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JUAN CHABÁS

TESTIGO DE EXCEPCIÓN

CRÍTICA PERIÓDICA SOBRE LITERATURA DE LA VANGUARDIA

Introducción y selección de

Javier Pérez Bazo

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL


© Fundación Banco Santander, 2011

© de la introducción y de los textos, Javier Pérez Bazo

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-16950-35-5

En dilatadas horas de marea en retirada y quebrado el hombro por el peso de impúdicas sinrazones, permítame el lector que me dedique a mí mismo el aliento de este libro con una pizca de ternura. Y también a cuantos cuidan mi vigilia. Y a quien, muy obstinada, logre hacer transparentes las aguas removidas de nuestra existencia.

ÍNDICE

1  La crítica de Juan Chabás sobre poesía y prosa de la Vanguardia, por Javier Pérez BazoCriterios de esta ediciónLos textos y sus fuentesBibliografía

2  Aforismos sobre críticaTIEMPOS DE TRANSICIÓNEnrique Díez-CanedoVirtud de la elegancia [Epigramas americanos]José Moreno Villa[José Moreno Villa en el recuerdo][Moreno Villa, poeta y pintor]Mauricio Bacarisse[De vida corta, pero intenso fuego][Mitos][El paraíso desdeñado]Ramón Gómez de la SernaComposición y descomposiciónDomingo [El circo]Greguerías y banquetesEfigiesLa NardoLas terrazasEN LA VANGUARDIA ARTÍSTICA. EL ARTE NUEVOOrientaciones de la post-guerraSensibilidad literariaSensibilidad de nuestro tiempo, ILa nueva sensibilidad literaria [El Arte joven], IIContinúa, IIIEl resto no es literaturaSurrealismoSuperrealismoLiteratura y cine [Francisco Ayala: Indagación del cinema]Negro [Música de hoy]Música y literaturaArquitecturaTendencias populares [de las nuevas artes]LA JOVEN LITERATURAPerfiles de una «generación»La generación Vabum, la generación Majo y los nuevos[Antonio Machado y la joven literatura][Joven poesía]Sobre la joven literaturaAmistadViajes[Misiones culturales]Tricentenario gongorinoGóngora, Mallarmé y nuestros poetas jóvenesCentenariosUna jiraSobre GóngoraSoledades[Antología poética en honor de Góngora][Góngora en la Revista de Filología Española]F. García Lorca [Conferencia Imaginación, inspiración, evasión]ExabruptosCentenario de Góngora«Literatura contra literatura». La prosa del VeintisieteMicroscopia psicológica[Posibilidades de la novela nueva]Novelas de aventurasAcerca de la novelaSobre la novela, IProblema de la novela, IISobre la novela, IIIAforismosHorizonte de novelaREVISTA DE REVISTASLas revistas[Vida más larga de las revistas][Apunte sobre revistas]Revistas juanramonianas[Índice, Sí, Ley]Vida clara [Ley]Revistas de Gerardo Diego[Carmen y Lola]Carmen[Adiós de Carmen y Lola]Revistas del SurLitoral[Desde Málaga, Litoral][Primer número][En el centenario de Góngora]Papel de Aleluyas[Hojillas del calendario de la nueva estética][Papel de Aleluyas, sevillana][Homenaje a Goya][Desaparición de Papel de Aleluyas]Gallo[Desde Andalucía —Sevilla—, Mediodía]Revistas en MurciaVerso y Prosa[Boletín de la joven literatura][Resonancias][Los pintores Garay, Flores y Gaya]La Verdad[Suplemento literario de La Verdad]Revistas castellanasLa Gaceta Literaria[Una gaceta][Aniversario][La Gaceta Literaria…][La Gaceta Literaria y el cinema][Parábola][Meseta][Manantial]Revistas catalanas[Las revistas en Cataluña]La RevistaL’Amic de les ArtsEl Amigo de las Artes [Número extraordinario sobre la cultura occitana][«Grupo de L’Amic de les Arts»][L’Amic de les Arts, índice de las artes plásticas]Antiarte[Helix]Terrazas [Imatges]Mirador[Ya está en la calle Mirador][Rumbo de Mirador]Geografía de revistas[Nueva etapa de Alfar]Alfar[La Rosa de los Vientos]AtlánticoOc [La Revista d’Oc][Muerte de las revistas]Elegía a las revistasEL VERSO DEL VEINTISIETERafael Alberti[De Marinero en tierra al compromiso]Sevilla, capital de España [La amante]Sobre los ángelesCal y cantoVicente AleixandreEncendido poeta de amor y de belleza]ÁmbitoManuel AltolaguirreNoticia de Manuel AltolaguirreMax Aub[Poeta en verso]José Bergamín[Bergamín, ¿poeta?]Un carácterLuis CernudaPerfil del aireErnestina de Champourcin[Ernestina de Champourcin, poetisa]José de Ciria y Escalante[Sólo tenía veinte años]Carmen Conde[Poemillas en prosa]Agustín EspinosaIslasAlejandro GaosSauces imaginariosFederico García Lorca[Sí. Hoy, otra vez, Federico García Lorca][Canciones, 1921-1924]Primer Romancero gitano[Romancero gitano, segunda edición]«Oda al Santo Sacramento»Pedro Garfias[El ala del Sur]Ramón Gaya[Ramón Gaya, poeta pintor]Fernando GonzálezEl reloj sin horasJorge Guillén[Poeta de los sentidos aguzados por la inteligencia]Poesía [Cántico (1919-1928)]Paul Valéry y GuillénMiguel Hernández[Heroica salud revolucionaria]No quedará en la muerteJosé María Hinojosa[La rosa de los vientos][Orillas de la luz]Juan Larrea[Juan Larrea, surrealista]José A. Muñoz RojasVersos de retornoEmilio Prados[Emilio Prados o el canto de plenitud][Vuelta (seguimientos-ausencias)]Juan Rejano[Fidelidad del sueño]Pedro Salinas[Seguro azar]Poesía humana. Fábula y signoJosé María Souvirón[Conjunto]Josefina de la TorreNuevo poeta [Versos y estampas][Josefina de la Torre]PROSISTAS DEL VEINTISIETEDámaso Alonso«Acuario en virgo»Cédula de eternidad [Cédula de identidad]Max AubFábula verdeRosa ChacelEstación, ida y vueltaJosé Díaz FernándezLiteratura y política [El blocao]Juan José DomenchinaHumorismo, otra vez [La túnica de Neso]Benjamín Jarnés[El profesor inútil][El convidado de papel][Paula y Paulita]Viviana y MerlínJosé López RubioRoque SixAntonio RoblesEl muerto, su adulterio y la ironía

JAVIER PÉREZ BAZO

LA CRÍTICA DE JUAN CHABÁS SOBRE POESÍA Y PROSA DE LA VANGUARDIA

…Ojalá que cada día la crítica atienda más al principal derecho del hombre: la razón. Derecho espiritual, noble, que debe ser respetado por todo quien en su mano tome una pluma, que por ella misma, o por el lugar donde escriba, tenga una responsabilidad.

Este derecho a la razón impone muy hondas obligaciones. Ante todo, cultura. No llamemos crítico a quien sólo sea un articulista de periódico. Luego, sensibilidad, gusto. Saber apreciar y discernir un no sé qué, expresión feijoniana de la belleza, que constituye la esencia del Arte.

Y luego, pasión. Pasión serena. Pasión de la mente y del espíritu. La crítica es un arte difícil. Pidamos al crítico virtudes de oscilación y de firmeza, como quería ese joven y pulcro escritor castellano: Antonio Marichalar. Pidamos en él virtudes de palma. Erguido y alto su impulso. Fino, sensible al aire al menor temblor del viento, su espíritu. Doctrina y ángel, para llamar a la gracia con nombre andaluz. Estas son las verdaderas cualidades del crítico. Para tenerlas se necesita gran amor. El amor es verdadera fuente de compensación. El crítico modelo sería aquel que, con todas esas cualidades, pensara como nuestro gran Ortega y Gasset: «a ser juez de las cosas voy prefiriendo ser su amante». Ser amante de la obra leída o contemplada, u oída con amor de la inteligencia y del corazón, es el mejor modo de ser un buen crítico.

J. CHABÁS

«Curso nuevo», Diario de Barcelona, 1 de octubre de 1929

QUIENES CORTEJARON de cerca su afecto escribieron que tenía muy pobladas las cejas, enormes pestañas a lo María Félix y ojos, negros y lucientes, como culata de revólver cruzando indiferentes al pasmo de señoras acomodadas y al de todas las niñeras. Su mirada, escudriñadora, nunca desatenta, agrandaba su atractivo —guapo, según el capricho de las damas—, un don afirmado en la simpatía y en el trato afable de un devoto de la amistad, en la conversación amena y en aquella voz tostada suya, con cierta inclinación al engolamiento de los barítonos, pero sin afectación alguna, desde luego nada petulante, tan imantadamente provechosa cuando había razón de amores. Hablaba apoyando su palabra en los giros de las manos y, acaso, en algún aspaviento sobrevenido por descontento, pero sin contravenir nunca la recta educación y la cortesía. Quienes frecuentaron su juventud le recordaban como un tipo fuerte, de mediana estatura, incluso más bien bajo, muy mediterráneo, con unos aires de labrador valenciano que intentaba suavizar atildadamente cierta postura provinciana, de tez morena en deuda con mediodías y brisas de levante, peinando hacia atrás su cabello negro, alzado sobre su elegancia, sobria, a veces un tanto descuidada en el porte más que en el atuendo: chaqueta cruzada y pantalón de talle alto, raramente fiel al chaleco, casi siempre con un fedora borsalino piamontés de pelo de conejo y corbata o corbatín. Tenía un sugestivo encanto, era un tipo propenso a la bondad, a las mujeres de carácter y a la escritura. Por entonces corrían locos los primeros años veinte.

Hay constancia de que Juan Chabás y Martí urdió una sólida formación —madrileña, francesa y europea—, merced a su empeño y a los cómodos recursos familiares (don Juan Chabás Bordehore, su padre, ejercía de notario). Llegado a Madrid desde la alicantina Denia con la misma edad que el siglo (había nacido el 19 de septiembre de 1900), de inmediato se le fue escapando la adolescencia, primero en las aulas del colegio de la Alianza Francesa de la calle Marqués de la Ensenada y, luego, en las facultades de Letras y de Derecho de la Universidad Central. Fueron tiempos determinantes para su instrucción humanística y para el aprendizaje de escritor. En el viejo caserón de San Bernardo asistió al magisterio de Emilia Pardo Bazán, de los filósofos Manuel García Morente y José Ortega y Gasset, de los filólogos Ramón Menéndez Pidal y Julio Cejador, de los políticos socialistas Andrés Ovejero y Julián Besteiro. Entre sus amigos y compañeros universitarios, Xavier Zubiri, Francisco Bores, Ernesto Giménez Caballero, Gerardo Diego, Dámaso Alonso… En los descansos estudiantiles regresaba a la Marina Alta alicantina para acercarse, por admiración y paisanaje, a su maestro Gabriel Miró y a cultivar en Valencia las afecciones de sus más allegados amigos, del pintor Genaro Lahuerta y del escritor Max Aub, junto a algunos más. Pronto determinó aplicarse al diálogo con la Literatura. Fue lector tempranero de autores renacentistas y barrocos e, infatigable, de páginas decimonónicas y noventayochistas de excelencia; y extremadamente curioso por todo lo nuevo, tanto dentro de las letras españolas como extranjeras, espoleado por un interés de matices europeístas hacia el arte y la cultura y por una preocupación constante por conocer la obra de sus contemporáneos. De tal modo, por una parte, fue compilando conocimientos literarios de vasta amplitud, que dieron fundamento a su formación intelectual y, por otra, convirtiéndose en un espectador laborioso que desde una fila preferente asiste al progreso del periodo histórico-literario sin duda más importante de la contemporaneidad —la acertadamente llamada Vanguardia histórica— para juzgar descriptivamente con ecuanimidad y mesurado espíritu crítico sus contornos y calibres cualitativos, sus valores y miserias o, en sus propias palabras, el mineral digno y la ganga desechable a la cual va adherido; para analizarla, desde una posición de juez y parte, a través de las personalidades que en ella alcanzaron relieve suficiente, cierta notoriedad o el más calificado renombre…, y hacerlo elegantemente, mediante certeras observaciones, sin vanidades, de las que pudo andar sobrado en las primeras juventudes.

Pero antes quiso tentar la suerte a la escritura en verso y prosa artística, aderezándola con los aliños estéticos del momento. Alcanzaría sólo un valor secundario, irrelevante, en lides poéticas; sin embargo, sí supo imprimir a su literatura narrativa un alto grado de eficacia y nobleza estética con intenciones de lograr la propia personalidad y la virtud artísticas que contribuyeran a dignificar la novela de la época, por entonces en plena crisis y decadencia galopante.

CON VERSOS Y PROSAS DE VANGUARDIA

Solía vérsele algunas mañanas en el Ateneo madrileño, los atardeceres en cenáculos, comensal en días de celebraciones y homenajes en Lhardy y en El Oro del Rhin, contertulio en cafés desde los que se vociferaba la última moda literaria (Lyon, cervecería de Correos…), pero sobre todo en los divanes rojos del café Colonial donde Rafael Cansinos-Asséns se rodeaba de jóvenes alientos, o, menos asiduamente, encaramado a las noches de los sábados en la vieja botellería y café de Pombo, «cubículo juvenil y alegre, casi una boîte literaria», que bullía en la calle Carretas y en la que Ramón Gómez de la Serna oficiaba de mentor de aspiraciones vanguardistas y no cesaba de organizar banquetes que consagrados a alguien tenían «un valor de aviso y toque de atención para subrayar una tarea literaria digna» (véase «Greguerías y banquetes»). O se le reconocían sus andares por el paseo del Prado, alfombrado de sol sobre las aceras que trajinaban señores solos, caminando con Rafael Barradas hacia los libros desconsoladamente viejos de los puestos de la verja del Botánico, mientras elogiaba al uruguayo sus decorados para Martínez Sierra y las portadas de la revista Ultra. O le veían yendo hacia Las Ventas en discusión vehemente acerca de las facultades taurinas de sus admirados Ignacio Sánchez Mejías o Marcial Lalanda.

A finales de la segunda década del siglo XX Madrid deseaba sentir propia la gesticulación iconoclasta de la Vanguardia poética europea, pero lo hacía imitando, aprovechando materiales de derribo y acrisolando voluntades estéticas para estatuir un credo, el del Ultra, carente de originalidad, es cierto, y, desde luego, distante a muchas leguas de la sobresaliente singularidad del Creacionismo. Chabás decidió acercarse con oído atento a aquel bullicio maquinista y urbanero del Ultra y logró publicar en 1921, entre tanta orfandad editorial para la poesía del momento, un librito de título Espejos, salido de los talleres de Alejandro Pueyo, pulcro, bello en su sencillez y reducido formato, con una cubierta sobria de color blanco hueso, gemela de la de Poemas puros, poemillas de la ciudad, de Dámaso Alonso, publicado al mismo tiempo con distinto pie de imprenta e igualmente saldado a real, meses después, en las librerías de lance de la Cuesta de Moyano. Algunos de los poemas eran conocidos por los lectores de las revistas literarias de la primera hora vanguardista —entre 1921 y 1923 publicará en España, Horizonte (revista que él mismo fundó con Pedro Garfias y José Rivas Panedas), Índice, Ultra y Tableros—, pero el libro, en su conjunto, difícilmente podía adscribirse a la supuesta ortodoxia ultraísta —Guillermo de Torre se lo recordó con reproche— más allá de determinadas convergencias tropológicas de ascendencia cubista y greguerísticas u otras léxicas al socaire de las novedades en boga. Espejos era un poemario primerizo, heteróclito en su contenido, falto de la audacia tipográfica propia de otras vanguardias, e incapaz de desprenderse, por carecer de una orientación definida, de cierto sentimentalismo romántico-simbolista y del influjo penetrante del purismo juanramoniano; en suma, respondía a ciertas vaguedades líricas de adolescencia y, estéticamente, a un hibridismo sustentado en concepciones de tradición y de vanguardia. Pero el joven Chabás percibió a tiempo que la incapacidad teórica y la práctica ultraístas conducían, cuando menos, a la mediocridad, de ahí que subsumiera el popularismo de sesgo culto y, renegando de excesos vanguardistas y de purismos estéticos, contuviera su verso en los moldes del neotradicionalismo, sujeto a las estructuras clasicistas en consonancia con el giro que iba adoptando la poesía de la época. Entonces aparecen poemas suyos en la coruñesa Alfar, en las murcianas Verso y Prosa y en el suplemento literario de La Verdad, en la vallisoletana Meseta y en la burgalesa Parábola. Poemas breves, de cierta mediocridad, todos presumiblemente destinados a un nuevo poemario, Ondas, que nunca llegó a editarse después de haberse anunciado en la colección lírica de Horizonte. Con todo, quiso emprender Chabás el camino hacia una madurez poética en la que lograse escuchar —en palabras que él mismo reservó para Luis Cernuda (vaya el lector a la crítica de Perfil del aire)— su íntima voz, con mayor ahínco, para crear su poesía verdadera, más propia y original, pero que, en verdad, nunca alcanzaría en su caso la excelencia. De ahí que se desinteresara del género y sólo más tarde, ya en tiempos de exilio, volviera a frecuentarlo muy de trecho en trecho. Poco tiempo después de morir, su viuda reunió aquellos poemas en el volumen Árbol de ti nacido (1956).

Había abandonado el verso buscando mejor fortuna literaria por los caminos de la prosa. Lo comenzó con Sin velas, desvelada (1927), ceñido por el corsé de la novela posmodernista, trabando dentro de una frágil trama la descripción subjetiva y el impresionismo sensorial del paisaje de su tierra natal alicantina con el lastre poemático que le proporcionó el esmerado estilo de su maestro y paisano Gabriel Miró. Muy distinto propósito reservó para Puerto de sombra (1928), narración ciertamente mucho más ambiciosa, publicada cuando algunas empresas editoriales apostaban por los «nova novorum» y los «valores actuales» de la novela nueva al dictado de Ortega y Gasset. Ambientada en la Riviera italiana, su sesgo memorialístico de ascendencia proustiana, sustancialmente poético e introspectivo, propiciaba el discurso descriptivo de extrema morosidad y la creación de personajes al trasluz de la psicología imaginaria en detrimento de la acción novelesca. Así fue tejiendo la historia, la imposibilidad del amor de su protagonista, reconstruida mediante los requiebros de la memoria en la villa marinera de Portofino. El resto de la fábula lo conformaban episodios colaterales anclados en ambientes aburguesados y escenarios marcados por la impronta de la modernidad. En definitiva, el autor había llevado a término una de las novelas paradigmáticas del nuevo arte. Dos años después volvía al género con Agor sin fin (1930) completando evolucionadamente su ejercicio novelístico, esta vez desde la perspectiva rehumanizadora del «nuevo romanticismo»: la de la organicidad textual donde la acción predominaba, los personajes aparecían sujetos a su destino y la finalidad estética, antes esencial, pasaría a ser subsidiaria.

La guerra civil truncó cualquier continuidad. Sólo en tiempos posteriores de exilio, en Venezuela o en Cuba, retomará Chabás la escritura de creación con siete cuentos agavillados póstumamente bajo el título Fábula y vida (1955). Su muerte excesivamente madrugadora en La Habana nos privó del escritor en su madurez creativa y redujo a mera voluntad su proyecto de emprender una gran novela, según dejó dicho a sus amigos. Otro escritor valenciano asimismo de retardada celebridad, Max Aub, llevado ciertamente por el afecto, no dudó en señalar a Chabás como el «mejor dotado» de los narradores que mediados los años veinte se impusieron renovar la prosa española, distanciándose de manera distintiva de las estéticas finiseculares y novecentistas precedentes.

DE LA CRÍTICA PERIÓDICA AL ENSAYO

Mediando los años veinte, para la juventud universitaria española llegó la hora de asomarse a Europa con fervor viajero. No se insistirá suficientemente acerca del nuevo caudal de experiencia e intensas ventajas formativas de aquellas giras de aprendizaje de vida europea que unos cuantos jóvenes escritores de entonces emprendieron en su más propicia época de maduración intelectual, toda una generación que, en palabras del propio Chabás, nació literariamente del 18 al 20 (véase el artículo «Viajes», de La Libertad). La oficina cultural de exportación de juventud estudiosa que fue la Junta para Ampliación de Estudios, además del Centro de Estudios Históricos, propició la salida hacia los caminos del mundo a Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Claudio de la Torre, y Ernesto Giménez Caballero, entre otros. Juan Chabás fue becado en Italia para desempeñar en Génova un lectorado adscrito a la cátedra del hispanista Antonio Restori. En una carta con membrete del Hotel de Gênes, sin fecha pero probablemente de octubre de 1924, refirió a Gabriel Miró la buena acogida que le había reservado el claustro universitario de la Università degli Studi di Genova, La Superba, y su excelente impresión de Italia. Tenía unas pocas clases semanales y un tiempo ancho para horas únicamente suyas. Los dos cursos académicos en tierras italianas llegarían a ser muy propicios para el contacto directo con la sociedad, la política y la cultura de un país fascistamente mussoliniano, para su formación europeísta y para su producción literaria. Aquel otoño paseó los vicoli genoveses y la plaza porticada del Caricamento, se acercó a Portofino, a Santa Margherita, a Bellagio, al lago Como, a las avenidas doradas del Pincio romano…, siempre con el andar pausado de los cantantes de ópera, disimulando las razones para estar contraído ante tanta vida nueva.

Según consta en un expediente administrativo, fue expulsado del claustro universitario debido a varios artículos enviados desde Génova al periódico madrileño La Libertad, colaboraciones algunas abiertamente en contra del régimen de Mussolini, desde luego carentes de la mínima diplomacia que debe el extranjero al país que le invita, pero también juzgadas impropiamente más que inoportunas por un Gobierno incómodo a la crítica e inclinado a los métodos expeditivos totalitarios. Pero al joven Chabás estos artículos y otros sobre literatura italiana publicados seguidamente en Revista de Occidente y en La Gaceta Literaria le sirvieron de sustrato para un volumen sobresaliente en su género. La editorial barcelonesa Mentora publicaría tiempo después, en 1928, su documentado volumen Italia fascista. Política y cultura, un trabajo de escritor cauteloso, alejado de cualquier sospecha filofascista aunque a veces sorprendido ante un mundo con todas sus contradicciones y arrastrado con cierto entusiasmo por los últimos flujos de la modernidad futurista de Marinetti. El libro prolongaba relevantemente la tradición de los estudios sobre el fascismo —Camillo Pelizzi, Vicente Clavel, Francesc Cambó…—, centrándose en sus aspectos sociopolíticos y efectuando una revisión histórica a fin de establecer un balance de la cultura fascista italiana, concretamente de la producción literaria de los años veinte.

La breve estancia en tierras italianas fue para el dianense cumplidamente fecunda. Dictó conferencias en la Societá di Studi Romanici, entabló una relación cordial con Arturo Farinelli en Milán, durante unas vacaciones pascuales reconoció a Máximo Gorki en una playa de Capri y con él se entretuvo en charla amena… Logró compaginar su labor periodística con la de traductor del italiano y del francés —que ya había ensayado con obras de Benedetto Croce y Luigi Pirandello en 1924 (Historia de Europa en el siglo XIX y Tercetos, respectivamente) y de Gérard de Nerval (Aurelia y Noches de octubre, ambas en 1923, y Silvia y La mano encantada un año después)—, lo cual le facilitó la subsistencia: el ensayo jurídico Sobre la legítima defensa de Julio Fioretti y Adolfo Zerboglio (1926), Un divorcio (1928) de Paul Bourget y, más tarde, probablemente a partir de la versión francesa, Street scene (1930) de Elmer L. Rice.

De vuelta a España después de su juvenil experiencia italiana, muy pronto se granjeará nombradía y respeto por su habilidad literaria de buen oficio, más por su actividad periodística, especializado en temas literarios, por ensayista y crítico teatral en los diarios y revistas de la época que como el poeta que fue en las primeras horas fracasadamente innovadoras del Ultraísmo y bajo su filiación juanramoniana, antes de recuperar los moldes del popularismo y de la poesía neotradicional. Como colaborador de la prensa diaria y de revistas literarias tuvo también, sin duda alguna, mucho mayor reconocimiento entre las gentes de su propio oficio y los lectores que como autor de aquellas tres novelas sin mayor fortuna, pese al mérito de calidad que le atribuyó la crítica en su día.

Su trayectoria ensayística fue perfilándose y asentándose con firmeza merced a sus frecuentes colaboraciones en Revista de Occidente, Alfar, La Gaceta Literaria, La Libertad y Diario de Barcelona, junto a otras circunstanciales en diarios como Heraldo de Madrid o El Sol.

Fue Chabás un articulista y ensayista laborioso, de muy buen hacer y gran curiosidad intelectual, ágil de pluma y con extrema pulcritud en su escritura, jamás irascible o siervo de la indulgencia inmerecida, orientado por una especial agudeza en sus juicios de valor, capaz de adecuar coherentemente el más exigente paso erudito con el coloquial que requiere el lector apresurado y necesitado de guía crítica, de avisos y gacetillas. Se sirvió de la crónica periodística y de la reseña más por sus fines divulgativos que por intereses de especialista en el objeto de estudio, sin contravenir por ello el rigor científico intrínseco a la labor crítica. Y frecuentó asimismo el artículo de diversa extensión sobre asuntos y sucesos artísticos, de la crítica teatral, del ensayo literario, de la biografía novelada y de la historiografía literaria. Su formación intelectual y el magisterio de Menéndez Pidal le facilitaron los fundamentos necesarios para el trabajo ensayístico dentro de los postulados de la Estilística. Su prosa, rica en matices pero también ligera y apropiada para la narración periodística, alcanza el paradigma del escritor alumbrado por la indagación constante, por la virtud de la objetividad y por el compromiso ante su época. Perteneció por edad al desigual elenco de ensayistas y articulistas que comienza un fecundo ejercicio crítico —los orteguianos Fernando Vela y Antonio Espina; Guillermo de Torre y Melchor Fernández Almagro, teóricos de las manifestaciones de Vanguardia; José Bergamín, Ernesto Giménez Caballero, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Benjamín Jarnés…— al mismo tiempo que adquiere una decisiva notoriedad la llamada por razones distintas a las del rigor periodológico «Generación poética del Veintisiete», relegando la novela y el ensayo a lugares menores. La posición ideológica posterior de Juan Chabás, radicalizada durante la guerra y el exilio, afín al Partido Comunista, le condujo hacia otro tipo de crítica, de orientación marxista. A su muy lograda factura, según veremos, contribuiría decididamente aquella dilatada práctica del autor en el artículo periodístico y en el ensayismo desde edad muy temprana.

En Juan Chabás se diluyen ciertas fronteras entre el ensayismo —en tanto que práctica de un género de dilatada tradición, prestigio y grandes autores— y el artículo de periódico en su modalidad de crónica, de reseña literaria, de reflexión estética. Acude con su nombre y destrezas de buen crítico a las revistas literarias que parecen acaparar cualquier rincón geográfico, que son soporte material para manifiestos, proclamas, programas estéticos o juicios de muy distinto pelaje —el mismo Chabás se suma a este conjunto textual de teoría explícita con «Orientaciones de la posguerra», difundido por la revista Cervantes una vez incorporada a la primera hora vanguardista—, o de reposados análisis en Revista de Occidente y en la gallega Alfar, por ejemplo, y mediante los artículos de mayor vuelo, a modo de ensayo compendiado, redactados para la prensa diaria, especialmente para La Libertad y Diario de Barcelona. Pero en las columnas periodísticas de los diarios frecuentados por Chabás cupieron asimismo la noticia breve o la anotación de circunstancia. Entiéndanse así los abundantes avisos sobre alguna revista literaria, española o extranjera, de reciente aparición o cuyo contenido se le antoja al autor reseñable, o incluso una sucinta información sobre un suceso cultural o una acotación sujeta a la transitoriedad, a la fugacidad. En esto estriba igualmente el carácter testimonial de este periodismo menor, subsidiario del ensayismo en su modalidad de crítica literaria en la prensa. Revistas del Sur: desde Málaga, con «título lleno de luz mediterránea», Litoral; la onubense Papel de Aleluyas; la lorquiana Gallo, «con un cacareo rojo de cresta sana y orgullosa, con vida breve», tan granadina; Mediodía; el Boletín de la joven literatura al que, en Murcia, Jorge Guillén y Juan Guerrero llamaron Verso y Prosa… Revistas castellanas: al frente, La Gaceta Literaria, dirigida por Giménez Caballero con pretensiones de equipararse a la francesa Les Nouvelles Littéraires; desde Burgos, Parábola, a modo de hojas sueltas de literatura; Meseta en Valladolid y Manantial en Segovia… Revistas catalanas: La Revista y su «ágil inquietud para recoger en notas breves el movimiento intelectual de Europa»; L’Amic de les Arts, cuna de surrealismos, Helix… Revistas juanramonianas (Índice, Sí, Ley), siempre limpias, esmeradas. Las revistas Carmen y Lola, creadas por Gerardo Diego, imprescindibles, entre otras, de las que fue dejando constancia en sus columnas (vaya el lector a «Elegía a las revistas», por ejemplo).

En el primer «Resumen literario» de La Libertad, fechado el 5 de noviembre de 1926, Chabás centra su atención en el teatro y el cinematógrafo, columna que le suscitó una encuesta realizada por La Fiera Letteraria acerca del futuro del teatro en prosa. Fue el comienzo de una dilatada colaboración con el diario madrileño. Allí ensayó por vez primera el carácter misceláneo de la sección: al mismo tiempo saludaba la iniciativa de Juan Ramón Jiménez —«que es ciertamente nuestro poeta lírico más puro (a la minoría siempre), es también el más inquieto por hallar el modo de crear una revista pulida y exacta, donde pueden publicar sus trabajos los artistas jóvenes que como él hacen de su arte poesía»—, y lo hace con motivo de la aparición de Índice; o adelanta la bienvenida a la quincenal La Gaceta Literaria y asimismo de la revista Mediodía —creada en Sevilla «por otro grupo juvenil, con buenos propósitos y gran entusiasmo»—; o daba cuenta del estreno en la Comédie des Champs-Elysées de Le dictateur, avalado por la autoría de Jules Romains; u ofrece una concisa y sagaz reseña a El profesor inútil, de Benjamín Jarnés. En este primer «resumen literario», el crítico dejaba ya perfectamente definida la orientación de sus futuras colaboraciones.

La singularidad de la producción de Chabás en La Libertad y del mismo modo más tarde en otros periódicos y especialmente en Diario de Barcelona radica fundamentalmente en un propósito de reconstrucción de la historia literario-cultural de su tiempo. De ahí que conceda atención preferente a cuanto contribuya a reflejar el panorama de las artes del momento y de las tendencias que en los distintos géneros irrumpen con decidido protagonismo bajo el marbete de «joven literatura».

Después de los escritos de tema principalmente italiano, la firma de Chabás comenzó a aparecer en La Libertad con asiduidad desde 1926 y se prolongó hasta 1929. En la página semanal «El libro», compartida inicialmente con Rafael Cansinos-Asséns, después titulada «Resumen literario» —por lo general incluida en el diario los viernes—, no sólo entregaba una crónica puntual y detallada de los actos sobresalientes del mundo artístico hispano, desarrollados en distintos lugares de España, sino que también, a modo de «aviso crítico», se hacía eco de noticias y de las publicaciones periódicas aparecidas en el país o en el extranjero —así las frecuentes alusiones o comentarios al sumario de revistas literarias francesas e italianas—, y principalmente levantaba acta de la producción literaria del momento: apuntes críticos, reseñas de variada amplitud sobre los libros, españoles y circunstancialmente franceses o italianos, que conformaban la actualidad literaria en sus distintos géneros. Esta sección de La Libertad guardaba bastante semejanza con las de Marcel Brion y Giacomo Prampolini en Les Nouvelles Littéraires y La Fiera Letteraria respectivamente; también la tuvieron otros periódicos, especialmente la página literaria del Diario de Barcelona de la que más adelante, ya lo adelantábamos, Chabás será asimismo habitual colaborador.

La especificidad de no pocos de sus artículos en La Libertad reside en la inmediatez existente entre la publicación de la obra y la glosa crítica que merece su autor. Los trabajos recién publicados de los escritores de reconocida solvencia —llámense Azorín, Miró, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Unamuno o Gómez de la Serna—, bien porque con cierta amplitud, y en muchas ocasiones por vez primera, presenta críticamente a los entonces jóvenes escritores; bien para resaltar algunas de las características —perfiles generacionales, en su decir— que les son comunes o, cuando menos, que les identifican aun en su heterogeneidad estética; bien para detener su mirada en sus producciones literarias, con elogio ciertamente la mayor parte de las veces, pero elogio nunca desmesurado, coyuntural e inmerecido desde la óptica artística con pretensiones de objetividad de quien las juzga. Obrar de otro modo habría puesto frente al muro, a su modo de ver, los valores de una amistad ofendida por el ditirambo y la desmesura.

Desde tal voluntad, el crítico en diferentes resúmenes fue desgranando las particularidades que, a su entender, cohesionaban los por entonces juveniles esfuerzos de renovación artística y literaria, los de unos escritores obsesionados por reclamar protagonismo y un destacado relieve en el frontispicio de la actualidad, declarándose garantes de una calidad novedosa, de una producción que, en verdad, el paso de las horas de la historia vino a situar en un lugar preeminente de la historiografía literaria. El lector dudará muy probablemente sobre el hecho de atribuir a las relaciones de amistad que supuestamente se tributaron los miembros de la generación un rango de perfil diferenciador. Desde luego Chabás, en la nota titulada precisamente «Amistad», advierte la muy marcada tendencia española al enfado entre compañeros y de solitarios para afirmar seguidamente que entre los nuevos se muestra «un abierto ademán de compañerismo». Esta apreciación, susceptible de incorporarse a una historia menor que eleve en exceso lo anecdótico y lo circunstancial, no cabe generalizarse, pues conocidas son las enemistades que existieron entre algunos miembros de aquella «generación», pero al mismo tiempo es incuestionable que por amistad aquel grupo de jóvenes escritores llevaron a término importantes proyectos y sus integrantes se ayudaron literariamente con frecuencia. Y a esos sentimientos amigos coadyuvó la formación universitaria —catedráticos, exlectores de universidades extranjeras, filólogos…, «todos un poco devotos de la crítica»— de la gran mayoría de ellos o, si se quiere, contribuyó sobremanera su «especial conocimiento erudito». En la nómina se incluye ahora el crítico y sorprende su claridad de juicio suponiendo la proyección literaria de esos jóvenes:

«Todos hemos empezado sin chalina, sin capa, sin chambergo. Todos poco castizos y algo más castos —literariamente—. He aquí las razones de la buena amistad. Comer juntos, sentarnos a la misma mesa, es, pues, una consecuencia de buena crianza. No creo que, con el tiempo, sea escasa la obra de esta generación. Sobrepasado el límite de la anhelada pulcritud, aparecerá seguramente la obra conseguida. Tampoco creo que este afinamiento sea refinamiento de decadencia. Pero lo que sí puede tenerse por seguro es que de esta actitud de cordialidad y cortesía se deriven muchas ventajas en la vida literaria».

Y llegó el año 1927. Pese a lo exiguo del desarrollo de sus urgentes «resúmenes», Chabás logra cumplidamente reconstruir a modo de crónica y con exquisito detalle y apreciación crítica acontecimientos importantes de la actualidad literaria y cultural. Permitirá quien esto lee que me apresure a subrayar el hecho de que algunos de esos sucesos los había vivido él mismo en persona desde un lugar preferencial. Esta circunstancia le convierte en espectador activo, testigo y notario, conviene reiterarlo, de unos hechos, bien fueran de indiscutible importancia y significación, bien ancilares y subalternos dentro de los procesos de la literatura contemporánea, así como de determinados sucesos que, más allá de la mera crónica periodística, provocan la reflexión del crítico, rayana a veces con la teoría poética. El ejemplo tal vez más significativo, que recordará sin demasiado esfuerzo el lector, es el considerado acto afirmativo de la generación del Veintisiete, coincidente con la conmemoración del tricentenario de la muerte del poeta barroco Luis de Góngora.

A finales del verano de 1927 Rafael Alberti llamó a varios amigos, entre ellos a Chabás, para decirles que el torero Ignacio Sánchez Mejías les invitaba al homenaje a Góngora en Sevilla con motivo del tricentenario de su muerte. Con voz confidencial confesó que era inmejorable ocasión para promocionarse como autores de la nueva literatura. Parece ser que habían confirmado su asistencia Gerardo Diego, Mauricio Bacarisse, Federico García Lorca, Pepín Bello, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y el mismo Alberti. Antonio Espina, Melchor Fernández Almagro y Antonio Marichalar excusaron su ausencia. Pues bien, no existe mejor testimonio de lo ocurrido en aquel diciembre sevillano que el de las columnas de Chabás en La Libertad. Acúdase a los artículos de este volumen agrupados en la parte «Tricentenario gongorino», especialmente a «Una jira». Nadie, ni siquiera Gerardo Diego a través de varios comentarios aparecidos en su revista Lola, consigue una crónica descriptiva y reconstruida con pormenor y cuidado como la que hace Chabás logradamente en su sección del periódico. Más todavía, a Chabás debemos el más completo y ecuánime balance del centenario gongorino. Y lo hace quejoso, descubriéndonos —para sorpresa de algunos críticos de hoy— que, pese a la notoriedad del poeta cordobés, apenas fue notado y reducido a «algunos actos íntimos» de un grupo de devotos escritores jóvenes (véase «Centenario de Góngora»).

De inmediato se asoció la imagen y producción de Góngora con la juventud del Veintisiete. De ahí que el crítico abunde en la reivindicación que debió el poeta cordobés a la juventud literaria y significación que tuvo su obra en horas de la Modernidad. En el titulado «Góngora, Mallarmé y nuestros poetas jóvenes» abunda Chabás en la analogía de comprensión estética entre el autor de las Soledades y el francés, lo cual le permite explayarse en torno a su común creación metafórica y, al mismo tiempo, sobre sus diferencias muy sutiles por sustentarse la del español en la erudición y la mitología, en sinestesias y cromatismos, frente a la de Mallarmé que «casi nunca nace de alusiones, sino de elusiones». El extenso párrafo final es un extraordinario breviario informativo acerca del amor de los jóvenes por Góngora —como el sentido por Mallarmé y Valéry— y sobre los distintos proyectos —«homenaje de estudio y de ofrenda lírica»— mediante los cuales queríase reivindicar al poeta barroco cordobés y que pretendían llegar a la madurez de su ordenación: concursos nacionales, ediciones de sus obras en Revista de Occidente —véanse el artículo sobre las Soledades editadas al cuidado de Dámaso Alonso y la amplia reseña sobre Antología poética en honor de Góngora, preparada por Gerardo Diego— y la semana a él consagrada en Sevilla, que vendría a ser no sólo el arranque del resurgimiento gongorino sino también la cita pública de la joven generación y, sobre todo, una óptima ocasión para argüir la influencia de Góngora en la nueva poesía: así la distinción plausible entre la metáfora gongorina y la más moderna o entre el «sentido ornamental» gongorino y el de la lírica contemporánea. El influjo gongorino lo acotaba Chabás a Guillén y a Alberti. Dicho esto y desde la perspectiva de hoy, corrijamos al crítico cuando declara una «desinteresada amistad» hacia Góngora por parte de los jóvenes escritores. Es fácilmente demostrable que, desde su misma génesis, los actos desarrollados en Sevilla al abrigo de los honores gongorinos sirvieron fundamentalmente de propia promoción de los escritores organizadores, etiquetados pronto con el marbete de Generación del Veintisiete.

Si el encuentro sevillano de diciembre de 1927 adquiere un valor de acta fundacional para la generación acuñada con el guarismo del tricentenario gongorino, establecido por la crítica posterior como principio de su existencia —Chabás empleará en distintos escritos también otros términos: «generación del 20», «generación del 21», «generación perdida entre dos guerras»—, será la extensa producción literaria desarrollada por quienes la conformaron la que dará sentido a la nueva estética. En La Libertad fueron apareciendo con la firma de Chabás las obras más emblemáticas de la «generación», ahora aquí reproducidas, con la particularidad de ser reseñadas muchas de ellas por vez primera. Y esto se debe a que el crítico gozaba de una posición privilegiada en los ámbitos culturales. Trataba muy de cerca a gran parte de los protagonistas de sus escritos críticos. De ahí que alguna vez sepa del libro del amigo o compañero con antelación y adelante su comentario para subrayar su relevancia, incluso fechas antes de haber sido entregado a la imprenta el original que él conocía parcial o íntegramente. Este es el caso de la primera reflexión acerca de Ámbito, de Vicente Aleixandre, reproducida en estas páginas, que luego publicará con ligeras modificaciones en Revista de Occidente; y el hecho no menos significativo de que demuestre ser lector madrugador de la poesía de Jorge Guillén, y no sólo de aquella publicada en revistas literarias antes de ser reunida en el primer Cántico. Alguna otra vez, sabiendo próxima la publicación de la obra, pudo reseñarla con bastante precedencia respecto de otros críticos. El ejemplo más representativo es sin duda la nota crítica que el 29 de abril de 1927 dedicó a Perfil del aire, de Luis Cernuda, reproducida asimismo en las páginas que siguen: fue la primera pues apareció pocos días después de la edición del libro como cuarto suplemento de la revista Litoral que contrarió sobremanera al autor entendiéndola poco indulgente, ofensiva. En realidad la recensión no fue tan reprobatoria hacia un libro de «bello título», de «extraña perfección en autor tan mozo», de discípulo «formado en la admiración y el estudio devotos del maestro» Jorge Guillén, si bien en detrimento del logro de su voz más personal. Podrían añadirse otros juicios no menos adelantados que propició la proximidad de trato entre Chabás y el escritor reseñado, con cierto entusiasmo contenido, si se quiere —acúdase a la extensa y muy temprana glosa de Canciones, de Romancero gitano y de la «Oda al santísimo sacramento», de Federico García Lorca—, o con especial énfasis como el puesto en la columna dedicada a La amante, de Rafael Alberti, o en la glosa a las narraciones de Gabriel Miró (El obispo leproso) y Benjamín Jarnés (El profesor inútil, Paula y Paulita, Viviana y Merlín, El convidado de papel). Vistas en su conjunto, sorprende gratamente que en las reseñas de Chabás queden debidamente comentadas las obras de quienes con el tiempo serán los autores más representativos del verso y la prosa del Veintisiete, junto a los ya mencionados: Manuel Altolaguirre (Ejemplo), Emilio Prados (Vuelta), Pedro Salinas (Seguro azar), José María Hinojosa (La rosa de los vientos), Josefina de la Torre (Versos y estampas), José María Souvirón (Conjunto), Dámaso Alonso (Cédula de identidad), José Bergamín (Caracteres), Rosa Chacel (Estación, ida y vuelta), Juan José Domenchina (La túnica de Neso), José Díaz Fernández (El blocao), José López Rubio (Roque Six), etc.

Apenas inaugurado el año 1929 Juan Chabás se incorpora a la nómina de colaboradores de Diario de Barcelona y, consiguientemente, traslada su residencia a la capital catalana. Para entonces ya se ha alejado del grupo madrileño de la Revista de Occidente, auspiciado por Ortega y Fernando Vela, siente su aliento fatigado por tanta maraña en el Madrid resacoso por los ismos y se ve incapaz de fijar un rumbo coherente a la nueva narrativa, en el que, ya vimos, él mismo intentó dejar huellas. Allí acostumbrará a rellenar espacios del día charlando en los bares del Ensanche con poetas urbaneros, disfrutando en las terrazas, aquellas playas íntimas y quietas de la Barcelona alejada del mar, según dejó escrito. De vez en cuando, a media mañana, se detenía en las Ramblas de las flores al lado de López Picó para hacerse cómplices en aromas, se citaba en el Ateneo con Tomás Garcés… El 24 de enero de 1929 remitió su primera entrega a Diario de Barcelona y desde entonces hasta el 1 de octubre de 1930, con periodicidad generalmente semanal, asoció su nombre a la sección literaria del periódico, que con muy desigual frecuencia se rotulaba «Arte y letras».

Con cierta evolución respecto de sus colaboraciones periodísticas anteriores, en estas puede advertirse cómo consigue logradamente modular un estilo más personal, ajeno a los dejes característicos del periodismo de la época, reconocible por la coherente construcción global del texto, por el correcto fluir del discurso, por una prosa pulcra y refinada mediante la cual su autor prolongaba la seriedad crítica y la hechura prosística de sus predecesores noventayochistas. La voluntad y maneras críticas no se diferenciaban excesivamente de los artículos de La Libertad o de los de la sección «Gaceta catalana» que fueron apareciendo en La Gaceta Literaria por las mismas fechas. Obviamente, por el propio ámbito y la naturaleza del diario, abundan los artículos en torno a escritores catalanes de producción muy definida: Manuel de Montoliu, Santiago Rusiñol, Santiago Vinardell… Unidos a las recensiones que fueron apareciendo por esas mismas fechas en La Gaceta Literaria —a propósito de Josep López Picó, Carles Riba, Josep María Sagarra, Caries Soldevila…—, conforman un conjunto de considerable significación. Tampoco podían faltar las columnas dedicadas a la literatura europea, principalmente a autores franceses: Baudelaire, Georges Roux, Colette…

Pero además, al igual que en el corpus de La Libertad puede documentarse un número relevante de artículos en torno a la creación literaria y sus distintas modalidades, basados en una reflexión especulativa, de contenido teórico-histórico, en Diario de Barcelona alcanzan, si cabe, mayor frecuencia las colaboraciones de contenido teórico y de valores prescriptivos. Entiéndanse de este modo las extensas notas acerca de diversos asuntos de actualidad y preocupación estética. Lugar destacado vuelve a reservar a la «joven literatura» y al arte nuevo, temas tan recurrentemente tratados en los resúmenes de La Libertad. Acuda el lector, por ejemplo, al largo apunte titulado «La sensibilidad literaria», la del artista moderno, que para él no es otra que «la verdadera novedad del arte joven: el concebir la vida de un modo distinto, el contemplar con miradas insólitas hechos, formas, aspectos también insólitos que la vida moderna nos ofrece».

Un artículo, revelador desde su título, «La generación VABUM, la generación MAJO y los nuevos», ciertamente modélico por su brevedad y precisión teórica, resume perfectamente las razones que centran su interés en las distintas manifestaciones de los escritores jóvenes. Difícilmente puede contradecírsele el hecho de que, subrayada la «intensa y honda revolución» de la generación del noventa y ocho —aquella que Corpus Barga, atendiendo a las iniciales de sus autores que la caracterizaron (Valle, Azorín, Baroja, Unamuno y Maeztu) denominó Vabum— y la de sus «epígonos» —generación Majo con las iniciales de Miró, Ayala, Jiménez y Ortega—, precise que «la inestabilidad de los gustos artísticos» determinaron las modas literarias más o menos pasajeras, la de grupos de escritores con «una nerviosa inquietud, un febril anhelar de modos y de ideales estéticos diferentes que mudan y se olvidan tan pronto como son apenas conseguidos». Se refería a los grupúsculos de la primera Vanguardia, no sin antes mencionar la muy meritoria precedencia e incuestionable calidad estética de Ramón Gómez de la Serna. Por su ardida posición acerca de la producción de quienes fueron compañeros suyos en el viaje ultraísta —recuérdense los empréstitos de su libro Espejos al Ultra—, por lo novedoso del juicio en un tiempo aún muy próximo a los hechos y por la correcta lectura periodológica, sorprende la temprana conclusión del crítico, sin duda alguna suscrita hoy día por los especialistas de la Vanguardia histórica. En sí misma justifica la extensa cita:

«Los poetas del Ultra solían carecer de preparación técnica, ignoraban casi toda nuestra historia literaria y creían, con una generosidad juvenil admirable pero vana, que podían conseguirlo todo sin más que entregar a su afán estético —un afán que no podía llamarse doctrina ni siquiera propósito porque nada en ellos era meditado ni estaba definido— toda la intuición y valentía que poseían. Pero si ellos no realizaron obra duradera, demolieron, en cambio, mucho y cavaron amplios cimientos para edificar seriamente.

No nos extraña, pues, que mientras este grupo se iba disolviendo se estuviese ya formando otra generación nueva, también joven y ardida, pero más documentada, de propósitos más concretos y por tanto más conscientemente orientada. A esta nueva generación es a la que hoy suele llamarse joven literatura».

A Chabás volverán a interesarle las características de esa joven literatura, —cuño referido impropiamente sólo a las aportaciones en verso y prosa—, pues, completando aquellas otras estatuidas en los resúmenes de La Libertad, las enuncia y evalúa sumariamente en artículos posteriores (por ejemplo, los titulados «Joven poesía» y «Sobre la joven literatura»): el magisterio que los jóvenes escritores debían a Juan Ramón Jiménez y a Antonio Machado, el hecho de que su «preocupación esteticista» sea anterior a la producción de los autores, la «sólida cultura literaria» y «nacimiento excéntrico» —no centralista como la del 98— o «litoralizada» con matices de esa juventud literaria.

El crítico escribe con alto tono, niega de inmediato que ese arte joven en su labor tan humana parezca una deshumanización cuando en realidad entiende que es una «superhumanización» y en breves apuntes seguidamente se afana en subrayar «la alegría del sport» en su dimensión lúdica, maquinística y moderna para ceñir bien las nuevas sensibilidades y la voluntad filosófica de la joven literatura: «conocer al hombre más íntimamente cada vez». Chabás se afana en desgranar los signos externos de la juventud artística que por entonces tenía veinticinco años y que «con ímpetu alegre de salto y danza y salud, envanecida de su mocería» sintió una especial atracción por el cine, conforme destaca al principio de la hermosa nota sobre Indagación del cinema, de Francisco Ayala, para seguidamente abundar en sus relaciones con la literatura.

En otra ocasión se abalanza contra quienes, a su propio parecer, atacan aguerridamente ciertas intemperancias mozas como las del grupo surrealista de la revista catalana L’Amic de les Arts (Montanyà, Carbonell, Gasch, Dalí, Casanyes), iconoclasta y bromista, pero que dio «aire europeo, libre, ancho a nuestra vida literaria», internacionalismo innegable pero que en su mismo gesto, precisa sagazmente Chabás, «si se exageraba demasiado, tomaba un cierto aire provinciano». Y de la anécdota pasa en otro momento a la especulación más exigente y meditada mostrándose capaz de realizar una síntesis, excelente donde las haya, a propósito de posturas poéticas que tuvieron muy relevante protagonismo en su momento; por ejemplo, sobre la significación del «Superrealismo». La crítica adquiere entonces visos de demoledora evidencia en la pluma de quien conoció desde una atalaya con visión privilegiada los valores literarios y trascendencia de aquel movimiento de Vanguardia y ahora, ayudado por el tiempo transcurrido y a modo de balance tras leer un artículo de César Vallejo, levanta acta de su entidad y significativa evolución: reconocido el valor incuestionable por el ímpetu asolador de esta escuela literaria, sentencia que «fue nula casi su aportación constructiva». Hoy, con matices al margen, resulta difícil contradecir lo que Chabás advirtió tan madrugadoramente del movimiento que Breton, «acróbata de la inteligencia», encaminó hacia el comunismo. En su artículo titulado «Superrealismo», haciéndose eco de los seguidores y detractores de la escuela bretoniana, el crítico invita a reconocer su balance, del cual podría concluirse que, si bien fue incapaz de «suscitar una crisis de conciencia, al menos se ha conseguido dar a la conciencia más libertad, más resolución, mayor ímpetu de independencia y de creación».

De no menor calado son las sucesivas entregas acerca de la actualidad y futuro de la novela, en aquel tiempo —según criterio de Chabás en un artículo dedicado a la todavía desconocida Maruja Mallo—, sumida en el más grave conflicto planteado a la literatura moderna por muchas y complejísimas causas, entre otras la carencia en los escritores jóvenes de imaginación, de fantasía creadora, de renovada imaginación que laborara con inteligencia y sensibilidad actuales el pulso y compás de la modernidad. Sabido es que los jóvenes novelistas del momento, incapaces de encontrar el verdadero camino de la renovación que reclamaba el género, sufrieron el protagonismo acaparador de una poesía que homenajeaba a Luis de Góngora en 1927. Precisamente fue Chabás quien durante el acto público sevillano con ocasión del tricentenario de la muerte del poeta barroco, según dejó escrito en su crónica titulada «Una jira» de La Libertad, se encargó de saludar los logros de los prosistas jóvenes y establecer una primera nómina con las correspondientes apreciaciones, nómina en la que él no se incluyó por modestia. En hora temprana Chabás comprendió que el golpe de timón mediante técnicas innovadoras era exigencia urgente. Mauricio Bacarisse, Antonio Espina, Benjamín Jarnés, Antonio Marichalar, Pedro Salinas, Mario Verdaguer y el propio Juan Chabás, por citar algunos de los más notorios, emprendieron una labor importante con muy estimables aportaciones individuales dentro de las heterogéneas opciones narrativas que oscilaban desde el experimentalismo al discurso sustancialmente poético. La ruptura con los modelos estatuidos pasaba por la necesidad de adecuar la nueva estética a los tiempos de la modernidad vanguardista con la mirada puesta en Europa (Marcel Proust, André Gide, Jean Giraudoux, Virginia Woolf, James Joyce…), y a ello contribuyeron las reflexiones teóricas que desde la tribuna de su prestigio e influencia formulara el filósofo José Ortega y Gasset, o en las que abundaron los propios novelistas a través de sus declaraciones de intenciones, las revistas literarias del momento y algunas empresas editoriales que crearon colecciones ad hoc para el género.

En Diario de Barcelona el crítico abunda en las meditaciones acerca de los problemas del género narrativo. Destaquemos las entregas sucesivas «Sobre la novela» y el artículo «Horizonte de novela», publicado en Heraldo de Madrid. En este saluda el buen augurio del final de la crisis de la novela al irse imponiendo «una nueva manera de novelar» que ha rejuvenecido al género y que, con referencias a modelos europeos (Proust, Svevo, Joyce, Delteil…), se afanan por lograr un equilibrio.

«Han tendido a establecer nuevas leyes de equilibrio entre la acción y la introspección; entre los elementos dinámicos y anecdóticos, indispensables a toda narración, y los elementos de reposo, que están constituidos por un amplio conjunto de observaciones psicológicas, que han de realizarse —o desrealizarse— a través del estrecho e íntimo sendero que nos conduce hacia la vida interior de los personajes creados.»

Un artículo de Rafael Marquina «sobre las tendencias y posibilidades de la novela nueva», publicado en la revista Mirador, sirve al crítico para recordar de nuevo en Diario de Barcelona cómo la supuesta crisis del género fundamenta trabajos de Ortega, Maurois, Mauriac o Larbaud, antes de sentenciar la inexistencia de una novela nueva. Advierte nubarrones sobre su futuro, aun después de renegar de Ortega, maestro de lides preceptivas sobre la narrativa deshumanizada, hasta llegar a declarar que «nada más triste podría hallarse hoy en literatura que una novela pensada según el criterio que Ortega o cualquier otro tengan sobre el género» («Posibilidades de la novela nueva»).

Por otra parte prodigan los artículos dedicados al análisis de un volumen recientemente publicado, no por el hecho de firmarlo un escritor adscrito a la «joven literatura» que apuntaba buenas formas, sino para subrayar ahora la singularidad de un autor cuya obra ha adquirido cierta entidad dentro del panorama literario del momento o cuyos indiscutibles méritos en términos de calidad artística justifican ampliamente la glosa. La serie de cuatro entregas a raíz de la aparición de Sobre los ángeles o la reseña a Cal y canto, de un Rafael Alberti ya con líneas poéticas bien trazadas, son en sí mismas reveladoras en este sentido. Léalas el lector aquí reunidas. Como no podía ser de otro modo, el interés del crítico por las revistas literarias es igualmente manifiesto; a través de sus notas podemos recomponer la trayectoria y trascendencia de estas publicaciones periódicas.

Al igual que en La Libertad, los comentarios sobre las revistas literarias ocupan un espacio importante en el conjunto de las colaboraciones de Chabás en el periódico barcelonés. Desde sus columnas aprovecha cualquier ocasión para impulsar el esfuerzo y trayectoria de cuantas, a iniciativas jóvenes, aparecieron con prodigalidad y diferente fortuna. Lo recuerda en el artículo «Sobre la joven literatura»:

«En muchas provincias de España surgieron hacia el año 1920 diversas publicaciones juveniles que respondían al movimiento de la joven literatura concentrada en Madrid. Esas revistas provincianas se nutrían de un grupo local de escritores y de las del grupo que en Madrid residía. Tuvieron revistas juveniles Murcia, Huelva, Granada, Málaga, Sevilla, Valladolid, Burgos, Gijón, Las Palmas, Palma de Mallorca, Valencia; en Cataluña, también surgieron revistas varias en Barcelona, en Sitges, en Gerona, en Villanueva y Geltrú; y estas revistas catalanas prestaban también atención a la literatura juvenil de lengua española».

Más interesante que este recorrido por la topografía de las revistas literarias es, si cabe, la explicación de tan significativa proliferación: «Ese múltiple florecimiento de revistas está indicándonos que las inquietudes de la juventud literaria no eran momentáneo capricho de unos cuantos literatos sino que eran bien profundas y, por ello, porque obedecían a un estado de ánimo especial y se armonizaban con el general sosiego de nuestro tiempo, era tan fácil el contagio».

TIEMPOS DE EXILIO. LA CRÍTICA MEMORIALÍSTICA

Asomado a la barandilla del balcón del recuerdo frente al Malecón de La Habana, probablemente Juan Chabás anduviera hurgando en la memoria cuánto duele ser huérfano de amores. Carmen Ruiz Moragas, la célebre actriz amante oficial de Alfonso XIII, a la que el joven Juanito raptó de la cámara real para luego, seducida con palabras distinguidas e ideales republicanos, hacerla casi esposa, se le murió demasiado pronto en su regazo. Semanas después ocurrió el golpe militar fascista y el país fue desangrándose partido en dos mitades. El crítico la había conocido en los camerinos del Fontalba, o acaso del Beatriz, en tiempos en los que llevaba sus análisis teatrales al diario Luz. Solía visitarla en su chalecito del Metropolitano madrileño hasta que ya apenas tuvo tiempo para dedicarle Vuelo y estilo, libro de sugerente título que reunía los cuatro ensayos que fue publicando en 1924 la revista coruñesa Alfar —sobre Jiménez, Miró, Antonio y Manuel Machado— y que pretendía ser primero de una colección de ensayos sobre novelistas, poetas y ensayistas contemporáneos, proyecto que no cuajó más allá de este único volumen, que representa la madurez ensayística del autor antes de la guerra civil española. Colgaba desde lejos su mirada en lo más alto del Morro y se le venían de golpe a la mente sus días en el Batallón «Andrés Casaus» de las milicias cívicas de Izquierda Republicana y sus galones de capitán de infantería afecto al Estado Mayor de la República durante la guerra civil. Su circunstancial actividad literaria se circunscribió entonces exclusivamente a varios artículos periodísticos, cuya inclinación hacia la crónica castrense y militante —por entonces ingresó en el Partido Comunista y mantuvo la filiación hasta la muerte— no desluce su valoración literaria. Mil veces allí le vinieron a la memoria el asesinato de García Lorca y la muerte en Collioure de Antonio Machado, a quien vio por última vez en un café de Valencia. En los frentes del sur coincidió con Miguel Hernández, durante el asedio al monasterio de Santa María de la Cabeza. El recuerdo le llevó hasta el orgullo de sus afanes en las labores de propaganda de guerra y su participación en la Alianza de Escritores Antifascistas… De la guerra salió una madrugada con neblina de anís y olor a pólvora y sangre con huellas de metralla en la mandíbula, estuvo convaleciente y un día supo que perdió, con la casa, todos los libros y papeles. Ardieron. A finales de 1937 había conocido en el Madrid asediado por los franquistas a Simone Téry, corresponsal de L’Humanité. Entre los obuses se casaron y ratificaron su matrimonio en la alcaldía de Ivry-sur-Seine, muy cerca de París, poco después de haber logrado salir de España hacia Francia con sus padres.

Aquel fue un amor accidentado, pues no soportó las dificultades de una vida en país ajeno y terminó con el regreso de Simone a Saint-Germain-des-Prés. Parecía prologar las sucesivas desgracias e infortunios que luego condicionarían el exilio del escritor, quien incluso llegó a creer que siempre andaba inevitablemente cerca de la fatalidad, prorrogando el sentimiento de gafe que le afeara García Lorca el día que tributaban el homenaje a Góngora en Sevilla: antes de un viaje en grupo por el Guadalquivir, Federico vehemente y con mal gusto gritó que no embarcaría, pues si también lo hacía el cenizo Juanito todos naufragarían de manera irremediable. Más allá del gracejo andaluz de Lorca y al margen de cualquier consideración acerca de la atracción de Chabás a la desgracia o su convivencia con la mala suerte, lo cierto es que poco después del último paseo con Pablo Neruda por el Quai de l’Horloge, perdiendo sus miradas en el futuro incierto a contracorriente del Sena, los alemanes entraron en París; después fue a buscarlo la policía de Vichy, pero ya había salido para la República Dominicana. Las manos de Leónidas Trujillo se encallecieron de crímenes y los Chabás optaron por dirigirse en el verano de 1940 a Cuba. Y allí comenzó su combatir de desterrado, tan a diario y tan ásperamente, con la atravesada pobreza miserable.

A lo largo de sus quince años de exilio, Juan Chabás no abandonó la creación en verso ni la prosa artística. Sin embargo, en este periodo de grandes carencias, obligado a otras ocupaciones entre las propias de la docencia, frecuentó preferentemente el artículo, el ensayo y la historiografía literaria, modalidad ensayística a la cual había acudido, cierto es que sin grandes pretensiones, durante la preguerra. Prodigó las contribuciones periodísticas —sobresalen las publicadas en El Nacional de Caracas y en Nosotros, periódico mensual cubano de la Casa de la Cultura, luego denominado España Republicana, del que durante algún tiempo fue redactor jefe—, sin desatender los trabajos realizados por encargo y necesidades económicas —La literatura y el teatro durante la guerra (1940), Aprenda ortografía en una semana (1946)—, ni tampoco otros proyectos de mayor holgura literaria.

Con la piel del alma curtida por el dilatado destierro, algunos amigos de Chabás durante sus primeras horas cubanas levantaron muy alta la queja contra el destino. Le veían vagar por La Habana vieja con el peso resignado del caminante sin rumbo declarado, pero hablaba todavía sin pasivo pesimismo, con esperanza doliente sobre España y de la resurrección para él nunca utópica de la República. Anduvo enseguida entre otros amores retorcidos. Se casó un tiempo con Lydia de Rivera, una liederista cubana, y perdió de nuevo sus enseres, se alimentó merced a algunas clases y dictando conferencias en Camagüey, en Matanzas, en Cienfuegos; fue aspirante a librero, preparó emisiones de radio, redactó manuales y artículos que publicaba regularmente España Republicana. Hasta que los vientos de proa amainaron siete años más tarde gracias a su matrimonio con Aída Valls y el contrato de una cátedra en Venezuela, que abandonó a finales de 1948 al producirse el golpe militar de Delgado Chalbaud contra Rómulo Gallegos. Regresaron definitivamente a la isla.

La reflexión o, por mejor decir, el discurso reflexivo sustentado en juicios de valor y en consideraciones críticas razonadas encuentra en el género del ensayo que practica Chabás durante los últimos años de vida el más adecuado y coherente soporte del pensamiento del escritor exiliado, comprometido políticamente, y de la comunicación teorética y estética firmemente arraigada en su formación y trayectoria intelectual. Precisamente una hechura intelectual bien trabada y la correcta asimilación de las tendencias críticas de su tiempo le proporcionaron las bases esenciales para el análisis, por un lado, de la producción literaria española en una obra esencial dentro del género historiográfico, Literatura española contemporánea, 1898-1950 (1952), y, por otro, de poetas con calificado renombre y obra en lengua española desde la Edad Media a la entonces contemporaneidad en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos (1960), compilación de ensayos periodísticos inicialmente concebidos para ser transmitidos oralmente, que dejó muy avanzada en su concepción el propio autor y que, seis años después de su muerte, la Editorial Cultural de La Habana encargó reunirlos a Aída Valls, viuda del crítico. Era un nuevo libro publicado póstumamente, al igual que el volumen asimismo de ensayos, en este caso de sesgo político y filosófico, Con los mismos ojos (1956).

Por razones imperiosas de subsistencia entre 1945 y 1946 Chabás aceptó intervenir en la Radioemisora del Ministerio de Educación de Cuba en un programa cultural cuyo propósito primero consistía en difundir la trayectoria poética de escritores de países de lengua española, especialmente de España y Cuba, mediante sucesivos comentarios en torno a su producción más sobresaliente y el recitado de textos a cargo de Coralia de Céspedes. La propia naturaleza del medio y la voluntad de incitar didáctica y divulgadoramente al público oyente la curiosidad e interés por la poesía condicionaron ciertamente la brevedad y ligereza de las glosas que conocemos, pero aun en su carácter secundario la obra contiene otros componentes de provechosa valoración. Quien quiso organizar este volumen lo hizo bajo el criterio de ordenación cronológica, incluso preferentemente al de procedencia geográfica. La nómina de los compendiados es extensa y ampliamente representativa: mexicanos (Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Enrique González Martínez, Alfonso Reyes, Octavio Paz), chilenos (Gabriela Mistral, Pablo Neruda), nicaragüenses (Rubén Darío, Salomón de la Selva), colombiano (José Asunción Silva), argentino (Leopoldo Lugones), uruguaya (Delmira Agustini), peruano (César Vallejo), y guatemalteco (Luis Cardoza y Aragón). A ellos se sumaron los cubanos Regino Pedroso, Rafaela Chacón Nardi, Ángel Augier, Cintio Vitier, Mariano Brull y Manuel Navarro Luna. El grueso del volumen lo constituye el bloque español: desde los poetas medievales a los clásicos, desde los románticos a los contemporáneos. Especial y muy valiosa contribución son los escritos acerca de los contemporáneos españoles, páginas concebidas a partir de un enorme esfuerzo de recuerdos, de memoria afectiva, que podríamos ponernos de acuerdo para denominar crítica memorialística. La nómina de autores crece con los noventayochistas Unamuno y Antonio Machado para enancharse con los modernistas (Joan Maragall, Valle-Inclán y Villaespesa) y el que Chabás llama grupo de transición (José Moreno Villa, Mauricio Bacarisse, Díez-Canedo), hasta alcanzar el Veintisiete: Guillén, Lorca, Prados, Aleixandre, Larrea, Ramón Gaya, Alberti, Bergamín, Max Aub, Rejano, Ernestina de Champourcin y el más epilogal Miguel Hernández.

A los escritores reunidos cabría sumar otros que tuvieron personalidad de principal relieve y por cuyo indispensable mérito de calidad su ausencia en estas páginas chirría sobremanera. Citemos únicamente entre los silencios al chileno Vicente Huidobro y al argentino Jorge Luis Borges, o a los españoles Pedro Salinas, Gerardo Diego, Manuel Altolaguirre y Luis Cernuda. Pensará el lector que cabría entender estas omisiones intencionadas, inexplicables, o simplemente que los originales de algunos guiones radiofónicos se perdieron para siempre. Por otra parte, permítaseme apresurar el paso para advertir a este mismo lector que los criterios selectivos del crítico en este volumen antológico son plurales: desde su inclusión justificada por valores estatuidos e indiscutibles en los clásicos al muy extendido reconocimiento y calidad literaria en el caso de los poetas contemporáneos, hecho este al que se suma, en ocasiones varias, la proximidad afectiva que había tenido Chabás con el autor tratado. La inmediatez de la historia, la historización de un fragmento temporal próximo, implica que no haya apenas espacio entre el historiador, que aquí es el eje de la obra, y lo que «narra» la historia literaria; o que esa mínima separación llegue a reducirse progresiva, decrecientemente. Mediante su memoria selectiva, Chabás se sitúa dentro de esa historia que narra: la realidad de la historia vivida, los espacios y ambientes que conoció, las entrañables semblanzas de escritores con los que mantuvo estrecha relación, incluso anécdotas de índole varia, etc. Por la naturaleza de estas páginas, convengamos en converger y concentrar nuestra mirada en las semblanzas de los poetas contemporáneos dibujadas analíticamente por Chabás.

Frecuentemente, comienza presentándonos al autor, la época que conoció, la obra que compuso. Preparan el retrato unas breves pinceladas sobre los rasgos físicos (prosopografía) y el carácter detenido en el alma del poeta (etopeya), aquello que mejor describe el recuerdo. Véase si no, como ejemplo, el principio del recuerdo de Jorge Guillén:

«Recuerdo a Jorge Guillén delgado y alto, con severidad de hombre castellano y cierta cortesía francesa, parisién, que suavizaba, enriqueciéndola de matices exteriores, aquella austera apariencia vallisoletana. Hablaba con mesura contenida, apoyaba las palabras con gestos ceñidos, deslizaba sus comentarios y sus afirmaciones con una elegancia que les quitaba toda pretenciosa pedantería».

O acúdase a las hermosas páginas que reserva a José Moreno Villa, iniciadas con su retrato:

«Serio, grave, austero, como buen malagueño… Enjuto y alto, el pelo de cuarentón ya un poco gris, una leve sonrisa en los labios, y los ojos vivos y siempre inquietos, solterón, vivía en un cuarto estudiantil, casi una celda, a la sombra de una enredadera de flores moradas y al aire de unos rosales cuyas rosas saltaban por la ventana en brisas dulces de olores».

Seguidamente se apresura a certificar la semblanza: «Así conocí yo a Moreno Villa el año 1920, año en el cual despertaba Madrid a un nuevo siglo de poesía, después de Machado y Juan Ramón Jiménez, con Federico García Lorca y Rafael Alberti». En otro momento recuerda lejano el retrato de la joven «poetisa» Ernestina de Champourcin: «Tenía en el rostro esa agudeza perfilada de las mujeres vascas, pero su cuerpo, entonces, era delicado y feble, y las manos, que movía nerviosamente, como si quisieran cazar en el aire aquel pájaro huido de su voz, se le adelgazaban y se le hacían transparentes, escapadas de no sé qué lienzo de santa gaditana de Zurbarán». Apenas con un apunte lleno de lírica emoción se aleja del tópico para acercarse a Miguel Hernández: «Pastor y labrador, a la luz de sombras de Orihuela, niño angélico de arboledas y majadas, esparto en los pies y en el rostro de tierra, claros azules de agua limpia». El lector en su ejercicio tropezará gratamente con ejemplos semejantes. Delicia lectora a cada salto.

El crítico medita ante la producción poética que le ocupa, indagando en fervores e influencias, en la particular calidad del verso, que moldean el pensamiento y el objeto poético del autor, o explican por qué alcanza su voz más personal, bien sazonada. Hay, ciertamente, un elemento de afección hacia los poetas con quienes frecuentó el trato, lo cual explica la incorporación al texto de anécdotas o determinados testimonios que dan al discurso rango autobiográfico y el valor de una información «desde dentro». De Díez-Canedo subraya su pulcritud en la figura, el decir y el trato, o rememora cómo en algunas tertulias, «su ironía, su comentario, su viveza eran la sal de la reunión». Especialmente poética es la prosa con la que se presenta a Vicente Aleixandre, en la descripción del espacio y reconstrucción del retrato del autor de Ámbito:

«Cuando al alba el aire de la sierra llenaba las calles de Madrid de un agudo rocío de acero, y los faroles daban los últimos silbidos de su agonía insomne, entonces, con las manos desangradas, y en los labios un sonoro marfil de palabras, Vicente Aleixandre, alto, casi azul, vivo en su propia luz transparente y casi ahogado en la sombra del sueño y de la noche última, recitaba, obsesionado, a Rubén Darío o a Bécquer. Era aproximadamente en 1920».

Los ejemplos de este proceder son innumerables. En esos ensayos hay aún cabida para reconstruir una época, para situar al poeta comentado en su contexto histórico, para advertir cómo un autor conduce su obra por el camino de la dignidad humana. Después, el crítico se detiene para recrearse con los textos, escogidos con especial cuidado porque ilustran su pensamiento crítico: la métrica que le caracteriza, sus principales temas, su lenguaje. Procura evitar el riesgo del detalle erudito y la prolijidad del especialista. Esto no impide que Chabás encuentre espacio para la reflexión en torno a problemas de variada índole: sobre la poesía en general o acerca de la diferencia entre la poesía escrita en España y la española del exilio, a propósito de la realizada por Juan Rejano:

«Mientras en España, callada ante el duelo de la muerte de Federico García Lorca, de Antonio Machado y de Miguel Hernández, la poesía se convierte en remedo amanerado y falsete de vocerío, rasgueada por los representantes de una juglaría fascista —por los Marquerie, los Pemán y los Alfaro—, desde América las voces de Prados, de Alberti, de Altolaguirre, de Moreno Villa, de León Felipe, de Juan Ramón Jiménez continúan libertando a la poesía española de la impuesta esclavitud del espíritu y del cercenado latir del corazón de todo un pueblo».

El texto se enriquece mediante la línea sutilmente perfilada que define una trayectoria poética y el juicio, hondo y de gran lucidez, al aproximarla al contexto general de la época. En la amplia variedad de las digresiones encuentra el discurso su amenidad sin menoscabo de la jerarquización de valores, o las aprovecha excepcionalmente para dejar discurrir un breve apunte sobre convencimientos ideológicos. Concisión, pero no vaciedad. La cultura de la sensibilidad, el detenimiento en un paisaje para sacar sus esencias con avidez sinestésica, el discernir la excelencia de un poema, la revelación de una singularidad estética, etc., son componentes que concilian el principio del rigor analítico con el de la crítica memorialística, más cercana, más afectiva. Memoria y testimonio, qua atraen la atención del oyente y al lector curioso. De Alberti dice que vive en el barrio de Salamanca, «claro y alegre con sus calles consagradas a poetas y pintores»; y precisa: «En ese barrio, en la calle Claudio Coello, enfrente de la de Manrique, vivía Rafael Alberti. Vivía en un último piso grande, con balcones al cielo, a los calveros de los solares y a unos lejanos palacios de marquesotes, iguales a los marquesotes y alfeñiques que despreciaba Lope de Vega. Esto era hacia el año 1919». Después de un dilatado estudio sobre la poesía de Aleixandre, de hermosísimo lirismo y certero juicio, el lector verá que concluye: «Ojalá España alcance su libertad y recobre su tierra para sí misma, antes de que la muerte vestida con trágicos lutos fascistas se lleve por el mismo camino sin retorno que nos ha llevado a García Lorca y a Hernández, a este encendido poeta de amor y de belleza». De Max Aub, «por la intención y el esplendor de sus formas estilísticas, novísimo; por la cultura de textos que él ha hecho voz propia y sazonada, sabor de los mejores jugos de su obra, escritor nutrido de las más difíciles savias de la tradición literaria española», escoge para su charla radiofónica, no el «preciosista ramillete» de juveniles versos, ni las «metáforas lucientes» que saltan entre otros poemas posteriores, ni de sus piezas teatrales, sino Diario de Djelfa, para, hecho su análisis, recomendar su lectura porque, precisamente «ahora que una falsa piedad interesada escribe palabras de compasión ante la sentencia corta de Nuremberg, es bueno leer este Diario de Djelfa de un poeta español».

Quiere todo esto significar, por un lado, que la realidad textual del discurso ensayístico remite a una realidad extratextual de la que el autor fue testigo y, por otro, que mediante la exposición de esa personal experiencia transmite un aspecto informativo más de veracidad histórica. Al método de análisis estilístico empleado en Poetas de todos los tiempos recurrirá nuevamente Juan Chabás en Literatura española contemporánea, 1898-1950 (1952), sin duda su trabajo más emblemático y una de las realizaciones más ambiciosas del exilio republicano y, por extensión, de la España de posguerra. Por lo demás, el autor adicionaba otros elementos de reflexión crítica y de formalización discursiva que, en definitiva, conferían a su obra un valor singular en el panorama de la historiografía contemporánea.

Las condiciones de enorme precariedad en las que concibió y difundió los textos compilados en este volumen fueron las mismas en las que se compuso Literatura española contemporánea. Los escasos medios y materiales de consulta de los que dispuso el autor limitaron sobremanera su trabajo en ambos. De ahí que las dos obras, una dentro de su transitoriedad y la otra por su propia naturaleza y concepción, resulten fuertemente condicionadas y muestren una serie de imprecisiones y ciertas negligencias de información, así como, a veces, un subjetivismo derivado del compromiso ideológico del autor. A este déficit en sus respectivas génesis y resultados se contrapone una común y muy acusada inclinación hacia un discurso de carácter testimonial cuando el crítico frecuenta la literatura contemporánea, un discurso al que llegan componentes específicos de la prosa artística —«con vuelo lírico», al decir de la época— para distanciarse del ensayismo historiográfico propiamente dicho. Acordémoslo, pues, desde el principio, Poetas de todos los tiempos es un libro de crítica… entrañable. La palabra radiofónica, a menudo de tono conversacional, se hace en él prosa hablada con cabal medida y ritmo, fluida, impecablemente natural, sin filigranas gratuitas, de caminar ameno por su armónica cintura, vestida de calle para expresar un pensamiento sobre este autor o aquella obra y compartir el afanoso trabajo de la razón y del afecto con los oyentes de antaño, ahora lectores. Así cobra sentido literario el diálogo con los oyentes, a cuya complicidad invita y exhorta —«imaginad», «recordadle», «nótese bien»—, y consigo mismo.

Nunca quiso Chabás apartarse de los ambientes españoles de La Habana al tiempo que trabajaba con exigente cuidado y paciente devoción su obra. Se marchó a Santiago de Cuba porque obtuvo un puesto docente en la Universidad de Oriente, por fin un trabajo de grata estabilidad que reducía los flacos rendimientos de otras ocupaciones en la escritura. Y seguía añorando a cada rato la quietud levantina, acaso como el último exiliado resistiéndose a la resignación del imposible regreso a España. Tenía derecho legítimo a conquistar cada día la esperanza, a querer la libertad de la patria. La añoranza fue convirtiéndose en ansia incontenible cuando el sargento Fulgencio Batista cayó en el fango de la represión y salió de vil cacería por los amplios ambientes de la intelectualidad. Desde su cátedra Chabás quiso vencer en batallas perdidas con la firme voluntad juvenil del fajador por la paz. Fue el centro de ataques por su militancia comunista y por hablar de resistencia y dignidad a cara descubierta. Los voceros del régimen solicitaron la purga sin éxito. Parecía llegada la hora prudente del regreso a la casa de El Vedado habanero, pero aun hasta allí fueron cobardes importunándole. Su esposa buscó la discreción de un hotelito a la vera del océano para protegerlo escondido unos meses hasta que la tregua, sin duda por su prestigio, favoreció el regreso del matrimonio a La Habana.

Dicen que para entonces le había cambiado el humor o aquella fineza seductora que hermoseaba su sonrisa. Con desmesurado orgullo y ahínco deseaba sentir frenética su salud, como aquella que anduvo tan lisonjera por las juveniles Marinas de Denia; quería que la amargura hincada en su costado fuera sólo el gesto rebelde contra sus males y desesperanzas. Nunca supo por qué algún alborecer se le escapaban lágrimas de caudal ancho, inmensamente ancho, que cruzaban insolentes, libérrimas, sus mejillas con recuerdos de amores y escrituras, y por qué se iba rindiendo lentamente a la sinrazón del trópico. Con cierta placidez entornaba los ojos y se hacía peregrino soñador, pero no conseguía viajar, como nunca pudo, hasta la ciudad de México entre las únicas fantasías posibles del adamar —¿revolotearían acaso cabriolas de miel en su cabello?, ¿tendrían sus pupilas el resplandor de vidrio único con transparencias de océano?—, las mismas ansias que desbrozan la vida para, huyendo del daño y de las traiciones, imaginarla eterna. Tenía ya el pelo en retirada, de color gris perla como el cielo marino de tardes primaverales anubarradas, y los ojos muy inquietos, empequeñecidos en una sombra que arrinconada le roía todo el ánimo, y parecía ya casi sin voz su mirada, aunque milagrosamente todavía clara, como el agua limpísima del manantial de Chirles. Le subían los primeros miedos de acabarse y una angustia de vez en vez pecho arriba hasta la garganta y luego sudaba frío y le atrapaba un vértigo y un malestar hecho huella indeleble de dolor punzante en una esquina oculta del corazón y se le escapaba la última chispa del aliento y volvían los miedos a ya no ser. El último viernes de octubre de 1954 hojeaba una revista sentado al lado de su mujer Aída Valls y todavía pudo comentar sus afanes para terminar el ensayo «Quevedo entre dos mundos», título casi profético. Y de pronto se quedó sin palabras para siempre, descarnadamente, horrorosamente callado, como un hombre muerto. Un infarto le condujo con prisas a una tumba de la necrópolis Colón. Aún hoy se conserva encima de ella la jardinera de granito donde se esculpió la leyenda «Puerto de sombra» a modo de epitafio.

Allí quedó enterrada una auténtica pasión desbordada por la poesía. Y las indelebles convicciones de un crítico con personalidad recortada por la serenidad, coherencia, el exacto talante erudito y la verdad en el juicio, excepcionalmente sincero, virtuoso de la elegancia y de la finura ética; convicciones emanadas de su caudalosa fuente intelectual y del compromiso, ideológico y éticamente humano. Bien podríamos reconocerle, tomando prestadas las palabras que dedicó a Díez-Canedo, que hiciera de su oficio de crítico literario «un generoso instrumento para servicio de las letras contemporáneas de España. Nadie como él ha ido acotando, con artículos siempre vigilantes, con referencias oportunas, con notas breves, la evolución y el avance de los autores de su tiempo». Sus juicios se asentaban firmemente, aparte de en una sólida erudición, en el gusto de apreciar lo bello, según dejó escrito en alguno de sus «resúmenes» a vuelapluma. Y más todavía, tras degustar la belleza sabía de la importancia que conllevaba adivinar el «genio» de su época, discernir las condiciones e influencias, incluso las tendencias, constatables en la obra artística. Y ello, lo sabía perfectamente por haberlo tomado prestado de Sainte-Beuve, desde la posición del crítico literario que adelanta su reloj varios minutos, los suficientes para anticiparse y dejar constancia de que su ejercicio de tal modo se convierte en una obra de creación.

Juanito Chabás siempre tuvo presente que sobre las cualidades del crítico literario sin duda se encontraba la de preferir ser no juez de las cosas sino su amante, ser amante de la obra leída o contemplada, u oída con amor de la inteligencia y del corazón. Ese modelo lo encarnó cumplidamente mediante una prosa ensayística contagiada de los elementos propios del discurso elaborado, de la prosa de creación, y no habría sido lo que es si bajo ella no hubiera estado el aliento de un poeta. En su crítica periódica logradamente consiguió llevar la prosa crítica del ensayista a la más levantada cumbre de la pulcritud y la belleza. Lo acontecido habría sido acaso dicho de otra manera si él no hubiera estado allí levantando acta de la actualidad poética, tan cerca, tan cotidianamente amigo de la poesía, para ser testigo de excepción en tiempos de excelencia de nuestras letras contemporáneas.

J. P. B.

Budapest (primavera de 2011 frente al Duna)

CRITERIOS DE ESTA EDICIÓN

Los textos de Juan Chabás traídos hasta aquí lo son esencialmente como objeto de selección con voluntad ilustrativa de la crítica periódica por él realizada sobre el tramo de la Modernidad al que damos hoy el marbete de Vanguardia histórica. Precisamente este criterio periodológico determina los límites del contenido y asuntos por los que se convino la pertinencia de esta obra. Se trata, en definitiva, de una variada muestra de la actividad ensayística que desarrolló el prolífico autor dianense en torno a la literatura española de los años veinte y treinta del pasado siglo y, más concretamente, acerca de sus más sobresalientes manifestaciones en los géneros de la poesía y de la prosa artística.

Ya se dijo. La producción crítica de Chabás comprende una amplia variedad de modalidades ensayísticas que se adecuaron coherentemente a su tiempo, a su finalidad y al medio que las difundió: desde los ensayos y artículos de largo aliento publicados en revistas literarias (Revista de Occidente, Alfar, La Gaceta Literaria…) —algunos de ellos reunidos luego en volumen, como fue el caso de Vuelo y estilo— a las reseñas periodísticas de distinta dimensión y factura que recogieron las secciones literarias de la prensa diaria nacional y que el crítico solía acompañar con notas apresuradas sobre acontecimientos relevantes de la vida artística, comentarios diversos, avisos críticos o gacetillas, a modo de cierre informativo, complementario, e incluso ameno, de sus columnas. Y entre sus aportaciones al género, apresurémonos a no olvidar Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, una singular obra concebida en horas de su exilio cubano, además del libro, asimismo póstumo, Con los mismos ojos, que agavilla ensayos y conferencias del autor; y los trabajos de historiografía literaria y, en lugar particularmente destacado, Literatura española contemporánea, 1900-1950.

Analizada en toda su amplitud y significación, esta actividad no sólo permite reconstruir el pensamiento del autor y sus posiciones críticas respecto de las manifestaciones artísticas y literarias de su época, sino también presentar un balance bien informado —conviene repetirlo— de la que fue actualidad cultural de unos años, de 1925 a 1936, que alcanzaron capital importancia en la historia literaria de la contemporaneidad. Y ello mediante una notable calidad del discurso ensayístico y, según se dijo con anterioridad, desde una situación de privilegio del autor, que no era otra que la derivada del testimonio personal por haber sentido próximo el trato con muchos de los protagonistas de aquella historia literaria, por haber percibido la originalidad de sus trayectorias artísticas e intelectuales, por haber sido copartícipe directo de lo acontecido en el panorama literario del momento. De tal modo el crítico se convirtió en juez y parte. No fatigaremos al lector reiterando aquí las explicaciones de esta aventajada situación de Chabás, porque sin duda las habrá considerado suficientes en las páginas prologales de este volumen.

Para la reconstrucción de la crítica periódica de Juan Chabás sobre la poesía y prosa de la Vanguardia —periódica por ser sucesiva en el tiempo y, si se me permite la licencia, por haber sido llevada a publicaciones «periódicas»—, hubo que acudir a un abundante número de artículos cuya procedencia remite esencialmente a los diarios La Libertad de Madrid, Diario de Barcelona y, circunstancialmente, a Revista de Occidente, Heraldo de Madrid y El Sol. Envío al interesado en detalles bibliográficos a las correspondientes referencias que en páginas posteriores se relacionan.

Por otra parte, como de escritores, obras y asuntos de la Vanguardia se trata, que reclamaron en sí mismos, por su repercusión mediática e importancia, la opinión del crítico, no podíamos excluir de esta selección de literatura crítica los ensayos —inicialmente guiones radiofónicos, como el lector no ignora— de Poetas de todos los tiempos, dedicados a autores de ese periodo. Son, entre otros distintivos de excelencia, la expresión misma de la madurez creativa de Chabás, esculpidos a golpe de prosa de muy particular acento, al dictado de la empatía, rara vez del desasosiego, siempre de la emoción que brota como fuente lírica del poeta y del recuerdo. Crítica memorialística, al fin y al cabo. Parecía innecesario aducir otras justificaciones para incorporar aquí estos ensayos, aun habiéndolos desgajado del medio millar de páginas que cuenta su original edición habanera (Publicaciones Cultural, 1960), y ni siquiera, como razón adicional, el hecho de que presumiblemente sólo eran conocidos hasta hoy por lectores avezados o muy contados especialistas.

Quepa añadir, por lo demás, que siempre será poco abundar en la circunstancialidad de que las urgencias de escritura propias del género del ensayo en su versión periodística, o como notas o borradores para un programa de radio, explican el desagradable hallazgo de determinadas incorrecciones, desaciertos tipográficos y erratas desafortunadas en el texto original. Estas deficiencias han sido subsanadas en la medida de lo posible, siempre que pudieron esquinarse las dificultades de ilegibilidad de algunos textos deteriorados por el transcurso del tiempo. En ocasiones extremas, verdaderamente escasas, la lectura imposible queda reflejada por puntos suspensivos entre corchetes. Y aún más. La naturaleza misma de las colaboraciones de Chabás en la prensa diaria entrañaba a menudo dificultades añadidas para el hoy editor de ellas: la frecuente ausencia de un titular, que en sí mismo sugiriese el contenido del escrito, o, en variante igualmente incómoda, la no menos habitual atribución de rótulos a apartados de sus columnas de manera imprecisa, equívoca o vaga en relación con su contenido. No resultaba impropio, pues, que se decidiera suplir estas carencias o fragilidades mediante títulos, cuyo acierto e infortunio me corresponde, y los cuales, explícita o completivamente, señalados de igual modo entre corchetes, desean como primer propósito guiar mejor al lector.

Ni que decir tiene que la determinación del corpus textual en el sentido presentado en este volumen puede ser discutible. Habrá quien, no desprovisto de argumentos, aduzca que en este conjunto faltan los artículos del autor sobre otras literaturas en lengua no española —fundamentalmente aquellos de asunto italiano, francés y catalán—, algunos de gran calidad, significación y tino crítico que, de haberse incluido, habrían dado a estas páginas mayor amplitud. Pero entonces hubieran sido muy distintos los intereses, la voluntad, y las dimensiones de esta obra. Ciertamente, al principio surgió la duda sobre la pertinencia o no de incorporar a esta galería crítica, incluso en lugar preferente, a los grandes escritores catalanes que merecieron la mirada frecuente y reposada del crítico especialmente en la sección «Gaceta catalana» de La Gaceta Literaria y en Diario de Barcelona. Además con casi todos ellos también tuvo trato de cercanía con la ventaja que ello comporta entre afanes críticos. Del mismo modo, podrían argüirse suficientes motivos en lo que respecta a la literatura italiana y francesa, de la que Chabás fue ávido lector y sobre la que mucho escribió en Revista de Occidente y en La Libertad. Esperemos que la conveniencia de esta recopilación nos convoque en ocasión venidera.

Terminemos. La adecuada ordenación de la materia textual aconsejaba fundamentarla en criterios periodológicos, en consonancia con los tomados como propios por Chabás en sus trabajos historiográficos. Por un lado, los «tiempos de transición», en tanto que referencia a la mudanza estética del Modernismo a la Vanguardia / Arte nuevo (representada por Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa, Mauricio Bacarisse y, como frontispicio de toda gesticulación vanguardista, Ramón Gómez de la Serna); y por otro lado, el espacio temporal ocupado por la «joven literatura» con sus manifestaciones poéticas y narrativas, periodo comúnmente reconocido, aunque de débil sustentación periodológica, como Generación del Veintisiete. Comoquiera que por su variedad y relevancia los textos de esta «generación» constituyen la razón principal —especie de almenar de la crítica— de esta obra, pareció oportuno discernir, en primer lugar, los artículos de exégesis normativa sobre el objeto literario, de teoría explícita y de preceptiva literaria sobre el Arte nuevo para, seguidamente, desde la condición de haber sido autor integrante de ella, formular los «perfiles de esa generación» nacida intencionadamente para la historia literaria a raíz de la conmemoración del tricentenario gongorino de 1927, acontecimiento mayor sobre el cual el crítico se detuvo para juzgarlo en su exacta medida y significación…, porque lo vivió desde dentro. Y, cómo no, las notas breves y comentarios, casi siempre volanderos, sobre las revistas, hojas aventadas por aires juveniles, boletines y periódicos literarios, publicaciones que colocó en el centro de sus intenciones divulgadoras y sin cuya relevante decisión artístico-literaria en la Vanguardia sería imposible comprender los firmes esfuerzos y la persistencia artística —la existencia misma— de la entonces juventud literaria.

Pero el Veintisiete tuvo asimismo su expresión —es verdad que menos relevante en prosa, a la que, repitámoslo al paso, contribuyó Chabás con tres novelitas de distinta consideración; de ahí que se escogieran para ocupar aquí un lugar de preeminencia los artículos relacionados con aspectos de la novela, su crisis, posibilidades de futuro y que se incluyeran sumariamente los novelistas (Max Aub, Francisco Ayala, Benjamín Jarnés, Rosa Chacel…), que logradamente representaron el género y cuya producción retuvo el interés del compañero crítico. La misma atención, si bien con menor abundancia y frecuencia, que reservó a los poetas —recuérdese que la nómina del Veintisiete es alargada: Alberti, Aleixandre, Altolaguirre, Cernuda, Ernestina de Champourcin, Guillén, Miguel Hernández, Hinojosa, Lorca, Prados, Salinas…—, así como al comentario de sus obras, haciéndolo desde su misma condición, desde la atalaya de los afectos, desde el rigor científico capaz de encaminar hacia la objetividad crítica, desde la voluntad de estatuir, dentro de sus heterogéneas formulaciones, la singularidad de la lírica que le fue coetánea, para luego, investido como testigo de excepción, certificar su excelencia.

J. P. B.

LOS TEXTOS Y SUS FUENTES

 Pág. 7: «Aforismos sobre crítica», en Diario de Barcelona, 16 de septiembre de 1930, pág. 7.

 Pág. 9: «Virtud de la elegancia», en La Libertad, Madrid, 11 de agosto de 1928, pág. 6.

 Pág. 11: «José Moreno Villa», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 278-284.

 Pág. 17: [Moreno Villa, poeta y pintor], en La Libertad, Madrid, 31 de diciembre de 1926, pág. 7.

 Pág. 19: «Mauricio Bacarisse», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, cit., págs. 250-256.

 Pág. 25: «Mauricio Bacarisse», en Diario de Barcelona, 23 de marzo de 1930, pág. 10.

 Pág. 26: [El paraíso desdeñado], en La Libertad, Madrid, 14 de abril de 1928, págs. 6-7.

 Pág. 29: «Composición y descomposición», en La Libertad, Madrid, 28 de enero de 1927.

 Pág. 31: «Domingo», en Diario de Barcelona, 3 de febrero de 1929, pág. 5.

 Pág. 32: «Greguerías y banquetes», en Diario de Barcelona, 19 de septiembre de 1929, pág. 5.

 Pág. 34: «Efigies», en Diario de Barcelona, 18 de octubre de 1929, pág. 5.

 Pág. 36: «La Nardo», en Diario de Barcelona, 11 de julio de 1930, pág. 7.

 Pág. 37: «Las terrazas», en Diario de Barcelona, 5 de septiembre de 1930, pág. 5.

 Pág. 41: «Orientaciones de la post-guerra», en Cervantes, Madrid, enero de 1919, págs. 154-160.

 Pág. 47: «Sensibilidad de nuestro tiempo», en Diario de Barcelona, 18 de agosto de 1929, pág. 9.

 Pág. 48: «La nueva sensibilidad literaria», en Diario de Barcelona, 24 de agosto de 1929, pág. 5.

 Pág. 51: «Continúa», en Diario de Barcelona, 25 de agosto de 1929, pág. 7.

 Pág. 55: «El resto no es literatura», en Diario de Barcelona, 18 de julio de 1930, pág. 6.

 Pág. 57: «Surrealismo», en Diario de Barcelona, 10 de mayo de 1929, pág. 5.

 Pág. 59: «Superrealismo», en Diario de Barcelona, 17 de septiembre de 1930, pág. 5.

 Pág. 61: «Literatura y cine», en Diario de Barcelona, 15 de diciembre de 1929, pág. 7.

 Pág. 63: «Negro», en Diario de Barcelona, 30 de agosto de 1929, pág. 5.

 Pág. 65: «Música y literatura», en Diario de Barcelona, 16 de febrero de 1930, pág. 7.

 Pág. 67: «Arquitectura», en Diario de Barcelona, 25 de julio de 1930, pág. 5.

 Pág. 69: «Tendencias populares», en Diario de Barcelona, 27 de septiembre de 1929, pág. 4.

 Pág. 75: «La generación Vabum, la generación Majo y los nuevos», en Diario de Barcelona, 21 de agosto de 1929, pág. 5.

 Pág. 77: [Antonio Machado y la joven literatura], en Diario de Barcelona, 9 de marzo de 1929, pág. 5.

 Pág. 79: [Joven poesía], en Diario de Barcelona, 2 de febrero de 1929, pág. 5.

 Pág. 81: «Sobre la joven literatura», en Diario de Barcelona, 23 de agosto de 1929, pág. 5.

 Pág. 83: «Amistad», en La Libertad, Madrid, 31 de diciembre de 1927, pág. 5.

 Pág. 85: «Viajes», en La Libertad, Madrid, 31 de diciembre de 1927, pág. 5.

 Pág. 87: [Misiones culturales], en La Libertad, Madrid, 25 de agosto de 1928, pág. 6.

 Pág. 91: «Góngora, Mallarmé y nuestros poetas jóvenes», en La Libertad, Madrid, 12 de diciembre de 1926, pág. 7.

 Pág. 93: «Centenarios», en La Libertad, Madrid, 24 de noviembre de 1927, pág. 6.

 Pág. 95: «Una jira», en La Libertad, Madrid, 24 de diciembre de 1927, pág. 7.

 Pág. 99: «Sobre Góngora», en Diario de Barcelona, 7 de febrero de 1930, pág. 8.

 Pág. 101: «Soledades», en La Libertad, Madrid, 15 de marzo de 1927, pág. 6.

 Pág. 105: [Antología poética en honor de Góngora], en La Libertad, Madrid, 21 de octubre de 1927, pág. 7.

 Pág. 107: [Góngora en la Revista de Filología Española], en La Libertad, Madrid, 18 de agosto de 1928, pág. 7.

 Pág. 109: «F. García Lorca», en Diario de Barcelona, 23 de febrero de 1929, pág. 5.

 Pág. 111: «Ex abruptos», en La Libertad, Madrid, 4 de febrero de 1928.

 Pág. 113: «Centenario de Góngora», en La Libertad, Madrid, 27 de mayo de 1927, pág. 6.

 Pág. 117: «Microscopia psicológica», en La Libertad, Madrid, 9 de junio de 1928, pág. 5.

 Pág. 119: «La novela», en Diario de Barcelona, 15 de marzo 1929, pág. 5.

 Pág. 121: «Novelas de aventuras», en Diario de Barcelona, 28 de agosto de 1929, pág. 5.

 Pág. 123: «Sobre la novela», en Diario de Barcelona, 20 de diciembre de 1929, pág. 5.

 Pág. 125: «Problema de la novela», en Diario de Barcelona, 21 de diciembre de 1929, pág. 6.

 Pág. 127: «Sobre la novela», en Diario de Barcelona, 22 de diciembre de 1929, pág. 7.

 Pág. 129: «Aforismos», en Diario de Barcelona, 3 de septiembre de 1930, pág. 5.

 Pág. 131: «Horizonte de novela», en Heraldo de Madrid, 19 de febrero de 1931, pág. 9.

 Pág. 137: «Las revistas», en La Libertad, Madrid, 25 de febrero de 1928, pág. 6.

 Pág. 138: «Revistas», en Diario de Barcelona, 10 de abril de 1929, pág. 6.

 Pág. 141: [Índice, Sí, Ley], en La Libertad, Madrid, 5 de noviembre de 1926, pág. 6.

 Pág. 143: [Carmen y Lola], en La Libertad, Madrid, 24 de diciembre de 1927.

 Pág. 144: «Carmen», en La Libertad, Madrid, 25 de febrero de 1928.

 Pág. 146: [Adiós de Carmen y Lola], en La Libertad, Madrid, 4 de agosto de 1928, pág. 6.

 Pág. 147: [Desde Málaga, Litoral], en La Libertad, Madrid, 5 de noviembre de 1926, pág. 6.

 Pág. 147: [Primer número], en La Libertad, Madrid, 3 de diciembre de 1926, pág. 6.

 Pág. 148: [En el centenario de Góngora], en La Libertad, Madrid, 5 de agosto de 1927, pág. 6.

 Pág. 148: [Hojillas del calendario de la nueva estética] en La Libertad, Madrid, 12 de febrero de 1927.

 Pág. 150: [Papel Aleluyas, sevillana], en La Libertad, Madrid, 31 de marzo de 1928, pág. 6.

 Pág. 150: [Homenaje a Goya], en La Libertad, Madrid, 8 de septiembre de 1928, pág. 7.

 Pág. 151: «Gallo», en La Libertad, Madrid, 17 de marzo de 1928, pág. 6.

 Pág. 151: [Desde Andalucía —Sevilla—, Mediodía], en La Libertad, Madrid, 5 de noviembre de 1926, pág. 6.

 Pág. 153: [Boletín de la joven literatura], La Libertad, Madrid, 17 de diciembre de 1926, pág. 7.

 Pág. 153: [Resonancias], La Libertad, Madrid, 15 de abril de 1927, pág. 7.

 Pág. 153: [Los pintores Garay, Flores y Gaya], La Libertad, Madrid, 31 de marzo de 1928, pág. 6.

 Pág. 154: [Suplemento literario de La Verdad], en La Libertad, Madrid, 19 de noviembre de 1926, pág. 7.

 Pág. 155: [Una gaceta], La Libertad, Madrid, 5 de noviembre de 1926, pág. 6.

 Pág. 155: [Aniversario], La Libertad, Madrid, 7 de abril de 1928, pág. 6.

 Pág. 156: [La Gaceta Literaria y el cinema], en La Libertad, Madrid, 20 de octubre de 1928, pág. 6.

 Pág. 157: «Parábola», en La Libertad, Madrid, 7 de enero de 1928, pág. 6.

 Pág. 157: «Meseta», La Libertad, Madrid, 7 de enero de 1928, pág. 6.

 Pág. 158: «Manantial», La Libertad, Madrid, 5 de mayo de 1928, pág. 6.

 Pág. 159: «Las revistas», Diario de Barcelona, 27 de enero de 1929, pág. 5.

 Pág. 160: «La Revista», Diario de Barcelona, 17 de julio de 1929, pág. 5.

 Pág. 161: «El Amigo de las Artes», en La Libertad, Madrid, 10 de marzo de 1928, pág. 6.

 Pág. 163: «Grupo de L’Amic de les Arts», en La Libertad, Madrid, 21 de abril de 1928, pág. 7.

 Pág. 163: [L’Amic de les Arts, índice de las artes plásticas], en La Libertad, Madrid, 15 de septiembre de 1928, pág. 7.

 Pág. 164: «Antiarte», en Diario de Barcelona, 10 de febrero de 1929, pág. 5.

 Pág. 165: «Helix», en Diario de Barcelona, 26 de abril de 1930, pág. 7.

 Pág. 167: «Terrazas», en Diario de Barcelona, 3 de julio de 1930, pág. 9.

 Pág. 168: «Mirador», en Diario de Barcelona, 1 de febrero de 1929, pág. 5.

 Pág. 169: [Rumbo de Mirador], en La Libertad, Madrid, 15 de marzo de 1929, pág. 7.

 Pág. 171: [Nueva etapa de Alfar], en La Libertad, Madrid, 5 de agosto de 1927, pág. 6.

 Pág. 172: [Alfar], en Diario de Barcelona, 28 de septiembre de 1929, pág. 10.

 Pág. 173: «Atlántico», en Diario de Barcelona, 13 de junio de 1929, pág. 7.

 Pág. 174: «Oc», en Diario de Barcelona, 2 de marzo de 1929, pág. 5.

 Pág. 175: [Muerte de las revistas], en Diario de Barcelona, 17 de febrero de 1929, pág. 6.

 Pág. 177: «Elegía a las revistas», en El Sol, 15 de enero de 1933, pág. 2.

 Pág. 183: «Rafael Alberti», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 306-312.

 Pág. 189: «Sevilla, capital de España», en La Libertad, Madrid, 11 de febrero de 1927.

 Pág. 192: «Sobre los ángeles», en Diario de Barcelona, 14 de abril de 1929, pág. 8.

 Pág. 193: «Sobre los ángeles», en Diario de Barcelona, 6 de junio de 1929, pág. 6.

 Pág. 194: «Retrato de Alberti», en Diario de Barcelona, 7 de junio de 1929, pág. 5.

 Pág. 195: «Sobre los ángeles», en Diario de Barcelona, 8 de junio de 1929, pág. 11.

 Pág. 197: Cal y canto, en Diario de Barcelona, 3 de abril de 1929, pág. 5.

 Pág. 199: «Vicente Aleixandre», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 272-277.

 Pág. 205: «Ámbito», en La Libertad, Madrid, 7 de abril de 1928, pág. 6.

 Pág. 209: «Noticia de Manuel Altolaguirre», en La Libertad, Madrid, 17 de diciembre de 1927.

 Pág. 211: «Max Aub», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 326-332.

 Pág. 219: «José Bergamín», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 313-319.

 Pág. 225: «Un carácter», en La Libertad, Madrid, 22 de abril de 1927.

 Pág. 227: «Perfil del aire», en La Libertad, Madrid, 29 de abril de 1927.

 Pág. 229: «Ernestina de Champourcin», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 342-347.

 Pág. 237: [Sólo tenía veinte años], en Diario de Barcelona, 31 de mayo de 1930, pág. 10.

 Pág. 239: [Poemillas en prosa], en La Libertad, Madrid, 21 de julio de 1928, pág. 7.

 Pág. 241: «Islas», en Diario de Barcelona, 6 de julio de 1930, pág. 3.

 Pág. 243: «Sauces imaginarios», en Heraldo de Madrid, 29 de octubre de 1931, pág. 10.

 Pág. 245: «Federico García Lorca», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 257-265.

 Pág. 253: [Canciones, 1921-1924], en La Libertad, Madrid, 27 de mayo de 1927.

 Pág. 255: «Primer Romancero gitano», en La Libertad, Madrid, 1 de septiembre de 1928.

 Pág. 259: «Romancero gitano», en Diario de Barcelona, 11 de julio de 1929, pág. 5.

 Pág. 261: «Oda al Santo Sacramento», en La Libertad, Madrid, 1 de febrero de 1929.

 Pág. 263: [El ala del sur], en La Libertad, Madrid, 21 de enero de 1927, pág. 7.

 Pág. 265: «Ramón Gaya», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 300-305.

 Pág. 271: «El reloj sin horas», en Diario de Barcelona, 31 de diciembre de 1929, pág. 11.

 Pág. 273: «Jorge Guillén», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 243-249.

 Pág. 280: «Poesía», en La Libertad, Madrid, 28 de diciembre de 1928.

 Pág. 283: «Paul Valéry y Guillén», en Diario de Barcelona, 28 de julio de 1929, pág. 5.

 Pág. 285: «Miguel Hernández», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 320-325.

 Pág. 290: «No quedará en la muerte», en Homenaje a Miguel Hernández, La Habana, Palacio Municipal de La Habana (20 de enero) / Tipografía Flecha, 1943, págs. 30-32.

 Pág. 293: [La rosa de los vientos], en «Centenario de Góngora», La Libertad, Madrid, 27 de mayo de 1927.

 Pág. 294: [Orillas de la luz], en La Libertad, Madrid, 18 de mayo de 1928.

 Pág. 295: «Larrea», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 294-299.

 Pág. 301: «Versos de retorno», en Diario de Barcelona, 30 de abril de 1929, pág. 5.

 Pág. 303: «Emilio Prados», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 266-271.

 Pág. 309: [Vuelta (seguimientos-ausencias)], en «Centenario de Góngora», en La Libertad, Madrid, 27 de mayo de 1927.

 Pág. 311: «Juan Rejano», en Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos y cubanos, La Habana, Publicaciones Cultural, 1960, págs. 333-341.

 Pág. 321: [Seguro azar], en La Libertad, Madrid, 22 de febrero de 1929, págs. 6-7.

 Pág. 323: «Poesía humana. Fábula y signo», en Heraldo de Madrid, 13 de agosto de 1931, pág. 12.

 Pág. 325: [Conjunto], en La Libertad, Madrid, 23 de junio de 1928.

 Pág. 327: «Nuevo poeta», en La Libertad, Madrid, 31 de octubre de 1927, pág. 6.

 Pág. 328: «Josefina de la Torre», en La Libertad, Madrid, 12 de noviembre de 1926, pág. 6.

 Pág. 333: «Acuario en virgo», en La Libertad, Madrid, 15 de abril de 1927, pág. 6.

 Pág. 334: «Cédula de eternidad», en La Libertad, Madrid, 18 de mayo de 1928, pág. 7.

 Pág. 337: «Fábula verde», en Revista de Occidente, XXXIX, 1933, págs. 103 y ss.

 Pág. 339: «Estación, ida y vuelta», en Diario de Barcelona, 3 de mayo de 1930, pág. 9.

 Pág. 341: «Literatura y política», en La Libertad, Madrid, 6 de octubre de 1928, págs. 6 y 7.

 Pág. 343: «Humorismo, otra vez», en Diario de Barcelona, 26 de abril de 1929, pág. 5.

 Pág. 345: [El profesor inútil], en La Libertad, Madrid, 5 de noviembre de 1926, pág. 6.

 Pág. 346: «Benjamín Jarnés», en La Libertad, Madrid, 21 de enero de 1927, pág. 6.

 Pág. 348: [Paula y Paulita], en Diario de Barcelona, 7 de agosto de 1929, pág. 5.

 Pág. 350: «Viviana y Merlín», en Diario de Barcelona, 6 de agosto 1930, pág. 6.

 Pág. 353: «Roque Six», en La Libertad, Madrid, 23 de junio de 1928, pág. 6.

 Pág. 357: «El muerto, su adulterio y la ironía», en La Libertad, Madrid, 12 de noviembre de 1927, págs. 6-7.

BIBLIOGRAFÍA
PROSA ENSAYÍSTICA E HISTORIOGRAFÍA LITERARIA

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POESÍA

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 Veinte poemas de amor y una canción dedicada, edición de Javier Pérez Bazo, Málaga, Unicaja, 1996.

PROSA ARTÍSTICA

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 Agor sin fin, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Ediciones Ulises, 1930. Edición de Javier Pérez Bazo: Puerto de sombra y Agor sin fin (Fábula de ayer y de hoy), Madrid, Espasa Calpe, colección Austral, 1998.

 Fábula y vida, Santiago de Cuba, Universidad de Oriente, Departamento de Extensión y Relaciones Culturales, 1956. Edición de Javier Pérez Bazo: A Coruña, Edición do Castro, Biblioteca del Exilio, 2000.

ESTUDIOS SOBRE LA TRAYECTORIA INTELECTUAL Y LA PROSA ENSAYÍSTICA DE JUAN CHABÁS

 DOMINGO CUADRIELLO, Jorge, «El exilio de Juan Chabás en Cuba», en Ínsula (Juan Chabás, 1900-1954. De la vida a la fábula), coord. de Javier Pérez Bazo, Madrid, septiembre de 2001.

 DUBOST, Agustín, «Sombras y luces de la vida de Juan Chabás», en Ínsula (Juan Chabás, 1900-1954. De la vida a la fábula), coord. de Javier Pérez Bazo, Madrid, septiembre de 2001.

 —, y DE CAUX, Denise, «Bibliografía [de Juan Chabás]», en Juan Chabás. De las vanguardias al exilio (1900-1954), ed. de Javier Pérez Bazo, catálogo de exposición, Valencia, Generalitat Valenciana, Biblioteca Valenciana, 2001, págs. 281-301.

 GARCÍA GABALDÓN, Jesús y VALCÁRCEL, Carmen, «Del ensayo crítico a la historiografía literaria: la trayectoria de Juan Chabás como ensayista», en Ínsula (Juan Chabás, 1900-1954. De la vida a la fábula), coord. de Javier Pérez Bazo, Madrid, septiembre de 2001.

 JAMMES, Robert, «Apuntes sobre Literatura española contemporánea, 1898-1950», en Homenaje a Juan Chabás, coord. de Javier Pérez Bazo, Denia, Centro Asociado de la UNED, 1987, págs. 127-136.

 LISSORGUES, Yvan, «Juan Chabás, crítico literario: Literatura española contemporánea, 1898-1950», en Homenaje a Juan Chabás, coord. de Javier Pérez Bazo, Denia, Centro Asociado de la UNED, 1987, págs. 137-150.

 MARINELLO, Juan, «El proceso creador de Juan Chabás en sus manuales de historia literaria», en Homenaje a Juan Chabás, coord. de Javier Pérez Bazo, Denia, Centro Asociado de la UNED, 1987, págs. 151-161.

 MORELLI, Gabriele, «Juan Chabás y la Generación del 27», en Ínsula (Juan Chabás, 1900-1954. De la vida a la fábula), coord. de Javier Pérez Bazo, Madrid, septiembre de 2001.

 PÉREZ BAZO, Javier, Juan Chabás y Martí: vida y obra, Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1981.

 —, Juan Chabás y su tiempo. De la poética de vanguardia a la estética del compromiso, Barcelona, Anthropos, 1992.

 — (ed.), Juan Chabás. De las vanguardias al exilio (1900-1954), catálogo de exposición, Valencia, Generalitat Valenciana, Biblioteca Valenciana, 2001.

 —, «Síntesis biográfica, anotaciones sobre la obra y bibliografía de Juan Chabás», en Homenaje a Juan Chabás, coord. de Javier Pérez Bazo, Denia, Centro Asociado de la UNED, 1987, págs. 13-35.

 —, «Epítome sobre Juan Chabás: de la deshumanización al compromiso», en Ínsula (Juan Chabás, 1900-1954. De la vida a la fábula), coord. de Javier Pérez Bazo, Madrid, septiembre de 2001.

 —, «Notas para un capítulo de la España peregrina. Biografía, crítica y creación de Juan Chabás en el exilio», en Exiliados. La emigración cultural valenciana (siglos XVI-XX), vol. II, Valencia, ed. de Manuel García, Generalitat Valenciana, 1995, págs. 41-57.

 —, «Juan Chabás en la literatura de su tiempo», en Ínsula (Juan Chabás, 1900-1954. De la vida a la fábula), coord. de Javier Pérez Bazo, Madrid, septiembre de 2001.

 —, «Juan Chabás. De las vanguardias al exilio», en Juan Chabás. De las vanguardias al exilio (1900-1954), ed. de Javier Pérez Bazo, catálogo de exposición, Valencia, Generalitat Valenciana, Biblioteca Valenciana, 2001, págs. 15-27.

 —, «Estudio preliminar» a Juan Chabás: Literatura española contemporánea, 1898-1950, Madrid, Verbum, 2001, págs. XV-CVI.

 VALCÁRCEL, Carmen, «La historia de la literatura española desde el exilio. Juan Chabás y Max Aub», en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio español de 1939, vol. I, Barcelona, GEXEL, 1998, págs. 455-467.

 ZULETA, Emilia, Historia de la crítica española contemporánea, Madrid, Gredos, 1974.

AFORISMOS SOBRE CRÍTICA

LA BELLEZA tiene el don de la ubicuidad; pero es más difícil de asir que una pastilla de jabón dentro del baño.

Que el crítico tome ejemplo del buen cazador. Aun apuntando derechamente al corazón, corre el riesgo de herir tan sólo el ala.

Hermoso, bello, pero no bonito. Lo lindo, lo bonito, es, casi siempre, lo pobre, lo fácil, lo vacío.

La intención no basta, pero vale. Una buena intención no lograda vale más que una obra lograda sin intención. La intención suele saltar siempre más allá de la meta.

No es necesario decir: es bueno, es malo. Basta con afirmar «es», «no es». En arte, la existencia es un valor. Lo que no vale, no existe.

Desconfiad de las imitaciones. Cuidado con la pintura. En arte, la imitación se llama pastiche. En arte literaria, la pintura es maquillaje.

No por ahuecar la voz se es más hombre. Generalmente, la voz recia y hueca resulta voz de payaso.

Una mano con el índice tendido. Indicar, señalar, subrayar. A veces, es la más noble tarea del crítico.

La liebre salta por donde más se piensa. Si no se piensa, ni hay liebre ni salto. Decir sin pensar es hablar a tontas. Porque hablar a locas ya es un modo de pensamiento: Nietzsche, Gerardo Nerval, Rousseau a veces, hablaban a locas.

Si un escritor tiene altibajos, medid bien la distancia de los altos a los bajos. Si esa distancia es grande, si los altos son bien altos, lo menos que podéis decir en su elogio es que es un buen saltarín. Lo cierto, que es escritor de antología.

Un madrigal puede inmortalizar a un poeta. De acuerdo. Pero que una página de prosa como Dios manda pueda también inmortalizar a un escritor. El buen crítico es el que sabe buscar esa página entre varios volúmenes.

Atención a los clásicos olvidados. Si no son verdaderamente clásicos, bien olvidados están.

No hay clásicos ni modernos. En arte, lo clásico, lo verdaderamente clásico, es moderno siempre. Vivo. Y lo vivo, clásico y moderno. Paul Valéry es tan clásico como Ronsard. Juan Ramón Jiménez, tan clásico como fray Luis de León.

No olvidemos nunca que se escribe con palabras. El escritor que no inventa su palabra será un cronista, un novelista, un ensayista, pero no un escritor.

Cuando os digan de un poeta: es oscuro, pensad: es difícil. La oscuridad de un poeta suele ser siempre pereza o miopía de sus críticos.

No olvidemos nunca que la inteligencia tiene pasiones y que se piensa con el corazón. Generalmente es un mal crítico el que censura a un poeta llamándole frío porque piensa con un corazón apasionado de inteligencia. Cuando Quevedo era más frío era un verdadero poeta apasionado.

La sencillez, la simplicidad, son, únicamente, virtudes que estructuran lo difícil, lo complejo. La espontaneidad, resultado perfecto de una larga paciencia. Lo otro no es sencillez, ni simplicidad, ni espontaneidad. Es simpleza.

En arte, la realidad, la verdad, puede ser mentira. Pero será siempre verdad si se inventó verdaderamente, si no fue un falso invento. Si un poeta inventa —realmente en su verso— un pañuelo de cinco picos —el zorcico es un pañuelo de cinco picos, ha dicho Gerardo Diego—, el verdadero pañuelo tendrá cinco picos bordados por un paso de danza.

Contad las estrellas. Si falta una, la robó un poeta. Si sobra, el poeta es quien la cuenta de más.

TIEMPOS DE TRANSICIÓN
ENRIQUE DÍEZ-CANEDO
VIRTUD DE LA ELEGANCIA [EPIGRAMAS AMERICANOS]

Largos años de ejercicio literario. Y siempre, aun cuando este ejercicio haya sido una profesión, la apariencia —y las cualidades hondas— de un deleite, de un amor largo y desinteresado. Devoción y distancia al mismo tiempo: gusto, placer de confianza y entregarse al trabajo literario; y para mantener ese trabajo con honesta pulcritud, alejamiento sin alardes de la currinchería y el compadrazgo, evitando todos los peligros a que compromete la crítica diaria de teatros en un gran cuotidiano. Esta íntima y equilibrada actitud de Enrique Díez-Canedo es buena prueba de su elegancia. Una elegancia discreta, exacta, constante, que acredita su indudable finura espiritual. Y su generosidad. Porque Enrique Díez-Canedo ha hecho de su profesión de crítico literario un generoso instrumento para servicio de las letras contemporáneas de España. Nadie como él ha ido acotando, con artículos siempre vigilantes, con referencias oportunas, con notas breves, la evolución y el avance de los autores de su tiempo y aun de los que siguen a su generación. Es lástima que esa obra crítica no se halle hoy reunida en volúmenes o que su autor no se haya tomado la pena de ordenarla en un tomo, que podía ser a nuestra literatura actual lo que es a las letras de Francia el manualillo de René Lalou. Es lástima, sobre todo, porque quizás nadie como Canedo para acometer esa empresa. Aquella distancia de que antes hablábamos, la serenidad de su espíritu elegante, que le libra siempre de excesos de entusiasmo o de arrebatos de enojo, hubieran sido virtudes eficacísimas para la construcción de ese manual, al que hubiera prestado otro servicio esencial la gran información erudita de su posible autor. Nadie podría, leyendo ese deseado libro, dejar de atribuir el valor que realmente tienen a todas esas condiciones de elegancia y discreción que a veces en el ejercicio periodístico de la crítica pueden aparecérsenos como fruto, más que de un ponderado temperamento, de una cierta timidez, de un ánimo esquivo a adquirir compromisos demasiado cerrados.

Mientras ese manual no aparece, bastan a corregir la posibilidad de este error los libros de versos que tiene ya publicados Enrique Díez-Canedo. Ellos afirman que todas esas virtudes de elegancia discreta son siempre tesoro de un espíritu de tan pulcra delicadeza que todo pecado de exageración sería para él pecado mortal. El último librillo de Canedo, estos Epigramas americanos, que se reúnen en pulcra plaquette por los tipos de Calpe, lo confirman.

Epigramas verdaderos. Breves; es decir, concisos, escuetos, medidos y firmes en su proporción sintética y afilada. Agudos; con pulido aguijón de gracia, de vuelo lírico —saeta bien lanzada al aire de la poesía para herir el punto blanco, la diana clara de una imagen precisa, de una metáfora afortunada—; de línea limpia, grabados recortados, línea de apunte a punta de lápiz; de estilete a veces, de tan penetrante y delgada.

Entre el aturdimiento actual, tan ambicioso, inquieto y noble, de la poesía joven, ante ese fervor de formas y aun de esencias nuevas que desvela la conciencia lírica de los poetas de nuestro tiempo, es grato sentir la apacible serenidad elegante de un poeta como Canedo, que luego de cruzar el Atlántico, sin turbulencias de mares profundos, sin gestos de gran navegante, más bien con ademán menor, recita —mejor que canta— los acentos de estos epigramas, que parecen pronunciados desde una orilla quieta con perfecta fonética lírica, sin vacilaciones, con esa sencillez pulcra de quien, bien templado su instrumento, se complace en la composición de algunos ejercicios. ¿Ejercicios? Más bien cortos lieder con palabras exactas y bellas, que llevan siempre un temblor de emociones. Véase como ejemplo este «Puente del Inca»:

¡Milagro, equilibrio inaudito! Como en una arista de hielo descansa el mundo: dad un grito y se hunden la tierra y el cielo.

JOSÉ MORENO VILLA
[JOSÉ MORENO VILLA EN EL RECUERDO]

Serio, grave, austero, como buen malagueño… Enjuto y alto, el pelo de cuarentón ya un poco gris, una leve sonrisa en los labios, y los ojos vivos y siempre inquietos, solterón, vivía en un cuarto estudiantil, casi una celda, en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, a la sombra de una enredadera de flores moradas y al aire de unos rosales cuyas rosas saltaban por la ventana en brisas dulces de olores. Así conocí yo a Moreno Villa el año 1920, año en el cual despertaba Madrid a un nuevo siglo de poesía, después de Machado y Juan Ramón Jiménez, con Federico García Lorca y Rafael Alberti.

Moreno Villa era bibliotecario. Había terminado hacía algunos años su doctorado en Filosofía y Letras y estaba de vuelta de unos largos viajes a Francia, Alemania e Italia. Su familia malagueña hubiese querido que él fuese comerciante, y que en los mercados de frutas de esas naciones hubiera sido corresponsal de las casas exportadoras de Málaga y de todo el levante español. Pero Moreno Villa prefería el comercio de las ideas, y en vez de asomarse a los mercados fruteros se asomó a la poesía, al arte, a la cultura de esos países. Y volvió a España con un rico bagaje de experiencias nuevas, con una profunda solera de cultura antigua y con una sensibilidad más despierta todavía, más inquieta, más ávida.

Cuando yo le conocí había terminado una edición crítica de Espronceda y tenía un poco abandonada la poesía. ¿Era realmente abandono, o era una nueva forma de amor, un nuevo requiebro, una aventura más arriesgada? Moreno Villa, andaluz, es decir, hombre de sentidos en vigilia, sabía muy bien que la poesía brota del color y la forma como del sentir y el pensamiento. Y seducido por las audaces experiencias nuevas de la pintura alternó la pluma con los pinceles. Se consagra a su nuevo medio expresivo con un afán sin descanso, lleno de entusiasmo, y, en realidad, con resultados felicísimos. Hombre de la tierra de Juan Gris y de Pablo Picasso, sus lienzos demostraban que la gran invención de los dos formidables revolucionarios de la pintura no era ajena a su nacimiento andaluz. La pintura de Moreno Villa era una pintura sensual e intelectualista a la vez, con un exquisito temblor de la luz y del color, siempre limpio, fresco, jugoso y rico. Tenía sobre todo elegancia especial para el dibujo, de línea segura y llena de gracia; Federico García Lorca y Rafael Alberti, conviene recordarlo, por entonces y aunque no con la dedicación casi profesional de Moreno Villa, dibujaban también. Pero no vamos a hablar hoy de Moreno Villa pintor. Hablamos del poeta, en el cual la poesía andaluza une sus dos líneas barroca y popular, bajo la influencia del modernismo primero, con Rubén Darío principalmente, y después la de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.

Junto a los valores de sensibilidad que resaltan en toda la obra de Moreno Villa se advierten los de su general cultura y su amplitud de escritor cuajado, rico de oficio, sobrio y fino. Al lado de sus libros de poesía, sus ensayos de crítica, sus narraciones breves, sus novelas acreditan esa personalidad robusta de escritor que hay en Moreno Villa.

En la primera obra suya de poemas, Garba, Ortega y Gasset advertía esa futura madurez compleja del poeta en un prólogo que era, al mismo tiempo que aviso general a los lectores de la aparición de un poeta, propósito de definición de lo nuevo en la lírica española. Garba se publicó en Madrid en 1913, en las vísperas del viraje de la poética española hacia los horizontes nuevos, desligada ya del Modernismo, hasta donde ese desligamiento ha sido posible. Notad esas calidades en estos versos que el poeta titula «Reconocimiento»:

El amor, lo más viejo del mundo, prefiere las palabras añejas… Yo veo que las frases sutiles no emocionan a mi amada nena… El viejo azul de la Andalucía guarda siempre su misma belleza. La muerte del sol repetida todos los días se goza con pena. La tarde dorada nos mece. —Mira qué blandas y limpias las eras!

Yo la he cogido del brazo y le digo, pausadamente, palabras tan viejas, que de puro rancias, parecen ingenuas. Los siglos que lleva este arroyo cantarino cruzando la sierra!

Ese familiar sentido poético de la lengua cotidiana, casi coloquial, que encontramos también en la poesía de Antonio Machado y de Miguel de Unamuno, a veces, junto a esos dos versos finales, evocadores del arroyo serrano, al aparecer sencillos y fáciles pero de ritmo tan delicado, tan nuevo, juego difícil de versos de nueve y diez, ya son por su sensibilidad y su gracia anuncio de un viraje de sensibilidad poética. En el mismo libro, obra inaugural y primera, hallamos en cambio, otras composiciones en las cuales la influencia modernista persiste más claramente; como por ejemplo en estas «Galeras de plata»:

Galeras de plata por el río azul… ¿Dónde vais afanes de mi juventud? Abiertas las velas y los estandartes, reís en las febles entrañas del aire… Galeras de plata por el río azul que sois los ensueños de mi juventud… ¿No habrá un banco donde las proas encallen? ¡Ay, la irresistencia del agua y del aire! Galeras de plata por el río azul. ¿Se irá la ufanía de mi juventud? Los ojos del puente son chicos… Si caben… —¿Pasaron?— Palomas pasaron suaves… Sobre una de ellas sobre el río azul, Emperatriz blanca te alejabas tú!

Desde esta primera poesía juvenil, cosechada en la adolescencia casi, madurada en Garba de perfección segura, Moreno Villa salta a través de los versos de su libro El pasajero y del titulado Luchas de pena y alegría a los poemas de Evoluciones, obra compendiada en 1918. Todavía en este libro hallamos el tono sentimental, lleno de humana resignación noble, discretamente angustiosa, con acento de Antonio Machado, que contiene este poema rotulado «Destiempo»:

Ya es tarde. Son de oro los picos de los árboles; acuden los vencejos; el silencio se expende; vienen los luceritos a ver el sol en balde. Ya es tarde. Se han perdido un ocaso admirable. ¡Pobre! Pobres luceros si acaso, acaso saben que están predestinados a llegar siempre tarde. Ya es tarde. —Sí, querida; cien posibilidades han quedado por siempre jamás sin desflorarse. Yo he buscado… yo tuve… ¿a qué voy a contarte? Es una historia gris, una fábula mate. Una explosión de afecto lanzada un día al aire, a la que el eco dijo: «Ya es tarde»…

Pero este no era ya el tono de Evoluciones. La nueva voz lírica de Moreno Villa estaba cargada de humor, de fineza, de agudeza, voz de quien no pierde nunca la sonrisa y no acaba jamás de conquistar la esperanza. Voz de inteligencia que no deja nunca al corazón a solas… El poeta advierte él mismo este cambio de su manera, mejor diríamos que de su tono… Lo advierte en algunos epitafios de su pequeña colección de versos de circunstancias sobre tumbas inventadas de personajes típicos. Como por ejemplo este:

Alguien le dijo y él le oyó embobado: «la vida es sólo una estación de tránsito». Y el infeliz sentose, pidió copas, lió un pitillo y esperó la hora.

Pero mucho más que en estos epitafios en este poemilla titulado «Ritmo roto»;

He perdido el ritmo y sólo veo fealdad: deshechas las arquitecturas; los colores sin separar; las palabras, vasos rotos, que cortan la verdad. He perdido el ritmo y sólo veo mi maldad. No entiendo mis palabras viejas ni tampoco lo que es suspirar. El bien se quebró en mi alma y no lo pagaré jamás. ¿Son los años? ¡Dime! Yo sólo supe meditar; y acaso, acaso se deforme el mundo con el pensar. ¡Dime! ¡Dime! ¿Dónde hallo el ritmo de dulce y hondo compás? ¿En el mundo de las personas? ¿En la selva montañosa? ¿En el río? ¿En el cielo? ¿En dónde? Dios me pudiera mandar un afinador, de su cielo, para este armonio que anda mal: que decae, disuena y chilla, y es la avellana de mi mal…

Frente a este tono de transición, frente a este titubeo doliente y nostálgico, transido de humor elegante y ocurrente, mientras se consagra a su nueva expresión de sensibilidad, la pintura, Moreno Villa va desnudando su poesía, haciéndola cada vez más simple en su estructura, a veces como un juego. De este modo, asimilándose con prodigiosa capacidad de renovación las nuevas tendencias literarias de la posguerra del año 18, incorporándose a su manera a los nuevos núcleos de poetas jóvenes, sin desdeñar el surrealismo, le vemos jugar al modo de las jitanjáforas con lo que él llama «Carambas». He aquí una:

He descubierto en la simetría la raíz de mucha iniquidad. Pero están sordos los seres y a las dos de la noche es honda la grieta del mundo. ¿A quién acudir? En este pueblo no hay murciélagos ni bebedores de limonada.

Por eso los palacios siguen incólumes y en lo alto de la columna se abanica la desvergüenza…

Este tipo de poesía, tan cerca también de la greguería, con un lejano sabor a recuerdo de copla humorística, significaba un nuevo impulso del escritor y del pintor hacia un mundo más propio. De ese impulso también nos habla el poeta:

De prisa, de prisa: lo que se cayó no lo cojas. Tenemos más, tenemos más; tenemos de sobra!

¡De prisa! ¡De prisa! Lo que nos robaron no importa tenemos más, tenemos más; tenemos de sobra.

¡Derechos, derechos…! No te pares; coge la rosa y a la mendiga del camino dale la bolsa; porque, amigo, tenemos más; tenemos de sobra.

Ahora Moreno Villa se halla en México donde reside, desde donde sueña con la vuelta a España. Porque Moreno Villa, como los demás grandes poetas líricos españoles, como todos los valores más altos de la cultura hispánica, se halla desterrado, exilado, pensando y queriendo la reconquista de la República, la libertad de la patria. Y desde el destierro, está rehaciendo sus instrumentos poéticos con una nueva voz, aún más profunda y fuerte y al mismo tiempo sigue pintando, reuniendo en él mismo, como Lope de Vega, como Bécquer, como el Duque de Rivas, las gracias del pintor a las exactitudes en fuga de su poesía.

[MORENO VILLA, POETA Y PINTOR]

En París se está celebrando estos días una exposición de dibujos, entre los cuales hay, por excepción, algunos cuadros y unos modelados. Autor de estas obras, Jean Cocteau, el escritor. No es su primer acto de vida de artista del lápiz y el pincel, pero es, quizás, el que ha tenido más resonancia. Lo apuntamos tan sólo para detener la atención en algunos casos semejantes entre nosotros. Uno, el de Rafael Alberti, primero dibujante, ahora poeta. Ha dejado el lápiz y sus alegres acuarelas y sus óleos para consagrarse totalmente a esa poesía suya, cada vez más exacta y más construida y siempre de igual abundante gracia y elegancia. Otro, el de Moreno Villa. Este poeta, tan sobrio, tan fino y discreto, que es además uno de nuestros mejores críticos de arte —señalemos principalmente su Velázquez—, resulta ser pintor y dibujante. Hace algunos años vimos en su alto mirador de la Residencia de Estudiantes, en donde vive, algunas muestras de sus trabajos. Después expuso en Artistas Ibéricos. Desde entonces, un gran paso. Cada vez «lo hace mejor». ¿Para cuándo, poeta y pintor amigo, una exposición Moreno Villa?

MAURICIO BACARISSE
[MAURICIO BACARISSE: DE VIDA CORTA, PERO INTENSO FUEGO]

Varias veces he citado a un poeta español de vida corta, pero intenso fuego: Mauricio Bacarisse. Es posible que en la poesía española moderna se marquen claramente dos generaciones: la del 98, que pudiéramos llamar la generación modernista española —Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez—, y la de 1921, con Lorca y Alberti. Entre esas dos generaciones, hay un grupo de transición. Corresponden a él, en la prosa, Ramón Gómez de la Serna, quien marcaría mejor que nadie ese tono de instante bisagra, con adivinaciones y liquidaciones, que tiene toda época de transición. En poesía, el más alto valor de ese grupo sería sin duda Moreno Villa. Junto al suyo, habría que citar los nombres de León Felipe y el del canario Quesada, que se llamó en su vida de oficinista Rafael Romero. Y el de nuestro poeta de hoy, Mauricio Bacarisse.

Mauricio Bacarisse había nacido en Madrid, en 1895. Su padre era francés: muy atildado, muy escrupuloso, consagrado al comercio, pero amigo de leer y con ese respeto, tan francés, a la cultura, a la poesía y a los hombres de letras. Respeto que le valió a Bacarisse crecer entre libros. Yo conocí a Mauricio Bacarisse en el Ateneo de Madrid. Era alto, delgado y pálido. Vestía siempre con gran pulcritud y de oscuro. Llegaba a la biblioteca, y se sentaba frente a mí, al lado de otro poeta joven, muerto casi en la adolescencia y del cual se conserva una pequeña Antología de homenaje, que editaron sus amigos a su muerte. Bacarisse se quitaba con cierta petulancia despaciosa su entallado gabán azul marino, cuyo cuello de terciopelo siempre llevaba subido hasta las orejas. Liaba después entre las manos un suave pañuelo de seda que le abrigaba doblemente la garganta, y dejaba ambas prendas cuidadosamente sobre el respaldo del sillón frailuno de su pupitre. Entonces, con la misma lentitud desenfundaba sus manos de unos guantes de gamuza color marfil. Sonreía encogiendo forzadamente los labios delgados. Y con pasos muy silenciosos iba hasta el despacho del bibliotecario, un castellano cincuentón, que sabía de memoria la signatura de cincuenta mil volúmenes. Volvía Bacarisse con dos o tres y un paquete de blancas cuartillas, que el Ateneo regalaba a los lectores. Sonaba, oprimiéndolo con un dedo fino, casi transparente y largo, el timbre y pedía un café y una copa de coñac. Todo esto sucedía a las ocho y media en punto de la noche. Bacarisse abría sus libros, leía durante una hora y después comenzaba a escribir o a traducir. ¡Aquellos pupitres de la biblioteca del Ateneo de Madrid! ¡Aquel silencio nocturno, invernal, hasta la madrugada, de la vieja sala de lectura! Unas grandes pantallas de seda verde oscuro recogían la luz de las lámparas eléctricas que aún conservaban la hechura de la vieja iluminación de gas. Bajo aquella luz, lividecía la palidez del rostro de Bacarisse, se afilaban más sus alargadas mejillas delgadas, se amorataban profundamente sus ojeras. Adquiría una expresión dramática, de retrato del entierro del conde Orgaz. En aquellas largas veladas, infatigablemente, Mauricio Bacarisse se dio al estudio intenso de la filosofía contemporánea y clásica. Leía con igual afán a Frobenius, a Max Scheler, a Husserl, y a Platón y Aristóteles. Sus descansos de estas graves lecturas eran Verlaine o Heine, a los cuales traducía, con pulcritud y elegancia justísimas. O unos capítulos de novela, Las tinieblas floridas, que escribía por entonces. Cuando a la una de la madrugada se cerraba la biblioteca, Bacarisse se iba a un café o a pasear casi siempre a solas callejeando el viejo Madrid. Un día hizo oposiciones a una cátedra de Filosofía y se fue de profesor a Mahón. Y de allí a Lugo. Y un buen día, otro de un invierno cualquiera, le vimos de nuevo en el Ateneo, más pálido, más delgado, más triste. Había permutado su cátedra con otro profesor, en Ávila. Se cansó pronto. Como agente de una compañía de seguros comenzó entonces a viajar por toda España. Siempre tenía unos amores difíciles y secretos. Cuando volvió a Madrid, ya estaba enfermo. Acababa de presentar al Concurso Nacional de Literatura una novela grande, Los terribles amores de Agliberto y Celedonia. Antes de serle otorgado el premio, murió una tarde de otoño, en la casa humilde de sus padres, en Madrid, con una ventana abierta a las suaves laderas con pinos del Parque del Oeste. Aún no había cumplido los cuarenta años. Creo que tenía exactamente treinta y seis. Tenía toda la cama rodeada de libros, de cuartillas. La alcoba era una familiar alcoba de casa madrileña pequeñoburguesa del siglo XIX, como pueden encontrarse tantas en las novelas de don Benito Pérez Galdós, a quien Bacarisse admiraba y leía tanto. Recuerdo que me dijo la tarde antes de su tránsito: «Lo más molesto de esta cosa triste que es morirse es que uno no puede acabar lo que quiere hacer».

Como poeta, Mauricio Bacarisse fue, lo mismo que como hombre, elegante, pulcro, sentimental, un poco irónico y extremadamente cuidadoso de la forma. Como buen poeta postmodernista, le gustaba esmaltar el verso, labrarlo como joya, y poeta de su tiempo, se complacía en las cosas pequeñas, humildes, en los temas cotidianos. Pero ya es tiempo de oír su propia poesía y basta de hablar de su recuerdo humano y su retórica. Vivo aún está en sus versos. Como en estos, tan sencillos a un recuerdo amoroso:

La luna es sólo la luna y no se parece a nada.

No vale buscarle imágenes, ni tropos ni semejanzas.

Yo acaricié aquella noche las breves manos doradas,

las que ni desear pude, las manos nunca soñadas.

En el río de arco iris coreaban mil cascadas.

No eran laderas fluidas de cordilleras de agua;

no eran tampoco caderas de las náyades más cándidas.

No eran de piedra ni carne sino de cosa más clara,

que sigue siendo lo que es aunque sea destrizada.

Eran un poco de música única e inesperada.

Sus manos eran sus manos, en las mías anidadas.

La luna era incomparable, redonda, contenta y alta.

¡Quién me volviera esa noche aunque muriera mañana!

La luna es sólo la luna y no se parece a nada.

Como no tenemos a mano ninguna edición de los tres principales libros de versos de Bacarisse: El esfuerzo, El paraíso desdeñado y Mitos, y no podemos recoger de ellos, sobre todo del primero, ningún ejemplo de aquella poesía lírica y civil a la vez, como «Los Estados Mayores», o «La Niña de los Pañuelos», ni los versos a las pequeñas cosas urbanas, temas de deliciosa ternura en Bacarisse, recogeremos ahora otras poesías a la luna, con óptica y sentimentalidad diferente a la de sus inmediatos antecesores postsimbolistas. Véase por ejemplo esta décima, de difícil trenzado, y tan rica de elementos de verdadera poesía. Titúlase «Ruiseñor»:

La pálida luna en flor y la fuente, en mil promesas, son dos hermanas siamesas unidas por un temblor. Riela trinos, ruiseñor, sobre agua de astros en calma, tú, que humedeces la palma de la mano de Dios, y osas probar a las lindas rosas la inmortalidad del alma.

Y estas otras décimas, de una luna entre urbana y campesina, provinciana y castellana, luna a la orilla del Duero, en Zamora:

Rotunda comba sedosa de la grupa de la brisa, donde, doncella medrosa, la racha de yerba luisa, deja un rapto de perfume. La rapidez se consume frente a la opulenta hora, perla de abril mal mojado. Por el Duero enamorado va la luna de Zamora.

La nocturna catarata cae raída entre prisa y celo. Las herraduras de plata en el galope del cielo hacen ruta diamantina. Mira, al huir, la infantina de aroma y aura cantora, asida a un aliento osado, por el Duero enamorado ir la luna de Zamora.

Primavera arrebatada de efluvios enloquecidos olor de la bien llamada no te apresen los sentidos. La razón del corazón, husmea tu infiel unción y allá va, perseguidora del aire, galán malvado, por el Duero enamorado va la luna de Zamora.

Finalmente, vamos a ver sólo unos cuantos versos de una composición titulada «Pensamientos dobles», dedicada a esas aterciopeladas flores, violetas demasiado grandes, que suelen ser símbolo de duelo. Regalados por su madre al poeta en una maceta, él los ha conservado luego en las hojas de un libro. Aquí aparece cierta manera de Bacarisse, que se complacía en el uso de términos científicos, de acentuación esdrújula, sobre todo.

Viajaron por la tierra alegre y linda, por fríos polos y ecuador de fuego y por los infinitos estrellados que pueblan los celestes hemisferios.

Y su morado episcopal de sombra siguió a la luz de los conocimientos, mas como era también color de ojeras su ruta fue la ruta del deseo.

¡Qué hermosos erais, tenues lepidópteros en la dicha y dolor de ser proteicos! Mas los hombres tacaños y científicos nunca dejan volar los pensamientos.

Como eran indefensas mariposas, en sus gasas rapaces los cogieron. Fueron clavados dentro de vitrinas, un alfiler pasó su débil cuerpo

y entre perfumes acres ahora tienen, en su etiqueta, un epitafio técnico. Para el saber de la Entomología debajo del cristal de armarios féretros,

son cifras de una ciencia y un catálogo, y en las doradas tardes del museo miran mis muertos pensamientos dobles los dulces niños y los tristes viejos.

He aquí apenas una muestra breve de la poesía de este fino y malogrado escritor español, ensayista profundo a veces, novelista, hombre de letras, espíritu de extraordinaria delicadeza, lleno de amor a la sabiduría y a una vida que dejó demasiado tempranamente.

[MITOS]

Mauricio Bacarisse escribió su primer libro en 1917. Era un libro de versos bien timbrados, casi esculpidos, sabios, y al mismo tiempo llenos de brío, de encendimiento, y de modernidad. Bacarisse no pertenecía a ninguna generación. Su libro se publicó entre los últimos alientos de los poetas que se llamaron «del cancionero», con Ardavín y Llovet al frente, y las incipientes inquietudes de los mozos de Ultra. Se titulaba El esfuerzo, y era propio y conveniente el rótulo porque significaba un verdadero esfuerzo el unir aquel haz de poesía. Desde 1917 hasta 1928 guarda Mauricio Bacarisse un largo silencio literario apenas interrumpido por algunos artículos dispersos en revistas y periódicos. Traduce en tanto a Verlaine y a De l’Isle-Adam. Y publica un libro de versos, El paraíso desdeñado, que resume su trabajo poético de algunos años.

Ahora, 1930, Mundo Latino publica otro volumen de poesías: Mitos. Va dedicado el libro a don Ramón del Valle-Inclán, con una larga dedicatoria en prosa noble, bien cortada, correcta, como de gran prosista que es Bacarisse. Ha sabido el poeta ceñir en formas tradicionales de la poesía castellana un caudal nuevo de sensibilidad moderna, aguda y fina. No uso al azar ni por cómodo ahorro de búsqueda los dos adjetivos. Todo Bacarisse es agudo, afilado, ingenioso e irónico, a la vez que sentimental y romántico. Sus imágenes tienen un dibujo estilizado, puntiagudo, que escorza con humor el contorno. Y es, a la par, fino. Pulcro, aristocrático, pulido en el sentir y el decir.

En estos Mitos, que son seguramente lo mejor de su obra poética, estas cualidades resaltan y sobresalen más que en sus otros libros y presentes al mismo tiempo, hasta caracterizarle con una personalidad bien definida dentro del catálogo de nuestros escritores de hoy. Él de una parte, y de otra Domenchina, son dos figuras aisladas y presentes al mismo tiempo que definen perfectamente su poesía en la revolución poética de última hora, esa revolución que cuenta a la izquierda con Alberti, abandonado de la novedad consciente, y a la derecha con Salinas, Guillén y Gerardo Diego.

[EL PARAÍSO DESDEÑADO]

Después de largo silencio, pero nunca indicador de su desvío, sino de un trabajo lento y un amor secreto a la poesía, Mauricio Bacarisse ha publicado en la colección «Cuadernos literarios» un libro de poesías [El paraíso desdeñado]. Son composiciones de diversas fechas, y, por tanto, desiguales y diversas. Algunas, muy bellas, marcan un decisivo progreso sobre su primer libro. En otras se advierte la influencia, en Bacarisse, de las más nuevas orientaciones de la lírica. Y siempre el libro es pulcro, noble, correcto. No define, con todo, la personalidad de su autor, seguramente mejor prosista —crítico y novelista— que poeta. Con prosa escueta, flexible, disciplinada, como de quien sabe bien su oficio de poeta, pero prefiere, para expresión de su temperamento, la prosa.

La noticia de este segundo libro de versos nos alegra, como anuncio de una época de más actividad literaria de Mauricio Bacarisse, uno de los escritores jóvenes mejor dotados, con más seria y lenta preparación.

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
COMPOSICIÓN Y DESCOMPOSICIÓN

La Agencia Mundial de Librería está publicando algunos volúmenes de escritores españoles. La colección se ha enriquecido ya con varios libros de Ramón Gómez de la Serna, entre ellos una selección de greguerías: Las 636 mejores greguerías, en la que hoy, por un breve instante, quisiéramos fijar las miradas del lector. La obra de Ramón Gómez de la Serna es de tan numerosas y desordenadas proporciones que resulta muy difícil recogerla en un comentario total o deducir de ella algunas apreciaciones concretas que luego puedan servir para un estudio más dilatado. Por ello, una antología de este escritor es siempre utilísima; aún lo sería más si, en vez de ser él mismo quien escogiera sus trabajos, esa tarea difícil la hiciera algún devoto suyo, buen conocedor de su obra. Pero mientras esperamos esa selección crítica, podemos servirnos con gran ventaja de los volúmenes totales. Un tomo de greguerías será siempre el mejor documento ramoniano. Este género difícil —¡perdida una greguería, el diablo que la encuentre!, dice Ramón— es el que da la mejor medida de su creador, del auténtico y exacto Gómez de la Serna, del más consciente de su propia trascendencia literaria. El prólogo, o advertencias que preceden a las greguerías, es un modelo de interpretación autocrítica.

Si en España hubiera mayor atención hacia las manifestaciones intelectuales, si existiera realmente una vida literaria, este «caso» Gómez de la Serna se hubiera advertido y estudiado mucho más. Es muy posible que en medio siglo de literatura española no se haya producido un movimiento de personalidad tan importante como la aparición de Gómez de la Serna. Tan importante y tan español. Fijémonos en lo que eran nuestras letras cuando entran en fuego las primeras greguerías. Íbamos en todo avanzando un poco sobre nosotros mismos; pero ni un paso más allá de las últimas fases de los movimientos extranjeros de fines del siglo XIX. Vivíamos de «98». En poesía, quizá, la línea de combate estaba en campos más nuevos. Quizá, también, en el ensayismo filosófico. En novela, en prosa, en espíritu literario ampliamente, lo vivo era lo que empezaba a morir. Así se explica que hoy, releyendo a los mejores maestros, todo lector con una nueva conciencia estética, y aun estaríamos por decir vital, sienta un malestar de inacomodación. Sólo existen salvaciones parciales. El mal estaba en un equivocado sentido de composición: un afán de componer literariamente la vida, que en literatura es casi inevitablemente falso. Ramón fue el primero que descompuso para componer: desarmó nuestra vida, y a su modo —también en Ramón hay ayer y hoy para los lectores últimos— la compuso, sólo con los elementos literarios, en su sistema de greguerías. En este género, el único modo de composición es la descomposición, lo que llama su autor, con aquel acierto que antes advertíamos, «corrupción». Más ampliamente explica así lo que hay en las greguerías de disolvente y lo que salva el disolver: «Todos los escritores adolecen de que no quieren descomponer las cosas y no se atreven a descomponerse ellos mismos, y eso es lo que les hace timoratos, cerrados, áridos y despreciables». Entre los primeros libros de Ramón, a los que el desenfado de su juventud da fuerza de claridad, en Morbideces, El libro mudo, Tapices, El Rastro y esa precursora pieza de teatro: El teatro en soledad, puede medirse bien lo consciente que era el propósito de las greguerías y la cantidad de valor literario que representan; en el libro Alba —sin las «otras cosas»—, la perfección del atrevimiento se nos da ya en prueba absoluta.

Es quizás mucho menos necesario afirmar el españolismo de Ramón. Quien le conoce apenas, lo reconoce totalmente; pero quizás sea oportuno aquí fijar tres puntos de ese españolismo; sólo los esenciales: Quevedo, Larra. Las pruebas son fáciles, pero extensas. Abarcan todo un aspecto de nuestra historia literaria; un cierto popularismo aun dentro de lo arbitrario —lo popular, que, claro, aquí muchas veces es lo madrileño—; un placer gustoso en la exageración: monstruosismo de matiz, mala virtud española, y en el fondo mismo de la alegría, aun de la alegría desmesurada y gesticuladora, cierto dolor, cierta incapacidad para el optimismo sereno, que se traduce —juego de polos opuestos— en pesimismo negro o en confianza sin condiciones; en el fondo, resignación cristiana, o católica, como por nuestra casa somos católicos. Todo esto, más allá del epígrafe, no sería una noticia literaria; para cada punto habría que labrar muchas cuartillas.

Las greguerías —Las 636 mejores greguerías— sólo podían tener en estos resúmenes este comentario breve. Por lo vivas que son, por lo vivo y lo nuevo que es su autor, una noticia en un diario era obligada. Pocos escritores pueden contar entre sus obras la de conservar la fuerza de influir a los que nacen y se forman después de ellos. Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, entre los poetas; Ortega y en cierto modo —muy limitado— Gabriel Miró son los únicos maestros activos. Al lado de ellos en esa supervivencia fecunda está Ramón Gómez de la Serna, y es de esperar que su influencia vaya todavía más allá de la actual y última generación.

DOMINGO [EL CIRCO]

Dejamos los libros, compañeros nuestros de todos los días, y salimos a la calle para distraernos con la contemplación desinteresada de la ciudad o del campo. Conviene que celebremos los domingos, con esa salud alegre del trabajador que merece un día de descanso. El buen trabajador, en efecto, sabrá con igual perfección consuetudinaria fatigarse con la noble tarea y reposarse con el grato divertimento. Porque el descanso debe ser siempre diversión: hacer, al menos un día a la semana, algo diverso de lo que constituye nuestra labor cotidiana; que si con esta ganamos nuestro pan, con el ocio ganaremos ciertos dones espirituales que sólo el reposo merecido puede darnos. Si nuestra habitual ocupación nos lleva a las bibliotecas, a las exposiciones de arte, o a los teatros, el domingo será razón que vayamos al campo, a un partido de balompié, o al circo. Cualquiera de estos lugares nos asegura una despreocupación alegre y un mirar más claro para las mismas cosas que hemos de contemplar todos los días. Hemos ido al circo. No hay ahora, en Barcelona, ningún gran espectáculo de circo; pero basta el muy modesto del teatro Olympia para devolvernos una infancia que cada día se nos ha ido perdiendo al volver una página y quedarnos, como decía el Arcipreste de Hita, «mano en la mejilla», contemplando meditativamente la página que sigue.

Galope doméstico de los caballos, charanga, pirueta y salto del clown y el acróbata, juego peligroso de los cuchillos del japonés, maravilla embrujada del prestidigitador, equilibrio —¿sobre el perfil alámbrico de una corriente de aire?— del ciclista que cuida su máquina como atendería la salud de un perrillo amaestrado: ¡circo! Fuera, el domingo: pistón del automóvil descubierto al Tibidabo, claxon, alegría del traje bien pulido, café saboreado sin apremios y familias cogidas de la mano. Todo contemplado con ojos tan claros que por primera vez —todas las semanas— nos parece descubrir que el cielo se inclina sobre la tierra y la reconoce amorosamente como una madre que despierta por la mañana a su hijo para bañarlo en pura luz de agua limpia y batistas planchadas.

De vuelta a casa —otra vez los libros—, ningún tejuelo incita a nuestra mano, que desdeña asir el apretado volumen. De pronto, actual, reciente, aún bien fajado con la amarilla pretina de su réclame editorial, la traducción italiana de El circo, de Ramón Gómez de la Serna. Abrimos el libro. Un revuelo de globos de colores —imágenes, greguerías rápidas, palabras tornasoladas y brillantes, o torpes: amazonas o payasos— salta de las páginas a un cielo también de domingo alegre y eléctrico, de anuncios luminosos y ciudad en bullicio. ¿Literatura? Más que leerse, este libro se bebe y se mira como un cocktail de aguas de vidrio y licores dorados frizantes de espumas. Cuando abrimos el balcón al aire alto y neblinoso de la ciudad, toda nuestra alcoba está colgada de serpentines y lentejuelada de confeti: la letra italiana de El circo, de Ramón Gómez de la Serna, era un espléndido carnaval del ingenio.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
Объем:
391 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788416950355
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Правообладатель:
Bookwire
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