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Portada
El Malo
EDICIÓN COMPLETA
Kris Buendia
Derecho
Copyright © 2022 Kris Buendia.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
1ra Edición, marzo, 2022.
Edición completa
Título Original:
EL MALO
ISBN: 979-8-88627-812-5
Diseño y Portada: K Studio
Fotografía: Shutterstock.
Maquetación y Corrección: K Studio.
Agradecimientos
Después de seis años, Lucifer cuenta su historia. No podía ser posible sin que hayan amado la serie Un Dulce Encuentro.
Mariposa.
Amarga Inocencia.
Espero que amen esta historia,
Yo lo hice.
Morir y revivir nunca se sintió tan bien...
Todos piensan que estoy muerto, pero la verdad es que yo ya estaba muerto antes de desaparecer, cuando todos me llamaban Lucifer. Ahora era dueño de un club del placer con mis dos mejores amigos.
El Cielo.
Era mi santuario aquí arriba. Podía ver a través del panel polarizado a los malditos adinerados ir por todo el pecado en su máximo esplendor.
Ahora era un maldito dios.
Pero, así como era dios, también era malo.
Pero cuando vi a Tate entrar a mi club mi corazón cobró vida. Ella estaba rota y mi necesidad de repararla era mi nueva obsesión. Ella quería ser mi nueva bailarina.
Tate Cole tenía secretos oscuros y yo iba a descubrirlos.
El Malo
Kris Buendia
Capítulo
1
Lucifer
Las llamas ardían y mi mirada estaba perdida ahí en el fuego de la chimenea.
Mi torso brillaba por el sudor y al final de él, una mata rubia hacía aparición.
Era la perra que estaba haciéndome una mamada.
Observé mi mano derecha, en la otra tenía mi trago de bourbon. Amargo y picante como lo que sentía en mi pecho.
Mi mano derecha siguió hasta la cabeza de la rubia y empujé más fuerte.
Ella tuvo una arcada, pero no me importó y ella no ponía resistencia en absoluto. Nunca nadie lo hacía porque les gustaba satisfacerme.
Levantó su vista y la ignoré.
Tres embestidas más y me corrí directo en su boca. No tenía más remedio que tragar. Y eso hizo.
Quité mi mano de su cabeza y ella la levantó y me miró.
Me sonreía.
La maldita perra estaba sonriéndome. No me gustaba que una perra me sonriera. Odiaba eso.
Me gustaba que me temieran, que me respetaran y agacharan la mirada ante mí. Era un hijo de puta malo, era el maldito Lucifer de ese lugar. Era así como me llamaban y lo odiaba.
Odiaba todo. El fuego, la maldad, la maldita vulnerabilidad que pudiera rodearme porque era mi maldita debilidad.
Odiaba la debilidad y la pureza en las miradas.
Por mi pasado. Por quien era.
—Eres estupendo—dijo la rubia.
La miré serio.
—Sal de aquí.
Sabía que era una orden en serio. Ella no discutió, tomó sus mierdas y se fue. Al momento en que abrió la puerta de mi estudio, escuché la música que venía de afuera en mi club. El Cielo. ¿Acaso era una maldita alucinación? Yo era el malo que vivía alrededor de muchos ángeles.
Mis propios ángeles, los que había construido.
Era mi santuario aquí arriba. Podía ver a través del panel polarizado que iba desde el suelo hasta el techo, y ver a todas las perras bailar.
A los malditos adinerados ir por ellas y todo el pecado en su máximo esplendor.
No, no era ninguna especie de chulo. Esa mierda no era mejor que yo. Y tampoco era una mierda ilegal o un maldito prostíbulo mi club. Al menos no del tipo y tampoco bizarra.
Mis perras recibían un jugoso cheque al final de la semana, ellas venían solas por trabajo, eran chicas hermosas buscando una mejor oportunidad que sus culos les pudiera dar.
Podían irse cuando quisieran y salirse de esa mierda.
Cada noche cada una de ellas regresaba a su vida habitual.
Hijas, hermanas, novias, esposas.
Y hasta estudiantes universitarias.
Lo que me hizo pensar en mi antigua vida. Pero eso era otra historia.
Lo que quería decir es que, tenía un club con los mejores traseros de la ciudad, bailarinas y chicas de compañía trabajando en mi club. Llenando mis bolsillos y yo los de ellas. Personas sacando su pecado como mejor pudieran hacerlo, la regla era solo una: No lastimar a mis malditas perras.
Era un maldito dios.
Pero, así como era dios, también era malo.
No con ellas, solo conmigo mismo.
Mi club daba ilusión. Pero también era una fachada a todo lo que llevaba dentro y me atormentaba. Me gustaba todo lo malo, todo lo corrupto que pudiera alejarme de las cosas buenas.
Era mi castigo y era mi única salvación.
No podía permitirme ser feliz, no de nuevo y el olor de lo malo me iba a mantener alejado de ella.
Ella.
La que jamás volvería. Y la que pensaba que había muerto. Pensar en ello hizo que me doliera el pecho, habían pasado apenas cuatro años.
Cuatro años desde que salvé su vida.
Cuatro años para darme cuenta que la quería.
Cuatro años para acabar con el mal nacido que la jodió.
Cuatro años para morir.
No morí en carne, pero para mí, yo morí ese mismo día que no quiso quedarse conmigo.
Pero eso, eso también es otra historia.
Me levanté de la silla y metí mi polla semierecto dentro de mis pantalones.
Me fui al cajón de mis cigarrillos y saqué uno para encenderlo y llevarlo a mi boca.
Me detuve en el panel, observando todo y a todos como un maldito dios.
Di otra calada y dejé salir el humo por mi nariz lentamente.
Entonces la vi.
Capítulo
2
Tate
Los gritos de mi padre discutiendo era la alarma perfecta todo el tiempo. Ni siquiera me inmutaba o sobresaltaba como lo hacía cuando era pequeña que me refugiaba en el baño de mi habitación, de hecho, a veces pasaba las noches en mi bañera sin darme cuenta.
Había algo malo en mí. Lo podía sentir. La tristeza me inundaba el alma, y me hacía cometer estupideces. La voz que acompañaba mi cabeza era la prueba real de que estaba muriendo lentamente.
Como la que estaba a punto de cometer ese mismo día. Tenía el dinero suficiente y una pequeña mochila con alguna ropa.
Me iría de esa maldita casa. La que había crecido con todos los sirvientes y padres ausentes.
Pero sus gritos no. Sus gritos siempre estaban ahí.
Odiaba los gritos.
Me hacían temblar.
Me hacían llorar y me llenaban de rabia al mismo tiempo.
Me habían jodido lo suficiente. No quería estar ahí.
Esperaría que se durmiera me había dicho, todo estaba planeado como él quería. Cuando ya los gritos se iban entonces eso era que estaba ya dormido.
Suspiré.
Faltaba un par de horas más.
Cuatro horas después me ponía mis converse y mi chamarra de cuero. Me coloqué la mochila y salí de la habitación.
Ni siquiera me molesté en tomar las llaves de mi coche. No lo necesitaba. Tampoco la casa. Mucho menos a él y ellos.
Me coloqué la mochila sobre mi hombro y abrí la puerta principal. Ni siquiera el chofer y los guardias estaban ahí para detenerme. Tenía luz verde. En cuanto salí a la calle oscura ya nada podía detenerme.
Ni siquiera me había traído conmigo algo personal que me recordara la vida que tenía, todo lo estaba dejando, todo era parte de su malévolo plan. Y la única persona que yo amaba en el planeta era mi hermano.
Él se había ido para siempre.
Con lágrimas en los ojos llegué a la estación de trenes y compré un boleto.
Seattle sería mi destino.
Ahí haría mis sueños realidad, lo que Josh hubiese querido.
Cuando llegué al lugar, el olor a tabaco, alcohol y sabrá dios qué más, no me importó. Había estado una vez en estos lugares con Josh, no porque quisiera, era porque había ido a buscarlo y sabía dónde podía encontrarlo.
En un club de esos, llenos de putas, bailando y dejándose tocar por unos dólares más. Ellas eran hermosas, llenas de curvas, olían a perfume caro y tenían muchos billetes en el elástico de su bikini al cabo de unos minutos.
Yo estaba a punto de convertirme en una de ellas.
Tenía miedo que fuese un lugar peligroso, de niñas atrapadas o lleno de trata de blancas. Pero nada iba a perder con ir una noche y asegurarme de que este era el lugar correcto.
Nadie se me quedó mirando, todos estaban en lo suyo. Yo tenía una mochila solamente conmigo. En cuanto di el primer paso, un hombre se acercó a mí.
—¿Estás perdida? —era el doble el altura y tamaño, tuve que levantar la cabeza para verle a la cara, llevaba gafas oscuras y vestía de negro de pies a cabeza.
Era un guardaespaldas o una mierda así.
—Hola, busco al gerente.
Él se rió en mi cara.
—Ve a casa—volvió a decir.
—Quiero trabajar aquí, necesito hablar con el gerente.
Negó con la cabeza, puso sus manos pesadas en mis hombros y me instó a que saliera de ahí. Me negué de nuevo, pero el tipo estaba sacándome casi a rastras del lugar.
Me rehusaba a ser echada sin motivo alguno. Necesitaba quedarme en este lugar o moriría.
—¡Oye! —le di un golpe en las manos—Dije que quiero hablar con el gerente.
—¿Qué mierda sucede aquí?
La voz del hombre detrás de mí hizo que el grandote me soltara. Me giré para encontrarme con un hombre tatuado de cuello y manos que usaba un traje sin corbata. Llevaba una coleta desordenada y era bastante grande y guapo como aterrador.
—Esta muñeca aquí dice que quiere hablar con el maldito gerente.
El hombre me miró de pies a cabeza. Algo me decía que él era el gerente o algún amigo de él o ella por la forma sobreprotectora de verme.
Se cruzó de brazos y miró hacia arriba como si alguien estuviese detrás de esos paneles oscuros.
Mierda.
¿Había alguien viéndome desde ahí? Me dieron escalofríos, como si en verdad pudiese sentir esa presencia desde ahí, observándome tal cual acecho.
—¿Qué quieres con el…gerente? —algo me decía que no se llamaba gerente el dueño de ese lugar.
Me recompuse la mochila y repetí.
—Le decía al grandote aquí, que quiero trabajar en este lugar.
Quise mostrarme como si sabía lo que estaba haciendo, sino esos dos sujetos no iban a respetarme en lo más mínimo. Además, tenía que verme valiente. ¿Se suponía que tenía que verme fuerte? Mostrarme tal y como era solo iba a traerme problemas.
El hombre furioso no se mostró interesado. Alzó una ceja y le dijo al grandote:
—Haz que se vaya.
—Sí, señor.
—¡Espera! —le dije cuando iba de nuevo el grandote a tocarme.
Se detuvo.
—¿Eres el dueño? Por favor, necesito trabajar, estoy dispuesta a ser bailarina, lo que sea, soy muy buena, de verdad.
—Eres una niña—dijo en lugar.
—No lo soy, tengo veinticinco. Sé cómo me veo, pero créeme este lugar me necesita.
La madre que me había parido. Estaba hablando demás. No tenía veinticinco, tenía veinticuatro. Y no tenía grandes pechos, era una chica regular, delgada, con buen trasero y, además, rubia. Mis ojos eran azules casi como una maldita pesadilla que brillaba con el gran iris oscuro en el medio.
Todo el mundo me lo decía. Mis ojos eran mis enemigos, solamente atraían el mal.
Tenía un rostro angelical, pero no me sentía nada angelical desde que Josh se había quitado la vida.
—Será mejor que te largues, este no es un lugar para ti.
—¿Quién lo dice? —lo enfrenté—¿Acaso eres el propietario? Si eres el propietario me iré, pero sino lo eres, apártate y déjame hablar con tu jefe.
Él se quedó mirando con el grandote.
—Ella tiene cojones—dijo.
—Mierda sí, Bones.
¿Bones? ¿Qué clase de nombre es ese?
Así le decía al chico tatuado, le calculaba que estaba en sus treinta, no podía ser mayor. Pero algo que sí tenía era que no juzgaba por cómo se miraban las personas por fuera.
Bones se acercó a mí y señaló hacía arriba.
—¿Ves ese panel oscuro de ahí? —dije que sí con la cabeza—Si logras ir ahí, el trabajo es tuyo.
Se quedó de brazos de nuevo y me riñó con la mirada. Si estaba hablando en serio, no iba a perder el tiempo con ellos dos, así que me abrí paso y caminé lejos de su presencia. Las escaleras me iban a tocar encontrarlas, frente a mí estaba el camino al bar, a un pasillo de sanitarios, y otro pasillo que daba a lo que era la tarima.
En cuanto a mis pies seguían moviéndose para encontrar las escaleras, pisaba la alfombra roja terciopelo debajo de mis pies.
Una fuerte oleada me sacudió y fui levantada del suelo, sacada en el aire sobre la espalda de alguien. Visualicé antes de gritar, y me di cuenta que Bones, estaba cargándome.
—¡Suéltame! —le grité, golpeándole fuerte la espalda. Esto no estaba pasándome a mí.
—Te dije si lograbas, cosa que no ha pasado ¿O sí, vampira?
—¿Vampira?
—Te ves como una con esos ojos que tienes, muy hermosa, pero torpe, mejor ve a casa.
Este tipo estaba loco.
Me bajó una vez el aire fresco de la calle tocó mi rostro. Me bajó con mucho cuidado y me dijo:
—No regreses, por tu bien. Estudia, haz una mierda de esas, pero no vuelvas. Esto no es para ti.
Tenía lágrimas de enfado en los ojos.
—¿Y qué mierda sabes lo que necesito?
Tomé mi mochila del suelo. Y caminé lejos de ahí. Podía sentir todavía su mirada sobre mí. El tipo estaba loco. Tenía que regresar con un mejor plan, pero ese lugar era mi destino.
O moriría.
Llegué a una especie de bar, ponía en la puerta que los tragos después de media noche eran gratis.
Mi oportunidad.
Necesitaba un trago.
Dejé mi mochila en el suelo y un chico de ojos grises y cabello azul puso un vaso con agua.
—¿Necesitas identificación para llenar ese vaso de alcohol?
Él ladeó su cabeza. Resoplé y saqué mi maldita identificación y se la lancé de mala gana.
Aprobó con una seña y llenó mi vaso de un contenido amarillo y transparente. Puso dos cubitos de hielo y lo llevé a mi garganta.
¿Qué mierda sucedía en esa ciudad? Todos pensabas que era una maldita niña.
—No eres de aquí ¿Cierto?
No iba a darle ningún dato mío a ningún extraño, así que me encogí de hombros.
Cuando terminé mi trago, el tipo me sirvió otro. Sonriéndome con una mirada lasciva. Me lo bebí y tomé mi mochila del suelo. Saqué un billete de veinte y se lo entregué.
—Va por la casa—volvió a decir.
—Gracias.
En cuanto me levanté, me sentí mareada. Me agarré de la orilla de la barra e hice lo posible por mantenerme así y salir.
Vi al chico de la barra, estaba sirviendo una cerveza en el otro extremo. En cuanto a mí, caminaba hacia la salida y me di de bruces con un pecho duro. De inmediato su aroma inundó mis fosas nasales, aspiré hondo y levanté la mirada.
Un gran hombre esbelto con traje de tres piezas y tatuajes.
Esperé un instante a que aquel hombre se apartara de mi camino, pero, como no lo hacía, me quedé rígida lejos de él para ampliar mi camino visual.
Era alto. Delgadez atlética, pero lo que más me intrigaba no era su barba crecida, sino la forma en cómo me miraba. Su rostro era hermoso, cada centímetro de su cara había sido esculpida a la perfección.
Cabello perfectamente peinado hacia atrás.
Mirada oscura, ojos grises intenso. Y barba perfecta y crecida.
Tenía la boca en línea recta y respiraba casi gruñendo.
¿Qué esperaba que dijera?
—Perdón.
Levantó una ceja y me tambaleé. No sabía que dos tragos podían ponerme así. Hacía tiempo que no probaba el alcohol. Me aferré a mi mochila y me aparté para que el hombre guapo pasara de mí.
Me sujetó del brazo fuerte y sentí un escalofrío apoderarse de todo mi cuerpo.
¿Qué fue eso?
—Ven conmigo—me dijo con voz ronca.
Oh, por Dios. Este hombre iba a lastimarme.
Me zafé de su agarre y corrí hacia la salida.
—¡Joder! —escuché que gritó detrás de mí.
Un auto frenó y sentí rechinar las llantas y ese sonido contrajo mi nuca y el olor a neumático quemado llegó a mi nariz. Seguido del impacto en mi cuerpo siendo lanzada fuera de ahí. Estaba tirada en el pavimento mojado. Había comenzado a llover. Y yo iba a ser atropellada.
—Mierda—dijo alguien tirado al lado mío.
¿Él me había salvado?
—Joder, William—el hombre de traje del club estaba ayudando a levantarse—te dije que no vinieras detrás de esta perra.
¿William? ¿Había escuchado bien?
Me levanté como pude aun sintiéndome mareada, no iba a quedarme ahí, esos tipos eran raros. Caminé como pude a la acera y me abrí camino.
—¡Oye! Joder, ven aquí.
—Vete a la mierda, no te conozco—le dije.
Llegó hasta a mí, dejando a su amigo atrás.
—He salvado tu puta vida ¿Y así es como me pagas?
Tragué en seco.
—Gracias, pero esta soy yo yéndome.
Me giré y de nuevo estaba frente a mí.
—Y este es el maldito gerente que buscabas. Ahora dime, ¿Quién coño eres?
Oh, mierda. El dueño de ese bar.
El Cielo ese era el nombre del club, ahora lo recuerdo.
—Soy Tate, y —me removí incómoda—Y quiero trabajar en el El cielo.
Me estudió con la mirada. Escuchaba los autos volver a su curso normal. Su amigo detrás de él esperándolo. El tal Lucifer o como sea que se llamase, estaba viéndome ahora de pies a cabeza.
—¿Dónde están tus malditos padres?
Eso me hizo enfadar. No tenía derechos a hacer preguntas.
—Vete a la mierda, no necesito darte explicaciones, si vas a darme el trabajo dímelo ahora, sino me marcharé, otros clubs me querrán.
William miró a su amigo sobre su hombro.
—Te dije que la perra tenía agallas.
—Deja de decirme perra—le pedí echa una fiera—Me llamo Tate.
—La maldita perra Tate tiene agallas—dijo en vez.
Maldito psicópata.
De nuevo estaba mareada, sentí mis ojos moverse hacia atrás y las manos frías de Lucifer sostenerme en el aire.
—Mierda.
Bones se acercó rápidamente y tocó mi cara.
—Mierda, la han drogado.
¿Drogado?
Capítulo
3
Lucifer
Ella estaba discutiendo con Bones, uno de mis mejores amigos. Él y su hermano habían salvado mi maldita vida, y teníamos este club. Éramos socios, este club era nuestra salvación y también nuestra pesadilla muchas veces. Bones y Vill eran hermanos de sangre y yo no, pero como si lo fuera.
Bajé y varias perras querían mi atención. Pero en mi pensamiento solo había una, ¿Quién era la rubia que había llegado a mi club con una mochila? Se le vía desesperada.
—¿Qué mierda sucedió? —les pregunté.
Bones se llevó las manos al cabello, eso hacía cuando estaba cabreado, además de neurótico.
—La perra se volvió loca. Dijo que quería hablar con el gerente.
Gerente, no lo llamaría de esa forma. Yo era el puto amo del lugar. Entonces ella quería hablar conmigo.
—¿Y qué quería hablar conmigo? —pregunté.
—Quería trabajar aquí, dudo mucho que de mesera. La perra quería bailar o una mierda así.
Eso me cabreó.
—¿Y por qué la has echado?
Bones me miró mal.
—¿Acaso no la viste, hermano? La chica es demasiado joven, no queremos a los malditos federales acá.
—¿Le pediste identificación?
—No fue necesario, mayor de edad parece, pero no creo que tenga la piel ni las ganas de ser parte de nuestras perras. La he echado, era demasiado sospechosa. Insistía en hablar contigo.
Mierda.
—¿Adónde se ha ido?
—No lo sé. Y no es buena idea que vayas tras de ella.
Lo señalé de inmediato. Nadie me daba órdenes, ni siquiera mis hermanos.
—Si ella quería hablar conmigo, lo hubieras respetado.
—Hermano, ¿Estás hablando en serio? La perra está loca.
Salí por la puerta principal, encontrándome a uno de nuestros guardias, me hizo una seña en forma de saludo.
—¿Adónde se fue la chica, Taylor?
—Creo que entró en uno de esos bares.
Mierda.
—Lucifer, no vayas detrás de ese coño.
No le hice caso.
—No te metas.
—¡Lucifer! —me gritó y me paré en seco. Odiaba que me llamaran así. Eso pertenecía al pasado.
Me giré y lo vi. Mi mirada llena de odio y fuego. Odiaba ese sobrenombre, odiaba el lugar donde me llamaban así. Odiaba por quien había dejado de llamarme así.
Es por eso que Bones y Vill me habían decidido llamarme por mi nombre.
—Deja de llamarme así, Alexander o romperé tu linda cara.
Bones se echó a reír.
—Prefiero que me llamen monstruo, ya sabes, por el tratamiento de huesos que doy.
Era un maldito sádico.
Yo era oscuro, él era sádico y su maldito hermano menor era un psicópata villano que follaba en silencio con mujeres casadas.
Yo las elegía silenciosas, al grano y sin más. No era selectivo y tampoco me importaba repetir.
Me acerqué a él hasta que sintiera mi aliento.
—Vuelve a llamarme así y romperé cada uno de tus huesos.
—Joder, solo era una broma, hermano.
Levanté una ceja.
—Lo sé.
Me di la vuelta y me abrí camino. Sabía que Bones venía detrás de mí, siempre cuidaba mi espalda.
—¿Dónde está Vill? —le pregunté sin mirarlo.
—Jodiendo algún coño.
—Deberías estar haciendo lo mismo.
—¿Y perderme esto? Jamás. No sé por qué vas detrás de esa chica. ¿Tengo que recordarte lo que te pasó la última vez cuando salvaste a una?
No me detuve.
Hice esos pensamientos a un lado. Bones tenía suerte de que no pateara su culo en esos momentos. Hablar de ella también estaba prohibido.
Fue entonces cuando la vi. Se levantaba con mucho cuidado y el tipo de la barra la observaba. ¿Cuánto había bebido?
Entré para ir por ella cuando se dio de bruces en mi pecho.
—Perdón—dijo.
Sus ojos grises claro se clavaron en los míos.
Ella era hermosa.
Ella no pertenecía en estos lugares. Joder, ella iba a joderlo todo y el sonido de mi corazón me lo estaba avisando.
…
—¿Dónde están tus malditos padres? —le pregunté.
—Vete a la mierda, no necesito darte explicaciones, si vas a darme el trabajo dímelo ahora, sino me marcharé, otros clubs me querrán.
Miré a Bones. Ella tenía agallas.
—Te dije que la perra tenía agallas.
—Deja de decirme perra—le respondió—Me llamo Tate.
Tate, Tate, Tate. Empezaba a obsesionarme con ese nombre.
—La maldita perra Tate tiene agallas—dijo Bones, eran unos malditos niños.
Tate me miró con temor. Se tambaleaba. Algo no andaba bien. Sus ojos estaban brillando demasiado, tenía las pupilas dilatadas.
—Mierda. —dije cuando cayó en mis brazos, estaba sudando frío.
Bones se acercó rápidamente y tocó su cara.
—Mierda, la han drogado.
Un auto derrapó cerca.
Vill.
—Ya era hora que aparecieras. —le dijo su hermano—¿La perra casada te dejó ir?
—Vete a la mierda, hermano—dijo entre dientes.
—Ayúdame a meterla al auto—le ordené.
Daniel era un chico fuerte, Vill. Así le gustaba que lo llamaran. No era tan listo como nosotros, era ingenuo en algunas cosas, pero para otras, era un maldito psicópata como su hermano mayor. Era el genio de la tecnología y quien borraba nuestros rastros.
Su único defecto y debilidad. Los coños casados.
Tenía un jodido fetiche por meterse con mujeres prohibidas. Y las perras, caían, era un chico apuesto, jodido, pero caliente.
—Vamos—le dije a Bones, sabía lo que teníamos que hacer.
—Joder, sí. —estaba ya excitado.
Entramos al maldito bar de mala muerte donde habían drogado a Tate y nos acercamos al tipo de la barra. Estaba ya pálido.
—Mierda, no sabía que era tu chica. —dijo cagándose en los pantalones, refiriéndose a mí.
Tate no era mi chica.
No todavía.
Miré a Bones. Era su pase.
—No soporto a los abusivos y menos que estén cerca de mi club.
Me sonrió como un maldito lunático. Sacó un cuchillo y saltó la barra. Todos en la zona sabían que no podían meterse con nosotros. Ambos los lanzamos por encima de la barra, llevándonos al chico a la parte de atrás. El maldito hijo de puta de cabello azul le gustaba meterle mierdas a las bebidas.
Era momento de darle una lección.
Ni siquiera sabía por qué me estaba molestando esta vez, pero lo hice. Sino sería otro hijo de puta igual.
—Les juro que solamente quería pasarla bien un rato, no iba a lastimarla.
—¿Alguien te dijo que la drogaras o es parte de tu trabajo hacerlo por diversión? Si había otro hijo de puta igual a él lo sabría.
Bones no decía una maldita cosa, solo quería clavarle el cuchillo entre las costillas.
Miré hacia abajo, el tipo estaba meándose encima.
Joder.
—Déjamelo a mí, William.
—¿Por qué lo hiciste? —me dirigí de nuevo a mi objetivo. —¿Acaso ibas a violarla?
Se abrieron sus ojos como platos. Tenía un sentimiento extraño sobre la violación, era porque sabía lo que eso causaba en una chica. Lo había visto con mis propios ojos. A ella la veía llorar cuando recordaba a su agresor y yo solamente podía borrar lo que él le hacía haciéndole el amor.
Nunca estuve ahí para protegerla, ni siquiera aquel día.
—William—la voz de Bones me trajo a la realidad—Sé lo que esa mierda significa para ti, hermano. No te tortures, dame al maldito.
—Lo juro que solo quería robarle, ella no es de por acá. Y tenía dinero. Lo vi en su mochila.
Maldito idiota.
Pero le creí, vi en sus ojos que decía la verdad.
—Lo juro que no iba a lastimarla.
—Pero estaría inconsciente, sola, vulnerable y además… ¿Quién te detendría?
Sus ojos se abrieron más. El hijo de puta estaba sufriendo un colapso.
Sabía que no solamente le robaría, una cosa llevaría a la otra, la perra era caliente. Joder que sí, era hermosa.
—Por favor, no seas malo. Déjame ir.
Me hizo reír.
—¿Malo yo? —me reí de nuevo en su cara—pero si no te he hecho nada… no seré yo, el malo.
Le di un golpe en el estómago y cayó al suelo. Tenía cosas más importantes que hacer.
—Encárgate de él—le pedí a Bones.
—Cuenta con eso.
Salí de ahí, la gente de ese lugar ni siquiera se había dado cuenta que un chico atrás gritaba por su vida.
Me arreglé la chaqueta y regresé al auto. Me subí en la parte de atrás donde estaba Tate. Todavía inconsciente.
Llevaba una camisa rasgada a la moda, una chaqueta de cuero y converse.
Era delgada, su piel bastante blanca, como si broncearse fuese un insulto para ella. Bones la había llamado Vampira, me pareció gracioso, pero entendía el punto, la chica era hermosa, tan hermosa que no parecía real. Y su cabello, podía sentir el aroma a vainilla desde aquí. Esta chica tenía una casa y había huido.
Miré su mochila, y luego a Vill que miraba todos mis movimientos.
—¿Has revisado su mochila?
—No, porque es tu perra y lo harás tú.
Puse los ojos en blanco. Tenía razón, era mía, y más les valía a los dos entenderlo. Mi mente cuerda, la normal, del hombre y doctor que era, me decía que ese no era un pensamiento adecuado. El llamarla mía.
Pero el otro, el malo. Ese que ella buscaba y que sé que le gustó cuando lo miró, me decía que era eso. Mía hasta saber quién coño era y qué quería conmigo.
Miré dentro de su mochila, tenía poca ropa, su pasaporte, lo abrí y vi su foto, era una chica que había viajado por casi todo el mundo.
Su móvil, era uno caro. Mierda, tenía contraseña.
Miré dentro de su billetera, tenía más de cinco mil dólares con ella. Y billetes enrollados dentro de algunos calcetines.
La miré.
Su boca estaba entreabierta.
Ella era una maldita chica rica.
Tate cole. Tenía veinticuatro años, cumpliría los veinticinco en unos meses.
Joder.
Bones llegó, limpiaba su cuchillo en la parte baja de sus pantalones. Vi la sangre y no me causó remordimiento alguno.
—¿Lo mataste?
—No, pero le hice mucho daño. Resulta que ya había violado dos chicas, no lo maté porque casi me ve un maldito que estaba sacando la basura. Regresaré otro día por él.
—Bien hecho.
Tate se removió incómoda, al abrir los ojos nos miró a nosotros tres. Tres hijos de puta tatuados, ella casi inconsciente y sola en el auto. No dudó en gritar.
—¡Ayu…
Mis manos llegaron a su boca y se hizo silencio.
Las lágrimas rodaron por sus ojos. Y eso me cabreó demasiado.
—Ella está loca—dijo Vill.
Tate los siguió a cada uno con la mirada.
—No te haremos daño—le dije—cállate la puta boca.
—Habla por ti—dijo Bones.
Lo miré mal.
—Que les quede claro a los dos que Tate no puede ser tocada por nadie excepto yo. ¿Quedó claro?
No dijeron nada.
—¿Quieren que vuelva a repetirme? ¿Acaso no fui claro?
—Mierda, lo que sea que digas, Will. —Vill se acomodó en su asiento y puso las manos en el volante.
Vi a Bones.
—Está bien, hermano. Nadie tocará a tu maldita perra.
Regresé la mirada a Tate. Quien no dejaba de llorar. Mierda, odiaba jodidamente eso. Ver a llorar a una mujer.
Ver su vulnerabilidad. Lo detestaba demasiado.
Me gustaban fuertes, perras, con agallas de mandarlo todo a la mierda y hacer conmigo lo que quisieran. Podía permitirlo de una que no significara nada para mí. Era mi maldita debilidad.
Una línea muy delgada para cruzar.
—Soy William, ya conociste a Bones y él es su hermano Vill. Somos los dueños de El Cielo. No te haremos daño, al menos que me digas quién coño eres y porqué quieres trabajar en mi jodido club.
Quiso hablar contra mi mano, pero no me di cuenta que aun la tenía a mi merced.
—Quitaré mi mano, pero si gritas, voy a poner una cinta en ella. ¿Has entendido?
Asintió con la cabeza. Poco a poco quité mi mano y sentí la necesidad de lamerme sus lágrimas y borrarlas de su rostro.
Joder.
—Soy Tate Cole, me fui de casa porque quería trabajar. Quiero ser independiente. Mis padres, ellos—miró hacia Vill y Bones que tenía toda su atención—ellos no me entienden.
Sabía que algo más había detrás de su escape de casa. Todo lo que decía era demasiado planeado, demasiado obvio hasta para las novelas.
—Tienes mucho dinero en la mochila ¿De verdad crees que me voy a creer esa mierda?
Ella tragó nerviosa aclarando su garganta.
—Nadie de aquí la cree—me siguió Bones. Y luego miró a su hermano.
—A mí no me preguntes, solo quiero regresar con mi perra y follarla.
—¿Tu perra casada? Eres un patético de mierda. Pudiendo tener todos los coños apretados que quieras, quieres una con un anillo en su maldito dedo.
—Vete a la mierda, Bones.
Tate no entendía nada de lo que los hermanos hablaban, pero estaba distrayéndola de la verdad.
—Tate—me miró—Estoy esperando una mejor respuesta.
En sus ojos podía ver una mirada, una que conocía bien. Ella estaba huyendo de algo más que buscando su jodida dependencia.
—Mi hermano se suicidó—el color de sus ojos cambió cuando esas palabras salieron de su boca.
El suicidio, movía algo en mí. Algo doloroso, algo peligroso y prohibido.
Bones y Vill guardaron silencio. Conocían muy bien mi pasado y sabían lo que el suicidio había hecho en mí.
—Creo que es suficiente razón para huir de casa, William.
Bones intentaba suavizar las cosas porque se dio cuenta que me había quedado callado cuando escuché a Tate confesarse.
—Me fui de casa porque mis padres no pueden superarlo, ni yo tampoco. Sino salía de esa casa iba hacerlo yo también… pero no lo hice, por él. Por eso… estoy buscando trabajo. A Josh le gustaban esos clubs, su sueño era tener uno. —se rio para sí misma al recordar lo que sea que le haya dicho su hermano en vida—Quiero trabajar en uno, y no ser encontrada por mis padres nunca.
Era una buena excusa.
Pero no le creía del todo. Lo del suicidio de su hermano podía ser una cosa. Pero las marcas de sus brazos decían otra.
Ella se dio cuenta y las cubrió con su chaqueta de cuero.
Tate Cole tenía secretos oscuros y yo iba a descubrirlos.
—¿Tienes dónde quedarte?
—Tengo dinero para un hotel.
—Vill te llevará a uno seguro. Hablaremos mañana, aun no me convences.
Abrí la puerta del todo terreno y Bones se bajó conmigo.
Iba caminando mirando la punta de mis zapatos cuando escuché la voz de Bones decir:
—¿No estarás pensando en darle trabajo?
—Eso no es tu problema.
—Sí lo es, sé lo que te hizo sentir con esa mierda del suicidio. ¿De verdad le creíste?
Me detuve y lo vi.
—Ella dijo la verdad, pero sé que hay algo más.
—Lo sé, hermano. Yo también lo pude sentir. ¿Quieres que la investigue?
—Joder, sí. Encuentra algo y me lo haces saber.
—Cuenta con ello.
Llegamos al club, me fui a la barra y me sirvieron Bourbon en las rocas. Mi favorito. Necesitaba algo más fuerte. Bones se encargaba de algo por teléfono, lo vi cabreado. Así que le pregunté.
—Una entrega salió mal. ¿Quieres ir?
—¿Acaso tengo algo mejor que hacer?
Capítulo
4
Tate
El tal Vill no dijo ni una sola palabra mientras me llevaba a un hotel cercano. No era cinco estrellas, pero era decente. No hubiera podido encontrar algo mejor por mi cuenta y menos en una ciudad que no conocía bien.
Ya habían intentado violarme poniéndome algo en la bebida.
Nota mental. No ir a bares ni aceptar tragos de la casa.
—Gracias—le dije a Vill.
Él me ignoró y se bajó. Fuimos juntos a recepción. Pidió una habitación vista a la calle, y se sacó una tarjeta del bolsillo de atrás de su pantalón.
—No es necesario, yo traigo dinero.
Me miró por un segundo y deslizó la tarjeta hacia la recepcionista que se quedaba mirándolo embobada. Vill era guapo, parecía niño, pero sus tatuajes eran la versión rebelde de sí mismo.
Tenía músculos, pero no más marcados que William y su hermano Bones. Podía descifrarlos a los tres amigos muy bien.
Bones se miraba despiadado, guapo para atraer a sus víctimas y dudada que tuviese una puta debilidad.
Y William, de él no podía decir mucho. No era posible leerlo. Era frío y calculador, como caballero y sensible.
Pero no me fiaba de él.
Por otro lado, era atractivo, y tenía clavada en su frente la palabra aléjate.
Había sido una mala idea entrar a El Cielo, no iba a regresar. Iba a conseguir esconderme en otro lugar y trabajar de otra cosa. Pero no podía ser encontrada por mis padres.
No le dije las razones a William. No era necesario.
No era trabajo de él protegerme.
Vill me dio la llave y cuando iba a tomarla me dijo:
—Aléjate de Lucifer. No sé quién te crees que eres, pero no quiero que traigas problemas por acá. ¿Queda claro?
—¿Lucifer? ¿Así le dicen?
—Sí, nosotros tú nunca lo llames así o te comerá viva.
—No me conoces ni un poco. Así que guarda tu puta amenaza. Maldito raro.
La comisura de su labio se levantó un poco. Mientras mis piernas temblaban. Yo había aprendido eso de mi hermano. Me decía que debía ser una chica ruda, a pesar de que no lo era del todo.
Llevaba su chaqueta siempre. Era su favorita y con ella se había suicidado. Ni siquiera le había intentado lavar la sangre que corría de sus venas. Solamente la tomé y me acosté a su lado hasta que los paramédicos llegaron.
Ya era demasiado tarde.
Me quisieron apartar de él. Pero no quería.
Me tuvieron que sedar.
Y no pude siquiera, despedirme de él, ir a su funeral o entierro.
Odiaba a mi maldito padre y a mi madre por permitirlo. El dolor me invadió y podía sentir la presencia de mi caos apoderarse de mí. Antes que eso sucediera, iba a encargarme de ello.
Fui a la habitación y me fui directo al baño con mi mochila. Busqué por todos lados y no encontré lo que buscaba.
Mierda.
Él tuvo que haberlo tomado.
Tomé las llaves y caminé hasta el club, echa un rayo. El maldito William, Lucifer iba a escucharme.
Cuando llegué a la puerta el grandote estaba fuera.
—Busco a William, y si no me dejas pasar, le diré.
Puso cara de pocos amigos y se hizo a un lado.
Caminé al interior del gran club ignorando todo a mi alrededor hasta los gemidos viniendo de algunos pasillos, la música era sensacional, la vibra, lo que emanaba en el aire, sexo, dolor y algo más.
El lugar estaba rodeado de obras de arte, tarimas perfectas con bailarinas haciendo su trabajo, privados y áreas VIP por doquier, y la decoración era eso.
Un jodido Cielo cubierto por las llamas del infierno conforme bajabas la mirada al suelo.
También habían estatuas en la pared, sexuales, riendo viendo todo a su alrededor. ¿Qué sabían ellas que yo no?
Subí las escaleras de cristal hasta llegar a la puerta del panel negro. Debía ser esa su oficina.
Ni siquiera toqué, tomé valor y abrí la jodida puerta. Para encontrármelo en su trono, bajo la oscuridad y humo por todo el lugar. Miré su escritorio de cristal negro. Tenía un cigarrillo a medio acabar y en el otro lado, un vaso con un contenido extraño en él.
¿Whisky?
Era lo que todos los malditos como él bebían.
—Sabía que vendrías—dijo con voz ronca. Mis piernas fallaron. Iba a caerme al escuchar su voz.
Ese hombre desprendía lujuria y peligro.
Otra mujer estaría a salvo con él. Otra que lo quisiera.
él jamás se fijaría en ti, pensé.
¿Acaso eso me importaba?
—Dámelo—le dije, suponiendo que él sabía a lo que me refería. Él o cualquiera de sus locos amigos tuvo que haberlo sacado de mi mochila.
—Mis sospechas eran ciertas. Si no, no hubieses venido hasta acá por tu cuenta.
—¿De qué mierda hablas?
No podía verlo, estaba oscuro, solamente miraba su silueta, su gran y fuerte silueta, y en el aire. Su aroma. Su maldito aroma, humo y menta.
—Ven aquí—pidió—si quieres que te lo regrese.
Maldito hijo de perra.
Me acerqué enfurecida, hasta que una luz sobre él se encendió. Tenía sobre sus manos ahora lo que era mío.
El maldito cuchillo.
El cuchillo con el que se suicidó mi hermano.
El objeto con el cual me desahogaba.
—Entonces tus marcas se deben a esto—lo sostuvo en el aire.
Él no tenía derecho a cuestionar o hacerse ideas. Él no me conocía.
—Dámelo, no tengo que darte explicaciones.
Me miró serio. Más de lo normal.
—¿Crees que sufres?
¿Cómo se atrevía? Mi sangre hervía. Quería matarlo, con ese mismo cuchillo.
Él no tenía idea. Si no lo hacía, no podía controlarme. No podía ser yo. No podía ser Tate, era otra cosa. Gracias a la sombra que me acompañaba.
—No me conoces.
—Claro que no, pero adivino. —expresó con frialdad—eres una chica rica, que se enojó con sus padres por el suicidio de su hermano. Que seguramente era un pendejo rico también, que usaba el dinero de papá y mamá para salir de fiesta. Alguna chica no le hizo caso y se cortó las muñecas. ¿Adivino? —volvió a decir—con este cuchillo.
Él no tenía idea de lo que decía. Más sin embargo continuó.
—Luego está su querida hermana, que como no obtiene lo que quiere, huye de casa, con miles de dólares que cuando se acaben, papi y mami le enviarán más.
—Cállate. —dije cerrando los ojos.
—La chica de mami y papi se corta a sí misma para llamar la atención. No tiene los cojones para suicidarse, porque lo único que quiere es eso, atención.
—¡Cállate! ¡Cállate! —me llevé las manos a la cabeza. —¡Dame el maldito cuchillo! Me largaré de aquí cuando lo hagas y puedes continuar con tu maldita vida. ¿Te crees muy listo? Puedo adivinar tu maldita vida también. Pero déjame decirte que no has atinado nada, más que sí, con ese cuchillo que sostienes en las manos, mi hermano se cortó las muñecas. Y yo alivio mi dolor intentando cortar las mías a diario, sé que algún día lo haré. Y si quieres puedes verlo.
La expresión de William cambió.
¿Creía que me iba a derrotar? Yo podía jugar ese juego. Como lo dije antes. El no cortarme me convertía en una maldita pesadilla.
—Eres Lucifer, pero no te gusta que te llamen así. Te escondes bajo ese traje, una maldita fachada. Puedo adivinar que eras un maldito profesor. ¿Sabes por qué? —no dijo nada—Porque te pareces a uno que conocí en el pasado en otra ciudad. Doy mi maldita vida por ello. ¿Chicago? Te pareces mucho a él o es tu doble, una mierda así. Pero no eres lo que finges ser acá. Y el tema del suicidio vi que te afectó. ¿Qué? —William estaba ya de pie—¿Acaso tu maldita esposa te dejó y se suicidó como mi hermano? ¿O tu hermana? Sé que te afectó. Ahora dame mi maldito cuchillo y acabemos con esto de una buena vez, maldito hijo de puta.
Caminó a grandes zancadas hasta dónde yo estaba.
—¿Quién mierda eres? —preguntó. Parecía asustado.
—Seré tu maldita pesadilla, si no me entregas el cuchillo.
Tomó mi mano con fuerza y puso el cuchillo en ella.
Regresó a su asiento, y se tomó todo el trago de un solo sorbo.
—Eres muy buena. Vas a conseguir que te maten si no logras controlar esa boca, Tate. ¿Chicago? Sí. Seguramente fuiste una de mis alumnas, una a la cual no quise follar.
Parpadeé un par de veces. Tenía el cuchillo en las manos y lágrimas en los ojos. ¿Qué mierda había pasado? William me observaba.
—¿De qué hablas?
Me miró extraño. Estaba sudando, se quitó la chaqueta que llevaba y se quedó solamente con la camiseta blanca manga larga. Las enrolló y dejó al descubierto todos sus tatuajes. Llevaba tatuajes en los nudillos, las muñecas y antebrazos, y sabía que debajo de esa camisa también.
A excepción de Bones que también tenía en el cuello como su hermano.
William era más maduro y más interesante de ver y conocer.
—¿Por qué dices que era un profesor?
Miré a mi alrededor.
—Tienes libros por todos lados. Dudo mucho que te guste leer a estas alturas. Creo que quieres conservar algo, siempre conservamos algo de nuestro pasado. Yo conservo este cuchillo y tú tus libros. Simplemente lo deduje. No estoy segura. Y Chicago, ciudad cara, eres rico.
William no decía nada.
—¿En verdad quieres trabajar aquí? —preguntó.
—Creo que es tarde para eso. Nunca seré bailarina en este lugar, empezamos con el pie izquierdo.
—Yo creo que estamos a mano. Ahora lo de ser bailarina, no lo creo. ¿Eres puta?
La pregunta me ofendió.
—¿Ellas son…
—Sí, son putas. Quieren serlo, no las obligo. Tienen su propia vida, pero deciden trabajar acá. Eso me da mucho dinero y a ellas también.
Jamás lo pensé así.
—Te veo sorprendida. ¿Acaso pensabas que era un jodido secuestrador de mujeres o una mierda así?
—La verdad es que sí. Y me disculpo por eso.
William sonrió. Mostró sus dientes blancos y perfectamente alineados. Se pasó las manos por el cabello ahora desordenado y me contuve de dejar salir un gemido. El tipo estaba caliente.
Era jodidamente guapo.
—Te disculpas por eso y no te disculpas por toda la mierda que acabas de decir hace unos minutos. ¿Quién jodidamente eres, Tate?
—Tú tampoco te disculpaste. Seguramente hiciste clic en algo en mí que no me pude contener. No vuelvas a hacerlo, por favor.
Me miró de soslayo. Si le parecía rara, no era la primera persona. Sé que no estaba bien de la cabeza gracias a mis padres.
Lo sabía con perfección. Pero tenía mi cuchillo, podía sacar todo lo malo en mí abriéndome la piel.
—Podría follarte ahora mismo, si no estuviera enfadado contigo ahora y borrarte lo que sea que te atormente.
¿Y ese cambio a qué se debía? Necesitaba sentarme. La forma de hablarme no me estaba ayudando en nada. Era una buena oferta, pero yo también estaba enfada con él.
—Siéntate—me dijo.
Hice lo que me pidió y guardé el cuchillo dentro de mis pantalones. William observaba cada uno de mis movimientos.
—Si realmente quieres trabajar, lo harás. Como mesera.
Eso no iba a funcionar. Pero ya estaba dentro.
—¿Por qué no como bailarina?
Sabía que ser bailarina era acostarme también con los clientes. Algo que me daba igual, aunque había un problema.
Pero podía también elegir, no acostarme. Él lo había dicho, no las obligaba. Las mujeres lo hacían por dinero. Yo solo necesitaba hacer mi trabajo.
William me miró serio, como si la pregunta lo hubiese simplemente ofendido. No entendía por qué y tampoco iba a preguntárselo. Lo de nosotros dos estaba totalmente fuera de lugar, las cosas horribles que nos habíamos dicho el uno al otro, era algo que estaba marcado entre los dos.
—Serás una bailarina cuando enamores de mí.
Me reí.
—Eso no pasará jamás.
Nos dedicamos una mirada de odio ambos.
—Cuando ese día pase, tienes pase libre para ser bailarina y puta de este lugar, te prometo que no me meteré en tus asuntos y tendrás mi maldito respeto.
Había firmado mi lecho de muerte. No podría enamorarme de alguien como él jamás. Emanaba dolor.
Era un jodido idiota.
Pero. Al menos tenía el trabajo.
—¿Cuándo empiezo?
—Puedes empezar esta noche. Cualquier cosa que saque tu culo de mi oficina ahora mismo.
Me reí.
Él no entendió por qué.
—¿Siempre eres así de idiota?
—No querrás haberme conocido en el pasado. Te habría hecho la chica más feliz de este maldito mundo. Tenías razón, fui profesor, uno muy bueno. Y tú habrías sido mi alumna. Te habría doblado en mi escritorio y hacerte gritar, sacar siempre As. Cualquier cosa, para que no te hagas esa mierda a ti misma. Habría borrado cada dolor que sintieras con mis caricias.
Me había dejado sin palabras.
Porque tenía razón, él podía hacer lo que quisiera conmigo si seguía hablándome de esa forma.
William tenía un ser atormentado viviendo en su interior. Y mi parte cruda y sin sensibilidad alguna, lo quería conocer.
¿Quién lo habrá hecho así?
Nadie se hace… malo.
Te hacen malo.
—Ahora, lo que hagas con tu vida, no me importa en absoluto. Mantente fuera de raya, no te metas con Vill o con Bones, son unos malditos dementes. Tienes suerte de que ahora tendrás su protección. Ahora, saca tu culo de mi oficina y vete a trabajar. Taylor te mostrará el lugar.
—¿Quién es Taylor? —pregunté.
Tocaron a la puerta y el grandote entró.
—¿Él? —hice la pregunta de mala gana.
—¿Tienes algún problema?
—No, pero no me cae bien—me giré para ver a Taylor—No me caes bien, me echaste la primera vez que me viste.
—Solo estaba haciendo mi trabajo, pequeña.
—¿Pequeña? —la voz ronca de William me sobresaltó—¿Acaso quieres follártela, Taylor?
Taylor cambió su expresión y negó.
—No, señor.
—Entonces llámala por su nombre. Se llama Tate, Tate Cole. ¿Quedó claro?
—Muy claro, señor.
Yo no dije nada. Solamente vi por un segundo a William. Era sobreprotector y además celoso. No me conocía, no tenía por qué cuidar de mí.
Mi cuchillo de nuevo, no lo tenía. Lo necesitaba.
Me giré de nuevo y me acerqué donde él.
—Dame lo que es mío—le exigí.
Él levantó la mirada y no atisbé nada.
Su mirada estaba en blanco.
—No te daré nada. No vas a ir por ahí con esto, es peligroso. Alguien lo puede usar contra ti.
Me dio risa.
—¿Acaso crees que soy una maldita niña?
Me miró de forma lasciva.
—Me lo puedes demostrar.
Entendí bien a qué se refería, sexo.
—Dámelo, me pongo de mal humor cuando no lo traigo.
Podía rogarle si quisiera, de todas maneras, iba a recuperar lo que era mío. Significaba mucho para mí.
Ese maldito cuchillo llevaba la sangre de mi hermano y mía.
—No puedo, Tate.
Tate, era sexy y caliente cuando lo decía.
—Por favor, William. Lo necesito.
—Vamos a comenzar por que te refieras a mí con más respeto, ¿Te parece? Ahora soy tu jodido jefe.
Bajé la mirada.
—Por favor, señor. Lo necesito.
Miró mis ojos. Hervían. Tenía fuego en ellos, estoy segura que sí. Necesitaba sentir mi propia sangre cada noche. Lo necesitaba o él no se iría.
Me quería suya.
Ese hombre por el cual hui me quería suya y solo ese cuchillo me mantenía a salvo.
—¿Tate? —la voz de William hizo que lo viera.
Arrugó su frente. Como si intentara leerme.
Tragué una gran bola de aire en mi garganta y se lo pedí una última vez, no me importaba lastimarlo para conseguirlo, tampoco perder el trabajo que me acababa de dar. Iba a salir de ahí con lo que era mío.
—Démelo, por favor.
—No. Ve a trabajar.
—No lastimaré a nadie.
—Me queda claro a quien lastimas—dijo sin sentido de culpa. No me importaba.
—Se lo pido una última vez, señor.
Mi mirada estaba encrucijada en la suya. De pronto me pareció una pintura, una obra de arte. Como las que tenía colgadas en su pared. En todas era una parte del infierno.
Me preguntaba si él sabía el significado de cada una de ellas.
Suponía que sí, era un hombre listo. Muy inteligente, como peligroso.
Fue cuando sentí su mano.
—Espera afuera, Taylor—le dijo y escuché cuando el grandote salía.
Mi respiración estaba agitada.
Tenía el pulso a mil. No podía detenerme. Estaba pasando de nuevo.
La sombra a mi lado, se estaba acercando.
Era él.
Necesitaba el cuchillo o no se iría.
—Tate.
—Démelo—le imploré con un hilo de voz. Él al darse cuenta de lo mal que me encontraba. Continuó tocando mi mano. Y me entregó el cuchillo.
—No lo hagas—me pidió—Lo que sea que te haga hacerlo, no lo hagas.
Parpadeé un par de veces. La sombra se fue.
Miré el cuchillo en mi mano y luego a William. Me miraba, me miraba como una puta loca en trance.
—Gracias—le dije y me fui de su oficina. Encontrándome con el grandote.
¿Qué había sido eso? Mi corazón estaba a mil, su voz, su caricia, todo de él. Me estaba volviendo loca. Y me gustaba esa sensación, me gustaba, aunque me odiaba que provocara cosas en mí. Apenas lo conocía, pero la sombra se había ido, solo podría significar una cosa.
La sombra le temía a él.
—Estoy lista para trabajar, Taylor.
Taylor estaba cruzado de brazos. Puso los ojos en blanco y caminé junto a él.
—Esto será divertido. Me apuesto lo que sea que no aguantaras ni dos días.
—Yo me apuesto a que sí, no me conoces.
—No hace falta—dijo con sorna.
La música era buena. No era como las típicas de un club. Era como una droga. Ritmo, tambores, zumbidos.
Música celtica.
—Este es el bar—dijo, el bar era grande, lleno de botellas de todos tamaños y colores y mejores marcas de alcohol. Había dos chicos usando traje negro y una chica tatuada desde el cuello hasta el abdomen que llevaba descubierto, usando un top negro. Su cabello en un moño desordenado y tenía los labios pintados de color rosa fuerte.
Me saludó.
—Nueva—dijo Taylor.
—Hola, soy Anneke—Me tendió la mano—Hola, soy Tate.
—Tate te ayudará a servir las bebidas a los clientes —le dijo Taylor y luego se dirigió a mí—Como verás solo hay dos chicos que sirven en las mesas, los jefes lo prefieren así. Serás la única mesera mujer por aquí, buena suerte con eso.
Hice mala cara.
—Puedo cuidarme sola, gracias.
Una de las chicas que hacía un momento estaba bailando casi desnuda sobre la tarima, estaba sedienta y se dirigía hacia mí.
Anneke le sirvió un mojito y ella se lo llevó a la boca de inmediato.
Era cabello negro. Esbelta y de piel bronceada. Tenía un pequeño tatuaje en uno de sus muslos, eran unos labios rojos. El color resaltaba mucho en su piel. Me miró y me sonrió.
—Hola, soy Blair. ¿Buscas a alguien?
Ella era muy dulce. A pesar de que era una… ¿Bailarina?
—Soy Tate.
—Pequeña, ella trabajará ahora aquí. —se dirigió Taylor a ella.
Blair, sonrió emocionada.
—¿Vas a bailar? Eres muy guapa. —me hizo un escaneo con maestría de arriba abajo.
—No—dije regresándole la sonrisa—Seré mesera, o una mierda así.
—Oh, ¿Eres familia de alguno de los chicos?
No sabía por qué lo preguntaba.
—No, ¿Por qué?
—Porque no eres la primera que busca trabajo. Todos mueren por trabajar aquí, pero los chicos con muy selectivos. Las chicas que trabajamos acá hemos sido reclutadas de diferentes países. No secuestradas ni nada de eso por si te lo imaginaste. Yo soy de escocia. Mi chico, Alexander me trajo aquí.
No sabía de qué estaba hablando. Hasta que Blair se sonrojó cuando Bones se acercaba.
—Hola, extraño. Justamente le platicaba de ti a mi nueva amiga, Tate.
Bones le pidió algo a Anneke y ella asintió sirviéndole una botella y un vaso vacío.
—Nena, ella no durará mucho tiempo, no te ilusiones con ella.
Así que Alexander era Bones.
Lo curioso era ver a ese gran hombre siendo intimidado por una chica como Blair. Parecían enamorados, pero era un amor tóxico, lleno de dolor. Lo podía ver en sus rostros. Aunque ese no era mi problema.
Blair bailarina.
Bones un sádico.
Además de que era también su jefe.
¿Acaso ella se follaba a los tres amigos del Cielo?
—No seas grosero, la cuidaremos. ¿Cuántos años tienes, Tate?
—Tengo veinti… cuatro—no iba a mentir.
Bones me miraba con sospecha. Él no confiaba en mí.
—¿No tienes que trabajar? —me dijo con mala cara. Blair le dio un codazo.
—No seas grosero.
Bones le dio una palmada en el culo a Blair que la ruborizó. Sí, lo de ellos era raro.
Bones sin dejar de mirarme, tomó a Blair del cuello y la hizo que se girara hacia él.
—Vamos al privado—le pidió.
—Tengo un descanso de diez minutos. Debo regresar a bailar.
Bones hizo mala cara.
—De acuerdo.
El nudo que se había formado en su garganta. Era extraño, la forma en como no miraba a la chica que estaba cubriendo el descanso de Blair era increíble, como si le diera el suficiente respeto que se merecía.
A Bones no le gustaba el trabajo de Blair.
¿Se había enamorado y no soportaba la idea de ver a su chica bailar para otros?
—Oye tú, ¿Acaso no tienes trabajo? —me dijo.
No lo sé.
—Ha sido un placer conocerte, Blair.
—Nos veremos por ahí, Tate. Suerte con tu primer día.
Taylor me llevó hacia el interior del bar. Me explicaba donde estaban las bebidas. Debía mantener todo limpio, además de ordenado y ayudar en la barra. Para eso estaba Anneke, ella me explicaría todo. Y el nuevo chico, Travis. Quien había sido contratado el mismo día.
—Servirás, y una vez te familiarices, te enseñaré a hacer bebidas. A veces no nos damos abasto y esto es un caos. Por fin los villanos se dignaron en contratar a alguien más para el bar y no solo más putas.
Asentía con cada cosa que me decía Anneke. Parecía una chica un poco mayor que yo, pero muy madura.
Me había dicho que trabajaba en el El Cielo casi cuando lo abrieron.
—Lo manejaban Vill y Bones. William estaba pasando por un mal momento. Hasta que se instaló del todo.
—¿Mal momento? —le ayudaba a mover unas cajas de vasos de cristal nuevas.
—Sí, Viajaba de vez en cuando, cuando recién habían abierto el club. Pero él vivía en otra ciudad. ¿De dónde se conocen?
—Era profesor ¿No? —le dije.
Annake se detuvo.
—¿Cómo sabes eso?
—Él mismo me lo contó—era cierto—Cuando nos conocimos, además no es difícil de adivinar, tiene muchos libros en su oficina.
—Sí, Will es un gran tipo. Pero es un alma perdida. Somos mejores amigos. Para que lo sepas.
Eso me sorprendió.
—¿De verdad?
—Sí, todos lo somos. Cuido de esos bastardos como ellos de mí. ¿Cómo crees que acabé aquí con ellos? Además, no bailo, sirvo tragos. Las tangas no son lo mío.
Estaba confundida.
—Soy lesbiana.
—Ah, eso está bien.
—¿Lo eres tú? Solo para dejarlo claro y que esto no sea raro. Me pareces atractiva.
Me ruboricé.
Anneke se echó a reír.
—Estoy jodiendo contigo.
—No lo soy, lo siento.
—Has roto mi corazón—bromeó de nuevo. —Pero volviendo a lo otro ¿Por qué buscaste trabajo aquí? Todo el mundo vio el número que hiciste, incluso Will salió detrás de ti. ¿Se conocen de algún lugar?
¿William había ido detrás de mí? Eso no lo sabía.
Él me había seguido.
—Es una historia no tan larga. Dejé mi casa, Chicago, y vine a buscarme por decirlo así.
—Es un gran camino. ¿No será que hay algo más?
—Después de la muerte de mi hermano, no quise seguir en ese lugar.
—Oh, mierda. Lo siento mucho. ¿Puedo saber cómo murió?
Tragué duro, hablar de eso no era fácil para mí.
—Se suicidó.
—Doble mierda, lo siento, no es mi asunto.
—Está bien. Fue hace cuatro años. Cada día es peor o mejor como lo decida ver.
Anneke tomó mi mano y la apretó.
—Pues hiciste bien en venir. Aquí todos estamos jodidos, pero somos unidos.
Era raro ver eso en William. Parecía el jefe y todos le tenían mucho respeto.
—William es raro, ¿Sabes?
Anneke movió otras cajas, haciendo un ruido en el piso polvoso.
—Define raro. William Faulkner ha sufrido, todos lo hemos hecho, hasta tú sufres, huiste de casa, ese es tu duelo. Todos tenemos diferentes formas de cómo lidiar con nuestra mierda.
¿William Faulkner?
Ese era su nombre completo.
—Si le dices que yo te dije su nombre me mata.
—Es un buen nombre, incluso para alguien para él.
Anneke se detuvo y ladeó la cabeza.
—Con que eso es—dijo nada sorprendida—William dio la orden que te vigilaran, pero más bien siento que fue para cuidarte.
—¿Cómo podría? Ni siquiera me conoce tampoco me dijo que me daría el trabajo enseguida.
—Es así como es William. Nunca sabes una mierda. Él solamente actúa cuando tiene que hacerlo. Sabía que estarías aquí y regó la voz de que nadie te tocara o los mataría. En los años que llevo conociéndolo, nunca se ha molestado por cuidar de alguien, ni de sí mismo. ¿Por qué lo hace contigo?
Mierda.
Ni yo lo sabía.
—No lo sé, Anneke. —me imaginé esa mirada suya—La verdad no lo sé, pero estoy agradecida.
—Sí, sé lo que te pasó en ese bar de mierda. Para Will ver la vulnerabilidad de una mujer es la suya. Se vuelve un maldito loco.
—No lo sabía.
—Te daré un consejo, aunque no me lo pidas, una mierda, te lo daré.
Esperé lo que ya sabía.
—No pongas tus ojos en él. Está jodidamente dañado. Y saldrás lastimada. Lucifer no es un hombre al que tengas que salvar, nadie, ni Bones ni Vill que salvaron su vida, ni yo. Nadie ha podido descifrarlo. Pero solo te diré eso, cuídate. O saldrás lastimada.
Sonreí por lo bajo. En verdad se cuidaban entre sí.
Aquí había más amor que la que una vez vi en mi propia casa, y mucha lealtad. Pero se equivocaba en algo, no me interesaba William y mucho menos Lucifer, estaba por conocer a ambas caras de él, y ninguna me suponía interés. Si él estaba jodido, yo lo estaba más.
—Quizás sea él el que tenga que cuidarse ¿No crees?
Anneke me miró como si le sorprendiera mi franqueza.
—Joder sí, pero entonces nos tendrá. Siempre nos tiene.
—Me alegra saberlo.
Continuamos llevando los cristales a la barra, comenzaba a llenarse. Me prestó un delantal y fui a limpiar algunas mesas. Por momentos me daba cuenta que, William estaba observándome desde allá arriba.
Miré.
Como si atravesara los cristales me lo imaginé ahí. De pie, fumando o tomando su trago, con su mirada gris y llena de dolor como lo había descifrado Anneke.
Annake tenía razón.
Ambos teníamos que cuidarnos.
Capítulo
5
Tate
Pasaba casi la media noche. Y en El Cielo apenas comenzaba.
Anneke me había dado mi uniforme.
—Guardé estos extras por si tenía una compañera nueva—me había dicho. Me dio unos pantalones de cuero ajustados, un top negro como el de ella y todo lo que necesitaba para verme como una maldita rockera en este lugar.
—¿Me puedo quedar con mi chaqueta? —le pregunté.
—Trata de no usarla, a veces los clientes derraman bebida por accidente.
Decidí mejor guardarla.
Anneke insistió en maquillarme. Mi cabello era rubio plata, nunca cuidaba de él, y aun así siempre me hacía la vida fácil.
—Fácil de domar. Me gusta.
Al verme al espejo no me reconocí. Parecía una chica rockera, rebelde o una perra mala.
Como lo decía Bones.
—Esperemos que no nos des problemas, chica, estás de infarto—me dijo. —Buena suerte.
—Gracias—le dije.
Comencé a limpiar la barra. Y luego más mesas que eran desalojadas. La gente no dejaba de llegar. Y más hombres me miraban con malicia, me preguntaba cuando había sido la última vez que miraron una chica servirles desde cerca.
La música comenzó y Blair estaba en compañía de dos chicas más bailando.
Luego otras cinco alrededor bailaban fuera de la tarima.
Era parte del entretenimiento. Ese lugar era impresionante, desprendía pecado todo alrededor y se sentía el peligro incluso, en el aire.
Llevaba un pedido de una de las mesas cuando me di de bruces con una espalda.
—Lo siento mucho—dije.
Cuando se giró mis piernas eran de gelatina.
Por la forma en que me miraba me daba cuenta que, estaba aprobando lo que miraba. Se quedó mirándome de pies a cabeza, lamiendo su labio inferior y sus ojos inyectados de deseo.
Sentí mi pecho arder por eso y el lugar se volvió demasiado pequeño para los dos. Y calor, joder, hacía calor. ¿O no?
—Ten cuidado—fue lo único que dijo.
Se sentó en una de las sillas vacías de la barra y Anneke le decía algo, él asintió y ella le sirvió una bebida.
Llegué con mi pedido y otro de los chicos lo tomó, me sonrió. A él no lo conocía.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Soy Travis—me tendió la mano—tenía un piercing en su labio inferior y pelo castaño casi rubio de ojos oscuros.
Era un chico guapo.
—Tate—le tendí la mano.
La mirada de William me puso nerviosa. Todos mis movimientos los miraba como si se tratara de su tarea principal. ¿Qué pasaba con él? ¿Y qué pasaba conmigo? ¿Por qué me afectaba tanto?
—Enseguida te daré la orden.
—Gracias.
No sabía si podía hacer eso todas las noches, soportar la mirada de William sobre mí, ir y venir con bebidas y soportar las habladas de los clientes por ser una chica quien servía sus bebidas.
Pero tenía que acostumbrarme. Todo eso era nuevo para mí, incluso la forma en como William me hacía sentir cuando lo tenía cerca.
…
Después de dos horas de ir y venir, estaba exhausta. Tampoco había comido en casi veinticuatro horas. Aunque, era una chica que comía poco.
Chicas iban y venían y a veces unos de los clientes eran sacados a rastras por Taylor y Bones. Todo el lugar era demasiado grande como para adivinar qué más había en los otros pisos. La gente no solamente venía a tomar y ver chicas lindas bailar, era un lugar de encuentro para algo más. La gente simplemente desaparecía en la oscuridad de las puertas de los privados.
—¿Siempre pasa?
—Cada noche—dijo Anneke.
Mejor me acostumbraba.
—Y si un hombre se quiere pasar de listo contigo, no lo dejes pasar.
—De acuerdo.
Primera noche terminada, eran las tres de la mañana, tenía ya la rutina y me estaba familiarizando.
Me dejé caer en uno de los taburetes.
—¿Cansada? —Preguntó Anneke.
—Un poco, pero creo que estuvo bien.
—Lo has hecho genial, William piensa lo mismo.
Me giré para verla.
—¿Te lo dijo?
Anneke levantó una ceja.
—¿Te importa tanto lo que piense?
—Es mi jefe—quise intentar darle menos importancia, pero fallé en el intento.
—Sí, claro.
Me eché a reír.
—No dejaba de ver tus pasos, creo que ha quedado contento con tu primer día. Espero mañana me ayudes aquí detrás, haremos un día de por medio, bar y mesas ¿Te parece?
—Me parece genial.
Me estaba quitando el delantal cuando miré que Vill discutía con una mujer, ella llevaba gafas oscuras a pesar de que era de madrugada.
—Mierda, ese chico no aprende. —dijo Anneke.
—¿Es un familiar?
—Es su perra, su perra casada. Se aprovecha de él.
Cuando miré que la mujer se cubría su manga, logré ver un moretón. Vill también se dio cuenta. Fue cuando la tomó y la abrazó.
¿Él la había lastimado?
—¿Son pareja? —pregunté.
—Amantes, la mujer está casada con un coronel que la maltrata y Vill se cree su príncipe azul que la salvará, pero la perra no deja a su marido. Solo juega con Vill.
—Es una pena.
Vi a la mujer, me miró por un instante y me sonrió, mientras Vill estaba abrazándola.
Me dolió el pecho.
Yo la conocía.
Esa mujer parecía sufrir y se veía enamorada. Era elegante. Y se me hacía familiar de algún lugar.
Tomé mi móvil y entré a la página del club donde era socio mi padre. Ahí estaba la lista de los miembros con su fotografía, rebusqué y me encontré con ella.
Tenía que ser ella, el mismo color de cabello.
Era ella. Estaba al lado de su esposo, el coronel Klaus, era un maldito. Y por maldito, era amigo de mi padre.
Me escondí.
Ella debió haberme reconocido.
Yo iba al maldito club y ellos visitaron más de una vez nuestra casa.
—Joder.
Me escondí bajo la barra.
—¿Qué sucede?
—Esa mujer, la conozco. ¿Su nombre es Maddie?
—Joder, sí. Ese es su nombre.
—Su marido es amigo de mi padre.
—Oh mierda. ¿Te estás escondiendo de tu padre?
No respondí.
Anneke se sentó a mi lado.
—¿Crees que te haya reconocido?
—No lo creo, pero yo la vi con su amante, creo que estamos a mano.
—Buen punto.
—¿Alguien que sirva un trago?
Era ella.
—Iré yo. Quédate aquí.
Anneke se levantó y la atendió.
—¿Qué te sirvo?
—Una copa de champán, por favor.
Era refinada.
Era elegante, además de hermosa. Siempre me gustaba verla. Era bastante joven para ser la mujer del coronel, siempre se le miraba sonreír a fuerza. Parecía su maldita mascota.
—No tienes que esconderte, Tate—escuché de nuevo—No le diré a nadie que estás trabajando acá.
Mierda.
Salí de mi escondite y la vi. Ya no llevaba gafas. Tenía los ojos más azules que había visto nunca.
Llevaba un vestido ajustado sin mangas y el cabello recogido. Siempre era elegante.
—Me escapé de una junta que tuvo mi marido—dijo sacándose un cigarro, lo encendió y me miró—te queda bien el uniforme.
Le sonreí.
—Gracias.
—Tu padre está cómo loco buscándote, o al menos eso me ha dicho Klaus.
¿Tan pronto?
—No le diré si tú no dices que me viste—hizo una pausa—con él.
Negué.
—No, lo prometo.
Ella me daba lástima, tenía los ojos rojos de tanto llorar. Se había quitado la chaqueta, dejando a la vista sus moretones.
—Nunca dejes que alguien te ponga las manos encima, siempre ten el control de todo. Yo ahora lo tengo, pero siempre al final alguien sale lastimado.
—Lo tomaré en cuenta.
Se bebió su copa y me sonrió.
—Espero verte pronto, Tate.
—Igualmente, Maddie.
Vill se le unió. Le dio un beso casto en los labios y ella salió por el pasillo.
Ese amor seguramente dolía.
Tener que ver a tu mujer irse cada noche con un hombre así.
Lo extraño era que, Maddie vivía con Klaus en Chicago, pero recuerdo que mi padre había mencionado que ellos tenían casas por todo el país por los viajes de negocios de Klaus. Suponía que, en uno de esos viajes, Vill y ella se conocieron.
Mi estómago hizo ruido.
—Ve a casa—dijo Anneke—¿Tienes dónde dormir?
—Estoy en un hotel aquí cerca.
Anneke se mordió el labio inferior.
—Creo que no por mucho tiempo. William no tardará en pedirte que vivas en la taberna como todos.
—¿La taberna?
—Es el edificio de al lado en uno de los pent-house vive él. Vill y Bones en los otros dos. La entrada es por el asesor del fondo, en el pasillo.
—¿Y los demás pisos?
Anneke se rio.
—Son los privados.
No entendí.
Como una imbécil entendí después.
—Oh, entiendo.
—Sí, ese pasillo por ahí—señaló uno de los pasillos cerca de la bodega y salida de emergencia—es el camino a los privados y el ascensor a las pent-house. Los privados son bastantes famosos aquí.
Mierda.
Con razón me preguntaba a dónde carajos iba la gente, siempre los miraba ir por ahí. Y por ese pasillo.
Ese lugar era un maldito picadero para follar.
—En este club viene gente de todas partes, a veces a ver bailar a las chicas, a tomarse un trago, o un encuentro casual si sabes a lo que me refiero.
Mierda
¿En qué me había metido?
—De todas formas, lo dudo. Me quedaré en el hotel mientras consigo algo.
—Está bien, ve a descansar.
Me despedí de Anneke y me puse la chamarra, llevaba en mi bolsa mi ropa, Anneke me había dado dos juegos de uniformes, así que tendría que apañarme con ello. Caminaba hacia la salida cuando me encontré a mi amigo Taylor.
—Hasta mañana, Taylor.
—Hasta mañana, Tate.
Ellos solamente estaban protegiendo a William. Incluso de mí.
Tenían razón, yo era una extraña que había pedido hablar con él directamente sin saber la profundidad de mi petición.
William me recordaba a una melodía triste, me gustaba verlo y me dolía lo que me hacía sentir.
Hasta me hizo reír recordar lo que me había dicho.
—Serás bailarina hasta que te enamores de mí.
¿Sería difícil?
Enamorarse de él me parecía de lo más fácil, por esa forma protectora que tenía y por esa oscuridad que lo que hacía en mí, era atraerme.
Pero no podía.
Sabía que alguien como él ya estaba tomado. Por la forma en cómo se miraba.
No era el típico jefe disfrutando de las putas.
Era él, en su oficina observando el pecado alrededor de sus libros, recordando su vida pasada.
¿Por qué había dejado de ser profesor?
¿Se había enamorado de alguna alumna?
Capítulo
6
Lucifer
Hace cuatro años
¿Cuándo sabes que ya no hay más?
¿Cuándo comienzas a caminar hacia la muerte?
No lo sé. Pero apuesto que mientras camino en medio de este hermoso bosque lleno de pétalos de jacaranda y un hermoso pasto verde, la muerte me espera del otro lado para llevarme al infierno y allí solamente pagar por la mierda de persona que fui. Quizás después de todo hay un paraíso en medio del infierno.
¿Cuál es tu último deseo?
En mi memoria trato de reconocer esa voz, pero mientras más pasos doy en busca de una respuesta, me doy cuenta que mis pies se comienzan a cansar y mi respiración comienza a fallar poco a poco.
¿Crees que los injustos merecen un paraíso?
Cierro mis ojos esperando el infierno.
…
En mi memoria hay muchos momentos grabados, pero una y otra vez, sin importar cuánto lo intente, la culpa de perder a dos personas importantes es el que más predomina. Siempre puedo escuchar la suave canción de jazz sonando en la radio del auto, mi esposa cantando y mi hijo jugando con su nuevo dinosaurio.
—No es tu culpa —las líneas de aquel momento cambian y mi esposa, mi hermosa Sousanna. Y a pesar de que este recuerdo lo he revivido una y otra y otra vez, las cosas están cambiando de lugar.
Quizás después de todo sí hay un paraíso para los injustos.
Trago duro cuando la canción cambia.
Mis manos sostienen el volante tan fuerte que siento depender de ello.
¿Dónde está la discusión?
¿Dónde están los juguetes de mi hijo golpeando mi cabeza para que deje de gritar?
¿Dónde está toda aquella soledad que siempre me abraza?
Susan…
Ella no existe aquí, ya tiene su paraíso.
—Murieron por mi culpa —sostengo con más fuerza el volante y puedo sentir las lágrimas picar mis ojos.
¿Por qué a pesar de que todo el escenario a cambiado me siento tan culpable?
¿Por qué ella no me está reclamando por faltarle el respeto a su memoria?
—No lo hiciste —dice Sousanna, mi bella damisela de obras de artes—. Solamente me viste en ella y yo acabé con mi vida porque quise, porque no te merecía —no me mira, sigue viendo al frente como esa noche. Pero esta vez no hay lágrimas, aunque no puedo ver su rostro porque está cubierto por una fina de cabello, sé que estás sonriendo—. Y ella te necesitaba de cierta manera, ambos estuvieron el uno para el otro cuando la soledad les abrazaba. Ambos fueron amargamente inocentes en un paraíso de placer y consuelo. Pero ya no la tienes a ella tampoco. ¿Cómo puedes perder a dos Susan?
Hay un nudo en mi garganta.
Busca el momento para salvarte.
Ve al paraíso que ellos están.
Espero encuentres tu felicidad más allá de la muerte que te corroe y te carcome.
—Papá, está bien —dice mi hijo en el asiento trasero.
De la nada puedo sentir cómo el tiempo se detiene y los tres estamos en medio de la carretera esperando que el tiempo fluya de nuevo. Me repito una y otra vez que debo encontrarlos.
Es mi maldito purgatorio. Mi muerte se repite y cambia de escenario, pero al final siempre es el mismo sueño.
¿Éste es mi castigo?
Quedarme detenido en medio de toda la culpa mientras mi esposa sonríe diciendo que todo está bien y mi hijo asegura que yo me encuentro bien a pesar de que hay un infierno de sentimientos en mi interior. Entonces grito una y otra vez golpeando el volante. Maldigo nacer y maldigo cada uno de los momentos que nací.
¿Debo arrepentirme para que se vaya mi culpa?
Solamente puedo maldecir una y otra vez.
Y la lluvia cae por unos instantes, mi esposa sigue sonriendo y mi amado hijo sigue jugando mientras yo solamente lloro en el volante. Es tan difícil de soportar, todo está en mí siendo una pesadilla y castigándome dentro de mí mismo.
La lluvia se detiene.
—Fue inevitable —dice ella y entonces me mira, luce tan hermosa como siempre—. Quizás Dios hizo esto o quizás solamente somos una burla del destino, pero eso nunca borrará lo felices que fuimos. Las peleas y todo, lo que hiciste después de nuestra muerte, nada de eso se lleva a la muerte. —Su mano se dirige a mi rostro y la tomo, la beso y a pesar de que es un recuerdo distorsionado, se siente tan real que siento que puedo quedarme así.
—Las culpas nunca se van, solamente déjate fluir y te apuesto que nos veremos de nuevo. O no.
Aún con el dolor ahogándome y rompiendo en mil pedazos, me dejo fluir y entonces el verdadero recuerdo comienza. Ella llorando, mi hijo sollozando y yo gritando. Luego ella me pide que pare, que las cosas se van de control y es imposible ser felices por completo. Luego el juguete de mi hijo me golpea, el camión y el auto cayendo en un barranco. Una luz blanca aparece, pero sé que esta vez no apareceré en el hospital.
Quizás es mi hora de encontrar mi propio paraíso así sea en el mismísimo infierno.
…
Hay un fuerte impulso en mi interior, algo que me grita una y otra vez que me levante. Me levanto del hermoso pasto y miro atrás, el auto totalmente destrozado. Niego con mi cabeza sabiendo que no debo dejarme llevar por los malos recuerdos.
¿Por qué un accidente?
¿Por qué no la recuerdo a ella con las muñecas abiertas y su vientre abultado?
¿Por qué no la odio?
—William —dice alguien frente a mí.
Una fuerte luz blanca y cegadora me deja sin ver un buen momento, pero luego puedo ver cómo el rostro de Sousanna se figura frente a mí y a su lado hay un chico alto, me recuerda mucho a mi yo de los dieciséis.
—Lo lograste —dice ella, lleva un hermoso vestido blanco que juega en movimientos con los pétalos de jacaranda. Lila y blanco.
—Te hemos estado esperando, padre, aunque no pensé que fuera tan pronto. —La voz de mi hijo suena tan madura como la mía, el nudo en mi garganta se va.
El dolor desaparece y de la nada, aunque aún hay culpa, me siento tan ligero y feliz.
—Ella está bien —sé de quién habla y siento un fuerte alivio—. Ella ha encontrado su paraíso en medio de tanta amargura. Tu Susan.
Mi esposa toma mi mano y la lleva a su rostro. La acaricio. Se siente tan real todo, lo es, éste es mi paraíso.
Me he encontrado con ellos después de todo.
—Los amo tanto —los abrazo tan fuerte.
—Papá, he cuidado de mamá —dice mi hijo y ahora entiendo por qué tiene ese aspecto, es para proteger a su madre.
—Vamos —dice mi esposa.
—Vamos a nuestro paraíso. Es momento de olvidar el pasado. Alguien te espera,
Y de la nada la muerte se vuelve en un placentero paraíso.
…
Desperté sobresaltado.
Con lágrimas en los ojos. Había dejado de soñar.
Con mi esposa muerta, y mi hijo no nacido.
Joder.
Me restregué los ojos, la cara, me toqué el pecho. Estaba helado aquí. Y miré por el ventanal oscuro. Mis ojos se clavaron en ella.
Estaba colocándose la chaqueta de cuero. Se veía espectacular.
Lo que Anneke había hecho con ella era jodidamente asombroso y a propósito.
Anneke sabía que Tate de una forma me atraía.
Su maldita inocencia y en el peligro que se encontraba en ello.
Siempre era quien salvaba el culo de las mujeres para que al final, no se quedaran conmigo.
Una se había suicidado.
Y la otra que llevaba el mismo nombre, se había ido con otro hombre. Y yo solamente borraba su dolor.
Al final no fui digno de ella, y eso está bien.
No tenía alma, no respiraba por nadie y me importaba una mierda lo que pasaba conmigo. A pesar de tener muchos enemigos gracias a nuestro club, mi trasero siempre estaba a salvo.
Entonces la vi.
Mis pies tomaron vida propia y salí corriendo.
—¿Dejaste que se fuera?
Anneke estaba por irse también.
—Ella no es para ti—me dijo. ¿Cómo se atrevía?
Me reí.
—¿Y quién lo es? ¿Tú?
Ella miró hacia otro lugar.
—¿Le dijiste eso a ella?
—Le dije que era lesbiana, no quería tener que dejarle claro que no se acercara a ti y sonara raro.
Anneke era una maldita perra.
Una perra fiel.
Una excelente persona, pero tenía un maldito defecto. Ella estaba enamorada de mí a pesar de ser una mujer tomada por otro hombre. Y esa mierda estaba jodiendo nuestra amistad.
—Le dije que no eras para ella, que estabas jodido. Parece que lo entendió.
Tomé el cuello de Anneke y lo apreté, ella se puso roja y las venas de su frente resaltaron.
—No.vuelvas.a.meterte.en.mi.puta.vida. —siseé.
Me golpeó las manos y aflojé.
—¿Te ha quedado claro?
La solté y comenzó a toser. Se rio e intentó besarme. La dejé.
—Solamente te protejo—me dijo—Parece una buena chica, pero ella puede ser una molestia.
—Eso lo decido yo.
—Como quieras.
Se fue por los pasillos, directo a la taberna. Seguramente alguien esperaba por ella a esa hora de la madrugada, quedaban pocos clientes. Y yo estaba malditamente agotado.
Veo por donde desapareció Tate y la sigo como un maldito acechador.
Ella camina malditamente despacio. Camina una calle y entra a un veinticuatro, la observo desde los cristales, toma un sándwich, papas fritas y coca cola, se va a la caja registradora y paga por ello.
Los mete en una bolsa y sale, me quedo en un rincón sin ser visto.
Ella se detiene, y comprueba algo en la bolsa de su chaqueta, la llave de su habitación quizá.
La forma en cómo anda vestida puede ser peligroso ahí afuera, se ve jodidamente salida del infierno.
Caliente.
Quisiera detenerla y decirle que se quede en la taberna, pero hasta no saber quién es, no puedo meterla ahí. No puedo poner en peligro a mis hermanos.
Llega al hotel y toma el elevador, se le ve cansada. Se queda viendo un punto fijo y la veo con expresión de llorar. La misma que vi cuando le dije aquellas horribles cosas sobre su vida.
El cuchillo.
¿Ella va a cortarse?
Espero que esté tan cansada para no hacerlo. Las puertas del elevador se cierran y yo la sigo. Compruebo la llave. Vill fue astuto en pedir dos.
La veo que entra a la habitación y cierra la puerta.
Me acerco poco a poco hasta llegar a la puerta cuando escucho la tonadilla de su móvil y ella responde.
Habla con alguien.
—Estoy haciendo lo que puedo. —su voz suena fría y desesperada—No me jodas, estuve trabajando, era lo que quería. Entrar y pasar desapercibida. Pero los tipos son raros, no van a darme información. Se mueven bien.
¿Qué mierda?
El corazón se iba a salir de mi pecho. Apreté mis puños tan fuertes que no tenía color en mis nudillos.
—No sé, ellos no confían en mí. Él no confía en mí.
Él.
¿Acaso era yo?
—Parecen buenas personas, no me hagas hacerlo…dije que ¡No!
Escuché que lanzó su móvil a la pared.
Y una mierda.
Si quería respuestas iba a tener que ir por ellas.
Sabía que ella no había llegado por casualidad.
Tanto dinero en su mochila, su insistencia en verme. En querer trabajar para mí. Estaba cabreado.
Metí la tarjeta y la puerta se abrió. Abrí la puerta sin importarme su reacción y la cerré detrás de mí haciendo un gran ruido para que notara mi presencia.
Ella de nuevo volvía a actuar.
Su mirada cambio.
—¿Qué hace? —dijo con voz de mosquita muerta.
—¿Con quién hablabas? —le pregunté y sentencié—Y no mientas, no tolero las mentiras.
Ella palideció.
Estaba buscando las mentiras en el aire.
—Con nadie.
Me acerqué más a ella. Quitándome mi chaqueta y arrojándola al suelo. Me remangue cada manga y ella estaba asustada, estaba listo para pelear si era necesario o si tenía a alguien escondido ahí mismo, ella no era ninguna chica corriente, parecía una maldita espía.
Estaba cerca de ella, podía sentir ese jodido aroma a vainilla de nuevo.
Eso me enfurecía más.
—No te lo preguntaré de nuevo.
Estaba temblando. Ella actuaba bien, me tenía sorprendido.
—Con nadie, yo…
Mis manos fueron a su cuello. Estaba fría, su tacto me quemaba, apagaba mis llamas, ella. Ella era jodidamente hermosa y me había engañado.
Estaba mirándome con los ojos bien abiertos.
—Dímelo.
—Mi…padre—dijo con dificultad.
—¿Tu padre? —pregunté—¿Acaso no huiste de casa?
—Suélteme, por favor.
Una lágrima cayó. Me miraba con desesperación, el color de sus ojos estaba apagados como los míos, como si algo nos torturara cada día.
—Por favor…
—Estabas planeando una jodida trampa. —ni siquiera era una pregunta—confíe en ti, te protegí de que te follaran drogada.
Estaba furioso.
Siempre me miraban la cara de idiota.
Siempre caía en la inocencia de las perras.
Ella, ella no era ninguna maldita perra inocente.
Ella era una maldita espía.
—Lucifer—cuando me llamó así mi pecho se sacudió.
La solté y ella cayó al suelo.
—¿Cómo te atreves a llamarme así?
Tate tosió y tomó mi pierna.
—Por favor, puedo explicarlo. Por favor, déjeme explicarlo.
No me gustaba que rogara.
No me gustaba la desesperación que escuchaba en su voz.
No me gustaba verla en el suelo, así que la levanté tal cual frágil y la llevé hasta la cama.
Ella abrió sus ojos como platos cuando toqué su cintura sin esperárselo para llevarla en el aire y colocarla en la cama.
La puse en el suelo y seguí inspeccionando su cuerpo para asegurarme de que estábamos solos.
Me odiaba.
—Estoy buscando un maldito micrófono, maldita sea, no pienses que soy un violador.
Ella me dejó hacerlo, y cuando vi su rostro, estaba viéndome sin inmutarse. Como si no me temiera, mis llamas, mi pecado, no la lastimaban.
¿Y por qué me importaba?
No encontré nada.
—Habla—le dije y me preparé.
Ella comenzó a apretar sus muñecas.
—Mi padre, él tiene negocios…
—Es maldito mafioso lo puedes decir y eso me importa una mierda. La pregunta correcta es ¿Qué demonios quiere conmigo y con el Club?
Asintió.
—Me dijo que tenía que venir hasta acá. Alguien estaba estorbándole, le quitó varias rutas, no entiendo de qué, no me dio detalles, lo juro. Solo me dijo lo que tenía que hacer. Siempre lo hace.
—¿Siempre? ¿No es la primera vez que haces esto?
Ella miró hacia otro lado.
Avergonzada.
Mierda.
—Continúa.
—Me dijo que tenía que averiguar los negocios que están interrumpiendo los de él. Alguien le dijo que los culpables tenían un club. El Cielo.
Maldito hijo de puta. Tenía muchos enemigos. Tenía mucha competencia. Pero todos se mantenían al margen porque sabían que no podían contra nosotros.
—Debe haber algo más. Eres muy buena. Malditamente buena.
La sostuve del brazo. Su tacto era suave y me di cuenta de que temblaba. Ella estaba muerta del miedo.
¿Acaso era su primera vez? La primera vez que la descubrían. Joder ¿Qué clase de padre mandaba a su hija a hacer esa clase de mierda?
—Por favor.
—¿Cuáles son los negocios de tu padre?
Ella guardó silencio un segundo. Sabía que no podía mentir o me daría cuenta. La había atrapado, mentir era una pérdida de tiempo, le sacaría la verdad como fuese.
—Él tiene un club como El Cielo.
—¿Él trafica mujeres?
Miró hacia otro lugar como si la pregunta la llenara de repudio y le doliera.
—Responde.
—Sí.
Me reí. Ella me miró. Examinando mi rostro así que volví a ser su pesadilla cuando me miró con esos ojos bien abiertos.
Me acerqué a ella, pude sentir su aliento y quise probar por un segundo sus lágrimas.
Llegué a su cuello y susurré en su odio:
—Yo no me dedico a esa mierda.—quería que le quedara claro—Mis negocios no tienen nada que ver con obligar a las mujeres a hacer algo que no quieren. La diferencia de tu padre y yo, es que no necesito de esa mierda para tener dinero. Ni mando a mi hija a la boca de los lobos. Tu padre ha cometido un gran error que le costara caro.
—Por favor no me haga daño. —imploró y eso hizo que me pusiera duro—No tuve opción. De verdad que no tuve opción.
Me aparté. Buscando en sus ojos la verdad. Me pedía a gritos que la liberara de lo que fuese que la atormentaba.
Había algo más que me ocultaba. Y sabía que no iba a decírmelo.
Miré a mi alrededor, buscando su móvil. Lo encontré en un rincón, estaba intacto. Vi la pantalla y estaba desbloqueada. Lo cual me pareció que a pesar que, estaba jugando a la espía, no le importan su privacidad.
—¿Sabes con quien trabaja tu padre? Porque no me creo esa mierda de que te haya enviado a ti a espiarme, espiarnos. Debe estar trabajando con alguien muy cerca de nosotros para sospechar. ¿Siquiera sabes a lo que nos dedicamos?
Negó con la cabeza.
—Mi padre tiene clubs, unos son fachadas, otros no lo sé exactamente lo que hay dentro. Alguien le dijo que estaba perdiendo mercancía. Pero no me dijo exactamente de qué tipo. Solo me dio la orden de… espiar. Él y él Coronel Klaus son amigos.
Ese nombre. Sabía quién era.
Maldito hijo de puta.
—Te apuesto lo que quieras que ese Klaus quien le está robando a tu maldito padre. —me reí sin verle a la cara—ahora entiendo por qué tu insistencia en conocerme y que te diera trabajo.
—Yo no…
—Todo lo que digas de ahora en adelante vale una mierda para mí, Tate Cole. ¿Es así como te llamas o también mentiste en eso?
Negó avergonzada.
—Así me llamo.
—Bien, ahora empaca tus mierdas.
La vi realmente asustada. Sin saber qué hacer. Su cara estaba empapada de lágrimas. Había descubierto todo su plan de mierda y yo en verdad estaba cabreado por todo lo que estaba pasando.
Ella era pecado.
Ella era hermosa y, aun así, estaba cagándola gracias a su padre.
—Por favor no me lastime, yo no tenía otra opción.
Eso me dejó perplejo y fue cuando me di cuenta que, ella era víctima de su padre también. Una chica feliz y mimada no se haría esas mierdas en sus brazos y tampoco estaría aquí. Sabiendo que, no podía salir viva si me lo proponía.
Ella era una traidora.
Y debía pagar.
—¿Sabes lo que te harían Vill y Bones si se enteran de esto?
Abrió sus ojos como platos imaginando la respuesta.
Sabía lo que había sucedido con el violador del bar. Bones se encargó de ello, pero la traición, esa era otra cosa.
—Me lo puedo imaginar, y sé que me quedo corta.
Al menos su insolencia era de verdad.
—Vendrás conmigo—fue mi última palabra antes de salir de la puerta—ahora trabajarás para mí.
Бесплатный фрагмент закончился.
