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CUENTOS

FANTÁSTICOS

PARA DORMIR MONSTRUOS


LAURA LOSADA VICO | NATALIA LOSADA VICO

CUENTOS

FANTÁSTICOS

PARA DORMIR MONSTRUOS

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2019

CUENTOS FANTÁSTICOS PARA DORMIR MONSTRUOS

© Laura Losada Vico

© Natalia Losada Vico

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2019.

Editado por: ExLibric

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ISBN: 978-84-17845-47-6

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

lAURA LOSADA VICO | NATALIA LOSADA VICO

CUENTOS

FANTÁSTICOS

PARA DORMIR MONSTRUOS

Índice de contenido

Portada

Título

Copyright

Índice

Dedicatoria

INTRODUCCIÓN

Esperando a la muerte

PRIMER RELATO: UNIONES PERFECTAS

Capítulo 1: Sally Miller

Capítulo 2: La muerte de Lena Harris

Capítulo 3: Cosas extrañas

Capítulo 4: El pasado oculto de las maldiciones pasadas

Capítulo 5: Mensajes para los muertos

Capítulo 6: Conexión fantasma

Capítulo 7: La historia de cinco fantasmas

Epílogo: La venganza de Caleb Baker

SEGUNDO RELATO: EL BOSQUE DE LOS MIL SUEÑOS

Capítulo 1: El bosque sagrado

Capítulo 2: Pesadillas

Capítulo 3: Hojas muertas

Capítulo 4: Allí donde la luz no llega

Capítulo 5: La cruda realidad

Capítulo 6: El sueño de Morfeo

Capítulo 7: Los sueños siempre se hacen realidad

Capítulo 8: La caída de los héroes

Epílogo: El diario polvoriento

Reflejos opacos

TERCER RELATO: LA CHICA DEL RELOJ DE ARENA

Prólogo: Granos de arena

Capítulo 1: La muerte y el tiempo

Capítulo 2: El rostro del asesino

Capítulo 3: Balas perdidas

Capítulo 4: El sonido del viento

Capítulo 5: Cómo convertirse en un asesino

CUARTO RELATO: LA ESCRITORA DE LA NOCHE

Capítulo 1: Informe preliminar

Capítulo 2: Papel y boli

Capítulo 3: En la noche

Capítulo 4: La locura escondida en sus ojos

Capítulo 5: El nombre del asesino

Epílogo: La muerte tras el papel

Historia final: El miedo es lo que tiene

Sobre las autoras

Para ti, abuelo, por todo el miedo que sentimos cuando te fuiste. Allí donde estés espero que te sientas orgulloso de cada una de mis palabras y de cada uno de los trazos de mi hermana. Mientras haya arte que crear e historias que contar serás inmortal


INTRODUCCIÓN

Hay distintos tipos de miedos y eso lo descubres cuando vas creciendo, cuando deja de asustarte ese falso monstruo del armario y empiezan a asustarte las responsabilidades de mayor, los deberes, los exámenes, la prueba de acceso a la universidad, ese profesor malhumorado o esa estúpida asignatura que no puedes sacarte por más que estudies. Te das cuenta de que te asustan nuevas cosas y cada cual más irreal. Cuando creces, de pronto te asusta llegar tarde a casa o que te multen cuando te acabas de sacar el carné.

Pero hay miedos que nos asustan siempre, independientemente de que el paso de los años caiga sobre nosotros borrando el rastro de aquellos irreales que portaban en el corazón los niños que fuimos. Da igual. Esos miedos están ahí y siento decirte que estarán por siempre. Algunos días no los notarás, otros te acostarás temeroso de ellos y en cierta ocasión solo serán un tema más de tus muchas conversaciones.

He oído decir, repetidamente y a muchos escritores, que hay dos tipos de miedos: los reales, aquellos a los que es sabio tenerles miedo, como caer de algún lugar alto cuando es posible que caigas; y los que no lo son, los que nos hacen temblar ante situaciones que solo están en nuestra cabeza, distorsionando la realidad de forma catastrófica, como hablar en público. No existe peligro real aunque no podamos verlo.

Pero no es cierto, al menos no del todo. Hay miedos que pueden ser reales y podemos sentirlos en momentos en los que son imposibles de materializarse y miedos muy irreales que, en ciertos momentos, pueden acecharnos como una sombra oscura de aquello que no debería existir. Todo es cuestión de lo que tengamos en nuestra cabeza, porque os puedo asegurar que ese es el lugar más oscuro del mundo. Ahí están todos los monstruos a los que debemos temer.

La gente teme a muchas cosas: a los fantasmas y espíritus, a los cuentos de hadas malignos y a los demonios, pero no es solo aquello que es parte de la imaginación de algunos a lo que debemos temer. Debemos temer a los demás, a esos otros seres humanos que son malvados, porque pueden crear infiernos, y debemos temernos a nosotros mismos porque muchas veces en nuestro interior creamos los castigos más eternos.

Dentro de estas historias, que provocan terror a unos, pero son dulces cuentos para que los monstruos se vayan a la cama, encontrarás los cuatro terrores que nos pueden quitar el sueño a unos mientras sirven de cuna para otros: el miedo a lo sobrenatural, los cuentos de hadas malignos, el miedo a otros humanos y, por último, el peor de los miedos, el miedo a nuestro propio interior. Si te quedas hasta el final, también leerás pequeños cuentos de distintos terrores, reales, irreales y terrores tan diarios que ni sabías que debías tenerles miedo.

Nada de lo que estás a punto de leer es agradable, así que te recomiendo que, si eres humano, cierres el libro; pero si eres un monstruo quizá estas historias te hagan dormir.

Esperando a la muerte

Se sentó sobre el frío mármol de la lápida y encendió el que sería su último cigarrillo.

No estaba asustado por tener que marcharse o porque aquella calada fuera la última que saliera de su cuerpo (aunque, sinceramente, no sabía si era real todo aquello: el humo, el fuego, el cigarro, el aliento). No, sencillamente estaba esperando al abrigo de un montón de cipreses, sobre aquella lápida y con aquel cigarrillo del que solo empezaba a quedar humo y ceniza.

Habían echado la última pala de tierra sobre el que sería su encierro de madera y gusanos para lo que le quedara de días.

Tenía prisa por marcharse, pero ella seguía allí, llorando sobre los resquicios de una vida sin sentido que ahora estaba esperando a la verdadera muerte, a la de todas las cosas que dejó marchitarse mientras el tiempo y la muerte encerrada en ese cristal iban acabando con él.

La miró con tristeza y arrepentimiento. Se dio cuenta de que llevaba muerto más de lo que pensaba, de que había clavado cuchillos en su pecho cada vez que no le había dicho cuánto la amaba o las veces que no había salido a disfrutar de aquel aliento de vida que ya no poseía.

Ella seguía allí, llorando, cuando él vio la guadaña y la espesura negra. Aquel humo le dio la mano y él se levantó de la lápida.

Dejó atrás su descanso eterno y a ella llorando mientras se moría. Y esta vez no podría echar una última calada.

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PRIMER RELATO: UNIONES PERFECTAS
Capítulo 1: Sally Miller

Lo único en lo que pensé cuando dejé de respirar y las llamas abrasaron mi cuerpo fue en la primera vez que había visto a Sally Miller; estaba llorando en el porche de su casa, con unos juguetes destrozados justo a su lado.

Por aquel entonces, Sally no era más que una niña canija con la que todos se metían y que no tenía amigos. Tenía unas enormes gafas y una cara salpicada de pecas, además de un pelo rizado e indomable, de un fuerte color rojizo, que provocaba enormes burlas. Sally era, o más bien es, una chica muy tímida y reservada y de una enorme inteligencia. Cuando Sally creció, su inteligencia se convirtió en un motivo de envidia, pero a los cinco años era un motivo para meterte con alguien que veía el mundo diferente o, como a mí me gusta llamarlo, de una manera más avanzada.

También me acordé, mientras todos huían y yo ardía, de Beverly Mason, la vecina de Sally, que aquel día la miraba por la ventana con cierta pena y resignación. Supongo que Bev, a pesar de ser muy extrovertida y parlanchina, por aquel entonces solo era una niña.

Os preguntaréis por qué demonios os cuento todo esto. Ciertamente, no es porque aquel día habláramos y nos hiciéramos amigas; eso ocurrió mucho después. Es porque aquel día fue la primera vez que vi a Sally Miller.

Puede que ella y todos sus rituales nos hayan llevado hasta aquí, a contaros la historia no de cómo conocí a mis amigas, sino de cómo acabé muerta, abrasada entre esas llamas que ya he mencionado antes.

Morirse es divertido. En serio, es divertido. Ante ti aparecen numerosos momentos horribles, felices y vergonzosos de tu vida (mi corta vida, en este caso), pero a mí solo me interesaban o, por alguna razón, solo se me aparecieron ciertos momentos, como la primera vez que vi a Sally Miller o la primera vez que la defendí, pasando por la primera vez que fui a su casa y todo lo que ocurrió allí.

Me hubiera gustado, y os lo digo de corazón (las promesas de los corazones que ya no laten son mucho más sinceras), haberme convertido en fantasma simplemente y observar la vida de mis amigas, ver cómo se graduaban o iban al baile. Pero tenía que recordar aquello porque les iba a ser útil. No podría ir con ellas al baile de graduación, pero quizá podría salvarles la vida.

La primera vez que defendí a Sally Miller fue delante de Skye Brooks. Éramos unas niñas, pero incluso entonces Skye era una defensora del pueblo y una chica dura. Mi madre solía decir de ella que, si hubiera vivido en épocas pasadas, Skye habría sido de esas mujeres que pasan a la historia por hacer todo aquello que se supone que no deben o por defender al pueblo. Cuando mi madre decía cosas así, solía imaginarme a Skye con la bandera francesa y media teta fuera, como una heroína de la independencia, una guerrera con su morena melena rizada al viento y esos ojos verdes penetrantes. Se me venía a la mente ese mítico cuadro porque Skye es amante del arte, ya sea en cuadros, en literatura, sobre un escenario o como notas musicales.

El caso es que no dudó en ayudarme en mi cruzada por la defensa de una pobre niña un tanto rarita que no tenía amigos (vamos, la típica mierda que se le ocurre a todo escritor sin talento para un libro entero o a los escritores famosos que pueden permitirse un cliché para iniciar un buen libro. Como no soy nada de eso, supongo que solo era lo típico que ocurre en un colegio normal de la vida normal de cualquier persona normal).

Aquel día, después de nuestra grandiosa defensa, Sally nos invitó a Skye y a mí a merendar a su casa. De camino a esta nos topamos con Beverly, que fue las cinco manzanas parloteando sin cesar. Recuerdo que Skye se partía de risa por pensar que ella era parlanchina.

Sally, tan buenaza como siempre, no pudo evitar invitar también a la pobre Bev a merendar. La hija pequeña de los Miller solo era una chica solitaria que estaba muy feliz, ya que de pronto tenía tres nuevas amigas.

Sí, lo sé, es una mierda, un aburrido cliché, pero te aguantas. Soy yo la que está muerta y tiene que contar estas cosas, y puedo asegurarte que no hay nada peor que recordar la vida cuando no te queda ni rastro de ella.

Anya Owens era una joven de padre estadounidense y madre rusa. Acababan de mudarse a la ciudad y su coche pasó justo por nuestro lado aquella tarde mientras volvíamos del colegio.

El señor Owens, natural de Texas, paró su ranchera justo a nuestro lado. Se habían perdido y querían saber cómo se llegaba a la calle Cuatro de Julio. Yo les indiqué el camino mientras, sin darnos cuenta, Bev se iba para la ventanilla trasera y hablaba con la chica. Recuerdo que todas pensamos lo sola que estaría en una nueva ciudad, sin amigos ni conocer a nadie, así que Sally la invitó a merendar también. Todas insistimos, incluso la curiosa Anya, que estaba ansiosa por hacer amigos y no llegar a clase completamente sola. Al final accedieron, pero el señor Owens la llevó a casa de Sally.

Desde aquel día, todas nos preguntamos qué hacía un texano como él en un lugar como Maine, donde lo único interesante que teníamos era que Derry, la ficticia ciudad del genio del terror Stephen King, estaba ubicada aquí. El señor Owens siempre respondía que estaba aquí por motivos laborales, pero la verdad de por qué huyeron a Maine se la llevará a la tumba con él. Supongo que todos tenemos derecho a guardar secretos.

En casa de Sally merendamos y jugamos como niñas normales, informamos a Anya sobre el horrible sitio que era el colegio y todo fue normal. Bueno, casi todo.

Algo que no os he contado de Sally Miller es que era una chica muy solitaria. Y la soledad en la infancia puede resultar funesta: puedes desarrollar trastornos o tener demasiados amigos imaginarios. Sally no tenía amigos que no existieran en realidad, pero como defensa ante la falta de amigos reales o de su edad Sally Miller había desarrollado una obsesión. Tenía la manía de cruzar los dedos. Según ella, atraía la buena suerte y podías pedir deseos, nada que no conociéramos ya. Sally tenía el sueño y había hecho el juramento de que, si alguna vez tenía amigas, jurarían uniendo los dedos índices que serían amigas de por vida y que se ayudarían siempre, sin importar las consecuencias, en lo bueno y en lo malo; que jamás se abandonarían o entonces estarían condenadas a no hacer más amigas nunca más.

En aquel momento era solo una estupidez. Sally había pedido tantas veces con los dedos cruzados una amiga que, ahora que tenía cuatro, no nos quedó otra que sentarnos en círculo, cogernos de los dedos índices como quien hace una promesa y jurar todo aquello en lo que Sally creía.

Con cinco años solo era una tontería, pero con el paso del tiempo debimos haberlo parado. Anya, la muy supersticiosa, odiaba el gesto, al menos al principio, pero los años hicieron que se convirtiera en un amuleto, en nuestro símbolo de amistad. Ahora pienso que Anya llevaba razón. Debimos haberlo parado, aunque incluso ella dejó de darle importancia. Era solo un simple gesto; todos lo hacen. Es muy sencillo: solo colocas el dedo corazón sobre el índice, bien para mentir como un bellaco, para que la nota del examen de Química sea al menos un cinco o simplemente para atraer esa dichosa fortuna que parece que se nos escapa.

No es más que un gesto estúpido, pero hay que tener en cuenta que existen leyendas sobre lo que fue o pudo haber sido; leyendas que desconocemos sobre las cosas de ahora y cómo eran antes, sobre esos gestos monótonos con significado oculto y el origen que pudieron tener. Existen leyendas que dejamos a medias y volvemos a escribir, porque hay historias que esconden tanta oscuridad que dejarlas convertirse en algo que se contara sería mortal. Pero las leyendas, o al menos las partes ciertas, nos podrían acabar condenando si desconocemos aquello que bajo ningún concepto debemos hacer jamás.

Sally Miller y sus juramentos nos convirtieron en amigas y ahora son esos mismos juramentos los que nos han dejado malditas, los que nos han condenado.

Pensaba que solo eran cuentos hasta que todos esos monstruos comenzaron a pedirme cuentas por aquellas leyendas, que no debimos despertar.

Oh, por cierto, no me he presentado. Yo soy Lena Harris y, por si no lo habías notado aún, estoy muerta.

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Capítulo 2: La muerte de Lena Harris

La mañana de mi muerte esperaba a Skye sentada sobre el muro de mi casa. Skye me había hecho el enorme favor de pasar a recogerme después de que el imbécil de mi hermano se llevara el coche. Tenía una entrevista dentro de dos semanas en Nueva York y, en vez de comprar el billete de avión y partir dos días antes, había decidido hacer un viaje en coche con varios amigos (cabe decir que jamás terminaría ese viaje, pues mi muerte le obligó a volver solo unas horas más tarde de aquel pensamiento enfadado mientras esperaba helada de frío en ese muro). Así que no tenía coche y Skye y su novio, Caleb, me hacían el favor de pasar a por mí.

Caleb y Skye han sido amigos desde la más tierna infancia y desde que entramos al instituto se han gustado. El año pasado, por fin, Caleb se atrevió a pedirle salir.

Llegaron a por mí, me llevaron al insti y cada uno se fue para su clase. Hasta aquel momento todo me pareció un día más, aburrido y monótono, pero fue a cuarta hora, después de la comida, cuando todo se convirtió en un infierno.

Estábamos en el pasillo. Sally hablaba con Anya sobre la fiesta del viernes próximo, Beverly y yo nos quejábamos del examen de Literatura, que había sido demasiado difícil, y Caleb y Skye discutían sobre las respuestas del examen tipo test de Economía. Fue entonces, entre tantos quehaceres cotidianos, cuando oí el primer disparo.

Todos nos echamos al suelo y nos cubrimos las cabezas. Intentamos ver que todas estábamos bien, que estábamos cerca. Entonces Caleb reaccionó, cogió a Skye, ayudó a las demás a ponerse en pie y echamos a correr.

No sabíamos qué pasaba, pero no era necesario quedarse para averiguarlo.

Mientras corríamos, las alarmas de incendios sonaron y vimos el humo. Estábamos en la cafetería cuando sonó otro disparo, que nos devolvió al suelo.

Pero el hombre no disparaba a las estudiantes, sino a unas enormes manchas de gasolina que había en el suelo.

Estábamos muy asustados. El humo empezaba a cubrirlo todo y costaba respirar cada vez más, pero teníamos que salir de allí.

—Chicas, venga —dijo Sally; parecía que no había perdido su dulzura a pesar de todo—. Vamos a salir de esta. Venga, vamos. —Entonces cruzó los dedos. Todas lo hicimos porque era nuestro símbolo, porque podías atraer a la suerte y pedir deseos, y pedimos salir con vida de allí.

Caleb estaba atento, miraba a todas partes. Había empezado a romper tiras de su camisa para que nos cubriéramos las bocas cuando una viga se cayó justo donde estábamos Anya y yo. Caleb nos apartó, consiguió tirar de Anya hacia sí, pero yo caí de espaldas y la enorme viga me dejó separada de mis amigos. Abruptamente tuvimos que descruzar nuestros dedos, sin haber terminado las promesas, y yo me quedé apartada, rodeada de llamas y escombros humeantes.

Caleb cubrió las bocas de todas. Yo lo veía; el chico me hacía gestos para que yo hiciera lo mismo.

El fuego ardía con más fuerza y el lunático que lo había provocado estaba en mitad de la cafetería, envuelto en llamas, pero no parecía inmutarse.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Caleb en tono muy calmado.

—¡No podemos irnos sin Lena! —le gritó Skye. Conocía a mi amiga; sabía que moriría conmigo antes que dejarme sola.

—¡Los bomberos tienen que estar ya fuera. Entrarán a por ella, pero si nos quedamos moriremos todos!

—¡No me voy sin Lena, Caleb! —La chica cruzó los dedos y me miró—. ¡Lo he prometido! —En ese momento Caleb le dio un manotazo, rompiendo el vínculo.

—¡Me importan una mierda tus promesas! ¡O salimos nosotros o morimos los seis aquí!

—¡Caleb! —le grité y asentí. Me daba pánico quedarme sola, pero no podía permitir que todos murieran por mi culpa, así que Caleb sacó a las chicas de allí. Todas protestaban, pero se movían, aunque fuera entre esas lágrimas y protestas. Skye fue más difícil. Caleb tuvo que cargarla al hombro para poder sacarla de aquel infierno.

No sé qué pasó luego (mis amigos se marcharon y todavía estaba viva, así que no pude ver como fantasma qué hacían), pero cuando los servicios de emergencias entraron a buscarme yo ya estaba muerta. El humo me había dejado inconsciente poco después de que se marcharan y las llamas me habían abrasado el setenta por ciento del cuerpo.

Lo primero que escuché, tras convertirme en fantasma, fueron los llantos de mis amigas y la voz de Skye gritando: «¡Lena!». Pero Lena Harris ya había muerto.

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El incendio fue provocado por Marcus Turner, un enfermo mental que se escapó en la madrugada del sábado del hospital psiquiátrico que está a cinco kilómetros del instituto por la carretera del bosque, muy alejado de todo. Turner vagó por el bosque durante cuatro días hasta que el miércoles a primera hora dio con el instituto.

Marcus estaba diagnosticado de paranoia y psicosis. Afirmaba oír voces perversas que le daban órdenes. Además, desde pequeño había tenido un trastorno asociado al fuego. Nadie sabe el porqué, pero incendiaba cosas continuamente. Y aquella mañana incendió nuestro instituto.

Aquel pirómano murió abrasado por las mismas llamas que se llevaron mi vida y la de siete estudiantes más, aparte de tres profesores y el bedel. En una carta que dejó antes de hacer tal cosa, afirmó que las voces le dijeron que debía quedarse dentro, porque siempre había incendiado hormigueros y lugares donde él no entraba. En la carta explicaba bien que esas voces le decían que era más divertido ver cómo las hormigas (es decir, nosotros) se quemaban desde dentro. No era igual ver simplemente cómo salían despavoridas, muertas de miedo o en llamas. Las voces querían vernos atrapados.

Así que Marcus Turner cumplió la misión de las voces: murió abrasado mientras me veía a mí ser consumida y mientras veía a mis amigos correr muertos de miedo, sin más alternativa que dejarme atrás, que dejarme morir.

Durante mi funeral vi muchas caras amigas, gente que hacía siglos que no veía, gente que lloraba. Vi a Skye, Beverly, Sally, Anya, Caleb y a muchos otros compañeros de clase.

Skye se echaba las culpas. Todos lo hacían, sobre todo Caleb. Pero yo no los culpaba ni estaba enfadada. Todo lo contrario, me sentía bastante feliz porque solo tuviéramos que lamentar mi muerte.

No vi ninguna luz blanca, no vi a Dios ni el paraíso. Supuse que me quedaban asuntos pendientes, pero ¡por amor de Dios! ¡Tenía diecisiete años! Me quedaban miles de cosas pendientes: pillar mi primera borrachera, ir a la universidad, estrellar el coche de papá, echarme un novio formal, incluso tener sexo. No había cumplido la famosa lista de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro… La lista era interminable, así que no comprendía por qué no veía la luz.

Me habían quedado muchas cosas por hacer, pero no estaba apenada. Había aceptado la situación con resignación y entereza y ahora solo quería irme a ese lugar mejor, pero no podía. No podía porque ahora yo estaba muerta y todas ellas estaban malditas.

Capítulo 3: Cosas extrañas
Skye

Lena Harris había muerto, de eso ya no cabía duda, pero lo que yo me preguntaba ahora es qué pasaría con todas nosotras, con Anya, Sally, Beverly, Caleb y conmigo.

Había muerto porque un chalado había prendido fuego al colegio, vale, pero una parte de mí se echaba las culpas.

Las semanas pasaban y nuestras culpas no se reducían. No lo hacían ni lo harían ya nunca. Veía a Lena gritar entre todas esas llamas y me levantaba sobresaltada y empapada en sudor.

No había pasado ni un mes desde que Lena murió cuando los sucesos extraños y sin explicación comenzaron a dar martillazos en nuestras vidas.

Al principio pensé que era Lena desde el más allá, con su larga melena negra, su figura enclenque y delgaducha y su piel pálida. Mi sarcasmo me jugaba malas pasadas y a veces pensaba para mis adentros que la Lena viva no debía de tener un aspecto muy diferente al de la Lena muerta. A no ser que su fantasma tuviera el aspecto de su cuerpo calcinado.

Esos pensamientos me hacían sacudir la cabeza y cerrar los ojos con fuerza, aunque las jaquecas no se iban ni los malos pensamientos tampoco.

Como iba diciendo, los sucesos extraños empezaron a sucederse tres semanas justas tras la muerte de nuestra amiga. Al principio no era nada destacable, solo ruidos, olores rancios y fuertes, objetos que cambiaban de sitio. Lo típico que haría un fantasma.

Nos lo tomamos con humor y sarcasmo. Hasta Caleb se disfrazó de cura y fingió bendecir nuestras casas e incluso, con toda la tristeza y las cosas extrañas, nosotras seguimos con nuestras vidas.

Anya, la deportista empedernida, empezó a entrenarse con más fuerza; Beverly se encerró e intentó fabricar algún trasto, como si eso nos devolviera a Lena; Caleb comenzó a pintar cuadros con furia sobre óleos desprevenidos que no veían venir las oleadas de pintura, que eran descargadas con fuerza; Sally se dedicó a estudiar sin cesar y yo me puse a escribir. Al principio cosas muy macabras, pero con el paso de los días y tras terminar varias historias cortas de terror, empecé a escribir la vida de Lena, su breve vida.

Todo esto sucedía a la par que los sucesos extraños se iban acentuando. Ya no solo eran cosas movidas de sitio. Empezamos a encontrar mensajes en la pared, cosas rotas y animales silvestres muertos que aparecían en nuestras casas.

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Pensé que podía ser una broma o una venganza de alguien que nos echara las culpas por lo de Lena, pero la realidad era que los únicos que nos culpábamos y señalábamos con el dedo éramos nosotros mismos.

Una noche que nos quedamos todos a dormir en casa de Sally, algo muy extraño pasó.

Nos contábamos los sucesos misteriosos de la semana mientras nos preguntábamos por qué solo a nosotras. Caleb parecía no sufrir esos acosos fantasmagóricos. Contábamos historias, llorábamos por nuestra amiga y bebíamos de una petaca que Bev y yo habíamos comprado. Hasta Sally, con lo buena que es, empinó el codo aquella noche, la noche en la que decidimos ir en busca de respuestas.

Era de madrugada cuando me levanté, dispuesta a ir a la tumba de Lena a preguntarle si sabía quién nos hacía eso.

Mis amigas intentaron impedirlo, pero pronto ellas acabaron sumadas a mi loca idea.

Caminamos en pijama hasta el cementerio donde por siempre quedaría nuestra amiga. Cuando llegamos me arrodillé sobre su tumba y comencé a gritar, pidiendo explicaciones y llorando a moco tendido por un ser querido que jamás volvería, por mucho que yo me enfadara.

—Skye, déjalo ya. Lena no va a responderte. Es tarde. Volvamos a casa de Sally. —Pero seguí gritando y llorando hasta que algo me agarró del brazo.

Me aparté violentamente y caí de culo. Me arrastré de espaldas por el suelo hasta mis amigas, que también habían empezado a retroceder.

Si no hubiera sido por las marcas de dedos que a la mañana siguiente había, en un color morado, por todo mi cuerpo, habría pensado que el whisky barato me había jugado una muy mala pasada. Pero no era así.

Allí había algo y no era Lena.

Nos rodeó y pegó a todos durante un rato hasta que Sally se recostó sobre la lápida de nuestra amiga muerta, llorando con fuerza. Entonces los golpes cesaron y el aire se quedó menos denso. Hasta ese momento la sensación era igual que la de la cafetería el día del incendio. La misma asfixia.

Al darnos cuenta de que todo había terminado, cogí la mano de Sally y las demás me siguieron. Salimos del cementerio y volvimos a casa casi corriendo.

Cuando estábamos en el cuarto, abrazadas a las almohadas y llenas de barro, fue cuando Anya habló:

—Desde que Lena murió pasan cosas horribles.

—Al principio pensé que era cosa de ella. Nos movía las cosas de sitio en vida; tenía su propio orden. ¿Por qué no lo haría en muerte? —Bev casi parecía esperanzada. Debo admitir que yo también deseé que fuera ella, al menos al principio. Luego me di cuenta de que si estaba aquí era porque le quedaban asuntos pendientes y ni muerta podía descansar en paz.

—Lena no nos haría eso cuando hemos ido a verla — dije con tono enfadado y asustado.

—Mirad, yo soy muy supersticiosa, ya lo sabéis, así que propongo ir a una… adivina, bruja, vidente. Como queráis llamarla. Podría darnos norte. Saben mucho sobre fantasmas y maldiciones.

—No estamos malditas, Anya. —Sally parecía asustada.

—Sí, claro. Y ya de paso que nos lea las cartas y nos diga con quién nos casaremos —respondí con sarcasmo. No quería ir a esa estupidez; pensaba que no pasaba nada.

—Mirad, vamos a dormir. Es el síndrome postraumático. Seguro que no ha pasado nada. Estamos borrachas y tristes. Todas a dormir. —Sally quería seguir con su bondad y positividad, esa que más de diez años atrás nos había unido, pero ahora parecía imposible.

A la mañana siguiente, cuando vimos todos aquellos moratones y marcas de dedos, cuando vimos los arañazos y fuimos conscientes de los rasgones y de nuestra propia sangre en la ropa, fue cuando decidimos que Anya podía llevar razón.

—Puede que Caleb no haya servido como exorcista —dije con sarcasmo mientras me ponía los pantalones.

—Puede que no —dijo Beverly—, pero sea lo que sea lo que Caleb no ha podido echar, no es Lena. Y tampoco le caemos bien.

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Lena

Observé con impotencia cómo las chicas eran azotadas junto a mi tumba por algo. Algo que ni yo sabía qué era, pero que las golpeaba, les hacía daño.

Skye solo quería hablar conmigo; ella gritaba y yo también. Le gritaba que la quería y que sabía que no tenía culpa, le gritaba que no tenía respuestas y que ya no sabía qué preguntas formular, pero cuando esa cosa llegó les grité que se marcharan.

Sally cayó sobre mi lápida y esa cosa flaqueó. Entonces pude retenerla. Las chicas se marcharon, pero esa cosa volverá y no lo hará sola.

No sé qué cojones es ni por qué las persigue, pero ver cómo eran atacadas, saber que están en peligro, me dio que pensar. No veo la luz porque debo cuidarlas.

Me alegra que vayan a por respuestas porque yo tampoco entiendo nada y me siento sola.

Suelo ir a mi casa, pero mamá llora, llora sobre mi cama. Papá no para de beber y mi hermano no está nunca. Desde que me fui no para de conducir en círculos, como si ya no importara no llegar a ninguna parte.

No puedo ayudarles porque ya no pertenezco a ese mundo, pero puedo ayudar a mis amigas porque, sea lo que se lo que las persigue, está claro que pertenece a mi nuevo mundo.

Capítulo 4: El pasado oculto de las maldiciones pasadas
Skye

Después de los acontecimientos de las últimas semanas, no pude negar que las supersticiones de Anya podrían ser ciertas. Aun así, y con el miedo que nos atenazaba, decidí que no quedaba más remedio que asistir con mis amigas a esa adivina de la que Anya no dejaba de hablar.

Tras recordar todo cuanto había pasado y todo lo que nos había traído hasta este ahora inverosímil, Anya, Sally, Bev, Caleb y yo llegamos a la puerta de una adivina.

—Sigo pensando que esto es una tontería, un engañabobos —dije con enfado.

—¿Se te ocurre alguna idea mejor? —Anya parecía enfadada. Bueno, es muy enfadica; se molesta por nada. Levanté las manos y torcí el gesto mientras me alejaba de una Anya molesta. No le gustaba que no me tomara en serio sus creencias.

—Anya, Skye tiene derecho a decir lo que piensa. Además, tienes que admitir que ir a ver a adivinos para deshacer maldiciones no entraba en nuestro plan académico del año.

—Ya, solo se consideraban los libros y morirse de aburrimiento. Esto es mucho más excitante y real. Puede incluso que si me dice algo halagüeño me lo monte con Caleb en la mesa de esa bruja.

—¡Skye, esto es serio! —Anya parecía cada vez más molesta. Yo me limité a poner los ojos en blanco y coger la mano de Caleb.

—¡Sí, Anya, lo es, pero Skye tiene razón! —chilló de pronto Bev.

—¿En que sería divertido montármelo con Caleb en la mesa de la bola o en todo lo demás? —Beverly se rio y Sally hizo una mueca.

—En todo lo demás. Caleb no ha visto nada; puede que solo sean imaginaciones nuestras. Estamos asustadas y tristes. Y Caleb es un santo por aguantar esto.

—Sois mis amigas y estoy muy preocupado, sobre todo por ti —dijo cogiéndome del mentón y dándome un beso en los labios.

—Mirad —dijo Sally al fin; sin duda, era la única que ponía paz—. Puede que solo estemos asustadas o puede que no, pero debemos hacer lo posible por que todas nos quedemos tranquilas. Y empezaremos por Anya. Ella necesita hacer esto para sentir que pasa página y vamos a apoyarla. —Supongo que Sally tenía razón. Sería una buena psicóloga.

—Vale. Yo para pasar página necesito unas cervezas. Espero que después de esto me acompañéis al bar. —Todas se rieron y yo fui la primera en entrar.

—Cuenta conmigo, Skye —dijo Beverly, entrando justo detrás de mí.

—¿Y eso de enrollarnos en la mesa de la adivina queda descartado, nena? —preguntó Caleb entre risas y siguiendo a Bev.

—No, no queda para nada descartado.

—Puede que nos cobren un plus. Ya sabes, a lo mejor eso de enrollarse en su mesa se cobra aparte. —Beverly se rio de su propio chiste y todos hicimos lo mismo.

—Si eso te ayuda a pasar página, Skye, yo te presto el dinero. —Sally fue la última en entrar. Cerró la puerta tras de sí y se volvió para ver la estancia.

Era una sola habitación, llena de telas de colores y cosas brillantes, muy adornada con cabezas disecadas, alfombras por todas partes y cortinas caídas de forma casual, así como multitud de estantes con libros y frascos.

Una mujer salió de una de las habitaciones, provocando un sonido al hacer moverse las cortinas, llenas de abalorios que colgaban.

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La mujer nos miró con ojos como platos y parecía asustada. Anya se adelantó para intentar hablar con ella y darle la mano, pero la mujer retrocedió como si, en vez de una chica de diecisiete años, le intentara dar la mano un leproso.

—Hola. Soy Anya Owens y estas son mis amigas. Verá…

—Venís a pedir ayuda. Algo os ronda, puedo sentirlo. Está pegado a todos vosotros.

—En eso se equivoca. A Caleb no le ha pasado nada extraño —dije mientras me apoyaba en el marco de la puerta.

—Skye, eso no significa que no esté tan maldito como las demás. —La mujer acababa de decir mi nombre. Todos nos pusimos rectos y la miramos con ojos como platos.

—¿Cómo demonios…?

—Has venido a una adivina y espiritista. ¿Qué esperabas? —La mujer parecía reírse, aunque el miedo en sus ojos no había disminuido—. Lo que os ronda no es bueno. Es una mala suerte, un demonio de las promesas.

—¿Cómo dice? —preguntó Anya asustada.

—Sally Miller, te encanta pedir deseos y promesas con los dedos cruzados y entrelazados. Era tu amuleto porque te sacó de la soledad, pero por culpa de eso estáis malditas y condenadas. Corréis un grave peligro.

—Anya, ¿dónde cojones nos has traído? —preguntó Beverly asustada.

—No había visto a esta mujer en mi vida. No sé qué está diciendo.

—Estoy diciendo… —La mujer se alteró, se acercó a Anya y la zarandeó por los hombros como si quisiera que entendiera—. Estoy diciendo que habéis usado una antigua leyenda, un mito, un ritual que no entendíais y ahora tenéis que pagar las consecuencias. Los monstruos que habéis liberado os pedirán cuentas y pagaréis por el pacto que habéis roto.

—Mire, toda esa palabrería asusta que te cagas, pero déjese de tonterías y cuéntenos de una vez qué demonios pasa. —Caleb parecía enfadado.

—Lena Harris. Eso pasa. —Me tensé y noté que las demás hacían lo mismo. Empezamos a respirar mucho más rápido y a sentir una extraña presión—. Habéis roto un pacto y dejado un ritual a medias.

—¡No hemos hecho ningún ritual! ¡Somos unas gilipollas que dejaron a una amiga sola! Pero no hemos hecho nada raro. —Beverly parecía enfadada. La culpabilidad suele hacer que la gente se enfade.

—Dejadme explicaros algo, pero no os asustéis. Sally os unió con promesas y dedos cruzados. Cuando os conocisteis, os prometisteis no abandonaros nunca y apuesto a que cuando estabais en mitad de aquel infierno os prometisteis lo mismo. ¿Cruzasteis los dedos para atraer la buena suerte?

—Sí —contestó Sally—, pero siempre lo hacemos. Es nuestro sello.

—Pero es algo más que eso. Cuando se hacen promesas tan importantes hay que tener en cuenta el peso de esas leyendas. Los monstruos son reales y las leyendas también. Y vosotras habéis jugado con fuerzas que no entendíais. Ahora debéis pagar el precio.

—¿A qué se refiere?

—Me refiero a una antigua tradición. Todos lo hacemos, pero rara vez dejamos el rito sin terminar. Vosotras sí. Os gusta cruzar los dedos y todo tiene una historia. Se supone que dicho gesto representa una cruz, que aleja todo lo malo y atrae todo lo bueno. Primero se creía que era una tradición cristiana, pero solo era el símbolo que usaban los esclavos que traían de África. Cuando se convertían al catolicismo, hacían ese gesto para santiguarse. Pero el origen del cruce de dedos dentro de la superstición es precristiano. De hecho, los católicos rechazaban todas esas creencias. Era algo pagano. Se creía que protegiendo el dedo pulgar con los otros dos dedos se atraía lo bueno y se alejaban a los malos espíritus, aquellos que no tienen buenas intenciones. También se hablaba de que todo esto tenía su inicio en la unión de los dedos índices de dos personas. Dicho gesto era para promesas y buena suerte. Era la unión perfecta, como lo es la cruz o figura que hacen nuestros dedos al juntarse. Pero hay una parte que nunca cuentan: si esa unión se rompe, si el vínculo se abre antes de que hayamos terminado el deseo o de forma abrupta, antes de que podamos alejar a los espíritus, si eso ocurre todos esos… seres que nos rondaban se quedan. Se quedan y traen consigo cosas malas, cosas muy malas. En medio de aquel incendio, algo o alguien os hizo romper la unión, el vínculo perfecto, antes de alejar a todos los espíritus. ¿Quién fue?

—Yo —dijo Caleb muy serio y pálido—. Todo ardía y ellas solo cruzaban los dedos. Yo…

—Tranquilo, chico. No lo sabías. Hace cientos de años la Iglesia se encargó de destruir todo lo que hacía referencia a las consecuencias de romper el vínculo. Era una tradición pagana en la que, de pronto, estaban inmersos el bien y el mal, algo muy asociado a la religión. Pero lo que no sabían entonces es que toda religión o todo ateísmo se asientan sobre el bien y el mal. El mal no tiene distinciones y todos creemos en esa relación. Pero la Iglesia veía una amenaza en todo aquello, así que quemó todas las escrituras y, con el paso de los años, se ha convertido un gesto que se hace en momentos ridículos, como ver las notas de un examen, y nunca sueles romper el vínculo hasta ver la nota o terminar de mentir o pedir tus deseos. Pero habéis ido más allá.

—¿Cómo sabe todo eso si los escritos se destruyeron? —preguntó Sally con dificultad.

—Porque no puedes destruir el conocimiento de una mente sino matando al portador de dicha sabiduría. Un antiguo monje, conocedor de todo, volvió a escribirlo, guardando el libro en secreto como uno de los libros paganos más importantes que la historia ha tenido. Pocos saben de él. Se guarda en la biblioteca del Vaticano como algo funesto que no debe repetirse. Pero se hicieron copias antes de que cayera en manos tan secretas. Yo me dediqué durante años a informarme de mitos y tuve en mi poder una copia, que leí casi en su totalidad y que después escribí tal y como recordaba.

—Vale. Suponiendo que la creyera, ¿qué pasa cuando alguien rompe el vínculo?

—Esa no es la pregunta correcta. —Sally parecía asustada—. La pregunta correcta sería cuántas leyendas hemos despertado.

—El día que nos hicimos amigas, en casa de Sally. Allí prometimos… Juramos con nuestros dedos unidos que jamás nos abandonaríamos. —Anya miró a Sally y cerró los ojos con fuerza.

—Solo era un juego de niñas. —Beverly se acercó a Anya y le cogió el hombro. Anya la apartó y se llevó las manos a la cabeza.

—¡Un juego que debimos haber parado, Bev!

—Solo estábamos haciendo algo que hacía feliz a Sally y luego algo que nos unía a todas. —Ahora parecía que era Beverly la que intentaba poner calma, tranquilizar a Anya, pero no parecía dar resultado.

—Nadie podía haberse imaginado que esa unión nos llevaría a todas juntas a la tumba. Tendremos funerales conjuntos, al menos.

—Skye, Lena ha muerto y ahora nosotras estamos malditas.

—Anya, no has dejado a esta mujer contar qué es lo que ocurrirá. Puede que no sea tan malo. —Sally se acercó a ella, pero fue rechazada con un fuerte manotazo—. Disculpe, todas estamos un poco alteradas. Puede continuar.

—Me temo que sí es malo, queridas niñas. Es muy malo. Hay dos maldiciones en vuestro caso. Habéis roto un juramento con una amiga que ahora está muerta, así que los espíritus os perseguirán hasta que paguéis por ello.

—El castigo por abandonar a una amiga era no tener amigas nunca más —dijo Sally—. Eso acordamos.

—Sí, pero esa amiga abandonada está muerta. Esos espíritus de los juramentos reciben el nombre de muiss. Son famosos por ser fantasmas que solo observan y guardan las promesas. Las leves las castigan con un herpes, pero sé de promesas gordas que fueron incumplidas y de personas que fueron torturadas hasta la muerte por los muiss. Son espíritus de gente que lleva mucho tiempo muerta, que ha olvidado su asunto pendiente y, como no pueden cruzar y están en el limbo, se dedican a solucionar los asuntos de otros. Pero están enfadados y, cuando no consiguen arreglar esos asuntos, se frustran y se vengan. Podría no pasaros nada o podrían descargar sobre vosotros una enorme furia. Aunque no son ellos los que me preocupan. No han matado a nadie, al menos no directamente. Gente que no sabía lo que pasaba y moría de miedo o cosas así. Les gusta ver a la gente sufrir como sufren ellos. No os matarán. Lo que me preocupa es el vínculo perfecto que rompisteis en aquel incendio. Ahí no son muiss, son demonios, todo tipo de demonios. Algunos desterrados a la Tierra; otros que salen de lo más profundo del infierno. Han visto una puerta abierta y harán lo que sea por conseguir aquello que más ansían, algo que poseer para ser humanos. Y os matarán si es necesario. A todos.

—Pero Caleb no forma parte de nuestros juegos —dije preocupada.

—No, y por eso no ha sentido nada. Los muiss son los que os están moviendo cosas de sitio y Caleb no tiene relación con ellos. Pero lo que os atacó en el cementerio no eran muiss, eran demonios, y esos sí que perseguirán a Caleb. Él rompió el vínculo y, según la leyenda, él tiene que cerrarlo. Si los demonios os quieren muertas irán a por él, lo poseerán y os matarán usando a Caleb. Y luego, cuando no quede vida en vuestro cuerpo, pero aún se pueda salvar algo, ocuparán vuestro lugar. Estaréis muertas, pero nadie lo sabrá porque vuestro envoltorio tendrá otro huésped.

—El lobo que se disfraza de oveja. —Sally hablaba entre dientes, pero todos la entendimos y asentimos.

—¿Qué podemos hacer? —Anya sacó una libreta y pidió a la mujer que nos indicase qué hacer.

—Es como la güija. Si no dices adiós, te persiguen. Solo tenemos que decir adiós. —Bev parecía muy convencida con su teoría.

—No. La güija es algo concreto, pero esto no lo es. Habéis roto el vínculo y jamás podréis cerrarlo y volverlo a abrir sin más. Podéis cruzar los dedos todas las veces que queráis, que no funcionará. Ya no aleja el mal, ya no hace nada. Está roto.

—¿Cómo lo arreglamos? —Caleb me miró y me cogió la mano con fuerza.

—Me temo que solo puede arreglarlo quien lo rompió.

—¿Yo? —La mujer negó con la cabeza.

—No, tú hiciste que se rompiera. Y créeme: lo pagarás.

—Lena. Se rompió para todas, pero Lena lo pagó y solo ella puede arreglarlo. —Sally levantó la mirada inquisitiva hacia la mujer—. ¿No es así?

—Sí, así es. Lena Harris pagó por ese vínculo roto y solo ella puede arreglarlo.

—Genial. Pero ¿cómo? Está muerta. Muerta y bajo dos metros de tierra. ¡A estas alturas tiene que estar comida por los malditos gusanos, joder! —Caleb me cogió del brazo y me hizo retroceder—. Vale, ya me calmo, pero que me calme no hace que Lena deje de estar muerta.

—Hay una forma, pero no os va a gustar. Los muiss no serán un problema. Os atormentarán, pero en cuanto solucionéis el problema con la promesa rota, incluso ellos desistirán. Aquella que inició esto debe hablar con Lena. Podrá hacerlo, pero no uséis la güija. No, hay formas de hablar muchos mejores. Lena no ha podido irse, así que una de vosotras deberá morir por unos minutos, lo justo para hablar con Lena y cerrar el vínculo. Es sencillo inducir una muerte falsa. Dame esa libreta. Os daré lo necesario para hacerlo. —La mujer apuntó todo en la libreta y se la devolvió a Anya—. Os pondré también algunos ingredientes que no encontraréis. —La mujer desapareció tras unas cortinas y al rato volvió con una bolsa llena de frasquitos y cosas extrañas—. También he apuntado cómo se deben ingerir. Todo está ahí. Una última cosa: intentarán poseer al chico y, si lo consiguen, os matarán a todas usando su cuerpo y luego os poseerán. Si la cosa se pone fea, no dejéis que pase. No dejéis que el demonio, usando a Caleb, os mate. Solo pueden poseer de manera indefinida el cuerpo de una persona si esta lo permite o si ha sido asesinada por un poseído. Poseer un cuerpo con otro huésped es incómodo y a Caleb no podrán matarlo, solo usarlo de marioneta. Poseen a Caleb de manera temporal para poder poseeros a vosotras para siempre.

—Si eso ocurre, chicas, matadme antes.

—Eso no ocurrirá. —Caleb me dio un beso en la frente y asintió.

—No, no ocurrirá. Pero estamos hablando no solo de que todas acabéis muertas, sino de que haya cuatro demonios con cuerpo de adolescente haciendo lo que quieran, y eso no podemos permitirlo.

—Caleb, en caso de que todo fracase —dijo la espiritista cuando estábamos a punto de marcharnos—, tú eres el que ha roto el vínculo, tú eres la marioneta, pero una vez que las chicas mueran y sus cuerpos sean ocupados quedas libre. Los demonios serán mortales. Solo tienes que matarlos, aunque estén en el cuerpo de las chicas, y ellos volverán a su estado original, solo que esta vez no podrán hacerte nada. Incluso si te matan, tu cuerpo no podrá ser ocupado porque les sirvió de marioneta, así que es impuro.

—Lo tendré en cuenta. Gracias por su ayuda.

—Espere. —La mujer ya se marchaba y nosotros también cuando Sally se volvió—. ¿Qué se supone que debo decirle a Lena? Sé que tengo que ir yo porque tengo la culpa de todo. Era mi juego, mi manía y mi ritual. No supe parar y estamos en esto por mí. Yo debo ir a ver a Lena. ¿Qué debo decirle?

—Lo sabrás cuando la veas o cuando empieces a hablar con ella, cuando ambas partes se comuniquen. A veces no vale lanzar un mensaje al aire. En ciertas ocasiones es necesario que todos nos escuchen.

Caleb cogió a Sally por el brazo y todos salimos de allí, con los demonios en los talones y las maldiciones pasadas martilleando sobre nuestras vidas, empeñadas en sonar a presagio de muerte.

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9788417845476
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