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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 156

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., esta obra ha sido revisada por OLGA ÁLVAREZ HUERTA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO264
ISBN 9788424931933.
JUVENAL
SÁTIRAS
INTRODUCCIÓN GENERAL
I. LA SÁTIRA ROMANA COMO GÉNERO LITERARIO
Nombre, forma y contenido
Para determinar el origen, la forma y el contenido del género literario romano llamado sátira (en latín satura y accesoriamente satira) disponemos fundamentalmente de tres textos: el primero, del gramático Diomedes; el segundo, un breve comentario (o escolio) a un lugar de Horacio, comentario que coincide básicamente con el texto de Diomedes, pero con una discrepancia importante; en tercer lugar hay un texto de Tito Livio que parece caracterizar un tipo de satura no totalmente coincidente con el descrito por Diomedes 1 . El texto de éste último, cuya edición básica está en Grammatici Latini, debida a H. Keil, Leipzig, 1855-1923, I, pág. 485, traducido al castellano, reza así: «satura toma este nombre o bien de los sátiros, porque en esta forma de verso se recitan cosas cómicas y desvergonzadas tal como las que dicen o hacen los sátiros, o quizás satura proceda de una bandeja (lanx) que repleta de muchas y variadas ofrendas los antiguos ofrecían a los dioses en un rito sagrado, y se llamaba satura por lo lleno y abundante de material. También Virgilio hace mención de este tipo de bandeja en las Geórgicas cuando dice (II 194): “ofrecemos entrañas humeantes en redondas bandejas”, y también (ibidem): “hacemos ofrenda de bandejas de pasteles”. Pero satura podría también derivarse de una especie de salchicha que se rellenaba con muchos ingredientes, y que según Varrón se llamaba satura. Esto consta en el libro segundo de sus Cuestiones Plautinas, donde dice: “la satura se compone de uvas pasas, polenta y piñones, todo ello recubierto con hidromiel, a lo que algunos añaden los granos de una granada”. Otros opinan que satura procede de una ley compendiada, que incluía en sí diversidad de previsiones, argumentando que, en su forma de verso, satura combinaba muchos poemas breves entre sí. Lucilio menciona esta ley compendiada en su primer libro, cuando dice: “quien basándose en la ley compendiada puede absolver al edil electo”, y dice Salustio en su libro Jugurta (29, 5): “se acepta su rendición con unas previsiones precisas hechas como por ley compendiosa”».
El escolio a Horacio 2 dice en el prólogo al primer libro de sátiras: «la gente afirma que la sátira recibe su nombre de la bandeja (lanx) que, llena de diversos frutos de la tierra es ofrecida en el templo de Ceres; también por eso a esta poesía se la ha llamado satura, porque está llena de temas diversos para saciar a los oyentes...». En coincidencia casi exacta se lee en el prólogo de una colección de escolios de Juvenal: «se llama satira (aquí con esta grafía) a un tipo de bandeja (lanx) que se acostumbraba a ofrecer en los sacrificios a Ceres, llena de frutos diversos; a semejanza de esta bandeja, esta poesía se llama satira porque es una colección de muchos vicios».
El texto de Tito Livio (VII 2, 4-10) dice traducido: «En el consulado de Gayo Sulpicio Pético y de Gayo Licinio Estolón (año 364 a. C.), en Roma hubo una pestilencia... Se dice que, entre otros medios para aplacar la ira celestial, se instituyeron unos juegos escénicos, una innovación para el belicoso pueblo romano, puesto que hasta aquel entonces sólo había tenido los juegos del Circo. Pero no se trató de gran cosa... y, por añadidura, fue importada de fuera. Sin ningún tipo de canto, sin acción que en cantos se representara mímicamente, unos juglares (ludiones) llamados de la Etruria, danzando con acompañamiento de flauta, ejecutan movimientos no exentos de gracia, al modo etrusco. Entonces la juventud romana comenzó a imitarles, añadiendo por su cuenta versos indecentes, con los que se lanzaban pullas recíprocamente; los movimientos se adecuaban a la voz. La cosa agradó y progresó con el uso. Los actores del país, puesto que actor en lengua etrusca se llama hister, se llamaron histriones; éstos ya no se tiraron mutuamente, como ocurría antes, aquellos versos indecentes y groseros, del tipo de los fescenninos, sino que se representaban saturae completas y llenas de metros diversos, con el canto escrito y fijado de acuerdo con la música del flautista y con los movimientos de la danza. Livio Andrónico después de algunos años se atrevió por primera vez a abandonar las saturae y a componer dramas con un argumento total y según la costumbre normal en la época, fue actor en sus propias piezas. Pero debido a sus muchas actuaciones se le estropeó la voz y obtuvo licencia para situar a un esclavo que cantara delante del flautista mientras que él representaba con más grande vigor de movimiento, puesto que ya no le estorbaba el deber usar la voz. De ahí que se instituyera la práctica para los actores de tener quien cantara las partes líricas, y que reservaran su voz sólo para el diálogo». El texto de Tito Livio continúa aún prolijamente indicando que puesto que con los actores profesionales desaparecieron de la escena la chanza y la indecencia, la juventud romana prosiguió con la costumbre de intercambiarse, fuera de la escena, versos indecentes, de los que surgió la pieza llamada en latín exodium, que significa sainete y también personaje de sainete, y de ahí se llegó a la más conocida farsa atelana.
Todo este material ha sido valorado de forma no coincidente por los diversos estudiosos. El primer tratadista del tema en época relativamente moderna es Knoche 3 , quien nota que las etimologías segunda, tercera y cuarta propuestas por Diomedes tienen en común que relacionan el término satura con el adjetivo latino satur, que significa «lleno» y también «harto». Este adjetivo, prosigue Knoche, es de una raíz indoeuropea muy productiva en latín; da, entre otros, los términos saturitas, saturare, satis, satietas... El nombre del dios Saturno es de la misma raíz, y, en el polo opuesto, el nombre grotesco Saturio, de personaje de comedia. La forma femenina del adjetivo, satura, acompañó específicamente a determinados sustantivos, ejerciendo su función genuina de adjetivo: lanx, patina, olla (bandeja, cazuela, olla), luego el sustantivo, por ser muy conocido y supuesto, cayó en desuso, y el contenido del plato o bandeja pasó a denominarse por medio del adjetivo sustantivado: satura. Paralelamente algo así ocurrió con el género literario: la que primero se llamó poesis satura o bien fabula satura en su denominación, perdió el sustantivo correspondiente y pasó a llamarse satura a secas. El primer poeta que compuso una obra de estas características fue Enio. Knoche subraya con mucho énfasis que satura no es en latín ningún extranjerismo.
Coffey hila más delgado y dice exactamente lo contrario, que sí lo es. Nota que las tres sílabas de la palabra latina satura son breves y que el latín desconoce una desinencia nominal femenina acabada en -ura con esta penúltima vocal breve, lo cual hace de satura automáticamente un extranjerismo 4 . Más adelante se tocará debidamente este punto.
Knoche no trata en detalle de la primera de las etimologías propuestas por Diomedes, que relaciona el término con los sátiros griegos y el tipo de poesía que en griego también se puede llamar satírica. Coffey sí lo hace 5 , y en ello sigue los pasos de Rostagni 6 , ampliándolos, por cuanto una coincidencia meramente exterior y accidental, una procacidad cierta en los sátiros griegos y supuesta en las primeras fases de una poesía satírica latina podría hacer pensar en una relación de dependencia del género latino a partir del griego, pero hay una diferencia de grafía que es decisiva. La palabra griega va con «y» griega, sátyros, lo cual jamás puede dar en latín satura, de manera que el conocido drama satírico griego y la poesía satírica griega (con un concepto de sátira muy afín al nuestro, que indica un estado de espíritu, no un género literario) no tienen en absoluto nada que ver con la satura latina. También el hecho de que la primera poesía romana satírica conocida, la de Enio, se caracterice por su serenidad y su tranquilidad es un argumento decisivo para rebatir una supuesta relación entre la satura latina y los autores griegos.
Coinciden Knoche 7 y Coffey 8 en señalar que la cuarta etimología propuesta por Diomedes no puede ser tenida en cuenta, porque lo que ella supone, una lex satura relacionada con una lex per saturam, que incluiría en sí diversos preceptos; en Roma no existió jamás, de modo que tal derivación es imposible.
Quedan, pues, las etimologías segunda y tercera de Diomedes, de las que Coffey hace un tratamiento más diferenciado. Precisamente partiendo del supuesto, cierto para él, de que la formación satura en latín fue un extranjerismo, admite que su uso como sustantivo para determinar el género literario es indiscutible, y que se debe a la supresión de un sustantivo al que el adjetivo satura calificó; de la determinación de este sustantivo dependerá fundamentalmente la precisión de lo que significa satura concretamente. Fue un caso singular en que la lengua actuó con enorme energía, empujada por un uso poco común.
El sentido fundamental del adjetivo satur se aplica a algo lleno de comida, repleto. La segunda explanación del término satura a partir de una ofrenda hecha a los dioses en una bandeja tendría la coincidencia del testimonio de Diomedes, con sus dos citas de Virgilio, y del de los escolios de Horacio y de Juvenal. Aquí lanx satura sería una ofrenda concreta y determinada, por lo que aún en esta expresión satura debería tomarse como sustantivo en aposición, y no como adjetivo; no se trataría de cualquier ofrenda de frutos hecha en cualquier bandeja; hay accesoriamente la idea de variedad y de plenitud. Que una poesía que mutatis mutandis ofrezca las mismas características pase a denominarse también satura no puede excluirse, pero los testimonios de Diomedes, por un lado, y de los escolios de Horacio y de Juvenal, por otro, no pueden sumar su fuerza probativa, porque Diomedes en su segunda cita de Virgilio dice expresamente que esta bandeja se ofrecía a Baco, el dios del vino, y debía contener vino, por consiguiente; de los sacrificios ofrecidos a Ceres se sabe que el vino quedaba rigurosamente excluido, de manera que el uso no es el mismo.
La etimología más probable es la tercera propuesta por Diomedes, apoyada precisamente por un lugar de Juvenal. Según ella el género literario satura tomó su nombre de una especie de relleno (farcimen, en latín) que debió caracterizar un embutido, concretamente una salchicha, y luego significó la salchicha misma. Trasladada al género literario, la referencia sería al continente más que al contenido, aunque no se pueda excluir que sea una referencia a una bandeja que contendría lo que en lenguaje muy moderno llamaríamos un plato combinado, con la idea adicional, siempre existente en cualquier caso, de variedad y plenitud. Esta hipótesis tiene dos soportes fuertes a su favor. En primer lugar, la palabra actual «farsa» referida al género teatral de la comedia (básicamente los farsantes son comediantes) es un vocablo italiano que originariamente denominaba un revoltijo que se comía en un solo plato. De manera que por tierras itálicas la transición de una denominación de una comida a que signifique un género literario no es inusual. Aceptando esta hipótesis, el sustantivo que se habría suprimido ante satura más que lanx habría sido patina (cazuela) u olla (olla).
Precisamente Juvenal en su lugar I 86 dice: «lo que ocupa a los hombres, el deseo, el temor, la ira, el placer, los goces, los discursos...», todo ello es nostri farrago libelli, «lo que se revuelve, el revoltijo de mi libro». Ahora bien: la palabra latina farrago indica muy específicamente comida, pero jamás humana, era una mezcla, una, digamos, comida compuesta que se suministraba a los gatos. Entonces la interpretación más común de la expresión nostri farrago libelli es «la mezcla de comidas de que consiste mi libro» pero, en buena sintaxis latina, no se puede excluir que nostri libelli sea un genitivo objetivo, en otras palabras, que indique el destinatario: se ha concebido al libro como a un animal que debe ser alimentado. De ser así Juvenal, con una metáfora desenvuelta y demoledora, aludiría despectivamente a lo que en su época debió de ser la teoría corriente acerca del origen de la sátira.
En cualquier caso fue éste un uso proverbial que Enio recogió cuando tituló Saturae (así, en plural) sus colecciones misceláneas de poemas. Cuando lo hizo disponía de la tradición paralela helenística del sor ó s (montón). En el s. III a. C. se editaban colecciones de poemas llamadas misceláneas (sýmmeikta). Un poeta griego contemporáneo de Enio, Demetrio, tituló una de sus compilaciones Sor ó s, y ello movería a Enio a dar a su obra miscelánea no un título genérico, sino uno concreto, y eligió el de saturae. Con ello es verdad lo que menos parece serlo, y al revés. Porque aquí, y sólo aquí, tenemos un género literario designado con un término genuinamente romano, que nunca se denominó como sus, de algún modo, paralelos griegos, pero algo paralelo en Grecia sí existe, no por el espíritu que anima al género, sino sólo por la materialidad simplemente formal de reunir elementos heterogéneos en un mismo libro.
Se ha aludido antes al hecho de que la palabra italiana «farsa» remonta también a un plato confeccionado con diversos ingredientes, y que luego pasó a significar, por lo menos parcialmente, un género teatral. Ello nos lleva directamente a tratar de la satura dramática, de la que da cuenta Tito Livio. Según lo expuesto hasta ahora, la satura como género literario no sería anterior a Enio (239 a. C.-169 a. C.), pero el texto liviano presupone una satura dramática en pleno s. IV a. C.
No otro que el primer estudioso moderno de Juvenal, Carlos Federico Heinrich, ya en 1839 vio en el texto de Livio un documento auténtico que acreditaba para el s. IV a. C. la existencia de una satura dramática paralela más o menos al drama satírico griego, no originada por él: en su particularidad de que la satura latina es genuinamente romana coinciden todos los estudiosos de todas las épocas. Escribe Heinrich: «Pero los aficionados romanos echaron mano de semejante materia también fuera de la escena. Pues pronto surgió en un círculo distinto una satura escrita para lectores, entonces no todavía para recitales hechos a unos oyentes. Y si ya no lo era en la escena, tampoco fuera de ella la satura como forma artística fue algo determinado: más bien se quedó, por lo que respecta al contenido y a la forma, en una mezcla de prosa y verso, y, en cuanto a este último, de versos de distintos tipos 9 ».
Knoche cree 10 que el texto de Tito Livio contradice las afirmaciones de Diomedes, pero no le da crédito, o en todo caso no cree que ahí haya un antecedente de la satura tal como la cultivó Enio. Pero formula serios reparos a la credibilidad del texto de Tito Livio 11 , que más tarde vienen reproducidos por Coffey 12 . En resumen vienen a decir que el historiador romano, o su fuente, Varrón, no podían estar minuciosamente informados del desarrollo del teatro romano en el s. IV a. C., que generalizaron sobre cosas que sí sabían, y que indujeron abusivamente intentando un paralelo a lo griego, pero exclusivamente romano. Parece que estamos ante una combinación histórico-literaria; la satura dramática es una hipótesis necesaria como estadio intermedio entre unas primeras actuaciones que eran una simple danza acompañada de flauta y una formalización de un teatro como tal, el de los histriones; en el estadio intermedio los actores mezclarían, de ahí el nombre de satura, la danza y el canto. Pero Tito Livio y Varrón carecían de datos objetivos para justificar esta hipótesis, de ahí que la redacción de Tito Livio sea especialmente vaga: «después de algunos años Livio Andrónico...». El paso de una modalidad a otra aún dentro del mismo género literario no queda muy justificada.
Para ver el alcance de la cuestión hay que invertir los términos. Tito Livio quería llegar a una meta determinada, y se inventó el camino. Su procedimiento puede explicarse en parte. Esbozó el desarrollo tanto de las partes dialogadas como el de las partes líricas de la comedia. Pero tal como explicó el diálogo sin referirlo a modelos griegos, de manera igual, una lírica romana sin argumento fijo y adecuado a una trama le fue hipótesis necesaria para explicar las partes líricas. De ahí que introdujera los diálogos, entre jóvenes, de tema burlesco y obsceno, de los que, por traslación, surgiría la sátira redactada en verso, que se habría dado anteriormente a Ennio. Pero los datos históricos no abonan esta tesis 13 .
De modo que en su origen la satura fue un género literario poético no conectado con el drama, caracterizado porque en una composición mezclaba diversidad de temas. Ennio la compuso con estas características: Lucilio usó para ella, e impuso para sus sucesores, el hexámetro dactílico. Quintiliano (Institución oratoria X 1, 95) no dice de él que fuera el inventor, sino el que descolló. La existencia de la sátira como género literario ha llegado a ponerse en duda. Wilamowitz 14 llega a decir que no hay sátira latina, que lo único que hay es: Lucilio, Horacio, Persio y Juvenal. Naturalmente, ello es una exageración, pero tiene su punto de verdad: las sátiras que conocemos bien, las de Horacio, Persio y Juvenal, son tan poco parecidas entre sí tanto en temática como en talante que poco más pueden hacer que no sea apelar a su origen común.
La última visión importante de conjunto que se ha dado del tema modifica poco este estado de cosas. Kenney y Clausen 15 parecen más bien aceptar la existencia de la sátira dramática postulada por Tito Livio, pero en todo caso no la relacionan con la obra de Ennio. La conocida expresión de Quintiliano satira quidem tota nostra est (X 1, 93) puede significar, alternativamente, o que es absolutamente superior a la griega, o bien, como es más admitido corrientemente, que el origen de la sátira es exclusivamente romano.
II. BIOGRAFÍA DE JUVENAL
1. Fecha, lugar y familia de nacimiento 16
Es indudable que en vida de Juvenal su sátira interesó, pues de lo contrario no se habría conservado de manera suficiente para pasar a la posteridad. Pero no es menos seguro que inmediatamente después de su muerte dejó de interesar 17 . Marcial le menciona tres veces, como tendremos ocasión de ver, pero no como escritor, sino como amigo, y excepción hecha de él, no hay autores o contemporáneos o inmediatamente posteriores que le mencionen. Hay que esperar al cristiano Lactancio para encontrar una primera cita del satírico; si pensamos que la muerte de éste debe ponerse después del año 127, pero no mucho más allá, y que Lactancio le cita en sus Instituciones divinas hacia el año 310, han pasado no menos de ciento ochenta y siete años para esta primera emergencia de su figura. Con todo, no será hasta casi cien años más tarde cuando surja un grande y apasionado interés por su producción escrita, y es por obra de Niceo, un discípulo de Servio, el comentarista canónico de Virgilio, quien ya cita con mucha frecuencia a Juvenal en su comentario virgiliano; Niceo hacia el año 400 redacta un comentario a Juvenal. Unos diez años antes Amiano Marcelino hace una pesimista descripción de la vida de la aristocracia de su tiempo, y dice que debería dedicarse a tareas más nobles, pero que pierden el tiempo leyendo a Juvenal 18 . Un cierto recuerdo de la obra del satírico no se había perdido, pues Tertuliano hace de seguro dos citas implícitas de él, de los lugares III, 21, y VI, 1 19 . De modo que una noticia mortecina de Juvenal quedó siempre; San Jerónimo, sin citarlo, lo usa numerosas veces 20 ; San Agustín, en cambio, lo cita una sola vez, pero por su nombre, añadiendo «el satírico» 21 .
En estas condiciones, en parte por la injuria del tiempo y en parte por un innegable interés de Juvenal en esconderse detrás de su obra, de su vida sabemos realmente poco. Esta ignorancia afectó ya a los primeros comentaristas de Juvenal. Para establecer su biografía nos hemos de valer de una serie de breves Vidas, que en realidad son variaciones, confusas casi siempre, sobre dos o tres puntos capitales de ella, de un par de noticias extraídas de la obra del propio satírico (I, 15; III, 319), de tres epigramas de Marcial, y de una crítica interna ejercida con más o menos acuidad. Estas Vitae, editadas por J. Dürr 22 y que encabezan la edición crítica que Jahn hizo del texto latino de las sátiras 23 , no se escribieron con anterioridad a los finales del S . IV . Se compusieron con las pobres tradiciones que entonces corrían sobre la persona del satírico, y parecen proceder todas de una única fuente, probablemente la Vita que una mano posterior añadió al Códice Piteano 24 ; en todo caso es la mejor de que disponemos.
Juvenal mismo insinúa que nació en Aquino (III, 318):
Siempre que Roma te devuelva... a tu Aquino natal
le dice Umbricio al propio poeta, y a mayor abundamiento, en el s. XVIII se descubrieron cerca de la iglesia de San Pedro, en Aquino, dos inscripciones contiguas que, afortunadamente, fueron transcritas a tiempo, porque consta que en el año 1846 ya se habían perdido 25 . El nombre de Juvenal aparece en la primera, y aunque no lo hace en la segunda, ésta se refiere claramente al personaje que mandó labrar la primera; la segunda 26 , la dedica la municipalidad de Aquino a su bienhechor, y la primera, este bienhechor a Ceres Helvina, seguramente en demanda de protección y ayuda para una carrera militar y política que entonces está empezando. Podemos dar por sentado que estas inscripciones se refieren a Juvenal, quien, de acuerdo con su misma indicación en la sátira III, nació, pues, en Aquino.
En cuanto a la fecha de su nacimiento podemos establecer alguna aproximación 27 . Marcial publicó su libro VII de epigramas en el año 92, y ello da una buena pista para inducir la edad de Juvenal en aquel momento. Es importante señalar que Marcial le saluda como amigo, no como escritor. Por otro lado, tenemos motivos para pensar que Juvenal se dedicó a la poesía satírica no en su juventud, sino en una madurez quizás incipiente. Si cuando Marcial le dedicó sus poemas Juvenal hubiera sido un poeta conocido, no hubiera dejado de hacerlo notar. En consecuencia, hacia el año 92 Juvenal llevaba ya en Roma tiempo suficiente como para haber entablado una relación amistosa con Marcial (y con algunos círculos literarios), pero aún no había empezado su carrera poética, que empezó, dice expresamente su anónimo biógrafo, «hacia la mitad de su vida» 28 . Pongamos, pues, que hacia el año 92 Juvenal contara de veinticinco a treinta años; ello nos lleva a fijar su nacimiento en el quinquenio 62-67.
Si insistimos aún en el impreciso dato que nos ofrece la Vita, de que Juvenal «hacia la mitad de su vida» se dedicó a la sátira, y tenemos en cuenta el lugar, de indudable resonancia virgiliana, I 24:
... cuando con sus riquezas provoca a todos los patricios un hombre que cuando yo era joven hacía crujir mi ya molesta barba,
vemos que cuando escribió esta primera sátira, la cual supone seguramente varios ensayos previos, y, además, quizás no fuera la primera que redactó de las cinco que componen el primer libro, se refiere como a un tiempo más bien remoto a la época en que éste, que ahora es un ricachón, era un barbero que le hacía crujir la barba cuando le rasuraba. Pero los romanos empezaban a cuidarse la barba a los cuarenta años, no antes, de modo que al empezar su dedicación a las sátiras Juvenal tenía como mínimo cuarenta años; si cita este tiempo como ya lejano, cuando escribe el lugar I 24, estaría entre los cuarenta y cinco y los cincuenta. Hay buenas razones para pensar que el poeta publicó su primer libro de sátiras hacia el año 110, o en todo caso muy poco después 29 , lo cual, suponiendo para él la edad indicada de los cuarenta y cinco o los cincuenta, nos coloca en una fecha de nacimiento para el poeta hacia el año 65, quizás uno o dos años después.
Quizás se pueda precisar algo más. Juvenal publicó su último libro de sátiras (XIII-XVI) después del año 127, pero antes del 131. En efecto, la sátira XV tiene una referencia precisa al año 127 (XV 27):
... más yo voy a explicaros un suceso increíble, pero ocurrido no ha mucho, durante el consulado de Junco,
y Emilio Junco fue cónsul en el año 127, de manera que su libro V fue publicado por Juvenal después, pero muy poco, del año 127, lo cual se confirma porque en el lugar XIV 96-106, Juvenal declara que algunos romanos siguen el perverso ejemplo que les dan sus padres, que se han convertido al judaísmo; ellos hacen lo mismo y se mandan circuncidar. Ahora bien, en el año 130 el emperador Adriano prohibió la circuncisión en todo el Imperio, incluida la Judea, lo cual suscitó en ella una sublevación formidable en el año 131. Resulta poco verosímil una alusión de Juvenal a este uso luego de tal prohibición y sublevación judía, por lo que la publicación de este libro V debe colocarse precisamente en el bienio 128-130.
Y en el lugar XIII 16-17, el satírico dice a su interlocutor Calvino que ha sido víctima de una estafa:
¿Y esto llena de estupor a un hombre que tiene ya sesenta años, pues nació en el consulado de Fonteyo?
Fonteyo Capitón fue cónsul en el año 67; si la sátira XIII fue compuesta por Juvenal cuando Calvino tenía sesenta años, se redactó en el 127 o en el 128. Pero la obra de Juvenal se interrumpe, por su muerte, casi inmediatamente después, tras la brevísima e incompleta sátira XIII. Todo hace pensar que Juvenal muere en el año 130 o muy poco después. Y le ha hablado a Calvino como a un coetáneo, o quizás como a persona de edad algo menor, de unos cinco años menos. Podemos pensar, pues, que en el bienio 128-130 el satírico rondaría los sesenta y cinco años, o algo más, lo cual nos remite, para fijar la fecha de su nacimiento, otra vez hacia el año 65.
Aquí debe añadirse aún que Juvenal nació en una familia provinciana, pero extraordinariamente rica. El simple hecho de poder ofrendar una inscripción votiva a Ceres ya indica una muy alta posición económica, pero es que además, la carrera militar que iniciaba, testificada por la primera inscripción, y la segunda, ofrecida a su memoria por la municipalidad de Aquino en gracia a un beneficio no común, dan fe, también, no ya de una economía desahogada, sino de un rango financiero verdaderamente descollante 30 . Hay que excluir, sin embargo, que perteneciera por linaje a la nobleza.
2. La formación de Juvenal. Su carrera oratoria
Al principio mismo de las sátiras, Juvenal declara:
¡Ea! También mi mano esquivó la palmeta, también yo aconsejé a Sila que renunciara a sus cargos públicos y que durmiera como un tronco.
Con ello declara 31 que asistió a la escuela primaria, donde el castigo de los palmetazos debía de ser habitual; cuando dice que aconsejó a Sila que renunciara a sus cargos públicos, es decir, a la política, para echarse a dormir tranquilamente, con ello indica que asistió a la escuela de retórica, más probablemente en Roma que en la rústica Aquino. En uno de los epigramas que Marcial le dedica (VII 91) le califica de «elocuente», seguramente por su dedicación entonces actual. Parece que fue discípulo de Quintiliano 32 , quien dio por concluida su docencia en Roma hacia el año 90 33 , con lo que si Juvenal asistió a su escuela debió de vivir ya en Roma como mínimo unos tres años antes, antes de cumplir los veinticinco. Que Juvenal fuera discípulo de Quintiliano parece muy probable por las veces que el satírico le nombra con alto aprecio, y porque, además, su sátira tiene un pathos retórico indudable que él asimiló en alguna escuela, ya que tal artificio no puede en modo alguno ser algo natural.
Además, que se dedicó a la retórica se puede deducir por exclusión. En el lugar XIII 120-122, dice a su amigo Calvino:
Ahora atiende al consuelo que, por el contrario, puede brindarte uno que ni lee a los cínicos ni los dogmas de los estoicos, los cuales difieren de los cínicos sólo porque usan túnica, y jamás contempla a Epicuro satisfecho por las legumbres de su huertecillo 34 ,
que es una confesión expresa de desinterés por la filosofía. Pero en aquella época para un joven que quisiera efectuar estudios superiores sólo había esta alternativa, de manera que también por aquí hay que concluir que Juvenal asistió a la escuela de retórica.
¿Para qué? A ciencia cierta no podemos decirlo. La retórica tenía tres ramas principales 35 , la judicial (pero el poeta no compone, evidentemente, para argüir ante tribunales), la deliberativa, que es, ciertamente, mencionada alguna vez por el satírico, pero la verdad es que en su obra no la ejerce. Sí, en cambio, la demostrativa, que se ocupaba ampliamente de elogiar y de vituperar. En realidad, hay que entender «retórica» en un sentido amplio, de manera que incluya todos los aspectos de la sátira juvenaliana: su hipérbole casi salvaje, su obscenidad, su paradoja. Aunque Rudd extraiga de ello una conclusión sorprendente e inaceptable: dice que básicamente la sátira de Juvenal no pretende ni atacar ni predicar, pretende simplemente entretener.
Lo cierto es que Juvenal en Roma no debió tener problemas económicos hasta bien entrado en la madurez, cuando seguramente Marcial le describe como un cliente (XII 18), y él mismo en la sátira V parece insinuarlo, vv. 20 y sigs.:
De modo que si le plugo admitir a un cliente tras un olvido de dos meses, para que no quede libre el tercer cojín de un diván: «hoy cenaremos juntos», te dice. ¡El colmo de tu ambición! ¿Podrías pedir más? Trebio ya tiene suficiente para interrumpir su sueño, y ni siquiera se anuda los cordones de los zapatos, preocupado de que todas las turbas de clientes hayan ya concluido su ronda cuando aún titilan las estrellas, o en la hora en que el perezoso Boyero hace describir un círculo todavía a su helado carro.
y vv. 76 y sigs.:
¿De modo que fue para esto por lo que tantas veces dejé a mi esposa y corrí por el monte frontero al gélido Esquilino, cuando el dios primaveral se estremecía con el cruel granizo y mi abrigo chorreaba de abundante agua?
Interesa señalar que en un determinado momento de su vida Juvenal se vio reducido a la ínfima categoría social de la clientela. Pero entre la escuela primaria y su asistencia a la escuela de retórica hay que colocar su carrera militar.
3. La carrera militar de Juvenal 36
Un cierto paso por la milicia era imprescindible para poder aspirar a una situación política y social de alguna altura, lo que hace prácticamente seguro que Juvenal pasara por esta experiencia. Su última sátira, que se posee incompleta, parece ser un recuerdo de juventud del satírico, que se enorgullecería de haber estado en el ejército. Distingue claramente las ventajas de que gozan todos los soldados de aquellas de que deben gozar sólo los que ostentan algún grado, y contrasta la lentitud y el caos que reinan en los tribunales civiles con la presteza con que se resuelven los casos en que está envuelto un militar. Algo antes, en la sátira XIV, vv. 192-198, añade un provecho nada desdeñable de la vida militar, el provecho económico, que seguramente habría salido también en la última de no haber quedado, al menos para nosotros, interrumpida:
O bien presenta una instancia en solicitud del sarmiento, en cuyo caso que Lelio se aperciba de que el peine no tocó tu cabeza, que vea tu nariz hirsuta y que admire tus axilas peludas. Tú echa abajo las tiendas de los moros y los fortines de los brigantes, para que cuando cumplas sesenta años te corresponda el águila que te va a enriquecer.
Y no se encuentran en las sátiras burlas o alusiones maliciosas contra los soldados; una alusión a ellos en III 248:
Voy con las piernas perdidas de barro, todo son pisotones de unas plantas enormes; un clavo de soldado me ha herido un dedo
es totalmente inocua.
Las vidas que poseemos del satírico, por discordantes que sean, aluden todas a un cargo militar, aunque lo sitúan en distintas fases de su vida; precisamente la que encabeza el Códice Piteano lo pone, en la extrema vejez del poeta, en relación con un disimulado destierro a Egipto, según la fórmula clásica promoveatur ut removeatur. Ya veremos que ello es poco verosímil.
La primera de las inscripciones halladas en Aquino relacionadas con Juvenal dan alguna orientación acerca de su paso por la milicia 37 . La tercera línea de la primera inscripción a que aludimos dice que su donante había sido oficial en una unidad auxiliar en el ejército romano, y concreta más aún, en una unidad de dálmatas; éstos guarnecían el noroeste de la Península de los Balcanes. Este extremo nos explica muchas cosas con respecto a Juvenal. Detentar el mando en una unidad auxiliar de este tipo era el inicio de la carrera hacia el rango ecuestre, de los caballeros, y era propio de jóvenes pertenecientes como mínimo a una clase media alta; la accesión al rango de caballeros posibilitaba directamente, sin una carrera política previa, el acceso a cargos de responsabilidad y bien remunerados tanto en el estamento civil como en el militar, que podían culminar, en casos muy afortunados, en ser lugartenientes directos del Emperador en alguna provincia romana (un caso que está en la mente de todos, el de Poncio Pilatos, gobernador romano de los territorios que hoy forman, aproximadamente, el Estado de Israel). Pero sólo con que el aspirante llegara a centurión (principalmente a centurión primipilo 38 ), ya tenía asegurado económicamente un buen porvenir. A veces este paso por la milicia era fugaz, sólo de seis meses, lo justo para poder alcanzar el rango de caballero como trampolín a dignidades más altas 39 .
Como sea, Juvenal, cuando hizo este voto a Ceres, era un joven de muy buena posición que iniciaba su carrera en la sección administrativa del Imperio Romano, y que llegó por lo menos a prefecto o a tribuno de una cohorte.
Esto conlleva inmediatamente la cuestión de dónde ejerció Juvenal su carrera militar 40 . Friedländer y Highet están de acuerdo en que el satírico debió de salir de la Península Italiana, y en que sus referencias a Egipto y a la región norteafricana del Atlas son tan precisas que delatan un conocimiento de visu; el editor alemán añade aún la isla de Inglaterra. Ya adelantamos más arriba que las vidas hablan de un destierro a Egipto ya en la extrema vejez del poeta. También hemos visto que habla de la cohorte, quizás primera (porque en este lugar hay una laguna en la inscripción), de los dálmatas. Pero, soprendentemente, del lugar en que estaba estacionada, Juvenal no habla nunca. Lo que sí queda claro es que si Juvenal estuvo en el noroeste de la Península de los Balcanes, no fue como desterrado. Pero las cohortes de los dálmatas en el año 124 estaban en Inglaterra. La decisión acerca del sitio en que Juvenal vivió su vida militar depende de cómo se solucione el problema del exilio, que luego examinaremos 41 .
4. La carrera política de Juvenal 42
La impresión que dan las sátiras es que Juvenal vivió en Roma durante el imperio de Domiciano, que se extendió entre los años 81-96. El ingreso en el ejército con la finalidad requerida por el joven futuro satírico se hacía a los diecisiete años; suponiendo, pues, que naciera hacia el año 65 o algo más tarde, tenemos para este ingreso el trienio 81-83. Luego regresó por lo menos un año a Aquino. En efecto, las líneas cuarta y quinta de la inscripción dicen del oferente que fue duovir quinquennalis. Los duoviri eran dos hombres que gobernaban los municipios itálicos cuyos habitantes eran ciudadanos romanos. Para decirlo de una manera aproximada, venían a ser el alcalde y el jefe de una policía local. Para ostentar estos cargos se debía tener una renta no pequeña, pero además, Juvenal ejerció el cargo en Aquino en un año de especial responsabilidad. En todas las poblaciones romanas se hacía un censo de ciudadanos romanos cada cinco años, y como título de especial honor y responsabilidad los duoviri que en tal año ejercían tal magistratura recibían el epíteto de «quinquenales»; ello conllevaba que los nombrados para este cargo fueran las personas que en la colonia (pues éste era el nombre genérico de tales municipios) gozaran de más prestigio y posición.
Lo que sigue encaja exactamente con esto. La inscripción dice que este Juvenal, también en Aquino, fue sacerdote del emperador Vespasiano, naturalmente cuando éste, después de su muerte, fue proclamado dios. Esto ocurrió a mediados del año 80, unos meses después de tal fallecimiento, en el 79. Pero la inscripción de Aquino se puede fechar con suma precisión, porque el hijo de Vespasiano, Tito, sólo reinó dos años, y murió en el 81; fue deificado en las mismas condiciones que su padre. Luego, el hecho de que en la inscripción se mencione a Vespasiano, pero no a Tito, dice a las claras que Juvenal ejerció el cargo en el año 80 o en el 81, no después. Había empezado seguramente su carrera política en su Aquino natal, tras su experiencia militar, y en un año indeterminado del decenio de los ochenta se establece definitivamente en Roma, gozando de una excelente posición económica y de un futuro no exento de interrogantes, pero prometedor. En Roma se dedica al estudio de la retórica, pero va tanteando también sus posibilidades de una promoción política y social, cultiva amistades y frecuenta círculos literarios. Y más por gusto que por necesidad se dedica a la declamación.
5. El destierro de Juvenal 43
En mi ya lejana edición crítica del texto latino del poeta expuse, en la introducción, cómo ante el problema del supuesto exilio sufrido por el satírico, la opinión de los estudiosos se escindía en dos campos, el de los que lo aceptaban y el de los que lo negaban. Hoy no se puede decir que la situación haya cambiado.
Aquí hay que arrancar de la cauta posición de Friedländer, que apunta, por un lado, que la noticia de este destierro no puede ser una invención; sólo podría serlo si en las sátiras se hallara algún texto que la justificara plenamente, o al menos que la hiciera muy verosímil. Y éste no es el caso. Pero no se puede excluir, siempre según Friedländer, que la carrera militar de Juvenal haya durado más de lo que sabemos, o pensamos, y que en un momento determinado fuera nombrado comandante (exactamente, prefecto de una cohorte) en alguna guarnición alejada de Roma, incluso fuera de la Península Italiana, lo cual hubiera sido interpretado como una forma encubierta de exilio. Entonces se habría buscado en las sátiras un texto que lo justificara, y se habría dado con uno que ha resultado clásico del tema, y que viene citado por doquier, VII 125-92:
Lo que no dan los próceres lo dará un histrión. ¿Te interesan los Camerino y Báreas, los espaciosos atrios de los nobles? Una Pelopea nombra prefectos y una Filomela, tribunos,
pasaje alusivo a un actor favorito del emperador Domiciano, llamado Paris, que, a cambio de que se le proporcionaran, por parte de sus verdaderos autores, libretos de piezas de teatro para representar, lograba del Emperador que nombrara para altos cargos a los que le suministraban tales textos. Estos versos según Friedländer pertenecen a la redacción definitiva de la sátira, en cuyo caso la alusión es un invento, y hay que buscar en otro sitio la fundamentación del exilio; pero para otros, y la idea no es desdeñable, fueron escritos por el poeta mucho antes de la constitución de esta sátira séptima, en cuyo caso, si existían antes independientemente, sí podían motivar el exilio, y luego ser intercalados en la sátira 44 . En fin, una variante de esta segunda idea es lo que otros insinúan, que hay una primera redacción, muy anterior, y no definitiva, de esta sátira, que sería la que llegaría a oídos del Emperador y de su favorito.
Se puede aceptar bien que hubo un verdadero exilio, pero no hacia el fin de la vida del presuntamente octogenario Juvenal, bajo capa de una promoción a un cargo militar superior, mas en los confines de Egipto, tanto porque el satírico ya habría sido jubilado, hacía muchísimo tiempo, de su cargo castrense, para el que sería verdaderamente inútil, como porque probablemente no llegó a los ochenta años, que es lo que afirma la Vida que encabeza el Códice Piteano, aunque sí a los setenta. En la vida de Juvenal hay un hueco entre los años 92-96, los últimos del imperio de Domiciano, en los que los versos aludidos de la sátira séptima habrían molestado al pantomimo y privado del Emperador, sin excluir totalmente que el exilio respondiera más generalmente a una actitud normalmente crítica del de Aquino, pues la crítica molesta siempre a los tiranos. Esta segunda hipótesis goza de alguna posibilidad, por cuanto Nerva, el sucesor de Domiciano, repatrió a los exiliados por éste. Pero Juvenal, como arguye brillantemente Highet, fuera cual fuera la causa de su exilio, con él lo habría perdido todo: habría visto arruinada su carrera militar y política, confiscada su hacienda, y se habría visto reducido a la humillante condición de cliente, que él mismo describe tan impresionantemente en las sátiras I y V.
La ya repetidamente citada Vida que encabeza el Códice Piteano dice exactamente, se ha visto ya, que Juvenal hasta la mitad de su vida se dedicó a la declamación más por gusto que porque se preparara a la docencia o a la abogacía. Sí, ello implica que no sufría penuria económica. La Vida continúa diciendo que redactó «no desacertadamente» una sátira de unos pocos versos alusiva al pantomimo Paris, y que la recitó repetidamente, y que tuvo un gran éxito. Aquí habrá el paso de su dedicación a la declamación a su consagración a la sátira. Esto ya lo notó Heinrich 45 . Pero la entrega de Juvenal a la sátira no fue sólo, ni aun principalmente, un mero cambio de gusto, sino que obedeció más a algo más hondo, a un sentimiento de decepción ante el fracaso de sus esfuerzos por promocionarse, pues ser rico no excluye, sino que fomenta la pretensión de éxito; Juvenal no lograría alcanzar ni en la milicia ni en la política ningún puesto de relieve. Y antes de publicar su primer libro de sátiras debió de hacer múltiples ensayos 46 , y dar recitales, entre los que se contarían los de la breve sátira, que luego fue la séptima de la colección, y que motivaron su desgracia 47 .
El análisis de Highet es una brillante confirmación. Las primeras sátiras del poeta, las que muestran su célebre indignación 48 , vienen dominadas por dos sentimientos, miedo y decepción. Aquí interesa más esta última, que es en el satírico un sufrimiento amargo y profundo de la injusticia que domina la sociedad romana. Pero Juvenal no es, por decirlo así, un campeón de la clase obrera ni de los trabajadores, no es un apóstol de la justicia social que hoy se llamaría, con alguna falacia o ingenuidad, un progresista. Ni su extracción social, adinerada, pero campesina, ni los círculos ciudadanos en que se movía se lo hubieran permitido. Juvenal siente la angustia de los hombres de la alta clase media o incluso pertenecientes a la aristocracia, que no pueden medrar por la corrupción administrativa reinante y por los advenedizos que se encaraman en el poder y que ponen zancadillas a todos sus competidores. No se puede dudar de que aquí hay un rasgo autobiográfico.
Después del emperador Domiciano, la persona más odiada por Juvenal es el egipcio Crispino, que pasó de ser un vendedor ambulante de pescado a detentar uno de los dos cargos máximos a que podía aspirar un caballero, la jefatura de la guardia imperial (IV 31-33):
... este payaso vestido de púrpura, acomodado ahora en el gran palacio, que en su país se desgañitaba vendiendo siluros averiados y ahora se nos ha convertido en comandante en jefe de la caballería.
En la sátira I se burla con sarcasmo de otro egipcio, pero éste de origen judío, que ha arrambado otro puesto de gran categoría a que podía aspirar un caballero, ser gobernador, aquí de Egipto. Son gente de mala laya, que han alcanzado rastreramente máximos honores, de los que Juvenal se siente, al menos potencialmente, desplazado. El tema emerge con más fuerza en la sátira III. El amigo de Juvenal, Umbricio, dice (vv. 21 y sigs.) que en Roma no hay lugar para los oficios honestos ni para ciudadanos romanos que los ejerzan, y luego sigue una observación extemporánea, y que no viene muy a cuento. «Además somos expulsados del asiento de los caballeros, en los espectáculos del Circo» (vv. 155-158):
pueden sentarse en él, en cambio, los hijos de los rufianes nacidos en cualquier prostíbulo. Que aplauda aquí el hijo del pimpante pregonero entre la elegante prole del reciario y los nacidos del entrenador de gladiadores.
Alguien que haya sido siempre un pobre, uno que se las haya visto negras para simplemente supervivir jamás hubiera atinado a pensar que él tenía derecho a ocupar tales asientos. La queja se ajusta totalmente en el lugar si procede de alguien que ha pertenecido al rango ecuestre y que por un azar injusto ha perdido su dinero y por ende su categoría de caballero.
Si se hace una lectura entre líneas correcta de las sátiras de Juvenal se puede incluso deducir el lugar al que fue desterrado en el período de los años 92-96. Hay que partir de un hecho objetivo: Juvenal declara, indiscutiblemente, haber estado en Egipto. En la sátira XV comenta el salvajismo de sus habitantes, y en el v. 45 apostilla: «por lo que yo he alcanzado personalmente a ver». La fuerza del pasaje es grande, y las sutilidades de los comentaristas que niegan la existencia de este exilio no convencen. O los silencios 49 .
Es una reacción muy humana que el mal recuerdo que se guarda de un lugar repercuta, en el escritor, en dejarlo malparado en la creación literaria propia. Y Egipto es el país que en las sátiras de Juvenal sale peor. Ante todo, la sátira XV íntegra, escrita ya en edad muy avanzada del poeta, es la expresión de una repugnancia feroz frente a este pueblo. Es, sin duda, el fruto de un mal recuerdo. Pero la primera persona que nombra como prototipo de advenedizo sinvergüenza es el egipcio Crispino, del que hablábamos no ha mucho. En I 26, justo al principio de su obra, lo que Juvenal le reprocha es esto, ser egipcio:
cuando un miembro de la chusma del Nilo, un esclavo nacido en Canopo, este Crispino...
Luego, en esta misma sátira primera, Juvenal, que en calidad de cliente sigue a su patrono, se encuentra con la estatua de otro egipcio, que para colmo de los colmos es de origen judío, y quizás de religión. Tal efigie está en pleno Foro romano, y Juvenal nos dice, sin ambages, que aquello sirve de letrina (vv. 129-131):
... y las estatuas triunfales, entre las cuales no sé qué egipcio, un magnate de moros, osó poner sus títulos; podemos mearnos en su estatua, ¡y no sólo esto!
sed etiam cacare apostilla lapidariamente el comentarista latino antiguo, por quien sabemos que se trataba de la estatua de Tiberio Julio Alejandro, general de Vespasiano, judío de origen, pero que había vivido la mayor parte de su vida y de su carrera militar en Egipto. No hay que multiplicar los ejemplos. La feroz inquina de Juvenal ante todo lo que signifique Egipto y los egipcios dice bien a las claras que este país fue aquel en que Juvenal vivió su destierro.
6. Juvenal, poeta de sus sátiras 50
Arrancando otra vez de la Vida que encabeza el Códice Piteano, hacia la mitad de su vida, quizás algo más allá de esta mitad, Juvenal empieza a publicar sus sátiras, distribuidas al final en cinco libros, el último de ellos incompleto. Ya había empezado a ensayar el género satírico antes de su destierro. Efectivamente, la alusión malévola a Paris de la sátira VII ha de ser anterior al año 83, porque sabemos por Dión Casio (LXVII 3) que en este año Domiciano mandó asesinar a su actor hasta entonces favorito. Seguramente prosiguió sus ensayos durante el exilio, y al volver a Roma le acució más a ello su pérdida de categoría social, pero ya sea porque quiso pulir y perfeccionar su obra, ya sea porque esperó a un clima de mayor libertad, empezó a publicar algún tiempo después del asesinato de Domiciano. Porque el libro I no apareció antes del año 100 51 . En efecto, en el lugar II 102-103, se dice del emperador Otón que en sus campañas militares se llevaba un espejo:
acción que se debe reseñar en los últimos anales y en la historia más reciente.
Las campañas de Otón fueron descritas por Tácito entre los años 104-109, y el historiador pudo mencionar otra vez a Otón en sus Anales; por los títulos que Juvenal da, la referencia al historiador parece segura, en cuyo caso la aparición del libro I de Sátiras sería posterior incluso al año 110.
El libro II de las Sátiras (que contiene sólo la sátira VI, la más larga de la colección) cita la invasión de Armenia por los romanos, efectuada por Trajano en el año 113, y un terremoto ocurrido en Antioquía en diciembre del año 115, de modo que este libro apareció hacia el año 116.
El libro III, que comprende las sátiras VII-IX, tiene una única referencia cronológica segura, al emperador Adriano, al principio mismo de la primera de estas sátiras, VII 1 ss.:
No sólo la esperanza, sino también la razón de los estudios estriba únicamente en nuestro César. Pues no otro que él miró en estos tiempos las Musas entristecidas.
¿De qué emperador se trata? No es, naturalmente, Domiciano, blanco de los feroces ataques del satírico. Nerva pasa como una exhalación por la historia romana. Trajano vivió totalmente despreocupado de la literatura, y de la cultura en general. Hay que llegar a Adriano, que revitalizó el Ateneo fundado por Vespasiano, y él mismo fue algo poeta. Adriano empieza a reinar en el año 117. Pero si pensamos que el libro anterior es del 116, y por otro lado que Adriano entró en Roma en el 118, y que en el 121 se ausentó de la ciudad para efectuar un largo viaje por el Imperio, y que en estos tres o cuatro años fue cuando activó la vida del Ateneo, se puede pensar que el libro apareciera hacia el año 120, e inducir todavía otro punto más importante. Las últimas sátiras de Juvenal, especialmente a partir de la XI, reflejan en el poeta no una gran riqueza, pero sí un cierto desahogo económico. ¿No será que Adriano protegió algo al satírico?
El libro IV (sátiras X-XII) carece de indicaciones cronológicas, pero hay que suponer que se publicó antes del V, y de éste, por otros motivos, hemos hablado ya 52 ; se publicó dentro del bienio 128-130.
Preguntamos por el Sitz im Leben de este Juvenal cuando redacta sus sátiras. Ya notó Friedländer 53 que por lo menos a partir del año 100 la situación económica de Juvenal se había deteriorado, que seguramente el poeta había pretendido en vano un puesto de importancia en la administración civil del Estado, pero que había fracasado en su empeño, y que esto le habría inducido, junto con una tendencia natural y un nuevo gusto literario, a redactar sátiras. Pues conoció por experiencia propia y personal la amarga condición del cliente (I 99-101):
Él ordena al vocero que llame incluso a los descendientes de Troya, ya que también éstos, revueltos con nosotros, infestan el portal.
Y el largo alegato de Umbricio que es la sátira III sobre la dura vida de las clases humildes romanas responde a una experiencia personal. Esto, lo admiten prácticamente todos los investigadores 54 . Pero ha sido Highet quien ha descrito magistralmente la situación 55 . Los tres primeros libros de sátiras reflejan una gran pobreza. Y Marcial lo da a entender cuando, retirado, tras la muerte de Domiciano, a su Bílbilis natal, le escribe invitándole, no sin cierta sorna, a visitarle (Epigramas XII 18):
Mientras tú vagabundeas sin reposo, Juvenal, por la Subura ruidosa, o pisas el collado de la señora Diana, mientras por los umbrales de los ricachones tu vuelo hincha tu toga empapada de sudor, y te fatigan el Celio Mayor y el Menor...,
lo cual es un resumen condensado de las andanzas descritas por nuestro poeta en sus sátiras I y III; la diferencia de situación la da bien la comparación de las sátiras V y XI, que describen lo mismo, una cena, pero la primera con las desastrosas humillaciones a las que que se ve sometido el cliente a quien su patrono ha invitado casi por compromiso, pero estableciendo una feroz discriminación entre sus amigos, los invitados ricos, a quienes atildados criados sirven manjares exquisitos, y los demás, una pobretería chillona, a la que se sirve comida miserable en vajilla más miserable aún, y, por unos servidores, el mejor de los cuales parece un facineroso del que huirías corriendo si dieras con él en plena calle por la noche (V 52-55). En cambio, la sátira XI describe apaciblemente la modesta cena que el propio Juvenal puede ofrecer a un amigo; echamos de ver que posee una pequeña propiedad en Tívoli, algunos esclavos tratados muy humanamente, y unos servidores aseados que sirven en una vajilla rústica, pero digna.
Y esto es lo que, genéricamente, podemos decir de este Juvenal autor de sus sátiras.
III. LA SÁTIRA DE JUVENAL
1. Juvenal como poeta
Como punto de partida del aspecto que ahora nos ocupa puedo establecer el que ya fijé muchos años atrás, el de preguntar por la entidad poética de las sátiras de Juvenal, es decir, si Juvenal es verdaderamente un poeta 56 . Desdeñando posiciones extremas como la de Marmorale 57 , que niega cualquier capacidad poética a Juvenal, de quien dice que es un versificador que aprendió en la escuela las reglas de versificación y que las aplica de manera superficial y sin verdadero espíritu de poeta, se impone la consideración de que muchas generaciones de críticos y de poetas han visto en él un vate verdadero. Poeta, claro está, con sus peculiaridades distintivas, particulares y no genéricas, por las que precisamente su inspiración y su talento poético han sido puestos algo en duda, pero poeta innegable. Hace años intenté demostrarlo por la vía más directa, por vía de análisis, y acotando exactamente mis precisiones 58 . A mi demostración me remito, de la que en todo caso aquí ofrezco un apretado extracto. Cito diversos lugares de Juvenal, entre ellos VI 1-13, III 223-231, III 171-179, XI 60-76... Y del primero, por ejemplo, pretendí hacer ver cómo contiene una magnífica evocación de la vida rústica de los primitivos. En este lugar los rasgos se acentúan con maravillosa potencia creadora, pues una de las virtudes de Juvenal es la de decir lo que en la vida de los hombres y mujeres es normal (a cualquier nivel) de una manera estupendamente realzada, que no es el estilo normal: la huraña esposa y su marido harto de bellotas, la yacija ancestral hecha de hojarasca y de pieles de fiera dentro de la fría oquedad de una cueva o caverna, es algo tan impresivo en su lectura que se nos mete incisivamente en la imaginación. Cuando Juvenal ha compuesto esta escena definitiva no ha escrito superficialmente ni con una pasión retórica y declamatoria, nos ha comunicado su vivencia más íntima en imágenes y versos inmortales. Lo mismo cabe decir de un pasaje bien opuesto en sus características, la admirable y equilibrada descripción de la cena en la sátira XI, en el lugar señalado, en el que no hay ni retórica ni preocupación, diríamos angustia vital. Se trata de un cuadro empapado de la poesía profunda y humilde de las cosas sencillas... Los hexámetros de Juvenal vienen aquí acuñados de noble autenticidad, que transfiere a nuestro espíritu una indecible serenidad. ¡Y podríamos analizar en parecidos términos tantos lugares de las Sátiras!
El mismo Juvenal ha sabido decir muy bien lo que es la auténtica poesía, y quién es el verdadero poeta (VII 52-59):
Pero al poeta egregio, de inspiración no vulgar, que no acostumbra a plagiar y que no acuña un poema banal en versos sin originalidad, a este poeta, del que no puedo mostrar ningún ejemplo y que sólo imagino, lo hace un ánimo libre de ansiedades, que no sufre ninguna amargura, que apetece los bosques y es capaz de beber en las fuentes de las Aónidas.
Ésta es de verdad una espléndida definición de lo que en sí es indefinible: el concepto del verdadero poeta es ideal y sólo se puede llegar a él con un movimiento cordial. Juvenal ha realizado este ideal con frecuencia (además de los lugares ya aludidos), ha logrado eternizar en sus versos la fugacidad de la visión de un instante de gracia poética. Highet señaló con agudeza cómo la originalidad de Juvenal, ésta de la que él mismo habla, consiste en hacer síntesis poderosas y sorprendentes de elementos tópicos y tradicionales 59 .
La cuestión de la capacidad poética de Juvenal se ha de plantear en sus términos justos. Las posiciones unilaterales de aceptación o de rechazo total desde un punto de vista poético tienen un fundamento de las Sátiras: al lado de momentos en que la inspiración de Juvenal es noble y elevada, hay instantes de desfallecimiento y de prosaísmo vulgar. Los detractores de la personalidad poética de Juvenal se han fijado sólo en esto último; sus partidarios entusiastas, sólo en los instantes de estado de gracia poética. Pero que Juvenal en muchos pasajes es lo que modernamente se ha dado en llamar «poesía pura», un poeta auténtico y genial, esto no puede en modo alguno ponerse en duda.
Pero es posible perfilar y concretar más la cuestión. Juvenal es un poeta satírico, es decir, cultivador de un género de inspiración en la que confluyen elementos oratorios, polémicos, filosóficos y líricos incluso. Pero a Juvenal le falta congénitamente una capacidad de emoción lírica, la inspiración alada, las «aladas palabras» de que tantísimas veces habla la epopeya homérica. Pero a pesar del género, que en sí puede no resultar poético, y de su natural incapacidad lírica, Juvenal es un poeta satírico, un gran poeta satírico. Porque la forma o el género literario no cuentan, son elementos casuales y externos: lo que hay que mirar es si en estas formas, en este género, el poeta ha sido capaz de introducir poesía genuinamente tal, en nuestro caso satírica. Luego veremos más demoradamente que sí. La innegable formación retórica y la tendencia de Juvenal a la declamación pueden obstruir algo su inspiración poética, pero jamás anularla.
El impacto y la eficacia poética del poema responden también al elemento formal que es la composición, que en principio debe ser armónica y equilibrada. Esto se consigue tanto más fácilmente cuanto más breve sea el poema; la maravilla de muchos sonetos de Quevedo y de Góngora estriba en la prodigiosa distribución de su material poético.
Si la sátira de Juvenal es novedosa en cuanto es una confrontación directa con la realidad circundante, no lo es menos porque se aparta radicalmente del elemento que en buena parte la inspira, la poesía epigramática de Marcial; quiere ser una ampliación de ella, y además una proyección de la sociedad, hecha no con gracia y a veces con humor picante y chocarrero, sino con furia y con rabia; además Juvenal pretende poner su sátira en parangón con la poesía épica, la trágica y con la creación oratoria, también ello una profunda y radical novedad. Juvenal se separa también fundamentalmente del espíritu y del estilo de la sátira horaciana. Ahora bien, uno de los problemas de los poetas épicos y trágicos, también de los oradores, es que deben controlar una masa muy amplia de material. Horacio fue consciente de la dificultad, y formuló lo que podríamos llamar «ley de la sátira» 60 del satírico se espera que sea moralmente responsable, y que opere según las leyes del género. Además, podemos deducir una serie de regulaciones que definen la sátira como poesía (hexamétrica) que ridiculiza el vicio y la estupidez en un estilo basado en una conversación educada, elevando este estilo cuando el tema parezca requerirlo. Y Horacio, en su propia sátira, ha cumplido su programa. En sus sátiras las divisiones estructurales representan habitualmente fases de un argumento progresivo. También oradores, poetas épicos y dramáticos ponderan y disponen su material de manera armónica y equilibrada, coherente, porque la unidad del todo colabora decisivamente a la impresión de perfección que da la obra poética.
Pues bien, esto en Juvenal ocurre poco. En sus sátiras echamos de ver muy al principio el pensamiento que va a vertebrarlas, y luego sigue una variopinta y poco proporcionada ilustración de sus tesis. A Juvenal se le ha reprochado desde siempre una composición deficiente, ocasionada en buena parte por digresiones, a veces extensas, que no vienen nada a cuento con el hilo principal de lo que se dice. En ello hay que reconocer que esta vez la crítica lleva razón. Y aquí sí que hay un perjuicio de la verdadera poesía. Sorprende, sin embargo, que un editor tan minucioso y competente y que trabajó tan a fondo Juvenal, se muestre desde esta perspectiva tan frío y distante como Friedländer: son tantos los lugares de su libro en que increpa desdeñosamente al satírico su indiferencia hacia las cuestiones de forma y su falta de equilibrio y armonía en la composición, que llevaría tiempo y espacio innecesario reseñarlos 61 . Años más tarde Schanz señala con ironía 62 que es curioso que el satírico, que tan bien asimiló la retórica en la escuela, no aprendiera allí la composición del todo, pues una coherencia íntima de las partes se encuentra en él raramente. Muy recientemente, Rudd ha insistido en lo mismo 63 y Highet, cuyo libro es el más importante que se ha escrito sobre Juvenal en los últimos cuarenta años, acepta también este reproche con alguna salvedad 64 . Juvenal no estaba radicalmente incapacitado para componer a la perfección con equilibrio en las partes, como lo demuestra la pequeña joya que es la sátira IX, pero su impulso más subjetivo y personal le llevaba normalmente por otros derroteros.
Yo pienso que probablemente la mescolanza que originariamente es la sátira se proyecta demasiado en la de Juvenal, pero que se debe hacer la observación importante de que con frecuencia la sátira juvenaliana no es un cuadro poético, sino una suma de ellos, y que cada uno brilla con su propia luz. Si una sátira es o no en sí una unidad perfectamente equilibrada y coherente ello debe afectar poco a su calidad poética, es decir, su esencia poética resulta poco afectada. Cuando tratemos de la poesía de Juvenal en cuanto satírica saldrán objeciones de más fuste.
2. Juvenal, observador de la realidad y de la historia
Sean cuales fueren los años del nacimiento y de la muerte de Juvenal, lo cierto es que nació durante el imperio de Nerón, que vivió la época de los emperadores de la dinastía Flavia, Vespasiano (69-79), Tito (79-81) y Domiciano (81-96), que vivió íntegramente el breve imperio de Nerva (96-98), el de Trajano (98-117), y que murió durante el imperio de Adriano (117-138). De manera que para él el imperio de Nerón representó su infancia, el de Vespasiano, el de Tito y el de Domiciano una adolescencia y una juventud que ya pudo ser inicialmente creadora, y el de Nerva y el de Trajano una plena madurez que le asiste en la creación de su obra satírica.
Esta obra de Juvenal se propone ofrecernos una visión del mundo que le rodea más personalmente, el de la ciudad de Roma. Sus alusiones son siempre, y especialmente en las nueve primeras sátiras, a la época, en la urbe, que le es estrictamente contemporánea. Su sátira I se abre con el ridículo espectáculo, que le toca vivir, de los poetas y dramaturgos que recitan públicamente en pleno verano por las calles y los pórticos de Roma (I 1-13). Sigue el espectáculo del repugnante séquito del jurista Matón (I 30-35) y la reseña de la vieja tan rica como libertina que distribuye su dinero en razón directamente proporcional al vigor amoroso de sus diversos amantes (I 37-41). Lo mismo cabe observar en la sátira II, la primera de las dos que el poeta dedica a los homosexuales, citando a los más conocidos de su Roma y describiendo las orgías que, trasunto de las fiestas de la Buena Diosa que celebraban las mujeres, celebran los afeminados ricos de su entorno (II 82-107). El largo monólogo de Umbricio que es la sátira III nos detalla con pelos y señales la triste situación de la menestralía romana. La sátira IV es una ruptura del sistema, una solución de continuidad, pues nos retrotrae a la época de Domiciano, y además nos desplaza de Roma a Alba Longa, la primitiva capital del Lacio; allí Domiciano tenía un palacio en el que se desarrolló el ridículo consejo de ministros que forma el cuerpo de la sátira. Pero la siguiente, la quinta, es el retorno al uso omitido. Juvenal retoma en ella el tema de la institución tan romana de la clientela, ya tocado en las sátiras I y III, para concretarlo en la descripción de la cena vergonzosa ofrecida por el rico y afeminado Virrón a sus clientes pobres, para reírse a su costa y ahondar en su humillación. La sátira VII nos cuenta las miserias de los intelectuales romanos, la IX, las desdichas grotescas de un afeminado que pretende vivir, sin conseguirlo, de su repugnante condición.
Pero en el final de la sátira I encontramos un quiebro. Efectivamente, después de alardear de una omnímoda libertad en el fustigamiento de los vicios, ante la propuesta dificultad de la dura venganza por parte de los atacados, el satírico declara que se meterá sólo con aquellos que ya son polvo y ceniza, es decir, que han muerto (vv. 153-156 y 170-171):
¿De quién no me atrevo a decir el nombre? ¿Qué importa que Mudo Escévola perdone o no mis dichos?
Representa un Tigelino, y arderás, antorcha viva, como los que de pie, con el pecho clavado en un palo, no son más que fuego y humo.
... En tal caso probaré qué se puede decir de aquellos cuyas cenizas están cubiertas por la Vía Flaminia y por la Vía Latina.
Juvenal publica, que no escribe, su primer libro de sátiras hacia el año 110, y en todo caso no anteriormente al año 100; además, por razones de crítica interna, se puede pensar que ésta que encabeza su colección de sátiras no fue la primera que escribió, por lo que podría ser la proyección de algunas o de todas las restantes del libro I. Y siempre nos movemos en el imperio de Trajano. En esta época la libertad de expresión en la ciudad de Roma era muy amplia, por no decir total. ¿A qué vendría, pues, esta limitación que Juvenal se impone?
Lo primero que cabe pensar es que la redacción de estas sátiras es muy anterior, que responde a muchos años atrás, y que ahora una revisión a fondo de ellas habría supuesto a su autor una remodelación tal que habría sido escribirlas de nuevo de cabo a rabo, y que el satírico renunció a ello.
Pero el núcleo del interrogante continúa: ¿por qué esta autolimitación? La cosa es tan extraña que Rudd llega a decir que es sencillamente inexplicable 65 . Sin embargo, no podemos desembarazarnos tan cómodamente de la cuestión. Algo debe de haber. Los tres primeros libros de sátiras de Juvenal (I-IX) dan la impresión de haber sido compuestos con un miedo permanente 66 y de pertenecer a una época en que el contexto político y social urbano de Roma era de opresión y de tiranía. En consecuencia, las sátiras que Juvenal compusiera entonces tendrían el doble juego que Highet llamó acertadamente anacronismo en el sentido estricto de la palabra, pero no en el amplio 67 : la ilustración y amonestación de hechos presentes y actuales mediante ejemplos cuyos protagonistas fueran lo suficientemente alejados en el tiempo como para no levantar sospechas de alusiones personales molestas y zahirientes. Juvenal conocería como recuerdos de su niñez o quizás por haberlo oído contar de tiempos aún más pretéritos, hechos repugnantes y crímenes de la época de Nerón y de las anteriores, como la caída de Seyano, con el consiguiente linchamiento por parte de las masas, del valido del emperador Tiberio, en el año 31. Quizás Juvenal pensara que estos ejemplos del pasado con clara repercusión en el presente no pierden eficacia 68 , o quizás vivía tan obsesionado por el recuerdo de la mala época que representó el reinado de Domiciano que concentró en él todo su furor, que luego se irradia potencialmente al mundo que le circunda. Así Highet 69 . O quizá busque ejemplos donde los encuentre mejores, y sea en la época de Domiciano. Difícilmente se encuentran otras razones.
De hecho, éste es otro defecto de la obra de Juvenal, pues este contraste entre la rabiosa actualidad de las escenas anónimas que describe y el vapuleo correspondiente retrotraído a personajes como mínimo de cincuenta años atrás, resta efectividad a su diríamos predicación. En la sátira II, en su misma apertura, Juvenal se mete con dos homosexuales muy conocidos en la Roma de su tiempo, un tal Varilo y un tal Peribomio, y luego, para poner en solfa a Varilo y a otro de la misma ralea llamado Sexto, que se las da de predicador de buenas costumbres, pone nada menos que el ejemplo de Domiciano, o sea, por lo menos treinta o treinta y cinco años atrás, que dictó leyes muy duras contra el estupro y el adulterio al tiempo que su sobrina Julia, hija de su hermano y sucesor en el imperio, Tito, quedaba embarazada de él y moría por los abortivos que él mismo le había mandado tomar. La disfunción del ejemplo es clara, y en la obra del satírico, en las nueve primeras sátiras, ello es bastante corriente, y debe achacársele como claro defecto de fondo en su concepción general de su producción satírica.
Lo que a todas luces no se puede hacer es desleír la densidad de la sátira juvenaliana como recientemente lo ha hecho Rudd, quien declara que, por lo que atañe al imperio de Domiciano, no es tan fiero el león como lo pintan, que no hay para tanto. Dice que su figura fue bastante apreciada, principalmente en el ámbito de fuera de Roma, y aun dentro de la misma ciudad. En consecuencia, la posición de Juvenal, de limitarse a alusiones a su reinado como época de terror es injustificada e injustificable, es un mero artificio literario, concluyendo que cualquier gobernante, por el mero hecho de serlo, está en el punto de mira de cualquier autor satírico 70 . Esta posición destruye definitivamente la fuerza de la poesía de Juvenal al conferirle una industriosidad esencialmente arrasadora, arguye en él insinceridad y aplique manual y forzado en detrimento de su verdadera capacidad directamente creadora. Desde otra perspectiva, esta posición no está muy lejos de la reseñada de Marmorale, y parece como si Highet, unos treinta años atrás, hubiera intuido este desgraciado ataque, porque respondió a él como si éste se hubiera hecho a medida de tal previa defensa 71 . Apunta el sabio inglés, en primer lugar, que jamás podría tacharse a Juvenal de falsario, pues los hechos históricos a que alude vienen siempre confirmados por otras fuentes historiográficas muy de fiar. Además, los hechos, en su dimensión de barbarie, no han sido exagerados por Juvenal; la historia, la inmediatamente posterior a él, los gobiernos de Cómodo y de Heliogábalo, por ejemplo, y toda la subsiguiente, hasta el terror de la Revolución Francesa y el de la Alemania nazi, conoce casos infinitamente peores, posibilitados atrozmente por los avances de la técnica. Los casos horrorosos descritos por Juvenal no sobrepasan los límites atendibles de la bestialidad humana. Tampoco por aquí Juvenal es falsario.
Y por lo que hace al gobierno de Domiciano, hay un testigo de excepción, amén de otros, que confirma al cien por cien la imagen que de él nos da Juvenal: se trata del historiador Tácito. También él refleja el clima de terror que oprimió la ciudad de Roma mientras el tirano vivía, como vivió casi siempre, en su dorada fortaleza de Alba Longa, la primitiva capital del Lacio. Fue la gran época de los delatores; las ejecuciones y en el mejor de los casos los destierros, estaban a la orden del día. Los asistentes al ridículo consejo de ministros descrito por la sátira IV se asustan incluso a la voz del esclavo liburno que les advierte que el Emperador ya les aguarda impaciente. ¡Pues cómo no iban a temer cualquier capricho del déspota! Ellos y toda la ciudad de Roma. Tácito confirma totalmente el clima en que se mueven las sátiras de Juvenal.
De modo que un anacronismo que descentra algo la visión poética de Juvenal se debe aceptar como existente, pero jamás como interpretación interesada por parte del satírico; ello falsearía radicalmente la intencionalidad de su sátira.
Si como observador de la historia debemos estar algo en desacuerdo con nuestro poeta, todo lo contrario ocurre cuando le consideramos como observador de la realidad 72 . En ello no hay quien le supere en toda la historia de la literatura latina, es un verdadero maestro. Su ojo avizora espléndidamente los detalles más eficaces: los lóbulos de las orejas de la mujer penden en tensión hacia abajo por el peso de los colgantes de perlas que lleva, para puntualizar a continuación que nada hay más intolerable que una mujer rica (VI 458 y ss.). La infidelidad de una esposa es delatada al marido por sus orejas acaloradas (XI 189), y el pobre civil que se enfrenta en un pleito contra un soldado ante un tribunal compuesto por militares, tiene delante las musculosas pantorrillas de los soldados puestas encima de los grandes bancos de los espectadores (XVI 14). Con frecuencia la entidad de las escenas viene vitalizada por un toque de fantasía, y las cosas abstractas o inanimadas cobran existencia personal. «¿Dónde duermes ahora, Ley Julia?» (II 37), clama un protagonista del principio de la sátira II, que se revuelve airada contra los homosexuales moralizantes. Las ventanas parecen esperar abiertas al viandante que es lo suficientemente incauto como para pasearse por Roma por la noche, con el peligro de que le caiga lo que sea en la cabeza (III 275), el jabalí asado parece espumajear en la parrilla tal como el jabalí vivo de Meleagro (V 115), la figura de una estatua ecuestre parece que vaya a disparar su lanza (VII 128), una bolsa repleta de dinero «crece con su boca atiborrada» tal como crece la codicia del que la posee (XIV 138). Tan elogiado como ha sido Juvenal como satírico, aún debiera haberlo sido más por su poderosa imaginación poética, de fuerza evocadora inigualable. Desde este punto de vista jamás será bastante conocido.
De Nerón y Domiciano a Trajano y Adriano, Juvenal vivió un verdadero cambio de época en lo político y en lo social. Y tal como Tácito fue el único historiador capaz de relatarlo con objetividad pasmosa, Juvenal, lejos del afectado optimismo de Plinio el Joven que describe la época de Trajano, fue el único poeta que encontró el tema y el tono exactos, que encajaban a la vez con los condicionamientos políticos y sociales de la época que fundamentalmente describió. De ahí su valor imperecedero.
3. La cuadratura del círculo
Por lo que vemos, Juvenal se aparta decididamente de la sátira de Horacio y de la de Persio, no podemos ver hasta qué punto se separa de la de Lucilio por el deficiente conocimiento que tenemos de ésta. Y por opuesto que su genio poético sea al de Virgilio, no hay duda de que profesó una admiración sin límites hacia la poesía del mantuano, que más de una vez suena como eco o trasfondo en los irónicos contrastes entre el mundo ideal imaginado de la poesía heroica o pastoril y la sucia realidad del mundo circundante que la sátira juvenaliana describe: un aliento épico o bucólico, en el primero de los casos algo por vía de declamación.
Sabido es que el humanista Justo Escalígero llamó a la de Juvenal «sátira trágica», y con esto la inscribió, seguramente más de lo que él mismo pensara, en el ámbito de la tragedia, de la de Sófocles y aun más de la de Eurípides, centrada ésta en la lóbrega descripción del sufrimiento humano. Aunque a quien cita expresamente Juvenal es a Sófocles (VI 634-637); se refiere a crímenes horrendos que acaba de relatar:
¿No será todo esto algo fingido, como si la sátira hubiera asumido el sublime coturno, y que yo, excediendo las normas y los límites de mis predecesores, versifico al estilo de Sófocles un gran poema desconocido bajo el cielo del Lacio, extraño a las montañas rútulas?
En esta órbita se inscribe la sátira de Juvenal, épica, tragedia, oratoria, como un cuarto elemento muy equidistante de ellas. Ésta es su novedad más radical. Que se debe, sin embargo, también a otros aspectos aún más inapelables.
Al principio de esta introducción general dimos una visión diacrónica de la constitución, en lo esencial, del género satírico; ahora estamos en condiciones de dar de él una visión estructural, sincrónica. La que en el año 1795 diera Schiller sigue en plena validez, y sospecho que el dramaturgo y teórico de Marbach la dio a la vista, más que de otra, de la sátira precisamente de Juvenal, por más que él cita a otros autores; de ser así tendríamos lógicamente una especie de petición de principio, pero ello no invalida en absoluto la teoría propuesta por Schiller, tanto porque se apoya también en otros autores como porque andarse con estas zarandajas con un crítico de la talla del romántico alemán es buscarle tres pies al gato. Schiller dice así:
En la sátira se oponen por un lado la realidad sentida como deficiente y el ideal percibido como verdad suprema. Por lo demás, no es en absoluto imprescindible que ésta última venga declarada, si el poeta sabe despertarla en el ánimo, mas esto ha de hacerlo como sea, so pena de renunciar al efecto poético. O sea que aquí la realidad es un imprescindible objeto de rechazo, pero todo depende de que este rechazo brote del ideal contrapuesto... De manera que la sátira patéticá 73 debe fluir siempre de un ánimo penetrado vivamente por el ideal. Sólo un impulso dominante hacia la coherencia puede y debe engendrar el profundo sentido de las contradicciones morales y la espléndida desafección contra la inversión moral que en Juvenal, en Swift, en Rousseau y en Haller, además de otros, se convierte en entusiasmo 74 .
Pues bien, esta oposición de realidad y verdad ideal aflora por primera vez en toda la sátira latina en Juvenal, junto con la pasión por la utopía de la perfección. El poeta ha prescindido de la mitología y la ha sustituido por una confrontación directa con la realidad viva y actual; ya comprobamos como lo hizo con enorme vigor expositivo. De modo que Juvenal se ajusta al cien por cien a este esquema operante de poesía satírica propuesto por Schiller. Efectivamente, en vano buscaríamos en sus sátiras la formulación expresa y abstracta de unos principios morales de conducta, pero éstos se nos dan múltiplemente por contraposición inductiva: de una serie de ejemplos, a veces propuestos con un cierto caos, concluimos lo que debe y no debe ser.
Entonces, la pregunta es obvia: ¿Juvenal, es un moralista o un predicador? El último que se ha manifestado sobre ello declara muy cautamente que si bien en sus sátiras, y especialmente en las últimas (las más flojas, apostilla), asume un tono moral elevado, si al satírico le interesa hurgar en la conducta humana no es tanto porque sea malvada como porque sea sórdida, vulgar y molesta. «Por encima de todo» —escribe Jenkins, pues de él se trata— «Juvenal es un observador de la sociedad que combina la precisión de la observación y la imaginación. No debemos acudir a él en busca de sabiduría; él no pretende hacernos sabios 75 ». Esta posición frente a Juvenal no es totalmente justa.
Al mismo tiempo que Jenkins, Rudd había sido más concluyente 76 . Se opone a la tesis más general de que Juvenal ha de ser tenido por predicador, y alega que no lo pudo ser por su convicción, certera por lo demás, de que el deterioro moral de Roma era irreversible. La única ética posible en el satírico era el inconformismo, mostrar su esencial desacuerdo con la situación. Una posición límite, evidentemente, desde su perspectiva. También Highet afirma el profundo pesimismo de Juvenal 77 . Pero Rudd va más allá. A propósito de la sátira VI dice que en ella hay demasiada comedia como para tomarla en serio, pero también demasiada gravedad como para tomarla en broma; la tercera vía para él es que toda la sátira de Juvenal busca un entretenimiento provechoso. Nada más. La cuestión de la moralidad de Juvenal queda obviada, pero la misma sátira definitivamente trivializada.
A esta trivialización colaboraría el hecho de que, entre sus contemporáneos, Juvenal sólo hostiga a personas que le son inofensivas. ¿Qué interés moral puede tener en ello?
Años atrás, mucho más dura había sido la posición de Marmorale 78 . Para él, en la célebre indignación de Juvenal hay un mal disimulado rencor, una envidia sorda ante la prosperidad de los demás. De ello deriva en algunas partes de su sátira un cierto teñido de humanismo, que ha hecho incluso que haya quien vea en Juvenal algo así como un socialista de la época. Pero en realidad esto era lo más alejado de su mente y de su alma, va desgranando Marmorale, y si alguna vez da la sensación de ser humano, la da por contraste. Así, la verdadera definición del estado de ánimo de Juvenal no es la del moralista, sino la de un observador apasionado y exacerbado de la vida de sus semejantes, que le irritan y que él quiere irritar, es el desahogo de un desheredado que pretende esconder detrás de unas razones de moralidad un estado de ánimo que nada tiene que ver con el de un moralista.
Ha salido el tema de la indignatio. Hacia la mitad de su programática sátira I (vv. 79-80) hay los celebérrimos versos:
Si natura negat, facit indignatio versum
qualemcumque potest, quales ego vel Cluvienus.
Y, efectivamente, el rasgo más conocido de Juvenal es el de su indignación. La última interpretación que ha salido de este lugar es absolutamente novedosa e inaudita; se debe a Jenkins 79 . Hasta ahora en todas las explanaciones de estos dos versos claramente enlazados en una unidad de intención, eran explicaciones en que, por lo menos en general, se consideraba capital sólo el primero de ellos, y el segundo como un apéndice del que se podía incluso cómodamente prescindir. Si la indignación es verdadera y sincera o no, esto ya es otro cantar, pero para todos los comentaristas lo esencial era el primer verso, y algo muy secundario el segundo: la situación en Roma era tan mala, que un verso te salía siempre, compuesto ya por la naturaleza ya por la indignación. Pues bien, Jenkins defiende que el segundo verso es como mínimo tan importante como el primero en el conjunto de los dos, ello si no lo es más, porque señala en toda su complejidad el contexto íntegro en que escribe Juvenal. Éste ha limitado, muy voluntariamente, desde luego, la temática de su sátira: el deterioro moral de la Roma de su tiempo; a todos los niveles la sátira de Juvenal es una burla de la Roma de esta época. Cuando Juvenal escribe: «Si la naturaleza te niega el verso, te lo hace la indignación, sea el que sea, como los míos o los de Cluvieno» lo que significa es que el género poético que la burla produce es muy pobre. Es decir, Juvenal declara sus limitaciones como satírico. Pero ni éstas ni su voz, áspera y amarga, están reñidas con el esplendor de su dicción, muy al contrario, son la verdadera esencia de este esplendor. En el mejor de los sentidos, ésta es una salida de tono muy digna de atención, y que debe examinarse a la luz de toda la sátira juvenaliana, pero su formulación es tan reciente que no creo que hasta ahora nadie haya acometido esta tarea.
De manera más somera, hay una teoría de estudiosos que se agrupan en torno a la posición señalada de Marmorale. No tan acremente, niegan sinceridad a esta indignación. Schanz afirmó 80 que es simplemente una ficción aprendida en la escuela de retórica; Rudd establece 81 que responde a prejuicios, que se ve aupada por el ingenio retórico, pero que muchas veces desemboca en una frivolidad amoral, y aduce el texto de la sátira III en que, después de oponer los griegos sicofantas a los honestos romanos, añade (vv. 92-93):
todo esto, también lo podemos alabar nosotros, pero el crédito se les otorga a ellos,
observación que destruye la antítesis que esforzadamente hasta ahora había construido. Y cita bastantes lugares más que aduce como paralelos.
Dejando aparte que la exégesis que Rudd hace del lugar me parece equivocada, establecí hace ya años que la indignación de Juvenal es sincera y que no destruye la fluencia de la verdadera poesía 82 . Empecemos por el segundo aspecto. Si la poesía es, entre otras cosas, la transmisión de una vivencia sentida idealmente y acuñada en versos penetrantes, la indignación puede ser un ingrediente de ella, y no una inhibición. Éste es el caso de Juvenal. Su visión no es material y anónima, siempre es la suya, muy íntima, con características tales que señalan al instante su personalidad. Cuando Matón se pasea por las calles de Roma, Juvenal ve en ello una verdadera provocación a la ira: nos hace contemplar sarcásticamente la indigna obesidad del jurista, que le hace ocupar por entero una litera de dos plazas, y el abominable cortejo que le escolta (I 32-35). En otra secuencia de la misma sátira un marido consiente e incluso contempla el adulterio de su propia mujer, porque extrae de ello sus buenos dineros (vv. 55-58):
cuando el lenón cuya esposa es legalmente inhábil para heredar acepta los bienes del adúltero, y es hombre diestro en contemplar el techo, diestro en roncar con la nariz despierta y pegado a la copa...
Ambas visiones son profundamente personales y radicalmente ciertas en su mordacidad e indignación. Y hay que decir que éste es el Juvenal más auténtico, el de la indignación, que le aísla y le confiere su singular personalidad en las letras latinas.
Como conclusión quiero acogerme a unas palabras de Knoche que para mí son definitivas 83 :
(Juvenal) no fue hombre que huyera a las regiones de la mitología, que es lo que hicieron otros muchos poetas de su época. Declara que la cólera y la indignación son los resortes de su poesía satírica, y estos resortes son fuertes y auténticos. No se hace justicia ni a la actitud ni a la creación poética de Juvenal cuando se le quiere liquidar diciendo que es un declamador. Pues si lo fuera no se identificaría con su tema, y sus manifestaciones tendrían sólo el valor de un virtuosismo. Pero la poesía de Juvenal quiere ser una confesión, el poeta siempre se identifica con su tema. Más bien se le podría reprochar incluso un exceso de identificación, no lo contrario. Porque sus temas le aprisionan, y con frecuencia sólo a duras penas consigue distanciarse de ellos y trascenderlos. Aquí radica la poderosa fuente de su fuerza expositiva.
Quizás la posición de Knoche sea demasiado simple; Juvenal quizás sepa distanciarse más de su obra, y no ser tan expositivo como Knoche pretende, pero su análisis es inteligente y se aproxima más al ethos de Juvenal que las actitudes recientes de Rudd y (quizás) de Jenkins. Juvenal es un satírico, no un moralista, pero ello no rebaja la fuerza de su convicción ni la categoría de su pensamiento. Es sincero, auténtico y profundo, y en nada se puede rebajar su valor.
Por aquí se explica también, por la tesitura básicamente satírica, una deficiencia que Highet señala con acierto 84 . Alguna vez Juvenal mete en el mismo saco crímenes horrendos y fruslerías insignificantes. Por ejemplo, en la sátira VIII, vv. 215-220, compara a Nerón con Orestes, responsables ambos de matricidio. Pero Nerón es infinitamente peor, arguye Juvenal, porque... Orestes jamás se atrevió a componer poemas ni a actuar como actor en la escena. Peccata minuta, evidentemente, pero no desde la perspectiva de un romano, para quien un emperador disfrazado de mimo y actuando en escena era una vileza repugnante. El rigor de la sátira equipara ambos extremos.
Queda un último aspecto por dilucidar, y en ello voy a diferir radicalmente de cómo lo hice treinta años atrás 85 . Juvenal tiene pasajes muy obscenos, descripciones de depravaciones sexuales que hieren verdaderamente el pudor. No es la suya una lubricidad que si se afinara y se potenciara con delicadeza desembocaría en la gracia, como es el caso muchas veces de Marcial; en todo caso, si se hiciera con los textos de Juvenal se desembocaría en la catástrofe y en la ruina de una vida. Da lo mismo. Yo lo justifiqué hace treinta años diciendo que Juvenal no se puede poner en todas las manos (y esto sigo afirmándolo todavía) y añadiendo que aquí actúa la exigencia irreprimible de llegar al fondo de las cuestiones, y que la vergüenza que deben engendrar tales protagonismos es un revulsivo eficaz para determinadas situaciones. Hoy no pienso exactamente así. Ya el humanista Heinsio 86 señalaba: «¡Vaya torpeza e indignidad defender la castidad con textos que un casto no puede leer!». Heinsio señaló la buena dirección, pero no llegó al final. Desde nuestra perspectiva este aspecto de Juvenal es tan inexplicable como antes. Aquí el satírico tenía menos fronteras que en otras partes. Desde su mentalidad no podía intuir límites. Nosotros sí, por descontado desde otro enfoque. Abro el Libro y leo, Mt. 5, 8: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
MANUEL BALASCH
Cornellá de Llobregat, 8 de febrero de 1990.
1 Además de en sus lugares de origen, estos textos se pueden leer fácilmente en otros lugares, pues los estudiosos del tema los citan en su tenor literal. Últimamente M ICHAEL C OFFEY , Roman Satire, Londres Nueva York, 1976 (desde ahora C OFFEY , Satire), págs. 12-13 para el texto de Diomedes, pág. 13 para el escolio de Horacio y págs. 18-19 para el texto de Tito Livio. Posteriormente han dado el texto de Diomedes, ciñéndose sólo a lo fundamental, sin aislarlo y esparciéndolo en el cuerpo de su redacción, E. J. K ENNEY -W. V. C LAUSEN , The Cambridge History of Classical Literature. II Latin Literature, Cambridge, 1982 (desde ahora K ENNEY -C LAUSEN , Latin), que citan también fugazmente el texto de Tito Livio sin reproducirlo.
2 U LRICH K NOCHE , Die römische Satire, Berlín, 1949 (desde ahora K NOCHE , Satire ), pág. 11.
3 Ibidem, págs. 8-13.
4 C OFFEY , Satire, pág. 13.
5 Ibidem, pág. 13-14.
6 A UGUSTO R OSTAGNI , Storia della Letteratura Latina, I, Turín, 1949 (desde ahora R OSTAGNI , Storia) , pág. 59.
7 K NOCHE , Satire, pág. 12.
8 C OFFEY , Satire, pág. 17.
9 D. J UNII I UVENALIS , Satirae cum commentariis Caroli Frid. Heinrichii, vol. II, Bonnae, MDCCCXXXIX (desde ahora I UVENALIS Satirae Heinrich), pág. 8.
10 K NOCHE , Satire, pág. 8.
11 Ibidem, págs. 9-10.
12 C OFFEY , Satire, págs. 19-20.
13 Pero R OSTAGNI , Storia, págs. 58-59 y principalmente pág. 61, cree en la validez del testimonio de Tito Livio y en la existencia de una sátira dramática anterior a la obra de Ennio, y da más relevancia a la influencia directa de elementos griegos en la constitución de la sátira romana.
14 U LRICH V . W ILAMOWITZ -M ÖLLENDORF , Griechische Verskunst, Berlín, 1921, pág. 42, nota 1.
15 K ENNEY -C LAUSEN , Latin, págs. 160-162.
16 Yo mismo hace treinta años que toqué someramente el tema en J UVENAL , Sàtires, Fundació Bernat Metge, text revisat i traducció de Manuel Balasch, pvre., Barcelona, 1961, págs. 12-13. Pero cf. D. J UNII J UVENALIS Saturarum libri V mit erklärenden Anmerkungen von Ludwig Friedländer, Leipzig, 1895 (reproducción fototípica Amsterdam, 1962; desde ahora J UV . Friedländer), págs. 4-5 y 14-15; R OSTAGNI , Storia, II, págs. 506-510; K NOCHE , Satire, págs. 88-89; J UVÉNAL , Satires, texte établi et traduit par Pierre de Labriolle et François Villeneuve, París, 1951, págs. VI-VIII; G ILBERT H IGHET , Juvenal the Satirist, Oxford, 1954 (desde ahora H IGHET , Juvenal), págs. 32-36.
17 Dejó de interesar probablemente porque los gustos cambiaron profundamente. Creo que se puede proponer un ejemplo totalmente válido, actual, que ilustra bien lo que debió de ocurrir. Hoy ninguna persona medianamente culta ignora la obra del poeta Ramón de Campoamor, pero lo cierto es que no interesa a nadie, y que resulta altamente improbable que críticos, novelistas o poetas actuales lo citen; solamente ocupa su lugar en la historia de la literatura. Lo mismo pasaría con la obra de Juvenal. Con el agravante de que en su tiempo no se escribían historias de la literatura.
18 Cf. H IGHET , Juvenal, pág. 233, nota 2.
19 Ibidem, pág. 183.
20 Sin citarlo, como hacía con todos sus predecesores. Cf. en Revista Catalana de Teologia XIV (1990): In medio Ecclesiae, Miscellània Homenatge al Dr. Isidre Gomà, págs. 511-515, mi artículo «Sant Jeroni, lector de Juvenal».
21 Epístola 138, Migne PL 33.532; el lugar citado de Juvenal es VI, 16.
22 J. D ÜRR , Das Leben Juvenals, Leipzig, 1888.
23 D. I UNII I UVENALIS Satirae, Berlín, 1851.
24 Hoy se puede leer en J UV . Friedländer, págs. 3-4, y en la edición oxoniense A. P ERSI F LACCI et D. I UNI I UVENALIS Saturae, edidit W. V. Clausen, Oxonii, MCMLIX, pág. 179.
25 Puede verse en J UVENAL , Sàtires, I, Balasch, pág. 10.
26 El texto de esta segunda inscripción puede verse en H IGHET , Juvenal, pág. 243.
27 Son bastantes los estudiosos que se ocupan del tema, pero dependen mucho unos de otros. Lo fundamental se encuentra en J UV . Friedländer, págs. 14-15, y principalmente en H IGHET , Juvenal, págs. 32-39.
28 Ad mediam fere aetatem.
29 H IGHET , Juvenal, págs. 11-12.
30 Sin razonar sus afirmaciones, pues el libro es genérico, denso y concentrado, K ENNEY -C LAUSEN , Latin, págs. 603 y sigs., niegan la coincidencia del Juvenal de la inscripción con el autor de las sátiras, afirman que fue de familia humilde y quizás de ascendencia hispana (por el nomen Junio). Pero esta posición singular no parece encontrar eco. Digamos sin embargo, en honor a la verdad, que este es un libro muy profundo, sólido y objetivo, sin duda lo mejor que se ha escrito en historia de la literatura latina como obra de conjunto desde hace mucho tiempo.
31 J UVENALIS Satirae, Heinrich, págs. 19-20; J UV . Friedländer, pág. 133, notas a los vv. 14, 15-17, 15, 16; H IGHET , Juvenal, pág. 5 y pág. 234, nota 4; J UVENAL , Satires, Labriolle, págs. VII-XI; N IALL R UDD , Themes in Roman Satire, Londres, 1986 (desde ahora R UDD , Themes), págs. 33-34.
32 J UV . Friedländer, pág. 16, lo da como cierto; no con tanta certeza H IGHET , Juvenal, pág. 238, nota 22.
33 R OSTAGNI , Storia II, pág. 446, pero Friedländer ( J UV . Friedländer, pág. 16) dice que el 93.
34 No se opone a este lugar el de XV 106, «a nosotros nos enseñan mejor los preceptos de Zenón», pues aquí se trata de normas muy generales de moralidad, accesibles a todo el mundo.
35 R UDD , Themes, l. c.
36 R OSTAGNI , Storia, II, pág. 507; H IGHET , Juvenal, págs. 34-35.
37 J UV . Friedländer, págs. 16-18; H IGHET , Juvenal, págs. 34-36.
38 Cf. la nota 52 de la sátira XIV.
39 Cf. la nota 46 de la sátira VII .
40 J UV . Friedländer, págs. 17-18; H IGHET , Juvenal, págs. 28-29.
41 Cf. págs. 34 ss.
42 J UV . Friedländer, págs. 18-19; H IGHET , Juvenal, págs. 35-36; ésta es la bibliografía principal, cf. además R OSTAGNI , Storia, II, pág. 507.
43 J UV . Friedländer, págs. 42-45; K NOCHE , Satire, págs. 90-91; J U VÉNAL , Satires, Labriolle, págs. XVII-XX; J UVENAL , Sàtires, Balasch, págs. 16-17; H IGHET , Juvenal, págs. 23-24; K ENNEY -C LAUSEN , Latin, pág. 603; R UDD , Themes, págs. 70-71 y 77. Si no se dice nada en contra, las referencias a los autores citados son siempre dentro de esta bibliografía.
44 J UV . Friedländer, págs. 19-20.
45 I UVENALIS Satirae, Heinrich, pág. 19.
46 Sólo por aducir un ejemplo: cuando el satírico empieza su cuarta sátira diciendo «He aquí otra vez a Crispino», cuando en las sátiras tal como las tenemos no aparece tratado antes en profundidad, es que alude a una sátira anterior que jamás llegó a publicar, pero sí seguramente a recitar en público; o a las anteriores, que modificó suprimiendo de ellas alguna alusión extensa a este personaje, sin caer en la cuenta, al empezar la sátira IV, de que en la redacción definitiva de las sátiras sale aquí por primera vez.
47 En honor a la verdad hay que decir que la reconstrucción que Highet hace de la vida de Juvenal ya se encuentra radicalmente en la edición del satírico llevada a cabo por Friedländer; a Highet se deben ciertos detalles que cohesionan más el conjunto y que refuerzan brillantemente la tesis fundamental.
48 Es el famoso verso latino I 79: si natura negat, facit indignatio versum.
49 Labriolle y Villeneuve, quizás los más decididos impugnadores del exilio de Juvenal, no comentan para nada el lugar XV 45.
50 Yo mismo hice una sumaria exposición del tema: J UVENAL , Sàtires, I, Balasch, págs. 14-16. Pero cf. J UV . Friedländer, págs. 6-14 y H IGHET , Juvenal, págs. 11-16.
51 H IGHET , Juvenal , págs. 16-17.
52 Para determinar la edad de Juvenal en el momento de su muerte, cf. págs. 24-25.
53 J UV . Friedländer, págs. 18-20.
54 R OSTAGNI , Storia, II, pág. 509; K NOCHE , Satire, pág. 94, matiza que las circunstancias personales han influido en la orientación de las sátiras, pero no decisivamente, y M ANFRED F UHRMANN , Literatura romana, versión española de Rafael de la Vega, Madrid, 1985 (desde ahora F UHRMANN , Literatura), págs. 364-365.
55 H IGHET , Juvenal, págs. 16-17.
56 J UVENAL , Sàtires, I, Balasch, págs. 21-29.
57 E. V. M ARMORALE , Giovenale, Bari, 1950, págs. 83-148. Cf. también J UVENAL , Sàtires, I, Balasch, pág. 21.
58 En el lugar citado en la nota 56.
59 H IGHET , Juvenal , pág. 172.
60 Epístola a los Pisones, vv. 73-92.
61 J UV . Friedländer, págs. 48-52 sería el lugar principal.
62 S CHANZ -H OSIUS , Geschichte, VIII, pág. 208.
63 R UDD , Themes, págs. 106 y sigs.
64 H IGHET , Juvenal, págs. 170-171.
65 R UDD , Themes, pág. 74.
66 H IGHET , Juvenal, pág. 37.
67 Idem, pág. 165.
68 Así K ENNEY -C LAUSEN , Latin , pág. 166.
69 H IGHET , Juvenal, pág. 165.
70 R UDD , Themes, págs. 71-72.
71 H IGHET , Juvenal, págs. 164-166.
72 Cf. Oxford History of Classical World, Oxford, 1986, el capítulo 28, debido a Richard Jenkins, «Silver Latin Poetry and The Latin Novel», págs. 687 y ss.
73 La de Juvenal lo es.
74 Durante la confección de mi libro Carles Riba, la vessant alemanya del seu pensament i de la seva obra, Barcelona, 1988, descubrí este lugar de Schiller, que anoté como un tesoro. Cf. F RIEDRICH S CHILLER , Werke II, Munich-Zurich, sin fecha de edición, «Ueber naive und sentimentale Dichtung», págs. 664-665: «In der Satire wird die Wirklichkeit als Mangel dem Ideal als der höchsten Realität gegenübergestellt. Es ist übrigens gar nicht nötig, dass das letztere ausgesprochen werde, wenn der Dichter es nur im Gemüt zu erwecken weiss; dies muss er aber schlechterdings, Oder er wird gar nicht poetisch wirken. Die Wirklichkeit ist also hier ein notwendiges Objekt der Abneigung; aber, worauf hier alies ankommt, diese Abneigung selbst muss wieder notwendig aus dem entgegengesetzten Ideale entspringen... Die pathetische Satire muss also jederzeit aus einem Gemüte fliessen, welches von dem Ideale lebhaft durchdrungen ist. Nur ein herrschender Trieb nach Uebereinstimmung kann und darf jenes tiefe Gefühl moralischer Widersprüche und jenen glühenden Unwillen gegen moralischer Verkehrtheit erzeugen, welchen in einen Juvenal, Swift, Rousseau, Haller und andern zur Begeisterung wird». A UGUSTO S ERAFINI , Studio sulla satira di Giovenale, Florencia, 1957, pág. 158, cita el último fragmento del texto de Schiller, desde los puntos suspensivos, pero suprime los tres nombres que siguen al de Juvenal, sólo da el de éste. Esto no es cosa seria.
75 Oxford History, pág. 686: «He is above all a social observer, who combines exactness of observation with imagination. We do not turn to him for wisdom, and he did not intend that we should».
76 R UDD , Themes, págs. 28-29 y 32-33.
77 H IGHET , Juvenal, pág. 173.
78 M ARMORALE , Giovenale, pág. 80.
79 Oxford History, pág. 689.
80 S CHANZ -H OSIUS , Geschichte, VIII, pág. 208.
81 R UDD , Themes, págs. 31-32.
82 J UVENAL , Sàtires I, Balasch, págs. 26-28.
83 K NOCHE , Satire, pág. 93.
84 H IGHET , Juvenal, pág. 163.
85 J UVENAL , Sàtires, I, Balasch, págs. 19-21.
86 Citado por R UDD , Themes, pág. 33.
LIBRO I
SÁTIRA I
El primer libro de las Sátiras de Juvenal comprende las cinco primeras, y la presente, que ya como el satírico las debió de editar, encabezaba la colección, fue redactada no antes de la conclusión de la quinta. En efecto, esta primera sátira, programática, responde tanto al contenido de las cuatro que la siguen, que difícilmente no es como una prophetia ex eventu; ahora bien, el espíritu que anima esta primera sátira juvenaliana alienta poderosamente en todo el corpus de nuestro satírico.
Los mismos inicios de la sátira podrían parecer poco prometedores: Juvenal, en un regate válido para todos los tiempos, también para hoy, se mete con la turbamulta de poetas, poetillas y poetastros que pululaban declamando por parques y jardines de la ciudad romana, y en los recitales que, sin duda, los potentados de la época ofrecían en sus lujosos palacios. Cita el poeta la Teseida de un bronco Codro, un Orestes tan aburrido como inacabable... Y esto no interesa a nadie, concluye, no toca la vida real. De modo que el inicio absoluto de las Sátiras de Juvenal nos dice más de lo que en su literalidad aparenta, afirma que la verdad es una forma muy interesante de hacer literatura.
Honradamente consciente, pues, de su valía, el poeta va a escribir. Y compondrá muy definidamente sátiras. El motivo es que la sátira era entonces en Roma el único género literario que podía conectar inmediatamente con la vida real. Juvenal distingue cuidadosamente entre épica y dramaturgia, por un lado, y sátira, lo suyo, por el otro. Cuando en la sátira IV inicia la descripción del ridículo consejo de ministros para tratar de la cocción del rodaballo, consejo presidido por Domiciano (IV 34-36), invoca a la musa Calíope, la del arte poético, y muy al final de la sátira VI (vv. 634 y sigs.) dice que si bien su arte quizás se equipare en sublimidad con el de Sófocles, entitativamente nada tiene que ver con él. Esto hasta el v. 21.
Y sigue la espléndida secuencia de los vv. 22-79, o bien hasta el v. 96, según se mire, en los que emerge por primera vez un motivo característico de la obra juvenaliana, la indignación. Se trata de un desfile frenético de los más diversos ejemplos de vicios que presenta la capital, Roma. En un apretado recorrido, Juvenal suscita de verdad la idea de que no se puede contener ante las impresiones que le asaltan desde todas partes, y la pluma se le va automáticamente a la mano. El satírico nos sitúa en plena calle, donde pulula un gentío más bien de baja estofa. La litera del picapleitos político Matón, y detrás de ella el cortejo de un delator innominado que asesinó a un noble amigo, nos comprimen contra la pared... Juvenal redacta aquí con frases breves y cortantes, repletas de palabras cargadas de expresión. Cada figura que pasa —¡y son tantas!— enciende en él nueva furia, y tipifica de manera distinta el ultraje inferido a los sentimientos normales de la sensibilidad de los hombres corrientes y molientes de este mundo.
Sólo a título de breve comentario, las cuatro primeras figuras que presenta la serie: a) Un tierno eunuco, antiguo esclavo procedente de Oriente, que logró la libertad y además amasó una fortuna; ahora pretende casarse para demostrar que es todo un hombre, b) Mevia, seguramente una mujer de rancio abolengo que se adiestró tanto en la caza mayor, que ahora pisa públicamente la arena del Circo Máximo para medirse con un jabalí, al que ataca con un venablo en cada mano. Esto ya era a los ojos de todos una tremenda vergüenza, pero para mayor ludibrio sale, diríamos a escena, ataviada de amazona, es decir, con los senos al aire. Era una frivolidad inaudita. c) Un potentado que en su juventud fue barbero, oficio harto despreciable, que antes (sin saber cuando, por supuesto) afeitó al mismo Juvenal cuando también él era más joven. Y aquí desde hace muchos años veo un motivo virgiliano que, para maravilla mía, nadie cita, ni tan siquiera el escoliasta. Dice Juvenal (I 25): quo tondente gravis iuveni mihi barba sonabat, y dice Virgilio, en su Égloga I 28: candidior postquam tondenti barba canebat. Hay la anterioridad, el ruidillo de la barba raída, y la alusión central a la barba. Es evidente, ¡y no lo ha visto nadie! Soltando ya la digresión, pienso que ahí se esconde un dato biográfico del poeta: antes era, desde luego, más joven, y más rico, en cuyo caso la contraposición es más punzante y nos mete en el mismo meollo del alma de Juvenal, como veremos, d) Crispino, un turbulento personaje real, que fue por breve tiempo comandante del cuerpo de la Guardia Imperial de Domiciano. Pero aquí no sale como tal, sino por su afición a exhibirse en lujo y en vanidad.
De manera que el primer y el cuarto personaje son pervertidos sexuales, y el segundo y el tercero ejemplos del mal uso que se hace del dinero, y de cómo éste anda injustamente repartido. Y éstos son los dos temas capitales de Juvenal, principalmente, y sorprendentemente, el segundo. Y ante la larga retahíla de casos y de personajes infames que llenan, hasta el v. 96, la secuencia, Juvenal no interpreta nada, no comenta nada, no nos dice, por ejemplo, que los ricos explotan a los pobres, o que los gobernantes administran en su propio beneficio (idea tan fraguada en los libros tercero y cuarto de la República de Platón), no nos habla de algo que ocurrió en aquella Roma de los siglos II-III, la progresiva desaparición de la clase media. No se siente como un mesías predicador de la necesidad de un cambio de sistema. Nuestro satírico se limita a decir: las cosas van mal, van rematadamente mal.
El lector atento, con todo, no se librará de una sospecha: ¿si uno de los temas capitales de toda la sátira de Juvenal es la pésima distribución social del dinero, no será que Juvenal es pobre? Si no lo fuera, si las cosas a él personalmente le fueran medianamente bien, ¿nos daría una visión tan despiadada de la sociedad romana? Una constante en este tema es que los ricos lo son gracias a sus crímenes o a sus costumbres poco honradas (Umbricio, en la tercera sátira nos lo dirá claramente). Luego Juvenal prefirió la honradez a la riqueza, la cual supone automáticamente vicio, crimen y corrupción. Una reivindicación ética de su concepción de la vida.
Pero seguramente no sea ineludible el ir tan allá. Quizás no sea tanta la altura de miras de este Juvenal redactor de sus Sátiras. Pero esto aquí nos es indiferente. Lo que nos importa es la esplendidez literaria del resultado, y el hecho innegable, además, de que nos ofrece una gran parte de verdad, de realidad.
De modo que toda la historia y todo el mundo constituyen el tema general de las sátiras del poeta. Y él nos lo dice en una dicción tan notable desde el punto de vista sintáctico y gramatical que muchas gramáticas históricas de la lengua latina citan el pasaje, como desde el punto de vista del contenido, pues logra reducir a cifra inteligible todo lo que ocurre en el universo mundo (vv. 85-86). Parte del diluvio griego sobrevivido por Pirra y Deucalión, y apunta:
lo que desde entonces ocupa a los hombres, el deseo, el temor, la ira, el placer, los goces, los discursos, todo ello se revuelve en este libro.
Pero es claro que el poeta ni quiere ni puede tratar ni abarcar por lo menudo esta enorme variedad, y encuentra enseguida su denominador común, el vicio (vv. 87-88):
¿Cuándo fue más copiosa la abundancia de vicios?
El vicio, junto con la mala distribución de los bienes de este mundo, es el punto principal de interés del poeta. Y si en la sátira VI el poeta marca sus distancias con la tragedia de Sófocles, el conjunto de su obra nos recuerda de manera implícita, pero certera, la tragedia de Eurípides. Como el tercer gran trágico griego, Juvenal retrata la vida exactamente como es en sus aspectos más obscuros: ni idealiza ni disimula, diríamos que quiere castigar el vicio con la exposición de sus horrores.
La tercera parte de esta sátira I (vv. 88-146) se dedica a ilustrar el mal uso del dinero, y aquí viene lo que algunos sienten como una digresión excesiva, que quiebra totalmente la unidad de la composición. Como sea, esta perícopa vuelve a ser excelente. Se trata de la descripción pormenorizada de una institución romana denominada salutatio. Los magnates y las matronas romanas recibían de buena mañana a sus clientes o personas ligadas a ellos por lazos de diversa índole y de más o menos intensidad, y en recompensa de la salutación les ofrecían la cantidad fija de veinticinco ases (seis sestercios y cuarto) con que los clientes pobres subvenían a sus necesidades perentorias de comida y bebida. San Jerónimo imitó, con cierto desmaño, y sin citarle, naturalmente, esta espléndida escena de Juvenal en el cap. XVI de su Carta XXII a Eustoquio.
Este estipendio se ofrecía indistintamente a clientes ricos y a clientes pobres como paga a supuestos servicios prestados, por ejemplo figurar en el cortejo que les acompañaba por las calles siendo a la vez guardaespaldas y motivo de ostentación y de lujo. El reparto del dinero, depositado en un cuévano o sportula (nombre con el que se le conocía ordinariamente) se efectuaba con un cierto orden de prelación, v. 101:
da primero al pretor, da luego al tribuno,
ordena el dueño al esclavo que actúa de repartidor. Pero el maldito dinero ejerce de inmediato su presión. Al pretor y al tribuno se les cuela delante un liberto sirio, afeminado por más señas, dueño de lo que hoy llamaríamos una cadena de tiendas comerciales. Y alega su rango económico para ponerse el primero:
¡Estoy primero yo! ¿Voy a dudar, a temer defendiendo mi sitio? ... cinco tiendas me producen cuatrocientos mil sestercios anuales...
Con ello remacha la sentencia tan conocida de Quevedo de que «poderoso caballero es don Dinero». De manera gráfica e intuitiva Juvenal refleja en su sátira la inversión, desde todos los puntos de vista, de valores que presenta aquella sociedad.
Pero la cosa no acaba aquí. Con frecuencia, por avaricia o por falta de fondos, el rico no dispone de dinero para todos los que acuden a saludarle, y en tal caso reparte el disponible entre los que menos lo necesitan, entre los pretendientes económicamente acomodados de la sportula, que luego se van al Foro a discutir de política o a tratar sus negocios personales. Quedan sin recibir nada los clientes más antiguos y pobres verdaderos, que al final se largan sin nada, frustradas todas sus esperanzas, incluso la de que el señor, en compensación a los que no les ha dado dinero, por lo menos les invite a cenar, «esperanza la más tenaz entre los hombres» (v. 133). Y así acaba la larga y viva digresión de la sportula.
Tras esta viva descripción de la miseria moral y material que envolvía al mundo romano, Juvenal parece que se podría detener aquí, y dar por concluida su sátira. Se nos ha presentado como poeta, nos ha explicado por qué ha elegido la sátira, y nos ha definido sus temas. La cosa le quedaría muy redonda. Pero hasta el final (vv. 147-171) nos añade un pasaje que califica todo lo que ha dicho, y lo hace de manera extraña. Repite ahora como aserción lo que antes insinuó como pregunta (v. 149):
cualquier vicio llegó ya a su colmo.
Y ahora, al modo de los diálogos platónicos, sale un objetor imaginario (no por única vez en las sátiras de Juvenal; hay, sin más, otro ejemplo hacia el final de la sátira VI, v. 634). Estos objetores, principalmente en los diálogos de Platón, y aún en la sátira latina, salen normalmente derrotados. Pues bien, he aquí otra innovación de Juvenal: aquí el objetor sale triunfador. Pregunta a nuestro satírico de dónde extraerá el ingenio y la franqueza necesaria que tuvieron los antiguos para tratar temas semejantes. Responde Juvenal (v. 149): «¿De quién no me atrevo a decir el nombre?». Y el objetor le replica que será objeto de represalias seguramente mortales. Pues hoy se pueden tratar, dice equivalentemente, temas mitológicos y temas que no molesten ni zahieran a nadie. Cualquier otra cosa es de sumo peligro. En tal caso, concluye Juvenal (vv. 170-171):
probaré qué se puede decir de aquellos cuyas cenizas están cubiertas por la Vía Flaminia y por la Vía Latina.
Este final de compromiso que ya se ha tratado 1 , conlleva una desaceleración del ritmo y una distensión en la rigidez estilística del texto. La alternativa del satírico era ésta: o escribo lo que quiero, o no escribo porque no me dejan escribir lo que quiero. Bien, apunta Juvenal, escribiré sobre personajes difuntos, los cuales, eso sí, hayan sido de relevancia en su época. En la Vía Flaminia estaba enterrado el famoso actor de pantomima Paris; en la Vía Latina lo estaba el emperador Domiciano. A eso sí se arriesga Juvenal, a escribir sobre personajes difuntos que fueron poderosos en vida, cuyos descendientes se pueden vengar. La sátira no termina con una explosión, sino con un bisbiseo.
Hablar de ricos y de nobles difuntos es otra innovación de Juvenal. Hasta ahora uno de los orgullos de la sátira romana había sido el de ser estrictamente contemporánea. Juvenal ha optado por una vía de compromiso. ¿Qué puede haber detrás de ello? Quizás que escribirá sobre tópicos procedentes del pasado. Alguna vez lo hace, como en la sátira X. Pero no parece ser esto lo que aquí primordialmente nos dice. Hay que creer más bien que tras sus nombres de personajes pretéritos y desaparecidos se ocultan realidades muy actuales para él, que nosotros no podemos señalar con nuestro índice por el deficiente o nulo conocimiento del contexto histórico menudo que vivía el poeta. Para sus lectores contemporáneos serían perfectamente identificables. Simplemente, Juvenal no quiso arriesgarse a identificar a los criminales y sinvergüenzas por sus nombres.
Pero el programa general de sus Sátiras es hondamente interesante. Nos da una información muy valiosa sobre el mundo romano de los primeros siglos del Cristianismo. Vemos en el satírico cómo, prescindiendo de otra perspectiva radicalmente innovadora, el Imperio evolucionaba siempre de mal en peor, en un proceso de mutación imparable. Juvenal ha conocido como pocos el alma del hombre y el alma del mundo.

1 Cf. «Introducción general», págs. 51-52.

SÁTIRA I
¿Siempre oyente tan sólo voy a ser? ¿Acaso no me desquitaré, tantas veces zarandeado por la Teseida 1 del bronco Codro? ¿Me habrán recitado impunemente éste sus sainetes 2 , aquél sus elegías? 3 ¿Me habrá gastado impunemente el día un Télefo monstruoso, o un Orestes 4 cuyo [5] texto llena hasta el borde los márgenes del libro 5 , sigue incluso en el reverso 6 y no termina? Nadie conoce tan bien su propia casa 7 como yo me sé el bosque sagrado de Marte y la cueva de Vulcano, contigua a las rocas eolias; lo que hacen los vientos, las sombras torturadas [10] por Éaco, el lugar del que esotro roba a escondidas el vellocino de oro, los olmos enormes que Mónico dispara, todo esto lo vocean sin cesar los plátanos y las marmóreas paredes convulsas, las columnas del palacio de Frontón 8 , reventadas 9 por lectores que no paran 10 . Esperarás lo mismo [15] del poeta excelso, y del más lerdo. ¡Ea! También mi mano esquivó la palmeta 11 , también yo aconsejé a Sila que renunciara a sus cargos públicos 12 y que durmiera como un tronco. Sería una clemencia estúpida ahorrar un papel que otro echaría a perder: hasta en la sopa te encontrarás con poetas. Pese a ello, si disfrutáis de ocio y atendéis con agrado mis razones, voy a explicaros por qué [20] he preferido discurrir por el campo por el que guió sus caballos 13 el hijo ilustre de Aurunca 14 .
Cuando un tierno espadón toma mujer 15 , cuando Mevia 16 atraviesa con su dardo el jabalí toscano y blande los venablos a pecho descubierto, cuando con sus riquezas provoca a todos los patricios un hombre que cuando yo era joven 17 hacía crujir mi ya molesta barba 18 al afeitarme, cuando un miembro de la chusma del Nilo, un esclavo [25] nacido en Canopo, este Crispino 19 , se quita del hombro una capa tiria 20 y refresca en sus dedos sudorosos un anillo de verano 21 , pues es incapaz de soportar una gema de mayor peso, es difícil no escribir una sátira. [30] ¿Quién 22 aguantará hasta tal punto una ciudad inicua? 23 ¿Quién será tan de hierro que lo tolere cuando va a cruzarse con la flamante litera del picapleitos Matón 24 , que la llena toda 25 , seguido por uno que delató a un amigo muy bien situado 26 y que pronto arramblará con lo que [35] quede de la nobleza raída, soplón temido por Masa 27 , tanteado con regalos por Caro 28 y por el tembloroso Latino 29 (éste le envía de tapadillo a Timele), cuando te suplantan los que con sus noches ganan testamentos, hombres que hoy eleva al cielo la vía más segura de medro, el cofto de una vieja ricachona? Proculeyo ha embolsado [40] una parte y Gilón 30 las restantes de una onza: cada uno es acreedor según la longitud de su carajo. Mira: que cobre el precio de su sangre y que se quede lívido como aquel que a pie descalzo pisó una serpiente, o como el orador ya dispuesto a disertar junto al altar de Lyón 31 . ¿Qué decir de la ira, del furor que me quema el hígado [45] reseco cuando este expoliador de un pupilo 32 que ya se prostituye oprime al pueblo con su rebaño de acompañantes 33 , o aquel condenado en un juicio inútil? 34 ¿Qué importa la infamia si se salva la bolsa? Mario 35 , desterrado, se reclina a beber ya en la hora octava 36 . La ira de los dioses le divierte, mientras que tú, provincia que le so ganaste el juicio, lloras. ¿Voy a pensar que esto no merece la lámpara venusina? 37 ¿No voy a flagelarlo? ¿Pues qué más? Las escenas de Hércules o de Diomedes, el mugido del Laberinto 38 , el mancebo que cayó al mar 39 o el [55] artesano volador 40 , cuando el lenón cuya esposa es legalmente inhábil para heredar acepta los bienes del adúltero 41 y es hombre diestro en contemplar el techo, diestro en roncar con la nariz despierta y pegado a la copa. ¿Cuándo cree que es lícito esperar el mando de una cohorte 42 el que dilapidó su hacienda en las caballerizas, este joven Automedonte 43 que ya ha perdido todo su patrimonio cuando corre como una exhalación por la Vía [60] Flaminia? 44 Pues él mismo sujetaba las riendas para jactarse de ello ante su amiga que vestía indumentaria masculina 45 . ¿No agradará llenar grandes tablillas en el centro de una encrucijada cuando es llevado a hombros por seis porteadores, en un palanquín descubierto y con ventanas en los lados, un falsificador de testamentos muy parecido [65] al libidinoso Mecenas, y que se enriqueció y se hizo feliz con un breve testamento falso 46 y un sello humedecido? Me sale al encuentro una matrona de alcurnia que suministra al marido sediento una mezcla de vino de Cales y de pulmón de sapo, ella, otra Lucusta 47 de más categoría, [70] que adiestra a las vecinas para que, entre la habladuría de las gentes, saquen a enterrar a sus maridos cubiertos de lívidas manchas 48 . Si quieres ser alguien has de atreverte a algo que merezca la pequeña Gíaro o la prisión 49 . Alabamos la honradez, pero tirita de frío. Los jardines, [75] los castillos, las mesas taraceadas y la copa de plata, un trabajo ya antiguo, con un chivo en altorrelieve 50 , todo esto se debe a los crímenes. ¿A quién deja dormir el corruptor de una nuera 51 avarienta? ¿A quién las prometidas torpes 52 y el adúltero revestido de toga? ¡Si el [80] ingenio los niega, los versos los dicta la indignación, y los escribe como puede, parecidos a éstos míos o a los de Cluvieno! 53 .
Desde que Deucalión 54 , cuando las lluvias torrenciales elevaron las aguas escaló con su nave la cima para consultar el oráculo, desde que los peñascos se ablandaron y recibieron poco a poco el calor de la vida y Pirra exhibió [85] a los hombres las muchachas desnudas, lo que desde entonces ocupa a los hombres, el deseo, el temor, la ira, el placer, los goces, los discursos, todo ello se revuelve en este libro. ¿Cuándo fue más copiosa la abundancia de vicios? ¿Cuándo la avaricia mostró un regazo mayor? 55 ¿Cuándo el juego de azar agitó más los ánimos? Pues no [90] se acude ya a la mesa de azar con una simple bolsa: se apuesta con el arca al lado. ¡Qué grandes batallas verás allí! El que suministra las armas es el cajero. ¿No es una locura perder cien mil sestercios y no dar una túnica a un esclavo yerto de frío? ¿Qué antepasado nuestro levantó tantas quintas y se comió él solito siete platos? 56 Ahora [95] una mínima esportilla 57 ha sido depositada 58 delante mismo de la puerta y una turbamulta de gente togada 59 se dispone a arrebatarla. Sin embargo, el patrón te mira fijamente el rostro, por miedo de que acudas por otro y pidas bajo nombre falso. Sólo cuando te haya reconocido recibirás algo. Él ordena al vocero que llame incluso a los [100] descendientes de Troya 60 , ya que también éstos, revueltos con nosotros, infestan el portal. «Da primero al pretor, y después al tribuno» 61 . Pero antes va un liberto, que proclama: «¡Estoy primero yo! ¿Voy a dudar, a temer defendiendo mi sitio? Es verdad que nací junto al Éufrates; [105] aunque lo negara, me venderían los lascivos taladros de mis oídos 62 . Pero cinco tiendas me producen 63 cuatrocientos mil sestercios anuales 64 . ¿Es que da algo apetecible la franja máxima de púrpura si en la campiña de Laurento Corvino guarda unas ovejas alquiladas y yo en cambio soy más rico que Palante 65 y que los Licino? Los tribunos, [10] a la cola, y que no retroceda ni tan siquiera ante personas sagradas 66 el que llegó hace poco a esta ciudad con los pies blancos 67 , comoquiera que entre nosotros la majestad de las riquezas es la más venerada, por más que, ¡oh funesta moneda! no habitas en modo alguno un templo [15] ni erigimos jamás altares al dinero, comparables al culto de la Paz, al de la Lealtad, al de la Victoria, al de la Virtud, y al de la Concordia 68 , que retiembla cuando las cigüeñas visitan sus nidos. Si aún los máximos magistrados 69 a fin de año echan cuentas para ver qué les rindió la espuerta, en cuanto han aumentado sus rentas, ¿qué no harán los clientes a quienes ella representa la toga, el calzado, el pan y la leña del hogar? 70 Las literas se apretujan [120] para pedir los cien cuadrantes; la mujer, preñada o malucha 71 , sigue al marido en su gira. Aquí, con una conocida añagaza, éste pide para la ausente mientras señala no a su mujer, sino a una litera cerrada y vacía. «Es [125] mi Gala» —declara— «despáchame pronto. ¿Lo dudas? Gala, asoma la cabeza. Estará descansando, no la molestes».
Maravilla 72 el orden de los quehaceres a lo largo del día 73 : la espuerta, luego el Foro, Apolo el jurista 74 y las [130] estatuas triunfales 75 , entre las cuales no sé qué egipcio, un magnate de moros 76 , osó poner sus títulos; podemos mearnos en su estatua, ¡y no sólo esto! 77 .
Los clientes ya tradicionales se alejan fatigados del vestíbulo, diciendo adiós a sus deseos, por más que la de la cena es la esperanza más tenaz en un hombre; los pobres [135] tendrán que comprar una col 78 y algo de leña. Su dueño, en cambio, devorará 79 lo más caro de los bosques y del mar; se reclinará sin compañía alguna en su diván. Sí: engullen patrimonios en una mesa solitaria, servida con enormes y hermosas bandejas muy antiguas. No habrá [140] más comensales. ¿Mas quién tolerará esta avaricia en los ricos? ¿Cómo debe ser una gula que se manda servir jabalíes enteros, un animal nacido para convites entre amigos? Viene el castigo, sin embargo, cuando te despojas del vestido: estás abotargado, y llevas al baño 80 un pavo no digerido todavía. De ahí la muerte súbita de viejos que no han hecho testamento. La nueva circula divertidamente; [145] los amigos, irritados, opinan que este modo de palmarla es de aplaudir.
No habrá nada peor que la posteridad pueda añadir a las costumbres actuales; nuestros descendientes harán y desearán lo mismo. Cualquier vicio llegó ya a su colmo. Tú iza tus velas, abre todos sus pliegues. [150]
Quizás se pueda objetar: «¿De dónde sacaremos un ingenio a la altura del tema? ¿De dónde aquella franqueza para escribir cualquier cosa soltada por un ánimo enardecido?» «¿De quién no me atrevo a decir el nombre? ¿Qué importa que Mucio Escévola 81 perdone o no mis dichos?».
«Representa a un Tigelino 82 , y arderás, antorcha viva, [155] como los que de pie, con el pecho clavado en un palo 83 , no son más que fuego y humo; he aquí que, ya cadáver arrastrado por la arena, trazas en ella un ancho surco».
«¿De modo que el que emponzoñó a tres tíos suyos se hará llevar en mullidos cojines 84 , desde los cuales se reirá de nosotros?»
«Cuando se cruce en tu camino, oprímete los labios [160] con el dedo. Con decir sólo: «helo aquí» te saldrá un acusador. Puedes tranquilamente poner en juego a Eneas o al fiero Rútulo 85 ; las heridas de Aquiles no molestan a nadie, ni Hilas 86 , aquél al que buscaban tanto cuando [165] ya había seguido a su urna. Pero siempre que un ardiente Lucilio ha rugido con la espada desnuda enrojece al punto el oyente a quien los crímenes hielan el cerebro; las entrañas le sudan por una culpa secreta. De ahí las lágrimas y los arrebatos de ira. De modo que piénsatelo antes de que suene la trompeta 87 : cuando te hayas puesto el casco 88 será tarde para arrepentirte de la guerra».
[170] En tal caso probaré qué se puede decir de aquellos cuyas cenizas están cubiertas por la Vía Flaminia y por la Vía Latina 89 .
1 Poema épico de un obscuro poetastro.
2 En realidad la referencia es a las fabulae togatae, obras de personajes y de argumentos itálicos. En época de Juvenal ya no se representaban, pero sí se utilizaban para recitales públicos.
3 Tipo de poesía cultivada por Tibulo y Propercio, y principalmente por Ovidio.
4 Télefo, rey de Misia, herido por la lanza de Aquiles, y luego restablecido. Junto con la leyenda de Orestes, la de Télefo fue tratada con preferencia por los poetas trágicos, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Accio y Ennio.
5 De manera que la escritura no deja espacios en blanco. Aquí se trata de rollos que se introducían dentro de un estuche.
6 Normalmente sólo se escribía en el anverso del rollo, pero no en el reverso; el poema aquí en cuestión es tan largo que llena ambas caras del rollo y ni aún así termina.
7 Esto suena a refrán.
8 Frontón debió de ser un mecenas, hoy desconocido, de los literatos de la época. Por lo demás, era habitual que los potentados ofrecieran recitales en sus mansiones.
9 De emoción.
10 En la época de Juvenal las epopeyas mitológicas eran el género literario más cultivado. Ya el humanista Parrasio sospechó que aquí Juvenal pensaba en las Argonáuticas de Valerio Flaco. También en tal poema Jasón recoge del bosque de Marte el vellocino de oro, y al principio mismo del poema Eolo, a exigencias del Bóreas, suelta los vientos, que ponen en grave aprieto la nave Argo hasta que interviene Neptuno. En este pasaje pretende sólo (como lo volverá a hacer más abajo) señalar lo manido de los temas y motivos, presentando los ejemplos más conocidos.
11 Del maestro que castigaba a los alumnos con palmetazos.
12 Con esta expresión Juvenal indica que también él asistió a las clases de retórica. En ellas era tópico el tema de Sila que abandonaba la dictadura.
13 La metáfora no está tomada de la lengua deportiva, sino de ciertos recorridos que se hacían por placer o por simple ejercicio físico, por el campo de Marte. Con ello indica Juvenal uno de los marcos de sus sátiras.
14 El poeta satírico Lucilio.
15 Las bodas de castrados estaban prohibidas.
16 Probablemente Mevia fue un personaje muy conocido en el imperio de Nerón o en el de Domiciano. Las mujeres bajaban a la arena no sólo como gladiadoras, sino incluso como luchadoras contra fieras. Sin embargo, el pecho descubierto aquí hace pensar mejor en una cacería. Las mujeres que bajaban al Circo a luchar contra fieras eran siempre plebeyas; por eso aquí la referencia no debe de ser a esta modalidad de lucha.
17 Juvenal habla de su juventud no como de algo ya muy lejano. Al escribir esta sátira frisaría en los cuarenta. Los romanos se dejaban la barba, cuidando de ella, hasta los veinte; luego se la afeitaban. En su redacción, esta sátira es posterior por lo menos a las tres que le siguen.
18 El latín dice gravis barba, que significa seguramente «barba molesta».
19 Nótese la progresiva concreción del texto, que sigue ahí fielmente al latino. Canopo era una ciudad del interior de Egipto, la cual adolecía de muy mala reputación. Pero lo más probable es que Crispino no fuera originario de ella; con la mención de un lugar tan conocido por su mala nota, Juvenal pretendió únicamente resaltar la mala fama del país de origen. Parece que el tal Crispino levantaba admiración por sus vestidos de púrpura. Durante el imperio de Domiciano fue por algún tiempo prefecto del pretorio. La indumentaria citada (la capa y el anillo) no era preceptiva de su cargo, la llevaba sólo por ostentación, opinión abonada por la fatuidad que el personaje exhibe. A este mismo sujeto en la sátira IV se le atribuye el uso de abundante perfumería.
20 Propiamente se trata de la lacerna, una capa ligera que se vestía encima de la toga o en vez de ella.
21 Los romanos se ponían anillos de verano, más ligeros, o de invierno, más pesados, pero aquí, en pleno verano, Crispino luce uno de invierno. Todo para acentuar su personalidad ostentosa.
22 Desde aquí Juvenal habla como si, plantado en la calle, viera discurrir ante sí las figuras más características de la corrupción de costumbres en Roma.
23 La iniquidad de la ciudad consiste en que otorga esplendor y riquezas al vicio y al crimen mientras mata de hambre a la virtud.
24 Personaje de existencia real, quizás bajo el imperio de Domiciano. En la sátira VII se anuncia su bancarrota, por lo que parece que esta litera nueva sólo pretende engañar sobre la verdadera situación económica de su dueño.
25 Aquí Juvenal exagera, porque las literas sólo excepcionalmente se fabricaban de dos plazas, lo normal es que fueran sólo de una, si bien holgadas de espacio, de manera que para ocuparla íntegramente se necesitaba ser muy obeso.
26 El delator mismo no parece poder pertenecer a una capa alta de la sociedad, por lo que nuestro satírico aquí no puede haber pensado en Marco Aquilio Régulo, de dignidad senatorial, como muchos han creído. Los escolios apuntan hacia el estoico Heliodoro, que supuestamente intervino como testigo contra su discípulo Lucio Junio Silano Torcuato, o piensan, alternativamente, en Publio Egnacio Céler, que acusó a Barea Sorano. Como sea, el delator lo fue bajo el imperio de Domiciano.
27 Bebio Masa, uno de los delatores más malfamados del período de Domiciano. Pertenecía a la dignidad ecuestre, y de ella ascendió a la de senador. Plinio el Joven y Herennio Senecio le acusaron por su mala gestión en el proconsulado de África, y salió condenado.
28 Otro tipo de la misma calaña, Metio Caro. En el año 93 acusó y logró que condenaran a Herenio Seneción, y llegó a acusar al mismo Plinio el Joven.
29 Este Latino era un mimo o actor de comedia, privado de Domiciano, y también delator. Sin embargo, él mismo teme al anónimo delator primero, y por eso le manda la actriz cómica Timele, bien para acallarlo, bien para ganárselo.
30 Gilón y Proculeyo son aquí nombres usados al buen tuntún, que no designan concretamente a nadie.
31 En Lyón se organizaban concursos de oratoria en latín y en griego; los que no salían triunfantes se exponían a fuertes vejaciones.
32 Le ha robado su patrimonio, y el joven se ve forzado a prostituirse.
33 La institución de la clientela. Muchos pobres y desocupados romanos acudían de buena mañana a saludar a determinados ricos que les ofrecían algún dinero para pasar el día.
34 No se sabe a quien aludía Juvenal, pero no al personaje que sigue inmediatamente, Mario Prisco, que fue desterrado, y por tanto no pudo alardear en Roma de sus riquezas.
35 Plinio el Joven acusó y logró hacer condenar al procónsul Mario Prisco por sus estafas y extorsiones cometidas cuando fue procónsul de África, pero fue desterrado únicamente, sin que se le confiscaran los bienes, por lo que la provincia que le ganó el pleito no pudo recuperar las cantidades defraudadas, y Mario Prisco vivió lujosamente su destierro.
36 Las cenas empezaban regularmente a las nueve de la noche, pero para prolongarlas, este Mario Prisco, se ponía a la mesa ya a las ocho.
37 Alusión a las sátiras de Horacio, de carácter, sin embargo, tan distinto de las de Juvenal. Éste aquí indica trabajar incluso de noche, a la luz de una lámpara; durante el día no le sería necesaria.
38 En alguna de las muchas Teseidas; cf. el principio de esta sátira.
39 El Mar de Icaria, en el que Ícaro se precipitó.
40 Dédalo, que también se cayó en el mar.
41 El hombre recibe en calidad de fideicomiso la herencia de su amante para pasársela a su esposa. En general, la ley romana limitaba bastante los derechos de heredar y de instituir herederos, forzándolo a un grado de parentesco bastante próximo. En el caso que aquí finge Juvenal se supondrá que la mujer ha tenido un hijo con el amante de su marido.
42 El joven que había sacrificado todo su patrimonio a la pasión de las carreras de caballos podía intentar resarcirse logrando el mando de una cohorte como prefecto o como tribuno.
43 Automedonte: nombre propio para designar simplemente auriga. Juvenal gusta de utilizar personajes mitológicos simplemente como apela tivos. Las corporaciones romanas se integraban según la fortuna personal, y la mengua de ésta implicaba automáticamente el descenso de clase social. Por esto el afectado aquí en cuestión intenta recuperar la posición perdida.
44 La Vía Flaminia conducía de Roma a Rímini.
45 Es un disfraz que no pretende ocultar la condición de mujer de la que lo lleva.
46 Que ha interpuesto después del verdadero (para que sea posterior) y que ha sellado con un sello robado o imitado.
47 Quizás un nombre genérico para las mujeres envenenadoras.
48 Manchas lívidas en la piel de un cadáver se tenían como indicio cierto de muerte por envenenamiento.
49 Has de cometer un crimen tal que, descubierto, te valiera ser deportado a las islas Cícladas o ser ejecutado en la Cárcel Mamertina.
50 Todo ello indica viviendas de gran lujo.
51 El latín dice nurus «nuera», pero el término quizás equivalga al más genérico «joven», «muchacha». La fuerza intencional de la expresión estriba en «avarienta».
52 Porque ya durante el noviazgo son infieles.
53 Poeta desconocido, que en tiempos de Juvenal debió de tener, como poeta, pésima reputación.
54 En un mito paralelo al bíblico del diluvio, Deucalión y Pirra fueron los únicos supervivientes de una gigantesca inundación ocurrida por tierras del Istmo. Su embarcación encalló en la cima del monte Parnaso, donde ambos desembarcaron. Y una nueva generación de hombres surgió de la pareja, pero de modo atípico, pues ambos se dedicaron a lanzar piedras hacia atrás; de las que tiraba Deucalión nacían hombres, y de las de Pirra, mujeres.
55 El dinero que los romanos llevaban encima lo tenían en un pliegue de la toga, e introducían en él lo que cobraban.
56 Los siete platos que aquí devora el glotón solitario designan algo descomunal; en la cena de Trimalción, del Satiricón de Petronio, se tomaron sólo cuatro. Por lo demás comer solo, sin invitar a nadie, era cosa de pésimo gusto.
57 Aquí empieza la amplia sección que trata de la institución llamada la clientela, en sí desarrollada excelentemente, pero que rompe la unidad de la sátira. La llamada sportula (nombre del cuévano en que estaba depositado el dinero) era una paga de veinticinco ases (seis sestercios y cuarto) que el rico pagaba a sus clientes no al atardecer, por los servicios prestados, sino a la mañana siguiente. La sportula, de todos modos, no se abonaba sólo a los clientes, que eran la pobretería, sino también a personas acomodadas y libertos ricos (quizás como recompensa a visitas de cumplido efectuadas anteriormente), pero éstos pasaban normalmente la suma ingresada a los clientes que les acompañaban.
58 En el suelo, para humillar a los recipiendarios.
59 Para recibir la sportula era preciso vestir toga.
60 Linaje muy noble, supuestamente descendiente de Eneas cuando se estableció en Italia.
61 El reparto se efectúa según el orden de rango de la clase senatorial; los pretores precedían inmediatamente a los tribunos. Pero un advenedizo ricachón se les cuela delante: Juvenal hace ver intuitivamente la tremenda inversión de valores.
62 Poderoso caballero es don Dinero: el desprecio por los orientales y por lo oriental era algo arraigadísimo en Roma, pero un liberto frigio se impone a los magistrados porque es un potentado.
63 Aquí el latín pone tabernae, pero la palabra no debe ser entendida al pie de la letra, porque las tabernas no daban como para enriquecerse tanto. El liberto en cuestión era un acaudalado comerciante, cuyas cinco tiendas regían unos encargados que tenían a sus órdenes una numerosa dependencia.
64 De todos modos, advertido o no por Juvenal, aquí hay un desfase. Este rico no lo es más que Palante, como inadvertidamente declara a continuación. Este Palante poseía 300 millones de sestercios, que colocados tan sólo a un 6% le daban 18 millones anuales.
65 Palante era liberto de Antonia, la madre del emperador Claudio, y fue administrador de las finanzas imperiales, y personaje todopoderoso. Licino fue un liberto de Augusto a quien éste dejo inmensamente rico.
66 Es decir, los tribunos de la plebe, cuyas personas tenían el carácter de «sacrosancti».
67 Los esclavos importados por mar eran exhibidos para su venta con los pies blanqueados y sujetos a un armazón con agujeros dispuestos para ello.
68 La alusión es al templo de la Concordia que se alzaba inmediatamente detrás del Arco de Septimio Severo. Este templo debía de tener un conocido nido de cigüeñas, de ahí la enálage construida audazmente por el poeta.
69 De modo que había magistrados lo suficientemente mezquinos como para no dar a los clientes que les acompañaban lo que recibían de la sportula, y lo retenían ellos; al cabo del año echaban cuentas de lo que habían ahorrado.
70 Es decir, el único medio de subsistencia.
71 De todas formas, debía ser una mujer de alto rango, pues era impensable que una plebeya fuera conducida en litera.
72 El breve pasaje que empieza aquí es prueba muy fehaciente de la desacertada afición de Juvenal a las digresiones. Nuestro satírico no logra resistir la tentación de proseguir la secuencia verosímil de su pensamiento y nos ofrece unos versos, magníficos en sí, pero que constituyen una digresión dentro de otra más amplia, que en el conjunto de la sátira es el tema de la clientela. Luego inmediatamente retoma el primer hilo (tras mi punto y aparte) y después, tras el punto y aparte siguiente, retoma el hilo general de la sátira. Pero la nitidez de la composición ha quedado algo perjudicada.
73 Esperamos en vano el desarrollo correspondiente a su puntualización: «a lo largo del día». Juvenal no nos lo da por ninguna parte.
74 Se trata del forum Augustum, que servía ante todo para la celebración de juicios. Allí había una estatua marfilina de Apolo, llamado aquí por ello «el jurista».
75 Se trataba de estatuas de generales romanos que Augusto mandó erigir aquí, con atuendo de gala. Entre estas estatuas había una de Eneas.
76 Era el alejandrino Tito Julio Alejandro, hijo de Alejandro Lisímaco, que detentaba el título de arabarches (general de árabes), aunque hay quien tiene tal palabra simplemente por nombre propio. Alejandro Lisímaco era hermano de Filón, el escritor judío; era, por tanto, judío de nacimiento, pero que apostató del judaismo. Padre e hijo tuvieron cargos relevantes en el ejército romano, y por ello resultaba lógico que tuvieran estatuas dedicadas entre las triunfales.
77 Sed etiam cacare apostilla lapidariamente el escoliasta.
78 Tan modesta era la comida de los pobres en Roma.
79 Hasta aquí no se reasume el tema del rico glotón que engulle sus manjares sin invitar a nadie, pero ahora se liquida inmediatamente.
80 Después de un banquete los romanos solían bañarse en agua caliente, pues creían que esto favorecía la digestión.
81 Publio Mucio Escévola, cónsul en el año 153 a. C., adversario del círculo de los Escipiones.
82 Privado de Nerón, de quien se decía sostener relaciones abominables con él. Cronológicamente debió de ser parcialmente contemporáneo de Juvenal.
83 La tortura del empalamiento.
84 Dentro de la litera.
85 Héroe legendario, supuestamente contemporáneo de Eneas.
86 Acompañó a Jasón y a Hércules en la expedición de los argonautas; la tradición cuenta que le secuestraron las ninfas del río Ascanio.
87 Como señal de que se entra en combate.
88 Durante la marcha el casco no se llevaba puesto, sino colgado del cinturón; el soldado se lo ponía inmediatamente antes de la pelea.
89 En la Vía Flaminia estaba enterrado el actor de pantomima Paris, y en la Vía Latina el emperador Domiciano. Sin embargo, Juvenal no parece pensar aquí concretamente en nadie, sino en general en personas que llevaran mucho tiempo enterradas. Es una manera de decir que no se explicarán cosas ocurridas en la actualidad más inmediata.
SÁTIRA II
El tema de esta sátira es la homosexualidad. Pero hay que decir enseguida: la homosexualidad masculina. La femenina, el lesbianismo, no interesó a Juvenal ni, por lo que vemos, a los literatos latinos en general. Un mínimo escarceo de Marcial (VII 67) contra una atleta que mostraba semejantes inclinaciones y muy poca cosa más parece ser, en este tema, todo. En su larguísima sátira VI contra las mujeres, la única lacra que casi no aparece es ésta. Algo parece haber en la sátira VI (v. 311). Y sería difícil adivinar por qué el tema no interesó a los literatos romanos.
Parece que los modernos estudios de medicina y de psicología permiten distinguir claramente algunos tipos muy diferenciados de homosexualidad masculina. Uno sería el de los hombres a los que repugnan las mujeres; el mismo Juvenal parece aludir a él en un pasaje de su sátira VI (vv. 33-37):
Y si de estas salidas no te place ninguna, ¿no piensas que más te valdría dormir con un garzón? Un garzón no te armará un escándalo nocturno, no te pedirá regalillos por acostarse contigo y no te echará en cara que ahorres tu virilidad y que no soples según sus antojos.
Tal puede ser el caso también de hombres que durante largo tiempo se ven imposibilitados de convivir con mujeres, por ejemplo los marineros, los presos, los antiguos espartanos en campaña... En estos casos no parece que se menoscabe la virilidad, y ellos tampoco interesaron a Juvenal.
Hay otro tipo de homosexualidad de causas mucho más complejas. Hay hombres que no se avienen a serlo, que preferirían ser mujeres. Se niegan a ser parte activa en la práctica del amor, y cultivan una presentación de sí en buena parte femenina. En el vestido, en sus andamios, en su modo de hablar y de comportarse. Y ésta es la homosexualidad que en esta segunda sátira ataca Juvenal.
Estos homosexuales no son una pandilla ni organizada ni homogénea. El poeta nos la presenta en cuatro escenas, en las que cada una presenta un caso peor que el anterior. Helas aquí: 1. los hipócritas; 2. los homosexuales que dejan entrever su condición; 3. la sociedad secreta, y 4. Graco pavoneándose de su desvergüenza.
El primer grupo (vv. 1-63) nos pone al corriente de un grupo romano muy peculiar, el de aquellos que se las dan de filósofos no epicúreos, sino estoicos, revistiéndose de todas las apariencias de éstos, pero que en realidad son unos farsantes de la peor calaña, pues ocultamente practican perversiones de todo tipo. Y es la meretriz Laronia quien les pone en solfa, audaz y desvergonzada, pero sincera. El pasaje no tiene desperdicio.
Cambio de escena (vv. 64-81). Ahora aparece no un estoico de profesión, sino un maestro de moralidad, un abogado especializado en perseguir judicialmente esposas infieles para hacerlas condenar según las leyes vigentes que protegen la fidelidad en el matrimonio. Se las da de predicador severo como un republicano romano de la vieja época, y como un conservador de todos los tiempos... pero actúa ante el tribunal con un vestido transparente, confeccionado con unas gasas, como las que usaban las prostitutas. Él lo justifica por el calor reinante, pues el juicio se celebra en pleno estío. Juvenal requiere de él que pleitee con sólo puesta la toga, y no recubierto con tales gasas:
pues actúa desnudo: tal locura no es tan ignominiosa.
En efecto, en estos contextos, el latín nudus, significa simplemente no llevar ropa interior. Lo grotesco de tal solución acentúa la desvergüenza del abogado. Y aquí siguen unos versos que me parece que merece la pena transcribir en su latín original, pues se citaron centenares de veces durante la Edad Media, lo mismo durante el Renacimiento y en la época de la Ilustración con admiración no menor:
Dedit haec contagio labem
et dabit in plures sicut grex totus in agris
unius scabie cadit et porrigine porci,
uvaque conspecta livorem ducit ab uva.
Así como entre el tratamiento del primer grupo y el del segundo hay una ruptura, una verdadera solución de continuidad, ahora se pasa del segundo grupo al tercero mediante una verdadera transición. Juvenal no deja el diálogo que entabló con el deleznable abogado y le advierte que empeorará (vv. 82-83):
Llegará un día en que te atrevas a algo más impúdico que este vestido: nadie llegó de golpe al colmo del libertinaje.
Porque hay un tercer grupo, una sociedad secreta, diríamos hoy (vv. 82-116), que se dedica a la imitación de las mujeres en la celebración que éstas hacían del culto de la Bona Dea. Los componentes de esta banda se reúnen en el domicilio de uno de ellos y allí se visten y se acicalan como mujeres, se alargan las cejas y se las tiñen con una línea de hollín a lo largo de las pestañas, su esclavo les jura por Juno, uno de ellos empuña un espejo que les ha llegado procedente del emperador Otón. Y se excluye rigurosamente a los hombres del festejo, tal como las mujeres los excluían del suyo, del genuino.
De modo que hasta ahora estos tres grados de homosexualidad quedaban por lo menos medio ocultos. El orador con su atuendo transparente (que se equipara de algún modo a una ramera), los filósofos vergonzantes que procuran encubrir sus inclinaciones, el secreto de la celebración de la parodia de la fiesta de la Bona Dea. Pero hay una gradación que va de mal en peor. El tumor revienta en la cuarta escena, y sale ya a la plena luz del día la fétida podredumbre de un enlace entre homosexuales. Un hombre perteneciente a uno de los más distinguidos linajes de Roma, un Graco, se pone el velo de novia, o sea, se ha convertido en mujer, y se casa con un hombre con todas las de la ley, es decir, con todas las formalidades legales del caso. Juvenal subraya amargamente la indiferencia del pueblo romano ante tales monstruosidades; un anónimo invitado a la ceremonia dice como si tal cosa:
tengo algo importante que hacer en el valle de Quirino.
Y luego, como por un resquicio, quizás advirtamos algo de las creencias de Juvenal, pues increpa con mal disimulado desprecio a Rómulo divinizado, y a Marte, protector de la ciudad, que no han sabido preservar a su ciudad de tales infamias.
Y, retomando el hilo, este Graco es el mismo, prosigue Juvenal, que bajó a la arena como gladiador reciario: falló el golpe con la red y tuvo que huir corriendo como un galgo por la arena del Circo Máximo, pues el reciario que fallaba en su intento llevaba luego todas las de perder. Cierto que en este caso concreto no hay homosexualidad, pero el protagonista, como luego se vio, lo era; sí que había aquí la peor prostitución. Sí, nos es difícil pensar que el afeminado joven que ahora ejerce de mujer fuera tan osado como para atreverse a descender a la arena del Circo Máximo para medirse con otro gladiador fuertemente armado, y es difícil comprender cómo su aparición en público como gladiador consternara tanto a Juvenal como su enlace con otro de su mismo sexo. Pero es que la del gladiador era la forma de vida más vil entre los romanos, una existencia breve y embrutecida; eran hombres libres a los que se trataba peor que esclavos. El nivel social de los gladiadores era idéntico al de las prostitutas de los barrios ínfimos de Roma. El rango y la familia de los Graco lo hacía todo peor.
El noble nombre de Graco y de sus pares evoca en Juvenal los días grandes de la historia de Roma. Hay seguramente un trasmundo, sugiere el satírico, pero no como lo describen Virgilio y Homero (y Aristófanes en una escena de su primera comedia, Los Acarnienses). Dato non concesso supongamos que sea verdad: ¿qué ocurriría si las almas de los nobles de la Antigüedad en vez de verse visitadas por Eneas o por Ulises lo fueran por tipos de esta laya? Lo sentirían como una infección contagiosa, y pedirían agua y azufre para purificarse ritualmente. El duro colofón de Juvenal es que se han invertido los papeles. No es que el imperio de Roma se haya reducido, bien al contrario, se ha ampliado, pues acabamos de conquistar (el poeta lo dice en primera persona del plural: ¿habrá participado en las campañas?) las islas Órcadas, el archipiélago de Orkney, y la isla de Inglaterra (en verdad ocupada débilmente en su parte meridional por las legiones romanas), pero no imperamos un modo de vivir ético, sino la peor inmoralidad. Normalmente se pensaba en los pueblos de Oriente y en Egipto, y aun en Grecia como fuentes más habituales de la relajación de costumbres, que ellos exportaban a Roma. Pero hete aquí que las cosas, han cambiado, ahora es Roma la que esparce por todo el mundo civilizado, el que ella domina, esta inmunda degradación. Un ejemplo concreto reduce a cifra toda la sátira, el joven armenio Zalaces, que cuando se instaló en Roma, quizás como rehén, quizás simplemente para adquirir una educación superior, era de una nobleza total de costumbres. Pero aquí ha sido seducido por un tribuno, y será él luego, cuando regrese a Artajata, la capital de Armenia, quien adiestre a los suyos en prácticas nefandas.
El objetivo de la sátira está claramente marcado. Si bien es verdad que ataca en general a los vicios y la degradación de Roma, contra quien dispara de verdad es contra la aristocracia romana. Graco es un exponente de la más alta nobleza, los participantes de la orgía secreta se visten con atuendo muy caro, y tiene una relación evidente, aunque pretérita, con el emperador Otón. Crético es el nombre que aplica Juvenal al abogado predicador de moralidad, lo cual significa que alguno de sus antepasados fue general. Los hipócritas admiradores de Catón y de Hércules son estoicos, y el estoicismo fue la filosofía de los aristócratas que se oponían al régimen imperial, y eran adictos al viejo republicanismo. Y la sátira contiene algunos alfilerazos contra Domiciano, el censor vitalicio que, como los ridículos estoicos del principio de la sátira, era un libertino que promulgaba leyes severas contra la inmoralidad. El motivo de la sátira es la hipocresía y la degeneración de toda una clase social, indigna del nombre que lleva y foco de infección del mundo dominado por Roma, que ésta corrompe a la par que conquista.
Pero más escondidamente puede haber un motivo más personal, la envidia, no del vicio, naturalmente, pero sí del dinero de los que lo practicaban. Pues la vulnerabilidad del poeta en este punto tampoco admite lugar a dudas.

SÁTIRA II
De buena gana huiría de aquí para ir más allá de los sármatas y del Océano Glacial 1 cada vez que se atreven a hablar de las costumbres los que se las dan de Curios 2 y viven entre bacanales 3 . Ante todo son unos burros, aunque todo lo suyo lo hallarás repleto de estatuas de yeso 4 ; [5] son de Crisipo 5 , ya que el más perfecto de ellos es el que se compra una efigie de Aristóteles o de Pítaco y manda exhibir en un soporte de plomo un retrato auténtico de [10] Cleantes 6 . No te fíes de sus rostros, pues ¿qué calleja no rebosa de depravados de aspecto austero? ¿Fustigarás la inmoralidad precisamente tú, que eres la cloaca más notoria entre los putos seguidores de Sócrates? Tus miembros hirsutos y las duras cerdas de tus brazos prometen un ánimo indomable, pero el médico se monda de risa cuando te extirpa del culo depilado 7 bubas como higos chumbos. Esta gente habla poco; el silencio es su gran pasión, y [15] también unos cabellos más cortos que el pelo de las cejas 8 . De modo que Peribomio 9 es más veraz y más sin doblez: le achaco la culpa al hado 10 si su faz y su andadura delatan sus flaquezas. La sinceridad de gente como él es digna de piedad, su mismo delirio hace que les comprendamos. [20] Peores son los que arremeten contra estos vicios con palabras de un Hércules 11 , y discuten sobre la virtud meneando las nalgas. «¿Voy a temer, Sexto, tus contoneos?» —dice el infame Varilo 12 —. «¿Me aventajas en algo? El de buena planta puede reírse del zancajoso, el blanco del etíope, pero ¿quién tolerará que los Gracos 13 protesten de una rebelión? ¿Quién no mezclará cielo y [25] tierra, cielo y mar si los ladrones desagradan a Verres 14 , los asesinos a Milón 15 , si Clodio 16 acusa a los adúlteros y Catilina a Cétego 17 , si los tres discípulos de Sila 18 maldicen de la tabla de proscripción?» Se parecerían a éste 19 que hace poco 20 , manchado por un incesto de tragedia 21 , [30] renovó unas leyes durísimas 22 para todos, temibles incluso para Marte y para Venus al tiempo en que Julia abría a sus abortos un vientre demasiado fecundo y expulsaba unos fetos que eran la estampa clavada de su tío. ¿No es, pues, con buenas razones que los viciosos peores desprecian a estos Escauros 23 fingidos y si se les mortifica devuelven la dentellada?
[35] Laronia 24 no pudo contenerse ante el clamor de un individuo de éstos que gritaba con la faz hosca: «¿Dónde estás ahora, Ley Julia? ¿Te has dormido?». Y le dijo con risita de conejo: «¡Felices nuestros tiempos, que te oponen a las corrompidas costumbres actuales! Roma puede recuperar [40] su vergüenza: nos ha caído del cielo un tercer Catón 25 . Dime, sin embargo, dónde compras estos untos perfumados que te aplicas al cuello peludo. No tengas reparos en indicarme el dueño de la tienda. Y si aquí se zarandean 26 las leyes y el derecho, antes que cualquier otra cítese la Ley Escantinia 27 . Tú mira en primer lugar [45] a los hombres, y escrútalos. Son peores que nosotras, pero les defiende su número: constituyen falanges cerradas, los ombligos de sus escudos se tocan 28 . Entre los maricas hay una gran concordia. Las mujeres no ofrecen casos tan detestables. Ni Mevia lame 29 a Cluvia ni Flora a Cátula: Hispón se entrega a los jóvenes y palidece de uno y otro [50] exceso 30 . ¿Es que nosotras armamos pleitos, conocemos el derecho civil o removemos vuestros foros con cualquier estrépito? 31 . Pocas son las que se dedican a la lucha atlética y comen croquetas 32 . Vosotros, en cambio, tiráis de la lana y llenáis los cestillos con madejas ya hechas, vosotros torcéis la rueca recubierta de hilo mejor que Penélope [55] y con más presteza que Aracne 33 , lo hacéis cual la ramera harapienta clavada a su taburete 34 . Ahora sabemos por qué Híster 35 legó toda su hacienda a su liberto, y aún en [60] vida hacía magníficos regalos a su joven esposa: será rica la que se conforma con ocupar el tercer lugar en el tálamo. Mujer, tú te casas, y ¡a callar! Tu discreción te proporcionará valiosas gemas. ¿Y es de nosotras, después de esto, de quienes se emite un juicio tan penoso? La censura 36 perdona a los cuervos y sacude a las palomas».
Los estoicos 37 se pusieron a temblar y huyeron de la [65] que les cantaba verdades tan palmarias. Pues, ¿qué hay de falso en lo dicho por Laronia? ¿Y qué no van a hacer los otros cuando tú, Crético 38 , te pones sólo unas gasas y ante el pueblo pasmado por tu indumentaria discurseas contra las Próculas y las Politas? Fábula es una tortillera; [70] sentenciemos, si quieres, incluso a Carfinia 39 : jamás las condenadas se pondrán una toga como la tuya. «Es que este julio quema; yo me abraso». Pues perora desnudo 40 : tal locura no es tan ignominiosa. Así 41 se avendría a escucharte cuando proclamas las leyes y el derecho el pueblo que acaba de vencer, con sus heridas todavía no restañadas 42 , y la otra plebe, la montañesa 43 , que para oírte abandonaría sus arados 44 .
¿Pues, qué no proclamarías si en el cuerpo del juez [75] vieras un tal atuendo? Pregunto si estas gasas le convienen a un testigo 45 . Tú, Crético, punzante e indómito profesor de libertad, lo enseñas todo. Esta peste se te pegó por contagio, e infectará a muchos, tal como en el campo una piara entera sucumbe por la sarna o la tiña de un puerco [80] tan sólo, y las uvas toman de las que tienen delante su color negruzco.
Llegará un día en que te atrevas a algo más impúdico que este vestido: nadie llegó de golpe al colmo del libertinaje. Te acogerán cada vez más aquellos 46 que dentro de [85] sus casas se adornan la cabeza con largas cintas, se llenan el cuello de collares y aplacan a la Buena Diosa con el vientre de una marrana y una gran copa de vino. Pero invirtiendo las costumbres, las mujeres son arrojadas lejos, ni tan siquiera traspasan el portal. El altar de la diosa es accesible sólo a hombres. «¡Fuera, profanas!» —se grita—. [90] «Aquí no hay ninguna flautista que haga gemir su cuerno». Tales eran las orgías que a la luz secreta de unas antorchas solían celebrar los baptas 47 acostumbrados a fatigar 48 a la ateniense Cótito. Uno mediante una aguja 49 pequeña se alarga las cejas 50 con hollín humedecido y se [95] las pinta 51 alzando sus ojos parpadeantes 52 , otro bebe con un príapo 53 de cristal y llena una redecilla de oro con su abundante cabellera; se ha vestido con ropas a cuadros azules o con un tenue tejido 54 de color verde pálido; el esclavo jura por la Juno 55 de su amo. Un tercero sostiene un espejo 56 , instrumento favorito del garzón 57 Otón, «despojo de Áctor auruncano», en el que aquél se contemplaba [100] armado cuando iba a mandar levantar estandartes, acción 58 que se debe reseñar en los últimos anales y en la historia más reciente: un espejo ha sido el botín de una guerra civil. Realmente, corresponde a un general en jefe matar a Galba 59 y cuidarse el cutis; es firmeza de un ciudadano nobilísimo aspirar en los campos de Bebríaco 60 [105] al saqueo del Palatino 61 y extenderse en el rostro, con los dedos, pan comprimido 62 , lo cual ni Semíramis armada de aljaba hizo en su imperio asirio ni la afligida Cleopatra [ 110] en su nave de Accio 63 . Pero aquí ni hay pudor en las palabras ni respeto al altar 64 . Aquí reina la impúdica Cíbele y hay plena libertad para hablar con voz lasciva. El gran sacerdote de este rito es un vejestorio fanático, de blanca cabellera, modelo singular y memorable de una insaciable [115] glotonería: merece la pena alquilarlo para maestro. ¿Pero, qué es lo que esperan éstos que, al modo frigio, tiempo ha que se hubieran debido cercenar con un cuchillo un colgajo de carne sobrera? Graco aportó como dote cuatrocientos mil sestercios a un flautista, perdón, quizás tañía con una trompeta 65 . Ya se han sellado los documentos 66 , ya se han deseado felicidades los invitados [120] a la concurrida cena, ya han tomado asiento y esta recién casada se reclina sobre el pecho del marido. Próceres, ¿qué necesitamos? ¿Un harúspice o un censor? 67 . Te horrorizarías o creerías más monstruoso que una mujer pariera un becerro o una vaca un cordero? Se adereza con pasamanería, con vestidos largos 68 y con el velo nupcial uno que hace poco sudaba bajo los escudos sagrados 69 [125] cuando los agitaba 70 con la correa misteriosa 71 . ¡Padre de la ciudad! 72 ¿Desde dónde se abatió tan horrendo sacrilegio sobre los pastores del Lacio? 73 ¿De dónde salió esta ortiga, Gradivo 74 , que ha alcanzado a tus descendientes? He aquí que un hombre rico y de linaje esclarecido se entrega a otro hombre y tú ni agitas el casco 75 , ni golpeas [130] la tierra 76 con tu lanza, ni te quejas a tu padre. Ea, ¡largo de aquí! ¡Abandona las yugadas del severo 77 Campo del que no cuidas! «Mañana al salir el sol tengo algo importante que hacer en el valle de Quirino 78 ». «¿Qué es lo que debes hacer?» «¿Por qué lo preguntas? Un amigo [135] mío toma marido; los invitados somos pocos». Los que no muramos pronto viviremos esto, y ocurrirá a la luz pública, y se deseará que se consigne en los registros 79 . Entretanto una angustia indecible aflige a las casadas: no llegan a dar a luz y a retener al marido por medio de los [140] hijos. Sin embargo, es preferible que la naturaleza no haya concedido a las almas jurisdicción sobre los cuerpos. Las esposas mueren yermas, y en nada les aprovecha la obesa Lide 80 con sus potes de ungüento, ni les sirve de nada ofrecer las palmas de sus manos al ágil luperco 81 .
Pero hay todavía una monstruosidad 82 peor: Graco con su túnica y el tridente en la mano. Se le ha visto 83 como gladiador corriendo en medio de la arena 84 , a él, [145] de linaje más noble que los Marcelo 85 y los Capitolino 86 , que los descendientes de Paulo y de Catulo, que los Fabios y que todos los espectadores aposentados en la tribuna 87 , sin exceptuar ni tan siquiera a aquél que sufragó los juegos en los que Graco falló con su red.
Que haya algunos manes, los reinos subterráneos, la [150] pértiga y las ranas negras de la charca Estigia, y que tantos miles atraviesen la laguna en una sola barca, sólo lo creen los niños que aún no pagan en los baños 88 . Pues vamos a creerlo: ¿qué sentirán Curio y los dos Escipiones, [155] qué Fabio y los manes de Camilo 89 , qué la Legión Cremera 90 y los jóvenes que cayeron en Cannas, las almas de tantos guerreros, cada vez que desde aquí llega a ellos un alma de tal calaña? Desearían purificarse si se les diera un poco de azufre, unas teas y si tuvieran a mano algo de laurel humedecido 91 . Allí desfilamos ante la rechifla. Es cierto que hemos llevado nuestras armas más allá de [160] las costas de Juverna, más allá de las Óreadas recién conquistadas 92 y de los británicos que deben contentarse con una noche muy breve. Pero lo que ocurre en la capital del pueblo vencedor no lo hacen aquellos que vencimos. Bien, sí: dícese de un armenio, Zalaces 93 , más afeminado que todos los efebos juntos, que se entregó a los ardores [165] de un tribuno. Mira los efectos de estos cambios: habían venido aquí como rehenes y aquí se les convierte en hombres 94 . Pues si una estancia demasiado larga familiariza a estos jóvenes con la ciudad, jamás les faltará un enamorado que les enviará calzoncillos, puñales, frenos y un látigo. Y ellos se llevarán a Artajata 95 las costumbres de la [170] toga pretexta.
1 Juvenal cita aquí el pueblo y el mar más septentrionales. La denominación «Océano» es la normal que tenía ya en los geógrafos griegos, y que aceptan los romanos: mar exterior que rodea la tierra. Glacial es denominación de parte, y su función gramatical oscila entre epíteto y atributo.
2 Los Curios como ejemplos proverbiales de la severidad de costumbres antigua.
3 Bacanales, aquí ya sustantivo común. Las Bacanales recordaban orgías báquicas en las que se daban aberraciones sexuales de todo tipo. Aquí, como ya se ha indicado, Juvenal alude principalmente al imperio de Domiciano, en el que la afectación de un rigor y sencillez filosóficas en las manifestaciones externas eran la tapadera de la peor disolución de costumbres.
4 Bustos de filósofos modelados en yeso eran el ornato más habitual de las estancias de los que estudiaban filosofía o se las daban de estudiarla.
5 Lo mismo que ocurría con las costumbres ocurría con el saber, que no les interesaba para nada, pero ocultaban su total desinterés teniendo en sus casas, a la vista de todos, bustos de filósofos.
6 En mi versión catalana del año 1961, aquí me equivoqué. Lo que dice el satírico es que un soporte horizontal de plomo fijado en la pared exhibe un retrato auténtico del filósofo Cleantes, estoico, de acuerdo con la ficción de moralidad de aquella alta sociedad romana.
7 La depilación era algo muy practicado por los elegantes de aquella sociedad romana.
8 Los estoicos llevaban la cabeza rapada como señal de su desprecio por la elegancia corporal.
9 Sumo sacerdote de la diosa Cíbele, que era honrada (!) con prácticas infames.
10 Juvenal viene a decir: tal hombre está como predestinado a estas prácticas infames que se le notan públicamente. Y esto hasta cierto punto le exime de culpabilidad.
11 Hércules como ideal del sabio estoico.
12 Otro infame muy conocido, quizás afectado por la ley Escantinia.
13 El linaje de los Graco en Roma era muy antiguo, y designaba la familia plebeya de los Sempronio. La referencia concreta de Juvenal aquí debe de ser a Tito Sempronio Graco, que después de una larga y azarosa carrera militar y política, siempre para defender a las clases más populares, en el año 132 a. C. propuso una constitución que fue tenida por revolucionaria, y murió asesinado conjuntamente con algunos centenares de partidarios suyos.
14 Fue procónsul en Sicilia, que expolió, y fue objeto de una célebre acusación por parte de Cicerón.
15 Asesino del tribuno Clodio, y fue defendido judicialmente por Cicerón en el más famoso de sus discursos, el Pro Milone.
16 Es el Clodio de la nota anterior, famoso por su vida licenciosa.
17 Compañero de conjuración de Catilina.
18 La referencia es a Lucio Cornelio Sila, que después de una azarosa vida militar, pues dirigió guerras en Grecia, en Asia Menor y en la misma Italia, en el año 82 a. C., tras vencer en la guerra civil, proscribió a cuarenta senadores, a mil seiscientos caballeros, y, en conjunto, a cuatro mil setecientos ciudadanos. Los discípulos de Sila son el segundo triunvirato, el del año 43 a. C., Octavio, Antonio y Lépido.
19 Es Domiciano, que se casó con su sobrina Julia (lo cual estaba prohibido legalmente), y cuando ésta quedó embarazada le mandó abortar; los abortivos tomados produjeron la muerte a la joven.
20 Probablemente esta sátira segunda fue compuesta al cabo de poco tiempo de la muerte de Domiciano.
21 De tragedia por lo que sucede en las tragedias. Una unión entre tío y sobrina era legalmente un incesto. Juvenal subraya expresamente que el incesto coincidió con la promulgación de la Lex Iulia.
22 La Lex Iulia de adulteriis et stupro, promulgada por Domiciano en el año 90.
23 Los Escauro como representantes de la moralidad de las épocas antiguas. Juvenal piensa concretamente en Marco Emilio Escauro, cónsul en el año 115 a. C., campeón de la oligarquía aristocrática, y muy alabado por Cicerón, y piensa también seguramente en el hijo de éste, al que su padre castigó con la muerte por haber fracasado en su lucha contra los cimberios.
24 O bien se trata de una mujer condenada en virtud de la Lex Julia, o bien de un nombre genérico, para designar a las mujeres de esta laya.
25 Catón el Censor y Catón de Útica eran modelos proverbiales de la austeridad antigua de la vida.
26 Para despertarlas, pues están dormidas.
27 La Lex Scantinia, muy antigua, aunque se desconoce la fecha exacta de su promulgación, condenaba el estupro de un adolescente.
28 Se refiere a la táctica militar llamada testudo, originariamente griega (la cita, por ejemplo, Polibio IV 64, 6), y que adoptó el ejército romano. Los hoplitas (o los infantes) se alineaban en línea recta y juntaban sus escudos de modo que se tocaran unos con otros. El resultado era algo así como una pared difícilmente franqueable. La relación con el caparazón de la tortuga (testudo) se daba principalmente cuando no sólo la primera fila de combatientes, sino también las laterales adoptaban semejante disposición, y los infantes que quedaban en medio se cubrían las cabezas también con los escudos. Todo ello tiene Juvenal in mente cuando hace esta alusión.
29 Las partes sexuales, naturalmente. Estos nombres probablemente son de personas reales, que han existido.
30 El homosexual y el heterosexual.
31 Aquí Juvenal se contradice con los lugares de la sátira VI en los que aparecen mujeres que promueven procesos (v. 244), que se dedican a ejercicios atléticos y que practican la esgrima (vv. 246 y sigs.), mujeres que no constituyen ninguna excepción.
32 Comida peculiar de los que luchaban en el Circo.
33 Bordadora que desafió a Minerva y ésta la convirtió en araña.
34 Es el caso de cualquier esclava que el marido eligiera como concubina; por celos, la esposa ofendida mandaba sentarse a esta esclava en un taburete y le fijaba los pies con un cepo.
35 Hister es aquel Pacuvio Híster citado en la sátira XII como captador de testamentos. Aquí, en el suyo propio, se ha acordado de su liberto porque a la vez ha sido su garzón. No de mejor calaña es su joven mujer, que consiente en las prácticas sodomíticas de su marido porque éste le hace magníficos regalos. Sin embargo, la referencia tiene un origen mitológico: Dirce, que persiguió con toda suerte de encantamientos a Antíope, concubina de su marido Licón.
36 Alusión muy concreta a la censura vitalicia que se asignó Domiciano.
37 Patronímico burlesco; estos hombres nada tenían de estoicos. La palabra latina stoicidae es una formación grotesca paralela al patronímico Aeacida, usado éste en la lengua sublime de la tragedia y de la épica.
38 Con este cognomen se alude a cualquier persona de alto rango social, y se dio desde siempre en la familia de los Metelo. Aquí se alude a uno que ejerce una acusación de adulterio, y va ataviado con ropajes tan delgados y transparentes que más bien parecen los de una prostituta.
39 Probablemente nombres de mujeres condenadas en procesos por adulterio. Con ello habían perdido el derecho a usar la toga de matronas, y debían vestir obligatoriamente el vestido de las mujeres rapadas, la llamada toga de meretriz.
40 Puesta, es decir, sin llevar ninguna prenda debajo.
41 Un punto culminante en el sarcasmo de la sátira.
42 Certera descripción de los antiguos romanos, que regresaban a sus hogares después de una campaña victoriosa, y sin darse descanso acudían inmediatamente a la asamblea popular, en la que debatían los problemas ciudadanos.
43 Seguramente se refiere a la población que regresaba de la celebración de las fiestas del Septimontium, aunque el adjetivo «montañesa» comporta algo de rusticidad y de palurdo.
44 «Abandonar el arado» era una expresión proverbial para indicar tiempo de asueto.
45 En un juicio. Vestir así era un escándalo en cualquier caso, pero lo era más actuar vestido así como testigo de la acusación ante un tribunal.
46 Juvenal habla aquí como si hubiera existido realmente una asociación de hombres que se reunían en el domicilio de alguno de ellos no sólo para vestirse con atuendo femenil, sino también para celebrar una parodia de las fiestas que las mujeres celebraban en honor de la Bona Dea . Ellas excluían rigurosamente a los hombres de su celebración, y estos pervertidos hacen lo mismo. La celebración genuina fue introducida en Roma por los sabinos, ya antes de la época de Numa Pompilio. En ella se sacrificaba una puerca, símbolo de la fecundidad, y no se bebía vino, pues se creía que éste dañaba a las embarazadas.
47 Aquí hay una comparación con las orgías de la diosa Cotito en la ciudad de Atenas. Cotito era una divinidad frigia cuyo culto tomó carta de naturaleza en Atenas; se celebraba con orgías licenciosas. Los baptas eran los ministros de este culto, cuya iniciación se hacía con una inmersión en agua. De ahí el nombre. Etimológicamente «bapta» significa «el que sumerge».
48 Fatigar, porque la diosa llegaba a hartarse de sus adeptos.
49 El latín dice «aguja», pero debe entenderse más bien una pequeña espátula.
50 Era una fórmula de belleza en las mujeres alargarse las cejas de modo que casi se juntaran encima de la nariz.
51 No es lo mismo que lo anterior. Se reseguían las pestañas a lo largo de la ceja con antimonio machacado y reducido a polvo, que es algo muy parecido al hollín. De ahí que se le diera simplemente este nombre.
52 Porque durante la operación, el párpado no puede mantenerse inmóvil.
53 Referencia a la felación.
54 En latín galbina, vestido exclusivo de mujeres. Tenue: otra vez la transparencia de las vestiduras.
55 La ficción de que aquí se trata de mujeres es observada con el máximo rigor.
56 Los espejos eran de uso exclusivo de las mujeres. Aquí hay una referencia a la Eneida de Virgilio, y luego una cita literal. La primera es una parodia del lugar III 286 «escudo del insigne Abante» (que fue un rey de Argos aliado de Agamenón), la segunda, cf. XII 94. Ello permite ver muy intuitivamente el monstruoso contraste entre los héroes de la Antigüedad y los personajes de la época del satírico. Otón, representante de la juventud aristocrática de entonces, empuñaba el espejo como los antiguos empuñaban el escudo, y lo empuñaban con el mismo orgullo, hay que suponer, con que Turno blandía la lanza que arrebatara en pleno combate a Áctor de Aurunca.
57 Era voz común que la amistad entre Otón y Nerón era de índole perversa.
58 Los vv. 102-109 nos ofrecen otra vez una digresión meditativa que rompe totalmente la unidad del pasaje.
59 Otón mandó asesinar a Galba en el año 69.
60 Pequeño lugar entre Cremona y Verona en que se libró la batalla decisiva entre Otón y Vitelio, en abril del año 69.
61 Es decir, proclamarse emperador de Roma.
62 Se trata de una compresa muy delgada de pan, amasada con leche de burra, que durante la noche se ponía en la cara para vitalizar el cutis.
63 Cosa que no hicieron ni Semíramis ni Cleopatra, las belicosas reinas de Oriente. La primera, según la leyenda, hizo una campaña hasta la India, en la que murió. Pero los romanos vieron siempre en ella una mujer muy muelle. El texto latino aplica indiscutiblemente a Cleopatra el adjetivo «triste», «afligida», lo cual puede responder a su estado de ánimo antes de la batalla.
64 Se refiere a la mesa sagrada, en la que se depositaban las ofrendas.
65 El equívoco obsceno es evidente. Se entra en la descripción de un enlace entre homosexuales. Habia un precedente no lejano, tal celebración entre el emperador Nerón y un tal Esporo, efectuada con todas las formalidades legales. Este Graco saldrá luego como gladiador reciario (vv. 143-148, y VIII 201), que aquí se une a un trompetero. Apunta también fugazmente el tema del dinero, los cuatrocientos mil sestercios, una cantidad muy considerable.
66 Legales, que dan fe del enlace «matrimonial».
67 Otra alusión a la censura vitalicia de Domiciano. Se consultaban al harúspice los prodigios que pudieran ocurrir, que a él tocaba interpretar; Juvenal considera prodigios estas horribles infamias contra naturaleza, de ahí que mencione al harúspice.
68 Era la túnica talar, que llegaba hasta los pies.
69 Los escudos sagrados eran llevados en el brazo izquierdo por los sacerdotes salios en la procesión que celebraban el día 1 de marzo.
70 Porque durante la procesión los sacerdotes salios bailaban.
71 La correa se llama misteriosa porque sólo se veía en esta ocasión; en el resto del año se guardaba en el templo de los sacerdotes salios. Pero aquí subyace otro sentido, la correa también es misteriosa porque a ella se atribuye un cierto poder mágico.
72 Los sacerdotes salios estaban divididos en dos colegios, el del Palatino, que daba culto al dios Marte, y el del monte Celio, que daba culto a Quirino, quien aquí, como siempre, es considerado como Rómulo divinizado, fundador de Roma, y llamado por esto «padre de la ciudad».
73 Los primeros romanos fueron pastores o bien bandidos, dice Juvenal en VIII 274.
74 El otro patrón de la ciudad, Marte.
75 Agitar la cabeza, aquí cubierta con el casco, es señal de indignación.
76 Golpear el suelo con la lanza era señal inequívoca de ira.
77 Severo, porque no era apropiado tratar en él asuntos triviales ni hacer cosas grotescas.
78 Notan los comentaristas que en la topografía de la Roma antigua, el valle de Quirino no aparece por ninguna parte. Debía de ser una pequeña hondonada contigua a la colina del Quirinal.
79 Se refiere a las Acta Diurna, en las que se anotaban los hechos notables o sorprendentes ocurridos cada día.
80 La obesa Lide fue, sin duda, una comadrona muy conocida, o quizás una mujer médico, o una curandera que suministraba a las mujeres medicamentos contra la esterilidad.
81 En las fiestas llamadas Lupercalia (en honor de los lobos, la celebración procedía de Arcadia), los lupercos, ciudadanos romanos de cierta y aun de alta categoría social, que desempeñaban normalmente cargos importantes, en este día, desnudos y cubiertos por un simple taparrabos, corrían por las calles de Roma y golpeaban a las mujeres que se encontraban al paso con tiras de piel de cabras sacrificadas. Se creía que recibir estos golpes era curativo, y que las mujeres que los recibían tenían los partos más fáciles; las estériles quedaban embarazadas.
82 La palabra latina correspondiente significa algo contra naturam.
83 Los vicios hasta ahora fustigados eran repugnantes, pero se avergonzaban de la luz del día, y quedaban ocultos. Pero lo que sigue ahora supera aquella indignidad inaudita: personas de las familias más nobles, senadores y caballeros, se rebajaban públicamente como gladiadores para ser espectáculo del pueblo. Esta transición sólo se puede entender si se tiene en cuenta que también en lo anterior se ha tratado de la corrupción de las clases más altas. El poeta juzga como romano que es. La dignidad de las clases sociales más altas era un santuario del Estado, y su fundamento más sólido. El desprecio de esta dignidad y la prostitución pública de las más altas esferas familiares y linajes, que hubieran debido ofrecer otro ejemplo, fue el inicio de una perdición irrecuperable.
84 Porque había fallado el golpe. Cuando el reciario fallaba con la red debía huir corriendo como un galgo, porque sus armas defensivas eran de muy poca eficacia.
85 Los Claudii Marcelli, Lutatii Catulli, Aemilii (o bien Fabii, Iulii, Sergii) Paulli, y los Fabii como ejemplo de las familias y de los linajes más nobles y encumbrados.
86 Hay que pensar en los Manlii Capitolini, cuyo antepasado Marco Manlio Capitolino recibió tal cognomen por haber defendido el Capitolio contra la invasión de los galos.
87 Los aposentados en la tribuna eran el Emperador y su corte. Aquí el Emperador era Nerón.
88 Juvenal no rechaza en modo alguno la creencia en otra vida, lo que niega son los mitos que ordinariamente se cuentan sobre ella. El final de la sátira se marca por este contraste, muy efectivo.
89 Los espíritus de la época gloriosa de los antepasados: Curio, Fabricio y Camilo. Son los citados tradicionalmente.
90 Los Fabios muertos en el riachuelo Cremera en la guerra contra los veyentinos.
91 Purificarse de una contaminación. Se ahumaba con azufre y se aspergía con agua; el hisopo era una rama de laurel.
92 La conquista de las Órcadas por Agrícola (el suegro de Tácito) se dio en el año 84. Pero al año siguiente tal general fue llamado a Roma, tras haber conquistado el sur de Inglaterra. Quizás Juvenal participara en la campaña, en cuyo caso escribió esta sátira unos veinte años después.
93 Podría tratarse de un caso real ocurrido en el imperio de Nerón.
94 Duro sarcasmo al final de la sátira.
95 La capital de Armenia.
SÁTIRA III
Al principio mismo de esta introducción particular a la sátira tercera de Juvenal, quiero recordar a mi entrañable maestro Dr. Javier de Echave Sustaeta, que en el curso 1950-51 en la Universidad de Barcelona nos hizo una magistral lectura de ella. Ahí empezó mi gusto por Juvenal, a cuyas particularidades sintácticas dediqué mi tesis doctoral (galardonada por el C.S.I.C. en el año 1957 con el premio Menéndez Pelayo), y que edité en catalán en el año 1961 en la «Fundació Bernat Metge». Por tal edición ahora me avergüenzo un poco, porque presenta fallos quizás ineludibles en un primerizo; pero providencialmente se me ha ofrecido ahora la ocasión, al cabo de treinta años, de repetir la tarea con la madurez que sólo dan éstos. Afortunadamente, no fue éste el único curso en que recibí clases del Dr. Echave, sino también en el siguiente, y debo decir que a su magisterio debo haber barruntado por primera vez qué es leer a los clásicos latinos y griegos, y en qué consiste el verdadero arte de traducirlos.
Pasando ya a lo que aquí en realidad nos interesa, hay que advertir que nos encontramos ante una de las piezas maestras de toda la literatura latina, en la que los defectos más típicos de Juvenal, las digresiones excesivas, aquí no existen, y las dos o tres que hay son hermosos comentarios contextuales que en nada ofenden la secuencia de la sátira (la descripción del rústico teatro de un pueblo, por ejemplo), y en la que el satírico muestra una habilísima destreza en componer una unidad perfectamente equilibrada y compensada en sus partes, conjuntadas por un trasfondo poderoso que las cohesiona por debajo y más allá de la variedad más somática de la redacción. Y todo ello en una dicción vigorosa y enérgica que, especialmente en el texto latino, sobrecoge al lector y hace que no abandone la lectura de esta sátira hasta el último hexámetro.
La sátira es un monólogo recitado de cabo a rabo por Umbricio, un hombre ya maduro, en el primer umbral de la vejez, de posición social modesta, que se va a vivir a Cumas para no regresar jamás a la gran urbe. Porque habría sido absurdo que Juvenal recitara aquí su buena docena de razones para irse de la ciudad, pero quedándose en ella. Se marcha de Roma Umbricio. Como Juvenal, él ha sido cliente de un hombre rico; como Juvenal, se siente un fracasado. Esto les separa, sin embargo: Juvenal se queda, Umbricio se va. Y se va en último término por algo muy romano: para el ciudadano romano el trabajo, sobre todo el manual, era un desdoro. Umbricio no quería ganarse la vida trabajando en algo que no fuera la agricultura. En el mismo principio de su parlamento mezcla indiscriminadamente profesiones honestas y deshonestas entre aquellas que él rehúye ejercer. Sí, a Umbricio (a Juvenal) ahí se le ve el plumero: es un hombre chapado a la antigua, una especie de integrista de la época, que conecta muy bien con los rancios ideales de la época republicana, de Catón el Censor, del de Útica, y que quizás vea en la institución imperial una de las causas de la imparable decadencia de Roma. (Pero era un gran poeta, y esto le ha salvado para nosotros.) Integrista y chapado a la antigua, no dejaba de tener su parte de razón, que estriba en la más profunda esencia del ser hombre y de la sociedad humana.
Esta tercera sátira de Juvenal, excepcional desde tantos puntos de vista, lo es también porque es la única que nos sitúa exactamente en el lugar en que se desarrolla, y no de una manera árida y a secas, sino cargada de intencionalidad (vv. 1-20). Umbricio ha alquilado un carro tirado por mulas para trasladar su equipaje. Sus esclavos han acarreado ajuar y enseres hasta la puerta de la ciudad, pues durante el día los carruajes con ruedas no podían circular por ella, y ahora están cargando el carromato. Juvenal ha paseado con su amigo hasta la Puerta Capena para decirle adiós, y los amigos se desvían de la ruta principal, la Vía Apia, para ir al valle de Egeria por un agradable caminillo y departir en paz, de espaldas a la ciudad.
El lugar por el que los amigos pasean era un lugar sagrado. En el llamado valle de Egeria decía la tradición que Numa se entrevistaba secretamente con la ninfa, que era la del lugar (o la musa, indistintamente). En recuerdo de ella los antiguos habían erigido aquí un templo, y una fuente amenizaba con sus linfas la santidad del lugar. Pues bien, apunta Juvenal, incluso este lugar ha sufrido una doble profanación. Ante todo ya no acuden aquí gentes que veneren la santidad del sitio, que han sido reemplazadas por enjambres de judíos, mendigos en su mayor parte, que seguramente, por lo que dice Juvenal, han establecido aquí una sinagoga. Además, y ésta sería la segunda profanación, la gruta de la ninfa ha sido restaurada. El muro originario ha sido recubierto por lujosas placas de mármol, y el césped de su suelo ha sido arrancado. Al describir la situación del monólogo, Juvenal nos da su tono emocional, tal como lo da al final, en las palabras definitivas de despedida.
El contenido de la sátira es el siguiente: en Roma es imposible encontrar un trabajo honrado (vv. 21-57). Ya se ha señalado lo que Juvenal entiende, porque contratar la construcción de un templo, o de un puerto, o de los diques de un río no es ningún trabajo infame. Pero nuestro satírico lo ve desde un punto de vista estrictamente romano, y para él, el hecho de que un antiguo trompetero, funcionario municipal, ahora organice peleas de gladiadores es perfectamente homologable con la contrata de obras de un puerto.
Pero el hecho de no encontrar trabajo honrado en Roma tiene una causa principal, la población advenediza de griegos y de orientales, que desplazan a los romanos por doquier. Juvenal, y hay que pensar que en ello no era una excepción, odiaba a estos extranjeros. La palabra clave parece ser xenofobia (vv. 58-125). Ya los griegos desde sus épocas preclásica y clásica sintieron auténtico desprecio por los que no eran griegos (tal como los judíos lo sentían hacia los no judíos, aunque obviamente por motivos distintos), y lo mismo pasó con los romanos. Pero en los tiempos antiguos si el forastero asimilaba la lengua y la cultura griega o latina y se integraba en la sociedad respectiva, nada hostil se sentía contra él. Terencio era africano, y quizás de color negro (esto no es seguro), Diógenes el Cínico había nacido en la región del Mar de Mármara, y Zenón el Estoico era judío de nacimiento. Notabilísimo es el caso del historiador Polibio, que, nacido en Megalópolis, llegó a Roma como prisionero de guerra, pero llegó a integrarse profundamente en el llamado círculo de los Escipiones. De todas formas, es verdad que nunca faltó en Roma quien se opusiera tenazmente a la influencia griega: Catón el Censor luchó contra ella durante toda su vida.
Pero con la liquidación del régimen republicano en Roma y la institución del Imperio, la convivencia pacífica en Roma entre romanos y griegos (que hasta entonces habían sido relativamente escasos) se agrió. Lo más probable, y Juvenal parece confirmarlo, es que a principios del Imperio una verdadera oleada de griegos y en general de orientales inundara Roma. Y unos y otros tenían motivos parciales para desdeñarse mutuamente. Los griegos despreciaban de los romanos su rudeza y la violencia con que se manejaban, y los romanos despreciaban de los griegos su versatilidad y su relajación de costumbres. Puntos tan centrales como la religión romana y sus concepciones políticas se vieron poco afectados por lo griego, pero la moralidad pública de Roma se resintió notablemente ante los embates de la disolución que le llegaba de Oriente. Y ello separó ambas poblaciones cada vez más. Añádase a ello un fenómeno sociológico y cultural: en el occidente del Imperio Romano, el impacto de la cultura griega fue escaso, y en Roma mismo a partir del s. m hubo una fuerte revalorización de lo romano en detrimento de lo griego. No antes de esta época en Roma las liturgias cristianas empezaron a celebrarse en latín, pues incluso en la Urbe la primera lengua del culto cristiano fue el griego. Esto por un lado. De igual manera el latín y su cultura impactaron muy poco la parte oriental del Imperio, que siguió siendo radicalmente griega. En la época de Juvenal todo ello se reflejaba en Roma, y desaguaba en un odio racial. De manera que cuando el satírico ataca con furia a los grieguillos no es como un hongo que nace solo y esporádico en el bosque: es sólo un árbol en la espesura de éste.
Y ahora hay un cambio radical de perspectivas: también los ricos y los nobles hacen competencia desleal a los pobres (vv. 126-146). Juvenal nos ofrece las dos caras de la moneda: primero los ricos que desplazan a los pobres en una salutatio que no es exactamente la de la sportula, pero que se le parece mucho, y luego la fiabilidad de los testigos en los procesos: al rico se le da crédito aunque mienta, mientras que al pobre, por más que deponga verdad, se le desprecia.
Y sigue un punto que es de la máxima importancia en Juvenal (vv. 147-167): la pobreza importa ridiculez, hacer el ridículo. Era la peor herida a la dignidad de un romano. El pobre va con la túnica rota y zurcida, con las botas agujereadas. El que era rico y se ha arruinado se ve miserablemente expulsado de los círculos sociales en que se movía.
Y por la ley de atracción de contrarios, todo ello evoca en Juvenal la vida en una pequeña ciudad provinciana (vv. 168-179) y la brutal contraposición con la metrópoli (vv. 180-190). La primera parte es esencialmente hermosa, con su núcleo central que describe un teatro aldeano, con sus pequeñas gradas para el público, en cuyas junturas ha nacido la yerba, con el cuerpo de ediles sentado junto a la orchestra vestidos sólo con túnica blanca, pues en nada quieren distinguirse de los demás ciudadanos (al revés de lo que ocurre en Roma, donde los caballeros en el teatro ostentan soberbiamente su toga roja). En el regazo de su madre el niño rústico se asusta ante la máscara del man ducus. Ante la sencillez de este mundo, por ello tiene fuerza el contraste: en Roma se vive lujosamente, pero de prestado, pues nadie es verdaderamente dueño de lo que exhibe, y en ella todo tiene precio, incluso la intercesión de los esclavos para que obtengan algo de su señor a favor del solicitante.
Si echamos una ojeada retrospectiva a lo que hasta ahora tenemos leído del apasionado monólogo, vemos que sin la pasión que lo caracteriza sería vulnerable lógicamente, que tiene cabos sueltos que han quedado sin atar. Pero esto no nos importa. Los tres motivos aludidos, no poder ganarse la vida honradamente, los grieguillos y los inconvenientes de la pobreza forman juntos una sola queja ya reseñada. No se puede ser a la vez honrado, romano y pobre. Y por ahí progresa la sátira.
Los peligros de la ciudad, con una segunda y espléndida evocación de la vida campesina (vv. 190-231). La descripción de Juvenal es sumamente eficaz debido precisamente a pequeños contrastes que ofrecen un contraluz poderoso: nadie en las modestas ciudades provincianas teme el derrumbamiento de su vivienda, mientras que los bloques de pisos en Roma se alzan apoyados en míseras estructuras y tabiques. Si se abre una grieta en un muro, el dueño no manda repararla, sino sólo taparla. ««Podéis dormir tranquilos», dice. ¡Y el derrumbe está encima!» Luego los incendios, que pueden empezar por cualquier parte. Y en este último caso se ve la mezquindad de la conciencia de la ciudadanía romana, pues si se pega fuego al piso de Codro, aquel mísero poeta cuya mención abre el frontispicio de las Sátiras (I 2), éste lo pierde todo (un todo, hay que decirlo, descrito con cierta sorna), pero si se incendia el palacio del potentado Astúrico, ello es tomado como una catástrofe pública: los demás ricos y las matronas se visten de luto, y el pretor suspende las audiencias. Y lo peor es que el damnificado recibe tantas ayudas que llegan a superar lo que ha perdido: todo hace pensar que Astúrico pegó fuego él mismo a su palacio.
Frente a esto, ¡vete a vivir al campo! Vivirás en él con frugalidad feliz. Te abastecerá un huerto, de cuyo pocilio somero extraerás sin necesidad de maromas el agua para el regadío, y podrás invitar a cien pitagóricos, pues eran vegetarianos. Otra vez la intuitiva contraposición campo/ciudad.
Y una transición, al menos parcial: no vale la pena vivir en Roma, pues el alboroto nocturno de sus calles no permite un sueño tranquilo y reparador (vv. 232-238), y las aglomeraciones durante el día en estas mismas calles conllevan riesgo de la vida al ciudadano de a pie que transita por ellas (vv. 239-267); no así al ricachón que se desplaza en una litera de Liburnia, y que mira con desdén la marea de cabezas humanas que ya al amanecer se apretujan por las calles de Roma. Principalmente los vv. 243-248 son espléndidos, pues en una condensación compacta, variopinta y convergente señalan los peligros materiales que acechan al pobre que avanza entre tal masa de hombres y mujeres:
... a mí, con la prisa que llevo, me cierra el paso una avalancha por delante, y el gentío que me sigue por detrás formando una cola interminable me oprime los riñones. Uno me larga un codazo, otro me da con una ruda angarilla, éste me sacude la cabeza con una percha y aquél con una metreta. Voy con las piernas perdidas de barro, todo son pisotones de unas plantas enormes; un clavo de soldado me ha herido un dedo.
Tras citar otra aglomeración, la de un colegio o cofradía que celebra un banquete ritual, y el riesgo de los carros cargados con troncos enormes de árboles o con bloques de mármol, y que se desvencijan y derraman su carga sobre la multitud, con el grotesco colofón del muerto cuyo cadáver literalmente se esfuma como las almas de ultratumba en las nekuias de la Odisea o de la Eneida, Juvenal pasa a enumerar los peligros de la noche, una vez que ha reseguido los del día. Antes de considerar este asunto, sin embargo, el último de esta sátira tercera, notemos cómo con un único motivo el satírico ha llenado las horas del día; ahora llenará las de la noche. Su tema es el tráfico en las calles, pero va desde el insomnio a altas horas de la madrugada, pasando por las aglomeraciones matutinas, la de la comida del mediodía, con cada comensal llevándose ridículamente la comida, acompañado de un esclavo que le sopla el hornillo (quizás un equívoco obsceno, pues en las comedias de Aristófanes el fogón o las brasas son las partes femeninas), hasta el tráfico de la tarde, cuya víctima mortal ya se ha sentado, estremecida, en la orilla de la Laguna Estigia, sin el medio as que llevarse a la boca para pagar el pasaje a Caronte. Entretanto en su casa sus esclavos, ignorantes de todo, le preparan la cena.
No se interrumpe la secuencia temporal: los peligros de la noche (w. 268-314). Estamos inicialmente a primera hora de la noche; todavía hay ventanas abiertas con luces encendidas; no todo el mundo duerme. Y ahí radica el peligro, que de las ventanas caiga algo, como aquel «¡agua va!» que se gritaba desde las ventanas de las calles del Madrid de Carlos IV, algo que ensucie o golpee al viandante. Pues no era sólo líquido lo que se echaba por la ventana, también cántaros rotos, vasijas desportilladas...
Y la inolvidable escena final del borracho nocturno pendenciero, que desde cualquier punto de vista lleva las de ganar: por la violencia, porque es más forzudo, por la dialéctica, porque hace preguntas que no admiten respuesta, y aun legalmente, porque si dices algo se interpreta como un insulto, y te denuncia al pretor:
Y da lo mismo si intentas decir algo o pruebas a irte sin rechistar: te sacuden igualmente, y encima furiosos te denuncian al pretor. He ahí la libertad del pobre: le golpean y pide, le muelen a puñetazos y suplica que por lo menos pueda irse de allí con algún que otro diente.
Para acabar hemos regresado al punto de partida: no se puede ser pobre y honrado y romano. Hemos cerrado el espléndido círculo que es esta tercera sátira de Juvenal.

SÁTIRA III
Aunque desconcertado por la partida de mi ya antiguo amigo, le alabo, sin embargo, la decisión de fijar su residencia en la despoblada Cumas 1 , dando así un conciudadano a la Sibila. Es la puerta de Bayas, litoral agradable para un retiro ameno. Yo incluso prefiero Prócita 2 a la [5] Subura 3 . ¿Pues qué lugar he visto tan dejado y desierto que no crea peor el horror de los incendios, los continuos derrumbamientos de techos 4 , los mil peligros de esta inhumana ciudad y los poetas que recitan en pleno mes de agosto? 5 . Mientras apretujan todo su equipaje en un solo carro 6 , [10] él se detiene junto a los viejos arcos de la húmeda Puerta Capena 7 , aquí, donde Numa citaba por la noche a su amiga 8 y hoy los templos y el bosquecillo de la fuente sagrada se alquilan a los judíos 9 , cuyo ajuar [15] consiste en un cuévano y un montón de heno 10 , porque aquí todo árbol se ve obligado a pasar una renta al pueblo y ahora el bosque ha debido expulsar a las musas y echarse a mendigar 11 . Bajamos por el valle de Egeria, a su gruta tan distinta de las auténticas 12 . ¡Cuánto más presente estaría el dios en sus aguas si la hierba ciñera las corrientes en el verdor de las orillas y los mármoles no [20] desfiguraran la toba natural! 13 .
Y aquí dijo Umbricio: «Cuando en la ciudad no hay lugar para los oficios honestos, cuando no hay un pago para los trabajos, y hoy tu peculio es menor de lo que era ayer, y el día de mañana a los pobres les quitará algo, me propongo largarme allí donde Dédalo se despojó [25] de sus fatigadas alas 14 . Cuando las canas me son aún recientes y comienzo mi vejez aún vigoroso, cuando a Láquesis 15 le queda todavía mucho por torcer, y mis pies me llevan sin la ayuda de un bastón en mi mano derecha, me voy de la patria! En ella, que vivan Artorio y Cátulo 16 , [30] que se queden los que llaman blanco a lo negro 17 , los que no tienen empacho en arrendar la construcción de un templo, la cobranza de la aduana portuaria o la fluvial, el vaciado de las cloacas, el porteo de cadáveres a hombros 18 , los que no retroceden si han de poner los esclavos en venta bajo el asta que es su dueña 19 . Antaño [35] los vendían los musicastros, banda aparecida sin cesar 20 en las arenas de los municipios, mofletes bien conocidos 21 por las poblaciones, pero hoy son éstos los que dan los juegos, y cuando el pueblo lo ordena agitando hacia abajo el pulgar, hacen matar a quien sea 22 ; luego regresan y [40] arriendan las letrinas 23 . ¿Y por qué no todo? Son aquellos tipos que la Fortuna, cuando se siente juguetona, eleva a los más altos honores desde una cuna humilde».
«¿Qué voy a hacer en Roma? Mentir, no sé; un libro, si es malo soy incapaz de alabarlo o de solicitarlo. No domino el movimiento de los astros 24 ; prometer que el padre va a diñarla, no puedo ni quiero. Jamás inspeccioné [45] las visceras de rana 25 ; que entiendan otros lo de llevar a las recién casadas los recados y los obsequios que les manda el adúltero. Ni seré ayudante de ladrones, por lo que no salgo nunca a acompañar a nadie 26 , como si fuera manco, como si sin su mano derecha mi cuerpo fuera inútil. ¿Pues quién es apreciado sino el cómplice, y aquél a [50] quien el ánimo le bulle, le hierve de secretos que siempre ha de callar? 27 . No cree deberte nada, y nada te pagará el que te hizo partícipe de un secreto honesto; Verres apreciará a quien puede delatarle cuando quiera. No aprecies tanto el oro que entre las arenas del umbrío Tajo 28 da [55] vueltas hacia el mar, que pierdas el sueño y recojas melancólico unas recompensas que deberás abandonar 29 , pues recelará de ti un amigo encumbrado».
«Me apresuraré a aclararte sin rebozo qué gente goza hoy de la más grande aceptación entre nuestros ricos 30 ; yo la rehúyo al máximo. ¡No puedo soportar, oh Quirites 31 , [60] una Roma griega! Pero, ¿qué parte de esta hez es verdaderamente aquea? 32 . Hace ya tiempo que el sirio Orontes 33 desemboca en el Tíber; ha traído consigo la lengua, las costumbres, la sambuca 34 que acompaña al trompetero, también los timbales exóticos y las mozas obligadas [65] a ofrecerse junto al Circo. Dirigíos allí los que gustáis de estas rameras bárbaras con sus gorritos de colorines 35 . He aquí, Quirino 36 , que este rústico 37 descendiente tuyo se viste con el manto de parásito y luce en el cuello embadurnado de ceroma el distintivo de haber triunfado en los [70] juegos 38 . Un griego dejó la alta Sición, otro Amidón, éste Andros, aquél Samos, el de más allá Trales o Alabanda: todos se dirigen al Esquilino o a la colina que extrajo su nombre del mimbre 39 , para convertirse aquí en moradores mimados, y luego en amos de los grandes palacios. Ingenio pronto, audacia sin límites 40 , cháchara a flor de labio y más torrencial que la de Iseo 41 : dime, ¿quién crees [75] que es? 42 . Consigo nos trajo a cualquier hombre, a un gramático, a un orador, a un geómetra 43 , a un pintor, a un masajista, a un augur 44 , a un equilibrista, a un médico, a un mago: de todo entiende un grieguillo famélico. Mándale volar hacia el cielo, y volará 45 . En resumen: no era moro, ni sármata, ni tracio el que se puso alas; había [80] nacido en el centro de Atenas 46 ».
«Y yo, ¿no huiré de los mantos de púrpura? 47 ¿Firmará antes que yo y se reclinará en una mesa mejor que la mía 48 este que empujaron a Roma los vientos que nos traen los higos y las ciruelas? 49 . ¿Hasta tal punto ya no [85] vale nada el que nuestra infancia bebiera el cielo del Aventino 50 y se alimentara de olivas sabinas? 51 . ¿Y qué diré de que esta gente 52 , habilísima en el arte de adular, alabe el discurso de un indocto, la cara de un amigo feísimo, compare el cuello largo de un inválido con la cerviz de Hércules cuando sostenía a Anteo 53 separado de la tierra, [90] y sepa admirarse de una voz chillona, peor que la cual no suena ni tan siquiera la del gallo que picotea maritalmente a la gallina? Todo esto, también lo podemos alabar nosotros, pero el crédito se les otorga a ellos. ¿Hay quien les supere cuando un griego actúa en la comedia y representa a Tais, a la esposa o a Dóride que nada se tapa ni aun con un trapito? 54 Parece que habla una mujer en [95] persona, no un actor teatral. Dirías que debajo del vientre todo le es plano y hueco, a cierta distancia de una tenue fisura. Pero no es que allí el admirable sea Antíoco, o Estratocles, o Demetrio con el lascivo Hemón 55 : Grecia entera es comediante 56 . Si te ríes, a un griego le sacuden [100] carcajadas mayores, llora si ve lágrimas en un amigo... y no le duele nada. ¿En tiempo frío pides un poco de fuego? Él se pone su capa; si dices: «¡vaya calor!», él se pondrá a sudar».
«De modo que no jugamos con las mismas bazas. Lleva [105] ventaja el que siempre, día y noche, es capaz de componer su faz según la de cualquier otro, dispuesto a aplaudir y a alabar si el amigo eructó con elegancia, si orinó con brío o si el bacín de oro 57 resonó cuando giró su base. Además, para éste no hay nada sagrado 58 ni a salvo de su lubricidad: ni la dueña del hogar, ni la hija virgen, [110] ni su novio aún imberbe 59 , ni el hijo hasta ahora decente. Si no disponen de éstos, se tiran a la abuela 60 de su amigo. Quieren saber los secretos de las casas para así ser temidos 61 ».
«Y ya que se ha empezado a hablar de los griegos, [115] deja lo propio de un gimnasio 62 y escucha la fechoría de un manto 63 más prestigioso. Un delator estoico causó la muerte a su amigo Barea 64 , a su discípulo un viejo nutrido en aquella orilla en la que cayó el ala del caballo de [120] la Gorgona 65 . No hay lugar para un romano allí donde reina un Protógenes, un Dífilo o un Hermarco 66 , que por un vicio nacional nunca comparten nada con un amigo: se lo reservan todo. Pues 67 si uno de ellos ha destilado en un oído crédulo un poco del veneno propio de su nación y de su índole, me echan por la puerta; se han acabado [125] los tiempos de un largo servicio: en ninguna parte tiene menos importancia la expulsión de un cliente. No seamos ilusos: ¿qué valen aquí los buenos oficios, los servicios de un pobre diablo que se afana y se apresura, vestido con la toga 68 , aún de noche 69 , cuando incluso el pretor manda a su lictor urgentemente a cumplimentar a las viudas ya levantadas, para evitar que su colega se le adelante [130] y salude antes a Albina y a Modia? 70 . Aquí el hijo de un hombre libre escolta al esclavo 71 de un ricachón, otro da lo que gana un tribuno en la legión 72 a Calvina y a Catiena 73 para poder holgar con ellas una, o a lo sumo dos veces; tú, cuando te place el rostro de una ramera [135] vestida 74 , te quedas plantado y dudas en hacer bajar a Quíone 75 de su alto sitial 76 ».
«Aporta en Roma un testigo tan santo 77 cual lo fue el huésped de la divinidad del Ida 78 , que se adelante un Numa o el que salvó a la asustada Minerva de su templo [140] incendiado 79 : lo primero que se mira es su fortuna. ¿Sus costumbres? Lo último que se investigará». “¿Cuántos esclavos mantiene? 80 . ¿Cuántas yugadas de tierras posee? ¿Cuántos platos toma en su cena? ¿Cómo son?”. La confianza que se tiene en cada uno la miden los dineros que guarda en su arca 81 . Ya puedes jurar por nuestros altares o por los de los samotracios 82 : es creencia general que [145] los pobres desprecian a los rayos y a los dioses (pero éstos en verdad no se lo toman muy a pecho) 83 . ¿Qué diré de la materia y causa de chanzas que suministra a todos este mismo pobre 84 con su manto sucio y raído, con su toga no muy limpia, con un zapato con rajas en la piel, o bien [150] si más de un zurcido deja ver el grueso hilo con el que las grietas acaban de ser recosidas? Lo más duro que la infeliz pobreza tiene en sí misma es que hace ridículos a los hombres. No falta quien grita: “Largo de ahí si tiene vergüenza, que se levante del diván ecuestre aquel cuya riqueza no llega a lo que marca la ley 85 ; pueden sentarse [155] en él, en cambio, los hijos de los rufianes nacidos en cualquier prostíbulo. Que aplauda aquí el hijo del pimpante pregonero entre la elegante prole del reciario y los nacidos del entrenador de gladiadores”. Así lo decretó la cabeza [160] huera de Otón, que estableció estas distinciones. ¿Qué yerno ha gustado aquí si no es tan rico y no iguala la dote de su novia? ¿Cuándo un pobre es nombrado heredero? ¿Cuándo los ediles lo toman como asesor? 86 . Hace ya tiempo que los Quirites 87 sin fortuna hubieran debido emigrar en batallón. En todas partes es difícil sobresalir a aquellos cuyo valor se ve obstaculizado por una familia [165] menesterosa, pero en Roma el intento es aún más penoso. Aquí un tugurio misérrimo cuesta un ojo de la cara, dar de comer a los sirvientes es algo carísimo, y lo es una frugal cena. Aquí repugna yantar con vajilla de barro. Y no lo considerarías una afrenta si de repente te vieras trasladado al país de los marsos o a una mesa sabina 88 ; allí [170] te satisfaría una grosera capucha véneta 89 . A decir verdad, en gran parte de Italia 90 nadie se pone la toga 91 si no yace de cuerpo presente. Incluso si alguna vez se celebra en el teatro recubierto de hierba una fiesta solemne y ha [175] subido a escena la conocida farsa 92 , cuando el niño campesino se asusta, en el regazo de su madre, ante la máscara pálida y boquiabierta 93 , allí comprobarás que todo el mundo viste igual, que el senado y la gente 94 lucen la misma indumentaria; como señal de su preclaro oficio unas túnicas blancas 95 bastan a los máximos ediles. Pero aquí 96 el lujo en el vestir supera la propia bolsa, aquí [180] se toma siempre algo más de lo que es suficiente, a veces de bolsa ajena. Entre nosotros es un vicio general vivir en pobreza pretenciosa. En una palabra: en Roma todo vale su dinero. ¿Qué pagas 97 para saludar de vez en cuando a Coso? ¿Para que Veyento 98 te contemple sin soltar [185] palabra? Aquél se está afeitando 99 y éste manda rapar a su efebo 100 . La casa está llena de pasteles para vender: toma uno y guárdate para ti tu despecho. Los clientes nos vemos obligados a pagar tributo y a aumentar así el peculio de los esclavos elegantes».
[190] «¿Quién teme o ha temido el derrumbamiento de su casa 101 en la fresca Preneste 102 , en Volsinia 103 , situada entre montes boscosos, en la humilde Gabias 104 o en la ciudadela de la inclinada Tíbur? 105 . Nosotros vivimos en una ciudad sostenida en gran parte por puntales esmirriados, [195] pues es así como el casero previene un hundimiento. Cuando ha tapado la rima de una grieta antigua, dice: «podéis dormir tranquilos». ¡Y el derrumbe está encima!».
«Hay que vivir allí donde no haya incendios ni alarmas nocturnas. Ucalegonte 106 ya pide agua, y traslada sus míseros enseres: el tercer piso debajo del tuyo humea, y tú [200] sin enterarte, pues si el incendio se inicia en los bajos, el último en arder será el cuarto 107 , que sólo el tejado resguarda de la lluvia, donde las tiernas 108 palomas depositan sus huevos».
«Codro tenía un lecho en el que no cabía ni Prócula 109 , seis jarritos de adorno en su aparador, y debajo un [205] pequeño cántaro 110 ; además una figura de Quirón echado 111 encima del mismo mármol; guardaba algunos librillos griegos en un viejo cofre en el que los incultos 112 ratones roían los divinos poemas. Codro no poseía casi nada: ¿quién lo niega? Y, sin embargo, el infeliz lo perdió por entero. El colmo de su miseria, helo ahí: nadie le ayudará [210 ] con comida y el abrigo de un techo, cuando, desnudo, pida unos mendrugos. En cambio, si se ha derrumbado el gran palacio de Astúrico 113 , la matrona deja sus atavíos, los próceres se visten de duelo 114 y el pretor aplaza las audiencias 115 . En tal caso lloramos las desgracias de la ciudad, en tal caso odiamos el fuego. Arde todavía [215] y ya hay quien corra a regalar mármoles 116 , quien aporte materiales. Uno donará estatuas blancas de desnudos, otro alguna pieza importante de Eufránor o de Policleto 117 , ésta ornatos antiguos 118 de dioses asiáticos, y éste de aquí libros 119 , estanterías, y un busto de Minerva para ponerlo [220 ] en el centro, esotro un montón de dinero 120 . Pérsico 121 , el más rico de nuestros arruinados 122 , recupera más y mejor: con razón se sospecha de él que ha pegado fuego por sí mismo a su palacio».
«Tú, si logras prescindir de los juegos del Circo 123 , [225] tienes dispuesta en Sora, en Fabrateria o en Frusinone una casa cómoda al precio por el cual alquilas aquí por un año un tugurio 124 . Hay en ella un huertecillo y un pozo poco profundo que no precisa de maroma 125 para regar sin esfuerzo las tiernas plantas. Vive aquí al amor de la azada, masadero de tu bien labrado pegujal, que te dará para ofrecer una comida a cien pitagóricos 126 . Merece la [230] pena en cualquier sitio, en cualquier rincón, haberte convertido en propietario, aunque sea de un lagarto».
«En Roma muchos enfermos mueren de insomnio 127 , aunque originó la enfermedad una comida indigesta que se pega en el estómago y fermenta. ¿En qué departamento alquilado se puede conciliar el sueño? En Roma dormir [235] cuesta un ojo de la cara. Y ahí empiezan las dolencias. El ruido de los carruajes 128 que pasan por los estrechos recodos de las calles y el escándalo de las bestias de tiro paradas 129 le quitarían el sueño a Druso 130 y a los terneros marinos. Un rico, si un quehacer le llama, pasará sin [240] tardanza por encima de esta marea 131 acomodado en una gran litera liburnia; dentro, durante el camino, leerá, escribirá o descabezará un sueño 132 , pues estas literas, si cierras la ventana 133 , invitan a sestear. Y llegará antes, pues a mí, con la prisa que llevo, me cierra el paso una avalancha por delante, y el gentío que me sigue por detrás [245] formando una cola interminable me oprime los riñones. Uno me larga un codazo, otro me da con una ruda angarilla, éste me sacude la cabeza con una percha y aquél con una metreta 134 . Voy con las piernas perdidas de barro, todo son pisotones de unas plantas enormes; un clavo de soldado me ha herido un dedo».
«¿No ves el humo de los capazos allí donde se da el [250] yantar? 135 . Cien son los comensales, y a cada uno le sigue su hornillo. Incluso Corbulón 136 transportaría a duras penas esta enorme cacharrería que acarrea un esclavo tieso e infeliz que en su camino aún aviva el fuego. Se rasgan 137 las túnicas acabadas de zurcir, se acerca un carro [255] que transporta un abeto gigantesco; unos plaustros trasladan un pino; su barandal oscila y amenaza al gentío. Pues si se parte el eje del carromato cargado con piedra de Liguria 138 y el alud se precipita encima de aquella concurrencia, ¿qué quedará de los cuerpos? ¿Quién encontrará [260 ] los miembros, quién los huesos? Triturado, el cadáver de un pobre desaparece como un espíritu 139 . En su casa, desprevenidos, los esclavos lavan las jofainas, avivan el fuego soplando a dos carrillos, hacen sonar los estrígilos aceitados, y disponen las toallas y los frascos. Sí, esto es lo que prepara la servidumbre, pero aquel infeliz ya está [265] sentado en la orilla estigia 140 . Se horroriza, novato, del tétrico barquero 141 y no confía en la nave de la laguna cenagosa, ya que ni tiene en la boca el tercio de un as para pagar 142 .
Considera ahora otros peligros diversos, los de la noche 143 . El espacio que queda hasta el nivel de los tejados, desde el que un tiesto te hiere el cráneo cada vez que por [270] una ventana se caen vasijas rotas y desportilladas; mira con que potencia marcan y agujerean la losa en la que dan. Te tendrán por un necio y por incauto ante accidentes súbitos si acudes a una cena y no has otorgado testamento; los peligros se cuentan por las ventanas que en tal [275] noche estén abiertas y vigilantes 144 a tu paso. De modo que formula un deseo: llévate contigo este anhelo miserable, que se contenten con vaciar sus anchos bacines. Un borracho brutal 145 que por puro azar todavía no ha atizado a nadie sufre por ello, y pasa la noche de Aquiles [280] cuando lloraba por su amigo; ahora yace panza arriba, y después de bruces 146 . Y no podrá dormir de otra manera, porque a algunos sólo una camorra les procura el sueño. Por más que sea un jovenzuelo y el vino le bulla, esquiva a aquel a quien un manto escarlata 147 le aconseja [285] evitar, una hilera larguísima de acompañantes, una gran cantidad de luces y una lámpara de bronce. A mí, a quien suele acompañar la luz de la luna o la llamita de una candela, cuya mecha cuido vigilante, a mí no me teme 148 . He ahí el prólogo de esta triste riña, si se puede llamar riña [290] allí donde tú pegas y yo encajo solamente. Se detiene, y te exige otro tanto. Y hay que obedecerle, pues, ¿qué harás si te obliga furioso y es más forzudo que tú? «¿De dónde vienes?» —vocifera— «¿a la casa de quién has ido a atiborrarte de vinazo y de habas? ¿Qué remendón compartió contigo el puerro troceado y el morro hervido [295] de cordero? 149 ¿No contestas? ¡O hablas o te pego un puntapié! Dime tu puesto, ¿en qué gremio 150 puedo buscarte?». Y da lo mismo si intentas decir algo o pruebas a irte sin rechistar: te sacuden igualmente, y encima furiosos te denuncian al pretor 151 . He ahí la libertad del pobre: le golpean y pide, le muelen a puñetazos y suplica [300] que por lo menos pueda irse de allí con algún que otro diente».
«Y no es sólo lo descrito lo que deberás temer. No faltará quien te desplume cuando se atrancan las casas y en las tiendas hay silencio, cerradas sus puertas por cadenas. [305] Pero en el ínterin un bandido de pronto hace de las suyas con un cuchillo, porque cada vez que una patrulla armada vela por la seguridad del bosque de Gallinaria y de las Marismas Pontinas 152 , los bandoleros corren de allí hacia aquí como hacia su reserva. ¿Hay fragua, hay yunque que no fabrique para ellos pesadas cadenas? Ahora se gasta una barbaridad en grilletes de hierro, tanto, que puedes temer que nos falten arados, que lleguemos a carecer de azadas y de cavaderas. ¡Felices los abuelos de nuestros abuelos! Puedes llamar felices a los siglos que antaño, en tiempo de los reyes y de los tribunos, vieron cómo Roma se bastaba con una sola cárcel 153 .
«A éstas podría añadir otras muchas causas, pero las [315] bestias se impacientan y el sol va declinando. Debo partir, porque el mulero tiempo ha me hace señas con la vara. De modo que, ¡adiós! No me olvides, y siempre que Roma te devuelva, necesitado de recuperarte, a tu Aquino natal, invítame a que de Cumas visite Ceres Helvina 154 y [320] el templo de Diana. Y yo acudiré con mis botas a sus helados campos para escuchar tus sátiras si no les da vergüenza» 155 .
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