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© Círculo de Tiza
Cuando me duelen los insectos por toda el alma,

Primer verano
El escarabajo rinoceronte
El escarabajo rinoceronte es un escarabajo callejero. Seguramente viven más escarabajos rinoceronte en los bosques y en los campos que en las calles, y menos aún en esas calles de ahora, aunque sean calles de pueblo. Pero recuerdo que rompía la monotonía del anochecer, como la golondrina que se descolgaba del nido, el murciélago que caía al suelo o la mariposa nocturna, estática sobre una fachada inalcanzable: parecía una salpicadura de cemento que había formado una costra en la pared. O como la típula, un mosquito de largas patas desgarbadas, como las antenas que se instalaban sobre los televisores: patas delante y detrás del abdomen, cada una marcando una hora. Cuando todos estaban en la calle tomando el fresco, la típula entraba en el bar buscando la luz. Subía y bajaba por la pared pintada de color crudo. No creo que se acercara a los fluorescentes, sujetos a las bovedillas con una estructura de madera pintada. En casa era impensable colgar solo el fluorescente: un carpintero les había ensamblado un mueblecito. Al llegar al pueblo, los chavales me contaron que cada cosa tenía su tiempo: la época de jugar a bolas, la temporada del trompo, la época del churro, media manga, mangotero. El escarabajo rinoceronte aparecía en julio, las hormigas aladas anunciaban la lluvia de la virgen de Agosto, la mantis y la típula asomaban a finales de agosto y a principios de septiembre. Después los tiempos se mezclaron.
El escarabajo rinoceronte tiene una apariencia contradictoria. Parece fuerte, acorazado, el macho luce un cuerno en la nariz. Parece un tricerátops de cromo de dinosaurios, con la placa ósea que le rodea el cuello y sobre el cuerno, otro cuerno más pequeño. Nunca le vimos volar. Aparecía tumbado boca arriba, con una pata que movía poco y de manera automática: maquinilla sin servicio de reparaciones. Cuando lo sostenías en la mano, el caparazón parecía de película fotográfica. Le venía corto y no alcanzaba a taparle la tripa. Por debajo, sobresalía un fleco de pelos abdominales de color rojo orangután o color de patillas de gran bebedor de cerveza. Pesaba poco. A veces se sostenía en un espolón de las patas traseras, agarrotadas, muy estiradas. Lo veías volcado junto al bordillo, siempre le faltaba algún fémur o una tibia.
Mucho tiempo después en Llançà, en un pino de la playa de Canyelles, debía haber un nido en la copa, porque siempre encontrábamos a los pequeños, alrededor del tronco, con el cuerno que era apenas un granito. He leído que tardan años en hacerse mayores. El escarabajo rinoceronte es uno de los animales más fuertes que existen. Ningún otro animal puede mover, como él, el equivalente a su peso en piedra. De ahí el nombre en latín: Oryctes nasicornis, el excavador del cuerno en la nariz.
Para nosotros siempre fue un muerto. Un muerto ilustre, agotado de ir cargando grandes cantidades de extraños cementos para construir quién sabe qué palacios. Con unos ojos pequeños, como faros antiniebla de un coche de rally, sobre la narizota inútil. Una excavadora que, en el momento más prometedor del verano, se bloquea, vuelca y queda a merced de niños y gatos.
El escarabajo de la patata
Al escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata) le gusta viajar. Me lo encontraba en el camino de Can Quadres. Se dirigía a una casa que había sido de las mejores de Arbúcies, que, cuando yo era chico, albergaba las caballerizas de la Guardia Civil. Me sorprendía que los guardias civiles tuvieran caballos. Yo los veía, redondos como un tonel, con el uniforme verde oliva y el tricornio de charol, cuando me mandaban a sellar los partes: el registro de huéspedes del hostal. Íbamos rellenando partes con los datos de los clientes que iniciaban su veraneo y, cuando teníamos un montoncito, los llevaba al cuartel. Marcaban el sello, los cortaban por la línea de puntos: se quedaban la mitad, la otra mitad la archivábamos en casa. Estas operaciones las realizaban en una habitación interior. Yo me quedaba en la recepción, a la espera, sufriendo porque sabía que me iban a regañar. Decían que algunos de los partes que había traído tenían cuatro o cinco días. ¿Y si aquella gente eran ladrones, asesinos o terroristas? Pobre señora Bartolí, pobre señor Serra, pobres señores Quián: venerables ancianos del Eixample barcelonés que veraneaban en el hostal uno o dos meses. También veía a los guardias civiles en el casino, jugando a las cartas y fumando Farias. ¿Aquellos tipos podían montar a caballo?
En el camino de Can Quadres encontraba a menudo un escarabajo de la patata que se paseaba distraído. Otros coleópteros, como la Timarcha tenebricosa, son especialistas en cruzar caminos. En el mes de febrero aparece uno que corta la pista en diagonal: la primavera está a punto de empezar. El escarabajo de la patata, en cambio, seguía el camino, tropezando con la barriga contra las piedrecitas y el reguero poco profundo. ¿Hacia dónde iba? ¿Del campo de patatas natal a otro campo prometedor que imaginaba de color de rosa Red Pontiac? Algunas veces, del otro lado del pueblo, junto al arroyo de la Font del Ferro, había encontrado una patatera plagada de larvas, rojas con puntitos negros, hinchadas, a punto de reventar. A veces, en un rincón del campo veía unas matas medio secas, llenas de escarabajos brillantes. Los sostenía en la palma de la mano y soltaban un líquido naranja, como si el propietario del campo friera chorizo en una sartén. Por el camino de Can Quadres los escarabajos avanzaban, traqueteando bajo el sol, uno por aquí, otro por allá. Si los molestaba, no intentaban huir: buscaban un trecho limpio, donde no toparan con mi manaza ni con el palo con el que les agotaba la paciencia. Iban tirando, rayados de negro, naranja y amarillo, como si vistieran un pijama elegante de Cary Grant.
Leo que el primer ejemplar de escarabajo de la patata se descubrió en las Montañas Rocosas. Desde allí se extendió rápidamente por los Estados Unidos, de un campo a otro, durante la construcción del ferrocarril del Pacífico. Llegó a Europa en 1877. En 1922 invadió Burdeos y en 1936 se extendió por Alemania. En Cataluña, los primeros ejemplares se detectaron en 1935, en Maçanet de Cabrenys, en el Pirineo. Estos días, la Guardia Civil ha aparecido salvadora, en los controles del aeropuerto de Barcelona, reventando la huelga de los trabajadores de una empresa de seguridad privada. Ahora te comprendo, escarabajo viajero: ibas a entregar los partes a un guardia civil de la época de La carga de Ramón Casas. Esta gente tiene soluciones para todo.
El chinche de escudo verde
El chinche de escudo verde (Palomena prasina) aparece de improviso: en un balcón, junto al río, en un claro del bosque. A veces también entra en las casas. Llega volando, camina un poco sobre tu pecho o por la manga de tu camiseta, con las patas que tienen las puntas doradas. Alguien le ve allí plantado y grita: «¡un chinche!». Algo parecido sucede con las mariquitas. Pero las mariquitas, que a menudo van solas, también forman grupos: puedes encontrar una planta colonizada por seis o siete mariquitas. En cambio, no he visto nunca una colonia de chinches de escudo verde, porque es un insecto individualista. Dicen que al tocarlo expulsa unas gotas de cianuro, que es lo que provoca el olor desagradable. Por eso lo llaman bernat pudent (‘bernardo apestoso’). Los chicos de mi calle en Arbúcies le habían cambiado el nombre catalán, y en lugar de bernat pudent lo llamaban merdac (‘mierdaca’) para que no quedara duda alguna de que era una asquerosidad.
Como algunos saltamontes, como la mantis religiosa más común (las hay también amarillas, marrones y negras), el chinche de escudo verde es de color de tallo tierno: color chicle de menta. Pero a diferencia del saltamontes y la mantis, que son largas, con grandes patas y antenas, que les permiten pasar disimuladas cuando trepan en una mata de hinojo, el cuerpo de la Palomena prasina es un pentágono macizo, como una placa de policía. Es algo jorobada y frente a la chepa tiene una cabeza pequeñísima con dos ojos como agujas. Es una cabeza que no quiere que se sepa que es cabeza. No sé si Roger Caillois, cuando se documentaba sobre el mimetismo de los insectos para escribir su libro Méduse et Cie, se fijó en la manera de andar de la Palomena prasina. Puede andar hacia adelante, claro, pero cuando le molestas con el dedo o con una ramita, camina de lado y gira en redondo. Entonces no sabes en cuál de los cinco lados está la cabeza ni si tiene cabeza. Si nos volviéramos muy pequeños y nos lo encontráramos entre la hierba, nos parecería la cabeza de un gran animal. También puede parecer un escudo que cubre el cuerpo de un indígena que danza para invocar vete a saber a qué o a quién.
Como la mariquita, el chinche de escudo verde (en general todos los pentatómidos, pero este quizás más que otros, de color tostado o a rayas) es un gran escalador de dedos. Se deja sostener un rato en el dorso de la mano, sin parar de moverse hacia adelante y hacia atrás, hasta que empieza a subir por el costado del dedo índice, de ahí pasa al dedo medio y trepa hasta su extremo. Los niños quieren seguir jugando y que tontee un rato más por brazos y manos, pero al mismo tiempo les gusta sentir el cosquilleo del riesgo: «Ay, ay, que va a volar». Realiza una de sus rotaciones en la yema del dedo, divisa el entorno, se para un momento, abre las alas, se da un impulso con el trasero y sale volando. Mientras se aleja, mira al chaval que no ha sido capaz de retenerlo. «Ahí te quedas, majo».
El bicho de jormolín
La Agelastica alni, el escarabajo de los alisos, es redondo, metalizado, negro con un reflejo azul oscuro. Se come las hojas del aliso con una voracidad sistemática: muerde el dorso de la hoja hasta traspasarla. Entonces empieza a deshacer hiladas y forma un gran agujero, con diferentes lóbulos. Del dorso pasa a la parte soleada, o más soleada, porque los alisos crecen en las umbrías, donde no toca mucho el sol, con las raíces en remojo en un arroyo o una acequia. Las hojas tiernas brillan y el escarabajo del aliso, que también es brillante, parece una piedra para engastar en un anillo. Un pequeño diamante, un pequeño brillante, habría dicho mi madre, que suspiraba por ellos. Las hojas tiernas son las almohadas de seda en las que reposan los anillos y se enroscan los brazaletes de los escaparates. El escarabajo de los alisos nunca descansa. Pasa por encima del nervio de una hoja y encuentra otra hoja tierna a la que hincar el diente. O tropieza con otro escarabajo y se le monta encima. Quizás se siente lleno y por eso parece dormido. Viene el chaval, lo empuja con el dedo. Empieza a caminar por la hoja medio roída. Es un insecto sociable. No he visto ninguno que salga volando de la mano de un niño. Si no ve claro ir caminando por la palma, se apresura a darle la vuelta al dedo y pasar al dorso de la mano. Si giras la mano para verlo caminar por el dorso, busca otra vez la palma. Puede estar horas pasando de un lado a otro de las manos de la gente.
Cuéntale a un niño que no sabes cómo se llama el escarabajo que cada semana ves en los árboles de la fuente. «Sí: el bicho de jormolín». «¿Qué quiere decir de jormolín?». Se enfadaba Pau porque creía que todos debíamos comprenderle y lo exteriorizaba estrepitosamente. «¡De jormolín!». No salía de ahí. Pero señalaba la Agelastica alni y nos entendíamos. Tenía alguno más de estos nombres inventados de animales. Por ejemplo, los manosés. No había manosés en los árboles cerca de nuestra casa, y nos llevó años enterarnos de qué bestia se trataba. Un día, estábamos viendo la versión de dibujos animados de El libro de la selva y llegamos a la escena de los buitres que quieren zamparse al moribundo Mowgli. En la versión española los buitres hablan con acento andaluz: «¿Qué vamo a hasé?». Uno, dos, tres, cuatro manosés en una rama.
Estamos en el piso de Barcelona. Cris, convaleciente, duerme desde hace rato. Le pregunto a Pau, que ya tiene veinte años, de dónde sacó lo de los famosos bichos de jormolín. «De una película de Astérix». Insisto hasta que me enseña el fragmento en YouTube. Es una escena de Astérix y Cleopatra. Astérix, Obélix, Panorámix y el perro Ideafix están en medio de un desierto comiendo gachas. Obélix cierra los ojos y sueña con lagos de cerveza, salchichas y quesos. Es una escena de alucinación, inspirada en el episodio de los elefantes rosas que acompañan la borrachera de Dumbo. En un momento del sueño aparecen unas piernas de jabalí asadas que andan solas. «¡Es aquí!». Nos fijamos a ver si en la letra de la canción aparece alguna palabra francesa que el niño hubiera podido entender como jormolín. No encontramos ninguna. «Mira, papá, lo pongo en jormolín»: le daba un empujoncito con el dedo y el escarabajo de los alisos arrancaba a caminar, bonachón, ignorante de los peligros de la vida.
El ciervo volante
El Lucanus cervus tiene una cabeza desproporcionada, con unas grandes pinzas que parecen de baquelita, aquel antepasado del plástico que servía para fabricar radios, catedrales de sobremesa. La cabeza le pesa tanto que, para aguantársela, tiene que despatarrarse y dejar caer un poco el trasero, como los campeones de halterofilia. De manera que en un mismo insecto tenemos a un filósofo, con una testa imponente, y a un levantador de peso. El primer recuerdo que tengo de él es en la azotea del hostal. Estaba dividida en dos sectores: un cuadrado no muy grande, cerrado con una barandilla metálica, era el terrado de los clientes —si alguno de ellos quería subir a lavar alguna pieza de ropa disponía de un lavadero y un tendedero—. Detrás de la barandilla estaba el espacio destinado a la limpieza de la ropa de servicio, con un intenso olor a jabón de la marca Camp de Granollers, distribuido al por mayor en grandes sacas. Lavaban la ropa en una lavadora industrial de tambor que mi madre compró a una empresa de confecciones, donde la utilizaban para lavar vaqueros viejos de los que se aprovechaba el tejido. Frente a los depósitos, los lavaderos y la lavadora automática, había un gran espacio con alambres para tender manteles y sábanas, y, al fondo, un cuarto, con un techo a dos aguas, en el que se plegaban servilletas y cubremesas, unas piezas de ropa que tenían la medida justa de la mesa, un poco más: por los cuatro lados sobresalía un discreto flequillo. Se utilizaban para no tener que cambiar los manteles a diario.
Me gustaba el olor a limpio de la azotea, el sol, el trabajo de una de las mucamas que se llamaba Cedes. Un día, en un rincón, encontré un Lucanus cervus. Era muy temprano, por la mañana. No había regresado a su casa tras una de sus juergas nocturnas y yacía inmóvil sobre un montón de manteles sucios. Lo cogí con cariño, tenía unas pinzas imponentes. Lo bajé al hostal. Un cliente me dijo que en catalán se llamaba escanyapolls (‘estrangulapollos’), un nombre que, hasta entonces, desconocía. Me gustó, porque en el hostal, donde veraneaban muchas personas mayores, siempre estaban hablando de pollos, aquellos pollitos crecidos que ya tenían plumas coloradas y una pequeña cresta sobre la cabeza. Era una manera anacrónica de referirse a los chicos jóvenes: «¡Qué pollo estás hecho!», te decían de un año para otro, si consideraban que ya no eras un niño. «¡Menudo pollo tiene, señora Maria!», le decían a mi madre: un cumplido bien raro. Cuando algún cliente de paso resultaba presumido por jactancioso, exclamaban: «¡El pollo pera!». Aquel ciervo volante podría haberme estrangulado a mí, que era un buen pollo, con su bocaza de color de radio antigua, pero dormía el sueño perezoso y lento de los noctámbulos empedernidos, sin ánimo de embestir con la cabezota o de pellizcar con las pinzas.
Años después vimos un Lucanus cervus que volaba a baja altura, parecía un pájaro. Pero no era exactamente el vuelo de un pájaro: se aguantaba en suspensión, como un abejorro de charol o como un oxidado colibrí. Era casi de noche, caminábamos junto al arroyo, en un recodo donde acuden a beber mirlos y serpientes. Se escondió bajo un avellano y, cuando levanté las ramas para ver de qué bicho se trataba, encontré a los compañeros de farra: tres o cuatro machos y una hembra corrían alborotados entre hojas y ramas. Lucanus cervus: el ciervo del crepúsculo. Las bestias nocturnas, cuando llega el día, no dan pie con bola.
Escarabajos relucientes
Cuando se refería a la contracultura, nuestro amigo Genís decía siempre «la psicodelia». Pensaba que la psicodelia era una cuestión de actitud, que se podían conseguir estados alterados de conciencia por otros medios que no fueran las drogas. Nuestro amigo era profesor de arte: veía formas psicodélicas en el estampado de una camisa, en la cubierta de un disco, en las irisaciones de una concha, en el reflejo de un fragmento de ferromanganeso que le regaló su padre, químico industrial. Cuando descubrió que existía un coleóptero que se llamaba Calosoma sycophanta, con el caparazón que pasaba del verde al naranja (como aquellas postales con el holograma de una chica que las mueves un poco y te guiña el ojo), estaba exultante. «Sycophanta…», decía arrastrando mucho la efe, como si se tratara de un disco perdido de Pink Floyd. Después he sabido que Calosoma sycophanta quiere decir «belleza calumniadora o delatora»: es bello, pero el reflejo le delata. Aquel coleóptero resumía la juventud heroica de nuestro amigo. A los veinte años su fotografía apareció en portada en los periódicos: decían que era un terrorista de la olla, la Organización de Lucha Armada. El joven guapo de las comunas psicodélicas de los años setenta, calumniado en un montaje policial. Con cuarenta años intentaba revivir el mundo de su juventud: estaba enfermo y no se quería morir.
Cris y yo no habíamos vivido la contracultura, éramos demasiado jóvenes y no participamos en nada que tuviera que ver con la política. Nos gustaba el Carabus rutilans, que es también verde y naranja, sin el componente psicodélico del nombre imaginado. Antes de conocer a Cris, cuando por la tarde iba a caminar por el camino de Can Quadres, se veían muchos. He leído que el Carabus rutilans es un gran depredador de escarabajos de la patata. Después empezamos a encontrarlos junto al arroyo, por el camino de Can Torrent, donde una vez vimos una gran cantidad de ellos, o cerca de la Font de Llops, cerca de la balsa reconvertida en piscina: un montón de insectos acelerados que corrían por el reguero obstruido por las hojas de pino. Si encontrábamos un caparazón aplastado por un coche, con las patas dislocadas, lo guardábamos como un tesoro en un bote de cristal grabado, muy bonito, que fue de mi abuela.
Cuando Cris y yo teníamos diecisiete años, acabábamos de conocernos y entramos en la Universidad. Raquel Asún, una profesora de Literatura española que también murió joven, nos hablaba de Ibn Hazm, un poeta del año 1000, autor de El collar de la paloma. Hablando de ella con nuestro amigo Genís comprendimos el significado de aquel título. «Las cosas no tienen color», decía Genís, que había dedicado su tesis doctoral a la psicología del color. «Es un efecto de la luz: fíjate en el cuello de las palomas, que pasa del verde al púrpura y del púrpura vuelve a pasar al verde». Ibn Hazm utilizó esta imagen para hablar del amor, que se presta a todas las ilusiones, como los élitros de los escarabajos relucientes.
Un día, con Pau, estábamos construyendo unas balsas en un torrente y destapamos una galería subterránea. Apareció, aturdido, un Carabus rutilans. «¿Te has fijado en qué limpios salen del suelo?», le dije a Cris. Pasó raudo, las patas negras, ahora naranja, después verde, después verde y naranja. Saltó el ribazo y se escondió debajo de una raíz.
El escarabajo de la poca harina
Reunir una colección de insectos. Antonio Espuña, un niño del colegio, en el Poblenou, le puso el nombre de bichario. Ir clavando a los insectos en una base de corcho, en una caja de puros. No tener paciencia para esperar que hayan muerto y ver cómo empujan con las patas, se desclavan y caminan con la aguja que los atraviesa, entre los otros insectos, como los fantasmas de un castillo. Descubrir los campos de trigo de Can Blanc y, en una espiga, el macho de la Hoplia coerulea. Los manuales dicen que es de color azul ceniciento. Qué trabajo tan ingrato encontrar palabras para definir lo indefinible, tristes escritores de manuales. La parte superior es azul celeste, metalizada y fluorescente, con la tripa gris, plateada con trazos negros, como si la hubieran arrastrado, rascándole el fondo. Pero el macho de la Hoplia coerulea raramente toca el suelo. Es un coleóptero equilibrista que se aguanta con las sierras de las patas, de forma inverosímil: en una espiga, en un brote de helecho o en una hoja de ortiga. Las patas de atrás estiradas, con unos buenos muslos que parecen ancas de rana. Una vez, mi amigo Cristian, de Santiago de Chile, quiso seducir a una secretaria invitándola a cenar. Las ancas de rana le gustaban con delirio, pero le daba miedo que la chica se asustara y le estropeara el plan. Utilizaba un lenguaje en clave con el camarero: «Tomaré un pollito». Le sirvieron dos ancas de rana tan grandes que parecían medio pollo. La chica estaba convencida de que efectivamente lo era.
Las grandes casas solariegas, rodeadas de campos de trigo. La montaña, el bosque, los bancales difíciles. Uno de los vecindarios de Arbúcies, entre barrancos y torrentes, se llamaba «de la Poca Farina». Ahora todos lo son, vecindarios de poca harina: el cereal cultivado ha desaparecido, o prácticamente, y la Hoplia coerulea ha huido a las veras de los caminos. Un insecto tan bonito y tan escaso. En el mes de junio aparecen algunas colonias. En una zarza. Bajo unos álamos, donde crecen, rebozados de polvo de coche, lirios de un día, con las hojas un poco remangadas, los pétalos con una raya en el centro, el corazón dorado y, en el interior, como si salieran de un jarrón, los pistilos, empolvados y erectos. La belleza perfecta: un escarabajo de cristal, en un lirio de seda que se abre solo para ti. Dicen los manuales que las hembras de Hoplia coerulea son marrones, que se esconden al pie de las plantas en las que los machos chulean y se desperezan indolentes. Buscamos por el suelo, apartando las matas, no vemos ninguna y en seguida nos cansamos de buscar.
«Es un insecto muy raro», le digo a Pau, que va saltando, pensando en sus cosas. «A medida que se han ido abandonando los cultivos, han desaparecido del mapa». Pero encontramos una gran colonia en unas zarzas tiernas, en una curva de la urbanización a medio construir donde vamos a jugar al fútbol. Otro día, después de un gran discurso extincionista, en la puerta del bloque de pisos junto a nuestra casa: en el seto de ciprés brillan decenas de reflejos relucientes, como bolitas de un cristal de seguridad que explota y se esparce por los rincones. «La belleza está por todas partes», dice la Hoplia coerulea, llamando al exceso de confianza. «Muy bonita, pero el ala le sobresale de los élitros, como si llevara la camisa por fuera», le digo a Pau, que sostiene cuatro o cinco en la mano, para que no nos hagamos tantas ilusiones.
Segundo verano
El escarabajo Lamborghini
Debió ser un día que fuimos a pasar la mañana a la montaña de Montjuic porque en el acantilado, que cae a pico sobre el puerto y las autovías, crecen muchas pitas. Y los niños, enamorados de aquellas hojas azules y verdes punzantes (el azul verdoso era uno de los colores preferidos de las cajas de lápices de colores, junto al color carne), nos llevamos, sí o sí, dos hijuelas. A mi madre no le debió gustar especialmente la idea porque no les buscó una buena maceta, de las que íbamos a comprar en la tienda de objetos de alfarería frente al cine Rellisquín. Utilizó una maceta con tacto de cazuela, muy grosera: una de esas macetas que no sabes cómo han llegado al patio. Las pequeñas pitas, claro está, no crecieron mucho. Fueron sacando hojas sobre un tallo cada vez más seco, como las lechugas cuando se espigan. Ya no eran la perfecta miniatura de aquella mañana de domingo en Montjuic: se iban confundiendo con la vieja maceta descascarillada.
Mi madre se desvivía por tres nísperos que mi hermano y yo plantamos con tres semillas. A medida que crecían, los iba cambiando de maceta y al final era tan grande que temíamos que pudieran hundir la galería. Aquellos tres nísperos delgados que crecían demasiado juntos eran nuestra infancia a su lado. Por eso les dedicaba tantos cuidados. Y por la misma razón yo cuidé alisos, alcornoques, robles, pinos y acebos: los plantaba en la orilla de las pistas forestales que abrían de un día para otro en la línea de cresta, arrasando la montaña. Y plantaba jacintos, como hacía mi madre. Y narcisos y tulipanes, porque me gustaban a mí. Una vez intenté trasplantar un roble que había nacido en el medio de una pista forestal: no podía crecer y había quedado como un arbusto. Tiraba bellotas desde el balcón de nuestra casa en Arbúcies para ver crecer árboles de bosque en medio de las acacias astillosas del descampado. Mi amigo Jordi Ribas se imaginaba a los jabalíes abriendo la boca, esperando el maná que les caía del cielo. Nos reíamos mucho imaginando la escena. Y las acacias nos respondían con una florecida magnífica, con las ramas cargadas de farolillos blancos. Las flores me gustaban tanto que me las comía.
Una vez, volviendo de una excusión, en Llançà, en el lugar en el que empieza el sendero que baja a la playa de Garbet, junto a la carretera, encontramos cinco o seis pitas pequeñísimas. Las arranqué delicadamente, para que no las pisaran los transeúntes. Las volví a plantar junto al camino y los primeros días, cuando regresaba de excursión, las regaba con el agua que me sobraba. En aquel punto el viento de tramontana derriba las pitas floridas. En torno a la caña de la flor, con las bandejas amarillas goteantes de miel, se acumulan abejas y unos escarabajos verdes (Cetonia aurata). Metalizados, planos, con unas ondulaciones aerodinámicas en la espalda: parecen coches deportivos de la marca Lamborghini. Son muy irascibles y se defienden a mordiscos. Cuando las flores de la pita se quedan sin miel, se despiden hasta el próximo año. Un día, las pitas que trasplantamos serían como estas pitas caídas —pensábamos, si advertíamos que crecían un poco—, llenas de abejas y escarabajos verdes. Ahora sé que todo aquel anhelo de cuidar robles y acebos, jacintos y pitas, nos ha servido cuando hemos tenido que cuidarnos a nosotros mismos.
Los bichos de la cuenca de la mano
Mi yaya debió de beber en muchas fuentes porque cuando llegábamos a una y no llevábamos vaso (nunca lo llevábamos), formaba una cazoleta con las manos, muy bien hecha, no se le escapaba el agua por entre los dedos. Tenía la piel pecosa y unas palmas blancas y limpias: era como beber agua con jabón. Cuando, más mayor, era yo quien hacía la cazoleta, se me escurría el agua por los brazos. Bajó mucho el caudal de las fuentes. Siempre llevaba botellas de plástico para regar los árboles y, si sobraba, me la echaba por la cabeza. Un verano, en Llançà, cuando el sol había calcinado la mayoría de las plantas, le enseñaba a Pau a hacer la cazoleta. «Pon las manos así». De las flores de hinojo tomaba uno, dos, tres, cuatro chinches a rayas rojas y negras (Graphosoma lineatum). Es un pentatómido, como el chinche de escudo verde. Los chinches rayados corrían confiados por la mano del niño, los deditos abultados, con pliegues en las articulaciones. Había muchos, siempre en las mismas matas, siempre de tres en tres o de cuatro en cuatro. Rondando del tallo a la flor y de la flor al tallo, sin actividad conocida. Y a lo mejor se trataba cada tarde de los mismos chinches, que pasaban de la flor a la mano y de la mano a otra flor. Por la mañana, antes de que pasáramos caminando hacia la playa, se reagrupaban para estar en su sitio, cuando los buscara el niño. Y al niño le hacía gracia que hubiera tantos y cuando algún amigo venía a visitarnos se los ponía en la mano, como una gran cosa, y decía, sabelotodo: «¡Son los típicos!», porque había muchos. Y a pesar de ser rojos y negros, en la tripa tenían un reflejo verdoso. Y no se comprendía que tuvieran esa combinación tan extremada, rojo y negro, con el rojo un poco gastado. Debía ser para asustar, como las avispas. O para quedar confundidos con aquel bosque de tallos secos, verticales, con roturas raras, un bosque de paja seca y sin nombre, en el que de cuando en cuando se enroscaba una campanilla rosada. Y el chaval reía porque a veces encontraba dos pegados por detrás. Hacia el final del verano, veía dos o tres en la flor cerrada de una zanahoria silvestre, que parecía que habían entrado allí para dormir.
«Son siempre los mismos bichos», insistía su madre. Recordábamos un día, cuando el niño tenía tres o cuatro años. Se dedicó a contar los polluelos de las golondrinas que asomaban la cabeza en el nido, en el garaje del apartamento de alquiler. Estaba ansioso por conocerlo todo. Y cada golondrina que asomaba la cabeza la contaba como si fuera un nuevo ejemplar: «¡He visto veinticuatro, veinticinco golondrinas!». Y todo el mundo se reía de las ocurrencias del crío.
«¿Cómo deben estar tus pequeñas encinas?», me preguntaba Cris, en invierno, un día de fuerte temporal; o si hacía tiempo que no llovía, pensando en las encinas que plantábamos en la cresta de la montaña desde hacía varios veranos. Solo veíamos los árboles y las plantas en el pico del calor: la plenitud de los hinojos, que cubrían el panorama con un velo transparente, verde y amarillo. En los días felices de finales de verano masticábamos los granos, que nos dejaban en la boca sabor de anís. Cuando se marchitaban, a principios de noviembre, ya habíamos regresado a Barcelona. Un año me fijé en los círculos de moho que se forman en el tronco de los hinojos y los describí en un artículo. Pero no veíamos cómo crecían y cómo acababan matando la planta. De un año a otro los encontrábamos siempre verdes y tiernos, y siempre, al final, daban unos granos que se podían comer. ¿Cómo deben estar los típicos, ahora que no vamos?
Hormigas argentinas
«¡Ahora sale con que las hormigas le hablan!». El chico ponía cara de espanto. Yo había oído claramente el chillido de una hormiga. Fue en el prado de Can Pla, junto al bosque de encinas, donde empieza el ramal de la pista que desciende hasta el pinar. En su primer tramo, está cubierto de hierba. Eran hormigas autóctonas, negras (Lasius niger), de esas que parecen dos bolitas de tinta pegadas, todas las bolitas de tamaños diferentes. Habían levantado una pared en torno al hormiguero, como la torre de refrigeración de una central térmica, con las piedrecitas desagregadas, en equilibrio unas sobre otras. Junto a la pared, hebras de paja y glumas de avena loca. «Te juro que la he oído chillar». Cris me miraba como si me faltara un tornillo.
En aquel momento hubiera tenido que añadir orgullosamente: «Sí: me hablan. Cuando era pequeño, en uno de los tilos de la terraza del hostal había un hormiguero. Me gustaba observar a las hormigas: verlas salir del agujero, subir y bajar del tronco. No era una hilera uniforme: de cuando en cuando salía una, como los esquiadores que se lanzan a la pista para iniciar un eslalon. No veía a ninguna que se moviera en otra dirección que hacia la copa del tilo. Quizás se alimentaban del pulgón que se formaba en las hojas y que desesperaba a mi madre, porque caía encima de los clientes. Me hablan porque, más mayorcito, me daba vergüenza que me vieran todo el día sentando frente al alcorque del tilo: metía las hormigas en un bote y las llevaba al patio. Mi madre quería que la entrada del patio, una gran puerta claveteada, con dos batientes que terminaban en un semicírculo, estuviera siempre cerrada, para que los clientes y la gente de la calle no pudieran entrar sin ser vistos hasta la cocina y el comedor. No sé de dónde había salido un gran cubo rectangular de hormigón, aproximadamente de un metro de largo, que parecía un depósito sin tapa. Mi abuela lo llenó de tierra y plantó en él un palmito, de tronco peludo, y hortensias de invierno que no prosperaban, porque encajonado entre el hostal y la casa de al lado, y con una pérgola por la que trepaba una vid salvaje muy tupida, en el patio nunca tocaba el sol. Me dedicaba a levantar las macetas y recogía los bichos que quedaban en la base y en el suelo para llevarlos al cubo: cochinillas de la humedad —que todo el mundo conocía como bichos bola—, pequeñas escolopendras, ciempiés (Tachypodoiulus niger) que olían a medicamento. También liberaba en el depósito a las hormigas del tilo. Esperaba que construyeran un nido en las raíces del palmito: venga, venga, sin reina, sin obreras, sin castas, viva el comunismo libertario, el puñado de hormigas que había traído en el bote. ¡Y por eso ahora, agradecidas, me hablan!».
«No seas animal», me diría Cris, que me ha oído contar esta historia un montón de veces. «Las hormigas del tilo eran hormigas argentinas (Linepithema humile) ¡y son una plaga! Estas son hormigas autóctonas: ¿qué tienen que ver unas con otras?». «¡No es necesario que te pongas como un reveixí!», respondería haciéndome el ofendido. Los reveixins (Crematogaster scutellaris) son aquellas hormigas de dos colores, rojas y negras, malhumoradas, que se crían en los alcornoques y que, cuando se enfadan, que no les cuesta mucho, levantan el abdomen como si quisieran clavarte un aguijón. Lo sabemos porque a nuestro amigo Genís le gustaba la palabra reveixí y la utilizó en el título de un libro de poemas.
Los abejorros de galería y pasillo
Pega un sol rabioso. La galería del Poblenou está recién pintada. La ventana de rejilla que da al trinquete, por donde entra el ruido de las pelotas al golpear en la pared, es de color verde oscuro. Las botellas de butano brillan con un color naranja vivísimo, sin ningún rasguño. En los baldes, el agua de lluvia que recogemos para regar los tiestos de azaleas, tan delicadas, es transparente como el agua de una fuente. Las tres plantas han florecido, todas al mismo tiempo, todas las flores a la vez —la azalea blanca, la azalea rosa y blanca, la azalea rosada—. Mi madre puede decir las frases que tanto le gustan: «Con tantas flores no se ven las hojas» o «Hay más flores que hojas». Coge una de las macetas, por la base, y le da un giro: la mata se balancea, pero no se desprende ni una flor ni un pétalo ni un pistilo.
Es la hora del abejorro (Macroglossum stellatarum). Llega volando desde otra galería. Mete la cabeza en una flor, retrocede, mete la cabeza en otra flor, recorta, sube, entra en un cáliz, saca la cabeza, baja, se desplaza lateralmente, sorbe un poco y huye volando hacia la galería de la casa de al lado, que nunca hemos visto, felices entre las cuatro paredes altas y blancas de nuestro patio. Es un poco barrigudo, gris, parece de gelatina. Tiene las alas naranjas, con una parte gris, como una película transparente. Y una cola negra y blanca, rayada y, al final, una aleta, como un avión de papel. Cuernos y una trompa rígida que va hundiendo en el cáliz de las flores. Aunque todo es incierto, borroso y vibrante y no puede afirmarse seguro que sea así o asá. Mañana a las doce del mediodía nos visitará de nuevo. Yo tendré los pies en un cubo, pondré los manos en la anilla exterior, como si fuera el volante, y blasfemaré para que parezca que estoy conduciendo como mi tío. El abejorro hará las tres o cuatro visitas a las flores que más le gustan y saldrá volando, borroso y vibrátil.
Si lo vieras detenido sobre una hoja no lo reconocerías: completamente gris, con unas aguas negras en las alas, la trompa y los cuernos escondidos. Peludo: sin aquella consistencia de caracol volador que encanta a los niños. Como el travesti deslumbrante de aquel cuento de Terenci Moix, que sorprenden en el lavabo, calvo y sin peluca. «¿Recuerdas el año que tuvimos en el pasillo, durante todo el invierno, aquella Catocala conversa?», le digo a Cris, que está frente a la mesa, en su silla de ruedas. Es una mariposa que se parece un poco al abejorro: un triángulo gris que, al abrir las alas, se ensancha y deja ver una combinación anaranjada. Pasábamos poco tiempo en el piso de Arbúcies. De lunes a viernes estábamos en Barcelona. Los sábados y los domingos los pasábamos en el bosque. Cuando parábamos en casa, trasteábamos en la cocina, cenábamos o escuchábamos música en el comedor, o nos encerrábamos en las habitaciones a leer y a escribir. Nos acostábamos temprano. Los insectos entraban por las ventanas y rondaban por el piso. Cuando descubrí la Catocala conversa, en la pared, cerca del techo, la toqué con la punta del dedo para saber si estaba viva. Inició un movimiento de rotación y se detuvo en seguida. Una mañana, cuando empezaba el buen tiempo, desapareció. A la hora de volver a Barcelona, la noche del domingo, abrí la ventana Gravent de la cocina, como hacía siempre que quedaban insectos por casa, para que siguiera la corriente de aire y saliera volando.
El zapatero Plein Ciel
«¡Qué fuerte, todavía no habían construido los pisos de la Rectoría!». Mis tíos, que filmaron la película de Super-8, hace tiempo que dejaron de venir regularmente a Arbúcies: no saben cuáles son los pisos de la Rectoría. «¡Y se ve la antigua serradora de Can Torrent!». Más adelante, cuando dejó de funcionar, en el portón clavaban con chinchetas los carteles de la Orquesta Maravella. Eran unas chinchetas plastificadas, cada vez de un color diferente. En los grandes plátanos de la subida hacia la ermita de la Piedad, junto al campo de fútbol, también colgaban carteles de la fiesta mayor con chinchetas de esas. Las arrancaba con una moneda y llegué a tener un montón. Eran unos colores preciosos, verde pálido o naranja claro, como los de las carrocerías de los coches franceses de la época, que conocíamos a través de las miniaturas Norev que mis tíos nos traían de Andorra. Una prima de mi madre, que se llamaba Maria Dolors, se había casado con un murciano muy simpático que hablaba un catalán plagado de palabras francesas. Pasaban una tarde a vernos al hostal: venían de Toulouse para pasar unos días en Viladrau, el pueblo de sus padres. Cada verano llevaban un coche distinto: un Simca Aronde Plein Ciel, un Citroën 6-8, un Peugeot 404. En casa decían que eran de segunda mano y que los cambiaban cada año para impresionarnos. Leí que, en los años sesenta, la artista Paule Marrot escribió una carta al presidente de la Renault en la que criticaba los colores de sus coches. A raíz de esa carta la contrataron para definir la gama de colores de la carrocería y del interior del modelo Dauphine.
La carretera nueva aún no existía. Can Torrent tenía un gran jardín y, al fondo, la serradora. El huerto de la Rectoría ocupaba media manzana. «Asunción vendió una franja de huerto que tenía, sin la cual no se podía abrir la carretera nueva», decía mi madre, que muy de tarde en tarde tenía la manía de los reproches y que siempre decía Asunsión. «¡El partido que le sacó a aquel bancal!». La calle quedaba cortada en ca la Conxa, una perfumería con unos grandes escaparates y unos escalones donde nos sentábamos los niños a ver pasar la gente que subía por la calle del Vern. El marido de Conxa tenía un Citroën «Pato» negro, con cromados brillantes, y a veces lo sacaba del garaje para airearlo y presumir un poco.
Yo recordaba unas matas de Dondiego de noche y unas piedras redondas, de río, que marcaban el límite del huerto: levantabas las piedras y surgían unas decenas de zapateros (Pyrrhocoris apterus). Parecían zulús. Tenían forma de escudo, aquellos escudos largos, que cubren hasta las rodillas, un poco ovalados, con dos triángulos y dos círculos pintados. El fondo es rojo y los dibujos, negros. Detrás del escudo, que parece una máscara gigante, la cabeza y las patas. Centenares de insectos, guerreros fervorosos que te subían por las manos y se lanzaban de cabeza al vacío. Seguramente el párroco ya había vendido el terreno, quizás era el último verano del huerto de la Rectoría.
Después vino el año de las cabañas. Todas las noches, los chicos nos citábamos en el descampado y construíamos una cabaña con maderas y cartones. El padre de uno de los chavales trabajaba en las carrocerías y trajo unos recortes de plexiglás. «Es un vidrio que quema», nos explicábamos admirados unos a otros. Lo utilizábamos para iluminar el interior de la cabaña: un trozo de plexiglás atado con un alambre. A punto de excavar los fundamentos en el solar, vino el verano de las hogueras (me escapaba porque mi madre sufría por mí, encerrada siempre en el hostal, y me tenía prohibido acercarme al fuego), y después ya edificaron los pisos.
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