo. La barbilla le temblaba. Hundió las uñas en la carne de sus brazos. ¿Qué había sucedido? ¿Qué había hecho ella para merecer estar encerrada allí? ¿Cuándo regresaría mamá? La monja no se lo creía pero debía admitirlo: aquella niña no conocía su propio nombre.

«Señorita Belhach, siéntese usted allá, cerca de la ventana.»

Desde que tuvo uso de razón, había oído ese nombre: Mchicha. Era el que gritaba su madre desde la puerta de la casa para llamarla a cenar. Era el que volaba entre los árboles, el que rodaba colina abajo en la boca de los campesinos que la buscaban y no la encontraban, hasta dar con ella, dormida, hecha una bolita contra un tronco de árbol. «¡Mchicha!», oía que la llamaban, y solo podía existir ese nombre, puesto que era el que silbaba como el viento, el que hacía reír a las mujeres bereberes que la abrazaban como si fuera hija de ellas. Ese era el nombre que su madre tarareaba por las noches en mitad de las canciones infantiles que se inventaba. Ese era el último sonido que escuchaba antes de quedarse dormida, y, desde que había nacido, habitaba en sus sueños. Mchicha. La vieja Ito había comentado que los gritos del bebé parecían maullidos, y fue ella quien le puso ese apodo: gatita. Había enseñado a Mathilde el modo de cargar a la niña en la espalda, envolviéndola con una pañoleta. «Así se queda dormida mientras tú trabajas.» A ella le divirtió aquel truco. Se pasaba los días así, con la boquita de su niña pegada a la nuca. Y esa ternura la hacía feliz.

Aicha se sentó en el sitio que la maestra le había indicado, cerca de la ventana, detrás de una niña muy guapa, Blanche Colligny. Las alumnas se habían vuelto todas hacia ella y se sintió amenazada por ese súbito interés. Blanche le sacó la lengua, se rio por lo bajo y dio un codazo a la compañera sentada a su lado. Imitó la forma que tenía Aicha de rascarse, debido a la lana de mala calidad con la que su madre le hacia las bragas. Aicha se giró hacia la ventana, se inclinó sobre la mesa y hundió su rostro en el hueco del codo. Sor Marie-Solange se acercó a ella.

«—¿Qué le pasa, señorita, está usted llorando?

—No, no estoy llorando, estoy durmiendo la siesta.»

Aicha portaba en ella una carga de vergüenza enorme. Vergüenza de la ropa que su madre le cosía. De las batas escolares grisáceas a las que Mathilde añadía a veces algún detalle coqueto. Flores en las mangas, un ribete azul en el cuello. Pero ninguna prenda parecía nueva. Ninguna prenda parecía hecha para que ella la estrenara. Todo tenía un aspecto usado. Se avergonzaba de su pelo. Es lo que más le pesaba, esa masa crespa y sin forma, imposible de peinar, y que, en cuanto llegaba al colegio, se salía de las horquillas con que Mathilde intentaba sujetarla con enorme esfuerzo. Ya no sabía qué hacer con la melena de su hija. Nunca tuvo que lidiar con un pelo semejante. Era tan fino que se quebraba con las horquillas, se quemaba con las tenacillas, se resistía al peine. Pidió consejo a su suegra pero esta se encogió de hombros. En su familia, a ninguna mujer le había tocado la desgracia de un pelo tan encrespado. Era como el de Amín, aunque él lo llevaba muy corto, al estilo de los militares. Y de tanto ir al hamam donde se echaba agua ardiendo en la cabeza, las raíces se le habían atrofiado y ya no le crecía.

El peinado de Aicha era objeto de humillantes burlas. En mitad del patio, solo se la veía a ella. Una silueta menuda, un rostro de elfo y una cabellera enorme, una explosión de mechones rubios y ásperos, que, si el sol pegaba fuerte, daba la impresión de una corona dorada. ¡Cuántas veces soñó con tener el pelo de Blanche! Delante del espejo, en el dormitorio de su madre, se lo ocultaba con las manos e intentaba imaginarse cómo sería ella con la melena larga y sedosa de Blanche. O con los rizos castaños de Sylvie. O las trenzas de niña buena de Nicole. Su tío Omar se metía con ella, diciéndole que le costaría encontrar marido y que parecía un espantapájaros. Sí, su melena recordaba a una mata de paja. Se vistiera como se vistiera, se veía ridícula, toda ella.

Las semanas pasaban, unas iguales a otras. Cada mañana se levantaba al alba y se arrodillaba en la oscuridad en un extremo de su cama, suplicando al Señor que nada viniera a retrasar su trayecto al colegio. Pero siempre sucedía algo. Un problema con uno de los fogones de la cocina que despedía humo negro. Una pelea de sus padres. Los gritos en el pasillo. Su madre, que se presentaba por fin, arreglándose el peinado y el pañuelo. Limpiándose una lágrima con el revés de la mano, quería parecer digna y luego no podía aguantarse. Daba media vuelta. Gritaba que soñaba con marcharse de allí, que había cometido el mayor error de su vida, que era una extranjera. Que si su padre supiera lo que estaba ocurriendo, le partiría la cara a ese marido gritón. Pero su padre no sabía nada. Estaba lejos. Y Mathilde se rendía. Regañaba a su hija que la estaba esperando seriecita en la puerta, y a la que le hubiera gustado decir: «¿Te puedes dar prisa? Por una vez me gustaría llegar puntual».

Maldecía el coche que su padre había comprado al ejército americano por un buen precio. Él había intentado rascar la bandera pintada en el capó pero temió estropear la carrocería y todavía quedaban algunas estrellas descascarilladas y un trozo de barra roja. La furgoneta no era solo horrible, también era caprichosa. Cuando subía la temperatura, un humo gris escapaba del motor y había que esperar a que este se enfriara. En invierno no arrancaba. «Tiene que calentarse», repetía Mathilde. Aicha culpaba a aquel trasto de sus disgustos, y maldecía a esa América, con la que muchos soñaban. «Son unos ladrones, unos inútiles, no valen nada», se decía, enfadada, para sus adentros. Por culpa de ese viejo cacharro, sus compañeras del colegio se burlaban de ella —«¡Tus padres deberían comprarte un burro, así no llegarías tan tarde!»— y la madre superiora le llamaba continuamente la atención.

Amín había conseguido fijar una sillita en la parte de atrás, con ayuda de un obrero. Aicha se sentaba en medio de las herramientas, las cajas de fruta y verdura que su madre suministraba al mercado de Meknés. Una mañana, la niña iba en el coche medio dormida y sintió que algo se movía contra su pierna. Soltó un grito y Mathilde estuvo a punto de dar un bandazo. «He notado algo entre las piernas», se justificó. Mathilde no quiso parar para no arriesgarse a que el coche no pudiera arrancar de nuevo. «Seguro que es, una vez más, tu imaginación», la riñó, pasándose las manos por sus axilas húmedas. Cuando el coche aparcó frente a la cancela del colegio y Aicha saltó a la acera, el grupo de niñas que se apelotonaban en la entrada se puso a gritar. Algunas se agarraron a las piernas de las madres y otras salieron disparadas hacia el patio. Una de ellas se desmayó, o fingió que se desmayaba. Madre e hija se miraron sin entender qué pasaba. Luego vieron a Brahim que señalaba algo con el dedo riéndose. «Miren lo que se han traído de casa», decía, divertido. Una larga culebra se había escapado de la parte trasera del coche y seguía a la niña indolentemente, como un perro fiel que acompañara a su dueño de paseo.

Cuando en noviembre llegó el invierno para quedarse, tuvieron que afrontar las mañanas oscuras. Mathilde llevaba a su hija de la mano entre la hilera de almendros cubiertos por la helada y Aicha temblaba de frío. En la madrugada sombría, no oían más que su propia respiración. Ni un ruido de animales, ni una voz humana perturbaban el silencio. Se montaban en el coche húmedo, Mathilde encendía el contacto pero el motor se calaba. «Solo tiene que calentarse. No es nada.» El coche, transido de frío, tosía como un tuberculoso. A veces la rabia se apoderaba de la pequeña. Lloraba, daba patadas a las ruedas, maldecía aquella finca, a sus padres, el colegio. De pronto, sonaba una bofetada. Mathilde salía del coche y lo empujaba cuesta abajo hasta la cancela al final del jardín. En mitad de la frente, una vena amenazaba con explotarle. Su rostro violáceo asustaba a Aicha, la impresionaba. El coche arrancaba pero luego había una cuesta muy empinada. Aquel cacharro roncaba cada vez más fuerte y a menudo se calaba.

Un día, a pesar del agotamiento y la vergüenza que le esperaban por llegar tarde y tener que llamar a la puerta del colegio, Mathilde se echó a reír. Era una mañana de diciembre, fría pero soleada. El cielo estaba tan claro que se veían las montañas del Atlas como una acuarela suspendida en el cielo. Con una voz estentórea, Mathilde gritó: «¡Estimados pasajeros, abróchense los cinturones, en breve despegaremos!». Aicha se rio y pegó su espalda al asiento. Mathilde hizo ruidos con la boca y la niña se agarró a la portezuela, lista para emprender el vuelo. Mathilde giró la llave, presionó el pedal del acelerador y el motor zumbó antes de emitir un silbido asmático. La conductora se dio por vencida: «Estimados pasajeros, rogamos nos disculpen, pero parece que los motores no son bastante potentes y las alas necesitan una ligera reparación. No podremos emprender el vuelo hoy, debemos continuar el viaje por carretera. Pero pueden contar ustedes con su querido piloto: dentro de pocos días, volaremos. ¡Prometido!». Aicha sabía, por supuesto, que un coche no volaba y, sin embargo, durante años, siempre que se acercaban a esa cuesta, su corazón se embalaba, y pensaba: «¡Hoy será el día!». A pesar de lo inverosímil de aquella operación, no dejaba de esperar que la furgoneta se lanzara por las nubes y las condujera hacia nuevos lugares, donde podrían reír como locas, y verían con una luz distinta esa colina lejos del mundo.

Aicha odiaba aquella casa. Había heredado la sensibilidad de su madre, y Amín concluyó que todas las mujeres eran iguales, pusilánimes y fácilmente impresionables. La niña tenía miedo de cualquier cosa. De la lechuza que había en el aguacatero, cuya presencia, según los obreros, anunciaba una muerte cercana. De los chacales, cuyos aullidos le impedían dormir, y de los perros que merodeaban, con las costillas salientes y las mamas infectadas. Su padre la había avisado: «Siempre que salgas al campo, coge unas piedras». Ella dudaba que pudiera defenderse, alejar a las bestias feroces. Pero se llenaba los bolsillos con guijarros que entrechocaban al andar.

Temía, sobre todo, la oscuridad. La negrura profunda, densa, infinita, que rodeaba la finca de sus padres. Por la tarde, al salir del colegio, el coche de su madre enfilaba las carreteras por el campo, las luces de la ciudad se alejaban y ellas se sumergían en un mundo opaco y peligroso. El coche avanzaba en la oscuridad como cuando penetras en una gruta o te hundes en las arenas movedizas. En las noches sin luna, ni siquiera se distinguía la silueta masiva de los cipreses o el perfil de los pajares. Las tinieblas se tragaban todo. Ella contenía la respiración. Recitaba padrenuestros y avemarías. Pensaba en Jesús que había padecido unos sufrimientos terribles, y se decía a sí misma: «Yo no podría».

Dentro de la casa, una luz mortecina y lúgubre parpadeaba, y Aicha vivía con la angustia permanente de que se fuera la electricidad. A menudo, recorría el pasillo a tientas, con las palmas de las manos pegadas a las paredes y las mejillas húmedas de lágrimas, mientras gritaba: «¿Mamá, dónde estás?». Mathilde también soñaba con la claridad y acosaba a su marido. ¿Cómo iba a hacer la niña los deberes si se estropeaba la vista ante los cuadernos? ¿Cómo iba a correr y jugar Selim si temblaba de miedo? Amín había adquirido un generador que permitía recargar las baterías y que utilizaba también en el otro extremo de la finca para bombear agua para los animales y el riego. Cuando las baterías se descargaban, la luz de las bombillas era cada vez más siniestra. Mathilde entonces encendía unas velas y fingía que esa iluminación era bonita y romántica. Contaba a Aicha cuentos de príncipes y princesas, de bailes en unos palacios de ensueño. Se reía, pero en realidad estaba pensando en la guerra, en los apagones durante los cuales maldecía su pueblo y los sacrificios que debían pasar, y recordaba las ansias de huir que sentía a sus diecisiete años. A causa del carbón, que servía para cocinar y para calentar la casa, la ropa de la pequeña estaba impregnada de un olor a hollín que le provocaba arcadas, además de las burlas de sus compañeras de clase. «Aicha huele a carne ahumada», gritaban las niñas en el patio. «Aicha vive como los moros en sus chozas del campo.»

Amín había instalado su despacho en un extremo de la casa. En las paredes de lo que él llamaba «mi laboratorio», clavó con chinchetas unas láminas cuyos títulos Aicha se sabía de memoria. «El cultivo de los cítricos», «La poda de la viña», «Botánica aplicada a la agricultura tropical». Esas imágenes en blanco y negro no tenían para ella ningún sentido y pensaba que su padre era una especie de mago, capaz de influir en las leyes de la naturaleza, hablar con las plantas y con los animales. Un día, mientras estaba gritando por el miedo que sentía en las tinieblas, Amín se la subió a los hombros y salieron al jardín. Ni siquiera podía ver la punta de los zapatos de su padre, de lo oscuro que estaba. Un viento frío levantó su camisón. Él sacó un objeto del bolsillo y se lo dio. «Es una linterna. Agítala hacia el cielo y enfoca la luz a los ojos de los pájaros. Si lo consigues, tendrán tanto miedo que se quedarán paralizados y podrás cogerlos con la mano.»

En otra ocasión, Amín pidió a su hija que lo acompañara al jardín que había diseñado para Mathilde. En él se alzaban un joven lilo, un arbusto de rododendro y una jacaranda que nunca había dado flores. Bajo la ventana del salón crecía un árbol cuyas ramas deformes cedían por el peso de las naranjas. Le mostró la rama de un limonero que llevaba en la mano y con la punta del dedo índice, cuya uña estaba siempre manchada de tierra, le indicó dos gruesos capullos blancos que se habían formado en ella. Ayudándose con una navaja, entalló en profundidad el tronco del naranjo. «Mira bien, ahora.» Insertó delicadamente un extremo de la rama del limonero, tallado con forma de escudete, en el corte que había hecho en el árbol. «Le pediré a un obrero que le ponga masilla y que lo ate. Tú, por tu parte, inventa un nombre para este árbol tan especial.»

Sor Marie-Solange se había encariñado con Aicha. Estaba fascinada por esa niña en la que depositaba, en secreto, grandes ambiciones. Tenía el alma mística y, a pesar de que la madre superiora le había diagnosticado una cierta histeria, ella, en cambio, lo interpretaba como una llamada del Señor. Todas las mañanas, antes de la clase, las niñas iban a la capilla que estaba al final de un sendero de grava. Aicha llegaba a menudo con retraso pero en cuanto cruzaba la cancela del colegio, dirigía su vista hacia la casa de Dios. Entraba en ella con una determinación y una seriedad que contrastaban con su edad. Unos pocos metros antes de llegar a la puerta, se solía arrodillar y seguía avanzando en esa postura, con los brazos en cruz y la grava incrustándosele en la piel, con el rostro impasible. Cuando la madre superiora la veía, la levantaba con un gesto violento. «No aprecio para nada ese espectáculo vanidoso, señorita. Dios sabe reconocer los corazones sinceros.» Aicha amaba a Dios y se lo dijo a sor Marie-Solange. Amaba a Jesús, que la acogía, desnudo, en las mañanas heladas. Le habían dicho que el sufrimiento acercaba al Cielo. Ella se lo creía.

Una mañana, al acabar la misa, Aicha se desmayó. No llegó a pronunciar las últimas palabras de la oración. Temblaba de frío en aquella capilla helada, con sus hombros huesudos cubiertos por un viejo jersey. Los cánticos, el olor a incienso, la voz potente de sor Marie-Solange no lograban que entrara en calor. Su rostro palideció, cerró los ojos y se desplomó en el suelo de piedra. Sor Marie-Solange tuvo que llevarla en brazos. A las alumnas les fastidió aquel espectáculo. Aicha, decían, era una beata, una santurrona, una futura iluminada.

La tendieron en el cuartito que hacía funciones de enfermería. La monja le besó las mejillas y la frente. En realidad, no le preocupaba la salud de la niña. Su desmayo era la prueba de que se había establecido entre aquel cuerpecito enclenque y el de Nuestro Señor un diálogo cuya profundidad y belleza Aicha no entendía aún. Bebió agua caliente a lengüetazos y rechazó el terrón de azúcar que la monja le ofreció para que lo chupara. Alegó que ella no se merecía esa golosina. Sor Marie-Solange insistió, y entonces sacó su lengua picuda y luego masticó el azúcar con los dientes.

Pidió volver a clase. Dijo que se sentía mejor y que no quería retrasarse con las lecciones. Se sentó en su pupitre, detrás de Blanche Colligny. La mañana transcurría en paz y tranquilidad. Aicha no podía apartar la vista de la nuca de Blanche, sonrosada y carnosa, cubierta con una ligera pelusilla rubia. La niña llevaba el pelo recogido en un moño, a la manera de las bailarinas de ballet. Aicha observaba diariamente ese cuello durante horas. Lo conocía de memoria. Sabía que cuando Blanche se inclinaba para escribir, se le abultaba un poco la parte superior de los hombros. En septiembre, en los días de mucho calor, la piel de Blanche se cubría de pequeñas placas rojas y le picaba. Aicha se fijaba entonces en las uñas manchadas de tinta que rascaban la piel hasta hacerla sangrar. Gotitas de sudor se deslizaban desde la raíz del pelo hasta la espalda, los cuellos de sus vestidos estaban empapados y adquirían un tono amarillento. En el aula, calentada en exceso, el cuello se le torcía como el de una oca a medida que la atención disminuía y el cansancio aumentaba, y a veces Blanche se quedada dormida a media tarde. Aicha no tocaba nunca la piel de su compañera de clase. Por momentos, sentía deseos de estirar la mano, rozar con la punta de sus dedos el relieve de las vértebras, acariciar los mechones rubios que se le soltaban del moño y que le recordaban las plumas de un polluelo. Se contenía para no acercar la nariz al cuello de Blanche, cuyo aroma quería respirar; y cuyo sabor, descubrir con la punta de la lengua.

Ese día, vio que un estremecimiento recorría la nuca de Blanche. El vello rubio se erizó como el de un gato dispuesto a pelear. Se preguntó qué podía haberle provocado esa emoción. ¿O acaso era simplemente una brisa fresca que había penetrado por la ventana que sor Marie-Solange había abierto? Dejó de oír la voz de la maestra y el chirrido de la tiza sobre la pizarra. Ese trocito de piel la estaba volviendo loca. No resistió más. Cogió el compás y con un gesto rápido hundió la punta en la piel de Blanche. Lo extrajo enseguida y limpió con el dedo índice y el pulgar una gota de sangre.

Blanche soltó un grito. Sor Marie-Solange se dio la vuelta y estuvo a punto de caerse de la tarima. «¡Señorita Colligny! ¿Cómo se le ocurre gritar de ese modo?»

Blanche se echó encima de Aicha. Le tiró fuertemente de los pelos, con el rostro descompuesto por la rabia. «¡Ha sido ella, ese bicho! ¡Me ha pinchado en el cuello!» Aicha no se movió. Ante el ataque, agachó la cabeza, esperó a que la tormenta amainara, no dijo ni una sola palabra. Sor Marie-Solange agarró a Blanche por el brazo. La arrastró hacia su escritorio con una violencia que sorprendió a las demás niñas.

«—¿Cómo se atreve usted a acusar a la señorita Belhach? ¿Quién puede imaginarse que sea capaz de semejante cosa? Me temo que detrás de su acusación hay unas intenciones mezquinas.

—¡Le juro que es verdad! —gritó Blanche.»

La niña se tocó la nuca y la inspeccionó con la palma de la mano, esperando encontrar alguna huella de la agresión. Pero no sangraba, y sor Marie-Solange le ordenó que copiase con buena letra: «No acusaré a mis compañeras de fechorías imaginarias».

En el recreo, Blanche le lanzaba miradas venenosas. «Ya verás lo que te espera», parecía decirle. Aicha lamentó que el ataque con el compás no hubiera tenido el efecto planeado. Ella esperaba que el cuerpo de su compañera se deshinchara como un globo al pincharlo con una aguja, y se convirtiera en un envoltorio mustio e inofensivo. Pero Blanche seguía viva y coleando, saltaba en medio del patio, hacía reír a sus compañeras. Apoyada en la pared exterior de la clase, con la cara dirigida al sol de invierno que calentaba sus huesos y la serenaba, observaba cómo jugaban las niñas en el recinto donde se erguían unos plátanos de sombra. Las alumnas marroquíes, con las manos ahuecadas alrededor de la boca, se contaban secretos. Aicha las encontraba guapas, con sus cabellos negros y largos, peinados en trenzas apretadas, algunas de ellas con una cinta blanca en la frente. La mayoría eran internas y dormían en la parte abuhardillada del edificio. El viernes se iban con sus familias a Casablanca, Fez o Rabat, unas ciudades en las que Aicha nunca había estado y que le resultaban tan lejanas como la Alsacia natal de su madre. Pero ella no era ni completamente marroquí ni tampoco una de aquellas europeas que jugaban a la rayuela en el patio, hijas de propietarios de tierras, de aventureros, de funcionarios de la administración colonial. Ella no sabía qué era, así que prefería quedarse sola, apoyada en el muro ardiente por el sol. «¡Cuánto tarda en pasar el día!», pensó. «Estoy deseando ver a mamá.»

Por la tarde, las niñas salieron gritando hacia la cancela. Habían llegado las vacaciones de Navidad. La grava crujía bajo los zapatos de charol, y los abrigos de paño se cubrían de un polvo blanco. Aicha se vio zarandeada por todos lados por las niñas que formaban un enjambre ruidoso y frenético. Cruzó la cancela, hizo un gesto con la mano a sor Marie-Solange y se detuvo en la acera. Mathilde no estaba. Veía alejarse a sus compañeras, frotándose contra las piernas de sus madres, como si fueran enormes gatos. Un coche americano aparcó frente al colegio y salió de él un hombre tocado con un fez rojo que buscaba con la mirada a una alumna. Cuando la vio, puso su mano en el corazón y agachó la barbilla en señal de respeto. «Lala Fatima», dijo, dirigiéndose a la niña que avanzaba hacia él, y Aicha se preguntó por qué a esa cría, que manchaba sus libros de baba de tanto dormirse sobre ellos, la trataban como a una señora. Fatima se metió en aquel coche enorme, y algunas niñas agitaron las manos y le gritaron: «¡Felices vacaciones!». Al rato aquel piar cesó, las compañeras se fueron y la vida de la ciudad retomó su curso. Unos adolescentes jugaban a la pelota en un solar detrás de la escuela, y ella oía insultos en español y en francés. La gente que pasaba le lanzaba miradas furtivas, intentando hallar una explicación a la soledad de aquella niña que no era una mendiga pero que parecía la hubiesen dejado allí olvidada. Aicha rehuía la mirada de la gente, no quería inspirar lástima ni buscar consuelo.

Cayó la noche y se pegó a la cancela, rezando para desaparecer y ser solo un soplo, un fantasma, una nube de vapor. El tiempo pasaba muy lento, sintió como si llevara allí una eternidad. Tenía los brazos y los tobillos congelados, y toda la atención puesta en su madre que no llegaba. Se frotaba los brazos, saltaba con un pie y con otro para entrar en calor. En esos momentos, pensó, sus compañeras disfrutarían en la cocina de sus casas comiendo creps bien calentitas con miel. Algunas estarían haciendo sus deberes sobre unos escritorios de caoba, en unos dormitorios que imaginaba repletos de juguetes. Los cláxones de los coches empezaron a sonar, la gente salía del trabajo y ella se sobresaltaba con las luces cegadoras de los faros. La ciudad se vio arrastrada a una danza frenética, azuzada por el ritmo de los hombres vestidos con sombrero y abrigo. Con paso rápido, se dirigían a disfrutar del calor de sus casas, alegres al pensar en la noche que pasarían, bebiendo o durmiendo. Aicha se puso a girar sobre sí misma, como un mecanismo que hubiera enloquecido, y rezó al bueno de Jesús y a la Virgen María, con los dedos entrecruzados con tanta fuerza que las manos se le habían vuelto blancas. Brahim no le dirigió la palabra porque la madre superiora le tenía prohibido hablar con las alumnas. Pero tendió el brazo hacia la niña, y esta le cogió la mano y se la apretó. De pie delante de la cancela, los dos miraban atentamente el cruce por el que apareció Mathilde.

Saltó fuera del viejo cacharro y abrazó a su hija. En un árabe teñido de acento alsaciano, le dio las gracias a Brahim. Se tocó el bolsillo del delantal sucio, quizá buscaba una moneda para entregársela al guarda, pero no encontró nada y Mathilde se ruborizó. En el coche Aicha no respondió a las preguntas de su madre. No le comentó el odio de Blanche ni el de las demás compañeras hacia ella. Tres meses antes, había llorado al salir del colegio porque una niña se había negado a darle la mano. Sus padres le habían quitado importancia, diciéndole que no hiciera caso. Le dolió esa indiferencia. Pero aquella noche, la decepción le impedía dormir y oyó cómo sus padres discutían. Amín estaba fuera de sí con aquella escuela de cristianos en la que su hija no encajaba. Mathilde, entre sollozos, maldecía el aislamiento en el que vivían. A partir de entonces, Aicha no contó nada más. Ya no hablaba de Jesús a su padre. Guardaba en secreto su amor por aquel hombre de piernas desnudas que le daba fuerzas para contener su rabia. A su madre no le dijo que se pasaba el día con el estómago vacío desde que había encontrado un diente en medio del estofado de cordero con alubias que les habían servido en el comedor del colegio. No es que fuera un dientecito de leche, blanco y picudo, como el que se le había caído a ella ese verano, y por el que el ratoncito le había dejado bajo la almohada una golosina. No. Era un diente negro y hueco, un diente de anciano que parecía haberse desprendido de la encía, como si la carne que lo retenía estuviera podrida. Cada vez que pensaba en ello, se le revolvía el estómago.

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10 ноября 2025
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311 стр. 3 иллюстрации
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9788419047106
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