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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Kate Walker

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Implacable venganza, n.º 1127 - septiembre 2020

Título original: Constantine’s Revenge

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-130-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

TODO empezó con unos golpes en la puerta. Algo tan simple cambió la vida de Grace para siempre. Destruyó su felicidad y sus sueños de futuro. Y como resultado de ese suceso, incluso en esos momentos, dos años más tarde, todavía tenía que hacer un esfuerzo para responder cuando alguien llamaba a su casa.

—¡Gracie, cariño! —oyó la voz de Ivan, que la llamaba desde la cocina, donde estaba preparando una receta suya propia de ponche de frutas—. ¿Vas a responder, o te vas a quedar mirando la puerta todo el día?

—¡Voy, voy!

No se había dado cuenta siquiera de que había estado absorta mirando. Se levantó, después de hacer un tremendo esfuerzo mental. Era una tontería reaccionar de esa manera. Ya habían pasado veinticuatro meses desde aquel día fatídico. Ya no vivía en la casa de su padre, la que una vez había considerado su hogar. En aquel tiempo vivía en un edificio victoriano donde Ivan tenía un piso.

—¡No sabía que estuviéramos esperando a alguien! —le respondió mirando por encima del hombro y sonriendo para disimular un poco la inseguridad que le producía ir a abrir la puerta—. ¿A cuánta gente has invitado? Esto ya está a reventar.

—Una fiesta no es una fiesta a menos que no haya sitio siquiera para moverse.

Grace no oyó la respuesta de Ivan. De nada sirvió el tono gracioso que utilizó. Se sentía como un gato encerrado, al acecho de la entrada de un intruso en su territorio, el vello rubio de su cuello erizado, sus ojos grises ensombrecidos.

Era imposible que le ocurriera lo mismo dos veces, se dijo. Se mordió el labio y suspiró hondo, antes de ir a abrir.

Abrió la puerta con más ímpetu del que ella había anticipado, y estuvo a punto de caerse para atrás.

—Tranquila…

Una voz profunda, con un tono aterciopelado, fue lo primero que registró su mente. Inmediatamente después se dio cuenta de otros dos hechos, dos hechos familiares sobre el hombre que tenía delante de ella.

Ojos negros de mirada dura y profunda. Aquel color de ojos y la intensidad de su mirada se habían grabado en su memoria hacía mucho tiempo y habían sido imposibles de borrar. Aquella voz tan sensual y de exótico acento parecía quitarle todas sus fuerzas.

Otras imágenes acudieron a su mente. Una piel suave y de tono aceitunado, fuerte mandíbula, una boca preciosa y un labio inferior muy carnoso. El pelo negro, muy corto, como para impedir la tendencia a que se le rizara. De pronto sintió como si una mano cruel hubiera surgido del pasado y la hubiera llevado a sentir las mismas emociones de entonces.

—¿Estás bien?

Sintió que unas manos potentes la estaban sujetando. Tan solo cuando estuvo de pie, bien asegurada en el suelo, el hombre la miró a la cara.

—¡Tú! —le dijo con voz aguda, cambiando su expresión de preocupación a desprecio—. No te había reconocido.

Tuvo que acordarse de respirar. Al parecer un rayo podía caer dos veces en un mismo sitio. Sobre todo si ese rayo era griego. Por lo menos ese efecto era el que aquel hombre producía en ella.

—¡Constantine!

Pronunció su nombre de forma atropellada, como si se negara a pronunciarlo. Un nombre que ella había decidido no utilizar nunca más mientras pudiera.

—¿Qué haces aquí?

La estaba mirando como si no se creyera lo que estaba viendo. Solo un idiota podría hacerle aquella pregunta, sobre todo con aquel tono de desprecio. Y si había algo que Constantine Kiriazis no soportaba era la presencia de un idiota.

—Me han invitado —le respondió con un tono de voz tan cortante como sus movimientos.

Con un gesto, como si le quisiera indicar que solo el hecho de tocarla le contaminaba, la soltó y se apartó de ella. Con aquel gesto indicó de forma elocuente que se sentía mucho más lejos de ella que los pocos centímetros que los separaban.

—¿Es aquí donde se celebra la fiesta?

Con un movimiento brusco de cabeza, Grace respondió a aquella pregunta innecesaria. El volumen de la música y las risas que se oían a sus espaldas hablaban por sí mismas.

—¡No sé cómo Ivan te ha invitado!

Él enarcó de forma cínica las cejas, manifestándole a las claras que se burlaba de su vehemencia.

—Dime una cosa, querida Grace, ¿crees que si no me atrevería a aparecer aquí vestido como voy vestido? —con un gesto arrogante señaló su indumentaría—. ¿Si no fuera por el tema que se le ha ocurrido a tu amigo para celebrar esta fiesta?

Grace juró para sus adentros por haberle hecho aquella pregunta tan tonta. Ni siquiera había querido mirarlo. Pero con aquel gesto que había hecho la había obligado a ello. Y después de mirarlo ya no pudo apartar sus ojos de él.

No quería acordarse de la fuerza y agilidad del cuerpo de Constantine. No quería acordarse de la estructura que tan íntimamente ella conocía. Le dolía solo recordar lo que una vez sintió en sus brazos, apoyándose en su pecho, sintiendo su boca.

—Pues no parece que hayas entendido bien de qué va la fiesta de esta noche.

La rabia que sentía en su interior dio un tono cortante a sus palabras. Sus ojos grises eran como el hielo, cuando lo miró con gesto de desprecio, el mismo que él había utilizado momentos antes con ella.

—A mí, Ivan me dijo que como iba a cumplir treinta años e iba a dejar atrás ya la década de los veinte, tenía que venir vestido como lo hacíamos hace diez años…

—¿Crees que no lo sé? —espetó Constantine con voz profunda—. No tienes que explicármelo. Además, si tuviera alguna duda, no tendría más que mirarte a ti la pinta que llevas.

—Por lo menos yo he intentado vestirme como vestía entonces —le respondió Grace con un gesto de desafío.

Aunque la verdad era que lo que se había puesto no era lo que se ponía hacía una década. Hacía diez años ella solo tenía catorce. En aquel tiempo unos pantalones vaqueros con una camiseta blanca sin mangas había sido la indumentaria que llevaba a todos sitios.

Pero para ir a la fiesta de esa noche había elegido otra cosa. Se había peinado de forma distinta, con el pelo despeinado y se había maquillado más que de costumbre, lo cual le daba un aspecto mucho más juvenil y más relajado. Cuando se miró al espejo le hizo gracia, porque su aspecto era completamente distinto al que estaban acostumbrados sus compañeros de la agencia de publicidad en la que trabajaba.

Pero al ver la forma en que la estaba mirando Constantine se sentía ridícula e incómoda. Si hubiera podido habría vuelto a vestirse de la forma elegante y sofisticada que tanta seguridad le daba.

Si hubiera sabido que él iba a acudir a aquella fiesta, se habría puesto algo que le habría quitado el hipo. Algo que le hubiera mostrado lo que se había perdido cuando la había dejado.

Si hubiera sabido que él iba a ir a aquella fiesta…

¿A quién estaba engañando? Si ella hubiera incluso sospechado que Constantine Kiriazis estaba en Inglaterra en la misma ciudad en la que Ivan y ella vivían habría echado a correr y no habría querido ver al hombre que tanto había amado en el pasado.

—Por lo menos yo lo he intentado, mientras que tu…

—¿Qué defecto ves a lo que llevo puesto? —le preguntó Constantine con un tono que la hizo sentir un escalofrío en la espalda.

—Me haces gracia. Es tan…

Le faltaron las palabras. Prefirió mantener la boca cerrada, antes de decirle alguna burrada.

La verdad era, sin embargo, que lo que llevaba era el más puro estilo Constantine, mostrando a las claras su masculinidad.

El abrigo de lana de cachemira que llevaba puesto, para protegerse del frío de las tardes del mes de marzo, se ajustaba a la perfección a su atlético cuerpo. Se veía que era un atuendo caro, más caro de lo que una persona normal se podía permitir. Era de una familia adinerada como lo habían sido también sus antepasados. Pero no necesitaba de la riqueza para que la gente se fijara en él.

Constantine Kiriazis nunca había hecho ostentación de la fortuna que ella sabía que poseía, en principio por ser el hijo de un hombre con mucho dinero y en segundo lugar por el hecho de que él también había conseguido bastante por sí mismo. Su ropa al igual que todo su ser era exquisita pero sencilla. El único objeto llamativo que llevaba encima era un reloj de oro en su muñeca.

Debajo del abrigo llevaba una camisa blanca, pajarita, pantalones negros y un chaleco. No llevaba chaqueta. A diferencia del resto de los invitados, que se habían vestido de acorde con la ocasión, su aspecto era sofisticado y totalmente disciplinado, como si nada tuviera que ver con aquella fiesta.

—¿Tan qué? —le preguntó Constantine.

—Tan controlado, tan…

Se estaba dando cuenta de que sus propios sentimientos la estaban sacando de quicio. Tenía que dejar de fijarse en el aspecto tan masculino que se escondía debajo de aquella ropa.

—La verdad es que pareces un camarero.

Los ojos de él adquirieron un cierto tono de violencia al oír su comentario. Incluso oyó el ruido que hizo con los dientes al cerrar la boca, como si con ese gesto quisiera tragarse las palabras que había estado a punto de soltar. Ella sabía que su comentario había herido a su orgullo, un aspecto fundamental en su carácter.

—Para tu información, mi querida y dulce Grace —le respondió—, ese es el aspecto que quería tener.

Se lo dijo en un tono suave pero de forma implacable.

—Hace diez años, cuando tenía veintiuno y acababa de terminar la universidad, mi abuelo insistió en que tenía que aprender el negocio y tenía que empezar desde abajo. Pasé mis primeros seis meses trabajando de camarero en los hoteles de Kiriazis Corporation.

—Ah…

Fue lo único que pudo decir. Los labios se le quedaron de pronto secos y tuvo que humedecérselos con la lengua. Se quedó paralizada al notar sus ojos clavados en aquel pequeño movimiento que delataba el caótico estado de sus pensamientos en el que se encontraba. Y en ese mismo instante se dio cuenta del significado de lo que había dicho.

—¿Entonces Ivan te ha invitado?

—Ivan me ha invitado —le respondió mientras entraba en el vestíbulo y cerraba la puerta con el pie. El sonido que hizo al cerrarse la sobresaltó—. ¿Es que acaso no lo sabías?

Grace movió en sentido negativo la cabeza.

—No, no lo sabía.

¿Cómo podía haber hecho Ivan una cosa así sin decírselo? Tenía que saber lo mucho que a ella le afectaría la presencia de Constantine, el dolor que iba a sentir. Precisamente él era el que mejor podía saber lo difícil que eran de cicatrizar las heridas del pasado. Su forma de actuar era inexplicable.

—Pero he de decirte que si hubiera sabido que tú estabas aquí no habría venido. Me habría ido a cualquier otro sitio antes que venir aquí. Después de cómo te comportaste conmigo, ya no quería verte nunca más…

La boca de Constantine adquirió un tono de desprecio intensificado aún más por la ira que reflejaban sus ojos negros como el azabache.

—Te advierto que el sentimiento es mutuo. La cuestión es qué hacemos ahora.

—Lo mejor que podrías hacer es marcharte —Grace se lo dijo con poca esperanza de que aceptara la sugerencia. Sus temores se confirmaron al ver el movimiento negativo que hacía con la cabeza. Constantine Kiriazis debía saber que ella estaba allí y debía haberse trazado una estrategia de antemano. Era un hombre que no se acobardaba ante nadie ni ante nada. Y no creía que lo fuera a hacer en aquel momento.

—Pues…

—¿Gracie? —era la voz de Ivan, justo detrás de ella—. ¿Estás…? ¡Constantine! ¡Has venido! ¿Cómo está mi millonario griego favorito?

—Muy bien.

Grace se quedó mirando la cara de resignación que puso Constantine cuando Ivan le dio un abrazo. Lo miró un tanto extrañado al ver que se había vestido con un uniforme del colegio.

—Ivan, amigo mío, ¿estabas hace diez años en el colegio? Yo pensaba que a los veinte se estaba en la universidad…

—La realidad es esa —respondió Ivan riéndose—. Pero era mucho más feliz en el colegio, así que elegí este uniforme. Aunque no cumpla las reglas, ¿qué más da? Al fin y al cabo esta fiesta la he organizado yo.

—Es lo justo —el regocijo de Constantine se hizo evidente en el tono de su voz. Un matiz de calidez que había faltado cuando se había dirigido a ella, pensó Grace.

Ese era uno de los aspectos que más le había sorprendido de él en el pasado. Nunca hubiera pensado que una persona tan masculina como Constantine toleraría la amistad de otro que mostraba su amaneramiento a las claras. Pero Constantine no solo lo aceptaba sino que incluso lo quería.

En ese aspecto, Constantine no se había comportado como ella pensaba. Pero en los demás, recordó Grace con amargura, se había comportado de forma arrogante. Y cuando había utilizado su orgullo contra ella, la había destrozado.

—No sabía si ibas a poder venir —estaba comentando Ivan—. Pensé que estarías en la otra punta del mundo.

Como si eso le impidiera a Constantine ir donde le apeteciera. Era un hombre que utilizaba su avión privado para viajar de un país a otro, como el resto de los mortales utilizan el coche o el autobús. Y estuviera donde estuviera siempre tenía a un conductor a su disposición. Con toda probabilidad le había costado menos esfuerzo ir allí esa noche que a ella.

Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no había oído lo que Constantine estaba diciendo. Tan solo pudo escuchar el final de una frase.

—… problemas en la oficina de Londres. Espero que lo puedan solucionar en tres o cuatro meses.

¡No! No podía ser posible. La única forma en que había podido superar sus emociones en los dos últimos años era sabiendo que Constantine estaba a miles de kilómetros, en las oficinas de su empresa en Atenas, o en su casa en Skyros. No quería ni pensar que durante los próximos meses iba a estar cerca de ella.

—Entonces nos veremos más a menudo —le dijo Ivan, sin hacer caso de la mirada que Grace le estaba dirigiendo—. Anda, déjame que te quite ese abrigo tan bonito que te has puesto.

En el momento en que se lo estaba quitando, Ivan volvió la cabeza al oír el timbre de la cocina.

—¡La comida! Lo siento, queridos, he de irme corriendo. Grace, encárgate tú de esto.

Le dio el abrigo de Constantine y ella no tuvo más remedio que tomarlo mientras lo veía salir corriendo hacia la cocina.

—Veo que Ivan no ha cambiado —comentó Constantine en tono seco.

—Así es Ivan…

Grace tuvo que esforzarse para que no se le notara lo que sentía solo con tener aquel abrigo en sus brazos. Casi lo sentía como si fuera una parte íntima de él.

Algo suave y sensual. Conservaba todavía el calor de su cuerpo y el aroma a colonia que siempre se echaba. Muy sensual. Era imposible que no le recordara el pasado, cuando había estado cerca de él, oliendo la fragancia de aquel perfume mezclada con el olor de su propio cuerpo. Si cerraba los ojos todavía podía sentir su calor en las yemas de sus dedos.

—¿Grace?

La voz grave de Constantine la sacó del torrente de recuerdos sensuales que acosaban su mente, haciéndola volver a la realidad. Abrió los ojos y lo miró como si estuviera asustada.

—¿Dónde estabas?

—En ningún sitio.

Respondió demasiado deprisa, lo cual levantó las sospechas de él, que enarcó una ceja.

—Es que estoy un poco cansada —se disculpó ella—. Esta semana he tenido mucho trabajo. Tenemos una nueva campaña…

—¿Sigues trabajando en Henderson and Cartwright?

—Sí —le respondió más tranquila—. Hace poco que me han ascendido. Ahora soy responsable de… No sé por qué te estoy contando esto.

No quería que lo supiera. No quería que supiera nada de lo que hacía ni de su vida. Había renunciado a ese derecho cuando la había dejado y ella no tenía la menor intención de abrirle su corazón de nuevo.

Constantine se encogió de hombros como indicando que su comentario lo consideraba irrelevante.

—Pensé que estábamos siendo solo corteses —comentó él con indiferencia—. Es típico de los ingleses. Todo muy civilizado, incluso en las situaciones más incómodas.

—¡Yo no estoy incómoda! —se defendió Grace, despidiendo llamas por sus ojos de color gris.

—A lo mejor yo sí.

—¡Eso puede ser! —respondió ella—. Nunca te he visto desconcertarte por nada. No habrías llegado donde has llegado si hubieras dejado que algo te afectara. Además de que te ha entrenado un experto en la materia. Tu padre.

Estaba pisando terreno peligroso. Lo supo en el momento en que lo vio mover la cabeza. Pero su mirada, fija en ella, no dejaba traslucir lo que sentía por dentro.

—Sin embargo, todo esto puede ser una situación… —Grace buscó la palabra adecuada—, difícil para ti.

—No es precisamente esa la palabra.

Ella se mordió el labio, arrepintiéndose de lo que le había dicho, porque se daba cuenta de que le había concedido cierta ventaja.

Y él la aprovechó.

—Está claro que aquí juegas con desventaja. Ivan no te dijo que me había invitado a la fiesta y supongo que mucha de la gente que ha venido sabe lo que pasó entre nosotros.

Él sabía muy bien que casi todos los que había invitado Ivan sabían que hacía dos años había estado a punto de casarse con ese hombre, pero que la boda nunca se había celebrado. Podrían no saber todo lo que ocurrió, pero ninguno de ellos dudaba que Constantine había sido el que la había rechazado y no le había dado una segunda oportunidad, después de la escena que habían montado en el vestíbulo de la agencia.

—Eso ocurrió hace dos años, Constantine —le dijo ella en tono frío—. En estos dos años yo he continuado con mi vida, como supongo que habrás hecho tú también.

El gesto de asentimiento que hizo con la cabeza fue casi grosero.

—Yo lo he superado —declaró.

—Y yo también —ojalá ella pudiera estar tan segura como él—. La gente olvida fácilmente. Hace dos años nuestra relación podría estar en boca de todos, pero ya se habrán olvidado. Ninguno de nosotros se puede marchar. No le podemos hacer ese feo a Ivan. Así que será mejor que nos comportemos como dos personas civilizadas. ¿No crees?

La mirada que él le dirigió era como el hielo. Entrecerró sus ojos negros durante un momento.

—No creo que sea difícil —le dijo con un tono de indiferencia—. Me limitaré a hacer lo que he estado haciendo durante estos dos últimos años, que es olvidarme de que te conozco.

—En ese caso, ¿por qué has venido? Debías saber que…

—Es evidente que sabía que estabas aquí, pero el deseo de complacer a Ivan en su cumpleaños fue más fuerte que la repugnancia que sentía solo de pensar que te iba a volver a ver.

Estaba claro que quería hacerle daño, y lo consiguió con la implacable eficacia que Constantine se había ganado en el mundo de los negocios. Grace se agarró con fuerza al abrigo que tenía en sus manos, como si necesitara tapar con él la herida que le había infligido.

—Pero no tengo que estar más tiempo contigo. Aquí hay mucha gente para distraerse… —hizo un gesto con su mano, señalando al gran número de personas que había en el inmenso salón—. La habitación es lo suficientemente grande como para que no nos tengamos que encontrar de nuevo.

—Estoy totalmente de acuerdo —tuvo que forzarse a responderle—. Y espero que así sea.

Era lo mejor que podía pasar aunque le doliera. Constantine asintió y a continuación dirigió la mirada hacia la habitación donde seguro que encontraba más agradable compañía.

—Seguro que así podremos sacar algo positivo de esta velada tan deprimente —estuvo de acuerdo él.

—No sé que haces a mi lado todavía.

Su comentario atrajo su mirada durante unos segundos, esbozando al mismo tiempo una cínica sonrisa.

—Si quieres que te sea sincero, Gracie, nada de lo que digas o hagas puede afectarme.

¿Sería posible?, se preguntó Gracie mientras él se alejaba sin volver la vista atrás. ¿Podría ser que no sintiera nada por ella? ¿Qué había pasado con aquel amor que él le había declarado de forma tan elocuente, la pasión que no había podido esconder?

No existía, tuvo que repetirse a sí misma. Había desaparecido como si nunca hubiera existido. Lo cual parecía imposible, sobre todo si se ponía a pensar en sus propios sentimientos. Tendría que sacar todas sus dotes de actriz para ocultarle a Constantine lo que sentía todavía por él.

Capítulo 2

ERA imposible.

No podía pretender olvidarse de que Constantine no estuviera allí en la misma habitación que ella. Su presencia era como una sombra oscura constante, siempre a su lado, siguiéndola allá donde iba.

Si se detenía a hablar con alguien, lo sentía a su lado, sin verlo, pero haciéndola olvidar lo que iba a decirle a su interlocutor. Si intentaba beber vino o comer algo de la carísima comida que Ivan había encargado, se le cerraba la garganta y no había forma de tragarlo.

Y lo peor de todo era que, por alguna razón que ella desconocía, Constantine no había cumplido su palabra cuando le dijo que para él era como si ella no existiera. Porque cada vez que levantaba la cabeza lo veía mirándola y siguiendo todos sus movimientos.

Al final tuvo que buscar refugio en la cocina, utilizando como excusa la pila de platos que había que lavar. Estaba llenando de agua una cazuela cuando Ivan entró en la cocina.

—Me estaba preguntando dónde te habías metido. ¿Es que he cometido algún fallo?

—¿Invitando a Constantine? —Grace se dio la vuelta y le dirigió una mirada de reprobación—. ¿Tú que crees? ¿Cómo has podido hacer algo así, Ivan?

—¿Entonces es imposible que volváis a salir juntos otra vez?

—¿Eso era lo que pretendías invitándole? Porque si es así, estás muy equivocado. Lo que había entre nosotros se terminó hace años, Ivan.

—¿Estás segura? Desde luego él aceptó con mucho gusto la invitación y pensé que…

—Pues te has equivocado —le interrumpió Grace, más para acallar las esperanzas que sentía en su débil corazón, que por otra cosa—. No sé qué razones tendría Constantine para venir aquí hoy, pero te aseguro que yo no era una de ellas. ¿Tiene aspecto de ser un hombre que no puede apartar su mirada de mí?

—Para mí, tiene aspecto de un hombre con algo en mente, si quieres mi opinión —le respondió Ivan dirigiendo su mirada hacia la puerta de la cocina, que estaba abierta.

Grace dirigió su mirada hacia donde estaba mirando él. Sus ojos se quedaron clavados en la figura de Constantine, que estaba apoyado en la pared. Con un vaso en una mano, estaba mirando fijamente a la mujer que tenía enfrente. Una mujer pequeña y de muchas curvas, con pelo negro y muy largo, que llevaba un uniforme de enfermera con una falda tan corta que no le habrían dejado entrar con ella en ningún hospital.

—A mí me da igual lo que tenga o no tenga en mente —le respondió ella, incapaz de borrar la amargura de su voz.

Su hermanastra Paula era una mujer morena y pequeña. Constantine siempre había admitido que le gustaban las mujeres pequeñas, morenas y con muchas curvas, hasta el punto de que Grace se preguntó en más de una ocasión qué era lo que hacía entonces con ella.

—¿Estás segura?

—¡Iván, déjalo ya! —suplicó Grace, incapaz de seguir con aquella conversación.

Nada más salir aquellas palabras de sus labios, Constantine levantó su mirada y se encontró con los ojos grises de Grace. Durante unos segundos se estuvieron mirando los dos. Grace sintió que un escalofrío le recorría la espalda. A continuación, Constantine levantó el vaso que tenía en la mano como si estuviera brindando y ella tuvo que morderse el labio para soportar el dolor que aquel gesto le provocó.

Se dio la vuelta para no verlo, ni a él ni a su acompañante, y echó el detergente con tanta fuerza en la cacerola que empezó a hacer burbujas inmediatamente.

—No creo que Constantine esté pensando en una reconciliación —le respondió apretando los dientes. Tuvo que cerrar los ojos para que no le salieran las lágrimas—. Que se te meta eso en la cabeza.

Ivan se dio la vuelta y la dejó sola.

Se preguntó cómo había sido tan ingenua como para imaginarse que Constantine hubiera podido cambiar sus sentimientos. Cuando la dejó, la dejó para siempre. Recordó las palabras que le dijo Constantine en aquella ocasión.

—Lo nuestro no tiene futuro…

Aquellas palabras fueron como una daga en su corazón. A pesar de lo ciega que había estado por él, no tuvo más remedio que asumir que lo que le había dicho era algo definitivo. ¿Por qué se ponía a cuestionarlo dos años más tarde?

—Si sigues lavando ese plato, le vas a borrar el dibujo.

La voz perfectamente reconocible de Constantine la hizo salir de sus pensamientos de forma tan violenta que se le cayó el plato a la pila llena de agua.

—¡No me gusta que la gente me observe!

—Yo no te estaba observando. No debes tener una conciencia muy limpia cuando te sobresaltas de esa manera. O a lo mejor estabas soñando. ¿Es que quizá estabas pensando en alguien del que estás enamorada, agape mou?

—¡Yo no estaba pensando en nadie! —objetó Grace, aterrorizada por la posibilidad de que él se pudiera imaginar la naturaleza de sus pensamientos—. ¡Y deja de llamarme así! ¡Yo he dejado de ser tu amor hace mucho tiempo!

—Veo que todavía recuerdas algo del griego que te enseñé.

Por supuesto que se acordaba de esa frase en concreto. ¿Cómo podría olvidarla? Se obligó a no pensar en aquellos dolorosos recuerdos. Recuerdos que la llevaban a una tarde cálida de primavera en Skyros, en la que ella tenía apoyada su cabeza en su pecho escuchando el susurró de su voz.

—Me acuerdo de esa frase y de otras cosas que me enseñaste —le respondió Grace con amargura—. Y te juro que no quiero olvidarlas. ¿Qué haces?

Grace retrocedió unos pasos al ver que Constantine estiraba una mano en dirección a su rostro.

—Tienes espuma en la nariz… —con uno de sus largos dedos le quitó la espuma—. Y en tu ceja. Se te podría haber metido en el ojo.

—Gracias.

Se lo dijo mientras luchaba contra la oleada de sensaciones que solo aquel contacto había producido en ella.

—De nada — le respondió Constantine—. ¿Quieres que te ayude en algo más?

Era lo que menos le apetecía. Porque si se quedaba a su lado seguro que notaría el golpear de los latidos de su corazón. Justo cuando ella quería aparentar que su presencia no la inmutaba, su cuerpo la traicionaba y respondía con toda su fuerza ante su presencia.

—¿No decías que teníamos que comportarnos como si el otro no existiera? —le preguntó, escondiendo sus sentimientos en aquella agresión—. Aunque da igual, porque ya he terminado.

Para demostrárselo colocó el último plato en el escurridor.

—¿Quieres que te traiga una copa?

Con los nervios de punta, Grace se dio la vuelta y miró a los ojos de Constantine.

—¿A qué estás jugando ahora, Constantine? ¿Qué has venido a hacer aquí?

—No estoy jugando a nada, te lo prometo. A lo mejor un compromiso…

—¡Compromiso! —se burló Grace—. Pensaba que esa palabra no existía en tu vocabulario. Tú no reconocerías lo que es un compromiso aunque lo tuvieras delante de tus narices.

—Estoy intentando razonar contigo —le respondió Constantine, en un tono en el que se notaba que estaba reprimiendo su ira—. No me siento cómodo en una fiesta en la que la mujer que es la mejor amiga del anfitrión está todo el tiempo escondiéndose en la cocina, en especial cuando sospecho que…

—¿Qué sospechas? —le interrumpió Grace—. ¿Que me estoy escondiendo de ti? Veo que sigues considerándote el centro del universo, pero…

—Grace, se supone que en esta fiesta tenemos que vestirnos y comportarnos como hace diez años. ¿No podríamos hacer un esfuerzo y llevarnos bien?

—¿Y hasta qué momento en el tiempo se supone que tenemos que volver?

Le asustó pensar que precisamente era eso lo que ella deseaba. Incluso su corazón se aceleraba al imaginárselo.

Ojalá pudieran. Ojalá pudieran volver otra vez al momento en el que él había sido la cosa más importante en su vida y ella la de él. El momento en el tiempo en el que parecía que los dos eran solo una persona. El momento en el tiempo antes de que las mentiras que había contado Paula y sus propios miedos los habían separado, abriéndose un abismo entre sus vidas que difícilmente podrían cerrar.

—La intención de esta fiesta era que todo el mundo viniera como era hace diez años. Y la verdad es que no te imagino con catorce años.

La sombra de la sonrisa que Constantine esbozó en sus labios fue devastadora, llegándole a Grace hasta su ya vulnerable corazón y clavándose en él como una flecha dorada. Muy a su pesar, no pudo reprimir un suspiro, arrepintiéndose en el mismo instante que vio su mirada.

—¿Qué te parece entonces si nos comportamos como hace cinco años? Hace cinco años ni siquiera nos conocíamos —dijo él.

La llama de la esperanza que se encendió en el corazón de Grace se extinguió a los pocos segundos. Estaba claro que sus pensamientos iban por caminos diferentes. Ella había querido retroceder en el tiempo y detenerse en el momento en que iniciaron su relación, en el momento en que se enamoraron. Pero para Constantine, al parecer, tenían que retroceder hasta el momento en que todavía no se conocían.

—Está bien —logró decir intentando tragarse la desilusión que recorrió su garganta como si de ácido se tratara—. Por mí no hay el menor problema.

Con gesto grave y serio, ella le tendió la mano, asegurándose antes de que no le temblara.

—Me llamo Grace Vernon. Encantada de conocerte.

—Constantine Kiriazis —le respondió él, inclinándose un poco al saludarla—. ¿Quieres que te traiga algo de beber?

—Un vino blanco, por favor.

Aunque lo que menos le apetecía era beber algo de alcohol. Sus emociones eran demasiado intensas como para incrementarlas con otro estimulante.

Lo que más necesitaba en aquellos momentos era un respiro. Unos segundos para respirar y tratar de calmar su enloquecido corazón. Constantine solo tenía que tocarla para que ella sintiera aquel contacto como si de un cable eléctrico se tratara. De forma instintiva, se puso la mano que había estrechado la de él en su pecho, como si se la hubiera quemado de verdad.

¿Qué pretendería aquel hombre de ella? Porque seguro que tramaba algo. Una hora antes había declarado su intención de olvidarse de ella y ahora buscaba su compañía.

—Un vino blanco…

Mucho más rápido de lo que ella había pensado, y sin darle tiempo siquiera a prepararse mentalmente, Constantine volvió con dos vasos en la mano.

—Blanco seco, por supuesto —añadió esbozando una sonrisa en sus labios—. Aunque la verdad no tendría que haberlo sabido y te lo tendría que haber preguntado. Esto no va a ser tan sencillo como yo pensaba.

—No si tenemos que cumplir de forma estricta las reglas.

¿Reglas? ¿Qué reglas? ¿Qué normas podrían regular una situación de ese tipo?

—Creo que nos podremos permitir ciertas licencias —estaba diciéndole Constantine mientras ella pensaba en otra cosa—. De todas maneras ya te he preguntado a qué te dedicas, así que podemos omitir esa parte. Lo qué sí quisiera saber es…

—¿Qué quieres saber? —le preguntó Grace mientras daba un trago de su vaso. Sintió el efecto del alcohol en su cuerpo.

Debía estar mucho más nerviosa de lo que ella se imaginaba. O a lo mejor su cuerpo respondió a la sonrisa de Constantine y no al vino. En tal caso, tendría que tener mucho más cuidado. Porque lo que menos le apetecía era terminar ebria y perdiendo el control de la situación.

Tendría que tratar de tener la cabeza fría si quería mantener ciertas distancias con Constantine.

—¿Te vestías de verdad así cuando tenías catorce años? Casi no me puedo creer que la elegante Grace Vernon pudiera aparecer en público con…

—¿Este aspecto? —terminó Grace la frase por él—. Creo que esa era la idea. En aquel tiempo yo era una chica muy rebelde. Hacía todo lo contrario de lo que decía mi madre. Quería que yo me vistiera igual que ella. No le gustaba que me pusiera pantalones. Y yo me los ponía todo el tiempo.

—¿Estaba tu madre todavía con tu padre hace diez años?

—Sí, pero estaban a punto de separarse. Ella había tenido ya más de una aventura y mi padre ya estaba saliendo con Diana.

—Y tú te fuiste a vivir con tu padre. ¿No es más normal que los niños se queden con su madre?

—Yo ya no era una niña, Constantine.

Era curioso, pero nunca habían hablado de aquello cuando se conocían. Si lo hubieran hecho, a lo mejor las cosas habrían sido distintas. Quizá así él habría entendido lo de Paula. Pero era mejor no pensar en eso, porque le producía demasiado dolor.

—Yo ya era mayor como para opinar. Y elegí irme a vivir con mi padre. No creo que a mi madre le importara demasiado. Ella quería vivir en América, sin una adolescente que le impidiera hacer lo que quería. Yo iba al colegio aquí en Londres y no quería apartarme de mis amigos.

—¿A pesar de que se casara con Diana?

—A pesar de que se casara con Diana.

Grace avanzó unos pasos y dejó el vaso en la mesa de la cocina. Estaban recorriendo un terreno peligroso. Hablar de Diana le recordaba de inmediato a Paula, la hija de su madrastra.

—Yo me alegré de que se casara otra vez. Pensaba que…

No pudo terminar la frase, porque en esos momentos entró en la cocina un grupo de invitados riéndose y contando chistes.

—¡Vamos, no estéis ahí tan serios! ¡No podéis quedaros ahí toda la fiesta! Ivan va a cortar la tarta y dice que en vez de que él tenga que pedir el deseo, lo mejor es que cada uno pidamos uno.

Grace acompañó a Constantine hasta el salón, con la mirada clavada en él. Solo tenía ojos para él. Podía oír lo que los demás decían y notar su presencia, pero se sentía como si no existieran.

Un deseo. Si un hada madrina se lo hubiera propuesto tan solo dos horas antes, le habría dicho que lo que más deseaba era hacer las paces con Constantine. Llegar a un acuerdo con él era lo que más le apetecía. Solo con eso se conformaba.

—Feliz cumpleaños, querido Ivan…

Todos los invitados empezaron a entonar la tradicional canción de cumpleaños. Grace abrió y cerró la boca como si estuviera acompañándolos, pero no le salió ningún sonido de su boca, porque sentía como si las cuerdas vocales se le hubieran atrofiado.

Era increíble, pero en aquel momento se sentía como si aquellos dos años no hubieran pasado. Seguía sintiendo lo mismo que había sentido por aquel hombre dos años antes.

—¿Grace?

—¿Qué?

Intentó salir como pudo del pozo en el que estaba, obligándose a dirigir su mirada al hombre que tenía a su lado.

Constantine. Cerró los ojos para que él no viera sus sentimientos. Había terminado la ceremonia de cortar la tarta y la música había empezado a sonar otra vez.

—¿Quieres bailar conmigo?

Quiso decirle que no. Todos sus instintos le advertían que eso era lo mejor. Lo mejor que podía hacer era salir corriendo. No dejarse llevar por su atractivo. Porque sabía lo vulnerable que era. Porque sabía cómo reaccionaba su cuerpo ante su sola presencia. No podía arriesgarse…

—Sí.

¿Cómo podía haberle dado esa respuesta? ¿En qué estaba pensando? Grace no pudo encontrar una respuesta. Estaba actuando respondiendo a sus instintos, incapaz de racionalizar sus pensamientos.

Dejó que Constantine tomara su mano y la llevara a la parte del salón que habían dejado libre para el baile. Y cuando la música cambió a un ritmo más suave, dejó que él la estrechara entre sus brazos.

Entre sus brazos se sentía como si fuera el sitio donde había nacido. Como si fuera su hogar. El resto de la habitación, la gente que había a su alrededor, todo lo demás, parecía no existir para ella. No había nadie en el mundo más que aquel hombre, cuya fuerza la envolvía, y ella.

—Grace… —murmuró suavemente su nombre con la boca pegada a su cabello.

—No hables… —le susurró ella—. Abrázame.

Grace no sabía si solo era una canción que duraba una eternidad, o si habían encadenado varias. Lo único que sabía era que estaba perdida en un mundo de ensueño. Cuando la música dejó de sonar, y fue capaz de volver a la realidad, se dio cuenta de que habían abandonado el salón y estaban en el vestíbulo.

—¿Dónde…? —empezó a preguntarle confusa.

Cuando sus ojos pudieron enfocar de nuevo, se dio cuenta de que estaban sobre los peldaños de la escalera por la que se subía al piso de arriba, ocultos de la mirada del resto de los invitados.

El mundo de ensueño en el que se había metido se desvaneció de pronto, evaporándose como la niebla ante la presencia del sol. La realidad llegó con una fuerza y una velocidad que la dejó tambaleándose, estremeciendo su cuerpo casi de forma violenta.

—¿Qué hacemos aquí? No puedo…

—Grace… —Constantine la hizo callar poniéndole la mano en la boca—. Quiero estar a solas contigo unos segundos.

—¡Tú!

Grace apartó la cabeza de su mano. Sus ojos grises despedían llamas. Lo miró a los ojos y vio cómo bajaba los párpados, como para ocultarle sus emociones.

—¡Tú quieres! ¡Tú quieres! ¿Es que solo piensas en tus deseos? Me dices que quieres bailar conmigo, que quieres estar a solas conmigo…

—Me dio la impresión de que tú también lo deseabas.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

Constantine bajó la cabeza hasta que su boca estuvo en su oído. La calidez de sus palabras acariciaron su piel cuando él susurró:

—Me dijiste que no hablara, que solo te abrazara.

Grace se arrepintió de sus palabras. Porque cuando Constantine se proponía algo era inamovible. Pero no podía ceder. Porque de hacerlo, él vería que la verdadera interpretación de los hechos era la que él había dado.

Pero tenía que protegerse. Él ya no sentía nada por ella. Lo único que ella podía reconocer que quedaba entre ellos era la pura atracción sexual. Una atracción que no era tan fácil de que se extinguiera. Y ella había dejado que Constantine viera que ella lo deseaba todavía y había decidido aprovecharse de la situación.

—Grace, nunca en mi vida he dejado que una mujer se fuera a casa sola a estas horas de la noche. Y no voy a empezar ahora. Ponte el abrigo. Te acompaño.

—¿Es que tengo otra elección? —con gesto de cansancio aceptó lo que le había sugerido.

—Ninguna —le respondió Constantine con un tono de satisfacción que parecía el ronronear de un tigre—. Sé que nos acabamos de conocer, pero insisto en que aceptes que te acompañe.

¿Qué?

Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que Constantine quería decir.

Recordó el motivo de aquella fiesta. Él le había dicho que cinco años antes no se conocían.

Al parecer, Constantine seguía cumpliendo las reglas impuestas para aquella fiesta. Todavía estaba fingiendo que se acababan de conocer.

De ser así, quizá podía arriesgarse a dejarle que la acompañara a casa. Constantine no pretendería aprovecharse de ella en su primer encuentro.

Capítulo 3

ES allí.

Grace levantó un dedo para indicarle algo, pero inmediatamente lo bajó al comprobar que la mano le temblaba.

—Es la última casa a la derecha. La que tiene la puerta azul.

Constantine asintió con la cabeza y aparcó el coche justo delante de la casa que ella le había indicado. Quizá, al igual que ella, se arrepentía de haber insistido en llevarla. Quizá también él se había dado cuenta de la tensión que se respiraba entre ellos mientras hacían el trayecto, y deseaba que todo aquello terminara cuanto antes.

Porque eso era lo que Grace pensaba. Lo único que quería era salir del coche y entrar en su casa, para resguardarse en la seguridad y privacidad de su pequeño piso. Si seguía sentada al lado de Constantine un solo segundo más, escuchando sus monosílabos por respuesta, estallaría en cualquier momento.

—Muchas gracias.

Se empezó a quitar el cinturón de seguridad, antes de que el coche se detuviera, deseando salir de allí cuanto antes.

—Gracias por acompañarme a casa. ¿Qué es lo que has dicho?

Le había hecho la pregunta en respuesta a algo que Constantine había murmurado. Algo en griego que ella no había entendido, pero que tenía un tono de impaciencia que había paralizado sus movimientos.

Pero nada más hacerle la pregunta, vio que su humor cambiaba. Con evidente esfuerzo, alisó su ceño y cambió la mueca cínica de su boca.

—Te acompaño hasta la puerta —le dijo, en un tono de voz que carecía de la entonación cortante de tan solo unos segundos antes.

—No te molestes.

Pero fue como hablar a la pared. Constantine estaba saliendo del coche y dirigiéndose a su puerta para abrirla.

Tan solo había unos metros desde la acera a la puerta de su casa. Tan solo unos pasos, pero que a ella le parecieron una eternidad, mientras el ruido de los pies en el asfalto resonaba en el silencio de la noche. A su lado, Constantine era una figura oscura y silenciosa.

La tensión que Grace sentía por dentro se reflejó en sus manos. No acertaba a meter la llave en la cerradura. Consciente de que Constantine la estaba mirando, juró para sus adentros y lo intentó de nuevo. Por suerte esa vez lo consiguió. Se dio la vuelta y lo miró a los ojos.

—Bueno, ya estoy en mi casa sana y salva. Gracias por acompañarme.

Si esa hubiera sido en realidad su primera cita, le habría dicho que se lo había pasado muy bien con él, o incluso podía haber quedado para otro día. Pero la posibilidad de hacer retroceder el tiempo era pura ficción. Por lo que lo mejor, y dadas las circunstancias, sería despedirse.

—Buenas noches, entonces.

—¿Eso es todo?

—¿Todo? ¿Qué más puede haber? Al fin y al cabo… —intentó darle un tono desenfadado a su frase, pero no lo consiguió—, nos acabamos de conocer.

—¿Sería mucho pedir, por tanto, un beso de despedida?

La pregunta parecía no tener una segunda intención. A juzgar por cómo se había comportado con ella en la cocina, estaba claro que solo estaba fingiendo.

Un beso de despedida. Nada más. No pasaría nada si se lo daba.

Pero en el fondo sabía que eso no era cierto. Sabía que debajo de todo aquel razonamiento se escondía otra realidad, algo mucho más desconcertante. Algo que ella no se quería reconocer a sí misma. Y era el hecho de que deseaba con todas sus fuerzas aquel beso de Constantine.

—Muy bien —asintió ella—. Un beso de despedida…

Constantine bajó la cabeza, bloqueando la luz de la farola que había en la acera, e instintivamente, Grace separó los labios.

Pero fue en su mejilla donde hicieron contacto sus labios.

—Buenas noches.

Antes incluso de tener tiempo para pensar, antes incluso de poder recuperarse y darse cuenta de lo que había pasado, él se había apartado de su lado.

—Buenas noches —volvió a repetir—. Nos vemos.

Grace no podía creérselo. Sintió un dolor por dentro como si le lacerara el corazón. La había dejado que se ilusionara para después dejarla con la miel en los labios. Se sentía humillada.

—Buenas noches.

Casi se obligó a responderle. Como se obligó a darse la vuelta y abrir la puerta de la casa.

Aquello no era suficiente. Ella quería más, mucho más. Quería el beso que había despertado en ella la pasión que una vez sintió por aquel hombre y que había pensado que había olvidado.

Pero al parecer, Constantine sí lo había superado.

—Yo, yo…

Una vocecita por dentro le gritaba que le dejara marchar, antes de que le hiciera más daño.

Pero no pudo. Quería estar cerca de él un poco más. Quería volver a sentir su mirada, oír su voz, ver su sonrisa.

—Buenas noches —le dijo manteniendo la voz controlada. Se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. La barba de un día abrasó sus labios.

—Y gracias…

Aquello fue su perdición. Con una reacción inusitada, Constantine giró la cabeza y sus labios se rozaron.

—Grace…

Murmuró algo en griego antes de empezar a besarla.

—Tendrías que haber entrado mientras tuviste una oportunidad. Ahora es demasiado tarde.

Era demasiado tarde. Había sido demasiado tarde desde el momento en que él la había besado. O incluso antes que eso. Desde el momento en que había abierto la puerta de la casa de Ivan y lo había mirado a los ojos. Porque Constantine era el único hombre que amaba en este mundo.

—Grace, mi dulce Grace…

El viento frío se arremolinó en torno a las piernas de Grace, pero ella casi ni se dio cuenta. El cuerpo de Constantine la protegía del frío y el calor de la sangre que recorría sus venas calentaba su piel hasta el punto de que parecía estar ardiendo.

—Tendrías que haberte metido en casa —le susurró Constantine al oído—. Pero ya es demasiado tarde. Grace, agape mou, déjame entrar.

Que le dejara entrar. Más que una petición era una orden. Sabía lo que había detrás de aquellas palabras.

¿Por qué no le decía que no? ¿Por qué no le decía que se fuera y que se olvidara de ella? Hubo un momento en que lo pensó, pero pronto se olvidó de ello.

—¿Qui… quie..?

No podía casi ni hablar. Tuvo que humedecerse los labios con la lengua.

—¿Quieres pasar?

—Si no me dejas entrar en tu casa, te juro que…

—¡Tranquilo! Te voy a dejar. Anda, entra.

Al oír el sonido de la puerta cerrarse detrás de ellos, Grace pensó que aquel momento iba a cambiar por completo sus vidas. Era demasiado tarde para arrepentirse.

Además de que no quería volverse atrás. Lo que más deseaba en este mundo estaba justo delante de ella. Constantine la abrazó. Oyó los latidos de su corazón cuando apoyó la cabeza en su pecho.

A los pocos segundos, él la soltó de forma tan abrupta que se sintió como si la hubieran dejado caer desde una gran altura.

Lo vio recorrer el piso como si fuera una fiera enjaulada, estableciendo los límites de su territorio.

Muy lentamente, se dio la vuelta y se fijó en los cómodos sillones de color crema que había en el salón. En la pared que había frente a la ventana, estaba la chimenea.

—No es muy grande… —murmuró él, cuando terminó de ver el piso.

—¡Es lo único que me puedo permitir! —protestó Grace indignada—. No todos podemos tener una casa en cada continente y un avión privado que nos lleve de un sitio a otro.

—La mitad de las casas que tengo son de mis padres —señaló Constantine—. Puedo utilizarlas, pero no son mías.

—Está bien, para qué discutir. ¿Te apetece un café?

—No.

Se lo dijo mientras miraba la colección de libros en su librería.

—¿Quieres un té, entonces?

—No…

—¿Algo más fuerte?

Era la ocasión perfecta para que él le respondiera que no, que no podía beber nada porque tenía que conducir.

—¿Quieres un vaso de vino?

Un gesto autocrático rechazó la pregunta. Constantine seguía mirando con mucha atención la colección de libros. Pero al momento siguiente movió en sentido negativo la cabeza.

—¡O mejor sí…!

—¡Constantine, por favor! —explotó Grace, con los nervios más de punta de lo que ella podía admitir—. Sí, no, ¡aclárate!

—¡Cristos, estoy intentando ser una persona civilizada! Pero siento que…

—¿Es que tú sientes? —le preguntó Grace interrumpiéndole.

De forma inesperada, sus ojos negros dejaron de mirar los ojos grises de ella. Le impresionó tanto ver que a Constantine Kiriazis, que siempre actuaba con tanta seguridad, le faltaban las palabras, que se atrevió incluso a presionarle un poco más.

—¿Constantine? ¿Qué es lo que tú sientes?

Durante unos segundos más, ella lo vio dudar. Pero de pronto, y justo cuando Grace estaba convencida de que no le iba a responder, o iba a cambiar de tema, hizo un gesto con el hombro con el que pareció quitarse de encima cualquier limitación que él mismo se hubiera impuesto.

—Me siento completamente incivilizado —le murmuró con voz grave—. Si quieres saber la verdad, me siento salvaje, pagano, primitivo.

¡Ella solita se lo había buscado!

—¿Y por qué…?

—Tú sabes por qué.

Constantine se lo dijo como si le costara pronunciar aquellas palabras. Sus ojos reflejaron llamaradas de emoción, que arrasaban el control que se había impuesto a sí mismo hasta ese momento, y echó la cabeza hacia atrás en un gesto de desafío.

—Y me siento así por ti. Porque te quiero. Te he estado deseando toda la noche. Siempre te he querido. Y no se me ha pasado en estos dos años que hemos estado separados. No tenerte a mi lado ha sido algo infernal, porque una y otra vez me he acordado de los tiempos en los que estábamos juntos.

—¿De mí?

No se podía creer lo que estaba oyendo. No era una declaración de amor, pero por el momento era suficiente. La quería. La había echado de menos.

—Grace.

Pronunció su nombre con un tono grave.

—Grace, ven aquí.

El sentido común le advertía que tuviera cuidado, que dudara, que se tomara unos segundos para pensárselo mejor. Pero su corazón no quiso escuchar aquellas estúpidas consideraciones.

Ni siquiera se dio cuenta de que se había movido hasta que se encontró en sus brazos, sintiéndolos alrededor de su cuerpo, sosteniéndolo con fuerza.

En ese mismo instante, él reclamó su boca de forma salvaje y ansiosa. Y Grace respondió de la misma forma, dando rienda suelta a la agonía y soledad que había sentido durante aquellos dos años. Lo besó con toda la fuerza de sus emociones, que dejó al descubierto para que él las viera.

—Grace… pethi mou… mi bella Grace… —murmuró Constantine con sus labios pegados a los de ella—. Me perteneces. Siempre has sido mía. No dejaré que nadie más…

—No hay ningún otro —le respondió Grace casi sin respiración—. Ni ahora, ni….

Un sexto sentido le impidió terminar aquella frase. Quería que Constantine supiera que no estaba saliendo con nadie en aquellos momentos. Pero no estaba tan segura de que le quisiera decir que en los dos años que habían estado separados, tampoco había salido con nadie.

Sin embargo, muchos se lo habían pedido. Incluso había tenido algunas citas. Pero por espacios muy cortos de tiempo y habían sido de poco interés. Ninguno de ellos había logrado que sintiera algo especial.

Y ya sabía el porqué. Durante los últimos dos años había sentido la falta de Constantine en su vida. Había vivido como una autómata, como la Bella Durmiente, esperando el beso que le devolviera a la vida de nuevo.

Ya no quería volver a vivir aquellos días tan tristes. No quería ni acordarse de ellos. Y menos en aquellos momentos, con Constantine abrazándola, sus manos acariciando su cuerpo, su boca siguiendo el trazo cálido de sus labios, a través de la suave piel de su mejilla y bajando por su cuello.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
131 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413481302
Правообладатель:
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