Читать книгу: «Las otras verdades»

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Reconocer que estoy atrapada.

Buscar salidas en mí y afuera.

Derribar mandatos sociales.

Sostener mi convicción.

Dar al deseo su valor.

Soltar mis miedos.

Creer en el amor.

Abrazar la incertidumbre.

Ganarle a la ansiedad del destino.

Ser yo “aquí y ahora”.

Partir hacia otro lugar.

Ver desde otra perspectiva.

Permitir que vivan en mí

Las otras verdades.




vera.romantica


vera.romantica



Para todas las mujeres que eligen no ser madres,

y también para aquellas que aman serlo.

Celebro este precioso tiempo de poder elegir.

Para mi tío, Oscar Giudici,

un hombre bueno que sabía amar y dar.

Te quedaste en mí. QEPD.

Para mis hijos, Miranda y Lorenzo, siempre.



Prólogo

No coincidir. Ausencia de acuerdo entre personas que se aman verdaderamente. Ser capaz de dar la vida por el otro, pero no poder compartir el mismo sueño. Sentir que es imposible ser parte de esa ilusión que los proyecta juntos en un escenario distinto al imaginado. Paradójica verdad. El absurdo sin límites al que pueden llegar las relaciones humanas. Dar vida, nombre y asunto al concepto de polos opuestos, líneas paralelas o lo que es lo mismo: problema sin solución. En determinadas cuestiones no hay zona de grises, la respuesta es sí o no. Sin variable, sin magia, sin mediación, sin mitad de camino para encontrarse y ceder en partes iguales en favor de acercar la distancia que separa. Pero amar, amar tanto y creer en ese amor. Sentir con desesperación la necesidad de encontrar la salida. Ver un muro donde se desean puertas, asomar a ventanas que dan al vacío, escuchar cómo los mandatos sociales gritan su mudo accionar silencioso y corrosivo. Saber de memoria las palabras no dichas, todavía, de quienes opinarán. Evitarlas.

Ser. Oírse. Llorar. Volver a pensar en lo mismo. Intentar explicar. Enfrentar una situación en la que valen todas las razones. Fracasar. Enojarse mucho, pero seguir amando con desmesura. Saber que ese amor es todavía más fuerte que al comienzo de la relación.

Desacuerdo que permanece incólume.

Palabras dulces que imaginan en voz alta lo que nuestra convicción rechaza al mismo tiempo. De pronto, lo imprevisible toma protagonismo y mezcla la unidad de medida del tiempo, de los vínculos y de la mismísima misión que nos reclama.

Perderse en una nube de dudas efímeras y confusión. Sentir el amor como un viento que nos llega por la espalda.

¿Qué hacer cuando la vida hace un nudo entre el presente que transcurría perfecto, a través de un día a día maravilloso, con una variable definitiva? ¿En qué instante el destino toma los comandos de la felicidad y lanza sobre ella la impetuosa desolación?

Aparece la palabra. Y es un interrogante. ¿Un paso en falso? ¿Una alternativa? Deconstruir: desmontar a través de un análisis intelectual una cierta estructura conceptual. Evidenciar ambigüedades, fallas, debilidades y contradicciones de una teoría. Demostrar las múltiples lecturas posibles.

¿Se puede deconstruir el amor?

Mi nombre es Isabella López Rivera y esta es mi historia. No es fácil sostener mi verdad y ser comprendida. Tampoco enfrentar lo que me sucedió, pero siento, me priorizo y aprendo a vivir a diario. Escucho la voz que hay en mí. Estoy segura de que el amor me define y me guía. A veces, ser una misma puede convertirse en la inesperada respuesta a las otras verdades que descubrí y que hoy decido contar.



CAPÍTULO 1
Atrapada

Quizá mis líneas tengan, en otros mundos, la innegable superioridad de un adjetivo feliz.

Adolfo Bioy Casares, 1948

BOGOTÁ, COLOMBIA

Atrapada

Así me siento y sé que no soy la única. Estoy encerrada en una ecuación vital cuya incógnita no existe. Conozco los términos. Sé la respuesta. La siento en mí. No necesito un motivo, aunque lo tengo. Alcanza con decir que soy la dueña de mi vida y que tengo el poder sobre mi presente y mi destino. Entonces aparece con su ingobernable sinsentido “el amor”, me atraviesa y me lastima. Define mi estado de ánimo y lloro porque después de haber superado momentos terribles, la diferencia irreconciliable parece ser lo único que hoy nos une. Escribo esta columna para todas las mujeres que, como yo, no saben qué hacer con tanto amor que se enfrenta lapidario a un conflicto, a posturas rivales, a una decisión, o debo decir: ¿A dos? En ese caso, ¿esto era todo? ¿Así finaliza una historia de amor, todavía amándose sin límites, solo por un imposible acuerdo? ¿Quién determina lo que debe ser? ¿Acaso ambos tenemos razón? Quiero una tregua. Irme de mí para no necesitar estar con él. Soy la última mamushka, pero la vida secuestró y amarró con una cuerda a la primera. A la grande, a la que protege a las demás. Y una a una, todas ellas, hasta llegar a la que soy, sienten la presión y el encierro; no se puede salir. Un nudo marino lo impide. Y yo estoy aparentemente entera en el aislamiento, pero más rota que nunca en la realidad que supone no ser libre. No puedo juntar mis pedazos porque no tengo la posibilidad de estrellarme contra la nada. ¿Es esta la prisión de los miedos? ¿Son estas las rejas cotidianas de los que sufren…?

Pausa. Manos quietas. Habían regresado las mamushkas a su inspiración.

Detuvo la escritura. Elevó su mirada buscando algo que no estaba allí. El simbolismo la asfixiaba. El poder de sus propias palabras la enredaba entre sus miedos y sus convicciones. Solo la imagen de una puerta cerrada y un candado se le venía encima. La asombró la naturaleza exacta de su inconsciente.

Isabella esbozaba el ensayo de las primeras líneas de su columna de opinión semanal. Su carrera iba en ascenso. Vivir con Matías Zach había sido el paraíso durante tres años. Con veintisiete ella y veintinueve él, se amaban, sin embargo, había llegado el inevitable “pero” que pone en crisis a todas las relaciones importantes en algún momento. El tema había tomado tal magnitud que era el tercero en discordia en la casa. Desde lo dicho y, también, desde el silencio subyacente. Era en las miradas, en las súplicas que no serían y en el encuentro mudo de sus cuerpos que preferían comunicarse sin causa. Hacer el amor era, paradójicamente, el único modo de sentirse cerca, porque allí, entre las sábanas, la razón dormía y dejaba espacio a lo que eran juntos en un escenario tan efímero como profundo. Todavía podían empujar fuera del dormitorio sus diferencias mientras duraba el placer. Aunque cada vez era más intenso el después, porque entonces, el silencio les gritaba la verdad de cada uno, y en sus ecos las posturas peleaban a matar o morir.

En ese contexto, el tono de llamada de su celular le robó su atención.

–Hola, Lucía.

–Hola, Isabella, tengo grandes noticias para ti. Sé que es tarde pero no puedo esperar a mañana –se la oía ansiosa y feliz; tenía la voz de los portadores de buenas noticias. No se había equivocado, su sexto sentido de editora había reconocido el potencial de Isabella desde el principio. Luego, la sensibilidad, entrega y talento de la joven, unidos a la columna de opinión dedicada a las mujeres, con su foto en primera página de la revista, se habían convertido en un éxito que se mezclaba y renacía con más fuerza en un mundo de lectoras que se multiplicaban diariamente. Isabella López Rivera era un estilo en sí misma. Una suerte de marca registrada. Su voz era la de muchas, y de todas sus columnas la titulada “Mamushkas” había sido, sin duda, su consagración. Luego, era inherente a ella llegar al nervio de los temas sobre los que escribía con una sensibilidad universal.

–¿Qué sucede? –preguntó sin demasiado entusiasmo. En ese momento escuchó que Matías había cerrado el grifo de la ducha.

–¡Nueva York!

–¿Nueva York?

–¡Sí!

–¿Por qué estás eufórica? Hasta donde yo sé, tú conoces esa ciudad y no creo que me llames para contarme que viajarás y que yo debo reemplazarte. Eso ya ha sucedido antes –agregó con una sonrisa. Habían logrado cierta confianza luego de compartir tiempo en la revista.

–Recibí una propuesta de trabajo… –comenzó a contarle Lucía.

En un primer momento, Isabella sintió una sensación egoísta. Solo eso le faltaba: cambios en su trabajo, cuando esa era el área que, en ese momento, funcionaba sin incertidumbre ni pesar. No quería más responsabilidades, aunque fueran temporales. De inmediato, quitó de su mente la idea inicial. Ella no era así.

–Dime –continuó–, te escucho.

–Bueno, no acepté.

–¿Entonces? No veo qué es lo que no pudo esperar hasta mañana. No me malinterpretes, aprecio la confianza y tu llamada, pero sigo sin comprender.

–Te he propuesto a ti, y luego de analizar tu trayectoria aceptaron. ¡Esa es la gran noticia! Serías directora editorial de una revista en Nueva York; hablas inglés a la perfección. Se llama To be me, tiene excelente tirada y distribución. Quieren una mujer creativa en el puesto. ¿Qué me dices? –Isabella se había quedado pensando en la traducción To be me o lo que era lo mismo: Ser yo, se parecía bastante a una señal. Siempre la unía a Lucía Juárez un hilo invisible que enlazaba su presente a sus indicaciones laborales. Esa no era una orden, pero ¿qué era? Justo en ese momento, ¿y Matías? ¿Estaba él incluido en el viaje? ¿Por qué pensaba en eso? Ni siquiera sabía si deseaba ir. No conocía la propuesta y su vida estaba a merced de un conflicto sin solución–. ¿Estás allí? –preguntó Lucía.

–Sí, claro, sigo aquí. No vivo mi mejor momento… perdóname. Se han mezclado varias cuestiones en mí.

–Quizá sea esta la respuesta para ordenar un poco el enredo, Bella –dijo con esa sabiduría emblemática que casi siempre definía su discurso. Hacía días que intuía inestabilidad en el ánimo de su protegida–. Hablaremos mañana en mi oficina. A primera hora. Debemos responder esta semana. Es una gran oportunidad para ti. No digas nada todavía.

–Bien. No lo haré porque ahora mismo mi respuesta sería un “no”.

–Justamente por eso te llamé, para que llegues a la conversación con otras opciones. Te conozco.

–Mejor que yo, tal vez –agregó–. Buenas noches.

El tiempo pareció detenerse. Isabella permaneció inmóvil observando el espacio sin fronteras que la habitaba. Necesitaba una señal, una brújula personal que la ubicara en el centro de sus emociones. Un beso en la frente la trajo de regreso.

–No me respondiste –dijo Matías. Evidentemente le había preguntado algo y ella no lo había escuchado. Lo miró, tenía un paquete en sus manos–. ¿Quieres abrir esta sorpresa que tengo para ti?

–Claro –seguía siendo él, dulce y protector. Traía un regalo pequeño, porque lo grande era su amor. Matías se acercaba desde otro lugar.

Isabella tomó el envoltorio rectangular y lo abrió. El impacto visual la llevó de inmediato a su infancia, pero también la enfrentó, con sorprendente claridad, a su vida adulta. Se trataba del ejemplar de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll que había leído y amado cuando era niña. Desteñidos los colores de la portada y amarillentas sus páginas, lo acercó a su nariz y reconoció el olor del pasado. Cerró los ojos por un instante. Viajó en el tiempo y regresó.

–¿Dónde hallaste este libro? –preguntó con curiosidad.

–Yo no lo hice. Fue tu madre. Hoy estuve con ella y lo encontró mientras ordenaba su biblioteca. Me contó cuánto te gustaba de pequeña y entonces quise traerlo a nuestra casa. Fui yo quien lo envolvió –Matías solía ir a la casa de Gina y compartía con ella un café mientras conversaban; él no tenía madre y le encantaba escucharla. Consideraba que era cool, divertida y muy sabia. A Isabella le gustaba que se llevaran tan bien.

–¿Sabes que es considerada una de las mejores novelas del sinsentido? –preguntó haciendo caso omiso al relato doméstico ya que era habitual que él visitara a su madre, otro gesto por el que lo amaba más si eso era posible. Había leído y analizado la obra siendo adulta.

–Lo sé, por su simbología, su aparente locura y sus juegos lógicos –agregó–: Creo que será un texto inspirador para ti.

–¿Por qué?

–Porque es un real “sinsentido” todo lo que dices que nos separa.

–No lo digo yo, lo dicen los hechos. No quiero hablar ahora de eso, pero gracias… me quedo con el libro –no lo dijo, pero pensó en el paralelismo. La novela cuenta la historia de Alicia, una niña que al caer, de forma accidental, por un agujero llega a un peculiar mundo de criaturas con apariencia humana; una obra capaz de conquistar a seres de cualquier edad.

Abrió una página al azar y leyó: “O el pozo era muy profundo, o ella caía muy lentamente, porque mientras descendía le sobraba tiempo para mirar alrededor y preguntarse qué iría a pasar a continuación”. Definitivamente, soy Alicia, pensó.

–Te amo. Vamos a acostarnos. Es tarde –dijo Matías con una sonrisa. Ella accedió.

Sin hablar, sobre la suavidad de la cama, se fundieron en un abrazo silencioso. Ambos eligieron callar. Era mucha información para ponerla en palabras en ese momento.


CAPÍTULO 2
Makena

Recuerda mirar arriba, a las estrellas, y no abajo, a tus pies.

Intenta encontrar el sentido a lo que ves y pregúntate qué es lo que hace que el universo exista.

Stephen Hawking, 2012

BUENOS AIRES, ARGENTINA

María Paz Grimaldi observaba a su hija con la mirada orgullosa de siempre; por un instante únicamente su rostro precioso ocupó todos sus sentidos. Makena era una niña diferente –en verdad, cada ser lo es, irrepetible y único–, pero su origen y la energía que irradiaba desde que había llegado a la vida, marcaban su espiritualidad ancestral como una señal. Desde su brillante luz interior y su alegría genética, esa niña era puro fulgor en cada parte de su cuerpo y de su alma.

María Paz suponía que todas las madres veían a sus hijos como seres especiales, al tiempo que imaginaban futuros prometedores y, en muchos casos, las más egoístas posiblemente, los veían cumpliendo los propios sueños frustrados como si eso fuera una rara bendición. Sin embargo, no era su caso. Ella sabía con la certeza que le daban sus convicciones que su única hija tenía un propósito bien definido en la vida. Una suerte de misión que, desde muy temprana edad, se manifestaba en sus acciones y sus palabras. A veces, solo en la espontaneidad y la feliz expresión que regalaba su rostro.

Makena, con sus siete hermosos años, y una historia personal que conocía de boca de su madre desde que fue capaz de comenzar a comprender, era un ser que siempre entregaba, sin saberlo, lo que el otro necesitaba. Una magia inexplorada la guiaba.

María Paz veía en ella la definición de una historia de amor que había encontrado su mejor destino y le había dado la oportunidad de cumplir su deseo de ser madre.

La niña bailaba en su clase de hip hop entre otras compañeras. Y se destacaba. Era inevitable sentir la atracción de su ritmo como una invitación a mirarla. Su cabello afro, sujeto con un colorido pañuelo de seda, y sus movimientos naturalmente coordinados que dibujaban figuras en el aire eran poesía. Parecía que la destreza graciosa de su cuerpo latía la melodía esperando que la canción bailara para completar la imagen y no al revés. De pronto, dirigió sus ojos almendrados color miel hacia al lugar desde el que su mamá la miraba. Intercambiaron sonrisas. Makena era un sol.


Llegaron a su casa. María Paz ayudó a la niña con las tareas, y mientras Makena practicaba con su guitarra, llamó Beatriz.

–¡Hola, hija! ¿Cómo están?

–Bien, mamá. Makena toca la guitarra y canta, y yo termino de editar una entrevista –María Paz era periodista y trabajaba desde hacía varios años en un importante periódico nacional. Amaba su profesión.

–Dime, ¿qué es lo que te preocupa?

–¿Por qué lo dices?

–Conozco tu voz. Y sé, aunque no te vea, que algo sucede.

–La verdad es que no me pasa nada, pero sí.

–Explícate mejor.

–No ha ocurrido nada, pero siento algo que me oprime el pecho. Ya sabes, cómo cuando un presagio me alerta.

Beatriz, que sabía perfectamente la manera en que funcionaba ese don, sintió que un escalofrío la recorría entera.

–Pero ¿qué tipo de sensación es, hija?

–Es la que me angustia. La de un vacío que lo ocupa todo –respondió con honestidad. No le mentía a nadie, tampoco a su madre, ni siquiera para no preocuparla–. Maki y tú están bien. En mi trabajo no hay problemas. Eso es lo que peor me hace, saber que algo se anuncia y no tener idea de a quién afectará.

–Voy a llamar a tu hermana –dijo Beatriz pensando que quizá su otra hija fuera el motivo.

–Anoche hablé con ella, sabes cómo es Emilia, nada la toma por sorpresa. Tiene su vida planificada desde que nació. Es dueña de un hotel divino –dijo refiriéndose al Mushotoku–, y su matrimonio es perfecto.

–¡No exageres! Justo eso me preocupa.

–¿Qué?

–Que la vida me ha enseñado que nada es lo que parece. Además, la perfección no existe.

–Eso es verdad –omitió decir que lo había aprendido a la fuerza.

–Volviendo a tu angustia, sabemos que no es posible controlar estos presentimientos, solo debes estar tranquila y enfocarte en pensamientos positivos. Abraza a Makena, ella es un refugio.

–Lo sé, mamá. Tú me preguntaste por eso te lo conté. Eso haré; mi hija logra que no piense en nada que no sea bonito.

–Por favor, avísame cualquier novedad –hizo una pausa. Por un momento pensó si no se trataría de María Paz. Alejó las ideas tremendistas de su mente–. ¿Quieres que vaya? –agregó.

–No. No es necesario.

Se despidieron con el cariño de siempre.

María Paz tenía ese sexto sentido que la adelantaba en el tiempo desde muy joven. A sus treinta y seis años conocía de memoria todas las sensaciones que llegaban repentinamente y que eran la antesala de sucesos memorables y grandiosos, pero también de los otros, los preocupantes, o aquellos sin aparente solución, o simplemente dolorosos. Había aprendido a manejar su ansiedad y cuando algo así la invadía buscaba paz interior y le pedía a todos los dioses lo mejor para los involucrados. Luego, y desde que tenía a su hija, la abrazaba y pasaba tiempo con ella, hasta que el anuncio interior parecía fluir entre el amor que las unía.

–¡Mami! Quiero hacerlo hoy.

–¿Qué cosa, hija?

–Las estrellas, ¿recuerdas? –preguntó.

María Paz sabía de lo que hablaba. Días atrás había recibido un envío de Sudáfrica, proveniente del padre de la niña y de su familia, con varios obsequios. Entre ellos, veintitrés estrellas de diferentes tamaños y una luna llena. Tenían adhesivos para pegar sobre la pared y eran fluorescentes. De día, el tono era de color verde limón, pero en la oscuridad creaban la ilusión de un cielo nocturno perfecto.

–¿Quieres colocarlas ahora?

–Sí. ¿Me ayudas? Obi me dijo que por las noches, cuando las mire, será como si los dos estuviéramos bajo el mismo cielo, porque él colocará de la misma manera otras iguales en su habitación –la pequeña lo llamaba Obi o papá indistintamente porque decía que le gustaba su nombre.

María Paz sabía que Obi había dicho exactamente aquello en lo que creía. Era indiscutible que su manera de concebir la distancia y el tiempo era propia.

–¿Y cómo será eso? –preguntó de todas formas.

–Cuando hayamos terminado, le mostraré por videollamada y él copiará los lugares.

–Ha sido un gesto muy lindo –todo lo que Makena sabía de su padre era bueno y se relacionaba con el amor que sentía por ella. María Paz se encargaba a diario de que ese vínculo, por complicado que fuera, creciera en favor de una infancia feliz para su hija–. ¡Hagámoslo! ¿De qué forma quieres colocarlas?

–Una cada una, mamá. Y la luna llena allá –respondió mientras señalaba el ángulo de la pared de su habitación que mejor veía desde su cama. Debajo de él había una repisa repleta de muñecos de peluche de variados colores. Sobre su cama estaba Pepe, un guacamayo rojo, verde, amarillo, azul y naranja, que era su objeto de apego desde que tenía dos años.

Makena había heredado de su padre el optimismo, que era un factor común entre su gente, la aceptación de su realidad con una sonrisa y sin pesar alguno. Ella siempre estaba bien, nunca se quejaba, era creativa y muy divertida. Llevaba su alegría como una señal y se adaptaba a todas las situaciones. Su ascendencia sudafricana era incuestionable. Había algo implícito, y explícito cuando se necesitaba, de lucha en la comunidad afrodescendiente. Y eso se advertía a temprana edad, en sus pequeñas batallas diarias, en el hogar o en la escuela.

María Paz sabía que en ese país no era fácil sentirse sola, ni siquiera estar sola en el sentido literal de la palabra porque solían ser muchos de familia y reunirse. Sin embargo, Buenos Aires era algo muy diferente, y el amor vivido en Johannesburgo se había perdido entre el tiempo, la distancia y las intenciones fallidas. La mujer que la habitaba conocía, personalmente, a la soledad porteña. Su concepción del tiempo era otra, los años pasaban y podían medirse afuera de ella. El tiempo siempre ganaba.

Cuando todas las estrellas estuvieron colocadas, ambas salieron de la habitación. María Paz apagó la luz y cerró la puerta desde afuera para proteger la sorpresa. En ese momento un recuerdo acudió a su memoria y tuvo una idea.

En cuclillas, abrazó a su hija y besó su cabello. Se apartó lo suficiente y le dijo:

–Ahora debes prometerme algo.

–¿Qué?

–Mirarás el cielo, este o el otro, al menos una vez cada día.

–¿Por qué?

–Porque no es bueno concentrar nuestra atención solo en asuntos urbanos. Además, en el cielo hay respuestas lógicas y también intuición. Y tú, que llevas todo eso en ti, debes potenciarlo.

–No entiendo lo que dices.

–Tú eres especial y debes dedicar tiempo a sentir todo lo que eres –María Paz se dio cuenta de que, aunque su hija fuera inteligente, debía explicarle la idea de manera más simple–. Debes ser curiosa, viajar con tu imaginación, conocer, pensar en cosas que llamen tu atención. Maneja el tiempo y sácalo de tu camino cuando te moleste.

–Mami, cuando me aburro en la escuela ¡hago eso!

–¿Qué, exactamente?

–Dejo el tiempo afuera, me olvido de lo que falta para poder irme y espero.

–¿Qué esperas?

–Lo que sea que quiera.

–Bueno, de eso se trata. Recuerda esto: cada vez que mires este cielo o cualquier otro del mundo vas a descubrir algo nuevo. Cada estrella tendrá un secreto guardado para ti.

–¡En el otro cielo hay miles! –dijo como si fuera imposible que tantos secretos por descubrir esperaran por ella.

–¡Así es! Eso significa que nunca estarás sola. ¿Sabes por qué?

–No.

–Porque cada vez que descubras un secreto guardado en una estrella para ti, un ser mágico llegará a tu vida –dijo a media verdad–. Yo descubrí el mejor secreto y luego llegaste tú –confesó recordando aquella noche en África en la que el cielo le había dado una respuesta–. Tú me haces bien, mi amor. Cierra los ojos –pidió. Un instante después, Makena y su madre estaban paradas en el centro de la habitación–. ¡Ábrelos!

La niña escuchaba los ecos de las palabras de su madre mientras su corazón latía contento al compás de ese cielo perfecto que se desplegaba ante sus ojos. Miró fijamente una estrella como si esperara que una palabra cayera de allí. Permaneció en silencio concentrada por un espacio breve de tiempo. Luego, le hizo un guiño y sonrió.

–Tal vez mañana llegará a casa el perrito que te pedí porque esa estrella, la más pequeña –señaló–, acaba de decirme que así será; era su secreto guardado para mí –dijo, entusiasmada. Se mezclaban su inocencia y sus deseos.

Su madre le acarició el rostro, satisfecha. La niña había comprendido.

Entonces, el tiempo se detuvo en ese instante mágico que las envolvió de luz y sorpresa mientras recorrían con su mirada ese universo creado a la medida de los sueños de una niña que honraba su nombre. Makena, cuyo origen provenía de la tribu Kikuyu, de Kenia, significaba “feliz”.


CAPÍTULO 3
Rota

Estoy bien… bien hundida, bien decepcionada, bien vacía, bien harta, bien rota, bien fracasada, bien inestable, bien cansada; definitivamente estoy bien.

Frase atribuida a Frida Kahlo,

México, 1907-1954

BUENOS AIRES

Emilia Grimaldi sentía el peso de ese gris atardecer sobre su espalda. Todo dolía incluso la lluvia que golpeaba su rostro. Gotas tan duras como su realidad se mezclaban con sus lágrimas. Siempre había vivido al servicio de la seguridad que dan los planes. No le gustaban las sorpresas y había tratado de que el futuro no disparara cuestiones imprevisibles sobre su vida… Sin embargo, eso ya no sería posible, el destino había cambiado los ejes de sus certezas y, entonces, sus planes habían fracasado intempestivamente.

Ya nada ocurriría como ella esperaba y debía aceptarlo. La felicidad ya no tenía rostro. El almanaque no tenía fecha y su corazón estaba roto en trozos que rodaban por el camino incierto de su futuro. Los planes y el tiempo eran una falsa premisa, solo un par de muletas que necesitan los seres que pretenden vivir en la tranquilidad de una vida segura, trazada milimétricamente por convicciones y hechos que carecen de garantía a perpetuidad.

Y esa sensación de que no debería estar donde estaba, de que algo se había desordenado en su alma sin hallar su exacto lugar. Ese frío en su corazón, esa lágrima apretada contra su voluntad, y las dudas… siempre las mismas, azotando su capacidad de resistir. Esa noche Emilia debía estar donde ya no podía ir… La vida había empujado sus planes desde un abismo. Todo lo que había sostenido en su mente desde que recordaba había caído al vacío. No sabía cómo dar el siguiente paso. No podía llamarlo, no tenía esa opción. No podía decirle. No habría celebración ni besos ni paraíso que los encontrara en una felicidad que había imaginado de mil modos diferentes.

Unos minutos, quizá menos, habían sido la fracción de tiempo en que había actuado el destino para demostrarle que era capaz de mutilar su vida.

No era posible revertir las consecuencias de esos fatídicos minutos. No podía cambiar lo sucedido, la vida se había vuelto difícil, inundada de ausencia, de interrogantes que tristemente no concluían en unos minutos, ni en horas, ni en días, quizá tampoco en meses. Pensó que no tenía tanto tiempo. Había aprendido a fuerza del golpe recibido que nadie era dueño de la vida que creía y, por eso, había que honrar la posibilidad de vivirla mientras era dada. Aunque ella ya no quería su vida ¿Para qué?

Lloraba lágrimas que, como un desgarro, le quitaban trozos de su corazón roto mientras los recuerdos en su memoria eran la peor implosión de injusticia. Lloraba y le ardían los ojos, no menos que la herida abierta de su alma porque él se había ido. El hombre al servicio de quien había puesto, con incondicional amor, los mejores años de su vida, ya no estaba. Aunque aún permanecían sus cosas en la casa, aunque no había habido despedidas, aunque nadie había pronunciado la palabra “adiós”.

Él se había ido. No regresaría esa noche ni cenaría en su mesa para luego dormir en su cama. No se enteraría lo que tenía para contarle. No era parte de su vida, ni de sus sueños, ni de sus proyectos. La había sacado abruptamente de su mundo. La había abandonado.

Emilia, con sus treinta y ocho años, se había quedado vacía en el mismo momento en el que el telón había caído de sus ojos y había visto la verdad. Le dolía vivir, le dolía pensar, le dolía ser… Estaba tan sola en su dolor…

Todo era nada o la nada era todo. ¿Cómo podría ser más fuerte que sus miedos? ¿Sería capaz de vencer a ese tsunami que la arrastraba hacia el lugar donde todo termina mal? Solo le había dicho cuatro palabras que todavía no cobraban sentido: “Se acabó el amor”.

Alejandro, el amor de su vida, con quien había estado de novia más de dos años, se había casado hacía siete, y a quien aquel día iba a decirle que finalmente lo habían logrado y que estaba embarazada, estaba armando un bolso cuando llegó a la casa.

Recordó lo sucedido antes de que ella escapara de su hogar en busca de oxígeno y otra verdad que no encontró. No había podido enfrentar la escena después de que lo había visto partir.

–¡Hola, mi amor! ¿Otra vez tienes que viajar? –en el último tiempo la agencia de autos le imponía viajes cada vez más frecuentes–. Por favor, hoy no –había pedido–, necesito que te quedes, hay algo importante que tengo que decirte –la mirada le brillaba, inmersa en la ilusión de la noticia.

Alejandro no levantaba la cabeza y evitaba todo contacto visual. Continuaba acomodando sus pertenencias en el interior del bolso. El celular comenzó a vibrar en la mesa de noche. Él lo tomó, miró la pantalla y lo guardó en su bolsillo sin atender.

Emilia sintió miedo.

–Alejandro, ¿qué te pasa? ¿Por qué no me respondes?

Solo silencio por unos instantes que detuvieron el tiempo en la incertidumbre de una respuesta que no llegaba, pero que podía intuirse fatal.

Él por fin la miró. Emilia no reconoció en sus ojos al hombre con quien compartía su vida desde hacía casi diez años.

–También tengo algo que decirte y prefiero que sea rápido.

–Preparo el almuerzo, tengo todo freezado y hablamos –dijo intentando dilatar el momento.

–No voy a comer.

–Pero ya pasó el mediodía –señaló–. Yo nunca estoy a esta hora, podemos aprovechar para estar juntos y me cuentas lo que sea que tengas que decir.

–Tengo muy claro que nunca estás aquí a esta hora, por eso… –la miró y no pudo decirle que era la razón por la que armaba su bolso y partía en ese momento porque no quería enfrentarla. El sonido de la vibración de su celular podía escucharse entre ambos. No atendió.

–Por eso, ¿qué?

–Me voy, Emilia –dijo Alejandro de manera absoluta. No cabía ni silencio, ni pausa, ni opciones, ni nada entre esas palabras cerradas.

–¿Adónde? No entiendo… –alcanzó a decir justo cuando em pezaba a comprender.

–Me voy de la casa. Se terminó.

–¿Qué cosa terminó? –la realidad no era una opción que pudiera procesar su lógica.

–Se acabó el amor. Ya no te amo. Tengo cuarenta años y quiero ser feliz. Por eso me voy. No quiero más esta vida.

Emilia se quedó muda. No podía articular palabra, el nudo en su garganta se enredaba con el sabor amargo y la incredulidad. Se negaba a aceptar lo que había escuchado. Intentaba asimilar la situación. No podía. Alejandro continuaba cargando algunas cosas más del baño. Su desodorante, su perfume y su cepillo de dientes. Parecía un desconocido abandonando un hotel temporal.

–No puede ser cierto lo que dices –dijo ella con un hilo de voz.

–Lo es –respondió rotundo–. Hace tiempo que estamos mal, solo que tú no quieres verlo porque tus planes son el matrimonio feliz, hijos, una casa, dos autos, tal vez un perro. Ahorros. Viajes al exterior, milimétricamente planeados. Vacaciones en la costa, almuerzos familiares y bodas de oro. Pero ese es “tu plan” –remarcó–, no el mío. Nunca lo fue.

–Alejandro, ¿te volviste loco? –dijo Emilia sin poder contener las lágrimas.

–No. Nunca estuve tan seguro de algo en mi vida. Lo siento, no quiero lastimarte, pero es mejor que seguir con esta farsa. No tenemos hijos y eso lo hace más fácil. Es una suerte que no hayas quedado embarazada –era honesto. Eso pensaba. No la amaba, pero tampoco disfrutaba dejarla, sabía lo que eso significaría para ella. Esas últimas palabras fueron un golpe bajo que le quitó la respiración.

–¿Tienes otra mujer? –preguntó ella sintiendo que todo era una pesadilla. La estadística adelantaba la respuesta. Era evidente que él había enfocado su deseo en otra mujer, quien con seguridad lo había hecho sentir tan diferente como para tomar esa decisión. Pero... ¿y las señales? Siempre había. Se distrajo unos segundos en esa reflexión antes de volver a mirarlo de forma inquisidora.

–Sí –dijo con rotunda e inesperada honestidad.

Para Emilia era una respuesta letal que significaba el derrumbe de su vida entera. Convertía su matrimonio en un número más de las estadísticas de infidelidad y ruptura. Para él, apenas dos letras que lo liberaban del tiempo y los planes familiares.

–¿Cómo fuiste capaz? ¿Desde cuándo me engañas? –su tono era más alto, pero no alcanzaba a ser un reproche; el dolor no le permitía expresarse. Sentía que un tren había pasado sobre cuerpo. Pensó en la vida que crecía dentro de ella, no podía decirle a un hombre que no lo deseaba que sería padre. ¿Qué sentido tenía intentar retenerlo con ese motivo que los unía cuando todo lo demás los separaba?–. ¿Qué hice mal? –preguntó asumiendo una autoestima inexistente y toda la culpa.

–No lo sé. Simplemente “se acabó el amor”–repitió.

–¡No el mío!

–Ojalá pudiera cambiar eso –fue cruel sin darse cuenta.

–¿Desde cuándo, Alejandro? –insistió, como si saber eso modificara en algo el rumbo de los acontecimientos.

–No importa –dijo, mientras se dirigía a la puerta de la casa con su bolso en la mano.

–A mí sí me importa –Emilia gritó y se puso delante de él im pidiendo que avanzara. Otra vez vibraba su celular en el bolsillo de su jean.

–Desde que “se acabó el amor” y me di cuenta de que tus planes no son los míos –respondió. Abrió la puerta y se fue.

Emilia corrió detrás de él, suplicándole. Alejandro no dijo nada más. No hubo despedida alguna. Solo un hombre partiendo. Así, en la acera de la casa que habían soñado juntos y que habían logrado comprar hacía dos años, lo vio subir a su auto en marcha, que lo esperaba enfrente. Conducía una mujer. Rubia, con lentes oscuros, alcanzó a ver.

Seguía lloviendo.


CAPÍTULO 4
Desacuerdo

Un desacuerdo tal vez sea la distancia más corta entre dos mentes.

Kahlil Gibran, 1985

BOGOTÁ

Isabella llevaba noches sin dormir bien. Se despertaba, observaba a Matías, confirmaba cuánto lo amaba y se levantaba para calmar sus pensamientos. Después de tres años juntos, estaba más enamorada de él que nunca, y la enojaba tremendamente que un tema tan difícil se interpusiera entre los dos, con posiciones tan radicalmente opuestas.

Sobre todo, porque estaba segura de que era el hombre de su vida. Pero no era menos cierto que había descubierto que ella era la mujer de su vida y que ya no haría nada que no tuviera ganas de hacer. Un empate de género en el que debía elegir entre priorizar sus deseos o acceder a los de Matías. ¿Por qué un “no quiero” y punto final no era suficiente?

La propuesta de Lucía consistía en mudarse durante tres meses a Nueva York y hacerse cargo de la dirección editorial de To be me, una revista similar a Nosotras, la publicación en la que trabajaba en Bogotá. El contenido habitual incluía temas dirigidos a la mujer actual, como moda, consejos de belleza, familia, amor, trabajo, sexualidad y prensa del corazón. Además, tenía una versión en castellano, Ser yo, dirigida a los habitantes latinos que residían en Estados Unidos. En principio, la experiencia se presentaba como una gran posibilidad en reemplazo de la actual editora, quien inicialmente estaba por tomarse tres meses de licencia por maternidad y, quizá, un año sabático.

Isabella sentía que el destino se burlaba de ella, enviando señales relacionadas con las mismas cuestiones.

Otra vez Nueva York. Recordó que cuando había aceptado casarse con Luciano, su exesposo, había rechazado una propuesta parecida. Su pasado y una culpa que ya no pesaba sobre su espalda habían sido determinantes, pero ¿qué debía hacer frente a esa segunda oportunidad? Recordó las palabras que había leído en la historia de Alicia, esas que afirman que la imaginación es la única arma en la guerra contra la realidad. ¿Estaba en guerra contra su presente?

Se dio una ducha mientras las ideas empujaban unas a otras, decidida a hablar con Matías durante el desayuno. Eran las seis de la mañana, tenía una hora hasta que él despertara. Envuelta en su bata no pudo evitar el impulso de ir a su escritorio y retomar la escritura de su columna. Hasta eso había cambiado en su vida, tenía un refugio en su propia casa, su lugar, su ambiente, allí ella “era”. Con esa idea, Matías había decorado el lugar como a ella le gustaba. Entro otros detalles, había un pequeño altar a la Virgen de Guadalupe y un cuadro con la imagen del cómic de la Mujer Maravilla que Isabella amaba. Recordó ese momento, y la felicidad de estar enamorada le pareció ajena, casi nostálgica.

–Bella, no te pierdas –se dijo en voz baja, usando su propio sobrenombre para acerarse más a sí misma.

Atrapada

Así me siento y sé que no soy la única. Estoy encerrada en una ecuación vital cuya incógnita no existe. Conozco los términos. Sé la respuesta. La siento en mí. No necesito un motivo, aunque lo tengo. Alcanza con decir que soy la dueña de mi vida y que tengo el poder sobre mi presente y mi destino. Entonces, aparece con su ingobernable sinsentido “el amor”, me atraviesa y me lastima. Define mi estado de ánimo y lloro porque después de haber superado momentos terribles, la diferencia irreconciliable parece ser lo único que hoy nos une. Escribo esta columna para todas las mujeres que, como yo, no saben qué hacer con tanto amor que se enfrenta lapidario a un conflicto, a posturas rivales, a una decisión o debo decir ¿a dos? En ese caso, ¿esto era todo? ¿Así finaliza una historia de amor, todavía amándose sin límites, solo por un imposible acuerdo? ¿Quién determina lo que debe ser? ¿Acaso ambos tenemos razón? Quiero una tregua. Irme de mí para no necesitar estar con él. Soy la última mamushka, pero la vida secuestró y amarró con una cuerda a la primera. A la grande, a la que protege a las demás. Y una a una, todas ellas, hasta llegar a la que soy, sienten la presión y el encierro, no se puede salir. Un nudo marino lo impide. Y yo estoy aparentemente entera en el aislamiento, pero más rota que nunca en la realidad que supone no ser libre. No puedo juntar mis pedazos porque no tengo la posibilidad de estrellarme contra la nada. ¿Es esta la prisión de los miedos? ¿Son estas las rejas cotidianas de los que sufren…?

Releyó. Le agradó lo que transmitía. Continuó escribiendo palabras que salían de su alma con fluidez.

Vivo uno de esos momentos en los que siento que debo conservar la calma, pero al mirarme al espejo soy testigo de que algo en mí se ha desbordado al límite impensado de pelearme conmigo, porque no es justo lo que me sucede. Tú, ¿qué ves cuando te miras? ¿Te has batido a duelo con un problema sin solución? Yo lo veo en mí, el conflicto me define. Nuestros ojos se enfrentan. Ninguno de los dos quiere ganar porque ambos sabemos que somos, un poco, el otro, y que habría frustración en cualquier triunfo. Sin embargo, así encerrados buscando una solución imposible, todo da igual. ¿Cuáles son las consecuencias de una certeza definitiva? ¿Y cuáles las de elegir no ceder? Cierro los ojos un instante para volver a encontrarme en mi imagen reflejada. No quiero perderme. Hoy no tengo respuestas solo preguntas.

Tú, ¿de qué eres capaz por amor?

Isabella López Rivera

Luego de poner su firma leyó la columna completa. Le gustó. Reflejaba su momento. Al salir de su escritorio escuchó a Matías preparando el desayuno. Fue a la cocina.

–Ciao, amore mio –la saludó en italiano como a ella le gustaba.

–¡Buen día! ¿Te dije últimamente cuánto te amo? –lo amaba, lo deseaba, lo veía hermoso, era adicta a él. El conflicto no cambiaba eso; lejos de esa opción, parecía potenciar sus sentimientos.

–No. Ven aquí –respondió y la besó con dulzura–. ¿Me lo vas a decir de una vez?

–¿Qué cosa?

–No lo sé. Tú dime. No duermes bien. Escribes de mañana. Te conozco. Supongo que quieres hablar de lo que dices que nos separa y que yo sé que nos unirá.

Esas palabras alcanzaron para que Isabella se fastidiara.

–No… No quiero hablar de eso, pero es verdad que debo contarte algo. Lucía me ha recomendado para un empleo de editora general en una revista en Nueva York. Sería un reemplazo de tres meses con posibilidades de un año. Ella lo ve como una gran oportunidad de progreso y no perdería mi empleo en Nosotras –disparó sus palabras como un misil de distancia.

Matías se quedó pensando. ¿Ese plan lo incluía?

–Bueno, me alegra muchísimo por ti –dijo sin ironía–, pero ¿qué ocurrirá conmigo? Con nuestra pareja, en realidad –omitió plantear desde cuándo lo sabía, caía en abstracto en medio de tanta tensión.

–Te amo, lo sabes, pero necesito espacio y tiempo. Tal vez una separación de tres meses sea lo mejor.

–¿Qué dices? No quiero distancia entre nosotros, si deseas ir, te apoyo, pero eso nada tiene que ver con ganar espacio. ¿Es por lo que hablamos?

–Te amo –repitió– como nunca he amado antes, pero no quiero tener hijos. No imagino mi vida como madre –Isabella fue clara y rotunda. El problema estaba allí entre ambos una vez más.

–No lo imaginas porque aún quedan culpas en ti por el accidente –Matías se refería a un hecho del pasado en el que ella había atropellado con el auto a una mujer embarazada que había fallecido en el accidente. Isabella recordó el trágico episodio en el que su ex había tomado su lugar, asumiendo por ella la responsabilidad de los hechos, y la cadena de sucesos que habían ocurrido después, incluso su matrimonio. No quería que la vida la enredara nunca más.

–¡No! No es por eso. Me he liberado de esa culpa y lo sabes. Me ayudaste a hacerlo. Simplemente no quiero. Me parece bien que haya mujeres que sientan ese instinto maternal, pero no vive en mí, no lo tengo.

–No puedo entenderlo. Querías todo conmigo…

–Mi concepto de todo es mi vida contigo, pero no incluye ser madre, ¿es tan difícil de entender?

Lo que había comenzado como una mañana en pareja se había convertido en una escena más que repetía idénticas ideas con diferentes palabras.

–¿Por qué?

–Porque no lo siento. Cuando imagino mi vida dentro de algunos años, solo estamos tú y yo, viajando, siendo felices y progresando. Nadie más –era dura en su discurso, pero decía la verdad.

–¿Tienes miedo de que nuestros hijos no te permitan progresar? –preguntó intentando adivinar una razón que surgiera de sus propias palabras.

–¡No! Primero, no hay “nuestros hijos”, y en segundo lugar, debes saber que no pienso que los hijos sean un ancla. Los niños no detienen el progreso de ninguna mujer que sepa lo que quiere y se anime a ir por ello. Mi madre es un claro ejemplo de eso, y como ella muchas más. Mi motivo es que no lo deseo para mí, ¿puedes entenderlo?

–O sea, no porque no. Es hasta caprichoso –dijo Matías levantando un poco el tono de su voz, aunque sin gritar.

–Y sí porque sí ¿qué es?

–Es lo normal. Una familia.

–¿Quién dice qué es normal? ¿Una pareja no es una familia si no tiene hijos? –preguntó Isabella acentuando la idea con su tono.

Matías la miraba como si no la reconociera. En algún punto no lo hacía. Tenían todo para ser felices. ¿En qué momento había cambiado la sintonía de ese amor?

–Una pareja es una familia incompleta. Eso creo, si no pudiéramos tener hijos sería otra cuestión, pero que te niegues sin ningún motivo no tiene sentido para mí. Cuando estabas casada tuviste un atraso, ¿recuerdas? Me lo contaste porque era tu amigo, hablaste entonces de que no era el momento para un embarazo y estuve de acuerdo, ni el momento ni el hombre para ti, pero nunca me dijiste que negabas esa posibilidad. ¿Hubieras sido madre con tu ex pero no conmigo? –había dolor y duda en la expresión de su rostro.

–Es que no terminas de entender, mi motivo es mi decisión. Es mi derecho a elegir no ser madre. Es suficiente. No necesito más –tenía ganas de llorar, pero resistió–. Esta conversación es en vano, me cambiaré para ir a trabajar. Puedes usar tú el auto, prefiero caminar –agregó. Si bien ambos trabajaban para la revista Nosotras y cada uno tenía su despacho, no siempre compartían el mismo horario, además, por orden de Lucía, Matías se ocupaba de tareas fuera de la oficina.

A Isabella le molestó esa pregunta, la enfrentaba a lo que hubiera ocurrido casi con certeza, porque sometida como vivía en aquel momento, seguramente hubiera continuado con el embarazo de haberse producido. Agradeció que no hubiera sido así.

Posiciones opuestas sobre un mismo tema no deberían comprometer una relación, pero eso estaba ocurriendo. No existía mitad de camino en el conflicto que los unía porque era también el motivo que los separaba. Matías nunca había creído en la distancia o el tiempo como una variable para solucionar conflictos de pareja. Isabella creía en él, pero no era capaz de convertirse en madre en nombre del amor que sentía. ¿Era ese el principio del fin?


CAPÍTULO 5
Mushotoku

Cuando mi maestro y yo caminábamos bajo la lluvia, él me decía: no camines tan rápido, la lluvia está en todas partes.

Frase atribuida a Shunryu Suzuki,

Japón, 1904-1971

BUENOS AIRES

Adrián Heredia trabajaba en el hotel desde hacía casi tres años. No había planeado ser el encargado del Mushotoku. En realidad, nada en su vida era consecuencia de un plan. Adrián era de los que creían que todo sucedía por alguna razón, que había que estar atento a las señales que las emociones enviaban. Si se enfocaba en su interior, podía ver cómo el destino las colocaba con carteles luminosos a la sombra de los pensamientos.

Para él, planear no servía. Nada salía nunca conforme lo organizado. Nadie era completamente dueño de su vida, solo de la capacidad de buscar felicidad y paz de la mejor manera. No creía en los proyectos a largo plazo. Se enrolaba en los principios del budismo zen, que era más una filosofía que una religión. A través de la meditación, y después de estudiar diferentes religiones y corrientes de pensamiento, Buda llegó a una serie de conclusiones que ayudan al ser a liberarse, que no es otra cosa que evitar el sufrimiento y ser feliz. Y ese era el propósito diario de Adrián. Era un hombre interesante, inteligente y generaba empatía con quien lo escuchaba porque su manera de hablar y el contenido de sus palabras hipnotizaban a quien fuera su oyente.

Tres años antes, su madre había muerto solo un mes después de que le diagnosticaran un cáncer de páncreas. En su lecho de muerte le había dicho: “Hijo, sé feliz. No te unas a ninguna mujer que no pueda ver lo valioso que eres. Te amo”. Luego, sus ojos se habían cerrado para siempre. Adrián sabía de qué hablaba. Tristemente, su madre había sido “invisible” para su padre, siempre. Muchas veces se había planteado qué definía a una mujer ¿La suma de sus acciones? ¿El rol que ocupaba? ¿La capacidad de hacer muchas cosas bien a la vez? ¿Su apariencia? ¿Sus ideas? ¿Lo conseguido? ¿Lo perdido?

Adrián no tenía una respuesta, pero sabía lo maravillosa que era su madre, y le dolía que su padre no la valorara. Ese hombre de pocas palabras daba por sentado y había asumido como cotidiano y normal el gran esfuerzo de esa mujer que había dedicado su vida al servicio de los demás.

Mientras todo marchaba conforme las exigencias tácitas, y la mochila de esa dama resistente se hacía cada vez más pesada, su esposo no veía que crecía también la posibilidad de su derrumbe emocional y físico. Adrián, sí. De chico callaba. De adulto enfrentó a su padre muchas veces. Cuando su madre murió abandonó la que había sido su casa, y en la que permanecía a pesar de tener su propio apartamento solo por ella. Sabía que él era la razón de su vida. Las estructuras sociales arraigadas a su crianza no le habían permitido a Estela pensar en la posibilidad de dejar a su esposo, quien murió tiempo después de que ella falleciera.

Con la partida de su madre, la vida para Adrián cobró otro significado. Las prioridades cambiaron, el eje principal de atención se modificó y los latidos de su corazón dependían pura y exclusivamente de lo que tenía ganas de hacer, siempre guiado por su paz interior y la voz de su corazón. Procuraba que lo definieran hechos, sueños y entrega. Vivía la vida como se presentaba y había dejado sus viejas mochilas emocionales en algún lugar donde se transformaron en olvido.

Luego, cuando falleció su padre, Adrián pensó que quizá también había sido invisible para él, y aceptaba ese hecho como parte de un catálogo familiar que no había elegido. Su padre solo le había reprochado todo lo que no era, pero nunca había sido capaz de ver el hombre en el que se había convertido. Sus actos honestos y nobles, su esfuerzo, su generosidad.

Después de leer mucho sobre filosofía zen, Adrián había entendido que el problema no era suyo y había perdonado a su padre. Tenía cuarenta y dos años y vivía feliz su presente. Reservado, amable y muy selectivo a la hora de elegir compañía. Pocas mujeres podían seguir el ritmo de sus convicciones y su modo de vida; por eso, luego de la última ruptura, estaba solo. Había trabajado durante años en un banco como cajero, primero, como tesorero después, pero siempre sabiendo que ese no era su lugar en el mundo. Renunció cuando Emilia Grimaldi lo entrevistó y le ofreció el puesto de encargado del hotel Mushotoku. Ese nombre era una señal; significaba dar sin buscar recibir, hacer sin esperar nada a cambio, abandonar todo sin miedo a perder, porque se supone que en la ausencia de intención es cuando se obtiene todo.

Había visto el aviso, luego de la muerte de su madre, e internamente algo lo había guiado hasta allí. No se había equivocado; llevaba casi tres años trabajando en el hotel y le encantaba lo que hacía. Casi no recordaba su vida anterior como tesorero del banco.

Ese día, cerca de las cinco de la tarde, Emilia aún no había llegado. Preocupado, Adrián la llamó.

–Hola, Emilia. Disculpa que te llame. Te aviso que todo está perfecto en el hotel, pero como no has venido, quería saber si precisas que me quede más tiempo –así era él, el “hombre de las soluciones”, como ella solía decirle. Prudente. Jamás preguntaba de más y parecía siempre saberlo todo.

–Hola, Adrián… La verdad es que tuve un inconveniente –qué modo sutil de decir que su vida había estallado en mil pedazos. Inconveniente: que no conviene. Impedimento u obstáculo para hacer algo. Había dicho una estupidez. Debió decir fracaso: caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento. Eso era exacto. No lo hizo. Solía buscar definiciones en su mente, amaba hablar con propiedad. Emilia era literal.

–Estoy complicada –continuó. Complicada: enmarañada, de difícil comprensión–. ¿Puedes quedarte?

–Sí, por supuesto. No sé cuál sea el inconveniente –remarcó haciendo notar, sin decirlo, que intuía que la palabra minimizaba algo serio–, pero si puedo ayudarte, cuenta conmigo. Si es necesario me quedaré toda la noche.

Lágrimas mudas continuaban cayendo por el rostro de Emilia. Internamente agradeció la presencia de Adrián Heredia en su trabajo, en su vida. Él siempre estaba para ella. Si bien no se contaban intimidades, solían mantener conversaciones muy profundas. Hablaban en general de la vida, de los valores y de los acuerdos con la felicidad. Sin embargo, discrepaban en los planes y el tiempo. Mientras Emilia tenía su vida entera proyectada milimétricamente, Adrián había soltado todas las estructuras sin dejar de ser responsable de sí mismo y de sus acciones. Parecía que sabía vivir, disfrutar, estar para los suyos igual que para el mundo entero. Porque sabía mirar a su alrededor y, entonces, podía ver y apreciar lo que el destino ponía delante de sus ojos.

–¿Qué haría sin ti? –dijo todavía inmersa en sus pensamientos.

–Supongo que si abandonas la idea de planearlo todo, podrías hacer lo que quieras aunque yo no esté –dijo Adrián con cierto humor–. Pero considerando que no eres capaz de soltar el control de nada, es mejor que cuentes conmigo –concluyó.

Sus palabras cariñosas y esa cercanía respetuosa, la hicieron olvidar, por el tiempo que duró la charla, del desastre que era su vida.

–Quizá tengas razón –respondió por primera vez. Adrián sonrió, sorprendido.

–¡No puedo creerlo! Toda una posibilidad que por fin consideres darme la razón.

–Ya conversaremos. No sé a qué hora voy. Luego te llamo.

–Bien. Cuídate –se despidió.

Adrián se quedó anclado en esas últimas palabras por unos instantes. Algo sucedía.

–Disculpe –una pasajera interrumpió sus pensamientos, ¿puedo merendar aquí? –preguntó refiriéndose a la maravillosa sala de estar en la que se ubicaba la recepción.

–En verdad, aquí no. Preservamos este espacio para lectura con música acorde y cuidamos el aroma cuidadosamente en beneficio de los sentidos de los pasajeros. Pero, si gusta, puedo acompañarla al lugar donde funciona la confitería y estará muy bien allí.

–Me gusta aquí –reiteró.

–Deme la oportunidad de mostrarle el lugar adecuado y verá que prefiere quedarse ahí –insistió Adrián con su encantadora sonrisa.

–Bien. Es usted muy persuasivo –agregó la pasajera que debía tener unos ochenta años de caprichos acumulados, además de mucho dinero con el cual comprarlos.

Llegaron al espacio. Sonaba la tradicional música japonesa hogaku. El aroma del ambiente era perfecto, así como las mesas y las sillas con apoyabrazos. Una empleada se acercó a ellos.

–Por favor, Akira, ubica a la señora en nuestro mejor lugar, con vista al jardín –indicó Adrián–. Si está de acuerdo, claro –agregó mirando a la huésped.

La mujer, maravillada con la vista del extraordinario jardín estilo japonés que había diseñado un paisajista, no pudo disimular la sonrisa de aprobación que se dibujó en su rostro.

–Sí, estoy de acuerdo. Creo que, tal vez, usted tenga razón y este sea mejor sitio.

–Tal vez, señora Márquez. Solo tal vez –sonrió–. Ya me lo dirá usted después, si lo desea.

Adrián se retiró, satisfecho. Siempre lograba el mejor resultado de una manera conciliadora. Volvió a la recepción. El rostro de Emilia regresaba una y otra vez a su mente. ¿Qué estaba sucediendo? Pensó en volver a llamarla, pero lo consideró invasivo.


Dos horas después, Emilia, con lentes oscuros, entró al hotel y le indicó al empleado de la recepción que le facilitara las llaves de alguna habitación que estuviera desocupada; dormiría allí esa noche. Adrián se acercó y al mirarla comprendió que ella no estaba bien y que pretendía ocultar su angustia detrás de las gafas. Así, como leyendo su alma, le habló con ternura.

–Te cuento que me quedaré en el hotel toda la noche y no tengo intenciones de dormir; si necesitas hablar, estaré cerca –le dijo. No preguntó. No hacían falta detalles o explicaciones para percibir la gravedad de un problema que, evidentemente, había aniquilado la expresión y había alterado la exacta rutina de Emilia.

–Gracias –solo eso pudo decir. Quería encerrarse a llorar.

Entró a la habitación, cerró las cortinas y se apoyó sobre la pared de la ventana principal. Lentamente fue dejándose caer hasta desplomarse sobre el piso. Abrazada a sus rodillas liberó su agobiante angustia. En ese instante sintió que lo mejor sería morir. Pensó cómo escapar de la vida. Lo imaginó de mil modos posibles, como si, por decisión, su corazón pudiera dejar de latir, y en esa simpleza lograra terminar con el tormento que implicaba la impotencia. Coqueteó con la muerte desde las súplicas, la llamó en sollozos, la invitó a venir por ella, aunque en verdad lo que quería era matar su dolor y no dejar de vivir. Aceptar lo que ocurría no parecía una opción posible.

Había llegado al Mushotoku como alguien que está separada de su peor preocupación latente. De la peor pesadilla que suponía no poder hacer nada para evitar lo que estaba ocurriendo.

Sin darse cuenta, pretendía que la noche, el insomnio y el dolor tremendo de su alma no estuvieran allí, pero estaban. Los sentimientos gritaban sus silencios a la nada.

–Soy yo. ¿Puedo pasar? –dijo Adrián golpeando con suavidad la puerta.

Ella no respondió. Él volvió a golpear.

Emilia lo dejó entrar. Al ver sus ojos hinchados de llorar y la tristeza que había en su rostro, Adrián la abrazó. No preguntó nada. Solo la dejó llorar sobre su hombro largo rato, y cuando sintió que había alivianado un poco su angustia, le preparó un té con el set que había en cada dormitorio.

–Emilia, no sé qué sucede, pero el corazón manda, el nuestro y el de los otros, y es siempre fiel a lo que lleva dentro, el resto es solo cuestión de circunstancias. A veces, duele ver lo que no supimos mirar antes.

Ella seguía llorando. Él se sentó en el piso, a su lado, y la abrazó en silencio hasta que se durmió sobre su pecho. La tomó en brazos, la acostó sobre la cama y se sentó a su lado. Así los descubrió el amanecer.

Seguía lloviendo.


CAPÍTULO 6
Transición

El secreto del cambio es enfocar toda tu energía no en luchar contra lo viejo sino en construir lo nuevo.

Frase atribuida a Sócrates,

Grecia, 470 a.C.-399 a.C.

BUENOS AIRES

María Paz se había quedado dormida junto a su hija bajo la luz de las estrellas de la habitación pensando en aquel cielo que la había cubierto ocho años antes en Johannesburgo. Su historia la definía. Amaba la naturaleza, los animales y ser libre. Desde pequeña había soñado con recorrer el mundo. Así, desde muy joven dedicaba todos sus ahorros para viajar a lugares exóticos. No llamaban su atención los destinos tradicionales, la atraía el magnetismo de los sitios que gritan una realidad diferente, lugares que guardan sus misterios y parte de su historia como un tesoro individual, que se ofrecen a ser conocidos pero no vulnerables.

Fue en una escala en el aeropuerto de Johannesburgo, durante un viaje con destino final en Singapur, cuando encontró el lugar que necesitaba su alma. Lo supo de inmediato. Cuando la primera impresión es tan intensa, no deja opciones para cambio alguno de opinión, y transforma los deseos en certezas.

Atraída por los colores de la gran variedad de artesanías, había ingresado a un local que la enamoró y la transportó por alquimia a donde no estaba. Una espiritualidad milenaria la envolvió y la hizo parte de lo que no conocía, pero deseaba. Comenzó a escuchar tambores que parecían hablar su propio idioma, empezó a oler la magia de una tierra de lucha, se conectó con la calidez de su gente, amó la libertad de su fauna y sintió cómo sus latidos se unían al ritmo de un país que había redefinido el concepto de paz. Recordó lo poco que sabía de Nelson Mandela. Muchos años en prisión, elegido el primer presidente negro al ser liberado, había unido una nación fragmentada al borde de una guerra civil. ¿Por qué nunca había investigado más? ¿Por qué? Quizá porque las cosas suceden cuando deben hacerlo; ni antes, ni después. Supo que ese negocio llamado El espíritu de África cambiaría su vida para siempre. Lamentó no haber planeado quedarse allí, pero entre su corazón y sus emociones la vida escribió la seguridad de cuál sería su próximo destino. Miró sobre el mostrador y vio una pila de libros. Instintivamente, como si estuviera segura de que algo decía allí para ella, tomó en sus manos un ejemplar de Ébano de Ryszard Kapuściński.

El vendedor del local percibió su interés y se acercó a ella.

–África es imposible de definir de una sola manera. Es un mosaico de contrastes, de vidas, diversidades, te enamorarás de ese continente –le dijo luego de saludarla.

María Paz le sonrió con cordialidad, al tiempo que abría el libro al azar y leía en el prólogo: “En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe”. Leer eso dominó su atención. Quería saber más, quería saber todo. ¿Cómo que no existía? ¿Por qué?

–¿Qué puede contarme, usted? No me quedaré ahora, estoy de paso –le aclaró–, pero volveré.

–Es un continente en el que por desgracia hay muchos denominadores comunes marcados por el sufrimiento, la pobreza, las guerras, los golpes de Estado, pero créeme que decir solo eso sería ser injustamente simplista. Hay más, muchísimo más en África.

–¿Usted nació aquí?

–No, pero vivo desde hace muchos años –María Paz esperaba que continuara con su relato. El hombre lo hizo–. ¿Sabes?, es cierto que hay brujería, supersticiones como enterrar a los muertos cerca de los vivos buscando protección, cucarachas de diez centímetros, tuberculosis, oscuridad, misterios inquietantes, pero también hay música y una alegría infinita. El canto y las voces en coro son excepcionales, nunca escucharás algo igual de bonito en el mundo. Y, además, ese rasgo característico que me ha llevado tiempo comprender.

–¿Cuál?

–Una increíble capacidad de espera. Todos aguardan en paz por algo. Creo que la espiritualidad del universo vive aquí y está esperando por ser descubierta. Ese libro te dirá mucho –dijo con referencia a Ébano–. Lo escribió un arriesgado reportero polaco, que vivió aquí no como un turista feliz, sino como un auténtico africano.

–Lo llevo –dijo, sin dudarlo–. Es usted muy amable.

Lo había leído en el avión por primera vez. Desde ese día, Sudáfrica, conocida como la “Nación del arcoíris” por su riqueza cultural única, desde su historia y su gente, hasta hacer un safari, fueron el siguiente objetivo de María Paz. Se había informado sobre la existencia de once idiomas oficiales, uno de ellos –el xhosa– que se habla con sonidos onomatopéyicos. Todo lo relacionado con esa cultura despertaba su curiosidad inmediata. Quería viajar para conocer ese continente en el que convivían una increíble diversidad de costumbres, artesanías, bailes y canciones locales. Sabía que el apartheid había marcado una división étnica rotunda. Se había dedicado a investigar sobre el sistema de segregación que había privado del mestizaje y las uniones interraciales. A María Paz le costaba creer que todavía existieran suburbios y vecindarios diferenciados de acuerdo al color de piel de sus habitantes.

Su profesión de periodista, y su excelente manejo del idioma inglés, acompañaban sus inquietudes en todo sentido. María Paz llevaba la habilidad de conocer y saber en su ADN.

Desde esa escala en el aeropuerto de Johannesburgo, un hilo invisible la había unido a África de una manera inexplicable. Mientras otros soñaban con conocer París, o su hermana Emilia se maravillaba con la cultura japonesa, ella continuaba anhelando ese continente. A sus treinta y seis años había viajado allí en tres oportunidades y sabía que su destino estaba ligado a la extensa sabana.

Al pensar en Sudáfrica, fue Johannesburgo el lugar que aceleró sus latidos. Sin embargo, volver allí con sus pensamientos se relacionaba con él. Con Obi, el padre de su hija, el amor más fuerte que había sentido jamás; su rostro era lo que acudía a su memoria cuando pensaba en ese país cuyas costas bañaba el océano Índico.

Con Obi se habían conocido de manera simple, tan casual que parecía mentira que de una pregunta que cualquiera pudo responder hubiera nacido una historia como la que los unía. En una esquina, que pudo ser otra, pero que fue la del hotel donde se alojaba, en el vecindario de Sandton, María Paz necesitó saber la hora para calcular si estaba a tiempo de tomar una excursión.

–Excuse me. Can you tell me what time is it? –entonces una mirada se había metido directamente en su corazón. Antes de responder, un hombre desconocido, de contextura fuerte y sonrisa dulce, la observaba, absorto–. Are you ok? –preguntó ella.

–I think so.

Y así, con un diálogo tan simple y una energía que los recorrió enteros y a la par, comenzó la historia de amor. Durante ese primer viaje, María Paz compartió todo con él. Se enamoraron, de esa manera, sin explicación ni futuro que se presentara fácil. Obi trabajaba en la cocina del hotel donde ella se hospedaba. De hecho, iba camino a su empleo cuando se produjo el encuentro. Junto a él, María Paz había descubierto la sensación de comodidad en un país objetivamente incómodo debido a las limitaciones de todo tipo; lugares, horarios, peligros, las grandes deudas internas que aún permanecen socavando en la gente, y lo más lamentable: la diferencia entre negros y blancos. Esa verdad que habita en la mirada del alma de algunas personas, como un triste filtro que las mantiene lejos del concepto de igualdad y humanidad. Para María Paz la igualdad consistía en entender que todos eran igual de únicos y diferentes. Tal vez la violencia y la avaricia, que forman parte de la convivencia de realidades tan opuestas en África, tuvieran su origen en la mirada inundada de prejuicios de la minoría.

Cuando sus ojos se detenían en Obi, veían al hombre del que se había enamorado, y sus características físicas no marcaban ninguna diferencia respecto de cualquier otro hombre del mundo. Para María Paz el amor era un sentimiento universal. Sin embargo, África era la evidencia de que esa verdad que defendía no era la de la mayoría. Muy por el contrario, todo estaba signado por el contraste de esos dos colores, en perjuicio de la mayoría. Incluso desde la palabra.

Obi tenía planes, pero los escribía en el agua o los ejecutaba desde su particular concepción del tiempo. Sin embargo, el tiempo real transcurría y África y Argentina quedaban todo lo lejos que era posible; mientras María Paz no era capaz de mudarse para allá, Obi prometía que él lo solucionaría, que había que esperar, pero lo cierto era que en los hechos nada se concretaba. Así, el amor había subido a María Paz a dos aviones más con destino a verlo, y en el último viaje él la había sorprendido con una “Star Bed”: la posibilidad de dormir bajo el cielo de la sabana, en una reserva, como experiencia previa al safari que realizarían a la madrugada.

Las camas con vista a las estrellas pertenecían a un exclusivo lodge llamado Shepherd’s Tree, y estaban diseñadas de manera espectacular: hechas a mano sobre una elevada plataforma de madera, y parcialmente cubiertas con un techo de paja y un mosquitero. La habitación elegida estaba en lo alto de un kopje, así se llaman las pequeñas colinas rocosas a las que se accede por una escalera para que ningún animal pueda subir.

Al llegar allí, María Paz fue feliz. No pudo pensar en nada que no fuera aferrarse a Obi como si siempre fuera ese día. Quería detener el tiempo en su sentimiento; él parecía haberlo hecho en ella. Observaron la extensa sabana desde una terraza y se amaron sin condiciones en la privacidad paradójica de un aire libre con todas las comodidades. Soñaron, rieron y se devoraron la vida a sorbos tan profundos como el amor que compartían.

Al llegar la noche, y frente a ese espectáculo africano, sin salir de la cama, María Paz elevó su mirada a ese cielo y sintió un escalofrío. Entonces, de una estrella cayó una palabra. “Sí”. Llevaba tiempo pensando en sus deseos de ser madre y sabía que más allá de las dificultades que los separaban, Obi era el amor de su vida, entonces le propuso no tomar precauciones y esperar esa bendición.

Escuchando los sonidos de la naturaleza en la bella y remota África, entre la nada y el universo que caía sobre ellos, en medio de una reserva natural, lejos de todo lo urbano y efímero, dos seres se amaron sin límites y concibieron la felicidad en su estado más puro.

María Paz volvió a su presente y observó el cielo inventado entre las paredes de la habitación. Era evidente que le había pedido a su niña que mirara al cielo porque en el fondo de su ser le deseaba una historia así. Al menos, el comienzo.

Besó a Makena y se fue a su dormitorio.


Necesitaba un cambio. Continuar. Hacía mucho tiempo que Obi, a fuerza de esperas eternas, parecía haberse convertido solo en el padre de su hija. Tristemente, el hombre de sus sueños no había cumplido sus promesas, y más allá de conocer a Makena por videollamadas y hablar con ella a diario, nunca había aportado ninguna ayuda económica para su crianza; y la niña, si bien sabía que era su padre, no llevaba su apellido. María Paz no lo juzgaba, entendía que la realidad de Obi era acorde a la lucha de su país y de sus ancestros. Si bien se había informado sobre la esencia de la tierra del padre de su hija y había terminado comprendiendo un poco mejor, no por eso dolía menos.

Veía un paralelo claro con la sabana: en África todo ser viviente debe ser fuerte para sobrevivir. Algo de esa verdad era parte de su vida, porque tenía una hija afro. Pero María Paz se sentía sola y ya no quería eso. No lo pensaba en términos de pareja sino de plenitud. A excepción de su pequeña, casi nada despertaba en ella gran interés. Había perdido su brillo, sus ganas de ser la que había sido. Solía pensar que entre la María Paz que amó bajo las estrellas en África y la que vivía ocho años después en Buenos Aires no había nada en común. Solo las unía la memoria. Y eso no le gustaba.

Ese presentimiento que le anunciaba angustia se mezclaba con otra sensación de vértigo. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? No lo sabía, pero tenía claro que era importante.

A la mañana siguiente llegó al periódico; había tomado una decisión.

–Juan Pablo, necesito hablar contigo –si bien no eran amigos, la relación que los unía con el director editorial del periódico estaba basada en la alta estima de años de trabajo en común en la redacción.

–Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

–Siento que estoy atrapada en mi escritorio. ¿Podrías tenerme en cuenta si surge algún viaje para cubrir la noticia que sea?

Su jefe se sorprendió.

–Fuiste tú, en esa misma silla, la que me pidió permanencia en la ciudad, ¿recuerdas?

–Sí. Lo recuerdo muy bien. Pero Makena ha crecido y mi perspectiva es otra. En aquel tiempo, mi prioridad era la estabilidad.

–¿Y ahora quieres irte?

–Lo dejo en manos de mi destino. Estoy abierta a lo que pueda surgir.

–Bien. Solo te daré un consejo que no me pides.

–¿Cuál?

–Ten en cuenta que nuestras dudas viajan con nosotros –dijo–. No me digas nada, solo recuérdalo cuando sea el momento –agregó.


Esa transición que ocurre entre un estado y otro, ese devenir de las circunstancias que se enreda con el deseo común de la mayoría de los seres humanos, ¿acaso no debería ser una misión naturalmente posible ser feliz para los que creen que esos momentos son lo único importante que hereda la vida?

¿Por qué las dudas? ¿Por qué el vacío? ¿Por qué la distancia y el sinsabor?


CAPÍTULO 7
Amantes

Ella es impredecible.

Nunca sabes si te va a amar o te odiará, si va a huir o te pedirá que no te vayas nunca.

Miguel Gane, 2016

BUENOS AIRES

Alejandro apoyó los brazos sobre los cerámicos blancos y permaneció así unos minutos, no supo cuántos, rememorando la manera en que había dejado a Emilia. Sentía el agua de la ducha, primero sobre su rostro, y después desvaneciéndose sobre su cuerpo cansado. Las gotas, como un recorrido inevitable y letal, seguían el camino de sus formas para morir en la superficie plana que lo sostenía. Pensó que cualquier hombre estaría aliviado y feliz por no tener que ocultar la existencia de otra mujer en sus sentimientos, ni fingir que todo estaba bien con su esposa. Cualquier hombre, pero no Alejandro Argüelles. No podía olvidar la expresión desesperada de la mujer con quien, alguna vez, había decidido pasar el resto de su vida. Esa de quien creyó haberse enamorado. Muchas veces le había dicho “te amo” y había imaginado que era para siempre. “Te amo, Ems”, entre sábanas blancas, en un parque, de viaje en Nueva York, en París, en el campo, en la playa, en la sala de guardia en la que esperaban para que le enyesaran un brazo cuando se había caído de la escalera, en Aspen, aquella inolvidable Navidad, en sus cumpleaños…, en Tokio besándola en el castillo de Yuri, y en otros tantos lugares en los que habían compartido momentos. “Te amo”, le había dicho, “te amo”, dos palabras que salían de sus labios naturalmente, como si no hubiera otra verdad posible, pero había.

Nunca le había mentido. No sentía que fuera un traidor. Desde que Corina Soler estaba en su vida los “te amo” habían sido reemplazados por extenuantes y culposos silencios. Solo quedaba la manera en que la llamaba, “Ems”, pero vacía del sentido que la motivara la primera vez. Por eso la había dejado, porque ella merecía su honestidad por brutal que fuera. Siempre era mejor ser sincero. Así, en el cruce de un tango ya escrito, un abrupto dos por cuatro había puesto el punto final. Había cambiado dos palabras, “te amo”, por cuatro bien diferentes, “se acabó el amor”. Un compás que sonaba con lágrimas vivas.

La rutina, los planes exactos de Emilia, sus horarios, su compromiso ininterrumpido con su hotel, su necesidad de que todo fuera perfecto en su trabajo y en la casa. Esa obligación tácita de dar respuesta siempre. Sus estructuras y horarios para cada actividad, incluso la ausencia de creatividad en la intimidad, esa permanente condición de saber cómo y cuándo ocurriría cada suceso lo había agotado.

Emilia controlaba pasado, presente y futuro. Era equilibrista de situaciones y nada, jamás, caía de las bandejas que llevaba sobre ambas manos con copas de cristal simbólicas, llenas de decisiones y planes, que representaban cada vínculo, responsabilidad y día en el almanaque de su existencia. Ninguna cuestión escapaba a su control. No tenía mala intención, eso era seguro, pero ¿lo hacía por ella? ¿Por los otros? ¿Por miedo? ¿Por qué?

El control incuestionable al que Emilia sometía su vida había erosionado de manera lenta el amor que los unía, hasta reducirlo a nada. Un día, ese amor se había acabado, no era un amor roto, herido o desgastado. No era un sentimiento que pudiera sanar o volver a latir. No era un amor que agonizaba. Simplemente no estaba allí; en todo caso era un amor ausente. Un amor que había partido al lugar donde se supone que van los restos de los amores perdidos en medio de los errores humanos y las señales que no fueron vistas. Había, tenía que haber, en algún lugar de la tierra, un cementerio de amores que no lo lograron. Un lugar como aquellos en los que descansan los soldados que no vuelven de la guerra. Allí estaban esparcidas las cenizas del que había sido el amor de Alejandro y Emilia. No se sentía contento por eso. No era agradable fracasar en ninguna de sus formas, pero era todavía peor permanecer en la comodidad de lo que no funciona, resignando en ese acto vano la felicidad que espera en otro sitio. Justo al lado de un amor imprevisible y vertiginoso que le devolvía vida a su cuerpo, a su alma y a sus emociones.

El matrimonio que Emilia había adoctrinado con la finalidad de que cumpliera el plan previsto y deseado había empujado los ojos de Alejandro hacia Corina, un ser que vivía la vida como se presentaba porque había aprendido, a fuerza de un gran golpe, que nadie es dueño del tiempo o de los planes. El opuesto literal y preciso de su esposa.

En ese escenario emocional, una mañana, casi seis meses antes, la había encontrado en los bosques de Palermo, muy temprano, en su jornada de running. Un día sucedió a otro con el mismo horario. Primero, una sonrisa a la distancia al reconocerse, luego, un saludo distante y simpático. El misterio. El paulatino interés. Y, casi de inmediato, las ganas de encontrarla. Recordar su imagen. Afeitarse y perfumarse. Pensarla. La irresistible y silenciosa atracción que, supo después, había sido recíproca. El engaño mental, ese con el que para algunos se consuma la infidelidad más peligrosa. La que tiene oportunidad de conllevar sentimientos y compromiso.

Correr a la par. Competir. Reír. Disfrutar el aire, el cielo, la vida. Charlas sobre el césped, cosas en común, placeres con los que Alejandro había fantaseado y que Corina gozaba y le hacía vivir en plenitud.

Una historia trágica, detrás de una mujer de treinta y tres años y una viudez repentina. Tres años atrás, Corina se había casado y fue feliz lo que duró su luna de miel, porque al regresar de Europa, en su primera semana de matrimonio, un accidente automovilístico se llevó la vida de Leonardo.

Corina sobrevivió al peor dolor que había tenido que enfrentar en toda su vida. Horas de psicoterapia, amigas leales, soledad, deporte, lectura y cursos. Llenaba los vacíos que otras mujeres ocultan detrás de las compras, con cursos. De lo que fuera: repostería, novela negra, inglés, italiano, zumba, fotografía. El máximo considerado desde su inutilidad, dejando a salvo que saber siempre suma y no resta, fue el de sommelier de té. Lena, su hermana, le decía: “Si te hace bien, hazlo, pero en todos lados te sirven un té común, ensobrado; salvo que viajes a Japón o a Londres no podrás usar esos conocimientos jamás”.

Concluida la etapa de cursos y aferrada al running cada día más se había mudado e iniciado una nueva vida. Corina, que era psicóloga, había decidido cambiar de domicilio su consultorio. Subalquiló uno en una casa también en el vecindario de Palermo, donde atendían otras tres colegas; una de ellas, su mejor amiga, Verónica Marino.

Corina vivía el momento, llevando al máximo su capacidad de disfrutar. No tenía cuestiones pendientes con nadie dado que sabía muy bien que la fatalidad estaba acechando siempre, y le resultaba terrible imaginar la pérdida de un ser querido habiendo dicho palabras que no quería decir o cosas que no sentía, o peor aun habiendo callado lo que debía ser dicho. Por suerte, nada de eso había sucedido con Leonardo.

Sin embargo, ella era imprevisible, esa era su cicatriz. Había sellado su duelo con la íntima decisión de que haría lo que tuviera ganas y que nada se proyectaría más allá de la noche del mismo día. Era muy simbólico que esa convicción conviviera con su necesidad diaria de correr. ¿Por qué lo hacía? ¿Adónde quería llegar si creía que no había más que unas horas seguras por delante?

Alejandro era el primer hombre que le había interesado de verdad luego de la muerte de su esposo. Corina lo deseaba para sí y no le importaba el precio que hubiera que pagar. Simplemente porque para ella la felicidad valía todo lo que tenía. Cuando el destino quería algo se lo llevaba sin consideración alguna, entonces, ¿por qué no podía ella ser como el destino?

Ella llevaba la tristeza inevitable en su historia, pero no cargaba mochila alguna de sufrimiento y reía. Reía con tanta fuerza cuando algo le provocaba ganas de hacerlo, que brillaba y era imposible no pensar que definía la felicidad plena con su gesto.

Las jornadas de running se sucedían en los bosques de Palermo y sumaban empatía, chistes, risas, intercambio de números de celulares, roces, halagos prudentes, suspicacias y deseo contenido. Cada día los encuentros eran una cita tácita que ambos esperaban, incluso y mejor cuando llovía. Una mañana, ella fue por más.

–Alejandro, me gustas, te gusto. El juego de seducción es ya insostenible. Si no me besas en el próximo minuto, creo que no vendré más a este lugar…

El cielo se había puesto gris por completo. Antes de que pudiera terminar, Alejandro tomó su rostro entre las manos a plena luz del día, olvidándose de quién era y la besó.

Comenzó a llover. La escena no podía ser más romántica y provocadora. Sus labios eran un elixir de atrevimiento. Las lenguas hallaron su par, y en el instante siguiente nada más importó. Se sintió tan vivo, tan intenso, que Corina creyó que su corazón iba a salir de su cuerpo para estallar libremente y organizar una fiesta.

–Vamos a mi casa –susurró ella. Y allí fueron, empapados de agitación. Se descubrieron, se desnudaron, se acariciaron, se besaron, se entregaron al todo o nada, que es la vida a veces. Fue en la piel la confirmación de lo que ambos habían sentido ya repetidas noches antes de dormirse, aunque no estuvieran juntos.

Y en la misma ducha, que ahora lo relajaba del tormento, habían hecho el amor con la lentitud que imponen las ganas de querer detener el tiempo, y la pasión de lo prohibido que se desea a perpetuidad.

El agua seguía golpeando su rostro cuando Corina, vestida con una camisa blanca y un pantalón corto, entró a la ducha y lo sacó de sus pensamientos.

–¿Estás bien, amor? –sonrió mientras la tela de la camisa, como consecuencia del agua, comenzaba a adherirse a sus pechos resaltando el sujetador también blanco.

–¿Estás loca? ¿Qué haces vestida en la ducha?

–Hago lo que quiero: besarte –respondió. Y lo hizo. Lo besó como si no hubiera un mañana.

Alejandro la desnudó. La subió a horcajadas y sus cuerpos se amoldaron al deseo. El agua que los recorría agudizaba sus sentidos y, juntos llegaron, sin salir de la ducha, al lugar donde vive el placer de los amantes. Algunos le dicen “paraíso”. Para Corina era solo “aquí y ahora”. Para Alejandro era “algo desconocido”.


CAPÍTULO 8
To be me

Ser uno mismo, simplemente uno mismo, es una experiencia tan increíble y absolutamente única que es difícil convencerse de que a todo el mundo le pasa algo tan singular.

Frase atribuida a Simone de Beauvoir,

Francia, 1908-1986

BOGOTÁ

Isabella caminó hacia la oficina como sumergida en un trance. Pasaba de la angustia y la desolación al enojo. Sentía que daba pasos hacia atrás en su destino. Desde que se había enamorado de Matías la vida le sonreía. Porque era amor del bueno. Un ser que le daba todo lo que necesitaba para sentirse plena y a quien ella le correspondía de la misma manera. Se divertían juntos, compartían cada cosa simple de la rutina cotidiana como si fuera un plan de vida. Desde el desayuno o mirar una película hasta brindar juntos en la bañadera repletos de espuma y rodeados de velas aromáticas cuando la noche era especial. Hablaban de todo lo que les sucedía y estaban contentos de haberse encontrado.

El matrimonio de Isabella con Luciano parecía un recuerdo muy lejano, aunque habían pasado tres años, en la unidad de medida de su tiempo eso estaba a años luz de su presente. Solo había vuelto a verlo para los trámites del divorcio que ya había concluido. Él se había quedado con todo porque su ira y sus abogados no cedían a un acuerdo justo. Isabella, quien no quería discutir por dinero y necesitaba dar vuelta esa página y avanzar, había resignado lo que le correspondía. La felicidad, a veces, conlleva decisiones sostenidas en priorizar el bienestar y no bienes de valor económico. No había querido que un juez le diera la razón; aunque la tenía, había elegido la paz y la alegría junto a Matías.

Había aprendido, no sin dolor, a elegir qué batallas pelear. Sin embargo, estaba delante de una que no admitía desistir sin que eso significara hacer algo que no deseaba y que cambiaría su vida para siempre. Era tan simple, ella no quería tener hijos, y él, sí. Ocho palabras daban clara evidencia de una situación sin solución posible. La salida implicaba perder al amor de su vida. Por momentos, sentía que no tenía derecho a quitarle la posibilidad de ser padre y, luego, la enfurecía que no fuera suficiente con la vida preciosa que compartían.

Llegó a su despacho, encendió la computadora y se dispuso para una nueva jornada laboral. Ya había tenido la primera conversación con Lucía y ese día terminaba la semana y debía darle una respuesta.

Desde su despacho, Lucía, que había aprendido a decodificar las emociones de la joven con solo verla, acababa de terminar de leer la columna de opinión “Atrapada”. No le quedaban dudas. Algo serio le ocurría. Quería ayudar. La llamó por el interno y pidió café para ambas a su secretaria.

–¿Sabes algo?

–No, dime.

–Me quedé pensando en la pregunta final de “Atrapada”, siempre te respondo sin meditar, pero esta vez debería decir que no lo sé. No sé de qué soy capaz por amor –señaló.

–¡Bienvenida a las dudas! –respondió Isabella con dolorosa ironía–. Déjame decirte que eso no es problema comparado con la certeza de lo que sabes que no harías, aunque significara perder ese amor.

Lucía pudo sentir su pena mezclada con indignación, y confirmó que era grave lo que ocurría con Matías, aunque no podía imaginar qué. En otro momento hubiera intentado que ella lo liberara a través de lo que escribía, pero tenían confianza.

–Isabella, no solo te has ganado mi cariño, sino que, además, de algún modo formas parte de la familia que elijo. Tu padre es el mejor amigo de mi pareja –dijo refiriéndose a Ignacio–, y tu madre es la pareja de mi hermano Rafael y una mujer extraordinaria. En definitiva, te quiero no solo por las personas que nos unen sino, más aún, por lo que tú eres. Creo poder preguntar. ¿Qué sucede?

–No necesitabas toda esa introducción, sé que me quieres y yo a ti. No me molesta que preguntes –Lucía sonrió–. No quiero tener hijos y Matías, sí. Fin del relato –agregó.

Lucía se quedó mirándola, en silencio. Ella no tenía hijos. La comprendía. Fue prudente de todas maneras.

–¿No quieres ahora? O…

–No quiero porque es mi decisión de vida. Mi derecho. No quiero ahora ni nunca. No es un tema de momentos adecuados –remarcó.

–Entiendo…

–Qué bien porque para él es chino mandarín –dijo con ironía. Lucía no pudo evitar sonreír ante su ocurrencia.

–Podría decirte que, tal vez, Matías desista para poder continuar contigo, pero no lo haré porque te conozco y, aunque así fuera, no aceptarás que viva a tu lado conformándose y que duerma entre ustedes latente el posible reproche de su paternidad negada, ¿verdad?

–¡Exacto! Tú comprendes. ¿No vas a preguntarme por qué no quiero?

–No.

–¿No?

–No. Ya lo has dicho, es tu derecho. La maternidad es una elección. Un compromiso irreductible mientras vivas, y quizá, luego de la vida, porque dudo que una madre se desentienda de los hijos después. Imagino a la mía, protegiéndome desde la eternidad.

–¿Por qué para ti es tan simple y para él imposible de entender?

–Porque yo no tengo hijos. Elegí no tenerlos. Y mi esposo, en su momento, compartía la misma idea. Además, los tiempos han cambiado. La realidad de hoy conlleva nuevos paradigmas. Las mujeres pueden elegir, y tú formas parte de esa nueva generación. En mi época, estudiabas, te graduabas, te casabas, comprabas tu casa, en fin, todo lo había planeado un mandato social silencioso. Ahora puedes simplemente viajar, no tener hijos, elegir tu profesión o ser bohemia y comer día por medio para vivir del arte.

–Es así, pero no todos tienen tu mente abierta. No quiero contarlo porque me siento juzgada de antemano. La familia, los hijos, se supone que son parte del plan de toda pareja desde que el mundo es mundo. Cuando estaba casada con Luciano tuve un atraso y entré en pánico. Entonces no tenía tan claras las cosas, pensaba que no era el momento. No era feliz en mi matrimonio, pero ahora sé que no se trata de la pareja sino de mí. Porque mi amor por Matías está fuera de debate, lo elegiría siempre otra vez. Tampoco es que piense que un hijo limitaría mi crecimiento profesional o mi vida, porque no es así. Es solo que siento que el rol de madre debe nacer del deseo, y eso a mí no me pasa.

–Comprendo –no pudo evitar pensar que era una convicción bien fundada y, al mismo tiempo, revolucionaria para las miradas aferradas a estereotipos familiares–. Todo tiene solución, solo eso puedo decirte. Quizá debas cambiar tu perspectiva, dejar ir tu enojo y simplemente ser tú.

–Yo no veo la salida. No podemos encontrarnos a mitad de camino; es sí o no.

–Es cierto, pero de los laberintos también se sale.

–Dime, ¿cómo salgo de este? Yo amo a Matías con locura. No imagino mi vida sin él, pero tampoco con un bebé.

–Leopoldo Marechal, un escritor argentino, decía que de los laberintos se sale “por arriba”.

–Pues mi laberinto tiene techo –refutó.

Lucía sonrió; amaba su capacidad de crear simbolismos intensos. Un laberinto con techo, lo era sin duda alguna.

–Eres muy joven. Una cosa a la vez. Hoy es hoy. Tu presente te dice que no.

–No voy a darle falsas esperanzas, no voy a cambiar de postura. Hoy es siempre, para mí.

–Eso no lo sabes, lo supones. Cuando mi esposo murió juré que jamás volvería a amar a nadie porque no iba a exponerme a pasar por el posible dolor de la pérdida otra vez, y aquí me tienes, enamorada de Ignacio y feliz. Lo que te sugiero es que te enfoques en otra cosa, suelta este tema de momento y que sea lo que deba ser. Porque si algo puedo asegurarte es que lo mejor está previsto en el universo para ti y lo reconocerás. A veces, existen salidas desconocidas esperando por nosotros, aun en los “laberintos con techo”.

Silencio de ambas.

–¿Quién se ocuparía de mi trabajo si acepto el reemplazo en Nueva York?

–Buscaré a alguien. Solo tendrías que enviar las columnas, el resto lo delegaré –las tareas de Isabella abarcaban mucho más de lo que se publicaba.

Silencio de ambas.

–Yo… –comenzó Isabella.

–Antes de que digas una palabra, sabes que puedes viajar con Matías, tiene derecho a sus vacaciones pendientes si lo desea y, por supuesto, también puedo hablar por alguna tarea temporal allá condicionada a tu viaje.

–Lo sé, pero no. Iré sola. Acepto la propuesta. Formaré parte de To be me por tres meses; luego, la vida irá diciendo.

–Conocía tu respuesta. Creo que es lo mejor en este momento. Solo te pido una cosa.

–Dime.

–No te vayas peleada con él. Dale una tregua al tema y toma este viaje como una oportunidad profesional.

–Lo prometo. No es mentira de todas formas. Hay algo de verdad en lo que dices.

Isabella era auténtica, solo de esa manera lograba sentirse bien, cumplir las expectativas de otros formaba parte de su pasado. Era humana y, en consecuencia, imperfecta, justo el tipo de persona que le gustaba ser. Real. Eso la liberaba de las pesadas anclas que cargan los que buscan la aceptación de los demás.

¿Un nuevo enfoque? ¿Postergar lo inevitable? ¿Las dos cosas a la vez? No importaba, solo pudo pensar: To be me, y no se refería al acertado nombre de su próximo desafío sino a su decisión. Ser yo.


CAPÍTULO 9
¿Fracaso?

Cada vez que entramos en una crisis es el absurdo total, comprende que la dialéctica solo puede ordenar los armarios en momentos de calma.

Julio Cortázar, 1963

BUENOS AIRES

Emilia llegó a casa de su madre intentando disimular lo que su imagen y expresión gritaban a viva voz. Estaba mal, era innegable. Beatriz lo supo al oírla por teléfono, pero su hija no había querido adelantarle nada. Quería hablar frente a frente. Le hacía falta su abrazo, sentirse hija. Protegida. Volver a su origen. El mundo fuera de su control la asustaba.

Beatriz supuso que el presentimiento de su otra hija, María Paz, estaba relacionado con Emilia. La preocupaba mucho qué era lo que podía haber afectado a su hija mayor al extremo de que la otra sintiera el aviso de esa angustia. Quizá porque Emilia era metódica y nada la tomaba desprevenida.

Emilia tenía llave, Beatriz la escuchó entrar, se puso de pie y fue a recibirla.

–Hola, mamá –saludó con los ojos desbordados de lágrimas negadas.

–¡Hola, mi amor! –respondió y la abrazó. Su instinto de madre la guiaba.

Emilia se desplomó sobre su hombro y comenzó a llorar en silencio. La contuvo sin hablar. No importaba cuánto ella quisiera saber lo que ocurría sino lo que su hija necesitaba en ese momento. Podía esperar. Podía todo, porque era su madre.

Un minuto.

Sollozos.

Otro minuto.

Abrazo más fuerte.

Otro minuto.

Beatriz contenía sus propias lágrimas.

Un minuto más.

Emilia se separó brevemente de su madre, comenzó a secar sus lágrimas con las manos que frotaban sus ojos.

–Tranquila. Te amo –dijo.

–Lo sé, mamá. Perdóname. No debí venir. No debí llorar… Me voy…

–Es el mejor lugar al que pudiste venir porque soy tu mamá. Puedes contarme lo que sea que te ha puesto así.

–Soy adulta, mamá. No es tiempo de traerte angustias.

–Dices eso porque no eres madre. Si lo fueras entenderías lo que significa “estar a perpetuidad”. Preocuparme es mi trabajo –dijo acertando, sin saber, en el centro del problema. Emilia volvió a llorar. No era madre o ¿sí? No era su plan. Había concebido ese hijo en un escenario y con una idea familiar que ya no existía. ¿Lo quería estando sola? Sintió que no–. Dime ¿qué pasa? –insistió Beatriz.

–Necesito hablar contigo –respondió como pudo, evitando el nudo en la garganta que se tragaba la posibilidad de decir más.

Desde la partida de Alejandro, una semana atrás, hablaba lo indispensable con el mundo y algo más con Adrián, aunque lo mejor con él era que sostenía sus silencios sin preguntar, ni opinar, ni nada. Todavía no le había contado lo sucedido, ni la razón por la cual llevaba días durmiendo en el Mushotoku. A Alejandro se lo había tragado la tierra, ni un mensaje, ni una llamada, ni ir a buscar sus cosas a la casa, nada. Solo vacío. ¿Así terminaba un matrimonio? No podía aceptarlo y menos entenderlo. Habían estado de acuerdo en buscar un hijo. ¿Cómo era posible que, algunos meses después, solo cuatro palabras terminaran con todo? “Se acabó el amor”, imaginó una lápida con esa leyenda y el amor allí, enterrado.

Había postergado su visita a la ginecóloga. No podía enfrentar esa situación.

Beatriz había preparado el café de filtro, como le gustaba a Emilia, y había comprado croissants salados, que eran sus preferidos, para esperarla.

–Yo… estoy mal… –dijo casi en susurros.

–Eso es evidente. Cuéntame la causa.

Beatriz ajustaba el abrazo para darle seguridad. Allí, de pie en el recibidor, la contuvo lo necesario, sumergida en el silencio de palabras más perturbador, el que impone escuchar a una hija llorar de modo desgarrador sin saber la razón de su pena. No pudo evitar todo tipo de conjeturas. Si bien ella era de las que creían que no era sano suponer que había que preguntar, no pudo evitarlo mientras la respuesta no llegaba. Aunque estaba convencida de que no se debía dar paso a la duda afectiva, de que no había minutos para dedicarle a cuestiones que dañaran en base a presunciones, ahí estaba, considerando las variables, con música italiana suave de fondo, en un cuadro triste y desolador. ¿Será el Mushotoku? ¿Algún problema con los huéspedes? No. Eso no tenía entidad para semejante angustia. ¿Problemas de dinero? No. Emilia era muy buena administradora de sus ingresos. ¿Pelea con Alejandro? ¿Alejandro? Dudó, pero no creía que fuera para llorar tanto. ¿Su salud? De pronto se alarmó, eso podía ser. Tal vez Emilia estaba enferma de gravedad. Sus suposiciones fueron por más y sintió que se descomponía de miedo… Sí, tenía que venir por ahí el asunto. Con lentitud y mucho cariño, fue separando el abrazo para llevarla a la cocina a tomar el café.

–Perdón, mami –repitió.

–Nada que perdonar. Dime de una vez qué sucede –pidió.

Emilia la miró directo al corazón y se calmó. Su madre le acercó un vaso con agua. Ella lo bebió. Beatriz intentaba reconocer signos. ¿Estaba pálida? ¿Más delgada? Buscaba algo que le anticipara una respuesta.

–Mamá, ¿soy una persona valiosa?

–Por supuesto que sí. ¿Por qué preguntas eso? Tus acciones, tu vida son un ejemplo de valor y virtudes.

–Fracasé –dijo Emilia de modo rotundo.

–No hay fracaso o éxito, son momentos. Oportunidades. Aprendizaje.

–Fracasé –repitió–. Y es definitivo –agregó.

–¿Por qué te juzgas así? –interrogó Beatriz, confundida.

–Mi matrimonio. Alejandro se fue –ya no lloraba. Sus ojos estaban hinchados.

Beatriz no podía reaccionar.

–¿Adónde se fue?

–No lo sé. Me dejó hace una semana. Se fue con otra mujer.

Silencio.

Silencio.

Proceso de análisis.

Búsqueda de palabras.

Cálculo de los daños.

¿Planificación de un futuro? No. Nada podía hacerse tan rápido.

–Pero ¿ustedes estaban mal y no me dijiste?

–No. Bueno, parece que sí y yo no lo sabía.

–¿Hablaste con él? ¿Qué te dijo? Debe tener solución, los matrimonios atraviesan crisis –supuso una vez más.

–No. Casi no hablamos, llegué a casa en un horario en el que se supone que nunca regreso y estaba armando un bolso. Lo sorprendí, creí que viajaría por trabajo, pero no. Me evitó todo lo que pudo, ni siquiera me miraba –recordó–, luego solo dijo: “Se acabó el amor” y se fue sin mirar atrás. Una rubia lo esperaba al volante de su auto en marcha, en la puerta de casa.

Silencio.

–¿Se acabó el amor? ¿Así, nada más?

–Sí.

–¿Cuándo pasó esto?

–Hace una semana –coincidía con la alerta de María Paz. Sus hijas eran muy unidas–. Me dijiste que había viajado… –recordó.

–No pude decirte la verdad. Estuve muy mal… Estoy peor que al comienzo, en realidad.

Sus mecanismos de análisis fueron a parar al fondo de lo injusto que era todo. Un lugar de mierda: inmundicia. Excremento o situación que repugna.

Se reacomodó en el lugar que le tocaba y priorizó a su hija. Intentó aconsejarla. Por dentro, la indignación y la sorpresa se adueñaban de todo su ser.

–Hija, primero debes calmarte. No puedes enfrentar nada así.

–No puedo calmarme.

–Deberás hacerlo. Sabes bien que en todos nuestros logros y en lo que aprendimos de nuestros malos momentos, hubo algo común, “nunca nos resignamos y seguimos”, pero con calma –repitió–. Enfócate en eso. Esto se va a solucionar y él volverá –dijo sin pensar. ¿Era eso una opción? No tenía seguridad, otra vez suponía. Gran error–. Y si no lo hace, es él quien te pierde –agregó por las dudas.

–No es tan fácil, mamá…

–No dije que fuera fácil, digo que es la única salida. Cuando avanzas a pesar de los problemas, no hay horarios ni límites, solo existe entrega y honestidad. Jamás te rindes o desistes.

–¿Por qué no te rendiste cuando murió papá?

–Porque ustedes eran más importantes que mi dolor. Con el tiempo entendí que la vida decide y nunca debemos depender de nadie más. Yo sé que tu padre me espera en la eternidad, pero ustedes eran mi presente y me necesitaban. No pude desistir, rendirme, darme el lujo de una depresión. ¿Entiendes?

–Sí… –otra vez la maternidad primero. Vencedora.

–Tienes un negocio maravilloso, eres joven, inteligente, emprendedora, independiente. No serás ni la primera ni la última mujer que enfrente una crisis de pareja –afirmó. Internamente quería asesinar a Alejandro y después resucitarlo para escuchar la explicación que nunca había dado, y volverlo a matar, pero prefirió no nombrarlo, no ocuparse de él en ese momento.

–No tengo suerte, mamá. Hice todo bien y todo me salió mal justo ahora.

–¿Qué es la suerte, hija? El camino fácil que se le atribuye a la ilusión del éxito a cambio del cual nada se ha dado… No es así. Lo tuyo son logros, no suerte. La suerte no existe. Debes tranquilizarte para poder pensar, hablar con él, tomar decisiones y superar lo que te ocurre.

–Sí, existe –cuestionó sin escuchar lo demás–. Hay mujeres que no trabajan, que no se ocupan de la casa ni de su esposo, ni de nada y viven felices, les va bien.

–¿Cómo sabes que les va bien?

–Porque siguen casadas.

–La vida no pasa por una pareja –comenzó a decir Beatriz.

–Debería cuando te enteras de que estás embarazada porque has buscado con tu pareja ese hijo y tu esposo se va con una rubia justo el día que regresas temprano para darle la noticia.

Golpe bajo: acción de dar con violencia un cuerpo contra otro, de puño cerrado, en el estómago.

–No puede ser –alcanzó a decir Beatriz, sin aire.

Pero era.


CAPÍTULO 10
Muro

Convierte tu muro en un peldaño.

Frase atribuida a Rainer Maria Rilke,

República Checa, 1875-1926

BOGOTÁ

Matías sentía un gran vacío que afectaba su vida cotidiana. El amor que lo unía a Isabella era tan grande y fuerte que el hecho de no estar de acuerdo en algo tan importante como el proyecto familiar le dolía todo el tiempo. No podía entenderlo. Estaba seguro de que Isabella lo amaba; sin embargo, miles de dudas lo perseguían de día y le quitaban el sueño de noche.

Siempre desde diferentes lugares, la maternidad había marcado la vida de Bella y no de la mejor manera. Primero con ese accidente fatal en el que había fallecido una mujer embarazada. Complicando aún más el escenario, había aceptado que su entonces novio, Luciano, respondiera por ese hecho para protegerla. Tiempo después, había permitido que convertido en su esposo la presionara para tener un hijo. Por ese entonces, Isabella no ponía límites a su culpa y permitía lo que no era justo. En aquel tiempo, Matías era su amigo, estaba enamorado de ella, pero no se animaba a confesarlo por miedo a perderla. Recordó su indignación y sus consejos. No quería que tuviera un hijo con su esposo. Hizo una pausa en su memoria. No quería que tuviera un hijo si no lo deseaba. Le había dicho que eso era una decisión de dos. ¿En qué lugar lo ubicaban sus palabras de entonces? ¿Acaso él también la estaba presionando?

Sin pretenderlo, un diálogo del pasado se repitió en sus recuerdos:

–Intento hacerte sentir lo que es el verdadero amor. Lo que tú necesitas puede no coincidir con lo que yo deseo, pero entre ambas cosas elijo que te sientas segura.

–¿Eres real?

–Tú dime.

–No lo creo. No conozco ese modo generoso de amor.

–Pues lo que conoces no es amor. No hay modo generoso y modo egoísta. Hay amor y eso significa que el otro es lo primero en tu vida. Su felicidad es la tuya.

Ese día habían ido a tomar las fotografías de Isabella luego de saber que sus columnas irían a primera página de la revista Nosotras con su imagen. Habían hecho el amor por segunda vez y se habían mezclado en cuerpo y alma para siempre. Lo sorprendió una sonrisa al recordar. Tres años después pensaba lo mismo: Hay amor y eso significa que el otro es lo primero en tu vida. Su felicidad es la tuya. Entonces, ¿por qué Isabella no podía comprender que su felicidad era tener un hijo con ella? Ver en un niño o una niña la manera en que el amor podía crear un ser que fuera el testimonio maravilloso de vida más allá de ellos mismos. Sintió que no era esclavo de sus palabras, sino que las había interpretado al revés.

Un minuto después pensó que Isabella no tardaría en utilizarlas como argumento y que serían igual de válidas para defender su no deseo de ser madre. ¿Lo serían?

Indudablemente, el desacuerdo que él había minimizado no era pequeño y podía ser definitivo. Quizá fuera como Alicia en el país de las maravillas. Tal vez no fuera un real “sinsentido” todo lo que ella decía que los separaba. Había leído la columna de Isabella y se preguntó de qué era capaz por amor. Le hubiera gustado que la respuesta fuera “soy capaz de todo, incluso de renunciar a ser padre”, pero no lo fue.

En ese momento, sonó su celular. Era Gina, quien parecía tener un GPS para detectar cuando algo andaba mal.

–¡Hola, Matías! Bella no responde su celular. ¿Cómo están? ¿Todo está bien?

–Estaba reunida con Lucía. Sí, todo perfecto –mintió.

–Bueno, dile que me llame luego. He soñado con ella toda la noche.

–Le diré.

Matías vio la señal con claridad. Su madre la soñaba, él se cuestionaba. Nada estaba bien.


Esa tarde coincidieron en la oficina en el horario de salida y volvieron juntos en el auto hablando de temas triviales. Lo que no se decía ocupaba cada vez más espacio entre los dos.

De pronto, ella tomó una decisión. Le dolía su amor por todas partes porque conocía el lugar al que los llevarían sus palabras. La verdad tomó protagonismo.

–Me voy.

Matías se quedó mudo y detuvo el vehículo.

–¿Qué dices? –preguntó mirándola a los ojos.

–He aceptado la propuesta de Lucía. Creo que es lo mejor en este momento.

Matías sentía avanzar su enojo e impotencia. Aceleró y sin decir una palabra llegaron a la casa. Isabella intentaba calmarse para poder hablar sin discutir.

–¿No vas a decir nada? –había preguntado ya en la sala.

–Buen viaje –respondió él con ironía.

–¡Te desconozco! –gritó Isabella conteniendo las lágrimas.

–Estamos igual.

De pronto, un muro helado los separaba. Los dos tenían ganas de pelear, de decir cosas sin pensar, de gritar sus motivos y su rabia por darse cuenta de que el gran amor del inicio ya no se manifestaba de la misma manera, aunque seguía creciendo.

–Toda esta indiferencia es porque no quiero ser madre, ¿verdad?

–Tu viaje es porque quiero tener un hijo contigo, ¿verdad? –cuestionó Matías casi con sus mismas palabras, pero desde su deseo.

–¡No! Es porque ya rechacé una oportunidad de ir a Nueva York a trabajar y no volveré a hacerlo.

–Mientes.

–Nunca te he mentido, por eso estamos discutiendo.

–Mientes, porque si fuera por trabajo querrías que viaje contigo y, claramente, no me incluyes en tus planes. Tu amor no es suficiente para comprender y compartir lo que me haría feliz.

–Y el tuyo no alcanza para comprender que eso que tú quieres me haría infeliz. ¿Por qué no entiendes? A las mujeres que deciden ser madres nadie las cuestiona. Sin embargo, tú me señalas como lo hará la mayoría cuando se entere.

–Y eso ¿qué te dice?

–Que no es justo.

–No. Debería decirte que es lo normal, la familia lo es todo. Los hijos son un sueño a cumplir cuando se ama como yo te amo.

–Mi familia eres tú. Deberías enterarte de que existe la posibilidad de familia sin hijos y lo es todo también. No te amo menos por eso.

–Bella, por favor. Debemos resolver esto juntos, iré contigo a Nueva York, sé que Lucía puede intervenir y puedo trabajar allá un tiempo. Te amo –dijo y se acercó. Intentaba bajar el nivel de conflicto.

Isabella contenía las lágrimas. Lo besó sin pensar. Por un instante, ambos sintieron el amor que los unía.

–Perdóname, pero quiero ir sola –respondió.

Matías sintió una puntada en el alma.

–Necesito aire –dijo para salir de allí y que ella no lo viera llorar.

Después de haber dicho lo que pensaban, ¿volverían progresivamente a ser lo que ya no eran? ¿Era ese el motivo por el que muchas historias de amor en los libros o en el cine terminan con la pareja unida y feliz y no dan cuenta del después?

Luego de haber sostenido irónicas verdades entre guerras y milagros, la pregunta es: ¿Hay siempre un después del después o ese momento solo conjuga finales?


CAPÍTULO 11
Madrugada

No supongas. No des nada por supuesto.

Si tienes dudas, acláralas. Si sospechas, pregunta.

Miguel Ruiz, 1997

BUENOS AIRES

La tristeza de Emilia no cedía y la incondicionalidad de Adrián sostenía no solo su negocio sino también su alma rota. Él, fiel a su idea de que había un momento para todo y de que las cosas sucedían en el exacto tiempo en que debían ocurrir, ni antes ni después, no preguntaba. Esperaba que naturalmente una confesión le diera las razones de tanta tristeza. Aunque no le gustaba conjeturar, era evidente que la cuestión se relacionaba con el matrimonio ya que ella dormía en el Mushotoku desde la fatídica tarde en la que había ingresado a la recepción con lentes oscuros ocultando su angustia, y desde ese momento Alejandro no había ido más al hotel. Habían pasado varios días desde esa primera noche en la que ella había llorado sobre su hombro sin decir nada.

Algo lo empujaba a pensarla continuamente. Suponía que la causa podía ser que estaba a cargo del hotel y tomaba muchas decisiones de las que siempre se ocupaba ella, pero ¿por qué a la noche? ¿Por qué la recordaba y pensaba el modo de ayudarla a superar su problema justo cuando debía descansar y no tenía obligación de hacer nada? Siempre la había admirado y respetado, ninguna de esas dos cosas explicaba lo que sentía.

Eran las tres de la madrugada cuando se dirigía al dormitorio que él ocupaba a veces, cuando se le hacía muy tarde para regresar a su casa, y volvió a escucharla llorar. Golpeó con suavidad la puerta de su habitación. Del otro lado, Emilia llevaba largo rato observando la nada. En ese lugar cerrado donde habitaba su soledad no necesitaba disimular. Le había hecho bien conversar con su madre; aunque le había trasladado una gran preocupación, también significaba que a partir de que Beatriz sabía, Emilia podría ir a su casa y, simplemente, desplomarse en su hombro o compartir largos silencios que se parecían, por instantes, a la paz que necesitaba.

Alejandro la había llamado solo una vez, pero ella no había respondido. No tenía fuerzas, y él no había insistido. Evidentemente, la comunicación era por culpa, no por algo concreto.

Supo que era Adrián quien golpeaba. Le abrió, enfundada en un pijama azul con la angustia como señal en su mirada verde. Sonrió levemente. Casi una mueca que desentonaba con el resto de su rostro.

–¿Qué haces aún despierto? –sabía que había un ingreso en un horario fuera del habitual, pero creía que habían pasado horas. Sumida en su dolor, no reconocía la dinámica del tiempo.

–Una última recorrida. Por excepción, aceptamos el check in de unos pasajeros que llegarían de madrugada. ¿Recuerdas? Vienen justamente de Japón.

–Sí, es que estoy algo desorientada con la hora –justificó–. ¿Les gustó su habitación?

–Sí, mucho.

–Me alegro –respondió.

La noche estaba agradable. Sin ponerse de acuerdo se habían sentado en los sillones enfrentados ubicados en el balcón; ella, en el de doble cuerpo; él, en uno individual.

–Ya es tiempo –dijo Adrián de pronto.

–Es lógico. Te debo una explicación. Trabajaste por ti y por mí, todos estos días. Lo reconoceré en tu paga, pero supongo que sí, que ya es tiempo de que te cuente lo que me sucede.

–No. No quiero más paga de la que hemos convenido, y cuando digo “ya es tiempo” no me refiero a que llegó el momento de que me cuentes lo que te pasa. Eso sucederá o no, según tus sentimientos.

–Entonces ¿ya es tiempo de qué?

–Es tiempo de que enfrentes el tema, de que hagas las preguntas necesarias y obtengas las respuestas. Que dejes de encerrarte en suposiciones, porque eso haces, ¿verdad?

Emilia pensó un instante. Estaba confundida.

–No lo sé. No… Creo que todo es muy claro, no hace falta suponer.

–Ya es tiempo de que busques la explicación adecuada para poder hacer lo que corresponda y seguir adelante.

–¿Por qué supones que no tengo respuestas?

–Porque te has mudado a una habitación en tu hotel, lloras a escondidas y estás hablando conmigo, aquí, de madrugada. Eso es tristeza, y siempre hay interrogantes en torno a ella. Acaso no te has preguntado ¿por qué a ti?

–Eso sí –reconoció–. ¿Y qué es para ti una explicación adecuada cuando todo es muy evidente?

–No todo es lo que parece, Emilia. Menos aun cuando las emociones están en un extremo casi fuera de control. Una explicación adecuada es la que llega con la calma. Cuando es posible dialogar, cuando se puede pactar sinceridad, sin rencores ni crueldades innecesarias. Si vives aquí, el conflicto es con tu esposo; debes hablar con él.

Emilia se quedó reflexionando sobre eso. La única respuesta que tenía era se acabó el amor y la imagen de Alejandro subiendo a su auto, conducido por una mujer rubia. Así, breve, sin gritos ni cuestionamientos. Luego, largos días de ausencia y silencio. Ni siquiera se había ocupado de buscar sus cosas o pedirle la mitad de todo, nada. ¿Había más para interrogar? ¿Había mayor calma posible que esa? ¿Cuál era el “momento de calma” en ese escenario de absoluta y rotunda indiferencia?

–Yo creo que las cosas son lo que son, Adrián, no parecen nada, son… –silencio. Era su modo de invitarla a continuar–. Me da mucha vergüenza lo ocurrido –vergüenza: turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción humillante. Frecuentemente supone un freno para expresarse. Nada más perfecto que esa definición para explicar el modo en que se sentía.

–¿Vergüenza? “Vergüenza es robar” decía mi madre. Aquí se trata de tener el valor para enfrentar las situaciones sin buscar atajos o excusas. Tú no eres capaz de nada que sea una vergüenza –repitió la palabra haciendo énfasis en ella. Emilia buscó en su memoria el significado literal de lo que sabía que no hacía. Enfrentar: hacer que alguien se mantenga en actitud de oposición ante un problema o situación difícil, sin eludirlos, asumiendo el esfuerzo que suponen y luchando de acuerdo a las exigencias.

–Dicho así… Eres tan vehemente –agregó. Era cierto. Lo miró. Sus ojos celestes, su paz. Su espalda ancha, sus hombros bien torneados, un hombre que no era lindo pero atraía como un talismán. Seducía su energía. Tomó de su mirada algo de ese valor del que le hablaba, como si Adrián hubiera hecho una ofrenda con su expresión. La de siempre, de entrega absoluta, pero esa noche, más profunda todavía–. Alejandro me dejó –dijo por fin. Esperaba una reacción que nunca llegó–. ¿No vas a decir nada?

–Te escucho, supongo que eso no será todo.

–¿Te parece poco? Acabo de decirte que me abandonó. ¡Se fue!

–Entendí muy bien.

–¿Por qué no dices nada entonces?

–Porque todavía no me contaste las razones.

–Ah… eso –respondió con ironía–. Es una sola, muy corta por cierto: “Se acabó el amor”. Eso dijo.

Adrián continuaba observándola. Emilia estaba enojada, herida, y por mucho que hubiera llorado, toda su furia permanecía intacta junto a la frustración adentro de su cuerpo en el que podía adivinar infinitas lágrimas todavía.

–Y ahora, ¿no vas a decir nada?

–Creo que el amor no se acaba de un día para otro.

–Parece que sí, porque estábamos bien y cuando regresé aquel mediodía estaba armando su bolso en un horario en el que se suponía que yo no volvería a la casa. O sea, de no haber llegado, ni esa diminuta explicación habría tenido, supongo.

–¿Estaban bien? –hizo una pausa invitándola a repensar la pregunta–. Te lo dijo de la noche a la mañana, pero tuvo que haber señales, indicadores de que ese amor enfermó, que agonizaba o que había muerto en él. ¿O vas a decirme que se acabó así nada más? ¿Que ni tú ni él lo vieron apagarse?

–Sí, estábamos bien –negadora: que niega. Ella misma había pensado en las señales que nunca vio. Adrián tenía razón y no merecía que iniciara con él una batalla verbal que debió, en todo caso, tener con Alejandro–. No sé… yo creía que estábamos bien. Nunca se quejó de nada.

–¿Estás segura? Piensa.

–Viajaba mucho. La empresa le exigió de pronto eso.

–Eso pudo ser una señal. Sus ausencias más prolongadas que lo habitual –omitió decir que eso podía ser a causa de no querer regresar con ella o de querer estar con alguien más–. ¿Alguna otra?

–Realmente no sé. Yo me ocupaba de todo. La casa estaba en orden siempre, la cena preparada de acuerdo a sus gustos, los almuerzos listos en el freezer, los vencimientos pagos. Los cumpleaños, las vacaciones, la casa, los autos, cada cosa que una familia sueña la teníamos. Como mujer siempre estoy atenta a mi aspecto y cuidados.

–¿Qué soñaba él, Emi? –preguntó con toda la ternura de la que fue capaz, intuía la causa.

Silencio.

Silencio.

Dudas.

Dudas.

Miedo repentino.

Miedo fatal.

Recuerdo de sus palabras, una y otra vez. Se habían grabado en la memoria como el padrenuestro.

Me voy de la casa. Se terminó.

Se acabó el amor. Ya no te amo. Tengo cuarenta años y quiero ser feliz. Por eso me voy. No quiero más esta vida.

Hace tiempo que estamos mal, solo que tú no quieres verlo porque tus planes son el matrimonio feliz, hijos, una casa, dos autos, tal vez, un perro. Ahorros. Viajes al exterior, milimétricamente planeados. Vacaciones en la costa, almuerzos familiares y bodas de oro. Pero ese es “tu plan” –había remarcado–, no el mío. Nunca lo fue.

Nunca estuve tan seguro de algo en mi vida. Lo siento, no quiero lastimarte, pero es mejor que seguir con esta farsa. No tenemos hijos y eso lo hace más fácil. Es una suerte que no hayas quedado embarazada.

Al revivirlas en su mente todas juntas sintió que no eran solo cuatro palabras. Se acabó el amor era la síntesis. Como si hubiera corrido el telón del escenario de una vida que no parecía propia, en ese instante pudo ver todas las señales en su discurso que no había advertido nunca antes.

Llanto inevitable.

Derrumbe emocional.

Mujer rota.

–Siempre supuse que queríamos lo mismo…

Lágrimas. Millones de ellas.

¿Cómo podría la furia reprochar a las decisiones el tiempo perdido en imaginar malogrados planes? ¿Por qué la vida tenía el poder de desintegrarse en una realidad inesperada, en una traición imprevisible, en el sinsabor de una estocada en el centro del alma?

Adrián tomó su mano y la apretó con fuerza dándole valor. No hacían falta palabras.

–¿Podrías, quizá, abrazarme? –pidió ella completamente indefensa.

Adrián se puso de pie, se acercó al sillón doble, se sentó a su lado y la abrazó con ternura. Una vez más, Emilia se desahogó sobre su pecho. Sin que se diera cuenta, su protección llenó cada espacio de las infinitas grietas de su corazón, y su olor seguro como un refugio se grabó en sus sentidos. Cuando se quedó dormida, agotada de llorar, Adrián la tomó en brazos, la acostó sobre la cama y permaneció allí mirándola y perdiendo la noción del tiempo que se devoró la madrugada.

Emilia despertó muy temprano, con el sonido de la fuerte lluvia. Adrián no estaba allí; en su lugar, un día igual al que Alejandro la había abandonado. Gris, lluvioso, inesperado.

Era una de esas mañanas que amanecen cargando en su mochila más preguntas que respuestas. Hay días en los que es difícil creer o encontrar razones. Días en que, además, y por si hiciera falta agregar tremendismo a los hechos, llueve. Llueve intensamente. Como un método diseñado por el destino para asegurarse de que los hechos ocurridos con ese marco climático volverán a la memoria de quien corresponda cada vez que llueva. Cuando los ecos de la lluvia rememoran lo sucedido, una y otra vez, porque el sonido conduce al recuerdo por asociación, y este, al irremediable dolor. Cuando la memoria trae el pasado al escenario presente, entonces la soledad se convierte en un abrazo helado que recuerda las ausencias, las heridas, y lastima.


CAPÍTULO 12
Estrellas

Cuando miras el cielo y fijas una estrella, si sientes escalofríos bajo la piel, no te abrigues, no busques calor, no es frío, es solo amor.

Frase atribuida a Kahlil Gibran,

Líbano, 1833-1931

BUENOS AIRES

María Paz ya estaba al tanto por su madre de lo ocurrido a su hermana Emilia, quien no había querido hablar del tema. Al principio, solo algunas llamadas, y días después le había pedido que se vieran al siguiente.

Cuando tenía esa alerta de sensación de angustia que era un presagio, el vértigo terminaba al momento de reconocer la causa. Sin embargo, y por muy grave que fuera lo de su hermana, la sensación de una mano que oprimía su estómago y le avisaba algo permanecía allí. Estaba segura de que se trataba de otro tema.

Pensaba en su historia. Buscar desesperadamente, insistir hasta el insomnio. Caer, levantarse, poner la otra mejilla, esperar, perder, recordar, comprender, intentar. Ir adonde no estaba y quedarse en el lugar del que había partido. Creer, viajar, sentir, volver, llorar. Todo eso a la vez, en el exacto momento en que descubría en el espejo la única realidad y la miraba a los ojos para gritarle que ya era suficiente. Seguir peleando con la memoria de las promesas y enlazar los latidos a la desesperanza. Negar, estallar, morir. Renacer como si fuera posible escapar de la soledad al sentir el agotamiento físico de no llegar a ninguna parte.

¿Cómo reconocer la señal posible cuando no escampa el sentimiento de angustia que gobierna cada espacio del corazón y cada tramo del alma?

Makena. África. Obi. Soltar. Ser feliz. ¿Cómo? Parecía que estaba encerrada entre los muros que esas personas y esas palabras significaban.

Se sentía muy nerviosa. El vértigo continuaba oprimiendo su estómago y golpeaba las puertas de su razón.

En ese momento, sonó el interno de su despacho. Su editor la llamaba y le pedía que acudiera a su oficina.

–Dime, Juan Pablo, ¿qué necesitas? –dijo María Paz una vez dentro del despacho de su jefe.

–Nada en realidad, quiero hablarte de Bogotá.

–No entiendo.

–Me pediste un viaje… –comenzó a decir.

–¡Genial! ¿Surgió alguna noticia para cubrir en Colombia? –se anticipó. Sonaba entusiasmada.

–No exactamente. Tengo una amiga que es directora editorial de una revista allí, y su mano derecha, una joven brillante, viajará a capacitarse a Nueva York y le gustaría alguien de confianza en quien delegar algunas tareas. Fue un comentario al pasar. Ella iba a buscar alguien en su país, pero yo pensé en ti de inmediato y se lo sugerí. Le pareció algo disparatado al principio, luego dijo que quiere conocerte. Pero en caso de que Lucía Juárez diera su conformidad y tú aceptaras, deberías mudar allí e instalarte, de tres meses a un año máximo. No es un viaje corto. Trabajarías para la revista Nosotras y serías corresponsal del periódico allí –una inusitada tranquilidad, ausente durante los últimos días, la invadió y lo supo. Esa era la alerta. Se trataba de ella misma. De una decisión que podía ser la respuesta a sus deseos–. ¿Quieres que organice una videoconferencia?

La intuición gritaba que sí, la razón dudaba, la palabra, desde el conflicto, se hacía inaudible. ¿Makena? ¿La escuela? ¿Su vida? Todos eran interrogantes.

–Déjame pensarlo –pudo decir al fin.

–Entiendo que necesites evaluarlo, aunque te aconsejo que tomes la entrevista para poder hablar directamente con quien sería tu editora.

María Paz lo meditó un instante. Era razonable.

–Bien, hazlo. Cuanto antes mejor –respondió guiada por su intuición.

–Lo haré.

–Gracias, más allá de lo que suceda, por tenerme presente.

Juan Pablo solo le guiñó un ojo. Le alegraba que alguien tuviera ilusiones; su momento personal distaba mucho de eso. Un divorcio conllevaba demasiados sueños rotos.


Makena estaba en el cumpleaños de una compañera del colegio, así que esa tarde, al salir de su trabajo, María Paz había acordado con su hermana Emilia pasar a verla por el Mushotoku. Necesitaba conversar con alguien y ella era la persona ideal, porque no juzgaba. Era cierto que transitaba por un mal momento, pero seguramente encontraría las palabras adecuadas para responder a todo su debate interno. Solían pensar muy diferente, pero el respeto que las unía siempre les aportaba una visión importante a sus opiniones.

Al llegar, fue directo a la mesa que solían ocupar con vista al jardín. Esperaba verla peor, que se le notara su tristeza. Sin embargo, no fue así y eso la preocupó. Lo que no se exterioriza lastima por dentro, lo sabía bien.

Se abrazaron. El silencio de las dos les puso medida a sus preocupaciones.

–¿Qué pasó, Emilia? Mamá me contó, pero no puedo creerlo. ¿Hay algo más que ella no sepa? –preguntó pensando que, quizá, su hermana habría omitido algo.

–No, María Paz, así de simple y tremendo ha sido. Me dejó. Se acabó el amor y eso es todo lo que dijo –pausa–. Perdón, dijo algunas cosas más, pero ese es el resumen.

–¿Qué más?

–Que mis planes no son los suyos, que no es feliz, que hace tiempo estamos mal…

–¿Y es verdad?

–Yo no me di cuenta; si era así, lo disimuló muy bien.

–¿Puedo preguntarte algo sin que lo tomes a mal?

–Claro.

–¿Acaso tú sola decidiste el embarazo?

–¿Te volviste loca?

–No, bueno, disculpa, pero tienes el hábito de organizar todo a tu criterio.

–No puedo negar eso, pero jamás hubiera hecho algo así. Los dos soñamos con formar una familia, y hace meses que dejé de cuidarme. Hasta este mes no había pasado nada y justo cuando logramos el embarazo… –se le caían las lágrimas.

–Tranquilízate. Quizá las cosas se arreglen cuando él se entere.

–No. Fue muy claro. Es más, entre las pocas palabras que usó destacó que era más fácil porque no había hijos.

–¿Y no le dijiste? –agregó María Paz imaginando la escena.

–Hubiera sido denigrarme más todavía, si fuera posible. Como sabes, una rubia lo esperaba en la puerta en un horario en el que se suponía yo no regresaría a la casa, y conducía su auto. Humillante por donde se mire –insistió.

–¡Qué desgraciado! Me resulta increíble viniendo de él.

–Pues así es. Créelo.

–Sé que es difícil. Lo sé mejor que nadie, quizá, pero no serás la primera mujer que tenga un bebé sola.

Emilia la miró, muy seria.

–Ese es exactamente el punto. No sé si quiero a este bebé sin mi matrimonio.

–¿Qué dices?

–Digo que he pensado en interrumpir el embarazo. No puedo conectarme con mi estado. Mi realidad no era lo planeado –María Paz se quedó callada–. ¿Me juzgas?

–Intento no hacerlo, pero…

–No lo hagas, entonces.

–No puedo ponerme en tu lugar. Makena vino a mi vida sin que lo dudara un instante. Sin embargo, como bien sabes, su padre nunca estuvo a mi lado de la manera que imaginé. Además, es infantil que no hables con Alejandro y se lo digas, tiene derecho a saber –dijo pensando que tal vez esa verdad lo hiciera reaccionar.

–Hasta aquí llegamos con tus consejos. Necesito mi espacio para decidir –Emilia puso un claro límite a la posibilidad de que su hermana opinara más allá de lo dicho. María Paz se sentía mal de solo imaginar en los hechos la idea que rondaba por la cabeza de su hermana, pero sabía perfectamente que era en vano tratar de persuadirla. Además, la vida le había enseñado que había que dejar enfriar las situaciones para poder hablar con claridad y decidir en consecuencia.

–¿Cuántas semanas de embarazo tienes?

–No lo sé. He cancelado ya dos veces la visita a Mandy –dijo con referencia a su médica–. Te repito, no avances con tu opinión. Será mi decisión cualquiera que sea.

–Entiendo. Quieres que me calle.

–No, quiero que me cuentes qué te sucede a ti. Te quiero, pero no permitiré que nadie pueda influir en mí. Solo yo sé cómo me siento.

–Está bien, no es fácil lo que me pides, se trata de tu hijo y mi sobrino o sobrina… Solo ve a la consulta. El tiempo cuenta.

–¡Basta! No le des entidad de persona. No la tiene –dijo duramente–, si no puedes evitar el tema y tus convicciones en ese sentido será mejor que no conversemos más –no agregó nada respecto de ir a la consulta médica, sabía que su hermana tenía razón.

–Perdóname, es difícil, pero lo intentaré.

–Ahora dime qué te sucede –insistió. María Paz decidió priorizar su realidad frente a la firmeza de su hermana. Si hubiera sido por ella, hablar sobre la decisión que Emilia estaba por tomar para que comprendiera era lo más importante. Se trataba de una vida, pero supo que no era el momento de insistir. Entonces, cambió de tema y le contó.

–Siento que lo único que me motiva en esta vida es mi hija. No sé si sigo enamorada de su padre o si solo es una ilusión, pero tengo muy claro que necesito un cambio. Estoy ahogándome en un vacío rutinario.

–Un cambio… ¿De qué tipo?

–No lo sé; de aire, creo. Pedí en el trabajo que se me tenga en cuenta para volver a viajar y apareció algo, solo que no es por algunos días como para recuperar el movimiento –dijo refiriéndose a una estadía breve–. Existe la posibilidad de ir a Bogotá de tres meses a un año, surgió un reemplazo en una revista. Sería una buena experiencia, algo diferente. Supongo que la idea de Juan Pablo, mi editor, tiene que ver con incluirme en la revista del periódico a mi regreso. No tengo práctica en eso –explicó lo que se le había ocurrido pensando en el tema–. Me darían vivienda y viáticos si es que me seleccionan. Tendré una entrevista virtual en breve.

–¿Y Makena?

–Vendría conmigo, por supuesto. Puedo tramitar el pase a un colegio allá. ¿Qué piensas?

–Que es una locura. Mudarte de país no cambiará las cosas, el vacío viajará contigo. No puedes exponer a la niña a cambios repentinos solo pensando en ti y…

–Usaré tus palabras: Hasta aquí llegamos con tus consejos. Necesito mi espacio para decidir –la interrumpió.

–Pero María Paz, estarías sola en otro país –Emilia intentó que su hermana reflexionara.

–Estaría con mi hija y comunicada con mami y contigo. Es tiempo de que me anime a lo que deseo.

–¿Y qué es lo que deseas? ¿Ir a Bogotá? –preguntó con ironía–. Nunca has hablado de Colombia.

–Deseo ser feliz y cambiar mi presente de manera radical.

–Radical sería, sin dudas –agregó Emilia sin pensar–. Supongo que el destino se divierte con nosotras al mismo tiempo. Te respeto, pero quisiera que no lo hagas –y allí se detuvo no por no tener más nada que decir sino por la necesidad de que María Paz no volviera al tema de su embarazo. Era un pacto tácito de límites.

–Tengo un presentimiento. Siento que me irá bien en la entrevista y que debo ir –María Paz miró la hora y se despidió de su hermana. Emilia prefirió no decir nada más frente a lo que se presentaba como una decisión completamente equivocada para ella. La acompañó hasta la puerta; ya había oscurecido. Ambas miraron el cielo al mismo tiempo sin proponérselo. Estaba lleno de estrellas, cada una fijó la mirada en una diferente y, por un instante, las recorrió el mismo escalofrío. Era posible que Kahlil Gibran tuviera razón. ¿Era amor lo que se anunciaba?


CAPÍTULO 13
Enfrentar

En asuntos de amor siempre pierde el mejor.

De la canción Seis tequilas, de Joaquín Sabina,

Pancho Varona y Antonio García de Diego, 2005

BUENOS AIRES

Alejandro sabía que tenía que enfrentar la situación. Hablar con Emilia, decidir los términos del divorcio, retirar sus cosas de la casa, hacer todo lo necesario para cerrar el capítulo de su vida anterior. Debía poner fin a las ataduras legales y emocionales que lo mantenían unido a su pasado para ser capaz de comenzar una nueva historia junto a Corina de manera plena.

Era cierto que ya vivían juntos, pero parte de él aún estaba enredada entre la culpa y las palabras no dichas. Era una buena persona que había tomado una decisión; hasta ahí, estaba en su derecho. Lo reprochable era que la había ejecutado de acuerdo al proceder de su nueva pareja y sin considerar que Emilia merecía otra cosa. Sentía que él no hubiera sido capaz, simplemente, de llevarse sus cosas cuando ella no estaba si no hubiera sido por la presión de Corina, que era implacable. El imprevisto de que su esposa –¿o debía decir exesposa?– hubiera aparecido inesperadamente había sido un hecho frente al que no había sabido cómo actuar. Además, cuando Corina la había visto llegar, adrede lo había llamado insistentemente a su celular para que saliera de allí lo más rápido posible, y eso había influenciado sobre las circunstancias imponiendo una cruel celeridad y la falta de explicaciones que tendría que haber dado.

Esa mañana, cuando regresaron de correr por los bosques de Palermo, y mientras desayunaban antes de irse a trabajar, él prefirió iniciar la conversación.

–Amor, hoy voy a llamar a Emilia. Es necesario, ya pasaron muchos días –dijo esperando una reacción.

–¿Y?

–¿Cómo que “y”?

–Sí, ¿y? –insistió–. ¿Qué cambia que hayan pasado muchos días? ¿Me amas menos?

–No, claro que no –de inmediato se preguntó si la amaba. Supuso que sí.

–¿Te arrepentiste de algo?

–No.

–¿Entonces para qué vas a llamarla? ¿Para escucharla suplicar que regreses?

–¿Por qué lo haría? No me ha llamado nunca desde que me fui. Además, tú no la conoces. Es demasiado orgullosa. Nunca haría algo así –omitió referirse al llamado que él sí había hecho para saber cómo estaba y que Emilia nunca había respondido.

–Lo hizo en la puerta de su casa, la vi rogarte y aunque no podía escucharla, tú mismo me lo contaste luego. ¿Te acuerdas? Además, aunque no lo hubieras hecho, ella lloraba y desde lo gestual era innegable la súplica –agregó más técnicamente.

–Sí… –lamentó habérselo confirmado, había sido un modo innecesario de denigrar a Emilia que después de todo era la víctima. ¿Era la víctima? No lo supo. Al menos era la abandonada, eso seguro–. Más allá de eso, hay cosas en la casa que debo ir a buscar –agregó.

–¿Qué cosas? Podemos comprar lo que necesites –era evidente que Corina no quería asumir el riesgo de que Alejandro, al ver a su esposa, cambiara en algo su realidad.

–Corina, hay cosas mías en esa casa que no son reemplazables. Son casi diez años –insistió.

–No te creo –dijo ella poniéndose seria–. La verdad no es esa.

–Es completamente cierto –se defendió–. Mis libros, mi ropa, algunas cosas que eran de mis padres. Todo tiene un valor afectivo que tienes que entender.

–Hermoso discurso, pero no es la razón. Te conozco –se le notaba el enojo.

–No es discurso, Cori. No lo es –trató de suavizar el diálogo que anticipaba difícil.

–¿Son?

–¿Son qué?

–¿Son casi diez años?

–Sí –respondió sin advertir la sutileza. La pelea estaba iniciada, y una Corina que nunca había visto desplazó a la hermosa, interesante e irresistible rubia por la que había dejado todo.

–Te lo diré muy claramente. No son casi diez años. ¡Fueron casi diez años! Que se terminaron en el mismo momento en el que la engañaste por primera vez y después otra, y otra durante seis meses en los que lo único que deseabas era lo que hoy tenemos. Fueron diez años que dejaste atrás el mismo día que decidiste venir a vivir conmigo. Te sientes culpable. Es eso –afirmó.

Alejandro se quedó perplejo frente a su reacción.

–No puedes ser tan posesiva, yo te elegí a ti, pero debes entender que antes de conocerte existí como ser humano y tuve una vida.

–¡Me da igual esa vida que ya no existe, yo defiendo la nuestra! –dijo Corina elevando el tono.

–Es mejor que te tranquilices –comenzó.

–¡No me digas lo que tengo que hacer!

–Tú tampoco –agregó Alejandro con un tono tranquilo que sostenía su verdad–. Corina, lo último que quiero es discutir contigo. Yo te elegí, estoy aquí, vivimos juntos, pero tuve una vida antes, conocí personas, asumí compromisos y debo enfrentar mi decisión de dejarlo todo –insistió sobre su argumento.

–Te sientes culpable. Estoy segura.

–No. No de la decisión, pero reconozco que la forma en que hice las cosas no me enorgullece –admitió–. Solo enfrentando mi pasado, a mi manera, me sentiré bien.

–No quiero.

–¿Por qué?

–Porque la felicidad que logramos juntos es todo para mí. Cualquier cosa podría suceder que me la quite.

–Nada va a suceder que te quite nada –intentó tranquilizarla–. Solo debo actuar como un adulto y ocuparme de lo que tengo que hacer –tomó su mano sobre la mesa. Ella se quedó inmóvil reteniendo las lágrimas que sentía en el alma, pero no permitía que sus ojos liberaran.

–No me gusta que regreses allí. Intuyo que ocurrirá algo que va a dolerme y no quiero –dijo con un hilo de voz.

–Te prometo que solo voy a llamarla para ir a buscar mis cosas –apretó con firmeza su mano. Ella lo soltó–. Empezaré por eso –agregó.

–¿Vas a pedirle el divorcio?

–Sí. Pero no sé si lo haré enseguida. Buscaré el momento.

–Solo quiero saber si estás decidido. En verdad ni me importa un trámite que lleva más tiempo del que muchas personas tienen de vida por delante –dijo. Su pasado siempre le marcaba la relatividad del tiempo y el modo en que un minuto puede derrumbar una vida por completo.

–Creo que sí te importa y que tu coraza se rompió. Ya nada es carpe diem o “aquí y ahora” como cuando nos conocimos –la contradijo de una manera dulce pero firme.

Esas palabras fueron peor que una bofetada. La hicieron reaccionar. Era cierto. ¿Cuándo había cambiado la unidad de medida de su vida de viuda? ¿Por qué tenía tanto temor a perderlo? La cicatriz que le impedía proyectar algo más allá de la noche del día que vivía, el tatuaje invisible de su duelo comenzaba a abrirse para cambiar de forma y dar paso al color negro de su miedo. Pensaba como psicóloga, como si ella fuera su paciente, y era tan clara la escena que no pudo evitar llorar. Su fantasma, la pérdida irreversible la obligaba, una vez más, a observar sangrar su herida y sentir dolor en cada rincón de su cuerpo. Estaba enamorada de Alejandro Argüelles y tenía miedo de perderlo.

Había comenzado a recorrer un camino de ida en el que no le importaba qué obstáculo debía derribar para continuar.

Alejandro corrió hacia un lado la silla y le hizo señas. Ella se sentó sobre sus piernas y enjugó sus lágrimas.

–Cori, nada va a pasar, y si bien me enamoré de tu capacidad de disfrutar y de vivir al día sin planes, somos adultos, vivimos juntos y hay mucho que proyectar –quiso darle tranquilidad.

–No quiero proyectos. Nunca sabré si tendré la posibilidad de concretarlos. Te quiero a ti, ahora.

La besó intensamente. Estaba loco por ella, pero ¿era capaz de vivir al límite de no planear nada? Pensó en Emilia. Supo que había cambiado de extremo, pero ¿cómo quería vivir él? La respuesta no llegó a tiempo. Quizá no lo tenía claro. La discusión terminó hallando su fin entre las sábanas, el lugar donde los problemas se postergan, las palabras se olvidan y las promesas tienen el sabor a eternidad que se devora la ducha o el cigarrillo que no tarda en llegar.


Alejandro subió a su auto y se dirigió a la agencia de venta de vehículos en la que trabajaba, también ubicada en Palermo, con sucursales en otros lugares, que le habían permitido mentir sobre sus viajes. Estacionó. Respiró hondo y llamó a Emilia. Esta vez, ella respondió.

–Hola…

–Hola, Emilia –silencio incómodo. Distancia–. ¿Cómo estás?

–¿Lo preguntas en serio?

–Sí.

Pensó en decirle “embarazada”, “hecha pedazos”, “tratando de armar mi corazón roto”, “viviendo en el Mushotoku”, pero no lo hizo. Su orgullo pudo más.

–¿Qué quieres?

–Debemos hablar.

–¿De qué?

–Ems, han sido diez años.

–¡No me llames así! –sintió dolor en el alma al darse cuenta de que hablaba en pasado–. Supongo que quieres tus cosas. Estaré en la casa el sábado –respondió y cortó. Faltaban tres días para eso. Alejandro no insistió; le daba tiempo para tomar valor.


CAPÍTULO 14
Libre

Soy la mujer que piensa.

Algún día mis ojos encenderán luciérnagas.

Del poema Estoy viva como fruta madura,

de Gioconda Belli

BOGOTÁ

Isabella había tomado una decisión convencida de estar haciendo lo mejor, pero se sentía mal todo el tiempo. Matías era su persona en el mundo y el hecho de tener posturas opuestas respecto de la posibilidad de tener hijos no cambiaba para nada el sentimiento que la unía a él. Desde que se había planteado el tema vivían en permanentes treguas. Podía entregarse al placer sin pensar o llamarlo para contarle cosas o simplemente mirarlo con ese amor único que su mirada sostenía como una señal. Sin embargo, era el reloj de Cenicienta pasada la medianoche cada vez que recordaba su peor diferencia. Era la caída dentro del pozo de Alicia en el país de las maravillas cada vez que confirmaba que no había salida, solo que en su situación no había tantas sorpresas en el camino; además, lo que cambiaba no era el tamaño de su cuerpo sino de sus dudas. Había releído y recordado cuánto había amado esa historia. Realizaba paralelos, quizá, porque los simbolismos le daban oxígeno para seguir. En ese momento pensó que sus argumentos no eran tan difíciles de comprender como las cartas que Lewis Carroll escribía al revés para que los lectores tuvieran que sostenerlas delante del espejo para poder descifrarlas, pero ¡parecía que sí!

¿Cómo resolvería la Mujer Maravilla su dilema? La protagonista del cómic que amaba la observaba desde la pared, pero no arrojaba respuestas. La Virgen de Guadalupe parecía querer darle tranquilidad. Era un regalo de Gina traído desde México.

Esa tarde, regresaba a su casa caminando, pero deseando no haber elegido volver sola. Entonces, lo llamó. La Isabella completamente enamorada de él ocupó su cuerpo y su espíritu, olvidando todo lo demás.

–Amore, come stai? –dijo en italiano.

–Sorpreso –respondió Matías.

–Entiendo que estés sorprendido. No quiero estar peleada contigo, te amo. Ven a buscarme –dijo y le indicó su ubicación–. Sé que no te gusta que viaje sola, pero te pido, por favor, que creas en mí; necesito pensar y reencontrarme conmigo para poder resolver lo que hoy nos aleja. Pero no será hoy. Hoy… solo ven por mí.

Matías también sostenía intacta la bandera de su amor por Isabella. Ella era la mujer de su vida, no tenía dudas sobre eso. Pero sí las tenía acerca de la manera de continuar. No todos los hombres podían quedarse por siempre con quien amaban, tampoco las mujeres. ¿O sí? ¿Acaso amar conllevaba ceder al extremo de renunciar a los sueños? Todo era confusión para él, menos sus sentimientos. No entendía el punto de Isabella, el no por el no mismo. No comprendía tampoco el hecho de que no hubiera en ella instinto maternal. No era un hijo lo que rechazaba, era un hijo con él. Y eso le dolía como un fuerte y permanente golpe en el alma. Por momentos, elegía pensar que su postura tenía relación con el pasado, con el accidente y la culpa por haber atropellado a esa mujer embarazada que perdió la vida junto a su bebé. Sin embargo, en el rincón más sincero de su ser, sabía que esa era simplemente la salida más esperanzadora. Isabella ya no era la mujer sumisa casada con Luciano, su exesposo. Ella era la mujer libre y segura que había decidido tomar las decisiones en su vida y vivir cada momento con plenitud. La pregunta obligada ocupó un lugar en su corazón ¿Quién era él? No estaba seguro. ¿De qué era capaz por amor? Le hubiera gustado responder que era capaz de todo pero, por segunda vez, no fue así. De inmediato y frente a la conflictiva respuesta tomó una determinación. Mientras estuvieran juntos iba a intentar hacer que el amor fuera más fuerte. Entonces, fue a buscarla. Durante el trayecto se preguntó: ¿Tener un hijo con ella era su sueño? ¿O ella era su sueño?


Luego de caricias mudas, de un diálogo entre sus cuerpos que susurraban un pedido de auxilio en favor de ese amor que sabían eterno, pero que no implicaba estar juntos por siempre, se amaron con desesperación. En los latidos de su entrega sonaba el ritmo de sus dudas, de su furia, de su desacuerdo. Y, paradójicamente, estaban haciendo lo único que podía concebir una vida entre los dos, pero Isabella tomaba sus recaudos y eso no ocurriría.

–Te extrañaba –dijo ella todavía agitada.

–Nunca me he ido de ti, cariño… Te amo.

–Lo sé, pero creo que ya no estamos tan solos y, recién pude sentir que sí.

–No te entiendo.

–No quiero hablar de ello ahora. Solo me refiero al tema que nos separa. Siento que nos acompaña.

–Yo solo quiero que estés completa, pero no es un buen momento para retomar esa charla. Ven aquí –dijo mientras acercaba su boca a los labios de ella y la besaba degustando el sabor de amarla. Ella lo dejó hacer. La pasión ganó la pulseada a las diferencias y permanecieron en la cama, sintiéndose uno hasta quedarse dormidos.

Un rato después, Isabella, abrió los ojos, de repente. ¿Completa? ¿Esa era la idea del hombre que amaba? Dejó atrás la tibieza de las sábanas, un rompecabezas se había armado en un instante urgente. Una idea la impulsó a levantarse rápido y en silencio. Necesitaba escribir. Las palabras aparecían desbocadas y ruidosas. Una imagen la invadió. Sonrió por lo paradójico del simbolismo. Imaginó que las palabras eran niños en un recreo de colegio y un timbre los llamaba a formar filas. Lo hacían de manera desordenada. ¿Acaso el timbre era el mismo que la había despertado minutos antes?

Completa.

¿Completa?

Frases hechas.

Dependencia.

Otras mujeres.

Muchas mujeres.

Sororidad.

Respeto.

Pensar.

Pensar diferente.

Instinto maternal.

¿Instinto?

Óvulos.

Egoísmo.

Mandato.

Libertad.

¿Opción?

¿Obligación?

Opción.

Deseo.

Pobre, no tuvo hijos.

¿Quién te va a cuidar?

De pronto, las ideas se ordenaron, los niños entraron al salón, pensó. Ordenó silencio a la imagen que quedó enmudecida y guardada en su mente. Estaba lista para escribir su nueva columna y lo hizo.

Incompleta

Acabo de darme cuenta de que, desde hace un tiempo, estoy cometiendo un error. Hoy tengo la necesidad de compartirlo no solo para alejarme de él y sostener la bandera de mis ideas con el orgullo con que se comparte un fundamento válido, sino porque estoy segura de que no soy la única. Las mujeres pensamos diferente unas de otras y eso está muy bien. Celebro la pluralidad de voces, pero no a todas nos va de la misma manera al momento de enfrentar una sociedad prejuiciosa o de dejar atrás mandatos encriptados en la mente de personas que no pueden comprender los cambios de paradigmas. Seré más clara: Cuando una de nosotras decide tener hijos, nadie se detiene ni opina respecto de la normalidad de esa decisión. Yo misma celebro los nacimientos y soy una tía orgullosa y feliz. Sin embargo, debo decirles que no sucede lo mismo cuando otra de nosotras dice que elige no tener hijos. En ese exacto momento la igualdad con que debemos ser tratadas desaparece y, en su lugar, ese grupo minoritario (que crece cada día, lo sé) es señalado, cuestionado y destinatario de frases hechas tales como “te vas a quedar sola”, “nunca estarás completa”, “congela tus óvulos. Te arrepentirás sino lo haces”, “se te pasará la hora”, y en el mejor de los casos, una visión generalizada: “No tiene hijos, pobre, es rara”. Y yo me lo creí por mucho tiempo. Hoy hago público mi error y comparto mis convicciones en este sentido. No me quedaré sola. No tengo nada que congelar. No me corre ningún reloj. No soy pobre y no soy rara. He dejado el “nunca estarás completa” para el final, porque eso sí es cierto. Nunca estaré completa pero no porque elijo no ser madre sino porque el motor de mi vida es “el deseo”, siempre estoy evolucionando, mis desafíos son diferentes y voy hacia algún lugar, lo cual indica que algo me falta: ¡Lo que busco en mí o afuera! Por eso la “completitud” no existe, ninguna mujer está completa jamás, aunque la maternidad la defina, porque siempre deseará mientras esté viva, algo más o distinto para ella o para los seres que ama.

He vivido la dependencia; no fue fácil soltarla. No volveré a recibirla en mí, en ninguna de sus formas, porque soy una mujer libre y amo serlo. Ese es mi instinto incompleto, el que me guía a defender mi opinión, a respetar la de mis pares y, sobre todo, a no juzgar. La maternidad no es una obligación colectiva sino una elección de cada una.

Tú, ¿eres libremente incompleta?

Isabella López Rivera

Terminó de escribir y suspiró. Se sentía más liviana porque había podido ponerle palabras a su deseo. De pronto, vivió como un presagio la sensación que le provocarían los comentarios a esa columna. Aun así, estaba decidida a publicarla en favor de cada mujer, madre o no. ¿Qué diría Lucía? ¿Y Gina, su madre? ¿Le importaba la opinión de ellas? ¿Y la pública?


CAPÍTULO 15
Correr

Es curioso el sentido inverso del destino.

Siempre se llega a alguna parte y se deja algo atrás

¿De qué lado de la distancia preferimos mirar?

¿Qué es lo más importante? ¿Por qué corremos?

Laura G. Miranda

BUENOS AIRES

Corina se sentía completamente fuera de control. Todas las teorías que había logrado aplicar con mucho esfuerzo estaban pendiendo de un delgado hilo que no llevaba su nombre. ¿En qué momento le había concedido a Alejandro el poder de gobernar sus miedos y de hacerla pensar en el futuro?

Ella sabía mejor que nadie que mientras no existiera poder humano capaz de dominar el destino, lo cual era imposible, resultaba en vano planear nada por la sencilla razón de que nadie es dueño del tiempo. La vida termina, se acaba, se va o es robada en un instante y a la vez, y hace pedazos de manera irreversible los proyectos. Los estalla, los rompe, los desintegra. Fin. No hay más sueños cuando un ser humano se enfrenta a una tumba. Lo sabía por experiencia. A los veinte años, sus padres. A los treinta, su esposo. Recordó el momento en que se había enterado de la muerte de Leonardo, era joven y feliz antes de atender el celular y se convirtió en viuda en un instante. En el mismo momento murieron también los proyectos que habían soñado juntos. Sin despedidas, sin la posibilidad de comprender la razón. Entonces, ¿por qué no disfrutaba de su presente junto a Alejandro? ¿Por qué saber que su exesposa existía se convertía en una amenaza?

Necesitaba correr. Llamó al consultorio, reprogramó las dos entrevistas de esa mañana, se cambió y sintió cómo la recorría una adrenalina voraz al colocarse el calzado deportivo. Se sintió sola desde su sangre. Una hermana menor era una familia mínima. Un linaje breve. Dos mujeres con el mismo apellido. Ni padre ni madre para recurrir en busca de un consuelo. Llegó trotando a los bosques de Palermo con lágrimas en los ojos. ¿Le dolía amar otra vez? No. Definitivamente no era dolor, era miedo a una nueva pérdida. Ese sentimiento agobiante al que echaba cada día de su vida. Solía pensar que era mejor no tener a nadie porque de esa manera no había riesgo de sufrir partidas injustas. Seguía corriendo y volviendo sobre viejas heridas y temores. Pensamientos que había olvidado regresaban a molestarla. Se sintió emocionalmente débil. Aceleró el ritmo del trote, controlaba su respiración y no sentía cansancio físico, quizá porque su peor adversaria era su alma. Allí sí sentía agotamiento y angustia. Miraba sus pies, sentía el rebote. Pensó en no lesionarse. Comenzó a disminuir la velocidad. Miró hacia adelante.

Diez kilómetros después, se detuvo. Caminó a buen ritmo un tramo más y se sentó sobre el césped para estirar los músculos. Su celular sonó.

–Hola, Lena, ¿qué sucede?

–¿Dónde estás?

–En Palermo. Decidí correr para evitar enloquecer. ¿Por qué? –preguntó.

Lena sabía que no podía postergar más la conversación.

–Debo hablar contigo –dijo y agregó–: Hoy –o cada vez me costará más, pensó.

–¿Por qué la urgencia? –preguntó Corina, sorprendida.

–Porque debí hacerlo hace un tiempo y no lo hice.

–¿Debo preocuparme?

–¡Claro que no! Solo quiero compartir algo contigo –Lena estaba tan enfocada en su tema que no preguntó por qué su hermana corría para no enloquecer.

–Debo preocuparme –afirmó–. Ven a casa en una hora.

–Allí estaré.


Un rato después, ambas conversaban en la sala de la casa de Corina, quien se había dado una ducha y se había cambiado de ropa para recibirla y luego ir a trabajar. Lena era su única familia. Tenían épocas en las que se llevaban muy bien, y otras, no tanto. A Corina le costaba aceptar ciertas decisiones que había tomado su hermana. Lena tampoco pensaba en el futuro, y aunque pudiera parecer que las unían las mismas convicciones, no era así. Mientras que Corina era responsable, su hermana menor no lo era. Corina sostenía que no creía en el futuro ni en los planes porque la vida le había demostrado que eso podía desintegrarse en un instante. Sin embargo, eso de ninguna manera se relacionaba con la inestabilidad laboral o con los apremios económicos o las aventuras en las que se asumían más riesgos de los necesarios.

Lena, en cambio, no tomaba previsiones. La vida era el día a día, generalmente los problemas la encontraban sin herramientas para enfrentarlos, no se tomaba nada demasiado en serio. Era más joven y eso no ayudaba, veinticinco años delegando todo en el destino. Desafiando la vida y sus reveses. Así, era Corina quien la rescataba y solucionaba todo tipo de inconvenientes. Ese día no estaba de humor para los temas de Lena. Intentó disimularlo ofreciéndole café y hablando trivialidades por unos minutos, pero sus propias urgencias la habían vuelto intolerante con las causas inmaduras de su hermana.

–¿De qué quieres hablar con tanta premura?

–Me voy a trabajar unos meses a Nueva York –dijo Lena de manera directa.

Corina inspiró profundo. Solo eso le faltaba, que los problemas que le trajera Lena en adelante fueran en dólares y a larga distancia.

–¿Cómo se supone que harás eso? –preguntó inventando paciencia para no discutir al inicio de la conversación.

–Conocí a alguien.

–¿Y? Te he recomendado en el trabajo que tienes hoy y hace solo tres meses que estás allí –le recordó–. No puedes renunciar –comenzaba a sentirse hostil.

–Sí, lo sé, por eso es que debí decírtelo antes, pero no quería que te enfadaras conmigo.

–¿Antes cuándo?

–Cuando Thiago me lo propuso.

–¿Thiago?

–Estamos saliendo desde hace un mes. Te conté…

–Me dijiste que no era nada serio –la interrumpió.

–Me equivoqué. Tenemos mucho en común, creemos en las mismas cosas y él quiere ir a Nueva York. Tiene un amigo que trabaja en un McDonald’s como encargado y allí vive su padre.

–¿Un McDonald’s? ¿En serio? –preguntó de manera retórica atravesada por la ira. Respetaba el trabajo honrado, pero asociaba esa empresa a empleados temporales y jóvenes.

–Cori, quiero calidad de vida, seguridad, ser feliz. No me importa vender hamburguesas en un país donde todo funciona.

–¡Dios! No es posible. Tú crees que la vida es una fiesta, ¿verdad? Pues no es así…

–¡Espera! –la interrumpió–. Sé perfectamente que no es una fiesta. ¿Recuerdas que los padres que perdiste en un accidente eran también los míos? ¿Y que yo tenía apenas doce años?

–Lena, no asumas ese rol de víctima. Ha pasado mucho tiempo. Eres una mujer y sigues comportándote como una adolescente.

–¿Porque hago lo que quiero? Hasta donde sé tú también –la provocó–. Te has quedado con un hombre casado.

–¡No cambies de tema! No se trata de hacer lo que quieres sino de hacerte cargo de las consecuencias.

–Esa es la idea, Cori, me iré a Nueva York y ya no tendrás que preocuparte por mí.

–Te equivocas, tendré que hacerlo más y peor. La distancia no es fácil. Nunca has salido del país. Casi no conoces al tal Thiago. La convivencia es difícil… y puedo seguir enumerando las contras de esta locura.

–¡Claro que conozco a Thiago! ¡Estoy enamorada de él! Hace una semana que vivimos juntos. No me he mudado, pero me quedo en su apartamento. No es una locura, es lo que deseo –afirmó.

Corina no sabía por dónde continuar. Conocía lo suficiente a su hermana como para saber que la decisión estaba tomada y que nada de lo que le dijera la haría cambiar de idea. Sin embargo, no podía consentir ese disparate ¿o sí? ¿Por qué además de sus propios conflictos tenía que cargar con una nueva preocupación de semejantes características?

–Escucha, Lena, te pido que pienses. Hace un mes que están saliendo, son treinta días, nada más, y tres meses que trabajas en un consultorio como secretaria con un buen sueldo donde te tratan muy bien.

–Es verdad y te agradezco que me lo consiguieras, pero quiero este cambio.

–Volverás y será muy difícil encontrar otro empleo como ese. Lo sabes. Perderás todo por un capricho. Tienes mucho que perder –insistió.

–O todo que ganar –retrucó.

–¿Qué hace él?

–No tiene trabajo por ahora. Lo despidieron hace seis meses por reducción de personal. Era empleado en una gasolinera. Está viviendo con la indemnización. Está cansado de este país, se quiere ir.

Corina se preocupaba más con cada palabra, y aunque lamentaba la suerte de Thiago, solo podía pensar en Lena. Al descubrir que lo pensaba por su nombre se dio cuenta de que su intuición lo había incorporado. Esta nueva aventura de su hermana, mal que le pesara, no terminaría pronto.

–No tienes papeles, no podrás quedarte en Estados Unidos más que como turista un tiempo. A tu regreso no tendrás nada aquí, y él tampoco.

–Thiago nació en Lafayette, en Luisiana. Su padre, argentino, es geólogo y había aceptado una propuesta de trabajo allá. Pero al nacer él, su madre extrañaba a su familia y regresaron a la Argentina. Muchos años después se separaron y su padre volvió a irse. Todavía vive allí. Él puede quedarse lo que guste, y yo podría conseguir un permiso o buscar el modo si decido quedarme.

Corina no podía reaccionar.

–Esa es su historia no la tuya –agregó.

–Debes soltarme, Corina. No soy tu responsabilidad, ya no –pidió, cambiando el sentido de la conversación.

–Soy todo lo que tienes ¿y me pides que te suelte?

–Me tengo a mí misma y es tiempo de que haga algo con eso. ¿Sabes por qué nunca he pasado hambre o me quedé sin techo o aprendí a resolver mis problemas?

–Tú dímelo.

–Porque siempre me has rescatado. Eres la mejor hermana que alguien puede tener, pero es mi tiempo de ser y arriesgar y también el tuyo.

–¿A qué te refieres con que también el mío? –de pronto, sintió que Lena había madurado.

–¿Has pensado por qué corres tanto?

–¿Qué tiene que ver eso con esta conversación?

–Solo dime ¿por qué tienes tanta necesidad de correr? ¿Lo sabes?

–Porque me hace bien, me gusta. Es liberador. Lo disfruto.

–¿Y lo simbólico? –preguntó Lena con sagacidad.

Corina pensó un momento. Su hermana era profunda cuando lo deseaba. Ella también se había hecho esa pregunta.

–Porque deseo llegar a mi destino.

–Te equivocas, no corres para arribar a una línea de llegada sino para alejarte del punto de partida. Justo allí es donde tuviste que hacerte cargo de mí. Sé que no soy un ejemplo de constancia y de seriedad, pero lo he pensado. Todo tiene que ver con lo que somos y lo que decidimos ser. Me iré y nos hará bien a ambas. Puedes enojarte y hacer que me vaya sin despedirme, o invitarme a cenar con Thiago, así lo conoces y formas parte de nuestros planes. ¿Qué decides? –silencio. Lágrimas en los ojos de Corina. Recuerdos. Lena había crecido. Dolía el futuro inmediato–. Corina, dime algo –insistió.

–Supongo que puedo recibirlos la semana que viene –susurró.

Era mucha información para procesar. Durante el tiempo que había durado la conversación Corina no había pensado en Alejandro ni en su exesposa, pero de pronto su vida se le vino encima en imágenes. La confusión y la realidad se peleaban por ocupar sus pensamientos. En el medio, la pregunta que se había instalado en el centro de su ser: ¿Por qué corría? ¿O era acaso la respuesta de su hermana lo que la había sacudido de sentido? No era lo mismo llegar a destino que alejarse de él, ¿o acaso era una paradoja y encontraría su destino justo al tomar distancia de su origen? ¿Qué hecho marcaba en su vida el punto de partida que necesitaba soltar?

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