Читать книгу: «Informe Brennan»
Título original: Fatal Voyage
© Temperance Brennan, L.P, 2001.
© de la traducción: Gerardo di Masso, 2002.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO354
ISBN: 9788491871743
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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AGRADECIMIENTOS
KATHY REICHS
NOTAS
DEDICADO CON ENORME ORGULLO A
KERRY ELISABETH REICHS, DOCTORA EN DERECHO, M. P. P.,
UNIVERSIDAD DE DUKE, PROMOCIÓN DE 2000
COURTNEY ANNE REICHS, LICENCIADA EN ARTES, UNIVERSIDAD DE GEORGIA, PROMOCIÓN DE 2000
BRENDAN CHRISTOPHER REICHS, LICENCIADO EN ARTES
(CUM LAUDE), UNIVERSIDAD DE WAKE FOREST,
PROMOCIÓN DE 2000
¡BRAVO!
1
Miré a la mujer que había salido volando por entre los árboles. La cabeza por delante, la barbilla alzada, los brazos extendidos hacia atrás como la pequeña diosa de cromo del capó de un Rolls Royce. Pero la dama del árbol estaba desnuda, sin vida, con el torso que acababa en la cintura, aprisionado entre ramas y hojas ensangrentadas.
Bajé la mirada y eché un vistazo alrededor. Excepto por el estrecho camino de grava donde había aparcado, hasta donde alcanzaba la vista se extendía un bosque denso, poblado sobre todo de pinos, entre los que unos pocos robles señalaban, como festones, la muerte del verano con una gama de rojos, amarillos y anaranjados del follaje.
Aunque en Charlotte hacía calor, aquí arriba el clima de principios de octubre era muy agradable. Pero pronto empezaría el frío.
Cogí la cazadora del asiento trasero, me quedé en silencio y presté atención.
Trinos de pájaros. Viento. La huida precipitada de un pequeño animal. Luego, a lo lejos, un hombre que llamaba a otro. Una respuesta apagada.
Me amarré la cazadora alrededor de la cintura, cerré el coche y me dirigí hacia el lugar del que venían aquellas voces distantes, arrastrando los pies a través de un lecho de hojas muertas y pinaza.
Cuando hube recorrido una decena de metros por el interior del bosque, pasé junto a una figura recostada contra una piedra cubierta de musgo, las rodillas flexionadas contra el pecho y un ordenador portátil a un lado. Le faltaban ambos brazos y en la sien izquierda tenía un chichón.
La cara descansaba sobre el ordenador, en los dientes llevaba aparatos de ortodoncia, un delicado aro de oro le atravesaba una ceja. Tenía los ojos abiertos de par en par y las pupilas dilatadas le daban al rostro una expresión de alarma. Sentí un temblor en todo el cuerpo y apuré el paso.
Pocos metros más adelante vi una pierna, el pie aún calzado con bota de montaña. La pierna había sido cercenada a la altura de la cadera y me pregunté si pertenecería al torso del Rolls Royce.
Junto a la pierna dos hombres, sentados uno al lado del otro, con los cinturones de seguridad abrochados y los cuellos empapados de sangre. Uno de ellos sentado con las piernas cruzadas, como si estuviera leyendo algo.
Reanudé la marcha y me interné un poco más en el bosque, oía gritos y llamadas que el viento, caprichosamente, me enviaba por entre los árboles. Continué avanzando mientras apartaba las ramas bajas con los brazos, sorteando grandes piedras y troncos caídos.
Equipajes y trozos de metal se habían esparcido entre los árboles, marcando una amplia zona. La mayor parte de las maletas se había quemado, derramando su contenido al azar. Ropa, secadores de pelo y máquinas de afeitar se mezclaban con botes de crema para manos, champú, loción para después del afeitado y perfume. Una pequeña maleta había vomitado cientos de artículos de tocador robados de los hoteles. El olor a productos de perfumería y combustible de avión se mezclaba con el aroma de los pinos y el aire de la montaña. Y, a lo lejos, un rastro de humo.
Avanzaba a través de un profundo barranco de laderas empinadas cuya densa envoltura de ramas y hojas apenas permitía que la luz del sol alcanzara el suelo y acabase formando un dibujo moteado. Hacía frío en la sombra, pero tenía la frente perlada de sudor y sentía la ropa pegada a la piel. Tropecé con una mochila, caí y me rasgué la manga con una rama astillada por todos aquellos restos.
Permanecí unos momentos tendida en el suelo, con las manos temblando y la respiración agitada. Aunque me había acostumbrado durante años a ocultar las emociones, sentí claramente que me invadía la desesperación. Tanta muerte. Dios mío, ¿cuántas víctimas habría?
Cerré los ojos, hice un esfuerzo por centrarme y me levanté.
Eché a andar y salté un tronco putrefacto, rodeé un grupo de rododendros y, como no parecía encontrarme más cerca de las voces, me detuve para intentar orientarme. El sonido apagado de una sirena me confirmó que la operación de rescate se estaba desarrollando más allá de una colina que se alzaba hacia el este.
Excelente forma de encontrar el camino, Brennan.
Pero no había tenido tiempo de informarme. Los primeros en responder a los accidentes aéreos o desastres similares suelen ser personas bien intencionadas pero escasamente preparadas para tratar con gran cantidad de víctimas. Yo iba de Charlotte a Knoxville, cerca de la frontera estatal, cuando me pidieron que me dirigiera de inmediato hacia el lugar donde se había producido el accidente. Entonces giré en un cambio de sentido en la 1-40, tomé un atajo hacia el sur en dirección a Waynesville, luego al oeste a través de Bryson City, una pequeña población de Carolina del Norte situada a unos 280 km al oeste de Charlotte, 80 km al este de Tennessee y 80 km al norte de Georgia. Seguí por la autopista del condado hasta donde acababa el mantenimiento estatal y continué por un camino de grava del Servicio Forestal que serpeaba montaña arriba.
Aunque había recibido unas instrucciones bastante precisas, sospechaba que debía haber una ruta mejor, tal vez un sendero estrecho pero que al menos me permitiera un mejor acceso al valle contiguo.
Por un momento consideré la posibilidad de regresar nuevamente al coche, pero luego decidí seguir andando. Tal vez quienes se encontraban en el lugar del accidente habían atravesado el bosque a pie igual que yo. La carretera del Servicio Forestal no parecía continuar hacia ninguna parte más allá del punto donde había dejado el coche.
Después de una agotadora ascensión, me aferré al tronco de un pino, apoyé un pie con fuerza y conseguí izarme hasta un saliente rocoso. Al incorporarme me topé de golpe con los ojos de una muñeca de trapo, una Raggedy Ann. La muñeca colgaba boca abajo con el vestido enganchado en las ramas bajas del voluminoso pino.
Una imagen de la muñeca de mi hija cruzó por mi cabeza y extendí la mano.
¡No lo hagas!
Bajé el brazo, consciente de que había que clasificar y registrar todos y cada uno de los objetos antes de recogerlos. Solo entonces alguien podría reclamar el triste recuerdo.
Desde mi posición del saliente tenía una excelente visión del lugar donde debía de haberse estrellado el avión. Distinguí un motor, medio enterrado entre la hojarasca junto a otros restos, y lo que parecían ser piezas de un ala. Una sección del fuselaje tenía la parte inferior arrancada, y parecía un diagrama de manual de instrucciones para maquetas de aviones. A través de las ventanillas se veían los asientos. Había algunos ocupados, pero en su mayor parte iban vacíos.
Trozos de cuerpo y restos del aparato cubrían el paisaje como si fuesen desechos en un vertedero. Desde donde me encontraba, los trozos de cuerpos humanos cubiertos de piel parecían asombrosamente pálidos, contrastando con el fondo compuesto por arbustos, vísceras y partes del avión. Diversos objetos colgaban de los árboles o se esparcían enredados en ramas y hojas. Tela. Alambre. Planchas de metal. Material aislante. Plástico.
Los efectivos de la policía local y los voluntarios ya habían llegado y estaban acordonando el lugar y buscando supervivientes. Algunos escudriñaban entre los árboles, otros señalaban con cinta amarilla el perímetro del terreno donde se hallaban los restos del aparato. Llevaban chaquetas amarillas que indicaban «Departamento del Sheriff del Condado de Swain» en la espalda. Otros solo vagaban por el lugar o estaban reunidos en pequeños grupos, fumando, hablando o mirando el desolador espectáculo que tenían ante los ojos.
Más allá, entre los árboles, se veían destellos de luces rojas, azules y amarillas que indicaban la ruta de acceso que yo no había sido capaz de encontrar. Imaginé los coches patrulla, los camiones de bomberos, las ambulancias, los furgones de los equipos de rescate y los vehículos de los voluntarios que al día siguiente obstruirían la carretera.
En ese momento el viento cambió de dirección y el olor a humo se hizo más intenso. Me volví y descubrí una delgada columna de humo negro que ascendía un poco más allá de la siguiente colina. Sentí que se me formaba un nudo en el estómago; estaba lo bastante cerca para detectar otro olor que se mezclaba con el olor ácido y penetrante del humo.
Como antropóloga forense, mi trabajo consiste en investigar las muertes violentas. He examinado centenares de víctimas del fuego para jueces y forenses y conozco muy bien el olor de la carne carbonizada. En el siguiente barranco todavía ardían algunos cadáveres.
Hice un esfuerzo por tragar saliva y volví a concentrarme en la operación de rescate. Algunos de los que habían permanecido inactivas se movían ahora por la zona del desastre. Vi que uno de los ayudantes del sheriff se inclinaba para inspeccionar unos restos que se hallaban a sus pies. Se irguió y lanzó unos destellos con un objeto que elevaba en la mano izquierda. Otro de los ayudantes había comenzado a hacer una pila con restos.
— ¡Mierda!
Comencé a descender la colina, aferrándome a las ramas bajas y zigzagueando entre los árboles y el suelo rocoso para mantener el equilibrio. El terreno era muy empinado y un tropezón podía convertirse en una peligrosa zambullida de cabeza.
A pocos metros del pie de la colina tropecé con una plancha de metal que se deslizó y me lanzó por los aires como si fuese uno de esos críos que se tiran en sus tablas entre dos toboganes. Caí a tierra como un peso muerto y comencé a rodar colina abajo, arrastrando conmigo una avalancha de piedras, ramas, hojas y pinaza.
Para frenar la caída busqué desesperadamente algún punto donde asirme, me desgarré las palmas de las manos y me rompí algunas uñas hasta que choqué con la mano izquierda contra algo sólido y conseguí aferrarme con los dedos a ello. Sentí un dolor agudo en la muñeca que tuvo que soportar todo el peso de mi cuerpo y parar el movimiento descendente.
Me quedé colgada un momento, luego giré sobre un costado, me apoyé en ambas manos y conseguí sentarme. Alcé la vista sin soltarme de mi providencial punto de apoyo.
El objeto que había conseguido frenar mi caída era una larga barra de metal que formaba un ángulo recto desde la roca en que me apoyaba con la cadera hasta un tronco cortado unos metros colina arriba. Me afiancé con ambos pies, hice una prueba para ver si podía levantarme y me las arreglé para recuperar la posición vertical. Me limpié la sangre de las manos en las perneras del pantalón, volví a sujetarme la cazadora a la cintura y continué descendiendo hasta llegar a terreno llano.
Una vez allí aceleré el paso. Aunque la superficie distaba bastante de ser firme, al menos ahora la fuerza de la gravedad estaba de mi parte. Al llegar a la zona acordonada, levanté la cinta amarilla y pasé por debajo.
—Un momento, señora. No tan rápido.
Me detuve y me volví. El hombre que había hablado llevaba una chaqueta del Departamento del Sheriff del Condado de Swain.
—Estoy con el DMORT.
—¿Qué demonios es el DMORT?
—¿Está el sheriff en el lugar de accidente?
—¿Quién lo pregunta?
El ayudante del sheriff tenía una expresión tensa y los labios, apretados, formaban una delgada línea. Llevaba una gorra de caza anaranjada encasquetada hasta las cejas.
—La doctora Temperance Brennan.
—No vamos a necesitar a ningún médico por aquí.
—Mi trabajo consiste en identificar a las víctimas.
—¿Tiene alguna credencial?
Cuando se produce un desastre de proporciones masivas, cada agencia gubernamental tiene responsabilidades específicas. La OEP, el Dispositivo de Emergencias, gestiona y dirige el NDMS, Sistema Médico para Desastres Nacionales, que proporciona la respuesta médica, la identificación de las víctimas y los servicios funerarios en el caso de un accidente con gran número de víctimas.
Para hacer frente a sus misiones, el NDMS decidió crear el DMORT, los sistemas Equipo de Respuesta Operativa Funeraria en Desastres, y el DMAT, Equipo de Asistencia Médica en Desastres. En los casos oficialmente declarados como desastres, el DMAT se hace cargo de las necesidades de los supervivientes, mientras que la función del DMORT es encargarse de los fallecidos.
Extraje mi identificación del NDMS y se la mostré al ayudante del sheriff.
El hombre la estudió detenidamente y luego hizo un gesto con la cabeza señalando el fuselaje del aparato siniestrado.
—El sheriff está con los jefes de bomberos.
Se le quebró la voz y se pasó el dorso de la mano por los labios. Luego bajó la vista y se alejó, avergonzado de no haber podido reprimir su emoción.
No me sorprendió el comportamiento del ayudante del sheriff. Los policías y miembros de los equipos de rescate más duros y capaces, no importa el grado de entrenamiento o experiencia que puedan tener, nunca están preparados psicológicamente para su primer major.1
Majors. Así es como el Consejo Nacional de Seguridad del Transporte califica estas catástrofes. Yo no estaba segura de qué es lo que se necesita para merecer esa calificación, pero había trabajado en muchas de ellas y había algo que sabía con certeza: todas eran espantosas. Tampoco yo estaba preparada para ese espectáculo y compartía la angustia que sentía aquel hombre. Solo que yo había aprendido a ocultarla.
Mientras iba hacia el fuselaje del avión, pasé junto a otro ayudante del sheriff que estaba cubriendo un cadáver.
—Quite eso —ordené.
—¿Qué?
—No cubra los cadáveres.
—¿Quién lo dice?
Volví a sacar mi credencial.
—Pero están al descubierto. —Su voz sonaba plana, como la grabación de un ordenador.
—Todo tiene que permanecer en su sitio.
—Tenemos que hacer algo. Está oscureciendo. Los osos percibirán el olor de esta... —se interrumpió buscando la palabra adecuada— gente.
Yo había visto lo que un Ursus era capaz de hacer con un cadáver y comprendí la preocupación de aquel hombre. Sin embargo, no podía dejar que cubriese los restos de las víctimas.
—Hay que tomar fotos y clasificarlo todo antes de que se pueda tocar y mover.
Apretó la manta con ambas manos y una expresión de dolor se le dibujó en el rostro. Yo sabía exactamente cómo se sentía. La necesidad de hacer algo, la angustia de no saber qué. La sensación de impotencia en medio de aquella tragedia abrumadora.
—Por favor, haga correr la voz de que no hay que mover nada. Luego póngase a buscar supervivientes.
—Debe de estar de broma. —Sus ojos recorrieron la escena que nos rodeaba—. Nadie puede haber sobrevivido a esto.
—Si alguien está vivo tiene más motivos para temer a los osos que esta gente. —Señalé el cadáver que había a sus pies.
—Y a los lobos —añadió con voz hueca.
—¿Cómo se llama el sheriff?
—Crowe.
—¿Cuál es?
El hombre desvió la mirada hacia el grupo que se encontraba junto al fuselaje.
—La persona más alta del grupo, la de la chaqueta verde.
Dejé al ayudante y me dirigí rápidamente hacia Crowe.
El sheriff estaba examinando detenidamente un mapa con media docena de bomberos voluntarios cuya vestimenta sugería que habían llegado desde varias jurisdicciones diferentes. Incluso con la cabeza inclinada, Crowe era la persona más alta del grupo. Bajo la chaqueta sus hombros se adivinaban anchos y fuertes, lo que indicaba sesiones regulares de gimnasia. Esperaba no encontrarme con el típico sheriff macho de las montañas.
Cuando me acerqué al grupo, los bomberos dejaron de prestar atención y desviaron la vista hacia mí.
—¿Sheriff Crowe?
Crowe se volvió y comprendí que la cuestión del macho no sería un problema. Crowe era una mujer.
Sus pómulos eran altos y marcados, la piel color canela. El pelo rizado, que escapaba por debajo del sombrero de ala ancha, era de un rojo zanahoria. Pero lo que me llamó poderosamente la atención fueron sus ojos. El iris era del mismo color del vidrio de las viejas botellas de Coca-Cola. Realzado por el naranja de las pestañas y las cejas, el verde pálido era extraordinario. Calculé que rondaría los cuarenta años.
—¿Y usted es? —La voz, grave y profunda, indicaba con claridad que su dueña no estaba para tonterías.
—Doctora Temperance Brennan.
—¿Y tiene alguna razón para estar aquí?
—Trabajo con el DMORT.
Nuevamente la credencial. Crowe estudió detenidamente la tarjeta y me la devolvió.
—Viajaba en mi coche de Charlotte a Knoxville cuando escuché por la radio un boletín que informaba de un accidente aéreo. Llamé a Earl Bliss, el jefe del equipo de la Región Cuatro, y me pidió que me desviara de mi ruta y acudiese para ver si necesitaban ayuda.
Fui algo más diplomática de lo que había sido Earl.
La mujer no dijo nada. Luego se volvió hacia los bomberos, les dio unas breves instrucciones y los hombres se dispersaron.
Acortando la distancia que nos separaba, Crowe me tendió la mano. El apretón podía causar daños.
—Lucy Crowe.
—Por favor, llámeme Tempe.
La sheriff separó los pies, cruzó los brazos y me miró con sus ojos de botella de Coca-Cola.
—No creo que ninguno de estos desdichados vaya a necesitar atención médica.
—Soy antropóloga forense, no médico. ¿Ha buscado supervivientes?
Asintió con un breve movimiento de cabeza, el tipo de gesto que había visto en la India.
—Pensaba que de estas cosas se encargaba el forense.
—De estas cosas nos encargamos todos. ¿Ha llegado ya el NTSB?
Yo sabía que el Consejo Nacional de Seguridad del Transporte nunca tardaba demasiado en presentarse en el lugar de los hechos.
—Están en camino. He tenido noticias de todas las agencias del planeta. NTSB, FBI, Oficina de Tráfico Aéreo (ATF), Cruz Roja, Agencia Federal de Aviación (FAA), Servicio Forestal, Agencia del Valle del Tennessee (TVA), Ministerio de Gobierno. No me extrañaría nada que se presentara el papa en persona.
—¿Ministerio del Gobierno y TVA?
—Los federales son los dueños de la mayor parte de este condado; alrededor de un ochenta y cinco por ciento es parque nacional, un cinco por ciento es reserva. —Extendió la mano a la altura del hombro y la movió describiendo un círculo en el sentido de las agujas del reloj—. Estamos en lo que se conoce como Big Laurel. Bryson City está hacia el noroeste, el Parque Nacional de las Great Smoky Mountains se extiende más allá de Bryson. La reserva india de los cherokee está en el norte y el Nantahala Game Land y el National Forest se extienden hacia el sur.
Tragué saliva para aliviar la presión en los oídos.
—¿A qué altura estamos?
—A un poco más de mil doscientos metros.
—Sheriff, no es mi intención decirle cómo hacer su trabajo, pero hay un par de sujetos a los que quizá le gustaría mantener apartados...
—El tío de la compañía de seguros y el abogado listillo. Puede que Lucy Crowe viva en las montañas, pero ha hecho algunos viajes.
No tenía ninguna duda con respecto a eso. También estaba segura de que nadie se pasaba de la raya con Lucy Crowe.
—Seguro que es buena idea mantener a la prensa fuera de esto.
—Seguro.
—Tiene razón en cuanto al forense, sheriff. Llegará en cualquier momento. Pero el plan de emergencia diseñado por Carolina del Norte requiere la actuación del DMORT cuando se produce una catástrofe de esta magnitud.
En ese momento oí un estallido seco, seguido de órdenes impartidas a gritos. Crowe se quitó el sombrero y se pasó la manga de la chaqueta por la frente.
—¿Cuántos fuegos siguen ardiendo?
—Cuatro. Los estamos sofocando pero resulta complicado. En esta época del año la montaña está muy seca. —Golpeó ligeramente el sombrero contra un muslo casi tan musculoso como sus hombros.
—Estoy segura de que su equipo está haciendo todo lo que puede. Han acordonado el área y están combatiendo los incendios. Si no hay supervivientes, no se puede hacer nada más.
—La verdad es que no están entrenados para este tipo de cosas.
Por encima del hombro de Crowe vi que un hombre mayor con una chaqueta de los Voluntarios Cherokee del Departamento de Policía removía unos desechos con un palo. Decidí actuar con discreción.
—Estoy segura de que le ha advertido a su gente que el sitio de un accidente debe tratarse como si fuese el lugar de un crimen. No hay que tocar nada.
Repitió su gesto característico asintiendo con la cabeza.
—Seguro que se sienten frustrados, quieren ser útiles pero no saben qué hacer. Recordárselo nunca hace daño.
Hice una señal en dirección al tío que hurgaba entre los desechos.
Crowe maldijo en voz baja, luego se dirigió hacia el voluntario con unas zancadas propias de una velocista olímpica. El hombre se alejó y un momento después la sheriff volvió a reunirse conmigo.
—Esto nunca es fácil —dije—. Cuando llegue el NTSB asumirá la responsabilidad de toda la operación.
—Sí.
En ese momento el teléfono móvil de Crowe empezó a sonar. Esperé mientras hablaba.
—Noticias de otra agencia —dijo, enganchando el teléfono al cinturón—. Charles Hanover, presidente de TransSouth Air.
Aunque nunca había volado en ella, había oído hablar de esa línea aérea, una pequeña compañía de transporte regional que conectaba una docena de ciudades en ambas Carolinas, Georgia y Tennessee con Washington, D. C.
—¿Es uno de sus aviones?
—El vuelo 228 salió con retraso de Atlanta con destino a Washington, D. C., tuvo que esperar en la pista unos cuarenta minutos, despegó a las doce cuarenta y cinco de la noche. El avión volaba a unos dos mil metros de altura cuando desapareció de la pantalla del radar a la 1:07. Mi oficina recibió la llamada del 911 a las dos.
—¿Cuántas personas iban a bordo?
—El avión era un Fokker-100, transportaba ochenta y dos pasajeros y una tripulación de seis miembros. Pero eso no es lo peor.
Sus siguientes palabras vaticinaban el horror de los próximos días.
2
—¿Los equipos de fútbol de la Universidad de Georgia? —pregunté.
Crowe asintió.
—Hanover dijo que viajaban los chicos y las chicas para disputar una serie de partidos en alguna parte cerca de Washington.
—¡Dios santo!
Las imágenes comenzaron a estallar como luces de magnesio. Una pierna amputada. Dientes con aparatos de ortodoncia. Una mujer joven atrapada entre las ramas de un árbol.
Una súbita punzada de pánico.
Mi hija. Katy estudiaba en Virginia, pero solía ir a ver a su mejor amiga a Athens, sede de la UGA, la Universidad de Georgia. Lija disfrutaba de una beca deportiva. ¿Era de fútbol?
Oh, Dios. Mi mente discurría a toda velocidad. ¿Había mencionado Katy un viaje? ¿Cuándo eran las vacaciones del semestre? Resistí la tentación de coger el móvil.
—¿Cuántos estudiantes?
—Cuarenta y dos pasajeros hicieron las reservas a través de la universidad. Hanover piensa que la mayoría eran estudiantes. Además de los jugadores había preparadores, entrenadores, novias, novios y algunos aficionados que viajaban con el equipo. —Se pasó la mano por la boca—. Lo normal.
Lo normal. Se me partía el corazón ante la pérdida de tantas vidas jóvenes. Luego tuve otro pensamiento.
—Esto se convertirá en una pesadilla cuando vengan los medios.
—Fue lo primero que dijo Hanover. —La voz de Crowe no podía ocultar el sarcasmo.
—Cuando el NTSB se haga cargo de la situación también tratará con la prensa.
Y con las familias, pensé sin decirlo. Ellos también estarían aquí, gimiendo y apretujándose en busca de consuelo, algunos mirando con ojos aterrados, otros exigiendo respuestas inmediatas, la ira enmascarando su insoportable dolor.
En ese momento se oyó el inconfundible sonido de las hélices de un helicóptero y vimos un aparato que se acercaba rozando las copas de los árboles. Alcancé a divisar una figura familiar sentada junto al piloto, y otra silueta en el asiento trasero. El helicóptero describió un par de círculos y luego se dirigió en la dirección opuesta a la que se suponía que estaba la carretera.
—¿Adónde van?
—Que me cuelguen si lo sé. En esta zona no andamos sobrados de pistas de aterrizaje. —Crowe bajó la vista y volvió a ponerse el sombrero, ocultando un mechón de pelo rojo con un gesto de la mano—. ¿Café?
Media hora más tarde el forense jefe de Carolina del Norte llegó al lugar del accidente, seguido del vicegobernador del estado. El primero llevaba el uniforme básico compuesto de botas y vestimenta caqui, el segundo vestía un traje. Los observé mientras se abrían paso a través de los restos del accidente. El patólogo miraba a su alrededor, evaluando mentalmente la situación, el político con la cabeza gacha, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, mantenía una postura rígida, como si cualquier contacto con aquello que le rodeaba pudiese convertirle en participante más que en un simple observador. En un momento determinado se detuvieron y el forense habló con uno de los ayudantes del sheriff. El hombre señaló en nuestra dirección y la pareja se dirigió hacia nosotros.
—Vaya, vaya. Nos han enviado a todo un profesional.
Lo dijo con el mismo sarcasmo con el que se había referido a Charles Hanover, el presidente de TransSouth Air.
Crowe aplastó el vaso de plástico y lo arrojó dentro de una bolsa en la que llevaba un termo. Le di mi vaso, intrigada por la vehemencia de su desaprobación. ¿No estaba de acuerdo con la política del vicegobernador o había algo personal entre Lucy Crowe y Parker Davenport?
Cuando los dos hombres se acercaron, el forense extrajo su credencial.
Crowe hizo un gesto con la mano.
—No es necesario, Doc. Sé quién es usted.
Yo también había trabajado con Larke Tyrell desde que le habían nombrado forense jefe de Carolina del Norte a mediados de la década de los ochenta. Larke era un hombre cínico y un dictador, pero como patólogo era uno de los mejores administradores del país. Trabajando con un presupuesto del todo insuficiente y una administración indiferente, se había hecho cargo de una oficina sumida en el caos y la había convertido en uno de los sistemas de investigación criminal más eficientes de Estados Unidos.
Yo estaba dando los primeros pasos de mi carrera forense en la época del nombramiento de Larke; acababa de conseguir mi licencia del Consejo Americano de Antropología Forense. Nos conocimos mientras yo hacía un trabajo para el Departamento Federal de Investigaciones del Estado de Carolina del Norte. Mi tarea era identificar los cadáveres de dos traficantes de drogas que habían sido asesinados y descuartizados por una banda de motoristas. Fui una de las primeras personas que Larke contrató como asesores especialistas, y desde entonces había tratado con esqueletos y con todo tipo de cadáveres descompuestos, momificados, quemados y mutilados de Carolina del Norte.
El vicegobernador extendió la mano derecha, mientras con la izquierda apretaba un pañuelo contra los labios. Estaba pálido. No dijo nada mientras le estrechábamos la mano.
—Me alegro de que estés en el país, Tempe —dijo Larke, aplastándome también los dedos con su manaza.
Empecé a replantearme todo este asunto del apretón de manos.
La expresión «en el país» empleada por Larke pertenecía a la jerga militar de la época de Vietnam y su acento era puro Carolina. Nacido en las tierras bajas, Larke se crió en el seno de una familia de marines, se reenganchó al servicio militar y después ingresó en la facultad de medicina. Tenía el aspecto y hablaba como si fuese una versión pulida del actor Andy Griffith.
—¿Cuándo te marchas al norte?
—La semana que viene empiezan las vacaciones de otoño —respondí.
Larke entrecerró los ojos mientras barría nuevamente el lugar con la mirada.
—Me temo que tal vez Quebec tenga que quedarse sin su antropóloga este otoño.
Hacía una década yo había participado en un intercambio académico con la Universidad McGill. Aprovechando que estaba en Montreal, había empezado a colaborar como asesora en el Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal, el principal laboratorio criminal y médico-legal de Quebec. Al final de año, y como reconocían la necesidad de contar con un antropólogo forense en plantilla, el gobierno provincial creó un puesto, equipó un laboratorio y me contrató como consultora permanente.
Desde entonces había estado viajando entre Quebec y Carolina del Norte, impartiendo clases de antropología física en la Universidad de Carolina del Norte-Charlotte y actuando como asesora en ambas jurisdicciones. Como habitualmente mis casos implicaban muertos que no eran recientes, el arreglo había funcionado bien. Pero había entre ambas partes un acuerdo tácito: mi disposición inmediata para prestar testimonio ante un tribunal y en las situaciones de crisis.
Un desastre aéreo de estas características era sin duda una situación de crisis. Le aseguré a Larke que cancelaría mi viaje a Montreal en octubre.
—¿Cómo es que has llegado tan rápido?
Expliqué nuevamente mi viaje a Knoxville y la conversación telefónica que había mantenido con el jefe del DMORT.
—Ya he hablado con Earl. Mañana por la mañana ya habrá desplegado un equipo en la zona. —Larke miró a Crowe—. Los muchachos del NTSB llegarán esta noche. Hasta entonces todo tiene que quedarse tal como está.
—Ya he dado la orden —dijo Crowe—. Esta zona es bastante inaccesible, pero aumentaré los puestos de seguridad. Los animales serán probablemente el mayor problema. Sobre todo cuando los cadáveres empiecen a descomponerse.
El vicegobernador profirió un ruido extraño, dio media vuelta y se alejó. Lo vi aferrarse al tronco de un laurel, se inclinó hacia adelante y vomitó.
Larke nos miró fijamente a Crowe y a mí.
—Señoras, están consiguiendo que un trabajo muy difícil se convierta en una tarea infinitamente más sencilla. No tengo palabras para expresar cuánto aprecio su profesionalidad. —Cambio de expresión—. Sheriff, quiero que mantenga la situación controlada en la zona. —Volvió a cambiar la expresión—. Tempe, ve a dar tu charla a Knoxville. Luego quiero que recojas todo el equipo que puedas necesitar y te presentes aquí mañana. Te quedarás un tiempo, de modo que es mejor que informes a la universidad. Te conseguiremos una cama.
Quince minutos más tarde uno de los ayudantes de Crowe me llevaba hasta el lugar donde había dejado aparcado mi coche. No me había equivocado en cuanto a la existencia de una ruta mejor. Aproximadamente a medio kilómetro de donde había dejado el coche, un desvío de la carretera del Servicio Forestal daba paso a un camino polvoriento. Utilizado en otro tiempo para transportar la madera, el estrecho camino daba la vuelta a la montaña y desembocaba a unos cincuenta metros de la zona donde se había estrellado el avión.
Ahora había un montón de vehículos aparcados en fila a ambos lados del camino forestal y, mientras descendíamos la colina, nos habíamos cruzado con otros recién llegados. Al amanecer habría atascos importantes en las carreteras comarcales y los caminos del Servicio Forestal.
En cuanto me acomodé detrás del volante busqué el móvil. No había línea.
Realicé dos o tres maniobras para poder dar la vuelta y dirigirme colina abajo hacia la carretera del condado. Una vez en la autopista 74 intenté llamar nuevamente. Esta vez hubo suerte y marqué el número de Katy. Después de cuatro tonos respondió el contestador.
Intranquila, dejé un mensaje para mi hija y empecé a repetirme el tema «no-seas-una-madre-imbécil». Durante la hora siguiente intenté concentrarme en mi inminente presentación, apartando de mi mente las imágenes de la carnicería que había dejado a mis espaldas y el horror con el que tendría que enfrentarme al día siguiente. Fue absolutamente inútil. Las imágenes de rostros y miembros amputados flotando por el aire hicieron añicos mi concentración.
Encendí la radio. Todas las emisoras informaban de la tragedia aérea. Los locutores hablaban con gravedad y respeto de la muerte de los jóvenes deportistas y especulaban con solemnidad sobre las causas del accidente. Considerando que el clima no parecía haber influido en absoluto en la catástrofe, las principales teorías apuntaban al sabotaje o a un fallo mecánico.
Cuando caminaba por el bosque detrás del ayudante de Crowe había divisado un grupo de árboles cercenados y orientados en dirección opuesta al lugar por donde yo había llegado. Aunque sabía que esos daños señalaban el tramo final del descenso del aparato, me negué a sumarme a las especulaciones.
Entré en la 1-40, cambié de emisora por centésima vez y conseguí captar los comentarios de un periodista que informaba desde el aire acerca del incendio de un almacén. Los sonidos del helicóptero me recordaron de inmediato a Larke y pensé que no le había preguntado en qué lugar habían aterrizado el vicegobernador y él. Guardé la pregunta en un rincón de mi cabeza.
A las nueve volví a marcar el número de Katy.
No hubo respuesta. Volví a repetirme el tema.
Al llegar a Knoxville, me registré en el hotel, llamé a mi anfitrión y me comí el pollo Bojangles que había comprado en las afueras de la ciudad. Llamé a mi exmarido a Charlotteville para que se ocupase de Birdie. Extrañado, Pete accedió a hacerlo, añadiendo que me pasaría la factura por el transporte y la alimentación del gato. Me dijo que hacía varios días que no hablaba con Katy. Después de darle una versión reducida de mis temores, Pete me prometió que intentaría localizarla.
Luego llamé a Pierre LaManche, mi jefe del Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal, para informarle que la semana siguiente no acudiría a Montreal. Ya había tenido noticias del accidente y estaba esperando mi llamada. Por último, llamé al jefe de mi departamento en la Universidad de Carolina del Norte.
Después de haber cumplido con todas mis responsabilidades, dediqué una hora a seleccionar las diapositivas y colocarlas en sus respectivas bandejas en el proyector, luego me duché y traté de comunicarme nuevamente con Katy. Nada.
Miré el reloj. Las once y cuarenta.
Katy está bien. Ha salido a comer una pizza. O está en la biblioteca. Sí. La biblioteca. Había utilizado esa excusa un montón de veces cuando estaba en la facultad.
Tardé mucho tiempo en dormirme.
A la mañana siguiente Katy no había llamado y tampoco estaba localizable. Intenté el número de Lija en Athens. Otra voz robótica me pidió que dejase un mensaje.
Me dirigí en coche al único departamento de antropología de Estados Unidos que se encuentra en un estadio de fútbol y di una de las conferencias más incoherentes de mi carrera. En su presentación, el anfitrión de la conferencia mencionó que formo parte del DMORT y añadió que iba a trabajar en el rescate de los cuerpos de la tragedia aérea de TransSouth Air. Aunque la información que yo podía suministrar era escasa, las preguntas que siguieron a mi presentación desdeñaban por completo el tema de la conferencia y se centraron en el accidente. El turno de preguntas y respuestas pareció prolongarse eternamente.
Cuando, finalmente, la multitud enfiló hacia la salida, un hombre de aspecto esperpéntico, vestido con pajarita y chaleco de punto, se dirigió directamente hacia el podio balanceando sobre el pecho sus gafas de media luna. Al pertenecer a una profesión que cuenta con relativamente pocos miembros, la mayoría de los antropólogos se conocen, nuestros caminos se habían cruzado una y otra vez en reuniones, seminarios y conferencias. Me había encontrado con Simon Midkiff en numerosas ocasiones y sabía que, si no me mostraba firme, me tendría allí todo el día. Eché una mirada exagerada al reloj, recogí mis cosas, cerré el maletín y bajé de la tarima.
—¿Cómo estás, Simon?
—Perfectamente.
Tenía los labios agrietados, la piel seca y escamosa, como la de un pez muerto bajo el sol. Una red de venas diminutas cruzaba el blanco de unos ojos cubiertos por unas cejas muy espesas.
—¿Cómo va la arqueología?
—Excelente también. Considerando que uno debe comer, estoy trabajando en varios proyectos para el departamento de recursos culturales de Raleigh. Pero, fundamentalmente, dedico mi tiempo a organizar datos. —Profirió una risa aguda y se dio unos golpecitos en la mejilla—. Parece que he recogido una extraordinaria cantidad de datos a lo largo de mi carrera.
Simon Midkiff se doctoró por la Universidad de Oxford en 1955 y luego viajó a los Estados Unidos para cubrir un puesto en Duke. Pero la superestrella de la arqueología no publicó ningún artículo y, seis años más tarde, le relevaron de su cargo. Midkiff tuvo una segunda oportunidad en la Universidad de Tennessee, tampoco publicó trabajo alguno y, nuevamente, perdió el puesto académico.
Durante treinta años, incapaz de obtener un cargo permanente en una facultad, Midkiff se había dedicado a merodear por la periferia del mundo académico, realizando trabajos arqueológicos por encargo e impartiendo cursos cada vez que se necesitaban suplentes en colegios y universidades de ambas Carolinas y Tennessee. Era famoso por excavar en los sitios, redactar únicamente el informe indispensable y luego fracasar en la publicación de los hallazgos.
—Me encantaría que me lo contases, Simon, pero me temo que no tengo tiempo.
—Sí, no lo dudo. Una tragedia terrible. Tantas vidas jóvenes. —Meneó la cabeza tristemente de un lado a otro—. ¿Dónde cayó el avión exactamente?
—En el condado de Swain. Y debo regresar allí.
Intenté continuar mi camino, pero Midkiff cambió sutilmente el peso del cuerpo de un pie al otro, bloqueándome el paso.
—¿Dónde está el condado de Swain?
—Al sur de Bryson City.
—¿Podrías ser un poco más concreta?
—No tengo las coordenadas a mano.
No hice nada para ocultar mi irritación.
—Por favor, disculpa mi brusquedad. He estado excavando en el condado de Swain y estaba preocupado por los daños que podría haber sufrido el lugar. Qué egoísta por mi parte. —Nuevamente la risa falsa—. Te pido perdón.
En ese momento mi anfitrión se reunió con nosotros.
—¿Puedo? —Alzó una pequeña Nikon.
—Claro.
Me esforcé por asumir la sonrisa Kodak.
—Es para el boletín del departamento. Parece que ha gustado a los estudiantes.
Me agradeció la conferencia y me deseó buena suerte con el rescate de los cuerpos. Yo, a mi vez, le agradecí el alojamiento, me disculpé con ambos, recogí mis cajas con diapositivas y salí rápidamente del auditorio.
Antes de abandonar Knoxville pasé por una tienda de deportes y compré botas, calcetines y tres equipos de campaña, uno de los cuales me puse en ese momento. En una farmacia compré dos paquetes de bragas de algodón. No eran mi marca, pero servirían. Metí todo en la mochila y me dirigí hacia el este.
Nacida en las colinas de Terranova, la cadena de los Apalaches discurre paralela a la costa Este de norte a sur, en las proximidades de Harpers Ferry, Virginia Occidental, y se separan para formar las cadenas de las Great Smoky y las Blue Mountains. Las Great Smoky Mountains, una de las regiones elevadas más viejas del mundo, se alzan a más de 2 200 metros en Clingman Dome, en la frontera entre Carolina del Norte y Tennessee.
Tras una hora de haber salido de Knoxville ya había atravesado los pueblos de Sevierville, Pigeon Forge y Gatlinburg en territorio de Tennessee y viajaba al este del Dome, asombrada, como siempre, por la belleza irreal de esa región. Esculpidas por millones de años de viento y lluvia, las Great Smoky Mountains se extienden al sur de una serie de picos y valles tranquilos. La vegetación del bosque es exuberante y una gran parte se ha conservado como parque nacional. El Nantahala. El Pisgah. El Cherokee. El Parque Nacional Great Smoky Mountains. Los verdes suaves y la tenue bruma que dan nombre a esta sierra ejercen una fascinación incomparable. La tierra en su máxima expresión.
Sobre el fondo de ese paisaje maravilloso, la muerte y la destrucción constituían un terrible contraste.
Justo al salir de Cherokee, por Carolina del Norte, llamé nuevamente a Katy. Mala idea. Otra vez me respondió la voz metálica del contestador. Nuevamente dejé un mensaje: «Llama a tu madre».
Tenía la mente a cientos de kilómetros de la tarea que me esperaba en adelante. Pensé en los pandas del zoológico de Atlanta, la pérdida de audiencia de la NBC, la retirada del equipaje del aeropuerto de Charlotte. ¿Por qué era siempre un procedimiento tan lento?
Pensé en Simon Midkiff. ¡Qué tío tan extraño! ¿Qué probabilidades había de que un avión se estrellase precisamente en el lugar donde estaba realizando una excavación?
Evité la radio, puse un CD de Kiri Te Kanawa y escuché los temas de Irving Berlin con la maravillosa voz de la diva.
Cuando llegué al lugar del accidente ya eran casi las dos de la tarde. Dos coches patrulla bloqueaban la carretera comarcal justo antes de la intersección con la carretera del Servicio Forestal. Un miembro de la Guardia Nacional se encargaba de dirigir el tráfico, enviaba a algunos motoristas montaña arriba y ordenaba a otros que bajaran. Mostré mi credencial y el guardia comprobó mi nombre en su lista.
—Sí, señora. Su nombre está en la lista. Puede dejar el coche en la zona de aparcamiento.
Se apartó y pasé a través de un pequeño espacio entre los dos coches de la policía.
La zona de aparcamiento estaba en un mirador en el que se construiría una torre de vigilancia de incendios y en un pequeño terreno sembrado al otro lado de la carretera. Se había rebajado la pared del risco para aumentar el tamaño y habían esparcido grava como medida de precaución en caso de lluvia. Desde este lugar se darían las instrucciones para trabajar en la zona del accidente y se asistiría a los parientes de las víctimas hasta que se pudiese trasladar la operación a otro lugar.
Un creciente número de personas y vehículos ocupaban ambos lados de la carretera. Remolques de la Cruz Roja. Unidades de la televisión con antenas parabólicas. Furgonetas. Un camión de materiales peligrosos. Logré deslizar mi pequeño Mazda entre un Dodge Durango y un Ford Bronco en la zona que descansaba contra la ladera de la colina, cogí mis cosas y me dirigí hacia la zona del mirador.
Al llegar al lugar vi una mesa de escuela plegable colocada en la base de la torre, fuera de uno de los remolques de la Cruz Roja. Una cafetera de grandes dimensiones brillaba bajo el sol. Alrededor de la máquina había un grupo de familiares, abrazados, apoyados unos en los otros. Algunos lloraban, otros permanecían inmóviles y en silencio. Muchos de ellos se aferraban con ambas manos a los vasos de plástico llenos de café, unos pocos hablaban por el móvil.
Un sacerdote paseaba entre los afligidos, palmeando hombros y estrechando manos. Lo observé mientras se inclinaba para hablar con una mujer mayor. Por la espalda doblada, la cabeza calva y la nariz aguileña, guardaba un notable parecido con las aves carroñeras que había visto en las llanuras de África Oriental, una comparación totalmente injusta.
Recordé a otro sacerdote. Otra vigilia. La actitud compasiva de aquel hombre había echado por tierra cualquier esperanza de que mi abuela pudiese recuperarse. Recordé la agonía de aquella vez y me sumé de corazón a los que se habían reunido para reclamar a sus seres queridos.
Periodistas, cámaras de televisión y técnicos de sonido ocupaban sus posiciones junto al muro de piedra de baja altura que rodeaba el mirador; cada equipo buscaba el mejor telón de fondo para su reportaje. Como había sucedido en 1999 durante el accidente del avión de Swissair en Peggy’s Cove, Nueva Escocia, yo estaba segura de que las vistas panorámicas se destacarían de modo notorio en todos los telediarios.
Afiancé la mochila que llevaba colgada al hombro y continué colina abajo. Otro miembro de la Guardia Nacional me franqueó el paso al camino forestal utilizado para el transporte de madera y que, de la noche a la mañana, habían convertido en un camino de grava de dos carriles. Ahora una ruta de acceso llevaba desde el camino ampliado hasta el lugar del desastre. La grava crujía bajo mis pies mientras caminaba a través del túnel de árboles recién cortados. El aroma de los pinos estaba viciado por el tenue olor de los primeros estadios de la putrefacción.
Los remolques encargados de la descontaminación se alineaban junto a barricadas que bloqueaban el acceso a la zona principal del accidente, y dentro del área restringida se había instalado un Centro de Mando de Incidencias. Podía ver la silueta familiar del remolque del NTSB, con su antena parabólica y su cobertizo para proteger el generador. Junto a él habían aparcado camiones frigoríficos y en el suelo había varias pilas de bolsas de plástico para los cadáveres. Este depósito sería el lugar provisional hasta el traslado de los restos a otro más permanente.
Excavadoras, grúas hidráulicas, camiones de basura, coches de bomberos y de policía se hallaban diseminados por una amplia zona. Una ambulancia solitaria me confirmó que la operación había cambiado oficialmente de «búsqueda y rescate» a «búsqueda y recuperación». Ahora su función era atender a los trabajadores heridos.
Lucy Crowe se encontraba en la zona interior de las barricadas hablando con Larke Tyrell.
—¿Cómo están las cosas? —pregunté.
—Mi teléfono no deja de sonar. —Crowe parecía agotada—. Anoche estuve a punto de apagar el maldito chisme.
Por encima de su hombro podía ver la zona cubierta de restos donde los equipos de buscadores, provistos de mascarillas y monos de protección, avanzaban en línea recta con los ojos clavados en el suelo. Ocasionalmente alguien se agachaba, inspeccionaba un objeto y luego marcaba el lugar. Detrás del equipo, banderas rojas, azules y amarillas punteaban el terreno como chinchetas de colores en el plano de una ciudad.
Otros trabajadores, vestidos completamente de blanco, se movían alrededor del fuselaje, el extremo del ala y el motor, tomando fotografías, apuntando datos y registrando comentarios orales. Las gorras azules les identificaban como miembros del NTSB.
—No falta nadie —dije.
—NTSB, FBI, SBI, FAA, ATF, CBS, ABC. Y, naturalmente, el CEO. Si tienen siglas, están aquí.
—Esto no es nada —dijo Larke—. Solo tienes que darles uno o dos días.
Se quitó un guante de látex y echó un vistazo al reloj.
—La mayoría de los miembros del DMORT están reunidos en el depósito provisional, Tempe, así que no tiene sentido que te vistas ahora. Continuemos. —Intenté protestar pero Larke me interrumpió—. Volvemos juntos a pie.
Mientras Larke se dirigía a la zona de descontaminación, Lucy me indicó dónde se encontraba el depósito. No era necesario. Había visto la actividad que se desarrollaba a su alrededor mientras subía por la carretera comarcal.
—El Departamento de Bomberos de Alarka está a unos doce kilómetros. En otra época era una escuela. Verá unos columpios y unos toboganes, y los camiones, que están aparcados en un prado contiguo.
Cuando nos dirigíamos a la zona donde se concentraban los servicios de rescate, el forense me puso al tanto de los últimos acontecimientos. Entre todos los datos destacaba una información anónima recibida por el FBI acerca de una bomba a bordo del avión siniestrado.
—El buen ciudadano fue lo bastante amable y generoso para compartir esa información con la CNN. Todos los medios de comunicación están actuando como sabuesos con una presa.
—Cuarenta y dos estudiantes muertos convertirán esta tragedia en un suceso de Pulitzer.
—También está la otra mala noticia. Cuarenta y dos puede ser un número bajo. Parece que fueron más de cincuenta las personas que hicieron las reservas a través de la UGA.
—¿Has visto la lista de pasajeros? —Me costó un gran esfuerzo hacer la pregunta.
—La tendrán cuando hagamos la reunión.
Sentí un escalofrío.
—Sí, señor —continuó Larke—. Si metemos la pata, la prensa nos va a comer vivos.
Nos separamos para dirigirnos a nuestros coches. En un tramo de la carretera entré en una zona en la que había cobertura y el teléfono comenzó a lanzar un pitido. Pisé el freno, temiendo perder la señal.
El mensaje era apenas audible a través de la electricidad estática.
—«Doctora Brennan, soy Haley Graham, la compañera de cuarto de Katy. Hmmm. He escuchado sus mensajes, cuatro, creo. Y también del padre de Katy. Llamó un par de veces. Bueno, después oí las noticias del accidente aéreo, y... —Interferencias—. Bien, esto es lo que hay. Katy se marchó el fin de semana y no estoy segura de dónde pueda estar. Sé que Lija la llamó un par de veces a principios de semana, de modo que estoy un poco preocupada pensando que Katy podría haber ido a verla. Estoy segura de que es algo estúpido, pero pensé que lo mejor sería llamarla para preguntarle si había hablado con Katy. Bueno... —Más interferencias—. Parezco una chiquilla asustada, pero me sentiría mejor si supiera dónde está Katy. Adiós».
Llamé a Pete. Aún no tenía noticias de nuestra hija. Volví a llamar. Lija seguía sin contestar al teléfono.
Un miedo helado me atravesó el pecho y se me enroscó alrededor del esternón.
Una camioneta hizo sonar la bocina y me apartó de la carretera.
Continué bajando por la montaña, anhelando pero temiendo la inminente reunión, segura de cuál sería mi primera pregunta.
3
Una de las primeras responsabilidades del DMORT cuando se produce un desastre masivo es establecer un depósito provisional en un lugar lo más próximo posible al lugar de la tragedia. En general, los lugares preferidos para la instalación del depósito de cadáveres suelen ser las oficinas del examinador médico y el forense, hospitales, funerarias, hangares, almacenes y cuarteles de la Guardia Nacional.
Cuando llegué al Cuartel de Bomberos de Alarka, el lugar escogido para recibir los restos mortales del vuelo 228 de la TransSouth Air, la zona de aparcamiento principal ya estaba llena y había gran cantidad de vehículos esperando en la entrada. Me coloqué en la larga cola y comencé a avanzar despacio, haciendo tamborilear los dedos en el volante mientras echaba un vistazo a mi alrededor.
La zona de aparcamiento trasera estaba reservada para los camiones frigoríficos que se encargarían de transportar los cuerpos de las víctimas. Vi un par de mujeres de mediana edad que cubrían la valla con un plástico opaco a la espera de una presencia masiva de fotógrafos, tanto profesionales como aficionados, que llegarían para violar la intimidad de los muertos. Una ligera brisa movía y hacía crujir el plástico mientras ambas mujeres se esforzaban por asegurarlo a la valla metálica.
Finalmente llegué hasta donde se encontraba el guardia, mostré mi credencial y me autorizó a aparcar. En el interior, docenas de trabajadores estaban colocando mesas, unidades portátiles de rayos X y aparatos para revelar radiografías, ordenadores, generadores y calentadores de agua. Se limpiaban y esterilizaban los cuartos de baño y se construían áreas para que el personal se cambiara de ropa y descansara. En una esquina trasera se había creado una sala de conferencias. Y en otra estaban levantando un centro informático y la central de rayos X.
Cuando entré, la reunión ya había comenzado. La gente se alineaba junto a las paredes provisionales y alrededor de mesas portátiles que se habían juntado en el centro de la «sala». Las lámparas fluorescentes, colgadas del techo con alambres, arrojaban una luz azulada sobre los rostros tensos y pálidos. Me deslicé hacia la parte posterior y me senté.
El investigador del NTSB, Magnus Jackson, estaba acabando su exposición acerca del Sistema de Mando de Incidencias. El TIC, como llamaban a Jackson, era delgado y duro como un doberman, con la piel casi tan oscura como la de esos perros. Llevaba gafas ovaladas con una fina montura metálica y el pelo gris muy corto.
Jackson estaba describiendo el sistema de «equipo en acción» empleado por el NTSB. Uno por uno fue presentando a quienes encabezaban los grupos de investigación bajo su mando atendiendo a estructuras, sistemas, plantas generadoras de energía, actuación humana, incendios y explosiones, meteorología, datos del radar, registro de sucesos y declaraciones de testigos. Los investigadores se levantaban de sus asientos o alzaban la mano a medida que Jackson repasaba la lista, cada uno de ellos con una gorra y una chaqueta con las letras «NTSB» en letras mayúsculas de color amarillo.
Aunque yo sabía que estos hombres y mujeres determinarían la causa que había provocado que el vuelo 228 de la TransSouth Air cayera del cielo, la sensación de profundo vacío que me inundaba el pecho no desaparecía. Me resultaba muy difícil concentrarme en otra cosa que no fuera la lista de pasajeros del avión.
Una pregunta me devolvió a la realidad.
—¿Se han encontrado la CVR y la FDR?
—Aún no.
La grabadora de voz de la cabina, CVR, registra las transmisiones de radio y los sonidos en la cabina de los pilotos, incluyendo las voces de los pilotos y el ruido de los motores. La grabadora de datos de vuelo, FDR, controla las condiciones operativas del vuelo como la altitud, la velocidad del aire y la dirección. Todos estos factores tienen una importancia fundamental a la hora de determinar la causa probable del accidente.
Cuando Jackson acabó su intervención, un especialista en asistencia familiar del NTSB procedió a explicar el Plan Federal de Asistencia Familiar para Desastres Aéreos. Dijo que el NTSB actuaría como enlace entre la compañía TransSouth Air y las familias de las víctimas. En el Sleep Inn de Bryson City se estaba instalando un centro de asistencia familiar que actuase como central de información para la identificación de las víctimas, recogiendo datos que los miembros de la familia pudieran aportar para ayudar a identificar los restos de un hijo o una hija. No pude evitar sentir un estremecimiento.
El siguiente orador fue Charles Hanover. Tenía un aspecto de lo más corriente, más parecido a un farmacéutico y miembro de los Elks que al presidente de una compañía aérea regional. Su rostro era grisáceo y no podía controlar el temblor de las manos. En el ojo izquierdo tenía un tic permanente, otro movimiento involuntario le deformaba las comisuras de los labios y un lado de la cara parecía saltarle cuando ambos tics actuaban al unísono. Había algo triste y afable en aquel hombre, y me pregunté cómo era posible que Crowe lo hubiese encontrado ofensivo.
Hanover informó de que la TransSouth Air había establecido un número gratuito para atender las consultas públicas. En el centro de asistencia familiar se estaban instalando teléfonos y se había asignado personal que atendiese regularmente a los familiares presentes y que mantuviesen contacto con los que no habían venido. También se había dispuesto lo necesario para brindarles apoyo espiritual y psicológico.
Mi agitación crecía a medida que la reunión avanzaba. Yo ya había me sabía todo aquello de memoria y solo quería ver la lista de pasajeros.
Un representante de la Agencia Federal de Gestión de Emergencias analizó la cuestión de las comunicaciones. El cuartel general del NTSB, el centro de mando en el lugar del accidente y el depósito provisional estaban ahora unidos, y el FEMA colaboraría estrechamente con el NTSB en la difusión de información pública.
Earl Bliss habló acerca del DMORT. Era un hombre alto, de rasgos angulosos, con el pelo fino y castaño peinado con raya en el medio. Cuando estudiaba en el instituto, Bliss trabajaba a tiempo parcial recogiendo cadáveres los fines de semana. Diez años más tarde tenía su propia funeraria. Llamado Early debido a su prematura llegada al mundo,2 Earl había vivido sus cuarenta y nueve años en Nashville, Tennessee. Cuando no se encontraba en el sitio de algún accidente con numerosas víctimas, se ponía una pajarita y tocaba el banjo en una banda que interpretaba música country.
Earl les recordó a los representantes de las otras agencias que cada equipo del DMORT estaba compuesto por ciudadanos de experiencia específica en un determinado campo, incluyendo a patólogos, antropólogos, odontólogos, especialistas en huellas dactilares, encargados de pompas fúnebres, técnicos y transcriptores de historias médicas, técnicos en rayos X, especialistas en salud mental y personal de seguridad, administrativo y de apoyo.
Uno de los diez equipos regionales del DMORT se había activado a petición de los oficiales locales para desastres naturales, accidentes aéreos y de otros medios de transporte, incendios, atentados con bombas, ataques terroristas e incidentes de asesinatos y suicidios masivos. Earl mencionó las actuaciones recientes del DMORT. El atentado con explosivos contra el Edificio Federal Murrah, Oklahoma City, 1995. El descarrilamiento del tren de Amtrak, Bourbonnais, Illinois, 1999. Accidentes aéreos, Quincy, Illinois, 1996, y Monroe, Michigan, 1997. Vuelo 801 de Korean Air, Guam, 1997; Vuelo 990 de Egypt Air, Rhode Island, 1999, y vuelo 261 de Alaska Airlines, California, 2000.
Presté atención mientras Earl describía el diseño modular del depósito provisional y explicaba cómo se tratarían los restos en su interior. Todas las víctimas y los efectos personales serían clasificados, codificados, fotografiados y sometidos a la acción de los rayos X en la sección de identificación de restos. Se crearían paquetes de víctimas del desastre, PVD, y los cadáveres, las partes del cuerpo y los tejidos serían enviados a la sección de recolección de datos post mortem para su autopsia, incluyendo los exámenes antropológicos, dentales y dactilares:
Todos los hallazgos post mortem serían informatizados en la sección de identificación. Los datos suministrados por los familiares de las víctimas también serían incorporados a la base de datos informáticos y se procedería a comparar toda la información anterior y posterior a la muerte. Después de realizados los análisis correspondientes, los restos serían enviados a un área de mantenimiento hasta el momento de su envío.
Larke Tyrell fue el último en ocupar la tribuna de oradores. El forense agradeció la intervención de Earl, respiró profundamente y recorrió con la mirada el ala improvisada.
—Damas y caballeros, ahí fuera tenemos a un montón de familias angustiadas que buscan un poco de paz y consuelo. Magnus y sus muchachos las ayudarán imaginando qué pudo haber derribado a ese avión. Nosotros también ayudaremos en el proceso, pero nuestra tarea principal aquí está relacionada con la identificación de los cadáveres. Tener algo que se pueda enterrar acelera la curación, y haremos todo lo que esté a nuestro alcance para enviar un ataúd a casa a todas y cada una de las familias.
En ese momento recordé mi caminata a través del bosque y sabía perfectamente lo que contendrían muchos de esos ataúdes. En las próximas semanas, el personal del DMORT y el personal local y estatal llevarían a cabo una tarea titánica para identificar cada fragmento de tejido asociado al accidente. Huellas dactilares, registros médicos y dentales, ADN, tatuajes y fotos familiares serían las principales fuentes de información y los antropólogos del equipo estarían estrechamente comprometidos en el proceso de identificación de las víctimas. A pesar de todos nuestros esfuerzos, quedaría muy poco para meter dentro de algunos ataúdes. Un miembro amputado. Una corona molar carbonizada. Un fragmento craneal. En muchos casos, lo que viajara dentro del ataúd pesaría solo unos gramos.
—Cuanto se haya completado el rastreo de la zona del accidente, todos los restos serán trasladados aquí desde el depósito provisional —continuó Larke—. Esperamos que el traslado comience en las próximas horas. Entonces va a ser cuando empiece para nosotros el verdadero trabajo. Todos sabéis lo que debéis hacer, de modo que solo os recordaré un par de cosas y luego cerraré la boca.
—Sería la primera vez.
Algunas risas.
—No separéis ningún efecto personal de ningún grupo de restos hasta que se haya fotografiado y registrado.
Mi mente se deslizó hacia la muñeca de trapo Raggedy Ann.
—No todos los grupos de restos pasarán por cada una de las etapas del proceso. Los tíos que se encargan de la recepción deciden adónde va cada uno de los materiales. Pero si se salta algún proceso, debe quedar claramente indicado en el PVD. No quiero estar adivinando después si el registro dental no se hizo porque no hubiera dientes o porque se pasó por alto. Debéis apuntar algo en cada hoja referente al PVD. Y tenéis que estar seguros de que la información permanezca con el cadáver. Queremos que cada identificación disponga de la información completa.
»Una cosa más. Estoy seguro de que lo habréis oído comentar, el FM recibió una llamada acerca de un artefacto explosivo. Debéis estar alertas ante los efectos de una deflagración. Comprobad los rayos X buscando trozos de explosivo y metralla. Examinad pulmones y tímpanos por si hay daños por presión. Buscad ampollas y quemaduras en la piel. Ya conocéis la rutina.
Larke hizo una pausa y volvió a recorrer la sala con la mirada.
—Algunos de vosotros sois primerizos en esto, otros ya lo habéis hecho antes. No tengo que deciros lo duras que serán las próximas semanas para todos nosotros. Haced turnos. Nadie trabajará más de doce horas al día. Si alguno se siente abrumado o superado por la situación, que hable con un consejero. Eso no significa ser débil. Estos tíos están aquí para ayudarnos. Recurrid a ellos.
Larke sujetó el bolígrafo al bloc de notas.
—Creo que eso es todo, solo me queda agradecer a mi personal y a los muchachos del DMORT de Earl que hayan llegado aquí tan rápidamente. En cuanto al resto de vosotros, fuera de mi depósito.
Cuando la sala se vaciaba me dirigí hacia Larke decidida a preguntarle por la lista de pasajeros. Magnus Jackson llegó en ese mismo momento y me saludó con un ligero movimiento de cabeza. Había conocido al TIC hacía algunos años cuando trabajaba en un accidente de trenes y sabía que no era la clase de persona que se dedica a intercambiar bromas.
—Hola, Tempe —me dijo Larke y luego se volvió hacia Jackson—. Veo que te has traído un equipo completo.
—Habrá mucha presión en este caso. Mañana tendremos alrededor de cincuenta personas trabajando en el lugar del accidente.
Yo sabía que in situ solo se realizaría un examen superficial de los restos del accidente. Una vez fotografiadas y clasificadas, las partes del avión serían retiradas y trasladadas a un emplazamiento permanente para su montaje y análisis.
—¿Alguna otra noticia con respecto a la bomba? —preguntó Larke.
—Diablos, probablemente no se trate más que de una broma, pero los medios de comunicación ya tratan el asunto como si fuese verdad. En la CNN lo llaman Blue Ridge Bomber, maldita sea la geografía. La ABC ha optado por Soccer Bomber.
—¿El FBI nos acompaña en el viaje? —preguntó Larke.
—Están aquí, golpeando la valla con los puños, de modo que solo es cuestión de tiempo.
Los interrumpí, incapaz de seguir esperando un segundo más.
—¿Disponemos de una lista de pasajeros?
El forense sacó una fotocopia de su cuaderno y me la entregó.
Experimenté una especie de terror que jamás había sentido en mi vida.
Por favor, Dios.
El mundo desapareció mientras recorría velozmente los nombres de la lista. Anderson. Beacham. Bertrand. Caccioli. Daignault.
Larke hablaba pero yo no oía lo que decía.
Una eternidad más tarde dejé de morderme los labios y volví a respirar.
Ni Katy Brennan Petersons ni Lija Feldman figuraban en la lista.
Cerré los ojos y respiré profundamente.
Los volví a abrir ante las expresiones interrogativas de Larke y Jackson. Sin ninguna explicación devolví la fotocopia mientras la sensación de alivio profundo era reemplazada por otra de culpabilidad. Mi hija estaba viva, pero los hijos de otras personas yacían muertos en las laderas de la montaña. Quería ponerme a trabajar.
—¿Qué quieres que haga? —le pregunté a Larke.
—Earl tiene el depósito bajo control. Ve a echar una mano con la recuperación de los cadáveres. Pero te necesito aquí cuando empiece el traslado de los restos.
De vuelta en el lugar del accidente, fui directamente al remolque de descontaminación y me proveyeron de mascarilla, guantes y un mono de tela plástica. Con un aspecto más parecido al de una astronauta que al de una antropóloga, saludé al guardia con un movimiento de cabeza, rodeé la barricada y crucé hasta el depósito provisional para informarme de los últimos acontecimientos.
La localización exacta de cada objeto clasificado se incorporaba a un programa informático, CAD, mediante una tecnología denominada Total Station. La posición de las partes del aparato siniestrado, los efectos personales y los restos humanos se añadirían más tarde en cuadrículas virtuales y se imprimirían como fotocopias. Puesto que esta técnica era mucho más rápida y menos complicada que el sistema tradicional de levantar un mapa de la zona con cuerdas y cuadrículas, la retirada de los restos ya había comenzado. Me dirigí hacia la zona donde se hallaban esparcidos los restos del accidente.
El sol describía un círculo sobre la línea del bosque y una delicada trama de sombras cubría la carnicería como una telaraña. Se habían colocado focos y el olor a putrefacción era ahora mucho más intenso. Por lo demás, el escenario apenas si había cambiado en el tiempo que había estado ausente.
Durante las tres horas siguientes ayudé a mis colegas a colocar etiquetas, fotografiar y empaquetar lo que quedaba de los pasajeros del vuelo 228 de TransSouth Air. Los cuerpos completos, los miembros y los torsos era introducidos en grandes bolsas de plástico, los fragmentos se colocaban en bolsas más pequeñas. Luego las bolsas eran trasladadas colina arriba y se colocaban en estantes dentro de los camiones frigoríficos.
La temperatura era cálida y sentía el sudor de la piel, por debajo del mono y los guantes. Las moscas, atraídas por la carne en descomposición, formaban masas compactas. En varios momentos tuve que hacer un gran esfuerzo para reprimir las náuseas mientras examinaba vísceras y tejidos cerebrales. Finalmente, mi nariz y mi mente se insensibilizaron. Ni siquiera me di cuenta de que atardeció y se encendieron las luces.
Entonces encontré a la chica. Yacía boca arriba, las piernas dobladas hacia atrás en mitad de las espinillas. Sus facciones habían sido devoradas y el hueso, que quedaba expuesto, brillaba con una tonalidad carmesí bajo la luz del crepúsculo.
Me puse de pie, me abracé con fuerza la cintura y respiré profundamente varias veces. Inhalar. Exhalar. Inhalar. Exhalar.
Dios bendito. ¿Acaso no era suficiente una caída desde diez mil metros? ¿Las criaturas salvajes tenían que cebarse en lo que había quedado?
Todos estos chicos habían bailado, jugado al tenis, montado en la montaña rusa, dispondrían de correo electrónico. Representaban los sueños de sus padres. Pero ya no. Ahora serían fotografías enmarcadas sobre ataúdes cerrados.
Sentí una mano en el hombro.
—Tempe, es hora de tomarse un descanso.
Los ojos de Earl Bliss me observaban desde la estrecha abertura que dibujaban la mascarilla y la gorra.
—Estoy bien.
—Tómate un descanso. Es una orden.
—De acuerdo.
—Al menos una hora.
A medio camino del centro de mando del NTSB me detuve, temiendo el caos que me encontraría en ese lugar. Necesitaba serenidad. Vida. Pájaros cantando, ardillas cazando y aire que estuviese libre del olor de la muerte. Di media vuelta y me dirigí hacia el bosque.
Avanzando por el borde del campo de desechos divisé un hueco entre los árboles y recordé que Larke y el vicegobernador habían aparecido en ese punto, viniendo del lugar donde había aterrizado el helicóptero. Al acercarme distinguí claramente el camino que probablemente habían tomado. En otro tiempo tal vez hubiese sido un sendero o el cauce de un arroyo, ahora era un paso sinuoso, sin árboles, cubierto de piedras y bordeado de espesos matorrales. Me quité la mascarilla y los guantes y me interné en el bosque.
Mientras avanzaba entre los árboles, el alboroto organizado alrededor del sitio del accidente fue apagándose y lo reemplazaron los sonidos del bosque. Después de recorrer una veintena de metros, me subí a un grueso tronco caído, me senté cogiéndome las piernas con ambos brazos y elevé la mirada hacia el cielo. El amarillo y el rosa dibujaban rayas en el rojo del crepúsculo mientras la oscuridad comenzaba a cubrir la línea del horizonte. Pronto se haría de noche. No podía quedarme mucho tiempo.
Dejé que mis neuronas escogiesen un tema.
La chica del rostro destrozado.
No. Mejor otro.
Las células eligieron a personas vivas.
Katy. Mi hija tenía ahora poco más de veinte años y vivía una vida independiente. Era lo que yo quería, por supuesto, pero romper los lazos era muy duro. La niña había pasado por mi vida y luego había desaparecido. Ahora me encontraba ante la joven mujer y me gustaba mucho.
Pero ¿dónde está?, preguntaron las neuronas.
El siguiente.
Pete. Desde que estábamos separados éramos más amigos que lo que jamás habíamos llegado a ser estando casados. De hecho, de vez en cuando me hablaba y me escuchaba. ¿Debería pedirle el divorcio y seguir adelante o continuar con el statu quo?
Las células no tenían respuesta.
Andrew Ryan. Últimamente había estado pensando mucho en él. Ryan era detective de homicidios de la policía de Montreal. A pesar de que hacía casi diez años que nos conocíamos, hacía solo un año que había accedido a tener una cita con él.
«Cita». Experimenté mi habitual reacción negativa. Tenía que existir un término mejor para los solteros mayores de cuarenta años.
Las células no tenían ninguna sugerencia que hacer.
Nomenclatura aparte, Ryan y yo nunca habíamos ido demasiado lejos. Antes de que nuestra relación pudiese hacerse oficial, él había comenzado a trabajar como agente infiltrado y hacía meses que no le veía el pelo. En momentos como este, le echaba mucho de menos.
Oí ruidos entre los matorrales y contuve la respiración para escuchar mejor. El bosque estaba en silencio. Segundos más tarde volví a oírlos entre la hojarasca, esta vez del otro lado de donde me encontraba. Pensé que un simple conejo o una ardilla no podían provocarlos.
Las neuronas emitieron una señal de alarma.
Quizás Earl me había seguido, me puse de pie y miré a mi alrededor. Estaba sola.
Todo permaneció inmóvil durante un largo minuto, luego se sacudieron las ramas del rododendro que había a mi derecha y oí un gruñido. Me giré pero solo había hojas y matorrales. Con la mirada clavada en el follaje, salté del tronco y planté con fuerza los pies en la tierra.
Un momento después el gruñido se repitió, seguido de una especie de lamento agudo.
Las neuronas se dispararon y la adrenalina invadió todos los rincones de mi cuerpo.
Me agaché lentamente y busqué una piedra. Oí movimientos a mi espalda y me di la vuelta.
Mis ojos toparon con otros ojos, negros y brillantes. Los labios curvados sobre unos dientes pálidos y húmedos bajo la menguante luz de la penumbra. Entre los dientes, algo horriblemente familiar.
Un pie.
Las neuronas lucharon por encontrar un significado.
Los dientes estaban clavados en un pie humano.
Las neuronas se conectaron con los recuerdos almacenados recientemente. Un rostro despedazado. El comentario de uno de los ayudantes del sheriff.
¡Oh, Dios! ¿Un lobo? Estaba desarmada. ¿Qué debía hacer? ¿Amenazar?
El animal me miraba fijamente, su aspecto era salvaje y parecía hambriento.
¿Correr?
No. Tenía que recuperar ese pie. Pertenecía a una persona. Una persona con familia y amigos. No lo abandonaría a los depredadores del bosque.
Entonces un segundo lobo surgió de la oscuridad y se colocó detrás del primero, los dientes desnudos, la saliva que oscurecía la piel alrededor de la boca. Lanzó un gruñido y los labios me temblaron. Lentamente, me erguí y levanté la piedra.
—¡Atrás!
Ambos animales se quedaron inmóviles y el primer lobo dejó caer el pie que llevaba entre las mandíbulas. Olfateó el aire, la tierra, nuevamente el aire, bajó la cabeza, alzó la cola, dio un paso hacia mí, luego retrocedió sigilosamente un par de metros y se detuvo, sin hacer el más mínimo movimiento, vigilante. El otro lobo lo imitó. ¿Se sentían amenazados o tenían un plan? Empecé a retroceder, oí un chasquido y me giré. Había otros tres lobos a mi espalda. Parecían estar rodeándome lentamente.
—¡Alto!—grité, al tiempo que lanzaba la piedra, alcanzando en el ojo al lobo que estaba más cerca.
El animal lanzó un aullido de dolor y retrocedió. Sus compañeros se detuvieron un momento y luego reanudaron el cerco.
Apoyé la espalda contra el tronco del árbol caído y comencé a mover una de las ramas hacia ambos lados tratando de arrancarla.
El círculo se iba reduciendo. Podía oír sus jadeos, oler sus cuerpos. Uno de los lobos dio un paso hacia el interior del círculo, luego otro, alzando y bajando la cola. Me miraba fijamente sin hacer un solo ruido.
La rama se rompió y el lobo saltó hacia atrás ante el chasquido de la madera, luego volvió a avanzar sin dejar de mirarme.
Aferrando la rama como si fuese un bate de béisbol, grité:
—Atrás, carroñeros. Fuera de aquí —y me lancé contra el lobo líder sacudiendo mi bate.
El lobo se apartó fácilmente, retrocedió unos pasos y luego regresó al círculo sin dejar de gruñir. Mientras preparaba mis pulmones para lanzar el grito más potente que jamás hubiese salido de ellos, alguien se me adelantó.
—¡Largo de aquí, putos sacos de huesos! ¡Fuera! ¡Moved el culo!
Entonces un proyectil y después otro aterrizaron a pocos pasos del lobo que lideraba la manada.
El lobo olfateó el aire, lanzó un gruñido, luego dio media vuelta y se escabulló entre los matorrales. El resto de la manada vaciló un momento y lo siguió.
Dejé caer la rama con las manos temblando y me abracé al tronco caído.
Una figura vestida con un mono de protección y el rostro cubierto con una mascarilla corrió hacia mí y lanzó otra piedra contra los lobos que se alejaban. Luego alzó una mano y se quitó la mascarilla. Aunque apenas visible a la escasa luz del anochecer, reconocí aquel rostro.
Pero no podía ser. Era demasiado increíble para que fuese real.
4
—Bonito movimiento. Parecías el bateador Sammy Sosa.
—¡Ese maldito animal estaba a punto de saltarme al cuello! —Fue casi un chillido.
—Los lobos no atacan a las personas vivas. Solo intentaban alejarte de su cena.
—¿Acaso alguno de ellos te lo explicó personalmente?
Andrew Ryan me quitó una hoja del pelo.
Pero ¡Ryan se hallaba infiltrado en alguna parte de Quebec!
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —pude preguntar, ligeramente más calmada.
—¿Eso es un «gracias», Blancanieves? Aunque Caperucita Roja sería más apropiado dadas las circunstancias...
—Gracias —musité, apartando un mechón de pelo de la frente. Aunque estaba agradecida por su intervención, prefería no considerarla como un rescate.
—Ha sido un placer.
Extendió nuevamente la mano hacia mi pelo y esquivé el movimiento. Como sucedía siempre que nuestros caminos se cruzaban, yo no lucía mi mejor aspecto.
—¿Estoy juntando trozos de cerebro mientras una manada de lobos me evalúa como candidata para unirme a los desmembrados, y tú pones reparos a mi peinado?
—¿Hay alguna razón para que estés sola en este lugar?
Su actitud paternalista me irritaba.
—¿Hay alguna razón para que tú estés aquí?
Las arrugas del rostro se le tensaron. Sus hermosas arrugas, cada una colocada exactamente donde debía estar.
—Bertrand viajaba en el avión.
—¿Jean?
La lista de pasajeros. Bertrand. Era un apellido común, de modo que jamás se me ocurrió asociarlo con el compañero de Ryan.
—Escoltaba a un prisionero. —Ryan expulsó el aire por la nariz—. Tenía que conectar en el aeropuerto de Dulles con un vuelo de Air Canadá.
—Oh, Dios. Oh, Dios mío. Lo lamento tanto.
Los dos nos quedamos mudos, sin saber muy bien qué decir, hasta que un sonido extraño, trémulo, seguido de una serie de aullidos agudos, atravesó el silencio. ¿Acaso nuestros amigos nos desafiaban a disputar otro encuentro?
—Será mejor que regresemos —dijo Ryan.
—Nada que objetar.
Ryan se bajó la cremallera del mono, sacó una linterna del cinturón, la encendió y la sostuvo a la altura del hombro.
—Después de ti.
—Espera. Déjame la linterna.
Ryan me pasó la linterna y me dirigí al lugar donde había visto al lobo por primera vez.
Ryan me siguió.
—Si buscas setas, no es el mejor momento.
Se paró en seco cuando vio lo que había en el suelo.
El pie era una presencia macabra bajo la tenue luz amarillenta, su carne acababa en una masa aplastada por encima del tobillo. Las sombras bailaban entre los surcos y los orificios que habían dejado los dientes carnívoros.
Saqué un par de guantes nuevos del bolsillo, me puse uno y recogí el pie. Luego marqué el lugar con el otro guante y lo aseguré con una piedra.
—¿No deberías situar el hallazgo en el terreno?
—No podemos saber dónde encontró el pie la manada. Además, si lo dejamos aquí durará menos que un caramelo a la puerta de un colegio.
—Tú eres la jefa.
Eché a andar detrás de Ryan hasta que salimos del bosque, sosteniendo el pie cercenado lo más lejos que podía de mi cuerpo.
Cuando llegamos al centro de mando, Ryan se metió en el remolque del NTSB y yo me dirigí al depósito provisional. Después de haber escuchado mi explicación acerca del pie, de su procedencia y de por qué había decidido recogerlo, el equipo de recolección le asignó un número, lo metió en una bolsa de plástico y lo envió a uno de los camiones frigoríficos. Me incorporé nuevamente a la operación de recuperación.
Dos horas más tarde Earl me encontró y me entregó una nota: «Preséntate en el depósito. 7 h. LT».
Me dio una dirección y añadió que mi trabajo había terminado por ese día. Ningún argumento por mi parte haría que cambiase de opinión.
Fui al remolque de descontaminación, me duché bajo un chorro de agua hirviendo todo el tiempo que pude resistirlo y luego me puse ropa limpia. Abandoné el remolque con la piel tersa y rosada. Al menos el olor había desaparecido.
Cuando bajaba el tramo de escalones, exhausta como nunca lo había estado en mi vida, vi a Ryan apoyado contra un coche patrulla aparcado a un par de metros en la carretera de acceso, hablando con Lucy Crowe.
—Parece cansada —dijo Crowe cuando me acerqué a ellos.
—Estoy bien —dije—. Earl me dijo que ya estaba bien por hoy.
—¿Cómo están las cosas ahí fuera?
—Están.
Me sentía como una enana hablando con ellos. Tanto Ryan como Crowe superaban el metro ochenta, aunque ella era más ancha de hombros que Andrew. Él parecía un defensa fuerte y fibroso, ella un poderoso delantero.
No me sentía con ánimos de hablar, de modo que le pregunté a Crowe algunas direcciones y me alejé.
—Espera, Brennan.
Permití que Ryan me alcanzara, luego le lancé una mirada «no saques el tema». No quería hablar de los lobos.
Mientras caminábamos pensé en Jean Bertrand, con sus chaquetas de diseño, las corbatas a juego y el rostro serio. Bertrand siempre daba la impresión de que lo intentaba todo con todas sus fuerzas, de que escuchaba atentamente, temiendo perderse un matiz o una pista importante. Podía oírle, pasando del francés al inglés en su propia versión de «franglés», riéndose de sus propios chistes, sin darse cuenta de que los demás no se reían.
Recordé la primera vez que vi a Bertrand. Poco después de haber llegado a Montreal asistí a una fiesta de Navidad que ofrecía la unidad de homicidios de la Sureté de Quebec. Bertrand estaba allí, ligeramente bebido, y acababan de asignarlo como compañero de Andrew Ryan. El detective de primera ya era una especie de leyenda en el cuerpo y Bertrand no podía disimular la veneración que le profesaba. Cuando la velada estaba tocando a su fin, la adoración del héroe se había vuelto incómoda para todos los presentes. En especial para Ryan.
—¿Qué edad tenía? —Hice la pregunta sin pensar.
—Treinta y siete.
Ryan estaba justo allí, en el centro de mis pensamientos.
—Dios mío.
Llegamos a la carretera comarcal y continuamos colina arriba.
—¿A quién estaba custodiando?
—A un tío llamado Rémi Petricelli, conocido entre sus amigos como Pepper.
Conocía ese nombre. Petricelli era un pez gordo de los Ángeles del Infierno de Quebec, conocido por sus conexiones con el crimen organizado. Los gobiernos canadiense y estadounidense habían estado investigando sus actividades durante años.
—¿Qué hacía Pepper en Georgia?
—Hace aproximadamente dos meses un camello de poca monta llamado Jacques Fontana acabó carbonizado en el interior de un Subaru. Como todas las pistas conducían a su puerta, Pepper decidió probar la hospitalidad de sus hermanos en Dixie.3 Para resumir la historia, lo vieron en un bar de Atlanta, la policía local le arrestó y la semana pasada Georgia accedió a extraditarle. Bertrand le custodiaba el culo mientras volvía a Quebec.
Habíamos llegado a mi coche. Al otro lado de la zona del mirador había un hombre parado bajo los focos con un micrófono en la mano mientras un asistente le empolvaba la cara.
—Esto amplía el cerco —continuó Ryan con voz grave y pesada.
—¿Es decir?
—Pepper tenía información importante. Si decidía hacer un trato muchos de sus amigos se hubiesen visto con la mierda hasta el cuello.
—No te sigo.
—Es probable que algunas personas poderosas quisieran ver muerto a Pepper.
—¿Incluyendo a otras ochenta y siete personas?
—Sin siquiera pestañear.
—Pero el avión estaba lleno de chicos.
—Esos tíos no son jesuitas precisamente.
Estaba demasiado conmocionada para contestarle.
Al ver la expresión de mi rostro, Ryan decidió cambiar de tema.
—¿Tienes hambre?
—Necesito dormir.
—Necesitas comer algo.
—Pararé para tomar una hamburguesa —mentí.
Ryan retrocedió. Abrí la puerta de mi coche, lo puse en marcha y me alejé, demasiado cansada y triste para desearle buenas noches.
Puesto que todas las habitaciones de la zona estaban ocupadas por la prensa y el NTSB, me habían conseguido alojamiento en una pequeña posada en las afueras de Bryson City. Antes de dar con el lugar me equivoqué de dirección varias veces y tuve que preguntar otras tantas.
Haciendo honor a su nombre, High Ridge House se encontraba en la cima de una colina al final de un camino largo y estrecho. Era una granja blanca de dos plantas con un recargado trabajo de carpintería en las puertas, ventanas y vigas; tampoco se libraban las barandillas y verjas de un amplio porche que recorría el frente y los lados de la casa. La luz del porche iluminaba unas mecedoras de madera, tiestos de mimbre y helechos. Muy victoriano.
Dejé mi pequeño Mazda junto a otra media docena de coches a la izquierda de la casa, en un prado digno de una postal, y enfilé un sendero enlosado y flanqueado por sillas de jardín metálicas. Cuando abrí la puerta principal sonaron unas campanillas. En el interior, la casa olía a madera barnizada, ambientador de pino y cordero hervido.
El guiso irlandés es quizá mi plato preferido. Como siempre, me recordó a mi abuela. ¿Dos veces en dos días? Tal vez la anciana dama me estaba observando desde el cielo.
Un momento después apareció una mujer de mediana edad, un metro sesenta aproximadamente, sin maquillar y con el pelo canoso y abundante recogido en una especie de extraña salchicha en la coronilla. Llevaba una falda larga tejana y una camiseta roja con la inscripción «Alabad al Señor» sobre el pecho.
Antes de que pudiese abrir la boca, la mujer me abrazó. Sorprendida, permanecí ligeramente inclinada con las manos extendidas, tratando de no darle con la mochila o el ordenador portátil.
Después de lo que me pareció una eternidad, la mujer dio un paso atrás y me miró con la intensidad de un tenista que espera el servicio de su rival en Wimbledon.
—Doctora Brennan.
—Tempe.
—Lo que está haciendo por esos pobres chicos muertos es la obra del Señor.
Asentí.
—Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos. Él nos lo dice en el Libro de los Salmos.
Oh, no.
—Soy Ruby McCready y me siento honrada de tenerla como huésped en High Ridge House. Mi intención es cuidar de todos y cada uno de ustedes.
Me pregunté quién más se habría alojado allí, pero no dije nada. Muy pronto lo averiguaría.
—Gracias, Ruby.
—Permítame. —Cogió mi mochila—. Le indicaré cuál es su habitación.
Mi anfitriona me condujo a través de un salón y un comedor, subimos una escalera de madera tallada y recorrimos un pasillo con puertas cerradas a ambos lados, cada una con una pequeña placa pintada a mano. En el extremo del corredor hicimos un giro de noventa grados y nos detuvimos ante una puerta. La placa decía «Magnolia».
—Puesto que es la única mujer, la he puesto en la habitación Magnolia. —Aunque estábamos solas, la voz de Ruby se había convertido en un susurro, su tono tenía algo de conspirador—. Es la única que tiene su propio excusado. Sé que apreciará la privacidad.
¿Excusado? ¿En qué lugar del mundo se seguían refiriendo a los baños como excusados?
Ruby me siguió, dejó mi mochila sobre la cama y comenzó a ahuecar las almohadas y a bajar las persianas como si fuese un botones del Ritz.
Las telas y el empapelado explicaban el apelativo floral. Pesadas cortinas cubrían la ventana, las mesas llevaban manteles y unos lazos adornaban cada rincón de la habitación. La mecedora y la cama de madera de arce estaban cubiertas de cojines y un millón de pequeñas figuras llenaban una vitrina. Encima del mueble había reproducciones en cerámica de Annie la Huerfanita y su perro, Sandy, Shirley Temple vestida como Heidi y un collie que supuse que sería Lassie.
Mi gusto por el mobiliario y los adornos domésticos tiende a la simplicidad. Aunque nunca me ha molestado la austeridad del estilo moderno, prefiero un estilo menos duro, algo como un Shaker o un Hepplewhite. Si me rodean de chismes empiezo a ponerme nerviosa.
—Es una habitación encantadora —dije.
—Ahora la dejaré sola. La cena se sirve a las seis, de modo que se la ha perdido, pero he dejado algo de cordero en el fuego. ¿Le gustaría probarlo?
—No, gracias. Voy a acostarme.
—¿Ha cenado?
—No tengo mucha ham...
—Mírese, está en los huesos. No puede irse a la cama con el estómago vacío.
¿Por qué todo el mundo parecía tan preocupado por mi dieta?
—Le subiré una bandeja.
—Gracias, Ruby.
—No tiene nada que agradecerme. Una última cosa. En High Ridge House no cerramos las puertas con llave, de modo que puede entrar y salir cuando le apetezca.
Aunque me había duchado hacía unas horas en el remolque de descontaminación, saqué mis pocas pertenencias de la mochila y tomé un largo baño caliente. Al igual que sucede con las víctimas de una violación; a menudo las personas, después de una catástrofe, se lavan de un modo obsesivo, impulsadas por una necesidad de purificar el cuerpo y el espíritu. Cuando salí del cuarto de baño me encontré con una fuente llena de guiso de cordero, pan de cereales y una jarra de leche. Mi móvil empezó a sonar cuando estaba a punto de pinchar un nabo con el tenedor. Temí que el buzón de voz se activara antes de que pudiese contestar, me lancé hacia el bolso, volqué el contenido en la cama y busqué entre el bote de laca, la billetera, el pasaporte, la agenda electrónica, las gafas de sol, las llaves y el maquillaje. Finalmente encontré el teléfono y pulsé el botón de activación de llamada, rogando que fuese Katy.
Era ella. La voz de mi hija me emocionó de tal manera que tuve que hacer un enorme esfuerzo para mantener la voz tranquila.
Aunque Katy se mostró evasiva en cuanto a su paradero, parecía feliz y saludable. Le di el número de High Ridge House. Me dijo que estaba con alguien y que regresaría a Charlottesville el domingo por la noche. Yo no pregunté y ella tampoco me facilitó ningún dato concreto sobre el género de su acompañante.
El agua y el jabón, combinados con la larga espera de la llamada de mi hija, consiguieron el milagro. Casi mareada de alivio me sentí súbitamente hambrienta. Devoré el guiso de Ruby, puse el despertador y me desplomé en la cama.
Tal vez la «casa de los lazos» no estuviese tan mal.
A la mañana siguiente me levanté a las seis, me puse ropa limpia, me cepillé los dientes, me maquillé un poco y oculté el pelo bajo una gorra de los Charlotte Hornets. Bastante bien. Bajé la escalera con la intención de arreglar con Ruby la cuestión de la colada.
Andrew Ryan estaba sentado en un banco junto a una larga mesa de madera de pino en el comedor. Me senté en una silla frente a él, le devolví a Ruby su alegre «Buenos días» y esperé mientras servía una taza de café. Cuando la puerta de la cocina se cerró tras ella, hablé.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Es lo único que piensas preguntarme cada vez que me veas?
No dije nada.
—La sheriff Crowe me recomendó el lugar.
—Por encima de todos los demás.
—Es agradable —dijo, haciendo un gesto que abarcaba toda la habitación—. Encantador. —Levantó la taza señalando un mensaje que había encima de nuestras cabezas: «Jesús es amor», grabado en una nudosa tabla de pino barnizado para la posteridad.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—El cinismo causa arrugas.
—No es verdad. ¿Quién te lo dijo?
—Crowe.
—¿Qué tiene de malo el Comfort Inn?
—Está completo.
—¿Quién más se aloja aquí?
—En el piso de arriba hay un par de chicos del NTSB y un agente especial del FBI. ¿Qué es lo que les hace especiales?
Ignoré la pregunta.
—Estoy buscando un encuentro entre chicos en el baño. Hay otros dos en la planta baja y he oído que hay algunos periodistas apretados como sardinas en una habitación adicional en el sótano.
—¿Cómo conseguiste una habitación aquí?
Sus ojos azules reflejaban la inocencia de un niño pequeño.
—Quizá fue un golpe de suerte. O quizá Crowe tiene influencia.
—Ni se te ocurra usar mi cuarto de baño.
—Cinismo.
En ese momento llegó Ruby con jamón, huevos, patatas fritas y tostadas. Aunque suelo desayunar cereales y café, lo engullí todo como si fuese un recluta en un campo de entrenamiento.
Ryan y yo comimos en silencio mientras me dedicaba a una especie de clasificación mental. Su presencia me molestaba, pero ¿por qué? ¿Era acaso su insultante confianza en sí mismo? ¿Su actitud paternalista? ¿Que invadiera mi terreno? ¿El hecho de que hacía menos de un año había dado prioridad a su trabajo antes que a mí y había desaparecido de mi vida? ¿O el hecho de que hubiese reaparecido exactamente cuando necesitaba ayuda?
Mientras untaba una tostada con mantequilla me di cuenta de que no había dicho una sola palabra sobre su temporada como agente en la clandestinidad. ¿Por qué iba a hacerlo? Dejaría que él sacara el tema.
—La mermelada, por favor.
Me la alcanzó.
Ryan me había sacado de una situación peligrosa.
Extendí una capa de zarzamora más espesa que la lava.
Los lobos no eran culpa de Ryan. Ni el accidente del avión.
Ruby volvió a llenar las tazas de café.
Y el hombre acababa de perder a su compañero, por el amor de Dios. La compasión se impuso a la irritación.
—Gracias por tu ayuda con los lobos.
—No eran lobos.
—¿Qué?
La irritación regresó a toda velocidad.
—No eran lobos.
—Supongo que se trataba de una manada de cocker spaniels.
—En Carolina del Norte no hay lobos.
—Uno de los ayudantes de Crowe habló de lobos.
—Ese tío no distinguiría a un wombat de un caribú.
—Han repoblado con lobos Carolina del Norte.
Estaba segura de que lo había leído en alguna parte.
—Se trata de lobos rojos y están en una reserva hacia el este, no en las montañas.
—Supongo que eres un experto en la vida salvaje de Carolina del Norte.
—¿Cómo tenían las colas?
—¿Qué?
—¿Los animales, tenían la cola levantada o no?
Tuve que pensarlo un momento.
—No.
—Un lobo siempre mantiene la cola erguida. Un coyote mantiene la cola baja y solo la alza hasta ponerla horizontal cuando se siente amenazado.
Me imaginé al animal olfateando, luego alzando la cola y clavando sus ojos oscuros en mí.
—¿Me estás diciendo que era una manada de coyotes?
—O de perros salvajes.
—¿Hay coyotes en los Apalaches?
—Hay coyotes por toda América del Norte.
—¿Y qué? —Me prometí comprobar la información.
—Nada. Solo pensé que tal vez querrías saberlo.
—Aun así era aterrador.
—Tienes razón. Pero no es lo peor que has pasado en tu vida.
Ryan tenía razón. Aunque aterrador, el incidente con los coyotes no había sido mi peor experiencia. Pero los días siguientes fueron muy duros. Me pasé horas entre carne destrozada, separando restos mezclados y recomponiendo cuerpos. Como parte de un equipo de patólogos, dentistas y otros antropólogos determinaba la edad, el sexo, la raza y la altura de los cadáveres, analizaba placas de rayos X, comparaba esqueletos e interpretaba las heridas. Era una tarea horrible, con el agravante de la juventud de la mayoría de los sujetos analizados.
Para muchos, el estrés resultaba insoportable. Algunos resistían, se mantenían al límite hasta que los temblores, las lágrimas o las insoportables pesadillas finalmente los derrotaban. Eran los que iban a necesitar un apoyo psicológico intensivo. Otros simplemente liaban sus petates y se largaron a casa.
Pero para la mayoría, la mente consiguió adaptarse y lo impensable se convirtió en algo común. Nos aislamos mentalmente e hicimos lo que debíamos hacer. Cada noche, mientras yacía en la cama, sola y agotada, me reconfortaba pensar en el progreso del día. Pensaba en las familias y me repetía a mí misma que el sistema funcionaba. Les garantizaríamos una especie de final.
Entonces llegó a mi estación la muestra 387.
5
Había olvidado el pie hasta que un rastreador de cuerpos me lo trajo.
Ryan y yo apenas nos habíamos cruzado desde nuestro primer desayuno. Todos los días me levantaba y salía antes de las siete, regresaba a High Ridge House mucho después de que hubiese anochecido para ducharme y caer exhausta sobre la cama. Solo habíamos intercambiado unos «Buenos días» o «Que pases un buen día» y todavía no habíamos hablado de su misión en la clandestinidad o de su papel en la investigación del accidente aéreo. Como en el avión viajaba un oficial de policía de Quebec, el gobierno canadiense había solicitado que Ryan participase en la investigación. Yo solo sabía que la solicitud había sido aceptada.
Después de bloquear cualquier pensamiento relacionado con Ryan y los coyotes, vacié la bolsa de plástico sobre mi mesa de trabajo. En los últimos días había procesado docenas de miembros y apéndices cortados y el pie ya no parecía macabro. De hecho, la cantidad de traumatismos de la parte inferior de la pierna y el tobillo era tan elevada que se había comentado en la reunión de primera hora de la mañana. Patólogos y antropólogos habían coincidido en que el modelo de herida era inquietante.
Es muy poco lo que se puede decir de un pie. Este tenía las uñas gruesas y amarillas, un juanete prominente y un desplazamiento lateral del dedo gordo que indicaban que se trataba de una persona mayor. El tamaño sugería que era de sexo femenino. Aunque la piel tenía un color tostado, yo sabía que eso no significaba nada, ya que incluso una breve exposición puede oscurecer o blanquear la piel.
Coloqué las radiografías delante de la pantalla luminosa. A diferencia de muchas de las imágenes que había visto, estas no revelaron ningún objeto extraño incrustado en el pie. Apunté el dato en un formulario incluido en el PVD.
El hueso cortical era fino y advertí alteraciones en muchas de las uniones de las falanges.
De acuerdo. La mujer era mayor. La artritis y la pérdida ósea coincidían con el juanete.
Entonces me llevé la primera sorpresa. Los rayos X mostraban diminutas nubes blancas que flotaban entre los huesos del dedo gordo y lesiones variadas en los márgenes de la primera y segunda articulaciones del metatarso. Reconocí los síntomas de inmediato.
La gota es consecuencia de un metabolismo inadecuado del ácido úrico, lo que lleva a la formación de depósitos de cristales de urato, especialmente en manos y pies. Los nódulos se forman junto a las articulaciones y, en los casos crónicos, resulta erosionado el hueso que hay debajo. La afección no representa un riesgo para la vida, pero los que la padecen experimentan períodos intermitentes de dolor e inflamación de las articulaciones. La gota es una enfermedad bastante común, con una incidencia del 90 por ciento en hombres.
¿Por qué me encontraba entonces ante un caso de gota en una mujer?
Regresé a mi mesa de trabajo, busqué un escalpelo y tuve la segunda sorpresa.
Aunque la refrigeración puede provocar la sequedad y el encogimiento de los tejidos, el pie presentaba un aspecto diferente al de los restos que había estado examinando hasta ese momento. Incluso en los cuerpos y los miembros calcinados que había revisado, las capas profundas de tejido permanecían firmes y rojas. Pero la carne del interior del pie estaba esponjosa y descolorida, como si algo hubiese contribuido a acelerar la velocidad de descomposición. Tomé nota y decidí buscar otras opiniones.
Con ayuda del escalpelo separé músculos y tendones hasta que pude colocar los alicates directamente contra el hueso mayor, el calcáneo. Medí la longitud y el ancho, luego el largo del metatarso y apunté las cifras en un formulario, en el PVD. Repetí la anotación en un cuaderno de espiral.
Me quité los guantes, me lavé y fui hasta el ordenador portátil, que estaba en la sala de personal. Abrí un programa llamado Fordisc 2.0, introduje los datos y pedí un análisis de función discriminada utilizando las dos mediciones que había hecho del calcáneo.
El pie correspondía a un hombre negro, si bien las características específicas y las probabilidades indicaban que los resultados eran dudosos.
Intenté una comparación hombre-mujer que no tomase en cuenta la raza y el programa nuevamente incluyó el pie dentro de la clasificación masculina.
Muy bien. Los jockeys encajan con la gota. Tal vez el tío fuese pequeño. El tamaño atípico podría explicar la debilidad de la clasificación racial.
Cuando regresé a buscar el paquete con los restos atravesé la sección de identificación, donde había una docena de ordenadores funcionando en varias mesas y los cables se amontonaban como serpientes en el suelo. En cada terminal trabajaba un especialista que introducía los datos obtenidos del centro de asistencia familiar y la información suministrada por los especialistas forenses, incluidos rayos X, huellas dactilares, antropología, patología y detalles dentales.
Divisé una figura que me resultaba familiar, las gafas sostenidas en la punta de la nariz, los dientes superiores mordisqueando el labio inferior. Primrose Hobbs había sido enfermera de urgencias durante más de treinta años cuando decidió cambiar los desfibriladores por las bases de datos y se trasladó al departamento de historias clínicas del Hospital Presbiteriano de Charlottesville. Pero no había cortado totalmente con el mundo de las heridas traumáticas. Cuando me uní al DMORT, Primrose ya era miembro experimentado del equipo de la Región Cuatro. Con más de sesenta años, era una mujer paciente, eficiente y que no se dejaba impresionar por nada.
—¿Podemos buscar un dato? —le pregunté, acercando una silla plegable junto a la suya.
—Espera un momento, cariño.
Primrose continuó tecleando, el rostro iluminado por la luz que despedía la pantalla. Luego cerró un archivo y me miró.
—¿Qué es lo que tienes?
—Un pie izquierdo. Definitivamente viejo. Probablemente masculino. Posiblemente negro.
—Veamos quién necesita un pie.
El DMORT confía en un paquete informático llamado VIP que localiza el progreso de los restos, almacena todos los datos y facilita la comparación de la información anterior y posterior a la muerte. El programa aborda más de 750 identificadores originales para cada víctima y almacena registros digitales tales como fotografías y radiografías. Para cada posible identificación, el VIP crea un documento que contiene todos los parámetros utilizados.
Primrose pulsó varias teclas y apareció una cuadrícula post mortem. La primera columna mostraba una lista de casos numerados. Movió el cursor hacia un lado a través de la cuadrícula hasta alcanzar una columna con el encabezamiento «Partes del cuerpo no recuperadas» y la repasó en sentido descendente. Hasta la fecha se habían encontrado cuatro cuerpos que carecían de pie izquierdo. Primrose se desplazó por la cuadrícula activando cada uno de los casos.
El número 19 era un hombre de raza blanca con una edad aproximada de treinta años. El número 38 era una mujer también blanca que rondaba los veinte años. El número 41 era una mujer afroamericana de unos veinticinco años. El número 52 era un torso inferior masculino, afroamericano, perteneciente a un hombre cuya edad se había estimado en cuarenta y cinco años.
—Podría tratarse del cincuenta y dos —dije.
Primrose pasó a las columnas correspondientes a peso y altura. El hombre que llevaba la etiqueta con el número 52 medía aproximadamente un metro noventa y pesaba ochenta y cinco kilos.
—Imposible —me corregí a mí misma—. No se trata de un luchador de sumo.
Primrose se recostó en la silla y se quitó las gafas. Unos mechones de pelo gris rizado partían en forma de espirales de la frente y las sienes, huyendo del tirabuzón que llevaba en la coronilla.
—Este caso está más relacionado con las pruebas dentales que con el ADN, pero he introducido unas cuantas partes del cuerpo aisladas. —Dejó que las gafas colgasen de una delgada cadena que llevaba alrededor del cuello—. Hasta ahora hemos encontrado muy pocas coincidencias. Pero esa proporción aumentará a medida que vayan llegando más cuerpos, aunque tal vez debas esperar a la prueba del ADN.
—Lo sé. Pensé que tal vez tendríamos suerte.
—¿Estás segura de que se trata de un pie masculino?
Le expliqué el análisis de función discriminada.
—De modo que ese programa coge a tu desconocido y lo compara con aquellos grupos cuyas medidas han sido registradas e incorporadas al sistema.
—Exacto.
—Y este pie coincide con la categoría de los chicos.
—Sí.
—Tal vez el ordenador no recibió los datos correctos.
—Eso es muy posible, ya que no estoy segura acerca de la raza.
—¿Eso importa?
—Seguro. Algunas poblaciones son más pequeñas que otras. Considera el caso de los Mbuti.
Primrose alzó sus cejas canosas.
—Los pigmeos del bosque tropical de Ituri —le expliqué.
—En esta zona no tenemos pigmeos, cariño.
—No. Pero quizás había asiáticos a bordo del avión. Algunas poblaciones asiáticas son más pequeñas que las occidentales, de modo que tienden a tener pies más pequeños.
—No como mis delicados cuarenta y uno. —Levantó un pie calzado con una bota y se echó a reír.
—De lo que estoy segura es de la edad. Esta persona tenía más de cincuenta años. Bastante más, creo.
—Comprobemos la lista de pasajeros.
Volvió a colocarse las gafas, pulsó unas teclas y en la pantalla apareció una cuadrícula. Esta hoja de cálculo era similar a la cuadrícula post mortem excepto que la mayoría de las celdas contenían información. Había columnas correspondientes al nombre, apellido, fecha de nacimiento, tipo de sangre, sexo, raza, peso, altura y gran número de otras variables. Primrose activó la columna correspondiente a la edad y ordenó al programa que hiciera una selección guiándose por ese criterio.
El vuelo 228 de TransSouth Air llevaba solo seis pasajeros mayores de cincuenta años.
—Demasiado jóvenes para que el buen Señor los haya llamado a su lado.
—Sí —dije, con los ojos fijos en la pantalla.
Las dos permanecimos en silencio durante un momento, luego Primrose movió el cursor y ambas nos inclinamos hacia la pantalla.
Cuatro hombres. Dos mujeres. Todos blancos.
—Ahora ordenemos los casos por raza.
La cuadrícula mostró sesenta y ocho blancos, diez afroamericanos, dos hispanos y dos asiáticos entre los pasajeros. Ambos pilotos y toda la tripulación de cabina eran blancos. Ninguno de los pasajeros de raza negra superaba los cuarenta años. Ambos asiáticos pasaban apenas de la veintena, probablemente fuesen estudiantes. Masako Takaguchi había sido afortunada. Había muerto en una sola pieza y ya la habían identificado.
—Creo que será mejor que intente otro enfoque. Por ahora nos basaremos en una edad calculada en más de cincuenta años. Y la víctima tenía gota.
—Mi ex tiene gota. Lo único humano que tiene ese hombre. —Otra risotada, directamente desde el estómago.
—Mmmmmm. ¿Puedo pedirte otro favor?
—Por supuesto, cielo.
—Comprueba a Jean Bertrand.
Encontró la fila y movió el cursor a la columna correspondiente a situación.
Hasta el momento el cuerpo de Jean Bertrand no había sido identificado.
—Regresaré cuando tenga más información sobre este caso —dije, recogiendo el paquete del número 387.
Una vez en mi mesa de trabajo, extraje un trozo de hueso del pie y le coloqué una pequeña etiqueta. Si podía encontrar una muestra de referencia, como un cálculo biliar, un pelo o un resto de caspa en un peine o un cepillo, el análisis de ADN podría ser muy útil para establecer la identidad. Si no, la prueba al menos podría determinar el género o vincular el pie con otras partes del cuerpo, y un tatuaje o una corona dental podrían enviar a la víctima a casa.
Mientras cerraba herméticamente la bolsa con el espécimen y apuntaba unos datos en el archivo, había algo que no dejaba de inquietarme. ¿Se había equivocado el ordenador? ¿Podría haber sido correcta mi impresión inicial de que el pie pertenecía a una mujer? Era muy posible. Solía ocurrir. Pero ¿qué pasaba con la edad? Yo estaba segura de que los huesos pertenecían a una persona mayor, aunque nadie en el avión encajaba con ese perfil. ¿Era posible que otra patología aparte de la gota afectara a mi evaluación?
¿Y qué pasaba con el estado avanzado de putrefacción?
Corté un segundo trozo de hueso del punto intacto más elevado de la tibia, añadí una etiqueta y lo guardé en la bolsa. Si el pie permanecía sin identificar, intentaría un cálculo más preciso de la edad recurriendo a rasgos histológicos. Pero el análisis microscópico tendría que esperar. En las instalaciones del forense de Charlottesville se estaban haciendo diapositivas y la acumulación de trabajo era monumental.
Volví a meter el pie en la bolsa, se lo devolví al rastreador de cuerpos encargado del caso y continué con un trabajo idéntico al que había estado realizando los cuatro días anteriores. Hora tras hora clasifiqué cuerpos y partes de cuerpos, explorando sus detalles más íntimos. No advertí la llegada y la partida de mis colegas y tampoco me di cuenta de que la luz natural se iba apagando tras las ventanas por encima de nuestras cabezas.
Había perdido toda noción del tiempo cuando alcé la vista y descubrí a Ryan junto a una pila de ataúdes de madera de pino en el extremo más alejado del cuartel de bomberos. Se acercó a mi mesa, nunca había visto tanta tensión en su rostro.
—¿Cómo están las cosas? —pregunté, bajando la mascarilla.
—Pasará una jodida eternidad antes de que todo esto quede aclarado.
Tenía los ojos oscuros y apagados, la cara tan pálida como la carne que había entre nosotros. El cambio me impresionó. Entonces lo comprendí. Mientras yo sentía pena por unos extraños, el dolor de Ryan era personal. Bertrand y él habían sido compañeros durante casi diez años.
Quería decirle algo que pudiera confortarle, pero lo único que se me ocurrió fue «lo siento mucho por Jean».
Asintió.
—¿Estás bien? —pregunté suavemente.
Los músculos de las mandíbulas se le tensaron un momento y luego se relajó.
Extendí el brazo por encima de la mesa tratando de cogerle la mano y ambos miramos mi guante ensangrentado.
—Vaya, Quincy, nada de compasión, ¿eh?
El comentario rompió la tensión.
—Tenía miedo de que me robaras el escalpelo —dije, cogiendo el instrumento cortante.
—Tyrell dice que ya has acabado por hoy.
—Pero...
—Son las ocho. Has trabajado trece horas.
Miré el reloj.
—Reúnete conmigo en el templo del amor y te pondré al tanto de la investigación.
Me dolía la espalda y el cuello y sentía los párpados como si estuviesen revestidos de arena por dentro. Apoyé ambas manos en las caderas y arqueé el cuerpo hacia atrás.
—O podría ayudarte...
Cuando recuperé la vertical, los ojos de Ryan estaban fijos en los míos y sus cejas subieron y bajaron rápidamente.
—... a que te relajes.
—Me quedaré dormida antes de que mi cabeza se apoye en la almohada.
—Tienes que comer.
—Jesús, Ryan, ¿a qué viene esa preocupación por mi nutrición? Eres peor que mi madre.
En ese momento vi que Larke Tyrell me hacía señas. Señaló su reloj y luego efectuó un movimiento de corte a la altura de la garganta. Asentí y levanté el pulgar.
Después de decirle a Ryan que solo asistiría a la reunión informativa, cerré la cremallera de la bolsa con los restos, apunté algunas notas en el PVD y le devolví todo el material al rastreador de cuerpos. Me quité el mono de trabajo, me lavé y abandoné el lugar.
Cuarenta minutos más tarde Ryan y yo estábamos sentados en la cocina de High Ridge House ante unos bocadillos de pastel de carne que había preparado Ruby. Andrew acababa de quejarse por tercera vez de la falta de cerveza para acompañar los bocadillos.
—Los borrachos y los glotones alcanzarán la pobreza —contesté mientras sacudía una botella de ketchup.
—¿Quién lo dice?
—El Libro de los Proverbios, según Ruby.
—Y convertiré en un delito no beber cerveza.
El tiempo había empeorado y Ryan llevaba un suéter de esquiador azul que hacía juego con el color de sus ojos.
—¿Ruby dijo eso?
—Shakespeare. Enrique VI.
—¿O sea?
—Al igual que el rey, Ruby está siendo autocrática.
—Háblame de la investigación. —Di un pequeño mordisco a mi bocadillo.
—¿Qué quieres saber?
—¿Han podido recuperar las cajas negras?
—Son anaranjadas. Tienes un poco de ketchup en la barbilla.
—¿Se han encontrado las grabaciones de vuelo? —Pasé la mano por la barbilla al tiempo que me preguntaba cómo un hombre podía ser tan atractivo y a la vez tan irritante.
—Las han enviado al laboratorio del NTSB en Washington, pero he podido escuchar una copia de la grabación de las voces en la cabina de los pilotos. Los peores veintidós minutos que he pasado en mi vida.
Esperé.
—La FAA tiene normas para la esterilización de la cabina por debajo de los tres mil metros, de modo que durante los primeros ocho minutos aproximadamente, los pilotos tienen mucho trabajo. Una vez superada esa altitud se muestran más relajados, responden a los controladores del tráfico aéreo, hablan de sus hijos, del almuerzo, de sus partidas de golf. De pronto se produce un ruido seco y todo cambia. Hablan con la respiración agitada y se gritan entre ellos.
Tragó con dificultad.
—Como ruido de fondo se oyen pitidos, luego chirridos, luego alaridos. Un miembro del grupo de grabaciones identificaba cada sonido mientras escuchábamos la cinta. Piloto automático desconectado. Exceso de velocidad. Alerta de altitud. Aparentemente eso significaba que los pilotos se las arreglaron para nivelar el aparato durante unos minutos. Estás allí, escuchando la grabación, y te imaginas a esos tíos luchando para salvar su avión. Mierda.
Volvió a tragar.
—Luego se oye ese ruido que te pone los pelos de punta. El aviso de proximidad de tierra. Luego una especie de crujido estridente. Luego nada.
En algún lugar de la casa alguien cerró una puerta con fuerza, luego se oyó el agua corriendo por las cañerías.
—¿Sabes cuando estás viendo alguna de esas películas sobre la naturaleza? No tienes la más mínima duda de que el león acabará comiéndose a la gacela, pero aun así no apartas la vista de la pantalla, luego te sientes horriblemente mal cuando eso sucede. Es igual que eso. Escuchas a toda esa gente que pasa de la normalidad al centro de una pesadilla, sabiendo que van a morir y no hay absolutamente nada que puedas hacer para impedirlo.
—¿Qué hay de las grabadoras de datos de vuelo?
—Eso llevará semanas, quizá meses. El hecho de que la grabadora de voces funcionara tanto tiempo como lo hizo indica algo acerca de la secuencia de ruptura, ya que la energía eléctrica de las grabadoras se agota cuando los motores y el generador se apagan. Pero los expertos dicen que el suministro de energía se cortó abruptamente durante un vuelo aparentemente normal. Eso podría indicar un desastre en el aire.
—¿Una explosión?
—Posiblemente.
—¿Una bomba o un fallo mecánico?
—Sí.
Lo fulminé con la mirada.
—Los partes de reparaciones indican que en los dos últimos años el avión tuvo algunos problemas menores. Se repusieron algunas piezas normales y se reemplazó una especie de interruptor al menos en dos ocasiones. Pero el grupo de mantenimiento dice que todo parece responder a una práctica rutinaria.
—¿Algún progreso con respecto al comunicante anónimo?
—Las llamadas se hicieron desde una cabina de Atlanta. Tanto la CNN como el FBI tienen cintas y están analizando la voz.
Ryan bebió un trago de limonada, hizo una mueca y dejó el vaso en la mesa.
—¿Qué me dices de los equipos de recuperación de cuerpos?
—Esto que quede estrictamente entre nosotros, Ryan. Cualquier información oficial debe venir de Tyrell.
Movió los dedos en un gesto de «continúa».
—Estamos encontrando perforaciones y una cantidad importante de fracturas en pantorrillas y tobillos. No es típico de un impacto contra el suelo.
Mi mente volvió al pie afectado de gota y me sentí nuevamente confundida. Ryan debió de leerme la expresión del rostro.
—¿Y ahora qué pasa?
—¿Puedo confiarte algo?
—Dispara.
—Esto te resultará muy extraño.
—A diferencia de tus concepciones normalmente convencionales.
Añadí intensidad a mi mirada fulminante.
—¿Recuerdas el pie que rescatamos de los coyotes?
Asintió.
—No coincide con ninguno de los pasajeros.
—¿Qué es lo que no coincide?
—Principalmente la edad, y me fío bastante de mis cálculos. En el avión no viajaba nadie de esa edad. ¿Es posible que alguien haya subido a bordo sin estar en la lista?
—Puedo averiguarlo. Cuando estábamos en el ejército solíamos hacer autostop incluso para volar, pero sospecho que eso sería bastante complicado en los vuelos comerciales. A veces los empleados de las compañías aéreas viajan gratis. Lo llaman viaje sin cargo. Pero su nombre debe constar en el registro.
—¿Estuviste en el Ejército?
—En la guerra de Crimea.
Ignoré su comentario.
—¿Es posible que alguien haya regalado su billete? ¿O que lo haya vendido?
—Tienes que presentar alguna identificación con fotografía.
—¿Y si uno de los pasajeros se presentó en el mostrador de facturación, mostró su documento de identidad y luego le dio el billete a otra persona?
—Lo preguntaré.
Me acabé el pepinillo.
—¿O sería posible que alguien estuviese transportando una muestra biológica? Este pie está mucho más sucio y deteriorado que el material que he estado procesando.
Me miró con escepticismo.
—¿Deteriorado?
—La descomposición de los tejidos parece más avanzada.
—¿El medio ambiente no afecta a la velocidad de descomposición?
—Sí, naturalmente.
Añadí un poco más de ketchup al resto del bocadillo y me lo metí en la boca.
—Creo que los especímenes biológicos tienen que ser informados y registrados —dijo Ryan.
Recordé las veces que había volado llevando huesos conmigo, subiéndolos a bordo del avión en el equipaje de mano. Al menos en una ocasión había utilizado un Tupperware para poder estudiar las marcas de sierra que había dejado un asesino en serie. No me convencía ese argumento.
—Tal vez los coyotes lo encontraron en otra parte —sugerí.
—¿Por ejemplo?
—Un antiguo cementerio.
—¿El vuelo 228 de TransSouth Air se estrelló en un cementerio?
—No directamente en un cementerio. —Recordé mi encuentro con Simon Midkiff y su preocupación por el lugar donde estaba excavando y comprendí cuán absurda debía sonar mi hipótesis. Sin embargo, el escepticismo de Ryan me sacaba de quicio—. Tú eres el experto en canes. Estoy segura de que sabes que se dedican a arrastrar cosas por todas partes.
—Tal vez el pie sufrió algún percance en vida que hace que parezca más viejo de lo que realmente es.
Tuve que reconocer que era posible.
—Y en peor estado de descomposición.
—Tal vez.
Recogí las cosas de la mesa y llevé los platos al fregadero.
—Escucha, ¿qué me dices si mañana nos damos una vuelta por Coyote Canyon y vemos si alguien está criando malvas?
Me volví para mirarle.
—¿De verdad?
—Cualquier cosa que sirva para tranquilizar tu mente atormentada, cariño.
Las cosas no ocurrieron así.
6
Pasé la mañana siguiente separando carne de cuatro personas diferentes. El caso número 432 procedía de un segmento quemado del fuselaje que se encontraba en un valle al norte del lugar principal del accidente. Dentro de la bolsa encontré un cadáver relativamente intacto al que le faltaba la parte superior del cráneo y los antebrazos. La bolsa también contenía una cabeza incompleta y un brazo derecho completo con una porción de mandíbula incrustada en el tríceps. Todo estaba solidificado en una masa achicharrada.
Determiné que el cadáver pertenecía a una mujer negra de aproximadamente veinte años que medía un metro setenta en el momento de su muerte. Los rayos X mostraban fracturas soldadas en el húmero y el omóplato derechos. Clasifiqué el número 432 como restos humanos fragmentados, grabé mis observaciones y envié el cuerpo a odontología.
La cabeza incompleta, un hombre blanco de unos veinte años, se convirtió en el número 432A y también fue remitido para su análisis dental. El fragmento de mandíbula pertenecía a alguien mayor que el número 432A, probablemente una mujer, y fue enviado a los odontólogos con el número 432C. El estado de desarrollo óseo sugería que el brazo derecho completo procedía de un adulto mayor de veinte años. Calculé los límites superiores e inferiores para determinar la estatura, pero no fui capaz de determinar su género, ya que todas las medidas de manos y brazos encajaban en una categoría superpuesta de hombres y mujeres. Envié el brazo a la sección de huellas dactilares como caso número 432D.
Eran las doce y cuarto cuando miré el reloj. Tenía que darme prisa.
Vi a Ryan a través de una ventanilla en la puerta trasera del depósito. Estaba sentado en los escalones, una pierna extendida, la otra levantada y apoyando el codo mientras hablaba por el móvil. Al abrir la puerta pude oír que hablaba en inglés con un tono agitado y sospeché que no se trataba de un asunto oficial.
—Bien, pues así será. —Giró un hombro al verme y sus respuestas se volvieron más secas—. Puedes hacer lo que te plazca, Danielle.
Esperé hasta que hubo terminado de hablar y luego me reuní con él en el porche.
—Lamento llegar tarde.
—«No problemo».
Cerró el teléfono y lo deslizó en el bolsillo con movimientos bruscos.
—¿Problemas en el frente doméstico?
—¿Qué quieres para almorzar? ¿Pescado o pollo?
—Buena estrategia —dije con una sonrisa—. Y tan sutil como un cañonazo.
—El frente doméstico no es asunto tuyo. ¿Crees que es lo bastante sutil?
Aunque abrí la boca, no salió ningún sonido.
—Es solo un desacuerdo personal.
—En lo que a mí respecta puedes tener una bronca con el arzobispo de Canterbury, pero no me invites a la función.
Tenía las mejillas encendidas.
—¿Desde cuándo sientes curiosidad por mi vida amorosa?
—Tu vida amorosa me importa un pimiento —dije.
—Por eso la inquisición.
—¿Qué?
—Olvidémoslo. —Ryan extendió la mano pero yo retrocedí.
—Tú me pediste que nos encontrásemos aquí —dije.
—Mira, esta investigación nos tiene a los dos bastante alterados.
—Pero yo no me dedico a dar golpes bajos.
—Lo que no necesito son más recriminaciones —dijo Ryan, poniéndose las gafas de sol que sostenía sobre la frente.
—¿Recriminaciones? —estallé.
Ryan repitió la pregunta.
—¿Pescado o pollo?
—Puedes meterte el pescado y el pollo donde te quepan.
Di media vuelta y busqué el tirador de la puerta con el rostro ardiendo de ira. ¿O era humillación? ¿O dolor?
Una vez dentro, cerré la puerta con violencia y me apoyé en ella. Desde el aparcamiento me llegó el ruido de un motor, luego el sonido de los frenos del camión que traía otros veinte casos. Volví la cabeza y alcancé a ver a Ryan que se levantaba y se dirigía hacia su coche de alquiler.
¿Por qué me había hecho enfurecer de ese modo? Durante los meses que estuvo en la clandestinidad había pensado mucho en él. Pero distanciarme de Ryan se había convertido en algo tan rutinario que jamás había considerado la posibilidad de que alguien más pudiese entrar en su vida. ¿Era eso lo que estaba pasando? Aunque quería saberlo, que me matasen si iba a preguntarlo.
Al volverme me encontré con Larke Tyrell, que me miraba fijamente.
—Necesitas descansar un poco.
—Esta tarde me tomaré un par de horas.
Había solicitado ese descanso para que Ryan y yo pudiésemos explorar la zona donde había encontrado el pie. Ahora tendría que hacerlo sola.
—¿Un bocadillo?
Larke señaló con la barbilla el salón del personal.
—De acuerdo.
Minutos más tarde estábamos sentados a una de aquellas mesas plegables.
—Hay algunas patatas fritas pulverizadas y migas de sucedáneos —dijo.
—Es lo que como habitualmente.
—¿Cómo se encuentra LaManche?
Larke eligió lo que parecía ser atún sobre pan de trigo.
—Ha vuelto a ser el cascarrabias de siempre.
Como director de la unidad médico legal, Pierre LaManche era el homólogo de Larke Tyrell en el laboratorio de Montreal. Mis dos jefes se conocían desde hacía muchos años como miembros de la Asociación Nacional de Médicos Forenses y la Academia Americana de Ciencias Forenses. La primavera pasada LaManche había sufrido un infarto, pero ya estaba recuperado y se había reincorporado al trabajo.
—Me alegra mucho oírlo.
Mientras quitábamos el celofán de los bocadillos y destapábamos los refrescos recordé la aparición del forense en el lugar del accidente.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Me miró fijamente con sus ojos almendrados bajo la luz del sol que entraba por una ventana elevada.
—Por Dios, Larke, estoy bien, así que olvídate de tus diagnósticos de estrés. El teniente detective Ryan ya me molesta bastante con eso.
—Lo he notado. ¿Duermes bien?
—Como un bebé.
—¿Cuál es la pregunta?
—Cuando el vicegobernador y tú llegasteis la semana pasada, ¿dónde aterrizó el helicóptero?
Sacudí la bolsa de patatas fritas y recogí los últimos fragmentos en la palma de la mano.
—Hay una casa a tiro de piedra del lugar del accidente. Al piloto le gustó el aspecto de la tierra y decidió aterrizar allí.
—¿Hay una pista de aterrizaje?
—No, claro que no, es solo un claro del bosque. Pensé que Davenport iba a ensuciar sus Calvin Klein, estaba aterrado. —Larke sonrió—. Parecía una escena sacada de «MASH». Triggs seguía insistiendo en que regresáramos y el piloto le decía, «Sí, señor, sí señor», y luego dejó aquel pájaro exactamente allí donde quería.
Me llevé los restos de patatas fritas a la boca.
—Luego nos abrimos paso hasta el lugar del accidente. Yo diría que caminamos medio kilómetro.
—¿Es una casa?
—Una cabaña vieja o algo así. La verdad es que no presté mucha atención.
—¿Pudiste ver algún camino?
Sacudió la cabeza.
—¿Por qué tantas preguntas?
Le hablé del pie.
—No vi ningún cementerio, pero no hay nada malo en ir a echar un vistazo por la zona. ¿Estás segura de que eran coyotes?
—No.
—Ten cuidado; llévate una radio y un spray de defensa personal.
—¿Crees que los coyotes cazan de día?
—Los coyotes cazan siempre que les apetece.
Fantástico.
El árbol oficial de Carolina del Norte es el pino palustre, la flor oficial es la del sanguino. También gozan de honor la pesca del sábalo, las percas de agua salada y las tortugas. Los ponis salvajes de Shakleford Banks y el puente colgante de la Grandfather Mountain, el más alto del país, son el orgullo del estado.
La frontera de Carolina del Norte limita, por el oeste, con la zona sur de los Apalaches y atraviesa colinas, tierras pantanosas y playas hasta llegar al archipiélago de la costa este. Baja desde el Mount Mitchell, en los Apalaches, hasta el océano. Desde Blowing Rock hasta Cabo del Miedo. Desde el desfiladero Linville hasta la isla de Bald Head.
La variada geografía de Carolina del Norte hace que sus habitantes sean muy distintos entre sí. Los de las tierras altas hacen excursiones por las montañas en bicicleta, vuelan en ala delta, bajan rápidos, hacen escalada, y cuando llega el invierno practican el esquí y el snowboard. Los menos temerarios juegan al golf, van a las ferias de anticuarios, escuchan bluegrass o simplemente disfrutan del paisaje.
Los que viven cerca de la costa prefieren respirar el aire salado y disfrutar de la cálida arena, las grandes olas del Atlántico o pescar. La temperatura es siempre agradable, por eso los que viven ahí no llevan nunca guantes ni necesitan cadenas para la nieve. Exceptuando algún tiburón despistado o algún caimán traicionero, la fauna es inofensiva. Por supuesto, también se juega al golf en esta zona.
Mientras que la fuerza de las corrientes de los ríos, las cascadas y los enormes árboles me atemorizan, el mar me devuelve la calma. Prefiero los sitios en los que puedes llevar simplemente unos pantalones cortos y una camiseta. Un catálogo de bañadores me hace feliz. Teniendo todo esto en cuenta es lógico que prefiera la playa.
Iba pensando en esto mientras rodeaba los campos llenos de escombros. El día era claro y corría una ligera brisa que hacía que el hedor del desastre fuera menos intenso. A pesar de que se habían recuperado muchos cuerpos y que eran pocos los que todavía seguían esparcidos por el suelo, el escenario no había cambiado demasiado. Las figuras con uniforme seguían deambulando, gateando entre los restos, aunque, ahora, algunos llevaban las siglas del FBI.
Encontré a Larke rebuscando por el bosque. Aunque el sol ya estaba alto y calentaba bastante, noté que la temperatura a la sombra bajaba considerablemente. Cogí el camino que había seguido la semana anterior, de vez en cuando me paraba y escuchaba. Las ramas chocaban entre sí y los cuerpos esparcidos por el suelo emitían ligeros ruidos. Un pájaro carpintero repetía incansablemente una melodía machacona.
Llevaba una chaqueta de un amarillo chillón con la que era imposible pasar inadvertida, aunque esperaba que precisamente ese color pudiese paralizar a los coyotes. Si eso no funcionaba, borraría del mapa a esas bestias peludas. Apreté con fuerza el spray de defensa que llevaba en el bolsillo.
Al llegar al tronco caído donde había estado sentada, apoyé una rodilla en tierra y examiné el suelo del bosque. Luego me levanté y miré a mi alrededor. Aparte de la rama que había utilizado como improvisado bate de béisbol, no había ningún rastro de mi aventura con los canes.
Eché a andar a través del sutil pasillo vegetal. El terreno era ligeramente cóncavo y tenía que caminar con cuidado para no torcerme un tobillo al pisar una piedra oculta bajo las hojas. Aunque más baja que los matorrales de los márgenes, por momentos la vegetación me llegaba casi a las rodillas.
Mis ojos no dejaban de mirar hacia todos lados, buscando cruces o señales de entierros. La casa que había mencionado Larke significaba un asentamiento humano y yo sabía que las viejas casas de campo incluían a menudo cementerios familiares. Un verano había dirigido una excavación en la cima de Chimney Rock. Aunque nuestra intención era cavar solamente en la cabaña, descubrimos un pequeño cementerio que no figuraba en ningún documento. Recordé de pronto que también había serpientes venenosas y culebras.
Continué avanzando a través de las sombras frías, mientras mi ropa se enganchaba en las espinas y las ramas y los insectos se lanzaban sobre mi rostro. Las ráfagas de viento hacían bailar las sombras y alteraban las formas que me rodeaban. Entonces, sin previo aviso, los árboles dieron paso a un pequeño claro. Cuando salí nuevamente a la luz del sol, un ciervo de cola blanca levantó la cabeza, me miró fijamente y luego desapareció.
Un poco más adelante había una casa, la parte trasera apoyada contra un risco de piedra que se alzaba varios cientos de metros. La estructura presentaba paredes gruesas, una línea de buhardillas y un techo inclinado con amplios salientes. Un porche cubierto ocultaba el frente de la casa y una curiosa pared de piedra asomaba desde detrás del flanco izquierdo.
Agité los brazos. Esperé. Llamé. Volví a agitar los brazos.
Ninguna voz, ningún ladrido como respuesta. Ni tan solo algún sonido a modo de bienvenida.
Volví a gritar, esperando que un campesino de Defensa,4 no me tuviese en su punto de mira.
Silencio.
Con los banjos batiéndose en duelo en mi cabeza5 comencé a atravesar el prado que me separaba de la casa. Aunque fuera del círculo de árboles la luz era cegadora, dejé las gafas de sol en el bolsillo. Además de campesinos rústicos y primitivos, estas montañas albergaban a partidarios de la supremacía blanca y grupos paramilitares. Los extraños no eran bienvenidos.
Pude comprobar que la naturaleza había recuperado los alrededores de la casa. Lo que en otro tiempo había sido un prado o un jardín estaba ahora cubierto con altos alisos blancos, alerces, abedules de Carolina y numerosos matorrales que no supe reconocer. Más allá de los matorrales, álamos, magnolios, robles, hayas y pinos blancos se mezclaban con árboles desconocidos para mí. El kudzu lo cubría todo con enmarañadas telarañas verdes.
Mientras me dirigía hacia los escalones del frente, se me puso la piel de gallina y una sensación de inquietud me envolvió como un manto frío y húmedo. Sobre el lugar parecía pender una amenaza. ¿Nacía de la madera oscura y gastada, de las ventanas cruzadas con tablones, o de la jungla de vegetación que mantenía la casa bajo una penumbra permanente?
—¿Hola?
Sentí que se me aceleraba el pulso.
No había ni perros ni montañeros.
Una mirada me bastó para saber que la casa no se había construido de cualquier manera. O recientemente. Era tan sólida como la prisión londinense de Newgate. Aunque dudaba que George Dance se hubiera encargado de dibujar los planos, estaba claro que compartía con el arquitecto de la prisión su desinterés por las vistas exteriores. No había paredes de cristal que privilegiaran el paisaje. No había claraboyas. Tampoco galerías. Construido en piedra y gruesos tablones inmaculados, el lugar había sido emplazado claramente para cumplir una función específica. No podía afirmar si había sido visitado por última vez a finales del verano o por la Gran Depresión.
O si en este momento había alguien en su interior, observando mis movimientos a través de una grieta o un agujero en las paredes.
—¿Hay alguien en casa?
Nada.
Subí al porche y llamé a la puerta.
—¿Hola?
Ningún movimiento dentro de la casa.
Me acerqué hacia una de las ventanas y traté de mirar a través de los postigos. Un material oscuro y pesado ocultaba el interior. Giré la cabeza buscando otro ángulo para mirar mejor hasta que el cuerpo peludo de una araña me hizo saltar hacia atrás.
Bajé los escalones, rodeé la casa por un sendero de piedras invadido por las hierbas y pasé por debajo de un arco hasta llegar a un oscuro y pequeño patio. El cercado estaba rodeado por muros de piedra de dos metros de alto coronados por arbustos de lilas, cuyas hojas oscuras contrastaban con los verdes y amarillos del bosque que se extendía unos metros más allá. Excepto por la presencia de musgo, nada crecía en el suelo compacto y húmedo. El pequeño y frío patio interior parecía absolutamente incapaz de sustentar forma alguna de vida.
Volví la mirada nuevamente hacia la casa. Un cuervo describió un pequeño círculo y se posó en una rama cercana, una pequeña silueta negra contra el brillante azul del cielo. El pájaro negro graznó un par de veces, hizo un chasquido con el pico y luego bajó la cabeza en mi dirección.
—Dile a la señora de la casa que he pasado por aquí —dije, con más seguridad de la que realmente sentía.
El cuervo me observó durante un momento y luego alzó el vuelo.
Al volverme, creí ver un destello de luz reflejado en un trozo de cristal roto. Me quedé inmóvil. ¿Había visto movimiento en una de las ventanas de la planta superior? Esperé unos minutos. Nada se movió.
El patio solo tenía una entrada, de modo que volví sobre mis pasos y examiné la parte más alejada de la propiedad. Los matorrales también cubrían el espacio que separaba la casa del bosque, terminando en una jungla de malvarrosas muertas que inundaban los cimientos. Recorrí el lugar, pero no vi ninguna evidencia de cementerios, intactos o excavados. Mi único descubrimiento fue una barra de metal rota.
Frustrada, regresé al porche delantero, inserté la barra entre los postigos y empujé suavemente. La ventana no cedió. Aumenté la presión, por curiosidad, pero sin querer causar daño. La madera era sólida y no se movió.
Miré mi reloj. Las dos cuarenta y cinco. Todo esto era inútil. Y estúpido, si la propiedad no estaba abandonada. Si los propietarios existían, estaban fuera o querían que así lo pareciera. Yo estaba cansada, sudada y sentía el escozor de miles de diminutos rasguños.
Y, debía admitirlo, el lugar me ponía los pelos de punta. Aunque sabía que mi reacción era irracional, tenía la sensación de que el mal rondaba la casa. Decidí preguntar en el pueblo, lancé la barra de metal y regresé al lugar del accidente.
Mientras me dirigía hacia el depósito, pensé en aquella misteriosa casa. ¿Quién la había construido? ¿Por qué? ¿Y qué era lo que me había resultado tan inquietante?
7
Ryan me estaba esperando cuando llegué a High Ridge House poco después de las nueve. No le vi hasta que habló.
—Parece que hubo una explosión.
Me detuve con la mano apoyada en el tirador de la puerta mosquitera.
—Ahora no, Ryan.
—Jackson hará una declaración mañana.
Me volví hacia el columpio que había en el porche. Ryan tenía un pie apoyado en la barandilla y se impulsaba lentamente adelante y atrás. Cuando dio una calada al cigarrillo, un tenue brillo rojizo le iluminó la cara.
—¿Estás seguro?
—Tanto como de que Madonna no es virgen.
Dudé un momento, deseaba obtener noticias de la investigación, pero desconfiaba del portador.
—Ha sido realmente un día horrible, Brennan. Te pido disculpas por mi pésimo comportamiento.
Aunque no tenía mucho tiempo para pensar en ello, nuestra confrontación del mediodía me había hecho tomar una decisión. Estaba rebasando el cúmulo de desastres que había sido mi relación con Ryan. En lo sucesivo nuestra relación sería estrictamente profesional.
—Cuéntame.
Ryan movió ligeramente el columpio.
Me acerqué a él pero permanecí de pie.
—¿Por qué una explosión?
—Siéntate.
—Si se trata de un cebo, ya puedes...
—Hay indicios de cratering y penetración de fibras.
Bajo la tenue luz de la bombilla que oscilaba sobre nuestras cabezas, el rostro de Ryan parecía sin vida. Dio una profunda calada y luego arrojó la colilla hacia los helechos de Ruby. Observé las chispas que lanzaba el diminuto cometa al surcar el aire a través de la oscuridad, imaginando la caída a plomo del vuelo 228 de TransSouth Air.
—¿Quieres oírlo?
Coloqué la mochila entre ambos y me senté en el columpio.
—¿Qué es cratering?
—Es un fenómeno que se produce cuando un sólido o un líquido se convierte súbitamente en un gas.
—Como en una detonación.
—Sí. Una explosión eleva la temperatura miles de grados y provoca ondas expansivas que crean un efecto de barrido de gas en las superficies metálicas. Así es como lo describieron los expertos del grupo de explosivos. En la reunión de hoy nos mostraron numerosas diapositivas. Es como una piel de naranja.
—¿Han encontrado pruebas de eso?
—Han descubierto rastros en numerosos fragmentos. Y también bordes enrollados, que es otro de los indicadores.
Movió nuevamente el columpio impulsándolo con el pie apoyado en la barandilla.
—¿Qué es penetración de fibras?
—Han encontrado fibras de algunos materiales lanzadas a través de otros materiales que no han sufrido daños. Todo esto con microscopios muy potentes, por supuesto. También están encontrando fracturas y fundición provocadas por el calor en los extremos de algunas fibras.
Otra oscilación del columpio y sentí nuevamente el sabor de la ensalada griega que había comido después de salir del depósito.
—No muevas el columpio.
—Algunas de las ampliaciones son realmente asombrosas.
Cerré la cremallera de la cazadora y hundí las manos en los bolsillos. Aunque los días aún eran cálidos, las noches comenzaban a ser más frías.
—O sea, que las perforaciones y los bordes enrollados de los trozos metálicos y la fundición por el calor y la penetración de fibras significan que hubo una explosión. Las heridas en las pantorrillas coinciden con ese diagnóstico.
—Y también el hecho de que una gran parte del fuselaje llegase a tierra intacto.
Apoyé un pie en la barandilla para detener el movimiento del columpio.
—Todo indica que se produjo una explosión.
—¿Provocada por qué?
—Una bomba. Un misil. Un fallo mecánico. La Unidad de Seguridad de Explosivos Aéreos de la FAA realizará un análisis cromatográfico a fin de determinar qué productos químicos podrían estar presentes, y también radiofotografía y difracción de rayos X para identificar las especies moleculares. Y una cosa más. ¡Ah, sí! Espectrofotometría por infrarrojos. No estoy seguro para qué sirve, pero tiene un bonito nombre. Es decir, si pueden realizar el trabajo lejos del laboratorio criminal del FBI.
—¿Un misil?
Era la primera vez que se mencionaba esa posibilidad.
—No es probable pero se ha sugerido. ¿Recuerdas el follón que se produjo cuando se habló de que tal vez un misil había sido el responsable del desastre del vuelo 800 de la TWA? Pierre Salinger apostó sus pelotas a que la Marina era la responsable de la caída del aparato.
Asentí.
—Y estas montañas albergan numerosos grupos de milicias paramilitares. Tal vez los chicos de la basura blanca de Eric Rudolph visitaron el mercado de armas y compraron un juguete nuevo.
Se buscaba a Rudolph por su relación con una serie de ataques contra clínicas abortistas, y era sospechoso del atentado con explosivos durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996. Los rumores insistían en que había huido y había buscado refugio en estas montañas.
—¿Alguna idea de dónde se produjo la explosión?
—Es demasiado pronto para decirlo. El grupo de documentación del interior de la cabina está confeccionando un gráfico de los daños de los asientos que ayudará a establecer el lugar exacto de la explosión.
Ryan se empujó con los pies, pero mantuve el columpio en su sitio.
—Nuestro grupo está haciendo lo mismo con heridas y fracturas. En este momento todo parece indicar que las peores heridas se produjeron en la parte posterior del avión.
Los antropólogos y los patólogos estaban realizando un diagrama con la distribución de los traumas por asiento.
—¿Qué hay del grupo del radar?
—Nada fuera de lo común. Una vez que hubo despegado, el avión se dirigió hacia el nordeste desde el aeropuerto hacia Athens. El centro de control de tráfico aéreo de Atlanta se hace cargo de los vuelos hasta Winston-Salem, desde ahí es la torre de control de Washington la que lo asume, de modo que el avión jamás abandonó el control de tráfico aéreo de Atlanta. El radar muestra una llamada de emergencia por parte del piloto a los veinte minutos y treinta segundos de haber despegado. Aproximadamente noventa segundos más tarde se rompió en dos, posiblemente en tres piezas y desapareció de la pantalla.
Unos faros aparecieron en la base de la montaña. Ryan y yo los observamos mientras ascendían a través de la oscuridad, giraban en el camino de entrada a la posada y se dirigían hacia el prado que había a la izquierda de la casa. Un momento después, una figura se materializó en el sendero. Cuando cruzó delante de nosotros, Ryan rompió el silencio.
—¿Un día duro?
—¿Quién está ahí?
El hombre era apenas una mancha difusa contra el negro del cielo.
—Andy Ryan.
—Hola, buenas noches, señor. Había olvidado que usted también se alojaba aquí.
La voz sonaba como si llevase años bebiendo whisky. Todo lo que podía discernir de su dueño era que se trataba de un hombre fornido que llevaba una gorra.
—El gel de ducha con fragancia a lilas es mío.
—Lo tendré en cuenta, detective Ryan.
—Le invitaría a una cerveza, pero el bar acaba de cerrar.
El hombre subió al porche, acercó una silla hasta colocarla delante del columpio, dejó una bolsa de deportes junto a ella y se sentó. La tenue luz reveló una nariz carnosa y mejillas moteadas de finas venitas rotas.
Cuando nos presentaron, el agente especial Byron McMahon del FBI se quitó la gorra y se inclinó ligeramente. Tenía el pelo blanco y espeso, levantado en el centro como la cresta de un gallo.
—Esta corre de mi cuenta.
McMahon abrió la bolsa y sacó una caja de seis latas de cerveza.
—Licor del demonio —dijo Ryan, cogiendo una cerveza de la caja.
—Sí —convino McMahon—. Bendito sea.
Agitó una lata ofreciéndomela.
Hacía tiempo que no había deseado tanto algo. Recordé la sensación de la bebida filtrándose a través de mis venas, la ola de calor creciendo en mi interior a medida que las moléculas de alcohol se mezclaban con las mías. La sensación de alivio, de bienestar.
Pero había aprendido unas cuantas cosas acerca de mí misma. Me había llevado años, pero ahora comprendía que esos momentos eran como un reto a Baco. Aunque anhelaba ese momento de liberación, sabía que la euforia sería solo temporal, mientras que la ira y la recriminación durarían mucho tiempo. No podía beber.
—No, gracias.
—Hay muchas en el lugar de donde vienen estas latas.
—Ese es el problema.
McMahon sonrió, abrió una lata y dejó las otras en su bolsa.
—¿Qué piensa el FBI? —preguntó Ryan.
—Algún hijo de puta voló el avión en el aire.
—¿A quién apunta el FBI?
—Tus muchachos motoristas cotizan alto en muchas apuestas. El tal Petricelli era un rufián de mala muerte que tenía serrín en el cerebro, pero con buenos contactos.
—¿Y?
—Podría tratarse de un golpe por parte de profesionales.
La brisa hizo balancear las cestas de mimbre de Ruby y las sombras negras danzaron sobre las barandillas y las tablas del suelo.
—Aquí hay otro dato. La señora Martha Simington ocupaba el asiento 1A. Hace tres meses Haskell Simington concertó un seguro de vida de su esposa por dos millones de dólares.
—Eso es mucha calderilla.
—Recorrió un largo camino para aliviar el dolor de su maridito. Ah, olvido mencionar un detalle. Hacía cuatro años que la pareja vivía separada.
—¿Ese Simington está lo bastante chiflado para cargarse a ochenta y ocho personas? —Ryan bebió su Coors y lanzó la lata a la bolsa de McMahon.
—Estamos empezando a conocer muy bien a ese pájaro de Simington.
McMahon imitó el gesto de Ryan con su lata vacía.
—Aquí va otro argumento: el asiento 12F estaba ocupado por un chico de diecinueve años llamado Anurudha Mahendran. Era un estudiante extranjero originario de Sri Lanka y jugaba de portero en el equipo de fútbol.
McMahon sacó otras dos latas y le dio una a Ryan.
—En Sri Lanka, el tío de Anurudha trabaja para la radio Voz de los Tigres.
—¿De los Tigres tamiles?
—Sí, señora. Parece que el tío era un bocazas y seguro que el gobierno estaría encantado de que tuviera algún tipo de enfermedad terminal.
—¿Sospecha del gobierno de Sri Lanka?
Estaba asombrada.
—No. Pero hay extremistas en ambos lados.
—Si no puedes persuadir al tío, ve a por el sobrino. Envía un mensaje.
Ryan abrió la lata con un chasquido.
—Puede ser una suposición un tanto aventurada, pero tenemos que considerarla. Sin olvidar nuestros recursos locales, naturalmente.
—¿Recursos locales? —pregunté.
—Dos predicadores rurales que viven cerca de aquí. El reverendo Isaiah Claiborne jura que el reverendo Luke Bowman derribó el avión. —Otro chasquido metálico—. Son vendedores rivales de serpientes.
—¿Vendedores de serpientes?
Ignoré la pregunta de Ryan.
—¿Claiborne fue testigo de algo?
—Él insiste en que vio una estela blanca que partía desde la parte trasera de la casa de Bowman, seguida de una explosión.
—¿El FBI le toma en serio?
McMahon se encogió de hombros.
—La hora concuerda. El lugar sería el correcto según la trayectoria que llevaba el avión.
—¿Qué serpientes? —insistió Ryan.
—¿Alguna información sobre las grabaciones de voz?
Decidí pasar a otro tema, no quería oír ningún otro comentario acerca del fervor espiritual de nuestros vecinos de las montañas.
—Las llamadas fueron efectuadas por un hombre blanco norteamericano sin ningún acento especial.
—¿A cuántos millones reduce las posibilidades?
Advertí un ligero movimiento en los ojos de McMahon, como si estuviese considerando seriamente la cuestión.
—Unos cuantos.
McMahon acabó la segunda cerveza, aplastó la lata y la añadió a su creciente colección. Se levantó de la silla, nos deseó buenas noches a los dos y se dirigió a la puerta principal. Se oyó el tintineo de las campanillas y un momento más tarde se encendió una luz en una de las ventanas de arriba.
Excepto por el débil crujido de los tiestos de mimbre de Ruby, el porche estaba en un completo silencio. Ryan encendió un cigarrillo.
—¿Fuiste a explorar el territorio de los coyotes?
—Sí.
—¿Y?
—No había coyotes. Ningún ataúd a la vista.
—¿Encontraste algo interesante?
—Una casa.
—¿Quién vive allí?
—Hansel y Gretel y la bruja caníbal. —Me levanté—. ¿Cómo diablos quieres que lo sepa?
—¿Había alguien en la casa?
—Nadie salió corriendo a ofrecerme una taza de té.
—¿El lugar está abandonado?
Me llevé la mochila al hombro y consideré la pregunta.
—No estoy segura. Alguna vez hubo jardines en la casa, pero han desaparecido bajo la maleza. La construcción de la casa es tan sólida que resulta difícil saber si alguien la conserva o simplemente es inmune al paso del tiempo.
Ryan esperó.
—Hay algo curioso. Desde la parte delantera, el lugar no se diferencia de cualquier otra casa de montaña con la pintura descascarada. Pero en la parte de atrás tiene un recinto amurallado y un patio.
El rostro de Ryan se volvió fugazmente del color de los albaricoques, medio oculto entre las sombras.
—Háblame de esos vendedores de serpientes. ¿Tenéis vendedores de serpientes en Carolina del Norte?
Estaba a punto de ignorar nuevamente la pregunta cuando se oyó otra vez el tintineo de las campanillas de la puerta. Alcé la vista, esperando ver a McMahon, pero no apareció nadie.
—En otro momento.
Abrí la mosquitera y me encontré con que la pesada puerta de madera estaba entreabierta. Una vez dentro de la casa, la cerré detrás de mí y probé el tirador, esperaba que Ryan hiciera lo mismo. Luego, agotada, subí a Magnolia con la intención de ducharme y meterme en la cama. Ya estaba en el baño cuando alguien llamó suavemente a la puerta de la habitación.
Pensando que se trataría de Ryan adopté mi mirada fulminante preferida y abrí la puerta.
Ruby estaba en el pasillo, con una expresión solemne en su rostro cruzado por profundas arrugas. Llevaba una bata de franela gris, calcetines rosa y pantuflas marrones en forma de zarpas. Tenía las manos cruzadas a la altura del pecho y los dedos entrelazados con fuerza.
—Estoy a punto de acostarme —dije con una sonrisa.
Me miró severamente.
—Ya he cenado —añadí.
Alzó una mano, como si quisiera extraer algo del aire.
—¿Qué ocurre, Ruby?
—El diablo adopta muchas formas.
—Sí. —Necesitaba desesperadamente ducharme y dormir—. Pero estoy segura de que usted le lleva mucha ventaja.
Extendí la mano para tocarle el hombro, pero retrocedió y volvió a cruzar los brazos delante del pecho.
—Vuelan en compañía de Lucifer delante mismo de la divinidad. Blasfeman.
—¿Quién?
—Han robado las llaves del Hades y de la muerte. Como dice el Libro de las Revelaciones.
—Ruby, por favor, hable más claro.
Tenía los ojos abiertos como platos, húmedos y brillantes.
—Usted es de otra parte, de modo que no puede saberlo.
—¿Saber qué?
La irritación se hizo evidente en mi tono de voz. No me sentía con ánimo para descifrar parábolas.
—El diablo está aquí.
¿La cerveza?
—El detective Ryan y...
—Los hombres malvados se burlan del Todopoderoso.
Aquella conversación no iba a ninguna parte.
—Hablaremos de ello por la mañana.
Cogí el tirador de la puerta, pero con una mano me aferró el brazo. Los callos rascaron la manga de mi cazadora de nailon.
—Dios nuestro Señor ha enviado una señal.
Se acercó aún más.
—¡Muerte!
Liberándome suavemente de sus dedos huesudos, le di unas palmadas en la mano y entré en mi habitación. La observé mientras cerraba la puerta, su pequeño cuerpo inmóvil, el moño reptaba por su cráneo como una serpiente lenta y gris.
8
Al día siguiente se honraba a alguien. Cristóbal Colón, creo. Hacia media mañana se había convertido en una auténtica pesadilla.
Conduje hacia el depósito a través de una niebla tan densa que ocultaba las montañas y trabajé hasta las diez y media. Cuando hice una pausa para beber una taza de café, encontré a Larke Tyrell en la sala de personal. Esperé a que llenase una taza con lodo industrial y añadiese polvo blanco.
—Hay algo de lo que tenemos que hablar.
—Por supuesto.
—Aquí no. —Me miró durante unos segundos.
Aquella mirada significaba algo y sentí una punzada de ansiedad.
—¿De qué se trata, Larke?
—Ven.
Cogiéndome del brazo me condujo fuera de la sala por la puerta trasera.
—Tempe, no sé cómo decirte esto.
Removió el café y una diminutas nubes iridiscentes se deslizaron a través de la superficie.
—Solo tienes que decirlo.
Mi voz era tranquila y normal.
—Ha habido una denuncia.
Esperé.
—Me cuesta decirte esto. —Estudió su taza unos momentos y luego volvió a mirarme—. Se trata de ti.
—¿De mí?
No podía creerlo.
Asintió.
—¿Qué he hecho?
—La denuncia habla de conducta poco profesional capaz de comprometer la investigación.
—¿O sea?
—Entrar en el lugar del accidente sin autorización y manipular pruebas.
Le miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—Y también irrupción ilegal.
—¿Irrupción ilegal?
Tenía la sensación de que algo se cerraba progresivamente alrededor de mis tripas.
—¿Estuviste fisgando alrededor de esa propiedad de la que hablamos?
—No fue irrupción ilegal. Solamente quería hablar con los propietarios.
—¿Intentaste forzar la entrada de la casa?
—¡Por supuesto que no!
Tuve una imagen fugaz de mí misma tratando de abrir uno de los postigos con una barra de metal oxidado.
—Y la semana pasada obtuve la autorización correspondiente para tener acceso al lugar del accidente.
—¿Quién te autorizó?
—Earl Bliss me envió allí. Tú lo sabes.
—Verás, ahí está el problema, Tempe. —Larke se frotó la barbilla—. No se solicitó la presencia del DMORT en esa zona.
Estaba aturdida.
—¿De qué modo he manipulado pruebas?
—Detesto incluso tener que preguntarte esto. —Volvió a frotarse la barbilla—. Tempe...
—Dispara.
—¿Recogiste algún resto sin anotarlo?
El pie.
—Te hablé de ello.
No te alteres.
—Hice una señal de control.
No dijo nada.
—Si hubiese dejado el pie en ese lugar, hoy sería excremento de coyote. Habla con Andrew Ryan. Él estaba allí.
—Lo haré.
Larke extendió la mano y me pellizcó el brazo.
—Arreglaremos esto.
—¿Te estás tomando este asunto en serio?
—No tengo alternativa.
—¿Por qué?
—Tú sabes que tengo a la prensa acosándome. Saltarán sobre este asunto como un sabueso sobre una liebre tuerta.
—¿Quién presentó la queja?
Hice un esfuerzo por contener las lágrimas.
—No puedo decírtelo.
Bajó la mano y echó un vistazo a la niebla que cubría el bosque. Ahora comenzaba a levantarse, revelando el paisaje de una forma lenta y ascendente. Cuando se volvió tenía una extraña expresión en la cara.
—Pero te diré que hay gente muy poderosa metida en este asunto.
—¿El Dalai Lama? ¿La Junta de Jefes del Estado Mayor?
La ira endurecía mi voz.
—No te enfades conmigo, Tempe. Esta investigación es noticia de primera página. Si hay problemas, nadie querrá hacerse responsable.
—De modo que me reservan en caso de que necesiten un chivo expiatorio.
—No es nada de eso. Es solo que debo cumplir con los procedimientos adecuados.
Respiré profundamente.
—¿Y ahora qué?
Me miró fijamente y su voz se suavizó.
—Tendré que pedirte que te marches.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Esta vez fui yo quien miró la niebla.
A mediodía High Ridge House estaba desierta. Dejé una nota para Ruby, agradeciéndole su hospitalidad y disculpándome por mi brusca partida y por mi indiferencia de la noche anterior. Luego recogí mis cosas, las metí en el Mazda y me alejé levantando una lluvia de grava.
Durante todo el viaje hasta Charlottesville me detenía y volvía a arrancar a toda velocidad, chillando en los semáforos y cambiando continuamente de carril en la autopista. Durante tres horas amenacé los parachoques de los otros coches e hice sonar insistentemente la bocina. Hablaba conmigo misma, probando algunas palabras. Detestable. Vil. Perverso. Los otros conductores evitaban mi mirada y me dejaban un montón de espacio.
Estaba furiosa y deprimida al mismo tiempo. La injusticia de una acusación anónima. La impotencia. Durante toda una semana había estado trabajando bajo unas condiciones brutales, viendo, oliendo y sintiendo la muerte. Lo había dejado todo por dedicarme a ese esfuerzo y luego me habían despedido como a un sirviente del que se sospecha que ha robado. Sin juicio. Sin la oportunidad de una explicación. Sin agradecimientos. Recoger y largarse.
Aparte de la humillación profesional, estaba la frustración personal. Aunque habíamos sido amigos durante años, y Larke sabía muy bien que yo era muy escrupulosa con respecto a la ética profesional, no me había defendido. Larke no era un hombre cobarde. Esperaba más de él.
La conducción temeraria había dado resultado. Al llegar a los suburbios de Charlottesville mi furia incontenible se había convertido en una fría determinación. Yo no había cometido ninguna acción punible y estaba decidida a limpiar mi nombre. Descubriría cuál había sido la causa de esa denuncia, la invalidaría y acabaría mi trabajo. Y me enfrentaría a mi acusador.
Mi casa vacía de la ciudad hizo pedazos esa determinación. Nadie que me recibiera. Nadie que me abrazara y me dijera que todo saldría bien. Ryan estaba tonteando con una tal Danielle, quienquiera que fuese esa mujer. Ryan me había dicho que no era asunto mío. Katy estaba con alguien, cuyo género no había especificado, y Birdie y Pete estaban en la otra punta de la ciudad. Dejé las cosas en el suelo, me eché en el sofá y lloré desconsoladamente.
Diez minutos más tarde yacía en silencio en el mismo lugar, sintiéndome como un niño que ha tenido un berrinche. No había conseguido nada y me sentía vacía. Me arrastré hasta el cuarto de baño, me soné la nariz y luego comprobé los mensajes telefónicos.
Nada que contribuyera a mejorar mi estado de ánimo. Uno de mis estudiantes. Vendedores. Mi hermana, Harry, llamando desde Texas. Una pregunta de mi amiga Anne: «¿Podríamos reunirnos para almorzar ya que Ted y ella se marchaban a Londres?».
Genial. Ahora probablemente estaban comiendo en el Savoy mientras yo borraba sus palabras. Decidí ir a recoger a Birdie. Al menos tendría quien ronronear en mi regazo.
Pete sigue viviendo en la casa que habíamos compartido durante casi veinte años. Aunque es una propiedad que vale cientos de miles de dólares, la valla está reparada con un taco de madera y una portería se comba en el patio trasero como un mudo testimonio de los años en que Katy jugaba al fútbol. La casa está pintada, las canaletas del tejado están limpias y la hierba cortada por profesionales. Una chica de servicio se encarga del interior. Pero más allá del mantenimiento doméstico normal, mi exmarido era un ferviente defensor del laissez faire y el remiendo rápido. No siente ninguna obligación de proteger los valores de la propiedad inmobiliaria. Yo solía preocuparme por las protestas del vecindario. La separación me relevó de esa tarea.
Una cara cubierta de pelo marrón me observó a través de la valla al entrar en el camino particular. Cuando bajé del coche, se arrugó y profirió un suave «¡rup!».
—¿Está en casa? —pregunté, cerrando la puerta.
El perro bajó la cabeza y una lengua púrpura asomó por la boca.
Rodeé la casa hasta la puerta principal y llamé al timbre. Nadie respondió.
Volví a llamar. Aún conservaba una llave, pero prefería no usarla. Aunque hacía dos años que vivíamos separados, Pete y yo aún nos movíamos con mucha cautela para establecer el nuevo orden entre nosotros. El hecho de compartir las llaves implicaba una intimidad que yo no deseaba aceptar.
Pero era jueves por la tarde y Pete estaría en la oficina. Y yo quería recuperar mi gato.
Estaba revolviendo mi bolso cuándo se abrió la puerta.
—Hola, atractiva desconocida. ¿Necesita un lugar donde dormir? —dijo Pete, examinándome de arriba abajo.
Yo llevaba el conjunto caqui y las botas Doc Martens que me había puesto para trabajar en el depósito a las seis de la mañana.
Pete estaba impecable con su traje de tres piezas y sus mocasines de Gucci.
—Pensaba que estarías en la oficina.
Me pasé los nudillos bajo el rímel de los párpados y eché un rápido vistazo al interior de la casa. Si veía a alguna mujer me moriría de humillación.
—¿Por qué no estás en el trabajo?
Pete miró a la izquierda, luego a la derecha, bajó la voz y me hizo un gesto de que me acercara, como si deseara compartir una información secreta.
—Cita con el fontanero.
No quería contemplar qué era lo que estaba tan mal para que el señor Manitas hubiese tenido que llamar a un experto.
—He venido a buscar a Birdie.
—Creo que está suelto.
Pete retrocedió y entré en el vestíbulo iluminado por la araña de mi tía abuela.
—¿Quieres una copa?
Lo taladré con una mirada que podría haber perforado el cemento. Pete había sido testigo de muchas de mis actuaciones dignas de un óscar de la Academia.
—Sabes lo que quiero decir.
—Mejor una Coca-Cola light.
Mientras Pete buscaba vasos y cubitos de hielo en la cocina, llamé a Birdie. El gato no apareció. Busqué en el salón, en el comedor y en el estudio.
En otro tiempo, Pete y yo habíamos vivido juntos en estas habitaciones, leyendo, hablando, escuchando música, haciendo el amor. Habíamos criado a Katy de bebé a niña y luego a adolescente, redecorando su habitación y adaptando nuestras vidas en cada etapa. Había contemplado cómo florecía y se marchitaba la madreselva a través de la ventana que había sobre el fregadero de la cocina, dando la bienvenida a cada nueva estación. Aquellos habían sido tiempos de cuentos de hadas, una época en la que el sueño americano parecía real y alcanzable.
Pete volvió a aparecer, transformado de abogado elegante en yuppie informal. La chaqueta y el chaleco habían desaparecido, la corbata colgaba floja del cuello abierto de la camisa, que llevaba arremangada por debajo de los codos. Tenía muy buen aspecto.
—¿Dónde está Bird? —pregunté.
—Ha estado refugiado en el piso de arriba desde que llegó Boyd.
Me dio una jarra con la inscripción Uz to mums atkal jaiedzer! escrita a través del cristal. «¡Debemos volver a brindar por eso!», en letón.
—¿Boyd es el perro?
Asintió.
—¿Tuyo?
—Ese es un punto interesante. Toma asiento y compartiré contigo la historia de Boyd.
Pete buscó unas galletas en la cocina y luego se reunió conmigo en el sofá.
—Boyd pertenece a un tal Harvey Alexander Dineen, un caballero que hace poco necesitó de mis servicios como abogado. Completamente sorprendido por su arresto, y careciendo de familia, Harvey me pidió que cuidase de su perro hasta que se aclarase el malentendido con el Estado.
—¿Y tú accediste?
—Me agradó que tuviese confianza en mí.
Pete lamió la sal de una galleta, mordió la mitad y la acompañó con un generoso trago de cerveza.
—¿Y?
—Boyd suele estar un mínimo de diez minutos y un máximo de veinte. Imaginé que tendría hambre.
—¿Qué es?
—Él se cree un empresario. El juez le llamó estafador y criminal de carrera.
—Me refería al perro.
—Boyd es un chow-chow. O al menos la mayor parte de él lo es. Necesitaríamos solicitar un análisis de ADN para aclarar el resto.
Comió la otra mitad de la galleta.
—¿Has estado saliendo con algún cadáver interesante últimamente?
—Muy gracioso.
Mi rostro debió confirmarle que no lo era.
—Lo siento. Las cosas deben de ser duras allí arriba.
—Estamos trabajando en ello.
Hablamos de trivialidades durante unos cuantos minutos, luego Pete me invitó a cenar. La rutina de costumbre. Él preguntaba, yo decía que no. Pero hoy tenía la mente en las palabras de Larke, la aventura londinense de Anne y Ted y en mi apartamento vacío.
—¿Cuál es el menú?
Alzó las cejas en un gesto de absoluta sorpresa.
—Linguini con salsa vongole.
Una de las especialidades de Pete. Almejas enlatadas sobre tallarines demasiado cocidos.
—¿Por qué no saco unos filetes mientras tú te encargas del fontanero? Cuando las cañerías vuelvan a funcionar, podemos asar la carne.
—Se trata del lavabo de arriba.
—Lo que sea.
—A Bird le hará bien comprobar que somos amigos. Creo que aún se siente culpable.
Ese era Pete.
Boyd se reunió con nosotros durante la cena, sentado a un lado de la mesa, los ojos clavados en los filetes y tocándonos ocasionalmente las rodillas con la pata para recordarnos su presencia.
Pete y yo hablamos de Katy, de viejos amigos y de los viejos tiempos. Me explicó algunos de sus litigios actuales y yo describí uno de mis casos recientes, un estudiante al que encontraron colgado en el granero de su abuela nueve meses después de que hubiera desaparecido. Me hacía bien comprobar que habíamos llegado a un punto en el que era posible mantener una conversación normal. El tiempo volaba y Larke y su queja se alejaban cada vez más de mis pensamientos.
Después de un postre de fresas sobre helado de vainilla, llevamos el café al estudio y encendimos el televisor para ver las noticias. Hablaban del accidente de la TransSouth Air.
En el mirador había una mujer de expresión abatida, las Great Smoky Mountains se extendían a su espalda, y hablaba de un torneo en el que treinta y cuatro deportistas jamás competirían. Informó de que aún se ignoraba la causa del accidente, si bien ya era casi seguro que se había producido una explosión en el aire. Hasta el momento se había conseguido identificar a cuarenta y siete víctimas y la investigación continuaba sin interrupción las veinticuatro horas del día.
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