Читать книгу: «Matrimonio a prueba»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Kay Thorpe
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Matrimonio a prueba, n.º 1044 - febrero 2021
Título original: Contract Wife
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-111-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
AHÍ estaba ese ruido otra vez! Sentándose en la cama de un salto, Shannon aguzó los oídos para intentar identificar aquellos sonidos. Estaba claro que algo se estaba moviendo en la cocina, pero no sabía identificar si era algo humano o animal.
Lo más sensato era quedarse donde estaba. Sin embargo, si era un ladrón, era muchísimo mejor intentar asustarlo mientras estaba todavía abajo, haciendo algo de ruido.
Al deslizarse escaleras abajo descalza, sintió algo de frío, por lo que llegó a la conclusión de que la caldera se había apagado. Estaba claro que si la caldera tenía que estropearse, lo iba a hacer en uno de los días más fríos del año.
Inclinándose por la barandilla, algo inestable, de la escalera con mucho cuidado, vio el reflejo de una linterna que venía de la cocina y oyó que alguien abría uno de los cajones de la cocina y lo volvía a cerrar. Entonces, pudo oír que la persona profería una maldición.
Sin lugar a dudas, era la voz de un hombre. Un grito podía ser suficiente para asustarlo, pero también podía darle más confianza si se daba cuenta de que sólo había una mujer en la casa.
El palo que solía usar para abrir la trampilla del desván estaba apoyado contra la pared. No era un arma muy consistente, pero era mejor que nada si necesitaba defenderse. Las clases de defensa personal a las que había asistido el año anterior la habían preparado para el combate cuerpo a cuerpo, pero prefería no poner en práctica las técnicas que le habían enseñado.
Levantando el palo, golpeó la barandilla con fuerza, exclamando al mismo tiempo:
–¡Craig, hay alguien abajo!
De repente, se produjo un fuerte ruido al ceder la parte de la barandilla en la que ella se estaba apoyando. Shannon sintió cómo perdía el equilibrio y caía, quedandose colgada como un mono de una de las barras. El palo cayó al suelo. No estaba demasiado alto, pero sí lo suficiente como para que a Shannon le diera miedo saltar, teniendo en cuenta que sólo había una alfombra que le amortiguara el golpe. Pero por los ruidos que provenían de la barandilla, muy pronto no le iba a quedar otra solución.
Todo aquello quedó a un lado en el momento en el que sintió que alguien la agarraba por encima de los tobillos. Shannon, muy asustada, empezó a patalear desesperadamente.
–¡Suéltame! –gritó–. ¡Te digo que me sueltes!
–¿Prefieres caerte al suelo? –le preguntó una voz muy familiar–. ¡Si no te estás quieta, vas a conseguir que se caiga toda la barandilla!
Ella se encontró entre la espada y la pared pero, tal y como Kyle le había hecho ver, la barandilla no iba a aguantar mucho más. Conteniendo la respiración, obedeció lo que él le decía, y se soltó, dejandose caer entre los fuertes brazos de él.
Kyle no hizo ningún intento por colocarla en el suelo. Ella pudo sentir el latido del corazón de él a través del jersey de lana que él llevaba puesto. El suyo propio estaba a punto de estallar, y no sólo por la caída. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había sentido los brazos de Kyle abrazándola.
–¡Bájame! –exclamó de nuevo, sacudiéndose de sus recuerdos–. Además, ¿qué demonios estás haciendo aquí?
–He venido a buscarte –respondió él–. Y menos mal, teniendo en cuenta la exhibición tipo Tarzán que me has ofrecido.
–Y que no hubiera ocurrido si no hubieras entrado por la fuerza en mi casa –replicó ella–. Y ahora, ¿quieres hacerme el favor de dejarme en el suelo?
Kyle la obedeció. Con aquella luz, o mejor dicho, con aquella falta de luz, los ojos grises de él parecían casi negros, pero ocultaba los hermosos rasgos y las firmes líneas de la boca que la habían vuelto loca de pasión en el pasado. Llevaba un jersey blanco, muy grueso, que hacía que los hombros parecieran todavía más anchos. Como ella iba descalza, él era casi unos veinte centímetros más alto que ella. Todas aquellas características juntas se convertían en una combinación peligrosa.
–Quiero que conste que yo no he entrado por la fuerza –dijo él–. Tú no echaste la llave de la puerta de atrás. Parece que tu Craig –añadió en un tono de voz algo diferente– tiene un sueño bastante profundo.
–¿Cómo…? –preguntó ella, demasiado aturdida como para recordar su pequeña mentira. Luego recordó–. No hay nadie aquí –admitió–. Me inventé que había un hombre en la casa.
–Ahora sí que hay uno. Y tiene mucho frío y mucha hambre. Hubiera llegado hace mucho tiempo si no hubiera tenido que abrirme paso varias veces.
–¿Abrirte paso por qué?
–Por la nieve, claro. En algunos sitios es bastante profunda.
–Pero si había muy poca cuando yo me fui a la cama.
–¿Cuándo fue eso?
–Supongo que sobre las once.
–Ahora son más de las cuatro, y como te he dicho, ha nevado bastante. Tengo suerte de haber encontrado la casa. Está en un lugar perdido de la mano de Dios.
–Por eso la compró mi tía. Le gusta estar apartada.
Shannon, de repente, tembló sintiendo el frío que reinaba en la casa. Por primera vez, se dio cuenta de que no llevaba puesto más que un ligero camisón de seda. Y, seguramente, a Kyle tampoco le había pasado desapercibido. Por muchas ganas que tuviera de preguntarle el porqué de su presencia en la casa, tendría que esperar hasta que se hubiera vestido.
–Si te vas a quedar levantada –dijo Kyle, como si le hubiera leído el pensamiento–, es mejor que vayas a vestirte. Pero antes dime dónde están los fusibles. Buscarlos a la luz de la linterna no es tarea fácil.
–¿Es que no hay luz?
–Ha saltado el fusible principal. Por suerte, no es el principal, sino el de la casa, aunque va a dar igual si no hay repuesto. En ese caso, tendremos que salir al cobertizo a recoger algo de leña. Esperemos que hayan deshollinado la chimenea hace poco.
Shannon lo dudaba. Su tía no era el tipo de persona que se ocupara de ese tipo de cosas y resultaba muy poco probable que la mujer del granjero, que generalmente se ocupaba de la casa, lo hubiera hecho.
–Mira en el armario al lado del fregadero –dijo ella, temblando–. En el segundo cajón, creo.
–Esperemos que tengas razón –replicó Kyle, dándose la vuelta para recoger la linterna–. Ten cuidado con la escalera.
Shannon estuvo a punto de replicarle, pero el sarcasmo nunca había surtido mucho efecto en su marido. Dejando a un lado la pregunta de cómo habría sabido él dónde estaba, ¿qué podía ser tan importante para haberle hecho ir hasta allí? En los dieciocho meses que llevaban separados, casi no había habido ningún contacto entre ellos.
Tal vez él hubiera decidido que ya era hora de que se sentaran a hablar de la posibilidad de un divorcio. Una vez que había tomado una decisión, Kyle no se apartaba de ella. Aunque le doliera, ella decidió que aquello sería lo mejor. Tal vez incluso la ayudaría a aclararse sobre Craig,
Una vez en su habitación, se puso unas mallas muy abrigadas y un grueso jersey azul marino. Tenía unas botas forradas de piel que no eran para llevar en la casa, pero decidió ponérselas ya que los dedos de los pies se le estaban convirtiendo en bloques de hielo.
Al mirar por la ventana, se dio cuenta de que Kyle no había estado exagerando sobre el tiempo que hacía. El Range Rover que estaba aparcado fuera estaba casi cubierto de nieve. En cualquier paso, era culpa suya. Debería haberse vuelto cuando se dio cuenta de las condiciones meteorológicas.
Debía de haber dejado la lámpara de la mesilla de noche encendida cuando se fue a la cama, porque de repente se encendió, junto con el ruido que hacía la calefacción central. La ventana le devolvió el reflejo de su rostro, de expresión voluntariosa, y los rasgados ojos verdes. Kyle le decía que tenía ojos de gato. Si ella le hubiera hecho caso a sus instintos felinos el primer día que lo conoció, se habría librado de muchos disgustos.
Entonces se apartó de la ventana y tomó un pasador para recogerse el pelo, dorado como el trigo, en la nuca. Un escalofrío le corrió por la espalda. Necesitaba beber algo caliente. Y también una buena dosis de valor.
Mientras bajaba por las escaleras, olió el aroma a beicon frito que venía de la cocina. Aunque era muy temprano, Shannon sintió las punzadas del hambre en el estómago. Ella normalmente desayunaba cereales y una tostada, pero, con aquel olor, estaba dispuesta a hacer una excepción.
–Espero que estés haciendo suficiente para dos –dijo ella, de manera casual, al entrar en la cocina rústica, decorada en blanco y amarillo, con los armarios de madera de pino.
–Hay suficiente para los dos –le aseguró Kyle–. ¿Quieres un huevo o dos?
–Uno será suficiente, gracias.
Shannon se sentó, observando la manera tan diestra en la que él rompía los huevos contra el borde de la sartén. Probablemente, si no hubiera decidido dedicarse a la literatura, habría podido ganarse la vida de chef. Su marido era un hombre de muchos talentos. Lo único que le faltaba era integridad.
Sin embargo, resultaba evidente el efecto que él tenía sobre ella. Tenía un físico imponente: anchos hombros, caderas estrechas y muslos musculosos. Shannon sintió que un temblor la recorría por dentro al recordar sus momentos íntimos, el roce de aquellas manos sobre su piel… Aunque Craig le parecía encantador, él no despertaba en ella el mismo grado de dependencia.
–¿Qué tal está Paula? –preguntó, con el mismo tono de voz que antes.
–Ni idea –respondió Kyle de la misma manera, mientras cascaba los huevos sin romper las yemas, tal y como a ella le gustaba.
–¿Quién perdió el interés? –preguntó, sin demostrar un interés aparente, aunque el corazón le había dado un vuelco.
–Fue un acuerdo mutuo –dijo él, colocando los huevos en los platos, junto con el beicon y el tomate, para luego dirigirse a la mesa, que ya estaba puesta–. Cómetelo mientras está caliente. Hay café en la cafetera.
–Tan eficiente como siempre –comentó Shannon mientras él se sentaba enfrente de ella–. Electricista, cocinero, un autor de éxito… ¿hay algo que no se te dé bien?
–Obviamente, no se me da tan bien el tema de las relaciones personales –dijo, enarcando una ceja con ironía–. No parece que sea capaz de retener junto a mí a las mujeres.
–Probablemente, porque no quieres comprometerte –le espetó Shannon–. Te casaste conmigo porque, al contrario de mis antecesoras, yo no te dejé poseerme a menos que estuviéramos casados. Pero no tardaste mucho en cansarte de la novedad.
–Habría sido mucho más tiempo si tú no hubieras tirado la toalla –respondió él, con ojos impasibles.
–¡Tiré la toalla, tal y como tú dices, porque no estaba dispuesta a compartirte con otra mujer! ¿O acaso debería decir mujeres? –exclamó Shannon, echando fuego por los ojos–. ¿Qué esperabas? ¿Que te diera una palmadita en la espalda y te dijera «muy bien»?
Durante un momento, pareció, por la expresión de los ojos de él y un músculo tenso en la mandíbula, que iba a contestarle. Sin embargo, el rostro se le relajó y se encogió de hombros.
–Eso es agua pasada, ¿no?
Kyle había utilizado aquel cliché con deliberación, ya que ella utilizaba aquella expresión muy a menudo en su trabajo. Pero no le importaba. El éxito era el éxito, fuera cual fuera el género que uno escogiera para trabajar.
–Tienes razón –respondió ella–. No hay que reavivar las brasas apagadas.
A pesar del apetito que había demostrado unos minutos antes, Shannon tuvo que hacer un esfuerzo para terminar la comida. Kyle comía con gusto, evidentemente poco afectado por el altercado. Sin embargo, ¿cuándo había él demostrado sus sentimientos? Se había casado con ella porque su orgullo masculino no le dejaba otra salida, pero no por amor. Kyle no reconocería el amor aunque lo tuviera delante de las narices.
Hasta que no acabaron de comer y se pusieron a tomar café, Shannon no encontró el valor suficiente para empezar de nuevo una conversación.
–¿Cómo supiste que estaba aquí?
–Llamé a tu madre, cuando no pude localizarte en la ciudad. Ella me dijo dónde estabas.
Probablemente su madre había pensado que iban a reconciliarse. A su madre siempre le había gustado Kyle, hasta el punto de que no tomó partido por ninguno de los dos cuando se separaron.
–Podrías haberme llamado –comentó ella.
–Esto no es algo de lo que podamos hablar por teléfono –replicó él.
–¿Te refieres a que quieres que hablemos del divorcio?
–¿Qué te hace pensar que yo quiero divorciarme? –preguntó él, estudiándole el rostro.
–¿Te refieres al hecho de que ya no estés con Paula? –inquirió Shannon, encogiéndose de hombros, simulando una indiferencia que estaba lejos de sentir–. Dudo mucho que hayas mantenido el celibato desde entonces. En cualquier caso, no se me ocurre otra cosa por la que quisieras venir a verme aquí.
–¿Y por qué estás tú aquí? –dijo él–. En este momento, no estás escribiendo, así que no creo que sea una cuestión de buscar paz y tranquilidad.
–¿Cómo sabes que no estoy escribiendo? –le desafió.
–Se lo pregunté a tu editora. Ella me dijo que te estabas tomando un respiro.
–Y así es. Un respiro durante el invierno. Y esta casa es un lugar tan bueno como cualquier otro para ello.
–En verano, puede que sí. Pero ahora, yo diría que tu apartamento es un lugar más adecuado.
–Mi piso –le corrigió ella–. Es mucho menos lujoso que el tuyo, suponiendo que todavía lo tengas…
–Así es. Y también la casa, aunque tú ya lo sabes, claro. No me podría deshacer de ella sin tu consentimiento, si quisiera hacerlo…
–Tienes derecho a hacer lo que quieras con la casa –replicó Shannon–. La pagaste tú. Ya te he dejado muy claro que no quiero nada tuyo, Kyle…
–Si estás intentando provocarme, estás a punto de conseguirlo…
–¡Dios me libre! –replicó ella.
–¡Deja de actuar como una de tus protagonistas! –le espetó Kyle, con voz cortante–. A menos que lo que quieras es que yo me comporte como uno de tus héroes…
–Considerando que nunca has leído mis libros, no creo que tengas ni idea de cómo actúan mis héroes –replicó ella, mientras él esbozaba una sonrisa.
–He leído lo suficiente como para tener una idea. Nunca se dejan amilanar… Tú nunca te habrías enamorado de mí si yo hubiera sido un hombre dócil…
Era cierto. Shannon tenía que admitir que él era el único hombre que había conocido que se parecía algo al tipo de hombres sobre los que ella escribía. La diferencia era que ella tenía el control sobre sus personajes, mientras que Kyle era el único dueño de sí mismo.
–También tienen cualidades como la moderación –respondió ella–, la fidelidad… Resulta evidente que tú pensaste que podrías tener todas las ventajas del matrimonio sin ver coartados tus instintos de soltero en ningún modo.
Kyle se reclinó en la silla y se estiró, con las manos detrás de la cabeza. La miró sin un trazo de culpabilidad ni de incomodidad.
–Ya hemos hablado de eso muchas veces y no tengo intención de volver a hacerlo. Si vamos a volver a empezar, hagámoslo desde aquí mismo…
–¡Empezar! –exclamó Shannon–. Si has creído por un momento que yo estaba considerando…
–No me has dejado terminar –replicó él, totalmente relajado–. Hay buenas razones para que volvamos a vivir juntos otra vez.
–¡Dime una!
Aquellos ojos grises recorrieron su rostro, analizando todos y cada uno de sus detalles, para después detenerse en sus pechos.
–Pensaba que resultaba evidente. Yo todavía te deseo, Shannon. Nunca he dejado de hacerlo.
–¡Pero yo no te deseo!
Aquello era una mentira. La sangre le palpitó por las venas, haciendo que los latidos del corazón le resonaran en los oídos. Sintió una tensión interior que era indicativa de un deseo repentino e indomable. Se puso en pie, asiendo la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, en una lucha sin cuartel por ocultar sus verdaderos sentimientos.
–¡No volvería contigo aunque fuéramos las dos últimas personas vivas sobre la Tierra!
–Si así fuera, no te quedaría más remedio –dijo él, impasible–. Sería la única manera de repoblarla.
–¡Asaltaría un banco de esperma antes que dejar que te acercaras a mí! –le espetó, sin importarle lo ridículo de aquel argumento–. Siempre supe que eras muy arrogante, Kyle, pero esta vez no te vas a salir con la tuya.
–Siempre enfatizas demasiado las cosas –comentó él con sequedad–. Un simple «no» me habría resultado más convincente. Dada la situación…
Kyle dejó caer las manos y se puso en pie, con movimientos suaves, indolentes. Cuando empezó a rodear la mesa, Shannon dio un paso atrás. Sin embargo, no pudo ir más allá, ya que la silla fue a chocar contra uno de los armarios de la cocina.
–¡No sigas! –le ordenó–. ¡Sea cual sea tu juego, ya basta!
–No hay ningún juego –dijo él–. Cuando las palabras dejan de surtir efecto, la acción es el único recurso que queda –añadió. Kyle agarró el puño que ella estaba agitando en el aire, delante de su mandíbula antes de que ella le golpeara con él, mientras sacudía la cabeza con aire burlón–. Olvídate del histrionismo. Esto es la realidad.
Reconociendo la futilidad de su protesta, Shannon se dejó llevar mientras él la tomaba entre sus brazos, decidida a no animarlo de ninguna manera. Aunque la mente se mantenía firme, descubrió que la carne era débil cuando él acercó su cuerpo fuerte y musculoso al de ella. Kyle recorrió su espalda con manos cálidas, los glúteos, acercándola aún más a la dureza de su masculinidad, mientras le escrutaba el rostro para comprobar su reacción.
Entonces, él agachó la cabeza, con los labios apenas rozando los labios de ella, con un movimiento lento, sutil, magnético, derribando las barreras de su resistencia hasta que cedió y empezó a responder. Los labios se suavizaron, se abrieron, siguiendo los movimientos que él marcaba, con el cuerpo acoplándose al de Kyle… ¡Había pasado tanto tiempo! Shannon casi había olvidado lo que se sentía al desear a alguien con un abandono tan apasionado.
Los dedos de Kyle encontraron el borde del jersey y empezaron a acariciarle la espalda desnuda. Shannon no se había puesto sujetador, por lo que sus pechos se hinchieron al sentir el roce de la palma de la mano de Kyle, y sintió cómo sus pezones despertaban ante las diestras caricias de él.
Cuando Kyle movió las manos hacia la cinturilla elástica de las mallas que ella se había puesto, Shannon recobró algo de cordura. Necesitó toda su fuerza de voluntad para sobreponerse al deseo que sentía y ser capaz de agarrarle la mano entre las suyas.
–¡Para! –exclamó, con la respiración entrecortada–. ¡No pienso dejarte que sigas!
–¿Estás segura? –preguntó Kyle, con una sonrisa.
–Totalmente –le aseguró ella. De algún lugar, Shannon sacó la fuerza necesaria para apartarlo y colocar la silla entre ellos–. Tan segura como lo estaba la primera vez que intentaste esta jugada conmigo.
–Pero entonces no sabías lo que te perdías –le espetó él, sin hacer ningún intento por apartar la silla a un lado, con un brillo en los ojos más divertido que frustrado–. No importa. Tenemos mucho tiempo. Vamos a estar aislados aquí por lo menos un par de días.
–Eso no importa –replicó Shannon, recuperando el control de sí misma, al menos en apariencia–. Si me tocas otra vez, te arruinaré de por vida.
Con los pulgares enganchados en el pantalón, él se reclinó contra la encimera y la miró con interés.
–¿Y cómo te propones hacer eso?
–¡Ya lo descubrirás si intentas eso otra vez! –le espetó ella–. ¡Pero manténte alejado de mí!
–Eso me va a resultar imposible si vamos a renovar nuestros votos matrimoniales –dijo él–. Yo no estoy hecho para el celibato, como tú ya te has dado cuenta. Lo que tú necesitas…
–¡Lo que necesito es que te largues por donde has venido!
–Me temo que eso no es posible –añadió, sacudiendo la cabeza con pena–. Como ya te he dicho, estamos atrapados hasta que se deshiele la nieve. Si te decides a pasar el mes de febrero perdida en la salvaje Exmoor, ¿qué vas a esperar?
–No creo que sea salvaje –replicó Shannon–. Hay un pueblo a menos de un par de millas.
–En estas condiciones, como si estuviera en la luna –dijo él, separándose del armario mientras arqueaba una ceja al ver que ella agarraba la silla y la levantaba, dispuesta a utilizar las patas como arma–. No te preocupes, no voy a presionarte más. O al menos –añadió tras un momento de deliberación–, no de esta manera.
Shannon levantó una mano para apartarse el pelo de la cara, dándose cuenta entonces de que el clip se le había caído del pelo en algún momento.
–¿Qué significa eso?
–Ya te dije que teníamos razones para volver.
Ella lo miró con cautela, todavía sin convencerse de que él no estaba planeando otra encerrona.
–¡De antemano te digo que no hay ninguna razón que puedas encontrar que me importe lo suficiente!
–¿Ni siquiera que la hija de mi hermana se pase el resto de su infancia en un orfanato?
Hizo la pregunta en un tono tranquilo, sin el magnetismo que había tenido su voz unos momentos antes. Totalmente anonadada, Shannon no pudo encontrar respuesta. No se podía dudar de la seriedad de sus palabras. Incluso su actitud había sufrido un cambio radical. Shannon sabía que su única hermana había muerto en Australia hacía algunos años, dejando un marido y una hija de tres años. También sabía que el padre había cortado todo contacto con la familia Beaumont, por razones que Kyle nunca había explicado.
–Me imagino que le ha ocurrido algo a tu cuñado –dijo ella, confusa.
–Murió en un accidente de tren hace unas pocas semanas. El coche se quedó atrapado en la vía. No pudo salir a tiempo –explicó Kyle, sin ninguna emoción en la voz–. Aparentemente, no tenía ningún pariente, así que las autoridades miraron el registro de mi hermana. Como mis padres están divorciados, y además no están en el país, yo soy la única esperanza de Jodie.
–Entiendo –dijo Shannon, haciendo una pausa–. Desde luego que lo siento, pero no entiendo qué tengo yo que ver con todo esto.
–Pienso adoptarla legalmente, y no hay ninguna posibilidad de que a un hombre que vive solo se le permita tener la custodia de una niña de nueve años, cuando ni siquiera es su hija. Las autoridades tienen que creer nuestro matrimonio es estable.
Shannon se dio cuenta de que se le había hecho un vacío en el estómago. Kyle quería que volviera con él, no porque no pudiera vivir sin ella, sino porque sin ella se le negaría el cuidado de la hija de su hermana.
–Eso es chantaje –respondió ella.
–Lo sé –respondió él sin que pareciera que le importara demasiado, con una expresión en el rostro que Shannon recordó del pasado–. Haré lo que sea para asegurar el futuro de Jodie.
–¿Sin importarte quién más salga malparado? –exclamó Shannon, con un nudo en la garganta–. Nuestro matrimonio se acabó cuando descubrí lo que había entre Paula Frearson y tú. ¿Por qué crees que voy a dejar todo eso a un lado?
–Porque yo te lo pido. De acuerdo… –se interrumpió, levantando una mano–… porque te estoy coaccionando. Como ya he dicho antes, no estoy dispuesto a hablar de todo eso de nuevo. Tendremos que empezar desde cero. Shannon –añadió en un tono más suave–, todavía nos queda algo por lo que merece la pena intentarlo. Acabamos de demostrarlo.
–¿Crees que yo podría volver a confiar en ti? –preguntó ella, con la voz quebrada.
–¿Confiaste en mí de verdad alguna vez? –replicó él, sin dejar de mirarla a los ojos.
–¡Claro que lo hice! Si no, no me habría casado contigo.
–Te casaste conmigo –dijo él–, porque yo cumplía todos los requisitos. No quieras hacerme creer que hubieras sentido lo mismo por mí si yo hubiera sido un simple empleado con un sueldo modesto. Tú querías tener el estilo de vida que describes en tus libros. Querías un hombre que te satisficiera en la cama, en lo que no recuerdo haber fallado…
–¡No fue por eso! –exclamó ella, herida antes tales acusaciones–. ¡Estaba enamorada de ti!
–Estabas enamorada con la idea de estarlo –añadió él, inexorablemente–. Yo era la figura del héroe hecha realidad, un papel que yo estuve dispuesto a desempeñar, hasta cierto punto, pero no durante el resto de mis días. De alguna manera, podríamos decir que Paula fue mi manera de escaparme.
–¡Así que fue todo culpa mía! –gritó ella, encontrando muy difícil poder controlar sus emociones.
–No –dijo él–. La mayoría de lo que pasó fue culpa mía, por fomentar una fantasía. Al menos, ahora me estás viendo como realmente soy.
–En eso sí que tienes razón –replicó Shannon, respirando profundamente, mientras levantaba la barbilla para intentar recuperar su orgullo–. Lo que significa que no puedo verte haciendo el papel de padre de tu sobrina.
–Yo puedo darle una vida mejor que en un orfanato –respondió él, con la tensión reflejada en el rostro, a pesar de que tanto su voz como su actitud seguían siendo tranquilas.
Shannon tenía que concederle eso. Kyle nunca había sido egoísta con el dinero. Con él, la niña no carecería de nada de lo que pudiera conseguirse con dinero. Ella podía entender sus sentimientos hacia Jodie, incluso admirarlo por lo que estaba dispuesto a hacer… Lo que no podía tolerar era la falta de respeto por sus sentimientos.
–Lo siento –dijo ella–. Pero no puedo ayudarte.
–Lo que quieres decir es que no quieres.
–Quiero decir que no puedo –reiteró Shannon, obligándose a mirarlo a los ojos–. Yo… yo tengo otros planes.
–¿Cuáles exactamente?
–Me voy a casar con otro hombre.
–¿Es que quieres ser acusada de bigamia? –preguntó él, soltando una carcajada.
–Desde luego, no estoy hablando de un futuro inmediato –respondió ella, haciendo todo lo posible por sonar segura de lo que estaba diciendo–. Craig está dispuesto a esperar a que yo esté libre.
–¡Entonces va a estar esperando muchísimo tiempo!
–No puedes impedir que me divorcie de ti, Kyle. Y tampoco puedes obligarme a que vuelva contigo. Si necesitas tener una mujer para quedarte con Jodie, estoy segura de que no te faltarán candidatas. Puede que incluso Paula esté dispuesta a hacerlo.
Shannon no habló más, ya que, a juzgar por la expresión en el rostro de Kyle, habría sido tentar a la providencia. Nunca había sido un hombre violento, pero en aquellos momentos parecía estar muy cerca de serlo.
–Si quieres divorciarte de mí sin complicaciones, vas a tener que trabajar por ello –le espetó–. Me acompañarás a recoger a Jodie, y te quedarás con nosotros hasta que se termine todo el papeleo. Una vez que todo sea legal, nos divorciaremos –explicó él, sacudiendo la cabeza antes de que ella pudiera protestar–. Ésa es mi oferta. Con tres meses será más que suficiente.
Tal y como estaban las cosas en aquellos momentos, tres días sería demasiado tiempo. Había ido a aquella casa para tener tiempo de pensar en su relación con Craig, pero hasta hacía un minuto, no había podido tomar ninguna decisión. Ni siquiera estaba segura de que lo hubiera hecho, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás.
–Y mientras tanto, ¿qué se supone que voy a decirle a Craig?
–La verdad, siempre y cuando lo guarde en secreto –respondió Kyle, sin ceder ni un ápice–. Si te quiere, esperará. ¡Tendrá que esperar! Yo te necesito más que él.
Si aquello no fuera sólo por el bien de Jodie… Si… Shannon se negó a seguir pensando en el resto. Todo lo que Kyle quería de ella era su presencia. Lo que había ocurrido antes entre ellos sólo había sido una maniobra calculada para intentar minar cualquier posibilidad de resistencia. Al final, no le había dejado mucha elección. Había que tener el corazón mucho más duro de lo que lo tenía ella para condenar a una niña a pasarse años en una institución. Accedería, siempre y cuando se determinaran primero unas reglas.
–Si me presto a todo esto, será con la condición de que no habrá nada entre nosotros –afirmó con tristeza–. Si me pones otro dedo encima, me marcho. ¿Está claro?
–Como el agua –respondió él, sin revelar lo que sentía–. Todo lo que tienes que hacer es representar una vida marital armoniosa cuando sea necesario. El resto del tiempo… –añadió encogiéndose de hombros–… simplemente tendrás que soportarme.
–Voy a darme una ducha –respondió Shannon, que ya había tenido bastante y se sentía con los nervios a punto de estallar–. La habitación de invitados está a la izquierda, en lo alto de las escaleras, si deseas descansar un poco después del esfuerzo que te ha supuesto llegar hasta aquí.
Ella no esperó respuesta, sino que se dio la vuelta, salió de la cocina tan rápidamente como le era posible y subió las escaleras hasta su habitación.
Ésta estaba caldeada y resultaba muy acogedora. Shannon se olvidó de la ducha y se tumbó en la cama, con la mirada perdida en las vigas del techo, mientras la memoria le devolvía los recuerdos de años atrás…
Capítulo 2
TAL y como eran las fiestas, se lo tenía que haber imaginado, pensó Shannon, intentando mostrar interés por el aburrido discurso de su acompañante. Puede que fuera un autor de primera línea, pero en persona era un aburrimiento. Shannon esperaba que no se le subiera nunca el éxito a la cabeza.
Aunque no había posibilidad de ello, pensó ella. A pesar de suponer una parte muy importante del mercado, la novela romántica todavía se consideraba como un género menor. Todo el mundo pensaba que lo escribían mujeres de mediana edad sin nada más importante que hacer.
El hombre con el que estaba hablando, o mejor dicho, que le estaba hablando, era mucho más bajo que ella. Al recorrer con la mirada al resto de los invitados, descubrió que un hombre la miraba divertido. A pesar de estar con un grupo, parecía estar prestando poca atención a la conversación. Sólo cuando una de las mujeres del grupo lo tocó en el brazo apartó la mirada de ella, y sonrió de una manera deslumbrante.
Shannon se preguntó quién sería aquel hombre y cómo era que no se había dado cuenta antes de su presencia. Resultaba evidente que acababa de llegar. De poco más de treinta años, más de metro ochenta de estatura, pelo tan negro como la noche, y muy viril, era la representación exacta de sus fantasías.
Pero el aspecto físico no lo era todo. Sin duda, cuando hablara con él, resultaría ser una desilusión. Aquella obsesión por lo «políticamente correcto» seguramente lo habría afectado. Ya se habían acabado los días en los que un hombre era un hombre y una mujer, una mujer y todo el mundo sabía la diferencia
Cuando volvió a mirar, la mujer y él ya no estaban allí. ¡Vaya con la «atracción a primera vista»! Si ella hubiera estado escribiendo la escena, habría sido deseo mutuo e inmediato.
Al final, se las arregló para deshacerse cortésmente del aburrido autor diciéndole que tenía que ir al tocador. Si aquélla era un ejemplo de las fiestas de las editoriales, se dijo, mientras se retocaba el lápiz de labios, iba a ser la primera y la última. Tenía cosas más importantes que hacer que beber champán y engordar egos, como, por ejemplo, acabar el libro que estaba escribiendo. El único momento en el que se sentía realmente realizada era cuando estaba escribiendo.
Se miró una vez más al espejo antes de salir, retocándose el pelo y estirándose una arruga inexistente de la falda.
¿Tendría razón su editora cuando le dijo que sus protagonistas eran una extensión de sí misma? Era verdad que las tres primeras tenían todas el pelo rubio, pero tenían una personalidad muy diferente. En cualquier caso, la última era pelirroja y con un carácter propio del color de su pelo. Le estaba resultando muy divertida de escribir, y esperaba que también fuera entretenida para las lectoras. Barbara sería la juez.
Al salir del tocador, sintió una bofetada de calor. Vio que había una terraza y decidió que nadie la echaría de menos si se ausentaba durante unos minutos.
Era una fresca tarde de abril. Shannon se dirigió a la balaustrada para mirar al río, agradeciendo el aire fresco contra su piel. Hacía exactamente un año que había publicado su primer libro. Aparte de en la familia y en los amigos, no había despertado gran interés, pero se había vendido bien. Había firmado un contrato con Newton Mansfield, por lo que a la edad de veintidós años, se podía dar por complacida.
Se lo había jugado todo al abandonar su carrera en la banca para dedicarse por completo a la literatura, pero sus esfuerzos se estaban viendo recompensados, y no sólo económicamente hablando. En sus libros podía escapar de una rutina diaria. Aquello era lo más importante.
–La he estado buscando –le dijo una voz profunda, en un tono que le contrajo el estómago–. ¿No tiene frío aquí fuera?
Shannon volvió la cabeza, sabiendo inconscientemente con quién se iba a encontrar. De cerca, resultaba mucho más arrebatador, con aquellos hombros tan anchos bajo aquella chaqueta tan elegante. De ojos grises, nariz fuerte, pero proporcionada, boca firme, bien modelada… ¡parecía que acababa de salir directamente de su imaginación!
–No –respondió ella, intentando sonar normal–. Ahí dentro hace demasiado calor.
–Lo entiendo perfectamente –bromeó él–. La última vez que la vi, parecía tener la mirada vidriosa. Es el efecto que Jeremy suele causar en todo el mundo.
–¿Trabaja para sus editores?
–En cierto modo –respondió, acercándose más a ella para apoyar un codo en la balaustrada–. Yo también escribo para ellos.
–¡Oh! ¿Lo conozco?
–Depende –dijo en tono divertido–. Escribo bajo el nombre de James Warren, pero mi nombre es Beaumont. Kyle para los amigos.
–¡He leído todo lo que has escrito! –exclamó ella, abriendo mucho los ojos–. ¡Todos tus libros han alcanzado la lista de best-sellers!
–Nunca hubiera creído que mis libros tuvieran ningún interés para una escritora de novelas románticas –agradeció en tono de broma, con un gesto de la cabeza.
–El hecho de que escriba novelas románticas no significa que sea eso todo lo que leo –replicó ella–. En ocasiones hasta leo a Tolstoi.
–No cuestiono su nivel de inteligencia –dijo él, sin avergonzarse en absoluto–. Es sólo que son géneros muy diferentes.
Lamentando haberse puesto a la defensiva, Shannon decidió que lo mejor era olvidarlo.
–¿Cómo sabías que yo escribo novelas románticas?
–He hecho mis indagaciones –respondió él–. Shannon Holroyd, de seudónimo Sylvia Halston. Destinada a convertirse en una de las autoras más prolíficas de Newton M’s.
–Todavía me queda mucho para eso –admitió ella con una sonrisa.
–Mucho tiempo para seguir haciéndolo. Veintidós años es una edad muy temprana para haber llegado tan lejos.
–Treinta y dos lo es mucho más para haber llegado dónde tú los has hecho –respondió ella, recordando lo que pudo de su biografía–. ¿Por qué nunca he visto una foto tuya?
–Probablemente porque no me gusta que me hagan fotografías.
–Y no haces lo que no te gusta hacer –aventuró ella–. Eso se acerca mucho al mal carácter.
–Y tú estás a punto de descubrir lo temperamental que puedo llegar a ser –añadió él, bromeando.
–¡Vale, me callo! –exclamó Shannon, pestañeando–. Estoy a punto de echarme a temblar.
–Te garantizo que me estás provocando –dijo él, sonriendo.
–¿A qué? –preguntó ella con inocencia, viendo que aquellos ojos grises echaban chispas.
–A hacer esto –respondió él, estrechándola entre sus brazos y besándola.
Aquella no había sido la primera vez que la besaban, pero sí que era diferente de las veces en las que lo habían hecho antes. Los labios de Kyle eran suaves, y se movían lentamente, acariciando los de ella, mientras las manos se deslizaban para buscar la piel que revelaba su escote. Shannon estaba perdida en un mundo de sensaciones, con el pulso resonandole en los oídos, queriendo, necesitando estar más cerca del musculoso cuerpo de él.
Ella no quería que él parara, por eso la sensación de privación cuando él levantó la cabeza fue muy dolorosa. Le costó adoptar una actitud sofisticada.
–¡Qué técnica! –murmuró–. Obviamente has practicado mucho.
–He tenido mis momentos –respondió acariciándole la mejilla con la mano–. ¿Tienes hambre?
–¡Muchísima! –replicó ella, aunque no precisamente de comida.
–Entonces, vayámonos de aquí. Primero cenamos. Luego, ya decidiremos dónde vamos.
Shannon se dio cuenta de que no era un hombre muy acostumbrado a que le llevaran la contraria. Él la deseaba, ella lo podía ver en sus ojos. Y aunque no iba a conseguirla, esa constatación era muy halagadora. A pesar de que la mujer con la que él había ido la aventajaba en elegancia y sofisticación, él la había preferido a ella.
–Pensé que estabas con alguien –dijo ella, buscando la confirmación.
–¿Te refieres a Angela? Es mi agente –respondió tras un momento de duda.
–Y tú, por supuesto, nunca mezclas los negocios con el placer.
–Podríamos decir eso –afirmó él–. ¿Vas a ir por tu abrigo?
–Estaré encantada de cenar contigo –dijo ella–. Gracias por pedírmelo.
–El placer es totalmente mío –respondió él, con una amplia sonrisa.
Así había empezado todo. Recostada contra el cabecero de la cama, Shannon se preguntó el curso que habría tomado su vida si se hubiera negado a cenar con Kyle aquella noche. ¿Habría seguido interesándose por ella si lo hubiera rechazado? Tal vez debería preguntárselo, a pesar de que la respuesta ya no importara.
A decir verdad, no se había intentado acostar con ella aquella misma noche. Todo había sido muy bien medido, empezando con un tierno beso de despedida, que la había dejado deseando más, para desarrollarse al cabo de las semanas hasta el punto de que ella había estado a punto de ceder para poder experimentar la pasión que describía en sus libros, la cual le resultaba totalmente desconocida.
Pero se contuvo, porque, para entonces, estaba demasiado enamorada de él y tenía miedo de perderlo una vez que le hubiera dado lo que él quería. A pesar de eso, nunca había imaginado que se casaría con él dos meses más tarde…
Debido a la reputación de Kyle, más que a la de ella, la boda atrajo la atención de la prensa. Shannon casi se alegró cuando todo se hubo acabado, cuando se pudo quitar el vestido de novia y el velo y se puso el traje color crema que había elegido para después de la recepción.
Ésta fue en el hotel más lujoso de Brenton y le costó un ojo de la cara a su padre, que se negó a que ella colaborara con los gastos. Kyle y él se cayeron bien a primera vista.
–¡Qué listo es ese marido tuyo! –le había dicho, tras leer los seis trabajos que él tenía publicados–. Las explicaciones técnicas que da son fenomenales. ¡Yo mismo podría ponerme a pilotar un Jumbo después de leer el último! También tiene un carácter muy fuerte. ¡No vas a poder hacer lo que quieras con él, al igual que has hecho conmigo!
–Mi padre piensa que eres estupendo –dijo Shannon, cuando Kyle salió del cuarto de baño, después de afeitarse.
–¿Y qué es lo que piensa la hija? –preguntó él mientras la agarraba de la cintura por detrás y la besaba en el cuello.
–Que soy la mujer más afortunada del mundo. ¿Qué otra cosa podía pensar? –exclamó ella, mirándolo a través del espejo–. Un marido guapo, rico, que posee una hermosa casa en el campo y un apartamento en la ciudad. ¿Qué mas podría desear?
–Lo mejor está todavía por llegar –respondió él, acariciándole los pechos.
–¿Y si resulto ser una desilusión? –murmuró, perdida entre aquellas caricias–. Por lo que tú sabes, ¡incluso podría ser frígida!
–¡Imposible! –afirmó él, sonriendo–. ¿Es que crees que no sé cuándo una mujer está excitada? Quieres que te haga el amor tanto como yo.
–¿Te habrías casado conmigo si me hubiera acostado contigo? –preguntó Shannon, mirándolo fijamente.
–Ya nunca lo sabremos, ¿no?
Aquella no era la respuesta que ella había estado esperando. Las declaraciones de amor eterno no eran su estilo. Shannon lo sabía. Tendría que contentarse con el anillo que llevaba en el dedo.
Iban a pasar la noche en un hotel cercano al aeropuerto antes de volar rumbo a Bali para pasar la luna de miel. Kyle ordenó que les sirvieran la cena en la habitación, a la luz de las velas. Sin apartar la mirada de él mientras servía el vino Shannon se preguntó si se tendría que pellizcar para asegurarse de que todo era cierto. ¡Era todo tan maravilloso!
Durante un momento, pensó que era demasiado maravilloso para que durara, aunque pronto desechó aquellos pensamientos. Aquel matrimonio iba a ser el más estable de la historia.
–Por nosotros –brindó Kyle, levantando su vaso–. ¡Porque la fortuna siga sonriéndonos!
–Así será –afirmó ella con confianza–. No puede ser de otra manera.
–¡Eres optimista por naturaleza! –exclamó él, con una carcajada.
Las risas se fueron apagando mientras él contemplaba cómo la luz de las velas se reflejaba en el rostro de Shannon, y se vieron reemplazadas por una expresión en el rostro que destrozó los sentidos de ella.
–Ya he esperado lo suficiente –dijo Kyle con suavidad.
Shannon no respondió, con el corazón latiéndole con fuerza, al ver que él dejaba la copa en la mesa y se levantaba. Cuando supo que el momento había llegado, sintió miedo, no del hecho de hacer el amor, sino de no satisfacerlo. La imaginación sólo servía para los libros, pero no podía sustituir a la experiencia. Kyle había conocido a otras mujeres antes de ella, mujeres que probablemente sabían cómo satisfacer a un hombre. ¿Cómo podría ella competir?
Las preocupaciones se desvanecieron en el momento en el que Kyle empezó a besarla. Ella lo besó también, con deseo, mientras su cuerpo se movía por instinto, y le provocaba, sintiendo cómo él se excitaba, oyendo su respiración entrecortada, poco a poco sintiéndose más segura de sus posibilidades.
Él ya se había quitado la chaqueta antes. Con dedos diestros, ella le desabotonó la camisa, abriéndola para revelarle el pecho y besárselo. A continuación, metió los dedos entre la cinturilla del pantalón, y se lo desabrochó, deseando tocarlo, conocerlo de la manera en que nunca había conocido a ningún hombre.
–Todavía no –dijo él, antes de que ella pudiera seguir explorando, mientras la tomaba entre sus brazos y la llevaba a la cama.
Entonces, se quitó la camisa y empezó a quitarle a ella la blusa y luego el sujetador de encaje. Arrodillándose a su lado, agachó la cabeza y le lamió los dos pezones, acariciándoselos con la lengua hasta que a ella le pareció que estaba a punto de morirse de puro placer. Casi no se dio cuenta de que él la iba despojando de sus ropas, sólo siendo consciente de ello cuando Kyle bajó la mano para acariciarle su feminidad, húmeda y ardiente entre las piernas.
Aquella caricia la enardeció más allá de su control, haciéndola jadear. Su cuerpo empezó a temblar una y otra vez, pero aquello no era lo suficiente.
–Más –le susurró con voz ronca–. ¡Más, más, más!
Kyle sonrió y se puso en pie para quitarse el resto de la ropa. Shannon lo miró a través de los párpados entornados, temblando de pies a cabeza. Ella no era ingenua; había visto el cuerpo desnudo de un hombre antes, aunque hubiera sido en los museos. Pero nunca había visto a un hombre en plena erección.
Lo tocó suavemente al principio, para acariciarlo con más seguridad a medida que iba viendo que las pupilas de Kyle se dilataban y la respiración se le iba haciendo cada vez más entrecortada. Él la besó, larga y profundamente, mientras le iba separando los muslos, para fundirse por fin con ella, suavemente al principio, ahogando entre sus labios el grito que ella lanzó en aquel momento, para acabar perdiéndose los dos en un mundo en el que no existía nada más que ellos.
El placer que él le había dado antes no era nada comparado con lo que sentía en esos momentos. Kyle se movía dentro de ella más rápidamente, haciéndole casi perder el sentido y sintiendo que el mundo desaparecía bajo sus pies. Al cabo de unos minutos, fue capaz de volver a la tierra, sintiendo el peso de la cabeza de él sobre uno de los hombros. Entonces, él se apoyó sobre los codos, mirándola con una sonrisa en los labios.
–¿Cómo te encuentras? –preguntó él suavemente.
–Gozada.
–Esa palabra no existe.
–Pues debería hacerlo –dijo moviéndose un poco, abriendo mucho los ojos al sentir algo entre las piernas–. ¡Otra vez!
–¿Te estás quejando?
–No, sólo estoy sorprendida –admitió ella–. Siempre pensé que un hombre tardaba más en… en recuperarse.
–Depende del incentivo. Contigo… –dijo, besándola en la nariz–… es una conclusión inevitable.
–¿Significa eso que ha merecido la pena esperar?
–Por supuesto –respondió él–. Eres encantadora, sensual, una mujer muy deseable, señora Beaumont. Y por eso…
Afuera estaba amaneciendo. Shannon miró el despertador que tenía en la mesilla de noche, sorprendida al darse cuenta de que habían pasado más de dos horas desde que había vuelto a la habitación. Al no oír nada, dio por sentado que Kyle todavía estaba abajo. Probablemente, se había dormido en el sofá.
Al menos, parecía haber dejado de nevar, aunque, con toda la nieve que había, sus posibilidades de poder salir de allí eran escasas, a menos que pudiera contactar con la granja y el señor Lawson accediera a ir a sacarlos de allí. Merecía la pena intentarlo. Cualquier cosa era mejor que estar atrapada allí durante días en aquellas circunstancias.
Sin embargo, lo más probable era que Kyle no volviera a intentar nada ahora que había obtenido su promesa. Por mucho que la deseara, era tan sólo un sentimiento físico que no tendría dificultad en controlar. Se preguntaba si habría sido la falta de sentimientos más profundos por su parte lo que habría hecho que Paula se marchara. Sabía en su propia carne que una relación no se sostenía sólo con sexo…
Aquellas primeras semanas de matrimonio fueron maravillosas. Shannon no podía imaginar otra vida mejor. La fiesta que dieron para inaugurar su casa fue fantástica y se vio seguida por una serie ininterrumpida de invitaciones que los obligaba a salir todas las noches. Shannon insistía en aceptar las que Kyle había estado dispuesto a cancelar, ansiosa por presumir de su flamante marido.
La primera vez que Kyle se negó en redondo a asistir a una fiesta la sorprendió mucho.
–Necesitamos pasar tiempo a solas –le dijo–. Una velada juntos, escuchando música sería una bendición.
–¡Ya tendremos tiempo para eso cuando seamos viejos! ¡Todo el mundo va a ir a esta fiesta!
–Entonces no nos echarán de menos –insistió él, sacudiendo la cabeza–. No vamos. Y ya está.
–Entonces iré yo sola –replicó ella, resistiéndose a su autoritarismo.
–¿Crees que te lo voy a permitir? –sonrió Kyle.
–¿Es que crees que puedes impedírmelo?
–Claro que sí –dijo él, agarrándola, ignorando sus protestas, mientras inclinaba la cabeza para besarla.
Un buen rato después, mientras estaban tumbados al lado del fuego que él había encendido para combatir el frío de la tarde, Kyle le preguntó:
–¿Habrías preferido ir a la fiesta?
–No –susurró Shannon, tan llena de la pasión que acababan de compartir que le resultaba imposible pensar en otra cosa–. ¡Quiero estar contigo así para siempre!
–¡Tus deseos son órdenes! –exclamó él, riendo, con expresión relajada.
Sin embargo, Shannon no pudo evitar pensar que no había sido ésa su actitud unas horas antes. Y aquel no fue su único desacuerdo. A lo largo de los siguientes meses, Shannon se dio cuenta de que su padre había tenido razón sobre lo que le había dicho de él. No era que quisiera un hombre al que pudiera controlar, pero había veces en que era demasiado intransigente con lo que ella deseaba hacer.
–¡Se supone que el matrimonio es dar y tomar! –le espetó ella una vez que él se negó a pasar un fin de semana navegando por el Támesis–. Sólo porque no te caigan bien los Masterson…
–No es un asunto de que me caigan bien o no –le respondió él–. Hace sólo un par de semanas que los conocemos. Me gustaría conocerlos mejor antes de decidirme a compartir un espacio tan reducido con ellos. Además, tengo que trabajar el fin de semana.
–¡Siempre estás trabajando!
–Eso no es cierto. Empecé a escribir el libro dos meses más tarde de lo que debería haberlo hecho.
Shannon se mordió la lengua, incapaz de replicarle algo que sabía que era verdad. Normalmente, Kyle enviaba un manuscrito en noviembre para su publicación al año siguiente. Sin embargo, estaban a mediados de octubre y no iba ni siquiera por la mitad. Y él no era el único que iba retrasado en el trabajo. Ella debería haber acabado un nuevo libro.
–Lo siento –dijo ella–. No pensaba lo que decía. Claro que tienes que trabajar. Es culpa mía que no vayas a cumplir con tu fecha límite este año.
–Realmente has sido una distracción –respondió él, sonriendo mientras le acariciaba la mejilla–. Pero una distracción maravillosa.
Como siempre, simplemente con rozarla, se le olvidaba todo. Ella lo amaba tanto que nada excepto eso importaba.
Pero, en realidad, sí que importaba, a pesar de que intentó moderar sus demandas en las siguientes semanas. Para Navidad, los dos tenían sus manuscritos terminados y enviados, y estaban pasando una corta estancia en Barbados, que Kyle planeaba utilizar como el lugar donde transcurriría su próxima novela. Siempre dedicaba seis meses a hacer trabajo de investigación, normalmente viajando a lugares exóticos. Tras haber acabado otra novela, Shannon planeaba acompañarlo a Tailandia en abril, y se sintió muy defraudada cuándo supo que él no tenía intención de llevarla.
–Tendré que ir a lugares a los que no me atrevería a llevarte –dijo él–. Sólo estaré fuera un par de semanas como mucho.
Kyle se mantuvo firme ante sus protestas y promesas y se encogió de hombros cuando ella se negó a acompañarlo al aeropuerto. Shannon pasó las dos semanas en el apartamento de Londres y salía cada noche el mismo grupo de amigos, aunque, en una ocasión, salió con un antiguo novio que le resultó un bálsamo para su espíritu. Sin embargo, no se divirtió. Sin Kyle, incluso el champán no sabía igual.
Cuando él llegó a casa, ella estaba lista para ser la esposa más amable y comprensiva del mundo. Le parecía estar en el paraíso cuando él la abrazaba o la besaba de nuevo. La euforia duró tres días, hasta que alguien le contó a Kyle lo que ella había estado haciendo durante su ausencia. En la discusión que tuvieron se dijeron muchas cosas terribles, pero lo que más le dolió a Shannon fue que él dijera que debería haberse parado a pensar si debía casarse con una niña mimada como ella.
Desde aquel momento, su relación empezó a ser diferente. Kyle sugirió que tuvieran un hijo, a lo que Shannon se negó en redondo, ya que no tenía intención de verse atada a su edad.
Las sospechas de que había otra mujer en su vida fueron creciendo, aunque no tenía pruebas en las que basarse. Empezó a provocar discusiones, frustrada por la negativa de él a confesarle nada.
Kyle llevaba varios días ausente cuando Shannon encontró la confirmación que buscaba en una carta de una tal Paula Frearson, en la que le sugería que le diera a Kyle la libertad para casarse con la mujer con la que hubiera debido casarse. Cuando él regresó, Shannon había hecho las maletas y se había ido a casa de sus padres. Ella se negó a creer las explicaciones que él le dio, y tras varios intentos para convencerla, dio la causa por perdida.
Si Kyle se la hubiera cargado encima del hombro y se la hubiera llevado a la fuerza, tal vez ella le habría creído, pensó Shannon. Pero no lo había hecho y ella había tenido que afrontar el hecho de que su matrimonio estaba acabado.
Evitando las recepciones a las que él asistía, se las arregló para no volver a verlo. Él le ofreció su apoyo económico, pero ella lo rechazó, ya que ni necesitaba ni quería depender de él. Se compró un piso propio y tuvo algunas aventuras, pero nunca fue capaz de olvidarlo completamente. Relacionarse de nuevo con él era verse abocada al desastre.
Eran más de las nueve, cuando ella se aventuró a bajar de nuevo. Kyle estaba acurrucado en el sofá, tal y como ella había anticipado, pero no estaba dormido. Él levantó la vista del libro que estaba hojeando y la miró.
–Una ducha muy larga –comentó con sequedad.
–Primero me acosté un rato –mintió ella, entrando en la habitación–. Si quieres afeitarte, el agua caliente está encendida. Supongo que habrás venido preparado para quedarte unos días.
–Vine preparado para todo –dijo él–. Incluyendo una esposa testaruda.
–Ya he accedido a lo que me has pedido –señaló Shannon–. No creo que me merezca esa definición.
–Pero te convierte en alguien muy impredecible –admitió–. Pensé que habrías madurado un poco desde la última vez que nos vimos.
–Si eso supone ver la diferencia que hay entre el amor y el deseo, puede que tengas razón –replicó ella–. Nunca volveré a cometer esa equivocación.
Kyle estudió su rostro con cinismo, recorriendo su cuerpo con la mirada de arriba abajo, haciendo que ella se sonrojara.
–¿Puede ese Craig hacerte sentir como yo lo hacía?
¡Claro que no!, le hubiera gustado responder a ella, pero no quería admitirlo.
–¡Craig es tan diferente de ti como el día de la noche!
–Eso significa que no –respondió, sacudiendo la cabeza–. Yo me lo pensaría dos veces antes de casarme con alguien que no me satisface.
–¡Tal vez yo haya cambiado en ese aspecto! –exclamó ella, muy enfadada.
Ella recordó lo que había pasado entre ellos hacía algunas horas. A juzgar por la sonrisa que esbozó Kyle, él no lo había olvidado.
–Tal vez yo sea el único que puede hacerte sentir así –sugirió con un brillo en los ojos–. ¡Una mujer de un solo hombre!
–Si eso fuera verdad, me pegaría un tiro –le espetó ella–. Sigue así y te las tendrás que entender con las autoridades tú solo. Hay un límite para lo que estoy dispuesta a soportarte, incluso si es por el bien de tu sobrina.
–Tú ganas. ¿Por qué no te sientas, y te relajas, considerando que no hay nada que podamos hacer? ¿Por qué no lees un libro? Hay una buena selección en las estanterías. Tu tía parece tener un gusto muy amplio –sugirió, enseñando por primera vez la portada del libro que estaba leyendo. Era uno de los de Shannon.
–¡Dame eso! –exclamó, sintiéndose entre sorprendida y enojada–. Ni siquiera lo estás leyendo.
–Pues yo diría que voy bastante avanzado, por la página ciento veintisiete, para alguien que no está leyendo.
–Lo acabas de abrir para que yo te crea –lo acusó–. Nunca intentaste leer ninguno de mis libros.
–Tal vez debería haberlo hecho –dijo él–. Me hubiera mostrado lo que te hace vibrar. Éste es uno de los primeros, creo que el segundo. Está bien escrito para ser de una principiante, aunque a las escenas de sexo les falta chispa. Pero claro, entonces nunca habías experimentado lo que escribes. Pero los de después…
–¡Claro, cuando tú me enseñaste todo lo que sabes! ¿No? –se burló ella, deseando con todas sus fuerzas quitarle el libro de las manos–. ¡Tal vez debiera darte un porcentaje por tus enseñanzas!
Muy enojada por que él no estuviera enfadado, Shannon se dirigió hacia él, quitándole el libro de las manos, con tanta violencia que la página que había estado leyendo se le quedó entre las manos. Un segundo después, ella se vio tumbada encima de él, con las muñecas atrapadas entre sus manos y la cara a pocos centímetros de la de él.
–Si vamos a jugar, ¡cuenta conmigo!
Estaban tan cerca que ella pudo sentir su aliento en el rostro. Tenía los senos apretados contra el pecho de él, lo que, a su pesar, le resultaba bastante estimulante. Shannon deseaba besarlo. Pero si lo hacía, Dios sabía dónde podían acabar.
–De ahora en adelante, deja mis libros en paz –dijo ella, intentando soltarse y poniéndose en pie–. No me importa lo que pienses de ellos.
–Si eso fuera cierto, no estarías donde estás ahora, mirándome como si quisieras clavarme un cuchillo entre las costillas –respondió Kyle, sin intención de dejarla marchar–. Yo no estaba criticando tu trabajo. Dentro de su género, es muy bueno.
Entonces la soltó, pero sólo para acariciarle el pelo, con los ojos puestos en los labios de ella, mientras se acercaba aún un poco más. Shannon casi podía sentir la piel de él contra la suya y sintió la tentación de dejarse llevar. Ella lo deseaba tanto como siempre, probablemente más, ya que hacía tanto tiempo que no habían estado juntos.
Pero si cedía, ¿qué ocurriría después? Una vez que se hubiera arreglado todo lo de su sobrina, no quedaría nada entre ellos. Kyle podía encontrar sexo en cualquier mujer.
–¡Quítame tus sucias manos de encima! –exclamó–. ¡Ahora mismo!
Tras un segundo de silencio, él la soltó, encogiéndose de hombros.
–Esas palabras no están a tu altura, cariño.
–Pero me han surtido efecto –dijo ella, poniéndose en pie–. La próxima vez que me pongas las manos encima…
–Lo sé… Destrozarás lo que me quede de vida –dijo con desprecio–. Lo tendré en cuenta –añadió mientras se incorporaba, mirándola con desprecio al ver que ella daba un paso hacia atrás–. Tranquila, voy al cuarto de baño. Cuando me afeite y me duche, seré un hombre nuevo.
–Cualquier cosa será una mejora importante con respecto al antiguo. Voy a llamar a la granja a ver si pueden venir a limpiar el sendero –añadió–. Cuanto antes nos marchemos de aquí, mejor.
–Totalmente de acuerdo. Le dije que estaríamos en Brisbane dentro de una semana.
–¿Y si me hubiera negado?
–Sabía que no serías capaz de hacerlo –dijo él–. No con el futuro de una niña en juego. Tal vez –añadió, tras una pausa–, las cosas hubieran sido diferentes si hubiéramos tenido un hijo.
–¿Te refieres a algo que me hubiera mantenido ocupada mientras tú te lo pasabas bien con Paula, o cualquier otra que te hubiese gustado?
–Obviamente no –dijo, recuperando la dureza de los rasgos.
Бесплатный фрагмент закончился.
