Читать книгу: «Visitas guiadas»

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Juan Muñoz González es licenciado en Filosofía por la Universidad de Valencia. Dirigió tres revistas: Nordeste (Ribadesella, 1979-1983), El Saltamontes (Vigo, 1984-1985) y Aldaba (Gijón, 1987-2012), así como el programa radiofónico Resaca de domingo, que coordinó en Radio Nacional de España (1988-1991).

Publicó el libro de memorias Ahora que me acuerdo (Editorial Impronta, 2016) y la novela negra de ambiente rural y marinero El Color de la tormenta (Asociación Cultural Amigos de Ribadesella, 2017).

El libro que ahora se edita es una colección de relatos, microrrelatos y breverías, algunos premiados en diferentes certámenes, otros publicados en revistas y antologías del género, y la mayoría, inéditos.

Visitas guiadas es el título de uno de los cuentos que aparece en esta colección. No solo la extensión dispar diferencia a estos textos, también la temática. Sin embargo, todos comparten como denominador común su contemporaneidad y una reflexión tácita sobre el papel que juega el azar en la vida. Episodios tan aleatorios como, por ejemplo, un ataque de tos en un concierto, el encuentro con un indiano en México, o el tipo de letra de una alumna de instituto, acaban provocando un giro inesperado en el devenir de los personajes que los protagonizan. Por utilizar la famosa frase de Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mis circunstancias», aquí debería escribirse con más propiedad: «Yo soy yo con mis circunstancias», pues es la circunstancia la que acaba determinando el ser de cada cual.

Visitas guiadas, relatos de sobremesa conserva el humor ácido y la crítica soterrada que aparecen en otros escritos del autor.La descripción sutil de los personajes, casi siempre inmersosen la duda existencial, nos permite ir de la mano con ellos,sentirlos y seguirlos en sus trayectorias vitales, que desembocan, generalmente, en un final abierto e incómodo.

Capítulo aparte merecen los microrrelatos y las breverías, donde la economía del lenguaje está en relación inversa con la amplitud de las ideas que quieren expresar.

Visitas guiadas, relatos de sobremesa es, en su diversidad, un libro entretenido y profundo a la vez.

© Del texto: Juan Muñoz

Diseño y maquetación: Cordelia Pickford

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

© Delallama Editorial

San Pedro 1, 33347 Ribadesella (Asturias) - www.delallamaeditorial.com

ISBN: 978-84-122634-1-1

Producción del ePub: booqlab

Imagen de cubierta: pedral del Tereñes (Ribadesella, Asturias)


Relatos
Armonía El concierto Cartas desde la sombra El cascarrabias El profesor El libro en blanco
Incertidumbre La gorra Ajuste de cuentas Cálculo de probabilidades La muerte de Pedro Solís
Ilustración La confesión El tendero El indiano El contertulio La tía
Agua El viaje que acabó en un diván El burócrata El spa Visitas guiadas
Surrealismo Marta y María El sueño La competencia Evanescencia Un cuento de Navidad
Microrrelatos
Breverías



El concierto

Aquella boda tenía el olor rancio de la naftalina. Por la mañana, los novios se habían hecho las fotos de rigor con un fondo de naturaleza domesticada, setos bien cuidados con una geometría perfecta. En la ceremonia, el cura repetía, sin demasiada convicción, el vínculo sagrado del matrimonio: «Lo que Dios une, no lo puede separar el hombre», decía. Después, una comida que, de tan excesiva, resultaba obscena. A media tarde, la boda avanzaba hacia su último ritual.

El presupuesto no daba para una orquesta, así que un disc-jockey se encargaba de la música. Era un experto en esta clase de eventos y comprobó desde su tarima que el reloj marcaba la hora fijada en el contrato para que empezara el baile. Echó un vistazo a las mesas para ver la composición de los invitados y decidió no arriesgar. Sonó en primer lugar A quién le importa, de Alaska y Dinarama. Siempre funcionaba.

Grupos de jóvenes se fueron arremolinando en la pista y el estribillo fue la señal de salida para que empezaran a bailar, blandiendo el móvil en una mano alzada, con el fin de grabar aquellos saltos desacompasados como si fueran merecedores de que perduraran. La música servía de coartada a aquella caótica escena de brazos como mástiles izando el teléfono de última generación. Los selfies reproducían sonrisas impostadas para que el «me gusta» sancionara después el simulacro de felicidad y la cotización del perfil en el mercado de los yoes no se hundiera definitivamente. Mientras los móviles permanecían anclados a las manos de aquellos jóvenes como los goteros a los enfermos de un hospital, un tipo sonrojado y beodo agitó su copa, alzándola mientras bebía y derramando el champán entre las camisas sin mácula de sus vecinos de pista.

Así veían aquel trajín de cuerpos Sonia y Andrés, dos jóvenes que no habían acudido al reclamo del disc-jockey y seguían sentados en sus respectivas sillas, incapaces de adentrarse en el jolgorio de aquella euforia vacía que, para ellos, representaba la quintaesencia de la estupidez satisfecha. Aunque estaban en mesas contiguas, no se conocían. Ella era prima de la novia y él, amigo de infancia del novio. Su punto de vista crítico y distante, que parecía otorgarles cierto aire de distinción frente a la algarabía reinante, era, en realidad, un mecanismo de defensa para ocultar su miedo al ridículo y su incapacidad para incorporarse a ambientes que no dominaban.

Andrés apuró la copa de champán que reposaba en la mesa mientras miraba de reojo el perfil cincelado de la cara de Sonia y el escote en pico ancho que descendía hasta el nacimiento de sus pechos. Ella, ajena, ojeaba el reloj con insistencia.

Necesitó pedir otra copa para atreverse a hacer una pregunta que resultó tan pueril como desafortunada:

—Hola, soy Andrés. ¿Estudias o trabajas?

—Me llamo Sonia. Creía que esas preguntas tan rancias se habían acabado con la generación de mis padres.

La respuesta quebró el sortilegio que la imaginación de Andrés había establecido con la chica de al lado, pero no se amilanó y siguió preguntando:

—Cambio la pregunta: ¿trabajas o estudias?

Sonia se dio por vencida y, con un tono que no disimulaba el fastidio, contestó:

—Estudio música.

—Entonces, ¿por qué no bailas?

—Hay muchas músicas.

—Ya, Beethoven y todo eso…

—Más o menos.

Se instauró una paz amarga mientras el pinchadiscos, con gritos de feriante, anunciaba el sonido de Paquito el Chocolatero e invitaba a sumarse al baile siguiendo sus indicaciones. Algunos invitados aún pegados a sus sillas se incorporaron y todos empezaron a hacer flexiones, subiendo y bajando los brazos, siguiendo el ritmo que les marcaba el chamán. Después, adoptaron una postura simiesca y entrecruzaron sus manos por debajo de las piernas, en una posición entre ridícula y obscena, que daba al conjunto la imagen de una serpiente descoyuntada moviéndose por la pista.

Sonia y Andrés eran ya de los pocos jóvenes que seguían sentados y ella se sintió obligada a devolver la pregunta:

—Y tú, ¿qué haces?

—Soy ingeniero de caminos.

—¡Pero si, quitando el de Santiago, ya no hay caminos!

Andrés ignoró el tono sardónico y contestó:

—Construyo puentes, esas cosas que sirven para que los músicos podáis cruzar un río sin mojar el instrumento.

—¿Y quedan puentes por hacer?

—Algunos, para finalizar los tramos pendientes de algunas autovías que la crisis retrasó unos cuantos años. De hecho, yo trabajo en uno que queda para unir dos autonomías, ahora que todas se quieren separar. Hice el doctorado en Análisis Estructural y soy especialista en resistencia de materiales compuestos.

—Impresionante. ¿Y cuando se inaugure el puente?

—Tendré que emigrar, como la mayoría. En Vietnam están sacudiéndose las secuelas de la guerra. Hay dos mil quinientos ríos y pocas y malas carreteras.

—Vaya, ya veo que también sabes geografía.

—Solo de países con muchos ríos y pocos puentes.

Se dieron una tregua cuando el disc-jockey se percató de que había que hacer un guiño a la gente mayor y empezó a sonar un pasodoble con solera, España cañí. Mientras la tercera edad se acercaba a la pista, un grupo de jóvenes tomó la dirección contraria y se adosó a la barra del bar como si fuese un abrevadero. Otros no se movieron y cambiaron el recorrido sinuoso por una especie de pasacalles, maltratando al pasodoble que algunos mayores empezaban a bailar con cierto sentido.

Andrés arriesgó otra pregunta:

—¿Qué tal si salimos a tomar un café por aquí cerca?

Sonia dudó entre aguantar allí hasta que el autobús la rescatara y la devolviera al calor del hogar, o tomar un café con aquel joven tecnócrata engreído. Optó por lo último y los dos abandonaron la sala.

******

Muchas son las frases que han acuñado lo inexplicable del amor. Quedémonos con la de «el amor es ciego», pues solo desde la ceguera se podría entender que el desafortunado encuentro de aquella boda desembocara en una relación tan estable como la que mantenían Sonia y Andrés. El noviazgo había estado delimitado por protocolos no convenidos ni enunciados. Nada convencionales.

No era, es verdad, una relación apasionada, a lo Tennessee Williams, pero los dos fueron descubriendo rincones de su personalidad que los unían como un ovillo cada vez más grueso. Cuando llegaban de sus ocupaciones al apartamento que enseguida alquilaron, encontraban el refugio hospitalario que los dos necesitaban, abandonándose en una placidez sencilla que les resultaba sumamente gratificante. Empezaron a explorar zonas de intersección que compartían, a disfrutar de los placeres de la cotidianidad, el reposo doméstico que les permitía escapar por igual de la soledad y del vocerío insustancial. Preparaban, con la ilusión de adolescentes, las escapadas de fin de semana por el monte, recreándose en el concierto humilde de los grillos y recolectando de vez en cuando algunas setas de San Jorge, sus preferidas, que después cenaban cortándolas en tiras muy finas y preparándolas a la plancha, sin más compañía que unas gotas de aceite, ajo muy picado y perejil. Cuando, una vez acostados, hacían el amor, él la abrazaba y se apretaba ardiente contra ella, con las manos hábiles recorriendo su cuerpo, con su boca en la suya, con gotas de sudor que corrían entre sus senos. Después, permanecían en silencio, dejando que fueran las manos y los cuerpos los que dijeran todo lo que se tenían que decir.

Es verdad que el trabajo y el estudio quedaban como zona de exclusión, pero siempre se preguntaban, con un interés sincero, por sus quehaceres. Los «¿qué tal tocaste hoy?» o «¿cómo va tu puente?» eran una manera implícita de reconocer el interés por la ocupación del otro.

Por lo demás, aunque el pragmatismo de Andrés, para el que lo más valioso era siempre lo más útil, podía sacar de quicio a Sonia de vez en cuando, esta agradecía tener una vida al margen del mundo de petulantes que poblaban el conservatorio y las orquestas. Cuando estudiaba Historia de la Música, se había percatado de que a la mayoría de los grandes músicos la vocación les venía de familia. Lo que no podía imaginar era que, hasta en aquel conservatorio de provincias, hubiera auténticas dinastías de herencias instrumentales, en las que los príncipes se formaban para ocupar en el futuro el puesto que dejarían sus padres.

No era su caso. Sus padres regentaban una carnicería y carecían de formación musical, pero a ellos les debía sus clases de violín desde muy pequeña y su apoyo incondicional. Sabía que la igualdad de oportunidades es un cliché carente de significado en el panorama musical: los genes son egoístas y los padres bien instalados lo van a tener más fácil para que sus cachorros tengan más oportunidades que nadie. Pese a todo, no se rendía. Había tres cosas que podían jugar a su favor para cumplir el sueño de tocar en una buena orquesta: las cualidades para la música, que todos sus profesores de violín le habían confirmado; el tesón y la constancia, que eran los que más dependían de su voluntad y no le iban a faltar; y la suerte, que necesitaría en el momento preciso.

Cuando Andrés salía pronto del trabajo, iba a buscarla a los ensayos de la orquesta del conservatorio. Al principio la esperaba en el vestíbulo, leyendo abstraído los anuncios que había en el tablón mientras otros alumnos entraban y salían, hijos de papá con aire distraído, portando sus fundas de violín como ataúdes en miniatura. Desde allí se oía el eco de las teclas en ejercicios para cinco dedos, precisos, monótonos. Pero en las últimas visitas ya entraba en el auditorio. La esperaba sentado discretamente al final para admirar su postura grácil, su espalda recta, la barbilla dulcemente inclinada cuando insertaba el instrumento debajo, y los pequeños músculos que oscilaban el sóleo cuando se movía, interpretando también la música con el balanceo de su cuerpo. ¿Cómo podía no amar a una mujer tan cálidamente especial? Un pentagrama atrapado en una corriente de aire escapó del atril y voló mansamente, de un lado al otro, como si fuera una hoja otoñal, hasta reposar en el suelo. Al recogerlo, hizo un escorzo y, al verlo observándola, sonrió, y esa sonrisa recorrió el cuerpo de Andrés como un calambre.

Después, la esperaba a la salida. Todos intuían que él procedía de otro mundo, quizá por su forma de vestir, por su sonrisa franca y despreocupada, por la manera en que observaba. Ella se ceñía con fuerza a su brazo y se despedía con una sonrisa, como dando a entender que hay vida más allá de la música. En esos momentos, él experimentaba unas emociones que le resultaban completamente nuevas, se le quitaba toda su inseguridad por carecer de eso que ahora llaman habilidades sociales, su ineptitud casi patológica para expresarse en contextos diferentes a los marcados por su oficio, y salía por la puerta con el orgullo de llevar, cogida de su brazo, a la que, a sus ojos, era la chica más bella del mundo.

******

El restaurante En la Esquina te Espero sobrevivía con cierta dignidad a la crisis gracias a que superó a tiempo el papanatismo ramplón de los comedores con cartas donde era mayor el nombre del plato que su contenido, situándose en un sabio término medio entre la fritanga y el diseño, y aunque no aspiraba a ninguna estrella Michelin, no le faltaba un toque de originalidad, utilizaba buenas materias primas y los precios eran razonables. Por eso era el preferido de Andrés y Sonia que, un año después de la boda donde se conocieron, estaban sentados uno frente a otro en su mesa favorita. Aquel día habían pedido unos pimientos rellenos de bacalao, regados con un vino de Rueda. Cuando llegó el camarero con la botella, la presentó para que la inspeccionaran igual que un mago muestra la paloma antes de disponerse a hacerla desaparecer.

El físico de Andrés y Sonia concordaba misteriosamente con sus vocaciones profesionales. Andrés parecía estar hecho de hormigón, con un rostro que hacía juego con el cuerpo poderoso a través de un cuello inexistente. El mentón era prominente y las cejas hacían, en su parte más elevada, un ángulo perfecto. Sin embargo, unos ojos almendrados, un hoyuelo en la barbilla y unos labios ligeramente carnosos dulcificaban su aspecto y proporcionaban amabilidad y frescura a su cara. Sonia era de una belleza extraña, difícil de describir. La cara era como un bajorrelieve, con poca profundidad y aspecto solemne. Tenía una nariz chata y respingona que apenas sobresalía del arco de los labios sinuosos. Sobre los ojos negros se abrían unas pestañas oscuras, como las de un niño. La mirada era lánguida y el pelo ondulado caía sobre los pómulos como notas musicales.

Fue Andrés el primero en hablar:

—¿Quién nos iba a decir hace un año, en aquella boda, que íbamos a estar hoy aquí, celebrando nuestro primer aniversario?

—Es lo de la media naranja que ya describía Platón en otro banquete.

—¡Platón! Me acuerdo del bachillerato. Uno que decía que las cosas materiales existen porque se parecen y nos recuerdan a unas ideas perfectas que están fuera, o algo así.

—Hay cosas que no cambian con el paso del tiempo.

—¿Las ideas de Platón?

—No, ¡tú!

—Si crees que tengo algo contra las humanidades, el arte y todo eso, estás muy equivocada. A fin de cuentas, la ciencia puede ser tan contemplativa como la filosofía de Platón. Mira lo del bosón de Higgs. Se vende como un prodigio científico y es algo totalmente inútil. Lo realmente prodigioso está en el acelerador de partículas, el hacer chocar haces de protones casi a la velocidad de la luz. ¡Qué precisión! ¡Qué trabajo de ingeniería! Que aparezca después de la colisión el dichoso bosón o no carece de importancia. No influirá para nada en el curso de la vida, no tiene nada que ver con lo que vamos a comer ahora, con nuestra digestión, con lo que haremos después…

El ímpetu explicativo contra la física teórica provocó que, al bracear, se le cayera el tenedor al suelo. Siguió hablando:

—¿Ves? Otro ejemplo. Cae por la fuerza de la gravedad, que es de 9,8 m/s, y sabiendo la masa del tenedor y la distancia de la mesa al suelo, puedo saber cuánto tiempo tardará en caer. Eso es lo que importa, y no preguntarse por qué es de 9,8 m/s y no de 8,9 m/s, quién la puso ahí, por qué la gravedad es tan débil comparada con otras fuerzas fundamentales y elucubraciones inútiles por el estilo. ¿Algo que añadir?

—Sí, que recojas el tenedor que te ha caído entre los pies.

—Creo que no te interesa nada de lo que digo. —Mientras hablaba, sirvió otra copa de vino y cayeron unas gotas, desparramándose por el mantel como islas vírgenes en un mapa.

—Claro que me interesa, pero reconozco que tengo la cabeza en otro sitio. Dentro de una semana tengo el concierto de fin de carrera y el profesor de orquesta me dice hoy que voy a ser la solista en uno de los Conciertos para violín de Mozart. Desde luego, es una pera en dulce para cualquier violinista y no tiene demasiadas dificultades técnicas, pero el reto está en dar las notas con la afinación y el ritmo correctos, compenetrarse bien con la orquesta y, además, va estar de «ojeador» el director de la orquesta sinfónica. En fin, no te quiero aburrir más, pero este concierto significa mucho para mí.

—¿Y…?

—Que necesito una concentración total esta semana, sin nada que me distraiga, por lo que, aprovechando que están mis padres fuera, voy a trasladarme estos días a su casa para centrarme en el concierto. Espero que lo entiendas.

—Lo entiendo y te apoyo. Vamos a hacer una cosa: dentro de una semana quedamos aquí, después del concierto, para cenar y celebrar tu éxito. Yo reservo la mesa y el champán.

—Gracias, Andrés. ¡Y luego dicen que los ingenieros son unos cabezas cuadradas! —dijo entre risas, mientras le daba un beso.

El sol que entraba por la ventana arrancaba del mantel unos brillos dorados que dejaban una mancha de fuego en el borde de cada una de las copas de vino. Brindaron antes de despedirse. El suave tintineo sonó sordo, sin eco.

******

Andrés y Sonia habían decidido, ya desde el inicio de su relación, dejar el trabajo como un espacio propio que los dos debían respetar. Era como un paréntesis que cada uno abría y cerraba en sus vidas compartidas. Sin embargo, y aunque no se lo había dicho, Andrés asistió al concierto. Atravesó las dobles puertas de cristal esmerilado que conducían a la sala y buscó acomodo en una butaca bien centrada. Era temprano y se dedicó a recrear la mirada en los bustos coronados de laurel de los grandes compositores, que lo observaban con hostilidad desde sus hornacinas de sombras. Unos minutos después, la sala ya estaba llena.

Presenciaba con cierta envidia los cariñosos aplausos que la orquesta y el director recibían en su entrada al escenario. «¿Por qué aplauden —pensaba—, si aún no han hecho nada? ¿Por qué no aplauden los que transitan los puentes a quienes los hacen posibles, salvando vanos con enormes desniveles, construyendo pilares que soportan toneladas de peso y las inclemencias del tiempo más adversas?». Estos agravios comparativos se disiparon enseguida cuando el director saludó a Sonia, situada a su derecha e iniciando una larga fila de violines. Su elegante vestido negro, que le dejaba los brazos desnudos, y su melena, aprisionada por una diadema, descansando sobre la espalda, le daban un empaque y una madurez que contrastaba con el modo informal y distraído con el que vestía habitualmente. Tenía la cabeza erguida, y una gargantilla de perlas de un blanco ambarino reflejaba una luz atenuada. Cayó en la cuenta de que, hasta ahora, nunca la había visto maquillada. Y tuvo que admitir, en contra de lo que había pensado hasta entonces, que a una mujer guapa la pueden embellecer, aún más, los cosméticos.

Miraba ya la partitura con una expresión imperiosa, segura, concentrada, que a él lo excitaba. Se hizo un respetuoso silencio en el auditorio. El director y ella cruzaron un gesto de complicidad antes de iniciar la ejecución y, siguiendo los rápidos giros de la batuta, el Concierto para violín y orquesta número 5 de Mozart comenzó a fluir con todos los instrumentos de cuerda sonando al unísono, en un movimiento vivo que intercalaba motivos diferentes con precisión de relojero. Rompiendo el allegro y, como por sorpresa, Sonia hizo su entrada con un adagio sugerente y bellísimo.

A Andrés le costaba reconocer que aquella música flotando por todos los rincones del auditorio estaba despertando su adormecida sensibilidad. Siguió atento, sabiendo que el momento álgido de la interpretación de Sonia venía más tarde, con un tema alegre y ágil, en diálogo continuo con la orquesta.

Notó una ligera irritación en las vías respiratorias y carraspeó para liberar la molestia. Lejos de conseguirlo, el escozor progresaba hasta el extremo de que estaba ya más pendiente de que no estallara la tos que del concierto. Siempre había presumido de su capacidad de autocontrol y pareció olvidar el poder que los mecanismos reflejos tienen en nuestro organismo. En el peor momento posible, cuando Sonia tenía que recorrer con su violín el ámbito de tres octavas en unos pocos compases, estalló como un aullido, de forma convulsiva, su tos, espasmódica y cavernosa. Intentó sofocarla con un pañuelo que llevaba en el bolso y en la operación, una moneda se escapó y rodó, aprovechando la caída del parqué, hasta que perdió el equilibrio dos filas más abajo, reposando, como una peonza abandonada por la ley de la inercia, en el suelo. Mientras, la tos, lejos de sofocarse, cambió de tono con el embozo del pañuelo, sonando más áspera, aunque ligeramente mitigada.

Sonia sintió una especie de latigazo en su sistema nervioso, su cerebro se obnubiló y sus dedos no respondían. Una sensación de terror recorrió todo su cuerpo cuando fue consciente de que no podía sustraerse a aquella horrible tos que surgía de la oscuridad de las butacas. La melodía, de repente, parecía sumergirse en un pantano de donde las notas emergían con mucha dificultad. El director, consciente de la deriva de un concierto que había empezado con tanta fluidez, intentó adelantar la entrada de la orquesta haciendo caso omiso de lo que indicaban las partituras, pero el caos ya estaba instaurado, la tos arrítmica no cejaba y solo cabía esperar que aquel infierno insufrible terminara cuanto antes.

******

Andrés acudió a la cita gastronómica de la cena unos minutos antes de la hora convenida. Colocó su chaqueta de color de hojas muertas en el respaldo de la silla y se sentó. Afortunadamente, no había comentado a nadie que iba a estar presente en el auditorio y, dadas las circunstancias, tenía la intención de que su desafortunada presencia en el concierto se convirtiera en el secreto mejor guardado.

Notó que los nervios empezaban a aflorar sin pedirle permiso. Esta vez tenía que dominar como fuera sus emociones. Le iba mucho en ello. Mientras pensaba en el autocontrol, una gota de sudor resbaló por su frente y se camufló en la ceja. Se secó con un pañuelo y paseó la lengua por los labios para ofrecerles la humedad que les faltaba. Estaba tenso, como si algo le pesase en el corazón, y flotaba en un embotamiento cada vez más opaco.

Vio entrar a Sonia por la puerta. Levantó tenuemente la mano e intentó esbozar una sonrisa que quedó petrificada cuando ella, sin saludar siquiera, adelantó:

—Por favor, no me preguntes por el concierto.

—¡Pero si no dije nada! —Sintió que dominaba la voz, que la queja parecía sincera. No obstante, apartó la mirada para no sentir encima los ojos escrutadores de ella.

—Por si acaso —contestó con un tono que no dejaba dudas sobre su estado de ánimo. Sin embargo, no pudo reprimirse y siguió hablando—. Es increíble que un cretino sea capaz de tirar por la borda en cinco minutos el trabajo, el esfuerzo y la ilusión de años.

Andrés había descubierto un extraño placer en el juego del disimulo. Había adquirido una seguridad que lo tranquilizaba. Incluso se atrevió a entrar en aguas pantanosas:

—Mujer, no será para tanto. ¿Qué pasó?

—Pasó que la tos más horrible que se pueda escuchar jamás se puso a hacer la competencia a una música que representa la belleza en estado puro. Y ganó. Me gustaría conocer a ese bastardo bronquítico para darle la enhorabuena.

—Lo haría sin querer, la tos es muy traidora.

—¿Lo estás disculpando? Hay puertas para salir y toser fuera. Si es por el dinero, yo le habría devuelto el importe de la entrada gustosamente.

En el transcurso de la conversación, él hizo una seña al camarero para pedir la cena y una botella de champán. Sonia encogió los hombros en un gesto de desgana, de inapetencia, y él pidió para los dos un plato con el que jugaba sobre seguro porque siempre había merecido las alabanzas de Sonia: una terrina de pescados hacía de testigo mudo en medio de la conversación. Sin embargo, ella levantó hasta los labios un trozo de pescado que había pinchado distraídamente con el tenedor y lo volvió a bajar, intacto. Al hacerlo, dejó al descubierto la cara interna de un brazo largo, esbelto, bien torneado.

Seguía hablando Sonia cuando en el bolo alimenticio que masticaba Andrés se coló una espina que se alojó en el cielo del paladar, y un golpe de tos demasiado reconocible estalló en medio de la mesa, tapando la diatriba que Sonia estaba soltando sobre la educación y la sensibilidad. Aquella tos, otra vez, se desplomó entre los dos y se estrelló contra el mantel.

Se hizo un silencio espeso, acompañado de una quietud momentánea, como en una fotografía. De repente, y sin decir nada que no dijeran sus pupilas dilatadas en una cara desencajada por la rabia, Sonia se levantó bruscamente para dirigirse corriendo a la puerta de salida. Al tomar la chaqueta, la silla giró sobre sí misma, quedando suspendida sobre una pata, perdiendo las otras tres la función para la que habían sido diseñadas. La fuerza de la gravedad hizo el resto para que cayera sobre el suelo provocando un sonido seco, como el golpe de una claqueta.

Mientras la veía alejarse, la boca de un Andrés desolado se negó a formar palabras, que se atascaban en la lengua. Finalmente, consiguió decir «lo siento», pero perdió la confianza al pronunciar la frase. Sonó como si la hubiera dicho otro hombre.

Cartas desde la sombra

Abandoné lo que habría sido mi primera novela cuando llevaba escritas más de cien páginas. Veinte años atrás, en mi último curso de bachillerato, una editorial amiga de asumir riesgos había publicado mi epistolario amoroso, al que tituló Cartas desde la sombra. La apuesta le salió bien y aquellas cartas desgarradas se convirtieron en libro de cabecera de muchos adolescentes. Yo las había firmado con un seudónimo y nunca revelé la auténtica autoría de aquel bestseller pese a las presiones de la editorial para que lo hiciera. Tenía mis razones.

Me llamo Olvido y soy lesbiana. No es una forma convencional de presentarse, pero mi condición sexual resultó ser más importante en mi vida que los apellidos. No reniego de mi homosexualidad ni la oculto desde hace años. Tampoco estoy orgullosa de serlo. No tiene mucho sentido sentirme satisfecha de lo que no depende de mí. La condición sexual con la que vienes al mundo es tan natural como el aire que respiras, pero doy fe de que no todos lo interpretan así. Ni siquiera yo misma, sobre todo en las edades donde se centra este relato, cuando la homosexualidad era un pecado ominoso, una desviación del orden divino, una mancha que convenía ocultar.

Vivía de forma opaca, invisible. Era una buena estudiante, aplicada y discreta. Discreta, no: timorata. Me sentaba en la última fila, casi siempre sola, y los compañeros atribuían mi ineptitud para las relaciones sociales y mi timidez patológica a un físico alejado de los cánones establecidos, muy poco femenino. «Ojalá cambie este tiempo opresivo», pensaba. «Ojalá cambie yo».

Pero yo no cambiaba. Al contrario. Me enamoré de quien no debía. De aquella chica con «los ojos de un azul desleído y casi transparentes» —tomo la frase de mis Cartas desde la sombra. Ahora me parece de una cursilería insoportable. No acabo de entender su éxito. Aunque, sí, eran otros tiempos—. Le enviaba misivas llenas de un lirismo antiguo, exacerbado. Yo la veía como un ángel. Tan perfecta que no parecía de verdad. Le dejaba aquellas cuartillas en algún rincón del pupitre, aprovechando sus ausencias. Ella se pavoneaba de aquellas cartas encendidas como de un trofeo y, aunque disfrutaba con el juego del anonimato, se las había atribuido a un chico de la clase. Es curioso cómo los deseos interfieren en el sentido de la realidad. También la ignorancia. ¿Cómo aquel chico de sonrisa impostada, con los rizos sospechosamente descuidados cayendo sobre la frente, con el cuerpo que quería ser apolíneo mediante el uso de hombreras y con la sensibilidad de un caracol babeando por las paredes podía ser el autor de mis cartas?

Cometí una imprudencia. Fue un día en que la impresora dejó de manar tinta cuando me faltaba un solo párrafo para terminar. Sentí una angustia que me inundaba el pecho y una sensación irracional de apremio, de no poder esperar. Escribí aquel párrafo a mano y le metí la hoja doblada en uno de sus libros. Ella jugó por la clase a ser Sherlock Holmes: bolígrafo de tinta negra, punta fina y una letra endiablada y desordenada, similar a una alambrada. Empezó con la hipótesis más deseada y menos probable: la del chico que enseñaba siempre los dientes blancos. Tras la frustración inicial al no apreciar ninguna coincidencia entre la letra de la carta y la de sus apuntes, siguió investigando, aunque con menos interés. Sin éxito. Estaba a punto de desistir cuando, al repartir unos ejercicios que nos habían mandado en la clase de Lengua y literatura —con frecuencia se ofrecía voluntaria para este tipo de tareas, más por pasear su cuerpo por el aula que por colaborar, supongo— se encontró de bruces con los inconfundibles rasgos paranoicos de mi letra. Se quedó con el papel en la mano, petrificada como una estatua.

Su mirada resbaló sobre mí para detenerse en el bolígrafo negro, de punta fina que llevaba en la mano. Después negó levemente con la cabeza, como si dijera «esto no puede ser». Lo pronunció unos minutos más tarde, como si el lenguaje tuviera un efecto retardado respecto al pensamiento. Al decirlo, la voz se le espesó, entrecortada por la congoja. Recuerdo vagamente el carmesí vampírico que lucían sus uñas y los rasgos canónicos de su rostro, lleno de estupor. Yo, mientras, me sentía humillada. La piel se me puso rígida, como la de un tambor. Me quedé con la cabeza gacha y la cara huidiza para disimular los efluvios de sangre que enrojecían, lo notaba perfectamente, mis mofletes. Se equivocan los autores trágicos cuando ensalzan la grandeza del dolor. El dolor tiene un tacto de ceniza gris en los dedos.

Reaccionó a su rabia de la forma más ruin que puede hacerse en estos casos: divulgando aquellos escritos íntimos y personales buscando el oprobio, la marca del lesbianismo como si fuera una lepra de la que hay que alejarse, y entregó las epístolas sobre amores imposibles al profesor, que, lejos de reaccionar como ella esperaba, quedó prendado de su calidad literaria, de la forma tan sutil y llena de lirismo con que desnudaba mis sentimientos.

Ya en privado, el profesor intentó desdramatizar la situación, procurando rescatarme de la exclusión donde me habían instalado, y elogió mis cartas como se elogia un paisaje otoñal, pasando por alto mi desnudez en aquellas cuartillas. Después, me propuso enviarlas a una editorial que gestionaban unos amigos suyos. Yo acepté, siempre que apareciera bajo seudónimo.

No me esperaba el éxito de Cartas desde la sombra. No era un género que se prodigara y mi autoestima no estaba precisamente muy alta. Ni siquiera como escritora. La crítica se deshizo en elogios cuando se enteró, a través de la editorial, de que el escritor tenía dieciocho años. Digo el escritor porque el seudónimo con que las firmaba, Jerónimo, era masculino. Naturalmente, mis compañeros de clase sabían su procedencia, pero no querían contribuir a mi fama desvelando la autoría real de aquellos textos. Bastante tenían con lamer las heridas que les provocaba la envidia ante el giro inesperado que había tomado el asunto de las cartas clandestinas. Algunos medios de comunicación presionaron a la editorial para conseguir una entrevista, pero siempre quise permanecer oculta.

No supe más de la chica. Estudié Filología Hispánica y trabajo en la editorial que publicó mi obra. Soy correctora. Es una tarea que exige la máxima atención porque, si te distraes, se te escapan las erratas que permanecen agazapadas dentro de las frases como un animal que se camufla en la selva. Siempre insistieron en que siguiera escribiendo, pero carezco de imaginación creativa y solo sé escribir sobre lo que me pasa. Ya sé que muchos escritores afirman que, en el fondo, siempre se escribe sobre uno mismo, que la literatura es una forma de catarsis y todo eso. Pero no es lo mismo. Yo soy incapaz de esconderme detrás de unos personajes.

Ahora tengo una compañera. Se llama Sonia y toca el violín en una orquesta sinfónica. Cuando ensaya en casa, se pone cómoda, con su pijama de franela adornado con dibujos de instrumentos musicales. Yo observo de soslayo su mirada ausente y la forma en que se ajusta el violín bajo la barbilla antes de extraer con precisión todas las notas que exige la partitura. Somos una pareja tan convencional como cualquier matrimonio desgastado por el tiempo. Ella irradia alegría con su rostro travieso, su epidermis moteada y su pelo negro, muy corto. Me sacó del fondo enfangado donde me encontraba.

Cuando empecé con la novela que acabo de destruir, noté que no sabía escribir sin mi secreto. Al principio estaba demasiado relajada, sin tensión interior, pero ese estado duró muy poco. La novela avanzaba como si lo hiciera por un pedregal embarrado y escondía una venganza de la chica de los ojos transparentes: era ese personaje odioso con el que nadie se quiere identificar. Todo lo que conseguía fabular iba destinado a destruirla. A medida que la historia se entrelazaba, fluía una sensación extraña, desasosegante. Aquellos años turbios emergían y, aunque la memoria hizo lo posible por olvidar hasta su nombre, los recuerdos empezaban a perturbar mi equilibrio y anegaban mi corazón. Pensé que podía escribir desde la distancia, pero cuanto más quieres dejar algo en el camino, más te persigue. Revivir aquellos años, mis empeños adolescentes en negarme la felicidad, se estaba convirtiendo en una horrible pesadilla, así que opté por abandonar aquella obra como se abandona a un perro herido.

El cascarrabias

El gesto malhumorado que destilaba aquel hombre no respondía a nada en particular. Era tan natural en él como las dos piernas, ligeramente arqueadas, que sostenían su cuerpo. Tenía una mirada helada que parecía agazaparse dentro de las cuencas de los ojos, la nariz prominente y ganchuda, las orejas coriáceas y de lóbulos alargados, el pelo abundante y entrecano, y un labio leporino disimulado por un bigote de foca.

Bajaba por una de las rampas que dan acceso a la playa. Llevaba un traje de baño negro y una camiseta cerrada como único vestuario, y calzaba unas sandalias de plástico sencillas que, al pisar, abofeteaban las piedras rejuntadas. Sobre sus hombros colgaba una mochila que encerraba una toalla y un libro, Indignación, de Philip Roth. En la mano derecha sostenía una silla plegable de aluminio. El escaso atuendo dejaba ver su delgadez supina. En las piernas, unas venas varicosas recorrían como meandros de un río las pantorrillas y bajaban hasta los calcañares, y en los brazos, unas manchas rosáceas se dibujaban como mapas. Era, como se suele decir, una persona mayor, aunque de edad indefinida y, por lo demás, gozaba de una salud envidiable. En realidad, el consejo del médico para que combatiera la psoriasis y las varices con agua marina era el único responsable de que aquel hombre bajara a la playa.

Esa mañana había sido uno de los primeros en pisar la arena, de manera que escudriñó, con una mirada torva, el horizonte para elegir el mejor sitio. Si hubiera sido un felino, habría rugido con fuerza para marcar bien el territorio, pero era un primate inteligente, así que abrió la silla y desplegó la toalla unos metros más abajo. Sabía que no se iba a echar en ella, pero garantizaba una frontera más amplia cuando llegara la marabunta.

Abrió el libro y comenzó su lectura. No había terminado el primer capítulo cuando el servicio de salvamento lanzó el primer aviso: «Está totalmente prohibido bajar animales a la playa». Sonó como la megafonía de una romería con bajo presupuesto. Desconcentrado, dio rienda suelta a sus pensamientos sobre el contenido del anuncio: «Si está prohibido, el totalmente sobra. Las prohibiciones de este tipo son como los sistemas binarios, o ceros o unos, o se pueden bajar o no se pueden bajar, a no ser que la prohibición total quiera indicar que puedes bajar al animal parcialmente, los ojos y el hígado de un perro, pongamos por caso». Quiso reír su maldad sobre la interpretación torticera del mensaje, pero más que una sonrisa se dibujó en su cara una mueca que subió a la par el labio leporino y el bigote, de tal forma que el mostacho se incrustó en la nariz, provocando un efecto extraño y desagradable.

Avanzaba la mañana cuando vio acercarse, de forma contumaz, a una familia que parecía una tribu completa. Vociferaban todos a la vez y traían tal cantidad de cachivaches que, más que a pasar unas horas, parecía que venían a instalarse definitivamente. Cuando empezaron a desprenderse de todo el equipaje en las proximidades de su toalla, las afecciones cutáneas pasaron del ámbar al rojo intenso, como un semáforo que avisa del peligro. Afortunadamente, los niños desperdigaron sobre la arena los calderos y los rastrillos y tomaron el cocodrilo hinchable para dirigirse a la orilla del agua. «¡No os metáis todavía, que no hicisteis la digestión!», gritó la madre. Mientras, el hombre de la psoriasis pensaba en la conveniencia de que se acercaran todos al agua para verificar el correcto cumplimiento de las órdenes que la progenitora había establecido con tono imperativo. Lejos de cumplir los deseos del hombre, la madre asió las palas y le ofreció una al marido, que, sin capacidad de respuesta, se vio en la obligación de jugar. «Tac, tac, tac, tac…». El sonido de los golpes de la pelota sobre las palas circulaba en estéreo de una sien a otra del lector, cuyo humor se parecía cada vez más al del autor de la novela que sostenía entre las manos. Miró la pelota y le pareció, por lo rota que estaba, un calcetín enrollado sobrevolando el aire cálido de la playa.

«Se encuentra perdido un niño que responde al nombre de Marcos en el establecimiento de la Cruz Roja», retumbaron de nuevo aquellos altavoces ajenos a los avances tecnológicos, con unos cuantos decibelios más que la primera vez, y el análisis semántico y sintáctico volvió a los pensamientos del hombre que intentaba leer: «Aquí los únicos perdidos son los padres, que estarán tomando una cerveza en el primer chiringuito que encontraron. El niño en cuestión está perfectamente localizado, aunque si está en un establecimiento, a lo mejor lo ponen en venta». De nuevo, la extraña mueca sardónica inundaba su rostro, cuando la pelota de los tenistas cayó a sus pies. Ella, con una voz sedosa, suplicante, pidió que se la devolviera. Se quedaron los dos esperando con una sonrisa bobalicona. La mueca del que leía cambió de sentido y ofreció un reflejo feroz mientras los taladraba con la mirada. La mujer se acercó entonces a recoger la pelota, pisando la arena como si pisara ascuas, y humilló la mirada, bajando los ojos cuando violó su territorio para alcanzarla, alargando la mano todo lo que pudo. De nuevo el «tac, tac», y sin un aviso de los guardianes de la playa por la megafonía para destripar. Para colmo, una ligera brisa del sur disipó las pocas nubes que quedaban y el sol recalentó su cabeza, provocando que se cociera en su propio sudor.

Con aquel calor sólido y compacto no tuvo más remedio que cumplir el consejo médico y dirigirse al agua para remojar piernas y brazos. Como si fuera un gato, se acercó con reticencia, pero la sensación que obtuvo le resultó enormemente placentera. El frescor del agua que cubría sus pies parecía ascender catapultado por un sistema misterioso hasta llegar a su cabeza. Se sintió aliviado y paseó con agrado por la orilla, remojando de vez en cuando la zona afectada por los parches de su piel enrojecida y escamosa. Pequeñas crestas blancas brincaban sobre el agua y las olas depositaban una orla de espuma en la arena. La playa, curva y larga, centelleaba con el sol, y en el aire se oían repicar las alas de las gaviotas. Procuró abstraerse del bramido de las motos marinas que horadaban, sin piedad, la superficie, reflexionando sobre el inevitable fracaso del agua, arañando la arena en su ir y venir, escarbando una y otra vez para intentar afianzarse en la playa. Observó, también, a un grupo de windsurfistas hostigando sus músculos mientras cabalgaban las olas hasta que eran tragados por sus rizos. «Estos, al menos, no hacen ruido», pensaba.

Cambió la mirada y la dirigió al lado opuesto, hacia el mosaico de edificios que servían de escaparate al paseo marítimo. Era un paseo que él recorría con frecuencia en otoño, cuando despertaban las primeras luces. No era el único. Solía cruzarse con un hombre de un moreno aceitunado que caminaba con brío, casi al trote, braceando de forma desmañada, y con una misteriosa pareja con aspecto triste que, en silencio, paseaban a su perro pequinés siempre a la misma hora. Eran tipos peculiares. Casi tan peculiares como él. El paseo era como un museo de arquitectura cuyas casas, de diferentes estilos, apantallaban a los coches, invisibles para el caminante. Era un lujo. Le gustaba contemplar aquel muestrario residencial tan heterogéneo, incluidas las casas más modernas, a las que la gente había apodado despectivamente como las fábricas, por sus chimeneas tubulares y las inmensas cristaleras que dejaban al desnudo sus interioridades. Aunque las viviendas más espectaculares y suntuosas respondían a la arquitectura indiana, señal inequívoca del emigrante que había hecho fortuna, a él le gustaban más las casas achaparradas, coquetas, con gateras saliendo a un lado y a otro del tejado principal, el enlucido granuloso y camufladas entre una vegetación dispersa y abundante. En el trayecto, el olor a eucalipto viejo y agujas de pino se entremezclaba con el aroma penetrante del mar.

Ahora, paseando desde la orilla del agua, la perspectiva cambiaba y el contrapicado amplificaba los hoteles y las casonas más imponentes, mientras que ocultaba las viviendas más modestas. Recordaba, mirando hacia el paseo mientras la espuma camuflaba sus pies, algunos pasajes de su vida. Los relacionados con la música.

Aquel señor de edad crepuscular que caminaba había sido una de las más firmes promesas del panorama musical nacional y tenía en su haber media docena de los premios más prestigiosos que se convocan para jóvenes compositores e intérpretes de piano. Su primera —y única— sinfonía, compuesta con veintidós años, lo catapultó a la fama, especialmente cuando sirvió de banda sonora para una película de terror. Nunca se supo por qué dio por finiquitada su prometedora carrera a la edad en la que otros empiezan. Su relación con los críticos había sido especialmente tormentosa. Incluso cuando seguía componiendo, hubo un consenso entre ellos para decir que estaba acabado. Pero él no era de los que se callaban. Uno de los articulistas que quiso denostar su obra al considerar su pobre conocimiento del oficio fue reprendido por su parte con una arrebatada diatriba contra el academicismo, manifestando que la técnica musical no se aprende en las pizarras y los atriles de la escuela. Cuando otro se cebó con su sinfonía, diciendo que expresaba una visión sombría y desagradable de la vida, replicó preguntando por qué tenemos que esperar que el movimiento final de la existencia sea un rondo allegro. De vez en cuando, repasaba estos y otros comentarios con una memoria sin esperanza. Sobre los críticos, pensaba que no había una sola ciudad en el mundo que les hubiese erigido una estatua. Por algo sería. Ahora, en algunos ratos libres, tocaba el piano. Fauré, sobre todo los últimos nocturnos, pero a sus dedos ya les costaba llegar a las notas. Paseando por la orilla, comparaba lo efímero de su fama con la huella que sus pasos dejaban en la arena: solo duraban unos segundos. Después, sonrió con tibieza al recrearse en la analogía.

Su condensado currículum de los años iniciáticos le sirvió para entrar a dar clase en una escuela de música a la que algunos padres ilustrados llevaban a los hijos sin talento para que adquirieran un barniz cultural. A él le servía para ganarse la vida, y a la escuela para presumir, como se presume de un mal cuadro con una firma reconocida, de profesor con prestigio. El hombre, y no la enseñanza, era lo único que realmente importaba. Cumplía la misma función que una orla de honor de fin de carrera: el servir de testimonio perdurable. Los alumnos le habían puesto un apodo, el Cascarrabias, no hace falta explicar por qué. Sin embargo, tenía sus acólitos, que valoraban sus excentricidades como la prueba de su genialidad. Justificaban sus salidas de tono con la tesis freudiana de que la creatividad y la originalidad ofrecen una compensación por la ineptitud del artista para vivir plenamente la vida.

Cuando estaba alcanzando el final de la playa que, con la marea en retirada, recordaba un arco casi perfecto, una cascada de agua fría que recorrió todo su cuerpo le devolvió al presente; el bañador y la camiseta quedaron empapados sin remisión. Miró alrededor con una expresión iracunda y entendió la causa. Un grupo de adolescentes había esperado sigilosamente a que congéneres del sexo contrario se acercaran y se pusieran a tiro para salpicarlas. Las chicas, sorprendidas como él, chillaban de forma histérica, con una indignación que no le pareció sincera. De hecho, volvieron a acercarse y se repitió la misma situación. Pensó en decir algo, curiosamente dirigiéndose a las chicas, dejando entrever su manifiesta misoginia. Podía ser, por ejemplo, «el rumor de las olas quedó ahogado por vuestros chillidos neandertales». Lo desestimó por la cursilería de la primera parte de la frase. Ensayó otra mentalmente, «en vez de salpicar a las personas que pasean tranquilamente por la orilla, podíais realizar el cortejo sexual, que es lo que estáis haciendo, como el resto de los animales: emitiendo sonidos agradables, iniciando una danza, o exhibiendo vuestras características físicas, a falta de las mentales». Le pareció muy larga y poco efectiva, de suerte que optó por pronunciar una más contundente: «¿Por qué no vais a chapotear dentro de vuestra casa con la alcachofa de vuestra puta ducha?». La frase no lo convencía del todo, pero sonó como la caída de una piedra y dio resultado. Siguió caminando, totalmente empapado, ignorando los cortes de mangas y peinetas que le dedicaban el grupo de adolescentes y oyendo sin inmutarse los ecos de menosprecio generalizado hacia la ruina de su cuerpo. Pensó, eso sí, en la carencia de recursos lingüísticos que tienen los jóvenes para poder herir con un mínimo de elegancia. Era una ignorancia que lo emocionaba.

Cuando se iba acercando a su cuartel general, el color de la piel asalmonada volvió a enrojecer, delatando que la familia que tenía por vecinos estaba a pleno rendimiento, concentrada al lado de su toalla. Los niños ya habían vuelto del agua y temblaban como si estuvieran viendo la escena cumbre de una película de miedo. Los padres daban muestras de que empezaban a levantar el campamento. Llegó a su destino y se sentó en la silla. La madre sacudía la toalla justo cuando una brisa azotó la playa y la cruzó bajo una espuma de arena seca. Los granos finísimos se adhirieron a su cuerpo, aún mojado, consiguiendo un reboce de croqueta. La boca, entreabierta, dejó filtrarse a los que, como átomos en ebullición, colonizaron una parte de la lengua y los intersticios molares. Al cerrar la boca como acto reflejo ya era demasiado tarde y la arena sonó como si masticara grillos.

Reunió su escaso equipaje con rapidez mientras la familia se ocupaba ahora de deshinchar el cocodrilo, con el fondo sonoro de los llantos y chillidos sin consuelo de los infantes, que querían seguir en la playa, y los gritos de los progenitores que pedían, sin demasiada convicción, obediencia militar.

Hablaba consigo mismo, persuadido de que prefería la psoriasis y las varices al suplicio de la playa. Sabía que era un tipo brusco y huraño, un cascarrabias, sí, pero no le importaba lo más mínimo. Estaba demasiado viejo para cambiar y su temperamento ya estaba cuajado, era inamovible. Por tanto, mientras subía por la rampa, farfulló unas frases que, afortunadamente, resultaron ininteligibles. Siguió caminando hacia su casa. Buscando el silencio.

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