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PLAYBOY

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

1. La chica

2. Cuatro iguales

3. Convite

4. El reto

5. Apuesta fuerte

6. Pelirroja

7. Trabajos

8. Rubor

9. Esta noche

10. Espectáculo

11. Rey de corazones

12. Dados

13. Concierto

14. Lo que pasa en Las Vegas

15. Aviso

16. Cuentos

17. Ganar y Wynn

18. Barajar

19. Apoquinar

20. Full

21. Escalera real

22. Farol

23. Las Vegas, baby

24. Jugador

25. Póquer

26. Texas Hold'em

27. La mesa de la final

Epílogo: Pareja mayor

Despedida de soltera

Chicos

Para siempre

Carta de Katy

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos
Playboy

V.1: julio, 2020

Título original: Playboy

© Katy Evans, 2016

© de la traducción, Eva García, 2020

© de esta edición, Futurbox Project S. L., 2020

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Katy Evans

Publicado por Principal de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-17972-20-2

THEMA: FR

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Playboy
«Todo empezó como un juego…, uno muy peligroso.»

Cuando lo conocí, saltaron chispas. Todo iba bien, hasta que descubrí quién era: Cullen Carmichael, un jugador empedernido de ojos grises y… el playboy más misterioso de Chicago.

Cullen quiere que lo acompañe a Las Vegas para mostrarme su mundo y hacerme suya, pero haré todo lo posible por evitar caer en la tentación.

Vuelve Katy Evans, autora best seller de las series Real y Pecado

«Es posible que Cullen Carmichael sea el héroe más sensual, oscuro, atractivo y misterioso de Katy Evans.»

Kylie Scott, autora best seller

«¡Intenso, adictivo, no podrás dejar de leer!»

Tijan, autora best seller

Para los que corren riesgos y hacen el amor…

1. La chica
Wynn

—¿Seguro que se puede? —pregunto mientras mi acompañante estaciona el coche en un aparcamiento desierto, al lado de otros tantos demasiado lujosos para el sitio en el que nos encontramos.

Me tiemblan los dedos cuando abro la puerta y me recibe una noche inquietante y silenciosa. A continuación, mi acompañante sale de un brinco y se hace una foto con un deportivo de un azul marino intenso. Frunzo el ceño, confundida. ¿Qué hace?

Madre mía. Dime que no estoy teniendo una cita con este tío. ¿En serio?

—Tranquila, te gustará. —Me señala un enorme almacén que se dibuja en el horizonte. El corazón me da un ligero vuelco presa del miedo mientras lo sigo.

Cuando vino a buscarme, me reveló que me llevaría a una timba de póquer clandestina en los suburbios de Chicago. Ahora me pregunto dónde tenía la cabeza y si es algo así como la virginidad de una chica, que una vez perdida ya no es posible recuperarla.

Estamos en la peor zona de la ciudad. A lo lejos, los rascacielos se ciernen como guardaespaldas de hormigón. Es intimidante y reconfortante a la vez, pero no soy tan ingenua como para creer que estoy bien aquí. Esto es territorio de bandas. Quienquiera que haya organizado la timba paga un impuesto demasiado elevado para que la gente juegue.

Mientras echo un vistazo al aparcamiento desierto para asegurarme de que no nos atracan a punta de pistola antes de llegar al edificio, me aliso el vestido, nerviosa. Se suponía que iba a ser una velada divertida.

Se suponía que iba a ser un cambio positivo en mi vida.

Una distracción.

Una noche fuera de casa.

Pero la cárcel no entraba en mis planes. Tan pronto como pase por las puertas torcidas y de aspecto ruinoso del gigantesco almacén, estaré infringiendo la ley.

Y yo nunca violo la ley.

Soy una chica seria y responsable de treinta años. Joder, que yo hace mucho que me veía casada y con hijos. Mis amigas están todas casadas. Rachel tiene un niño y una niña; Gina, una niña; y Livvy se casa este fin de semana. En cuanto a mí, tengo una larga lista de rupturas. Empezaré por la más reciente, que puso fin a una relación de cuatro o cinco años que se quedaron en nada.

Salía con un tío que tenía miedo al compromiso. Por aquel entonces, no lo sabía, y estoy segurísima de que él tampoco. Era incapaz de dar el paso y pedirme matrimonio, y mucho menos de dar los pasos hasta el altar y esperarme allí. Me pidió tiempo, tiempo y más tiempo. Y yo se lo di. Se lo di todo. Pensaba que era el definitivo. Pensaba que el definitivo aparecería cuando estuviese preparada.

—No, no es él. No es el definitivo, te lo digo yo. Si no, estarías…

—Casada y teniendo hijos como si no hubiese un mañana —Rachel acabó la frase que había empezado Gina cuando hablamos de mi ruptura la semana pasada.

Estaba sentada, sumida en un hosco silencio mientras miraba fijamente la caja de pañuelos que tenía delante. No podía creer que me hubiese rechazado así. Todavía hoy me esfuerzo por recomponer las piezas de mi vida.

—Si gano a este tío, conseguiré lo que me dé la puta gana. Lo que sea. Hasta ganar el Torneo del Campeonato Texas Hold’em.

A mi acompañante le tiembla un poco la voz por la emoción.

Si Rachel o Gina me viesen ahora, se caerían de espaldas del susto. Siempre me han considerado la dulce. La inocente. Nunca me han puesto una multa de aparcamiento siquiera.

¿Y ahora voy a timbas de póquer ilegales con un tipo al que acabo de conocer?

Eso sí, es majo y ligeramente atractivo. De estatura media, tiene un bonito pelo castaño, ojos marrones y patas de gallo. Nos conocimos en la galería cuando adquirió una obra de mi última exposición, y siempre admiro a la gente que ama el arte tanto como yo. Para empezar, ni siquiera estoy segura de por qué accedí a quedar con él, pero cuando me pidió salir y sopesé mis opciones —o quedarme toda la noche en casa sola o salir— no hubo discusión. Aunque no me interesa que me vuelvan a romper el corazón ni me apetece tener nada con ningún hombre, sé que tengo que olvidar a mi ex, y eso no pasará si no vivo emociones nuevas. Planeo centrarme en la galería y mantenerme alejada de los hombres o, al menos, no quiero tener nada serio con ellos. Pero, aun así, tengo que distraerme si quiero olvidarlo.

Emmett, un chef legendario en ciernes, no me llevaría calle abajo a por un perrito caliente a no ser que lo preparase en la cocina de su restaurante. E incluso entonces tendría que hacer una reserva.

Tal vez por eso estoy aquí.

Pero tan pronto como miro las puertas torcidas del almacén en el que estamos a punto de entrar, me vienen a la mente todas las malas decisiones que he tomado en mi vida. Decisiones vitales que implican a los hombres con los que he salido.

Mientras entramos, opto por ser menos exigente (un defecto que Emmett me atribuía) y tratar de pasármelo genial cometiendo una ilegalidad.

Hay una nube de humo sobre una fila de mesas redondas en las que ya se juegan varias partidas.

Madera oscura. Techos bajos. El antro parece sacado de una película antigua con las alfombras de Bujará que separan el espacio y las fotografías en blanco y negro repartidas por las paredes. Reconozco a algunos criminales legendarios de Chicago.

Es una señal. Estas partidas no están regularizadas. Una sala de póquer como esta se desmantela en cuestión de segundos. Lo sé porque lo he visto en películas, no porque haya decidido juntarme con Clyde y me apetezca ser Bonnie.

—Mierda, ha venido.

Exhala, se pellizca la nariz y trata de tomar aire.

—¿Quién?

—El puto zar del póquer. El actual campeón del mundo. Una auténtica leyenda. Con esa mirada gélida que tiene nunca se sabe lo que está pensando. La mejor cara de póquer. Como le gane, no habrá quien me venza. Mi nombre estará en boca de todos —me informa Carson mientras echa un vistazo a la sala.

No soy una fanática del póquer, pero a juzgar por cómo se comporta mi acompañante, quizá debería pedir un autógrafo al tío.

—Joder, es él de verdad. Perdón, me sudan las manos. —Me señala el camino con un gesto y yo me alegro de que no me dé la mano porque últimamente ya ni siquiera me gusta que los hombres me toqueteen. Lo sigo hasta una mesa al final de la estancia y noto que un hombre en la otra punta de la mesa me observa.

Trago saliva.

No parece refinado, ni un poquito. Tiene una actitud grosera, cruda e irresistible. Desprende un magnetismo que hace que parezca que toda la habitación gravita en torno a él. Tendrá unos treinta y pocos y está muy bueno.

Me recorre un escalofrío por la espalda cuando me mira.

Tiene los ojos plateados como diamantes bañados en platino, fríos como el hielo, relucientes como esquirlas. La mandíbula cuadrada y marcada, los labios inmóviles, pero con aspecto de ser tremendamente suaves. El jersey negro se le ciñe a los hombros, anchos y robustos, y entreveo los músculos que hay debajo; los bíceps le tensan la tela mientras sus manos descansan en la mesa. Por alguna razón, me percato de que tiene los dedos largos y fuertes y las manos bronceadas.

Trago saliva. Me toca con la mirada. Lo noto; hace que me cosquillee la piel. Mira de arriba abajo mi vestido negro de algodón elástico hasta llegar a los muslos. Se fija en mis piernas hasta visualizar los botines. Respira, Wynn. Exhalo nerviosa mientras sigo a mi acompañante y el jugador sexy de los ojos plateados nos observa acercarnos.

Yo soy la que camina, pero es él quien me sigue con la mirada.

Se me seca la boca y, de repente, me siento cohibida al percatarme de lo minúsculo y ajustado que es mi vestido negro de manga larga que me llega a la rodilla.

—Joder, que nos está mirando —exclama Carson.

Eso digo yo. Jóde-me.

Carson me ofrece la silla que tiene el hombre delante y acerco el culo, consciente de que los hombres de la mesa me observan. Sobre todo él.

—Llegas tarde. —Su voz es grave, sonora y muy pero que muy sexy.

—Perdón, lo siento. Mi acompañante ha tardado un rato en bajar…

Detesto notar que se me sonrojan las mejillas cuando Carson me reprocha que no estuviera lista a tiempo. Soy pelirroja, así que odio ruborizarme. ¿No se supone que la chica tiene que llegar cinco minutos tarde en la primera cita, al menos, para no parecer muy necesitada? Pero ahora que lo pienso, tengo treinta años y estoy soltera. Tal vez deba reconsiderar la estrategia.

El tío lo mira, y me da la impresión de que le parece una excusa de mal gusto. Estoy roja como un tomate y siento que debería apartarme del autobús en marcha que el muy capullo pretendía que me arrollase.

Ojos Plateados me echa un vistazo rápido que hace que me hormiguee algo en la entrepierna. Miro hacia otro lado mientras mi acompañante saca unos billetes que cambia por una bandeja para fichas.

—Por cierto, me llamo Carson… —dice al cabo de un rato. Me agarra y me lleva del codo hacia el hombre—. Me llamo Carson —repite—. Y esta es… mi acompañante —nos presenta con torpeza.

—Hola. Yo me llamo… Esto… —¿Carson ha olvidado cómo me llamo? Estoy a punto de decirlo, pero cuando el tipo me mira tan de cerca con esos ojos gris platino, me da la sensación de que he perdido la capacidad de hablar.

Por Dios, ¿de verdad existe ese color de ojos?

Ya lo creo. Metalizados, nítidos e hipnotizantes. Le tiendo la mano. Él me la aprieta con calidez y firmeza.

—¿Qué decías? —pregunta sonriente con esa voz tan grave y varonil.

Retiro la mano y me la restriego en el costado para deshacerme del hormigueo que me ha producido su contacto. Mil ojos se clavan en nosotros mientras volvemos a nuestros asientos. Así que este es el tío del que no dejaba de parlotear mi acompañante…

Ahora entiendo a qué venía tanto rollo.

Esta situación me pone nerviosa. Echo un vistazo a la sala y reparo en que hay muchas mujeres, la mayoría de las cuales mira hacia el que seguramente sea el mejor jugador de póquer de la ciudad.

Creo que no me he puesto así por un hombre en mi vida. El corazón me va tan rápido que me parece que se oye por los altavoces y que resuena por todo el barrio.

Mientras disponen la mesa para la siguiente partida, trato de respirar, relajarme y recordarme que se supone que esto es divertido.

Ojos Plateados me observa sin reparo.

Cuando me obsequia con esa sonrisa lenta y torcida, la parte baja de mi cuerpo comienza a participar demasiado para mi gusto. Jodeeeer, ¿cómo voy a sentarme y fingir que no me pasa nada?

Cierro los ojos y respiro.

—¿Eres primeriza? —me pregunta como si solo estuviéramos nosotros en la mesa.

Hostia puta. ¿Tiene una bola de cristal o qué? Estoy segura de que tiene dos bolas de acero que algunos hombres no tendrán jamás.

—Estaría bien saber a qué te refieres con si soy primeriza —contesto para ganar tiempo.

Levanta la mano y, al instante, tiene a un camarero al lado.

—Un whisky con hielo para la dama y otro para mí.

Hay que ver qué labia tiene.

—Que si es tu primera timba —puntualiza.

—Sí. Soy virgen en esto del póquer. —Soy descarada a propósito.

—Vale. Me gusta ser el primero. —Su expresión todavía es una página en blanco. Por un segundo, creo que me va a arrastrar al rincón oscuro más cercano y me sorprende lo mucho que me gusta la idea—. Empecemos, pues. —Esboza una sonrisa tenue.

Me mira como si supiera lo que estoy pensando.

Ay, madre. Este tío es más ilegal que todo este local de juegos clandestinos.

Se barajan las cartas y se reparten dos a cada jugador. Las miran detenidamente y hacen sus apuestas. Siguen un orden, pero no tengo idea de cuál es. Lo más seguro es que esté relacionado con la insignia blanca de plástico que hay en la mesa. Ya lo averiguaré; eso suponiendo que mi acompañante dure el tiempo suficiente.

Observo cómo Ojos Plateados revisa sus cartas para ver qué tiene. Las desliza por el tapete de fieltro con un suave movimiento, echa la espalda hacia atrás y se cruza de brazos; es imposible leer su expresión mientras estudia a sus rivales hasta que… me mira a los ojos.

Esta vez no sonríe.

Y eso me pone nerviosa.

No aparta la mirada. Intuyo que sabe que me siento violenta pero no le importa. Noto un calorcillo en la boca del estómago cuando le devuelvo la mirada. Me quedo muy quieta y trato de fingir que no me afecta. Pero ¿cómo no me va a afectar? Si le afecta hasta a mi acompañante, que está bastante nervioso a mi lado.

Al fin, Ojos Plateados rebusca entre su montón de fichas y echa la mitad de su dinero al bote.

Algunos se retiran. Uno o dos dicen: «No voy». Mi pareja agrega a regañadientes la mitad de sus fichas y dice: «Voy».

Enseñan las cartas. Mi acompañante pierde y Ojos Plateados gana con un trío de reinas.

No paso por alto la ironía del asunto.

Se vuelven a repartir las cartas.

Intento no mirarlo, pero juega otra mano y, acto seguido, se limita a observarme. Es intimidante. Tiene una mirada penetrante y directa, y muy tangible. La noto en la cara. Su masculinidad hace que mi feminidad cobre vida.

Menos mal que estoy sentada, porque si estuviera de pie me flaquearían las rodillas y quizá me pondría en evidencia.

Rachel sabría manejar a un semental tan sexy. La rondó el picaflor más famoso de la ciudad, Malcolm Saint, y no se rindió a sus atenciones. Al menos, durante un ratito. En cambio, yo llevo tres minutos y ya he mojado las bragas.

Este tío… Estoy convencida de que tiene a todas las que quiere. Las camareras que deambulan por el almacén no dejan de mirarlo con interés, pero él las ignora. Asimismo, juraría que está muy interesado en jugar a las cartas con mi acompañante, al que parece ponerlo nervioso que toda la atención de Ojos Plateados recaiga sobre él. La tensión ha aumentado de manera considerable.

Algunos jugadores se retiran como si presintieran que la timba consiste en algo más que ganar fichas. Ojos Plateados estudia a Carson y, a continuación, acaricia sus fichas con aire pensativo y las apila. Mi acompañante, que sigue inquieto, tira su pequeña pila.

Me apresuro a mirar hacia otro lado, avergonzada.

—¿Juegas? —me pregunta un señor mayor mientras gira tres fichas cerca del tapete.

—No. —Parezco demasiado esquiva—. Bueno, podría jugar. —Cualquiera tiene derecho a perder dinero aquí, ¿no?

—¿Quieres hacer una apuesta al margen? —Como no contesto, añade—: Tu novio se va a quedar sin blanca en cinco manos o menos.

—No es mi…

—Subo —anuncia por fin Ojos Plateados, que interviene en el momento justo. Reclama atención y la consigue. Los demás jugadores se ponen alerta.

Mi acompañante tartamudea:

—No… No puedo igualar la apuesta… Me he quedado sin fichas.

Ojos Plateados se vuelve hacia mí despacio. Su rostro es un enigma.

—La chica.

Pongo los ojos como platos.

Mi pareja me mira con unos ojos igual de abiertos.

Me da un vuelco el corazón.

Me levanto como puedo, pero Carson me agarra del codo.

—Quiere que te quedes —refunfuña—. Me está obligando a apostarlo todo.

—Pues yo diría que a la que está obligando a jugárselo todo es a mí. —Bajo la voz para añadir—: Mira, me da igual quién…

—Las tengo buenas. Por favor. —Carson me enseña sus cartas con disimulo. Tiene un full. Parece desesperado. Me da pena y me molesta a la vez porque este tío juega en otra liga—. Anda, Wynn.

Ahora sí se acuerda de cómo me llamo, el muy imbécil.

Me siento.

El Tahúr Misterioso y el viejo hablan sin palabras. El segundo hace un gesto de desaprobación con la cabeza y abandona.

—Si tú lo dices…

No oigo que se digan nada más.

El tío de enfrente me pone nerviosa. Ya no me observa a mí, sino a Carson, pero yo no puedo dejar de mirarlo a él, a Ojos Plateados. Tiene esa clase de boca rígida que te hace preguntarte cómo sería probarla, una mandíbula marcada y… ¡Frena, Wynn! Nada de hombres, ¿recuerdas? Salvo para el sexo, ¡y no te vas a acercar a Casanova!

Me muerdo el labio inferior y finjo que el tipo que tengo delante no me estresa tanto como a mi acompañante.

Cuando todos menos Carson se retiran, mi pareja enseña su mano y el tío gira las cartas y se cruza de brazos. Tiene una escalera de color. La más alta es un as.

Parpadeo.

¿Qué demonios acaba de pasar?

¿Mi acompañante ha perdido y me ha vendido a este tío en el proceso?

Le brillan los ojos, triunfantes.

—Trae la silla aquí —me pide mientras señala su lado con la cabeza.

No tengo ni idea del lío en el que me he metido, pero decido que librarme de él es mi mejor baza. Me levanto, me doy la vuelta dispuesta a marcharme y le digo a Carson:

—En serio, no voy a…

Ojos Plateados se pone de pie, rodea la mesa y, de pronto, su pecho es un muro con el que casi choco cuando intento irme.

—Quédate —me ordena en voz baja mientras me toma de la muñeca con calidez y fuerza.

Cada parte de mí nota su contacto.

Me zafo de su agarre. Me escuece la muñeca y me preocupa un poco el efecto que ejerce sobre mí.

Es tan alto que tengo que estirar el cuello hacia atrás para mirarlo.

—Mi acompañante me habrá ofrecido, pero yo no estaba de acuerdo.

—¿Cuál es tu precio? —pregunta.

Qué bien huele, Dios: a jabón, colonia y a aroma de triunfador.

—¿Mi precio para qué?

—Para que aposentes tu precioso culo en la silla, a mi lado, y juegues.

Yo exhalo.

—¿Y ya está?

—De momento. —Vuelve a esbozar una sonrisa tenue y en mi cuerpo se despierta la lujuria. Mierda.

He visto Una proposición indecente. Para ser sincera, hubo un tiempo en que me gustaba mucho Robert Redford. Culpo a Hollywood y a mi subconsciente por hacerme creer que no sería mala idea hacer lo que me pide. Al fin y al cabo, solo accedería a poner mi «precioso» culo en la silla y a jugar. ¿De verdad piensa que tengo un culo precioso?

—Vale —digo sin pensar.

El tío hace un gesto al camarero para que ponga mi silla junto a la suya y luego me lleva allí para que me siente. Se coloca a mi lado. Tiene un cuerpo muy masculino, va vestido de negro y desprende una fragancia muy sensual. Les pide que repartan. En cuanto acaban, empuja el montón de cartas hacia donde estoy yo.

—Juega.

—¿Cómo?

Mis ojos se encuentran con esos infaliblemente directos ojos plateados.

—Ya me has oído.

—Tú estás loco.

Se reclina en el asiento y entrelaza las manos detrás de la cabeza.

—Me han dicho cosas peores.

—Lo siento, Wynn —se disculpa mi acompañante mientras se levanta para irse.

—Wynn —repite con ese timbre grave y engolado.

Me vuelvo para encararlo y me sonrojo.

—No me llames así.

—¿Por qué no?

—Porque es mi nombre y yo no sé el tuyo. Estoy en clara desventaja.

—Playboy.

—¿Eh?

—Que lo llaman Playboy —me explica mi pareja antes de que lo acompañen a la puerta.

Playboy sonríe.

Me quedo a cuadros y niego con la cabeza sin dar crédito.

—Joder, mi suerte con los hombres está peor que nunca.

—No te estreses. No pago por echar un polvo. Corrígeme si me equivoco, pero te acabo de librar de la cita más aburrida de tu vida.

—No ha sido aburrida porque estabas tú.

—¿Acaso soy interesante?

—No. Tienes más pinta de haber salido de… una peli de miedo.

—Juega ella por mí —les informa a los demás—. ¿Os parece bien a todos que le diga qué hacer?

—Te toca, Playboy —aceptan al unísono.

Da un golpecito con el dedo en el tapete de fieltro verde y ladea la cabeza para verme las cartas.

—A ver qué tenemos.

—Será qué tengo —replico.

—Lo tuyo es mío —me susurra al oído mientras le enseño las cartas y él las mira detenidamente.

Me indica qué cartas debo devolver y cuántas debo pedir. Hago lo que me manda y aun así acabo con una sola pareja.

—¿Por qué estoy jugando a esto? —le pregunto a su perfil cuando perdemos y nos reparten otra mano.

—Porque estaba perdiendo hasta que has llegado.

—Y ahora también.

Me observa pensativo y luego se centra en las cartas que tengo en las manos.

—Está claro que necesitas clases. —Me quita las cartas y se pone a jugar—. Quédate ahí y no me distraigas. Distrae a los demás.

Como su tono no admite discusión, jugueteo con mi pelo y me enrosco los mechones sueltos en el dedo índice mientras miro fijamente a los demás el tiempo justo para que alcen la vista.

—Pensándolo mejor, olvida lo que te he dicho.

—¿Cómo? Quien te entienda que te compre. —Lo fulmino con la mirada y él a mí.

—Ahora mismo no me entiendo ni yo. Deja de toquetearte el pelo.

Gana esta partida y las ocho siguientes. Tiene tantas fichas que los gerentes del local le traen las de mayor valor para que no se quede sin sitio en la mesa.

Cuando terminan, los hombres que nos acompañan empiezan a dispersarse por la sala y nosotros nos quedamos sentados. Nos han traído otro whisky, hemos girado las sillas y casi estamos cara a cara. Se interesa por mí.

Me encojo de hombros.

—Ya sabes que me llamo Wynn. Tengo treinta años. Soy galerista. Acabo de salir de una relación y paso del amor por completo.

—Hum. Creo que te estás saltando las mejores partes. Como por ejemplo qué haces aquí.

Tomo un sorbo despacio.

—Reconozco que te lo montas de maravilla. Pero aún no me explico qué hago aquí.

—¿Esperas que me crea que no sabías que estaría aquí?

—¿Perdona?

—¿Esperas que me crea que no me deseas y que no querías captar mi atención? Admito que eres ingeniosa. Tengo curiosidad.

—Serás creído. Pues no. Eres demasiado desvergonzado como para presentarte a mi madre. Pero estoy decidida a vivir nuevas experiencias… —Juro que voy a improvisar sobre la marcha—. Y más ahora que acabo de salir de una relación de cuatro años —me explayo—. Usaré a los tíos igual que hacen ellos con nosotras.

—Ah, ¿sí?

—Pues claro. ¿Alguna vez te has preguntado por qué tienes a tantas mujeres a tus pies? —Señalo a la camarera que está hecha polvo y que me lanza granadas con los ojos desde lejos.

—No duermo por las noches de tantas vueltas que le doy. —Se divierte. A mí también me hace gracia la manera en que se burla, pero sigo.

—Bueno, pues es porque sabes jugar. Quiero verte. Así sabré cuándo juegan conmigo —le digo.

—Ah, ¿sí?

No se lo cree.

¡Que se está riendo por dentro! Hay que joderse.

—Sí, tal cual te lo digo. ¿No me crees?

Sonríe divertido.

—Las palabras están ahí, pero no me creo ni una que salga por esa boquita tan bonita que tienes.

Su forma de mirarme la boca hace que el calor y el ansia se asienten en mis entrañas.

—Joder, pues sí que estás curado de espanto. ¿Qué crees que quiero? —contesto.

Se rasca la barba de un día en la oscuridad y el sonido áspero que produce es muy sugerente.

—Sea lo que sea te lo daré.

—Vale —digo a sabiendas de que no tengo nada que ocultar—. Averigua qué quieres y deja que me entere de lo que necesito: cómo juegas con las mujeres.

—Me parece a mí que no, Pelirroja.

—¿Ni siquiera después de vestirme como una puta para entrar aquí? —le pregunto para chincharlo.

—Mira a tu alrededor, Pelirroja. Eres como un monje en un local de striptease. Eres la puta más conservadora que he conocido.

—Ah, así que tendría que haberme subido el dobladillo un poco más. Déjame que vea cómo cortejas a una mujer. A la que sea. Llama a alguna.

—¿Quieres verme cortejar a una mujer? —pregunta, incrédulo.

—Sí. —Examino a la multitud y localizo a una camarera muy seductora que lo ha rondado todo el rato como loca y que se moriría de felicidad en este momento, seguro—. Esa.

—No quiero cortejarla.

—Vale, pues ¿a cuál entonces?

Me mira fijamente.

—Yo no cortejo, Pelirroja.

—Pero juegas para echar un polvo, así que hazlo ahora.

—Esta noche no.

—¿Por?

Se encoge de hombros.

A continuación, estira el brazo para que me levante y me pone la mano en la parte baja de la espalda mientras me conduce a otro sitio. Voy a perder el juicio y los nervios. No lo entiendo.

—¿Por qué no? —murmuro jadeante.

—Eres Wynn Watson, ¿no? La galerista aficionada a las citas.

—¿Cómo que aficionada a…? —¿Cómo sabe mi apellido? Y entonces caigo en la cuenta.

Estoy estupefacta y he perdido el juicio; a mi cerebro le hace falta un momento para reorganizarse.

—Eres Cullen Carmichael. El tahúr que sigue el mismo modus operandi para acostarse con todas, antimonógamo y hermano del prometido de mi mejor amiga Livvy.

—La vida te da sorpresas. —Me observa, me abre la mano y me pone una ficha de diez mil dólares en la palma—. Para ti, princesa. No te lo gastes todo de una vez. Guárdatelo para nuestra próxima partida.

—No, gracias. A lo mejor lo invierto. Puede. Le diré a tu hermano que me aconseje sobre cómo invertir propinas.

—De nada.

—Eso digo yo: de nada.

Se le escapa una risa sorprendentemente suave cuando ladea la cabeza y me estudia.

—Gracias —dice en tono serio, y me besa en los labios—. Anda, sé buena y vete a casa —añade a la vez que me da un cachete en el culo.

—¿A qué ha…? ¿Me estabas cortejando?

—Yo no cortejo.

—¿Estabas jugando…?

—Ya te avisaré cuando empiece el juego. Ahora vete a casa.

Abre la puerta de un Uber que parece salido de la nada. Y como ya son las tres de la mañana, no se lo discuto y me tambaleo un poco cuando entro para volver a casa.

Maldito Cullen Carmichael. Es obvio que ha venido por la boda y yo no he sabido sumar dos y dos. Seré tonta. Madre mía, si ni siquiera podía juntar las piernas con él delante.

No doy crédito a cómo me ha comprado. Como… a un coche. Como si me mereciera, como si pudiera conseguir lo que le diese la gana. Tiraba las fichas a la mesa como si no valieran nada y se desprendía del sueldo de toda mi vida en una sola jugada.

Le doy la vuelta a la ficha y enciendo la luz del móvil para examinarla.

¡Diez mil dólares!

Me pregunto qué pasaría si me enseñase a jugar con mi dinero. Por fin acabaría de pagar mi préstamo comercial tras años y años renegociando prórrogas.

Qué va. Lo perdería todo, y entonces ¿qué? No me gusta el juego. Es una frivolidad como la copa de un pino. Creo en el trabajo, no en la suerte.

Tampoco creo en el amor… O eso me digo a mí misma.

Incluso ahora estoy tentada de fantasear con cómo sería hacer el amor con Cullen Carmichael; pensarlo me deja sin aire. Basta, Wynn. Deja ya de idealizar a cada hombre que conoces. No valen la pena. Ni uno, y menos si lo llaman Playboy.

* * *

La euforia de la noche y mi sonrisa se desvanecen en cuanto pongo un pie en mi piso (el que alquilé después de mudarme de casa de Emmett). En ocasiones, el dolor me agobia tanto que me retuerzo mientras duermo. Las noches son horribles. La soledad y el vacío están por todas partes. En la almohada sin dueño que tengo al lado. En las sábanas, que solo están calientes bajo mi cuerpo En el ominoso silencio de mierda que reina en el piso.

Pero las mañanas no son mucho mejores. Por alguna razón, bajo la guardia de noche. Me relajo (a veces). Me despierto en la comodidad de mi cama y miro el ventilador blanco que hay en el techo y que tan bien conozco. Y, por un momento, estoy bien. Hasta que recuerdo que ya no me desea. Y la tortura empieza de nuevo. Me obligo a salir de la cama, a vivir, pero a duras penas. Me obligo a comer; a comer, no a saborear. Me obligo a ducharme, a mojarme para luego secarme. A vestirme, a fingir que soy normal. Que soy persona. Me obligo a seguir adelante cuando una parte de mí todavía está atascada en el día que se me vino el mundo encima cuando me dijo que ya no estaba enamorado de mí. Amor. Amor verdadero. Felicidad. Un futuro, la sensación de que nos completábamos. De eso ya no queda nada.

Los fines de semana son lo peor. Al no trabajar, no me distraigo y pienso en ello. Le doy vueltas en la cabeza, tal y como haría alguien que ha sufrido una conmoción, con el objetivo de encontrar una nueva pista. Alguna señal de que se mascaba la tragedia.

No duermo bien. Al día siguiente me relajo mientras me tomo un café al mediodía y ojeo las noticias en el portátil. Me da miedo la boda de esta noche. Ni siquiera es la ceremonia en sí. No del todo. Es el recordatorio de lo que tengo aquí y ahora. En el presente. Y de lo que no tengo. El hecho de no prever ningún futuro (no uno romántico, al menos) es deprimente hasta decir basta.

No estoy sola. Sin duda, hay un millón de mujeres más en el mismo barco. Despertaron esta mañana solo para darse cuenta de que el resto de sus vidas no será como esperaban. Hoy es diferente porque su final feliz se ha fundido en negro.

Hoy es un día en negativo.

Estoy exasperada, como si ya hubiera estado aquí y hubiera hecho esto tantas veces que ya ni siquiera va de promesas rotas y esperanzas truncadas. Va del tiempo perdido y de los sueños desbaratados.

Por suerte, todavía me queda la galería; la Galería de la Quinta Avenida.

Me gusta cómo suena. Se le ocurrió a Pepper, también conocida como la ayudante más increíble del mundo.

Le doy un sorbo a mi café cuando oigo un ruido de llaves y aparto la taza al tiempo que dos de mis mejores amigas, Gina y Rachel, irrumpen en mi casa.

—¡Si es que lo sabíamos! Sabíamos que no te estarías arreglando. —Rachel y Gina, una rubia y la otra morena, ambas felizmente casadas, cierran de un portazo y entran como un huracán.

—Os dije que os llamaría si necesitaba ayuda —protesto mientras bajan la pantalla del portátil y me ponen en pie.

—No habrías llamado.

—¿Y tú cómo lo sabes? —le pregunto a Gina.

—Porque nunca llamas. Vamos a peinarnos.

Rachel se dirige a mi armario, toma un jersey y un pantalón de chándal y me los trae.

—Venga, que te van a dejar guapísima. Así, cuando veas a Emmett esta noche, le restriegas por toda la cara lo que se pierde.

—¡Que anoche volví tarde y no he dormido casi nada! ¿No podemos dejarlo para luego? ¡No estoy depre, lo juro!

—Ya veremos —dice Rachel, incrédula, mientras me pone ropa encima.

—Uf, os odio.

—Nos amas.

Gruño y me cambio de ropa.

—Pues sí —admito—. Pero, para que conste, soy una preciosa chica soltera que tiene las riendas de su vida. Ayer vendí dos cuadros y anoche tuve una cita. Voy por buen camino —les cuento.

—¡No me digas! ¡Qué bien, Wynn! —Rachel abre los ojos como platos de la emoción y casi salta mientras aplaude la noticia. Entretanto, Gina me acerca las deportivas y el bolso.

—¿Y vale la pena? —me pregunta esta sin mucha confianza.

—Qué va, para nada. Me vendió. —Llevo la taza vacía al fregadero y la lavo antes de salir.

—¿Que qué?

—Que me vendió. Era un juego. Y conocí a otro chico. No me lo esperaba, pero… bueno, estaba buenísimo. Así, por lo menos, mis hormonas estuvieron entretenidas.

—¿Que estaba cómo? ¡¡Wynn!!

Su emoción me hace sonreír, pero no les revelo nada más. Primero, porque lo más probable es que se preocupen, y no tienen por qué preocuparse por mí y Cullen. ¡De verdad! No me voy a colar por un tío así; no me voy a colar por ningún tío, punto. Y segundo, porque Cullen Carmichael parece el secretito obsceno de alguien, y, por alguna extraña razón, ahora me pertenece.

2. Cuatro iguales

Quedamos con Livvy en el exterior de Accents, una de las peluquerías más selectas de la ciudad, y Alessandra, la dueña, nos hace un gesto para que entremos.

—Pasad, ahora os atiendo. —Señala a otras peluqueras.

Normalmente está a rebosar y, al ver que no hay más clientas, las cuatro reparamos a la vez en que Callan, el prometido de Livvy, tiene la intención de mimar a su futura esposa y a sus amigas para que nos creamos que somos las únicas mujeres del planeta.

—¿Tú lo sabías? —pregunta Gina a Livvy mientras la mira del todo asombrada.

Rosas blancas impregnadas de lavanda llenan la estancia. Son bonitas y tienen un tono delicado y suave.

—¡Qué va! —exclama Livvy mientras ríe con regocijo. Se detiene el tiempo justo para arrancar una rosa de un arreglo floral. La huele con aire soñador y yo me tomo una suculenta trufa.

—Alguien va a mojar esta noche —bromea Gina.

—¿Qué clase de unión sería si Livvy no fuese a mojar esta noche? —apostillo con una risita.

—Me refería a Callan —aclara Gina con una sonrisa de satisfacción, y yo me río todavía más.

Pero, de pronto, noto una punzada en el estómago. Como si se me hubiese abierto un agujero negro por dentro y hubiese un vacío.

No quiero estar celosa de mis amigas. Son estupendas y quiero estar a su lado cuando me necesiten. Es verdad que a veces también desearía haber encontrado al hombre definitivo, pero eso no significa que nunca vaya a… ¿No? Malcolm besa el suelo que pisa Rachel. Tahoe come de la mano de Gina de lo pillado que está. Y Callan adora a Livvy y acostumbra a prepararle las mejores sorpresas, como una romántica luna de miel en un destino desconocido.

A ellas les ha tocado la lotería con estos hombres, pero yo me he llevado el gordo con mis queridas e íntimas amigas.

—¡Que empiece la fiesta! —exclama Gina mientras gira en la silla de la peluquería.

Aparece un camarero con champán. Acepto una copa y me la bebo de un trago como si el alcohol estuviese en mi orden del día. Pues sí. Lo voy a necesitar.

Rachel propone un brindis.

—¡Por el amor y los hombres de pecado!

Mientras chocamos las copas me asalta un pensamiento que me estremece.

No pienso en los hombres de pecado que cortejaron a mis amigas y las llevaron a comprometerse de por vida. Mis pensamientos van más allá, son más picantes y disparatados.

Ojos Plateados. Mandíbula de ensueño. Temperamento inquietante.

El tahúr sexy es complicado.

Fascinante. Electrizante. Muy carismático.

Estoy tan sumida en los recuerdos de anoche que casi no noto que tengo a la peluquera detrás.

Me recoge el pelo por la nuca.

—¿Quieres algo delicado y sexy o algo elegante y atrevido? —Mientras medito su pregunta, añade—: La contradicción natural es una forma sutil de tener a los hombres a la expectativa.

—¿Ves? —le digo a Gina con una sonrisa de suficiencia—. Ya sabes por qué voy a ir sin pareja.

Gina se gira y mira a su peluquera.

—Nos haremos lo mismo que Wynn. Que la novia sea la única que vaya como se espera.

—Livvy es de todo menos previsible —digo entre risas mientras la miro. Su peluquera ya está haciendo maravillas con su precioso pelo rubio. Es la más habladora y simpática de las cuatro, y hoy no es una excepción, pues se ha puesto a contarle a la peluquera cómo se lo pidió Callan.

Pensar en la pedida me hace pensar en su prometido, y pensar en Callan me hace pensar en su hermano.

Uf. A Ojos Plateados le encantaría saber que estoy pensando en él.

Anoche, ese hombre exasperante a la par que atractivo hizo que me olvidase de todo. Mostró interés por mí, me hizo jugar con él al póquer e hizo que me sintiera integrada. ¿Cuándo me ha hecho sentir Emmett que encajo en un sitio? Pero, ¡si ni siquiera me quería en su cocina! Y por esto no debería haber tenido una cita anoche. Tengo que olvidarme por completo de los hombres y centrarme en mi galería, la Galería de la Quinta Avenida, mi único y verdadero amor.

—Piensas demasiado —me susurra Gina discretamente. Se coloca un mechón oscuro detrás de la oreja. Le dice algo a su peluquera y acto seguido se levanta de la silla para ver cómo me están dejando—. Nos estamos emperifollando para la fiesta de nuestras vidas. Y ya te digo yo que lo será. Ay, mi perita en dulce.

—¿A qué te refieres? Pues claro que soy una perita en dulce. ¿No ves que soy la única que sigue soltera?

—Pero estarás para comerte y Emmett se subirá por las paredes.

—Pasa de ese idiota que cocina fatal. Sin ánimo de ofender, Wynn. Solo me comía lo que preparaba por ti —dice Rachel con picardía mientras se acerca. Está tan despampanante como siempre—. Estás mejor sin él, te lo digo yo. Cuando aparezca el indicado, no te cabrá duda de que es él.

—Bah, ya casi me da igual. Después de la cita de anoche he decidido que debo centrarme en el trabajo y olvidarme por completo de los hombres.

Cuando me pregunto si Ojos Plateados irá acompañado, dejo de divagar y me fijo en Livvy, que se aleja de su silla. Está peinada a la perfección y lista para que le pongan el velo.

—Pareces un ángel —le digo ahora que la tengo cerca mientras le tomo la mano—. Callan se va a quedar sin habla en cuanto te vea.

—Vas a hacer que me ponga roja —se queja mientras se abanica la cara.

—¡Te va a hacer llorar! —exclama Rachel, y la abraza.

—¡Cuidado con el pelo! —grita Alessandra.

—Te va a encantar —le aseguro.

Mientras colmamos de halagos a Liv, pienso en Callan y en lo mucho que la quiere. No le habrá resultado barato alquilar la peluquería de Alessandra, seguro, pero no lo ha hecho para impresionar a los demás. Quiere que sea un día memorable para Livvy.

—¿Qué? ¿Estás contenta? —le pregunta Gina.

—¡Estoy que no quepo en mí! —Mientras espera a que le hagan la manicura, enumera las cosas que ha pensado Callan para su futuro juntos—. Quiere que nos compremos una casa en el campo para huir de la ciudad de vez en cuando… Y no deja de repetir que quiere niños. —Guarda silencio y me mira con preocupación.

Parpadeo al darme cuenta de que se contiene por mí. Porque sabe que yo siempre he querido… esto. En ocasiones, a una parte de mí le duele oír esas cosas porque me parece que están totalmente fuera de mi alcance. Pero, por otro lado, si no las oigo, me perderé lo más destacado de la vida de mis amigas, y no puedo permitirlo. ¿Qué clase de mejor amiga sería si no me quedase a verla partir hacia el horizonte al atardecer a lomos de su blanco corcel? Quiero saber cómo acaba la historia. Necesito verla emocionada, quizá eso me devuelva la fe.

—Tú sigue —la animo con una sonrisa. Le agarro la mano y se la estrecho para que sepa que me alegro por ella y que no me perdería su gran día por nada del mundo.

No miento. Aguantaré, aunque me vaya la vida en ello. Tendré champán a mano y, si se presenta Emmett, daré buena cuenta de mi copa.

3. Convite

Cinco horas después, estamos en la boda, nosotras y nuestros magníficos peinados. Me encuentro en un jardín de rosas con las demás damas de honor, mis hermanas de diferentes madres. Los arbustos son tan frondosos que solo alcanzamos a ver a los hombres fugazmente.

Me pongo de puntillas para buscar a Ojos Plateados, pero no lo localizo, así que me obligo a echarme atrás. Total, la mayoría ya están casados.

Callan está espectacular. Entre el cuello en pico, la pajarita y el esmoquin negro, parece preparadísimo para dar el gran salto; el valiente paso que muchos hombres no logran dar.

El que Emmett evitó a toda costa.

Callan no se parece en nada a Emmett.

Se lo ve… entusiasmado. Creo que Callan quiso casarse con Livvy desde la primera vez que la vio. Ahora espera al amor de su vida, y sé que ella se muere de ganas de lanzarse a sus brazos.

Liv está preparadísima para su gran día. Callan está guapísimo, pero Livvy está deslumbrante.

Suena la música.

Por un instante, me entra el pánico. Se me van a doblar las rodillas antes de llegar al arco cubierto de hiedra que conduce a los jardines en los que tendrá lugar la ceremonia.

Antes de que ocurra, tengo a Cullen al lado. Lo siento con solo verlo. Enlaza su brazo con el mío y, de pronto, me envuelve su calor.

No vino al ensayo de la semana pasada. No sabía que me llevaría él.

En teoría iba a ir sola. De repente, agradezco que me acompañe alguien, pero no se lo diré.

Me aferro más a su brazo cuando Cullen murmura:

—Pensaba que Livvy y tú erais mejores amigas.

—Y lo somos.

Todavía con la vista al frente, alza una ceja.

—¿Y nadie te ha dicho que es de mala educación que la dama de honor vaya más guapa que la novia?

Me arde la piel. Me quema a fuego lento y de dentro a fuera. Estoy incómoda, pero necesito oír más. Me pregunto si Playboy tendrá otra jugada en su manual.

Mientras seguimos a Gina y Tahoe al mismo ritmo, me roza el dorso de la mano con los dedos. Su contacto hace que me estremezca, pero me mantengo serena y tranquila.

—Deja de cortejarme —susurro.

—Eso fue anoche. Hoy empieza el juego. Te estoy seduciendo.

—¿Aquí? —Hago una pausa y él me ayuda a reincorporarme a la marcha—. Para.

—No puedo evitarlo.

—No te va a funcionar.

—Lo hará.

Llegamos al final de nuestro paseo juntos.

—Ya veremos. —Nos separamos.

Cullen se pone al lado de Callan. Me giro de golpe para esperar a la novia; nuestro breve encuentro me ha dejado sin aire.

Nuestras miradas se cruzan y se encuentran de nuevo. Como no pare seré un manojo de nervios húmedo para cuando declaren a Callan y Livvy marido y mujer.

Observo a nuestras amigas dirigirse al altar para situarse junto a Callan y Livvy.

Está todo el grupo.

Eso es lo que me gusta de nosotras, que nos desvivimos por las demás.

Miro a Cullen a los ojos, no sé por qué. Será que soy masoquista. A lo mejor lleva un amuleto en el bolsillo. Bajo la vista. Cuando me doy cuenta de lo que hago, miro arriba enseguida.

Se le crispan los labios y maldigo mi existencia. Me estoy follando a un tío con la mirada en la boda de mi mejor amiga. Peor todavía: estoy pensando en acostarme con el hermano del novio.

¿Se puede caer más bajo?

La multitud empieza a murmurar. Aparto la mirada de él.

Rachel y Saint se hallan bajo el arco. Están tan impresionantes juntos que casi les roban el protagonismo a los novios cuando Rachel le da la mano a su niño de tres años, y su niña, a la que su padre lleva en brazos, señala a Saint y dice: «Papi».

Les hacen fotos. Una famosa bloguera de estilo de vida garabatea unas notas y una periodista del Times hace una foto con su teléfono inteligente y envía un correo electrónico a toda prisa. La hija de Malcolm y Rachel, que todavía le da golpecitos a su papi, ha causado sensación.

Se oyen unas débiles risitas. Cullen la observa divertido.

Ahora sí que me ha conquistado.

Mientras esperamos a la preciosa novia de Callan, una orquesta completa toca «Never Tear Us Apart». Qué bonito. Es absolutamente perfecto.

Oír a Livvy y a Callan pronunciar sus votos me hace llorar. Él dice que quiere regalarle el mundo y que es lo más importante de su vida. Y, vete a saber por qué, sigo llorando cuando da comienzo la marcha nupcial.

Lloro porque estoy feliz por ellos y triste por mí.

Lloro porque hace solo unos meses me imaginaba que algún día estaría ante el altar con el hombre que me amaba; un hombre con los ojos, el pelo y la cara de Emmett. Y que él pronunciaría sus votos.

No me creo que me esté pasando esto; que sea la única soltera de mis amigas. Que no solo ya no esté con Emmett, sino que no crea ni por un segundo que el sueño de casarme y de amar y ser amada «hasta que la muerte nos separe» se vaya a hacer realidad.

Durante el banquete, me dirijo al baño para empolvarme la cara y me reprendo. «No seas llorona, Wynn. Es el gran día de Livvy. Alégrate por ella. Distráete y no pienses en Emmett».

Es más fácil decirlo que hacerlo… hasta que llega él.

Cullen.

Lo localizo y, por alguna extraña razón, ya no tengo ganas de llorar, sino de estar deslumbrante.

No sé por qué, tal vez sea para que le salga competencia.

Es que está como un queso.

Le digo a Rachel en voz baja:

—Si aparte de jugar al póquer es bombero, préndeme fuego, ¿vale?

Se echa a reír y procede a observarlo con ojo experto. Está casada con el hombre más atractivo de todo Chicago, así que… sabe de qué hablo.

—Sí. Está buenísimo. —Le da un sorbo a su vino. Le brillan los ojos mientras lo miramos—. Pero no te acerques a él.

Quiero lamerme los labios y una imagen de mí lamiéndole los labios a Cullen me asalta.

¿En qué estoy pensando?

A decir verdad, no sé si quiero venderle mi alma a Cullen Carmichael, pero me entra un calor de mil demonios cuando lo miro. Hasta la camisa que lleva debajo de la chaqueta del esmoquin es negra, y ese color le sienta de maravilla.

No le quito ojo durante el banquete, que de pronto se traslada al interior porque empieza a llover.

Vigilarlo no es mi intención. Pero una parte de mi subconsciente siente la curiosidad justa como para percatarse de que solo bebe agua, se ha fumado medio puro porque los padres de Livvy le han obligado a apagarlo y se ha reído una vez; una risa que iba dirigida a su hermano por adular a su mujer, así que ni siquiera estoy segura de que eso cuente como risa.

Después de echarle miradas furtivas durante un rato, reparo en que le estoy prestando demasiada atención, por lo que me esfuerzo por ignorarlo… hasta que llega mi ex.

Emmett.

Mi exnovio, que es escoria, bueno, no es escoria, solo es el tío que me rompió el corazón en un montón de pedazos tan diminutos que no consigo que vuelva a tener su forma original porque algunos de los trozos no se ven ni con lupa.

Localizo su cabeza rubia al fondo. Está saludando a Callan y Livvy.

Emmett tiene un aspecto impecable mientras abraza a Livvy y un tornado despierta en mi estómago. Con la intención de alejarme lo máximo posible, llego a las mesas. Entonces veo el nombre de Emmett en la tarjeta de comensal que hay justo al lado de la mía. Parpadeo y vuelvo a mirarlas.

¡No, no, no, Emmett a mi lado no!

Ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir. Ya hemos hablado de todo lo que teníamos que hablar.

HEMOS TERMINADO.

Echo un vistazo a mi alrededor, presa del pánico, y veo que mis amigas están ocupadas charlando con sus maridos o mezclándose con los demás. Vuelvo la vista hacia la tarjeta, sorprendida de que esté ahí, y sé que no es culpa de los novios. Han estado realmente ocupados con los preparativos; a la organizadora no le llegaría la nota que decía que habíamos roto hacía tres semanas.

Así que hago lo que haría cualquier chica. Busco el nombre de Cullen en la mesa de enfrente y cambio su tarjeta por la de Emmett.

Así no solo me libraré de estar sentada al lado —justo al lado— del hombre al que amé durante cuatro años y que me rompió el corazón, sino que tendré la oportunidad de sentarme junto a un tío que parece estar soltero (lo cual es un suponer, claro, pero bajo mi punto de vista es demasiado callado y taciturno como para imaginarme a una mujer que quiera estar con él toda la vida). Y, lo que es más importante, me resulta indiferente y no siento la necesidad de impresionarlo.

Así pues, intercambio las tarjetas y observo a Cullen pasearse por la sala luciendo palmito con una bebida en la mano.

No estoy muy segura de si me gusta. No es que sea difícil de mirar, es que no sé si me gusta Cullen. Me pone demasiado nerviosa como para «gustarme», pero me intriga lo bastante como para no habérmelo sacado de la cabeza desde anoche.

Se acerca a mí tranquilamente, lo que provoca que se me acelere el corazón.

Saca la silla con los pies y se sienta. Parece de mal humor. Como si estuviese molesto conmigo, y no sé por qué, si soy yo la que está molesta con él.

Ni siquiera me explico cómo un hombre que desprende tanto calor no derrite el suelo a su paso.

El aire que lo rodea parece inflamable.

—Wynn.

—Cullen.

Se limita a sonreírme.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Que mi nombre no estaba aquí.

—¿Y tú qué sabes? —pregunto.

—Lo he visto antes.

—Uy. —Lo miro sorprendida, su semblante estoico no me dice nada—. ¿Y te parece mal?

Un momento. ¿Que lo había visto? Qué cabrón.

—Fatal —dice con un tono que deja entrever que no habla en serio.

Pongo los ojos en blanco.

—No sé por qué me molesto en hablar contigo.

—Porque tu ex nos está mirando.

Se me para el corazón. No estoy segura de si es porque Cullen se ha acercado un poco más o porque tiene razón. Emmett nos observa.

—¿Y? —pregunto.

—Que todavía lo quieres —declara con una sonrisa mientras sus bellos y pronunciados rasgos se burlan de mí y sus ojos relucientes se mofan—. ¿Qué te hizo? ¿No te compró una obra en esa exposición superimportante?

Ni siquiera conozco a este tío y ya tengo ganas de pegarle dos bofetones. En cambio, le sigo el juego y pregunto:

—¿Te estás cachondeando de mi amor por el arte?

Frustrada, no aguanto más y me voy a por una copa de vino. Sigue mi trayecto con la mirada.

Se me forma un fuerte nudo en el estómago cuando le arrebato una copa a un camarero y vuelvo a sentarme a su lado.

—Lo que yo hago tiene mucho más valor que a lo que te dedicas tú —añado mientras lo miro con el ceño fruncido.

—Se me ocurre algo para demostrar que te equivocas, pero tendrías que venir conmigo a Las Vegas. Así verías cómo consigo un sitio en una mesa de nueve para el campeonato Texas Hold’em.

—No he ido nunca a Las Vegas.

—Aunque no estoy seguro de si te quiero cerca en la final. En realidad, no estoy seguro de si te quiero cerca. —Me observa con esos ojos plateados, desconcertantes e impenetrables, y se inclina hacia delante con una mueca pícara en los labios—. Pero has conseguido que vuelva a estar en racha.

—Y tú has sido justo lo que necesitaba para salir de la rutina. Gracias a ti no quiero volver a tener pareja en la vida.

—Me alegro de haberte inspirado, Pelirroja. Tú también me inspiras.

—¿A ti?

—Haces que juegue mejor.

—Ah, sí, cartas. Es verdad, que tu trabajo es mucho más importante que el mío.

—No has jugado lo suficiente para saberlo con certeza.

—Tú tampoco sabes nada de arte. El arte es muy superior.

—Me encantaría estar de acuerdo contigo, pero en ese caso los dos estaríamos equivocados. A mí me gusta más jugar. —Me observa—. Te pasas por mi trabajo, yo te ayudo con el tuyo y luego decidimos cuál es el mejor. Quien gane, se lo lleva todo.

—¿A qué te refieres con todo?

—¿Cien mil dólares? —sugiere.

—¡Sí, hombre! No voy a apostar el dinero que consigo trabajando.

Tiemblo solo de pensarlo.

—No me puedes ofrecer nada más.

Y una mierda. Todos los hombres quieren algo.

—¿En serio? Tienes hambre de dinero, ¿eh?

—Mi apetito no tiene límites.

Eso sí me lo creo. Este hombre apostaría por casi todo.

Al principio me emociona, hasta que pienso en por qué apuesta. Tal vez regenta un club privado y juega con los matrimonios y los divorcios, y con los nacimientos y las muertes. Eso último hace que me cueste respirar. Qué macabro. Y, sin embargo, sé que es verdad. Si se juega una partida o se hacen cábalas, Cullen apostará cómo quedarán.

Y yo me pregunto: «¿Qué querrá apostar conmigo?

—Tú sigue ganándote la vida con las apuestas que llegará un día en que sabrás lo que es pasar hambre.

Pese a lo mucho que me irrita, Cullen Carmichael también me intriga. He pasado casi todo el día pensando en él. Y ahora que me siento a su lado, me comporto como una maleducada. ¿Es porque Emmett nos observa y quiero que sepa que es posible que un hombre se interese por mí, aunque pase de él? ¿Parezco sofisticada o estoy siendo una bruja?

Y, bueno, para empezar, ¿qué le importaría a Emmett?

O a mí.

—¿Cómo puedes odiar algo que no entiendes? —Cullen acerca la silla y pone un brazo en la mesa.

—Entiendo lo justo. Quizá es una forma estupenda de ganarse la vida. —Estupenda para él, supongo, pero yo no voy a vivir así—. La vida de un jugador está llena de altibajos. Un minuto estás forrado y al siguiente, no puedes pagar la luz. ¿Qué clase de vida es esa?

Se hace un largo silencio mientras considera mi respuesta y me suelta sin rodeos:

—Te vienes conmigo a Las Vegas.

—¿Cómo? —Sacudo la cabeza, segura de que nunca me he negado a nada tan rápido como a esto—. No. Olvídalo.

—Es el único modo de demostrarte que te equivocas. —Se reclina en la silla como si ya estuviese decidido—. Los tahúres tienen sus propios «desafíos», pero yo no soy un tahúr. Soy mucho más disciplinado.

—Venga, vale, te escucho.

—El póquer es diferente. Si eres bueno… —me dice mientras me penetra con una mirada que tardaré en olvidar—. Y yo soy… muy pero que muy bueno, puede convertirse en una profesión lucrativa con unos beneficios que te dejarían asombrada.

—Quiero apostar.

—¿Sí?

De pronto, me apetece hacer muchas cosas con y para este hombre, pero jugar no es una de ellas.

—¿No estás satisfecho con todos tus millones y las mansiones que tienes repartidas por el mundo? ¿Quieres un par más?

—Quiero todo lo que se pueda comprar con dinero.

—Bueno, pues yo tengo cosas que no se compran con dinero. Como un canalillo precioso.

—Cariño, veo escotes más pronunciados que el tuyo todos los días. Si te digo la verdad, estoy empezando a desconectar.

Bosteza, y mi ego se resiente.

—Mi culo —suelto—. Tengo buen culo.

Lo último que necesito tras una ruptura horrible es que este tío me genere inseguridades, pero me ha provocado y no puedo quedarme callada.

—Te propongo un reto: si ganas, hago lo que me digas. Y si gano yo, tú haces lo que yo te diga —añado.

—Es demasiado impreciso. Nunca juego sin saber cuál es el premio.

—A ver que piense…

Se humedece los labios con la punta de la lengua.

—Deslúmbrame con un poco de creatividad.

—Te la chupo.

Se atraganta con la bebida y da un golpe con la copa.

—¿Es lo bastante creativo para ti? —Sonrío y me levanto para que se lo piense. Quiero añadir algo como «voy con todo», pues aprendí la expresión en la timba de póquer de anoche.

—Eh, eh. —Se levanta al momento, me agarra el codo para que me gire y se cierne sobre mí—. Entonces, ¿si ganas tú, te lo hago yo a ti? ¿Quieres que te lo coma?

—¿Cómo?

—Di.

Su tranquilidad me deja sin aliento.

Sus ojos, todavía inescrutables, brillan con un nuevo fulgor.

—Mmm, sí, no estaría mal —admito.

Se queda quieto un momento, salvo por el brillo cegador de su mirada, que me hipnotiza. Su agarre es lo único que me mantiene en pie, debido a la sorpresa que me provoca su interés.

No estoy muy segura de si soy atractiva, pero me mira con una fijeza que parece que quiera comerme para desayunar, almorzar y cenar.

—Para —digo con la voz entrecortada.

Me observa, perplejo.

—¿Por?

Resoplo, exasperada.

—Hay gente mirando.

De repente, me doy cuenta de que nos mira todo el mundo. Sobre todo Emmett, que me ojea desde su mesa con expresión preocupada. Hay una mujer sentada a su lado. Puede que no haya venido con ella, pero duele igual, como el hecho de que antes ese lugar me correspondía a mí.

Me apresuro a encarar los ojos plateados que me observan.

—Emmett nos está mirando.

—Que mire.

—No. Vale, no pasa nada —digo más relajada—. Baila conmigo.

—Yo no bailo. Necesito un trago. —Empieza a alejarse cuando se vuelve hacia mí con aspecto desconcertado—. ¿Quieres que se dé cuenta de lo que se está perdiendo? Créeme, lo sabe.

Frunzo los labios y asiento. No sé qué hacer para asegurarme de que no se me ve afectada. De pronto, estoy afectada.

Me dije a mí misma que no iba a contratar a un acompañante para darle celos. Me dije que me comportaría como una adulta. Pero me siento vulnerable e indeseada, como si hubiese hecho bien en dejarme porque ha encontrado algo mejor.

Cullen me mira, y yo arqueo las cejas cuando me pone la mano en el pelo. Se inclina y posa sus labios sobre los míos.

Su beso me embriaga. No tengo ni idea de cuánto dura, solo soy consciente de su nombre y de la humedad, el sabor, el calor y la fuerza de sus labios. Del hambre de su boca.

Se aparta con brusquedad y me deja jadeando. Se le ha acelerado un poco la respiración. Me roza los nudillos con los dedos para alargar el momento y me mira de pasada.

El martilleo de mi corazón se convierte en un estruendo.

El fuego que ha prendido es imposible de sofocar.

Le acaricio el pecho y trago saliva al notar el relieve de los abdominales.

—¿Qué iba a decir? —pregunto aturdida. Niego con la cabeza mientras trato de recomponerme—. Aaah, ya me acuerdo. Ibas a disculparte —miento.

—¿Por?

—Por no bailar.

—No lo siento. Soy el tío que se queda en la barra, no el que sale a bailar.

—Pues entonces por besarme.

Sus ojos se convierten en dos rendijas cuando se concentra en mi boca.

—Tampoco lo siento.

En su expresión no queda ni rastro de la emoción por el beso.

La facilidad con la que oculta sus sentimientos hace que sienta la necesidad de besarlo de nuevo y ver cómo se le intensifica la mirada ​​unos segundos más. Como no me distraiga, me volveré loca.

—Te estás esforzando mucho —le digo de repente—. Me pregunto si de verdad tienes tantas ganas de que te la chupe. ¿Qué tal si te doy un lametón y te dejo con los pantalones bajados?

—No podrás resistirte al sabor.

—Vaya, estás hecho todo un playboy.

—Hago honor a mi nombre.

—Bueno, pues a ver si ganas y te pruebo.

—No me importaría que ganases tú, así soy yo quien te prueba.

Me asalta una sensación súbita de sorpresa seguida de un calorcito cuando me doy cuenta de lo que eso significa.

Me muestra una sonrisa tan brillante como el ocaso. En sus ojos oscuros se refleja una promesa.

De repente, me vuelvo consciente de su presencia y de lo grande que es su cuerpo en comparación con el mío, y me siento cada vez más abrumada cuando me mira fijamente.

Se me remueve todo.

—¿Te vas a llevar el vestido que te pusiste anoche? —me pregunta.

—Sí.

—¿Y las botas?

—Sí, son mis favoritas.

—¿Y lo que te pusiste en las orejas, esas cosas largas de oro?

—Pues… —¿Es consciente de que acaba de enumerar todo lo que llevaba puesto? ¿Siempre se fija en esas cosas?

—Llévatelas también —añade, pues la sorpresa me ha dejado muda.

—¿Te apetece bailar, Wynn? —me pregunta Valentine, uno de los amigos de Rachel.

—Ella no baila —gruñe Cullen.

—Le encanta bailar —lo contradice Valentine.

—Ya no.

¿La temperatura ha bajado treinta grados de pronto? De repente hace frío y los pezones se me han puesto duros bajo el vestido sin tirantes.

Cullen me arrastra de vuelta a la mesa, y noto que Emmett me observa mientras reflexiono acerca de la situación. Cullen y yo nos hemos embarcado en un estúpido juego para valorar el trabajo del otro. Y lo que es más importante: él vuelve a estar en racha y yo he escapado de mi rutina. Y pienso en que voy a estar con un tío con el que no me quiero casar, lo cual es una novedad. Y pienso en que me voy a ir de la ciudad, y cada vez me gusta más la idea.

—Te recogeré a las ocho. Vas a venir a Las Vegas conmigo. ¿Lo has entendido? —dice Cullen.

—Pues claro que lo he entendido, y estoy totalmente de acuerdo. Pero solo puedo estar fuera el domingo y cuatro días entre semana. Luego volvemos y me ayudas con mi exposición. —Siento que he hecho una travesura de la que ni siquiera me arrepiento. Cuando Rachel y Saint me llevan a casa al cabo de unas horas, sonrío.

Hablan de la boda mientras yo miro por la ventanilla y me pellizco el labio inferior.

Ay, madre. Le he dicho guarradas al hermano del novio. Acabo de aceptar irme de viaje con él. Peor aún, ¿también le he exigido que me ayude con mi preciada exposición?

Me pregunto si mis hormonas femeninas habrán asaltado mi mente. Emmett me estaba observando. Nuestra ruptura todavía es muy reciente en mi cabeza, y duele demasiado pensar en ello. He trabajado sin parar, he intentado mantenerme ocupada y distraída para no pensar, para no sentir, y Cullen Carmichael es una distracción tan válida como cualquier otra.

Por no hablar de que estoy deseando ganar el premio. Emmett, pese a ser un chef al que le gusta probarlo todo, nunca bajó al pilón. Debería sentirme insultada. Bueno, y ahora un hombre parece disfrutar con la idea de hacerlo, lo que consigue que vuelva a sentirme deseada.

Me gusta.

Lo necesito.

Aunque decida que no quiero nada como premio.

4. El reto

Al día siguiente, me recoge en un deportivo Mercedes Benz negro. Me resisto a encontrarme con su mirada cuando salgo y él agarra mi equipaje y lo mete en el maletero. Dejo que me aguante la puerta y noto que me observa mientras subo al asiento del copiloto. Recorre con los ojos mi camisa larga rosa y mis sandalias.

Se pone al volante y su colonia se mezcla con el agradable olor que desprende el cuero del coche. Espiro y trato de expulsar su aroma de mi cuerpo. Pero no puedo vivir sin respirar, así que cuando vuelvo a tomar aire, me molesta sentir su aroma otra vez.

Me observa con el ceño fruncido mientras arranca. Lo miro a los ojos y me pregunto qué estará pensando cuando aparta la vista hacia la calle y nos ponemos en marcha.

—¿Le pasa algo a mi ropa? —pregunto.

—No.

—¿Solo no?

Me dirige una mirada de soslayo y me recorre de arriba abajo de nuevo.

—Claramente no.

Yo me ruborizo.

—Así que va en serio: nos vamos a Las Vegas —digo para romper el hielo.

—Eso parece.

Aprieto los labios y los frunzo para no decir nada más.

—Dime cómo te sientes realmente. ¿Qué piensas de mí?

Su pregunta me sorprende. No sé cómo me siento con respecto a él ni por qué su apariencia me cautiva y su mirada me corta la respiración.

La gente no sabe lo adictivo que es el amor hasta que se enamora. Una vez que eso ocurre, esa sensación se convierte en tu droga y te sientes perdido sin ella. Es un sentimiento que no tengo intención de volver a experimentar.

Pero esta distracción de ojos plateados es tentadora.

—Para ti no hay nada sagrado o intocable. Me apuesto a que te jugarías a tu madre si alguien la quisiera.

—¿Qué te apuestas?

Alzo las cejas por la sorpresa. Dios, no tiene remedio. Le pego en el brazo y casi me hago daño en los dedos.

—Deja de intentar que caiga en tu adicción —le pido entre risas—. Estás loco. ¿Por qué te gusta tanto?

Se encoge de hombros.

—Diría que es porque me pone… Casi siempre.

—¿Y cuando no ya se encargan las camareras de Las Vegas de hacer el trabajo?

Arqueo una ceja y Cullen me mira con suspicacia.

—¿Seguro que no has ido nunca?

—Lo sé todo de Las Vegas sin haber puesto un pie en la Ciudad del Pecado.

Nos dirigimos al aeropuerto y aparca el coche delante de un enorme avión blanco con una franja negra y plateada en el lateral. Cullen sale del vehículo mientras un piloto se acerca a buen paso al lado del pasajero y me abre la puerta.

Me quedo boquiabierta cuando contemplo el gigantesco avión. Me obligo a cerrarla cuando Cullen me toma de la mano y tira de mí. Es surrealista que una chica como yo siga a un tío peligroso, misterioso y tan atractivo y se suba a su avión. Ese que, junto con el hombre en cuestión, me alejará de todo.

Por una vez, quiero divertirme. Ser libre. Dejar de notar el dolor en el pecho. Llenar el vacío con lo que sea que me encuentre. No voy a pensar en quién ganará la apuesta. Me alegro de salir de la ciudad. Me alegro de dejar de comerme la cabeza y de darle un respiro a mi corazón.

—Después de ti. —Cullen hace un gesto hacia las escaleras mientras los pilotos llevan nuestras maletas a la parte trasera del avión.

Trago saliva porque, si soy sincera, nunca he estado en un avión de estas características. No puedo creer lo cómodo que es saltarse los engorrosos controles de seguridad del aeropuerto.

Subo al jet privado. Hay ocho asientos de cuero, todos tan anchos como los de primera clase de una aerolínea comercial. Delante de cada uno hay un pequeño televisor y una lustrosa mesa de caoba. No sé dónde ponerme, así que me dejo caer en un asiento de cara al frente mientras que Cullen se coloca en el asiento contiguo. Me pongo el cinturón de seguridad, exhalo y, cuando nuestros ojos se encuentran, me mareo un poco.

Lleva unos vaqueros negros que se le ciñen a los muslos debido a la postura en la que está sentado. Se le marca el paquete.

Levanto la vista a regañadientes con la intención de mirar hacia otro lado, pero mis ojos se quedan clavados en los relieves de sus abdominales, que se intuyen bajo la camiseta negra de manga larga que lleva. Todavía viste por completo de negro; todo él es oscuro, tentador y muy diferente a lo que estoy acostumbrada.

Emmett era rubio y un chef amante de la comida al que le encantaba experimentar. Este tío, en cambio, es todo lo contrario: oscuro como el diablo. Algo en su aparente necesidad de controlarlo todo me hace pensar que es muy disciplinado en todos los aspectos. Incluso en el juego, por extraño que parezca.

—Qué bonito —le digo a la vez que señalo el avión.

—Me gustan las cosas bonitas —afirma mientras me recorre vagamente con la mirada.

Miro hacia otro lado y trato de recobrar el aliento; se le da de maravilla dejarme sin respiración.

—¿Cuántas veces has perdido este avión?

—¿Este en concreto? —pregunta mientras ladea la cabeza con aire pensativo—. Ninguna. ¿Otros como este? —Entorna todavía más los ojos—. Unas seis veces.

—¿Y qué haces cuando te pasa eso? ¿Volar en comercial?

—Pido un préstamo y consigo otro. Uno mejor.

—¿Haces lo mismo cuando pierdes a una mujer?

—Evidentemente —responde con el tono burlón de siempre que me hace dudar de si habla en serio o no. Luego se mueve hacia delante. Sus ojos son insondables cuando me mira fijamente—. ¿No es eso lo que estás haciendo tú?

Silencio. El corazón me va un poco más rápido en el momento en que Cullen me pone un mechón detrás de la oreja. Me arde la piel que ha rozado con la punta del dedo.

—Tal vez —digo.

—Despegaremos en dos minutos, señor Carmichael —anuncia el copiloto.

—Perfecto —contesta sin quitarme los ojos de encima. Me encuentro con su mirada y me pregunto qué pasa. Me irrita y me excita al mismo tiempo, y es la primera vez que esto me pasa.

—¿Cómo empezaste a jugar?

Silencio.

—¿Tema delicado?

—En realidad no. Es que preferiría que hablásemos de ti. —Se reclina en el asiento—. Conque arte…

—Crecí con él. Me atrae. ¿Te gustan las cosas bonitas? Pues a mí las que son preciosas.

—Debes de estar muy orgullosa de ti misma.

—¿Eh? —Sonrío y me doy cuenta de lo que quiere decir. Me sonrojo—. Qué adulador.

—Sincero diría yo.

—Cuesta aceptar un piropo después de romper con alguien con quien has estado cuatro años.

—Pues ya te puedes ir acostumbrando. No me gusta que se hagan oídos sordos a mis cumplidos.

—No hago oídos sordos, es que tengo motivos para no creer lo que salga de la boca de un tío apodado Playboy.

—No lo elegí yo.

—Pero lo usas.

—Tengo más.

Me encojo de hombros como si no me muriese de curiosidad por saberlos.

—Bien por ti. Hablemos de eso. Disfruto más hablando de ti y del juego que de mí.

—Estás evitando hablarme de ti. Vale, Pelirroja. La paciencia es lo que me convierte en un buen jugador. Siempre sé cuándo ir y cuándo subir la apuesta.

Joder.

Esbozo una sonrisa nerviosa y desvío la mirada.

Está tranquilo. Me pregunto en qué estará pensando.

—¿En qué piensas? —susurro.

—En nuestro reto y en que es la primera apuesta que perdería a propósito —admite mientras me mira fijamente.

—Serás descarado.

Y, sin embargo, yo estaba pensando lo mismo. Tener sus labios en mi… en los míos.

El silencio se prolonga.

Estira el brazo y me acaricia la cara con el pulgar. Ladeo la cabeza por el contacto; me gusta y me sorprende cuánto. No quiero recordar el beso que me ha dado en la boda, pero no puedo evitarlo. Siento un cosquilleo en las papilas gustativas solo de pensarlo.

—¿Qué llevas debajo del vestido? —pregunta.

Se me alborotan las entrañas.

—Adivina.

—¿Para qué voy a adivinarlo cuando puedo saberlo a ciencia cierta?

Abro la boca, estupefacta, y de pronto estoy a la expectativa, nerviosa, mientras Cullen me mete una mano por debajo del vestido y me acaricia la parte de arriba de las bragas.

Se le ensombrecen los ojos a medida que baja; me siento desnuda, expuesta.

A la vez que se acerca a mí, despacio, mueve los dedos más abajo, lo que me provoca un deseo febril.

—Encaje —susurra. Sus ojos plateados refulgen mientras me aguanta la mirada. Indaga con la suavidad de una pluma—. Muy fino, un tanga. Quieres echar un polvo esta noche, está claro. —Mueve un poco la mano y me toca el punto más sensible—. Estás mojada. Echarás un polvo esta noche, está claro.

—Ah, ¿sí? —Me burlo en un intento por ocultar que me cuesta respirar.

—Apuesto a que sí.

Mi sonrisa desaparece porque sé lo serias que son las apuestas para este hombre.

—Esto no forma parte del juego.

—Esto es el juego.

—No. Yo… —Niego con la cabeza para tratar de calmarme—. ¿Qué gracia tiene que el premio sea tener sexo oral si lo vamos a hacer cada noche?

—El sexo no es oral.

Retira la mano, se lame el dedo y se lo mete en la boca. Hace un ruidito al sacarlo, deja escapar un «mmm» y se recuesta en su asiento mientras yo aprieto los muslos y me pregunto cuántas mujeres formarán parte de su Club de la Milla de Altura.

5. Apuesta fuerte

Sigo desconcertada cuando llegamos; Cullen Carmichael me confunde mucho. Tan pronto se muestra taciturno y callado como directo y decidido. Volar tantas horas sola en un avión con… una fuerza como él es agotador y, sin embargo, no me he cansado lo más mínimo. Más que cansada, me siento embriagada. Tal vez es por Las Vegas.

Un chófer vestido de uniforme nos saluda a medida que bajamos del avión en el aeropuerto. La Franja de Las Vegas se alza orgullosa a pocos pasos.

—Señor Carmichael —lo saluda.

—Oliver, te presento a la señorita Watson. Pasará la semana conmigo.

—Mucho gusto, señorita Watson —me saluda el chófer mientras nos abre la puerta de atrás de un Audi negro y reluciente. En cuanto guarda nuestro equipaje en el maletero y Cullen se sienta a mi lado, nos ponemos en marcha.

—Qué pasada. Qué ciudad más… fascinante. Y con el aeropuerto al lado.

—Estamos en el desierto —señala Cullen mientras revisa unos mensajes en el móvil; ni siquiera se molesta en levantar la vista—. La gente no va a recorrerlo para irse.

—¿A dónde vamos, señor? ¿A casa o…?

—Al hotel. —Se guarda el teléfono—. Pasaré casi todo el tiempo jugando y quiero que la señorita Watson se vaya arriba cuando necesite descansar.

—¿Nos sentimos con suerte, señor Carmichael? Después del mes pasado pensaba que no…

—Con mucha suerte, Oliver —le corta. Y añade—: Así que llévame a la batalla.

Me mira con sus inquietantes ojos plateados mientras habla, y aunque el chófer lo observa por el espejo retrovisor con una sonrisa, Cullen lo ignora y me contempla con tanta intensidad que me pongo roja hasta la punta de las orejas.

Llegamos al hotel y cuando Cullen sale del coche y me abre la puerta, me emociono por lo precioso y lujoso que es el vestíbulo. Miro por encima del hombro y lo pillo comiéndome las piernas con la mirada.

—No te has limitado a mirarme cuando he salido del coche.

—Tienes unas piernas dignas de contemplar. —Se señala a los ojos con dos dedos y vamos dentro.

Un hombre atractivo de unos treinta y tantos, vestido con un polo y unos pantalones caquis nos saluda.

—¡Cullen! Me alegro de verte.

Se dan la mano y se palmean en la espalda. Parecen viejos amigos.

Por un momento creo que lo son hasta que Cullen pregunta:

—¿Estoy a tiempo de unirme?

—Claro —contesta el hombre, y acto seguido se fija en mí.

—Mike, te presento a Wynn —dice Cullen, que estrecha los ojos con recelo. Y añade, como si tuviese que reivindicarlo—: Está conmigo. Asegúrate de que no le falte de nada.

Mike saca una tarjeta negra y plateada.

—¿Esto la compensará, señorita…?

—Wynn. Llámame Wynn.

Cullen hace un mohín como si hubiese preferido algo menos informal.

—Mike está en el desarrollo de jugadores. Si necesitas algo, pregunta por él.

—Día o noche —apunta Mike.

Vale, eso no ayuda.

—Lo que quiera —repite Cullen, esta vez con más firmeza.

—Recibido.

Me divierte la seriedad de Mike.

Se acerca un botones.

—Señor Carmichael. He visto a su chófer fuera. Me ocuparé de sus maletas.

—Gracias —dice, y le pone un billete enrollado en la palma.

Él y Mike hablan de un torneo inminente y damos la vuelta para irnos. Mientras caminamos, me dice:

—Si quieres comida, muebles para la exposición o lo que sea, usa la tarjeta.

—Ya tengo dinero.

—Aquí no sirve. —Parece ofendido, pero sus facciones se dulcifican—. Me deben muchos pases de cortesía, así que úsalos, anda.

—¿Qué son los pases de cortesía?

—Regalos a cambio de la lealtad de los jugadores.

—Ah, así es como los tahúres pagan la luz… Después de quedarse sin un centavo, el casino se compadece de ellos y envía a la esposa que los espera en casa un cheque a nombre de la compañía de la luz.

—Ja. —No ha sido una risa—. Es más un porcentaje de tu juego; lo puedes usar para adquirir habitaciones, ir de compras, pagarte un masaje… lo que quieras.

—Está bien saberlo. —Hago una pausa—. Como me hagas enfadar, llamaré a recepción para que me den otra habitación.

—No pasará.

—Si al final sucediera —digo al tiempo que observo un escaparate a nuestra derecha mientras nos dirigimos a los ascensores—, sé dónde acudir.

Parte de mi atención está puesta en un vestidito blanco que hay en un escaparate. Me pregunto cuántos pases de cortesía le costaría. Como si me hubiese leído la mente, me dice:

—No te preocupes. Ni te acercarás a gastarte todos los pases.

Antes de que se cierren las puertas, Mike nos pilla y nos da dos entradas.

—Se me olvidaba.

—Gracias. —Cullen hace un gesto con las entradas mientras se cierran las puertas.

Madre mía, qué tío.

Es guay sin pretenderlo, y sexy a más no poder.

—Se les cae la baba contigo —comento mientras Cullen me entrega las entradas.

—Mike se lleva un porcentaje de mi juego. —Se encoge de hombros como si quisiera restarle importancia—. Me hace la vida más fácil, ya está. Además, doy buenas propinas.

El ascensor está vacío. Subimos en silencio mientras vemos cómo aumentan los números a medida que ascendemos. No sé por qué, pero el silencio entre nosotros empieza a resultar incómodo.

Qué difícil me resulta entender a este tío tan carismático. Parece que ha pasado una eternidad cuando noto que me pone la mano en la parte baja de la espalda. El contacto hace que levante la cabeza; lo encuentro mirándome.

De repente, se acerca con la cara ladeada y me deja un beso en los labios. No me lo esperaba. Es tan alto que tengo que ponerme de puntillas para llegar hasta su boca, pero no parece importarle lo más mínimo.

Es un beso breve, pero me aparto porque se me forma un nudo en el estómago de la emoción y quiero estar segura de que no se me va la cabeza cuando estoy con él. Retrocedo un poco más.

—¿Vamos? —pregunto aprovechando el momento en mi beneficio.

—¿Adónde? —Me mira la boca como si fuese a darme un beso violento y acto seguido se aparta mientras me mira a los ojos.

Agito las entradas frente a su cara.

—Conozco a estos grupos.

—Pues vamos.

—¡Yupi!

Me sonríe.

De pronto, necesito que vuelva a darme el beso que he interrumpido por miedo a ansiarlo demasiado. Estoy de puntillas cuando Cullen se mueve para reclamarlo.

Se abalanza sobre mí. Me da un beso lento que se torna más pasional y ardiente y que se intensifica con los mordiscos y el sabor de su boca. De repente, le estoy tocando el pelo. Posa las manos en mi cintura. El mundo pierde su eje y no puedo evitar relamerme con el beso de este tío.

No sé por qué le correspondo, solo sé que sabe bien y que Las Vegas parece tener su propia burbuja. Como si pudiera salirme con la mía con este beso aquí y ahora, y que después se quedase aquí, en este ascensor, en este hotel y en esta ciudad, sin sentir ningún tipo de remordimiento por mi parte.

—Me has besado porque te ha apetecido —musito.

—Muy bien. Qué perspicaz e intuitiva eres.

Comprendo que se está burlando de mí con ese murmullo bajo, y me gustaría que me sonriera.

Me toma de la mano y me acaricia la palma con el pulgar mientras me conduce a nuestra suite.

Me arde la piel allí donde me toca. Cuando entramos en el ático de dos dormitorios más grande e impresionante que he visto en mi vida, me suelta y yo me pongo nerviosa. No es que haya estado en uno antes, solo los he visto en las películas.

Hay una cocina y ventanas que van del suelo al techo. Una sala de estar, una mesa de billar, candelabros de latón dorado, una alfombra con un estampado marrón y beige, tablas oscuras y cuero italiano. ¡Qué pasada! Podría mudarme aquí.

Ya le veo el encanto, pero no lo reconoceré.

Mientras pienso en nuestra apuesta, me fijo en los cuadros de las paredes. Son caros. Lo sé por el grabado numerado y la firma. Los pintores con firmas indescifrables y artísticas suelen ser a los que hay que tener en cuenta. Es como si supieran, desde el instante en que pintan su primera obra, que va a ser algo grande, algo que diferenciará su trabajo del de los demás.

Ojalá a Cullen le gustase el arte tanto como a mí. Tal vez podría alejarlo de las mesas de juego y llevármelo a una galería local.

—Caray, podría vivir aq… —Al volverme, choco con la calidez de su enorme torso. Inclina la cabeza y me roba las palabras con un beso.

Me besa hasta dejarme embobada. Me besa hasta elevarme las puntas de los pies. Me besa hasta dejarme la mente en blanco. Me besa hasta desbocarme el corazón.

Se aparta con cuidado, lo que hace que desee su boca, y funde su mirada en la mía. Despacio, me desabrocha la camisa y, con cada botón, me mira a los ojos para ver cómo reacciono.

—Solo los de arriba —espeto.

No sé por qué tengo la impresión de que levantar una barrera me protegerá de él o, al menos, a mis sentimientos, y hará que no me implique en exceso, pero aquí estoy. Me siento bastante confiada con los pechos al aire, lo suficiente como para acercarme a sus labios y besarlo mientras me manosea y me los toca.

Su mano encaja perfectamente en mi seno, y me sorprende la suavidad con que lo acaricia y cómo dibuja círculos lentos y sinuosos con la yema del pulgar hasta llegar al pezón. Se detiene ahí y duele cuando lo toca debido a lo dura que está la punta. Mientras tanto, nuestras lenguas se enredan la una con la otra. Sabe a chicle, y el calor que emana su cuerpo es exquisito.

—Tal vez deberíamos ser solo amigos —le digo mientras le agarro la mano de sopetón para que pare.

—¿Quieres eso?

—Creo que es lo que nos conviene.

—No sé yo si estoy de acuerdo.

—Estás pensando con el rabo.

—Oírte decir la palabra «rabo» no me ayuda nada.

Noto que la cara se me pone del color del pelo.

—Cullen.

Me mira un rato y un destello de amabilidad que no le había visto antes asoma a sus ojos mientras observa cómo me toqueteo el pelo, nerviosa.

—Piénsatelo. Mientras, vamos a ponerte el vestido negro. ¿Lo has traído? —pregunta.

—Tengo otro que es muy mono…

—No, el negro.

Pone mi maleta en la mesa del comedor y abre la cremallera.

—¿Qué haces?

Saca el vestido negro que llevaba cuando nos conocimos y me lo acerca.

Me mira de hito en hito.

—Arreglarte.

Me siento aturdida y un poco hipnotizada cuando se aproxima de nuevo. Agarra los demás botones de mi vestido rosa y los desabrocha uno a uno con energía; tengo el vestido en los tobillos.

Me quedo de pie mientras el maldito Cullen Carmichael me desnuda.

—El vestido negro es de algodón elástico, así que con que meta la cabeza y…

—Los brazos —ordena.

Los levanto al instante y los paso por las mangas. A continuación, meto la cabeza por el agujero del cuello y estira el vestido hasta mis rodillas.

Me trae los zapatos. Me desabrocha las sandalias y me las quita.

Me toma un pie entre las manos.

Me examina los dedos y me pasa el pulgar por el puente del pie. Trago saliva y observo ansiosa cómo me pone los tacones, uno a uno. Me viste con aire metódico, casi como si siguiese un ritual. Vuelve donde está la maleta y abre el estuche en el que llevo las joyas.

—Ajá —dice tras encontrar mis pendientes entre otros seis pares. Me los trae.

Me aparta el pelo con cuidado y me pone uno y después el otro.

Mentiría si dijera que no me afecta verlo trabajar de forma metódica, concentrado mientras me pone las prendas. Mentiría si dijera que me resulta normal o cotidiano, porque NINGÚN hombre me ha vestido en lo que llevo de vida. O me ha quitado la ropa así. Con suavidad y formalidad a la vez. Con la precisión propia de un experto. Ni tampoco me han mirado con tanta atención como sus ojos refulgentes. Da vueltas a mi alrededor. Una vez. Dos. Se rasca la barbilla con el pulgar, como si quisiera estar seguro de que soy la misma chica que conoció en la timba de póquer clandestina.

—¿Me dejo algo? —pregunta mientras arquea una ceja con aire pensativo.

—No, has sido muy minucioso.

Me entran ganas de reírme de lo serio que se le ve.

—Bien.

Se me borra la sonrisa cuando va hasta su maleta y saca una camisa negra. Me desaparece porque se quita la camisa para ponerse la otra.

Y… de verdad, ojalá no se la hubiese quitado delante de mí. Pero no pasa nada.

Respira hondo, Wynn.

Está muy bueno.

¿Y? Ya lo sabías.

No sabía que tenía un pecho tan torneado y musculoso, pero… lo superaré.

Se la abrocha rápidamente, se pasa una mano por el pelo y, a continuación, se dirige a la caja fuerte de su habitación. Lo oigo pulsar botones y dar órdenes a su teléfono, y cuando vuelve parece que está listo para hacer negocios. Negocios de tipos malos.

—¿Vamos a jugar?

Siento cómo la adrenalina corre por mis venas con solo pensarlo.

—Vamos a jugar.

Él no se ríe, sino que vuelve a pasearse a mi alrededor para examinarme mientras se rasca el mentón con el pulgar. Se detiene en mi espalda y me aparta el pelo a un lado. Me huele al tiempo que me acaricia la nuca con un dedo.

—Perfecta —dice.

—Nunca me había vestido un hombre. Solo desnudado.

—Para mí también ha sido la primera vez vistiendo a una mujer —declara mientras vuelve a colocarme el pelo en la espalda y se pone delante de mí para mirarme.

—Pues pareces un experto.

—Se parece mucho a desnudar —afirma con los ojos puestos en mí de nuevo. Me toma de la mano y añade—: Vamos, que la suerte me sonríe esta noche.

* * *

Subimos al ascensor para ir al casino.

No sé qué hacer.

Me acaba de desnudar por completo.

¿Le habrá afectado? Lo miro de reojo. Se le ve tranquilo y sereno, con la mano en el bolsillo, mirando cómo disminuyen los números del ascensor. Qué chasco.

Me pregunto si tendríamos que hablar un poco más de eso de ser solo amigos.

A lo mejor le estoy mandando señales extrañas, y no quiero que piense que soy una calientabraguetas.

No sé por qué me importa tanto lo que piense de mí. Pero así es.

—¿Tienes alguna pregunta sobre…?

—Muchas. Pero sé cuándo preguntar y cuándo dejar que salga de ti —dice mientras observa cómo decrecen los números en lugar de mirarme a mí.

Se abren las puertas en la planta del casino y dejo escapar un suspiro entrecortado. Uf. Estamos bien entonces. Amigos. Salgo y me agarra de la muñeca con calidez y firmeza, y tira de mí para que lo mire.

—Porque saldrá de ti —asegura.

Habla en voz baja, pero con un deje autoritario al mismo tiempo. Se diría que hasta con cierta prepotencia. Pero, siendo sincera, quiero contárselo.

Tiene que saberlo, pues con cada segundo que pasa me doy más y más cuenta de que lo deseo muchísimo. Y es importante que lo sepa. Porque, aunque me dedica la mirada más ardiente que nunca antes me ha lanzado un hombre, las cosas podrían cambiar. Lo que le voy a decir podría cambiar las cosas.

El casino bulle de actividad. Es fácil verle el atractivo. El ambiente es sensacional y electrizante, y vibra de energía y emoción a un ritmo vertiginoso. Luces multicolores, canciones y campanillas, chillidos y risas.

A medida que dejamos atrás las mesas de juego, oigo que alguien exclama:

—¡Paso!

Y barro el casino, casi a la espera de ver a los paparazzi y a una estrella de rock con su séquito.

—Mesa de dados —me aclara Cullen, que al parecer me ha leído la mente—. ¿A que parece divertido? —Se acerca a mi oreja y le da un mordisquito—. Eso es porque lo es.

Un crupier guapo, vestido con una camisa de mangas blancas y un elegante chaleco azul marino, hace girar un palo largo parecido a un bastón.

—Cullen, mi hombre. ¡Qué alegría verte!

—Lo mismo digo, Leroy. —Y tras lanzar una mirada en mi dirección, añade—: Cuida de mi chica cuando esté en tu mesa.

Leroy se queda pasmado, pero se recompone lo bastante rápido como para decir:

—Déjamela a mí.

—Cuando los cerdos vuelen —me dice Cullen en cuanto estamos a unos pasos de distancia de la mesa de Leroy.

Río por lo bajo. Me divierte el entusiasmo inusitado que despierta el casino en él, y su actitud posesiva también. ¡Qué mono! Es entrañable. Y muy, pero que muy sexy. Noto un fuerte nudo en el estómago. Me pregunto qué más le apasionará.

Estoy a punto de averiguarlo.

Recorremos la sala principal de póquer y nos detenemos ante una puerta con letras negras. Cullen pasa una tarjeta por el lector. Las puertas doradas de doble hoja y una parte de cristal biselado dejan al descubierto la suite VIP.

Extiende un brazo.

—Después de ti.

La sala dispone de cinco mesas, pero los jugadores se concentran en dos. Es una partida de póquer en la que se apuesta fuerte. El torneo está a punto de empezar. La suma es elevada. Un anfitrión da los detalles a Cullen, pero está distraído. Me observa como si esperase que dijera algo, pero no tengo palabras. Me impresiona la vida que lleva, y eso que aún no ha empezado a apostar.

Es el tío popular. En silencio, me da la mano y me acerca a una mesa en la que se sientan un grupo de jóvenes: uno lleva un sombrero de vaquero y el resto viste tejanos. Nos localizan. Miran a Cullen como si volviese de entre los muertos.

Uno silba.

—Playboy ha vuelto.

Cullen me suelta para saludarlos.

—No te esperaba tan pronto. ¿Vas a recuperar lo que perdiste en Atlanta o en Chicago?

—Apuesto por Albany —sostiene otro, y le tira una ficha negra al hombre que ha hablado primero.

El jugador acepta la apuesta, examina a Cullen y, acto seguido, mira al otro jugador.

—Te lo compro. Tengo Chicago.

—Vas ganando, pero prepárate para perder —le asegura Cullen sin rodeos. No da muestras de estar bromeando.

Los cuatro hombres ríen. No obstante, suenan tan alegres como si estuviesen en su propio funeral. De hecho, hay uno que parece muy preocupado y aprieta la mandíbula con tanta fuerza que bien justificaría una visita al dentista.

—No nos has presentado —se queja uno mientras señala en mi dirección.

Como si quisiera que dejaran de mirarme, Cullen me lleva a unas sillas al lado de las mesas.

—¿No es de mala educación que no me presentes? —le pregunto.

—Lo maleducado sería que me gafasen la buena racha.

Reparo en que no es el tipo de hombre que cae en provocaciones, salvo en las que quiere, y sonrío con aprobación.

—¿De verdad crees que la suerte te sonríe? —pregunto.

—¿Acaso lo dudas? —Recorre con la mirada la bandeja de fichas que provienen de la jaula del casino. Firma un papel y le ponen las fichas delante.

—Suerte —le desea la gerente de crédito.

—Ostras. Vale, tengo que sentarme —respondo cuando Cullen vuelve su atención hacia mí.

Me observa mientras me acomodo en una silla con un brillo de aprobación en la mirada.

—Vamos —dice. Se inclina y me besa en la boca.

—Hemos dicho que tal vez deberíamos…

—Shh. Sé buena y observa. —Me agarra del pelo para obligarme a mirarlo a los ojos—. Y con observar quiero decir que me observes a mí. Y no te enrosques el pelo.

—Ah, es verdad, que te pone —lo pico.

—Me pone demasiado —dice despacio y con la voz pastosa, como si no le salieran las palabras.

Me suelta y toma asiento en la mesa. Se arremanga hasta los codos.

Observo en silencio. Intento estarme quieta, no quiero que me echen de la sala. Ojalá hubiese venido más gente a mirar y a estar cual mimo; la novia de otro jugador, por ejemplo.

No puede ser que haya pensado eso.

Mierda.

Me ahogo en las profundidades. Cullen es otra clase de peligro, un abismo de incertidumbre que promete dejarme vivita y coleando.

¡Estoy de mierda hasta el cuello!

Las sombras le cubren el rostro, medio en penumbra, medio iluminado, y, maravillada, me limito a observarlo jugar. No aprieta la mandíbula, no mueve ni un dedo, no hace nada que pueda revelar su mano. En mi vida he visto a alguien tan críptico.

Tan solo cuando alza la vista se puede ver en sus ojos un destello de posesión. Pero es tan efímero que, cuando desaparece, me pregunto si no me lo habré imaginado.

Con picardía, pongo los ojos en blanco para mis adentros. En serio, Wynn. Tenemos que alejarte de los hombres. Si quieres algo de él, asegúrate de que solo sea sexo.

Pero… me empieza a gustar, lo que puede complicar las cosas. Es más polifacético que los hombres a los que estoy acostumbrada y, como le quite las capas que tiene, seguro que me sorprenderé con lo que encuentre.

Tengo el corazón averiado. Eso es bueno.

Si sigue así, claro.

Estoy aquí porque quiero. Cullen me ha persuadido, sí, pero he sido yo quien ha decidido cerrar mi casa con llave, huir de mi vida y montarme en un avión privado con un hombre que sabe cómo conseguir lo que desea.

Y me desea a mí.

Y me estremezco un poco porque yo también lo deseo a él.

Aun así, creo que lo mejor sería intentar no pensar en nada de eso y centrarse en la apuesta. Wynn, hay una apuesta en curso y su premio es que se la chupes. O él a ti. Exacto. Tal y como yo lo veo, los dos saldremos ganando. Pero mi ego exige que venza porque el juego no es mejor que el arte.

No tuvo mucho sentido que lo sugiriese.

No obstante, hace que parezca arte cuando se levanta y empuja sus fichas hacia delante. Se pone en pie despacio y me da la sensación de que ya conozco ese movimiento. Está calculado, pretende intimidar a los demás jugadores.

Pero falla.

Hay otro que también va con todo. Le quedará menos de un puñado de fichas negras, aunque nadie dice nada al respecto. Supongo que esto tendrá sus reglas, pero las desconozco.

Cuando mi acompañante se quedó corto, yo fui el premio. Imagino que este jugador no tiene una novia que tirar al bote.

Como si me hubiese leído la mente, Cullen me hace un guiño cómplice de lo más sexy.

Y por un glorioso milisegundo, finjo que Cullen Carmichael es todo mío.

* * *

En tres horas ha conseguido unos doscientos treinta mil dólares. Me lanza dos fichas de diez mil dólares con un aire tan juguetón que me tiemblan los dedos cuando tomo una en cada mano. A continuación, me conduce al ascensor. Le voy echando miradas furtivas de camino a la habitación, pero todavía no se ha quitado la cara de póquer. Me pregunto si querrá desnudarme.

¿Realmente quiero que me quite el vestido?

¿A quién quiero engañar? Después de nuestro día juntos, me desvestiría para él. Y gustosa.

No te adelantes, Wynn. Sé fuerte.

El diálogo interior me aburre cuando quien lleva la voz cantante es la parte más sensata de mi conciencia.

Abre la puerta y me pone una mano en la parte baja de la espalda para que entre.

¿Por qué todo lo que hace me parece increíblemente sexy?

Doy un brinco en dirección a la barra y agarro una botella de agua de la neverita.

—Me voy al sobre —le anuncio, y le atribuyo el mérito a mi voz de la razón—. Buenas noches.

Le vibra el móvil. Oigo que me pide que me espere y se le escapa una palabrota cuando cierro la puerta de mi dormitorio. ¡Ja, chúpate esa! De ninguna manera quería caer en la tentación, así que lo mejor era huir.

Esto hará que nuestro reto sea mucho más gratificante.

La suite es impresionante. Contemplo la enorme cama king size y cómo parpadean las luces de la ciudad.

Me ducho en la gran bañera de mármol y me tumbo en la cama con el albornoz y una toalla en la cabeza. Compruebo la hora y me doy cuenta de que ya es tarde en Chicago, así que saco el portátil y reviso los correos sobre la exposición de la galería.

Luego hago lo que todos los galeristas juran que no hacen: miro los hashtags para ver si hay gente hablando de la próxima muestra.

¡Sí! Me alegro de haberlo mirado.

Hecho esto, suspiro y miro de hito en hito la puerta cerrada. Me acerco, la abro unos pocos centímetros y miro fuera. Oigo que se cierra un grifo en su cuarto y, al cabo de unos minutos, lo oigo jugar al billar en la sala de estar. Me aprieto el albornoz y salgo. Él nota que me aproximo, pero sigue apuntando a la bola blanca.

Un golpe seco. Mete tres bolas en los agujeros de una sola tirada. Cambia de posición y de objetivo.

—Hay que reconocer que eres una caja de sorpresas. No pensaba que fueras de las que se largan.

—Y no… lo soy. —Pongo los ojos en blanco a su espalda—. Vale, a lo mejor me he ausentado un ratito. Pero ya estoy aquí.

Efectúa otro tiro limpio y apoya la barbilla en el taco. Sus ojos oscuros me analizan.

Este tío tiene una presencia irresistible y una confianza inquietante.

Sé que es el típico que tiene expectativas, pero que no revela en qué consisten. Es un tío con un gran apetito sexual que aprovecha esa energía en su beneficio.

Y me lo estoy comiendo con los ojos.

—¿Qué te parece?

—¿Las Vegas?

—O yo.

Efectúa otro tiro y falla.

Acepto el desafío tácito y digo:

—O los dos.

Permanece inmóvil.

Me quedo sin aire cuando se vuelve. Lo rodea una fuerza turbulenta. Pero no solo ahora. Arrasa donde quiera que esté o donde quiera que vaya. Entra en una habitación y la hace suya. Y desde lo más profundo de mi alma sé que con las mujeres es igual.

Las toma. Las posee. Las reclama como suyas.

Ese hecho debería hacerme huir en dirección contraria. En cambio, el que saldrá corriendo será él. Sé cómo hacerlo, lo reconozco.

Cuidado, Wynn. No querrás que se aleje para siempre, ¿no?

Pienso en las consecuencias y digo en voz baja:

—Emmett y yo nos decíamos que nos queríamos. Salimos durante años. Me fui a vivir con él. Incluso llegué a creer que estaba embarazada, pero fue una falsa alarma.

Voy a sentarme al sofá. Intento decidir cuánto le diré.

—Cuando me enteré me… llevé un chasco. —Y me quedo corta—. Sabía las ganas que tenía de ser madre, así que lo de la falsa alarma no fue para tanto. Lo que me partió el corazón fue que…

—¿Le alivió saber que solo había sido una falsa alarma?

Asiento, y la tristeza amenaza con destrozarme de nuevo. No por cómo reaccionó Emmett. Eso es secundario. Lo desolador fue lo que pasó después.

—Seguí esperando a que diera el paso, pero se fue distanciando más y más. Rompimos. No podía creer que lo nuestro fuese una mentira, pero así era. Volvimos y, durante un tiempo, dio la impresión de que lo intentaba. —Niego con la cabeza—. No sirvió de nada. Con lo que me esforcé. Procuraba mantener las comidas calientes, estar guapa, de buen humor y fingir que no estaba cansada. Nuestra relación pendía de un hilo.

Deja el taco, se cruza de brazos y me mira.

—Sus sentimientos cambiaron, así que me fui de casa. —Necesito hablarle de Emmett, no porque defina quién soy o en qué punto de mi vida estoy, ni porque quiera recordar que una vez toqué fondo. Es más que eso—. Dice que no está preparado para dar el paso, pero yo sé que es por mi culpa.

—De eso nada.

—Claro que sí. Es culpa mía. Las cosas cambiaron a raíz de la falsa alarma. No me esperaba llevarme ese chasco cuando me enteré de que no estaba embarazada. —Estoy a punto de cortarme las venas y ponerlo todo perdido de sangre.

¿Por qué? ¿Por qué quiero contarle a este hombre, a este hombre soltero y sexy que tengo aquí delante algo tan íntimo y verdadero?

Frunce el ceño.

—Lo siento.

—Y yo —susurro, y trato de morderme la lengua para decir lo justo y no revelárselo todo. Así que añado—: El método anticonceptivo me venía de serie. No es tan malo como parece. Y siempre puedo adoptar.

Pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta cuando intento no recordar el dolor tan atroz que sentí el día que descubrí que no podría tener hijos. No habría una niña con mi pelo o un niño con la sonrisa de Emmett.

—Ese tío es un imbécil. —Se le han oscurecido los ojos, y parece que le cueste hablar—. No voy a decir nada más de él. En cambio, tú… Tú eres… —Calla, y luego dice en tono brusco—: Tú eres perfecta. No lo necesitas.

En mi fuero interno estoy gritando.

—No es verdad. No puedo adoptar a un niño si soy madre soltera. ¡Es el doble de complicado!

Se limita a mirarme, y yo me enjugo una lágrima.

—Por ello creo que lo que necesito, sobre todo, es un amigo. Solo un amigo. Y, a juzgar por tu reputación, estoy segura de que no te faltan mujeres que te quieran en su cama. Pero dudo que tengas a muchos que… Bueno, eso que dijiste de que les caías bien porque das buenas propinas. No estoy aquí por eso.

—Cierto, estás aquí porque no me puedes ni ver y desprecias mi oficio. Pero te voy a enseñar lo emocionante que puede ser. ¿Juegas?

Me encanta que me quite las penas y me recuerde lo bueno que está por llegar.

—Sí.

—A ver, ven. —Inclina la cabeza hacia atrás con gesto relajado.

Esa invitación tan provocativa me tienta.

Me atrae demasiado como para ignorarlo, así que, con el corazón algo más acelerado, voy con él.

De pronto, me rodea el cuello con las manos. Me acerca más a él.

—Bésame —me pide con voz ronca.

Nuestros labios están a milímetros.

Le paso los brazos por los anchos hombros y lo beso como si estuviese a punto de huir. No quiero que se vaya. No quiero que me rechace.

Su beso me deja sin aliento y acto seguido me devuelve a la vida.

Y me gusta. Lo necesito. Porque hace que me sienta deseada y ahora mismo me urge sentir que encajo con él, sobre todo después de haberle abierto mi corazón.

Su beso no hace que me sienta comprada o vendida, ganada o perdida. Tengo los pies en la tierra, estoy bien, y siento… No puedo ni pensarlo siquiera. Me aterroriza que mi mente vaya tan lejos.

Empiezo a sentirme a gusto y como en casa.

—Cullen…

—Shh —susurra—. Déjame tenerte.

—No.

Pero ya me tiene.

Me toca el pelo. Me roza la mejilla con los labios, después la oreja. Me besa con dulzura y juguetea con la lengua. Esto es demasiado, demasiado pronto y demasiado caliente.

Le correspondo y no sé parar. ¿Cómo voy a ser capaz de resistirme a lo irresistible o de saciar lo insaciable?

Este tío es un jugador, un hombre que quiere ganar a toda costa.

Cuando al fin consigo separarme, me cuesta respirar. Doy pena.

Nos tomamos un momento y nos damos espacio.

—¿Hay trato? —pregunto.

—¿Eh? —inquiere mientras se pasa el pulgar por el labio.

—¿Amigos?

—Trato hecho —responde con voz ronca.

Adiós al buen rollo.

Lo he cortado a propósito.

—Pero una cosa. —Y al instante Cullen esboza una sonrisa lobuna—. Soy de los que besa a sus amigas en la boca. Quien avisa no es traidor.

—De verdad, creo que deberíamos…

—Sí, tú tranquila.

—No me has dejado acabar.

—Has olvidado lo que querías decir. —Me toma por la nuca y me atrae hacia él. Vuelve a burlarse de mí con esa boca tan sexy y voraz. Sonríe con suficiencia y parece que esté jugando. Me revuelvo porque no es mi caso.

Antes de escabullirme presiona más fuerte mis labios con los suyos y me da un beso apasionado con el mismo toque de chicle, calor y lengua.

—Buenas noches.

Sonríe y me da un azote en el culo. Doy media vuelta y regreso a mi cuarto tambaleándome.

¿Estoy jugando con el jugador o él ha jugado conmigo

* * *

Me paso casi toda la noche dando vueltas en la cama. Cada vez que cierro los ojos, veo a Cullen sonriéndome con descaro, tan tranquilo como siempre. Me quema la mano por las fichas que deposita en ella. Me muero de ganas de tocarlo. Respiro con pesadez porque quiero más.

Estoy húmeda y realmente cachonda. No es una fantasía o alguien que está solo en mi cabeza. Es real y está aquí.

Justo al otro lado de la sala.

Estoy tan metida en mi fantasía y deseo tanto dormir con él y follármelo que no puedo quedarme en la cama. Son las cuatro de la mañana. Si está dormido, para calmarme podría acurrucarme a su lado y ponerme su brazo en la cintura.

Y dormir. Solo dormir.

De acuerdo, Wynn.

Estoy cruzando la sala de estar sin hacer ruido y con la vista fija en su puerta cuando oigo el chasquido de un pestillo. Vuelvo como un rayo a mi suite. Me da tiempo a cerrar la puerta y poner la oreja en la pared, aunque supongo que solo oiré pasos.

En cambio, lo escucho decir:

—Lo he dejado en recepción. Mike se ocupará. Pregunta por él mañana por la mañana.

Frunzo el ceño, concentrada. ¿Acaso ha participado en una timba de póquer privada? ¿Ha perdido? ¿Por qué no me ha pedido que fuera?

Miro al techo. Formo parte de las supersticiones del jugador.

Debería haberse llevado a su amuleto de la suerte.

Oigo que se pone hielo en una copa, lo que demuestra que se está frustrando.

—Mamá, estoy cansado. No quiero ser grosero, pero si tanto te preocupase la «familia» habrías venido a la boda de Callan. Al menos podrías conocer a su mujer… Creo que te caería bien.

¿Mamá? ¿Ha apostado con su madre?

Silencio.

—Como te he dicho, tienes el dinero abajo. Mike se encarga de mis asuntos aquí y estará encantado de dártelo en efectivo cuando llegue. A las once.

Más silencio.

—Porque no es una emergencia —responde exasperado.

El silencio es más largo esta vez. No creo que Cullen hable de una timba de póquer.

—Siempre te devuelvo las llamadas, mamá. —Un segundo después, su voz es más suave cuando añade—: Porque eres mi madre. Y no importa lo que hagas o dejes de hacer, siempre te querré. Ve a echarte un rato, anda. Al final se arreglará solo, pero después de las tres, en Las Vegas no pasa nada bueno.

Decido que es una opinión discutible. Espero tener la oportunidad de demostrarle que se equivoca.

Tal vez algún día. Pero esta noche no. Mejor que madre e hijo resuelvan sus asuntos familiares solos. Además, he oído que la madre de Cullen da miedo. Aunque me encantaría consolarlo, seguramente preferirá dormir solo esta noche.

6. Pelirroja
Cullen
Varios meses antes...

—¿Quién es la pelirroja?

Dirijo mis ojos a la pelirroja que entra en el club para que mi hermano sepa a quién me refiero.

Callan sigue mi mirada.

—Es Wynn.

—¿Wynn qué más? —pregunto mientras la recorro con los ojos y deseo hacerlo con las manos.

—Wynn, pero está pillada, tío.

Me pongo de pie para irme. Tengo que tomar un vuelo. Pero, por alguna razón, mis ojos se detienen en ella incluso mientras le doy una palmada en la espalda a mi hermano para despedirme.

—Avísame cuando esté libre.

Una vez en el avión, ato cabos.

—Wynn.

Me pongo unos cubitos de hielo en un vaso de cristal. Un chorrito de whisky y un rizo de lima. El primer sorbo me quema la garganta.

Estamos a punto de despegar cuando se me ocurre.

Tendría que haberme presentado.

Una mujer como Wynn necesita a un hombre al que le gusten las mismas cosas. Necesita a alguien que la consienta y le compre cosas bonitas, alguien que la muestre al mundo con orgullo. Por algún motivo, espero que ya tenga estas cosas. Quienquiera que le caliente la cama debería considerarse afortunado y mimarla.

Le envío un mensaje a Callan:

¿Es feliz?

Callan: ¿Quién?

La Pelirroja.

Callan: ¿Y a ti qué más te da?

Contesta a la pregunta.

Callan: Supongo. ¿Por?

Pues no lo parecía.

Callan: ¿Y qué pinta debería tener una chica como Wynn?

De satisfecha. Entérate de si es feliz.

Responde al cabo de unas horas.

Callan: Livvy dice que hace meses que no se acuestan. ¿Contento?

Aparto el brazo de la pelirroja que descansa en mi cama.

Mucho.

—Wynn.

Me gusta cómo suena.

—Pues claro que vas a ganar,* cariño —dice mi acompañante con un gemido mientras se estira para tocarme—. ¿Quieres que te dé suerte antes de irme?

—Estoy bien —respondo. No pretendía ser insensible, pero estoy listo para deshacerme de esta chica que me ha hecho el apaño. Solo ha sido un pobre sucedáneo de una mujer a la que ni siquiera conozco.

No soy de los que se conforman, pero anoche elegí a una del montón con la esperanza de obtener satisfacción de calidad.

No dio resultado.

7. Trabajos
Wynn

Me levanto tarde, sorprendida de haber dormido tanto. Al ver que es casi mediodía, salgo de la cama de un brinco, me cepillo los dientes, me peino y me pinto un poco los labios antes de salir sin hacer ruido. Se me cae el alma a los pies cuando veo que no hay ni rastro de Cullen en la suite. Fisgo su dormitorio y reparo en que la cama está deshecha. Por lo que sea, me quedo un ratito mirando el hoyo de la almohada cuando llaman a la puerta. Abro y me encuentro a un hombre vestido de uniforme junto a una mesa alta con un mantel.

—El desayuno, señora —me dice, y con un gesto me pide permiso para meter el carrito.

—Claro, pase.

Me aparto para dejarlo pasar. El olor a beicon hace que se me haga la boca agua. Firmo la ficha de la habitación, le deseo que tenga un buen día y, cuando se va, tomo asiento y miro atentamente los platos de bordes plateados. ¿Todo esto es para mí sola? Pero si hay de todo: tostadas francesas, huevos revueltos con beicon y gofres con bayas.

—Buenos días para mí.

Me sirvo café de lo más contenta y pongo sirope de arce en los gofres. ¡A comer!

Entonces veo la nota que hay en una de las fuentes de plata.

Te he dejado dinero para apostar en tu mesita de noche. Búscame en las mesas.

CC

¿Por qué tiemblo?

La leo otra vez y susurro:

—Podría acostumbrarme a esto.

Y a sus besos «de amigo».

Wynn, no vayas.

Tienes una apuesta que ganar.

Odio admitirlo, pero si el atractivo del trabajo va a tener mucho peso en nuestra apuesta, ganará él sin pensarlo solo por los beneficios, ¡y eso que todavía no he empezado a comprar siquiera!

Mientras desayuno, trato de no recordar que anoche le abrí mi corazón y que hizo que me sintiera aceptada; bueno, qué coño aceptada, deseada más que otra cosa. Por algún motivo, no como lo bastante rápido.

En cuanto me termino los gofres, me bebo medio vaso de zumo de naranja de un trago y corro a mi habitación, impaciente por bajar al casino. No quiero darle vueltas al motivo.

No lo deseas a él. Solo deseas ganar.

Le doy vueltas a la cabeza y me pongo en modo ganadora superentusiasta mientras me enfundo unos vaqueros y un jersey cómodo, y me calzo mis botas favoritas. Me pongo unos pendientes largos y me hago una cola de caballo. Luego miro en mi mesita de noche y encuentro las tres fichas de diez mil dólares que me ha dejado.

Madre mía. Nunca he conocido a nadie que se desprenda de su dinero con tanta facilidad.

Me las meto en el bolsillo trasero de los pantalones y me pregunto si quiero comprar algo. Algún cuadro que exponer en mi galería la semana que viene. Zapatos, o un bolso, o, a lo mejor, lo invierto con la ayuda de su hermano Callan. Mientras me dirijo al casino, me propongo quedar con él y con Livvy cuando vuelvan de su luna de miel.

Localizo a Mike en el vestíbulo al salir del ascensor. Viene hacia mí.

—Señorita Watson… Wynn —me saluda con una sonrisa torcida—. ¿Para ti qué es: mañana o tarde?

—Mañana. ¿Y para ti?

—Tarde. Ha sido una noche interesante.

—Ya sé que no debo preguntar. Lo que pasa en Las Vegas…

—Rara vez se queda aquí… —me dice mientras camina a mi lado—. ¿Necesitas algo?

—Ya he desayunado —gimo. El hombre no se ofreció a darme de comer.

—Entonces ya estás lista para las actividades del salón de belleza. —Me enseña su móvil y veo que tiene mi dirección de correo electrónico en su lista de contactos—. El señor Carmichael me pidió que te programara algunas actividades. Haz las que quieras, y las que no, te las saltas.

Estoy sorprendida y ligeramente impresionada. Cullen piensa en todo. Me empiezo a sentir mimada y muy consentida.

—Gracias por la ayuda, Mike.

—Un placer. —Hace una pausa, me da un repaso rápido y añade—: ¿Por casualidad tienes una hermana?

Me río.

—Solo muy buenas amigas, pero están todas casadas.

—A veces se gana y a veces se pierde. —Hace una señal con la cabeza a la sala de póquer en general—. Está jugando una partida con dinero en efectivo. Que se divierta, señorita Watson.

—Wy… —Pero ya se está yendo y rodea con el brazo a una anciana que le habla con entusiasmo de la última vez que ganó en las tragaperras.

El ambiente del casino tiene algo que hace que se me acelere el corazón. Pum, pum, pum. O quizá se debe a que me estoy dirigiendo a la sala de póquer y estoy nerviosa porque lo voy a ver.

Cullen tiene algo que me desconcierta.

Mi corazón y yo.

Mis hormonas y yo.

Lo localizo en una mesa en la otra punta. Sí. Hasta el pulso se me desboca. Está jugando con dos hombres. Con la cabeza inclinada, se mira las cartas con rapidez. Reprimo un escalofrío inesperado y grito para mis adentros: «¡No te comerás con los ojos a ese hombre, descarada!» mientras voy hacia allí.

Lleva una camisa blanca y unos vaqueros azules. Muy a mi pesar, absorbo cada detalle de su postura, relajada pero atenta. Lanza algunas fichas.

Es un enigma, pero no solo porque es complicado de entender, sino también porque hace cosas que no te esperas y es difícil pillarlo. Cualquiera diría que solo le importa jugar y ganar apuestas. Pero también ha sido amable conmigo. Me abrí con él anoche y me escuchó. Y parecía… que le afectaba lo que oía.

Me dirijo a la mesa mientras amontona las fichas. Noto un pinchazo en la nuca y trato de que me llegue el aire a los pulmones cuando me doy cuenta de que me está mirando. Estoy emocionada y sobrecogida a la vez.

—Un dios del juego me ha dejado unas fichas en la mesita de noche y se me ha ocurrido ver si podría recomendarme un juego que estuviese bien —lo saludo en tono guasón.

Me examina de arriba abajo con una mirada que hace que las células de mi cuerpo se pongan más calientes que el cuarto de las calderas.

—Entonces, ¿estás lista para jugar? —me pregunta en una voz baja y grave que me acaricia la piel de modo seductor—. Hay quien necesita más intimidad que la que tenemos ahora.

Se levanta para sacarme una silla e indica con un gesto que me cambien las fichas por unas de menor valor.

Me siento y observo a Cullen acomodarse a mi lado, apoyando su cuerpo grande y robusto en la silla.

—Si te traicionan los nervios, nunca controlarás la partida —me dice mientras me mira fijamente.

Sonrío y asiento, pero la cabeza me bulle de preocupación. Las cartas me intimidan. Los demás hombres sentados a la mesa también. Intento estarme quieta mientras hacemos nuestras apuestas. La crupier reparte. Abro los ojos como platos mientras me miro las cartas.

—Trátalas como a los hombres con los que has estado —me pide mientras se retira—. Haz lo que te digo y te apoyaré el tiempo que quieras.

—¿Cómo? —le pregunto mientras lo miro con el ceño fruncido.

—Juega, preciosa. Luego te lo explico.

—No hace falta —le aseguro. Me encanta ser yo la indescifrable ahora.

Me toma de la muñeca. Se me revuelve el estómago por la inquietud y la frustración mientras me rodea la mano. A pesar del miedo que siento, noto que se me encienden las mejillas cuando me agarra de la mano y, despacio, devuelve las cartas al tapete de fieltro. Ha guiado mi mano con la suya.

—No va.

—Vale.

—Un dos y un siete de distinto palo es lo peor que te puede tocar para salir en el Hold’em.

—Entendido.

Tiene los labios a escasos centímetros de mi oído.

—Las próximas deberían ser mejores.

—Ya veo por qué te llaman Playboy —gruñe un tipo mientras frota el tapete con el índice—. Paso.

Cullen lo ignora y se centra en mí.

—¿Quieres que te ayude?

—No, creo que ya lo cojo.

—Ojalá no sea lo único que cojas.

Esos ojos plateados prometen más cosas que un anuncio de seguros.

—Recuerda: la suerte cambia a cada segundo. Quizá ahora está de tu parte —me anima.

Asiento y espero a las próximas cartas, decidida a controlar la partida, como dice él.

La tensión sexual que hay entre nosotros molesta y es cada vez más fuerte. Me siento una rebelde, pero me cuesta deshacerme del dinero, aunque sea dinero que tengo que apostar sí o sí.

Jugamos algunas manos. Él va ganando y yo voy perdiendo. Hasta que…

Me miro las cartas.

Ases. ¡Toma!

Cullen no sabe lo que tengo y frunce el ceño cuando ve que subo la apuesta.

—¿Segura?

—Sí.

—Mmm… —Se rasca la mandíbula arriba y abajo mientras me analiza—. Voy.

¿No va a abandonar?

Me muevo para encararlo con la esperanza de que lo considere una advertencia. Se está divirtiendo.

—Tendrías que haberte retirado —suspiro—. No me gustaría vencerte en tu juego.

—Venga, nena.

—Vosotros dos, dejaos ya de cháchara —vuelve a quejarse el cascarrabias.

Las cartas que hay boca arriba son el tres, el nueve y el diez de espadas. Así que, tal y como yo lo veo, todavía me puedo arriesgar.

¡Apuesta, Wynn! ¡Arriésgate!

Don Cascarrabias va con todo.

—Tenlo claro —me susurra Cullen.

Echo un vistazo al semblante estoico de la crupier, pero no me dice nada. Se sorprenderá tanto como yo cuando descubra las siguientes cartas.

He visto a Cullen jugar lo suficiente como para saber que todavía soy una rival.

—Lo tengo claro.

Hay mucho en juego, pero no me refiero a las cartas. Pienso en Cullen. Porque, aunque el póquer es un juego muy complicado, es el nuestro el que me descoloca.

Él me examina detenidamente. Y aunque se humedece los labios mientras me mira el pecho, no está pensando en sexo. Al menos ahora.

Se centra en lo que estoy sujetando, en lo que no quiero que tenga.

La victoria.

De pronto, no me importa que las dos cartas que faltan seas ases.

De pronto, quiero darle la victoria. Necesito dárselo todo.

Como si supiera que estoy librando una guerra interna, tira sus cartas al centro y hace que una se dé la vuelta: la jota de corazones.

Él sonríe con suficiencia. Yo juego.

Tres rondas más tarde me he embolsado cinco mil dólares y ya no me queda nada con lo que apostar. Qué estrés. Siempre he vivido de manera holgada gracias a mis padres. En la galería negocio con arte, por lo que hablamos de miles de dólares. Pero siempre he sido prudente con el dinero y he vigilado en qué lo gastaba. Siempre quise tener ahorros, pero por el motivo que sea no lo consigo: o bien porque hay que darle otra mano de pintura a la galería o porque van destinados al inventario del almacén.

No soy de las que se gastan el dinero a la ligera. Pido permiso para irme y le deseo suerte mientras me guardo las fichas y me encamino a la salida. Al instante, lo tengo al lado.

—Quédate conmigo.

—¿Por qué?

—Estoy convencido de que me traes suerte. Quédate a mi lado —me pide mientras se quita la chaqueta de los hombros a toda prisa y me la pone encima.

—Pero si estabas jugando fatal. He ganado más dinero que tú.

—Se te transparenta el jersey, pero ya lo he arreglado —me informa mientras me mira al pecho de manera significativa.

Me ciño su chaqueta de marca; me queda enorme, por cierto. Comparada con las camareras que se pasean por aquí, yo podría pasar por monja. ¿Por qué le habrá distraído un pezón de nada?

¿Y por qué me sonrojo?

—Cualquier tío sería afortunado de tenerte a su lado. Hoy me siento así. ¿Juegas, Wynn?

Entorno los ojos. Devoro mentalmente esa apariencia de pura posesividad masculina que hay en su mirada. Me pregunto si de verdad cree que le doy suerte o solo quiere tenerme cerca para torturarme.

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